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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Una historia de dos ciudades - -Author: Charles Dickens - -Translator: Gregorio Lafuerza - -Release Date: April 22, 2020 [EBook #61887] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES *** - - - - -Produced by Carlos Colón, Penn State University and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This book was produced from images made available by the -HathiTrust Digital Library.) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - Ilustraciones han sido eliminadas. - - - - - BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS - - - CARLOS DICKENS - - - UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES - - - TRADUCCIÓN DE - GREGORIO LAFUERZA - - - [Ilustración] - - - BARCELONA - RAMÓN SOPENA. EDITOR - PROVENZA, 93 A 97 - - - - - DERECHOS RESERVADOS - - - Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona - - - - -PROLOGO - - -Concebí las líneas generales de esta historia cuando representé con -mis hijos y amigos el drama de Collin _El Abismo Helado_. Apoderóse -entonces de mí el deseo firme de encarnar el drama en mi persona, y -procuré asimilarme, con solicitud e interés especiales, el estado de -ánimo necesario para hacer su presentación a un espectador dotado del -espíritu de observación. - -A medida que me fuí familiarizando con la idea, fueron dibujándose y -resaltando las líneas generales hasta llegar gradualmente a adquirir la -forma que en la actualidad tienen. Hasta tal extremo se ha posesionado -de mí el argumento durante su ejecución, ha dado tanta vida a todo -lo que en estas páginas se ha hecho y sufrido, que puedo decir, sin -incurrir en exageraciones, que todo lo he hecho y sufrido yo mismo. - -Cuantas referencias haga, por ligeras que sean, a la condición del -pueblo francés antes o durante la Revolución, serán exactas de toda -exactitud, fundadas en los testimonios de personas dignas de fe -absoluta. Ha sido una de mis aspiraciones añadir algo a los medios de -inteligencia populares y pintorescos de aquella época terrible, bien -que firmemente convencido de que no hay quien pueda añadir nada a la -portentosa filosofía que encierra la obra admirable de Carlyle. - - - - -UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES - - - - -LIBRO PRIMERO - -VUELTA A LA VIDA - - -I - -EL PERÍODO - -Erase el mejor de los tiempos y el más detestable de los tiempos; la -época de la sabiduría y la época de la bobería, el período de la fe -y el período de la incredulidad, la era de la Luz y la era de las -Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación. -Todo lo poseíamos y nada poseíamos, caminábamos en derechura al cielo -y rodábamos precipitados al abismo: en una palabra, era tan parecido -aquel período al actual, que nuestras autoridades de mayor renombre -están contestes en afirmar que, entre uno y otro, tanto en lo que al -bien se refiere como en lo que toca al mal, sólo en grado superlativo -es aceptable la comparación. - -Un rey de bien desarrolladas mandíbulas y una reina de cara aplastada -se sentaban sobre el trono de Inglaterra, y un rey de grandes quijadas -y una reina de rostro hermoso ocupaban el de Francia. Los señores de -los grandes almacenes de pan y de pescado de entrambos países veían -claro como el cristal que el bien público estaba asegurado para siempre. - -Era el año de Nuestro Señor de mil setecientos setenta y cinco. En un -período tan favorecido, no podían faltar a Inglaterra las revelaciones -espirituales. Recientemente había celebrado su vigésimoquinto natalicio -la señora Southcott, cuya aparición sublime en el mundo anunciara -con la antelación debida un guardia de corps, profeta privado, -pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a -Westminster. Hasta había sido definitivamente enterrado el fantasma -de la Callejuela del Gallo, después de andar rondando por el mundo -doce años, y de revelar a los mortales sus mensajes en la misma forma -que los espíritus del año anterior, acusando una pobreza sobrenatural -de originalidad, revelaron los suyos. Los mensajes únicos de orden -terrenal que recibieron la Corona y el Pueblo ingleses, les llegaron -de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes -que, por extraño que parezca, han resultado de muchísima mayor -transcendencia para la raza humana que cuantos recibió ésta por la -mediación de cualquiera de los pollitos de la Callejuela del Gallo. - -Menos favorecida Francia en lo referente a asuntos de orden espiritual -que su hermana la del escudo y del tridente, rodaba con suavidad -encantadora pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándolo que -era un contento. Bajo la dirección de sus cristianísimos pastores, -permitíase entretenerse, además, con distracciones tan humanitarias -como sentenciar a algún que otro joven a que le cortaran las manos, -le arrancaran con pinzas la lengua y le quemaran vivo, por el nefando -delito de no haber caído de rodillas sobre el fango del camino, en -un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión -de frailes que pasó al alcance de su vista, bien que a distancia de -cincuenta o sesenta varas. Es muy probable que, cuando aquel criminal -fué llevado al suplicio, el leñador _Destino_ hubiera marcado ya -en los bosques de Francia y de Normandía los añosos árboles que la -sierra debía convertir en tablas que servirían para construir aquella -plataforma movible, provista de su cesto y su cuchilla, que tanta y -tan terrible celebridad ha conquistado en la historia. Es asimismo muy -posible que, en los rústicos cobertizos anejos a las casuchas de los -labradores de las cercanías de París, se hallasen en el mismo día, -resguardados de las inclemencias del tiempo, las primitivas carretas, -llenas de salpicaduras de fango lamidas por los cerdos y sirviendo -de percha a las aves de corral, que el labriego _Muerte_ había -seleccionado para que fueran las carrozas de la Revolución. Verdad es -que, si bien el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su -labor era silenciosa y no había oído humano que percibiera sus pasos -sordos, tanto más, cuanto que abrigar algún recelo de que aquellos -estuvieran despiertos era tanto como confesarse a la faz del mundo ateo -y traidor. - -En Inglaterra, apenas si quedaba un átomo de orden y de protección -bastantes para justificar la jactancia nacional. La misma capital era -todas las noches teatro de robos a mano armada y de crímenes los más -osados y escandalosos. Pública y oficialmente se avisaba a las familias -que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los -almacenes de los tapiceros, únicos sitios que les ofrecían alguna -garantía. El que a favor de las sombras de la noche era bandolero, -parecía honrado mercader de la ciudad a la luz del sol, y si alguna -vez era reconocido por el comerciante auténtico a quien se presentaba -bajo el carácter de «capitán», disparábale con la mayor frescura un -tiro que le enviaba a otro mundo mejor y ponía pies en polvorosa. La -diligencia-correo fué asaltada por siete bandoleros, de los cuales mató -a tres la guardia, la cual a su vez fué muerta por los cuatro restantes -«a consecuencia de haberse quedado sin municiones»: a continuación, -la diligencia fué robada concienzuda y tranquilamente. El altísimo y -poderosísimo alcalde mayor de Londres fué secuestrado y obligado a -vivir durante algún tiempo en Turnham Green por un esforzado bandido, -quien tuvo el honor de desbalijar a criatura tan ilustre en las barbas -de su numerosa escolta y no menos numerosa servidumbre. En las cárceles -de Londres reñían los prisioneros fieras batallas con sus carceleros, -a los cuales obsequiaba la majestad de la ley con sendos arcabuzazos. -En los propios salones de la corte, manos habilidosas libraban a -los más altos señores de las cruces de brillantes que adornaban sus -cuellos. Penetraron los mosqueteros en San Gil en busca de contrabando, -y el populacho hizo fuego contra los mosqueteros, y los mosqueteros -hicieron fuego sobre el populacho, sin que a nadie se le ocurriera -pensar que semejante suceso no fuera incidente de los más comunes y -triviales de la vida. A todo esto, el verdugo, siempre en funciones, -siempre atareado, no bastaba a acudir a los distintos puntos en que era -necesario, hoy dejando pendientes de sus cuerdas grandes racimos de -criminales y mañana ahorcando a un ladrón vulgar, que penetró el jueves -en la casa del vecino, y emprendió el viaje a la eternidad el sábado -siguiente; para quemar hoy en Newgate docenas de personas, y mañana -centenares de folletos en la puerta de Westminster Hall; para enviar -hoy a la eternidad a un desalmado feroz, y hacer mañana lo propio con -un mísero raterillo que robó seis peniques al hijo de un agricultor. - -Todas estas cosas, y mil otras por el estilo que podría referir, -eran el pan nuestro de cada día en el bendito año de mil setecientos -setenta y cinco sin que fueran obstáculo para que, mientras el Leñador -y la Labriega proseguían su silenciosa labor, los dos mortales de -las desarrolladas quijadas y las dos de cara aplastada y hermosa, -respectivamente, llevaran a punta de lanza sus divinos derechos. Así -conducía el año de mil setecientos setenta y cinco a Sus Grandezas y -a los millones de criaturas insignificantes, entre ellas las que han -de figurar en la crónica presente, a sus destinos respectivos, por los -caminos que ante sus pasos estaban abiertos. - - -II - -LA DILIGENCIA - -El que recorría el primero de los personajes que han de jugar papel de -mucha importancia en la historia presente, la noche de un viernes de -noviembre, era el de Dover. Seguía el viajero a la diligencia, mientras -ésta avanzaba pesadamente por el repecho de la colina Shooter. Subía -caminando entre el barro pegado a la caja desvencijada del carruaje, y -a su lado iban los demás compañeros de viaje, no ciertamente movidos -del deseo de hacer ejercicio, poco agradable dadas las circunstancias, -sino porque rampa, arneses, fango, diligencia y caballos eran tan -pesados, que éstos últimos habían declarado ya tres veces sus deseos -de no seguir adelante, amén de otra que intentaron dar media vuelta, -con el propósito sedicioso de volverse a Blackheath. Las riendas y la -fusta, el postillón y el guarda, puestos de acuerdo, hubieron de dar -lectura al artículo del Reglamento de Campaña que asegura que nunca, ni -en ningún caso, tendrán _razón_ los animales brutos, gracias a lo cual -capituló el tiro y se resignó a cumplir con su deber. - -Bajas las cabezas y trémulas las colas procuraban abrirse paso por -entre los mares de espeso barro que cubrían el camino, tropezando aquí, -dando allá un tumbo espantoso, cayendo no pocas veces y tambaleándose -siempre. Cuantas veces el mayoral les concedía algún descanso, el -caballo delantero sacudía violentamente la cabeza y cuantos objetos -la adornaban con aire doctoral y enfático, cual si su intención fuera -negar que la diligencia pudiera llegar a lo alto de la loma; y cuantas -veces aquel hacía restallar el látigo, el viajero de quien vengo -hablando levantaba asustado la cabeza, como hombre a quien arrancan -bruscamente de sus meditaciones. - -Mares de vapor acuoso en forma de espesa niebla cubrían todas las -hondonadas y se deslizaban pegados a la tierra semejantes a espíritus -malignos que buscan descanso y no lo encuentran. La niebla era pegajosa -y muy fría, y avanzaba formando graciosos rizos y masas onduladas -que se perseguían y alcanzaban como se persiguen y alcanzan las olas -cuando el mar está movido. Era lo suficientemente densa para encerrar -en un círculo estrechísimo la claridad que derramaban los faroles del -carruaje, hasta impedir que se vieran los chorros de vapor que los -caballos lanzaban por las narices y que iban a aumentar el caudal de -los que llenaban la atmósfera. - -Dos viajeros, además del que he mencionado, subían trabajosamente la -rampa siguiendo a la diligencia. Los tres llevaban subidos hasta las -orejas los cuellos de sus abrigos y los tres usaban botas muy altas. -Ninguno de ellos hubiera podido decir si sus compañeros de viaje -eran guapos o feos, jóvenes o viejos; tan cuidadosamente recataban -sus semblantes, y no estará de más añadir que, si imposible era a -los ojos del cuerpo divisar la seña corporal más insignificante, -aun lo era más a los ojos del espíritu conjeturar las del alma, es -decir, las intenciones que cada uno de ellos pudiera abrigar. En -aquellos felices tiempos, los viajeros eran altamente reservados y -evitaban con gran cautela hacer confianza en personas desconocidas, -pues cualquier compañero de diligencia o de camino podía resultar un -bandolero o un cómplice de bandoleros, señores que abundaban que era -una bendición, pues todas las tabernas y posadas contaban con cosecha -no escasa de soldados a sueldo del «capitán», cuyas huestes nutrían -todos sin excepción, comenzando por el posadero y terminando por el -último mozo de cuadra. En esto precisamente iba pensando el guarda de -la diligencia-correo de Dover la noche de aquel viernes del mes de -noviembre de mil setecientos setenta y cinco, mientras aquélla subía -trabajosamente la rampa de Shooter, sentado en la banqueta posterior -del carromato que le estaba reservada, dando furiosas patadas sobre las -tablas para evitar que sus pies quedaran transformados en bloques de -hielo y puesta la mano sobre un arcabuz cargado, que coronaba un montón -de seis u ocho pistolas de arzón, también cargadas, a las cuales servía -de base otro montón de machetes y puñales perfectamente afilados. - -En el viaje al que la presente historia se refiere, ocurría en la -diligencia de Dover lo que invariablemente sucedía en todos los viajes: -el guarda sospechaba de los viajeros, los viajeros sospechaban entre -sí y del guarda, unos a otros se miraban con recelo, y en cuanto al -postillón, sólo de los caballos estaba seguro: es decir, que con plena -conciencia hubiera jurado por el Antiguo y el Nuevo Testamento, que el -ganado no servía para la faena a que estaba destinado. - ---¡Ap! ¡Ap!--gritó el postillón.--¡Arriba, perezosos! ¡Un tironcito -más, y os encontráis en lo alto de esa maldita colina! ¡Oye, Pepe! - ---¿Qué hay?--contestó el guarda. - ---¿Qué hora crees que será? - ---Por lo menos, las once y diez. - ---¡Ira de Dios!--gritó el postillón.--¡Las once y diez y no estamos en -la cresta de Shooter! ¡Ap... ap...! ¡Ah, ladrón! - -El caballo delantero, cuyos lomos recogieron el terrible latigazo con -que el postillón acompañó sus últimas palabras, avanzó con decisión por -la rampa, arrastrando a sus tres compañeros. La diligencia continuó -dando tumbos, escoltada por los tres viajeros que tenían buen cuidado -de no separarse de ella, haciendo alto cuando la diligencia lo hacía -y avanzando al paso de la misma, siempre atentos a no adelantarse ni -a quedar rezagados, sabedores de que, si tal hubieran hecho, habrían -corrido riesgo inminente de recibir un arcabuzazo como bandoleros. - -Dominó al fin la pendiente el pesado carromato: los fatigados caballos -hicieron nuevo alto para tomar aliento y el guarda saltó al camino -para echar los frenos a las ruedas y abrir la portezuela a fin de que -montasen los viajeros. - ---¡Pepe!--murmuró el postillón, bajando la cabeza y la voz. - ---¿Qué hay, Tomás?--contestó el guarda. - ---Me parece que se nos acerca un caballo al trote, Pepe. - ---A mí me parece que viene a galope, Tomás--replicó el guarda, soltando -la portezuela y encaramándose de un salto a su sitio.--¡Caballeros, -favor al Rey y a la Justicia! - -Lanzado el llamamiento, empuñó su arcabuz y permaneció a la defensiva. - -Hallábase el viajero a quien se refiere esta historia sobre el estribo, -dispuesto a entrar en la diligencia, y los dos restantes continuaban en -la carretera dispuestos a seguirle. El primero continuó en el estribo, -y como consecuencia, sus dos compañeros de viaje hubieron de permanecer -en la carretera. Los tres paseaban sus miradas desde el postillón al -guarda y desde el guarda al postillón, y escuchaban. El postillón había -vuelto atrás la cabeza, el guarda hizo lo propio, y hasta el caballo -delantero aguzó las orejas y miró atrás, para no ser nota discordante. - -El silencio consiguiente a la cesación del rodar del vehículo, añadido -al silencio de la noche, hizo que en la cima de la colina reinara un -silencio solemne. El jadear de los caballos comunicaba al coche un -movimiento trémulo que le daba apariencias de monstruo dominado por -intensa agitación. Latían con fuerza tal los corazones de los viajeros, -que probablemente no hubiera sido imposible oir sus latidos, pero si -esto no, al menos la quietud solemne de la escena evidenciaba que sus -personajes contenían el aliento, o no le tenían para respirar, y que -sus pulsaciones eran rápidas por efecto de la expectación. - -Retumbaban en el silencio de la noche los cascos del caballo que subía -la rampa a galope furioso. - ---¡Eh! ¡Alto quien sea!--rugió el guarda con voz de trueno.--¡Alto, o -hago fuego! - -Cesó el desenfrenado galopar y rasgó los aires una voz de hombre que -preguntó: - ---¿Es esa la diligencia de Dover? - ---¡Eso lo veremos más tarde!--replicó el guarda.--¿Quién es usted? - ---¿Es la diligencia de Dover?--insistió la voz. - ---¿Para qué quiere usted saberlo? - ---Porque si lo es, he de hablar con uno de sus pasajeros. - ---¿Qué pasajero? - ---El señor Mauricio Lorry. - -Inmediatamente manifestó el viajero de quien venimos hablando que -Mauricio Lorry era él. El guarda, el postillón y sus dos compañeros de -viaje le dirigieron miradas de desconfianza. - ---¡Cuidado con moverse!--intimó el guarda.--Tenga usted presente que si -cometo un error, lo que me ocurre algunas veces, no habrá en el mundo -quien sea capaz de repararlo. Caballero llamado Lorry, ¡conteste con -verdad a mis preguntas! - ---¿Qué pasa?--preguntó el interpelado, con voz ligeramente -temblorosa.--¿Quién es el que me busca? ¿Jeremías, tal vez? - ---Si ese individuo es Jeremías, maldito lo que me gusta la voz de -Jeremías--gruñó el guarda entre dientes.--No me agradan las voces tan -broncas. - ---El mismo, señor Lorry--respondió el del caballo. - ---¿Qué pasa? - ---Despacho de allá para usted: T. y Compañía. - ---Conozco al mensajero, guarda--dijo Lorry, saltando desde el estribo -al camino, ayudado, y no con suavidad, por sus dos compañeros de viaje, -que tiraron de la esclavina de su abrigo, montaron inmediatamente, -cerraron la portezuela y subieron el cristal.--Puede acercarse: -respondo de él. - ---¿Y de ti quién responde?--se preguntó el guarda por lo bajo.--¡A -ver!--continuó con voz tonante.--¡Escuche el del caballo! - ---¡Concluye pronto!--replicó Jeremías, con voz más ronca que antes. - ---¡Avance usted al paso...! ¿Me entiende? Y si en la montura lleva -pistoleras, procure tener las manos muy lejos de ellas. Tenga presente -que me pinto solo para cometer errores, y que, cuando los cometo, -siempre toman la forma de plomo. Venga usted para que nos veamos las -caras. - -No tardó en dibujarse entre la niebla la forma de un caballo con su -jinete, que a paso lento se acercó al pasajero que esperaba junto al -estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura, miró al guarda y alargó al -pasajero un papel doblado. Jadeaba el jinete al respirar, y tanto él -como su caballo estaban cubiertos de barro, desde los cascos del último -hasta el sombrero del primero. - ---¡Guarda!--llamó el pasajero con tono confidencial. - ---¿Qué se ofrece?--respondió con sequedad el tremebundo guarda, puesta -la diestra sobre la caja del arcabuz, la izquierda sobre el cañón y los -ojos sobre el jinete. - ---Puede usted estar completamente tranquilo--repuso Lorry.--Pertenezco -al Banco Tellson, entidad de Londres que seguramente conoce usted. -Asuntos de importancia me llevan a París. Tome usted una corona para -echar un trago... ¿Puedo leer esto? - ---Si lo lee, despache usted cuanto antes, caballero. - -Lorry desdobló el papel, y leyó, primero para sí y a continuación en -voz alta: - -«Espere en Dover la visita de la señorita.» - ---Ya ve usted que el mensaje no es largo, guarda--añadió -Lorry.--Conteste usted a quien le envía, Jeremías, la palabra -siguiente: «_Resucitado_». - -Jeremías dió un salto sobre la montura. - ---¡Vaya una contestación endiabladamente extraña!--exclamó, sacando el -registro más bronco de voz. - ---Repita usted esa palabra, y los que le envían sabrán que ha cumplido -la misión que le confiaron. Puede usted emprender el regreso... Buenas -noches. - -Diciendo estas palabras, el pasajero abrió la portezuela y entró en -el carruaje, sin que por galantería le diera la mano ninguno de sus -compañeros de viaje, los cuales habían escondido, mientras tenía lugar -el incidente mencionado, sus bolsillos y relojes en sus botas y fingían -dormir profundamente, sin duda con objeto de evitar ocasiones que -dieran lugar a ocupación más activa que el sueño. - -Rechinó de nuevo el coche y gimió más lastimeramente que nunca al -emprender el descenso de la colina. El guarda colocó su arcabuz sobre -el montón de pistolas, bien que asegurándose antes de que las que, en -calidad de suplementaria, pendían del cinto, estaban en su lugar, sacó -de debajo del asiento una cajita que contenía algunas herramientas -de cerrajero, dos velas, eslabón, pedernal y yesca. Hombre previsor, -llevaba cuanto era necesario para encender, con facilidad y seguridad -relativas (si estaba de suerte) los faroles del coche en unos cinco -minutos, si aquéllos se apagaban o eran apagados, como ocurría en los -viajes más de una vez. - ---Tomás--llamó el guarda con voz baja. - ---¿Qué quieres, Pepe? - ---¿Oíste la lectura del papel? - ---La oí. - ---¿Y la contestación? - ---También. - ---¿Y qué sacas en limpio, Tomás? - ---Absolutamente nada, Pepe. - ---¡Mira qué casualidad!--exclamó el guarda.--Otro tanto me sucede a mí. - -Jeremías, luego que quedó a solas con la niebla que le envolvía, echó -pie a tierra, no ya sólo para dar algún descanso a su rendido corcel, -sino también para limpiar los salpicones de barro que llenaban su cara -y para bajar las alas de su sombrero, que contenían así como medio -galón de agua. Luego permaneció en medio de la carretera, y cuando -dejó de oir el ruido del rodar de la diligencia, dió media vuelta y -emprendió el regreso a pie diciendo a la yegua que montaba: - ---Después del galope que te has dado desde el Temple, amiga mía, no -me fío mucho de tus manos hasta tanto que lleguemos a camino plano... -«¡Resucitado...!» ¡Contestación que podrá entender el infierno, pero no -Jeremías...! ¡Lo que sí te aseguro, Jeremías, es que si resucitar se -pusiera en moda, te verías en el mayor de los aprietos en que te has -visto en tu endiablada vida! - - -III - -LAS SOMBRAS DE LA NOCHE - -Digno de detenidas reflexiones es el fenómeno de que todos los seres -humanos llevan en su constitución la necesidad de ser secretos -impenetrables entre sí. Cuantas veces entro durante la noche en una -gran ciudad, maquinalmente y sin darme cuenta comienzo a pensar que -todas y cada una de las casas que forman el ingente y apretado racimo -que se alza ante mis ojos encierran su secreto peculiar, que todas -y cada una de las habitaciones de las casas encierran su secreto -peculiar, y que todos y cada uno de los corazones que palpitan en los -cientos de miles de pechos que las habitan, es un secreto profundo para -el corazón encerrado en el pecho más inmediato. El fenómeno tiene algo -de pavoroso, algo de común con la muerte. El corazón de la persona que -me es querida me parece libro cuyas hojas estoy volviendo y a cuyo -final no podré llegar jamás: me parece ingente masa líquida en cuyas -profundidades insondables he entrevisto, a la luz que momentáneamente -las ha penetrado, tesoros ocultos y mil secretos que han excitado mis -ansias por saber; pero una voluntad inmutable ha decretado que no pueda -leer más que la página primera del libro, que la masa líquida se cuaje -y trueque en masa eternamente helada, mientras la luz jugueteaba sobre -su superficie y yo la contemplaba desde la orilla, ignorante de lo que -en su fondo encerraba. Ha muerto mi amigo, ha muerto mi vecino, han -muerto mis amores, y con ellos murieron los anhelos de mi alma, porque -su muerte trajo consigo la consolidación inexorable, la perpetuación -del secreto que encerraban aquellas individualidades, como la muerte -sellará para siempre el mío, sepultándolo conmigo en la tumba. ¿Duerme, -acaso, en ninguno de los cementerios de las ciudades que visito, muerto -cuya personalidad íntima sea para mí más inexcrutable que las de los -vivos que afanosos y solícitos recorren sus calles, más de lo que la -mía lo es para todos ellos? - -Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural, -herencia imposible de enajenar, del jinete mensajero, era la misma -del rey, la misma del primer ministro de Estado, la misma del -comerciante más opulento de Londres. Otro tanto sucedía con los tres -viajeros encerrados en los angostos límites de una diligencia vieja y -destartalada. Cada uno de ellos era un misterio impenetrable para su -compañero, tan impenetrable como si en coche propio hubiera viajado, -solos y con una nación de por medio entre coche y coche. - -Montó el mensajero a caballo y emprendió el regreso a trote corto, -deteniéndose en todas las tabernas y mesones del camino para refrescar -la garganta, pero sin trabar conversación con nadie y procurando llevar -siempre el sombrero hundido hasta los ojos. Con éstos se armonizaba -perfectamente la precaución, pues eran negros y muy juntos uno a otro; -tan juntos, que no parecía sino que temían que alguien los saltase -uno a uno si los encontraba separados. Eran de expresión siniestra, a -la que tal vez contribuyera la circunstancia de que brillaran entre -un sombrero, que más que sombrero parecía escupidera triangular, y -una especie de tabardo que arrancaba de los ojos y terminaba en las -rodillas con su portador. Cuando éste se detenía para beber, separaba -con la mano izquierda el tabardo lo indispensable para verter en la -boca el líquido con la mano derecha, y no bien había terminado de -beber, lo subía otra vez. - ---¡No, Jeremías, no!--murmuraba el mensajero, machacando siempre el -mismo tema.--Jeremías no puede estar conforme con eso... Eres un hombre -honrado, Jeremías, un comerciante que no puede aprobar esa clase de -negocios... ¡Resucitado!.... ¡Que me aspen si el señor Lorry no estaba -borracho cuando me dió semejante recado! - -Tan perplejo le traía la palabreja, que con frecuencia se quitaba el -sombrero para rascarse despiadadamente la cabeza; y ya que de la cabeza -hablo, diré que, excepción hecha de la coronilla, completamente calva, -desaparecía bajo una masa de pelo áspero que por la espalda descendía -hasta los hombros y por delante crecía hasta el arranque de su ancha y -roma nariz. Semejaba la cabeza obra de un herrero, caballete de muro -erizado de espesas púas, que los aficionados al juego de _a la una la -mula_ hubieran mirado con terror respetuoso, considerándolo seguramente -el salto más peligroso que el hombre pudiera dar en el mundo. - -Tienen las sombras de la noche caprichos verdaderamente extraños. -Al mensajero, mientras regresaba con el misterioso recado que debía -entregar al vigilante nocturno del Banco Tellson, para que aquel lo -transmitiera a su vez a sus superiores jerárquicos, eran muertos -resucitados, fantasmas salidos de las tumbas, al paso que para la -yegua que montaba, eran caballos corriendo sin descanso. Para los tres -inexcrutables viajeros que ocupaban el interior de la diligencia, -mientras ésta saltaba y daba tumbos sobre los baches del camino, las -sombras de la noche tomaban las formas de los pensamientos que sus -respectivas imaginaciones elaboraban. - -Puede decirse que el Banco Tellson se había trasladado a la diligencia. -Para el empleado del mismo, asido con una mano a una correa, gracias -a la cual podía evitar una colisión con su vecino cada vez que el -vehículo saltaba, y cuenta que saltaba con desesperante frecuencia, las -angostas ventanillas del coche, el farol del mismo, que por aquéllas -filtraba débiles resplandores, y el bulto negruzco del viajero que -tenía ante sus ojos medio cerrados, eran el Banco, en el cual estaba -haciendo infinidad de operaciones a cual más afortunadas. El ruido -que hacían los arneses antojábasele tintineo de moneda con la que -pagaba letras, valores y cheques con rapidez vertiginosa. No tardó -en trasladarse con la imaginación a las cámaras subterráneas, cuyos -secretos conocía tan bien, y armado de sus grandes llaves abría la -enorme caja, que encontraba tan intacta, tan repleta, tan sólida como -la dejara la vez última que tuvo ocasión de verla. - -Pero dominando a la imagen del Banco, que le acompañaba siempre, y a -la de la diligencia, que no le dejaba, sentía otra idea fija, tenaz y -persistente, que le embargó durante toda la noche. Su viaje tenía por -objeto sacar a alguien de la tumba. - -Ahora bien; lo que las sombras de la noche no determinaban, era cuál de -entre el número infinito de caras que pasaban en procesión interminable -ante sus ojos era la de la persona enterrada. Eran, empero, todas ellas -caras de un hombre de cuarenta y cinco años próximamente, y diferían -sobre todo en las pasiones que cada una de ellas reflejaban y en las -palideces lívidas que las caracterizaban. Ante los medio cerrados -ojos del viajero desfilaron unas tras otras caras que eran espejo de -orgullo, de menosprecio, de desafío, de obstinación, de sumisión, -de dolor, caras de mejillas hundidas, color cadavérico, flacas y -demacradas, pero las líneas generales de todas ellas eran las mismas, -de la misma manera que todas aparecían encuadradas en una cabellera -prematuramente blanca. Docenas, cientos de veces preguntó al espectro -el soñoliento viajero: - ---¿Cuándo te enterraron? - ---Hace casi diez y ocho años--contestaba invariablemente el espectros. - ---¿Habías perdido toda esperanza de volver a ver la luz del día? - ---Ha mucho tiempo. - ---¿Sabes que vas a resucitar? - ---Eso me dicen. - ---¿Supongo que te interesará vivir? - ---No puedo decirlo. - ---¿Querrás que te la presente? ¿Vendrás conmigo a verla? - -Las contestaciones que los distintos espectros daban a esta pregunta -última diferían mucho y hasta se contradecían entre sí. - ---¡Espera!--exclamaban unos con voz entrecortada.--¡Moriría si la viera -tan de repente! - ---¡Llévame en seguida!--contestaban otros, derramando mares de -lágrimas.--¡Me muero por verla! - ---¡No la conozco!--respondían otros espectros, mirando asombrados a -quien les preguntaba.--¡No sé de qué me hablas! No comprendo. - -El viajero interrumpía estos discursos imaginarios para cavar, cavar -sin tregua ni descanso, ora con la azada, ora con la pala, tan pronto -con una llave inmensa como con sus propias uñas, en sus ansias por -desenterrar al que sepultaran prematuramente. Rendido al fin, falto -de fuerzas caía de bruces sobre la tierra removida, y al contacto de -ésta con su frente, despertaba sobresaltado y bajaba el cristal de -la ventanilla para que los zarpazos de la niebla y de la lluvia le -hicieran pasar de lo soñado a lo real. - -No conseguía, empero, su objeto. Flanqueando el camino, huyendo ante -el incierto resplandor de los faroles del coche, veía las mismas -imágenes vivificadas por su excitada fantasía. Ante sus ojos se alzaba -el Banco Tellson, sus manos pagaban letras y cheques, recorría las -cámaras subterráneas, visitaba la caja, y de pronto le salían al paso -los fantasmas de rostro lívido y cabellera blanca, y se repetía el -interrogatorio anterior: - ---¿Cuándo te enterraron? - ---Hace casi diez y ocho años. - ---¿Supongo que te interesará vivir? - ---No puedo decirlo. - -Y vuelta a cavar, y a cavar, y a cavar, hasta que uno de sus compañeros -de viaje le indicó, con modales un tanto bruscos, que subiera el -cristal de la ventanilla. - -Quiso entonces fijar sus pensamientos en sus dos compañeros de viaje; -mas no tardó en olvidarlos para volver a ensimismarse en los del Banco -y de la tumba. - ---¿Cuándo te enterraron? - ---Hace casi diez y ocho años. - ---¿Habías perdido las esperanzas de que te desenterrasen? - ---Hace muchísimo tiempo. - -Sonaban aún en sus oídos estas palabras, tan claras y distintas como -jamás las oyera en su vida cuando se percató de pronto de que las -sombras de la noche habían huído avergonzadas ante los esplendores del -nuevo día. - -Bajó la ventanilla y contempló el brillante disco del sol. Clavado -en el surco de un campo inmediato al camino vió un arado. Más allá -se divisaba un soto lleno de árboles, en cuyas ramas quedaban muchas -hojas a las cuales el astro rey daba tonos rojos y dorados. La tierra -estaba húmeda, el cielo despejado y el sol se alzaba solemne, plácido, -rutilante, hermoso. - ---¡Diez y ocho años!--exclamó el viajero, puestos sus ojos en el -sol.--¡Dios mío... Dios mío! ¡Enterrado en vida durante diez y ocho -años! - - -IV - -LA PREPARACIÓN - -Cuando llegó la diligencia a Dover, a su tiempo y sin tropiezo, el -mayordomo en jefe del _Hotel del Rey Jorge_ se apresuró a abrir la -portezuela, como tenía por costumbre. Supo dar a su acto cierto aire -solemne y ceremonioso, y a fe que lo merecía, pues digno era en verdad -de todos los parabienes y enhorabuenas el venturoso viajero que, en -pleno invierno, acometía y acababa felizmente una hazaña tan erizada de -peligros como un viaje en diligencia desde Londres hasta Dover. - -No pudo felicitar el fino y cumplido mayordomo más que a un solo -viajero, sencillamente porque uno solo venía en el carruaje: los -restantes habíanse quedado en sus destinos respectivos. El interior de -la diligencia, sucio, lleno de paja y mal oliente, más que otra cosa -parecía obscura perrera, y el señor Lorry que lo ocupaba, cuando salió, -sacudiéndose las pajas y las inmundicias que cubrían su indumentaria, -envuelto en un abrigo viejo y sucio, cubierto con un sombrero -apabullado y calzando botas altas cubiertas de fango, más que hombre -parecía perro de raza gigante. - ---¿Saldrá mañana barco para Calais, mayordomo?--preguntó. - ---Saldrá, señor, si continúa el buen tiempo y sopla viento favorable. -¿Desea cama el señor? - ---No pienso acostarme hasta la noche; pero necesito habitación y un -barbero. - ---¿Y el almuerzo a continuación, señor? Muy bien... Por aquí, señor. -¡La Concordia para este caballero...! ¡El equipaje de este caballero -a la Concordia...! ¡Agua caliente a la Concordia!... ¡Qué suba -inmediatamente un barbero a la Concordia!... En la Concordia encontrará -usted, señor, una lumbre agradable. - -La habitación conocida por el nombre de la Concordia, que -invariablemente se destinaba a uno de los viajeros llegados por la -diligencia, ofrecía un interés especial. Nadie advirtió jamás la -diferencia más insignificante entre los diferentes personajes que -en ella entraron, pues nunca ojo humano distinguió otra cosa que un -levitón de viaje, puesto sobre unos zapatos ordinariamente sucios, y -coronado por un sombrero casi siempre viejo y apabullado; pero si en -la Concordia entró siempre el mismo individuo al parecer, salieron de -ella en el transcurso de los años hombres de todas las edades, tipos, -figuras y cataduras. No es, por tanto, de admirar, que la casualidad -llevase al trayecto comprendido entre la Concordia y el comedor, a dos -mayordomos, tres camareros y varias criadas, amén de la propia dueña -del establecimiento, los cuales estaban entregados a diversas faenas -domésticas, cuando de la habitación mencionada salió un caballero de -unos sesenta años, vistiendo traje de color obscuro, casi nuevo y muy -bien conservado, y luciendo unos puños cuadrados muy grandes, aunque -no más grandes ni más cuadrados que las carteras que adornaban sus -bolsillos. - -El caballero del traje obscuro se dirigió al comedor, y fué el único -que aquella mañana se sentó a la mesa. Habían colocado ésta junto a -la chimenea, y al amor de la lumbre se sentó nuestro viajero, puesta -una mano sobre cada rodilla, esperando que le sirvieran el almuerzo, -en actitud tan rígida y compuesta, que no parecía sino que para que le -hicieran un retrato había tomado asiento. - -Parecía hombre metódico y ordenado. Allá en las profundidades del -bolsillo de su chaleco dejaba oir su voz potente y sonora un reloj -de tamaño extraordinariamente grande, cuya gravedad y longevidad -incontestables semejaban protesta ruidosa y elocuente contra la -ligereza y futilidad del fuego que en la chimenea ardía. Buenas -pantorrillas tenía el caballero, y es posible que de ellas estuviera -envanecido, a juzgar por las medias que las encerraban, del tono mismo -que su traje, de punto muy fino y perfectamente ajustadas. Sus zapatos, -que adornaban hermosas hebillas, si bien eran de clase corriente, -revelaban la mano de un zapatero hábil y ducho en su oficio. - -Perfectamente ajustada a su cabeza llevaba una peluca pequeña, muy fina -y ligeramente rizada, cuya peluca, de suponer es que fuera de cabello, -aunque a decir verdad, más parecía hecha de filamentos de seda o de -cristal. En cuanto a su camisa, si en finura no podía competir con las -medias, en cambio en blancura rivalizaba con la de las crestas de las -olas que mansas venían a besar la arena de la playa inmediata, o con la -de las velas que mar adentro brillaban a los rayos del sol. Prestaban -animación a aquella cara de expresión tranquila, mejor dicho, a aquella -cara inexpresiva, pues la mano persistente de la costumbre había -borrado de ella la expresión, dos ojos de mirar penetrante, aunque un -poquito blandos, que en años pasados debieron dar no poco trabajo a -su dueño, antes que consiguiera domarlos y darles aquella expresión -de reserva impenetrable y de compostura que era la característica -de todos los empleados del Banco Tellson. En la cara, de color sano, -aunque surcada de numerosas arrugas, no habían dejado huellas las -ansiedades e inquietudes, quizá porque los viejos solterones empleados -en el Banco Tellson jamás se ocuparon más que en asuntos de otras -personas, y esos asuntos se parecen a los guantes usados, que entran y -salen sin esfuerzo. - -El señor Lorry concluyó por dormirse. Despertó cuando le sirvieron el -almuerzo y dijo al camarero que le servía: - ---Deseo que preparen habitación para una señorita, que probablemente -llegará hoy, no sé a qué hora. Es posible que pregunte por el señor -Mauricio Lorry, aunque pudiera también ocurrir que lo haga por el señor -del Banco Tellson: en uno y otro caso, páseme aviso. - ---Está muy bien, señor. ¿El Banco Tellson de Londres, señor? - ---Sí. - ---Con frecuencia nos ha cabido el honor de servir a los caballeros -de ese Banco, señor, en los repetidos viajes que hacen entre Londres -y París, y viceversa. ¡Ah! ¡El Banco Tellson y Compañía viaja mucho, -señor! - ---Cierto. Nuestra casa es tan francesa como inglesa. - ---Pero si no me equivoco, usted no suele viajar mucho, señor. - ---Muy poco desde hace algunos años. Habrán pasado ya... quince desde -que no he ido a Francia. - ---No estaba yo aquí en aquella fecha, señor... Ni yo ni ninguno de los -que hoy estamos. El _Hotel del Rey Jorge_ tenía otros dueños, señor. - ---Tal creo. - ---En cambio apostaría sin temor a perder, que una casa como el Banco -Tellson y Compañía viene prosperando y floreciendo, no diré ya desde -quince años atrás, sino de cincuenta. - ---Puede usted apostar y decir ciento cincuenta, sin temor a perder y -con conciencia de que se aproxima mucho a la verdad. - ---¡Ciento cincuenta años! - -Abriendo desmesuradamente los ojos y haciendo de su boca una O -perfecta, el camarero adoptó la postura clásica, pasó la servilleta -desde el brazo derecho al izquierdo y quedó callado, mirando cómo comía -y bebía el viajero, conforme vienen haciendo desde tiempo inmemorial -los camareros de todos los siglos y países. - -Terminado el almuerzo, el señor Lorry salió a dar un paseíto por la -playa. No se divisaba desde ella la pequeña e irregular ciudad de -Dover, excepción hecha de sus tejados que, metidos entre picachos de -canteras calizas, semejaban gigantesca ostra marina. Era la playa un -desierto erizado de peñascales y plagado de escollos, donde la mar -hacía lo que se la antojaba, y lo que se la antojaba invariablemente -era destruir. Casi de continuo rugía contra la ciudad, bramaba contra -los farallones, embestía contra los peñascos que pretendían oponerse -a su paso y los derribaba con estruendo. Respirábase en las casas un -olor tan fuerte a pescado, que no parecía sino que los habitantes de -las aguas salían de éstas para curar en las casas sus enfermedades, de -la misma manera que las personas enfermas suelen buscar la salud en los -baños de mar. Algunos, muy pocos, se dedicaban a la pesca en aquellas -aguas, y si durante el día la playa estaba siempre desierta, en cambio -por la noche se veían personas que clavaban sus miradas inquietas en -la inmensidad del mar. Comerciantes insignificantes a los que nunca se -veía hacer un negocio, realizaban de pronto fortunas inmensas que no -tenían explicación racional, y era muy de notar que nadie, por aquellos -lugares, podía sufrir la presencia de una luz, de la que huían como del -demonio. - -A medida que declinaba la tarde, y el aire, tan diáfano y transparente -durante el día, que hubo momentos en que se divisaban perfectamente las -costas de Francia, se saturaba de vapores y nieblas, se entenebrecían -también los pensamientos del señor Lorry. Cuando, llegada la noche, se -sentó al amor de la lumbre del comedor para esperar que le sirvieran la -comida, como esperara aquella mañana que le sirvieran el almuerzo, su -imaginación cavaba, cavaba sin descanso. - -No perjudica la salud de un buen cavador una botella de añejo clarete, -aunque acaso sea rémora a su actividad, si es cierto, como dicen, que -el clarete, sobre todo si es bueno y añejo, inocula en quien lo bebe -tendencia marcada a la suspensión de toda clase de trabajos corporales. -El señor Lorry había suspendido hacía largo rato todas sus operaciones -y acababa de verter en el vaso el último líquido que quedaba en la -botella, revelando su rostro toda la satisfacción que pueda revelar un -caballero entrado en años que acaba de ver el fondo de una botella, -cuando hirió sus oídos el rápido rodar de un carruaje que penetraba en -la angosta callejuela y se detenía dentro del patio del hotel. - ---¡La señorita!--exclamó Lorry, dejando sobre la mesa el vaso que iba a -llevar a sus labios. - -Momentos después entraba en el comedor el camarero y anunciaba que la -señorita Manette, recién llegada de Londres, deseaba ver al caballero -del Banco Tellson. - ---¿Tan pronto? - ---La señorita Manette ha tomado un refrigerio en el camino, y lo único -que ahora desea con verdadero anhelo es ver sin pérdida de momento al -caballero del Banco Tellson, siempre que éste tenga agrado en visitarla. - -No quedó otro recurso al caballero del Banco Tellson que vaciar el -vaso haciendo un gesto de estólida desesperación, ajustar su sedosa -peluca a sus orejas y seguir al camarero, que le guió a la habitación -de la señorita Manette. Era una estancia de grandes proporciones, muy -obscura, tapizada de negro, como una capilla ardiente, y amueblada con -objetos de tonos obscuros, entre los cuales podían contarse una porción -de mesas, todas pesadas y todas negras. Sobre la del centro, untada, -como todas las otras, mil veces con aceite, había dos candelabros, -negros también, cuya luz no bastaba a disipar las tinieblas que -reinaban como dueñas y señoras en la estancia. - -Tan densa era la obscuridad, que el señor Lorry, mientras avanzaba -caminando sobre una alfombra, bastante deteriorada por cierto, supuso -que la señorita se encontraría en alguna habitación contigua, y en esa -creencia persistió hasta que, después de dejar a sus espaldas los dos -candelabros, tropezó con una persona que de pie le estaba esperando, -entre la mesa y la chimenea. Era una joven de unos diez y siete años -de edad, vestida de amazona, cuyas manos sostenían aún por la cinta -el sombrero de paja que llevó durante el viaje. Al fijar sus ojos en -aquella carita diminuta, perfectamente ovalada y de líneas graciosas, -encuadrada en una masa abundante de cabellos de oro, dos ojos azules -salieron al encuentro de los suyos, mirándoles con mirada penetrante y -expresión que no era de perplejidad, ni de asombro, ni de admiración, -ni de alarma, aunque probablemente participaba de las cuatro. En la -imaginación del señor Lorry, al apreciar las facciones que delante -tenía, surgió la figura de una niña que muchos años antes había llevado -en sus brazos en un viaje de travesía por aquel mismo canal con tiempo -frío y mar extraordinariamente gruesa. Disipóse la imagen casi con -tanta rapidez como se borró la mancha producida por el aliento en la no -muy limpia cornucopia colocada a espaldas de la joven, y encerrada en -un marco que ofrecía una procesión de cupidos negros sin cabeza muchos -y todos cojos o mancos, los cuales ofrecían canastillas negras llenas -de frutas del Mar Muerto a unos ídolos negros del género femenino, y se -inclinó profunda y solemnemente ante la señorita Manette. - ---Sírvase tomar asiento, caballero--dijo una voz clara y musical, con -acento extranjero, aunque apenas perceptible. - ---Beso a usted la mano, señorita--contestó el señor Lorry, haciendo -otra reverencia, a la usanza antigua, antes de tomar asiento. - ---Ayer recibí una carta del Banco, caballero, en la que me decían que -se había sabido... o descubierto... - ---La palabra es lo de menos, señorita: una y otra expresan la idea. - ---... Algo acerca de los escasos bienes que dejó mi pobre padre, a -quien he tenido la desventura de no conocer... - -Lorry se revolvió en la silla, y dirigió miradas angustiosas a la -fúnebre procesión de cupidos negros, cual si esperara encontrar en las -absurdas canastillas que llevaban, la luz que le negaba su inteligencia. - ---... Y que, en consecuencia, era de todo punto necesario que hiciera -un viaje a París, donde habría de ponerme en contacto con un caballero -del Banco, enviado a la capital de Francia para ese objeto. - ---Ese caballero soy yo, señorita. - ---Lo suponía, caballero. - -La niña hizo una reverencia llena de gracia (en aquellos tiempos hacían -reverencias las señoritas). El caballero se inclinó profundamente. - ---Contesté al Banco que si las personas que llevan su benevolencia para -conmigo hasta el punto de aconsejarme, consideraban que era necesario -el viaje, iría desde luego a Francia, pero que, en atención a que soy -huérfana y no tengo amigos que puedan acompañarme, estimaría como -favor especial que me permitieran colocarme, durante el viaje, bajo la -protección del digno caballero con quien había de ponerme en contacto -en París. El caballero había salido ya de Londres, pero creo que le -enviaron un mensajero rogándole que me esperase aquí. - ---Me consideré feliz al recibir el encargo, y me lo consideraré mucho -más cumpliéndolo, señorita--contestó el señor Lorry. - ---Muchísimas gracias, caballero; crea usted que se las doy de corazón. -Me anunció el Banco que el caballero me explicaría los detalles -del asunto, y que fuera preparada a recibir noticias de índole -sorprendente. He hecho todo lo posible para prepararme, y puede estar -seguro de que siento verdaderos anhelos por saber de qué se trata. - ---Lo encuentro muy natural--respondió Lorry.--Sí... perfectamente -natural... Yo... - -Hizo una pausa, ajustó nuevamente su peluquín a las orejas, y repuso al -fin: - ---Lo cierto es que resulta tan difícil principiar... - -Y no principió. En su indecisión sus miradas se encontraron con las de -su interlocutora. En la frente de ésta se dibujaron algunas arrugas, -su rostro varió de expresión, y su mano se alzó hasta la altura de -los ojos, cual si deseara apoderarse de alguna sombra que ante ellos -acababa de cruzar. - ---¿Nos habremos visto alguna vez, caballero?--preguntó. - ---¿Lo cree usted así?--interrogó Lorry, extendiendo los brazos y -sonriendo. - -La línea delicada y fina que se había dibujado entre las cejas de la -niña se hizo más profunda y enérgica al sentarse ésta en la silla -junto a la cual había permanecido en pie hasta entonces. Lorry la -contemplaba silencioso, y cuando al cabo del rato la joven alzó de -nuevo sus ojos, apresuróse aquél a preguntar: - ---Supongo que en su patria de adopción deseará usted que le trate y -hable como a señorita inglesa; ¿no es verdad, señorita Manette? - ---Como usted guste, caballero. - ---Soy hombre de negocios, señorita Manette, y he recibido el encargo -de tratar y llevar a feliz término un negocio. Cuando escuche usted de -mis labios todos los detalles con aquél relacionados, no vea usted en -mí más que una máquina habladora, pues en rigor, máquina habladora soy. -Con su permiso, señorita Manette, referiré a usted la historia de uno -de nuestros clientes. - ---¡Historia! - -Parece que Lorry debió tomar una palabra por otra, pues no bien repitió -su interlocutora la palabra _historia_, repuso con apresuramiento: - ---Sí, señorita: de uno de nuestros clientes. Los que nos dedicamos -a los negocios bancarios solemos llamar clientes a todos nuestros -conocimientos. El cliente a que me refiero era un caballero francés, -hombre de mucho talento y grandes dotes intelectuales... un médico. - ---No sería de Beauvais, ¿eh? - ---Precisamente de Beauvais. Lo mismo que el señor Manette, su padre de -usted, el caballero en cuestión era de Beauvais: lo mismo que el señor -Manette, su padre de usted, era una notabilidad en París, donde tuve el -honor de conocerle. Nuestras relaciones fueron lisa y exclusivamente de -negocios, pero confidenciales. Me hallaba yo a la sazón en nuestra casa -francesa, y hace de esto... ¡friolera! ¡veinte años! - ---En aquel tiempo... Perdone usted mi curiosidad, caballero, pero -desearía saber... - ---Hablo de veinte años atrás, señorita. Casó con una dama inglesa... y -yo era uno de sus fideicomisarios. El Banco Tellson manejaba todos sus -negocios, como los de casi todos los caballeros y familias francesas. -De la misma manera que fuí fideicomisario de aquel caballero, lo soy -o lo he sido de docenas de clientes de la casa. Son puras relaciones -comerciales, señorita, libres de amistad, libres de interés, libres de -afecto, relaciones en las cuales nada hay que se parezca a sentimiento. -En el curso de mi vida, he pasado de unas a otras sin que ninguna -dejara rastros ni casi recuerdos en mí, exactamente lo mismo que -despacho con los innumerables clientes que diariamente se acercan al -Banco con objetos tan variados. En una palabra, señorita: yo no tengo -sentimientos, yo no tengo afecto a nadie, yo soy una máquina, yo soy -un... - ---Pero es que me está usted refiriendo la historia de mi padre, -caballero, y principio a sospechar que, cuando murió mi madre, que -solamente dos años sobrevivió a mi padre, dejándome huérfana y sola en -el mundo, fué usted el que me llevó a Inglaterra. Casi me atrevería a -asegurar que fué usted. - -El señor Lorry tomó la diminuta mano que llena de confianza buscaba las -suyas, y la llevó con cierto aire de ceremonia a sus labios. - ---Yo _fuí_, en efecto, señorita Manette--contestó Lorry.--El hecho de -que desde entonces nunca más haya vuelto a ver a usted, la convencerá -de la exactitud de mis palabras, la convencerá de la verdad con que -aseguré ha poco que no tengo sentimientos, y que cuantas relaciones -mantengo o he mantenido con mis semejantes han sido exclusivamente -de negocios. ¡No! ¡Nada de sentimentalismo! Usted ha sido desde -entonces la pupila del Banco Tellson, y yo he tenido sobrado quehacer -también desde entonces trabajando en los asuntos del Banco Tellson. -¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo y voluntad para permitirme el lujo de -tenerlos! He pasado mi vida entera moviendo y dando vueltas a masas -inmensas de dinero. - -Hecha esta descripción singular de sus rutinas diarias, el señor Lorry -alisó con entrambas manos su sedosa peluca, operación innecesaria, -pues era imposible alisarla más de lo que estaba, y volvió a tomar su -actitud anterior. - ---Hasta ahora, señorita, lo que acabo de narrar es, conforme ha -adivinado usted, la historia de su padre. Las diferencias vienen ahora. -Si su padre no hubiese muerto cuando murió... ¡No se asuste usted! ¡Si -está temblando como la hoja en el árbol! - -Era cierto. La joven temblaba convulsivamente y, sin articular palabra, -alargó entrambas manos en actitud suplicante. - ---¡Por favor, señorita...!--exclamó Lorry con extremada -dulzura.--Domínese usted... Calme esa agitación... ¿Qué tienen que ver -aquí los sentimientos?... Estamos hablando de negocios... Ya ve usted: -decía... - -La mirada que la niña dirigió al narrador le descompuso tan por -completo, que vaciló, tartamudeó, hubo de hacer una pausa bastante -prolongada, y al fin repuso: - ---Decía que si el señor Manette no hubiese muerto, que si en vez de -morir hubiera desaparecido inesperada y silenciosamente, evaporándose, -por decirlo así, que si no hubiera sido empresa imposible adivinar el -pavoroso lugar donde habría sido sepultado, aunque sí llegar hasta él, -si hubiera tenido la desgracia de acarrearse la animadversión de algún -compatriota suyo, investido de un poder que los hombres más valientes -de mi tiempo no se atrevían a mencionar sin temblar, el poder de llenar -órdenes o decretos firmados en blanco, en virtud de las cuales fácil -era condenar a prisión y olvido temporal o perpetuo a cualquier mortal, -si la esposa de ese caballero hubiera implorado compasión del rey, de -la reina, de la corte, del clero y de la nobleza, solicitando noticias -de su marido ausente, sin conseguir ablandar ningún corazón, entonces -la historia del doctor de Beauvais que estoy refiriendo sería en efecto -la de su padre de usted. - ---¡Por Dios santo, caballero, dígame más! - ---A eso voy: ¿pero cuenta usted con valor bastante para escuchar lo que -yo diga? - ---Todo lo puedo soportar menos la incertidumbre en que me dejan sus -palabras. - ---Habla usted con calma... y seguramente _está ya_ sosegada: -¡magnífico!--continuó Lorry, con expresión que desmentía sus últimas -palabras.--Estamos hablando de negocios... nada más que de negocios. -No vea usted en lo que digo más que un negocio... que puede hacerse... -que, según todas las probabilidades, saldrá bien. Sigamos: si la buena -señora del doctor, dama de valor excepcional y de gran presencia de -espíritu apuró dolores, sufrimientos tan acerbos, a consecuencia de lo -que acabo de manifestar, antes que viniera al mundo su hijo... - ---¡El hijo era hija, caballero!... - ---¡Bueno...! ¿Qué más da? El sexo no altera el negocio... Digo, -señorita, que si la pobre dama sufrió dolores tan acerbos antes que -naciera su hija, que a fin de impedir que llegase hasta ésta la triste -herencia de sus agonías, la amamantó y educó en la creencia de que su -padre había muerto... ¡No se arrodille usted, por Dios vivo...! ¡En -nombre del Cielo!... ¿Por qué cae de rodillas a mis pies? - ---¡Para suplicarle que me diga la verdad...! ¡Por piedad, señor, nada -me oculte!... - ---Todo se lo diré... ¡Pero cálmese usted, por lo que más quiera! -Estamos tratando un... un... negocio, señorita, y sus extremos me -confunden... y no es posible... no puedo tratar negocios con acierto -si confunden y obscurecen mis ideas. Veamos de despejar la cabeza. Si -usted puede decirme ahora mismo... por ejemplo, cuántos peniques suman -nueve monedas de a nueve peniques una, o cuántos chelines son veinte -guineas, tranquilizará mucho mi espíritu, pues será prueba palpable de -la calma y serenidad del suyo. - -Sin contestar directamente a este llamamiento, la niña se dejó alzar -del suelo y volvió a sentarse con tal compostura, que comunicó a su -interlocutor el valor que principiaba a faltarle. - ---¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho valor! ¡Negocio y nada más que negocio! Se -le presenta un negocio, negocio positivo, de rendimientos. Su madre, -señorita Manette, adoptó con usted la norma de conducta que antes he -insinuado. Cuando murió... creo que de pesadumbre... sin haber cesado -ni por un instante de buscar a su marido, y sin llegar a averiguar -nada, dejó a usted, niña de dos años, en camino de crecer hermosa, -feliz, sin penas, libre de la nube negra que hubiera amargado su -existencia, si al morir la hubiese revelado la historia de su padre, -sin poder añadir si éste había muerto en la cárcel o si continuaba -enterrado en el calabozo, sufriendo las torturas del sepultado en vida. - -Pronunció las últimas palabras posando una mirada de compasión infinita -sobre los cabellos de oro que tenía delante, cual si a sí mismo se -dijera que, gracias a la compasiva reserva de la madre, no abundaban en -aquellos las hebras de plata. - ---Sabe usted perfectamente que sus padres no disfrutaron de una gran -fortuna, y que, la que poseían, pasó a su madre y a usted. Por lo que a -dinero y bienes materiales se refiere, no se han hecho descubrimientos -nuevos; pero... - -Sintió el narrador que manos delicadas oprimían con fuerza sus muñecas, -y dejó de hablar. La expresión del rostro de la niña era de pena y de -horror. - ---Pero ha sido encontrado... _él_. Vive, sí... muy cambiado... lo -considero probable; destrozado, hecho una ruina, reducido a sombra de -lo que fué... es posible; pero vive, y debemos abrigar esperanzas de -que mejorará. Su padre ha sido llevado a la casa de un antiguo criado -suyo, que reside en París, y a su encuentro vamos nosotros: yo, para -identificarle, si puedo; usted, para abrazarle, para devolverle la -vida, el cariño, la calma y el descanso. - -La niña se estremeció de pies a cabeza. Trémula, conmovida, con voz -extraña, cual de la quien habla en sueños, dijo: - ---¡Voy a ver su fantasma!... ¡Su fantasma!... ¡No a él! - -Lorry desprendió con suavidad las manos que atenaceaban su brazo. - ---¡Calma, calma, señorita!--dijo.--Ya pasó todo. Conoce usted todo lo -bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero, -injustamente castigado, y después de un viaje feliz por mar, seguido de -otro no menos venturoso por tierra, tendrá muy en breve el dulce placer -de abrazarle. - ---¡He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su -fantasma!--exclamó la niña con el mismo tono de voz que antes. - ---Réstame otra observación--repuso Lorry, recalcando la palabra, con -objeto, sin duda, de asegurarse la atención de su oyente. Cuando le -encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho -tiempo, o alguien ha tenido interés en ocultarlo. Sería peor que -inútil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sería peor -que inútil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si -deliberadamente y con intención le han retenido durante tantos años -prisionero: sería peor que inútil practicar pesquisas de ninguna clase, -y lo sería, porque además de inútil, nos expondríamos a correr grandes -peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y -sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a -cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano inglés, y hasta el -Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos -atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona -una línea, una palabra escrita que a él se refiera con claridad. En -una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para -resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he -recibido, se reducen a una palabra sola: «Resucitado»... ¡Pero qué es -eso!... ¡Si no ha oído una palabra de las que vengo diciendo! ¡Señorita -Manette! - -La niña continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente -tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida, -perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de -Lorry, pero con esa expresión singular que tienen los ojos esculpidos -bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo -con tal fuerza, que no se atrevió a desasirlos temiendo lastimarla, por -cuyo motivo gritó pidiendo socorro, pero sin moverse. - -A los gritos acudió una mujer de aspecto bravío, roja de cabeza a pies, -pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido, -rojo el monumental gorro, semejante al que solían llevar los granaderos -o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer, -que penetró corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de -la posada. Pocos miramientos empleó la primera para solucionar el -conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados, -lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del -caballero del Banco Tellson, envió a éste precipitado contra la pared -más inmediata. - ---¡Esa mujer es hombre!--murmuró para sus adentros Lorry, al chocar -contra la pared. - ---¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!--rugió la mujer roja, dirigiéndose a -las criadas.--¿Por qué no vais a fregar, en vez de estar ahí, mirándome -como idiotas? ¿Soy alguna mona por ventura? ¡A trabajar! ¡Pronto -sabréis quién soy yo, si no me traéis volando sales, agua fría, vinagre -y todo lo que haga falta! - -La dispersión fué general e inmediata. Volaron las criadas en busca -de los restaurativos pedidos, mientras la matrona roja colocaba a -la paciente sobre un sofá con gran pericia y suavidad llamándola -«preciosa», «hijita mía», «paloma», etc., etc. - ---¿Y usted, pedazo de bruto--gritó a continuación, revolviéndose -furiosa contra el señor Lorry,--no pudo contarla su famosa historia -sin darla un susto de muerte? ¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida como un -difunto, fría como el hielo! ¿No le da vergüenza decir que es banquero? - -Hasta tal extremo desconcertó al señor Lorry una pregunta de -contestación tan difícil, que no supo hacer otra cosa que mirar desde -lejos con expresión de simpatía y humildad extraordinarias, mientras -la tremebunda mujer, después de ahuyentar de nuevo a los criados que -habían vuelto a entrar con agua, vinagre y sales, bajo la penalidad -misteriosa de «hacerles saber algo que no tenía por qué mencionar» si -continuaban allí mirándola embobados, puso manos a la obra y consiguió, -al cabo de mucho rato, que la niña comenzara a dar señales de vida. - ---Parece que se encuentra mejor--observó el señor Lorry. - ---Pero no será por lo que usted ha hecho--replicó con aspereza la -matrona.--¡Hija mía! - ---¿Tendría usted inconveniente--preguntó Lorry con gran humildad, -pasados algunos momentos--en acompañarla hasta Francia? - ---¡No sabe usted decir más que sandeces! Si la Providencia hubiese -dispuesto que alguna vez cruzase yo el charco, ¿cree usted que me -habría hecho nacer en una isla? - -Como también resultaba difícil en extremo la contestación a semejante -pregunta, el señor Mauricio Lorry creyó conveniente retirarse para -meditar. - - -V - -LA TABERNA - -Había caído en la calle, haciéndose pedazos, una barrica de vino. El -accidente ocurrió al sacar la barrica de un carro. Aquélla cayó al -suelo, comenzó a rodar, saltaron los aros, y fué a abrirse como un -cascarón de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna. - -Cuantas personas había por los alrededores suspendieron sus tareas -o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y -beberse el vino. Las piedras ásperas, desiguales y puntiagudas que -formaban el adoquinado de la calle, puestas de propósito, según todas -las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales -tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, habían hecho la distribución -del rojo líquido, formando variedad de estanques de diferentes -dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores -o menores, según fuera mayor o menor su extensión. Muchos hombres, -tendidos de bruces, recogían el vino en el hueco de sus manos, y -bebían, o hacían que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban -sobre sus hombros, antes que el líquido escapara entre sus dedos. -Otros, hombres y mujeres, lo recogían con pequeñas vasijas de barro -cocido o bien empapaban los pañuelos de cabeza de las mujeres, que -luego exprimían en sus bocas o en las de los niños: éstos oponían -diques de barro al curso del vino, aquéllos, obedeciendo los consejos -que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de acá -para allá a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban -quienes apoderándose de los fragmentos medio podridos de la barrica, -los chupaban y lamían con indecible ansiedad. Puede asegurarse que -las turbas recogieron, no ya sólo hasta la última gota de vino, sino -también hasta la última molécula de tierra que con aquel estuvo en -contacto. La calle quedó como si por ella acabasen de pasar todas las -brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido -la brillante institución de basureros. - -Mientras duró la diversión del vino, no cesó en la calle la algarabía -de alegres carcajadas y gritos de júbilo, lanzados por docenas de -gargantas de hombres, de mujeres y de niños. La distracción resultaba -un poquito ordinaria y un mucho movida. Cuantos en ella tomaban parte -mostraban tendencia especial a las afinidades y confianzas, de las que -resultaban brindis de gusto discutible, apretones de manos, abrazos y -caprichosas danzas, en los que tomaban parte especial los que habían -bebido más, o los de carácter más jovial y divertido. Cuando faltó el -vino, y las piedras y tierra que había regado quedaron secas y limpias, -cesaron las demostraciones de alegría con tanta brusquedad como habían -comenzado. El individuo que había dejado su sierra apoyada contra el -leño que estaba aserrando, la empuñó y puso de nuevo en movimiento; -la mujer que dejó su puchero cociendo frente a la puerta de su casa, -volvió a atenderlo; descendieron otra vez a las profundidades de las -obscuras cuevas los hombres de brazos desnudos, pelo sucio y rostros -cadavéricos que habían salido a la luz del día minutos antes, y las -tinieblas envolvieron con su manto una escena que, en realidad, hacía -daño contemplar a la luz del sol. - -El vino que contenía la barrica destrozada era tinto, y manchó la -estrecha calle del suburbio de San Antonio en la cual se había -derramado. Manchó asimismo muchas manos y muchas caras y muchos pies -desnudos y muchos zuecos. Las manos del hombre que aserraba el leño -dejaron huellas rojizas en las tablas, y la frente de la mujer que -amamantaba a su tierno hijo quedó también manchada al chocar con la -frente de la vieja bruja con la cual se abrazó y bailó en momentos -de efímera alegría. Los que ansiosos se apoderaron de los restos de -la barrica y los chuparon y lamieron, salieron de la diversión con -círculos rojizos en sus bocas que les daban aspecto de tigres feroces, -y hubo uno, más aficionado sin duda a las bromas que los demás, que con -el dedo untado en la masa formada por el lodo y el vino, garrapateó en -la pared la palabra _sangre_. - -¡Día llegaría en que la sangre fuera vertida a torrentes, y en que -muchos de los que en la diversión reseñada tomaron parte irían tintos -en sangre de cabeza a pies! - -Luego que la calle de San Antonio volvió a su ser y condición -habituales, de los que momentáneamente la sacara un incidente fortuito, -quedó triste, obscura y tétrica, gimiendo bajo el cetro del frío, -de la suciedad, de las enfermedades, de la ignorancia y del hambre, -nobles de gran poder todos ellos, pero particularmente el mencionado -en último lugar. En todos los rincones se veían agazapados ejemplares -de desdichados que habían sido prensados y triturados una y cien veces -entre las pesadas piedras del molino, tiritando de frío y cayéndose de -hambre. El molino que los había triturado no era aquel molino fabuloso -que tiene la propiedad de convertir a los viejos en jóvenes llenos de -vida, sino el que hace de los jóvenes viejos. Caras de ancianos tenían -los muchachos, y voces graves y profundas los niños. Sus espaldas se -doblaban bajo el peso, no de los años, pero sí bajo el del hambre, que -era la dueña y señora de aquellos barrios. Hambre era la palabra que se -repetía en todas las casas, hambre el fatídico fantasma montado sobre -los míseros harapos que pendían de las pértigas o cuerdas tendidas -frente a las inmundas casuchas, hambre repetían todos los fragmentos de -serrín que caían bajo los dientes de la sierra del carpintero, hambre -el espantoso monstruo que, no encontrando en las calles inmundicias con -que alimentarse, se encaramaba a lo alto de las chimeneas, que tampoco -ofrecían humo a su voracidad; hambre era la inscripción que se leía en -las anaquelerías de todos los panaderos, hambre la palabra estampada en -todos los panes, caros, de mala calidad y faltos de peso. - -Los distritos donde había sentado sus reales no podían ser más a -propósito para el objeto. Una calle estrecha y tortuosa, muladar -inmundo y hediondo, de la que arrancaban otras callejas más estrechas -y tortuosas, habitadas por piltrafas humanas y oliendo a piltrafas -humanas, en las cuales sólo se veían personas y cosas que daban -náuseas. En la torva expresión de sus habitantes vislumbrábanse -anhelos feroces de volver las cosas del revés. No faltaban en sus -caras demacradas ojos que despedían llamas, ni labios crispados, ni -frentes contraídas horriblemente. Hasta las muestras de las tiendas -eran ilustraciones vívidas de la necesidad. En las carnicerías y -tocinerías pintaban reses escuálidas, y en las panaderías panes -fementidos, microscópicos. La única industria que parecía atravesar una -época de prosperidad floreciente era la de las herramientas y armas. -Los cuchillos y hachas de los carniceros eran brillantes, estaban -perfectamente afiladas, los martillos de los herreros pesaban muchas -libras, y las armerías estaban atestadas de instrumentos de muerte. -Las calles, llenas de baches, depósitos de fango y de agua corrompida, -carecían de aceras. Los faroles, que a intervalos muy largos pendían de -unas cuerdas, derramaban sobre ellas una luz enfermiza que no bastaba a -disipar las tinieblas como no disipan las tinieblas del mar la luz de -los faroles colocados en lo alto de las vergas. A decir verdad, París -era un mar, y tanto el barco como los que lo tripulaban corrían grave -peligro de naufragar. - -Había de llegar el día en que los famélicos habitantes de aquellas -regiones, a fuerza de contemplar los míseros faroles, llegarían a -concebir el proyecto de introducir mejoras en el sistema y colgarían de -aquellas cuerdas hombres que iluminasen las negruras de su situación. -No era, empero, llegado el tiempo, y aunque todas las brisas que -soplaban sobre Francia eran precursoras de recios vendarales, no se -daban por enterados los pajarillos de sedoso plumaje. - -La taberna frente a la cual se desarrolló la escena que acaban de -presenciar los lectores de esta historia ofrecía mejor aspecto que la -mayor parte de las tabernas de aquellos barrios, y su dueño, vestido -con chaleco amarillo y calzones verdes, estuvo contemplando con -tranquila indiferencia la lucha de los que corrían a la conquista del -vino derramado. - ---Poco me importa--exclamó, encogiéndose de hombros.--Lo han dejado -caer los empleados del almacenista; ellos me traerán otra barrica. - -Acertó entonces el tabernero a ver al individuo que escribía en la -pared la palabra _sangre_, y le preguntó: - ---Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo ahí? - -Contestó él interpelado con uno de esos gestos significativos que tanto -privan entre las gentes de su ralea, y cuya significación tantas veces -pasa inadvertida, como ocurrió en el caso presente. - ---¿Estás haciendo méritos para ingresar en un manicomio?--repuso el -tabernero, atravesando la calle y extendiendo sobre la palabra escrita -en la pared un puñado de barro que recogió del suelo.--¿No encuentras -otro sitio, dime, donde escribir palabras como ésa? - -Mientras formulaba la segunda pregunta, el tabernero colocó su mano -menos sucia (quizá por casualidad, quizá intencionadamente) sobre la -región del corazón de su interlocutor. Este golpeó su pecho con la -suya, dió un prodigioso salto y quedó inmóvil, en actitud de danza -fantástica puesto el brazo izquierdo sobre la cadera y el derecho en -alto, y sosteniendo entre el pulgar y el índice de la diestra un zapato -sucio que previamente se había sacado de uno de sus pies. - -El tabernero volvió a cruzar la calle y entró en su establecimiento. -Era un hombre de unos treinta años, de aire marcial y cuello de toro. -Debía ser de un temperamento de fuego, pues aunque el día era uno de -los más fríos que disfrutaron los parisienses en aquel invierno crudo, -iba en mangas de camisa y llevaba éstas arremengadas hasta muy cerca -de los hombros. En cuanto a prendas de cabeza, no usaba otra que la -natural: una masa de pelo negro, áspero y ensortijado. Era de tez -morena y buenos ojos, de mirar implacable. Evidentemente era hombre de -gran resolución y propósitos inquebrantables, uno de esos hombres con -los cuales sería peligroso tropezarse en un sendero estrecho bordeado -por dos abismos, pues es seguro que por nada ni por nadie volvería -sobre sus pasos. - -La señora Defarge, esposa del tabernero en cuestión, estaba sentada -detrás del mostrador cuando aquél entró en el establecimiento. Era -mujer de constitución robusta, aproximadamente de la edad misma que su -marido, de ojos vigilantes, aunque muy contadas veces parecía mirar a -ningún objeto determinado, grandes manos cubiertas de sortijas, cara de -líneas enérgicas, expresión reservada y aire de perfecta compostura. -Una de las características de la señora Defarge consistía en no sufrir -nunca equivocaciones que redundasen en perjuicio de sus intereses en -ninguna de las operaciones del establecimiento. Extremadamente sensible -al frío, iba envuelta en pieles y abrigaba su cabeza con un chal de -colores chillones que la cubría por completo, bien que dejando a la -vista los grandes pendientes que adornaban sus orejas. Tenía frente a -sí su calceta, pero la había dejado sobre el mostrador para consagrar -algunos minutos a la limpieza de su dentadura, lo que estaba haciendo -con un mondadientes. Absorta en su ocupación, con el codo derecho -apoyado sobre la mano izquierda, nada dijo la señora Defarge cuando su -marido entró en el establecimiento, pero dejó oir una tosecita apenas -perceptible. La tosecita, combinada con un ligero enarcamiento de sus -cejas, negras como el ala del cuervo y perfectamente arqueadas, dió a -entender a su marido la conveniencia de dar un vistazo a los clientes, -entre los cuales acaso encontrase alguno nuevo que había llegado a la -taberna mientras se encontraba en la calle. - -Paseó el tabernero sus miradas por la sala, no tardando en fijarlas las -sobre un caballero, ya entrado en años, y en una señorita, sentados en -uno de los ángulos. Había otros parroquianos también: dos que jugaban -a las cartas en una mesa, otros dos que se entretenían en otra, puestas -sus facultades en las fichas de dominó, y otros tres que, de pie junto -al mostrador, procuraban _alargar_ todo lo posible el vino que se -habían hecho servir. El tabernero, al pasar detrás del mostrador, pudo -advertir que el caballero entrado en años decía con los ojos a su joven -compañera: - ---Ese es nuestro hombre. - -Fingió el tabernero no reparar en la presencia de los dos personajes -desconocidos, y entabló conversación con el triunvirato que estaba -bebiendo junto al mostrador. - ---¿Qué tal, Santiago--preguntó uno de los tres al buen Defarge,--se han -tragado todo el vino que salió de la barrica? - ---Hasta la última gota, Santiago--contestó Defarge. - -No bien hicieron los interlocutores el intercambio de sus nombres de -pila, la señora Defarge tosió otro poquito y arqueó de nuevo las cejas. - ---Pocas veces--observó el segundo de los parroquianos del -mostrador--tienen esos bestias miserables ocasión de conocer a qué sabe -el vino, ni nada que no sea el pan negro y la muerte: ¿no es verdad, -Santiago? - ---Verdad es, Santiago--respondió el tabernero. - -Al segundo intercambio de los nombres de pila sucedió otra tosecita -acompañada del enarcamiento de cejas de la señora Defarge. - ---¡Ah!--exclamó el tercero de los bebedores, apurando el último sorbo y -dejando el vaso sobre el mostrador.--¡Hiel tienen siempre en sus bocas -esos borregos, y viven vida de perros! ¿digo bien, Santiago? - ---Dices bien, Santiago--fué la contestación del tabernero. - -Hecho el tercer intercambio de nombres de pila, la señora Defarge dejó -el mondadientes e hizo un movimiento insignificante. - ---¡Es verdad...! ¡Entretenlos!--murmuró muy por lo bajo su -marido.--Señores... tengo el gusto de presentarles a mi mujer. - -Los tres parroquianos se descubrieron y saludaron con sendas -inclinaciones de cabeza a la tabernera, la cual, a su vez, recibió sus -homenajes doblando ligeramente la suya y mirándolos sucesivamente. -A continuación, tendió como por casualidad sus miradas en derredor, -recogió la calceta con gran calma, y comenzó a trabajar. - ---Señores--repuso el tabernero, que había observado con mirada -escrutadora a su mujer,--la cámara que ustedes manifestaron deseos -de ver cuando yo salí a la calle, está en el quinto piso. Arranca la -escalera del patio de la izquierda, junto a la ventana del... Pero -ahora recuerdo que uno de ustedes ha estado ya en ella, y puede guiar a -los demás. ¡Adiós, señores! - -Pagaron los bebedores el consumo hecho, y se retiraron. Los ojos -del tabernero parecían estudiar a su mujer y la calceta que estaba -haciendo, cuando el caballero de edad avanzada se levantó manifestando -deseos de hablar algunas palabras con Defarge. - ---Con mucho gusto, caballero--respondió éste, saliendo con el anciano -hasta la puerta del establecimiento. - -Breve fué la conferencia, pero de efectos tan rápidos como decisivos. -No se habían cruzado cuatro palabras, cuando Defarge hizo un movimiento -de sorpresa, y antes que transcurriera un minuto, hacía una seña -al anciano y salía presuroso a la calle. El caballero llamó con un -movimiento de cabeza a la señorita, y ambos salieron en pos del -tabernero, dejando a la señora Defarge embebida en la tarea de hacer -calceta. - -El señor Mauricio Lorry y la Señorita Manette, que ellos eran los -visitantes de la taberna, según habrán adivinado, a no dudar, los -lectores, encontraron al tabernero junto a la puerta que momentos -antes había indicado el último a los tres parroquianos con los cuales -le hemos visto cambiar algunas palabras. En la sombría entrada que -daba acceso a la escalera, no menos sombría, el tabernero hincó una -rodilla en tierra y llevó a sus labios la mano de la hija de su antiguo -señor. Fué un homenaje, un testimonio de sumisión, bien que ejecutado -con ademán que nada tenía de dulce. Unos segundos habían bastado para -transformar radicalmente a Defarge; ya no reflejaba buen humor su -rostro, ya no era su cara espejo de franqueza: antes al contrario, -en su expresión de reserva, en su actitud airada, en la cólera que -chispeaba en sus ojos, fácil era leer al hombre peligroso. - ---Está muy alto... la escalera es pesada... creo que hará usted bien -subiendo con más calma--dijo el tabernero con dura entonación al señor -Lorry, en el momento de empezar a subir la escalera. - ---¿Está solo?--preguntó Lorry. - ---¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién quiere usted que le acompañe? - ---¿Siempre solo? - ---Siempre. - ---¿Porque así lo desea él? - ---Porque así lo exigen las circunstancias. Tal como estaba cuando le vi -el día que vinieron a preguntarme si quería tenerle en mi casa y ser -discreto corriendo el peligro consiguiente... tal como estaba entonces, -está ahora. - ---¿Muy cambiado? - ---¡Cambiado!... - -El tabernero descargó un puñetazo contra la pared y lanzó una maldición -horrenda. No hubiera producido la mitad de los efectos que produjo -aquella explosión de furia cualquier respuesta clara y precisa. La -melancolía del señor Lorry iba en aumento a medida que avanzaba en el -ascenso de la empinada escalera. - -Penoso, muy penoso, sería hoy subir la escalera de una casa de las -más viejas sita en uno de los barrios más poblados de París; pero en -el tiempo a que esta historia se refiere, resultaba punto menos que -imposible para los que no tuvieran atrofiados los sentidos a fuerza de -costumbre. Todos los vecinos de aquellas inmensas colmenas dejaban las -basuras e inmundicias en los rellanos de la escalera general, donde -quedaban hacinados sin que nadie cuidara de retirarlos, engendrando -así una masa de descomposición bastante para envenenar el aire, si ya -no estuviera saturado de las impurezas intangibles que son resultado -natural de la miseria y de las privaciones. Combinadas las dos fuentes -de corrupción, respirábase allí una atmósfera insoportable. El señor -Lorry, cediendo a las molestias que le producía subir por aquel pozo -obscuro, sucio y envenenado, no menos que a la agitación que observaba -en su joven compañera, agitación que se multiplicaba por momentos, -hizo alto dos veces para descansar. Cada uno de aquellos descansos -pareció llevarse las últimas reservas de aire no corrompido, rellenando -el espacio que aquéllas dejaban libre con mefíticas emanaciones que -brotaban de todas partes. - -Llegaron al fin a lo alto de la escalera, donde se detuvieron por -tercera vez. Todavía habrían de subir un tramo, más empinado que los -anteriores, y de dimensiones sumamente reducidas, antes de llegar al -sotabanco. El tabernero, que caminaba delante y procuraba mantenerse -constantemente a distancia respetable de la señorita, cual si temiera -que ésta le dirigiera alguna pregunta, llegado frente a la puerta del -sotabanco metió la diestra en el bolsillo, y sacó una llave. - ---¡Ah!--exclamó Lorry, sin poder disimular su sorpresa.--¿Está cerrada -la puerta con llave? - ---Sí--contestó con sequedad Defarge. - ---¿Considera usted necesario tener en una reclusión tan extremada a ese -infortunado caballero? - ---Considero necesario tener la puerta cerrada con llave--murmuró el -interpelado bajando mucho la voz y frunciendo horriblemente las cejas. - ---¿Por qué? - ---¡Por qué! ¡Porque ha tantos años que vive cerrado con llave, que se -asustaría, se horrorizaría, se lanzaría de cabeza contra las paredes, -moriría... yo no sé los extremos que haría... si se le dejase con la -puerta abierta! - ---¡Será posible! - ---¿Posible? ¡Sería infalible, sí!--replicó con entonación amarga -Defarge.--¡A fe que no podemos quejarnos de los atractivos que nos -ofrece un mundo en que son posibles estas y otras atrocidades, de la -hermosura de un cielo que contempla impasible los horrores que usted -está viendo...! ¡El demonio nos gobierna!... ¡Viva el infierno! -¡Entremos, señor, entremos! - -Tan en voz baja había sido sostenido el diálogo que queda copiado, que -ni una palabra llegó a oídos de la niña. Era, empero, tan intensa la -emoción que la dominaba, su rostro reflejaba tal expresión de espanto y -tan viva ansiedad, que el señor Lorry creyó necesario dirigirle algunas -palabras encaminadas a levantar su deprimido ánimo. - ---¡Valor, mi querida señorita!--dijo.--¡Valor! Estamos persiguiendo un -negocio, cuya fase dolorosa pasará en un momento. En cuanto franqueemos -esta puerta, habremos vencido lo peor. Dentro de breves segundos podrá -el desdichado comenzar a saborear todo el bien, todo el consuelo, toda -la dicha que usted va a proporcionarle. Nuestro buen amigo Defarge nos -ayudará... ¡Al negocio, al negocio! - -Al doblar un recodo muy pronunciado encontraron a tres hombres, que -estaban mirando por el ojo de la llave y por las rendijas de la -puerta que nuestros visitantes iban a abrir. Los hombres en cuestión -resultaron ser los mismos que momentos antes bebían de pie junto al -mostrador. - ---La sorpresa que su visita me produjo ha hecho que los olvidara--dijo -Defarge a guisa de explicación.--Tengan la bondad de dejarnos, amigos. - -Los tres hombres desaparecieron silenciosamente. - ---¿Ha hecho usted del señor Manette objeto de exhibición?--preguntó -Lorry en voz muy baja y con expresión colérica. - ---Lo exhibo, conforme acaba usted de ver, a muy reducido círculo de -personas escogidas. - ---¿Y cree usted que eso está bien? - ---Sí, señor: creo que está bien. - ---¿Y esos escogidos, quiénes son? ¿Cómo los escoge usted? - ---Escojo a los que son hombres verdaderos... y se llaman como yo: -Santiago; hombres que conviene que lo vean... Pero usted es inglés, -y es inútil que le dé explicaciones que no ha de entender. Tenga la -bondad de esperar un momento. - -Por medio de un gesto recomendó a sus acompañantes que permanecieran -inmóviles, y pegó la cara a una grieta que presentaba la pared. -Momentos después alzó la cabeza, dió sobre la puerta dos o tres golpes, -sin más objeto, a no dudar, que el de hacer ruido, pasó la llave por -ella una porción de veces, con idéntica intención, la puso al fin en la -cerradura, y abrió haciendo todo el ruido posible. - -Lenta y silenciosamente se abrió la puerta de fuera a dentro, empujada -por la mano del tabernero. Este adelantó la cabeza y dijo algo. Una voz -sumamente débil contestó. El tabernero volvió la cara e indicó a sus -acompañantes que le siguieran. Lorry rodeó con su brazo la cintura de -la niña, próxima a caer desfallecida. - ---¡Ne... gocio... hija mía... nego... o... cio!--exclamó Lorry, vueltos -hacia la niña los ojos, de los cuales brotaba algo que no suele ser -producto de los negocios.--¡Entre usted... entre! - ---¡Tengo miedo!--respondió la joven. - ---¿Miedo a qué? - ---¡A él... a mi padre! - -Viéndose en situación crítica, a consecuencia del estado de espíritu de -la joven, por una parte, y por otra de las señas que su guía hacía para -que entrasen, Lorry levantó entre sus brazos a la primera y franqueó la -puerta. - -Defarge quitó la llave, cerró la puerta por dentro, con llave, por -supuesto, y, terminadas esas operaciones lenta y metódicamente, y sobre -todo, haciendo todo el ruido que pudo, echó a andar con paso mesurado -en dirección a la ventana. Junto a ésta se detuvo y dió media vuelta. - -El sotabanco, construído para ser depósito de leña, apenas si recibía -la visita de una luz muy escasa, pues la ventana, sumamente estrecha, -y casi cerrada para evitar el frío, dificultaba tanto el paso a la -luz, que era imposible ver absolutamente nada. Y sin embargo alguien -trabajaba en aquella lóbrega estancia, pues junto a la ventana a la -que daba frente, y vueltas las espaldas a la puerta, había un hombre -de cabellos blancos como la nieve, sentado en una banqueta muy baja y -entregado con ardor a la tarea de coser zapatos. - - -VI. - -EL ZAPATERO. - ---Buenos días--dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca -del zapatero. - ---Buenos días. - ---Siempre tan trabajador, ¿eh? - -Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alzó la cabeza y -contestó: - ---Sí... estoy trabajando. - -La languidez de aquella voz hacía daño al oído. No era esa languidez -que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad física, no, -aunque es indudable que alguna parte tenían en ella la alimentación -insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el -terrible cautiverio: su característica especial y típica la recibía del -hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de -uso de la voz. Era algo así como el eco de un sonido que nació largos -años antes y a considerable distancia: una voz que había perdido la -vida, el timbre de voz humana, una voz que producía en los sentidos -la impresión misma que produciría la vista de un color hermosísimo y -delicado trocado por la mano de los siglos en mancha débil de colorido -indefinible, una voz que reflejaba con elocuencia tan vívida la -desesperación de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier -viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del -árido desierto que estuviera recorriendo, reconocería en su timbre -la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el -mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento. - -Al cabo de algunos minutos que el anciano pasó trabajando silencioso, -ajeno a cuanto le rodeaba, volvió a levantar los ojos. En ellos no se -advertía ni un átomo de interés, ni un átomo de curiosidad: reflejaban -sencillamente esa percepción mecánica, esa conciencia inconsciente de -que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona continúa -ocupado. - ---Quisiera dejar penetrar un poquito más de luz--dijo Defarge, -cuyos ojos no se habían separado un instante de la persona del -zapatero.--¿Podrá usted sufrirla? - -Suspendió su obra el interrogado; paseó sus miradas por el suelo, a -derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alzó hacia el -que acababa de interrogarle, preguntando al fin: - ---¿Qué decía usted? - ---Preguntaba si podrá tolerar un poquito más de luz. - ---Tendré que tolerarla, si usted la deja entrar. - -Defarge abrió un poco más la ventana. Los rayos de luz que penetraron -en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tenía -sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o -colocados sobre la banqueta, se veían varios útiles del oficio. Era -aquél un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no -de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban -extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados, -aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba -abierta por el pecho dejaba ver una carne flácida y blanca como el -papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubría la parte superior -de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servían de envoltorio -a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de -vestir, habían adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del -aire y de la luz, un tono de pergamino que hacía sumamente difícil -poder precisar la materia empleada en su manufactura. - -Había puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz, -y todos los huesos de aquélla se transparentaban. Jamás miraba a la -persona que le dirigía la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y -pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hábito de -asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se -acordaba de lo que acababan de preguntarle, ni de lo mismo que estaba -él diciendo. - ---¿Piensa terminar hoy ese par de zapatos?--preguntó Defarge, haciendo -una seña a Lorry para que se acercase. - ---¿Qué dice usted? - ---¿Piensa terminar hoy esos zapatos? - ---No puedo decir si lo pienso o no. Creo que sí; pero no lo sé. - -La pregunta le recordó la tarea, y a ella se consagró de nuevo. - -Aproximóse silencioso el señor Lorry, dejando a la niña junto a la -puerta. Uno o dos minutos haría que se encontraba junto a Defarge, -cuando el zapatero alzó la cabeza. No manifestó la menor sorpresa al -ver a dos personas en vez de una. - ---Tiene usted una visita--observó Defarge. - ---¿Qué dice usted? - ---Que ha venido este señor a visitar a usted. - -El zapatero alzó de nuevo los ojos, pero no dejó de trabajar. - ---Este caballero--repuso Defarge--entiende mucho en zapatos. Enséñele -usted el que está haciendo para que aprecie su trabajo. Tómelo usted, -señor. - -Lorry tomó en su mano el zapato. - ---Diga usted a este señor qué clase de zapato es, y el nombre del -operario que lo hace. - -Medió una pausa más larga que las de ordinario antes que respondiera el -zapatero. - ---He olvidado la pregunta--dijo al fin.--¿Qué decía usted? - ---Dije que tuviera usted la bondad de decir a este señor qué clase de -zapato es éste. - ---Es un zapato de señora... zapato de paseo, propio para señorita. Es -de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda. - ---¿Y el nombre del zapatero?--preguntó Defarge. - -El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de -la izquierda, invirtió el orden, colocando los nudillos de ésta en la -palma de la primera, a continuación se pasó las dos por la barba y -después por la frente. La obra de arrancarle de la abstracción en que -quedaba sumido siempre a raíz de haber hablado no cedía en importancia -y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de -infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que -se espera obtener alguna revelación. - ---¿Preguntó usted mi nombre? - ---En efecto, eso pregunté. - ---Ciento Cinco, Torre del Norte. - ---¿Nada más? - ---Ciento Cinco, Torre del Norte. - -Exhalando algo que no fué ni suspiro ni gemido, volvió a la tarea, -que no suspendió hasta que el señor Lorry, mirándole con fijeza, le -preguntó: - ---Su profesión de usted no ha sido la de zapatero, ¿verdad? - -El interrogado volvió sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara -que éste contestara por él la pregunta, pero como no le llegara por -aquella parte el auxilio, los llevó hacia el que le interrogaba, no sin -clavarlos antes en el suelo: - ---¿Que no ha sido mi profesión la de zapatero? No: no lo ha sido. -Aprendí... aprendí el oficio... allí. Me lo enseñé yo mismo. Pedí que -me dejaran... - -Perdió, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vagó -errante su mirada de una parte a otra hasta que volvió a encontrar a -la persona con quien hablaba, y continuó, con el tono del que, en el -momento de despertar, reanuda una conversación que el sueño interrumpió: - ---Pedí que me dejaran aprender por mí mismo, y aprendí a fuerza de -tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa más que -zapatos. - -En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el -zapato, preguntóle este último: - ---Señor Manette, ¿no me recuerda usted? - -El zapato cayó al suelo y el zapatero quedó inmóvil, clavados sus ojos -en la cara de quien le preguntaba. - ---Señor Manette--repitió Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de -Defarge.--¿No se acuerda usted de este hombre? ¡Mírele bien! ¡Míreme -también a mí! ¿No se alzan en su cerebro las figuras del que fué su -banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado -antiguo? - -Mientras el infeliz recién salido de la tumba, donde por espacio de -tantos años le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora -en el señor Lorry, ora en Defarge, su frente reveló que allá en las -profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia reñían -ruda batalla con la noche profunda que, reinando como señora única, -paralizaba toda su actividad. La cerrazón se acentuó poco dispuesta -a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por -apagarse; pero habían brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez -despierta, no está extinguido del todo, puede brillar otra vez. Así -ocurrió en efecto. Cuando momentos después repararon sus miradas en la -cara juvenil de la niña que, arrastrándose a lo largo de la pared se -había acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba, -primero con mezcla de compasión infinita y de terror, y más tarde -con anhelos vivísimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de -espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la -vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brotó de -nuevo, pero más potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso -de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fué a prender en la -del anciano. - -Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueñas del campo. -El viejo miró a las personas que tenía delante con menos atención que -antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombría abstracción -que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro, -recogía el zapato y reanudaba su tarea. - ---¿Le ha reconocido usted, caballero?--susurró Defarge al oído de Lorry. - ---Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves -instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en -otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más! - -La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la -banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente -imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a -turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó -en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor. - -Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento -con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y -cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda. -Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y -allí se detuvieron. - -Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus -labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a -articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le -oyó murmurar: - ---¿Qué es esto? - -La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus -labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó, -y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos -tuviera la cabeza querida del anciano. - ---¿Eres la hija del calabocero?--preguntó éste. - ---No--suspiró ella. - ---¿Quién eres, pues? - -Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular -palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso -éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano -de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó -contemplando a aquélla. - -Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en -largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez -evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron, -pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su -inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar -su labor. - -Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres -miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre -su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al -cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la -cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla, -abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó -con detenimiento. - ---¡Es el mismo!--murmuró.--¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo -sucedió? - -Su frente se iluminó más que nunca. Vuelto hacia la niña, tomó entre -sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana -la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda -contemplación, dijo: - ---Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había -reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo -no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del -Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis -que lo conserve?--les pregunté.--No han de facilitar la fuga de mi -cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por -entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo -como si acabara de pronunciarlas. - -Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las -palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con -acuerdo perfecto, bien que muy lentamente. - ---No lo entiendo...--añadió.--_¿Eras tú?_ - -Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar -la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta, -perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja: - ---Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no -hablen, que no se muevan. - ---¡Chist!--exclamó el anciano.--¿Quién habla? - -Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la -cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con -expresión de dolor sombrío su cabeza. - ---¡No, no, no!--repuso.--¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven, -demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una -prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara -que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No, -no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes -de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas, -ángel hermoso? - -La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos -delante del pecho. - ---¡Oh, señor!--exclamó.--¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo, -quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa -historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni -en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que -me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme! - -Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro. - ---Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz -despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus -oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi -cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa -sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore -por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su -memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años, -otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y -moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por -él! - -La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la -blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño. - ---¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que -sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle -conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura, -soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus -semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame -lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha -sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el -de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe -que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que -tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta -y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando -todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar -de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible -historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos -señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las -lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón -los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío! - -El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía -reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a -la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos -sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con -las manos. - -Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad, -y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo -a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las -tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas -tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al -reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron -los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero -había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La -hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su -hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos. - ---Si fuera posible--dijo la niña, alargando una mano a -Lorry--disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que -desde esta misma casa... - ---Hay que tener presente una cosa importante--contestó Lorry -interrumpiendo a la joven.--¿Está en disposición de emprender el viaje? - ---Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus -molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido. - ---Nada más cierto--terció Defarge, que se había arrodillado para ver y -oir mejor.--Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar -la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia. -¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos? - ---El negocio es ése--observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para -volver a su tema favorito--y cuando hay que terminar un negocio, cuanto -más pronto se ultime, mejor. - ---En ese caso--dijo la señorita Manette,--tengan la bondad de dejarnos -aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá -convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con -que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin -de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles -que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo -cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es -llevárnoslo cuanto antes. - -No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos -hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como -no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse -de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso, -fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que -necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada -uno por su lado. - -Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro -suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura -hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían -ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y -abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge, -portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en -el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con -la cooperación de Lorry levantó al cautivo. - -Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su -cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente -la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil -y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél -conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían -dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a -fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas, -que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces. -La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con -frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había -visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto -sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia -ésta la cabeza cuantas veces le hablaba. - -Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga -fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso -el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con -agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no -contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla. - -Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha -Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y -miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor. - ---¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta -escalera?--preguntó la niña. - ---¿Qué dices? - -Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si -aquella le hubiese sido formulada de nuevo. - ---¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo! - -Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido -trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban -oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que -cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio -de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras -cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al -convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la -calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza. - -No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las -ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad -reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a -la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió. - -Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija -le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en -el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas -de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo -inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo -después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y -en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se -entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada. - -Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el -postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando. - -Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz -más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de -menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos -de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de -las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban -de guardia. - ---¡Los pasaportes, viajeros! - ---Aquí están, señor oficial--contestó Defarge desde el pescante, -pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al -oficial.--Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que -va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona, -en... - -Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo -que le dijo. - -Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la -portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del -propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al -anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron. - ---Está bien. Adelante. - -Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan -distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a -lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido -tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa -y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego -al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en -vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua -pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas. - ---¿Supongo que te interesará vivir? - -La respuesta era también la de siempre. - ---No puedo decirlo. - - - - -LIBRO SEGUNDO - -EL HILO DE ORO - - -I - -CINCO AÑOS DESPUÉS. - -Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del -Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un -edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios -de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su -obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus -incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla -poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción -íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y -menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se -trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían -contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa -Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita -comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks -Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror! - -Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo -más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de -reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía -mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que -llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de -proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo -reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo -son más respetables. - -Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una -glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis -lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa -Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida -con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se -hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados, -viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les -habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las -firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas -que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales -no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les -fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por -gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora -del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera -a recorrer «la casa», este _cualquiera_ habría sido conducido a una -especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio, -donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la -futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos -en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera -roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se -encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en -depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas, -dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera -a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía -abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su -tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a -guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le -inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados -en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor, -aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas -por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en -pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco -de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del -Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de -los aschantis. - -Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea -universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y -no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la -Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro -tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de -muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso, -pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte -al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un -caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal, -era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín -falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales -que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal, -con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las -transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una -vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso -particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él, -todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las -cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es -casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz -que por sus sucias ventanas penetraba en su interior. - -Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los -empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura -de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe -dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo -guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que -había adquirido el olor peculiar de la Casa. - -Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser -llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de -mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se -separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran -a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo -suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban -maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo -en cuestión, a quien daban el remoquete de _Lapa_, aunque muchos años -antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de -permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del -mundo, recibió el nombre de Jeremías. - -Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular -del alto empleado _Lapa_, hora las siete y media de una mañana ventosa -del mes de marzo, y _Anno Domini_, mil setecientos ochenta. Digo -_Anno Domini_ en vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la -manera de hablar del sapientísimo _Lapa_, quien, creyendo que la era -cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha -por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía -anteponiendo a la del año las palabras _Ana Dominó_. - -No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones -particulares del buen _Lapa_, ni pasaban de dos, contando como una un -ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora, -y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que -aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la -mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve, -brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el -almuerzo. - -Roncaba el _señor Lapa_ bajo las colchas de la cama como roncar -pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al -fin comenzaron a agitarse las colchas, _Lapa_ se revolvió con aire -inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas -que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la -Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó -su propietario con voz exasperada. - ---¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas! - -Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón, -donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente -para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del -durmiente. - ---Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?--repuso _Lapa_, alargando un -brazo en busca de una bota. - -La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda -salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas -hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso -que el _señor Lapa_ volvía muchas veces a su casa, después de terminado -su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que, -al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo. - ---¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?--gritó el melifluo -_Lapa_, después de errar el tiro. - ---Rezaba. - ---¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones, -pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí? - ---No rezo contra ti, sino por ti. - ---No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas -libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo -mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu -padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su -deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que -arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que -constituye su alimento! ¡Qué te parece! - -Muy mal debió parecerle al digno retoño del señor _Lapa_ lo que éste -insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la -madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que -con su alimentación personal tuviera relación. - ---¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus -rezos?--repuso el marido, con insistencia inconsciente.--Dime: ¿qué -valor concedes a tus oraciones? - ---Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito. - ---¡Su único mérito!--repitió el _señor Lapa_.--¡Poco valen, entonces! -De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a -rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi -cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de -tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el -infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre -desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez -de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que -el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio -mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si -adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no -lo aguanto--añadió, dirigiéndose a su costilla.--Soy más bruto que un -coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo, -o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo, -me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para -siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata -de los infiernos! - -El _señor Lapa_, lanzando de tanto en tanto frases de indignación, -emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto, -cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del -padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del -padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre -mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía. - ---¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla! - -Ni con el almuerzo se dulcificó el humor de _Lapa_, antes bien pareció -que acrecentaba su animosidad contra su mujer. - ---¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada? - -Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del -Cielo. - ---¡Cuidado con traer bendiciones!--barbotó, mirando como si temiera -ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oración de su -mujer.--¡Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! ¡No quiero -bendiciones en mi mesa! - -Rojo de cólera, con los ojos fuera de las órbitas, el _señor Lapa_ -devoraba, que no comía, el almuerzo, rezongando y gruñendo como pudiera -hacerlo cualquier congénere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de -la mañana, algún tanto domeñado su encrespado natural, salió de su casa -para entregarse a las ocupaciones del día. - -Apenas si su oficio merecía el nombre de tal, no obstante llamarse él -a sí mismo «honrado menestral». Todas las mañanas, colocaba un banco, -hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco -Tellson más inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos -puñados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle -cargado de ella, constituían todos sus enseres. El _señor Lapa_ y su -banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y -con corta diferencia, de tan poco grato aspecto. - -Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar -la mano a su tricornio cada vez que entraba o salía del Banco Tellson -alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, el _señor Lapa_, -acompañado por su hijo, entreteníase en aquella mañana ventosa de -marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos niños o personas -mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupación. Padre e -hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, más que seres -humanos semejaban una pareja de monos. Jeremías el mayor mascaba -pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremías el menor acechaban -inquietos el tráfico matinal de la calle Fleet, cuando asomó la cabeza -de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y -dijo con voz campanuda: - ---¡Que entre el portero! - ---Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el día, padre--observó -Jeremías el menor. - -El padre cedió el banco al hijo, y éste se sentó, recogiendo y llevando -a su boca la paja que el primero estaba mascando. - - -II - -UNA VISITA - ---¿Conoce usted bien el Old Bailey?[1]--preguntó uno de los empleados -más ancianos del Banco a Jeremías _Lapa_. - - [1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:--(N. del T.). - ---Sí... señor--contestó con cierto retintín el interrogado.--Conozco el -Bailey. - ---Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad? - ---Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más -de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey. - ---Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los -testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el -señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad. - ---¿Hasta la Sala de Justicia? - ---Hasta la Sala de Justicia. - ---¿He de esperar en la Sala, señor? - ---Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará -esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre, -procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier -gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus -obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry -le necesite. - ---¿Nada más? - ---Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial -es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier -momento dado es usted. - -Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el -sobrescrito, el buen _Lapa_, que le contempló sin despegar los labios -hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó. - ---¿Fallan hoy alguna causa por falsificación? - ---Por traición. - ---¡Descuartizamiento seguro!--exclamó _Lapa_.--¡Qué barbaridad! - ---Es la ley--replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia -_Lapa_,--la ley, y nada más que la ley. - ---Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a -un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos, -lo encuentro feroz. - ---Procure hablar bien de la ley, amigo mío--repuso el empleado.--Guarde -para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de -sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido. - ---¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi -lengua!--exclamó _Lapa_.--A su consideración dejo el juzgar si el que -gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede -tener sellados los labios. - ---Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos -con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha. - -Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió. - -Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que -se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que -luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde -se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las -enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala -de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco -miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar -para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez -del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del -encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey -era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente -pálidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban -al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles -públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro -ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre. -También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que -suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever; -éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la -pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y -dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que -en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte -y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible -sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la -perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan -cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por -aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es -justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara -aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo -que ha existido fué injusto». - -Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba -el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la -habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero -no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de -que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la -misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban -ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las -localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el -Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en -aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente -guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las -que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre -abiertas de par en par. - -Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras -de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al -mensajero. - ---¿Qué hay?--preguntó al primer hombre que encontró. - ---Nada todavía. - ---¿Qué habrá luego? - ---Una vista por traición. - ---Descuartizamiento seguro, ¿eh? - ---¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio -donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la -horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego -le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia. - ---Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir. - ---¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado! - -El _señor Lapa_ prestó entonces atención al guardián de la puerta, a -quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta -en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre -señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor -del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de -papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos -empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió el _señor Lapa_, así -como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta -toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió -el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso -inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse. - ---¿Qué papel representa ése en el proceso?--preguntó a _Lapa_ el -individuo a quien antes había preguntado éste. - ---Que me aspen si lo sé. - ---Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa -usted? - ---Que me descuarticen si lo sé tampoco. - -Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel -momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron -en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a -uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con -el prisionero. - -Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía -los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero, -todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes -al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las -columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban -ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie, -otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban -sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos -curiosidad demostraba Jeremías _Lapa_, quien se erguía semejante a un -pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra -el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza--había -tomado un vaso durante el camino,--las que se mezclaban con las que -partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y -de te. - -El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años, -buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero. -Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y -castaño, caía sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma -manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la -envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía -colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez -morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte -que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con -calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó: - -¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala -despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba -su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido -probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de -algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo -golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo -que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura -dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y -el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo -sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro. - -¡Silencio en la Sala! - ---Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día -anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta, -Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente, -etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y -por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra -nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había -hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto, -excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con -objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos -otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas -militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor -tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte. - -Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había -conseguido adquirir Jeremías _Lapa_. - -El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y -descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la -situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que -los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía -a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal -compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las -hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento, -como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y -contra la atmósfera viciada que allí se respiraba. - -Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto -concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de -desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas -caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra -las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella -Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes -que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos. -Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a -envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo -que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que, -al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un -estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga -eléctrica. - -Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde -tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal -fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no -volviera los ojos. - -Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de -edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban -poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus -cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa, -sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo, -pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija, -por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la -primavera de la vida. - -Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida -por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la -inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente -y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste -suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de -la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído. - -No dejó de preguntar Jeremías _Lapa_ a su vecino, a cuyos perspicaces -ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran -aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la -respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído. - ---Son testigos. - ---¿De cargo? - ---Testigos en contra. - ---¿En contra de quién? - ---Del reo. - -El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las -de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el -desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento que el fiscal -de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar -el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso. - - -III - -DECEPCIÓN - -El señor fiscal de la Corona manifestó en su informe que el acusado, -aunque joven en años, era tan viejo en actos alevosos y prácticas de -pérfida traición, que se imponía la necesidad de acabar con su vida. -«Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo público--dijo--no -datan de ayer, ni de anteayer, ni del año pasado, ni de dos años atrás. -Desde fecha mucho más remota viene el reo haciendo viajes constantes -entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni él mismo -ha sabido explicarnos satisfactoriamente. ¡Ah! Si el Cielo, en su alta -sabiduría, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones -de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habrían dado -sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera -especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspiró a una -persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia -no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros -planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror, -se apresuró a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto -Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendréis ocasión de conocer a -ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Había sido amigo íntimo -del traidor, pero no bien descubrió sus infamias, decidió inmolar una -amistad, que ya no podía conservar en su pecho, en el altar sacrosanto -del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las -erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han -sacrificado sus más vivas afecciones, no cabe dudar que tendrá la suya -ese ciudadano eminente. La virtud, según han afirmado infinidad de -poetas, cuyos nombres no citaré porque todos mis oyentes los tienen en -la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo, -la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues, -de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e -impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia, -se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en él la santa -resolución de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los -bolsillos de su señor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos -más secretos. No faltarán detractores que claven sus dientes en la -reputación de este criado admirable, maldicientes que expongan en -la picota pública pecadillos de su vida pasada, pero aun así he de -protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto, -he de decir que me merece más consideraciones que mis mismos hermanos, -más consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar -que lo propio harán los que me escuchan. Las declaraciones de los dos -testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo serán -exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero -poseía relaciones numéricas de las fuerzas militares de Su Majestad, -estados explicativos de la disposición y preparación de las mismas, -y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como -ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha -sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de -puño y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa, -y en todo caso, será circunstancia agravante, puesto que pondrá de -relieve la artera malicia del acusado. A cinco años se remontan las -pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por -entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya vendía -a la patria semanas antes de haberse reñido la primera batalla entre -las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirán -necesariamente en el ánimo del Jurado, si es Jurado leal, como me -consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo, -para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor. -¡Ah, señores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del -prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas -sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas -de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de -sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos -reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la -Corona os pide por lo más sagrado, por lo que más caro os sea, por el -juramento que habéis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos -gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero -por ahorcado, decapitado y descuartizado.» - -Cuando el fiscal de la Corona cesó de hablar, llenaron la Sala sordos -murmullos. No parecía sino que el aire se había llenado de enjambres -de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras -del estado en que no tardarían en encontrarle. Cuando se extinguieron -los zumbidos, apareció en la tribuna de los testigos el ciudadano -impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona. - -El señor procurador general, ateniéndose estrictamente a las -instrucciones de su jefe, examinó entonces al patriota. Llamábase Juan -Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada -resultó ser la que el señor fiscal de la Corona había expuesto -sucintamente en su acusación. Luego que hubo contestado las preguntas -que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber -manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme -peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa -distancia del señor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al -techo. - -He aquí, en resumen, el interrogatorio a que fué sometido el gran -patriota por el caballero de la peluca: - ---¿Ha sido usted espía alguna vez? - ---Jamás--contestó indignado el ciudadano. - ---¿De qué vive usted? - ---De mis rentas. - ---¿En qué consisten esas rentas? - ---No tengo por qué dar explicaciones sobre este particular. - ---¿Dónde radican sus bienes? - ---No lo recuerdo con precisión. - ---¿Ha heredado usted? - ---Sí. - ---¿De quién? - ---De un pariente lejano. - ---¿Muy lejano? - ---Bastante. - ---¿Ha sido procesado alguna vez? - ---Nunca. - ---¿Ni ha estado en la cárcel por deudas? - ---No sé que tenga nada que ver eso con el asunto que se debate. - ---¿Ha estado en la cárcel por deudas? - ---¿Otra vez? - ---Conteste usted. - ---Sí. - ---¿Cuántas veces? - ---Dos o tres. - ---¿No serán cinco o seis? - ---Tal vez. - ---¿Su profesión? - ---Caballero. - ---¿Le han dado de patadas alguna vez? - ---Puede que sí. - ---¿Con frecuencia? - ---No. - ---¿Le han echado a puntapiés de alguna casa? - ---No. - ---¿No le han hecho rodar a patadas escaleras abajo? - ---Repito que no. En una ocasión recibí algunas patadas en lo alto -de una escalera, y la bajé rodando, pero fué porque quise, por mi -voluntad, deliberadamente. - ---En la ocasión a que se refiere, ¿no le echaron a puntapiés por -fullero, por hacer trampas en una partida de dados? - ---Algo por el estilo dijo el borracho embustero que me dió las patadas, -pero era falso. - ---¿Jura usted que era falso? - ---Sin el menor reparo. - ---¿No ha buscado usted nunca en las trampas del juego los medios de -vivir? - ---Nunca. - ---¿Ni ha vivido del juego? - ---He jugado como juegan todos los demás caballeros. - ---¿Le ha prestado dinero el prisionero? - ---Sí. - ---¿Y lo ha pagado? - ---No. - ---La amistad que con el prisionero le ha ligado, en realidad una -amistad ligera, ¿no era de las que solemos llamar obligadas, es decir, -una amistad cultivada en sillas de posta, posadas y barcos? - ---No. - ---¿Ha visto las relaciones y listas en poder del prisionero? - ---Sí. - ---¿Puede decir algo más acerca de esas listas? - ---No. - ---¿Espera que su declaración le valga algún provecho o beneficio? - ---No. - ---¿Ni siquiera un destino de espía a sueldo del gobierno? - ---No. - ---¿Ni ningún otro empleo? - ---No. - ---¿Lo jura? - ---Una y mil veces. - ---¿Obedece a otros motivos que a los de patriotismo? - ---No. - -Fué llamado a declarar el virtuoso criado del prisionero, Rogerio Cly, -quien prestó con gran decisión su juramento. Cuatro años antes había -entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A -bordo del barco que hacía el servicio de Calais, preguntó al prisionero -si necesitaba un criado, y aquel le recibió. Muy poco después le -pareció sospechosa la conducta del prisionero, y resolvió espiarle. En -los diferentes viajes que hizo en su compañía, en las ropas de su amo -vió varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en -poder de la justicia. El fué el que sacó algunas de aquellas listas -de una gaveta de la mesa de su amo. Vió que éste enseñaba otras -listas idénticas a un caballero francés en Calais y otras a otros -caballeros también franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante -de su patria, su conciencia se sublevó contra tan negras traiciones -y denunció los hechos. Acerca de su honradez, aseguró que era tan -intachable, que nadie se atrevió jamás a acusarle del robo de una -tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron -en una ocasión el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones, -resultó que no era de plata, sino de metal plateado. Conocía al testigo -que le precedió en la declaración desde siete u ocho años antes, pero -nunca se trataron más que por coincidencia. No afirmó que se tratara de -coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es público -y notorio que las coincidencias lo son por regla general. - -Oyóse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el -señor fiscal de la Corona llamó al señor Mauricio Lorry. - ---¿Es usted empleado del Banco Tellson, señor Mauricio Lorry? - ---Sí, señor. - ---En la noche de un viernes del mes de noviembre del año mil -setecientos setenta y cinco, ¿hizo usted un viaje desde Londres a -Dover, por la diligencia-correo? - ---Sí, señor. - ---¿Iban en la diligencia otros viajeros? - ---Sí, señor: dos. - ---¿Dejaron la diligencia aquella noche, antes de llegar a Dover? - ---Sí, señor. - ---Vea usted al prisionero, señor Lorry, y díganos si era uno de -aquellos viajeros. - ---No puedo decir que lo fuera. - ---¿Se parece a alguno de sus compañeros de viaje? - ---Iban los dos tan embozados, la noche era tan obscura, y los tres -guardamos tanta reserva, que me es imposible contestar la pregunta. - ---Examine con más detenimiento al prisionero, señor Lorry. -Represénteselo embozado, en la forma misma que iban sus compañeros de -viaje, y díganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que -fuera uno de los dos viajeros. - ---No es imposible. - ---¿Usted no juraría que el reo no era ninguno de ellos? - ---No. - ---Luego confiesa usted que podía ser uno de ellos, ¿no es verdad? - ---Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis -dos compañeros de viaje tenían... y yo también... un miedo horrible -a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan -fácilmente. - ---¿Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas -que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten? - ---No, señor. - ---Vuelva usted a reconocer al reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle visto -en alguna ocasión? - ---Sí. - ---¿Cuándo y dónde? - ---A mi regreso de Francia, pocos días después del incidente de la -diligencia, le encontré en Calais a bordo del barco en que yo volvía, e -hicimos juntos el viaje. - ---¿A qué hora embarcó el reo? - ---Ya avanzada la noche. Era el único pasajero del barco, excepción -hecha de nosotros, y llegó a última hora. - ---¿Qué hora sería? - ---Poco más de media noche. - ---¿Y dice usted que llegó el último? - ---Dió la casualidad que llegase el último, sí, señor. - ---Dejemos a un lado las «casualidades». Fué el único pasajero que llegó -a altas horas de la noche, ¿no es cierto? - ---Sí, señor. - ---¿Viajaba usted solo, o acompañado, señor Lorry? - ---Con dos compañeros: un caballero y una señorita. Ambos están aquí. - ---En efecto: aquí están. ¿Habló usted con el prisionero? - ---Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesía era larga y -pesada, y me la pasé de playa a playa tendido en el sofá. - ---¡Señorita Manette! - -Púsose en pie la señorita hacia la cual se habían antes vuelto todas -las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al -propio tiempo que ella, se levantó su padre. - ---Examine usted al prisionero, señorita Manette. - -Mil veces más penoso fué para el acusado verse frente a aquella niña, -joven y hermosa, que le contemplaba con compasión anhelante, que -afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin -pestañear, sin que se alterase un solo músculo de su rostro, aguantó la -terrible acusación del fiscal de la Corona; las declaraciones de los -testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver -desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad, -de la niña, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la -agitación de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para -permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre -refluyó a su corazón. - ---¿Conocía usted al prisionero, señorita Manette? - ---Sí, señor. - ---¿Dónde le conoció usted? - ---A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasión. - ---¿Es usted la señorita aludida por el señor Lorry? - ---¡Por desgracia, señor, soy yo! - -Los acentos de compasión que la niña supo poner en su voz no -dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad: - ---Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer -observaciones ni comentarios... Señorita Manette, ¿sostuvo usted alguna -conversación con el prisionero durante la travesía del Canal? - ---Sí, señor. - ---Refiérala. - -En medio de un silencio imponente, comenzó la niña con voz débil: - ---Cuando llegó a bordo ese caballero... - ---¿Se refiere usted al prisionero?--interrogó el juez, frunciendo el -entrecejo. - ---Sí, señor. - ---Pues cuando haya de nombrarle, llámele el prisionero. - ---Cuando llegó a bordo el prisionero, advirtió que mi padre estaba muy -fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postración -de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le -preparé una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cámara, y -yo me senté a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no éramos -más que cuatro. Fué tan bueno el prisionero, que después de rogarme -que le dispensase el atrevimiento, me enseñó la manera de colocar a mi -padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no había sabido -hacer. Prodigó a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y -estoy segura que se las prodigó de corazón. He aquí cómo comenzamos a -hablar. - ---Permítame que la interrumpa. ¿Llegó solo a bordo? - ---No, señor. - ---¿Cuántos le acompañaban? - ---Dos caballeros franceses. - ---¿Qué conferenciaban con el prisionero? - ---Hablaron con el prisionero hasta el último momento. Cuando el barco -levaba, se despidieron de él y saltaron a su bote. - ---¿Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a éstos? - ---Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cómo o qué eran. - ---¿Parecidos a éstos en tamaño y forma? - ---Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy -cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el -prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la -escalera de la cámara, debajo del farol allí pendiente. Sostenían, sin -embargo, la conversación con voz tan baja, que no oí una palabra. Vi, -sí, que leían papeles, y nada más. - ---Repítanos usted la conversación que sostuvo con el prisionero, -señorita Manette. - ---El prisionero fué conmigo muy franco... puso en mí gran confianza... -fué muy amable, muy bueno... trató con tierna solicitud a mi padre... -y no quisiera--terminó la joven, hecha un mar de lágrimas--no quisiera -corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen. - -Los moscardones azules volvieron a zumbar. - ---Señorita Manette--replicó el fiscal,--si el prisionero no se convence -de que usted presta la declaración que es su deber prestar... que está -obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su -voluntad y con sobrada repugnancia, habrá que confesar que está ciego. -Tenga la bondad de continuar. - ---Me dijo que motivaban su viaje asuntos de índole altamente delicada -y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre -pueblos distintos, y que por esta razón, viajaba bajo nombre supuesto. -Me dijo que esos asuntos le habían llevado a Francia pocos días -antes, y que probablemente, durante un período más o menos largo, le -obligarían a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia. - ---¿Habló de América, señorita Manette? Tenga la bondad de especificar -con detalles. - ---Procuró explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me -dijo que, en opinión suya, la sinrazón y la injusticia estaban de parte -de Inglaterra. Añadió, en tono humorístico, que quizá Jorge Wáshington -estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge -III. Pero en todo ello no había ni sombra de malicia: lo dijo riendo y -para pasar el tiempo. - -El señor fiscal de la Corona manifestó que consideraba necesario -interrogar al padre de la señorita, al doctor Manette. - ---Mire usted al prisionero, doctor Manette: ¿recuerda haberle visto -antes? - ---Una sola vez. Hará tres años o tres y medio que me visitó en mi casa -de Londres. - ---¿Puede usted decirnos si fué su compañero de viaje durante la -travesía del Canal, o repetirnos la conversación que tuvo con su hija? - ---Ni lo uno ni lo otro, señor. - ---¿Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer -lo que se le pide? - ---Existen--contestó el doctor con voz muy baja. - ---¿Son éstas la desventura de haber sufrido un cautiverio larguísimo en -su país natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado? - -Con tono que penetró hasta el fondo de los corazones de todos los -presentes, contestó: - ---¡Un cautiverio eterno! - ---¿Había recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el -viaje a que me refiero? - ---Eso me dicen. - ---¿No lo recuerda usted? - ---No recuerdo nada. Mi cerebro fué una noche profunda durante algún -tiempo... no puedo decir cuánto... desde que en mi calabozo me dedicaba -a hacer zapatos hasta que me encontré en Londres en compañía de mi -querida hija. Me habitué a su trato... ignoro cómo... no conservo -recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien -devolverme las facultades. - -El señor fiscal de la Corona dió por terminado el interrogatorio, y el -padre y la hija volvieron a sentarse. - -Ocurrió en este punto un incidente singular. El objeto de las -actuaciones, el fin que en el proceso se perseguía, era demostrar que -el acusado, en compañía de otro traidor cómplice suyo, cuya identidad -era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes -del mes de noviembre de cinco años atrás, en la diligencia-correo de -Londres a Dover, habían desmontado durante la marcha, con objeto de -despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde -retrocedieron doce o más millas hasta llegar a una plaza fuerte que -tenía arsenal, donde recogieron los datos que perseguían. Un testigo -declaró que en el día y hora indicados había visto al prisionero en el -comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando -a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo -al testigo a un interrogatorio tan rígido como habilidoso, sin más -resultado que el de asegurar aquél que jamás, ni antes ni después de -la ocasión indicada, había visto al prisionero, cuando el caballero -empelucado, que desde los comienzos de la vista tenía los ojos clavados -en el techo de la Sala, escribió dos o tres palabras en un papelito, lo -retorció, y seguidamente lo tiró al defensor. Este, después de leer el -papelito, miró con atención y curiosidad extraordinarias al prisionero. - ---¿Dice usted que tiene seguridad absoluta de que _era_ el -prisionero?--preguntó al testigo. - ---Absolutísima. - ---¿No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero? - ---A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una -equivocación. - ---Fíjese bien en aquel caballero,--repuso, indicando al que acababa de -tirarle el papelito--y luego, fíjese bien en el prisionero. ¿Qué me -dice usted? ¿No es verdad que se parecen bastante? - -No obstante la dejadez y desaliño del caballero del papelito, existía -entre él y el prisionero un parecido bastante notable para llenar -de sorpresa no sólo al testigo, sino también a cuantas personas se -hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplicó al repetido -caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se -hizo muchísimo más notable. Preguntó el presidente al señor Stryver, -que era el abogado defensor, si habrían de encausar por el delito de -traición al señor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que -el defensor respondió que no, pero que deseaba preguntar al testigo si -creía que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera -osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel -ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto -se parecía al prisionero no habría sido golpe rudo asestado a su -confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fué aniquilar al -testigo, destruir el efecto de su declaración, y quitar todo el valor a -sus manifestaciones. - -El buen Jeremías _Lapa_, que seguía el curso de la vista sin perder -palabra ni gesto, hubo de escuchar cómo el defensor volvía la tortilla -que el fiscal y los testigos habían servido al Jurado, diciendo que -el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espía mercenario, un -vil traidor, un traficante en sangre que no conocía el decoro ni -la vergüenza, el reptil de alma más negra que había existido en el -mundo desde que el maldecido Judas, a quien se parecía física y -moralmente, lo deshonró con su presencia. Afirmó que el espejo de -criado, el inocente Cly, era amigo y cómplice de Barsad, y digno -de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos -miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en víctima -de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines -la circunstancia de que aquél, francés de origen, hacía frecuentes -viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no podía -explicar, y que no explicaría el prisionero, aun cuando su silencio le -costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostró -que las manifestaciones hechas por la señorita Manette, cuya angustia -al hacerlas todos habían tenido ocasión de apreciar, no tenían la menor -importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanterías, muy naturales -en un joven que tropieza en un viaje con una niña agraciada, excepción -hecha de lo referente a Jorge Wáshington, que a su juicio resultaba -tan extravagante, que sólo como chiste desatinado cabía considerarlo. -Añadió que daría la Justicia pruebas palpables de debilidad si -persistía en la idea de perseguir una populachería estéril aprovechando -bajas antipatías y temores nacionales que el señor fiscal de la Corona -había explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tenía -más fundamento que las ruindades y vilezas de una declaración cuya mala -fe saltaba a la vista, declaración prestada con ánimo deliberado de -desfigurar los hechos, declaración que tiende a que la Justicia, para -vergüenza nuestra, añada un error lamentabilísimo a la interminable -serie de los que ha cometido. - -El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no -fuera expresión exacta de la verdad, interrumpió con cara fosca al -orador, para decir, con grave ademán, que le era imposible continuar -ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan -desagradables. - -Interrogó el defensor a los escasos testigos de descargo, y a -continuación, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos -por el señor fiscal de la Corona para volver del revés el traje que -el primero había confeccionado para el Jurado. Lo más saliente de su -discurso fué asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly -eran mil veces más virtuosos de lo que al principio había dicho, y -el prisionero mil veces más criminal. El presidente, en su informe -final, dió vueltas y más vueltas al traje confeccionado por el fiscal -y procuró deshacer las costuras del presentado por el defensor, -demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja -del prisionero. - -Retiróse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules -dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos. - -El movimiento, los murmullos generales, la expectación que de todos -los testigos de la vista se había adueñado, no fueron parte a que el -señor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de -actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el señor Stryver, recogiendo -los papeles que tenía delante, conversaba con las personas que tenía -más cerca y de tanto en tanto dirigía miradas de ansiedad al Jurado, -mientras todos los espectadores se movían más o menos, ora separándose, -ora reuniéndose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su -asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los -presentes sospecharan que el estado de su ánimo distaba mucho de ser -sosegado, el señor Carton permanecía arrellanado en su asiento, con -la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente -a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los había tenido -todo el día. - -Esto no obstante, el señor Carton avizoraba más detalles de la escena -que ante sus ojos se desarrollaba de lo que a primera vista parecía. -Prueba de ello es que, cuando la señorita Manette, rendida bajo el peso -de tantas emociones, cayó desfallecida en los brazos de su padre, fué -Carton el primero que lo advirtió, y el primero que acudió al remedio, -diciendo: - ---¡Guardia! Atienda usted a aquella señorita... Ayude al caballero -a que la saque de la Sala... ¿No ve usted que está a punto de caer -desmayada? - -Todos se movieron a compasión al ver que retiraban a la señorita de la -Sala, y no hubo quien no concediera todas sus simpatías al padre. La -escena, que no podía menos de recordar a éste los años interminables -de su inmerecida prisión, hubo de afectarle profundamente. Buena -prueba de ello fué la intensa agitación interior que le produjo el -interrogatorio, agitación que a nadie pasó inadvertida. - -Momentos después se presentaba el Jurado, y por boca de su presidente -manifestaba que, no habiéndose puesto de acuerdo, deseaba retirarse de -nuevo. - -El presidente de la Sala, cuya imaginación llenóla, si no se engañan -algunos maliciosos, el retrato de Jorge Wáshington, manifestó alguna -sorpresa al saber que el Jurado no se había puesto de acuerdo, pero -accedió a que se retirara nuevamente a deliberar, y, sin duda para -imitar su conducta, se retiró también él. La vista había durado todo el -día y era preciso encender las luces de la Sala de Justicia. Circularon -rumores de que las deliberaciones del Jurado serían largas, en vista -de lo cual, los espectadores comenzaron a desfilar para tomar algún -refrigerio, y el reo fué llevado a la parte más retirada de la barra, -donde tomó asiento. - -El señor Lorry, que había salido acompañando a la señorita Manette y a -su padre, reapareció de nuevo y llamó por señas a Jeremías _Lapa_. - ---Si quiere usted tomar algo, Jeremías, puede hacerlo, pero sin -alejarse mucho de aquí. Es preciso que cuando entre el Jurado se -encuentre usted a mi lado, pues en el Banco esperan impacientes la -noticia del veredicto. Es usted el mensajero más rápido que conozco y -podrá llegar al Tribunal del Temple mucho antes que yo. - -_Lapa_ hizo una reverencia muy graciosa, ignoro si por la confianza que -en su persona depositaba el señor Lorry, o si por el chelín que acababa -de poner en sus manos. - -En aquel punto abandonó su asiento el señor Carton y tocó en un hombro -a Lorry. - ---¿Cómo se encuentra la señorita?--preguntó. - ---Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece -que se halla mejor que antes de salir de la Sala. - ---Voy a decírselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted -no está bien que le hable en público. - -Enrojeció intensamente Lorry, sin duda porque vió que habían leído los -pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton echó a andar -en dirección a la barra. Huelga decir que Jeremías _Lapa_ le siguió con -todos sus ojos, con todos sus oídos, y con todas las púas que adornaban -su cuero cabelludo. - ---Señor Darnay--llamó Carton. - -El prisionero se levantó en seguida. - ---Es natural que desee usted tener noticias de la testigo señorita -Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo más intenso de su agitación. - ---Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. ¿Tendrá usted -la bondad de hacérselo presente en mi nombre? - ---Lo haré, si usted lo desea. - -La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente. - ---Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias más cordiales--contestó el -prisionero. - ---¿Qué espera usted, señor Darnay?--preguntó Carton, medio vuelto de -espaldas a su interlocutor. - ---Lo peor. - ---Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente será. Sin -embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza. - -Jeremías _Lapa_ se alejó sin oir más. Allí, debajo del gran espejo -que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes -por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se -refería. - -Transcurrió lenta, pesada, eterna, hora y media más. El mensajero del -Banco, después de tomar su refrigerio, se había sentado y dormido en -un banco, cuando le envolvió el oleaje humano que clamoroso invadía -nuevamente la Sala. - ---¡Jeremías... Jeremías!--gritó el señor Lorry, procurando acercarse a -la puerta. - ---¡Aquí estoy, señor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero -volver a entrar! - -Lorry extendió un brazo y le entregó un papel. - ---¡Volando...! ¿Lo tiene ya? - ---Sí, señor. - -En el papel había escrita una sola palabra: «_absuelto_». - ---Si esta vez hubiera escrito usted «Resucitado»,--murmuró _Lapa_ al -dar la vuelta--ya sabría yo lo que significa todo eso. - -Fué lo único que pudo decir, o pensar, o hacer, hasta tanto no se vió -fuera del Old Bailey, pues las turbas salían cual torrente desbordado -arrollando y arrastrando cuanto tropezaban por delante. Los murmullos -eran semejantes al recio zumbar de moscardones azules que se dispersan -chasqueados al encontrarse privados de las piltrafas podridas que -creían encontrar. - - -IV - -ENHORABUENA - -Trascolaban por los sucios y lóbregos pasadizos del edificio del -tribunal los últimos sedimentos del guisote humano que durante todo el -día había hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Lucía, su hija, -el señor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa, -formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes -en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado -casi milagrosamente de la muerte. - -Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de estío hubiese -sido muy difícil reconocer en el sereno e inteligente rostro y -cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de París. Esto -no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezón -irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no -hubiese tenido ocasión de escuchar el ritmo lúgubre de su voz profunda, -ni reparado en la especie de nube que ensombrecía su fisonomía sin -razón aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en -su alma, como había ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista, -ecos dolorosos de sus pasadas agonías; éstos brotaban espontáneamente, -y al brotar, envolvíanle en algo así como un velo fúnebre que no -podían ver los que desconocían su triste historia. - -Unicamente su hija conseguía ahuyentar de su mente los negros recuerdos -que le perseguían insistentes. Lucía era el hilo de oro que le unía -a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus -desdichas. La dulce música de su voz, la alegría que reflejaba su -linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercían sobre él una -influencia benéfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones -había habido, aunque no muchas, en que el poder de la niña se había -estrellado contra su tristeza. Lucía abrigaba la dulce esperanza de que -esos casos no se repetirían. - -Darnay había saboreado el placer de besar la mano de la joven, y -después de exteriorizar con frases fervientes su gratitud, habíase -vuelto hacia su defensor, el señor Stryver, a quien dió calurosamente -las gracias. Stryver, hombre que apenas contaba treinta años de -edad, aunque parecía de cincuenta, robusto, grueso, rojo, fanfarrón -y refractario a toda clase de impulsos de delicadeza, poseía el -secreto de amoldarse, moral y físicamente, a toda clase de compañías -y conversaciones, y era de suponer que lo mismo que se amoldaba a -las compañías y conversaciones, supiese amoldarse a las mil y una -pequeñeces relacionadas con la vida. - -Todavía llevaba puestas la toga y la peluca. Al ir a contestar a su -defendido, giró sobre sus talones en forma que eliminó del grupo al -inocente señor Lorry, y dijo: - ---Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, señor -Darnay. Ha sido usted víctima de una persecución infame, brutalmente -infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguían sus -enemigos. - ---Las obligaciones que con usted he contraído no prescribirán -jamás--respondió el joven, estrechando con calor la mano del abogado. - ---He hecho por usted cuanto he podido, señor Darnay, y tengo la -presunción de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre. - -Las últimas palabras tenían una contestación obligada, que debía y -podía dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dióla el señor -Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le -admitieran en el grupo. - ---Más, mucho más que ningún otro hombre--dijo. - ---¿Lo cree usted así?--preguntó Stryver.--Perfectamente. Ha sido usted -testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice. -Además, es usted hombre de negocios. - ---Y en calidad de tal--replicó Lorry, a quien el abogado había metido -en el grupo de la misma manera que antes le había echado fuera--en -mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fin a esta -conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La -señorita Lucía no se encuentra bien, el señor Darnay ha pasado un día -terrible, y todos estamos rendidos. - ---Hable usted por sí, señor Lorry, hable usted por sí--dijo el -abogado.--A mí me espera una noche de trabajo continuo. - ---Por mí hablo--replicó Lorry--y por el señor Darnay, y por la señorita -Lucía y... ¿No cree usted, señorita Lucía, que puedo hablar, por todos -nosotros?--preguntó, dirigiéndose a la joven, pero mirando al mismo -tiempo a su padre. - -La cara del anciano adquirió una expresión indefinible al dirigir -a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron -profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas -expresaron repugnancia, recelo y temor. - ---¡Padre mío!--musitó en su oído, a la par que estrechaba su mano. - -El anciano, cuyo rostro se fué iluminando gradualmente, se volvió hacia -su hija. - ---¿Vamos a casa, padre mío?--repuso la niña. - -El doctor exhaló un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contestó: - ---Sí. - -Los amigos del prisionero, a quienes éste había hecho creer que no -sería puesto en libertad aquella noche, habíanse dispersado ya. Casi -todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio -siniestro, que a la mañana siguiente se llenaría de nuevo de gentes -ávidas de emociones, se habían apagado. El abogado defensor se retiró -el primero para ir a cambiar de ropa, y Lucía Manette llamó un coche, -se despidió de los señores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su -casa, acompañando a su padre. - -Otra persona, que no había formado parte del grupo ni cambiado una -palabra con ninguno de los que lo componían, se destacó de la pared -contra la cual había estado apoyada y, tan pronto como se perdió de -vista el coche, aproximóse silenciosa como una sombra a Lorry y a -Darnay, que habían quedado hablando en la acera. - ---¡Hola, señor Lorry!--dijo.--Parece que ya los hombres de negocios -se atreven a hablar con Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos originan los -negocios! Se reiría usted, Darnay, si supiera las luchas que los -hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y -las exigencias de su posición. - ---Ya hizo usted antes esa misma indicación, señor Carton--replicó -Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.--Nosotros, los hombres -de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueños de nosotros -mismos. Más que en nosotros, tenemos que pensar en la casa. - ---¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!--contestó Carton con -negligencia.--Sentiría que se molestase usted. Me consta que no es -usted peor que los otros, y hasta me atrevería a asegurar que es mucho -mejor. - ---A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia. -Perdóneme si, amparándome en mis años, le hablo con franqueza tal vez -excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos. - ---¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! Yo no tengo asuntos. - ---Es una lástima que no los tenga usted. - ---De acuerdo. - ---Porque si los tuviera, les dedicaría alguna atención. - ---¡No, amigo mío, no! ¡Tenga usted por seguro que no les prestaría -ninguna! - ---¡Está bien, señor!--exclamó Lorry, a quien llenó de indignación la -indiferencia de su interlocutor.--Diga usted lo que quiera, es muy -bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones -los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se -hacen cargo los que, como el señor Darnay, son caballeros generosos... -Señor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusión de -mi alma y le deseo una vida próspera y feliz... ¡Cochero! - -Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego más con su -interlocutor, el señor Lorry tomó por asalto el coche y se hizo -conducir al Banco Tellson. Carton, que olía a vino, y cuyo fuerte, a -juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, soltó la carcajada y -se volvió hacia Darnay. - ---¡Extraños caprichos tiene la casualidad, señor Darnay!--exclamó -Carton.--¿Podía usted suponer que esta noche iba a encontrarse aquí, -pisando las piedras de la calle, en compañía de su _alter ego_? - ---¿Cómo había de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este -mundo me parece un sueño?--contestó Darnay. - ---No me admira, después de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en -su voz cierta debilidad, señor Darnay. - ---Es que principio a creer que me encuentro débil, señor Carton. - ---¿Por qué no come, pues? Yo comí ya, mientras aquellos zánganos se -ponían de acuerdo acerca del mundo en que usted habría de vivir. Voy a -acompañarle a la taberna más próxima donde podrá usted comer lo que le -acomode. - -Pasando sin más ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton echó a -andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una -taberna. El encargado acompañó a los recién llegados a un cuartito -reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma -mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino. - ---¿Va usted convenciéndose de que pertenece todavía a este mundo -terrestre, Darnay?--preguntó Carton. - ---Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero -confieso que me he convencido casi de lo que usted dice. - ---¡Y se habrá convencido de ello con satisfacción inmensa!--exclamó -Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por -cierto era de los más grandes.--De mí puedo decir que mi mayor deseo -sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene para mí nada -bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo -que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos -bastante... Por supuesto, que voy creyendo que también usted y yo nos -parecemos en todo, ¿no? - -Carlos Darnay, sobre quien pesaba aún la influencia de las emociones -del día, tardó bastante en contestar, sencillamente porque no sabía qué -respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando -lo hizo, se mostró de perfecto acuerdo. - ---Ahora que ha hecho usted honor a la comida, señor Darnay, ¿por qué no -levanta una copa? ¿Por qué no brinda usted? - ---¿Levantar la copa? ¿En honor de quién? - ---En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la -punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, juraría que no me engaño. - ---¡Brindo, pues, por la señorita Manette! - ---¡A la salud de la señorita Manette! - -Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido -del vaso, Carton estrelló el suyo contra la pared, después de beber, -donde se hizo pedazos. Seguidamente tocó la campanilla y pidió otro. - ---Es una niña encantadora, en cuya compañía sería delicioso hacer un -viaje en coche, ¿eh?--preguntó, llenando de vino el vaso que acababan -de traerle. - ---Sí--contestó secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay. - ---Digna de compasión y de que por ella se hagan verdaderas locuras. -¿Qué tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser -condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatías -y compasión: ¿qué me dice usted, Darnay? - -El interpelado guardó silencio. - ---Le agradó sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la -envió usted. No me lo dijo, pero lo supongo. - -La alusión fué a manera de recordatorio para Darnay. Acordóse de que -su desagradable compañero le había prestado un servicio en aquel -día azaroso y le dió las gracias, llevando la conversación a aquel -incidente. - ---Ni me hace falta que me dé usted las gracias, ni las merezco--replicó -con fría indiferencia Carton.--En primer lugar, no sabía qué hacer, y -en segundo, no sé por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá usted que le -haga una pregunta, señor Darnay? - ---Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado. - ---¿Cree usted que me es simpático? - ---La verdad... señor Carton...--respondió Darnay, completamente -desconcertado,--no se me ha ocurrido formularme esa pregunta. - ---Hágasela usted ahora. - ---Como si yo le mereciera alguna simpatía se comportó usted, pero si he -de decir lo que siento, creo que no se lo soy. - ---Y yo creo lo mismo que usted--observó Carton.--Principio a formar -opinión excelente de su inteligencia. - ---Lo que no debe ser obstáculo--repuso Darnay haciendo sonar la -campanilla--para que yo le quede profundamente agradecido y para que -nos despidamos sin malquerencias mutuas. - ---Desde luego--contestó Carton.--¿Dice usted que me queda reconocido? - ---Lo digo y así es. - ---Entonces, mozo, tráeme otra pinta de este mismo vino, y despiértame -mañana a las diez. - -Pagada la cuenta, levantóse Darnay, dió las buenas noches y se encaminó -hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantóse -también, miró con expresión airada al que se marchaba, y dijo: - ---Dos palabras, señor Darnay, ¿Cree usted que estoy borracho? - ---Creo que ha bebido usted mucho, señor Carton. - ---¿Lo cree nada más? Sabe perfectamente que he bebido. - ---Puesto que usted se empeña, diré que, en efecto, sé que ha bebido. - ---En ese caso, quizá sepa usted también por qué he bebido. Soy un -desilusionado, un desengañado. Ni a mí me importa la suerte de ningún -hombre de la tierra, ni ningún hombre de la tierra se acuerda siquiera -de mi persona. - ---Lo que no deja de ser una desgracia. Debió usted dar mejor empleo a -su talento. - ---Puede que tenga usted razón, y puede que se engañe lastimosamente. -No se envanezca, sin embargo, amigo mío, que no sabe usted lo que el -porvenir le reserva... ¡Buenas noches! - -Cuando quedó solo, aquel hombre singular tomó el candelero, se acercó a -un espejo que pendía de la pared y examinó minuciosa y detalladamente -la imagen reflejada en su tersa superficie. - ---¿Te es simpático ese hombre?--murmuró, cual si dirigiera la pregunta -a su propia imagen.--¿Por qué ha de serte simpático un hombre que -se te parece? ¿Acaso tienes tú algo que pueda agradar a nadie? De -sobras sabes que no. No acierto a comprender el por qué del cambio... -¡Maldito seas!... ¡Y a fe que merece simpatía el hombre que te dice lo -que pudiste ser y lo que en realidad eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez y -con franqueza! ¡Tú aborreces a ese individuo! - -Cual si el vino fuera para él manantial de consuelos, en muy contados -minutos hizo pasar a su estómago la pinta de vino y quedó dormido en la -misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos. - - -V - -EL CHACAL - -En aquellos tiempos, rendíase culto universal a la botella. Si yo -especificase y detallase aquí la cantidad de vino y de ponche que un -hombre tragaba en el curso de una noche, sin que su reputación de -perfecto caballero sufriera el menor detrimento, a buen seguro que -pasaría ante los lectores plaza de exagerador ridículo. Los hombres -bebían mucho, y no eran ciertamente excepción de la regla las lumbreras -del foro ni las notabilidades en cualquier otro ramo del saber humano, -que nunca ha sido la ciencia barrera alzada entre quien la posee y -los altares de Baco. No nos admira por tanto que el señor Stryver, -letrado que avanzaba con paso de gigante por el camino de su lucrativa -profesión, rindiera culto tan constante a la botella como las esponjas -más resecadas de la comunidad de picapleitos. - -Favorito en el Old Bailey e indispensable en el tribunal llamado -_Sessions_, Stryver separaba con el pie los peldaños de la escalera -a medida que los iba dejando atrás. Todos los días, en uno o en -otro tribunal, la roja cara de Stryver brotaba de entre una capa de -pelucas semejante al girasol que yergue su cabeza sobre un plantel de -brillantes flores. - -Habían observado en el foro que Stryver, en los comienzos de su -carrera, si bien era hombre suelto de lengua, falto de escrúpulos, -dispuesto a todo, osado y procaz, carecía de la facultad de entresacar -la esencia, la medula de los informes y de las pruebas testificales, -que tan indispensable es a todo buen abogado, pero posteriormente, hizo -en este particular progresos maravillosos. Cuanto más trabajaba, con -mayor facilidad llegaba al fondo, al tuétano de los asuntos, siendo -de notar que, aun cuando tenía la costumbre de pasarse las noches de -claro en claro vaciando botellas en compañía de Carton, los puntos que -había de tratar a la mañana siguiente ni se borraban de su mente, ni se -obscurecían. - -Sydney Carton, el más vago y holgazán ejemplar de la humanidad, era -el aliado más poderoso de Stryver. Sobre el líquido que entre los dos -tragaban hubiera podido flotar perfectamente un navío de tres puentes. -Uno y otro llevaban la misma vida, uno y otro prolongaban sus orgías -hasta la madrugada, y más de una vez vieron a Carton, ya bien alto -el sol, dirigiéndose con paso vacilante a su casa o al estrado del -tribunal. No faltaron maliciosos que aseguraron que Carton, si no era -ni llegaría jamás a ser un león, en cambio era un tigre excelente, y -que, en calidad de tal, prestaba preciosos servicios a su amigo Stryver. - ---Las diez, señor--dijo el encargado de la taberna a quien Carton había -encargado que le despertase.--Las diez de la noche. - ---¿Qué ocurre? - ---Que son las diez, señor. - ---¿Y qué? ¿Las diez de la noche? - ---Sí, señor. Me encargó que le despertase a esa hora. - ---¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está bien. - -No sin que procurase dormir de nuevo, intentos que el tabernero -combatió removiendo sin cesar el fuego y haciendo ruido, Carton -concluyó por enderezarse y salir. Luego que hubo refrescado su cabeza -dando un paseo regular, se dirigió al despacho de Stryver. - -El oficial de Stryver, que jamás asistía a las conferencias que -éste celebraba con Carton, había salido, y como consecuencia, hubo -de abrir la puerta al visitante el mismo Stryver en persona. Iba en -bata y zapatillas, y sus ojos brillaban entre dos círculos amoratados -semejantes a los que caracterizan a todos los que hacen y han hecho -vida disipada. - ---Llegas un poquito tarde, Carton--dijo Stryver. - ---Poco más o menos a la hora de siempre, tal vez quince minutos más -tarde. - -Ambos entraron en el despacho, pieza no muy grande, atestada de libros -y de papeles. Ardía en ella una lumbre deliciosa. Sobre la mesa de -trabajo, humeaba una tetera entre montones de papeles y botellas de -ron, de brandy y de vino, y entre terrones de azúcar y limones. - ---Veo que has despachado ya tu botella de costumbre, Carton. - ---Esta noche fueron dos. Estuve comiendo con mi cliente de hoy... o -viéndole comer, para el caso es lo mismo. - ---Diste al asunto un giro verdaderamente singular, Carton, llamándome -la atención hacia lo referente a la identificación del reo. ¿Cómo -demonios se te ocurrió semejante cosa? - ---¡Bah! Vi que era un buen mozo, muy guapo, y pensé que así podría ser -yo, a poco que la suerte me hubiese favorecido. - -Stryver soltó la carcajada. - ---La suerte hay que llamarla trabajando, amigo mío, así que... ¡a -trabajar! - -Con cara más que medianamente fosca se aligeró el chacal de ropa, entró -en la estancia contigua, y no tardó en salir con un cubo de agua, -una palangana y una o dos toallas. Empapó en agua fría las toallas, -envolvió con ellas su cabeza, sentóse frente a la mesa, y dijo: - ---Ya podemos principiar. - ---No es mucho el trabajo que tenemos esta noche, Carton. - ---¿Cuánto? - ---Dos protocolos. - ---Dame ante todo el peor. - ---Aquí están los dos... ¡Manos a la obra! - -El león del foro se arrellanó en un sofá mientras el chacal tomaba -una silla. Sobre la mesa, interpuesta entre los dos, había botellas -y vasos. Uno y otro recurrían a ellos con gran frecuencia pero de -distinta manera: bebía el león, abstraído la mayor parte del tiempo, -o a lo sumo ojeando indiferente algún documento poco importante, pero -el chacal, con tal ardor y entusiasmo se entregaba a su tarea, que -casi nunca seguían sus ojos el movimiento de las manos cuando éstas -andaban en busca del vaso, resultando que más de cuatro veces andaba -tentando uno o dos minutos antes de tropezar con el vaso y llevarlo a -sus labios. En dos o tres ocasiones debió encontrar tan enrevesado el -asunto que estudiaba, que consideró necesario levantarse de la silla y -humedecer de nuevo las toallas. - -Al cabo del rato consiguió el chacal preparar al león una comida -aceptable, y procedió a ofrecérsela. El león procuró digerirla -con cuidado y precauciones exquisitas separando algunos manjares, -prescindiendo de algunos componentes y haciendo atinadas observaciones, -que parecieron bien al chacal. Digerida la comida, el león se tendió -sobre el sofá, mientras el chacal, después de vigorizarse nuevamente -a fuerza de libaciones y de compresas de agua fría, se dedicó a la -confección de la segunda comida, que fué servida al león en la misma -forma que la anterior. Los relojes daban ya las tres de la madrugada. - ---Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche. - -Quitóse el chacal las toallas de la cabeza, bostezó, se desperezó, y -preparó el ponche. - ---Razón tenías, Carton, en lo referente a los testigos de esta mañana: -todo salió a pedir de boca. - ---Me parece que la tengo siempre: ¿te atreverás a decir lo contrario? - ---¡No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estará -de más que lo rocíes con un buen chaparrón de ponche para suavizarlo. - -El chacal contestó con un gruñido, pero siguiendo el consejo. - ---El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una -especie de columpio--observó Stryver.--Tan pronto está arriba, como -abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperación. - ---¡Ah, sí!--replicó Carton, exhalando un suspiro.--Ya de estudiante me -animaban los asuntos de mis condiscípulos, muy contadas veces los míos. - ---¿Pero por qué no? - ---¡Vete a saber! Por temperamento, supongo. - -Sentóse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos, -extendidas las piernas y mirando a la lumbre. - ---No puede negarse, Carton--dijo Stryver al antiguo estudiante de la -Facultad de Zorrilandia,--que tu temperamento, tu manera de ser, es y -ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energía, de unidad de -propósito. Mírame a mí. - ---¿Sermones a estas alturas?--exclamó Carton riendo cínicamente.--Ahora -es cuando creo aquello del diablo predicador... - ---¿Cómo he podido llegar a donde he llegado? ¿Cómo ocupo el puesto que -ocupo? - ---En parte, gracias a mi cooperación, supongo yo. Pero dejemos estas -discusiones que no han de conducirnos a nada práctico. Tú haces lo que -se te antoja, siempre has figurado en primera línea, y yo, en cambio, -he formado siempre en la última. - ---Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera -fila, pues no sé yo que naciera en ella--replicó Stryver. - ---No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero -creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados. - -Los dos interlocutores soltaron la carcajada. - ---Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia--repuso -Carton,--mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados, -figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos -aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones -de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías -francesas, que de nada nos sirven, eras tú _algo_, mientras yo fuí -siempre _Don Nadie_. - ---¿De quién era la culpa? - ---¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya! -Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales -términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer -envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema, -que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al -romper el día. - ---Perfectamente--dijo Stryver levantando el vaso.--Hablaremos de tu -linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable? - -No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro. - ---¡La linda testigo!--exclamó fijando sus ojos en el fondo del -vaso.--He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres? - ---A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette. - ---¿Es linda? - ---¿No lo es, acaso? - ---No. - ---¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal -entero! - ---¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al -Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!... - ---¿Sabes, Carton--preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada -penetrante y pasando la diestra por su roja cara,--que voy creyendo -que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que -tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro -ocurría? - ---¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o -no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede -advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me -desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a -la cama! - -Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo, -para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la -escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo -día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal -respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de -nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el -desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos -ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran -emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes -amenazaran envolver la ciudad. - -Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el -centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos -minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que -se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de -abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante -sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le -miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos -de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se -borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la -empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas -de su cama. - -Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol -enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de -talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de -sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la -vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota -de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y -resignado a no salir nunca de ella. - - -VI - -CENTENARES DE VISITAS - -Residía el doctor Manette en una de las calles más tranquilas de -la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un -domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la -causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar -adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria -públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas -calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del -doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan -los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento -absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por -hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que -éste vivía el oasis más delicioso de su vida. - -Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este -delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras -horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía -salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque -los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al -lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando -por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba -solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era -tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor. - -No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que -vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas -si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se -dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo. -Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino -de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban -deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos -colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban -lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como -consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los -alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar -la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se -asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del -doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo -oportuno. - -Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso -retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando -convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el -rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan -profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol -lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo, -pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación -bramadora de las calles. - -Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en -efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante -espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que -solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas -de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía -un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban -órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante -misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando -áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara -convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas -industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía -llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche -cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se -veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o -a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el -eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las -únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que -aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio, -que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel -general en la copa del plátano silvestre. - -Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su -antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa -de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil -ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se -entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo -necesario para cubrir las atenciones de la vida. - -Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de -la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los -moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que -acabo de describir, un domingo por la tarde. - ---¿Está en casa el señor doctor? - ---No, señor. - ---¿Y la señorita Lucía? - ---Tampoco. - ---¿Y la señorita Pross? - -Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada -que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a -admitir o negar el hecho, contestó que tampoco. - ---De todas suertes subo--replicó Lorry,--porque me considero aquí como -en mi casa. - -Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es -lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste -en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus -características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el -mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas -chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que -estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición -de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y -acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores, -y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de -mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto -tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no -parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor -Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación. - -Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de -comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan -como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de -una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros, -sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una -caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el -que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones -susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía, -era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la -banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo -estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de -París. - ---Me sorprende--murmuró con voz clara e inteligible Lorry--que conserve -estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y -miserias. - ---¿Y por qué ha de sorprenderle?--preguntó de pronto una voz brusca que -le obligó a volverse vivamente. - -La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la -misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó -Lorry conocimiento en el _Hotel del Rey Jorge_ en Dover. - ---Se me figuraba...--comenzó a decir Lorry. - ---Se le figuraba... ¿qué?--replicó la señorita Pross.--¡Alguna sandez -sin duda! - -Lorry no contestó. - ---¿Cómo está usted?--preguntó entonces la dama con voz dura, bien que -sin malicia ni ánimo de ofender. - ---Muy bien, gracias... ¿y usted? - ---Descontenta a más no poder. - ---¿Será posible? - ---¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita -Lucía. - ---¿Será posible? - ---¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que -me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no -quiere acabar de desesperarme! - ---¿De veras?--preguntó Lorry, enmendándose. - ---No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que -su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la -señorita me saca de quicio. - ---¿Será indiscreción preguntar la causa? - ---Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no -son dignas de ella. - ---¿Docenas?--preguntó Lorry admirado. - ---Centenares--replicó la señorita Pross, una de cuyas características, -que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación -original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio. - ---¡Santo Dios!--exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra -contestación más apropiada. - ---Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella -ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido, -téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar -de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso! - -Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a -mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la -más indicada para taparlo todo. - ---A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son -dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos! -Cuando usted dió principio al desfile... - ---¿Yo le di principio, señorita Pross? - ---¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba? - ---Si eso fué darle principio... - ---Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin... -Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante -desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la -culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser -digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable, -toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al -padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es -horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas -que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija. - -Sabía Lorry que la señorita Pross era la encarnación de los -celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus -extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo -egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden -voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a -sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una -hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás -tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que -nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía -Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada -puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su -asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross -le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones -distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas, -en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama -mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas -señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la -Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales -depositados en las cajas del Banco Tellson. - ---No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la -señorita--dijo la señorita Pross.--Ese hombre fué mi hermano Salomón... -si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida. - -Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la -historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la -averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un -miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular -y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de -remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita -Pross, no obstante su _pequeño desliz_, era para el señor Lorry motivo -de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo -el respeto que a aquella profesaba. - ---Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos -personas de negocios--dijo Lorry cuando, momentos después se habían -sentado ambos en el salón,--me permitiré hacer a usted una pregunta: En -las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez -referencia a los tiempos en que cosía zapatos? - ---Nunca. - ---Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del -oficio. - ---He dicho que nunca habla de ello con su hija--replicó la señorita -Pross,--pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo -mismo. - ---¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia? - ---Sí. - ---¿Imagina usted?... - ---¡Yo no imagino nunca!--exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su -interlocutor.--No tengo imaginación, ni me hace falta. - ---Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer -algunas veces? - ---De vez en cuando, sí. - ---Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna -sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas, -acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal -vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor? - ---Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita. - ---Y la señorita dice... - ---Que cree que su padre sospecha o sabe. - ---No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de -negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios. - ---¿Obtusa?--interrogó la señorita Pross. - ---¡No, no, no!--contestó Lorry.--¡No tiene usted nada de obtusa! -Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular, -incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según -nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión? -Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años -sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad -estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que -tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la -curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los -habitantes de esta casa siento. - ---Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme -a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque -le da miedo hablar del asunto. - ---¿Miedo? - ---Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo. -Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también -porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que -ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural -es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola -consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto. - ---Es verdad--contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación -de su interlocutora.--Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su -calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad -de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan -espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me -producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas -confianzas. - ---El mal, si realmente es mal, no tiene remedio--contestó la señorita -Pross moviendo la cabeza.--Toque usted esa cuerda, y los resultados -serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces, -a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear -agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita -sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea -arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años -le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a -su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se -convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la -causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos -pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta -que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que -el doctor vuelva en sí. - -Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un -mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea -triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase -«arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija. - -La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los -agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se -acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia. - ---¡Ya están aquí!--exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en -pie.--No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos. - -Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con -toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry, -que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del -padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban -hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también -otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin -apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la -puerta de la casa la señorita Pross. - -Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su -encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar -el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo, -para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo, -cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba -su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como -hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera -sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también -encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las -gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que -protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la -señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto -para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al -doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita -Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados, -pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun -sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más -como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry -arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que, -si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su -vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los -cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por -ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la -profecía de la señorita Pross. - -Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los _cientos_. - -En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había -reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso -confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de -perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas -y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés -y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era -eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones -de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres -que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias -coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos -y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas -de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre -de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella -capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y -convertirlas en el manjar que se le ocurriese. - -Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del -doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas -desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación, -situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha -de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este -relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba -el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó -a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los -comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo. - -Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres, -propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre -del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como -todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio -salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía, -que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de -copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas -parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los -reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las -palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas. - -La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se -presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano -llegó el joven Darnay, pero no era más que _uno_. - -Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo -su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de -cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de -la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que -ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios». - -Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado -al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro, -resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el -más miope había de observarla. - -La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido -el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión -en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres, -preguntóle Darnay: - ---Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre? - ---Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin -detenernos--contestó el doctor.--Vimos lo bastante para apreciar que -efectivamente es digna de interés, pero nada más. - ---Yo he estado en ella, según recuerda usted--repuso Darnay con sonrisa -un poquito forzada,--pero no como turista ni en condiciones de ver gran -cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que -llamó poderosamente mi atención. - ---¿Por qué no nos la cuenta usted?--preguntó Lucía. - ---Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron -de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada -en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares -del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra -por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas, -maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un -reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió -a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a -propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme. -Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A. -V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra -primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero -a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza -de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que -las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo: -_Cava_. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado -el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de -papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero. -Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió -en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo -enterró para que no lo encontrara el alcaide. - ---¡Padre mío!--exclamó Lucía.--¿Se encuentra usted enfermo? - -Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente -en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible -espanto. - ---No, hija mía, no estoy enfermo--contestó el doctor.--Comienza a -llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo -que debemos ponernos a cubierto. - -Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes -enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el -doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la -historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa, -el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada -del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había -observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido -declarado inocente el segundo. - -La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry -llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante -del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que -todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la -gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado. - -Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de -nervios», y los _cientos_ de visitantes continuaban sin dar señales de -presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban -más que _dos_. - -Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución -de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se -dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse -Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus -espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y -cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo, -más que cortinas parecían alas espectrales. - ---Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas--dijo el doctor.--Se -acerca con mucha lentitud. - ---Pero con mucha seguridad--replicó Carton. - -Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado -antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al -maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que -caminaban. - ---Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más -absoluta--observó Darnay, tras unos momentos de atención. - ---¿Verdad que impresiona, señor Darnay?--preguntó Lucía.--Muchas noches -me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca -de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan -solemne... - ---Nos asustaremos todos--dijo Darnay, chanceándose.--Veremos a qué sabe -el susto. - ---A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan -a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas. -Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola, -atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y -ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de -relacionarse en breve con mi vida. - ---Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones -estrechas con nuestras vidas--observó Carton. - -El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que -huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón, -en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y -aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma -viviente. - ---¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a -nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos -entre todos?--preguntó con entonación humorística Darnay. - ---No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir -que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que -yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha -producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá -esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los -ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer -influencia en mi vida o en la de mi padre. - ---Las reclamo para que la ejerzan en la mía--replicó Carton.--Vengan -sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están -prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo -a la luz... cárdena del relámpago--terminó diciendo, en el momento que -surcaba los aires gigantesca culebra de fuego. - -Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso: - ---Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas... -furiosas... bramadoras! - -La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner -fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas. -La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo -encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía -sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la -luna, plácida, serena. - -Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor -Lorry, acompañado por Jeremías _Lapa_, armado de su correspondiente -farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell. - ---¡Qué noche, Jeremías, qué noche!--exclamaba Lorry--¡La más indicada -para que los muertos salgan de sus tumbas! - ---No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo--respondió -Jeremías _Lapa_. - ---¡Buenas noches, señor Carton!--dijo Lorry.--¡Buenas noches, señor -Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta? - -¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables -muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos! - - -VII - -EL SEÑOR EN LA CIUDAD - -El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte, -celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción -quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de -santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto -de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad -maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos, -gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba -engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no -podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres -fuertes, amén del cocinero. - -Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres, -cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir -la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido -vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran -indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de -llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera -a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un -instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero, -presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes -de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno -solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los -cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror! -Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido -a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente -por dos, habría sido tanto como darle muerte. - -La noche anterior, el señor había asistido a una cena de confianza, -previa representación admirable de una comedia y de una ópera. El -señor solía asistir casi todas las noches a cenas análogas, en cuyos -actos le rodeaba una compañía encantadora y fascinadora. Tan fino, -tan impresionable era el señor, que en su elevada alma ejercían más -influencia la comedia y la ópera que los áridos y fastidiosos negocios -de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para -esta nación, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan -favorecidas como ella... como lo fué, por ejemplo, para Inglaterra en -los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos. - -Tenía el señor una idea nobilísima acerca de los negocios públicos -en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y -otra idea, no menos nobilísima, sobre los negocios particulares... -que también debían seguir su curso natural; y el curso natural de los -primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a -las manos y al bolsillo del señor. En cuanto a los placeres, generales -y particulares, opinaba el señor que para disfrutarlos él había sido -creado el mundo y colocado en él el hombre. Su divisa era la siguiente: -«Mío es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Señor». - -Pese a sus opiniones, había visto el señor, con el desagrado natural, -que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como públicos, -habían venido a mezclarse molestias de lo más vulgar que no dejan -de crear dificultades y apuros, también de lo más vulgar, en vista -de lo cual, decidió aliarse con un _aperador general_, resolución -tanto más cuerda cuanto que se había hecho indispensable, y esto, -por dos motivos principales. Primero: porque el señor no entendía en -asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pública, y como -consecuencia, debía confiarlos a manos que en ello entendiesen, y -segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores -generales son ricos, mientras el señor, vástago de señores que -vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobrecía -de día en día. De aquí que el señor librase a una hermana suya del -velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda más económica -con que podía regalarle, y la concediera como preciado premio a un -aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual -aperador general, armado de un bastón coronado por una manzana de oro, -figuraba en la ocasión presente entre los personajes que llenaban las -habitaciones exteriores y hacía un papel algún tanto desairado porque -el señor, y hasta la esposa del señor, solían mirarle con el desprecio -más profundo. - -El aperador general era un hombre de lo más suntuoso que darse puede. -Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados -esperaban órdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a -su mujer. En su calidad de hombre cuya misión única consistía en pillar -y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era -al menos la realidad más tangible entre los personajes que aquel día -estaban de servicio en los salones del señor. - -A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecían a los ojos escenas -deliciosas, en aquellos salones, donde habían acumulado cuanto el arte -y el gusto de la época pudieron producir, los negocios no andaban -bien, es más: tanto considerados con referencia a los espantajos -que rodeaban la persona del señor, como por lo que hace a los -desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz -poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del señor hubiera -alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la -ciencia militar, marinos que ni idea tenían de lo que un barco era, -eclesiásticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo -inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres más libres -que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeñaban -cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los -labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener -relación alguna, remota ni próxima, con el señor ni con el Estado, se -obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en -no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un -fin terreno honroso. Médicos que labraban fortunas inmensas fingiendo -curar enfermedades imaginarias y males que jamás habían existido, se -burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos, -mientras éstos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer -reverencias en los salones del señor. Arbitristas que, si nunca dieron -con el remedio del pecado más leve, en cambio descubrían diariamente -panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeños -males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus -discursos interminables y pesados a cuantos asistían a las recepciones -del señor y tenían oídos para escucharles. Filósofos ateos que se -proponían vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo -nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos, -conferenciaban en los salones del señor con químicos o alquimistas -descreídos, que no perseguían otro objetivo que la transmutación de los -metales. En el palacio del señor vegetaban sumidos en el estado más -ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos -y exquisita educación, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo, -y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible, -y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo -natural del interés humano. En los hogares que aquellas brillantes -notabilidades dejaban abandonados en los barrios más aristocráticos -de París, los espías que frecuentaban los salones del señor, a cuyo -número pertenecían, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los -que a aquel hacían la corte, difícilmente habrían podido encontrar -entre los ángeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres, -mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consentía -en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una -criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las -campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres -que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando -son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenían veinte años. - -La lepra de la ficción desfiguraba a todos los seres humanos que -servían al señor. En una de las habitaciones más extremas había media -docena de personas que, por excepción, desde algunos años antes venían -creyendo que las cosas seguían en general derroteros peligrosos. La -mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por -poner remedio a los males, habíanse afiliado a la secta fantástica de -los llamados _convulsionistas_, y se pasaban el tiempo deliberando -acerca de si les convendría echar espumarajos por la boca, rabiar, -rugir, bramar y ponerse catalépticos, presentando así ante los ojos -del señor una visión de los futuros que pudiera servirle de guía -seguro. Además de estos derviches, había otros tres que habían formado -otra secta cuyo objetivo consistía en enderezar el curso tortuoso de -los sucesos a fuerza de enrevesadas teorías sobre «El Centro de la -Verdad», sosteniendo que el hombre había brotado de este centro... -lo que no necesitaba demostración, pero que se había salido de la -circunferencia, y que se imponía la necesidad de hacerle entrar en -ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su perímetro, -lo que se conseguiría vigorizando la vida del espíritu y debilitando la -de la carne. Como jamás hablaban más que de espíritus y de substancias -incorpóreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados -materiales. - -En cambio, las personas que frecuentaban los salones del señor vestían -admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Día del Juicio -ha de ser lisa y sencillamente una exposición de trajes, en la que -se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que -las dichosas personas que motivan estas líneas vestirán por eternidad -de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El -laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artísticamente rizadas y con -tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra -los zarpazos de los años, y hasta enmendadas y corregidas gracias a -laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que ceñían los -caballeros, en cuya contemplación se extasiaba la vista, los finos -y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de -los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos -bastantes para extirpar de raíz y para siempre los males que afligían -a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educación -refinada ostentaban prodigiosa profusión de joyas de rico oro que -dejaban oir un tintineo delicioso al compás de sus lánguidos pasos, -y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados, -el hambre y la miseria no tenían más remedio que ir a esconder sus -amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad. - -Era el vestido el talismán infalible, la varita mágica que obligaba a -todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos -puestos. Nadie podía dispensarse de vestir el traje impuesto por el -papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado -mundo. La ficción comenzaba en las Tullerías, en la persona misma del -señor, y en las de los que al señor hacían la corte, y continuaba -por las Cámaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona -del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy «peinado, rizado y -empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus -pantorrillas en ricas medias de seda». ¡No! No es posible que ninguno -de los felices mortales que asistieron a la recepción quincenal -dada por el señor en el año mil setecientos ochenta pusiera en tela -de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan -sólida como un verdugo primorosamente peinado, artísticamente rizado, -solícitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y -primorosas medias de seda. - -Luego que el señor aligeró a sus cuatro servidores de sus respectivas -cargas y tomó el chocolate, mandó abrir de par en par las puertas de -su santuario y tuvo la dignación de salir fuera. ¡Qué de sumisión, qué -de adulaciones rastreras, qué de servilismo, qué de humillaciones, -llevadas hasta los límites más inconcebibles de lo abyecto! Baste -decir que en todo lo referente a idolatría y anonadamiento, los que -llenaban los salones nada reservaron para los cielos. ¡Verdad es que el -pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores -del señor! - -Pronunciando aquí una palabra y dejando caer allá una esperanza, -dirigiendo a éste una sonrisa y haciendo a aquél una seña con la mano, -atravesó el señor los salones hasta que rebasó los límites de la -_circunferencia de la verdad_, donde giró majestuoso sobre sus sagrados -talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su -santuario. - -Terminada la exhibición, los susurros que apenas rozaban el aire -trocáronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante -a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy -pronto no quedó a la vista más que una persona, un caballero, el cual, -puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita -de rapé, se entretuvo en pasear con calma y reposo deteniéndose frente -a los espejos que al paso encontraba. - ---¡Cargue el infierno contigo!--murmuró antes de marcharse, vueltos los -ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rapé que conservaba -entre sus dedos. - -Era un hombre de unos sesenta años, ricamente ataviado, de ademanes y -expresión altaneros y dotado de una cara que, más que rostro humano, -parecía fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus -líneas, todos sus rasgos aparecían perfectamente definidos. La nariz, -artísticamente modelada, ofrecía la particularidad de que sus dos -ventanas acusaban una contracción, muy poco perceptible, hacia la -parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la -alteración única visible en aquella cara. Las ventanas persistían unas -veces contraídas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedían las -dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la -cara una expresión desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado -con detenimiento aquel rostro, no era difícil observar que la expresión -de crueldad la debía a las líneas de su boca y de las órbitas de los -ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo, -que aquella cara era extraordinariamente hermosa. - -Su propietario descendió las escaleras del palacio y salió al -vestíbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos habían sido los -que le dirigieron la palabra durante la recepción, y el señor pudo -estar más afectuoso de lo que estuvo cuando llegó al sitio en que aquél -permaneció retraído y separado de los grupos. Sin detenerse un instante -montó en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a -las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara -contra un ejército enemigo, sin que a su señor se le ocurriera poner -freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle, -más bien parecía que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se -habían exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible -y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la bárbara -costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras, -sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero -nadie se dignó conceder un segundo de atención a semejantes pequeñeces, -y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase -baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente -pudieran. - -Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones -más sagradas, difícil de comprender en nuestros días, la carroza volaba -por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con -velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban -despavoridas, a los niños, que corrían como conejos asustados, y a los -hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar -el carruaje una esquina próxima a una fuente, una de las ruedas dió -un salto, cientos de gargantas lanzaron un alarido, y los caballos -recularon y se encabritaron. - -Es casi seguro que la carroza hubiera continuado imperturbable su -desenfrenada carrera de no haber sido por este último inconveniente, -toda vez que era lo que acostumbraban hacer los carruajes en aquella -feliz época, aun cuando dejaran la calle sembrada de cadáveres, ¿por -qué habían de hacer otra cosa?, pero asustado el lacayo había saltado a -tierra y veinte manos agarraron a un tiempo las riendas de los caballos. - ---¿Qué pasa?--preguntó el señor, asomando su cara tranquila por la -portezuela. - -Un hombre alto, con gorro en la cabeza, había sacado de entre las -patas de los caballos un bulto, que depositó sobre el basamento de una -fuente, e inclinado sobre él, aullaba como un animal feroz. - ---Perdón, señor Marqués--dijo un individuo harapiento con voz y ademán -humildes,--es un niño. - ---¿Y por qué arma ese ruido ensordecedor? ¿Dices que es un niño? - ---Dispense el señor Marqués... Es una... lástima... sí, eso es. - -Distaba la fuente algunas varas. El hombre alto que sobre el bulto -estaba inclinado se irguió de repente y echó a correr con prisa tal en -dirección al carruaje, que el señor Marqués llevó la mano al puño de su -espada. - ---¡Muerto!--rugió el hombre alto con muestras de salvaje desesperación, -clavando los ojos en el Marqués y alzando los dos brazos.--¡Asesinado! - -Las turbas se apiñaron en rededor de la carroza. Todas las miradas -estaban concentradas en la persona del Marqués, mas en aquéllas no se -leía otra cosa que ansiedad, temor, nada de cólera ni de amenaza. Todos -callaban. Al primer grito sucedió un silencio imponente. La voz del que -había hablado al magnate continuaba siendo sumisa en extremo. El señor -Marqués paseó sus miradas sobre los apiñados grupos, contemplándolos -con la indiferencia con que hubiera contemplado una manada de ratas -asustadas. - -Sin variar de actitud sacó un bolsillo. - ---Me sorprende sobremanera--dijo--que ni de vuestros hijos sepáis -cuidar. Con frecuencia que no puede menos de serme molesta os tropiezo -en mi camino. ¿No se os alcanza que de los atropellos pueden resultar -con daño mis caballos? ¡Vaya!... ¡Dadle esto! - -Acompañando la acción a la palabra, arrojó a los pies del lacayo una -moneda de oro. - ---¡Muerto... asesinado!--volvió a gritar el hombre alto. - -Llegó a la sazón otro hombre, a quien todos abrieron paso. El que -acababa de gritar cayó en sus brazos no bien le vió, permaneciendo -largo rato entre ellos, llorando y sollozando. - ---Lo sé todo... lo sé todo--dijo el recién llegado.--¡Valor, Gaspar! -Preferible es morir como ha muerto el niño a vivir la vida que le -esperaba. Ha muerto sin dolor, sin sufrimientos, y en cambio, de haber -continuado viviendo, aquéllos le hubieran acosado sin cesar. - ---Eres un filósofo--dijo el Marqués sonriendo.--¿Cómo te llamas? - ---Defarge. - ---¿Cuál es tu oficio? - ---Soy vendedor de vino, señor Marqués. - ---Toma esto, filósofo y vendedor de vino, y gástalo como te venga en -gana--repuso el Marqués, arrojando a sus pies otra moneda de oro.--¡A -ver! ¿Están listos los caballos? - -Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el señor Marqués se -arrellanó en su asiento. La carroza se ponía nuevamente en movimiento -y su feliz ocupante había olvidado el incidente, cual si acabara de -romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su -olímpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de -una moneda de oro. - ---¡Para!--gritó el señor Marqués.--¡Detén los caballos!... ¿Quién ha -tirado esto? - -Miró airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vió más -que al desdichado padre abrazado al cadáver de su hijo, y a una mujer -en pie, que le miraba ceñuda. - ---¡Perros!--murmuró el Marqués.--¡De buena gana pasaría sobre todos -vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! ¡Si yo -supiera quién es el canalla que arrojó la moneda, y lo tuviera bastante -cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche! - -Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentían por lo -que los hombres de la clase social del Marqués podían hacerles, dentro -y fuera de la ley, que no se alzó una voz, ni una mano, ni una mirada. -Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la -mujer a que antes nos hemos referido osó clavar sus miradas airadas en -el Marqués, quien ni reparó siquiera en ella. Su olímpica mirada pasó -sobre su cabeza y sobre las demás ratas, y cómodamente arrellanado -sobre los mullidos almohadones de su carroza, dió orden al cochero de -continuar la marcha. - -Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesión rápida -muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del -Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del -eclesiástico. Las ratas asomaban tímidas las cabezas en la entrada de -sus agujeros. - -Retiróse el padre a quien habían dejado sin hijo, retiráronse las ratas -al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no quedó -más que la mujer que había osado mirar ceñuda al Marqués, rígida como -la Fatalidad. El agua de la fuente corría rumorosa, corrían rápidas -y turbulentas las aguas del río, el día corría a su ocaso, la vida -de la ciudad corría a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie -espera, las ratas dormían ya en sus obscuros agujeros, el _baile de la -extravagancia_ continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para -decirlo de una vez, seguían su curso. - - -VIII - -EL SEÑOR EN EL CAMPO - -Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no -abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera -podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes, -pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza -inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba -tendencia decidida hacia una vegetación, más aparente que real. - -El carruaje de viaje del señor Marqués, que, dicho sea de paso, -hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado -por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El -subido color de las mejillas del prócer nada argüía en contra de su -elevada alcurnia. No tenía su origen dentro, sino que era efecto de una -circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol. - -Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del -señor Marqués envolviendo a éste en nimbos de luz rojiza. - ---Pronto se pondrá--exclamó el señor Marqués, contemplando con disgusto -sus manos. - -En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tardó en -ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas -los pesados frenos, en cuanto el coche comenzó a rodar por la -pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se -extinguieron: el sol y el Marqués descendían. - -Ante los ojos del Marqués se extendía un territorio quebrado, una aldea -en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano, -un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una -fortaleza emplazada al borde de un despeñadero. El Marqués contemplaba -todos los objetos detallados, cuyas líneas comenzaban a borrar las -sombras de la noche, con la expresión del que se acerca a su casa. - -Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecería pobre, con una -tenería pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y -con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres habían -de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivían -en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus -viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artículos semejantes -para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y -toda clase de comestibles que la tierra da de sí. No era preciso ser -muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducían: -con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios -visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que -había que pagar al Estado, a la Iglesia y al señor, juntamente con las -contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para -comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de -que el hambre y la miseria no hubieran concluído con la vida de todos -ellos. - -Niños se veían muy pocos, perros ni uno sólo. En cuanto a los hombres -y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofrecía no podía ser -más clara: o vivir de la manera más miserable en la aldea, bajo el -yugo aplastante del señor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el -precipicio, destinada a calabozo. - -Precedido por un correo y acompañado por los restallidos de los látigos -de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras -enroscadas, el señor Marqués mandó detener su carruaje frente a la -puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los -aldeanos que en ésta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle. -El también les miró, y vió cómo doblaban sus frentes ante su persona, -de la misma manera que él había doblado la suya ante el señor, cuando -acertó a unirse al grupo un caminero. - ---Tráeme a ese individuo--dijo el Marqués al correo. - -Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se -agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver. - ---¿Te pasé en el camino, verdad? - ---Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el -camino. - ---Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto? - ---Señor, cierto es. - ---¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza? - ---Miraba al hombre, señor. - -Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos -los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio. - ---¿Qué hombre, pedazo de bruto? - ---Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la -galga. - ---¿Pero quién? - ---El hombre, señor. - ---¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese -hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese -hombre? - ---¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en -los días de mi vida. - ---¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado? - ---Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera. - -El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia -el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura -normal e hizo una reverencia. - ---¿Qué señas tenía? - ---Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies -a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro. - -La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos -volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún -espectro sobre su conciencia. - ---¡No puede negarse que te has portado como un hombre!--exclamó el -Marqués.--Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa -bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle, -suéltelo! - -Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al -desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de -contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo -al declarante. - ---Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el -desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que -es un hombre honrado. - ---Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor--contestó -Gambelle. - ---¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito? - -El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media -docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena -de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando -inmediatamente y le llevaron a presencia del señor. - ---¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga? - ---Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos -que si se hubiera arrojado al mar. - ---Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha! - -Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de -amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos. -Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro -que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que -podían salvar, por fortuna suya. - -Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar -la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron -de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde -se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de -madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un -estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el -de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y -descarnada. - -Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una -mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje, -levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche. - ---¡Es el señor!--exclamó, presentándose en la portezuela.--¡Señor, una -gracia! - -El señor lanzó una exclamación de impaciencia. - ---¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones! - ---¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!... - ---¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo -mismo! Que no puede pagar, ¿eh? - ---¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto! - ---¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo? - ---¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo -aquellas míseras hierbas!... - ---¿Y bien? - ---Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba. - ---Bueno... ¿y qué? - -Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba -un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y -otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con -ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser -ablandado. - ---¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido -ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos -otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al -sepulcro... - ---¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos? - ---Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que -deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce -un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan -dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y -no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!... - -El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos -habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente -la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su _château_. - -El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo. -Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy -corpulentos árboles. Era el _château_ del señor Marqués, en cuya puerta -principal le estaba esperando el mayordomo. - ---¿Ha llegado de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?--preguntó. - ---Todavía no, señor Marqués--fué la respuesta. - - -IX - -LA CABEZA DE GORGON - -Era el _château_ del señor Marqués un edificio arrogante, de espesos -y sólidos muros y vastas proporciones. De su espacioso patio de -piedra arrancaban dos amplias escaleras también de piedra, que iban a -encontrarse en la terraza de piedra como todo lo demás, que precedía a -la puerta principal. De piedra eran las recias balaustradas, de piedra -los jarrones, de piedra las flores, de piedra las caras humanas, de -piedra las cabezas de los leones, de piedra todo. No parecía sino que -la cabeza de Gorgon había presidido, dos siglos antes, la terminación -de aquella ingente masa de piedra e ideado sus remates y detalles de -ornamentación. - -La antorcha que precedía al señor Marqués cuando, después de salir de -su coche de viaje, emprendió el ascenso de la espaciosa escalera de -piedra, derramaba resplandor bastante para provocar las protestas de -la lechuza que tenía su cuartel general en el tejado de la torrecilla -que servía de remate a las caballerizas y que se alzaba como queriendo -escalar las nubes, rodeada de árboles de prodigiosa altura. Todo lo -demás permaneció tranquilo, tan tranquilo, que tanto la antorcha que -precedía en la gran escalera los pasos del señor Marqués, como la -que frente a la puerta de honor esperaba su llegada, ardían cual si -en el centro de cerrado salón estuvieran, y no expuestas al soplo de -las brisas de la noche. Ni se oía tampoco más ruido que el del ulular -de la lechuza, excepción hecha del rumor producido por el agua de la -fuente al caer en la pila, pues era una de esas noches que contienen el -aliento durante horas enteras, para exhalar un suspiro y permanecer de -nuevo sin respirar. - -Giró sobre sus suaves goznes la puerta de honor, y el señor Marqués -penetró en una galería cuyos muros ofrecían a la vista gran variedad -de armaduras antiguas, e infinidad de dardos, lanzas, espadas y -cuchillos de caza, juntamente con un surtido variado de fustas, trallas -y látigos, cuyo peso había sentido más de un labriego cuando su señor -estaba encolerizado. - -Sin mirar siquiera a los alones grandes, envueltos en negras tinieblas, -el señor Marqués, siempre siguiendo a la antorcha, llegó frente a -una puerta que había en el fondo de la galería. Abierta aquélla, se -encontró en sus habitaciones, que eran tres, una de ellas su alcoba. -Las habitaciones de elevados artesonados, reunían todo el lujo, todo -el refinamiento que corresponden a un Marqués, que vive en un siglo -fastuoso y en una nación que todo lo sacrifica al boato. En los -riquísimos muebles dominaba el gusto del penúltimo Luis de aquella -sagrada dinastía que debía ser eterna, de Luis XIV, aunque no faltaban -objetos que podían pasar como ilustraciones de las antiguas páginas de -la historia de Francia. - -En el centro de la tercera habitación, pieza redonda que correspondía -a una de las cuatro torres que flanqueaban el edificio, había una mesa -comedor con servicio para dos personas. La habitación era reducida, y -su ventana estaba abierta, bien que cerradas sus celosías. - ---¿Cubierto para mi sobrino?--murmuró el Marqués al entrar.--Y, sin -embargo, acaban de decirme que no ha llegado todavía. - -No había llegado, en efecto, pero en el castillo, esperaban que -llegase con el señor Marqués. - ---No es probable que llegue esta noche--añadió el Marqués, dirigiéndose -al servidor encargado del comedor--pero deja la mesa como está. Dentro -de un cuarto de hora me sentaré a cenar. - -En efecto: quince minutos después tomaba el Marqués asiento frente -a una cena suntuosa y selecta. Sentóse dando espaldas a la ventana. -Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico -Burdeos, cuando bajó la mano sin beber. - ---¿Qué es eso?--preguntó con calma, volviendo la cara hacia las -celosías. - ---¿Qué, Monseñor? - ---Fuera... Abre las celosías. - -La orden quedó obedecida en el acto. - ---¿Qué hay? - ---Nada, señor: las copas de los árboles y las sombras de la noche es lo -único que se ve. - ---Está bien--dijo su señor, con calma imperturbable.--Vuelve a cerrar. - -El Marqués volvió a prestar atención a su cena. Habría llegado a la -mitad de ésta, cuando por segunda vez quedó a medio camino el vaso que -llevaba a sus labios. Oíase el rodar de un carruaje que a buena marcha -se aproximaba al castillo. - ---Pregunta quién ha llegado--dijo el Marqués al servidor. - -Era el sobrino del señor, a quien en la casa de postas habían -manifestado que el Marqués habría llegado ya al castillo. - ---Vete y dile de mi parte que la cena espera, y que le ruego venga sin -tardanza. - -Minutos después entraba en el comedor el viajero, que era el mismo -joven a quien hemos conocido en Inglaterra bajo el nombre de Carlos -Darnay. - -Recibióle el señor Marqués con exquisita cortesanía, pero no se dieron -las manos. - ---¿Salió usted ayer de París?--preguntó el joven al sentarse a la mesa. - ---Ayer, sí; ¿y tú? - ---Yo he venido directamente aquí. - ---¿Desde Londres? - ---Sí. - ---Bastante te ha costado llegar--observó el Marqués sonriendo. - ---Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez. - ---Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho -tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje. - ---Sí... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos. - ---Lo supongo--contestó el tío. - -No cambiaron más palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido -el café, y solos ya tío y sobrino, abrió la conversación este último, -clavando sus ojos en la cara del primero, que parecía una máscara. - ---He regresado, tío, persiguiendo el mismo objetivo que me obligó a -ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan -sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habría -decaído mi valor. - ---La muerte no, querido--respondió el tío;--ni nombrarse debe esa -señora. - ---Dudo mucho, tío--replicó el sobrino,--que usted me hubiese tendido -una mano, aun viéndome colocado en el filo mismo de la muerte. - -Agitáronse las ventanas de la nariz del tío y se hicieron más profundas -las líneas de su rostro, dando expresión más cruel a su aspecto; -pero el Marqués hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tenía -de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de -modales del prócer. - ---Hablando con franqueza--repuso el sobrino,--si no mienten mis -informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las -sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que -me rodeaban. - ---¡No, no, no, no!--contestó riendo el tío. - ---No discutiremos ese punto--continuó el sobrino, mirando con evidente -desconfianza a su interlocutor.--Me consta que, a trueque de detenerme -en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia -especial, como me consta también que en materia de recursos, es usted -poco escrupuloso. - ---Mi querido sobrino, me permitiré rogarte que procures hacer memoria, -que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo. - ---Lo recuerdo perfectamente. - ---Muchas gracias--contestó el Marqués, con voz que parecía un -instrumento musical. - ---En efecto, tío; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi -buena estrella, el no encontrarme en este momento recluído en alguna -prisión de Francia. - ---No entiendo bien--respondió el tío, tomando un sorbo de -café.--¿Tienes la bondad de explicarte? - ---Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber caído usted en -desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de -aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos años, no le -habría faltado una carta _de cachet_ que me hubiera abierto las puertas -de una fortaleza por tiempo indefinido. - ---Es muy posible--replicó el tío, con calma imperturbable--que el honor -de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto. - ---Por fortuna para mí, observo que en la recepción de anteayer encontró -usted la misma frialdad de siempre--dijo el sobrino. - ---Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no -aseguraría que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es -muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad -de una cárcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia más -beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad. -Pero es inútil discutir este particular. Me encuentro, según dices, en -posición desventajosa. Hoy, solamente el interés o las importunidades -alcanzan esos pequeños instrumentos de corrección, esos medios suaves -para robustecer el poderío y el honor de las familias, esos favores -insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. ¡Son tantos los -que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen! -No sucedía así en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho, -y varían todos los días, siendo de notar que van de mal en peor. -Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus -vasallos y gentes vulgares. ¡Cuántos de esos perros han salido de esta -misma habitación para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi -alcoba fué muerto a puñaladas un insolente bellaco que se atrevió a -proferir no sé qué broma de mal gusto a propósito de su hija que... -Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda -una filosofía nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinásemos -en defender todos nuestros derechos, acaso tropezáramos con graves -inconvenientes. ¡Las cosas se ponen malas, muy malas! - -El Marqués tomó un polvo de rapé y movió la cabeza con la expresión de -quien lamenta que un país desdeñe medios tan excelentes de regeneración. - ---De tal suerte hemos hecho valer nuestra posición social, tanto en -tiempos pasados, como en nuestros días--replicó el sobrino con acento -sombrío,--que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversión y con -odio nuestros nombres. - ---De lo que debemos felicitarnos--observó el tío.--La aversión y el -odio son los homenajes más altos y más involuntarios que los pequeños -rinden a los grandes. - ---No encuentro en este país una sola cara que nos mire con -deferencia--repuso el sobrino.--En todas ellas leo el respeto -engendrado por el temor y la esclavitud. - ---Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los -procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza--dijo -el Marqués, tomando otro polvo de rapé y montando una pierna sobre otra. - -Afectaba el prócer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino, -puestos los codos sobre la mesa, se cubrió los ojos con las manos -y permaneció durante un buen espacio de tiempo absorto en sus -reflexiones, desapareció la mascarilla del Marqués y miró de soslayo a -su sobrino con expresión tal de rencor, que se armonizaba muy mal con -la indiferencia primera. - ---La única filosofía de efectos duraderos es la represión--observó el -Marqués.--Ese respeto sombrío engendrado por el miedo y la esclavitud, -amigo mío, hará que los perros continúen obedientes al látigo mientras -este techo nos proteja contra la intemperie. - -Quizá el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen -Marqués creía. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un -cuadro de lo que sería dentro de contado número de años su castillo, -y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le -habría hecho creer en la fidelidad de la pintura. - ---Mientras tanto--continuó el Marqués,--corre de mi cuenta poner a -salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras tú o no... Pero, -ahora caigo en que debes encontrarte rendido: ¿te parece que, por esta -noche, pongamos término a nuestra conferencia? - ---Un momento más. - ---Una hora, si ése es tu gusto. - ---Hemos obrado mal, tío, y los frutos de nuestra iniquidad están -madurando. - ---¿_Hemos_ obrado mal?--repitió el tío sonriendo. - ---Ha cometido mil yerros nuestra familia, sí, nuestra honorable -familia, cuyo honor tanto nos interesa a los dos. Hasta en tiempos de -mi padre cometimos mil iniquidades, sacrificando sin reparo a todo ser -humano que se interpusiera entre nosotros y nuestros placeres... ¿Pero -a qué hablar de los tiempos de mi padre, si otro tanto ocurre en los -de usted? ¿Puedo, acaso, establecer una separación entre mi padre y su -hermano gemelo, su heredero adjunto, su sucesor inmediato forzoso? - ---La mano de la muerte me llamó a sucederle. - ---Y la misma mano me dejó encadenado a un sistema que me repugna, que -me horroriza, haciéndome responsable de lo que no está en mi mano -evitar; me impide dar cumplimiento a la súplica postrera que murmuraron -los labios de mi santa madre, me impide obedecer la orden última, muda, -pero patética, dictada por los ojos queridos de aquella dama ejemplar, -que me encarecían que tuviera piedad y compasión, y que jamás cerrara -mis oídos a la voz de la justicia; y por último, me destroza el alma, -al convencerme de que necesito una mano que me ayude y de que en vano -la busco. - ---Si en mí la buscas, mi querido sobrino, desde luego te aseguro que -pierdes el tiempo: no la encontrarás nunca. He decidido bajar al -sepulcro perpetuando el sistema bajo el cual nací y he vivido. - -Tomó otro polvo de rapé, guardó la cajita en el bolsillo, y añadió: - ---Preferible es escuchar la voz de la razón y aceptar el destino -natural... Pero observo que estás perdido, mi querido Carlos. - ---Perdidas están para mí estas propiedades y hasta Francia--contestó -con amargura el sobrino.--Las renuncio. - ---¿Pero es que puedes renunciarlas? Siempre he creído que para -renunciar precisa _poseer_. Yo no sé si Francia será tuya ya; pero los -bienes de nuestra familia... Claro que ni vale la pena hablar de ello; -pero ¿es que los consideras tuyos? - ---Al hablar como lo hice, ni se me ocurrió la idea de aludir a los -derechos que sobre ellos tengo, ni mucho menos reclamar su posesión. Si -mañana pasasen de sus manos a las mías... - ---Lo que tengo la vanidad de considerar muy improbable... - ---... O de aquí a veinte años... - ---Me haces demasiado honor; pero prefiero esta suposición a la primera. - ---Los abandonaría, para vivir en otra parte y otro género de vida. ¡No -sería abandonar mucho! ¡Total, un desierto espantoso que no presenta -más que miserias y ruinas! - ---¿Sí?--exclamó el Marqués, paseando su mirada por aquella habitación -suntuosa. - ---No diré que la vista no encuentre en aquéllos algún atractivo; pero -estudiados en su fondo, a la luz de la razón y de la justicia, son -una torre ruinosa de extorsiones, despilfarros, deudas, injusticias, -opresiones, hambres, desnudeces y sufrimientos. - ---¿Sí?--repitió el Marqués con acento de satisfacción. - ---Si llegan a ser míos, los confiaré a manos más competentes que las -mías para que los desgraven poco a poco, dado caso que llegue a tiempo, -del peso enorme que los arrastra al precipicio, a fin de que los -infelices que a ellos se ven clavados sufran menos en lo sucesivo. No -podré hacerlo; lo sé. Pesa sobre ellos una maldición, y no sólo sobre -ellos, sino también sobre la nación entera. - ---¿Y tú?--preguntó el tío.--Perdona mi curiosidad; ¿es que a la sombra -de tu filosofía de nuevo cuño esperas vivir del maná del cielo? - ---Fuerza será que viva de lo mismo que vivirán tantos otros -compatriotas míos, por muchos que sean sus pergaminos, por rancia que -sea su nobleza: del trabajo. - ---¿En Inglaterra, por ejemplo? - ---Sí. El honor de la familia puede dormir tranquilo. No lo mancillaré -trabajando mientras me encuentre en este país, y no podré mancillarlo -en otro sencillamente porque, fuera de aquí, no ostentaré el apellido -de la familia. - -El Marqués hizo sonar un timbre. Inmediatamente se iluminó la -habitación inmediata. Esperó el Marqués a que se fuera el servidor que -había encendido las luces, y cuando oyó que sus pasos se alejaban, -dijo, mirando a su sobrino con rostro sonriente: - ---Muchos atractivos tiene para ti Inglaterra, bien que, a decir verdad, -no me admira si tengo en cuenta lo mucho que allí has prosperado. - ---Manifesté ya antes que creo ser deudor a usted de todas las -_fortunas y prosperidades_ que allí encontré. De todas suertes, -Inglaterra es mi refugio. - ---Si hemos de creer a los vanidosos ingleses, es el refugio de muchos. -¿Conoces a un compatriota nuestro que allí buscó refugio? Me refiero a -un doctor. - ---Le conozco. - ---¿A quien acompaña una hija? - ---Sí. - ---El mismo. Estás rendido... Buenas noches. - -La sonrisa con que acompañó la inclinación de cabeza que hizo a su -sobrino a guisa de cortés despedida y el tono con que pronunció -las últimas palabras, envolvían un misterio que no pudo menos de -impresionar al sobrino. - ---Sí--repitió el Marqués.--Un doctor con una hija... Sí. ¡Así comienza -la nueva filosofía!... Buenas noches. - -El joven clavó sus ojos en su cara cual si esperase encontrar en ella -la aclaración de las últimas palabras que habían herido sus oídos. -Trabajo perdido. Lo mismo hubiera conseguido interrogando las de las -estatuas de piedra que tanto abundaban en el castillo. - ---¡Buenas noches!--añadió el tío.--El deseo de verte mañana por la -mañana me tendrá desvelado toda la noche... Que descanses... Enciende -las luces del dormitorio de mi señor sobrino... ¡Y asa a mi señor -sobrino en la cama, si puedes!--añadió para sus adentros, antes de -hacer sonar nuevamente la campanilla, llamando al ayuda de cámara a su -alcoba. - -El ayuda de cámara acudió al llamamiento y volvió a salir, dejando al -Marqués en paños menores y dispuesto a meterse en la cama. Tardó una -porción de minutos en hacerlo. Si alguien le hubiese visto vestido como -iba y calzado con zapatillas, midiendo la estancia con paso silencioso -y vivo, semejante al del tigre real, hubiérale tomado probablemente -por el famoso marqués encantado de la leyenda, cuyas transformaciones -periódicas en felino comenzaban entonces o terminaban en aquel instante. - -Surgían en el fondo de su imaginación, mientras caminaba de uno a otro -extremo de su voluptuosa alcoba, los incidentes más salientes del viaje -que terminara aquella noche: veíase subiendo perezosamente la rampa -empinada de la colina, contemplaba con los ojos del alma la puesta del -sol, el descenso de la falda opuesta de la colina, el molino, la cadena -de la galga, la prisión emplazada al borde del tajo, la aldea de la -hondonada, los labriegos en derredor de la fuente y el caminero en el -momento de señalar con su gorro puntiagudo la cadena de su coche de -camino. La fuente de la aldea le recordaba la otra fuente de París, y -en ella veía al cadáver del niño acurrucado sobre el basamento, a las -mujeres inclinadas sobre su cuerpecito y al hombre alto que, con los -brazos extendidos gritaba: «¡Muerto!» - ---Me estoy enfriando--murmuró el señor Marqués.--¡A la cama, a la cama! - -Tendióse en el lecho, dejó caer las lujosas cortinas que lo -envolvieron, y se dispuso a dormir. - -Por espacio de tres horas interminables permanecieron las caras de -piedra de los inmóviles centinelas colocados en el exterior del -castillo contemplando las negruras de la noche; por espacio de tres -horas interminables los caballos inquietos golpearon con sus manos los -pesebres de las caballerizas, y la lechuza lanzaba un ruido peculiar -que no tenía semejanza alguna con el canto que a las lechuzas han -asignado los hombres-poetas. - -Hombres y leones de piedra del castillo clavaron por espacio de tres -mortales horas sus ojos sin pupilas en los negros tules de la noche. -Negros estaban los campos, negros los bosques, negros los caminos, -negro como mar de tinta todo el paisaje. En el cementerio de la aldea -hubiese sido imposible distinguir una tumba de otra, y nadie hubiera -podido decir si la cruz a cuyo pie estaba arrodillada aquella tarde -la mujer que pidió una gracia al Marqués continuaba enhiesta o si -había caído derribada. En la aldea, explotadores y explotados dormían -profundamente. Quizá durante el sueño disfrutaban estos últimos de -opíparos banquetes, como ocurrir suele a los que perecen de hambre, o -bien de tranquilidad y de descanso, cual bueyes habituados a gemir bajo -el yugo. - -Aguas invisibles y silenciosas fluían de la fuente de la aldea, lo -mismo que de la fuente del castillo, perdiéndose a lo lejos, como se -pierden los minutos que continuamente deja escapar la mano del Tiempo. -Al cabo de tres horas interminables, las aguas comenzaron a tomar -ligeros tonos grises, y los ojos de las caras de piedra del castillo -principiaron a iluminarse. - -Brotó por Oriente el sol, tiñendo de rojo las copas de los árboles y -las cimas de las montañas. Sus fulgores dieron roja coloración a las -aguas que brotaban de la fuente del castillo y a las caras de piedra de -hombres y leones. Gorjeaban parleros los pajarillos, uno de los cuales, -más atrevido que sus compañeros, agotó el repertorio de sus cantos más -hermosos posado sobre el alféizar de piedra de la ventana de la alcoba -del señor Marqués. El centinela de piedra más inmediato contempló con -mudo asombro al cantor, abrió la boca y dió muestras del terror más -profundo. - -Los fulgores del astro del día sacudieron el sopor que dominaba cual -señor absoluto en la aldea. Abriéronse las ventanas, desatrancáronse -las puertas de las casas, y las gentes salieron tiritando a la calle -para entregarse a las faenas diarias. Unos se fueron a la fuente, otros -al campo; éstos, a arar, aquéllos a cavar o a apacentar escuálidos -ganados. En la iglesia quedaron dos o tres personas, suplicando al -Cielo que conservara la vida de alguna vaca o de corto número de ovejas. - -El castillo despertó más tarde, cual correspondía a su elevada -jerarquía social. Los rayos del sol tiñeron de rojo primero a los -venablos, espadas y lanzas; más tarde arrancaron destellos a los -montantes, comenzaron a abrirse ventanas, se impacientaron los caballos -en las cuadras, y los perros sacudían las cadenas que los sujetaban, -ladrando desaforadamente en demanda de libertad. - -Todos éstos eran incidentes triviales que se repetían diariamente, -detalles rutinarios de la vida ordinaria. Pero algo menos trivial, -algo que no era rutinario ni corriente ocurría aquella mañana en el -castillo. Repicaba con furia insistente la gran campana; corrían los -servidores de una parte a otra; por la terraza cruzaban muchas personas -y en las caballerizas ensillaban con azoramiento varios caballos. ¿Por -qué? - -¿Qué ventolera había acometido al caminero, momentos antes entregado -al trabajo, allá en la cima de la colina? ¿Acaso las aves del campo -pretendían llevarse en sus picos el escaso almuerzo que había dejado -sobre un montón de piedras? ¿por qué corría con aquella furia, ladera -abajo, cual si de la velocidad de su carrera dependiera su vida? -¿Por qué hundía sus piernas hasta la rodilla en el polvo, y devoraba -distancias sin detenerse a tomar aliento, hasta que llegó a la fuente? - -En derredor de ésta se había congregado toda la población de la aldea, -y allí permanecía con la consternación pintada en sus semblantes, -hablando con voz muy baja, bien que sin revelar otras emociones que -las de curiosidad sombría y profunda sorpresa. En la embocadura de la -calle se veían gentes del castillo, servidores de la casa de postas y -todas las autoridades de la aldea, más o menos armadas. El caminero -había penetrado ya en el centro de un grupo, formado por unos cincuenta -amigos particulares suyos, con los cuales hablaba con muestras de -excitación. ¿Qué significaba todo esto? Sobre todo, ¿qué significaba -la llegada del señor Gambelle, que sentado a la grupa de un caballo, -montado también por un servidor del castillo, se aproximaba a la -aldea a galope tendido, no obstante la doble carga, cual si quisiera -representar, un poquito modificada, la leyenda alemana de Leonora? - -Todo ello significaba que, en el castillo, las caras de piedra habían -aumentado en una aquella noche. - -El Gorgon que presidió la erección del castillo decidió sin duda -visitar su obra durante la noche, advirtió que faltaba una faz de -piedra, la misma que probablemente estaban esperando desde doscientos -años antes, y la aumentó. - -La cara de piedra reposaba boca arriba sobre la mullida almohada del -lecho del señor Marqués. Parecía mascarilla finísima, de expresión -un poquito asustada o airada. Pegado a la cabeza había un tronco de -hombre, también petrificado, y envainado en el corazón de ese tronco se -veía un cuchillo. En derredor del pomo del cuchillo había un papel, en -el cual alguien había garrapateado las siguientes palabras: - -_«Llévale veloz a la tumba. De parte de Santiago»._ - - -X - -DOS PROMESAS - -Pasaron doce meses. Carlos Darnay se había establecido en Inglaterra -como maestro de idioma francés y de literatura francesa. Hoy le darían -el pomposo nombre de profesor; en aquella época se le llamaba tutor. -Enseñaba a jóvenes que disponían de tiempo y deseaban aprender una -lengua viva que se hablaba en todo el mundo. Maestros como Darnay -no se encontraban con facilidad en aquellos tiempos. Los príncipes -y los reyes distaban mucho de poder figurar entre la clase de los -que pueden enseñar, y la nobleza arruinada no pensaba en perder la -vista trabajando sobre los Libros Mayores del Banco Tellson, ni en -consagrar sus aptitudes a las artes culinarias o de carpintería. No -tardó en hacerse conocido el joven Darnay, quien como maestro poseía -el secreto de hacer que sus discípulos encontrasen agradables sus -lecciones, y como traductor sabía poner en sus trabajos algo más que -los conocimientos derivados de la gramática y del diccionario. Como -quiera que, por otra parte, supo asimilarse las costumbres del país en -que vivía, no es de admirar que con algo de perseverancia, consiguiera -prosperar. - -Cuando se trasladó a Londres, no lo hizo llevado de la esperanza de -pasear sobre aceras de oro ni de dormir sobre lecho de rosas. De haber -abrigado esas esperanzas, a buen seguro que no hubiese prosperado. -Esperaba trabajo, lo encontró, se dedicó con ardor a él, sacó de su -labor todo el partido posible: ese fué el secreto de su prosperidad. - -Pasaba parte del tiempo en Cambridge, hablando con los estudiantes y -enseñándoles, como de contrabando, lenguas europeas y prescindiendo del -griego y del latín, sobradamente enseñados en aquel establecimiento -docente, y el resto del día permanecía en Londres. - -Pero pasemos a otro asunto menos ingrato. Desde los remotos tiempos en -que la humanidad disfrutaba de un verano perpetuo, hasta los que hoy -padecemos, en los cuales hemos de conformarnos con un invierno no menos -perpetuo, el mundo ha seguido invariablemente el mismo derrotero; el -derrotero de Carlos Darnay... el derrotero del amor a la mujer. - -Habíase enamorado de Lucía Manette el día en que el peligro se cernía -sobre su cabeza. En sus oídos no había resonado nunca una voz de -acentos tan armoniosos, tan delicados, tan tiernos, como los que en -la ocasión indicada supo aquella poner en su compasiva voz, ni sus -ojos vieron jamás rostro tan encantador, tan angelical como el de -Lucía, cuando ésta le veía al borde mismo de la fosa que a sus pies -habían abierto falsos acusadores. Sus labios, empero, no habían dejado -traslucir el secreto de su corazón. El asesinato perpetrado al otro -lado del Canal, en desierto castillo, aquel robusto castillo de piedra, -databa de un año, y el joven Darnay a nadie había revelado el estado de -su alma. - -Que para obrar de esa suerte tenía Darnay sus razones, sabíalo él -perfectamente; pero fuera que éstas hubieran desaparecido, fuera que no -pudiera mantener encerrado por más tiempo en su pecho el secreto, ello -es que un día de verano, a su regreso de Cambridge, dirigió sus pasos -hacia el tranquilo rincón de Soho, resuelto a abrir su pecho al doctor -Manette. El día estaba próximo a terminar, y sabía que Lucía habría -salido con la señorita Pross. - -Encontró al doctor leyendo junto a la ventana. Las energías que en -otro tiempo le sostuvieron impidiendo que cayera abrumado bajo el peso -de sus torturas, habíanle restablecido gradualmente. Era ya un hombre -fuerte en sus propósitos, enérgico en sus resoluciones, vigoroso en sus -actos. Estudiaba mucho, dormía poco, soportaba sin esfuerzo grandes -fatigas, y se le veía constantemente contento y feliz. Al ver entrar en -su estudio a Carlos Darnay, dejó el libro y alargó al recién llegado su -diestra. - ---¡Amigo Darnay!--exclamó.--¡Cuánto placer me produce su visita! Desde -hace tres o cuatro días esperábamos su regreso. Ayer estuvieron aquí -los señores Stryver y Carton, y ambos estaban contestes en afirmar que -nos privaba usted de su presencia más de lo debido. - ---Les agradezco muy de veras el interés que esos señores me -demuestran--contestó Darnay con alguna frialdad.--¿Y la señorita Lucía? - ---Está bien, muchas gracias. Su regreso de usted será para todos -nosotros motivo de alegría... Ha salido de compras, pero no tardará en -volver. - ---Sabía que se hallaba fuera de casa, doctor. Precisamente he -aprovechado la ocasión de que saliera para solicitar de usted una -conferencia. - -Calló el doctor. - ---¿Sí?--preguntó al fin.--Acerque una silla y hablaremos. - -El joven acercó una silla sin dificultad, pero parece que la encontró -para dar comienzo a la conferencia. - ---He tenido la felicidad de frecuentar tanto esta casa--principió -diciendo al fin--desde hace año y medio, que espero que el tema que voy -a tocar no ha de ser... - -Interrumpióle el doctor alargando una mano. - ---¿Es Lucía el tema en cuestión?--preguntó. - ---Lucía es. - ---Siempre me afecta profundamente hablar de Lucía; pero me es doloroso -oir hablar de ella en el tono que usted lo hace, Darnay. - ---Es el tono de la admiración ferviente, del homenaje entusiasta, del -amor más profundo, doctor--replicó Darnay. - -Otra pausa más prolongada que la anterior. - ---Lo creo. Con gusto hago a usted justicia... lo creo. - -La contrariedad del doctor era tan visible, que Darnay, comprendiendo -que había abordado un tema que disgustaba al padre, vaciló. - ---¿Puedo continuar, señor?--preguntó. - -Nueva pausa. - ---Sí; continúe usted. - ---Adivina usted lo que voy a decir, bien que es imposible que adivine -con cuánto fervor lo digo y con cuánto fervor lo siento, pues para -ello sería preciso que penetraran sus miradas hasta el fondo más -íntimo de mi alma, para ver allí las esperanzas y temores, los anhelos -y ansiedades que la abruman bajo su peso. Mi querido doctor Manette, -amo a su hija con amor entrañable, inmenso, desinteresado, ferviente; -la amo como muy pocos han amado en el mundo. Usted ha amado también, -doctor: ¡hable por mí el amor que en otros tiempos apresuró los latidos -de su corazón! - -El doctor, que escuchaba al joven con la cabeza ligeramente vuelta -y fijos en tierra los ojos, extendió vivamente un brazo al oir las -palabras últimas, y exclamó: - ---¡No...! ¡No hable usted de eso!... ¡No me lo recuerde, por lo que más -quiera! - -Darnay guardó silencio. - ---Perdóneme usted--repuso el doctor al cabo de algunos segundos.--No -dudo que usted ama a Lucía... - -Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste, -preguntó: - ---¿Ha hablado usted de su amor a Lucía? - ---Nunca. - ---¿Le ha escrito? - ---Jamás. - ---Sería yo poco generoso si desconociera que en su abnegación ha -entrado por mucho la consideración al padre. El padre da a usted las -gracias. - -Ofreció la diestra a su interlocutor, pero sus ojos no siguieron el -movimiento de la mano. - ---Sé--dijo Darnay con mucho respeto--sé... ¿cómo no saberlo, si he -visto a ustedes la mayor parte de los días? sé que entre usted y Lucía -media un cariño tan tierno, tan excepcional, tan conmovedor, tan en -armonía con las circunstancias que han presidido su nacimiento y -desarrollo, que aun en la ternura que liga a los padres con sus débiles -hijitos sería difícil encontrar precedentes. Sé, doctor Manette, que -juntamente con el cariño de la hija, que es ya mujer, alienta en el -corazón de ésta todo el amor de la infancia. Sé que, por lo mismo que -durante su niñez se vió privada de las caricias de su padre, hoy se -ha consagrado a usted con toda la constancia, con todo el fervor que -la dan sus años y su carácter. Sé perfectamente bien que, si usted, -después de muerto, hubiera descendido del cielo para acompañar a su -hija en la tierra, no podría ser ni más querido, ni más sagrado, ni -más reverenciado de lo que hoy es. Sé que cuando su hija le abraza, -son los brazos de la niña, los brazos de la doncella, los brazos de -la mujer los que con ternura infinita rodean su cuello. Sé que Lucía, -amando a usted como hoy es, ama a una madre tan joven como ella y a un -padre tan joven como yo; ve y adora a una madre contristada, sumida -en insondables mares de amargura, y ve y adora a un padre sepultado -en vida. Todo esto lo sé, lo he estado viendo noche y día, pues para -saberlo, me ha bastado ver a ustedes en el sagrado del hogar. - -El padre continuaba sin variar de actitud, doblada la cabeza y bajos -los ojos. Su respiración se hizo un poquito entrecortada, pero no -reveló otras señales de agitación. - ---Y sabiéndolo, doctor Manette, convencido de que interponer entre -ustedes un amor... mi amor, equivale a introducir en su cielo algo que -es menos sublime que éste, he procurado imponer silencio a mi corazón, -me he resistido hasta el último límite. ¡No puedo más!... ¡La amo!... -¡El Cielo me es testigo de que la amo! - ---Lo creo--contestó el padre con acento doloroso.--Lo venía sospechando -de antiguo... Lo creo. - ---Pero sentiría--repuso Darnay, quien creyó ver una reconvención en el -acento doloroso del doctor--sentiría que creyera también que, si fuese -tan inmensa mi fortuna que un día me fuera dado llamarla mi mujer, -había de intentar separar a ustedes ni pronunciar una sola palabra -distinta de las que en este momento salen de mis labios. Bien se me -alcanza que sería inútil; pero de todas suertes, no soy yo capaz de -cometer vileza semejante. Si pensamientos tan bajos rozaran siquiera mi -mente, no sería yo digno de tocar esta mano honrada--añadió, tendiendo -la suya a su interlocutor.--No, mi querido doctor Manette; como a -usted, me aleja de Francia un destierro impuesto voluntariamente; como -usted, he huído de ella para no ver sus desaciertos, sus opresiones, -sus miserias; como usted, he resuelto expatriarme, vivir del trabajo -de mis manos y cifrar mis esperanzas en un futuro más venturoso. Mi -aspiración única es compartir su suerte de usted, compartir su vida y -su hogar, y serle fiel hasta la muerte. No aspiro a tener participación -en el preciado privilegio de Lucía en su calidad de hija y compañera -amante de su vida; sino a robustecer ese privilegio, a unirla más -estrechamente a usted, suponiendo que eso sea posible. - -La mano del joven continuaba sobre la del padre, quien tenía las suyas -sobre los brazos del sillón en el que estaba sentado. Por primera vez -desde el comienzo de la conferencia, alzó el doctor los ojos del suelo. -Su cara reflejaba la lucha que se libraba en su interior. - ---Habla usted con tanta ternura, y a la par con tanta entereza, Carlos -Darnay, que le doy las gracias con todo mi corazón, y voy a ponerle -de manifiesto... casi de manifiesto el mío. ¿Tiene usted motivos para -creer que Lucía corresponda a su amor? - ---Ninguno. - ---El objeto inmediato de esta confidencia, ¿es cerciorarse desde luego -y con mi autorización de ese extremo? - ---Ni eso siquiera. No espero obtener esa dicha en muchas semanas, -aunque, como es natural, desearía salir de dudas mañana mismo. - ---¿Busca usted que yo le aconseje y guíe? - ---Tampoco he venido con ánimo de solicitar sus consejos y ayuda; pero -sí creyendo que, si en su mano está ayudarme, y lo considera justo, me -proporcionará algún auxilio. - ---Entonces, lo que usted busca es una promesa mía. - ---En efecto; eso busco. - ---¿Qué promesa es? - ---Bien convencido estoy de que, sin usted, nada puedo esperar: bien -convencido estoy de que, aun cuando Lucía me amara como yo la amo... -y no crea usted que mi presunción llegue a suponer semejante cosa, de -nada me serviría, si mi amor fuese incompatible con el que debe a su -padre. - ---Siendo así, estará bien convencido de... - ---Estoy convencido también de que, una sola palabra pronunciada por su -padre en favor de cualquier aspirante a su mano, pesaría decisivamente -en su ánimo, y precisamente porque de ello estoy convencido, doctor -Manette, no he de solicitar esa palabra, aun cuando de ella dependiera -mi vida--terminó el joven, con modestia, pero con decisión varonil. - ---De ello estoy seguro, Carlos Darnay. Los misterios suelen brotar de -los amores profundos y de las divisiones anchas: en el primer caso, -los misterios son sutiles, delicados y de difícil penetración. Bajo -este aspecto, Lucía es para mí un misterio: ni aproximadamente me es -dado adivinar el estado de su corazón. - ---¿Me permitirá preguntar, doctor, si ella...? - ---¿Si tiene algún otro pretendiente? - ---Eso fué lo que quise decir. - -El padre contestó al cabo de algunos momentos de reflexión: - ---Ha visto usted mismo que vienen a esta casa con alguna frecuencia los -señores Carton y Stryver; si alguien aspira a la mano de mi hija, será -en todo caso uno de los dos. - ---O los dos--observó Darnay. - ---No se me ha ocurrido que puedan ser los dos; es más: ni creo probable -que sea ninguno de los dos. Pero me ha dicho usted que desea de mí una -promesa: dígame de qué se trata. - ---La promesa que deseo obtener es que, si algún día su hija hiciera -a usted la confianza que yo acabo de hacerle, la repitiera usted mis -palabras, añadiendo que cree en la sinceridad de las mismas. Creo -merecerle a usted bastante buena opinión para no tomar partido en -contra mía. Yo, por mi parte, cumpliré estrictamente la condición sobre -la cual fundo mi súplica, porque a que la cumpla tiene usted derecho -indiscutible. - ---Hago la promesa que usted desea, sin condición alguna--respondió el -doctor.--Creo firmemente que su objeto es el que me ha expuesto; creo -que intenta usted perpetuar, y en ningún caso debilitar, los lazos que -me unen a quien me es más querida que yo mismo. Si algún día me dice -mi hija que usted le es necesario para su felicidad, me apresuraré a -entregársela. Si existieran, Carlos Darnay, si existieran... - -El joven estrechó agradecido la mano del doctor. - ---... Caprichos, motivos verdaderos, aprensiones, cualquier otra cosa, -antigua o reciente, en contra del hombre a quien mi hija amase de -veras..., siempre que la responsabilidad no fuera personalmente suya... -todo lo olvidaría por amor a aquélla. Lo es todo para mí. Ante su dicha -callan todos los agravios que yo haya recibido, todos los tormentos -que... ¡Estoy diciendo lo que no viene al caso! - -Tan singular fué el tono que el doctor dió a sus palabras, tan singular -la brusca interrupción, tan singular la mirada que dirigía a su -interlocutor, que éste sintió penetrar el frío hasta el fondo de su -corazón. - ---Sin darme cuenta he desviado la conversación--añadió el doctor -sonriendo.--¿Qué era lo que me decía? - -No supo Darnay qué contestar en el primer momento, hasta que recordó -que había hablado de una condición. Más tranquilo entonces, dijo: - ---A su confianza tengo el deber ineludible de contestar con la mía. Mi -apellido actual, aunque apenas si discrepa del de mi madre, no es el -mío, conforme sabe usted. Deseo decirle cuál es el que me corresponde, -y explicarle los motivos de encontrarme en Inglaterra. - ---¡No! ¡Cállese usted! - -El doctor llevó ambas manos a sus oídos y a continuación a los labios -de Darnay. - ---Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos -para usted. - ---¡No! ¡Me lo dirá usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna -ahora! Si sus aspiraciones entran en vías de realización, si Lucía -corresponde a su amor, me hará esas revelaciones la mañana misma de su -matrimonio. ¿Me lo promete? - ---Con mucho gusto. - ---Déme su mano. Mi hija llegará de un momento a otro, y no quisiera que -nos encontrara juntos esta noche. ¡Váyase... y que Dios le bendiga! - -Había cerrado la noche cuando salió Carlos Darnay, y aun tardó Lucía -una hora en llegar. Corriendo se dirigió a la habitación en que solía -estar su padre, no siendo pequeña su sorpresa al encontrar vacante el -sillón que aquél ocupaba invariablemente cuando leía. - ---¡Padre!--llamó.--¡Mi querido padre! - -Nadie contestó; pero como llegaran a sus oídos repetidos martillazos -que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigió corriendo. -Miró por la puerta, y retrocedió asustada, llorando. - ---¿Qué haré, Dios mío, qué haré?--exclamó. - -Un instante nada más duraron sus incertidumbres. Llamó con los nudillos -en la puerta y pronunció en voz muy baja el nombre de su padre. Cesaron -inmediatamente los martillazos, salió su padre, la miró silencioso, y -comenzó a pasear por la estancia. Lucía caminaba a su lado. - -A la mañana siguiente, Lucía entró muy temprano en el dormitorio del -doctor. Encontróle durmiendo profundamente. No observó alteración -alguna en la banqueta de zapatero, ni en las herramientas ni en el -zapato sin terminar. - - -XI - -ENTRE COMPAÑEROS - ---Prepara otro ponche, Sydney--dijo el abogado Stryver aquella misma -noche, ya de madrugada, a su compañero el chacal.--Tengo que hacerte -una confidencia. - -Desde algunas noches antes, Sydney trabajaba con ardor a fin de -disminuir y acabar con el monte de papeles que esperaban turno en la -mesa de trabajo antes de salir de vacaciones. Todos quedaron al día; -ya no había que hacer otra cosa que esperar la llegada del mes de -noviembre, pródigo en nieblas atmosféricas y en nieblas legales. - -No era Sydney un dechado de sobriedad y de templanza: aquella noche -hubo de aumentar en dos el número de las toallas empapadas en agua fría -que solía aplicar a su cabeza, de la misma manera que duplicó también -la cantidad de vino ingerido con anterioridad a la aplicación de las -toallas. - ---¿Estás preparando el otro ponche?--preguntó Stryver, desde el sofá -sobre el cual estaba tumbado de espaldas. - ---Sí. - ---Escucha, pues. Voy a revelarte algo que seguramente te maravillará, y -quién sabe si hasta te hará creer que soy mucho menos listo de lo que -aparento. He pensado casarme. - ---¿Tú? - ---Sí. Aun te sorprenderá más el saber que no me caso por móviles de -dinero. ¿Qué me dices? - ---No siento comezón de decir mucho. ¿Quién es ella? - ---Adivínalo. - ---¿La conozco? - ---Adivínalo. - ---No me parece ocasión propicia para echarme a adivinar, a las cinco -de la madrugada y con la cabeza convertida en volcán en erupción. Si -quieres que adivine, convídame a comer. - ---Puesto que no quieres adivinar, te lo diré yo--dijo Stryver, -sentándose perezosamente.--Por supuesto, que no abrigo la más -insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente -porque eres y has sido siempre un perro insensible. - ---En cambio tú has sido siempre y eres un espíritu todo sensibilidad y -poesía--replicó Sydney con acento irónico. - ---¡Hombre!...--exclamó Stryver riendo.--No aspiro a pasar plaza de -héroe de novela sentimental, pero no me negarás que soy más blando que -tú. - ---Querrás decir más afortunado. - ---No; he querido decir más... más... - ---Galante: ¿acerté ahora? - ---¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi intención era decir que yo soy hombre -que cuido de hacerme más agradable, que me tomo más interés para -hacerme más agradable, que sé la manera de hacerme más agradable a las -mujeres que tú. - ---Adelante--dijo Sydney Carton. - ---Ten calma, amigo mío--replicó Stryver, moviendo la cabeza.--Antes -de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado -con tanta, con más frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y -francamente, me ha avergonzado la aspereza de carácter, el ceño que -siempre has mantenido allí. Tus modales han sido los de un perro -malhumorado y tu manera de ser tan tétrica, que he salido avergonzado -de ti, Sydney. - ---Deberías estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de -tu profesión no suelen avergonzarse de nada--replicó Carton. - ---No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mío decirte, -y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces -de condiciones para estar en sociedad. Eres un compañero decididamente -desagradable. - -Sydney bebió un trago de ponche y soltó la carcajada. - ---¡Mírame a mí!--repuso Stryver, poniéndose en pie y en actitud -arrogante.--Menos necesidad tengo que tú de hacerme agradable, toda vez -que mi posición es mil veces más independiente que la tuya. ¿Por qué, -pues, consigo siempre hacerme agradable? - ---En mi vida vi que te lo hicieras. - ---Me hago agradable porque así lo exige la finura de modales y porque -lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo. - ---Lo que no prosigues, según veo, es la exposición de tus proyectos -matrimoniales. En cuanto a lo demás, hazme el favor de no proseguir. -¿No te convencerás nunca de que soy incorregible? - -Carton hizo esta pregunta con entonación sarcástica. - ---Para ser incorregible sería preciso que tuvieras negocios, y yo no sé -que los tengas--replicó Stryver un poquito picado. - ---Que yo sepa, no los tengo... ¿Quién es la favorecida? - ---No quisiera que la mención del nombre te produjera pena o -desagrado--dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la -revelación que iba a hacer.--Me consta que no sientes ni la mitad de -lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sería -igual, pues no tendría importancia. Hago este preámbulo porque en una -ocasión hablaste con bastante ligereza de la señorita cuyo nombre voy a -pronunciar. - ---¿Yo? - ---Tú, sí; y en esta misma habitación. - -Carton se obsequió con otro vaso de ponche y miró a su amigo. - ---Refiriéndote a la señorita a que aludo, dijiste que era una muñeca -de cabellos de oro. La señorita a que me refiero es la señorita Lucía -Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza -de sentimientos, me habría molestado que hablaras de ella como lo -hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu -ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi -memoria acude tu expresión, la doy la misma importancia que daría a -la opinión de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado -por mí, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una -composición musical obra mía. - -Carton continuaba menudeando las visitas a la ponchera. - ---Ya lo sabes todo, Sydney--prosiguió Stryver.--Me caso con esa niña, -sin importarme que tenga o no fortuna. Es una criatura encantadora, y -me he propuesto hacerla feliz, y sin jactancias ni inmodestias creo -que puedo decir que lo he conseguido. Ocupo una posición envidiable, -prospero y subo con rapidez y no me falta distinción. En una palabra: -soy para ella un tesoro, y me alegro, pues tesoros merece ella. ¿Te -maravilla lo que oyes? - ---¿Por qué me ha de maravillar?--respondió Sydney, entre trago y trago -de ponche. - ---¿Lo apruebas? - ---¿Por qué no he de aprobarlo? - ---¡Vaya! Veo que lo tomas con mayor calma de la que yo esperaba, y -que, en obsequio mío, eres menos mercenario de lo que creía. No me -sorprende, en medio de todo, pues sabes perfectamente que tu antiguo -condiscípulo se ha distinguido siempre por su entereza de carácter. -Sí, Sydney, sí; me hastía la vida que hago y ha llegado el momento de -variarla. Me he convencido de que es una delicia para un hombre tener -un hogar, crearse una familia, si a ello siente inclinaciones, y estoy -seguro de que la señorita Manette lo embellecerá y honrará siempre. -Estoy, pues, resuelto, firmemente decidido. Y ahora, Sydney, mi querido -amigo, me permitirás que te diga cuatro palabras sobre tu situación. -Caminas por derroteros falsos, por mal camino; eso lo sabes tan bien -como yo mismo. Desconoces el valor del dinero, vives vida desordenada, -no piensas en el mañana, y en suma, tu conducta no puede conducirte más -que a las enfermedades y a la miseria. Creo que necesitas buscarte una -enfermera. - -El tono de protección con que hablaba Stryver acentuaba la -impertinencia de sus palabras y las hacía doblemente ofensivas. - ---No te ofenda que ahora te recomiende que estudies la cuestión de -frente y sin prevenciones estúpidas tal como la he estudiado yo, -aunque nuestra condición respectiva difiere mucho. Cásate. Busca a -quien cuide de tu persona. No importa que la compañía de las mujeres -no sea de tu gusto; no importa que carezcas de inteligencia, de tacto -para tratarlas. Busca una mujer respetable que tenga algunos bienes, -y cásate con ella cuanto antes, única manera de prevenirte con tiempo -contra las calamidades e incertidumbres de la vida. He terminado. -Piensa en ello, Sydney. - ---Lo pensaré--contestó Sydney Carton. - - -XII - -EL CABALLERO DELICADO - -Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita -Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que -en su magnanimidad la había deparado. Después de debatir mentalmente -y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la -conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones, -los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del -día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de la -_sanmiguelada_, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de -Nochebuena. - -Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera -sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de -uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener -sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar -su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar -siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado. - -En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la -señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada -la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya, -tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles -aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho. - -Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos -hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera -que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima -que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en -el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos -resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que -rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los -dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry, -inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números, -perfectamente alineados. - ---¡Hola, señor Lorry!--exclamó Stryver al entrar.--¿Cómo está usted? -Supongo que tan bien como siempre. - ---¡Hola, señor Stryver!--respondió Lorry, estrechando la mano que el -abogado le tendía.--Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí, -señor Stryver? - ---No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita -particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas. - ---¡Oh, las que usted quiera!--contestó Lorry, cerrando el libro y -preparándose a oir. - ---Voy...--comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa -y con tono confidencial,--voy a hacer una proposición matrimonial a su -querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry. - ---¡Demonio!--exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al -abogado. - ---¿Demonio?--repitió Stryver vivamente.--¿Eso es lo que a usted se le -ocurre decirme? ¿Qué significa su exclamación, señor Lorry? - ---Es una exclamación... amistosa... personal... puramente apreciativa, -que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad, -señor Stryver... me parece... encuentro... - ---¡Basta!--respondió el abogado, descargando un manotazo sobre la -mesa.--¡Si entiendo lo que me dice, señor Lorry, que me cuelguen! - -Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, y quedó mirando a su interlocutor -mordiendo las barbas de su pluma. - ---¿Es que me considera usted _no_ elegible?--preguntó Stryver, mirando -con fijeza a su interlocutor. - ---¡Muy al contrario, señor Stryver! Sí... es usted elegible. - ---¿No soy buen partido? - ---Buen partido; sí... ¿por qué no? - ---¿No progreso? ¿No medro? - ---Sí, señor... ¿quién lo duda? - ---Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud? - ---Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora? - ---De frente al asunto--contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la -mesa. - ---Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión. - ---¿Por qué?--tronó el abogado.--Voy a estrechar a usted hasta el último -límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de -hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría -usted? - ---Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con -esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo. - ---¡Ira de Dios!--gritó Stryver.--¡Es una razón que tumba de espaldas! - -Lorry no contestó. - ---He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de -experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia -de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí -sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón -alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y -lo vea! - ---Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al -hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver -realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para -la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la -señorita es el juez único e inapelable. - ---Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la -señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa. - ---Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver--replicó -Lorry, rojo de cólera.--Lo que he querido decir, y lo que digo, es -que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa -acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que -quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y -temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la -señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson -no sería bastante para que yo dejara impune su grosería. - -La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por -hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en -cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse -por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa -como la del abogado. - ---Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero--repuso Lorry.--Mucho -le agradeceré que no lo olvide. - -Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo -de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió -el silencio, verdaderamente penoso, diciendo: - ---Tan nuevo es lo que usted me dice, señor Lorry, tan inconcebible, que -no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. ¿Me -aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la -mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette? - ---¿Me pide usted franqueza, señor Stryver? - ---Sí. - ---Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por -letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni -ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del -doctor Manette. - ---Y yo contesto que eso... ¡ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos -los desatinos pasados, presentes y futuros. - ---Pongamos los puntos sobre las íes--añadió Lorry;--como hombre de -negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como -hombre de negocios, nada sé: pero como amigo antiguo de la casa, como -hombre que ha mecido a la señorita Manette en sus brazos, que es el -amigo de confianza de la señorita Manette y de su padre, como hombre -que quiere a los dos con cariño entrañable, puedo hablar, y como tal he -hablado. Ahora bien: ¿cree usted que puedo estar equivocado? - ---¡Ni por pienso! El sentido común es planta rara que crece en pocas -partes. Jamás he tenido esperanzas de encontrarla fuera de mí mismo. -Suponía yo que acaso existiera donde, por lo visto, según usted, sólo -encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo -confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razón. - ---¡Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para que en ellos -crezca la insensatez, ni toleraré... dentro o fuera del Banco Tellson, -que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre sólo puede pronunciar -de rodillas!--gritó Lorry, enfureciéndose de nuevo. - ---No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin ánimo de -molestar a nadie. - ---Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fué lo siguiente: sería -doloroso para usted sufrir un desengaño, sería doloroso para el -doctor Manette verse en la precisión de ser explícito con usted, y -sería muy doloroso para la señorita Lucía encontrarse en la dura -necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el -honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted -quiere que, sin ostentar representación alguna suya, sin mezclar a -usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen -o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde -luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese, -dueño será usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso -contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones -desagradables. ¿Qué le parece mi plan? - ---¿Cuánto tiempo tardaría usted en contestarme? - ---¡Oh! ¡Es cuestión de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde -allí llegarme en derechura a su casa. - ---Siendo así, me parece bien. Espero a usted esta noche... ¡Buenos días! - -Salió el señor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una -tempestad de ira. Sobrábale penetración para comprender que el banquero -no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones -sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan -sólido, que equivalía a una certeza moral. Lejos estaba de pensar, -cuando entró en el Banco, que le esperase una píldora tan amarga; pero -no tuvo más remedio que tragársela. - ---Te has puesto en situación poco airosa, Stryver--se decía a sí -mismo;--has hecho el ridículo... ¡Aquí de tu talento forense para salir -bien del paso! - -Claramente se veía que la píldora se le había atragantado y que el -eminente abogado buscaba la forma de escupirla. - ---¡Ah, mi querida señorita!--murmuró al cabo de pocos momentos.--¡No -seré yo quien cargue con el ridículo!... ¡Vas a tener el placer de -quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitáceas que me -reservas! - -En efecto: aquella noche, cuando Lorry se presentó en la casa del -abogado, encontró a éste entre rimeros de papeles y pilas de libros -colocados de propósito sobre su mesa de trabajo, absorto en su labor -y ajeno por completo al asunto tratado aquella mañana. Hasta pareció -sorprendido al ver a Lorry. - ---He estado en Soho--dijo el emisario, al cabo de más de media hora de -tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestión. - ---¿En Soho?--repitió con indiferencia glacial Stryver.--¡Ah... ya! ¡Qué -cabeza la mía! ¿Creerá usted que no me acordaba de semejante cosa? - ---Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fué -acertadísimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente. - ---Crea usted que lo lamento muy de veras por usted--contestó Stryver -con calma perfecta,--y no menos de veras por el pobre padre. Es un -incidente que la familia recordará siempre con dolor, y que... Pero no -hablemos de ello. - ---Confieso que no comprendo. - ---Lo creo; pero no importa... no importa. - ---Al contrario--replicó Lorry,--importa, y desearía que se explicase. - ---Repito que no importa. Creí ver sentido común y ambición laudable -donde no existe lo uno ni lo otro. Me engañé, quedo curado de mi error, -y asunto concluído. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean -perjuicios a quien fué de él víctima. Son muchas las damiselas que han -cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse -cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en -la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No las culpo! ¡A fe que son dignas de -compasión! ¡Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde -un punto de vista puro de todo egoísmo, lo siento, porque para ella -hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a través del prisma de mi -egoísmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un -negocio desastroso. Comprenderá usted, sin que yo se lo diga, que yo, -lejos de salir ganando, perdía, y no poco. Por supuesto, hasta ahora -ningún daño me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa señorita, y aquí -para nosotros, hablando con franqueza, nunca pensé en hacer semejante -ofrecimiento. Siga mi consejo, señor Lorry: no intente usted nunca -luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas -si no quiere cosechar desencantos a granel... ¡No... hágame el favor! -Dejemos esta conversación. Repito que lamento lo ocurrido por los demás -pero que me alegro por lo que a mí toca. Nunca agradeceré a usted -bastante el consejo que me dió. Conoce usted a esa señorita mucho mejor -que yo... Tenía usted razón... Se me ocurrió cometer un desatino aunque -seguramente no habría llegado a cometerlo. - -Fué tal el desconcierto, la estupefacción de Lorry, que no se le -ocurrió otra cosa que mirar con expresión estúpida a su interlocutor, -cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos. - ---¡Créame usted, mi querido amigo!--repetía Stryver mientras acompañaba -a Lorry hasta la puerta,--siga mi consejo. Muchas gracias... ¡Buenas -noches! - -Lorry se encontró en la calle antes de darse cuenta de lo que le -pasaba. Stryver quedó tendido boca arriba en el sofá mirando al techo. - - -XIII - -EL SUJETO NO DELICADO - -Si en alguna ocasión, o en alguna parte, brilló Sydney Carton, a -buen seguro que no fué en la morada del señor Manette. La visitó con -bastante frecuencia durante un año entero, y siempre estuvo triste, -taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; sabía -hablar perfectamente cuando se lo proponía; pero era tan tupida la nube -que le envolvía, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los -destellos luminosos de su inteligencia. - -Que las calles próximas a la casa mencionada, y hasta las piedras -insensibles de las aceras, ejercían sobre él misterioso atractivo, -no cabía ponerlo en tela de juicio. Más de una noche se le hubiera -encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo, -cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegría ficticia -y transitoria. Más de una madrugada, los pálidos fulgores de la aurora -naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los -contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofrecía -con el de éste notable analogía. Más de una mañana, los primeros rayos -del sol, a la par que hacían resaltar las bellezas arquitectónicas -de los campanarios de las iglesias y de los edificios más notables, -llevaban el desaliento al pecho del solitario noctámbulo, haciéndole -ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede -alcanzar. Desde algún tiempo antes, el lecho desordenado que en el -Tribunal del Temple tenía Carton, rara vez merecía el honor de ser -usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepción -ocurriera esto último, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos -para continuar sus peregrinaciones. - -Un día del mes de agosto, cuando ya el señor Stryver, después de -manifestar a su amigo que «reflexiones más detenidas habíanle inducido -a renunciar a sus proyectos matrimoniales», había trasladado a -Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona, -uno de esos días de agosto en que los malos encuentran en el cáliz -de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y -de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavo de su costumbre, -rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo -fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo -de la intención que brotó en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de -esta última aquéllos, lleváronle en derechura a la puerta del doctor -Manette. - -Lucía, a la que encontró sola y entregada a sus labores, recibióle con -alguna turbación, y hasta es más que probable que de poder hacer su -gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspiró cierta -sensación de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al -cruzarse entre los dos las primeras frases, algo notó en la expresión -del rostro de su visitante que la tranquilizó, primero, y luego excitó -en su pecho la compasión. - ---¿Se siente usted malo, señor Carton?--preguntó. - ---No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, señorita -Manette, no es el medio más indicado para gozar de salud. ¡Qué podemos -esperar los libertinos! - ---¿Y no es lástima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme -cuenta, salió de mis labios el principio de la pregunta, la terminaré, -bien que haciendo constar que nada más lejos de mi ánimo que el -propósito de ofenderle. ¿No es lástima que no procure usted vivir vida -más ordenada? - ---¡Es algo más que lástima! ¡Dios sabe muy bien que es una vergüenza! - ---Entonces, ¿por qué no se corrige? - -Lucía, que al formular la pregunta miró de frente a su interlocutor, -vió, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban -arrasados en lágrimas. Lágrimas destilaba también su voz cuando -contestó: - ---Ya no es tiempo... Nunca seré mejor de lo que hoy soy... antes al -contrario... empeoraré... descenderé más y más... - -Puesto de codos sobre la mesa, cubrióse los ojos con las manos. La mesa -temblaba durante el penoso silencio que siguió. - ---Perdóneme, señorita Manette--repuso Carton.--Guardo un secreto que me -pesa demasiado y que desearía revelarla: ¿será tan buena que se digne -escucharme? - ---Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, señor Carton, si ha -de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable -usted, que en escucharle tendré yo placer espacial. - ---Dios, sin duda, la premiará la compasión con que me trata. - -Serenóse algún tanto Carton, separó las manos de sus ojos y repuso, con -acento firme: - ---No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya -lo que debía vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda -en mí capaz de fructificar... soy estéril para el bien. - ---¡No, señor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos -de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede -hacerse muy digno de sí mismo... - ---Dígame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, señorita, -y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi -naufragado corazón el engaño en que se halla, no lo olvidaré jamás. - -Densa palidez cubrió las mejillas de la niña: sus manos temblaban. - ---Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia -divina, hubiera hecho posible que usted, señorita Lucía, correspondiera -al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor -de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo -repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe -muy bien, la felicidad que inundaría mi alma, con ser tan grande, no -me impediría ver que la unión de nuestros destinos arrastraría a usted -hasta el fondo de mis miserias, la sumiría en los abismos del dolor y -del arrepentimiento tardío, la envolvería en olas de deshonra. De ello -estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazón no -puede guardar ternuras para mí. ¡No las espero, no las pido! Es más: -¡doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles! - ---¿No podría salvar a usted, señor Carton, sin esas ternuras a que se -refiere? ¿No podría yo?... ¡Perdón otra vez! ¿No podría yo mostrarle un -camino mejor, guiarle por senderos más rectos? ¿Ha de serme imposible -pagar de alguna manera la confianza que en mí hace? Porque yo sé que -se trata de una confianza--añadió Lucía con modestia, bien que con -cierta vacilación,--de una confianza que no depositaría en nadie, y que -deposita en mí. ¿No podríamos dar a esa confianza un giro beneficioso -para usted, señor Carton? - ---No, señorita Lucía--respondió Carton, moviendo con expresión de -amarga tristeza la cabeza.--Imposible. Conque me dispense la bondad de -escucharme durante algunos momentos más, habrá hecho en mi obsequio -cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueño -último de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre, -la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta -el abismo profundo de mi degradación y agitado allí sombras que yo -creía muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a -usted, siento el aguijón de remordimientos que yo suponía sin vida -ni eficacia, y suenan en mis oídos susurros de voces antiguas que yo -creía por siempre enmudecidas. ¡Hasta he llegado a pensar seriamente en -empezar, en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en -correr con arrestos nuevos a la palestra tantos años ha abandonada!... -¡Quimeras... ilusiones, sueños que a nada práctico pueden conducir! -¡Pero quimeras, sueños e ilusiones evocados por usted, inspirados por -usted! - ---Pero esas ilusiones, esos ensueños, algo habrán dejado en su alma... -¡Oh señor Carton! ¡Busque... medite... pruebe! - ---Es inútil: perdería el tiempo, y además no merezco vivir. Y sin -embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a -que llegan las aberraciones humanas, confesaré que he tenido la -debilidad, tengo aún la franqueza de desear que usted conozca la -rapidez prodigiosa con que me ha transformado a mí, montón de cenizas -extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo -semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada -ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde. - ---Puesto que he tenido la desgracia de hacerle más desventurado de lo -que era antes de conocerme... - ---No diga usted eso, señorita Lucía; que si de redención fuera yo -capaz, usted me habría redimido; si mis desventuras pudieran tener -término, usted se lo habría puesto. No es usted, no ha podido ser usted -causa de que mi desgracia sea mayor. - ---Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias -mías, ¿no habría medio de encauzar esas influencias en forma que le -resultaran beneficiosas? ¿Ningún bien puedo hacerle? - ---El mayor, el único que yo podía apetecer, me lo ha proporcionado ya. -Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve -el recuerdo de que fué usted la última persona a quien abrí mi corazón, -y la creencia de que en éste queda algo que ha merecido la piedad -compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soñar. - ---Con toda mi alma desearía convencerle, señor Carton, de que, con un -poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguiría -usted mejores cosas. - ---La engaña su excelente corazón, señorita Lucía. Créame usted: me -he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz -de redención. Sé que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He -depositado en un corazón puro e inocente el secreto más dulce de mi -vida. Cuando el recuerdo de este día brote en mi memoria, ¿me será -permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazón lo ha -recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningún otro? - ---Si esa creencia es para usted un consuelo, abríguela usted. - ---¿Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la persona que más -querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro? - ---Señor Carton--respondió Lucía con agitación,--el secreto no es mío, -sino de usted: tenga la seguridad más absoluta de que sabré respetarlo. - ---¡Muchas gracias... y que Dios la bendiga! - -Tomó Carton la mano que Lucía le tendió, la llevó a sus labios, y -comenzó a caminar hacia la puerta. - ---Cuente usted, señorita Lucía, con que jamás haré referencia a la -conversación que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este -instante, el secreto no quedaría, por lo que a mí toca, mejor guardado. -Un corazón puro, un corazón inocente es el arca santa donde desde hoy -quedan guardados mi nombre, mis extravíos, mis miserias, mi confesión -postrera... ¡Ah! ¡A la hora de mi muerte, será para mí un consuelo -inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compañero -sagrado durante el resto de mi vida! - -Lágrimas abundantes corrían por las mejillas de Lucía Manette. - ---No llore usted, señorita Lucía, que no merezco que nadie, y menos un -ángel como usted, vierta lágrimas por mí. Dentro de una o dos horas, -amistades viles y hábitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales -sucumbo, harán de mí un objeto menos digno de esas lágrimas que el -último despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero, -sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguiré siendo lo que -hasta el presente he sido, para usted, mi interior será lo que ahora -es. Mi penúltima súplica tiene por objetivo rogar a usted que me crea. - ---Le creo, señor Carton, le creo. - ---Voy a dirigirle mi ruego último y seguidamente la libraré de la -presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la -suya de ángel una sola cuerda armónica, y de quien está usted separada -por un abismo sin fondo y sin bordes. Sé que decirlo es inútil; pero -brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier -persona que usted quiera, lo haré todo. Sacrificar una existencia -perdida, no es mérito alguno, lo sé; pero si la Providencia me deparara -ocasión de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran -queridas la sacrificaría con gusto. Procure retener en su memoria lo -que estoy diciendo. Vendrá día, y no tardará, en que contraiga usted -nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarán muy estrechamente al hombre -que tenga la dicha de merecerla, lazos los más tiernos, los más dulces, -los más hermosos que pueden alegrar la humana existencia. ¡Oh, señorita -Lucía! ¡En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro -feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos, -acuérdese alguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar -en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted -ame! El último favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento... -¡Adiós... adiós!... ¡Que Dios la bendiga! - - -XIV - -EL HONRADO MENESTRAL - -Muchos y muy variados objetos desfilaban ante los ojos de Jeremías -_Lapa_, durante las horas que diariamente se pasaba sentado en su -rústico banco en la calle Fleet, acompañado de su poco agraciado -retoño. Quien se pasara las horas más animadas del día en la calle -Fleet, sentado sobre un banco o sobre una silla, sobre una piedra -o sobre el duro suelo, necesariamente había de salir de la jornada -aturdido y sordo, por efecto de las dos procesiones inmensas, -interminables que, no obstante seguir rumbos opuestos, una de Oriente -a Poniente, otra de Poniente a Oriente, caminaban fatalmente hacia el -mismo final, hacia el mundo que jamás visitan los rayos rojos y púrpura -del sol. - -El buen _Lapa_, mascando la obligada paja, contemplaba el curso de -los dos gigantescos arroyos, semejante a aquel gentil rústico que -permaneció varios siglos contemplando el curso de un río, sin más -diferencia entre uno y otro que la de temer el segundo que el río se -secase, y abrigar Jeremías la seguridad de que el curso de aquellos no -se interrumpiría jamás. Verdad es que esa seguridad era para _Lapa_ -manantial de risueñas esperanzas, toda vez que gran parte de sus -rentas las ganaba sirviendo de piloto a las mujeres que deseaban hacer -la travesía de la calle. Aunque por regla general, las señoras que -recurrían a sus servicios habían entrado de lleno en el declinar de -la vida, y por otra parte, las relaciones entabladas durante la breve -travesía eran forzosamente de poca duración, tanta impresión ejercía en -el fogoso Jeremías el bello sexo, que nunca prestó un servicio de esa -clase sin expresar deseos vehementes de que le fuera concedido el honor -de beber a la salud de la acompañada. - -Hubo tiempos en que los poetas se sentaban sobre un banco en los sitios -más públicos para pensar, y meditar, y reflexionar a la vista de los -hombres. Jeremías _Lapa_ se sentaba también en un banco y en sitio -público; pero como no era poeta, pensaba, reflexionaba y meditaba lo -menos posible, y en cambio miraba mucho. - -Atravesaba uno de esos momentos angustiosos en que el tránsito -por la calle era escaso, y más escasas las mujeres que deseaban -cruzarla, uno de esos momentos en que sus negocios presentaban cariz -tan desconsolador, que nuestro héroe llegó a recelar que su mujer -estuviera arrodillada y rezando en cualquier rincón, cuando llamó -su atención un torrente humano de caudal inusitado, que descendía -arrollador por la calle Fleet, siguiendo el curso mismo del sol, es -decir, hacia Oeste. Examinado el torrente, vió _Lapa_ que se trataba -de un entierro que sin duda no sería de gusto del pueblo, toda vez que -éste ofrecía objeciones a su paso. - ---Es un entierro, hijo--dijo Jeremías a su retoño. - ---¡Viva... padre!--gritó el hijo de _Lapa_, dando cuatro zapatetas en -el aire. - -El caballerito puso en su grito de alegría una significación misteriosa -que desagradó hasta tal extremo al padre, que acechó, y aprovechó muy -pronto la oportunidad, para agarrar a su retoño por una oreja. - ---¿Qué es eso?--gritó Jeremías padre.--¿Qué significa ese viva? ¿Ese -es el respeto que a tu padre tienes? ¡Este muchacho es un pillete, un -descastado, tan descastado como sus vivas! ¡Que no vuelva a oirte, si -no quieres _sentirme_! ¿Entiendes? - ---¿Hacía daño a nadie?--exclamó el muchacho en son de protesta y -frotándose la oreja. - ---¡Lo que no hacías era bien!--replicó _Lapa_.--Súbete sobre este banco -y mira a las turbas. - -Obedeció el hijo. Venían las muchedumbres gritando desaforadamente y -saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de -un coche fúnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra, -ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas -fúnebres que a la dignidad de su posición consideraba indispensables. -No parecía, empero, que su posición fuera muy de apetecer, pues las -turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo -visajes y contorsiones, mofándose de su respetable persona, y lanzando -apóstrofes poco gratos al oído. - -Siempre fueron los entierros motivo de excitación especial para -Jeremías _Lapa_; no es, pues, de admirar que en la ocasión presente, -tratándose de un entierro que traía tan ruidoso acompañamiento, le -sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo -con quien topó: - ---¿Qué pasa, hermano? ¿Qué es eso? - ---No lo sé--contestó el interrogado sin detenerse. ¡Espías!... ¡Espías! - ---¿Quién es el muerto?--preguntó a otro. - ---No lo sé--respondió también éste, colocando las manos delante de -la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:--¡Espías! -¡Espías! - -Tropezó al fin _Lapa_ con una persona mejor informada del caso, gracias -a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo -llamado Rogerio Cly. - ---¿Era espía?--preguntó _Lapa_. - ---Espía del Old Bailey--contestó el informador.--¡Espía... sí... espía -del Old Bailey! - ---¡Demonio!--exclamó _Lapa_, recordando la vista a que había asistido -en otro tiempo.--Le conozco. ¿Está muerto? - ---¡Muerto como mi abuela! ¡Y aun debía estarlo más!... ¡Fuera!... -¡Espía!... ¡Que lo echen aquí! - -Una idea tan luminosa había de ser forzosamente aceptada por aquellas -turbas, y así fué, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad -del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban -tanto al coche y al carro fúnebres, que los obligaron a detenerse. En -un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo; -pero éste, que nada tenía de torpe, tan admirablemente supo aprovechar -el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos dió esquinazo a las -turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en -manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubría hasta las -rodillas, el pañuelo blanco de rigor, y otras lágrimas simbólicas. - -El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los -objetos y prendas indicadas demostrando loca alegría, mientras los -comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos, -pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente -peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abría las fauces. Habían -abierto ya las puertas del carro fúnebre pasa sacar el ataúd, cuando -otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo -general. La proposición, como todas las que son eminentemente -prácticas, mereció ser aprobada por aclamación, e inmediatamente -asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban -sobre la cubierta del carro fúnebre. Uno de los primeros voluntarios -fué Jeremías _Lapa_, quien, en su modestia, escondió su persona y su -cabeza en un rincón del coche. - -Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteración del -ceremonial; pero la distancia hasta el río era alarmantemente corta, y -varias voces habían preconizado ya la eficacia de una inmersión fría -para hacer entrar en razón a los empleados recalcitrantes de pompas -fúnebres, y como consecuencia, las protestas fueron débiles y breves. -Prosiguió su curso la procesión una vez reformada. Un deshollinador -de chimeneas guiaba el carro fúnebre, asesorado por un cochero -profesional, sentado a su lado, y de la conducción del coche se encargó -un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregóse -a la comitiva un húngaro con su oso, tipo callejero muy popular en -aquella época, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se -armonizaba perfectamente con el carácter fúnebre de la procesión de -que formaba parte. - -De esta suerte continuó aquella procesión desordenada, engrosando -a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles -que recorría. El término de la carrera era la antigua iglesia de -San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde llegó a su debido -tiempo. El enterramiento del cadáver de Rogerio Cly hízose con arreglo -a un ceremonial extravagante, con gran satisfacción del nutrido -acompañamiento. - -Enterrado el difunto, el autor de la humorística proposición anterior, -o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibió -y propuso la diabólica idea, aprobada por unanimidad, de acusar -de espías de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los -transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes. -Docenas de infelices inocentes que en su vida habían pasado a mil -varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y -acosadas y golpeadas sin piedad. La transición desde este juego al de -romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en -ventorros y tabernas, no podía ser ni más sencilla, ni más natural, -ni más lógica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando habían sido -tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas, -y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los -caracteres más beligerantes, corrió la voz de que venían los guardias. -Bastó la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada -de los guardias, quienes quizá ni pensaron siquiera en aproximarse al -teatro de los sucesos. - -No tomó parte en los desórdenes últimos Jeremías _Lapa_, quien prefirió -permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la -funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte -siempre ejerció sobre él una influencia sedante. Sentado sobre una -sepultura, fumando con calma filosófica una pipa que se había procurado -en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja. - -¡Ya ves, Jeremías, lo que es el mundo!--se decía _Lapa_.--No ha -mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto, -derrochando vida, y ahora... - -Después de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones -profundas y de tristes reflexiones, levantóse y emprendió la vuelta -a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la -hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus -meditaciones ejercieron sobre su hígado influencia perniciosa, o si -su salud venía quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo -otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visitó: fuera -uno u otra la causa, el hecho fué que, en el camino, se detuvo algunos -minutos en la casa de su médico... albeitar eminente de la ciudad. - -El hijo manifestó con muestras de gran interés al padre que nada había -ocurrido durante su ausencia. Cerró el Banco las operaciones del día, -salieron los empleados, y _Lapa_, acompañado por su hijo, se encaminó a -su casa. - ---Hoy vas a saber quién soy yo--dijo a su mujer no bien traspasó -el umbral de la casa.--Si esta noche estoy de malas como honrado -menestral, será prueba de que te has pasado el día rezando en mi contra -y sabrás cuántas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te -hubiera visto arrastrada por los suelos. - -Su costilla movió la cabeza. - ---¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo en mis barbas?--repuso con entonación -colérica. - ---¡Si no digo nada! - ---¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto monta pensar como hablar! ¡Lo mismo -puedes arruinarme rezando como meditando! ¡No quiero que hagas ni lo -uno ni lo otro! - ---Está bien, Jeremías. - ---¡Sí!... Está bien, Jeremías... Perfectamente, Jeremías... Conforme, -Jeremías... Lo que tú digas, Jeremías... Crees que me engañas con esas -palabras de conformidad, ¿no es cierto? ¡Pues te equivocas de medio a -medio! - ---¿Piensas salir esta noche?--preguntó la mujer. - ---Sí; pienso salir. - ---¿Podré acompañarle, padre?--preguntó su retoño. - ---No podrás acompañarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a -pescar; a pescar; eso es. - ---Cada día son más listos los peces, ¿verdad, padre? - ---Es lo que no te importa. - ---¿Traerá pescado? - ---Si no lo traigo, mañana habrá _solfeo_ general en casa--replicó -_Lapa_ moviendo la cabeza.--Y basta de preguntas, muñeco. No saldré -hasta que tú te hayas acostado. - -El resto de la velada lo consagró a acechar a su mujer y a obligarla a -hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra -suya. Con el mismo objeto a la vista, obligó también a su hijo a que -charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de ésta, que no -dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones. -La persona más devota no hubiese podido rendir homenaje más elocuente -a la eficacia de una oración honrada. El temor a las plegarias de su -mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no creía -en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de -fantasmas y de aparecidos. - ---¡Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros -estómagos!--dijo _Lapa_.--Tu conducta desnaturalizada mataría de hambre -a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. ¡Mira a tu -hijo...! Porque creo que es tu hijo, ¿eh? Está más delgado que un -estoque... Tú, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, ¿no -sabes que el primero, el más sagrado de los deberes de una madre es -hacer que su hijo engorde? - -Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjuró a su -madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la función maternal con -delicadeza tanta indicada por su padre. - -Así fué deslizándose la velada en el tranquilo hogar de los _Lapas_, -hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe -de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias -hasta poco más de la media noche, que se levantó para salir. Antes, sin -embargo, sacó de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un -saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena, -y otros útiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados -convenientemente, apagó la luz y se fué. - -Minutos después salía tras el padre su curioso retoño, quien había -tenido la precaución de acostarse vestido sobre la cama cuando recibió -la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche salió de su -habitación, descendió sigiloso la escalera y se aventuró por las -solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le -inspiraba ningún recelo, pues sabía muy bien que la puerta quedaba -abierta toda la noche. - -Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios -de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado -a las paredes de las casas, embebiéndose en los huecos de las puertas, -procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus -días. Tomó éste dirección norte, y no se había alejado gran cosa, -cuando topó con un nuevo discípulo de Isaac Walton, en cuya compañía -prosiguió la marcha. - -Media hora después caminaban ambos sin hablar palabra por un camino -solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos -las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorporó otro -pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera -sido supersticioso, seguramente habría creído que el hombre que primero -se reuniera a su padre se había partido súbita y milagrosamente en dos. - -Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de _Lapa_, hasta -que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el -camino. Sobre el talud, corría un muro de ladrillo de escasa elevación, -coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como -fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra, -hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejón, -uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendría sobre -diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el -muchacho que el honrado menestral a quien debía la existencia escalaba -con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le siguió -el segundo pescador, y a éste el tercero. Los tres ganaron el terreno -comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos -minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego -avanzaron, arrastrándose sobre las manos y las rodillas. - -El muchacho se acercó a la verja, conteniendo la respiración. Desde un -rincón donde se agazapó vió que los tres pescadores se arrastraban como -serpientes por entre la crecida hierba que cubría el terreno... y por -entre muchas cruces y lápidas sepulcrales. Estaban en un cementerio, -y parecían fantasmas espantables acechados por otro fantasma más -espantable, más monstruoso aún: por la torre de la iglesia vecina, -gigante terrorífico encargado de velar por la tranquilidad de los -muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tardó en observar -que se enderezaban y daban comienzo a la pesca. - -Pescaron primero con azada. Poco después, el honrado _Lapa_ preparó un -instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran -los útiles de pesca que utilizaran, manejábanlos con inusitado ardor. -Las púas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza -acerada de las de su padre cuando el gigante guardián de la ciudad de -los muertos dejó oir lentas, sonoras, graves, terroríficas, las dos de -la madrugada. - -El muchacho emprendió desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan -grande, que no sólo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido, -sino que le incitó a volver a la verja. Vió que los tres hombres -continuaban pescando, y supuso que habían pescado algo al observar -que los pescadores parecían inclinados y como doblegados, haciendo -esfuerzos encaminados a sacar algún pez de mucho peso. Así era en -efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que éste salió a -la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a -duda; pero cuando el muchacho vió que su padre se disponía a abrirlo, -sintióse acometido de tal pánico, que emprendió una carrera frenética -sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dejó atrás más de una -milla de terreno. - -Ni aun entonces se habría detenido si no le hubiese faltado el -aliento, pues no huía ante imágenes engendradas por el miedo, sino -ante espectros que le acosaban terribles. El ataúd que había visto le -pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino -en posición perpendicular y sobre el extremo más estrecho, empeñado -en alcanzarle y en colocarse a su lado... quizá para asirse a su -brazo. Aquel diabólico ataúd debía ser prodigio de incongruencia y de -ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de árboles -que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante -a cometa sin rabo ni alas. Ocultábase también en los huecos de las -puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo -un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno -al muchacho en aquella carrera fantástica. Cuando el perseguido llegó -a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun después -de refugiarse en ella se vió libre de la encarnizada persecución del -ataúd, que subió tras él la escalera saltando sobre sus peldaños, y -se acostó en su cama, y se subió sobre su pecho cuando el sueño o el -terror rindieron al desventurado curioso. - -La presencia de Jeremías _Lapa_ en el estrecho cuarto del muchacho -puso fin al agitado sueño de éste antes que los primeros rayos del sol -hicieran su aparición sobre la tierra. La fortuna debió serle poco -propicia aquella noche; así, al menos, lo infirió su hijo del hecho -de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudiéndola sin -consideración. - ---¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!--decía Jeremías. - ---¡Por Dios, Jeremías!--exclamaba su mujer con acento de súplica. - ---Te empeñas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me -perjudicas a mí y a mis asociados. Tu obligación es obedecer: ¿por qué -no lo haces? - ---¡Procuro ser mujer honrada!--contestaba la infeliz, derramando -lágrimas. - ---¿Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de -tu marido? ¿Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos? - ---¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías! - ---Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no -dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a cálculos o -apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja -de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete -en lo que es incumbencia privativa de su esposo. ¿Y tú te llamas -religiosa? ¿Tú te llamas honrada? ¡Si eres religiosa, si eres honrada, -dénme mujeres irreligiosas y sin honra! - -El altercado, que se sostenía en voz baja, llegó a su término cuando -Jeremías, despojándose de las botas cubiertas de barro, se tendió sobre -el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa -de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvió a tenderse -sobre la cama, no tardando en dormirse. - -Después del almuerzo, en cuyo _menú_ no figuró ningún plato de pescado, -y puede decirse que de ningún otro manjar, el señor Jeremías, que -dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado, -salió con su hijo a la calle y tomó el camino del Banco Tellson. - -El joven vástago del honrado menestral que caminaba al lado de éste -por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior huía -despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los -resplandores del día recobró su atrevimiento habitual, y sus bascas y -escrúpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es más que -probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet. - ---Padre--dijo el muchacho durante el trayecto,--¿qué es un -desenterrador? - -El buen _Lapa_ no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes -quedar como clavado en el sitio. - ---¡Yo qué sé!--respondió al fin. - ---Yo creí que usted lo sabía todo, padre--repuso el candoroso muchacho. - ---¡Hum! ¡Pues... mira!--dijo Jeremías _Lapa_, después de quitarse el -sombrero y de rascarse la frente.--Un desenterrador es un honrado -menestral, un comerciante. - ---¿En qué ramo comercia? - ---Comercia... en géneros científicos de naturaleza especial. - ---En cadáveres humanos; ¿verdad, padre? - ---Creo que no andas del todo descaminado, hijo. - ---¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser desenterrador cuando llegue a hombre! - -La proposición llenó de noble orgullo al padre. Sin embargo, moviendo -la cabeza como con aire de duda, replicó: - ---Dependerá del vuelo que alcancen tus talentos. Procura alentar su -desarrollo, a lo cual contribuirá poderosamente el ejemplo que te doy. -Hoy es prematuro hablar de lo que en lo futuro harás o dejarás de hacer. - -Momentos después, mientras el muchacho iba a colocar el banco a la -sombra del edificio del Tribunal del Temple, Jeremías _Lapa_ murmuró -para sus adentros: - ---Amigo Jeremías, honrado menestral; puedes abrigar esperanzas fundadas -de que tu hijo llegará con el tiempo a ser un tesoro que compensará tu -desgracia de tener por esposa a una mujer desnaturalizada. - - -XV - -HACIENDO CALCETA - -Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las -libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la -mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que -defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas -sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en -la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables -aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos -madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar -el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado -en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un -fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie. - -Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy -temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos -encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más -que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el -establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido -imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la -salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar -el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de -vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón -a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de -conversación en vez de saborear sendos tragos de vino. - -Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero -no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no -debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que -nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se -extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador, -presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas, -de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el -troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían -salido. - -Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo -único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar, -avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos -y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal. -Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con -las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas -de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un -mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo -que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina. - -Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio -en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres -cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro -un peón caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los -cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San -Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no -tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas -que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a -los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero -todos clavaron en ellos los ojos. - ---¡Buenos días!--contestó un coro nutrido. - ---Mal tiempo, señores--repuso Defarge, moviendo la cabeza. - -Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos -bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por -excepción, se levantó de su asiento y se fué. - ---Mi querida esposa--continuó Defarge,--he recorrido una porción de -leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le -encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen -muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida! - -Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió -un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el -gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de -pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer -y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la -taberna. - -Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido -al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a -ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos -hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y -trabajaba sin mirar y sin hablar. - ---¿Ha terminado ya el almuerzo?--preguntó el tabernero al peón luego -que advirtió que no comía. - ---Sí; muchas gracias. - ---Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía, -y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto. - -Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un -patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera -encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de -un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días -sentado en una banqueta y haciendo zapatos. - -No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la -nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la -taberna. - -Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media -voz: - ---¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al -testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes -hablar, Santiago Quinto. - -El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul -que en la mano tenía, preguntó: - ---¿Por dónde comienzo? - ---Puedes comenzar por el principio--respondió con mucha lógica Defarge. - ---Le vi, señores--comenzó el peón caminero,--ha hecho un año este -verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo -acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche -del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido -de la cadena de esta manera. - -El orador representó gráficamente una escena que había representado -millares de veces en la aldea durante un año entero. - -Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había -visto antes al hombre que pendía de la cadena. - ---Nunca--contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular. - -Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no -habiéndole visto hasta ese día. - ---Le reconocí por su elevada estatura--dijo el peón caminero, puesto el -índice de la mano derecha en la nariz.--Cuando aquella noche preguntó -el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un -espectro». - ---Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo. - ---¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había -confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas -circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es -que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese -canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije! - ---Tiene razón, Santiago--dijo Defarge.--Sigue. - ---Pues bien--continuó el peón caminero con aire de misterio.--El hombre -alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez, -once meses? - ---El número de meses es lo que menos viene al caso--contestó -Defarge.--Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le -encontraron desgraciadamente. Prosigue. - ---Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone -también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo -mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche, -cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis -soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos -atados a los lados... en esta forma. - -Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa -admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura. - ---Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver -pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino -militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando -aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a -seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y -que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que -daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas. -También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos -cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante. -Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de -polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí -al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah! -¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de -la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo -sitio! - -A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la -escena a que acababa de aludir. - ---Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni -el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí. -En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de -los ojos. «¡Vivo, vivo!»--dijo el jefe de los soldados.--«¡Llevémosle -pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los -brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de -las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados, -andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los -soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta -manera. - -El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a -caminar a culatazos. - ---Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo -como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su -cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta -ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas -carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde -la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió -cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de -esta manera: - -El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito -producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal -verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada -hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo: - ---Adelante, Santiago. - ---La aldea en masa se retira,--prosiguió el caminero, bajando la voz y -puesto sobre las puntas de sus pies,--la aldea en masa se congrega en -torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos; -la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros -y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del -cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las -herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un -rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le -veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto -de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede -alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo -a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un -muerto. - -Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías, -miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia -de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada, -es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los -Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón, -apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en -el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa -de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre -el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste, -ora vuelve su severa cara hacia aquéllos. - ---Adelante, Santiago--dice Defarge. - ---En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días. -La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día, -contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha -terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las -caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la -aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las -conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun -cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen -que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran -que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de -la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una -exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni -que sí ni que no. - ---¡Escucha con atención, Santiago!--interrumpió con duro acento -Santiago Primero.--Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y -a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos -que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle -en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo, -con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el -memorial en la mano. - ---¡Escúchame ahora a mí, Santiago!--terció Santiago Tercero, siempre -con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.--¡La escolta, -de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a -golpes! ¿Has entendido? - ---He entendido, señores. - ---Adelante, pues--dijo Defarge. - ---No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro -país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado. -También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus -vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en -vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que -abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite -hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y -finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado. -Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó -contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será -mentira? No lo sé: no soy sabio. - ---¡Escucha otra vez, Santiago!--exclamó el tercero de este nombre.--El -reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de -exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de -la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te -diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que -acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún -detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el -final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de -haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba! -Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes? - ---Treinta y cinco--contestó el caminero, que representaba sesenta. - ---¡Demasiados!--murmuró con impaciencia Defarge.--Continúa. - ---No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber -aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan -los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros -que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto -a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya -sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo -el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco -quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los -soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole -en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza -sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto -del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es -ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose... -envenenando con su sombra las aguas de la fuente. - -Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se -secaba el sudor de la cara con el gorro azul. - ---¡Es horroroso, señores!--repuso.--¿Cómo han de beber agua de la -fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar -durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo -salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la -cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia, -cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra, -señores, que tiene por techo el cielo azul! - -El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de -algo... que no era ni comida ni bebida. - ---He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse -el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del -día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este -camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a -caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada. -He dicho. - ---Está bien--dijo Santiago Primero, después de un silencio -imponente.--Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por -breve tiempo fuera, en la escalera? - ---Con mucho gusto--contestó el peón caminero. - -Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último -peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se -habían levantado y formaban un grupo muy apretado. - ---¿Qué dices, Santiago?--preguntó el número uno de este nombre.--¿Lo -consignamos en nuestro registro? - ---¡Regístralo como condenado a la destrucción!--contestó Defarge. - ---¡Magnífico!--exclamó Santiago Tercero. - ---¿El castillo y toda la raza?--repuso el primero. - ---¡Sí; el castillo y toda la raza!--bramó Defarge--¡Exterminio completo! - ---¡Sublime!--gritó el tercer Santiago. - ---¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el -registro no ha de originarnos ningún contratiempo?--preguntó a -Defarge Santiago Primero.--Que es seguro, no ofrece duda, toda vez -que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero -podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?... - ---Santiago--replicó Defarge irguiéndose,--si mi mujer se empeña en -guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se -perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos -de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol. -Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo -que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos -dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar -una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora. - -Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge. - ---¿Qué hacemos con ese rústico?--preguntó Santiago Tercero.--¿Lo -despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso? - ---Nada sabe--replicó Defarge,--y lo poco que pudiera decir, únicamente -le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos -estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su -tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los -magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto -el domingo. - ---¡Cómo!--exclamó Santiago Tercero.--¿No te parece mal síntoma que -desee ver la realeza y la nobleza? - ---Santiago--replicó Defarge,--enseña al gato la leche, si quieres -excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en -su día caiga sobre ella y la despedace. - -Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron -dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el -jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía -como un tronco. - -Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera -podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos -del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le -acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más -agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero -sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan -_empeñada_ en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa, -que éste andaba desconcertado y receloso. - -No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que -la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles, -le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su -lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera -no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se -trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en -que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la -tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la -media. - ---¿Trabaja usted mucho, señora?--dijo un hombre que pasó por su lado. - ---Sí--respondió la señora Defarge,--tengo mucho que hacer. - ---¿Y qué hace usted, señora? - ---Muchas cosas. - ---Por ejemplo... - ---Por ejemplo--contestó la tabernera con la calma misma de -antes--mortajas. - -Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre -caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse -aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de -la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo -quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un -rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente -instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo -más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército -encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros -cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de -galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales -oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y -a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos -que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas, -y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al -Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y -creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la -simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los -límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de -lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales -gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus -lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello -para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos -de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas. - ---¡Bravo!--exclamó Defarge cuando terminó el desfile.--Eres un buen -muchacho. - -Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en -sí, pero pronto se tranquilizó. - ---Eres el hombre que necesitamos--díjole Defarge pegando los labios -a sus oídos.--Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán -siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin. - ---¡Calla!--exclamó el caminero.--¡Pues es verdad! - ---Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían -impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían -sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo -de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos. -Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño -sea, nunca será tan grande como merecen. - -La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación. - ---Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas -muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le -antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas? - ---Verdad es, señora. - ---Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso -plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso -para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que -principiaría por los que más bellas plumas tuvieran? - ---Así es, señora. - ---Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de -pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa. - - -XVI - -MÁS PUNTO DE MEDIA - -Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable -compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba -horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los -caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués, -a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes -conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de -piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles -y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos -que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en -busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños -con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar -vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida -en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros -de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros -moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los -guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y -de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde -el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el -suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de -aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en -ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba -la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado -apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez, -de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres -para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de -contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por -ágiles lebreles. - -Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas -del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en -el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una -provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa -bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido -en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su -insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea -en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen -un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra -inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que -brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y -todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas -dotadas de inteligencia. - -El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge, -marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su -domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre -encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias. -Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía -conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad -íntima, le abrazó. - -Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las -alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a -su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto, -la señora Defarge preguntó a su marido: - ---¿Qué te ha dicho Santiago el policía? - ---Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía -para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más -que a uno. - ---Está bien--contestó la tabernera con la calma de siempre.--Habrá que -anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre? - ---Es inglés. - ---¡Mejor que mejor! ¿Su nombre? - ---Barsad. - ---Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila? - ---Juan. - ---Juan Barsad... Juan Barsad--repitió la tabernera.--Muy bien. ¿Sus -señas? - ---Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de -estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado, -nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar -torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural, -expresión siniestra. - ---¡Es un retrato acabado a fe mía!--exclamó la señora Defarge -riendo.--Lo registraré mañana. - -Llegados a la taberna, que encontraron cerrada--eran más de las doce -de la noche,--la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y -consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por -volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el -importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó -las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto, -corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después -de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado -del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las -monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el -pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario -de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento, -fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía -doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella. - -Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche -estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas, -respirábase una atmósfera extraordinariamente viciada. No era un -portento de delicadeza el sentido del olfato del señor Defarge, pero -aun así, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente, -le molestaban en tales términos, que procuraba alejarlos de su nariz a -fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos. - ---Estás cansado, amigo mío--dijo su mujer, dirigiéndole una mirada -mientras anudaba el dinero.--El olor que aquí se respira es el de todos -los días. - ---En efecto; estoy cansado--contestó Defarge. - ---Y un poco deprimido y descorazonado--repuso la tabernera, cuyos -penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraían -uno o dos rayos para examinar al marido.--¡Ah... los hombres!... - ---Pero... - ---No hay pero que valga--replicó la señora con entereza.--Repito que -esta noche te encuentras descorazonado. - ---¡Tarda tanto tiempo!--exclamó Defarge. - ---¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y qué es lo que no exige tiempo? ¡Siempre -lo han exigido la venganza y la justicia! - ---No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre--observó -Defarge. - ---¿Y cuánto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para -que brote el rayo? ¡Dímelo, si es que lo sabes! - -Defarge alzó la cabeza, pero no contestó. - ---Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues -bien: ¿cuánto tiempo se necesita para preparar un terremoto? - ---Mucho, supongo--respondió Defarge. - ---Pero cuando está preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta, -queda pulverizada, reducida a átomos impalpables. ¡Consuélate! El -terremoto se está preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga. - -Con ojos relampagueantes ató otro nudo; parecía que estrangulaba a un -enemigo. - ---Yo te aseguro--añadió extendiendo la diestra como para dar mayor -expresión a sus palabras--que por mucho que en llegar tarde, está en -camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que -no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudriña las -vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del -mundo entero, y verás que el descontento, la rabia que ruge en el pecho -de los explotados aumenta de día en día, de hora en hora. ¿Y crees que -ese estado de cosas puede durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido! - ---Mi querida mujercita--contestó Defarge, poniéndose en pie frente a su -esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dócil -escolar delante de su maestro,--no lo pongo en duda... La irritación -existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle -a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo. - ---¿Y qué?--replicó la mujer.--Aun cuando así fuera, ¿qué? - ---Pues... que no nos cabría la dicha de saborear el triunfo. - ---Pero sí la de haber contribuído a él--dijo con energía la -tabernera.--Nada de cuanto hagamos será perdido. Creo con toda mi alma -que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me -ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristócrata o de -tirano no dejaré de... - ---¡Calma... calma!--exclamó Defarge, cuyo rostro se tiñó de carmín -cual si le hubieran acusado de cobarde.--Tampoco yo, querida mía, -retrocederé por nada ni por nadie. - ---Lo sé; pero eres débil a pesar de todo, y lo eres, porque para que -no decaiga tu valor necesitas ver a tu víctima a tus pies. Procura no -decaer, aunque te parezca que la víctima está lejos. Cuando llegue -la ocasión, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados -dentro del pecho, pero mientras tanto, ténlos encadenados... ocultos, -pero siempre dispuestos. - -La buena tabernera terminó su consejo descargando sobre el mostrador -un golpe con el pañuelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo -levantó, y con calma imperturbable indicó que era ya hora de irse a la -cama. - -La mañana siguiente encontró a aquella mujer admirable en su sitio -de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado había -una rosa hacia la cual volvía de vez en cuando los ojos. Algunos -parroquianos, de pie o sentados, bebían y charlaban. El día estaba -muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento -hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que había cerca -de la señora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejercía -la menor impresión su suerte desdichada en las demás moscas, que -las contemplaban impertérritas e indiferentes hasta que las ocurría -idéntica desgracia. ¡Qué estúpidas son las moscas! - -La señora Defarge vió la sombra de una persona que entraba en la -taberna y comprendió que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar -el rostro de la persona en cuestión, dejó sobre el mostrador la media y -prendió la rosa en su cabeza. - -La escena que siguió no pudo ser más curiosa: no bien los dedos de -la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las -conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle. - ---Buenos días, señora--dijo el recién llegado. - ---Buenos días, señor--contestó la señora Defarge tomando de nuevo la -media.--¡Ah!--añadió para sus adentros.--Unos cuarenta años de edad, -sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno -cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta, ofrece la -particularidad de estar ligeramente torcida hacia la izquierda, lo que -da, como es natural, expresión siniestra... ¡Buen día de veras! - ---¿Tiene usted la bondad de darme una copita de coñac viejo y un sorbo -de agua fresca, señora? - -La tabernera sirvió lo que el cliente pedía. - ---¡Rico coñac, señora! - -Como era la primera vez que oía elogiar su coñac, no es de admirar que -la tabernera sospechase que el elogio obedecía a motivos que acaso no -fueran precisamente la bondad del licor. Dió, sin embargo, las gracias, -y siguió haciendo calceta. - -El desconocido permaneció algunos momentos observando las manos de la -señora Defarge, y de paso, reconociendo el establecimiento. - ---Hace usted media con rapidez maravillosa--dijo. - ---La costumbre... estoy muy acostumbrada a esta labor. - ---Y con una perfección que encanta. - ---¿Lo cree usted así? - ---Con toda mi alma... Y dígame: ¿esa media es...? - ---Pasatiempo... un medio de distracción--contestó la tabernera mirando -a su interlocutor con la sonrisa en los labios. - ---¿No piensa hacer uso de ella? - ---Según. Quizá llegue día en que las use--dijo la tabernera con cierta -coquetería.--Con seguridad que las utilizaré... si las hago bien. - -Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio -mostraba decidida oposición a que la señora Defarge ostentase en su -peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al -mostrador con manifiesta intención de pedir algo que beber, y no bien -vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algún -amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que -en el establecimiento se encontraban cuando entró el que conversaba con -la tabernera, no quedaba uno solo: todos se habían ido. El espía, pues -ya habrán comprendido los lectores que el individuo en cuestión era un -espía, ninguna seña había logrado sorprender, aunque desde que entró -miraba con cien ojos. - ---¡Juan!--pensaba la señora Defarge, haciendo calceta y puestos los -ojos en el cliente.--A poco más que continúes aquí, escribiré _Barsad_ -en tus mismas barbas. - ---¿Es usted casada, señora? - ---Sí. - ---¿Con hijos? - ---Sin hijos. - ---Y los negocios, ¿bien? - ---Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!... - ---¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas -vergonzosamente!... como dice usted. - ---Como dice _usted_--rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez -los dedos y añadiendo algo al apellido _Barsad_. - ---Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda -de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa. - ---¿Que yo lo pienso?--replicó la tabernera.--Nos ocasiona a mi marido -y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que -podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en -que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas -nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos -nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días! - -El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se -guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su -desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre -el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y -tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac. - ---La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora. -¡Pobre Gaspard!--exclamó, exhalando un suspiro. - ---No estamos de acuerdo--replicó la tabernera con frialdad.--Justo es -que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard -dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan -esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural. - ---Creo--añadió el espía bajando la voz y como invitando a su -interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que -daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,--creo -que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de -furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo -encuentro justificado. - ---¿Pero existe ese furor? - ---¿No lo ha observado usted? - ---Aquí está mi marido--dijo la señora Defarge. - -No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó -llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante: - ---Buenos días, Santiago. - -Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía. - ---Se equivoca usted, señor mío.--Me confunde usted con otro. No me -llamo Santiago: soy Ernesto Defarge. - ---Es igual--repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin -poder ocultar del todo su contrariedad.--El nombre es lo de menos. -Buenos días. - ---Buenos días--contestó secamente Defarge. - ---Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar -un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira... -tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra -los que inhumanamente lo han sacrificado. - ---A nadie he oído decir semejante cosa--replicó Defarge.--No sé una -palabra. - -Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su -mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el -matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor -placer. - -El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de -indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido, -tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac. -Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo -media con gran ardor y tarareando una tonadilla. - ---Parece que conoce usted bien el barrio--observó Defarge;--quiero -decir, que lo conoce mejor que yo. - ---No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo -bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo. - ---¡Ah!--exclamó Defarge. - ---El placer de conversar con usted, señor Defarge--prosiguió el -espía--me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con -incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa. - ---¡De veras!--dijo Defarge con indiferencia. - ---Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette, -hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo -confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto. - ---Es verdad: tiene usted razón--contestó. - -Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las -agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de -ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las -preguntas del espía, pero con brevedad. - ---Se presentó a usted la hija del doctor--continuó el espía.--Vino en -compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero -que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco -Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo -de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra. - ---Así fué, en efecto--repitió Defarge. - ---Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes--repuso el -espía.--He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra. - ---¿Sí?--preguntó Defarge. - ---¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?--preguntó el espía. - ---No--respondió Defarge. - ---Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos--terció la señora del -tabernero.--Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún -tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido -su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra -correspondencia. - ---Es lo que suele ocurrir--observó el espía.--La hija está para casarse. - ---¿Está para casarse?--repitió la señora Defarge.--Es bastante hermosa -para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los -ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres! - ---¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés? - ---Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de -la misma nacionalidad que su lengua. - -El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía, -aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el -descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y -repuso: - ---Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un -inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A -propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un -acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita -Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa -bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor -dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin -ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe -usted que el apellido de su madre era D'Aulnais. - -La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la -media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable. -Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse, -temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los -poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no -hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria. - -Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún -provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas -conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que -había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad, -que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento. -Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por -San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el -espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera -sobre sus pasos. - ---¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita -Manette?--preguntó Defarge en voz baja. - ---Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser -verdad--respondió la mujer. - ---Si lo es... - -Defarge no terminó su pensamiento. - ---¿Qué?--preguntó la mujer. - ---Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos -ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de -Francia a su marido. - ---El destino de su marido le llevará a donde deba ir--respondió -con calma glacial la tabernera--y le conducirá al fin que le está -destinado. Es lo único que puedo decirte. - ---Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear -otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que -siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con -tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo -que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento? - ---Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día--respondió -la señora Defarge.--A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se -les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte. - -Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su -cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento -preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que -tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante -de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse, -y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado -la animación de costumbre. - -Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San -Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles -y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su -labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo... -especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían -calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de -las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no -podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las -manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos -habrían sentido más los rigores del hambre. - -A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los -pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en -puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba -trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y -la actividad de los pensamientos se centuplicaba. - -Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la -compañera de su vida con admiración. - ---¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer -sublime!--murmuraba. - -Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a -lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo -calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las -campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su -bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de -los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado... -omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la -abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a -las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel -otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también -haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas -que una tras otra caían. - - -XVII - -UNA NOCHE - -Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa -como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la -contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio -de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre -la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados -bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que -cernían las hojas. - -Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la -última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera -sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días. - ---¿Eres feliz, padre querido? - ---Completamente, hija mía. - -Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes, -era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se -sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en -la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para -trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias -habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre. - ---También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz -ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de -Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote -mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de -ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho -de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun -así... - -Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo. - -A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre, -y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que -siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la -luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido, -iluminó un cuadro sencillamente conmovedor. - ---¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que -entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos -deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el -fondo de tu corazón? - ---¡Completa, absolutamente convencido!--respondió el padre con acento -de firme convicción.--¡Más aún, hija mía!--añadió, besándola.--Mi -futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu -matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera. - ---¡Si pudiera creerte, padre mío...! - ---Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural -ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el -porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes -son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran -desgraciada...! - -La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se -lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así: - ---Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas... -por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que -comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas -cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso -comprendas mis palabras. - ---Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mío, tú sólo hubieses bastado -para que mi dicha fuera completa. - -El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesión inconsciente -de que su hija sería desgraciada sin Carlos, después de haberle visto, -y contestó: - ---Hija mía; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber -sido Carlos, sería otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de -que la causa habría sido yo, en cuyo caso, el período desgraciado de mi -vida no sólo me hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas sombras, sino -también alguien más, y ese alguien hubieras sido tú. - -Era la primera vez, después de la vista de la causa de Darnay, que el -doctor hacía alusión a su desgracia. - ---¡Mírala!--exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en -dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija -no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la -estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he -contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas -pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena -gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión. -La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e -imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número -de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante -el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable -cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de -cada clase--añadió pensativo--y la vigésima cabía con dificultad. -La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me -arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido -vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos. -Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras -estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo -intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la -triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre -había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija, -llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí, -ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir -un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi -triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y -he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba. - ---¡Padre mío!--exclamó la joven, besando a su padre con transporte.--No -ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero, -esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como -si esa hija fuera yo. - ---¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de -la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos -agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra -noche última... ¿Qué estaba diciendo? - ---Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti. - ---Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me -rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así -como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento -era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo -sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la -libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la -luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una -diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos, -que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en -el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que -no eras tú la niña de que hablo. - ---No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer... - ---No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía -inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales -perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su -aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que -veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía... -como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes, -Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos -siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las -distinciones sutiles de un prisionero. - -Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo -por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en -tiempos, afortunadamente pasados, se encontró. - ---Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para -decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos -de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato -lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era -activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia. - ---Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te -la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía. - ---Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba -de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban -cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado, -desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus -rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad; -pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas -que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas -consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola. - ---Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana -con ese mismo fervor? - ---Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta -más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas, -ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una -felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado, -como la que espero saborear en lo futuro. - -Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias -fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban -abrazados en la casa. - -No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del -matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse -limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta -entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados -sus deseos. - -El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres -personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El -doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió -tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había -alejado, y bebió a su salud. - -Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su -habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de -temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el -dormitorio de su padre. - -Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El -doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la -almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña -dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus -frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él -una mirada intensa. - -Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas -del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel -padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos -dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche -otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante -inesperado como el del doctor Manette. - -Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con -fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor -paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano, -besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio. - -Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban -sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los -labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria. - - -XVIII - -NUEVE DIAS - -La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya -estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir, -esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando -con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban -la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross... -para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación -con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no -ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no -debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón. - ---¡La verdad es que hice un negocio redondo!--exclamó Lorry, quien no -se cansaba de admirar a la novia.--¡Mire usted que acompañarla en su -viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo -que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella -ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay! - ---¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni -remotamente soñaba en lo que había de suceder!--observó la señorita -Pross.--¡Tonterías! - ---¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore--replicó Lorry. - ---Yo no lloro; el que llora es usted--replicó la señorita Pross. - ---¿Yo, Pross de mis pecados?--preguntó Lorry, que ya se atrevía a -bromear con su interlocutora alguna que otra vez. - ---Usted, sí. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo -niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho -a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua -de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche -sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la -colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto. - ---Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué -mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo, -diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena -en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta -años que podría haber en el mundo una señora Lorry...! - ---¡Lo niego!--replicó la señorita Pross. - ---¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry? - ---¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo -soltero! - ---Lo creo muy probable--contestó Lorry arreglándose el peluquín. - ---Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón -sempiterno. - ---En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes -de escoger el patrón... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitación -contigua, mi querida Lucía--añadió pasando el brazo alrededor de la -cintura de la novia--y la señorita Pross, y yo, como personas formales -y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no -queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla -algunas cosillas que no la desagradará oir. Va usted a dejar a su -padre, querida niña, en manos tan cariñosas y tan deseosas de servirle -como las de usted, en manos que se desvivirán por atenderle y cuidarle -durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en -Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retrocederá, -metafóricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los -quince días, acompañe a usted y a su querido esposo en el viaje a -Wales, que ha de durar otros quince días, ha de confesar usted que -se lo devolvemos más contento y feliz de lo que nos lo dejó... Pero -_alguien_ se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitirá que -la bese un solterón empedernido antes que aquel _alguien_ llegue y -reclame lo que es suyo. - -El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso -rostro, separó luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con -su peluquín castaño, y posó sus labios sobre la tersa frente con la -delicadeza con que hacían estas cosas los contemporáneos de Adán. - -Abrióse la puerta de la habitación del doctor saliendo éste seguido -de Carlos Darnay. Mortal palidez cubría el rostro del primero, en el -que ni rastros de color quedaban, palidez que no existía cuando en su -habitación quedó encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su -expresión, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry -descubrió cierta indicación sombría que acusaba el paso sobre su alma -del soplo de repulsión y de odio que otras veces, semejante a fugaz -ráfaga de viento helado, le había azotado. - -Dió el brazo a su hija y la acompañó hasta el carruaje que Lorry, en -atención a la solemnidad del día, había alquilado. Las demás personas -se acomodaron en otro carruaje, y minutos después, Carlos Darnay y -Lucía Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la -iglesia próxima. - -Además de las transparentes lágrimas que brillaron entre sonrisas -mientras tenía lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon -algunos brillantes de aguas clarísimas que momentos antes habían sido -libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del señor Lorry, -donde se hallaban recluídos. Regresaron los novios a la casa, seguidos -por el reducido círculo de invitados, almorzaron, y más tarde, la -hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con -los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de París -hacía zapatos con verdadero ardor, volvió a juntarse con los mismos, -bañada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la -puerta y en el momento de la despedida. - -Era una separación dolorosa, aunque su duración habría de ser poca. El -padre animó a su hija, se desprendió dulcemente de los amantes brazos -de ésta, y dijo con expresión animada: - ---¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya! - -Un minuto después, por la ventanilla de una silla de posta que se -alejaba salía una mano que agitaba un pañuelo; la mano de Lucía. - -Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y -fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte, -los preparativos habían sido sencillos y nada aparatosos, una vez se -hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el -señor Lorry y la señorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en -el salón, fué cuando Lorry reparó en el cambio terrible que acababa -de sufrir el doctor: no parecía sino que el brazo del gigante de oro -había descargado sobre él un golpe envenenado. - -Natural era que a los esfuerzos violentísimos que necesariamente hubo -de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emoción, siguiera -la revulsión, también violenta, tan pronto como desapareciera la -causa, la ocasión de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, no fué el -aplanamiento, lo que alarmó al señor Lorry, sino el enajenamiento -con que llevó el doctor las manos en la cabeza, la monotonía lúgubre -con que empezó a pasear tan pronto como entró en la habitación, y -le alarmaron esos síntomas, porque le recordaron el sotabanco de la -taberna de Defarge y la condición en que allí encontró al doctor. - ---Creo--dijo en voz muy baja a la señorita Pross--que no debemos -dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna. -Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresaré dentro de un momento. -A mi vuelta, le sacaré al campo, donde comeremos después de dar un buen -paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros -pensamientos que parece que flotan sobre su alma. - -Nada más fácil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada más difícil -que salir de él. El vistazo que se proponía dar duró dos horas. Cuando -volvió a la casa de Soho y subió la escalera, sin preguntar al criado -que salió a abrirle, al ir a entrar en la habitación del doctor, a la -cual se dirigía en derechura, quedó como clavado en el suelo. Dentro de -la habitación sonaban recios y repetidos golpes. - ---¡Buen Dios!--exclamó, retrocediendo un paso--¿Qué es eso? - -La señorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmuró en su oído: - ---¡Qué desgracia...! ¡Pobres de nosotros...! ¡Todo está perdido, todo! -¿Qué le decimos a la señorita? ¿Quién se lo dice? ¡Oh...!--añadió, -retorciéndose las manos--¡No me conoce, señor Lorry, y está haciendo -zapatos! - -Esforzóse Lorry por calmarla, bien que inútilmente, y penetró en la -habitación del doctor. Había acercado éste la banqueta a la ventana, -tal como la tenía colocada en el sotabanco de París, y trabajaba con -ardor, doblada la cabeza sobre el zapato. - ---¡Doctor Manette!--gritó Lorry.--¡Mi amigo querido... mi buen doctor -Manette...! - -Alzó la cabeza el doctor, miró al que le llamaba con expresión entre -de extrañeza y de cólera, descontento sin duda de que se atrevieran a -dirigirle la palabra... y prosiguió su tarea. - -Habíase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa -desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le -encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta había recobrado -su rostro el antiguo aspecto macilento y sombrío de los años de su -desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como -quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido. - -Miró Lorry el zapato que el doctor cosía y vió que era de forma muy -pasada de moda. No se atrevió a sacárselo de las manos; pero tomó otro -que había a los pies del zapatero, y preguntó a éste qué era. - ---Zapato de paseo para señorita--contestó el doctor sin alzar los -ojos.--Hace ya mucho tiempo que debí terminarlo. Déjeme en paz. - ---¡Pero por Dios vivo, doctor Manette!--exclamó Lorry.--¡Míreme! - -Obedeció el doctor con la sumisión mecánica antigua, pero sin -interrumpir su labor. - ---¿No me conoce ya, mi querido amigo? ¡Vuelva usted en sí, doctor -Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca. - -Fué trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba -momentáneamente la cabeza cuando Lorry se lo decía, pero todas las -instancias, todas las súplicas fueron estériles: no habló. Trabajaba, -cosía con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas -resbalaban sobre sus oídos, cual resbalarían sobre frío muro de acero. -Un solo rayo de esperanza brilló entre las sombras de desesperación -que envolvieron a Lorry, y fué que algunas veces, el doctor le miraba -furtivamente sin que él se lo dijera. El rayo de esperanza era débil, -como que no tenía más fundamento que el de ser las miradas de su amigo -a manera de indicación de curiosidad, de perplejidad de ánimo, algo así -como síntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo -ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma. - -Lorry opinó que se imponía la necesidad de adoptar dos resoluciones -importantes, aparte de otras de importancia más secundaria: la primera, -evitar que Lucía tuviera noticia de la desgracia, y la segunda, -evitar que ésta llegara a oídos de ninguna de las personas que -conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la señorita Pross, tomó -inmediatamente las medidas de precaución necesarias para conseguir el -segundo resultado, y éstas consistieron en manifestar que el doctor se -encontraba indispuesto, y que su estado de salud exigía algunos días de -reposo y de aislamiento absoluto. Para engañar a su hija, la señorita -Pross debía escribir una carta haciéndola saber que su padre había -tenido que salir por asuntos de su profesión, y comentando una misiva -recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se -limitaba a decir que su ausencia sería breve. - -Estas medidas eran, por decirlo así, de carácter general, y Lorry las -adoptó por si la crisis desgraciada del doctor desaparecía pronto. -Por si esta solución no se hacía esperar, consideró necesario, o muy -conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometía grandes -resultados para lo futuro, plan que consistía en formar opinión fundada -y motivada acerca de la condición de ánimo de su amigo. - -Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no sólo era -perfectamente inútil, sino también perjudicial, puesto que cuando le -estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba -y excitaba más y más. Desistió, en consecuencia, de hablarle, y -resolvió no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda -contra el engaño en que había caído o estaba cayendo. A este efecto, -y en su deseo de llevar a cabo la noble misión que se había impuesto -envolviéndola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tomó las -medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del -Banco, y se posesionó de una butaca colocada junto a la ventana de la -habitación del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo. - -El doctor Manette comió y bebió lo que le sirvieron, y trabajó el día -primero hasta que le faltó la luz, siendo de notar que, cuando él hubo -de dejar su tarea, hacía ya media hora larga que Lorry había tenido que -dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no -veía ya las letras. Lorry se levantó al ver que el doctor dejaba los -útiles del oficio, y le preguntó: - ---¿Quiere usted salir? - -Clavó el doctor los ojos en el suelo, los llevó de una parte a otra -como en tiempos pasados, y alzándolos al fin, dijo: - ---¿Salir? - ---Sí... A dar un paseo conmigo: ¿por qué no? - -No intentó explicar por qué no, ni volvió a despegar los labios; pero -Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el -cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las -palmas de las manos, creyó que el desdichado se preguntaba a sí mismo: -«¿Por qué no?» La sagacidad del hombre de negocios vió en ello una -ventaja, y resolvió sacar de ella todo el partido posible. - -Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitación contigua, -ora el señor Lorry ora la señorita Pross, a cuyo efecto habían -establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que -dividieron el servicio de guardia. El doctor solía pasar algún tiempo -paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se -acostaba, dormíase profundamente y disfrutaba de un sueño tranquilo. -Llegada la mañana, no bien se levantaba, dirigíase en línea recta a su -banqueta y se ponía a trabajar. - -En el segundo día de la crisis, Lorry saludó al doctor llamándole -por su nombre, y seguidamente comenzó a hablarle de asuntos que a -entrambos eran muy familiares. No le contestó aquél, pero era evidente -que oyó lo que se le decía y que pensaba en ello, bien que de una -manera confusa. Esto animó a Lorry, quien rogó a la señorita Pross que -entrara a hacerle compañía varias veces durante el día, a fin de hablar -constantemente de Lucía y de su padre, presente a las conferencias, -con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no -fueron muy felices, pero tampoco tan estériles que no animaran a Lorry -a continuar el plan, pues se consiguió, ya que no otra cosa, disipar, -siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que -se hallaba sumido. - -Cuando cerró la noche de este segundo día, Lorry repitió su pregunta -del día anterior: - ---Mi querido doctor: ¿quiere usted salir? - -Y como el día anterior respondió el interrogado: - ---¿Salir? - -Fingió Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestación, -volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el -doctor retiró la banqueta que estaba junto a la ventana y se sentó en -una silla, desde donde estuvo contemplando el plátano del patio; pero -no bien entró Lorry en la habitación, volvió a sentarse en la banqueta. - -Pasaron los días, y las esperanzas que Lorry concibiera íbanse -desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no había salido de -la habitación del doctor; cierto que era un secreto para todos, que -Lucía ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta; -pero el buen banquero no podía menos de ver, con profunda pena, que el -zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros días, iba adquiriendo una -habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos más gusto al -oficio, y que sus manos en ninguna hora del día trabajaban con tanto -ardor y tanta destreza como cuando la noche tendió su negro manto sobre -el día noveno después de la desgracia. - - -XIX - -UNA OPINIÓN - -Muertas las energías a manos de largas y ansiosas horas de incesante -vigilancia, el señor Lorry cayó dormido en su puesto de honor. Un rayo -tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado -sueño que le venciera la noche anterior, que era la décima de las de la -serie de vigilancia. - -Con mano nerviosa se frotó los ojos, púsose en pie y corrió a la -entrada del dormitorio del doctor. Allí se detuvo con brusquedad, -preguntándose si dormía o si estaba despierto. ¿Motivos? Los tenía -sobrados: la banqueta, con el resto de los útiles del oficio de -zapatero, estaba en un rincón, y el doctor leía tranquilamente, -arrellanado en una butaca junto a la ventana. Vestía traje de mañana, -y su rostro, que Lorry veía perfectamente, aunque un poquito pálido, -reflejaba una calma y una placidez absolutas. - -Unos cuantos pellizcos administrados con mano firme llevaron al ánimo -del señor Lorry el convencimiento de que no dormía: punto era éste -que quedaba perfectamente aclarado y dilucidado. Pero si entonces -estaba despierto, ¿no se pasó durmiendo los días anteriores? El -zapatero, que tantos quebraderos de cabeza le proporcionó, ¿no sería -un personaje soñado, un hijo de prolongada pesadilla? ¿Cabía otra -explicación al hecho de que estuviera entonces viendo, con sus propios -ojos, perfectamente despiertos, a su amigo, vestido como de ordinario, -tranquilo como de ordinario, y leyendo como de ordinario? - -Y sin embargo, de no haber sido su confusión y su atonía tan grandes, -esta hipótesis última caía por su base. Si el desgraciado cambio de tan -profunda impresión le había producido fué soñado y no real, ¿qué hacía -en la tranquila casa de Soho el banquero del famoso Tellson? ¿Cómo -acababa de encontrarse dormido, vestido y calzado, sobre el sofá de la -sala de consultas del doctor Manette? ¿Por qué le asaltaban aquellas -dudas a hora tan temprana de la mañana y precisamente en la entrada de -la alcoba del doctor? - -Minutos después, la señorita Pross susurraba algunas palabras en su -oído. Si algún resto de duda hubiese quedado en su ánimo, las palabras -que herían sus oídos la habrían disipado, pero no quedaban ya: su -cabeza estaba fresca y las dudas habían desaparecido. Ante el nuevo -estado de cosas, aconsejó Lorry no hacer nada hasta que llegase la -hora del almuerzo, y visitar entonces al doctor como si nada hubiera -ocurrido. Si su amigo continuaba tranquilo y dueño de sí mismo, Lorry -le interrogaría con cautelosa astucia y procuraría obtener de él mismo -algo que pudiera orientarle y servirle de guía en lo sucesivo. - -El plan, que mereció la aprobación de la señorita Pross, fué ejecutado -con diligente esmero. Lorry, que dispuso de tiempo sobrado para -acicalarse, se presentó a la hora del almuerzo pulcro e irreprochable. -El doctor fué llamado como de ordinario, y como de ordinario se sirvió -el almuerzo. - -De la conversación, entablada y seguida por parte de Lorry con con -cautela y tacto exquisitos, infirió que el doctor creía que el -matrimonio de su hija había tenido lugar el día anterior. Avanzando con -método en sus trabajos de exploración, dejó caer como al descuido una -alusión al día de la semana y del mes en que se encontraban, alusión -que confundió visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los -demás reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvió buscar -la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En -consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo -Lorry con muestras de vivo interés: - ---Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinión acerca de un -caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso... -quiero decir, muy curioso para mí, pues quizá usted lo encuentre -natural y lógico. - -El doctor escuchaba con viva atención y mirando con expresión -conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez días -últimos. Ya antes las había mirado con frecuencia. - ---Afecta el caso en cuestión, mi querido Manette--repuso Lorry--a -un amigo mío, a quien quiero mucho. He aquí por qué le ruego muy de -veras que lo examine con verdadero interés y me aconseje en bien de mi -amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi -querido Manette. - ---Si no entiendo mal--contestó el doctor en voz muy baja,--se trata de -un sacudimiento mental... - ---¡Eso es! - ---Hábleme con claridad y sin omitir detalle--dijo el doctor. - -Comprendió Lorry que se habían entendido, y prosiguió así: - ---Mi querido Manette, se trata de una conmoción terrible, muy antigua -y que duró varios años, de una conmoción cruel, brutal, de las -afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espíritu... -eso es: del espíritu. Cuánto tiempo duró la conmoción que rindió y -abatió al desdichado que fué su víctima, es lo que no puedo precisar, -pues sólo mi amigo podría decírnoslo, y él no se hallaba en condiciones -de calcular el tiempo. El que sufrió la conmoción llegó a reponerse -de sus efectos merced a un proceso que ni él mismo puede explicar... -según le oí manifestar en público en una ocasión en que hizo un relato -conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos -del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de -inteligencia clarísima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones -intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre -que multiplica todos los días sus conocimientos, y cuenta que ya antes -poseía de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequeña -recaída. - -El doctor preguntó anhelante: - ---¿De qué duración? - ---Ha durado nueve días con sus noches. - ---¿En qué forma se manifestó?--preguntó el doctor, mirando de nuevo sus -manos.--¿Tal vez volviendo a entregarse a alguna ocupación antigua -relacionada con su sacudimiento mental? - ---En efecto. - ---Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna vez ocasión de verle entregado -a esa ocupación, durante su enfermedad original anterior a la -recaída?--preguntó el doctor con gran calma, bien que siempre con voz -muy baja. - ---Una sola vez. - ---Después de su recaída, ¿le encontró usted igual que antes en casi -todo... o en todo? - ---Creo que en todo. - ---Habló usted antes de una hija de su amigo: ¿ha tenido la hija noticia -de la recaída del padre? - ---No: la recaída ha permanecido rodeada del secreto más rígido, y -no creo que la hija llegue a sospecharla nunca. De ella tenemos -conocimiento dos personas nada más: yo, y otra de confianza absoluta. - ---¡Previsión delicada y generosa, amigo mío!--exclamó el doctor -estrechando efusivamente la mano de Lorry. - -Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos -momentos. - ---Soy hombre de negocios, mi querido Manette--dijo Lorry poniendo fin -al silencio y hablando con acentos de vivo cariño,--y, por tanto, -profano en asuntos tan enrevesados y difíciles. Me faltan datos que me -orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guíen, me falta -una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda -yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted. -Dígame, ¿a qué fué debida la recaída? ¿Existe peligro de que sobrevenga -otra? Suponiendo que el peligro exista, ¿hay medios de prevenirla? ¿Qué -medios son estos? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jamás ha -existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un -amigo como yo al mío, si supiera cómo; pero no sé qué hacer si el caso -se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia, -pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podré -hacer mucho: sin luces, sin auxilio extraño, todos mis buenos deseos -naufragarán en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, déme usted -algunas explicaciones, ilumíneme un poquito y enséñeme la manera de ser -útil a mi amigo. - -El doctor Manette bajó la cabeza y se sumergió en profundas -meditaciones. Lorry esperó con calma. - ---Me parece muy probable--dijo el doctor al cabo de un rato--que la -recaída que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que -fué su víctima. - ---¿Acaso prevista y temida?--se atrevió a preguntar Lorry. - ---Temida, sí--exclamó el doctor, estremeciéndose involuntariamente.--No -es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con -que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi -imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto -que le oprime. - ---¿Y no cedería esa opresión--preguntó Lorry--si se resolviera a -confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga? - ---Creo que sí; pero le es, según acabo de decir, punto menos que -imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto. - -Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura: - ---¿A qué causa atribuye usted la recaída? - ---A mi juicio--respondió el doctor Manette,--ha sobrevenido un -despertar enérgico de los recuerdos que fueron causa determinante de -la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas -antiguas al soplo de algún suceso reciente. Es muy probable que en la -mente del paciente viniera acumulándose desde hace algún tiempo el -temor a ese despertar enérgico de recuerdos dolorosos... con motivo de -determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado... -En este caso, el paciente intentó adoptar medidas de prevención.... -las adoptaría seguramente, pero en vano. ¡Quién sabe si los mismos -esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para -soportarlo! - ---¿Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la -recaída?--preguntó Lorry, después de vacilar durante algunos segundos. - -Tendió el doctor miradas tristes en derredor, movió la cabeza, y -contestó con voz más baja que nunca: - ---¡Absolutamente nada! - ---Pasemos ahora al pronóstico... al porvenir. - ---El porvenir--contestó con energía el doctor--me inspira grandes -esperanzas. Fúndanse éstas en el escaso tiempo que gracias al Cielo -ha durado la recaída. Si tenemos en cuenta que el paciente, después -de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo -previsto más o menos vágamente, de algo contra lo que en vano intentó -prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos -para creer que ha pasado lo peor. - ---¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus palabras me tranquilizan... -¡Gracias!--exclamó Lorry. - ---¡Gracias!--repitió el doctor, doblando la cabeza. - ---Quedan todavía dos puntos sobre los cuales desearía me instruyese. -¿Puedo continuar? - ---Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo--respondió el -doctor alargándole la mano. - ---Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energía -poco común. Persigue con ardor la adquisición de nuevos conocimientos -profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad -de cosas que exigen intensa labor mental. Dígame: ¿no le parece que -trabaja con exceso? - ---Creo que no. Quizá la índole de su inteligencia exige un trabajo -mental continuo, bien sea la índole en cuestión innata y natural, bien -modificada artificialmente, por decirlo así, a consecuencia de pesares -y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor -será el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es -probable que él mismo, después de observarse con detenimiento, haya -hecho el descubrimiento a que me refiero. - ---¿Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es -excesiva? - ---La tengo; sí. - ---Pero si le venciera el exceso de trabajo... - ---Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una -tendencia violenta en una dirección determinada, se hace indispensable -contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el -equilibrio. - ---Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los -hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la -recaída que lamentamos fué resultado de intensa presión mental, ¿no -habrá peligro de que se repita? - ---No lo creo... no puedo creerlo--contestó con acento de convicción -profunda el doctor Manette.--Solamente la exacerbación de una clase -determinada de recuerdos podría provocar otra recaída, solamente la -vibración violenta de la cuerda misma que motivó la primera pudiera -ser causa de otras. Ahora bien: después de lo ocurrido, considero -punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a -que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma. -Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las -circunstancias que podrían dar margen a nuevos tropiezos. - -Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cuán poco basta para -trastornar la organización delicada de la inteligencia, y al propio -tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las -tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir -impávida los huracanes de la vida. - -No sería su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes -por el contrario, se mostró más esperanzado y convencido de lo que -en realidad estaba, y pasó a tratar el segundo punto. Era este mucho -más difícil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy -persuadido; pero recordó la conversación que el domingo tuviera con -la señorita Pross, hízose cargo de las dolorosas escenas a que había -asistido en los nueve días últimos, y comprendió que estaba en el -deber de afrontarlo. - ---Durante su recaída, por fortuna pasada ya, se entregó... al oficio -de... cerrajero--dijo Lorry, con vacilación manifiesta.--Sí; eso -es: al oficio de cerrajero. A título de ejemplo que aclare bien los -conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio -mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Añadiremos que, debido a -circunstancias que no hay por qué detallar, ha vuelto a encontrar esa -fragua. ¿No opina usted que es una lástima que la conserve a su lado? - -El doctor se pasó la mano por la frente. - ---La tiene constantemente a su vista--repuso Lorry, mirando con -ansiedad a su amigo.--¿No le parece que sería preferible que no -volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos? - -El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso. - ---¿Tan difícil encuentra usted el consejo que le pido?--insistió -Lorry.--A mí me parece la solución sencillísima, no obstante lo cual, -creo que... - ---Comprenda usted--contestó el doctor Manette volviéndose hacia su -interlocutor--que es sumamente difícil explicar con sujeción a las -reglas inflexibles de la lógica, las operaciones íntimas de la mente -del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicitó -con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fué concedido lo -que anhelaba, dió gracias al Cielo desde lo más profundo de su alma. Es -indudable que, al encontrarse con un medio que le permitía substituir -con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y -con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada -cuando adquirió alguna práctica en el oficio, se aminorasen mucho sus -tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse -de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el -menor peligro de nuevas recaídas, aun cuando su amigo comparta esta -confianza mía, la idea de que pudiera llegar día en que hubiese de -necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un -dolor sólo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su -hijo. - ---No estamos de acuerdo--replicó Lorry.--Sé que no soy autoridad en -la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue -cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas, -chelines y billetes de Banco; pero aun así, pregunto: ¿la conservación -de la fragua, no tiende a la perpetuación de la idea? Si la fragua -desapareciese, mi querido Manette, ¿no desaparecería con ella el miedo? -En una palabra: ¿no es concesión hecha al temor de conservar la fragua? - ---Comprenda usted también--contestó el doctor al cabo de otro rato de -silencio y con voz trémula--que se trata de un compañero antiguo. - ---¡Un compañero antiguo que yo alejaría de mi lado!--replicó Lorry con -gran entereza, pues bueno será advertir que la iba ganando a medida que -la perdía el doctor.--¡Un compañero antiguo a quien yo sacrificaría -sin pizca de remordimiento! No me hace falta más que su autorización. -Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concédame el permiso -que solicito, mi querido Manette... ¡Usted es bueno... tiene buen -corazón... concédamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de -mi amigo...! - -La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos -contradictorios, fué enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato, -dijo: - ---En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorización que me -pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante -los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y líbrenle del -dolor de presenciar la destrucción de lo que fué su compañero único en -tiempos pasados. - -Con verdadera alegría aceptó Lorry la solución, y la conferencia quedó -terminada. Pasaron el día en el campo, lo que bastó para reponer al -doctor. Durante los tres días siguientes hizo su vida normal, y a los -catorce de la ausencia de su hija, salió a reunirse con ésta y con su -marido. - -No bien cerró la noche del día en que el doctor salió de su casa, -penetró en el dormitorio de aquél nuestro buen amigo Lorry, armado -de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo. -Tras él entró la señorita Pross con un candelero en la mano. A puerta -cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto -criminoso, el señor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero, -mientras la señorita Pross tenía la luz como quien asiste a la comisión -de un asesinato. En la cocina se procedió luego a la incineración -de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a -continuación, los útiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y -cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardín anejo a la casa. Tanto -el señor Lorry, como la señorita Pross, mientras ejecutaban la hazaña y -hacían desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenían casi -aspecto, cómplices de un crimen horrendo. - - -XX - -UNA SÚPLICA - -La primera persona que se presentó en la casa del doctor Manette -después de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fué -Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresión, puede -decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser -extraordinariamente áspera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no -pasó inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay. - -Carton aprovechó la primera oportunidad que se le deparó para llevar a -Darnay al hueco de una ventana, donde le habló sin que su conversación -llegara a oídos de ninguno de los presentes. - ---Deseo que seamos amigos, señor Darnay--comenzó diciendo Carton. - ---Me parece que lo somos ya--contestó Darnay. - ---Agradezco que así lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas -lisa y llanamente por la educación. Pero no me refería yo a esa amistad -_convencional_. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra -clase de amistad. - -Carlos Darnay le rogó que se explicase. - ---¡Por mi vida que encuentro más sencillo comprender yo la idea que -hacerla comprensible a los demás!--respondió Carton.--Probaré, sin -embargo. ¿Recuerda usted aquella ocasión memorable en que me encontraba -yo más borracho que de ordinario? - ---Recuerdo la ocasión memorable en que me obligó usted a declarar que -había bebido. - ---No la he olvidado yo tampoco. La maldición que pesa sobre esas -ocasiones deja en mí rastros tan duraderos, que puede decirse que no -las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un día, el -que ponga fin a los míos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella -ocasión... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear. - ---¡Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca. - ---Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestión... una de mis -infinitas borracheras, estuve impertinente a más no poder hablándole -sobre si me era simpático o antipático: le ruego que la olvide y que -considere como no pronunciadas mis palabras. - ---Las he olvidado hace mucho tiempo. - ---¡Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias -sociales! He de decir, señor Darnay, que no olvido yo tan fácilmente -como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una -contestación ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a -hacérmela olvidar. - ---Si mi contestación ha sido ligera, le ruego que me perdone--replicó -Darnay.--Mi intención fué quitar toda la importancia a lo que, con no -poca sorpresa mía, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi -palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvidé la conversación de -la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje -mérito alguno. Pues qué, ¿no me había prestado usted aquel mismo día un -servicio de esos que ningún corazón medianamente agradecido puede ni -debe olvidar? - ---Me pone usted en el caso de decirle--respondió Carton--que ese gran -servicio de que me habla fué sencillamente lo que podríamos llamar -una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar -los abogados para alcanzar populachería. Buena prueba de ello es que, -cuando se lo presté, me era completamente indiferente su suerte. -Observe usted que he dicho cuando se lo presté; es decir, que hablo de -cosas pasadas. - ---Se empeña usted en empequeñecer mi obligación, y sin embargo, yo, -menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su -contestación. - ---Es la verdad desnuda, señor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he -separado del objeto que perseguía. Hablaba de mis deseos de que seamos -amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a -nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver. - ---Prefiero formar opinión sin su auxilio. - ---Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de -nada bueno, ahora y siempre. - ---No estamos de acuerdo, amigo mío. - ---Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se -encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un -sujeto que nada vale, y que por añadidura goza de una reputación -discutible, yo le pediré que como favor especial me consienta venir -aquí o marcharme, sin sujeción a horas ni a reglas, no viendo en mí -otra cosa que un mueble inútil y... de buena gana añadiría _anormal_, -si no fuera por el parecido físico que entre nosotros dos media... un -mueble inútil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara -siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien -probabilidades contra una de que no utilizaré su complacencia más de -cuatro veces al año. Sería para mí una satisfacción saber que abuso. - ---¿Hará usted lo posible por abusar? - ---Veremos. ¿Me autoriza usted para que me tome la libertad que -solicito, Darnay? - ---Autorizado, Carton. - -Diéronse un apretón de manos y seguidamente se separó Carton. Un minuto -después, Carton era el hombre extravagante de siempre. - -Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en -las cuales tomaron parte la señorita Pross, el doctor, Lorry y -el matrimonio, hablóse incidentalmente y en términos generales de -Sydney Carton, pintándolo como problema viviente de indiferencia y de -atolondramiento. Darnay dijo a su propósito algunas frases que, si -bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto -menosprecio. - -Lejos estaba él de pensar que había lastimado la sensibilidad de su -bella esposa. Cuando más tarde, disuelta la tertulia, la encontró en su -habitación, no pudo menos de observar en ella cierta preocupación. - ---Te encuentro pensativa esta noche--dijo Carlos, pasando su brazo al -rededor de su cintura... - ---Lo estoy, mi querido Carlos--contestó Lucía, mirándole de -frente,--estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento -que me molesta. - ---¿Y qué es, Lucía mía? - ---¿Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad más allá de lo que yo -desee? - ---¿Y qué es lo que yo no prometeré a mi amor? - ---Creo, Carlos, que el pobre señor Carton merece más consideración y -más respeto del que tú le has expresado esta noche. - ---¿De veras? ¿Y por qué? - ---Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada más... -en que me consta que lo merece. - ---Si a ti te consta, no hay más que hablar. ¿Qué quieres que haga, vida -mía? - ---Lo único que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y -que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza -pública en su ausencia. También te ruego que creas que en su pecho late -un corazón que pocas, poquísimas veces se revela, un corazón cubierto -de heridas muy profundas. Créeme, querido mío, pues te aseguro que lo -he visto sangrando. - ---Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis -desconsideraciones--dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras -de su mujer le produjeron.--No fué mi intención tratarle injustamente. - ---Pues no le hiciste justicia, Carlos mío. Temo que ha de ser imposible -hacerle variar, que ni su carácter, ni su manera especial de ser son -susceptibles de modificación; pero te aseguro que es hombre capaz de -buenas acciones, más, de acciones magnánimas. - -Tan hermosa estaba Lucía, tan vivos destellos de luz purísima derramaba -sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin -remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, quedó como -extasiado contemplándola. - ---¡Compláceme, amor mío!--exclamó Lucía, dejando caer su cabecita sobre -el pecho de su marido y alzando hacia éste sus ojos.--¡Reflexiona cuán -inmensa es nuestra dicha, y cuán de compadecer es él en su miseria! - -La súplica dió en el blanco. - ---¡No lo olvidaré nunca, corazoncito mío! ¡Lo recordaré mientras me -dure la vida! - -Inclinóse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro, -acercó sus labios a los de rosa de Lucía y estrechó a ésta entre sus -brazos. - -Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorría ensimismado -las solitarias calles próximas al rinconcito de Soho, hubiera podido -oir aquella súplica dictada por una piedad purísima, si le hubiese sido -dado ver unas perlas clarísimas bebidas por un marido amante en unos -ojos azules y limpios como el cielo, habría exclamado con transporte: - ---¡Que Dios bendiga su hermosa alma! - - -XXI - -PASOS QUE RESUENAN - -Rincón el más admirable para recoger los ecos era el en que vivía -el doctor Manette. Lucía, siempre ocupada en la agradable tarea de -retorcer el hilo de oro que la unía a su marido, a su padre, a si misma -y a su antigua directora y compañera, saboreaba una vida de felicidad -no interrumpida en aquel plácido centro de la tranquilidad, escuchando -el eco de los pasos del tiempo. - -Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba -completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo -de oro que retorcía, y el azul purísimo de sus ojos se nublaba: era -que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban creía percibir algo -muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todavía, y que, sin embargo, -le producía cierta sensación de malestar. Llenaban entonces por igual -su corazón arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas -de conocer un amor que no conocía todavía y temores de no vivir lo -bastante para saborear los goces purísimos de aquel amor. Entre los -ecos que en esas ocasiones herían sus oídos, sonaban los de sus propios -pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejaría -a su marido, en el dolor agudo que su muerte le produciría, el llanto -acudía a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas. - -Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ángel, llamado -Lucía, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos -que avanzaban, destacábanse siempre los de unos piececitos diminutos -mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a -balbucear. Ya podían ensordecer al mundo los ecos más estruendosos: la -joven madre, sentada junto a la cuna, sólo oía la música arrulladora -de las medias palabras de su hijita. ¡El amigo divino de los niños, a -quien todas las madres suelen confiar el cuidado de sus hijos, había -tomado al de Lucía en sus brazos y convertídolo en manantial inagotable -de dicha para ella! - -Siempre ocupada Lucía en retorcer el hilo de oro que ligaba a los -felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las -vidas de todos el tramado de su benéfica influencia, bien que evitando -con cuidado exquisito que ésta predominase, en los ecos de los pasos de -los años no oía más que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacábase -por lo fuerte y próspero el de su marido; el de su padre era firme y -siempre igual, y el de la señorita Pross arrebatado y violento, un -eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que -relincha y patea al ser castigado. - -Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegría se -mezclaron ecos de dolor, fué éste cruel ni lacerante. Cuando sobre la -almohada de una camita caían en desorden los rizos de una cabellera -rubia, semejante a la de Lucía, sirviendo de marco a una carita -demacrada y transparente de un niño, que sonriendo con dulzura, -decía: «Mucho siento dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; mucho siento -separarme también de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y -debo acudir al llamamiento», las lágrimas que inundaron las mejillas de -la madre no fueron lágrimas de agonía; que no debe arrancarlas a sus -ojos el hecho de que un ángel abandone la envoltura que le servía de -vestido. - -Al suave aletear de un ángel se unieron los ecos nacidos en la tierra, -de lo que resultó un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo -animaba un soplo de los cielos. También se mezclaban a aquellos débiles -suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros -que recogía el oído de Lucía, creyendo que eran el alentar de un mar -de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita, -estudiando con cómica gravedad las lecciones de la mañana, o embebida -en la tarea de vestir sus muñecas, charlaba mezclando palabras de las -dos ciudades que se habían combinado en su vida. - -Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton. -Media docena de veces al año, como máximum, hacía valer su privilegio -de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte -en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos -pasados. Jamás se presentó borracho ni medio bebido. Pero si rara vez -sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era -muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propósito -susurraban aquéllos. - -Jamás ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya -visto y tratado con ojos puros y pensamiento inmaculado después que -aquélla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de ésta -comprendieran su mudo dolor manifestábanle una simpatía singular... -algo así como un instinto delicado de compasión hacia él. No hablan -los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en -lo más recóndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton -fué el primer extraño a la casa a quien la diminuta Lucía tendió sus -regordetes bracitos, y el niño, momentos antes de tender su vuelo hacia -el cielo, exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo que le den un beso por mí!» - -Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos -mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su -estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así -favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros, -por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada. -También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a -zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme, -más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes -que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale -el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le -ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera -más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las -que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la -categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña -de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales -había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales, -aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba -sus cabezas. - -Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había -presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y -ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin -igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación: - ---Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres -pedazos de pan, Darnay. - -Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan, -alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver, -que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los -caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de -tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro -famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena -costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro -tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante -que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel -pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus -compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había -repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la -tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la -agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al -ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos -procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo. - -Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y -divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido -rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por -los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la -madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor, -siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre -tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música -divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel -hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban -también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas -veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era -posible, de casada, que cuando era soltera. - -También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran -de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por -la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora -subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en -Francia. - -Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve, -se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su -marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó -a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo -desde aquella misma ventana. - ---Principio a pensar--dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su -peluquín--que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido -hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no -hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París -la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia -nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no -ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada! -¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha -acometido de pronto! - ---Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo--observó Darnay. - ---¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones -justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta -ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador, -seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson -estamos muchos que somos ya viejos. - ---Sin embargo--objetó Darnay,--sabe usted perfectamente que hay -cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes -amenazando tormenta. - ---Lo sé... claro que lo sé--contestó Lorry, intentando persuadirse -a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y -descontento;--tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera -para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está -Manette? - ---Aquí hay un pedazo--contestó el doctor, entrando en aquel momento en -la estancia. - ---Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos -de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no -pensará usted salir, eh? - ---No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete. - ---Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted. -¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras -y, como no soy gato, nada veo. - ---Aquí está, esperándole a usted. - ---Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita? - ---Durmiendo como un tronco. - ---¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir -todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy -tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace -treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora, -déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a -esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas. - ---No son teorías, sino caprichos de mi imaginación. - ---Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos--replicó Lorry. Son -numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que -prestar atención! - - * * * * * - -Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran -violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han -teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el -barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta -el tranquilo rincón de Soho de Londres. - -Aquella mañana, San Antonio había sido campo cubierto por ingente y -ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con -acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los -rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos -alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el -aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No -había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había -ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza. - -De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la -lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las -cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido -decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes, -cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera, -cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra -cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras -o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No -había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no -pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que -no pidiera a gritos sacrificarla. - -Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto -central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la -taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera -mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en -persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes, -daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a -aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y -se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad. - ---¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!--bramaba -Defarge.--¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al -frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer? - ---¡Aquí estoy!--contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero -sin hacer calceta. - -La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura -lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo. - ---¿Por dónde andas, mujercita mía?--preguntó Defarge. - ---En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las -mujeres--respondió la tabernera. - ---¡Adelante, pues!--gritó Defarge con voz de trueno.--¡Patriotas...! -¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla! - -Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los -alientos de Francia, rasgó los aires espantoso rugido, encrespóse -aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas -y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma, -tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque. - -Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra, -ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa! -Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el -humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón -e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el -tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas. - -Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de -piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae -un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante, -Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago -Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte -Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios -del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que -salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero -terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya -enrojecido! - -«¡A mí, todas las mujeres!--gritaba mientras tanto su esposa.--¡Pues -qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga -en nuestro poder la plaza?» - -Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas -con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la -venganza! - -Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un -puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres. -Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar. -Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los -carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier, -suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas -cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan -bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el -foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y -las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del -cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio -no interrumpido! - -Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más -que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge -el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los -robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres. - -Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta -tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable -como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se -encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un -ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba -Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las -de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría, -estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de -tambores. - ---¡Los prisioneros! - ---¡Los registros! - ---¡Los instrumentos de suplicio! - ---¡Los prisioneros! - -De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el -que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!». -Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los -oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si -dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa -zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la -mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo: - ---¡Enséñame la torre del Norte... pronto! - ---Lo haré con mucho gusto, si usted quiere--contestó el hombre--pero no -hay en ella nadie. - ---¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?--preguntó -Defarge--¡Contesta... pronto! - ---¿Que qué significa, señor? - ---¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos? -¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro? - ---¡Mátale!--vociferó Santiago Tercero. - ---Es una celda, señor. - ---Enséñamela. - ---Por aquí, señor. - -Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado -evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las -probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge -al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve -diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron -pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era -el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la -fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era -menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos -que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera -cual inconmensurables látigos manejados por titanes. - -Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos, -atravesaron, con cuanta rapidez les fué posible, sombríos corredores -jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas -de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de -escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más -semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre -todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba; -pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de -caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos -eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos, -cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos -estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores. - -Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave, -abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar: - ---Ciento Cinco, Torre del Norte. - -Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos. -En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro, -a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos -barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver -una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el -suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón. - ---Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda -ver--dijo Defarge al calabocero. - -Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros. - ---¡Alto...! ¡Mira, Santiago! - ---A. M.--rugió Santiago Tercero con expresión anhelante. - ---Alejandro Manette--susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su -índice sobre las iniciales.--Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay -duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la -mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela! - -Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo -cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en -menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la -mesa. - ---¡Alza la luz!--gritó con furia al calabocero.--¡Y tú, Santiago, toma -mi cuchillo,--añadió, arrojándoselo--rasga ese jergón, y busca entre la -paja...! ¡Arriba la luz! - -Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge, -mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de -hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las -cenizas e intentaba mover los sillares de los muros. - ---¿No has encontrado nada, Santiago?--preguntó al cabo del rato. - ---Nada. - ---Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende -fuego, carcelero! - -El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de -la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron -nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más, -que antes. - -Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que -quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la -vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho -fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador -al _Hôtel de Ville_ para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que -escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente -había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada? - -Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían -inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a -quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había -más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer. - ---Ahí tenéis a mi marido--dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge. - -Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil -continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció -rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las -calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni -cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni -cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos, -ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan -cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto, -puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le -cortó la cabeza. - -Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles -que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de -aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se -enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría -por la escalinata que precede a las puertas del _Hôtel de Ville_ la del -gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la -señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de -horrible mutilación. - ---¡Bajad aquel farol!--rugió San Antonio, después de volver en derredor -sus ojos sanguinolentos.--¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es -un soldado de nuestros enemigos! - -Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el -populacho se alejaba rugiendo. - -Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban -aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de -profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar -abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones -turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los -hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la -piedad sin dejar la huella más insignificante. - -Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias, -de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros, -cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban -de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos -náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas -de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados -inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó, -siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados -al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras, -llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y -ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras -impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que -parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios -cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!» - -Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas -como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la -maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos -cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años -antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en -medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de -mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de -Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son -ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que -penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos -por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una -barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo -se tiñen esos pies, difícilmente se limpian. - - -XXII - -SUBE LA MAREA - -Sólo durante una semana había endulzado el terrible San Antonio las -asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, sólo durante -una semana había tenido la satisfacción de hacer cuanto le viniera en -gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y -cordiales felicitaciones. La señora Defarge presidía desde su sitio -de costumbre a sus parroquianos. Ya no lucía una rosa en la cabeza, -pues la gran cofradía de los espías se había hecho tan circunspecta -en el breve lapso de siete días, que ni por milagro se encontraba uno -dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de -aquellas calles ejercían sobre ellos influencia portentosa. - -Cruzada de brazos contemplaba la señora Defarge desde detrás del -mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en -éste ni en aquélla faltaban nutridos grupos de holgazanes, escuálidos -y harapientos, pero con caras que reflejaban el poderío que sobre sus -miserias habían entronizado. Hasta el gorro más sucio y desgarrado, -mirando ceñudo desde lo alto de la cabeza que medio cubría, parecía -decir: «Sé cuán dura hicísteis para mí la vida: ¿pero sabéis vosotros -lo fácil que para mí se ha hecho arrancar la regalada y feliz que -lleváis?» Todos los brazos desnudos que hasta entonces habían carecido -de trabajo, lo tenían ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar. -Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta, -habíanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que -sabían desgarrar. San Antonio había sufrido radical transformación: -la imagen, después de cientos de años de tranquilidad, se ponía en -movimiento y descargaba golpes aterradores. - -Todo esto lo observaba la señora Defarge desde detrás del mostrador -de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de -San Antonio. Una de sus hermanas hacía media a su lado. Era una mujer -baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre -de dos hijos por añadidura, que se había conquistado el glorioso -sobrenombre de «La Venganza». - ---¡Atención!--exclamó La Venganza--¿Quién viene? - -Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de pólvora que se extendiera -desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de -Defarge, así llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y -propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones. - ---¡Es Defarge!--dijo la tabernera.--¡Silencio, patriotas! - -Entró Defarge jadeante, sin alientos; arrancó de su cabeza el gorro -rojo que la adornaba, y tendió rápidas miradas en torno suyo. - ---¡Atención todos!--gritó la tabernera.--¡Escuchadle! - -Defarge había quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos -abiertos y de bocas más abiertas todavía que llenaba la calle. Las -personas que había dentro de la taberna se pusieron en pie. - ---¡Habla, Defarge!--repuso la tabernera.--¿Qué pasa? - ---¡Noticias del otro mundo! - ---¿De veras?--preguntó su mujer, poniendo en sus palabras fuerte -entonación sarcástica.--¿Del otro mundo? - ---¿Os acordáis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al -pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y -largarse a los infiernos? - ---¡Sí...!--gritaron las turbas al unísono. - ---A él se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros. - ---¡Entre nosotros!--rugieron todos.--¿Muerto? - ---No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que -se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales. -Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído -aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero -al _Hôtel de Ville_. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...! -¿_Nos temía_ con razón? - -La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese -llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo. - -Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se -miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y -un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un -rumor como de pies que se movían. - ---¡Patriotas!--gritó Defarge con voz resuelta.--¿Estamos listos? - -Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la -tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los -que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La -Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los -brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias -juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres. - -Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre, -asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de -los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer, -salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por -las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del -hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas -por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo -a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a -la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como -fieras enloquecidas y obrando como tales. - ---¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana! - ---¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre! - ---¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija! - -Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los -gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los -cabellos, vociferaban: - ---¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que -comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba -a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo -que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no -pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba! - ---¡Virgen Santa!--exclamaban otras.--¡Escúchame, hijo mío, desde el -otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío, -muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma, -juro dejaros vengados en la persona de Foulon! - ---¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la -cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas -mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver -miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca -sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos! - -Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a -no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar -como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por -el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas. -Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas -bajo los miles de patas de las fieras. - -No se perdió un momento. Foulon estaba en el _Hôtel de Ville_ donde -acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante -burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la -memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río -desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien -pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana -criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de -algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar. - -Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al -viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos -instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila, -a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La -Venganza y Santiago Tercero. - ---¡Miradle!--grita la tabernera, señalándole con la punta del -cuchillo.--¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No -estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja! -¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba! - -La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma. - -Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge -se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la -satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como -reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala, -en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las -expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante -dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran -distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional -treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos -arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares -de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora -Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que -rugía fuera. - -El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un -rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron -a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre -sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y -sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados -oyeron el retumbar de los cascos de los caballos. - -Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en -mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa -fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al -preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para -reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran -saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles -de bocas: - ---¡Es nuestro...! ¡Al farol! - -Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando -aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora -de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a -consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos -introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo -la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir -compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas -a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de -contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los -pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un -farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con -un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios, -mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas -que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se -rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin, -una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus -padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una -cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de -paja. - -No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que -su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al -saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos -y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos -hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en -hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos -después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas -los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón! - -Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas -mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas -abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por -interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno -para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con -los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros -y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que -al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas -en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas -hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que -luego comían en sus hogares respectivos. - -Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias -de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que -comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de -alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada -jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no -obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban. - -Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la -taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer: - ---Al fin llegó, querida. - ---Sí... casi--replicó la señora. - -Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su -famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única -voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La -Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es -que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó -la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon. - - -XXIII - -EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO. - -Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos -los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los -caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su -enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como -antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales -a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo -sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les -ordenasen. - -Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La -hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos -germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas -dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas, -hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones, -la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales -domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la -miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies. - -El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo, -era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí -solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor, -considerado como institución, como clase, había creado aquel estado -deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada -para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una -gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya -una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder, -comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable. - -Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes -sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas -de años atrás el señor estrujaba y exprimía al pueblo sin que se le -ocurriera honrarle con su graciosa presencia más que muy contadas -veces, y aun éstas, para entregarse a los placeres de la caza... -fuera ésta de hombres, fuera de animales. No. Consistía el cambio -en la aparición de caras de baja estofa más que en la desaparición -de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos, -cuando el solitario peón caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin -ocurrírsele pensar que era polvo y que en polvo había de convertirse, -pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para -cenar encontraría en su casa, y lo mucho que comería si lo tuviese, -en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tendía a lo -largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo -aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora. -A medida que aquéllos se aproximaban al caminero, veía éste que se -trataba por regla general de individuos de ásperas cerdas y aspecto -casi bárbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de -barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos. - -Uno de estos ejemplares se apareció de improviso al caminero, un día -del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado -al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes -enviaban en abundancia. - -El desconocido le miró, paseó a continuación sus ojos por la aldea que -dormía en la hondonada, por el molino y por la prisión que se alzaba -sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos, -preguntó, en dialecto que apenas era inteligible: - ---¿Qué tal, Santiago? - ---Muy bien, Santiago. - ---¡Chócala! - -Los dos interlocutores cambiaron un apretón de manos. - ---¿No hay comida? - ---Cena nada más--respondió el caminero con cara de hambre. - ---Es la moda--gruñó el desconocido.--No encuentro a nadie que coma. -Seguidamente sacó una pipa ennegrecida, la cargó y encendió, y a -continuación, dejó caer sobre ella algo que tenía entre los dedos -pulgar e índice. De la pipa brotó una llamarada y una nubecilla de humo. - ---¡Chócala!--exclamó el peón caminero, después de observar con mirada -atenta las operaciones referidas. - -Los interlocutores cambiaron el segundo apretón de manos. - ---¿Esta noche?--preguntó el caminero. - ---Esta noche--contestó el desconocido, llevando la pipa a la boca. - ---¿Dónde? - ---Aquí. - -Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el -uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo. - ---Instrúyeme--dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de -la colina. - ---Mira--contestó el caminero, con el brazo extendido,--baja a la -hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente... - ---¡Al diablo la calle y la fuente!--exclamó el desconocido con -impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes. - ---Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre -la aldea. - ---Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo? - ---A puestas de sol. - ---¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que -viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré -como un bienaventurado... ¿Me despertarás? - ---Con mucho gusto. - -El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos -y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después -dormía profundamente. - -Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el -montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul, -como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia -volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba -sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La -faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo -color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la -constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la -compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban -de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el -desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados -y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas, -pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados -sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos, -puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como -aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó -en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos -que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia -hacia el centro de Francia. - -El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que -de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e -indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto -el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus -herramientas para emprender el regreso a la aldea. - ---Muy bien--dijo el desconocido incorporándose.--¿Dices que dos leguas -más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea? - ---Poco más o menos. - ---Poco más o menos... Está bien. - -Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que -levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas, -y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños -de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea -en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus -míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos -hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto -en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo -más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó -a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de -la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde -allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer -sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado -detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la -fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la -custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese -necesidad de repicar la campana de alarma. - -Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles -gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento -y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra -la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras -monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes -desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la -puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar -a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas -galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban -sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del -lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos, -procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía, -hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el -patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se -movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos -después. - -La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia, -cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en -castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros -encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios -transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y -forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían... -subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos -mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego -por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas -de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser -substituída por el asombro. - -En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que -parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda -en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto -frente a la puerta de la casa del señor Gabelle. - ---¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete. - -Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado -caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos -junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el -cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta -amigos particulares suyos. - ---Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el único comentario que -hacen, pero nadie se mueve. - -El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo -cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido, -y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que -conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie -junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de -aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados. - ---¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus -muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de -las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio! - -Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados -en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose -de hombros, exclaman: - ---¡Que arda! - -Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve -con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el -milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos -cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar -sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante -perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones, -resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo -a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos -particulares que los coches, convenientemente hechos astillas, -proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de -posta están pidiendo a gritos que los tuesten. - -El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor. -Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales, -coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el -robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se -retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con -estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el -rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión -decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara -del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el -fuego. - -Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego, -se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos -por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de -negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y -hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las -torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor. -Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer -en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban, -guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su -nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo -de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su -alegría. - -Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado -de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma, -que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera -tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos, -aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en -los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó -celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le -invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente. -El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su -casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar -la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia -unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su -casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los -habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de -cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su -cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar -con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de -carácter vengativo. - -Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor -Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el -tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo -ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga -contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su -poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de -substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo. -Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero -de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas -negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin -hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el -pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance. - -Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo -aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados -que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados -en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y -crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos -que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta -amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los -soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera -en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía -señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por -versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de -los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado -torrente. - - -XXIV - -ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA - -Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales -bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres -años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban -la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la -pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de -tejer nuevos hilos de oro. - -Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo -rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que -herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas, -que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su -patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían -transformado de seres humanos en bestias feroces. - -No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser -apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser -odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido -del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante -al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le -presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado -al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el -señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración -del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los -sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no -bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos -talones. - -Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de -que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del -pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas -lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo -y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo -hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas, -corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana. -También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en -suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas. - -En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta -de los señores estaba dispersa por el mundo. - -Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío -en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los -lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta -ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores -estuvieron depositados sus _cuartos_. Además, el Banco Tellson era el -centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su -generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus -clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas -sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad, -vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a -las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia, -principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia -de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco -Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que -a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía -tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y -comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas -en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que -pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple. - -Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados -frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja. -Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento. - ---Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el -mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,--pero aun así, -perdone que le diga... - ---Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?--interrumpió Lorry. - ---Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado -anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías. - ---Mi querido Carlos--replicó Lorry con confianza,--las razones que -usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra -mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá -el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando -puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese -honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y -yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra -casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce -de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además -la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan -originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del -viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar -todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber -envejecido en ella, ¿quién lo estará? - ---Desearía ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta. - ---¡Hombre!--exclamó Lorry.--¡Voy viendo que es usted un asesor de -primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo, -eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo! - ---Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry, -ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo -encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía -por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo, -y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso -consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que -usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía... - ---¡Estaba usted diciendo a Lucía!...--repitió Lorry.--¡Francamente! -¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante -el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a -Francia en estas circunstancias! - ---¡No he ido todavía!--contestó Carlos sonriendo.--Más que por otra -cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura -que ha formado de ir. - ---Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con -franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las -dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro -que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede -saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la -pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados, -y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe -usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy -mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será -mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir -los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra -o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello, -precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el -remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo -dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la -casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite -usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con -muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios -caducos? - ---¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry! - ---¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el -objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy -mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la -reserva más absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores -más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían -de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones -circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad -alguna: hoy todo está paralizado. - ---¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche? - ---Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede -perder segundo. - ---¿No le acompaña nadie? - ---Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero -a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de -muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis -salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en -Jeremías otra cosa que un _bull-dog_ inglés, incapaz de abrigar otros -designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el -pelo de la ropa a su amo. - ---Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos. - ---Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya -dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición -de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me -sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo. - -Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho -del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de -señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba -sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho. -Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados, -y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia -inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha -de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los -medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado -con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que -necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que -afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se -daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices. -Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de -la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas -con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y -podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la -intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a -éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación -que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia. - -Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya -varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a -subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se -inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión -presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el -pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer -de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios -que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo -suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen -las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda -aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse -para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la -práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino -que debía seguir. - -La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego -cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de -la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de -Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó -gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el -suyo. Decía así. - -«Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a -los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.» - -El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con -Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su -apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación. -Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En -cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo. - ---No--contestó Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han -venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese -caballero. - -Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos -de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de -Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad -manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con -ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un -refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más -allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía -por parte alguna. - ---Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor -degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente -asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida. - ---Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años--terció otro -señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una -carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado. - ---Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declaró -en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no -bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos -mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor. - ---¿Eso hizo?--gritó Stryver.--¿Tan canalla es ese hombre? Veamos... -veamos su infame apellido. - -Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y -dijo: - ---Yo conozco a ese señor. - ---¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el -alma. - ---¿Por qué? - ---¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha -hecho? - ---Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le -conozca. - ---En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted -conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a -usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas -inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido -por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el -más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a -la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el -robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica -a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se -lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa -contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted. - -Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó: - ---Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere. - ---Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared, -y voy a hacerlo--gritó Stryver.--Si ese individuo es un caballero, -desde luego _no_ le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte, -y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía, -que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me -admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones -y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el -natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un -sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes -_protegidos_. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a -aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo -durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio. - -Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus -oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el -despacho Lorry y Carlos Darnay. - ---Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va -dirigida--dijo Lorry--¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos? - ---Con mucho gusto. - ---¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí -porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y -dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo? - ---Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París? - ---A las ocho salgo de aquí mismo. - ---Yo volveré para despedirle. - -Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus -compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a -una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió -la carta, que estaba concebida en los siguientes términos: - - - «Prisión de la Abadía, París. - - »Junio, 21, 1792.» - - »Señor Marqués: - - »Después de correr durante largo tiempo peligro inminente de - dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso, - sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a - París, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las - amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aquí; - y no es esto todo; mi casa ha sido destruída... arrasada hasta los - cimientos. - - »El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la - cárcel, señor Marqués, el crimen por el que compareceré ante el - Tribunal y que me costará la cabeza (si usted no me presta su - generoso auxilio) es, según dicen ellos, el de traición contra la - majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger - a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar - contra ellos, he obrado en su favor, ateniéndome a instrucciones - suyas, señor Marqués; en vano he alegado que con anterioridad a la - confiscación de los bienes de los emigrados había yo condonado los - impuestos que el pueblo cesó de pagar, que no cobré las rentas, que - no recurrí a los tribunales. A todas mis representaciones contestan - que obré en favor de un emigrado, y yo me pregunto: ¿dónde está ese - emigrado? - - »¡Ah, mi buen señor Marqués! ¿Dónde está ese emigrado? Yo pregunto - mientras duermo; ¿dónde está? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les - pregunto; ¿vendrá a salvarme? No me contestan. ¡Ah, señor Marqués! - Envío mi grito de angustia a través de los mares, por si Dios - quiere que llegue a sus oídos por mediación del gran Banco Tellson, - tan conocido en París. - - »Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad, - por el honor inmaculado de su noble apellido, señor Marqués, le - suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me - amenaza. Mi único crimen es haber sido fiel a usted... ¡Oh señor - Marqués! Yo confío que usted corresponderá a mi fidelidad. - - »Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento, - desde esta antesala de la muerte, envío a usted, señor Marqués, la - expresión de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de - mis desgraciados servicios. - - »Su afligido servidor, - - »GABELLE.» - -La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad -latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se -cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los -mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y -a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno -rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras -caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los -transeuntes se atrevía. - -Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso -digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su -rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y -por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que, -según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer, -había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al -amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad -le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con -reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla -a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo -así, y que, sin embargo, no lo hizo. - -La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de -hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan -bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana -anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso -arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a -cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que, -si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó -oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que -deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le -añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza -salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras -los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados -del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la -fortuna. - -Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la -cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus -rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado -refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a -su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado -un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le -mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele... -leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran -a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y -seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de -hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los -hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga -decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las -órdenes a que aquél ajustó su conducta. - -Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a -París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la -carta de Gabelle. - -Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las -corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio -de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez -con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su -mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción -terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de -que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía -objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso -hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales, -permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera -fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a -la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su -alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza -la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se -apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje -a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba, -vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron -profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de -aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de -un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un -llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido. - -No tardó en resolverse; iría a París. - -Sí. La Montaña Imantada le arrastraba y no había más remedio que -enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares -que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera -peligros para él. La intención que le guió al obrar como había -obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más -que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan -pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos -que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber -obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna -influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan -incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente. - -Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían -conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía, -nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto -a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos -sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía -hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de -evitarle dudas dolorosas. - -Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora -de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las -sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una -visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital -de Francia. - -Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto -a la portezuela, hacía centinela Jeremías _Lapa_. - ---He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay -a Lorry.--No he querido traer contestación escrita que acaso pudiera -ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta -verbal, confiando que usted no tendrá inconveniente en encargarse de -transmitirla. - ---Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contestó Lorry. - ---No lo es, aunque debe recibirla un hombre que está preso en la Abadía. - ---¿Cómo se llama?--preguntó Lorry, sacando del bolsillo un librito de -memorias. - ---Gabelle. - ---Gabelle. ¿Y qué es lo que debo decir al desgraciado prisionero -Gabelle? - ---Sencillamente estas palabras: «Ha recibido la carta y vendrá.» - ---¿Sin decir cuándo? - ---Emprenderá el viaje mañana por la noche. - ---¿No he de mencionar nombre alguno? - ---No. - -Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de -las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la -calle Fleet. - ---Haga presente mi cariño a las dos Lucías--dijo Lorry en el momento de -partir la silla de posta.--Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso. - -Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión -equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote -largo de los caballos. - -Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se -acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida -a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba -de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su -juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor, -a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos -prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su -viaje. - -Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida -familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía -sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre, -tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había -formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó, -diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su -ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente -de su casa un baúl con la ropa necesaria. - -Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden -de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y -emprendió el viaje a Dover. - -Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre -prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad, -dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el -mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía. - - - - -LIBRO TERCERO - -EL RUMBO DE LA TORMENTA - - -I - -EN SECRETO - -Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París. -Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían -faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados -de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey -de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre -esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración -de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las -ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas -de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a -dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban -o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con -detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas -de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje, -o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién -nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de -la Fraternidad o de la Muerte. - -Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay, -cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría -de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado -buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que -fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más -remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un -camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante, -sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces -más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte -le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido -dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado -en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más -perdida. - -Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces -al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que -también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada -jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole -e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días -llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó -temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia, -situada bastante lejos de París. - -A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle, -debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de -que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que -comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues, -gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que -se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente. - -Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de -temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes, -cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales -pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama. - ---Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a París con una -escolta. - ---Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir -perfectamente de la escolta. - ---¡Silencio!--gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la -culata del mosquete.--¡A callar, aristócrata! - ---Tiene razón este buen patriota--dijo el funcionario con -timidez.--Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la -vigilancia de una escolta. - ---No está en mi mano la elección--contestó Carlos Darnay. - ---¡Elección!--exclamó uno de los gorros colorados.--¿Habráse visto? -¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este -instante el gancho de un farol! - ---La observación del buen patriota no puede ser más justa--terció el -funcionario.--Levántate y vístete, emigrado. - -Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo -de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus -correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al -amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad -por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de -la madrugada. - -Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus -lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban -armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba -su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo -extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En -esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento -lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y -alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más -cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital. - -Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de -romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta -vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas -desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban. -Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad -de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas -crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos, -Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era -de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que -confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como -a un hombre amigo del pueblo. - -Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de -la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de -gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz -alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos -que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por -gritar: - ---¡Muera el emigrado! - -Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde -la silla, replicó: - ---Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en -Francia, por mi libre y espontánea voluntad? - ---¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!--gritó un -herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto. - -Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador -y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo: - ---¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París. - ---¡Juzgarán!--repitió el herrador, blandiendo el martillo.--Le -condenarán por traidor. - -Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación. - -Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó: - ---Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor. - ---¡Mientes!--rugió el herrador.--¡Según el decreto, es un traidor!... -¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita! - -En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas -arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos. -Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la -casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta -siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente -la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía -descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas, -pero no pasó más. - ---¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?--preguntó Darnay -al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su -afortunada mediación. - ---Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes -de los emigrados--contestó el interrogado. - ---¿Cuándo se promulgó? - ---El día catorce. - ---El mismo que salí yo de Inglaterra. - ---Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie, -redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran -a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar -territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que -su vida de usted no era de usted, sino del pueblo. - ---Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos, -¿no es verdad? - ---No puedo asegurarlo--respondió el encargado de la casa de postas, -encogiéndose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados aún, y -puede que sí; pero es igual. - -Darnay descansó hasta media noche tendido sobre un montón de paja, -saliendo de la ciudad cuando los habitantes de ésta estaban entregados -al sueño. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo -observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a -éste fuerte color fantástico, no era el menor la carencia de sueño en -los patriotas. Con frecuencia, después de una larga y pesada caminata -por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un -pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban -danzas fantásticas en rededor de un árbol de la Libertad, o entonaban -himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais -creyó conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los -excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de -barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha -habían producido aquel año, entre caseríos incendiados, y con riesgo -de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los -innumerables patriotas que pululaban por todas partes. - -Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo -de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte -guardia. - ---¿Dónde están los documentos del prisionero?--preguntó con tono -autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela. - -Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no -era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente, -ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado -perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo. - ---¿Dónde están los documentos de este prisionero?--repitió el mismo -sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras. - -El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los -llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle -produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que -despertó su atención, que concentró en Darnay. - -Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo -de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos -Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban -soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que, -al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a -cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades -de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes, -para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y -mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase -esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía -la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban -por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos. -Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase -el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban, -mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el -tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran -prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades -ni sexos. - -Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de -tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió -a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la -barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del -escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los -hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y -partieron sin entrar en la ciudad. - -El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que -apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de -soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos -borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia -y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite -derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en -uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos -registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era -el encargado de los registros. - ---Ciudadano Defarge--dijo el personaje que había introducido a Darnay, -mientras tomaba una hoja de papel--¿es éste el emigrado Evrémonde? - ---Este es. - ---¿Cuántos años tienes, Evrémonde? - ---Treinta y siete. - ---¿Casado, Evrémonde? - ---Sí. - ---¿Dónde? - ---En Inglaterra. - ---Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, Evrémonde? - ---En Inglaterra. - ---Lo creo también. Vas consignado, Evrémonde, a la prisión de La Force. - ---¡Dios del Cielo!--exclamó Darnay--¿En virtud de qué ley, y por qué -delito o falta? - -Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el -funcionario: - ---Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas -y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas. - ---Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente, -cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus -ojos--replicó Darnay.--No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo -que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho? - ---Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde--fué la estólida -contestación del funcionario. - -Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos -renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo: - ---Secreto. - -Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a -quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su -derecha e izquierda. - -Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge -preguntó al prisionero en voz baja: - ---¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en -otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe? - ---Sí--respondió Darnay, mirándole con sorpresa. - ---Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San -Antonio. Es posible que me conozcas de referencia. - ---Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí! - -Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos, -pues dijo con brusca impaciencia: - ---¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada -Guillotina, por qué demonios has venido a Francia? - ---No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje. -¿Es que crees que no dije verdad? - ---Verdad que no puede ser más fatal para ti--replicó Defarge, fruncido -el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza. - ---Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado, -tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni -sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor? - ---En absoluto ninguno--respondió Defarge, con la mirada como perdida en -el espacio. - ---¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola? - ---Veremos... Según sea. Puedes hacerla. - ---En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar -libremente con el mundo exterior? - ---Tú mismo lo verás. - ---¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin -concederme medios de justificarme y defenderme? - ---Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan -buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores. - ---Pero no por causa mía, ciudadano Defarge. - -La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó -extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual -prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad -aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay -de ablandar a aquel hombre. - ---Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como -yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco -Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en -París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído -en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo -en su conocimiento? - ---No haré en tu obsequio nada absolutamente--replicó Defarge.--Me debo -a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada -esperes de mí. - -Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las -probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante, -cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como -humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en -silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba -al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los -niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le -apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más. -Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel -era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al -trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja -estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a -un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a -un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo -soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De -las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir -que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores -extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía -en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron, -juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento -tan absoluto, que nada había oído. - -Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran -infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso -al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban -con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de -confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la -idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en -los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de -los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían -ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir -desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan -ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las -horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra -noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre -bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a -la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre -la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los -mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables -las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa -aureola sangrienta. - -Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le -trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones -y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su -adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún, -lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía. - -Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel -llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo. - ---El emigrado Evrémonde--dijo Defarge, haciendo la presentación del -preso. - ---¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la -procesión?--exclamó el de la cara de fiera. - -Tomó Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes -en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos -patriotas. - ---¡Rayos y truenos!--gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.--¡Esto -es un río que corre siempre! - -La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía -tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder: - ---Hay que tener paciencia, amigo mío. - -Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres -calaboceros, diciendo a coro: - ---¡Viva la Libertad! - -El coro no parecía el más apropiado para ser cantado en un sitio como -aquél, pero mayores anomalías se ven en el mundo. - -Era la prisión de La Force un edificio tétrico, repugnante e inmundo, -donde se respiraba la atmósfera hedionda de la muerte. Asombra -en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne -almacenada en lugares como aquél, sobre todo, cuando no reunen -condiciones para el objeto, y por añadidura están descuidados. - ---¡Y además secreto!--murmuró el alcaide mientras leía el papel.--¡Como -si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor día doy un estallido! - -Con muestras de pésimo humor ensartó el papel con una espiga que -atravesaba a muchísimos otros, y comenzó a pasear por la estancia -abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo -esperando más de media hora. - ---Sígueme, emigrado--dijo al fin, tomando las llaves. - -El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al -cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas -y de cerrarlas de nuevo después de franqueadas, llegó a una pieza de -grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros -de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa, -leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras -los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrás de las sillas -ocupadas por aquéllas, excepto algunos que se entretenían paseando. - -Tan tétrica era la sala, tan sombría la expresión de las personas allí -hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros habían creado -las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay -creyó que se encontraba entre una colección numerosa de muertos. Allí -no había más que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la -elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas -de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud, -fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de -abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en -el recién entrado unos ojos que la muerte había alterado en cuanto -penetraron en la antesala de los dominios de aquélla. - -Darnay quedó inmóvil, yerto, por efecto de su estupefacción. El -aspecto del alcaide, que permanecía a su lado, no menos que el de los -calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio, -sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan -feroces, sobre todo puestos en parangón con el de las atribuladas -madres y de las hermosas hijas allí almacenadas, con la coquetería, la -distinción propias de las jóvenes bien nacidas y con la delicadeza de -modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la -creencia de que le habían recluído en la mansión de los espectros. - ---En nombre propio y en el de todos los compañeros de infortunio aquí -amontonados--dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al -frente,--tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de -lamentar con usted la calamidad que aquí le trae. ¡Ojalá sea de breve -duración y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros -deseos sería imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero -no aquí. Nos permitimos preguntarle su nombre y condición. - -Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero. - ---Supongo que no estará usted aquí «en secreto»--repuso el caballero, -siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la -estancia. - ---Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí, -pero ignoro lo que puede significar. - ---¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime -usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha -modificado su situación. - -Seguidamente añadió alzando la voz: - ---Con profundo pesar informo a mis compañeros que... _en secreto_. - -Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja -junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos -de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que -se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada, -volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de -su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las -apariciones espectrales se borraron para siempre. - -Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió -Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños, -contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el -alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era -muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura. - ---La tuya--dijo el alcaide. - ---¿Por qué me encierran solo? - ---Eso es lo que yo no sé. - ---¿Supongo que se me permitirá comprar papel, pluma y tinta? - ---Por el momento no. Te visitarán... no sé cuando, y entonces podrás -solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada más. - -En la celda había una silla, una mesa y un jergón de paja. El alcaide, -después de someter a escrupulosa inspección el _mobiliario_ de la -celda, salió dejando solo a Darnay. - ---Puedo decir que estoy muerto y sepultado--murmuró el infeliz.--Cinco -pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio--repetía -maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al -propio tiempo. - -El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos convertido en una especie de -sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas. - ---Cinco pasos por cuatro y medio... Hacía zapatos... cinco pasos por -cuatro y medio... hacía zapatos... zapatos... - -El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar -la idea del que hacía zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija. - ---Los espectros se han desvanecido en cuanto traspasé la puerta de -la reja--seguía pensando.--Vi entre ellos el de una señora vestida -de negro, que estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz -daba de lleno sobre su cabellera de oro, y parecía a... ¡Dios mío... -Dios mío!... ¿Volveré algún día a transitar por las aldeas visitadas -por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Hacía -zapatos... hacía zapatos... hacía zapatos... Cinco pasos por cuatro y -medio... cinco pasos por cuatro y medio... - -Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido -en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los -ojos de la imaginación la visión del zapatero, mientras el estruendo -de la ciudad continuaba sonando en sus oídos como sordo redoblar de -tambores mezclado con llantos de voces que conocía y quería, con ayes -desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron -salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegría del corazón. - - -II - -LA PIEDRA DE AFILAR - -El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París, -ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín -separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy -sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos -del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la -época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria -de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba -reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las -acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de -ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate -y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres -servidores, aparte de los del cocinero. - -Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del -horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose -perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante -altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la -Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor -fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con -tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación -tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas -emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la -habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y -fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones. - -Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de -París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy -en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué -habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de -un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos, -y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin -embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson -de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de -cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero -de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele -hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La -quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la -presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si -ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre -ricos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras, -el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos, -no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en -bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un -Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de -nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas -tan insignificantes sus capitales. - -Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de -París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata, -cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas -del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos -o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin -saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal -hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar -aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido -cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que -ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo -había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de -honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del -techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había. - -Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba -derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba -parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para -el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio, -aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto -ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba -su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín, -bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera, -en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos -columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera -que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de -cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería -o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó -a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto -inofensivo. - -Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor -de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían -proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que -se elevaban desde la tierra al cielo. - ---Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona -querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con -ojos compasivos a cuantos se ven en peligro! - -Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la -verja. - ---Sin duda vuelven--pensó Lorry. - -Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos -en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser -cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto -al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien -guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas, -cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral -aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del -pasmo más violento que en su vida experimentara. - -Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos -y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su -vida entera. - ---¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?--exclamó Lorry, con asombro -indescriptible--¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí? - -Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del -anciano amigo de su infancia. - ---¡Oh... amigo querido! Mi marido... - ---¿Su marido, Lucía? - ---Carlos. - ---¿Qué hay de Carlos? - ---Aquí... en París. - ---¿En París? - ---Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es -imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea -generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido -a la cárcel. - -El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la -campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor -de pasos. - ---¿Qué ruido es ése?--preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana. - ---¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera, -Manette, por su vida... no toque la persiana! - -Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y -con sonrisa fría y osada, contestó. - ---Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido -prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo -en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la -Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva -a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para -llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado -influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en -las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así -sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros -que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es -ese?--terminó, volviéndose hacia la ventana. - ---¡No mire usted!--gritó Lorry con acento desesperado--¡Usted tampoco, -Lucía, mi querida Lucía!--añadió, pasando su brazo al rededor de su -cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le -haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad -le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está? - ---En la Force. - ---La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si -alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más -que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo -para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro -que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho -más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su -Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque -precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que -me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de -esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su -padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido, -por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro -estoy que me obedecerá! - ---Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo -hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras. - -Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde -la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a -reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su -diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que -hiciera lo propio. - -Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no -muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el -jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que -ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen -la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda. - -Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni -mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre -pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto -por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que -realizaban. - -Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles -y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando -ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes -falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados -de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras -aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas -mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena -no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran -los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras -y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban -sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la -piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán -de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres -desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos, -las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos -tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles, -con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes -tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas, -todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos -llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de -tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color, -todas eran rojas. - -Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la -repugnante escena. - ---Están asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la -pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted -seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree -poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios -y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de -todas suertes, no pierda ni un segundo. - -El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar -palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín. - -Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar -la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba -de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión, -hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos, -que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del -anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador -con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más -de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor -y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con -entusiasmo delirante: - ---¡Viva el prisionero de la Bastilla! - ---¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force! - ---¡Paso al prisionero de la Bastilla! - ---¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force! - -Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con -Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había -ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross, -pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera -encontrarlas allí hasta mucho rato después. - -La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el -suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar -a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza -doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual -Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada -Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de -ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba, -la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y -las noticias no venían! - -Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces -más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la -piedra de afilar. Lucía se asustó. - ---¿Qué es eso?--preguntó. - ---¡Silencio!--respondió Lorry.--Son los soldados que afilan sus -espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía. - -Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de -Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre, -cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que -recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo -sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en -rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes -del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la -portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las -fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones. - - -III - -LA SOMBRA - -Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su -entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la -hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía -de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco -Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de -un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda -su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a -su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida; -pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a -negocios, Lorry era rígido, inflexible. - -Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al -pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su -dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había -en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello -se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió -el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en -atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso -de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los -habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las -empresas que allí se fraguaban y maduraban. - -Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada -minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había -colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía. -Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación -en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del -doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo -Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun -cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto -en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió -inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una -calle aislada rodeada de edificios deshabitados. - -Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su -hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo, -que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías -_Lapa_ y volvió a engolfarse en sus ocupaciones. - -Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que -llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su -habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones -que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera. -Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada -penetrante, se le dirigía por su nombre. - ---A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted? - -Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente -rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad. - ---¿Me conoce usted?--repitió. - ---He visto a usted en alguna parte. - ---¿En mi tienda de vinos, quizás? - -Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry: - ---¿Viene usted de parte del doctor Manette? - ---Sí; vengo de parte del doctor Manette. - ---¿Y qué dice? ¿Me envía algo? - -Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de -papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del -doctor: - -«Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me -encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de -Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.» - -Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes. - ---¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la -esposa de Carlos?--preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la -lectura del billete le había producido. - ---Sí--contestó Defarge. - -Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con -que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su -visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas -haciendo calceta. - ---¿La señora Defarge?--preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en -lo mismo diez y siete años antes. - ---La misma--contestó el marido. - ---¿Viene con nosotros su señora?--preguntó Lorry, al observar que las -mujeres echaban a andar. - ---Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una -medida que conviene a la hija del doctor. - -Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de -Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron -las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza. - -Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible, -subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó -la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las -noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría, -y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras -escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había -estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni -en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz. - -«Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre -los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.» - -Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada -que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la -mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué -un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de -aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría -como el hielo, y continuó haciendo media. - -Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante -mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete -recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron -un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que -rebosaba impasibilidad, hielo. - ---Mi querida Lucía--dijo Lorry, tratando de explicar la presencia -de las mujeres,--son muy frecuentes las conmociones en las calles, -y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la -señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales -puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien -a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo, -ciudadano Defarge--terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de -consuelo,--que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto? - -Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a -exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido. - ---Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita -Pross--repuso Lorry.--Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora -inglesa, que desconoce por completo el francés. - -La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia -de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier -extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante -las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con -los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La -Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos. - ---¡Hola, descarada!--dijo en inglés.--Me alegro de verla buena. - -También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una -ni la otra tuvieron por conveniente contestar. - ---¿Es ésa la niña?--preguntó la señora Defarge, suspendiendo por -primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media -cual si fuera el dedo de la Fatalidad. - ---Sí, señora--contestó Lorry.--Esa es la hija adorada y única de -nuestro pobre prisionero. - -La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos -tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente -de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho. -La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció -extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija. - ---No hace falta más--dijo la tabernera.--Los hemos visto ya. Vámonos. - -Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no -tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía, -tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo: - ---¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño? -¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende? - ---No es tu marido el que aquí me ha traído--replicó la señora Defarge, -mirando a Lucía con calma espantosa.--Lo único que me interesa es la -hija de tu padre. - ---Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre -hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las -suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos -inspiran ustedes que toda la ciudad junta! - -La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus -ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de -su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la -mirada de su mujer. - ---¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?--preguntó la -tabernera con sonrisa sarcástica.--¿No habla sobre influencia? - ---Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le -rodean--contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho, -pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no -sobre el papel. - ---En ese caso, él le salvará--observó la tabernera;--no tenemos por qué -mezclarnos nosotros. - ---Como esposa y como madre--exclamó Lucía con expresión de ansiedad -inmensa,--imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no -empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor. -¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una -madre la que se lo ruega! - -La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y -dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza: - ---Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos -acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones, -¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus -maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que -vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus -personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed, -enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase? - ---Jamás vimos otra cosa--respondió La Venganza. - ---Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo -tiempo--repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.--Ahora dime, juzga -por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad -de una madre hagan mella en nosotras? - -Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y -Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir. - ---¡Valor, mi querida Lucía!--exclamó Lorry, alzándola del -suelo.--¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo -mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida -Lucía, y demos gracias al Cielo! - ---No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero -aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el -cielo de mis esperanzas. - ---¡Chitón, chitón!--exclamó Lorry--¿Cómo se entiende? ¿Es posible que -en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las -sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada! - -Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión, -de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto -que le preocupaban y perturbaban en extremo. - - -IV - -CALMA EN LA TORMENTA - -Cuatro días duró la ausencia del doctor Manette. - -Con tal diligencia ocultaron a Lucía la mayor parte de los horrorosos -acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho -tiempo después, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio -francés, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos -y de todas las edades, habían sido brutalmente asesinados por un -populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro días con sus -noches no cesaron ni por un segundo las hazañas de horror, que las -calles de la ciudad en que vivía estaban inundadas de sangre y que la -atmósfera que respiraba era una atmósfera saturada de emanaciones de -sangre. Las únicas noticias que a sus oídos llegaron fueron que el -populacho había atacado las prisiones, que todos los presos políticos -habían corrido serios peligros, y que algunos habían sido arrastrados -por las calles y asesinados. - -El doctor comunicó al señor Lorry, no sin exigirle el secreto más -absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas -de carnicería y de sangre en la prisión de La Force; que allí había -encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual -eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran -condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos), -o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Añadió que, habiéndole -presentado al Tribunal en cuestión los patriotas que le acompañaban, -expuso él su nombre y su profesión e hizo constar que, sin previa -acusación, y como consecuencia sin previa sentencia, había sido por -espacio de diez y ocho años prisionero secreto de la Bastilla; y -que uno de los individuos que componían el Tribunal se levantó y le -identificó, resultando ser Defarge el individuo de referencia. - -Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal había pudo -cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y -que le defendió con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos -miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos, -y entre los cuales los había manchados con sangre de pies a cabeza y -limpios de crímenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos -(casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de -entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que -tanto había sufrido, de un mártir torturado por la situación derribada, -le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel -Tribunal extraño y fuera examinado. Que cuando todo hacía suponer que -iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables -tropezaron con obstáculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para -el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el -sujeto que ocupaba el sillón presidencial manifestó seguidamente al -doctor que el prisionero debía continuar recluído, aunque, en atención -a las torturas del doctor, la persona de aquél sería inviolable. Que -inmediatamente, a una señal del presidente, el prisionero fué conducido -de nuevo a su calabozo, pero que él, el doctor, con tal insistencia -solicitó permiso para permanecer allí a fin de asegurarse de que su -yerno, por equivocación o por malicia, no era entregado a las turbas, -cuyos feroces aullidos ensordecían a los jueces, que le fué concedida -la autorización solicitada, y que no se movió de la Sala de la Sangre -hasta que finalizó la escena última del sangriento drama. - -Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de -feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos -cuatro días con sus noches. La loca alegría a que se entregaban los -prisioneros que conseguían un fallo absolutorio le impresionó casi -tanto como la loca ferocidad con que el populacho hacía pedazos a los -que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal -declaró absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por -equivocación sin duda, le asestó una lanzada. El doctor Manette, a -quien rogaron que saliera a curar al herido, salió inmediatamente a -la calle y le encontró rodeado y atendido por infinidad de compasivos -Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadáveres de sus víctimas. -Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa, -ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar, -improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una -vez más sus armas asesinas en los cadáveres que llenaban la calle y -realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo -de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun así pudo evitar caer -desmayado en medio de aquellas fieras. - -Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso -relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos -años, de que las espantosas escenas que había presenciado dieran vida -nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa -de su equivocación fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo -bajo el aspecto y carácter en que entonces le veía. Por primera vez en -su vida comprendía el doctor que sus sufrimientos pasados eran para -él fuente de energías y de influencia; por primera vez sintió que en -aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que habían de -quebrantar las puertas de la prisión en que estaba encerrado el marido -de su hija y concederle la libertad. - ---En medio de todo fué un bien, amigo mío; no todo han sido calamidades -y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto -humanamente podía hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y -la del alma, yo no descansaré hasta que la devuelva a ella lo que -constituye la porción más querida de sí misma. ¡Con la ayuda del Cielo -lo haré! - -Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez -hubo terminado la exposición de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vió -chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando reparó en la -serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio -de varios años, resurgía de nuevo pletórica de energías, abrió su pecho -a la esperanza, y creyó. - -Obstáculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habrían -cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar -los linderos de su profesión como médico, cuya misión es alternar con -todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con -los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres, -sin distinción de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de -sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia, -que no tardó en ser nombrado médico inspector de las cárceles, y como -consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Lucía que su marido -ya no permanecía solo en una celda aislada, sino mezclado con la -generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al -marido de su hija y transmitir a ésta mensajes de aquél; consiguió -que Lucía recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por -conducto del mismo doctor, pero no consintió que aquélla las dirigiera -a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufrían en las cárceles, -ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de -quienes se sabía que tenían parientes fuera. - -No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba -consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba -sagacidad, comprendió desde el primer momento que a las ansiedades se -unía cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostén. Nada -de inconveniente tenía aquel orgullo, al contrario, era un orgullo -natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna -de estudio. Sabía el doctor que hasta entonces, tanto su hija como -su amigo habían atribuído a sus largos años de encierro su aflicción -personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias habían -variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le -hicieron dueño de fuerzas que podía poner al servicio de la causa de -Carlos, de fuerzas que bien empleadas podían dar como resultado la -libertad del marido de su hija, llegó a exaltarse en tales términos, -que tomó la dirección del asunto y aceptó a los demás en calidad de -cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el -auxilio de otras personas a quienes tiene por débiles. Se invirtieron -las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente -en lo que podían invertirse sin menoscabo del cariño más tierno y del -amor más acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar -algún servicio a la que tan inmensos se los había prestado a él. - ---El fenómeno es muy curioso--pensaba Lorry;--pero muy natural y muy -noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la -dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos. - -Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en -libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera -su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces -desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido -sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad, -de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que -vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de -las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra; -trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba -para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas -provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados -al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y -en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y -en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso -del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los -olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas -bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué -esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra -el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo -en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando -cerradas las compuertas de los cielos? - -Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la -compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo. -Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche -seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo -no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre -devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo -en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de -toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y -otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura, -que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus -cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve. - -Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las -contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa -rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal -revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités -revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos -que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y -entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado, -de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían -cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que -pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que -descansaba el orden social establecido, principios que parecían de -uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo, -descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan -familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del -mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina. - -El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era -el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más -infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza -especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que -tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito -y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración -del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que -antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran -infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en -la Guillotina y ante ella se postraban. - -Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato -como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas -desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía -entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía -en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y -en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en -veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos -amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto -antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de -manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que -nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la -Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y -más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba -las puertas del mismo Templo de Dios. - -Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea -que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su -poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que -cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de -sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía. -Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las -aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba -pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en -ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante -el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus -furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus -espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante -la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros -eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el -doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y -cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en -situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable -en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la -ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que -era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la -Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que -se movía entre los mortales. - - -V - -EL ASERRADOR - -Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad -durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de -su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre -el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados. -Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de -pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes -robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los -años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban -vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas -de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable -por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad, -Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de -Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina! - -Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso -de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor, -sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría -enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a -tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho -juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la -taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento -estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días -de prueba, como en los de calma y felicidad. - -No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su -padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su -reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido -a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus -lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes -artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma, -infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha -de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días -hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches -dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un -desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas -antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma. - -Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy -semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro -como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron -los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro, -constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y -gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre, -buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante -las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su -único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con -decisión: - ---Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle, -hija mía. - -No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a -casa, la dijo su padre: - ---Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una -ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres -de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e -incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría -verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te -indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de -que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más -insignificante de reconocimiento. - ---¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días. - -A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o -malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le -indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes -de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta -las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el -tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso -contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día. - -El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha -y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre -que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la -calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por -otra paralela. - -Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el -aserrador. - ---Buenas tardes, ciudadana. - ---Buenas tardes, ciudadano. - -Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla -implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la -época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo. - ---¿Paseando por aquí, ciudadana? - ---Ya lo estás viendo, ciudadano. - -El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó -los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas -manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una -reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa. - ---No es asunto mío--dijo,--y continuó aserrando. - -Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía, -pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja. - ---¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana? - ---Sí, ciudadano. - ---¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad? - ---¿Contesto que sí, mamá?--preguntó en voz baja la niña, acercándose a -su madre. - ---Sí, querida, sí. - ---Sí, ciudadano--respondió Lucita. - ---¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira -mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la, -la, la... y cae una cabeza. - -En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo -metió en un cesto. - ---Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible. -Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer... -¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós, -cabecita! Concluí con toda la familia. - -Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir -un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era -imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del -aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse -sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la -palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él -aceptaba sin hacerse de rogar. - -Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando -Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista -fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al -darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que -la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la -sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía -«no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios. - -En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que -aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol -abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni -un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo -día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su -marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco -o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque -también ocurría que se viese privado de esa dicha durante una semana -entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera -oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle -una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros. - -Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre -espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida. -Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era -un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas -con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados -con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las -letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible. -Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.» - -Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su -superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada. -Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable -gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se -tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se -leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba -cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el -placer de verse completamente sola. - -No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía -contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la -llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel -compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano -a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como -pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música, -que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante -gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y -se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza -feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que -el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en -medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el -corazón. - -Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase -refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro -con las manos. - ---¡Oh padre mío!--exclamó al separar las manos, y encontrarse -inopinadamente frente al doctor.--¡Qué espectáculo tan cruel, tan -repugnante! - ---Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te -asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño. - ---No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mi marido y en -los arrebatos de esas gentes... - ---Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado -subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por -aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo -más alto del tejado, al mismo alero. - ---Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera. - ---No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad? - ---No, padre mío, no puedo--contestó Lucía llorando. - -Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge. - ---Salud, ciudadana--dijo el doctor. - ---Salud, ciudadano--contestó la tabernera, continuando la marcha sin -detenerse. - ---Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría, -aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana -comparecerá Carlos ante sus jueces. - ---¡Mañana! - ---No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto, -pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar -hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No -ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana -y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias -con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh? - -A duras penas pudo balbucear la infeliz. - ---Confío en ti. - ---Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías -tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus -brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito -ver a Lorry... - -Interrumpióse el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de -carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados -conducidos al suplicio. - ---Necesito ver a Lorry--repitió el doctor, volviendo la cabeza al lado -contrario para no ver el fúnebre convoy. - -El buen Lorry continuaba inmóvil en el edificio del Banco. Tanto él -como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes -confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fué óbice para que -salvase cuanto le fué posible, a fuerza de entereza y de abnegación. - -Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La -suntuosa residencia del señor continuaba desierta. Sobre la verja -del jardín había una inscripción que decía así: «Propiedad Nacional. -República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.» - -¿Qué era del señor Lorry, que no se encontraba en su despacho? ¿A -quién acababa de despedir cuando salió, agitado y sorprendido, para -estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? ¿A quién repitió -las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a él, -diciendo desde la puerta que estaba traspasando: «Trasladado a la -Conserjería y citado para mañana?» - - -VI - -TRIUNFO - -Sin exageración puede afirmarse que el formidable Tribunal de los -Cinco no ya sólo funcionaba todos los días, sino también estaba en -función permanente. Las relaciones de los prisioneros que debían -comparecer ante el Tribunal al día siguiente eran entregadas todas las -tardes a los alcaides de las cárceles, quienes, a su vez, leían a los -interesados. En la jerga de la cárcel, a las listas en cuestión se las -llamaba «Diarios de la noche.» - -«Carlos Evrémonde, alias _Darnay_.» - -Tal era el nombre que encabezaba el «Diario de la noche» -correspondiente a La Force. - -Apenas pronunciado el nombre, separóse el interesado del grupo de -sus compañeros de infortunio y se colocó en el sitio destinado a -los nombrados. Como Carlos Darnay había presenciado aquella escena -centenares de veces, dicho se está que le sobraban motivos para conocer -la costumbre. - -El rechoncho alcaide le dirigió una mirada a través de los sucios -cristales de las antiparras, sin las cuales no podía leer, a fin de -cerciorarse de que había pasado al lugar que debía ocupar, y comprobado -ese extremo, continuó leyendo la lista, haciendo una pausa parecida -después de cada nombre. Veintitrés fueron los nombrados, pero como de -ellos había fallecido uno en la cárcel, y la Santa Guillotina había -hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de éstos ni de aquél -se acordaba nadie, sólo veinte contestaron al llamamiento. La lista -fué leída en la misma pieza abovedada donde Carlos encontró reunidos -a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la cárcel. Todos ellos -habían sido despedazados por las turbas el día de la matanza general, y -los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el -cadalso el pasaje para el otro mundo. - -Cruzáronse entre los que salían y los que quedaban algunas frases -de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un -incidente que se repetía todos los días, la sociedad de La Force tenía -en proyecto para aquella noche la celebración de algunos juegos, y -había que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que -quedaban acompañaron a los que se iban hasta la reja de salida de la -sala, vertieron algunas lágrimas, y se volvieron, pues era preciso -rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si -no querían renunciar a los esparcimientos de la velada, y había que -hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia -del establecimiento a ejércitos de feroces mastines que llenaban los -corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran -insensibles ni duros de corazón; pero en su carácter, en su manera de -ser, influía, como no podía menos, la condición de la época. De la -misma manera que aquéllos vieron salir punto menos que impasibles a -sus compañeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo -sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero -muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al -pueblo, y corrieron espontáneamente en busca de las caricias de la -guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia, -sino la infección general consiguiente al brutal sacudimiento del -alma pública. En épocas de pestilencia, se ven personas a quienes -atrae misteriosamente el contagio, personas que desearían morir de -él. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas -rarezas dormidas que no necesitan más que el concurso de determinadas -circunstancias para despertar. - -Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjería, largas y -frías las noches pasadas en las pestilentes celdas de la última. Quince -prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la mañana siguiente, antes -que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince -duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte. - -«Carlos Evrémonde, alias _Darnay_,» llamaron al fin. - -Lucían los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de -ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus -correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada -al Tribunal para sospechar que había sido invertido el orden natural -de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados. -Inspiraba las sentencias el populacho más vil, más cruel, más criminal -de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades -inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito -herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado -de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban -armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y -dagas, algunas comían, otras bebían, otras hacían calceta. Entre estas -últimas había una que se distinguía por su laboriosidad. Estaba sentada -en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no había -vuelto a ver desde el día que llegó a la Barrera de París, pero que le -recordaba a Defarge. Observó aquél que la mujer habló dos o tres veces -en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era -su mujer, pero lo que más poderosamente llamó su atención, fué que no -obstante encontrarse lo más cerca posible de él, ni una sola vez le -miraron. Volvía con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen -algo, pero nada más. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado -el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre. -El prisionero reparó en que solamente el doctor y el señor Lorry, -sentado a su lado, vestían como de ordinario, y no ostentaban la soez -indumentaria de la Carmañola. - -Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, fué acusado por el Fiscal -público de emigrado cuya vida correspondía a la República a tenor del -decreto que proscribía a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que -el decreto en cuestión hubiese sido promulgado cuando ya el acusado -estaba en Francia, era circunstancia trivial que no merecía tenerse -en cuenta. Existía el decreto, tenían delante al acusado que había -sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la República pedía su -cabeza. - ---¡Que ruede su cabeza!--rugió el público--¡Muera ese enemigo de la -República! - -El Presidente agitó la campanilla para acallar aquellos gritos, y -preguntó al acusado si no era cierto que había residido muchos años en -Inglaterra. - -Darnay contestó afirmativamente. - ---¿Y dices que no eres emigrado? ¿Qué nombre te das, pues? - ---No me tengo por emigrado a tenor de la letra y del espíritu de la ley. - ---¿Por qué no? Eso es lo que deseo saber. - ---Porque libre y espontáneamente renuncié un título que no era de mi -gusto y una posición social que me desagradaba, y salí de mi patria -para vivir de mi trabajo en Inglaterra antes que de rentas cobradas al -pueblo de Francia, agobiado bajo el peso de tantos tributos y gabelas. - ---¿Cómo pruebas la exactitud de tus manifestaciones? - ---Con el testimonio de Teófilo Gabelle y de Alejandro Manette. - ---Pero tú casaste en Inglaterra--objetó el Presidente. - ---Cierto; pero no con mujer inglesa. - ---¿Con una ciudadana de Francia? - ---Sí. - ---¿Su apellido y familia? - ---Lucía Manette, hija única del doctor Manette, del excelente médico -aquí presente. - -Esta contestación produjo en el auditorio un efecto imposible de -pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo -delirante que arrancó el solo nombre del doctor Manette. Tan -caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se -llenaron de lágrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con -ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les -fuera entregado para despedazarlo. - -Carlos Darnay, en sus manifestaciones, había seguido al pie de la letra -las instrucciones del doctor. - ---¿Por qué regresó el acusado a Francia cuando lo hizo, y no -antes?--preguntó el Presidente. - ---No regresé antes--contestó Carlos--sencillamente porque en Francia -no poseía otros medios de vida que los bienes que había renunciado, -al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia -dando lecciones de francés y de literatura francesa. Si regresé cuando -lo hice, fué cediendo a una súplica escrita de un ciudadano francés, -quien me manifestó que mi ausencia comprometía muy seriamente su vida. -Regresé para salvar la vida al ciudadano en cuestión, y para declarar -la verdad sin reparar en peligros ni molestias. ¿Qué crimen ven en esto -los ojos de la República? - -El populacho gritó ebrio de entusiasmo: - ---¡Ninguno... ninguno! - -Agitó el Presidente la campanilla, mas no logró imponer silencio hasta -que el auditorio se cansó de gritar. - ---¿Cómo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se -refiere?--preguntó el Presidente. - ---Teófilo Gabelle, aquí presente. Comprueba mis manifestaciones la -carta a que he aludido, la cual, si bien me fué quitada en la Barrera, -no dudo que figurará entre los documentos que el Presidente tiene sobre -la mesa. - -Buen cuidado había tenido el doctor de que la carta de referencia -estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontró sin esfuerzo, y la -leyó en voz alta. Seguidamente fué llamado Gabelle para que confirmara -las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta, -lo que hizo aquél con gran precisión y acento de verdad. Insinuó el -ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal, -falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la -República que exigían toda su atención, habíale dejado en la cárcel de -la Abadía hasta tres días antes, olvido insignificante y muy natural; -y que, cuando compareció ante el Tribunal, fué declarado inocente y -puesto en libertad, por haber disipado a satisfacción de sus jueces las -acusaciones que sobre él pesaban. - -Fué interrogado a continuación el doctor Manette. Su gran popularidad -personal y la claridad y precisión de sus respuestas ejercieron en -el auditorio sensación indescriptible; pero cuando demostró que el -acusado fué el que con mayor eficacia contribuyó a libertarle de -su eterno cautiverio, cuando manifestó que el acusado permaneció en -Inglaterra rodeando de tierna solicitud y de cariño abnegado, no ya -sólo a su hija, sino también a él mismo, cariño y solicitud que les -hicieron dulce el destierro, cuando añadió que lejos de ser partidario -y defensor del gobierno aristócrata del país en que vivía fué procesado -y estuvo a punto de ser condenado a muerte como enemigo de Inglaterra -y amigo de los Estados Unidos. Luego que hizo una exposición clara -y elocuente de todas estas circunstancias, Tribunal y auditorio se -identificaron. Tanto es así, que cuando invocó el testimonio del señor -Lorry, caballero inglés allí presente, testigo, como él, del proceso -seguido en Inglaterra contra Darnay, y dispuesto a corroborar todas sus -manifestaciones, contestaron los jueces que les bastaba lo que habían -oído, y que con gusto votarían, si el Presidente tenía a bien recibir -los votos. - -A medida que los jueces votaban (hacíanlo individualmente y en voz -alta), el auditorio prorrumpía en aplausos frenéticos. Por unanimidad -declararon inocente al prisionero, y como consecuencia el Presidente le -declaró libre. - -Siguió entonces una de esas escenas extraordinarias que ponen de -relieve la volubilidad del populacho, o los impulsos hacia la -generosidad y la piedad, dormidos en el fondo de su alma, o bien lo que -a juicio suyo es a manera de demostración de que no se deja arrastrar -por la fuerza explosiva de una rabia cruel. Imposible precisar cuál -de estos tres motivos influyó por modo decisivo en las escenas -extraordinarias que siguieron; probablemente influirían los tres, bien -que predominando el segundo. El hecho es que, no bien fué pronunciado -el fallo absolutorio, brotaron las lágrimas en tanta abundancia como -en otras ocasiones brotaba la sangre, y fueron tantos y tan apretados -los abrazos que el prisionero recibió de todos, sin distinción de -sexos, que corrió verdadero peligro de que su dilatado cautiverio -tuviera como desenlace una asfixia en toda regla; siendo de notar que -aquellos abrazos se los daban las mismas personas que, impulsadas por -otra corriente distinta, se habrían lanzado sobre él con idéntica -intensidad, para destrozarle entre sus uñas y arrastrar sus restos -palpitantes por las calles. - -Gracias a que hubo de salir de la sala para ceder el puesto a otros -acusados que esperaban sentencia, pudo librarse por el momento de aquel -torrente deshecho de caricias. - -Comparecieron a continuación cinco acusados juntos, sobre los cuales -pesaba la inculpación de enemigos de la República, no porque hubiesen -trabajado en su contra, sino porque nada habían hecho, ni de palabra -ni de obra, en su favor. Tal prisa se dió el Tribunal para compensar a -la nación por la libertad concedida a un acusado, que no había salido -éste de la sala cuando ya pesaba sobre los cinco infelices sentencia -de muerte, que debía ejecutarse a las veinticuatro horas. El primero -de los condenados manifestó a Darnay la suerte que le esperaba alzando -un dedo, símbolo de muerte entre los encarcelados, y sus compañeros -gritaron a coro con acento sarcástico: - ---¡Viva la República! - -Cierto que no dispuso Darnay de más tiempo para escuchar las -explicaciones que pudieran o desearan darle los condenados, pues no -bien salió a la calle en compañía del doctor Manette, se vió rodeado -de compacta muchedumbre, en la que vió casi todas las caras que antes -viera en la sala, excepción hecha de dos, que en vano buscó con la -mirada. Nuevamente le envolvió el furioso torbellino que antes estuvo -a punto de asfixiarle, para besarle, abrazarle, llorar, gritar y -entregarse a otras expansiones más propias de locos que de personas -cuerdas. - -Sentáronle a viva fuerza en un gran sillón que, o habían sacado de -la sala del Tribunal, o tomado de cualquiera de las casas próximas. -Engalanaron el sillón con una bandera roja y una lanza en cuyo hierro -se veía un gorro colorado atravesado. Todas las súplicas del doctor no -bastaron a impedir que fuera conducido en triunfo a su casa, sentado en -aquel sillón que, llevado en hombros, semejaba trono emplazado sobre -agitado mar de gorros rojos. - -Adelantándose a aquella procesión salvaje, que abrazaba a cuantos -topaba en el camino, el doctor llegó a su casa a fin de preparar -convenientemente a su hija. Esto no obstante, cuando Carlos pudo bajar -de su improvisado trono y abrió los brazos a su amante esposa, ésta -cayó en ellos desvanecida. - -Mientras Darnay sostenía a Lucía apoyándola contra su pecho, doblada -la cabeza a fin de que el populacho no viera las lágrimas que copiosas -corrían por sus mejillas, algunos de los que le habían llevado en -triunfo comenzaron a bailar, contagiáronse los demás, y segundos -después se improvisaba en el patio de la casa una desenfrenada -Carmañola. Más tarde instalaron sobre el sillón vacante a una joven, a -la que proclamaron Diosa de la Libertad, llevándola en hombros por las -calles adyacentes, entre gritos ensordecedores y cantos discordantes. - -Carlos, después de estrechar entre sus brazos al doctor, cuya cara -ofrecía aires de vencedor, después de abrazar al señor Lorry, que -jadeante y sin aliento consiguió llegar hasta él nadando contra el -inmenso oleaje que bailaba la Carmañola, después de besar a Lucita, -a la que alzó del suelo para que pudiera rodear con sus bracitos su -cuello, después de abrazar a la fiel Pross, alzó entre sus brazos a -Lucía y la condujo a sus habitaciones. - ---¡Lucía... mi Lucía... Libre... Libre!... - ---¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme que hincada de rodillas dé gracias -a Dios con el mismo fervor con que le pedí por ti! - -Cayó de hinojos Lucía. Todos los presentes doblaron reverentes las -cabezas y rezaron desde el fondo de sus corazones. Cuando, terminada la -oración, Lucía volvió a sus brazos, dijo Carlos. - ---¡Da ahora las gracias a tu padre, mujercita mía! ¡Ningún hombre de -Francia habría podido hacer por mí tanto como él ha hecho! - -Reclinó Lucía la cabeza sobre el pecho de su padre, de la misma manera -que la había reclinado largos años antes. El doctor se consideró feliz -al poder pagar de alguna manera las muestras de cariño abnegado de su -hija, dió por bien empleados todos sus sufrimientos y sintió noble -orgullo al pensar en sus fuerzas. - ---Sé fuerte en la bonanza como lo fuiste en la tormenta, hija mía. No -tiembles... No llores. Le he salvado yo. - - -VII - -VISITA INESPERADA - -No era un sueño como tantas otras veces; allí estaba Carlos, y sin -embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso. - -Respirábase una atmósfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan -brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran -llevados al matadero los inocentes que tenían la desgracia de inspirar -cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan -imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y -tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Lucía, caían a -los golpes que el yerno del doctor Manette había conseguido eludir, -que el corazón de su afligida esposa no conseguía verse libre del peso -horrible que lo oprimía. Las sombras del crepúsculo vespertino de -invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando -por las calles las fatídicas carretas de la muerte. Con la imaginación -las seguía Lucía, los ojos del alma buscaban a su marido entre los -condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba -contra él y temblaba más que nunca. - -Su padre, esforzándose por tranquilizarla, riéndose de sus temores -daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza -varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El -sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los días -cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos -pasados de los que ni rastros quedaban. Había acabado felizmente la -empresa que con ánimo varonil acometiera, había redimido su promesa, -Carlos estaba en libertad, ¿por qué temer? Fuerzas le sobraban al -doctor para servir de robusto sostén a todos los que sintieran decaer -las suyas. - -El menaje de su casa no podía ser más modesto; no sólo porque la -prudencia así lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo, -sino también porque no eran ricos, pues Carlos, durante el período -dilatado de su cautiverio, había tenido que pagar a precio exorbitante -la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para -sufragar los gastos de los prisioneros más pobres que él. Debido en -parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser -espiados dentro del mismo hogar, no tenían criados. El ciudadano y la -ciudadana encargados del servicio de la portería prestaban a la familia -los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigían, aparte -de Jeremías, que les había sido cedido casi por completo por el buen -Lorry, y estaba durante el día a su disposición y dormía en la casa por -las noches. - -Había dispuesto la República Una e Indivisible de la Libertad, -Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las -casas y a una altura determinada, hubiese un cartelón, en el cual -estuvieran inscriptos, con letras de tamaño también determinado, los -nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los -nombres inscriptos en el cartelón puesto en la puerta del domicilio -del doctor, figuraba el de Jeremías _Lapa_, y en la ocasión a que se -refiere esta historia, no sólo el nombre, sino también el propietario -del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al -pintor llamado por el doctor Manette para que añadiera al cartelón el -nombre de Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. - -La atmósfera de terror y de desconfianza en que se vivía había alterado -profundamente hasta los hábitos más inocentes y más inofensivos de -la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las demás, los -artículos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas -las tardes por cantidades pequeñas y en distintas tiendas pequeñas. Era -la manera de no llamar la atención y de suministrar la menor ocasión -posible a las murmuraciones y a la envidia. - -Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la señorita -Pross y Jeremías _Lapa_; este último llevaba la cesta, la primera el -dinero. Todas las tardes, cuando se encendían los faroles del alumbrado -público, salían ambos y traían a la casa los artículos de consumo -necesario para el día siguiente. Aunque la señorita Pross, dados los -muchos años que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que -debía hablar el francés con tanta corrección y soltura como el inglés, -sabía exactamente lo mismo que Jeremías _Lapa_, quien no conocía ni -una palabra, y es que, o carecía de talento, o no quería aplicarlo -a tonterías (tal era el nombre que ella le daba) como aquélla. Como -consecuencia, su sistema comercial consistía en disparar un nombre -substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el -nombre no cuadraba con el artículo que necesitaba, como ocurría casi -siempre, tendía en derredor sus miradas, agarraba el artículo, y no -lo soltaba hasta después de cerrado el trato. En cuanto al precio, se -entendía sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el -que fuera el número de los que aquél levantase. - ---Señor _Lapa_--dijo la señorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la -felicidad,--yo estoy dispuesta; ¿y usted? - -Jeremías contestó que estaba a las órdenes de la señorita Pross. - ---Hoy nos hace falta de todo,--observó la señorita Pross,--y entre -otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo -compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando -como condenados. - ---No se romperán mucho los cascos para encontrar sus brindis--observó -Jeremías.--Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico. - ---¿Y quién es ese único? - ---Vaya usted a saber. Como no se refieran a Noé... el que plantó la -primera viña... - ---¡Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quién -brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado. - ---¡Cuidado, amiga mía!--terció Lucía--¡Prudencia, por favor, mucha -prudencia! - ---¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros -puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que -apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos. -Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo -vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada -tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor? - ---Me parece que puede usted tomarse esa libertad--respondió el doctor -con tono humorístico. - ---Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor -doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla--exclamó la Pross. - ---Por Dios, querida; ¿otra vez?--dijo Lucía. - ---Vaya, señorita--replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire -solemne;--si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como -súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de -esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política; -quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Dios tengo puesta -mi confianza, y viva el Rey.» - -_Lapa_, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con -voz estentórea. - ---Celebro que sea usted un inglés castizo, señor _Lapa_,--dijo la -señorita Pross con tono de aprobación,--aunque hubiese sido de desear -que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la -pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir -para siempre de esta maldita ciudad? - ---No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para -Carlos. - ---¡Qué se le va a hacer!--exclamó la señorita Pross, conteniendo un -suspiro y mirando a Lucía.--Tendremos paciencia y esperaremos... Animo, -y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi -hermano Salomón. Vámonos ya, señor _Lapa_... No se mueva, señorita. - -Salieron la Pross y _Lapa_, dejando a Lucía, al marido de ésta, al -doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de -un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la -señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia -disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea. -Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de -un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros -de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había -prestado al hada un servicio. - ---¿Qué es eso?--exclamó de pronto Lucía. - ---¡Querida mía!--contestó el doctor, suspendiendo la narración de la -historia--Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario. -La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me -tienes a mí... a tu padre, hija mía. - ---He creído oir rumor de pasos en la escalera--balbuceó Lucía. - ---¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba. - -Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la -puerta. - ---¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...! -¡Sálvalo! - ---¡Hija querida!--contestó el doctor levantándose y poniendo su -mano sobre el hombro de Lucía.--Le he salvado ya. No comprendo tu -debilidad... Voy a abrir la puerta. - -Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias -y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos -con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el -recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la -familia. - ---¿El ciudadano Evrémonde?--preguntó el que entró primero. - ---¿Quién le busca?--preguntó Darnay. - ---Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la -sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República. - -Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su -hijita, que se había abrazado a él. - ---¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero? - ---Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu -curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal. - -El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado -perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un -candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las -palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea, -encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la -pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo: - ---Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí? - ---Sí; te conozco, ciudadano doctor. - ---Todos te conocemos, ciudadano doctor--añadieron los tres restantes. - -Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y -después de una pausa, repuso, bajando la voz: - ---¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se -le prende de nuevo? - ---Ciudadano doctor,--contestó con repugnancia manifiesta el que habló -primero,--ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que -pertenece este ciudadano--añadió, señalando con la mano al individuo -que estaba a su lado. - -El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo: - ---Ha sido acusado por San Antonio. - ---¿De qué? - ---Ciudadano doctor--replicó el primero,--no preguntes más. Si la -República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te -tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El -Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa. - ---Una palabra más--objetó el doctor.--¿Quieres decirme quién le ha -denunciado? - ---Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio. - -Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se -movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo: - ---¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber; -pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por -cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y -además, otra persona. - ---¿Quién es esta otra persona? - ---¿Lo preguntas _tú_, ciudadano doctor? - ---Sí. - ---Lo sabrás mañana--contestó el de San Antonio con entonación -extraña.--¡Ahora, soy mudo! - - -VIII - -UNA PARTIDA ORIGINAL - -Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la -familia, la señorita Pross dejaba a sus espaldas una porción de -callejuelas estrechas y atravesaba el río por el Puente-Nuevo, -repasando en su imaginación el número de compras que tenía que hacer. -A su lado caminaba _Lapa_, portador de la cesta. Uno y otro, aunque -al parecer no tenían ojos más que para examinar las tiendas abiertas -a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las -manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban -con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los -que hablaban con animación excesiva. Era una tarde fría y húmeda. -Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubría el río -indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas -en talleres por los que fabricaban armas para el ejército de la -República. ¡Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejército! -¡Desgraciado del que ocupase en aquel ejército un grado que no -mereciera! Valiérale más que nunca le hubiese crecido la barba, pues la -Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendición. - -Luego que compró una porción de artículos de comer, y una cantidad de -aceite para la lámpara, la señorita Pross pensó en adquirir el vino -que le hacía falta. Desdeñó una porción de tabernas y al fin mereció -su preferencia una, puesta bajo la advocación del Buen Republicano -Bruto de la Antigüedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional, -antes de las Tullerías, establecimiento más tranquilo que ninguno de -sus similares encontrados hasta allí, en el cual es cierto que se veían -bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros. -Consultado _Lapa_, y visto que era de su misma opinión, la señorita -Pross penetró en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad, -acompañada por su caballero. - -Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa -en boca jugaban con barajas mugrientas o con dominós amarillentos, -en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la -camisa y con el pecho desnudo leía a gritos un periódico a un grupo de -tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban -las mesas o pendían de las cinturas de los bebedores, ni en los tres -o cuatro parroquianos que dormían sus _monas_, tendidos de bruces en -el suelo, y que, más que hombres, tenían aspecto de osos o de mastines -yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo -que necesitaban. - -Mientras el tabernero medía el vino, un sujeto, que con otro hablaba en -un rincón del establecimiento, se levantó y echó a andar. Para salir a -la calle tenía que pasar forzosamente junto a la señorita Pross, lo que -nada tiene de particular, pero sí lo tuvo el que, no bien tropezó con -ella, rasgó los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo -de la señorita. - -Cuantas personas había en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente -era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan -justificado como defender una opinión cualquiera, que todos miraron -para ver quién era el mortal que caía sin vida en tierra, pero con -asombro general, lo único que vieron fué a una pareja, hombre y mujer, -que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre -parecía francés, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa. - -Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos -discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad, sonaron en -los oídos de la señorita Pross y de su acompañante como si en hebreo -o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron -pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consintió su sorpresa. -Hablamos en plural porque, si la señorita Pross quedó sorprendida, -Jeremías _Lapa_ estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe -violento de su estupefacción. - ---¿Qué hay?--preguntó el hombre que fué causa del chillido de la -señorita Pross. - -Las dos palabras habían sido pronunciadas en inglés, con acento brusco -y amenazador y tono de voz muy bajo. - ---¡Oh Salomón... Salomón querido!--exclamó la señorita Pross, juntando -las manos.--¡Al fin te encuentro, después de tantos años de ausencia, -después de tantos años pasados sin noticias tuyas! - ---No me llames Salomón. ¿Buscas mi muerte, desgraciada?--preguntó aquel -hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto. - ---¡Hermano... hermano mío!--exclamó la señorita Pross, hecha un mar de -lágrimas--¿Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta -tan cruel? - ---¡Pues métete en el bolsillo esa lengua endiablada!--gruñó -Salomón.--Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y -vámonos... ¿Quién es ese hombre? - ---Es el _señor Lapa_--contestó con desaliento la señorita Pross. - ---Pues que salga también... ¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese individuo -por un aparecido? - -La pregunta estaba muy en su lugar, pues _Lapa_ le miraba en realidad -como se mira a un espectro. No despegó, sin embargo, los labios, y -la señorita Pross, derramando lágrimas, pagó el vino. Mientras tanto, -Salomón se dirigió a los discípulos del Buen Bruto Republicano de la -Antigüedad y les dió, en lengua francesa, algunas explicaciones que -bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos. - ---Veamos--dijo Salomón, una vez llegó a un rincón obscuro de la -calle--¿Qué es lo qué quieres de mí? - ---¡Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor -muestra de afecto a la hermana que siempre fué con él tierna y cariñosa! - ---¡Bah! ¡Tonterías!--exclamó Salomón, rozando con sus labios la frente -de la señorita Pross--¿Estás contenta ahora? - -La señorita Pross movió la cabeza y rompió a llorar de nuevo. - ---Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engañas de medio a -medio; no me ha sorprendido encontrarte. Sabía que estabas en París, -pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en París viven sin -que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia... -tentado estoy de creer que esa es tu intención... sigue tu camino -lo más pronto posible, y deja que yo siga el mío. Tengo muchas -ocupaciones... Soy funcionario público. - ---¡Mi hermano Salomón, inglés de nacimiento y de alma, mi hermano -Salomón, que en su patria hubiera podido ser uno de los más grandes -hombres, funcionario público en país que no es el suyo, dependiendo de -hombres que no son ingleses... y qué hombres, Cielo santo! ¡Hubiese -preferido encontrarte muerto en su...! - ---¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo sabía de cierto!--exclamó su hermano -interrumpiéndola.--Lo que tú quieres es mi muerte. Mi tierna, mi -cariñosa hermana hará que me hagan figurar entre los sospechosos... Es -decir; lo está haciendo ya. - ---¡No lo permita Dios!--gritó la señorita Pross.--Mucho te he querido, -Salomón, mucho te quiero; pero hubiese preferido no volver a verte más, -a encontrarte como te encuentro. Dime una palabra de cariño, dime que -no me aborreces, que no nos separa el odio, y me voy sin detenerte un -segundo más. - -Salomón estaba pronunciando la palabra de cariño solicitada, dando -pruebas de una condescendencia que seguramente no habría tenido -de haber estado invertidas las posiciones respectivas, cuando -inopinadamente terció Jeremías _Lapa_ en la conversación, poniendo una -zarpa sobre el hombro del cariñoso hermano y diciendo con voz ronca: - ---Me parece que también a mí se me permitirá colocar una pregunta. -¿Quiere usted decirme si su nombre es Juan Salomón o Salomón Juan? - -El funcionario público, por toda contestación, se volvió hacia quien -rompía su mutismo para dirigirle una pregunta que le intranquilizó, y -quedó mirándole de hito en hito con visible recelo. - ---Estoy esperando--repuso _Lapa_.--¿Ha quedado usted mudo de repente? -¿Juan Salomón o Salomón Juan? ¿En qué quedamos? La señorita le llama -Salomón, y es de suponer que conozca bien su nombre, toda vez que es -su hermana, según veo. Pero es el caso que yo le conozco como Juan. -¿Cuál de los dos nombres es el verdadero? Otro tanto digo acerca del -apellido. En Inglaterra no se llamaba usted Pross. - ---¿Pero qué está usted diciendo? - ---Ni yo mismo lo sé muy bien, pues confieso que no recuerdo el apellido -que usted llevaba en la orilla opuesta del Canal. - ---¿Lo ha olvidado? - ---Sí; pero juraría que era un apellido de dos sílabas. - ---¡De veras! - ---De veras. Pross no tiene más que una sílaba; el otro tenía dos... -En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre -de usted, ¿quiere decirme cómo se llamaba cuando ejercía el honroso -ejercicio de soplón del Old Bailey? - ---¡Barsad!--contestó otra voz, terciando en la conversación. - -El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton. -Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita, -habíase puesto junto a _Lapa_, afectando la misma negligencia con que -solía asistir a las vistas del Old Bailey. - ---No se alarme usted, señorita Pross--repuso.--Ayer tarde me presenté -en el domicilio del señor Lorry, con no poca sorpresa de este señor, -que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no -me dejaría ver en parte alguna hasta después que el asunto estuviera -resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera -necesaria mi presencia. Ateniéndome a lo pactado, me he personado aquí, -porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano. -Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco -recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del -verdugo. - -Era éste el nombre con que solían designarse los espías. - ---¿Cómo se atreve usted--preguntó el espía, pálido como un difunto--a -decirme...? - ---Me explicaré, para que vea usted que no hablo a tontas y a -locas--contestó Carton.--Me hallaba yo hace media hora contemplando -los muros de la Conserjería, cuando vi salir a usted por sus puertas. -Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar -bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se -despintan. Me sorprendió ver a usted en aquel lugar, y como por otra -parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las -desgracias de un amigo, en este instante más desgraciado que nunca, se -me ocurrió la idea de seguirle. Pisándole los talones entré tras de -usted en la taberna y me senté a su lado. De la conversación de usted, -y de los rumores de admiración que arrancó a sus oyentes, no me fué -difícil inferir cuál es el oficio de usted. Lo que en un principio -había yo hecho al azar, fué convirtiéndose gradualmente en objetivo -determinado, señor Barsad. - ---¿Y ese objetivo?...--preguntó el espía. - ---Sería molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. ¿Tiene -usted la bondad de favorecerme con su compañía durante algunos -minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo? - ---¿Bajo amenaza? - ---¡Bah! ¿He hablado de amenazas? - ---Entonces, ¿a santo de qué voy a ir allí? - ---Con franqueza, señor Barsad; no puedo decirlo. - ---¿No puede, o no quiere, señor?--preguntó con cierta indecisión el -espía. - ---Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero. - -Fué auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono -de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirtió -desde el primer momento, y dicho está que sacó de ello todo el partido -posible. - ---¡Acuérdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!--exclamó Barsad, -dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvención.--Obra tuya -será, si me ocurre una desgracia. - ---¡Vamos, vamos, señor Barsad!--dijo Carton--No sea usted ingrato. -Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me -conduzco haciéndole una proposición que ha de dejarnos satisfechos a -todos. ¿Me acompaña al Banco? - ---Sí; le acompaño. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme. - ---Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la -casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, señorita Pross. -Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir -sola y sin protección, y como quiera que el hombre que la acompaña a -usted conoce al señor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir -con nosotros al domicilio del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? ¿Sí? -Pues en marcha. - -Más tarde recordó la señorita Pross, y no lo olvidó en su vida, que al -aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una -súplica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observó en la -fortaleza del brazo y en la expresión de los ojos de aquel algo que no -sólo estaba reñido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino -también transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llamó -la atención, fué porque la preocupaban demasiado los temores que la -inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para -hacer observaciones. - -Después de despedirse de la señorita Pross en las inmediaciones de la -casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremías _Lapa_, -dirigióse hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante. - -Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre, -volvió la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo -evitar un gesto de extrañeza al ver una cara desconocida. - ---Le presento al hermano de la señorita Pross--dijo Carton,--el señor -Barsad. - ---¿Barsad?--repitió Lorry.--¿Barsad? Me parece recordar ese apellido... -y el rostro de quien lo lleva. - ---¿No dije antes a usted que tiene una cara de las que difícilmente -se despintan, señor Barsad?--preguntó con frialdad Carton.--Hágame el -favor de sentarse. - -Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministró a Lorry -el eslabón que éste andaba buscando para enlazar la cadena de sus -recuerdos. - ---Testigo de aquella causa--dijo sencillamente Carton. - -Fué lo bastante para que Lorry recordara, y también para que mirase a -Barsad con repugnancia visible. - ---La señorita Pross ha reconocido en el señor Barsad al hermano -cariñoso de quien tantas veces la ha oído usted hablar--observó -Carton.--No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras -noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo. - ---¡Qué me dice usted!--exclamó Lorry, profundamente consternado.--No -hace dos horas que le dejé en su casa libre y contento, y ahora mismo -me disponía a ir a verle. - ---Pues está preso. ¿Cuándo le prendieron, Barsad? - ---En todo caso, habrá sido hace un momento. - ---Barsad es en este asunto fuente de información segura--observó -Carton.--De sus labios escuché la noticia cuando se la contaba, entre -copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, soplón como él. Parece que -acompañó a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del -doctor, alejándose al ver que el portero les franqueaba el paso. La -duda, pues, es imposible. - -Lorry comprendió que la desgracia era cierta. En su cerebro sintió -el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se -dió cuenta de lo muchísimo que le convenía no perder la presencia de -espíritu y, a costa de esfuerzos titánicos, se dominó, recobró la -serenidad, y permaneció callado y atento. - ---Es de esperar... esa confianza abrigo--repuso Carton--que el nombre -del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces mañana... ¿No -dijo usted, Barsad, que ha de comparecer mañana ante el Tribunal? - ---Sí; creo que la comparecencia será mañana. - ---... Tan eficaces mañana, y tan decisivas, como hoy; pero no es -imposible que ocurra lo contrario. Confesaré, señor Lorry, que me -inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir -la prisión. - ---Quizá no sospechase siquiera la posibilidad del peligro--contestó -Lorry. - ---Lo que, a juicio mío, sería circunstancia altamente alarmante, visto -lo identificado que está con su yerno. - ---Es verdad--contestó Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la -mano y mirando a Carton con expresión de abatimiento. - ---En suma--continuó Carton:--cuando se entabla una partida desesperada -y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir también a medidas -desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar, -que yo manejaré, mientras, las de perder. Empeñe el doctor la partida -encaminada a sacar a su yerno de la Conserjería; que yo, mientras -tanto, jugaré otra independiente y con vistas a encerrar a un _amigo_ -en la Conserjería. El amigo que me propongo encerrar, señor Barsad, es -usted. - ---Muy buenas cartas tendrá usted que reunir para ganar ese juego, -replicó el espía. - ---Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe -usted, señor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el -acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo -agradecería. - -Fuéle servido el licor, del que tomó dos copas consecutivas. - ---El señor Barsad--dijo, separando la botella y hablando como si en -la mano tuviera una colección de cartas,--mirlo del verdugo, emisario -de los comités republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre -espía y soplón secreto, cuya valía aquí aumenta considerablemente -por la circunstancia de ser inglés, y por tanto, menos expuesto a -sospechas que ningún francés, se presenta a los mismos a quienes -sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El señor -Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francés, sirvió, no -ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrático inglés, enemigo jurado de -Francia y de sus libertades; me parece que acabo de enseñar otra carta -que difícilmente se _falla_. Si ahora entramos en el terreno de las -sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol, -sospecha que expresaré con las palabras siguientes: el señor Barsad, -soplón asalariado del Gobierno aristocrático inglés, lo es al mismo -tiempo de Pitt, enemigo artero que herirá a la República en medio del -corazón, inglés traidor, agente, instrumento, autor de todas esas -indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar. -Este es un triunfo que casi asegura la partida. ¿Va usted siguiendo mi -juego, señor Barsad? - ---Voy haciéndome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro -cómo piensa usted jugarlas--contestó el espía visiblemente intranquilo. - ---Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado -Barsad ante el Comité del distrito más próximo. Vea usted sus cartas, -Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre. - -Tomó de nuevo la botella, se sirvió otra copa, la bebió con calma -imperturbable y esperó. Vió que el espía temía que de las libaciones -resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor, -se sirvió y apuró la cuarta copa. - ---Tómese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la -partida a la primera jugada. - -Era Barsad adversario más débil de lo que Carton había supuesto. A -decir verdad, en su juego tenía cartas muy malas, y él lo sabía, -aunque no lo supiese Carton. Sabía, por ejemplo, que, destituído de su -honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas -cometidas en el ejercicio de aquél, atravesó el Canal y ofreció sus -servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para -tentar y sonsacar a sus compatriotas, y más tarde, para tentar y -sonsacar a los franceses. Sabía que, durante el gobierno derribado, -estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de -Defarge; que recibió de la policía los datos necesarios acerca del -cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales -creyó que conseguiría hacerse amigo confidencial de los Defarges, -aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones, -el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre recordó con terror que -aquella tabernera terrible había hecho calceta mientras él intentaba -sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le -miraba con expresión sombría mientras sus dedos se movían vertiginosos. -Habíala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San -Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando -personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Sabía, -como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su -cabeza rugía a todas horas la tormenta; que su cabeza corría peligro, -que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la -cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror -imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patíbulo. No bien -le denunciasen, fulminando contra él todos o parte de los gravísimos -cargos que acababan de insinuarle, comprendió que aquella formidable -mujer, de cuyo carácter implacable había visto pruebas sobradas, -exhibiría el registro fatal que disiparía la última posibilidad de -salvación. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los -soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento, -hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprenderá la la -disposición de ánimo en que quedó Barsad. - ---Parece que no son muy de su gusto sus cartas--dijo Carton con la -calma de siempre.--¿No juega usted? - ---Creo, señor--respondió Barsad, volviéndose hacia Lorry y hablando con -humildad rastrera,--que me veo en el caso de solicitar de un caballero -de sus años y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro -caballero, mucho más joven que usted, que desista de jugar la carta -de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espía, y reconozco que -el oficio a nadie honra, aunque me admitirán ustedes que alguno ha de -desempeñarlo; pero este caballero no es espía, este caballero no es -delator; y puesto que ahora no lo es, ¿que necesidad tiene de serlo en -lo sucesivo? - ---Jugaré mi carta, señor Barsad--dijo Carton, sin esperar a que -contestase Lorry,--sin el menor escrúpulo y dentro de cinco minutos. - ---Yo había dado cabida a la esperanza, señores, de que, por -consideración a mi hermana... - ---El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para -siempre de un hermano como usted--replicó Carton. - ---¿Lo cree usted así, señor? - ---Estoy convencidísimo de ello. - -El espía, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su -indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria -de ser, recibió golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que -siempre fué un misterio para hombres más honrados y más listos que -él, que vaciló, tembló, y se dió por perdido. Mientras desconcertado, -estupefacto, callaba sin saber cómo salir del atolladero, repuso Carton: - ---Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena -como las enumeradas, de la que no había hecho mención. ¿Quién es aquel -colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado -paciendo en las cárceles? - ---Es un francés; no le conoce usted--respondió vivamente el espía. - ---¿Francés, eh?--exclamó Carton, como si no pensase en lo que estaba -diciendo--puede ser. - ---Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos--dijo el espía. - ---Aunque eso es lo de menos...--repitió Carton como -maquinalmente--aunque eso es lo de menos... Sí... es lo de menos... -Pero es el caso que yo conozco esa cara. - ---Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible... - ---No es posible...--murmuró Carton, llenando por quinta vez su copa, -que por fortuna era pequeña.--No es posible... Habla francés con -corrección... pero con acento ligeramente extranjero... - ---Acento provinciano--explicó el espía. - ---¡No! ¡Acento extranjero!--replicó Carton, descargando un puñetazo -sobre la mesa.--¡Es Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero el mismísimo -Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey. - ---Se arrebata usted con facilidad, señor--dijo Barsad con sonrisa que -acentuó la inclinación hacia un lado de su nariz aguileña,--lo que pone -en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no -tengo inconveniente en confesarlo, murió hace una porción de años. Le -cuidé yo mismo durante su última enfermedad. Fué enterrado en Londres, -en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompañé hasta -el cementerio, porque temí a las muchedumbres, pues mi amigo y colega -tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayudé -a los que le encerraron en el ataúd. - -De pronto Lorry vió proyectada en la pared la sombra de un trasgo o -cosa análoga. Volvió la cabeza buscando el origen de la proyección, y -con sorpresa que no es para ser descrita, advirtió que estaba en la -cabeza de Jeremías _Lapa_, cuyos cabellos, semejantes a aceradas púas, -se habían puesto de punta. - ---Póngase usted en razón, señor, y no se deje engañar por suspicacias -que no tienen base racional--repuso el espía.--Para demostrar a -usted cuán engañado está, y la ninguna base de su suposición, voy a -presentarle un certificado en regla de la defunción de Cly, certificado -que siempre llevo en el bolsillo. Tómelo usted--añadió, ofreciendo a su -interlocutor un papel doblado.--¡Léalo, léalo... tómelo en sus manos, -examínelo con detenimiento... no es falso, no, sino auténtico y muy -auténtico! - -Lorry observó que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era -que _Lapa_ se había levantado del asiento y se aproximaba al espía, a -cuyo lado se colocó sin ser visto ni oído por él. Poniendo su diestra -sobre el hombro de Barsad, preguntó: - ---¿Conque fué usted el que puso a Rogerio Cly dentro del ataúd? - ---Yo fuí; sí. - ---¿Y quién le sacó de él? - -Barsad, echándose sobre el respaldo de su silla, balbuceó: - ---¿Qué significan sus palabras? - ---Significan--contestó _Lapa_--que el cadáver de Cly nunca estuvo -dentro del ataúd. ¡No... y no! ¡Que me corten la cabeza si estuvo! - -El espía miró alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez, -contemplaban con estupefacción infinita a _Lapa_. - ---Y añado--repuso Jeremías _Lapa_--que enterrasteis adoquines de calle -y tierra dentro de aquel féretro. No me venga aquí con monsergas ni -con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos -hombres más, sabemos muy bien lo que había dentro del ataúd. - ---¿Pero cómo lo sabe usted? - ---¿Y a usted qué le importa?--gruñó _Lapa_.--Hace mucho tiempo que -aborrezco a usted, sí, señor, porque hasta en asuntos tan graves -como la muerte se atreve a engañar a menestrales honrados que sólo -ambicionan trabajar. ¡Sepa usted, señor mío, que por menos de media -guinea lo agarraría por el pescuezo y lo estrangularía! - -Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro había llegado al colmo, rogaron a -Jeremías _Lapa_ que se moderase y que les explicase lo que para ellos -era enigma de imposible solución. - ---Otro día lo haré, señor--replicó _Lapa_, poco propicio a dar las -explicaciones que se le pedían,--que no es esta ocasión conveniente -para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que -ese individuo sabe muy bien que Cly no pensó nunca en ser encerrado en -aquel ataúd. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre -mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo. - ---¡Hum!--gruñó Carton.--Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aquí -en París, donde se respira la atmósfera de las sospechas, bien seguro -es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene -relaciones estrechas con otro espía aristócrata de su misma calaña, -sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado -para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones -contra la República fraguadas por extranjeros que la República tiene -a sueldo... ¡Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la -Guillotina, Barsad. ¿No juega usted? - ---¡No! ¡No juego!--contestó el espía.--¡Me rindo! Confieso que nos -habíamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logré escapar -de Inglaterra donde corría riesgo de ser ahorcado, y Cly se vió tan -comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires -habría podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me -vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. ¿Cómo -lo averiguó? - ---No se caliente usted los cascos, señor mío--contestó _Lapa_--Harto -hará con prestar atención a lo que éstos caballeros le dicen. Pero -no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias -manos. - -El mirlo del verdugo se volvió hacia Carton, y dijo con decisión que -hasta aquel instante no había tenido: - ---Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme -más. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposición; ¿tiene la -bondad de formularla? Principiaré por decirle que no me pida grandes -cosas, que no pretenda exigirme nada que esté reñido con mi cargo, nada -que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero -abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de -un consentimiento. Antes habló usted de una partida desesperada; ya -estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como -el que más. Otra cosa; sin el menor escrúpulo delataré a usted si veo -que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre -los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no -pierda usted de vista, dígame qué desea de mí. - ---Muy poca cosa. ¿No es usted calabocero de la Conserjería? - ---En vez de contestar su pregunta, le diré que no hay escape -posible--replicó con entereza el espía. - ---Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar. - ---Lo soy algunas veces. - ---¿Puede serlo cuando quiere? - ---Puedo entrar y salir de la Conserjería cuando quiero. - -Carton llenó otra copita de licor, la vertió gota a gota en el suelo, y -al cabo de algunos instantes de reflexión dijo: - ---Hasta aquí, hemos hablado en presencia de estos dos señores, porque -me convenía que alguien, además de nosotros dos, tuviera noticia del -valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe -quedar entre usted y yo. Acompáñeme a esa habitación, donde cambiaremos -las pocas palabras que faltan. - - -IX - -HECHO EL JUEGO - -Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la -habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor -más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry -contemplaba a Jeremías _Lapa_ con recelo manifiesto y profunda -desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la -insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era -el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre -la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como -si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la -robustez de todas; examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa, -que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban -con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le -obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca, -acompaña a la franqueza perfecta de carácter. - ---¡Jeremías!--exclamó de pronto Lorry.--¡Venga usted acá! - -Aproximóse _Lapa_ caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado. - ---¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco? - -A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una -idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestó _Lapa_: - ---He sido agricultor. - ---Abrigo fundados temores--replicó Lorry, moviendo con fiero ademán la -mano--de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para -despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones -contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es, -no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a -Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe -conocerlo Tellson, y lo conocerá. - ---No puedo creer, señor,--contestó con humildad _Lapa_--que un -caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido, -se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes -pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no -digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me -había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun -entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista, -puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no -pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado -no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios -peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y -qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando -delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un -banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes? -¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada -usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señora _Lapa_ que se -pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los -negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los -que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos -de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese -cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico -tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fúnebres, lo que -no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los -cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted. - ---¡Uf!--exclamó Lorry--¡Me horroriza verle a usted! - ---El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted, -aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo -sea, es... - ---¡No venga usted con embustes! - ---No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo -hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del -Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará -recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta -aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme -fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea, -porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre -y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al -padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor -Lorry--añadió _Lapa_, secándose el sudor de la frente con el dorso de -la mano,--lo que yo deseo ofrecer a usted. - ---¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si -me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras, -me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me -convencen. - -Salieron en aquel instante Carton y Barsad. - ---Adiós, Barsad--dijo el primero;--quedamos entendidos. Nada tema de mí. - -Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó. - ---¿Qué han hecho? - ---Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán -hacerle una visita; nada más. - -El desaliento de Lorry se acentuó. - ---No puedo hacer más--repuso Carton.--Pedir demasiado, equivalía llevar -a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia -no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a -lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos -conseguido. - ---Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es -salvarle--objetó Lorry. - ---Nunca dije que le salvaría--replicó Carton. - -Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la -chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la -niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre -joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la -ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos -y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas. - ---Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos--dijo -Carton con voz alterada.--Perdóneme si he sido portador de una noticia -que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a -mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos -su dolor que respetaría el de mi padre. - -Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en -la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no -había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó -una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano -a su interlocutor, quien la estrechó con efusión. - ---Volviendo al pobre Darnay--repuso Carton,--diré que no es conveniente -que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener, -ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el -calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era -proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la -sentencia. - -No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores, -volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo -que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su -pensamiento. - ---Pensaría tal vez eso--añadió Carton,--y podría sospechar mil otras -cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la -atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar -a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por -ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya -cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada. - ---Voy ahora mismo. - ---De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en -usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora? - ---Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre. - ---¡Ah! - -Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un -sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton -con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se -clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como -una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se -hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro. - ---¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?--preguntó -Carton al cabo de breves segundos. - ---Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan -inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba -más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a -París. Pensaba marchar muy pronto; pero... - -Ambos quedaron silenciosos. - ---Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?--preguntó Carton, -sin duda por decir algo. - ---He cumplido los setenta y ocho años. - ---Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los -cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh? - ---Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin -exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios. - ---Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le -echarán de menos cuando deje vacante ese puesto! - ---No lo crea usted--replicó Lorry moviendo la cabeza--¿Quién ha de -verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como -yo? - ---¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija? - ---Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo -que decía. - ---Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias; -¿no es cierto? - ---Mucho, sí... de acuerdo. - ---Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras -siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la -gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido -despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a -mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años -de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad? - ---Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos. - -Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato -pensativo, y al fin, dijo: - ---Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez, -¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho -tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de -su dulce madre? - -Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le -embargaba, contestó: - ---Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja -siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero -a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con -frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos -años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan -hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me -acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para -mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas. - ---Lo comprendo--exclamó Carton enrojeciendo vivamente. - ---Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos, -¿verdad? - ---En efecto; me producen una sensación de pesar dulce. - -Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor. - ---Usted, en cambio, es muy joven--repuso Lorry, volviendo al mismo tema. - ---Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que -llevan a la vejez. - ---¿Va usted a salir?--preguntó Lorry. - ---Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi -manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me -paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa, -esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa -asistir mañana a la vista de la causa? - ---Con harto dolor de mi alma tendré que asistir. - ---Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará -sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo? - -Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos -después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se -separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por -muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse -junto a la puerta cerrada. - ---_Ella_ sale todos los días por aquí--se dijo Carton;--toma aquella -dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus -pasos! - -Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton -ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La -Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba -tranquilo su pipa frente a su establecimiento. - ---Buenas noches, ciudadano--dijo Carton, observando que el aserrador le -dirigía miradas inquisitivas. - ---Buenas noches, ciudadano. - ---¿Qué tal anda la República? - ---Supongo que te referirás a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta -y tres; no tardaremos en llegar a cien por día. Sansón y sus ayudantes -se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las -fuerzas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso es el buen Sansón! ¿Has visto en -tu vida barbero más atareado? - ---¿Le ves con frecuencia...? - ---¿Afeitar? Todos los días... ¡Vaya un barbero! ¿Le has visto alguna -vez en funciones? - ---Nunca. - ---Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una -delicia verle trabajar... Figúrate tú, ciudadano; hoy, sesenta y tres -en menos de dos horas... ¡En menos de dos horas, palabra de honor! - -En tal extremo repugnó a Carton la fruición con que el aserrador -explicaba las _faenas_ del verdugo, que le volvió la espalda para no -estrangularle, como era su deseo más ferviente. - ---Pero tú no eres inglés, aunque como inglés vistes, ¿verdad?--preguntó -el aserrador. - ---Inglés soy--contestó Carton, volviendo la cabeza. - ---Pues hablas como un francés auténtico. - ---Fuí estudiante aquí. - ---¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés. - ---Buenas noches, ciudadano. - ---No dejes de ir a ver al amigo Sansón. - -Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del -aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras -con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción -de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe -perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta -estaba cerrando en aquel momento el droguero. - -Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto -nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso -sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con -lápiz. - ---¡Demonio!--exclamó el droguero.--¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano? - ---Para mí. - ---¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las -consecuencias de la mezcla? - ---Perfectamente. - -El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo -interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la -calle. - ---Por esta noche, nada tengo ya que hacer--murmuró, alzando la -cabeza.--Mañana continuaremos... Me es imposible dormir. - -No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunció -Carton las palabras anteriores, ni había en ellas desesperación ni -reto; vibraba en su acento la resolución del hombre que, después de -largos años de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni dirección -fijas, penetra al fin en uno cuyo término le es conocido. - -Largos años antes, cuando descolló entre los jóvenes de talento, entre -los estudiantes que prometían grandes cosas, acompañó a su padre al -cementerio. Su madre había fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas -palabras solemnes que el sacerdote leyó sobre la tumba del que le dió -el ser, palabras olvidadas entre los desórdenes de una vida licenciosa, -surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorría las -calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros -nubarrones. - -«Yo soy la resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aun cuando -haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.» - -No hubiera sido difícil encontrar la fuerza misteriosa que evocó -aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que -arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada -largo tiempo atrás, con sólo reparar en que paseaba solo y de noche, -por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando -con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel día habían rodado, -y pensando en los desdichados que morirían sobre el cadalso al día -siguiente, y al otro y al otro. No intentó, empero, buscarla; limitóse -a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosiguió -paseando. - -Concentrando todo su interés en las ventanas iluminadas -correspondientes a habitaciones donde había personas que se disponían -a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de -la noche los horrores que las rodeaban durante el día, en las torres -de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la -revulsión popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes, -a quienes acusó de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos -lugares sagrados, destinados, según las inscripciones colocadas -sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes -de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corrían al -encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre, -tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la -guillotina veían turbados sus sueños por apariciones espectrales; -puesta, en suma, toda su atención en la vida de aquella ciudad que -corría desbocada a la muerte, Sydney Carton cruzó el Sena buscando -calles mejor iluminadas y más animadas. - -Eran muy contados los coches que se veían, pues los que podían -permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como -solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferían -caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con -zapatos de lo más ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que -comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles -céntricas, donde aquéllos estaban situados. Junto a la puerta de un -teatro, por la cual salían compactas masas de gentes alegres que, -canturreando, se dirigían a sus casas, vió Carton a una niña, de la -mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la -calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tomó a la -criaturita en sus brazos, la transportó a la acera opuesta, y antes que -el tímido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rogó -que le diera un beso. - -«Yo soy la resurrección y la vida; aquél que cree en Mí, aun cuando -haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.» - -Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era -completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios -pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas -entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto, -la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban -siempre. - -Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el -pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de -la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios -envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la -cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el -día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron, -y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el -cetro amarillento de la Muerte. - -La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo -cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio -de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó -paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba -vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar. - ---¡Como yo!--murmuró Carton. - -Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde -había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo. -Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de -momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor -Manette, allí encontró a _ella_, sentada junto a su padre. - -Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan -alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que -hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró -su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney -Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él, -prodújole los mismos efectos que al prisionero. - -Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el -orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún -acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la -Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas -las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para -siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el -mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse. - -El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las -miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos -republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que -lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de -cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra, -un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba -sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de -San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar -la pieza. - -Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador -público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos: - ---Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en -libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche -se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su -cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser -individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta, -que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la -manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, -reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley. -Su cabeza pertenece de derecho al verdugo. - ---¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?--preguntó el -presidente. - ---¿Quién la hizo? - ---Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio. - ---Muy bien. - ---Teresa Defarge, mujer del mencionado. - ---Perfectamente. - ---Alejandro Manette, médico. - -Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos -ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor, -pálido como un cadáver y temblando como un azogado. - ---Presidente--gritó,--protesto indignado contra la ruin mentira que -acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi -hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija, -y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que -mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo -he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa -mentir con tanto descaro? - ---Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe -merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de -la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu -vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto -como la República. - -Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego -que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosiguió con calor: - ---Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber -sería sacrificarla. Sigamos, y silencio. - -El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y -sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal -se frotaba las manos con visible fruición. - -Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia -sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido -su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo -entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas -siguientes: - ---¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano? - ---Tal lo creo. - ---¡Fuiste uno de los mejores patriotas!--gritó una mujer, arrebatada -por el entusiasmo--¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero, -te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza, -luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo -la verdad! - -La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la -concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La -Venganza, enardecida por las turbas, aulló: - ---¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca! - -Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas. - ---Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla, -ciudadano. - ---Yo sabía--respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca -distancia le estaba clavando con sus ojos--que el cautivo de quien -hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco, -Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras -permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro -nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la -Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda -en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro. -Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un -compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó -de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del -muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto -a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He -examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel, -es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de -puño y letra del doctor Manette, al Presidente. - ---Que se lea. - -El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo -miraba con amor a su mujer, y ésta miraba ora a él ora a su padre, -y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora -Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge -no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala -contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así: - - -X - -LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA - -«Yo, _Alejandro Manette_, médico desventurado, natural de Beauvais, -y residente en París, escribo este doloroso documento en mi horrenda -celda de la Bastilla en el mes último del año de 1767. Lo escribo -aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades -inmensas. Mi propósito es esconderlo en el interior del muro de mi -tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez -lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras -hayamos pasado al mundo del olvido. - -»Trazo estos renglones con el óxido que he sacado de los enmohecidos -hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes último -del año décimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un átomo -de esperanza. Fenómenos terribles que en mí mismo he observado me -anuncian que muy en breve me abandonará también la razón, pero declaro -solemnemente que en este momento me hallo en posesión plena de mis -facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que -escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de -mis palabras, tanto si llegan a ser leídas algún día por los hombres, -como si están condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya -mirada lee en el fondo de los corazones. - -»Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el día veintidós -del mes) del año 1757, hallábame yo paseando por un paraje retirado -del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa, -sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi -que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En -el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar -ser atropellado, asomó en la ventanilla una cabeza, y una voz mandó al -cochero que parase. - -»Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los -caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llamó por mi -nombre. No paró el coche frente a mí, sino a distancia bastante para -que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al -paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observé que ambos -iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus -rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro -lado de la portezuela, reparé también en que los dos parecían ser de -mi misma edad, quizá más jóvenes, y que se parecían mucho en estatura, -movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros. - -»--¿Es usted el doctor Manette?--me preguntó el uno. - -»--Yo soy--contesté. - -»--¿El doctor Manette, natural de Beauvais, joven médico y cirujano -hábil y original, que desde hace uno o dos años es una verdadera -notabilidad en París?--terció el otro. - -»--Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes -hablan con benevolencia excesiva--contesté. - -»--Hemos estado en su casa--repuso el que había hablado primero,--y -no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque sí la de que nos -indicaran que probablemente estaría paseando por estos sitios, le hemos -seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. ¿Tiene usted la bondad -de entrar en el carruaje? - -»El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que -dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre -ellos y la portezuela del coche, y además, iban armados y yo no. - -»--Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros--respondí,--pero es el -caso que tengo por costumbre preguntar quiénes son las personas que me -hacen el honor de pedir mis servicios y la índole del caso que hace -necesaria o conveniente mi asistencia. - -»Me contestó el que había hablado en segundo lugar: - -»--Sus clientes, doctor, son personas de alta posición social. Por lo -que se refiere a la índole del caso que hace necesaria su asistencia, -la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para -nosotros garantía de que ha de comprenderla usted sin necesidad de -explicaciones nuestras, que seguramente resultarían deficientes. Creo -que con lo dicho basta. ¿Tiene la bondad de montar? - -»No me quedaba más recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra. -Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el -estribo el que entró el último. El coche dió media vuelta y partió a -galope. - -»Consigno aquí la conversación tal como fué; puedo asegurar que la -repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente -lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginación y evitando que -divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren, -significan que suspendo la tarea para otra ocasión y que oculto el -documento en el escondite abierto al efecto... - -»El carruaje atravesó muchas calles, pasó por la Barrera Norte y no -tardó en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de -legua de la Barrera (no calculé entonces la distancia, pero sí cuando -la volví a recorrer) dejó el coche el camino real, y momentos después -hacía alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y -avanzamos por un mullido paseo de un jardín, cubierto de hierba, en -cuyo centro había corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar -a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien sonó la -campanilla, y el que nos la franqueó, recibió un bofetón terrible de -uno de mis acompañantes. - -»Confieso que no me llamó la atención aquel acto, pues estaba muy -acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por -los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de -la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompañantes era -tan maravilloso, que desde luego los deputé por hermanos gemelos. - -»Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardín, que -encontramos cerrada y que abrió uno de los hermanos, cerrándola de -nuevo luego que la franqueamos, venía yo oyendo gritos que tenían su -origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujéronme en -derechura a la habitación de la que partían los gritos, donde encontré -tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral. - -»Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven; -seguramente no pasaba de los veinte años. Su hermosa cabellera ofrecía -un aspecto de desorden tan completo, que entristecía el ánimo, y los -brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observé que -estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los -cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E. - -»Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado -en la estancia. Ocurrió que la enferma, cuya agitación era espantosa, -se volvió boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en -su boca, y vi que corría peligro de morir asfixiada. Separé, como es -natural, la tira, y entonces fué cuando descubrí el escudito de armas -bordado en ella. - -»Volví boca arriba a la paciente, coloqué mi mano sobre su pecho a -fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y miré su rostro. Su -mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetían -a gritos estas palabras: «Mi marido... mi padre... mi hermano». Luego -contaba hasta doce, permanecía unos segundos escuchando con toda la -atención de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar «Mi marido... mi -padre... mi hermano», y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo hacía -una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la -voz había la menor variación. - -»--¿Cuándo comenzó este estado de cosas?--pregunté. - -»A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamaré al uno el hermano -mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejercía mayor -autoridad. - -»--Desde anoche a estas horas--contestó el hermano mayor. - -»--¿Tiene marido, padre y hermano? - -»--Tiene un hermano. - -»--¿Y no estoy hablando con ese hermano en este instante? - -»--No--replicó con tono de profundo desprecio. - -»--¿La ha ocurrido recientemente algo relacionado con el número doce?» - -»--¿Con el número doce?--repitió con impaciencia el hermano menor. - -»--Pueden convencerse ustedes, caballeros, de lo inútilmente que me -han traído aquí, tal como estoy--dije, puestas aún mis manos sobre -el pecho de la enferma.--Si yo hubiese sabido lo que pasaba, habría -venido provisto de lo necesario, mientras que ahora estamos perdiendo -lastimosamente el tiempo. En un sitio tan solitario como es éste, no es -posible encontrar medicinas. - -»El hermano mayor miró al menor, quien replicó con voz altanera: - -»--Tenemos aquí un botiquín. - -»Momentos después lo sacaba de un armario y lo colocaba sobre la mesa... - -»Abrí algunos frascos, los olí y llevé sus tapones a mis labios. Si me -hubiese hecho falta administrar a la enferma cualquier substancia no -narcótica ni tóxica, a buen seguro que no la hubiera medicinado con -nada de lo que contenía el botiquín. - -»--¿No le inspiran confianza?--preguntó el hermano menor. - -»--Viendo está usted, caballero, que voy a utilizarlas--contesté -sencillamente. - -»No sin haber de luchar con grandes dificultades, y al cabo de largo -rato, conseguí hacer tomar a la enferma la dosis de medicina que -consideré conveniente. Como quiera que mi propósito era repetir la -medicación y observar los efectos que en la enferma producía la -primera toma, me senté a la cabecera de su lecho. Sentada con timidez -y cortedad manifiestas en un ángulo, había una mujer que la cuidaba, -casada con uno de los individuos de escalera abajo. La casa estaba -sucia, mal cuidada y amueblada, síntomas evidentes de que la ocupaban -desde fecha muy próxima y de que la intención de sus ocupantes era -permanecer en ella muy poco tiempo. Habían tendido provisionalmente -algunas colgaduras delante de las ventanas, sin duda para que los -gritos de la enferma no llegasen al exterior. Continuaba ésta gritando -como cuando llegué, repitiendo las mismas palabras y por el mismo -orden: «Mi marido... mi padre... mi hermano», y contando a continuación -hasta doce. Sus convulsiones eran tan violentas, que no juzgué -prudente librarla de las tiras que la sujetaban, aunque las coloqué -de manera que la molestasen menos. La crisis no cedía a la medicación, -pero observé que la presión de mi mano sobre el pecho de la enferma -ejercía sobre ella tanta influencia, que al cabo de algunos minutos se -tranquilizaba. No la produjo, empero, sobre los gritos, que continuaban -con la regularidad de un péndulo. - -»Media hora llevaría yo sentado junto a la cama y bajo las miradas de -los dos hermanos, cuando dijo el mayor: - -»--Tenemos otro enfermo. - -»Me alarmó la noticia, y pregunté: - -»--¿Es urgente el caso? - -»--Mejor será que lo vea usted por sus ojos--me contestó con tono -negligente tomando una luz... - -»Yacía el segundo enfermo en una habitación situada a espaldas de la -casa, habitación que en rigor no era más que un desván emplazado sobre -una cuadra. Parte del desván tenía techumbre muy baja y parte no. Bajo -la parte cubierta había heno y paja almacenados, y el resto contenía -leña y aperos de labor. Recuerdo tan bien todos estos detalles, que me -parece que los estoy viendo en este instante tal como los vi aquella -noche, no obstante hallarme encerrado desde hace diez años en mi -calabozo de la Bastilla. - -»Sobre un montón de heno y apoyada la cabeza sobre una almohada, yacía -tendido un mancebo de aspecto de aldeano, de rostro agraciado, y que no -contaría más de diez y siete años de edad. Estaba boca arriba, con los -dientes apretados, la mano derecha crispada sobre el pecho y la mirada -fija en el techo. Me arrodillé a su lado; y aunque no encontraba la -herida que había recibido, desde luego vi que moría a consecuencia de -una herida producida con instrumento punzante. - -»--Soy médico, pobre amigo mío--dije;--deje que le reconozca. - -»--No quiero ser reconocido; déjeme en paz--replicó. - -»Estaba la herida situada debajo de su mano derecha, que me costó no -poco trabajo y muchas instancias separar. Era una estocada recibida -de veinte a veinticuatro horas antes, estocada mortal de necesidad, -aunque le hubieran sido prestados todos los auxilios de la ciencia al -segundo de ser inferida. Se moría a chorros. Busqué con mi mirada la -del hermano mayor, y observé que éste contemplaba al herido con la -indiferencia misma con que contemplaría a un pájaro, a una liebre o a -un conejo heridos. Claramente se advertía que no veía en el muchacho a -una criatura humana. - -»--¿Quién le ha causado esa herida, caballero?--pregunté yo. - -»--¡Bah! ¿A qué hablar de un siervo miserable... de un perro? Obligó a -mi hermano a cerrar contra él, y cayó bajo su espada como si hubiese -sido un caballero. - -»En el tono de la contestación no había ni sombra de piedad, ni sombra -de pesadumbre, ni sombra de remordimiento. - -»Los ojos del moribundo se volvieron hacia el que acababa de hablar, -fijándose a continuación en mí. - -»--Doctor--me dijo;--son muy altivos esos nobles; pero también -nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban, -nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo -ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto usted, -doctor? - -»Llegaban hasta allí los gritos de la infeliz, bien que muy -amortiguados por la distancia. A la que los daba se refería el herido -como si hubiera estado a su lado. - -»--La he visto, sí--contesté. - -»--Es mi hermana, doctor. Habrán tenido esos nobles durante muchos -años derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras -hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que -saben resistir sus violencias. Yo lo sé, y he oído a mi padre afirmarlo -así. Mi hermana es una de ellas. Tenía relaciones amorosas con un -joven, bueno también y honrado, vasallo de este noble que está ahí... -todos éramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante -más vil de su despreciable raza. - -»El desventurado tenía que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos -para poder hablar; pero si le faltaban energías corporales, sobrábanle -las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza. - -»--Nos robaba ese hombre que está ahí con la frialdad e indiferencia -con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de -naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasión, nos -obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino, -a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo -pena de muerte al que tuviera la osadía de apoderarse de una de ellas, -nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por -misericordia de Dios, teníamos una piltrafa de carne que llevar a la -boca, la comíamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las -ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran -y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal -suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacían imposible la vida, que -mil veces he oído decir a mi padre que era para nosotros una desgracia -inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiéramos suplicar a Dios -condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin -de que ésta se extinguiera de una vez y para siempre. - -»Jamás había yo presenciado la explosión de los sentimientos de los -infelices oprimidos; suponía, sí, que en el fondo de su alma guardaban -almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su -estallido era para mí espectáculo nuevo hasta aquella noche. - -»--Mi hermana, doctor, se casó, a pesar de todo. Su pobre prometido -andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se casó para atenderle y -cuidarle en nuestra cabaña... nuestra perrera, como diría ese monstruo -que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la -desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gustó, y con -la mayor naturalidad del mundo pidió a su hermano mayor que se la -prestase. ¿Qué importaba que estuviera casada? ¡Son tan poca cosa los -maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedió sin inconveniente, -pero mi hermana era buena y virtuosa, y por añadidura, detestaba a -su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. ¿Qué creerá usted -que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi -hermana que ejerciese sobre ésta toda su influencia hasta obligarla a -rendirse a sus torpes deseos? - -»Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los míos, volviéronse -poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fué difícil leer -la verdad de los cargos que se le hacían. Aun aquí, en el interior del -sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos años, creo -ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban -las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos -furiosos de venganza la del muchacho campesino. - -»--Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste -en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus -carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo -engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron -a tirar de él. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos -nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos, -imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben -su noble sueño; el marido de mi hermana se pasaba las noches a -la intemperie y los días tirando del carro. No por ello se dejó -persuadir... ¡No! Un día, cuando le libraron de los aparejos y le -despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qué, exhaló doce -sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj--era mediodía--y -murió en los brazos de mi hermana. - -»Sólo las ansias de explicar el agravio recibido sostenían la vida -en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinación energías que -no encontraba en su organismo, alejó las sombras de la muerte que le -invadían y oprimió con mayor fuerza que nunca su herida por la cual -escapaba su vida. - -»--Muerto el marido de mi hermana, con la autorización de este hombre, -y hasta con su apoyo material, su hermano se apoderó violentamente -de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su -diversión de momento. La tropecé en el camino cuando se la llevaban. -Llevé la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estalló en mil -pedazos su corazón. Inmediatamente acompañé a mi hermana menor, tengo -dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre, -hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volví luego, seguí al hermano -de ese noble, y anoche le salí al encuentro, yo, un perro despreciable, -pero con la espada en la mano... ¿Dónde está la ventana?... ¿No había -aquí una ventana? - -»Abandonábale la vida y con la vida la luz. Tendí yo en derredor mis -miradas, y advertí que el heno y la paja que cubrían el suelo estaban -pisoteados y hollados, cual si allí hubiese teñido lugar una lucha -encarnizada. - -»--Me oyó mi hermana y acudió corriendo. Yo la dije que no se acercara -hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tiró algunas -monedas, y a continuación, me cruzó la cara con su látigo; pero yo, -no obstante ser un perro despreciable, lo abofeteé hasta obligarle a -desenvainar su espada. ¡Que rompa ahora la hoja de una espada manchada -con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre será -cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me -hirió, fué apelando a toda su habilidad! - -»Momentos antes había visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de -una espada; era de caballero. Un poco más allá, sobre la paja, había -otra espada vieja, una espada de soldado. - -»--Incorpóreme, doctor, incorpóreme; ¿dónde está ese hombre? - -»--No está aquí--contesté sosteniendo al moribundo, creyendo que se -refería al hermano. - -»--¡Claro! ¡Con toda su altivez de noble me tiene miedo! ¿Y el hombre -que estaba aquí? ¡Vuélvame hacia él... quiero verle! - -»Hícelo así, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero -éste, reanimadas por un momento todas sus energías, se puso en pie, -obligándome a hacer otro tanto para sostenerle. - -»--¡Marqués!--gritó, con mirada dilatada y levantando el -brazo.--Llegará día en que todos los hombres habrán de dar cuenta -estrecha de sus actos; para ese día te emplazo a ti y a todos los -tuyos, desde el primero hasta el último de tu maldita raza, para que -respondáis de vuestros crímenes. Sea esta cruz que con sangre estampo -sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el día en que todos -los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo -también a tu hermano, el más vil de una raza vil y miserable, para que -responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra -cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento. - -»Dos veces llevó la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el -dedo índice trazó dos cruces en el aire. Permaneció algunos segundos -con el dedo índice rígido, levantado y cayó muerto... - -»Cuando volví a la estancia donde dejé a la enferma, la encontré -delirando como la había dejado, y repitiendo las mismas palabras y con -el mismo orden de siempre. Desde luego adiviné que la crisis duraría -muchas horas y que, probablemente, terminaría con su muerte. - -»Repetí las medicinas y me senté junto a la cama, donde permanecí -hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma -continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una -sola palabra. «Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres, -cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.» - -»Treinta y seis horas hacía que la vi por primera vez, y el estado de -la enferma en nada había variado. Me encontraba sentado a la cabecera -de su lecho cuando la crisis comenzó a ceder. Cesaron los gritos, -terminaron los estremecimientos, y al poco rato quedó aletargada, como -muerta. - -»Llamé entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien -en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y -entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perdí las -pocas esperanzas que de salvarla abrigaba. - -»--¿Ha muerto ya?--preguntó el Marqués, que acababa de entrar en la -estancia, después de un paseo a caballo. - -»--No ha muerto, pero muerta parece--respondí. - -»--¡Qué resistencia tienen estos villanos!--exclamó, contemplándola con -curiosidad. - -»--Las penas y la desesperación suelen resistir lo indecible--contesté. - -»Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego -frunció el entrecejo. Acercó con el pie una silla a la que yo estaba -sentado, mandó a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz -baja: - -»--Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba, -le aconsejé que buscase a usted. Goza usted de una reputación -envidiable, pero todavía tiene que labrarse su fortuna, y supongo que -no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Está usted -presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse. - -»Yo fingí que prestaba atención a la respiración de la enferma y no -contesté. - -»--¿Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor? - -»--En mi profesión, caballero, cuantas noticias se dan -al médico referentes a los enfermos, se entiende que son -confidenciales--contesté, evitando comprometerme a nada, pues lo que -había oído y visto llenaba mi alma de recelos. - -»La respiración de la infeliz se iba dificultando en tales términos, -que hube de buscar síntomas de vida en su pulso y en los latidos de -su corazón. Para ello me fué preciso levantarme de la silla, y cuando -volví a sentarme me encontré frente a frente de los dos hermanos... - -»Tropiezo para escribir con dificultades horribles. En primer lugar, -el frío es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento -que averigüen que escribo, en cuyo caso me encerrarían en un calabozo -subterráneo adonde no llega ni un hilo de luz, conceptúo prudente -abreviar todo lo posible mi narración. Mi memoria no puede ser más -fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se -cruzaron entre mí y los dos hermanos. - -»Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la -muerte; más cerca de la última que de la primera. Hacia el final de -la semana, logré entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi -oído a sus labios. Me preguntó dónde se encontraba, y se lo dije; deseó -saber quién era yo, y satisfice su deseo; pero fué en vano que yo la -preguntara su apellido; cayó su cabeza sobre la almohada, y guardó su -secreto, como lo guardara antes que ella su hermano. - -»No tuve ocasión de hacerla nuevas preguntas hasta después que -manifesté a los hermanos que la enferma se moría, y que no viviría -un día más. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dejó ver -de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban -invariablemente detrás de una cortina tendida en la cabecera de la -cama; pero al comunicarles yo mi pronóstico, parece que ya no les -importó que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las -confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a -quien... se encontraba probablemente en el mismo caso. - -»Siempre observé que el hecho de que el hermano menor (continuaré -llamándole así) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por -añadidura labriego y plebeyo, hería profundamente el orgullo de los -dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que habían -ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba -a la familia y la colocaba en situación altamente ridícula. Infinidad -de veces sorprendí en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban -odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor. -Tampoco se me ocultó que para este último era yo estorbo molesto. - -»Murió mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su -lado, dobló su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas -sobre la tierra. - -»En la planta baja de la casa esperaban los hermanos. - -»--¿Ha muerto al fin?--preguntó el mayor, al verme entrar. - -»--Acaba de morir--contesté. - -»--Sea en hora buena, hermano--repuso, volviéndose hacia el menor. - -»Ya antes me habían ofrecido dinero, que yo no acepté, diciendo -que ultimaríamos ese detalle al final. El hermano mayor me entregó -un cartucho de monedas de oro, que yo recibí de su mano, pero que -dejé seguidamente sobre la mesa. Había meditado el asunto, y de la -meditación resultó el propósito decidido de no aceptar nada. - -»--Dispénsenme ustedes--dije;--dadas las circunstancias, nada debo -aceptar. - -»Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinación de -cabeza, que yo contesté con otra, montaron a caballo, y se fueron.... - -»Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi -descarnada mano ha escrito. - -»A la mañana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho -de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre. -Yo, entretanto, después de largas meditaciones, había resuelto ya la -norma de conducta que habría de seguir. Decidí escribir aquel mismo -día al Ministro, haciéndole historia de los dos casos en que había -intervenido y detallando el lugar en que aquéllos ocurrieron; en una -palabra: enviarle una relación circunstanciada, bien que con carácter -particular. Conocía yo hasta dónde llegaban las influencias en la -Corte, no eran para mí un secreto los privilegios e inmunidades de que -gozaban los nobles, y, como consecuencia, suponía que mi escrito no -daría ningún resultado; pero aun así, quise tranquilizar mi conciencia. -Decidí no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y así -lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No creí que a mí me -amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correrían otros, si los -comprometía haciéndoles dueños del secreto que yo poseía. - -»Estuve aquel día tan ocupado, que no me fué posible terminar la carta -hasta después de cerrar la noche. A la mañana siguiente, dejé el lecho -antes de la hora acostumbrada. Era el último día del año. Acababa de -dar la última mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una -señora que deseaba verme... - -»Por momentos me considero más incapaz de dar cima a la tarea que me -he impuesto. ¡Es tan insoportable el frío, tan escasa la luz, tan -completa la parálisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de -mi alma!... - -»Era una señora joven, simpática y hermosa, pero señalada con el dedo -descarnado de la muerte. La encontré presa de intensa agitación. Me -dijo que era la esposa del marqués de Evrémonde. Yo relacioné el -título de marqués que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con -la inicial que descubrí en la corbata blasonada y, con tales datos a -la vista, no me fué difícil adivinar que el hombre de quien me había -separado y el marqués de Evrémonde eran una misma persona. - -»Aunque mi memoria continúa despejada, me es imposible consignar aquí -las palabras que se cruzaron en nuestra conversación. Parece que la -señora tenía noticia de la intervención que yo había tenido en un -suceso que conocía en parte y en parte sospechaba. No sabía que la -infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, según me manifestó -anegada en lágrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su -simpatía, y sus anhelos, desviar la cólera de Dios suspendida sobre una -casa que de antiguo venía siendo objeto del odio de tantos a quienes -había precipitado en los negros abismos de la desgracia. - -»El objeto de la visita de aquella señora, que tenía sus motivos -para creer que la desdichada víctima de su marido dejaba una hermana -más joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la -residencia de la hermana en cuestión, a fin de ayudarla y protegerla. -No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, existía aquella -hermana; mas no facilitarla datos que desconocía entonces, y desconozco -a la hora en que escribo estas líneas... - -»Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la -vigilancia de que me hacen objeto es más estrecha que nunca, y hoy -mismo es preciso que termine mi relato. - -»La señora era buena, de corazón compasivo, y desgraciadísima en su -matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella -y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le temía, y temía -también a su marido. Cuando la acompañé hasta la puerta de mi casa, -después de despedirse de mí, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el -coche, un niño precioso de dos a tres años de edad. - -»--Por amor a este inocente, doctor,--me dijo la pobre madre hecha -un mar de lágrimas,--he de llegar, en el camino de las reparaciones, -hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que -ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si -oportunamente no ofrezco alguna expiación por ellos. Mi preocupación -primera ha de ser inocular en su tierno corazón la compasión hacia sus -semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco, -si puedo encontrarla. - -»Besó a continuación al niño, y le dijo: - -»--Por ti lo hago todo, Carlos. ¿Olvidarás mis encargos? - -»--Nunca--respondió con resolución el niño. - -»No consigné en mi carta un nombre que me habían comunicado -confidencialmente. La cerré, y no queriendo confiarla a nadie, aquel -día la llevé yo mismo a su destino. - -»Por la noche, era la última del año, a eso de las nueve, llamó en mi -casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado -Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia. - -»--Un caso urgente en la calle St. Honoré--dijo. - -»Salí inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me -condujo aquí, a la tumba. Apenas habíamos perdido de vista mi casa, -cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los -brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche. -El Marqués sacó del bolsillo la carta que yo había llevado al Ministro, -me la enseñó, la quemó con la llama de una linterna que llevaba en la -mano, y pisoteó las cenizas. No se habló ni una palabra. Me trajeron a -esta tumba, y en ella sigo. - -»Si en el lapso de estos horribles años, Dios se hubiera dignado tocar -el corazón de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran -término a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de -mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive -o ha muerto, creería que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado -por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas -con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos, -creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro -Manette, cautivo infortunado, en la noche última del año 1767, denuncio -a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el último, a los -tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen -maldades como las de que se han hecho reos. También los denuncio al -cielo y a la tierra.» - -Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se -oían palabras, que las gargantas no podían modular, sino rugidos que -revelaban sed insaciable de sangre. - -Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad había de -explicar cómo poseía Defarge aquel terrible documento que acababa de -hacerse público, cómo no lo había tampoco de hacer saber que el nombre -de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los -formidables registros de San Antonio. No había nacido el hombre capaz -de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia. - -Venía a agravar hasta lo infinito la situación del condenado la -circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidísimo y muy -respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una -de las aspiraciones más corrientes en el populacho era la de imitar -las virtudes públicas de la antigüedad, sacrificarse por la causa del -pueblo, inmolar los efectos más tiernos en aras de la República. He -aquí por qué, cuando el Presidente dijo que el buen médico republicano -no vacilaba en dejar viuda a su hija y huérfano a su nieto, a trueque -de exterminar una familia de perniciosos aristócratas, las turbas -dieron rienda suelta a un fervor patriótico salvaje, sin que en ningún -pecho vibrasen las cuerdas de la simpatía humana. - ---¿Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?--murmuró -la señora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza--¡Sálvale, doctor, -sálvale ahora, si puedes! - -Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fué -un rugido, la sentencia, una sucesión de rugidos. - -Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrémonde, por otro nombre -Darnay, aristócrata de corazón y de sangre, enemigo de la República y -feroz opresor del pueblo, volvería a la Conserjería para ser decapitado -a las veinticuatro horas. - - -XI - -SOMBRAS - -La feroz sentencia que condenaba a la última pena a un inocente fué -para la esposa sin ventura agudo puñal que traspasó su tierno corazón. -No exhaló, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma -se alzó una voz potente que la marcó el camino de su deber, diciéndola -que su obligación era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar -con las suyas sus agonías, y ante el conjuro de aquella voz, la joven -se irguió arrogante, sobreponiéndose a los efectos del tremendo golpe -recibido. - -Los jueces levantaron la sesión para tomar parte en la bulliciosa -manifestación pública que no podía menos de tener lugar después del -incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de -la Sala de Justicia, salía el público, indiferente al dolor de Lucía, -que tendía sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su -marido. - ---¡Si me fuera dado llegar hasta él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un -abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! ¡Buscad en vuestros pechos un resto -de piedad y acceded a una súplica que os hago de rodillas! - -No quedaban allí más personas que un carcelero con dos de los cuatro -individuos que el día anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El -público corría ya bullicioso por las calles. - ---Dejemos que le dé un abrazo--propuso Barsad a sus compañeros;--es -cuestión de un momento. - -Aquellas fieras se ablandaron. Lucía pudo llegar hasta el pie de la -plataforma, y su marido, inclinándose sobre la barandilla, la estrechó -entre sus brazos. - ---¡Adiós, dulce alma mía!--dijo.--Abandono este mundo bendiciendo los -amores que en él dejo. En la mansión donde duermen los odios y las -pasiones humanas volveremos a encontrarnos. - ---Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada. -No sufras por mí, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. ¡La -última bendición para nuestro ángel, y adiós! - ---Contigo se la envío, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos -me despido al hacerlo de ti. - ---¡No... Carlos querido, no! ¡Un momento más!--exclamó Lucía, al ver -que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.--Nuestra separación -no será larga. Presiento que mis amarguras pondrán pronto fin a mi -triste vida; pero mientras me quede un soplo de energía, cumpliré con -mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que -me deparó almas buenas que, con su cariño y abnegación alegraron mi -existencia, no ha de regateárselas a ella. - -Habíala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien -habría caído de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido -Carlos. - ---¡No... no!--gritó éste, tendiéndole los brazos--¿Ha cometido usted -acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? ¡Ah, -no! ¡Todo lo contrario! ¡Ahora es cuando me doy cuenta cabal de -las torturas horribles que desgarraron su alma! ¡Ahora es cuando -puedo aquilatar lo que usted sufrió cuando sospechó la sangre que -por mis venas corría y la desesperación que debió sentir cuando las -sospechas se trocaron en certeza! ¡Ahora es cuando comprendo las -luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipatía natural, -los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! ¡Con -todo nuestro corazón le damos las gracias! Suyo es todo nuestro -agradecimiento, suyo todo nuestro cariño. ¡Que el Cielo le bendiga, -como le bendecimos nosotros! - -No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz -de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energías más que para -mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia. - ---Tenía que suceder así--repuso el reo.--Todo ha conspirado para -llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estériles cuantos -esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiración de mi santa madre -a la que dió salida el día primero que usted la conoció y me conoció. -Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de -males, hacerse ilusiones de que podría tener término feliz lo que se -inauguró con principios fatales. Tenga valor, y perdóneme. ¡El Dios -misericordioso le colme de bendiciones! - -Separáronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus -guardianes, su esposa permanecía mirándole, juntas las manos en actitud -de súplica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa -acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareció el -condenado por la puerta que comunicaba con la cárcel, Lucía dobló su -cabeza cual flor segada por el tallo, intentó hablar, y cayó desplomada -en tierra. - -Del obscuro rincón donde había permanecido oculto desde el comienzo de -la vista, salió entonces Sydney Carton y alzó a la desventurada del -suelo. No quedaban con ella más que su padre y Lorry. Temblaba el brazo -de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresión no era -sólo de piedad; había en ella fuerte mezcla de orgullo. - ---¿La llevo al coche?--preguntó.--No sentiré su peso. - -En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta, -donde la acomodó. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su -lado, y Carton se acomodó en el pescante, junto al cochero. - -Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera -Carton procurando adivinar qué piedras habían hollado los pies de -Lucía, sacó a ésta del coche, y en sus brazos la subió orgulloso hasta -sus habitaciones, acostándola sobre un sofá. Lucita y la señorita Pross -lloraban desconsoladas. - ---No haga nada por disipar su desmayo.--dijo Carton a la última con voz -muy baja.--Está mejor así. - ---¡Oh Carton, Carton!--gritó Lucita, saltando al cuello de Carton y -rodeándole con sus brazos.--Ahora que ha venido usted, no dudo que hará -algo para consolar a mamá, para salvar a papá. ¡Véala usted, Carton! -¿Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte -hecho pedazos su corazón? - -Carton dió un beso a la niña, separó con dulzura sus bracitos, -contempló durante algunos segundos a la madre, y dijo: - ---Antes de irme... ¿puedo besarla? - -Más tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban -sus labios las mejillas de la desmayada, murmuró algunas palabras. La -niña, que era la que se encontraba más cerca, dijo después, y repitió -muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el -peso de los años: «Es una vida que amas». - -En la habitación inmediata, donde encontró al doctor y a Lorry, dijo al -primero: - ---Ayer tenía usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla -toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algún poder, son -amigos suyos y están agradecidos a sus servicios; ¿no es cierto? - ---Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refería. Abrigaba yo -esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salvé--contestó -el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresión conturbada. - ---Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de mañana; -pero pruebe. - ---Probaré... No descansaré un instante. - ---Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados -de las energías de usted, aunque nunca--añadió, sonriendo y suspirando -al mismo tiempo--tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin -embargo. La salvación de una vida querida bien vale ese esfuerzo. - ---Me presentaré al Fiscal de la República y al Presidente--contestó el -doctor Manette,--así como también a otros que no es necesario nombrar. -Escribiré también, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran -festejos públicos y que no podré ver a nadie hasta que sea de noche. - ---Es verdad. ¡Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy -remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir -que nada espero. Dígame, doctor Manette, ¿cuándo cree que podrá ver a -esas autoridades formidables? - ---Inmediatamente después de anochecido; yo creo que dentro de una o dos -horas. - ---Anochecerá poco después de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos -horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del -señor Lorry, ¿podré saber el resultado de sus gestiones? - ---Desde luego. - ---¡Ojalá tengan buen éxito! - -Acompañó Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con -voz muy baja y acento apesadumbrado: - ---Nada espero. - ---Ni yo. - ---Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos -hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer -demasiado, después de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se -atrevieran a hacerlo. - ---También lo dudo yo... La cuchilla no se detendrá. - -Lorry llevó las manos a la cara y dejó escapar algunos sollozos. - ---No se desespere usted... no ceda al abatimiento--dijo con dulzura -extremada Carton.--Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso, -ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estériles, han de -consolar a su hija algún día. Si su padre se cruzara de brazos, podría -pensar que había sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el -trabajo de disputarla al verdugo. - ---¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!--respondió Lorry, secándose los -ojos.--Se trabajará; pero morirá... ¡no resta un átomo de esperanza! - ---Es cierto. Morirá... ¡No queda un átomo de esperanza!--repitió Carton -como un eco. - -Seguidamente echó a andar con paso firme. - - -XII - -TINIEBLAS - -Muy poco trecho había recorrido Carton cuando se detuvo, no bien -decidido acerca del sitio al que se encaminaría. - ---A las nueve en el Banco Tellson--murmuró.--De aquí a entonces, ¿será -prudente que me deje ver? Creo que sí. No estará de más que esas gentes -tengan noticia de que por aquí anda un hombre como yo... quizá sea una -precaución acertada... una precaución necesaria... ¡Cuidado, Carton, -cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez! - -Suspendiendo la marcha ya iniciada en una dirección determinada, -entró en una calleja obscura y solitaria y procuró pesar el pro y el -contra de su proyecto, midiendo con su imaginación el alcance y las -consecuencias probables que aquél pudiera tener. - ---No hay duda; es lo mejor--pensó.--Esas gentes deben saber que por la -ciudad anda un hombre que se llama Carton. - -Con paso resuelto echó a andar hacia San Antonio. - -Como aquel mismo día había dicho Defarge en la vista que era dueño de -una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades había -de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con -la taberna en cuestión, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton, -pues, salió de la calleja obscura y comió en una casa de comidas, -descabezando a continuación un sueño. En muchos años no había bebido -tan poco como aquel día. Desde la noche anterior, sólo había tomado un -poco de vino aguado. - -A eso de las siete despertó, y reanudó su marcha. Al llegar al barrio -de San Antonio, detúvose un instante frente a una tienda donde vió -un espejo, y alteró ligeramente el lazo de su corbata y desordenó su -cuello y su cabello. Hecho esto, encaminóse en derechura a la taberna -Defarge y entró resueltamente en ella. - -No encontró en el establecimiento más que a Santiago Tercero, a quien -recordó haber visto aquella tarde entre los jurados, el cual estaba -bebiendo y conversando con los Defarges, marido y mujer. La Venganza, -en su calidad de miembro de la taberna, asistía a la conversación. - -Carton, luego que tomó asiento, pidió un vaso de vino. La señora -Defarge le dirigió una mirada indiferente, luego otra más detenida, -siguió otra extraordinariamente penetrante, y terminó acercándose a él -y preguntándole qué deseaba. - -Carton repitió lo que antes había dicho. - ---¿Inglés?--preguntó la tabernera, enarcando las cejas. - -Carton, después de mirarla un buen espacio, cual si le costase gran -trabajo pronunciar una palabra francesa, contestó con acento extranjero -marcadísimo: - ---Sí, señora, sí; inglés. - -Fué la tabernera al mostrador para servir el vino, y Carton, mientras -tomaba entre sus manos un periódico jacobino y fingía hacer esfuerzos -por interpretar la lengua en que estaba escrito, oyó que decía la -primera: - ---Juro que se parece a Evrémonde. - -Sirvió el vino Defarge, dando las buenas noches al parroquiano. - ---¿Qué?--preguntó Carton. - ---Buenas noches. - ---¡Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! ¡Brindo por -la República! - -Volvió Defarge al mostrador, diciendo: - ---Es cierto; se le parece un poco. - ---¡Y yo repito que se le parece mucho!--replicó con dureza la tabernera. - ---Lo tienes tan presente en tu memoria...--observó Santiago Tercero. - ---¡A fe que yo tampoco le olvido un momento!--exclamó La Venganza -riendo.--Y si no me engaño, estás tú esperando llegue el día de mañana -para verle otra vez. - -Carton continuaba leyendo, siguiendo con el índice las líneas del -periódico y puesta en la lectura toda su atención. Los Defarges, La -Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el -mostrador, conversaban en voz muy baja. Después de algunos momentos -de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos -clavados en el aplicado lector, que no tenía ojos ni oídos más que para -el periódico, reanudaron la conversación. - ---Opino que tiene razón tu mujer. ¿Por qué detenernos hasta el final -del viaje? El argumento es de gran fuerza. - ---Todo lo que quieras--objetó Defarge--pero en una parte o en otra -tendremos que hacer alto. En realidad, lo único que hay que acordar es -dónde se hace ese alto. - ---¡Después del exterminio!--replicó la tabernera. - ---¡Magnífico!--aulló Santiago Tercero. - ---¡Soberbio!--gritó La Venganza. - ---Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se está que, en -general, nada tengo que decir en su contra--observó Defarge.--Pero -hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy -habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la -expresión de su cara mientras se leía el papel. - ---¡He reparado en la expresión de su cara, sí!--replicó la tabernera, -poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón -de fiera.--He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que -no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he -visto. - ---Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija, -agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas--repuso Defarge. - ---También he observado a su hija, sí--contestó la tabernera;--la -he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el -Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando -los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje -inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza. - ---¡Eres una ciudadana prodigiosa!--rugió Santiago Tercero. - ---¡Un ángel!--suspiró La Venganza. - ---En cuanto a ti--prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su -marido,--segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no -depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre. - ---¡No!--protestó Defarge--¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo, -ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que -daría mi obra por acabada. - ---Ya lo estás viendo, Santiago--exclamó la tabernera lanzando por los -ojos llamaradas de rabia--Ya lo estás viendo también tú, mi querida -Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo -que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al -exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía -y opresión. Preguntad a mi marido si miento. - ---Es verdad--contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen. - ---En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla, -encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a -casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado -y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma -lámpara. Preguntadle si digo verdad. - ---Es verdad, sí--contestó Defarge. - ---Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara, -cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las -ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle -un secreto. Que os diga si miento. - ---Es cierto--asintió Defarge. - ---Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como -lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la -playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde, -esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi -familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido -mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el -fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de -mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto -de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos -de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es -verdad lo que digo. - ---Así es--confesó Defarge. - ---¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o -extinguir el fuego del infierno!--repuso la tabernera.--Pero no; no es -necesario que me lo digáis. - -Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la -índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro -estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge, -minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar -la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la -repetición de las palabras últimas de su mujer: - ---¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego -del infierno! - -La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés -pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional. -Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo -sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le -vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano -segura a su propietaria. - -Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros -de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry, -donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad. -Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta -momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita -convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro -de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación -del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy -débiles. - -Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry -le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía -sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera -a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor. -Lorry debía regresar al Banco a media noche. - -Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró -noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría? - -Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a -la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron -sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación, -vieron que todo estaba perdido. - -Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia -vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones. -Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le -esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra, -pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba -perdido. - ---No puedo encontrarlo--dijo.--¿Dónde está? Me hace falta. - -Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después -de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se -sentó en el suelo. - ---¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin -poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos -zapatos... los esperan con urgencia. - -Los dos oyentes se miraron consternados. - ---¡Vaya... vaya!--repuso el anciano.--¡Mi banqueta... mi labor -comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!... - -Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo, -semejante a un niño enfadado. - ---¡No martiricen a un desgraciado!--exclamó, lanzando un grito -formidable.--¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta -noche no termino los zapatos? - -¡Perdido, perdido por completo! - -Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la -desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con -terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero -del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al -tabernero Defarge. - -Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo -la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a -intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino -a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le -serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos. - ---Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él--dijo Carton.--Sí; -no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo, -¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito -imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me -pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que -para callarlas tengo una razón... y de mucho peso. - ---No lo dudo--respondió Lorry.--Siga usted. - -En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano, -meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores -hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un -enfermo. - -Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo, -cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar -la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y -abrió, encontrando dentro un papel doblado. - ---¿Quiere usted que veamos qué es esto?--preguntó. - -Lorry asintió con un movimiento de cabeza. - ---¡Gracias, Dios mío!--exclamó Carton no bien desdobló el papel. - ---¿Qué es?--preguntó Lorry con acento anhelante. - ---Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante -todo--dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita -y sacando otro papel,--conviene que vea usted esto, que es un -certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente. -Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés... - -Lorry quedó contemplando el papel. - ---Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al -prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel. - ---¿Por qué no? - ---No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome -también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es -otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su -nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento. -¿Lo ve usted? - ---Sí. - ---Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase -de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa; -no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo -guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche -con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no -pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy -es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden -revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán -muy pronto. - ---¿Están en peligro? - ---Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados -por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado -yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación -de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la -familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el -tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han -confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura -de los Defarges, está pronto a declarar que _la_ ha visto (Carton -no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los -prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar -sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra -la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de _ella_, -quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre, -pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste -usted... que a todos los salvará usted. - ---¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo? - ---Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que -no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será -formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán -para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten -una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte -en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la -guillotina. No cabe dudar que tanto _ella_ como su padre se harán reos -del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo -odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con -armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro -el resultado. ¿Va usted comprendiendo? - ---Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted -afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha--contestó -extendiendo la diestra hacia la silla del doctor. - ---No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en -abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción -más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos -para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan -enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde. - ---Lo estarán. - ---¿No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos? -Tiene usted un corazón todo nobleza. Esta noche, dirá a _ella_ que -conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro -puede envolver también a su hija y a su padre. Insista usted en este -punto, pues de no hacerlo así, es probable que nada consiguiera, porque -_ella_, sin inconveniente, antes bien llena de alegría, colocaría su -hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera -rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en -el que amenaza a su padre, hágala usted ver la necesidad imperiosa de -salir mañana a la hora indicada de París, con ellos y con usted. Dígala -que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende -mucho más de lo que ella puede suponer o esperar. ¿No le parece a usted -que su padre, no obstante la lamentable condición de su espíritu, se -someterá a los deseos de la hija? - ---Estoy seguro de ello. - ---Lo suponía. Sobre todo, téngalo todo dispuesto para la hora indicada. -El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en -sus asientos. En el momento que llegue yo, colóquenme en el coche, y en -marcha. - ---¿He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda? - ---Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los demás, -salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperará usted hasta que -ese asiento esté ocupado, y en cuanto lo esté, a Inglaterra lo más -rápidamente posible. - ---En ese caso--observó Lorry, dando un fuerte apretón de manos a -Carton,--ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevaré a mi -lado a un joven ardiente y decidido. - ---¡Con la ayuda de Dios, lo tendrá usted! Prométame ahora solemnemente -que por nada del mundo alterará ni modificará nada de lo que hemos -convenido. - ---Nada, Carton; lo juro. - ---Mañana, procure recordar con frecuencia estas palabras: «Una -variación... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca, -puede comprometer la salvación de las vidas de todos y ocasionar el -sacrificio inevitable de muchas otras.» - ---Las recordaré. Espero que Dios me dará fuerzas para llenar fielmente -mi misión. - ---Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora... -adiós. - -No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra -de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía. -Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y -el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la -banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta -el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en -otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos -momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar -algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de _ella_. Antes -de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en -hermosa nube de bendiciones. - - -XIII - -CINCUENTA Y DOS - -Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora -de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran -tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían -perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas. -Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían -de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida -el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día -siguiente vendría a mezclarse con la suya. - -Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes -a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta -años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia, -hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad -y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que -tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen -sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las -espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles, -opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin -distinción de personas. - -Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos, -no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En -cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia -de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de -salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada -por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos -individuales. - -No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como -él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa. -Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan -de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos -se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre -sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender -contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba -inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija, -acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello -con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho -alentase el egoísmo más agudo. - -Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho -rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración -de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de -la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él, -recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que -él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de -que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que -dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil, -y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y -engolfándose en reflexiones de índole más elevada. - -Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino -en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz, -tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento -de la cárcel obligaba a apagar las lámparas. - -Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás -tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de -los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del -documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella -misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel -triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su -apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir -una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta -por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su -hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente -que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había -olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la -historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín -aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún -recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver -que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por -el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero. -Instábala--bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era -inútil--a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los -medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable, -nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario, -se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido -de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su -dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza -de ternura consolase a su padre. - -Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y -diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase -vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario, -sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente -pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían -con mayor fuerza que nunca. - -Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres -queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se -acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que -no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones -frecuentes. - -Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de -paja, creyó que había concluído ya con el mundo. - -Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante, -encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho, -libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba -que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían -abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este -sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se -imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra -pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del -sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera, -hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras: -«Hoy es el día de tu muerte.» - -Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas, -una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte, -hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus -pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad -febril nuevos derroteros. - -Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría -su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre -máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría -emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si -estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería -él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes -se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera -su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba -el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría -cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los -fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable -sentida por una alma distinta de la suya. - -Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a -oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar -las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha -interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos -disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos. - -Sonaron las doce. - -Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo -serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante -anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte -recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le -llamarían a las dos. - -Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando -hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió -gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó: - -«Me resta otra hora.» - -Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se -abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta, -abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras: - -«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su -paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.» - -Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente, -tranquilo. Era Sydney Carton. - -Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el -primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no -real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el -tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano -era una mano real, de carne y hueso. - ---Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría -ver: ¿me equivoco? - ---No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun viéndole, estoy -dudando que frente a mí se encuentre el Sydney Carton a quien he -conocido... ¿Es también prisionero? - ---No. La casualidad me ha hecho dueño de uno de los calaboceros de esta -cárcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo -de parte de _ella_... de parte de su mujer, mi querido Darnay. - -El reo le tendió silenciosamente la mano. - ---Y traigo el encargo de hacerle una súplica. - ---¿Qué es? - ---Es la súplica más fervorosa, la más apremiante, la más ardiente de -las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es. -No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono más -patético que nunca ha sonado en sus oídos. - -El reo dobló la cabeza sin contestar. - ---Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qué soy el emisario -encargado de formular la súplica en cuestión, o para pedirme -explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para -dárselas. Su obligación... obligación sagrada, es obedecer sin -replicar... ¡Quítese las botas, y póngase las mías! - -Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, había una silla. -Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, había obligado a -aquél a sentarse en la silla en cuestión. - ---Descálcese y póngase estas botas mías... ¡Pronto!... - ---Carton... Es imposible escapar de aquí--replicó Carlos, completamente -desconcertado;--imposible de todo punto... No conseguirá usted otra -cosa que morir conmigo... Es una locura.... - ---Sería una locura si yo le dijera a usted que escapara; ¿pero se lo -he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta, -contésteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y -póngase la mía... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de -levitas... ¡Magnífico! Me permitirá que le quite esa cinta que sujeta -su pelo, y que desordene un poquito su peinado... ¡eso es! Ya va usted -tan mal peinado como yo. - -Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que más que humana -parecía sobrenatural, transformó al prisionero en un abrir y cerrar de -ojos. El reo parecía niño sin voluntad en sus manos. - ---¡Carton... Mi querido Carton! ¡Es una locura... un desatino! No es -posible llevarlo a cabo... Jamás se ha conseguido... Docenas de veces -lo han intentado y siempre fué el fracaso más ruidoso el resultado... -¡Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras -sacrificando estérilmente su vida...! ¿No basta con que muera yo? - ---¿Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella -puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto -concluído. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; ¿tiene usted el -pulso firme? ¿Podrá escribir? - ---Firme lo tenía cuando usted entró. - ---Pues es preciso que lo esté otra vez, para que escriba con letra muy -clara lo que voy a dictar... ¡Pronto, amigo mío, pronto! - -Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tomó asiento frente a la -mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, quedó en pie al lado -suyo. - ---Escriba punto por punto lo que yo le dicte. - ---¿A quién dirijo el escrito? - ---A nadie. - -La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho. - ---¿Pongo fecha? - ---No. - -El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton, -sin mover la diestra, miraba al suelo. - -«Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se -cruzaron--dijo Carton dictando,--comprenderá sin esfuerzo esta carta, -no bien la lea. Sé positivamente que las recuerda, pues no es usted de -los que olvidan pronto.» - -El reo, que no comprendía el sentido de lo que estaba escribiendo, alzó -inopinadamente los ojos y sorprendió a Carton en el momento que sacaba -del pecho la mano. Esta se detuvo. - ---¿Ha escrito usted «olvidan pronto?» - ---Sí. ¿Tiene en su mano algún arma? - ---No; no tengo armas. - ---¿Qué tiene, pues? - ---Dentro de un momento lo sabrá usted... Continúe escribiendo, que son -ya muy pocas las palabras que nos faltan... «Doy gracias a Dios que me -permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para -nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.» - -Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que -escribía, su mano derecha fué moviéndose cautelosamente acercándose a -la cara del reo. - -La pluma cayó de la mano de Darnay, quien miró con expresión atontada -en derredor. - ---¿Qué vapor es éste?--preguntó. - ---¿Vapor? - ---Sí... un olor que me molesta y aturde. - ---Nada percibo... No es posible que aquí se respiren vapores... Tome de -nuevo la pluma y terminemos... ¡Pronto, pronto! - -El reo, cuya respiración se había hecho jadeante, y cuyo rostro -reflejaba el desorden de sus facultades, se inclinó sobre el papel -dispuesto a escribir. - -«De haber sido otro el curso de los sucesos--continuó dictando Carton, -cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,--es -natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el -curso de los sucesos...» - -Fijó Carton sus ojos en la pluma, y vió que garrapateaba signos -ininteligibles. - -El reo se enderezó de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de -reconvenciones; pero la diestra del último se acercó más y más a su -nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luchó el reo -débilmente y durante breves segundos con el hombre que venía a dar su -vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yacía inmóvil -sobre el suelo. - -Carton vistió inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos -antes, se peinó mejor que nunca, ató su cabello con la cinta que antes -sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja: - ---¡Entre... entre!... - -Dos segundos después, se presentaba el espía. - ---¿Lo ve usted?--preguntó Carton alzando la cabeza, e hincando a -continuación una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de -Carlos el papel que había escrito.--¿No le dije que su riesgo era -insignificante? - ---Mi riesgo, señor Carton, no está en _esto_--respondió el espía,--sino -en que usted cumpla fielmente lo estipulado. - ---Esté usted tranquilo, que yo me atendré a lo convenido hasta la -muerte. - ---Así debe ser para que resulte exacto el número cincuenta y dos. Con -que usted lo complete, vestido como está en este momento nada temo. - ---Nada debe temer. Yo, que podría perjudicarle, desapareceré muy en -breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, ayúdeme; mejor dicho; -lléveme al coche. - ---¿A usted?--preguntó el espía con aprensión visible. - ---¡A él, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! ¿Saldrá por -la misma puerta por la que entré yo? - ---Claro que sí. - ---Pues bien; como me encontraba débil y desfallecido cuando entré, lo -natural es que salga más débil y más desfallecido. La despedida eterna -me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha -ocurrido aquí con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta -suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio. - ---¿Me jura usted que no me traicionará?--preguntó el espía temblando. - ---¡Pero hombre! ¿No lo he jurado ya solemnemente?--replicó Carton, -pateando con impaciencia.--¿A qué, pues, perder ahora momentos que son -preciosos? Sáquelo al patio que usted sabe, colóquelo en el coche, -llévelo al lado del señor Lorry, dígale que no le dé ninguna medicina, -que lo único que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche, -que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada más. - -Retiróse el espía, y Carton se sentó a la mesa, sobre la cual apoyó los -codos. Segundos después volvía a entrar el espía con dos hombres. - ---¡Hombre!--exclamó el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.--¿Tanta -impresión le ha hecho ver que su amigo ha sacado el _gordo_ en la -lotería de Santa Guillotina? - ---¡A fe que no se hubiera afligido más un buen patriota si el -aristócrata hubiese sido declarado absuelto!--observó el otro. - -Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que habían traído y -se lo llevaron. - ---¡Pocas horas de vida te quedan, Evrémonde!--dijo el espía. - ---Lo sé muy bien--respondió Carton.--Cuida de mi amigo y déjame en paz. - ---Vámonos, hijos míos--dijo el espía a sus compañeros.--Andando. - -Cerróse la puerta quedando Carton solo. Concentró en su oído todas -las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o -alarmas; nada se oyó. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron -puertas con estrépito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oyó un -grito ni se perturbó el orden o la tranquilidad habitual. Carton, más -tranquilo ya, permaneció sentado frente a la mesa hasta que sonaron las -dos. - -A sus oídos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni -sorprendieron, sencillamente porque sabía perfectamente qué -significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que -al fin llegó el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una -lista, sin pasar del umbral, se limitó a decir: - ---Sígueme, Evrémonde. - -Carton salió tras el calabocero hasta llegar a una celda obscura, -de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de -prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos -tenían atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que -éstos se quejaban y aquéllos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor -parte, sin embargo, permanecían silenciosos e inmóviles, con los ojos -clavados en tierra. - -Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y -un compañeros de cadalso, algunos de los cuales entraron después que -él, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeció, -temiendo ser descubierto, pero aquél continuó su marcha luego que -le hubo dado un abrazo. Momentos después, una muchachita de cuerpo -gracioso y lindas facciones se levantó del suelo y se acercó a Carton. - ---Ciudadano Evrémonde--dijo, alargándole su mano helada;--soy una -costurerita que fuí tu compañera de prisión en La Force. - ---¡Ah, sí!--murmuró Carton.--¡Es verdad! Lo que no recuerdo es la -acusación que te llevó a la cárcel. - ---Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente. -¿Puede haber conspirador que confíe sus maquinaciones a una niña débil -como yo? - -La sonrisa con que la jovencita acompañó sus palabras conmovió tan -profundamente a Carton, que las lágrimas asomaron a sus ojos. - ---No me da miedo morir, ciudadano Evrémonde, pero repito que nada he -hecho. Hasta moriría con alegría si la República, que según dicen, ha -de hacer felices a los pobres, obtuviera algún provecho de mi muerte; -pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para -nada, Evrémonde. ¿Qué beneficios ha de reportar a la República la -muerte de una criatura débil como yo? - -La compasión que la niña inspiraba a Carton era infinita. - ---Oí decir que te habían absuelto, ciudadano Evrémonde, y de veras -siento que no sea verdad. - ---Lo fuí; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado. - ---Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitirás -que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una niña, tu -mano me dará el valor que me falta. - -Carton vió que por los ojos de la niña, al clavarlos en su cara, pasaba -una nube de duda primero, y de asombro después. - ---¿Vas a morir por él? - ---¡Y por su mujer y su hija... sí! - ---¡Oh! ¿Me permitirás tener entre las mías tu mano valerosa? - ---Sí, desventurada hermana mía... hasta el postrer momento. - - * * * * * - -Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas -estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el -momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad, -se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan. - ---¿Quiénes son los viajeros? ¡A ver... los documentos! - -Una mano presenta los documentos, que son leídos. - ---Alejandro Manette... médico... francés... Veamos; ¿quién es? - -Un brazo extendido indica un viejo extenuado que murmura palabras -ininteligibles. - ---Parece que el ciudadano doctor tiene perturbadas las facultades, ¿eh? -Le ha abrasado el cerebro la fiebre de la Revolución. - ---Eso parece. - ---¡Bah! Son muchos los que se encuentran en su caso... Lucía, su -hija... francesa... ¿Quién es? - ---Esta. - ---Muy bien. Evrémonde emprende otro viaje distinto... Lucía, hija de -Lucía... inglesa... ¿Es esta? - ---La misma. - ---Dame un beso, hija de Evrémonde... Has besado a un buen republicano, -cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado, -inglés... ¿Quién es? - ---Este que yace tendido en el fondo del coche. - ---¿Va desmayado el abogado inglés? - ---Sí... su salud está muy quebrantada, pero el aire puro le sentará -indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido -la desgracia de incurrir en el desagrado de la República. - ---¿Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el -desagrado de la República, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero, -inglés... ¿Quién es el banquero? - ---Yo; no puede ser otro, puesto que nadie más queda en el coche. - -Mauricio Lorry era el que había contestado a las preguntas anteriores, -Mauricio Lorry el que había echado pie a tierra y, apoyada la diestra -en la portezuela del carruaje, respondía al interrogatorio del -encargado de la vigilancia de la Barrera. - ---Toma tus documentos, Mauricio Lorry... ¡Refrendados! - ---¿Podemos proseguir la marcha? - ---Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje. - ---Salud, ciudadanos... Pasó el primer peligro. - ---¿No le parece que caminamos demasiado despacio?--preguntó Lucía -llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry. - ---Si corriéramos más, parecería que huíamos; no conviene; excitaríamos -sospechas. - ---Vuelva la vista atrás... ¿No nos persiguen? - ---No, querida mía, no; hasta ahora no nos persiguen. - -Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisos que -bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, tenerías en -ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de -árboles sin hojas. Corren por caminos ásperos y desiguales, cruzando -malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascándose en -profundos lodazales. Su impaciencia, su agonía es tan grande, que no -ven nada, en nada reparan, en nada piensan más que en llegar cuanto -antes al puerto de salvación. - -Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras -quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben -trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la -vertiente opuesta, entran en terrenos menos áridos... ¡Dios santo! ¡Los -persiguen! - ---¡Ah del coche...! ¡Alto! - ---¿Qué pasa?--pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela. - ---¿Cuántos han sido hoy? - ---No comprendo. - ---¿Cuántos han besado hoy la Santa Guillotina? - ---Cincuenta y dos. - ---¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos -de aquí despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina -marcha admirablemente... ¡Bien por la Guillotina...! ¡Viva la -Guillotina...! ¡La adoro...! ¡Adelante! - -Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras -inteligibles. Cree que continúa al lado de Carton y le pregunta qué es -lo que tiene en la mano... - -¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de los fugitivos! - -Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las -nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen -incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie más corre en su -seguimiento. - - -XIV - -FIN DE LA CALCETA - -A la hora misma en que los cincuenta y dos esperaban el momento de -trabar relaciones demasiado estrechas con la Guillotina, celebraban -siniestro consejo secreto la señora Defarge, La Venganza y Santiago -Tercero. La conferencia no tenía lugar en la taberna, sino en el taller -del aserrador de leños, peón caminero en otros tiempos, y a ella no fué -admitido el aserrador, sino obligado a permanecer fuera, a distancia -respetable. - ---De todas suertes, nuestro Defarge es un buen republicano, -¿eh?--preguntó Santiago Tercero. - ---No lo hay mejor en toda Francia--respondió con calor La Venganza. - ---Calma, mi querida Venganza--replicó la tabernera, poniendo una -mano sobre el brazo de su _tenienta_ y frunciendo ligeramente el -ceño.--Antes de emitir opiniones, conviene que escuches lo que voy a -decir. Mi marido, como ciudadano, es un buen republicano y un hombre -de valor; ha merecido bien de la República y posee su confianza; -pero mi marido tiene sus debilidades, y una de las mayores, la mayor -seguramente, es la de querer al doctor. - ---¡Es una desgracia!--exclamó Santiago Tercero, moviendo con -expresión enigmática la cabeza.--Esas debilidades desdicen de un buen -ciudadano... ¡Qué lástima! - ---Lo que menos me importa a mí es el doctor--repuso la tabernera.--Por -mí, puede llevar la cabeza sobre los hombros, o perderla; me es -completamente igual; pero la raza Evrémonde ha de ser exterminada, ha -de desaparecer de la tierra, y como consecuencia, la esposa y la hija -deben seguir al otro mundo al marido y al padre. - ---Y que tiene una cabeza hermosa si las hay; una cabeza que está -pidiendo a gritos la Guillotina--contestó Santiago Tercero.--No hay -nada que entusiasme tanto como ver pendiente de las manos de nuestro -buen Sansón una cabecita de ojos azules y cabellos de oro. - -La señora Defarge bajó los ojos y permaneció en actitud reflexiva -durante algunos momentos. - ---También tiene cabellos de oro y ojos azules la niña--repuso Santiago -Tercero.--Además, pocas veces se nos concede el placer de ver sobre el -tablado niñas de sus años. Será un espectáculo soberbio. - ---Hablando con franqueza--dijo la tabernera sacudiendo su -abstracción,--en este asunto no me merece confianza mi marido. No sólo -estoy convencida desde anoche de que no debo confiarle los detalles -de mis proyectos, sino también de que, a poco tiempo que perdamos, es -muy capaz de advertirles del peligro que corren, en cuyo caso, se nos -escapan. - ---¡No escaparán, no... ni uno ni medio!--gruñó Santiago -Tercero.--¡Caerán todos, hasta el último! ¡Es preciso llegar a sesenta -diarios! - ---En una palabra--añadió la tabernera,--ni mi marido tiene las -razones que yo para exigir el exterminio total de esa raza, ni yo -tengo las razones que él para tratar con consideración al doctor. De -consiguiente, debo prescindir de él y obrar por mi cuenta. Puedes -entrar, ciudadano--terminó dirigiéndose al aserrador. - -Obedeció, temblando, el aserrador, quien se presentó con el gorro rojo -en la mano. - ---Respecto a las señales que viste que aquella mujer hacía a los -prisioneros, ¿estás dispuesto a sostenerlas con tu declaración en -cualquier momento, ciudadano?--preguntó la tabernera. - ---¿Por qué no? Desde aquí la he visto todos los días, lluviosos o -serenos, fríos o calurosos, desde las dos de la tarde hasta las cuatro, -unas veces con la niña, otras sola, y siempre haciendo señales. Estos -mismos ojos lo han visto. - -Mientras hablaba, hacía con las manos gran variedad de señas que jamás -había visto. - ---Complots... maquinaciones... es indudable--respondió Santiago Tercero. - ---¿Podemos contar con el jurado?--preguntó la tabernera. - ---En absoluto. Es un jurado patriota, ciudadana. Respondo yo de todos -los que lo forman. - ---Otra cosa...--añadió la tabernera, meditando.--Veamos..... ¿Puedo -perdonar al doctor en obsequio a mi marido? A mí me es igual... el -doctor me es indiferente... ¿Puedo perdonarlo? - ---Sería una cabeza más--observó Santiago Tercero.--Principian a -escasear las cabezas... dentro de poco escasearán más aún... Yo creo -que sería una lástima perdonarlo. - ---Cuando yo le encontré frente al sitio donde estamos, hacía las -mismas señas que su hija--dijo la señora Defarge.--Si hablo de la una, -forzosamente he de hablar del otro. Por otra parte, no me es posible -callar, así es que, descargo toda la responsabilidad del caso sobre -este ciudadano. El declarará lo que quiera. De mí, lo único que puedo -decir es que nunca seré testigo falso. - -La Venganza y Santiago Tercero demostraron claro como la luz del sol -que, lejos de ser testigo falso, siempre había sido espejo de testigos -admirables y maravillosos, y el ciudadano aserrador, no queriendo -quedar atrás, protestó ante el cielo y la tierra que la señora Defarge -era un testigo celestial. - ---¡Que se cumpla su destino!--dijo la tabernera.--No; no puedo -perdonarle... Supongo, ciudadano, que para las tres de hoy no puedes -disponer de tu persona, pues creo que no te privarás del gusto de -contemplar la hornada del día, ¿eh? - -Contestó inmediatamente el aserrador que por nada del mundo se privaría -de tan hermoso espectáculo, lo que le dió pie para añadir que era el -republicano más fervoroso, y que se consideraría el más desolado de -los republicanos, si algún día le impedían fumar su pipa mientras -contemplaba el hermoso funcionamiento de la Navaja Barbera Nacional. - ---También asistiré yo--respondió la tabernera.--Luego que termine la -función... a las ocho... sí; es buena hora... a las ocho vendrás a -buscarme a San Antonio para delatar a esos individuos en mi sección. - -Contestó el aserrador que sería para él honor altísimo y viva -satisfacción acudir a la cita que le daba la ciudadana. - -La señora Defarge se acercó a la puerta del taller, llamó por medio de -una seña a Santiago Tercero y a La Venganza, y luego que estuvieron -éstos a su lado, expúsoles con toda claridad sus puntos de vista. - ---Seguramente se encuentra en este instante en su casa, esperando la -noticia de la muerte de su marido--dijo.--En su dolor y desesperación, -no sólo llorará la desgracia que la aflige, sino que también censurará -la justicia de la República. Todas sus simpatías estarán de parte de -los enemigos del pueblo; así, que voy sin pérdida de momento a verla. - ---¡Qué mujer tan admirable! ¡Qué patriota tan adorable!--exclamó -Santiago Tercero, cuyo entusiasmo llegó a lo indecible. - -La Venganza la abrazó llorando en un rapto de admiración. - ---Toma mi calceta--repuso la señora Defarge, depositándola en manos de -La Venganza,--y ténmela preparada en mi asiento de costumbre. Vete allí -en derechura, no pierdas tiempo, pues es casi seguro que hoy haya más -concurrencia que de ordinario. - ---Con toda mi alma obedeceré las órdenes de mi jefe--contestó La -Venganza, besando a la tabernera en la mejilla.--¿Tardarás mucho? - ---Allí estaré antes que comience la función. - ---Procura llegar antes que las carretas--replicó La Venganza. - -La tabernera salió del taller a buen paso, no tardando en perderse de -vista. - -Muchas fueron en aquella época las mujeres cuyas siluetas morales no -es posible contemplar, no obstante la distancia del tiempo, sin horror -y asco; pero entre ellas, no hubo ninguna tan inhumana, tan feroz, -tan despiadada, como la que dejamos en este instante dirigiéndose -al domicilio del desventurado doctor Manette. Era mujer inaccesible -al miedo, inflexible, inteligente, astuta y resuelta, dotada de esa -hermosura especial que infiltra en el ánimo de quien la posee firmeza -y animosidad que fuerza a los demás a rendir homenaje instintivo a las -cualidades expresadas. De haber vivido en época menos conturbada, de -haberse movido en otro teatro, quién sabe si hubiese sido la gloria de -su sexo; pero víctima desde niña de las injusticias sociales, crecida -en una atmósfera de odio implacable de clase, se convirtió en tigre. -Desconocía en absoluto la piedad; y si alguna vez anidó en su alma -la virtud, habíala extirpado muchos años antes no dejando de ella ni -rastros. - -¿Qué importaba que muriera un inocente por pecados cometidos por -sus antepasados? Su furia implacable no veía al primero, sino a los -últimos. Ni tenía importancia dejar viuda a una infeliz mujer o -huérfana a su hija; antes bien conceptuaba insuficiente el castigo -desde el momento que se trataba de sus enemigos naturales, de su -presa, de seres que no tenían derecho a vivir. Intentar aplacarla, era -inútil, pues carecía de la facultad de compadecerse, no ya solo de los -demás, sino hasta de sí misma. Si en alguno de los muchos encuentros -en que tomó parte hubiese caído bajo la mano de sus enemigos, hubiera -aceptado su desgracia como cosa natural y corriente, y si la hubiesen -obligado a subir la escalera fatal que terminaba en la guillotina, -habría tendido su cuello sin que en su fiera alma nacieran otros -sentimientos que un deseo rabioso de cambiar de puesto con el hombre -que allí la enviara. - -Tal era el corazón que palpitaba bajo el tosco vestido de la señora -Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera -ofreciera un aspecto lúgubre como no dejaba de ofrecer algún atractivo -su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro -colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en -la cintura una daga de hoja larga y afilada. Así ataviada, caminando -con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer -que desde niña ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos, -desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrás calles y más -calles. - -Fuerza será que hagamos una pequeña digresión, a fin de aclarar algunos -puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior, -cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos, -fué para él motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar -consigo a la señorita Pross. No sólo era muy de desear evitar excesos -de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino también reducir al -mínimum el tiempo que en la Barrera emplearían para examinar los -documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvación de todos podía -depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras -largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes -y las ventajas, había propuesto dejar a la señorita Pross y a Jeremías -_Lapa_, que podían salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden -de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de -los carruajes más ligeros entonces conocido. Libres del engorro de -equipajes, no tardarían en dar alcance a los señores, y hasta en -dejarlos rezagados. - -La señorita Pross aceptó con alegría una proposición que la deparaba -oportunidad de prestar algún servicio de importancia a las personas -queridas. Ella y Jeremías habían conocido a la persona que su hermano -Salomón había traído desmayada en un coche, habían despedido a los -viajeros, habían pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban -haciendo los últimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el -coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a -la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente. - ---¿Qué opina usted, _señor Lapa_?--preguntó la señorita Pross, cuya -agitación era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni -permanecer en pie, ni vivir.--¿Qué opina usted de nuestro viaje? La -salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar -sospechas; así lo temo, al menos. - ---Mi opinión, señorita, es que tiene usted razón--contestó -_Lapa_--También opino que siempre apoyaré lo que usted diga, tanto si -tiene razón como si se equivoca. - ---Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte -que puedan correr nuestros señores--repuso la señorita Pross llorando -desconsoladamente,--que soy incapaz de formar ningún plan racional. Y -usted, _señor Lapa_, mi querido _señor Lapa_, ¿se siente con capacidad -bastante para formar algún plan medianamente racional? - ---Con respecto a la vida futura, señorita, creo que sí--respondió -Jeremías _Lapa_;--pero con respecto al uso presente de esta bendita -cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. ¿Quiere usted -hacerse cargo, señorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer, -como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos? - ---¡Dios nos tenga de su mano!--exclamó la señorita Pross, llorando a -grito herido.--Vengan en seguida esos votos o promesas, hágalos sin -perder instante como buen cristiano que es. - ---Lo primero que prometo--dijo _Lapa_ temblando como un azogado y con -expresión patética,--lo primero que juro, es no volver a hacer nunca -más algunas cosillas que antes hacía... No; nunca más. - ---Bien segura estoy, _señor Lapa_, de que no ha de hacerlas nunca más, -sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar. - ---No, señorita; no las mencionaré. Lo segundo que prometo, lo segundo -que juro, es no volver a mezclarme más en los rezos de la _señora -Lapa_. No; nunca más la impediré que se pase la vida entera de rodillas. - ---Hará usted muy bien.--contestó la señorita Pross, secando las -lágrimas que la cegaban.--Deje que de las cosas del hogar cuide su -señora... ¡Oh... mi pobre señorita! - ---Creo conveniente hacer constar, señorita--repuso _Lapa_ cual si -estuviera hablando desde lo alto de un púlpito,--y desearía que usted -transmitiera mis palabras a la _señora Lapa_, que mis opiniones con -respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi -alma desearía que la _señora Lapa_ estuviera de rodillas y rezando en -este instante. - ---¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, y ojalá el Cielo escuche benigno sus -oraciones! - ---¡Maldigo--prosiguió el _señor Lapa_ con mayor solemnidad que -nunca--maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que -rezan y se pasan el tiempo de rodillas! ¡Maldigo a todos los mortales -que en este mismo momento no están de rodillas y rezando para que el -Señor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos! -¡Maldigo, señorita... maldigo...! - -El buen _Lapa_ bajó la cabeza después de buscar en vano durante una -porción de segundos otra cosa que maldecir. - ---Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra -patria--contestó la señorita Pross,--puede usted abrigar la seguridad -más absoluta de que repetiré a la _señora Lapa_ cuanto usted acaba -de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo -momento me encontrará dispuesta a dar testimonio de sus excelentes -propósitos... ¡Pero pensemos, _señor Lapa_.... pensemos! - -Al cabo de largo rato de profunda meditación, dijo la señorita Pross: - ---¿No le parece acertado, _señor Lapa_, dar orden de que el coche, en -vez de venir aquí, espere en cualquier parte? Si mi proposición le -agrada, podría salir usted a dar el aviso, y yo acudiría al punto que -conviniéramos. - -Jeremías _Lapa_ contestó que el plan le parecía acertado. - ---¿Dónde podrían esperarme?--preguntó la señorita Pross. - -Tan aturdido estaba el _señor Lapa_, que no se le ocurrió indicar lugar -más a propósito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto -al Banco Tellson. - -¡Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de -distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de -la casa. - ---Junto a la puerta de la catedral--dijo la señorita Pross.--¿Le parece -a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres? - ---Me parece inmejorable, señorita. - ---Entonces, lléguese a la casa de postas, y dé las órdenes convenientes. - ---Lo único que me intranquiliza--dijo _Lapa_ rascándose la cabeza,--es -dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder. - ---Sólo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por mí. Espéreme con -el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo -más cerca que le sea posible, que desde luego será menos expuesto a -contratiempos que si saliéramos de aquí. ¡Que Dios le bendiga, _señor -Lapa_! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras -más preciosas que probablemente dependen de las nuestras. - -Estas palabras, y la actitud de la señorita Pross, que tendía hacia -él sus manos suplicantes, acabaron de decidir a _Lapa_, quien salió -inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisión. - -No contribuyó poco a tranquilizar a la señorita Pross ver en camino de -ejecución las medidas de precaución adoptadas. También halló consuelo -en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en -las calles una atención que podía ser peligrosa. Consultó el reloj y -vió que eran las dos y veinte. No podía perder tiempo. - -Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas, -temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores -indecibles, la señorita Pross puso agua fría en una jofaina y principió -a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por -sus aprensiones, a cada segundo interrumpía el lavatorio para dirigir -en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones, -retrocedió y lanzó un alarido penetrante, pues, en realidad, descubrió -a una persona que de pie, en el centro de la habitación, la estaba -mirando. - -La jofaina se hizo mil pedazos y el agua derramada llegó a besar los -pies desnudos de la tabernera Defarge. Aunque parezca extraño, aquellos -pies, que iban a buscar sangre, se encontraban con agua. - ---¿Dónde está la mujer de Evrémonde?--preguntó la tabernera con -frialdad. - -Rápida como el rayo penetró en la mente de la señorita Pross la idea de -que, la circunstancia de que estuvieran abiertas de par en par todas -las puertas, haría sospechar propósitos de fuga. Comenzó, pues, por -cerrarlas todas, y a continuación, se colocó frente a la puerta que -daba acceso a la habitación que hasta aquel día había ocupado Lucía. - -Con mirada llameante siguió la tabernera Defarge todos los movimientos -de la señorita Pross, fijándolos en su cara luego que la vió inmóvil -junto a la puerta. - -Limpia de toda clase de atractivos físicos estaba la señorita Pross. -Los años no habían amansado su rústica rudeza ni suavizado la hosquedad -ceñuda de su cara. Era al propio tiempo mujer resuelta, los peligros -personales no la asustaban, y lejos de amilanarse al ver a la señora -Defarge, midióla de alto abajo con una mirada de profundo desdén. - ---Por tu aspecto, podrías ser la mujer del mismísimo Lucifer--se dijo -para sus adentros la señorita Pross.--Pero si crees que me das miedo, -te equivocas; soy inglesa. - -Contemplábala la tabernera con el desprecio en la mirada, aunque -comprendiendo que se encontraba frente a un enemigo de cuidado. Sabía -muy bien que la señorita Pross era capaz de perder la vida por la -familia del doctor, de la misma manera que la señorita Pross sabía que -la tabernera Defarge era capaz de todo lo malo tratándose de la familia -indicada. - ---Iba al lugar donde tengo reservada una silla--dijo la Defarge, -extendiendo un brazo en dirección al sitio donde estaba emplazada la -guillotina,--y de paso, he querido dar mi enhorabuena a la mujer de -Evrémonde. Necesito verla. - ---Sé que tus intenciones son malas, y puedes contar desde luego con -la seguridad de que encontrarás en mí quien se oponga a que las -realices--replicó la señorita Pross. - -Cada cual hablaba en su lengua patria. Ni la tabernera entendía -una palabra de las pronunciadas por la señorita Pross, ni ésta las -pronunciadas por aquélla. Sin embargo, acechábanse mutuamente con -mirada tan intensa, que sus gestos, su expresión, hacían inteligibles -las palabras que nada decían a sus oídos. - ---Peor para ella si no me la dejas ver ahora mismo--repuso la -tabernera.--Los buenos patriotas sabrán muy pronto lo que eso -significa. Quiero verla... necesito verla... Ve y dila que no me voy de -aquí sin verla. ¿No me oyes? - ---Te empeñas en quedarte sin ojos, y lo vas a conseguir--replicó la -señorita Pross.--Mírame, mírame con esos ojos de bestia feroz, pero no -me tientes el bulto, que tengo malas pulgas. Puede que vengas por lana -y dejes la tuya entre mis uñas. - -Claro que la Defarge no entendió palabra de las frases que quedan -copiadas, pero sí se dió cuenta cabal de que su interlocutora se negaba -en redondo a obedecer sus mandatos. - ---¡Imbécil... cara de marrana hambrienta!--barbotó.--¡Quiero ver a la -mujer de Evrémonde! ¡O vas ahora mismo a decírselo, o te separas de esa -puerta y me dejas paso franco! - ---Nunca me imaginé que pudiera hacerme falta entender esa lengua -estúpida que hablas; pero la verdad es que daría ahora mismo todo lo -que tengo, excepto la camisa que llevo puesta, por saber si sospechas -toda la verdad o parte de ella. - -Las dos mujeres se clavaban mutuamente con la vista. La tabernera, que -hasta aquí no se había movido del sitio en que la vió la señorita Pross -cuando se lavaba los ojos, avanzó un paso. - ---Soy bretona y estoy furiosa--dijo la señorita Pross.--Mi vida me -importa un rábano. Sé que cuanto más tiempo te detenga, más aseguro la -salvación de mi señorita... Como te acerques, yo te aseguro que no te -dejo un pelo en esa cabeza. - -Era el valor de la señorita Pross de índole sentimental, un valor que -llenó de lágrimas sus ojos. Poco práctica la tabernera en fenómenos de -sentimiento, tomó las lágrimas por debilidad. - ---¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y qué poco vales!--exclamó.--No quiero -nada contigo... ¡Ciudadano doctor!--gritó.--¡Mujer de Evrémonde, hija -de Evrémonde! ¡Contestad a la ciudadana Defarge, miserables habitantes -de esa casa! - -Acaso el silencio que siguió a sus gritos, acaso la expresión de la -señorita Pross, acaso presentimientos nacidos en su negra alma, -sugirieron a la tabernera la sospecha de que las personas cuya sangre -buscaba habían huído. El hecho fué que de las cuatro puertas que tenía -la habitación en que se encontraba, abrió tres y miró al interior de -las estancias a las cuales daban acceso. - ---¡Todo lo veo en desorden, en estas habitaciones no hay nadie, -y sospecho que también está desierta la que tú guardas! ¡Quiero -reconocerla!--gritó. - ---¡Nunca!--respondió la señorita Pross, quien entendió las palabras de -la tabernera tan bien como ésta entendió su respuesta. - ---Si no están en esa habitación, se han ido; y aun es tiempo de -perseguirlos y de darles alcance--pensó la Defarge. - ---Mientras no averigües si están o no en esta habitación, no sabrás qué -partido tomar--se dijo a sí misma la señorita Pross;--y yo te aseguro -que no has de averigüarlo si en mi mano está impedirlo. Otra cosa; de -aquí no has de salir mientras me queden manos con que sujetarte. - ---No he encontrado hasta hoy muro capaz de cerrarme el paso; ten -por seguro que te haré pedazos si no sales de esa puerta--rugió la -tabernera. - ---Estamos solas en una habitación interior de una casa solitaria y en -un barrio solitario. No es probable que nos oigan. De aquí no saldrás, -fiera, pues cada minuto que te detenga, vale un mundo para mi querida -señorita. - -La tabernera, perdida la paciencia, avanzó con paso resuelto hacia -la puerta. La señorita Pross, guiada por el instinto de momento, la -agarró con entrambos brazos por la cintura. En vano intentó resistirse -y herir la primera, pues su antagonista, con esa tenacidad de gigante -que da el amor, siempre más fuerte que el odio, no sólo la sujetó, -sino que también la alzó del suelo entre sus brazos. Debatióse -furiosa la Defarge, descargó bofetones y más bofetones sobre la cara -de su enemiga, la arañó despiadada, pero la señorita Pross, que para -defenderse había bajado la cabeza, estrechaba cada vez más el cerco de -acero con que aprisionaba su cintura. - -Las manos de la tabernera dejaron de golpear y bajaron a la cintura. - ---No te molestes--dijo la señorita Pross;--está por bajo de mi brazo y -no has de poder desenvainarlo. Soy más fuerte que tú, gracias a Dios, y -no te soltaré hasta que caigas desmayada o muerta. - -La señora Defarge llevó la diestra al seno. La señorita Pross vió el -objeto que aquella mano sacaba. Rápida como un rayo alzó un brazo, -descargó un golpe, y... brotó una llamarada, sonó un trueno, y -retrocedió. La estancia quedó llena de humo. - -Todo ello no duró más de un segundo. El humo principió a salir por la -ventana, llevando entre sus negras espirales el alma de la mujer que -yacía sin vida sobre el pavimento. - -Lo terrible de la situación en que se veía, hizo que la señorita Pross, -en el primer momento, intentara huir del cadáver y bajara corriendo -la escalera con ánimo de pedir socorros innecesarios y tardíos; pero -afortunadamente hízose cargo de las consecuencias a tiempo para -detenerse y volver sobre sus pasos. Horrible era pasar sobre el -cadáver, tendido a través de la puerta; pero pasó para recoger el -sombrero y otros objetos que debía llevarse. Los sacó al descansillo -de la escalera, cerró la puerta con llave, se sentó con objeto de dar -salida por los ojos al espanto que la ahogaba, y ya más tranquila, se -levantó y se fué. - -Por fortuna para ella, el velo del sombrero era bastante tupido, pues -en caso contrario, lo probable es que la hubieran detenido en la calle. -Por fortuna para ella, era tan fea, que los arañazos profundos que en -la contienda había recibido no dejaron en su cara las huellas que en -otro rostro más favorecido por la naturaleza habrían dejado. - -Al cruzar el puente, arrojó al río la llave de la casa. Llegó frente -a la puerta de la catedral algunos minutos antes de la hora convenida -con _Lapa_, y esperó, llena de terror, al pensar que acaso pescasen la -llave que acababa de arrojar, y descubriesen a qué casa pertenecía, -y abriesen la puerta, y encontrasen un cadáver, y la prendieran -y condenaran a muerte por el delito de asesinato. Tales eran los -pensamientos que la agitaban cuando llegó _Lapa_. - ---¿Hay ruido en las calles?--preguntó la señorita Pross. - ---El ordinario--respondió _Lapa_, no poco sorprendido tanto por la -pregunta cuanto por el aspecto de quien la hizo. - ---No le oigo... ¿Qué me dice? - -En vano repitió _Lapa_ una y otra vez lo que había dicho; la señorita -Pross no le oía. - ---¡Vaya!--pensó _Lapa_.--Me haré entender por señas. - ---¿Hay ruido en las calles? - -_Lapa_ movió afirmativamente la cabeza. - ---No oigo nada. - ---¿Sorda como una tapia en una hora? ¡Es extraño!--pensó _Lapa_--¿Qué -la habrá pasado? - ---He visto un relámpago, he oído un trueno; y el trueno fué lo último -que oí en mi vida--explicó la señorita Pross. - ---La encuentro completamente cambiada... ¿Qué habrá podido tomar para -cobrar aliento? Porque la verdad es que no parece que tenga ni pizca -de miedo... ¡El ruido de esas malditas carretas...! ¿Las oye usted, -señorita? - ---No oigo nada, absolutamente nada--contestó la buena Pross, reparando -en el movimiento de los labios de su compañero.--Un relámpago, un -trueno, y nada más. - ---Si no oye el rodar de esas horribles carretas, opino que no volverá a -oir nada en este mundo--murmuró _Lapa_. - -No se engañaba. La señorita Pross quedó sorda para siempre. - - -XV - -LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE - -Rebotan sobre el empedrado de las calles de París los vehículos de la -muerte chirriando lúgubremente. Seis carretas llevan a la guillotina -la ración de vino con que diariamente se entretiene su sed. Los -monstruos devoradores, los monstruos insaciables que han forjado -las imaginaciones humanas desde el instante primero de su actividad -se han fundido en una realización única, y esta realización única -se llama guillotina. Y, sin embargo, en Francia, con toda su rica -variedad de clima y de suelo, no hay una brizna de hierba, una hoja, -una raíz, un renuevo, susceptible de llegar a sazón y madurez bajo -condiciones más favorables que aquellas que produjeron aquel horror. -El día que martillos semejantes aplasten y machaquen a la humanidad, -retorciéndola y borrando su forma, reaparecerá aquélla bajo las mismas -formas violentas y contrahechas bajo las cuales reapareció entonces, el -día que se siembre la semilla de la licencia rapaz y de la opresión, -florecerán y sazonarán los mismos frutos que entonces florecieron y -sazonaron. - -Seis carretas ruedan chirriando a lo largo de las calles. -¡Transfórmalas en lo que antes fueron, tú, Tiempo, encantador poderoso, -reintégralas a su forma y condición anterior, y las veremos trocadas -en otras tantas carrozas soberbias de monarcas absolutos, en trenes -de nobles feudales, en lujosas galas de deslumbradoras Jezabeles, en -Sinagogas que han dejado de ser la Casa de Mi Padre para convertirse -en cavernas de ladrones, en míseras chozas de millones de famélicos -campesinos! No; el gran mago que majestuosamente trastorna el orden -establecido por el Creador, jamás destruye sus transformaciones. «Si la -voluntad de Dios te ha dado la forma que afectas, no intentes variarla; -pero si la debes a pasajeras conjuras humanas, recobra la que recibiste -del Altísimo,» dicen los magos a los seres encantados en los cuentos -árabes. - -Las ruedas sombrías de las carretas al dar vueltas sobre el empedrado -semejan potente arado que abre un surco profundo entre el populacho que -llena las calles, a uno y otro lado del que quedan cabezas humanas. -Tan habituados están al horrendo espectáculo los vecinos de las casas, -que en muchos balcones no se ve una sola cara, y es muy frecuente ver -personas empleadas en alguna ocupación que no suspenden el movimiento -de sus manos al paso de aquéllas, aunque sus ojos se vuelvan a las -carretas para ver quiénes son los desgraciados que las ocupan. - -Entre los que montan las fatídicas carretas, los hay que contemplan -lo que les rodea con mirada impasible y los hay que concentran en -ello un interés pasajero. Dan pruebas palpables unos de desesperación -silenciosa haciendo el viaje postrero con las cabezas dobladas sobre el -pecho, al paso que otros las llevan arrogantemente erguidas y dirigen a -las turbas miradas de altivo desdén. Muchos meditan o procuran recoger -sus pensamientos empeñados en vagar sin freno, y a ese fin cierran -los ojos, mientras uno, uno solo, mísero ser de aspecto repugnante, -parece tan enloquecido de terror, que canta y hasta intenta bailar. Las -expresiones de los condenados varían hasta el infinito, pero ni uno -solo despierta piedad en los diamantinos pechos del pueblo. - -Rompen la marcha algunos jinetes de aspecto embrutecido a quienes los -curiosos dirigen de vez en cuando preguntas. Sin duda éstas son siempre -las mismas, pues a la contestación sigue invariablemente un movimiento -de las turbas en dirección a la tercera carreta. Los jinetes de rostro -embrutecido que cabalgan delante también señalan con frecuencia con la -punta de sus sables a un hombre de los que la ocupan. El condenado en -cuestión ha excitado la curiosidad general; todos desean saber quién -es el hombre que, apoyada la espalda contra el respaldo de la tercera -carreta, conversa con una muchachita sentada a su lado. No parece que -le interese la escena ni que le importe nada de cuanto le rodea. En -la calle de San Honorato gritan las turbas contra él; a los gritos -contesta con una sonrisa y con movimientos enérgicos de cabeza que -desordenan más sus largos cabellos, caídos sobre su cara, hasta la cual -no puede llevar las manos, pues sus brazos están amarrados. - -En lo alto de una escalinata de una iglesia espera el paso de la -fúnebre comitiva el espía a quien Sydney Carton llamaba el mirlo del -verdugo. Clava sus miradas en la primera carreta: no está allí. Mira -con ansiedad a la segunda... Tampoco. Su rostro refleja el temor -que comienza a invadirle, cuando, al escudriñar la tercera, sonríe -complacido. - ---¿Quién es Evrémonde?--pregunta un hombre colocado a su espalda. - ---Aquel... el de la tercera carreta. - ---¿El que habla con la chicuela? - ---Sí. - ---¡Muera Evrémonde!--vocifera inmediatamente el hombre en cuestión.--¡A -la guillotina todos los aristócratas! ¡Muera Evrémonde! - ---¡Calla.... calla...!--exclama con timidez el espía. - ---¿Por qué he de callar? - ---Porque va ya a pagar sus crímenes... Dentro de cinco minutos los -habrá purgado... Déjale ahora en paz. - ---¡Muera Evrémonde!--continúa gritando aquel bárbaro. - -Evrémonde vuelve la cara hacia el que vocifera; ve al espía, le mira -con atención, y prosigue impávido su camino. - -Los relojes de la ciudad están para dar las tres, y el arado se desvía -de la recta para llegar al sitio designado para las ejecuciones. Las -líneas de cabezas humanas que flanqueaban hasta allí el surco abierto -por el arado se agrupan en tropel rodeando a la guillotina que va a -entrar en funciones. En primera fila, cómodamente instaladas en sillas, -exactamente lo mismo que si estuvieran en el teatro, hay una porción -de mujeres, que hacen calceta con verdadero ardor; entre ellas no era -difícil ver a La Venganza, que parece inquieta y nerviosa. - ---¡Teresa!--grita apelando a su registro más estridente.--¿Quién ha -visto a Teresa... a Teresa Defarge? - ---Es la primera vez que falta--contesta una de las trabajadoras. - ---¡No... no faltará hoy tampoco...! ¡Teresa!--ruge La Venganza. - ---Grita más--aconseja la mujer que habló antes. - -¡Ah! Grita, Venganza, grita: ¡que por altos que tus gritos sean -es difícil que te oiga! ¡Grita, Venganza, grita... no importa que -acompañes tus gritos con maldiciones; que ni aquéllos ni éstas han de -llegar a oídos de tu jefe! ¡Envía emisarios que la busquen por todas -partes; que esos emisarios, aun cuando no puede negarse que han dado -cima a empresas difíciles, es seguro que no han de ir a buscarla donde -está! ¡Ha hecho un viaje demasiado largo! - ---¡Mala suerte!--acalla La Venganza, pateando con furia--¡Y ya están -aquí las carretas...! ¡Y Evrémonde será despachado sin que esté ella! - -Mientras La Venganza llama a grito herido a Teresa Defarge, son -descargadas las carretas. Los ministros de Santa Guillotina están -vestidos y dispuestos a trabajar... Se oye un golpe, rueda una cabeza -que inmediatamente alza en su mano uno de los ministros, y las mujeres, -sin mirar apenas, continúan haciendo calceta, diciendo por todo -comentario: - ---Una. - -La escena se repite varias veces, sin que las mujeres interrumpan su -labor ni dejen de contar. - -Sube al tablado fatal el supuesto Evrémonde, dando la mano a la -desventurada niña, según la había ofrecido, a la que coloca de espaldas -a la terrible cuchilla, que sube y baja sin interrupción. - ---De no haber sido por ti, mi querido desconocido, no tendría yo la -calma y resignación que tengo, pues soy una pobre niña y mi corazón -es débil. Tampoco habría sabido elevar mis pensamientos hacia Aquél -que murió por nosotros, a Aquél cuya misericordia es hoy mi única -esperanza. Yo creo que son los Cielos los que te han enviado a mí en -este día de prueba. - ---Quizá seas tú el mensajero que los Cielos me han enviado a -mí--replicó Carton.--Fija en mí tus ojos, niña querida, y no te -acuerdes de nada más. - ---Mientras tenga entre mis manos la tuya, estaré tranquila; y si al -separarla para emprender el viaje, el golpe es rápido, tampoco temeré. - ---El golpe será rápido; pierde cuidado. - -Aunque se encontraban entre las demás víctimas, hablaban con tanta -libertad como si hubiesen estado solos. Aquellos dos hijos de la Madre -Universal, desconocidos hasta entonces el uno al otro, iban a hacer -juntos el último viaje, a comparecer juntos ante el Creador, a reposar -juntos en el Cielo. - ---¡Valiente y generoso amigo!--exclamó la niña--¿Me permites que te -haga una pregunta? Soy muy ignorante, y se trata de una cosa que me -turba y mortifica... un poquito. - ---Pregunta lo que quieras. - ---Tengo una prima, mi único pariente, huérfana como yo, a quien quiero -mucho. Tiene cinco años menos de edad que yo y vive en una casa de -labor, por el Mediodía. La pobreza nos separó; ignora mi desgracia y yo -no puedo escribirla... y, aunque pudiera... ¿qué iba a decirle? Mejor -es así. - ---Es verdad: mejor es así. - ---Lo que he estado pensando mientras nos traían aquí, y lo que seguía -pensando ahora, es lo siguiente: si en realidad la República ha de -hacer la felicidad de los pobres, si gracias a ella padecen menos -hambre y se alivian sus sufrimientos, mi prima puede vivir aún muchos -años; hasta es posible que llegue a vieja. - ---¿Y qué, mi querida hermanita? - ---Si así es, ¿no te parece que se me hará muy larga la espera, allá -en aquel mundo mejor en que confío ser misericordiosamente acogida -contigo, en aquel mundo donde viviremos eternamente tú, ella y yo? - ---No, hija mía, no; en aquel mundo mejor a que aludes, no existe el -Tiempo ni tienen cabida los sufrimientos. - ---¡Cuánto me consuelan tus palabras! ¡Soy yo tan ignorante! ¿He de -besarte ya? ¿Llegó el momento? - ---Sí, hija mía, sí. - -La niña besa los labios de Sydney Carton y Sydney Carton besa los -labios de la niña. No tiemblan sus manos al separarse. «Adiós». Rueda -primero la cabeza de la niña... Las mujeres que hacen calceta cuentan -VEINTIDÓS. - -«Yo soy la Resurrección y la Vida; aquél que en Mí cree, aunque haya -muerto, vivirá eternamente; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá -jamás.» - -Desciende otra vez la cuchilla, y las mujeres cuentan; VEINTITRÉS. - - * * * * * - -Aquella noche, no se habla de otra cosa en la ciudad. Todos dicen que -jamás vieron rostro humano que reflejase tanta calma, tanta serenidad -de espíritu. Muchos añadían que su aspecto era sublime y que en sus -ojos brillaba la luz profética. - -Algún tiempo antes, una de las víctimas más notables de la guillotina, -una mujer, había consignado por escrito, puesta sobre el tablado -pavoroso, los pensamientos que la horrible máquina le inspiraba. Si -Sydney Carton hubiese dado expresión sensible a los suyos, y éstos -hubieran sido proféticos, habrían sido los siguientes: - -«Veo a Barsad, a Cly, a Defarge, a La Venganza, a los Jurados, a los -Jueces, a todos los nuevos opresores de la humanidad que se han alzado -terribles para destruir a los antiguos, caer bajo la afilada cuchilla -del instrumento justiciero. Veo que del fondo del negro abismo surge -una ciudad hermosa y un pueblo instruído que, en sus luchas por la -libertad verdadera, en sus triunfos y derrotas, expía, durante largos -años, los horrores de la época actual y los de las épocas anteriores, y -concluye por borrarlos. - -»Veo las vidas de aquellos por quienes doy la mía, deslizándose -tranquilas, prósperas y felices, en aquella Inglaterra que mis -ojos no volverán a ver jamás. Veo a _ella_ meciendo dulcemente en -su regazo a un niño que lleva mi nombre. Veo a su padre doblegado -bajo el peso de los años, pero prodigando hasta el último momento -de su vida los auxilios de su ciencia a sus semejantes. Veo al buen -anciano, que durante tantos años ha sido su amigo tierno y abnegado, -enriqueciéndoles con todo cuanto posee y volando al mundo en que le -espera la recompensa a que sus virtudes le hicieron acreedor. - -»Veo que en sus corazones me han erigido un altar, y que este altar lo -transmiten a sus descendientes, y que, muchas generaciones después, -todos los descendientes de aquella familia querida rinden culto de -gratitud sincera a la memoria del hombre que sacrificó su vida en aras -de un afecto santo. La veo a _ella_, ya muy anciana, llorando por mí -todos los aniversarios de mi muerte. La veo a _ella_ y a su marido, -durmiendo en la tierra el sueño último, y sé que, aun después de -muertos, honran y enaltecen mi memoria. - -»Veo al niño que _ella_ mecía en su regazo y que lleva mi nombre hecho -varón fuerte que se abre camino en el mundo dedicado a la carrera que -fué mi carrera en otro tiempo, y se lo abre tan brillantemente, que -los resplandores que ilustran su nombre ilustran también el mío. Veo -borradas las manchas que empañaron el brillo de mi alma. Veo al ilustre -abogado que lleva mi nombre, al que es el más justo de los jueces de -la tierra, al que ha sabido conquistarse el respeto y la admiración de -sus conciudadanos, ya viejo, muy viejo, teniendo sobre sus vacilantes -rodillas a un niño de cabellos de oro, que también lleva mi nombre, y -narrándole con voz balbuciente mi historia. - -»Mil veces más hermoso es lo que hago ahora que lo que nunca hice. - -»La santa dicha que ahora saborea mi alma no la hubiera encontrado -jamás en la tierra.» - - - FIN - - - - -INDICE - - - LIBRO PRIMERO - - VUELTA A LA VIDA - - PÁGS. - - I.--El período. 7 - - II.--La diligencia. 10 - - III.--Las sombras de la noche. 15 - - IV.--La preparación. 19 - - V.--La taberna. 30 - - VI.--El zapatero. 39 - - - LIBRO SEGUNDO - - EL HILO DE ORO - - I.--Cinco años después. 49 - - II.--Una visita. 54 - - III.--Decepción. 60 - - IV.--Enhorabuena. 72 - - V.--El chacal. 78 - - VI.--Centenares de visitas. 83 - - VII.--El señor en la ciudad. 94 - - VIII.--El señor en el campo. 102 - - IX.--La cabeza de Gorgon. 106 - - X.--Dos promesas. 116 - - XI.--Entre compañeros. 122 - - XII.--El caballero delicado. 125 - - XIII.--El sujeto no delicado. 131 - - XIV.--El honrado menestral. 136 - - XV.--Haciendo calceta. 144 - - XVI.--Más punto de media. 154 - - XVII.--Una noche. 164 - - XVIII.--Nueve días. 168 - - XIX.--Una opinión. 174 - - XX.--Una súplica. 181 - - XXI.--Pasos que resuenan. 185 - - XXII.--Sube la marea. 195 - - XXIII.--El incendio adquiere incremento. 201 - - XXIV.--Atraído por la montaña imantada. 207 - - - LIBRO TERCERO - - EL RUMBO DE LA TORMENTA - - I.--En secreto. 219 - - II.--La piedra de afilar. 230 - - III.--La sombra. 235 - - IV.--Calma en la tormenta. 240 - - V.--El aserrador. 246 - - VI.--Triunfo. 251 - - VII.--Visita inesperada. 257 - - VIII.--Una partida original. 262 - - IX.--Hecho el juego. 273 - - X.--La substancia de la sombra. 284 - - XI.--Sombras. 297 - - XII.--Tinieblas. 301 - - XIII.--Cincuenta y dos. 308 - - XIV.--Fin de la calceta. 318 - - XV.--Los ecos se apagan para siempre. 329 - - - - - -End of Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES *** - -***** This file should be named 61887-8.txt or 61887-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/1/8/8/61887/ - -Produced by Carlos Colón, Penn State University and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This book was produced from images made available by the -HathiTrust Digital Library.) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: Una historia de dos ciudades - -Author: Charles Dickens - -Translator: Gregorio Lafuerza - -Release Date: April 22, 2020 [EBook #61887] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES *** - - - - -Produced by Carlos Colón, Penn State University and the -Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net -(This book was produced from images made available by the -HathiTrust Digital Library.) - - - - - - -</pre> - - -<div class="chapter"> -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p></div> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> - - - - - -<p class="p6 center large">BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS</p> - -<p class="p4 center">CARLOS DICKENS</p> - -<h1>UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES</h1> - -<p class="center">TRADUCCIÓN DE<br /> -GREGORIO LAFUERZA</p> - -<div class="figcenter2em"><img src="images/illo1.png" width="125" -height="128" alt="" title="" /> -</div> - - -<p class="center">BARCELONA<br /> -RAMÓN SOPENA. <span class="smcap">Editor</span><br /> -PROVENZA, 93 A 97</p><hr class="chap" /></div> - - - - -<div class="chapter"> -<p class="right p6">Derechos reservados.</p> - -<p class="center p4">Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.—Barcelona</p> - -<hr class="chap" /></div> - - - - -<div class="chapter"> -<h2>PROLOGO</h2></div> - - -<p>Concebí las líneas generales de -esta historia cuando representé -con mis hijos y amigos el drama -de Collin <i>El Abismo Helado</i>. Apoderóse -entonces de mí el deseo -firme de encarnar el drama en mi -persona, y procuré asimilarme, -con solicitud e interés especiales, -el estado de ánimo necesario para -hacer su presentación a un espectador -dotado del espíritu de observación.</p> - -<p>A medida que me fuí familiarizando -con la idea, fueron dibujándose -y resaltando las líneas -generales hasta llegar gradualmente -a adquirir la forma que -en la actualidad tienen. Hasta tal -extremo se ha posesionado de mí -el argumento durante su ejecución, -ha dado tanta vida a todo -lo que en estas páginas se ha hecho -y sufrido, que puedo decir, -sin incurrir en exageraciones, que -todo lo he hecho y sufrido yo -mismo.</p> - -<p>Cuantas referencias haga, por -ligeras que sean, a la condición -del pueblo francés antes o durante -la Revolución, serán exactas -de toda exactitud, fundadas en los -testimonios de personas dignas -de fe absoluta. Ha sido una de mis -aspiraciones añadir algo a los medios -de inteligencia populares y -pintorescos de aquella época terrible, -bien que firmemente convencido -de que no hay quien pueda -añadir nada a la portentosa -filosofía que encierra la obra admirable -de Carlyle.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span></p> - - - - -<h2>UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES</h2> - - - - -<h2>LIBRO PRIMERO<br /> -VUELTA A LA VIDA</h2> - - -<h3 id="I_I">I.<br /> -EL PERÍODO</h3></div> - -<p>Erase el mejor de los tiempos -y el más detestable de los tiempos; -la época de la sabiduría y la -época de la bobería, el período -de la fe y el período de la incredulidad, -la era de la Luz y la era -de las Tinieblas, la primavera de -la vida y el invierno de la desesperación. -Todo lo poseíamos y nada -poseíamos, caminábamos en -derechura al cielo y rodábamos -precipitados al abismo: en una -palabra, era tan parecido aquel -período al actual, que nuestras -autoridades de mayor renombre -están contestes en afirmar que, -entre uno y otro, tanto en lo que -al bien se refiere como en lo que -toca al mal, sólo en grado superlativo -es aceptable la comparación.</p> - -<p>Un rey de bien desarrolladas -mandíbulas y una reina de cara -aplastada se sentaban sobre el -trono de Inglaterra, y un rey -de grandes quijadas y una reina -de rostro hermoso ocupaban el de -Francia. Los señores de los grandes -almacenes de pan y de pescado -de entrambos países veían claro -como el cristal que el bien público -estaba asegurado para siempre.</p> - -<p>Era el año de Nuestro Señor de -mil setecientos setenta y cinco. -En un período tan favorecido, no -podían faltar a Inglaterra las revelaciones -espirituales. Recientemente -había celebrado su vigésimoquinto -natalicio la señora -Southcott, cuya aparición sublime -en el mundo anunciara con la -antelación debida un guardia de -corps, profeta privado, pronosticando -que se hacían preparativos -para tragarse a Londres y a -Westminster. Hasta había sido -definitivamente enterrado el fantasma -de la Callejuela del Gallo, -después de andar rondando por -el mundo doce años, y de revelar -a los mortales sus mensajes en<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span> -la misma forma que los espíritus -del año anterior, acusando una -pobreza sobrenatural de originalidad, -revelaron los suyos. Los -mensajes únicos de orden terrenal -que recibieron la Corona y el -Pueblo ingleses, les llegaron de -un congreso de súbditos británicos -residentes en América, mensajes -que, por extraño que parezca, -han resultado de muchísima -mayor transcendencia para la raza -humana que cuantos recibió -ésta por la mediación de cualquiera -de los pollitos de la Callejuela -del Gallo.</p> - -<p>Menos favorecida Francia en lo -referente a asuntos de orden espiritual -que su hermana la del escudo -y del tridente, rodaba con -suavidad encantadora pendiente -abajo, fabricando papel moneda -y gastándolo que era un contento. -Bajo la dirección de sus cristianísimos -pastores, permitíase -entretenerse, además, con distracciones -tan humanitarias como sentenciar -a algún que otro joven a -que le cortaran las manos, le -arrancaran con pinzas la lengua -y le quemaran vivo, por el nefando -delito de no haber caído de rodillas -sobre el fango del camino, en -un día lluvioso, para rendir el -debido acatamiento a una procesión -de frailes que pasó al alcance -de su vista, bien que a distancia -de cincuenta o sesenta varas. Es -muy probable que, cuando aquel -criminal fué llevado al suplicio, -el leñador <i>Destino</i> hubiera marcado -ya en los bosques de Francia -y de Normandía los añosos árboles -que la sierra debía convertir -en tablas que servirían para construir -aquella plataforma movible, -provista de su cesto y su cuchilla, -que tanta y tan terrible celebridad -ha conquistado en la historia. -Es asimismo muy posible que, -en los rústicos cobertizos anejos -a las casuchas de los labradores -de las cercanías de París, se hallasen -en el mismo día, resguardados -de las inclemencias del tiempo, -las primitivas carretas, llenas de -salpicaduras de fango lamidas por -los cerdos y sirviendo de percha a -las aves de corral, que el labriego -<i>Muerte</i> había seleccionado para -que fueran las carrozas de la Revolución. -Verdad es que, si bien -el Leñador y el Labriego trabajaban -incesantemente, su labor era -silenciosa y no había oído humano -que percibiera sus pasos sordos, -tanto más, cuanto que abrigar -algún recelo de que aquellos estuvieran -despiertos era tanto como -confesarse a la faz del mundo ateo -y traidor.</p> - -<p>En Inglaterra, apenas si quedaba -un átomo de orden y de protección -bastantes para justificar -la jactancia nacional. La misma -capital era todas las noches teatro -de robos a mano armada y de crímenes -los más osados y escandalosos. -Pública y oficialmente se -avisaba a las familias que no -salieran de la ciudad sin llevar -antes sus mobiliarios a los almacenes -de los tapiceros, únicos sitios -que les ofrecían alguna garantía.<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span> -El que a favor de las sombras de -la noche era bandolero, parecía -honrado mercader de la ciudad -a la luz del sol, y si alguna vez -era reconocido por el comerciante -auténtico a quien se presentaba -bajo el carácter de «capitán», disparábale -con la mayor frescura -un tiro que le enviaba a otro mundo -mejor y ponía pies en polvorosa. -La diligencia-correo fué asaltada -por siete bandoleros, de los -cuales mató a tres la guardia, -la cual a su vez fué muerta por -los cuatro restantes «a consecuencia -de haberse quedado sin municiones»: -a continuación, la diligencia -fué robada concienzuda y -tranquilamente. El altísimo y poderosísimo -alcalde mayor de Londres -fué secuestrado y obligado -a vivir durante algún tiempo en -Turnham Green por un esforzado -bandido, quien tuvo el honor de -desbalijar a criatura tan ilustre -en las barbas de su numerosa -escolta y no menos numerosa servidumbre. -En las cárceles de -Londres reñían los prisioneros -fieras batallas con sus carceleros, -a los cuales obsequiaba la majestad -de la ley con sendos arcabuzazos. -En los propios salones de la -corte, manos habilidosas libraban -a los más altos señores de las cruces -de brillantes que adornaban -sus cuellos. Penetraron los mosqueteros -en San Gil en busca de -contrabando, y el populacho hizo -fuego contra los mosqueteros, y -los mosqueteros hicieron fuego -sobre el populacho, sin que a -nadie se le ocurriera pensar que -semejante suceso no fuera incidente -de los más comunes y triviales -de la vida. A todo esto, el verdugo, -siempre en funciones, siempre atareado, -no bastaba a acudir a los -distintos puntos en que era necesario, -hoy dejando pendientes de -sus cuerdas grandes racimos de -criminales y mañana ahorcando -a un ladrón vulgar, que penetró -el jueves en la casa del vecino, -y emprendió el viaje a la eternidad -el sábado siguiente; para quemar -hoy en Newgate docenas de personas, -y mañana centenares de -folletos en la puerta de Westminster -Hall; para enviar hoy a -la eternidad a un desalmado feroz, -y hacer mañana lo propio con -un mísero raterillo que robó seis -peniques al hijo de un agricultor.</p> - -<p>Todas estas cosas, y mil otras -por el estilo que podría referir, -eran el pan nuestro de cada día -en el bendito año de mil setecientos -setenta y cinco sin que fueran -obstáculo para que, mientras el -Leñador y la Labriega proseguían -su silenciosa labor, los dos mortales -de las desarrolladas quijadas -y las dos de cara aplastada y hermosa, -respectivamente, llevaran -a punta de lanza sus divinos derechos. -Así conducía el año de mil -setecientos setenta y cinco a Sus -Grandezas y a los millones de -criaturas insignificantes, entre -ellas las que han de figurar en la -crónica presente, a sus destinos -respectivos, por los caminos que -ante sus pasos estaban abiertos.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span></p> - - -<h3 id="I_II">II.<br /> -LA DILIGENCIA</h3></div> - -<p>El que recorría el primero de -los personajes que han de jugar -papel de mucha importancia en la -historia presente, la noche de un -viernes de noviembre, era el de -Dover. Seguía el viajero a la diligencia, -mientras ésta avanzaba -pesadamente por el repecho de la -colina Shooter. Subía caminando -entre el barro pegado a la caja -desvencijada del carruaje, y a -su lado iban los demás compañeros -de viaje, no ciertamente movidos -del deseo de hacer ejercicio, -poco agradable dadas las circunstancias, -sino porque rampa, arneses, -fango, diligencia y caballos -eran tan pesados, que éstos últimos -habían declarado ya tres -veces sus deseos de no seguir adelante, -amén de otra que intentaron -dar media vuelta, con el propósito -sedicioso de volverse a -Blackheath. Las riendas y la fusta, -el postillón y el guarda, puestos -de acuerdo, hubieron de dar -lectura al artículo del Reglamento -de Campaña que asegura que nunca, -ni en ningún caso, tendrán -<i>razón</i> los animales brutos, gracias -a lo cual capituló el tiro y se resignó -a cumplir con su deber.</p> - -<p>Bajas las cabezas y trémulas las -colas procuraban abrirse paso -por entre los mares de espeso barro -que cubrían el camino, tropezando -aquí, dando allá un tumbo -espantoso, cayendo no pocas veces -y tambaleándose siempre. -Cuantas veces el mayoral les concedía -algún descanso, el caballo -delantero sacudía violentamente -la cabeza y cuantos objetos la -adornaban con aire doctoral y enfático, -cual si su intención fuera -negar que la diligencia pudiera -llegar a lo alto de la loma; y cuantas -veces aquel hacía restallar -el látigo, el viajero de quien vengo -hablando levantaba asustado la -cabeza, como hombre a quien -arrancan bruscamente de sus meditaciones.</p> - -<p>Mares de vapor acuoso en forma -de espesa niebla cubrían todas -las hondonadas y se deslizaban -pegados a la tierra semejantes -a espíritus malignos que buscan -descanso y no lo encuentran. La -niebla era pegajosa y muy fría, y -avanzaba formando graciosos rizos -y masas onduladas que se -perseguían y alcanzaban como se -persiguen y alcanzan las olas -cuando el mar está movido. Era -lo suficientemente densa para encerrar -en un círculo estrechísimo -la claridad que derramaban los -faroles del carruaje, hasta impedir -que se vieran los chorros de -vapor que los caballos lanzaban -por las narices y que iban a -aumentar el caudal de los que -llenaban la atmósfera.</p> - -<p>Dos viajeros, además del que -he mencionado, subían trabajosamente -la rampa siguiendo a la -diligencia. Los tres llevaban su<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>bidos -hasta las orejas los cuellos -de sus abrigos y los tres usaban -botas muy altas. Ninguno de ellos -hubiera podido decir si sus compañeros -de viaje eran guapos o -feos, jóvenes o viejos; tan cuidadosamente -recataban sus semblantes, -y no estará de más añadir -que, si imposible era a los -ojos del cuerpo divisar la seña corporal -más insignificante, aun lo -era más a los ojos del espíritu -conjeturar las del alma, es decir, -las intenciones que cada uno de -ellos pudiera abrigar. En aquellos -felices tiempos, los viajeros eran -altamente reservados y evitaban -con gran cautela hacer confianza -en personas desconocidas, pues -cualquier compañero de diligencia -o de camino podía resultar un -bandolero o un cómplice de bandoleros, -señores que abundaban -que era una bendición, pues todas -las tabernas y posadas contaban -con cosecha no escasa de soldados -a sueldo del «capitán», cuyas huestes -nutrían todos sin excepción, -comenzando por el posadero y -terminando por el último mozo -de cuadra. En esto precisamente -iba pensando el guarda de la diligencia-correo -de Dover la noche de -aquel viernes del mes de noviembre -de mil setecientos setenta y -cinco, mientras aquélla subía trabajosamente -la rampa de Shooter, -sentado en la banqueta posterior -del carromato que le estaba reservada, -dando furiosas patadas sobre -las tablas para evitar que sus -pies quedaran transformados en -bloques de hielo y puesta la mano -sobre un arcabuz cargado, que -coronaba un montón de seis u -ocho pistolas de arzón, también -cargadas, a las cuales servía de -base otro montón de machetes -y puñales perfectamente afilados.</p> - -<p>En el viaje al que la presente -historia se refiere, ocurría en la -diligencia de Dover lo que invariablemente -sucedía en todos los -viajes: el guarda sospechaba de los -viajeros, los viajeros sospechaban -entre sí y del guarda, unos a otros -se miraban con recelo, y en cuanto -al postillón, sólo de los caballos -estaba seguro: es decir, que con -plena conciencia hubiera jurado -por el Antiguo y el Nuevo Testamento, -que el ganado no servía -para la faena a que estaba destinado.</p> - -<p>—¡Ap! ¡Ap!—gritó el postillón.—¡Arriba, -perezosos! ¡Un tironcito -más, y os encontráis en lo alto -de esa maldita colina! ¡Oye, Pepe!</p> - -<p>—¿Qué hay?—contestó el guarda.</p> - -<p>—¿Qué hora crees que será?</p> - -<p>—Por lo menos, las once y diez.</p> - -<p>—¡Ira de Dios!—gritó el postillón.—¡Las -once y diez y no estamos -en la cresta de Shooter! ¡Ap... -ap...! ¡Ah, ladrón!</p> - -<p>El caballo delantero, cuyos lomos -recogieron el terrible latigazo -con que el postillón acompañó -sus últimas palabras, avanzó con -decisión por la rampa, arrastrando -a sus tres compañeros. La diligencia -continuó dando tumbos, -escoltada por los tres viajeros que<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span> -tenían buen cuidado de no separarse -de ella, haciendo alto cuando -la diligencia lo hacía y avanzando -al paso de la misma, siempre atentos -a no adelantarse ni a quedar -rezagados, sabedores de que, si -tal hubieran hecho, habrían corrido -riesgo inminente de recibir -un arcabuzazo como bandoleros.</p> - -<p>Dominó al fin la pendiente el -pesado carromato: los fatigados -caballos hicieron nuevo alto para -tomar aliento y el guarda saltó -al camino para echar los frenos a -las ruedas y abrir la portezuela a -fin de que montasen los viajeros.</p> - -<p>—¡Pepe!—murmuró el postillón, -bajando la cabeza y la voz.</p> - -<p>—¿Qué hay, Tomás?—contestó -el guarda.</p> - -<p>—Me parece que se nos acerca -un caballo al trote, Pepe.</p> - -<p>—A mí me parece que viene a -galope, Tomás—replicó el guarda, -soltando la portezuela y encaramándose -de un salto a su sitio.—¡Caballeros, -favor al Rey y a la -Justicia!</p> - -<p>Lanzado el llamamiento, empuñó -su arcabuz y permaneció a la -defensiva.</p> - -<p>Hallábase el viajero a quien se -refiere esta historia sobre el estribo, -dispuesto a entrar en la diligencia, -y los dos restantes continuaban -en la carretera dispuestos -a seguirle. El primero continuó -en el estribo, y como consecuencia, -sus dos compañeros de -viaje hubieron de permanecer en -la carretera. Los tres paseaban sus -miradas desde el postillón al guarda -y desde el guarda al postillón, -y escuchaban. El postillón había -vuelto atrás la cabeza, el guarda -hizo lo propio, y hasta el caballo -delantero aguzó las orejas y miró -atrás, para no ser nota discordante.</p> - -<p>El silencio consiguiente a la -cesación del rodar del vehículo, -añadido al silencio de la noche, -hizo que en la cima de la colina -reinara un silencio solemne. El -jadear de los caballos comunicaba -al coche un movimiento trémulo -que le daba apariencias de monstruo -dominado por intensa agitación. -Latían con fuerza tal los -corazones de los viajeros, que probablemente -no hubiera sido imposible -oir sus latidos, pero si -esto no, al menos la quietud solemne -de la escena evidenciaba -que sus personajes contenían el -aliento, o no le tenían para respirar, -y que sus pulsaciones eran -rápidas por efecto de la expectación.</p> - -<p>Retumbaban en el silencio de -la noche los cascos del caballo que -subía la rampa a galope furioso.</p> - -<p>—¡Eh! ¡Alto quien sea!—rugió -el guarda con voz de trueno.—¡Alto, -o hago fuego!</p> - -<p>Cesó el desenfrenado galopar -y rasgó los aires una voz de hombre -que preguntó:</p> - -<p>—¿Es esa la diligencia de Dover?</p> - -<p>—¡Eso lo veremos más tarde!—replicó -el guarda.—¿Quién es usted?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span></p> - -<p>—¿Es la diligencia de Dover?—insistió -la voz.</p> - -<p>—¿Para qué quiere usted saberlo?</p> - -<p>—Porque si lo es, he de hablar -con uno de sus pasajeros.</p> - -<p>—¿Qué pasajero?</p> - -<p>—El señor Mauricio Lorry.</p> - -<p>Inmediatamente manifestó el -viajero de quien venimos hablando -que Mauricio Lorry era él. -El guarda, el postillón y sus dos -compañeros de viaje le dirigieron -miradas de desconfianza.</p> - -<p>—¡Cuidado con moverse!—intimó -el guarda.—Tenga usted presente -que si cometo un error, lo -que me ocurre algunas veces, no -habrá en el mundo quien sea -capaz de repararlo. Caballero llamado -Lorry, ¡conteste con verdad -a mis preguntas!</p> - -<p>—¿Qué pasa?—preguntó el interpelado, -con voz ligeramente -temblorosa.—¿Quién es el que -me busca? ¿Jeremías, tal vez?</p> - -<p>—Si ese individuo es Jeremías, -maldito lo que me gusta la voz de -Jeremías—gruñó el guarda entre -dientes.—No me agradan las voces -tan broncas.</p> - -<p>—El mismo, señor Lorry—respondió -el del caballo.</p> - -<p>—¿Qué pasa?</p> - -<p>—Despacho de allá para usted: -T. y Compañía.</p> - -<p>—Conozco al mensajero, guarda—dijo -Lorry, saltando desde -el estribo al camino, ayudado, -y no con suavidad, por sus dos -compañeros de viaje, que tiraron -de la esclavina de su abrigo, montaron -inmediatamente, cerraron -la portezuela y subieron el cristal.—Puede -acercarse: respondo de él.</p> - -<p>—¿Y de ti quién responde?—se -preguntó el guarda por lo bajo.—¡A -ver!—continuó con voz tonante.—¡Escuche -el del caballo!</p> - -<p>—¡Concluye pronto!—replicó -Jeremías, con voz más ronca que -antes.</p> - -<p>—¡Avance usted al paso...! ¿Me -entiende? Y si en la montura lleva -pistoleras, procure tener las manos -muy lejos de ellas. Tenga presente -que me pinto solo para cometer -errores, y que, cuando los -cometo, siempre toman la forma -de plomo. Venga usted para que -nos veamos las caras.</p> - -<p>No tardó en dibujarse entre la -niebla la forma de un caballo con -su jinete, que a paso lento se acercó -al pasajero que esperaba junto -al estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura, -miró al guarda y alargó -al pasajero un papel doblado. -Jadeaba el jinete al respirar, y -tanto él como su caballo estaban -cubiertos de barro, desde los cascos -del último hasta el sombrero -del primero.</p> - -<p>—¡Guarda!—llamó el pasajero -con tono confidencial.</p> - -<p>—¿Qué se ofrece?—respondió -con sequedad el tremebundo guarda, -puesta la diestra sobre la -caja del arcabuz, la izquierda -sobre el cañón y los ojos sobre el -jinete.</p> - -<p>—Puede usted estar completamente -tranquilo—repuso Lorry.—Pertenezco -al Banco Tellson,<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span> -entidad de Londres que seguramente -conoce usted. Asuntos de -importancia me llevan a París. -Tome usted una corona para -echar un trago... ¿Puedo leer esto?</p> - -<p>—Si lo lee, despache usted -cuanto antes, caballero.</p> - -<p>Lorry desdobló el papel, y leyó, -primero para sí y a continuación -en voz alta:</p> - -<p>«Espere en Dover la visita de -la señorita.»</p> - -<p>—Ya ve usted que el mensaje -no es largo, guarda—añadió Lorry.—Conteste -usted a quien le -envía, Jeremías, la palabra siguiente: -«<i>Resucitado</i>».</p> - -<p>Jeremías dió un salto sobre la -montura.</p> - -<p>—¡Vaya una contestación endiabladamente -extraña!—exclamó, -sacando el registro más bronco -de voz.</p> - -<p>—Repita usted esa palabra, y -los que le envían sabrán que ha -cumplido la misión que le confiaron. -Puede usted emprender el -regreso... Buenas noches.</p> - -<p>Diciendo estas palabras, el pasajero -abrió la portezuela y entró -en el carruaje, sin que por galantería -le diera la mano ninguno de -sus compañeros de viaje, los cuales -habían escondido, mientras -tenía lugar el incidente mencionado, -sus bolsillos y relojes en sus -botas y fingían dormir profundamente, -sin duda con objeto de -evitar ocasiones que dieran lugar -a ocupación más activa que el -sueño.</p> - -<p>Rechinó de nuevo el coche y -gimió más lastimeramente que -nunca al emprender el descenso -de la colina. El guarda colocó su -arcabuz sobre el montón de pistolas, -bien que asegurándose antes -de que las que, en calidad de suplementaria, -pendían del cinto, -estaban en su lugar, sacó de debajo -del asiento una cajita que contenía -algunas herramientas de -cerrajero, dos velas, eslabón, pedernal -y yesca. Hombre previsor, -llevaba cuanto era necesario para -encender, con facilidad y seguridad -relativas (si estaba de suerte) -los faroles del coche en unos cinco -minutos, si aquéllos se apagaban -o eran apagados, como ocurría -en los viajes más de una vez.</p> - -<p>—Tomás—llamó el guarda con -voz baja.</p> - -<p>—¿Qué quieres, Pepe?</p> - -<p>—¿Oíste la lectura del papel?</p> - -<p>—La oí.</p> - -<p>—¿Y la contestación?</p> - -<p>—También.</p> - -<p>—¿Y qué sacas en limpio, Tomás?</p> - -<p>—Absolutamente nada, Pepe.</p> - -<p>—¡Mira qué casualidad!—exclamó -el guarda.—Otro tanto me -sucede a mí.</p> - -<p>Jeremías, luego que quedó a -solas con la niebla que le envolvía, -echó pie a tierra, no ya sólo para -dar algún descanso a su rendido -corcel, sino también para limpiar -los salpicones de barro que llenaban -su cara y para bajar las alas -de su sombrero, que contenían -así como medio galón de agua. -Luego permaneció en medio de<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span> -la carretera, y cuando dejó de -oir el ruido del rodar de la diligencia, -dió media vuelta y emprendió -el regreso a pie diciendo a la -yegua que montaba:</p> - -<p>—Después del galope que te -has dado desde el Temple, amiga -mía, no me fío mucho de tus manos -hasta tanto que lleguemos a -camino plano... «¡Resucitado...!» -¡Contestación que podrá entender -el infierno, pero no Jeremías...! ¡Lo -que sí te aseguro, Jeremías, es -que si resucitar se pusiera en moda, -te verías en el mayor de los -aprietos en que te has visto en tu -endiablada vida!</p> - -<div class="chapter"> - -<h3 id="I_III">III.<br />LAS SOMBRAS DE LA NOCHE</h3></div> - -<p>Digno de detenidas reflexiones -es el fenómeno de que todos -los seres humanos llevan en su -constitución la necesidad de ser -secretos impenetrables entre sí. -Cuantas veces entro durante la -noche en una gran ciudad, maquinalmente -y sin darme cuenta -comienzo a pensar que todas y cada -una de las casas que forman el -ingente y apretado racimo que se -alza ante mis ojos encierran su -secreto peculiar, que todas y cada -una de las habitaciones de las casas -encierran su secreto peculiar, -y que todos y cada uno de los -corazones que palpitan en los -cientos de miles de pechos que -las habitan, es un secreto profundo -para el corazón encerrado en el -pecho más inmediato. El fenómeno -tiene algo de pavoroso, algo -de común con la muerte. El corazón -de la persona que me es querida -me parece libro cuyas hojas -estoy volviendo y a cuyo final -no podré llegar jamás: me parece -ingente masa líquida en cuyas -profundidades insondables he entrevisto, -a la luz que momentáneamente -las ha penetrado, tesoros -ocultos y mil secretos que han -excitado mis ansias por saber; -pero una voluntad inmutable ha -decretado que no pueda leer más -que la página primera del libro, -que la masa líquida se cuaje y -trueque en masa eternamente helada, -mientras la luz jugueteaba -sobre su superficie y yo la contemplaba -desde la orilla, ignorante -de lo que en su fondo encerraba. -Ha muerto mi amigo, ha muerto -mi vecino, han muerto mis amores, -y con ellos murieron los anhelos -de mi alma, porque su muerte -trajo consigo la consolidación -inexorable, la perpetuación del -secreto que encerraban aquellas -individualidades, como la muerte -sellará para siempre el mío, sepultándolo -conmigo en la tumba. -¿Duerme, acaso, en ninguno de los -cementerios de las ciudades que -visito, muerto cuya personalidad -íntima sea para mí más inexcrutable -que las de los vivos que afanosos -y solícitos recorren sus calles, -más de lo que la mía lo es -para todos ellos?</p> - -<p>Por lo que a este particular se<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span> -refiere, la herencia natural, herencia -imposible de enajenar, del -jinete mensajero, era la misma -del rey, la misma del primer ministro -de Estado, la misma del comerciante -más opulento de Londres. -Otro tanto sucedía con los -tres viajeros encerrados en los -angostos límites de una diligencia -vieja y destartalada. Cada uno -de ellos era un misterio impenetrable -para su compañero, tan impenetrable -como si en coche propio -hubiera viajado, solos y con una -nación de por medio entre coche -y coche.</p> - -<p>Montó el mensajero a caballo -y emprendió el regreso a trote -corto, deteniéndose en todas las -tabernas y mesones del camino -para refrescar la garganta, pero -sin trabar conversación con nadie -y procurando llevar siempre el -sombrero hundido hasta los ojos. -Con éstos se armonizaba perfectamente -la precaución, pues eran -negros y muy juntos uno a otro; -tan juntos, que no parecía sino -que temían que alguien los saltase -uno a uno si los encontraba separados. -Eran de expresión siniestra, -a la que tal vez contribuyera -la circunstancia de que brillaran -entre un sombrero, que más que -sombrero parecía escupidera -triangular, y una especie de tabardo -que arrancaba de los ojos y terminaba -en las rodillas con su portador. -Cuando éste se detenía para -beber, separaba con la mano izquierda -el tabardo lo indispensable -para verter en la boca el líquido -con la mano derecha, y no bien -había terminado de beber, lo -subía otra vez.</p> - -<p>—¡No, Jeremías, no!—murmuraba -el mensajero, machacando -siempre el mismo tema.—Jeremías -no puede estar conforme con -eso... Eres un hombre honrado, -Jeremías, un comerciante que no -puede aprobar esa clase de negocios... -¡Resucitado!.... ¡Que me -aspen si el señor Lorry no estaba -borracho cuando me dió semejante -recado!</p> - -<p>Tan perplejo le traía la palabreja, -que con frecuencia se quitaba -el sombrero para rascarse -despiadadamente la cabeza; y ya -que de la cabeza hablo, diré que, -excepción hecha de la coronilla, -completamente calva, desaparecía -bajo una masa de pelo áspero -que por la espalda descendía hasta -los hombros y por delante crecía -hasta el arranque de su ancha -y roma nariz. Semejaba la cabeza -obra de un herrero, caballete de -muro erizado de espesas púas, -que los aficionados al juego de -<i>a la una la mula</i> hubieran mirado -con terror respetuoso, considerándolo -seguramente el salto más peligroso -que el hombre pudiera dar -en el mundo.</p> - -<p>Tienen las sombras de la noche -caprichos verdaderamente extraños. -Al mensajero, mientras regresaba -con el misterioso recado -que debía entregar al vigilante -nocturno del Banco Tellson, para -que aquel lo transmitiera a su -vez a sus superiores jerárquicos,<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span> -eran muertos resucitados, fantasmas -salidos de las tumbas, al -paso que para la yegua que montaba, -eran caballos corriendo sin -descanso. Para los tres inexcrutables -viajeros que ocupaban el -interior de la diligencia, mientras -ésta saltaba y daba tumbos sobre -los baches del camino, las sombras -de la noche tomaban las formas -de los pensamientos que sus respectivas -imaginaciones elaboraban.</p> - -<p>Puede decirse que el Banco -Tellson se había trasladado a la -diligencia. Para el empleado del -mismo, asido con una mano a una -correa, gracias a la cual podía evitar -una colisión con su vecino -cada vez que el vehículo saltaba, -y cuenta que saltaba con desesperante -frecuencia, las angostas ventanillas -del coche, el farol del -mismo, que por aquéllas filtraba -débiles resplandores, y el bulto -negruzco del viajero que tenía -ante sus ojos medio cerrados, eran -el Banco, en el cual estaba haciendo -infinidad de operaciones a cual -más afortunadas. El ruido que -hacían los arneses antojábasele -tintineo de moneda con la que -pagaba letras, valores y cheques -con rapidez vertiginosa. No tardó -en trasladarse con la imaginación -a las cámaras subterráneas, cuyos -secretos conocía tan bien, y armado -de sus grandes llaves abría -la enorme caja, que encontraba -tan intacta, tan repleta, tan sólida -como la dejara la vez última que -tuvo ocasión de verla.</p> - -<p>Pero dominando a la imagen -del Banco, que le acompañaba -siempre, y a la de la diligencia, -que no le dejaba, sentía otra idea -fija, tenaz y persistente, que le -embargó durante toda la noche. -Su viaje tenía por objeto sacar a -alguien de la tumba.</p> - -<p>Ahora bien; lo que las sombras -de la noche no determinaban, era -cuál de entre el número infinito de -caras que pasaban en procesión -interminable ante sus ojos era -la de la persona enterrada. Eran, -empero, todas ellas caras de un -hombre de cuarenta y cinco años -próximamente, y diferían sobre -todo en las pasiones que cada -una de ellas reflejaban y en las -palideces lívidas que las caracterizaban. -Ante los medio cerrados -ojos del viajero desfilaron unas -tras otras caras que eran espejo -de orgullo, de menosprecio, de -desafío, de obstinación, de sumisión, -de dolor, caras de mejillas -hundidas, color cadavérico, flacas -y demacradas, pero las líneas -generales de todas ellas eran las -mismas, de la misma manera que -todas aparecían encuadradas en -una cabellera prematuramente -blanca. Docenas, cientos de veces -preguntó al espectro el soñoliento -viajero:</p> - -<p>—¿Cuándo te enterraron?</p> - -<p>—Hace casi diez y ocho años—contestaba -invariablemente el espectros.</p> - -<p>—¿Habías perdido toda esperanza -de volver a ver la luz del -día?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span> -—Ha mucho tiempo.</p> - -<p>—¿Sabes que vas a resucitar?</p> - -<p>—Eso me dicen.</p> - -<p>—¿Supongo que te interesará -vivir?</p> - -<p>—No puedo decirlo.</p> - -<p>—¿Querrás que te la presente? -¿Vendrás conmigo a verla?</p> - -<p>Las contestaciones que los distintos -espectros daban a esta -pregunta última diferían mucho -y hasta se contradecían entre sí.</p> - -<p>—¡Espera!—exclamaban unos -con voz entrecortada.—¡Moriría -si la viera tan de repente!</p> - -<p>—¡Llévame en seguida!—contestaban -otros, derramando mares -de lágrimas.—¡Me muero por verla!</p> - -<p>—¡No la conozco!—respondían -otros espectros, mirando asombrados -a quien les preguntaba.—¡No -sé de qué me hablas! No comprendo.</p> - -<p>El viajero interrumpía estos -discursos imaginarios para cavar, -cavar sin tregua ni descanso, ora -con la azada, ora con la pala, tan -pronto con una llave inmensa -como con sus propias uñas, en sus -ansias por desenterrar al que sepultaran -prematuramente. Rendido -al fin, falto de fuerzas caía -de bruces sobre la tierra removida, -y al contacto de ésta con su frente, -despertaba sobresaltado y bajaba -el cristal de la ventanilla para que -los zarpazos de la niebla y de la -lluvia le hicieran pasar de lo soñado -a lo real.</p> - -<p>No conseguía, empero, su objeto. -Flanqueando el camino, huyendo -ante el incierto resplandor -de los faroles del coche, veía las -mismas imágenes vivificadas por -su excitada fantasía. Ante sus -ojos se alzaba el Banco Tellson, -sus manos pagaban letras y cheques, -recorría las cámaras subterráneas, -visitaba la caja, y de -pronto le salían al paso los fantasmas -de rostro lívido y cabellera -blanca, y se repetía el interrogatorio -anterior:</p> - -<p>—¿Cuándo te enterraron?</p> - -<p>—Hace casi diez y ocho años.</p> - -<p>—¿Supongo que te interesará -vivir?</p> - -<p>—No puedo decirlo.</p> - -<p>Y vuelta a cavar, y a cavar, y -a cavar, hasta que uno de sus -compañeros de viaje le indicó, con -modales un tanto bruscos, que -subiera el cristal de la ventanilla.</p> - -<p>Quiso entonces fijar sus pensamientos -en sus dos compañeros -de viaje; mas no tardó en olvidarlos -para volver a ensimismarse -en los del Banco y de la tumba.</p> - -<p>—¿Cuándo te enterraron?</p> - -<p>—Hace casi diez y ocho años.</p> - -<p>—¿Habías perdido las esperanzas -de que te desenterrasen?</p> - -<p>—Hace muchísimo tiempo.</p> - -<p>Sonaban aún en sus oídos estas -palabras, tan claras y distintas -como jamás las oyera en su vida -cuando se percató de pronto de -que las sombras de la noche habían -huído avergonzadas ante los -esplendores del nuevo día.</p> - -<p>Bajó la ventanilla y contempló -el brillante disco del sol. Clavado<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span> -en el surco de un campo inmediato -al camino vió un arado. Más allá -se divisaba un soto lleno de árboles, -en cuyas ramas quedaban -muchas hojas a las cuales el astro -rey daba tonos rojos y dorados. -La tierra estaba húmeda, el cielo -despejado y el sol se alzaba solemne, -plácido, rutilante, hermoso.</p> - -<p>—¡Diez y ocho años!—exclamó -el viajero, puestos sus ojos en el -sol.—¡Dios mío... Dios mío! ¡Enterrado -en vida durante diez y -ocho años!</p> - -<div class="chapter"> - - -<h3 id="I_IV">IV.<br />LA PREPARACIÓN</h3></div> - -<p>Cuando llegó la diligencia a Dover, -a su tiempo y sin tropiezo, -el mayordomo en jefe del <i>Hotel -del Rey Jorge</i> se apresuró a abrir -la portezuela, como tenía por costumbre. -Supo dar a su acto cierto -aire solemne y ceremonioso, y a -fe que lo merecía, pues digno era -en verdad de todos los parabienes -y enhorabuenas el venturoso viajero -que, en pleno invierno, acometía -y acababa felizmente una -hazaña tan erizada de peligros -como un viaje en diligencia desde -Londres hasta Dover.</p> - -<p>No pudo felicitar el fino y cumplido -mayordomo más que a un -solo viajero, sencillamente porque -uno solo venía en el carruaje: los -restantes habíanse quedado en sus -destinos respectivos. El interior de -la diligencia, sucio, lleno de paja y -mal oliente, más que otra cosa parecía -obscura perrera, y el señor -Lorry que lo ocupaba, cuando salió, -sacudiéndose las pajas y las inmundicias -que cubrían su indumentaria, -envuelto en un abrigo -viejo y sucio, cubierto con un sombrero -apabullado y calzando botas -altas cubiertas de fango, más que -hombre parecía perro de raza gigante.</p> - -<p>—¿Saldrá mañana barco para -Calais, mayordomo?—preguntó.</p> - -<p>—Saldrá, señor, si continúa el -buen tiempo y sopla viento favorable. -¿Desea cama el señor?</p> - -<p>—No pienso acostarme hasta -la noche; pero necesito habitación -y un barbero.</p> - -<p>—¿Y el almuerzo a continuación, -señor? Muy bien... Por aquí, -señor. ¡La Concordia para este -caballero...! ¡El equipaje de este -caballero a la Concordia...! ¡Agua -caliente a la Concordia!... ¡Qué -suba inmediatamente un barbero -a la Concordia!... En la Concordia -encontrará usted, señor, una lumbre -agradable.</p> - -<p>La habitación conocida por el -nombre de la Concordia, que invariablemente -se destinaba a uno de -los viajeros llegados por la diligencia, -ofrecía un interés especial. -Nadie advirtió jamás la diferencia -más insignificante entre los -diferentes personajes que en ella -entraron, pues nunca ojo humano -distinguió otra cosa que un levitón -de viaje, puesto sobre unos -zapatos ordinariamente sucios, y -coronado por un sombrero casi<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -siempre viejo y apabullado; pero -si en la Concordia entró siempre -el mismo individuo al parecer, -salieron de ella en el transcurso -de los años hombres de todas las -edades, tipos, figuras y cataduras. -No es, por tanto, de admirar, que -la casualidad llevase al trayecto -comprendido entre la Concordia y -el comedor, a dos mayordomos, -tres camareros y varias criadas, -amén de la propia dueña del establecimiento, -los cuales estaban entregados -a diversas faenas domésticas, -cuando de la habitación -mencionada salió un caballero de -unos sesenta años, vistiendo traje -de color obscuro, casi nuevo y -muy bien conservado, y luciendo -unos puños cuadrados muy grandes, -aunque no más grandes ni -más cuadrados que las carteras -que adornaban sus bolsillos.</p> - -<p>El caballero del traje obscuro -se dirigió al comedor, y fué el -único que aquella mañana se sentó -a la mesa. Habían colocado -ésta junto a la chimenea, y al -amor de la lumbre se sentó nuestro -viajero, puesta una mano -sobre cada rodilla, esperando -que le sirvieran el almuerzo, -en actitud tan rígida y compuesta, -que no parecía sino que para que -le hicieran un retrato había tomado -asiento.</p> - -<p>Parecía hombre metódico y ordenado. -Allá en las profundidades -del bolsillo de su chaleco dejaba -oir su voz potente y sonora un -reloj de tamaño extraordinariamente -grande, cuya gravedad y -longevidad incontestables semejaban -protesta ruidosa y elocuente -contra la ligereza y futilidad -del fuego que en la chimenea -ardía. Buenas pantorrillas tenía -el caballero, y es posible que de -ellas estuviera envanecido, a juzgar -por las medias que las encerraban, -del tono mismo que su -traje, de punto muy fino y perfectamente -ajustadas. Sus zapatos, -que adornaban hermosas hebillas, -si bien eran de clase corriente, -revelaban la mano de un zapatero -hábil y ducho en su oficio.</p> - -<p>Perfectamente ajustada a su -cabeza llevaba una peluca pequeña, -muy fina y ligeramente rizada, -cuya peluca, de suponer es que -fuera de cabello, aunque a decir -verdad, más parecía hecha de -filamentos de seda o de cristal. -En cuanto a su camisa, si en finura -no podía competir con las medias, -en cambio en blancura rivalizaba -con la de las crestas de las -olas que mansas venían a besar la -arena de la playa inmediata, o -con la de las velas que mar adentro -brillaban a los rayos del sol. -Prestaban animación a aquella -cara de expresión tranquila, mejor -dicho, a aquella cara inexpresiva, -pues la mano persistente -de la costumbre había borrado de -ella la expresión, dos ojos de mirar -penetrante, aunque un poquito -blandos, que en años pasados -debieron dar no poco trabajo a su -dueño, antes que consiguiera domarlos -y darles aquella expresión -de reserva impenetrable y de<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span> -compostura que era la característica -de todos los empleados del -Banco Tellson. En la cara, de color -sano, aunque surcada de numerosas -arrugas, no habían dejado -huellas las ansiedades e inquietudes, -quizá porque los viejos solterones -empleados en el Banco -Tellson jamás se ocuparon más -que en asuntos de otras personas, -y esos asuntos se parecen -a los guantes usados, que entran -y salen sin esfuerzo.</p> - -<p>El señor Lorry concluyó por -dormirse. Despertó cuando le sirvieron -el almuerzo y dijo al camarero -que le servía:</p> - -<p>—Deseo que preparen habitación -para una señorita, que probablemente -llegará hoy, no sé a -qué hora. Es posible que pregunte -por el señor Mauricio Lorry, aunque -pudiera también ocurrir que -lo haga por el señor del Banco -Tellson: en uno y otro caso, páseme -aviso.</p> - -<p>—Está muy bien, señor. ¿El -Banco Tellson de Londres, señor?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Con frecuencia nos ha cabido -el honor de servir a los caballeros -de ese Banco, señor, en los repetidos -viajes que hacen entre Londres -y París, y viceversa. ¡Ah! -¡El Banco Tellson y Compañía -viaja mucho, señor!</p> - -<p>—Cierto. Nuestra casa es tan -francesa como inglesa.</p> - -<p>—Pero si no me equivoco, usted -no suele viajar mucho, señor.</p> - -<p>—Muy poco desde hace algunos -años. Habrán pasado ya... -quince desde que no he ido a -Francia.</p> - -<p>—No estaba yo aquí en aquella -fecha, señor... Ni yo ni ninguno -de los que hoy estamos. El <i>Hotel -del Rey Jorge</i> tenía otros dueños, -señor.</p> - -<p>—Tal creo.</p> - -<p>—En cambio apostaría sin temor -a perder, que una casa como -el Banco Tellson y Compañía -viene prosperando y floreciendo, -no diré ya desde quince años -atrás, sino de cincuenta.</p> - -<p>—Puede usted apostar y decir -ciento cincuenta, sin temor a -perder y con conciencia de que se -aproxima mucho a la verdad.</p> - -<p>—¡Ciento cincuenta años!</p> - -<p>Abriendo desmesuradamente los -ojos y haciendo de su boca una -O perfecta, el camarero adoptó -la postura clásica, pasó la servilleta -desde el brazo derecho al -izquierdo y quedó callado, mirando -cómo comía y bebía el viajero, -conforme vienen haciendo desde -tiempo inmemorial los camareros -de todos los siglos y países.</p> - -<p>Terminado el almuerzo, el señor -Lorry salió a dar un paseíto por -la playa. No se divisaba desde ella -la pequeña e irregular ciudad de -Dover, excepción hecha de sus -tejados que, metidos entre picachos -de canteras calizas, semejaban -gigantesca ostra marina. Era -la playa un desierto erizado de -peñascales y plagado de escollos, -donde la mar hacía lo que se la -antojaba, y lo que se la antojaba -invariablemente era destruir. Casi<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span> -de continuo rugía contra la ciudad, -bramaba contra los farallones, -embestía contra los peñascos que -pretendían oponerse a su paso y -los derribaba con estruendo. Respirábase -en las casas un olor tan -fuerte a pescado, que no parecía -sino que los habitantes de las -aguas salían de éstas para curar -en las casas sus enfermedades, de -la misma manera que las personas -enfermas suelen buscar la salud -en los baños de mar. Algunos, -muy pocos, se dedicaban a la -pesca en aquellas aguas, y si durante -el día la playa estaba siempre -desierta, en cambio por la -noche se veían personas que clavaban -sus miradas inquietas en -la inmensidad del mar. Comerciantes -insignificantes a los que -nunca se veía hacer un negocio, -realizaban de pronto fortunas inmensas -que no tenían explicación -racional, y era muy de notar que -nadie, por aquellos lugares, podía -sufrir la presencia de una luz, de -la que huían como del demonio.</p> - -<p>A medida que declinaba la -tarde, y el aire, tan diáfano y -transparente durante el día, que -hubo momentos en que se divisaban -perfectamente las costas de -Francia, se saturaba de vapores -y nieblas, se entenebrecían también -los pensamientos del señor -Lorry. Cuando, llegada la noche, -se sentó al amor de la lumbre del -comedor para esperar que le sirvieran -la comida, como esperara -aquella mañana que le sirvieran -el almuerzo, su imaginación cavaba, -cavaba sin descanso.</p> - -<p>No perjudica la salud de un -buen cavador una botella de añejo -clarete, aunque acaso sea rémora -a su actividad, si es cierto, -como dicen, que el clarete, sobre -todo si es bueno y añejo, inocula -en quien lo bebe tendencia marcada -a la suspensión de toda clase -de trabajos corporales. El señor -Lorry había suspendido hacía largo -rato todas sus operaciones y -acababa de verter en el vaso el -último líquido que quedaba en la -botella, revelando su rostro toda -la satisfacción que pueda revelar -un caballero entrado en años que -acaba de ver el fondo de una botella, -cuando hirió sus oídos el -rápido rodar de un carruaje que -penetraba en la angosta callejuela -y se detenía dentro del patio del -hotel.</p> - -<p>—¡La señorita!—exclamó Lorry, -dejando sobre la mesa el vaso -que iba a llevar a sus labios.</p> - -<p>Momentos después entraba en -el comedor el camarero y anunciaba -que la señorita Manette, recién -llegada de Londres, deseaba ver -al caballero del Banco Tellson.</p> - -<p>—¿Tan pronto?</p> - -<p>—La señorita Manette ha tomado -un refrigerio en el camino, -y lo único que ahora desea con -verdadero anhelo es ver sin pérdida -de momento al caballero del -Banco Tellson, siempre que éste -tenga agrado en visitarla.</p> - -<p>No quedó otro recurso al caballero -del Banco Tellson que vaciar<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span> -el vaso haciendo un gesto de estólida -desesperación, ajustar su sedosa -peluca a sus orejas y seguir -al camarero, que le guió a la -habitación de la señorita Manette. -Era una estancia de grandes -proporciones, muy obscura, tapizada -de negro, como una capilla -ardiente, y amueblada con objetos -de tonos obscuros, entre los -cuales podían contarse una porción -de mesas, todas pesadas y -todas negras. Sobre la del centro, -untada, como todas las otras, -mil veces con aceite, había dos -candelabros, negros también, cuya -luz no bastaba a disipar las -tinieblas que reinaban como dueñas -y señoras en la estancia.</p> - -<p>Tan densa era la obscuridad, -que el señor Lorry, mientras avanzaba -caminando sobre una alfombra, -bastante deteriorada por cierto, -supuso que la señorita se -encontraría en alguna habitación -contigua, y en esa creencia persistió -hasta que, después de dejar -a sus espaldas los dos candelabros, -tropezó con una persona que de -pie le estaba esperando, entre la -mesa y la chimenea. Era una joven -de unos diez y siete años de -edad, vestida de amazona, cuyas -manos sostenían aún por la cinta -el sombrero de paja que llevó -durante el viaje. Al fijar sus ojos -en aquella carita diminuta, perfectamente -ovalada y de líneas -graciosas, encuadrada en una masa -abundante de cabellos de oro, -dos ojos azules salieron al encuentro -de los suyos, mirándoles con -mirada penetrante y expresión -que no era de perplejidad, ni de -asombro, ni de admiración, ni -de alarma, aunque probablemente -participaba de las cuatro. En la -imaginación del señor Lorry, al -apreciar las facciones que delante -tenía, surgió la figura de una niña -que muchos años antes había -llevado en sus brazos en un viaje -de travesía por aquel mismo canal -con tiempo frío y mar extraordinariamente -gruesa. Disipóse la -imagen casi con tanta rapidez -como se borró la mancha producida -por el aliento en la no muy -limpia cornucopia colocada a espaldas -de la joven, y encerrada -en un marco que ofrecía una procesión -de cupidos negros sin cabeza -muchos y todos cojos o mancos, -los cuales ofrecían canastillas negras -llenas de frutas del Mar Muerto -a unos ídolos negros del género -femenino, y se inclinó profunda -y solemnemente ante la señorita -Manette.</p> - -<p>—Sírvase tomar asiento, caballero—dijo -una voz clara y musical, -con acento extranjero, aunque -apenas perceptible.</p> - -<p>—Beso a usted la mano, señorita—contestó -el señor Lorry, haciendo -otra reverencia, a la usanza -antigua, antes de tomar asiento.</p> - -<p>—Ayer recibí una carta del -Banco, caballero, en la que me -decían que se había sabido... -o descubierto...</p> - -<p>—La palabra es lo de menos, señorita: -una y otra expresan la -idea.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span></p> - -<p>—... Algo acerca de los escasos -bienes que dejó mi pobre padre, -a quien he tenido la desventura -de no conocer...</p> - -<p>Lorry se revolvió en la silla, y -dirigió miradas angustiosas a la -fúnebre procesión de cupidos negros, -cual si esperara encontrar -en las absurdas canastillas que -llevaban, la luz que le negaba su -inteligencia.</p> - -<p>—... Y que, en consecuencia, -era de todo punto necesario que -hiciera un viaje a París, donde -habría de ponerme en contacto -con un caballero del Banco, enviado -a la capital de Francia para -ese objeto.</p> - -<p>—Ese caballero soy yo, señorita.</p> - -<p>—Lo suponía, caballero.</p> - -<p>La niña hizo una reverencia -llena de gracia (en aquellos tiempos -hacían reverencias las señoritas). -El caballero se inclinó profundamente.</p> - -<p>—Contesté al Banco que si -las personas que llevan su benevolencia -para conmigo hasta el -punto de aconsejarme, consideraban -que era necesario el viaje, -iría desde luego a Francia, pero -que, en atención a que soy huérfana -y no tengo amigos que puedan -acompañarme, estimaría como -favor especial que me permitieran -colocarme, durante el viaje, -bajo la protección del digno -caballero con quien había de ponerme -en contacto en París. El -caballero había salido ya de Londres, -pero creo que le enviaron un -mensajero rogándole que me esperase -aquí.</p> - -<p>—Me consideré feliz al recibir -el encargo, y me lo consideraré -mucho más cumpliéndolo, señorita—contestó -el señor Lorry.</p> - -<p>—Muchísimas gracias, caballero; -crea usted que se las doy de -corazón. Me anunció el Banco que -el caballero me explicaría los -detalles del asunto, y que fuera -preparada a recibir noticias de -índole sorprendente. He hecho -todo lo posible para prepararme, -y puede estar seguro de que siento -verdaderos anhelos por saber de -qué se trata.</p> - -<p>—Lo encuentro muy natural—respondió -Lorry.—Sí... perfectamente -natural... Yo...</p> - -<p>Hizo una pausa, ajustó nuevamente -su peluquín a las orejas, -y repuso al fin:</p> - -<p>—Lo cierto es que resulta tan -difícil principiar...</p> - -<p>Y no principió. En su indecisión -sus miradas se encontraron con -las de su interlocutora. En la frente -de ésta se dibujaron algunas -arrugas, su rostro varió de expresión, -y su mano se alzó hasta la -altura de los ojos, cual si deseara -apoderarse de alguna sombra que -ante ellos acababa de cruzar.</p> - -<p>—¿Nos habremos visto alguna -vez, caballero?—preguntó.</p> - -<p>—¿Lo cree usted así?—interrogó -Lorry, extendiendo los brazos -y sonriendo.</p> - -<p>La línea delicada y fina que se -había dibujado entre las cejas de -la niña se hizo más profunda y<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span> -enérgica al sentarse ésta en la -silla junto a la cual había permanecido -en pie hasta entonces. -Lorry la contemplaba silencioso, -y cuando al cabo del rato la joven -alzó de nuevo sus ojos, apresuróse -aquél a preguntar:</p> - -<p>—Supongo que en su patria de -adopción deseará usted que le -trate y hable como a señorita -inglesa; ¿no es verdad, señorita -Manette?</p> - -<p>—Como usted guste, caballero.</p> - -<p>—Soy hombre de negocios, señorita -Manette, y he recibido el -encargo de tratar y llevar a feliz -término un negocio. Cuando escuche -usted de mis labios todos los -detalles con aquél relacionados, no -vea usted en mí más que una máquina -habladora, pues en rigor, -máquina habladora soy. Con su -permiso, señorita Manette, referiré -a usted la historia de uno de -nuestros clientes.</p> - -<p>—¡Historia!</p> - -<p>Parece que Lorry debió tomar -una palabra por otra, pues no -bien repitió su interlocutora la -palabra <i>historia</i>, repuso con apresuramiento:</p> - -<p>—Sí, señorita: de uno de nuestros -clientes. Los que nos dedicamos -a los negocios bancarios solemos -llamar clientes a todos nuestros -conocimientos. El cliente a -que me refiero era un caballero -francés, hombre de mucho talento -y grandes dotes intelectuales... un -médico.</p> - -<p>—No sería de Beauvais, ¿eh?</p> - -<p>—Precisamente de Beauvais. -Lo mismo que el señor Manette, -su padre de usted, el caballero -en cuestión era de Beauvais: lo -mismo que el señor Manette, su -padre de usted, era una notabilidad -en París, donde tuve el honor -de conocerle. Nuestras relaciones -fueron lisa y exclusivamente de -negocios, pero confidenciales. Me -hallaba yo a la sazón en nuestra -casa francesa, y hace de esto... -¡friolera! ¡veinte años!</p> - -<p>—En aquel tiempo... Perdone -usted mi curiosidad, caballero, -pero desearía saber...</p> - -<p>—Hablo de veinte años atrás, -señorita. Casó con una dama inglesa... -y yo era uno de sus fideicomisarios. -El Banco Tellson manejaba -todos sus negocios, como los -de casi todos los caballeros y -familias francesas. De la misma -manera que fuí fideicomisario de -aquel caballero, lo soy o lo he sido -de docenas de clientes de la casa. -Son puras relaciones comerciales, -señorita, libres de amistad, libres -de interés, libres de afecto, relaciones -en las cuales nada hay que -se parezca a sentimiento. En el -curso de mi vida, he pasado de -unas a otras sin que ninguna dejara -rastros ni casi recuerdos en mí, -exactamente lo mismo que despacho -con los innumerables clientes -que diariamente se acercan al Banco -con objetos tan variados. En -una palabra, señorita: yo no tengo -sentimientos, yo no tengo afecto a -nadie, yo soy una máquina, yo -soy un...</p> - -<p>—Pero es que me está usted<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span> -refiriendo la historia de mi padre, -caballero, y principio a sospechar -que, cuando murió mi madre, que -solamente dos años sobrevivió a -mi padre, dejándome huérfana -y sola en el mundo, fué usted el -que me llevó a Inglaterra. Casi -me atrevería a asegurar que fué -usted.</p> - -<p>El señor Lorry tomó la diminuta -mano que llena de confianza -buscaba las suyas, y la llevó con -cierto aire de ceremonia a sus -labios.</p> - -<p>—Yo <i>fuí</i>, en efecto, señorita -Manette—contestó Lorry.—El -hecho de que desde entonces nunca -más haya vuelto a ver a usted, -la convencerá de la exactitud de -mis palabras, la convencerá de la -verdad con que aseguré ha poco -que no tengo sentimientos, y que -cuantas relaciones mantengo o -he mantenido con mis semejantes -han sido exclusivamente de negocios. -¡No! ¡Nada de sentimentalismo! -Usted ha sido desde entonces -la pupila del Banco Tellson, y yo -he tenido sobrado quehacer también -desde entonces trabajando -en los asuntos del Banco Tellson. -¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo -y voluntad para permitirme el -lujo de tenerlos! He pasado mi -vida entera moviendo y dando -vueltas a masas inmensas de dinero.</p> - -<p>Hecha esta descripción singular -de sus rutinas diarias, el señor -Lorry alisó con entrambas manos -su sedosa peluca, operación innecesaria, -pues era imposible alisarla -más de lo que estaba, y volvió -a tomar su actitud anterior.</p> - -<p>—Hasta ahora, señorita, lo que -acabo de narrar es, conforme ha -adivinado usted, la historia de su -padre. Las diferencias vienen ahora. -Si su padre no hubiese muerto -cuando murió... ¡No se asuste -usted! ¡Si está temblando como -la hoja en el árbol!</p> - -<p>Era cierto. La joven temblaba -convulsivamente y, sin articular -palabra, alargó entrambas manos -en actitud suplicante.</p> - -<p>—¡Por favor, señorita...!—exclamó -Lorry con extremada dulzura.—Domínese -usted... Calme -esa agitación... ¿Qué tienen que -ver aquí los sentimientos?... Estamos -hablando de negocios... Ya -ve usted: decía...</p> - -<p>La mirada que la niña dirigió -al narrador le descompuso tan por -completo, que vaciló, tartamudeó, -hubo de hacer una pausa bastante -prolongada, y al fin repuso:</p> - -<p>—Decía que si el señor Manette -no hubiese muerto, que si en vez -de morir hubiera desaparecido -inesperada y silenciosamente, evaporándose, -por decirlo así, que -si no hubiera sido empresa imposible -adivinar el pavoroso lugar -donde habría sido sepultado, aunque -sí llegar hasta él, si hubiera -tenido la desgracia de acarrearse -la animadversión de algún compatriota -suyo, investido de un poder -que los hombres más valientes -de mi tiempo no se atrevían a -mencionar sin temblar, el poder -de llenar órdenes o decretos firma<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>dos -en blanco, en virtud de las -cuales fácil era condenar a prisión -y olvido temporal o perpetuo a -cualquier mortal, si la esposa de -ese caballero hubiera implorado -compasión del rey, de la reina, -de la corte, del clero y de la nobleza, -solicitando noticias de su marido -ausente, sin conseguir ablandar -ningún corazón, entonces la -historia del doctor de Beauvais -que estoy refiriendo sería en efecto -la de su padre de usted.</p> - -<p>—¡Por Dios santo, caballero, -dígame más!</p> - -<p>—A eso voy: ¿pero cuenta usted -con valor bastante para escuchar -lo que yo diga?</p> - -<p>—Todo lo puedo soportar menos -la incertidumbre en que me -dejan sus palabras.</p> - -<p>—Habla usted con calma... y -seguramente <i>está ya</i> sosegada: -¡magnífico!—continuó Lorry, con -expresión que desmentía sus últimas -palabras.—Estamos hablando -de negocios... nada más que de -negocios. No vea usted en lo que -digo más que un negocio... que -puede hacerse... que, según todas -las probabilidades, saldrá bien. -Sigamos: si la buena señora del -doctor, dama de valor excepcional -y de gran presencia de espíritu -apuró dolores, sufrimientos tan -acerbos, a consecuencia de lo que -acabo de manifestar, antes que -viniera al mundo su hijo...</p> - -<p>—¡El hijo era hija, caballero!...</p> - -<p>—¡Bueno...! ¿Qué más da? El -sexo no altera el negocio... Digo, -señorita, que si la pobre dama sufrió -dolores tan acerbos antes que -naciera su hija, que a fin de impedir -que llegase hasta ésta la triste -herencia de sus agonías, la amamantó -y educó en la creencia de -que su padre había muerto... ¡No -se arrodille usted, por Dios vivo...! -¡En nombre del Cielo!... ¿Por qué -cae de rodillas a mis pies?</p> - -<p>—¡Para suplicarle que me diga -la verdad...! ¡Por piedad, señor, -nada me oculte!...</p> - -<p>—Todo se lo diré... ¡Pero cálmese -usted, por lo que más quiera! -Estamos tratando un... un... negocio, -señorita, y sus extremos me -confunden... y no es posible... no -puedo tratar negocios con acierto -si confunden y obscurecen mis -ideas. Veamos de despejar la cabeza. -Si usted puede decirme ahora -mismo... por ejemplo, cuántos peniques -suman nueve monedas de -a nueve peniques una, o cuántos -chelines son veinte guineas, tranquilizará -mucho mi espíritu, pues -será prueba palpable de la calma -y serenidad del suyo.</p> - -<p>Sin contestar directamente a -este llamamiento, la niña se dejó -alzar del suelo y volvió a sentarse -con tal compostura, que comunicó -a su interlocutor el valor que principiaba -a faltarle.</p> - -<p>—¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho -valor! ¡Negocio y nada más que negocio! -Se le presenta un negocio, -negocio positivo, de rendimientos. -Su madre, señorita Manette, -adoptó con usted la norma de conducta -que antes he insinuado. -Cuando murió... creo que de pesa<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>dumbre... -sin haber cesado ni por -un instante de buscar a su marido, -y sin llegar a averiguar nada, dejó -a usted, niña de dos años, en camino -de crecer hermosa, feliz, sin -penas, libre de la nube negra que -hubiera amargado su existencia, -si al morir la hubiese revelado la -historia de su padre, sin poder -añadir si éste había muerto en la -cárcel o si continuaba enterrado -en el calabozo, sufriendo las torturas -del sepultado en vida.</p> - -<p>Pronunció las últimas palabras -posando una mirada de compasión -infinita sobre los cabellos de -oro que tenía delante, cual si a sí -mismo se dijera que, gracias a la -compasiva reserva de la madre, -no abundaban en aquellos las -hebras de plata.</p> - -<p>—Sabe usted perfectamente que -sus padres no disfrutaron de una -gran fortuna, y que, la que poseían, -pasó a su madre y a usted. -Por lo que a dinero y bienes materiales -se refiere, no se han hecho -descubrimientos nuevos; pero...</p> - -<p>Sintió el narrador que manos -delicadas oprimían con fuerza sus -muñecas, y dejó de hablar. La -expresión del rostro de la niña era -de pena y de horror.</p> - -<p>—Pero ha sido encontrado... <i>él</i>. -Vive, sí... muy cambiado... lo considero -probable; destrozado, hecho -una ruina, reducido a sombra -de lo que fué... es posible; pero -vive, y debemos abrigar esperanzas -de que mejorará. Su padre ha -sido llevado a la casa de un antiguo -criado suyo, que reside en -París, y a su encuentro vamos nosotros: -yo, para identificarle, si -puedo; usted, para abrazarle, para -devolverle la vida, el cariño, la -calma y el descanso.</p> - -<p>La niña se estremeció de pies a -cabeza. Trémula, conmovida, con -voz extraña, cual de la quien -habla en sueños, dijo:</p> - -<p>—¡Voy a ver su fantasma!... -¡Su fantasma!... ¡No a él!</p> - -<p>Lorry desprendió con suavidad -las manos que atenaceaban su -brazo.</p> - -<p>—¡Calma, calma, señorita!—dijo.—Ya -pasó todo. Conoce usted -todo lo bueno y todo lo malo. -Vamos al encuentro del desventurado -caballero, injustamente -castigado, y después de un viaje -feliz por mar, seguido de otro no -menos venturoso por tierra, tendrá -muy en breve el dulce placer -de abrazarle.</p> - -<p>—¡He vivido tranquila, he vivido -feliz, y nunca me ha perseguido -su fantasma!—exclamó la -niña con el mismo tono de voz que -antes.</p> - -<p>—Réstame otra observación—repuso -Lorry, recalcando la palabra, -con objeto, sin duda, de asegurarse -la atención de su oyente. -Cuando le encontraron, llevaba -otro nombre. El suyo, o lo olvidaron -hace mucho tiempo, o alguien -ha tenido interés en ocultarlo. -Sería peor que inútil intentar averiguar -si ha ocurrido lo uno o lo -otro: sería peor que inútil tratar -de inquirir si se olvidaron de su -persona, o si deliberadamente y<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span> -con intención le han retenido durante -tantos años prisionero: sería -peor que inútil practicar pesquisas -de ninguna clase, y lo sería, -porque además de inútil, nos -expondríamos a correr grandes peligros. -Preferible mil veces es no -hablar siquiera del asunto, y sacar -a su padre de Francia. Yo mismo, -no obstante encontrarme a -cubierto de peligros de esa clase -por ser ciudadano inglés, y hasta -el Banco Tellson, con toda la -importancia que en Francia tiene, -no nos atrevemos a mencionar siquiera -el asunto. No llevo sobre -mi persona una línea, una palabra -escrita que a él se refiera con claridad. -En una palabra: se trata de -un secreto. Todas las credenciales -que para resolverlo me acreditan, -todas las instrucciones que como -agente he recibido, se reducen a -una palabra sola: «Resucitado»... -¡Pero qué es eso!... ¡Si no ha oído -una palabra de las que vengo diciendo! -¡Señorita Manette!</p> - -<p>La niña continuaba en la silla, -perfectamente quieta, perfectamente -tranquila, perfectamente -silenciosa, perfectamente erguida, -perfectamente insensible, abiertos -los ojos y clavados en la -cara de Lorry, pero con esa expresión -singular que tienen los ojos -esculpidos bajo la frente de una -estatua. Sus dedos continuaban -asiendo su brazo con tal fuerza, -que no se atrevió a desasirlos temiendo -lastimarla, por cuyo motivo -gritó pidiendo socorro, pero -sin moverse.</p> - -<p>A los gritos acudió una mujer de -aspecto bravío, roja de cabeza a -pies, pues rojo era el color de su -cara, rojo su cabello, rojo su vestido, -rojo el monumental gorro, -semejante al que solían llevar los -granaderos o a un descomunal -queso de Stilton. Pisando los -talones a la mujer, que penetró -corriendo en la estancia, llegaron -todas las criadas de la posada. -Pocos miramientos empleó la primera -para solucionar el conflicto -de desasir el brazo de Lorry de -los dedos que, agarrotados, lo sujetaban, -pues de la primera manotada -asestada contra el pecho del -caballero del Banco Tellson, envió -a éste precipitado contra la pared -más inmediata.</p> - -<p>—¡Esa mujer es hombre!—murmuró -para sus adentros Lorry, -al chocar contra la pared.</p> - -<p>—¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!—rugió -la mujer roja, dirigiéndose -a las criadas.—¿Por qué -no vais a fregar, en vez de estar -ahí, mirándome como idiotas? -¿Soy alguna mona por ventura? -¡A trabajar! ¡Pronto sabréis quién -soy yo, si no me traéis volando -sales, agua fría, vinagre y todo lo -que haga falta!</p> - -<p>La dispersión fué general e -inmediata. Volaron las criadas en -busca de los restaurativos pedidos, -mientras la matrona roja -colocaba a la paciente sobre un sofá -con gran pericia y suavidad -llamándola «preciosa», «hijita mía», -«paloma», etc., etc.</p> - -<p>—¿Y usted, pedazo de bruto—<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>gritó -a continuación, revolviéndose -furiosa contra el señor Lorry,—no -pudo contarla su famosa historia -sin darla un susto de muerte? -¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida -como un difunto, fría como el -hielo! ¿No le da vergüenza decir -que es banquero?</p> - -<p>Hasta tal extremo desconcertó -al señor Lorry una pregunta de -contestación tan difícil, que no -supo hacer otra cosa que mirar -desde lejos con expresión de simpatía -y humildad extraordinarias, -mientras la tremebunda mujer, -después de ahuyentar de nuevo a -los criados que habían vuelto a -entrar con agua, vinagre y sales, -bajo la penalidad misteriosa de -«hacerles saber algo que no tenía -por qué mencionar» si continuaban -allí mirándola embobados, -puso manos a la obra y consiguió, -al cabo de mucho rato, que la -niña comenzara a dar señales de -vida.</p> - -<p>—Parece que se encuentra mejor—observó -el señor Lorry.</p> - -<p>—Pero no será por lo que usted -ha hecho—replicó con aspereza -la matrona.—¡Hija mía!</p> - -<p>—¿Tendría usted inconveniente—preguntó -Lorry con gran -humildad, pasados algunos momentos—en -acompañarla hasta -Francia?</p> - -<p>—¡No sabe usted decir más que -sandeces! Si la Providencia hubiese -dispuesto que alguna vez cruzase -yo el charco, ¿cree usted que -me habría hecho nacer en una -isla?</p> - -<p>Como también resultaba difícil -en extremo la contestación a -semejante pregunta, el señor Mauricio -Lorry creyó conveniente retirarse -para meditar.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_V">V.<br />LA TABERNA</h3></div> - - -<p>Había caído en la calle, haciéndose -pedazos, una barrica de vino. -El accidente ocurrió al sacar la -barrica de un carro. Aquélla cayó -al suelo, comenzó a rodar, saltaron -los aros, y fué a abrirse como -un cascarón de monstruosa nuez -frente a la puerta de una taberna.</p> - -<p>Cuantas personas había por los -alrededores suspendieron sus tareas -o pusieron fin a su ociosidad -para correr al lugar del siniestro -y beberse el vino. Las piedras ásperas, -desiguales y puntiagudas -que formaban el adoquinado de la -calle, puestas de propósito, según -todas las apariencias, para hacer -tantos cojos como afortunados -mortales tuvieran la dicha de pasar -sobre ellas, habían hecho la -distribución del rojo líquido, formando -variedad de estanques de -diferentes dimensiones, todos los -cuales estaban rodeados por grupos -mayores o menores, según fuera -mayor o menor su extensión. -Muchos hombres, tendidos de bruces, -recogían el vino en el hueco -de sus manos, y bebían, o hacían -que bebieran las mujeres que afanosas -se inclinaban sobre sus<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span> -hombros, antes que el líquido -escapara entre sus dedos. Otros, -hombres y mujeres, lo recogían -con pequeñas vasijas de barro -cocido o bien empapaban los -pañuelos de cabeza de las mujeres, -que luego exprimían en sus bocas -o en las de los niños: éstos oponían -diques de barro al curso del vino, -aquéllos, obedeciendo los consejos -que a gritos les daban desde las -ventanas los curiosos, saltaban de -acá para allá a fin de desviar el -curso de nuevos regueros, y no -faltaban quienes apoderándose de -los fragmentos medio podridos de -la barrica, los chupaban y lamían -con indecible ansiedad. Puede -asegurarse que las turbas recogieron, -no ya sólo hasta la última -gota de vino, sino también hasta -la última molécula de tierra que -con aquel estuvo en contacto. La -calle quedó como si por ella acabasen -de pasar todas las brigadas -de basureros de la ciudad, si en -la ciudad se hubiera conocido la -brillante institución de basureros.</p> - -<p>Mientras duró la diversión del -vino, no cesó en la calle la algarabía -de alegres carcajadas y -gritos de júbilo, lanzados por docenas -de gargantas de hombres, -de mujeres y de niños. La distracción -resultaba un poquito ordinaria -y un mucho movida. Cuantos -en ella tomaban parte mostraban -tendencia especial a las -afinidades y confianzas, de las que -resultaban brindis de gusto discutible, -apretones de manos, abrazos -y caprichosas danzas, en los -que tomaban parte especial los -que habían bebido más, o los de -carácter más jovial y divertido. -Cuando faltó el vino, y las piedras -y tierra que había regado quedaron -secas y limpias, cesaron las -demostraciones de alegría con tanta -brusquedad como habían comenzado. -El individuo que había -dejado su sierra apoyada contra -el leño que estaba aserrando, la -empuñó y puso de nuevo en movimiento; -la mujer que dejó su -puchero cociendo frente a la puerta -de su casa, volvió a atenderlo; -descendieron otra vez a las profundidades -de las obscuras cuevas -los hombres de brazos desnudos, -pelo sucio y rostros cadavéricos -que habían salido a la luz del día -minutos antes, y las tinieblas envolvieron -con su manto una escena -que, en realidad, hacía daño -contemplar a la luz del sol.</p> - -<p>El vino que contenía la barrica -destrozada era tinto, y manchó la -estrecha calle del suburbio de -San Antonio en la cual se había -derramado. Manchó asimismo muchas -manos y muchas caras y -muchos pies desnudos y muchos -zuecos. Las manos del hombre que -aserraba el leño dejaron huellas -rojizas en las tablas, y la frente -de la mujer que amamantaba a su -tierno hijo quedó también manchada -al chocar con la frente de -la vieja bruja con la cual se abrazó -y bailó en momentos de efímera -alegría. Los que ansiosos se apoderaron -de los restos de la barrica -y los chuparon y lamieron, salie<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>ron -de la diversión con círculos -rojizos en sus bocas que les daban -aspecto de tigres feroces, y hubo -uno, más aficionado sin duda a las -bromas que los demás, que con -el dedo untado en la masa formada -por el lodo y el vino, garrapateó -en la pared la palabra <i>sangre</i>.</p> - -<p>¡Día llegaría en que la sangre -fuera vertida a torrentes, y en que -muchos de los que en la diversión -reseñada tomaron parte irían tintos -en sangre de cabeza a pies!</p> - -<p>Luego que la calle de San Antonio -volvió a su ser y condición habituales, -de los que momentáneamente -la sacara un incidente fortuito, -quedó triste, obscura y -tétrica, gimiendo bajo el cetro del -frío, de la suciedad, de las enfermedades, -de la ignorancia y del -hambre, nobles de gran poder todos -ellos, pero particularmente el -mencionado en último lugar. En -todos los rincones se veían agazapados -ejemplares de desdichados -que habían sido prensados y -triturados una y cien veces entre -las pesadas piedras del molino, -tiritando de frío y cayéndose de -hambre. El molino que los había -triturado no era aquel molino -fabuloso que tiene la propiedad -de convertir a los viejos en jóvenes -llenos de vida, sino el que hace de -los jóvenes viejos. Caras de ancianos -tenían los muchachos, y voces -graves y profundas los niños. -Sus espaldas se doblaban bajo -el peso, no de los años, pero sí bajo -el del hambre, que era la dueña -y señora de aquellos barrios. -Hambre era la palabra que se -repetía en todas las casas, hambre -el fatídico fantasma montado -sobre los míseros harapos que -pendían de las pértigas o cuerdas -tendidas frente a las inmundas -casuchas, hambre repetían todos -los fragmentos de serrín que caían -bajo los dientes de la sierra del -carpintero, hambre el espantoso -monstruo que, no encontrando -en las calles inmundicias con que -alimentarse, se encaramaba a -lo alto de las chimeneas, que tampoco -ofrecían humo a su voracidad; -hambre era la inscripción -que se leía en las anaquelerías de -todos los panaderos, hambre la -palabra estampada en todos los -panes, caros, de mala calidad y -faltos de peso.</p> - -<p>Los distritos donde había sentado -sus reales no podían ser más -a propósito para el objeto. Una -calle estrecha y tortuosa, muladar -inmundo y hediondo, de la que -arrancaban otras callejas más -estrechas y tortuosas, habitadas -por piltrafas humanas y oliendo -a piltrafas humanas, en las cuales -sólo se veían personas y cosas que -daban náuseas. En la torva expresión -de sus habitantes vislumbrábanse -anhelos feroces de volver las -cosas del revés. No faltaban en sus -caras demacradas ojos que despedían -llamas, ni labios crispados, -ni frentes contraídas horriblemente. -Hasta las muestras de las tiendas -eran ilustraciones vívidas de -la necesidad. En las carnicerías -y tocinerías pintaban reses escuá<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>lidas, -y en las panaderías panes -fementidos, microscópicos. La -única industria que parecía atravesar -una época de prosperidad -floreciente era la de las herramientas -y armas. Los cuchillos -y hachas de los carniceros eran -brillantes, estaban perfectamente -afiladas, los martillos de los herreros -pesaban muchas libras, y -las armerías estaban atestadas de -instrumentos de muerte. Las calles, -llenas de baches, depósitos de -fango y de agua corrompida, carecían -de aceras. Los faroles, que -a intervalos muy largos pendían -de unas cuerdas, derramaban sobre -ellas una luz enfermiza que -no bastaba a disipar las tinieblas -como no disipan las tinieblas del -mar la luz de los faroles colocados -en lo alto de las vergas. -A decir verdad, París era un mar, -y tanto el barco como los que lo -tripulaban corrían grave peligro -de naufragar.</p> - -<p>Había de llegar el día en que los -famélicos habitantes de aquellas -regiones, a fuerza de contemplar -los míseros faroles, llegarían a -concebir el proyecto de introducir -mejoras en el sistema y colgarían -de aquellas cuerdas hombres que -iluminasen las negruras de su situación. -No era, empero, llegado -el tiempo, y aunque todas las brisas -que soplaban sobre Francia -eran precursoras de recios vendarales, -no se daban por enterados -los pajarillos de sedoso plumaje.</p> - -<p>La taberna frente a la cual se -desarrolló la escena que acaban -de presenciar los lectores de esta -historia ofrecía mejor aspecto que -la mayor parte de las tabernas -de aquellos barrios, y su dueño, -vestido con chaleco amarillo y -calzones verdes, estuvo contemplando -con tranquila indiferencia -la lucha de los que corrían a la -conquista del vino derramado.</p> - -<p>—Poco me importa—exclamó, -encogiéndose de hombros.—Lo -han dejado caer los empleados -del almacenista; ellos me traerán -otra barrica.</p> - -<p>Acertó entonces el tabernero -a ver al individuo que escribía en -la pared la palabra <i>sangre</i>, y le -preguntó:</p> - -<p>—Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo -ahí?</p> - -<p>Contestó él interpelado con uno -de esos gestos significativos que -tanto privan entre las gentes de -su ralea, y cuya significación tantas -veces pasa inadvertida, como -ocurrió en el caso presente.</p> - -<p>—¿Estás haciendo méritos para -ingresar en un manicomio?—repuso -el tabernero, atravesando la -calle y extendiendo sobre la palabra -escrita en la pared un puñado -de barro que recogió del suelo.—¿No -encuentras otro sitio, dime, -donde escribir palabras como ésa?</p> - -<p>Mientras formulaba la segunda -pregunta, el tabernero colocó su -mano menos sucia (quizá por casualidad, -quizá intencionadamente) -sobre la región del corazón de -su interlocutor. Este golpeó su -pecho con la suya, dió un prodigioso -salto y quedó inmóvil, en<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> -actitud de danza fantástica puesto -el brazo izquierdo sobre la cadera -y el derecho en alto, y sosteniendo -entre el pulgar y el índice de la -diestra un zapato sucio que previamente -se había sacado de uno -de sus pies.</p> - -<p>El tabernero volvió a cruzar la -calle y entró en su establecimiento. -Era un hombre de unos treinta -años, de aire marcial y cuello de -toro. Debía ser de un temperamento -de fuego, pues aunque el -día era uno de los más fríos que -disfrutaron los parisienses en aquel -invierno crudo, iba en mangas de -camisa y llevaba éstas arremengadas -hasta muy cerca de los hombros. -En cuanto a prendas de cabeza, -no usaba otra que la natural: -una masa de pelo negro, áspero -y ensortijado. Era de tez morena -y buenos ojos, de mirar implacable. -Evidentemente era hombre de -gran resolución y propósitos inquebrantables, -uno de esos hombres -con los cuales sería peligroso -tropezarse en un sendero estrecho -bordeado por dos abismos, pues -es seguro que por nada ni por nadie -volvería sobre sus pasos.</p> - -<p>La señora Defarge, esposa del -tabernero en cuestión, estaba sentada -detrás del mostrador cuando -aquél entró en el establecimiento. -Era mujer de constitución robusta, -aproximadamente de la edad -misma que su marido, de ojos -vigilantes, aunque muy contadas -veces parecía mirar a ningún -objeto determinado, grandes manos -cubiertas de sortijas, cara de -líneas enérgicas, expresión reservada -y aire de perfecta compostura. -Una de las características -de la señora Defarge consistía -en no sufrir nunca equivocaciones -que redundasen en perjuicio de -sus intereses en ninguna de las -operaciones del establecimiento. -Extremadamente sensible al frío, -iba envuelta en pieles y abrigaba -su cabeza con un chal de colores -chillones que la cubría por completo, -bien que dejando a la vista -los grandes pendientes que adornaban -sus orejas. Tenía frente a -sí su calceta, pero la había dejado -sobre el mostrador para consagrar -algunos minutos a la limpieza de -su dentadura, lo que estaba haciendo -con un mondadientes. Absorta -en su ocupación, con el codo -derecho apoyado sobre la mano izquierda, -nada dijo la señora Defarge -cuando su marido entró -en el establecimiento, pero dejó -oir una tosecita apenas perceptible. -La tosecita, combinada con -un ligero enarcamiento de sus -cejas, negras como el ala del cuervo -y perfectamente arqueadas, -dió a entender a su marido la -conveniencia de dar un vistazo -a los clientes, entre los cuales -acaso encontrase alguno nuevo -que había llegado a la taberna -mientras se encontraba en la -calle.</p> - -<p>Paseó el tabernero sus miradas -por la sala, no tardando en fijarlas -las sobre un caballero, ya entrado -en años, y en una señorita, sentados -en uno de los ángulos. Había<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span> -otros parroquianos también: dos -que jugaban a las cartas en una -mesa, otros dos que se entretenían -en otra, puestas sus facultades en -las fichas de dominó, y otros tres -que, de pie junto al mostrador, -procuraban <i>alargar</i> todo lo posible -el vino que se habían hecho servir. -El tabernero, al pasar detrás del -mostrador, pudo advertir que el -caballero entrado en años decía -con los ojos a su joven compañera:</p> - -<p>—Ese es nuestro hombre.</p> - -<p>Fingió el tabernero no reparar -en la presencia de los dos personajes -desconocidos, y entabló conversación -con el triunvirato que -estaba bebiendo junto al mostrador.</p> - -<p>—¿Qué tal, Santiago—preguntó -uno de los tres al buen Defarge,—se -han tragado todo el vino que -salió de la barrica?</p> - -<p>—Hasta la última gota, Santiago—contestó -Defarge.</p> - -<p>No bien hicieron los interlocutores -el intercambio de sus nombres -de pila, la señora Defarge -tosió otro poquito y arqueó de -nuevo las cejas.</p> - -<p>—Pocas veces—observó el segundo -de los parroquianos del -mostrador—tienen esos bestias -miserables ocasión de conocer a -qué sabe el vino, ni nada que no -sea el pan negro y la muerte: ¿no -es verdad, Santiago?</p> - -<p>—Verdad es, Santiago—respondió -el tabernero.</p> - -<p>Al segundo intercambio de los -nombres de pila sucedió otra tosecita -acompañada del enarcamiento -de cejas de la señora Defarge.</p> - -<p>—¡Ah!—exclamó el tercero de -los bebedores, apurando el último -sorbo y dejando el vaso sobre -el mostrador.—¡Hiel tienen siempre -en sus bocas esos borregos, y -viven vida de perros! ¿digo bien, -Santiago?</p> - -<p>—Dices bien, Santiago—fué la -contestación del tabernero.</p> - -<p>Hecho el tercer intercambio de -nombres de pila, la señora Defarge -dejó el mondadientes e hizo un -movimiento insignificante.</p> - -<p>—¡Es verdad...! ¡Entretenlos!—murmuró -muy por lo bajo su marido.—Señores... -tengo el gusto -de presentarles a mi mujer.</p> - -<p>Los tres parroquianos se descubrieron -y saludaron con sendas -inclinaciones de cabeza a la tabernera, -la cual, a su vez, recibió -sus homenajes doblando ligeramente -la suya y mirándolos sucesivamente. -A continuación, tendió -como por casualidad sus miradas -en derredor, recogió la calceta -con gran calma, y comenzó a -trabajar.</p> - -<p>—Señores—repuso el tabernero, -que había observado con mirada -escrutadora a su mujer,—la -cámara que ustedes manifestaron -deseos de ver cuando yo salí a la -calle, está en el quinto piso. Arranca -la escalera del patio de la izquierda, -junto a la ventana del... -Pero ahora recuerdo que uno de -ustedes ha estado ya en ella, y -puede guiar a los demás. ¡Adiós, -señores!</p> - -<p>Pagaron los bebedores el con<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>sumo -hecho, y se retiraron. Los -ojos del tabernero parecían estudiar -a su mujer y la calceta que -estaba haciendo, cuando el caballero -de edad avanzada se levantó -manifestando deseos de hablar -algunas palabras con Defarge.</p> - -<p>—Con mucho gusto, caballero—respondió -éste, saliendo con el -anciano hasta la puerta del establecimiento.</p> - -<p>Breve fué la conferencia, pero -de efectos tan rápidos como decisivos. -No se habían cruzado cuatro -palabras, cuando Defarge hizo -un movimiento de sorpresa, y antes -que transcurriera un minuto, -hacía una seña al anciano y salía -presuroso a la calle. El caballero -llamó con un movimiento de cabeza -a la señorita, y ambos salieron -en pos del tabernero, dejando -a la señora Defarge embebida en -la tarea de hacer calceta.</p> - -<p>El señor Mauricio Lorry y la -Señorita Manette, que ellos eran -los visitantes de la taberna, según -habrán adivinado, a no dudar, los -lectores, encontraron al tabernero -junto a la puerta que momentos -antes había indicado el último a -los tres parroquianos con los cuales -le hemos visto cambiar algunas -palabras. En la sombría entrada -que daba acceso a la escalera, no -menos sombría, el tabernero hincó -una rodilla en tierra y llevó a sus -labios la mano de la hija de su antiguo -señor. Fué un homenaje, un -testimonio de sumisión, bien que -ejecutado con ademán que nada -tenía de dulce. Unos segundos -habían bastado para transformar -radicalmente a Defarge; ya no -reflejaba buen humor su rostro, -ya no era su cara espejo de franqueza: -antes al contrario, en su -expresión de reserva, en su actitud -airada, en la cólera que chispeaba -en sus ojos, fácil era leer -al hombre peligroso.</p> - -<p>—Está muy alto... la escalera -es pesada... creo que hará usted -bien subiendo con más calma—dijo -el tabernero con dura entonación -al señor Lorry, en el momento -de empezar a subir la escalera.</p> - -<p>—¿Está solo?—preguntó Lorry.</p> - -<p>—¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién -quiere usted que le acompañe?</p> - -<p>—¿Siempre solo?</p> - -<p>—Siempre.</p> - -<p>—¿Porque así lo desea él?</p> - -<p>—Porque así lo exigen las circunstancias. -Tal como estaba -cuando le vi el día que vinieron a -preguntarme si quería tenerle en -mi casa y ser discreto corriendo -el peligro consiguiente... tal como -estaba entonces, está ahora.</p> - -<p>—¿Muy cambiado?</p> - -<p>—¡Cambiado!...</p> - -<p>El tabernero descargó un puñetazo -contra la pared y lanzó una -maldición horrenda. No hubiera -producido la mitad de los efectos -que produjo aquella explosión de -furia cualquier respuesta clara -y precisa. La melancolía del señor -Lorry iba en aumento a medida -que avanzaba en el ascenso de la -empinada escalera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span></p> - -<p>Penoso, muy penoso, sería hoy -subir la escalera de una casa de -las más viejas sita en uno de los -barrios más poblados de París; -pero en el tiempo a que esta historia -se refiere, resultaba punto -menos que imposible para los -que no tuvieran atrofiados los -sentidos a fuerza de costumbre. -Todos los vecinos de aquellas -inmensas colmenas dejaban las -basuras e inmundicias en los rellanos -de la escalera general, donde -quedaban hacinados sin que -nadie cuidara de retirarlos, engendrando -así una masa de descomposición -bastante para envenenar -el aire, si ya no estuviera saturado -de las impurezas intangibles que -son resultado natural de la miseria -y de las privaciones. Combinadas -las dos fuentes de corrupción, -respirábase allí una atmósfera -insoportable. El señor Lorry, cediendo -a las molestias que le producía -subir por aquel pozo obscuro, -sucio y envenenado, no menos -que a la agitación que observaba -en su joven compañera, agitación -que se multiplicaba por momentos, -hizo alto dos veces para descansar. -Cada uno de aquellos descansos -pareció llevarse las últimas -reservas de aire no corrompido, -rellenando el espacio que aquéllas -dejaban libre con mefíticas emanaciones -que brotaban de todas -partes.</p> - -<p>Llegaron al fin a lo alto de la -escalera, donde se detuvieron por -tercera vez. Todavía habrían de -subir un tramo, más empinado -que los anteriores, y de dimensiones -sumamente reducidas, antes -de llegar al sotabanco. El tabernero, -que caminaba delante y -procuraba mantenerse constantemente -a distancia respetable de -la señorita, cual si temiera que -ésta le dirigiera alguna pregunta, -llegado frente a la puerta del sotabanco -metió la diestra en el bolsillo, -y sacó una llave.</p> - -<p>—¡Ah!—exclamó Lorry, sin poder -disimular su sorpresa.—¿Está -cerrada la puerta con llave?</p> - -<p>—Sí—contestó con sequedad -Defarge.</p> - -<p>—¿Considera usted necesario -tener en una reclusión tan extremada -a ese infortunado caballero?</p> - -<p>—Considero necesario tener la -puerta cerrada con llave—murmuró -el interpelado bajando mucho -la voz y frunciendo horriblemente -las cejas.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—¡Por qué! ¡Porque ha tantos -años que vive cerrado con llave, -que se asustaría, se horrorizaría, -se lanzaría de cabeza contra las -paredes, moriría... yo no sé los -extremos que haría... si se le dejase -con la puerta abierta!</p> - -<p>—¡Será posible!</p> - -<p>—¿Posible? ¡Sería infalible, sí!—replicó -con entonación amarga -Defarge.—¡A fe que no podemos -quejarnos de los atractivos que -nos ofrece un mundo en que son -posibles estas y otras atrocidades, -de la hermosura de un cielo que -contempla impasible los horrores -que usted está viendo...! ¡El de<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>monio -nos gobierna!... ¡Viva el -infierno! ¡Entremos, señor, entremos!</p> - -<p>Tan en voz baja había sido sostenido -el diálogo que queda copiado, -que ni una palabra llegó a -oídos de la niña. Era, empero, -tan intensa la emoción que la dominaba, -su rostro reflejaba tal -expresión de espanto y tan viva -ansiedad, que el señor Lorry creyó -necesario dirigirle algunas palabras -encaminadas a levantar su -deprimido ánimo.</p> - -<p>—¡Valor, mi querida señorita!—dijo.—¡Valor! -Estamos persiguiendo -un negocio, cuya fase -dolorosa pasará en un momento. -En cuanto franqueemos esta puerta, -habremos vencido lo peor. -Dentro de breves segundos podrá -el desdichado comenzar a saborear -todo el bien, todo el consuelo, toda -la dicha que usted va a proporcionarle. -Nuestro buen amigo Defarge -nos ayudará... ¡Al negocio, al -negocio!</p> - -<p>Al doblar un recodo muy pronunciado -encontraron a tres hombres, -que estaban mirando por el -ojo de la llave y por las rendijas -de la puerta que nuestros visitantes -iban a abrir. Los hombres en -cuestión resultaron ser los mismos -que momentos antes bebían de -pie junto al mostrador.</p> - -<p>—La sorpresa que su visita me -produjo ha hecho que los olvidara—dijo -Defarge a guisa de explicación.—Tengan -la bondad de -dejarnos, amigos.</p> - -<p>Los tres hombres desaparecieron -silenciosamente.</p> - -<p>—¿Ha hecho usted del señor -Manette objeto de exhibición?—preguntó -Lorry en voz muy baja -y con expresión colérica.</p> - -<p>—Lo exhibo, conforme acaba -usted de ver, a muy reducido -círculo de personas escogidas.</p> - -<p>—¿Y cree usted que eso está -bien?</p> - -<p>—Sí, señor: creo que está bien.</p> - -<p>—¿Y esos escogidos, quiénes -son? ¿Cómo los escoge usted?</p> - -<p>—Escojo a los que son hombres -verdaderos... y se llaman como yo: -Santiago; hombres que conviene -que lo vean... Pero usted es inglés, -y es inútil que le dé explicaciones -que no ha de entender. Tenga la -bondad de esperar un momento.</p> - -<p>Por medio de un gesto recomendó -a sus acompañantes que permanecieran -inmóviles, y pegó la -cara a una grieta que presentaba -la pared. Momentos después alzó -la cabeza, dió sobre la puerta dos -o tres golpes, sin más objeto, a no -dudar, que el de hacer ruido, pasó -la llave por ella una porción de -veces, con idéntica intención, la -puso al fin en la cerradura, y abrió -haciendo todo el ruido posible.</p> - -<p>Lenta y silenciosamente se -abrió la puerta de fuera a dentro, -empujada por la mano del tabernero. -Este adelantó la cabeza y -dijo algo. Una voz sumamente -débil contestó. El tabernero volvió -la cara e indicó a sus acompañantes -que le siguieran. Lorry ro<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>deó -con su brazo la cintura de la -niña, próxima a caer desfallecida.</p> - -<p>—¡Ne... gocio... hija mía... nego... -o... cio!—exclamó Lorry, -vueltos hacia la niña los ojos, de -los cuales brotaba algo que no -suele ser producto de los negocios.—¡Entre -usted... entre!</p> - -<p>—¡Tengo miedo!—respondió la -joven.</p> - -<p>—¿Miedo a qué?</p> - -<p>—¡A él... a mi padre!</p> - -<p>Viéndose en situación crítica, -a consecuencia del estado de espíritu -de la joven, por una parte, -y por otra de las señas que su guía -hacía para que entrasen, Lorry -levantó entre sus brazos a la primera -y franqueó la puerta.</p> - -<p>Defarge quitó la llave, cerró -la puerta por dentro, con llave, -por supuesto, y, terminadas esas -operaciones lenta y metódicamente, -y sobre todo, haciendo todo -el ruido que pudo, echó a andar -con paso mesurado en dirección -a la ventana. Junto a ésta se -detuvo y dió media vuelta.</p> - -<p>El sotabanco, construído para -ser depósito de leña, apenas si recibía -la visita de una luz muy escasa, -pues la ventana, sumamente -estrecha, y casi cerrada para evitar -el frío, dificultaba tanto el paso -a la luz, que era imposible ver -absolutamente nada. Y sin embargo -alguien trabajaba en aquella -lóbrega estancia, pues junto -a la ventana a la que daba frente, -y vueltas las espaldas a la puerta, -había un hombre de cabellos -blancos como la nieve, sentado -en una banqueta muy baja y entregado -con ardor a la tarea de -coser zapatos.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="I_VI">VI.<br />EL ZAPATERO</h3></div> - - -<p>—Buenos días—dijo el tabernero, -fijando sus ojos en la cabeza -blanca del zapatero.</p> - -<p>—Buenos días.</p> - -<p>—Siempre tan trabajador, ¿eh?</p> - -<p>Al cabo de un rato de angustioso -silencio, el zapatero alzó la -cabeza y contestó:</p> - -<p>—Sí... estoy trabajando.</p> - -<p>La languidez de aquella voz -hacía daño al oído. No era esa -languidez que sigue al decaimiento -de fuerzas, a la debilidad física, -no, aunque es indudable que alguna -parte tenían en ella la alimentación -insuficiente, las penalidades -y malos tratos recibidos durante -el terrible cautiverio: su -característica especial y típica -la recibía del hecho de tratarse -de una languidez producida por -la soledad y falta de uso de la -voz. Era algo así como el eco de -un sonido que nació largos años -antes y a considerable distancia: -una voz que había perdido la -vida, el timbre de voz humana, -una voz que producía en los sentidos -la impresión misma que produciría -la vista de un color hermosísimo -y delicado trocado por la -mano de los siglos en mancha débil -de colorido indefinible, una<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span> -voz que reflejaba con elocuencia -tan vívida la desesperación de un -ser humano perdido y abandonado, -que cualquier viajero a quien -el hambre y las fatigas rindieran -en las soledades del árido desierto -que estuviera recorriendo, reconocería -en su timbre la voz de su -hogar, la voz de las personas queridas -que dejaba en el mundo, -antes de doblar la cabeza para -rendir el postrer aliento.</p> - -<p>Al cabo de algunos minutos que -el anciano pasó trabajando silencioso, -ajeno a cuanto le rodeaba, -volvió a levantar los ojos. -En ellos no se advertía ni un -átomo de interés, ni un átomo -de curiosidad: reflejaban sencillamente -esa percepción mecánica, -esa conciencia inconsciente de -que el espacio donde antes se ha -visto un objeto o una persona continúa -ocupado.</p> - -<p>—Quisiera dejar penetrar un -poquito más de luz—dijo Defarge, -cuyos ojos no se habían separado -un instante de la persona del zapatero.—¿Podrá -usted sufrirla?</p> - -<p>Suspendió su obra el interrogado; -paseó sus miradas por el suelo, -a derecha e izquierda, como quien -busca algo, y luego las alzó hacia -el que acababa de interrogarle, -preguntando al fin:</p> - -<p>—¿Qué decía usted?</p> - -<p>—Preguntaba si podrá tolerar -un poquito más de luz.</p> - -<p>—Tendré que tolerarla, si usted -la deja entrar.</p> - -<p>Defarge abrió un poco más la -ventana. Los rayos de luz que -penetraron en el sotabanco iluminaron -perfectamente al zapatero, -que tenía sobre el muslo -un zapato sin terminar. Diseminados -por el suelo, o colocados -sobre la banqueta, se veían varios -útiles del oficio. Era aquél un -hombre de barbas recortadas de -cualquier manera, pero no de longitud -desmesurada. En su cara -macilenta y demacrada brillaban -extraordinariamente dos ojos que -hubieran parecido grandes y rasgados, -aun cuando de suyo no lo -fueran. La amarillenta camisa que -llevaba abierta por el pecho dejaba -ver una carne flácida y blanca -como el papel. Su piel, la vieja -blusa de lona que cubría la parte -superior de su cuerpo, las medias, -que llenas de arrugas servían de -envoltorio a unas pantorrillas sin -carne, y en una palabra, todas -las prendas de vestir, habían adquirido, -a fuerza de verse privadas -del contacto del aire y de la luz, -un tono de pergamino que hacía -sumamente difícil poder precisar -la materia empleada en su manufactura.</p> - -<p>Había puesto a guisa de pantalla -una mano entre sus ojos y la -luz, y todos los huesos de aquélla -se transparentaban. Jamás miraba -a la persona que le dirigía -la palabra sin antes bajar los -ojos al suelo y pasearlos en todas -direcciones, cual si hubiera perdido -el hábito de asociar el espacio -con el sonido; nunca hablaba -sin divagar, nunca se acordaba de -lo que acababan de preguntarle,<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span> -ni de lo mismo que estaba él diciendo.</p> - -<p>—¿Piensa terminar hoy ese par -de zapatos?—preguntó Defarge, -haciendo una seña a Lorry para -que se acercase.</p> - -<p>—¿Qué dice usted?</p> - -<p>—¿Piensa terminar hoy esos -zapatos?</p> - -<p>—No puedo decir si lo pienso -o no. Creo que sí; pero no lo sé.</p> - -<p>La pregunta le recordó la tarea, -y a ella se consagró de nuevo.</p> - -<p>Aproximóse silencioso el señor -Lorry, dejando a la niña junto a -la puerta. Uno o dos minutos haría -que se encontraba junto a -Defarge, cuando el zapatero alzó -la cabeza. No manifestó la menor -sorpresa al ver a dos personas en -vez de una.</p> - -<p>—Tiene usted una visita—observó -Defarge.</p> - -<p>—¿Qué dice usted?</p> - -<p>—Que ha venido este señor a -visitar a usted.</p> - -<p>El zapatero alzó de nuevo los -ojos, pero no dejó de trabajar.</p> - -<p>—Este caballero—repuso Defarge—entiende -mucho en zapatos. -Enséñele usted el que está -haciendo para que aprecie su -trabajo. Tómelo usted, señor.</p> - -<p>Lorry tomó en su mano el zapato.</p> - -<p>—Diga usted a este señor qué -clase de zapato es, y el nombre del -operario que lo hace.</p> - -<p>Medió una pausa más larga que -las de ordinario antes que respondiera -el zapatero.</p> - -<p>—He olvidado la pregunta—dijo -al fin.—¿Qué decía usted?</p> - -<p>—Dije que tuviera usted la -bondad de decir a este señor qué -clase de zapato es éste.</p> - -<p>—Es un zapato de señora... -zapato de paseo, propio para señorita. -Es de moda, aunque la -verdad es que nunca he visto la -moda.</p> - -<p>—¿Y el nombre del zapatero?—preguntó -Defarge.</p> - -<p>El desventurado puso los nudillos -de la mano derecha en la palma -de la izquierda, invirtió el -orden, colocando los nudillos de -ésta en la palma de la primera, a -continuación se pasó las dos por -la barba y después por la frente. -La obra de arrancarle de la abstracción -en que quedaba sumido -siempre a raíz de haber hablado -no cedía en importancia y dificultad -a la de volver a la vida a una -persona desmayada o la de infiltrar -un poco de vida artificial en -un cuerpo casi muerto del que se -espera obtener alguna revelación.</p> - -<p>—¿Preguntó usted mi nombre?</p> - -<p>—En efecto, eso pregunté.</p> - -<p>—Ciento Cinco, Torre del Norte.</p> - -<p>—¿Nada más?</p> - -<p>—Ciento Cinco, Torre del Norte.</p> - -<p>Exhalando algo que no fué -ni suspiro ni gemido, volvió a la -tarea, que no suspendió hasta -que el señor Lorry, mirándole -con fijeza, le preguntó:</p> - -<p>—Su profesión de usted no ha -sido la de zapatero, ¿verdad?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span></p> - -<p>El interrogado volvió sus hundidos -ojos hacia Defarge, cual si -esperara que éste contestara por -él la pregunta, pero como no le -llegara por aquella parte el auxilio, -los llevó hacia el que le interrogaba, -no sin clavarlos antes en -el suelo:</p> - -<p>—¿Que no ha sido mi profesión -la de zapatero? No: no lo ha sido. -Aprendí... aprendí el oficio... allí. -Me lo enseñé yo mismo. Pedí que -me dejaran...</p> - -<p>Perdió, al llegar a este punto, -el hilo de lo que estaba diciendo. -Vagó errante su mirada de una -parte a otra hasta que volvió -a encontrar a la persona con quien -hablaba, y continuó, con el tono -del que, en el momento de despertar, -reanuda una conversación -que el sueño interrumpió:</p> - -<p>—Pedí que me dejaran aprender -por mí mismo, y aprendí a -fuerza de tiempo y de dificultades. -Desde entonces no he hecho -otra cosa más que zapatos.</p> - -<p>En el instante que alargaba la -mano para tomar de las de Lorry -el zapato, preguntóle este último:</p> - -<p>—Señor Manette, ¿no me recuerda -usted?</p> - -<p>El zapato cayó al suelo y el -zapatero quedó inmóvil, clavados -sus ojos en la cara de quien le -preguntaba.</p> - -<p>—Señor Manette—repitió Lorry, -poniendo una mano sobre el -hombro de Defarge.—¿No se -acuerda usted de este hombre? -¡Mírele bien! ¡Míreme también -a mí! ¿No se alzan en su cerebro -las figuras del que fué su banquero, -la memoria de sus antiguos negocios, -la imagen de su criado antiguo?</p> - -<p>Mientras el infeliz recién salido -de la tumba, donde por espacio -de tantos años le tuvieran enterrado -en vida, clavaba sus miradas -ora en el señor Lorry, ora en -Defarge, su frente reveló que allá -en las profundidades de su cerebro -algunos destellos de inteligencia -reñían ruda batalla con la noche -profunda que, reinando como señora -única, paralizaba toda su -actividad. La cerrazón se acentuó -poco dispuesta a perder su imperio; -los destellos se debilitaron y -concluyeron por apagarse; pero -habían brillado, y lo que una vez -brilla, lo que una vez despierta, -no está extinguido del todo, puede -brillar otra vez. Así ocurrió en -efecto. Cuando momentos después -repararon sus miradas en la -cara juvenil de la niña que, arrastrándose -a lo largo de la pared se -había acercado, y de pie y con las -manos extendidas le contemplaba, -primero con mezcla de compasión -infinita y de terror, y más tarde -con anhelos vivísimos de estrechar -contra su pecho aquella cabeza -de espectro y ansias fervientes -de inocular en su alma el calor -de la vida, la luz del amor y de la -esperanza, la inteligencia brotó de -nuevo, pero más potente que la -vez primera, ante el conjuro misterioso -de la chispa que, partiendo -del alma de la joven, fué a -prender en la del anciano.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span></p> - -<p>Las sombras, resistiendo obstinadas, -quedaron al fin dueñas -del campo. El viejo miró a las personas -que tenía delante con menos -atención que antes, y sus ojos -buscaron el suelo con el aire de -sombría abstracción que les era -peculiar. Al cabo de algunos segundos, -exhalaba un suspiro, recogía -el zapato y reanudaba su -tarea.</p> - -<p>—¿Le ha reconocido usted, caballero?—susurró -Defarge al oído -de Lorry.</p> - -<p>—Por imposible lo reputé al -principio, pero aunque sólo por -breves instantes, he conseguido -reconocer el rostro que tan conocido -me fué en otro tiempo... -¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un -poco más!</p> - -<p>La niña se había separado de la -pared, y se acercaba silenciosa -a la banqueta en que el anciano -estaba sentado. Fué una escena -sencillamente imponente. Nadie -pronunció palabra. Ni el rumor -más liviano vino a turbar aquel -silencio augusto. La niña, semejante -a un espíritu, quedó en pie -junto al zapatero, y éste trabajaba -con ardor.</p> - -<p>Ocurrió que al cabo del rato -necesitó el anciano cambiar el instrumento -con que estaba trabajando -por la cuchilla de zapatero. -La recogió, y cuando iba a emplearla, -se detuvo. Sus ojos acababan -de ver una falda. Perezosamente -fueron alzándose hasta encontrar -la cara de la niña, y allí -se detuvieron.</p> - -<p>Ráfagas de terror cruzaron por -la frente del desdichado; moviéronse -sus labios cual si quisieran -pronunciar palabras que su garganta -se negó a articular, su respiración -se hizo fatigosa y jadeante, -y al fin se le oyó murmurar:</p> - -<p>—¿Qué es esto?</p> - -<p>La niña, por cuyas mejillas -corrían raudales de lágrimas, llevó -a sus labios las manos que tenía -juntas en actitud suplicante, las -besó, y seguidamente cruzó sus -brazos sobre el pecho cual si entre -ellos tuviera la cabeza querida -del anciano.</p> - -<p>—¿Eres la hija del calabocero?—preguntó -éste.</p> - -<p>—No—suspiró ella.</p> - -<p>—¿Quién eres, pues?</p> - -<p>Comprendiendo la imposibilidad -en que se encontraba de articular -palabra, la joven tomó -asiento en la banqueta junto al -anciano. Quiso éste alejarse, pero -sintió sobre su brazo la dulce -presión de la mano de su compañera, -y, dejando sobre la banqueta -la cuchilla, quedó contemplando -a aquélla.</p> - -<p>Caían sobre los hombros de la -niña sus cabellos de oro peinados -en largos tirabuzones. El anciano -adelantó poco a poco y con timidez -evidente una mano hasta llegar -a tocarlos, sus miradas se -iluminaron, pero se apagó la luz -que momentáneamente había brillado -en su inteligencia y, exhalando -un suspiro, dobló la frente y -quiso reanudar su labor.</p> - -<p>Muy poco tiempo duró su abs<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>tracción. -Después de dirigir dos -o tres miradas al zapato, cual si -quisiera asegurarse de que continuaba -sobre su rodilla, lo dejó -resueltamente sobre la banqueta, -llevó sus manos al cuello y desató -una cuerda sucia y ennegrecida -que lo rodeaba, de la cual pendía -una bolsita de paño. Colocando -la bolsita sobre la rodilla, abrióla -con cuidado y sacó de ella dos -rizos de cabello, que examinó con -detenimiento.</p> - -<p>—¡Es el mismo!—murmuró.—¿Cómo -es posible? ¿Cuándo sucedió? -¿Cómo sucedió?</p> - -<p>Su frente se iluminó más que -nunca. Vuelto hacia la niña, tomó -entre sus manos la cabeza, la -colocó de manera que la luz de la -ventana la diera de lleno en la -cara, y al cabo de un buen espacio -de muda contemplación, dijo:</p> - -<p>—Aquella noche, la noche en -que me llamaron fuera, ella había -reclinado su cabeza sobre mi -hombro... Ella temía que yo saliese... -yo no sentía el menor recelo... -y cuando me encerraron en la -Torre del Norte, me encontraron -esto escondido en la manga... -«¿Me permitiréis que lo conserve?—les -pregunté.—No han de facilitar -la fuga de mi cuerpo... aunque -gracias a ellos saldrá con frecuencia -mi espíritu por entre las -rejas». Esas fueron las palabras -que les dije... Las recuerdo como -si acabara de pronunciarlas.</p> - -<p>Largo rato se movieron sus -labios antes que consiguiera articular -las palabras que quedan -transcriptas, pero cuando pudo -hablar, lo hizo con acuerdo perfecto, -bien que muy lentamente.</p> - -<p>—No lo entiendo...—añadió.—<i>¿Eras -tú?</i></p> - -<p>Los dos testigos mudos de la -escena avanzaron alarmados al -observar la brusquedad con que -el anciano se volvió hacia la niña; -pero ésta, perfectamente tranquila, -les dijo, en voz muy baja:</p> - -<p>—Suplico a ustedes, mis buenos -señores, que no se acerquen, que -no hablen, que no se muevan.</p> - -<p>—¡Chist!—exclamó el anciano.—¿Quién -habla?</p> - -<p>Volvió a guardar los rizos en la -bolsita y quiso atar nuevamente -la cuerda a su cuello, pero sin dejar -de mirar a la joven y moviendo -con expresión de dolor sombrío -su cabeza.</p> - -<p>—¡No, no, no!—repuso.—¡No -es posible!... ¡Eres demasiado joven, -demasiado niña! ¡Ya ves -los efectos de permanecer sepultado -en una prisión!... Estas no -son las manos que ella conoció, -ni ésta la cara que ella vió, ni -ésta la voz que tan dulce sonaba -en sus oídos... ¡No, no! Ella... y -él... Hace muchos años... muchas -eternidades... antes de los lentos -siglos de la Torre del Norte... -¡Dime! ¿Cómo te llamas, ángel -hermoso?</p> - -<p>La hija cayó de rodillas a los -pies del infeliz padre, unidas las -manos delante del pecho.</p> - -<p>—¡Oh, señor!—exclamó.—¡En -otra ocasión sabrá usted cómo me -llamo, quién fué mi madre y quién<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span> -fué mi desventurado padre, cuya -dolorosa historia jamás llegó a -mis oídos! No puedo decirlo en -este momento ni en este sitio. -¡Lo único que ahora, aquí mismo, -puedo decirle, es que me abrace -y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!</p> - -<p>Confundiéronse los cabellos de -nieve con los cabellos de oro.</p> - -<p>—Si mi voz... ignoro si será así, -pero lo espero... si mi voz despierta -en usted ecos de otra voz que -en años mejores sonó en sus oídos -como música deliciosa... ¡llore por -ella... llore por ella! Si mi cabello -le recuerda una cabeza querida -que descansaba feliz y dichosa -sobre su pecho cuando usted era -joven y libre, ¡llore por ella, llore -por ella! Si al verse en el seno del -hogar que nos espera, surgen en su -memoria recuerdos de otro hogar, -desierto y arruinado ha muchos -años, otro hogar que caía hecho -pedazos mientras su corazón languidecía -y moría entre los negros -muros de un calabozo, ¡llore por -él... llore por él!</p> - -<p>La joven, mientras decía estas -palabras, tenía entre sus brazos -la blanca cabeza del anciano y -la mecía como si fuera un niño.</p> - -<p>—¡Llore también, querido... -querido señor, si cuando le diga -que sus agonías han terminado -para siempre, que he venido para -llevarle conmigo a Inglaterra, -donde podrá disfrutar de paz y -acaso de ventura, soy causa de -que se acuerde de una vida que -pudo ser tan útil a sus semejantes, -y que, sin embargo, se ha -malogrado! ¡Llore, derrame lágrimas -amargas sobre nuestra patria, -sobre Francia, que tan cruel -ha sido para usted! Y si cuando le -revele mi nombre, si cuando le -diga el de mi padre, que vive todavía, -y el de mi madre, que ha -muerto, sabe que habré de caer -de rodillas a los pies de mi adorado -padre, y que tendré necesidad -de implorar su perdón por no haber -pasado despierta y trabajando -para favorecerle todos los días -de mi vida, y llorando todas mis -noches, porque el amor de mi -desventurada madre quiso apartar -de mis labios la copa amarga del -dolor, ocultándome la horrible historia, -¡llore... llore por ella... llore -también por mí! ¡Mis buenos señores!... -¡Demos gracias a Dios! -¡Siento correr por mi rostro las -lágrimas sagradas de.... este señor, -y siento repercutir en mi -corazón los sollozos de su pecho! -¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios -mío!</p> - -<p>El anciano había caído en los -brazos de la niña, sobre cuyo pecho -tenía reclinada la cabeza. -Tan conmovedora era la escena, -y tan terrible a la par, por ser consecuencia -de horrendas injusticias -y de tremendos sufrimientos, que -los dos testigos hubieron de cubrirse -las caras con las manos.</p> - -<p>Cuando se restableció en el -sotabanco el imperio de la tranquilidad, -y el pecho del anciano, -que por espacio de largo rato -pareció próximo a saltar hecho<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span> -pedazos, recobró la serenidad que -sigue siempre a las tormentas -más deshechas... que es lo que -ocurre con la humanidad, cuyas -tormentas, que llamamos vida, -se amansan al fin, para dar lugar -al reposo y al silencio; cuando el -anciano quedó tranquilo, se aproximaron -los dos testigos para -alzar del suelo al padre y a la -hija. El primero había ido languideciendo, -hasta quedar en tierra, -falto de fuerzas. La hija cayó con -él, y en tierra permaneció, apoyada -la cabeza sobre su hombro -y tendidos sus cabellos de oro sobre -sus ojos.</p> - -<p>—Si fuera posible—dijo la niña, -alargando una mano a Lorry—disponerlo -todo para salir de -París inmediatamente, en forma -que desde esta misma casa...</p> - -<p>—Hay que tener presente una -cosa importante—contestó Lorry -interrumpiendo a la joven.—¿Está -en disposición de emprender -el viaje?</p> - -<p>—Creo que ha de serle más beneficioso -el viaje, con todas sus -molestias, que permanecer en París, -donde tanto ha sufrido.</p> - -<p>—Nada más cierto—terció Defarge, -que se había arrodillado -para ver y oir mejor.—Aun prescindiendo -de la consideración que -acaba de insinuar la señorita, mil -razones aconsejan que salga cuanto -antes de Francia. ¿Quieren que -alquile una silla de postas con sus -caballos?</p> - -<p>—El negocio es ése—observó -Lorry, a quien bastaba muy poca -cosa para volver a su tema favorito—y -cuando hay que terminar -un negocio, cuanto más pronto -se ultime, mejor.</p> - -<p>—En ese caso—dijo la señorita -Manette,—tengan la bondad de -dejarnos aquí. Han podido apreciar -lo tranquilo que ha quedado, -lo que les habrá convencido de -que pueden dejarme a solas con él -sin el menor temor. Con que me -hagan el favor de cerrar con llave -la puerta al marcharse, a fin de -ponernos a cubierto de interrupciones, -me atrevo a garantizarles -que cuando regresen, le encontrarán -tan tranquilo como le dejan. -Yo cuidaré de él mientras ustedes -hacen los preparativos. Lo esencial -es llevárnoslo cuanto antes.</p> - -<p>No era muy del agrado de Lorry -y de Defarge la solución, pues los -dos hubiesen preferido no dejar -a la niña a solas con el anciano, -pero como no sólo era preciso -preparar la silla de posta, sino -también proveerse de pasaportes, -y el tiempo apremiaba, porque -el día corría a su ocaso, fuerza -fué que se distribuyeran entre los -dos las diligencias que necesariamente -había que hacer, después -de lo cual echaron a andar cada -uno por su lado.</p> - -<p>Las sombras de la noche encontraron -a la niña tendida sobre el -duro suelo, velando al padre. Ni -ella ni el anciano variaron de postura -hasta que entraron en el -sotabanco Lorry y Defarge, quienes -habían ultimado los preparativos -de viaje y traían, además de<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span> -mantas y abrigos de camino, pan, -carne fiambre, vino y café caliente. -Defarge, portador de las provisiones, -las dejó sobre la banqueta -de zapatero (en el sotabanco no -había más muebles que la banqueta -y un jergón), y con la cooperación -de Lorry levantó al cautivo.</p> - -<p>Nadie hubiera sido capaz de -leer en la atonía inexpresiva de -su cara los misterios entre los -cuales vagaba sin rumbo probablemente -la inteligencia del anciano, -ni la penetración humana, por -sutil y perspicaz que se la suponga, -hubiese conseguido saber si aquél -conservaba recuerdo de lo sucedido, -si se acordaba de lo que le habían -dicho, si se daba cuenta de -que estaba libre. Intentaron sondearle -a fuerza de preguntas; pero -las respuestas fueron tan tardas -y confusas, que temiendo extraviarle -más, decidieron dejarle en -paz por entonces. La expresión -del anciano era de insensatez, de -ferocidad, casi. Con frecuencia -oprimía su cabeza entre sus manos, -cosa que no se le había visto -hacer antes; sin embargo, su rostro -se dulcificaba en cuanto sonaba -en sus oídos la voz de su hija, -e invariablemente volvía hacia -ésta la cabeza cuantas veces le -hablaba.</p> - -<p>Con esa sumisión peculiar de -los que están acostumbrados desde -larga fecha a obedecer al látigo, -comió y bebió lo que le dieron, -y se puso el abrigo de viaje que -le fué entregado. Sin resistencia, -más aún, con agrado evidente -dejó que su hija enlazase con el -suyo su brazo... y no contento -con eso, tomó y retuvo entre las -suyas, la mano de aquélla.</p> - -<p>Comenzaron a bajar. Iba delante -Defarge, dando luz, y cerraba -la marcha Lorry. No habían -bajado muchas escaleras cuando -hizo alto el anciano y miró con -atención hacia arriba primero, y -luego en derredor.</p> - -<p>—¿Recuerda el lugar, padre -mío? ¿Se acuerda de cuando subió -esta escalera?—preguntó la niña.</p> - -<p>—¿Qué dices?</p> - -<p>Antes que fuera repetida la -pregunta, contestó el anciano, -como si aquella le hubiese sido -formulada de nuevo.</p> - -<p>—¿Que si me acuerdo? No; no -me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!</p> - -<p>Claramente se vió que no conservaba -el menor recuerdo de haber -sido trasladado desde la prisión -al sotabanco. Los que le -acompañaban oyéronle murmurar -«Ciento Cinco, Torre del Norte», -siendo indudable que cuando miró -en derredor, creyó ver los espesos -muros que por espacio de -tantos años habían sido su tumba. -Caminó con paso alterado mientras -cruzaron el patio, como si esperase -encontrar el puente levadizo; -y al convencerse de que éste -no existía, y ver el coche que esperaba -en la calle, soltó la mano de -su hija y oprimió de nuevo su -cabeza.</p> - -<p>No había turbas frente a la -puerta, no se veía una cabeza en -las ventanas ni alma viviente en<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span> -la calle. El silencio y la soledad -reinaban como señores únicos. -A nadie vieron más que a una persona, -a la señora Defarge... que -estaba haciendo calceta y nada -vió.</p> - -<p>Habíase acomodado ya el prisionero -en el interior del coche, -su hija le había seguido, y en el -instante en que colocaba Lorry -el pie en el estribo, le detuvo la -voz del anciano que pidió sus -herramientas de zapatero y sus -zapatos no terminados. La señora -Defarge dijo inmediatamente que -ella subiría a buscarlos, y en efecto, -un segundo después, cruzaba -el patio, haciendo calceta. No -tardó en reaparecer y en entregar -los objetos pedidos, hecho lo cual -volvió a su asiento y se entregó a -la tarea de hacer calceta... sin -ver nada.</p> - -<p>Defarge montó en el pescante, -dió la orden de «A la Barrera», -el postillón hizo restallar el látigo, -y la silla de postas partió volando.</p> - -<p>Cruzando bajo centenares de -faroles suspendidos, que brillaban -con luz más viva en las calles -mejores y con luz más opaca y -triste en las de menos importancia, -frente a tiendas profusamente -iluminadas, a grupos de personas -alegres y animadas, a cafés y teatros, -llegaron a una de las puertas -de la ciudad, donde les detuvieron -los soldados que estaban de guardia.</p> - -<p>—¡Los pasaportes, viajeros!</p> - -<p>—Aquí están, señor oficial—contestó -Defarge desde el pescante, -pero saltando inmediatamente -a tierra y llevando a un lado al -oficial.—Estos son los pasaportes -del señor de la cabeza blanca, que -va dentro, los cuales me fueron -confiados, juntamente con su persona, -en...</p> - -<p>Aquí bajó tanto la voz Defarge, -que solamente el oficial pudo oir -lo que le dijo.</p> - -<p>Una porción de faroles rodearon -al coche. Uno de ellos penetró -por la portezuela, unido a un brazo -que vestía uniforme militar, -los ojos del propietario de aquel -brazo escudriñaron el interior, -y sobre todo al anciano de la cabeza -blanca, y sus labios dijeron.</p> - -<p>—Está bien. Adelante.</p> - -<p>Bajo la inmensa bóveda de las -luminarias eternas, algunas de -ellas tan distanciadas de este -mundo microscópico que, si hemos -de dar crédito a lo que los -sabios nos aseguran, es dudoso -que sus fulgores hayan tenido -tiempo de llegar hasta nosotros, -reinaba una noche lóbrega, tempestuosa -y fría. Las tinieblas se -empeñaron en no conceder un -momento de sosiego al señor Mauricio -Lorry, quien, sentado frente -al hombre enterrado en vida, -no cesó de escuchar insistente, -terrible, obstinada, la antigua pregunta, -formulada, a no dudar, por -aquéllas.</p> - -<p>—¿Supongo que te interesará -vivir?</p> - -<p>La respuesta era también la -de siempre.</p> - -<p>—No puedo decirlo.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span></p> - - - - -<h2>LIBRO SEGUNDO<br /> -EL HILO DE ORO</h2> - -<h3 id="II_I">I.<br />CINCO AÑOS DESPUÉS</h3></div> - - -<p>Ya en el año de mil setecientos -ochenta, el domicilio social del -Banco Tellson podía vanagloriarse -de su respetable ancianidad. -Era un edificio muy pequeño, muy -obscuro, muy sucio y muy incómodo. -Los socios de la Casa se -enorgullecían de su pequeñez, se -enorgullecían de su obscuridad, -se enorgullecían de su suciedad y -se enorgullecían de sus incomodidades: -más todavía, su mayor -timbre de gloria era que aquélla -poseyera estas cualidades en grado -eminente, y abrigaban la convicción -íntima de que si fuera -menos pequeña, menos obscura, -menos sucia y menos incómoda, -sería muchísimo menos respetable. -Y cuenta que no se trataba -de una creencia pasiva; nada de -eso: era un arma que esgrimían -contra otras casas similares establecidas -en edificios lujosos. La -casa Tellson, decían, no necesita -salones, no necesita luz, no necesita -comodidades ni lujos. Que los -tengan Noakes y Compañía, o -Snooks Hermanos, está bien; pero -la casa Tellson... ¡Horror!</p> - -<p>Cualquiera de los socios hubiera -sido capaz de desheredar al hijo -más mimado que hubiese osado -insinuar siquiera la conveniencia -de reedificar el domicilio social. -En este particular, la casa se -parecía mucho a la nación, que -con frecuencia deshereda a aquellos -hijos que llevan su inconcebible -atrevimiento hasta el escandaloso -extremo de proponer mejoras -y adelantos en leyes o costumbres -que todo el mundo reconoce y -confiesa que son malas, pero que -precisamente por esto mismo son -más respetables.</p> - -<p>Quedamos, pues, en que la -casa Tellson era algo así como una -glorificación de las molestias e -inconveniencias. Aquellos de mis -lectores que hubieran tenido necesidad -o gusto de visitar la casa -Tellson, después de abrir una -puerta, que les habría dado la -bienvenida con chirridos ásperos -y estridentes, y de bajar dos esca<span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span>lones, -se hubiesen encontrado en -un miserable tugurio, donde dos -empleados, viejos como el tiempo, -sentados tras dos desvencijados -mostradores, les habrían arrebatado -el cheque o cheques de las -manos, para examinar las firmas -a la luz de la ventana más sucia -que quepa imaginarse, ventanas -que apenas si dejaban filtrar la -luz, pues aparte de que sus cristales -no se vieron jamás limpios de -la capa de barro que desde la -calle les fué arrojada el mismo -día que los colocaron, estaban -defendidas por gruesos barrotes -de hierro enmohecido y gozaban -de la sombra protectora del Tribunal -del Temple. Si los negocios -hubieran obligado a cualquiera a -recorrer «la casa», este <i>cualquiera</i> -habría sido conducido a una especie -de Celda de los Condenados, -situada a espaldas del edificio, -donde hubiese permanecido haciendo -reflexiones filosóficas sobre -la futilidad de la vida hasta que -se le presentase la casa, con las -manos en los bolsillos. Ingresaba -o salía el dinero de cajones de -madera roída por las carcomas. -Los billetes de Banco olían a -moho, cual si se encontrasen en -pleno período de descomposición. -Amontonada la plata en depósitos -que, a no dudar, estaban en comunicación -con las letrinas, dos o -tres días bastaban para robarle -su brillo peculiar. Quien fuera a -depositar en el Banco títulos o -valores de cualquier clase, podía -abrigar la seguridad de que, cerrados -aquéllos en cuartos que en su -tiempo fueron cocinas o caballerizas, -habían de oler muy en breve -a guisotes trasnochados o a -estiércol, y si un fatal pensamiento -le inducía a llevar documentos -o papeles de familia, éstos eran -guardados en una cámara del -piso alto, en cuyo centro había -una mesa comedor, aunque jamás -se sirvió en ella una comida, donde -las cartas escritas por su primer -amor, o por sus tiernos hijitos, -quedaban condenadas, en pleno -año de mil setecientos ochenta, -a sufrir el horror de ser blanco -de las miradas de las cabezas que -a diario exponía en el Tribunal -del Temple una brutalidad insensata -y una ferocidad digna de -Abisinia o de los aschantis.</p> - -<p>Verdad es que en aquellos tiempos -felices era la pena de muerte -panacea universal, receta muy -en boga en todos los oficios y profesiones, -y no iba a ser una excepción, -ni mucho menos, el Banco -Tellson. Si la Naturaleza todo lo -remedia con la muerte, ¿por qué -no ha de hacer otro tanto la ley? -Nada, pues, más natural y lógico -que imponer pena de muerte al -falsificador, pena de muerte al -portador de un billete falso, pena -de muerte al que abría indebidamente -una carta, pena de muerte -al que robaba cuarenta chelines -y seis peniques. El que custodiaba -un caballo a las puertas del Banco -Tellson, y desaparecía con el animal, -era condenado a muerte, a -muerte condenaban a quien acu<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>ñaba -un chelín falso, y con la cabeza -pagaban las tres cuartas -partes de los mortales que rozaban -los linderos del crimen. Cierto -que la sanción penal, con ser un -poquito severa, lejos de prevenir, -lejos de aminorar las transgresiones, -las multiplicaba, pero concluía, -por lo menos, de una vez -y para siempre con las molestias -y engorros anejos a cada paso -particular. Tantas vidas había -segado el Banco Tellson, y como -él, todos los establecimientos similares -contemporáneos suyos, -que si las cabezas de los muertos -hubieran sido apiladas frente a -su fachada, es casi seguro que -hubiesen cerrado por completo el -paso a la escasa luz que por sus -sucias ventanas penetraba en -su interior.</p> - -<p>Encaramados sobre bancos inverosímiles -y arcones de formas -raras, los empleados viejos del -Banco trabajaban con extrema -gravedad y compostura de esfinge. -Cuando era admitido algún -joven, encerrábanlo no se sabe -dónde y no volvía a parecer hasta -que era viejo. Evidentemente lo -guardaban, como se guarda el -queso, en alguna cámara obscura, -hasta que había adquirido el olor -peculiar de la Casa.</p> - -<p>Fuera del edificio, cuya puerta -jamás se le permitió franquear, -sin ser llamado, había un viejo, -investido de las funciones de -portero y de mensajero, que era -algo así como la muestra viva de -la casa. Jamás se separó de la -puerta, durante las horas de oficina, -como no le enviaran a algún -recado, y aun entonces, en la puerta -le representaba un hijo suyo, -pillete de unos doce años, que -era su vivo retrato. No faltaban -maliciosos que aseguraban que -la casa se limitaba a tolerar al -viejo en cuestión, a quien daban -el remoquete de <i>Lapa</i>, aunque -muchos años antes, en la iglesia -parroquial de Houndsditch, donde -cansado de permanecer encerrado -y en tinieblas, quiso asomar sus -ojos a la luz del mundo, recibió -el nombre de Jeremías.</p> - -<p>Fué escenario del incidente que -voy a narrar la residencia particular -del alto empleado <i>Lapa</i>, -hora las siete y media de una mañana -ventosa del mes de marzo, -y <i>Anno Domini</i>, mil setecientos -ochenta. Digo <i>Anno Domini</i> en -vez de año de Nuestro Señor, para -acomodarme a la manera de hablar -del sapientísimo <i>Lapa</i>, quien, -creyendo que la era cristiana tuvo -su origen en la invención del juego -de dominó, hecha por una señora -llamada Ana, siempre que hablaba -de fechas, lo hacía anteponiendo -a la del año las palabras <i>Ana -Dominó</i>.</p> - -<p>No estaban decoradas y amuebladas -con lujo excesivo las habitaciones -particulares del buen <i>Lapa</i>, -ni pasaban de dos, contando -como una un ropero, pero sí limpias -y aseadas. Pese a lo intempestivo -de la hora, y lo desapacible -de la ventosa mañana de marzo, -la habitación en que aquél<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span> -roncaba como un justo había sido -barrida y baldeada, y sobre la -mesa, su poquito coja, cubierta -con un mantel, blanco como la -nieve, brillaban las copas, platos, -y demás utensilios necesarios para -el almuerzo.</p> - -<p>Roncaba el <i>señor Lapa</i> bajo -las colchas de la cama como roncar -pudiera cualquier Arlequín -en su casa. El sueño era profundo; -pero al fin comenzaron a agitarse -las colchas, <i>Lapa</i> se revolvió con -aire inquieto, y al cabo del rato -aparecieron sobre las sábanas -unas púas que por milagro no las -rasgaron, y que eran el abrigo -con que la Naturaleza dotó a su -cabeza. A la par que asomaban los -pelos, exclamó su propietario con -voz exasperada.</p> - -<p>—¡Que me empalen si no ha -vuelto a las andadas!</p> - -<p>Una mujer, prototipo de laboriosidad -y de orden, se alzó de un -rincón, donde se hallaba de rodillas, -con apresuramiento más que -suficiente para demostrar que a -ella iban dirigidas las airadas -palabras del durmiente.</p> - -<p>—Conque vuelta a lo de siempre, -¿eh?—repuso <i>Lapa</i>, alargando -un brazo en busca de una bota.</p> - -<p>La bota salió volando por los -aires juntamente con esta segunda -salutación. Era una bota sucia, -llena de barro; y ya que de las -botas hablo, diré, como circunstancia -que no deja de ser extraña, -que al paso que el <i>señor Lapa</i> volvía -muchas veces a su casa, después -de terminado su servicio en el -Banco, con las botas limpias, rara -era la mañana que, al despertar, -no estaban aquéllas llenas de -lodo.</p> - -<p>—¿Qué estabas haciendo ahí, -beata de los demonios?—gritó -el melifluo <i>Lapa</i>, después de errar -el tiro.</p> - -<p>—Rezaba.</p> - -<p>—¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! -¿Y qué es lo que te propones, -pasándote el tiempo de rodillas -rezando contra mí?</p> - -<p>—No rezo contra ti, sino por -ti.</p> - -<p>—No es verdad; y aunque lo -fuera, no te tolero que te tomes -esas libertades. ¡A fe que te ha -tocado en suerte una madre modelo, -hijo mío!... ¡Figúrate! ¡Una -madre que reza contra la prosperidad -de tu padre! ¡Una madre -tan religiosa, tan celosa del cumplimiento -de su deber, que se pasa -el tiempo pidiendo al Cielo y al -infierno que arranque de la boca -de su hijo único la tostada con -manteca que constituye su alimento! -¡Qué te parece!</p> - -<p>Muy mal debió parecerle al -digno retoño del señor <i>Lapa</i> lo -que éste insinuaba en la última -parte de su discurso, pues a gritos -pidió a la madre que no se le volviera -a ocurrir mezclar con sus -rezos nada que con su alimentación -personal tuviera relación.</p> - -<p>—¿Y qué es lo que supones tú, -mujer ilusa, que valen tus rezos?—repuso -el marido, con insistencia -inconsciente.—Dime: ¿qué valor -concedes a tus oraciones?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span> -—Brotan del corazón, Jeremías; -este es su único mérito.</p> - -<p>—¡Su único mérito!—repitió el -<i>señor Lapa</i>.—¡Poco valen, entonces! -De todas suertes, valgan lo -que valieren, no quiero que vuelvas -a rezar: vaya, ¡se acabó! -¿Crees que voy a tolerar que llames -sobre mi cabeza la mala suerte? -Si quieres caer de rodillas, -hazlo en favor de tu marido y de -tu hijo, y no contra ellos. La semana -última, si el infierno no me -hubiese concedido una mujer desnaturalizada, -y una madre desnaturalizada -a este pobre niño, -habría ganado montones de oro -en vez de tener la sombra más -negra que mortal alguno haya -tenido desde que el mundo es -mundo. Vístete, hijo mío, vístete; -y mientras yo limpio mis botas, -no pierdas de vista a tu madre, y -avísame con un grito si adviertes -señales de que va a caer de rodillas. -Yo te aseguro que no lo -aguanto—añadió, dirigiéndose a -su costilla.—Soy más bruto que -un coche de alquiler, duermo como -el láudano, pocas veces sé si -soy yo, o si soy el vecino de en -frente; ¡pero cuando me tocan al -bolsillo, me escamo; con el bolsillo -no quiero bromas, sábelo de -una vez y para siempre, y si tus -rezos conspiran contra él, mal -lo vas a pasar, beata de los infiernos!</p> - -<p>El <i>señor Lapa</i>, lanzando de -tanto en tanto frases de indignación, -emprendió con vigor la obra -de limpiar sus botas. Su hijo, -entretanto, cuya cabeza guarnecían -púas un poquito menos aceradas -que las del padre, y cuyos -ojillos estaban poco más o menos -tan juntos como los del padre, -acechaba insistente a la madre. -Varios sustos dió a la pobre mujer -gritando desde el fondo del armario -ropero, donde se vestía.</p> - -<p>—¡Padre!... ¡Que se arrodilla... -que se arrodilla!</p> - -<p>Ni con el almuerzo se dulcificó -el humor de <i>Lapa</i>, antes bien pareció -que acrecentaba su animosidad -contra su mujer.</p> - -<p>—¿Pero qué estás haciendo? -¿Otra vez, condenada?</p> - -<p>Contestó la mujer que no había -hecho más que impetrar la bendición -del Cielo.</p> - -<p>—¡Cuidado con traer bendiciones!—barbotó, -mirando como si -temiera ver desaparecer el pan -de la mesa ante la eficacia de la -oración de su mujer.—¡Quiero desterrar -las bendiciones de mi casa...! -¡No quiero bendiciones en -mi mesa!</p> - -<p>Rojo de cólera, con los ojos -fuera de las órbitas, el <i>señor Lapa</i> -devoraba, que no comía, el almuerzo, -rezongando y gruñendo -como pudiera hacerlo cualquier -congénere suyo de cuatro patas. -A eso de las nueve de la mañana, -algún tanto domeñado su encrespado -natural, salió de su casa para -entregarse a las ocupaciones del -día.</p> - -<p>Apenas si su oficio merecía el -nombre de tal, no obstante llamarse -él a sí mismo «honrado me<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>nestral». -Todas las mañanas, colocaba -un banco, hecho de un respaldo -de silla rota, debajo de la -ventana del Banco Tellson más -inmediata al Tribunal del Temple. -El banco, y algunos puñados -de paja que tomaba del primer carro -que pasaba por la calle cargado -de ella, constituían todos sus -enseres. El <i>señor Lapa</i> y su banco -eran tan conocidos en la calle Fleet -como el Temple mismo... y con -corta diferencia, de tan poco grato -aspecto.</p> - -<p>Instalado en su sitio antes de las -nueve, a tiempo para poder llevar -la mano a su tricornio cada vez -que entraba o salía del Banco -Tellson alguna persona cuya respetabilidad -lo mereciera, el <i>señor -Lapa</i>, acompañado por su hijo, -entreteníase en aquella mañana -ventosa de marzo en injuriar mental -y corporalmente a cuantos -niños o personas mayores pasaban -a su alcance, a falta de mejor -ocupación. Padre e hijo, entre los -cuales mediaba un parecido maravilloso, -más que seres humanos -semejaban una pareja de monos. -Jeremías el mayor mascaba pajas, -mientras los brillantes ojuelos de -Jeremías el menor acechaban inquietos -el tráfico matinal de la -calle Fleet, cuando asomó la cabeza -de uno de los ordenanzas -del Banco en la puerta del establecimiento, -y dijo con voz campanuda:</p> - -<p>—¡Que entre el portero!</p> - -<p>—Ya tenemos un recado en -puerta para comenzar el día, padre—observó -Jeremías el menor.</p> - -<p>El padre cedió el banco al -hijo, y éste se sentó, recogiendo -y llevando a su boca la paja que -el primero estaba mascando.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_II">II.<br />UNA VISITA</h3></div> - - -<p>—¿Conoce usted bien el Old -Bailey?[1]—preguntó uno de los -empleados más ancianos del Banco -a Jeremías <i>Lapa</i>.</p> - - -<p class="i3 p2">[1] Tribunal Central de lo Criminal de -Londres:—(N. del T.).</p> - -<p class="p2">—Sí... señor—contestó con cierto -retintín el interrogado.—Conozco -el Bailey.</p> - -<p>—Perfectamente. También conoce -usted al señor Lorry, ¿no es -verdad?</p> - -<p>—Conozco al señor Lorry mucho -mejor que el Bailey, señor... -mucho más de lo que yo, menestral -honrado a carta cabal, deseo -conocer el Bailey.</p> - -<p>—Muy bien. Va usted a llegarse -a la puerta reservada para los -testigos, donde enseñará al guardián -de la misma esta nota para -el señor Lorry. Le dejarán pasar -sin dificultad.</p> - -<p>—¿Hasta la Sala de Justicia?</p> - -<p>—Hasta la Sala de Justicia.</p> - -<p>—¿He de esperar en la Sala, señor?</p> - -<p>—Voy a decirle lo que ha de -hacer. El guardián de la puerta -entregará esa nota al señor Lorry, -y usted, desde el sitio donde se<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span> -encuentre, procurará atraer la -atención del señor Lorry, por medio -de cualquier gesto, a fin de que -aquél sepa dónde espera usted. -Luego, todas sus obligaciones se -reducen a una sola: a esperar -hasta que el señor Lorry le necesite.</p> - -<p>—¿Nada más?</p> - -<p>—Nada más. El señor Lorry -desea tener a mano un mensajero, -lo esencial es hacerle saber que -el mensajero de que puede disponer -en cualquier momento dado -es usted.</p> - -<p>Mientras el empleado del Banco -plegaba el papel y estampaba el -sobrescrito, el buen <i>Lapa</i>, que le -contempló sin despegar los labios -hasta que vió que buscaba el -papel secante, preguntó.</p> - -<p>—¿Fallan hoy alguna causa por -falsificación?</p> - -<p>—Por traición.</p> - -<p>—¡Descuartizamiento seguro!—exclamó -<i>Lapa</i>.—¡Qué barbaridad!</p> - -<p>—Es la ley—replicó el anciano, -volviendo con sorpresa los ojos -hacia <i>Lapa</i>,—la ley, y nada más -que la ley.</p> - -<p>—Por respetable que la ley sea, -me parece una barbaridad despedazar -a un hombre. Bastante -cruel es arrancarle la vida, pero -hacerle cuartos, lo encuentro feroz.</p> - -<p>—Procure hablar bien de la ley, -amigo mío—repuso el empleado.—Guarde -para sí sus observaciones, -selle los labios, y deje que la -ley cuide de sí misma: es un consejo -que le conviene no dar al olvido.</p> - -<p>—¡Ah señor! ¡Es la vida dura -que llevo la que mueve mi lengua!—exclamó -<i>Lapa</i>.—A su consideración -dejo el juzgar si el que gana -el mendrugo de pan que llevo a -la boca como lo gano yo, puede -tener sellados los labios.</p> - -<p>—Todos ganamos el pan con -el sudor de nuestro rostro, aunque -algunos con menos fatigas que -otros... Tome usted la carta... -y en marcha.</p> - -<p>Tomó el mensajero la carta, -hizo una reverencia, y salió.</p> - -<p>Ahorcaban por entonces en Tyburn, -y de consiguiente, la calle -en que se alzaba Newgate no había -alcanzado aún la sombría celebridad -que luego pesó sobre ella. -Era, sin embargo, una cárcel espantosa, -donde se practicaban -toda clase de villanías y atrocidades, -un foco de las enfermedades -más terribles, que no pocas veces -penetraban en la Sala de Justicia -con los prisioneros, se cebaban, -dando pruebas de muy poco miramiento, -en el mismo Justicia -Mayor, y le obligaba a abandonar -para siempre su elevado sitial. -Con frecuencia ocurría que el juez -del birrete negro pronunciaba su -propia sentencia a la par que la -del encausado, y hasta moría más -pronto que éste. Por lo demás, la -Bailey era a manera de posada -por cuyo espacioso zaguán salían -constantemente pálidos viajeros, -montados en carretas o en coches,<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span> -que se encaminaban al otro mundo -previo un recorrido de dos o -tres millas de calles públicas y de -camino, infundiendo saludable temor -en alguno que otro ciudadano, -quizá en ninguno: tanta es la -fuerza de la costumbre. También -era famosa por la picota, institución -atinada y feliz que suponía -un castigo cuya extensión y alcance -nadie era capaz de prever; -éralo asimismo por los postes en -que se ataba a los condenados -a la pena de azotes, sistema el -más indicado para suavizar costumbres -y dulcificar temperamentos, -no menos que por la infinidad -de tratos que en ella se celebraban, -en los cuales entraba el oro -por una parte y el derramamiento -de sangre por la otra, resto de la -indiscutible sabiduría de nuestros -antepasados, que conducía sistemáticamente -a la perpetración -de los crímenes mercenarios más -espantosos que puedan cometerse -bajo la capa del cielo. Por lo demás, -la Old Bailey era por aquel -tiempo demostración elocuente del -precepto, «Todo lo que es, es justo», -aforismo que resultaría tan -necio como inocente si no llevara -aparejada la consecuencia, altamente -perjudicial, de que «Nada -de lo que ha existido fué injusto».</p> - -<p>Abriéndose paso por entre -aquella abigarrada muchedumbre, -que llenaba el repugnante escenario -donde había de desarrollarse -la acción, con la habilidad del -que está habituado a caminar -entre gentes, el mensajero no -tardó en llegar a la puerta que -buscaba, donde entregó la carta -de que era portador, haciéndola -pasar por un ventanillo practicado -en la misma, pues bueno será -hacer constar que las personas -que deseaban ver las funciones -representadas en la Old Bailey, -habían de pagar las localidades -ni más ni menos que las que querían -distraerse viendo el Manicomio, -sin más diferencia que la de -costar más caro entrar en aquélla -que en este último. Como consecuencia, -estaban perfectamente -guardadas todas las puertas, excepción -hecha, como es natural, -de las que daban acceso a los -criminales, pues éstos las encontraban -siempre abiertas de par -en par.</p> - -<p>Con algún retraso, y no sin que -el guardián mascullase algunas -palabras de descontento, la puerta -giró sobre sus goznes para dar -paso al mensajero.</p> - -<p>—¿Qué hay?—preguntó al primer -hombre que encontró.</p> - -<p>—Nada todavía.</p> - -<p>—¿Qué habrá luego?</p> - -<p>—Una vista por traición.</p> - -<p>—Descuartizamiento seguro, -¿eh?</p> - -<p>—¡Ah! Primero, tendido sobre -un cañizo, le arrastrarán hasta el -sitio donde le espere la horca, allí -le medio ahorcarán, le bajarán -de la horca para arrancarle las -entrañas, que quemarán ante sus -ojos, luego le cortarán la cabeza, -y por fin le harán cuartos. Esa -es la sentencia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span></p> - -<p>—Suponiendo que le declaren -culpable, querrá usted decir.</p> - -<p>—¡Bah! ¡Le declararán culpable, -pierda usted cuidado!</p> - -<p>El <i>señor Lapa</i> prestó entonces -atención al guardián de la puerta, -a quien vió, encaminándose en -derechura hacia el señor Lorry -con la carta en la mano. Hallábase -el señor Lorry sentado junto a -una mesa entre señores convenientemente -empelucados, muy cerca -del abogado defensor del reo, que -usaba una peluca descomunal, y -tenía varios legajos de papeles -debajo de los ojos, y casi frente -a otro caballero, no menos empelucado -que el defensor, el cual, -cuando le vió el <i>señor Lapa</i>, así -como también después, estaba -con las manos en los bolsillos, -puesta toda su atención en el -techo. A fuerza de accesos de -tos consiguió el mensajero llamar -la atención del señor Lorry, quien -se puso inmediatamente en pie, -hizo una seña con la cabeza, y -volvió a sentarse.</p> - -<p>—¿Qué papel representa ése en -el proceso?—preguntó a <i>Lapa</i> el -individuo a quien antes había -preguntado éste.</p> - -<p>—Que me aspen si lo sé.</p> - -<p>—Entonces... si la pregunta no -es indiscreta, ¿qué papel representa -usted?</p> - -<p>—Que me descuarticen si lo -sé tampoco.</p> - -<p>Puso fin al diálogo la entrada -del juez en la Sala. A partir de -aquel momento, toda la atención, -todo el interés del público se -concentraron en la barra. Los -calaboceros, que hasta aquel instante -habían estado a uno y otro -lado de la barra, salieron para entrar -momentos después con el -prisionero.</p> - -<p>Todos los ojos, excepto los del -caballero de la peluca, que tenía -los suyos clavados en el techo, se -fijaron en los del prisionero, todos -los alientos humanos de la sala -partieron hacia él, semejantes al -mar, semejantes al fuego, semejantes -al viento. Pegados a las -columnas, sobresaliendo de los -ángulos, veíanse rostros que reflejaban -ansiedad, los espectadores -de las filas últimas se ponían -en pie, otros se alzaban sobre las -puntas de los pies, y muchos se -encaramaban sobre los bancos en -su afán de verlo todo. No era de -los que menos curiosidad demostraba -Jeremías <i>Lapa</i>, quien se -erguía semejante a un pedazo animado -del muro coronado de púas -de Newgate y disparaba contra -el prisionero ondas de aliento saturado -de vapores de cerveza—había -tomado un vaso durante -el camino,—las que se mezclaban -con las que partían de -otras bocas, saturadas de emanaciones -de ginebra, de café y -de te.</p> - -<p>El objeto de tan viva curiosidad -era un joven de unos veinticinco -años, buen mozo, guapo, de mejillas -redondas y ojos negros. Era -caballero. Vestía de negro, o de -gris muy obscuro, y su pelo, que -era largo y castaño, caía sobre<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span> -su espalda, recogido por una cinta. -De la misma manera que las -emociones del alma humana se -filtran a través de la envoltura -material, así la engendrada por -la situación en que se veía colocado -se manifestaba por medio de -una palidez superpuesta a la tez -morena y curtida del acusado, -demostrando que su alma era -más fuerte que el sol. Mostróse, -sin embargo, perfectamente dueño -de sí mismo. Con calma maravillosa -se inclinó ante el juez, y -esperó:</p> - -<p>¿Sentimientos de elevada humanidad -en el interés que en la -Sala despertaba el reo? ¡Ni por -pienso! Si la sentencia que amagaba -su cabeza hubiera sido menos -espantosa, si hubieran existido -probabilidades de que en la ejecución -de aquella se prescindiera -de algunos de sus feroces detalles, -la fascinación habría sufrido rudo -golpe. Ante los ojos de los espectadores -se alzaba el arrogante -cuerpo que muy en breve sería -condenado a bárbaras mutilaciones, -la criatura dotada de alma -inmortal próxima a ser despedazada, -hecha cuartos, y el interés -que inspiraba, dijeran lo que dijeran -los mismos que lo sentían, -era, en su raíz, en su esencia, el -interés del ogro.</p> - -<p>¡Silencio en la Sala!</p> - -<p>—Carlos Darnay, que así se -llamaba el acusado, había negado -el día anterior la terrible acusación -fulminada contra él. De ser -cierta, Carlos Darnay era traidor -y aleve a nuestro sereno, augusto, -excelente, etc. etc. Rey y Señor, -por haber auxiliado en distintas -ocasiones y por medios diversos -a Luis, rey de Francia, en sus -guerras contra nuestro sereno, -augusto, excelente, etc., etc. Rey -y Señor. Había hecho frecuentes -viajes entre los dominios de nuestro -sereno, augusto, excelente, etc., -etc. Rey y Señor y los de dicho -rey de Francia, con objeto de revelar -inicuamente, pérfidamente, -alevosamente (y muchos otros -calificativos adverbiales) al repetido -rey de Francia las fuerzas militares -que nuestro sereno, augusto, -excelente, etc. etc. Rey y Señor -tenía preparadas para enviarlas -al Canadá y a la América del -Norte.</p> - -<p>Tales eran, en substancia, los -datos que con enorme satisfacción -había conseguido adquirir Jeremías -<i>Lapa</i>.</p> - -<p>El acusado, a quien mentalmente -habían ahorcado, decapitado y -descuartizado todos los presentes -a la vista, ni temblaba ante la -situación ni afectaba arrogancias -teatrales. Vió con calma perfecta -que los jueces prestaban juramento -y que el fiscal de la Corona se -disponía a hablar. Con grave interés -presenció los preparativos, -y con tal compostura escuchó los -procedimientos, que no movió -ni una hoja de las hierbas aromáticas -rociadas con vinagre que -alfombraban el pavimento, como -medida higiénica contra el contagio -de la fiebre del presidio y con<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>tra -la atmósfera viciada que allí -se respiraba.</p> - -<p>Sobre la cabeza del reo había -un gran espejo que tenía por objeto -concentrar en su rostro la -mayor suma posible de luz. Millares -de desgraciados y de malvados -habían visto reflejadas sus contraídas -caras en su tersa superficie, -minutos antes de que una -capa de tierra las ocultara para -siempre. No habría infierno comparable -a aquella Sala abominable -si la luna de un espejo pudiera -devolver las imágenes que refleja, -de la misma manera que el Océano -devuelve a sus muertos. Tal vez -sintió nuestro reo la ola de infamia -y de deshonra que iba a envolverle, -quizá fuera la casualidad -o un rayo más vivo de luz lo que -le movió a alzar los ojos: el hecho -es que vió el espejo, y que, al verlo, -vivos carmines tiñeron su rostro -y su cuerpo experimentó un estremecimiento -violento cual si -acabara de recibir enérgica descarga -eléctrica.</p> - -<p>Al separar sus miradas del espejo -las llevó hacia la izquierda, donde -tropezaron con dos personas -sobre las cuales se detuvieron con -tal fijeza, que no quedó en la Sala -un espectador que hacia ellas no -volviera los ojos.</p> - -<p>Eran las personas en cuestión -una señorita joven, de veinte años -de edad aproximadamente, y un -caballero, a todas luces su padre. -Llamaban poderosamente la atención -en este último la blancura de -nieve de sus cabellos y cierta expresión -indescriptible de vehemencia, -no activa, sino reflexiva, -íntima. Cuando dominaba esta -expresión, parecía viejo, pero en -los momentos en que desaparecía, -cuando hablaba con su hija, -por ejemplo, era un hombre hermoso -que apenas habría pasado -de la primavera de la vida.</p> - -<p>Aferraba su hija su brazo y se -estrechaba contra su cuerpo impelida -por el espanto que la escena -la producía y la piedad que el -reo la inspiraba, espanto y piedad -tan elocuentemente retratados en -su frente y en sus ojos, que los -espectadores, inconmovibles ante -la triste suerte del acusado, no -pudieron ver sin profunda lástima -el estado de la joven. «¿Quiénes -serán?» se preguntaban unos a -otros al oído.</p> - -<p>No dejó de preguntar Jeremías -<i>Lapa</i> a su vecino, a cuyos perspicaces -ojos no había pasado inadvertida -la expresión de la joven, -quiénes eran aquellas personas; -y como todos habían hecho la -misma pregunta, la respuesta, que -circulaba ya de boca en boca, llegó -al fin a su oído.</p> - -<p>—Son testigos.</p> - -<p>—¿De cargo?</p> - -<p>—Testigos en contra.</p> - -<p>—¿En contra de quién?</p> - -<p>—Del reo.</p> - -<p>El juez, cuyas miradas habían -seguido la dirección que siguieron -las de todos los espectadores, las -desvió para clavarlas insistentes -en el desgraciado cuya vida tenía -en sus manos, en el momento que<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span> -el fiscal de la Corona se levantaba -para torcer la soga, afilar el hacha -y forjar el martillo y los clavos -que debían preparar el cadalso.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_III">III.<br />DECEPCIÓN</h3></div> - - -<p>El señor fiscal de la Corona manifestó -en su informe que el acusado, -aunque joven en años, era tan -viejo en actos alevosos y prácticas -de pérfida traición, que se imponía -la necesidad de acabar con su -vida. «Sus tratos y correspondencia -continua con el enemigo público—dijo—no -datan de ayer, ni -de anteayer, ni del año pasado, -ni de dos años atrás. Desde fecha -mucho más remota viene el reo -haciendo viajes constantes entre -Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, -cuyo objeto ni él mismo -ha sabido explicarnos satisfactoriamente. -¡Ah! Si el Cielo, en su -alta sabiduría, no hubiera condenado -a eterno fracaso las maquinaciones -de los traidores, los actos -criminosos de ese hombre habrían -dado sus naturales frutos, pero la -Providencia, que vela de una manera -especial por la suerte de -nuestra querida Inglaterra, inspiró -a una persona, en cuyo pecho -no tiene entrada el miedo y en -cuya conciencia no cabe la malicia, -el feliz pensamiento de penetrar -los siniestros planes del reo, -y cuando hubo conseguido su -objeto, lleno de terror, se apresuró -a descubrirlos al primer secretario -de Estado y al augusto -Consejo Privado de Su Majestad. -Pronto tendréis ocasión de conocer -a ese patriota, cuya conducta -ha sido sublime. Había sido amigo -íntimo del traidor, pero no bien -descubrió sus infamias, decidió -inmolar una amistad, que ya no -podía conservar en su pecho, en el -altar sacrosanto del patriotismo. -Si Inglaterra erige alguna vez -estatuas, como las erigieron Grecia -y Roma en honor de los que -en aras de la patria han sacrificado -sus más vivas afecciones, no cabe -dudar que tendrá la suya ese ciudadano -eminente. La virtud, según -han afirmado infinidad de -poetas, cuyos nombres no citaré -porque todos mis oyentes los -tienen en la punta de la lengua, -es contagiosa en grado eminente, -y sobre todo, la virtud sagrada -del patriotismo, al amor a la patria. -No es, pues, de admirar que -el alto y sublime ejemplo del testigo -inmaculado e impecable a -que me refiero, cuyo nombre da -honor a quien lo pronuncia, se -contagiase a un criado del mismo -reo, y engendrase en él la santa -resolución de practicar registros -en las gavetas de las mesas y en -los bolsillos de su señor, para apoderarse -o tomar nota de sus documentos -más secretos. No faltarán -detractores que claven sus dientes -en la reputación de este criado -admirable, maldicientes que expongan -en la picota pública pecadillos -de su vida pasada, pero aun<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span> -así he de protestar que su conducta -presente le hace acreedor a -todo mi respeto, he de decir que -me merece más consideraciones -que mis mismos hermanos, más -consideraciones que mis mismos -padres. Yo no dudo, no puedo -dudar que lo propio harán los -que me escuchan. Las declaraciones -de los dos testigos nombrados, -juntamente con los documentos -que a su tiempo serán exhibidos, -demuestran claro como la luz del -sol que el prisionero poseía relaciones -numéricas de las fuerzas -militares de Su Majestad, estados -explicativos de la disposición y -preparación de las mismas, y no -cabe dudar que esas relaciones, -esos estados, los llevaba, como ha -llevado tantos otros, a una potencia -enemiga. Confieso que no ha -sido posible demostrar que esas -relaciones y esos estados sean de -puño y letra del reo, pero eso no -tiene importancia, nada significa, -y en todo caso, será circunstancia -agravante, puesto que pondrá de -relieve la artera malicia del acusado. -A cinco años se remontan las -pruebas, demostrando palpablemente -que el prisionero se dedicaba -ya por entonces a llevar a cabo -misiones infames y perniciosas, -que ya vendía a la patria semanas -antes de haberse reñido la primera -batalla entre las fuerzas inglesas -y las americanas. Todas estas -razones influirán necesariamente -en el ánimo del Jurado, si es Jurado -leal, como me consta que -lo es, si es Jurado responsable, -como por tal le tengo, para declarar -culpable al prisionero, y librar -al mundo de un traidor. ¡Ah, señores -jurados! Mientras haya una -cabeza sobre los hombros del -prisionero, no es posible que vuestras -cabezas reposen tranquilas -sobre las almohadas de vuestros -lechos, no es posible que las cabezas -de vuestras tiernas esposas -reposen tranquilas sobre las almohadas -de sus lechos, no es posible -que las cabecitas de vuestros -queridos hijos reposen tranquilas -sobre las almohadas de sus -lechos. El fiscal de la Corona os -pide por lo más sagrado, por lo -que más caro os sea, por el juramento -que habéis prestado, por -el Rey augusto y excelente que -nos gobierna, por la patria, que -es nuestra madre, que deis al prisionero -por ahorcado, decapitado -y descuartizado.»</p> - -<p>Cuando el fiscal de la Corona -cesó de hablar, llenaron la Sala -sordos murmullos. No parecía -sino que el aire se había llenado -de enjambres de moscas azules -que zumbaban en torno de la -cabeza del reo, sabedoras del estado -en que no tardarían en encontrarle. -Cuando se extinguieron -los zumbidos, apareció en la tribuna -de los testigos el ciudadano -impecable, el sublime patriota -citado por el fiscal de la Corona.</p> - -<p>El señor procurador general, -ateniéndose estrictamente a las -instrucciones de su jefe, examinó -entonces al patriota. Llamábase -Juan Barsad, y era caballero.<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span> -La historia de su alma pura e -inmaculada resultó ser la que el -señor fiscal de la Corona había -expuesto sucintamente en su acusación. -Luego que hubo contestado -las preguntas que le fueron -dirigidas, se hubiera retirado modestamente, -de no haber manifestado -deseos de hacerle algunas -otras el caballero de la enorme -peluca y abultados legajos de papeles, -que estaba sentado a escasa -distancia del señor Lorry. El segundo -empelucado continuaba -mirando al techo.</p> - -<p>He aquí, en resumen, el interrogatorio -a que fué sometido el -gran patriota por el caballero de -la peluca:</p> - -<p>—¿Ha sido usted espía alguna -vez?</p> - -<p>—Jamás—contestó indignado -el ciudadano.</p> - -<p>—¿De qué vive usted?</p> - -<p>—De mis rentas.</p> - -<p>—¿En qué consisten esas rentas?</p> - -<p>—No tengo por qué dar explicaciones -sobre este particular.</p> - -<p>—¿Dónde radican sus bienes?</p> - -<p>—No lo recuerdo con precisión.</p> - -<p>—¿Ha heredado usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿De quién?</p> - -<p>—De un pariente lejano.</p> - -<p>—¿Muy lejano?</p> - -<p>—Bastante.</p> - -<p>—¿Ha sido procesado alguna -vez?</p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p>—¿Ni ha estado en la cárcel -por deudas?</p> - -<p>—No sé que tenga nada que -ver eso con el asunto que se debate.</p> - -<p>—¿Ha estado en la cárcel por -deudas?</p> - -<p>—¿Otra vez?</p> - -<p>—Conteste usted.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Cuántas veces?</p> - -<p>—Dos o tres.</p> - -<p>—¿No serán cinco o seis?</p> - -<p>—Tal vez.</p> - -<p>—¿Su profesión?</p> - -<p>—Caballero.</p> - -<p>—¿Le han dado de patadas alguna -vez?</p> - -<p>—Puede que sí.</p> - -<p>—¿Con frecuencia?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Le han echado a puntapiés -de alguna casa?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿No le han hecho rodar a -patadas escaleras abajo?</p> - -<p>—Repito que no. En una ocasión -recibí algunas patadas en lo -alto de una escalera, y la bajé -rodando, pero fué porque quise, -por mi voluntad, deliberadamente.</p> - -<p>—En la ocasión a que se refiere, -¿no le echaron a puntapiés por -fullero, por hacer trampas en una -partida de dados?</p> - -<p>—Algo por el estilo dijo el borracho -embustero que me dió -las patadas, pero era falso.</p> - -<p>—¿Jura usted que era falso?</p> - -<p>—Sin el menor reparo.</p> - -<p>—¿No ha buscado usted nunca -en las trampas del juego los medios -de vivir?</p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span></p> - -<p>—¿Ni ha vivido del juego?</p> - -<p>—He jugado como juegan todos -los demás caballeros.</p> - -<p>—¿Le ha prestado dinero el -prisionero?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y lo ha pagado?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—La amistad que con el prisionero -le ha ligado, en realidad -una amistad ligera, ¿no era de las -que solemos llamar obligadas, es -decir, una amistad cultivada en -sillas de posta, posadas y barcos?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Ha visto las relaciones y -listas en poder del prisionero?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Puede decir algo más acerca -de esas listas?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Espera que su declaración -le valga algún provecho o beneficio?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Ni siquiera un destino de -espía a sueldo del gobierno?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Ni ningún otro empleo?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Lo jura?</p> - -<p>—Una y mil veces.</p> - -<p>—¿Obedece a otros motivos -que a los de patriotismo?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Fué llamado a declarar el virtuoso -criado del prisionero, Rogerio -Cly, quien prestó con gran -decisión su juramento. Cuatro -años antes había entrado al servicio -del prisionero, sencillamente y -de buena fe. A bordo del barco -que hacía el servicio de Calais, -preguntó al prisionero si necesitaba -un criado, y aquel le recibió. -Muy poco después le pareció sospechosa -la conducta del prisionero, -y resolvió espiarle. En los -diferentes viajes que hizo en su -compañía, en las ropas de su amo -vió varias veces listas y relaciones -semejantes a las que obraban en -poder de la justicia. El fué el que -sacó algunas de aquellas listas de -una gaveta de la mesa de su amo. -Vió que éste enseñaba otras listas -idénticas a un caballero francés -en Calais y otras a otros caballeros -también franceses, tanto en -Calais como en Boulogne. Amante -de su patria, su conciencia se -sublevó contra tan negras traiciones -y denunció los hechos. -Acerca de su honradez, aseguró -que era tan intachable, que nadie -se atrevió jamás a acusarle del robo -de una tetera de plata, pues si -bien no faltaron maldicientes que -le achacaron en una ocasión el -hurto de una mantequera, hechas -las comprobaciones, resultó que -no era de plata, sino de metal -plateado. Conocía al testigo que -le precedió en la declaración desde -siete u ocho años antes, pero nunca -se trataron más que por coincidencia. -No afirmó que se tratara -de coincidencias extraordinariamente -curiosas, sin duda porque -es público y notorio que las coincidencias -lo son por regla general.</p> - -<p>Oyóse por segunda vez el sordo<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span> -zumbido de las moscas azules, -y el señor fiscal de la Corona llamó -al señor Mauricio Lorry.</p> - -<p>—¿Es usted empleado del Banco -Tellson, señor Mauricio Lorry?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—En la noche de un viernes -del mes de noviembre del año mil -setecientos setenta y cinco, ¿hizo -usted un viaje desde Londres a -Dover, por la diligencia-correo?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Iban en la diligencia otros -viajeros?</p> - -<p>—Sí, señor: dos.</p> - -<p>—¿Dejaron la diligencia aquella -noche, antes de llegar a Dover?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Vea usted al prisionero, señor -Lorry, y díganos si era uno de -aquellos viajeros.</p> - -<p>—No puedo decir que lo fuera.</p> - -<p>—¿Se parece a alguno de sus -compañeros de viaje?</p> - -<p>—Iban los dos tan embozados, -la noche era tan obscura, y los -tres guardamos tanta reserva, que -me es imposible contestar la pregunta.</p> - -<p>—Examine con más detenimiento -al prisionero, señor Lorry. -Represénteselo embozado, en la -forma misma que iban sus compañeros -de viaje, y díganos si, dada -su estatura y corpulencia, es imposible -que fuera uno de los dos -viajeros.</p> - -<p>—No es imposible.</p> - -<p>—¿Usted no juraría que el reo -no era ninguno de ellos?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Luego confiesa usted que podía -ser uno de ellos, ¿no es verdad?</p> - -<p>—Admito la posibilidad, pero... -pero recuerdo perfectamente que -mis dos compañeros de viaje -tenían... y yo también... un miedo -horrible a los ladrones, y me parece -que el reo no es de los que se -asustan fácilmente.</p> - -<p>—¿Y no ha visto usted nunca -miedo... de pega, quiero decir, -personas que fingen sentir un miedo -que en realidad no sienten?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—Vuelva usted a reconocer al -reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle -visto en alguna ocasión?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Cuándo y dónde?</p> - -<p>—A mi regreso de Francia, -pocos días después del incidente -de la diligencia, le encontré en -Calais a bordo del barco en que -yo volvía, e hicimos juntos el -viaje.</p> - -<p>—¿A qué hora embarcó el reo?</p> - -<p>—Ya avanzada la noche. Era -el único pasajero del barco, excepción -hecha de nosotros, y llegó -a última hora.</p> - -<p>—¿Qué hora sería?</p> - -<p>—Poco más de media noche.</p> - -<p>—¿Y dice usted que llegó el -último?</p> - -<p>—Dió la casualidad que llegase -el último, sí, señor.</p> - -<p>—Dejemos a un lado las «casualidades». -Fué el único pasajero -que llegó a altas horas de la noche, -¿no es cierto?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span></p> - -<p>—¿Viajaba usted solo, o acompañado, -señor Lorry?</p> - -<p>—Con dos compañeros: un caballero -y una señorita. Ambos -están aquí.</p> - -<p>—En efecto: aquí están. ¿Habló -usted con el prisionero?</p> - -<p>—Muy poco. El tiempo estaba -tormentoso, la travesía era larga -y pesada, y me la pasé de playa -a playa tendido en el sofá.</p> - -<p>—¡Señorita Manette!</p> - -<p>Púsose en pie la señorita hacia -la cual se habían antes vuelto -todas las miradas, y hacia la cual -se volvieron de nuevo al ser llamada. -Al propio tiempo que ella, -se levantó su padre.</p> - -<p>—Examine usted al prisionero, -señorita Manette.</p> - -<p>Mil veces más penoso fué para -el acusado verse frente a aquella -niña, joven y hermosa, que le -contemplaba con compasión anhelante, -que afrontar las miradas -curiosas de las turbas que llenaban -la sala. Sin pestañear, sin que -se alterase un solo músculo de su -rostro, aguantó la terrible acusación -del fiscal de la Corona; las -declaraciones de los testigos de -cargo no consiguieron demudar -su semblante, pero al ver desde -el borde de la tumba la mirada, -no de curiosidad, sino de piedad, -de la niña, todo su nervio, que era -mucho, no bastaba a refrenar la -agitación de su pecho, y en los -esfuerzos desesperados hechos para -permanecer sereno, sus labios -quedaron descoloridos, toda la -sangre refluyó a su corazón.</p> - -<p>—¿Conocía usted al prisionero, -señorita Manette?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Dónde le conoció usted?</p> - -<p>—A bordo del barco que antes -han mencionado y en la misma -ocasión.</p> - -<p>—¿Es usted la señorita aludida -por el señor Lorry?</p> - -<p>—¡Por desgracia, señor, soy yo!</p> - -<p>Los acentos de compasión que -la niña supo poner en su voz no -dulcificaron la del juez, quien repuso -con cierta severidad:</p> - -<p>—Conteste la testigo las preguntas -que se le hagan sin hacer -observaciones ni comentarios... -Señorita Manette, ¿sostuvo usted -alguna conversación con el prisionero -durante la travesía del Canal?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Refiérala.</p> - -<p>En medio de un silencio imponente, -comenzó la niña con voz -débil:</p> - -<p>—Cuando llegó a bordo ese -caballero...</p> - -<p>—¿Se refiere usted al prisionero?—interrogó -el juez, frunciendo -el entrecejo.</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Pues cuando haya de nombrarle, -llámele el prisionero.</p> - -<p>—Cuando llegó a bordo el prisionero, -advirtió que mi padre -estaba muy fatigado y en estado -de salud sumamente delicado. -Tal era la postración de mi padre, -que temiendo que le perjudicase -la falta de aire, le preparé una -cama sobre el puente, junto a la<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span> -escalera de la cámara, y yo me -senté a su lado con objeto de -atenderle. Los pasajeros no éramos -más que cuatro. Fué tan -bueno el prisionero, que después -de rogarme que le dispensase el -atrevimiento, me enseñó la manera -de colocar a mi padre al abrigo -del aire y del relente, cosa que -yo no había sabido hacer. Prodigó -a mi padre atenciones y bondades -que no puedo olvidar, y estoy segura -que se las prodigó de corazón. -He aquí cómo comenzamos a -hablar.</p> - -<p>—Permítame que la interrumpa. -¿Llegó solo a bordo?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—¿Cuántos le acompañaban?</p> - -<p>—Dos caballeros franceses.</p> - -<p>—¿Qué conferenciaban con el -prisionero?</p> - -<p>—Hablaron con el prisionero -hasta el último momento. Cuando -el barco levaba, se despidieron -de él y saltaron a su bote.</p> - -<p>—¿Se cambiaron entre ellos -algunos papeles semejantes a éstos?</p> - -<p>—Cambiaron algunos papeles, -pero ignoro cómo o qué eran.</p> - -<p>—¿Parecidos a éstos en tamaño -y forma?</p> - -<p>—Es posible, pero no puedo -asegurarlo, aunque me encontraba -yo muy cerca del sitio donde ellos -hablaban. La noche estaba muy -obscura y el prisionero y los caballeros -franceses se colocaron en -lo alto de la escalera de la cámara, -debajo del farol allí pendiente. -Sostenían, sin embargo, la conversación -con voz tan baja, que no -oí una palabra. Vi, sí, que leían -papeles, y nada más.</p> - -<p>—Repítanos usted la conversación -que sostuvo con el prisionero, -señorita Manette.</p> - -<p>—El prisionero fué conmigo -muy franco... puso en mí gran -confianza... fué muy amable, muy -bueno... trató con tierna solicitud -a mi padre... y no quisiera—terminó -la joven, hecha un mar de -lágrimas—no quisiera corresponder -a sus favores con declaraciones -que acaso le perjudiquen.</p> - -<p>Los moscardones azules volvieron -a zumbar.</p> - -<p>—Señorita Manette—replicó el -fiscal,—si el prisionero no se convence -de que usted presta la declaración -que es su deber prestar... -que está obligada a prestar... que -no puede dispensarse de prestar, -contra su voluntad y con sobrada -repugnancia, habrá que confesar -que está ciego. Tenga la bondad -de continuar.</p> - -<p>—Me dijo que motivaban su -viaje asuntos de índole altamente -delicada y comprometida, asuntos -que acaso originasen serios -conflictos entre pueblos distintos, -y que por esta razón, viajaba -bajo nombre supuesto. Me dijo -que esos asuntos le habían llevado -a Francia pocos días antes, y que -probablemente, durante un período -más o menos largo, le obligarían -a hacer frecuentes viajes -entre Inglaterra y Francia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span></p> - -<p>—¿Habló de América, señorita -Manette? Tenga la bondad de -especificar con detalles.</p> - -<p>—Procuró explicarme las causas -que dieron margen al conflicto, -y me dijo que, en opinión suya, -la sinrazón y la injusticia estaban -de parte de Inglaterra. Añadió, -en tono humorístico, que quizá -Jorge Wáshington estaba llamado -a alcanzar en la historia tan alto -renombre como Jorge III. Pero -en todo ello no había ni sombra -de malicia: lo dijo riendo y para -pasar el tiempo.</p> - -<p>El señor fiscal de la Corona manifestó -que consideraba necesario -interrogar al padre de la señorita, -al doctor Manette.</p> - -<p>—Mire usted al prisionero, doctor -Manette: ¿recuerda haberle -visto antes?</p> - -<p>—Una sola vez. Hará tres años -o tres y medio que me visitó en mi -casa de Londres.</p> - -<p>—¿Puede usted decirnos si fué -su compañero de viaje durante -la travesía del Canal, o repetirnos -la conversación que tuvo con su -hija?</p> - -<p>—Ni lo uno ni lo otro, señor.</p> - -<p>—¿Existen razones particulares -y especiales que le imposibilitan -hacer lo que se le pide?</p> - -<p>—Existen—contestó el doctor -con voz muy baja.</p> - -<p>—¿Son éstas la desventura de -haber sufrido un cautiverio larguísimo -en su país natal, sin ser -condenado, y hasta sin ser acusado?</p> - -<p>Con tono que penetró hasta el -fondo de los corazones de todos -los presentes, contestó:</p> - -<p>—¡Un cautiverio eterno!</p> - -<p>—¿Había recobrado usted recientemente -la libertad, cuando -se hizo el viaje a que me refiero?</p> - -<p>—Eso me dicen.</p> - -<p>—¿No lo recuerda usted?</p> - -<p>—No recuerdo nada. Mi cerebro -fué una noche profunda durante -algún tiempo... no puedo decir -cuánto... desde que en mi calabozo -me dedicaba a hacer zapatos hasta -que me encontré en Londres en -compañía de mi querida hija. Me -habitué a su trato... ignoro cómo... -no conservo recuerdo del proceso... -y al fin, el Dios misericordioso -tuvo a bien devolverme las -facultades.</p> - -<p>El señor fiscal de la Corona -dió por terminado el interrogatorio, -y el padre y la hija volvieron -a sentarse.</p> - -<p>Ocurrió en este punto un incidente -singular. El objeto de las -actuaciones, el fin que en el proceso -se perseguía, era demostrar -que el acusado, en compañía de -otro traidor cómplice suyo, cuya -identidad era un misterio hasta -entonces, viajeros, en la noche -de un viernes del mes de noviembre -de cinco años atrás, en la diligencia-correo -de Londres a Dover, -habían desmontado durante -la marcha, con objeto de despistar, -en un sitio en el que no pensaban -quedarse, desde donde retrocedieron -doce o más millas hasta -llegar a una plaza fuerte que tenía -arsenal, donde recogieron los da<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>tos -que perseguían. Un testigo -declaró que en el día y hora indicados -había visto al prisionero -en el comedor de un hotel de la -plaza fuerte y arsenal mencionados, -esperando a otra persona. El -abogado defensor del procesado -estaba sometiendo al testigo a un -interrogatorio tan rígido como -habilidoso, sin más resultado que -el de asegurar aquél que jamás, -ni antes ni después de la ocasión -indicada, había visto al prisionero, -cuando el caballero empelucado, -que desde los comienzos de la vista -tenía los ojos clavados en el -techo de la Sala, escribió dos o -tres palabras en un papelito, lo -retorció, y seguidamente lo tiró -al defensor. Este, después de leer -el papelito, miró con atención y -curiosidad extraordinarias al prisionero.</p> - -<p>—¿Dice usted que tiene seguridad -absoluta de que <i>era</i> el prisionero?—preguntó -al testigo.</p> - -<p>—Absolutísima.</p> - -<p>—¿No ha visto nunca a nadie -que se parezca al prisionero?</p> - -<p>—A nadie que se le parezca -tanto, que pueda dar lugar a una -equivocación.</p> - -<p>—Fíjese bien en aquel caballero,—repuso, -indicando al que acababa -de tirarle el papelito—y luego, -fíjese bien en el prisionero. -¿Qué me dice usted? ¿No es verdad -que se parecen bastante?</p> - -<p>No obstante la dejadez y desaliño -del caballero del papelito, -existía entre él y el prisionero un -parecido bastante notable para -llenar de sorpresa no sólo al testigo, -sino también a cuantas personas -se hallaban en la Sala. El -presidente del tribunal suplicó -al repetido caballero del papelito -que se quitase la peluca, y la -semejanza se hizo muchísimo más -notable. Preguntó el presidente -al señor Stryver, que era el abogado -defensor, si habrían de encausar -por el delito de traición al -señor Carton, nombre del caballero -del papelito, a lo que el defensor -respondió que no, pero que -deseaba preguntar al testigo si -creía que lo que una vez ha sucedido -no puede suceder otra, si -hubiera osado hablar con tanta -seguridad y aplomo si antes hubiese -visto aquel ejemplo palpable -de su temeridad, si la vista -de una persona que tanto se parecía -al prisionero no habría sido -golpe rudo asestado a su confianza, -etc., etc. El resultado de este -incidente fué aniquilar al testigo, -destruir el efecto de su declaración, -y quitar todo el valor a sus -manifestaciones.</p> - -<p>El buen Jeremías <i>Lapa</i>, que -seguía el curso de la vista sin perder -palabra ni gesto, hubo de escuchar -cómo el defensor volvía -la tortilla que el fiscal y los testigos -habían servido al Jurado, diciendo -que el excelso, el sublime -patriota Barsad, era un espía mercenario, -un vil traidor, un traficante -en sangre que no conocía -el decoro ni la vergüenza, el reptil -de alma más negra que había -existido en el mundo desde que el<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span> -maldecido Judas, a quien se parecía -física y moralmente, lo deshonró -con su presencia. Afirmó -que el espejo de criado, el inocente -Cly, era amigo y cómplice de -Barsad, y digno de serlo por cierto, -que los ojos siempre abiertos -de aquellos miserables falsificadores -y perjuros resolvieron convertir -en víctima de sus codicias al -prisionero, aprovechando para sus -nefandos fines la circunstancia -de que aquél, francés de origen, -hacía frecuentes viajes entre Inglaterra -y Francia por asuntos de -familia que no podía explicar, -y que no explicaría el prisionero, -aun cuando su silencio le costase -la vida, porque se lo vedaban altas -consideraciones. Demostró que las -manifestaciones hechas por la señorita -Manette, cuya angustia -al hacerlas todos habían tenido -ocasión de apreciar, no tenían la -menor importancia, ni eran otra -cosa que inocentes galanterías, -muy naturales en un joven que -tropieza en un viaje con una niña -agraciada, excepción hecha de lo -referente a Jorge Wáshington, que -a su juicio resultaba tan extravagante, -que sólo como chiste desatinado -cabía considerarlo. Añadió -que daría la Justicia pruebas -palpables de debilidad si persistía -en la idea de perseguir una populachería -estéril aprovechando bajas -antipatías y temores nacionales -que el señor fiscal de la Corona -había explotado en su informe, -el cual, en realidad de verdad, no -tenía más fundamento que las -ruindades y vilezas de una declaración -cuya mala fe saltaba a la -vista, declaración prestada con -ánimo deliberado de desfigurar -los hechos, declaración que tiende -a que la Justicia, para vergüenza -nuestra, añada un error lamentabilísimo -a la interminable serie -de los que ha cometido.</p> - -<p>El presidente, cual si lo que -acababa de manifestar el defensor -no fuera expresión exacta de -la verdad, interrumpió con cara -fosca al orador, para decir, con -grave ademán, que le era imposible -continuar ocupando su elevado -sitial si se le obligaba a tolerar -alusiones tan desagradables.</p> - -<p>Interrogó el defensor a los escasos -testigos de descargo, y a continuación, -los oyentes hubieron -de admirar los esfuerzos hechos -por el señor fiscal de la Corona -para volver del revés el traje que -el primero había confeccionado -para el Jurado. Lo más saliente -de su discurso fué asegurar una -y mil veces que los heroicos Barsad -y Cly eran mil veces más virtuosos -de lo que al principio había -dicho, y el prisionero mil veces -más criminal. El presidente, en su -informe final, dió vueltas y más -vueltas al traje confeccionado por -el fiscal y procuró deshacer las -costuras del presentado por el -defensor, demostrando tendencias -decididas a preparar con uno -y otro la mortaja del prisionero.</p> - -<p>Retiróse el Jurado a deliberar<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span> -y los grandes moscardones azules -dejaron oir de nuevo sus desagradables -zumbidos.</p> - -<p>El movimiento, los murmullos -generales, la expectación que de -todos los testigos de la vista se -había adueñado, no fueron parte -a que el señor Carton, que continuaba -sentado y mirando al techo, -variase de actitud ni de sitio. -Mientras, su amigo el señor Stryver, -recogiendo los papeles que -tenía delante, conversaba con las -personas que tenía más cerca y -de tanto en tanto dirigía miradas -de ansiedad al Jurado, mientras -todos los espectadores se movían -más o menos, ora separándose, -ora reuniéndose de nuevo, mientras -el mismo presidente abandonaba -su asiento para pasear por -la plataforma, dando motivos para -que los presentes sospecharan -que el estado de su ánimo distaba -mucho de ser sosegado, el señor -Carton permanecía arrellanado en -su asiento, con la peluca medio ladeada, -las manos en los bolsillos, -como indiferente a todo y a todos, -clavados en el techo los ojos como -los había tenido todo el día.</p> - -<p>Esto no obstante, el señor Carton -avizoraba más detalles de la -escena que ante sus ojos se desarrollaba -de lo que a primera -vista parecía. Prueba de ello es -que, cuando la señorita Manette, -rendida bajo el peso de tantas -emociones, cayó desfallecida en -los brazos de su padre, fué Carton -el primero que lo advirtió, y el -primero que acudió al remedio, -diciendo:</p> - -<p>—¡Guardia! Atienda usted a -aquella señorita... Ayude al caballero -a que la saque de la Sala... -¿No ve usted que está a punto de -caer desmayada?</p> - -<p>Todos se movieron a compasión -al ver que retiraban a la señorita -de la Sala, y no hubo quien no -concediera todas sus simpatías -al padre. La escena, que no podía -menos de recordar a éste los años -interminables de su inmerecida -prisión, hubo de afectarle profundamente. -Buena prueba de ello -fué la intensa agitación interior -que le produjo el interrogatorio, -agitación que a nadie pasó inadvertida.</p> - -<p>Momentos después se presentaba -el Jurado, y por boca de su -presidente manifestaba que, no -habiéndose puesto de acuerdo, -deseaba retirarse de nuevo.</p> - -<p>El presidente de la Sala, cuya -imaginación llenóla, si no se engañan -algunos maliciosos, el retrato -de Jorge Wáshington, manifestó -alguna sorpresa al saber que el -Jurado no se había puesto de -acuerdo, pero accedió a que se -retirara nuevamente a deliberar, -y, sin duda para imitar su conducta, -se retiró también él. La vista -había durado todo el día y era preciso -encender las luces de la Sala -de Justicia. Circularon rumores -de que las deliberaciones del Jurado -serían largas, en vista de lo -cual, los espectadores comenzaron<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span> -a desfilar para tomar algún refrigerio, -y el reo fué llevado a la parte -más retirada de la barra, donde -tomó asiento.</p> - -<p>El señor Lorry, que había salido -acompañando a la señorita Manette -y a su padre, reapareció de -nuevo y llamó por señas a Jeremías -<i>Lapa</i>.</p> - -<p>—Si quiere usted tomar algo, -Jeremías, puede hacerlo, pero sin -alejarse mucho de aquí. Es preciso -que cuando entre el Jurado se -encuentre usted a mi lado, pues -en el Banco esperan impacientes -la noticia del veredicto. Es usted -el mensajero más rápido que conozco -y podrá llegar al Tribunal -del Temple mucho antes que yo.</p> - -<p><i>Lapa</i> hizo una reverencia muy -graciosa, ignoro si por la confianza -que en su persona depositaba el -señor Lorry, o si por el chelín que -acababa de poner en sus manos.</p> - -<p>En aquel punto abandonó su -asiento el señor Carton y tocó en -un hombro a Lorry.</p> - -<p>—¿Cómo se encuentra la señorita?—preguntó.</p> - -<p>—Terriblemente angustiada, -pero procura consolarla su padre, -y parece que se halla mejor que -antes de salir de la Sala.</p> - -<p>—Voy a decírselo al prisionero. -Un caballero tan respetable como -usted no está bien que le hable -en público.</p> - -<p>Enrojeció intensamente Lorry, -sin duda porque vió que habían -leído los pensamientos que en -aquel instante le embargaban, -y Carton echó a andar en dirección -a la barra. Huelga decir que -Jeremías <i>Lapa</i> le siguió con todos -sus ojos, con todos sus oídos, y -con todas las púas que adornaban -su cuero cabelludo.</p> - -<p>—Señor Darnay—llamó Carton.</p> - -<p>El prisionero se levantó en -seguida.</p> - -<p>—Es natural que desee usted -tener noticias de la testigo señorita -Manette. Se encuentra mejor: ha -pasado lo más intenso de su agitación.</p> - -<p>—Con toda mi alma lamento -haber sido la causa de ella. ¿Tendrá -usted la bondad de hacérselo -presente en mi nombre?</p> - -<p>—Lo haré, si usted lo desea.</p> - -<p>La actitud de Carton era tan -indiferente, que rayaba en insolente.</p> - -<p>—Lo deseo mucho, y doy a -usted las gracias más cordiales—contestó -el prisionero.</p> - -<p>—¿Qué espera usted, señor -Darnay?—preguntó Carton, medio -vuelto de espaldas a su interlocutor.</p> - -<p>—Lo peor.</p> - -<p>—Hace usted bien, puesto que -espera lo que probablemente será. -Sin embargo, la nueva retirada -del Jurado permite abrigar alguna -esperanza.</p> - -<p>Jeremías <i>Lapa</i> se alejó sin oir -más. Allí, debajo del gran espejo -que reflejaba las dos caras, quedaron -los dos hombres, tan semejantes -por las facciones y tan desemejantes -en lo que a modales y -actitud se refería.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p> - -<p>Transcurrió lenta, pesada, eterna, -hora y media más. El mensajero -del Banco, después de tomar -su refrigerio, se había sentado y -dormido en un banco, cuando le -envolvió el oleaje humano que -clamoroso invadía nuevamente la -Sala.</p> - -<p>—¡Jeremías... Jeremías!—gritó -el señor Lorry, procurando acercarse -a la puerta.</p> - -<p>—¡Aquí estoy, señor... pero he -de abrirme paso a codazos si quiero -volver a entrar!</p> - -<p>Lorry extendió un brazo y le -entregó un papel.</p> - -<p>—¡Volando...! ¿Lo tiene ya?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>En el papel había escrita una -sola palabra: «<i>absuelto</i>».</p> - -<p>—Si esta vez hubiera escrito -usted «Resucitado»,—murmuró -<i>Lapa</i> al dar la vuelta—ya sabría -yo lo que significa todo eso.</p> - -<p>Fué lo único que pudo decir, -o pensar, o hacer, hasta tanto no -se vió fuera del Old Bailey, pues -las turbas salían cual torrente -desbordado arrollando y arrastrando -cuanto tropezaban por -delante. Los murmullos eran semejantes -al recio zumbar de moscardones -azules que se dispersan -chasqueados al encontrarse privados -de las piltrafas podridas -que creían encontrar.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_IV">IV.<br />ENHORABUENA</h3></div> - - -<p>Trascolaban por los sucios y -lóbregos pasadizos del edificio del -tribunal los últimos sedimentos -del guisote humano que durante -todo el día había hervido en la -Sala, cuando el doctor Manette, -Lucía, su hija, el señor Lorry, el -abogado defensor y el procurador -de la defensa, formaban un grupo -en derredor de Carlos Darnay, -puesto momentos antes en libertad, -a quien daban parabienes y -enhorabuenas por haber escapado -casi milagrosamente de la muerte.</p> - -<p>Escasa era la luz, pero aun a la -de un brillante sol de estío hubiese -sido muy difícil reconocer en el sereno -e inteligente rostro y cuerpo -erguido del doctor al zapatero del -sotabanco de París. Esto no obstante, -era imposible verle una -vez sin experimentar comezón -irresistible de examinarle de nuevo, -aun cuando el observador no -hubiese tenido ocasión de escuchar -el ritmo lúgubre de su voz -profunda, ni reparado en la especie -de nube que ensombrecía su -fisonomía sin razón aparente. Y -es que no necesitaba que causas -externas evocasen en su alma, -como había ocurrido en la Sala -de Justicia durante la vista, ecos -dolorosos de sus pasadas agonías; -éstos brotaban espontáneamente, -y al brotar, envolvíanle en algo<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span> -así como un velo fúnebre que no -podían ver los que desconocían -su triste historia.</p> - -<p>Unicamente su hija conseguía -ahuyentar de su mente los negros -recuerdos que le perseguían insistentes. -Lucía era el hilo de oro -que le unía a un pasado anterior -a sus miserias y a un presente posterior -a sus desdichas. La dulce -música de su voz, la alegría que -reflejaba su linda cara, el contacto -de su mano, casi siempre ejercían -sobre él una influencia benéfica -decisiva, y digo casi siempre, porque -ocasiones había habido, aunque -no muchas, en que el poder de -la niña se había estrellado contra -su tristeza. Lucía abrigaba la -dulce esperanza de que esos casos -no se repetirían.</p> - -<p>Darnay había saboreado el placer -de besar la mano de la joven, -y después de exteriorizar con frases -fervientes su gratitud, habíase -vuelto hacia su defensor, el señor -Stryver, a quien dió calurosamente -las gracias. Stryver, hombre -que apenas contaba treinta años -de edad, aunque parecía de cincuenta, -robusto, grueso, rojo, fanfarrón -y refractario a toda clase -de impulsos de delicadeza, poseía -el secreto de amoldarse, moral y -físicamente, a toda clase de compañías -y conversaciones, y era de -suponer que lo mismo que se -amoldaba a las compañías y conversaciones, -supiese amoldarse a -las mil y una pequeñeces relacionadas -con la vida.</p> - -<p>Todavía llevaba puestas la toga -y la peluca. Al ir a contestar a su -defendido, giró sobre sus talones -en forma que eliminó del grupo al -inocente señor Lorry, y dijo:</p> - -<p>—Celebro infinito haber sacado -a usted del trance con honor, señor -Darnay. Ha sido usted víctima -de una persecución infame, -brutalmente infame, pero que -muy bien pudo tener el desenlace -que perseguían sus enemigos.</p> - -<p>—Las obligaciones que con usted -he contraído no prescribirán -jamás—respondió el joven, estrechando -con calor la mano del -abogado.</p> - -<p>—He hecho por usted cuanto he -podido, señor Darnay, y tengo la -presunción de creer que puedo tanto -como pueda cualquier otro -hombre.</p> - -<p>Las últimas palabras tenían -una contestación obligada, que -debía y podía dar cualquiera de -los que formaban el grupo. Dióla -el señor Lorry, probablemente -interesada, es decir, para que de -nuevo le admitieran en el grupo.</p> - -<p>—Más, mucho más que ningún -otro hombre—dijo.</p> - -<p>—¿Lo cree usted así?—preguntó -Stryver.—Perfectamente. Ha -sido usted testigo de toda la vista, -y motivos tiene para saber lo que -dice. Además, es usted hombre de -negocios.</p> - -<p>—Y en calidad de tal—replicó -Lorry, a quien el abogado había -metido en el grupo de la misma -manera que antes le había echado -fuera—en mi calidad de tal, ruego -al doctor Manette que ponga fin<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span> -a esta conferencia, a fin de retirarnos -cada cual a su respectiva casa. -La señorita Lucía no se encuentra -bien, el señor Darnay ha pasado -un día terrible, y todos estamos -rendidos.</p> - -<p>—Hable usted por sí, señor -Lorry, hable usted por sí—dijo el -abogado.—A mí me espera una -noche de trabajo continuo.</p> - -<p>—Por mí hablo—replicó Lorry—y -por el señor Darnay, y por la -señorita Lucía y... ¿No cree usted, -señorita Lucía, que puedo hablar, -por todos nosotros?—preguntó, -dirigiéndose a la joven, pero mirando -al mismo tiempo a su padre.</p> - -<p>La cara del anciano adquirió -una expresión indefinible al dirigir -a Darnay una mirada intensa. -En la frente del primero se marcaron -profundas arrugas, sus labios -se crisparon, y poco a poco -sus miradas expresaron repugnancia, -recelo y temor.</p> - -<p>—¡Padre mío!—musitó en su -oído, a la par que estrechaba su -mano.</p> - -<p>El anciano, cuyo rostro se fué -iluminando gradualmente, se volvió -hacia su hija.</p> - -<p>—¿Vamos a casa, padre mío?—repuso -la niña.</p> - -<p>El doctor exhaló un suspiro -muy hondo y muy prolongado, -y contestó:</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Los amigos del prisionero, a -quienes éste había hecho creer -que no sería puesto en libertad -aquella noche, habíanse dispersado -ya. Casi todas las luces que iluminaban -los estrechos corredores del -edificio siniestro, que a la mañana -siguiente se llenaría de nuevo de -gentes ávidas de emociones, se -habían apagado. El abogado defensor -se retiró el primero para ir -a cambiar de ropa, y Lucía Manette -llamó un coche, se despidió -de los señores Lorry y Darnay, y -se hizo conducir a su casa, acompañando -a su padre.</p> - -<p>Otra persona, que no había formado -parte del grupo ni cambiado -una palabra con ninguno de los -que lo componían, se destacó de la -pared contra la cual había estado -apoyada y, tan pronto como se -perdió de vista el coche, aproximóse -silenciosa como una sombra -a Lorry y a Darnay, que habían -quedado hablando en la acera.</p> - -<p>—¡Hola, señor Lorry!—dijo.—Parece -que ya los hombres de negocios -se atreven a hablar con -Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos -originan los negocios! Se reiría -usted, Darnay, si supiera las -luchas que los hombres de negocios -tienen que sostener entre sus -impulsos naturales y las exigencias -de su posición.</p> - -<p>—Ya hizo usted antes esa misma -indicación, señor Carton—replicó -Lorry, enrojeciendo hasta -lo blanco de los ojos.—Nosotros, -los hombres de negocios, los que -servimos a una casa, no somos -dueños de nosotros mismos. Más -que en nosotros, tenemos que pensar -en la casa.</p> - -<p>—¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!—contestó -Carton con negligencia.<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span>—Sentiría -que se molestase usted. -Me consta que no es usted peor -que los otros, y hasta me atrevería -a asegurar que es mucho mejor.</p> - -<p>—A decir verdad, caballero, -no acierto a comprender su ingerencia. -Perdóneme si, amparándome -en mis años, le hablo con franqueza -tal vez excesiva, pero no -veo que usted tenga nada que ver -en nuestros asuntos.</p> - -<p>—¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! -Yo no tengo asuntos.</p> - -<p>—Es una lástima que no los -tenga usted.</p> - -<p>—De acuerdo.</p> - -<p>—Porque si los tuviera, les -dedicaría alguna atención.</p> - -<p>—¡No, amigo mío, no! ¡Tenga -usted por seguro que no les prestaría -ninguna!</p> - -<p>—¡Está bien, señor!—exclamó -Lorry, a quien llenó de indignación -la indiferencia de su interlocutor.—Diga -usted lo que quiera, -es muy bueno y muy respetable -tener negocios, y si en determinadas -ocasiones los negocios imponen -silencio, restricciones e impedimentos, -de ello se hacen cargo -los que, como el señor Darnay, -son caballeros generosos... Señor -Darnay... muy buenas noches. -Le felicito con toda la efusión de -mi alma y le deseo una vida próspera -y feliz... ¡Cochero!</p> - -<p>Un poquito incomodado consigo -mismo, y desde luego más con -su interlocutor, el señor Lorry -tomó por asalto el coche y se hizo -conducir al Banco Tellson. Carton, -que olía a vino, y cuyo fuerte, -a juzgar por las apariencias, no -era la sobriedad, soltó la carcajada -y se volvió hacia Darnay.</p> - -<p>—¡Extraños caprichos tiene la -casualidad, señor Darnay!—exclamó -Carton.—¿Podía usted suponer -que esta noche iba a encontrarse -aquí, pisando las piedras -de la calle, en compañía de su -<i>alter ego</i>?</p> - -<p>—¿Cómo había de suponerlo, -si hasta el hecho de pertenecer a -este mundo me parece un sueño?—contestó -Darnay.</p> - -<p>—No me admira, después de -lo cerca que del otro se encontraba. -Noto en su voz cierta debilidad, -señor Darnay.</p> - -<p>—Es que principio a creer que -me encuentro débil, señor Carton.</p> - -<p>—¿Por qué no come, pues? Yo -comí ya, mientras aquellos zánganos -se ponían de acuerdo acerca -del mundo en que usted habría -de vivir. Voy a acompañarle a la -taberna más próxima donde podrá -usted comer lo que le acomode.</p> - -<p>Pasando sin más ceremonias -su brazo por el de Darnay, Carton -echó a andar hacia la calle Fleet, -no tardando en dar con sus huesos -en una taberna. El encargado -acompañó a los recién llegados -a un cuartito reservado, donde -Darnay repuso sus fuerzas. Carton, -sentado a la misma mesa -frente a Darnay, se hizo servir -una botella de vino.</p> - -<p>—¿Va usted convenciéndose de -que pertenece todavía a este mundo -terrestre, Darnay?—preguntó -Carton.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span></p> - -<p>—Apenas si puedo darme cuenta -cabal del tiempo y del lugar, -pero confieso que me he convencido -casi de lo que usted dice.</p> - -<p>—¡Y se habrá convencido de -ello con satisfacción inmensa!—exclamó -Carton con cierto tono -de amargura y llenando de nuevo -el vaso, que por cierto era de los -más grandes.—De mí puedo decir -que mi mayor deseo sería olvidar -que de él formo parte. Ni el mundo -tiene para mí nada bueno... -no siendo el vino, ni yo tengo nada -bueno para el mundo. En lo que -a este particular se refiere, somos -tal para cual, nos parecemos bastante... -Por supuesto, que voy -creyendo que también usted y yo -nos parecemos en todo, ¿no?</p> - -<p>Carlos Darnay, sobre quien pesaba -aún la influencia de las emociones -del día, tardó bastante en -contestar, sencillamente porque -no sabía qué respuesta dar a las -extravagantes palabras de su interlocutor. -Cuando lo hizo, se mostró -de perfecto acuerdo.</p> - -<p>—Ahora que ha hecho usted -honor a la comida, señor Darnay, -¿por qué no levanta una copa? -¿Por qué no brinda usted?</p> - -<p>—¿Levantar la copa? ¿En honor -de quién?</p> - -<p>—En honor y por la salud de -la persona cuyo nombre tiene -usted en la punta de la lengua. -Debe tenerlo, lo tiene, juraría que -no me engaño.</p> - -<p>—¡Brindo, pues, por la señorita -Manette!</p> - -<p>—¡A la salud de la señorita -Manette!</p> - -<p>Clavada una mirada insolente -en Darnay, mientras apuraba el -contenido del vaso, Carton estrelló -el suyo contra la pared, después -de beber, donde se hizo pedazos. -Seguidamente tocó la campanilla -y pidió otro.</p> - -<p>—Es una niña encantadora, en -cuya compañía sería delicioso hacer -un viaje en coche, ¿eh?—preguntó, -llenando de vino el vaso -que acababan de traerle.</p> - -<p>—Sí—contestó secamente y con -un ligero fruncimiento de cejas -Darnay.</p> - -<p>—Digna de compasión y de que -por ella se hagan verdaderas locuras. -¿Qué tal se encuentra? A fe -que vale la pena verse en peligro -de ser condenado a muerte a -trueque de convertirse en objeto -de sus simpatías y compasión: -¿qué me dice usted, Darnay?</p> - -<p>El interpelado guardó silencio.</p> - -<p>—Le agradó sobremanera escuchar -el mensaje que por mi conducto -la envió usted. No me lo -dijo, pero lo supongo.</p> - -<p>La alusión fué a manera de recordatorio -para Darnay. Acordóse -de que su desagradable compañero -le había prestado un servicio -en aquel día azaroso y le dió -las gracias, llevando la conversación -a aquel incidente.</p> - -<p>—Ni me hace falta que me dé -usted las gracias, ni las merezco—replicó -con fría indiferencia Carton.—En -primer lugar, no sabía<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span> -qué hacer, y en segundo, no sé -por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá -usted que le haga una pregunta, -señor Darnay?</p> - -<p>—Cuantas guste, a ello le dan -derecho los favores que me ha -prestado.</p> - -<p>—¿Cree usted que me es simpático?</p> - -<p>—La verdad... señor Carton...—respondió -Darnay, completamente -desconcertado,—no se me -ha ocurrido formularme esa pregunta.</p> - -<p>—Hágasela usted ahora.</p> - -<p>—Como si yo le mereciera alguna -simpatía se comportó usted, -pero si he de decir lo que siento, -creo que no se lo soy.</p> - -<p>—Y yo creo lo mismo que usted—observó -Carton.—Principio a -formar opinión excelente de su -inteligencia.</p> - -<p>—Lo que no debe ser obstáculo—repuso -Darnay haciendo sonar -la campanilla—para que yo le -quede profundamente agradecido -y para que nos despidamos sin -malquerencias mutuas.</p> - -<p>—Desde luego—contestó Carton.—¿Dice -usted que me queda -reconocido?</p> - -<p>—Lo digo y así es.</p> - -<p>—Entonces, mozo, tráeme otra -pinta de este mismo vino, y despiértame -mañana a las diez.</p> - -<p>Pagada la cuenta, levantóse -Darnay, dió las buenas noches y -se encaminó hacia la puerta. Carton, -sin contestar las buenas noches, -levantóse también, miró con -expresión airada al que se marchaba, -y dijo:</p> - -<p>—Dos palabras, señor Darnay, -¿Cree usted que estoy borracho?</p> - -<p>—Creo que ha bebido usted -mucho, señor Carton.</p> - -<p>—¿Lo cree nada más? Sabe -perfectamente que he bebido.</p> - -<p>—Puesto que usted se empeña, -diré que, en efecto, sé que ha bebido.</p> - -<p>—En ese caso, quizá sepa usted -también por qué he bebido. Soy -un desilusionado, un desengañado. -Ni a mí me importa la suerte -de ningún hombre de la tierra, ni -ningún hombre de la tierra se -acuerda siquiera de mi persona.</p> - -<p>—Lo que no deja de ser una -desgracia. Debió usted dar mejor -empleo a su talento.</p> - -<p>—Puede que tenga usted razón, -y puede que se engañe lastimosamente. -No se envanezca, sin embargo, -amigo mío, que no sabe -usted lo que el porvenir le reserva... -¡Buenas noches!</p> - -<p>Cuando quedó solo, aquel hombre -singular tomó el candelero, se -acercó a un espejo que pendía de -la pared y examinó minuciosa y -detalladamente la imagen reflejada -en su tersa superficie.</p> - -<p>—¿Te es simpático ese hombre?—murmuró, -cual si dirigiera la -pregunta a su propia imagen.—¿Por -qué ha de serte simpático -un hombre que se te parece? -¿Acaso tienes tú algo que pueda -agradar a nadie? De sobras sabes -que no. No acierto a comprender<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span> -el por qué del cambio... ¡Maldito -seas!... ¡Y a fe que merece simpatía -el hombre que te dice lo que -pudiste ser y lo que en realidad -eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez -y con franqueza! ¡Tú aborreces a -ese individuo!</p> - -<p>Cual si el vino fuera para él -manantial de consuelos, en muy -contados minutos hizo pasar a -su estómago la pinta de vino y -quedó dormido en la misma mesa, -apoyada la cabeza sobre sus brazos.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_V">V.<br />EL CHACAL</h3></div> - - -<p>En aquellos tiempos, rendíase -culto universal a la botella. Si yo -especificase y detallase aquí la -cantidad de vino y de ponche que -un hombre tragaba en el curso de -una noche, sin que su reputación -de perfecto caballero sufriera el -menor detrimento, a buen seguro -que pasaría ante los lectores -plaza de exagerador ridículo. -Los hombres bebían mucho, y -no eran ciertamente excepción de -la regla las lumbreras del foro ni -las notabilidades en cualquier otro -ramo del saber humano, que nunca -ha sido la ciencia barrera alzada -entre quien la posee y los altares -de Baco. No nos admira por -tanto que el señor Stryver, letrado -que avanzaba con paso de gigante -por el camino de su lucrativa -profesión, rindiera culto tan constante -a la botella como las esponjas -más resecadas de la comunidad -de picapleitos.</p> - -<p>Favorito en el Old Bailey e -indispensable en el tribunal llamado -<i>Sessions</i>, Stryver separaba -con el pie los peldaños de la escalera -a medida que los iba dejando -atrás. Todos los días, en uno o en -otro tribunal, la roja cara de -Stryver brotaba de entre una capa -de pelucas semejante al girasol -que yergue su cabeza sobre un -plantel de brillantes flores.</p> - -<p>Habían observado en el foro -que Stryver, en los comienzos de -su carrera, si bien era hombre -suelto de lengua, falto de escrúpulos, -dispuesto a todo, osado y -procaz, carecía de la facultad de -entresacar la esencia, la medula -de los informes y de las pruebas -testificales, que tan indispensable -es a todo buen abogado, pero posteriormente, -hizo en este particular -progresos maravillosos. Cuanto -más trabajaba, con mayor facilidad -llegaba al fondo, al tuétano -de los asuntos, siendo de notar -que, aun cuando tenía la costumbre -de pasarse las noches de claro -en claro vaciando botellas en compañía -de Carton, los puntos que -había de tratar a la mañana siguiente -ni se borraban de su mente, -ni se obscurecían.</p> - -<p>Sydney Carton, el más vago y -holgazán ejemplar de la humanidad, -era el aliado más poderoso -de Stryver. Sobre el líquido que -entre los dos tragaban hubiera -podido flotar perfectamente un<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span> -navío de tres puentes. Uno y otro -llevaban la misma vida, uno y -otro prolongaban sus orgías hasta -la madrugada, y más de una vez -vieron a Carton, ya bien alto el -sol, dirigiéndose con paso vacilante -a su casa o al estrado del -tribunal. No faltaron maliciosos -que aseguraron que Carton, si no -era ni llegaría jamás a ser un león, -en cambio era un tigre excelente, -y que, en calidad de tal, prestaba -preciosos servicios a su amigo -Stryver.</p> - -<p>—Las diez, señor—dijo el encargado -de la taberna a quien -Carton había encargado que le -despertase.—Las diez de la noche.</p> - -<p>—¿Qué ocurre?</p> - -<p>—Que son las diez, señor.</p> - -<p>—¿Y qué? ¿Las diez de la noche?</p> - -<p>—Sí, señor. Me encargó que le -despertase a esa hora.</p> - -<p>—¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está -bien.</p> - -<p>No sin que procurase dormir -de nuevo, intentos que el tabernero -combatió removiendo sin cesar -el fuego y haciendo ruido, Carton -concluyó por enderezarse y salir. -Luego que hubo refrescado su -cabeza dando un paseo regular, -se dirigió al despacho de Stryver.</p> - -<p>El oficial de Stryver, que jamás -asistía a las conferencias que éste -celebraba con Carton, había salido, -y como consecuencia, hubo -de abrir la puerta al visitante -el mismo Stryver en persona. Iba -en bata y zapatillas, y sus ojos -brillaban entre dos círculos amoratados -semejantes a los que caracterizan -a todos los que hacen -y han hecho vida disipada.</p> - -<p>—Llegas un poquito tarde, Carton—dijo -Stryver.</p> - -<p>—Poco más o menos a la hora -de siempre, tal vez quince minutos -más tarde.</p> - -<p>Ambos entraron en el despacho, -pieza no muy grande, atestada de -libros y de papeles. Ardía en ella -una lumbre deliciosa. Sobre la -mesa de trabajo, humeaba una -tetera entre montones de papeles -y botellas de ron, de brandy y de -vino, y entre terrones de azúcar -y limones.</p> - -<p>—Veo que has despachado ya -tu botella de costumbre, Carton.</p> - -<p>—Esta noche fueron dos. Estuve -comiendo con mi cliente de -hoy... o viéndole comer, para el -caso es lo mismo.</p> - -<p>—Diste al asunto un giro verdaderamente -singular, Carton, llamándome -la atención hacia lo referente -a la identificación del reo. -¿Cómo demonios se te ocurrió -semejante cosa?</p> - -<p>—¡Bah! Vi que era un buen mozo, -muy guapo, y pensé que así -podría ser yo, a poco que la suerte -me hubiese favorecido.</p> - -<p>Stryver soltó la carcajada.</p> - -<p>—La suerte hay que llamarla -trabajando, amigo mío, así que... -¡a trabajar!</p> - -<p>Con cara más que medianamente -fosca se aligeró el chacal de -ropa, entró en la estancia contigua, -y no tardó en salir con un -cubo de agua, una palangana<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> -y una o dos toallas. Empapó en -agua fría las toallas, envolvió -con ellas su cabeza, sentóse frente -a la mesa, y dijo:</p> - -<p>—Ya podemos principiar.</p> - -<p>—No es mucho el trabajo que -tenemos esta noche, Carton.</p> - -<p>—¿Cuánto?</p> - -<p>—Dos protocolos.</p> - -<p>—Dame ante todo el peor.</p> - -<p>—Aquí están los dos... ¡Manos -a la obra!</p> - -<p>El león del foro se arrellanó en -un sofá mientras el chacal tomaba -una silla. Sobre la mesa, interpuesta -entre los dos, había -botellas y vasos. Uno y otro recurrían -a ellos con gran frecuencia -pero de distinta manera: bebía el -león, abstraído la mayor parte del -tiempo, o a lo sumo ojeando indiferente -algún documento poco -importante, pero el chacal, con -tal ardor y entusiasmo se entregaba -a su tarea, que casi nunca -seguían sus ojos el movimiento -de las manos cuando éstas andaban -en busca del vaso, resultando -que más de cuatro veces andaba -tentando uno o dos minutos antes -de tropezar con el vaso y llevarlo -a sus labios. En dos o tres ocasiones -debió encontrar tan enrevesado -el asunto que estudiaba, que -consideró necesario levantarse de -la silla y humedecer de nuevo las -toallas.</p> - -<p>Al cabo del rato consiguió el -chacal preparar al león una comida -aceptable, y procedió a ofrecérsela. -El león procuró digerirla con -cuidado y precauciones exquisitas -separando algunos manjares, prescindiendo -de algunos componentes -y haciendo atinadas observaciones, -que parecieron bien al -chacal. Digerida la comida, el -león se tendió sobre el sofá, mientras -el chacal, después de vigorizarse -nuevamente a fuerza de -libaciones y de compresas de agua -fría, se dedicó a la confección de -la segunda comida, que fué servida -al león en la misma forma -que la anterior. Los relojes daban -ya las tres de la madrugada.</p> - -<p>—Ahora que hemos terminado, -Carton, tomaremos un ponche.</p> - -<p>Quitóse el chacal las toallas de -la cabeza, bostezó, se desperezó, y -preparó el ponche.</p> - -<p>—Razón tenías, Carton, en lo -referente a los testigos de esta mañana: -todo salió a pedir de boca.</p> - -<p>—Me parece que la tengo siempre: -¿te atreverás a decir lo contrario?</p> - -<p>—¡No, hombre, no! Vienes hoy -con el genio encrespado, amigo. -No estará de más que lo rocíes -con un buen chaparrón de ponche -para suavizarlo.</p> - -<p>El chacal contestó con un gruñido, -pero siguiendo el consejo.</p> - -<p>—El buen Sydney Carton, abogado -de la Facultad de Zorrilandia, -es una especie de columpio—observó -Stryver.—Tan pronto está -arriba, como abajo: al minuto -de ser todo fuego, se le ve todo desesperación.</p> - -<p>—¡Ah, sí!—replicó Carton, exhalando -un suspiro.—Ya de estudiante -me animaban los asuntos<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span> -de mis condiscípulos, muy contadas -veces los míos.</p> - -<p>—¿Pero por qué no?</p> - -<p>—¡Vete a saber! Por temperamento, -supongo.</p> - -<p>Sentóse, dichas estas palabras, -con las manos en los bolsillos, -extendidas las piernas y mirando -a la lumbre.</p> - -<p>—No puede negarse, Carton—dijo -Stryver al antiguo estudiante -de la Facultad de Zorrilandia,—que -tu temperamento, tu manera -de ser, es y ha sido siempre defectuosa. -Adolece de falta de energía, -de unidad de propósito. Mírame -a mí.</p> - -<p>—¿Sermones a estas alturas?—exclamó -Carton riendo cínicamente.—Ahora -es cuando creo aquello -del diablo predicador...</p> - -<p>—¿Cómo he podido llegar a -donde he llegado? ¿Cómo ocupo -el puesto que ocupo?</p> - -<p>—En parte, gracias a mi cooperación, -supongo yo. Pero dejemos -estas discusiones que no han de -conducirnos a nada práctico. Tú -haces lo que se te antoja, siempre -has figurado en primera línea, y -yo, en cambio, he formado siempre -en la última.</p> - -<p>—Tuve necesidad de abrirme -el camino, si quise colocarme en -primera fila, pues no sé yo que -naciera en ella—replicó Stryver.</p> - -<p>—No tuve el honor de presenciar -la ceremonia de tu nacimiento, -pero creo que, al echarte al -mundo, te dejaron entre los privilegiados.</p> - -<p>Los dos interlocutores soltaron -la carcajada.</p> - -<p>—Antes de cursar en la universidad -de Zorrilandia—repuso Carton,—mientras -cursábamos, y después -que de ella salimos graduados, -figurabas en fila distinta de -la mía. Hasta cuando en París -estábamos aprendiendo a mascullar -el francés y adquiriendo algunas -nociones de derecho francés, -y familiarizándonos con muchas -otras tonterías francesas, que de -nada nos sirven, eras tú <i>algo</i>, -mientras yo fuí siempre <i>Don -Nadie</i>.</p> - -<p>—¿De quién era la culpa?</p> - -<p>—¡Por mi vida que no seré yo -quien asegure que la culpa no -fué tuya! Bullías tú tanto, te -destacabas tanto, te movías, te -agitabas en tales términos, que -no sé que pudiera yo hacer otra -cosa que permanecer envuelto en -sombras y condenado al reposo... -Pero dejemos este tema, que no -es muy agradable, a fe mía, hablar -del pasado obscuro de uno al -romper el día.</p> - -<p>—Perfectamente—dijo Stryver -levantando el vaso.—Hablaremos -de tu linda testigo. ¿No te parece -que es tema más agradable?</p> - -<p>No debía serlo, a juzgar por la -sombra que obscureció su rostro.</p> - -<p>—¡La linda testigo!—exclamó -fijando sus ojos en el fondo del -vaso.—He visto hoy muchas -testigos... ¿A quién te refieres?</p> - -<p>—A la preciosa hija del doctor, -a la señorita Manette.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span> -—¿Es linda?</p> - -<p>—¿No lo es, acaso?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¡Pero hombre de Dios!... ¡Si -ha sido la admiración del tribunal -entero!</p> - -<p>—¡Váyase al diablo el tribunal -con su admiración! ¿Quién ha -hecho al Old Bailey juez de la belleza? -¡Linda!... ¡Una muñeca de -pelo de oro!...</p> - -<p>—¿Sabes, Carton—preguntó -Stryver, clavando en su amigo -una mirada penetrante y pasando -la diestra por su roja cara,—que -voy creyendo que has simpatizado -demasiado con esa muñeca de pelo -de oro, y que tu interés advirtió -muy pronto lo que a la tal muñeca -de pelo de oro ocurría?</p> - -<p>—¡Que lo advertí demasiado -pronto! Me parece que si una niña, -muñeca o no, se desmaya a dos -varas de las narices de cualquier -cristiano, puede advertirlo sin -mirar con telescopio. El tema de -la conversación no me desagrada, -pero niego lo de la hermosura... -¡No bebo más!... ¡Me voy a la -cama!</p> - -<p>Cuando el dueño de la casa -acompañó a Carton hasta el descansillo, -para hacerle luz con la vela -que llevaba en la mano mientras -bajaba la escalera, comenzaban a -filtrarse los resplandores inciertos -del nuevo día por los empañados -cristales. Llegado a la calle, vióse -el chacal respirando una atmósfera -fría y triste, bajo un cielo cubierto -de nubes, bordeando un -río de aguas negruzcas y en parajes -que parecían el desierto de la -vida. Torbellinos de polvo huían -girando vertiginosos ante el soplo -de la mañana, cual si lejos, muy -lejos, hubieran emprendido el vuelo -las arenas del desierto y sus -primeras nubes amenazaran envolver -la ciudad.</p> - -<p>Falto de estímulos internos que -avivasen sus energías, y puesto en -el centro de un páramo sin fin, -aquel hombre quedó erguido durante -algunos minutos y vió, allá -en las lejanías de la estepa desolada -y triste que se extendía ante -sus miradas, espejismos de ambición -noble, reflejos de abnegación -y de perseverancia. En la ciudad -encantada que surgió ante sus -ojos había elevadas galerías desde -donde amorcillos y gracias le miraban -sonrientes, bellos jardines -donde maduraban los dulces frutos -de la vida y aguas de esperanza -que saltaban rumorosas. La -visión se borró con tanta rapidez -como había surgido. Poco más -tarde subía la empinada escalera -de su triste cuarto y caía sobre las -revueltas ropas de su cama.</p> - -<p>Su almohada estaba empapada -en lágrimas cuando se alzó un sol -enfermizo, triste, melancólico, -aunque no tanto como aquel hombre -de talento indiscutible, de -grandes dotes, y sin embargo, incapaz -de sentir dulces emociones, -incapaz de dirigirse por los senderos -de la vida, incapaz de proporcionarse -bienestar, incapaz de saborear -una gota de felicidad, sensible -sólo a la eterna noche en que<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span> -se debatía y resignado a no salir -nunca de ella.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_VI">VI.<br />CENTENARES DE VISITAS</h3></div> - - -<p>Residía el doctor Manette en -una de las calles más tranquilas -de la ciudad, no lejos de la plaza -de Soho. Una tarde deliciosa de un -domingo, cuando las olas eternas -de cuatro meses habían pasado -sobre la causa criminal por traición -relegándola al olvido y arrastrándola -mar adentro a regiones -hasta las cuales no llegaba el -interés ni la memoria públicos, -el señor Mauricio Lorry avanzaba -a buen paso por las soleadas calles -interpuestas entre Clerkenwell, -donde vivía, y la casa del doctor, -a cuya mesa debía sentarse aquella -tarde. Bueno será que sepan los -lectores que Lorry, después de -varios períodos de retraimiento -absoluto y de absorción completa -en los negocios, había concluído -por hacerse amigo íntimo del -doctor y por ver en la calle tranquila -en que éste vivía el oasis -más delicioso de su vida.</p> - -<p>Tres motivos principalísimos -empujaban al señor Lorry, en este -delicioso domingo, en dirección a -la plaza de Soho, en las primeras -horas de la tarde. Primera: porque -antes de comer, casi siempre solía -salir a paseo acompañando al -doctor y a su hija Lucía. Segunda, -porque los domingos por la tarde -si ésta estaba poco apacible, la -pasaba al lado de aquéllos, como -amigo de la familia, hablando, leyendo, -mirando por la ventana y -moviéndose constantemente, y -tercera, porque deseaba solventar -algunas dudas enrevesadas, y sabía -que en ninguna parte era tan -probable que encontrase la solución -como en la casa del doctor.</p> - -<p>No había en todo Londres rinconcito -más pintoresco que aquel -en que vivía el doctor. Aislado de -las grandes arterias de la ciudad, -apenas si había tránsito, y desde -los balcones del frente de la casa -se dominaban vistas hermosas que -llevaban estampado el sello del -reposo. Los edificios eran muy escasos, -y más aún hacia el norte del -camino de Oxford, en cuyos dilatados -campos, hoy desaparecidos, -se alzaban deliciosos bosquecillos, -crecían espontáneamente flores de -vistosos colores que saturaban el -ambiente de fragantes emanaciones -y brotaban lindos capullos -de los espinos blancos y de los -oxiacantos. Como consecuencia, -los aires circulaban con libertad -completa por los alrededores de -Soho, cuyos habitantes no se -veían precisados a respirar la -atmósfera mefítica y venenosa -de los grandes centros donde se -asfixian los pobres y languidecen -los ricos. Cerca de los balcones -del doctor había más de un peral, -cuyos frutos llegaban a sazón en -tiempo oportuno.</p> - -<p>Los rayos del sol de verano penetraban -radiantes en aquel deli<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span>cioso -retiro en las primeras horas -del día, pero cuando quemaban, -cuando convertían en ardiente -horno los demás distritos de la -ciudad, el rinconcito quedaba envuelto -en sombras, bien que éstas -no eran tan profundas que no las -penetrasen los fulgores brillantes -de un sol lejano. Era, en una palabra, -un sitio fresco, sosegado y -tranquilo, pero placentero, un -puerto abrigado contra el estruendo -y la agitación bramadora de las -calles.</p> - -<p>Un fondeadero tan ideal no se -concebía sin una barca tranquila, -y en efecto, la tenía. Ocupaba el -doctor dos pisos de una casa bastante -espaciosa, en cuyas puertas -llamaban durante la noche muchos -que solicitaban servicios que -debían prestarse al día siguiente. -A espaldas de la casa, y separado -de ésta por un patio en cuyo centro -crecía un plátano silvestre, -había un edificio en el cual se -fabricaban órganos de iglesia y -cincelaba la plata y batía el oro -un gigante misterioso cuyo potente -brazo parecía brotar de la pared -lanzando áureos destellos, cual -si también el brazo fuera de oro -y amenazara convertir en oro a -cuantos visitaban aquel lugar. -Apenas si estas industrias dejaban -oir el menor ruido, muy contadas -veces se veía llegar un visitante -solitario y más contadas -todavía las que un coche cruzara -aquellos sitios apacibles. Cierto -que de tarde en tarde se veía a -algún obrero que atravesaba el -patio poniéndose la chaqueta, o -a un desconocido a quien atraía -la curiosidad, o hería los oídos -el eco lejano de algún martillazo -del gigante de oro, pero eran éstas -las únicas excepciones, siempre -necesarias para probar la regla -de que aquél era el rincón de los -ecos, el centro del reposo y del silencio, -que sólo interrumpían el -piar de los gorriones que tenían -su cuartel general en la copa del -plátano silvestre.</p> - -<p>Recibía el doctor Manette en -su casa a los enfermos que le traía -su antigua reputación unida a las -brisas flotantes de la historia dolorosa -de su vida. Sus conocimientos -científicos, su práctica en el difícil -ejercicio de su profesión y los -experimentos ingeniosos a que se -entregaba, diéronle una clientela -muy envidiable y ganaba con -creces lo necesario para cubrir -las atenciones de la vida.</p> - -<p>Todo esto lo sabía perfectamente -el buen Mauricio Lorry cuando -tiró de la cadena pendiente a lo -largo de la puerta, y puso en movimiento -a los moradores de la -tranquila casa emplazada en el -delicioso rinconcito que acabo de -describir, un domingo por la tarde.</p> - -<p>—¿Está en casa el señor doctor?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—¿Y la señorita Lucía?</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>—¿Y la señorita Pross?</p> - -<p>Probablemente esta última se -encontraba en casa, pero como la<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span> -criada que abrió la puerta ignoraba -cuáles fueran sus intenciones -respecto a admitir o negar el hecho, -contestó que tampoco.</p> - -<p>—De todas suertes subo—replicó -Lorry,—porque me considero -aquí como en mi casa.</p> - -<p>Aunque nada aprendió la hija -del doctor en su patria de origen, -es lo cierto que ésta la inició en -aquella habilidad rara que consiste -en hacer mucho con medios escasos, -lo que constituía una de sus -características más preciosas y -agradables. Modesto y sencillo era -el mobiliario de las habitaciones -de la casa, y esto no obstante, -algunas chucherías, que no tenían -más valor real que el gusto exquisito -con que estaban colocadas, -daban a aquéllas un efecto delicioso. -La disposición de cuanto -en la casa había, comenzando por -el mueble más grande y acabando -por el objeto más insignificante, -la combinación de colores, y el -contraste obtenido merced a nonadas -por manos delicadas, ojos -de mirada clara y sentidos de -gusto irreprochable, ofrecían un -conjunto tan agradable en sí y -retrataban tan gráficamente a su -autora, que no parecía sino que -con mudo pero elocuente lenguaje -preguntaban al señor Lorry, mientras -extasiado los contemplaba, -si merecían su aprobación.</p> - -<p>Tres habitaciones principales -tenía el piso, cuyas puertas de -comunicación estaban todas -abiertas, a fin de que los aires -circularan como dueños y señores -por ellas. Lorry pasaba sonriente -y complacido de una a otra. En -la primera, que era la mejor, tenía -Lucía sus pájaros, sus libros, una -mesa escritorio y un costurero, así -como también una caja de colores; -la segunda era el salón de consultas -del doctor, el que a la vez servía -de comedor, y la tercera, cerca -de cuyos balcones susurraban las -hojas del plátano silvestre que -en el patio crecía, era el dormitorio -del doctor, en uno de cuyos -rincones vió Lorry la banqueta y -las herramientas de zapatero, tal -como en otro tiempo estuvieron -en el sotabanco de la taberna del -barrio de San Antonio de París.</p> - -<p>—Me sorprende—murmuró con -voz clara e inteligible Lorry—que -conserve estos objetos que por -necesidad han de recordarle sus -sufrimientos y miserias.</p> - -<p>—¿Y por qué ha de sorprenderle?—preguntó -de pronto una voz -brusca que le obligó a volverse -vivamente.</p> - -<p>La voz tenía su origen en la -garganta de la señorita Pross, que -era la misma mujer de cara colorada -y mano fuerte y pesada con -la cual trabó Lorry conocimiento -en el <i>Hotel del Rey Jorge</i> en Dover.</p> - -<p>—Se me figuraba...—comenzó -a decir Lorry.</p> - -<p>—Se le figuraba... ¿qué?—replicó -la señorita Pross.—¡Alguna -sandez sin duda!</p> - -<p>Lorry no contestó.</p> - -<p>—¿Cómo está usted?—preguntó -entonces la dama con voz dura,<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span> -bien que sin malicia ni ánimo de -ofender.</p> - -<p>—Muy bien, gracias... ¿y usted?</p> - -<p>—Descontenta a más no poder.</p> - -<p>—¿Será posible?</p> - -<p>—¡Y tan posible! Me saca de -mis casillas lo que ocurre con la -señorita Lucía.</p> - -<p>—¿Será posible?</p> - -<p>—¡Pero hombre de Dios! ¿No -ha aprendido más que esas dos -palabras que me coloca a cada -paso? ¡Será posible!... ¡Un poco -de variación, si no quiere acabar -de desesperarme!</p> - -<p>—¿De veras?—preguntó Lorry, -enmendándose.</p> - -<p>—No es la frase muy feliz que -digamos, pero, en fin, vale más -que su sempiterno «será posible». -Pues sí, señor; lo que ocurre con -la señorita me saca de quicio.</p> - -<p>—¿Será indiscreción preguntar -la causa?</p> - -<p>—Me ataca los nervios que vengan -a verla docenas de personas -que no son dignas de ella.</p> - -<p>—¿Docenas?—preguntó Lorry -admirado.</p> - -<p>—Centenares—replicó la señorita -Pross, una de cuyas características, -que suele ser la de muchas -personas, era exagerar la afirmación -original, si observaba que -alguien la ponía en tela de juicio.</p> - -<p>—¡Santo Dios!—exclamó Lorry, -a quien no se le ocurrió otra -contestación más apropiada.</p> - -<p>—Desde que la señorita tenía -diez años, he vivido con ella... o -ella ha vivido conmigo, y me ha -pagado, lo que nunca hubiese -consentido, téngalo usted por seguro, -si yo hubiera encontrado el -secreto de cuidar de mí y de ella -por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente -doloroso!</p> - -<p>Lorry, no viendo con claridad -qué podía ser lo doloroso, limitóse -a mover la cabeza, utilizando -aquella parte de su persona como -capa la más indicada para taparlo -todo.</p> - -<p>—A todas horas rondan en -torno suyo infinidad de personas -que no son dignas de mi tesoro, -señor Lorry. ¡No, no lo son, ni -mucho menos! Cuando usted dió -principio al desfile...</p> - -<p>—¿Yo le di principio, señorita -Pross?</p> - -<p>—¡Claro que sí! ¿Quién sacó -a su padre de la tumba?</p> - -<p>—Si eso fué darle principio...</p> - -<p>—Supongo que no pretenderá -usted decir que eso fué darle fin... -Repito que cuando dió principio -al desfile, resultaba ya éste bastante -desagradable. Y cuenta que -no es mi intención decir que tenga -la culpa el doctor Manette, en -quien no veo más falta que la de -no ser digno de tener una hija -como la que tiene, y ésa no le es -imputable, toda vez que en el -mundo no existe persona que sea -digno de serlo. Al padre quizá -habría yo podido perdonarle, pero -confiese usted que es horriblemente -doloroso ver a todas horas turbas -y enjambres de personas que -se mueven al rededor del padre y -me roban el afecto de la hija.</p> - -<p>Sabía Lorry que la señorita<span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span> -Pross era la encarnación de los -celos, pero constábale al propio -tiempo que, prescindiendo de sus -extravagancias, figuraba a la cabeza -de esos seres puros de todo -egoísmo que, cediendo a motivos -de cariño y de admiración, tienden -voluntariamente el cuello a la -cadena de la esclavitud, dispuestos -a sacrificarse en aras de una -juventud que ellos han perdido, -de una hermosura que nunca -atesoraron, de dones y perfecciones -que jamás tuvieron la fortuna -de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas -que nunca derramaron un -punto de luz sobre sus sombrías -vidas. Tenía Lorry conocimiento -bastante perfecto del mundo para -saber que nada puede compararse -a los servicios fieles y abnegados -que tienen su asiento en el corazón, -y como consecuencia, los -de la señorita Pross le merecían -un respeto tan exaltado, que en -las clasificaciones distributivas -que mentalmente hacía, pues nadie -deja de hacerlas, en mayor o -menor número, colocaba a la -colorada y expeditiva dama mucho -más inmediata al último peldaño -de los ángeles que a no pocas -señoras inconmensurablemente -mejor dotadas que aquélla, tanto -por la Naturaleza, como por el -Arte, y dueñas, por añadidura, de -capitales depositados en las cajas -del Banco Tellson.</p> - -<p>—No ha existido, ni existirá -más que un hombre digno -de la señorita—dijo la señorita -Pross.—Ese hombre fué mi hermano -Salomón... si no hubiera -tenido un pequeño desliz en la -vida.</p> - -<p>Una observación: las investigaciones -practicadas por Lorry -acerca de la historia personal de -la señorita Pross, habían dado por -resultado la averiguación y comprobación -del hecho de que su -hermano Salomón fué un miserable -desalmado que la robó cuanto -poseía, so pretexto de especular -y comerciar, dejándola luego -abandonada en su miseria, sin -pizca de remordimiento. La buena -opinión que de su hermano tenía -la señorita Pross, no obstante su -<i>pequeño desliz</i>, era para el señor -Lorry motivo de admiración profunda -y contribuía a acrecentar -en grado superlativo el respeto -que a aquella profesaba.</p> - -<p>—Puesto que nos encontramos -solos en este momento, y los dos -somos personas de negocios—dijo -Lorry cuando, momentos después -se habían sentado ambos en el -salón,—me permitiré hacer a usted -una pregunta: En las conversaciones -que el doctor tiene con -su hija, ¿hace alguna vez referencia -a los tiempos en que cosía -zapatos?</p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p>—Y sin embargo, guarda en su -alcoba la banqueta y las herramientas -del oficio.</p> - -<p>—He dicho que nunca habla de -ello con su hija—replicó la señorita -Pross,—pero me guardaré -muy mucho de asegurar que no -habla consigo mismo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span></p> - -<p>—¿Cree usted que piensa en -ello con frecuencia?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Imagina usted?...</p> - -<p>—¡Yo no imagino nunca!—exclamó -la señorita Pross interrumpiendo -a su interlocutor.—No tengo -imaginación, ni me hace falta.</p> - -<p>—Me corregiré... ¿Supone usted... -llega hasta el punto de suponer -algunas veces?</p> - -<p>—De vez en cuando, sí.</p> - -<p>—Pues bien, ¿supone usted que -el doctor Manette abriga alguna -sospecha... o certeza, que ha sobrevivido -a sus miserias pasadas, -acerca de la causa, de los motivos -de su infortunio? ¿Supone usted -tal vez, que hasta sospecha o -conoce quien fué su opresor?</p> - -<p>—Yo no supongo nada más que -aquello que me dice la señorita.</p> - -<p>—Y la señorita dice...</p> - -<p>—Que cree que su padre sospecha -o sabe.</p> - -<p>—No se enfade usted si le hago -estas preguntas. Yo soy un hombre -de negocios, bastante obtuso, -y usted es una mujer de negocios.</p> - -<p>—¿Obtusa?—interrogó la señorita -Pross.</p> - -<p>—¡No, no, no!—contestó Lorry.—¡No -tiene usted nada de obtusa! -Pero volviendo al asunto, me permitiré -preguntar: ¿no es singular, -incomprensible, que el doctor Manette, -inocente de todo crimen, según -nos consta a todos, evite siempre -con tanto cuidado tocar esa -cuestión? Y no es que yo me admire -de que no la toque conmigo, -aunque hace años sostuvimos relaciones -frecuentes de negocios y -hoy nos liga amistad estrecha, -pero sí me maravilla que no hable -de ello con su hija, que tanto le -quiere y a quien él adora... Créame, -señorita Pross, no es la curiosidad -la que dicta mis palabras, -sino el afecto vivo que por los -habitantes de esta casa siento.</p> - -<p>—Pues bien, según yo creo... -y cuando creo una cosa suelo -aproximarme a la realidad, guarda -ese silencio que tanto maravilla -a usted porque le da miedo hablar -del asunto.</p> - -<p>—¿Miedo?</p> - -<p>—Está claro como la luz, y -además encuentro muy justificado -el miedo. Son recuerdos espantosos, -no sólo por lo que sufrió, sino -también porque en sus sufrimientos -naufragó su inteligencia. Como -quiera que ignora cómo y -cuándo la perdió, y cómo y cuándo -la recobró, natural es que tema -perderla otra vez. Como usted -comprenderá, esta sola consideración -bastaría para que le -fuera poco grato hablar del -asunto.</p> - -<p>—Es verdad—contestó Lorry, -a quien satisfizo la profunda observación -de su interlocutora.—Por -necesidad ha de inspirarle -miedo hablar de su calvario... Con -todo, señorita Pross, dudo mucho -que a su tranquilidad de alma -convenga guardar en el fondo de -su pecho recuerdos tan espantosos, -y estas dudas, y la intranquilidad -que con frecuencia me producen, -han sido precisamente las<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span> -que me han movido a provocar -estas confianzas.</p> - -<p>—El mal, si realmente es mal, -no tiene remedio—contestó la señorita -Pross moviendo la cabeza.—Toque -usted esa cuerda, y los -resultados serán contraproducentes; -así que, preferible es callar. -¡Cuántas veces, a altas horas de -la noche, salta de la cama, y -comienza a pasear agitado, arriba -y abajo, arriba y abajo, por su -habitación! La señorita sabe ya -hoy que cuando eso ocurre, la -imaginación de su padre pasea -arriba y abajo, arriba y abajo, por -la mazmorra que durante tantos -años le sirvió de tumba. Corre -entonces al cuarto de su padre y, -puesta a su lado, pasea con él -arriba y abajo, arriba y abajo, -hasta que se convence de que se -ha tranquilizado. Pero jamás explica -el doctor la causa de su -desasosiego y jamás se lo pregunta -su hija. Los dos juntos pasean -arriba y abajo, arriba y abajo, sin -despegar los labios, hasta que la -proximidad de su hija, y el amor -ciego que la profesa, hacen que -el doctor vuelva en sí.</p> - -<p>Había negado la señorita Pross -que tenía imaginación, pero daba -un mentís a su afirmación la -evidencia de que la perseguía una -idea triste, evidencia puesta de -relieve por la repetición de la -frase «arriba y abajo», pues no cabía -dudar que se trataba de una -idea fija.</p> - -<p>La casa del doctor parecía la -casa de los ecos. A la mención de -los agitados paseos nocturnos del -doctor, contestó el ruido de pasos -que se acercaban, y a éstos, la terminación -de la conferencia.</p> - -<p>—¡Ya están aquí!—exclamó la -señorita Pross, poniéndose vivamente -en pie.—No tardarán en -llegar a esta casa las gentes por -cientos.</p> - -<p>Tan maravillosas condiciones -acústicas reunía aquella casa, que -con toda propiedad se la hubiera -podido llamar el oído del distrito. -Lorry, que asomado a la ventana -oía perfectamente el rumor de los -pasos del padre y de la hija, creyó -que no iban a llegar nunca. No sólo -llegaban hasta él los ecos de los -pasos de los que se aproximaban, -sino también otros muchos que -se extinguían cuando más cerca -parecían estar. Al fin apareció -el doctor dando el brazo a su hija, -a los que recibió en la puerta de -la casa la señorita Pross.</p> - -<p>Era encantador ver a la señorita -Pross, no obstante su fealdad, -su encendido color rojo y su expresión -ceñuda, apresurándose a -quitar el sombrero a su señorita -mientras ésta subía la escalera; -cómo, para no mancharlo, se -envolvía los dedos con el pañuelo -de bolsillo, cómo intentaba quitarle -el polvo soplando sobre él, -cómo ahuecaba su espléndida cabellera -rubia con tanto orgullo -y satisfacción como hubiera podido -hacerlo con la suya propia, -suponiendo que ella hubiera sido -la mujer más hermosa y más vana -de la creación. Era también en<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>cantador -ver a la señorita abrazando -a su doncella, dándole las -gracias y protestando contra tanta -atención y tanto trabajo, bien -que protestando con la risa en los -labios, pues de no hacerlo así, -la señorita Pross, profundamente -dolorida, se hubiese retirado a su -cuarto para pasarse en él el día -llorando. No era menos encantador -ver al doctor contemplándolas -con arrobamiento y oir cómo -decía a la señorita Pross que -echaba a perder a Lucía a fuerza -de atenciones y cuidados, pero -con acento tan dulce y mirada tan -tierna, que bastaban, y aun sobraban, -para echar también a -perder a la señorita Pross y a -cien más como ella, y finalmente, -era asimismo encantador ver al -señor Lorry arreglándose su peluquín -y dando mentalmente gracias -a su estrella que, si le hizo -solterón empedernido, dejóle entrever, -en los años de su vejez, -las puras alegrías de un hogar. -Todo era encantador, pero los -cientos de personas que debían -girar en torno de Lucía no parecían -por ninguna parte, y en vano -esperaba el buen Lorry el cumplimiento -de la profecía de la señorita -Pross.</p> - -<p>Llegó la hora de sentarse a la -mesa, pero no llegaban los <i>cientos</i>.</p> - -<p>En la distribución de las faenas -domésticas, la señorita Pross se -había reservado el cetro de las -regiones más bajas de la casa, y -es preciso confesar que lo manejaba -a maravilla. Imposible llevar -a mayor grado de perfección sus -comidas, modestas en sí, pero admirablemente -guisadas y más admirablemente -servidas, con arreglo -a un gusto mitad francés y -mitad inglés. Como quiera que -la adhesión de la señorita Pross -era eminentemente práctica, había -registrado hasta los últimos -rincones de Soho y de los territorios -adyacentes en busca de franceses -pobres que, tentados por -el alegre tintineo de los chelines -y de las medias coronas, la revelaron -todos los misterios del arte -culinario. Tantos y tan maravillosos -conocimientos aprendió de -aquellos hijos e hijas de la Galia, -que la mujer y la muchacha que -formaban la servidumbre de la -casa veían en ella una hechicera, -una abuela de la Cinderella capaz -de tomar en sus manos un pollo, -un conejo, o un par de patatas, -y convertirlas en el manjar que -se le ocurriese.</p> - -<p>Sentábase los domingos la señorita -Pross a la mesa de la familia -del doctor, pero en los días -restantes de la semana solía comer -a horas desconocidas, bien en las regiones -bajas, bien en su habitación, -situada en el piso segundo, vedada -a todo el mundo, excepción hecha -de la señorita Lucía. En la comida -del domingo a que se contrae este -relato, la señorita Pross, correspondiendo -a la alegría que reflejaba -el rostro de la hija del doctor, -y deseando agradarle, se abandonó -a una animación inusitada, y<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span> -como consecuencia, el rato que -los comensales pasaron en la mesa -resultó agradabilísimo.</p> - -<p>Era un día de calor sofocante, -en vista de lo cual, a los postres, -propuso la señorita Lucía ir a -beber el vino bajo el plátano silvestre -del patio, donde podrían -disfrutar de un ambiente más -agradable. Como todo el mundo -ansiaba dar gusto a la mimada -de la casa, al patio salieron inmediatamente -y tomaron asiento bajo -el plátano, donde Lucía, que -desde algún tiempo antes se había -asignado a si misma el cargo de -copero del señor Lorry, escanció -el vino. Remates de casas próximas -parecían asomar las cabezas -sobre las cercas del patio mientras -los reunidos hablaban, y las hojas -del plátano susurraban en sus -oídos las palabras rumorosas propias -de sus barnizadas lenguas.</p> - -<p>La comida había terminado, -pero los cientos de visitantes no -se presentaban. Cuando los comensales -estaban sentados bajo -el plátano llegó el joven Darnay, -pero no era más que <i>uno</i>.</p> - -<p>Dispensóle el doctor Manette -un recibimiento cordial y otro -tanto hizo su hija. La señorita -Pross, acometida de súbito de una -sensación de cosquilleo en la cabeza -y resto del cuerpo, retiróse -al interior de la casa. Parece que -frecuentemente era víctima de -aquel desorden, que ella, en el seno -de la familia, solía llamar «un -ataque de nervios».</p> - -<p>Estaba el doctor de excelente -buen humor y parecía muy joven. -Sentado al lado de su hija, cuya -cabeza aparecía reclinada sobre -su hombro, resaltaba tanto la -viva semejanza que entre ambos -existía, que hasta el más miope -había de observarla.</p> - -<p>La conversación versó sobre -muchos y muy variados temas, -habiendo sido el doctor de los -que mayor vivacidad y animación -mostraron. En ocasión en que -estaban hablando de los edificios -más notables de Londres, preguntóle -Darnay:</p> - -<p>—Dígame, doctor, ¿ha visitado -usted la Torre?</p> - -<p>—Con Lucía la visité en una -ocasión, pero de corrido, sin detenernos—contestó -el doctor.—Vimos -lo bastante para apreciar -que efectivamente es digna de -interés, pero nada más.</p> - -<p>—Yo he estado en ella, según -recuerda usted—repuso Darnay -con sonrisa un poquito forzada,—pero -no como turista ni en condiciones -de ver gran cosa de ella. -Una historieta me refirieron durante -mi estancia que llamó poderosamente -mi atención.</p> - -<p>—¿Por qué no nos la cuenta -usted?—preguntó Lucía.</p> - -<p>—Con mucho gusto. Parece -que, en el curso de unas obras que -hubieron de hacer, los operarios -encontraron una mazmorra antiquísima, -utilizada en fecha remota -y olvidada desde muchos años -antes. Todos los sillares del interior -estaban llenos de inscripciones -grabadas en la piedra por los<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span> -prisioneros. Las inscripciones eran -fechas, nombres, quejas, maldiciones, -plegarias, etc. En el sillar -de un ángulo del muro, un reo, -condenado a muerte, según todas -las probabilidades, esculpió a -última hora cuatro letras. Debió -emplear una herramienta poco a -propósito, e hizo la obra aceleradamente -y con pulso poco firme. -Examinadas las letras, todos creyeron, -al principio, que eran G. A. -V. A., pero una observación más -detenida puso de relieve que la -letra primera no era G, sino C. -No figuraba en los archivos ningún -prisionero a cuyo nombre y -apellidos correspondieran aquellas -iniciales. A fuerza de meditar y -dar vueltas al asunto, vínose en -conocimiento de que las letras en -cuestión no eran iniciales, sino un -nombre completo: <i>Cava</i>. Practicáronse -algunas excavaciones, que -dieron por resultado el hallazgo, -debajo de una losa o azulejo, de -algunos fragmentos de papel, mezclados -con pedazos de una cajita -o pequeño saco de cuero. Nadie ha -podido averiguar qué fué lo que el -condenado a muerte escribió en -el papel, aunque sí pudo apreciarse -que estaba escrito. Sin duda -lo enterró para que no lo encontrara -el alcaide.</p> - -<p>—¡Padre mío!—exclamó Lucía.—¿Se -encuentra usted enfermo?</p> - -<p>Motivó esta pregunta el hecho -de que el doctor se pusiera violentamente -en pie y llevara las manos -a la cabeza. Su rostro reflejaba -horrible espanto.</p> - -<p>—No, hija mía, no estoy enfermo—contestó -el doctor.—Comienza -a llover... caen gotas muy -anchas y me he asustado irreflexivamente. -Creo que debemos ponernos -a cubierto.</p> - -<p>Habíase repuesto casi instantáneamente. -Era cierto que las -nubes enviaban algunas gotas anchas -de agua, de las cuales mostró -una el doctor en el dorso de la -mano. Ni una palabra dijo acerca -de la historia que Darnay estaba -refiriendo, y cuando entraron en -la casa, el ojo experto de Lorry -descubrió, o creyó descubrir, en la -mirada del doctor, al fijarla en -Darnay, la misma mirada extraña -que había observado mientras -salían de la Sala del Tribunal a -raíz de haber sido declarado inocente -el segundo.</p> - -<p>La expresión de aquella mirada -se borró con tal rapidez, que Lorry -llegó a sospechar si le habría engañado -su ojo experto. El gigante -del brazo de oro no hubiera dicho -con más serenidad que el doctor -que todavía no se había abroquelado -contra sorpresas pequeñas, -y que la gota de agua, al caer -sobre el dorso de su mano, le -había asustado.</p> - -<p>Preparó la señorita Pross el -te, lo sirvió, resistió otro «ataque -de nervios», y los <i>cientos</i> de visitantes -continuaban sin dar señales -de presencia. Llegó el señor -Carton, pero entre éste y Darnay -no sumaban más que <i>dos</i>.</p> - -<p>Tan calurosa era la noche, que -no obstante haber tenido la pre<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>caución -de dejar abiertas puertas -y ventanas, no bien tomaron el -te, todos se dirigieron a un balcón, -en busca de aire fresco que respirar. -Sentóse Lucía al lado de su -padre, Darnay junto a Lucía, y -Carton apoyó sus espaldas contra -el antepecho. Las cortinas del -balcón eran blancas, y cuando alguna -racha de viento las agitaba -alzándolas hasta el techo, más que -cortinas parecían alas espectrales.</p> - -<p>—Todavía caen gotas anchas, -escasas y pesadas—dijo el doctor.—Se -acerca con mucha lentitud.</p> - -<p>—Pero con mucha seguridad—replicó -Carton.</p> - -<p>Huían presurosas las gentes de -las calles ansiando ponerse bajo -techado antes que estallara la -tormenta. El ruido de sus pasos -llegaba al maravilloso rinconcito -de los ecos, pero sin que nadie -viera a los que caminaban.</p> - -<p>—Muchas personas moviéndose, -y sin embargo, la soledad más -absoluta—observó Darnay, tras -unos momentos de atención.</p> - -<p>—¿Verdad que impresiona, señor -Darnay?—preguntó Lucía.—Muchas -noches me siento en este -mismo sitio, y mi fantasía... pero -hasta la loca de la casa se empeña -en asustarme esta noche... tan -lóbrega... tan solemne...</p> - -<p>—Nos asustaremos todos—dijo -Darnay, chanceándose.—Veremos -a qué sabe el susto.</p> - -<p>—A usted no le sabrá a nada. -Esas extravagancias solamente -impresionan a aquellos cuya fantasía -las forja, según creo: no son -contagiosas. Repito que muchas -noches me he sentado en este -mismo sitio, sola, atento el oído, -y mi fantasía ha dado forma tangible -a los ecos, y ha visto en ellos -a las personas que se han relacionado -o han de relacionarse en breve -con mi vida.</p> - -<p>—Llega el día en que son muchas -las personas que establecen -relaciones estrechas con nuestras -vidas—observó Carton.</p> - -<p>El rumor de pasos era incesante, -y las carreras de las gentes que -huían, más precipitadas. Parecía -que sonaban pasos debajo del -balcón, en la habitación misma, -unos iban, otros venían, estos se -alejaban y aquellos se aproximaban, -y, sin embargo, la vista no -descubría alma viviente.</p> - -<p>—¿Se reserva para usted sola -todo el ruido de pasos que llega -a nuestros oídos, señorita Manette, -o prefiere que nos los distribuyamos -entre todos?—preguntó con -entonación humorística Darnay.</p> - -<p>—No sé qué contestar a usted, -señor Darnay. Principié por decir -que era una extravagancia, una -tontería mía, pero la culpa de que -yo la dijera fué de usted, que me -preguntó. Cuando esa idea ha -producido impresión en mí, siempre -me he encontrado sola, y -quizá esta circunstancia haya engendrado -en mí la creencia de -que los ecos repetían el rumor de -pasos de las personas que han de -ejercer influencia en mi vida o en -la de mi padre.</p> - -<p>—Las reclamo para que la ejer<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>zan -en la mía—replicó Carton.—Vengan -sobre mí, sin explicaciones, -sin condiciones. En este instante -están prontas a caer sobre -nosotros ingentes muchedumbres... -Las estoy viendo a la luz... -cárdena del relámpago—terminó -diciendo, en el momento que surcaba -los aires gigantesca culebra -de fuego.</p> - -<p>Sonó un trueno horrísono, y -Carton repuso:</p> - -<p>—Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes -cómo se acercan, rápidas... -furiosas... bramadoras!</p> - -<p>La voz tremenda de los elementos -desencadenados obligó a Carton -a poner fin a sus extravagancias, -sencillamente porque nadie -podía oirlas. La tempestad fué -horrorosa. El agua caía a torrentes -de un cielo encendido, acompañada -de truenos tan ensordecedores, -que no parecía sino que el -mundo saltaba hecho pedazos. -A eso de media noche, brotó la -luna, plácida, serena.</p> - -<p>Sonaba la una de la madrugada -en la torre de San Pablo cuando -el señor Lorry, acompañado por -Jeremías <i>Lapa</i>, armado de su -correspondiente farol, emprendía -el viaje de regreso a Clerkenwell.</p> - -<p>—¡Qué noche, Jeremías, qué -noche!—exclamaba Lorry—¡La -más indicada para que los muertos -salgan de sus tumbas!</p> - -<p>—No los he visto salir nunca, -señor, ni espero verlo—respondió -Jeremías <i>Lapa</i>.</p> - -<p>—¡Buenas noches, señor Carton!—dijo -Lorry.—¡Buenas noches, -señor Darnay! ¿Volveremos -a ver juntos una noche como esta?</p> - -<p>¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día -en que vieran innumerables muchedumbres, -bramadoras, ebrias -de sangre, cerrando contra ellos!</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_VII">VII.<br />EL SEÑOR EN LA CIUDAD</h3></div> - - -<p>El señor, uno de los magnates -más influyentes y poderosos de la -corte, celebraba en su suntuoso -palacio de París su acostumbrada -recepción quincenal. Hallábase el -señor en su gabinete más íntimo, -especie de santuario para la turba -de adoradores encargados del servicio -del resto de los salones. Disponíase -el señor a tomar su chocolate. -Con facilidad maravillosa -podía engullirse el señor mil cosas, -y hasta eran muchos, gentes maliciosas -sin duda, que creían a pie -juntillas que se estaba engullendo -con rapidez pasmosa a Francia, -pero el chocolate matinal no podía -pasar por la garganta del señor -sin la ayuda de cuatro hombres -fuertes, amén del cocinero.</p> - -<p>Sí, cuatro hombres exigía operación -tan importante, cuatro -hombres, cubiertos de galones de -oro, con un jefe, quien en su afán -por seguir la noble y casta moda -implantada por su señor, no hubiera -podido vivir sin llevar en el -bolsillo dos enormes relojes de oro, -eran indispensables para que el -afortunado chocolate tuviera el<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span> -honor de llegar hasta los labios del -señor. Un lacayo conducía la chocolatera -a la sagrada presencia -del señor; otro picaba el chocolate -con un instrumento reservado -para tan importante función, otro, -el tercero, presentaba la favorecida -servilleta, y el cuarto (el de -los dos relojes de oro) vertía el -chocolate en la taza. ¿Prescindir -el señor de uno solo de los cuatro -servidores mientras tomaba el -chocolate entre los cielos que admirados -y complacidos presenciaban -la operación? ¡Horror! Tomar -el chocolate servido por solos tres -hombres, hubiese equivalido a -manchar el inmaculado escudo -del señor: tomarlo servido innoblemente -por dos, habría sido -tanto como darle muerte.</p> - -<p>La noche anterior, el señor había -asistido a una cena de confianza, -previa representación admirable -de una comedia y de una ópera. -El señor solía asistir casi todas -las noches a cenas análogas, en -cuyos actos le rodeaba una compañía -encantadora y fascinadora. -Tan fino, tan impresionable era -el señor, que en su elevada alma -ejercían más influencia la comedia -y la ópera que los áridos y fastidiosos -negocios de Estado y las -necesidades de Francia, circunstancia -venturosa para esta nación, -como lo es siempre para las que se -ven o se han visto tan favorecidas -como ella... como lo fué, por ejemplo, -para Inglaterra en los nunca -bastante llorados tiempos de los -joviales Estuardos.</p> - -<p>Tenía el señor una idea nobilísima -acerca de los negocios públicos -en general, y era que es preciso -dejar que sigan su curso natural, -y otra idea, no menos nobilísima, -sobre los negocios particulares... -que también debían seguir su curso -natural; y el curso natural de -los primeros, como el curso natural -de los segundos, era ir en derechura -a las manos y al bolsillo -del señor. En cuanto a los placeres, -generales y particulares, opinaba -el señor que para disfrutarlos -él había sido creado el mundo -y colocado en él el hombre. Su -divisa era la siguiente: «Mío es el -mundo y todo cuanto contiene, -dice el Señor».</p> - -<p>Pese a sus opiniones, había visto -el señor, con el desagrado natural, -que en sus asuntos y en sus -placeres, tanto privados como -públicos, habían venido a mezclarse -molestias de lo más vulgar -que no dejan de crear dificultades -y apuros, también de lo más vulgar, -en vista de lo cual, decidió -aliarse con un <i>aperador general</i>, -resolución tanto más cuerda cuanto -que se había hecho indispensable, -y esto, por dos motivos principales. -Primero: porque el señor -no entendía en asuntos tan vulgares -como los referentes a la Hacienda -pública, y como consecuencia, -debía confiarlos a manos que -en ello entendiesen, y segundo, -relacionado con la Hacienda particular, -porque los aperadores generales -son ricos, mientras el -señor, vástago de señores que<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span> -vivieron muchas generaciones de -esplendoroso lujo y boato, empobrecía -de día en día. De aquí que -el señor librase a una hermana -suya del velo que la amenazaba, -y que era la canastilla de boda -más económica con que podía -regalarle, y la concediera como -preciado premio a un aperador -general, tan rico en bienes como -pobre en familia. El cual aperador -general, armado de un bastón coronado -por una manzana de oro, -figuraba en la ocasión presente -entre los personajes que llenaban -las habitaciones exteriores y hacía -un papel algún tanto desairado -porque el señor, y hasta la esposa -del señor, solían mirarle con el -desprecio más profundo.</p> - -<p>El aperador general era un -hombre de lo más suntuoso que -darse puede. Treinta caballos alojaban -sus caballerizas, veinticuatro -criados esperaban órdenes en -sus salones y seis doncellas ayudaban -a vestir a su mujer. En su -calidad de hombre cuya misión -única consistía en pillar y saquear -donde buena o malamente pudiera, -el aperador general era al -menos la realidad más tangible -entre los personajes que aquel -día estaban de servicio en los -salones del señor.</p> - -<p>A decir verdad, en aquellos -salones, que ofrecían a los ojos -escenas deliciosas, en aquellos salones, -donde habían acumulado -cuanto el arte y el gusto de la época -pudieron producir, los negocios -no andaban bien, es más: tanto -considerados con referencia a -los espantajos que rodeaban la -persona del señor, como por lo que -hace a los desarrapados que pululaban -por todas partes, los asuntos -tomaban cariz poco tranquilizador... -suponiendo que en la casa -del señor hubiera alguien que de -asuntos cuidara. Militares que -ignoraban lo que era la ciencia -militar, marinos que ni idea tenían -de lo que un barco era, eclesiásticos, -cubiertos de sedas y de -encajes, mundanos hasta lo inconcebible, -de ojos sensuales, lenguas -libres y costumbres más libres -que las lenguas, en una palabra: -la ineptitud en cuantos desempeñaban -cargos, el desenfreno en -las costumbres, la mentira en -todos los labios. No abundaban -menos las gentes que no obstante -no tener relación alguna, remota -ni próxima, con el señor ni con -el Estado, se obstinaban en no tenerla -tampoco con nada que fuera -real y justo, y en no caminar en -el viaje de la vida por caminos rectos, -ni perseguir un fin terreno -honroso. Médicos que labraban -fortunas inmensas fingiendo curar -enfermedades imaginarias y -males que jamás habían existido, -se burlaban desde el sagrado de -sus casas de sus clientes cortesanos, -mientras éstos quebraban -sus espinas dorsales a fuerza de -hacer reverencias en los salones -del señor. Arbitristas que, si nunca -dieron con el remedio del pecado -más leve, en cambio descubrían -diariamente panaceas, uni<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>versales -y de efectos seguros para -corregir los pequeños males que -afectaban a la salud del Estado, -fastidiaban con sus discursos interminables -y pesados a cuantos -asistían a las recepciones del señor -y tenían oídos para escucharles. -Filósofos ateos que se proponían -vaciar con sus palabras nuevos -moldes con que fundir un mundo -nuevo, y erigir nuevas torres de -Babel con que escalar los cielos, -conferenciaban en los salones del -señor con químicos o alquimistas -descreídos, que no perseguían otro -objetivo que la transmutación -de los metales. En el palacio del -señor vegetaban sumidos en el -estado más ejemplar de enervamiento -turbas de caballeros de -modales distinguidos y exquisita -educación, cuyos frutos naturales -eran en aquel tiempo, y han venido -siendo desde entonces, una -indiferencia invencible, y una repugnancia -notable hacia todo lo -que debiera ser objetivo natural -del interés humano. En los hogares -que aquellas brillantes notabilidades -dejaban abandonados en -los barrios más aristocráticos de -París, los espías que frecuentaban -los salones del señor, a cuyo número -pertenecían, dicho sea de -paso, la mitad por lo menos de los -que a aquel hacían la corte, difícilmente -habrían podido encontrar -entre los ángeles de su clase -social una mujer que, por sus costumbres, -mereciera el honor de -ser madre. Verdad es que la moda -no consentía en las madres otra -cosa que el acto material de echar -al mundo a una criatura desvalida, -lo que ciertamente no es mucho -hacer. Pase que las campesinas -se pasen la vida al lado de sus -tiernos hijos: las mujeres que han -nacido en otra esfera deben alegrar -los salones, y hasta cuando -son abuelas, deben vestir y bailar -como cuando tenían veinte años.</p> - -<p>La lepra de la ficción desfiguraba -a todos los seres humanos -que servían al señor. En una de -las habitaciones más extremas -había media docena de personas -que, por excepción, desde algunos -años antes venían creyendo que -las cosas seguían en general derroteros -peligrosos. La mitad de esta -media docena de gentes excepcionales, -en sus ansias por poner remedio -a los males, habíanse afiliado -a la secta fantástica de los -llamados <i>convulsionistas</i>, y se -pasaban el tiempo deliberando -acerca de si les convendría echar -espumarajos por la boca, rabiar, -rugir, bramar y ponerse catalépticos, -presentando así ante los -ojos del señor una visión de los -futuros que pudiera servirle de -guía seguro. Además de estos -derviches, había otros tres que -habían formado otra secta cuyo -objetivo consistía en enderezar el -curso tortuoso de los sucesos a -fuerza de enrevesadas teorías sobre -«El Centro de la Verdad», sosteniendo -que el hombre había brotado -de este centro... lo que no -necesitaba demostración, pero que -se había salido de la circunferen<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>cia, -y que se imponía la necesidad -de hacerle entrar en ella y de impedir -que en lo sucesivo volviera -a rebasar su perímetro, lo que se -conseguiría vigorizando la vida -del espíritu y debilitando la de la -carne. Como jamás hablaban más -que de espíritus y de substancias -incorpóreas, no es de admirar -que sus discursos no dieran resultados -materiales.</p> - -<p>En cambio, las personas que -frecuentaban los salones del señor -vestían admirablemente, lo que -no deja de ser un consuelo. Si el -Día del Juicio ha de ser lisa y sencillamente -una exposición de trajes, -en la que se adjudiquen los -premios a los que mejor vistan, -bien seguro es que las dichosas -personas que motivan estas líneas -vestirán por eternidad de eternidades -con gusto irreprochable y -excepcional riqueza. El laborioso -peinado de aquellas cabezas, tan -artísticamente rizadas y con tanto -gusto empolvadas, aquellas caras -delicadas, defendidas contra los -zarpazos de los años, y hasta enmendadas -y corregidas gracias a -laudables recursos artificiales, las -cinceladas espadas que ceñían los -caballeros, en cuya contemplación -se extasiaba la vista, los finos y -delicados perfumes que embalsamaban -el aire y deleitaban uno de -los sentidos con que al Creador -plugo dotar al hombre, eran recursos -bastantes para extirpar de -raíz y para siempre los males que -afligían a la humanidad. Los caballeros -de elevada alcurnia y de -educación refinada ostentaban -prodigiosa profusión de joyas de rico -oro que dejaban oir un tintineo -delicioso al compás de sus lánguidos -pasos, y ante el tintineo del -oro y el crujir de la seda y de los -brocados, el hambre y la miseria -no tenían más remedio que ir a -esconder sus amarillentas caras -en los hediondos barrios pobres -de la ciudad.</p> - -<p>Era el vestido el talismán infalible, -la varita mágica que obligaba -a todo el mundo, y a todas las -cosas, a permanecer en sus respectivos -puestos. Nadie podía dispensarse -de vestir el traje impuesto -por el papel que representaba en -el baile de las extravagancias llamado -mundo. La ficción comenzaba -en las Tullerías, en la persona -misma del señor, y en las de los -que al señor hacían la corte, y -continuaba por las Cámaras y -Tribunales de Justicia, hasta llegar -a la persona del verdugo, a quien -se obligaba a oficiar muy «peinado, -rizado y empolvado, luciendo lujosa -levita galoneada de oro, y -encerradas sus pantorrillas en ricas -medias de seda». ¡No! No es -posible que ninguno de los felices -mortales que asistieron a la recepción -quincenal dada por el -señor en el año mil setecientos -ochenta pusiera en tela de juicio -la perdurabilidad de un sistema -fundado sobre base tan sólida -como un verdugo primorosamente -peinado, artísticamente rizado, -solícitamente empolvado y ataviado -con rica levita galoneada<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span> -de oro y primorosas medias de -seda.</p> - -<p>Luego que el señor aligeró a -sus cuatro servidores de sus respectivas -cargas y tomó el chocolate, -mandó abrir de par en par las -puertas de su santuario y tuvo la -dignación de salir fuera. ¡Qué de -sumisión, qué de adulaciones rastreras, -qué de servilismo, qué de -humillaciones, llevadas hasta los -límites más inconcebibles de lo -abyecto! Baste decir que en todo -lo referente a idolatría y anonadamiento, -los que llenaban los salones -nada reservaron para los -cielos. ¡Verdad es que el pensamiento -en la otra vida preocupaba -muy poca cosa a los adoradores -del señor!</p> - -<p>Pronunciando aquí una palabra -y dejando caer allá una esperanza, -dirigiendo a éste una sonrisa y -haciendo a aquél una seña con -la mano, atravesó el señor los -salones hasta que rebasó los límites -de la <i>circunferencia de la -verdad</i>, donde giró majestuoso -sobre sus sagrados talones y deshizo -el camino andado, para tornar -a encerrarse en su santuario.</p> - -<p>Terminada la exhibición, los -susurros que apenas rozaban el -aire trocáronse en clamorosa tormenta. -El tintineo de las joyas, -semejante a incesante repicar de -preciosas campanillas, fuese alejando, -y muy pronto no quedó a -la vista más que una persona, un -caballero, el cual, puesto debajo -del brazo el sombrero, y llevando -en la mano una cajita de rapé, se -entretuvo en pasear con calma -y reposo deteniéndose frente a -los espejos que al paso encontraba.</p> - -<p>—¡Cargue el infierno contigo!—murmuró -antes de marcharse, -vueltos los ojos hacia la puerta del -santuario, y sacudiendo el rapé -que conservaba entre sus dedos.</p> - -<p>Era un hombre de unos sesenta -años, ricamente ataviado, de ademanes -y expresión altaneros y -dotado de una cara que, más que -rostro humano, parecía fina mascarilla. -Cara de una palidez transparente, -todas sus líneas, todos -sus rasgos aparecían perfectamente -definidos. La nariz, artísticamente -modelada, ofrecía la particularidad -de que sus dos ventanas -acusaban una contracción, muy -poco perceptible, hacia la parte -superior. En esas dos contracciones -radicaba, precisamente, la -alteración única visible en aquella -cara. Las ventanas persistían unas -veces contraídas, al paso que en -algunas ocasiones, se sucedían -las dilataciones a las contracciones, -pero en uno y otro caso, -daban a la cara una expresión -desagradable de crueldad y de -perfidia. Examinado con detenimiento -aquel rostro, no era difícil -observar que la expresión de -crueldad la debía a las líneas de -su boca y de las órbitas de los -ojos excesivamente finas y horizontales. -No puede negarse, sin -embargo, que aquella cara era -extraordinariamente hermosa.</p> - -<p>Su propietario descendió las<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span> -escaleras del palacio y salió al -vestíbulo, donde le estaba esperando -su carroza. Pocos habían sido -los que le dirigieron la palabra -durante la recepción, y el señor -pudo estar más afectuoso de lo que -estuvo cuando llegó al sitio en que -aquél permaneció retraído y separado -de los grupos. Sin detenerse -un instante montó en su carruaje, -y los caballos partieron a galope, -dispersando a las gentes que encontraban -al paso. Guiaba el cochero -como si cargara contra un -ejército enemigo, sin que a su -señor se le ocurriera poner freno -a la furia desatentada del primero, -la cual, lejos de enojarle, más bien -parecía que le era agradable. Algunas -veces, muy contadas, se -habían exteriorizado las quejas, -hasta en aquella ciudad insensible -y en aquella edad de ignorancia -y de idiotismo, contra la bárbara -costumbre de recorrer a galope -de carga calles estrechas y sin -aceras, sin miramiento a los infelices -que con frecuencia eran arrollados, -pero nadie se dignó conceder -un segundo de atención a semejantes -pequeñeces, y en este -particular, como en muchos otros, -los desdichados de la clase baja -quedaron en libertad de orillar -la dificultad como buenamente -pudieran.</p> - -<p>Con estruendo ensordecedor y -con olvido inhumano de las consideraciones -más sagradas, difícil -de comprender en nuestros días, -la carroza volaba por la calle saltando -sobre el empedrado y doblando -las esquinas con velocidad -inconcebible, ahuyentando a las -mujeres, que chillaban despavoridas, -a los niños, que corrían como -conejos asustados, y a los hombres -que procuraban pegarse a las paredes. -En el momento de doblar -el carruaje una esquina próxima -a una fuente, una de las ruedas -dió un salto, cientos de gargantas -lanzaron un alarido, y los caballos -recularon y se encabritaron.</p> - -<p>Es casi seguro que la carroza -hubiera continuado imperturbable -su desenfrenada carrera de no -haber sido por este último inconveniente, -toda vez que era lo que -acostumbraban hacer los carruajes -en aquella feliz época, aun -cuando dejaran la calle sembrada -de cadáveres, ¿por qué habían de -hacer otra cosa?, pero asustado -el lacayo había saltado a tierra y -veinte manos agarraron a un tiempo -las riendas de los caballos.</p> - -<p>—¿Qué pasa?—preguntó el señor, -asomando su cara tranquila -por la portezuela.</p> - -<p>Un hombre alto, con gorro en -la cabeza, había sacado de entre -las patas de los caballos un bulto, -que depositó sobre el basamento -de una fuente, e inclinado sobre -él, aullaba como un animal feroz.</p> - -<p>—Perdón, señor Marqués—dijo -un individuo harapiento con voz -y ademán humildes,—es un niño.</p> - -<p>—¿Y por qué arma ese ruido -ensordecedor? ¿Dices que es un -niño?</p> - -<p>—Dispense el señor Marqués... -Es una... lástima... sí, eso es.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span></p> - -<p>Distaba la fuente algunas varas. -El hombre alto que sobre el bulto -estaba inclinado se irguió de repente -y echó a correr con prisa -tal en dirección al carruaje, que -el señor Marqués llevó la mano al -puño de su espada.</p> - -<p>—¡Muerto!—rugió el hombre -alto con muestras de salvaje desesperación, -clavando los ojos en el -Marqués y alzando los dos brazos.—¡Asesinado!</p> - -<p>Las turbas se apiñaron en rededor -de la carroza. Todas las miradas -estaban concentradas en la -persona del Marqués, mas en -aquéllas no se leía otra cosa que -ansiedad, temor, nada de cólera -ni de amenaza. Todos callaban. -Al primer grito sucedió un silencio -imponente. La voz del que había -hablado al magnate continuaba -siendo sumisa en extremo. El -señor Marqués paseó sus miradas -sobre los apiñados grupos, contemplándolos -con la indiferencia -con que hubiera contemplado una -manada de ratas asustadas.</p> - -<p>Sin variar de actitud sacó un -bolsillo.</p> - -<p>—Me sorprende sobremanera—dijo—que -ni de vuestros hijos -sepáis cuidar. Con frecuencia que -no puede menos de serme molesta -os tropiezo en mi camino. ¿No se -os alcanza que de los atropellos -pueden resultar con daño mis caballos? -¡Vaya!... ¡Dadle esto!</p> - -<p>Acompañando la acción a la -palabra, arrojó a los pies del lacayo -una moneda de oro.</p> - -<p>—¡Muerto... asesinado!—volvió -a gritar el hombre alto.</p> - -<p>Llegó a la sazón otro hombre, -a quien todos abrieron paso. El -que acababa de gritar cayó en sus -brazos no bien le vió, permaneciendo -largo rato entre ellos, llorando -y sollozando.</p> - -<p>—Lo sé todo... lo sé todo—dijo -el recién llegado.—¡Valor, Gaspar! -Preferible es morir como ha muerto -el niño a vivir la vida que le -esperaba. Ha muerto sin dolor, -sin sufrimientos, y en cambio, de -haber continuado viviendo, aquéllos -le hubieran acosado sin cesar.</p> - -<p>—Eres un filósofo—dijo el Marqués -sonriendo.—¿Cómo te llamas?</p> - -<p>—Defarge.</p> - -<p>—¿Cuál es tu oficio?</p> - -<p>—Soy vendedor de vino, señor -Marqués.</p> - -<p>—Toma esto, filósofo y vendedor -de vino, y gástalo como te -venga en gana—repuso el Marqués, -arrojando a sus pies otra -moneda de oro.—¡A ver! ¿Están -listos los caballos?</p> - -<p>Sin dignarse mirar a las turbas -por segunda vez, el señor Marqués -se arrellanó en su asiento. La -carroza se ponía nuevamente en -movimiento y su feliz ocupante -había olvidado el incidente, cual -si acabara de romper una futesa -y la hubiera pagado, cuando vino -a perturbar su olímpica serenidad -la entrada violenta en el interior -del carruaje de una moneda de -oro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span> -—¡Para!—gritó el señor Marqués.—¡Detén -los caballos!... -¿Quién ha tirado esto?</p> - -<p>Miró airado al sitio en que acababa -de dejar a Defarge, pero no -vió más que al desdichado padre -abrazado al cadáver de su hijo, y -a una mujer en pie, que le miraba -ceñuda.</p> - -<p>—¡Perros!—murmuró el Marqués.—¡De -buena gana pasaría -sobre todos vosotros para limpiar -al mundo de vuestra repugnante -presencia! ¡Si yo supiera quién -es el canalla que arrojó la moneda, -y lo tuviera bastante cerca, -vive Dios que lo aplastaba bajo -las ruedas de mi coche!</p> - -<p>Tal era el temor de las turbas, -tan grande el horror que sentían -por lo que los hombres de la clase -social del Marqués podían hacerles, -dentro y fuera de la ley, que -no se alzó una voz, ni una mano, -ni una mirada. Todos los hombres -callaron, fijos sus ojos en el suelo. -Solamente la mujer a que antes -nos hemos referido osó clavar sus -miradas airadas en el Marqués, -quien ni reparó siquiera en ella. -Su olímpica mirada pasó sobre su -cabeza y sobre las demás ratas, -y cómodamente arrellanado sobre -los mullidos almohadones de su -carroza, dió orden al cochero de -continuar la marcha.</p> - -<p>Por el mismo sitio cruzaron en -carrera desenfrenada y sucesión -rápida muchas otras carrozas. -La del ministro, la de los arbitristas -del Estado, la del aperador -general, la del doctor, la del abogado, -la del eclesiástico. Las ratas -asomaban tímidas las cabezas en -la entrada de sus agujeros.</p> - -<p>Retiróse el padre a quien habían -dejado sin hijo, retiráronse -las ratas al fondo de sus agujeros, -y sobre el basamento de la fuente -no quedó más que la mujer que -había osado mirar ceñuda al Marqués, -rígida como la Fatalidad. -El agua de la fuente corría rumorosa, -corrían rápidas y turbulentas -las aguas del río, el día corría -a su ocaso, la vida de la ciudad -corría a la muerte impulsada por -el Tiempo, que a nadie espera, las -ratas dormían ya en sus obscuros -agujeros, el <i>baile de la extravagancia</i> -continuaba entre luces y cenas, -y todas las cosas, para decirlo de -una vez, seguían su curso.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_VIII">VIII.<br />EL SEÑOR EN EL CAMPO</h3></div> - - -<p>Un paisaje encantador, en el -que se ven campos de trigo, aunque -no abundantes. Pedazos de -terreno sembrados de centeno -donde hubiera podido criarse el -trigo, pedazos sembrados de habas -y de guisantes, pedazos sembrados -de vegetales de toda clase, -y es que la naturaleza inanimada, -armonizando sus gustos con los -de la humanidad, manifestaba -tendencia decidida hacia una vegetación, -más aparente que real.</p> - -<p>El carruaje de viaje del señor -Marqués, que, dicho sea de paso,<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span> -hubiera podido ser menos pesado, -tirado por cuatro caballos y guiado -por dos postillones, escalaba -trabajosamente una colina empinada. -El subido color de las mejillas -del prócer nada argüía en -contra de su elevada alcurnia. No -tenía su origen dentro, sino que -era efecto de una circunstancia -externa imposible de evitar: la -puesta del sol.</p> - -<p>Los rayos tangentes del astro -rey penetraban en el coche de -viaje del señor Marqués envolviendo -a éste en nimbos de luz -rojiza.</p> - -<p>—Pronto se pondrá—exclamó -el señor Marqués, contemplando -con disgusto sus manos.</p> - -<p>En efecto, tan cerca de su ocaso -estaba el sol, que no tardó en ponerse. -Dominada la cima de la -colina y ajustados a las ruedas -los pesados frenos, en cuanto el -coche comenzó a rodar por la pendiente -abajo, envuelto en nubes de -polvo, los fulgores rojizos se extinguieron: -el sol y el Marqués descendían.</p> - -<p>Ante los ojos del Marqués se -extendía un territorio quebrado, -una aldea en el fondo de la hondonada, -una llanura que terminaba -en un altozano, un campanario, -un molino de viento, un bosque -abundante en caza, y una fortaleza -emplazada al borde de un -despeñadero. El Marqués contemplaba -todos los objetos detallados, -cuyas líneas comenzaban a borrar -las sombras de la noche, con la -expresión del que se acerca a su -casa.</p> - -<p>Contaba la aldea con una calle -pobre, con una cervecería pobre, -con una tenería pobre, con una -taberna pobre, con un relevo de -postas pobre y con una fuente -pobre. Siendo pobres todos los -servicios, pobres habían de ser, y -pobres eran, en efecto, sus habitantes. -Todos ellos vivían en la -miseria, y muchos se hallaban -sentados en las puertas de sus -viviendas, preparando cebollas de -deshecho y otros artículos semejantes -para su cena, mientras -otros lavaban en la fuente verduras, -hierbas y toda clase de comestibles -que la tierra da de sí. No era -preciso ser muy lince para descubrir -las causas que a la miseria los -reducían: con leer las inscripciones -solemnes, colocadas en todos los -sitios visibles de la aldea, en las -cuales se detallaban los impuestos -que había que pagar al Estado, -a la Iglesia y al señor, juntamente -con las contribuciones locales y -generales, bastaba y aun sobraba, -no ya para comprender que los -habitantes fueran pobres, sino -para maravillarse de que el hambre -y la miseria no hubieran concluído -con la vida de todos ellos.</p> - -<p>Niños se veían muy pocos, perros -ni uno sólo. En cuanto a los -hombres y a las mujeres, la alternativa -que el mundo les ofrecía -no podía ser más clara: o vivir de -la manera más miserable en la aldea, -bajo el yugo aplastante del<span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span> -señor, o morir en la fortaleza -emplazada sobre el precipicio, -destinada a calabozo.</p> - -<p>Precedido por un correo y -acompañado por los restallidos de -los látigos de los postillones, que -cruzaban los aires semejantes a -culebras enroscadas, el señor Marqués -mandó detener su carruaje -frente a la puerta de la casa de -postas. Como distaba muy poco -de la fuente, los aldeanos que en -ésta se hallaban suspendieron sus -faenas para mirarle. El también -les miró, y vió cómo doblaban -sus frentes ante su persona, de la -misma manera que él había doblado -la suya ante el señor, cuando -acertó a unirse al grupo un caminero.</p> - -<p>—Tráeme a ese individuo—dijo -el Marqués al correo.</p> - -<p>Fué llevado a su presencia el -caminero, en derredor del cual se -agruparon los aldeanos, ávidos de -escuchar y de ver.</p> - -<p>—¿Te pasé en el camino, verdad?</p> - -<p>—Verdad es, señor, tuve el honor -de que el señor me pasase en -el camino.</p> - -<p>—Al subir la rampa y en la -cumbre de la colina, ¿no es cierto?</p> - -<p>—Señor, cierto es.</p> - -<p>—¿Qué es lo que mirabas con -tanta fijeza?</p> - -<p>—Miraba al hombre, señor.</p> - -<p>Al contestar, su gorro puntiagudo -apuntaba debajo del carruaje. -Todos los aldeanos concentraron -sus miradas en el mismo sitio.</p> - -<p>—¿Qué hombre, pedazo de bruto?</p> - -<p>—Perdón, señor, quiero decir -el hombre que pendía de la cadena -de la galga.</p> - -<p>—¿Pero quién?</p> - -<p>—El hombre, señor.</p> - -<p>—¡Cargue el diablo con esta -turba de idiotas! ¿Cómo se llama -ese hombre? Tú conoces a todos -los de estos contornos: ¿quién -era ese hombre?</p> - -<p>—¡Piedad, señor! No era de -esta parte del país: no le había -visto en los días de mi vida.</p> - -<p>—¿Suspendido de la cadena? -¿Ahorcado?</p> - -<p>—Con permiso del señor, diré -que su cabeza colgaba de esta -manera.</p> - -<p>El caminero se aproximó a la -galga y se colocó vuelta la cara -hacia el cielo y con la cabeza -colgando. A continuación, recobró -la postura normal e hizo una -reverencia.</p> - -<p>—¿Qué señas tenía?</p> - -<p>—Señor, estaba más blanco que -un molinero, el polvo le cubría -de pies a cabeza, era más blanco -que un espectro y más alto que -un espectro.</p> - -<p>La descripción produjo en el -auditorio sensación inmensa. Todos -volvieron sus ojos hacia el -Marqués, acaso creyendo que llevase -algún espectro sobre su conciencia.</p> - -<p>—¡No puede negarse que te has -portado como un hombre!—exclamó -el Marqués.—Ves un ladrón<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span> -subido a mi carruaje, y no sabes -abrir esa bocaza inmensa que -tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor -Gambelle, suéltelo!</p> - -<p>Era el señor Gambelle jefe de -postas y de otros servicios, y al -desarrollarse la escena que estamos -reseñando, en su deseo de -contribuir al buen éxito de la -declaración, había agarrado por -un brazo al declarante.</p> - -<p>—Suelte a ese bergante, señor -Gambelle, y si llega a la aldea el -desconocido, préndale y no le -ponga en libertad hasta asegurarse -de que es un hombre honrado.</p> - -<p>—Será para mí un honor cumplir -las órdenes del señor—contestó -Gambelle.</p> - -<p>—¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde -se ha metido ese maldito?</p> - -<p>El maldito se había metido -debajo del carruaje, acompañado -por media docena de amigos particulares -suyos, a los cuales mostraba -la cadena de la galga. Otra -media docena de amigos le sacaron -arrastrando inmediatamente -y le llevaron a presencia del señor.</p> - -<p>—¿Escapó aquel hombre cuando -nos detuvimos para echar la -galga?</p> - -<p>—Se precipitó de cabeza desde -lo alto de la colina, ni más ni menos -que si se hubiera arrojado al -mar.</p> - -<p>—Cuide de averiguarme eso, -Gambelle... ¡En marcha!</p> - -<p>Delante de las ruedas, examinando -la cadena, estaban la media -docena de amigos particulares -del caminero, semejantes a un -pelotón de borregos. Las ruedas -comenzaron a girar tan inopinadamente, -que fué un milagro -que aquéllos pudieran salvar sus -pellejos y sus huesos, único que -podían salvar, por fortuna suya.</p> - -<p>Los caballos salieron de la aldea -al galope, mas no tardaron -en moderar la marcha, pues la -rampa de la colina era tan empinada, -que hubieron de subirla al -paso. Bordeaba el camino un -pequeño cementerio, donde se -veía una cruz con la imagen de -Nuestro Salvador. Era una imagen -de madera, hecha por manos -inexpertas, pero el artista había -hecho un estudio del natural y -seguramente su libro fué su propio -cuerpo o el de alguno de sus convecinos, -pues la imagen era horriblemente -flaca y descarnada.</p> - -<p>Al pie de aquel emblema doloroso -de una desgracia inmensa -había una mujer arrodillada. Volvió -la cabeza al oir el ruido del -carruaje, levantóse vivamente, y -corrió presurosa en dirección al -coche.</p> - -<p>—¡Es el señor!—exclamó, presentándose -en la portezuela.—¡Señor, -una gracia!</p> - -<p>El señor lanzó una exclamación -de impaciencia.</p> - -<p>—¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? -¡Siempre con peticiones!</p> - -<p>—¡Señor, por el amor de Dios! -¡Mi marido... el guardabosque!...</p> - -<p>—¿Qué quiere tu marido el -guardabosque? ¡Estas gentes -siempre piden lo mismo! Que no -puede pagar, ¿eh?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span> -—¡Lo ha pagado todo, señor! -¡Ha muerto!</p> - -<p>—¡Mejor! ¡Así descansará! -¿Crees que puedo devolvértelo?</p> - -<p>—¡Ay de mí, señor... de sobra -sé que no! ¡Pero descansa allá... -bajo aquellas míseras hierbas!...</p> - -<p>—¿Y bien?</p> - -<p>—Que son muchos los trechos -de tierra cubiertos de hierba.</p> - -<p>—Bueno... ¿y qué?</p> - -<p>Aquella mujer era joven, aunque -parecía una vieja. Su rostro -reflejaba un dolor inmenso. A veces -retorcía con energía sus manos -callosas, y otras las colocaba sobre -la portezuela del carruaje, acariciándola -con ternura, cual si -creyera que era un pecho humano -susceptible de ser ablandado.</p> - -<p>—¡Tenga el señor compasión -de mí! ¡Escuche mi petición! Mi -marido ha muerto de hambre... -de la misma enfermedad que han -muerto tantos otros... de la misma -que nos llevará a todos los -de la aldea al sepulcro...</p> - -<p>—¿Pero a mí que me cuentas? -¿Acaso puedo yo mataros el hambre -a todos?</p> - -<p>—Señor... Dios lo sabe, pero -no es comida lo que pido. Lo único -que deseo, es que sobre la -tierra que cubre el cadáver de mi -marido se alce un pedazo de madera -o de piedra con su nombre, a -fin de que todos sepan dónde está -enterrado. De no ser así, pronto -olvidarán todos el sitio y no podrán -enterrarme a su lado cuando -yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...</p> - -<p>El lacayo había separado del -carruaje a la pobre mujer, los -caballos habían emprendido un -trote largo, y el señor veía disminuir -rápidamente la legua o dos -de distancia que todavía le separaban -de su <i>château</i>.</p> - -<p>El camino era bueno, y el tiempo -invertido en recorrerlas no fué -largo. Dibujáronse las sombras -de un edificio inmenso y las de -muchos y muy corpulentos árboles. -Era el <i>château</i> del señor Marqués, -en cuya puerta principal -le estaba esperando el mayordomo.</p> - -<p>—¿Ha llegado de Inglaterra el -señor Carlos, a quien espero?—preguntó.</p> - -<p>—Todavía no, señor Marqués—fué -la respuesta.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_IX">IX.<br />LA CABEZA DE GORGON</h3></div> - - -<p>Era el <i>château</i> del señor Marqués -un edificio arrogante, de espesos -y sólidos muros y vastas proporciones. -De su espacioso patio de -piedra arrancaban dos amplias -escaleras también de piedra, que -iban a encontrarse en la terraza -de piedra como todo lo demás, que -precedía a la puerta principal. -De piedra eran las recias balaustradas, -de piedra los jarrones, de -piedra las flores, de piedra las -caras humanas, de piedra las -cabezas de los leones, de piedra -todo. No parecía sino que la cabeza -de Gorgon había presidido, dos<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span> -siglos antes, la terminación de -aquella ingente masa de piedra -e ideado sus remates y detalles de -ornamentación.</p> - -<p>La antorcha que precedía al -señor Marqués cuando, después -de salir de su coche de viaje, -emprendió el ascenso de la espaciosa -escalera de piedra, derramaba -resplandor bastante para provocar -las protestas de la lechuza -que tenía su cuartel general en el -tejado de la torrecilla que servía -de remate a las caballerizas y -que se alzaba como queriendo -escalar las nubes, rodeada de árboles -de prodigiosa altura. Todo -lo demás permaneció tranquilo, -tan tranquilo, que tanto la antorcha -que precedía en la gran escalera -los pasos del señor Marqués, -como la que frente a la puerta de -honor esperaba su llegada, ardían -cual si en el centro de cerrado -salón estuvieran, y no expuestas -al soplo de las brisas de la noche. -Ni se oía tampoco más ruido que -el del ulular de la lechuza, excepción -hecha del rumor producido -por el agua de la fuente al caer en -la pila, pues era una de esas noches -que contienen el aliento -durante horas enteras, para exhalar -un suspiro y permanecer de -nuevo sin respirar.</p> - -<p>Giró sobre sus suaves goznes -la puerta de honor, y el señor -Marqués penetró en una galería -cuyos muros ofrecían a la vista -gran variedad de armaduras antiguas, -e infinidad de dardos, -lanzas, espadas y cuchillos de -caza, juntamente con un surtido -variado de fustas, trallas y látigos, -cuyo peso había sentido más -de un labriego cuando su señor -estaba encolerizado.</p> - -<p>Sin mirar siquiera a los alones -grandes, envueltos en negras tinieblas, -el señor Marqués, siempre -siguiendo a la antorcha, llegó -frente a una puerta que había -en el fondo de la galería. Abierta -aquélla, se encontró en sus habitaciones, -que eran tres, una de -ellas su alcoba. Las habitaciones -de elevados artesonados, reunían -todo el lujo, todo el refinamiento -que corresponden a un Marqués, -que vive en un siglo fastuoso y -en una nación que todo lo sacrifica -al boato. En los riquísimos -muebles dominaba el gusto del -penúltimo Luis de aquella sagrada -dinastía que debía ser eterna, -de Luis XIV, aunque no faltaban -objetos que podían pasar como -ilustraciones de las antiguas páginas -de la historia de Francia.</p> - -<p>En el centro de la tercera habitación, -pieza redonda que correspondía -a una de las cuatro -torres que flanqueaban el edificio, -había una mesa comedor con servicio -para dos personas. La habitación -era reducida, y su ventana -estaba abierta, bien que cerradas -sus celosías.</p> - -<p>—¿Cubierto para mi sobrino?—murmuró -el Marqués al entrar.—Y, -sin embargo, acaban de decirme -que no ha llegado todavía.</p> - -<p>No había llegado, en efecto,<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> -pero en el castillo, esperaban que -llegase con el señor Marqués.</p> - -<p>—No es probable que llegue -esta noche—añadió el Marqués, -dirigiéndose al servidor encargado -del comedor—pero deja la mesa -como está. Dentro de un cuarto -de hora me sentaré a cenar.</p> - -<p>En efecto: quince minutos después -tomaba el Marqués asiento -frente a una cena suntuosa y selecta. -Sentóse dando espaldas a la -ventana. Acababa de comer la -sopa y llevaba a sus labios un vaso -de rico Burdeos, cuando bajó la -mano sin beber.</p> - -<p>—¿Qué es eso?—preguntó con -calma, volviendo la cara hacia las -celosías.</p> - -<p>—¿Qué, Monseñor?</p> - -<p>—Fuera... Abre las celosías.</p> - -<p>La orden quedó obedecida en el -acto.</p> - -<p>—¿Qué hay?</p> - -<p>—Nada, señor: las copas de los -árboles y las sombras de la noche -es lo único que se ve.</p> - -<p>—Está bien—dijo su señor, con -calma imperturbable.—Vuelve a -cerrar.</p> - -<p>El Marqués volvió a prestar -atención a su cena. Habría llegado -a la mitad de ésta, cuando por -segunda vez quedó a medio camino -el vaso que llevaba a sus labios. -Oíase el rodar de un carruaje que -a buena marcha se aproximaba -al castillo.</p> - -<p>—Pregunta quién ha llegado—dijo -el Marqués al servidor.</p> - -<p>Era el sobrino del señor, a quien -en la casa de postas habían manifestado -que el Marqués habría -llegado ya al castillo.</p> - -<p>—Vete y dile de mi parte que la -cena espera, y que le ruego venga -sin tardanza.</p> - -<p>Minutos después entraba en el -comedor el viajero, que era el -mismo joven a quien hemos conocido -en Inglaterra bajo el nombre -de Carlos Darnay.</p> - -<p>Recibióle el señor Marqués con -exquisita cortesanía, pero no se -dieron las manos.</p> - -<p>—¿Salió usted ayer de París?—preguntó -el joven al sentarse a -la mesa.</p> - -<p>—Ayer, sí; ¿y tú?</p> - -<p>—Yo he venido directamente -aquí.</p> - -<p>—¿Desde Londres?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Bastante te ha costado llegar—observó -el Marqués sonriendo.</p> - -<p>—Por el contrario, he hecho -el viaje con mucha rapidez.</p> - -<p>—Dispensa, no he querido decir -que en el camino hayas invertido -mucho tiempo, sino en resolverte -a hacer el viaje.</p> - -<p>—Sí... me han obligado a aplazarlo... -negocios diversos.</p> - -<p>—Lo supongo—contestó el tío.</p> - -<p>No cambiaron más palabras -mientras el servidor estuvo presente. -Servido el café, y solos ya -tío y sobrino, abrió la conversación -este último, clavando sus -ojos en la cara del primero, que -parecía una máscara.</p> - -<p>—He regresado, tío, persiguiendo -el mismo objetivo que me obligó -a ausentarme. He corrido un<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span> -peligro inmenso; pero el objetivo -es tan sagrado, que aun cuando la -muerte me hubiese acarreado, no -habría decaído mi valor.</p> - -<p>—La muerte no, querido—respondió -el tío;—ni nombrarse debe -esa señora.</p> - -<p>—Dudo mucho, tío—replicó el -sobrino,—que usted me hubiese -tendido una mano, aun viéndome -colocado en el filo mismo de la -muerte.</p> - -<p>Agitáronse las ventanas de la -nariz del tío y se hicieron más -profundas las líneas de su rostro, -dando expresión más cruel a su -aspecto; pero el Marqués hizo un -gesto gracioso de protesta, que -nada tenía de tranquilizador por -ser efecto demasiado palpable de -la finura de modales del prócer.</p> - -<p>—Hablando con franqueza—repuso -el sobrino,—si no mienten -mis informes, ha hecho usted todo -lo posible para dar fuerza a las -sospechas originadas por las circunstancias -demasiado sospechosas -que me rodeaban.</p> - -<p>—¡No, no, no, no!—contestó -riendo el tío.</p> - -<p>—No discutiremos ese punto—continuó -el sobrino, mirando con -evidente desconfianza a su interlocutor.—Me -consta que, a trueque -de detenerme en el camino, -ha de agotar usted todos los recursos -de su diplomacia especial, -como me consta también que en -materia de recursos, es usted poco -escrupuloso.</p> - -<p>—Mi querido sobrino, me permitiré -rogarte que procures hacer -memoria, que tengas presente lo -que te dije hace tiempo, mucho -tiempo.</p> - -<p>—Lo recuerdo perfectamente.</p> - -<p>—Muchas gracias—contestó el -Marqués, con voz que parecía un -instrumento musical.</p> - -<p>—En efecto, tío; creo firmemente -que debo a su mala fortuna, y -a mi buena estrella, el no encontrarme -en este momento recluído -en alguna prisión de Francia.</p> - -<p>—No entiendo bien—respondió -el tío, tomando un sorbo de café.—¿Tienes -la bondad de explicarte?</p> - -<p>—Con mucho gusto. Quiero -decir que, de no haber caído usted -en desgracia en la corte, de no encontrarse -bajo la obscura sombra -de aquella nube que le viene envolviendo -desde hace algunos -años, no le habría faltado una carta -<i>de cachet</i> que me hubiera abierto -las puertas de una fortaleza por -tiempo indefinido.</p> - -<p>—Es muy posible—replicó el -tío, con calma imperturbable—que -el honor de la familia me hubiese -impulsado a molestarte hasta -ese punto.</p> - -<p>—Por fortuna para mí, observo -que en la recepción de anteayer -encontró usted la misma frialdad -de siempre—dijo el sobrino.</p> - -<p>—Perdona que te diga, mi querido -sobrino, que yo, en tu lugar, -no aseguraría que mi desgracia -en la corte sea para ti una fortuna. -Es muy probable que las reflexiones -que te hubiera sugerido -la soledad de una cárcel hubiesen<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span> -ejercido en tu destino futuro influencia -más beneficiosa que la -que puedan ejercer tus actos gozando -de libertad. Pero es inútil -discutir este particular. Me encuentro, -según dices, en posición -desventajosa. Hoy, solamente el -interés o las importunidades alcanzan -esos pequeños instrumentos -de corrección, esos medios -suaves para robustecer el poderío -y el honor de las familias, esos -favores insignificantes que tanto -hubieran podido molestarte. ¡Son -tantos los que los codician, y tan -pocos (comparativamente) los que -los obtienen! No sucedía así en -otros tiempos, pero las cosas han -variado mucho, y varían todos los -días, siendo de notar que van de -mal en peor. Nuestros antepasados -gozaban del poder de vida o -muerte sobre sus vasallos y gentes -vulgares. ¡Cuántos de esos perros -han salido de esta misma habitación -para ser colgados inmediatamente! -Que yo sepa, en mi alcoba -fué muerto a puñaladas un insolente -bellaco que se atrevió a proferir -no sé qué broma de mal gusto -a propósito de su hija que... Hemos -perdido muchos privilegios; -es la verdad. Se ha puesto en moda -una filosofía nueva, y no puedo -negar que hoy, si nos obstinásemos -en defender todos nuestros -derechos, acaso tropezáramos con -graves inconvenientes. ¡Las cosas -se ponen malas, muy malas!</p> - -<p>El Marqués tomó un polvo de -rapé y movió la cabeza con la -expresión de quien lamenta que -un país desdeñe medios tan excelentes -de regeneración.</p> - -<p>—De tal suerte hemos hecho -valer nuestra posición social, tanto -en tiempos pasados, como en -nuestros días—replicó el sobrino -con acento sombrío,—que hemos -conseguido que Francia pronuncie -con aversión y con odio nuestros -nombres.</p> - -<p>—De lo que debemos felicitarnos—observó -el tío.—La aversión -y el odio son los homenajes -más altos y más involuntarios que -los pequeños rinden a los grandes.</p> - -<p>—No encuentro en este país -una sola cara que nos mire con -deferencia—repuso el sobrino.—En -todas ellas leo el respeto engendrado -por el temor y la esclavitud.</p> - -<p>—Lo que no deja de ser lisonjero -para la familia y para los -procedimientos empleados por la -familia para sostener su grandeza—dijo -el Marqués, tomando otro -polvo de rapé y montando una -pierna sobre otra.</p> - -<p>Afectaba el prócer glacial indiferencia; -pero cuando su sobrino, -puestos los codos sobre la mesa, -se cubrió los ojos con las manos y -permaneció durante un buen espacio -de tiempo absorto en sus reflexiones, -desapareció la mascarilla -del Marqués y miró de soslayo -a su sobrino con expresión tal -de rencor, que se armonizaba muy -mal con la indiferencia primera.</p> - -<p>—La única filosofía de efectos -duraderos es la represión—observó -el Marqués.—Ese respeto sombrío<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span> -engendrado por el miedo y la -esclavitud, amigo mío, hará que -los perros continúen obedientes -al látigo mientras este techo nos -proteja contra la intemperie.</p> - -<p>Quizá el techo estaba llamado -a caer derrumbado antes de lo que -el buen Marqués creía. Si ante sus -ojos hubieran presentado aquella -noche un cuadro de lo que sería -dentro de contado número de -años su castillo, y cientos de castillos -semejantes al suyo, a buen -seguro que nadie le habría hecho -creer en la fidelidad de la pintura.</p> - -<p>—Mientras tanto—continuó el -Marqués,—corre de mi cuenta poner -a salvo el honor y el reposo de -nuestra familia, quieras tú o no... -Pero, ahora caigo en que debes -encontrarte rendido: ¿te parece -que, por esta noche, pongamos -término a nuestra conferencia?</p> - -<p>—Un momento más.</p> - -<p>—Una hora, si ése es tu gusto.</p> - -<p>—Hemos obrado mal, tío, y los -frutos de nuestra iniquidad están -madurando.</p> - -<p>—¿<i>Hemos</i> obrado mal?—repitió -el tío sonriendo.</p> - -<p>—Ha cometido mil yerros nuestra -familia, sí, nuestra honorable -familia, cuyo honor tanto nos -interesa a los dos. Hasta en tiempos -de mi padre cometimos mil -iniquidades, sacrificando sin reparo -a todo ser humano que se -interpusiera entre nosotros y -nuestros placeres... ¿Pero a qué -hablar de los tiempos de mi padre, -si otro tanto ocurre en los de -usted? ¿Puedo, acaso, establecer -una separación entre mi padre y -su hermano gemelo, su heredero -adjunto, su sucesor inmediato -forzoso?</p> - -<p>—La mano de la muerte me -llamó a sucederle.</p> - -<p>—Y la misma mano me dejó -encadenado a un sistema que me -repugna, que me horroriza, haciéndome -responsable de lo que -no está en mi mano evitar; me -impide dar cumplimiento a la -súplica postrera que murmuraron -los labios de mi santa madre, me -impide obedecer la orden última, -muda, pero patética, dictada por -los ojos queridos de aquella dama -ejemplar, que me encarecían que -tuviera piedad y compasión, y -que jamás cerrara mis oídos a la -voz de la justicia; y por último, -me destroza el alma, al convencerme -de que necesito una mano que -me ayude y de que en vano la -busco.</p> - -<p>—Si en mí la buscas, mi querido -sobrino, desde luego te aseguro -que pierdes el tiempo: no la encontrarás -nunca. He decidido bajar -al sepulcro perpetuando el sistema -bajo el cual nací y he vivido.</p> - -<p>Tomó otro polvo de rapé, guardó -la cajita en el bolsillo, y añadió:</p> - -<p>—Preferible es escuchar la voz -de la razón y aceptar el destino -natural... Pero observo que estás -perdido, mi querido Carlos.</p> - -<p>—Perdidas están para mí estas -propiedades y hasta Francia—contestó -con amargura el sobrino.—Las -renuncio.</p> - -<p>—¿Pero es que puedes renun<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>ciarlas? -Siempre he creído que -para renunciar precisa <i>poseer</i>. Yo -no sé si Francia será tuya ya; pero -los bienes de nuestra familia... -Claro que ni vale la pena hablar -de ello; pero ¿es que los consideras -tuyos?</p> - -<p>—Al hablar como lo hice, ni se -me ocurrió la idea de aludir a los -derechos que sobre ellos tengo, ni -mucho menos reclamar su posesión. -Si mañana pasasen de sus -manos a las mías...</p> - -<p>—Lo que tengo la vanidad de -considerar muy improbable...</p> - -<p>—... O de aquí a veinte años...</p> - -<p>—Me haces demasiado honor; -pero prefiero esta suposición a la -primera.</p> - -<p>—Los abandonaría, para vivir -en otra parte y otro género de -vida. ¡No sería abandonar mucho! -¡Total, un desierto espantoso que -no presenta más que miserias y -ruinas!</p> - -<p>—¿Sí?—exclamó el Marqués, -paseando su mirada por aquella -habitación suntuosa.</p> - -<p>—No diré que la vista no encuentre -en aquéllos algún atractivo; -pero estudiados en su fondo, -a la luz de la razón y de la justicia, -son una torre ruinosa de extorsiones, -despilfarros, deudas, injusticias, -opresiones, hambres, -desnudeces y sufrimientos.</p> - -<p>—¿Sí?—repitió el Marqués con -acento de satisfacción.</p> - -<p>—Si llegan a ser míos, los confiaré -a manos más competentes -que las mías para que los desgraven -poco a poco, dado caso que -llegue a tiempo, del peso enorme -que los arrastra al precipicio, a -fin de que los infelices que a ellos -se ven clavados sufran menos en -lo sucesivo. No podré hacerlo; lo -sé. Pesa sobre ellos una maldición, -y no sólo sobre ellos, sino también -sobre la nación entera.</p> - -<p>—¿Y tú?—preguntó el tío.—Perdona -mi curiosidad; ¿es que a -la sombra de tu filosofía de nuevo -cuño esperas vivir del maná del -cielo?</p> - -<p>—Fuerza será que viva de lo -mismo que vivirán tantos otros -compatriotas míos, por muchos -que sean sus pergaminos, por rancia -que sea su nobleza: del trabajo.</p> - -<p>—¿En Inglaterra, por ejemplo?</p> - -<p>—Sí. El honor de la familia puede -dormir tranquilo. No lo mancillaré -trabajando mientras me encuentre -en este país, y no podré -mancillarlo en otro sencillamente -porque, fuera de aquí, no ostentaré -el apellido de la familia.</p> - -<p>El Marqués hizo sonar un timbre. -Inmediatamente se iluminó -la habitación inmediata. Esperó -el Marqués a que se fuera el servidor -que había encendido las -luces, y cuando oyó que sus pasos -se alejaban, dijo, mirando a su -sobrino con rostro sonriente:</p> - -<p>—Muchos atractivos tiene para -ti Inglaterra, bien que, a decir -verdad, no me admira si tengo -en cuenta lo mucho que allí has -prosperado.</p> - -<p>—Manifesté ya antes que creo -ser deudor a usted de todas las<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span> -<i>fortunas y prosperidades</i> que allí -encontré. De todas suertes, Inglaterra -es mi refugio.</p> - -<p>—Si hemos de creer a los vanidosos -ingleses, es el refugio de -muchos. ¿Conoces a un compatriota -nuestro que allí buscó refugio? -Me refiero a un doctor.</p> - -<p>—Le conozco.</p> - -<p>—¿A quien acompaña una hija?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—El mismo. Estás rendido... -Buenas noches.</p> - -<p>La sonrisa con que acompañó -la inclinación de cabeza que hizo -a su sobrino a guisa de cortés despedida -y el tono con que pronunció -las últimas palabras, envolvían -un misterio que no pudo -menos de impresionar al sobrino.</p> - -<p>—Sí—repitió el Marqués.—Un -doctor con una hija... Sí. ¡Así -comienza la nueva filosofía!... -Buenas noches.</p> - -<p>El joven clavó sus ojos en su -cara cual si esperase encontrar en -ella la aclaración de las últimas -palabras que habían herido sus -oídos. Trabajo perdido. Lo mismo -hubiera conseguido interrogando -las de las estatuas de piedra que -tanto abundaban en el castillo.</p> - -<p>—¡Buenas noches!—añadió el -tío.—El deseo de verte mañana -por la mañana me tendrá desvelado -toda la noche... Que descanses... -Enciende las luces del dormitorio -de mi señor sobrino... ¡Y -asa a mi señor sobrino en la cama, -si puedes!—añadió para sus adentros, -antes de hacer sonar nuevamente -la campanilla, llamando -al ayuda de cámara a su alcoba.</p> - -<p>El ayuda de cámara acudió al -llamamiento y volvió a salir, dejando -al Marqués en paños menores -y dispuesto a meterse en la -cama. Tardó una porción de minutos -en hacerlo. Si alguien le hubiese -visto vestido como iba y calzado -con zapatillas, midiendo la -estancia con paso silencioso y -vivo, semejante al del tigre real, -hubiérale tomado probablemente -por el famoso marqués encantado -de la leyenda, cuyas transformaciones -periódicas en felino comenzaban -entonces o terminaban en -aquel instante.</p> - -<p>Surgían en el fondo de su imaginación, -mientras caminaba de -uno a otro extremo de su voluptuosa -alcoba, los incidentes más -salientes del viaje que terminara -aquella noche: veíase subiendo -perezosamente la rampa empinada -de la colina, contemplaba con -los ojos del alma la puesta del -sol, el descenso de la falda opuesta -de la colina, el molino, la cadena -de la galga, la prisión emplazada -al borde del tajo, la aldea de la -hondonada, los labriegos en derredor -de la fuente y el caminero en -el momento de señalar con su gorro -puntiagudo la cadena de su -coche de camino. La fuente de la -aldea le recordaba la otra fuente -de París, y en ella veía al cadáver -del niño acurrucado sobre el basamento, -a las mujeres inclinadas -sobre su cuerpecito y al hombre -alto que, con los brazos extendidos -gritaba: «¡Muerto!»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p> - -<p>—Me estoy enfriando—murmuró -el señor Marqués.—¡A la -cama, a la cama!</p> - -<p>Tendióse en el lecho, dejó caer -las lujosas cortinas que lo envolvieron, -y se dispuso a dormir.</p> - -<p>Por espacio de tres horas interminables -permanecieron las caras -de piedra de los inmóviles centinelas -colocados en el exterior del -castillo contemplando las negruras -de la noche; por espacio de -tres horas interminables los caballos -inquietos golpearon con sus -manos los pesebres de las caballerizas, -y la lechuza lanzaba un -ruido peculiar que no tenía semejanza -alguna con el canto que a -las lechuzas han asignado los -hombres-poetas.</p> - -<p>Hombres y leones de piedra del -castillo clavaron por espacio de -tres mortales horas sus ojos sin -pupilas en los negros tules de la -noche. Negros estaban los campos, -negros los bosques, negros los -caminos, negro como mar de tinta -todo el paisaje. En el cementerio -de la aldea hubiese sido imposible -distinguir una tumba de otra, y -nadie hubiera podido decir si la -cruz a cuyo pie estaba arrodillada -aquella tarde la mujer que pidió -una gracia al Marqués continuaba -enhiesta o si había caído derribada. -En la aldea, explotadores y -explotados dormían profundamente. -Quizá durante el sueño -disfrutaban estos últimos de opíparos -banquetes, como ocurrir -suele a los que perecen de hambre, -o bien de tranquilidad y de descanso, -cual bueyes habituados a -gemir bajo el yugo.</p> - -<p>Aguas invisibles y silenciosas -fluían de la fuente de la aldea, lo -mismo que de la fuente del castillo, -perdiéndose a lo lejos, como -se pierden los minutos que continuamente -deja escapar la mano -del Tiempo. Al cabo de tres horas -interminables, las aguas comenzaron -a tomar ligeros tonos grises, -y los ojos de las caras de piedra -del castillo principiaron a iluminarse.</p> - -<p>Brotó por Oriente el sol, tiñendo -de rojo las copas de los árboles -y las cimas de las montañas. Sus -fulgores dieron roja coloración a -las aguas que brotaban de la fuente -del castillo y a las caras de -piedra de hombres y leones. Gorjeaban -parleros los pajarillos, uno -de los cuales, más atrevido que -sus compañeros, agotó el repertorio -de sus cantos más hermosos -posado sobre el alféizar de piedra -de la ventana de la alcoba del -señor Marqués. El centinela de -piedra más inmediato contempló -con mudo asombro al cantor, -abrió la boca y dió muestras del -terror más profundo.</p> - -<p>Los fulgores del astro del día -sacudieron el sopor que dominaba -cual señor absoluto en la aldea. -Abriéronse las ventanas, desatrancáronse -las puertas de las -casas, y las gentes salieron tiritando -a la calle para entregarse a -las faenas diarias. Unos se fueron -a la fuente, otros al campo; éstos, -a arar, aquéllos a cavar o a apa<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>centar -escuálidos ganados. En la -iglesia quedaron dos o tres personas, -suplicando al Cielo que conservara -la vida de alguna vaca -o de corto número de ovejas.</p> - -<p>El castillo despertó más tarde, -cual correspondía a su elevada -jerarquía social. Los rayos del -sol tiñeron de rojo primero a los -venablos, espadas y lanzas; más -tarde arrancaron destellos a los -montantes, comenzaron a abrirse -ventanas, se impacientaron los -caballos en las cuadras, y los perros -sacudían las cadenas que los -sujetaban, ladrando desaforadamente -en demanda de libertad.</p> - -<p>Todos éstos eran incidentes triviales -que se repetían diariamente, -detalles rutinarios de la vida -ordinaria. Pero algo menos trivial, -algo que no era rutinario ni corriente -ocurría aquella mañana -en el castillo. Repicaba con furia -insistente la gran campana; corrían -los servidores de una parte -a otra; por la terraza cruzaban -muchas personas y en las caballerizas -ensillaban con azoramiento -varios caballos. ¿Por qué?</p> - -<p>¿Qué ventolera había acometido -al caminero, momentos antes entregado -al trabajo, allá en la cima -de la colina? ¿Acaso las aves del -campo pretendían llevarse en sus -picos el escaso almuerzo que había -dejado sobre un montón de piedras? -¿por qué corría con aquella -furia, ladera abajo, cual si de la -velocidad de su carrera dependiera -su vida? ¿Por qué hundía sus -piernas hasta la rodilla en el polvo, -y devoraba distancias sin detenerse -a tomar aliento, hasta -que llegó a la fuente?</p> - -<p>En derredor de ésta se había -congregado toda la población de -la aldea, y allí permanecía con la -consternación pintada en sus semblantes, -hablando con voz muy -baja, bien que sin revelar otras -emociones que las de curiosidad -sombría y profunda sorpresa. En -la embocadura de la calle se veían -gentes del castillo, servidores de -la casa de postas y todas las autoridades -de la aldea, más o menos -armadas. El caminero había penetrado -ya en el centro de un grupo, -formado por unos cincuenta -amigos particulares suyos, con los -cuales hablaba con muestras de -excitación. ¿Qué significaba todo -esto? Sobre todo, ¿qué significaba -la llegada del señor Gambelle, -que sentado a la grupa de un caballo, -montado también por un -servidor del castillo, se aproximaba -a la aldea a galope tendido, -no obstante la doble carga, cual -si quisiera representar, un poquito -modificada, la leyenda alemana -de Leonora?</p> - -<p>Todo ello significaba que, en el -castillo, las caras de piedra habían -aumentado en una aquella noche.</p> - -<p>El Gorgon que presidió la erección -del castillo decidió sin duda -visitar su obra durante la noche, -advirtió que faltaba una faz de -piedra, la misma que probablemente -estaban esperando desde -doscientos años antes, y la aumentó.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span> -La cara de piedra reposaba boca -arriba sobre la mullida almohada -del lecho del señor Marqués. -Parecía mascarilla finísima, de -expresión un poquito asustada o -airada. Pegado a la cabeza había -un tronco de hombre, también -petrificado, y envainado en el -corazón de ese tronco se veía un -cuchillo. En derredor del pomo -del cuchillo había un papel, en el -cual alguien había garrapateado -las siguientes palabras:</p> - -<p><i>«Llévale veloz a la tumba. De parte -de Santiago».</i></p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_X">X.<br />DOS PROMESAS</h3></div> - - -<p>Pasaron doce meses. Carlos -Darnay se había establecido en -Inglaterra como maestro de idioma -francés y de literatura francesa. -Hoy le darían el pomposo -nombre de profesor; en aquella -época se le llamaba tutor. Enseñaba -a jóvenes que disponían de -tiempo y deseaban aprender una -lengua viva que se hablaba en -todo el mundo. Maestros como -Darnay no se encontraban con -facilidad en aquellos tiempos. Los -príncipes y los reyes distaban -mucho de poder figurar entre la -clase de los que pueden enseñar, -y la nobleza arruinada no pensaba -en perder la vista trabajando sobre -los Libros Mayores del Banco -Tellson, ni en consagrar sus aptitudes -a las artes culinarias o de -carpintería. No tardó en hacerse -conocido el joven Darnay, quien -como maestro poseía el secreto -de hacer que sus discípulos encontrasen -agradables sus lecciones, -y como traductor sabía poner en -sus trabajos algo más que los conocimientos -derivados de la gramática -y del diccionario. Como -quiera que, por otra parte, supo -asimilarse las costumbres del país -en que vivía, no es de admirar que -con algo de perseverancia, consiguiera -prosperar.</p> - -<p>Cuando se trasladó a Londres, -no lo hizo llevado de la esperanza -de pasear sobre aceras de oro ni -de dormir sobre lecho de rosas. -De haber abrigado esas esperanzas, -a buen seguro que no hubiese -prosperado. Esperaba trabajo, lo -encontró, se dedicó con ardor a él, -sacó de su labor todo el partido -posible: ese fué el secreto de su -prosperidad.</p> - -<p>Pasaba parte del tiempo en -Cambridge, hablando con los estudiantes -y enseñándoles, como de -contrabando, lenguas europeas y -prescindiendo del griego y del -latín, sobradamente enseñados en -aquel establecimiento docente, y -el resto del día permanecía en -Londres.</p> - -<p>Pero pasemos a otro asunto -menos ingrato. Desde los remotos -tiempos en que la humanidad -disfrutaba de un verano perpetuo, -hasta los que hoy padecemos, en -los cuales hemos de conformarnos -con un invierno no menos perpetuo, -el mundo ha seguido invaria<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span>blemente -el mismo derrotero; el -derrotero de Carlos Darnay... el -derrotero del amor a la mujer.</p> - -<p>Habíase enamorado de Lucía -Manette el día en que el peligro -se cernía sobre su cabeza. En sus -oídos no había resonado nunca -una voz de acentos tan armoniosos, -tan delicados, tan tiernos, -como los que en la ocasión indicada -supo aquella poner en su -compasiva voz, ni sus ojos vieron -jamás rostro tan encantador, tan -angelical como el de Lucía, cuando -ésta le veía al borde mismo de -la fosa que a sus pies habían -abierto falsos acusadores. Sus labios, -empero, no habían dejado -traslucir el secreto de su corazón. -El asesinato perpetrado al otro -lado del Canal, en desierto castillo, -aquel robusto castillo de piedra, -databa de un año, y el joven -Darnay a nadie había revelado el -estado de su alma.</p> - -<p>Que para obrar de esa suerte -tenía Darnay sus razones, sabíalo -él perfectamente; pero fuera que -éstas hubieran desaparecido, fuera -que no pudiera mantener encerrado -por más tiempo en su pecho -el secreto, ello es que un día de -verano, a su regreso de Cambridge, -dirigió sus pasos hacia el tranquilo -rincón de Soho, resuelto a abrir -su pecho al doctor Manette. El -día estaba próximo a terminar, y -sabía que Lucía habría salido con -la señorita Pross.</p> - -<p>Encontró al doctor leyendo junto -a la ventana. Las energías que -en otro tiempo le sostuvieron -impidiendo que cayera abrumado -bajo el peso de sus torturas, habíanle -restablecido gradualmente. -Era ya un hombre fuerte en sus -propósitos, enérgico en sus resoluciones, -vigoroso en sus actos. -Estudiaba mucho, dormía poco, -soportaba sin esfuerzo grandes -fatigas, y se le veía constantemente -contento y feliz. Al ver entrar -en su estudio a Carlos Darnay, -dejó el libro y alargó al recién -llegado su diestra.</p> - -<p>—¡Amigo Darnay!—exclamó.—¡Cuánto -placer me produce su -visita! Desde hace tres o cuatro -días esperábamos su regreso. Ayer -estuvieron aquí los señores Stryver -y Carton, y ambos estaban -contestes en afirmar que nos privaba -usted de su presencia más -de lo debido.</p> - -<p>—Les agradezco muy de veras -el interés que esos señores me demuestran—contestó -Darnay con -alguna frialdad.—¿Y la señorita -Lucía?</p> - -<p>—Está bien, muchas gracias. -Su regreso de usted será para todos -nosotros motivo de alegría... -Ha salido de compras, pero no -tardará en volver.</p> - -<p>—Sabía que se hallaba fuera -de casa, doctor. Precisamente he -aprovechado la ocasión de que saliera -para solicitar de usted una -conferencia.</p> - -<p>Calló el doctor.</p> - -<p>—¿Sí?—preguntó al fin.—Acerque -una silla y hablaremos.</p> - -<p>El joven acercó una silla sin -dificultad, pero parece que la<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span> -encontró para dar comienzo a la -conferencia.</p> - -<p>—He tenido la felicidad de frecuentar -tanto esta casa—principió -diciendo al fin—desde hace -año y medio, que espero que el -tema que voy a tocar no ha de -ser...</p> - -<p>Interrumpióle el doctor alargando -una mano.</p> - -<p>—¿Es Lucía el tema en cuestión?—preguntó.</p> - -<p>—Lucía es.</p> - -<p>—Siempre me afecta profundamente -hablar de Lucía; pero me -es doloroso oir hablar de ella -en el tono que usted lo hace, -Darnay.</p> - -<p>—Es el tono de la admiración -ferviente, del homenaje entusiasta, -del amor más profundo, doctor—replicó -Darnay.</p> - -<p>Otra pausa más prolongada que -la anterior.</p> - -<p>—Lo creo. Con gusto hago a -usted justicia... lo creo.</p> - -<p>La contrariedad del doctor era -tan visible, que Darnay, comprendiendo -que había abordado un -tema que disgustaba al padre, vaciló.</p> - -<p>—¿Puedo continuar, señor?—preguntó.</p> - -<p>Nueva pausa.</p> - -<p>—Sí; continúe usted.</p> - -<p>—Adivina usted lo que voy a -decir, bien que es imposible que -adivine con cuánto fervor lo digo -y con cuánto fervor lo siento, pues -para ello sería preciso que penetraran -sus miradas hasta el fondo -más íntimo de mi alma, para ver -allí las esperanzas y temores, los -anhelos y ansiedades que la abruman -bajo su peso. Mi querido -doctor Manette, amo a su hija -con amor entrañable, inmenso, -desinteresado, ferviente; la amo -como muy pocos han amado en -el mundo. Usted ha amado también, -doctor: ¡hable por mí el -amor que en otros tiempos apresuró -los latidos de su corazón!</p> - -<p>El doctor, que escuchaba al -joven con la cabeza ligeramente -vuelta y fijos en tierra los ojos, -extendió vivamente un brazo al -oir las palabras últimas, y exclamó:</p> - -<p>—¡No...! ¡No hable usted de -eso!... ¡No me lo recuerde, por lo -que más quiera!</p> - -<p>Darnay guardó silencio.</p> - -<p>—Perdóneme usted—repuso el -doctor al cabo de algunos segundos.—No -dudo que usted ama a -Lucía...</p> - -<p>Sin mirar a Darnay, sin alzar -los ojos del suelo, con semblante -triste, preguntó:</p> - -<p>—¿Ha hablado usted de su -amor a Lucía?</p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p>—¿Le ha escrito?</p> - -<p>—Jamás.</p> - -<p>—Sería yo poco generoso si -desconociera que en su abnegación -ha entrado por mucho la -consideración al padre. El padre -da a usted las gracias.</p> - -<p>Ofreció la diestra a su interlocutor, -pero sus ojos no siguieron -el movimiento de la mano.</p> - -<p>—Sé—dijo Darnay con mucho<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span> -respeto—sé... ¿cómo no saberlo, -si he visto a ustedes la mayor -parte de los días? sé que entre -usted y Lucía media un cariño tan -tierno, tan excepcional, tan conmovedor, -tan en armonía con las -circunstancias que han presidido -su nacimiento y desarrollo, que -aun en la ternura que liga a los -padres con sus débiles hijitos sería -difícil encontrar precedentes. Sé, -doctor Manette, que juntamente -con el cariño de la hija, que es ya -mujer, alienta en el corazón de -ésta todo el amor de la infancia. -Sé que, por lo mismo que durante -su niñez se vió privada de las caricias -de su padre, hoy se ha consagrado -a usted con toda la constancia, -con todo el fervor que la -dan sus años y su carácter. Sé -perfectamente bien que, si usted, -después de muerto, hubiera descendido -del cielo para acompañar -a su hija en la tierra, no podría -ser ni más querido, ni más sagrado, -ni más reverenciado de lo que -hoy es. Sé que cuando su hija le -abraza, son los brazos de la niña, -los brazos de la doncella, los brazos -de la mujer los que con ternura -infinita rodean su cuello. Sé -que Lucía, amando a usted como -hoy es, ama a una madre tan -joven como ella y a un padre tan -joven como yo; ve y adora a una -madre contristada, sumida en insondables -mares de amargura, y -ve y adora a un padre sepultado -en vida. Todo esto lo sé, lo he -estado viendo noche y día, pues -para saberlo, me ha bastado ver -a ustedes en el sagrado del hogar.</p> - -<p>El padre continuaba sin variar -de actitud, doblada la cabeza y -bajos los ojos. Su respiración se -hizo un poquito entrecortada, pero -no reveló otras señales de agitación.</p> - -<p>—Y sabiéndolo, doctor Manette, -convencido de que interponer -entre ustedes un amor... mi amor, -equivale a introducir en su cielo -algo que es menos sublime que -éste, he procurado imponer silencio -a mi corazón, me he resistido -hasta el último límite. ¡No puedo -más!... ¡La amo!... ¡El Cielo me -es testigo de que la amo!</p> - -<p>—Lo creo—contestó el padre -con acento doloroso.—Lo venía -sospechando de antiguo... Lo creo.</p> - -<p>—Pero sentiría—repuso Darnay, -quien creyó ver una reconvención -en el acento doloroso del -doctor—sentiría que creyera también -que, si fuese tan inmensa -mi fortuna que un día me fuera -dado llamarla mi mujer, había de -intentar separar a ustedes ni pronunciar -una sola palabra distinta -de las que en este momento salen -de mis labios. Bien se me alcanza -que sería inútil; pero de todas -suertes, no soy yo capaz de cometer -vileza semejante. Si pensamientos -tan bajos rozaran siquiera -mi mente, no sería yo digno de -tocar esta mano honrada—añadió, -tendiendo la suya a su interlocutor.—No, -mi querido doctor Manette; -como a usted, me aleja de -Francia un destierro impuesto voluntariamente; -como usted, he huí<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>do -de ella para no ver sus desaciertos, -sus opresiones, sus miserias; -como usted, he resuelto expatriarme, -vivir del trabajo de mis manos -y cifrar mis esperanzas en un futuro -más venturoso. Mi aspiración -única es compartir su suerte de -usted, compartir su vida y su -hogar, y serle fiel hasta la muerte. -No aspiro a tener participación -en el preciado privilegio de Lucía -en su calidad de hija y compañera -amante de su vida; sino a robustecer -ese privilegio, a unirla más -estrechamente a usted, suponiendo -que eso sea posible.</p> - -<p>La mano del joven continuaba -sobre la del padre, quien tenía -las suyas sobre los brazos del -sillón en el que estaba sentado. -Por primera vez desde el comienzo -de la conferencia, alzó el doctor -los ojos del suelo. Su cara reflejaba -la lucha que se libraba en -su interior.</p> - -<p>—Habla usted con tanta ternura, -y a la par con tanta entereza, -Carlos Darnay, que le doy las -gracias con todo mi corazón, y voy -a ponerle de manifiesto... casi de -manifiesto el mío. ¿Tiene usted -motivos para creer que Lucía -corresponda a su amor?</p> - -<p>—Ninguno.</p> - -<p>—El objeto inmediato de esta -confidencia, ¿es cerciorarse desde -luego y con mi autorización de -ese extremo?</p> - -<p>—Ni eso siquiera. No espero -obtener esa dicha en muchas semanas, -aunque, como es natural, -desearía salir de dudas mañana -mismo.</p> - -<p>—¿Busca usted que yo le aconseje -y guíe?</p> - -<p>—Tampoco he venido con ánimo -de solicitar sus consejos y -ayuda; pero sí creyendo que, si -en su mano está ayudarme, y lo -considera justo, me proporcionará -algún auxilio.</p> - -<p>—Entonces, lo que usted busca -es una promesa mía.</p> - -<p>—En efecto; eso busco.</p> - -<p>—¿Qué promesa es?</p> - -<p>—Bien convencido estoy de -que, sin usted, nada puedo esperar: -bien convencido estoy de que, -aun cuando Lucía me amara como -yo la amo... y no crea usted -que mi presunción llegue a suponer -semejante cosa, de nada me -serviría, si mi amor fuese incompatible -con el que debe a su padre.</p> - -<p>—Siendo así, estará bien convencido -de...</p> - -<p>—Estoy convencido también -de que, una sola palabra pronunciada -por su padre en favor de -cualquier aspirante a su mano, -pesaría decisivamente en su ánimo, -y precisamente porque de -ello estoy convencido, doctor Manette, -no he de solicitar esa palabra, -aun cuando de ella dependiera -mi vida—terminó el joven, con -modestia, pero con decisión varonil.</p> - -<p>—De ello estoy seguro, Carlos -Darnay. Los misterios suelen brotar -de los amores profundos y de -las divisiones anchas: en el primer<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span> -caso, los misterios son sutiles, -delicados y de difícil penetración. -Bajo este aspecto, Lucía es para -mí un misterio: ni aproximadamente -me es dado adivinar el -estado de su corazón.</p> - -<p>—¿Me permitirá preguntar, -doctor, si ella...?</p> - -<p>—¿Si tiene algún otro pretendiente?</p> - -<p>—Eso fué lo que quise decir.</p> - -<p>El padre contestó al cabo de -algunos momentos de reflexión:</p> - -<p>—Ha visto usted mismo que -vienen a esta casa con alguna -frecuencia los señores Carton y -Stryver; si alguien aspira a la -mano de mi hija, será en todo -caso uno de los dos.</p> - -<p>—O los dos—observó Darnay.</p> - -<p>—No se me ha ocurrido que -puedan ser los dos; es más: ni -creo probable que sea ninguno de -los dos. Pero me ha dicho usted -que desea de mí una promesa: -dígame de qué se trata.</p> - -<p>—La promesa que deseo obtener -es que, si algún día su hija -hiciera a usted la confianza que -yo acabo de hacerle, la repitiera -usted mis palabras, añadiendo -que cree en la sinceridad de las -mismas. Creo merecerle a usted -bastante buena opinión para no -tomar partido en contra mía. Yo, -por mi parte, cumpliré estrictamente -la condición sobre la cual -fundo mi súplica, porque a que la -cumpla tiene usted derecho indiscutible.</p> - -<p>—Hago la promesa que usted -desea, sin condición alguna—respondió -el doctor.—Creo firmemente -que su objeto es el que me -ha expuesto; creo que intenta -usted perpetuar, y en ningún -caso debilitar, los lazos que me -unen a quien me es más querida -que yo mismo. Si algún día me -dice mi hija que usted le es necesario -para su felicidad, me apresuraré -a entregársela. Si existieran, -Carlos Darnay, si existieran...</p> - -<p>El joven estrechó agradecido -la mano del doctor.</p> - -<p>—... Caprichos, motivos verdaderos, -aprensiones, cualquier otra -cosa, antigua o reciente, en contra -del hombre a quien mi hija -amase de veras..., siempre que -la responsabilidad no fuera personalmente -suya... todo lo olvidaría -por amor a aquélla. Lo es todo -para mí. Ante su dicha callan -todos los agravios que yo haya -recibido, todos los tormentos que... -¡Estoy diciendo lo que no viene -al caso!</p> - -<p>Tan singular fué el tono que el -doctor dió a sus palabras, tan singular -la brusca interrupción, tan -singular la mirada que dirigía a -su interlocutor, que éste sintió -penetrar el frío hasta el fondo de -su corazón.</p> - -<p>—Sin darme cuenta he desviado -la conversación—añadió el -doctor sonriendo.—¿Qué era lo -que me decía?</p> - -<p>No supo Darnay qué contestar -en el primer momento, hasta que -recordó que había hablado de una -condición. Más tranquilo entonces, -dijo:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span></p> - -<p>—A su confianza tengo el deber -ineludible de contestar con la mía. -Mi apellido actual, aunque apenas -si discrepa del de mi madre, -no es el mío, conforme sabe usted. -Deseo decirle cuál es el que me -corresponde, y explicarle los motivos -de encontrarme en Inglaterra.</p> - -<p>—¡No! ¡Cállese usted!</p> - -<p>El doctor llevó ambas manos a -sus oídos y a continuación a los -labios de Darnay.</p> - -<p>—Lo deseo, porque quisiera -merecer su confianza y no tener -secretos para usted.</p> - -<p>—¡No! ¡Me lo dirá usted cuando -se lo pregunte, pero en manera -alguna ahora! Si sus aspiraciones -entran en vías de realización, si -Lucía corresponde a su amor, me -hará esas revelaciones la mañana -misma de su matrimonio. ¿Me -lo promete?</p> - -<p>—Con mucho gusto.</p> - -<p>—Déme su mano. Mi hija llegará -de un momento a otro, y no -quisiera que nos encontrara juntos -esta noche. ¡Váyase... y que -Dios le bendiga!</p> - -<p>Había cerrado la noche cuando -salió Carlos Darnay, y aun tardó -Lucía una hora en llegar. Corriendo -se dirigió a la habitación en que -solía estar su padre, no siendo pequeña -su sorpresa al encontrar -vacante el sillón que aquél ocupaba -invariablemente cuando leía.</p> - -<p>—¡Padre!—llamó.—¡Mi querido -padre!</p> - -<p>Nadie contestó; pero como llegaran -a sus oídos repetidos martillazos -que sonaban en la alcoba -de su padre, hacia esta se dirigió -corriendo. Miró por la puerta, y -retrocedió asustada, llorando.</p> - -<p>—¿Qué haré, Dios mío, qué haré?—exclamó.</p> - -<p>Un instante nada más duraron -sus incertidumbres. Llamó con -los nudillos en la puerta y pronunció -en voz muy baja el nombre -de su padre. Cesaron inmediatamente -los martillazos, salió su -padre, la miró silencioso, y comenzó -a pasear por la estancia. -Lucía caminaba a su lado.</p> - -<p>A la mañana siguiente, Lucía -entró muy temprano en el dormitorio -del doctor. Encontróle -durmiendo profundamente. No -observó alteración alguna en la -banqueta de zapatero, ni en las -herramientas ni en el zapato sin -terminar.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XI">XI.<br />ENTRE COMPAÑEROS</h3></div> - - -<p>—Prepara otro ponche, Sydney—dijo -el abogado Stryver aquella -misma noche, ya de madrugada, -a su compañero el chacal.—Tengo -que hacerte una confidencia.</p> - -<p>Desde algunas noches antes, -Sydney trabajaba con ardor a fin -de disminuir y acabar con el monte -de papeles que esperaban turno -en la mesa de trabajo antes de -salir de vacaciones. Todos quedaron -al día; ya no había que hacer -otra cosa que esperar la llegada<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span> -del mes de noviembre, pródigo -en nieblas atmosféricas y en nieblas -legales.</p> - -<p>No era Sydney un dechado de -sobriedad y de templanza: aquella -noche hubo de aumentar en dos -el número de las toallas empapadas -en agua fría que solía aplicar -a su cabeza, de la misma manera -que duplicó también la cantidad -de vino ingerido con anterioridad -a la aplicación de las toallas.</p> - -<p>—¿Estás preparando el otro -ponche?—preguntó Stryver, desde -el sofá sobre el cual estaba -tumbado de espaldas.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Escucha, pues. Voy a revelarte -algo que seguramente te -maravillará, y quién sabe si hasta -te hará creer que soy mucho menos -listo de lo que aparento. He -pensado casarme.</p> - -<p>—¿Tú?</p> - -<p>—Sí. Aun te sorprenderá más -el saber que no me caso por móviles -de dinero. ¿Qué me dices?</p> - -<p>—No siento comezón de decir -mucho. ¿Quién es ella?</p> - -<p>—Adivínalo.</p> - -<p>—¿La conozco?</p> - -<p>—Adivínalo.</p> - -<p>—No me parece ocasión propicia -para echarme a adivinar, a las -cinco de la madrugada y con la -cabeza convertida en volcán en -erupción. Si quieres que adivine, -convídame a comer.</p> - -<p>—Puesto que no quieres adivinar, -te lo diré yo—dijo Stryver, -sentándose perezosamente.—Por -supuesto, que no abrigo la más -insignificante esperanza de hacerme -comprender de ti, sencillamente -porque eres y has sido siempre -un perro insensible.</p> - -<p>—En cambio tú has sido siempre -y eres un espíritu todo sensibilidad -y poesía—replicó Sydney -con acento irónico.</p> - -<p>—¡Hombre!...—exclamó Stryver -riendo.—No aspiro a pasar -plaza de héroe de novela sentimental, -pero no me negarás que -soy más blando que tú.</p> - -<p>—Querrás decir más afortunado.</p> - -<p>—No; he querido decir más... -más...</p> - -<p>—Galante: ¿acerté ahora?</p> - -<p>—¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi -intención era decir que yo soy -hombre que cuido de hacerme -más agradable, que me tomo más -interés para hacerme más agradable, -que sé la manera de hacerme -más agradable a las mujeres que -tú.</p> - -<p>—Adelante—dijo Sydney Carton.</p> - -<p>—Ten calma, amigo mío—replicó -Stryver, moviendo la cabeza.—Antes -de seguir adelante, -quiero hacer constar lo siguiente: -Has visitado con tanta, con más -frecuencia que yo la casa del doctor -Manette, y francamente, me -ha avergonzado la aspereza de -carácter, el ceño que siempre -has mantenido allí. Tus modales -han sido los de un perro malhumorado -y tu manera de ser -tan tétrica, que he salido avergonzado -de ti, Sydney.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span> -—Deberías estarme altamente -agradecido, Stryver, porque los -hombres de tu profesión no suelen -avergonzarse de nada—replicó -Carton.</p> - -<p>—No te salgas por la tangente, -Sydney. Considero deber mío decirte, -y te lo digo en tus barbas, -porque creo hacerte un favor, -que careces de condiciones para -estar en sociedad. Eres un compañero -decididamente desagradable.</p> - -<p>Sydney bebió un trago de ponche -y soltó la carcajada.</p> - -<p>—¡Mírame a mí!—repuso Stryver, -poniéndose en pie y en actitud -arrogante.—Menos necesidad -tengo que tú de hacerme agradable, -toda vez que mi posición es -mil veces más independiente que -la tuya. ¿Por qué, pues, consigo -siempre hacerme agradable?</p> - -<p>—En mi vida vi que te lo hicieras.</p> - -<p>—Me hago agradable porque -así lo exige la finura de modales y -porque lo tengo en la masa de la -sangre. Prosigo.</p> - -<p>—Lo que no prosigues, según -veo, es la exposición de tus proyectos -matrimoniales. En cuanto -a lo demás, hazme el favor de no -proseguir. ¿No te convencerás -nunca de que soy incorregible?</p> - -<p>Carton hizo esta pregunta con -entonación sarcástica.</p> - -<p>—Para ser incorregible sería -preciso que tuvieras negocios, y -yo no sé que los tengas—replicó -Stryver un poquito picado.</p> - -<p>—Que yo sepa, no los tengo... -¿Quién es la favorecida?</p> - -<p>—No quisiera que la mención -del nombre te produjera pena o -desagrado—dijo Stryver, preparando -con circunloquios amistosos -la revelación que iba a hacer.—Me -consta que no sientes ni la -mitad de lo que dices, aunque, a -decir verdad, si lo sintieras todo, -sería igual, pues no tendría importancia. -Hago este preámbulo porque -en una ocasión hablaste con -bastante ligereza de la señorita -cuyo nombre voy a pronunciar.</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—Tú, sí; y en esta misma habitación.</p> - -<p>Carton se obsequió con otro -vaso de ponche y miró a su amigo.</p> - -<p>—Refiriéndote a la señorita a -que aludo, dijiste que era una -muñeca de cabellos de oro. La -señorita a que me refiero es la -señorita Lucía Manette. Si conocieras -la sensibilidad, si fueras -hombre de delicadeza de sentimientos, -me habría molestado que -hablaras de ella como lo hiciste; -pero como ni eres sensible ni delicado, -no hice caso de tu ligereza. -Careces de entrambas cualidades, -y por tanto, cuando a mi memoria -acude tu expresión, la doy la -misma importancia que daría a -la opinión de un ciego que afirmara -que era malo un cuadro pintado -por mí, o a la de un sordo-mudo -que pretendiera poner defectos a una -composición musical obra mía.</p> - -<p>Carton continuaba menudeando -las visitas a la ponchera.</p> - -<p>—Ya lo sabes todo, Sydney—prosiguió -Stryver.—Me caso con<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> -esa niña, sin importarme que tenga -o no fortuna. Es una criatura -encantadora, y me he propuesto -hacerla feliz, y sin jactancias ni -inmodestias creo que puedo decir -que lo he conseguido. Ocupo una -posición envidiable, prospero y -subo con rapidez y no me falta -distinción. En una palabra: soy -para ella un tesoro, y me alegro, -pues tesoros merece ella. ¿Te maravilla -lo que oyes?</p> - -<p>—¿Por qué me ha de maravillar?—respondió -Sydney, entre -trago y trago de ponche.</p> - -<p>—¿Lo apruebas?</p> - -<p>—¿Por qué no he de aprobarlo?</p> - -<p>—¡Vaya! Veo que lo tomas con -mayor calma de la que yo esperaba, -y que, en obsequio mío, eres menos -mercenario de lo que creía. No -me sorprende, en medio de todo, -pues sabes perfectamente que tu -antiguo condiscípulo se ha distinguido -siempre por su entereza de -carácter. Sí, Sydney, sí; me hastía -la vida que hago y ha llegado el -momento de variarla. Me he convencido -de que es una delicia para -un hombre tener un hogar, crearse -una familia, si a ello siente -inclinaciones, y estoy seguro de -que la señorita Manette lo embellecerá -y honrará siempre. Estoy, -pues, resuelto, firmemente decidido. -Y ahora, Sydney, mi querido -amigo, me permitirás que te -diga cuatro palabras sobre tu -situación. Caminas por derroteros -falsos, por mal camino; eso -lo sabes tan bien como yo mismo. -Desconoces el valor del dinero, -vives vida desordenada, no piensas -en el mañana, y en suma, tu -conducta no puede conducirte -más que a las enfermedades y a -la miseria. Creo que necesitas -buscarte una enfermera.</p> - -<p>El tono de protección con que -hablaba Stryver acentuaba la impertinencia -de sus palabras y -las hacía doblemente ofensivas.</p> - -<p>—No te ofenda que ahora te -recomiende que estudies la cuestión -de frente y sin prevenciones -estúpidas tal como la he estudiado -yo, aunque nuestra condición respectiva -difiere mucho. Cásate. -Busca a quien cuide de tu -persona. No importa que la compañía -de las mujeres no sea de -tu gusto; no importa que carezcas -de inteligencia, de tacto para -tratarlas. Busca una mujer respetable -que tenga algunos bienes, -y cásate con ella cuanto antes, -única manera de prevenirte con -tiempo contra las calamidades e -incertidumbres de la vida. He -terminado. Piensa en ello, Sydney.</p> - -<p>—Lo pensaré—contestó Sydney -Carton.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XII">XII.<br />EL CABALLERO DELICADO</h3></div> - - -<p>Una vez resuelto el señor Stryver -a labrar la felicidad de la señorita -Manette, nada más natural -que hacerla saber cuanto antes la -dicha que en su magnanimidad la<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> -había deparado. Después de debatir -mentalmente y con el detenimiento -debido un punto tan importante, -llegó a la conclusión de -que debía dar desde luego, antes -de salir de vacaciones, los pasos -preliminares, dejando para más -tarde el señalamiento del día de la -boda, que podría celebrarse una -o dos semanas antes de la <i>sanmiguelada</i>, -o bien durante las breves -vacaciones de las Pascuas de -Nochebuena.</p> - -<p>Que tenía ganado de antemano -el pleito era tan evidente, que -hubiera sido necio dudarlo. Tratábase -de un pleito claro, sin punto -débil, de uno de esos pleitos -en los que basta formular la demanda -para obtener sentencia favorable. -Hasta podría dispensarse -de la molestia de razonar su petición. -¿Para qué? El jurado fallaría -en su favor sin deliberar siquiera: -de ello estaba más que -persuadido el famoso abogado.</p> - -<p>En consecuencia, Stryver inauguró -sus vacaciones proponiendo -a la señorita Manette llevarla a los -jardines de Vauxhall. Declinada -la oferta, invitóla a Ranelagh; y -como, con mucha sorpresa suya, -tampoco fuera aceptada esta invitación, -resolvió declarar las nobles -aspiraciones de su alma en la -misma casita de Soho.</p> - -<p>Una mañana, Stryver salió del -Tribunal del Temple y enderezó -sus pasos hacia el plácido retiro -en que vivía el doctor Manette. -Como quiera que el Banco Tellson -le tomaba al paso, sabedor de la -amistad íntima que mediaba entre -el señor Lorry y los Manette, -ocurriósele entrar en el Banco y -revelar a aquél la radiante estrella -que derramaba vivos resplandores -en el horizonte de Soho. Abrió, -pues, la puerta, que rechinó ásperamente -al girar sobre sus gastados -goznes, descendió los dos escalones, -y no tardó en presentarse -en el despacho en que Lorry, inclinado -sobre sus libros, escribía -interminables columnas de números, -perfectamente alineados.</p> - -<p>—¡Hola, señor Lorry!—exclamó -Stryver al entrar.—¿Cómo -está usted? Supongo que tan bien -como siempre.</p> - -<p>—¡Hola, señor Stryver!—respondió -Lorry, estrechando la mano -que el abogado le tendía.—Muy -bien, gracias; ¿y usted? -¿Desea algo de mí, señor Stryver?</p> - -<p>—No... muchas gracias. Me trae -el deseo de hacerle una visita -particular, señor Lorry; el deseo -de decirle cuatro palabras a solas.</p> - -<p>—¡Oh, las que usted quiera!—contestó -Lorry, cerrando el libro -y preparándose a oir.</p> - -<p>—Voy...—comenzó diciendo el -abogado, apoyando sus codos sobre -la mesa y con tono confidencial,—voy -a hacer una proposición -matrimonial a su querida y -agradable amiguita Lucía Manette, -señor Lorry.</p> - -<p>—¡Demonio!—exclamó Lorry, -rascándose la barba y mirando -perplejo al abogado.</p> - -<p>—¿Demonio?—repitió Stryver -vivamente.—¿Eso es lo que a<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span> -usted se le ocurre decirme? ¿Qué -significa su exclamación, señor -Lorry?</p> - -<p>—Es una exclamación... amistosa... -personal... puramente apreciativa, -que puede significar todo -lo que usted desee que signifique. -La verdad, señor Stryver... me -parece... encuentro...</p> - -<p>—¡Basta!—respondió el abogado, -descargando un manotazo sobre -la mesa.—¡Si entiendo lo que -me dice, señor Lorry, que me -cuelguen!</p> - -<p>Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, -y quedó mirando a su -interlocutor mordiendo las barbas -de su pluma.</p> - -<p>—¿Es que me considera usted -<i>no</i> elegible?—preguntó Stryver, -mirando con fijeza a su interlocutor.</p> - -<p>—¡Muy al contrario, señor Stryver! -Sí... es usted elegible.</p> - -<p>—¿No soy buen partido?</p> - -<p>—Buen partido; sí... ¿por qué -no?</p> - -<p>—¿No progreso? ¿No medro?</p> - -<p>—Sí, señor... ¿quién lo duda?</p> - -<p>—Entonces, ¿qué demonios -quiere decir su actitud?</p> - -<p>—Pues... yo... Dígame: ¿adónde -iba usted ahora?</p> - -<p>—De frente al asunto—contestó -Stryver, dando un puñetazo -sobre la mesa.</p> - -<p>—Si yo me encontrara en su -lugar, lo dejaría para mejor ocasión.</p> - -<p>—¿Por qué?—tronó el abogado.—Voy -a estrechar a usted hasta -el último límite. Como hombre de -negocios que es usted, está en la -obligación de hablar con motivo -justificado. Vengan los motivos: -¿por qué no iría usted?</p> - -<p>—Porque se trata de un asunto -que no abordaría yo nunca sin -contar con esperanzas fundadas -de conseguir la realización de mi -deseo.</p> - -<p>—¡Ira de Dios!—gritó Stryver.—¡Es -una razón que tumba de -espaldas!</p> - -<p>Lorry no contestó.</p> - -<p>—He aquí a un hombre de negocios, -un hombre de años, un -hombre de experiencia... en un -Banco, quien después de admitir -la existencia de las tres razones -principales, cada una de las cuales -basta por sí sola para asegurar -el éxito, se descuelga diciendo que -no existe razón alguna. ¡Si eso -no es el más desatinado de los -desatinos, venga Dios y lo vea!</p> - -<p>—Cuando me referí al éxito, -pensaba en la señorita Manette, y -al hablar de causas y razones en -que fundar las esperanzas de ver -realizado el deseo, me refería a -causas que lo fueran en realidad -para la señorita Manette. Sí... -mi buen amigo... la señorita, porque -la señorita es el juez único e -inapelable.</p> - -<p>—Entonces, lo que usted quiere -decirme, señor Lorry, es que la -señorita, en opinión de usted, es -una tonta melindrosa.</p> - -<p>—Me interpreta usted de una -manera lastimosa, señor Stryver—replicó -Lorry, rojo de cólera.—Lo -que he querido decir, y lo que<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span> -digo, es que no toleraré que lengua -alguna pronuncie una palabra -irrespetuosa acerca de la señorita -Manette, y que si supiera de algún -hombre... que quiero creer que -no existe, de algún hombre de -gusto tan grosero y temperamento -tan arrebatado, que osara hablar -con poco respeto de la señorita -Manette, la consideración de -encontrarnos en el Banco Tellson -no sería bastante para que yo dejara -impune su grosería.</p> - -<p>La necesidad de contener dentro -del pecho la cólera que pugnaba -por hacer explosión había -puesto a Stryver en estado de -ánimo peligroso; en cuanto a -Lorry, no obstante tener acostumbrada -su sangre a no alterarse -por nada ni por nadie, se hallaba -en situación de ánimo tan peligrosa -como la del abogado.</p> - -<p>—Ya sabe usted lo que quería -decirle, caballero—repuso Lorry.—Mucho -le agradeceré que no lo -olvide.</p> - -<p>Siguió un rato de silencio, durante -el cual Stryver chupaba el -extremo de un cuadradillo de -hierro que había tomado de la mesa. -Al fin rompió el silencio, verdaderamente -penoso, diciendo:</p> - -<p>—Tan nuevo es lo que usted -me dice, señor Lorry, tan inconcebible, -que no acierto a comprenderlo -bien, pese a la claridad de -sus palabras. ¿Me aconseja de -veras que no me presente en Soho, -y ofrezca mi mano... la mano del -famoso abogado Stryver, a la -hija del doctor Manette?</p> - -<p>—¿Me pide usted franqueza, -señor Stryver?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Perfectamente. Ha repetido -usted palabra por palabra y letra -por letra lo que yo debo contestar. -No se presente usted en Soho, ni -ofrezca su mano... la mano del -brillante abogado Stryver, a la -hija del doctor Manette.</p> - -<p>—Y yo contesto que eso... ¡ja, -ja, ja, ja! da ciento y raya a -todos los desatinos pasados, presentes -y futuros.</p> - -<p>—Pongamos los puntos sobre las -íes—añadió Lorry;—como hombre -de negocios, nada puedo decir -sobre el asunto que debatimos, -porque como hombre de negocios, -nada sé: pero como amigo antiguo -de la casa, como hombre que -ha mecido a la señorita Manette -en sus brazos, que es el amigo de -confianza de la señorita Manette -y de su padre, como hombre que -quiere a los dos con cariño entrañable, -puedo hablar, y como tal -he hablado. Ahora bien: ¿cree usted -que puedo estar equivocado?</p> - -<p>—¡Ni por pienso! El sentido -común es planta rara que crece -en pocas partes. Jamás he tenido -esperanzas de encontrarla fuera -de mí mismo. Suponía yo que -acaso existiera donde, por lo visto, -según usted, sólo encuentra terreno -abonado la insensatez. Me -llevo un desencanto, lo confieso, -pues esperaba otra cosa; pero creo -que tiene usted razón.</p> - -<p>—¡Ni he hablado de terrenos -abonados o por abonar para que<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span> -en ellos crezca la insensatez, ni -toleraré... dentro o fuera del -Banco Tellson, que nacido alguno -ofenda a personas cuyo nombre -sólo puede pronunciar de rodillas!—gritó -Lorry, enfureciéndose de -nuevo.</p> - -<p>—No se moleste usted: le ruego -perdone frases dichas sin ánimo -de molestar a nadie.</p> - -<p>—Perdonado, y gracias. Lo que -quise decir fué lo siguiente: sería -doloroso para usted sufrir un -desengaño, sería doloroso para -el doctor Manette verse en la precisión -de ser explícito con usted, -y sería muy doloroso para la señorita -Lucía encontrarse en la dura -necesidad de hablar a usted -con franqueza. Sabe usted que -me cabe el honor y la dicha de -ser buen amigo de la familia. Pues -bien: si usted quiere que, sin ostentar -representación alguna suya, -sin mezclar a usted en nada -ni para nada, haga observaciones -nuevas que confirmen o modifiquen -las impresiones que hoy tengo, -a ello me ofrezco desde luego. -Si el resultado de mis nuevas observaciones -no le satisficiese, dueño -será usted de comprobar personalmente -su fundamento; en -caso contrario, habremos conseguido -al menos evitar escenas y -situaciones desagradables. ¿Qué -le parece mi plan?</p> - -<p>—¿Cuánto tiempo tardaría usted -en contestarme?</p> - -<p>—¡Oh! ¡Es cuestión de pocas -horas! Esta tarde puedo ir a Soho, -y desde allí llegarme en derechura -a su casa.</p> - -<p>—Siendo así, me parece bien. -Espero a usted esta noche... ¡Buenos -días!</p> - -<p>Salió el señor Stryver del edificio -del Banco llevando en su pecho -una tempestad de ira. Sobrábale -penetración para comprender -que el banquero no hubiera exteriorizado -con la claridad que lo -hizo sus opiniones sobre el particular -de no haber contado en su -apoyo un fundamento tan sólido, -que equivalía a una certeza moral. -Lejos estaba de pensar, cuando -entró en el Banco, que le esperase -una píldora tan amarga; pero no -tuvo más remedio que tragársela.</p> - -<p>—Te has puesto en situación -poco airosa, Stryver—se decía a -sí mismo;—has hecho el ridículo... -¡Aquí de tu talento forense para -salir bien del paso!</p> - -<p>Claramente se veía que la píldora -se le había atragantado y que -el eminente abogado buscaba la -forma de escupirla.</p> - -<p>—¡Ah, mi querida señorita!—murmuró -al cabo de pocos momentos.—¡No -seré yo quien cargue -con el ridículo!... ¡Vas a tener -el placer de quedarte con el fruto -de la familia de las cucurbitáceas -que me reservas!</p> - -<p>En efecto: aquella noche, cuando -Lorry se presentó en la casa -del abogado, encontró a éste entre -rimeros de papeles y pilas de -libros colocados de propósito sobre -su mesa de trabajo, absorto en<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span> -su labor y ajeno por completo -al asunto tratado aquella mañana. -Hasta pareció sorprendido al ver -a Lorry.</p> - -<p>—He estado en Soho—dijo el -emisario, al cabo de más de media -hora de tiempo, empleada en vanas -tentativas para abordar la -cuestión.</p> - -<p>—¿En Soho?—repitió con indiferencia -glacial Stryver.—¡Ah... -ya! ¡Qué cabeza la mía! ¿Creerá -usted que no me acordaba de -semejante cosa?</p> - -<p>—Ya no me cabe la menor duda -de que el consejo que a usted di -fué acertadísimo. Mis impresiones -se han confirmado plenamente.</p> - -<p>—Crea usted que lo lamento -muy de veras por usted—contestó -Stryver con calma perfecta,—y no -menos de veras por el pobre padre. -Es un incidente que la familia -recordará siempre con dolor, y -que... Pero no hablemos de ello.</p> - -<p>—Confieso que no comprendo.</p> - -<p>—Lo creo; pero no importa... -no importa.</p> - -<p>—Al contrario—replicó Lorry,—importa, -y desearía que se explicase.</p> - -<p>—Repito que no importa. Creí -ver sentido común y ambición -laudable donde no existe lo uno ni -lo otro. Me engañé, quedo curado -de mi error, y asunto concluído. -Por fortuna, mi error es de los -que no acarrean perjuicios a quien -fué de él víctima. Son muchas -las damiselas que han cometido -locuras semejantes, de las cuales -han venido a arrepentirse cuando -no era ya tiempo, cuando se -han visto sumidas en la ruina y -en la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No -las culpo! ¡A fe que son dignas de -compasión! ¡Es tan irreflexiva la -juventud!... Visto lo ocurrido desde -un punto de vista puro de todo -egoísmo, lo siento, porque para -ella hubiera sido un buen negocio, -y si lo estudio a través del prisma -de mi egoísmo, no puedo menos de -celebrar un fracaso que me evita -hacer un negocio desastroso. Comprenderá -usted, sin que yo se lo -diga, que yo, lejos de salir ganando, -perdía, y no poco. Por supuesto, -hasta ahora ningún daño -me ha hecho. No he ofrecido -mi mano a esa señorita, y -aquí para nosotros, hablando con -franqueza, nunca pensé en hacer -semejante ofrecimiento. Siga mi -consejo, señor Lorry: no intente -usted nunca luchar contra las -frivolidades y locuras de esas -cabecitas casquivanas si no quiere -cosechar desencantos a granel... -¡No... hágame el favor! Dejemos -esta conversación. Repito que -lamento lo ocurrido por los demás -pero que me alegro por lo que a -mí toca. Nunca agradeceré a usted -bastante el consejo que me dió. -Conoce usted a esa señorita mucho -mejor que yo... Tenía usted razón... -Se me ocurrió cometer un -desatino aunque seguramente no -habría llegado a cometerlo.</p> - -<p>Fué tal el desconcierto, la estupefacción -de Lorry, que no se le -ocurrió otra cosa que mirar con -expresión estúpida a su interlocu<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span>tor, -cuya cara reflejaba generosidad, -nobleza y buenos deseos.</p> - -<p>—¡Créame usted, mi querido -amigo!—repetía Stryver mientras -acompañaba a Lorry hasta la -puerta,—siga mi consejo. Muchas -gracias... ¡Buenas noches!</p> - -<p>Lorry se encontró en la calle -antes de darse cuenta de lo que -le pasaba. Stryver quedó tendido -boca arriba en el sofá mirando al -techo.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XIII">XIII.<br />EL SUJETO NO DELICADO</h3></div> - - -<p>Si en alguna ocasión, o en alguna -parte, brilló Sydney Carton, -a buen seguro que no fué en la -morada del señor Manette. La -visitó con bastante frecuencia durante -un año entero, y siempre -estuvo triste, taciturno, caviloso. -Y no es que careciera de oratoria, -no; sabía hablar perfectamente -cuando se lo proponía; pero era -tan tupida la nube que le envolvía, -que muy contadas veces consiguieron -taladrarla los destellos -luminosos de su inteligencia.</p> - -<p>Que las calles próximas a la -casa mencionada, y hasta las -piedras insensibles de las aceras, -ejercían sobre él misterioso atractivo, -no cabía ponerlo en tela de -juicio. Más de una noche se le -hubiera encontrado rondando cual -alma en pena aquellos lugares, -sobre todo, cuando el vino no -llegaba a infiltrar en su pecho una -alegría ficticia y transitoria. Más -de una madrugada, los pálidos -fulgores de la aurora naciente -pusieron de manifiesto, no lejos -de la casa del doctor, los contornos -de un bulto, que si no era -Sydney Carton en persona, ofrecía -con el de éste notable analogía. -Más de una mañana, los primeros -rayos del sol, a la par que hacían -resaltar las bellezas arquitectónicas -de los campanarios de las -iglesias y de los edificios más notables, -llevaban el desaliento al -pecho del solitario noctámbulo, -haciéndole ver que hay cosas que -el hombre, con toda su buena -voluntad, no puede alcanzar. Desde -algún tiempo antes, el lecho -desordenado que en el Tribunal -del Temple tenía Carton, rara vez -merecía el honor de ser usado por -su propietario, siendo de notar -que, aun cuando por excepción -ocurriera esto último, Carton se -levantaba al cabo de pocos minutos -para continuar sus peregrinaciones.</p> - -<p>Un día del mes de agosto, cuando -ya el señor Stryver, después -de manifestar a su amigo que -«reflexiones más detenidas habíanle -inducido a renunciar a sus -proyectos matrimoniales», había -trasladado a Devonshire los tesoros -de finura y de delicadeza anejos -a su persona, uno de esos días de -agosto en que los malos encuentran -en el cáliz de las flores ricos -manantiales de bondad, de salud -los enfermos, y de juventud los -viejos y gastados, Carton, esclavo<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span> -de su costumbre, rondaba como -alma en pena las calles. Caminaba -irresoluto y sin rumbo fijo; mas -de pronto brillaron sus ojos; sus -pies se animaron al soplo de la -intención que brotó en su cerebro, -y fieles y sumisos esclavos de esta -última aquéllos, lleváronle en derechura -a la puerta del doctor -Manette.</p> - -<p>Lucía, a la que encontró sola -y entregada a sus labores, recibióle -con alguna turbación, y -hasta es más que probable que de -poder hacer su gusto se hubiera -negado a recibirle, pues siempre -la inspiró cierta sensación de recelo -la manera de ser de Carton. -Sin embargo, al cruzarse entre los -dos las primeras frases, algo notó -en la expresión del rostro de su -visitante que la tranquilizó, primero, -y luego excitó en su pecho -la compasión.</p> - -<p>—¿Se siente usted malo, señor -Carton?—preguntó.</p> - -<p>—No me encuentro bien, es -cierto: pero la vida que llevo, señorita -Manette, no es el medio -más indicado para gozar de salud. -¡Qué podemos esperar los libertinos!</p> - -<p>—¿Y no es lástima?... Le ruego -que me perdone; pero ya que sin -darme cuenta, salió de mis labios -el principio de la pregunta, la -terminaré, bien que haciendo -constar que nada más lejos de mi -ánimo que el propósito de ofenderle. -¿No es lástima que no procure -usted vivir vida más ordenada?</p> - -<p>—¡Es algo más que lástima! -¡Dios sabe muy bien que es una -vergüenza!</p> - -<p>—Entonces, ¿por qué no se -corrige?</p> - -<p>Lucía, que al formular la pregunta -miró de frente a su interlocutor, -vió, con sorpresa mezclada -de pena, que los ojos de Carton -estaban arrasados en lágrimas. -Lágrimas destilaba también su -voz cuando contestó:</p> - -<p>—Ya no es tiempo... Nunca seré -mejor de lo que hoy soy... antes -al contrario... empeoraré... descenderé -más y más...</p> - -<p>Puesto de codos sobre la mesa, -cubrióse los ojos con las manos. -La mesa temblaba durante el -penoso silencio que siguió.</p> - -<p>—Perdóneme, señorita Manette—repuso -Carton.—Guardo un secreto -que me pesa demasiado y -que desearía revelarla: ¿será tan -buena que se digne escucharme?</p> - -<p>—Si escucharle ha de ser beneficioso -para usted, señor Carton, -si ha de proporcionarle un contento -que por lo visto no tiene -ahora, hable usted, que en escucharle -tendré yo placer espacial.</p> - -<p>—Dios, sin duda, la premiará -la compasión con que me trata.</p> - -<p>Serenóse algún tanto Carton, -separó las manos de sus ojos y -repuso, con acento firme:</p> - -<p>—No le alarmen mis palabras -ni se asuste si le digo que he vivido -ya lo que debía vivir, que soy -como el que ha muerto muy joven. -Nada queda en mí capaz de<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span> -fructificar... soy estéril para el -bien.</p> - -<p>—¡No, señor Carton, no! Es -usted joven, quedan en su alma -sedimentos de bondad. Segura -estoy de que, con un poquito de -buena voluntad, puede hacerse -muy digno de sí mismo...</p> - -<p>—Dígame que puedo hacerme -digno de su piedad, al menos, señorita, -y aunque me consta que -se equivoca, aunque leo en el -fondo de mi naufragado corazón -el engaño en que se halla, no lo -olvidaré jamás.</p> - -<p>Densa palidez cubrió las mejillas -de la niña: sus manos temblaban.</p> - -<p>—Si un milagro de Dios, suponiendo -que a tanto alcance la -omnipotencia divina, hubiera hecho -posible que usted, señorita -Lucía, correspondiera al amor del -hombre que en este instante -tiene ante sus ojos, al amor de -este ser degradado, perdido, libertino, -borracho, de este despojo -repugnante de la humanidad... -que no otra cosa soy... -usted lo sabe muy bien, la felicidad -que inundaría mi alma, con -ser tan grande, no me impediría -ver que la unión de nuestros destinos -arrastraría a usted hasta -el fondo de mis miserias, la sumiría -en los abismos del dolor y del -arrepentimiento tardío, la envolvería -en olas de deshonra. De ello -estoy firmemente convencido; tan -convencido como de que su corazón -no puede guardar ternuras -para mí. ¡No las espero, no las -pido! Es más: ¡doy gracias al Cielo -que las ha hecho imposibles!</p> - -<p>—¿No podría salvar a usted, señor -Carton, sin esas ternuras a -que se refiere? ¿No podría yo?... -¡Perdón otra vez! ¿No podría yo -mostrarle un camino mejor, guiarle -por senderos más rectos? ¿Ha -de serme imposible pagar de alguna -manera la confianza que en mí -hace? Porque yo sé que se trata -de una confianza—añadió Lucía -con modestia, bien que con cierta -vacilación,—de una confianza que -no depositaría en nadie, y que deposita -en mí. ¿No podríamos dar -a esa confianza un giro beneficioso -para usted, señor Carton?</p> - -<p>—No, señorita Lucía—respondió -Carton, moviendo con expresión -de amarga tristeza la cabeza.—Imposible. -Conque me dispense -la bondad de escucharme durante -algunos momentos más, habrá -hecho en mi obsequio cuanto -puede hacer. Quiero que sepa -usted que ha sido el sueño último -de mi alma: quiero que sepa que -su imagen y la de su padre, la -vista de este hogar, que lo es -gracias a usted, han llegado hasta -el abismo profundo de mi degradación -y agitado allí sombras que -yo creía muertas para siempre: -quiero que sepa que, desde que -conozco a usted, siento el aguijón -de remordimientos que yo suponía -sin vida ni eficacia, y suenan -en mis oídos susurros de voces -antiguas que yo creía por siempre -enmudecidas. ¡Hasta he llegado -a pensar seriamente en empezar,<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> -en entablar nuevas luchas, en -inaugurar una vida nueva, en correr -con arrestos nuevos a la palestra -tantos años ha abandonada!... -¡Quimeras... ilusiones, sueños -que a nada práctico pueden conducir! -¡Pero quimeras, sueños e -ilusiones evocados por usted, inspirados -por usted!</p> - -<p>—Pero esas ilusiones, esos ensueños, -algo habrán dejado en su -alma... ¡Oh señor Carton! ¡Busque... -medite... pruebe!</p> - -<p>—Es inútil: perdería el tiempo, -y además no merezco vivir. Y sin -embargo, para que se forme usted -idea del extremo inconcebible a -que llegan las aberraciones humanas, -confesaré que he tenido la -debilidad, tengo aún la franqueza -de desear que usted conozca la -rapidez prodigiosa con que me ha -transformado a mí, montón de -cenizas extinguidas y heladas, en -fuego vivo... bien que en fuego -en todo semejante a mi naturaleza -corrompida, en fuego que nada -anima, que nada ilumina, que -para nada sirve, en fuego que se -pierde.</p> - -<p>—Puesto que he tenido la desgracia -de hacerle más desventurado -de lo que era antes de conocerme...</p> - -<p>—No diga usted eso, señorita -Lucía; que si de redención fuera -yo capaz, usted me habría redimido; -si mis desventuras pudieran -tener término, usted se lo habría -puesto. No es usted, no ha podido -ser usted causa de que mi desgracia -sea mayor.</p> - -<p>—Quise decir que, si el estado -actual de su alma se debe a influencias -mías, ¿no habría medio -de encauzar esas influencias en -forma que le resultaran beneficiosas? -¿Ningún bien puedo hacerle?</p> - -<p>—El mayor, el único que yo podía -apetecer, me lo ha proporcionado -ya. Me permite usted que -durante el resto de mi desordenada -vida conserve el recuerdo de -que fué usted la última persona -a quien abrí mi corazón, y la -creencia de que en éste queda algo -que ha merecido la piedad compasiva -de usted, y con ello me -hace el mayor bien que pude soñar.</p> - -<p>—Con toda mi alma desearía -convencerle, señor Carton, de que, -con un poquito de esfuerzo, y -otro poquito de buena voluntad, -conseguiría usted mejores cosas.</p> - -<p>—La engaña su excelente corazón, -señorita Lucía. Créame usted: -me he puesto a prueba, y el resultado -ha sido deplorable: soy incapaz -de redención. Sé que estoy -apenando a usted, y voy a terminar. -He depositado en un corazón -puro e inocente el secreto más -dulce de mi vida. Cuando el recuerdo -de este día brote en mi -memoria, ¿me será permitido -abrigar la consoladora creencia -de que ese corazón lo ha recogido -y lo conserva, resuelto a no confiarlo -a ningún otro?</p> - -<p>—Si esa creencia es para usted -un consuelo, abríguela usted.</p> - -<p>—¿Me promete usted no revelarlo -a nadie, ni aun a la persona<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span> -que más querida le sea hoy, o pueda -serlo en lo futuro?</p> - -<p>—Señor Carton—respondió Lucía -con agitación,—el secreto no -es mío, sino de usted: tenga la -seguridad más absoluta de que -sabré respetarlo.</p> - -<p>—¡Muchas gracias... y que Dios -la bendiga!</p> - -<p>Tomó Carton la mano que Lucía -le tendió, la llevó a sus labios, -y comenzó a caminar hacia la -puerta.</p> - -<p>—Cuente usted, señorita Lucía, -con que jamás haré referencia a -la conversación que acabamos de -sostener. Si cayera muerto en -este instante, el secreto no quedaría, -por lo que a mí toca, mejor -guardado. Un corazón puro, un -corazón inocente es el arca santa -donde desde hoy quedan guardados -mi nombre, mis extravíos, -mis miserias, mi confesión postrera... -¡Ah! ¡A la hora de mi -muerte, será para mí un consuelo -inefable abrazarme a este pensamiento, -que ha de ser mi compañero -sagrado durante el resto de -mi vida!</p> - -<p>Lágrimas abundantes corrían -por las mejillas de Lucía Manette.</p> - -<p>—No llore usted, señorita Lucía, -que no merezco que nadie, y menos -un ángel como usted, vierta -lágrimas por mí. Dentro de una -o dos horas, amistades viles y -hábitos viciosos, que desprecio, -pero a los cuales sucumbo, harán -de mí un objeto menos digno de -esas lágrimas que el último despojo -humano que arrastra sus miserias -por las calles. Quiero, sin -embargo, hacer constar que, si -exteriormente seguiré siendo lo -que hasta el presente he sido, para -usted, mi interior será lo que ahora -es. Mi penúltima súplica tiene -por objetivo rogar a usted que -me crea.</p> - -<p>—Le creo, señor Carton, le -creo.</p> - -<p>—Voy a dirigirle mi ruego último -y seguidamente la libraré -de la presencia de un visitante en -cuya alma degradada no puede -encontrar la suya de ángel una -sola cuerda armónica, y de quien -está usted separada por un abismo -sin fondo y sin bordes. Sé que -decirlo es inútil; pero brota de mi -alma y me es imposible callarlo. -Por usted, y por cualquier persona -que usted quiera, lo haré todo. -Sacrificar una existencia perdida, -no es mérito alguno, lo sé; pero -si la Providencia me deparara -ocasión de sacrificarla, por usted -y por las personas que le fueran -queridas la sacrificaría con gusto. -Procure retener en su memoria -lo que estoy diciendo. Vendrá día, -y no tardará, en que contraiga -usted nuevos lazos, lazos nuevos -que la ligarán muy estrechamente -al hombre que tenga la dicha de -merecerla, lazos los más tiernos, -los más dulces, los más hermosos -que pueden alegrar la humana -existencia. ¡Oh, señorita Lucía! -¡En medio de la felicidad que la -espera, cuando al rostro feliz de -su padre se una al de otro hombre -que se mira en sus ojos, acuérdese<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span> -alguna vez de que en el mundo -vive un ser dispuesto a dar en -todo momento su vida a trueque -de conservar la del mortal que -usted ame! El último favor que la -pido, es que no olvide mi ofrecimiento... -¡Adiós... adiós!... ¡Que -Dios la bendiga!</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XIV">XIV.<br />EL HONRADO MENESTRAL</h3></div> - - -<p>Muchos y muy variados objetos -desfilaban ante los ojos de -Jeremías <i>Lapa</i>, durante las horas -que diariamente se pasaba sentado -en su rústico banco en la -calle Fleet, acompañado de su -poco agraciado retoño. Quien se -pasara las horas más animadas -del día en la calle Fleet, sentado -sobre un banco o sobre una silla, -sobre una piedra o sobre el duro -suelo, necesariamente había de -salir de la jornada aturdido y -sordo, por efecto de las dos procesiones -inmensas, interminables -que, no obstante seguir rumbos -opuestos, una de Oriente a Poniente, -otra de Poniente a Oriente, -caminaban fatalmente hacia -el mismo final, hacia el mundo que -jamás visitan los rayos rojos y -púrpura del sol.</p> - -<p>El buen <i>Lapa</i>, mascando la -obligada paja, contemplaba el -curso de los dos gigantescos arroyos, -semejante a aquel gentil rústico -que permaneció varios siglos -contemplando el curso de un río, -sin más diferencia entre uno y -otro que la de temer el segundo -que el río se secase, y abrigar Jeremías -la seguridad de que el -curso de aquellos no se interrumpiría -jamás. Verdad es que esa -seguridad era para <i>Lapa</i> manantial -de risueñas esperanzas, toda -vez que gran parte de sus rentas -las ganaba sirviendo de piloto a -las mujeres que deseaban hacer -la travesía de la calle. Aunque por -regla general, las señoras que recurrían -a sus servicios habían entrado -de lleno en el declinar de la -vida, y por otra parte, las relaciones -entabladas durante la breve -travesía eran forzosamente de -poca duración, tanta impresión -ejercía en el fogoso Jeremías el -bello sexo, que nunca prestó un -servicio de esa clase sin expresar -deseos vehementes de que le fuera -concedido el honor de beber a la -salud de la acompañada.</p> - -<p>Hubo tiempos en que los poetas -se sentaban sobre un banco en -los sitios más públicos para pensar, -y meditar, y reflexionar a la -vista de los hombres. Jeremías -<i>Lapa</i> se sentaba también en un -banco y en sitio público; pero como -no era poeta, pensaba, reflexionaba -y meditaba lo menos posible, -y en cambio miraba mucho.</p> - -<p>Atravesaba uno de esos momentos -angustiosos en que el tránsito -por la calle era escaso, y más escasas -las mujeres que deseaban cruzarla, -uno de esos momentos en -que sus negocios presentaban cariz -tan desconsolador, que nuestro<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span> -héroe llegó a recelar que su mujer -estuviera arrodillada y rezando -en cualquier rincón, cuando llamó -su atención un torrente humano -de caudal inusitado, que descendía -arrollador por la calle Fleet, -siguiendo el curso mismo del sol, -es decir, hacia Oeste. Examinado -el torrente, vió <i>Lapa</i> que se trataba -de un entierro que sin duda -no sería de gusto del pueblo, toda -vez que éste ofrecía objeciones -a su paso.</p> - -<p>—Es un entierro, hijo—dijo -Jeremías a su retoño.</p> - -<p>—¡Viva... padre!—gritó el hijo -de <i>Lapa</i>, dando cuatro zapatetas -en el aire.</p> - -<p>El caballerito puso en su grito -de alegría una significación misteriosa -que desagradó hasta tal -extremo al padre, que acechó, y -aprovechó muy pronto la oportunidad, -para agarrar a su retoño -por una oreja.</p> - -<p>—¿Qué es eso?—gritó Jeremías -padre.—¿Qué significa ese viva? -¿Ese es el respeto que a tu padre -tienes? ¡Este muchacho es un pillete, -un descastado, tan descastado -como sus vivas! ¡Que no -vuelva a oirte, si no quieres -<i>sentirme</i>! ¿Entiendes?</p> - -<p>—¿Hacía daño a nadie?—exclamó -el muchacho en son de protesta -y frotándose la oreja.</p> - -<p>—¡Lo que no hacías era bien!—replicó -<i>Lapa</i>.—Súbete sobre este -banco y mira a las turbas.</p> - -<p>Obedeció el hijo. Venían las -muchedumbres gritando desaforadamente -y saltando en derredor -de un carro de muertos sucio y -viejo, seguido de un coche fúnebre -tan sucio, tan viejo y tan deslustrado -como el carra, ocupado por -una sola representante del duelo, -que ostentaba las galas fúnebres -que a la dignidad de su posición -consideraba indispensables. No -parecía, empero, que su posición -fuera muy de apetecer, pues las -turbas saltaban en torno del coche -gritando hasta ensordecerle -haciendo visajes y contorsiones, -mofándose de su respetable persona, -y lanzando apóstrofes poco -gratos al oído.</p> - -<p>Siempre fueron los entierros -motivo de excitación especial para -Jeremías <i>Lapa</i>; no es, pues, -de admirar que en la ocasión presente, -tratándose de un entierro -que traía tan ruidoso acompañamiento, -le sacase de sus casillas -hasta el punto de preguntar al -primer individuo con quien topó:</p> - -<p>—¿Qué pasa, hermano? ¿Qué -es eso?</p> - -<p>—No lo sé—contestó el interrogado -sin detenerse. ¡Espías!... -¡Espías!</p> - -<p>—¿Quién es el muerto?—preguntó -a otro.</p> - -<p>—No lo sé—respondió también -éste, colocando las manos delante -de la boca a guisa de bocina, -y gritando con furia redoblada:—¡Espías! -¡Espías!</p> - -<p>Tropezó al fin <i>Lapa</i> con una -persona mejor informada del caso, -gracias a la cual pudo averiguar -que se trataba del entierro de un -individuo llamado Rogerio Cly.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span> -—¿Era espía?—preguntó <i>Lapa</i>.</p> - -<p>—Espía del Old Bailey—contestó -el informador.—¡Espía... -sí... espía del Old Bailey!</p> - -<p>—¡Demonio!—exclamó <i>Lapa</i>, -recordando la vista a que había -asistido en otro tiempo.—Le conozco. -¿Está muerto?</p> - -<p>—¡Muerto como mi abuela! ¡Y -aun debía estarlo más!... ¡Fuera!... -¡Espía!... ¡Que lo echen aquí!</p> - -<p>Una idea tan luminosa había -de ser forzosamente aceptada por -aquellas turbas, y así fué, en efecto. -Todos se apoderaron con ardorosa -ansiedad del grito, y lo repitieron -una y mil veces, a la par -que se acercaban tanto al coche -y al carro fúnebres, que los obligaron -a detenerse. En un abrir -y cerrar de ojos se apoderaron -del representante del duelo; pero -éste, que nada tenía de torpe, tan -admirablemente supo aprovechar -el tiempo, que en otro abrir y -cerrar de ojos dió esquinazo a las -turbas tomando a la carrera una -callejuela lateral, no sin dejar en -manos de aquellas su capa, su -sombrero, la gasa que le cubría -hasta las rodillas, el pañuelo blanco -de rigor, y otras lágrimas simbólicas.</p> - -<p>El pueblo se entretuvo en rasgar -y esparcir a los cuatro vientos -los objetos y prendas indicadas -demostrando loca alegría, mientras -los comerciantes cerraban -a toda prisa las puertas de sus -establecimientos, pues la turba, -en aquellos tiempos felices, eran -monstruo altamente peligroso, -capaz de devorarlo todo una vez -abría las fauces. Habían abierto -ya las puertas del carro fúnebre -pasa sacar el ataúd, cuando otro -genio propuso escoltarla hasta su -destino entre el regocijo general. -La proposición, como todas las -que son eminentemente prácticas, -mereció ser aprobada por -aclamación, e inmediatamente -asaltaron el coche ocho individuos -mientras otros seis se encaramaban -sobre la cubierta del carro -fúnebre. Uno de los primeros voluntarios -fué Jeremías <i>Lapa</i>, -quien, en su modestia, escondió -su persona y su cabeza en un rincón -del coche.</p> - -<p>Protestaron los empleados de -la funeraria contra aquella alteración -del ceremonial; pero la distancia -hasta el río era alarmantemente -corta, y varias voces habían -preconizado ya la eficacia de una -inmersión fría para hacer entrar -en razón a los empleados recalcitrantes -de pompas fúnebres, y -como consecuencia, las protestas -fueron débiles y breves. Prosiguió -su curso la procesión una vez reformada. -Un deshollinador de chimeneas -guiaba el carro fúnebre, -asesorado por un cochero profesional, -sentado a su lado, y de la -conducción del coche se encargó -un pastelero, servido a su vez por -un ministro responsable. Agregóse -a la comitiva un húngaro con -su oso, tipo callejero muy popular -en aquella época, el cual oso, por -ser negro, y estar muy flaco, se -armonizaba perfectamente con el<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span> -carácter fúnebre de la procesión -de que formaba parte.</p> - -<p>De esta suerte continuó aquella -procesión desordenada, engrosando -a cada paso y obligando a cerrar -todas las tiendas de las calles -que recorría. El término de la carrera -era la antigua iglesia de -San Pancracio, situada fuera de -la ciudad, donde llegó a su debido -tiempo. El enterramiento del cadáver -de Rogerio Cly hízose con -arreglo a un ceremonial extravagante, -con gran satisfacción del -nutrido acompañamiento.</p> - -<p>Enterrado el difunto, el autor -de la humorística proposición anterior, -o bien otro genio, que nunca -faltan en las muchedumbres, concibió -y propuso la diabólica idea, -aprobada por unanimidad, de acusar -de espías de la Old Bailey y de -clamar venganza contra todos los -transeuntes a quienes la casualidad -llevase por aquellos parajes. -Docenas de infelices inocentes que -en su vida habían pasado a mil -varas del aborrecido tribunal fueron -perseguidas como fieras y acosadas -y golpeadas sin piedad. La -transición desde este juego al de -romper cristales, echar abajo -puertas y ventanas y entrar a saco -en ventorros y tabernas, no podía -ser ni más sencilla, ni más natural, -ni más lógica. Al cabo de varias -horas de saqueos, cuando habían -sido tomadas por asalto varias -casas de campo y taladas no pocas -tiendas, y destrozadas muchas -verjas de hierro que proporcionaron -armas a los caracteres más -beligerantes, corrió la voz de que -venían los guardias. Bastó la noticia -para que se dispersaran las -turbas antes de la llegada de los -guardias, quienes quizá ni pensaron -siquiera en aproximarse al -teatro de los sucesos.</p> - -<p>No tomó parte en los desórdenes -últimos Jeremías <i>Lapa</i>, quien -prefirió permanecer en el cementerio, -conferenciado con los empleados -de la funeraria y haciendo -tristes meditaciones. El campo de -la muerte siempre ejerció sobre -él una influencia sedante. Sentado -sobre una sepultura, fumando con -calma filosófica una pipa que se -había procurado en la taberna -vecina, meditaba, puestos los ojos -en la verja.</p> - -<p>¡Ya ves, Jeremías, lo que es el -mundo!—se decía <i>Lapa</i>.—No ha -mucho tiempo viste con tus propios -ojos a ese Cly, joven, robusto, -derrochando vida, y ahora...</p> - -<p>Después de fumada su pipa, y -al cabo de no poco rato de meditaciones -profundas y de tristes -reflexiones, levantóse y emprendió -la vuelta a la ciudad, con objeto -de encontrarse en su puesto antes -de la hora de cerrar el Banco. No -ha sido posible aclarar del todo -si sus meditaciones ejercieron sobre -su hígado influencia perniciosa, -o si su salud venía quebrantada -ya de antes, o bien si su visita -no tuvo otro objeto que dispensar -un honor a la persona a quien -visitó: fuera uno u otra la causa, el -hecho fué que, en el camino, se -detuvo algunos minutos en la casa<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> -de su médico... albeitar eminente -de la ciudad.</p> - -<p>El hijo manifestó con muestras -de gran interés al padre que nada -había ocurrido durante su ausencia. -Cerró el Banco las operaciones -del día, salieron los empleados, -y <i>Lapa</i>, acompañado por su -hijo, se encaminó a su casa.</p> - -<p>—Hoy vas a saber quién soy yo—dijo -a su mujer no bien traspasó -el umbral de la casa.—Si esta noche -estoy de malas como honrado -menestral, será prueba de que te -has pasado el día rezando en mi -contra y sabrás cuántas son cinco, -lo mismo que si yo, con estos ojos, -te hubiera visto arrastrada por -los suelos.</p> - -<p>Su costilla movió la cabeza.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo -en mis barbas?—repuso con entonación -colérica.</p> - -<p>—¡Si no digo nada!</p> - -<p>—¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto -monta pensar como hablar! -¡Lo mismo puedes arruinarme rezando -como meditando! ¡No quiero -que hagas ni lo uno ni lo otro!</p> - -<p>—Está bien, Jeremías.</p> - -<p>—¡Sí!... Está bien, Jeremías... -Perfectamente, Jeremías... Conforme, -Jeremías... Lo que tú digas, -Jeremías... Crees que me engañas -con esas palabras de conformidad, -¿no es cierto? ¡Pues te -equivocas de medio a medio!</p> - -<p>—¿Piensas salir esta noche?—preguntó -la mujer.</p> - -<p>—Sí; pienso salir.</p> - -<p>—¿Podré acompañarle, padre?—preguntó -su retoño.</p> - -<p>—No podrás acompañarme. Esta -noche voy... ya lo sabe tu madre... -voy a pescar; a pescar; eso -es.</p> - -<p>—Cada día son más listos los -peces, ¿verdad, padre?</p> - -<p>—Es lo que no te importa.</p> - -<p>—¿Traerá pescado?</p> - -<p>—Si no lo traigo, mañana habrá -<i>solfeo</i> general en casa—replicó -<i>Lapa</i> moviendo la cabeza.—Y -basta de preguntas, muñeco. No -saldré hasta que tú te hayas acostado.</p> - -<p>El resto de la velada lo consagró -a acechar a su mujer y a obligarla -a hablar constantemente -a fin de impedir que rezara o meditara -en contra suya. Con el mismo -objeto a la vista, obligó también -a su hijo a que charlara sin -tasa con su madre, con no poco -disgusto de ésta, que no dispuso -de un segundo de tiempo para -consagrarlo a sus reflexiones. La -persona más devota no hubiese -podido rendir homenaje más elocuente -a la eficacia de una oración -honrada. El temor a las plegarias -de su mujer era tanto como si una -persona que jurase y perjurase -que no creía en fantasmas ni aparecidos, -se horrorizara al escuchar -historias de fantasmas y de aparecidos.</p> - -<p>—¡Es cosa grande que tus rezos -sean amenaza constante a nuestros -estómagos!—dijo <i>Lapa</i>.—Tu -conducta desnaturalizada mataría -de hambre a tu marido y a tu -hijo, si yo no vigilara a todas horas. -¡Mira a tu hijo...! Porque creo<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span> -que es tu hijo, ¿eh? Está más -delgado que un estoque... Tú, que -tienes el atrevimiento de llamarte -su madre, ¿no sabes que el primero, -el más sagrado de los deberes -de una madre es hacer que su -hijo engorde?</p> - -<p>Estas palabras conmovieron -tan profundamente al hijo, que -conjuró a su madre a que cumpliera -ante todo y sobre todo la función -maternal con delicadeza tanta -indicada por su padre.</p> - -<p>Así fué deslizándose la velada -en el tranquilo hogar de los <i>Lapas</i>, -hasta que madre e hijo recibieron -orden de meterse en la cama. El -jefe de la familia distrajo las horas -de la noche fumando pipas -solitarias hasta poco más de la -media noche, que se levantó para -salir. Antes, sin embargo, sacó -de un armario, cuya llave guardaba -en el bolsillo, un saco, una -barra de hierro bastante gruesa, -algunas cuerdas, una cadena, y -otros útiles de pesca parecidos, -los que, colocados y acondicionados -convenientemente, apagó la -luz y se fué.</p> - -<p>Minutos después salía tras el -padre su curioso retoño, quien -había tenido la precaución de -acostarse vestido sobre la cama -cuando recibió la orden de recogerse. -Al amparo del manto de la -noche salió de su habitación, descendió -sigiloso la escalera y se -aventuró por las solitarias calles. -En cuanto a la vuelta a la casa -paterna, no le inspiraba ningún -recelo, pues sabía muy bien que -la puerta quedaba abierta toda -la noche.</p> - -<p>Impulsado por el deseo muy -laudable de aprender las artes y -misterios de las ocupaciones nocturnas -de su honrado padre, el -muchacho, pegado a las paredes -de las casas, embebiéndose en los -huecos de las puertas, procuraba -no perder un instante de vista al -laborioso autor de sus días. Tomó -éste dirección norte, y no se había -alejado gran cosa, cuando topó -con un nuevo discípulo de Isaac -Walton, en cuya compañía prosiguió -la marcha.</p> - -<p>Media hora después caminaban -ambos sin hablar palabra por un -camino solitario, al que no llegaban -las miradas de los faroles ni -menos las de los vigilantes nocturnos. -En el camino se les incorporó -otro pescador, pero con tanto -recato y silencio, que si el muchacho -hubiera sido supersticioso, -seguramente habría creído que -el hombre que primero se reuniera -a su padre se había partido súbita -y milagrosamente en dos.</p> - -<p>Los tres prosiguieron la marcha -seguidos por el hijo de <i>Lapa</i>, hasta -que hicieron alto al pie de un desmonte -cuyo talud se alzaba sobre -el camino. Sobre el talud, corría -un muro de ladrillo de escasa elevación, -coronado por una verja de -hierro. Los hombres se deslizaron -como fantasmas a lo largo del -talud, procurando ampararse de -su sombra, hasta llegar a un entrante -que daba acceso a una especie -de callejón, uno de cuyos<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span> -lados, formado por el muro de -ladrillo, tendría sobre diez pies -de altura. A la luz blanquecina -de la luna pudo ver el muchacho -que el honrado menestral a quien -debía la existencia escalaba con -ligereza sin igual la verja de hierro. -Inmediatamente le siguió el segundo -pescador, y a éste el tercero. -Los tres ganaron el terreno -comprendido en el interior de la -verja, donde permanecieron algunos -minutos, tendidos en tierra... -probablemente escuchando. Luego -avanzaron, arrastrándose sobre -las manos y las rodillas.</p> - -<p>El muchacho se acercó a la verja, -conteniendo la respiración. -Desde un rincón donde se agazapó -vió que los tres pescadores se -arrastraban como serpientes por -entre la crecida hierba que cubría -el terreno... y por entre muchas -cruces y lápidas sepulcrales. Estaban -en un cementerio, y parecían -fantasmas espantables acechados -por otro fantasma más espantable, -más monstruoso aún: por la -torre de la iglesia vecina, gigante -terrorífico encargado de velar por -la tranquilidad de los muertos. -No avanzaron mucho trecho. El -muchacho no tardó en observar -que se enderezaban y daban comienzo -a la pesca.</p> - -<p>Pescaron primero con azada. -Poco después, el honrado <i>Lapa</i> -preparó un instrumento semejante -a descomunal sacacorchos. Cualesquiera -que fueran los útiles -de pesca que utilizaran, manejábanlos -con inusitado ardor. Las -púas que coronaban la cabeza del -muchacho adquirieron la dureza -acerada de las de su padre cuando -el gigante guardián de la ciudad -de los muertos dejó oir lentas, sonoras, -graves, terroríficas, las dos -de la madrugada.</p> - -<p>El muchacho emprendió desatinada -fuga; mas el deseo de -saber era tan grande, que no sólo -se contuvo al cabo de breve trecho -de recorrido, sino que le incitó -a volver a la verja. Vió que los -tres hombres continuaban pescando, -y supuso que habían pescado -algo al observar que los pescadores -parecían inclinados y como -doblegados, haciendo esfuerzos -encaminados a sacar algún pez -de mucho peso. Así era en efecto: -poco a poco fueron izando el pescado, -hasta que éste salió a la -superficie. La forma del pescado -era de las que no dejan lugar a -duda; pero cuando el muchacho -vió que su padre se disponía a -abrirlo, sintióse acometido de tal -pánico, que emprendió una carrera -frenética sin detenerse ni moderar -la velocidad hasta que dejó -atrás más de una milla de terreno.</p> - -<p>Ni aun entonces se habría detenido -si no le hubiese faltado el -aliento, pues no huía ante imágenes -engendradas por el miedo, sino -ante espectros que le acosaban -terribles. El ataúd que había visto -le pisaba los talones, saltando sobre -las piedras y tierra del camino -en posición perpendicular y sobre -el extremo más estrecho, empeñado -en alcanzarle y en colocarse a<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span> -su lado... quizá para asirse a su -brazo. Aquel diabólico ataúd debía -ser prodigio de incongruencia -y de ubicuidad, pues tan pronto -saltaba entre las negras filas -de árboles que bordeaban el camino -como volaba sobre las espesas -copas, semejante a cometa sin -rabo ni alas. Ocultábase también -en los huecos de las puertas, contra -las cuales frotaba sus horribles -costillas, produciendo un ruido -semejante a huecas carcajadas. -Constantemente ganaba terreno -al muchacho en aquella carrera -fantástica. Cuando el perseguido -llegó a la puerta de su casa, estaba -medio muerto de miedo. Ni aun -después de refugiarse en ella se -vió libre de la encarnizada persecución -del ataúd, que subió tras -él la escalera saltando sobre sus -peldaños, y se acostó en su cama, -y se subió sobre su pecho cuando -el sueño o el terror rindieron al -desventurado curioso.</p> - -<p>La presencia de Jeremías <i>Lapa</i> -en el estrecho cuarto del muchacho -puso fin al agitado sueño de -éste antes que los primeros rayos -del sol hicieran su aparición sobre -la tierra. La fortuna debió serle -poco propicia aquella noche; así, -al menos, lo infirió su hijo del -hecho de que tuviera a su mujer -agarrada por las orejas y sacudiéndola -sin consideración.</p> - -<p>—¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!—decía -Jeremías.</p> - -<p>—¡Por Dios, Jeremías!—exclamaba -su mujer con acento de súplica.</p> - -<p>—Te empeñas en estropearme -los negocios, sin tener en cuenta -que me perjudicas a mí y a mis -asociados. Tu obligación es obedecer: -¿por qué no lo haces?</p> - -<p>—¡Procuro ser mujer honrada!—contestaba -la infeliz, derramando -lágrimas.</p> - -<p>—¿Y crees que la honradez -consiste en echar a perder los negocios -de tu marido? ¿Crees honrar -a tu marido deshonrando sus -asuntos?</p> - -<p>—¡No deberías dedicarte a negocios -tan horribles, Jeremías!</p> - -<p>—Debe bastarte el ser la esposa -de un honrado menestral y no dar -entrada en tu estrecho entendimiento -femenino a cálculos o apreciaciones -acerca de la naturaleza -de los negocios que hace o deja -de hacer tu marido. La mujer que -es honrada y obediente, no se mete -en lo que es incumbencia privativa -de su esposo. ¿Y tú te llamas -religiosa? ¿Tú te llamas honrada? -¡Si eres religiosa, si eres honrada, -dénme mujeres irreligiosas -y sin honra!</p> - -<p>El altercado, que se sostenía -en voz baja, llegó a su término -cuando Jeremías, despojándose de -las botas cubiertas de barro, se -tendió sobre el suelo, boca arriba -y puestas las manos debajo de la -cabeza a guisa de almohada. El -hijo, en su deseo de imitar al padre, -volvió a tenderse sobre la -cama, no tardando en dormirse.</p> - -<p>Después del almuerzo, en cuyo -<i>menú</i> no figuró ningún plato de -pescado, y puede decirse que de<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span> -ningún otro manjar, el señor Jeremías, -que dicho sea de paso estaba -furioso como nunca, bien -acepillado y lavado, salió con su -hijo a la calle y tomó el camino -del Banco Tellson.</p> - -<p>El joven vástago del honrado -menestral que caminaba al lado -de éste por la calle Fleet no era -ya el mismo que la noche anterior -huía despavorido por caminos -solitarios de su terrible perseguidor. -Con los resplandores del día -recobró su atrevimiento habitual, -y sus bascas y escrúpulos terminaron -con la noche... en cuyos particulares -es más que probable que -tuviera muchos compadres en la -animada calle Fleet.</p> - -<p>—Padre—dijo el muchacho durante -el trayecto,—¿qué es un -desenterrador?</p> - -<p>El buen <i>Lapa</i> no pudo contestar -pregunta tan inesperada sin antes -quedar como clavado en el sitio.</p> - -<p>—¡Yo qué sé!—respondió al -fin.</p> - -<p>—Yo creí que usted lo sabía -todo, padre—repuso el candoroso -muchacho.</p> - -<p>—¡Hum! ¡Pues... mira!—dijo -Jeremías <i>Lapa</i>, después de quitarse -el sombrero y de rascarse la -frente.—Un desenterrador es un -honrado menestral, un comerciante.</p> - -<p>—¿En qué ramo comercia?</p> - -<p>—Comercia... en géneros científicos -de naturaleza especial.</p> - -<p>—En cadáveres humanos; ¿verdad, -padre?</p> - -<p>—Creo que no andas del todo -descaminado, hijo.</p> - -<p>—¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser -desenterrador cuando llegue a -hombre!</p> - -<p>La proposición llenó de noble -orgullo al padre. Sin embargo, -moviendo la cabeza como con -aire de duda, replicó:</p> - -<p>—Dependerá del vuelo que alcancen -tus talentos. Procura alentar -su desarrollo, a lo cual contribuirá -poderosamente el ejemplo -que te doy. Hoy es prematuro -hablar de lo que en lo futuro harás -o dejarás de hacer.</p> - -<p>Momentos después, mientras el -muchacho iba a colocar el banco -a la sombra del edificio del Tribunal -del Temple, Jeremías <i>Lapa</i> murmuró -para sus adentros:</p> - -<p>—Amigo Jeremías, honrado -menestral; puedes abrigar esperanzas -fundadas de que tu hijo -llegará con el tiempo a ser un -tesoro que compensará tu desgracia -de tener por esposa a una mujer -desnaturalizada.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XV">XV.<br />HACIENDO CALCETA</h3></div> - - -<p>Aquel día, en la taberna del señor -Defarge, habían comenzado -las libaciones más temprano que -de ordinario. Cuando a las seis de -la mañana, caras pálidas se acercaron -a los barrotes de las rejas -que defendían las ventanas, vie<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>ron -otras caras pálidas inclinadas -sobre sendos cubiletes de vino. -Por regla general, el vino que en -la taberna de Defarge se expendía -había recibido las saludables -aguas del bautismo, pero el que -en esta ocasión bebían los báquicos -madrugadores debía ser agrio, -o al menos tenía la propiedad de -agriar el temperamento de los -que lo ingerían. El zumo de las -uvas encerrado en los toneles de -Defarge no encendía alegres llamas -báquicas, sino un fuego latente, -un fuego que ardía sin salir -a la superficie.</p> - -<p>Tres mañanas hacía ya que los -sacrificios a Baco comenzaban -muy temprano en la taberna de -Defarge. Se inauguraron el lunes y -nos encontramos en miércoles. Verdad -es que se hablaba o se escuchaba -más que se bebía, pues no -faltaban madrugadores, que penetraban -en el establecimiento no -bien se abría la puerta, a quienes -hubiese sido imposible depositar -sobre el mostrador una moneda, -aun cuando de la salvación de -su alma se hubiera tratado. No -por eso dejaban de mostrar el mismo -contento que si se hubiesen -hecho servir barricas enteras de -vino; veíaseles pasar de una banqueta -a otra, trasladarse de un -rincón a otro rincón, tragando -con manifiesta ansiedad sendos -párrafos de conversación en vez -de saborear sendos tragos de vino.</p> - -<p>Aunque la concurrencia era más -numerosa que de ordinario, el -tabernero no había considerado -necesario hacerse visible. Los parroquianos -no debían conceder -importancia a la ausencia de Defarge, -toda vez que nadie preguntaba -por él, nadie mostraba deseos -de verle, nadie se extrañaba -de ver sola a la señora Defarge, -sentada tras el mostrador, presidiendo -la distribución del vino -y recogiendo contrahechas monedas, -de las que habían desaparecido -las efigies y escudos impresos -por el troquel. Eran monedas -dignas de los andrajosos bolsillos -de que habían salido.</p> - -<p>Aburrimiento, falta absoluta de -interés y sobra de fastidio es lo -único que en la taberna hubieran -notado los espías que, a no dudar, -avizoraban desde la calle, como -avizoraban todos los sitios, altos -y bajos, desde el palacio del rey -hasta la celda del criminal. Languidecían -las barajas, los jugadores -de dominó hacían castillos -con las fichas, los bebedores dibujaban -caras sobre las mesas con -las gotas de vino que caían de los -cubiletes, y la señora Defarge seguía -con un mondadientes los -dibujos de la manga de su vestido, -como si oyese algo que no hería -los tímpanos y viese cosas que -no impresionaban la retina.</p> - -<p>Hasta el mediodía, en nada -variaron las características de San -Antonio en su aspecto vinoso. -Poco después de las doce, llegaron -dos hombres cubiertos de polvo, -uno de los cuales era el señor Defarge, -y el otro un peón caminero, -ambos con semblantes adustos y<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span> -sedientos, los cuales entraron en -la taberna. Su llegada encendió -en el pecho de San Antonio encendidas -chispas que, corriéndose por -fuera de la taberna, no tardaron -en transformarse en llamas, y -éstas a su vez en caras humanas -que llenaron todas las puertas y -ventanas del barrio. Nadie siguió -a los polvorientos viajeros, nadie -les dirigió una sola palabra, pero -todos clavaron en ellos los ojos.</p> - -<p>—¡Buenos días!—contestó un -coro nutrido.</p> - -<p>—Mal tiempo, señores—repuso -Defarge, moviendo la cabeza.</p> - -<p>Cada uno de los presentes miró -a su vecino, y a continuación, -todos bajaron los ojos al suelo -y guardaron silencio. Uno solo, -por excepción, se levantó de su -asiento y se fué.</p> - -<p>—Mi querida esposa—continuó -Defarge,—he recorrido una porción -de leguas en compañía de este -buen caminero, que se llama Santiago. -Le encontré... por casualidad, -a jornada y media de París. -Es un buen muchacho y se llama -Santiago... ¡Dale de beber, querida!</p> - -<p>Levantóse otro hombre y salió -de la taberna. La señora Defarge -sirvió un vaso de vino al buen -peón caminero, quien saludó quitándose -el gorro azul que cubría -su cabeza, y bebió. Sacó del seno -un pedazo de pan áspero y negro, -se sentó junto al mostrador, y -principió a comer y a beber. Otro -parroquiano, el tercero, se puso -en pie y abandonó la taberna.</p> - -<p>Defarge se sirvió otro vaso de -vino, de menor capacidad que el -servido al caminero, y esperó a -que éste despachara su refrigerio. -Ni miró a ninguno de los presentes, -ni ninguno de los presentes -volvió los ojos hacia él. La señora -Defarge había tomado en sus manos -la calceta, y trabajaba sin -mirar y sin hablar.</p> - -<p>—¿Ha terminado ya el almuerzo?—preguntó -el tabernero al peón -luego que advirtió que no comía.</p> - -<p>—Sí; muchas gracias.</p> - -<p>—Entonces, vamos: le enseñaré -la habitación que le dije que ocuparía, -y que desde luego aseguro -que ha de ser de su gusto.</p> - -<p>Desde la tienda salieron a la -calle, desde la calle entraron a un -patio, en el patio tomaron una -escalera, y al final de la escalera -encontraron un sotabanco... que -en otro tiempo fué alojamiento -de un hombre de cabellos blancos -como la nieve, que se pasaba los -días sentado en una banqueta y -haciendo zapatos.</p> - -<p>No se encontraba en el sotabanco -el de los cabellos blancos -como la nieve, pero sí los tres -hombres que antes salieron uno -a uno de la taberna.</p> - -<p>Defarge cerró cuidadosamente -la puerta del sotabanco, y dijo -a media voz:</p> - -<p>—¡Santiago Primero, Santiago -Segundo, Santiago Tercero! Os -presento al testigo encontrado -por mí, Santiago Cuarto. El os lo -dirá todo. Puedes hablar, Santiago -Quinto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span></p> - -<p>El peón caminero, después de -secar su sudorosa frente con el -gorro azul que en la mano tenía, -preguntó:</p> - -<p>—¿Por dónde comienzo?</p> - -<p>—Puedes comenzar por el principio—respondió -con mucha lógica -Defarge.</p> - -<p>—Le vi, señores—comenzó el -peón caminero,—ha hecho un año -este verano, bajo el carruaje del -señor Marqués, pendiente de la -cadena. Yo acababa de dejar mi -tarea, el sol se hundía en el horizonte, -el coche del señor Marqués -subía trabajosamente la colina, -y él iba suspendido de la cadena -de esta manera.</p> - -<p>El orador representó gráficamente -una escena que había representado -millares de veces en la -aldea durante un año entero.</p> - -<p>Tomó la palabra Santiago Primero -para preguntar al caminero -si había visto antes al hombre que -pendía de la cadena.</p> - -<p>—Nunca—contestó el interpelado, -recobrando la posición perpendicular.</p> - -<p>Preguntó Santiago Tercero cómo -había podido reconocerle después, -no habiéndole visto hasta -ese día.</p> - -<p>—Le reconocí por su elevada -estatura—dijo el peón caminero, -puesto el índice de la mano derecha -en la nariz.—Cuando aquella -noche preguntó el señor Marqués -qué señas tenía, yo contesté: «Es -alto como un espectro».</p> - -<p>—Debió usted decir «pequeño -como un enano»-observó Santiago -Segundo.</p> - -<p>—¿Y qué sabía yo? Ni había -sido cometida la hazaña ni él -se había confiado a mí. Pero tengan -ustedes en cuenta que, aun -en esas circunstancias, yo nada -declaré, nada dije. Buena prueba -de ello es que el señor Marqués, -señalándome con el dedo, gritó: -«¡Traedme a ese canalla!» ¡No, no, -señores! ¡Nada dije!</p> - -<p>—Tiene razón, Santiago—dijo -Defarge.—Sigue.</p> - -<p>—Pues bien—continuó el peón -caminero con aire de misterio.—El -hombre alto se ha perdido y -lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde -nueve, diez, once meses?</p> - -<p>—El número de meses es lo que -menos viene al caso—contestó -Defarge.—Estaba bien escondido, -pero al fin y a la postre, le encontraron -desgraciadamente. Prosigue.</p> - -<p>—Otra vez estoy trabajando en -la falda de la colina y el sol traspone -también las montañas de -Occidente, como en la ocasión -anterior. Recojo mis herramientas -para bajar a la aldea, donde -ha cerrado ya la noche, cuando, -al alzar los ojos, veo aparecer en -la cima de la colina seis soldados. -En medio de los soldados -veo a un hombre con los brazos -atados a los lados... en esta -forma.</p> - -<p>Con la ayuda de su indispensable -gorro azul, el orador representa -admirablemente a un hombre<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span> -cuyos codos están amarrados a la -cintura.</p> - -<p>—Me hago a un lado, señores, -colocándome junto a un acopio, -para ver pasar a los soldados y a -su prisionero, pues se trata de un -camino militar por el que nada -pasa que no sea digno de ser mirado, -y cuando aquellos se acercaron, -en los primeros momentos, -nada vi más que a seis soldados -que conducían a un hombre amarrado, -un hombre alto, y que soldados -y prisionero parecían negros, -excepto por la parte que -daba frente a la puesta del sol, -donde advertí algunas líneas rojizas. -También pude observar que -las sombras que proyectaban sus -cuerpos cruzaban el camino en -todo su ancho, cual si fueran sombras -de gigante. Vi asimismo que -iban cubiertos de polvo, y que -levantaban nubes de polvo al -andar marcando el paso. Cuando -pasaron frente a mí, reconocí al -hombre alto que llevaban preso -y él me reconoció también a mí. -¡Ah! ¡Bien sé yo que el preso se -hubiera arrojado de cabeza por -la falda de la colina como hizo -la tarde en que le vi por vez primera -en el mismo sitio!</p> - -<p>A continuación hizo una descripción -detallada y llena de vida -de la escena a que acababa de -aludir.</p> - -<p>—Ni yo di a entender a los -soldados que había reconocido al -preso, ni el preso dejó entrever -a los soldados que me hubiera reconocido -a mí. En cambio nosotros -nos lo dimos a comprender -por medio del lenguaje de los ojos. -«¡Vivo, vivo!»—dijo el jefe de los -soldados.—«¡Llevémosle pronto -a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron -el paso. Yo les seguí. Los brazos -del preso estaban hinchados por -efecto de la brutal presión de las -cuerdas, y como sus zuecos le -estaban grandes y eran muy pesados, -andaba cojo. El que está -cojo, no puede caminar de prisa, -y como los soldados querían hacer -con rapidez el viaje, arreaban al -preso de esta manera.</p> - -<p>El peón caminero imitó los movimientos -del hombre a quien -obligan a caminar a culatazos.</p> - -<p>—Cayó de bruces el prisionero -mientras bajaban la pendiente -corriendo como locos. Los soldados -rompieron a reir y le levantaron. -Sangraba su cara y estaba -llena de tierra, pero el infeliz no -pudo llevar hasta ella sus manos, -lo que, visto por los soldados, dió -margen a nuevas carcajadas. Lleváronle -a la aldea, que salió en -masa a verle, y desde la aldea al -molino, y desde el molino al calabozo. -La aldea entera vió cómo se -abría la puerta del calabozo y se -engullía al prisionero de esta manera:</p> - -<p>El peón caminero abrió una -boca descomunal, y la cerró con -estrépito producido por sus dientes -al entrechocarse con violencia. -Con tal verismo quiso representar -la escena, que continuó con la<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span> -boca cerrada hasta que Defarge, -al cabo de un buen espacio de esperar, -dijo:</p> - -<p>—Adelante, Santiago.</p> - -<p>—La aldea en masa se retira,—prosiguió -el caminero, bajando la -voz y puesto sobre las puntas de -sus pies,—la aldea en masa se -congrega en torno de la fuente, -y habla; la aldea entera se recoge -en sus lechos; la aldea entera sueña -en aquel desdichado, que se -encuentra entre muros y hierros, -encerrado en el calabozo que se -alza al borde del tajo, del cual no -saldrá más que para morir. A la -mañana siguiente, me echo las -herramientas sobre los hombros, -tomo un pedazo de pan negro, y -dando un rodeo, paso junto a la -cárcel antes de dirigirme al trabajo. -Allí le veo, detrás de los -recios barrotes de aquella jaula -de hierro, cubierto de sangre y de -polvo, lo mismo que estaba la -noche anterior. No puede alargarme -una mano, porque ninguna -le han dejado libre; no me atrevo -a llamarle ni él se atreve a decirme -palabra; su aspecto es el de -un muerto.</p> - -<p>Tanto Defarge como los tres -oyentes se dirigen miradas sombrías, -miradas que respiran odio -y venganza, mientras escuchan la -historia de labios del caminero. -La actitud de los tres, aunque reservada, -es autoritaria, cual si -constituyeran un tribunal severísimo. -Los Santiagos Primero y -Segundo están sentados sobre el -viejo jergón, apoyadas las respectivas -barbillas sobre las manos y -fijos los ojos en el narrador. Santiago -Tercero ha puesto una rodilla -en tierra y no cesa de pasar su -mano nerviosa por su boca y nariz, -y Defarge, de pie entre el -grupo formado por los tres Santiagos -y el narrador, ora mira a éste, -ora vuelve su severa cara hacia -aquéllos.</p> - -<p>—Adelante, Santiago—dice Defarge.</p> - -<p>—En aquella jaula de hierro le -tienen encerrado una porción de -días. La aldea le ve, pero recatándose, -pues tiene miedo. Durante -el día, contempla desde lejos el -calabozo del tajo, y por la noche, -cuando ha terminado la labor del -día y se reúne junto a la fuente, -todas las caras se vuelven hacia -la cárcel. Antes, el objeto de las -miradas de la aldea entera era la -casa de postas: hoy es la prisión -del tajo. En las conversaciones -que la aldea sostiene junto a la -fuente dice que, aun cuando le -condenaran a muerte, no será -ejecutada la sentencia; dicen que -han sido presentadas en París exposiciones -en las cuales demuestran -que el infeliz enloqueció y -no supo lo que hacía a consecuencia -de la desgraciada muerte de -su hijo; dicen que ha sido presentada -una exposición al mismo -Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! -Yo no aseguro ni que sí ni que no.</p> - -<p>—¡Escucha con atención, Santiago!—interrumpió -con duro -acento Santiago Primero.—Sabe -que ha sido presentada una expo<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span>sición -al Rey y a la Reina. Todos -los que aquí estamos, excepción -hecha de ti, sabemos que el Rey -la tomó en sus manos, en ocasión -en que paseaba por la calle en -carruaje, sentado junto a la Reina. -Defarge, a quien estás viendo, con -riesgo de su vida, se puso delante -de los caballos llevando el memorial -en la mano.</p> - -<p>—¡Escúchame ahora a mí, Santiago!—terció -Santiago Tercero, -siempre con una rodilla en tierra -y agitando sus nerviosos dedos.—¡La -escolta, de a pie y de a caballo, -cayeron sobre el suplicante y le -magullaron a golpes! ¿Has entendido?</p> - -<p>—He entendido, señores.</p> - -<p>—Adelante, pues—dijo Defarge.</p> - -<p>—No faltan tampoco personas -que aseguran que ha sido llevado -a nuestro país para ejecutarlo en -él, y que será irremisiblemente -ejecutado. También dicen que, -como mató al señor, y el señor -es el padre de sus vasallos, será -ejecutado como parricida. Dice -un viejo que quemarán en vivo -su mano derecha, armada de un -cuchillo; que en las heridas que -abrirán en sus brazos, en su pecho -y en sus piernas, derramarán -aceite hirviendo, plomo derretido, -resina encendida, cera y azufre -ardiendo, y finalmente, que atado -a las colas de cuatro caballos, -será despedazado. Afirma el mismo -viejo que eso fué lo que hicieron -con un reo que atentó contra -la vida de nuestro difunto rey -Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será -mentira? No lo sé: no soy sabio.</p> - -<p>—¡Escucha otra vez, Santiago!—exclamó -el tercero de este nombre.—El -reo de quien hablas se -llamaba Damiens, y el programa -que acabas de exponer se ejecutó -a la luz del sol y en las calles de -París. Acerca de la impresión que -produjo en las personas que lo -presenciaron, sólo te diré, Santiago, -que la infinidad de damas de -la más alta nobleza que acudieron -a presenciar la ejecución, no quisieron -privarse de ningún detalle, -la contemplaron con arrobamiento -hasta el final... hasta el final, -Santiago, que no sobrevino hasta -el anochecer, horas después de -haber perdido el infeliz dos piernas -y un brazo... ¡y aun respiraba! -Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos -años tienes?</p> - -<p>—Treinta y cinco—contestó el -caminero, que representaba sesenta.</p> - -<p>—¡Demasiados!—murmuró con -impaciencia Defarge.—Continúa.</p> - -<p>—No se habla en la aldea de -otra cosa: hasta la fuente parece -haber aprendido la misma cantinela. -Al fin, un domingo por la -noche, llegan los soldados y se -encaminan a la prisión. Obreros -que cavan, obreros que clavan, -soldados que ríen a carcajadas, -y cuando luce el día, junto a la -fuente se alza un patíbulo de -cuarenta pies de elevación, cuya -sombra envenena las aguas. Todo -el mundo suspende los trabajos, -todo el mundo se reúne allí, las<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span> -vacas no salen al campo porque -tampoco quieren privarse del espectáculo. -Al mediodía truenan -los tambores. Los soldados, que -la noche anterior fueron a la prisión, -vuelven llevándole en medio. -El reo está amarrado, le han puesto -en la boca una mordaza sujeta -con una cuerda en forma tal, que -parece que ríe. En lo alto del patíbulo -han colocado un cuchillo -con la punta al aire. El reo es -ahorcado a cuarenta pies de altura, -y su cadáver queda balanceándose... -envenenando con su sombra -las aguas de la fuente.</p> - -<p>Los oyentes se dirigieron miradas -sombrías, mientras el narrador -se secaba el sudor de la cara -con el gorro azul.</p> - -<p>—¡Es horroroso, señores!—repuso.—¿Cómo -han de beber agua -de la fuente las mujeres y los niños? -¿Quién es el atrevido que -osa hablar durante la noche bajo -aquella sombra? ¿Bajo la sombra -dije? ¡Cuando yo salí de la aldea -el lunes por la tarde, casi a puestas -de sol, volví la cabeza desde la -cima de la colina y vi que la sombra -cubría la iglesia, cubría el -molino, cubría la prisión del tajo, -cubría toda la tierra, señores, que -tiene por techo el cielo azul!</p> - -<p>El oyente que escuchaba rodilla -en tierra parecía estar hambriento -de algo... que no era ni comida ni -bebida.</p> - -<p>—He terminado, señores. Abandoné -la aldea momentos antes -de ponerse el sol, conforme -acabo de decir, y caminé toda la -noche y la mitad del día siguiente, -hasta que encontré, conforme -también he dicho, a este camarada. -En su compañía llegué hasta -aquí, unas veces a pie otras a caballo, -viajando todo el resto del -día de ayer y toda la noche pasada. -He dicho.</p> - -<p>—Está bien—dijo Santiago -Primero, después de un silencio -imponente.—Has obrado y narrado -con fidelidad. ¿Quieres esperarnos -por breve tiempo fuera, en la -escalera?</p> - -<p>—Con mucho gusto—contestó -el peón caminero.</p> - -<p>Defarge le acompañó hasta la -escalera, le dejó sentado sobre el -último peldaño, y volvió a entrar -en el sotabanco. Los tres Santiagos -se habían levantado y formaban -un grupo muy apretado.</p> - -<p>—¿Qué dices, Santiago?—preguntó -el número uno de este nombre.—¿Lo -consignamos en nuestro -registro?</p> - -<p>—¡Regístralo como condenado -a la destrucción!—contestó Defarge.</p> - -<p>—¡Magnífico!—exclamó Santiago -Tercero.</p> - -<p>—¿El castillo y toda la raza?—repuso -el primero.</p> - -<p>—¡Sí; el castillo y toda la raza!—bramó -Defarge—¡Exterminio -completo!</p> - -<p>—¡Sublime!—gritó el tercer -Santiago.</p> - -<p>—¿Tienes seguridad de que el -sistema que hemos acordado para -el registro no ha de originarnos -ningún contratiempo?—preguntó<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span> -a Defarge Santiago Primero.—Que -es seguro, no ofrece duda, -toda vez que, excepción hecha -de nosotros, nadie es capaz de -descifrarlo: ¿pero podremos descifrarlo -siempre... mejor dicho, -podrá ella?...</p> - -<p>—Santiago—replicó Defarge irguiéndose,—si -mi mujer se empeña -en guardar todo el registro en -su memoria, ten por seguro que -no se perderá ni una palabra, ni -una sílaba de cuantas contenga. -Con puntos de calceta es ella capaz -de escribirlo todo más claro -que el sol. Confía en mi mujer. El -poltrón más cobarde, el más apegado -al mundo que viva o haya -vivido bajo la capa del cielo ha -de encontrar menos dificultades -para quitarse a sí mismo la existencia, -que para arrancar una sola -letra del registro escrito a punto -de media por mi señora.</p> - -<p>Murmullos de aprobación acogieron -las palabras de Defarge.</p> - -<p>—¿Qué hacemos con ese rústico?—preguntó -Santiago Tercero.—¿Lo -despedimos? Me parece -excesivamente simple: ¿no nos -resultará peligroso?</p> - -<p>—Nada sabe—replicó Defarge,—y -lo poco que pudiera decir, -únicamente le serviría para subir -a un patíbulo tan alto como el que -ha poco nos estaba describiendo. -Yo me encargo de él; dejadlo a mi -cuidado. A su tiempo lo despediré. -Parece que desea ver al Rey, a la -Reina, a los magnates y señores -de la corte: le permitiremos que -satisfaga su gusto el domingo.</p> - -<p>—¡Cómo!—exclamó Santiago -Tercero.—¿No te parece mal síntoma -que desee ver la realeza y -la nobleza?</p> - -<p>—Santiago—replicó Defarge,—enseña -al gato la leche, si quieres -excitar su sed; muestra al mastín -su presa natural, si quieres que -en su día caiga sobre ella y la despedace.</p> - -<p>Nada más se dijo por entonces. -El peón caminero, a quien encontraron -dando cabezadas en el descansillo, -fué invitado a tenderse -sobre el jergón. No se hizo repetir -la invitación, y momentos después, -dormía como un tronco.</p> - -<p>Peor alojamiento del que le -ofrecía la taberna de Defarge -hubiera podido encontrar en París -un infeliz como el caminero. -Si prescindimos del miedo misterioso -que le inspiraba la tabernera, -miedo que le acosaba constantemente, -llevaba una vida que -no podía ser más agradable. Pero -es el caso que la tabernera se -pasaba el día entero sentada detrás -del mostrador, tan indiferente -a su persona, tan <i>empeñada</i> -en no darse cuenta de la presencia -de un extraño en la casa, que éste -andaba desconcertado y receloso.</p> - -<p>No es, pues, de extrañar que, -cuando llegado el domingo, supo -que la tabernera se agregaría a -su marido para acompañarle a -Versalles, le hiciera muy poca -gracia el programa, aunque otra -cosa dijera su lengua. Vino a -aumentar su desconcierto el hecho -de que la tabernera no cesaba de<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span> -hacer calceta durante el camino, -y su desconcierto se trocó en -horrible aturdimiento cuando, -aquella tarde, en ocasión en que -esperaban el paso de la Reina, -hubo de permanecer al lado de la -tabernera, cuyas manos manejaban -con verdadero ardor las agujas -de la media.</p> - -<p>—¿Trabaja usted mucho, señora?—dijo -un hombre que pasó por -su lado.</p> - -<p>—Sí—respondió la señora Defarge,—tengo -mucho que hacer.</p> - -<p>—¿Y qué hace usted, señora?</p> - -<p>—Muchas cosas.</p> - -<p>—Por ejemplo...</p> - -<p>—Por ejemplo—contestó la tabernera -con la calma misma de -antes—mortajas.</p> - -<p>Alejóse el desconocido tan pronto -como le fué posible. El pobre -caminero sintió en el pecho tan -extraña opresión, que hubo de -hacerse aire con su gorro. Si para -su completo restablecimiento necesitaba -de la presencia de dos -testas coronadas, fuerza es confesar -que no pudo quejarse de su -suerte, toda vez que, momentos -después, aparecían un rey de -grandes quijadas y una reina de -hermoso rostro, cómodamente -instalados en áurea carroza. Con -los soberanos venía lo mejorcito, -lo más notable de su corte. El -pobre peón caminero, al ver aquel -ejército encantador de sonrientes -damas y de brillantes caballeros, -unas y otros cubiertos de sedas -y de encajes, de blondas y de ricos -terciopelos, de galones de oro y -de deslumbrante pedrería, sintió -en su pecho tales oleadas de entusiasmo, -que gritando a voz en -cuello dió vivas al Rey y a la Reina, -a damas y caballeros y aun -a las carrozas y a los caballos -que de ellos tiraban. Y vió hermosos -jardines y encantadoras -arboledas, y terrazas soberbias -y fuentes maravillosas, y encontró -nuevamente al Rey y a -la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, -a todo lo creado, y creció -su entusiasmo, y el entusiasmo -dió nacimiento en su alma a la -simpatía, y la simpatía a la ternura, -y ésta, encontrando estrechos -los límites del pecho, se desbordó -a torrentes por sus ojos en forma -de lágrimas. Durante la escena, -que duró tres horas, durante las -cuales gritó hasta enronquecer y -lloró hasta agotar el manantial de -sus lágrimas, Defarge hubo de -tenerle sujeto con una mano por el -cuello para impedir que en su -irreflexivo entusiasmo cayera sobre -los objetos de su pasajera devoción -y los destrozara entre sus -manazas.</p> - -<p>—¡Bravo!—exclamó Defarge -cuando terminó el desfile.—Eres -un buen muchacho.</p> - -<p>Temió haber cometido una torpeza -el caminero, que comenzaba -a volver en sí, pero pronto se tranquilizó.</p> - -<p>—Eres el hombre que necesitamos—díjole -Defarge pegando los -labios a sus oídos.—Harás creer<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span> -a esos insensatos que sus locuras -durarán siempre; crecerá su insolencia, -y ellos mismos precipitarán -su fin.</p> - -<p>—¡Calla!—exclamó el caminero.—¡Pues -es verdad!</p> - -<p>—Son idiotas y ciegos. Te desprecian -profundamente; verían -impasibles tu muerte y la de mil -más como tú; es más: sacrificarían -sin remordimiento esas mil -vidas a trueque de salvar la de -uno solo de sus caballos o perros, -y sin embargo, les envanecen tus -gritos. Engañémoslos durante algún -tiempo más, que por grande -que el engaño sea, nunca será -tan grande como merecen.</p> - -<p>La señora Defarge miró al caminero -e hizo signos de aprobación.</p> - -<p>—Dígame, amigo: si le pusieran -delante un montón enorme de -hermosas muñecas y le dijeran -que podía destrozar y despojar -a las que se le antojase, ¿no es verdad -que escogería las más ricas, -las más hermosas?</p> - -<p>—Verdad es, señora.</p> - -<p>—Muy bien. Y si le mostrasen -una bandada de pájaros de hermoso -plumaje, incapaces de levantar -el vuelo, y le dieran permiso -para arrancarles las plumas en -beneficio suyo, ¿no es verdad que -principiaría por los que más bellas -plumas tuvieran?</p> - -<p>—Así es, señora.</p> - -<p>—Pues acaba de ver el montón -de hermosas muñecas y la bandada -de pájaros de vistoso plumaje: -ahora, vámonos a casa.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XVI">XVI.<br />MÁS PUNTO DE MEDIA</h3></div> - - -<p>Mientras la señora Defarge y su -señor marido regresaban en amigable -compañía al centro de San -Antonio, un gorro de color azul -avanzaba horadando tinieblas y -envuelto en espesas nubes de polvo -por los caminos que conducían -al sitio en que el castillo del señor -Marqués, a la sazón durmiendo -el sueño eterno, escuchaba las -susurrantes conversaciones de los -árboles. Tiempo tenían de sobra -los rostros de piedra para escuchar -las conversaciones sostenidas por -los árboles y la fuente, y con tal -interés lo aprovechaban, que los -esqueletos que poblaban la aldea -y rondaban las inmediaciones del -castillo en busca de algunas hierbas -con que acallar su hambre y -de algunos leños con que alimentar -la lumbre de sus fríos hogares, -si llegaron a dar vista al patio, -doble escalera y terraza del castillo, -dieron cabida en su famélica -fantasía a la idea de que la expresión -de los rostros de piedra había -sufrido profunda alteración. Aseguraban -los míseros moradores de -la aldea que la expresión de orgullo -y de desdén de los guardianes -de piedra del castillo se trocaba -en expresión de dolor y de cólera -cuando el cuchillo hería a la Casa, -y aseguraban que desde el instante -en que se balanceó a cuarenta<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span> -pies de elevación sobre el suelo -el cuerpo del asesino, a la expresión -de dolor y de cólera de aquéllos -sucedió otra que respiraba -feroz venganza, que perduraría -en ellos hasta la consumación de -los siglos. La faz de piedra que -vigilaba la gran ventana de la alcoba -en que el asesinato había sido -perpetrado apareció un día con -dos mellas finísimas en la nariz; -y si alguna vez, de entre algún -grupo de harapientos aldeanos -se destacaban dos o tres para acercarse -al Marqués petrificado, no -transcurría un minuto de contemplación -sin que huyeran asustados -como liebres perseguidas por -ágiles lebreles.</p> - -<p>Castillo y chozas, faces de piedra -y caras de carne y hueso, -losas del patio del castillo teñidas -de rojo y aguas puras encerradas -en el pozo de la aldea, millares de -hectáreas de terreno... toda una -provincia de Francia... la Francia -entera, duermen bajo la inmensa -bóveda azulada, cual si fueran -un punto imperceptible, un átomo -perdido en la inmensidad. No -es otra cosa el mundo, con toda su -grandeza y su insignificancia, con -relación a la brillante estrella que -le parpadea en las alturas. Los -sabios de la tierra quiebran, dividen, -descomponen un rayo de luz -y analizan sus componentes; y de -la misma manera, otra inteligencia -más sublime que la humana -lee los débiles destellos que brotan -de esta tierra que habitamos, y -analiza todos los pensamientos -y todos los actos, todos los vicios -y todas las virtudes de las criaturas -dotadas de inteligencia.</p> - -<p>El carruaje público en el que -hicieron el viaje de regreso los -Defarge, marido y mujer, hizo -alto en la puerta de la ciudad más -próxima a su domicilio, donde -no tardaron en dejarse ver los faroles -de costumbre encargados de -practicar el examen e investigaciones -reglamentarias. Defarge -saltó del carruaje al ver a dos o -tres soldados y a un policía conocidos -suyos; este último, con quien -le ligaban lazos de amistad íntima, -le abrazó.</p> - -<p>Llegados a los linderos del distrito -puesto bajo la protección de -las alas de San Antonio, dejaron -los Defarge el carruaje y se encaminaron -a su casa a pie, por calles -obscuras y cubiertas de lodo. En -el trayecto, la señora Defarge -preguntó a su marido:</p> - -<p>—¿Qué te ha dicho Santiago el -policía?</p> - -<p>—Todo lo que sabe, bien que es -muy poca cosa. Han nombrado -otro espía para nuestro barrio: -quizá no sea ése solo, pero aquél -no conoce más que a uno.</p> - -<p>—Está bien—contestó la tabernera -con la calma de siempre.—Habrá -que anotarlo en el registro. -¿Cómo se llama ese hombre?</p> - -<p>—Es inglés.</p> - -<p>—¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?</p> - -<p>—Barsad.</p> - -<p>—Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su -nombre de pila?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p> - -<p>—Juan.</p> - -<p>—Juan Barsad... Juan Barsad—repitió -la tabernera.—Muy bien. -¿Sus señas?</p> - -<p>—Unos cuarenta años de edad, -sobre cinco pies nueve pulgadas -de estatura, pelo negro, color moreno -cetrino, ojos negros, delgado, -nariz aguileña, pero no recta: ofrece -la particularidad de estar torcida -ligeramente hacia la izquierda, -lo que le da, como es natural, -expresión siniestra.</p> - -<p>—¡Es un retrato acabado a fe -mía!—exclamó la señora Defarge -riendo.—Lo registraré mañana.</p> - -<p>Llegados a la taberna, que encontraron -cerrada—eran más de -las doce de la noche,—la señora -Defarge tomó asiento detrás del -mostrador y consagró su atención -al examen de las cuentas del día. -Principió por volcar sobre el mostrador -el jarro dentro del cual -se colocaba el importe de las ventas, -contó el dinero, midió las -existencias, leyó las entradas y -salidas consignadas en el libro -destinado al objeto, corrigió los -asientos, hizo algunos nuevos y -discutió otros, y después de apurar, -y estrechar, y marear de mil -maneras al individuo encargado -del establecimiento, envióle a dormir. -A continuación, hizo de las -monedas sacadas del jarro varias -pilas iguales, que fué anudando -en el pañuelo de bolsillo, el cual -no tardó en quedar convertido -en rosario de nudos. Defarge, -mientras tanto, paseaba por el -establecimiento, fumando su pipa -y admirando complacido la prudente -y sabia economía doméstica -de su mujer, bien que sin entrometerse -en ella.</p> - -<p>Como la tienda era estrecha, y -el techo poco elevado, y la noche -estaba calurosa en extremo y cerradas -todas las ventanas y puertas, -respirábase una atmósfera -extraordinariamente viciada. No -era un portento de delicadeza el -sentido del olfato del señor Defarge, -pero aun así, los vapores del -vino, unidos a los del ron y del -aguardiente, le molestaban en -tales términos, que procuraba alejarlos -de su nariz a fuerza de resoplidos -y de darse aire con las -manos.</p> - -<p>—Estás cansado, amigo mío—dijo -su mujer, dirigiéndole una -mirada mientras anudaba el dinero.—El -olor que aquí se respira -es el de todos los días.</p> - -<p>—En efecto; estoy cansado—contestó -Defarge.</p> - -<p>—Y un poco deprimido y descorazonado—repuso -la tabernera, -cuyos penetrantes ojos, no obstante -estar atentos a las cuentas, -distraían uno o dos rayos para -examinar al marido.—¡Ah... los -hombres!...</p> - -<p>—Pero...</p> - -<p>—No hay pero que valga—replicó -la señora con entereza.—Repito -que esta noche te encuentras -descorazonado.</p> - -<p>—¡Tarda tanto tiempo!—exclamó -Defarge.</p> - -<p>—¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y -qué es lo que no exige tiempo?<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span> -¡Siempre lo han exigido la venganza -y la justicia!</p> - -<p>—No es mucho el que emplea el -rayo para herir al hombre—observó -Defarge.</p> - -<p>—¿Y cuánto tiempo tarda en -acumularse la electricidad necesaria -para que brote el rayo? ¡Dímelo, -si es que lo sabes!</p> - -<p>Defarge alzó la cabeza, pero no -contestó.</p> - -<p>—Poco tiempo tarda un terremoto -en hacer polvo a una ciudad. -Pues bien: ¿cuánto tiempo se necesita -para preparar un terremoto?</p> - -<p>—Mucho, supongo—respondió -Defarge.</p> - -<p>—Pero cuando está preparado, -cuando sobreviene, la ciudad revienta, -queda pulverizada, reducida -a átomos impalpables. ¡Consuélate! -El terremoto se está preparando -aunque nadie lo vea, -aunque nadie lo oiga.</p> - -<p>Con ojos relampagueantes ató -otro nudo; parecía que estrangulaba -a un enemigo.</p> - -<p>—Yo te aseguro—añadió extendiendo -la diestra como para -dar mayor expresión a sus palabras—que -por mucho que en llegar -tarde, está en camino, se acerca -por momentos. Yo te aseguro que -avanza siempre, que no retrocede, -que no se detiene. Mira en torno -tuyo y escudriña las vidas de -cuantas personas te son conocidas, -repara en las caras del mundo -entero, y verás que el descontento, -la rabia que ruge en el pecho -de los explotados aumenta de -día en día, de hora en hora. ¿Y -crees que ese estado de cosas puede -durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido!</p> - -<p>—Mi querida mujercita—contestó -Defarge, poniéndose en pie -frente a su esposa, baja la cabeza -y con las manos a la espalda, semejante -al dócil escolar delante -de su maestro,—no lo pongo en -duda... La irritación existe: pero -data de tanto tiempo, que es muy -posible... que no estalle a tiempo -para que nosotros presenciemos -el cataclismo.</p> - -<p>—¿Y qué?—replicó la mujer.—Aun -cuando así fuera, ¿qué?</p> - -<p>—Pues... que no nos cabría la -dicha de saborear el triunfo.</p> - -<p>—Pero sí la de haber contribuído -a él—dijo con energía la tabernera.—Nada -de cuanto hagamos -será perdido. Creo con toda mi -alma que veremos el triunfo; pero -aun cuando supiera positivamente -que no me ha de caber esa dicha, -mientras exista un cuello de -aristócrata o de tirano no dejaré -de...</p> - -<p>—¡Calma... calma!—exclamó -Defarge, cuyo rostro se tiñó de -carmín cual si le hubieran acusado -de cobarde.—Tampoco yo, querida -mía, retrocederé por nada ni -por nadie.</p> - -<p>—Lo sé; pero eres débil a pesar -de todo, y lo eres, porque para -que no decaiga tu valor necesitas -ver a tu víctima a tus pies. Procura -no decaer, aunque te parezca -que la víctima está lejos. Cuando -llegue la ocasión, suelta los tigres -y los demonios que guardas ence<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>rrados -dentro del pecho, pero -mientras tanto, ténlos encadenados... -ocultos, pero siempre dispuestos.</p> - -<p>La buena tabernera terminó su -consejo descargando sobre el mostrador -un golpe con el pañuelo -convertido en pesado rosario; seguidamente -lo levantó, y con calma -imperturbable indicó que era -ya hora de irse a la cama.</p> - -<p>La mañana siguiente encontró -a aquella mujer admirable en su -sitio de costumbre, haciendo calceta -con verdadero ardor. A su -lado había una rosa hacia la cual -volvía de vez en cuando los ojos. -Algunos parroquianos, de pie o -sentados, bebían y charlaban. El -día estaba muy caluroso, y los -enjambres de moscas que llevaban -su atrevimiento hasta el extremo -de curiosear el contenido de los -vasos que había cerca de la señora, -no tardaban en caer muertas en -su fondo. No ejercía la menor -impresión su suerte desdichada -en las demás moscas, que las contemplaban -impertérritas e indiferentes -hasta que las ocurría idéntica -desgracia. ¡Qué estúpidas son -las moscas!</p> - -<p>La señora Defarge vió la sombra -de una persona que entraba -en la taberna y comprendió que -se trataba de un cliente nuevo. -Antes de mirar el rostro de la persona -en cuestión, dejó sobre el -mostrador la media y prendió la -rosa en su cabeza.</p> - -<p>La escena que siguió no pudo -ser más curiosa: no bien los dedos -de la tabernera tocaron la rosa, cesaron -en el establecimiento las -conversaciones y todos los parroquianos -comenzaron a salir a la -calle.</p> - -<p>—Buenos días, señora—dijo el -recién llegado.</p> - -<p>—Buenos días, señor—contestó -la señora Defarge tomando de -nuevo la media.—¡Ah!—añadió -para sus adentros.—Unos cuarenta -años de edad, sobre cinco pies -nueve pulgadas de estatura, pelo -negro, color moreno cetrino, ojos -negros, delgado, nariz aguileña, -pero no recta, ofrece la particularidad -de estar ligeramente torcida -hacia la izquierda, lo que da, -como es natural, expresión siniestra... -¡Buen día de veras!</p> - -<p>—¿Tiene usted la bondad de -darme una copita de coñac viejo -y un sorbo de agua fresca, señora?</p> - -<p>La tabernera sirvió lo que el -cliente pedía.</p> - -<p>—¡Rico coñac, señora!</p> - -<p>Como era la primera vez que -oía elogiar su coñac, no es de admirar -que la tabernera sospechase -que el elogio obedecía a motivos -que acaso no fueran precisamente -la bondad del licor. Dió, sin embargo, -las gracias, y siguió haciendo -calceta.</p> - -<p>El desconocido permaneció algunos -momentos observando las -manos de la señora Defarge, y de -paso, reconociendo el establecimiento.</p> - -<p>—Hace usted media con rapidez -maravillosa—dijo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span></p> - -<p>—La costumbre... estoy muy -acostumbrada a esta labor.</p> - -<p>—Y con una perfección que -encanta.</p> - -<p>—¿Lo cree usted así?</p> - -<p>—Con toda mi alma... Y dígame: -¿esa media es...?</p> - -<p>—Pasatiempo... un medio de -distracción—contestó la tabernera -mirando a su interlocutor con -la sonrisa en los labios.</p> - -<p>—¿No piensa hacer uso de ella?</p> - -<p>—Según. Quizá llegue día en -que las use—dijo la tabernera con -cierta coquetería.—Con seguridad -que las utilizaré... si las hago bien.</p> - -<p>Por muy curioso que parezca, -ello es que el gusto de San Antonio -mostraba decidida oposición -a que la señora Defarge ostentase -en su peinado una rosa. Entraron -por separado dos hombres, se -acercaron al mostrador con manifiesta -intención de pedir algo que -beber, y no bien vieron la rosa, -vacilaron, miraron en derredor como -si buscaran a algún amigo, -que no encontraron, y se fueron -inmediatamente. De todos los que -en el establecimiento se encontraban -cuando entró el que conversaba -con la tabernera, no quedaba -uno solo: todos se habían ido. -El espía, pues ya habrán comprendido -los lectores que el individuo -en cuestión era un espía, ninguna -seña había logrado sorprender, -aunque desde que entró miraba -con cien ojos.</p> - -<p>—¡Juan!—pensaba la señora -Defarge, haciendo calceta y puestos -los ojos en el cliente.—A poco -más que continúes aquí, escribiré -<i>Barsad</i> en tus mismas barbas.</p> - -<p>—¿Es usted casada, señora?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Con hijos?</p> - -<p>—Sin hijos.</p> - -<p>—Y los negocios, ¿bien?</p> - -<p>—Los negocios muy mal. ¡Son -tan pobres las gentes!...</p> - -<p>—¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! -¡Y hasta oprimidas vergonzosamente!... -como dice usted.</p> - -<p>—Como dice <i>usted</i>—rectificó la -tabernera, moviendo con más rapidez -los dedos y añadiendo algo -al apellido <i>Barsad</i>.</p> - -<p>—Perdone usted: cierto que -fuí yo quien lo dije, pero no me -cabe duda de que usted lo piensa. -No puede ser otra cosa.</p> - -<p>—¿Que yo lo pienso?—replicó -la tabernera.—Nos ocasiona a mi -marido y a mí demasiados quebraderos -de cabeza el establecimiento -para que podamos permitirnos -el lujo de pensar. En lo -único que pensamos es en que no -nos falte lo necesario para vivir. -Este es el objetivo de todas nuestras -cavilaciones, el que proporciona -campo muy dilatado para -todos nuestros pensamientos. -¿Yo pensar para los demás? ¡No -en mis días!</p> - -<p>El espía, que había entrado -decidido a recoger lo que pudiera, -se guardó muy mucho de permitir -que su siniestra cara reflejara su -desencanto. Antes por el contrario, -continuó apoyado de codos -sobre el mostrador, dirigiendo -alguna que otra galantería a la<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span> -tabernera y tomando de tarde en -tarde algún sorbito de coñac.</p> - -<p>—La ejecución de Gaspard ha -sido una brutalidad judicial, señora. -¡Pobre Gaspard!—exclamó, -exhalando un suspiro.</p> - -<p>—No estamos de acuerdo—replicó -la tabernera con frialdad.—Justo -es que aquellos que se permiten -dar a sus cuchillos el empleo -que Gaspard dió al suyo, lo paguen. -Sabía él perfectamente el -precio a que se pagan esos lujos, -y lo ha pagado: nada más natural.</p> - -<p>—Creo—añadió el espía bajando -la voz y como invitando a su -interlocutora a pasar al terreno -de las confidencias, a la par que -daba a su siniestra cara expresión -resueltamente revolucionaria,—creo -que todo este barrio compadece -la suerte del desgraciado y -ruge de furor contra los que le -han sacrificado. Aquí para entre -los dos, lo encuentro justificado.</p> - -<p>—¿Pero existe ese furor?</p> - -<p>—¿No lo ha observado usted?</p> - -<p>—Aquí está mi marido—dijo -la señora Defarge.</p> - -<p>No bien entró el tabernero en -el establecimiento, el espía saludó -llevando la mano al sombrero y -diciendo con sonrisa insinuante:</p> - -<p>—Buenos días, Santiago.</p> - -<p>Defarge quedó como clavado -en el suelo, fijos los ojos en el -espía.</p> - -<p>—Se equivoca usted, señor mío.—Me -confunde usted con otro. -No me llamo Santiago: soy Ernesto -Defarge.</p> - -<p>—Es igual—repuso el espía con -la sonrisa en los labios, bien que -sin poder ocultar del todo su contrariedad.—El -nombre es lo de -menos. Buenos días.</p> - -<p>—Buenos días—contestó secamente -Defarge.</p> - -<p>—Estaba diciendo a la señora, -con la que he tenido el honor de -charlar un rato, que, según me -dicen, reina en el barrio... y no -me admira... tanta simpatía en -favor del infortunado Gaspard -como irritación contra los que -inhumanamente lo han sacrificado.</p> - -<p>—A nadie he oído decir semejante -cosa—replicó Defarge.—No -sé una palabra.</p> - -<p>Dicho esto, pasó detrás del mostrador -y se colocó a espaldas de -su mujer. Desde el lado opuesto -de la frágil barrera contemplaba -el matrimonio a aquel individuo -a quien hubieran arcabuceado -con el mayor placer.</p> - -<p>El espía, práctico en su oficio, -no modificó su actitud de indiferencia. -Apuró el contenido de la -copita que le habían servido, tomó -un sorbo de agua fresca, y -pidió la segunda copa de coñac. -Sirviósela la señora Defarge, después -de lo cual continuó haciendo -media con gran ardor y tarareando -una tonadilla.</p> - -<p>—Parece que conoce usted bien -el barrio—observó Defarge;—quiero -decir, que lo conoce mejor -que yo.</p> - -<p>—No, amigo mío. Lo conozco -muy poco, pero espero llegar a -conocerlo bien. Sus míseros habi<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span>tantes -despiertan en mí interés -profundo.</p> - -<p>—¡Ah!—exclamó Defarge.</p> - -<p>—El placer de conversar con -usted, señor Defarge—prosiguió -el espía—me recuerda que he tenido -el honor de familiarizarme -con incidentes en los cuales ha -tomado usted parte activa.</p> - -<p>—¡De veras!—dijo Defarge con -indiferencia.</p> - -<p>—Nada más cierto. Cuando pusieron -en libertad al doctor Manette, -hízose usted, en tiempos pasados -su criado, cargo de él. Se lo -confiaron a usted. Ya ve, pues, -que estoy al tanto del asunto.</p> - -<p>—Es verdad: tiene usted razón—contestó.</p> - -<p>Accidentalmente, el codo de su -mujer, que continuaba moviendo -las agujas con gran actividad, rozó -el suyo, y en el roce, a pesar de -ser accidental, vió Defarge una -indicación de que contestase él -las preguntas del espía, pero con -brevedad.</p> - -<p>—Se presentó a usted la hija -del doctor—continuó el espía.—Vino -en compañía de un caballero... -¿cómo se llamaba éste?... Un -caballero que usaba peluquín... -¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... -del Banco Tellson y Compañía... -Vino en compañía del señor -Lorry, se hizo cargo de la persona -de su padre y lo llevó a Inglaterra.</p> - -<p>—Así fué, en efecto—repitió -Defarge.</p> - -<p>—Siempre recuerda uno con -gusto incidentes semejantes—repuso -el espía.—He conocido al -doctor Manette y a su hija en -Inglaterra.</p> - -<p>—¿Sí?—preguntó Defarge.</p> - -<p>—¿Recibe usted noticias suyas -con frecuencia?—preguntó el espía.</p> - -<p>—No—respondió Defarge.</p> - -<p>—Hace muchísimo tiempo que -no sabemos de ellos—terció la -señora del tabernero.—Recibimos -noticias de que habían llegado -bien, y algún tiempo después una -carta... quizá dos; pero luego, -ellos han seguido su camino, nosotros -el nuestro, y ha cesado en -absoluto nuestra correspondencia.</p> - -<p>—Es lo que suele ocurrir—observó -el espía.—La hija está para -casarse.</p> - -<p>—¿Está para casarse?—repitió -la señora Defarge.—Es bastante -hermosa para haberse casado hace -mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, -los ingleses, son bloques de -hielo en vez de hombres!</p> - -<p>—¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted -que soy inglés?</p> - -<p>—Veo que su lengua es inglesa, -y siempre he creído que el hombre -es de la misma nacionalidad que -su lengua.</p> - -<p>El ver descubierta su nacionalidad -no hizo ninguna gracia al -espía, aunque tuvo buen cuidado -de guardar en el fondo de su pecho -el descontento. Soltó una carcajada, -apuró el contenido de la copa -y repuso:</p> - -<p>—Pues sí, la señorita Manette -está para casarse, pero no con un -inglés, sino con un hombre que,<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span> -como ella, nació en Francia. ¡A -propósito de Gaspard!... ¡Pobre -Gaspard!... ¡Fué una crueldad... -un acto de ferocidad!... Pues bien, -el hombre con quien la señorita -Manette va a casarse es el sobrino -del señor Marqués por cuya causa -bailó Gaspard a una altura de -cuarenta pies sobre el suelo; mejor -dicho: el Marqués actual. Vive -en Inglaterra bajo nombre supuesto, -sin ostentar el título de Marqués. -Se hace llamar Carlos Darnay; -ya sabe usted que el apellido -de su madre era D'Aulnais.</p> - -<p>La señora Defarge no tenía -ojos ni manos, ni facultades más -que para la media que hacía, pero -la noticia produjo en su marido -efecto palpable. Su cara reflejó -intensa turbación, pese a sus esfuerzos -por dominarse, temblaban -sus manos, y su agitación interior -le salía por todos los poros de su -cuerpo. No habría sido el espía -digno de su cargo si no hubiese -reparado en ello y grabádolo en -su memoria.</p> - -<p>Obtenido ese resultado, bien -que sin saber si podría serle de algún -provecho, el señor Barsad, -viendo que no llegaban parroquianos -cuyas conversaciones hubieran -podido facilitarle datos -preciosos, pagó lo que había tomado -y se despidió, no sin manifestar, -con suma amabilidad, que -tendría el placer de visitar con -frecuencia el establecimiento. Minutos -después, cuando el espía -había salido del radio protegido -por San Antonio, marido y mujer -continuaban exactamente lo mismo -que si el espía no hubiera salido -de la tienda, temiendo, sin -duda, que volviera sobre sus pasos.</p> - -<p>—¿Será verdad lo que ese hombre -ha dicho a propósito de la señorita -Manette?—preguntó Defarge -en voz baja.</p> - -<p>—Probablemente será mentira; -pero no niego que puede ser verdad—respondió -la mujer.</p> - -<p>—Si lo es...</p> - -<p>Defarge no terminó su pensamiento.</p> - -<p>—¿Qué?—preguntó la mujer.</p> - -<p>—Si lo es... y dado que las cosas -vengan en forma que nosotros podamos -ver el triunfo... por ella -desearé yo que el Destino retenga -lejos de Francia a su marido.</p> - -<p>—El destino de su marido le -llevará a donde deba ir—respondió -con calma glacial la tabernera—y -le conducirá al fin que le está -destinado. Es lo único que puedo -decirte.</p> - -<p>—Pero me negarás que es -muy... extraño... digo extraño por -no emplear otro calificativo... ¿no -te parece extraño que con toda -la simpatía que siempre nos ha -merecido su padre, y aun ella -misma, proscribas tú con tu propia -mano en este instante a su -marido, sin más fundamento que -lo que acaba de decir ese perro -del infierno que se fué hace un -momento?</p> - -<p>—Cosas más extrañas que esa -ocurrirán cuando llegue el día—respondió -la señora Defarge.—A -los dos los tengo aquí; no te quepa<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span> -duda; y se les tratará según sean -sus merecimientos. Esto debe bastarte.</p> - -<p>Dichas estas palabras, recogió -la media y quitó la rosa que adornaba -su cabeza. Fuera que instintivamente -sabía San Antonio -la hora, el momento preciso en que -la tabernera haría desaparecer -aquella flor inocente que tanto -parecía desagradarle, fuera que -estuviese acechando el instante -de su desaparición, es lo cierto -que el Santo no tardó en presentarse, -y que, al cabo de contados -segundos, el establecimiento había -recobrado la animación de costumbre.</p> - -<p>Llegada la noche, en las épocas -del año en que los habitantes de -San Antonio se sentaban en las -puertas de sus casas o se reunían -por calles y patios buscando aire -puro que respirar, la señora Defarge, -con su labor en las manos -solía ir de puerta en puerta y de -grupo en grupo... especie de misionero -como tantos otros. Todas las -mujeres hacían calceta, sin duda -para que aquel trabajo mecánico -substituyese al de las mandíbulas, -en paro forzoso la mayor parte del -tiempo. Ya que no podían moverse -las mandíbulas ni el aparato -digestivo, se movían las manos. -Si el paro se hubiese extendido -hasta los dedos, los estómagos -habrían sentido más los rigores -del hambre.</p> - -<p>A la par que se movían los dedos -se movían también los ojos -y los pensamientos; y a medida -que la señora Defarge pasaba de -puerta en puerta y de grupo en -grupo, los dedos de las mujeres -que encontraba trabajaban con -ardor redoblado, y los ojos miraban -con mayor fiereza y la actividad -de los pensamientos se centuplicaba.</p> - -<p>Su marido fumaba junto a la -puerta de la taberna, contemplando -a la compañera de su vida con -admiración.</p> - -<p>—¡Una mujer grande... una -mujer fuerte... una mujer sublime!—murmuraba.</p> - -<p>Cerró la noche; repicaron las -campanas de las iglesias y sonaron -a lo lejos los redobles de los tambores: -las mujeres seguían haciendo -calceta. Aproximábase otra -noche más tenebrosa, otra noche -en que las campanas de las iglesias, -que entonces repicaban con alegría, -darían su bronce para fundir -con él tronadores cañones, en que -los redobles de los tambores atronarían -los aires para ahogar la -voz de un condenado... omnipotente -aquella noche, con la omnipotencia -que dan el poder y la -abundancia, la libertad y la vida. -Los tules de la noche envolvían -a las mujeres que hacían calceta, -como envolverían dentro de poco -aquel otro edificio, no construído -todavía, donde se sentarían, también -haciendo calceta pero viendo -y contando al propio tiempo las -cabezas que una tras otra caían.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p> - - -<h3 id="II_XVII">XVII.<br />UNA NOCHE</h3></div> - - -<p>Ni el refugio tranquilo de Soho -admiró jamás puesta de sol tan -hermosa como la de la tarde memorable -en que el doctor Manette -y su hija la contemplaron sentados -bajo el copudo plátano que se -alzaba en el patio de la casa, ni -la luna surgió nunca tan radiante -y esplendorosa sobre la ciudad de -Londres como la noche que encontró -a aquellos sentados bajo el -árbol y bañó sus rostros y sus -cabezas con una luz plácida que -cernían las hojas.</p> - -<p>Lucía debía casarse al día siguiente, -y quería consagrar a su -padre la última noche de soltera: -a esta circunstancia era debido -que estuviera sentada bajo el -plátano en compañía del autor -de sus días.</p> - -<p>—¿Eres feliz, padre querido?</p> - -<p>—Completamente, hija mía.</p> - -<p>Aunque se encontraban en el -lugar mencionado desde algunas -horas antes, era muy poco lo que -habían hablado. Otros días, cuando -la niña se sentaba bajo el árbol -en compañía de su padre, trabajaba -o leía; mas en la ocasión presente, -aun durante el tiempo en -que tuvo luz sobrada para trabajar -o para leer, no hizo ni lo uno -ni lo otro. Las circunstancias habían -variado, y cuando éstas varían, -se interrumpe la costumbre.</p> - -<p>—También soy feliz yo, muy -feliz esta noche, padre mío. Me -hace feliz ese amor que el Cielo -ha bendecido... mi amor a Carlos -y el amor de Carlos por mí. Sin -embargo, si yo no pudiera continuar -consagrándote mi vida, si -mi matrimonio me impusiera la -obligación de separarme de ti, -aun cuando entre nuestra casa y -la tuya no mediara más que el -ancho de la calle, lejos de considerarme -feliz, me sentiría desgraciada. -Aun así...</p> - -<p>Aun así la emoción concluyó -por dominarla por completo.</p> - -<p>A la luz melancólica de la luna, -echó los brazos al cuello de su padre, -y sobre el pecho de éste reclinó -la cabeza. La luz de la luna, que -siempre es triste, como triste es -la luz del sol... como triste es la -luz que llamamos vida humana, -que hoy luce y mañana se ha extinguido, -iluminó un cuadro sencillamente -conmovedor.</p> - -<p>—¡Padre querido! ¿Estás convencido... -firmemente convencido, -de que entre nosotros no han de -interponerse jamás nuevos amores -míos, nuevos deberes míos? Yo -sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga -esta certeza en el fondo de tu -corazón?</p> - -<p>—¡Completa, absolutamente -convencido!—respondió el padre -con acento de firme convicción.—¡Más -aún, hija mía!—añadió, besándola.—Mi -futuro se presenta -a mis ojos más brillante visto a -través de tu matrimonio de lo que -lo vería si continuaras soltera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p> - -<p>—¡Si pudiera creerte, padre -mío...!</p> - -<p>—Pues créelo, encanto mío, -porque así es. Piensa que nada -más natural ni más lógico. ¡Si supieras -la ansiedad que a un padre -produce el porvenir de una hija -adorada...! ¡Si pudieras apreciar -cuán grandes son mis anhelos de -prevenir contingencias que acaso -te hicieran desgraciada...!</p> - -<p>La niña quiso sellar con su mano -los labios de su padre, pero -éste se lo impidió apoderándose -de la mano, y prosiguió así:</p> - -<p>—Desgraciada, hija mía, sí; -arrancada al orden natural de las -cosas... por causa mía. Tu abnegación, -tu falta de egoísmo no es -posible que comprendan cuánto -me ha preocupado ese punto; pero -si te preguntas cómo puede ser mi -felicidad completa siendo incompleta -la tuya, acaso comprendas -mis palabras.</p> - -<p>—Si nunca hubiera visto a Carlos, -padre mío, tú sólo hubieses -bastado para que mi dicha fuera -completa.</p> - -<p>El padre no pudo menos de -sonreir ante aquella confesión inconsciente -de que su hija sería -desgraciada sin Carlos, después -de haberle visto, y contestó:</p> - -<p>—Hija mía; viste a un hombre, -y ese hombre era Carlos; de no -haber sido Carlos, sería otro; y si -no hubiese sido otro, no te quepa -duda de que la causa habría sido -yo, en cuyo caso, el período desgraciado -de mi vida no sólo me -hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas -sombras, sino también -alguien más, y ese alguien hubieras -sido tú.</p> - -<p>Era la primera vez, después de -la vista de la causa de Darnay, -que el doctor hacía alusión a su -desgracia.</p> - -<p>—¡Mírala!—exclamó el doctor -de Beauvais, extendiendo el brazo -en dirección a la luna y dando a -sus palabras una entonación que -su hija no pudo olvidar en mucho -tiempo.—Muchas veces la he visto -desde la estrecha ventana de -mi calabozo, cuando su luz me -hacía daño. La he contemplado -muchas veces cuando me producía -torturas tan espantosas pensar -que brillaba sobre los seres -que yo había perdido, que de buena -gana me hubiese lanzado de -cabeza contra los muros de mi -prisión. La he contemplado encontrándome -en tal estado de -atontamiento e imbecilidad, que -no se me ocurría pensar en otra -cosa que en el número de líneas -horizontales que en su superficie -podría trazar durante el plenilunio, -y el de las perpendiculares -con que me sería dable cortar a -las primeras. Recuerdo que calculaba -que cabían veinte de cada -clase—añadió pensativo—y la vigésima -cabía con dificultad. La -he contemplado pensando millones -de veces en el hijo del que me -arrancaron violentamente antes -que naciera... Pensaba si había -nacido vivo, si vivía, si el dolor -de la madre habría muerto a los -dos. Pensaba sí, caso de ser varón,<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span> -vengaría a su padre, pues mientras -estuve enterrado en vida, hubo -tiempo en que me dominaba -un deseo intolerable de venganza; -pensaba si acaso nunca llegaría a -saber la triste historia del autor de -sus días, si tal vez creyera que su -padre había desaparecido libre y -espontáneamente. Pensaba que -si era hija, llegaría a ser mujer, y -me la representaba olvidada por -completo de mí, ignorante de mi -existencia. Con la imaginación -la veía crecer, vivir un año y otro -año; la he visto casada con un -hombre que desconocía mi triste -suerte. Me he considerado muerto -para el mundo de los vivos, y he -visto la generación siguiente a la -mía en la que yo no figuraba.</p> - -<p>—¡Padre mío!—exclamó la joven, -besando a su padre con transporte.—No -ha existido nunca esa -hija a la que tus pensamientos se -referían, pero, esto no obstante, -casi me hace tanto daño oirte hablar -como hablas como si esa hija -fuera yo.</p> - -<p>—¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! -Precisamente esos recuerdos brotan -de la dicha, de los consuelos -que me has traído, y como son -recuerdos agradables, tengo placer -en recordarlos a la luz de la -luna de nuestra noche última... -¿Qué estaba diciendo?</p> - -<p>—Que nada sabía de ti tu hija... -que no se acordaba de ti.</p> - -<p>—Es verdad; pero otras noches, -cuando mi tristeza y el silencio -que me rodeaba daban a mi emoción -rumbo distinto, cuando me -producían algo así como una sensación -dolorosa de paz... como -una emoción cuyo fundamento -era el dolor... me imaginaba a mi -hija penetrando en mi calabozo -sacándome de la fortaleza en que -estaba encerrado y proporcionándome -la libertad. Muchas, muchísimas -veces he visto su imagen a -la luz de la luna, lo mismo que en -este momento veo la tuya. Había, -sin embargo, una diferencia, y es, -que jamás pude llegar a estrecharla -entre mis brazos, que siempre -la veía fría, inmóvil, rígida en el -centro del calabozo, en el espacio -comprendido entre la reja y la -puerta... Ya comprenderás que -no eras tú la niña de que hablo.</p> - -<p>—No lo era; es cierto... pero -tu fantasía te hacía creer...</p> - -<p>—No; nada de eso. Mi órgano -visual, perturbado, es claro, la -veía inmóvil, y en cambio, el fantasma -que mis facultades intelectuales -perseguían era el fantasma -de otra niña distinta y más -real. De su aspecto externo, no sé -sino que se parecía a su madre la -imagen que veían mis ojos... y el -otro, el fantasma... también se -le parecía... como te pareces tú... -pero era un parecido diferente. -¿Me entiendes, Lucía? No, ¿verdad? -Dudo mucho que quien no -se haya pasado largos siglos recluído -y separado de los suyos -pueda comprender las distinciones -sutiles de un prisionero.</p> - -<p>Aunque la calma del padre era -perfecta, la joven sentía correr -hielo por sus venas al oirle cómo<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span> -disecaba la condición de ánimo -en que en tiempos, afortunadamente -pasados, se encontró.</p> - -<p>—Me la he imaginado viniendo -a mi calabozo a la luz de la luna -para decirme que su dichoso hogar -de casada estaba lleno de dulces -recuerdos de su padre perdido -para siempre. En su gabinete -ocupaba mi retrato lugar preferente -y yo era el que inspiraba -sus plegarias. Su vida era activa, -feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba -mi triste historia.</p> - -<p>—Esa hija era yo, padre mío. -No era, ni con mucho, tan buena -como te la imaginabas, pero mi -tierno cariño no lo exageraba tu -fantasía.</p> - -<p>—Me enseñaba también a sus -hijos, a los cuales con frecuencia -hablaba de mí. Todos ellos habían -aprendido a compadecerme. -Cuando pasaban cerca de uno de -esos sepulcros que llaman prisiones -de Estado, desviaban sus miradas -de sus ceñudos muros, miraban -con temor a sus rejas y -hablaban en voz muy baja. Mi -hija no podía darme la libertad; -pero aun así, bastaba que me la -representase mostrándome las cosas -que acabo de indicar, para que -corriesen por mis mejillas lágrimas -consoladoras y para que -cayera de rodillas bendiciéndola.</p> - -<p>—Yo soy esa hija, sí, yo soy. -¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás -mañana con ese mismo fervor?</p> - -<p>—Recuerdo esas torturas antiguas, -Lucía querida, porque así -resalta más y más la dicha que -esta noche me embarga. Jamás -mis esperanzas, ni aun cuando -fueron más desmesuradas, llegaron -a representarme una felicidad -tan grande como la que experimento -desde que estoy a tu lado, -como la que espero saborear en -lo futuro.</p> - -<p>Abrazó a continuación a su -hija, la bendijo solemnemente y -dió gracias fervientes a Dios que -se la había concedido. Poco después -entraban abrazados en la -casa.</p> - -<p>No asistirían invitados a la ceremonia -matrimonial, ni por causa -del matrimonio se harían alteraciones -en la residencia del doctor. -Habíanse limitado a ensancharla -un poco tomando el piso -superior que hasta entonces ocupara -un inquilino invisible, con lo -que quedaron colmados sus deseos.</p> - -<p>El doctor Manette estuvo muy -alegre y animado durante la cena. -Tres personas se sentaron a la -mesa, siendo la tercera la señorita -Pross. El doctor sintió que no -hubiesen invitado a Carlos Darnay; -hasta sintió tentaciones de -regañar a las que fraguaron el -complot que le había alejado, y -bebió a su salud.</p> - -<p>Ya muy tarde, dió las buenas -noches a Lucía y se retiró a su -habitación. A las tres de la madrugada, -la joven, no del todo libre -de temores y de presentimientos, -se levantó y entró sigilosamente -en el dormitorio de su padre.</p> - -<p>Todo lo encontró en su puesto,<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span> -todo en orden, todo tranquilo. El -doctor dormía con placidez, su -larga cabellera blanca caía sobre -la almohada y sus manos reposaban -con naturalidad sobre la colcha. -La niña dejó la palmatoria -en un rincón, avanzó hasta el lecho -y rozó con sus frescos labios -los agostados de su padre. A continuación -posó sobre él una mirada -intensa.</p> - -<p>Hondas huellas habían dejado -en su perfecto rostro las aguas -amargas del cautiverio; pero tan -firme, tan enérgica era la resolución -de aquel padre, que hasta -durmiendo conseguía disimularlas. -En los extensos dominios del -sueño, seguramente no se habría -encontrado aquella noche otro -rostro tan prevenido contra las -miradas de cualquier visitante -inesperado como el del doctor -Manette.</p> - -<p>Tímidamente posó una mano -sobre aquel pecho tan querido, y -pidió con fervor a Dios que le concediese -serle siempre tan fiel como -su amor paternal y sus pasados -sufrimientos merecían. Retiró luego -la mano, besó aquella boca adorada -una vez más, y salió del dormitorio.</p> - -<p>Cuando nació el sol, las sombras -que las hojas del plátano proyectaban -sobre su cara no se movían -con tanta dulzura como se movieron -los labios de Lucía cuando -dirigió al Cielo su plegaria.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XVIII">XVIII.<br />NUEVE DIAS</h3></div> - -<p>La naturaleza desplegó todas -sus galas el día del matrimonio. -Ya estaban dispuestos todos los -que a la ceremonia debían asistir, -esperando que el doctor saliera de -su habitación, donde estaba hablando -con Carlos Darnay. Junto -a la puerta de la habitación indicada -estaban la novia, radiante -de belleza, el señor Lorry y la -señorita Pross... para la cual el -suceso, merced a un proceso gradual -de reconciliación con lo inevitable, -hubiese sido manantial -de dicha infinita, de no ensombrecerlo -un poquito la penosa consideración -de que el novio no debía -ser Carlos Darnay sino su hermano -Salomón.</p> - -<p>—¡La verdad es que hice un -negocio redondo!—exclamó Lorry, -quien no se cansaba de admirar -a la novia.—¡Mire usted que -acompañarla en su viaje a través -del Canal para esto! ¡Válgame -Dios, y qué poco pensé lo que -hacía! ¡Y qué poco valor concedía -yo al servicio que en aquella ocasión -presté a mi buen amigo Carlos -Darnay!</p> - -<p>—¡No sé cómo podía usted -concederle más o menos valor del -justo si ni remotamente soñaba -en lo que había de suceder!—observó -la señorita Pross.—¡Tonterías!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p> - -<p>—¿De veras? Quizá tenga usted -razón... Pero no llore—replicó -Lorry.</p> - -<p>—Yo no lloro; el que llora es -usted—replicó la señorita Pross.</p> - -<p>—¿Yo, Pross de mis pecados?—preguntó -Lorry, que ya se atrevía -a bromear con su interlocutora -alguna que otra vez.</p> - -<p>—Usted, sí. Llora en este instante, -lo he visto, y es tonto que -me lo niegue. Además, no me extraña. -Un regalo como el que usted -ha hecho a la señorita, es para -arrancar lágrimas a los ojos de -una estatua de piedra. ¡Vaya un -servicio de plata! Yo estuve llorando -anoche sobre cada uno de -los tenedores, sobre cada una de -las cucharas de la colección desde -que llegó el estuche hasta que -pude verlo abierto.</p> - -<p>—Lo que me envanece sobremanera, -aunque por mi honor -juro que no fué mi intención que -ese pequeño recuerdo hiciera sufrir -a nadie. ¡Diablo, diablo! ¡He -aquí una ocasión que obliga a un -hombre a pensar con pena en lo -lo que ha perdido! ¡Cuando me -acuerdo de que hace ya cincuenta -años que podría haber en el mundo -una señora Lorry...!</p> - -<p>—¡Lo niego!—replicó la señorita -Pross.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Opina usted que era -imposible que hubiera una señora -Lorry?</p> - -<p>—¡Quite usted allá! ¡Desde que -lo mecían en su cuna viene usted -siendo soltero!</p> - -<p>—Lo creo muy probable—contestó -Lorry arreglándose el peluquín.</p> - -<p>—Y antes que lo pusieran en -la cuna, lo cortaron para solterón -sempiterno.</p> - -<p>—En cuyo caso, hicieron muy -mal, pues debieron escuchar mi -voto antes de escoger el patrón... -Estoy oyendo ruido de pasos en -la habitación contigua, mi querida -Lucía—añadió pasando el brazo -alrededor de la cintura de la -novia—y la señorita Pross, y yo, -como personas formales y de negocios -que somos, suspendemos -nuestra controversia, porque no -queremos desperdiciar la oportunidad -que se nos ofrece para decirla -algunas cosillas que no la -desagradará oir. Va usted a dejar -a su padre, querida niña, en manos -tan cariñosas y tan deseosas -de servirle como las de usted, en -manos que se desvivirán por atenderle -y cuidarle durante las dos -semanas que los felices desposados -han de pasar en Warwickshire -y sus contornos. Hasta el Banco -Tellson retrocederá, metafóricamente -hablando, para darle paso. -Y cuando terminados los quince -días, acompañe a usted y a su -querido esposo en el viaje a Wales, -que ha de durar otros quince -días, ha de confesar usted que se -lo devolvemos más contento y -feliz de lo que nos lo dejó... Pero -<i>alguien</i> se acerca a la puerta, y -esta linda muchachita permitirá -que la bese un solterón empedernido -antes que aquel <i>alguien</i> llegue -y reclame lo que es suyo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span></p> - -<p>El excelente Lorry estuvo un -buen espacio contemplando aquel -hermoso rostro, separó luego los -sedosos rizos de oro, que se confundieron -con su peluquín castaño, -y posó sus labios sobre la tersa -frente con la delicadeza con que -hacían estas cosas los contemporáneos -de Adán.</p> - -<p>Abrióse la puerta de la habitación -del doctor saliendo éste seguido -de Carlos Darnay. Mortal palidez -cubría el rostro del primero, -en el que ni rastros de color quedaban, -palidez que no existía -cuando en su habitación quedó -encerrado con Darnay. Su actitud, -sin embargo, su expresión, -continuaban inalterables, aunque -el ojo penetrante de Lorry descubrió -cierta indicación sombría que -acusaba el paso sobre su alma del -soplo de repulsión y de odio que -otras veces, semejante a fugaz -ráfaga de viento helado, le había -azotado.</p> - -<p>Dió el brazo a su hija y la acompañó -hasta el carruaje que Lorry, -en atención a la solemnidad del -día, había alquilado. Las demás -personas se acomodaron en otro -carruaje, y minutos después, Carlos -Darnay y Lucía Manette quedaban -unidos con dulces e indisolubles -lazos en la iglesia próxima.</p> - -<p>Además de las transparentes -lágrimas que brillaron entre sonrisas -mientras tenía lugar la ceremonia, -en la mano de la novia -chispearon algunos brillantes de -aguas clarísimas que momentos -antes habían sido libertados de la -obscuridad de uno de los bolsillos -del señor Lorry, donde se hallaban -recluídos. Regresaron los novios -a la casa, seguidos por el reducido -círculo de invitados, almorzaron, -y más tarde, la hermosa cabellera -de oro que en otro tiempo confundiera -sus hebras con los blancos -mechones del pobre zapatero que -en un sotabanco de París hacía -zapatos con verdadero ardor, volvió -a juntarse con los mismos, -bañada por los resplandores de -un sol matinal, en el umbral de -la puerta y en el momento de la -despedida.</p> - -<p>Era una separación dolorosa, -aunque su duración habría de ser -poca. El padre animó a su hija, -se desprendió dulcemente de los -amantes brazos de ésta, y dijo -con expresión animada:</p> - -<p>—¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya!</p> - -<p>Un minuto después, por la ventanilla -de una silla de posta que -se alejaba salía una mano que -agitaba un pañuelo; la mano de -Lucía.</p> - -<p>Como el rinconcito de Soho -estaba a cubierto de miradas curiosas -y fuera de los sitios frecuentados -por los ociosos, y por otra -parte, los preparativos habían -sido sencillos y nada aparatosos, -una vez se hubieron ido los novios, -quedaron completamente solos el -doctor, el señor Lorry y la señorita -Pross. Cuando los tres volvieron -a entrar en el salón, fué cuando -Lorry reparó en el cambio terrible -que acababa de sufrir el -doctor: no parecía sino que el<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> -brazo del gigante de oro había -descargado sobre él un golpe envenenado.</p> - -<p>Natural era que a los esfuerzos -violentísimos que necesariamente -hubo de hacer para mantener -cerrada dentro del pecho su emoción, -siguiera la revulsión, también -violenta, tan pronto como -desapareciera la causa, la ocasión -de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, -no fué el aplanamiento, lo -que alarmó al señor Lorry, sino -el enajenamiento con que llevó el -doctor las manos en la cabeza, la -monotonía lúgubre con que empezó -a pasear tan pronto como entró -en la habitación, y le alarmaron -esos síntomas, porque le recordaron -el sotabanco de la taberna de -Defarge y la condición en que allí -encontró al doctor.</p> - -<p>—Creo—dijo en voz muy baja -a la señorita Pross—que no debemos -dirigirle la palabra en este -instante ni distraerlo en forma -alguna. Voy a dar un vistazo al -Banco, de donde regresaré dentro -de un momento. A mi vuelta, le -sacaré al campo, donde comeremos -después de dar un buen paseo, -y espero que de esa suerte -conseguiremos disipar los negros -pensamientos que parece que flotan -sobre su alma.</p> - -<p>Nada más fácil para Lorry que -entrar en el Banco; pero nada más -difícil que salir de él. El vistazo -que se proponía dar duró dos -horas. Cuando volvió a la casa de -Soho y subió la escalera, sin preguntar -al criado que salió a abrirle, -al ir a entrar en la habitación -del doctor, a la cual se dirigía en -derechura, quedó como clavado -en el suelo. Dentro de la habitación -sonaban recios y repetidos -golpes.</p> - -<p>—¡Buen Dios!—exclamó, retrocediendo -un paso—¿Qué es -eso?</p> - -<p>La señorita Pross, con el terror -pintado en su cara, murmuró en -su oído:</p> - -<p>—¡Qué desgracia...! ¡Pobres de -nosotros...! ¡Todo está perdido, -todo! ¿Qué le decimos a la señorita? -¿Quién se lo dice? ¡Oh...!—añadió, -retorciéndose las manos—¡No -me conoce, señor Lorry, y -está haciendo zapatos!</p> - -<p>Esforzóse Lorry por calmarla, -bien que inútilmente, y penetró -en la habitación del doctor. Había -acercado éste la banqueta a la -ventana, tal como la tenía colocada -en el sotabanco de París, y -trabajaba con ardor, doblada la -cabeza sobre el zapato.</p> - -<p>—¡Doctor Manette!—gritó Lorry.—¡Mi -amigo querido... mi -buen doctor Manette...!</p> - -<p>Alzó la cabeza el doctor, miró -al que le llamaba con expresión -entre de extrañeza y de cólera, -descontento sin duda de que se -atrevieran a dirigirle la palabra... -y prosiguió su tarea.</p> - -<p>Habíase despojado de la levita -y del chaleco, llevaba la camisa -desabrochada y el pecho desnudo, -exactamente igual que cuando le -encontraron en el sotabanco de -la taberna, hasta había recobrado<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span> -su rostro el antiguo aspecto macilento -y sombrío de los años de su -desgracia, y trabajaba con ardor -extraordinario, con impaciencia, -como quien termina una obra urgente -y no quiere ser interrumpido.</p> - -<p>Miró Lorry el zapato que el -doctor cosía y vió que era de -forma muy pasada de moda. No -se atrevió a sacárselo de las manos; -pero tomó otro que había a -los pies del zapatero, y preguntó -a éste qué era.</p> - -<p>—Zapato de paseo para señorita—contestó -el doctor sin alzar -los ojos.—Hace ya mucho tiempo -que debí terminarlo. Déjeme en -paz.</p> - -<p>—¡Pero por Dios vivo, doctor -Manette!—exclamó Lorry.—¡Míreme!</p> - -<p>Obedeció el doctor con la sumisión -mecánica antigua, pero sin -interrumpir su labor.</p> - -<p>—¿No me conoce ya, mi querido -amigo? ¡Vuelva usted en sí, -doctor Manette! Su oficio no es el -de zapatero... no lo ha sido nunca.</p> - -<p>Fué trabajo perdido intentar -arrancarle una sola palabra. Alzaba -momentáneamente la cabeza -cuando Lorry se lo decía, pero -todas las instancias, todas las -súplicas fueron estériles: no habló. -Trabajaba, cosía con verdadero -ardor, y las palabras que le eran -dirigidas resbalaban sobre sus -oídos, cual resbalarían sobre frío -muro de acero. Un solo rayo de -esperanza brilló entre las sombras -de desesperación que envolvieron -a Lorry, y fué que algunas veces, -el doctor le miraba furtivamente -sin que él se lo dijera. El rayo de -esperanza era débil, como que no -tenía más fundamento que el de -ser las miradas de su amigo a manera -de indicación de curiosidad, -de perplejidad de ánimo, algo así -como síntoma de que el doctor -intentaba armonizar, poner de -acuerdo ciertas dudas que hubiesen -surgido en su alma.</p> - -<p>Lorry opinó que se imponía la -necesidad de adoptar dos resoluciones -importantes, aparte de -otras de importancia más secundaria: -la primera, evitar que Lucía -tuviera noticia de la desgracia, y -la segunda, evitar que ésta llegara -a oídos de ninguna de las personas -que conocieran al doctor. Puesto -de acuerdo con la señorita Pross, -tomó inmediatamente las medidas -de precaución necesarias para -conseguir el segundo resultado, y -éstas consistieron en manifestar -que el doctor se encontraba indispuesto, -y que su estado de salud -exigía algunos días de reposo y -de aislamiento absoluto. Para engañar -a su hija, la señorita Pross -debía escribir una carta haciéndola -saber que su padre había -tenido que salir por asuntos de su -profesión, y comentando una misiva -recibida por correo y escrita -por el doctor a toda prisa, en la -cual se limitaba a decir que su -ausencia sería breve.</p> - -<p>Estas medidas eran, por decirlo -así, de carácter general, y Lorry -las adoptó por si la crisis desgra<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>ciada -del doctor desaparecía pronto. -Por si esta solución no se hacía -esperar, consideró necesario, o -muy conveniente por lo menos, -seguir un plan del que se prometía -grandes resultados para lo -futuro, plan que consistía en formar -opinión fundada y motivada -acerca de la condición de ánimo -de su amigo.</p> - -<p>Muy pronto hubo de convencerse -de que, hablarle, no sólo era -perfectamente inútil, sino también -perjudicial, puesto que cuando -le estrechaba a fuerza de preguntas -o de observaciones, le -desazonaba y excitaba más y más. -Desistió, en consecuencia, de hablarle, -y resolvió no dejarle un -momento solo, convertirse en protesta -muda contra el engaño en -que había caído o estaba cayendo. -A este efecto, y en su deseo de -llevar a cabo la noble misión que -se había impuesto envolviéndola -en el mayor secreto, por primera -vez en su vida tomó las medidas -convenientes para permanecer por -plazo indefinido ausente del Banco, -y se posesionó de una butaca -colocada junto a la ventana de la -habitación del doctor, donde se -pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.</p> - -<p>El doctor Manette comió y bebió -lo que le sirvieron, y trabajó -el día primero hasta que le faltó -la luz, siendo de notar que, cuando -él hubo de dejar su tarea, hacía -ya media hora larga que Lorry -había tenido que dejar a un lado -el libro que estaba leyendo, sencillamente -porque no veía ya las -letras. Lorry se levantó al ver que -el doctor dejaba los útiles del -oficio, y le preguntó:</p> - -<p>—¿Quiere usted salir?</p> - -<p>Clavó el doctor los ojos en el -suelo, los llevó de una parte a otra -como en tiempos pasados, y alzándolos -al fin, dijo:</p> - -<p>—¿Salir?</p> - -<p>—Sí... A dar un paseo conmigo: -¿por qué no?</p> - -<p>No intentó explicar por qué no, -ni volvió a despegar los labios; -pero Lorry, mientras le contemplaba -con mirada penetrante, doblando -el cuerpo, apoyados los -codos sobre las rodillas y la cabeza -sobre las palmas de las manos, -creyó que el desdichado se preguntaba -a sí mismo: «¿Por qué -no?» La sagacidad del hombre de -negocios vió en ello una ventaja, -y resolvió sacar de ella todo el -partido posible.</p> - -<p>Durante las noches, vigilaban -al enfermo desde la habitación -contigua, ora el señor Lorry ora -la señorita Pross, a cuyo efecto -habían establecido dos turnos, -correspondientes a otras tantas -mitades en que dividieron el servicio -de guardia. El doctor solía -pasar algún tiempo paseando por -su cuarto antes de recogerse en -el lecho; pero cuando se acostaba, -dormíase profundamente y disfrutaba -de un sueño tranquilo. -Llegada la mañana, no bien se -levantaba, dirigíase en línea recta -a su banqueta y se ponía a trabajar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span> -En el segundo día de la crisis, -Lorry saludó al doctor llamándole -por su nombre, y seguidamente -comenzó a hablarle de asuntos -que a entrambos eran muy familiares. -No le contestó aquél, pero -era evidente que oyó lo que se le -decía y que pensaba en ello, bien -que de una manera confusa. Esto -animó a Lorry, quien rogó a la -señorita Pross que entrara a hacerle -compañía varias veces durante -el día, a fin de hablar constantemente -de Lucía y de su padre, -presente a las conferencias, -con naturalidad y como si nada -hubiese sucedido. Los resultados -no fueron muy felices, pero tampoco -tan estériles que no animaran -a Lorry a continuar el plan, pues -se consiguió, ya que no otra cosa, -disipar, siquiera fuera por breves -instantes, el estado de indiferencia -en que se hallaba sumido.</p> - -<p>Cuando cerró la noche de este -segundo día, Lorry repitió su -pregunta del día anterior:</p> - -<p>—Mi querido doctor: ¿quiere -usted salir?</p> - -<p>Y como el día anterior respondió -el interrogado:</p> - -<p>—¿Salir?</p> - -<p>Fingió Lorry una ausencia al -no poder obtener otra contestación, -volviendo a entrar al cabo -de una hora. Mientras Lorry estuvo -fuera, el doctor retiró la banqueta -que estaba junto a la ventana -y se sentó en una silla, desde -donde estuvo contemplando el -plátano del patio; pero no bien -entró Lorry en la habitación, -volvió a sentarse en la banqueta.</p> - -<p>Pasaron los días, y las esperanzas -que Lorry concibiera íbanse -desvaneciendo poco a poco. Cierto -que la desgracia no había salido -de la habitación del doctor; cierto -que era un secreto para todos, que -Lucía ni remotamente la sospechaba -y que era feliz y estaba -contenta; pero el buen banquero -no podía menos de ver, con -profunda pena, que el zapatero, -cuya mano estaba torpe los primeros -días, iba adquiriendo una -habilidad maravillosa, que el doctor -tomaba por momentos más -gusto al oficio, y que sus manos -en ninguna hora del día trabajaban -con tanto ardor y tanta destreza -como cuando la noche tendió -su negro manto sobre el día -noveno después de la desgracia.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XIX">XIX.<br />UNA OPINIÓN</h3></div> - -<p>Muertas las energías a manos -de largas y ansiosas horas de incesante -vigilancia, el señor Lorry -cayó dormido en su puesto de -honor. Un rayo tan indiscreto -como brillante del sol matinal -vino a sacudir el pesado sueño -que le venciera la noche anterior, -que era la décima de las de la -serie de vigilancia.</p> - -<p>Con mano nerviosa se frotó -los ojos, púsose en pie y corrió -a la entrada del dormitorio del -doctor. Allí se detuvo con brus<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>quedad, -preguntándose si dormía -o si estaba despierto. ¿Motivos? -Los tenía sobrados: la banqueta, -con el resto de los útiles del oficio -de zapatero, estaba en un rincón, -y el doctor leía tranquilamente, -arrellanado en una butaca junto -a la ventana. Vestía traje de mañana, -y su rostro, que Lorry veía -perfectamente, aunque un poquito -pálido, reflejaba una calma y -una placidez absolutas.</p> - -<p>Unos cuantos pellizcos administrados -con mano firme llevaron -al ánimo del señor Lorry el convencimiento -de que no dormía: -punto era éste que quedaba perfectamente -aclarado y dilucidado. -Pero si entonces estaba despierto, -¿no se pasó durmiendo los días -anteriores? El zapatero, que tantos -quebraderos de cabeza le proporcionó, -¿no sería un personaje -soñado, un hijo de prolongada -pesadilla? ¿Cabía otra explicación -al hecho de que estuviera entonces -viendo, con sus propios ojos, -perfectamente despiertos, a su -amigo, vestido como de ordinario, -tranquilo como de ordinario, y -leyendo como de ordinario?</p> - -<p>Y sin embargo, de no haber sido -su confusión y su atonía tan -grandes, esta hipótesis última caía -por su base. Si el desgraciado -cambio de tan profunda impresión -le había producido fué soñado y -no real, ¿qué hacía en la tranquila -casa de Soho el banquero del famoso -Tellson? ¿Cómo acababa de -encontrarse dormido, vestido y -calzado, sobre el sofá de la sala -de consultas del doctor Manette? -¿Por qué le asaltaban aquellas -dudas a hora tan temprana de la -mañana y precisamente en la -entrada de la alcoba del doctor?</p> - -<p>Minutos después, la señorita -Pross susurraba algunas palabras -en su oído. Si algún resto de duda -hubiese quedado en su ánimo, las -palabras que herían sus oídos la -habrían disipado, pero no quedaban -ya: su cabeza estaba fresca -y las dudas habían desaparecido. -Ante el nuevo estado de cosas, -aconsejó Lorry no hacer nada -hasta que llegase la hora del almuerzo, -y visitar entonces al -doctor como si nada hubiera ocurrido. -Si su amigo continuaba -tranquilo y dueño de sí mismo, -Lorry le interrogaría con cautelosa -astucia y procuraría obtener -de él mismo algo que pudiera -orientarle y servirle de guía en -lo sucesivo.</p> - -<p>El plan, que mereció la aprobación -de la señorita Pross, fué -ejecutado con diligente esmero. -Lorry, que dispuso de tiempo -sobrado para acicalarse, se presentó -a la hora del almuerzo pulcro -e irreprochable. El doctor fué llamado -como de ordinario, y como -de ordinario se sirvió el almuerzo.</p> - -<p>De la conversación, entablada -y seguida por parte de Lorry con -con cautela y tacto exquisitos, -infirió que el doctor creía que el -matrimonio de su hija había tenido -lugar el día anterior. Avanzando -con método en sus trabajos de -exploración, dejó caer como al<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span> -descuido una alusión al día de la -semana y del mes en que se encontraban, -alusión que confundió -visiblemente al doctor, mas como -quiera que en todos los demás -reflejaba una serenidad de juicio -evidente, Lorry resolvió buscar la -ayuda que ambicionaba, y esa -ayuda la esperaba del mismo doctor. -En consecuencia, terminado -el almuerzo y levantados los manteles, -dijo Lorry con muestras de -vivo interés:</p> - -<p>—Mi querido Manette, deseo -me exponga usted su opinión acerca -de un caso que me interesa -extraordinariamente, de un caso -muy curioso... quiero decir, muy -curioso para mí, pues quizá usted -lo encuentre natural y lógico.</p> - -<p>El doctor escuchaba con viva -atención y mirando con expresión -conturbada sus manos encallecidas -por el trabajo de los diez días -últimos. Ya antes las había mirado -con frecuencia.</p> - -<p>—Afecta el caso en cuestión, -mi querido Manette—repuso Lorry—a -un amigo mío, a quien -quiero mucho. He aquí por qué -le ruego muy de veras que lo examine -con verdadero interés y me -aconseje en bien de mi amigo... -y sobre todo, en bien de su hija... -de la hija de mi amigo, mi querido -Manette.</p> - -<p>—Si no entiendo mal—contestó -el doctor en voz muy baja,—se -trata de un sacudimiento mental...</p> - -<p>—¡Eso es!</p> - -<p>—Hábleme con claridad y sin -omitir detalle—dijo el doctor.</p> - -<p>Comprendió Lorry que se habían -entendido, y prosiguió así:</p> - -<p>—Mi querido Manette, se trata -de una conmoción terrible, muy -antigua y que duró varios años, -de una conmoción cruel, brutal, -de las afecciones, de los sentimientos, -de... las facultades, del -espíritu... eso es: del espíritu. -Cuánto tiempo duró la conmoción -que rindió y abatió al desdichado -que fué su víctima, es lo que no -puedo precisar, pues sólo mi amigo -podría decírnoslo, y él no se -hallaba en condiciones de calcular -el tiempo. El que sufrió la -conmoción llegó a reponerse de -sus efectos merced a un proceso -que ni él mismo puede explicar... -según le oí manifestar en público -en una ocasión en que hizo un -relato conmovedor de sus desgracias. -Digo que se ha repuesto de -los efectos del sacudimiento mental -tan completamente, que hoy -es un hombre de inteligencia clarísima, -un hombre que puede entregarse -a ocupaciones intelectuales -profundas, de alma vigorosa y -de cuerpo fuerte, un hombre que -multiplica todos los días sus conocimientos, -y cuenta que ya antes -poseía de ellos rico caudal. Por -desgracia... ha tenido... una pequeña -recaída.</p> - -<p>El doctor preguntó anhelante:</p> - -<p>—¿De qué duración?</p> - -<p>—Ha durado nueve días con -sus noches.</p> - -<p>—¿En qué forma se manifestó?—preguntó -el doctor, mirando de -nuevo sus manos.—¿Tal vez vol<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>viendo -a entregarse a alguna -ocupación antigua relacionada -con su sacudimiento mental?</p> - -<p>—En efecto.</p> - -<p>—Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna -vez ocasión de verle entregado -a esa ocupación, durante su enfermedad -original anterior a la recaída?—preguntó -el doctor con -gran calma, bien que siempre con -voz muy baja.</p> - -<p>—Una sola vez.</p> - -<p>—Después de su recaída, ¿le -encontró usted igual que antes -en casi todo... o en todo?</p> - -<p>—Creo que en todo.</p> - -<p>—Habló usted antes de una -hija de su amigo: ¿ha tenido la -hija noticia de la recaída del padre?</p> - -<p>—No: la recaída ha permanecido -rodeada del secreto más -rígido, y no creo que la hija llegue -a sospecharla nunca. De ella tenemos -conocimiento dos personas -nada más: yo, y otra de confianza -absoluta.</p> - -<p>—¡Previsión delicada y generosa, -amigo mío!—exclamó el doctor -estrechando efusivamente la -mano de Lorry.</p> - -<p>Los dos interlocutores guardaron -silencio por espacio de algunos -momentos.</p> - -<p>—Soy hombre de negocios, mi -querido Manette—dijo Lorry poniendo -fin al silencio y hablando -con acentos de vivo cariño,—y, -por tanto, profano en asuntos tan -enrevesados y difíciles. Me faltan -datos que me orienten, me falta -inteligencia, conocimientos que -me guíen, me falta una persona -que me asesore. En este mundo, -no hay hombre en quien pueda yo -hacer confianza ni que me pueda -sacar de dudas, como no sea usted. -Dígame, ¿a qué fué debida -la recaída? ¿Existe peligro de que -sobrevenga otra? Suponiendo que -el peligro exista, ¿hay medios de -prevenirla? ¿Qué medios son estos? -¿Qué puedo hacer en obsequio -de mi amigo? Jamás ha existido -en el mundo hombre que con -tanto anhelo deseara servir a un -amigo como yo al mío, si supiera -cómo; pero no sé qué hacer si el -caso se repite. Si su sagacidad de -usted, sus conocimientos, su experiencia, -pueden indicarme el -camino recto, creo sin inmodestia -que podré hacer mucho: sin luces, -sin auxilio extraño, todos mis buenos -deseos naufragarán en el mar -obscuro de mi ignorancia. Por favor, -déme usted algunas explicaciones, -ilumíneme un poquito y -enséñeme la manera de ser útil -a mi amigo.</p> - -<p>El doctor Manette bajó la cabeza -y se sumergió en profundas -meditaciones. Lorry esperó con -calma.</p> - -<p>—Me parece muy probable—dijo -el doctor al cabo de un rato—que -la recaída que usted acaba de -describirme estuviera prevista por -el que fué su víctima.</p> - -<p>—¿Acaso prevista y temida?—se -atrevió a preguntar Lorry.</p> - -<p>—Temida, sí—exclamó el doctor, -estremeciéndose involuntariamente.—No -es posible que us<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>ted -se forme idea aproximada del -peso enorme con que ese temor -gravita sobre el pecho del paciente... ni -de la casi imposibilidad en -que se encuentra de hablar palabra -acerca del asunto que le -oprime.</p> - -<p>—¿Y no cedería esa opresión—preguntó -Lorry—si se resolviera -a confiar a alguien el secreto que -por lo visto le atosiga?</p> - -<p>—Creo que sí; pero le es, según -acabo de decir, punto menos que -imposible. Hasta se me figura... -que es imposible en absoluto.</p> - -<p>Sobrevino otra pausa, a la que -puso fin Lorry, preguntando con -dulzura:</p> - -<p>—¿A qué causa atribuye usted -la recaída?</p> - -<p>—A mi juicio—respondió el -doctor Manette,—ha sobrevenido -un despertar enérgico de los recuerdos -que fueron causa determinante -de la enfermedad inicial, -han revivido ideas asociadas con -las torturas antiguas al soplo de -algún suceso reciente. Es muy -probable que en la mente del paciente -viniera acumulándose desde -hace algún tiempo el temor a -ese despertar enérgico de recuerdos -dolorosos... con motivo -de determinadas circunstancias.... con -motivo de un suceso determinado... En -este caso, el paciente -intentó adoptar medidas de prevención.... las -adoptaría seguramente, -pero en vano. ¡Quién sabe -si los mismos esfuerzos hechos -para resistir el golpe le incapacitaron -para soportarlo!</p> - -<p>—¿Cree usted que mi amigo -recuerda lo que ha hecho durante -la recaída?—preguntó Lorry, después -de vacilar durante algunos -segundos.</p> - -<p>Tendió el doctor miradas tristes -en derredor, movió la cabeza, -y contestó con voz más baja que -nunca:</p> - -<p>—¡Absolutamente nada!</p> - -<p>—Pasemos ahora al pronóstico... -al porvenir.</p> - -<p>—El porvenir—contestó con -energía el doctor—me inspira -grandes esperanzas. Fúndanse éstas -en el escaso tiempo que gracias -al Cielo ha durado la recaída. -Si tenemos en cuenta que el paciente, -después de caer postrado -al peso de algo desde tiempo -antes temido, de algo previsto -más o menos vágamente, de algo -contra lo que en vano intentó -prevenirse, se ha repuesto una -vez ha estallado la nube, sobran -motivos para creer que ha pasado -lo peor.</p> - -<p>—¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus -palabras me tranquilizan... ¡Gracias!—exclamó -Lorry.</p> - -<p>—¡Gracias!—repitió el doctor, -doblando la cabeza.</p> - -<p>—Quedan todavía dos puntos -sobre los cuales desearía me instruyese. -¿Puedo continuar?</p> - -<p>—Es el mayor favor que puede -usted hacer a su amigo—respondió -el doctor alargándole la mano.</p> - -<p>—Primero: mi amigo es estudioso -por temperamento y de una -energía poco común. Persigue con -ardor la adquisición de nuevos<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span> -conocimientos profesionales, hace -experimentos laboriosos y se dedica -a infinidad de cosas que exigen -intensa labor mental. Dígame: -¿no le parece que trabaja con -exceso?</p> - -<p>—Creo que no. Quizá la índole -de su inteligencia exige un trabajo -mental continuo, bien sea la -índole en cuestión innata y natural, -bien modificada artificialmente, -por decirlo así, a consecuencia -de pesares y aflicciones. Cuanto -menos la ocupe en asuntos intelectuales, -mayor será el peligro -de que sus pensamientos tomen -rumbos perjudiciales. Es probable -que él mismo, después de -observarse con detenimiento, -haya hecho el descubrimiento a -que me refiero.</p> - -<p>—¿Tiene usted seguridad de -que la labor mental de mi amigo -no es excesiva?</p> - -<p>—La tengo; sí.</p> - -<p>—Pero si le venciera el exceso -de trabajo...</p> - -<p>—Dudo mucho que tal cosa -ocurra, mi querido Lorry. Cuando -existe una tendencia violenta en -una dirección determinada, se -hace indispensable contrapesarla -de alguna manera, o de lo contrario, -se rompe el equilibrio.</p> - -<p>—Perdone mi insistencia, mi -querido Manette, pues sabido es -que los hombres de negocios somos -persistentes. Dando como -averiguado que la recaída que -lamentamos fué resultado de intensa -presión mental, ¿no habrá -peligro de que se repita?</p> - -<p>—No lo creo... no puedo creerlo—contestó -con acento de convicción -profunda el doctor Manette.—Solamente -la exacerbación de -una clase determinada de recuerdos -podría provocar otra recaída, -solamente la vibración violenta -de la cuerda misma que motivó -la primera pudiera ser causa de -otras. Ahora bien: después de lo -ocurrido, considero punto menos -que imposible nuevas exacerbaciones -de los recuerdos a que me -refiero, imposibles nuevas vibraciones -de la cuerda enferma. Creo... -casi me atrevo a asegurar que han -desaparecido para siempre las circunstancias -que podrían dar margen -a nuevos tropiezos.</p> - -<p>Hablaba el doctor con la timidez -de quien sabe cuán poco basta -para trastornar la organización -delicada de la inteligencia, y al -propio tiempo con la confianza -del que, templado en las aguas -amargas de las tribulaciones, ha -adquirido esa fortaleza que es capaz -de resistir impávida los huracanes -de la vida.</p> - -<p>No sería su amigo quien tratase -de combatir aquella confianza. -Antes por el contrario, se mostró -más esperanzado y convencido de -lo que en realidad estaba, y pasó -a tratar el segundo punto. Era -este mucho más difícil y escabroso -que el primero: de ello estaba -Lorry muy persuadido; pero recordó -la conversación que el domingo -tuviera con la señorita -Pross, hízose cargo de las dolorosas -escenas a que había asistido<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span> -en los nueve días últimos, y comprendió -que estaba en el deber -de afrontarlo.</p> - -<p>—Durante su recaída, por fortuna -pasada ya, se entregó... al -oficio de... cerrajero—dijo Lorry, -con vacilación manifiesta.—Sí; -eso es: al oficio de cerrajero. A -título de ejemplo que aclare bien -los conceptos, diremos que mi -amigo, durante el tiempo de su -desequilibrio mental, acostumbraba -trabajar en una fragua. Añadiremos -que, debido a circunstancias -que no hay por qué detallar, -ha vuelto a encontrar esa fragua. -¿No opina usted que es una -lástima que la conserve a su -lado?</p> - -<p>El doctor se pasó la mano por -la frente.</p> - -<p>—La tiene constantemente a su -vista—repuso Lorry, mirando con -ansiedad a su amigo.—¿No le -parece que sería preferible que no -volviera a ver lo que forzosamente -ha de recordarle tiempos penosos?</p> - -<p>El doctor golpeaba el suelo con -pie nervioso.</p> - -<p>—¿Tan difícil encuentra usted -el consejo que le pido?—insistió -Lorry.—A mí me parece la solución -sencillísima, no obstante lo -cual, creo que...</p> - -<p>—Comprenda usted—contestó -el doctor Manette volviéndose hacia -su interlocutor—que es sumamente -difícil explicar con sujeción -a las reglas inflexibles de la -lógica, las operaciones íntimas de -la mente del pobre hombre a quien -usted se refiere. En tiempos pasados, -solicitó con tanto ahinco dedicarse -a ese oficio, que cuando le -fué concedido lo que anhelaba, -dió gracias al Cielo desde lo más -profundo de su alma. Es indudable -que, al encontrarse con un -medio que le permitía substituir -con la perplejidad de sus dedos -la perplejidad de su cerebro, y -con la destreza de sus manos las -operaciones de su mente torturada -cuando adquirió alguna práctica -en el oficio, se aminorasen -mucho sus tormentos, en cuyo -caso, es natural que muestre resistencia -a separarse de lo que -tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque -creo que no existe el menor -peligro de nuevas recaídas, aun -cuando su amigo comparta esta -confianza mía, la idea de que pudiera -llegar día en que hubiese de -necesitar la fragua, y no la encontrase, -creo que ha de producirle -un dolor sólo comparable al del -padre a quien amenazan con separarle -de su hijo.</p> - -<p>—No estamos de acuerdo—replicó -Lorry.—Sé que no soy autoridad -en la materia, pues como -hombre de negocios, mi inteligencia -se extingue cuando no la aplico -a cosas tan materiales como -libras esterlinas, chelines y billetes -de Banco; pero aun así, pregunto: -¿la conservación de la -fragua, no tiende a la perpetuación -de la idea? Si la fragua -desapareciese, mi querido Manette, -¿no desaparecería con ella el -miedo? En una palabra: ¿no es<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span> -concesión hecha al temor de conservar -la fragua?</p> - -<p>—Comprenda usted también—contestó -el doctor al cabo de otro -rato de silencio y con voz trémula—que -se trata de un compañero -antiguo.</p> - -<p>—¡Un compañero antiguo que -yo alejaría de mi lado!—replicó -Lorry con gran entereza, pues -bueno será advertir que la iba -ganando a medida que la perdía -el doctor.—¡Un compañero antiguo -a quien yo sacrificaría sin -pizca de remordimiento! No me -hace falta más que su autorización. -Conservarlo es pernicioso; de -ello estoy seguro. Concédame el -permiso que solicito, mi querido -Manette... ¡Usted es bueno... tiene -buen corazón... concédamelo en -aras de la tranquilidad de la pobre -hija de mi amigo...!</p> - -<p>La lucha que en el pecho del -doctor libraron pensamientos contradictorios, -fué enconada, terrible, -espantosa. Al cabo del rato, -dijo:</p> - -<p>—En obsequio a la hija de su -amigo, concedo la autorización -que me pide. Sanciono el sacrificio -de la fragua; pero que no se haga -ante los ojos de su amigo. Aproveche -un momento de ausencia y -líbrenle del dolor de presenciar -la destrucción de lo que fué su -compañero único en tiempos pasados.</p> - -<p>Con verdadera alegría aceptó -Lorry la solución, y la conferencia -quedó terminada. Pasaron el día -en el campo, lo que bastó para -reponer al doctor. Durante los -tres días siguientes hizo su vida -normal, y a los catorce de la -ausencia de su hija, salió a reunirse -con ésta y con su marido.</p> - -<p>No bien cerró la noche del día -en que el doctor salió de su casa, -penetró en el dormitorio de aquél -nuestro buen amigo Lorry, armado -de una cuchilla de carnicero, -una sierra, un cincel y un martillo. -Tras él entró la señorita Pross -con un candelero en la mano. A -puerta cerrada, en el misterio de -la noche, semejante al que comete -un acto criminoso, el señor Lorry -hizo pedazos la banqueta de zapatero, -mientras la señorita Pross -tenía la luz como quien asiste a -la comisión de un asesinato. En -la cocina se procedió luego a la -incineración de la pecaminosa banqueta, -previamente reducida a -astillas, y a continuación, los útiles -y herramientas del oficio, zapatos, -suela y cuero, recibieron -honrosa sepultura en el jardín -anejo a la casa. Tanto el señor -Lorry, como la señorita Pross, -mientras ejecutaban la hazaña -y hacían desaparecer los rastros, -se consideraban, y de ello tenían -casi aspecto, cómplices de un -crimen horrendo.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XX">XX.<br />UNA SÚPLICA</h3></div> - - -<p>La primera persona que se presentó -en la casa del doctor -Manette después de haber regre<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>sado -los desposados de su viaje -de novios, fué Sydney Carton. Su -traje, sus maneras, sus ademanes, -su expresión, puede decirse que -eran las de siempre; pero sobre la -dura corteza, con ser extraordinariamente -áspera, resaltaba cierto -aire de fidelidad que no pasó -inadvertido a la escrutadora mirada -de Carlos Darnay.</p> - -<p>Carton aprovechó la primera -oportunidad que se le deparó para -llevar a Darnay al hueco de una -ventana, donde le habló sin que -su conversación llegara a oídos -de ninguno de los presentes.</p> - -<p>—Deseo que seamos amigos, -señor Darnay—comenzó diciendo -Carton.</p> - -<p>—Me parece que lo somos ya—contestó -Darnay.</p> - -<p>—Agradezco que así lo diga -usted, aun siendo sus palabras -dictadas lisa y llanamente por la -educación. Pero no me refería yo -a esa amistad <i>convencional</i>. Al -decirle que deseo que seamos amigos, -aludo a otra clase de amistad.</p> - -<p>Carlos Darnay le rogó que se -explicase.</p> - -<p>—¡Por mi vida que encuentro -más sencillo comprender yo la -idea que hacerla comprensible a -los demás!—respondió Carton.—Probaré, -sin embargo. ¿Recuerda -usted aquella ocasión memorable -en que me encontraba yo más -borracho que de ordinario?</p> - -<p>—Recuerdo la ocasión memorable -en que me obligó usted a declarar -que había bebido.</p> - -<p>—No la he olvidado yo tampoco. -La maldición que pesa sobre -esas ocasiones deja en mí rastros -tan duraderos, que puede decirse -que no las olvido nunca. Abrigo -la esperanza de que ha de llegar -un día, el que ponga fin a los míos -sobre la tierra, en que satisfaga -por aquella ocasión... No se alarme -usted, que no es mi deseo -sermonear.</p> - -<p>—¡Si no me alarmo! La seriedad -en usted no puede alarmarme -nunca.</p> - -<p>—Pues bien: con motivo de la -borrachera en cuestión... una de -mis infinitas borracheras, estuve -impertinente a más no poder -hablándole sobre si me era simpático -o antipático: le ruego que la -olvide y que considere como no -pronunciadas mis palabras.</p> - -<p>—Las he olvidado hace mucho -tiempo.</p> - -<p>—¡Otra vez inspiran sus palabras -los cumplimientos, las conveniencias -sociales! He de decir, -señor Darnay, que no olvido yo -tan fácilmente como pretende olvidar -usted. Yo no la he olvidado, -y le aseguro que una contestación -ligera e indiferente por su parte -no ha de contribuir a hacérmela -olvidar.</p> - -<p>—Si mi contestación ha sido -ligera, le ruego que me perdone—replicó -Darnay.—Mi intención -fué quitar toda la importancia a -lo que, con no poca sorpresa mía, -preocupa a usted demasiado. Le -declaro, bajo mi palabra de honor, -que hace mucho tiempo que olvidé -la conversación de la noche a<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span> -que se refiere, y entiendo que al -olvidarla, no contraje mérito alguno. -Pues qué, ¿no me había -prestado usted aquel mismo día -un servicio de esos que ningún -corazón medianamente agradecido -puede ni debe olvidar?</p> - -<p>—Me pone usted en el caso de -decirle—respondió Carton—que -ese gran servicio de que me habla -fué sencillamente lo que podríamos -llamar una travesura profesional, -uno de esos recursos a que -solemos apelar los abogados para -alcanzar populachería. Buena -prueba de ello es que, cuando se -lo presté, me era completamente -indiferente su suerte. Observe usted -que he dicho cuando se lo -presté; es decir, que hablo de cosas -pasadas.</p> - -<p>—Se empeña usted en empequeñecer -mi obligación, y sin -embargo, yo, menos quisquilloso -que usted, no me ofendo por la -ligereza de su contestación.</p> - -<p>—Es la verdad desnuda, señor -Darnay, la verdad desnuda. Pero -me he separado del objeto que -perseguía. Hablaba de mis deseos -de que seamos amigos. Como usted -me conoce ya, huelga que le -diga que mi amistad a nadie puede -honrar. Si alguna duda le cabe, -pregunte a Stryver.</p> - -<p>—Prefiero formar opinión sin -su auxilio.</p> - -<p>—Muy bien. Por lo tanto, ya -sabe que soy un perro disoluto, -incapaz de nada bueno, ahora y -siempre.</p> - -<p>—No estamos de acuerdo, amigo -mío.</p> - -<p>—Se lo aseguro yo, y usted debe -creerme. Prosigo. Si usted se encuentra -con fuerzas para tolerar -la presencia en esta casa de un -sujeto que nada vale, y que por -añadidura goza de una reputación -discutible, yo le pediré que como -favor especial me consienta venir -aquí o marcharme, sin sujeción -a horas ni a reglas, no viendo en -mí otra cosa que un mueble inútil -y... de buena gana añadiría -<i>anormal</i>, si no fuera por el parecido -físico que entre nosotros dos -media... un mueble inútil, reservado -para servicios raros y en el -que uno ni repara siquiera. Dudo -mucho que abuse del permiso, si -me lo concede. Hay cien probabilidades -contra una de que no -utilizaré su complacencia más de -cuatro veces al año. Sería para -mí una satisfacción saber que -abuso.</p> - -<p>—¿Hará usted lo posible por -abusar?</p> - -<p>—Veremos. ¿Me autoriza usted -para que me tome la libertad que -solicito, Darnay?</p> - -<p>—Autorizado, Carton.</p> - -<p>Diéronse un apretón de manos -y seguidamente se separó Carton. -Un minuto después, Carton era -el hombre extravagante de -siempre.</p> - -<p>Aquella noche, en las conversaciones -que siguieron a la cena, -y en las cuales tomaron parte la -señorita Pross, el doctor, Lorry<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span> -y el matrimonio, hablóse incidentalmente -y en términos generales -de Sydney Carton, pintándolo como -problema viviente de indiferencia -y de atolondramiento. Darnay -dijo a su propósito algunas -frases que, si bien no puede decirse -que fueran duras ni ofensivas, -reflejaban cierto menosprecio.</p> - -<p>Lejos estaba él de pensar que -había lastimado la sensibilidad -de su bella esposa. Cuando más -tarde, disuelta la tertulia, la encontró -en su habitación, no pudo -menos de observar en ella cierta -preocupación.</p> - -<p>—Te encuentro pensativa esta -noche—dijo Carlos, pasando su -brazo al rededor de su cintura...</p> - -<p>—Lo estoy, mi querido Carlos—contestó -Lucía, mirándole de -frente,—estoy pensativa esta noche -porque algo tengo en el pensamiento -que me molesta.</p> - -<p>—¿Y qué es, Lucía mía?</p> - -<p>—¿Me das tu palabra de no -llevar tu curiosidad más allá de -lo que yo desee?</p> - -<p>—¿Y qué es lo que yo no prometeré -a mi amor?</p> - -<p>—Creo, Carlos, que el pobre -señor Carton merece más consideración -y más respeto del que tú -le has expresado esta noche.</p> - -<p>—¿De veras? ¿Y por qué?</p> - -<p>—Eso es precisamente lo que -no debes preguntarme. Piensa nada -más... en que me consta que -lo merece.</p> - -<p>—Si a ti te consta, no hay más -que hablar. ¿Qué quieres que -haga, vida mía?</p> - -<p>—Lo único que deseo es que -le trates siempre con mucha generosidad, -y que procures disculpar -sus defectos cuando alguien los -saque a la plaza pública en su -ausencia. También te ruego que -creas que en su pecho late un corazón -que pocas, poquísimas veces -se revela, un corazón cubierto de -heridas muy profundas. Créeme, -querido mío, pues te aseguro que -lo he visto sangrando.</p> - -<p>—Cree que siento en el alma -haberle hecho objeto de mis desconsideraciones—dijo -Darnay, sin -salir del asombro que las palabras -de su mujer le produjeron.—No -fué mi intención tratarle injustamente.</p> - -<p>—Pues no le hiciste justicia, -Carlos mío. Temo que ha de ser -imposible hacerle variar, que ni -su carácter, ni su manera especial -de ser son susceptibles de modificación; -pero te aseguro que es -hombre capaz de buenas acciones, -más, de acciones magnánimas.</p> - -<p>Tan hermosa estaba Lucía, tan -vivos destellos de luz purísima -derramaba sobre su lindo rostro -la fe en un hombre, para todos -perdido sin remedio, que su marido, -sin tener voz para contestarla, -quedó como extasiado contemplándola.</p> - -<p>—¡Compláceme, amor mío!—exclamó -Lucía, dejando caer su -cabecita sobre el pecho de su marido -y alzando hacia éste sus ojos.—¡Reflexiona -cuán inmensa es -nuestra dicha, y cuán de compadecer -es él en su miseria!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span> -La súplica dió en el blanco.</p> - -<p>—¡No lo olvidaré nunca, corazoncito -mío! ¡Lo recordaré mientras -me dure la vida!</p> - -<p>Inclinóse sobre aquella cabeza -adornada con rica vestidura de -oro, acercó sus labios a los de rosa -de Lucía y estrechó a ésta entre -sus brazos.</p> - -<p>Si el paseante nocturno que en -aquellos instantes recorría ensimismado -las solitarias calles -próximas al rinconcito de Soho, -hubiera podido oir aquella súplica -dictada por una piedad purísima, -si le hubiese sido dado ver unas -perlas clarísimas bebidas por un -marido amante en unos ojos azules -y limpios como el cielo, habría -exclamado con transporte:</p> - -<p>—¡Que Dios bendiga su hermosa -alma!</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XXI">XXI.<br />PASOS QUE RESUENAN</h3></div> - - -<p>Rincón el más admirable para -recoger los ecos era el en que -vivía el doctor Manette. Lucía, -siempre ocupada en la agradable -tarea de retorcer el hilo de oro -que la unía a su marido, a su padre, -a si misma y a su antigua -directora y compañera, saboreaba -una vida de felicidad no interrumpida -en aquel plácido centro de -la tranquilidad, escuchando el -eco de los pasos del tiempo.</p> - -<p>Algunas veces, sobre todo al -principio, aun cuando se consideraba -completamente feliz, sus manos -dejaban caer sobre sus rodillas -el hilo de oro que retorcía, y el -azul purísimo de sus ojos se nublaba: -era que entre los ecos que -muy a lo lejos resonaban creía -percibir algo muy ligero, muy -sutil, apenas perceptible todavía, -y que, sin embargo, le producía -cierta sensación de malestar. Llenaban -entonces por igual su corazón -arrulladoras esperanzas y dudas -mortificantes: esperanzas de -conocer un amor que no conocía -todavía y temores de no vivir lo -bastante para saborear los goces -purísimos de aquel amor. Entre -los ecos que en esas ocasiones -herían sus oídos, sonaban los de -sus propios pasos caminando a la -tumba; y al pensar en la soledad -en que dejaría a su marido, en el -dolor agudo que su muerte le -produciría, el llanto acudía a sus -ojos y se desbordaba por sus mejillas.</p> - -<p>Pasaron esos tiempos. En sus -brazos jugueteaba ya un ángel, -llamado Lucía, como ella; y entonces, -dominando a todos los ecos -de los pasos que avanzaban, destacábanse -siempre los de unos -piececitos diminutos mezclados -a sonidos de plata emitidos por -una lengua que comienza a balbucear. -Ya podían ensordecer al -mundo los ecos más estruendosos: -la joven madre, sentada junto a -la cuna, sólo oía la música arrulladora -de las medias palabras de -su hijita. ¡El amigo divino de los -niños, a quien todas las madres<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span> -suelen confiar el cuidado de sus -hijos, había tomado al de Lucía -en sus brazos y convertídolo en -manantial inagotable de dicha -para ella!</p> - -<p>Siempre ocupada Lucía en retorcer -el hilo de oro que ligaba a -los felices miembros de aquella -familia, siempre aportando al tejido -de las vidas de todos el tramado -de su benéfica influencia, -bien que evitando con cuidado -exquisito que ésta predominase, -en los ecos de los pasos de los años -no oía más que los de pisadas -amigas. Entre ellos, destacábase -por lo fuerte y próspero el de su -marido; el de su padre era firme -y siempre igual, y el de la señorita -Pross arrebatado y violento, un -eco que despertaba mil ecos, eco -semejante al del bronco corcel -que relincha y patea al ser castigado.</p> - -<p>Ni aun en las contadas ocasiones -en que a los ecos de alegría -se mezclaron ecos de dolor, fué -éste cruel ni lacerante. Cuando -sobre la almohada de una camita -caían en desorden los rizos de una -cabellera rubia, semejante a la -de Lucía, sirviendo de marco a -una carita demacrada y transparente -de un niño, que sonriendo -con dulzura, decía: «Mucho siento -dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; -mucho siento separarme también -de mi querida hermanita; -pero me llaman de arriba y debo -acudir al llamamiento», las lágrimas -que inundaron las mejillas -de la madre no fueron lágrimas de -agonía; que no debe arrancarlas -a sus ojos el hecho de que un ángel -abandone la envoltura que le servía -de vestido.</p> - -<p>Al suave aletear de un ángel se -unieron los ecos nacidos en la -tierra, de lo que resultó un rumor -que no era del todo terreno, puesto -que lo animaba un soplo de los -cielos. También se mezclaban a -aquellos débiles suspiros del viento -que besan las flores del cementerio, -suspiros que recogía el oído -de Lucía, creyendo que eran el -alentar de un mar de verano que -duerme sobre plana playa de -arena mientras su hijita, estudiando -con cómica gravedad las -lecciones de la mañana, o embebida -en la tarea de vestir sus muñecas, -charlaba mezclando palabras -de las dos ciudades que se habían -combinado en su vida.</p> - -<p>Muy contadas veces contestaban -los ecos al paso real de Sydney -Carton. Media docena de veces -al año, como máximum, hacía -valer su privilegio de presentarse -en la casa del doctor sin ser llamado -y de tomar parte en la tertulia -de la noche como tantas veces -hiciera en tiempos pasados. Jamás -se presentó borracho ni medio -bebido. Pero si rara vez sonaban -en el rinconcito de Soho los ecos -de sus pasos, en cambio era muy -frecuente escuchar la breve y -hermosa historia que a su propósito -susurraban aquéllos.</p> - -<p>Jamás ha existido hombre locamente -enamorado de una mujer, -que la haya visto y tratado<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span> -con ojos puros y pensamiento inmaculado -después que aquélla ha -sido esposa y madre. Cual si los -tiernos hijitos de ésta comprendieran -su mudo dolor manifestábanle -una simpatía singular... algo -así como un instinto delicado de -compasión hacia él. No hablan -los ecos cuando vibran estas sensibilidades -que tienen su asiento -en lo más recóndito del alma, pero -aunque silenciosos, susurran. Carton -fué el primer extraño a la -casa a quien la diminuta Lucía -tendió sus regordetes bracitos, -y el niño, momentos antes de -tender su vuelo hacia el cielo, -exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo -que le den un beso por mí!»</p> - -<p>Stryver penetraba por los dominios -de las leyes cada día con -bríos mayores, semejante a poderosa -nave que surca revueltos mares, -y en su estela se veía a Carton -cual barcaza llevada a remolque. -La barcaza así favorecida por el -navío que la tomó a remolque -corre serios peligros, por regla -general, navega con dificultad y -casi siempre anegada. También -Carton surcaba dando tumbos -los mares de la vida, expuesto a -zozobrar en todo momento. Sin -embargo, una costumbre arraigada -y firme, más arraigada y más -firme en su pecho que ninguno -de los estimulantes que solemos -llamar percepción del abandono -de la desgracia, indicábale el rumbo -que debía seguir, y Carton lo -seguía, sin que jamás se le ocurriera -salir del estado lamentable en -que se veía, sin que tuviera más -aspiraciones de renunciar a su -papel de chacal de un león que las -que nunca haya tenido un chacal -de carne y hueso de elevarse a la -categoría de león. Stryver era -rico. Había casado con una viuda -dueña de soberbias propiedades -y madre de tres hijos, ninguno de -los cuales había sido dotado por -la mano de la naturaleza con dones -excepcionales, aunque se distinguían -por la masa espesa de -púas hirsutas que adornaba sus -cabezas.</p> - -<p>Stryver, exudando protección -por todos los poros de su cuerpo, -había presentado a estos tres -caballeritos en la plácida casita -de Soho, y ofrecídolos como discípulos -al marido de Lucía. Con -delicadeza sin igual dijo el brillante -abogado al hacer la presentación:</p> - -<p>—Tengo el gusto de aportar -a su almuerzo matrimonial estos -tres pedazos de pan, Darnay.</p> - -<p>Con palabras muy corteses rechazó -Darnay aquellos tres pedazos -de pan, alzando tal tempestad -de indignación en el noble pecho -de Stryver, que de allí en adelante -puso empeño especial en que en -el alma de los caballeritos en cuestión -naciera y arraigara muy -honda la idea de tratar con el desdén -más profundo a los mendigos -como aquel maestro famélico, -cuyo patrimonio único es el orgullo. -También tenía la buena costumbre -de enumerar y explicar -a su mujer las artes de que en<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -otro tiempo se valió Lucía Manette -para «pescarle», y del muro de -diamante que opuso a los artificios -de aquélla, gracias al cual fué -para aquel pescador pez «no pescable». -Algunos colegas suyos, que -solían ser sus compañeros en sus -excesos báquicos, excusábanle diciendo -que había repetido tantas -veces la mentira en cuestión, que -hasta él mismo la tenía ya por -verdad de fe... lo que lejos de -excusar una ofensa la agrava en -términos bastantes para justificar -que el ofendido lleve al ofensor a -un sitio retirado y conveniente, y -bonitamente y sin enojosos procedimientos -le deje colgado de -cualquier árbol con un nudo corredizo.</p> - -<p>Tales eran, entre otros, los ecos -que Lucía, pensativa unas veces -y divertida y hasta riendo a carcajadas -otras, oía desde el plácido -rincón de Soho. La niña cumplió -seis años. Los ecos de sus pasos -por los caminos de la vida repercutían -en lo más hondo del corazón -de la madre, confundidos con -los no menos deliciosos de los pasos -del doctor, siempre tranquilo -y siempre activo, y con los de su -marido, siempre tierno y siempre -enamorado. En los oídos de Lucía -sonaban, cual música divina, los -suaves ecos de aquel hogar, dirigido -por ella misma, aquel hogar -donde no reinaba la opulencia, -pero sí la abundancia. Sonaban -también, por cierto con dulzura -exquisita, los ecos de lo que tantas -veces decía su padre, a saber, que -la encontraba más cariñosa, si era -posible, de casada, que cuando -era soltera.</p> - -<p>También sonaban otros ecos, -a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran -de oirse, ecos que rugían -amenazadores sobre el tranquilo -rincón. Por la fecha del sexto -cumpleaños de Lucita fué cuando -su voz atronadora subió hasta -las nubes, voz como de tempestad -horrorosa desencadenada en -Francia.</p> - -<p>Una noche del mes de julio -del año mil setecientos ochenta -y nueve, se presentó Lorry y tomó -asiento junto a la ventana entre -Lucía y su marido. Era una noche -tempestuosa y de aliento abrasador -que recordó a los tres aquella -otra noche en que estuvieron -contemplando el rayo desde aquella -misma ventana.</p> - -<p>—Principio a pensar—dijo Lorry, -echando hacia el colodrillo -su peluquín—que he debido pasarme -toda la noche en el Banco. -Ha llovido hoy sobre nosotros tan -desencadenada tempestad de negocios, -que no hemos sabido por -dónde comenzar ni por dónde -terminar. Cunde en París la desconfianza -en tales términos, que -la confianza viene hacia nosotros -semejante a torrente impetuoso. -Nuestros clientes de allí no ven -el momento de confiarnos sus bienes -y propiedades. ¡Nada, nada! -¡Es una verdadera manía de enviarlo -todo a Inglaterra la que les -ha acometido de pronto!</p> - -<p>—Lo que a mi juicio es un sín<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>toma -muy malo—observó Darnay.</p> - -<p>—¿Mal síntoma, mi querido -Darnay? Quizá, si obedeciera a -razones justificadas; ¡pero es tan -poco racional el mundo! Lo único -que hasta ahora hay de positivo -es que nos echan encima un trabajo -abrumador, seguramente sin -motivo, sin consideración a que -en el Banco Tellson estamos muchos -que somos ya viejos.</p> - -<p>—Sin embargo—objetó Darnay,—sabe -usted perfectamente -que hay cerrazón en el horizonte, -que hace tiempo que se condensan -las nubes amenazando tormenta.</p> - -<p>—Lo sé... claro que lo sé—contestó -Lorry, intentando persuadirse -a sí mismo de la necesidad -de mostrarse un poquito gruñón y -descontento;—tan es así, que vengo -resuelto a reñir con cualquiera -para desquitarme de las fatigas -de este endiablado día. ¿Dónde -está Manette?</p> - -<p>—Aquí hay un pedazo—contestó -el doctor, entrando en aquel -momento en la estancia.</p> - -<p>—Me alegro que esté usted en -casa, pues las prisas y presentimientos -de hoy me han puesto -nervioso sin razón ni motivo. -¿Supongo que no pensará usted -salir, eh?</p> - -<p>—No; si quiere usted, jugaremos -una partida de chaquete.</p> - -<p>—Prefiero no jugar, que esta -noche no estoy para contender -con usted. ¿Está aquí el tablero, -Lucía? Tienen ustedes esta habitación -a obscuras y, como no -soy gato, nada veo.</p> - -<p>—Aquí está, esperándole a -usted.</p> - -<p>—Muchas gracias, queridita. -¿La preciosa está en su camita?</p> - -<p>—Durmiendo como un tronco.</p> - -<p>—¡Muy bien... muy bien! ¡La -verdad es que no sé por qué no -ha de ir todo muy bien aquí... -gracias a Dios! Pero claro: ¡me han -mareado hoy tanto... Y luego, ya -no soy tan joven como ustedes... -como era hace treinta años...! Mi -tacita de te... Eso es, Lucía... -¡Gracias! Ahora, déjenme un hueco, -me sentaré en el círculo, y -procuraré prestar oído a esos ecos -acerca de los cuales tiene usted -teorías muy peregrinas.</p> - -<p>—No son teorías, sino caprichos -de mi imaginación.</p> - -<p>—Perfectamente, querida; los -llamaremos caprichos—replicó -Lorry. Son numerosos, variados -y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! -¡No hay más que prestar atención!</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Pasos precipitados, pasos duros, -pasos peligrosos que penetran violentamente -en el centro vital de -alguien, y que una vez se han teñido -de rojo difícilmente se limpian, -resonaban a lo lejos, en el -barrio de San Antonio de París, -y sus ecos trepidantes llegaban -hasta el tranquilo rincón de Soho -de Londres.</p> - -<p>Aquella mañana, San Antonio<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span> -había sido campo cubierto por -ingente y ceñuda masa de descamisados -que se movía impaciente, -empenachada con acerados sables -y bayonetas en cuya fría superficie -se quebraban los rayos del -sol. Las fauces de San Antonio -dejaron escapar tremendos alaridos -mientras inmenso bosque de -brazos desnudos se agitaban en el -aire, semejantes a ramas de árboles -azotadas por terrible vendaval. -No había mano que no empuñara -algún arma o semejanza de -arma; no había ventana que no -arrojara a las turbas instrumentos -de matanza.</p> - -<p>De dónde procedían, quién las -proporcionaba, dónde comenzaba -la lluvia de aquellos elementos de -destrucción que cruzaban sobre -las cabezas semejantes a brillantes -rayos, es lo que nadie hubiese -podido decir; pero es lo cierto que -manos invisibles distribuían mosquetes, -cartuchos, pólvora, balas, -barras de hierro, trancas de madera, -cuchillos, hachas, lanzas, picas. -Los que no podían proporcionarse -otra cosa, clavaban sus ensangrentados -dedos en las junturas -de las piedras o de los ladrillos -y arrancaban bloques o adoquines -de los muros. No había en San -Antonio pulso que no latiera -desordenado, corazón que no pidiera -sangre, ser vivo que en algo -estimara la vida, ni persona que -no pidiera a gritos sacrificarla.</p> - -<p>Así como todos los remolinos -de aguas hirvientes tienen su punto -central, así aquel mar encrespado -giraba bramador en torno de -la taberna de Defarge, todas las -gotas humanas que caían en la -caldera mostraban tendencia decidida -a aproximarse al vórtice donde -Defarge en persona, ennegrecido -ya por la pólvora y el sudor, -dictaba órdenes, daba armas, obligaba -a retroceder a este hombre -y arrastraba hacia sí a aquél, -desarmaba a uno para con sus -armas armar a otro, y trabajaba y -se movía y se multiplicaba en el -centro de la tempestad.</p> - -<p>—¡No te separes de mi lado, -Santiago Tercero!—bramaba Defarge.—¡Vosotros, -Santiago Primero -y Santiago Segundo, poneos -al frente de otros tantos grupos -de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?</p> - -<p>—¡Aquí estoy!—contestó la señora -Defarge, reposada como -siempre, pero sin hacer calceta.</p> - -<p>La dulce señora empuñaba un -hacha en vez de las agujas, y en -la cintura lucía dos adornos singulares: -una pistola y un largo cuchillo.</p> - -<p>—¿Por dónde andas, mujercita -mía?—preguntó Defarge.</p> - -<p>—En este momento contigo: -dentro de un instante, a la cabeza -de las mujeres—respondió la tabernera.</p> - -<p>—¡Adelante, pues!—gritó Defarge -con voz de trueno.—¡Patriotas...! -¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!</p> - -<p>Cual si esta última palabra -odiosa hubiese dado forma a todos -los alientos de Francia, rasgó los<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span> -aires espantoso rugido, encrespóse -aquel mar viviente, se revolvieron -sus fondos, se hincharon sus olas -y anegaron la ciudad entera. Sonaron -todas las campanas de alarma, -tronaron todos los tambores, -bramó y rugió el mar, y comenzó -el ataque.</p> - -<p>Fosos profundos, dobles puentes -levadizos, macizos muros de -piedra, ocho torres ingentes, cañones, -mosquetes, fuego y humo... -¡No importa! Entre mares de fuego -y entre nubes de espeso humo... -flotando entre el humo y cabalgando -sobre el fuego, pues el mar -le arrojó contra un cañón e inmediatamente -le convirtió en terrible -artillero..., Defarge, el tabernero, -trabajó cual soldado infernal -durante dos horas.</p> - -<p>Un foso ancho y profundo, un -solo puente levadizo, muros robustos -de piedra, ocho grandes -torres, cañones, mosquetes, fuego -y humo... Cae un puente levadizo... -«¡Adelante, camaradas, adelante! -¡Adelante, Santiago Primero! -¡Adelante, Santiago Segundo! -¡Adelante, Santiago Mil, adelante, -Santiago Dos Mil, Santiago Cinco -Mil, Santiago Veinte Mil...! ¡Por -todos los ángeles del Cielo... por -todos los demonios del infierno... -como queráis... adelante!» ¡Tales -son los gritos que salen de la garganta -del tabernero, convertido -horas antes en artillero terrible, -del tabernero, que no deja punto -de reposo a su cañón ya enrojecido!</p> - -<p>«¡A mí, todas las mujeres!—gritaba -mientras tanto su esposa.—¡Pues -qué...! ¿No podemos matar -nosotras lo mismo que ellos, -luego que caiga en nuestro poder -la plaza?»</p> - -<p>Y hacia ella corrían rebaños -de mujeres, roncas, bramadoras, -armadas con armas distintas, pero -todas animadas del mismo espíritu: -¡del de la venganza!</p> - -<p>Cañones, mosquetes, fuego y -humo; pero quedaba un foso profundo, -un puente levadizo, robustos -muros de piedra y ocho grandes -torres. Los heridos que caían -dejaban algunos claros en el hirviente -mar. Centellean las armas, -arden las antorchas, despiden nubes -de humo los carros cargados -de paja humedecida, brotan barricadas -por doquier, suenan feroces -aullidos, atruenan el espacio repetidas -descargas cerradas, hieren -los oídos espantosas imprecaciones, -todos derrochan bravura, el -mar viviente brama con furia -redoblada... ¡y queda aún el foso -profundo, y el puente levadizo, -y los robustos muros de piedra, -y las ocho grandes torres, y Defarge, -el tabernero, continúa al -pie del cañón, puesto al rojo blanco -como resultado de cuatro horas -de servicio no interrumpido!</p> - -<p>Dentro de la fortaleza aparece -una bandera blanca... las olas rugen -más que nunca, se hinchan, -se elevan hasta las nubes y arrastran -a Defarge el tabernero, lanzándole -más allá del puente leva<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>dizo, -más allá de los robustos muros -de piedra, entre las ocho grandes -torres.</p> - -<p>Tan irresistible era la fuerza del -océano que le arrastraba, que hasta -tomar aliento, hasta volver la -cabeza fué para él tan impracticable -como si contra la resaca del -mar del Sur se debatiera, hasta -que se encontró en el patio interior -de la Bastilla. Apoyado allí -contra un ángulo del muro procuró -mirar en derredor. A su lado -se encontraba Santiago Tercero, -a escasa distancia vió a su mujer, -capitaneando a las de su sexo y -blandiendo el cuchillo. Todo era -tumulto, todo alegría, estupefacción -ensordecedora y maniática, -ruidos, furiosos redobles de tambores.</p> - -<p>—¡Los prisioneros!</p> - -<p>—¡Los registros!</p> - -<p>—¡Los instrumentos de suplicio!</p> - -<p>—¡Los prisioneros!</p> - -<p>De todos estos gritos, y de diez -mil incoherencias por el estilo, el -que más repetía aquel mar embravecido -era el de «¡Los prisioneros!». -Cuando penetraron las primeras -olas, arrastrando por delante a los -oficiales de la fortaleza y amenazándoles -con una muerte inmediata -si dejaban un solo escondrijo -sin revelar, Defarge agarró con -su poderosa zarpa a uno de aquellos, -hombre de cabellos grises -que llevaba en la mano una antorcha -encendida, le separó de los -demás, y le dijo:</p> - -<p>—¡Enséñame la torre del Norte... -pronto!</p> - -<p>—Lo haré con mucho gusto, si -usted quiere—contestó el hombre—pero -no hay en ella nadie.</p> - -<p>—¿Qué significa Ciento Cinco, -Torre del Norte?—preguntó Defarge—¡Contesta... -pronto!</p> - -<p>—¿Que qué significa, señor?</p> - -<p>—¿Significa un cautivo o un -calabozo para encerrar cautivos? -¡Responde! ¿Es que quieres que -te mate como a un perro?</p> - -<p>—¡Mátale!—vociferó Santiago -Tercero.</p> - -<p>—Es una celda, señor.</p> - -<p>—Enséñamela.</p> - -<p>—Por aquí, señor.</p> - -<p>Santiago Tercero, hidrópico insaciable -como siempre, desilusionado -evidentemente al ver que el -diálogo tomaba un giro que alejaba -las probabilidades de que se -derramase sangre, se asió al brazo -de Defarge al mismo tiempo que -éste asía el del calabocero. Durante -el breve diálogo que queda -transcrito las cabezas de los tres -hombres estuvieron pegadas, y -aun así con dificultad lograban -oirse; tan tremendo era el estruendo -producido por aquel océano -viviente al penetrar en la fortaleza -e inundar las salas, celdas, pasillos -y escaleras. No era menor el -griterío fuera, de donde arrancaban -de tanto en tanto truenos -que presagiaban tumulto, relámpagos -que cruzaban la caldeada -atmósfera cual inconmensurables -látigos manejados por titanes.</p> - -<p>Defarge, el calabocero y Santiago -Tercero, asidos por los brazos, -atravesaron, con cuanta rapidez<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span> -les fué posible, sombríos corredores -jamás visitados por la luz del -día, cruzaron frente a pavorosas -puertas de mazmorras tétricas y -húmedas, descendieron por cavernosos -tramos de escalera, subieron -luego ásperos escalones de piedra -y de ladrillo, más semejantes a -cataratas secas que a escaleras. -De tanto en tanto, sobre todo al -principio, la inundación les cerraba -el paso o les arrastraba; pero -al cabo de un rato, luego que penetraron -en una escalera de caracol -y empezaron a subir a una torre, -quedaron solos. Tan espesos eran -los muros gigantes que los aislaban -del mundo, que sus oídos, -cual si hubiesen quedado destrozados -como consecuencia de los furiosos -estruendos anteriores, apenas -si percibían sordos rumores.</p> - -<p>Hizo alto el calabocero frente -a una puerta muy baja, sacó una -llave, abrió, y dijo mientras encorvaba -el cuerpo para poder -entrar:</p> - -<p>—Ciento Cinco, Torre del -Norte.</p> - -<p>Encontráronse en un cuadrado -formado por cuatro muros ennegrecidos. -En uno de ellos se veía -una argolla de hierro enmohecido, -y en otro, a la altura del techo -abovedado, un ventanillo defendido -por gruesos barrotes de hierro -y dispuesto en forma que con -dificultad permitía ver una línea -muy estrecha del cielo azul. Montones -de cenizas cubrían el suelo, -y su mobiliario lo formaba un -banco, una mesa y un jergón.</p> - -<p>—Pasa poco a poco la antorcha -por los muros para que yo pueda -ver—dijo Defarge al calabocero.</p> - -<p>Obedeció el hombre. Defarge -examinaba con mirada penetrante -los muros.</p> - -<p>—¡Alto...! ¡Mira, Santiago!</p> - -<p>—A. M.—rugió Santiago Tercero -con expresión anhelante.</p> - -<p>—Alejandro Manette—susurró -Defarge en su oído, poniendo la -yema de su índice sobre las iniciales.—Aquí -ha escrito «pobre médico». -¡No hay duda! ¡El fué quien -grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo -que tienes en la mano? ¿Una barra -de hierro? ¡Dámela!</p> - -<p>Defarge, que conservaba aún -en su mano el botafuego del cañón, -lo cambió por la barra de -hierro que le alargó Santiago Tercero -y, en menos tiempo del que -en referirlo tardamos, hizo astillas -el banco y la mesa.</p> - -<p>—¡Alza la luz!—gritó con furia -al calabocero.—¡Y tú, Santiago, -toma mi cuchillo,—añadió, arrojándoselo—rasga -ese jergón, y -busca entre la paja...! ¡Arriba -la luz!</p> - -<p>Después de dirigir al calabocero -una mirada amenazadora, Defarge, -mientras Santiago Tercero ejecutaba -su orden, escarbaba con la -barra de hierro por entre las junturas -de las losas del pavimento, -revolvía las cenizas e intentaba -mover los sillares de los muros.</p> - -<p>—¿No has encontrado nada, -Santiago?—preguntó al cabo del -rato.</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span> -—Vamos a hacer un montón -con la paja y las astillas... ¡Así! -¡Prende fuego, carcelero!</p> - -<p>El carcelero obedeció al punto -la orden. Los tres hombres salieron -de la mazmorra dejando ardiendo -las materias combustibles -y volvieron nuevamente al patio, -donde el desorden era tan espantoso, -si no más, que antes.</p> - -<p>Andaba el populacho buscando -frenético, loco, a Defarge; y es -que quería que el tabernero fuera -el jefe de la guardia encargada -de la vigilancia del gobernador -que había defendido a la Bastilla -y hecho fuego sobre el pueblo. -¿Cómo, si no, sería conducido el -gobernador al <i>Hôtel de Ville</i> para -ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría -que escapase, dejando sin -vengar la sangre del pueblo, que -bruscamente había adquirido algún -valor, después de tantos años -de no valer nada?</p> - -<p>Entre las innumerables turbas -que bramaban de coraje y se movían -inquietas en derredor de la -severa persona del anciano funcionario, -a quien hacían más visible -su sobretodo gris con vivos -rojos, no había más que una persona -tranquila y sosegada, y esa -persona era una mujer.</p> - -<p>—Ahí tenéis a mi marido—dijo, -extendiendo un brazo hacia Defarge.</p> - -<p>Inmóvil estaba junto al gobernador -cuando apareció su marido, -e inmóvil continuó sin separarse -de la persona de aquél. A su lado -permaneció rígida y tranquila -mientras Defarge y los suyos le -conducían por las calles, y no se -separó cuando estaban para llegar -a su destino, ni cuando por la -espalda comenzaron las turbas -a asestarle golpes, ni cuando se -cebaron en sus carnes las puntas -de innumerables cuchillos, ni cuando -acribillado cayó muerto sobre -las piedras de la calle. Tan cerca -de él se encontraba, que al -verle caer, animándose de pronto, -puso su pie sobre el cuello del -muerto y con su afilado cuchillo -le cortó la cabeza.</p> - -<p>Muy pronto sonaría la hora en -que San Antonio haría bajar los -faroles que iluminaban sus brutalidades -y los substituiría con cadáveres -de aristócratas. La sangre -de San Antonio se enardecía a medida -que se enfriaba la de la mano -de hierro de la tiranía... a medida -que corría por la escalinata que -precede a las puertas del <i>Hôtel -de Ville</i> la del gobernador, a medida -que se manchaba de rojo la -suela del zapato de la señora Defarge -al oprimir el cuello del infeliz -a quien hizo objeto de horrible -mutilación.</p> - -<p>—¡Bajad aquel farol!—rugió -San Antonio, después de volver -en derredor sus ojos sanguinolentos.—¿Queréis -un centinela? -¡Aquí le tenéis! ¡Es un soldado -de nuestros enemigos!</p> - -<p>Y allí quedó el centinela, balanceándose -lúgubremente, mientras -el populacho se alejaba rugiendo.</p> - -<p>Era un mar de aguas negras y -amenazadoras, un mar cuyas olas<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span> -llevaban aparejada en cada uno de -sus movimientos la destrucción, -mar de profundidad insondable, -mar cuyas fuerzas nadie conocía. -Un mar abroquelado contra el -aguijón del remordimiento, mar -de agitaciones turbulentas, de gritos -de venganza, de corazones endurecidos -en los hornos del sufrimiento, -sobre cuya diamantina -superficie resbalaba la piedad sin -dejar la huella más insignificante.</p> - -<p>Pero en aquel océano de caras, -vivo reflejo de todas las furias, -de todas las violencias, podían observarse -dos grupos de rostros, -cada uno de ellos formado por -siete, rostros que se destacaban -de entre las hirvientes olas humanas -que los arrastraban, restos -náufragos como jamás han flotado -sobre mar alguno. Sobre las cabezas -de las muchedumbres se veían -siete rostros de prisioneros sacados -inopinadamente de sus tumbas -por la tromba humana que -las visitó, siete rostros espantados, -pasmados, aturdidos, cual si fueran -llevados al suplicio en hombros -de regocijados demonios; y -otras siete caras, llevadas más en -alto, siete caras muertas, cuyos -párpados caídos y ojos medio -cerrados esperaban la llegada del -día del Juicio; caras impasibles -cuya vida no parecía extinguida, -sino suspendida, caras que parecía -que iban a alzar nuevamente los -párpados y a abrir los labios cubiertos -de sangre para decir: «¡Tú -me asesinaste!»</p> - -<p>Siete prisioneros libertados, siete -cabezas sangrientas llevadas como -horribles trofeos en los hierros -de las picas, las llaves de la maldecida -fortaleza de las ocho fuertes -torres, algunas cartas, unos cuantos -memoriales de prisioneros antiguos -muertos de dolor largos -años antes... y algo más por el -estilo, recorrían las calles de París -en medio de numerosísima escolta, -un día de mediados de julio del -año de mil setecientos ochenta y -nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de -la vida de Lucía Darnay el eco de -los pasos de la escolta en cuestión! -Porque son ecos de pasos precipitados, -de pasos duros, de pasos -peligrosos que penetran violentamente -en el centro vital de alguien, -ecos producidos por pies -que años antes se tiñeron de rojo -a raíz de haberse roto una barrica -cerca de la puerta de la taberna -de Defarge, y cuando de rojo se -tiñen esos pies, difícilmente se -limpian.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XXII">XXII.<br />SUBE LA MAREA</h3></div> - - -<p>Sólo durante una semana había -endulzado el terrible San Antonio -las asperezas del pan duro y amargo -que llevaba a la boca, sólo durante -una semana había tenido -la satisfacción de hacer cuanto le -viniera en gana y de alternar sus -expansiones con sendos abrazos -fraternales y cordiales felicitaciones. -La señora Defarge presidía<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span> -desde su sitio de costumbre a sus -parroquianos. Ya no lucía una rosa -en la cabeza, pues la gran cofradía -de los espías se había hecho -tan circunspecta en el breve lapso -de siete días, que ni por milagro -se encontraba uno dispuesto a -confiarse a los tiernos cuidados -del Santo. Los faroles de aquellas -calles ejercían sobre ellos influencia -portentosa.</p> - -<p>Cruzada de brazos contemplaba -la señora Defarge desde detrás -del mostrador la calle, a la par -que vigilaba su establecimiento. -Ni en éste ni en aquélla faltaban -nutridos grupos de holgazanes, -escuálidos y harapientos, pero con -caras que reflejaban el poderío que -sobre sus miserias habían entronizado. -Hasta el gorro más sucio -y desgarrado, mirando ceñudo -desde lo alto de la cabeza que -medio cubría, parecía decir: «Sé -cuán dura hicísteis para mí la -vida: ¿pero sabéis vosotros lo -fácil que para mí se ha hecho -arrancar la regalada y feliz que -lleváis?» Todos los brazos desnudos -que hasta entonces habían carecido -de trabajo, lo tenían ya ahora -abundante y perpetuo: herir, matar. -Los dedos de las mujeres, -ocupados hasta entonces en hacer -calceta, habíanse aficionado a -otros menesteres desde que se persuadieron -de que sabían desgarrar. -San Antonio había sufrido -radical transformación: la imagen, -después de cientos de años de -tranquilidad, se ponía en movimiento -y descargaba golpes aterradores.</p> - -<p>Todo esto lo observaba la señora -Defarge desde detrás del mostrador -de su establecimiento con -la complacencia del jefe de las -mujeres de San Antonio. Una de -sus hermanas hacía media a su -lado. Era una mujer baja de estatura -y su poquito rechoncha, casada -con un tendero y madre de dos -hijos por añadidura, que se había -conquistado el glorioso sobrenombre -de «La Venganza».</p> - -<p>—¡Atención!—exclamó La Venganza—¿Quién -viene?</p> - -<p>Cual si hubieran puesto fuego -a un reguero de pólvora que se -extendiera desde las fronteras de -los dominios de San Antonio hasta -la taberna de Defarge, así llegaron -hasta la tienda rumores, nacidos -muy lejos, y propagados con rapidez -vertiginosa en todas direcciones.</p> - -<p>—¡Es Defarge!—dijo la tabernera.—¡Silencio, -patriotas!</p> - -<p>Entró Defarge jadeante, sin -alientos; arrancó de su cabeza el -gorro rojo que la adornaba, y tendió -rápidas miradas en torno suyo.</p> - -<p>—¡Atención todos!—gritó la tabernera.—¡Escuchadle!</p> - -<p>Defarge había quedado en el -umbral, contemplando el mar de -ojos abiertos y de bocas más abiertas -todavía que llenaba la calle. -Las personas que había dentro -de la taberna se pusieron en pie.</p> - -<p>—¡Habla, Defarge!—repuso la -tabernera.—¿Qué pasa?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span></p> - -<p>—¡Noticias del otro mundo!</p> - -<p>—¿De veras?—preguntó su mujer, -poniendo en sus palabras -fuerte entonación sarcástica.—¿Del -otro mundo?</p> - -<p>—¿Os acordáis todos de aquel -individuo llamado Foulon, que -dijo al pueblo hambriento que -comiera hierba, y que procurase -morirse pronto y largarse a los -infiernos?</p> - -<p>—¡Sí...!—gritaron las turbas al -unísono.</p> - -<p>—A él se refieren mis noticias. -Lo tenemos entre nosotros.</p> - -<p>—¡Entre nosotros!—rugieron -todos.—¿Muerto?</p> - -<p>—No; está vivo. Tal era el terror -que nos tenía... y con razón, -que se hizo pasar por muerto y -mandó que le hicieran soberbios -funerales. Pero se le ha encontrado -vivo, escondido en el campo, -y le han traído aquí. Acabo de verle -en este instante mientras le -llevaban prisionero al <i>Hôtel de -Ville</i>. He dicho que con razón -nos temía... ¡Decidme...! ¿<i>Nos temía</i> -con razón?</p> - -<p>La sangre de aquel pecador antiguo -se habría congelado si hubiese -llegado a sus oídos el feroz -grito que salió de las fauces del -monstruo.</p> - -<p>Siguieron unos momentos de silencio -profundo. Defarge y su -mujer se miraron mutuamente -con fijeza espantosa; quedó inmóvil -La Venganza, y un tambor redobló -a lo lejos mientras detrás -del mostrador sonaba un rumor -como de pies que se movían.</p> - -<p>—¡Patriotas!—gritó Defarge -con voz resuelta.—¿Estamos -listos?</p> - -<p>Inmediatamente apareció el largo -cuchillo en la cintura de la tabernera, -redoblaron tambores por -las calles, cual si ellos y los que -golpeaban sus parches hubiesen -brotado por artes mágicas, y La -Venganza, lanzando feroces alaridos, -suelto el pelo y agitando los -brazos sobre su cabeza, semejante, -no a una, sino a las cuarenta Furias -juntas, corría de casa en casa -excitando a las mujeres.</p> - -<p>Terrible era la expresión de los -hombres que, sedientos de sangre, -asomaban sus cabezas por las ventanas; -más terrible todavía la de -los que, empuñando las armas más -mortíferas de que podían disponer, -salían de las puertas de las casas -y se desparramaban furiosos por -las calles; pero la de las mujeres, -bastaba para helar la sangre del -hombre más impávido. Abandonando -las ocupaciones domésticas -impuestas por su miseria, dejando -en el desamparo, tendidos sobre -el duro suelo a sus viejos y a sus -hijos, desnudos y pereciendo de -hambre, salían a la calle, suelto -el cabello, atropellándose unas a -otras, aullando como fieras enloquecidas -y obrando como tales.</p> - -<p>—¡Muera Foulon, que me robó -a mi hermana!</p> - -<p>—¡Muera el villano Foulon, que -robó a mi madre!</p> - -<p>—¡Muera el canalla Foulon, -que me robó a mi hija!</p> - -<p>Otras, en grupos numerosos,<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span> -penetraban entre las que lanzaban -los gritos anteriores y, golpeando -con saña sus pechos y mesándose -los cabellos, vociferaban:</p> - -<p>—¡Foulon vivo! ¡No debe vivir -el que dijo al pueblo hambriento -que comiera hierba! ¡No puede -vivir el demonio que me dijo que -diera hierba a mi madre cuando -me faltase el pan! ¡No vivirá el -monstruo que me dijo que diera -a chupar hierba, cuando mis -pechos, secos por el hambre, no -pudieran proporcionarle la leche -que para vivir necesitaba!</p> - -<p>—¡Virgen Santa!—exclamaban -otras.—¡Escúchame, hijo mío, -desde el otro mundo al que te -llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, -padre mío, muerto de -hambre por su causa! ¡Por vuestros -huesos, por vuestra alma, -juro dejaros vengados en la persona -de Foulon!</p> - -<p>—¡Maridos... dadnos la sangre -de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos -la cabeza de Foulon! ¡Hermanos, -dadnos el corazón de Foulon! -¡Patriotas mozos, dadnos el cuerpo -y el alma de Foulon, haced -pedazos el cadáver miserable de -Foulon, enterradlo, para que abone -la tierra y crezca sobre sus -restos la hierba que nos aconsejaba -que comiéramos!</p> - -<p>Estos y otros gritos no menos -espantosos excitaban hasta el frenesí -a no pocas mujeres que, después -de correr con furia insana, -de aullar como fieras y de golpear -y arañar a sus mismos amigos, -rodaban por el suelo con los ojos -fuera de las cuencas y espumeantes -las bocas. Gracias a que sus -parientes o amigos las alzaban, -no morían aplastadas bajo los miles -de patas de las fieras.</p> - -<p>No se perdió un momento. Foulon -estaba en el <i>Hôtel de Ville</i> -donde acaso le pusieran en libertad... -¿Toleraría San Antonio semejante -burla? ¡Jamás, si no -había perdido la noción de su -dignidad, la memoria de sus sufrimientos, -de sus insultos, de sus -injusticias! Río desbordado de -hombres armados y de mujeres -desgreñadas rebasó bien pronto -el lecho del distrito arrastrando -consigo a toda criatura humana -criada a los secos pechos de San -Antonio, con excepción solamente -de algunos viejos decrépitos y de -unos cuantos niños incapaces de -andar.</p> - -<p>Ya han penetrado las turbas -en la sala donde toman declaración -al viejo, que habrá sido tal -vez un desalmado, pero que en -en aquellos instantes era digno -de compasión. En lugar preferente, -en primera fila, a poca distancia -del preso, se hallan los Defarges, -marido y mujer, La Venganza -y Santiago Tercero.</p> - -<p>—¡Miradle!—grita la tabernera, -señalándole con la punta del cuchillo.—¡Ahí -tenéis al viejo villano -amarrado con cuerdas! ¡No -estaría de más atarle un haz de -hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja! -¡Es lo mejor que podemos hacer... -obligarle a comer hierba!</p> - -<p>La tabernera colocó su cuchillo<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span> -bajo el brazo y se aplaudió a sí -misma.</p> - -<p>Como las gentes que estaban -colocadas de espaldas de la señora -Defarge se apresuraron a explicar -a los que les seguían la causa de -la satisfacción de aquélla, y la -explicación cundió de oído en -oído como reguero de pólvora, -pronto sonaron aplausos ensordecedores -en la sala, en la calle y en -las plazas inmediatas. De la misma -manera, todas las expresiones -de impaciencia pronunciadas por -la señora Defarge durante dos o -tres horas, fueron transmitidas -con rapidez pasmosa a gran distancia. -No es de admirar: hombres -dotados de agilidad excepcional -treparon por la fachada del edificio, -aprovechando los adornos arquitectónicos -que la cubrían, hasta -encaramarse a los alféizares -de las ventanas, desde donde -veían y oían perfectamente a la -señora Defarge y hacían oficio -de telégrafo entre aquélla y el -pueblo que rugía fuera.</p> - -<p>El sol subió tanto, que al fin -lanzó sobre la cabeza del viejo un -rayo alegre de confianza o de protección. -Nubes de polvo se alzaron -a lo lejos; ruido de furioso galopar -de caballos trajo el aire entre sus -ondas; pero San Antonio estaba -despierto, San Antonio velaba, -y sus ojos perspicaces vieron las -nubes de polvo, y sus oídos delicados -oyeron el retumbar de los -cascos de los caballos.</p> - -<p>Defarge salvó de un salto la -balaustrada y la mesa, y estrechó -en mortal abrazo al desventurado -viejo. Siguió la tabernera como -esposa fiel a su marido, y agarró -una de las cuerdas que agarrotaban -al preso. Antes que La Venganza -y Santiago Tercero tuvieran -tiempo para reunírseles, antes -que los hombres encaramados en -las ventanas pudieran saltar a la -sala, la ciudad entera parecía gritar -con cientos de miles de bocas:</p> - -<p>—¡Es nuestro...! ¡Al farol!</p> - -<p>Derribado en tierra y vuelto -a levantar, obligado a bajar arrastrando -aquella escalera fatal, unas -veces de cabeza, otras de rodillas, -ora de bruces y ora de espaldas, -brutalmente golpeado y herido, -sofocado a consecuencia de los -manojos de hierba y de paja que -cientos de manos introducían violentamente -en su boca, destrozado, -molido, perdiendo la sangre -a chorros, el desdichado no cesaba -un instante de pedir compasión. -Sus agonías aumentaron cuando -las fieras más inmediatas a su persona -se separaron para que nadie -se privara del placer de contemplarle, -y llegaron al último límite -al ver que le ataban por los pies -a un tronco y le llevaban a la esquina -inmediata, donde había un -farol. Allí le soltó la señora Defarge, -semejante al gato que juega -con un ratoncillo, y le miró con -calma espantosa y sin despegar -los labios, mientras los hombres -ultimaban los preparativos, sin -que las súplicas que el infeliz le -dirigía hicieran mella en su pecho. -Izáronle, y se rompió la cuerda.<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>.. -Dos veces ocurrió lo mismo, hasta -que al fin, una cuerda, más compasiva -que los hombres, resistió -y puso fin a sus padecimientos. -San Antonio bailaba momentos -después en derredor de una cabeza, -clavada en una pica, de cuya -boca salían manojos de hierba -y de paja.</p> - -<p>No terminó allí la jornada. Tanto -gritó San Antonio, tanto bailó, -que su sangre ardiente se encendió -de nuevo a la caída de la tarde, -al saber que un yerno del viejo -caído bajo sus iras, otro de los -enemigos y ofensores del pueblo, -llegaba a París con una escolta de -quinientos hombres montados. -San Antonio escribió la relación -de sus crímenes en hojas de papel -tinto en sangre, acometió a la -escolta... y minutos después recorría -las calles alegre procesión -llevando clavados en picas los -trofeos de la jornada: ¡dos cabezas -y un corazón!</p> - -<p>Hasta que cerró la noche no -pensaron aquellos hombres y -aquellas mujeres en los viejos o en -los niños que dejaran en sus casas -abandonados y sin pan. Las míseras -panaderías se vieron sitiadas -por interminables filas de personas -que aguardaban les llegase el -turno para comprar un mísero -mendrugo de mal pan, y mientras -esperaban con los estómagos vacíos, -festejaban sus triunfos abrazándose -unos a otros y charlando -sin cesar. Gradualmente fueron -acortándose las filas, que al fin -desaparecieron: entonces brillaron -algunas luces mortecinas en el -interior de las casas y se encendieron -en las calles algunas hogueras -donde los más miserables guisaban -en común la gazofia que luego -comían en sus hogares respectivos.</p> - -<p>Aquellas cenas eran pobres e -insuficientes, puras de carne y -limpias de salsas y de condimento, -y, sin embargo, los ojos de los -que comían viandas tan poco apetitosas -dejaban escapar destellos -de alegría. Padres y madres que -habían tomado parte activa en -la jornada jugueteaban alegres -con sus macilentos hijos, y los -enamorados, no obstante la cerrazón -del cielo, amaban y esperaban.</p> - -<p>Estaba muy próximo el día -cuando se retiraron los parroquianos -de la taberna de Defarge, -quien, mientras cerraba la puerta, -dijo a su mujer:</p> - -<p>—Al fin llegó, querida.</p> - -<p>—Sí... casi—replicó la señora.</p> - -<p>Durmió San Antonio, durmió -Defarge, hasta La Venganza durmió -junto a su famélico tendero, -y durmieron también los tambores. -Eran éstos la única voz de -San Antonio que no cambiaba, -que siempre sonaba lo mismo. Si -La Venganza, a cuyo cargo estaban, -los hubiera despertado, bien -seguro es que hubiesen pronunciado -el mismo discurso que pronunciaron -cuando cayó la Bastilla, -el mismo que pronunciaron cuando -fué decapitado Foulon.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span></p> - -<h3 id="II_XXIII">XXIII.<br />EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO</h3></div> - - -<p>Han sobrevenido cambios importantes -en la aldea de la cual -salía todos los días el peón caminero -para arrancar a las piedras que -cubrían los caminos el mendrugo -de pan que mantenía su alma -ignorante ligada a su enflaquecido -cuerpo. La prisión del tajo no era -ya tan formidable como antes. La -guardaban soldados, pero pocos -en número; guardaban oficiales -a los soldados, pero ignoraban -qué harían los soldados, pues si -algo sabían, era... que se guardarían -muy bien de hacer lo que -ellos les ordenasen.</p> - -<p>Todo el territorio que alcanzaba -la vista era una estepa desolada. -La hierba que cubría los caminos -y los campos, las plantas que -en éstos germinaban, eran tan -pobres y raquíticas como el mismo -pueblo. Plantas dobladas, derribadas, -aplastadas... hombres de -espaldas encorvadas, hombres -descorazonados, oprimidos... la -miseria en las habitaciones, la -miseria en las cercas de las huertas, -la miseria en los animales -domésticos, la miseria en los hombres, -en las mujeres, en los niños, -la miseria en el suelo sobre el cual -todos asentaban sus pies.</p> - -<p>El señor, casi siempre caballero -dignísimo considerado como individuo, -era una bendición nacional, -daba tono a las cosas, constituía -por sí solo un ejemplo elocuente -de vida brillante y fastuosa; -pero el señor, considerado como -institución, como clase, había -creado aquel estado deplorable -de cosas. ¡Extraño fenómeno que -el mundo, sacado de la nada para -gusto y regalo del señor, quedara -tan pronto exprimido y sin una -gota de jugo! Y, sin embargo, así -era. El señor, no encontrando ya -una gota de sangre que chupar, -no viendo nada en que poder -morder, comenzaba a dar la espalda -a un fenómeno tan bajo -como inexplicable.</p> - -<p>Pero no estribaban precisamente -en eso los cambios importantes -sobrevenidos en la aldea y en -muchas otras aldeas parecidas. -Docenas de años atrás el señor -estrujaba y exprimía al pueblo -sin que se le ocurriera honrarle -con su graciosa presencia más que -muy contadas veces, y aun éstas, -para entregarse a los placeres de -la caza... fuera ésta de hombres, -fuera de animales. No. Consistía -el cambio en la aparición de caras -de baja estofa más que en la -desaparición de las caras de la -clase alta. Por el tiempo a que -nos referimos, cuando el solitario -peón caminero trabajaba revolviendo -la tierra, sin ocurrírsele -pensar que era polvo y que en -polvo había de convertirse, pues -casi sus pensamientos giraban -siempre sobre lo poco que para -cenar encontraría en su casa, y<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span> -lo mucho que comería si lo tuviese, -en aquellos tiempos, si levantaba -los ojos del suelo y los tendía -a lo largo del camino, no era imposible -que tropezaran con hombres -de rudo aspecto, muy raros antes -en aquellos lugares y muy frecuentes -ahora. A medida que aquéllos -se aproximaban al caminero, veía -éste que se trataba por regla general -de individuos de ásperas cerdas -y aspecto casi bárbaro, altos, calzados -con zuecos, de mirar feroz, -cubiertos de barro y de polvo, -como quien ha pisado muchos -caminos.</p> - -<p>Uno de estos ejemplares se apareció -de improviso al caminero, un -día del mes de julio a eso de las -doce, mientras se encontraba sentado -al abrigo de una pared, para -resguardarse del granizo que las -nubes enviaban en abundancia.</p> - -<p>El desconocido le miró, paseó -a continuación sus ojos por la -aldea que dormía en la hondonada, -por el molino y por la prisión -que se alzaba sobre el tajo, y -cuando hubo identificado todos -aquellos objetos, preguntó, en -dialecto que apenas era inteligible:</p> - -<p>—¿Qué tal, Santiago?</p> - -<p>—Muy bien, Santiago.</p> - -<p>—¡Chócala!</p> - -<p>Los dos interlocutores cambiaron -un apretón de manos.</p> - -<p>—¿No hay comida?</p> - -<p>—Cena nada más—respondió -el caminero con cara de hambre.</p> - -<p>—Es la moda—gruñó el desconocido.—No -encuentro a nadie -que coma. Seguidamente sacó una -pipa ennegrecida, la cargó y encendió, -y a continuación, dejó -caer sobre ella algo que tenía entre -los dedos pulgar e índice. De -la pipa brotó una llamarada y -una nubecilla de humo.</p> - -<p>—¡Chócala!—exclamó el peón -caminero, después de observar -con mirada atenta las operaciones -referidas.</p> - -<p>Los interlocutores cambiaron -el segundo apretón de manos.</p> - -<p>—¿Esta noche?—preguntó el -caminero.</p> - -<p>—Esta noche—contestó el desconocido, -llevando la pipa a la -boca.</p> - -<p>—¿Dónde?</p> - -<p>—Aquí.</p> - -<p>Ambos permanecieron sentados -sobre el montón de piedras, mirándose -el uno al otro, hasta que -cesó de granizar y se aclaró el -cielo.</p> - -<p>—Instrúyeme—dijo entonces el -viandante, dirigiéndose a la cresta -de la colina.</p> - -<p>—Mira—contestó el caminero, -con el brazo extendido,—baja a -la hondonada, entrarás por la calle, -pasarás la fuente...</p> - -<p>—¡Al diablo la calle y la fuente!—exclamó -el desconocido con impaciencia.—Ni -quiero entrar en -calle alguna ni pasar junto a -fuentes.</p> - -<p>—Sobre dos leguas más allá de -la cumbre de la loma que se alza -sobre la aldea.</p> - -<p>—Corriente. ¿Cuándo dejas el -trabajo?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p> - -<p>—A puestas de sol.</p> - -<p>—¿Querrás despertarme antes -de irte? Dos noches con sus días -hace que viajo sin descansar ni -dormir. Acabaré de fumar esta -pipa y dormiré como un bienaventurado... -¿Me despertarás?</p> - -<p>—Con mucho gusto.</p> - -<p>El viandante fumó su pipa, la -guardó en el pecho, se quitó los -zuecos y se tendió boca arriba -sobre el montón de piedras. Segundos -después dormía profundamente.</p> - -<p>Extraña fascinación ejercía el -bulto del viajero tendido sobre -el montón de piedras sobre el -peón caminero, cuyo gorro ya no -era azul, como antaño, sino rojo. -Entregado a su ruda tarea, con -tal frecuencia volvía hacia el durmiente -sus ojos, que puede decirse -que manejaba sus herramientas -de una manera mecánica y con -escasos resultados. La faz bronceada, -la revuelta cabellera negra -y espesa barba del mismo color, -el gorro rojo hecho de lana burda, -el traje de paño tosco, la constitución -robusta ligeramente atenuada -por las privaciones y la compresión -rígida y violenta de los -labios del viandante, llenaban de -temor al caminero. Grandes distancias -debía haber recorrido el -desconocido, a juzgar por sus -pies llagados y sus tobillos escoriados -y sangrando. El caminero -intentó ver si el dormido llevaba -o no armas, pero en vano, pues -se lo impedían los brazos del durmiente, -cruzados sobre el pecho. -Plazas fuertes, recintos murados, -fosos profundos, puentes levadizos -debían ser obstáculos de poca -monta para hombres como aquél; -y cuando el caminero, separando -de él los ojos, los alzó y paseó en -torno suyo, creyó ver con los -de la imaginación hombres parecidos -que, ciegos a los obstáculos, -corrían decididos desde la periferia -hacia el centro de Francia.</p> - -<p>El desconocido continuaba durmiendo, -indiferente a las granizadas -que de tanto en tanto caían, -indiferente a los besos del sol ardiente -e indiferente a las sombras. -No despertó, no se movió hasta -que, puesto el astro del día, el -caminero le despertó, después de -reunir todas sus herramientas para -emprender el regreso a la aldea.</p> - -<p>—Muy bien—dijo el desconocido -incorporándose.—¿Dices que -dos leguas más allá de la cresta -de la colina que domina a la aldea?</p> - -<p>—Poco más o menos.</p> - -<p>—Poco más o menos... Está -bien.</p> - -<p>Volvió el caminero a su casa, -siguiendo a la nube de polvo que -levantaban sus pies y empujaba -el viento que soplaba por sus espaldas, -y no tardó en encontrarse -junto a la fuente entre apretados -rebaños de vacas flacas llevadas -allí para beber. No se recogió la -aldea en sus pobres camas, como -de ordinario, después de engullirse -sus míseras cenas, sino que se -echó a la calle y en ella permaneció. -Todos hablaban en voz muy -baja, cual si murmurar al oído se<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span> -hubiese puesto en moda, y todos -tenían clavados los ojos en el -horizonte, siendo lo más curioso -del caso que todos miraban en -la misma dirección. Comenzó a -sentir extrañas inquietudes el señor -Gabelle, autoridad primera -de la aldea, quien después de subir -al terrado de su casa y mirar -desde allí hacia el punto del horizonte -que tanta fascinación parecía -ejercer sobre los tranquilos -habitantes de la aldea, y de examinar -parapetado detrás de la chimenea -las caras sombrías de los -que en rededor de la fuente estaban -congregados, envió a decir -al sacristán, encargado de la custodia -de las llaves de la iglesia, -que quizá aquella noche hubiese -necesidad de repicar la campana -de alarma.</p> - -<p>Cerró la noche, negra, tétrica, -siniestra. Las copas de los árboles -gigantes que rodeaban al castillo -se balanceaban al soplo del viento -y semejaban prodigiosas mazas -manejadas por titanes invisibles -contra la ingente masa de piedra. -El agua caía a torrentes. Las dos -escaleras monumentales que se -encontraban en la terraza parecían -torrentes desbordados cuyo -turbulento caudal chocaba con -estruendo contra la puerta principal, -semejante a rápido mensajero -que intenta despertar a los -que duermen dentro. El vendaval -penetraba por las espaciosas galerías, -azotaba las lanzas, espadas, -cuchillos y picas que decoraban -sus paredes, y, subiendo por la -escalera, agitaba las cortinas del -lecho sobre el cual había reposado -el último Marqués. Bultos confusos, -procedentes de Oriente y de -Poniente, del Septentrión y del -Mediodía, hollaban la crecida hierba -del bosque y avanzaban cautelosos -hacia el patio del castillo, -donde se reunían. Brotaron cuatro -luces que se movieron en direcciones -opuestas, y todo volvió a quedar -negro segundos después.</p> - -<p>La obscuridad duró poco. El -castillo comenzó a brillar con luz -propia, cual si fuerzas sobrenaturales -le hubiesen de pronto convertido -en castillo luminoso. Por -detrás de la robusta fachada corrían -regueros encendidos que no -tardaban en manifestarse por -cuantos sitios transparentes ofrecía -aquélla y en poner de relieve -la situación y forma de las balaustradas, -de los arcos y de las ventanas. -Subían... subían más altas -las llamas, y la inmensa hoguera -adquiría por momentos mayor -extensión y brillantez. No tardaron -en brotar chorros de fuego -por veinte grandes ventanas a la -vez, y en despertar a los centinelas -de piedra, de cuyos rostros -desapareció la impasibilidad para -ser substituída por el asombro.</p> - -<p>En la casa aneja al castillo ensillan -a toda prisa un caballo, que -parte a galope tendido hendiendo -las tinieblas de la noche y no tarda -en llegar, cubierto de espuma, -a la plaza de la aldea, haciendo -alto frente a la puerta de la casa -del señor Gabelle.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span></p> - -<p>—¡Auxilio, Gabelle... auxilio, -todos!—grita el asustado jinete.</p> - -<p>Toca a rebato la campana de -alarma, pero fuera de este auxilio, -dado caso que lo fuera, el jinete no -recibe ninguno. Cruzados de brazos -junto a la fuente contemplando -la inmensa hoguera proyectada -contra el cielo está el peón caminero -entre un grupo de unos doscientos -cincuenta amigos particulares -suyos.</p> - -<p>—Se elevan a unos cuarenta -pies de altura—es el único comentario -que hacen, pero nadie se -mueve.</p> - -<p>El mensajero del castillo hunde -las espuelas en los ijares del caballo -cubierto de espuma y desaparece -entre las sombras. A galope -tendido, y con peligro grave de -romperse la cabeza, sube el áspero -repecho que conduce a la fortaleza-prisión -del tajo. Un grupo de oficiales, -de pie junto a la puerta, -contempla el pavoroso incendio; -a poca distancia de aquéllos, hay -otro grupo más numeroso de -soldados.</p> - -<p>—¡Auxilio, caballeros oficiales! -¡El castillo arde! Dentro de sus -muros hay objetos de muchísimo -valor, que podrían salvarse del -furor de las llamas... ¡Todavía es -tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!</p> - -<p>Los oficiales miran a los soldados, -y éstos mantienen sus ojos -clavados en el incendio. No dan -orden alguna; antes al contrario; -encogiéndose de hombros, exclaman:</p> - -<p>—¡Que arda!</p> - -<p>Desciende nuevamente el jinete, -atraviesa la calle de la aldea, -y ve con asombro que todas las -casas están iluminadas. ¿Cómo se -hizo el milagro? De la manera más -sencilla. El peón caminero y los -doscientos cincuenta amigos particulares -suyos tuvieron el capricho -de iluminar sus casas. Como -carecen de antorchas, las piden -en forma bastante perentoria al -señor Gabelle. El funcionario -muestra vacilaciones, resistencias, -y en su vista, el caminero, tan -sumiso en otro tiempo a la autoridad -de aquél, insinúa a sus doscientos -cincuenta amigos particulares -que los coches, convenientemente -hechos astillas, proporcionan -excelentes antorchas, y que -los caballos de las sillas de posta -están pidiendo a gritos que los -tuesten.</p> - -<p>El castillo queda abandonado -a las iras del elemento destructor. -Encendidos huracanes, nacidos -sin duda en las regiones infernales, -coadyuvan a la obra, avivando -las bramadoras llamas y sacudiendo -el robusto edificio. Las -caras de piedra de los eternos -centinelas se retuercen entre cascadas -de chispas y mares encendidos. -Al caer con estruendo masas -enormes de piedra revueltas -con vigas gigantescas, el rostro -de piedra que presenta dos mellas -en la nariz adquiere expresión decididamente -siniestra. Todo el -mundo le hubiera tomado por la<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span> -cara del cruel Marqués que, amarrado -a la pira, lucha desesperado -contra el fuego.</p> - -<p>Ardía el castillo. Los árboles -más cercanos, alcanzados por el -fuego, se retorcían, doblaban y -arrugaban; otros más distantes, -encendidos por los cuatro terribles -bultos, enviaban a la mole ardiente -mares de negro humo. En las -entrañas del mármol de la fuente -hervían plomo y hierro derretido; -el agua había dejado de correr, -y las agujas de las torres, cual si -fueran de hielo, se fundían bajo -la acción del calor. Bandas -de asustados pájaros revoloteaban -aturdidos y concluían por caer -en medio del horno, y mientras -tanto, los cuatro bultos se alejaban, -guiados por los resplandores -que ellos habían creado, en dirección -a su nuevo destino. La aldea -se apoderó de la campana de alarma, -y aboliendo de una vez la -significación de sus tañidos, la -obligó a festejar su alegría.</p> - -<p>Y no paró aquí la cosa: la aldea, -cuya mollera parece había -despejado de improviso el hambre, -las llamas y las voces de la -campana de alarma, que ya lo -era de alegría, sospechando que -el señor Gabelle pudiera tener algo -que ver con el cobro de las rentas -y de los impuestos, aunque a decir -verdad, ningún impuesto había -cobrado el buen Gabelle en los -días anteriores, y sí únicamente -algunas rentas atrasadas, deseó -celebrar con aquél una entrevista, -y al efecto, cercó su casa y le invitó -a salir a la calle, donde podrían -conferenciar personalmente. El señor -Gabelle contestó atrancando -sólidamente la puerta de su casa, -y retirándose a la habitación más -escondida, a fin de celebrar la -conferencia consigo mismo. El -resultado de esta conferencia unipersonal, -fué que el buen Gabelle -subió de nuevo al tejado de su -casa y se escondió detrás de las -chimeneas, resuelto, dado caso -que los habitantes de la aldea -derribasen la puerta de entrada, -a arrojarse de cabeza desde el -tejado a la calle a fin de aplastar -bajo el peso de su cuerpo a uno -o dos de los que con tanto ahinco -deseaban conferenciar con él. No -nos admire su decisión: Gabelle -era un meridional de carácter vengativo.</p> - -<p>Es más que probable que la -noche se le antojase eterna al -señor Gabelle, pues en realidad -no resulta muy agradable pasársela -sobre el tejado, contemplando -a lo lejos los siniestros fulgores de -un castillo ardiendo, escuchando -los porrazos que un pueblo enfurecido -descarga contra la puerta -de su casa, y sobre todo, viendo -pendiente de su poste un farol, -que el pueblo miraba de tanto en -tanto con ganas de substituirlo -con otro objeto, que muy bien -pudiera ser su cuerpo. Triste es, -en efecto, pasarse toda una noche -de verano sobre el alero de un -tejado, contemplando a sus pies -un océano de revueltas olas negras, -y decidido a arrojarse de<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> -cabeza en su centro; pero al fin -hizo su aparición una aurora risueña, -se apagaron las luminarias, el -pueblo se dispersó, y el señor -Gabelle pudo salir con vida del -trance.</p> - -<p>Dentro de un radio de cien -millas, y a la luz de otros incendios, -hubo aquella noche, y otras -noches, muchos funcionarios menos -afortunados que el señor Gabelle, -a quienes el sol del nuevo -día encontró colgados en las mismas -calles, pacíficas en tiempos -mejores, en que nacieron y crecieron. -Verdad es que también -hubo otros aldeanos, otros ciudadanos -que, menos afortunados que -el peón caminero y sus doscientos -cincuenta amigos particulares, -cayeron a los golpes de los funcionarios -y de los soldados. Pero -los fieros portadores del fuego -continuaban su carrera en dirección -a Oriente y a Poniente, al -Septentrión y al Mediodía señalando -su paso con regueros de -llamas, y no existía funcionario, -por versado que estuviera en matemáticas, -capaz de calcular la -altura de los patíbulos necesaria -para contener o desviar el curso -del despeñado torrente.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="II_XXIV">XXIV.<br />ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA</h3></div> - - -<p>Tres años duraron las tempestades, -tres años durante los cuales -bramaron sin cesar los océanos -y rugieron las llamas por doquier, -tres años de continuos terrores -para los que desde la playa contemplaban -la furia siempre creciente -de los mares. Tres cumpleaños -más vió la pequeña Lucía, en -cuya existencia pacífica no cesó -su amante madre de tejer nuevos -hilos de oro.</p> - -<p>Más de un día y más de una -noche estuvieron los moradores -del tranquilo rincón de Soho escuchando -con amargo dolor el ruido -de pasos que herían sus oídos, -pues sabían que eran pasos de -gentes enfurecidas, que corrían -en tumulto a la sombra de rojos -pendones, sabían que su patria -había sido declarada en peligro, -que sus moradores se habían -transformado de seres humanos -en bestias feroces.</p> - -<p>No acertaba a comprender el -señor, como clase, el fenómeno -de no ser apreciado, de no ser -necesitado en Francia, de no ser -querido, de ser odiado hasta el -extremo de correr peligro inminente -de verse despedido del -suelo francés y del mundo de los -vivos al propio tiempo. Semejante -al rústico de la fábula que, después -de haber conseguido que se -le presentase el diablo a fuerza -de invocaciones, quedó tan aterrorizado -al verle, que ni voz tuvo -para hacer una pregunta al enemigo, -así el señor, después de -tener el atrevimiento de rezar -al revés la oración del Padre Nuestro -por espacio de varios años y -de poner en juego los sortilegios<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span> -y ensalmos más potentes para despertar -al demonio, no bien llegó -a entreverle, apresuróse a enseñarle -sus nobles y linajudos talones.</p> - -<p>Habíase eclipsado el brillante -cielo de la corte, convencido de -que sería el blanco obligado de -la deshecha lluvia de balazos -del pueblo. Nunca fué santo de -la devoción de éste, pues según -malas lenguas, Satanás le había -inoculado su orgullo y Sardanápalo -su lujo y su molicie. La corte -entera, desde su punto central y -exclusivo hasta todos los puntos -podridos de su circunferencia de -intrigas, corrupciones y disimulo, -había abandonado aquella atmósfera -malsana. También había desaparecido -la realeza: sitiada en -su palacio, quedó «en suspenso» -al llegar hasta ella las furiosas -olas.</p> - -<p>En el mes de agosto del año -de mil setecientos noventa y dos, -la casta de los señores estaba -dispersa por el mundo.</p> - -<p>Como es natural, el cuartel -general, el centro de reunión del -señorío en Londres era el Banco -Tellson. Dicen que los espíritus -rondan los lugares donde yacen -sepultados sus cuerpos, y conformándose -a esta ley, el señor sin -un cuarto rondaba el lugar donde -en tiempos mejores estuvieron -depositados sus <i>cuartos</i>. Además, -el Banco Tellson era el -centro al que con más rapidez -llegaban nuevas de Francia: llevaba -su generosidad hasta el -punto de hacer adelantos a los -que fueron sus clientes en tiempos -de prosperidad; guardaba en -sus arcas inmensas sumas depositadas -por nobles que, más previsores -que la generalidad, vieron que -se condensaba la tormenta y se adelantaron -a los robos y a las confiscaciones, -y finalmente, cuantas -personas llegaban de Francia, -principiaban por dejarse ver -en el Banco Tellson, donde hacían -historia de los últimos sucesos. -Por toda esta variedad de razones, -era el Banco Tellson por -aquella época una especie de Palacio -de la Bolsa por lo que a asuntos -o personas francesas se refiriera, -circunstancia que conocía -tan perfectamente el público, y -que daba lugar a tantas preguntas -y comisiones, que con frecuencia -se hacían constar las noticias -últimas en cartelones que se colgaban -de las ventanas del edificio, -para que pudieran leerlas cuantos -pasaran frente al Tribunal del -Temple.</p> - -<p>Una tarde brumosa y de calor -sofocante, Lorry y Carlos Darnay, -sentados frente a la mesa de trabajo -del primero, conferenciaban -en voz baja. Faltaría sobre media -hora para cerrar el establecimiento.</p> - -<p>—Ya sé que es usted el hombre -más joven que ha existido en el -mundo;—dijo Carlos Darnay con -muestras de vacilación,—pero aun -así, perdone que le diga...</p> - -<p>—Comprendo: que soy muy viejo, -¿verdad?—interrumpió Lorry.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span> -—Tiempo inseguro, viaje largo, -medios inciertos y país en estado -anárquico, amén de una ciudad -que ni a usted puede ofrecer garantías.</p> - -<p>—Mi querido Carlos—replicó -Lorry con confianza,—las razones -que usted acaba de apuntar, lejos -de desanimarme, lejos de conspirar -contra mi proyecto de hacer -el viaje, conspiran para que lo -haga. Nadie tendrá el mal gusto -de meterse con un viejo de casi -ochenta años, cuando puede hacerlo -con tantos otros jóvenes, -robustos, y más dignos de ese -honor que yo. Dice usted que se -trata de una ciudad desorganizada, -y yo contesto que, si en ella -reinase el orden, no sé por qué -nuestra casa de aquí había de -enviar a nuestra casa de allá a -uno que conoce de antiguo la -ciudad y los negocios de la ciudad, -y posee además la confianza de -Tellson. En cuanto a los inconvenientes -que puedan originar -la incertidumbre de los medios de -locomoción, lo largo del viaje -y lo inseguro del tiempo, si yo -no estuviera dispuesto a afrontar -todos esos inconvenientes en obsequio -a la casa, después de haber -envejecido en ella, ¿quién lo estará?</p> - -<p>—Desearía ir yo mismo—dijo -Carlos, como quien piensa en voz -alta.</p> - -<p>—¡Hombre!—exclamó Lorry.—¡Voy -viendo que es usted un asesor -de primera fuerza y un consejero -que no tiene rival! ¿Conque -usted mismo, eh? Y nacido en -Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, -buen consejo!</p> - -<p>—Precisamente porque he nacido -en Francia, mi querido señor -Lorry, ha cruzado y cruza con -frecuencia por mi mente aquel -pensamiento. Yo encuentro muy -natural que así piense el que conserva -alguna simpatía por aquel -pueblo desdichado, el que le ha -abandonado algo que era suyo, -y como consecuencia, cree que -su voz sería escuchada, y que -acaso consiguiera contener un poquito -el desorden. Anoche mismo, -después que usted se despidió -de nosotros, estaba yo diciendo -a Lucía...</p> - -<p>—¡Estaba usted diciendo a Lucía!...—repitió -Lorry.—¡Francamente! -¡Me admira que no se -avergüence usted de pronunciar -en este instante el nombre de -Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía -cuando desea irse a Francia -en estas circunstancias!</p> - -<p>—¡No he ido todavía!—contestó -Carlos sonriendo.—Más que -por otra cosa, hablo así a fin de -contrarrestar el propósito que usted -asegura que ha formado de ir.</p> - -<p>—Lo he formado, sí, Carlos: -nada más cierto. Voy a hablarle -con franqueza, mi querido amigo. -No puede usted figurarse siquiera -las dificultades con que tropiezan -todos nuestros negocios, ni el -peligro que amenaza a nuestros -libros y documentos de allá. Sólo -Dios puede saber las fatales consecuencias -que para muchas per<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span>sonas -entrañaría la pérdida o destrucción -de algunos de los documentos -allí depositados, y que corren -peligro de perderse, peligro de -ser destruídos, lo sabe usted como -yo, como lo sabe todo el mundo. -¡Quién puede decir si hoy mismo -habrá ardido París por los cuatro -puntos cardinales, si será mañana -saqueado en regla! Ahora bien: -únicamente yo puedo prevenir -los males, haciendo una selección -prudente y escondiendo bajo tierra -o trasladando a lugar seguro -los documentos en cuestión, y -para ello, precisa que no pierda -ni un segundo de tiempo. ¿Puedo -yo hacerme el remolón cuando la -casa sabe lo que acabo de decir, -y cuando la casa lo dice... la casa -cuyo pan vengo comiendo desde -hace sesenta años, la casa en una -de cuyas articulaciones me he -introducido como cuña? ¡Quite usted -allá, hombre! ¿Ignora usted -que soy un mozalbete, comparado -con muchos que presumen de jóvenes -y no son otra cosa que vejestorios -caducos?</p> - -<p>—¡Admiro la gallardía de su -espíritu juvenil, señor Lorry!</p> - -<p>—¡A callar! No olvide usted, -mi querido Carlos, que sacar hoy -el objeto más insignificante de -París, es punto menos que imposible. -Hoy mismo hemos recibido -documentos preciosos—excuso recomendarle -la reserva más absoluta,—y -los hemos recibido de manos -de los portadores más extraños -que pueda usted imaginar, portadores -cuyas cabezas pendían -de un cabello mientras cruzaban -las Barreras. En otras ocasiones -circulaban nuestros paquetes de -una a otra nación sin dificultad -alguna: hoy todo está paralizado.</p> - -<p>—¿Y piensa usted emprender -el viaje esta noche?</p> - -<p>—Esta noche sin falta. Tal se -han puesto los asuntos, que no se -puede perder segundo.</p> - -<p>—¿No le acompaña nadie?</p> - -<p>—Me han sido propuestas gentes -de todas las clases y condiciones, -pero a nadie he dicho palabra. -Pienso llevarme a Jeremías. -Por espacio de muchos años ha -sido mi perro de presa, mi acompañante -obligado a mis salidas -domingueras, y estoy acostumbrado -a él. Nadie ha de ver en Jeremías -otra cosa que un <i>bull-dog</i> -inglés, incapaz de abrigar otros -designios que el de lanzarse sobre -cualquiera que se atreva a tocar -el pelo de la ropa a su amo.</p> - -<p>—Repito que admiro su gallardía -de ánimo y sus arrestos.</p> - -<p>—Y yo repito que dice usted -una tontería, amigo Carlos. Una -vez haya dado fin a esta pequeña -comisión, es posible que acepte -la proposición de Tellson de retirarme -y vivir tranquilo. Entonces -es cuando me sobrará tiempo para -pensar en que me voy haciendo -viejo.</p> - -<p>Había tenido lugar el diálogo -que queda transcrito en el despacho -del señor Lorry, a una o dos -varas de distancia de un enjambre -de señores, cuya conversación, -bastante animada por cierto, ver<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>saba -sobre la venganza que muy -en breve tomarían sobre el ruin -populacho. Realmente era inconcebible -que los señores, en su calidad -de emigrados, y como tales, -víctimas de infinidad de reveses, -y la nativa ortodoxia inglesa, hablasen -de aquella Revolución terrible -cual si fuera cosecha de frutos -no sembrados, cual si no hubiesen -sido puestos todos los medios -humanos para producirla, -cual si no hubieran visto y anunciado -con palabras clarísimas su -llegada inevitable muchos observadores -que necesariamente habían -de hacerse cargo de la miseria -intolerable que afligía a millones -de hijos de Francia y del -empleo desastroso que se daba -a los recursos que hubiesen podido -hacerles prósperos y felices. Difícilmente -podía sufrir ningún hombre -de alma sana y conocedor -de la verdad la serie de sandeces -dichas con tono doctrinal, combinadas -con complots extravagantes -para restaurar un estado de -cosas gastado y podrido hasta la -médula. Las sandeces y las extravagancias, -unidas a la intranquilidad -de ánimo en que Carlos Darnay -se encontraba, traían a éste -impaciente y nervioso desde varios -días antes, y la conversación -que estaba oyendo no hizo más -que exacerbar su impaciencia.</p> - -<p>Entre los habladores figuraba -Stryver, hombre que había subido -ya varios escalones de la escalera -de la gloria, y que estaba abocado -a subir muchos más aún, -no siendo, por consiguiente, de -extrañar que se inclinara decididamente -hacia la clase señorial. -Hablaba en la ocasión presente -con gran ardor de la necesidad de -acabar de una vez con el pueblo, -de exterminar sin piedad a la vil -gentuza, de hacer desaparecer de -la tierra a la canalla, para conseguir -lo cual preconizaba medios -que, en eficacia, allá se andaban -con el de aquel sabio que, -queriendo suprimir para siempre -las águilas, propuso que se les -espolvoreasen las colas con sal -molida. Darnay escuchaba al -abogado con profunda aversión, -con repugnancia. Hasta se le -ocurrieron deseos de marcharse -para no oirle, y es más que probable -que los hubiese llevado a la -práctica de no haber venido los -mismos sucesos a indicarle el -camino que debía seguir.</p> - -<p>La Casa acababa de acercarse -a Lorry y, dejando sobre la mesa -un pliego cerrado y sumamente -ajado, preguntóle si había encontrado -rastros de la persona a -quien iba dirigido. La Casa dejó -la carta tan cerca de Darnay, que -éste hubo de leer la dirección. -Verdad es que no le costó gran -trabajo, pues precisamente el -nombre escrito en el sobre era el -suyo. Decía así.</p> - -<p>«Muy urgente. Al Señor Marqués -de Saint-Evrémond de Francia. -Confiada a los señores Tellson -y Compañía, Banqueros, Londres, -Inglaterra.»</p> - -<p>El doctor Manette, la mañana<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span> -misma del matrimonio de su hija -con Carlos Darnay, exigió a éste -que guardase inviolable el secreto -de su apellido, hasta tanto que -el doctor le desligara de la obligación. -Nadie conocía su título, que -hasta para su mujer era un secreto. -En cuanto a Lorry, ni remotamente -podía sospecharlo.</p> - -<p>—No—contestó Lorry a la Casa.—He -preguntado a cuantas personas -han venido a esta casa, pero -nadie ha sabido decirme dónde -se encuentra ese caballero.</p> - -<p>Como había sonado la hora de -cerrar el Banco, casi todos los -amigos de dar trabajo a la lengua -se habían refugiado en el despacho -de Lorry. Este conservaba en sus -manos la carta mirándola con -perplejidad manifiesta. También -la miraba la casta señorial, pero -con ira, con ceño, cual si en vez -de un pedazo de papel estuviera -viendo un refugiado indigno de -la raza a que pertenecía. Este, -aquél, el de más allá, todos tenían -algo que decir con contra del -Marqués que no parecía por parte -alguna.</p> - -<p>—Sobrino, si no estoy mal enterado... -pero desde luego sucesor -degenerado de aquel ilustre y -refinado Marqués que fué villanamente -asesinado—dijo uno.—Me -cabe la fortuna de no haberle visto -en mi vida.</p> - -<p>—Un cobarde que abandonó -su puesto hace algunos años—terció -otro señor, que había salido -de París metido de cabeza en el -centro de una carretada de paja, -con los pies en alto y medio asfixiado.</p> - -<p>—Corrompido por las nuevas -doctrinas—repuso un tercero,—se -declaró en oposición abierta -contra el último Marqués, abandonó -sus tierras no bien las heredó, -y las confió a un hato de rufianes. -Espero que ellos mismos le darán -ahora el pago a que se ha hecho -acreedor.</p> - -<p>—¿Eso hizo?—gritó Stryver.—¿Tan -canalla es ese hombre? -Veamos... veamos su infame apellido.</p> - -<p>Darnay, cuya resistencia tocaba -a su fin, tocó en un hombro a Stryver -y dijo:</p> - -<p>—Yo conozco a ese señor.</p> - -<p>—¡Por todos los diablos juntos!... -¿Usted le conoce? Lo siento -en el alma.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—¿Pregunta usted por qué, -Darnay? ¿Pero no ha oído usted -lo que ha hecho?</p> - -<p>—Lo he oído, sí; pero pregunto -a usted que por qué siente que -yo le conozca.</p> - -<p>—En ese caso, repetiré a usted, -señor Darnay, que siento que usted -conozca a ese hombre indigno, -y que lamento que no se le alcance -a usted por qué lo siento. Me -aflige sobremanera oir las preguntas -inconcebibles que usted hace. -Nos hablan aquí de un sujeto -corrompido por la más pestilente -e impía de las podredumbres, de -un individuo el más vil que jamás -ha existido en el mundo, que -abandona sus bienes a la hez de<span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span> -a tierra, a los canallas cuyo credo -es el asesinato y el robo, ¿y me -pregunta usted por qué lamento -que un hombre que se dedica a -enseñar a la juventud le conozca? -¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, -se lo diré! Lo siento porque creo -que miserables como el que nos -ocupa contagian a quien los conoce. -Y lo sabe usted.</p> - -<p>Darnay, conteniéndose a duras -penas, contestó:</p> - -<p>—Quizá no comprende usted -al caballero a quien se refiere.</p> - -<p>—Pero sé muy bien cómo poner -a usted entre la espada y la pared, -y voy a hacerlo—gritó Stryver.—Si -ese individuo es un caballero, -desde luego <i>no</i> le comprendo; -puede usted decírselo así de mi -parte, y darle de paso mis recuerdos. -También puede añadirle de -parte mía, que después de abandonar -a la gentuza los bienes -patrimoniales, me admira sobremanera -que no se haya puesto a -la cabeza de los ladrones y asesinos... -Pero no, caballeros, no; -yo, que conozco un poquito el -natural humano, me atrevo a -asegurarles que no encontrarán -nunca a un sujeto como ése que -se confíe a los tiernos cuidados -de sus humildes <i>protegidos</i>. No, -caballeros, no; si algo de su persona -deja ver a aquéllos, será, en -todo caso, un par de talones, y -aun éstos, sólo durante el tiempo -que tarde en poner tierra de por -medio.</p> - -<p>Dichas estas palabras, que merecieron -la aprobación unánime -de sus oyentes, salió a la calle -Fleet. Segundos después quedaban -solos en el despacho Lorry y -Carlos Darnay.</p> - -<p>—Puesto que usted conoce a -la persona a quien la carta va -dirigida—dijo Lorry—¿quiere encargarse -de hacerla llegar a sus -manos?</p> - -<p>—Con mucho gusto.</p> - -<p>—¿Tendrá la bondad de explicarle -que sin duda se la han dirigido -aquí porque creían que nosotros -le conocíamos, y que, ignorando -quién era y dónde estaba, -la carta está detenida desde hace -algún tiempo?</p> - -<p>—Así lo haré. ¿Cuándo sale -usted para París?</p> - -<p>—A las ocho salgo de aquí -mismo.</p> - -<p>—Yo volveré para despedirle.</p> - -<p>Descontento consigo mismo, y -más todavía con Stryver y con -sus compatriotas, Darnay salió -del edificio del Banco y, no bien -llegó a una esquina donde creyó -estar a cubierto de miradas indiscretas, -abrió la carta, que estaba -concebida en los siguientes términos:</p> - - -<p class="p2 i2">«Prisión de la Abadía, París.</p> - -<p class="i3">»Junio, 21, 1792.»</p> - -<p class="i2">»Señor Marqués:</p> - -<p class="i2">»Después de correr durante largo -tiempo peligro inminente de -dejar la vida en manos de los -vecinos de la aldea, he sido preso, -sometido a mil violencias y atropellos, -y al fin conducido a París,<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span> -cuyo largo viaje me han obligado -a hacer a pie. Las amarguras que -en el camino he apurado no son -para contarlas aquí; y no es esto -todo; mi casa ha sido destruída... -arrasada hasta los cimientos.</p> - -<p class="i2">»El crimen de que me acusan, -el que me tiene enterrado en la -cárcel, señor Marqués, el crimen -por el que compareceré ante el -Tribunal y que me costará la cabeza -(si usted no me presta su -generoso auxilio) es, según dicen -ellos, el de traición contra la majestad -del pueblo, al que aseguran -que he vendido para proteger a -un emigrado. En vano les he -hecho presente que, lejos de obrar -contra ellos, he obrado en su favor, -ateniéndome a instrucciones -suyas, señor Marqués; en vano he -alegado que con anterioridad a la -confiscación de los bienes de los -emigrados había yo condonado -los impuestos que el pueblo cesó -de pagar, que no cobré las rentas, -que no recurrí a los tribunales. -A todas mis representaciones contestan -que obré en favor de un -emigrado, y yo me pregunto: -¿dónde está ese emigrado?</p> - -<p class="i2">»¡Ah, mi buen señor Marqués! -¿Dónde está ese emigrado? Yo -pregunto mientras duermo; ¿dónde -está? Vuelvo mis ojos a los -cielos, y les pregunto; ¿vendrá a -salvarme? No me contestan. ¡Ah, -señor Marqués! Envío mi grito -de angustia a través de los mares, -por si Dios quiere que llegue a sus -oídos por mediación del gran Banco -Tellson, tan conocido en París.</p> - -<p class="i2">»Por el amor de Dios, por equidad, -por justicia, por generosidad, -por el honor inmaculado de su -noble apellido, señor Marqués, -le suplico que corra en mi auxilio -y me libre de la muerte que me -amenaza. Mi único crimen es -haber sido fiel a usted... ¡Oh -señor Marqués! Yo confío que -usted corresponderá a mi fidelidad.</p> - -<p class="i2">»Desde esta mazmorra donde -todos los horrores tienen su asiento, -desde esta antesala de la muerte, -envío a usted, señor Marqués, -la expresión de mi dolorosa lealtad, -juntamente con el ofrecimiento -de mis desgraciados servicios.</p> - -<p class="right">»Su afligido servidor,</p> -<p class="right smcap">»Gabelle.»</p> - -<p class="p2">La lectura de la carta que -queda copiada infiltró en la intranquilidad -latente de Darnay -un torrente vigoroso de vida. El -peligro que se cernía sobre la cabeza -de un servidor antiguo, por -cierto de los mejores, que no había -cometido más crimen que el de -serle leal a él y a su familia, fué -para Darnay a manera de latigazo -recibido en pleno rostro. La vergüenza -se le subió a la cara con -fuerza tal, que mientras caminaba -al azar sin saber qué resolución -adoptar, ni a mirar a los transeuntes -se atrevía.</p> - -<p>Sabía muy bien que, arrastrado -por el horror de la hazaña que -puso digno remate a las malas -acciones y a la pésima reputación<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span> -de su rancia familia, impulsado -por las sospechas que su tío le -inspirara y por la aversión con -que su conciencia miraba la fábrica -ruinosa que, según los de su -casta, estaba en el deber de sostener -y robustecer, había obrado -de una manera imperfecta. Sabía -muy bien que al ceder al amor que -profesaba a Lucía, al renunciar -el puesto que en sociedad le correspondía -ocupar, se había precipitado, -había procedido con reprensible -ligereza. Sabía muy bien -que su resolución debió llevarla -a la práctica personalmente, como -sabía que tuvo intención de hacerlo -así, y que, sin embargo, no lo -hizo.</p> - -<p>La dicha del hogar que en Londres -se había creado, la necesidad -de hacer una vida activa, las -continuas alteraciones de la época, -tan bruscas y tan rápidas que los -planes no bien madurados la -semana anterior caían por tierra -a la semana siguiente ante el impulso -arrollador de nuevos acontecimientos, -fueron circunstancias -de peso a cuya fuerza cedió; lo -sabía muy bien; pero tampoco se -le ocultaba que, si a la fuerza de -las circunstancias cedió con repugnancia, -no intentó oponerles -una resistencia continua y formal. -Su conciencia le decía que deseó -obrar y que varias veces anduvo -acechando la ocasión; pero le -añadía que otras tantas dejó pasar -la oportunidad, mientras la -nobleza salía en tropel de Francia -por todos los caminos y veredas, -mientras los bienes de aquella -eran confiscados y destruídos, y -hasta borrados del libro de la -vida los nombres de los hasta entonces -mimados por la fortuna.</p> - -<p>Pero en cambio a nadie había -oprimido, a nadie había llevado -a la cárcel. Lejos de haber atropellado -a nadie para que le pagase -sus rentas, había abandonado libre -y espontáneamente sus bienes, -buscado refugio en una nación -extraña, y ganado en ella el pan -que llevaba a su boca con su propio -esfuerzo. El señor Gabelle había -administrado un patrimonio -empobrecido a tenor de instrucciones -escritas que le mandaban -tratar bien al pueblo, darle lo -poco que allí podía dársele... leña -para calentarse en invierno y -algunos frutos que le ayudaran a -pasar el verano, que otra cosa -no consentían los acreedores... y -seguramente habría aducido estos -hechos en descargo suyo. Se trataba -de hechos públicos, de hechos -que sin dificultad podían probarse; -y si los hechos en cuestión -justificaban ante el pueblo al -administrador, huelga decir que -eran patente de amigo del pueblo -en favor de quien dictó las órdenes -a que aquél ajustó su conducta.</p> - -<p>Estas consideraciones robustecieron -la resolución de hacer el -viaje a París que Darnay había -casi adoptado con anterioridad -al recibo de la carta de Gabelle.</p> - -<p>Sí. Semejante al marino de la -antigua leyenda, los vientos y las<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span> -corrientes habíanle arrastrado -hasta colocar su nave dentro del -radio de influencia de la Montaña -Imantada, y ésta le atraía cada -vez con fuerza más irresistible. -Cuantos pensamientos germinaban -en su mente, le impelían, le -empujaban hacia el centro de -aquella atracción terrible. Obedecieron -sus impaciencias primeras -al pensamiento de que su desdichada -patria, guiada por instrumentos -malos, perseguía objetivos -malos y corría desbocada al abismo, -mientras él, que acaso hubiese -podido imprimir mejor dirección -a las ansias nacionales, permanecía -en Londres sin intervenir, sin -intentar algo que pusiera fin a la -brutal efusión de sangre, algo que -afianzase los derechos a la piedad, -a la humanidad, desconocidos a -la sazón. Cuando ya en su alma -se agitaban esos remordimientos, -vino a centuplicar su fuerza la -conducta del anciano Lorry, quien, -dócil a la voz del deber, se apresuraba -a afrontar los riesgos tremendos -que entrañaba un viaje -a Francia en aquellas circunstancias, -y por si esto no bastaba, -vinieron los comentarios de los -señores, comentarios que le hirieron -profundamente, y los de Stryver, -mil veces más duros que los -de aquéllos. A todo ello había -seguido la carta de Gabelle, la -carta de un prisionero inocente -que, viniéndose al borde de la -tumba, hacía un llamamiento desesperado -a su justicia, a su honor -y a su apellido.</p> - -<p>No tardó en resolverse; iría a -París.</p> - -<p>Sí. La Montaña Imantada le -arrastraba y no había más remedio -que enfilar hacia ella la proa -de su esquife. Ignoraba que en los -mares que iba a surcar hubiera -escollos, no creía que la travesía -ofreciera peligros para él. La intención -que le guió al obrar como -había obrado, siquiera su obra -hubiese quedado incompleta, parecíale -más que suficiente para -conquistarle el agradecimiento de -Francia, tan pronto como él se -presentase en su suelo e hiciera -valer los derechos que le asistían. -Ante sus ojos se alzaba la visión -gloriosa de haber obrado bien, y -hasta llegó a forjarse ilusiones de -que tendría alguna influencia para -encauzar aquella revolución horrenda, -que con furia tan incontrastable -se había alzado, amenazando -acabar con todo lo existente.</p> - -<p>Adoptada su resolución, creyó -que ni Lucía ni el doctor Manette -debían conocerla hasta que la -hubiese puesto en práctica. En -cuanto a Lucía, nada más natural -que evitarla el dolor de la separación, -y en cuanto a su padre, -cuya resistencia a pensar en los -lugares donde tantos sufrimientos -apurara en años pasados era tan -viva, tampoco convenía hablarle -del proyecto, sino de la ejecución -del mismo, única manera de evitarle -dudas dolorosas.</p> - -<p>Tales fueron los pensamientos -que le agitaron hasta que llegó<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span> -la hora de despedirse de Lorry. -Tampoco a éste confiaría sus intenciones. -Las sabría en París -cuando estuvieran ya realizadas, -cuando le hiciera una visita, y -esta visita, se la haría tan pronto -como llegase a la capital de -Francia.</p> - -<p>Frente a la puerta del Banco -Tellson esperaba una silla de -posta. Junto a la portezuela, -hacía centinela Jeremías <i>Lapa</i>.</p> - -<p>—He entregado la carta al -caballero a quien iba dirigida—dijo -Darnay a Lorry.—No he -querido traer contestación escrita -que acaso pudiera ser para usted -causa de disgustos; pero he aceptado -una respuesta verbal, confiando -que usted no tendrá inconveniente -en encargarse de transmitirla.</p> - -<p>—Con mucho gusto, siempre -que no sea muy peligrosa—contestó -Lorry.</p> - -<p>—No lo es, aunque debe recibirla -un hombre que está preso -en la Abadía.</p> - -<p>—¿Cómo se llama?—preguntó -Lorry, sacando del bolsillo un -librito de memorias.</p> - -<p>—Gabelle.</p> - -<p>—Gabelle. ¿Y qué es lo que -debo decir al desgraciado prisionero -Gabelle?</p> - -<p>—Sencillamente estas palabras: -«Ha recibido la carta y vendrá.»</p> - -<p>—¿Sin decir cuándo?</p> - -<p>—Emprenderá el viaje mañana -por la noche.</p> - -<p>—¿No he de mencionar nombre -alguno?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Después de ayudar a Lorry a -arrebujarse en dos o tres capas, -debajo de las cuales llevaba ya -dos o tres abrigos, salió acompañándole -hasta la calle Fleet.</p> - -<p>—Haga presente mi cariño a -las dos Lucías—dijo Lorry en el -momento de partir la silla de -posta.—Cuídemelas bien hasta -que yo esté de regreso.</p> - -<p>Carlos Darnay hizo un movimiento -de cabeza, sonrió con expresión -equívoca, y quedó contemplando -el carruaje que se alejaba -al trote largo de los caballos.</p> - -<p>Aquella noche, era la del día -catorce de agosto, Carlos Darnay -se acostó muy tarde, pues antes -tuvo que escribir dos cartas; una -dirigida a Lucía, en la cual explicaba -el deber ineludible en -que se encontraba de ir a París y -detallaba con gran extensión los -motivos que a su juicio alejaban -de su persona toda clase de riesgos, -y otra al doctor, a quien -encomendaba el cuidado de Lucía -y de su hijita. A entrambos prometía -escribir nuevamente tan -pronto como llegara al término de -su viaje.</p> - -<p>Fué para Darnay día de prueba -aquel que hubo de pasar entre su -querida familia guardando en el -fondo de su pecho un secreto que -nadie podía sospechar; pero una -mirada de cariño dirigida a su -esposa, tan alegre, tan confiada, -robusteció la resolución que de no -decirla nada había formado, y el -día pasó sin incidentes. Al obscurecer,<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span> -la abrazó, diciéndola que -un asunto imprevisto le obligaba -a salir, pero que su ausencia sería -muy breve, y se fué. Ya antes -había sacado secretamente de su -casa un baúl con la ropa necesaria.</p> - -<p>Confió las dos cartas a un criado -digno de toda confianza, con -orden de entregarlas a media noche, -ni un minuto antes, tomó un -caballo, y emprendió el viaje a -Dover.</p> - -<p>Sintió desfallecimientos; pero -el grito desesperado del pobre prisionero -que apelaba a su justicia, -a su honor, a su generosidad, dióle -fuerzas para dejar a sus espaldas -lo que más querido le era en el -mundo y para dirigir su nave -hacia la Montaña Imantada que -le atraía.</p> - -<hr class="chap" /> -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span></p> - - -<h2>LIBRO TERCERO<br /> -EL RUMBO DE LA TORMENTA</h2> - - -<h3 id="III_I">I.<br />EN SECRETO</h3></div> - - -<p>Poco a poco abreviaba el viajero -el camino que le separaba -de París. Estamos en otoño del -año mil setecientos noventa y dos. -No le habrían faltado caminos -detestables, carruajes pésimos y -caballos atacados de vejez que -dificultasen su marcha, aun cuando -el destronado rey de Francia -hubiese continuado ocupando su -trono y reinando entre esplendores -de gloria; pero aparte de esos -obstáculos, la alteración de los -tiempos habían acumulado otros -mil. Todas las puertas de las ciudades, -todas las entradas de los -pueblos, contaban con sus bandas -de ciudadanos patriotas, armados -con mosquetes nacionales prontos -a dispararse por sí solos, que detenían -a cuantas personas entraban -o salían, para someterlas a -rígidos interrogatorios, examinar -con detenimiento sus documentos, -ver si figuraban sus nombres en -las listas de que estaban provistos, -y dejarlos en libertad de proseguir -su viaje, o bien prenderlos, según -aconsejase su capricho, en bien -de la recién nacida República Una -e Indivisible, de la Libertad, de la -Igualdad, de la Fraternidad o de -la Muerte.</p> - -<p>Muy pocas leguas de terreno -francés había recorrido Carlos -Darnay, cuando comenzó a darse -cuenta de la imposibilidad en que -se encontraría de volver a pisar -aquellos caminos eternos, si antes -no era declarado buen ciudadano -de París. Pero ya no podía retroceder; -fuese la que fuese la suerte -que el destino le tuviera deparada, -no tenía más remedio que continuar -el viaje hasta el final. A sus -espaldas dejaba un camino abierto, -libre de barreras y de fosos, -pero esto no obstante, sabía que -entre Inglaterra y su persona se -alzaban obstáculos mil veces más -infranqueables que las más sólidas -puertas de hierro. De tal suerte -le rodeaba la vigilancia universal, -que si hubiera viajado metido -dentro de las mallas de espesa<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span> -red de acero, o bien acondicionado -en el interior de una jaula, no -hubiese considerado su libertad -más perdida.</p> - -<p>Esa vigilancia universal no sólo -le obligaba a detenerse veinte veces -al día en los caminos reales, -en los relevos de postas, si no que -también entorpecía y retardaba -su marcha otras tantas veces en -en cada jornada, ora alcanzándole -y mandándole volver atrás, ora -acompañándole e impidiéndole -avanzar con la rapidez que él -deseaba. Varios días llevaba recorriendo -territorio francés, cuando -una noche se acostó temprano -en la cama de una posada de una -población de poca importancia, -situada bastante lejos de París.</p> - -<p>A la carta que desde la cárcel -de la Abadía le dirigió Gabelle, -debía el haber llegado tan lejos, -pero al llegar a la población de que -hablamos, opusiéronle en las puertas -tantas dificultades, que comprendió -que estaba muy próxima -la crisis. No le sorprendió, pues, -gran cosa ser despertado a media -noche en la cama de la posada en -que se acostó con ánimo de dormir -hasta la mañana siguiente.</p> - -<p>Al despertar, tropezaron sus -ojos con un funcionario local, de -temperamento tímido, y con tres -patriotas armados hasta los dientes, -cubiertos con gorros de color -rojo rabioso y fumando descomunales -pipas. Los tres de los gorros -tomaron asiento sobre su cama.</p> - -<p>—Emigrado—dijo el funcionario,—he -decidido enviarte a París -con una escolta.</p> - -<p>—Ciudadano, mi mayor deseo -es llegar a París, pero puedo prescindir -perfectamente de la escolta.</p> - -<p>—¡Silencio!—gritó un gorro rojo -dando un golpe a la cama con -la culata del mosquete.—¡A callar, -aristócrata!</p> - -<p>—Tiene razón este buen patriota—dijo -el funcionario con timidez.—Eres -aristócrata, y por tanto, -debes hacer el viaje bajo la -vigilancia de una escolta.</p> - -<p>—No está en mi mano la elección—contestó -Carlos Darnay.</p> - -<p>—¡Elección!—exclamó uno de -los gorros colorados.—¿Habráse -visto? ¡Como si no se le hiciera -un favor dispensándole de adornar -desde este instante el gancho -de un farol!</p> - -<p>—La observación del buen patriota -no puede ser más justa—terció -el funcionario.—Levántate -y vístete, emigrado.</p> - -<p>Obedeció Darnay, quien fué -conducido inmediatamente al -cuerpo de guardia, donde encontró -a muchos patriotas que lucían -sus correspondientes gorros colorados, -fumando unos y bebiendo -otros al amor de la lumbre. Después -que se le obligó a pagar una -fuerte cantidad por una escolta -que no había pedido, emprendió -el viaje a las tres de la madrugada.</p> - -<p>Constituían la escolta dos patriotas -montados, que cabalgaban -a sus lados, en cuyos gorros rojos -lucían escarapelas tricolores, e -iban armados con mosquetes y<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span> -sables nacionales. El escoltado -manejaba su caballo, pero en las -bridas de éste había sujeta una -cuerda cuyo extremo contrario -llevaba uno de los patriotas amarrado -a la muñeca. En esta forma -hacían el viaje, sufriendo una llovizna -helada que el viento lanzaba -contra sus rostros, a un trote pesado, -por caminos desiguales y -alternados con extensos lodazales. -Sin que en el viaje introdujeran -más cambios que el de caballos, -llegaron al fin a la capital.</p> - -<p>Viajaban durante la noche, haciendo -alto una o dos horas antes -de romper el día, y durmiendo -hasta el crepúsculo de la tarde. -La escolta vestía con pobreza tan -extremada, que para abrigarse -las piernas desnudas, habían de -recurrir a la paja, con la cual las -acolchaban. Aparte de las molestias -consiguientes al viaje, a la contrariedad -de ir escoltado y a los -peligros inherentes a depender -de patriotas crónicamente borrachos -y armados con mosquetes -que se disparaban solos, Carlos -Darnay podía desechar toda clase -de temores, toda vez que era de -esperar que, en cuanto hiciera referencia -a sus merecimientos, que -confirmaría al prisionero de la -Abadía, se apresurarían a tratarle -como a un hombre amigo del -pueblo.</p> - -<p>Sin embargo, cuando llegaron -a la ciudad de Beauvais a la caída -de la tarde, y por consiguiente, -cuando las calles estaban llenas -de gente, no pudo menos de comprender -que las cosas presentaban -cariz alarmante. En el patio de la -casa de postas se reunieron muchos -grupos que, contemplándole -con expresión ceñuda al principio, -concluyeron por gritar:</p> - -<p>—¡Muera el emigrado!</p> - -<p>Detúvose Darnay en el instante -en que iba a echar pie a tierra, y -desde la silla, replicó:</p> - -<p>—Emigrado no, amigos míos. -¿No me estáis viendo aquí, amigos -míos, en Francia, por mi libre y -espontánea voluntad?</p> - -<p>—¡Eres un emigrado maldito -y un aristócrata canalla!—gritó -un herrador, abalanzándose hacia -él con un martillo en alto.</p> - -<p>Interpúsose el encargado de la -casa de postas entre el furioso -herrador y el jinete, y como quien -desea evitar una escena desagradable, -dijo:</p> - -<p>—¡Dejadle, amigos, dejadle! Le -juzgarán en París.</p> - -<p>—¡Juzgarán!—repitió el herrador, -blandiendo el martillo.—Le -condenarán por traidor.</p> - -<p>Las turbas lanzaron feroces rugidos -de aprobación.</p> - -<p>Darnay, tan pronto como pudo -hacerse oir, exclamó:</p> - -<p>—Estáis engañados, amigos -míos, estáis engañados. Yo no soy -traidor.</p> - -<p>—¡Mientes!—rugió el herrador.—¡Según -el decreto, es un traidor!... -¡Su vida pertenece al pueblo... -no es suya su existencia -maldita!</p> - -<p>En las miradas de las turbas -leyó Carlos Darnay una de esas<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span> -arremetidas feroces cuyo desenlace -es siempre un hombre hecho -pedazos. Tal suerte le habría -cabido de no haber sido por el -encargado de la casa de postas, -que obligó al caballo a entrar en -el patio. La escolta siguió a nuestro -amigo, y el de la casa cerró y -atrancó inmediatamente la puerta. -El herrador descargó sobre -ésta los martillazos que no podía -descargar sobre la cabeza del -emigrado; las turbas rugieron indignadas, -pero no pasó más.</p> - -<p>—¿Qué decreto es ése que mencionó -el herrador?—preguntó -Darnay al dueño de la casa de -postas, después de darle las gracias -por su afortunada mediación.</p> - -<p>—Es el decreto que dispone -la venta en pública subasta de los -bienes de los emigrados—contestó -el interrogado.</p> - -<p>—¿Cuándo se promulgó?</p> - -<p>—El día catorce.</p> - -<p>—El mismo que salí yo de -Inglaterra.</p> - -<p>—Todo el mundo afirma que -no es más que el primero de los -de la serie, redactados ya... o que -serán redactados en breve, los -cuales destierran a los emigrados -y condenan a muerte a los que -vuelvan a pisar territorio francés. -Es lo que quiso decir el herrador -cuando afirmó que su vida de -usted no era de usted, sino del -pueblo.</p> - -<p>—Pero supongo que no han sido -promulgados todavía semejantes -decretos, ¿no es verdad?</p> - -<p>—No puedo asegurarlo—respondió -el encargado de la casa -de postas, encogiéndose de hombros.—Puede -que no hayan sido -promulgados aún, y puede que -sí; pero es igual.</p> - -<p>Darnay descansó hasta media -noche tendido sobre un montón -de paja, saliendo de la ciudad -cuando los habitantes de ésta estaban -entregados al sueño. Entre -los muchos cambios radicales de -costumbres que pudo observar -Darnay durante su accidentado -viaje, cambios que daban a éste -fuerte color fantástico, no era el -menor la carencia de sueño en -los patriotas. Con frecuencia, después -de una larga y pesada caminata -por veredas solitarias, llegaban -a altas horas de la noche a un -pueblo, cuyos habitantes, en vez -de dormir tranquilamente, bailaban -danzas fantásticas en rededor -de un árbol de la Libertad, o entonaban -himnos a la Libertad. Por -fortuna, empero, aquella noche -Beauvais creyó conveniente entregarse -al reposo, merced a lo -cual pudieron los excursionistas -proseguir su viaje por caminos -desiertos, cubiertos de barrizales -y de agua, bordeando campos incultos -que ninguna cosecha habían -producido aquel año, entre -caseríos incendiados, y con riesgo -de recibir inopinadamente un balazo -disparado por cualquiera de -los innumerables patriotas que -pululaban por todas partes.</p> - -<p>Cerca de los muros de París se -encontraban, cuando recibieron -el saludo de las primeras luces<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span> -del día. En la barrera encontraron -fuerte guardia.</p> - -<p>—¿Dónde están los documentos -del prisionero?—preguntó con tono -autoritario un hombre de aspecto -resuelto, llamado por el -centinela.</p> - -<p>Carlos Darnay, disgustado al -oir palabra tan poco grata, replicó -que no era prisionero, sino un -viajero que llegaba libre y espontáneamente, -ciudadano francés, -confiado a la custodia de una escolta -que el estado perturbado -del país hacía necesaria, y que -había pagado de su bolsillo.</p> - -<p>—¿Dónde están los documentos -de este prisionero?—repitió el mismo -sujeto, sin hacer el menor caso -de Darnay ni de sus palabras.</p> - -<p>El patriota de la borrachera -perpetua los sacó de su gorro, -donde los llevaba, entregándolos -al personaje que los pedía. La -carta de Gabelle produjo en aquél -cierto desconcierto y no poca sorpresa, -a la par que despertó su -atención, que concentró en Darnay.</p> - -<p>Sin decir palabra dejó a la escolta -y al escoltado y entró en el -cuerpo de guardia, dejando a los -viajeros a caballo frente a la puerta. -Carlos Darnay, mientras tanto, -pudo observar que la guardia la -formaban soldados y patriotas, -más de estos últimos que de los -primeros, y que, al paso que los -carros que traían víveres a la -ciudad, o los que a cualquier -clase de tráfico se dedicaban, no -tropezaban con dificultades de -ningún género para entrar, en -cambio los encontraban, y muy -grandes, para salir, aun cuando -se tratase de la gente más humilde. -Hombres y mujeres, bestias -de carga y de tiro y carretas y -coches de toda clase esperaban -que se les permitiera salir; pero -con tal rigidez se cumplía la ley -sobre la identificación previa, que -aunque a la barrera llegaban por -cientos, la salida la hacían de uno -en uno y por largos intervalos. -Los que sabían que habría de -pasar mucho tiempo antes que -les llegase el turno, lo esperaban -tendidos en la calle, donde dormían -o fumaban, mientras otros -entablaban animadas conversaciones -o entretenían el tiempo paseando. -Los gorros colorados y -escarapelas tricolores eran prenda -obligada que ostentaba todo el -mundo, sin distinción de edades -ni sexos.</p> - -<p>Duraría media hora la espera -de Carlos Darnay, quien en ese -espacio de tiempo pudo hacer -las observaciones que quedan -apuntadas, cuando volvió a salir -el mismo personaje, jefe, al parecer, -de la guardia de la barrera, -quien, después de dar a la escolta -un recibo de la persona del escoltado, -mandó a éste que echara -pie a tierra. Obedeció Darnay, y -los hombres que hasta allí le -acompañaron, hiciéronse cargo de -su caballo y partieron sin entrar -en la ciudad.</p> - -<p>El jefe de la guardia condujo -a Darnay al cuerpo de la misma,<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -que apestaba a vino ordinario y -a tabaco, donde había varios grupos -de soldados y de patriotas, -unos dormidos y otros despiertos, -éstos borrachos y aquéllos serenos, -y algunos en los linderos de la -vigilia y del sueño, y de la sobriedad -y la borrachera. Dos velones -de aceite derramaban una claridad -muy discutible sobre el cuerpo -de guardia, en uno de cuyos -testeros había una mesa, sobre -la cual se veían algunos registros. -Un oficial de aspecto grosero, sentado -frente a la mesa, era el encargado -de los registros.</p> - -<p>—Ciudadano Defarge—dijo el -personaje que había introducido -a Darnay, mientras tomaba una -hoja de papel—¿es éste el emigrado -Evrémonde?</p> - -<p>—Este es.</p> - -<p>—¿Cuántos años tienes, Evrémonde?</p> - -<p>—Treinta y siete.</p> - -<p>—¿Casado, Evrémonde?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Dónde?</p> - -<p>—En Inglaterra.</p> - -<p>—Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, -Evrémonde?</p> - -<p>—En Inglaterra.</p> - -<p>—Lo creo también. Vas consignado, -Evrémonde, a la prisión de -La Force.</p> - -<p>—¡Dios del Cielo!—exclamó -Darnay—¿En virtud de qué ley, -y por qué delito o falta?</p> - -<p>Al cabo de algunos segundos -de muda contemplación, contestó -el funcionario:</p> - -<p>—Desde que saliste de Francia, -Evrémonde, nos regimos por leyes -nuevas y ha variado profundamente -lo referente a delitos y faltas.</p> - -<p>—Te ruego tengas presente, -ciudadano, que he venido voluntariamente, -cediendo a la súplica -escrita en ese papel que tienes -ante tus ojos—replicó Darnay.—No -pido otra cosa más que la -ocasión de hacer lo que un compatriota -mío solicita. ¿No estoy en -mi derecho?</p> - -<p>—Los emigrados no tienen derechos, -Evrémonde—fué la estólida -contestación del funcionario.</p> - -<p>Después de dirigir a Darnay -una sonrisa siniestra, escribió unos -renglones, dobló el papel, y lo -entregó a Defarge diciendo:</p> - -<p>—Secreto.</p> - -<p>Defarge indicó al prisionero -que le siguiera. Obedeció el prisionero, -a quien acompañaron -además dos patriotas armados, -que se colocaron a su derecha e -izquierda.</p> - -<p>Mientras salían del cuerpo de -guardia para entrar en París, -Defarge preguntó al prisionero -en voz baja:</p> - -<p>—¿Eres tú el que casaste con -la hija del doctor Manette, prisionero -en otro tiempo en la Bastilla, -que ya no existe?</p> - -<p>—Sí—respondió Darnay, mirándole -con sorpresa.</p> - -<p>—Me llamo Defarge y soy dueño -de una taberna del barrio de -San Antonio. Es posible que me -conozcas de referencia.</p> - -<p>—Mi mujer fué a tu casa a -reclamar a su padre... ¡Sí, sí!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p> - -<p>Parece que la palabra «mujer» -despertó en Defarge recuerdos -sombríos, pues dijo con brusca -impaciencia:</p> - -<p>—¿Quieres decirme, en nombre -de esa mujer recién nacida llamada -Guillotina, por qué demonios -has venido a Francia?</p> - -<p>—No hace un minuto me oiste -explicar cuál fué la causa de mi -viaje. ¿Es que crees que no dije -verdad?</p> - -<p>—Verdad que no puede ser -más fatal para ti—replicó Defarge, -fruncido el entrecejo y -mirando a su interlocutor con -fijeza.</p> - -<p>—Cierto es que me encuentro -aquí perdido. Lo veo todo tan -trastornado, tan distinto de lo -que antes era, tan desagradable, -que confieso que ni sé a dónde -volver los ojos. ¿Quieres hacerme -un pequeño favor?</p> - -<p>—En absoluto ninguno—respondió -Defarge, con la mirada -como perdida en el espacio.</p> - -<p>—¿Tampoco querrás contestarme -una pregunta, una sola?</p> - -<p>—Veremos... Según sea. Puedes -hacerla.</p> - -<p>—En la prisión en que tan -injustamente me encierran, ¿podré -comunicar libremente con el -mundo exterior?</p> - -<p>—Tú mismo lo verás.</p> - -<p>—¿Piensan sepultarme en ella, -sin juzgarme, sin condenarme, sin -concederme medios de justificarme -y defenderme?</p> - -<p>—Lo verás tú mismo... Pero -si así fuera, ¿qué?; muchos otros -tan buenos como tú se han visto -sepultados en prisiones peores.</p> - -<p>—Pero no por causa mía, ciudadano -Defarge.</p> - -<p>La expresión sombría del rostro -de Defarge se acentuó extraordinariamente -al escuchar la respuesta, -después de lo cual prosiguió -caminando en silencio. A medida -que su taciturnidad aumentaba, -se disipaban las esperanzas -que en un principio tuvo Darnay -de ablandar a aquel hombre.</p> - -<p>—Para mí es de una importancia -excepcional, como sabes tan -bien como yo mismo, ciudadano -Defarge, hacer saber al señor -Lorry, del Banco Tellson, un caballero -inglés que en la actualidad -se encuentra en París, el hecho -sencillo, sin comentario alguno, -de que me han recluído en la prisión -de La Force. ¿Me harás el -favor de encargarte de ponerlo -en su conocimiento?</p> - -<p>—No haré en tu obsequio nada -absolutamente—replicó Defarge.—Me -debo a mi patria y al pueblo. -He jurado servir a los dos contra -ti. Nada esperes de mí.</p> - -<p>Calló Darnay, tanto porque dió -por perdidas definitivamente todas -las probabilidades de obtener -de aquel hombre el favor más -insignificante, cuanto porque su -amor propio lastimado le movió -a considerar como humillaciones -sus instancias. No pudo menos -de reparar, mientras en silencio -recorría las calles, en lo acostumbrado -que el pueblo estaba al espectáculo -de los prisioneros que por<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> -ellas transitaban. Ni los niños se -fijaban en él. Algunos transeuntes -volvían sus cabezas y le apuntaban -con el dedo indicando que era -un aristócrata, y nada más. Verdad -es que ver que un hombre bien -vestido era conducido a la cárcel -era tan corriente y natural como -ver a un obrero que se dirige al -trabajo con las herramientas de -su oficio en la mano. En una calleja -estrecha, obscura y sucia que -hubieron de atravesar, encontraron -a un orador callejero excitadísimo, -que dirigía arengas excitadas -a un auditorio excitado, ponderando -los crímenes que contra -el pueblo soberano habían cometido -el Rey, la familia real y los -nobles. De las pocas palabras que -llegaron a oídos de Darnay pudo -éste colegir que el Rey había sido -encerrado en una prisión y que los -embajadores extranjeros habían -abandonado en masa a París, noticias -que desconocía en absoluto, -pues durante su viaje, los individuos -que le escoltaron, juntamente -con la vigilancia universal, le -tuvieron en un aislamiento tan -absoluto, que nada había oído.</p> - -<p>Como es natural, comprendió -que los peligros que le amenazaban -eran infinitamente mayores -e infinitamente más numerosos de -lo que supuso al salir de Inglaterra; -comprendió que los peligros -se multiplicaban con rapidez alarmante -y que se multiplicarían aún -más; no pudo menos de confesarse -a sí propio que ni por las mientes -se le hubiese pasado la idea de -hacer el viaje de haber previsto -los sucesos desarrollados en los -días últimos. Y sin embargo, sus -temores, examinados a la luz de -los incidentes más recientes, no -eran tan grandes como parece deberían -ser. Por nebuloso que el -porvenir se le presentara, era un -porvenir desconocido que en su -misma obscuridad entrañaba cierta -esperanza. Tan ajeno como los -que vivieron millares de años antes -que él estaba a las horribles -matanzas que, continuadas un día -y otro día, una noche y otra noche, -debían ahogar en caudalosos -ríos de sangre la época siempre -bendita de la recolección de la -cosecha. Apenas si de nombre conocía -a la «mujer recién nacida -llamada Guillotina», como apenas -si de nombre la conocía la -generalidad del pueblo, pues por -aquellos días, los mismos que la -trajeron al mundo no imaginaban -siquiera como probables las espantosas -hazañas que muy en breve -habían de envolverla en inmensa -aureola sangrienta.</p> - -<p>Sospechaba que sería víctima -de una detención arbitraria, que -se le trataría con irritante injusticia, -que habría de soportar privaciones -y penalidades, de las cuales -no sería la menor verse alejado -de su adorada mujer y de su idolatrada -hija; todo eso lo sospechaba; -más aún, lo consideraba indudable; -pero fuera de ello, nada temía.</p> - -<p>Tales eran las reflexiones que -le embargaban, cuando llegó a la<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span> -cárcel llamada La Force. Un hombre -de cara feroz abrió el postigo.</p> - -<p>—El emigrado Evrémonde—dijo -Defarge, haciendo la presentación -del preso.</p> - -<p>—¡Demonios coronados! ¿Pero -es que no va a acabar nunca la -procesión?—exclamó el de la cara -de fiera.</p> - -<p>Tomó Defarge el recibo que le -alargaba el cancerbero, sin parar -mientes en la exclamación del -mismo, y se retiró juntamente con -los dos patriotas.</p> - -<p>—¡Rayos y truenos!—gruñó el -carcelero, ya solo con su mujer.—¡Esto -es un río que corre siempre!</p> - -<p>La mujer del carcelero, que en -su depósito de contestaciones no -debía tener la que cuadraba a la -exclamación anterior, se limitó -a responder:</p> - -<p>—Hay que tener paciencia, -amigo mío.</p> - -<p>Los sonidos de una campana -que la mujer hizo repicar evocaron -a tres calaboceros, diciendo -a coro:</p> - -<p>—¡Viva la Libertad!</p> - -<p>El coro no parecía el más apropiado -para ser cantado en un -sitio como aquél, pero mayores -anomalías se ven en el mundo.</p> - -<p>Era la prisión de La Force un -edificio tétrico, repugnante e inmundo, -donde se respiraba la -atmósfera hedionda de la muerte. -Asombra en realidad la rapidez -con que percibe el olfato el olor -a carne almacenada en lugares -como aquél, sobre todo, cuando -no reunen condiciones para el objeto, -y por añadidura están descuidados.</p> - -<p>—¡Y además secreto!—murmuró -el alcaide mientras leía el -papel.—¡Como si no estuviera ya -tan lleno de ellos que el mejor -día doy un estallido!</p> - -<p>Con muestras de pésimo humor -ensartó el papel con una espiga -que atravesaba a muchísimos -otros, y comenzó a pasear por la -estancia abovedada sin hacer el -menor caso del prisionero, a quien -tuvo esperando más de media -hora.</p> - -<p>—Sígueme, emigrado—dijo al -fin, tomando las llaves.</p> - -<p>El alcaide condujo al nuevo -pupilo por un corredor y una escalera, -y al cabo de varios minutos, -y no sin abrir durante la marcha -muchas puertas y de cerrarlas -de nuevo después de franqueadas, -llegó a una pieza de grandes proporciones -y techo bajo y abovedado, -atestada de prisioneros de ambos -sexos. Estaban las mujeres -sentadas en torno a una mesa, -leyendo o escribiendo, haciendo -media, cosiendo o bordando, -mientras los hombres, en su -mayor parte, se hallaban de pie -detrás de las sillas ocupadas por -aquéllas, excepto algunos que se -entretenían paseando.</p> - -<p>Tan tétrica era la sala, tan -sombría la expresión de las personas -allí hacinadas, tan acentuada -la amarillez que en sus rostros -habían creado las privaciones y -miseria a que estaban sometidas -que Carlos Darnay creyó que se<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span> -encontraba entre una colección -numerosa de muertos. Allí no -había más que fantasmas. Fantasmas -de belleza, fantasmas de -la elegancia, fantasmas de la altivez, -fantasmas del orgullo, fantasmas -de la frivolidad, fantasmas -del talento, fantasmas de la juventud, -fantasmas de la vejez, -todos ellos esperando llegase la -hora de abandonar la playa inhospitalaria -del mundo, todos ellos -clavando en el recién entrado unos -ojos que la muerte había alterado -en cuanto penetraron en la antesala -de los dominios de aquélla.</p> - -<p>Darnay quedó inmóvil, yerto, -por efecto de su estupefacción. -El aspecto del alcaide, que permanecía -a su lado, no menos que -el de los calaboceros que andaban -de una parte para otra, en pleno -ejercicio, sin duda, de sus altas -funciones, eran tan rudos, tan -brutales, tan feroces, sobre todo -puestos en parangón con el de las -atribuladas madres y de las hermosas -hijas allí almacenadas, con -la coquetería, la distinción propias -de las jóvenes bien nacidas -y con la delicadeza de modales de -la dama de alto rango, que Darnay -hubo de afianzarse en la -creencia de que le habían recluído -en la mansión de los espectros.</p> - -<p>—En nombre propio y en el -de todos los compañeros de infortunio -aquí amontonados—dijo un -caballero de modales cortesanos, -dando un paso al frente,—tengo -el honor de dar a usted la bienvenida -a La Force, y de lamentar -con usted la calamidad que aquí -le trae. ¡Ojalá sea de breve duración -y termine con felicidad! Ahora -bien; manifestarle nuestros deseos -sería imperdonable impertinencia -en cualquier otra parte, pero no -aquí. Nos permitimos preguntarle -su nombre y condición.</p> - -<p>Darnay se apresuró a acceder -a los deseos manifestados por el -caballero.</p> - -<p>—Supongo que no estará usted -aquí «en secreto»—repuso el caballero, -siguiendo con la vista al -alcaide que en aquel momento -cruzaba la estancia.</p> - -<p>—Dos o tres veces he oído pronunciar -esa consigna refiriéndose -a mí, pero ignoro lo que puede -significar.</p> - -<p>—¡Oh, que lástima! Muy de -veras lo lamentamos... Pero no -se desanime usted. Son muchos -los que han venido aquí «en secreto» -y luego se ha modificado su -situación.</p> - -<p>Seguidamente añadió alzando -la voz:</p> - -<p>—Con profundo pesar informo -a mis compañeros que... <i>en secreto</i>.</p> - -<p>Mientras Carlos Darnay se dirigía -a la puerta defendida con -gruesa reja junto a la cual le esperaba -el alcaide, alzáronse fuertes -murmullos de conmiseración, -mezclados con frases de piedad -de las mujeres, que se esforzaban -por infundirle aliento. Llegado a -la puerta mencionada, volvióse -Carlos y dió las gracias a los que -dejaba desde el fondo de su cora<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>zón. -Cerróse la puerta empujada -por la mano del alcaide, y las apariciones -espectrales se borraron -para siempre.</p> - -<p>Daba acceso la puerta a una -escalera de caracol, por la cual -subió Darnay siguiendo a su guía. -Después de subir cuarenta peldaños, -contados concienzudamente -por el prisionero de media hora, -abrió el alcaide una puerta baja -y muy negra y entró en una celda -solitaria. Era muy fría, olía a -moho, pero no estaba obscura.</p> - -<p>—La tuya—dijo el alcaide.</p> - -<p>—¿Por qué me encierran solo?</p> - -<p>—Eso es lo que yo no sé.</p> - -<p>—¿Supongo que se me permitirá -comprar papel, pluma y -tinta?</p> - -<p>—Por el momento no. Te visitarán... -no sé cuando, y entonces -podrás solicitar ese favor. Puedes -comprar comida, pero nada más.</p> - -<p>En la celda había una silla, una -mesa y un jergón de paja. El -alcaide, después de someter a -escrupulosa inspección el <i>mobiliario</i> -de la celda, salió dejando -solo a Darnay.</p> - -<p>—Puedo decir que estoy muerto -y sepultado—murmuró el infeliz.—Cinco -pasos por cuatro y medio... -cinco pasos por cuatro y -medio—repetía maquinalmente, -recorriendo la celda en todos sentidos -y contando al propio tiempo.</p> - -<p>El ruido de la ciudad llegaba a -sus oídos convertido en una especie -de sordo redoblar de tambores -mezclado con estridentes voces -humanas.</p> - -<p>—Cinco pasos por cuatro y medio... -Hacía zapatos... cinco pasos -por cuatro y medio... hacía zapatos... -zapatos...</p> - -<p>El prisionero aceleraba el paso -y procuraba contar, a fin de -ahuyentar la idea del que hacía -zapatos, que amenazaba convertirse -en idea fija.</p> - -<p>—Los espectros se han desvanecido -en cuanto traspasé la puerta -de la reja—seguía pensando.—Vi -entre ellos el de una señora -vestida de negro, que estaba -apoyada sobre el alféizar de la -ventana. La luz daba de lleno -sobre su cabellera de oro, y parecía -a... ¡Dios mío... Dios mío!... -¿Volveré algún día a transitar -por las aldeas visitadas por la luz -del sol, por las aldeas donde despiertan -las gentes? Hacía zapatos... -hacía zapatos... hacía zapatos... -Cinco pasos por cuatro y -medio... cinco pasos por cuatro -y medio...</p> - -<p>Caminaba el prisionero cada -vez con mayor celeridad, siempre -embebido en las mismas ideas, -siempre contando, siempre teniendo -ante los ojos de la imaginación -la visión del zapatero, -mientras el estruendo de la ciudad -continuaba sonando en sus oídos -como sordo redoblar de tambores -mezclado con llantos de voces -que conocía y quería, con ayes -desgarradores emitidos por gargantas -que hasta entonces apenas -dieron salida a sonidos que no -fueran reflejo de la alegría del -corazón.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span></p> - - -<h3 id="III_II">II.<br />LA PIEDRA DE AFILAR</h3></div> - - -<p>El Banco Tellson, establecido -en el Barrio Saint Germain de -París, ocupaba un ala de un edificio -inmenso, precedido por un jardín -separado de la calle por un -muro de bastante altura y una -verja muy sólida. Era el inmueble -propiedad de un noble de los más -poderosos del reino, que había -vivido en él hasta que las perturbaciones -de la época le obligaron -a emprender la fuga, envuelto en -la indumentaria de su cocinero, -y a cruzar la frontera. Aunque en -realidad quedaba reducido a la -condición de pieza de caza que -consiguió burlar las acometidas -de los ojeadores y de los monteros, -no por ello dejaba de ser el mismo -señor, cuya importante operación -de preparar el chocolate y de llevarlos -a sus gloriosos labios, exigía -los esfuerzos de tres servidores, -aparte de los del cocinero.</p> - -<p>Habíase ido el señor; sus servidores -se absolvieron a sí mismos -del horrendo pecado de haber recibido -los salarios de aquél mostrándose -perfectamente dispuestos -a rebanarle el pescuezo sobre -el flamante altar de la República -Una e Indivisible, de la Libertad, -de la Igualdad, de la Fraternidad -o Muerte, y el suntuoso inmueble -del señor fué primero secuestrado -y luego confiscado. Las cosas se -hacían con tan vertiginosa rapidez, -y los decretos se sucedían -con precipitación tan fiera, que a -la tercera noche del mes de septiembre, -patriotas emisarios de la -ley se habían posesionado de la -casa en cuestión, la habían purificado -haciendo tremolar sobre -ella la bandera tricolor, y fumaban -y se emborrachaban bonitamente -en sus suntuosas habitaciones.</p> - -<p>Si la Casa Tellson de Londres -se hubiese parecido a la Casa -Tellson de París, a buen seguro -que los londinenses la hubiesen -visto figurar muy en breve entre -los quebrados que merecían aparecer -en la Gaceta. ¿Qué habría -dicho la espetada respetabilidad -inglesa, si en el vestíbulo de un -Banco hubiese encontrado abundantes -macetas plantadas de naranjos, -y... ¡horror! la figura de un -Cupido presidiendo la caja? Y, sin -embargo, por inconcebible que -parezca, tal ocurría en el Banco -Tellson de París. Cierto que Tellson -había blanqueado con algunas -manos de cal el Cupido del testero, -pero quedaba el del techo, muy -ligero de ropas, contemplando con -mirada ansiosa la caja (es lo que -suele hacer de ordinario) desde -que amanecía hasta que cerraba -la noche. La quiebra más tremenda -hubiese sido consecuencia fatal -e inevitable de la presencia de -aquel agradable pagano en la calle -Lombard de Londres, si ya no -hubieran bastado para producirla -una alcoba medio oculta entre<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span> -ricos cortinones, delante de la cual -estaba el niño de las travesuras, -el inmenso espejo que en el muro -habían dejado, y los empleados -mismos, no tan viejos como era -de desear, que no tenían el menor -reparo en bailar en público a -poco que se les instase a hacerlo. -Verdad es que un Tellson francés -podía permitirse todo eso y aún -más, sin escándalo de nadie, sin -que capitalista alguno soñase siquiera -en retirar por causas tan -insignificantes sus capitales.</p> - -<p>Cuánto dinero saldría en lo sucesivo -de las cajas de la Casa -Tellson de París, cuánto habría de -quedar allí perdido y olvidado, -cuánta plata, cuántas joyas perderían -su brillo inmaculado en las -cámaras secretas del establecimiento, -mientras sus dueños lo -perdían en los calabozos o en el -cadalso, cuántas cuentas corrientes -del Banco quedarían sin saldar -en este mundo y pasarían al otro, -es lo que ningún mortal hubiese -podido decir, lo que ni aproximadamente -logró conjeturar aquella -noche el mismísimo Mauricio Lorry, -no obstante haberse repetido -cientos de veces estas preguntas. -Sentado junto a la chimenea en -la que ardían chisporroteando algunos -leños (aquel año estéril -e infecundo había adelantado la -estación de los fríos), su rostro, -reflejo de honradez, presentaba -sombras que no proyectaba la -lámpara pendiente del techo ni -ninguno de los objetos que en la -estancia había.</p> - -<p>Ocupaba Lorry habitaciones en -el edificio del Banco, a lo que le -daba derecho indiscutible su probada -fidelidad a la casa de la cual -formaba parte integrante. Creían -muchos que era garantía de seguridad -para el establecimiento la -ocupación patriótica de casi todo -el edificio, aunque el leal Lorry -jamás participó de semejante -creencia. Cuanto ocurría en París -érale indiferente, pues para él, lo -único que excitaba su interés, era -el cumplimiento de su deber. En -el fondo del jardín, bajo una techumbre -sostenida por graciosas -columnas, había una cochera, en -la cual quedaban algunos de los -carruajes del señor. Sujetas a dos -columnas había dos antorchas encendidas, -y al pie, colocada de -manera que recibiera la luz de -aquéllas, una piedra de afilar, -montada de cualquier manera, -que sin duda había sido traída -de cualquier herrería o carpintería -inmediata. Lorry, que se levantó -del asiento y se asomó a -la ventana, retiróse con un estremecimiento -al ver aquel objeto -inofensivo.</p> - -<p>Hasta en la habitación que trabajaba -Lorry llegaba el sordo -rumor de las calles, al que de vez -en cuando se unían ruidos que -parecían proceder de un mundo -fantástico, ruidos inauditos por -lo terribles que se elevaban desde -la tierra al cielo.</p> - -<p>—Gracias a Dios—dijo Lorry -juntando las manos,—ninguna -persona querida tengo a mi lado<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span> -esta noche pavorosa. ¡Mire el -Altísimo con ojos compasivos a -cuantos se ven en peligro!</p> - -<p>Apenas había pronunciado estas -palabras, cuando sonó la campana -de la verja.</p> - -<p>—Sin duda vuelven—pensó -Lorry.</p> - -<p>Permaneció sentado y escuchando; -mas como no oyera rumor -de pasos en el vestíbulo, como -esperaba, ni sonara tampoco la -verja al ser cerrada de nuevo, -asaltaron al buen Lorry temores -vagos con respecto al Banco. -Tranquilizóse, sin embargo, convencido -de que estaba bien guardado -por hombres de confianza -absoluta. Iba a reanudar sus tareas, -cuando bruscamente se abrió -la puerta de su habitación y en -su umbral aparecieron dos personas, -a cuya vista retrocedió Lorry, -presa del pasmo más violento que -en su vida experimentara.</p> - -<p>Lucía y su padre; Lucía, que -le tendía con ademán suplicante -las manos y le miraba con expresión -de quien en sus ojos tiene -concentrada su vida entera.</p> - -<p>—¡Lucía... Manette!... ¿Qué es -esto?—exclamó Lorry, con asombro -indescriptible—¿Qué pasa? -¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?</p> - -<p>Lucía, pálida como un cadáver, -cayó sollozante en los brazos del -anciano amigo de su infancia.</p> - -<p>—¡Oh... amigo querido! Mi marido...</p> - -<p>—¿Su marido, Lucía?</p> - -<p>—Carlos.</p> - -<p>—¿Qué hay de Carlos?</p> - -<p>—Aquí... en París.</p> - -<p>—¿En París?</p> - -<p>—Lleva aquí algunos días... -tres o cuatro... no sé cuántos... -Me es imposible poner orden en -mis pensamientos... Le trajo aquí -una idea generosa que nos es desconocida; -fué detenido en la barrera -y conducido a la cárcel.</p> - -<p>El anciano lanzó un grito de -espanto. Casi al mismo tiempo -sonó la campana de la verja y se -oyeron en el jardín voces mezcladas -con rumor de pasos.</p> - -<p>—¿Qué ruido es ése?—preguntó -el doctor, dirigiéndose a la ventana.</p> - -<p>—¡No se asome usted! ¡No mire -fuera!... ¡Por lo que más quiera, -Manette, por su vida... no toque -la persiana!</p> - -<p>Volvióse el doctor, sin separar -la mano de la falleba de la ventana, -y con sonrisa fría y osada, -contestó.</p> - -<p>—Mi querido amigo, en esta -ciudad, mi vida es sagrada. He -sido prisionero de la Bastilla. No -hay un patriota en París... ¿qué -digo en París? en ¡toda la Francia!... -No hay un patriota en toda -la Francia que, sabiendo que he -sido prisionero de la Bastilla, se -atreva a tocarme, como no sea -para estrujarme a fuerza de abrazos -o para llevarme en triunfo por -las calles. Mis torturas antiguas -me han dado influencia bastante -para llegar hasta aquí sin encontrar -obstáculos en las barreras y -para obtener noticias sobre Carlos. -Sabía yo que así sería, sabía<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span> -yo que me sería fácil librar a Carlos -de los peligros que le amenazan, -y así se lo aseguré a Lucía... -¿Pero qué ruido es ese?—terminó, -volviéndose hacia la ventana.</p> - -<p>—¡No mire usted!—gritó Lorry -con acento desesperado—¡Usted -tampoco, Lucía, mi querida Lucía!—añadió, -pasando su brazo al -rededor de su cintura.—Pero no -tema... no se asuste. Juro que no -sé que a Carlos le haya ocurrido -mal alguno... que ni sospechaba -siquiera que la fatalidad le hubiese -traído a esta ciudad. ¿En qué -cárcel está?</p> - -<p>—En la Force.</p> - -<p>—La Force. Si alguna vez ha -sido usted valiente, Lucía, hija -mía, si alguna vez se ha considerado -con fuerzas para hacer algo -útil, hoy más que nunca es preciso -que recurra a todo su valor y -a todo su esfuerzo para cumplir -al pie de la letra lo que yo le diga, -pues le aseguro que de ello depende -mucho más de lo que usted -pueda suponer, mucho más de lo -que yo pudiera decirle. Lo que -voy a suplicarle que por su Carlos -haga, es lo más duro, lo más difícil -que cabe pensar, porque precisamente -voy a mandarle que se -tranquilice, que no haga nada, -que me obedezca, que me permita -que la lleve a una habitación retirada -de esta casa y que permanezca -tranquila en ella, dejándonos -solos a su padre y a mí por -espacio de algunos minutos. ¡Por -su Carlos querido, por la muerte, -que hoy anda suelta por esta desdichada -ciudad, seguro estoy que -me obedecerá!</p> - -<p>—Acato sumisa sus deseos, porque -veo en su cara que no puedo -ni debo hacer otra cosa, y que en -mi conveniencia inspira usted sus -palabras.</p> - -<p>Lorry besó a Lucía e inmediatamente -la acompañó a su habitación -donde la dejó, cerrando, al -salir, con llave la puerta. Volvió -presuroso a reunirse con el doctor, -abrió la ventana que daba al jardín, -puso su diestra sobre el hombro -de su amigo, y se asomó, indicando -a éste que hiciera lo propio.</p> - -<p>Ante sus ojos había un grupo -compacto de hombres y de mujeres, -no muchos, es decir, no los -bastantes, ni con mucho, para -llenar el jardín, pues no pasarían -de cuarenta o cincuenta. Las personas -que ocupaban la casa les -habían franqueado la entrada para -que utilizasen la piedra de -afilar, instalada allí para el servicio -público, sin duda.</p> - -<p>Parece que nada de particular -debería tener una piedra de afilar, -ni mucho menos que a ella se -acercasen afiladores; pero hiela -la sangre pensar en aquellos horribles -afiladores, tanto por su aspecto -cuanto por la índole del -trabajo, mejor dicho, por el objetivo -del trabajo que realizaban.</p> - -<p>Daban vueltas a la piedra dos -hombres cuyas caras eran más -horribles y de expresión más cruel -que las de los salvajes más feroces -cuando ostentan sus prendas y -pinturas más bárbaras. Falsas<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span> -cejas y bigotes falsos servían de -adorno a unos rostros repugnantes, -todos salpicados de sangre, -rostros contraídos por la ira y el -desenfreno. Mientras aquellos desalmados -daban a la piedra vueltas -y más vueltas, algunas mujeres -aproximaban a sus labios vasijas -llenas de vino. La escena no podía -ser más nauseabunda ni más feroz. -Sangre, vino y fuego eran los -elementos constitutivos del cuadro; -sangre que llenaba las caras -y las manos de todos los monstruos -que allí había, vino que rezumaban -sus hediondas bocas, y -fuego que brotaba en chispas -brillantes de la piedra de afilar. -Empujándose y atropellándose -unos a otros en su afán de afilar -cuanto antes sus instrumentos de -matanza, se veían hombres desnudos -de cintura arriba, tintos en -sangre los brazos, los cuellos, las -caras y el cuerpo; hombres cubiertos -de harapos, con los harapos -tintos en sangre; hombres engalanados -con prendas de vestir mujeriles, -con encajes, cintas y sedas, -y las sedas y las cintas y los encajes -tintos en sangre. Hachas, cuchillos, -bayonetas, sables, espadas, -todos los instrumentos que -afilaban estaban tintos en sangre. -Algunos llevaban las espadas o -las hachas sujetas a las muñecas -con tiras de tela o pedazos de -vestidos; las ligaduras variaban, -pero no el color, todas eran rojas.</p> - -<p>Lorry y el doctor retrocedieron -no bien tropezaron sus ojos con -la repugnante escena.</p> - -<p>—Están asesinando a los prisioneros—dijo -Lorry, contestando -a la pregunta muda que el doctor -acababa de dirigirle.—Si tiene -usted seguridad de lo que dice, -si realmente posee la influencia -que cree poseer, y que yo también -creo que posee, dése a conocer a -esos demonios y hágase llevar a -La Force. Puede que sea ya tarde, -quién sabe; pero de todas suertes, -no pierda ni un segundo.</p> - -<p>El doctor Manette estrechó la -mano de su amigo y, sin contestar -palabra, sin cubrirse siquiera, bajó -al jardín.</p> - -<p>Su pelo blanco como la nieve, -su rostro, que no podía menos de -llamar la atención, la decisión con -que apartó las armas de aquella -turba de monstruos, le abrieron -el camino hasta el centro de la -reunión, hasta la misma piedra de -afilar. Lorry observó que callaban -todos, que en medio de un silencio -solemne se alzaba vibrante la -voz del anciano, que todos escuchaban -atentos, que todos miraban -al orador con el respeto más -profundo; y al cabo de breves -minutos, vió que más de veinte -hombres formaban compacto grupo, -que rodeaban al doctor y, -entronizándolo sobre sus hombros, -salían a la calle gritando con -entusiasmo delirante:</p> - -<p>—¡Viva el prisionero de la Bastilla!</p> - -<p>—¡Queremos al pariente del -de la Bastilla preso en La Force!</p> - -<p>—¡Paso al prisionero de la Bastilla!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span> -—¡Libertad al prisionero Evrémonde, -encerrado en La Force!</p> - -<p>Lorry cerró la ventana muy -esperanzado, y se apresuró a -reunirse con Lucía, a la que refirió -que su padre, auxiliado por -el pueblo, había ido a buscar a su -marido. Con Lucía estaba su hija -y la señorita Pross, pero tal era -la confusión del buen Lorry, que -ni le sorprendió siquiera encontrarlas -allí hasta mucho rato después.</p> - -<p>La noche fué horrible. Lucía, -presa de estupor, estaba sentada -en el suelo retorciéndose las manos, -y la señorita Pross, después -de acostar a la niña, cedió al sueño -que la acosaba y quedó dormida -con la cabeza doblada sobre la -camita de la niña. ¡Noche horrible, -durante la cual Lorry hubo -de escuchar los constantes sollozos -de la desventurada Lucía! ¡Noche -horrible, noche eterna, noche -de angustias, noche de ansiedad, -noche pasada esperando la llegada -de un padre que no llegaba, -la llegada de noticias de un marido -colocado al borde del sepulcro, -y las noticias no venían!</p> - -<p>Dos veces más repicó con violencia -la campana de la verja, dos -veces más se repitió la irrupción, -dos veces más pusieron en movimiento -la piedra de afilar. Lucía -se asustó.</p> - -<p>—¿Qué es eso?—preguntó.</p> - -<p>—¡Silencio!—respondió Lorry.—Son -los soldados que afilan sus -espadas. La casa es hoy una propiedad -nacional, hija mía.</p> - -<p>Alboreó el nuevo día. Lorry -pudo desasirse de las crispadas -manos de Lucía y se asomó a la -ventana. Junto a la piedra de -afilar, un hombre, cubierto de sangre -de pies a cabeza, semejante -a un soldado herido que recobra -el conocimiento en el campo de -batalla, se levantaba del suelo -sobre el que había estado tendido -y miraba con expresión estúpida -en rededor. Aquel asesino cansado -de matar vió los soberbios carruajes -del señor, se dirigió a uno de -ellos con paso vacilante, abrió la -portezuela, y se encerró en su -interior dispuesto a descansar de -las fatigas de la noche sobre los -mullidos almohadones.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_III">III.<br />LA SOMBRA</h3></div> - - -<p>Una de las reflexiones primeras -que sugirió al señor Lorry su -entendimiento práctico, tan pronto -como sonó al día siguiente la -hora de dar comienzo a las operaciones -del Banco, fué que carecía -de derecho para crear dificultades -y atraer peligros sobre el -Banco Tellson, concediendo albergue -en el edificio del mismo a la -esposa de un emigrado preso. Sin -un segundo de vacilación, con alegría, -con toda su alma, hubiese -sacrificado ante el altar del cariño -que a Lucía y a su hija profesaba -todo cuanto poseía, incluso su libertad -y su vida; pero el gran esta<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>blecimiento -bancario no era suyo, -y en lo referente a negocios, -Lorry era rígido, inflexible.</p> - -<p>Consecuencia de sus cavilaciones, -fué pensar en Defarge, y al -pensamiento siguió la decisión de -llegarse a la taberna y rogar a -su dueño que le indicase un refugio -seguro para Lucía, si es que -lo había en aquella ciudad perturbada, -refugio que muy bien podía -ser, si a ello se prestaba Defarge, -el mismo sotabanco en que en tiempos -pasados vivió el doctor Manette. -Desechó, empero, este proyecto, -apenas concebido, en atención -a que la taberna estaba enclavada -en el barrio más peligroso de la -ciudad y a que Defarge, persona -influyente, a no dudar, entre los -habitantes de aquella región violenta, -andaría metido de lleno -en las empresas que allí se fraguaban -y maduraban.</p> - -<p>Próximas ya las doce de la -mañana, como el doctor no pareciera, -y cada minuto que pasaba -tendía a multiplicar el compromiso -en que había colocado al Banco -Tellson, Lorry decidió celebrar -consejo con Lucía. Manifestó ésta -que su padre le había hablado de -alquilar una habitación en aquel -mismo distrito, no lejos del Banco. -Visto que el proyecto del doctor -no estaba en oposición con -los negocios del Banco, y previendo -Lorry que por bien que la situación -de Carlos se solucionara, -aun cuando merced a la intervención -e influencia del doctor fuese -puesto en libertad, habría de serle -imposible escapar de la ciudad, -salió inmediatamente a buscar -habitación conveniente y la encontró -en una calle aislada rodeada -de edificios deshabitados.</p> - -<p>Sin perder momento trasladó -a la habitación mencionada a Lucía, -a su hija y a la señorita Pross, -a las cuales dió cuantos consuelos -pudo, que fueron más de los que -él mismo tenía. Dejó con ellas a -Jeremías <i>Lapa</i> y volvió a engolfarse -en sus ocupaciones.</p> - -<p>Pasó el resto del día triste, -preocupado y receloso, hasta que -llegó la hora de cerrar el establecimiento. -Retiróse entonces a -su habitación, como el día anterior, -y estaba pensando en las -resoluciones que le convendría -adoptar, cuando oyó ruido de pasos -en la escalera. Segundos después -se le presentaba un hombre -que, mirándole con mirada penetrante, -se le dirigía por su nombre.</p> - -<p>—A su disposición, señor Lorry. -¿Me conoce usted?</p> - -<p>Era un individuo de constitución -sólida, de pelo negro naturalmente -rizado y de unos cuarenta -y cinco años de edad.</p> - -<p>—¿Me conoce usted?—repitió.</p> - -<p>—He visto a usted en alguna -parte.</p> - -<p>—¿En mi tienda de vinos, quizás?</p> - -<p>Más interesado que nunca, y -no poco agitado, preguntó Lorry:</p> - -<p>—¿Viene usted de parte del -doctor Manette?</p> - -<p>—Sí; vengo de parte del doctor -Manette.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span></p> - -<p>—¿Y qué dice? ¿Me envía algo?</p> - -<p>Defarge puso en la mano que -anhelante le tendía Lorry un pedazo -de papel, que contenía las -palabras siguientes, escritas de -puño del doctor:</p> - -<p>«Carlos sin novedad, pero no -puedo yo abandonar el sitio en -que me encuentro. He logrado -que el portador de esta lleve dos -líneas de Carlos para su mujer. -Haga que el dador se vea con mi -hija.»</p> - -<p>Estaba fechada la misiva en -La Force una hora antes.</p> - -<p>—¿Tiene usted la bondad de -acompañarme a la casa en que -reside la esposa de Carlos?—preguntó -Lorry, sin ocultar la alegría -que la lectura del billete le había -producido.</p> - -<p>—Sí—contestó Defarge.</p> - -<p>Sin parar mientes en el tono -reservado y curiosamente mecánico -con que Defarge hablaba, -Lorry se encasquetó el sombrero -y bajó con su visitante al jardín, -donde encontraron a dos mujeres, -una de ellas haciendo calceta.</p> - -<p>—¿La señora Defarge?—preguntó -Lorry, quien la había dejado -ocupada en lo mismo diez y -siete años antes.</p> - -<p>—La misma—contestó el marido.</p> - -<p>—¿Viene con nosotros su señora?—preguntó -Lorry, al observar -que las mujeres echaban a andar.</p> - -<p>—Sí. Viene para reconocer las -caras y conocer a las personas. -Es una medida que conviene a la -hija del doctor.</p> - -<p>Lorry, a quien comenzaron a -parecerle extrañas la actitud y -palabras de Defarge, dirigióle una -mirada recelosa y continuó andando. -Siguieron las dos mujeres, una -de las cuales era la llamada La -Venganza.</p> - -<p>Cruzaron las calles inmediatas -con cuanta rapidez les fué posible, -subieron la escalera del domicilio -de Lucía, Jeremías les franqueó -la entrada, y encontraron a la -esposa de Carlos sola y llorando. -Las noticias que acerca de su marido -la dió Lorry la llenaron de -alegría, y estrechó con efusión la -mano que la entregaba las breves -palabras escritas por su Carlos... -sin pensar en lo que la noche anterior -había estado haciendo aquella -mano muy cerca de la persona -de su marido, ni en lo que con -éste hubiese hecho de no impedirlo -una casualidad feliz.</p> - -<p>«Valor, queridita mía. Estoy -bien, y tu padre goza de influencia -sobre los que me rodean. No puedes -contestarme. Besa por mí a -nuestro ángel.»</p> - -<p>Nada más decía el billete. Era, -sin embargo, tanto para la desventurada -que acababa de recibirlo, -que en su agradecimiento se volvió -hacia la mujer de Defarge y -besó con efusión las manos que -hacían calceta. Fué un acto de -esposa apasionada, amante, agradecida; -pero la mano que de aquel -fué objeto no lo contestó. Separóse -de sus labios pesada, fría como -el hielo, y continuó haciendo media.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span></p> - -<p>Algo encontró Lucía en aquella -mano que la estremeció. En el -instante mismo en que llevaba -la diestra a su seno para guardar -allí el billete recibido, sus ojos, -clavados en el rostro de la tabernera, -reflejaron un terror infinito. -La señora Defarge contestó a su -mirada con otra que rebosaba impasibilidad, -hielo.</p> - -<p>—Mi querida Lucía—dijo Lorry, -tratando de explicar la presencia -de las mujeres,—son muy -frecuentes las conmociones en las -calles, y aunque no es probable -que nadie moleste a usted, ha -venido la señora Defarge con -objeto de ver a las personas hasta -las cuales puede extender su protección, -pues conviene que las -conozca bien a fin de poder identificarlas -en cualquier momento -dado. Creo, ciudadano Defarge—terminó -sin atreverse a prodigar -nuevas palabras de consuelo,—que -he expuesto la verdad del -caso, ¿no es cierto?</p> - -<p>Defarge dirigió a su mujer una -mirada sombría y se limitó a -exteriorizar su conformidad por -medio de un gruñido.</p> - -<p>—Creo, Lucía, que sería conveniente -que salieran la niña y -la señorita Pross—repuso Lorry.—Nuestra -excelente Pross, Defarge, -es una señora inglesa, que -desconoce por completo el francés.</p> - -<p>La señora en cuestión, en cuyo -pecho arraigaba muy honda la -creencia de que se bastaba y hasta -se sobraba para poner en cintura -a cualquier extranjero, y no había -perdido su serenidad de ánimo, -no obstante las perturbaciones y -anarquía reinantes en París, se -presentó con los brazos cruzados, -y dirigió una mirada castizamente -inglesa a La Venganza, con cuyos -ojos tropezaron desde el primer -momento los suyos.</p> - -<p>—¡Hola, descarada!—dijo en -inglés.—Me alegro de verla buena.</p> - -<p>También dirigió una o dos palabras -a la señora Defarge; pero ni -la una ni la otra tuvieron por -conveniente contestar.</p> - -<p>—¿Es ésa la niña?—preguntó -la señora Defarge, suspendiendo -por primera vez su tarea y apuntando -a Lucía con la aguja de -hacer media cual si fuera el dedo -de la Fatalidad.</p> - -<p>—Sí, señora—contestó Lorry.—Esa -es la hija adorada y única -de nuestro pobre prisionero.</p> - -<p>La sombra que acompañaba -a la señora Defarge y compañeros -tomó tonos tan tétricos y amenazadores, -que la pobre madre cayó -instintivamente de rodillas al lado -de su hija y la estrechó contra -su amante pecho. La sombra que -acompañaba a la señora Defarge -y compañeros pareció extenderse -entonces negra, amenazadora, sobre -la madre y la hija.</p> - -<p>—No hace falta más—dijo la -tabernera.—Los hemos visto ya. -Vámonos.</p> - -<p>Aquellas palabras entrañaban -amenazas muy encubiertas, sí, -pero no tanto que no las penetrase -el instinto maternal. He aquí por -qué Lucía, tendiendo sus brazos<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span> -suplicantes hacia la señora Defarge, -dijo:</p> - -<p>—¿Tratarán con bondad a mi -pobre marido? ¿Verdad que no le -harán daño? ¿Que me conseguirán -que pueda verle, si de ustedes -depende?</p> - -<p>—No es tu marido el que aquí -me ha traído—replicó la señora -Defarge, mirando a Lucía con -calma espantosa.—Lo único que -me interesa es la hija de tu padre.</p> - -<p>—Por mí, pues, sea compasiva -con mi marido... ¡por mí y por mi -pobre hijita! ¡Mi hija tiende conmigo -hacia ustedes sus manecitas -y las suplica que no cierren su -corazón a la voz de la piedad! ¡Más -miedo nos inspiran ustedes que -toda la ciudad junta!</p> - -<p>La Defarge recibió esta frase -última como un cumplimiento, -y volvió sus ojos hacia su marido. -Este, que escuchaba a Lucía mordiendo -la uña de su pulgar, acentuó -la expresión dura de su rostro -al sentir sobre él la mirada de -su mujer.</p> - -<p>—¿Qué es lo que en esa cartita -te dice tu marido?—preguntó la -tabernera con sonrisa sarcástica.—¿No -habla sobre influencia?</p> - -<p>—Dice que mi padre goza alguna -influencia sobre los que le rodean—contestó -Lucía, sacando -apresuradamente el billete del -pecho, pero con sus ojos llenos -de alarma puestos sobre su interlocutora -y no sobre el papel.</p> - -<p>—En ese caso, él le salvará—observó -la tabernera;—no tenemos -por qué mezclarnos nosotros.</p> - -<p>—Como esposa y como madre—exclamó -Lucía con expresión -de ansiedad inmensa,—imploro la -piedad de ustedes y les pido de -rodillas que no empleen el poder -que poseen en contra de mi marido, -sino en su favor. ¡Hermanas -mías... hermanas mías! ¡Acuérdense -de que es una esposa y una madre -la que se lo ruega!</p> - -<p>La señora Defarge miró a la -suplicante con la frialdad de siempre, -y dijo, volviendo su rostro -hacia La Venganza:</p> - -<p>—Las esposas y madres que -desde que nacimos, o poco menos, -estamos acostumbradas a ver, -han sido tratadas con grandes -consideraciones, ¿verdad? ¿No es -cierto que con gran frecuencia -hemos visto a sus maridos y a sus -padres sepultados en inmundos -calabozos? Desde que vinimos -al mundo, ¿no hemos visto sufrir -a nuestras hermanas, en sus personas -y en las de sus hijos, pobrezas, -desnudeces, hambres, sed, enfermedades, -miserias, opresiones -y desprecios de toda clase?</p> - -<p>—Jamás vimos otra cosa—respondió -La Venganza.</p> - -<p>—Todas esas cosas las hemos -sufrido durante mucho, muchísimo -tiempo—repuso la tabernera -dirigiéndose a Lucía.—Ahora dime, -juzga por ti misma; ¿crees -probable que el dolor de una esposa -y la ansiedad de una madre -hagan mella en nosotras?</p> - -<p>Continuó haciendo media y salió. -Tras ella echó a andar La -Venganza y Defarge salió el últi<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>mo, -cerrando la puerta al salir.</p> - -<p>—¡Valor, mi querida Lucía!—exclamó -Lorry, alzándola del suelo.—¡Valor -y valor! Hasta ahora -todo va bien... mucho, muchísimo -mejor de lo que podíamos prometernos. -¡Levante su corazón, querida -Lucía, y demos gracias al -Cielo!</p> - -<p>—No me falta un corazón agradecido -ni dejo de abrigar esperanzas; -pero aquellas mujeres horribles -son como sombras negras que -obscurecen el cielo de mis esperanzas.</p> - -<p>—¡Chitón, chitón!—exclamó -Lorry—¿Cómo se entiende? ¿Es -posible que en ese bravo corazoncito -tenga entrada el abatimiento? -¡Sombras! Las sombras nada significan, -Lucía, son inconsistentes... -¡nada!</p> - -<p>Pese a sus palabras él mismo -sentía también la influencia, la -opresión, de aquellas sombras fatídicas -y, aunque no lo confesaba, -es lo cierto que le preocupaban -y perturbaban en extremo.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_IV">IV.<br />CALMA EN LA TORMENTA</h3></div> - - -<p>Cuatro días duró la ausencia -del doctor Manette.</p> - -<p>Con tal diligencia ocultaron a -Lucía la mayor parte de los horrorosos -acontecimientos ocurridos -en ese lapso de tiempo, que hasta -mucho tiempo después, cuando ya -se encontraba a gran distancia del -territorio francés, no supo que mil -cien prisioneros indefensos, de ambos -sexos y de todas las edades, -habían sido brutalmente asesinados -por un populacho ebrio de -sangre, que durante aquellos -cuatro días con sus noches no cesaron -ni por un segundo las hazañas -de horror, que las calles de la -ciudad en que vivía estaban inundadas -de sangre y que la atmósfera -que respiraba era una atmósfera -saturada de emanaciones de -sangre. Las únicas noticias que -a sus oídos llegaron fueron que el -populacho había atacado las prisiones, -que todos los presos políticos -habían corrido serios peligros, -y que algunos habían sido -arrastrados por las calles y asesinados.</p> - -<p>El doctor comunicó al señor -Lorry, no sin exigirle el secreto -más absoluto, que las turbas le -obligaron a presenciar brutales -escenas de carnicería y de sangre -en la prisión de La Force; que -allí había encontrado en funciones -permanentes a un Tribunal, -ante el cual eran presentados uno -a uno los prisioneros, que inmediatamente -eran condenados a -muerte y ejecutados, o puestos en -libertad (muy pocos), o bien encerrados -de nuevo en sus celdas. -Añadió que, habiéndole presentado -al Tribunal en cuestión los patriotas -que le acompañaban, expuso -él su nombre y su profesión -e hizo constar que, sin previa acusación, -y como consecuencia sin -previa sentencia, había sido por<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span> -espacio de diez y ocho años prisionero -secreto de la Bastilla; y -que uno de los individuos que -componían el Tribunal se levantó -y le identificó, resultando ser Defarge -el individuo de referencia.</p> - -<p>Dijo que por los registros que -sobre la mesa del Tribunal había -pudo cerciorarse de que su yerno -figuraba entre los prisioneros vivos, -y que le defendió con gran -calor ante el Tribunal, algunos de -cuyos miembros roncaban desaforadamente -mientras otros estaban -despiertos, y entre los cuales los -había manchados con sangre de -pies a cabeza y limpios de crímenes -(muy pocos), algunos sobrios -y otros borrachos (casi todos), en -honor a la Libertad. Que en el -primer momento de entusiasmo, -consiguiente a la presencia en -aquel lugar de un hombre que -tanto había sufrido, de un mártir -torturado por la situación derribada, -le concedieron que Carlos -compareciera inmediatamente ante -aquel Tribunal extraño y fuera -examinado. Que cuando todo hacía -suponer que iban a decretar -su libertad, las corrientes decididamente -favorables tropezaron -con obstáculos, cuyo origen y -naturaleza eran misterios para -el doctor, los cuales dieron margen -a una conferencia secreta. Que el -sujeto que ocupaba el sillón presidencial -manifestó seguidamente -al doctor que el prisionero debía -continuar recluído, aunque, en -atención a las torturas del doctor, -la persona de aquél sería inviolable. -Que inmediatamente, a una -señal del presidente, el prisionero -fué conducido de nuevo a su calabozo, -pero que él, el doctor, con -tal insistencia solicitó permiso para -permanecer allí a fin de asegurarse -de que su yerno, por equivocación -o por malicia, no era -entregado a las turbas, cuyos feroces -aullidos ensordecían a los jueces, -que le fué concedida la autorización -solicitada, y que no se -movió de la Sala de la Sangre -hasta que finalizó la escena última -del sangriento drama.</p> - -<p>Imposible detallar todas las -brutalidades, todos los actos de -feroz salvajismo que hubo de -presenciar el doctor durante -aquellos cuatro días con sus noches. -La loca alegría a que se -entregaban los prisioneros que -conseguían un fallo absolutorio -le impresionó casi tanto como la -loca ferocidad con que el populacho -hacía pedazos a los que resultaban -condenados. Hubo un prisionero -a quien el Tribunal declaró -absuelto y que, al salir libre a la -calle, un monstruo, por equivocación -sin duda, le asestó una lanzada. -El doctor Manette, a quien -rogaron que saliera a curar al -herido, salió inmediatamente a -la calle y le encontró rodeado y -atendido por infinidad de compasivos -Samaritanos, sentados todos -ellos sobre los cadáveres de sus -víctimas. Dando pruebas de una -inconsistencia inconcebible por lo -monstruosa, ayudaron al doctor, -atendieron al herido con solicitud<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span> -ejemplar, improvisaron una camilla -y lo transportaron... pero hundiendo -una vez más sus armas asesinas -en los cadáveres que llenaban -la calle y realizando otras -brutalidades tan repugnantes, que -el doctor hubo de cubrirse los -ojos con las manos, y ni aun así -pudo evitar caer desmayado en -medio de aquellas fieras.</p> - -<p>Vivos temores asaltaron al buen -Lorry, mientras escuchaba el pavoroso -relato de labios de su amigo, -cuya edad frisaba ya en los -sesenta y dos años, de que las -espantosas escenas que había presenciado -dieran vida nueva al -peligro antiguo. Acaso se equivocase, -sin embargo, y la causa de -su equivocación fuera el hecho -de no haber visto nunca a su amigo -bajo el aspecto y carácter en -que entonces le veía. Por primera -vez en su vida comprendía el -doctor que sus sufrimientos pasados -eran para él fuente de energías -y de influencia; por primera vez -sintió que en aquella fragua -ardiente forjaba poco a poco los -hierros que habían de quebrantar -las puertas de la prisión en que -estaba encerrado el marido de su -hija y concederle la libertad.</p> - -<p>—En medio de todo fué un -bien, amigo mío; no todo han -sido calamidades y ruinas. De la -misma manera que mi hija idolatrada -hizo cuanto humanamente -podía hacer para que yo recobrara -la salud del cuerpo y la del alma, -yo no descansaré hasta que la -devuelva a ella lo que constituye -la porción más querida de sí misma. -¡Con la ayuda del Cielo lo -haré!</p> - -<p>Tales fueron las palabras pronunciadas -por el doctor Manette, -una vez hubo terminado la exposición -de hechos. Y cuando Mauricio -Lorry vió chispear en sus -ojos el fuego del entusiasmo, y -cuando reparó en la serenidad -tranquila de aquel hombre, cuya -vida, paralizada por espacio de -varios años, resurgía de nuevo -pletórica de energías, abrió su -pecho a la esperanza, y creyó.</p> - -<p>Obstáculos mucho mayores -que los que ante el doctor se alzaban -habrían cedido ante una -perseverancia tan indomable como -la suya. Sin rebasar los linderos -de su profesión como médico, -cuya misión es alternar con todas -las clases y condiciones sociales, -tanto con los presos como con los -que de libertad gozan, lo mismo -con los ricos que con los pobres, -sin distinción de opresores y de -oprimidos, de buenos y de malos, -de sabios y de ignorantes, con tal -sagacidad supo emplear su influencia, -que no tardó en ser nombrado -médico inspector de las -cárceles, y como consecuencia, -de la de La Force. Pudo asegurar -a Lucía que su marido ya no permanecía -solo en una celda aislada, -sino mezclado con la generalidad -de los prisioneros; pudo visitar -una vez a la semana al marido de -su hija y transmitir a ésta mensajes -de aquél; consiguió que Lucía -recibiera algunas cartas de su ma<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>rido, -bien que nunca por conducto -del mismo doctor, pero no consintió -que aquélla las dirigiera a -Carlos, pues entre todos los emigrados -que sufrían en las cárceles, -ninguno despertaba en el populacho -tantas sospechas como -aquellos de quienes se sabía que -tenían parientes fuera.</p> - -<p>No cabe dudar que aquella -fase nueva de la vida del doctor -llevaba consigo ansiedades sin -cuento, pero Lorry, a quien no -faltaba sagacidad, comprendió -desde el primer momento que a las -ansiedades se unía cierto orgullo -que actuaba en ella como poderoso -sostén. Nada de inconveniente -tenía aquel orgullo, al contrario, -era un orgullo natural y digno. -Sin embargo, Lorry lo observaba -como curiosidad digna de estudio. -Sabía el doctor que hasta entonces, -tanto su hija como su amigo -habían atribuído a sus largos años -de encierro su aflicción personal, -su debilidad, su agotamiento. Pero -las circunstancias habían variado -radicalmente; y persuadido de -que sus antiguas torturas le hicieron -dueño de fuerzas que podía -poner al servicio de la causa de -Carlos, de fuerzas que bien empleadas -podían dar como resultado -la libertad del marido de su -hija, llegó a exaltarse en tales -términos, que tomó la dirección -del asunto y aceptó a los demás -en calidad de cooperadores secundarios, -como acepta el que se -considera fuerte el auxilio de -otras personas a quienes tiene por -débiles. Se invirtieron las posiciones -respectivas del doctor y de su -hija, bien que solamente en lo que -podían invertirse sin menoscabo -del cariño más tierno y del amor -más acendrado, pues el padre cifraba -todo su orgullo en prestar -algún servicio a la que tan inmensos -se los había prestado a él.</p> - -<p>—El fenómeno es muy curioso—pensaba -Lorry;—pero muy natural -y muy noble. Toma, pues, la jefatura, -mi querido amigo, encárgate -de la dirección y consérvala: -no puede estar en mejores manos.</p> - -<p>Mucho trabajó el doctor para -conseguir que su yerno fuera puesto -en libertad, o bien para que -compareciera ante el Tribunal que -decidiera su suerte, mas no logró -vencer las corrientes arrolladoras -entonces desencadenadas. Había -alboreado una era nueva, el Rey -había sido sentenciado, condenado -y decapitado; la República de -la Libertad, de la Igualdad, de la -Fraternidad o la Muerte había -declarado que vencería al mundo -alzado en armas contra ella o -moriría; en lo alto de las torres -de Nuestra Señora flameaba día -y noche la bandera negra; trescientos -mil hombres, evocados -por el soplo potente que los llamaba -para combatir a los tiranos -de la tierra, brotaron de las distintas -provincias de Francia, cual -si los dientes del feroz dragón, -sembrados al vuelo, hubiesen nacido -y fructificado por igual en -las montañas y en las llanuras, -en las rocas y en la grava, en los<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span> -terrenos secos y en los pantanosos, -bajo el hermoso cielo meridional -y bajo el brumoso del norte, en -los eriales y en los bosques, en -las viñas y en los olivares, entre -los trigos y entre las hierbas, en -las hermosas vegas bañadas por los -ríos y en las arenosas playas besadas -por el mar. ¿Qué esfuerzo -particular, por inmenso que fuera, -era capaz de luchar contra el -diluvio del Año Uno de la Libertad... -un diluvio que brotaba abajo -en vez de venir de las nubes, -un diluvio que anegaba a Francia -estando cerradas las compuertas -de los cielos?</p> - -<p>Del suelo francés habían quedado -desterradas la pausa, la piedad, -la compasión, la paz, el descanso, -el sosiego, la medición del -tiempo. Los días y las noches se -sucedían como siempre, es verdad; -a la noche seguía la mañana y -comenzaba un día nuevo, pero la -cuenta del tiempo no pasaba de -allí, pues su percepción se había -perdido en la fiebre devoradora de -una nación, de la misma manera -que la pierde un enfermo en su -fiebre individual. Hoy interrumpía -el silencio sobrenatural de toda -una ciudad el verdugo, mostrando -al pueblo la cabeza del -Rey, y otro día presentaba la -cabeza de una Reina célebre por -su hermosura, que no necesitó -más que ocho meses de viudez y -de miserias para que sus cabellos -sé trocaran de rubios que eran -en blancos como la nieve.</p> - -<p>Sin embargo, cumpliéndose una -vez más la ley extraña de las -contradicciones, el tiempo, no obstante -volar con vertiginosa rapidez, -parecía arrastrarse con lentitud -desesperante. Un tribunal -revolucionario en la capital y -cuarenta y cinco mil comités -revolucionarios funcionando en la -nación; una Ley de Sospechosos -que barrió las garantías en que -descansan la libertad y la vida y -entregó a toda persona buena o -inocente en manos de cualquier -malvado, de cualquier criminal; -prisiones atestadas de gente que no -habían cometido falta alguna y -a quienes se cerraban todos los -caminos que pudieran conducir a -su justificación, tales eran los -principios en que descansaba el -orden social establecido, principios -que parecían de uso antiguo -a las pocas semanas de implantados. -Por encima de todo, descollaba -una figura fatídica que con -rapidez brutal se hizo tan familiar -a los franceses como si fuera -anterior a los fundamentos del -mundo; la figura de la esposa llamada -Guillotina.</p> - -<p>El pueblo la había convertido -en manantial inagotable de chistes. -Era el remedio más eficaz -para curar el dolor de cabeza, el -preventivo más infalible contra -las canas y la calvicie, daba al -cutis una delicadeza especial, era -la Navaja Barbera Nacional que -mejor afeitaba, el que tenía la -suerte de besar a la Guillotina, -miraba por un agujerito y estornudaba -dentro de un cesto; era<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -el signo de la regeneración del -género humano y había eclipsado -a la Cruz. Muchas gargantas que -antes llevaron crucecitas ostentaban -ahora dijes-guillotina y -eran infinitos los que jamás creyeron -en la Cruz y, sin embargo, -creían en la Guillotina y ante -ella se postraban.</p> - -<p>Tantas eran las cabezas que -cortaba, que lo mismo que el -feroz aparato como el suelo que -deshonraba rezumaban sangre. -Formada de varias piezas desmontables, -como los rompe-cabezas, -la armaban cuantas veces -debía entrar en funciones. Era -una señora cuya misión principal -consistía en hacer enmudecer a -la elocuencia, en humillar a los -poderosos y en concluir con la -hermosura y con la bondad. En -una mañana, y en veintidós minutos, -había rebanado veintidós -cabezas de otros tantos amigos -del bien público, de ellos veintiuno -vivos, y uno muerto antes de subir -al tablado fatal. El funcionario -público encargado de manejarla -había heredado el nombre de -aquel prodigio de fuerzas de que -nos habla el Antiguo Testamento; -pero el Sansón francés, armado -de la Guillotina, era mucho más -fuerte y robusto que su tocayo -israelita, y más ciego y más bruto, -pues todos los días y a todas -horas arrancaba las puertas del -mismo Templo de Dios.</p> - -<p>Caminaba el doctor Manette -entre estos horrores y entre la -ralea que los producía con la cabeza -firme, lleno de confianza en -su poder, siempre tendiendo al -fin que se había prefijado, bien -que cautelosamente, y sin poner -en tela de juicio que el resultado -de sus esfuerzos sería en definitiva -la libertad del marido de Lucía. -Era, empero, tan impetuosa la -corriente del tiempo, tan profundas -las aguas, volaba aquél con -furia tan tremenda, que Carlos -continuaba pudriéndose en la cárcel -a los quince meses de haber -entrado en ella sin que la robusta -confianza del doctor se conmoviera. -Durante el mes de diciembre, -la Revolución arreció de tal manera -en sus furias, que los ríos del -Sur con dificultad podían correr -por sus espaciosos cauces, llenos -de montones de cadáveres de los -que durante la noche eran ahogados -violentamente en sus aguas. -Los prisioneros eran arcabuceados -por docenas, por cientos, por millares; -pero el doctor continuaba -avanzando entre tantos horrores -con paso firme y cabeza sólida. -En París no había hombre más -conocido que él ni que en situación -más extraña se encontrase. Silencioso, -humano, indispensable en -los hospitales y en las cárceles, -prodigando los auxilios de la -ciencia lo mismo a los asesinos -que a las víctimas, puede decirse -que era un hombre aparte. En el -ejercicio de su profesión, el cautivo -de la Bastilla era el ídolo del -pueblo. Más que hombre, parecía -Espíritu que se movía entre los -mortales.</p> - -<div class="chapter"> -<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span></p> - - -<h3 id="III_V">V.<br />EL ASERRADOR</h3></div> - - -<p>Un año y tres meses. No disfrutó -Lucía de un minuto de tranquilidad -durante todo ese tiempo, -pues jamás pudo hoy asegurar que -la cabeza de su marido no rodaría -al día siguiente. A todas horas -rebotaban sobre el empedrado de -las calles carretas de la Muerte -llenas de condenados. Lindas muchachitas, -señoras en el apogeo -de su hermosura, cabezas de pelo -negro, de pelo castaño, de pelo -rubio, de pelo blanco; jóvenes robustos, -pletóricos de vida, y ancianos -encorvados bajo el peso -de los años, caballeros y labriegos, -damas y campesinas, todos proporcionaban -vino rojo a la Guillotina, -saliendo diariamente de -las obscuras cuevas de sus inmundos -calabozos y conducidos en -procesión interminable por las -calles para apagar la sed devoradora -de aquélla. Libertad, Igualdad, -Fraternidad o Muerte... Más -frutos has dado de Muerte que de -Libertad, Igualdad ni Fraternidad, -¡oh Guillotina!</p> - -<p>Si lo brusco e inesperado de sus -calamidades y el rodar vertiginoso -de las ruedas del tiempo hubieran -aturdido a la hija del doctor, -sumiéndola en ese estado de -desesperación ociosa, seguramente -la habría enviado a la tumba o al -manicomio, como ha enviado con -menos motivos a tantas otras, -pero desde el instante en que -estrechó contra su pecho juvenil -aquella cabeza de cabellos de nieve -en el sotabanco de la taberna -del barrio de San Antonio, se -había consagrado al cumplimiento -estricto de sus deberes, y los cumplió -con tanta abnegación en los -días de prueba, como en los de -calma y felicidad.</p> - -<p>No bien se instalaron en su -nueva residencia, y tan pronto -como su padre entró de lleno en -el ejercicio de su profesión, Lucía -arregló su reducido hogar exactamente -lo mismo que si a su lado -hubiese tenido a su marido. El -orden era perfecto en aquella -casa. Lucita daba sus lecciones -con la regularidad misma de su -casa de Londres. Los inocentes -artificios con que la desolada esposa -pretendía engañarse a sí misma, -infiltrando en su pecho la creencia -de que muy pronto tendría la -dicha de abrazar a su marido, los -preparativos de marcha que todos -los días hacía... juntamente con -las plegarias solemnes que todas -las noches dirigía al Cielo en favor -de un prisionero especial, en favor -de un desgraciado determinado de -los muchos que gemían en las -tétricas antesalas de la muerte, -eran los consuelos únicos de su -conturbada alma.</p> - -<p>Su aspecto exterior varió muy -poco. Su sencillo vestidito negro, -muy semejante a los crespones -de la viudez, así como el de su -hija, negro como el suyo, refleja<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>ban -tanta limpieza y tanto esmero -como reflejaron los que usó en sus -días más felices. Perdió la frescura -de su rostro, constantemente triste -y decaído, pero en nada decayeron -su hermosura y gentileza. A -veces, por la noche, en el momento -de besar a su padre, buscaba salida -por sus ojos el llanto almacenado -en su pecho durante las -horas interminables del día, pudiendo -decirse que aquél era su -único consuelo en la tierra. El -doctor contestaba invariablemente -con decisión:</p> - -<p>—Nada puede sucederle sin -que yo lo sepa, y yo sé que puedo -salvarle, hija mía.</p> - -<p>No habían transcurrido muchas -semanas, cuando una noche, al -regresar a casa, la dijo su padre:</p> - -<p>—Mira, querida; en lo más alto -del edificio de la cárcel hay una -ventana, hasta la cual puede llegar -algunas veces Carlos a las -tres de la tarde. Cuando lo consigue, -lo que depende de circunstancias -e incidentes ocasionales, -y como consecuencia inciertos, -cree que podría verte, si estuvieras -en un sitio determinado de la -calle que yo te indicaré. En cambio -tú, pobre hija mía, no podrás -verle a él, fuera de que, aun cuando -pudieras, sería peligroso que -hicieras la señal más insignificante -de reconocimiento.</p> - -<p>—¡Oh padre mío! Enséñame -el sitio, y allí estaré yo todos los -días.</p> - -<p>A partir de aquella noche, Lucía, -todos los días, fueran buenos -o malos, de sol o de lluvia, de calor -o de frío, pasó en el sitio que le -indicó su padre dos horas. Allí -estaba en el momento que los -relojes de la ciudad dejaban oir -las dos campanadas, y allí continuaba -hasta las cuatro, hora -en que se retiraba con santa resignación. -Cuando el tiempo no -estaba excesivamente malo, llevaba -consigo a Lucita; en caso -contrario, iba sola; pero no faltó -ni un solo día.</p> - -<p>El lugar de espera era un sitio -obscuro y sucio de una calleja -estrecha y tortuosa. No había -en ella más que una casa habitada -por un hombre que se dedicaba -a aserrar leños para la lumbre; -todo lo demás de la calle era muro -correspondiente a edificios que -tenían la entrada por otra paralela.</p> - -<p>Al tercer día de acudir Lucía -al sitio indicado por su padre, la -vió el aserrador.</p> - -<p>—Buenas tardes, ciudadana.</p> - -<p>—Buenas tardes, ciudadano.</p> - -<p>Era la salutación prescripta -nada menos que por un decreto. -Habíanla implantado algún tiempo -antes los patriotas más exaltados, -pero por la época a que nos -referimos, era obligatoria para -todo el mundo.</p> - -<p>—¿Paseando por aquí, ciudadana?</p> - -<p>—Ya lo estás viendo, ciudadano.</p> - -<p>El aserrador, que en tiempos -anteriores había sido peón caminero, -alzó los ojos, extendió el<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span> -brazo en dirección a la cárcel, -llevó ambas manos a la cara colocando -los dedos en forma que -representasen una reja, miró a -través de los mismos, y soltó una -risotada significativa.</p> - -<p>—No es asunto mío—dijo,—y -continuó aserrando.</p> - -<p>Al día siguiente, parece que el -aserrador estaba esperando a Lucía, -pues se abocó con ella no bien -hizo su aparición en la calleja.</p> - -<p>—¿Otra vez de paseo por aquí, -ciudadana?</p> - -<p>—Sí, ciudadano.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Y con una niña? Tu -mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?</p> - -<p>—¿Contesto que sí, mamá?—preguntó -en voz baja la niña, -acercándose a su madre.</p> - -<p>—Sí, querida, sí.</p> - -<p>—Sí, ciudadano—respondió -Lucita.</p> - -<p>—¡Ah! No es asunto mío. Lo -único que me interesa es trabajar... -Mira mi sierra, ciudadana... -La llamo mi querida Guillotina... -La, la, la, la, la... y cae una cabeza.</p> - -<p>En efecto; mientras hablaba, -cayó el trozo de leño, y el aserrador -lo metió en un cesto.</p> - -<p>—Yo me doy el nombre de -Sansón el de la Guillotina del -combustible. Manejo mi aparato, -y cae una cabeza... Ahora cae -una cabeza de mujer... ¿estás -viendo, ciudadana? Llega el turno -a la niña... ¡paf! ¡Adiós, cabecita! -Concluí con toda la familia.</p> - -<p>Repugnaba a Lucía ver aserrar -los leños y no podía ver sin sentir -un estremecimiento el acto de ponerlos -en el cesto, pero le era imposible -permanecer en aquel sitio -durante las horas de trabajo del -aserrador sin que éste la viese. En -lo sucesivo, a fin de conquistarse -sus simpatías, no sólo era ella la -que se adelantaba a dirigirle la -palabra, sino también le daba -algunas monedas para beber, que -él aceptaba sin hacerse de rogar.</p> - -<p>Era el aserrador un sujeto sumamente -curioso. Muchas veces, -cuando Lucía, olvidada de su presencia -permanecía largo rato con -la vista fija en las rejas de la cárcel -y el corazón puesto en su -marido, al darse cuenta de su -imprudencia, bajaba la vista y -veía al aserrador que la miraba -sonriente, puesta la rodilla sobre -el banco y empuñando la sierra, -pero sin trabajar. Cuando esto -ocurría, por regla general decía -«no es asunto mío,» y reanudaba -el trabajo sin más comentarios.</p> - -<p>En todo tiempo, lo mismo durante -las nieves y hielos del invierno -que aguantando los furiosos -vendavales de la primavera, tanto -bajo el sol abrasador de verano -como bajo las torrenciales lluvias -del otoño, ni un solo día dejó Lucía -de pasar dos horas en aquel -sitio, ni un solo día dejó de besar, -al marcharse, los muros de la cárcel. -Veíala su marido (lo sabía -Lucía por conducto de su padre) -una vez por cada cinco o seis que -salía, dos o tres días consecutivos -algunas veces, aunque también -ocurría que se viese privado de<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span> -esa dicha durante una semana entera. -Lucía estaba satisfecha con -que la viese cuantas veces tuviera -oportunidad de llegar hasta la -ventana, y a trueque de no defraudarle -una sola, hubiese salido no -un día, no una semana; años enteros.</p> - -<p>Llegó el mes de diciembre. Su -padre continuaba caminando entre -espantosos horrores, siempre -con paso firme, siempre con cabeza -sólida. Una tarde fría y lluviosa, -Lucía llegó al rinconcito de -costumbre. Era un día de regocijo -general. Había visto aquélla las -casas engalanadas con profusión -de gorros atravesados en pequeñas -lanzas, y adornados con cintas -tricolores y con la inscripción, -también tricolor (las letras tricolores -estaban en gran moda): «República -Una e Indivisible. Libertad, -Igualdad, Fraternidad o -Muerte.»</p> - -<p>Tan mísero y reducido era el -taller del aserrador, que toda su -superficie resultaba casi insuficiente -para la inscripción copiada. -Coronaba la casa su correspondiente -lanza provista de su indispensable -gorro colorado, cual cuadraba -a todo ciudadano que por -bueno se tuviera, y en una ventana -había colocado su sierra, bajo -la cual se leía la inscripción siguiente: -«La Santa Guillotina.» -El taller estaba cerrado, el aserrador -se encontraba ausente, -y Lucía pudo saborear el placer -de verse completamente sola.</p> - -<p>No estaba, empero, muy lejos -el aserrador. Duraba la espera de -Lucía contados minutos, cuando -sonaron en la calle recios gritos -que la llenaron de terror. Segundos -después, doblaban la esquina -de la cárcel compactas muchedumbres, -en cuyo centro iba el -aserrador dando la mano a La -Venganza. No bajarían las personas -de quinientas, y bailaban como -pudieran hacerlo quinientos -mil demonios. Ni llevaban tampoco -música, que para sus endiabladas -danzas bastábales el ronco -y discordante gritar de sus gargantas. -Cantaban el himno popular -a la Revolución, y se acompañaban -con feroz entrechocar de -dientes. Bailaban una danza feroz, -que no describiremos, pues a nuestro -propósito basta decir que el -salvajismo reinante había convertido -una distracción inocente en -medio eficaz de encender la sangre, -embotar los sentidos y endurecer -el corazón.</p> - -<p>Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, -yerta de espanto, habíase -refugiado en el hueco de la -puerta del aserrador, cubriéndose -el rostro con las manos.</p> - -<p>—¡Oh padre mío!—exclamó al -separar las manos, y encontrarse -inopinadamente frente al doctor.—¡Qué -espectáculo tan cruel, tan -repugnante!</p> - -<p>—Lo sé, queridita mía, lo sé. -Lo he presenciado muchas veces. -No te asustes, que nadie ha de -hacerte el menor daño.</p> - -<p>—No me asusto por mí, padre -mío; pero cuando pienso en mi<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span> -marido y en los arrebatos de esas -gentes...</p> - -<p>—Pronto le pondremos a cubierto -de sus arrebatos. Le he -dejado subiendo a la ventana y -he venido a decírtelo. Como hoy -nadie queda por aquí que pueda -verte, no importa que envíes un -beso con la mano a lo más alto -del tejado, al mismo alero.</p> - -<p>—Lo enviaré, padre mío, y -con el beso enviaré mi alma entera.</p> - -<p>—No puedes verle, pobre hija -mía; ¿verdad?</p> - -<p>—No, padre mío, no puedo—contestó -Lucía llorando.</p> - -<p>Sonaron algunos pasos y apareció -la señora Defarge.</p> - -<p>—Salud, ciudadana—dijo el -doctor.</p> - -<p>—Salud, ciudadano—contestó -la tabernera, continuando la marcha -sin detenerse.</p> - -<p>—Dame el brazo, querida mía. -Sal de aquí, pero fingiendo alegría, -aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, -muy bien. Mañana -comparecerá Carlos ante sus -jueces.</p> - -<p>—¡Mañana!</p> - -<p>—No se puede perder tiempo. -Todo lo tengo admirablemente -dispuesto, pero hay necesidad de -adoptar precauciones que es imposible -ultimar hasta el momento -mismo en que Carlos se presente -ante el Tribunal. No ha recibido -aún la citación, pero me consta -que le citarán para mañana y que -será trasladado a la Conserjería. -Como ves, recibo las noticias con -oportunidad. Supongo que no te -asustarás, ¿eh?</p> - -<p>A duras penas pudo balbucear -la infeliz.</p> - -<p>—Confío en ti.</p> - -<p>—Puedes confiar, en la seguridad -de no salir defraudada. Tus -agonías tocan a su fin, amor mío. -Dentro de breves horas le tendrás -en tus brazos. Le he rodeado de -todas las protecciones imaginables. -Necesito ver a Lorry...</p> - -<p>Interrumpióse el doctor. En la -calle inmediata sonaba pesado -ruido de carros. Una... dos... tres... -Tres carretas cargadas de condenados -conducidos al suplicio.</p> - -<p>—Necesito ver a Lorry—repitió -el doctor, volviendo la cabeza -al lado contrario para no ver el -fúnebre convoy.</p> - -<p>El buen Lorry continuaba inmóvil -en el edificio del Banco. -Tanto él como los libros eran objeto -de frecuentes requisas en calidad -de bienes confiscados y -convertidos en nacionales, lo que -no fué óbice para que salvase -cuanto le fué posible, a fuerza de -entereza y de abnegación.</p> - -<p>Estaba obscureciendo cuando -el padre y la hija llegaron al -Banco. La suntuosa residencia -del señor continuaba desierta. Sobre -la verja del jardín había una -inscripción que decía así: «Propiedad -Nacional. República Una e -Indivisible. Libertad, Igualdad, -Fraternidad o Muerte.»</p> - -<p>¿Qué era del señor Lorry, que -no se encontraba en su despacho? -¿A quién acababa de despedir<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span> -cuando salió, agitado y sorprendido, -para estrechar entre sus brazos -a su idolatrada amiguita? ¿A -quién repitió las palabras que con -balbuciente voz acababan de dirigirle -a él, diciendo desde la puerta -que estaba traspasando: «Trasladado -a la Conserjería y citado -para mañana?»</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_VI">VI.<br />TRIUNFO</h3></div> - - -<p>Sin exageración puede afirmarse -que el formidable Tribunal de -los Cinco no ya sólo funcionaba -todos los días, sino también estaba -en función permanente. Las -relaciones de los prisioneros que -debían comparecer ante el Tribunal -al día siguiente eran entregadas -todas las tardes a los alcaides -de las cárceles, quienes, a su vez, -leían a los interesados. En la jerga -de la cárcel, a las listas en cuestión -se las llamaba «Diarios de la noche.»</p> - -<p>«Carlos Evrémonde, alias <i>Darnay</i>.»</p> - -<p>Tal era el nombre que encabezaba -el «Diario de la noche» correspondiente -a La Force.</p> - -<p>Apenas pronunciado el nombre, -separóse el interesado del grupo -de sus compañeros de infortunio -y se colocó en el sitio destinado -a los nombrados. Como Carlos -Darnay había presenciado aquella -escena centenares de veces, -dicho se está que le sobraban motivos -para conocer la costumbre.</p> - -<p>El rechoncho alcaide le dirigió -una mirada a través de los sucios -cristales de las antiparras, sin -las cuales no podía leer, a fin de -cerciorarse de que había pasado -al lugar que debía ocupar, y comprobado -ese extremo, continuó -leyendo la lista, haciendo una -pausa parecida después de cada -nombre. Veintitrés fueron los nombrados, -pero como de ellos había -fallecido uno en la cárcel, y la -Santa Guillotina había hecho rodar -las cabezas de otros dos, -aunque ni de éstos ni de aquél se -acordaba nadie, sólo veinte contestaron -al llamamiento. La lista -fué leída en la misma pieza abovedada -donde Carlos encontró reunidos -a tantos prisioneros la noche -de su ingreso en la cárcel. Todos -ellos habían sido despedazados -por las turbas el día de la matanza -general, y los que con posterioridad -entraron, volvieron a salir -para tomar en el cadalso el pasaje -para el otro mundo.</p> - -<p>Cruzáronse entre los que salían -y los que quedaban algunas frases -de despedida y de aliento, no -muchas, pues aparte de tratarse -de un incidente que se repetía todos -los días, la sociedad de La -Force tenía en proyecto para -aquella noche la celebración de -algunos juegos, y había que aprovechar -el tiempo para ultimar el -programa. Los que quedaban -acompañaron a los que se iban hasta -la reja de salida de la sala, vertieron -algunas lágrimas, y se volvieron, -pues era preciso rellenar los<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> -veinte huecos que los ausentes dejaban -vacantes, si no querían renunciar -a los esparcimientos de la -velada, y había que hacerlo antes -de la hora de silencio, en que se -confiaba la vigilancia del establecimiento -a ejércitos de feroces mastines -que llenaban los corredores -y salas contiguas. Y no es que los -prisioneros fueran insensibles ni -duros de corazón; pero en su carácter, -en su manera de ser, influía, -como no podía menos, la -condición de la época. De la misma -manera que aquéllos vieron -salir punto menos que impasibles -a sus compañeros de infortunio, -hubo muchos que, intoxicados, -cediendo sin duda a una especie -de fervor que hoy apenas se comprende, -pero muy natural en aquel -tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad -al pueblo, y corrieron -espontáneamente en busca de las -caricias de la guillotina, sin que -en su acto influyera poco ni mucho -la jactancia, sino la infección general -consiguiente al brutal sacudimiento -del alma pública. En -épocas de pestilencia, se ven personas -a quienes atrae misteriosamente -el contagio, personas que -desearían morir de él. Y es que -todos llevamos encerradas en el -fondo de nuestras almas rarezas -dormidas que no necesitan más -que el concurso de determinadas -circunstancias para despertar.</p> - -<p>Breve y obscuro era el paso -desde La Force a la Conserjería, -largas y frías las noches pasadas -en las pestilentes celdas de la -última. Quince prisioneros comparecieron -ante el Tribunal a la -mañana siguiente, antes que fuera -llamado a comparecer Carlos Darnay. -Las vistas de los quince duraron -hora y media, y los quince -fueron condenados a muerte.</p> - -<p>«Carlos Evrémonde, alias <i>Darnay</i>,» -llamaron al fin.</p> - -<p>Lucían los jueces sombreros -adornados con plumas, pero fuera -de ellos, toda la concurrencia llevaba -gorros de lana colorados con -sus correspondientes escarapelas -tricolores. Bastaba dirigir una -mirada al Tribunal para sospechar -que había sido invertido el orden -natural de las cosas y que los -criminales juzgaban a los hombres -honrados. Inspiraba las sentencias -el populacho más vil, más cruel, -más criminal de la ciudad, y las -inspiraba poniendo en sus inspiraciones -cantidades inmensas de -bajeza, de crueldad y de ruindad, -ora comentando a grito herido, -ora aplaudiendo, ora anticipando -y precipitando el resultado de las -deliberaciones. Todos los hombres -que llenaban la sala iban armados -hasta los dientes; todas las mujeres -llevaban cuchillos y dagas, -algunas comían, otras bebían, -otras hacían calceta. Entre estas -últimas había una que se distinguía -por su laboriosidad. Estaba -sentada en una de las primeras -filas junto a un hombre a quien -Carlos no había vuelto a ver desde -el día que llegó a la Barrera de -París, pero que le recordaba a -Defarge. Observó aquél que la<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span> -mujer habló dos o tres veces en -voz muy baja a su vecino de asiento, -lo que le hizo suponer que era -su mujer, pero lo que más poderosamente -llamó su atención, fué -que no obstante encontrarse lo -más cerca posible de él, ni una -sola vez le miraron. Volvía con -frecuencia los ojos a los jueces, -como si esperasen algo, pero nada -más. Cerca del Presidente del -Tribunal estaba sentado el doctor -Manette, tranquilo como siempre -y vestido como siempre. El prisionero -reparó en que solamente el -doctor y el señor Lorry, sentado -a su lado, vestían como de ordinario, -y no ostentaban la soez indumentaria -de la Carmañola.</p> - -<p>Carlos Evrémonde, llamado -también Darnay, fué acusado por -el Fiscal público de emigrado cuya -vida correspondía a la República -a tenor del decreto que proscribía -a todos los emigrados bajo -pena de muerte. Que el decreto -en cuestión hubiese sido promulgado -cuando ya el acusado estaba -en Francia, era circunstancia trivial -que no merecía tenerse en -cuenta. Existía el decreto, tenían -delante al acusado que había sido -preso dentro de las fronteras de -Francia, y la República pedía su -cabeza.</p> - -<p>—¡Que ruede su cabeza!—rugió -el público—¡Muera ese enemigo -de la República!</p> - -<p>El Presidente agitó la campanilla -para acallar aquellos gritos, -y preguntó al acusado si no era -cierto que había residido muchos -años en Inglaterra.</p> - -<p>Darnay contestó afirmativamente.</p> - -<p>—¿Y dices que no eres emigrado? -¿Qué nombre te das, pues?</p> - -<p>—No me tengo por emigrado -a tenor de la letra y del espíritu -de la ley.</p> - -<p>—¿Por qué no? Eso es lo que -deseo saber.</p> - -<p>—Porque libre y espontáneamente -renuncié un título que no -era de mi gusto y una posición -social que me desagradaba, y salí -de mi patria para vivir de mi -trabajo en Inglaterra antes que -de rentas cobradas al pueblo de -Francia, agobiado bajo el peso -de tantos tributos y gabelas.</p> - -<p>—¿Cómo pruebas la exactitud -de tus manifestaciones?</p> - -<p>—Con el testimonio de Teófilo -Gabelle y de Alejandro Manette.</p> - -<p>—Pero tú casaste en Inglaterra—objetó -el Presidente.</p> - -<p>—Cierto; pero no con mujer -inglesa.</p> - -<p>—¿Con una ciudadana de Francia?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Su apellido y familia?</p> - -<p>—Lucía Manette, hija única -del doctor Manette, del excelente -médico aquí presente.</p> - -<p>Esta contestación produjo en el -auditorio un efecto imposible de -pintar con palabras. Retemblaba -la sala bajo los gritos de entusiasmo -delirante que arrancó el solo -nombre del doctor Manette. Tan<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span> -caprichosos eran los movimientos -del pueblo, que inmediatamente -se llenaron de lágrimas muchos -ojos que un segundo antes contemplaban -con ferocidad al acusado -cual si se desbordase la impaciencia -porque les fuera entregado -para despedazarlo.</p> - -<p>Carlos Darnay, en sus manifestaciones, -había seguido al pie de -la letra las instrucciones del -doctor.</p> - -<p>—¿Por qué regresó el acusado -a Francia cuando lo hizo, y no -antes?—preguntó el Presidente.</p> - -<p>—No regresé antes—contestó -Carlos—sencillamente porque en -Francia no poseía otros medios -de vida que los bienes que había -renunciado, al paso que en Inglaterra -ganaba lo necesario para mi -subsistencia dando lecciones de -francés y de literatura francesa. -Si regresé cuando lo hice, fué cediendo -a una súplica escrita de un -ciudadano francés, quien me manifestó -que mi ausencia comprometía -muy seriamente su vida. -Regresé para salvar la vida al -ciudadano en cuestión, y para declarar -la verdad sin reparar en -peligros ni molestias. ¿Qué crimen -ven en esto los ojos de la República?</p> - -<p>El populacho gritó ebrio de entusiasmo:</p> - -<p>—¡Ninguno... ninguno!</p> - -<p>Agitó el Presidente la campanilla, -mas no logró imponer silencio -hasta que el auditorio se cansó -de gritar.</p> - -<p>—¿Cómo se llamaba el ciudadano -a quien el acusado se refiere?—preguntó -el Presidente.</p> - -<p>—Teófilo Gabelle, aquí presente. -Comprueba mis manifestaciones -la carta a que he aludido, la -cual, si bien me fué quitada en la -Barrera, no dudo que figurará entre -los documentos que el Presidente -tiene sobre la mesa.</p> - -<p>Buen cuidado había tenido el -doctor de que la carta de referencia -estuviera sobre la mesa. El -Presidente la encontró sin esfuerzo, -y la leyó en voz alta. Seguidamente -fué llamado Gabelle para -que confirmara las manifestaciones -del acusado y se declarara -autor de la carta, lo que hizo aquél -con gran precisión y acento de -verdad. Insinuó el ciudadano Gabelle -con delicadeza y tacto exquisitos, -que el Tribunal, falto -de tiempo como consecuencia de -los infinitos enemigos de la República -que exigían toda su atención, -habíale dejado en la cárcel de la -Abadía hasta tres días antes, -olvido insignificante y muy natural; -y que, cuando compareció ante -el Tribunal, fué declarado inocente -y puesto en libertad, por -haber disipado a satisfacción de -sus jueces las acusaciones que sobre -él pesaban.</p> - -<p>Fué interrogado a continuación -el doctor Manette. Su gran popularidad -personal y la claridad y -precisión de sus respuestas ejercieron -en el auditorio sensación indescriptible; -pero cuando demostró -que el acusado fué el que con -mayor eficacia contribuyó a liber<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span>tarle -de su eterno cautiverio, -cuando manifestó que el acusado -permaneció en Inglaterra rodeando -de tierna solicitud y de cariño -abnegado, no ya sólo a su hija, -sino también a él mismo, cariño y -solicitud que les hicieron dulce el -destierro, cuando añadió que lejos -de ser partidario y defensor del -gobierno aristócrata del país en -que vivía fué procesado y estuvo -a punto de ser condenado a muerte -como enemigo de Inglaterra y -amigo de los Estados Unidos. Luego -que hizo una exposición clara -y elocuente de todas estas circunstancias, -Tribunal y auditorio se -identificaron. Tanto es así, que -cuando invocó el testimonio del -señor Lorry, caballero inglés allí -presente, testigo, como él, del proceso -seguido en Inglaterra contra -Darnay, y dispuesto a corroborar -todas sus manifestaciones, contestaron -los jueces que les bastaba -lo que habían oído, y que con -gusto votarían, si el Presidente -tenía a bien recibir los votos.</p> - -<p>A medida que los jueces votaban -(hacíanlo individualmente y -en voz alta), el auditorio prorrumpía -en aplausos frenéticos. Por -unanimidad declararon inocente -al prisionero, y como consecuencia -el Presidente le declaró libre.</p> - -<p>Siguió entonces una de esas escenas -extraordinarias que ponen -de relieve la volubilidad del populacho, -o los impulsos hacia la generosidad -y la piedad, dormidos -en el fondo de su alma, o bien lo -que a juicio suyo es a manera de -demostración de que no se deja -arrastrar por la fuerza explosiva -de una rabia cruel. Imposible precisar -cuál de estos tres motivos -influyó por modo decisivo en las -escenas extraordinarias que siguieron; -probablemente influirían -los tres, bien que predominando -el segundo. El hecho es que, no -bien fué pronunciado el fallo absolutorio, -brotaron las lágrimas en -tanta abundancia como en otras -ocasiones brotaba la sangre, y -fueron tantos y tan apretados los -abrazos que el prisionero recibió -de todos, sin distinción de sexos, -que corrió verdadero peligro de -que su dilatado cautiverio tuviera -como desenlace una asfixia en toda -regla; siendo de notar que -aquellos abrazos se los daban las -mismas personas que, impulsadas -por otra corriente distinta, se habrían -lanzado sobre él con idéntica -intensidad, para destrozarle -entre sus uñas y arrastrar sus -restos palpitantes por las calles.</p> - -<p>Gracias a que hubo de salir de -la sala para ceder el puesto a otros -acusados que esperaban sentencia, -pudo librarse por el momento -de aquel torrente deshecho de -caricias.</p> - -<p>Comparecieron a continuación -cinco acusados juntos, sobre los -cuales pesaba la inculpación de -enemigos de la República, no porque -hubiesen trabajado en su contra, -sino porque nada habían hecho, -ni de palabra ni de obra, en -su favor. Tal prisa se dió el Tribunal -para compensar a la nación<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span> -por la libertad concedida a un -acusado, que no había salido éste -de la sala cuando ya pesaba sobre -los cinco infelices sentencia de -muerte, que debía ejecutarse a las -veinticuatro horas. El primero de -los condenados manifestó a Darnay -la suerte que le esperaba alzando -un dedo, símbolo de muerte -entre los encarcelados, y sus compañeros -gritaron a coro con acento -sarcástico:</p> - -<p>—¡Viva la República!</p> - -<p>Cierto que no dispuso Darnay -de más tiempo para escuchar las -explicaciones que pudieran o desearan -darle los condenados, pues -no bien salió a la calle en compañía -del doctor Manette, se vió -rodeado de compacta muchedumbre, -en la que vió casi todas las -caras que antes viera en la sala, -excepción hecha de dos, que en -vano buscó con la mirada. Nuevamente -le envolvió el furioso -torbellino que antes estuvo a punto -de asfixiarle, para besarle, abrazarle, -llorar, gritar y entregarse -a otras expansiones más propias -de locos que de personas cuerdas.</p> - -<p>Sentáronle a viva fuerza en un -gran sillón que, o habían sacado -de la sala del Tribunal, o tomado -de cualquiera de las casas próximas. -Engalanaron el sillón con -una bandera roja y una lanza -en cuyo hierro se veía un gorro -colorado atravesado. Todas las -súplicas del doctor no bastaron -a impedir que fuera conducido -en triunfo a su casa, sentado en -aquel sillón que, llevado en hombros, -semejaba trono emplazado -sobre agitado mar de gorros rojos.</p> - -<p>Adelantándose a aquella procesión -salvaje, que abrazaba a cuantos -topaba en el camino, el doctor -llegó a su casa a fin de preparar -convenientemente a su hija. Esto -no obstante, cuando Carlos pudo -bajar de su improvisado trono y -abrió los brazos a su amante esposa, -ésta cayó en ellos desvanecida.</p> - -<p>Mientras Darnay sostenía a Lucía -apoyándola contra su pecho, -doblada la cabeza a fin de que el -populacho no viera las lágrimas -que copiosas corrían por sus mejillas, -algunos de los que le habían -llevado en triunfo comenzaron a -bailar, contagiáronse los demás, -y segundos después se improvisaba -en el patio de la casa una -desenfrenada Carmañola. Más tarde -instalaron sobre el sillón vacante -a una joven, a la que proclamaron -Diosa de la Libertad, llevándola -en hombros por las calles -adyacentes, entre gritos ensordecedores -y cantos discordantes.</p> - -<p>Carlos, después de estrechar -entre sus brazos al doctor, cuya -cara ofrecía aires de vencedor, -después de abrazar al señor Lorry, -que jadeante y sin aliento consiguió -llegar hasta él nadando contra -el inmenso oleaje que bailaba -la Carmañola, después de besar -a Lucita, a la que alzó del suelo -para que pudiera rodear con sus -bracitos su cuello, después de -abrazar a la fiel Pross, alzó entre -sus brazos a Lucía y la condujo -a sus habitaciones.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p> - -<p>—¡Lucía... mi Lucía... Libre... -Libre!...</p> - -<p>—¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme -que hincada de rodillas -dé gracias a Dios con el mismo -fervor con que le pedí por ti!</p> - -<p>Cayó de hinojos Lucía. Todos -los presentes doblaron reverentes -las cabezas y rezaron desde el -fondo de sus corazones. Cuando, -terminada la oración, Lucía volvió -a sus brazos, dijo Carlos.</p> - -<p>—¡Da ahora las gracias a tu -padre, mujercita mía! ¡Ningún -hombre de Francia habría podido -hacer por mí tanto como él ha -hecho!</p> - -<p>Reclinó Lucía la cabeza sobre -el pecho de su padre, de la misma -manera que la había reclinado -largos años antes. El doctor se -consideró feliz al poder pagar de -alguna manera las muestras de -cariño abnegado de su hija, dió -por bien empleados todos sus -sufrimientos y sintió noble orgullo -al pensar en sus fuerzas.</p> - -<p>—Sé fuerte en la bonanza como -lo fuiste en la tormenta, hija mía. -No tiembles... No llores. Le he -salvado yo.</p> - - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_VII">VII.<br />VISITA INESPERADA</h3></div> - - -<p>No era un sueño como tantas -otras veces; allí estaba Carlos, y -sin embargo, temblaba su mujer -presa de un terror vago pero intenso.</p> - -<p>Respirábase una atmósfera tan -negra y corrompida, eran las -gentes tan brutalmente vengativas -y crueles, con tan terrible -regularidad eran llevados al matadero -los inocentes que tenían -la desgracia de inspirar cualquier -sospecha, por vaga que fuera, o -de despertar la malicia, tan imposible -era olvidar cuantos, tan limpios -de culpa como su marido, y -tan idolatrados por los suyos como -Carlos lo fuera por Lucía, caían -a los golpes que el yerno del doctor -Manette había conseguido eludir, -que el corazón de su afligida -esposa no conseguía verse libre -del peso horrible que lo oprimía. -Las sombras del crepúsculo vespertino -de invierno comenzaban -a envolver la ciudad, y aun continuaban -rodando por las calles -las fatídicas carretas de la muerte. -Con la imaginación las seguía Lucía, -los ojos del alma buscaban a -su marido entre los condenados, -y al verlo con los de la carne a su -lado, se estrechaba contra él y -temblaba más que nunca.</p> - -<p>Su padre, esforzándose por -tranquilizarla, riéndose de sus -temores daba muestras de una -superioridad compasiva admirable, -de una entereza varonil que -contrastaba con la debilidad mujeril -de su hija. El sotabanco, la -banqueta de zapatero, al anciano -que se pasaba los días cosiendo -zapatos, el Ciento Cinco, Torre -del Norte, eran sucesos pasados -de los que ni rastros quedaban. -Había acabado felizmente la empresa -que con ánimo varonil aco<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span>metiera, -había redimido su promesa, -Carlos estaba en libertad, ¿por -qué temer? Fuerzas le sobraban -al doctor para servir de robusto -sostén a todos los que sintieran -decaer las suyas.</p> - -<p>El menaje de su casa no podía -ser más modesto; no sólo porque -la prudencia así lo aconsejaba, -para no herir la pobreza del pueblo, -sino también porque no eran -ricos, pues Carlos, durante el período -dilatado de su cautiverio, -había tenido que pagar a precio -exorbitante la comida, las dietas -de sus guardianes, y una parte -proporcional para sufragar los -gastos de los prisioneros más pobres -que él. Debido en parte a los -motivos apuntados, y en parte a -evitar el peligro de ser espiados -dentro del mismo hogar, no tenían -criados. El ciudadano y la ciudadana -encargados del servicio de -la portería prestaban a la familia -los servicios necesarios, si las circunstancias -lo exigían, aparte de -Jeremías, que les había sido cedido -casi por completo por el buen -Lorry, y estaba durante el día a -su disposición y dormía en la -casa por las noches.</p> - -<p>Había dispuesto la República -Una e Indivisible de la Libertad, -Igualdad, Fraternidad o Muerte, -que sobre las puertas de todas -las casas y a una altura determinada, -hubiese un cartelón, en el -cual estuvieran inscriptos, con letras -de tamaño también determinado, -los nombres de cuantas personas -las habitasen. Como consecuencia, -entre los nombres inscriptos -en el cartelón puesto en la -puerta del domicilio del doctor, -figuraba el de Jeremías <i>Lapa</i>, y -en la ocasión a que se refiere esta -historia, no sólo el nombre, sino -también el propietario del nombre -se hallaba plantado junto a la -puerta, contemplando al pintor -llamado por el doctor Manette -para que añadiera al cartelón el -nombre de Carlos Evrémonde, llamado -también Darnay.</p> - -<p>La atmósfera de terror y de -desconfianza en que se vivía había -alterado profundamente hasta -los hábitos más inocentes y más -inofensivos de la vida. En la casa -del doctor, como en casi todas -las demás, los artículos de primera -necesidad y de consumo diario se -compraban todas las tardes por -cantidades pequeñas y en distintas -tiendas pequeñas. Era la manera -de no llamar la atención y -de suministrar la menor ocasión -posible a las murmuraciones y a -la envidia.</p> - -<p>Desde algunos meses antes, estaban -encargados de la compra la -señorita Pross y Jeremías <i>Lapa</i>; -este último llevaba la cesta, la -primera el dinero. Todas las tardes, -cuando se encendían los faroles -del alumbrado público, salían -ambos y traían a la casa los artículos -de consumo necesario para -el día siguiente. Aunque la señorita -Pross, dados los muchos años -que llevaba viviendo con una -familia francesa, parece que debía -hablar el francés con tanta correc<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span>ción -y soltura como el inglés, sabía -exactamente lo mismo que -Jeremías <i>Lapa</i>, quien no conocía -ni una palabra, y es que, o carecía -de talento, o no quería aplicarlo -a tonterías (tal era el nombre que -ella le daba) como aquélla. Como -consecuencia, su sistema comercial -consistía en disparar un nombre -substantivo a quema ropa, en -cuanto se encaraba con el tendero, -y si el nombre no cuadraba -con el artículo que necesitaba, -como ocurría casi siempre, tendía -en derredor sus miradas, agarraba -el artículo, y no lo soltaba hasta -después de cerrado el trato. En -cuanto al precio, se entendía sin -dificultad, alzando un dedo menos -que el tendero, fuera el que fuera -el número de los que aquél levantase.</p> - -<p>—Señor <i>Lapa</i>—dijo la señorita -Pross, en cuyos ojos chispeaba -la felicidad,—yo estoy dispuesta; -¿y usted?</p> - -<p>Jeremías contestó que estaba -a las órdenes de la señorita Pross.</p> - -<p>—Hoy nos hace falta de todo,—observó -la señorita Pross,—y entre -otras cosas, vino. Mal rato nos -espera. En cualquier parte que -lo compremos, hemos de encontrar -abundantes gorros colorados -brindando como condenados.</p> - -<p>—No se romperán mucho los -cascos para encontrar sus brindis—observó -Jeremías.—Siempre les -oigo brindar por el mismo; por -el Unico.</p> - -<p>—¿Y quién es ese único?</p> - -<p>—Vaya usted a saber. Como no -se refieran a Noé... el que plantó -la primera viña...</p> - -<p>—¡Ah... ya! No hace falta ser -muy sabio para comprender por -quién brindan esos desdichados. -Brindan por el Asesino... por el -Malvado.</p> - -<p>—¡Cuidado, amiga mía!—terció -Lucía—¡Prudencia, por favor, -mucha prudencia!</p> - -<p>—¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; -pero me parece que entre nosotros -puedo decir que no es muy grato -recibir por esas calles suspiros que -apestan a cebolla, a aguardiente -y a tabaco, mezclados con abrazos. -Voy a salir; pero no se mueva -usted de junto a la lumbre hasta -que yo vuelva, mi querida señorita. -Cuide del marido que ha recobrado -y nada tema. ¿Puedo hacer -una pregunta antes de marchar, -señor doctor?</p> - -<p>—Me parece que puede usted -tomarse esa libertad—respondió -el doctor con tono humorístico.</p> - -<p>—Por todos los santos del Cielo, -no hable usted de libertad, señor -doctor. Estoy de libertad hasta -la coronilla—exclamó la Pross.</p> - -<p>—Por Dios, querida; ¿otra vez?—dijo -Lucía.</p> - -<p>—Vaya, señorita—replicó la -Pross, moviendo la cabeza con -aire solemne;—si quiere que diga -lo que siento, manifestaré que yo, -como súbdita que soy de Su Graciosa -Majestad el Rey Jorge III, -me río de esos descamisados. Mi -máxima es: «Maldita de Dios sea -su política; quiera Dios frustrar -sus criminales propósitos; en Dios<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span> -tengo puesta mi confianza, y viva -el Rey.»</p> - -<p><i>Lapa</i>, en un arrebato de lealtad -a su soberano, repitió el viva con -voz estentórea.</p> - -<p>—Celebro que sea usted un inglés -castizo, señor <i>Lapa</i>,—dijo la -señorita Pross con tono de aprobación,—aunque -hubiese sido de -desear que no hubiera puesto tanta -energía en su grito. Pero vamos -a la pregunta, señor doctor; ¿no -ha encontrado usted aún el medio -de salir para siempre de esta maldita -ciudad?</p> - -<p>—No, por ahora; salir en estas -circunstancias, sería peligroso para -Carlos.</p> - -<p>—¡Qué se le va a hacer!—exclamó -la señorita Pross, conteniendo -un suspiro y mirando a Lucía.—Tendremos -paciencia y esperaremos... -Animo, y que ruja la tempestad -sobre la cabeza del vecino, -como solía decir mi hermano Salomón. -Vámonos ya, señor <i>Lapa</i>... -No se mueva, señorita.</p> - -<p>Salieron la Pross y <i>Lapa</i>, dejando -a Lucía, al marido de ésta, -al doctor y a Lucita, sentados al -amor de la lumbre. Esperaban que -de un momento a otro llegase el -señor Lorry. Había encendido -una luz la señorita Pross, pero la -colocó en un rincón, a fin de que -la familia disfrutara exclusivamente -de la débil que irradiaba la -chimenea. Lucita, sentada sobre -la rodilla de su abuelo, escuchaba -la historia de un hada grande y -poderosa que en una ocasión rompió -los robustos muros de un calabozo, -para libertar a un cautivo -que en otros tiempos había prestado -al hada un servicio.</p> - -<p>—¿Qué es eso?—exclamó de -pronto Lucía.</p> - -<p>—¡Querida mía!—contestó el -doctor, suspendiendo la narración -de la historia—Tranquilízate. El -desorden de tus nervios es extraordinario. -La cosa más insignificante... -hasta sin motivo alguno... -te alarma. Me tienes a mí... -a tu padre, hija mía.</p> - -<p>—He creído oir rumor de pasos -en la escalera—balbuceó Lucía.</p> - -<p>—¡Tontuela...! La escalera está -tan silenciosa como una tumba.</p> - -<p>Mientras salía de sus labios la -palabra última, sonó un golpe en -la puerta.</p> - -<p>—¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué -será? ¡Que se esconda Carlos...! -¡Sálvalo!</p> - -<p>—¡Hija querida!—contestó el -doctor levantándose y poniendo -su mano sobre el hombro de Lucía.—Le -he salvado ya. No comprendo -tu debilidad... Voy a abrir la -puerta.</p> - -<p>Tomó en su mano el candelero, -cruzó las dos habitaciones intermedias -y abrió la puerta. Cuatro -hombres de aspecto salvaje, cubiertos -con gorros rojos y armados -de sables y pistolas penetraron en -el recibimiento, desde donde pasaron -a la habitación en que se -hallaba la familia.</p> - -<p>—¿El ciudadano Evrémonde?—preguntó -el que entró primero.</p> - -<p>—¿Quién le busca?—preguntó -Darnay.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span></p> - -<p>—Yo... nosotros le buscamos. -Te conozco, Evrémonde; te vi -ayer en la sala del Tribunal. Vuelves -a ser prisionero de la República.</p> - -<p>Los cuatro hombres rodearon -el grupo formado por Darnay, su -mujer y su hijita, que se había -abrazado a él.</p> - -<p>—¿Cómo y por qué vuelvo a -ser prisionero?</p> - -<p>—Ven con nosotros a la Conserjería, -y mañana podrás satisfacer -tu curiosidad. Mañana debes -comparecer ante el Tribunal.</p> - -<p>El doctor Manette, a quien la -inesperada visita había dejado -en estado perfectamente atónito, -hasta el punto de parecer una -estatua con un candelero en la -mano, sacudió su marasmo después -de escuchar las palabras últimas, -dejó el candelero sobre la -repisa de la chimenea, encaróse -con el que llevaba la voz cantante, -y, asiéndole por la pechera de su -camisa, roja como el gorro, dijo:</p> - -<p>—Has dicho que le conoces; -¿me conoces también a mí?</p> - -<p>—Sí; te conozco, ciudadano -doctor.</p> - -<p>—Todos te conocemos, ciudadano -doctor—añadieron los tres -restantes.</p> - -<p>Paseó el anciano su mirada -por las caras de los cuatro hombres, -y después de una pausa, -repuso, bajando la voz:</p> - -<p>—¿Quieres contestarme a mí -la pregunta que él te ha hecho? -¿Por qué se le prende de nuevo?</p> - -<p>—Ciudadano doctor,—contestó -con repugnancia manifiesta el que -habló primero,—ha sido denunciado -por la Sección de San Antonio... -a la que pertenece este ciudadano—añadió, -señalando con -la mano al individuo que estaba -a su lado.</p> - -<p>El ciudadano aludido hizo un -movimiento afirmativo de cabeza, -y dijo:</p> - -<p>—Ha sido acusado por San -Antonio.</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—Ciudadano doctor—replicó el -primero,—no preguntes más. Si -la República te exige sacrificios, -tú, como buen patriota que eres, -te tendrás por feliz haciéndolos. -Ante todo y sobre todo la República. -El Pueblo es soberano. -Evrémonde, tenemos prisa.</p> - -<p>—Una palabra más—objetó el -doctor.—¿Quieres decirme quién -le ha denunciado?</p> - -<p>—Faltaría a mi deber... Mañana -podrás preguntarlo a San Antonio.</p> - -<p>Dirigió entonces el doctor una -mirada a otro de los hombres, -quien se movió con cierta expresión -de malestar, se frotó la barba, -y dijo:</p> - -<p>—¡Vaya! Verdad es que no -podemos decirlo sin faltar a nuestro -deber; pero no tengo inconveniente -en manifestar que le ha acusado... -por cierto de grandes crímenes, -el ciudadano y la ciudadana -Defarge... y además, otra -persona.</p> - -<p>—¿Quién es esta otra persona?</p> - -<p>—¿Lo preguntas <i>tú</i>, ciudadano -doctor?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span> -—Sí.</p> - -<p>—Lo sabrás mañana—contestó -el de San Antonio con entonación -extraña.—¡Ahora, soy mudo!</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_VIII">VIII.<br />UNA PARTIDA ORIGINAL</h3></div> - -<p>Sumida en la feliz ignorancia -de la nueva desgracia acaecida -a la familia, la señorita Pross dejaba -a sus espaldas una porción -de callejuelas estrechas y atravesaba -el río por el Puente-Nuevo, -repasando en su imaginación el -número de compras que tenía -que hacer. A su lado caminaba -<i>Lapa</i>, portador de la cesta. Uno -y otro, aunque al parecer no tenían -ojos más que para examinar -las tiendas abiertas a derecha e -izquierda de las calles que atravesaban, -avizoraban las manadas -de patriotas, sobre todo, si eran -muy numerosas, y variaban con -frecuencia el itinerario a fin de -evitar el encuentro de los que -hablaban con animación excesiva. -Era una tarde fría y húmeda. Los -puntos de luz que salpicaban la -capa gris que cubría el río indicaban -los sitios donde estaban ancladas -las barcazas convertidas -en talleres por los que fabricaban -armas para el ejército de la República. -¡Desgraciado el mortal -que osase burlarse de aquel ejército! -¡Desgraciado del que ocupase -en aquel ejército un grado -que no mereciera! Valiérale más -que nunca le hubiese crecido la -barba, pues la Navaja Barbera -Nacional se la afeitaba que era -una bendición.</p> - -<p>Luego que compró una porción -de artículos de comer, y una cantidad -de aceite para la lámpara, -la señorita Pross pensó en adquirir -el vino que le hacía falta. Desdeñó -una porción de tabernas y -al fin mereció su preferencia una, -puesta bajo la advocación del -Buen Republicano Bruto de la -Antigüedad, situada a corta distancia -del Palacio Nacional, antes -de las Tullerías, establecimiento -más tranquilo que ninguno de sus -similares encontrados hasta allí, -en el cual es cierto que se veían -bastantes gorros colorados, pero -abundaban menos que en los -otros. Consultado <i>Lapa</i>, y visto -que era de su misma opinión, la -señorita Pross penetró en el templo -del Buen Republicano Bruto -de la Antigüedad, acompañada -por su caballero.</p> - -<p>Sin reparar apenas en las luces -mortecinas, en los hombres que -pipa en boca jugaban con barajas -mugrientas o con dominós amarillentos, -en el jornalero que, -arremangadas hasta los hombros -las mangas de la camisa y con el -pecho desnudo leía a gritos un -periódico a un grupo de tipos que -escuchaban con la boca abierta, -en las armas que llenaban las -mesas o pendían de las cinturas -de los bebedores, ni en los tres o -cuatro parroquianos que dormían -sus <i>monas</i>, tendidos de bruces en<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span> -el suelo, y que, más que hombres, -tenían aspecto de osos o de mastines -yacentes, los dos compradores -se acercaron al mostrador y pidieron -lo que necesitaban.</p> - -<p>Mientras el tabernero medía el -vino, un sujeto, que con otro -hablaba en un rincón del establecimiento, -se levantó y echó a andar. -Para salir a la calle tenía que -pasar forzosamente junto a la señorita -Pross, lo que nada tiene de -particular, pero sí lo tuvo el que, -no bien tropezó con ella, rasgó -los aires un alarido penetrante -seguido de un semi-desmayo de -la señorita.</p> - -<p>Cuantas personas había en la -taberna se pusieron en pie. Tan -corriente era ver que las personas -se asesinaban bonitamente por -motivo tan justificado como defender -una opinión cualquiera, -que todos miraron para ver quién -era el mortal que caía sin vida en -tierra, pero con asombro general, -lo único que vieron fué a una pareja, -hombre y mujer, que se miraban -mutuamente con extraordinaria -fijeza, y que el hombre parecía -francés, y republicano rojo, -y la mujer era a no dudar inglesa.</p> - -<p>Las frases pintorescas con que -expresaron su desencanto los buenos -discípulos del Buen Bruto -Republicano de la Antigüedad, sonaron -en los oídos de la señorita -Pross y de su acompañante como -si en hebreo o en caldeo hubieran -sido dichas. No se enteraron sino -de que fueron pronunciadas a gritos, -que no otra cosa les consintió -su sorpresa. Hablamos en plural -porque, si la señorita Pross quedó -sorprendida, Jeremías <i>Lapa</i> estuvo -a dos dedos de caer al suelo -bajo el golpe violento de su estupefacción.</p> - -<p>—¿Qué hay?—preguntó el -hombre que fué causa del chillido -de la señorita Pross.</p> - -<p>Las dos palabras habían sido -pronunciadas en inglés, con acento -brusco y amenazador y tono -de voz muy bajo.</p> - -<p>—¡Oh Salomón... Salomón querido!—exclamó -la señorita Pross, -juntando las manos.—¡Al fin te -encuentro, después de tantos años -de ausencia, después de tantos -años pasados sin noticias tuyas!</p> - -<p>—No me llames Salomón. ¿Buscas -mi muerte, desgraciada?—preguntó -aquel hombre, dirigiendo -en derredor miradas de espanto.</p> - -<p>—¡Hermano... hermano mío!—exclamó -la señorita Pross, hecha -un mar de lágrimas—¿Tan mal -me he portado contigo para que -me hagas una pregunta tan cruel?</p> - -<p>—¡Pues métete en el bolsillo -esa lengua endiablada!—gruñó -Salomón.—Si quieres decirme -algo, salgamos fuera. Paga el vino -y vámonos... ¿Quién es ese hombre?</p> - -<p>—Es el <i>señor Lapa</i>—contestó -con desaliento la señorita Pross.</p> - -<p>—Pues que salga también... -¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese -individuo por un aparecido?</p> - -<p>La pregunta estaba muy en su -lugar, pues <i>Lapa</i> le miraba en -realidad como se mira a un es<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span>pectro. -No despegó, sin embargo, -los labios, y la señorita Pross, -derramando lágrimas, pagó el vino. -Mientras tanto, Salomón se -dirigió a los discípulos del Buen -Bruto Republicano de la Antigüedad -y les dió, en lengua francesa, -algunas explicaciones que bastaron -para que todos ellos volvieran -a sus puestos respectivos.</p> - -<p>—Veamos—dijo Salomón, una -vez llegó a un rincón obscuro de -la calle—¿Qué es lo qué quieres -de mí?</p> - -<p>—¡Es horroroso encontrarse con -un hermano querido que no da la -menor muestra de afecto a la -hermana que siempre fué con él -tierna y cariñosa!</p> - -<p>—¡Bah! ¡Tonterías!—exclamó -Salomón, rozando con sus labios -la frente de la señorita Pross—¿Estás -contenta ahora?</p> - -<p>La señorita Pross movió la cabeza -y rompió a llorar de nuevo.</p> - -<p>—Si te figuras que me has dado -una sorpresa, te engañas de medio -a medio; no me ha sorprendido -encontrarte. Sabía que estabas en -París, pues bueno es que sepas -que son muy pocos los que en -París viven sin que lo sepa yo. Si -no quieres poner en peligro grave -mi existencia... tentado estoy de -creer que esa es tu intención... -sigue tu camino lo más pronto -posible, y deja que yo siga el mío. -Tengo muchas ocupaciones... Soy -funcionario público.</p> - -<p>—¡Mi hermano Salomón, inglés -de nacimiento y de alma, mi hermano -Salomón, que en su patria -hubiera podido ser uno de los más -grandes hombres, funcionario público -en país que no es el suyo, -dependiendo de hombres que no -son ingleses... y qué hombres, Cielo -santo! ¡Hubiese preferido encontrarte -muerto en su...!</p> - -<p>—¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo -sabía de cierto!—exclamó su -hermano interrumpiéndola.—Lo -que tú quieres es mi muerte. Mi -tierna, mi cariñosa hermana hará -que me hagan figurar entre los -sospechosos... Es decir; lo está -haciendo ya.</p> - -<p>—¡No lo permita Dios!—gritó -la señorita Pross.—Mucho te he -querido, Salomón, mucho te quiero; -pero hubiese preferido no volver -a verte más, a encontrarte -como te encuentro. Dime una palabra -de cariño, dime que no me -aborreces, que no nos separa el -odio, y me voy sin detenerte un -segundo más.</p> - -<p>Salomón estaba pronunciando -la palabra de cariño solicitada, -dando pruebas de una condescendencia -que seguramente no habría -tenido de haber estado invertidas -las posiciones respectivas, cuando -inopinadamente terció Jeremías -<i>Lapa</i> en la conversación, poniendo -una zarpa sobre el hombro del -cariñoso hermano y diciendo con -voz ronca:</p> - -<p>—Me parece que también a mí -se me permitirá colocar una pregunta. -¿Quiere usted decirme si -su nombre es Juan Salomón o -Salomón Juan?</p> - -<p>El funcionario público, por to<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>da -contestación, se volvió hacia -quien rompía su mutismo para -dirigirle una pregunta que le intranquilizó, -y quedó mirándole -de hito en hito con visible recelo.</p> - -<p>—Estoy esperando—repuso <i>Lapa</i>.—¿Ha -quedado usted mudo -de repente? ¿Juan Salomón o Salomón -Juan? ¿En qué quedamos? -La señorita le llama Salomón, y -es de suponer que conozca bien -su nombre, toda vez que es su -hermana, según veo. Pero es el -caso que yo le conozco como Juan. -¿Cuál de los dos nombres es el -verdadero? Otro tanto digo acerca -del apellido. En Inglaterra no se -llamaba usted Pross.</p> - -<p>—¿Pero qué está usted diciendo?</p> - -<p>—Ni yo mismo lo sé muy bien, -pues confieso que no recuerdo el -apellido que usted llevaba en la -orilla opuesta del Canal.</p> - -<p>—¿Lo ha olvidado?</p> - -<p>—Sí; pero juraría que era un -apellido de dos sílabas.</p> - -<p>—¡De veras!</p> - -<p>—De veras. Pross no tiene más -que una sílaba; el otro tenía dos... -En nombre del Padre de la Mentira, -que indudablemente es su -padre de usted, ¿quiere decirme -cómo se llamaba cuando ejercía -el honroso ejercicio de soplón del -Old Bailey?</p> - -<p>—¡Barsad!—contestó otra voz, -terciando en la conversación.</p> - -<p>El que acababa de hablar era -nuestro antiguo amigo Sydney -Carton. Colocadas ambas manos -a la espalda bajo los faldones de -su levita, habíase puesto junto a -<i>Lapa</i>, afectando la misma negligencia -con que solía asistir a las -vistas del Old Bailey.</p> - -<p>—No se alarme usted, señorita -Pross—repuso.—Ayer tarde me -presenté en el domicilio del señor -Lorry, con no poca sorpresa de -este señor, que estaba muy lejos -de esperar mi vista. Convinimos -los dos en que no me dejaría ver -en parte alguna hasta después -que el asunto estuviera resuelto -definitiva y satisfactoriamente, o -bien hasta tanto no fuera necesaria -mi presencia. Ateniéndome a -lo pactado, me he personado aquí, -porque es indispensable que cruce -cuatro palabras con su hermano. -Muy de veras lamento que sea -usted hermana de un sujeto tan -poco recomendable; muy de veras -lamento que tenga por hermano -a un mirlo del verdugo.</p> - -<p>Era éste el nombre con que solían -designarse los espías.</p> - -<p>—¿Cómo se atreve usted—preguntó -el espía, pálido como un -difunto—a decirme...?</p> - -<p>—Me explicaré, para que vea -usted que no hablo a tontas y a -locas—contestó Carton.—Me hallaba -yo hace media hora contemplando -los muros de la Conserjería, -cuando vi salir a usted por sus -puertas. Entre otras cualidades, -buenas unas, malas otras, tengo -la de recordar bien las caras, y -cuente que la suya es de las que -con dificultad se despintan. Me -sorprendió ver a usted en aquel -lugar, y como por otra parte, ten<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>go -mis motivos para relacionar -la persona de usted con las desgracias -de un amigo, en este instante -más desgraciado que nunca, -se me ocurrió la idea de seguirle. -Pisándole los talones entré tras de -usted en la taberna y me senté a -su lado. De la conversación de -usted, y de los rumores de admiración -que arrancó a sus oyentes, -no me fué difícil inferir cuál es -el oficio de usted. Lo que en un -principio había yo hecho al azar, -fué convirtiéndose gradualmente -en objetivo determinado, señor -Barsad.</p> - -<p>—¿Y ese objetivo?...—preguntó -el espía.</p> - -<p>—Sería molesto, y hasta peligroso, -explicarlo en la calle. ¿Tiene -usted la bondad de favorecerme -con su compañía durante -algunos minutos... hasta el Banco -Tellson, por ejemplo?</p> - -<p>—¿Bajo amenaza?</p> - -<p>—¡Bah! ¿He hablado de amenazas?</p> - -<p>—Entonces, ¿a santo de qué -voy a ir allí?</p> - -<p>—Con franqueza, señor Barsad; -no puedo decirlo.</p> - -<p>—¿No puede, o no quiere, señor?—preguntó -con cierta indecisión -el espía.</p> - -<p>—Me interpreta usted maravillosamente -bien; no quiero.</p> - -<p>Fué auxiliar muy poderoso de -la habilidad prodigiosa de Carton -el tono de glacial indiferencia con -que hablaba. Su vista de lince lo -advirtió desde el primer momento, -y dicho está que sacó de ello -todo el partido posible.</p> - -<p>—¡Acuérdate de lo que te digo -y no lo olvides nunca!—exclamó -Barsad, dirigiendo a su hermana -una mirada de furiosa reconvención.—Obra -tuya será, si me ocurre -una desgracia.</p> - -<p>—¡Vamos, vamos, señor Barsad!—dijo -Carton—No sea usted -ingrato. Agradezca el respeto que -su hermana me inspira la benignidad -con que me conduzco haciéndole -una proposición que ha -de dejarnos satisfechos a todos. -¿Me acompaña al Banco?</p> - -<p>—Sí; le acompaño. Estoy pronto -a escuchar lo que desee decirme.</p> - -<p>—Ante todo, escoltaremos a -su hermana de usted hasta la -esquina de la casa donde vive. -Tenga la bondad de aceptar mi -brazo, señorita Pross. Dadas las -circunstancias por que la ciudad -atraviesa, no debe usted ir sola -y sin protección, y como quiera -que el hombre que la acompaña -a usted conoce al señor Barsad, -me tomo la libertad de invitarle -a venir con nosotros al domicilio -del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? -¿Sí? Pues en marcha.</p> - -<p>Más tarde recordó la señorita -Pross, y no lo olvidó en su vida, -que al aferrarse al brazo de Carton -y mirarle a la cara para dirigirle -una súplica muda, pero elocuente, -en favor de su hermano, observó -en la fortaleza del brazo y en la -expresión de los ojos de aquel algo<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span> -que no sólo estaba reñido con la -ligereza de tono y de modales -de Carton, sino también transformaba -y elevaba al hombre. Si -por el momento no le llamó la -atención, fué porque la preocupaban -demasiado los temores que -la inspiraba la suerte de un hermano -tan poco merecedor de su afecto -para hacer observaciones.</p> - -<p>Después de despedirse de la señorita -Pross en las inmediaciones -de la casa del doctor, Carton, caminando -entre Barsad y Jeremías -<i>Lapa</i>, dirigióse hacia el edificio -del Banco Tellson, muy poco -distante.</p> - -<p>Lorry, que acababa de comer, -y se hallaba sentado al amor de la -lumbre, volvió la cabeza al oir los -pasos de los que le visitaban, y -no pudo evitar un gesto de extrañeza -al ver una cara desconocida.</p> - -<p>—Le presento al hermano de la -señorita Pross—dijo Carton,—el -señor Barsad.</p> - -<p>—¿Barsad?—repitió Lorry.—¿Barsad? -Me parece recordar ese -apellido... y el rostro de quien lo -lleva.</p> - -<p>—¿No dije antes a usted que -tiene una cara de las que difícilmente -se despintan, señor Barsad?—preguntó -con frialdad Carton.—Hágame -el favor de sentarse.</p> - -<p>Carton, al mismo tiempo que -acercaba una silla, suministró a -Lorry el eslabón que éste andaba -buscando para enlazar la cadena -de sus recuerdos.</p> - -<p>—Testigo de aquella causa—dijo -sencillamente Carton.</p> - -<p>Fué lo bastante para que Lorry -recordara, y también para que mirase -a Barsad con repugnancia -visible.</p> - -<p>—La señorita Pross ha reconocido -en el señor Barsad al hermano -cariñoso de quien tantas veces -la ha oído usted hablar—observó -Carton.—No ha negado Barsad -el parentesco... Pero pasemos a -otras noticias peores; Darnay ha -sido encarcelado de nuevo.</p> - -<p>—¡Qué me dice usted!—exclamó -Lorry, profundamente consternado.—No -hace dos horas que -le dejé en su casa libre y contento, -y ahora mismo me disponía a ir -a verle.</p> - -<p>—Pues está preso. ¿Cuándo le -prendieron, Barsad?</p> - -<p>—En todo caso, habrá sido hace -un momento.</p> - -<p>—Barsad es en este asunto fuente -de información segura—observó -Carton.—De sus labios escuché la -noticia cuando se la contaba, entre -copa y copa de aguardiente, -a un amigo suyo, soplón como él. -Parece que acompañó a los encargados -de prenderle hasta la puerta -de la casa del doctor, alejándose -al ver que el portero les franqueaba -el paso. La duda, pues, es -imposible.</p> - -<p>Lorry comprendió que la desgracia -era cierta. En su cerebro -sintió el rudo batallar de mil ideas -confusas y contradictorias, pero -se dió cuenta de lo muchísimo -que le convenía no perder la presencia -de espíritu y, a costa de -esfuerzos titánicos, se dominó,<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span> -recobró la serenidad, y permaneció -callado y atento.</p> - -<p>—Es de esperar... esa confianza -abrigo—repuso Carton—que el -nombre del doctor y su influencia -en las masas sean tan eficaces mañana... -¿No dijo usted, Barsad, -que ha de comparecer mañana -ante el Tribunal?</p> - -<p>—Sí; creo que la comparecencia -será mañana.</p> - -<p>—... Tan eficaces mañana, y tan -decisivas, como hoy; pero no es -imposible que ocurra lo contrario. -Confesaré, señor Lorry, que me -inspira vivos temores el hecho de -que el doctor no haya podido -impedir la prisión.</p> - -<p>—Quizá no sospechase siquiera -la posibilidad del peligro—contestó -Lorry.</p> - -<p>—Lo que, a juicio mío, sería -circunstancia altamente alarmante, -visto lo identificado que está -con su yerno.</p> - -<p>—Es verdad—contestó Lorry, -apoyando la barbilla sobre la -palma de la mano y mirando a -Carton con expresión de abatimiento.</p> - -<p>—En suma—continuó Carton:—cuando -se entabla una partida -desesperada y se cruzan apuestas -desesperadas, fuerza es recurrir -también a medidas desesperadas. -Juegue en buena hora el doctor -con las cartas de ganar, que yo -manejaré, mientras, las de perder. -Empeñe el doctor la partida encaminada -a sacar a su yerno de la -Conserjería; que yo, mientras tanto, -jugaré otra independiente y -con vistas a encerrar a un <i>amigo</i> -en la Conserjería. El amigo que -me propongo encerrar, señor Barsad, -es usted.</p> - -<p>—Muy buenas cartas tendrá usted -que reunir para ganar ese -juego, replicó el espía.</p> - -<p>—Las he reunido ya, y voy a ponerlas -boca arriba... pero ya sabe -usted, señor Lorry, lo torpe que -soy si no aplico a mi cacumen el -acicate de unas copas. Si me diera -una copita de brandy, se lo agradecería.</p> - -<p>Fuéle servido el licor, del que -tomó dos copas consecutivas.</p> - -<p>—El señor Barsad—dijo, separando -la botella y hablando como -si en la mano tuviera una colección -de cartas,—mirlo del verdugo, -emisario de los comités -republicanos, hoy calabocero, -ayer prisionero, siempre espía y -soplón secreto, cuya valía aquí -aumenta considerablemente por -la circunstancia de ser inglés, y -por tanto, menos expuesto a sospechas -que ningún francés, se -presenta a los mismos a quienes -sirve bajo nombre supuesto; este -triunfo es de primer orden. El -señor Barsad, a sueldo hoy del -Gobierno revolucionario francés, -sirvió, no ha mucho tiempo, al -Gobierno aristocrático inglés, enemigo -jurado de Francia y de sus -libertades; me parece que acabo -de enseñar otra carta que difícilmente -se <i>falla</i>. Si ahora entramos -en el terreno de las sospechas y -deducciones, encontraremos una, -clara como la luz del sol, sospecha<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span> -que expresaré con las palabras -siguientes: el señor Barsad, soplón -asalariado del Gobierno aristocrático -inglés, lo es al mismo tiempo -de Pitt, enemigo artero que -herirá a la República en medio del -corazón, inglés traidor, agente, -instrumento, autor de todas esas -indignidades de que todo el mundo -habla y nadie es capaz de -probar. Este es un triunfo que -casi asegura la partida. ¿Va usted -siguiendo mi juego, señor Barsad?</p> - -<p>—Voy haciéndome cargo de la -importancia de las cartas, pero -aun ignoro cómo piensa usted -jugarlas—contestó el espía visiblemente -intranquilo.</p> - -<p>—Principio jugando el triunfo -siguiente: Denuncia contra el llamado -Barsad ante el Comité del -distrito más próximo. Vea usted -sus cartas, Barsad, y juegue... sin -precipitaciones, que nadie nos -corre.</p> - -<p>Tomó de nuevo la botella, se sirvió -otra copa, la bebió con calma -imperturbable y esperó. Vió que -el espía temía que de las libaciones -resultase una denuncia inmediata, -y, sin duda para acrecentar el -temor, se sirvió y apuró la cuarta -copa.</p> - -<p>—Tómese todo el tiempo que -quiera, Barsad, no sea que pierda -la partida a la primera jugada.</p> - -<p>Era Barsad adversario más débil -de lo que Carton había supuesto. -A decir verdad, en su juego -tenía cartas muy malas, y él lo -sabía, aunque no lo supiese Carton. -Sabía, por ejemplo, que, destituído -de su honroso cargo en Inglaterra, -como resultados de imperdonables -torpezas cometidas -en el ejercicio de aquél, atravesó -el Canal y ofreció sus servicios en -Francia, donde fueron aceptados, -al principio, para tentar y sonsacar -a sus compatriotas, y más -tarde, para tentar y sonsacar a -los franceses. Sabía que, durante -el gobierno derribado, estuvo encargado -de vigilar el barrio de -San Antonio y la taberna de Defarge; -que recibió de la policía los -datos necesarios acerca del cautiverio, -libertad e historia del doctor -Manette, merced a los cuales -creyó que conseguiría hacerse -amigo confidencial de los Defarges, -aunque muy pronto hubo de -convencerse de que, en algunas -ocasiones, el que va por lana vuelve -trasquilado. Siempre recordó -con terror que aquella tabernera -terrible había hecho calceta mientras -él intentaba sonsacarla, y se -echaba a temblar cada vez que -se acordaba de que le miraba con -expresión sombría mientras sus -dedos se movían vertiginosos. Habíala -visto desde entonces infinidad -de veces en el distrito de -San Antonio, armada de sus registros -hechos a punto de media y -denunciando personas cuyas cabezas -no tardaba en cercenar la -guillotina. Sabía, como lo saben -todos los que ejercen empleos como -el suyo, que sobre su cabeza -rugía a todas horas la tormenta; -que su cabeza corría peligro, que -la fuga era imposible, que por<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span> -momentos acercaba su pescuezo -a la cuchilla, y que, pese a los -servicios prestados a la causa del -terror imperante, una sola palabra -bastaba para llevarle al patíbulo. -No bien le denunciasen, fulminando -contra él todos o parte de -los gravísimos cargos que acababan -de insinuarle, comprendió -que aquella formidable mujer, -de cuyo carácter implacable había -visto pruebas sobradas, exhibiría -el registro fatal que disiparía -la última posibilidad de salvación. -Unase a esto la ley, mil veces comprobada, -de que todos los soplones, -todos los delatores secretos, -son cobardes por temperamento, -hombres que se amedrentan sin -dificultad, y se comprenderá la -la disposición de ánimo en que -quedó Barsad.</p> - -<p>—Parece que no son muy de su -gusto sus cartas—dijo Carton con -la calma de siempre.—¿No juega -usted?</p> - -<p>—Creo, señor—respondió Barsad, -volviéndose hacia Lorry y -hablando con humildad rastrera,—que -me veo en el caso de solicitar -de un caballero de sus años y -de su benevolencia el favor de que -recabe de este otro caballero, mucho -más joven que usted, que -desista de jugar la carta de que -acaba de hablarme. Confieso que -soy un espía, y reconozco que el -oficio a nadie honra, aunque me -admitirán ustedes que alguno ha -de desempeñarlo; pero este caballero -no es espía, este caballero -no es delator; y puesto que ahora -no lo es, ¿que necesidad tiene de -serlo en lo sucesivo?</p> - -<p>—Jugaré mi carta, señor Barsad—dijo -Carton, sin esperar a -que contestase Lorry,—sin el menor -escrúpulo y dentro de cinco -minutos.</p> - -<p>—Yo había dado cabida a la -esperanza, señores, de que, por -consideración a mi hermana...</p> - -<p>—El mayor favor que podemos -hacer a su hermana, es librarla -para siempre de un hermano como -usted—replicó Carton.</p> - -<p>—¿Lo cree usted así, señor?</p> - -<p>—Estoy convencidísimo de ello.</p> - -<p>El espía, con toda su humildad, -que tanto contrastaba con su indumentaria -de terrorista y probablemente -con su manera ordinaria -de ser, recibió golpe tan rudo de -la inescrutabilidad de Carton, que -siempre fué un misterio para hombres -más honrados y más listos -que él, que vaciló, tembló, y se -dió por perdido. Mientras desconcertado, -estupefacto, callaba sin -saber cómo salir del atolladero, -repuso Carton:</p> - -<p>—Estoy examinando otra vez -mis cartas, y encuentro una, tan -buena como las enumeradas, de -la que no había hecho mención. -¿Quién es aquel colega suyo, que -hablaba como quien toda su vida -se la ha pasado paciendo en las -cárceles?</p> - -<p>—Es un francés; no le conoce usted—respondió -vivamente el espía.</p> - -<p>—¿Francés, eh?—exclamó Carton, -como si no pensase en lo que -estaba diciendo—puede ser.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span></p> - -<p>—Lo es... se lo aseguro... aunque -eso es lo de menos—dijo el -espía.</p> - -<p>—Aunque eso es lo de menos...—repitió -Carton como maquinalmente—aunque -eso es lo de menos... -Sí... es lo de menos... Pero -es el caso que yo conozco esa cara.</p> - -<p>—Creo que no... Desde luego -aseguro que no... No es posible...</p> - -<p>—No es posible...—murmuró -Carton, llenando por quinta vez -su copa, que por fortuna era pequeña.—No -es posible... Habla -francés con corrección... pero con -acento ligeramente extranjero...</p> - -<p>—Acento provinciano—explicó -el espía.</p> - -<p>—¡No! ¡Acento extranjero!—replicó -Carton, descargando un -puñetazo sobre la mesa.—¡Es -Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero -el mismísimo Cly! Lo he tenido -muchas veces ante mi vista en el -Old Bailey.</p> - -<p>—Se arrebata usted con facilidad, -señor—dijo Barsad con sonrisa -que acentuó la inclinación hacia -un lado de su nariz aguileña,—lo -que pone en mis manos una -ventaja sobre usted. Cly, mi colega -en otro tiempo, no tengo inconveniente -en confesarlo, murió hace -una porción de años. Le cuidé -yo mismo durante su última enfermedad. -Fué enterrado en Londres, -en el cementerio de la parroquia -de San Pancracio. No le -acompañé hasta el cementerio, -porque temí a las muchedumbres, -pues mi amigo y colega tuvo la -desgracia de hacerse extraordinariamente -impopular; pero ayudé -a los que le encerraron en el ataúd.</p> - -<p>De pronto Lorry vió proyectada -en la pared la sombra de un trasgo -o cosa análoga. Volvió la cabeza -buscando el origen de la proyección, -y con sorpresa que no es -para ser descrita, advirtió que estaba -en la cabeza de Jeremías <i>Lapa</i>, -cuyos cabellos, semejantes a aceradas -púas, se habían puesto de -punta.</p> - -<p>—Póngase usted en razón, señor, -y no se deje engañar por -suspicacias que no tienen base -racional—repuso el espía.—Para -demostrar a usted cuán engañado -está, y la ninguna base de su suposición, -voy a presentarle un certificado -en regla de la defunción -de Cly, certificado que siempre -llevo en el bolsillo. Tómelo usted—añadió, -ofreciendo a su interlocutor -un papel doblado.—¡Léalo, -léalo... tómelo en sus manos, examínelo -con detenimiento... no es -falso, no, sino auténtico y muy -auténtico!</p> - -<p>Lorry observó que la sombra -proyectada en la pared se prolongaba. -Era que <i>Lapa</i> se había levantado -del asiento y se aproximaba -al espía, a cuyo lado se colocó -sin ser visto ni oído por él. -Poniendo su diestra sobre el hombro -de Barsad, preguntó:</p> - -<p>—¿Conque fué usted el que puso -a Rogerio Cly dentro del ataúd?</p> - -<p>—Yo fuí; sí.</p> - -<p>—¿Y quién le sacó de él?</p> - -<p>Barsad, echándose sobre el respaldo -de su silla, balbuceó:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span></p> - -<p>—¿Qué significan sus palabras?</p> - -<p>—Significan—contestó <i>Lapa</i>—que -el cadáver de Cly nunca -estuvo dentro del ataúd. ¡No... y -no! ¡Que me corten la cabeza si -estuvo!</p> - -<p>El espía miró alternativamente -a los dos caballeros, los que, a su -vez, contemplaban con estupefacción -infinita a <i>Lapa</i>.</p> - -<p>—Y añado—repuso Jeremías -<i>Lapa</i>—que enterrasteis adoquines -de calle y tierra dentro de -aquel féretro. No me venga aquí -con monsergas ni con pretensiones -de hacerme creer que enterraron -a Cly, que yo, y dos hombres más, -sabemos muy bien lo que había -dentro del ataúd.</p> - -<p>—¿Pero cómo lo sabe usted?</p> - -<p>—¿Y a usted qué le importa?—gruñó -<i>Lapa</i>.—Hace mucho tiempo -que aborrezco a usted, sí, señor, -porque hasta en asuntos tan -graves como la muerte se atreve -a engañar a menestrales honrados -que sólo ambicionan trabajar. ¡Sepa -usted, señor mío, que por menos -de media guinea lo agarraría -por el pescuezo y lo estrangularía!</p> - -<p>Tanto Carton como Lorry, cuyo -asombro había llegado al colmo, -rogaron a Jeremías <i>Lapa</i> que se -moderase y que les explicase lo -que para ellos era enigma de imposible -solución.</p> - -<p>—Otro día lo haré, señor—replicó -<i>Lapa</i>, poco propicio a dar -las explicaciones que se le pedían,—que -no es esta ocasión conveniente -para entrar en explicaciones. -Lo que yo quiero dejar sentado -es que ese individuo sabe -muy bien que Cly no pensó nunca -en ser encerrado en aquel ataúd. -Que se atreva a repetirlo ese embustero, -y lo ahogo entre mis zarpas -o salgo corriendo a delatarlo.</p> - -<p>—¡Hum!—gruñó Carton.—Me -encuentro con otro triunfo, -Barsad. Aquí en París, donde se -respira la atmósfera de las sospechas, -bien seguro es que no sale -con vida de una denuncia el que, -como usted, sostiene relaciones estrechas -con otro espía aristócrata -de su misma calaña, sobre quien -pesa el misterio de haberse fingido -muerto y enterrado para resucitar -contra todas las leyes divinas y -humanas. Maquinaciones contra -la República fraguadas por extranjeros -que la República tiene -a sueldo... ¡Malo, malo! Es un -triunfo muy grande... el triunfo -de la Guillotina, Barsad. ¿No juega -usted?</p> - -<p>—¡No! ¡No juego!—contestó el -espía.—¡Me rindo! Confieso que -nos habíamos hecho tan impopulares -con la vil gentuza, que yo -logré escapar de Inglaterra donde -corría riesgo de ser ahorcado, y -Cly se vió tan comprometido, que -si no se muere es bien cierto que ni -por los aires habría podido salir. -Lo que me maravilla, lo que me -aturde, lo que me vuelve loco, es -que ese hombre sepa que Cly no -fuera enterrado. ¿Cómo lo averiguó?</p> - -<p>—No se caliente usted los cascos, -señor mío—contestó <i>Lapa</i>—Harto -hará con prestar atención<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span> -a lo que éstos caballeros le dicen. -Pero no olvide que por menos -de media guinea le estrangulo con -mis propias manos.</p> - -<p>El mirlo del verdugo se volvió -hacia Carton, y dijo con decisión -que hasta aquel instante no había -tenido:</p> - -<p>—Entro de servicio dentro de -muy poco, y no me es posible -entretenerme más. Me dijo usted -que deseaba hacerme una proposición; -¿tiene la bondad de formularla? -Principiaré por decirle que -no me pida grandes cosas, que no -pretenda exigirme nada que esté -reñido con mi cargo, nada que -ponga mi cabeza en mayor riesgo -del que ahora corre, pues prefiero -abandonar mi vida a las -contingencias de una negativa -que a las de un consentimiento. -Antes habló usted de una partida -desesperada; ya estamos todos -desesperados; por mi parte, confieso -que lo estoy como el que más. -Otra cosa; sin el menor escrúpulo -delataré a usted si veo que me -conviene, pues cuando se hunde -la casa, uno busca salida entre los -montones de ruinas. Hechas estas -advertencias, que conviene que no -pierda usted de vista, dígame qué -desea de mí.</p> - -<p>—Muy poca cosa. ¿No es usted -calabocero de la Conserjería?</p> - -<p>—En vez de contestar su pregunta, -le diré que no hay escape -posible—replicó con entereza el -espía.</p> - -<p>—Y yo exijo que conteste lo -que acabo de preguntar.</p> - -<p>—Lo soy algunas veces.</p> - -<p>—¿Puede serlo cuando quiere?</p> - -<p>—Puedo entrar y salir de la -Conserjería cuando quiero.</p> - -<p>Carton llenó otra copita de -licor, la vertió gota a gota en el -suelo, y al cabo de algunos instantes -de reflexión dijo:</p> - -<p>—Hasta aquí, hemos hablado -en presencia de estos dos señores, -porque me convenía que alguien, -además de nosotros dos, tuviera -noticia del valor de las cartas que -tengo, pero lo que falta, es cosa -que debe quedar entre usted y -yo. Acompáñeme a esa habitación, -donde cambiaremos las pocas -palabras que faltan.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_IX">IX.<br />HECHO EL JUEGO</h3></div> - - -<p>Mientras Sydney Carton y el -mirlo del verdugo, encerrados en -la habitación contigua, conferenciaban -con voz tan baja que ni el rumor -más insignificante se filtraba -por las rendijas de la puerta, Lorry -contemplaba a Jeremías <i>Lapa</i> -con recelo manifiesto y profunda -desconfianza. Bueno será advertir -que el efecto producido por la -insistente mirada del buen banquero -sobre el honrado menestral -no era el más indicado para disipar -prevenciones; variaba la pierna -sobre la cual gravitaba el peso -de su cuerpo con tanta frecuencia -como si hubiese dispuesto de -cincuenta extremidades y desease -probar la robustez de todas;<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span> -examinaba sus uñas con atención -tan escrupulosa, que llegaba a -inspirar sospechas, y cuantas veces -sus ojos tropezaban con los -escrutadores de Lorry, acometíale -un acceso de tos que le obligaba -a llevar la mano a la boca, síntoma -que rara vez, acaso nunca, -acompaña a la franqueza perfecta -de carácter.</p> - -<p>—¡Jeremías!—exclamó de -pronto Lorry.—¡Venga usted acá!</p> - -<p>Aproximóse <i>Lapa</i> caminando -a la usanza cangrejil, es decir, de -costado.</p> - -<p>—¿Qué oficios ha tenido usted -además de ordenanza del Banco?</p> - -<p>A vuelta de una meditación -bastante detenida, y después de -buscar una idea luminosa en la -mirada fija de su superior, contestó -<i>Lapa</i>:</p> - -<p>—He sido agricultor.</p> - -<p>—Abrigo fundados temores—replicó -Lorry, moviendo con fiero -ademán la mano—de que usted -ha sido ordenanza del respetable -Banco Tellson para despistar, para -tener una pantalla que encubriera -otras ocupaciones contrarias -a la Ley, ocupaciones sencillamente -infames. Si así es, no -espere de mí consideración alguna -tan pronto como lleguemos a Inglaterra; -si así es, no espere tampoco -que yo guarde el secreto. -Debe conocerlo Tellson, y lo conocerá.</p> - -<p>—No puedo creer, señor,—contestó -con humildad <i>Lapa</i>—que un -caballero como usted, un caballero -en cuyo servicio he encanecido, -se resuelva a causarme perjuicios -de tanta consideración sin antes -pensarlo muy bien..., aun cuando -lo que sospecha fuera cierto. Yo -no digo que lo sea; pero si lo fuese, -siempre confiaría que usted no -me había de tratar tan mal. Suponiendo -que fuera lo que usted -teme, aun entonces habría que -estudiar el asunto desde dos puntos -de vista, puesto que no tiene -uno solo, sino dos. Doctores en -medicina hay, y no pocos, que -encuentran guineas de oro allí -donde un menestral honrado no -halla más que míseros peniques... -¡Ni peniques siquiera! Medios peniques... -Y ni medios peniques; -cuartos de penique... y gracias. -¿Y qué me dice usted de los que -entran y salen del Banco Tellson -pasando delante del honrado menestral -que está junto a la puerta, -sentado en un banquillo viejo, -mientras ellos van arrellanados en -lujosos carruajes? ¿No es un espectáculo -para despertar el apetito -más dormido? Añada usted -a todo eso la presencia en Inglaterra -de una señora <i>Lapa</i> que se -pasa el día y la noche de rodillas -y rezando para estropearle todos -los negocios al marido, mientras -las mujeres de los médicos y las -de los que pasean en carruajes -lujosos, rezan para que prosperen -los asuntos de sus casas respectivas. -Otra cosa; si lo que usted -sospecha fuese cierto, que yo no -digo que lo sea, ¿cree usted que -me haría muy rico tomando los -desperdicios de los empresarios de<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span> -pompas fúnebres, lo que no quisieran -los sacristanes, lo que desdeñasen -los vigilantes de los cementerios? -¡No, señor Lorry, -no! es un oficio perdido; créame -usted.</p> - -<p>—¡Uf!—exclamó Lorry—¡Me -horroriza verle a usted!</p> - -<p>—El ofrecimiento que con toda -la humildad me atrevo a hacer -a usted, aun cuando fuera cierto -lo que usted sospecha, que yo no -digo que lo sea, es...</p> - -<p>—¡No venga usted con embustes!</p> - -<p>—No, señor; hablaré con verdad. -El ofrecimiento que humildemente -deseo hacer es el siguiente: -sobre el banquillo emplazado -en la acera del Tribunal, se sienta -un hijo mío, que ya casi es un -hombre, que hará recados, vigilará -y se desvivirá por desempeñar -las funciones que hasta aquí -he desempañado yo, si así lo quiere -usted. Si lo que usted teme -fuera cierto, que yo no digo que -lo sea, ni tampoco que no lo sea, -porque no quiero mentirle a usted, -den a mi hijo el cargo de su padre -y que se encargue al propio tiempo -de su madre, y mientras, deje -al padre en libertad de cavar la -tierra como se le antoje. Esto es, -señor Lorry—añadió <i>Lapa</i>, secándose -el sudor de la frente con -el dorso de la mano,—lo que yo -deseo ofrecer a usted.</p> - -<p>—¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no -diga ni una palabra más! Quién -sabe si me decidiré a tratarle como -hasta aquí, si con obras, no con -palabras, me demuestra su arrepentimiento. -Palabras no las quiero; -no me convencen.</p> - -<p>Salieron en aquel instante Carton -y Barsad.</p> - -<p>—Adiós, Barsad—dijo el primero;—quedamos -entendidos. Nada -tema de mí.</p> - -<p>Tomó asiento junto a Lorry, -quien le preguntó.</p> - -<p>—¿Qué han hecho?</p> - -<p>—Poca cosa; si la suerte del -prisionero se pone obscura, me -permitirán hacerle una visita; nada -más.</p> - -<p>El desaliento de Lorry se acentuó.</p> - -<p>—No puedo hacer más—repuso -Carton.—Pedir demasiado, equivalía -llevar a ese hombre a la -guillotina, y, como dijo muy bien -él, mayor desgracia no podría sobrevenirle -aun cuando le delatásemos. -Demos gracias a lo comprometido -de su posición, pues -de otra suerte, nada habríamos -conseguido.</p> - -<p>—Pero llegar hasta él, en el -caso de que le condenen, no es -salvarle—objetó Lorry.</p> - -<p>—Nunca dije que le salvaría—replicó -Carton.</p> - -<p>Los ojos de Lorry buscaron gradualmente -el fuego que ardía en -la chimenea. El dolor que le produjo -la segunda prisión del marido -de la niña que tanto amaba abatió -todas sus energías. Ya no era -un hombre joven, a pesar de sus -muchos años; era un viejo aniquilado -por la ansiedad. Las lágrimas -almacenadas en su pecho subieron<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span> -hasta sus ojos y rodaron silenciosas -por sus arrugadas mejillas.</p> - -<p>—Tiene usted un gran corazón -y es amigo leal de sus amigos—dijo -Carton con voz alterada.—Perdóneme -si he sido portador -de una noticia que tan dolorosamente -le ha afectado. Me sería -imposible ver llorar a mi padre -y conservar mi tranquilidad, y -yo le juro que no respeto menos su -dolor que respetaría el de mi -padre.</p> - -<p>Tanto respeto, tanto interés, -tanto sentimiento había en el tono -y en la expresión de las palabras -que quedan transcriptas, que -Lorry, que no había tenido ocasión -de apreciar el lado bueno de -Carton, experimentó una de las -sorpresas más grandes de su vida. -Tendió silencioso una mano a su -interlocutor, quien la estrechó con -efusión.</p> - -<p>—Volviendo al pobre Darnay—repuso -Carton,—diré que no es -conveniente que hable usted a su -esposa de la conferencia que acabamos -de tener, ni de lo que he -conseguido del espía. Ella no podría -llegar hasta el calabozo, y -si sabía que iba yo, acaso pensase -que mi intención era proporcionar -a su marido los medios de adelantarse -a la ejecución de la sentencia.</p> - -<p>No había pensado en ello Lorry, -quien al oir las palabras anteriores, -volvió con viveza sus ojos -hacia Carton, como para cerciorarse -de si lo que no quería que -pensase Lucía era precisamente lo -que él tenía en su pensamiento.</p> - -<p>—Pensaría tal vez eso—añadió -Carton,—y podría sospechar -mil otras cosas, cada una de las -cuales sería una tortura añadida -a las que ya la atosigan. No le -hable siquiera de mí. Conforme -dije a usted al llegar a París, no -la veré; conviene que no la vea. -Lo que yo pueda hacer por ella, -lo haré mejor no viéndola. ¿Va -usted ahora a visitarla? Vaya -cuanto antes, sí, pues esta noche -debe de estar desesperada.</p> - -<p>—Voy ahora mismo.</p> - -<p>—De lo que me alegro en el -alma. Le quiere a usted mucho -y tiene en usted confianza sin -límites. ¿Cómo está ahora?</p> - -<p>—Nadando en espantoso mar -de ansiedades, pero hermosa como -siempre.</p> - -<p>—¡Ah!</p> - -<p>Fué una exclamación profunda, -larga, semejante a un gemido, a -un sollozo ahogado. Los ojos de -Lorry se volvieron hacia los de -Carton con rapidez bastante para -sorprender, mientras los de este -último se clavaban en la lumbre -de la chimenea, el paso por ellos, -fugaz como una exhalación, de -una luz o de una sombra; el anciano -caballero no se hubiese atrevido -a precisar si fué lo uno o lo -otro.</p> - -<p>—¿Ha terminado usted ya la -comisión que aquí le trajo?—preguntó -Carton al cabo de breves -segundos.</p> - -<p>—Sí. Conforme estaba diciendo -a ustedes anoche, cuando tan ino<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span>pinadamente -llegó Lucía, he hecho -cuanto podía hacerse. No esperaba -más que verlos a cubierto -de peligro y contentos para -abandonar a París. Pensaba marchar -muy pronto; pero...</p> - -<p>Ambos quedaron silenciosos.</p> - -<p>—Largo es el libro de su vida, -señor Lorry, ¿verdad?—preguntó -Carton, sin duda por decir algo.</p> - -<p>—He cumplido los setenta y -ocho años.</p> - -<p>—Setenta y ocho años bien -empleados; setenta y ocho años -durante los cuales ha sido útil a -sus semejantes y respetado por -éstos; ¿eh?</p> - -<p>—Casi desde que tengo uso de -razón me he dedicado a los negocios; -sin exagerar puedo decir que, -desde muchacho, soy hombre de -negocios.</p> - -<p>—Su laboriosidad le ha valido -ocupar un puesto envidiable. -¡Cuántos le echarán de menos -cuando deje vacante ese puesto!</p> - -<p>—No lo crea usted—replicó Lorry -moviendo la cabeza—¿Quién -ha de verter una lágrima a la memoria -de un solterón viejo y solitario -como yo?</p> - -<p>—¡No diga usted eso! ¿No llorará -por usted ella? ¿No llorará su -hija?</p> - -<p>—Sí... sí... Llorarán... ¡gracias -a Dios! Perdone usted; no sabía -lo que decía.</p> - -<p>—Es un consuelo que bien merece -que por él se den a Dios las -gracias; ¿no es cierto?</p> - -<p>—Mucho, sí... de acuerdo.</p> - -<p>—Si esta noche pudiera usted -decirse con verdad las palabras -siguientes: «No he sabido granjearme -el cariño, la estimación, la -gratitud ni el respeto de nadie; -en ningún corazón humano he -conseguido despertar ecos de simpatía, -nada he hecho bueno, nada -que sea útil a mis semejantes, -nada digno de ser recordado», sus -setenta y ocho años de edad serían -setenta y ocho mil años de remordimientos; -¿no es verdad?</p> - -<p>—Tiene usted razón, Carton; -creo que no me cansaría de maldecirlos.</p> - -<p>Clavó nuevamente Carton su -mirada en la lumbre, permaneció -largo rato pensativo, y al fin, dijo:</p> - -<p>—Otra pregunta desearía hacerle; -cuando se acuerda usted de -su niñez, ¿la encuentra demasiado -distante? ¿Le parece que ha transcurrido -mucho tiempo desde los -días felices en que se sentaba sobre -las rodillas de su dulce madre?</p> - -<p>Lorry, con tono de voz inseguro -por el efecto de la emoción que le -embargaba, contestó:</p> - -<p>—Hace veinte años, sí; hoy, no. -Me ocurre lo que al que viaja -siguiendo un círculo; comienza -alejándose del punto de partida; -pero a medida que llega al final, -se acerca más y más al principio. -Con frecuencia despiertan hoy en -mi corazón recuerdos tiernos largos -años dormidos, con frecuencia -veo a mi santa madre, tan joven, -tan hermosa... mi madre muy joven -y yo muy viejo... con frecuencia -me acuerdo de incidentes de -la vida ocurridos cuando el mun<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>do -no era para mí tan real como es -hoy, ni en mí habían echado raíces -las faltas.</p> - -<p>—Lo comprendo—exclamó Carton -enrojeciendo vivamente.</p> - -<p>—Y esos recuerdos, lejos de -dejarle sabor amargo, le serán gratos, -¿verdad?</p> - -<p>—En efecto; me producen una -sensación de pesar dulce.</p> - -<p>Carton ayudó a poner el sobretodo -a su interlocutor.</p> - -<p>—Usted, en cambio, es muy -joven—repuso Lorry, volviendo -al mismo tema.</p> - -<p>—Sí... no soy viejo; pero mis -caminos juveniles nunca fueron -los que llevan a la vejez.</p> - -<p>—¿Va usted a salir?—preguntó -Lorry.</p> - -<p>—Acompañaré a usted hasta -la puerta de su casa. Ya conoce -usted mi manera de ser inquieta -y mis costumbres de vagabundo, -así que, si me paso muchas horas -rondando al azar por esas calles -sin volver a casa, esté usted tranquilo, -que yo reapareceré si no -hoy, mañana. ¿Piensa asistir mañana -a la vista de la causa?</p> - -<p>—Con harto dolor de mi alma -tendré que asistir.</p> - -<p>—Allí estaré yo, pero entre el -público. Mi espía me encontrará -sitio... ¿Quiere usted aceptar mi -brazo?</p> - -<p>Cogidos del brazo bajaron la -escalera y salieron a la calle. Minutos -después llegaban frente a -la casa del doctor Manette, donde -se separaron. Lorry entró en la -casa y Carton se alejó de ella -pero por muy poco tiempo, pues -breves instantes después, volvía -a estacionarse junto a la puerta -cerrada.</p> - -<p>—<i>Ella</i> sale todos los días por -aquí—se dijo Carton;—toma -aquella dirección... ¡Cuántas veces -habrá pisado esas piedras!... -¡Seguiré sus pasos!</p> - -<p>Sonaban las diez de la noche -en los relojes de la ciudad cuando -Carton ponía fin a su paseo frente -a los sombríos muros de la cárcel -de La Force. Un aserrador de -madera, después de cerrar su taller, -fumaba tranquilo su pipa -frente a su establecimiento.</p> - -<p>—Buenas noches, ciudadano—dijo -Carton, observando que el -aserrador le dirigía miradas inquisitivas.</p> - -<p>—Buenas noches, ciudadano.</p> - -<p>—¿Qué tal anda la República?</p> - -<p>—Supongo que te referirás a la -Guillotina... No anda mal. Hoy -sesenta y tres; no tardaremos en -llegar a cien por día. Sansón y sus -ayudantes se quejan de que el -trabajo es excesivo, de que se les -agotan las fuerzas... ¡Ja, ja, ja! -¡Qué gracioso es el buen Sansón! -¿Has visto en tu vida barbero -más atareado?</p> - -<p>—¿Le ves con frecuencia...?</p> - -<p>—¿Afeitar? Todos los días... -¡Vaya un barbero! ¿Le has visto -alguna vez en funciones?</p> - -<p>—Nunca.</p> - -<p>—Pues no dejes de ir a verle -cuando tiene tarea por delante. -Es una delicia verle trabajar... -Figúrate tú, ciudadano; hoy, se<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span>senta -y tres en menos de dos -horas... ¡En menos de dos horas, -palabra de honor!</p> - -<p>En tal extremo repugnó a Carton -la fruición con que el aserrador -explicaba las <i>faenas</i> del verdugo, -que le volvió la espalda para -no estrangularle, como era su deseo -más ferviente.</p> - -<p>—Pero tú no eres inglés, aunque -como inglés vistes, ¿verdad?—preguntó -el aserrador.</p> - -<p>—Inglés soy—contestó Carton, -volviendo la cabeza.</p> - -<p>—Pues hablas como un francés -auténtico.</p> - -<p>—Fuí estudiante aquí.</p> - -<p>—¡Ah...! Casi francés, entonces. -Buenas noches, inglés.</p> - -<p>—Buenas noches, ciudadano.</p> - -<p>—No dejes de ir a ver al amigo -Sansón.</p> - -<p>Alejóse Carton, pero no se había -separado gran cosa del taller -del aserrador, cuando se detuvo -bajo un farol y escribió algunas -palabras con lápiz en un pedazo -de papel. Cruzando a continuación -una porción de calles obscuras y -sucias, con el paso decidido del -que sabe perfectamente a donde -va, hizo alto frente a una droguería, -cuya puerta estaba cerrando -en aquel momento el droguero.</p> - -<p>Luego que dió las buenas noches -al ciudadano droguero, cuyo -aspecto nada tenía que envidiar, -por lo sucio y repugnante, a la -tienda, puso sobre el mostrador el -pedazo de papel en que poco antes -escribiera con lápiz.</p> - -<p>—¡Demonio!—exclamó el droguero.—¡Ji, -ji, ji! ¿Es para ti, -ciudadano?</p> - -<p>—Para mí.</p> - -<p>—¿Tendrás cuidado de guardarlos -por separado, ciudadano? -¿Sabes las consecuencias de la -mezcla?</p> - -<p>—Perfectamente.</p> - -<p>El droguero preparó unos papeles, -que Carton guardó en el -bolsillo interior de su levita. Pagó -su importe, y sin hablar más, salió -a la calle.</p> - -<p>—Por esta noche, nada tengo -ya que hacer—murmuró, alzando -la cabeza.—Mañana continuaremos... -Me es imposible dormir.</p> - -<p>No reflejaba indiferencia ni -aturdimiento el tono con que pronunció -Carton las palabras anteriores, -ni había en ellas desesperación -ni reto; vibraba en su acento -la resolución del hombre que, después -de largos años de viajar por -caminos torcidos, sin rumbo ni -dirección fijas, penetra al fin en -uno cuyo término le es conocido.</p> - -<p>Largos años antes, cuando descolló -entre los jóvenes de talento, -entre los estudiantes que prometían -grandes cosas, acompañó a -su padre al cementerio. Su madre -había fallecido mucho antes. Pues -bien; aquellas palabras solemnes -que el sacerdote leyó sobre la -tumba del que le dió el ser, palabras -olvidadas entre los desórdenes -de una vida licenciosa, surgieron -potentes en su memoria mientras -esta noche recorría las calles -tristes y solitarias, bajo un cielo -cubierto de negros nubarrones.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span></p> - -<p>«Yo soy la resurrección y la -Vida; aquel que cree en Mí, aun -cuando haya muerto, vivirá; y el -que vive y cree en Mí, no morirá -jamás.»</p> - -<p>No hubiera sido difícil encontrar -la fuerza misteriosa que evocó -aquellos recuerdos en el fondo de -su alma, semejante a la cadena -que arranca de las profundidades -del limo el ancla enmohecida, clavada -largo tiempo atrás, con sólo -reparar en que paseaba solo y -de noche, por las calles de una -ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, -recordando con dolor las sesenta -y tres cabezas que aquel día -habían rodado, y pensando en los -desdichados que morirían sobre -el cadalso al día siguiente, y al -otro y al otro. No intentó, empero, -buscarla; limitóse a repetir una -y otra vez las palabras que quedan -copiadas, y prosiguió paseando.</p> - -<p>Concentrando todo su interés -en las ventanas iluminadas correspondientes -a habitaciones donde -había personas que se disponían -a descansar, afanosas por olvidar -durante las breves horas de calma -de la noche los horrores que las -rodeaban durante el día, en las -torres de las iglesias, donde no se -celebraban ya cultos divinos, pues -la revulsión popular hizo objeto -preferente de sus iras a los sacerdotes, -a quienes acusó de impostores, -de libertinos y de ladrones; -en aquellos lugares sagrados, destinados, -según las inscripciones -colocadas sobre las puertas, -al reposo eterno; en los calabozos, -rebosantes de prisioneros, y -en las calles, por las que las gentes -corrían al encuentro de una muerte -considerada ya, en fuerza de -la costumbre, tan corriente y natural, -que ni los mismos encargados -de manejar la guillotina veían -turbados sus sueños por apariciones -espectrales; puesta, en suma, -toda su atención en la vida de -aquella ciudad que corría desbocada -a la muerte, Sydney Carton -cruzó el Sena buscando calles mejor -iluminadas y más animadas.</p> - -<p>Eran muy contados los coches -que se veían, pues los que podían -permitirse el lujo de tenerlos, -sabedores de que usarlos era tanto -como solicitar ser inscriptos en el -Libro de los Sospechosos, preferían -caminar a pie, luciendo sendos -gorros colorados y calzados -con zapatos de lo más ordinario. -Llenos estaban, empero, los teatros, -que comenzaban a vaciarse -a la hora en que Carton paseaba -por las calles céntricas, donde -aquéllos estaban situados. Junto -a la puerta de un teatro, por la -cual salían compactas masas de -gentes alegres que, canturreando, -se dirigían a sus casas, vió Carton -a una niña, de la mano de la madre, -que buscaba un sitio que la -permitiera atravesar la calle sin -meterse hasta las rodillas en el -fango. Carton tomó a la criaturita -en sus brazos, la transportó a la -acera opuesta, y antes que el tímido -angelito soltara los brazos -que rodeaban su cuello, la rogó -que le diera un beso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span></p> - -<p>«Yo soy la resurrección y la -vida; aquél que cree en Mí, aun -cuando haya muerto, vivirá; y el -que vive y cree en Mí, no morirá -jamás.»</p> - -<p>Ya más avanzada la noche, -cuando la tranquilidad en las -calles era completa y el silencio -absoluto, parecíale que el rumor -de sus propios pasos modulaba -aquellas sentencias, que la brisa -las traía envueltas entre sus sutiles -susurros. Dueño de sí mismo, -tranquilo, resuelto, la repetía con -frecuencia con los labios; pero -en sus oídos sonaban siempre.</p> - -<p>Y continuó avanzando la noche -mientras Carton, inclinado sobre -el pretil del puente, escuchaba -los besos rumorosos del río a los -muros de la Isla de París, y contemplaba -la pintoresca confusión -de edificios envueltos en sombras -grises, sobre las cuales se alzaba -arrogante la cúpula de la catedral -bañada por la luz blanquecina de -la luna. Vino el día. La noche, con -la luna y las estrellas, palidecieron -y murieron, y durante algunos -minutos, pareció que toda la creación -caía bajo el cetro amarillento -de la Muerte.</p> - -<p>La corriente del río, rápida, impetuosa, -profunda, parecióle amigo -cariñoso. Echó a andar siguiendo -sus márgenes y alejándose del -bullicio de la ciudad. Durmióse -en la orilla; cuando despertó, continuó -paseando algunos minutos -más, fijos sus ojos en un remolino -que giraba vertiginoso, hasta que -se lo tragó la corriente y lo arrastró -al mar.</p> - -<p>—¡Como yo!—murmuró Carton.</p> - -<p>Cuando llegó a casa, Lorry había -salido ya. Carton no preguntó -adónde había ido, pues sin grandes -esfuerzos de imaginación podía -adivinarlo. Tomó una tacita -de café, se lavó y arregló, y se fué -sin pérdida de momento al Tribunal. -Allí encontró a Lorry, allí -encontró al doctor Manette, allí -encontró a <i>ella</i>, sentada junto a -su padre.</p> - -<p>Cuando compareció Carlos Darnay, -dirigióle Lucía una mirada -tan alentadora, tan llena de amor -sin límites y de tierna compasión, -que hizo afluir la sangre a las mejillas -del reo, animó su mirada y -alegró su corazón. Si alguien hubiera -tenido puestos sus ojos sobre -Sydney Carton, habría reparado -que aquella mirada, aunque no -dirigida a él, prodújole los mismos -efectos que al prisionero.</p> - -<p>Ante aquel tribunal injusto, que -había principiado por desterrar -el orden en los procedimientos, -era perfectamente inútil que ningún -acusado pretendiera hacerse -oir; que no hubiese valido la pena -traer la Revolución para no echar -al propio tiempo a los cuatro -vientos todas las leyes, reglamentos -y ceremonias, para no abolir -de una vez y para siempre el orden -social del que tan monstruosamente -había abusado el mundo -para no negar a los acusados el -derecho de justificarse.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span></p> - -<p>El Jurado fué desde los primeros -momentos el blanco de todas las -miradas. Formábanlo los mismos -patriotas resueltos, los mismos -republicanos excelentes que lo -formaban el día anterior, los mismos -que lo formarían al día siguiente. -Entre ellos, descollaba -un hombre de cara repulsiva, un -caníbal feroz en toda la extensión -de la palabra, un individuo que -bebía sangre, que se bañaba en -sangre, que respiraba sangre. Era -Santiago Tercero, aquel a quien -conocimos en el barrio de San -Antonio. Los demás semejaban -jauría de perros anhelando destrozar -la pieza.</p> - -<p>Todos los ojos estaban fijos en -los cinco jurados y en el acusador -público, quien habló, poco más o -menos, en los siguientes términos:</p> - -<p>—Carlos Evrémonde, llamado -también Darnay. Ayer se le puso -en libertad, y ayer mismo fué -acusado de nuevo y vuelto a prender. -Anoche se le hizo saber la -acusación fulminada contra él. -Pesan sobre su cabeza los cargos -de enemigo de la República, de -aristócrata, de ser individuo de -una familia de tiranos, miembro -de una raza proscripta, que abusó -de sus privilegios, hoy felizmente -abolidos, oprimiendo de la manera -más villana al pueblo. Carlos -Evrémonde, llamado también -Darnay, reo de los crímenes mencionados, -es hombre muerto a los -ojos de la Ley. Su cabeza pertenece -de derecho al verdugo.</p> - -<p>—¿La delación contra el acusado, -es pública o secreta?—preguntó -el presidente.</p> - -<p>—¿Quién la hizo?</p> - -<p>—Tres personas. Ernesto Defarge, -tabernero de San Antonio.</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>—Teresa Defarge, mujer del -mencionado.</p> - -<p>—Perfectamente.</p> - -<p>—Alejandro Manette, médico.</p> - -<p>Este último nombre alzó en la -sala una tempestad de gritos -ensordecedores. En medio del tumulto, -vióse que se levantaba el -doctor, pálido como un cadáver -y temblando como un azogado.</p> - -<p>—Presidente—gritó,—protesto -indignado contra la ruin -mentira que acaba de pronunciarse -aquí. Yo no he podido delatar -al marido de mi hija, y el Tribunal -sabe muy bien que el acusado es -mi yerno. Mi hija, y las personas -que la son queridas, valen para -mí mil veces más que mi misma -vida. ¿Dónde está el impostor que -se atreve a afirmar que yo he -denunciado al marido de mi hija? -¿Dónde el falso patriota que osa -mentir con tanto descaro?</p> - -<p>—Tranquilízate, ciudadano Manette. -Faltar al respeto que debe -merecerte la autoridad del Tribunal, -sería tanto como salirte fuera -de la Ley. Has dicho que hay algo -que para ti vale mil veces más -que tu vida; y yo no sé que para -un buen patriota haya nada que -valga tanto como la República.</p> - -<p>Frenéticos aplausos premiaron -la réplica del presidente. Este, -luego que impuso silencio a fuerza<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span> -de campanillazos, prosiguió con -calor:</p> - -<p>—Si la República te exigiera -el sacrificio de tu misma hija, tu -deber sería sacrificarla. Sigamos, -y silencio.</p> - -<p>El doctor Manette cayó desplomado -en la silla. Sus labios temblaban, -y sus ojos miraban despavoridos -en derredor. El jurado -de cara de caníbal se frotaba las -manos con visible fruición.</p> - -<p>Restablecido el silencio, presentóse -Defarge, quien hizo una historia -sucinta del cautiverio y libertad -del doctor; manifestó que -había sido su criado, y expuso el -estado en que el cautivo se hallaba -cuando se lo entregaron. Terminada -la historia, el Tribunal le dirigió -las preguntas siguientes:</p> - -<p>—¿Prestaste buenos servicios en -la toma de la Bastilla, ciudadano?</p> - -<p>—Tal lo creo.</p> - -<p>—¡Fuiste uno de los mejores -patriotas!—gritó una mujer, arrebatada -por el entusiasmo—¿Por -qué no decirlo así? Aquel día fuiste -artillero, te batiste con furia, -y entraste el primero en la maldita -fortaleza, luego que cayó en poder -del pueblo. ¡Patriotas... creedme, -porque digo la verdad!</p> - -<p>La que acababa de hablar era -La Venganza. Los aplausos de la -concurrencia ensordecían. Agitó -el Presidente la campanilla, pero -La Venganza, enardecida por las -turbas, aulló:</p> - -<p>—¡No me da la gana callar! -¡Me río yo de la campana y de -quien la toca!</p> - -<p>Al fin calló, cuando se le agotaron -las fuerzas.</p> - -<p>—Da cuenta al Tribunal de lo -que hiciste dentro de la Bastilla, -ciudadano.</p> - -<p>—Yo sabía—respondió Defarge, -mirando a su mujer que desde -poca distancia le estaba clavando -con sus ojos—que el cautivo de -quien hablo había estado sepultado -en una celda que llamaban -Ciento Cinco, Torre del Norte. -El secreto me lo reveló él mismo, -pues mientras permaneció en mi -casa, haciendo zapatos, no supo -que tuviera otro nombre que el -Ciento Cinco, Torre del Norte. -El día de la toma de la Bastilla, -mientras hacía fuego con mi cañón, -decidí reconocer la celda en -cuestión, tan pronto como la fortaleza -cayera en poder nuestro. -Cayó; e inmediatamente subí al -calabozo mencionado, juntamente -con un compañero, que figura en -el jurado, y un calabocero, que -se encargó de guiarnos. La reconocí -muy detenidamente, y en un -agujero del muro, disimulado detrás -de un sillar que había sido -quitado y vuelto a colocar, encontré -un papel escrito. El papel escrito -es éste. He examinado varios -escritos del doctor Manette, y la -letra de este papel, es letra de -puño del doctor Manette. Entrego -este papel, escrito de puño y letra -del doctor Manette, al Presidente.</p> - -<p>—Que se lea.</p> - -<p>El documento, leído en medio -de un silencio sepulcral, mientras -el reo miraba con amor a su mujer,<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span> -y ésta miraba ora a él ora a su -padre, y el doctor Manette no separaba -los ojos del lector, y la -señora Defarge clavaba los suyos -con insistencia en el prisionero, y -Defarge no separaba los suyos de -su mujer, y todos los que llenaban -la sala contemplaban al doctor -que no veía a nadie, decía así:</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_X">X.<br />LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA</h3></div> - -<p>«Yo, <i>Alejandro Manette</i>, médico -desventurado, natural de Beauvais, -y residente en París, escribo -este doloroso documento en mi -horrenda celda de la Bastilla en el -mes último del año de 1767. Lo -escribo aprovechando ratos que -robo a la vigilancia y venciendo -dificultades inmensas. Mi propósito -es esconderlo en el interior -del muro de mi tumba, donde a -fuerza de trabajo he conseguido -abrir un hueco. Tal vez lo encuentre -alguna mano misericordiosa -cuando yo y mis desventuras -hayamos pasado al mundo del -olvido.</p> - -<p>»Trazo estos renglones con el -óxido que he sacado de los enmohecidos -hierros de la reja mezclados -con sangre de mis venas, el -mes último del año décimo de mi -cautiverio. En mi pecho no queda -ya ni un átomo de esperanza. Fenómenos -terribles que en mí mismo -he observado me anuncian -que muy en breve me abandonará -también la razón, pero declaro -solemnemente que en este momento -me hallo en posesión plena -de mis facultades mentales... que -mi memoria es exacta y circunstancial, -que escribo la verdad, -y que estoy pronto a responder -de la veracidad de mis palabras, -tanto si llegan a ser leídas algún -día por los hombres, como si están -condenadas al secreto eterno, ante -el Juez Eterno cuya mirada lee -en el fondo de los corazones.</p> - -<p>»Una noche de la semana cuarta -de diciembre (creo que el día -veintidós del mes) del año 1757, -hallábame yo paseando por un -paraje retirado del paseo que bordea -al Sena y a una hora de distancia -de mi casa, sita en la calle -de la Facultad de Medicina, cuando -por mi espalda vi que se aproximaba -un carruaje, tirado por -dos caballos, a galope. En el momento -de hacerme a un lado para -dejar paso al carruaje y evitar -ser atropellado, asomó en la ventanilla -una cabeza, y una voz -mandó al cochero que parase.</p> - -<p>»Hizo alto el coche tan pronto -como el cochero pudo refrenar a -los caballos, y la misma voz que -diera la orden de parar, me llamó -por mi nombre. No paró el coche -frente a mí, sino a distancia bastante -para que dos caballeros -tuviesen tiempo de abrir la portezuela -y saltar al paseo antes que -llegase yo, acudiendo al llamamiento. -Observé que ambos iban -perfectamente embozados en sus -capas y que procuraban recatar -sus rostros. Al llegar yo a su lado<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span> -y encontrarlos de pie a uno y otro -lado de la portezuela, reparé también -en que los dos parecían ser -de mi misma edad, quizá más -jóvenes, y que se parecían mucho -en estatura, movimientos, voz y -(de lo poco que pude ver) hasta -en rostros.</p> - -<p>»—¿Es usted el doctor Manette?—me -preguntó el uno.</p> - -<p>»—Yo soy—contesté.</p> - -<p>»—¿El doctor Manette, natural -de Beauvais, joven médico y cirujano -hábil y original, que desde -hace uno o dos años es una verdadera -notabilidad en París?—terció -el otro.</p> - -<p>»—Caballeros; soy, efectivamente, -el doctor Manette, de -quien ustedes hablan con benevolencia -excesiva—contesté.</p> - -<p>»—Hemos estado en su casa—repuso -el que había hablado primero,—y -no habiendo tenido la -suerte de encontrarle, aunque sí -la de que nos indicaran que probablemente -estaría paseando por -estos sitios, le hemos seguido llevados -de la esperanza de alcanzarle. -¿Tiene usted la bondad de -entrar en el carruaje?</p> - -<p>»El tono de su voz era imperioso; -mientras se cruzaron las palabras -que dejo consignadas, se movieron -en forma que me dejaron colocado -entre ellos y la portezuela del -coche, y además, iban armados -y yo no.</p> - -<p>»—Ruego a ustedes que me perdonen, -caballeros—respondí,—pero -es el caso que tengo por costumbre -preguntar quiénes son las personas -que me hacen el honor de -pedir mis servicios y la índole del -caso que hace necesaria o conveniente -mi asistencia.</p> - -<p>»Me contestó el que había hablado -en segundo lugar:</p> - -<p>»—Sus clientes, doctor, son personas -de alta posición social. Por -lo que se refiere a la índole del caso -que hace necesaria su asistencia, -la confianza que en su ciencia y -en su habilidad tenemos es para -nosotros garantía de que ha de -comprenderla usted sin necesidad -de explicaciones nuestras, que seguramente -resultarían deficientes. -Creo que con lo dicho basta. -¿Tiene la bondad de montar?</p> - -<p>»No me quedaba más recurso -que obedecer, y lo hice sin hablar -palabra. Inmediatamente me siguieron -los dos caballeros, habiendo -recogido el estribo el que entró -el último. El coche dió media -vuelta y partió a galope.</p> - -<p>»Consigno aquí la conversación -tal como fué; puedo asegurar que -la repito textual, palabra por palabra. -Lo describo todo exactamente -lo mismo que tuvo lugar, -sujetando a mi imaginación y evitando -que divague. Los puntos -suspensivos que en mi relato se -encuentren, significan que suspendo -la tarea para otra ocasión y que -oculto el documento en el escondite -abierto al efecto...</p> - -<p>»El carruaje atravesó muchas -calles, pasó por la Barrera Norte -y no tardó en avanzar por un camino, -fuera de la ciudad. A dos -tercios de legua de la Barrera<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span> -(no calculé entonces la distancia, -pero sí cuando la volví a recorrer) -dejó el coche el camino real, y -momentos después hacía alto frente -a una casa solitaria. Saltamos -a tierra los tres, y avanzamos por -un mullido paseo de un jardín, cubierto -de hierba, en cuyo centro -había corrido una fuente en otros -tiempos, hasta llegar a la puerta -de la casa. Nos franquearon la entrada, -no bien sonó la campanilla, -y el que nos la franqueó, recibió -un bofetón terrible de uno de mis -acompañantes.</p> - -<p>»Confieso que no me llamó la -atención aquel acto, pues estaba -muy acostumbrado a ver que los -hombres de la clase baja eran -tratados por los nobles con menos -miramiento que si fueran perros. -Una vez dentro de la casa, pude -observar que el parecido entre -mis dos acompañantes era tan -maravilloso, que desde luego los -deputé por hermanos gemelos.</p> - -<p>»Desde que saltamos del carruaje -frente a la verja del jardín, que -encontramos cerrada y que abrió -uno de los hermanos, cerrándola -de nuevo luego que la franqueamos, -venía yo oyendo gritos que -tenían su origen en una de las -habitaciones altas de la casa. -Condujéronme en derechura a la -habitación de la que partían los -gritos, donde encontré tendida -sobre el lecho a una enferma, presa -de terrible fiebre cerebral.</p> - -<p>»Era la paciente una mujer de -belleza maravillosa y muy joven; -seguramente no pasaba de los -veinte años. Su hermosa cabellera -ofrecía un aspecto de desorden tan -completo, que entristecía el ánimo, -y los brazos de la enferma -estaban sujetos con tiras de tela. -Observé que estas tiras eran pedazos -de traje de corte de caballero, -en uno de los cuales vi el -escudo de armas de un noble con -la inicial E.</p> - -<p>»Estas observaciones las hice -todas al minuto escaso de haber -entrado en la estancia. Ocurrió -que la enferma, cuya agitación -era espantosa, se volvió boca abajo, -una de las fajas que la sujetaban -se introdujo en su boca, y vi -que corría peligro de morir asfixiada. -Separé, como es natural, la -tira, y entonces fué cuando descubrí -el escudito de armas bordado -en ella.</p> - -<p>»Volví boca arriba a la paciente, -coloqué mi mano sobre su pecho -a fin de calmarla y obligarla a -permanecer quieta, y miré su -rostro. Su mirada estaba horriblemente -dilatada, y sus labios -crispados repetían a gritos estas -palabras: «Mi marido... mi padre... -mi hermano». Luego contaba hasta -doce, permanecía unos segundos -escuchando con toda la atención -de su alma, y comenzaba de nuevo -a gritar «Mi marido... mi padre... -mi hermano», y de nuevo contaba -hasta doce y de nuevo hacía una -pausa para escuchar. Ni en el -tono, ni en los ademanes, ni en la -voz había la menor variación.</p> - -<p>»—¿Cuándo comenzó este estado -de cosas?—pregunté.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p> - -<p>»A fin de distinguir entre los dos -hermanos, llamaré al uno el hermano -mayor y al otro el menor, -entendiendo por el mayor al que -ejercía mayor autoridad.</p> - -<p>»—Desde anoche a estas horas—contestó -el hermano mayor.</p> - -<p>»—¿Tiene marido, padre y hermano?</p> - -<p>»—Tiene un hermano.</p> - -<p>»—¿Y no estoy hablando con ese -hermano en este instante?</p> - -<p>»—No—replicó con tono de profundo -desprecio.</p> - -<p>»—¿La ha ocurrido recientemente -algo relacionado con el número -doce?»</p> - -<p>»—¿Con el número doce?—repitió -con impaciencia el hermano -menor.</p> - -<p>»—Pueden convencerse ustedes, -caballeros, de lo inútilmente que -me han traído aquí, tal como estoy—dije, -puestas aún mis manos -sobre el pecho de la enferma.—Si -yo hubiese sabido lo que pasaba, -habría venido provisto de lo necesario, -mientras que ahora estamos -perdiendo lastimosamente el -tiempo. En un sitio tan solitario -como es éste, no es posible encontrar -medicinas.</p> - -<p>»El hermano mayor miró al -menor, quien replicó con voz -altanera:</p> - -<p>»—Tenemos aquí un botiquín.</p> - -<p>»Momentos después lo sacaba -de un armario y lo colocaba sobre -la mesa...</p> - -<p>»Abrí algunos frascos, los olí y -llevé sus tapones a mis labios. Si -me hubiese hecho falta administrar -a la enferma cualquier substancia -no narcótica ni tóxica, a -buen seguro que no la hubiera -medicinado con nada de lo que -contenía el botiquín.</p> - -<p>»—¿No le inspiran confianza?—preguntó -el hermano menor.</p> - -<p>»—Viendo está usted, caballero, -que voy a utilizarlas—contesté -sencillamente.</p> - -<p>»No sin haber de luchar con -grandes dificultades, y al cabo de -largo rato, conseguí hacer tomar -a la enferma la dosis de medicina -que consideré conveniente. Como -quiera que mi propósito era repetir -la medicación y observar los efectos -que en la enferma producía la primera -toma, me senté a la cabecera -de su lecho. Sentada con timidez -y cortedad manifiestas en -un ángulo, había una mujer que -la cuidaba, casada con uno de los -individuos de escalera abajo. La -casa estaba sucia, mal cuidada y -amueblada, síntomas evidentes -de que la ocupaban desde fecha -muy próxima y de que la intención -de sus ocupantes era permanecer -en ella muy poco tiempo. -Habían tendido provisionalmente -algunas colgaduras delante de las -ventanas, sin duda para que los -gritos de la enferma no llegasen -al exterior. Continuaba ésta gritando -como cuando llegué, repitiendo -las mismas palabras y por -el mismo orden: «Mi marido... mi -padre... mi hermano», y contando -a continuación hasta doce. Sus -convulsiones eran tan violentas, -que no juzgué prudente librarla<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span> -de las tiras que la sujetaban, aunque -las coloqué de manera que la -molestasen menos. La crisis no -cedía a la medicación, pero observé -que la presión de mi mano sobre -el pecho de la enferma ejercía -sobre ella tanta influencia, que al -cabo de algunos minutos se tranquilizaba. -No la produjo, empero, -sobre los gritos, que continuaban -con la regularidad de un péndulo.</p> - -<p>»Media hora llevaría yo sentado -junto a la cama y bajo las miradas -de los dos hermanos, cuando dijo -el mayor:</p> - -<p>»—Tenemos otro enfermo.</p> - -<p>»Me alarmó la noticia, y pregunté:</p> - -<p>»—¿Es urgente el caso?</p> - -<p>»—Mejor será que lo vea usted -por sus ojos—me contestó con -tono negligente tomando una -luz...</p> - -<p>»Yacía el segundo enfermo en -una habitación situada a espaldas -de la casa, habitación que en rigor -no era más que un desván emplazado -sobre una cuadra. Parte del -desván tenía techumbre muy baja -y parte no. Bajo la parte cubierta -había heno y paja almacenados, -y el resto contenía leña y aperos -de labor. Recuerdo tan bien todos -estos detalles, que me parece que -los estoy viendo en este instante -tal como los vi aquella noche, no -obstante hallarme encerrado desde -hace diez años en mi calabozo -de la Bastilla.</p> - -<p>»Sobre un montón de heno y -apoyada la cabeza sobre una almohada, -yacía tendido un mancebo -de aspecto de aldeano, de rostro -agraciado, y que no contaría -más de diez y siete años de edad. -Estaba boca arriba, con los dientes -apretados, la mano derecha -crispada sobre el pecho y la mirada -fija en el techo. Me arrodillé -a su lado; y aunque no encontraba -la herida que había recibido, desde -luego vi que moría a consecuencia -de una herida producida -con instrumento punzante.</p> - -<p>»—Soy médico, pobre amigo mío—dije;—deje -que le reconozca.</p> - -<p>»—No quiero ser reconocido; -déjeme en paz—replicó.</p> - -<p>»Estaba la herida situada debajo -de su mano derecha, que me -costó no poco trabajo y muchas -instancias separar. Era una estocada -recibida de veinte a veinticuatro -horas antes, estocada mortal -de necesidad, aunque le hubieran -sido prestados todos los auxilios -de la ciencia al segundo de -ser inferida. Se moría a chorros. -Busqué con mi mirada la del -hermano mayor, y observé que -éste contemplaba al herido con -la indiferencia misma con que contemplaría -a un pájaro, a una liebre -o a un conejo heridos. Claramente -se advertía que no veía -en el muchacho a una criatura -humana.</p> - -<p>»—¿Quién le ha causado esa -herida, caballero?—pregunté yo.</p> - -<p>»—¡Bah! ¿A qué hablar de un -siervo miserable... de un perro? -Obligó a mi hermano a cerrar -contra él, y cayó bajo su espada -como si hubiese sido un caballero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span></p> - -<p>»En el tono de la contestación -no había ni sombra de piedad, ni -sombra de pesadumbre, ni sombra -de remordimiento.</p> - -<p>»Los ojos del moribundo se -volvieron hacia el que acababa de -hablar, fijándose a continuación -en mí.</p> - -<p>»—Doctor—me dijo;—son muy -altivos esos nobles; pero también -nosotros, los perros miserables, -tenemos nuestro orgullo. Nos roban, -nos saquean, nos ultrajan, -nos vilipendian, nos apalean, pero -todo ello no basta para ahogar -nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto -usted, doctor?</p> - -<p>»Llegaban hasta allí los gritos -de la infeliz, bien que muy amortiguados -por la distancia. A la que -los daba se refería el herido como -si hubiera estado a su lado.</p> - -<p>»—La he visto, sí—contesté.</p> - -<p>»—Es mi hermana, doctor. Habrán -tenido esos nobles durante -muchos años derechos vergonzosos -sobre la modestia y la virtud -de nuestras hermanas; pero entre -nosotros quedan muchachas buenas, -muchachas que saben resistir -sus violencias. Yo lo sé, y he -oído a mi padre afirmarlo así. Mi -hermana es una de ellas. Tenía -relaciones amorosas con un joven, -bueno también y honrado, vasallo -de este noble que está ahí... -todos éramos vasallos suyos... El -otro es su hermano, el representante -más vil de su despreciable -raza.</p> - -<p>»El desventurado tenía que hacer -esfuerzos verdaderamente sobrehumanos -para poder hablar; -pero si le faltaban energías corporales, -sobrábanle las del alma, -y hablaba con extraordinaria entereza.</p> - -<p>»—Nos robaba ese hombre que -está ahí con la frialdad e indiferencia -con que nos roban a los que -somos perros vulgares esos seres -de naturaleza superior a la humana... -nos despojaba sin compasión, nos -obligaba a trabajar sin -pagarnos, a llevar nuestro trigo -a su molino, a alimentar sus aves -de corral con nuestras cosechas, -pero imponiendo pena de muerte -al que tuviera la osadía de -apoderarse de una de ellas, nos -saqueaba y robaba hasta un grado -tal, que si alguna vez, por misericordia -de Dios, teníamos una -piltrafa de carne que llevar a la -boca, la comíamos muertos de -miedo, atrancando antes las puertas -y las ventanas de nuestras -pobres casas, a fin de que sus gentes -no la vieran y nos la robaran. -Repito que de tal suerte nos despojaban, -de tal suerte nos acosaban, -de tal suerte nos hacían imposible -la vida, que mil veces he -oído decir a mi padre que era para -nosotros una desgracia inmensa -traer a un hijo al mundo, y que -debiéramos suplicar a Dios condenase -a la esterilidad a todas las -mujeres de nuestra casta, a fin de -que ésta se extinguiera de una -vez y para siempre.</p> - -<p>»Jamás había yo presenciado -la explosión de los sentimientos -de los infelices oprimidos; supo<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span>nía, -sí, que en el fondo de su alma -guardaban almacenadas cantidades -inmensas de odio contra sus -opresores; pero su estallido era -para mí espectáculo nuevo hasta -aquella noche.</p> - -<p>»—Mi hermana, doctor, se casó, -a pesar de todo. Su pobre prometido -andaba mal de salud por -entonces, y mi hermana se casó -para atenderle y cuidarle en nuestra -cabaña... nuestra perrera, como -diría ese monstruo que tenemos -delante. Pocas semanas llevaba -de casada, cuando tuvo la -desgracia de que la viera el hermano -de ese hombre; le gustó, y con -la mayor naturalidad del mundo -pidió a su hermano mayor que se -la prestase. ¿Qué importaba que -estuviera casada? ¡Son tan poca -cosa los maridos entre nosotros!... -El hermano mayor accedió sin -inconveniente, pero mi hermana -era buena y virtuosa, y por añadidura, -detestaba a su admirador -con tanta fuerza como le detesto -yo. ¿Qué creerá usted que hicieron -entonces los dos hermanos para -recabar del marido de mi hermana -que ejerciese sobre ésta toda su -influencia hasta obligarla a rendirse -a sus torpes deseos?</p> - -<p>»Los ojos del muchacho, fijos -hasta entonces en los míos, volviéronse -poco a poco hacia los del -noble, en cuya cara no me fué -difícil leer la verdad de los cargos -que se le hacían. Aun aquí, en el -interior del sepulcro de la Bastilla -en que me encuentro desde -tantos años, creo ver las dos clases -de orgullo, perfectamente distintas, -que reflejaban las dos caras: -indiferencia y hielo respiraba -la del caballero; deseos furiosos -de venganza la del muchacho -campesino.</p> - -<p>»—Usted sabe, doctor, que uno -de los derechos de esos nobles -consiste en aparejarnos a los que -somos perros miserables, engancharnos -a sus carros y obligarnos -a tirar. Pues bien; al marido de -mi hermana lo engancharon, convenientemente -atalajado, a un -carro, y le obligaron a tirar de -él. Sabe usted, doctor, que entre -los derechos de esos nobles figura -el de obligarnos a pasarnos las -noches en sus terrenos, imponiendo -silencio a las ranas a fin de que -sus cantos no perturben su noble -sueño; el marido de mi hermana -se pasaba las noches a la intemperie -y los días tirando del carro. -No por ello se dejó persuadir... -¡No! Un día, cuando le libraron -de los aparejos y le despidieron -para que se fuera a comer... si -encontraba qué, exhaló doce sollozos, -uno por cada campanada -que daba el reloj—era mediodía—y -murió en los brazos de mi -hermana.</p> - -<p>»Sólo las ansias de explicar el -agravio recibido sostenían la vida -en aquel cuerpo moribundo. Buscando -en su determinación energías -que no encontraba en su -organismo, alejó las sombras de la -muerte que le invadían y oprimió -con mayor fuerza que nunca su herida -por la cual escapaba su vida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span></p> - -<p>»—Muerto el marido de mi hermana, -con la autorización de este -hombre, y hasta con su apoyo -material, su hermano se apoderó -violentamente de la pobre viuda, -a la que necesitaba para sus placeres, -para su diversión de momento. -La tropecé en el camino -cuando se la llevaban. Llevé la -noticia a nuestra casa, y al oirla -mi padre, estalló en mil pedazos -su corazón. Inmediatamente -acompañé a mi hermana menor, -tengo dos... hasta un sitio donde -no se hallara al alcance de ese -hombre, hasta un sitio donde no -fuera su vasalla. Volví luego, seguí -al hermano de ese noble, y -anoche le salí al encuentro, yo, -un perro despreciable, pero con -la espada en la mano... ¿Dónde -está la ventana?... ¿No había -aquí una ventana?</p> - -<p>»Abandonábale la vida y con -la vida la luz. Tendí yo en derredor -mis miradas, y advertí que el -heno y la paja que cubrían el suelo -estaban pisoteados y hollados, -cual si allí hubiese teñido lugar -una lucha encarnizada.</p> - -<p>»—Me oyó mi hermana y acudió -corriendo. Yo la dije que no se -acercara hasta que estuviera muerto -su infame raptor. Este me tiró -algunas monedas, y a continuación, -me cruzó la cara con su látigo; -pero yo, no obstante ser un -perro despreciable, lo abofeteé -hasta obligarle a desenvainar su -espada. ¡Que rompa ahora la hoja -de una espada manchada con la -sangre de un villano, que la haga -mil pedazos, que siempre será -cierto que hubo de desenvainarla -para defender su vida, y que si me -hirió, fué apelando a toda su habilidad!</p> - -<p>»Momentos antes había visto -yo, desparramados por el suelo, -pedazos de una espada; era de -caballero. Un poco más allá, sobre -la paja, había otra espada vieja, -una espada de soldado.</p> - -<p>»—Incorpóreme, doctor, incorpóreme; -¿dónde está ese hombre?</p> - -<p>»—No está aquí—contesté sosteniendo -al moribundo, creyendo -que se refería al hermano.</p> - -<p>»—¡Claro! ¡Con toda su altivez -de noble me tiene miedo! ¿Y el -hombre que estaba aquí? ¡Vuélvame -hacia él... quiero verle!</p> - -<p>»Hícelo así, apoyando sobre -mi rodilla la cabeza del muchacho; -pero éste, reanimadas por un momento -todas sus energías, se puso -en pie, obligándome a hacer otro -tanto para sostenerle.</p> - -<p>»—¡Marqués!—gritó, con mirada -dilatada y levantando el brazo.—Llegará -día en que todos los hombres -habrán de dar cuenta estrecha -de sus actos; para ese día te -emplazo a ti y a todos los tuyos, -desde el primero hasta el último -de tu maldita raza, para que respondáis -de vuestros crímenes. Sea -esta cruz que con sangre estampo -sobre tu cara testimonio de mi -emplazamiento. Para el día en -que todos los hombres habremos -de dar cuenta estrecha de nuestros -actos emplazo también a tu<span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span> -hermano, el más vil de una raza -vil y miserable, para que responda -de los suyos por separado; sobre -su cara estampo esta otra cruz -con mi sangre, como testimonio -de mi emplazamiento.</p> - -<p>»Dos veces llevó la mano a la -sangrienta herida de su pecho y -con el dedo índice trazó dos cruces -en el aire. Permaneció algunos -segundos con el dedo índice rígido, -levantado y cayó muerto...</p> - -<p>»Cuando volví a la estancia donde -dejé a la enferma, la encontré -delirando como la había dejado, -y repitiendo las mismas palabras -y con el mismo orden de siempre. -Desde luego adiviné que la crisis -duraría muchas horas y que, probablemente, -terminaría con su -muerte.</p> - -<p>»Repetí las medicinas y me senté -junto a la cama, donde permanecí -hasta que la noche estaba ya -muy avanzada. Los gritos de la -enferma continuaron con la misma -intensidad, con el mismo orden, -sin variar una sola palabra. -«Mi marido... mi padre... mi hermano... -Una, dos, tres, cuatro, -cinco, seis, siete, ocho, nueve, -diez, once, doce.»</p> - -<p>»Treinta y seis horas hacía que -la vi por primera vez, y el estado -de la enferma en nada había variado. -Me encontraba sentado a la -cabecera de su lecho cuando la -crisis comenzó a ceder. Cesaron -los gritos, terminaron los estremecimientos, -y al poco rato quedó -aletargada, como muerta.</p> - -<p>»Llamé entonces a la enfermera -para que me ayudara a colocarla -bien en la cama y a ordenar sus -vestidos, desgarrados por mil sitios, -y entonces me di cuenta de -que la desdichada estaba encinta, -y perdí las pocas esperanzas que -de salvarla abrigaba.</p> - -<p>»—¿Ha muerto ya?—preguntó -el Marqués, que acababa de entrar -en la estancia, después de un -paseo a caballo.</p> - -<p>»—No ha muerto, pero muerta -parece—respondí.</p> - -<p>»—¡Qué resistencia tienen estos -villanos!—exclamó, contemplándola -con curiosidad.</p> - -<p>»—Las penas y la desesperación -suelen resistir lo indecible—contesté.</p> - -<p>»Mis palabras excitaron en el -primer momento su risa, pero luego -frunció el entrecejo. Acercó -con el pie una silla a la que yo -estaba sentado, mandó a la enfermera -que nos dejase solos, y dijo, -con voz baja:</p> - -<p>»—Doctor, al ver a mi hermano -en la dificultad en que se encontraba, -le aconsejé que buscase a -usted. Goza usted de una reputación -envidiable, pero todavía -tiene que labrarse su fortuna, y -supongo que no ha de serle indiferente -lo que afecte a sus intereses. -Está usted presenciando cosas -que pueden verse, pero nunca -decirse.</p> - -<p>»Yo fingí que prestaba atención -a la respiración de la enferma y -no contesté.</p> - -<p>»—¿Me dispensa usted el honor -de escucharme, doctor?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p> - -<p>»—En mi profesión, caballero, -cuantas noticias se dan al médico -referentes a los enfermos, se entiende -que son confidenciales—contesté, -evitando comprometerme -a nada, pues lo que había oído -y visto llenaba mi alma de recelos.</p> - -<p>»La respiración de la infeliz se -iba dificultando en tales términos, -que hube de buscar síntomas de -vida en su pulso y en los latidos -de su corazón. Para ello me fué -preciso levantarme de la silla, y -cuando volví a sentarme me encontré -frente a frente de los dos -hermanos...</p> - -<p>»Tropiezo para escribir con dificultades -horribles. En primer -lugar, el frío es insoportable, y, -como por otra parte, temo con -fundamento que averigüen que -escribo, en cuyo caso me encerrarían -en un calabozo subterráneo -adonde no llega ni un hilo de -luz, conceptúo prudente abreviar -todo lo posible mi narración. Mi -memoria no puede ser más fresca; -conservo en ella todos los detalles, -todas las palabras que se cruzaron -entre mí y los dos hermanos.</p> - -<p>»Por espacio de una semana, -estuvo la enferma entre la vida -y la muerte; más cerca de la última -que de la primera. Hacia el -final de la semana, logré entender -algunas palabras que me dijo, -aplicando mi oído a sus labios. -Me preguntó dónde se encontraba, -y se lo dije; deseó saber quién era -yo, y satisfice su deseo; pero fué -en vano que yo la preguntara su -apellido; cayó su cabeza sobre la -almohada, y guardó su secreto, -como lo guardara antes que ella -su hermano.</p> - -<p>»No tuve ocasión de hacerla -nuevas preguntas hasta después -que manifesté a los hermanos que -la enferma se moría, y que no viviría -un día más. Hasta entonces, -aunque ninguno de los dos se dejó -ver de la enferma, unas veces el -uno, otras el otro, se encontraban -invariablemente detrás de una -cortina tendida en la cabecera de -la cama; pero al comunicarles yo -mi pronóstico, parece que ya no -les importó que yo hablase con la -moribunda; ya no trataron de -impedir las confidencias que la -que estaba para abandonar el -mundo pudiera hacer a quien... -se encontraba probablemente en -el mismo caso.</p> - -<p>»Siempre observé que el hecho -de que el hermano menor (continuaré -llamándole así) hubiera cruzado -la espada con un muchacho, -y por añadidura labriego y plebeyo, -hería profundamente el orgullo -de los dos. Lo que al parecer -les afectaba, no eran las desgracias -que habían ocasionado, sino el -pensamiento de que el incidente -aludido degradaba a la familia -y la colocaba en situación altamente -ridícula. Infinidad de veces -sorprendí en los ojos del hermano -menor miradas que rebosaban -odio, aunque aparentemente me -trataba con mayor finura que el -mayor. Tampoco se me ocultó que -para este último era yo estorbo -molesto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span></p> - -<p>»Murió mi enferma a las diez -de la noche. Me encontraba yo -solo a su lado, dobló su juvenil -cabeza, terminaron para siempre -sus desdichas sobre la tierra.</p> - -<p>»En la planta baja de la casa -esperaban los hermanos.</p> - -<p>»—¿Ha muerto al fin?—preguntó -el mayor, al verme entrar.</p> - -<p>»—Acaba de morir—contesté.</p> - -<p>»—Sea en hora buena, hermano—repuso, -volviéndose hacia el -menor.</p> - -<p>»Ya antes me habían ofrecido -dinero, que yo no acepté, diciendo -que ultimaríamos ese detalle al -final. El hermano mayor me entregó -un cartucho de monedas de -oro, que yo recibí de su mano, -pero que dejé seguidamente sobre -la mesa. Había meditado el asunto, -y de la meditación resultó el -propósito decidido de no aceptar -nada.</p> - -<p>»—Dispénsenme ustedes—dije;—dadas -las circunstancias, nada -debo aceptar.</p> - -<p>»Los hermanos cambiaron una -mirada, me hicieron una inclinación -de cabeza, que yo contesté -con otra, montaron a caballo, y -se fueron....</p> - -<p>»Me siento cansado, rendido, -extenuado... Ni leer puedo lo que -mi descarnada mano ha escrito.</p> - -<p>»A la mañana siguiente, muy -temprano, trajeron a mi casa el -cartucho de monedas de oro, colocado -dentro de una cajita dirigida -a mi nombre. Yo, entretanto, -después de largas meditaciones, -había resuelto ya la norma -de conducta que habría de seguir. -Decidí escribir aquel mismo día -al Ministro, haciéndole historia de -los dos casos en que había intervenido -y detallando el lugar en -que aquéllos ocurrieron; en una -palabra: enviarle una relación circunstanciada, -bien que con carácter -particular. Conocía yo hasta -dónde llegaban las influencias en -la Corte, no eran para mí un secreto -los privilegios e inmunidades -de que gozaban los nobles, y, como -consecuencia, suponía que mi -escrito no daría ningún resultado; -pero aun así, quise tranquilizar -mi conciencia. Decidí no revelar -a nadie mi secreto, ni siquiera a -mi mujer, y así lo hice constar en -la carta dirigida al Ministro. No -creí que a mí me amenazase peligro -alguno; pero supuse que lo -correrían otros, si los comprometía -haciéndoles dueños del secreto -que yo poseía.</p> - -<p>»Estuve aquel día tan ocupado, -que no me fué posible terminar la -carta hasta después de cerrar la -noche. A la mañana siguiente, -dejé el lecho antes de la hora -acostumbrada. Era el último día -del año. Acababa de dar la última -mano a la carta, cuando me avisaron -que me esperaba una señora -que deseaba verme...</p> - -<p>»Por momentos me considero -más incapaz de dar cima a la -tarea que me he impuesto. ¡Es tan -insoportable el frío, tan escasa -la luz, tan completa la parálisis -de mis facultades, tan horrible la -obscuridad de mi alma!...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295">[295]</a></span></p> - -<p>»Era una señora joven, simpática -y hermosa, pero señalada con -el dedo descarnado de la muerte. -La encontré presa de intensa agitación. -Me dijo que era la esposa -del marqués de Evrémonde. Yo -relacioné el título de marqués que -el muchacho moribundo diera al -hermano mayor con la inicial -que descubrí en la corbata blasonada -y, con tales datos a la vista, -no me fué difícil adivinar que el -hombre de quien me había separado -y el marqués de Evrémonde -eran una misma persona.</p> - -<p>»Aunque mi memoria continúa -despejada, me es imposible consignar -aquí las palabras que se -cruzaron en nuestra conversación. -Parece que la señora tenía noticia -de la intervención que yo había -tenido en un suceso que conocía -en parte y en parte sospechaba. -No sabía que la infortunada joven -hubiese muerto. Sus deseos, según -me manifestó anegada en lágrimas, -eran visitarla en secreto y -testimoniarla su simpatía, y sus -anhelos, desviar la cólera de Dios -suspendida sobre una casa que -de antiguo venía siendo objeto -del odio de tantos a quienes había -precipitado en los negros abismos -de la desgracia.</p> - -<p>»El objeto de la visita de aquella -señora, que tenía sus motivos -para creer que la desdichada víctima -de su marido dejaba una -hermana más joven, era suplicarme -que la indicase el nombre y -lugar de la residencia de la hermana -en cuestión, a fin de ayudarla -y protegerla. No pude contestar -otra cosa sino que, en efecto, -existía aquella hermana; mas no -facilitarla datos que desconocía -entonces, y desconozco a la hora -en que escribo estas líneas...</p> - -<p>»Me falta ya el papel. Ayer me -quitaron una hoja, temo que la -vigilancia de que me hacen objeto -es más estrecha que nunca, y hoy -mismo es preciso que termine mi -relato.</p> - -<p>»La señora era buena, de corazón -compasivo, y desgraciadísima -en su matrimonio. El hermano de -su marido la odiaba, desconfiaba -de ella y empleaba en su contra -toda su influencia. Ella le temía, -y temía también a su marido. -Cuando la acompañé hasta la -puerta de mi casa, después de -despedirse de mí, vi a un hijo -suyo, que la esperaba en el coche, -un niño precioso de dos a tres años -de edad.</p> - -<p>»—Por amor a este inocente, -doctor,—me dijo la pobre madre -hecha un mar de lágrimas,—he -de llegar, en el camino de las reparaciones, -hasta donde alcancen -mis escasas fuerzas. Una voz interior -me dice que ha de purgar el -inocente hijo los delitos de su -culpable padre, si oportunamente -no ofrezco alguna expiación por -ellos. Mi preocupación primera -ha de ser inocular en su tierno -corazón la compasión hacia sus -semejantes, y mi postrer encargo, -el de velar por la hermana -que busco, si puedo encontrarla.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span> -»Besó a continuación al niño, -y le dijo:</p> - -<p>»—Por ti lo hago todo, Carlos. -¿Olvidarás mis encargos?</p> - -<p>»—Nunca—respondió con resolución -el niño.</p> - -<p>»No consigné en mi carta un -nombre que me habían comunicado -confidencialmente. La cerré, -y no queriendo confiarla a nadie, -aquel día la llevé yo mismo a su -destino.</p> - -<p>»Por la noche, era la última del -año, a eso de las nueve, llamó en -mi casa un hombre vestido de -negro, dijo que necesitaba verme, -y mi criado Ernesto Defarge lo -condujo a mi presencia.</p> - -<p>»—Un caso urgente en la calle -St. Honoré—dijo.</p> - -<p>»Salí inmediatamente. En la calle -me esperaba un coche... que -me condujo aquí, a la tumba. -Apenas habíamos perdido de vista -mi casa, cuando inopinadamente -me amordazaron y sujetaron -con cuerdas los brazos. No tardaron -en salir los dos hermanos al -encuentro del coche. El Marqués -sacó del bolsillo la carta que yo -había llevado al Ministro, me la -enseñó, la quemó con la llama de -una linterna que llevaba en la -mano, y pisoteó las cenizas. No -se habló ni una palabra. Me trajeron -a esta tumba, y en ella sigo.</p> - -<p>»Si en el lapso de estos horribles -años, Dios se hubiera dignado -tocar el corazón de cualquiera de -los dos hermanos, no para que -pusieran término a mi espantoso -cautiverio, sino para que me dieran -noticias de mi adorada esposa... -para que me dijeran, ya que -no otra cosa, si vive o ha muerto, -creería que, a pesar de sus maldades, -no los ha dejado por completo -de su mano; pero hoy creo que las -cruces rojas trazadas con sangre -por el muchacho moribundo han -sido fatales para ellos, creo que -el Cielo los ha condenado. Como -consecuencia, yo, Alejandro Manette, -cautivo infortunado, en la -noche última del año 1767, denuncio -a los dos hermanos y a todos -sus descendientes, hasta el último, -a los tiempos que no pueden -menos de llegar, en que los hombres -castiguen maldades como las -de que se han hecho reos. También -los denuncio al cielo y a la -tierra.»</p> - -<p>Terribles rugidos siguieron a la -lectura de este documento. No -se oían palabras, que las gargantas -no podían modular, sino rugidos -que revelaban sed insaciable -de sangre.</p> - -<p>Ante aquel tribunal, y ante -aquel auditorio, ninguna necesidad -había de explicar cómo poseía -Defarge aquel terrible documento -que acababa de hacerse -público, cómo no lo había tampoco -de hacer saber que el nombre -de aquella familia odiada figuraba -desde largo tiempo antes en -los formidables registros de San -Antonio. No había nacido el hombre -capaz de defender al mortal -sobre quien pesase tan grave denuncia.</p> - -<p>Venía a agravar hasta lo infinito<span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span> -la situación del condenado la circunstancia -de que su delator fuera -un ciudadano conocidísimo y muy -respetable, su amigo del alma, -nada menos que el padre de su -mujer. Una de las aspiraciones -más corrientes en el populacho -era la de imitar las virtudes públicas -de la antigüedad, sacrificarse -por la causa del pueblo, inmolar -los efectos más tiernos en aras -de la República. He aquí por qué, -cuando el Presidente dijo que el -buen médico republicano no vacilaba -en dejar viuda a su hija y -huérfano a su nieto, a trueque de -exterminar una familia de perniciosos -aristócratas, las turbas dieron -rienda suelta a un fervor patriótico -salvaje, sin que en ningún -pecho vibrasen las cuerdas de la -simpatía humana.</p> - -<p>—¿Conque le has rodeado de -influencias poderosas, eh, doctor?—murmuró -la señora Defarge, mirando, -sonriendo, a La Venganza—¡Sálvale, -doctor, sálvale ahora, -si puedes!</p> - -<p>Los jurados se expresaron por -medio de rugidos. Cada voto emitido -fué un rugido, la sentencia, -una sucesión de rugidos.</p> - -<p>Poco se hizo esperar el fallo. -Carlos Evrémonde, por otro nombre -Darnay, aristócrata de corazón -y de sangre, enemigo de la -República y feroz opresor del -pueblo, volvería a la Conserjería -para ser decapitado a las veinticuatro -horas.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_XI">XI.<br />SOMBRAS</h3></div> - -<p>La feroz sentencia que condenaba -a la última pena a un inocente -fué para la esposa sin ventura -agudo puñal que traspasó su -tierno corazón. No exhaló, sin -embargo, la infeliz un quejido; -en el fondo de su alma se alzó una -voz potente que la marcó el camino -de su deber, diciéndola que su -obligación era sostener a su esposo -adorado en vez de acrecentar con -las suyas sus agonías, y ante el -conjuro de aquella voz, la joven -se irguió arrogante, sobreponiéndose -a los efectos del tremendo -golpe recibido.</p> - -<p>Los jueces levantaron la sesión -para tomar parte en la bulliciosa -manifestación pública que no podía -menos de tener lugar después -del incidente de la vista, y muy -en breve, abiertas todas las puertas -de la Sala de Justicia, salía el -público, indiferente al dolor de -Lucía, que tendía sus brazos anhelantes -hacia la plataforma donde -quedaba su marido.</p> - -<p>—¡Si me fuera dado llegar hasta -él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un -abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! -¡Buscad en vuestros pechos un -resto de piedad y acceded a una -súplica que os hago de rodillas!</p> - -<p>No quedaban allí más personas -que un carcelero con dos de los -cuatro individuos que el día anterior -fueron a prender a Carlos, y<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span> -Barsad. El público corría ya bullicioso -por las calles.</p> - -<p>—Dejemos que le dé un abrazo—propuso -Barsad a sus compañeros;—es -cuestión de un momento.</p> - -<p>Aquellas fieras se ablandaron. -Lucía pudo llegar hasta el pie de -la plataforma, y su marido, inclinándose -sobre la barandilla, la -estrechó entre sus brazos.</p> - -<p>—¡Adiós, dulce alma mía!—dijo.—Abandono -este mundo bendiciendo -los amores que en él dejo. -En la mansión donde duermen -los odios y las pasiones humanas -volveremos a encontrarnos.</p> - -<p>—Espantosa es mi desventura, -Carlos querido; pero la recibo resignada. -No sufras por mí, que -Dios me protege y sostiene mis -fuerzas. ¡La última bendición para -nuestro ángel, y adiós!</p> - -<p>—Contigo se la envío, y al besarte -a ti, beso a las dos, y de las -dos me despido al hacerlo de ti.</p> - -<p>—¡No... Carlos querido, no! ¡Un -momento más!—exclamó Lucía, -al ver que el condenado intentaba -desasirse de sus brazos.—Nuestra -separación no será larga. Presiento -que mis amarguras pondrán -pronto fin a mi triste vida; pero -mientras me quede un soplo de -energía, cumpliré con mi deber, -y cuando deje a nuestra hija, el -Dios misericordioso que me deparó -almas buenas que, con su cariño -y abnegación alegraron mi existencia, -no ha de regateárselas a ella.</p> - -<p>Habíala seguido su padre convertido -en muda estatua del dolor, -quien habría caído de rodillas a -los pies de los dos, de no haberlo -impedido Carlos.</p> - -<p>—¡No... no!—gritó éste, tendiéndole -los brazos—¿Ha cometido -usted acaso alguna culpa, para -postrarse de rodillas ante nosotros? -¡Ah, no! ¡Todo lo contrario! -¡Ahora es cuando me doy cuenta -cabal de las torturas horribles que -desgarraron su alma! ¡Ahora es -cuando puedo aquilatar lo que -usted sufrió cuando sospechó la -sangre que por mis venas corría -y la desesperación que debió sentir -cuando las sospechas se trocaron -en certeza! ¡Ahora es cuando -comprendo las luchas encarnizadas -que hubo de librar contra una -antipatía natural, los esfuerzos -que necesariamente tuvo que hacer -para vencerla! ¡Con todo nuestro -corazón le damos las gracias! -Suyo es todo nuestro agradecimiento, -suyo todo nuestro cariño. -¡Que el Cielo le bendiga, como le -bendecimos nosotros!</p> - -<p>No pudo contestar el anciano, -pues ni su garganta agarrotada -era capaz de articular palabra, ni -en su cuerpo quedaban energías -más que para mesarse los cabellos -y lanzar alguno que otro quejido -de angustia.</p> - -<p>—Tenía que suceder así—repuso -el reo.—Todo ha conspirado -para llegar al fatal resultado a -que llegamos. Han sido estériles -cuantos esfuerzos he hecho para -satisfacer aquella aspiración de -mi santa madre a la que dió salida -el día primero que usted la cono<span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span>ció -y me conoció. Hubiera sido -necio esperar bien alguno de una -siembra tan abundante de males, -hacerse ilusiones de que podría -tener término feliz lo que se inauguró -con principios fatales. Tenga -valor, y perdóneme. ¡El Dios -misericordioso le colme de bendiciones!</p> - -<p>Separáronse los esposos; y -mientras el reo se alejaba entre sus -guardianes, su esposa permanecía -mirándole, juntas las manos en -actitud de súplica y con rostro -radiante en el que predominaba -una sonrisa acariciadora y confortadora. -Sin embargo, no bien -desapareció el condenado por la -puerta que comunicaba con la -cárcel, Lucía dobló su cabeza cual -flor segada por el tallo, intentó -hablar, y cayó desplomada en -tierra.</p> - -<p>Del obscuro rincón donde había -permanecido oculto desde el comienzo -de la vista, salió entonces -Sydney Carton y alzó a la desventurada -del suelo. No quedaban -con ella más que su padre y Lorry. -Temblaba el brazo de Carton -mientras la levantaba, y, sin embargo, -su expresión no era sólo -de piedad; había en ella fuerte -mezcla de orgullo.</p> - -<p>—¿La llevo al coche?—preguntó.—No -sentiré su peso.</p> - -<p>En sus brazos la condujo hasta -el coche que esperaba en la puerta, -donde la acomodó. El anciano -doctor y el buen Lorry se sentaron -a su lado, y Carton se acomodó -en el pescante, junto al cochero.</p> - -<p>Llegados frente a la verja, al -sitio en que horas antes se detuviera -Carton procurando adivinar -qué piedras habían hollado los pies -de Lucía, sacó a ésta del coche, -y en sus brazos la subió orgulloso -hasta sus habitaciones, acostándola -sobre un sofá. Lucita y la -señorita Pross lloraban desconsoladas.</p> - -<p>—No haga nada por disipar su -desmayo.—dijo Carton a la última -con voz muy baja.—Está mejor así.</p> - -<p>—¡Oh Carton, Carton!—gritó -Lucita, saltando al cuello de Carton -y rodeándole con sus brazos.—Ahora -que ha venido usted, no -dudo que hará algo para consolar -a mamá, para salvar a papá. ¡Véala -usted, Carton! ¿Puede usted, -puede nadie que la quiera contemplarla -sin que salte hecho pedazos -su corazón?</p> - -<p>Carton dió un beso a la niña, -separó con dulzura sus bracitos, -contempló durante algunos segundos -a la madre, y dijo:</p> - -<p>—Antes de irme... ¿puedo besarla?</p> - -<p>Más tarde recordaron los testigos -de esta escena que, mientras -rozaban sus labios las mejillas de -la desmayada, murmuró algunas -palabras. La niña, que era la que -se encontraba más cerca, dijo después, -y repitió muchas veces a sus -nietos, cuando era una viejecita -encorvada bajo el peso de los -años: «Es una vida que amas».</p> - -<p>En la habitación inmediata, -donde encontró al doctor y a -Lorry, dijo al primero:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span> -—Ayer tenía usted mucha influencia, -doctor Manette; debe -usted ponerla toda en juego. Los -jueces, y todos los que hoy tienen -algún poder, son amigos suyos -y están agradecidos a sus servicios; -¿no es cierto?</p> - -<p>—Nada me ocultaron de lo que -a Carlos se refería. Abrigaba yo -esperanzas, casi seguridad absoluta -de salvarle, y le salvé—contestó -el doctor, hablando con mucha -lentitud y con expresión conturbada.</p> - -<p>—Pruebe otra vez. Breves son -las horas que separan a hoy de -mañana; pero pruebe.</p> - -<p>—Probaré... No descansaré un -instante.</p> - -<p>—Es lo que debe hacer. He -visto hacer grandes cosas a hombres -dotados de las energías de -usted, aunque nunca—añadió, -sonriendo y suspirando al mismo -tiempo—tan grandes como la que -le propongo. Pruebe, sin embargo. -La salvación de una vida querida -bien vale ese esfuerzo.</p> - -<p>—Me presentaré al Fiscal de la -República y al Presidente—contestó -el doctor Manette,—así como -también a otros que no es necesario -nombrar. Escribiré también, -y... Pero ahora recuerdo -que hoy se celebran festejos públicos -y que no podré ver a nadie -hasta que sea de noche.</p> - -<p>—Es verdad. ¡Bah! De todas -suertes, se trata de una esperanza -muy remota; poco se pierde con -esperar hasta la noche. Comienzo -por decir que nada espero. Dígame, -doctor Manette, ¿cuándo cree -que podrá ver a esas autoridades -formidables?</p> - -<p>—Inmediatamente después de -anochecido; yo creo que dentro -de una o dos horas.</p> - -<p>—Anochecerá poco después de -las cuatro... Aprovechemos la hora -o dos horas que tenemos por -delante. Si a las nueve me presento -en casa del señor Lorry, ¿podré -saber el resultado de sus gestiones?</p> - -<p>—Desde luego.</p> - -<p>—¡Ojalá tengan buen éxito!</p> - -<p>Acompañó Lorry a Carton hasta -la puerta de la calle, donde le -dijo con voz muy baja y acento -apesadumbrado:</p> - -<p>—Nada espero.</p> - -<p>—Ni yo.</p> - -<p>—Aun cuando uno cualquiera -de esos hombres... aun cuando -todos esos hombres estuvieran dispuestos -a concederle la vida... lo -que es suponer demasiado, después -de lo ocurrido en la vista, -dudo mucho que se atrevieran a -hacerlo.</p> - -<p>—También lo dudo yo... La -cuchilla no se detendrá.</p> - -<p>Lorry llevó las manos a la cara -y dejó escapar algunos sollozos.</p> - -<p>—No se desespere usted... no -ceda al abatimiento—dijo con -dulzura extremada Carton.—Si he -aconsejado al doctor que trabaje -sin descanso, ha sido porque sus -trabajos, aunque han de ser estériles, -han de consolar a su hija -algún día. Si su padre se cruzara -de brazos, podría pensar que ha<span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span>bía -sido sacrificada una vida sin -que nadie se tomase el trabajo -de disputarla al verdugo.</p> - -<p>—¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!—respondió -Lorry, secándose los -ojos.—Se trabajará; pero morirá... -¡no resta un átomo de esperanza!</p> - -<p>—Es cierto. Morirá... ¡No queda -un átomo de esperanza!—repitió -Carton como un eco.</p> - -<p>Seguidamente echó a andar con -paso firme.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_XII">XII.<br />TINIEBLAS</h3></div> - -<p>Muy poco trecho había recorrido -Carton cuando se detuvo, no -bien decidido acerca del sitio al -que se encaminaría.</p> - -<p>—A las nueve en el Banco Tellson—murmuró.—De -aquí a entonces, -¿será prudente que me deje -ver? Creo que sí. No estará de -más que esas gentes tengan noticia -de que por aquí anda un hombre -como yo... quizá sea una precaución -acertada... una precaución -necesaria... ¡Cuidado, Carton, -cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!</p> - -<p>Suspendiendo la marcha ya iniciada -en una dirección determinada, -entró en una calleja obscura -y solitaria y procuró pesar el -pro y el contra de su proyecto, -midiendo con su imaginación el -alcance y las consecuencias probables -que aquél pudiera tener.</p> - -<p>—No hay duda; es lo mejor—pensó.—Esas -gentes deben saber -que por la ciudad anda un hombre -que se llama Carton.</p> - -<p>Con paso resuelto echó a andar -hacia San Antonio.</p> - -<p>Como aquel mismo día había -dicho Defarge en la vista que era -dueño de una taberna sita en el -barrio de San Antonio, pocas -dificultades había de encontrar -cualquiera que conociera bien la -ciudad para dar con la taberna en -cuestión, sin necesidad de preguntar -a nadie. Carton, pues, salió de -la calleja obscura y comió en una -casa de comidas, descabezando -a continuación un sueño. En muchos -años no había bebido tan poco -como aquel día. Desde la noche -anterior, sólo había tomado un -poco de vino aguado.</p> - -<p>A eso de las siete despertó, y -reanudó su marcha. Al llegar al -barrio de San Antonio, detúvose -un instante frente a una tienda -donde vió un espejo, y alteró ligeramente -el lazo de su corbata y -desordenó su cuello y su cabello. -Hecho esto, encaminóse en derechura -a la taberna Defarge y -entró resueltamente en ella.</p> - -<p>No encontró en el establecimiento -más que a Santiago Tercero, -a quien recordó haber visto -aquella tarde entre los jurados, -el cual estaba bebiendo y conversando -con los Defarges, marido -y mujer. La Venganza, en su calidad -de miembro de la taberna, -asistía a la conversación.</p> - -<p>Carton, luego que tomó asiento, -pidió un vaso de vino. La señora -Defarge le dirigió una mirada<span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span> -indiferente, luego otra más detenida, -siguió otra extraordinariamente -penetrante, y terminó acercándose -a él y preguntándole qué -deseaba.</p> - -<p>Carton repitió lo que antes -había dicho.</p> - -<p>—¿Inglés?—preguntó la tabernera, -enarcando las cejas.</p> - -<p>Carton, después de mirarla un -buen espacio, cual si le costase -gran trabajo pronunciar una palabra -francesa, contestó con acento -extranjero marcadísimo:</p> - -<p>—Sí, señora, sí; inglés.</p> - -<p>Fué la tabernera al mostrador -para servir el vino, y Carton, -mientras tomaba entre sus manos -un periódico jacobino y fingía hacer -esfuerzos por interpretar la -lengua en que estaba escrito, oyó -que decía la primera:</p> - -<p>—Juro que se parece a Evrémonde.</p> - -<p>Sirvió el vino Defarge, dando -las buenas noches al parroquiano.</p> - -<p>—¿Qué?—preguntó Carton.</p> - -<p>—Buenas noches.</p> - -<p>—¡Oh... muy buenas noches, -ciudadano... y muy buen vino! -¡Brindo por la República!</p> - -<p>Volvió Defarge al mostrador, -diciendo:</p> - -<p>—Es cierto; se le parece un -poco.</p> - -<p>—¡Y yo repito que se le parece -mucho!—replicó con dureza la -tabernera.</p> - -<p>—Lo tienes tan presente en tu -memoria...—observó Santiago -Tercero.</p> - -<p>—¡A fe que yo tampoco le olvido -un momento!—exclamó La -Venganza riendo.—Y si no me engaño, -estás tú esperando llegue el -día de mañana para verle otra -vez.</p> - -<p>Carton continuaba leyendo, siguiendo -con el índice las líneas del -periódico y puesta en la lectura -toda su atención. Los Defarges, -La Venganza y Santiago Tercero, -juntas las cabezas y de codos sobre -el mostrador, conversaban en -voz muy baja. Después de algunos -momentos de silencio, durante -los cuales las cuatro personas tuvieron -sus ojos clavados en el -aplicado lector, que no tenía ojos -ni oídos más que para el periódico, -reanudaron la conversación.</p> - -<p>—Opino que tiene razón tu mujer. -¿Por qué detenernos hasta el -final del viaje? El argumento es -de gran fuerza.</p> - -<p>—Todo lo que quieras—objetó -Defarge—pero en una parte o en -otra tendremos que hacer alto. -En realidad, lo único que hay que -acordar es dónde se hace ese alto.</p> - -<p>—¡Después del exterminio!—replicó -la tabernera.</p> - -<p>—¡Magnífico!—aulló Santiago -Tercero.</p> - -<p>—¡Soberbio!—gritó La Venganza.</p> - -<p>—Profeso la santa doctrina del -exterminio, y dicho se está que, -en general, nada tengo que decir -en su contra—observó Defarge.—Pero -hay que tener en cuenta que -ese pobre doctor ha sufrido ya -mucho. Hoy habéis podido convenceros -de ello, pues todos ha<span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span>bréis -reparado en la expresión de -su cara mientras se leía el papel.</p> - -<p>—¡He reparado en la expresión -de su cara, sí!—replicó la tabernera, -poniendo en sus palabras -todo el desprecio y todo el odio -de su corazón de fiera.—He reparado -en la expresión de su cara, sí; -y he visto que no era la cara de -un amigo verdadero de la República; -eso es lo que he visto.</p> - -<p>—Y no te habrán pasado -inadvertidas las crueles agonías -de su hija, agonías que habrán -exacerbado enormemente las suyas—repuso -Defarge.</p> - -<p>—También he observado a su -hija, sí—contestó la tabernera;—la -he observado muchas veces; no -hoy sólo. La he observado hoy en -el Tribunal, y la he observado -otros días en la calle, contemplando -los muros de la cárcel. Me basta -alzar un dedo, para que baje inmediatamente -la cuchilla que haga -rodar su cabeza.</p> - -<p>—¡Eres una ciudadana prodigiosa!—rugió -Santiago Tercero.</p> - -<p>—¡Un ángel!—suspiró La Venganza.</p> - -<p>—En cuanto a ti—prosiguió la -tabernera implacable, dirigiéndose -a su marido,—segura estoy de -que, si de ti dependiera... que por -fortuna no depende... serías capaz -de salvar aún a ese hombre.</p> - -<p>—¡No!—protestó Defarge—¡Si -con levantar este vaso pudiera -salvarlo, ten por seguro que no -lo levantaría! Pero me detendría -allí; repito que daría mi obra por -acabada.</p> - -<p>—Ya lo estás viendo, Santiago—exclamó -la tabernera lanzando -por los ojos llamaradas de rabia—Ya -lo estás viendo también tú, mi -querida Venganza... Los dos lo -véis... Los dos lo oís... Hace mucho -tiempo que figura esa raza en -mis registros condenada a la destrucción, -al exterminio, por crímenes -que nada tienen que ver -con los de la tiranía y opresión. -Preguntad a mi marido si miento.</p> - -<p>—Es verdad—contestó Defarge, -sin esperar a que le preguntasen.</p> - -<p>—En los comienzos de los grandes -días, cuando cayó la Bastilla, -encuentra mi marido el papel que -se ha hecho público hoy, lo trae -a casa, y después de media noche, -cuando el establecimiento está cerrado -y desierto, lo leemos en este -mismo sitio y a la luz de esta misma -lámpara. Preguntadle si digo -verdad.</p> - -<p>—Es verdad, sí—contestó Defarge.</p> - -<p>—Aquella misma noche, después -de leído el papel y apagada la -lámpara, cuando comenzaba a -filtrarse el día por entre las grietas -de las ventanas y los hierros de las -rejas, le dije que tenía que comunicarle -un secreto. Que os diga si -miento.</p> - -<p>—Es cierto—asintió Defarge.</p> - -<p>—Y le comuniqué el secreto. -Golpeé su pecho con estas dos -manos, como lo golpeo ahora, y -le dije: «Defarge; me crié entre -pescadores de la playa, y la familia -labriega tan ultrajada por los<span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span> -hermanos Evrémonde, esa familia -que describe el papel encontrado -en la Bastilla, es mi familia. -Defarge, la hermana moribunda -del muchacho campesino herido -mortalmente era mi hermana, el -marido era el marido de mi hermana, -el fruto de sus amores que -jamás abrió los ojos a la luz, era -el hijo de mi hermana, y aquel -hermano labriego era mi hermano, -y el padre muerto de dolor era -mi padre, los que murieron eran -mis muertos, y sus gritos de venganza -a mí se han dirigido desde -entonces...» Preguntadle si es verdad -lo que digo.</p> - -<p>—Así es—confesó Defarge.</p> - -<p>—¡Y ahora, decidme si es posible -poner compuertas al vendaval -o extinguir el fuego del infierno!—repuso -la tabernera.—Pero no; no -es necesario que me lo digáis.</p> - -<p>Los dos oyentes saboreaban un -placer horrible al convencerse de -la índole implacable del odio de -la tabernera, cuya palidez de -espectro estaba viendo el lector -del periódico sin ver su rostro. -Defarge, minoría insignificante, -aventuró algunas palabras haciendo -resaltar la compasión de la -esposa del Marqués; pero no consiguió -más que la repetición de -las palabras últimas de su mujer:</p> - -<p>—¡Dime si es posible poner -compuertas al vendaval o extinguir -el fuego del infierno!</p> - -<p>La entrada de algunos parroquianos -puso fin a la conferencia. -El inglés pagó el gasto hecho y -preguntó dónde estaba el Palacio -Nacional. Acompañóle hasta la -puerta la señora Defarge, y allí, -poniendo su brazo sobre el de -aquél, le indicó el camino que -debía seguir. Ganas se le vinieron -al parroquiano inglés de alzar -aquel brazo y herir con mano segura -a su propietaria.</p> - -<p>Alejóse Carton de aquellos parajes, -no tardando en rondar los -muros de la cárcel. A la hora -convenida se presentó en la casa -de Lorry, donde halló al anciano -que le esperaba inquieto y lleno -de ansiedad. Manifestóle el buen -banquero que había estado acompañando -a Lucía hasta momentos -antes, y que se había separado -de ella para acudir a la cita convenida; -que no habían visto a su -padre desde que salió a las cuatro -de la tarde; que Lucía abrigaba -alguna esperanza de que, por mediación -del doctor, acaso se salvase -Carlos, pero que las esperanzas -eran muy débiles.</p> - -<p>Cinco horas duraba la ausencia -del doctor: ¿dónde podría estar? -Lorry le esperó hasta las diez, y -como no podía resignarse a dejar -a Lucía sola y sin noticias durante -tanto tiempo, decidieron que Lorry -volviera a la casa de la infeliz, -y que Carton esperaría la llegada -del doctor. Lorry debía regresar -al Banco a media noche.</p> - -<p>Dieron las doce y el doctor no -apareció. Volvió Lorry, y ni encontró -noticias, ni trajo ninguna. -¿Dónde estaría?</p> - -<p>Este era el punto que estaban -discutiendo, casi abriendo sus pe<span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span>chos -a la esperanza, fundada en -lo prolongado de la ausencia, -cuando oyeron sonar sus pasos en -la escalera. No bien apareció en -la habitación, vieron que todo -estaba perdido.</p> - -<p>Jamás ha podido saberse si se -pasó todas las largas horas de -ausencia vagando al azar por las -calles, o bien si visitó a sus relaciones. -Entró en la estancia, permaneció -con la mirada fija en los -que le esperaban, y no despegó los -labios, ni nadie le dirigió la palabra, -pues bien claramente decía -la expresión de su rostro que todo -estaba perdido.</p> - -<p>—No puedo encontrarlo—dijo.—¿Dónde -está? Me hace falta.</p> - -<p>Venía con la cabeza desnuda y -abierta la pechera de la camisa. -Después de tender miradas de angustia -en derredor, se quitó la -levita y se sentó en el suelo.</p> - -<p>—¿Pero dónde está mi banqueta? -Por todas partes la ando buscando -sin poder dar con ella. ¿Qué -han hecho con mi labor? Necesito -concluir esos zapatos... los esperan -con urgencia.</p> - -<p>Los dos oyentes se miraron -consternados.</p> - -<p>—¡Vaya... vaya!—repuso el anciano.—¡Mi -banqueta... mi labor -comenzada...! ¡Repito que es muy -urgente!...</p> - -<p>Al no recibir contestación, se -tiró del cabello y pateó el suelo, -semejante a un niño enfadado.</p> - -<p>—¡No martiricen a un desgraciado!—exclamó, -lanzando un grito -formidable.—¡Dénme mi labor... -por Dios! ¿Qué será de nosotros -si esta noche no termino los zapatos?</p> - -<p>¡Perdido, perdido por completo!</p> - -<p>Era inútil intentar encender una -luz que el recio huracán de la -desgracia había extinguido para -siempre. Con espanto de Lorry, -con terror de Sydney Carton, el -doctor Manette volvía a ser el -zapatero del sotabanco, el desventurado -idiota que años antes entregaron -al tabernero Defarge.</p> - -<p>Impresionados ambos, afectados -por la misma idea y comprendiendo -la necesidad de sobreponerse -a sus emociones, dedicáronse, -no a intentar reanimar aquella -inteligencia, totalmente extinguida, -sino a tranquilizar al infeliz -anciano, prometiéndole que muy -en breve le serían devueltos la -banqueta, las herramientas y los -zapatos.</p> - -<p>—Ha sucumbido al golpe, excesivamente -rudo para él—dijo Carton.—Sí; -no hay más remedio que -llevarlo a su hija; pero antes de -hacerlo, ¿tendrá usted la bondad -de prestarme un momento de -atención? Necesito imponer algunas -condiciones y arrancar a usted -una promesa; pero no me pregunte -el motivo de las primeras ni el -por qué de la segunda, que para -callarlas tengo una razón... y de -mucho peso.</p> - -<p>—No lo dudo—respondió Lorry.—Siga -usted.</p> - -<p>En una silla colocada entre los -dos interlocutores estaba el anciano, -meciéndose con monotonía<span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span> -maquinal y sollozando. Los interlocutores -hablaban con voz muy -baja, cual si se hallaran junto al -lecho de un enfermo.</p> - -<p>Carton se bajó para alzar del -suelo la levita del doctor. Al hacerlo, -cayó al suelo una cajita -donde el doctor tenía la costumbre -de guardar la lista de las visitas -que debía hacer durante el -día. La recogió y abrió, encontrando -dentro un papel doblado.</p> - -<p>—¿Quiere usted que veamos -qué es esto?—preguntó.</p> - -<p>Lorry asintió con un movimiento -de cabeza.</p> - -<p>—¡Gracias, Dios mío!—exclamó -Carton no bien desdobló el papel.</p> - -<p>—¿Qué es?—preguntó Lorry -con acento anhelante.</p> - -<p>—Un poquito de paciencia; se -lo explicaré a su tiempo. Ante -todo—dijo, llevando la mano al -bolsillo interior de su levita y -sacando otro papel,—conviene que -vea usted esto, que es un certificado, -merced al cual puedo salir -de la ciudad sin inconveniente. -Léalo usted.... Sydney Carton, -súbdito inglés...</p> - -<p>Lorry quedó contemplando el -papel.</p> - -<p>—Guárdelo usted hasta mañana. -Recordará usted que he de -visitar al prisionero, y no creo -prudente llevarlo conmigo a la -cárcel.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—No lo sé... Un capricho, quizá, -pero prefiero no llevarlo. Tome -también el papel que el doctor -Manette llevaba en su bolsillo, y -que es otro certificado análogo, -un salvo conducto para que él, -su hija y su nieta, puedan franquear -la Barrera y la frontera en -cualquier momento. ¿Lo ve usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Probablemente se lo proporcionaría -ayer, a fin de adoptar -toda clase de precauciones contra -la tormenta. ¿Qué fecha tiene? -Pero no importa; no hay necesidad -de tomar nota de ese dato. -Lo esencial es que lo guarde usted -juntamente con el mío y el de -usted. Ahora bien; escuche con -atención mis palabras, y no las -olvide; hasta hace dos horas, no -pasó por mi imaginación que pudieran -necesitar ese papel, que -hoy es firme y valedero, y lo será -mientras no lo revoquen. Pero -pueden revocarlo; y es más: motivos -poderosos me hacen creer que -lo revocarán muy pronto.</p> - -<p>—¿Están en peligro?</p> - -<p>—Están en peligro inminente. -Están en peligro de ser denunciados -por la tabernera Defarge; no -me lo ha contado nadie; lo he escuchado -yo de sus propios labios. -Esta noche he sorprendido una -conversación de esa mujer, y la -conversación me ha hecho ver el -peligro que a la familia del doctor -amenaza. Desde que la oí, no he -desperdiciado el tiempo, he visitado -a mi espía, y mis impresiones -primeras se han confirmado plenamente. -Sabe aquél que un aserrador -de leña, hechura de los -Defarges, está pronto a declarar -que <i>la</i> ha visto (Carton no pro<span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span>nunciaba -nunca el nombre de Lucía) -haciendo señas a los prisioneros. -No es difícil adivinar que -sobran motivos para fundar sobre -el hecho mencionado una acusación -cualquiera, un complot contra -la República, por ejemplo, -cuya consecuencia sería la muerte -de <i>ella</i>, quién sabe si también la -de su hija... acaso hasta la de su -padre, pues ambos han sido también -vistos en el mismo sitio... No -se asuste usted... que a todos los -salvará usted.</p> - -<p>—¡Quiéralo el Cielo, Carton! -¿pero cómo?</p> - -<p>—Es lo que voy a decirle ahora -mismo. Fío en usted, convencido -de que no podría poner el asunto -en mejores manos. La nueva delación -no será formulada hasta que -pase el día de mañana... probablemente -la dejarán para dos o -tres días después, y aun es más -probable que la dilaten una semana. -Sabe usted perfectamente que -incurre en pena de muerte en este -bendito país el que llora o simpatiza -con una víctima de la guillotina. -No cabe dudar que tanto -<i>ella</i> como su padre se harán reos -del crimen mencionado, y desde -luego aseguro que la tabernera, -cuyo odio feroz llega a extremos -inconcebibles, esperará hasta contar -con armas que aumenten la -fuerza de su denuncia y hagan -doblemente seguro el resultado. -¿Va usted comprendiendo?</p> - -<p>—Con tanta atención, y tan penetrado -de la exactitud de lo que -usted afirma, que hasta olvido -momentáneamente esta desdicha—contestó -extendiendo la diestra -hacia la silla del doctor.</p> - -<p>—No ha de encontrar dificultades -usted, que dispone de dinero -en abundancia, para ganar la costa -utilizando los medios de locomoción -más rápidos. Hace ya días -que tiene usted ultimados sus preparativos -para regresar a Inglaterra. -Dé usted órdenes para que -mañana tengan enganchados los -caballos para emprender el viaje -a las dos de la tarde.</p> - -<p>—Lo estarán.</p> - -<p>—¿No dije antes que era imposible -poner el asunto en mejores -manos? Tiene usted un corazón -todo nobleza. Esta noche, dirá a -<i>ella</i> que conoce el peligro que se -cierne sobre su cabeza, y que ese -peligro puede envolver también -a su hija y a su padre. Insista usted -en este punto, pues de no hacerlo -así, es probable que nada -consiguiera, porque <i>ella</i>, sin inconveniente, -antes bien llena de -alegría, colocaría su hermosa cabeza -junto a la de su marido, para -que el mismo golpe hiciera rodar -las de los dos. Insistiendo en el -peligro que corre su hija y en el -que amenaza a su padre, hágala -usted ver la necesidad imperiosa -de salir mañana a la hora indicada -de París, con ellos y con usted. -Dígala que es deseo de su marido, -deseo expreso de cuyo cumplimiento -depende mucho más de -lo que ella puede suponer o esperar. -¿No le parece a usted que -su padre, no obstante la lamen<span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span>table -condición de su espíritu, se -someterá a los deseos de la hija?</p> - -<p>—Estoy seguro de ello.</p> - -<p>—Lo suponía. Sobre todo, téngalo -todo dispuesto para la hora -indicada. El coche preparado, enganchados -los caballos y ustedes -acomodados en sus asientos. En -el momento que llegue yo, colóquenme -en el coche, y en marcha.</p> - -<p>—¿He de esperar su llegada de -usted, suceda lo que suceda?</p> - -<p>—Tiene usted en su poder mi -salvoconducto, juntamente con -los demás, salvoconducto que -me da derecho a un asiento. Esperará -usted hasta que ese asiento -esté ocupado, y en cuanto lo esté, -a Inglaterra lo más rápidamente -posible.</p> - -<p>—En ese caso—observó Lorry, -dando un fuerte apretón de manos -a Carton,—ya no depende todo -de un pobre viejo, puesto que llevaré -a mi lado a un joven ardiente -y decidido.</p> - -<p>—¡Con la ayuda de Dios, lo -tendrá usted! Prométame ahora -solemnemente que por nada del -mundo alterará ni modificará nada -de lo que hemos convenido.</p> - -<p>—Nada, Carton; lo juro.</p> - -<p>—Mañana, procure recordar -con frecuencia estas palabras: -«Una variación... una demora... -sea la que sea la causa a que obedezca, -puede comprometer la salvación -de las vidas de todos y -ocasionar el sacrificio inevitable -de muchas otras.»</p> - -<p>—Las recordaré. Espero que -Dios me dará fuerzas para llenar -fielmente mi misión.</p> - -<p>—Yo también espero que no -me faltarán para cumplir la mía. -Y ahora... adiós.</p> - -<p>No se fué, sin embargo, aunque -a continuación de pronunciar la -palabra de despedida, llevó a sus -labios y besó la mano que Lorry -le tendía. Antes ayudó a levantar -al doctor de la silla, a ponerle la -levita y el sombrero, y a inducirle -a salir, diciéndole que iban a buscar -la banqueta y los zapatos que -deseaba. Acompañó a los dos ancianos -hasta el jardín de la casa -donde lloraba un corazón lacerado, -tan feliz en otros tiempos, y, -cuando aquellos le dejaron solo, -permaneció algunos momentos -contemplando una ventana, cuyas -maderas dejaban escapar algunos -hilos de luz, la ventana de la -habitación de <i>ella</i>. Antes de irse, -su corazón envió a la ventana un -adiós solemne envuelto en hermosa -nube de bendiciones.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_XIII">XIII.<br />CINCUENTA Y DOS</h3></div> - -<p>Encerrados en negruzcos muros, -los condenados del día esperaban -la hora de subir al cadalso -en la siniestra cárcel de la Conserjería. -Eran tantos como semanas -tiene el año. Cincuenta y dos vidas -humanas debían perderse aquella -tarde en el mar insaciable que -las absorbe todas. Antes que -se vaciasen sus celdas quedaban<span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span> -designados los que habrían de -remplazarlos, antes que corriera -su sangre sobre la sangre vertida -el día anterior, había sido puesta -en sitio separado la que al día siguiente -vendría a mezclarse con la -suya.</p> - -<p>Cincuenta y dos vidas segadas, -cincuenta y dos víctimas, pertenecientes -a todas las clases sociales; -desde el rico propietario de -setenta años, cuyas riquezas de -nada le servían para prolongar la -existencia, hasta el mísero jornalero, -a quien tampoco podía salvar -su obscuridad y su miseria. De la -misma manera que en las enfermedades -físicas, que tienen su -origen en los vicios y en los descuidos -de los hombres, hacen sus -víctimas sin reparar en categorías -ni edades, así también las espantosas -dolencias morales, engendradas -por sufrimientos indecibles, -opresiones intolerables e indiferencias -crueles, hieren por igual -y sin distinción de personas.</p> - -<p>Carlos Darnay, encerrado en su -celda a solas con sus pensamientos, -no se hizo ilusión alguna desde -que salió de la Sala de Justicia. -En cada palabra de la terrible narración -allí leída vió una sentencia -de muerte, y no se le ocultó que -no había influencia humana capaz -de salvarle, que virtualmente pesaba -sobre él una sentencia pronunciada -por millones de votos, -contra los cuales de nada servían -los esfuerzos individuales.</p> - -<p>No era, sin embargo, empresa -fácil resignarse a morir, el que -como él conservaba fresca en su -mente la imagen de su adorada -esposa. Lazos muy sólidos le unían -a la vida, y era duro, muy duro, -ver tan de cerca la cuchilla que -los cortaría para siempre. Sus pensamientos -se atropellaban, se agitaban -tumultuosos en su pecho, -reñían entre sí rudas batallas, y a -la postre unían sus fuerzas para -contender contra la resignación. -Si momentáneamente conseguía -calmarlos, brotaba inmediatamente -la imagen de su mujer, la -imagen de su tierna hija, acordábase -de que las dejaba en el mundo, -y protestaba contra ello con -todas las fuerzas de su alma, ni -más ni menos que si en su pecho -alentase el egoísmo más agudo.</p> - -<p>Verdad es que estas luchas no -fueron de larga duración. No pasó -mucho rato sin que actuara en -él como estimulante poderoso la -consideración de que la muerte -que le esperaba no llevaba consigo -el apéndice de la deshonra, y el -pensamiento de que muchos, tan -inocentes como él, recorrían todos -los días y con paso firme el mismo -camino doloroso que él debía recorrer. -Pensó luego en la futura -tranquilidad de espíritu de que, -pasados los primeros momentos, -disfrutarían los seres queridos que -dejaba en el mundo, si le veían -aceptar la muerte con entereza -varonil, y de esta suerte, poco a -poco y por grados, fué recobrando -la calma y engolfándose en reflexiones -de índole más elevada.</p> - -<p>Antes que cerrase la noche, ha<span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span>bía -adelantado la mayor parte -del camino en el viaje de su resignación. -Provisto de recado de escribir -y de luz, tomó la pluma y -no la dejó hasta que llegó la hora -en que el reglamento de la cárcel -obligaba a apagar las lámparas.</p> - -<p>Escribió una carta muy extensa -a Lucía, demostrándola que jamás -tuvo noticia del eterno cautiverio -de su padre hasta que lo oyó de -los mismos labios de éste, y que, -con anterioridad a la lectura del -documento encontrado en la Bastilla, -estaba tan ignorante como -ella misma de la culpabilidad directa -de su padre y de su tío en -aquel triste acontecimiento. Ya -antes la había explicado que, si -ocultó su apellido verdadero, apellido -que había renunciado, fué -para cumplir una condición, cuyo -motivo comprendía ahora perfectamente, -impuesta por el doctor -al dar su asentimiento a las relaciones -amorosas con su hija, y -ratificada la mañana de su boda. -La suplicaba encarecidamente -que, por amor a su padre, jamás -intentase averiguar si aquél había -olvidado la existencia del documento, -o bien si se la recordó la -historia de la Torre de Londres -narrada bajo el plátano del jardín -aquella noche de verano. Si del -documento en cuestión conservaba -algún recuerdo, indudablemente -lo supuso destruído con la Bastilla, -al ver que no figuraba entre -las reliquias de los prisioneros encontradas -por el populacho y hechas -tan públicas que las conocía -el mundo entero. Instábala—bien -que añadiendo que ya sabía que -la recomendación era inútil—a -que consolase a su padre, convenciéndole, -por todos los medios -imaginables, de que no sólo no -había hecho nada vituperable, nada -que hubiera ocasionado su desventura, -sino que, por el contrario, -se había sacrificado siempre -por la felicidad de su hija y del -marido de su hija. Terminaba recomendándola -que procurase sobreponerse -a su dolor, que se consagrase -a su querida hija, y sobre -todo, que a fuerza de ternura -consolase a su padre.</p> - -<p>Escribió al doctor otra carta -inspirada en los mismos pensamientos -y diciéndole que confiaba -a su cariño a su mujer y a su hija. -Con frase vibrante le hacía ese -encargo, no porque lo considerara -necesario, sino más bien con objeto -de levantar su ánimo y alejar -de su mente pensamientos retrospectivos, -que desde luego suponía -que se alzarían con mayor fuerza -que nunca.</p> - -<p>Dirigió una carta al señor Lorry, -encomendando a su solicitud -los seres queridos que dejaba y -explicándole todos sus asuntos -terrenos. No se acordó de Carton. -Eran tantos los pensamientos que -le embargaban, que no dejaron -hueco para una persona con la -que nunca sostuvo relaciones frecuentes.</p> - -<p>Cuando se apagaron las luces<span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span> -y se tendió sobre el mísero jergón -de paja, creyó que había concluído -ya con el mundo.</p> - -<p>Resurgió, sin embargo, éste durante -su sueño, y resurgió brillante, -encantador. Encontróse de -nuevo en el tranquilo rinconcito -de Soho, libre, feliz, contento, en -compañía de su Lucía, la cual le -aseguraba que todo había sido -un sueño, una pesadilla, que nunca -habían abandonado a Inglaterra, -que nunca se había separado -de ella. A este sueño siguió una -pausa de olvido completo, después -de la cual se imaginó que -vivía con su mujer, pero muerto, -decapitado. Sobrevino otra pausa -de olvido, y despertó al fin por -la mañana, sin darse cuenta del -sitio en que se encontraba sin -acordarse de lo ocurrido la víspera, -hasta que brotaron en su mente -con caracteres de fuego estas -palabras: «Hoy es el día de tu -muerte.»</p> - -<p>Encontrábase en el día en que -debían rodar cincuenta y dos cabezas, -una de ellas la suya, y mientras, -resignado a su triste suerte, -hacía acopio de alientos para sufrirla -con tranquilo heroísmo, sus -pensamientos, muy difíciles de dominar, -emprendieron con actividad -febril nuevos derroteros.</p> - -<p>Nunca había visto el terrible -instrumento que horas más tarde -segaría su vida. Cuánta sería la -elevación sobre el suelo de la lúgubre -máquina, cuántos peldaños -tenía la escalera fatal, dónde estaría -emplazada, qué manos se encargarían -de colocarle sobre el tajo, -si estarían tintas en sangre, -hacia qué lado volvería la cabeza, -si sería él el primero o si sería el -último; éstas y otras preguntas -semejantes se hacía una y otra -vez, atropelladamente, sin que en -ello interviniera su voluntad, sino -su imaginación sobreexcitada. -Tampoco las inspiraba el miedo, -sino más bien un deseo extraño de -saber qué era lo que haría cuando -llegase el caso, un deseo que no -guardaba proporción con los fugaces -instantes a los cuales se refería, -una curiosidad inexplicable -sentida por una alma distinta de -la suya.</p> - -<p>Pasaba el tiempo y el reloj sonaba -horas que el infeliz no -volvería a oir sonar. Dieron las -nueve, las diez, las once, y estaban -para dar las doce. El reo paseaba -cada vez más sereno. Lo peor de -la lucha interna había pasado. Ya -no conturbaban su imaginación -pensamientos disparatados, ya podía -rezar por sí y por los suyos.</p> - -<p>Sonaron las doce.</p> - -<p>Habíanle dicho que la hora última -que para él sonaría en el -mundo serían las tres, y sabía que -le sacarían del calabozo con bastante -anticipación a la hora indicada, -pues las carretas de la muerte -recorrían muy lentamente el camino -del patíbulo. Supuso, pues -que le llamarían a las dos.</p> - -<p>Cruzados los brazos delante del -pecho paseaba por su celda, cuando -hirió sus oídos la una; no perdió -su calma heroica. Fervorosa<span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span>mente -dió gracias a Dios por haberle -dado fuerzas para recobrar -la calma, y pensó:</p> - -<p>«Me resta otra hora.»</p> - -<p>Sonó rumor de pasos en el pasadizo -exterior. La puerta de su -celda se abrió y volvió a cerrar -sin ruido. Alguien dijo junto a la -puerta, abierta ya, o mientras la -abrían, estas palabras:</p> - -<p>«No me ha visto nunca aquí, -pues he cuidado siempre de alejarme -de su paso. Entre usted... -Esperaré fuera... No pierda tiempo.»</p> - -<p>Frente al prisionero brotó un -hombre que le miraba sonriente, -tranquilo. Era Sydney Carton.</p> - -<p>Tal era la expresión de su rostro, -tan notable su mirada, que -en el primer instante temió el -prisionero que se tratase de una -aparición no real, fruto de su imaginación -alborotada. Pero la aparición -habló, y el tono de su voz -era el de Carton; estrechó la mano -del reo, y su mano era una mano -real, de carne y hueso.</p> - -<p>—Apuesto a que soy yo el último -ser humano a quien usted esperaría -ver: ¿me equivoco?</p> - -<p>—No solo no esperaba ver a usted, -sino que, aun viéndole, estoy -dudando que frente a mí se encuentre -el Sydney Carton a quien -he conocido... ¿Es también prisionero?</p> - -<p>—No. La casualidad me ha -hecho dueño de uno de los calaboceros -de esta cárcel, y a esa -circunstancia debo el encontrarme -junto a usted. Vengo de parte de -<i>ella</i>... de parte de su mujer, mi -querido Darnay.</p> - -<p>El reo le tendió silenciosamente -la mano.</p> - -<p>—Y traigo el encargo de hacerle -una súplica.</p> - -<p>—¿Qué es?</p> - -<p>—Es la súplica más fervorosa, -la más apremiante, la más ardiente -de las que le han sido dirigidas -por aquella voz que tan querida -le es. No la desoiga, porque esa -voz querida se la dirige con el tono -más patético que nunca ha -sonado en sus oídos.</p> - -<p>El reo dobló la cabeza sin contestar.</p> - -<p>—Ni usted tiene tiempo para -preguntarme por qué soy el emisario -encargado de formular la -súplica en cuestión, o para pedirme -explicaciones acerca de lo que -signifique, ni lo tengo yo para dárselas. -Su obligación... obligación -sagrada, es obedecer sin replicar... -¡Quítese las botas, y póngase las -mías!</p> - -<p>Adosada a uno de los muros, -a espaldas del reo, había una silla. -Carton, mientras hablaba con la -rapidez del rayo, había obligado -a aquél a sentarse en la silla en -cuestión.</p> - -<p>—Descálcese y póngase estas -botas mías... ¡Pronto!...</p> - -<p>—Carton... Es imposible escapar -de aquí—replicó Carlos, completamente -desconcertado;—imposible -de todo punto... No conseguirá -usted otra cosa que morir conmigo... -Es una locura....</p> - -<p>—Sería una locura si yo le dije<span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span>ra -a usted que escapara; ¿pero se -lo he insinuado siquiera? Cuando -le diga que franquee aquella puerta, -contésteme que es una locura -y no me haga caso... Fuera esa -corbata y póngase la mía... Eso -es... Ahora la levita... Haremos -un cambio de levitas... ¡Magnífico! -Me permitirá que le quite -esa cinta que sujeta su pelo, y que -desordene un poquito su peinado... -¡eso es! Ya va usted tan mal peinado -como yo.</p> - -<p>Con celeridad portentosa, con -una fuerza de voluntad que más -que humana parecía sobrenatural, -transformó al prisionero en un -abrir y cerrar de ojos. El reo parecía -niño sin voluntad en sus -manos.</p> - -<p>—¡Carton... Mi querido Carton! -¡Es una locura... un desatino! No -es posible llevarlo a cabo... Jamás -se ha conseguido... Docenas de -veces lo han intentado y siempre -fué el fracaso más ruidoso el resultado... -¡Por Dios le pido, amigo -querido, que no aumente mis -amarguras sacrificando estérilmente -su vida...! ¿No basta con -que muera yo?</p> - -<p>—¿Le he dicho por ventura, -mi querido Darnay, que rebase -aquella puerta? Cuando se lo diga, -conteste rotundamente que -no, y asunto concluído. Veo papel, -tinta y pluma en aquella mesa; -¿tiene usted el pulso firme? ¿Podrá -escribir?</p> - -<p>—Firme lo tenía cuando usted -entró.</p> - -<p>—Pues es preciso que lo esté -otra vez, para que escriba con letra -muy clara lo que voy a dictar... -¡Pronto, amigo mío, pronto!</p> - -<p>Darnay, estupefacto, maravillado, -aturdido, tomó asiento frente -a la mesa. Carton, puesta la -diestra sobre el pecho, quedó en -pie al lado suyo.</p> - -<p>—Escriba punto por punto lo -que yo le dicte.</p> - -<p>—¿A quién dirijo el escrito?</p> - -<p>—A nadie.</p> - -<p>La diestra de Carton continuaba -fija sobre su pecho.</p> - -<p>—¿Pongo fecha?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>El reo alzaba la cabeza cada -vez que formulaba una pregunta; -Carton, sin mover la diestra, miraba -al suelo.</p> - -<p>«Si no ha olvidado usted las -palabras que entre los dos se cruzaron—dijo -Carton dictando,—comprenderá -sin esfuerzo esta -carta, no bien la lea. Sé positivamente -que las recuerda, pues no -es usted de los que olvidan -pronto.»</p> - -<p>El reo, que no comprendía el -sentido de lo que estaba escribiendo, -alzó inopinadamente los ojos -y sorprendió a Carton en el momento -que sacaba del pecho la -mano. Esta se detuvo.</p> - -<p>—¿Ha escrito usted «olvidan -pronto?»</p> - -<p>—Sí. ¿Tiene en su mano algún -arma?</p> - -<p>—No; no tengo armas.</p> - -<p>—¿Qué tiene, pues?</p> - -<p>—Dentro de un momento lo -sabrá usted... Continúe escribien<span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span>do, -que son ya muy pocas las palabras -que nos faltan... «Doy gracias -a Dios que me permite probarlas -con hechos. No quisiera -que lo que hago fuera para nadie -motivo de pesadumbre o de tristeza.»</p> - -<p>Mientras dictaba estas palabras, -clavados los ojos sobre el -que escribía, su mano derecha fué -moviéndose cautelosamente acercándose -a la cara del reo.</p> - -<p>La pluma cayó de la mano de -Darnay, quien miró con expresión -atontada en derredor.</p> - -<p>—¿Qué vapor es éste?—preguntó.</p> - -<p>—¿Vapor?</p> - -<p>—Sí... un olor que me molesta -y aturde.</p> - -<p>—Nada percibo... No es posible -que aquí se respiren vapores... -Tome de nuevo la pluma y terminemos... -¡Pronto, pronto!</p> - -<p>El reo, cuya respiración se había -hecho jadeante, y cuyo rostro -reflejaba el desorden de sus facultades, -se inclinó sobre el papel -dispuesto a escribir.</p> - -<p>«De haber sido otro el curso de -los sucesos—continuó dictando -Carton, cuya mano derecha estaba -debajo de la nariz del escribiente,—es -natural que me hubiese faltado -esta oportunidad; de haber -sido otro el curso de los sucesos...»</p> - -<p>Fijó Carton sus ojos en la pluma, -y vió que garrapateaba signos -ininteligibles.</p> - -<p>El reo se enderezó de pronto -dirigiendo a Carton una mirada -llena de reconvenciones; pero la -diestra del último se acercó más -y más a su nariz, mientras su brazo -izquierdo rodeaba su cintura. -Luchó el reo débilmente y durante -breves segundos con el hombre -que venía a dar su vida por la -suya; pero antes que transcurriera -un minuto, yacía inmóvil sobre -el suelo.</p> - -<p>Carton vistió inmediatamente -las ropas que el prisionero dejara -minutos antes, se peinó mejor que -nunca, ató su cabello con la cinta -que antes sujetaba el de Darnay, -y dijo con voz muy baja:</p> - -<p>—¡Entre... entre!...</p> - -<p>Dos segundos después, se presentaba -el espía.</p> - -<p>—¿Lo ve usted?—preguntó -Carton alzando la cabeza, e hincando -a continuación una rodilla -en tierra para colocar en el bolsillo -de Carlos el papel que había -escrito.—¿No le dije que su riesgo -era insignificante?</p> - -<p>—Mi riesgo, señor Carton, no -está en <i>esto</i>—respondió el espía,—sino -en que usted cumpla fielmente -lo estipulado.</p> - -<p>—Esté usted tranquilo, que yo -me atendré a lo convenido hasta -la muerte.</p> - -<p>—Así debe ser para que resulte -exacto el número cincuenta y dos. -Con que usted lo complete, vestido -como está en este momento -nada temo.</p> - -<p>—Nada debe temer. Yo, que -podría perjudicarle, desapareceré -muy en breve de este mundo, gracias -a Dios... Ahora, ayúdeme; -mejor dicho; lléveme al coche.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315">[315]</a></span> -—¿A usted?—preguntó el espía -con aprensión visible.</p> - -<p>—¡A él, hombre de Dios, al reo -con quien cambio la suerte! ¿Saldrá -por la misma puerta por la que -entré yo?</p> - -<p>—Claro que sí.</p> - -<p>—Pues bien; como me encontraba -débil y desfallecido cuando -entré, lo natural es que salga más -débil y más desfallecido. La despedida -eterna me ha impresionado -tanto, que he perdido el conocimiento; -esto ha ocurrido aquí con -mucha frecuencia... con demasiada -frecuencia. Cuenta suya es no -cometer ninguna torpeza... Pronto... -Pida auxilio.</p> - -<p>—¿Me jura usted que no me -traicionará?—preguntó el espía -temblando.</p> - -<p>—¡Pero hombre! ¿No lo he jurado -ya solemnemente?—replicó -Carton, pateando con impaciencia.—¿A -qué, pues, perder ahora momentos -que son preciosos? Sáquelo -al patio que usted sabe, colóquelo -en el coche, llévelo al lado -del señor Lorry, dígale que no le -dé ninguna medicina, que lo único -que necesita es aire, que recuerde -mis palabras de anoche, que cumpla -la promesa que anoche me -hizo, y nada más.</p> - -<p>Retiróse el espía, y Carton se -sentó a la mesa, sobre la cual -apoyó los codos. Segundos después -volvía a entrar el espía con -dos hombres.</p> - -<p>—¡Hombre!—exclamó el uno, -al ver a Carlos tendido en tierra.—¿Tanta -impresión le ha hecho ver -que su amigo ha sacado el <i>gordo</i> -en la lotería de Santa Guillotina?</p> - -<p>—¡A fe que no se hubiera afligido -más un buen patriota si el -aristócrata hubiese sido declarado -absuelto!—observó el otro.</p> - -<p>Entre los dos colocaron al desmayado -en una litera que habían -traído y se lo llevaron.</p> - -<p>—¡Pocas horas de vida te quedan, -Evrémonde!—dijo el espía.</p> - -<p>—Lo sé muy bien—respondió -Carton.—Cuida de mi amigo y déjame -en paz.</p> - -<p>—Vámonos, hijos míos—dijo el -espía a sus compañeros.—Andando.</p> - -<p>Cerróse la puerta quedando -Carton solo. Concentró en su oído -todas las facultades de su alma -por si sonaba algo que indicase -sospechas o alarmas; nada se oyó. -Giraron llaves en las cerraduras, -se cerraron puertas con estrépito, -los pasos se fueron alejando, pero -ni se oyó un grito ni se perturbó -el orden o la tranquilidad habitual. -Carton, más tranquilo ya, -permaneció sentado frente a la -mesa hasta que sonaron las dos.</p> - -<p>A sus oídos llegaron entonces -ruidos que no le alarmaron ni -sorprendieron, sencillamente porque -sabía perfectamente qué significaban. -Sucesivamente fueron -abiertas muchas puertas, hasta -que al fin llegó el turno a la de su -celda. Un carcelero, provisto de -una lista, sin pasar del umbral, se -limitó a decir:</p> - -<p>—Sígueme, Evrémonde.</p> - -<p>Carton salió tras el calabocero<span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span> -hasta llegar a una celda obscura, -de grandes dimensiones, situada -a bastante distancia, atestada de -prisioneros. Aunque la luz era -muy escasa, Carton pudo ver que -todos tenían atados los brazos, -que unos estaban en pie y otros -sentados, que éstos se quejaban -y aquéllos paseaban inquietos y -nerviosos. La mayor parte, sin -embargo, permanecían silenciosos -e inmóviles, con los ojos clavados -en tierra.</p> - -<p>Mientras de pie junto al negruzco -muro, contemplaba a sus -cincuenta y un compañeros de -cadalso, algunos de los cuales entraron -después que él, un hombre -se detuvo al paso para abrazarle. -Carton se estremeció, temiendo -ser descubierto, pero aquél continuó -su marcha luego que le hubo -dado un abrazo. Momentos después, -una muchachita de cuerpo -gracioso y lindas facciones se levantó -del suelo y se acercó a Carton.</p> - -<p>—Ciudadano Evrémonde—dijo, -alargándole su mano helada;—soy -una costurerita que fuí tu -compañera de prisión en La Force.</p> - -<p>—¡Ah, sí!—murmuró Carton.—¡Es -verdad! Lo que no recuerdo -es la acusación que te llevó a la -cárcel.</p> - -<p>—Me acusaron de conspiradora; -pero el buen Dios sabe que soy -inocente. ¿Puede haber conspirador -que confíe sus maquinaciones -a una niña débil como yo?</p> - -<p>La sonrisa con que la jovencita -acompañó sus palabras conmovió -tan profundamente a Carton, que -las lágrimas asomaron a sus ojos.</p> - -<p>—No me da miedo morir, ciudadano -Evrémonde, pero repito -que nada he hecho. Hasta moriría -con alegría si la República, que -según dicen, ha de hacer felices -a los pobres, obtuviera algún provecho -de mi muerte; pero si he -de decir lo que siento, no creo que -mi muerte sirva para nada, Evrémonde. -¿Qué beneficios ha de reportar -a la República la muerte -de una criatura débil como yo?</p> - -<p>La compasión que la niña inspiraba -a Carton era infinita.</p> - -<p>—Oí decir que te habían absuelto, -ciudadano Evrémonde, y de -veras siento que no sea verdad.</p> - -<p>—Lo fuí; pero luego me prendieron -de nuevo y me han condenado.</p> - -<p>—Si nos colocan en el mismo -carro, ciudadano Evrémonde, ¿me -permitirás que te coja la mano? -No es que tenga miedo; pero como -soy una niña, tu mano me dará -el valor que me falta.</p> - -<p>Carton vió que por los ojos de -la niña, al clavarlos en su cara, -pasaba una nube de duda primero, -y de asombro después.</p> - -<p>—¿Vas a morir por él?</p> - -<p>—¡Y por su mujer y su hija... sí!</p> - -<p>—¡Oh! ¿Me permitirás tener entre -las mías tu mano valerosa?</p> - -<p>—Sí, desventurada hermana -mía... hasta el postrer momento.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Las mismas sombras que en<span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span>vuelven -a los condenados cercan -a las turbas estacionadas a la -misma hora en las inmediaciones -de la Barrera en el momento que -un coche de camino, procedente -del interior de la ciudad, se acerca -para presentar los documentos -de los que lo ocupan.</p> - -<p>—¿Quiénes son los viajeros? -¡A ver... los documentos!</p> - -<p>Una mano presenta los documentos, -que son leídos.</p> - -<p>—Alejandro Manette... médico... -francés... Veamos; ¿quién es?</p> - -<p>Un brazo extendido indica un -viejo extenuado que murmura palabras -ininteligibles.</p> - -<p>—Parece que el ciudadano doctor -tiene perturbadas las facultades, -¿eh? Le ha abrasado el cerebro -la fiebre de la Revolución.</p> - -<p>—Eso parece.</p> - -<p>—¡Bah! Son muchos los que se -encuentran en su caso... Lucía, su -hija... francesa... ¿Quién es?</p> - -<p>—Esta.</p> - -<p>—Muy bien. Evrémonde emprende -otro viaje distinto... Lucía, -hija de Lucía... inglesa... ¿Es -esta?</p> - -<p>—La misma.</p> - -<p>—Dame un beso, hija de Evrémonde... -Has besado a un buen -republicano, cosa nueva en tu familia, -no lo olvides. Sydney Carton, -abogado, inglés... ¿Quién es?</p> - -<p>—Este que yace tendido en el -fondo del coche.</p> - -<p>—¿Va desmayado el abogado -inglés?</p> - -<p>—Sí... su salud está muy quebrantada, -pero el aire puro le sentará -indudablemente bien. Acaba -de despedirse de un amigo suyo -que ha tenido la desgracia de -incurrir en el desagrado de la República.</p> - -<p>—¿Por tan poca cosa se desmaya? -Muchos son los que incurren -en el desagrado de la República, -y mal de muchos... Mauricio -Lorry, banquero, inglés... -¿Quién es el banquero?</p> - -<p>—Yo; no puede ser otro, puesto -que nadie más queda en el coche.</p> - -<p>Mauricio Lorry era el que había -contestado a las preguntas anteriores, -Mauricio Lorry el que había -echado pie a tierra y, apoyada -la diestra en la portezuela del -carruaje, respondía al interrogatorio -del encargado de la vigilancia -de la Barrera.</p> - -<p>—Toma tus documentos, Mauricio -Lorry... ¡Refrendados!</p> - -<p>—¿Podemos proseguir la marcha?</p> - -<p>—Cuando os acomode. Adelante, -postillones, y buen viaje.</p> - -<p>—Salud, ciudadanos... Pasó el -primer peligro.</p> - -<p>—¿No le parece que caminamos -demasiado despacio?—preguntó -Lucía llorando, asiendo el abrazo -del buen Lorry.</p> - -<p>—Si corriéramos más, parecería -que huíamos; no conviene; excitaríamos -sospechas.</p> - -<p>—Vuelva la vista atrás... ¿No -nos persiguen?</p> - -<p>—No, querida mía, no; hasta -ahora no nos persiguen.</p> - -<p>Los fugitivos dejan a sus espaldas -casas de uno o de dos pisos<span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span> -que bordean la carretera, granjas, -casas de labor abandonadas, tenerías -en ruinas, campos solitarios, -avenidas que serpentean entre hileras -de árboles sin hojas. Corren -por caminos ásperos y desiguales, -cruzando malezas, ora saltando -sobre espesa capa de piedras, ora -atascándose en profundos lodazales. -Su impaciencia, su agonía -es tan grande, que no ven nada, -en nada reparan, en nada piensan -más que en llegar cuanto antes -al puerto de salvación.</p> - -<p>Relevan los caballos. Nuevos -postillones ocupan las sillas mientras -quedan descansando los antiguos. -Atraviesan una aldea, suben -trabajosamente una rampa, -coronan la colina, descienden por -la vertiente opuesta, entran en -terrenos menos áridos... ¡Dios santo! -¡Los persiguen!</p> - -<p>—¡Ah del coche...! ¡Alto!</p> - -<p>—¿Qué pasa?—pregunta Lorry, -asomando la cabeza por la -portezuela.</p> - -<p>—¿Cuántos han sido hoy?</p> - -<p>—No comprendo.</p> - -<p>—¿Cuántos han besado hoy la -Santa Guillotina?</p> - -<p>—Cincuenta y dos.</p> - -<p>—¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran -querido mis buenos conciudadanos -de aquí despachar a tantos; -pero han sido diez menos... -La Guillotina marcha admirablemente... -¡Bien por la Guillotina...! -¡Viva la Guillotina...! ¡La adoro...! -¡Adelante!</p> - -<p>Cierra la noche. Carlos comienza -a moverse... revive... dice palabras -inteligibles. Cree que continúa -al lado de Carton y le pregunta -qué es lo que tiene en la mano...</p> - -<p>¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de -los fugitivos!</p> - -<p>Tras ellos vuela veloz el viento, -tras ellos se precipitan las nubes, -tras ellos corre la luna, las sombras -de la noche los siguen incansables; -pero, por fortuna, hasta -entonces, nadie más corre en su -seguimiento.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_XIV">XIV.<br />FIN DE LA CALCETA</h3></div> - -<p>A la hora misma en que los cincuenta -y dos esperaban el momento -de trabar relaciones demasiado -estrechas con la Guillotina, celebraban -siniestro consejo secreto -la señora Defarge, La Venganza y -Santiago Tercero. La conferencia -no tenía lugar en la taberna, sino -en el taller del aserrador de leños, -peón caminero en otros tiempos, -y a ella no fué admitido el aserrador, -sino obligado a permanecer -fuera, a distancia respetable.</p> - -<p>—De todas suertes, nuestro Defarge -es un buen republicano, ¿eh?—preguntó -Santiago Tercero.</p> - -<p>—No lo hay mejor en toda -Francia—respondió con calor La -Venganza.</p> - -<p>—Calma, mi querida Venganza—replicó -la tabernera, poniendo -una mano sobre el brazo de su -<i>tenienta</i> y frunciendo ligeramente -el ceño.—Antes de emitir opiniones, -conviene que escuches lo que<span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319">[319]</a></span> -voy a decir. Mi marido, como ciudadano, -es un buen republicano y -un hombre de valor; ha merecido -bien de la República y posee su -confianza; pero mi marido tiene -sus debilidades, y una de las -mayores, la mayor seguramente, -es la de querer al doctor.</p> - -<p>—¡Es una desgracia!—exclamó -Santiago Tercero, moviendo con -expresión enigmática la cabeza.—Esas -debilidades desdicen de un -buen ciudadano... ¡Qué lástima!</p> - -<p>—Lo que menos me importa a -mí es el doctor—repuso la tabernera.—Por -mí, puede llevar la cabeza -sobre los hombros, o perderla; -me es completamente igual; -pero la raza Evrémonde ha de ser -exterminada, ha de desaparecer -de la tierra, y como consecuencia, -la esposa y la hija deben seguir al -otro mundo al marido y al padre.</p> - -<p>—Y que tiene una cabeza hermosa -si las hay; una cabeza que -está pidiendo a gritos la Guillotina—contestó -Santiago Tercero.—No -hay nada que entusiasme tanto -como ver pendiente de las manos -de nuestro buen Sansón una cabecita -de ojos azules y cabellos de -oro.</p> - -<p>La señora Defarge bajó los ojos -y permaneció en actitud reflexiva -durante algunos momentos.</p> - -<p>—También tiene cabellos de oro -y ojos azules la niña—repuso Santiago -Tercero.—Además, pocas veces -se nos concede el placer de ver -sobre el tablado niñas de sus años. -Será un espectáculo soberbio.</p> - -<p>—Hablando con franqueza—dijo -la tabernera sacudiendo su -abstracción,—en este asunto no -me merece confianza mi marido. -No sólo estoy convencida desde -anoche de que no debo confiarle -los detalles de mis proyectos, sino -también de que, a poco tiempo -que perdamos, es muy capaz -de advertirles del peligro que corren, -en cuyo caso, se nos escapan.</p> - -<p>—¡No escaparán, no... ni uno -ni medio!—gruñó Santiago Tercero.—¡Caerán -todos, hasta el último! -¡Es preciso llegar a sesenta -diarios!</p> - -<p>—En una palabra—añadió la -tabernera,—ni mi marido tiene las -razones que yo para exigir el exterminio -total de esa raza, ni yo -tengo las razones que él para tratar -con consideración al doctor. -De consiguiente, debo prescindir -de él y obrar por mi cuenta. Puedes -entrar, ciudadano—terminó -dirigiéndose al aserrador.</p> - -<p>Obedeció, temblando, el aserrador, -quien se presentó con el gorro -rojo en la mano.</p> - -<p>—Respecto a las señales que -viste que aquella mujer hacía a -los prisioneros, ¿estás dispuesto -a sostenerlas con tu declaración -en cualquier momento, ciudadano?—preguntó -la tabernera.</p> - -<p>—¿Por qué no? Desde aquí la -he visto todos los días, lluviosos -o serenos, fríos o calurosos, desde -las dos de la tarde hasta las cuatro, -unas veces con la niña, otras sola, -y siempre haciendo señales. Estos -mismos ojos lo han visto.</p> - -<p>Mientras hablaba, hacía con las<span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span> -manos gran variedad de señas que -jamás había visto.</p> - -<p>—Complots... maquinaciones... -es indudable—respondió Santiago -Tercero.</p> - -<p>—¿Podemos contar con el jurado?—preguntó -la tabernera.</p> - -<p>—En absoluto. Es un jurado -patriota, ciudadana. Respondo yo -de todos los que lo forman.</p> - -<p>—Otra cosa...—añadió la tabernera, -meditando.—Veamos..... -¿Puedo perdonar al doctor en obsequio -a mi marido? A mí me es -igual... el doctor me es indiferente... -¿Puedo perdonarlo?</p> - -<p>—Sería una cabeza más—observó -Santiago Tercero.—Principian -a escasear las cabezas... dentro -de poco escasearán más aún... -Yo creo que sería una lástima perdonarlo.</p> - -<p>—Cuando yo le encontré frente -al sitio donde estamos, hacía las -mismas señas que su hija—dijo la -señora Defarge.—Si hablo de la -una, forzosamente he de hablar -del otro. Por otra parte, no me es -posible callar, así es que, descargo -toda la responsabilidad del caso -sobre este ciudadano. El declarará -lo que quiera. De mí, lo único que -puedo decir es que nunca seré -testigo falso.</p> - -<p>La Venganza y Santiago Tercero -demostraron claro como la -luz del sol que, lejos de ser testigo -falso, siempre había sido espejo -de testigos admirables y maravillosos, -y el ciudadano aserrador, no -queriendo quedar atrás, protestó -ante el cielo y la tierra que la señora -Defarge era un testigo celestial.</p> - -<p>—¡Que se cumpla su destino!—dijo -la tabernera.—No; no puedo -perdonarle... Supongo, ciudadano, -que para las tres de hoy no puedes -disponer de tu persona, pues creo -que no te privarás del gusto de -contemplar la hornada del día, -¿eh?</p> - -<p>Contestó inmediatamente el -aserrador que por nada del mundo -se privaría de tan hermoso -espectáculo, lo que le dió pie para -añadir que era el republicano más -fervoroso, y que se consideraría -el más desolado de los republicanos, -si algún día le impedían fumar -su pipa mientras contemplaba -el hermoso funcionamiento de -la Navaja Barbera Nacional.</p> - -<p>—También asistiré yo—respondió -la tabernera.—Luego que termine -la función... a las ocho... sí; -es buena hora... a las ocho vendrás -a buscarme a San Antonio -para delatar a esos individuos en -mi sección.</p> - -<p>Contestó el aserrador que sería -para él honor altísimo y viva satisfacción -acudir a la cita que le -daba la ciudadana.</p> - -<p>La señora Defarge se acercó a -la puerta del taller, llamó por -medio de una seña a Santiago Tercero -y a La Venganza, y luego -que estuvieron éstos a su lado, -expúsoles con toda claridad sus -puntos de vista.</p> - -<p>—Seguramente se encuentra en -este instante en su casa, esperando -la noticia de la muerte de su mari<span class="pagenum"><a name="Page_321" id="Page_321">[321]</a></span>do—dijo.—En -su dolor y desesperación, -no sólo llorará la desgracia -que la aflige, sino que también censurará -la justicia de la República. -Todas sus simpatías estarán de -parte de los enemigos del pueblo; -así, que voy sin pérdida de momento -a verla.</p> - -<p>—¡Qué mujer tan admirable! -¡Qué patriota tan adorable!—exclamó -Santiago Tercero, cuyo entusiasmo -llegó a lo indecible.</p> - -<p>La Venganza la abrazó llorando -en un rapto de admiración.</p> - -<p>—Toma mi calceta—repuso la -señora Defarge, depositándola en -manos de La Venganza,—y ténmela -preparada en mi asiento de -costumbre. Vete allí en derechura, -no pierdas tiempo, pues es casi -seguro que hoy haya más concurrencia -que de ordinario.</p> - -<p>—Con toda mi alma obedeceré -las órdenes de mi jefe—contestó -La Venganza, besando a la tabernera -en la mejilla.—¿Tardarás -mucho?</p> - -<p>—Allí estaré antes que comience -la función.</p> - -<p>—Procura llegar antes que las -carretas—replicó La Venganza.</p> - -<p>La tabernera salió del taller a -buen paso, no tardando en perderse -de vista.</p> - -<p>Muchas fueron en aquella época -las mujeres cuyas siluetas morales -no es posible contemplar, no -obstante la distancia del tiempo, -sin horror y asco; pero entre ellas, -no hubo ninguna tan inhumana, -tan feroz, tan despiadada, como -la que dejamos en este instante -dirigiéndose al domicilio del desventurado -doctor Manette. Era -mujer inaccesible al miedo, inflexible, -inteligente, astuta y resuelta, -dotada de esa hermosura -especial que infiltra en el ánimo -de quien la posee firmeza y animosidad -que fuerza a los demás a -rendir homenaje instintivo a las -cualidades expresadas. De haber -vivido en época menos conturbada, -de haberse movido en otro -teatro, quién sabe si hubiese sido -la gloria de su sexo; pero víctima -desde niña de las injusticias sociales, -crecida en una atmósfera -de odio implacable de clase, se -convirtió en tigre. Desconocía en -absoluto la piedad; y si alguna -vez anidó en su alma la virtud, -habíala extirpado muchos años -antes no dejando de ella ni rastros.</p> - -<p>¿Qué importaba que muriera un -inocente por pecados cometidos -por sus antepasados? Su furia -implacable no veía al primero, -sino a los últimos. Ni tenía importancia -dejar viuda a una infeliz -mujer o huérfana a su hija; antes -bien conceptuaba insuficiente el -castigo desde el momento que se -trataba de sus enemigos naturales, -de su presa, de seres que no -tenían derecho a vivir. Intentar -aplacarla, era inútil, pues carecía -de la facultad de compadecerse, -no ya solo de los demás, sino hasta -de sí misma. Si en alguno de los -muchos encuentros en que tomó -parte hubiese caído bajo la mano -de sus enemigos, hubiera acepta<span class="pagenum"><a name="Page_322" id="Page_322">[322]</a></span>do -su desgracia como cosa natural -y corriente, y si la hubiesen obligado -a subir la escalera fatal que -terminaba en la guillotina, habría -tendido su cuello sin que en su -fiera alma nacieran otros sentimientos -que un deseo rabioso de -cambiar de puesto con el hombre -que allí la enviara.</p> - -<p>Tal era el corazón que palpitaba -bajo el tosco vestido de la señora -Defarge. Sucio, harapiento, no -por eso dejaba de ser vestido, siquiera -ofreciera un aspecto lúgubre -como no dejaba de ofrecer -algún atractivo su abundante masa -de cabellos negros, mal encerrados -dentro del gorro colorado. -Oculta en su seno llevaba siempre -una pistola cargada y en la cintura -una daga de hoja larga y afilada. -Así ataviada, caminando con -paso seguro, con esa libertad de -movimientos propia de la mujer -que desde niña ha ido donde la -han llevado sus deseos o sus caprichos, -desnuda de pie y pierna, -la tabernera Defarge dejaba atrás -calles y más calles.</p> - -<p>Fuerza será que hagamos una -pequeña digresión, a fin de aclarar -algunos puntos que pudiera -el lector encontrar obscuros. La -noche anterior, cuando Lorry ultimaba -los preparativos del viaje -de los fugitivos, fué para él motivo -de grandes preocupaciones la -dificultad de llevar consigo a la -señorita Pross. No sólo era muy -de desear evitar excesos de carga -que acaso entorpecieran la marcha, -sino también reducir al -mínimum el tiempo que en la -Barrera emplearían para examinar -los documentos y reconocer -a los viajeros, pues la -salvación de todos podía depender -de aprovechar o de perder -breves segundos de tiempo. Tras -largas consideraciones, y no sin -medir detenidamente los inconvenientes -y las ventajas, había propuesto -dejar a la señorita Pross -y a Jeremías <i>Lapa</i>, que podían salir -de la ciudad cuando les acomodase, -con orden de emprender el -viaje a las tres de la madrugada, -utilizando uno de los carruajes -más ligeros entonces conocido. -Libres del engorro de equipajes, -no tardarían en dar alcance a los -señores, y hasta en dejarlos rezagados.</p> - -<p>La señorita Pross aceptó con -alegría una proposición que la deparaba -oportunidad de prestar algún -servicio de importancia a las -personas queridas. Ella y Jeremías -habían conocido a la persona -que su hermano Salomón había -traído desmayada en un coche, -habían despedido a los viajeros, -habían pasado diez minutos de -terrible ansiedad, y estaban haciendo -los últimos preparativos -para ponerse en camino y alcanzar -el coche en el momento que -la tabernera Defarge se acercaba -por momentos a la casa, con las -intenciones que los lectores conocen -perfectamente.</p> - -<p>—¿Qué opina usted, <i>señor Lapa</i>?—preguntó -la señorita Pross, -cuya agitación era tan grande que,<span class="pagenum"><a name="Page_323" id="Page_323">[323]</a></span> -ni la dejaba hablar, ni moverse, -ni permanecer en pie, ni vivir.—¿Qué -opina usted de nuestro viaje? -La salida de dos carruajes en -tan breve espacio de tiempo ha -de despertar sospechas; así lo temo, -al menos.</p> - -<p>—Mi opinión, señorita, es que -tiene usted razón—contestó <i>Lapa</i>—También -opino que siempre -apoyaré lo que usted diga, tanto -si tiene razón como si se equivoca.</p> - -<p>—Hasta tal extremo me enloquecen -el temor y la esperanza -por la suerte que puedan correr -nuestros señores—repuso la señorita -Pross llorando desconsoladamente,—que -soy incapaz de formar -ningún plan racional. Y usted, -<i>señor Lapa</i>, mi querido <i>señor Lapa</i>, -¿se siente con capacidad bastante -para formar algún plan medianamente -racional?</p> - -<p>—Con respecto a la vida futura, -señorita, creo que sí—respondió -Jeremías <i>Lapa</i>;—pero con respecto -al uso presente de esta bendita -cabeza que llevo sobre los hombros, -me temo que no. ¿Quiere -usted hacerse cargo, señorita, de -dos promesas o votos que es mi -deseo hacer, como recuerdo perpetuo -de la crisis en que nos encontramos?</p> - -<p>—¡Dios nos tenga de su mano!—exclamó -la señorita Pross, llorando -a grito herido.—Vengan en -seguida esos votos o promesas, -hágalos sin perder instante como -buen cristiano que es.</p> - -<p>—Lo primero que prometo—dijo -<i>Lapa</i> temblando como un -azogado y con expresión patética,—lo -primero que juro, es no volver -a hacer nunca más algunas -cosillas que antes hacía... No; -nunca más.</p> - -<p>—Bien segura estoy, <i>señor Lapa</i>, -de que no ha de hacerlas nunca -más, sean lo que sean esas cosillas, -que no es necesario mencionar.</p> - -<p>—No, señorita; no las mencionaré. -Lo segundo que prometo, -lo segundo que juro, es no volver -a mezclarme más en los rezos de -la <i>señora Lapa</i>. No; nunca más la -impediré que se pase la vida entera -de rodillas.</p> - -<p>—Hará usted muy bien.—contestó -la señorita Pross, secando -las lágrimas que la cegaban.—Deje -que de las cosas del hogar cuide -su señora... ¡Oh... mi pobre señorita!</p> - -<p>—Creo conveniente hacer constar, -señorita—repuso <i>Lapa</i> cual -si estuviera hablando desde lo alto -de un púlpito,—y desearía que -usted transmitiera mis palabras -a la <i>señora Lapa</i>, que mis opiniones -con respecto a los rezos han -sufrido un cambio radical, y que -con toda mi alma desearía que la -<i>señora Lapa</i> estuviera de rodillas -y rezando en este instante.</p> - -<p>—¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, -y ojalá el Cielo escuche benigno -sus oraciones!</p> - -<p>—¡Maldigo—prosiguió el <i>señor -Lapa</i> con mayor solemnidad que -nunca—maldigo cuanto he hecho -y dicho contra las buenas almas -que rezan y se pasan el tiempo de<span class="pagenum"><a name="Page_324" id="Page_324">[324]</a></span> -rodillas! ¡Maldigo a todos los -mortales que en este mismo momento -no están de rodillas y rezando -para que el Señor nos saque -con bien de este riesgo mortal en -que nos encontramos! ¡Maldigo, -señorita... maldigo...!</p> - -<p>El buen <i>Lapa</i> bajó la cabeza -después de buscar en vano durante -una porción de segundos otra -cosa que maldecir.</p> - -<p>—Si la misericordia divina quiere -que alguna vez lleguemos a -nuestra patria—contestó la señorita -Pross,—puede usted abrigar -la seguridad más absoluta de que -repetiré a la <i>señora Lapa</i> cuanto -usted acaba de decir con lenguaje -tan elocuente; y suceda lo que -suceda, en todo momento me encontrará -dispuesta a dar testimonio -de sus excelentes propósitos... -¡Pero pensemos, <i>señor Lapa</i>.... -pensemos!</p> - -<p>Al cabo de largo rato de profunda -meditación, dijo la señorita -Pross:</p> - -<p>—¿No le parece acertado, <i>señor -Lapa</i>, dar orden de que el coche, -en vez de venir aquí, espere en -cualquier parte? Si mi proposición -le agrada, podría salir usted a dar -el aviso, y yo acudiría al punto -que conviniéramos.</p> - -<p>Jeremías <i>Lapa</i> contestó que el -plan le parecía acertado.</p> - -<p>—¿Dónde podrían esperarme?—preguntó -la señorita Pross.</p> - -<p>Tan aturdido estaba el <i>señor -Lapa</i>, que no se le ocurrió indicar -lugar más a propósito que la acera -del Tribunal del Temple de Londres, -junto al Banco Tellson.</p> - -<p>¡Suerte infausta! El Tribunal -del Temple estaba a cientos de -millas de distancia, y en cambio -la tabernera Defarge se encontraba -muy cerca de la casa.</p> - -<p>—Junto a la puerta de la catedral—dijo -la señorita Pross.—¿Le -parece a usted buen sitio la puerta -de la catedral, entre las dos torres?</p> - -<p>—Me parece inmejorable, señorita.</p> - -<p>—Entonces, lléguese a la casa -de postas, y dé las órdenes convenientes.</p> - -<p>—Lo único que me intranquiliza—dijo -<i>Lapa</i> rascándose la cabeza,—es -dejar a usted. No sabemos -lo que puede suceder.</p> - -<p>—Sólo Dios lo sabe, es verdad; -pero no tema por mí. Espéreme -con el coche a las tres en punto -junto a la puerta de la catedral, o -lo más cerca que le sea posible, que -desde luego será menos expuesto -a contratiempos que si saliéramos -de aquí. ¡Que Dios le bendiga, <i>señor -Lapa</i>! Piense, no en nuestras -vidas, que poco valen, sino en las -otras más preciosas que probablemente -dependen de las nuestras.</p> - -<p>Estas palabras, y la actitud de -la señorita Pross, que tendía hacia -él sus manos suplicantes, acabaron -de decidir a <i>Lapa</i>, quien salió -inmediatamente, dispuesto a cumplir -la comisión.</p> - -<p>No contribuyó poco a tranquilizar -a la señorita Pross ver en -camino de ejecución las medidas<span class="pagenum"><a name="Page_325" id="Page_325">[325]</a></span> -de precaución adoptadas. También -halló consuelo en la necesidad -de componer su aspecto exterior -a fin de no llamar en las calles -una atención que podía ser peligrosa. -Consultó el reloj y vió que -eran las dos y veinte. No podía -perder tiempo.</p> - -<p>Asustada al pensar en la soledad -de aquellas habitaciones desiertas, -temiendo ver por todas -partes ojos que la acechaban, presa -de terrores indecibles, la señorita -Pross puso agua fría en una -jofaina y principió a lavarse los -ojos, rojos e hinchados de tanto -llorar. Acosada por sus aprensiones, -a cada segundo interrumpía -el lavatorio para dirigir en torno -suyo miradas de espanto. En una -de esas interrupciones, retrocedió -y lanzó un alarido penetrante, -pues, en realidad, descubrió a una -persona que de pie, en el centro -de la habitación, la estaba mirando.</p> - -<p>La jofaina se hizo mil pedazos -y el agua derramada llegó a besar -los pies desnudos de la tabernera -Defarge. Aunque parezca extraño, -aquellos pies, que iban a buscar -sangre, se encontraban con agua.</p> - -<p>—¿Dónde está la mujer de -Evrémonde?—preguntó la tabernera -con frialdad.</p> - -<p>Rápida como el rayo penetró -en la mente de la señorita Pross -la idea de que, la circunstancia de -que estuvieran abiertas de par en -par todas las puertas, haría sospechar -propósitos de fuga. Comenzó, -pues, por cerrarlas todas, -y a continuación, se colocó frente -a la puerta que daba acceso a la -habitación que hasta aquel día -había ocupado Lucía.</p> - -<p>Con mirada llameante siguió la -tabernera Defarge todos los movimientos -de la señorita Pross, -fijándolos en su cara luego que -la vió inmóvil junto a la puerta.</p> - -<p>Limpia de toda clase de atractivos -físicos estaba la señorita -Pross. Los años no habían amansado -su rústica rudeza ni suavizado -la hosquedad ceñuda de su cara. -Era al propio tiempo mujer resuelta, -los peligros personales no -la asustaban, y lejos de amilanarse -al ver a la señora Defarge, midióla -de alto abajo con una mirada -de profundo desdén.</p> - -<p>—Por tu aspecto, podrías ser -la mujer del mismísimo Lucifer—se -dijo para sus adentros la señorita -Pross.—Pero si crees que me -das miedo, te equivocas; soy inglesa.</p> - -<p>Contemplábala la tabernera con -el desprecio en la mirada, aunque -comprendiendo que se encontraba -frente a un enemigo de cuidado. -Sabía muy bien que la señorita -Pross era capaz de perder la -vida por la familia del doctor, de -la misma manera que la señorita -Pross sabía que la tabernera Defarge -era capaz de todo lo malo -tratándose de la familia indicada.</p> - -<p>—Iba al lugar donde tengo reservada -una silla—dijo la Defarge, -extendiendo un brazo en dirección -al sitio donde estaba emplazada -la guillotina,—y de paso,<span class="pagenum"><a name="Page_326" id="Page_326">[326]</a></span> -he querido dar mi enhorabuena a -la mujer de Evrémonde. Necesito -verla.</p> - -<p>—Sé que tus intenciones son -malas, y puedes contar desde luego -con la seguridad de que encontrarás -en mí quien se oponga a -que las realices—replicó la señorita -Pross.</p> - -<p>Cada cual hablaba en su lengua -patria. Ni la tabernera entendía -una palabra de las pronunciadas -por la señorita Pross, ni ésta las -pronunciadas por aquélla. Sin embargo, -acechábanse mutuamente -con mirada tan intensa, que sus -gestos, su expresión, hacían inteligibles -las palabras que nada decían -a sus oídos.</p> - -<p>—Peor para ella si no me la -dejas ver ahora mismo—repuso -la tabernera.—Los buenos patriotas -sabrán muy pronto lo que eso -significa. Quiero verla... necesito -verla... Ve y dila que no me voy -de aquí sin verla. ¿No me oyes?</p> - -<p>—Te empeñas en quedarte sin -ojos, y lo vas a conseguir—replicó -la señorita Pross.—Mírame, mírame -con esos ojos de bestia feroz, -pero no me tientes el bulto, que -tengo malas pulgas. Puede que -vengas por lana y dejes la tuya -entre mis uñas.</p> - -<p>Claro que la Defarge no entendió -palabra de las frases que quedan -copiadas, pero sí se dió cuenta -cabal de que su interlocutora -se negaba en redondo a obedecer -sus mandatos.</p> - -<p>—¡Imbécil... cara de marrana -hambrienta!—barbotó.—¡Quiero -ver a la mujer de Evrémonde! -¡O vas ahora mismo a decírselo, o -te separas de esa puerta y me dejas -paso franco!</p> - -<p>—Nunca me imaginé que pudiera -hacerme falta entender esa lengua -estúpida que hablas; pero la -verdad es que daría ahora mismo -todo lo que tengo, excepto la camisa -que llevo puesta, por saber -si sospechas toda la verdad o -parte de ella.</p> - -<p>Las dos mujeres se clavaban -mutuamente con la vista. La tabernera, -que hasta aquí no se -había movido del sitio en que la -vió la señorita Pross cuando se -lavaba los ojos, avanzó un paso.</p> - -<p>—Soy bretona y estoy furiosa—dijo -la señorita Pross.—Mi vida -me importa un rábano. Sé que -cuanto más tiempo te detenga, -más aseguro la salvación de mi -señorita... Como te acerques, yo -te aseguro que no te dejo un pelo -en esa cabeza.</p> - -<p>Era el valor de la señorita Pross -de índole sentimental, un valor -que llenó de lágrimas sus ojos. -Poco práctica la tabernera en fenómenos -de sentimiento, tomó -las lágrimas por debilidad.</p> - -<p>—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y -qué poco vales!—exclamó.—No -quiero nada contigo... ¡Ciudadano -doctor!—gritó.—¡Mujer de Evrémonde, -hija de Evrémonde! ¡Contestad -a la ciudadana Defarge, -miserables habitantes de esa casa!</p> - -<p>Acaso el silencio que siguió a -sus gritos, acaso la expresión de -la señorita Pross, acaso presenti<span class="pagenum"><a name="Page_327" id="Page_327">[327]</a></span>mientos -nacidos en su negra alma, -sugirieron a la tabernera la sospecha -de que las personas cuya sangre -buscaba habían huído. El hecho -fué que de las cuatro puertas -que tenía la habitación en que se -encontraba, abrió tres y miró al -interior de las estancias a las cuales -daban acceso.</p> - -<p>—¡Todo lo veo en desorden, en -estas habitaciones no hay nadie, -y sospecho que también está desierta -la que tú guardas! ¡Quiero -reconocerla!—gritó.</p> - -<p>—¡Nunca!—respondió la señorita -Pross, quien entendió las palabras -de la tabernera tan bien -como ésta entendió su respuesta.</p> - -<p>—Si no están en esa habitación, -se han ido; y aun es tiempo de -perseguirlos y de darles alcance—pensó -la Defarge.</p> - -<p>—Mientras no averigües si están -o no en esta habitación, no -sabrás qué partido tomar—se dijo -a sí misma la señorita Pross;—y -yo te aseguro que no has de averigüarlo -si en mi mano está impedirlo. -Otra cosa; de aquí no has -de salir mientras me queden manos -con que sujetarte.</p> - -<p>—No he encontrado hasta hoy -muro capaz de cerrarme el paso; -ten por seguro que te haré pedazos -si no sales de esa puerta—rugió -la tabernera.</p> - -<p>—Estamos solas en una habitación -interior de una casa solitaria -y en un barrio solitario. No -es probable que nos oigan. De -aquí no saldrás, fiera, pues cada -minuto que te detenga, vale un -mundo para mi querida señorita.</p> - -<p>La tabernera, perdida la paciencia, -avanzó con paso resuelto hacia -la puerta. La señorita Pross, -guiada por el instinto de momento, -la agarró con entrambos brazos -por la cintura. En vano intentó -resistirse y herir la primera, -pues su antagonista, con esa tenacidad -de gigante que da el amor, -siempre más fuerte que el odio, -no sólo la sujetó, sino que también -la alzó del suelo entre sus brazos. -Debatióse furiosa la Defarge, descargó -bofetones y más bofetones -sobre la cara de su enemiga, la -arañó despiadada, pero la señorita -Pross, que para defenderse -había bajado la cabeza, estrechaba -cada vez más el cerco de acero -con que aprisionaba su cintura.</p> - -<p>Las manos de la tabernera dejaron -de golpear y bajaron a la -cintura.</p> - -<p>—No te molestes—dijo la señorita -Pross;—está por bajo de -mi brazo y no has de poder desenvainarlo. -Soy más fuerte que tú, -gracias a Dios, y no te soltaré -hasta que caigas desmayada o -muerta.</p> - -<p>La señora Defarge llevó la diestra -al seno. La señorita Pross vió -el objeto que aquella mano sacaba. -Rápida como un rayo alzó un -brazo, descargó un golpe, y... brotó -una llamarada, sonó un trueno, -y retrocedió. La estancia quedó -llena de humo.</p> - -<p>Todo ello no duró más de un -segundo. El humo principió a salir -por la ventana, llevando entre<span class="pagenum"><a name="Page_328" id="Page_328">[328]</a></span> -sus negras espirales el alma de la -mujer que yacía sin vida sobre el -pavimento.</p> - -<p>Lo terrible de la situación en -que se veía, hizo que la señorita -Pross, en el primer momento, intentara -huir del cadáver y bajara -corriendo la escalera con ánimo -de pedir socorros innecesarios y -tardíos; pero afortunadamente hízose -cargo de las consecuencias a -tiempo para detenerse y volver -sobre sus pasos. Horrible era pasar -sobre el cadáver, tendido a -través de la puerta; pero pasó para -recoger el sombrero y otros -objetos que debía llevarse. Los -sacó al descansillo de la escalera, -cerró la puerta con llave, se sentó -con objeto de dar salida por los -ojos al espanto que la ahogaba, y -ya más tranquila, se levantó y -se fué.</p> - -<p>Por fortuna para ella, el velo -del sombrero era bastante tupido, -pues en caso contrario, lo probable -es que la hubieran detenido -en la calle. Por fortuna para ella, -era tan fea, que los arañazos profundos -que en la contienda había -recibido no dejaron en su cara las -huellas que en otro rostro más -favorecido por la naturaleza habrían -dejado.</p> - -<p>Al cruzar el puente, arrojó al -río la llave de la casa. Llegó frente -a la puerta de la catedral algunos -minutos antes de la hora convenida -con <i>Lapa</i>, y esperó, llena de terror, -al pensar que acaso pescasen -la llave que acababa de arrojar, -y descubriesen a qué casa pertenecía, -y abriesen la puerta, y -encontrasen un cadáver, y la -prendieran y condenaran a muerte -por el delito de asesinato. Tales -eran los pensamientos que la agitaban -cuando llegó <i>Lapa</i>.</p> - -<p>—¿Hay ruido en las calles?—preguntó -la señorita Pross.</p> - -<p>—El ordinario—respondió <i>Lapa</i>, -no poco sorprendido tanto -por la pregunta cuanto por el -aspecto de quien la hizo.</p> - -<p>—No le oigo... ¿Qué me dice?</p> - -<p>En vano repitió <i>Lapa</i> una y -otra vez lo que había dicho; la señorita -Pross no le oía.</p> - -<p>—¡Vaya!—pensó <i>Lapa</i>.—Me haré -entender por señas.</p> - -<p>—¿Hay ruido en las calles?</p> - -<p><i>Lapa</i> movió afirmativamente la -cabeza.</p> - -<p>—No oigo nada.</p> - -<p>—¿Sorda como una tapia en -una hora? ¡Es extraño!—pensó -<i>Lapa</i>—¿Qué la habrá pasado?</p> - -<p>—He visto un relámpago, he -oído un trueno; y el trueno fué -lo último que oí en mi vida—explicó -la señorita Pross.</p> - -<p>—La encuentro completamente -cambiada... ¿Qué habrá podido -tomar para cobrar aliento? Porque -la verdad es que no parece -que tenga ni pizca de miedo... ¡El -ruido de esas malditas carretas...! -¿Las oye usted, señorita?</p> - -<p>—No oigo nada, absolutamente -nada—contestó la buena Pross, -reparando en el movimiento de -los labios de su compañero.—Un -relámpago, un trueno, y nada -más.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_329" id="Page_329">[329]</a></span> -—Si no oye el rodar de esas -horribles carretas, opino que no -volverá a oir nada en este mundo—murmuró -<i>Lapa</i>.</p> - -<p>No se engañaba. La señorita -Pross quedó sorda para siempre.</p> - -<div class="chapter"> -<h3 id="III_XV">XV.<br />LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE</h3></div> - -<p>Rebotan sobre el empedrado de -las calles de París los vehículos -de la muerte chirriando lúgubremente. -Seis carretas llevan a la -guillotina la ración de vino con -que diariamente se entretiene su -sed. Los monstruos devoradores, -los monstruos insaciables que han -forjado las imaginaciones humanas -desde el instante primero de -su actividad se han fundido en -una realización única, y esta realización -única se llama guillotina. -Y, sin embargo, en Francia, con -toda su rica variedad de clima y -de suelo, no hay una brizna de -hierba, una hoja, una raíz, un -renuevo, susceptible de llegar a -sazón y madurez bajo condiciones -más favorables que aquellas que -produjeron aquel horror. El día -que martillos semejantes aplasten -y machaquen a la humanidad, -retorciéndola y borrando su forma, -reaparecerá aquélla bajo las -mismas formas violentas y contrahechas -bajo las cuales reapareció -entonces, el día que se siembre la -semilla de la licencia rapaz y de la -opresión, florecerán y sazonarán -los mismos frutos que entonces -florecieron y sazonaron.</p> - -<p>Seis carretas ruedan chirriando -a lo largo de las calles. ¡Transfórmalas -en lo que antes fueron, tú, -Tiempo, encantador poderoso, -reintégralas a su forma y condición -anterior, y las veremos trocadas -en otras tantas carrozas soberbias -de monarcas absolutos, en -trenes de nobles feudales, en lujosas -galas de deslumbradoras Jezabeles, -en Sinagogas que han -dejado de ser la Casa de Mi Padre -para convertirse en cavernas de -ladrones, en míseras chozas de -millones de famélicos campesinos! -No; el gran mago que majestuosamente -trastorna el orden establecido -por el Creador, jamás destruye -sus transformaciones. «Si -la voluntad de Dios te ha dado la -forma que afectas, no intentes -variarla; pero si la debes a pasajeras -conjuras humanas, recobra -la que recibiste del Altísimo,» dicen -los magos a los seres encantados -en los cuentos árabes.</p> - -<p>Las ruedas sombrías de las carretas -al dar vueltas sobre el empedrado -semejan potente arado -que abre un surco profundo entre -el populacho que llena las calles, -a uno y otro lado del que quedan -cabezas humanas. Tan habituados -están al horrendo espectáculo -los vecinos de las casas, que en -muchos balcones no se ve una -sola cara, y es muy frecuente ver -personas empleadas en alguna -ocupación que no suspenden el -movimiento de sus manos al paso<span class="pagenum"><a name="Page_330" id="Page_330">[330]</a></span> -de aquéllas, aunque sus ojos se -vuelvan a las carretas para ver -quiénes son los desgraciados que -las ocupan.</p> - -<p>Entre los que montan las fatídicas -carretas, los hay que contemplan -lo que les rodea con mirada -impasible y los hay que concentran -en ello un interés pasajero. -Dan pruebas palpables unos -de desesperación silenciosa haciendo -el viaje postrero con las -cabezas dobladas sobre el pecho, -al paso que otros las llevan arrogantemente -erguidas y dirigen a -las turbas miradas de altivo desdén. -Muchos meditan o procuran -recoger sus pensamientos empeñados -en vagar sin freno, y a ese -fin cierran los ojos, mientras uno, -uno solo, mísero ser de aspecto -repugnante, parece tan enloquecido -de terror, que canta y hasta -intenta bailar. Las expresiones de -los condenados varían hasta el -infinito, pero ni uno solo despierta -piedad en los diamantinos pechos -del pueblo.</p> - -<p>Rompen la marcha algunos jinetes -de aspecto embrutecido a -quienes los curiosos dirigen de vez -en cuando preguntas. Sin duda -éstas son siempre las mismas, pues -a la contestación sigue invariablemente -un movimiento de las -turbas en dirección a la tercera -carreta. Los jinetes de rostro embrutecido -que cabalgan delante -también señalan con frecuencia -con la punta de sus sables a un -hombre de los que la ocupan. El -condenado en cuestión ha excitado -la curiosidad general; todos -desean saber quién es el hombre -que, apoyada la espalda contra -el respaldo de la tercera carreta, -conversa con una muchachita sentada -a su lado. No parece que le -interese la escena ni que le importe -nada de cuanto le rodea. En la -calle de San Honorato gritan las -turbas contra él; a los gritos contesta -con una sonrisa y con movimientos -enérgicos de cabeza que -desordenan más sus largos cabellos, -caídos sobre su cara, hasta la -cual no puede llevar las manos, -pues sus brazos están amarrados.</p> - -<p>En lo alto de una escalinata de -una iglesia espera el paso de la -fúnebre comitiva el espía a quien -Sydney Carton llamaba el mirlo -del verdugo. Clava sus miradas -en la primera carreta: no está allí. -Mira con ansiedad a la segunda... -Tampoco. Su rostro refleja el temor -que comienza a invadirle, -cuando, al escudriñar la tercera, -sonríe complacido.</p> - -<p>—¿Quién es Evrémonde?—pregunta -un hombre colocado a su -espalda.</p> - -<p>—Aquel... el de la tercera carreta.</p> - -<p>—¿El que habla con la chicuela?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¡Muera Evrémonde!—vocifera -inmediatamente el hombre en -cuestión.—¡A la guillotina todos -los aristócratas! ¡Muera Evrémonde!</p> - -<p>—¡Calla.... calla...!—exclama -con timidez el espía.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_331" id="Page_331">[331]</a></span> -—¿Por qué he de callar?</p> - -<p>—Porque va ya a pagar sus -crímenes... Dentro de cinco minutos -los habrá purgado... Déjale -ahora en paz.</p> - -<p>—¡Muera Evrémonde!—continúa -gritando aquel bárbaro.</p> - -<p>Evrémonde vuelve la cara hacia -el que vocifera; ve al espía, le -mira con atención, y prosigue -impávido su camino.</p> - -<p>Los relojes de la ciudad están -para dar las tres, y el arado se -desvía de la recta para llegar al -sitio designado para las ejecuciones. -Las líneas de cabezas humanas -que flanqueaban hasta allí el -surco abierto por el arado se agrupan -en tropel rodeando a la guillotina -que va a entrar en funciones. -En primera fila, cómodamente -instaladas en sillas, exactamente -lo mismo que si estuvieran en -el teatro, hay una porción de -mujeres, que hacen calceta con -verdadero ardor; entre ellas no -era difícil ver a La Venganza, que -parece inquieta y nerviosa.</p> - -<p>—¡Teresa!—grita apelando a su -registro más estridente.—¿Quién -ha visto a Teresa... a Teresa Defarge?</p> - -<p>—Es la primera vez que falta—contesta -una de las trabajadoras.</p> - -<p>—¡No... no faltará hoy tampoco...! -¡Teresa!—ruge La Venganza.</p> - -<p>—Grita más—aconseja la mujer -que habló antes.</p> - -<p>¡Ah! Grita, Venganza, grita: ¡que -por altos que tus gritos sean es -difícil que te oiga! ¡Grita, Venganza, -grita... no importa que acompañes -tus gritos con maldiciones; -que ni aquéllos ni éstas han de -llegar a oídos de tu jefe! ¡Envía -emisarios que la busquen por todas -partes; que esos emisarios, -aun cuando no puede negarse que -han dado cima a empresas difíciles, -es seguro que no han de ir a -buscarla donde está! ¡Ha hecho -un viaje demasiado largo!</p> - -<p>—¡Mala suerte!—acalla La Venganza, -pateando con furia—¡Y ya -están aquí las carretas...! ¡Y Evrémonde -será despachado sin que -esté ella!</p> - -<p>Mientras La Venganza llama a -grito herido a Teresa Defarge, son -descargadas las carretas. Los ministros -de Santa Guillotina están -vestidos y dispuestos a trabajar... -Se oye un golpe, rueda una cabeza -que inmediatamente alza en su -mano uno de los ministros, y las -mujeres, sin mirar apenas, continúan -haciendo calceta, diciendo -por todo comentario:</p> - -<p>—Una.</p> - -<p>La escena se repite varias veces, -sin que las mujeres interrumpan -su labor ni dejen de contar.</p> - -<p>Sube al tablado fatal el supuesto -Evrémonde, dando la mano a -la desventurada niña, según la -había ofrecido, a la que coloca de -espaldas a la terrible cuchilla, que -sube y baja sin interrupción.</p> - -<p>—De no haber sido por ti, mi -querido desconocido, no tendría -yo la calma y resignación que tengo, -pues soy una pobre niña y mi -corazón es débil. Tampoco habría -sabido elevar mis pensamientos<span class="pagenum"><a name="Page_332" id="Page_332">[332]</a></span> -hacia Aquél que murió por nosotros, -a Aquél cuya misericordia es -hoy mi única esperanza. Yo creo -que son los Cielos los que te han -enviado a mí en este día de -prueba.</p> - -<p>—Quizá seas tú el mensajero -que los Cielos me han enviado a -mí—replicó Carton.—Fija en mí -tus ojos, niña querida, y no te -acuerdes de nada más.</p> - -<p>—Mientras tenga entre mis manos -la tuya, estaré tranquila; y si -al separarla para emprender el -viaje, el golpe es rápido, tampoco -temeré.</p> - -<p>—El golpe será rápido; pierde -cuidado.</p> - -<p>Aunque se encontraban entre -las demás víctimas, hablaban con -tanta libertad como si hubiesen -estado solos. Aquellos dos hijos -de la Madre Universal, desconocidos -hasta entonces el uno al -otro, iban a hacer juntos el último -viaje, a comparecer juntos -ante el Creador, a reposar juntos -en el Cielo.</p> - -<p>—¡Valiente y generoso amigo!—exclamó -la niña—¿Me permites -que te haga una pregunta? Soy -muy ignorante, y se trata de una -cosa que me turba y mortifica... -un poquito.</p> - -<p>—Pregunta lo que quieras.</p> - -<p>—Tengo una prima, mi único -pariente, huérfana como yo, -a quien quiero mucho. Tiene cinco -años menos de edad que yo y vive -en una casa de labor, por el Mediodía. -La pobreza nos separó; -ignora mi desgracia y yo no puedo -escribirla... y, aunque pudiera... -¿qué iba a decirle? Mejor es así.</p> - -<p>—Es verdad: mejor es así.</p> - -<p>—Lo que he estado pensando -mientras nos traían aquí, y lo que -seguía pensando ahora, es lo siguiente: -si en realidad la República -ha de hacer la felicidad de los -pobres, si gracias a ella padecen -menos hambre y se alivian sus -sufrimientos, mi prima puede vivir -aún muchos años; hasta es -posible que llegue a vieja.</p> - -<p>—¿Y qué, mi querida hermanita?</p> - -<p>—Si así es, ¿no te parece que -se me hará muy larga la espera, -allá en aquel mundo mejor en que -confío ser misericordiosamente -acogida contigo, en aquel mundo -donde viviremos eternamente tú, -ella y yo?</p> - -<p>—No, hija mía, no; en aquel -mundo mejor a que aludes, no -existe el Tiempo ni tienen cabida -los sufrimientos.</p> - -<p>—¡Cuánto me consuelan tus palabras! -¡Soy yo tan ignorante! -¿He de besarte ya? ¿Llegó el momento?</p> - -<p>—Sí, hija mía, sí.</p> - -<p>La niña besa los labios de Sydney -Carton y Sydney Carton besa -los labios de la niña. No tiemblan -sus manos al separarse. «Adiós». -Rueda primero la cabeza de la -niña... Las mujeres que hacen calceta -cuentan <span class="smcap">VEINTIDÓS</span>.</p> - -<p>«Yo soy la Resurrección y la -Vida; aquél que en Mí cree, aun<span class="pagenum"><a name="Page_333" id="Page_333">[333]</a></span>que -haya muerto, vivirá eternamente; -y todo el que vive y cree -en Mí, no morirá jamás.»</p> - -<p>Desciende otra vez la cuchilla, -y las mujeres cuentan; <span class="smcap">VEINTITRÉS</span>.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Aquella noche, no se habla de -otra cosa en la ciudad. Todos dicen -que jamás vieron rostro humano -que reflejase tanta calma, -tanta serenidad de espíritu. Muchos -añadían que su aspecto era -sublime y que en sus ojos brillaba -la luz profética.</p> - -<p>Algún tiempo antes, una de las -víctimas más notables de la guillotina, -una mujer, había consignado -por escrito, puesta sobre el -tablado pavoroso, los pensamientos -que la horrible máquina le -inspiraba. Si Sydney Carton hubiese -dado expresión sensible a -los suyos, y éstos hubieran sido -proféticos, habrían sido los siguientes:</p> - -<p>«Veo a Barsad, a Cly, a Defarge, -a La Venganza, a los Jurados, a -los Jueces, a todos los nuevos -opresores de la humanidad que se -han alzado terribles para destruir -a los antiguos, caer bajo la afilada -cuchilla del instrumento justiciero. -Veo que del fondo del negro -abismo surge una ciudad hermosa -y un pueblo instruído que, en sus -luchas por la libertad verdadera, -en sus triunfos y derrotas, expía, -durante largos años, los horrores -de la época actual y los de las -épocas anteriores, y concluye por -borrarlos.</p> - -<p>»Veo las vidas de aquellos por -quienes doy la mía, deslizándose -tranquilas, prósperas y felices, en -aquella Inglaterra que mis ojos -no volverán a ver jamás. Veo a -<i>ella</i> meciendo dulcemente en su -regazo a un niño que lleva mi -nombre. Veo a su padre doblegado -bajo el peso de los años, pero prodigando -hasta el último momento -de su vida los auxilios de su ciencia -a sus semejantes. Veo al buen -anciano, que durante tantos años -ha sido su amigo tierno y abnegado, -enriqueciéndoles con todo -cuanto posee y volando al mundo -en que le espera la recompensa a -que sus virtudes le hicieron acreedor.</p> - -<p>»Veo que en sus corazones me -han erigido un altar, y que este -altar lo transmiten a sus descendientes, -y que, muchas generaciones -después, todos los descendientes -de aquella familia querida rinden -culto de gratitud sincera a la -memoria del hombre que sacrificó -su vida en aras de un afecto -santo. La veo a <i>ella</i>, ya muy anciana, -llorando por mí todos los -aniversarios de mi muerte. La -veo a <i>ella</i> y a su marido, durmiendo -en la tierra el sueño último, y -sé que, aun después de muertos, -honran y enaltecen mi memoria.</p> - -<p>»Veo al niño que <i>ella</i> mecía en -su regazo y que lleva mi nombre -hecho varón fuerte que se abre -camino en el mundo dedicado a -la carrera que fué mi carrera en<span class="pagenum"><a name="Page_334" id="Page_334">[334]</a></span> -otro tiempo, y se lo abre tan brillantemente, -que los resplandores -que ilustran su nombre ilustran -también el mío. Veo borradas las -manchas que empañaron el brillo -de mi alma. Veo al ilustre abogado -que lleva mi nombre, al que -es el más justo de los jueces de la -tierra, al que ha sabido conquistarse -el respeto y la admiración -de sus conciudadanos, ya viejo, -muy viejo, teniendo sobre sus vacilantes -rodillas a un niño de cabellos -de oro, que también lleva -mi nombre, y narrándole con voz -balbuciente mi historia.</p> - -<p>»Mil veces más hermoso es lo -que hago ahora que lo que nunca -hice.</p> - -<p>»La santa dicha que ahora saborea -mi alma no la hubiera encontrado -jamás en la tierra.»</p> - - -<p class="p4 center">FIN</p> - -<hr class="chap" /> - -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_335" id="Page_335">[335]</a></span></p> - - - -<div class="chapter"> -<h2><a name="INDICE" id="INDICE">INDICE</a></h2></div> - - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> -<tr><td class="tdc" colspan="3">LIBRO PRIMERO<br /> -VUELTA A LA VIDA</td></tr> - -<tr><td class="tdrb" colspan="3">PÁGS.</td></tr> - -<tr><td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#I_I">—El período.</a></td> -<td class="tdrb">7</td></tr> - -<tr><td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#I_II">—La diligencia.</a></td> -<td class="tdrb">10</td></tr> - -<tr><td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#I_III">—Las sombras de la noche.</a></td> -<td class="tdrb">15</td></tr> - -<tr><td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#I_IV">—La preparación.</a></td> -<td class="tdrb">19</td></tr> - -<tr><td class="tdr">V.</td> -<td class="tdl"><a href="#I_V">—La taberna.</a></td> -<td class="tdrb">30</td></tr> - -<tr><td class="tdr">VI.</td> -<td class="tdl"><a href="#I_VI">—El zapatero.</a></td> -<td class="tdrb">39</td></tr> - -<tr><td class="tdc1" colspan="3">LIBRO SEGUNDO<br />EL HILO DE ORO</td></tr> - -<tr><td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_I">—Cinco años después.</a></td> -<td class="tdrb">49</td></tr> - -<tr><td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_II">—Una visita.</a></td> -<td class="tdrb">54</td></tr> - -<tr><td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_III">—Decepción.</a></td> -<td class="tdrb">60</td></tr> - -<tr><td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_IV">—Enhorabuena.</a></td> -<td class="tdrb">72</td></tr> - -<tr><td class="tdr">V.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_V">—El chacal.</a></td> -<td class="tdrb">78</td></tr> - -<tr><td class="tdr">VI.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_VI">—Centenares de visitas.</a></td> -<td class="tdrb">83</td></tr> - -<tr><td class="tdr">VII.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_VII">—El señor en la ciudad.</a></td> -<td class="tdrb">94</td></tr> - -<tr><td class="tdr">VIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_VIII">—El señor en el campo.</a></td> -<td class="tdrb">102</td></tr> - -<tr><td class="tdr">IX.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_IX">—La cabeza de Gorgon.</a></td> -<td class="tdrb">106</td></tr> - -<tr><td class="tdr">X.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_X">—Dos promesas.</a></td> -<td class="tdrb">116</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XI.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XI">—Entre compañeros.</a></td> -<td class="tdrb">122</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XII.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XII">—El caballero delicado.</a></td> -<td class="tdrb">125</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XIII">—El sujeto no delicado.</a></td> -<td class="tdrb">131</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XIV.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XIV">—El honrado menestral.</a></td> -<td class="tdrb">136</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XV.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XV">—Haciendo calceta.</a></td> -<td class="tdrb">144</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XVI.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XVI">—Más punto de media.</a></td> -<td class="tdrb">154</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XVII.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XVII">—Una noche.</a></td> -<td class="tdrb">164</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XVIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XVIII">—Nueve días.</a></td> -<td class="tdrb">168</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XIX.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XIX">—Una opinión.</a></td> -<td class="tdrb">174</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XX.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XX">—Una súplica.</a></td> -<td class="tdrb">181</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XXI.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XXI">—Pasos que resuenan.</a></td> -<td class="tdrb">185</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XXII.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XXII">—Sube la marea.</a></td> -<td class="tdrb">195</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XXIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XXIII">—El incendio adquiere incremento.</a></td> -<td class="tdrb">201</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XXIV.</td> -<td class="tdl"><a href="#II_XXIV">—Atraído por la montaña imantada.</a></td> -<td class="tdrb">207</td></tr> - -<tr><td class="tdc1" colspan="3">LIBRO TERCERO<br/> -EL RUMBO DE LA TORMENTA</td></tr> - -<tr><td class="tdr">I.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_I">—En secreto.</a></td> -<td class="tdrb">219</td></tr> - -<tr><td class="tdr">II.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_II">—La piedra de afilar.</a></td> -<td class="tdrb">230</td></tr> - -<tr><td class="tdr">III.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_III">—La sombra.</a></td> -<td class="tdrb">235</td></tr> - -<tr><td class="tdr">IV.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_IV">—Calma en la tormenta.</a></td> -<td class="tdrb">240</td></tr> - -<tr><td class="tdr">V.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_V">—El aserrador.</a></td> -<td class="tdrb">246</td></tr> - -<tr><td class="tdr">VI.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_VI">—Triunfo.</a></td> -<td class="tdrb">251</td></tr> - -<tr><td class="tdr">VII.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_VII">—Visita inesperada.</a></td> -<td class="tdrb">257</td></tr> - -<tr><td class="tdr">VIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_VIII">—Una partida original.</a></td> -<td class="tdrb">262</td></tr> - -<tr><td class="tdr">IX.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_IX">—Hecho el juego.</a></td> -<td class="tdrb">273</td></tr> - -<tr><td class="tdr">X.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_X">—La substancia de la sombra.</a></td> -<td class="tdrb">284</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XI.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_XI">—Sombras.</a></td> -<td class="tdrb">297</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XII.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_XII">—Tinieblas.</a></td> -<td class="tdrb">301</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XIII.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_XIII">—Cincuenta y dos.</a></td> -<td class="tdrb">308</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XIV.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_XIV">—Fin de la calceta.</a></td> -<td class="tdrb">318</td></tr> - -<tr><td class="tdr">XV.</td> -<td class="tdl"><a href="#III_XV">—Los ecos se apagan para siempre.</a></td> -<td class="tdrb">329</td></tr> -</table> - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES *** - -***** This file should be named 61887-h.htm or 61887-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/1/8/8/61887/ - 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