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-Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: Una historia de dos ciudades
-
-Author: Charles Dickens
-
-Translator: Gregorio Lafuerza
-
-Release Date: April 22, 2020 [EBook #61887]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, Penn State University and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This book was produced from images made available by the
-HathiTrust Digital Library.)
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- Nota del Transcriptor:
-
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
- Ilustraciones han sido eliminadas.
-
-
-
-
- BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS
-
-
- CARLOS DICKENS
-
-
- UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES
-
-
- TRADUCCIÓN DE
- GREGORIO LAFUERZA
-
-
- [Ilustración]
-
-
- BARCELONA
- RAMÓN SOPENA. EDITOR
- PROVENZA, 93 A 97
-
-
-
-
- DERECHOS RESERVADOS
-
-
- Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona
-
-
-
-
-PROLOGO
-
-
-Concebí las líneas generales de esta historia cuando representé con
-mis hijos y amigos el drama de Collin _El Abismo Helado_. Apoderóse
-entonces de mí el deseo firme de encarnar el drama en mi persona, y
-procuré asimilarme, con solicitud e interés especiales, el estado de
-ánimo necesario para hacer su presentación a un espectador dotado del
-espíritu de observación.
-
-A medida que me fuí familiarizando con la idea, fueron dibujándose y
-resaltando las líneas generales hasta llegar gradualmente a adquirir la
-forma que en la actualidad tienen. Hasta tal extremo se ha posesionado
-de mí el argumento durante su ejecución, ha dado tanta vida a todo
-lo que en estas páginas se ha hecho y sufrido, que puedo decir, sin
-incurrir en exageraciones, que todo lo he hecho y sufrido yo mismo.
-
-Cuantas referencias haga, por ligeras que sean, a la condición del
-pueblo francés antes o durante la Revolución, serán exactas de toda
-exactitud, fundadas en los testimonios de personas dignas de fe
-absoluta. Ha sido una de mis aspiraciones añadir algo a los medios de
-inteligencia populares y pintorescos de aquella época terrible, bien
-que firmemente convencido de que no hay quien pueda añadir nada a la
-portentosa filosofía que encierra la obra admirable de Carlyle.
-
-
-
-
-UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES
-
-
-
-
-LIBRO PRIMERO
-
-VUELTA A LA VIDA
-
-
-I
-
-EL PERÍODO
-
-Erase el mejor de los tiempos y el más detestable de los tiempos; la
-época de la sabiduría y la época de la bobería, el período de la fe
-y el período de la incredulidad, la era de la Luz y la era de las
-Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación.
-Todo lo poseíamos y nada poseíamos, caminábamos en derechura al cielo
-y rodábamos precipitados al abismo: en una palabra, era tan parecido
-aquel período al actual, que nuestras autoridades de mayor renombre
-están contestes en afirmar que, entre uno y otro, tanto en lo que al
-bien se refiere como en lo que toca al mal, sólo en grado superlativo
-es aceptable la comparación.
-
-Un rey de bien desarrolladas mandíbulas y una reina de cara aplastada
-se sentaban sobre el trono de Inglaterra, y un rey de grandes quijadas
-y una reina de rostro hermoso ocupaban el de Francia. Los señores de
-los grandes almacenes de pan y de pescado de entrambos países veían
-claro como el cristal que el bien público estaba asegurado para siempre.
-
-Era el año de Nuestro Señor de mil setecientos setenta y cinco. En un
-período tan favorecido, no podían faltar a Inglaterra las revelaciones
-espirituales. Recientemente había celebrado su vigésimoquinto natalicio
-la señora Southcott, cuya aparición sublime en el mundo anunciara
-con la antelación debida un guardia de corps, profeta privado,
-pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a
-Westminster. Hasta había sido definitivamente enterrado el fantasma
-de la Callejuela del Gallo, después de andar rondando por el mundo
-doce años, y de revelar a los mortales sus mensajes en la misma forma
-que los espíritus del año anterior, acusando una pobreza sobrenatural
-de originalidad, revelaron los suyos. Los mensajes únicos de orden
-terrenal que recibieron la Corona y el Pueblo ingleses, les llegaron
-de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes
-que, por extraño que parezca, han resultado de muchísima mayor
-transcendencia para la raza humana que cuantos recibió ésta por la
-mediación de cualquiera de los pollitos de la Callejuela del Gallo.
-
-Menos favorecida Francia en lo referente a asuntos de orden espiritual
-que su hermana la del escudo y del tridente, rodaba con suavidad
-encantadora pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándolo que
-era un contento. Bajo la dirección de sus cristianísimos pastores,
-permitíase entretenerse, además, con distracciones tan humanitarias
-como sentenciar a algún que otro joven a que le cortaran las manos,
-le arrancaran con pinzas la lengua y le quemaran vivo, por el nefando
-delito de no haber caído de rodillas sobre el fango del camino, en
-un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión
-de frailes que pasó al alcance de su vista, bien que a distancia de
-cincuenta o sesenta varas. Es muy probable que, cuando aquel criminal
-fué llevado al suplicio, el leñador _Destino_ hubiera marcado ya
-en los bosques de Francia y de Normandía los añosos árboles que la
-sierra debía convertir en tablas que servirían para construir aquella
-plataforma movible, provista de su cesto y su cuchilla, que tanta y
-tan terrible celebridad ha conquistado en la historia. Es asimismo muy
-posible que, en los rústicos cobertizos anejos a las casuchas de los
-labradores de las cercanías de París, se hallasen en el mismo día,
-resguardados de las inclemencias del tiempo, las primitivas carretas,
-llenas de salpicaduras de fango lamidas por los cerdos y sirviendo
-de percha a las aves de corral, que el labriego _Muerte_ había
-seleccionado para que fueran las carrozas de la Revolución. Verdad es
-que, si bien el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su
-labor era silenciosa y no había oído humano que percibiera sus pasos
-sordos, tanto más, cuanto que abrigar algún recelo de que aquellos
-estuvieran despiertos era tanto como confesarse a la faz del mundo ateo
-y traidor.
-
-En Inglaterra, apenas si quedaba un átomo de orden y de protección
-bastantes para justificar la jactancia nacional. La misma capital era
-todas las noches teatro de robos a mano armada y de crímenes los más
-osados y escandalosos. Pública y oficialmente se avisaba a las familias
-que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los
-almacenes de los tapiceros, únicos sitios que les ofrecían alguna
-garantía. El que a favor de las sombras de la noche era bandolero,
-parecía honrado mercader de la ciudad a la luz del sol, y si alguna
-vez era reconocido por el comerciante auténtico a quien se presentaba
-bajo el carácter de «capitán», disparábale con la mayor frescura un
-tiro que le enviaba a otro mundo mejor y ponía pies en polvorosa. La
-diligencia-correo fué asaltada por siete bandoleros, de los cuales mató
-a tres la guardia, la cual a su vez fué muerta por los cuatro restantes
-«a consecuencia de haberse quedado sin municiones»: a continuación,
-la diligencia fué robada concienzuda y tranquilamente. El altísimo y
-poderosísimo alcalde mayor de Londres fué secuestrado y obligado a
-vivir durante algún tiempo en Turnham Green por un esforzado bandido,
-quien tuvo el honor de desbalijar a criatura tan ilustre en las barbas
-de su numerosa escolta y no menos numerosa servidumbre. En las cárceles
-de Londres reñían los prisioneros fieras batallas con sus carceleros,
-a los cuales obsequiaba la majestad de la ley con sendos arcabuzazos.
-En los propios salones de la corte, manos habilidosas libraban a
-los más altos señores de las cruces de brillantes que adornaban sus
-cuellos. Penetraron los mosqueteros en San Gil en busca de contrabando,
-y el populacho hizo fuego contra los mosqueteros, y los mosqueteros
-hicieron fuego sobre el populacho, sin que a nadie se le ocurriera
-pensar que semejante suceso no fuera incidente de los más comunes y
-triviales de la vida. A todo esto, el verdugo, siempre en funciones,
-siempre atareado, no bastaba a acudir a los distintos puntos en que era
-necesario, hoy dejando pendientes de sus cuerdas grandes racimos de
-criminales y mañana ahorcando a un ladrón vulgar, que penetró el jueves
-en la casa del vecino, y emprendió el viaje a la eternidad el sábado
-siguiente; para quemar hoy en Newgate docenas de personas, y mañana
-centenares de folletos en la puerta de Westminster Hall; para enviar
-hoy a la eternidad a un desalmado feroz, y hacer mañana lo propio con
-un mísero raterillo que robó seis peniques al hijo de un agricultor.
-
-Todas estas cosas, y mil otras por el estilo que podría referir,
-eran el pan nuestro de cada día en el bendito año de mil setecientos
-setenta y cinco sin que fueran obstáculo para que, mientras el Leñador
-y la Labriega proseguían su silenciosa labor, los dos mortales de
-las desarrolladas quijadas y las dos de cara aplastada y hermosa,
-respectivamente, llevaran a punta de lanza sus divinos derechos. Así
-conducía el año de mil setecientos setenta y cinco a Sus Grandezas y
-a los millones de criaturas insignificantes, entre ellas las que han
-de figurar en la crónica presente, a sus destinos respectivos, por los
-caminos que ante sus pasos estaban abiertos.
-
-
-II
-
-LA DILIGENCIA
-
-El que recorría el primero de los personajes que han de jugar papel de
-mucha importancia en la historia presente, la noche de un viernes de
-noviembre, era el de Dover. Seguía el viajero a la diligencia, mientras
-ésta avanzaba pesadamente por el repecho de la colina Shooter. Subía
-caminando entre el barro pegado a la caja desvencijada del carruaje, y
-a su lado iban los demás compañeros de viaje, no ciertamente movidos
-del deseo de hacer ejercicio, poco agradable dadas las circunstancias,
-sino porque rampa, arneses, fango, diligencia y caballos eran tan
-pesados, que éstos últimos habían declarado ya tres veces sus deseos
-de no seguir adelante, amén de otra que intentaron dar media vuelta,
-con el propósito sedicioso de volverse a Blackheath. Las riendas y la
-fusta, el postillón y el guarda, puestos de acuerdo, hubieron de dar
-lectura al artículo del Reglamento de Campaña que asegura que nunca, ni
-en ningún caso, tendrán _razón_ los animales brutos, gracias a lo cual
-capituló el tiro y se resignó a cumplir con su deber.
-
-Bajas las cabezas y trémulas las colas procuraban abrirse paso por
-entre los mares de espeso barro que cubrían el camino, tropezando aquí,
-dando allá un tumbo espantoso, cayendo no pocas veces y tambaleándose
-siempre. Cuantas veces el mayoral les concedía algún descanso, el
-caballo delantero sacudía violentamente la cabeza y cuantos objetos
-la adornaban con aire doctoral y enfático, cual si su intención fuera
-negar que la diligencia pudiera llegar a lo alto de la loma; y cuantas
-veces aquel hacía restallar el látigo, el viajero de quien vengo
-hablando levantaba asustado la cabeza, como hombre a quien arrancan
-bruscamente de sus meditaciones.
-
-Mares de vapor acuoso en forma de espesa niebla cubrían todas las
-hondonadas y se deslizaban pegados a la tierra semejantes a espíritus
-malignos que buscan descanso y no lo encuentran. La niebla era pegajosa
-y muy fría, y avanzaba formando graciosos rizos y masas onduladas
-que se perseguían y alcanzaban como se persiguen y alcanzan las olas
-cuando el mar está movido. Era lo suficientemente densa para encerrar
-en un círculo estrechísimo la claridad que derramaban los faroles del
-carruaje, hasta impedir que se vieran los chorros de vapor que los
-caballos lanzaban por las narices y que iban a aumentar el caudal de
-los que llenaban la atmósfera.
-
-Dos viajeros, además del que he mencionado, subían trabajosamente la
-rampa siguiendo a la diligencia. Los tres llevaban subidos hasta las
-orejas los cuellos de sus abrigos y los tres usaban botas muy altas.
-Ninguno de ellos hubiera podido decir si sus compañeros de viaje
-eran guapos o feos, jóvenes o viejos; tan cuidadosamente recataban
-sus semblantes, y no estará de más añadir que, si imposible era a
-los ojos del cuerpo divisar la seña corporal más insignificante,
-aun lo era más a los ojos del espíritu conjeturar las del alma, es
-decir, las intenciones que cada uno de ellos pudiera abrigar. En
-aquellos felices tiempos, los viajeros eran altamente reservados y
-evitaban con gran cautela hacer confianza en personas desconocidas,
-pues cualquier compañero de diligencia o de camino podía resultar un
-bandolero o un cómplice de bandoleros, señores que abundaban que era
-una bendición, pues todas las tabernas y posadas contaban con cosecha
-no escasa de soldados a sueldo del «capitán», cuyas huestes nutrían
-todos sin excepción, comenzando por el posadero y terminando por el
-último mozo de cuadra. En esto precisamente iba pensando el guarda de
-la diligencia-correo de Dover la noche de aquel viernes del mes de
-noviembre de mil setecientos setenta y cinco, mientras aquélla subía
-trabajosamente la rampa de Shooter, sentado en la banqueta posterior
-del carromato que le estaba reservada, dando furiosas patadas sobre las
-tablas para evitar que sus pies quedaran transformados en bloques de
-hielo y puesta la mano sobre un arcabuz cargado, que coronaba un montón
-de seis u ocho pistolas de arzón, también cargadas, a las cuales servía
-de base otro montón de machetes y puñales perfectamente afilados.
-
-En el viaje al que la presente historia se refiere, ocurría en la
-diligencia de Dover lo que invariablemente sucedía en todos los viajes:
-el guarda sospechaba de los viajeros, los viajeros sospechaban entre
-sí y del guarda, unos a otros se miraban con recelo, y en cuanto al
-postillón, sólo de los caballos estaba seguro: es decir, que con plena
-conciencia hubiera jurado por el Antiguo y el Nuevo Testamento, que el
-ganado no servía para la faena a que estaba destinado.
-
---¡Ap! ¡Ap!--gritó el postillón.--¡Arriba, perezosos! ¡Un tironcito
-más, y os encontráis en lo alto de esa maldita colina! ¡Oye, Pepe!
-
---¿Qué hay?--contestó el guarda.
-
---¿Qué hora crees que será?
-
---Por lo menos, las once y diez.
-
---¡Ira de Dios!--gritó el postillón.--¡Las once y diez y no estamos en
-la cresta de Shooter! ¡Ap... ap...! ¡Ah, ladrón!
-
-El caballo delantero, cuyos lomos recogieron el terrible latigazo con
-que el postillón acompañó sus últimas palabras, avanzó con decisión por
-la rampa, arrastrando a sus tres compañeros. La diligencia continuó
-dando tumbos, escoltada por los tres viajeros que tenían buen cuidado
-de no separarse de ella, haciendo alto cuando la diligencia lo hacía
-y avanzando al paso de la misma, siempre atentos a no adelantarse ni
-a quedar rezagados, sabedores de que, si tal hubieran hecho, habrían
-corrido riesgo inminente de recibir un arcabuzazo como bandoleros.
-
-Dominó al fin la pendiente el pesado carromato: los fatigados caballos
-hicieron nuevo alto para tomar aliento y el guarda saltó al camino
-para echar los frenos a las ruedas y abrir la portezuela a fin de que
-montasen los viajeros.
-
---¡Pepe!--murmuró el postillón, bajando la cabeza y la voz.
-
---¿Qué hay, Tomás?--contestó el guarda.
-
---Me parece que se nos acerca un caballo al trote, Pepe.
-
---A mí me parece que viene a galope, Tomás--replicó el guarda, soltando
-la portezuela y encaramándose de un salto a su sitio.--¡Caballeros,
-favor al Rey y a la Justicia!
-
-Lanzado el llamamiento, empuñó su arcabuz y permaneció a la defensiva.
-
-Hallábase el viajero a quien se refiere esta historia sobre el estribo,
-dispuesto a entrar en la diligencia, y los dos restantes continuaban en
-la carretera dispuestos a seguirle. El primero continuó en el estribo,
-y como consecuencia, sus dos compañeros de viaje hubieron de permanecer
-en la carretera. Los tres paseaban sus miradas desde el postillón al
-guarda y desde el guarda al postillón, y escuchaban. El postillón había
-vuelto atrás la cabeza, el guarda hizo lo propio, y hasta el caballo
-delantero aguzó las orejas y miró atrás, para no ser nota discordante.
-
-El silencio consiguiente a la cesación del rodar del vehículo, añadido
-al silencio de la noche, hizo que en la cima de la colina reinara un
-silencio solemne. El jadear de los caballos comunicaba al coche un
-movimiento trémulo que le daba apariencias de monstruo dominado por
-intensa agitación. Latían con fuerza tal los corazones de los viajeros,
-que probablemente no hubiera sido imposible oir sus latidos, pero si
-esto no, al menos la quietud solemne de la escena evidenciaba que sus
-personajes contenían el aliento, o no le tenían para respirar, y que
-sus pulsaciones eran rápidas por efecto de la expectación.
-
-Retumbaban en el silencio de la noche los cascos del caballo que subía
-la rampa a galope furioso.
-
---¡Eh! ¡Alto quien sea!--rugió el guarda con voz de trueno.--¡Alto, o
-hago fuego!
-
-Cesó el desenfrenado galopar y rasgó los aires una voz de hombre que
-preguntó:
-
---¿Es esa la diligencia de Dover?
-
---¡Eso lo veremos más tarde!--replicó el guarda.--¿Quién es usted?
-
---¿Es la diligencia de Dover?--insistió la voz.
-
---¿Para qué quiere usted saberlo?
-
---Porque si lo es, he de hablar con uno de sus pasajeros.
-
---¿Qué pasajero?
-
---El señor Mauricio Lorry.
-
-Inmediatamente manifestó el viajero de quien venimos hablando que
-Mauricio Lorry era él. El guarda, el postillón y sus dos compañeros de
-viaje le dirigieron miradas de desconfianza.
-
---¡Cuidado con moverse!--intimó el guarda.--Tenga usted presente que si
-cometo un error, lo que me ocurre algunas veces, no habrá en el mundo
-quien sea capaz de repararlo. Caballero llamado Lorry, ¡conteste con
-verdad a mis preguntas!
-
---¿Qué pasa?--preguntó el interpelado, con voz ligeramente
-temblorosa.--¿Quién es el que me busca? ¿Jeremías, tal vez?
-
---Si ese individuo es Jeremías, maldito lo que me gusta la voz de
-Jeremías--gruñó el guarda entre dientes.--No me agradan las voces tan
-broncas.
-
---El mismo, señor Lorry--respondió el del caballo.
-
---¿Qué pasa?
-
---Despacho de allá para usted: T. y Compañía.
-
---Conozco al mensajero, guarda--dijo Lorry, saltando desde el estribo
-al camino, ayudado, y no con suavidad, por sus dos compañeros de viaje,
-que tiraron de la esclavina de su abrigo, montaron inmediatamente,
-cerraron la portezuela y subieron el cristal.--Puede acercarse:
-respondo de él.
-
---¿Y de ti quién responde?--se preguntó el guarda por lo bajo.--¡A
-ver!--continuó con voz tonante.--¡Escuche el del caballo!
-
---¡Concluye pronto!--replicó Jeremías, con voz más ronca que antes.
-
---¡Avance usted al paso...! ¿Me entiende? Y si en la montura lleva
-pistoleras, procure tener las manos muy lejos de ellas. Tenga presente
-que me pinto solo para cometer errores, y que, cuando los cometo,
-siempre toman la forma de plomo. Venga usted para que nos veamos las
-caras.
-
-No tardó en dibujarse entre la niebla la forma de un caballo con su
-jinete, que a paso lento se acercó al pasajero que esperaba junto al
-estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura, miró al guarda y alargó al
-pasajero un papel doblado. Jadeaba el jinete al respirar, y tanto él
-como su caballo estaban cubiertos de barro, desde los cascos del último
-hasta el sombrero del primero.
-
---¡Guarda!--llamó el pasajero con tono confidencial.
-
---¿Qué se ofrece?--respondió con sequedad el tremebundo guarda, puesta
-la diestra sobre la caja del arcabuz, la izquierda sobre el cañón y los
-ojos sobre el jinete.
-
---Puede usted estar completamente tranquilo--repuso Lorry.--Pertenezco
-al Banco Tellson, entidad de Londres que seguramente conoce usted.
-Asuntos de importancia me llevan a París. Tome usted una corona para
-echar un trago... ¿Puedo leer esto?
-
---Si lo lee, despache usted cuanto antes, caballero.
-
-Lorry desdobló el papel, y leyó, primero para sí y a continuación en
-voz alta:
-
-«Espere en Dover la visita de la señorita.»
-
---Ya ve usted que el mensaje no es largo, guarda--añadió
-Lorry.--Conteste usted a quien le envía, Jeremías, la palabra
-siguiente: «_Resucitado_».
-
-Jeremías dió un salto sobre la montura.
-
---¡Vaya una contestación endiabladamente extraña!--exclamó, sacando el
-registro más bronco de voz.
-
---Repita usted esa palabra, y los que le envían sabrán que ha cumplido
-la misión que le confiaron. Puede usted emprender el regreso... Buenas
-noches.
-
-Diciendo estas palabras, el pasajero abrió la portezuela y entró en
-el carruaje, sin que por galantería le diera la mano ninguno de sus
-compañeros de viaje, los cuales habían escondido, mientras tenía lugar
-el incidente mencionado, sus bolsillos y relojes en sus botas y fingían
-dormir profundamente, sin duda con objeto de evitar ocasiones que
-dieran lugar a ocupación más activa que el sueño.
-
-Rechinó de nuevo el coche y gimió más lastimeramente que nunca al
-emprender el descenso de la colina. El guarda colocó su arcabuz sobre
-el montón de pistolas, bien que asegurándose antes de que las que, en
-calidad de suplementaria, pendían del cinto, estaban en su lugar, sacó
-de debajo del asiento una cajita que contenía algunas herramientas
-de cerrajero, dos velas, eslabón, pedernal y yesca. Hombre previsor,
-llevaba cuanto era necesario para encender, con facilidad y seguridad
-relativas (si estaba de suerte) los faroles del coche en unos cinco
-minutos, si aquéllos se apagaban o eran apagados, como ocurría en los
-viajes más de una vez.
-
---Tomás--llamó el guarda con voz baja.
-
---¿Qué quieres, Pepe?
-
---¿Oíste la lectura del papel?
-
---La oí.
-
---¿Y la contestación?
-
---También.
-
---¿Y qué sacas en limpio, Tomás?
-
---Absolutamente nada, Pepe.
-
---¡Mira qué casualidad!--exclamó el guarda.--Otro tanto me sucede a mí.
-
-Jeremías, luego que quedó a solas con la niebla que le envolvía, echó
-pie a tierra, no ya sólo para dar algún descanso a su rendido corcel,
-sino también para limpiar los salpicones de barro que llenaban su cara
-y para bajar las alas de su sombrero, que contenían así como medio
-galón de agua. Luego permaneció en medio de la carretera, y cuando
-dejó de oir el ruido del rodar de la diligencia, dió media vuelta y
-emprendió el regreso a pie diciendo a la yegua que montaba:
-
---Después del galope que te has dado desde el Temple, amiga mía, no
-me fío mucho de tus manos hasta tanto que lleguemos a camino plano...
-«¡Resucitado...!» ¡Contestación que podrá entender el infierno, pero no
-Jeremías...! ¡Lo que sí te aseguro, Jeremías, es que si resucitar se
-pusiera en moda, te verías en el mayor de los aprietos en que te has
-visto en tu endiablada vida!
-
-
-III
-
-LAS SOMBRAS DE LA NOCHE
-
-Digno de detenidas reflexiones es el fenómeno de que todos los seres
-humanos llevan en su constitución la necesidad de ser secretos
-impenetrables entre sí. Cuantas veces entro durante la noche en una
-gran ciudad, maquinalmente y sin darme cuenta comienzo a pensar que
-todas y cada una de las casas que forman el ingente y apretado racimo
-que se alza ante mis ojos encierran su secreto peculiar, que todas
-y cada una de las habitaciones de las casas encierran su secreto
-peculiar, y que todos y cada uno de los corazones que palpitan en los
-cientos de miles de pechos que las habitan, es un secreto profundo para
-el corazón encerrado en el pecho más inmediato. El fenómeno tiene algo
-de pavoroso, algo de común con la muerte. El corazón de la persona que
-me es querida me parece libro cuyas hojas estoy volviendo y a cuyo
-final no podré llegar jamás: me parece ingente masa líquida en cuyas
-profundidades insondables he entrevisto, a la luz que momentáneamente
-las ha penetrado, tesoros ocultos y mil secretos que han excitado mis
-ansias por saber; pero una voluntad inmutable ha decretado que no pueda
-leer más que la página primera del libro, que la masa líquida se cuaje
-y trueque en masa eternamente helada, mientras la luz jugueteaba sobre
-su superficie y yo la contemplaba desde la orilla, ignorante de lo que
-en su fondo encerraba. Ha muerto mi amigo, ha muerto mi vecino, han
-muerto mis amores, y con ellos murieron los anhelos de mi alma, porque
-su muerte trajo consigo la consolidación inexorable, la perpetuación
-del secreto que encerraban aquellas individualidades, como la muerte
-sellará para siempre el mío, sepultándolo conmigo en la tumba. ¿Duerme,
-acaso, en ninguno de los cementerios de las ciudades que visito, muerto
-cuya personalidad íntima sea para mí más inexcrutable que las de los
-vivos que afanosos y solícitos recorren sus calles, más de lo que la
-mía lo es para todos ellos?
-
-Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural,
-herencia imposible de enajenar, del jinete mensajero, era la misma
-del rey, la misma del primer ministro de Estado, la misma del
-comerciante más opulento de Londres. Otro tanto sucedía con los tres
-viajeros encerrados en los angostos límites de una diligencia vieja y
-destartalada. Cada uno de ellos era un misterio impenetrable para su
-compañero, tan impenetrable como si en coche propio hubiera viajado,
-solos y con una nación de por medio entre coche y coche.
-
-Montó el mensajero a caballo y emprendió el regreso a trote corto,
-deteniéndose en todas las tabernas y mesones del camino para refrescar
-la garganta, pero sin trabar conversación con nadie y procurando llevar
-siempre el sombrero hundido hasta los ojos. Con éstos se armonizaba
-perfectamente la precaución, pues eran negros y muy juntos uno a otro;
-tan juntos, que no parecía sino que temían que alguien los saltase
-uno a uno si los encontraba separados. Eran de expresión siniestra, a
-la que tal vez contribuyera la circunstancia de que brillaran entre
-un sombrero, que más que sombrero parecía escupidera triangular, y
-una especie de tabardo que arrancaba de los ojos y terminaba en las
-rodillas con su portador. Cuando éste se detenía para beber, separaba
-con la mano izquierda el tabardo lo indispensable para verter en la
-boca el líquido con la mano derecha, y no bien había terminado de
-beber, lo subía otra vez.
-
---¡No, Jeremías, no!--murmuraba el mensajero, machacando siempre el
-mismo tema.--Jeremías no puede estar conforme con eso... Eres un hombre
-honrado, Jeremías, un comerciante que no puede aprobar esa clase de
-negocios... ¡Resucitado!.... ¡Que me aspen si el señor Lorry no estaba
-borracho cuando me dió semejante recado!
-
-Tan perplejo le traía la palabreja, que con frecuencia se quitaba el
-sombrero para rascarse despiadadamente la cabeza; y ya que de la cabeza
-hablo, diré que, excepción hecha de la coronilla, completamente calva,
-desaparecía bajo una masa de pelo áspero que por la espalda descendía
-hasta los hombros y por delante crecía hasta el arranque de su ancha y
-roma nariz. Semejaba la cabeza obra de un herrero, caballete de muro
-erizado de espesas púas, que los aficionados al juego de _a la una la
-mula_ hubieran mirado con terror respetuoso, considerándolo seguramente
-el salto más peligroso que el hombre pudiera dar en el mundo.
-
-Tienen las sombras de la noche caprichos verdaderamente extraños.
-Al mensajero, mientras regresaba con el misterioso recado que debía
-entregar al vigilante nocturno del Banco Tellson, para que aquel lo
-transmitiera a su vez a sus superiores jerárquicos, eran muertos
-resucitados, fantasmas salidos de las tumbas, al paso que para la
-yegua que montaba, eran caballos corriendo sin descanso. Para los tres
-inexcrutables viajeros que ocupaban el interior de la diligencia,
-mientras ésta saltaba y daba tumbos sobre los baches del camino, las
-sombras de la noche tomaban las formas de los pensamientos que sus
-respectivas imaginaciones elaboraban.
-
-Puede decirse que el Banco Tellson se había trasladado a la diligencia.
-Para el empleado del mismo, asido con una mano a una correa, gracias
-a la cual podía evitar una colisión con su vecino cada vez que el
-vehículo saltaba, y cuenta que saltaba con desesperante frecuencia, las
-angostas ventanillas del coche, el farol del mismo, que por aquéllas
-filtraba débiles resplandores, y el bulto negruzco del viajero que
-tenía ante sus ojos medio cerrados, eran el Banco, en el cual estaba
-haciendo infinidad de operaciones a cual más afortunadas. El ruido
-que hacían los arneses antojábasele tintineo de moneda con la que
-pagaba letras, valores y cheques con rapidez vertiginosa. No tardó
-en trasladarse con la imaginación a las cámaras subterráneas, cuyos
-secretos conocía tan bien, y armado de sus grandes llaves abría la
-enorme caja, que encontraba tan intacta, tan repleta, tan sólida como
-la dejara la vez última que tuvo ocasión de verla.
-
-Pero dominando a la imagen del Banco, que le acompañaba siempre, y a
-la de la diligencia, que no le dejaba, sentía otra idea fija, tenaz y
-persistente, que le embargó durante toda la noche. Su viaje tenía por
-objeto sacar a alguien de la tumba.
-
-Ahora bien; lo que las sombras de la noche no determinaban, era cuál de
-entre el número infinito de caras que pasaban en procesión interminable
-ante sus ojos era la de la persona enterrada. Eran, empero, todas ellas
-caras de un hombre de cuarenta y cinco años próximamente, y diferían
-sobre todo en las pasiones que cada una de ellas reflejaban y en las
-palideces lívidas que las caracterizaban. Ante los medio cerrados
-ojos del viajero desfilaron unas tras otras caras que eran espejo de
-orgullo, de menosprecio, de desafío, de obstinación, de sumisión,
-de dolor, caras de mejillas hundidas, color cadavérico, flacas y
-demacradas, pero las líneas generales de todas ellas eran las mismas,
-de la misma manera que todas aparecían encuadradas en una cabellera
-prematuramente blanca. Docenas, cientos de veces preguntó al espectro
-el soñoliento viajero:
-
---¿Cuándo te enterraron?
-
---Hace casi diez y ocho años--contestaba invariablemente el espectros.
-
---¿Habías perdido toda esperanza de volver a ver la luz del día?
-
---Ha mucho tiempo.
-
---¿Sabes que vas a resucitar?
-
---Eso me dicen.
-
---¿Supongo que te interesará vivir?
-
---No puedo decirlo.
-
---¿Querrás que te la presente? ¿Vendrás conmigo a verla?
-
-Las contestaciones que los distintos espectros daban a esta pregunta
-última diferían mucho y hasta se contradecían entre sí.
-
---¡Espera!--exclamaban unos con voz entrecortada.--¡Moriría si la viera
-tan de repente!
-
---¡Llévame en seguida!--contestaban otros, derramando mares de
-lágrimas.--¡Me muero por verla!
-
---¡No la conozco!--respondían otros espectros, mirando asombrados a
-quien les preguntaba.--¡No sé de qué me hablas! No comprendo.
-
-El viajero interrumpía estos discursos imaginarios para cavar, cavar
-sin tregua ni descanso, ora con la azada, ora con la pala, tan pronto
-con una llave inmensa como con sus propias uñas, en sus ansias por
-desenterrar al que sepultaran prematuramente. Rendido al fin, falto
-de fuerzas caía de bruces sobre la tierra removida, y al contacto de
-ésta con su frente, despertaba sobresaltado y bajaba el cristal de
-la ventanilla para que los zarpazos de la niebla y de la lluvia le
-hicieran pasar de lo soñado a lo real.
-
-No conseguía, empero, su objeto. Flanqueando el camino, huyendo ante
-el incierto resplandor de los faroles del coche, veía las mismas
-imágenes vivificadas por su excitada fantasía. Ante sus ojos se alzaba
-el Banco Tellson, sus manos pagaban letras y cheques, recorría las
-cámaras subterráneas, visitaba la caja, y de pronto le salían al paso
-los fantasmas de rostro lívido y cabellera blanca, y se repetía el
-interrogatorio anterior:
-
---¿Cuándo te enterraron?
-
---Hace casi diez y ocho años.
-
---¿Supongo que te interesará vivir?
-
---No puedo decirlo.
-
-Y vuelta a cavar, y a cavar, y a cavar, hasta que uno de sus compañeros
-de viaje le indicó, con modales un tanto bruscos, que subiera el
-cristal de la ventanilla.
-
-Quiso entonces fijar sus pensamientos en sus dos compañeros de viaje;
-mas no tardó en olvidarlos para volver a ensimismarse en los del Banco
-y de la tumba.
-
---¿Cuándo te enterraron?
-
---Hace casi diez y ocho años.
-
---¿Habías perdido las esperanzas de que te desenterrasen?
-
---Hace muchísimo tiempo.
-
-Sonaban aún en sus oídos estas palabras, tan claras y distintas como
-jamás las oyera en su vida cuando se percató de pronto de que las
-sombras de la noche habían huído avergonzadas ante los esplendores del
-nuevo día.
-
-Bajó la ventanilla y contempló el brillante disco del sol. Clavado
-en el surco de un campo inmediato al camino vió un arado. Más allá
-se divisaba un soto lleno de árboles, en cuyas ramas quedaban muchas
-hojas a las cuales el astro rey daba tonos rojos y dorados. La tierra
-estaba húmeda, el cielo despejado y el sol se alzaba solemne, plácido,
-rutilante, hermoso.
-
---¡Diez y ocho años!--exclamó el viajero, puestos sus ojos en el
-sol.--¡Dios mío... Dios mío! ¡Enterrado en vida durante diez y ocho
-años!
-
-
-IV
-
-LA PREPARACIÓN
-
-Cuando llegó la diligencia a Dover, a su tiempo y sin tropiezo, el
-mayordomo en jefe del _Hotel del Rey Jorge_ se apresuró a abrir la
-portezuela, como tenía por costumbre. Supo dar a su acto cierto aire
-solemne y ceremonioso, y a fe que lo merecía, pues digno era en verdad
-de todos los parabienes y enhorabuenas el venturoso viajero que, en
-pleno invierno, acometía y acababa felizmente una hazaña tan erizada de
-peligros como un viaje en diligencia desde Londres hasta Dover.
-
-No pudo felicitar el fino y cumplido mayordomo más que a un solo
-viajero, sencillamente porque uno solo venía en el carruaje: los
-restantes habíanse quedado en sus destinos respectivos. El interior de
-la diligencia, sucio, lleno de paja y mal oliente, más que otra cosa
-parecía obscura perrera, y el señor Lorry que lo ocupaba, cuando salió,
-sacudiéndose las pajas y las inmundicias que cubrían su indumentaria,
-envuelto en un abrigo viejo y sucio, cubierto con un sombrero
-apabullado y calzando botas altas cubiertas de fango, más que hombre
-parecía perro de raza gigante.
-
---¿Saldrá mañana barco para Calais, mayordomo?--preguntó.
-
---Saldrá, señor, si continúa el buen tiempo y sopla viento favorable.
-¿Desea cama el señor?
-
---No pienso acostarme hasta la noche; pero necesito habitación y un
-barbero.
-
---¿Y el almuerzo a continuación, señor? Muy bien... Por aquí, señor.
-¡La Concordia para este caballero...! ¡El equipaje de este caballero
-a la Concordia...! ¡Agua caliente a la Concordia!... ¡Qué suba
-inmediatamente un barbero a la Concordia!... En la Concordia encontrará
-usted, señor, una lumbre agradable.
-
-La habitación conocida por el nombre de la Concordia, que
-invariablemente se destinaba a uno de los viajeros llegados por la
-diligencia, ofrecía un interés especial. Nadie advirtió jamás la
-diferencia más insignificante entre los diferentes personajes que
-en ella entraron, pues nunca ojo humano distinguió otra cosa que un
-levitón de viaje, puesto sobre unos zapatos ordinariamente sucios, y
-coronado por un sombrero casi siempre viejo y apabullado; pero si en
-la Concordia entró siempre el mismo individuo al parecer, salieron de
-ella en el transcurso de los años hombres de todas las edades, tipos,
-figuras y cataduras. No es, por tanto, de admirar, que la casualidad
-llevase al trayecto comprendido entre la Concordia y el comedor, a dos
-mayordomos, tres camareros y varias criadas, amén de la propia dueña
-del establecimiento, los cuales estaban entregados a diversas faenas
-domésticas, cuando de la habitación mencionada salió un caballero de
-unos sesenta años, vistiendo traje de color obscuro, casi nuevo y muy
-bien conservado, y luciendo unos puños cuadrados muy grandes, aunque
-no más grandes ni más cuadrados que las carteras que adornaban sus
-bolsillos.
-
-El caballero del traje obscuro se dirigió al comedor, y fué el único
-que aquella mañana se sentó a la mesa. Habían colocado ésta junto a
-la chimenea, y al amor de la lumbre se sentó nuestro viajero, puesta
-una mano sobre cada rodilla, esperando que le sirvieran el almuerzo,
-en actitud tan rígida y compuesta, que no parecía sino que para que le
-hicieran un retrato había tomado asiento.
-
-Parecía hombre metódico y ordenado. Allá en las profundidades del
-bolsillo de su chaleco dejaba oir su voz potente y sonora un reloj
-de tamaño extraordinariamente grande, cuya gravedad y longevidad
-incontestables semejaban protesta ruidosa y elocuente contra la
-ligereza y futilidad del fuego que en la chimenea ardía. Buenas
-pantorrillas tenía el caballero, y es posible que de ellas estuviera
-envanecido, a juzgar por las medias que las encerraban, del tono mismo
-que su traje, de punto muy fino y perfectamente ajustadas. Sus zapatos,
-que adornaban hermosas hebillas, si bien eran de clase corriente,
-revelaban la mano de un zapatero hábil y ducho en su oficio.
-
-Perfectamente ajustada a su cabeza llevaba una peluca pequeña, muy fina
-y ligeramente rizada, cuya peluca, de suponer es que fuera de cabello,
-aunque a decir verdad, más parecía hecha de filamentos de seda o de
-cristal. En cuanto a su camisa, si en finura no podía competir con las
-medias, en cambio en blancura rivalizaba con la de las crestas de las
-olas que mansas venían a besar la arena de la playa inmediata, o con la
-de las velas que mar adentro brillaban a los rayos del sol. Prestaban
-animación a aquella cara de expresión tranquila, mejor dicho, a aquella
-cara inexpresiva, pues la mano persistente de la costumbre había
-borrado de ella la expresión, dos ojos de mirar penetrante, aunque un
-poquito blandos, que en años pasados debieron dar no poco trabajo a
-su dueño, antes que consiguiera domarlos y darles aquella expresión
-de reserva impenetrable y de compostura que era la característica
-de todos los empleados del Banco Tellson. En la cara, de color sano,
-aunque surcada de numerosas arrugas, no habían dejado huellas las
-ansiedades e inquietudes, quizá porque los viejos solterones empleados
-en el Banco Tellson jamás se ocuparon más que en asuntos de otras
-personas, y esos asuntos se parecen a los guantes usados, que entran y
-salen sin esfuerzo.
-
-El señor Lorry concluyó por dormirse. Despertó cuando le sirvieron el
-almuerzo y dijo al camarero que le servía:
-
---Deseo que preparen habitación para una señorita, que probablemente
-llegará hoy, no sé a qué hora. Es posible que pregunte por el señor
-Mauricio Lorry, aunque pudiera también ocurrir que lo haga por el señor
-del Banco Tellson: en uno y otro caso, páseme aviso.
-
---Está muy bien, señor. ¿El Banco Tellson de Londres, señor?
-
---Sí.
-
---Con frecuencia nos ha cabido el honor de servir a los caballeros
-de ese Banco, señor, en los repetidos viajes que hacen entre Londres
-y París, y viceversa. ¡Ah! ¡El Banco Tellson y Compañía viaja mucho,
-señor!
-
---Cierto. Nuestra casa es tan francesa como inglesa.
-
---Pero si no me equivoco, usted no suele viajar mucho, señor.
-
---Muy poco desde hace algunos años. Habrán pasado ya... quince desde
-que no he ido a Francia.
-
---No estaba yo aquí en aquella fecha, señor... Ni yo ni ninguno de los
-que hoy estamos. El _Hotel del Rey Jorge_ tenía otros dueños, señor.
-
---Tal creo.
-
---En cambio apostaría sin temor a perder, que una casa como el Banco
-Tellson y Compañía viene prosperando y floreciendo, no diré ya desde
-quince años atrás, sino de cincuenta.
-
---Puede usted apostar y decir ciento cincuenta, sin temor a perder y
-con conciencia de que se aproxima mucho a la verdad.
-
---¡Ciento cincuenta años!
-
-Abriendo desmesuradamente los ojos y haciendo de su boca una O
-perfecta, el camarero adoptó la postura clásica, pasó la servilleta
-desde el brazo derecho al izquierdo y quedó callado, mirando cómo comía
-y bebía el viajero, conforme vienen haciendo desde tiempo inmemorial
-los camareros de todos los siglos y países.
-
-Terminado el almuerzo, el señor Lorry salió a dar un paseíto por la
-playa. No se divisaba desde ella la pequeña e irregular ciudad de
-Dover, excepción hecha de sus tejados que, metidos entre picachos de
-canteras calizas, semejaban gigantesca ostra marina. Era la playa un
-desierto erizado de peñascales y plagado de escollos, donde la mar
-hacía lo que se la antojaba, y lo que se la antojaba invariablemente
-era destruir. Casi de continuo rugía contra la ciudad, bramaba contra
-los farallones, embestía contra los peñascos que pretendían oponerse
-a su paso y los derribaba con estruendo. Respirábase en las casas un
-olor tan fuerte a pescado, que no parecía sino que los habitantes de
-las aguas salían de éstas para curar en las casas sus enfermedades, de
-la misma manera que las personas enfermas suelen buscar la salud en los
-baños de mar. Algunos, muy pocos, se dedicaban a la pesca en aquellas
-aguas, y si durante el día la playa estaba siempre desierta, en cambio
-por la noche se veían personas que clavaban sus miradas inquietas en
-la inmensidad del mar. Comerciantes insignificantes a los que nunca se
-veía hacer un negocio, realizaban de pronto fortunas inmensas que no
-tenían explicación racional, y era muy de notar que nadie, por aquellos
-lugares, podía sufrir la presencia de una luz, de la que huían como del
-demonio.
-
-A medida que declinaba la tarde, y el aire, tan diáfano y transparente
-durante el día, que hubo momentos en que se divisaban perfectamente las
-costas de Francia, se saturaba de vapores y nieblas, se entenebrecían
-también los pensamientos del señor Lorry. Cuando, llegada la noche, se
-sentó al amor de la lumbre del comedor para esperar que le sirvieran la
-comida, como esperara aquella mañana que le sirvieran el almuerzo, su
-imaginación cavaba, cavaba sin descanso.
-
-No perjudica la salud de un buen cavador una botella de añejo clarete,
-aunque acaso sea rémora a su actividad, si es cierto, como dicen, que
-el clarete, sobre todo si es bueno y añejo, inocula en quien lo bebe
-tendencia marcada a la suspensión de toda clase de trabajos corporales.
-El señor Lorry había suspendido hacía largo rato todas sus operaciones
-y acababa de verter en el vaso el último líquido que quedaba en la
-botella, revelando su rostro toda la satisfacción que pueda revelar un
-caballero entrado en años que acaba de ver el fondo de una botella,
-cuando hirió sus oídos el rápido rodar de un carruaje que penetraba en
-la angosta callejuela y se detenía dentro del patio del hotel.
-
---¡La señorita!--exclamó Lorry, dejando sobre la mesa el vaso que iba a
-llevar a sus labios.
-
-Momentos después entraba en el comedor el camarero y anunciaba que la
-señorita Manette, recién llegada de Londres, deseaba ver al caballero
-del Banco Tellson.
-
---¿Tan pronto?
-
---La señorita Manette ha tomado un refrigerio en el camino, y lo único
-que ahora desea con verdadero anhelo es ver sin pérdida de momento al
-caballero del Banco Tellson, siempre que éste tenga agrado en visitarla.
-
-No quedó otro recurso al caballero del Banco Tellson que vaciar el
-vaso haciendo un gesto de estólida desesperación, ajustar su sedosa
-peluca a sus orejas y seguir al camarero, que le guió a la habitación
-de la señorita Manette. Era una estancia de grandes proporciones, muy
-obscura, tapizada de negro, como una capilla ardiente, y amueblada con
-objetos de tonos obscuros, entre los cuales podían contarse una porción
-de mesas, todas pesadas y todas negras. Sobre la del centro, untada,
-como todas las otras, mil veces con aceite, había dos candelabros,
-negros también, cuya luz no bastaba a disipar las tinieblas que
-reinaban como dueñas y señoras en la estancia.
-
-Tan densa era la obscuridad, que el señor Lorry, mientras avanzaba
-caminando sobre una alfombra, bastante deteriorada por cierto, supuso
-que la señorita se encontraría en alguna habitación contigua, y en esa
-creencia persistió hasta que, después de dejar a sus espaldas los dos
-candelabros, tropezó con una persona que de pie le estaba esperando,
-entre la mesa y la chimenea. Era una joven de unos diez y siete años
-de edad, vestida de amazona, cuyas manos sostenían aún por la cinta
-el sombrero de paja que llevó durante el viaje. Al fijar sus ojos en
-aquella carita diminuta, perfectamente ovalada y de líneas graciosas,
-encuadrada en una masa abundante de cabellos de oro, dos ojos azules
-salieron al encuentro de los suyos, mirándoles con mirada penetrante y
-expresión que no era de perplejidad, ni de asombro, ni de admiración,
-ni de alarma, aunque probablemente participaba de las cuatro. En la
-imaginación del señor Lorry, al apreciar las facciones que delante
-tenía, surgió la figura de una niña que muchos años antes había llevado
-en sus brazos en un viaje de travesía por aquel mismo canal con tiempo
-frío y mar extraordinariamente gruesa. Disipóse la imagen casi con
-tanta rapidez como se borró la mancha producida por el aliento en la no
-muy limpia cornucopia colocada a espaldas de la joven, y encerrada en
-un marco que ofrecía una procesión de cupidos negros sin cabeza muchos
-y todos cojos o mancos, los cuales ofrecían canastillas negras llenas
-de frutas del Mar Muerto a unos ídolos negros del género femenino, y se
-inclinó profunda y solemnemente ante la señorita Manette.
-
---Sírvase tomar asiento, caballero--dijo una voz clara y musical, con
-acento extranjero, aunque apenas perceptible.
-
---Beso a usted la mano, señorita--contestó el señor Lorry, haciendo
-otra reverencia, a la usanza antigua, antes de tomar asiento.
-
---Ayer recibí una carta del Banco, caballero, en la que me decían que
-se había sabido... o descubierto...
-
---La palabra es lo de menos, señorita: una y otra expresan la idea.
-
---... Algo acerca de los escasos bienes que dejó mi pobre padre, a
-quien he tenido la desventura de no conocer...
-
-Lorry se revolvió en la silla, y dirigió miradas angustiosas a la
-fúnebre procesión de cupidos negros, cual si esperara encontrar en las
-absurdas canastillas que llevaban, la luz que le negaba su inteligencia.
-
---... Y que, en consecuencia, era de todo punto necesario que hiciera
-un viaje a París, donde habría de ponerme en contacto con un caballero
-del Banco, enviado a la capital de Francia para ese objeto.
-
---Ese caballero soy yo, señorita.
-
---Lo suponía, caballero.
-
-La niña hizo una reverencia llena de gracia (en aquellos tiempos hacían
-reverencias las señoritas). El caballero se inclinó profundamente.
-
---Contesté al Banco que si las personas que llevan su benevolencia para
-conmigo hasta el punto de aconsejarme, consideraban que era necesario
-el viaje, iría desde luego a Francia, pero que, en atención a que soy
-huérfana y no tengo amigos que puedan acompañarme, estimaría como
-favor especial que me permitieran colocarme, durante el viaje, bajo la
-protección del digno caballero con quien había de ponerme en contacto
-en París. El caballero había salido ya de Londres, pero creo que le
-enviaron un mensajero rogándole que me esperase aquí.
-
---Me consideré feliz al recibir el encargo, y me lo consideraré mucho
-más cumpliéndolo, señorita--contestó el señor Lorry.
-
---Muchísimas gracias, caballero; crea usted que se las doy de corazón.
-Me anunció el Banco que el caballero me explicaría los detalles
-del asunto, y que fuera preparada a recibir noticias de índole
-sorprendente. He hecho todo lo posible para prepararme, y puede estar
-seguro de que siento verdaderos anhelos por saber de qué se trata.
-
---Lo encuentro muy natural--respondió Lorry.--Sí... perfectamente
-natural... Yo...
-
-Hizo una pausa, ajustó nuevamente su peluquín a las orejas, y repuso al
-fin:
-
---Lo cierto es que resulta tan difícil principiar...
-
-Y no principió. En su indecisión sus miradas se encontraron con las de
-su interlocutora. En la frente de ésta se dibujaron algunas arrugas,
-su rostro varió de expresión, y su mano se alzó hasta la altura de
-los ojos, cual si deseara apoderarse de alguna sombra que ante ellos
-acababa de cruzar.
-
---¿Nos habremos visto alguna vez, caballero?--preguntó.
-
---¿Lo cree usted así?--interrogó Lorry, extendiendo los brazos y
-sonriendo.
-
-La línea delicada y fina que se había dibujado entre las cejas de la
-niña se hizo más profunda y enérgica al sentarse ésta en la silla
-junto a la cual había permanecido en pie hasta entonces. Lorry la
-contemplaba silencioso, y cuando al cabo del rato la joven alzó de
-nuevo sus ojos, apresuróse aquél a preguntar:
-
---Supongo que en su patria de adopción deseará usted que le trate y
-hable como a señorita inglesa; ¿no es verdad, señorita Manette?
-
---Como usted guste, caballero.
-
---Soy hombre de negocios, señorita Manette, y he recibido el encargo
-de tratar y llevar a feliz término un negocio. Cuando escuche usted de
-mis labios todos los detalles con aquél relacionados, no vea usted en
-mí más que una máquina habladora, pues en rigor, máquina habladora soy.
-Con su permiso, señorita Manette, referiré a usted la historia de uno
-de nuestros clientes.
-
---¡Historia!
-
-Parece que Lorry debió tomar una palabra por otra, pues no bien repitió
-su interlocutora la palabra _historia_, repuso con apresuramiento:
-
---Sí, señorita: de uno de nuestros clientes. Los que nos dedicamos
-a los negocios bancarios solemos llamar clientes a todos nuestros
-conocimientos. El cliente a que me refiero era un caballero francés,
-hombre de mucho talento y grandes dotes intelectuales... un médico.
-
---No sería de Beauvais, ¿eh?
-
---Precisamente de Beauvais. Lo mismo que el señor Manette, su padre de
-usted, el caballero en cuestión era de Beauvais: lo mismo que el señor
-Manette, su padre de usted, era una notabilidad en París, donde tuve el
-honor de conocerle. Nuestras relaciones fueron lisa y exclusivamente de
-negocios, pero confidenciales. Me hallaba yo a la sazón en nuestra casa
-francesa, y hace de esto... ¡friolera! ¡veinte años!
-
---En aquel tiempo... Perdone usted mi curiosidad, caballero, pero
-desearía saber...
-
---Hablo de veinte años atrás, señorita. Casó con una dama inglesa... y
-yo era uno de sus fideicomisarios. El Banco Tellson manejaba todos sus
-negocios, como los de casi todos los caballeros y familias francesas.
-De la misma manera que fuí fideicomisario de aquel caballero, lo soy
-o lo he sido de docenas de clientes de la casa. Son puras relaciones
-comerciales, señorita, libres de amistad, libres de interés, libres de
-afecto, relaciones en las cuales nada hay que se parezca a sentimiento.
-En el curso de mi vida, he pasado de unas a otras sin que ninguna
-dejara rastros ni casi recuerdos en mí, exactamente lo mismo que
-despacho con los innumerables clientes que diariamente se acercan al
-Banco con objetos tan variados. En una palabra, señorita: yo no tengo
-sentimientos, yo no tengo afecto a nadie, yo soy una máquina, yo soy
-un...
-
---Pero es que me está usted refiriendo la historia de mi padre,
-caballero, y principio a sospechar que, cuando murió mi madre, que
-solamente dos años sobrevivió a mi padre, dejándome huérfana y sola en
-el mundo, fué usted el que me llevó a Inglaterra. Casi me atrevería a
-asegurar que fué usted.
-
-El señor Lorry tomó la diminuta mano que llena de confianza buscaba las
-suyas, y la llevó con cierto aire de ceremonia a sus labios.
-
---Yo _fuí_, en efecto, señorita Manette--contestó Lorry.--El hecho de
-que desde entonces nunca más haya vuelto a ver a usted, la convencerá
-de la exactitud de mis palabras, la convencerá de la verdad con que
-aseguré ha poco que no tengo sentimientos, y que cuantas relaciones
-mantengo o he mantenido con mis semejantes han sido exclusivamente
-de negocios. ¡No! ¡Nada de sentimentalismo! Usted ha sido desde
-entonces la pupila del Banco Tellson, y yo he tenido sobrado quehacer
-también desde entonces trabajando en los asuntos del Banco Tellson.
-¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo y voluntad para permitirme el lujo de
-tenerlos! He pasado mi vida entera moviendo y dando vueltas a masas
-inmensas de dinero.
-
-Hecha esta descripción singular de sus rutinas diarias, el señor Lorry
-alisó con entrambas manos su sedosa peluca, operación innecesaria,
-pues era imposible alisarla más de lo que estaba, y volvió a tomar su
-actitud anterior.
-
---Hasta ahora, señorita, lo que acabo de narrar es, conforme ha
-adivinado usted, la historia de su padre. Las diferencias vienen ahora.
-Si su padre no hubiese muerto cuando murió... ¡No se asuste usted! ¡Si
-está temblando como la hoja en el árbol!
-
-Era cierto. La joven temblaba convulsivamente y, sin articular palabra,
-alargó entrambas manos en actitud suplicante.
-
---¡Por favor, señorita...!--exclamó Lorry con extremada
-dulzura.--Domínese usted... Calme esa agitación... ¿Qué tienen que ver
-aquí los sentimientos?... Estamos hablando de negocios... Ya ve usted:
-decía...
-
-La mirada que la niña dirigió al narrador le descompuso tan por
-completo, que vaciló, tartamudeó, hubo de hacer una pausa bastante
-prolongada, y al fin repuso:
-
---Decía que si el señor Manette no hubiese muerto, que si en vez de
-morir hubiera desaparecido inesperada y silenciosamente, evaporándose,
-por decirlo así, que si no hubiera sido empresa imposible adivinar el
-pavoroso lugar donde habría sido sepultado, aunque sí llegar hasta él,
-si hubiera tenido la desgracia de acarrearse la animadversión de algún
-compatriota suyo, investido de un poder que los hombres más valientes
-de mi tiempo no se atrevían a mencionar sin temblar, el poder de llenar
-órdenes o decretos firmados en blanco, en virtud de las cuales fácil
-era condenar a prisión y olvido temporal o perpetuo a cualquier mortal,
-si la esposa de ese caballero hubiera implorado compasión del rey, de
-la reina, de la corte, del clero y de la nobleza, solicitando noticias
-de su marido ausente, sin conseguir ablandar ningún corazón, entonces
-la historia del doctor de Beauvais que estoy refiriendo sería en efecto
-la de su padre de usted.
-
---¡Por Dios santo, caballero, dígame más!
-
---A eso voy: ¿pero cuenta usted con valor bastante para escuchar lo que
-yo diga?
-
---Todo lo puedo soportar menos la incertidumbre en que me dejan sus
-palabras.
-
---Habla usted con calma... y seguramente _está ya_ sosegada:
-¡magnífico!--continuó Lorry, con expresión que desmentía sus últimas
-palabras.--Estamos hablando de negocios... nada más que de negocios.
-No vea usted en lo que digo más que un negocio... que puede hacerse...
-que, según todas las probabilidades, saldrá bien. Sigamos: si la buena
-señora del doctor, dama de valor excepcional y de gran presencia de
-espíritu apuró dolores, sufrimientos tan acerbos, a consecuencia de lo
-que acabo de manifestar, antes que viniera al mundo su hijo...
-
---¡El hijo era hija, caballero!...
-
---¡Bueno...! ¿Qué más da? El sexo no altera el negocio... Digo,
-señorita, que si la pobre dama sufrió dolores tan acerbos antes que
-naciera su hija, que a fin de impedir que llegase hasta ésta la triste
-herencia de sus agonías, la amamantó y educó en la creencia de que su
-padre había muerto... ¡No se arrodille usted, por Dios vivo...! ¡En
-nombre del Cielo!... ¿Por qué cae de rodillas a mis pies?
-
---¡Para suplicarle que me diga la verdad...! ¡Por piedad, señor, nada
-me oculte!...
-
---Todo se lo diré... ¡Pero cálmese usted, por lo que más quiera!
-Estamos tratando un... un... negocio, señorita, y sus extremos me
-confunden... y no es posible... no puedo tratar negocios con acierto
-si confunden y obscurecen mis ideas. Veamos de despejar la cabeza. Si
-usted puede decirme ahora mismo... por ejemplo, cuántos peniques suman
-nueve monedas de a nueve peniques una, o cuántos chelines son veinte
-guineas, tranquilizará mucho mi espíritu, pues será prueba palpable de
-la calma y serenidad del suyo.
-
-Sin contestar directamente a este llamamiento, la niña se dejó alzar
-del suelo y volvió a sentarse con tal compostura, que comunicó a su
-interlocutor el valor que principiaba a faltarle.
-
---¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho valor! ¡Negocio y nada más que negocio! Se
-le presenta un negocio, negocio positivo, de rendimientos. Su madre,
-señorita Manette, adoptó con usted la norma de conducta que antes he
-insinuado. Cuando murió... creo que de pesadumbre... sin haber cesado
-ni por un instante de buscar a su marido, y sin llegar a averiguar
-nada, dejó a usted, niña de dos años, en camino de crecer hermosa,
-feliz, sin penas, libre de la nube negra que hubiera amargado su
-existencia, si al morir la hubiese revelado la historia de su padre,
-sin poder añadir si éste había muerto en la cárcel o si continuaba
-enterrado en el calabozo, sufriendo las torturas del sepultado en vida.
-
-Pronunció las últimas palabras posando una mirada de compasión infinita
-sobre los cabellos de oro que tenía delante, cual si a sí mismo se
-dijera que, gracias a la compasiva reserva de la madre, no abundaban en
-aquellos las hebras de plata.
-
---Sabe usted perfectamente que sus padres no disfrutaron de una gran
-fortuna, y que, la que poseían, pasó a su madre y a usted. Por lo que a
-dinero y bienes materiales se refiere, no se han hecho descubrimientos
-nuevos; pero...
-
-Sintió el narrador que manos delicadas oprimían con fuerza sus muñecas,
-y dejó de hablar. La expresión del rostro de la niña era de pena y de
-horror.
-
---Pero ha sido encontrado... _él_. Vive, sí... muy cambiado... lo
-considero probable; destrozado, hecho una ruina, reducido a sombra de
-lo que fué... es posible; pero vive, y debemos abrigar esperanzas de
-que mejorará. Su padre ha sido llevado a la casa de un antiguo criado
-suyo, que reside en París, y a su encuentro vamos nosotros: yo, para
-identificarle, si puedo; usted, para abrazarle, para devolverle la
-vida, el cariño, la calma y el descanso.
-
-La niña se estremeció de pies a cabeza. Trémula, conmovida, con voz
-extraña, cual de la quien habla en sueños, dijo:
-
---¡Voy a ver su fantasma!... ¡Su fantasma!... ¡No a él!
-
-Lorry desprendió con suavidad las manos que atenaceaban su brazo.
-
---¡Calma, calma, señorita!--dijo.--Ya pasó todo. Conoce usted todo lo
-bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero,
-injustamente castigado, y después de un viaje feliz por mar, seguido de
-otro no menos venturoso por tierra, tendrá muy en breve el dulce placer
-de abrazarle.
-
---¡He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su
-fantasma!--exclamó la niña con el mismo tono de voz que antes.
-
---Réstame otra observación--repuso Lorry, recalcando la palabra, con
-objeto, sin duda, de asegurarse la atención de su oyente. Cuando le
-encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho
-tiempo, o alguien ha tenido interés en ocultarlo. Sería peor que
-inútil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sería peor
-que inútil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si
-deliberadamente y con intención le han retenido durante tantos años
-prisionero: sería peor que inútil practicar pesquisas de ninguna clase,
-y lo sería, porque además de inútil, nos expondríamos a correr grandes
-peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y
-sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a
-cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano inglés, y hasta el
-Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos
-atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona
-una línea, una palabra escrita que a él se refiera con claridad. En
-una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para
-resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he
-recibido, se reducen a una palabra sola: «Resucitado»... ¡Pero qué es
-eso!... ¡Si no ha oído una palabra de las que vengo diciendo! ¡Señorita
-Manette!
-
-La niña continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente
-tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida,
-perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de
-Lorry, pero con esa expresión singular que tienen los ojos esculpidos
-bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo
-con tal fuerza, que no se atrevió a desasirlos temiendo lastimarla, por
-cuyo motivo gritó pidiendo socorro, pero sin moverse.
-
-A los gritos acudió una mujer de aspecto bravío, roja de cabeza a pies,
-pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido,
-rojo el monumental gorro, semejante al que solían llevar los granaderos
-o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer,
-que penetró corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de
-la posada. Pocos miramientos empleó la primera para solucionar el
-conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados,
-lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del
-caballero del Banco Tellson, envió a éste precipitado contra la pared
-más inmediata.
-
---¡Esa mujer es hombre!--murmuró para sus adentros Lorry, al chocar
-contra la pared.
-
---¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!--rugió la mujer roja, dirigiéndose a
-las criadas.--¿Por qué no vais a fregar, en vez de estar ahí, mirándome
-como idiotas? ¿Soy alguna mona por ventura? ¡A trabajar! ¡Pronto
-sabréis quién soy yo, si no me traéis volando sales, agua fría, vinagre
-y todo lo que haga falta!
-
-La dispersión fué general e inmediata. Volaron las criadas en busca
-de los restaurativos pedidos, mientras la matrona roja colocaba a
-la paciente sobre un sofá con gran pericia y suavidad llamándola
-«preciosa», «hijita mía», «paloma», etc., etc.
-
---¿Y usted, pedazo de bruto--gritó a continuación, revolviéndose
-furiosa contra el señor Lorry,--no pudo contarla su famosa historia
-sin darla un susto de muerte? ¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida como un
-difunto, fría como el hielo! ¿No le da vergüenza decir que es banquero?
-
-Hasta tal extremo desconcertó al señor Lorry una pregunta de
-contestación tan difícil, que no supo hacer otra cosa que mirar desde
-lejos con expresión de simpatía y humildad extraordinarias, mientras
-la tremebunda mujer, después de ahuyentar de nuevo a los criados que
-habían vuelto a entrar con agua, vinagre y sales, bajo la penalidad
-misteriosa de «hacerles saber algo que no tenía por qué mencionar» si
-continuaban allí mirándola embobados, puso manos a la obra y consiguió,
-al cabo de mucho rato, que la niña comenzara a dar señales de vida.
-
---Parece que se encuentra mejor--observó el señor Lorry.
-
---Pero no será por lo que usted ha hecho--replicó con aspereza la
-matrona.--¡Hija mía!
-
---¿Tendría usted inconveniente--preguntó Lorry con gran humildad,
-pasados algunos momentos--en acompañarla hasta Francia?
-
---¡No sabe usted decir más que sandeces! Si la Providencia hubiese
-dispuesto que alguna vez cruzase yo el charco, ¿cree usted que me
-habría hecho nacer en una isla?
-
-Como también resultaba difícil en extremo la contestación a semejante
-pregunta, el señor Mauricio Lorry creyó conveniente retirarse para
-meditar.
-
-
-V
-
-LA TABERNA
-
-Había caído en la calle, haciéndose pedazos, una barrica de vino. El
-accidente ocurrió al sacar la barrica de un carro. Aquélla cayó al
-suelo, comenzó a rodar, saltaron los aros, y fué a abrirse como un
-cascarón de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna.
-
-Cuantas personas había por los alrededores suspendieron sus tareas
-o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y
-beberse el vino. Las piedras ásperas, desiguales y puntiagudas que
-formaban el adoquinado de la calle, puestas de propósito, según todas
-las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales
-tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, habían hecho la distribución
-del rojo líquido, formando variedad de estanques de diferentes
-dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores
-o menores, según fuera mayor o menor su extensión. Muchos hombres,
-tendidos de bruces, recogían el vino en el hueco de sus manos, y
-bebían, o hacían que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban
-sobre sus hombros, antes que el líquido escapara entre sus dedos.
-Otros, hombres y mujeres, lo recogían con pequeñas vasijas de barro
-cocido o bien empapaban los pañuelos de cabeza de las mujeres, que
-luego exprimían en sus bocas o en las de los niños: éstos oponían
-diques de barro al curso del vino, aquéllos, obedeciendo los consejos
-que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de acá
-para allá a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban
-quienes apoderándose de los fragmentos medio podridos de la barrica,
-los chupaban y lamían con indecible ansiedad. Puede asegurarse que
-las turbas recogieron, no ya sólo hasta la última gota de vino, sino
-también hasta la última molécula de tierra que con aquel estuvo en
-contacto. La calle quedó como si por ella acabasen de pasar todas las
-brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido
-la brillante institución de basureros.
-
-Mientras duró la diversión del vino, no cesó en la calle la algarabía
-de alegres carcajadas y gritos de júbilo, lanzados por docenas de
-gargantas de hombres, de mujeres y de niños. La distracción resultaba
-un poquito ordinaria y un mucho movida. Cuantos en ella tomaban parte
-mostraban tendencia especial a las afinidades y confianzas, de las que
-resultaban brindis de gusto discutible, apretones de manos, abrazos y
-caprichosas danzas, en los que tomaban parte especial los que habían
-bebido más, o los de carácter más jovial y divertido. Cuando faltó el
-vino, y las piedras y tierra que había regado quedaron secas y limpias,
-cesaron las demostraciones de alegría con tanta brusquedad como habían
-comenzado. El individuo que había dejado su sierra apoyada contra el
-leño que estaba aserrando, la empuñó y puso de nuevo en movimiento;
-la mujer que dejó su puchero cociendo frente a la puerta de su casa,
-volvió a atenderlo; descendieron otra vez a las profundidades de las
-obscuras cuevas los hombres de brazos desnudos, pelo sucio y rostros
-cadavéricos que habían salido a la luz del día minutos antes, y las
-tinieblas envolvieron con su manto una escena que, en realidad, hacía
-daño contemplar a la luz del sol.
-
-El vino que contenía la barrica destrozada era tinto, y manchó la
-estrecha calle del suburbio de San Antonio en la cual se había
-derramado. Manchó asimismo muchas manos y muchas caras y muchos pies
-desnudos y muchos zuecos. Las manos del hombre que aserraba el leño
-dejaron huellas rojizas en las tablas, y la frente de la mujer que
-amamantaba a su tierno hijo quedó también manchada al chocar con la
-frente de la vieja bruja con la cual se abrazó y bailó en momentos
-de efímera alegría. Los que ansiosos se apoderaron de los restos de
-la barrica y los chuparon y lamieron, salieron de la diversión con
-círculos rojizos en sus bocas que les daban aspecto de tigres feroces,
-y hubo uno, más aficionado sin duda a las bromas que los demás, que con
-el dedo untado en la masa formada por el lodo y el vino, garrapateó en
-la pared la palabra _sangre_.
-
-¡Día llegaría en que la sangre fuera vertida a torrentes, y en que
-muchos de los que en la diversión reseñada tomaron parte irían tintos
-en sangre de cabeza a pies!
-
-Luego que la calle de San Antonio volvió a su ser y condición
-habituales, de los que momentáneamente la sacara un incidente fortuito,
-quedó triste, obscura y tétrica, gimiendo bajo el cetro del frío,
-de la suciedad, de las enfermedades, de la ignorancia y del hambre,
-nobles de gran poder todos ellos, pero particularmente el mencionado
-en último lugar. En todos los rincones se veían agazapados ejemplares
-de desdichados que habían sido prensados y triturados una y cien veces
-entre las pesadas piedras del molino, tiritando de frío y cayéndose de
-hambre. El molino que los había triturado no era aquel molino fabuloso
-que tiene la propiedad de convertir a los viejos en jóvenes llenos de
-vida, sino el que hace de los jóvenes viejos. Caras de ancianos tenían
-los muchachos, y voces graves y profundas los niños. Sus espaldas se
-doblaban bajo el peso, no de los años, pero sí bajo el del hambre, que
-era la dueña y señora de aquellos barrios. Hambre era la palabra que se
-repetía en todas las casas, hambre el fatídico fantasma montado sobre
-los míseros harapos que pendían de las pértigas o cuerdas tendidas
-frente a las inmundas casuchas, hambre repetían todos los fragmentos de
-serrín que caían bajo los dientes de la sierra del carpintero, hambre
-el espantoso monstruo que, no encontrando en las calles inmundicias con
-que alimentarse, se encaramaba a lo alto de las chimeneas, que tampoco
-ofrecían humo a su voracidad; hambre era la inscripción que se leía en
-las anaquelerías de todos los panaderos, hambre la palabra estampada en
-todos los panes, caros, de mala calidad y faltos de peso.
-
-Los distritos donde había sentado sus reales no podían ser más a
-propósito para el objeto. Una calle estrecha y tortuosa, muladar
-inmundo y hediondo, de la que arrancaban otras callejas más estrechas
-y tortuosas, habitadas por piltrafas humanas y oliendo a piltrafas
-humanas, en las cuales sólo se veían personas y cosas que daban
-náuseas. En la torva expresión de sus habitantes vislumbrábanse
-anhelos feroces de volver las cosas del revés. No faltaban en sus
-caras demacradas ojos que despedían llamas, ni labios crispados, ni
-frentes contraídas horriblemente. Hasta las muestras de las tiendas
-eran ilustraciones vívidas de la necesidad. En las carnicerías y
-tocinerías pintaban reses escuálidas, y en las panaderías panes
-fementidos, microscópicos. La única industria que parecía atravesar una
-época de prosperidad floreciente era la de las herramientas y armas.
-Los cuchillos y hachas de los carniceros eran brillantes, estaban
-perfectamente afiladas, los martillos de los herreros pesaban muchas
-libras, y las armerías estaban atestadas de instrumentos de muerte.
-Las calles, llenas de baches, depósitos de fango y de agua corrompida,
-carecían de aceras. Los faroles, que a intervalos muy largos pendían de
-unas cuerdas, derramaban sobre ellas una luz enfermiza que no bastaba a
-disipar las tinieblas como no disipan las tinieblas del mar la luz de
-los faroles colocados en lo alto de las vergas. A decir verdad, París
-era un mar, y tanto el barco como los que lo tripulaban corrían grave
-peligro de naufragar.
-
-Había de llegar el día en que los famélicos habitantes de aquellas
-regiones, a fuerza de contemplar los míseros faroles, llegarían a
-concebir el proyecto de introducir mejoras en el sistema y colgarían de
-aquellas cuerdas hombres que iluminasen las negruras de su situación.
-No era, empero, llegado el tiempo, y aunque todas las brisas que
-soplaban sobre Francia eran precursoras de recios vendarales, no se
-daban por enterados los pajarillos de sedoso plumaje.
-
-La taberna frente a la cual se desarrolló la escena que acaban de
-presenciar los lectores de esta historia ofrecía mejor aspecto que la
-mayor parte de las tabernas de aquellos barrios, y su dueño, vestido
-con chaleco amarillo y calzones verdes, estuvo contemplando con
-tranquila indiferencia la lucha de los que corrían a la conquista del
-vino derramado.
-
---Poco me importa--exclamó, encogiéndose de hombros.--Lo han dejado
-caer los empleados del almacenista; ellos me traerán otra barrica.
-
-Acertó entonces el tabernero a ver al individuo que escribía en la
-pared la palabra _sangre_, y le preguntó:
-
---Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo ahí?
-
-Contestó él interpelado con uno de esos gestos significativos que tanto
-privan entre las gentes de su ralea, y cuya significación tantas veces
-pasa inadvertida, como ocurrió en el caso presente.
-
---¿Estás haciendo méritos para ingresar en un manicomio?--repuso el
-tabernero, atravesando la calle y extendiendo sobre la palabra escrita
-en la pared un puñado de barro que recogió del suelo.--¿No encuentras
-otro sitio, dime, donde escribir palabras como ésa?
-
-Mientras formulaba la segunda pregunta, el tabernero colocó su mano
-menos sucia (quizá por casualidad, quizá intencionadamente) sobre la
-región del corazón de su interlocutor. Este golpeó su pecho con la
-suya, dió un prodigioso salto y quedó inmóvil, en actitud de danza
-fantástica puesto el brazo izquierdo sobre la cadera y el derecho en
-alto, y sosteniendo entre el pulgar y el índice de la diestra un zapato
-sucio que previamente se había sacado de uno de sus pies.
-
-El tabernero volvió a cruzar la calle y entró en su establecimiento.
-Era un hombre de unos treinta años, de aire marcial y cuello de toro.
-Debía ser de un temperamento de fuego, pues aunque el día era uno de
-los más fríos que disfrutaron los parisienses en aquel invierno crudo,
-iba en mangas de camisa y llevaba éstas arremengadas hasta muy cerca
-de los hombros. En cuanto a prendas de cabeza, no usaba otra que la
-natural: una masa de pelo negro, áspero y ensortijado. Era de tez
-morena y buenos ojos, de mirar implacable. Evidentemente era hombre de
-gran resolución y propósitos inquebrantables, uno de esos hombres con
-los cuales sería peligroso tropezarse en un sendero estrecho bordeado
-por dos abismos, pues es seguro que por nada ni por nadie volvería
-sobre sus pasos.
-
-La señora Defarge, esposa del tabernero en cuestión, estaba sentada
-detrás del mostrador cuando aquél entró en el establecimiento. Era
-mujer de constitución robusta, aproximadamente de la edad misma que su
-marido, de ojos vigilantes, aunque muy contadas veces parecía mirar a
-ningún objeto determinado, grandes manos cubiertas de sortijas, cara de
-líneas enérgicas, expresión reservada y aire de perfecta compostura.
-Una de las características de la señora Defarge consistía en no sufrir
-nunca equivocaciones que redundasen en perjuicio de sus intereses en
-ninguna de las operaciones del establecimiento. Extremadamente sensible
-al frío, iba envuelta en pieles y abrigaba su cabeza con un chal de
-colores chillones que la cubría por completo, bien que dejando a la
-vista los grandes pendientes que adornaban sus orejas. Tenía frente a
-sí su calceta, pero la había dejado sobre el mostrador para consagrar
-algunos minutos a la limpieza de su dentadura, lo que estaba haciendo
-con un mondadientes. Absorta en su ocupación, con el codo derecho
-apoyado sobre la mano izquierda, nada dijo la señora Defarge cuando su
-marido entró en el establecimiento, pero dejó oir una tosecita apenas
-perceptible. La tosecita, combinada con un ligero enarcamiento de sus
-cejas, negras como el ala del cuervo y perfectamente arqueadas, dió a
-entender a su marido la conveniencia de dar un vistazo a los clientes,
-entre los cuales acaso encontrase alguno nuevo que había llegado a la
-taberna mientras se encontraba en la calle.
-
-Paseó el tabernero sus miradas por la sala, no tardando en fijarlas las
-sobre un caballero, ya entrado en años, y en una señorita, sentados en
-uno de los ángulos. Había otros parroquianos también: dos que jugaban
-a las cartas en una mesa, otros dos que se entretenían en otra, puestas
-sus facultades en las fichas de dominó, y otros tres que, de pie junto
-al mostrador, procuraban _alargar_ todo lo posible el vino que se
-habían hecho servir. El tabernero, al pasar detrás del mostrador, pudo
-advertir que el caballero entrado en años decía con los ojos a su joven
-compañera:
-
---Ese es nuestro hombre.
-
-Fingió el tabernero no reparar en la presencia de los dos personajes
-desconocidos, y entabló conversación con el triunvirato que estaba
-bebiendo junto al mostrador.
-
---¿Qué tal, Santiago--preguntó uno de los tres al buen Defarge,--se han
-tragado todo el vino que salió de la barrica?
-
---Hasta la última gota, Santiago--contestó Defarge.
-
-No bien hicieron los interlocutores el intercambio de sus nombres de
-pila, la señora Defarge tosió otro poquito y arqueó de nuevo las cejas.
-
---Pocas veces--observó el segundo de los parroquianos del
-mostrador--tienen esos bestias miserables ocasión de conocer a qué sabe
-el vino, ni nada que no sea el pan negro y la muerte: ¿no es verdad,
-Santiago?
-
---Verdad es, Santiago--respondió el tabernero.
-
-Al segundo intercambio de los nombres de pila sucedió otra tosecita
-acompañada del enarcamiento de cejas de la señora Defarge.
-
---¡Ah!--exclamó el tercero de los bebedores, apurando el último sorbo y
-dejando el vaso sobre el mostrador.--¡Hiel tienen siempre en sus bocas
-esos borregos, y viven vida de perros! ¿digo bien, Santiago?
-
---Dices bien, Santiago--fué la contestación del tabernero.
-
-Hecho el tercer intercambio de nombres de pila, la señora Defarge dejó
-el mondadientes e hizo un movimiento insignificante.
-
---¡Es verdad...! ¡Entretenlos!--murmuró muy por lo bajo su
-marido.--Señores... tengo el gusto de presentarles a mi mujer.
-
-Los tres parroquianos se descubrieron y saludaron con sendas
-inclinaciones de cabeza a la tabernera, la cual, a su vez, recibió sus
-homenajes doblando ligeramente la suya y mirándolos sucesivamente.
-A continuación, tendió como por casualidad sus miradas en derredor,
-recogió la calceta con gran calma, y comenzó a trabajar.
-
---Señores--repuso el tabernero, que había observado con mirada
-escrutadora a su mujer,--la cámara que ustedes manifestaron deseos
-de ver cuando yo salí a la calle, está en el quinto piso. Arranca la
-escalera del patio de la izquierda, junto a la ventana del... Pero
-ahora recuerdo que uno de ustedes ha estado ya en ella, y puede guiar a
-los demás. ¡Adiós, señores!
-
-Pagaron los bebedores el consumo hecho, y se retiraron. Los ojos
-del tabernero parecían estudiar a su mujer y la calceta que estaba
-haciendo, cuando el caballero de edad avanzada se levantó manifestando
-deseos de hablar algunas palabras con Defarge.
-
---Con mucho gusto, caballero--respondió éste, saliendo con el anciano
-hasta la puerta del establecimiento.
-
-Breve fué la conferencia, pero de efectos tan rápidos como decisivos.
-No se habían cruzado cuatro palabras, cuando Defarge hizo un movimiento
-de sorpresa, y antes que transcurriera un minuto, hacía una seña
-al anciano y salía presuroso a la calle. El caballero llamó con un
-movimiento de cabeza a la señorita, y ambos salieron en pos del
-tabernero, dejando a la señora Defarge embebida en la tarea de hacer
-calceta.
-
-El señor Mauricio Lorry y la Señorita Manette, que ellos eran los
-visitantes de la taberna, según habrán adivinado, a no dudar, los
-lectores, encontraron al tabernero junto a la puerta que momentos
-antes había indicado el último a los tres parroquianos con los cuales
-le hemos visto cambiar algunas palabras. En la sombría entrada que
-daba acceso a la escalera, no menos sombría, el tabernero hincó una
-rodilla en tierra y llevó a sus labios la mano de la hija de su antiguo
-señor. Fué un homenaje, un testimonio de sumisión, bien que ejecutado
-con ademán que nada tenía de dulce. Unos segundos habían bastado para
-transformar radicalmente a Defarge; ya no reflejaba buen humor su
-rostro, ya no era su cara espejo de franqueza: antes al contrario,
-en su expresión de reserva, en su actitud airada, en la cólera que
-chispeaba en sus ojos, fácil era leer al hombre peligroso.
-
---Está muy alto... la escalera es pesada... creo que hará usted bien
-subiendo con más calma--dijo el tabernero con dura entonación al señor
-Lorry, en el momento de empezar a subir la escalera.
-
---¿Está solo?--preguntó Lorry.
-
---¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién quiere usted que le acompañe?
-
---¿Siempre solo?
-
---Siempre.
-
---¿Porque así lo desea él?
-
---Porque así lo exigen las circunstancias. Tal como estaba cuando le vi
-el día que vinieron a preguntarme si quería tenerle en mi casa y ser
-discreto corriendo el peligro consiguiente... tal como estaba entonces,
-está ahora.
-
---¿Muy cambiado?
-
---¡Cambiado!...
-
-El tabernero descargó un puñetazo contra la pared y lanzó una maldición
-horrenda. No hubiera producido la mitad de los efectos que produjo
-aquella explosión de furia cualquier respuesta clara y precisa. La
-melancolía del señor Lorry iba en aumento a medida que avanzaba en el
-ascenso de la empinada escalera.
-
-Penoso, muy penoso, sería hoy subir la escalera de una casa de las
-más viejas sita en uno de los barrios más poblados de París; pero en
-el tiempo a que esta historia se refiere, resultaba punto menos que
-imposible para los que no tuvieran atrofiados los sentidos a fuerza de
-costumbre. Todos los vecinos de aquellas inmensas colmenas dejaban las
-basuras e inmundicias en los rellanos de la escalera general, donde
-quedaban hacinados sin que nadie cuidara de retirarlos, engendrando
-así una masa de descomposición bastante para envenenar el aire, si ya
-no estuviera saturado de las impurezas intangibles que son resultado
-natural de la miseria y de las privaciones. Combinadas las dos fuentes
-de corrupción, respirábase allí una atmósfera insoportable. El señor
-Lorry, cediendo a las molestias que le producía subir por aquel pozo
-obscuro, sucio y envenenado, no menos que a la agitación que observaba
-en su joven compañera, agitación que se multiplicaba por momentos,
-hizo alto dos veces para descansar. Cada uno de aquellos descansos
-pareció llevarse las últimas reservas de aire no corrompido, rellenando
-el espacio que aquéllas dejaban libre con mefíticas emanaciones que
-brotaban de todas partes.
-
-Llegaron al fin a lo alto de la escalera, donde se detuvieron por
-tercera vez. Todavía habrían de subir un tramo, más empinado que los
-anteriores, y de dimensiones sumamente reducidas, antes de llegar al
-sotabanco. El tabernero, que caminaba delante y procuraba mantenerse
-constantemente a distancia respetable de la señorita, cual si temiera
-que ésta le dirigiera alguna pregunta, llegado frente a la puerta del
-sotabanco metió la diestra en el bolsillo, y sacó una llave.
-
---¡Ah!--exclamó Lorry, sin poder disimular su sorpresa.--¿Está cerrada
-la puerta con llave?
-
---Sí--contestó con sequedad Defarge.
-
---¿Considera usted necesario tener en una reclusión tan extremada a ese
-infortunado caballero?
-
---Considero necesario tener la puerta cerrada con llave--murmuró el
-interpelado bajando mucho la voz y frunciendo horriblemente las cejas.
-
---¿Por qué?
-
---¡Por qué! ¡Porque ha tantos años que vive cerrado con llave, que se
-asustaría, se horrorizaría, se lanzaría de cabeza contra las paredes,
-moriría... yo no sé los extremos que haría... si se le dejase con la
-puerta abierta!
-
---¡Será posible!
-
---¿Posible? ¡Sería infalible, sí!--replicó con entonación amarga
-Defarge.--¡A fe que no podemos quejarnos de los atractivos que nos
-ofrece un mundo en que son posibles estas y otras atrocidades, de la
-hermosura de un cielo que contempla impasible los horrores que usted
-está viendo...! ¡El demonio nos gobierna!... ¡Viva el infierno!
-¡Entremos, señor, entremos!
-
-Tan en voz baja había sido sostenido el diálogo que queda copiado, que
-ni una palabra llegó a oídos de la niña. Era, empero, tan intensa la
-emoción que la dominaba, su rostro reflejaba tal expresión de espanto y
-tan viva ansiedad, que el señor Lorry creyó necesario dirigirle algunas
-palabras encaminadas a levantar su deprimido ánimo.
-
---¡Valor, mi querida señorita!--dijo.--¡Valor! Estamos persiguiendo un
-negocio, cuya fase dolorosa pasará en un momento. En cuanto franqueemos
-esta puerta, habremos vencido lo peor. Dentro de breves segundos podrá
-el desdichado comenzar a saborear todo el bien, todo el consuelo, toda
-la dicha que usted va a proporcionarle. Nuestro buen amigo Defarge nos
-ayudará... ¡Al negocio, al negocio!
-
-Al doblar un recodo muy pronunciado encontraron a tres hombres, que
-estaban mirando por el ojo de la llave y por las rendijas de la
-puerta que nuestros visitantes iban a abrir. Los hombres en cuestión
-resultaron ser los mismos que momentos antes bebían de pie junto al
-mostrador.
-
---La sorpresa que su visita me produjo ha hecho que los olvidara--dijo
-Defarge a guisa de explicación.--Tengan la bondad de dejarnos, amigos.
-
-Los tres hombres desaparecieron silenciosamente.
-
---¿Ha hecho usted del señor Manette objeto de exhibición?--preguntó
-Lorry en voz muy baja y con expresión colérica.
-
---Lo exhibo, conforme acaba usted de ver, a muy reducido círculo de
-personas escogidas.
-
---¿Y cree usted que eso está bien?
-
---Sí, señor: creo que está bien.
-
---¿Y esos escogidos, quiénes son? ¿Cómo los escoge usted?
-
---Escojo a los que son hombres verdaderos... y se llaman como yo:
-Santiago; hombres que conviene que lo vean... Pero usted es inglés,
-y es inútil que le dé explicaciones que no ha de entender. Tenga la
-bondad de esperar un momento.
-
-Por medio de un gesto recomendó a sus acompañantes que permanecieran
-inmóviles, y pegó la cara a una grieta que presentaba la pared.
-Momentos después alzó la cabeza, dió sobre la puerta dos o tres golpes,
-sin más objeto, a no dudar, que el de hacer ruido, pasó la llave por
-ella una porción de veces, con idéntica intención, la puso al fin en la
-cerradura, y abrió haciendo todo el ruido posible.
-
-Lenta y silenciosamente se abrió la puerta de fuera a dentro, empujada
-por la mano del tabernero. Este adelantó la cabeza y dijo algo. Una voz
-sumamente débil contestó. El tabernero volvió la cara e indicó a sus
-acompañantes que le siguieran. Lorry rodeó con su brazo la cintura de
-la niña, próxima a caer desfallecida.
-
---¡Ne... gocio... hija mía... nego... o... cio!--exclamó Lorry, vueltos
-hacia la niña los ojos, de los cuales brotaba algo que no suele ser
-producto de los negocios.--¡Entre usted... entre!
-
---¡Tengo miedo!--respondió la joven.
-
---¿Miedo a qué?
-
---¡A él... a mi padre!
-
-Viéndose en situación crítica, a consecuencia del estado de espíritu de
-la joven, por una parte, y por otra de las señas que su guía hacía para
-que entrasen, Lorry levantó entre sus brazos a la primera y franqueó la
-puerta.
-
-Defarge quitó la llave, cerró la puerta por dentro, con llave, por
-supuesto, y, terminadas esas operaciones lenta y metódicamente, y sobre
-todo, haciendo todo el ruido que pudo, echó a andar con paso mesurado
-en dirección a la ventana. Junto a ésta se detuvo y dió media vuelta.
-
-El sotabanco, construído para ser depósito de leña, apenas si recibía
-la visita de una luz muy escasa, pues la ventana, sumamente estrecha,
-y casi cerrada para evitar el frío, dificultaba tanto el paso a la
-luz, que era imposible ver absolutamente nada. Y sin embargo alguien
-trabajaba en aquella lóbrega estancia, pues junto a la ventana a la
-que daba frente, y vueltas las espaldas a la puerta, había un hombre
-de cabellos blancos como la nieve, sentado en una banqueta muy baja y
-entregado con ardor a la tarea de coser zapatos.
-
-
-VI.
-
-EL ZAPATERO.
-
---Buenos días--dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca
-del zapatero.
-
---Buenos días.
-
---Siempre tan trabajador, ¿eh?
-
-Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alzó la cabeza y
-contestó:
-
---Sí... estoy trabajando.
-
-La languidez de aquella voz hacía daño al oído. No era esa languidez
-que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad física, no,
-aunque es indudable que alguna parte tenían en ella la alimentación
-insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el
-terrible cautiverio: su característica especial y típica la recibía del
-hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de
-uso de la voz. Era algo así como el eco de un sonido que nació largos
-años antes y a considerable distancia: una voz que había perdido la
-vida, el timbre de voz humana, una voz que producía en los sentidos
-la impresión misma que produciría la vista de un color hermosísimo y
-delicado trocado por la mano de los siglos en mancha débil de colorido
-indefinible, una voz que reflejaba con elocuencia tan vívida la
-desesperación de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier
-viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del
-árido desierto que estuviera recorriendo, reconocería en su timbre
-la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el
-mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento.
-
-Al cabo de algunos minutos que el anciano pasó trabajando silencioso,
-ajeno a cuanto le rodeaba, volvió a levantar los ojos. En ellos no se
-advertía ni un átomo de interés, ni un átomo de curiosidad: reflejaban
-sencillamente esa percepción mecánica, esa conciencia inconsciente de
-que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona continúa
-ocupado.
-
---Quisiera dejar penetrar un poquito más de luz--dijo Defarge,
-cuyos ojos no se habían separado un instante de la persona del
-zapatero.--¿Podrá usted sufrirla?
-
-Suspendió su obra el interrogado; paseó sus miradas por el suelo, a
-derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alzó hacia el
-que acababa de interrogarle, preguntando al fin:
-
---¿Qué decía usted?
-
---Preguntaba si podrá tolerar un poquito más de luz.
-
---Tendré que tolerarla, si usted la deja entrar.
-
-Defarge abrió un poco más la ventana. Los rayos de luz que penetraron
-en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tenía
-sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o
-colocados sobre la banqueta, se veían varios útiles del oficio. Era
-aquél un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no
-de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban
-extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados,
-aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba
-abierta por el pecho dejaba ver una carne flácida y blanca como el
-papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubría la parte superior
-de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servían de envoltorio
-a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de
-vestir, habían adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del
-aire y de la luz, un tono de pergamino que hacía sumamente difícil
-poder precisar la materia empleada en su manufactura.
-
-Había puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz,
-y todos los huesos de aquélla se transparentaban. Jamás miraba a la
-persona que le dirigía la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y
-pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hábito de
-asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se
-acordaba de lo que acababan de preguntarle, ni de lo mismo que estaba
-él diciendo.
-
---¿Piensa terminar hoy ese par de zapatos?--preguntó Defarge, haciendo
-una seña a Lorry para que se acercase.
-
---¿Qué dice usted?
-
---¿Piensa terminar hoy esos zapatos?
-
---No puedo decir si lo pienso o no. Creo que sí; pero no lo sé.
-
-La pregunta le recordó la tarea, y a ella se consagró de nuevo.
-
-Aproximóse silencioso el señor Lorry, dejando a la niña junto a la
-puerta. Uno o dos minutos haría que se encontraba junto a Defarge,
-cuando el zapatero alzó la cabeza. No manifestó la menor sorpresa al
-ver a dos personas en vez de una.
-
---Tiene usted una visita--observó Defarge.
-
---¿Qué dice usted?
-
---Que ha venido este señor a visitar a usted.
-
-El zapatero alzó de nuevo los ojos, pero no dejó de trabajar.
-
---Este caballero--repuso Defarge--entiende mucho en zapatos. Enséñele
-usted el que está haciendo para que aprecie su trabajo. Tómelo usted,
-señor.
-
-Lorry tomó en su mano el zapato.
-
---Diga usted a este señor qué clase de zapato es, y el nombre del
-operario que lo hace.
-
-Medió una pausa más larga que las de ordinario antes que respondiera el
-zapatero.
-
---He olvidado la pregunta--dijo al fin.--¿Qué decía usted?
-
---Dije que tuviera usted la bondad de decir a este señor qué clase de
-zapato es éste.
-
---Es un zapato de señora... zapato de paseo, propio para señorita. Es
-de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda.
-
---¿Y el nombre del zapatero?--preguntó Defarge.
-
-El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de
-la izquierda, invirtió el orden, colocando los nudillos de ésta en la
-palma de la primera, a continuación se pasó las dos por la barba y
-después por la frente. La obra de arrancarle de la abstracción en que
-quedaba sumido siempre a raíz de haber hablado no cedía en importancia
-y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de
-infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que
-se espera obtener alguna revelación.
-
---¿Preguntó usted mi nombre?
-
---En efecto, eso pregunté.
-
---Ciento Cinco, Torre del Norte.
-
---¿Nada más?
-
---Ciento Cinco, Torre del Norte.
-
-Exhalando algo que no fué ni suspiro ni gemido, volvió a la tarea,
-que no suspendió hasta que el señor Lorry, mirándole con fijeza, le
-preguntó:
-
---Su profesión de usted no ha sido la de zapatero, ¿verdad?
-
-El interrogado volvió sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara
-que éste contestara por él la pregunta, pero como no le llegara por
-aquella parte el auxilio, los llevó hacia el que le interrogaba, no sin
-clavarlos antes en el suelo:
-
---¿Que no ha sido mi profesión la de zapatero? No: no lo ha sido.
-Aprendí... aprendí el oficio... allí. Me lo enseñé yo mismo. Pedí que
-me dejaran...
-
-Perdió, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vagó
-errante su mirada de una parte a otra hasta que volvió a encontrar a
-la persona con quien hablaba, y continuó, con el tono del que, en el
-momento de despertar, reanuda una conversación que el sueño interrumpió:
-
---Pedí que me dejaran aprender por mí mismo, y aprendí a fuerza de
-tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa más que
-zapatos.
-
-En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el
-zapato, preguntóle este último:
-
---Señor Manette, ¿no me recuerda usted?
-
-El zapato cayó al suelo y el zapatero quedó inmóvil, clavados sus ojos
-en la cara de quien le preguntaba.
-
---Señor Manette--repitió Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de
-Defarge.--¿No se acuerda usted de este hombre? ¡Mírele bien! ¡Míreme
-también a mí! ¿No se alzan en su cerebro las figuras del que fué su
-banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado
-antiguo?
-
-Mientras el infeliz recién salido de la tumba, donde por espacio de
-tantos años le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora
-en el señor Lorry, ora en Defarge, su frente reveló que allá en las
-profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia reñían
-ruda batalla con la noche profunda que, reinando como señora única,
-paralizaba toda su actividad. La cerrazón se acentuó poco dispuesta
-a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por
-apagarse; pero habían brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez
-despierta, no está extinguido del todo, puede brillar otra vez. Así
-ocurrió en efecto. Cuando momentos después repararon sus miradas en la
-cara juvenil de la niña que, arrastrándose a lo largo de la pared se
-había acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba,
-primero con mezcla de compasión infinita y de terror, y más tarde
-con anhelos vivísimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de
-espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la
-vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brotó de
-nuevo, pero más potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso
-de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fué a prender en la
-del anciano.
-
-Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueñas del campo.
-El viejo miró a las personas que tenía delante con menos atención que
-antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombría abstracción
-que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro,
-recogía el zapato y reanudaba su tarea.
-
---¿Le ha reconocido usted, caballero?--susurró Defarge al oído de Lorry.
-
---Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves
-instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en
-otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más!
-
-La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la
-banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente
-imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a
-turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó
-en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor.
-
-Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento
-con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y
-cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda.
-Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y
-allí se detuvieron.
-
-Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus
-labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a
-articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le
-oyó murmurar:
-
---¿Qué es esto?
-
-La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus
-labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó,
-y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos
-tuviera la cabeza querida del anciano.
-
---¿Eres la hija del calabocero?--preguntó éste.
-
---No--suspiró ella.
-
---¿Quién eres, pues?
-
-Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular
-palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso
-éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano
-de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó
-contemplando a aquélla.
-
-Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en
-largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez
-evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron,
-pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su
-inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar
-su labor.
-
-Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres
-miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre
-su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al
-cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la
-cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla,
-abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó
-con detenimiento.
-
---¡Es el mismo!--murmuró.--¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo
-sucedió?
-
-Su frente se iluminó más que nunca. Vuelto hacia la niña, tomó entre
-sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana
-la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda
-contemplación, dijo:
-
---Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había
-reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo
-no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del
-Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis
-que lo conserve?--les pregunté.--No han de facilitar la fuga de mi
-cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por
-entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo
-como si acabara de pronunciarlas.
-
-Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las
-palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con
-acuerdo perfecto, bien que muy lentamente.
-
---No lo entiendo...--añadió.--_¿Eras tú?_
-
-Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar
-la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta,
-perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja:
-
---Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no
-hablen, que no se muevan.
-
---¡Chist!--exclamó el anciano.--¿Quién habla?
-
-Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la
-cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con
-expresión de dolor sombrío su cabeza.
-
---¡No, no, no!--repuso.--¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven,
-demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una
-prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara
-que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No,
-no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes
-de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas,
-ángel hermoso?
-
-La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos
-delante del pecho.
-
---¡Oh, señor!--exclamó.--¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo,
-quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa
-historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni
-en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que
-me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!
-
-Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.
-
---Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz
-despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus
-oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi
-cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa
-sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore
-por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su
-memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años,
-otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y
-moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por
-él!
-
-La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la
-blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño.
-
---¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que
-sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle
-conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura,
-soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus
-semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame
-lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha
-sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el
-de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe
-que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que
-tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta
-y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando
-todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar
-de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible
-historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos
-señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las
-lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón
-los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío!
-
-El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía
-reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a
-la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos
-sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con
-las manos.
-
-Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad,
-y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareció próximo
-a saltar hecho pedazos, recobró la serenidad que sigue siempre a las
-tormentas más deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas
-tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al
-reposo y al silencio; cuando el anciano quedó tranquilo, se aproximaron
-los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero
-había ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La
-hija cayó con él, y en tierra permaneció, apoyada la cabeza sobre su
-hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.
-
---Si fuera posible--dijo la niña, alargando una mano a
-Lorry--disponerlo todo para salir de París inmediatamente, en forma que
-desde esta misma casa...
-
---Hay que tener presente una cosa importante--contestó Lorry
-interrumpiendo a la joven.--¿Está en disposición de emprender el viaje?
-
---Creo que ha de serle más beneficioso el viaje, con todas sus
-molestias, que permanecer en París, donde tanto ha sufrido.
-
---Nada más cierto--terció Defarge, que se había arrodillado para ver y
-oir mejor.--Aun prescindiendo de la consideración que acaba de insinuar
-la señorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia.
-¿Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?
-
---El negocio es ése--observó Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para
-volver a su tema favorito--y cuando hay que terminar un negocio, cuanto
-más pronto se ultime, mejor.
-
---En ese caso--dijo la señorita Manette,--tengan la bondad de dejarnos
-aquí. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habrá
-convencido de que pueden dejarme a solas con él sin el menor temor. Con
-que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin
-de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles
-que cuando regresen, le encontrarán tan tranquilo como le dejan. Yo
-cuidaré de él mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es
-llevárnoslo cuanto antes.
-
-No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solución, pues los dos
-hubiesen preferido no dejar a la niña a solas con el anciano, pero como
-no sólo era preciso preparar la silla de posta, sino también proveerse
-de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el día corría a su ocaso,
-fuerza fué que se distribuyeran entre los dos las diligencias que
-necesariamente había que hacer, después de lo cual echaron a andar cada
-uno por su lado.
-
-Las sombras de la noche encontraron a la niña tendida sobre el duro
-suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura
-hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes habían
-ultimado los preparativos de viaje y traían, además de mantas y
-abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y café caliente. Defarge,
-portador de las provisiones, las dejó sobre la banqueta de zapatero (en
-el sotabanco no había más muebles que la banqueta y un jergón), y con
-la cooperación de Lorry levantó al cautivo.
-
-Nadie hubiera sido capaz de leer en la atonía inexpresiva de su
-cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente
-la inteligencia del anciano, ni la penetración humana, por sutil
-y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aquél
-conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le habían
-dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a
-fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas,
-que temiendo extraviarle más, decidieron dejarle en paz por entonces.
-La expresión del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con
-frecuencia oprimía su cabeza entre sus manos, cosa que no se le había
-visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto
-sonaba en sus oídos la voz de su hija, e invariablemente volvía hacia
-ésta la cabeza cuantas veces le hablaba.
-
-Con esa sumisión peculiar de los que están acostumbrados desde larga
-fecha a obedecer al látigo, comió y bebió lo que le dieron, y se puso
-el abrigo de viaje que le fué entregado. Sin resistencia, más aún, con
-agrado evidente dejó que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no
-contento con eso, tomó y retuvo entre las suyas, la mano de aquélla.
-
-Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha
-Lorry. No habían bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y
-miró con atención hacia arriba primero, y luego en derredor.
-
---¿Recuerda el lugar, padre mío? ¿Se acuerda de cuando subió esta
-escalera?--preguntó la niña.
-
---¿Qué dices?
-
-Antes que fuera repetida la pregunta, contestó el anciano, como si
-aquella le hubiese sido formulada de nuevo.
-
---¿Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!
-
-Claramente se vió que no conservaba el menor recuerdo de haber sido
-trasladado desde la prisión al sotabanco. Los que le acompañaban
-oyéronle murmurar «Ciento Cinco, Torre del Norte», siendo indudable que
-cuando miró en derredor, creyó ver los espesos muros que por espacio
-de tantos años habían sido su tumba. Caminó con paso alterado mientras
-cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al
-convencerse de que éste no existía, y ver el coche que esperaba en la
-calle, soltó la mano de su hija y oprimió de nuevo su cabeza.
-
-No había turbas frente a la puerta, no se veía una cabeza en las
-ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad
-reinaban como señores únicos. A nadie vieron más que a una persona, a
-la señora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vió.
-
-Habíase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija
-le había seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en
-el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidió sus herramientas
-de zapatero y sus zapatos no terminados. La señora Defarge dijo
-inmediatamente que ella subiría a buscarlos, y en efecto, un segundo
-después, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tardó en reaparecer y
-en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvió a su asiento y se
-entregó a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.
-
-Defarge montó en el pescante, dió la orden de «A la Barrera», el
-postillón hizo restallar el látigo, y la silla de postas partió volando.
-
-Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz
-más viva en las calles mejores y con luz más opaca y triste en las de
-menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos
-de personas alegres y animadas, a cafés y teatros, llegaron a una de
-las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban
-de guardia.
-
---¡Los pasaportes, viajeros!
-
---Aquí están, señor oficial--contestó Defarge desde el pescante,
-pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al
-oficial.--Estos son los pasaportes del señor de la cabeza blanca, que
-va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona,
-en...
-
-Aquí bajó tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo
-que le dijo.
-
-Una porción de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetró por la
-portezuela, unido a un brazo que vestía uniforme militar, los ojos del
-propietario de aquel brazo escudriñaron el interior, y sobre todo al
-anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.
-
---Está bien. Adelante.
-
-Bajo la inmensa bóveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan
-distanciadas de este mundo microscópico que, si hemos de dar crédito a
-lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido
-tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lóbrega, tempestuosa
-y fría. Las tinieblas se empeñaron en no conceder un momento de sosiego
-al señor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en
-vida, no cesó de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua
-pregunta, formulada, a no dudar, por aquéllas.
-
---¿Supongo que te interesará vivir?
-
-La respuesta era también la de siempre.
-
---No puedo decirlo.
-
-
-
-
-LIBRO SEGUNDO
-
-EL HILO DE ORO
-
-
-I
-
-CINCO AÑOS DESPUÉS.
-
-Ya en el año de mil setecientos ochenta, el domicilio social del
-Banco Tellson podía vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un
-edificio muy pequeño, muy obscuro, muy sucio y muy incómodo. Los socios
-de la Casa se enorgullecían de su pequeñez, se enorgullecían de su
-obscuridad, se enorgullecían de su suciedad y se enorgullecían de sus
-incomodidades: más todavía, su mayor timbre de gloria era que aquélla
-poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la convicción
-íntima de que si fuera menos pequeña, menos obscura, menos sucia y
-menos incómoda, sería muchísimo menos respetable. Y cuenta que no se
-trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgrimían
-contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa
-Tellson, decían, no necesita salones, no necesita luz, no necesita
-comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compañía, o Snooks
-Hermanos, está bien; pero la casa Tellson... ¡Horror!
-
-Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo
-más mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de
-reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se parecía
-mucho a la nación, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que
-llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de
-proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo
-reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo
-son más respetables.
-
-Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo así como una
-glorificación de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis
-lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa
-Tellson, después de abrir una puerta, que les habría dado la bienvenida
-con chirridos ásperos y estridentes, y de bajar dos escalones, se
-hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados,
-viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les
-habrían arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las
-firmas a la luz de la ventana más sucia que quepa imaginarse, ventanas
-que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales
-no se vieron jamás limpios de la capa de barro que desde la calle les
-fué arrojada el mismo día que los colocaron, estaban defendidas por
-gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora
-del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera
-a recorrer «la casa», este _cualquiera_ habría sido conducido a una
-especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio,
-donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosóficas sobre la
-futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos
-en los bolsillos. Ingresaba o salía el dinero de cajones de madera
-roída por las carcomas. Los billetes de Banco olían a moho, cual si se
-encontrasen en pleno período de descomposición. Amontonada la plata en
-depósitos que, a no dudar, estaban en comunicación con las letrinas,
-dos o tres días bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera
-a depositar en el Banco títulos o valores de cualquier clase, podía
-abrigar la seguridad de que, cerrados aquéllos en cuartos que en su
-tiempo fueron cocinas o caballerizas, habían de oler muy en breve a
-guisotes trasnochados o a estiércol, y si un fatal pensamiento le
-inducía a llevar documentos o papeles de familia, éstos eran guardados
-en una cámara del piso alto, en cuyo centro había una mesa comedor,
-aunque jamás se sirvió en ella una comida, donde las cartas escritas
-por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en
-pleno año de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco
-de las miradas de las cabezas que a diario exponía en el Tribunal del
-Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de
-los aschantis.
-
-Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea
-universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y
-no iba a ser una excepción, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la
-Naturaleza todo lo remedia con la muerte, ¿por qué no ha de hacer otro
-tanto la ley? Nada, pues, más natural y lógico que imponer pena de
-muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso,
-pena de muerte al que abría indebidamente una carta, pena de muerte
-al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un
-caballo a las puertas del Banco Tellson, y desaparecía con el animal,
-era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuñaba un chelín
-falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales
-que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sanción penal,
-con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las
-transgresiones, las multiplicaba, pero concluía, por lo menos, de una
-vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso
-particular. Tantas vidas había segado el Banco Tellson, y como él,
-todos los establecimientos similares contemporáneos suyos, que si las
-cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es
-casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz
-que por sus sucias ventanas penetraba en su interior.
-
-Encaramados sobre bancos inverosímiles y arcones de formas raras, los
-empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura
-de esfinge. Cuando era admitido algún joven, encerrábanlo no se sabe
-dónde y no volvía a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo
-guardaban, como se guarda el queso, en alguna cámara obscura, hasta que
-había adquirido el olor peculiar de la Casa.
-
-Fuera del edificio, cuya puerta jamás se le permitió franquear, sin ser
-llamado, había un viejo, investido de las funciones de portero y de
-mensajero, que era algo así como la muestra viva de la casa. Jamás se
-separó de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran
-a algún recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo
-suyo, pillete de unos doce años, que era su vivo retrato. No faltaban
-maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo
-en cuestión, a quien daban el remoquete de _Lapa_, aunque muchos años
-antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de
-permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del
-mundo, recibió el nombre de Jeremías.
-
-Fué escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular
-del alto empleado _Lapa_, hora las siete y media de una mañana ventosa
-del mes de marzo, y _Anno Domini_, mil setecientos ochenta. Digo
-_Anno Domini_ en vez de año de Nuestro Señor, para acomodarme a la
-manera de hablar del sapientísimo _Lapa_, quien, creyendo que la era
-cristiana tuvo su origen en la invención del juego de dominó, hecha
-por una señora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo hacía
-anteponiendo a la del año las palabras _Ana Dominó_.
-
-No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones
-particulares del buen _Lapa_, ni pasaban de dos, contando como una un
-ropero, pero sí limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora,
-y lo desapacible de la ventosa mañana de marzo, la habitación en que
-aquél roncaba como un justo había sido barrida y baldeada, y sobre la
-mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve,
-brillaban las copas, platos, y demás utensilios necesarios para el
-almuerzo.
-
-Roncaba el _señor Lapa_ bajo las colchas de la cama como roncar
-pudiera cualquier Arlequín en su casa. El sueño era profundo; pero al
-fin comenzaron a agitarse las colchas, _Lapa_ se revolvió con aire
-inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sábanas unas púas
-que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la
-Naturaleza dotó a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclamó
-su propietario con voz exasperada.
-
---¡Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!
-
-Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alzó de un rincón,
-donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento más que suficiente
-para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del
-durmiente.
-
---Conque vuelta a lo de siempre, ¿eh?--repuso _Lapa_, alargando un
-brazo en busca de una bota.
-
-La bota salió volando por los aires juntamente con esta segunda
-salutación. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas
-hablo, diré, como circunstancia que no deja de ser extraña, que al paso
-que el _señor Lapa_ volvía muchas veces a su casa, después de terminado
-su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la mañana que,
-al despertar, no estaban aquéllas llenas de lodo.
-
---¿Qué estabas haciendo ahí, beata de los demonios?--gritó el melifluo
-_Lapa_, después de errar el tiro.
-
---Rezaba.
-
---¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación! ¿Y qué es lo que te propones,
-pasándote el tiempo de rodillas rezando contra mí?
-
---No rezo contra ti, sino por ti.
-
---No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas
-libertades. ¡A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo
-mío!... ¡Figúrate! ¡Una madre que reza contra la prosperidad de tu
-padre! ¡Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su
-deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que
-arranque de la boca de su hijo único la tostada con manteca que
-constituye su alimento! ¡Qué te parece!
-
-Muy mal debió parecerle al digno retoño del señor _Lapa_ lo que éste
-insinuaba en la última parte de su discurso, pues a gritos pidió a la
-madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que
-con su alimentación personal tuviera relación.
-
---¿Y qué es lo que supones tú, mujer ilusa, que valen tus
-rezos?--repuso el marido, con insistencia inconsciente.--Dime: ¿qué
-valor concedes a tus oraciones?
-
---Brotan del corazón, Jeremías; este es su único mérito.
-
---¡Su único mérito!--repitió el _señor Lapa_.--¡Poco valen, entonces!
-De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a
-rezar: vaya, ¡se acabó! ¿Crees que voy a tolerar que llames sobre mi
-cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de
-tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana última, si el
-infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre
-desnaturalizada a este pobre niño, habría ganado montones de oro en vez
-de tener la sombra más negra que mortal alguno haya tenido desde que
-el mundo es mundo. Vístete, hijo mío, vístete; y mientras yo limpio
-mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avísame con un grito si
-adviertes señales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no
-lo aguanto--añadió, dirigiéndose a su costilla.--Soy más bruto que un
-coche de alquiler, duermo como el láudano, pocas veces sé si soy yo,
-o si soy el vecino de en frente; ¡pero cuando me tocan al bolsillo,
-me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sábelo de una vez y para
-siempre, y si tus rezos conspiran contra él, mal lo vas a pasar, beata
-de los infiernos!
-
-El _señor Lapa_, lanzando de tanto en tanto frases de indignación,
-emprendió con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto,
-cuya cabeza guarnecían púas un poquito menos aceradas que las del
-padre, y cuyos ojillos estaban poco más o menos tan juntos como los del
-padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos dió a la pobre
-mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vestía.
-
---¡Padre!... ¡Que se arrodilla... que se arrodilla!
-
-Ni con el almuerzo se dulcificó el humor de _Lapa_, antes bien pareció
-que acrecentaba su animosidad contra su mujer.
-
---¿Pero qué estás haciendo? ¿Otra vez, condenada?
-
-Contestó la mujer que no había hecho más que impetrar la bendición del
-Cielo.
-
---¡Cuidado con traer bendiciones!--barbotó, mirando como si temiera
-ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oración de su
-mujer.--¡Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! ¡No quiero
-bendiciones en mi mesa!
-
-Rojo de cólera, con los ojos fuera de las órbitas, el _señor Lapa_
-devoraba, que no comía, el almuerzo, rezongando y gruñendo como pudiera
-hacerlo cualquier congénere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de
-la mañana, algún tanto domeñado su encrespado natural, salió de su casa
-para entregarse a las ocupaciones del día.
-
-Apenas si su oficio merecía el nombre de tal, no obstante llamarse él
-a sí mismo «honrado menestral». Todas las mañanas, colocaba un banco,
-hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco
-Tellson más inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos
-puñados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle
-cargado de ella, constituían todos sus enseres. El _señor Lapa_ y su
-banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y
-con corta diferencia, de tan poco grato aspecto.
-
-Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar
-la mano a su tricornio cada vez que entraba o salía del Banco Tellson
-alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, el _señor Lapa_,
-acompañado por su hijo, entreteníase en aquella mañana ventosa de
-marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos niños o personas
-mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupación. Padre e
-hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, más que seres
-humanos semejaban una pareja de monos. Jeremías el mayor mascaba
-pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremías el menor acechaban
-inquietos el tráfico matinal de la calle Fleet, cuando asomó la cabeza
-de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y
-dijo con voz campanuda:
-
---¡Que entre el portero!
-
---Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el día, padre--observó
-Jeremías el menor.
-
-El padre cedió el banco al hijo, y éste se sentó, recogiendo y llevando
-a su boca la paja que el primero estaba mascando.
-
-
-II
-
-UNA VISITA
-
---¿Conoce usted bien el Old Bailey?[1]--preguntó uno de los empleados
-más ancianos del Banco a Jeremías _Lapa_.
-
- [1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:--(N. del T.).
-
---Sí... señor--contestó con cierto retintín el interrogado.--Conozco el
-Bailey.
-
---Perfectamente. También conoce usted al señor Lorry, ¿no es verdad?
-
---Conozco al señor Lorry mucho mejor que el Bailey, señor... mucho más
-de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey.
-
---Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los
-testigos, donde enseñará al guardián de la misma esta nota para el
-señor Lorry. Le dejarán pasar sin dificultad.
-
---¿Hasta la Sala de Justicia?
-
---Hasta la Sala de Justicia.
-
---¿He de esperar en la Sala, señor?
-
---Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardián de la puerta entregará
-esa nota al señor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre,
-procurará atraer la atención del señor Lorry, por medio de cualquier
-gesto, a fin de que aquél sepa dónde espera usted. Luego, todas sus
-obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el señor Lorry
-le necesite.
-
---¿Nada más?
-
---Nada más. El señor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial
-es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier
-momento dado es usted.
-
-Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el
-sobrescrito, el buen _Lapa_, que le contempló sin despegar los labios
-hasta que vió que buscaba el papel secante, preguntó.
-
---¿Fallan hoy alguna causa por falsificación?
-
---Por traición.
-
---¡Descuartizamiento seguro!--exclamó _Lapa_.--¡Qué barbaridad!
-
---Es la ley--replicó el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia
-_Lapa_,--la ley, y nada más que la ley.
-
---Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a
-un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos,
-lo encuentro feroz.
-
---Procure hablar bien de la ley, amigo mío--repuso el empleado.--Guarde
-para sí sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de
-sí misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido.
-
---¡Ah señor! ¡Es la vida dura que llevo la que mueve mi
-lengua!--exclamó _Lapa_.--A su consideración dejo el juzgar si el que
-gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede
-tener sellados los labios.
-
---Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos
-con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha.
-
-Tomó el mensajero la carta, hizo una reverencia, y salió.
-
-Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que
-se alzaba Newgate no había alcanzado aún la sombría celebridad que
-luego pesó sobre ella. Era, sin embargo, una cárcel espantosa, donde
-se practicaban toda clase de villanías y atrocidades, un foco de las
-enfermedades más terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala
-de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco
-miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar
-para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurría que el juez
-del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del
-encausado, y hasta moría más pronto que éste. Por lo demás, la Bailey
-era a manera de posada por cuyo espacioso zaguán salían constantemente
-pálidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban
-al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles
-públicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro
-ciudadano, quizá en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre.
-También era famosa por la picota, institución atinada y feliz que
-suponía un castigo cuya extensión y alcance nadie era capaz de prever;
-éralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la
-pena de azotes, sistema el más indicado para suavizar costumbres y
-dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que
-en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte
-y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible
-sabiduría de nuestros antepasados, que conducía sistemáticamente a la
-perpetración de los crímenes mercenarios más espantosos que puedan
-cometerse bajo la capa del cielo. Por lo demás, la Old Bailey era por
-aquel tiempo demostración elocuente del precepto, «Todo lo que es, es
-justo», aforismo que resultaría tan necio como inocente si no llevara
-aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que «Nada de lo
-que ha existido fué injusto».
-
-Abriéndose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba
-el repugnante escenario donde había de desarrollarse la acción, con la
-habilidad del que está habituado a caminar entre gentes, el mensajero
-no tardó en llegar a la puerta que buscaba, donde entregó la carta de
-que era portador, haciéndola pasar por un ventanillo practicado en la
-misma, pues bueno será hacer constar que las personas que deseaban
-ver las funciones representadas en la Old Bailey, habían de pagar las
-localidades ni más ni menos que las que querían distraerse viendo el
-Manicomio, sin más diferencia que la de costar más caro entrar en
-aquélla que en este último. Como consecuencia, estaban perfectamente
-guardadas todas las puertas, excepción hecha, como es natural, de las
-que daban acceso a los criminales, pues éstos las encontraban siempre
-abiertas de par en par.
-
-Con algún retraso, y no sin que el guardián mascullase algunas palabras
-de descontento, la puerta giró sobre sus goznes para dar paso al
-mensajero.
-
---¿Qué hay?--preguntó al primer hombre que encontró.
-
---Nada todavía.
-
---¿Qué habrá luego?
-
---Una vista por traición.
-
---Descuartizamiento seguro, ¿eh?
-
---¡Ah! Primero, tendido sobre un cañizo, le arrastrarán hasta el sitio
-donde le espere la horca, allí le medio ahorcarán, le bajarán de la
-horca para arrancarle las entrañas, que quemarán ante sus ojos, luego
-le cortarán la cabeza, y por fin le harán cuartos. Esa es la sentencia.
-
---Suponiendo que le declaren culpable, querrá usted decir.
-
---¡Bah! ¡Le declararán culpable, pierda usted cuidado!
-
-El _señor Lapa_ prestó entonces atención al guardián de la puerta, a
-quien vió, encaminándose en derechura hacia el señor Lorry con la carta
-en la mano. Hallábase el señor Lorry sentado junto a una mesa entre
-señores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor
-del reo, que usaba una peluca descomunal, y tenía varios legajos de
-papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos
-empelucado que el defensor, el cual, cuando le vió el _señor Lapa_, así
-como también después, estaba con las manos en los bolsillos, puesta
-toda su atención en el techo. A fuerza de accesos de tos consiguió
-el mensajero llamar la atención del señor Lorry, quien se puso
-inmediatamente en pie, hizo una seña con la cabeza, y volvió a sentarse.
-
---¿Qué papel representa ése en el proceso?--preguntó a _Lapa_ el
-individuo a quien antes había preguntado éste.
-
---Que me aspen si lo sé.
-
---Entonces... si la pregunta no es indiscreta, ¿qué papel representa
-usted?
-
---Que me descuarticen si lo sé tampoco.
-
-Puso fin al diálogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel
-momento, toda la atención, todo el interés del público se concentraron
-en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante habían estado a
-uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos después con
-el prisionero.
-
-Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tenía
-los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero,
-todos los alientos humanos de la sala partieron hacia él, semejantes
-al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las
-columnas, sobresaliendo de los ángulos, veíanse rostros que reflejaban
-ansiedad, los espectadores de las filas últimas se ponían en pie,
-otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban
-sobre los bancos en su afán de verlo todo. No era de los que menos
-curiosidad demostraba Jeremías _Lapa_, quien se erguía semejante a un
-pedazo animado del muro coronado de púas de Newgate y disparaba contra
-el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza--había
-tomado un vaso durante el camino,--las que se mezclaban con las que
-partían de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de café y
-de te.
-
-El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco años,
-buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero.
-Vestía de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y
-castaño, caía sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma
-manera que las emociones del alma humana se filtran a través de la
-envoltura material, así la engendrada por la situación en que se veía
-colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez
-morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era más fuerte
-que el sol. Mostróse, sin embargo, perfectamente dueño de sí mismo. Con
-calma maravillosa se inclinó ante el juez, y esperó:
-
-¿Sentimientos de elevada humanidad en el interés que en la Sala
-despertaba el reo? ¡Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba
-su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido
-probabilidades de que en la ejecución de aquella se prescindiera de
-algunos de sus feroces detalles, la fascinación habría sufrido rudo
-golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo
-que muy en breve sería condenado a bárbaras mutilaciones, la criatura
-dotada de alma inmortal próxima a ser despedazada, hecha cuartos, y
-el interés que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo
-sentían, era, en su raíz, en su esencia, el interés del ogro.
-
-¡Silencio en la Sala!
-
---Carlos Darnay, que así se llamaba el acusado, había negado el día
-anterior la terrible acusación fulminada contra él. De ser cierta,
-Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente,
-etc. etc. Rey y Señor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y
-por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra
-nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Señor. Había
-hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto,
-excelente, etc., etc. Rey y Señor y los de dicho rey de Francia, con
-objeto de revelar inicuamente, pérfidamente, alevosamente (y muchos
-otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas
-militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Señor
-tenía preparadas para enviarlas al Canadá y a la América del Norte.
-
-Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfacción había
-conseguido adquirir Jeremías _Lapa_.
-
-El acusado, a quien mentalmente habían ahorcado, decapitado y
-descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la
-situación ni afectaba arrogancias teatrales. Vió con calma perfecta que
-los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se disponía
-a hablar. Con grave interés presenció los preparativos, y con tal
-compostura escuchó los procedimientos, que no movió ni una hoja de las
-hierbas aromáticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento,
-como medida higiénica contra el contagio de la fiebre del presidio y
-contra la atmósfera viciada que allí se respiraba.
-
-Sobre la cabeza del reo había un gran espejo que tenía por objeto
-concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de
-desgraciados y de malvados habían visto reflejadas sus contraídas
-caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra
-las ocultara para siempre. No habría infierno comparable a aquella
-Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imágenes
-que refleja, de la misma manera que el Océano devuelve a sus muertos.
-Tal vez sintió nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a
-envolverle, quizá fuera la casualidad o un rayo más vivo de luz lo
-que le movió a alzar los ojos: el hecho es que vió el espejo, y que,
-al verlo, vivos carmines tiñeron su rostro y su cuerpo experimentó un
-estremecimiento violento cual si acabara de recibir enérgica descarga
-eléctrica.
-
-Al separar sus miradas del espejo las llevó hacia la izquierda, donde
-tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal
-fijeza, que no quedó en la Sala un espectador que hacia ellas no
-volviera los ojos.
-
-Eran las personas en cuestión una señorita joven, de veinte años de
-edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban
-poderosamente la atención en este último la blancura de nieve de sus
-cabellos y cierta expresión indescriptible de vehemencia, no activa,
-sino reflexiva, íntima. Cuando dominaba esta expresión, parecía viejo,
-pero en los momentos en que desaparecía, cuando hablaba con su hija,
-por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habría pasado de la
-primavera de la vida.
-
-Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida
-por el espanto que la escena la producía y la piedad que el reo la
-inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente
-y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste
-suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lástima el estado de
-la joven. «¿Quiénes serán?» se preguntaban unos a otros al oído.
-
-No dejó de preguntar Jeremías _Lapa_ a su vecino, a cuyos perspicaces
-ojos no había pasado inadvertida la expresión de la joven, quiénes eran
-aquellas personas; y como todos habían hecho la misma pregunta, la
-respuesta, que circulaba ya de boca en boca, llegó al fin a su oído.
-
---Son testigos.
-
---¿De cargo?
-
---Testigos en contra.
-
---¿En contra de quién?
-
---Del reo.
-
-El juez, cuyas miradas habían seguido la dirección que siguieron las
-de todos los espectadores, las desvió para clavarlas insistentes en el
-desgraciado cuya vida tenía en sus manos, en el momento que el fiscal
-de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar
-el martillo y los clavos que debían preparar el cadalso.
-
-
-III
-
-DECEPCIÓN
-
-El señor fiscal de la Corona manifestó en su informe que el acusado,
-aunque joven en años, era tan viejo en actos alevosos y prácticas de
-pérfida traición, que se imponía la necesidad de acabar con su vida.
-«Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo público--dijo--no
-datan de ayer, ni de anteayer, ni del año pasado, ni de dos años atrás.
-Desde fecha mucho más remota viene el reo haciendo viajes constantes
-entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni él mismo
-ha sabido explicarnos satisfactoriamente. ¡Ah! Si el Cielo, en su alta
-sabiduría, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones
-de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habrían dado
-sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera
-especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspiró a una
-persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia
-no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros
-planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror,
-se apresuró a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto
-Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendréis ocasión de conocer a
-ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Había sido amigo íntimo
-del traidor, pero no bien descubrió sus infamias, decidió inmolar una
-amistad, que ya no podía conservar en su pecho, en el altar sacrosanto
-del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las
-erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han
-sacrificado sus más vivas afecciones, no cabe dudar que tendrá la suya
-ese ciudadano eminente. La virtud, según han afirmado infinidad de
-poetas, cuyos nombres no citaré porque todos mis oyentes los tienen en
-la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo,
-la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues,
-de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e
-impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia,
-se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en él la santa
-resolución de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los
-bolsillos de su señor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos
-más secretos. No faltarán detractores que claven sus dientes en la
-reputación de este criado admirable, maldicientes que expongan en
-la picota pública pecadillos de su vida pasada, pero aun así he de
-protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto,
-he de decir que me merece más consideraciones que mis mismos hermanos,
-más consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar
-que lo propio harán los que me escuchan. Las declaraciones de los dos
-testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo serán
-exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero
-poseía relaciones numéricas de las fuerzas militares de Su Majestad,
-estados explicativos de la disposición y preparación de las mismas,
-y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como
-ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha
-sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de
-puño y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa,
-y en todo caso, será circunstancia agravante, puesto que pondrá de
-relieve la artera malicia del acusado. A cinco años se remontan las
-pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por
-entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya vendía
-a la patria semanas antes de haberse reñido la primera batalla entre
-las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirán
-necesariamente en el ánimo del Jurado, si es Jurado leal, como me
-consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo,
-para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor.
-¡Ah, señores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del
-prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas
-sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas
-de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de
-sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos
-reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la
-Corona os pide por lo más sagrado, por lo que más caro os sea, por el
-juramento que habéis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos
-gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero
-por ahorcado, decapitado y descuartizado.»
-
-Cuando el fiscal de la Corona cesó de hablar, llenaron la Sala sordos
-murmullos. No parecía sino que el aire se había llenado de enjambres
-de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras
-del estado en que no tardarían en encontrarle. Cuando se extinguieron
-los zumbidos, apareció en la tribuna de los testigos el ciudadano
-impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona.
-
-El señor procurador general, ateniéndose estrictamente a las
-instrucciones de su jefe, examinó entonces al patriota. Llamábase Juan
-Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada
-resultó ser la que el señor fiscal de la Corona había expuesto
-sucintamente en su acusación. Luego que hubo contestado las preguntas
-que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber
-manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme
-peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa
-distancia del señor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al
-techo.
-
-He aquí, en resumen, el interrogatorio a que fué sometido el gran
-patriota por el caballero de la peluca:
-
---¿Ha sido usted espía alguna vez?
-
---Jamás--contestó indignado el ciudadano.
-
---¿De qué vive usted?
-
---De mis rentas.
-
---¿En qué consisten esas rentas?
-
---No tengo por qué dar explicaciones sobre este particular.
-
---¿Dónde radican sus bienes?
-
---No lo recuerdo con precisión.
-
---¿Ha heredado usted?
-
---Sí.
-
---¿De quién?
-
---De un pariente lejano.
-
---¿Muy lejano?
-
---Bastante.
-
---¿Ha sido procesado alguna vez?
-
---Nunca.
-
---¿Ni ha estado en la cárcel por deudas?
-
---No sé que tenga nada que ver eso con el asunto que se debate.
-
---¿Ha estado en la cárcel por deudas?
-
---¿Otra vez?
-
---Conteste usted.
-
---Sí.
-
---¿Cuántas veces?
-
---Dos o tres.
-
---¿No serán cinco o seis?
-
---Tal vez.
-
---¿Su profesión?
-
---Caballero.
-
---¿Le han dado de patadas alguna vez?
-
---Puede que sí.
-
---¿Con frecuencia?
-
---No.
-
---¿Le han echado a puntapiés de alguna casa?
-
---No.
-
---¿No le han hecho rodar a patadas escaleras abajo?
-
---Repito que no. En una ocasión recibí algunas patadas en lo alto
-de una escalera, y la bajé rodando, pero fué porque quise, por mi
-voluntad, deliberadamente.
-
---En la ocasión a que se refiere, ¿no le echaron a puntapiés por
-fullero, por hacer trampas en una partida de dados?
-
---Algo por el estilo dijo el borracho embustero que me dió las patadas,
-pero era falso.
-
---¿Jura usted que era falso?
-
---Sin el menor reparo.
-
---¿No ha buscado usted nunca en las trampas del juego los medios de
-vivir?
-
---Nunca.
-
---¿Ni ha vivido del juego?
-
---He jugado como juegan todos los demás caballeros.
-
---¿Le ha prestado dinero el prisionero?
-
---Sí.
-
---¿Y lo ha pagado?
-
---No.
-
---La amistad que con el prisionero le ha ligado, en realidad una
-amistad ligera, ¿no era de las que solemos llamar obligadas, es decir,
-una amistad cultivada en sillas de posta, posadas y barcos?
-
---No.
-
---¿Ha visto las relaciones y listas en poder del prisionero?
-
---Sí.
-
---¿Puede decir algo más acerca de esas listas?
-
---No.
-
---¿Espera que su declaración le valga algún provecho o beneficio?
-
---No.
-
---¿Ni siquiera un destino de espía a sueldo del gobierno?
-
---No.
-
---¿Ni ningún otro empleo?
-
---No.
-
---¿Lo jura?
-
---Una y mil veces.
-
---¿Obedece a otros motivos que a los de patriotismo?
-
---No.
-
-Fué llamado a declarar el virtuoso criado del prisionero, Rogerio Cly,
-quien prestó con gran decisión su juramento. Cuatro años antes había
-entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A
-bordo del barco que hacía el servicio de Calais, preguntó al prisionero
-si necesitaba un criado, y aquel le recibió. Muy poco después le
-pareció sospechosa la conducta del prisionero, y resolvió espiarle. En
-los diferentes viajes que hizo en su compañía, en las ropas de su amo
-vió varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en
-poder de la justicia. El fué el que sacó algunas de aquellas listas
-de una gaveta de la mesa de su amo. Vió que éste enseñaba otras
-listas idénticas a un caballero francés en Calais y otras a otros
-caballeros también franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante
-de su patria, su conciencia se sublevó contra tan negras traiciones
-y denunció los hechos. Acerca de su honradez, aseguró que era tan
-intachable, que nadie se atrevió jamás a acusarle del robo de una
-tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron
-en una ocasión el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones,
-resultó que no era de plata, sino de metal plateado. Conocía al testigo
-que le precedió en la declaración desde siete u ocho años antes, pero
-nunca se trataron más que por coincidencia. No afirmó que se tratara de
-coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es público
-y notorio que las coincidencias lo son por regla general.
-
-Oyóse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el
-señor fiscal de la Corona llamó al señor Mauricio Lorry.
-
---¿Es usted empleado del Banco Tellson, señor Mauricio Lorry?
-
---Sí, señor.
-
---En la noche de un viernes del mes de noviembre del año mil
-setecientos setenta y cinco, ¿hizo usted un viaje desde Londres a
-Dover, por la diligencia-correo?
-
---Sí, señor.
-
---¿Iban en la diligencia otros viajeros?
-
---Sí, señor: dos.
-
---¿Dejaron la diligencia aquella noche, antes de llegar a Dover?
-
---Sí, señor.
-
---Vea usted al prisionero, señor Lorry, y díganos si era uno de
-aquellos viajeros.
-
---No puedo decir que lo fuera.
-
---¿Se parece a alguno de sus compañeros de viaje?
-
---Iban los dos tan embozados, la noche era tan obscura, y los tres
-guardamos tanta reserva, que me es imposible contestar la pregunta.
-
---Examine con más detenimiento al prisionero, señor Lorry.
-Represénteselo embozado, en la forma misma que iban sus compañeros de
-viaje, y díganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que
-fuera uno de los dos viajeros.
-
---No es imposible.
-
---¿Usted no juraría que el reo no era ninguno de ellos?
-
---No.
-
---Luego confiesa usted que podía ser uno de ellos, ¿no es verdad?
-
---Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis
-dos compañeros de viaje tenían... y yo también... un miedo horrible
-a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan
-fácilmente.
-
---¿Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas
-que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten?
-
---No, señor.
-
---Vuelva usted a reconocer al reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle visto
-en alguna ocasión?
-
---Sí.
-
---¿Cuándo y dónde?
-
---A mi regreso de Francia, pocos días después del incidente de la
-diligencia, le encontré en Calais a bordo del barco en que yo volvía, e
-hicimos juntos el viaje.
-
---¿A qué hora embarcó el reo?
-
---Ya avanzada la noche. Era el único pasajero del barco, excepción
-hecha de nosotros, y llegó a última hora.
-
---¿Qué hora sería?
-
---Poco más de media noche.
-
---¿Y dice usted que llegó el último?
-
---Dió la casualidad que llegase el último, sí, señor.
-
---Dejemos a un lado las «casualidades». Fué el único pasajero que llegó
-a altas horas de la noche, ¿no es cierto?
-
---Sí, señor.
-
---¿Viajaba usted solo, o acompañado, señor Lorry?
-
---Con dos compañeros: un caballero y una señorita. Ambos están aquí.
-
---En efecto: aquí están. ¿Habló usted con el prisionero?
-
---Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesía era larga y
-pesada, y me la pasé de playa a playa tendido en el sofá.
-
---¡Señorita Manette!
-
-Púsose en pie la señorita hacia la cual se habían antes vuelto todas
-las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al
-propio tiempo que ella, se levantó su padre.
-
---Examine usted al prisionero, señorita Manette.
-
-Mil veces más penoso fué para el acusado verse frente a aquella niña,
-joven y hermosa, que le contemplaba con compasión anhelante, que
-afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin
-pestañear, sin que se alterase un solo músculo de su rostro, aguantó la
-terrible acusación del fiscal de la Corona; las declaraciones de los
-testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver
-desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad,
-de la niña, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la
-agitación de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para
-permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre
-refluyó a su corazón.
-
---¿Conocía usted al prisionero, señorita Manette?
-
---Sí, señor.
-
---¿Dónde le conoció usted?
-
---A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasión.
-
---¿Es usted la señorita aludida por el señor Lorry?
-
---¡Por desgracia, señor, soy yo!
-
-Los acentos de compasión que la niña supo poner en su voz no
-dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad:
-
---Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer
-observaciones ni comentarios... Señorita Manette, ¿sostuvo usted alguna
-conversación con el prisionero durante la travesía del Canal?
-
---Sí, señor.
-
---Refiérala.
-
-En medio de un silencio imponente, comenzó la niña con voz débil:
-
---Cuando llegó a bordo ese caballero...
-
---¿Se refiere usted al prisionero?--interrogó el juez, frunciendo el
-entrecejo.
-
---Sí, señor.
-
---Pues cuando haya de nombrarle, llámele el prisionero.
-
---Cuando llegó a bordo el prisionero, advirtió que mi padre estaba muy
-fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postración
-de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le
-preparé una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cámara, y
-yo me senté a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no éramos
-más que cuatro. Fué tan bueno el prisionero, que después de rogarme
-que le dispensase el atrevimiento, me enseñó la manera de colocar a mi
-padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no había sabido
-hacer. Prodigó a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y
-estoy segura que se las prodigó de corazón. He aquí cómo comenzamos a
-hablar.
-
---Permítame que la interrumpa. ¿Llegó solo a bordo?
-
---No, señor.
-
---¿Cuántos le acompañaban?
-
---Dos caballeros franceses.
-
---¿Qué conferenciaban con el prisionero?
-
---Hablaron con el prisionero hasta el último momento. Cuando el barco
-levaba, se despidieron de él y saltaron a su bote.
-
---¿Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a éstos?
-
---Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cómo o qué eran.
-
---¿Parecidos a éstos en tamaño y forma?
-
---Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy
-cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el
-prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la
-escalera de la cámara, debajo del farol allí pendiente. Sostenían, sin
-embargo, la conversación con voz tan baja, que no oí una palabra. Vi,
-sí, que leían papeles, y nada más.
-
---Repítanos usted la conversación que sostuvo con el prisionero,
-señorita Manette.
-
---El prisionero fué conmigo muy franco... puso en mí gran confianza...
-fué muy amable, muy bueno... trató con tierna solicitud a mi padre...
-y no quisiera--terminó la joven, hecha un mar de lágrimas--no quisiera
-corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen.
-
-Los moscardones azules volvieron a zumbar.
-
---Señorita Manette--replicó el fiscal,--si el prisionero no se convence
-de que usted presta la declaración que es su deber prestar... que está
-obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su
-voluntad y con sobrada repugnancia, habrá que confesar que está ciego.
-Tenga la bondad de continuar.
-
---Me dijo que motivaban su viaje asuntos de índole altamente delicada
-y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre
-pueblos distintos, y que por esta razón, viajaba bajo nombre supuesto.
-Me dijo que esos asuntos le habían llevado a Francia pocos días
-antes, y que probablemente, durante un período más o menos largo, le
-obligarían a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia.
-
---¿Habló de América, señorita Manette? Tenga la bondad de especificar
-con detalles.
-
---Procuró explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me
-dijo que, en opinión suya, la sinrazón y la injusticia estaban de parte
-de Inglaterra. Añadió, en tono humorístico, que quizá Jorge Wáshington
-estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge
-III. Pero en todo ello no había ni sombra de malicia: lo dijo riendo y
-para pasar el tiempo.
-
-El señor fiscal de la Corona manifestó que consideraba necesario
-interrogar al padre de la señorita, al doctor Manette.
-
---Mire usted al prisionero, doctor Manette: ¿recuerda haberle visto
-antes?
-
---Una sola vez. Hará tres años o tres y medio que me visitó en mi casa
-de Londres.
-
---¿Puede usted decirnos si fué su compañero de viaje durante la
-travesía del Canal, o repetirnos la conversación que tuvo con su hija?
-
---Ni lo uno ni lo otro, señor.
-
---¿Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer
-lo que se le pide?
-
---Existen--contestó el doctor con voz muy baja.
-
---¿Son éstas la desventura de haber sufrido un cautiverio larguísimo en
-su país natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado?
-
-Con tono que penetró hasta el fondo de los corazones de todos los
-presentes, contestó:
-
---¡Un cautiverio eterno!
-
---¿Había recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el
-viaje a que me refiero?
-
---Eso me dicen.
-
---¿No lo recuerda usted?
-
---No recuerdo nada. Mi cerebro fué una noche profunda durante algún
-tiempo... no puedo decir cuánto... desde que en mi calabozo me dedicaba
-a hacer zapatos hasta que me encontré en Londres en compañía de mi
-querida hija. Me habitué a su trato... ignoro cómo... no conservo
-recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien
-devolverme las facultades.
-
-El señor fiscal de la Corona dió por terminado el interrogatorio, y el
-padre y la hija volvieron a sentarse.
-
-Ocurrió en este punto un incidente singular. El objeto de las
-actuaciones, el fin que en el proceso se perseguía, era demostrar que
-el acusado, en compañía de otro traidor cómplice suyo, cuya identidad
-era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes
-del mes de noviembre de cinco años atrás, en la diligencia-correo de
-Londres a Dover, habían desmontado durante la marcha, con objeto de
-despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde
-retrocedieron doce o más millas hasta llegar a una plaza fuerte que
-tenía arsenal, donde recogieron los datos que perseguían. Un testigo
-declaró que en el día y hora indicados había visto al prisionero en el
-comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando
-a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo
-al testigo a un interrogatorio tan rígido como habilidoso, sin más
-resultado que el de asegurar aquél que jamás, ni antes ni después de
-la ocasión indicada, había visto al prisionero, cuando el caballero
-empelucado, que desde los comienzos de la vista tenía los ojos clavados
-en el techo de la Sala, escribió dos o tres palabras en un papelito, lo
-retorció, y seguidamente lo tiró al defensor. Este, después de leer el
-papelito, miró con atención y curiosidad extraordinarias al prisionero.
-
---¿Dice usted que tiene seguridad absoluta de que _era_ el
-prisionero?--preguntó al testigo.
-
---Absolutísima.
-
---¿No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero?
-
---A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una
-equivocación.
-
---Fíjese bien en aquel caballero,--repuso, indicando al que acababa de
-tirarle el papelito--y luego, fíjese bien en el prisionero. ¿Qué me
-dice usted? ¿No es verdad que se parecen bastante?
-
-No obstante la dejadez y desaliño del caballero del papelito, existía
-entre él y el prisionero un parecido bastante notable para llenar
-de sorpresa no sólo al testigo, sino también a cuantas personas se
-hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplicó al repetido
-caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se
-hizo muchísimo más notable. Preguntó el presidente al señor Stryver,
-que era el abogado defensor, si habrían de encausar por el delito de
-traición al señor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que
-el defensor respondió que no, pero que deseaba preguntar al testigo si
-creía que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera
-osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel
-ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto
-se parecía al prisionero no habría sido golpe rudo asestado a su
-confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fué aniquilar al
-testigo, destruir el efecto de su declaración, y quitar todo el valor a
-sus manifestaciones.
-
-El buen Jeremías _Lapa_, que seguía el curso de la vista sin perder
-palabra ni gesto, hubo de escuchar cómo el defensor volvía la tortilla
-que el fiscal y los testigos habían servido al Jurado, diciendo que
-el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espía mercenario, un
-vil traidor, un traficante en sangre que no conocía el decoro ni
-la vergüenza, el reptil de alma más negra que había existido en el
-mundo desde que el maldecido Judas, a quien se parecía física y
-moralmente, lo deshonró con su presencia. Afirmó que el espejo de
-criado, el inocente Cly, era amigo y cómplice de Barsad, y digno
-de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos
-miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en víctima
-de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines
-la circunstancia de que aquél, francés de origen, hacía frecuentes
-viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no podía
-explicar, y que no explicaría el prisionero, aun cuando su silencio le
-costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostró
-que las manifestaciones hechas por la señorita Manette, cuya angustia
-al hacerlas todos habían tenido ocasión de apreciar, no tenían la menor
-importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanterías, muy naturales
-en un joven que tropieza en un viaje con una niña agraciada, excepción
-hecha de lo referente a Jorge Wáshington, que a su juicio resultaba
-tan extravagante, que sólo como chiste desatinado cabía considerarlo.
-Añadió que daría la Justicia pruebas palpables de debilidad si
-persistía en la idea de perseguir una populachería estéril aprovechando
-bajas antipatías y temores nacionales que el señor fiscal de la Corona
-había explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tenía
-más fundamento que las ruindades y vilezas de una declaración cuya mala
-fe saltaba a la vista, declaración prestada con ánimo deliberado de
-desfigurar los hechos, declaración que tiende a que la Justicia, para
-vergüenza nuestra, añada un error lamentabilísimo a la interminable
-serie de los que ha cometido.
-
-El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no
-fuera expresión exacta de la verdad, interrumpió con cara fosca al
-orador, para decir, con grave ademán, que le era imposible continuar
-ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan
-desagradables.
-
-Interrogó el defensor a los escasos testigos de descargo, y a
-continuación, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos
-por el señor fiscal de la Corona para volver del revés el traje que
-el primero había confeccionado para el Jurado. Lo más saliente de su
-discurso fué asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly
-eran mil veces más virtuosos de lo que al principio había dicho, y
-el prisionero mil veces más criminal. El presidente, en su informe
-final, dió vueltas y más vueltas al traje confeccionado por el fiscal
-y procuró deshacer las costuras del presentado por el defensor,
-demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja
-del prisionero.
-
-Retiróse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules
-dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos.
-
-El movimiento, los murmullos generales, la expectación que de todos
-los testigos de la vista se había adueñado, no fueron parte a que el
-señor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de
-actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el señor Stryver, recogiendo
-los papeles que tenía delante, conversaba con las personas que tenía
-más cerca y de tanto en tanto dirigía miradas de ansiedad al Jurado,
-mientras todos los espectadores se movían más o menos, ora separándose,
-ora reuniéndose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su
-asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los
-presentes sospecharan que el estado de su ánimo distaba mucho de ser
-sosegado, el señor Carton permanecía arrellanado en su asiento, con
-la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente
-a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los había tenido
-todo el día.
-
-Esto no obstante, el señor Carton avizoraba más detalles de la escena
-que ante sus ojos se desarrollaba de lo que a primera vista parecía.
-Prueba de ello es que, cuando la señorita Manette, rendida bajo el peso
-de tantas emociones, cayó desfallecida en los brazos de su padre, fué
-Carton el primero que lo advirtió, y el primero que acudió al remedio,
-diciendo:
-
---¡Guardia! Atienda usted a aquella señorita... Ayude al caballero
-a que la saque de la Sala... ¿No ve usted que está a punto de caer
-desmayada?
-
-Todos se movieron a compasión al ver que retiraban a la señorita de la
-Sala, y no hubo quien no concediera todas sus simpatías al padre. La
-escena, que no podía menos de recordar a éste los años interminables
-de su inmerecida prisión, hubo de afectarle profundamente. Buena
-prueba de ello fué la intensa agitación interior que le produjo el
-interrogatorio, agitación que a nadie pasó inadvertida.
-
-Momentos después se presentaba el Jurado, y por boca de su presidente
-manifestaba que, no habiéndose puesto de acuerdo, deseaba retirarse de
-nuevo.
-
-El presidente de la Sala, cuya imaginación llenóla, si no se engañan
-algunos maliciosos, el retrato de Jorge Wáshington, manifestó alguna
-sorpresa al saber que el Jurado no se había puesto de acuerdo, pero
-accedió a que se retirara nuevamente a deliberar, y, sin duda para
-imitar su conducta, se retiró también él. La vista había durado todo el
-día y era preciso encender las luces de la Sala de Justicia. Circularon
-rumores de que las deliberaciones del Jurado serían largas, en vista
-de lo cual, los espectadores comenzaron a desfilar para tomar algún
-refrigerio, y el reo fué llevado a la parte más retirada de la barra,
-donde tomó asiento.
-
-El señor Lorry, que había salido acompañando a la señorita Manette y a
-su padre, reapareció de nuevo y llamó por señas a Jeremías _Lapa_.
-
---Si quiere usted tomar algo, Jeremías, puede hacerlo, pero sin
-alejarse mucho de aquí. Es preciso que cuando entre el Jurado se
-encuentre usted a mi lado, pues en el Banco esperan impacientes la
-noticia del veredicto. Es usted el mensajero más rápido que conozco y
-podrá llegar al Tribunal del Temple mucho antes que yo.
-
-_Lapa_ hizo una reverencia muy graciosa, ignoro si por la confianza que
-en su persona depositaba el señor Lorry, o si por el chelín que acababa
-de poner en sus manos.
-
-En aquel punto abandonó su asiento el señor Carton y tocó en un hombro
-a Lorry.
-
---¿Cómo se encuentra la señorita?--preguntó.
-
---Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece
-que se halla mejor que antes de salir de la Sala.
-
---Voy a decírselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted
-no está bien que le hable en público.
-
-Enrojeció intensamente Lorry, sin duda porque vió que habían leído los
-pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton echó a andar
-en dirección a la barra. Huelga decir que Jeremías _Lapa_ le siguió con
-todos sus ojos, con todos sus oídos, y con todas las púas que adornaban
-su cuero cabelludo.
-
---Señor Darnay--llamó Carton.
-
-El prisionero se levantó en seguida.
-
---Es natural que desee usted tener noticias de la testigo señorita
-Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo más intenso de su agitación.
-
---Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. ¿Tendrá usted
-la bondad de hacérselo presente en mi nombre?
-
---Lo haré, si usted lo desea.
-
-La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente.
-
---Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias más cordiales--contestó el
-prisionero.
-
---¿Qué espera usted, señor Darnay?--preguntó Carton, medio vuelto de
-espaldas a su interlocutor.
-
---Lo peor.
-
---Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente será. Sin
-embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza.
-
-Jeremías _Lapa_ se alejó sin oir más. Allí, debajo del gran espejo
-que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes
-por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se
-refería.
-
-Transcurrió lenta, pesada, eterna, hora y media más. El mensajero del
-Banco, después de tomar su refrigerio, se había sentado y dormido en
-un banco, cuando le envolvió el oleaje humano que clamoroso invadía
-nuevamente la Sala.
-
---¡Jeremías... Jeremías!--gritó el señor Lorry, procurando acercarse a
-la puerta.
-
---¡Aquí estoy, señor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero
-volver a entrar!
-
-Lorry extendió un brazo y le entregó un papel.
-
---¡Volando...! ¿Lo tiene ya?
-
---Sí, señor.
-
-En el papel había escrita una sola palabra: «_absuelto_».
-
---Si esta vez hubiera escrito usted «Resucitado»,--murmuró _Lapa_ al
-dar la vuelta--ya sabría yo lo que significa todo eso.
-
-Fué lo único que pudo decir, o pensar, o hacer, hasta tanto no se vió
-fuera del Old Bailey, pues las turbas salían cual torrente desbordado
-arrollando y arrastrando cuanto tropezaban por delante. Los murmullos
-eran semejantes al recio zumbar de moscardones azules que se dispersan
-chasqueados al encontrarse privados de las piltrafas podridas que
-creían encontrar.
-
-
-IV
-
-ENHORABUENA
-
-Trascolaban por los sucios y lóbregos pasadizos del edificio del
-tribunal los últimos sedimentos del guisote humano que durante todo el
-día había hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Lucía, su hija,
-el señor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa,
-formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes
-en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado
-casi milagrosamente de la muerte.
-
-Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de estío hubiese
-sido muy difícil reconocer en el sereno e inteligente rostro y
-cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de París. Esto
-no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezón
-irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no
-hubiese tenido ocasión de escuchar el ritmo lúgubre de su voz profunda,
-ni reparado en la especie de nube que ensombrecía su fisonomía sin
-razón aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en
-su alma, como había ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista,
-ecos dolorosos de sus pasadas agonías; éstos brotaban espontáneamente,
-y al brotar, envolvíanle en algo así como un velo fúnebre que no
-podían ver los que desconocían su triste historia.
-
-Unicamente su hija conseguía ahuyentar de su mente los negros recuerdos
-que le perseguían insistentes. Lucía era el hilo de oro que le unía
-a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus
-desdichas. La dulce música de su voz, la alegría que reflejaba su
-linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercían sobre él una
-influencia benéfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones
-había habido, aunque no muchas, en que el poder de la niña se había
-estrellado contra su tristeza. Lucía abrigaba la dulce esperanza de que
-esos casos no se repetirían.
-
-Darnay había saboreado el placer de besar la mano de la joven, y
-después de exteriorizar con frases fervientes su gratitud, habíase
-vuelto hacia su defensor, el señor Stryver, a quien dió calurosamente
-las gracias. Stryver, hombre que apenas contaba treinta años de
-edad, aunque parecía de cincuenta, robusto, grueso, rojo, fanfarrón
-y refractario a toda clase de impulsos de delicadeza, poseía el
-secreto de amoldarse, moral y físicamente, a toda clase de compañías
-y conversaciones, y era de suponer que lo mismo que se amoldaba a
-las compañías y conversaciones, supiese amoldarse a las mil y una
-pequeñeces relacionadas con la vida.
-
-Todavía llevaba puestas la toga y la peluca. Al ir a contestar a su
-defendido, giró sobre sus talones en forma que eliminó del grupo al
-inocente señor Lorry, y dijo:
-
---Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, señor
-Darnay. Ha sido usted víctima de una persecución infame, brutalmente
-infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguían sus
-enemigos.
-
---Las obligaciones que con usted he contraído no prescribirán
-jamás--respondió el joven, estrechando con calor la mano del abogado.
-
---He hecho por usted cuanto he podido, señor Darnay, y tengo la
-presunción de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre.
-
-Las últimas palabras tenían una contestación obligada, que debía y
-podía dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dióla el señor
-Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le
-admitieran en el grupo.
-
---Más, mucho más que ningún otro hombre--dijo.
-
---¿Lo cree usted así?--preguntó Stryver.--Perfectamente. Ha sido usted
-testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice.
-Además, es usted hombre de negocios.
-
---Y en calidad de tal--replicó Lorry, a quien el abogado había metido
-en el grupo de la misma manera que antes le había echado fuera--en
-mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fin a esta
-conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La
-señorita Lucía no se encuentra bien, el señor Darnay ha pasado un día
-terrible, y todos estamos rendidos.
-
---Hable usted por sí, señor Lorry, hable usted por sí--dijo el
-abogado.--A mí me espera una noche de trabajo continuo.
-
---Por mí hablo--replicó Lorry--y por el señor Darnay, y por la señorita
-Lucía y... ¿No cree usted, señorita Lucía, que puedo hablar, por todos
-nosotros?--preguntó, dirigiéndose a la joven, pero mirando al mismo
-tiempo a su padre.
-
-La cara del anciano adquirió una expresión indefinible al dirigir
-a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron
-profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas
-expresaron repugnancia, recelo y temor.
-
---¡Padre mío!--musitó en su oído, a la par que estrechaba su mano.
-
-El anciano, cuyo rostro se fué iluminando gradualmente, se volvió hacia
-su hija.
-
---¿Vamos a casa, padre mío?--repuso la niña.
-
-El doctor exhaló un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contestó:
-
---Sí.
-
-Los amigos del prisionero, a quienes éste había hecho creer que no
-sería puesto en libertad aquella noche, habíanse dispersado ya. Casi
-todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio
-siniestro, que a la mañana siguiente se llenaría de nuevo de gentes
-ávidas de emociones, se habían apagado. El abogado defensor se retiró
-el primero para ir a cambiar de ropa, y Lucía Manette llamó un coche,
-se despidió de los señores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su
-casa, acompañando a su padre.
-
-Otra persona, que no había formado parte del grupo ni cambiado una
-palabra con ninguno de los que lo componían, se destacó de la pared
-contra la cual había estado apoyada y, tan pronto como se perdió de
-vista el coche, aproximóse silenciosa como una sombra a Lorry y a
-Darnay, que habían quedado hablando en la acera.
-
---¡Hola, señor Lorry!--dijo.--Parece que ya los hombres de negocios
-se atreven a hablar con Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos originan los
-negocios! Se reiría usted, Darnay, si supiera las luchas que los
-hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y
-las exigencias de su posición.
-
---Ya hizo usted antes esa misma indicación, señor Carton--replicó
-Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.--Nosotros, los hombres
-de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueños de nosotros
-mismos. Más que en nosotros, tenemos que pensar en la casa.
-
---¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!--contestó Carton con
-negligencia.--Sentiría que se molestase usted. Me consta que no es
-usted peor que los otros, y hasta me atrevería a asegurar que es mucho
-mejor.
-
---A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia.
-Perdóneme si, amparándome en mis años, le hablo con franqueza tal vez
-excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos.
-
---¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor! Yo no tengo asuntos.
-
---Es una lástima que no los tenga usted.
-
---De acuerdo.
-
---Porque si los tuviera, les dedicaría alguna atención.
-
---¡No, amigo mío, no! ¡Tenga usted por seguro que no les prestaría
-ninguna!
-
---¡Está bien, señor!--exclamó Lorry, a quien llenó de indignación la
-indiferencia de su interlocutor.--Diga usted lo que quiera, es muy
-bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones
-los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se
-hacen cargo los que, como el señor Darnay, son caballeros generosos...
-Señor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusión de
-mi alma y le deseo una vida próspera y feliz... ¡Cochero!
-
-Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego más con su
-interlocutor, el señor Lorry tomó por asalto el coche y se hizo
-conducir al Banco Tellson. Carton, que olía a vino, y cuyo fuerte, a
-juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, soltó la carcajada y
-se volvió hacia Darnay.
-
---¡Extraños caprichos tiene la casualidad, señor Darnay!--exclamó
-Carton.--¿Podía usted suponer que esta noche iba a encontrarse aquí,
-pisando las piedras de la calle, en compañía de su _alter ego_?
-
---¿Cómo había de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este
-mundo me parece un sueño?--contestó Darnay.
-
---No me admira, después de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en
-su voz cierta debilidad, señor Darnay.
-
---Es que principio a creer que me encuentro débil, señor Carton.
-
---¿Por qué no come, pues? Yo comí ya, mientras aquellos zánganos se
-ponían de acuerdo acerca del mundo en que usted habría de vivir. Voy a
-acompañarle a la taberna más próxima donde podrá usted comer lo que le
-acomode.
-
-Pasando sin más ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton echó a
-andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una
-taberna. El encargado acompañó a los recién llegados a un cuartito
-reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma
-mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino.
-
---¿Va usted convenciéndose de que pertenece todavía a este mundo
-terrestre, Darnay?--preguntó Carton.
-
---Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero
-confieso que me he convencido casi de lo que usted dice.
-
---¡Y se habrá convencido de ello con satisfacción inmensa!--exclamó
-Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por
-cierto era de los más grandes.--De mí puedo decir que mi mayor deseo
-sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene para mí nada
-bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo
-que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos
-bastante... Por supuesto, que voy creyendo que también usted y yo nos
-parecemos en todo, ¿no?
-
-Carlos Darnay, sobre quien pesaba aún la influencia de las emociones
-del día, tardó bastante en contestar, sencillamente porque no sabía qué
-respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando
-lo hizo, se mostró de perfecto acuerdo.
-
---Ahora que ha hecho usted honor a la comida, señor Darnay, ¿por qué no
-levanta una copa? ¿Por qué no brinda usted?
-
---¿Levantar la copa? ¿En honor de quién?
-
---En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la
-punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, juraría que no me engaño.
-
---¡Brindo, pues, por la señorita Manette!
-
---¡A la salud de la señorita Manette!
-
-Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido
-del vaso, Carton estrelló el suyo contra la pared, después de beber,
-donde se hizo pedazos. Seguidamente tocó la campanilla y pidió otro.
-
---Es una niña encantadora, en cuya compañía sería delicioso hacer un
-viaje en coche, ¿eh?--preguntó, llenando de vino el vaso que acababan
-de traerle.
-
---Sí--contestó secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay.
-
---Digna de compasión y de que por ella se hagan verdaderas locuras.
-¿Qué tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser
-condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatías
-y compasión: ¿qué me dice usted, Darnay?
-
-El interpelado guardó silencio.
-
---Le agradó sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la
-envió usted. No me lo dijo, pero lo supongo.
-
-La alusión fué a manera de recordatorio para Darnay. Acordóse de que
-su desagradable compañero le había prestado un servicio en aquel
-día azaroso y le dió las gracias, llevando la conversación a aquel
-incidente.
-
---Ni me hace falta que me dé usted las gracias, ni las merezco--replicó
-con fría indiferencia Carton.--En primer lugar, no sabía qué hacer, y
-en segundo, no sé por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá usted que le
-haga una pregunta, señor Darnay?
-
---Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado.
-
---¿Cree usted que me es simpático?
-
---La verdad... señor Carton...--respondió Darnay, completamente
-desconcertado,--no se me ha ocurrido formularme esa pregunta.
-
---Hágasela usted ahora.
-
---Como si yo le mereciera alguna simpatía se comportó usted, pero si he
-de decir lo que siento, creo que no se lo soy.
-
---Y yo creo lo mismo que usted--observó Carton.--Principio a formar
-opinión excelente de su inteligencia.
-
---Lo que no debe ser obstáculo--repuso Darnay haciendo sonar la
-campanilla--para que yo le quede profundamente agradecido y para que
-nos despidamos sin malquerencias mutuas.
-
---Desde luego--contestó Carton.--¿Dice usted que me queda reconocido?
-
---Lo digo y así es.
-
---Entonces, mozo, tráeme otra pinta de este mismo vino, y despiértame
-mañana a las diez.
-
-Pagada la cuenta, levantóse Darnay, dió las buenas noches y se encaminó
-hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantóse
-también, miró con expresión airada al que se marchaba, y dijo:
-
---Dos palabras, señor Darnay, ¿Cree usted que estoy borracho?
-
---Creo que ha bebido usted mucho, señor Carton.
-
---¿Lo cree nada más? Sabe perfectamente que he bebido.
-
---Puesto que usted se empeña, diré que, en efecto, sé que ha bebido.
-
---En ese caso, quizá sepa usted también por qué he bebido. Soy un
-desilusionado, un desengañado. Ni a mí me importa la suerte de ningún
-hombre de la tierra, ni ningún hombre de la tierra se acuerda siquiera
-de mi persona.
-
---Lo que no deja de ser una desgracia. Debió usted dar mejor empleo a
-su talento.
-
---Puede que tenga usted razón, y puede que se engañe lastimosamente.
-No se envanezca, sin embargo, amigo mío, que no sabe usted lo que el
-porvenir le reserva... ¡Buenas noches!
-
-Cuando quedó solo, aquel hombre singular tomó el candelero, se acercó a
-un espejo que pendía de la pared y examinó minuciosa y detalladamente
-la imagen reflejada en su tersa superficie.
-
---¿Te es simpático ese hombre?--murmuró, cual si dirigiera la pregunta
-a su propia imagen.--¿Por qué ha de serte simpático un hombre que
-se te parece? ¿Acaso tienes tú algo que pueda agradar a nadie? De
-sobras sabes que no. No acierto a comprender el por qué del cambio...
-¡Maldito seas!... ¡Y a fe que merece simpatía el hombre que te dice lo
-que pudiste ser y lo que en realidad eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez y
-con franqueza! ¡Tú aborreces a ese individuo!
-
-Cual si el vino fuera para él manantial de consuelos, en muy contados
-minutos hizo pasar a su estómago la pinta de vino y quedó dormido en la
-misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos.
-
-
-V
-
-EL CHACAL
-
-En aquellos tiempos, rendíase culto universal a la botella. Si yo
-especificase y detallase aquí la cantidad de vino y de ponche que un
-hombre tragaba en el curso de una noche, sin que su reputación de
-perfecto caballero sufriera el menor detrimento, a buen seguro que
-pasaría ante los lectores plaza de exagerador ridículo. Los hombres
-bebían mucho, y no eran ciertamente excepción de la regla las lumbreras
-del foro ni las notabilidades en cualquier otro ramo del saber humano,
-que nunca ha sido la ciencia barrera alzada entre quien la posee y
-los altares de Baco. No nos admira por tanto que el señor Stryver,
-letrado que avanzaba con paso de gigante por el camino de su lucrativa
-profesión, rindiera culto tan constante a la botella como las esponjas
-más resecadas de la comunidad de picapleitos.
-
-Favorito en el Old Bailey e indispensable en el tribunal llamado
-_Sessions_, Stryver separaba con el pie los peldaños de la escalera
-a medida que los iba dejando atrás. Todos los días, en uno o en
-otro tribunal, la roja cara de Stryver brotaba de entre una capa de
-pelucas semejante al girasol que yergue su cabeza sobre un plantel de
-brillantes flores.
-
-Habían observado en el foro que Stryver, en los comienzos de su
-carrera, si bien era hombre suelto de lengua, falto de escrúpulos,
-dispuesto a todo, osado y procaz, carecía de la facultad de entresacar
-la esencia, la medula de los informes y de las pruebas testificales,
-que tan indispensable es a todo buen abogado, pero posteriormente, hizo
-en este particular progresos maravillosos. Cuanto más trabajaba, con
-mayor facilidad llegaba al fondo, al tuétano de los asuntos, siendo
-de notar que, aun cuando tenía la costumbre de pasarse las noches de
-claro en claro vaciando botellas en compañía de Carton, los puntos que
-había de tratar a la mañana siguiente ni se borraban de su mente, ni se
-obscurecían.
-
-Sydney Carton, el más vago y holgazán ejemplar de la humanidad, era
-el aliado más poderoso de Stryver. Sobre el líquido que entre los dos
-tragaban hubiera podido flotar perfectamente un navío de tres puentes.
-Uno y otro llevaban la misma vida, uno y otro prolongaban sus orgías
-hasta la madrugada, y más de una vez vieron a Carton, ya bien alto
-el sol, dirigiéndose con paso vacilante a su casa o al estrado del
-tribunal. No faltaron maliciosos que aseguraron que Carton, si no era
-ni llegaría jamás a ser un león, en cambio era un tigre excelente, y
-que, en calidad de tal, prestaba preciosos servicios a su amigo Stryver.
-
---Las diez, señor--dijo el encargado de la taberna a quien Carton había
-encargado que le despertase.--Las diez de la noche.
-
---¿Qué ocurre?
-
---Que son las diez, señor.
-
---¿Y qué? ¿Las diez de la noche?
-
---Sí, señor. Me encargó que le despertase a esa hora.
-
---¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está bien.
-
-No sin que procurase dormir de nuevo, intentos que el tabernero
-combatió removiendo sin cesar el fuego y haciendo ruido, Carton
-concluyó por enderezarse y salir. Luego que hubo refrescado su cabeza
-dando un paseo regular, se dirigió al despacho de Stryver.
-
-El oficial de Stryver, que jamás asistía a las conferencias que
-éste celebraba con Carton, había salido, y como consecuencia, hubo
-de abrir la puerta al visitante el mismo Stryver en persona. Iba en
-bata y zapatillas, y sus ojos brillaban entre dos círculos amoratados
-semejantes a los que caracterizan a todos los que hacen y han hecho
-vida disipada.
-
---Llegas un poquito tarde, Carton--dijo Stryver.
-
---Poco más o menos a la hora de siempre, tal vez quince minutos más
-tarde.
-
-Ambos entraron en el despacho, pieza no muy grande, atestada de libros
-y de papeles. Ardía en ella una lumbre deliciosa. Sobre la mesa de
-trabajo, humeaba una tetera entre montones de papeles y botellas de
-ron, de brandy y de vino, y entre terrones de azúcar y limones.
-
---Veo que has despachado ya tu botella de costumbre, Carton.
-
---Esta noche fueron dos. Estuve comiendo con mi cliente de hoy... o
-viéndole comer, para el caso es lo mismo.
-
---Diste al asunto un giro verdaderamente singular, Carton, llamándome
-la atención hacia lo referente a la identificación del reo. ¿Cómo
-demonios se te ocurrió semejante cosa?
-
---¡Bah! Vi que era un buen mozo, muy guapo, y pensé que así podría ser
-yo, a poco que la suerte me hubiese favorecido.
-
-Stryver soltó la carcajada.
-
---La suerte hay que llamarla trabajando, amigo mío, así que... ¡a
-trabajar!
-
-Con cara más que medianamente fosca se aligeró el chacal de ropa, entró
-en la estancia contigua, y no tardó en salir con un cubo de agua,
-una palangana y una o dos toallas. Empapó en agua fría las toallas,
-envolvió con ellas su cabeza, sentóse frente a la mesa, y dijo:
-
---Ya podemos principiar.
-
---No es mucho el trabajo que tenemos esta noche, Carton.
-
---¿Cuánto?
-
---Dos protocolos.
-
---Dame ante todo el peor.
-
---Aquí están los dos... ¡Manos a la obra!
-
-El león del foro se arrellanó en un sofá mientras el chacal tomaba
-una silla. Sobre la mesa, interpuesta entre los dos, había botellas
-y vasos. Uno y otro recurrían a ellos con gran frecuencia pero de
-distinta manera: bebía el león, abstraído la mayor parte del tiempo,
-o a lo sumo ojeando indiferente algún documento poco importante, pero
-el chacal, con tal ardor y entusiasmo se entregaba a su tarea, que
-casi nunca seguían sus ojos el movimiento de las manos cuando éstas
-andaban en busca del vaso, resultando que más de cuatro veces andaba
-tentando uno o dos minutos antes de tropezar con el vaso y llevarlo a
-sus labios. En dos o tres ocasiones debió encontrar tan enrevesado el
-asunto que estudiaba, que consideró necesario levantarse de la silla y
-humedecer de nuevo las toallas.
-
-Al cabo del rato consiguió el chacal preparar al león una comida
-aceptable, y procedió a ofrecérsela. El león procuró digerirla
-con cuidado y precauciones exquisitas separando algunos manjares,
-prescindiendo de algunos componentes y haciendo atinadas observaciones,
-que parecieron bien al chacal. Digerida la comida, el león se tendió
-sobre el sofá, mientras el chacal, después de vigorizarse nuevamente
-a fuerza de libaciones y de compresas de agua fría, se dedicó a la
-confección de la segunda comida, que fué servida al león en la misma
-forma que la anterior. Los relojes daban ya las tres de la madrugada.
-
---Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche.
-
-Quitóse el chacal las toallas de la cabeza, bostezó, se desperezó, y
-preparó el ponche.
-
---Razón tenías, Carton, en lo referente a los testigos de esta mañana:
-todo salió a pedir de boca.
-
---Me parece que la tengo siempre: ¿te atreverás a decir lo contrario?
-
---¡No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estará
-de más que lo rocíes con un buen chaparrón de ponche para suavizarlo.
-
-El chacal contestó con un gruñido, pero siguiendo el consejo.
-
---El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una
-especie de columpio--observó Stryver.--Tan pronto está arriba, como
-abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperación.
-
---¡Ah, sí!--replicó Carton, exhalando un suspiro.--Ya de estudiante me
-animaban los asuntos de mis condiscípulos, muy contadas veces los míos.
-
---¿Pero por qué no?
-
---¡Vete a saber! Por temperamento, supongo.
-
-Sentóse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos,
-extendidas las piernas y mirando a la lumbre.
-
---No puede negarse, Carton--dijo Stryver al antiguo estudiante de la
-Facultad de Zorrilandia,--que tu temperamento, tu manera de ser, es y
-ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energía, de unidad de
-propósito. Mírame a mí.
-
---¿Sermones a estas alturas?--exclamó Carton riendo cínicamente.--Ahora
-es cuando creo aquello del diablo predicador...
-
---¿Cómo he podido llegar a donde he llegado? ¿Cómo ocupo el puesto que
-ocupo?
-
---En parte, gracias a mi cooperación, supongo yo. Pero dejemos estas
-discusiones que no han de conducirnos a nada práctico. Tú haces lo que
-se te antoja, siempre has figurado en primera línea, y yo, en cambio,
-he formado siempre en la última.
-
---Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera
-fila, pues no sé yo que naciera en ella--replicó Stryver.
-
---No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero
-creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados.
-
-Los dos interlocutores soltaron la carcajada.
-
---Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia--repuso
-Carton,--mientras cursábamos, y después que de ella salimos graduados,
-figurabas en fila distinta de la mía. Hasta cuando en París estábamos
-aprendiendo a mascullar el francés y adquiriendo algunas nociones
-de derecho francés, y familiarizándonos con muchas otras tonterías
-francesas, que de nada nos sirven, eras tú _algo_, mientras yo fuí
-siempre _Don Nadie_.
-
---¿De quién era la culpa?
-
---¡Por mi vida que no seré yo quien asegure que la culpa no fué tuya!
-Bullías tú tanto, te destacabas tanto, te movías, te agitabas en tales
-términos, que no sé que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer
-envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema,
-que no es muy agradable, a fe mía, hablar del pasado obscuro de uno al
-romper el día.
-
---Perfectamente--dijo Stryver levantando el vaso.--Hablaremos de tu
-linda testigo. ¿No te parece que es tema más agradable?
-
-No debía serlo, a juzgar por la sombra que obscureció su rostro.
-
---¡La linda testigo!--exclamó fijando sus ojos en el fondo del
-vaso.--He visto hoy muchas testigos... ¿A quién te refieres?
-
---A la preciosa hija del doctor, a la señorita Manette.
-
---¿Es linda?
-
---¿No lo es, acaso?
-
---No.
-
---¡Pero hombre de Dios!... ¡Si ha sido la admiración del tribunal
-entero!
-
---¡Váyase al diablo el tribunal con su admiración! ¿Quién ha hecho al
-Old Bailey juez de la belleza? ¡Linda!... ¡Una muñeca de pelo de oro!...
-
---¿Sabes, Carton--preguntó Stryver, clavando en su amigo una mirada
-penetrante y pasando la diestra por su roja cara,--que voy creyendo
-que has simpatizado demasiado con esa muñeca de pelo de oro, y que
-tu interés advirtió muy pronto lo que a la tal muñeca de pelo de oro
-ocurría?
-
---¡Que lo advertí demasiado pronto! Me parece que si una niña, muñeca o
-no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede
-advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversación no me
-desagrada, pero niego lo de la hermosura... ¡No bebo más!... ¡Me voy a
-la cama!
-
-Cuando el dueño de la casa acompañó a Carton hasta el descansillo,
-para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la
-escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo
-día por los empañados cristales. Llegado a la calle, vióse el chacal
-respirando una atmósfera fría y triste, bajo un cielo cubierto de
-nubes, bordeando un río de aguas negruzcas y en parajes que parecían el
-desierto de la vida. Torbellinos de polvo huían girando vertiginosos
-ante el soplo de la mañana, cual si lejos, muy lejos, hubieran
-emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes
-amenazaran envolver la ciudad.
-
-Falto de estímulos internos que avivasen sus energías, y puesto en el
-centro de un páramo sin fin, aquel hombre quedó erguido durante algunos
-minutos y vió, allá en las lejanías de la estepa desolada y triste que
-se extendía ante sus miradas, espejismos de ambición noble, reflejos de
-abnegación y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgió ante
-sus ojos había elevadas galerías desde donde amorcillos y gracias le
-miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos
-de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visión se
-borró con tanta rapidez como había surgido. Poco más tarde subía la
-empinada escalera de su triste cuarto y caía sobre las revueltas ropas
-de su cama.
-
-Su almohada estaba empapada en lágrimas cuando se alzó un sol
-enfermizo, triste, melancólico, aunque no tanto como aquel hombre de
-talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de
-sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la
-vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota
-de felicidad, sensible sólo a la eterna noche en que se debatía y
-resignado a no salir nunca de ella.
-
-
-VI
-
-CENTENARES DE VISITAS
-
-Residía el doctor Manette en una de las calles más tranquilas de
-la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un
-domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses habían pasado sobre la
-causa criminal por traición relegándola al olvido y arrastrándola mar
-adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el interés ni la memoria
-públicos, el señor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas
-calles interpuestas entre Clerkenwell, donde vivía, y la casa del
-doctor, a cuya mesa debía sentarse aquella tarde. Bueno será que sepan
-los lectores que Lorry, después de varios períodos de retraimiento
-absoluto y de absorción completa en los negocios, había concluído por
-hacerse amigo íntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que
-éste vivía el oasis más delicioso de su vida.
-
-Tres motivos principalísimos empujaban al señor Lorry, en este
-delicioso domingo, en dirección a la plaza de Soho, en las primeras
-horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre solía
-salir a paseo acompañando al doctor y a su hija Lucía. Segunda, porque
-los domingos por la tarde si ésta estaba poco apacible, la pasaba al
-lado de aquéllos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando
-por la ventana y moviéndose constantemente, y tercera, porque deseaba
-solventar algunas dudas enrevesadas, y sabía que en ninguna parte era
-tan probable que encontrase la solución como en la casa del doctor.
-
-No había en todo Londres rinconcito más pintoresco que aquel en que
-vivía el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas
-si había tránsito, y desde los balcones del frente de la casa se
-dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo.
-Los edificios eran muy escasos, y más aún hacia el norte del camino
-de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban
-deliciosos bosquecillos, crecían espontáneamente flores de vistosos
-colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban
-lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como
-consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los
-alrededores de Soho, cuyos habitantes no se veían precisados a respirar
-la atmósfera mefítica y venenosa de los grandes centros donde se
-asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del
-doctor había más de un peral, cuyos frutos llegaban a sazón en tiempo
-oportuno.
-
-Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso
-retiro en las primeras horas del día, pero cuando quemaban, cuando
-convertían en ardiente horno los demás distritos de la ciudad, el
-rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que éstas no eran tan
-profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol
-lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo,
-pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitación
-bramadora de las calles.
-
-Un fondeadero tan ideal no se concebía sin una barca tranquila, y en
-efecto, la tenía. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante
-espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que
-solicitaban servicios que debían prestarse al día siguiente. A espaldas
-de la casa, y separado de ésta por un patio en cuyo centro crecía
-un plátano silvestre, había un edificio en el cual se fabricaban
-órganos de iglesia y cincelaba la plata y batía el oro un gigante
-misterioso cuyo potente brazo parecía brotar de la pared lanzando
-áureos destellos, cual si también el brazo fuera de oro y amenazara
-convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas
-industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se veía
-llegar un visitante solitario y más contadas todavía las que un coche
-cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se
-veía a algún obrero que atravesaba el patio poniéndose la chaqueta, o
-a un desconocido a quien atraía la curiosidad, o hería los oídos el
-eco lejano de algún martillazo del gigante de oro, pero eran éstas las
-únicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que
-aquél era el rincón de los ecos, el centro del reposo y del silencio,
-que sólo interrumpían el piar de los gorriones que tenían su cuartel
-general en la copa del plátano silvestre.
-
-Recibía el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traía su
-antigua reputación unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa
-de su vida. Sus conocimientos científicos, su práctica en el difícil
-ejercicio de su profesión y los experimentos ingeniosos a que se
-entregaba, diéronle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo
-necesario para cubrir las atenciones de la vida.
-
-Todo esto lo sabía perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tiró de
-la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los
-moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que
-acabo de describir, un domingo por la tarde.
-
---¿Está en casa el señor doctor?
-
---No, señor.
-
---¿Y la señorita Lucía?
-
---Tampoco.
-
---¿Y la señorita Pross?
-
-Probablemente esta última se encontraba en casa, pero como la criada
-que abrió la puerta ignoraba cuáles fueran sus intenciones respecto a
-admitir o negar el hecho, contestó que tampoco.
-
---De todas suertes subo--replicó Lorry,--porque me considero aquí como
-en mi casa.
-
-Aunque nada aprendió la hija del doctor en su patria de origen, es
-lo cierto que ésta la inició en aquella habilidad rara que consiste
-en hacer mucho con medios escasos, lo que constituía una de sus
-características más preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el
-mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas
-chucherías, que no tenían más valor real que el gusto exquisito con que
-estaban colocadas, daban a aquéllas un efecto delicioso. La disposición
-de cuanto en la casa había, comenzando por el mueble más grande y
-acabando por el objeto más insignificante, la combinación de colores,
-y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de
-mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecían un conjunto
-tan agradable en sí y retrataban tan gráficamente a su autora, que no
-parecía sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al señor
-Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecían su aprobación.
-
-Tres habitaciones principales tenía el piso, cuyas puertas de
-comunicación estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan
-como dueños y señores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de
-una a otra. En la primera, que era la mejor, tenía Lucía sus pájaros,
-sus libros, una mesa escritorio y un costurero, así como también una
-caja de colores; la segunda era el salón de consultas del doctor, el
-que a la vez servía de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones
-susurraban las hojas del plátano silvestre que en el patio crecía,
-era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vió Lorry la
-banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo
-estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de
-París.
-
---Me sorprende--murmuró con voz clara e inteligible Lorry--que conserve
-estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y
-miserias.
-
---¿Y por qué ha de sorprenderle?--preguntó de pronto una voz brusca que
-le obligó a volverse vivamente.
-
-La voz tenía su origen en la garganta de la señorita Pross, que era la
-misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trabó
-Lorry conocimiento en el _Hotel del Rey Jorge_ en Dover.
-
---Se me figuraba...--comenzó a decir Lorry.
-
---Se le figuraba... ¿qué?--replicó la señorita Pross.--¡Alguna sandez
-sin duda!
-
-Lorry no contestó.
-
---¿Cómo está usted?--preguntó entonces la dama con voz dura, bien que
-sin malicia ni ánimo de ofender.
-
---Muy bien, gracias... ¿y usted?
-
---Descontenta a más no poder.
-
---¿Será posible?
-
---¡Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la señorita
-Lucía.
-
---¿Será posible?
-
---¡Pero hombre de Dios! ¿No ha aprendido más que esas dos palabras que
-me coloca a cada paso? ¡Será posible!... ¡Un poco de variación, si no
-quiere acabar de desesperarme!
-
---¿De veras?--preguntó Lorry, enmendándose.
-
---No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale más que
-su sempiterno «será posible». Pues sí, señor; lo que ocurre con la
-señorita me saca de quicio.
-
---¿Será indiscreción preguntar la causa?
-
---Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no
-son dignas de ella.
-
---¿Docenas?--preguntó Lorry admirado.
-
---Centenares--replicó la señorita Pross, una de cuyas características,
-que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmación
-original, si observaba que alguien la ponía en tela de juicio.
-
---¡Santo Dios!--exclamó Lorry, a quien no se le ocurrió otra
-contestación más apropiada.
-
---Desde que la señorita tenía diez años, he vivido con ella... o ella
-ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido,
-téngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar
-de mí y de ella por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente doloroso!
-
-Lorry, no viendo con claridad qué podía ser lo doloroso, limitóse a
-mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la
-más indicada para taparlo todo.
-
---A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son
-dignas de mi tesoro, señor Lorry. ¡No, no lo son, ni mucho menos!
-Cuando usted dió principio al desfile...
-
---¿Yo le di principio, señorita Pross?
-
---¡Claro que sí! ¿Quién sacó a su padre de la tumba?
-
---Si eso fué darle principio...
-
---Supongo que no pretenderá usted decir que eso fué darle fin...
-Repito que cuando dió principio al desfile, resultaba ya éste bastante
-desagradable. Y cuenta que no es mi intención decir que tenga la
-culpa el doctor Manette, en quien no veo más falta que la de no ser
-digno de tener una hija como la que tiene, y ésa no le es imputable,
-toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al
-padre quizá habría yo podido perdonarle, pero confiese usted que es
-horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas
-que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija.
-
-Sabía Lorry que la señorita Pross era la encarnación de los
-celos, pero constábale al propio tiempo que, prescindiendo de sus
-extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo
-egoísmo que, cediendo a motivos de cariño y de admiración, tienden
-voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a
-sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una
-hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jamás
-tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas que
-nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombrías vidas. Tenía
-Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada
-puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su
-asiento en el corazón, y como consecuencia, los de la señorita Pross
-le merecían un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones
-distributivas que mentalmente hacía, pues nadie deja de hacerlas,
-en mayor o menor número, colocaba a la colorada y expeditiva dama
-mucho más inmediata al último peldaño de los ángeles que a no pocas
-señoras inconmensurablemente mejor dotadas que aquélla, tanto por la
-Naturaleza, como por el Arte, y dueñas, por añadidura, de capitales
-depositados en las cajas del Banco Tellson.
-
---No ha existido, ni existirá más que un hombre digno de la
-señorita--dijo la señorita Pross.--Ese hombre fué mi hermano Salomón...
-si no hubiera tenido un pequeño desliz en la vida.
-
-Una observación: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la
-historia personal de la señorita Pross, habían dado por resultado la
-averiguación y comprobación del hecho de que su hermano Salomón fué un
-miserable desalmado que la robó cuanto poseía, so pretexto de especular
-y comerciar, dejándola luego abandonada en su miseria, sin pizca de
-remordimiento. La buena opinión que de su hermano tenía la señorita
-Pross, no obstante su _pequeño desliz_, era para el señor Lorry motivo
-de admiración profunda y contribuía a acrecentar en grado superlativo
-el respeto que a aquella profesaba.
-
---Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos
-personas de negocios--dijo Lorry cuando, momentos después se habían
-sentado ambos en el salón,--me permitiré hacer a usted una pregunta: En
-las conversaciones que el doctor tiene con su hija, ¿hace alguna vez
-referencia a los tiempos en que cosía zapatos?
-
---Nunca.
-
---Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del
-oficio.
-
---He dicho que nunca habla de ello con su hija--replicó la señorita
-Pross,--pero me guardaré muy mucho de asegurar que no habla consigo
-mismo.
-
---¿Cree usted que piensa en ello con frecuencia?
-
---Sí.
-
---¿Imagina usted?...
-
---¡Yo no imagino nunca!--exclamó la señorita Pross interrumpiendo a su
-interlocutor.--No tengo imaginación, ni me hace falta.
-
---Me corregiré... ¿Supone usted... llega hasta el punto de suponer
-algunas veces?
-
---De vez en cuando, sí.
-
---Pues bien, ¿supone usted que el doctor Manette abriga alguna
-sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas,
-acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? ¿Supone usted tal
-vez, que hasta sospecha o conoce quien fué su opresor?
-
---Yo no supongo nada más que aquello que me dice la señorita.
-
---Y la señorita dice...
-
---Que cree que su padre sospecha o sabe.
-
---No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de
-negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios.
-
---¿Obtusa?--interrogó la señorita Pross.
-
---¡No, no, no!--contestó Lorry.--¡No tiene usted nada de obtusa!
-Pero volviendo al asunto, me permitiré preguntar: ¿no es singular,
-incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, según
-nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestión?
-Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace años
-sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad
-estrecha, pero sí me maravilla que no hable de ello con su hija, que
-tanto le quiere y a quien él adora... Créame, señorita Pross, no es la
-curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los
-habitantes de esta casa siento.
-
---Pues bien, según yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme
-a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque
-le da miedo hablar del asunto.
-
---¿Miedo?
-
---Está claro como la luz, y además encuentro muy justificado el miedo.
-Son recuerdos espantosos, no sólo por lo que sufrió, sino también
-porque en sus sufrimientos naufragó su inteligencia. Como quiera que
-ignora cómo y cuándo la perdió, y cómo y cuándo la recobró, natural
-es que tema perderla otra vez. Como usted comprenderá, esta sola
-consideración bastaría para que le fuera poco grato hablar del asunto.
-
---Es verdad--contestó Lorry, a quien satisfizo la profunda observación
-de su interlocutora.--Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su
-calvario... Con todo, señorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad
-de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan
-espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me
-producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas
-confianzas.
-
---El mal, si realmente es mal, no tiene remedio--contestó la señorita
-Pross moviendo la cabeza.--Toque usted esa cuerda, y los resultados
-serán contraproducentes; así que, preferible es callar. ¡Cuántas veces,
-a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear
-agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitación! La señorita
-sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginación de su padre pasea
-arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos años
-le sirvió de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a
-su lado, pasea con él arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se
-convence de que se ha tranquilizado. Pero jamás explica el doctor la
-causa de su desasosiego y jamás se lo pregunta su hija. Los dos juntos
-pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta
-que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que
-el doctor vuelva en sí.
-
-Había negado la señorita Pross que tenía imaginación, pero daba un
-mentís a su afirmación la evidencia de que la perseguía una idea
-triste, evidencia puesta de relieve por la repetición de la frase
-«arriba y abajo», pues no cabía dudar que se trataba de una idea fija.
-
-La casa del doctor parecía la casa de los ecos. A la mención de los
-agitados paseos nocturnos del doctor, contestó el ruido de pasos que se
-acercaban, y a éstos, la terminación de la conferencia.
-
---¡Ya están aquí!--exclamó la señorita Pross, poniéndose vivamente en
-pie.--No tardarán en llegar a esta casa las gentes por cientos.
-
-Tan maravillosas condiciones acústicas reunía aquella casa, que con
-toda propiedad se la hubiera podido llamar el oído del distrito. Lorry,
-que asomado a la ventana oía perfectamente el rumor de los pasos del
-padre y de la hija, creyó que no iban a llegar nunca. No sólo llegaban
-hasta él los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino también
-otros muchos que se extinguían cuando más cerca parecían estar. Al fin
-apareció el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibió en la
-puerta de la casa la señorita Pross.
-
-Era encantador ver a la señorita Pross, no obstante su fealdad, su
-encendido color rojo y su expresión ceñuda, apresurándose a quitar
-el sombrero a su señorita mientras ésta subía la escalera; cómo,
-para no mancharlo, se envolvía los dedos con el pañuelo de bolsillo,
-cómo intentaba quitarle el polvo soplando sobre él, cómo ahuecaba
-su espléndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfacción como
-hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera
-sido la mujer más hermosa y más vana de la creación. Era también
-encantador ver a la señorita abrazando a su doncella, dándole las
-gracias y protestando contra tanta atención y tanto trabajo, bien que
-protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo así, la
-señorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto
-para pasarse en él el día llorando. No era menos encantador ver al
-doctor contemplándolas con arrobamiento y oir cómo decía a la señorita
-Pross que echaba a perder a Lucía a fuerza de atenciones y cuidados,
-pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun
-sobraban, para echar también a perder a la señorita Pross y a cien más
-como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al señor Lorry
-arreglándose su peluquín y dando mentalmente gracias a su estrella que,
-si le hizo solterón empedernido, dejóle entrever, en los años de su
-vejez, las puras alegrías de un hogar. Todo era encantador, pero los
-cientos de personas que debían girar en torno de Lucía no parecían por
-ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la
-profecía de la señorita Pross.
-
-Llegó la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los _cientos_.
-
-En la distribución de las faenas domésticas, la señorita Pross se había
-reservado el cetro de las regiones más bajas de la casa, y es preciso
-confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de
-perfección sus comidas, modestas en sí, pero admirablemente guisadas
-y más admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francés
-y mitad inglés. Como quiera que la adhesión de la señorita Pross era
-eminentemente práctica, había registrado hasta los últimos rincones
-de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres
-que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias
-coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos
-y tan maravillosos conocimientos aprendió de aquellos hijos e hijas
-de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre
-de la casa veían en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella
-capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y
-convertirlas en el manjar que se le ocurriese.
-
-Sentábase los domingos la señorita Pross a la mesa de la familia del
-doctor, pero en los días restantes de la semana solía comer a horas
-desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitación,
-situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepción hecha
-de la señorita Lucía. En la comida del domingo a que se contrae este
-relato, la señorita Pross, correspondiendo a la alegría que reflejaba
-el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandonó
-a una animación inusitada, y como consecuencia, el rato que los
-comensales pasaron en la mesa resultó agradabilísimo.
-
-Era un día de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres,
-propuso la señorita Lucía ir a beber el vino bajo el plátano silvestre
-del patio, donde podrían disfrutar de un ambiente más agradable. Como
-todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio
-salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el plátano, donde Lucía,
-que desde algún tiempo antes se había asignado a si misma el cargo de
-copero del señor Lorry, escanció el vino. Remates de casas próximas
-parecían asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los
-reunidos hablaban, y las hojas del plátano susurraban en sus oídos las
-palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.
-
-La comida había terminado, pero los cientos de visitantes no se
-presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el plátano
-llegó el joven Darnay, pero no era más que _uno_.
-
-Dispensóle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo
-su hija. La señorita Pross, acometida de súbito de una sensación de
-cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retiróse al interior de
-la casa. Parece que frecuentemente era víctima de aquel desorden, que
-ella, en el seno de la familia, solía llamar «un ataque de nervios».
-
-Estaba el doctor de excelente buen humor y parecía muy joven. Sentado
-al lado de su hija, cuya cabeza aparecía reclinada sobre su hombro,
-resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos existía, que hasta el
-más miope había de observarla.
-
-La conversación versó sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido
-el doctor de los que mayor vivacidad y animación mostraron. En ocasión
-en que estaban hablando de los edificios más notables de Londres,
-preguntóle Darnay:
-
---Dígame, doctor, ¿ha visitado usted la Torre?
-
---Con Lucía la visité en una ocasión, pero de corrido, sin
-detenernos--contestó el doctor.--Vimos lo bastante para apreciar que
-efectivamente es digna de interés, pero nada más.
-
---Yo he estado en ella, según recuerda usted--repuso Darnay con sonrisa
-un poquito forzada,--pero no como turista ni en condiciones de ver gran
-cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que
-llamó poderosamente mi atención.
-
---¿Por qué no nos la cuenta usted?--preguntó Lucía.
-
---Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron
-de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiquísima, utilizada
-en fecha remota y olvidada desde muchos años antes. Todos los sillares
-del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra
-por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas,
-maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ángulo del muro, un
-reo, condenado a muerte, según todas las probabilidades, esculpió
-a última hora cuatro letras. Debió emplear una herramienta poco a
-propósito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme.
-Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A.
-V. A., pero una observación más detenida puso de relieve que la letra
-primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningún prisionero
-a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza
-de meditar y dar vueltas al asunto, vínose en conocimiento de que
-las letras en cuestión no eran iniciales, sino un nombre completo:
-_Cava_. Practicáronse algunas excavaciones, que dieron por resultado
-el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de
-papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeño saco de cuero.
-Nadie ha podido averiguar qué fué lo que el condenado a muerte escribió
-en el papel, aunque sí pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo
-enterró para que no lo encontrara el alcaide.
-
---¡Padre mío!--exclamó Lucía.--¿Se encuentra usted enfermo?
-
-Motivó esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente
-en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible
-espanto.
-
---No, hija mía, no estoy enfermo--contestó el doctor.--Comienza a
-llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo
-que debemos ponernos a cubierto.
-
-Habíase repuesto casi instantáneamente. Era cierto que las nubes
-enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostró una el
-doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la
-historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa,
-el ojo experto de Lorry descubrió, o creyó descubrir, en la mirada
-del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraña que había
-observado mientras salían de la Sala del Tribunal a raíz de haber sido
-declarado inocente el segundo.
-
-La expresión de aquella mirada se borró con tal rapidez, que Lorry
-llegó a sospechar si le habría engañado su ojo experto. El gigante
-del brazo de oro no hubiera dicho con más serenidad que el doctor que
-todavía no se había abroquelado contra sorpresas pequeñas, y que la
-gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le había asustado.
-
-Preparó la señorita Pross el te, lo sirvió, resistió otro «ataque de
-nervios», y los _cientos_ de visitantes continuaban sin dar señales de
-presencia. Llegó el señor Carton, pero entre éste y Darnay no sumaban
-más que _dos_.
-
-Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaución
-de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se
-dirigieron a un balcón, en busca de aire fresco que respirar. Sentóse
-Lucía al lado de su padre, Darnay junto a Lucía, y Carton apoyó sus
-espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcón eran blancas, y
-cuando alguna racha de viento las agitaba alzándolas hasta el techo,
-más que cortinas parecían alas espectrales.
-
---Todavía caen gotas anchas, escasas y pesadas--dijo el doctor.--Se
-acerca con mucha lentitud.
-
---Pero con mucha seguridad--replicó Carton.
-
-Huían presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado
-antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al
-maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que
-caminaban.
-
---Muchas personas moviéndose, y sin embargo, la soledad más
-absoluta--observó Darnay, tras unos momentos de atención.
-
---¿Verdad que impresiona, señor Darnay?--preguntó Lucía.--Muchas noches
-me siento en este mismo sitio, y mi fantasía... pero hasta la loca
-de la casa se empeña en asustarme esta noche... tan lóbrega... tan
-solemne...
-
---Nos asustaremos todos--dijo Darnay, chanceándose.--Veremos a qué sabe
-el susto.
-
---A usted no le sabrá a nada. Esas extravagancias solamente impresionan
-a aquellos cuya fantasía las forja, según creo: no son contagiosas.
-Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola,
-atento el oído, y mi fantasía ha dado forma tangible a los ecos, y
-ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de
-relacionarse en breve con mi vida.
-
---Llega el día en que son muchas las personas que establecen relaciones
-estrechas con nuestras vidas--observó Carton.
-
-El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que
-huían, más precipitadas. Parecía que sonaban pasos debajo del balcón,
-en la habitación misma, unos iban, otros venían, estos se alejaban y
-aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubría alma
-viviente.
-
---¿Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a
-nuestros oídos, señorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos
-entre todos?--preguntó con entonación humorística Darnay.
-
---No sé qué contestar a usted, señor Darnay. Principié por decir
-que era una extravagancia, una tontería mía, pero la culpa de que
-yo la dijera fué de usted, que me preguntó. Cuando esa idea ha
-producido impresión en mí, siempre me he encontrado sola, y quizá
-esta circunstancia haya engendrado en mí la creencia de que los
-ecos repetían el rumor de pasos de las personas que han de ejercer
-influencia en mi vida o en la de mi padre.
-
---Las reclamo para que la ejerzan en la mía--replicó Carton.--Vengan
-sobre mí, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante están
-prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo
-a la luz... cárdena del relámpago--terminó diciendo, en el momento que
-surcaba los aires gigantesca culebra de fuego.
-
-Sonó un trueno horrísono, y Carton repuso:
-
---Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes cómo se acercan, rápidas...
-furiosas... bramadoras!
-
-La voz tremenda de los elementos desencadenados obligó a Carton a poner
-fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie podía oirlas.
-La tempestad fué horrorosa. El agua caía a torrentes de un cielo
-encendido, acompañada de truenos tan ensordecedores, que no parecía
-sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brotó la
-luna, plácida, serena.
-
-Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el señor
-Lorry, acompañado por Jeremías _Lapa_, armado de su correspondiente
-farol, emprendía el viaje de regreso a Clerkenwell.
-
---¡Qué noche, Jeremías, qué noche!--exclamaba Lorry--¡La más indicada
-para que los muertos salgan de sus tumbas!
-
---No los he visto salir nunca, señor, ni espero verlo--respondió
-Jeremías _Lapa_.
-
---¡Buenas noches, señor Carton!--dijo Lorry.--¡Buenas noches, señor
-Darnay! ¿Volveremos a ver juntos una noche como esta?
-
-¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día en que vieran innumerables
-muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos!
-
-
-VII
-
-EL SEÑOR EN LA CIUDAD
-
-El señor, uno de los magnates más influyentes y poderosos de la corte,
-celebraba en su suntuoso palacio de París su acostumbrada recepción
-quincenal. Hallábase el señor en su gabinete más íntimo, especie de
-santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto
-de los salones. Disponíase el señor a tomar su chocolate. Con facilidad
-maravillosa podía engullirse el señor mil cosas, y hasta eran muchos,
-gentes maliciosas sin duda, que creían a pie juntillas que se estaba
-engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no
-podía pasar por la garganta del señor sin la ayuda de cuatro hombres
-fuertes, amén del cocinero.
-
-Sí, cuatro hombres exigía operación tan importante, cuatro hombres,
-cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afán por seguir
-la noble y casta moda implantada por su señor, no hubiera podido
-vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran
-indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de
-llegar hasta los labios del señor. Un lacayo conducía la chocolatera
-a la sagrada presencia del señor; otro picaba el chocolate con un
-instrumento reservado para tan importante función, otro, el tercero,
-presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes
-de oro) vertía el chocolate en la taza. ¿Prescindir el señor de uno
-solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los
-cielos que admirados y complacidos presenciaban la operación? ¡Horror!
-Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido
-a manchar el inmaculado escudo del señor: tomarlo servido innoblemente
-por dos, habría sido tanto como darle muerte.
-
-La noche anterior, el señor había asistido a una cena de confianza,
-previa representación admirable de una comedia y de una ópera. El
-señor solía asistir casi todas las noches a cenas análogas, en cuyos
-actos le rodeaba una compañía encantadora y fascinadora. Tan fino,
-tan impresionable era el señor, que en su elevada alma ejercían más
-influencia la comedia y la ópera que los áridos y fastidiosos negocios
-de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para
-esta nación, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan
-favorecidas como ella... como lo fué, por ejemplo, para Inglaterra en
-los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos.
-
-Tenía el señor una idea nobilísima acerca de los negocios públicos
-en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y
-otra idea, no menos nobilísima, sobre los negocios particulares...
-que también debían seguir su curso natural; y el curso natural de los
-primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a
-las manos y al bolsillo del señor. En cuanto a los placeres, generales
-y particulares, opinaba el señor que para disfrutarlos él había sido
-creado el mundo y colocado en él el hombre. Su divisa era la siguiente:
-«Mío es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Señor».
-
-Pese a sus opiniones, había visto el señor, con el desagrado natural,
-que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como públicos,
-habían venido a mezclarse molestias de lo más vulgar que no dejan
-de crear dificultades y apuros, también de lo más vulgar, en vista
-de lo cual, decidió aliarse con un _aperador general_, resolución
-tanto más cuerda cuanto que se había hecho indispensable, y esto,
-por dos motivos principales. Primero: porque el señor no entendía en
-asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pública, y como
-consecuencia, debía confiarlos a manos que en ello entendiesen, y
-segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores
-generales son ricos, mientras el señor, vástago de señores que
-vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobrecía
-de día en día. De aquí que el señor librase a una hermana suya del
-velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda más económica
-con que podía regalarle, y la concediera como preciado premio a un
-aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual
-aperador general, armado de un bastón coronado por una manzana de oro,
-figuraba en la ocasión presente entre los personajes que llenaban las
-habitaciones exteriores y hacía un papel algún tanto desairado porque
-el señor, y hasta la esposa del señor, solían mirarle con el desprecio
-más profundo.
-
-El aperador general era un hombre de lo más suntuoso que darse puede.
-Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados
-esperaban órdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a
-su mujer. En su calidad de hombre cuya misión única consistía en pillar
-y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era
-al menos la realidad más tangible entre los personajes que aquel día
-estaban de servicio en los salones del señor.
-
-A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecían a los ojos escenas
-deliciosas, en aquellos salones, donde habían acumulado cuanto el arte
-y el gusto de la época pudieron producir, los negocios no andaban
-bien, es más: tanto considerados con referencia a los espantajos
-que rodeaban la persona del señor, como por lo que hace a los
-desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz
-poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del señor hubiera
-alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la
-ciencia militar, marinos que ni idea tenían de lo que un barco era,
-eclesiásticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo
-inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres más libres
-que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeñaban
-cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los
-labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener
-relación alguna, remota ni próxima, con el señor ni con el Estado, se
-obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en
-no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un
-fin terreno honroso. Médicos que labraban fortunas inmensas fingiendo
-curar enfermedades imaginarias y males que jamás habían existido, se
-burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos,
-mientras éstos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer
-reverencias en los salones del señor. Arbitristas que, si nunca dieron
-con el remedio del pecado más leve, en cambio descubrían diariamente
-panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeños
-males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus
-discursos interminables y pesados a cuantos asistían a las recepciones
-del señor y tenían oídos para escucharles. Filósofos ateos que se
-proponían vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo
-nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos,
-conferenciaban en los salones del señor con químicos o alquimistas
-descreídos, que no perseguían otro objetivo que la transmutación de los
-metales. En el palacio del señor vegetaban sumidos en el estado más
-ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos
-y exquisita educación, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo,
-y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible,
-y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo
-natural del interés humano. En los hogares que aquellas brillantes
-notabilidades dejaban abandonados en los barrios más aristocráticos
-de París, los espías que frecuentaban los salones del señor, a cuyo
-número pertenecían, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los
-que a aquel hacían la corte, difícilmente habrían podido encontrar
-entre los ángeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres,
-mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consentía
-en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una
-criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las
-campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres
-que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando
-son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenían veinte años.
-
-La lepra de la ficción desfiguraba a todos los seres humanos que
-servían al señor. En una de las habitaciones más extremas había media
-docena de personas que, por excepción, desde algunos años antes venían
-creyendo que las cosas seguían en general derroteros peligrosos. La
-mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por
-poner remedio a los males, habíanse afiliado a la secta fantástica de
-los llamados _convulsionistas_, y se pasaban el tiempo deliberando
-acerca de si les convendría echar espumarajos por la boca, rabiar,
-rugir, bramar y ponerse catalépticos, presentando así ante los ojos
-del señor una visión de los futuros que pudiera servirle de guía
-seguro. Además de estos derviches, había otros tres que habían formado
-otra secta cuyo objetivo consistía en enderezar el curso tortuoso de
-los sucesos a fuerza de enrevesadas teorías sobre «El Centro de la
-Verdad», sosteniendo que el hombre había brotado de este centro...
-lo que no necesitaba demostración, pero que se había salido de la
-circunferencia, y que se imponía la necesidad de hacerle entrar en
-ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su perímetro,
-lo que se conseguiría vigorizando la vida del espíritu y debilitando la
-de la carne. Como jamás hablaban más que de espíritus y de substancias
-incorpóreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados
-materiales.
-
-En cambio, las personas que frecuentaban los salones del señor vestían
-admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Día del Juicio
-ha de ser lisa y sencillamente una exposición de trajes, en la que
-se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que
-las dichosas personas que motivan estas líneas vestirán por eternidad
-de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El
-laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artísticamente rizadas y con
-tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra
-los zarpazos de los años, y hasta enmendadas y corregidas gracias a
-laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que ceñían los
-caballeros, en cuya contemplación se extasiaba la vista, los finos
-y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de
-los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos
-bastantes para extirpar de raíz y para siempre los males que afligían
-a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educación
-refinada ostentaban prodigiosa profusión de joyas de rico oro que
-dejaban oir un tintineo delicioso al compás de sus lánguidos pasos,
-y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados,
-el hambre y la miseria no tenían más remedio que ir a esconder sus
-amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad.
-
-Era el vestido el talismán infalible, la varita mágica que obligaba a
-todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos
-puestos. Nadie podía dispensarse de vestir el traje impuesto por el
-papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado
-mundo. La ficción comenzaba en las Tullerías, en la persona misma del
-señor, y en las de los que al señor hacían la corte, y continuaba
-por las Cámaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona
-del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy «peinado, rizado y
-empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus
-pantorrillas en ricas medias de seda». ¡No! No es posible que ninguno
-de los felices mortales que asistieron a la recepción quincenal
-dada por el señor en el año mil setecientos ochenta pusiera en tela
-de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan
-sólida como un verdugo primorosamente peinado, artísticamente rizado,
-solícitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y
-primorosas medias de seda.
-
-Luego que el señor aligeró a sus cuatro servidores de sus respectivas
-cargas y tomó el chocolate, mandó abrir de par en par las puertas de
-su santuario y tuvo la dignación de salir fuera. ¡Qué de sumisión, qué
-de adulaciones rastreras, qué de servilismo, qué de humillaciones,
-llevadas hasta los límites más inconcebibles de lo abyecto! Baste
-decir que en todo lo referente a idolatría y anonadamiento, los que
-llenaban los salones nada reservaron para los cielos. ¡Verdad es que el
-pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores
-del señor!
-
-Pronunciando aquí una palabra y dejando caer allá una esperanza,
-dirigiendo a éste una sonrisa y haciendo a aquél una seña con la mano,
-atravesó el señor los salones hasta que rebasó los límites de la
-_circunferencia de la verdad_, donde giró majestuoso sobre sus sagrados
-talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su
-santuario.
-
-Terminada la exhibición, los susurros que apenas rozaban el aire
-trocáronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante
-a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy
-pronto no quedó a la vista más que una persona, un caballero, el cual,
-puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita
-de rapé, se entretuvo en pasear con calma y reposo deteniéndose frente
-a los espejos que al paso encontraba.
-
---¡Cargue el infierno contigo!--murmuró antes de marcharse, vueltos los
-ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rapé que conservaba
-entre sus dedos.
-
-Era un hombre de unos sesenta años, ricamente ataviado, de ademanes y
-expresión altaneros y dotado de una cara que, más que rostro humano,
-parecía fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus
-líneas, todos sus rasgos aparecían perfectamente definidos. La nariz,
-artísticamente modelada, ofrecía la particularidad de que sus dos
-ventanas acusaban una contracción, muy poco perceptible, hacia la
-parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la
-alteración única visible en aquella cara. Las ventanas persistían unas
-veces contraídas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedían las
-dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la
-cara una expresión desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado
-con detenimiento aquel rostro, no era difícil observar que la expresión
-de crueldad la debía a las líneas de su boca y de las órbitas de los
-ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo,
-que aquella cara era extraordinariamente hermosa.
-
-Su propietario descendió las escaleras del palacio y salió al
-vestíbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos habían sido los
-que le dirigieron la palabra durante la recepción, y el señor pudo
-estar más afectuoso de lo que estuvo cuando llegó al sitio en que aquél
-permaneció retraído y separado de los grupos. Sin detenerse un instante
-montó en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a
-las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara
-contra un ejército enemigo, sin que a su señor se le ocurriera poner
-freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle,
-más bien parecía que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se
-habían exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible
-y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la bárbara
-costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras,
-sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero
-nadie se dignó conceder un segundo de atención a semejantes pequeñeces,
-y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase
-baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente
-pudieran.
-
-Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones
-más sagradas, difícil de comprender en nuestros días, la carroza volaba
-por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con
-velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban
-despavoridas, a los niños, que corrían como conejos asustados, y a los
-hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar
-el carruaje una esquina próxima a una fuente, una de las ruedas dió
-un salto, cientos de gargantas lanzaron un alarido, y los caballos
-recularon y se encabritaron.
-
-Es casi seguro que la carroza hubiera continuado imperturbable su
-desenfrenada carrera de no haber sido por este último inconveniente,
-toda vez que era lo que acostumbraban hacer los carruajes en aquella
-feliz época, aun cuando dejaran la calle sembrada de cadáveres, ¿por
-qué habían de hacer otra cosa?, pero asustado el lacayo había saltado a
-tierra y veinte manos agarraron a un tiempo las riendas de los caballos.
-
---¿Qué pasa?--preguntó el señor, asomando su cara tranquila por la
-portezuela.
-
-Un hombre alto, con gorro en la cabeza, había sacado de entre las
-patas de los caballos un bulto, que depositó sobre el basamento de una
-fuente, e inclinado sobre él, aullaba como un animal feroz.
-
---Perdón, señor Marqués--dijo un individuo harapiento con voz y ademán
-humildes,--es un niño.
-
---¿Y por qué arma ese ruido ensordecedor? ¿Dices que es un niño?
-
---Dispense el señor Marqués... Es una... lástima... sí, eso es.
-
-Distaba la fuente algunas varas. El hombre alto que sobre el bulto
-estaba inclinado se irguió de repente y echó a correr con prisa tal en
-dirección al carruaje, que el señor Marqués llevó la mano al puño de su
-espada.
-
---¡Muerto!--rugió el hombre alto con muestras de salvaje desesperación,
-clavando los ojos en el Marqués y alzando los dos brazos.--¡Asesinado!
-
-Las turbas se apiñaron en rededor de la carroza. Todas las miradas
-estaban concentradas en la persona del Marqués, mas en aquéllas no se
-leía otra cosa que ansiedad, temor, nada de cólera ni de amenaza. Todos
-callaban. Al primer grito sucedió un silencio imponente. La voz del que
-había hablado al magnate continuaba siendo sumisa en extremo. El señor
-Marqués paseó sus miradas sobre los apiñados grupos, contemplándolos
-con la indiferencia con que hubiera contemplado una manada de ratas
-asustadas.
-
-Sin variar de actitud sacó un bolsillo.
-
---Me sorprende sobremanera--dijo--que ni de vuestros hijos sepáis
-cuidar. Con frecuencia que no puede menos de serme molesta os tropiezo
-en mi camino. ¿No se os alcanza que de los atropellos pueden resultar
-con daño mis caballos? ¡Vaya!... ¡Dadle esto!
-
-Acompañando la acción a la palabra, arrojó a los pies del lacayo una
-moneda de oro.
-
---¡Muerto... asesinado!--volvió a gritar el hombre alto.
-
-Llegó a la sazón otro hombre, a quien todos abrieron paso. El que
-acababa de gritar cayó en sus brazos no bien le vió, permaneciendo
-largo rato entre ellos, llorando y sollozando.
-
---Lo sé todo... lo sé todo--dijo el recién llegado.--¡Valor, Gaspar!
-Preferible es morir como ha muerto el niño a vivir la vida que le
-esperaba. Ha muerto sin dolor, sin sufrimientos, y en cambio, de haber
-continuado viviendo, aquéllos le hubieran acosado sin cesar.
-
---Eres un filósofo--dijo el Marqués sonriendo.--¿Cómo te llamas?
-
---Defarge.
-
---¿Cuál es tu oficio?
-
---Soy vendedor de vino, señor Marqués.
-
---Toma esto, filósofo y vendedor de vino, y gástalo como te venga en
-gana--repuso el Marqués, arrojando a sus pies otra moneda de oro.--¡A
-ver! ¿Están listos los caballos?
-
-Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el señor Marqués se
-arrellanó en su asiento. La carroza se ponía nuevamente en movimiento
-y su feliz ocupante había olvidado el incidente, cual si acabara de
-romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su
-olímpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de
-una moneda de oro.
-
---¡Para!--gritó el señor Marqués.--¡Detén los caballos!... ¿Quién ha
-tirado esto?
-
-Miró airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vió más
-que al desdichado padre abrazado al cadáver de su hijo, y a una mujer
-en pie, que le miraba ceñuda.
-
---¡Perros!--murmuró el Marqués.--¡De buena gana pasaría sobre todos
-vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! ¡Si yo
-supiera quién es el canalla que arrojó la moneda, y lo tuviera bastante
-cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche!
-
-Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentían por lo
-que los hombres de la clase social del Marqués podían hacerles, dentro
-y fuera de la ley, que no se alzó una voz, ni una mano, ni una mirada.
-Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la
-mujer a que antes nos hemos referido osó clavar sus miradas airadas en
-el Marqués, quien ni reparó siquiera en ella. Su olímpica mirada pasó
-sobre su cabeza y sobre las demás ratas, y cómodamente arrellanado
-sobre los mullidos almohadones de su carroza, dió orden al cochero de
-continuar la marcha.
-
-Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesión rápida
-muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del
-Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del
-eclesiástico. Las ratas asomaban tímidas las cabezas en la entrada de
-sus agujeros.
-
-Retiróse el padre a quien habían dejado sin hijo, retiráronse las ratas
-al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no quedó
-más que la mujer que había osado mirar ceñuda al Marqués, rígida como
-la Fatalidad. El agua de la fuente corría rumorosa, corrían rápidas
-y turbulentas las aguas del río, el día corría a su ocaso, la vida
-de la ciudad corría a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie
-espera, las ratas dormían ya en sus obscuros agujeros, el _baile de la
-extravagancia_ continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para
-decirlo de una vez, seguían su curso.
-
-
-VIII
-
-EL SEÑOR EN EL CAMPO
-
-Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no
-abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera
-podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes,
-pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza
-inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba
-tendencia decidida hacia una vegetación, más aparente que real.
-
-El carruaje de viaje del señor Marqués, que, dicho sea de paso,
-hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado
-por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El
-subido color de las mejillas del prócer nada argüía en contra de su
-elevada alcurnia. No tenía su origen dentro, sino que era efecto de una
-circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol.
-
-Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del
-señor Marqués envolviendo a éste en nimbos de luz rojiza.
-
---Pronto se pondrá--exclamó el señor Marqués, contemplando con disgusto
-sus manos.
-
-En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tardó en
-ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas
-los pesados frenos, en cuanto el coche comenzó a rodar por la
-pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se
-extinguieron: el sol y el Marqués descendían.
-
-Ante los ojos del Marqués se extendía un territorio quebrado, una aldea
-en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano,
-un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una
-fortaleza emplazada al borde de un despeñadero. El Marqués contemplaba
-todos los objetos detallados, cuyas líneas comenzaban a borrar las
-sombras de la noche, con la expresión del que se acerca a su casa.
-
-Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecería pobre, con una
-tenería pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y
-con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres habían
-de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivían
-en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus
-viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artículos semejantes
-para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y
-toda clase de comestibles que la tierra da de sí. No era preciso ser
-muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducían:
-con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios
-visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que
-había que pagar al Estado, a la Iglesia y al señor, juntamente con las
-contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para
-comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de
-que el hambre y la miseria no hubieran concluído con la vida de todos
-ellos.
-
-Niños se veían muy pocos, perros ni uno sólo. En cuanto a los hombres
-y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofrecía no podía ser
-más clara: o vivir de la manera más miserable en la aldea, bajo el
-yugo aplastante del señor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el
-precipicio, destinada a calabozo.
-
-Precedido por un correo y acompañado por los restallidos de los látigos
-de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras
-enroscadas, el señor Marqués mandó detener su carruaje frente a la
-puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los
-aldeanos que en ésta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle.
-El también les miró, y vió cómo doblaban sus frentes ante su persona,
-de la misma manera que él había doblado la suya ante el señor, cuando
-acertó a unirse al grupo un caminero.
-
---Tráeme a ese individuo--dijo el Marqués al correo.
-
-Fué llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se
-agruparon los aldeanos, ávidos de escuchar y de ver.
-
---¿Te pasé en el camino, verdad?
-
---Verdad es, señor, tuve el honor de que el señor me pasase en el
-camino.
-
---Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, ¿no es cierto?
-
---Señor, cierto es.
-
---¿Qué es lo que mirabas con tanta fijeza?
-
---Miraba al hombre, señor.
-
-Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos
-los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.
-
---¿Qué hombre, pedazo de bruto?
-
---Perdón, señor, quiero decir el hombre que pendía de la cadena de la
-galga.
-
---¿Pero quién?
-
---El hombre, señor.
-
---¡Cargue el diablo con esta turba de idiotas! ¿Cómo se llama ese
-hombre? Tú conoces a todos los de estos contornos: ¿quién era ese
-hombre?
-
---¡Piedad, señor! No era de esta parte del país: no le había visto en
-los días de mi vida.
-
---¿Suspendido de la cadena? ¿Ahorcado?
-
---Con permiso del señor, diré que su cabeza colgaba de esta manera.
-
-El caminero se aproximó a la galga y se colocó vuelta la cara hacia
-el cielo y con la cabeza colgando. A continuación, recobró la postura
-normal e hizo una reverencia.
-
---¿Qué señas tenía?
-
---Señor, estaba más blanco que un molinero, el polvo le cubría de pies
-a cabeza, era más blanco que un espectro y más alto que un espectro.
-
-La descripción produjo en el auditorio sensación inmensa. Todos
-volvieron sus ojos hacia el Marqués, acaso creyendo que llevase algún
-espectro sobre su conciencia.
-
---¡No puede negarse que te has portado como un hombre!--exclamó el
-Marqués.--Ves un ladrón subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa
-bocaza inmensa que tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor Gambelle,
-suéltelo!
-
-Era el señor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al
-desarrollarse la escena que estamos reseñando, en su deseo de
-contribuir al buen éxito de la declaración, había agarrado por un brazo
-al declarante.
-
---Suelte a ese bergante, señor Gambelle, y si llega a la aldea el
-desconocido, préndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que
-es un hombre honrado.
-
---Será para mí un honor cumplir las órdenes del señor--contestó
-Gambelle.
-
---¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde se ha metido ese maldito?
-
-El maldito se había metido debajo del carruaje, acompañado por media
-docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena
-de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando
-inmediatamente y le llevaron a presencia del señor.
-
---¿Escapó aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?
-
---Se precipitó de cabeza desde lo alto de la colina, ni más ni menos
-que si se hubiera arrojado al mar.
-
---Cuide de averiguarme eso, Gambelle... ¡En marcha!
-
-Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de
-amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotón de borregos.
-Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fué un milagro
-que aquéllos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, único que
-podían salvar, por fortuna suya.
-
-Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar
-la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron
-de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeño cementerio, donde
-se veía una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de
-madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista había hecho un
-estudio del natural y seguramente su libro fué su propio cuerpo o el
-de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y
-descarnada.
-
-Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa había una
-mujer arrodillada. Volvió la cabeza al oir el ruido del carruaje,
-levantóse vivamente, y corrió presurosa en dirección al coche.
-
---¡Es el señor!--exclamó, presentándose en la portezuela.--¡Señor, una
-gracia!
-
-El señor lanzó una exclamación de impaciencia.
-
---¿Qué hay? ¿Qué se ofrece? ¡Siempre con peticiones!
-
---¡Señor, por el amor de Dios! ¡Mi marido... el guardabosque!...
-
---¿Qué quiere tu marido el guardabosque? ¡Estas gentes siempre piden lo
-mismo! Que no puede pagar, ¿eh?
-
---¡Lo ha pagado todo, señor! ¡Ha muerto!
-
---¡Mejor! ¡Así descansará! ¿Crees que puedo devolvértelo?
-
---¡Ay de mí, señor... de sobra sé que no! ¡Pero descansa allá... bajo
-aquellas míseras hierbas!...
-
---¿Y bien?
-
---Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.
-
---Bueno... ¿y qué?
-
-Aquella mujer era joven, aunque parecía una vieja. Su rostro reflejaba
-un dolor inmenso. A veces retorcía con energía sus manos callosas, y
-otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acariciándola con
-ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser
-ablandado.
-
---¡Tenga el señor compasión de mí! ¡Escuche mi petición! Mi marido
-ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos
-otros... de la misma que nos llevará a todos los de la aldea al
-sepulcro...
-
---¿Pero a mí que me cuentas? ¿Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?
-
---Señor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo único que
-deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadáver de mi marido se alce
-un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan
-dónde está enterrado. De no ser así, pronto olvidarán todos el sitio y
-no podrán enterrarme a su lado cuando yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...
-
-El lacayo había separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos
-habían emprendido un trote largo, y el señor veía disminuir rápidamente
-la legua o dos de distancia que todavía le separaban de su _château_.
-
-El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fué largo.
-Dibujáronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy
-corpulentos árboles. Era el _château_ del señor Marqués, en cuya puerta
-principal le estaba esperando el mayordomo.
-
---¿Ha llegado de Inglaterra el señor Carlos, a quien espero?--preguntó.
-
---Todavía no, señor Marqués--fué la respuesta.
-
-
-IX
-
-LA CABEZA DE GORGON
-
-Era el _château_ del señor Marqués un edificio arrogante, de espesos
-y sólidos muros y vastas proporciones. De su espacioso patio de
-piedra arrancaban dos amplias escaleras también de piedra, que iban a
-encontrarse en la terraza de piedra como todo lo demás, que precedía a
-la puerta principal. De piedra eran las recias balaustradas, de piedra
-los jarrones, de piedra las flores, de piedra las caras humanas, de
-piedra las cabezas de los leones, de piedra todo. No parecía sino que
-la cabeza de Gorgon había presidido, dos siglos antes, la terminación
-de aquella ingente masa de piedra e ideado sus remates y detalles de
-ornamentación.
-
-La antorcha que precedía al señor Marqués cuando, después de salir de
-su coche de viaje, emprendió el ascenso de la espaciosa escalera de
-piedra, derramaba resplandor bastante para provocar las protestas de
-la lechuza que tenía su cuartel general en el tejado de la torrecilla
-que servía de remate a las caballerizas y que se alzaba como queriendo
-escalar las nubes, rodeada de árboles de prodigiosa altura. Todo lo
-demás permaneció tranquilo, tan tranquilo, que tanto la antorcha que
-precedía en la gran escalera los pasos del señor Marqués, como la
-que frente a la puerta de honor esperaba su llegada, ardían cual si
-en el centro de cerrado salón estuvieran, y no expuestas al soplo de
-las brisas de la noche. Ni se oía tampoco más ruido que el del ulular
-de la lechuza, excepción hecha del rumor producido por el agua de la
-fuente al caer en la pila, pues era una de esas noches que contienen el
-aliento durante horas enteras, para exhalar un suspiro y permanecer de
-nuevo sin respirar.
-
-Giró sobre sus suaves goznes la puerta de honor, y el señor Marqués
-penetró en una galería cuyos muros ofrecían a la vista gran variedad
-de armaduras antiguas, e infinidad de dardos, lanzas, espadas y
-cuchillos de caza, juntamente con un surtido variado de fustas, trallas
-y látigos, cuyo peso había sentido más de un labriego cuando su señor
-estaba encolerizado.
-
-Sin mirar siquiera a los alones grandes, envueltos en negras tinieblas,
-el señor Marqués, siempre siguiendo a la antorcha, llegó frente a
-una puerta que había en el fondo de la galería. Abierta aquélla, se
-encontró en sus habitaciones, que eran tres, una de ellas su alcoba.
-Las habitaciones de elevados artesonados, reunían todo el lujo, todo
-el refinamiento que corresponden a un Marqués, que vive en un siglo
-fastuoso y en una nación que todo lo sacrifica al boato. En los
-riquísimos muebles dominaba el gusto del penúltimo Luis de aquella
-sagrada dinastía que debía ser eterna, de Luis XIV, aunque no faltaban
-objetos que podían pasar como ilustraciones de las antiguas páginas de
-la historia de Francia.
-
-En el centro de la tercera habitación, pieza redonda que correspondía
-a una de las cuatro torres que flanqueaban el edificio, había una mesa
-comedor con servicio para dos personas. La habitación era reducida, y
-su ventana estaba abierta, bien que cerradas sus celosías.
-
---¿Cubierto para mi sobrino?--murmuró el Marqués al entrar.--Y, sin
-embargo, acaban de decirme que no ha llegado todavía.
-
-No había llegado, en efecto, pero en el castillo, esperaban que
-llegase con el señor Marqués.
-
---No es probable que llegue esta noche--añadió el Marqués, dirigiéndose
-al servidor encargado del comedor--pero deja la mesa como está. Dentro
-de un cuarto de hora me sentaré a cenar.
-
-En efecto: quince minutos después tomaba el Marqués asiento frente
-a una cena suntuosa y selecta. Sentóse dando espaldas a la ventana.
-Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico
-Burdeos, cuando bajó la mano sin beber.
-
---¿Qué es eso?--preguntó con calma, volviendo la cara hacia las
-celosías.
-
---¿Qué, Monseñor?
-
---Fuera... Abre las celosías.
-
-La orden quedó obedecida en el acto.
-
---¿Qué hay?
-
---Nada, señor: las copas de los árboles y las sombras de la noche es lo
-único que se ve.
-
---Está bien--dijo su señor, con calma imperturbable.--Vuelve a cerrar.
-
-El Marqués volvió a prestar atención a su cena. Habría llegado a la
-mitad de ésta, cuando por segunda vez quedó a medio camino el vaso que
-llevaba a sus labios. Oíase el rodar de un carruaje que a buena marcha
-se aproximaba al castillo.
-
---Pregunta quién ha llegado--dijo el Marqués al servidor.
-
-Era el sobrino del señor, a quien en la casa de postas habían
-manifestado que el Marqués habría llegado ya al castillo.
-
---Vete y dile de mi parte que la cena espera, y que le ruego venga sin
-tardanza.
-
-Minutos después entraba en el comedor el viajero, que era el mismo
-joven a quien hemos conocido en Inglaterra bajo el nombre de Carlos
-Darnay.
-
-Recibióle el señor Marqués con exquisita cortesanía, pero no se dieron
-las manos.
-
---¿Salió usted ayer de París?--preguntó el joven al sentarse a la mesa.
-
---Ayer, sí; ¿y tú?
-
---Yo he venido directamente aquí.
-
---¿Desde Londres?
-
---Sí.
-
---Bastante te ha costado llegar--observó el Marqués sonriendo.
-
---Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez.
-
---Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho
-tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje.
-
---Sí... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos.
-
---Lo supongo--contestó el tío.
-
-No cambiaron más palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido
-el café, y solos ya tío y sobrino, abrió la conversación este último,
-clavando sus ojos en la cara del primero, que parecía una máscara.
-
---He regresado, tío, persiguiendo el mismo objetivo que me obligó a
-ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan
-sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habría
-decaído mi valor.
-
---La muerte no, querido--respondió el tío;--ni nombrarse debe esa
-señora.
-
---Dudo mucho, tío--replicó el sobrino,--que usted me hubiese tendido
-una mano, aun viéndome colocado en el filo mismo de la muerte.
-
-Agitáronse las ventanas de la nariz del tío y se hicieron más profundas
-las líneas de su rostro, dando expresión más cruel a su aspecto;
-pero el Marqués hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tenía
-de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de
-modales del prócer.
-
---Hablando con franqueza--repuso el sobrino,--si no mienten mis
-informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las
-sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que
-me rodeaban.
-
---¡No, no, no, no!--contestó riendo el tío.
-
---No discutiremos ese punto--continuó el sobrino, mirando con evidente
-desconfianza a su interlocutor.--Me consta que, a trueque de detenerme
-en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia
-especial, como me consta también que en materia de recursos, es usted
-poco escrupuloso.
-
---Mi querido sobrino, me permitiré rogarte que procures hacer memoria,
-que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo.
-
---Lo recuerdo perfectamente.
-
---Muchas gracias--contestó el Marqués, con voz que parecía un
-instrumento musical.
-
---En efecto, tío; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi
-buena estrella, el no encontrarme en este momento recluído en alguna
-prisión de Francia.
-
---No entiendo bien--respondió el tío, tomando un sorbo de
-café.--¿Tienes la bondad de explicarte?
-
---Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber caído usted en
-desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de
-aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos años, no le
-habría faltado una carta _de cachet_ que me hubiera abierto las puertas
-de una fortaleza por tiempo indefinido.
-
---Es muy posible--replicó el tío, con calma imperturbable--que el honor
-de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto.
-
---Por fortuna para mí, observo que en la recepción de anteayer encontró
-usted la misma frialdad de siempre--dijo el sobrino.
-
---Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no
-aseguraría que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es
-muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad
-de una cárcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia más
-beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad.
-Pero es inútil discutir este particular. Me encuentro, según dices, en
-posición desventajosa. Hoy, solamente el interés o las importunidades
-alcanzan esos pequeños instrumentos de corrección, esos medios suaves
-para robustecer el poderío y el honor de las familias, esos favores
-insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. ¡Son tantos los
-que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen!
-No sucedía así en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho,
-y varían todos los días, siendo de notar que van de mal en peor.
-Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus
-vasallos y gentes vulgares. ¡Cuántos de esos perros han salido de esta
-misma habitación para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi
-alcoba fué muerto a puñaladas un insolente bellaco que se atrevió a
-proferir no sé qué broma de mal gusto a propósito de su hija que...
-Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda
-una filosofía nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinásemos
-en defender todos nuestros derechos, acaso tropezáramos con graves
-inconvenientes. ¡Las cosas se ponen malas, muy malas!
-
-El Marqués tomó un polvo de rapé y movió la cabeza con la expresión de
-quien lamenta que un país desdeñe medios tan excelentes de regeneración.
-
---De tal suerte hemos hecho valer nuestra posición social, tanto en
-tiempos pasados, como en nuestros días--replicó el sobrino con acento
-sombrío,--que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversión y con
-odio nuestros nombres.
-
---De lo que debemos felicitarnos--observó el tío.--La aversión y el
-odio son los homenajes más altos y más involuntarios que los pequeños
-rinden a los grandes.
-
---No encuentro en este país una sola cara que nos mire con
-deferencia--repuso el sobrino.--En todas ellas leo el respeto
-engendrado por el temor y la esclavitud.
-
---Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los
-procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza--dijo
-el Marqués, tomando otro polvo de rapé y montando una pierna sobre otra.
-
-Afectaba el prócer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino,
-puestos los codos sobre la mesa, se cubrió los ojos con las manos
-y permaneció durante un buen espacio de tiempo absorto en sus
-reflexiones, desapareció la mascarilla del Marqués y miró de soslayo a
-su sobrino con expresión tal de rencor, que se armonizaba muy mal con
-la indiferencia primera.
-
---La única filosofía de efectos duraderos es la represión--observó el
-Marqués.--Ese respeto sombrío engendrado por el miedo y la esclavitud,
-amigo mío, hará que los perros continúen obedientes al látigo mientras
-este techo nos proteja contra la intemperie.
-
-Quizá el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen
-Marqués creía. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un
-cuadro de lo que sería dentro de contado número de años su castillo,
-y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le
-habría hecho creer en la fidelidad de la pintura.
-
---Mientras tanto--continuó el Marqués,--corre de mi cuenta poner a
-salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras tú o no... Pero,
-ahora caigo en que debes encontrarte rendido: ¿te parece que, por esta
-noche, pongamos término a nuestra conferencia?
-
---Un momento más.
-
---Una hora, si ése es tu gusto.
-
---Hemos obrado mal, tío, y los frutos de nuestra iniquidad están
-madurando.
-
---¿_Hemos_ obrado mal?--repitió el tío sonriendo.
-
---Ha cometido mil yerros nuestra familia, sí, nuestra honorable
-familia, cuyo honor tanto nos interesa a los dos. Hasta en tiempos de
-mi padre cometimos mil iniquidades, sacrificando sin reparo a todo ser
-humano que se interpusiera entre nosotros y nuestros placeres... ¿Pero
-a qué hablar de los tiempos de mi padre, si otro tanto ocurre en los
-de usted? ¿Puedo, acaso, establecer una separación entre mi padre y su
-hermano gemelo, su heredero adjunto, su sucesor inmediato forzoso?
-
---La mano de la muerte me llamó a sucederle.
-
---Y la misma mano me dejó encadenado a un sistema que me repugna, que
-me horroriza, haciéndome responsable de lo que no está en mi mano
-evitar; me impide dar cumplimiento a la súplica postrera que murmuraron
-los labios de mi santa madre, me impide obedecer la orden última, muda,
-pero patética, dictada por los ojos queridos de aquella dama ejemplar,
-que me encarecían que tuviera piedad y compasión, y que jamás cerrara
-mis oídos a la voz de la justicia; y por último, me destroza el alma,
-al convencerme de que necesito una mano que me ayude y de que en vano
-la busco.
-
---Si en mí la buscas, mi querido sobrino, desde luego te aseguro que
-pierdes el tiempo: no la encontrarás nunca. He decidido bajar al
-sepulcro perpetuando el sistema bajo el cual nací y he vivido.
-
-Tomó otro polvo de rapé, guardó la cajita en el bolsillo, y añadió:
-
---Preferible es escuchar la voz de la razón y aceptar el destino
-natural... Pero observo que estás perdido, mi querido Carlos.
-
---Perdidas están para mí estas propiedades y hasta Francia--contestó
-con amargura el sobrino.--Las renuncio.
-
---¿Pero es que puedes renunciarlas? Siempre he creído que para
-renunciar precisa _poseer_. Yo no sé si Francia será tuya ya; pero los
-bienes de nuestra familia... Claro que ni vale la pena hablar de ello;
-pero ¿es que los consideras tuyos?
-
---Al hablar como lo hice, ni se me ocurrió la idea de aludir a los
-derechos que sobre ellos tengo, ni mucho menos reclamar su posesión. Si
-mañana pasasen de sus manos a las mías...
-
---Lo que tengo la vanidad de considerar muy improbable...
-
---... O de aquí a veinte años...
-
---Me haces demasiado honor; pero prefiero esta suposición a la primera.
-
---Los abandonaría, para vivir en otra parte y otro género de vida. ¡No
-sería abandonar mucho! ¡Total, un desierto espantoso que no presenta
-más que miserias y ruinas!
-
---¿Sí?--exclamó el Marqués, paseando su mirada por aquella habitación
-suntuosa.
-
---No diré que la vista no encuentre en aquéllos algún atractivo; pero
-estudiados en su fondo, a la luz de la razón y de la justicia, son
-una torre ruinosa de extorsiones, despilfarros, deudas, injusticias,
-opresiones, hambres, desnudeces y sufrimientos.
-
---¿Sí?--repitió el Marqués con acento de satisfacción.
-
---Si llegan a ser míos, los confiaré a manos más competentes que las
-mías para que los desgraven poco a poco, dado caso que llegue a tiempo,
-del peso enorme que los arrastra al precipicio, a fin de que los
-infelices que a ellos se ven clavados sufran menos en lo sucesivo. No
-podré hacerlo; lo sé. Pesa sobre ellos una maldición, y no sólo sobre
-ellos, sino también sobre la nación entera.
-
---¿Y tú?--preguntó el tío.--Perdona mi curiosidad; ¿es que a la sombra
-de tu filosofía de nuevo cuño esperas vivir del maná del cielo?
-
---Fuerza será que viva de lo mismo que vivirán tantos otros
-compatriotas míos, por muchos que sean sus pergaminos, por rancia que
-sea su nobleza: del trabajo.
-
---¿En Inglaterra, por ejemplo?
-
---Sí. El honor de la familia puede dormir tranquilo. No lo mancillaré
-trabajando mientras me encuentre en este país, y no podré mancillarlo
-en otro sencillamente porque, fuera de aquí, no ostentaré el apellido
-de la familia.
-
-El Marqués hizo sonar un timbre. Inmediatamente se iluminó la
-habitación inmediata. Esperó el Marqués a que se fuera el servidor que
-había encendido las luces, y cuando oyó que sus pasos se alejaban,
-dijo, mirando a su sobrino con rostro sonriente:
-
---Muchos atractivos tiene para ti Inglaterra, bien que, a decir verdad,
-no me admira si tengo en cuenta lo mucho que allí has prosperado.
-
---Manifesté ya antes que creo ser deudor a usted de todas las
-_fortunas y prosperidades_ que allí encontré. De todas suertes,
-Inglaterra es mi refugio.
-
---Si hemos de creer a los vanidosos ingleses, es el refugio de muchos.
-¿Conoces a un compatriota nuestro que allí buscó refugio? Me refiero a
-un doctor.
-
---Le conozco.
-
---¿A quien acompaña una hija?
-
---Sí.
-
---El mismo. Estás rendido... Buenas noches.
-
-La sonrisa con que acompañó la inclinación de cabeza que hizo a su
-sobrino a guisa de cortés despedida y el tono con que pronunció
-las últimas palabras, envolvían un misterio que no pudo menos de
-impresionar al sobrino.
-
---Sí--repitió el Marqués.--Un doctor con una hija... Sí. ¡Así comienza
-la nueva filosofía!... Buenas noches.
-
-El joven clavó sus ojos en su cara cual si esperase encontrar en ella
-la aclaración de las últimas palabras que habían herido sus oídos.
-Trabajo perdido. Lo mismo hubiera conseguido interrogando las de las
-estatuas de piedra que tanto abundaban en el castillo.
-
---¡Buenas noches!--añadió el tío.--El deseo de verte mañana por la
-mañana me tendrá desvelado toda la noche... Que descanses... Enciende
-las luces del dormitorio de mi señor sobrino... ¡Y asa a mi señor
-sobrino en la cama, si puedes!--añadió para sus adentros, antes de
-hacer sonar nuevamente la campanilla, llamando al ayuda de cámara a su
-alcoba.
-
-El ayuda de cámara acudió al llamamiento y volvió a salir, dejando al
-Marqués en paños menores y dispuesto a meterse en la cama. Tardó una
-porción de minutos en hacerlo. Si alguien le hubiese visto vestido como
-iba y calzado con zapatillas, midiendo la estancia con paso silencioso
-y vivo, semejante al del tigre real, hubiérale tomado probablemente
-por el famoso marqués encantado de la leyenda, cuyas transformaciones
-periódicas en felino comenzaban entonces o terminaban en aquel instante.
-
-Surgían en el fondo de su imaginación, mientras caminaba de uno a otro
-extremo de su voluptuosa alcoba, los incidentes más salientes del viaje
-que terminara aquella noche: veíase subiendo perezosamente la rampa
-empinada de la colina, contemplaba con los ojos del alma la puesta del
-sol, el descenso de la falda opuesta de la colina, el molino, la cadena
-de la galga, la prisión emplazada al borde del tajo, la aldea de la
-hondonada, los labriegos en derredor de la fuente y el caminero en el
-momento de señalar con su gorro puntiagudo la cadena de su coche de
-camino. La fuente de la aldea le recordaba la otra fuente de París, y
-en ella veía al cadáver del niño acurrucado sobre el basamento, a las
-mujeres inclinadas sobre su cuerpecito y al hombre alto que, con los
-brazos extendidos gritaba: «¡Muerto!»
-
---Me estoy enfriando--murmuró el señor Marqués.--¡A la cama, a la cama!
-
-Tendióse en el lecho, dejó caer las lujosas cortinas que lo
-envolvieron, y se dispuso a dormir.
-
-Por espacio de tres horas interminables permanecieron las caras de
-piedra de los inmóviles centinelas colocados en el exterior del
-castillo contemplando las negruras de la noche; por espacio de tres
-horas interminables los caballos inquietos golpearon con sus manos los
-pesebres de las caballerizas, y la lechuza lanzaba un ruido peculiar
-que no tenía semejanza alguna con el canto que a las lechuzas han
-asignado los hombres-poetas.
-
-Hombres y leones de piedra del castillo clavaron por espacio de tres
-mortales horas sus ojos sin pupilas en los negros tules de la noche.
-Negros estaban los campos, negros los bosques, negros los caminos,
-negro como mar de tinta todo el paisaje. En el cementerio de la aldea
-hubiese sido imposible distinguir una tumba de otra, y nadie hubiera
-podido decir si la cruz a cuyo pie estaba arrodillada aquella tarde
-la mujer que pidió una gracia al Marqués continuaba enhiesta o si
-había caído derribada. En la aldea, explotadores y explotados dormían
-profundamente. Quizá durante el sueño disfrutaban estos últimos de
-opíparos banquetes, como ocurrir suele a los que perecen de hambre, o
-bien de tranquilidad y de descanso, cual bueyes habituados a gemir bajo
-el yugo.
-
-Aguas invisibles y silenciosas fluían de la fuente de la aldea, lo
-mismo que de la fuente del castillo, perdiéndose a lo lejos, como se
-pierden los minutos que continuamente deja escapar la mano del Tiempo.
-Al cabo de tres horas interminables, las aguas comenzaron a tomar
-ligeros tonos grises, y los ojos de las caras de piedra del castillo
-principiaron a iluminarse.
-
-Brotó por Oriente el sol, tiñendo de rojo las copas de los árboles y
-las cimas de las montañas. Sus fulgores dieron roja coloración a las
-aguas que brotaban de la fuente del castillo y a las caras de piedra de
-hombres y leones. Gorjeaban parleros los pajarillos, uno de los cuales,
-más atrevido que sus compañeros, agotó el repertorio de sus cantos más
-hermosos posado sobre el alféizar de piedra de la ventana de la alcoba
-del señor Marqués. El centinela de piedra más inmediato contempló con
-mudo asombro al cantor, abrió la boca y dió muestras del terror más
-profundo.
-
-Los fulgores del astro del día sacudieron el sopor que dominaba cual
-señor absoluto en la aldea. Abriéronse las ventanas, desatrancáronse
-las puertas de las casas, y las gentes salieron tiritando a la calle
-para entregarse a las faenas diarias. Unos se fueron a la fuente, otros
-al campo; éstos, a arar, aquéllos a cavar o a apacentar escuálidos
-ganados. En la iglesia quedaron dos o tres personas, suplicando al
-Cielo que conservara la vida de alguna vaca o de corto número de ovejas.
-
-El castillo despertó más tarde, cual correspondía a su elevada
-jerarquía social. Los rayos del sol tiñeron de rojo primero a los
-venablos, espadas y lanzas; más tarde arrancaron destellos a los
-montantes, comenzaron a abrirse ventanas, se impacientaron los caballos
-en las cuadras, y los perros sacudían las cadenas que los sujetaban,
-ladrando desaforadamente en demanda de libertad.
-
-Todos éstos eran incidentes triviales que se repetían diariamente,
-detalles rutinarios de la vida ordinaria. Pero algo menos trivial,
-algo que no era rutinario ni corriente ocurría aquella mañana en el
-castillo. Repicaba con furia insistente la gran campana; corrían los
-servidores de una parte a otra; por la terraza cruzaban muchas personas
-y en las caballerizas ensillaban con azoramiento varios caballos. ¿Por
-qué?
-
-¿Qué ventolera había acometido al caminero, momentos antes entregado
-al trabajo, allá en la cima de la colina? ¿Acaso las aves del campo
-pretendían llevarse en sus picos el escaso almuerzo que había dejado
-sobre un montón de piedras? ¿por qué corría con aquella furia, ladera
-abajo, cual si de la velocidad de su carrera dependiera su vida?
-¿Por qué hundía sus piernas hasta la rodilla en el polvo, y devoraba
-distancias sin detenerse a tomar aliento, hasta que llegó a la fuente?
-
-En derredor de ésta se había congregado toda la población de la aldea,
-y allí permanecía con la consternación pintada en sus semblantes,
-hablando con voz muy baja, bien que sin revelar otras emociones que
-las de curiosidad sombría y profunda sorpresa. En la embocadura de la
-calle se veían gentes del castillo, servidores de la casa de postas y
-todas las autoridades de la aldea, más o menos armadas. El caminero
-había penetrado ya en el centro de un grupo, formado por unos cincuenta
-amigos particulares suyos, con los cuales hablaba con muestras de
-excitación. ¿Qué significaba todo esto? Sobre todo, ¿qué significaba
-la llegada del señor Gambelle, que sentado a la grupa de un caballo,
-montado también por un servidor del castillo, se aproximaba a la
-aldea a galope tendido, no obstante la doble carga, cual si quisiera
-representar, un poquito modificada, la leyenda alemana de Leonora?
-
-Todo ello significaba que, en el castillo, las caras de piedra habían
-aumentado en una aquella noche.
-
-El Gorgon que presidió la erección del castillo decidió sin duda
-visitar su obra durante la noche, advirtió que faltaba una faz de
-piedra, la misma que probablemente estaban esperando desde doscientos
-años antes, y la aumentó.
-
-La cara de piedra reposaba boca arriba sobre la mullida almohada del
-lecho del señor Marqués. Parecía mascarilla finísima, de expresión
-un poquito asustada o airada. Pegado a la cabeza había un tronco de
-hombre, también petrificado, y envainado en el corazón de ese tronco se
-veía un cuchillo. En derredor del pomo del cuchillo había un papel, en
-el cual alguien había garrapateado las siguientes palabras:
-
-_«Llévale veloz a la tumba. De parte de Santiago»._
-
-
-X
-
-DOS PROMESAS
-
-Pasaron doce meses. Carlos Darnay se había establecido en Inglaterra
-como maestro de idioma francés y de literatura francesa. Hoy le darían
-el pomposo nombre de profesor; en aquella época se le llamaba tutor.
-Enseñaba a jóvenes que disponían de tiempo y deseaban aprender una
-lengua viva que se hablaba en todo el mundo. Maestros como Darnay
-no se encontraban con facilidad en aquellos tiempos. Los príncipes
-y los reyes distaban mucho de poder figurar entre la clase de los
-que pueden enseñar, y la nobleza arruinada no pensaba en perder la
-vista trabajando sobre los Libros Mayores del Banco Tellson, ni en
-consagrar sus aptitudes a las artes culinarias o de carpintería. No
-tardó en hacerse conocido el joven Darnay, quien como maestro poseía
-el secreto de hacer que sus discípulos encontrasen agradables sus
-lecciones, y como traductor sabía poner en sus trabajos algo más que
-los conocimientos derivados de la gramática y del diccionario. Como
-quiera que, por otra parte, supo asimilarse las costumbres del país en
-que vivía, no es de admirar que con algo de perseverancia, consiguiera
-prosperar.
-
-Cuando se trasladó a Londres, no lo hizo llevado de la esperanza de
-pasear sobre aceras de oro ni de dormir sobre lecho de rosas. De haber
-abrigado esas esperanzas, a buen seguro que no hubiese prosperado.
-Esperaba trabajo, lo encontró, se dedicó con ardor a él, sacó de su
-labor todo el partido posible: ese fué el secreto de su prosperidad.
-
-Pasaba parte del tiempo en Cambridge, hablando con los estudiantes y
-enseñándoles, como de contrabando, lenguas europeas y prescindiendo del
-griego y del latín, sobradamente enseñados en aquel establecimiento
-docente, y el resto del día permanecía en Londres.
-
-Pero pasemos a otro asunto menos ingrato. Desde los remotos tiempos en
-que la humanidad disfrutaba de un verano perpetuo, hasta los que hoy
-padecemos, en los cuales hemos de conformarnos con un invierno no menos
-perpetuo, el mundo ha seguido invariablemente el mismo derrotero; el
-derrotero de Carlos Darnay... el derrotero del amor a la mujer.
-
-Habíase enamorado de Lucía Manette el día en que el peligro se cernía
-sobre su cabeza. En sus oídos no había resonado nunca una voz de
-acentos tan armoniosos, tan delicados, tan tiernos, como los que en
-la ocasión indicada supo aquella poner en su compasiva voz, ni sus
-ojos vieron jamás rostro tan encantador, tan angelical como el de
-Lucía, cuando ésta le veía al borde mismo de la fosa que a sus pies
-habían abierto falsos acusadores. Sus labios, empero, no habían dejado
-traslucir el secreto de su corazón. El asesinato perpetrado al otro
-lado del Canal, en desierto castillo, aquel robusto castillo de piedra,
-databa de un año, y el joven Darnay a nadie había revelado el estado de
-su alma.
-
-Que para obrar de esa suerte tenía Darnay sus razones, sabíalo él
-perfectamente; pero fuera que éstas hubieran desaparecido, fuera que no
-pudiera mantener encerrado por más tiempo en su pecho el secreto, ello
-es que un día de verano, a su regreso de Cambridge, dirigió sus pasos
-hacia el tranquilo rincón de Soho, resuelto a abrir su pecho al doctor
-Manette. El día estaba próximo a terminar, y sabía que Lucía habría
-salido con la señorita Pross.
-
-Encontró al doctor leyendo junto a la ventana. Las energías que en
-otro tiempo le sostuvieron impidiendo que cayera abrumado bajo el peso
-de sus torturas, habíanle restablecido gradualmente. Era ya un hombre
-fuerte en sus propósitos, enérgico en sus resoluciones, vigoroso en sus
-actos. Estudiaba mucho, dormía poco, soportaba sin esfuerzo grandes
-fatigas, y se le veía constantemente contento y feliz. Al ver entrar en
-su estudio a Carlos Darnay, dejó el libro y alargó al recién llegado su
-diestra.
-
---¡Amigo Darnay!--exclamó.--¡Cuánto placer me produce su visita! Desde
-hace tres o cuatro días esperábamos su regreso. Ayer estuvieron aquí
-los señores Stryver y Carton, y ambos estaban contestes en afirmar que
-nos privaba usted de su presencia más de lo debido.
-
---Les agradezco muy de veras el interés que esos señores me
-demuestran--contestó Darnay con alguna frialdad.--¿Y la señorita Lucía?
-
---Está bien, muchas gracias. Su regreso de usted será para todos
-nosotros motivo de alegría... Ha salido de compras, pero no tardará en
-volver.
-
---Sabía que se hallaba fuera de casa, doctor. Precisamente he
-aprovechado la ocasión de que saliera para solicitar de usted una
-conferencia.
-
-Calló el doctor.
-
---¿Sí?--preguntó al fin.--Acerque una silla y hablaremos.
-
-El joven acercó una silla sin dificultad, pero parece que la encontró
-para dar comienzo a la conferencia.
-
---He tenido la felicidad de frecuentar tanto esta casa--principió
-diciendo al fin--desde hace año y medio, que espero que el tema que voy
-a tocar no ha de ser...
-
-Interrumpióle el doctor alargando una mano.
-
---¿Es Lucía el tema en cuestión?--preguntó.
-
---Lucía es.
-
---Siempre me afecta profundamente hablar de Lucía; pero me es doloroso
-oir hablar de ella en el tono que usted lo hace, Darnay.
-
---Es el tono de la admiración ferviente, del homenaje entusiasta, del
-amor más profundo, doctor--replicó Darnay.
-
-Otra pausa más prolongada que la anterior.
-
---Lo creo. Con gusto hago a usted justicia... lo creo.
-
-La contrariedad del doctor era tan visible, que Darnay, comprendiendo
-que había abordado un tema que disgustaba al padre, vaciló.
-
---¿Puedo continuar, señor?--preguntó.
-
-Nueva pausa.
-
---Sí; continúe usted.
-
---Adivina usted lo que voy a decir, bien que es imposible que adivine
-con cuánto fervor lo digo y con cuánto fervor lo siento, pues para
-ello sería preciso que penetraran sus miradas hasta el fondo más
-íntimo de mi alma, para ver allí las esperanzas y temores, los anhelos
-y ansiedades que la abruman bajo su peso. Mi querido doctor Manette,
-amo a su hija con amor entrañable, inmenso, desinteresado, ferviente;
-la amo como muy pocos han amado en el mundo. Usted ha amado también,
-doctor: ¡hable por mí el amor que en otros tiempos apresuró los latidos
-de su corazón!
-
-El doctor, que escuchaba al joven con la cabeza ligeramente vuelta
-y fijos en tierra los ojos, extendió vivamente un brazo al oir las
-palabras últimas, y exclamó:
-
---¡No...! ¡No hable usted de eso!... ¡No me lo recuerde, por lo que más
-quiera!
-
-Darnay guardó silencio.
-
---Perdóneme usted--repuso el doctor al cabo de algunos segundos.--No
-dudo que usted ama a Lucía...
-
-Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste,
-preguntó:
-
---¿Ha hablado usted de su amor a Lucía?
-
---Nunca.
-
---¿Le ha escrito?
-
---Jamás.
-
---Sería yo poco generoso si desconociera que en su abnegación ha
-entrado por mucho la consideración al padre. El padre da a usted las
-gracias.
-
-Ofreció la diestra a su interlocutor, pero sus ojos no siguieron el
-movimiento de la mano.
-
---Sé--dijo Darnay con mucho respeto--sé... ¿cómo no saberlo, si he
-visto a ustedes la mayor parte de los días? sé que entre usted y Lucía
-media un cariño tan tierno, tan excepcional, tan conmovedor, tan en
-armonía con las circunstancias que han presidido su nacimiento y
-desarrollo, que aun en la ternura que liga a los padres con sus débiles
-hijitos sería difícil encontrar precedentes. Sé, doctor Manette, que
-juntamente con el cariño de la hija, que es ya mujer, alienta en el
-corazón de ésta todo el amor de la infancia. Sé que, por lo mismo que
-durante su niñez se vió privada de las caricias de su padre, hoy se
-ha consagrado a usted con toda la constancia, con todo el fervor que
-la dan sus años y su carácter. Sé perfectamente bien que, si usted,
-después de muerto, hubiera descendido del cielo para acompañar a su
-hija en la tierra, no podría ser ni más querido, ni más sagrado, ni
-más reverenciado de lo que hoy es. Sé que cuando su hija le abraza,
-son los brazos de la niña, los brazos de la doncella, los brazos de
-la mujer los que con ternura infinita rodean su cuello. Sé que Lucía,
-amando a usted como hoy es, ama a una madre tan joven como ella y a un
-padre tan joven como yo; ve y adora a una madre contristada, sumida
-en insondables mares de amargura, y ve y adora a un padre sepultado
-en vida. Todo esto lo sé, lo he estado viendo noche y día, pues para
-saberlo, me ha bastado ver a ustedes en el sagrado del hogar.
-
-El padre continuaba sin variar de actitud, doblada la cabeza y bajos
-los ojos. Su respiración se hizo un poquito entrecortada, pero no
-reveló otras señales de agitación.
-
---Y sabiéndolo, doctor Manette, convencido de que interponer entre
-ustedes un amor... mi amor, equivale a introducir en su cielo algo que
-es menos sublime que éste, he procurado imponer silencio a mi corazón,
-me he resistido hasta el último límite. ¡No puedo más!... ¡La amo!...
-¡El Cielo me es testigo de que la amo!
-
---Lo creo--contestó el padre con acento doloroso.--Lo venía sospechando
-de antiguo... Lo creo.
-
---Pero sentiría--repuso Darnay, quien creyó ver una reconvención en el
-acento doloroso del doctor--sentiría que creyera también que, si fuese
-tan inmensa mi fortuna que un día me fuera dado llamarla mi mujer,
-había de intentar separar a ustedes ni pronunciar una sola palabra
-distinta de las que en este momento salen de mis labios. Bien se me
-alcanza que sería inútil; pero de todas suertes, no soy yo capaz de
-cometer vileza semejante. Si pensamientos tan bajos rozaran siquiera mi
-mente, no sería yo digno de tocar esta mano honrada--añadió, tendiendo
-la suya a su interlocutor.--No, mi querido doctor Manette; como a
-usted, me aleja de Francia un destierro impuesto voluntariamente; como
-usted, he huído de ella para no ver sus desaciertos, sus opresiones,
-sus miserias; como usted, he resuelto expatriarme, vivir del trabajo
-de mis manos y cifrar mis esperanzas en un futuro más venturoso. Mi
-aspiración única es compartir su suerte de usted, compartir su vida y
-su hogar, y serle fiel hasta la muerte. No aspiro a tener participación
-en el preciado privilegio de Lucía en su calidad de hija y compañera
-amante de su vida; sino a robustecer ese privilegio, a unirla más
-estrechamente a usted, suponiendo que eso sea posible.
-
-La mano del joven continuaba sobre la del padre, quien tenía las suyas
-sobre los brazos del sillón en el que estaba sentado. Por primera vez
-desde el comienzo de la conferencia, alzó el doctor los ojos del suelo.
-Su cara reflejaba la lucha que se libraba en su interior.
-
---Habla usted con tanta ternura, y a la par con tanta entereza, Carlos
-Darnay, que le doy las gracias con todo mi corazón, y voy a ponerle
-de manifiesto... casi de manifiesto el mío. ¿Tiene usted motivos para
-creer que Lucía corresponda a su amor?
-
---Ninguno.
-
---El objeto inmediato de esta confidencia, ¿es cerciorarse desde luego
-y con mi autorización de ese extremo?
-
---Ni eso siquiera. No espero obtener esa dicha en muchas semanas,
-aunque, como es natural, desearía salir de dudas mañana mismo.
-
---¿Busca usted que yo le aconseje y guíe?
-
---Tampoco he venido con ánimo de solicitar sus consejos y ayuda; pero
-sí creyendo que, si en su mano está ayudarme, y lo considera justo, me
-proporcionará algún auxilio.
-
---Entonces, lo que usted busca es una promesa mía.
-
---En efecto; eso busco.
-
---¿Qué promesa es?
-
---Bien convencido estoy de que, sin usted, nada puedo esperar: bien
-convencido estoy de que, aun cuando Lucía me amara como yo la amo...
-y no crea usted que mi presunción llegue a suponer semejante cosa, de
-nada me serviría, si mi amor fuese incompatible con el que debe a su
-padre.
-
---Siendo así, estará bien convencido de...
-
---Estoy convencido también de que, una sola palabra pronunciada por su
-padre en favor de cualquier aspirante a su mano, pesaría decisivamente
-en su ánimo, y precisamente porque de ello estoy convencido, doctor
-Manette, no he de solicitar esa palabra, aun cuando de ella dependiera
-mi vida--terminó el joven, con modestia, pero con decisión varonil.
-
---De ello estoy seguro, Carlos Darnay. Los misterios suelen brotar de
-los amores profundos y de las divisiones anchas: en el primer caso,
-los misterios son sutiles, delicados y de difícil penetración. Bajo
-este aspecto, Lucía es para mí un misterio: ni aproximadamente me es
-dado adivinar el estado de su corazón.
-
---¿Me permitirá preguntar, doctor, si ella...?
-
---¿Si tiene algún otro pretendiente?
-
---Eso fué lo que quise decir.
-
-El padre contestó al cabo de algunos momentos de reflexión:
-
---Ha visto usted mismo que vienen a esta casa con alguna frecuencia los
-señores Carton y Stryver; si alguien aspira a la mano de mi hija, será
-en todo caso uno de los dos.
-
---O los dos--observó Darnay.
-
---No se me ha ocurrido que puedan ser los dos; es más: ni creo probable
-que sea ninguno de los dos. Pero me ha dicho usted que desea de mí una
-promesa: dígame de qué se trata.
-
---La promesa que deseo obtener es que, si algún día su hija hiciera
-a usted la confianza que yo acabo de hacerle, la repitiera usted mis
-palabras, añadiendo que cree en la sinceridad de las mismas. Creo
-merecerle a usted bastante buena opinión para no tomar partido en
-contra mía. Yo, por mi parte, cumpliré estrictamente la condición sobre
-la cual fundo mi súplica, porque a que la cumpla tiene usted derecho
-indiscutible.
-
---Hago la promesa que usted desea, sin condición alguna--respondió el
-doctor.--Creo firmemente que su objeto es el que me ha expuesto; creo
-que intenta usted perpetuar, y en ningún caso debilitar, los lazos que
-me unen a quien me es más querida que yo mismo. Si algún día me dice
-mi hija que usted le es necesario para su felicidad, me apresuraré a
-entregársela. Si existieran, Carlos Darnay, si existieran...
-
-El joven estrechó agradecido la mano del doctor.
-
---... Caprichos, motivos verdaderos, aprensiones, cualquier otra cosa,
-antigua o reciente, en contra del hombre a quien mi hija amase de
-veras..., siempre que la responsabilidad no fuera personalmente suya...
-todo lo olvidaría por amor a aquélla. Lo es todo para mí. Ante su dicha
-callan todos los agravios que yo haya recibido, todos los tormentos
-que... ¡Estoy diciendo lo que no viene al caso!
-
-Tan singular fué el tono que el doctor dió a sus palabras, tan singular
-la brusca interrupción, tan singular la mirada que dirigía a su
-interlocutor, que éste sintió penetrar el frío hasta el fondo de su
-corazón.
-
---Sin darme cuenta he desviado la conversación--añadió el doctor
-sonriendo.--¿Qué era lo que me decía?
-
-No supo Darnay qué contestar en el primer momento, hasta que recordó
-que había hablado de una condición. Más tranquilo entonces, dijo:
-
---A su confianza tengo el deber ineludible de contestar con la mía. Mi
-apellido actual, aunque apenas si discrepa del de mi madre, no es el
-mío, conforme sabe usted. Deseo decirle cuál es el que me corresponde,
-y explicarle los motivos de encontrarme en Inglaterra.
-
---¡No! ¡Cállese usted!
-
-El doctor llevó ambas manos a sus oídos y a continuación a los labios
-de Darnay.
-
---Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos
-para usted.
-
---¡No! ¡Me lo dirá usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna
-ahora! Si sus aspiraciones entran en vías de realización, si Lucía
-corresponde a su amor, me hará esas revelaciones la mañana misma de su
-matrimonio. ¿Me lo promete?
-
---Con mucho gusto.
-
---Déme su mano. Mi hija llegará de un momento a otro, y no quisiera que
-nos encontrara juntos esta noche. ¡Váyase... y que Dios le bendiga!
-
-Había cerrado la noche cuando salió Carlos Darnay, y aun tardó Lucía
-una hora en llegar. Corriendo se dirigió a la habitación en que solía
-estar su padre, no siendo pequeña su sorpresa al encontrar vacante el
-sillón que aquél ocupaba invariablemente cuando leía.
-
---¡Padre!--llamó.--¡Mi querido padre!
-
-Nadie contestó; pero como llegaran a sus oídos repetidos martillazos
-que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigió corriendo.
-Miró por la puerta, y retrocedió asustada, llorando.
-
---¿Qué haré, Dios mío, qué haré?--exclamó.
-
-Un instante nada más duraron sus incertidumbres. Llamó con los nudillos
-en la puerta y pronunció en voz muy baja el nombre de su padre. Cesaron
-inmediatamente los martillazos, salió su padre, la miró silencioso, y
-comenzó a pasear por la estancia. Lucía caminaba a su lado.
-
-A la mañana siguiente, Lucía entró muy temprano en el dormitorio del
-doctor. Encontróle durmiendo profundamente. No observó alteración
-alguna en la banqueta de zapatero, ni en las herramientas ni en el
-zapato sin terminar.
-
-
-XI
-
-ENTRE COMPAÑEROS
-
---Prepara otro ponche, Sydney--dijo el abogado Stryver aquella misma
-noche, ya de madrugada, a su compañero el chacal.--Tengo que hacerte
-una confidencia.
-
-Desde algunas noches antes, Sydney trabajaba con ardor a fin de
-disminuir y acabar con el monte de papeles que esperaban turno en la
-mesa de trabajo antes de salir de vacaciones. Todos quedaron al día;
-ya no había que hacer otra cosa que esperar la llegada del mes de
-noviembre, pródigo en nieblas atmosféricas y en nieblas legales.
-
-No era Sydney un dechado de sobriedad y de templanza: aquella noche
-hubo de aumentar en dos el número de las toallas empapadas en agua fría
-que solía aplicar a su cabeza, de la misma manera que duplicó también
-la cantidad de vino ingerido con anterioridad a la aplicación de las
-toallas.
-
---¿Estás preparando el otro ponche?--preguntó Stryver, desde el sofá
-sobre el cual estaba tumbado de espaldas.
-
---Sí.
-
---Escucha, pues. Voy a revelarte algo que seguramente te maravillará, y
-quién sabe si hasta te hará creer que soy mucho menos listo de lo que
-aparento. He pensado casarme.
-
---¿Tú?
-
---Sí. Aun te sorprenderá más el saber que no me caso por móviles de
-dinero. ¿Qué me dices?
-
---No siento comezón de decir mucho. ¿Quién es ella?
-
---Adivínalo.
-
---¿La conozco?
-
---Adivínalo.
-
---No me parece ocasión propicia para echarme a adivinar, a las cinco
-de la madrugada y con la cabeza convertida en volcán en erupción. Si
-quieres que adivine, convídame a comer.
-
---Puesto que no quieres adivinar, te lo diré yo--dijo Stryver,
-sentándose perezosamente.--Por supuesto, que no abrigo la más
-insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente
-porque eres y has sido siempre un perro insensible.
-
---En cambio tú has sido siempre y eres un espíritu todo sensibilidad y
-poesía--replicó Sydney con acento irónico.
-
---¡Hombre!...--exclamó Stryver riendo.--No aspiro a pasar plaza de
-héroe de novela sentimental, pero no me negarás que soy más blando que
-tú.
-
---Querrás decir más afortunado.
-
---No; he querido decir más... más...
-
---Galante: ¿acerté ahora?
-
---¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi intención era decir que yo soy hombre
-que cuido de hacerme más agradable, que me tomo más interés para
-hacerme más agradable, que sé la manera de hacerme más agradable a las
-mujeres que tú.
-
---Adelante--dijo Sydney Carton.
-
---Ten calma, amigo mío--replicó Stryver, moviendo la cabeza.--Antes
-de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado
-con tanta, con más frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y
-francamente, me ha avergonzado la aspereza de carácter, el ceño que
-siempre has mantenido allí. Tus modales han sido los de un perro
-malhumorado y tu manera de ser tan tétrica, que he salido avergonzado
-de ti, Sydney.
-
---Deberías estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de
-tu profesión no suelen avergonzarse de nada--replicó Carton.
-
---No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mío decirte,
-y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces
-de condiciones para estar en sociedad. Eres un compañero decididamente
-desagradable.
-
-Sydney bebió un trago de ponche y soltó la carcajada.
-
---¡Mírame a mí!--repuso Stryver, poniéndose en pie y en actitud
-arrogante.--Menos necesidad tengo que tú de hacerme agradable, toda vez
-que mi posición es mil veces más independiente que la tuya. ¿Por qué,
-pues, consigo siempre hacerme agradable?
-
---En mi vida vi que te lo hicieras.
-
---Me hago agradable porque así lo exige la finura de modales y porque
-lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo.
-
---Lo que no prosigues, según veo, es la exposición de tus proyectos
-matrimoniales. En cuanto a lo demás, hazme el favor de no proseguir.
-¿No te convencerás nunca de que soy incorregible?
-
-Carton hizo esta pregunta con entonación sarcástica.
-
---Para ser incorregible sería preciso que tuvieras negocios, y yo no sé
-que los tengas--replicó Stryver un poquito picado.
-
---Que yo sepa, no los tengo... ¿Quién es la favorecida?
-
---No quisiera que la mención del nombre te produjera pena o
-desagrado--dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la
-revelación que iba a hacer.--Me consta que no sientes ni la mitad de
-lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sería
-igual, pues no tendría importancia. Hago este preámbulo porque en una
-ocasión hablaste con bastante ligereza de la señorita cuyo nombre voy a
-pronunciar.
-
---¿Yo?
-
---Tú, sí; y en esta misma habitación.
-
-Carton se obsequió con otro vaso de ponche y miró a su amigo.
-
---Refiriéndote a la señorita a que aludo, dijiste que era una muñeca
-de cabellos de oro. La señorita a que me refiero es la señorita Lucía
-Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza
-de sentimientos, me habría molestado que hablaras de ella como lo
-hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu
-ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi
-memoria acude tu expresión, la doy la misma importancia que daría a
-la opinión de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado
-por mí, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una
-composición musical obra mía.
-
-Carton continuaba menudeando las visitas a la ponchera.
-
---Ya lo sabes todo, Sydney--prosiguió Stryver.--Me caso con esa niña,
-sin importarme que tenga o no fortuna. Es una criatura encantadora, y
-me he propuesto hacerla feliz, y sin jactancias ni inmodestias creo
-que puedo decir que lo he conseguido. Ocupo una posición envidiable,
-prospero y subo con rapidez y no me falta distinción. En una palabra:
-soy para ella un tesoro, y me alegro, pues tesoros merece ella. ¿Te
-maravilla lo que oyes?
-
---¿Por qué me ha de maravillar?--respondió Sydney, entre trago y trago
-de ponche.
-
---¿Lo apruebas?
-
---¿Por qué no he de aprobarlo?
-
---¡Vaya! Veo que lo tomas con mayor calma de la que yo esperaba, y
-que, en obsequio mío, eres menos mercenario de lo que creía. No me
-sorprende, en medio de todo, pues sabes perfectamente que tu antiguo
-condiscípulo se ha distinguido siempre por su entereza de carácter.
-Sí, Sydney, sí; me hastía la vida que hago y ha llegado el momento de
-variarla. Me he convencido de que es una delicia para un hombre tener
-un hogar, crearse una familia, si a ello siente inclinaciones, y estoy
-seguro de que la señorita Manette lo embellecerá y honrará siempre.
-Estoy, pues, resuelto, firmemente decidido. Y ahora, Sydney, mi querido
-amigo, me permitirás que te diga cuatro palabras sobre tu situación.
-Caminas por derroteros falsos, por mal camino; eso lo sabes tan bien
-como yo mismo. Desconoces el valor del dinero, vives vida desordenada,
-no piensas en el mañana, y en suma, tu conducta no puede conducirte más
-que a las enfermedades y a la miseria. Creo que necesitas buscarte una
-enfermera.
-
-El tono de protección con que hablaba Stryver acentuaba la
-impertinencia de sus palabras y las hacía doblemente ofensivas.
-
---No te ofenda que ahora te recomiende que estudies la cuestión de
-frente y sin prevenciones estúpidas tal como la he estudiado yo,
-aunque nuestra condición respectiva difiere mucho. Cásate. Busca a
-quien cuide de tu persona. No importa que la compañía de las mujeres
-no sea de tu gusto; no importa que carezcas de inteligencia, de tacto
-para tratarlas. Busca una mujer respetable que tenga algunos bienes,
-y cásate con ella cuanto antes, única manera de prevenirte con tiempo
-contra las calamidades e incertidumbres de la vida. He terminado.
-Piensa en ello, Sydney.
-
---Lo pensaré--contestó Sydney Carton.
-
-
-XII
-
-EL CABALLERO DELICADO
-
-Una vez resuelto el señor Stryver a labrar la felicidad de la señorita
-Manette, nada más natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que
-en su magnanimidad la había deparado. Después de debatir mentalmente
-y con el detenimiento debido un punto tan importante, llegó a la
-conclusión de que debía dar desde luego, antes de salir de vacaciones,
-los pasos preliminares, dejando para más tarde el señalamiento del
-día de la boda, que podría celebrarse una o dos semanas antes de la
-_sanmiguelada_, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de
-Nochebuena.
-
-Que tenía ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera
-sido necio dudarlo. Tratábase de un pleito claro, sin punto débil, de
-uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener
-sentencia favorable. Hasta podría dispensarse de la molestia de razonar
-su petición. ¿Para qué? El jurado fallaría en su favor sin deliberar
-siquiera: de ello estaba más que persuadido el famoso abogado.
-
-En consecuencia, Stryver inauguró sus vacaciones proponiendo a la
-señorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada
-la oferta, invitóla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya,
-tampoco fuera aceptada esta invitación, resolvió declarar las nobles
-aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.
-
-Una mañana, Stryver salió del Tribunal del Temple y enderezó sus pasos
-hacia el plácido retiro en que vivía el doctor Manette. Como quiera
-que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad íntima
-que mediaba entre el señor Lorry y los Manette, ocurriósele entrar en
-el Banco y revelar a aquél la radiante estrella que derramaba vivos
-resplandores en el horizonte de Soho. Abrió, pues, la puerta, que
-rechinó ásperamente al girar sobre sus gastados goznes, descendió los
-dos escalones, y no tardó en presentarse en el despacho en que Lorry,
-inclinado sobre sus libros, escribía interminables columnas de números,
-perfectamente alineados.
-
---¡Hola, señor Lorry!--exclamó Stryver al entrar.--¿Cómo está usted?
-Supongo que tan bien como siempre.
-
---¡Hola, señor Stryver!--respondió Lorry, estrechando la mano que el
-abogado le tendía.--Muy bien, gracias; ¿y usted? ¿Desea algo de mí,
-señor Stryver?
-
---No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita
-particular, señor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.
-
---¡Oh, las que usted quiera!--contestó Lorry, cerrando el libro y
-preparándose a oir.
-
---Voy...--comenzó diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa
-y con tono confidencial,--voy a hacer una proposición matrimonial a su
-querida y agradable amiguita Lucía Manette, señor Lorry.
-
---¡Demonio!--exclamó Lorry, rascándose la barba y mirando perplejo al
-abogado.
-
---¿Demonio?--repitió Stryver vivamente.--¿Eso es lo que a usted se le
-ocurre decirme? ¿Qué significa su exclamación, señor Lorry?
-
---Es una exclamación... amistosa... personal... puramente apreciativa,
-que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad,
-señor Stryver... me parece... encuentro...
-
---¡Basta!--respondió el abogado, descargando un manotazo sobre la
-mesa.--¡Si entiendo lo que me dice, señor Lorry, que me cuelguen!
-
-Lorry ajustó a su cabeza su peluquín, y quedó mirando a su interlocutor
-mordiendo las barbas de su pluma.
-
---¿Es que me considera usted _no_ elegible?--preguntó Stryver, mirando
-con fijeza a su interlocutor.
-
---¡Muy al contrario, señor Stryver! Sí... es usted elegible.
-
---¿No soy buen partido?
-
---Buen partido; sí... ¿por qué no?
-
---¿No progreso? ¿No medro?
-
---Sí, señor... ¿quién lo duda?
-
---Entonces, ¿qué demonios quiere decir su actitud?
-
---Pues... yo... Dígame: ¿adónde iba usted ahora?
-
---De frente al asunto--contestó Stryver, dando un puñetazo sobre la
-mesa.
-
---Si yo me encontrara en su lugar, lo dejaría para mejor ocasión.
-
---¿Por qué?--tronó el abogado.--Voy a estrechar a usted hasta el último
-límite. Como hombre de negocios que es usted, está en la obligación de
-hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: ¿por qué no iría
-usted?
-
---Porque se trata de un asunto que no abordaría yo nunca sin contar con
-esperanzas fundadas de conseguir la realización de mi deseo.
-
---¡Ira de Dios!--gritó Stryver.--¡Es una razón que tumba de espaldas!
-
-Lorry no contestó.
-
---He aquí a un hombre de negocios, un hombre de años, un hombre de
-experiencia... en un Banco, quien después de admitir la existencia
-de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por sí
-sola para asegurar el éxito, se descuelga diciendo que no existe razón
-alguna. ¡Si eso no es el más desatinado de los desatinos, venga Dios y
-lo vea!
-
---Cuando me referí al éxito, pensaba en la señorita Manette, y al
-hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver
-realizado el deseo, me refería a causas que lo fueran en realidad para
-la señorita Manette. Sí... mi buen amigo... la señorita, porque la
-señorita es el juez único e inapelable.
-
---Entonces, lo que usted quiere decirme, señor Lorry, es que la
-señorita, en opinión de usted, es una tonta melindrosa.
-
---Me interpreta usted de una manera lastimosa, señor Stryver--replicó
-Lorry, rojo de cólera.--Lo que he querido decir, y lo que digo, es
-que no toleraré que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa
-acerca de la señorita Manette, y que si supiera de algún hombre... que
-quiero creer que no existe, de algún hombre de gusto tan grosero y
-temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la
-señorita Manette, la consideración de encontrarnos en el Banco Tellson
-no sería bastante para que yo dejara impune su grosería.
-
-La necesidad de contener dentro del pecho la cólera que pugnaba por
-hacer explosión había puesto a Stryver en estado de ánimo peligroso; en
-cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse
-por nada ni por nadie, se hallaba en situación de ánimo tan peligrosa
-como la del abogado.
-
---Ya sabe usted lo que quería decirle, caballero--repuso Lorry.--Mucho
-le agradeceré que no lo olvide.
-
-Siguió un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo
-de un cuadradillo de hierro que había tomado de la mesa. Al fin rompió
-el silencio, verdaderamente penoso, diciendo:
-
---Tan nuevo es lo que usted me dice, señor Lorry, tan inconcebible, que
-no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. ¿Me
-aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la
-mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette?
-
---¿Me pide usted franqueza, señor Stryver?
-
---Sí.
-
---Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por
-letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni
-ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del
-doctor Manette.
-
---Y yo contesto que eso... ¡ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos
-los desatinos pasados, presentes y futuros.
-
---Pongamos los puntos sobre las íes--añadió Lorry;--como hombre de
-negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como
-hombre de negocios, nada sé: pero como amigo antiguo de la casa, como
-hombre que ha mecido a la señorita Manette en sus brazos, que es el
-amigo de confianza de la señorita Manette y de su padre, como hombre
-que quiere a los dos con cariño entrañable, puedo hablar, y como tal he
-hablado. Ahora bien: ¿cree usted que puedo estar equivocado?
-
---¡Ni por pienso! El sentido común es planta rara que crece en pocas
-partes. Jamás he tenido esperanzas de encontrarla fuera de mí mismo.
-Suponía yo que acaso existiera donde, por lo visto, según usted, sólo
-encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo
-confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razón.
-
---¡Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para que en ellos
-crezca la insensatez, ni toleraré... dentro o fuera del Banco Tellson,
-que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre sólo puede pronunciar
-de rodillas!--gritó Lorry, enfureciéndose de nuevo.
-
---No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin ánimo de
-molestar a nadie.
-
---Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fué lo siguiente: sería
-doloroso para usted sufrir un desengaño, sería doloroso para el
-doctor Manette verse en la precisión de ser explícito con usted, y
-sería muy doloroso para la señorita Lucía encontrarse en la dura
-necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el
-honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted
-quiere que, sin ostentar representación alguna suya, sin mezclar a
-usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen
-o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde
-luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese,
-dueño será usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso
-contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones
-desagradables. ¿Qué le parece mi plan?
-
---¿Cuánto tiempo tardaría usted en contestarme?
-
---¡Oh! ¡Es cuestión de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde
-allí llegarme en derechura a su casa.
-
---Siendo así, me parece bien. Espero a usted esta noche... ¡Buenos días!
-
-Salió el señor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una
-tempestad de ira. Sobrábale penetración para comprender que el banquero
-no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones
-sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan
-sólido, que equivalía a una certeza moral. Lejos estaba de pensar,
-cuando entró en el Banco, que le esperase una píldora tan amarga; pero
-no tuvo más remedio que tragársela.
-
---Te has puesto en situación poco airosa, Stryver--se decía a sí
-mismo;--has hecho el ridículo... ¡Aquí de tu talento forense para salir
-bien del paso!
-
-Claramente se veía que la píldora se le había atragantado y que el
-eminente abogado buscaba la forma de escupirla.
-
---¡Ah, mi querida señorita!--murmuró al cabo de pocos momentos.--¡No
-seré yo quien cargue con el ridículo!... ¡Vas a tener el placer de
-quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitáceas que me
-reservas!
-
-En efecto: aquella noche, cuando Lorry se presentó en la casa del
-abogado, encontró a éste entre rimeros de papeles y pilas de libros
-colocados de propósito sobre su mesa de trabajo, absorto en su labor
-y ajeno por completo al asunto tratado aquella mañana. Hasta pareció
-sorprendido al ver a Lorry.
-
---He estado en Soho--dijo el emisario, al cabo de más de media hora de
-tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestión.
-
---¿En Soho?--repitió con indiferencia glacial Stryver.--¡Ah... ya! ¡Qué
-cabeza la mía! ¿Creerá usted que no me acordaba de semejante cosa?
-
---Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fué
-acertadísimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente.
-
---Crea usted que lo lamento muy de veras por usted--contestó Stryver
-con calma perfecta,--y no menos de veras por el pobre padre. Es un
-incidente que la familia recordará siempre con dolor, y que... Pero no
-hablemos de ello.
-
---Confieso que no comprendo.
-
---Lo creo; pero no importa... no importa.
-
---Al contrario--replicó Lorry,--importa, y desearía que se explicase.
-
---Repito que no importa. Creí ver sentido común y ambición laudable
-donde no existe lo uno ni lo otro. Me engañé, quedo curado de mi error,
-y asunto concluído. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean
-perjuicios a quien fué de él víctima. Son muchas las damiselas que han
-cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse
-cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en
-la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No las culpo! ¡A fe que son dignas de
-compasión! ¡Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde
-un punto de vista puro de todo egoísmo, lo siento, porque para ella
-hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a través del prisma de mi
-egoísmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un
-negocio desastroso. Comprenderá usted, sin que yo se lo diga, que yo,
-lejos de salir ganando, perdía, y no poco. Por supuesto, hasta ahora
-ningún daño me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa señorita, y aquí
-para nosotros, hablando con franqueza, nunca pensé en hacer semejante
-ofrecimiento. Siga mi consejo, señor Lorry: no intente usted nunca
-luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas
-si no quiere cosechar desencantos a granel... ¡No... hágame el favor!
-Dejemos esta conversación. Repito que lamento lo ocurrido por los demás
-pero que me alegro por lo que a mí toca. Nunca agradeceré a usted
-bastante el consejo que me dió. Conoce usted a esa señorita mucho mejor
-que yo... Tenía usted razón... Se me ocurrió cometer un desatino aunque
-seguramente no habría llegado a cometerlo.
-
-Fué tal el desconcierto, la estupefacción de Lorry, que no se le
-ocurrió otra cosa que mirar con expresión estúpida a su interlocutor,
-cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos.
-
---¡Créame usted, mi querido amigo!--repetía Stryver mientras acompañaba
-a Lorry hasta la puerta,--siga mi consejo. Muchas gracias... ¡Buenas
-noches!
-
-Lorry se encontró en la calle antes de darse cuenta de lo que le
-pasaba. Stryver quedó tendido boca arriba en el sofá mirando al techo.
-
-
-XIII
-
-EL SUJETO NO DELICADO
-
-Si en alguna ocasión, o en alguna parte, brilló Sydney Carton, a
-buen seguro que no fué en la morada del señor Manette. La visitó con
-bastante frecuencia durante un año entero, y siempre estuvo triste,
-taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; sabía
-hablar perfectamente cuando se lo proponía; pero era tan tupida la nube
-que le envolvía, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los
-destellos luminosos de su inteligencia.
-
-Que las calles próximas a la casa mencionada, y hasta las piedras
-insensibles de las aceras, ejercían sobre él misterioso atractivo,
-no cabía ponerlo en tela de juicio. Más de una noche se le hubiera
-encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo,
-cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegría ficticia
-y transitoria. Más de una madrugada, los pálidos fulgores de la aurora
-naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los
-contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofrecía
-con el de éste notable analogía. Más de una mañana, los primeros rayos
-del sol, a la par que hacían resaltar las bellezas arquitectónicas
-de los campanarios de las iglesias y de los edificios más notables,
-llevaban el desaliento al pecho del solitario noctámbulo, haciéndole
-ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede
-alcanzar. Desde algún tiempo antes, el lecho desordenado que en el
-Tribunal del Temple tenía Carton, rara vez merecía el honor de ser
-usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepción
-ocurriera esto último, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos
-para continuar sus peregrinaciones.
-
-Un día del mes de agosto, cuando ya el señor Stryver, después de
-manifestar a su amigo que «reflexiones más detenidas habíanle inducido
-a renunciar a sus proyectos matrimoniales», había trasladado a
-Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona,
-uno de esos días de agosto en que los malos encuentran en el cáliz
-de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y
-de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavo de su costumbre,
-rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo
-fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo
-de la intención que brotó en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de
-esta última aquéllos, lleváronle en derechura a la puerta del doctor
-Manette.
-
-Lucía, a la que encontró sola y entregada a sus labores, recibióle con
-alguna turbación, y hasta es más que probable que de poder hacer su
-gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspiró cierta
-sensación de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al
-cruzarse entre los dos las primeras frases, algo notó en la expresión
-del rostro de su visitante que la tranquilizó, primero, y luego excitó
-en su pecho la compasión.
-
---¿Se siente usted malo, señor Carton?--preguntó.
-
---No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, señorita
-Manette, no es el medio más indicado para gozar de salud. ¡Qué podemos
-esperar los libertinos!
-
---¿Y no es lástima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme
-cuenta, salió de mis labios el principio de la pregunta, la terminaré,
-bien que haciendo constar que nada más lejos de mi ánimo que el
-propósito de ofenderle. ¿No es lástima que no procure usted vivir vida
-más ordenada?
-
---¡Es algo más que lástima! ¡Dios sabe muy bien que es una vergüenza!
-
---Entonces, ¿por qué no se corrige?
-
-Lucía, que al formular la pregunta miró de frente a su interlocutor,
-vió, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban
-arrasados en lágrimas. Lágrimas destilaba también su voz cuando
-contestó:
-
---Ya no es tiempo... Nunca seré mejor de lo que hoy soy... antes al
-contrario... empeoraré... descenderé más y más...
-
-Puesto de codos sobre la mesa, cubrióse los ojos con las manos. La mesa
-temblaba durante el penoso silencio que siguió.
-
---Perdóneme, señorita Manette--repuso Carton.--Guardo un secreto que me
-pesa demasiado y que desearía revelarla: ¿será tan buena que se digne
-escucharme?
-
---Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, señor Carton, si ha
-de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable
-usted, que en escucharle tendré yo placer espacial.
-
---Dios, sin duda, la premiará la compasión con que me trata.
-
-Serenóse algún tanto Carton, separó las manos de sus ojos y repuso, con
-acento firme:
-
---No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya
-lo que debía vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda
-en mí capaz de fructificar... soy estéril para el bien.
-
---¡No, señor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos
-de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede
-hacerse muy digno de sí mismo...
-
---Dígame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, señorita,
-y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi
-naufragado corazón el engaño en que se halla, no lo olvidaré jamás.
-
-Densa palidez cubrió las mejillas de la niña: sus manos temblaban.
-
---Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia
-divina, hubiera hecho posible que usted, señorita Lucía, correspondiera
-al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor
-de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo
-repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe
-muy bien, la felicidad que inundaría mi alma, con ser tan grande, no
-me impediría ver que la unión de nuestros destinos arrastraría a usted
-hasta el fondo de mis miserias, la sumiría en los abismos del dolor y
-del arrepentimiento tardío, la envolvería en olas de deshonra. De ello
-estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazón no
-puede guardar ternuras para mí. ¡No las espero, no las pido! Es más:
-¡doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles!
-
---¿No podría salvar a usted, señor Carton, sin esas ternuras a que se
-refiere? ¿No podría yo?... ¡Perdón otra vez! ¿No podría yo mostrarle un
-camino mejor, guiarle por senderos más rectos? ¿Ha de serme imposible
-pagar de alguna manera la confianza que en mí hace? Porque yo sé que
-se trata de una confianza--añadió Lucía con modestia, bien que con
-cierta vacilación,--de una confianza que no depositaría en nadie, y que
-deposita en mí. ¿No podríamos dar a esa confianza un giro beneficioso
-para usted, señor Carton?
-
---No, señorita Lucía--respondió Carton, moviendo con expresión de
-amarga tristeza la cabeza.--Imposible. Conque me dispense la bondad de
-escucharme durante algunos momentos más, habrá hecho en mi obsequio
-cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueño
-último de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre,
-la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta
-el abismo profundo de mi degradación y agitado allí sombras que yo
-creía muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a
-usted, siento el aguijón de remordimientos que yo suponía sin vida
-ni eficacia, y suenan en mis oídos susurros de voces antiguas que yo
-creía por siempre enmudecidas. ¡Hasta he llegado a pensar seriamente en
-empezar, en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en
-correr con arrestos nuevos a la palestra tantos años ha abandonada!...
-¡Quimeras... ilusiones, sueños que a nada práctico pueden conducir!
-¡Pero quimeras, sueños e ilusiones evocados por usted, inspirados por
-usted!
-
---Pero esas ilusiones, esos ensueños, algo habrán dejado en su alma...
-¡Oh señor Carton! ¡Busque... medite... pruebe!
-
---Es inútil: perdería el tiempo, y además no merezco vivir. Y sin
-embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a
-que llegan las aberraciones humanas, confesaré que he tenido la
-debilidad, tengo aún la franqueza de desear que usted conozca la
-rapidez prodigiosa con que me ha transformado a mí, montón de cenizas
-extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo
-semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada
-ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde.
-
---Puesto que he tenido la desgracia de hacerle más desventurado de lo
-que era antes de conocerme...
-
---No diga usted eso, señorita Lucía; que si de redención fuera yo
-capaz, usted me habría redimido; si mis desventuras pudieran tener
-término, usted se lo habría puesto. No es usted, no ha podido ser usted
-causa de que mi desgracia sea mayor.
-
---Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias
-mías, ¿no habría medio de encauzar esas influencias en forma que le
-resultaran beneficiosas? ¿Ningún bien puedo hacerle?
-
---El mayor, el único que yo podía apetecer, me lo ha proporcionado ya.
-Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve
-el recuerdo de que fué usted la última persona a quien abrí mi corazón,
-y la creencia de que en éste queda algo que ha merecido la piedad
-compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soñar.
-
---Con toda mi alma desearía convencerle, señor Carton, de que, con un
-poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguiría
-usted mejores cosas.
-
---La engaña su excelente corazón, señorita Lucía. Créame usted: me
-he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz
-de redención. Sé que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He
-depositado en un corazón puro e inocente el secreto más dulce de mi
-vida. Cuando el recuerdo de este día brote en mi memoria, ¿me será
-permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazón lo ha
-recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningún otro?
-
---Si esa creencia es para usted un consuelo, abríguela usted.
-
---¿Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la persona que más
-querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro?
-
---Señor Carton--respondió Lucía con agitación,--el secreto no es mío,
-sino de usted: tenga la seguridad más absoluta de que sabré respetarlo.
-
---¡Muchas gracias... y que Dios la bendiga!
-
-Tomó Carton la mano que Lucía le tendió, la llevó a sus labios, y
-comenzó a caminar hacia la puerta.
-
---Cuente usted, señorita Lucía, con que jamás haré referencia a la
-conversación que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este
-instante, el secreto no quedaría, por lo que a mí toca, mejor guardado.
-Un corazón puro, un corazón inocente es el arca santa donde desde hoy
-quedan guardados mi nombre, mis extravíos, mis miserias, mi confesión
-postrera... ¡Ah! ¡A la hora de mi muerte, será para mí un consuelo
-inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compañero
-sagrado durante el resto de mi vida!
-
-Lágrimas abundantes corrían por las mejillas de Lucía Manette.
-
---No llore usted, señorita Lucía, que no merezco que nadie, y menos un
-ángel como usted, vierta lágrimas por mí. Dentro de una o dos horas,
-amistades viles y hábitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales
-sucumbo, harán de mí un objeto menos digno de esas lágrimas que el
-último despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero,
-sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguiré siendo lo que
-hasta el presente he sido, para usted, mi interior será lo que ahora
-es. Mi penúltima súplica tiene por objetivo rogar a usted que me crea.
-
---Le creo, señor Carton, le creo.
-
---Voy a dirigirle mi ruego último y seguidamente la libraré de la
-presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la
-suya de ángel una sola cuerda armónica, y de quien está usted separada
-por un abismo sin fondo y sin bordes. Sé que decirlo es inútil; pero
-brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier
-persona que usted quiera, lo haré todo. Sacrificar una existencia
-perdida, no es mérito alguno, lo sé; pero si la Providencia me deparara
-ocasión de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran
-queridas la sacrificaría con gusto. Procure retener en su memoria lo
-que estoy diciendo. Vendrá día, y no tardará, en que contraiga usted
-nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarán muy estrechamente al hombre
-que tenga la dicha de merecerla, lazos los más tiernos, los más dulces,
-los más hermosos que pueden alegrar la humana existencia. ¡Oh, señorita
-Lucía! ¡En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro
-feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos,
-acuérdese alguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar
-en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted
-ame! El último favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento...
-¡Adiós... adiós!... ¡Que Dios la bendiga!
-
-
-XIV
-
-EL HONRADO MENESTRAL
-
-Muchos y muy variados objetos desfilaban ante los ojos de Jeremías
-_Lapa_, durante las horas que diariamente se pasaba sentado en su
-rústico banco en la calle Fleet, acompañado de su poco agraciado
-retoño. Quien se pasara las horas más animadas del día en la calle
-Fleet, sentado sobre un banco o sobre una silla, sobre una piedra
-o sobre el duro suelo, necesariamente había de salir de la jornada
-aturdido y sordo, por efecto de las dos procesiones inmensas,
-interminables que, no obstante seguir rumbos opuestos, una de Oriente
-a Poniente, otra de Poniente a Oriente, caminaban fatalmente hacia el
-mismo final, hacia el mundo que jamás visitan los rayos rojos y púrpura
-del sol.
-
-El buen _Lapa_, mascando la obligada paja, contemplaba el curso de
-los dos gigantescos arroyos, semejante a aquel gentil rústico que
-permaneció varios siglos contemplando el curso de un río, sin más
-diferencia entre uno y otro que la de temer el segundo que el río se
-secase, y abrigar Jeremías la seguridad de que el curso de aquellos no
-se interrumpiría jamás. Verdad es que esa seguridad era para _Lapa_
-manantial de risueñas esperanzas, toda vez que gran parte de sus
-rentas las ganaba sirviendo de piloto a las mujeres que deseaban hacer
-la travesía de la calle. Aunque por regla general, las señoras que
-recurrían a sus servicios habían entrado de lleno en el declinar de
-la vida, y por otra parte, las relaciones entabladas durante la breve
-travesía eran forzosamente de poca duración, tanta impresión ejercía en
-el fogoso Jeremías el bello sexo, que nunca prestó un servicio de esa
-clase sin expresar deseos vehementes de que le fuera concedido el honor
-de beber a la salud de la acompañada.
-
-Hubo tiempos en que los poetas se sentaban sobre un banco en los sitios
-más públicos para pensar, y meditar, y reflexionar a la vista de los
-hombres. Jeremías _Lapa_ se sentaba también en un banco y en sitio
-público; pero como no era poeta, pensaba, reflexionaba y meditaba lo
-menos posible, y en cambio miraba mucho.
-
-Atravesaba uno de esos momentos angustiosos en que el tránsito
-por la calle era escaso, y más escasas las mujeres que deseaban
-cruzarla, uno de esos momentos en que sus negocios presentaban cariz
-tan desconsolador, que nuestro héroe llegó a recelar que su mujer
-estuviera arrodillada y rezando en cualquier rincón, cuando llamó
-su atención un torrente humano de caudal inusitado, que descendía
-arrollador por la calle Fleet, siguiendo el curso mismo del sol, es
-decir, hacia Oeste. Examinado el torrente, vió _Lapa_ que se trataba
-de un entierro que sin duda no sería de gusto del pueblo, toda vez que
-éste ofrecía objeciones a su paso.
-
---Es un entierro, hijo--dijo Jeremías a su retoño.
-
---¡Viva... padre!--gritó el hijo de _Lapa_, dando cuatro zapatetas en
-el aire.
-
-El caballerito puso en su grito de alegría una significación misteriosa
-que desagradó hasta tal extremo al padre, que acechó, y aprovechó muy
-pronto la oportunidad, para agarrar a su retoño por una oreja.
-
---¿Qué es eso?--gritó Jeremías padre.--¿Qué significa ese viva? ¿Ese
-es el respeto que a tu padre tienes? ¡Este muchacho es un pillete, un
-descastado, tan descastado como sus vivas! ¡Que no vuelva a oirte, si
-no quieres _sentirme_! ¿Entiendes?
-
---¿Hacía daño a nadie?--exclamó el muchacho en son de protesta y
-frotándose la oreja.
-
---¡Lo que no hacías era bien!--replicó _Lapa_.--Súbete sobre este banco
-y mira a las turbas.
-
-Obedeció el hijo. Venían las muchedumbres gritando desaforadamente y
-saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de
-un coche fúnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra,
-ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas
-fúnebres que a la dignidad de su posición consideraba indispensables.
-No parecía, empero, que su posición fuera muy de apetecer, pues las
-turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo
-visajes y contorsiones, mofándose de su respetable persona, y lanzando
-apóstrofes poco gratos al oído.
-
-Siempre fueron los entierros motivo de excitación especial para
-Jeremías _Lapa_; no es, pues, de admirar que en la ocasión presente,
-tratándose de un entierro que traía tan ruidoso acompañamiento, le
-sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo
-con quien topó:
-
---¿Qué pasa, hermano? ¿Qué es eso?
-
---No lo sé--contestó el interrogado sin detenerse. ¡Espías!... ¡Espías!
-
---¿Quién es el muerto?--preguntó a otro.
-
---No lo sé--respondió también éste, colocando las manos delante de
-la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:--¡Espías!
-¡Espías!
-
-Tropezó al fin _Lapa_ con una persona mejor informada del caso, gracias
-a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo
-llamado Rogerio Cly.
-
---¿Era espía?--preguntó _Lapa_.
-
---Espía del Old Bailey--contestó el informador.--¡Espía... sí... espía
-del Old Bailey!
-
---¡Demonio!--exclamó _Lapa_, recordando la vista a que había asistido
-en otro tiempo.--Le conozco. ¿Está muerto?
-
---¡Muerto como mi abuela! ¡Y aun debía estarlo más!... ¡Fuera!...
-¡Espía!... ¡Que lo echen aquí!
-
-Una idea tan luminosa había de ser forzosamente aceptada por aquellas
-turbas, y así fué, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad
-del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban
-tanto al coche y al carro fúnebres, que los obligaron a detenerse. En
-un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo;
-pero éste, que nada tenía de torpe, tan admirablemente supo aprovechar
-el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos dió esquinazo a las
-turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en
-manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubría hasta las
-rodillas, el pañuelo blanco de rigor, y otras lágrimas simbólicas.
-
-El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los
-objetos y prendas indicadas demostrando loca alegría, mientras los
-comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos,
-pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente
-peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abría las fauces. Habían
-abierto ya las puertas del carro fúnebre pasa sacar el ataúd, cuando
-otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo
-general. La proposición, como todas las que son eminentemente
-prácticas, mereció ser aprobada por aclamación, e inmediatamente
-asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban
-sobre la cubierta del carro fúnebre. Uno de los primeros voluntarios
-fué Jeremías _Lapa_, quien, en su modestia, escondió su persona y su
-cabeza en un rincón del coche.
-
-Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteración del
-ceremonial; pero la distancia hasta el río era alarmantemente corta, y
-varias voces habían preconizado ya la eficacia de una inmersión fría
-para hacer entrar en razón a los empleados recalcitrantes de pompas
-fúnebres, y como consecuencia, las protestas fueron débiles y breves.
-Prosiguió su curso la procesión una vez reformada. Un deshollinador
-de chimeneas guiaba el carro fúnebre, asesorado por un cochero
-profesional, sentado a su lado, y de la conducción del coche se encargó
-un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregóse
-a la comitiva un húngaro con su oso, tipo callejero muy popular en
-aquella época, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se
-armonizaba perfectamente con el carácter fúnebre de la procesión de
-que formaba parte.
-
-De esta suerte continuó aquella procesión desordenada, engrosando
-a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles
-que recorría. El término de la carrera era la antigua iglesia de
-San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde llegó a su debido
-tiempo. El enterramiento del cadáver de Rogerio Cly hízose con arreglo
-a un ceremonial extravagante, con gran satisfacción del nutrido
-acompañamiento.
-
-Enterrado el difunto, el autor de la humorística proposición anterior,
-o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibió
-y propuso la diabólica idea, aprobada por unanimidad, de acusar
-de espías de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los
-transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes.
-Docenas de infelices inocentes que en su vida habían pasado a mil
-varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y
-acosadas y golpeadas sin piedad. La transición desde este juego al de
-romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en
-ventorros y tabernas, no podía ser ni más sencilla, ni más natural,
-ni más lógica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando habían sido
-tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas,
-y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los
-caracteres más beligerantes, corrió la voz de que venían los guardias.
-Bastó la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada
-de los guardias, quienes quizá ni pensaron siquiera en aproximarse al
-teatro de los sucesos.
-
-No tomó parte en los desórdenes últimos Jeremías _Lapa_, quien prefirió
-permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la
-funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte
-siempre ejerció sobre él una influencia sedante. Sentado sobre una
-sepultura, fumando con calma filosófica una pipa que se había procurado
-en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja.
-
-¡Ya ves, Jeremías, lo que es el mundo!--se decía _Lapa_.--No ha
-mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto,
-derrochando vida, y ahora...
-
-Después de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones
-profundas y de tristes reflexiones, levantóse y emprendió la vuelta
-a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la
-hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus
-meditaciones ejercieron sobre su hígado influencia perniciosa, o si
-su salud venía quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo
-otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visitó: fuera
-uno u otra la causa, el hecho fué que, en el camino, se detuvo algunos
-minutos en la casa de su médico... albeitar eminente de la ciudad.
-
-El hijo manifestó con muestras de gran interés al padre que nada había
-ocurrido durante su ausencia. Cerró el Banco las operaciones del día,
-salieron los empleados, y _Lapa_, acompañado por su hijo, se encaminó a
-su casa.
-
---Hoy vas a saber quién soy yo--dijo a su mujer no bien traspasó
-el umbral de la casa.--Si esta noche estoy de malas como honrado
-menestral, será prueba de que te has pasado el día rezando en mi contra
-y sabrás cuántas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te
-hubiera visto arrastrada por los suelos.
-
-Su costilla movió la cabeza.
-
---¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo en mis barbas?--repuso con entonación
-colérica.
-
---¡Si no digo nada!
-
---¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto monta pensar como hablar! ¡Lo mismo
-puedes arruinarme rezando como meditando! ¡No quiero que hagas ni lo
-uno ni lo otro!
-
---Está bien, Jeremías.
-
---¡Sí!... Está bien, Jeremías... Perfectamente, Jeremías... Conforme,
-Jeremías... Lo que tú digas, Jeremías... Crees que me engañas con esas
-palabras de conformidad, ¿no es cierto? ¡Pues te equivocas de medio a
-medio!
-
---¿Piensas salir esta noche?--preguntó la mujer.
-
---Sí; pienso salir.
-
---¿Podré acompañarle, padre?--preguntó su retoño.
-
---No podrás acompañarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a
-pescar; a pescar; eso es.
-
---Cada día son más listos los peces, ¿verdad, padre?
-
---Es lo que no te importa.
-
---¿Traerá pescado?
-
---Si no lo traigo, mañana habrá _solfeo_ general en casa--replicó
-_Lapa_ moviendo la cabeza.--Y basta de preguntas, muñeco. No saldré
-hasta que tú te hayas acostado.
-
-El resto de la velada lo consagró a acechar a su mujer y a obligarla a
-hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra
-suya. Con el mismo objeto a la vista, obligó también a su hijo a que
-charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de ésta, que no
-dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones.
-La persona más devota no hubiese podido rendir homenaje más elocuente
-a la eficacia de una oración honrada. El temor a las plegarias de su
-mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no creía
-en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de
-fantasmas y de aparecidos.
-
---¡Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros
-estómagos!--dijo _Lapa_.--Tu conducta desnaturalizada mataría de hambre
-a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. ¡Mira a tu
-hijo...! Porque creo que es tu hijo, ¿eh? Está más delgado que un
-estoque... Tú, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, ¿no
-sabes que el primero, el más sagrado de los deberes de una madre es
-hacer que su hijo engorde?
-
-Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjuró a su
-madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la función maternal con
-delicadeza tanta indicada por su padre.
-
-Así fué deslizándose la velada en el tranquilo hogar de los _Lapas_,
-hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe
-de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias
-hasta poco más de la media noche, que se levantó para salir. Antes, sin
-embargo, sacó de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un
-saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena,
-y otros útiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados
-convenientemente, apagó la luz y se fué.
-
-Minutos después salía tras el padre su curioso retoño, quien había
-tenido la precaución de acostarse vestido sobre la cama cuando recibió
-la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche salió de su
-habitación, descendió sigiloso la escalera y se aventuró por las
-solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le
-inspiraba ningún recelo, pues sabía muy bien que la puerta quedaba
-abierta toda la noche.
-
-Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios
-de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado
-a las paredes de las casas, embebiéndose en los huecos de las puertas,
-procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus
-días. Tomó éste dirección norte, y no se había alejado gran cosa,
-cuando topó con un nuevo discípulo de Isaac Walton, en cuya compañía
-prosiguió la marcha.
-
-Media hora después caminaban ambos sin hablar palabra por un camino
-solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos
-las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorporó otro
-pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera
-sido supersticioso, seguramente habría creído que el hombre que primero
-se reuniera a su padre se había partido súbita y milagrosamente en dos.
-
-Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de _Lapa_, hasta
-que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el
-camino. Sobre el talud, corría un muro de ladrillo de escasa elevación,
-coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como
-fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra,
-hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejón,
-uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendría sobre
-diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el
-muchacho que el honrado menestral a quien debía la existencia escalaba
-con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le siguió
-el segundo pescador, y a éste el tercero. Los tres ganaron el terreno
-comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos
-minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego
-avanzaron, arrastrándose sobre las manos y las rodillas.
-
-El muchacho se acercó a la verja, conteniendo la respiración. Desde un
-rincón donde se agazapó vió que los tres pescadores se arrastraban como
-serpientes por entre la crecida hierba que cubría el terreno... y por
-entre muchas cruces y lápidas sepulcrales. Estaban en un cementerio,
-y parecían fantasmas espantables acechados por otro fantasma más
-espantable, más monstruoso aún: por la torre de la iglesia vecina,
-gigante terrorífico encargado de velar por la tranquilidad de los
-muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tardó en observar
-que se enderezaban y daban comienzo a la pesca.
-
-Pescaron primero con azada. Poco después, el honrado _Lapa_ preparó un
-instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran
-los útiles de pesca que utilizaran, manejábanlos con inusitado ardor.
-Las púas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza
-acerada de las de su padre cuando el gigante guardián de la ciudad de
-los muertos dejó oir lentas, sonoras, graves, terroríficas, las dos de
-la madrugada.
-
-El muchacho emprendió desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan
-grande, que no sólo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido,
-sino que le incitó a volver a la verja. Vió que los tres hombres
-continuaban pescando, y supuso que habían pescado algo al observar
-que los pescadores parecían inclinados y como doblegados, haciendo
-esfuerzos encaminados a sacar algún pez de mucho peso. Así era en
-efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que éste salió a
-la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a
-duda; pero cuando el muchacho vió que su padre se disponía a abrirlo,
-sintióse acometido de tal pánico, que emprendió una carrera frenética
-sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dejó atrás más de una
-milla de terreno.
-
-Ni aun entonces se habría detenido si no le hubiese faltado el
-aliento, pues no huía ante imágenes engendradas por el miedo, sino
-ante espectros que le acosaban terribles. El ataúd que había visto le
-pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino
-en posición perpendicular y sobre el extremo más estrecho, empeñado
-en alcanzarle y en colocarse a su lado... quizá para asirse a su
-brazo. Aquel diabólico ataúd debía ser prodigio de incongruencia y de
-ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de árboles
-que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante
-a cometa sin rabo ni alas. Ocultábase también en los huecos de las
-puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo
-un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno
-al muchacho en aquella carrera fantástica. Cuando el perseguido llegó
-a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun después
-de refugiarse en ella se vió libre de la encarnizada persecución del
-ataúd, que subió tras él la escalera saltando sobre sus peldaños, y
-se acostó en su cama, y se subió sobre su pecho cuando el sueño o el
-terror rindieron al desventurado curioso.
-
-La presencia de Jeremías _Lapa_ en el estrecho cuarto del muchacho
-puso fin al agitado sueño de éste antes que los primeros rayos del sol
-hicieran su aparición sobre la tierra. La fortuna debió serle poco
-propicia aquella noche; así, al menos, lo infirió su hijo del hecho
-de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudiéndola sin
-consideración.
-
---¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!--decía Jeremías.
-
---¡Por Dios, Jeremías!--exclamaba su mujer con acento de súplica.
-
---Te empeñas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me
-perjudicas a mí y a mis asociados. Tu obligación es obedecer: ¿por qué
-no lo haces?
-
---¡Procuro ser mujer honrada!--contestaba la infeliz, derramando
-lágrimas.
-
---¿Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de
-tu marido? ¿Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos?
-
---¡No deberías dedicarte a negocios tan horribles, Jeremías!
-
---Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no
-dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a cálculos o
-apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja
-de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete
-en lo que es incumbencia privativa de su esposo. ¿Y tú te llamas
-religiosa? ¿Tú te llamas honrada? ¡Si eres religiosa, si eres honrada,
-dénme mujeres irreligiosas y sin honra!
-
-El altercado, que se sostenía en voz baja, llegó a su término cuando
-Jeremías, despojándose de las botas cubiertas de barro, se tendió sobre
-el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa
-de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvió a tenderse
-sobre la cama, no tardando en dormirse.
-
-Después del almuerzo, en cuyo _menú_ no figuró ningún plato de pescado,
-y puede decirse que de ningún otro manjar, el señor Jeremías, que
-dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado,
-salió con su hijo a la calle y tomó el camino del Banco Tellson.
-
-El joven vástago del honrado menestral que caminaba al lado de éste
-por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior huía
-despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los
-resplandores del día recobró su atrevimiento habitual, y sus bascas y
-escrúpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es más que
-probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet.
-
---Padre--dijo el muchacho durante el trayecto,--¿qué es un
-desenterrador?
-
-El buen _Lapa_ no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes
-quedar como clavado en el sitio.
-
---¡Yo qué sé!--respondió al fin.
-
---Yo creí que usted lo sabía todo, padre--repuso el candoroso muchacho.
-
---¡Hum! ¡Pues... mira!--dijo Jeremías _Lapa_, después de quitarse el
-sombrero y de rascarse la frente.--Un desenterrador es un honrado
-menestral, un comerciante.
-
---¿En qué ramo comercia?
-
---Comercia... en géneros científicos de naturaleza especial.
-
---En cadáveres humanos; ¿verdad, padre?
-
---Creo que no andas del todo descaminado, hijo.
-
---¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser desenterrador cuando llegue a hombre!
-
-La proposición llenó de noble orgullo al padre. Sin embargo, moviendo
-la cabeza como con aire de duda, replicó:
-
---Dependerá del vuelo que alcancen tus talentos. Procura alentar su
-desarrollo, a lo cual contribuirá poderosamente el ejemplo que te doy.
-Hoy es prematuro hablar de lo que en lo futuro harás o dejarás de hacer.
-
-Momentos después, mientras el muchacho iba a colocar el banco a la
-sombra del edificio del Tribunal del Temple, Jeremías _Lapa_ murmuró
-para sus adentros:
-
---Amigo Jeremías, honrado menestral; puedes abrigar esperanzas fundadas
-de que tu hijo llegará con el tiempo a ser un tesoro que compensará tu
-desgracia de tener por esposa a una mujer desnaturalizada.
-
-
-XV
-
-HACIENDO CALCETA
-
-Aquel día, en la taberna del señor Defarge, habían comenzado las
-libaciones más temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la
-mañana, caras pálidas se acercaron a los barrotes de las rejas que
-defendían las ventanas, vieron otras caras pálidas inclinadas
-sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en
-la taberna de Defarge se expendía había recibido las saludables
-aguas del bautismo, pero el que en esta ocasión bebían los báquicos
-madrugadores debía ser agrio, o al menos tenía la propiedad de agriar
-el temperamento de los que lo ingerían. El zumo de las uvas encerrado
-en los toneles de Defarge no encendía alegres llamas báquicas, sino un
-fuego latente, un fuego que ardía sin salir a la superficie.
-
-Tres mañanas hacía ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy
-temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos
-encontramos en miércoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba más
-que se bebía, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el
-establecimiento no bien se abría la puerta, a quienes hubiese sido
-imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la
-salvación de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar
-el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de
-vino; veíaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincón
-a otro rincón, tragando con manifiesta ansiedad sendos párrafos de
-conversación en vez de saborear sendos tragos de vino.
-
-Aunque la concurrencia era más numerosa que de ordinario, el tabernero
-no había considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no
-debían conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que
-nadie preguntaba por él, nadie mostraba deseos de verle, nadie se
-extrañaba de ver sola a la señora Defarge, sentada tras el mostrador,
-presidiendo la distribución del vino y recogiendo contrahechas monedas,
-de las que habían desaparecido las efigies y escudos impresos por el
-troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que habían
-salido.
-
-Aburrimiento, falta absoluta de interés y sobra de fastidio es lo
-único que en la taberna hubieran notado los espías que, a no dudar,
-avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos
-y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal.
-Languidecían las barajas, los jugadores de dominó hacían castillos con
-las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas
-de vino que caían de los cubiletes, y la señora Defarge seguía con un
-mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo
-que no hería los tímpanos y viese cosas que no impresionaban la retina.
-
-Hasta el mediodía, en nada variaron las características de San Antonio
-en su aspecto vinoso. Poco después de las doce, llegaron dos hombres
-cubiertos de polvo, uno de los cuales era el señor Defarge, y el otro
-un peón caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los
-cuales entraron en la taberna. Su llegada encendió en el pecho de San
-Antonio encendidas chispas que, corriéndose por fuera de la taberna, no
-tardaron en transformarse en llamas, y éstas a su vez en caras humanas
-que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie siguió a
-los polvorientos viajeros, nadie les dirigió una sola palabra, pero
-todos clavaron en ellos los ojos.
-
---¡Buenos días!--contestó un coro nutrido.
-
---Mal tiempo, señores--repuso Defarge, moviendo la cabeza.
-
-Cada uno de los presentes miró a su vecino, y a continuación, todos
-bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por
-excepción, se levantó de su asiento y se fué.
-
---Mi querida esposa--continuó Defarge,--he recorrido una porción de
-leguas en compañía de este buen caminero, que se llama Santiago. Le
-encontré... por casualidad, a jornada y media de París. Es un buen
-muchacho y se llama Santiago... ¡Dale de beber, querida!
-
-Levantóse otro hombre y salió de la taberna. La señora Defarge sirvió
-un vaso de vino al buen peón caminero, quien saludó quitándose el
-gorro azul que cubría su cabeza, y bebió. Sacó del seno un pedazo de
-pan áspero y negro, se sentó junto al mostrador, y principió a comer
-y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandonó la
-taberna.
-
-Defarge se sirvió otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido
-al caminero, y esperó a que éste despachara su refrigerio. Ni miró a
-ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvió los ojos
-hacia él. La señora Defarge había tomado en sus manos la calceta, y
-trabajaba sin mirar y sin hablar.
-
---¿Ha terminado ya el almuerzo?--preguntó el tabernero al peón luego
-que advirtió que no comía.
-
---Sí; muchas gracias.
-
---Entonces, vamos: le enseñaré la habitación que le dije que ocuparía,
-y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto.
-
-Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un
-patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera
-encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fué alojamiento de
-un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los días
-sentado en una banqueta y haciendo zapatos.
-
-No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la
-nieve, pero sí los tres hombres que antes salieron uno a uno de la
-taberna.
-
-Defarge cerró cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media
-voz:
-
---¡Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al
-testigo encontrado por mí, Santiago Cuarto. El os lo dirá todo. Puedes
-hablar, Santiago Quinto.
-
-El peón caminero, después de secar su sudorosa frente con el gorro azul
-que en la mano tenía, preguntó:
-
---¿Por dónde comienzo?
-
---Puedes comenzar por el principio--respondió con mucha lógica Defarge.
-
---Le vi, señores--comenzó el peón caminero,--ha hecho un año este
-verano, bajo el carruaje del señor Marqués, pendiente de la cadena. Yo
-acababa de dejar mi tarea, el sol se hundía en el horizonte, el coche
-del señor Marqués subía trabajosamente la colina, y él iba suspendido
-de la cadena de esta manera.
-
-El orador representó gráficamente una escena que había representado
-millares de veces en la aldea durante un año entero.
-
-Tomó la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si había
-visto antes al hombre que pendía de la cadena.
-
---Nunca--contestó el interpelado, recobrando la posición perpendicular.
-
-Preguntó Santiago Tercero cómo había podido reconocerle después, no
-habiéndole visto hasta ese día.
-
---Le reconocí por su elevada estatura--dijo el peón caminero, puesto el
-índice de la mano derecha en la nariz.--Cuando aquella noche preguntó
-el señor Marqués qué señas tenía, yo contesté: «Es alto como un
-espectro».
-
---Debió usted decir «pequeño como un enano»-observó Santiago Segundo.
-
---¿Y qué sabía yo? Ni había sido cometida la hazaña ni él se había
-confiado a mí. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas
-circunstancias, yo nada declaré, nada dije. Buena prueba de ello es
-que el señor Marqués, señalándome con el dedo, gritó: «¡Traedme a ese
-canalla!» ¡No, no, señores! ¡Nada dije!
-
---Tiene razón, Santiago--dijo Defarge.--Sigue.
-
---Pues bien--continuó el peón caminero con aire de misterio.--El hombre
-alto se ha perdido y lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde nueve, diez,
-once meses?
-
---El número de meses es lo que menos viene al caso--contestó
-Defarge.--Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le
-encontraron desgraciadamente. Prosigue.
-
---Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone
-también las montañas de Occidente, como en la ocasión anterior. Recojo
-mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche,
-cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis
-soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos
-atados a los lados... en esta forma.
-
-Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa
-admirablemente a un hombre cuyos codos están amarrados a la cintura.
-
---Me hago a un lado, señores, colocándome junto a un acopio, para ver
-pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino
-militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando
-aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi más que a
-seis soldados que conducían a un hombre amarrado, un hombre alto, y
-que soldados y prisionero parecían negros, excepto por la parte que
-daba frente a la puesta del sol, donde advertí algunas líneas rojizas.
-También pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos
-cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante.
-Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de
-polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a mí, reconocí
-al hombre alto que llevaban preso y él me reconoció también a mí. ¡Ah!
-¡Bien sé yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de
-la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo
-sitio!
-
-A continuación hizo una descripción detallada y llena de vida de la
-escena a que acababa de aludir.
-
---Ni yo di a entender a los soldados que había reconocido al preso, ni
-el preso dejó entrever a los soldados que me hubiera reconocido a mí.
-En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de
-los ojos. «¡Vivo, vivo!»--dijo el jefe de los soldados.--«¡Llevémosle
-pronto a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les seguí. Los
-brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presión de
-las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados,
-andaba cojo. El que está cojo, no puede caminar de prisa, y como los
-soldados querían hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta
-manera.
-
-El peón caminero imitó los movimientos del hombre a quien obligan a
-caminar a culatazos.
-
---Cayó de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo
-como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su
-cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta
-ella sus manos, lo que, visto por los soldados, dió margen a nuevas
-carcajadas. Lleváronle a la aldea, que salió en masa a verle, y desde
-la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vió
-cómo se abría la puerta del calabozo y se engullía al prisionero de
-esta manera:
-
-El peón caminero abrió una boca descomunal, y la cerró con estrépito
-producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal
-verismo quiso representar la escena, que continuó con la boca cerrada
-hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:
-
---Adelante, Santiago.
-
---La aldea en masa se retira,--prosiguió el caminero, bajando la voz y
-puesto sobre las puntas de sus pies,--la aldea en masa se congrega en
-torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos;
-la aldea entera sueña en aquel desdichado, que se encuentra entre muros
-y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del
-cual no saldrá más que para morir. A la mañana siguiente, me echo las
-herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un
-rodeo, paso junto a la cárcel antes de dirigirme al trabajo. Allí le
-veo, detrás de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto
-de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede
-alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo
-a llamarle ni él se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un
-muerto.
-
-Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombrías,
-miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia
-de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada,
-es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal severísimo. Los
-Santiagos Primero y Segundo están sentados sobre el viejo jergón,
-apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en
-el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa
-de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre
-el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a éste,
-ora vuelve su severa cara hacia aquéllos.
-
---Adelante, Santiago--dice Defarge.
-
---En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porción de días.
-La aldea le ve, pero recatándose, pues tiene miedo. Durante el día,
-contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha
-terminado la labor del día y se reúne junto a la fuente, todas las
-caras se vuelven hacia la cárcel. Antes, el objeto de las miradas de la
-aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisión del tajo. En las
-conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun
-cuando le condenaran a muerte, no será ejecutada la sentencia; dicen
-que han sido presentadas en París exposiciones en las cuales demuestran
-que el infeliz enloqueció y no supo lo que hacía a consecuencia de
-la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una
-exposición al mismo Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser! Yo no aseguro ni
-que sí ni que no.
-
---¡Escucha con atención, Santiago!--interrumpió con duro acento
-Santiago Primero.--Sabe que ha sido presentada una exposición al Rey y
-a la Reina. Todos los que aquí estamos, excepción hecha de ti, sabemos
-que el Rey la tomó en sus manos, en ocasión en que paseaba por la calle
-en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien estás viendo,
-con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el
-memorial en la mano.
-
---¡Escúchame ahora a mí, Santiago!--terció Santiago Tercero, siempre
-con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.--¡La escolta,
-de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a
-golpes! ¿Has entendido?
-
---He entendido, señores.
-
---Adelante, pues--dijo Defarge.
-
---No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro
-país para ejecutarlo en él, y que será irremisiblemente ejecutado.
-También dicen que, como mató al señor, y el señor es el padre de sus
-vasallos, será ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarán en
-vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que
-abrirán en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarán aceite
-hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y
-finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, será despedazado.
-Afirma el mismo viejo que eso fué lo que hicieron con un reo que atentó
-contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será
-mentira? No lo sé: no soy sabio.
-
---¡Escucha otra vez, Santiago!--exclamó el tercero de este nombre.--El
-reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de
-exponer se ejecutó a la luz del sol y en las calles de París. Acerca de
-la impresión que produjo en las personas que lo presenciaron, sólo te
-diré, Santiago, que la infinidad de damas de la más alta nobleza que
-acudieron a presenciar la ejecución, no quisieron privarse de ningún
-detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el
-final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas después de
-haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... ¡y aun respiraba!
-Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos años tienes?
-
---Treinta y cinco--contestó el caminero, que representaba sesenta.
-
---¡Demasiados!--murmuró con impaciencia Defarge.--Continúa.
-
---No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber
-aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan
-los soldados y se encaminan a la prisión. Obreros que cavan, obreros
-que clavan, soldados que ríen a carcajadas, y cuando luce el día, junto
-a la fuente se alza un patíbulo de cuarenta pies de elevación, cuya
-sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo
-el mundo se reúne allí, las vacas no salen al campo porque tampoco
-quieren privarse del espectáculo. Al mediodía truenan los tambores. Los
-soldados, que la noche anterior fueron a la prisión, vuelven llevándole
-en medio. El reo está amarrado, le han puesto en la boca una mordaza
-sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que ríe. En lo alto
-del patíbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es
-ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadáver queda balanceándose...
-envenenando con su sombra las aguas de la fuente.
-
-Los oyentes se dirigieron miradas sombrías, mientras el narrador se
-secaba el sudor de la cara con el gorro azul.
-
---¡Es horroroso, señores!--repuso.--¿Cómo han de beber agua de la
-fuente las mujeres y los niños? ¿Quién es el atrevido que osa hablar
-durante la noche bajo aquella sombra? ¿Bajo la sombra dije? ¡Cuando yo
-salí de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volví la
-cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubría la iglesia,
-cubría el molino, cubría la prisión del tajo, cubría toda la tierra,
-señores, que tiene por techo el cielo azul!
-
-El oyente que escuchaba rodilla en tierra parecía estar hambriento de
-algo... que no era ni comida ni bebida.
-
---He terminado, señores. Abandoné la aldea momentos antes de ponerse
-el sol, conforme acabo de decir, y caminé toda la noche y la mitad del
-día siguiente, hasta que encontré, conforme también he dicho, a este
-camarada. En su compañía llegué hasta aquí, unas veces a pie otras a
-caballo, viajando todo el resto del día de ayer y toda la noche pasada.
-He dicho.
-
---Está bien--dijo Santiago Primero, después de un silencio
-imponente.--Has obrado y narrado con fidelidad. ¿Quieres esperarnos por
-breve tiempo fuera, en la escalera?
-
---Con mucho gusto--contestó el peón caminero.
-
-Defarge le acompañó hasta la escalera, le dejó sentado sobre el último
-peldaño, y volvió a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se
-habían levantado y formaban un grupo muy apretado.
-
---¿Qué dices, Santiago?--preguntó el número uno de este nombre.--¿Lo
-consignamos en nuestro registro?
-
---¡Regístralo como condenado a la destrucción!--contestó Defarge.
-
---¡Magnífico!--exclamó Santiago Tercero.
-
---¿El castillo y toda la raza?--repuso el primero.
-
---¡Sí; el castillo y toda la raza!--bramó Defarge--¡Exterminio completo!
-
---¡Sublime!--gritó el tercer Santiago.
-
---¿Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el
-registro no ha de originarnos ningún contratiempo?--preguntó a
-Defarge Santiago Primero.--Que es seguro, no ofrece duda, toda vez
-que, excepción hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: ¿pero
-podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podrá ella?...
-
---Santiago--replicó Defarge irguiéndose,--si mi mujer se empeña en
-guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se
-perderá ni una palabra, ni una sílaba de cuantas contenga. Con puntos
-de calceta es ella capaz de escribirlo todo más claro que el sol.
-Confía en mi mujer. El poltrón más cobarde, el más apegado al mundo
-que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos
-dificultades para quitarse a sí mismo la existencia, que para arrancar
-una sola letra del registro escrito a punto de media por mi señora.
-
-Murmullos de aprobación acogieron las palabras de Defarge.
-
---¿Qué hacemos con ese rústico?--preguntó Santiago Tercero.--¿Lo
-despedimos? Me parece excesivamente simple: ¿no nos resultará peligroso?
-
---Nada sabe--replicó Defarge,--y lo poco que pudiera decir, únicamente
-le serviría para subir a un patíbulo tan alto como el que ha poco nos
-estaba describiendo. Yo me encargo de él; dejadlo a mi cuidado. A su
-tiempo lo despediré. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los
-magnates y señores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto
-el domingo.
-
---¡Cómo!--exclamó Santiago Tercero.--¿No te parece mal síntoma que
-desee ver la realeza y la nobleza?
-
---Santiago--replicó Defarge,--enseña al gato la leche, si quieres
-excitar su sed; muestra al mastín su presa natural, si quieres que en
-su día caiga sobre ella y la despedace.
-
-Nada más se dijo por entonces. El peón caminero, a quien encontraron
-dando cabezadas en el descansillo, fué invitado a tenderse sobre el
-jergón. No se hizo repetir la invitación, y momentos después, dormía
-como un tronco.
-
-Peor alojamiento del que le ofrecía la taberna de Defarge hubiera
-podido encontrar en París un infeliz como el caminero. Si prescindimos
-del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le
-acosaba constantemente, llevaba una vida que no podía ser más
-agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el día entero
-sentada detrás del mostrador, tan indiferente a su persona, tan
-_empeñada_ en no darse cuenta de la presencia de un extraño en la casa,
-que éste andaba desconcertado y receloso.
-
-No es, pues, de extrañar que, cuando llegado el domingo, supo que
-la tabernera se agregaría a su marido para acompañarle a Versalles,
-le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su
-lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera
-no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se
-trocó en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasión en
-que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la
-tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la
-media.
-
---¿Trabaja usted mucho, señora?--dijo un hombre que pasó por su lado.
-
---Sí--respondió la señora Defarge,--tengo mucho que hacer.
-
---¿Y qué hace usted, señora?
-
---Muchas cosas.
-
---Por ejemplo...
-
---Por ejemplo--contestó la tabernera con la calma misma de
-antes--mortajas.
-
-Alejóse el desconocido tan pronto como le fué posible. El pobre
-caminero sintió en el pecho tan extraña opresión, que hubo de hacerse
-aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de
-la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo
-quejarse de su suerte, toda vez que, momentos después, aparecían un
-rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cómodamente
-instalados en áurea carroza. Con los soberanos venía lo mejorcito, lo
-más notable de su corte. El pobre peón caminero, al ver aquel ejército
-encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros
-cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de
-galones de oro y de deslumbrante pedrería, sintió en su pecho tales
-oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello dió vivas al Rey y
-a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos
-que de ellos tiraban. Y vió hermosos jardines y encantadoras arboledas,
-y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontró nuevamente al
-Rey y a la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse, a todo lo creado, y
-creció su entusiasmo, y el entusiasmo dió nacimiento en su alma a la
-simpatía, y la simpatía a la ternura, y ésta, encontrando estrechos los
-límites del pecho, se desbordó a torrentes por sus ojos en forma de
-lágrimas. Durante la escena, que duró tres horas, durante las cuales
-gritó hasta enronquecer y lloró hasta agotar el manantial de sus
-lágrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello
-para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos
-de su pasajera devoción y los destrozara entre sus manazas.
-
---¡Bravo!--exclamó Defarge cuando terminó el desfile.--Eres un buen
-muchacho.
-
-Temió haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en
-sí, pero pronto se tranquilizó.
-
---Eres el hombre que necesitamos--díjole Defarge pegando los labios
-a sus oídos.--Harás creer a esos insensatos que sus locuras durarán
-siempre; crecerá su insolencia, y ellos mismos precipitarán su fin.
-
---¡Calla!--exclamó el caminero.--¡Pues es verdad!
-
---Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; verían
-impasibles tu muerte y la de mil más como tú; es más: sacrificarían
-sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo
-de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos.
-Engañémoslos durante algún tiempo más, que por grande que el engaño
-sea, nunca será tan grande como merecen.
-
-La señora Defarge miró al caminero e hizo signos de aprobación.
-
---Dígame, amigo: si le pusieran delante un montón enorme de hermosas
-muñecas y le dijeran que podía destrozar y despojar a las que se le
-antojase, ¿no es verdad que escogería las más ricas, las más hermosas?
-
---Verdad es, señora.
-
---Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pájaros de hermoso
-plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso
-para arrancarles las plumas en beneficio suyo, ¿no es verdad que
-principiaría por los que más bellas plumas tuvieran?
-
---Así es, señora.
-
---Pues acaba de ver el montón de hermosas muñecas y la bandada de
-pájaros de vistoso plumaje: ahora, vámonos a casa.
-
-
-XVI
-
-MÁS PUNTO DE MEDIA
-
-Mientras la señora Defarge y su señor marido regresaban en amigable
-compañía al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba
-horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los
-caminos que conducían al sitio en que el castillo del señor Marqués,
-a la sazón durmiendo el sueño eterno, escuchaba las susurrantes
-conversaciones de los árboles. Tiempo tenían de sobra los rostros de
-piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los árboles
-y la fuente, y con tal interés lo aprovechaban, que los esqueletos
-que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en
-busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leños
-con que alimentar la lumbre de sus fríos hogares, si llegaron a dar
-vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida
-en su famélica fantasía a la idea de que la expresión de los rostros
-de piedra había sufrido profunda alteración. Aseguraban los míseros
-moradores de la aldea que la expresión de orgullo y de desdén de los
-guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresión de dolor y
-de cólera cuando el cuchillo hería a la Casa, y aseguraban que desde
-el instante en que se balanceó a cuarenta pies de elevación sobre el
-suelo el cuerpo del asesino, a la expresión de dolor y de cólera de
-aquéllos sucedió otra que respiraba feroz venganza, que perduraría en
-ellos hasta la consumación de los siglos. La faz de piedra que vigilaba
-la gran ventana de la alcoba en que el asesinato había sido perpetrado
-apareció un día con dos mellas finísimas en la nariz; y si alguna vez,
-de entre algún grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres
-para acercarse al Marqués petrificado, no transcurría un minuto de
-contemplación sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por
-ágiles lebreles.
-
-Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas
-del patio del castillo teñidas de rojo y aguas puras encerradas en
-el pozo de la aldea, millares de hectáreas de terreno... toda una
-provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa
-bóveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un átomo perdido
-en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su
-insignificancia, con relación a la brillante estrella que le parpadea
-en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen
-un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra
-inteligencia más sublime que la humana lee los débiles destellos que
-brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y
-todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas
-dotadas de inteligencia.
-
-El carruaje público en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge,
-marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad más próxima a su
-domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre
-encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias.
-Defarge saltó del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un policía
-conocidos suyos; este último, con quien le ligaban lazos de amistad
-íntima, le abrazó.
-
-Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la protección de las
-alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a
-su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto,
-la señora Defarge preguntó a su marido:
-
---¿Qué te ha dicho Santiago el policía?
-
---Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espía
-para nuestro barrio: quizá no sea ése solo, pero aquél no conoce más
-que a uno.
-
---Está bien--contestó la tabernera con la calma de siempre.--Habrá que
-anotarlo en el registro. ¿Cómo se llama ese hombre?
-
---Es inglés.
-
---¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?
-
---Barsad.
-
---Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su nombre de pila?
-
---Juan.
-
---Juan Barsad... Juan Barsad--repitió la tabernera.--Muy bien. ¿Sus
-señas?
-
---Unos cuarenta años de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de
-estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado,
-nariz aguileña, pero no recta: ofrece la particularidad de estar
-torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural,
-expresión siniestra.
-
---¡Es un retrato acabado a fe mía!--exclamó la señora Defarge
-riendo.--Lo registraré mañana.
-
-Llegados a la taberna, que encontraron cerrada--eran más de las doce
-de la noche,--la señora Defarge tomó asiento detrás del mostrador y
-consagró su atención al examen de las cuentas del día. Principió por
-volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el
-importe de las ventas, contó el dinero, midió las existencias, leyó
-las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto,
-corrigió los asientos, hizo algunos nuevos y discutió otros, y después
-de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado
-del establecimiento, envióle a dormir. A continuación, hizo de las
-monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fué anudando en el
-pañuelo de bolsillo, el cual no tardó en quedar convertido en rosario
-de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento,
-fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economía
-doméstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella.
-
-Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche
-estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas,
-respirábase una atmósfera extraordinariamente viciada. No era un
-portento de delicadeza el sentido del olfato del señor Defarge, pero
-aun así, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente,
-le molestaban en tales términos, que procuraba alejarlos de su nariz a
-fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos.
-
---Estás cansado, amigo mío--dijo su mujer, dirigiéndole una mirada
-mientras anudaba el dinero.--El olor que aquí se respira es el de todos
-los días.
-
---En efecto; estoy cansado--contestó Defarge.
-
---Y un poco deprimido y descorazonado--repuso la tabernera, cuyos
-penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraían
-uno o dos rayos para examinar al marido.--¡Ah... los hombres!...
-
---Pero...
-
---No hay pero que valga--replicó la señora con entereza.--Repito que
-esta noche te encuentras descorazonado.
-
---¡Tarda tanto tiempo!--exclamó Defarge.
-
---¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y qué es lo que no exige tiempo? ¡Siempre
-lo han exigido la venganza y la justicia!
-
---No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre--observó
-Defarge.
-
---¿Y cuánto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para
-que brote el rayo? ¡Dímelo, si es que lo sabes!
-
-Defarge alzó la cabeza, pero no contestó.
-
---Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues
-bien: ¿cuánto tiempo se necesita para preparar un terremoto?
-
---Mucho, supongo--respondió Defarge.
-
---Pero cuando está preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta,
-queda pulverizada, reducida a átomos impalpables. ¡Consuélate! El
-terremoto se está preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga.
-
-Con ojos relampagueantes ató otro nudo; parecía que estrangulaba a un
-enemigo.
-
---Yo te aseguro--añadió extendiendo la diestra como para dar mayor
-expresión a sus palabras--que por mucho que en llegar tarde, está en
-camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que
-no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudriña las
-vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del
-mundo entero, y verás que el descontento, la rabia que ruge en el pecho
-de los explotados aumenta de día en día, de hora en hora. ¿Y crees que
-ese estado de cosas puede durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido!
-
---Mi querida mujercita--contestó Defarge, poniéndose en pie frente a su
-esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dócil
-escolar delante de su maestro,--no lo pongo en duda... La irritación
-existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle
-a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo.
-
---¿Y qué?--replicó la mujer.--Aun cuando así fuera, ¿qué?
-
---Pues... que no nos cabría la dicha de saborear el triunfo.
-
---Pero sí la de haber contribuído a él--dijo con energía la
-tabernera.--Nada de cuanto hagamos será perdido. Creo con toda mi alma
-que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me
-ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristócrata o de
-tirano no dejaré de...
-
---¡Calma... calma!--exclamó Defarge, cuyo rostro se tiñó de carmín
-cual si le hubieran acusado de cobarde.--Tampoco yo, querida mía,
-retrocederé por nada ni por nadie.
-
---Lo sé; pero eres débil a pesar de todo, y lo eres, porque para que
-no decaiga tu valor necesitas ver a tu víctima a tus pies. Procura no
-decaer, aunque te parezca que la víctima está lejos. Cuando llegue
-la ocasión, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados
-dentro del pecho, pero mientras tanto, ténlos encadenados... ocultos,
-pero siempre dispuestos.
-
-La buena tabernera terminó su consejo descargando sobre el mostrador
-un golpe con el pañuelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo
-levantó, y con calma imperturbable indicó que era ya hora de irse a la
-cama.
-
-La mañana siguiente encontró a aquella mujer admirable en su sitio
-de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado había
-una rosa hacia la cual volvía de vez en cuando los ojos. Algunos
-parroquianos, de pie o sentados, bebían y charlaban. El día estaba
-muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento
-hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que había cerca
-de la señora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejercía
-la menor impresión su suerte desdichada en las demás moscas, que
-las contemplaban impertérritas e indiferentes hasta que las ocurría
-idéntica desgracia. ¡Qué estúpidas son las moscas!
-
-La señora Defarge vió la sombra de una persona que entraba en la
-taberna y comprendió que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar
-el rostro de la persona en cuestión, dejó sobre el mostrador la media y
-prendió la rosa en su cabeza.
-
-La escena que siguió no pudo ser más curiosa: no bien los dedos de
-la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las
-conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle.
-
---Buenos días, señora--dijo el recién llegado.
-
---Buenos días, señor--contestó la señora Defarge tomando de nuevo la
-media.--¡Ah!--añadió para sus adentros.--Unos cuarenta años de edad,
-sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno
-cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguileña, pero no recta, ofrece la
-particularidad de estar ligeramente torcida hacia la izquierda, lo que
-da, como es natural, expresión siniestra... ¡Buen día de veras!
-
---¿Tiene usted la bondad de darme una copita de coñac viejo y un sorbo
-de agua fresca, señora?
-
-La tabernera sirvió lo que el cliente pedía.
-
---¡Rico coñac, señora!
-
-Como era la primera vez que oía elogiar su coñac, no es de admirar que
-la tabernera sospechase que el elogio obedecía a motivos que acaso no
-fueran precisamente la bondad del licor. Dió, sin embargo, las gracias,
-y siguió haciendo calceta.
-
-El desconocido permaneció algunos momentos observando las manos de la
-señora Defarge, y de paso, reconociendo el establecimiento.
-
---Hace usted media con rapidez maravillosa--dijo.
-
---La costumbre... estoy muy acostumbrada a esta labor.
-
---Y con una perfección que encanta.
-
---¿Lo cree usted así?
-
---Con toda mi alma... Y dígame: ¿esa media es...?
-
---Pasatiempo... un medio de distracción--contestó la tabernera mirando
-a su interlocutor con la sonrisa en los labios.
-
---¿No piensa hacer uso de ella?
-
---Según. Quizá llegue día en que las use--dijo la tabernera con cierta
-coquetería.--Con seguridad que las utilizaré... si las hago bien.
-
-Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio
-mostraba decidida oposición a que la señora Defarge ostentase en su
-peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al
-mostrador con manifiesta intención de pedir algo que beber, y no bien
-vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algún
-amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que
-en el establecimiento se encontraban cuando entró el que conversaba con
-la tabernera, no quedaba uno solo: todos se habían ido. El espía, pues
-ya habrán comprendido los lectores que el individuo en cuestión era un
-espía, ninguna seña había logrado sorprender, aunque desde que entró
-miraba con cien ojos.
-
---¡Juan!--pensaba la señora Defarge, haciendo calceta y puestos los
-ojos en el cliente.--A poco más que continúes aquí, escribiré _Barsad_
-en tus mismas barbas.
-
---¿Es usted casada, señora?
-
---Sí.
-
---¿Con hijos?
-
---Sin hijos.
-
---Y los negocios, ¿bien?
-
---Los negocios muy mal. ¡Son tan pobres las gentes!...
-
---¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas! ¡Y hasta oprimidas
-vergonzosamente!... como dice usted.
-
---Como dice _usted_--rectificó la tabernera, moviendo con más rapidez
-los dedos y añadiendo algo al apellido _Barsad_.
-
---Perdone usted: cierto que fuí yo quien lo dije, pero no me cabe duda
-de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa.
-
---¿Que yo lo pienso?--replicó la tabernera.--Nos ocasiona a mi marido
-y a mí demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que
-podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo único que pensamos es en
-que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas
-nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos
-nuestros pensamientos. ¿Yo pensar para los demás? ¡No en mis días!
-
-El espía, que había entrado decidido a recoger lo que pudiera, se
-guardó muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su
-desencanto. Antes por el contrario, continuó apoyado de codos sobre
-el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantería a la tabernera y
-tomando de tarde en tarde algún sorbito de coñac.
-
---La ejecución de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, señora.
-¡Pobre Gaspard!--exclamó, exhalando un suspiro.
-
---No estamos de acuerdo--replicó la tabernera con frialdad.--Justo es
-que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard
-dió al suyo, lo paguen. Sabía él perfectamente el precio a que se pagan
-esos lujos, y lo ha pagado: nada más natural.
-
---Creo--añadió el espía bajando la voz y como invitando a su
-interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que
-daba a su siniestra cara expresión resueltamente revolucionaria,--creo
-que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de
-furor contra los que le han sacrificado. Aquí para entre los dos, lo
-encuentro justificado.
-
---¿Pero existe ese furor?
-
---¿No lo ha observado usted?
-
---Aquí está mi marido--dijo la señora Defarge.
-
-No bien entró el tabernero en el establecimiento, el espía saludó
-llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante:
-
---Buenos días, Santiago.
-
-Defarge quedó como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espía.
-
---Se equivoca usted, señor mío.--Me confunde usted con otro. No me
-llamo Santiago: soy Ernesto Defarge.
-
---Es igual--repuso el espía con la sonrisa en los labios, bien que sin
-poder ocultar del todo su contrariedad.--El nombre es lo de menos.
-Buenos días.
-
---Buenos días--contestó secamente Defarge.
-
---Estaba diciendo a la señora, con la que he tenido el honor de charlar
-un rato, que, según me dicen, reina en el barrio... y no me admira...
-tanta simpatía en favor del infortunado Gaspard como irritación contra
-los que inhumanamente lo han sacrificado.
-
---A nadie he oído decir semejante cosa--replicó Defarge.--No sé una
-palabra.
-
-Dicho esto, pasó detrás del mostrador y se colocó a espaldas de su
-mujer. Desde el lado opuesto de la frágil barrera contemplaba el
-matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor
-placer.
-
-El espía, práctico en su oficio, no modificó su actitud de
-indiferencia. Apuró el contenido de la copita que le habían servido,
-tomó un sorbo de agua fresca, y pidió la segunda copa de coñac.
-Sirviósela la señora Defarge, después de lo cual continuó haciendo
-media con gran ardor y tarareando una tonadilla.
-
---Parece que conoce usted bien el barrio--observó Defarge;--quiero
-decir, que lo conoce mejor que yo.
-
---No, amigo mío. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo
-bien. Sus míseros habitantes despiertan en mí interés profundo.
-
---¡Ah!--exclamó Defarge.
-
---El placer de conversar con usted, señor Defarge--prosiguió el
-espía--me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con
-incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa.
-
---¡De veras!--dijo Defarge con indiferencia.
-
---Nada más cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette,
-hízose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de él. Se lo
-confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto.
-
---Es verdad: tiene usted razón--contestó.
-
-Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las
-agujas con gran actividad, rozó el suyo, y en el roce, a pesar de
-ser accidental, vió Defarge una indicación de que contestase él las
-preguntas del espía, pero con brevedad.
-
---Se presentó a usted la hija del doctor--continuó el espía.--Vino en
-compañía de un caballero... ¿cómo se llamaba éste?... Un caballero
-que usaba peluquín... ¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco
-Tellson y Compañía... Vino en compañía del señor Lorry, se hizo cargo
-de la persona de su padre y lo llevó a Inglaterra.
-
---Así fué, en efecto--repitió Defarge.
-
---Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes--repuso el
-espía.--He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra.
-
---¿Sí?--preguntó Defarge.
-
---¿Recibe usted noticias suyas con frecuencia?--preguntó el espía.
-
---No--respondió Defarge.
-
---Hace muchísimo tiempo que no sabemos de ellos--terció la señora del
-tabernero.--Recibimos noticias de que habían llegado bien, y algún
-tiempo después una carta... quizá dos; pero luego, ellos han seguido
-su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra
-correspondencia.
-
---Es lo que suele ocurrir--observó el espía.--La hija está para casarse.
-
---¿Está para casarse?--repitió la señora Defarge.--Es bastante hermosa
-para haberse casado hace mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes, los
-ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres!
-
---¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted que soy inglés?
-
---Veo que su lengua es inglesa, y siempre he creído que el hombre es de
-la misma nacionalidad que su lengua.
-
-El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espía,
-aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el
-descontento. Soltó una carcajada, apuró el contenido de la copa y
-repuso:
-
---Pues sí, la señorita Manette está para casarse, pero no con un
-inglés, sino con un hombre que, como ella, nació en Francia. ¡A
-propósito de Gaspard!... ¡Pobre Gaspard!... ¡Fué una crueldad... un
-acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la señorita
-Manette va a casarse es el sobrino del señor Marqués por cuya causa
-bailó Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor
-dicho: el Marqués actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin
-ostentar el título de Marqués. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe
-usted que el apellido de su madre era D'Aulnais.
-
-La señora Defarge no tenía ojos ni manos, ni facultades más que para la
-media que hacía, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable.
-Su cara reflejó intensa turbación, pese a sus esfuerzos por dominarse,
-temblaban sus manos, y su agitación interior le salía por todos los
-poros de su cuerpo. No habría sido el espía digno de su cargo si no
-hubiese reparado en ello y grabádolo en su memoria.
-
-Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podría serle de algún
-provecho, el señor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas
-conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pagó lo que
-había tomado y se despidió, no sin manifestar, con suma amabilidad,
-que tendría el placer de visitar con frecuencia el establecimiento.
-Minutos después, cuando el espía había salido del radio protegido por
-San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el
-espía no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera
-sobre sus pasos.
-
---¿Será verdad lo que ese hombre ha dicho a propósito de la señorita
-Manette?--preguntó Defarge en voz baja.
-
---Probablemente será mentira; pero no niego que puede ser
-verdad--respondió la mujer.
-
---Si lo es...
-
-Defarge no terminó su pensamiento.
-
---¿Qué?--preguntó la mujer.
-
---Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos
-ver el triunfo... por ella desearé yo que el Destino retenga lejos de
-Francia a su marido.
-
---El destino de su marido le llevará a donde deba ir--respondió
-con calma glacial la tabernera--y le conducirá al fin que le está
-destinado. Es lo único que puedo decirte.
-
---Pero me negarás que es muy... extraño... digo extraño por no emplear
-otro calificativo... ¿no te parece extraño que con toda la simpatía que
-siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas tú con
-tu propia mano en este instante a su marido, sin más fundamento que lo
-que acaba de decir ese perro del infierno que se fué hace un momento?
-
---Cosas más extrañas que esa ocurrirán cuando llegue el día--respondió
-la señora Defarge.--A los dos los tengo aquí; no te quepa duda; y se
-les tratará según sean sus merecimientos. Esto debe bastarte.
-
-Dichas estas palabras, recogió la media y quitó la rosa que adornaba su
-cabeza. Fuera que instintivamente sabía San Antonio la hora, el momento
-preciso en que la tabernera haría desaparecer aquella flor inocente que
-tanto parecía desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante
-de su desaparición, es lo cierto que el Santo no tardó en presentarse,
-y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento había recobrado
-la animación de costumbre.
-
-Llegada la noche, en las épocas del año en que los habitantes de San
-Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunían por calles
-y patios buscando aire puro que respirar, la señora Defarge, con su
-labor en las manos solía ir de puerta en puerta y de grupo en grupo...
-especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacían
-calceta, sin duda para que aquel trabajo mecánico substituyese al de
-las mandíbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no
-podían moverse las mandíbulas ni el aparato digestivo, se movían las
-manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estómagos
-habrían sentido más los rigores del hambre.
-
-A la par que se movían los dedos se movían también los ojos y los
-pensamientos; y a medida que la señora Defarge pasaba de puerta en
-puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba
-trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y
-la actividad de los pensamientos se centuplicaba.
-
-Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la
-compañera de su vida con admiración.
-
---¡Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer
-sublime!--murmuraba.
-
-Cerró la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a
-lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguían haciendo
-calceta. Aproximábase otra noche más tenebrosa, otra noche en que las
-campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegría, darían su
-bronce para fundir con él tronadores cañones, en que los redobles de
-los tambores atronarían los aires para ahogar la voz de un condenado...
-omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la
-abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvían a
-las mujeres que hacían calceta, como envolverían dentro de poco aquel
-otro edificio, no construído todavía, donde se sentarían, también
-haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas
-que una tras otra caían.
-
-
-XVII
-
-UNA NOCHE
-
-Ni el refugio tranquilo de Soho admiró jamás puesta de sol tan hermosa
-como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la
-contemplaron sentados bajo el copudo plátano que se alzaba en el patio
-de la casa, ni la luna surgió nunca tan radiante y esplendorosa sobre
-la ciudad de Londres como la noche que encontró a aquellos sentados
-bajo el árbol y bañó sus rostros y sus cabezas con una luz plácida que
-cernían las hojas.
-
-Lucía debía casarse al día siguiente, y quería consagrar a su padre la
-última noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera
-sentada bajo el plátano en compañía del autor de sus días.
-
---¿Eres feliz, padre querido?
-
---Completamente, hija mía.
-
-Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes,
-era muy poco lo que habían hablado. Otros días, cuando la niña se
-sentaba bajo el árbol en compañía de su padre, trabajaba o leía; mas en
-la ocasión presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para
-trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias
-habían variado, y cuando éstas varían, se interrumpe la costumbre.
-
---También soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mío. Me hace feliz
-ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de
-Carlos por mí. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrándote
-mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligación de separarme de
-ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara más que el ancho
-de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentiría desgraciada. Aun
-así...
-
-Aun así la emoción concluyó por dominarla por completo.
-
-A la luz melancólica de la luna, echó los brazos al cuello de su padre,
-y sobre el pecho de éste reclinó la cabeza. La luz de la luna, que
-siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la
-luz que llamamos vida humana, que hoy luce y mañana se ha extinguido,
-iluminó un cuadro sencillamente conmovedor.
-
---¡Padre querido! ¿Estás convencido... firmemente convencido, de que
-entre nosotros no han de interponerse jamás nuevos amores míos, nuevos
-deberes míos? Yo sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga esta certeza en el
-fondo de tu corazón?
-
---¡Completa, absolutamente convencido!--respondió el padre con acento
-de firme convicción.--¡Más aún, hija mía!--añadió, besándola.--Mi
-futuro se presenta a mis ojos más brillante visto a través de tu
-matrimonio de lo que lo vería si continuaras soltera.
-
---¡Si pudiera creerte, padre mío...!
-
---Pues créelo, encanto mío, porque así es. Piensa que nada más natural
-ni más lógico. ¡Si supieras la ansiedad que a un padre produce el
-porvenir de una hija adorada...! ¡Si pudieras apreciar cuán grandes
-son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran
-desgraciada...!
-
-La niña quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero éste se
-lo impidió apoderándose de la mano, y prosiguió así:
-
---Desgraciada, hija mía, sí; arrancada al orden natural de las cosas...
-por causa mía. Tu abnegación, tu falta de egoísmo no es posible que
-comprendan cuánto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas
-cómo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso
-comprendas mis palabras.
-
---Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mío, tú sólo hubieses bastado
-para que mi dicha fuera completa.
-
-El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesión inconsciente
-de que su hija sería desgraciada sin Carlos, después de haberle visto,
-y contestó:
-
---Hija mía; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber
-sido Carlos, sería otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de
-que la causa habría sido yo, en cuyo caso, el período desgraciado de mi
-vida no sólo me hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas sombras, sino
-también alguien más, y ese alguien hubieras sido tú.
-
-Era la primera vez, después de la vista de la causa de Darnay, que el
-doctor hacía alusión a su desgracia.
-
---¡Mírala!--exclamó el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en
-dirección a la luna y dando a sus palabras una entonación que su hija
-no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la
-estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me hacía daño. La he
-contemplado muchas veces cuando me producía torturas tan espantosas
-pensar que brillaba sobre los seres que yo había perdido, que de buena
-gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisión.
-La he contemplado encontrándome en tal estado de atontamiento e
-imbecilidad, que no se me ocurría pensar en otra cosa que en el número
-de líneas horizontales que en su superficie podría trazar durante
-el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sería dable
-cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que cabían veinte de
-cada clase--añadió pensativo--y la vigésima cabía con dificultad.
-La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me
-arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si había nacido
-vivo, si vivía, si el dolor de la madre habría muerto a los dos.
-Pensaba sí, caso de ser varón, vengaría a su padre, pues mientras
-estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo
-intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegaría a saber la
-triste historia del autor de sus días, si tal vez creyera que su padre
-había desaparecido libre y espontáneamente. Pensaba que si era hija,
-llegaría a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de mí,
-ignorante de mi existencia. Con la imaginación la veía crecer, vivir
-un año y otro año; la he visto casada con un hombre que desconocía mi
-triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y
-he visto la generación siguiente a la mía en la que yo no figuraba.
-
---¡Padre mío!--exclamó la joven, besando a su padre con transporte.--No
-ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referían, pero,
-esto no obstante, casi me hace tanto daño oirte hablar como hablas como
-si esa hija fuera yo.
-
---¿Tú, Lucía? ¡Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de
-la dicha, de los consuelos que me has traído, y como son recuerdos
-agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra
-noche última... ¿Qué estaba diciendo?
-
---Que nada sabía de ti tu hija... que no se acordaba de ti.
-
---Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me
-rodeaba daban a mi emoción rumbo distinto, cuando me producían algo así
-como una sensación dolorosa de paz... como una emoción cuyo fundamento
-era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo
-sacándome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionándome la
-libertad. Muchas, muchísimas veces he visto su imagen a la luz de la
-luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Había, sin embargo, una
-diferencia, y es, que jamás pude llegar a estrecharla entre mis brazos,
-que siempre la veía fría, inmóvil, rígida en el centro del calabozo, en
-el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenderás que
-no eras tú la niña de que hablo.
-
---No lo era; es cierto... pero tu fantasía te hacía creer...
-
---No; nada de eso. Mi órgano visual, perturbado, es claro, la veía
-inmóvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales
-perseguían era el fantasma de otra niña distinta y más real. De su
-aspecto externo, no sé sino que se parecía a su madre la imagen que
-veían mis ojos... y el otro, el fantasma... también se le parecía...
-como te pareces tú... pero era un parecido diferente. ¿Me entiendes,
-Lucía? No, ¿verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos
-siglos recluído y separado de los suyos pueda comprender las
-distinciones sutiles de un prisionero.
-
-Aunque la calma del padre era perfecta, la joven sentía correr hielo
-por sus venas al oirle cómo disecaba la condición de ánimo en que en
-tiempos, afortunadamente pasados, se encontró.
-
---Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para
-decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos
-de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato
-lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era
-activa, feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.
-
---Esa hija era yo, padre mío. No era, ni con mucho, tan buena como te
-la imaginabas, pero mi tierno cariño no lo exageraba tu fantasía.
-
---Me enseñaba también a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba
-de mí. Todos ellos habían aprendido a compadecerme. Cuando pasaban
-cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado,
-desviaban sus miradas de sus ceñudos muros, miraban con temor a sus
-rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no podía darme la libertad;
-pero aun así, bastaba que me la representase mostrándome las cosas
-que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lágrimas
-consoladoras y para que cayera de rodillas bendiciéndola.
-
---Yo soy esa hija, sí, yo soy. ¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás mañana
-con ese mismo fervor?
-
---Recuerdo esas torturas antiguas, Lucía querida, porque así resalta
-más y más la dicha que esta noche me embarga. Jamás mis esperanzas,
-ni aun cuando fueron más desmesuradas, llegaron a representarme una
-felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado,
-como la que espero saborear en lo futuro.
-
-Abrazó a continuación a su hija, la bendijo solemnemente y dió gracias
-fervientes a Dios que se la había concedido. Poco después entraban
-abrazados en la casa.
-
-No asistirían invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del
-matrimonio se harían alteraciones en la residencia del doctor. Habíanse
-limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta
-entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados
-sus deseos.
-
-El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres
-personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la señorita Pross. El
-doctor sintió que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sintió
-tentaciones de regañar a las que fraguaron el complot que le había
-alejado, y bebió a su salud.
-
-Ya muy tarde, dió las buenas noches a Lucía y se retiró a su
-habitación. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de
-temores y de presentimientos, se levantó y entró sigilosamente en el
-dormitorio de su padre.
-
-Todo lo encontró en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El
-doctor dormía con placidez, su larga cabellera blanca caía sobre la
-almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La niña
-dejó la palmatoria en un rincón, avanzó hasta el lecho y rozó con sus
-frescos labios los agostados de su padre. A continuación posó sobre él
-una mirada intensa.
-
-Hondas huellas habían dejado en su perfecto rostro las aguas amargas
-del cautiverio; pero tan firme, tan enérgica era la resolución de aquel
-padre, que hasta durmiendo conseguía disimularlas. En los extensos
-dominios del sueño, seguramente no se habría encontrado aquella noche
-otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante
-inesperado como el del doctor Manette.
-
-Tímidamente posó una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidió con
-fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor
-paternal y sus pasados sufrimientos merecían. Retiró luego la mano,
-besó aquella boca adorada una vez más, y salió del dormitorio.
-
-Cuando nació el sol, las sombras que las hojas del plátano proyectaban
-sobre su cara no se movían con tanta dulzura como se movieron los
-labios de Lucía cuando dirigió al Cielo su plegaria.
-
-
-XVIII
-
-NUEVE DIAS
-
-La naturaleza desplegó todas sus galas el día del matrimonio. Ya
-estaban dispuestos todos los que a la ceremonia debían asistir,
-esperando que el doctor saliera de su habitación, donde estaba hablando
-con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitación indicada estaban
-la novia, radiante de belleza, el señor Lorry y la señorita Pross...
-para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliación
-con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no
-ensombrecerlo un poquito la penosa consideración de que el novio no
-debía ser Carlos Darnay sino su hermano Salomón.
-
---¡La verdad es que hice un negocio redondo!--exclamó Lorry, quien no
-se cansaba de admirar a la novia.--¡Mire usted que acompañarla en su
-viaje a través del Canal para esto! ¡Válgame Dios, y qué poco pensé lo
-que hacía! ¡Y qué poco valor concedía yo al servicio que en aquella
-ocasión presté a mi buen amigo Carlos Darnay!
-
---¡No sé cómo podía usted concederle más o menos valor del justo si ni
-remotamente soñaba en lo que había de suceder!--observó la señorita
-Pross.--¡Tonterías!
-
---¿De veras? Quizá tenga usted razón... Pero no llore--replicó Lorry.
-
---Yo no lloro; el que llora es usted--replicó la señorita Pross.
-
---¿Yo, Pross de mis pecados?--preguntó Lorry, que ya se atrevía a
-bromear con su interlocutora alguna que otra vez.
-
---Usted, sí. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo
-niegue. Además, no me extraña. Un regalo como el que usted ha hecho
-a la señorita, es para arrancar lágrimas a los ojos de una estatua
-de piedra. ¡Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche
-sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la
-colección desde que llegó el estuche hasta que pude verlo abierto.
-
---Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fué
-mi intención que ese pequeño recuerdo hiciera sufrir a nadie. ¡Diablo,
-diablo! ¡He aquí una ocasión que obliga a un hombre a pensar con pena
-en lo lo que ha perdido! ¡Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta
-años que podría haber en el mundo una señora Lorry...!
-
---¡Lo niego!--replicó la señorita Pross.
-
---¡Cómo! ¿Opina usted que era imposible que hubiera una señora Lorry?
-
---¡Quite usted allá! ¡Desde que lo mecían en su cuna viene usted siendo
-soltero!
-
---Lo creo muy probable--contestó Lorry arreglándose el peluquín.
-
---Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para solterón
-sempiterno.
-
---En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes
-de escoger el patrón... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitación
-contigua, mi querida Lucía--añadió pasando el brazo alrededor de la
-cintura de la novia--y la señorita Pross, y yo, como personas formales
-y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no
-queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla
-algunas cosillas que no la desagradará oir. Va usted a dejar a su
-padre, querida niña, en manos tan cariñosas y tan deseosas de servirle
-como las de usted, en manos que se desvivirán por atenderle y cuidarle
-durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en
-Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retrocederá,
-metafóricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los
-quince días, acompañe a usted y a su querido esposo en el viaje a
-Wales, que ha de durar otros quince días, ha de confesar usted que
-se lo devolvemos más contento y feliz de lo que nos lo dejó... Pero
-_alguien_ se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitirá que
-la bese un solterón empedernido antes que aquel _alguien_ llegue y
-reclame lo que es suyo.
-
-El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso
-rostro, separó luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con
-su peluquín castaño, y posó sus labios sobre la tersa frente con la
-delicadeza con que hacían estas cosas los contemporáneos de Adán.
-
-Abrióse la puerta de la habitación del doctor saliendo éste seguido
-de Carlos Darnay. Mortal palidez cubría el rostro del primero, en el
-que ni rastros de color quedaban, palidez que no existía cuando en su
-habitación quedó encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su
-expresión, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry
-descubrió cierta indicación sombría que acusaba el paso sobre su alma
-del soplo de repulsión y de odio que otras veces, semejante a fugaz
-ráfaga de viento helado, le había azotado.
-
-Dió el brazo a su hija y la acompañó hasta el carruaje que Lorry, en
-atención a la solemnidad del día, había alquilado. Las demás personas
-se acomodaron en otro carruaje, y minutos después, Carlos Darnay y
-Lucía Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la
-iglesia próxima.
-
-Además de las transparentes lágrimas que brillaron entre sonrisas
-mientras tenía lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon
-algunos brillantes de aguas clarísimas que momentos antes habían sido
-libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del señor Lorry,
-donde se hallaban recluídos. Regresaron los novios a la casa, seguidos
-por el reducido círculo de invitados, almorzaron, y más tarde, la
-hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con
-los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de París
-hacía zapatos con verdadero ardor, volvió a juntarse con los mismos,
-bañada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la
-puerta y en el momento de la despedida.
-
-Era una separación dolorosa, aunque su duración habría de ser poca. El
-padre animó a su hija, se desprendió dulcemente de los amantes brazos
-de ésta, y dijo con expresión animada:
-
---¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya!
-
-Un minuto después, por la ventanilla de una silla de posta que se
-alejaba salía una mano que agitaba un pañuelo; la mano de Lucía.
-
-Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y
-fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte,
-los preparativos habían sido sencillos y nada aparatosos, una vez se
-hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el
-señor Lorry y la señorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en
-el salón, fué cuando Lorry reparó en el cambio terrible que acababa
-de sufrir el doctor: no parecía sino que el brazo del gigante de oro
-había descargado sobre él un golpe envenenado.
-
-Natural era que a los esfuerzos violentísimos que necesariamente hubo
-de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emoción, siguiera
-la revulsión, también violenta, tan pronto como desapareciera la
-causa, la ocasión de aquéllos. No fué, pues, la revulsión, no fué el
-aplanamiento, lo que alarmó al señor Lorry, sino el enajenamiento
-con que llevó el doctor las manos en la cabeza, la monotonía lúgubre
-con que empezó a pasear tan pronto como entró en la habitación, y
-le alarmaron esos síntomas, porque le recordaron el sotabanco de la
-taberna de Defarge y la condición en que allí encontró al doctor.
-
---Creo--dijo en voz muy baja a la señorita Pross--que no debemos
-dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna.
-Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresaré dentro de un momento.
-A mi vuelta, le sacaré al campo, donde comeremos después de dar un buen
-paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros
-pensamientos que parece que flotan sobre su alma.
-
-Nada más fácil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada más difícil
-que salir de él. El vistazo que se proponía dar duró dos horas. Cuando
-volvió a la casa de Soho y subió la escalera, sin preguntar al criado
-que salió a abrirle, al ir a entrar en la habitación del doctor, a la
-cual se dirigía en derechura, quedó como clavado en el suelo. Dentro de
-la habitación sonaban recios y repetidos golpes.
-
---¡Buen Dios!--exclamó, retrocediendo un paso--¿Qué es eso?
-
-La señorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmuró en su oído:
-
---¡Qué desgracia...! ¡Pobres de nosotros...! ¡Todo está perdido, todo!
-¿Qué le decimos a la señorita? ¿Quién se lo dice? ¡Oh...!--añadió,
-retorciéndose las manos--¡No me conoce, señor Lorry, y está haciendo
-zapatos!
-
-Esforzóse Lorry por calmarla, bien que inútilmente, y penetró en la
-habitación del doctor. Había acercado éste la banqueta a la ventana,
-tal como la tenía colocada en el sotabanco de París, y trabajaba con
-ardor, doblada la cabeza sobre el zapato.
-
---¡Doctor Manette!--gritó Lorry.--¡Mi amigo querido... mi buen doctor
-Manette...!
-
-Alzó la cabeza el doctor, miró al que le llamaba con expresión entre
-de extrañeza y de cólera, descontento sin duda de que se atrevieran a
-dirigirle la palabra... y prosiguió su tarea.
-
-Habíase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa
-desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le
-encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta había recobrado
-su rostro el antiguo aspecto macilento y sombrío de los años de su
-desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como
-quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido.
-
-Miró Lorry el zapato que el doctor cosía y vió que era de forma muy
-pasada de moda. No se atrevió a sacárselo de las manos; pero tomó otro
-que había a los pies del zapatero, y preguntó a éste qué era.
-
---Zapato de paseo para señorita--contestó el doctor sin alzar los
-ojos.--Hace ya mucho tiempo que debí terminarlo. Déjeme en paz.
-
---¡Pero por Dios vivo, doctor Manette!--exclamó Lorry.--¡Míreme!
-
-Obedeció el doctor con la sumisión mecánica antigua, pero sin
-interrumpir su labor.
-
---¿No me conoce ya, mi querido amigo? ¡Vuelva usted en sí, doctor
-Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca.
-
-Fué trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba
-momentáneamente la cabeza cuando Lorry se lo decía, pero todas las
-instancias, todas las súplicas fueron estériles: no habló. Trabajaba,
-cosía con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas
-resbalaban sobre sus oídos, cual resbalarían sobre frío muro de acero.
-Un solo rayo de esperanza brilló entre las sombras de desesperación
-que envolvieron a Lorry, y fué que algunas veces, el doctor le miraba
-furtivamente sin que él se lo dijera. El rayo de esperanza era débil,
-como que no tenía más fundamento que el de ser las miradas de su amigo
-a manera de indicación de curiosidad, de perplejidad de ánimo, algo así
-como síntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo
-ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma.
-
-Lorry opinó que se imponía la necesidad de adoptar dos resoluciones
-importantes, aparte de otras de importancia más secundaria: la primera,
-evitar que Lucía tuviera noticia de la desgracia, y la segunda,
-evitar que ésta llegara a oídos de ninguna de las personas que
-conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la señorita Pross, tomó
-inmediatamente las medidas de precaución necesarias para conseguir el
-segundo resultado, y éstas consistieron en manifestar que el doctor se
-encontraba indispuesto, y que su estado de salud exigía algunos días de
-reposo y de aislamiento absoluto. Para engañar a su hija, la señorita
-Pross debía escribir una carta haciéndola saber que su padre había
-tenido que salir por asuntos de su profesión, y comentando una misiva
-recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se
-limitaba a decir que su ausencia sería breve.
-
-Estas medidas eran, por decirlo así, de carácter general, y Lorry las
-adoptó por si la crisis desgraciada del doctor desaparecía pronto.
-Por si esta solución no se hacía esperar, consideró necesario, o muy
-conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometía grandes
-resultados para lo futuro, plan que consistía en formar opinión fundada
-y motivada acerca de la condición de ánimo de su amigo.
-
-Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no sólo era
-perfectamente inútil, sino también perjudicial, puesto que cuando le
-estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba
-y excitaba más y más. Desistió, en consecuencia, de hablarle, y
-resolvió no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda
-contra el engaño en que había caído o estaba cayendo. A este efecto,
-y en su deseo de llevar a cabo la noble misión que se había impuesto
-envolviéndola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tomó las
-medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del
-Banco, y se posesionó de una butaca colocada junto a la ventana de la
-habitación del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.
-
-El doctor Manette comió y bebió lo que le sirvieron, y trabajó el día
-primero hasta que le faltó la luz, siendo de notar que, cuando él hubo
-de dejar su tarea, hacía ya media hora larga que Lorry había tenido que
-dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no
-veía ya las letras. Lorry se levantó al ver que el doctor dejaba los
-útiles del oficio, y le preguntó:
-
---¿Quiere usted salir?
-
-Clavó el doctor los ojos en el suelo, los llevó de una parte a otra
-como en tiempos pasados, y alzándolos al fin, dijo:
-
---¿Salir?
-
---Sí... A dar un paseo conmigo: ¿por qué no?
-
-No intentó explicar por qué no, ni volvió a despegar los labios; pero
-Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el
-cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las
-palmas de las manos, creyó que el desdichado se preguntaba a sí mismo:
-«¿Por qué no?» La sagacidad del hombre de negocios vió en ello una
-ventaja, y resolvió sacar de ella todo el partido posible.
-
-Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitación contigua,
-ora el señor Lorry ora la señorita Pross, a cuyo efecto habían
-establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que
-dividieron el servicio de guardia. El doctor solía pasar algún tiempo
-paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se
-acostaba, dormíase profundamente y disfrutaba de un sueño tranquilo.
-Llegada la mañana, no bien se levantaba, dirigíase en línea recta a su
-banqueta y se ponía a trabajar.
-
-En el segundo día de la crisis, Lorry saludó al doctor llamándole
-por su nombre, y seguidamente comenzó a hablarle de asuntos que a
-entrambos eran muy familiares. No le contestó aquél, pero era evidente
-que oyó lo que se le decía y que pensaba en ello, bien que de una
-manera confusa. Esto animó a Lorry, quien rogó a la señorita Pross que
-entrara a hacerle compañía varias veces durante el día, a fin de hablar
-constantemente de Lucía y de su padre, presente a las conferencias,
-con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no
-fueron muy felices, pero tampoco tan estériles que no animaran a Lorry
-a continuar el plan, pues se consiguió, ya que no otra cosa, disipar,
-siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que
-se hallaba sumido.
-
-Cuando cerró la noche de este segundo día, Lorry repitió su pregunta
-del día anterior:
-
---Mi querido doctor: ¿quiere usted salir?
-
-Y como el día anterior respondió el interrogado:
-
---¿Salir?
-
-Fingió Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestación,
-volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el
-doctor retiró la banqueta que estaba junto a la ventana y se sentó en
-una silla, desde donde estuvo contemplando el plátano del patio; pero
-no bien entró Lorry en la habitación, volvió a sentarse en la banqueta.
-
-Pasaron los días, y las esperanzas que Lorry concibiera íbanse
-desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no había salido de
-la habitación del doctor; cierto que era un secreto para todos, que
-Lucía ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta;
-pero el buen banquero no podía menos de ver, con profunda pena, que el
-zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros días, iba adquiriendo una
-habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos más gusto al
-oficio, y que sus manos en ninguna hora del día trabajaban con tanto
-ardor y tanta destreza como cuando la noche tendió su negro manto sobre
-el día noveno después de la desgracia.
-
-
-XIX
-
-UNA OPINIÓN
-
-Muertas las energías a manos de largas y ansiosas horas de incesante
-vigilancia, el señor Lorry cayó dormido en su puesto de honor. Un rayo
-tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado
-sueño que le venciera la noche anterior, que era la décima de las de la
-serie de vigilancia.
-
-Con mano nerviosa se frotó los ojos, púsose en pie y corrió a la
-entrada del dormitorio del doctor. Allí se detuvo con brusquedad,
-preguntándose si dormía o si estaba despierto. ¿Motivos? Los tenía
-sobrados: la banqueta, con el resto de los útiles del oficio de
-zapatero, estaba en un rincón, y el doctor leía tranquilamente,
-arrellanado en una butaca junto a la ventana. Vestía traje de mañana,
-y su rostro, que Lorry veía perfectamente, aunque un poquito pálido,
-reflejaba una calma y una placidez absolutas.
-
-Unos cuantos pellizcos administrados con mano firme llevaron al ánimo
-del señor Lorry el convencimiento de que no dormía: punto era éste
-que quedaba perfectamente aclarado y dilucidado. Pero si entonces
-estaba despierto, ¿no se pasó durmiendo los días anteriores? El
-zapatero, que tantos quebraderos de cabeza le proporcionó, ¿no sería
-un personaje soñado, un hijo de prolongada pesadilla? ¿Cabía otra
-explicación al hecho de que estuviera entonces viendo, con sus propios
-ojos, perfectamente despiertos, a su amigo, vestido como de ordinario,
-tranquilo como de ordinario, y leyendo como de ordinario?
-
-Y sin embargo, de no haber sido su confusión y su atonía tan grandes,
-esta hipótesis última caía por su base. Si el desgraciado cambio de tan
-profunda impresión le había producido fué soñado y no real, ¿qué hacía
-en la tranquila casa de Soho el banquero del famoso Tellson? ¿Cómo
-acababa de encontrarse dormido, vestido y calzado, sobre el sofá de la
-sala de consultas del doctor Manette? ¿Por qué le asaltaban aquellas
-dudas a hora tan temprana de la mañana y precisamente en la entrada de
-la alcoba del doctor?
-
-Minutos después, la señorita Pross susurraba algunas palabras en su
-oído. Si algún resto de duda hubiese quedado en su ánimo, las palabras
-que herían sus oídos la habrían disipado, pero no quedaban ya: su
-cabeza estaba fresca y las dudas habían desaparecido. Ante el nuevo
-estado de cosas, aconsejó Lorry no hacer nada hasta que llegase la
-hora del almuerzo, y visitar entonces al doctor como si nada hubiera
-ocurrido. Si su amigo continuaba tranquilo y dueño de sí mismo, Lorry
-le interrogaría con cautelosa astucia y procuraría obtener de él mismo
-algo que pudiera orientarle y servirle de guía en lo sucesivo.
-
-El plan, que mereció la aprobación de la señorita Pross, fué ejecutado
-con diligente esmero. Lorry, que dispuso de tiempo sobrado para
-acicalarse, se presentó a la hora del almuerzo pulcro e irreprochable.
-El doctor fué llamado como de ordinario, y como de ordinario se sirvió
-el almuerzo.
-
-De la conversación, entablada y seguida por parte de Lorry con con
-cautela y tacto exquisitos, infirió que el doctor creía que el
-matrimonio de su hija había tenido lugar el día anterior. Avanzando con
-método en sus trabajos de exploración, dejó caer como al descuido una
-alusión al día de la semana y del mes en que se encontraban, alusión
-que confundió visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los
-demás reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvió buscar
-la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En
-consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo
-Lorry con muestras de vivo interés:
-
---Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinión acerca de un
-caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso...
-quiero decir, muy curioso para mí, pues quizá usted lo encuentre
-natural y lógico.
-
-El doctor escuchaba con viva atención y mirando con expresión
-conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez días
-últimos. Ya antes las había mirado con frecuencia.
-
---Afecta el caso en cuestión, mi querido Manette--repuso Lorry--a
-un amigo mío, a quien quiero mucho. He aquí por qué le ruego muy de
-veras que lo examine con verdadero interés y me aconseje en bien de mi
-amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi
-querido Manette.
-
---Si no entiendo mal--contestó el doctor en voz muy baja,--se trata de
-un sacudimiento mental...
-
---¡Eso es!
-
---Hábleme con claridad y sin omitir detalle--dijo el doctor.
-
-Comprendió Lorry que se habían entendido, y prosiguió así:
-
---Mi querido Manette, se trata de una conmoción terrible, muy antigua
-y que duró varios años, de una conmoción cruel, brutal, de las
-afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espíritu...
-eso es: del espíritu. Cuánto tiempo duró la conmoción que rindió y
-abatió al desdichado que fué su víctima, es lo que no puedo precisar,
-pues sólo mi amigo podría decírnoslo, y él no se hallaba en condiciones
-de calcular el tiempo. El que sufrió la conmoción llegó a reponerse
-de sus efectos merced a un proceso que ni él mismo puede explicar...
-según le oí manifestar en público en una ocasión en que hizo un relato
-conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos
-del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de
-inteligencia clarísima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones
-intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre
-que multiplica todos los días sus conocimientos, y cuenta que ya antes
-poseía de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequeña
-recaída.
-
-El doctor preguntó anhelante:
-
---¿De qué duración?
-
---Ha durado nueve días con sus noches.
-
---¿En qué forma se manifestó?--preguntó el doctor, mirando de nuevo sus
-manos.--¿Tal vez volviendo a entregarse a alguna ocupación antigua
-relacionada con su sacudimiento mental?
-
---En efecto.
-
---Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna vez ocasión de verle entregado
-a esa ocupación, durante su enfermedad original anterior a la
-recaída?--preguntó el doctor con gran calma, bien que siempre con voz
-muy baja.
-
---Una sola vez.
-
---Después de su recaída, ¿le encontró usted igual que antes en casi
-todo... o en todo?
-
---Creo que en todo.
-
---Habló usted antes de una hija de su amigo: ¿ha tenido la hija noticia
-de la recaída del padre?
-
---No: la recaída ha permanecido rodeada del secreto más rígido, y
-no creo que la hija llegue a sospecharla nunca. De ella tenemos
-conocimiento dos personas nada más: yo, y otra de confianza absoluta.
-
---¡Previsión delicada y generosa, amigo mío!--exclamó el doctor
-estrechando efusivamente la mano de Lorry.
-
-Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos
-momentos.
-
---Soy hombre de negocios, mi querido Manette--dijo Lorry poniendo fin
-al silencio y hablando con acentos de vivo cariño,--y, por tanto,
-profano en asuntos tan enrevesados y difíciles. Me faltan datos que me
-orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guíen, me falta
-una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda
-yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted.
-Dígame, ¿a qué fué debida la recaída? ¿Existe peligro de que sobrevenga
-otra? Suponiendo que el peligro exista, ¿hay medios de prevenirla? ¿Qué
-medios son estos? ¿Qué puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jamás ha
-existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un
-amigo como yo al mío, si supiera cómo; pero no sé qué hacer si el caso
-se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia,
-pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podré
-hacer mucho: sin luces, sin auxilio extraño, todos mis buenos deseos
-naufragarán en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, déme usted
-algunas explicaciones, ilumíneme un poquito y enséñeme la manera de ser
-útil a mi amigo.
-
-El doctor Manette bajó la cabeza y se sumergió en profundas
-meditaciones. Lorry esperó con calma.
-
---Me parece muy probable--dijo el doctor al cabo de un rato--que la
-recaída que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que
-fué su víctima.
-
---¿Acaso prevista y temida?--se atrevió a preguntar Lorry.
-
---Temida, sí--exclamó el doctor, estremeciéndose involuntariamente.--No
-es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con
-que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi
-imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto
-que le oprime.
-
---¿Y no cedería esa opresión--preguntó Lorry--si se resolviera a
-confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga?
-
---Creo que sí; pero le es, según acabo de decir, punto menos que
-imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto.
-
-Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura:
-
---¿A qué causa atribuye usted la recaída?
-
---A mi juicio--respondió el doctor Manette,--ha sobrevenido un
-despertar enérgico de los recuerdos que fueron causa determinante de
-la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas
-antiguas al soplo de algún suceso reciente. Es muy probable que en la
-mente del paciente viniera acumulándose desde hace algún tiempo el
-temor a ese despertar enérgico de recuerdos dolorosos... con motivo de
-determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado...
-En este caso, el paciente intentó adoptar medidas de prevención....
-las adoptaría seguramente, pero en vano. ¡Quién sabe si los mismos
-esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para
-soportarlo!
-
---¿Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la
-recaída?--preguntó Lorry, después de vacilar durante algunos segundos.
-
-Tendió el doctor miradas tristes en derredor, movió la cabeza, y
-contestó con voz más baja que nunca:
-
---¡Absolutamente nada!
-
---Pasemos ahora al pronóstico... al porvenir.
-
---El porvenir--contestó con energía el doctor--me inspira grandes
-esperanzas. Fúndanse éstas en el escaso tiempo que gracias al Cielo
-ha durado la recaída. Si tenemos en cuenta que el paciente, después
-de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo
-previsto más o menos vágamente, de algo contra lo que en vano intentó
-prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos
-para creer que ha pasado lo peor.
-
---¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus palabras me tranquilizan...
-¡Gracias!--exclamó Lorry.
-
---¡Gracias!--repitió el doctor, doblando la cabeza.
-
---Quedan todavía dos puntos sobre los cuales desearía me instruyese.
-¿Puedo continuar?
-
---Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo--respondió el
-doctor alargándole la mano.
-
---Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energía
-poco común. Persigue con ardor la adquisición de nuevos conocimientos
-profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad
-de cosas que exigen intensa labor mental. Dígame: ¿no le parece que
-trabaja con exceso?
-
---Creo que no. Quizá la índole de su inteligencia exige un trabajo
-mental continuo, bien sea la índole en cuestión innata y natural, bien
-modificada artificialmente, por decirlo así, a consecuencia de pesares
-y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor
-será el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es
-probable que él mismo, después de observarse con detenimiento, haya
-hecho el descubrimiento a que me refiero.
-
---¿Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es
-excesiva?
-
---La tengo; sí.
-
---Pero si le venciera el exceso de trabajo...
-
---Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una
-tendencia violenta en una dirección determinada, se hace indispensable
-contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el
-equilibrio.
-
---Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los
-hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la
-recaída que lamentamos fué resultado de intensa presión mental, ¿no
-habrá peligro de que se repita?
-
---No lo creo... no puedo creerlo--contestó con acento de convicción
-profunda el doctor Manette.--Solamente la exacerbación de una clase
-determinada de recuerdos podría provocar otra recaída, solamente la
-vibración violenta de la cuerda misma que motivó la primera pudiera
-ser causa de otras. Ahora bien: después de lo ocurrido, considero
-punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a
-que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma.
-Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las
-circunstancias que podrían dar margen a nuevos tropiezos.
-
-Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cuán poco basta para
-trastornar la organización delicada de la inteligencia, y al propio
-tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las
-tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir
-impávida los huracanes de la vida.
-
-No sería su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes
-por el contrario, se mostró más esperanzado y convencido de lo que
-en realidad estaba, y pasó a tratar el segundo punto. Era este mucho
-más difícil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy
-persuadido; pero recordó la conversación que el domingo tuviera con
-la señorita Pross, hízose cargo de las dolorosas escenas a que había
-asistido en los nueve días últimos, y comprendió que estaba en el
-deber de afrontarlo.
-
---Durante su recaída, por fortuna pasada ya, se entregó... al oficio
-de... cerrajero--dijo Lorry, con vacilación manifiesta.--Sí; eso
-es: al oficio de cerrajero. A título de ejemplo que aclare bien los
-conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio
-mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Añadiremos que, debido a
-circunstancias que no hay por qué detallar, ha vuelto a encontrar esa
-fragua. ¿No opina usted que es una lástima que la conserve a su lado?
-
-El doctor se pasó la mano por la frente.
-
---La tiene constantemente a su vista--repuso Lorry, mirando con
-ansiedad a su amigo.--¿No le parece que sería preferible que no
-volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos?
-
-El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso.
-
---¿Tan difícil encuentra usted el consejo que le pido?--insistió
-Lorry.--A mí me parece la solución sencillísima, no obstante lo cual,
-creo que...
-
---Comprenda usted--contestó el doctor Manette volviéndose hacia su
-interlocutor--que es sumamente difícil explicar con sujeción a las
-reglas inflexibles de la lógica, las operaciones íntimas de la mente
-del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicitó
-con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fué concedido lo
-que anhelaba, dió gracias al Cielo desde lo más profundo de su alma. Es
-indudable que, al encontrarse con un medio que le permitía substituir
-con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y
-con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada
-cuando adquirió alguna práctica en el oficio, se aminorasen mucho sus
-tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse
-de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el
-menor peligro de nuevas recaídas, aun cuando su amigo comparta esta
-confianza mía, la idea de que pudiera llegar día en que hubiese de
-necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un
-dolor sólo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su
-hijo.
-
---No estamos de acuerdo--replicó Lorry.--Sé que no soy autoridad en
-la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue
-cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas,
-chelines y billetes de Banco; pero aun así, pregunto: ¿la conservación
-de la fragua, no tiende a la perpetuación de la idea? Si la fragua
-desapareciese, mi querido Manette, ¿no desaparecería con ella el miedo?
-En una palabra: ¿no es concesión hecha al temor de conservar la fragua?
-
---Comprenda usted también--contestó el doctor al cabo de otro rato de
-silencio y con voz trémula--que se trata de un compañero antiguo.
-
---¡Un compañero antiguo que yo alejaría de mi lado!--replicó Lorry con
-gran entereza, pues bueno será advertir que la iba ganando a medida que
-la perdía el doctor.--¡Un compañero antiguo a quien yo sacrificaría
-sin pizca de remordimiento! No me hace falta más que su autorización.
-Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concédame el permiso
-que solicito, mi querido Manette... ¡Usted es bueno... tiene buen
-corazón... concédamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de
-mi amigo...!
-
-La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos
-contradictorios, fué enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato,
-dijo:
-
---En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorización que me
-pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante
-los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y líbrenle del
-dolor de presenciar la destrucción de lo que fué su compañero único en
-tiempos pasados.
-
-Con verdadera alegría aceptó Lorry la solución, y la conferencia quedó
-terminada. Pasaron el día en el campo, lo que bastó para reponer al
-doctor. Durante los tres días siguientes hizo su vida normal, y a los
-catorce de la ausencia de su hija, salió a reunirse con ésta y con su
-marido.
-
-No bien cerró la noche del día en que el doctor salió de su casa,
-penetró en el dormitorio de aquél nuestro buen amigo Lorry, armado
-de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo.
-Tras él entró la señorita Pross con un candelero en la mano. A puerta
-cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto
-criminoso, el señor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero,
-mientras la señorita Pross tenía la luz como quien asiste a la comisión
-de un asesinato. En la cocina se procedió luego a la incineración
-de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a
-continuación, los útiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y
-cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardín anejo a la casa. Tanto
-el señor Lorry, como la señorita Pross, mientras ejecutaban la hazaña y
-hacían desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenían casi
-aspecto, cómplices de un crimen horrendo.
-
-
-XX
-
-UNA SÚPLICA
-
-La primera persona que se presentó en la casa del doctor Manette
-después de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fué
-Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresión, puede
-decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser
-extraordinariamente áspera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no
-pasó inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay.
-
-Carton aprovechó la primera oportunidad que se le deparó para llevar a
-Darnay al hueco de una ventana, donde le habló sin que su conversación
-llegara a oídos de ninguno de los presentes.
-
---Deseo que seamos amigos, señor Darnay--comenzó diciendo Carton.
-
---Me parece que lo somos ya--contestó Darnay.
-
---Agradezco que así lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas
-lisa y llanamente por la educación. Pero no me refería yo a esa amistad
-_convencional_. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra
-clase de amistad.
-
-Carlos Darnay le rogó que se explicase.
-
---¡Por mi vida que encuentro más sencillo comprender yo la idea que
-hacerla comprensible a los demás!--respondió Carton.--Probaré, sin
-embargo. ¿Recuerda usted aquella ocasión memorable en que me encontraba
-yo más borracho que de ordinario?
-
---Recuerdo la ocasión memorable en que me obligó usted a declarar que
-había bebido.
-
---No la he olvidado yo tampoco. La maldición que pesa sobre esas
-ocasiones deja en mí rastros tan duraderos, que puede decirse que no
-las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un día, el
-que ponga fin a los míos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella
-ocasión... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear.
-
---¡Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca.
-
---Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestión... una de mis
-infinitas borracheras, estuve impertinente a más no poder hablándole
-sobre si me era simpático o antipático: le ruego que la olvide y que
-considere como no pronunciadas mis palabras.
-
---Las he olvidado hace mucho tiempo.
-
---¡Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias
-sociales! He de decir, señor Darnay, que no olvido yo tan fácilmente
-como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una
-contestación ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a
-hacérmela olvidar.
-
---Si mi contestación ha sido ligera, le ruego que me perdone--replicó
-Darnay.--Mi intención fué quitar toda la importancia a lo que, con no
-poca sorpresa mía, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi
-palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvidé la conversación de
-la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje
-mérito alguno. Pues qué, ¿no me había prestado usted aquel mismo día un
-servicio de esos que ningún corazón medianamente agradecido puede ni
-debe olvidar?
-
---Me pone usted en el caso de decirle--respondió Carton--que ese gran
-servicio de que me habla fué sencillamente lo que podríamos llamar
-una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar
-los abogados para alcanzar populachería. Buena prueba de ello es que,
-cuando se lo presté, me era completamente indiferente su suerte.
-Observe usted que he dicho cuando se lo presté; es decir, que hablo de
-cosas pasadas.
-
---Se empeña usted en empequeñecer mi obligación, y sin embargo, yo,
-menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su
-contestación.
-
---Es la verdad desnuda, señor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he
-separado del objeto que perseguía. Hablaba de mis deseos de que seamos
-amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a
-nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver.
-
---Prefiero formar opinión sin su auxilio.
-
---Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de
-nada bueno, ahora y siempre.
-
---No estamos de acuerdo, amigo mío.
-
---Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se
-encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un
-sujeto que nada vale, y que por añadidura goza de una reputación
-discutible, yo le pediré que como favor especial me consienta venir
-aquí o marcharme, sin sujeción a horas ni a reglas, no viendo en mí
-otra cosa que un mueble inútil y... de buena gana añadiría _anormal_,
-si no fuera por el parecido físico que entre nosotros dos media... un
-mueble inútil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara
-siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien
-probabilidades contra una de que no utilizaré su complacencia más de
-cuatro veces al año. Sería para mí una satisfacción saber que abuso.
-
---¿Hará usted lo posible por abusar?
-
---Veremos. ¿Me autoriza usted para que me tome la libertad que
-solicito, Darnay?
-
---Autorizado, Carton.
-
-Diéronse un apretón de manos y seguidamente se separó Carton. Un minuto
-después, Carton era el hombre extravagante de siempre.
-
-Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en
-las cuales tomaron parte la señorita Pross, el doctor, Lorry y
-el matrimonio, hablóse incidentalmente y en términos generales de
-Sydney Carton, pintándolo como problema viviente de indiferencia y de
-atolondramiento. Darnay dijo a su propósito algunas frases que, si
-bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto
-menosprecio.
-
-Lejos estaba él de pensar que había lastimado la sensibilidad de su
-bella esposa. Cuando más tarde, disuelta la tertulia, la encontró en su
-habitación, no pudo menos de observar en ella cierta preocupación.
-
---Te encuentro pensativa esta noche--dijo Carlos, pasando su brazo al
-rededor de su cintura...
-
---Lo estoy, mi querido Carlos--contestó Lucía, mirándole de
-frente,--estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento
-que me molesta.
-
---¿Y qué es, Lucía mía?
-
---¿Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad más allá de lo que yo
-desee?
-
---¿Y qué es lo que yo no prometeré a mi amor?
-
---Creo, Carlos, que el pobre señor Carton merece más consideración y
-más respeto del que tú le has expresado esta noche.
-
---¿De veras? ¿Y por qué?
-
---Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada más...
-en que me consta que lo merece.
-
---Si a ti te consta, no hay más que hablar. ¿Qué quieres que haga, vida
-mía?
-
---Lo único que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y
-que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza
-pública en su ausencia. También te ruego que creas que en su pecho late
-un corazón que pocas, poquísimas veces se revela, un corazón cubierto
-de heridas muy profundas. Créeme, querido mío, pues te aseguro que lo
-he visto sangrando.
-
---Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis
-desconsideraciones--dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras
-de su mujer le produjeron.--No fué mi intención tratarle injustamente.
-
---Pues no le hiciste justicia, Carlos mío. Temo que ha de ser imposible
-hacerle variar, que ni su carácter, ni su manera especial de ser son
-susceptibles de modificación; pero te aseguro que es hombre capaz de
-buenas acciones, más, de acciones magnánimas.
-
-Tan hermosa estaba Lucía, tan vivos destellos de luz purísima derramaba
-sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin
-remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, quedó como
-extasiado contemplándola.
-
---¡Compláceme, amor mío!--exclamó Lucía, dejando caer su cabecita sobre
-el pecho de su marido y alzando hacia éste sus ojos.--¡Reflexiona cuán
-inmensa es nuestra dicha, y cuán de compadecer es él en su miseria!
-
-La súplica dió en el blanco.
-
---¡No lo olvidaré nunca, corazoncito mío! ¡Lo recordaré mientras me
-dure la vida!
-
-Inclinóse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro,
-acercó sus labios a los de rosa de Lucía y estrechó a ésta entre sus
-brazos.
-
-Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorría ensimismado
-las solitarias calles próximas al rinconcito de Soho, hubiera podido
-oir aquella súplica dictada por una piedad purísima, si le hubiese sido
-dado ver unas perlas clarísimas bebidas por un marido amante en unos
-ojos azules y limpios como el cielo, habría exclamado con transporte:
-
---¡Que Dios bendiga su hermosa alma!
-
-
-XXI
-
-PASOS QUE RESUENAN
-
-Rincón el más admirable para recoger los ecos era el en que vivía
-el doctor Manette. Lucía, siempre ocupada en la agradable tarea de
-retorcer el hilo de oro que la unía a su marido, a su padre, a si misma
-y a su antigua directora y compañera, saboreaba una vida de felicidad
-no interrumpida en aquel plácido centro de la tranquilidad, escuchando
-el eco de los pasos del tiempo.
-
-Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba
-completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo
-de oro que retorcía, y el azul purísimo de sus ojos se nublaba: era
-que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban creía percibir algo
-muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todavía, y que, sin embargo,
-le producía cierta sensación de malestar. Llenaban entonces por igual
-su corazón arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas
-de conocer un amor que no conocía todavía y temores de no vivir lo
-bastante para saborear los goces purísimos de aquel amor. Entre los
-ecos que en esas ocasiones herían sus oídos, sonaban los de sus propios
-pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejaría
-a su marido, en el dolor agudo que su muerte le produciría, el llanto
-acudía a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas.
-
-Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ángel, llamado
-Lucía, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos
-que avanzaban, destacábanse siempre los de unos piececitos diminutos
-mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a
-balbucear. Ya podían ensordecer al mundo los ecos más estruendosos: la
-joven madre, sentada junto a la cuna, sólo oía la música arrulladora
-de las medias palabras de su hijita. ¡El amigo divino de los niños, a
-quien todas las madres suelen confiar el cuidado de sus hijos, había
-tomado al de Lucía en sus brazos y convertídolo en manantial inagotable
-de dicha para ella!
-
-Siempre ocupada Lucía en retorcer el hilo de oro que ligaba a los
-felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las
-vidas de todos el tramado de su benéfica influencia, bien que evitando
-con cuidado exquisito que ésta predominase, en los ecos de los pasos de
-los años no oía más que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacábase
-por lo fuerte y próspero el de su marido; el de su padre era firme y
-siempre igual, y el de la señorita Pross arrebatado y violento, un
-eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que
-relincha y patea al ser castigado.
-
-Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegría se
-mezclaron ecos de dolor, fué éste cruel ni lacerante. Cuando sobre la
-almohada de una camita caían en desorden los rizos de una cabellera
-rubia, semejante a la de Lucía, sirviendo de marco a una carita
-demacrada y transparente de un niño, que sonriendo con dulzura,
-decía: «Mucho siento dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta; mucho siento
-separarme también de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y
-debo acudir al llamamiento», las lágrimas que inundaron las mejillas de
-la madre no fueron lágrimas de agonía; que no debe arrancarlas a sus
-ojos el hecho de que un ángel abandone la envoltura que le servía de
-vestido.
-
-Al suave aletear de un ángel se unieron los ecos nacidos en la tierra,
-de lo que resultó un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo
-animaba un soplo de los cielos. También se mezclaban a aquellos débiles
-suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros
-que recogía el oído de Lucía, creyendo que eran el alentar de un mar
-de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita,
-estudiando con cómica gravedad las lecciones de la mañana, o embebida
-en la tarea de vestir sus muñecas, charlaba mezclando palabras de las
-dos ciudades que se habían combinado en su vida.
-
-Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton.
-Media docena de veces al año, como máximum, hacía valer su privilegio
-de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte
-en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos
-pasados. Jamás se presentó borracho ni medio bebido. Pero si rara vez
-sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era
-muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propósito
-susurraban aquéllos.
-
-Jamás ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya
-visto y tratado con ojos puros y pensamiento inmaculado después que
-aquélla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de ésta
-comprendieran su mudo dolor manifestábanle una simpatía singular...
-algo así como un instinto delicado de compasión hacia él. No hablan
-los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en
-lo más recóndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton
-fué el primer extraño a la casa a quien la diminuta Lucía tendió sus
-regordetes bracitos, y el niño, momentos antes de tender su vuelo hacia
-el cielo, exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo que le den un beso por mí!»
-
-Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada día con bríos
-mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su
-estela se veía a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza así
-favorecida por el navío que la tomó a remolque corre serios peligros,
-por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada.
-También Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a
-zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme,
-más arraigada y más firme en su pecho que ninguno de los estimulantes
-que solemos llamar percepción del abandono de la desgracia, indicábale
-el rumbo que debía seguir, y Carton lo seguía, sin que jamás se le
-ocurriera salir del estado lamentable en que se veía, sin que tuviera
-más aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un león que las
-que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la
-categoría de león. Stryver era rico. Había casado con una viuda dueña
-de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales
-había sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales,
-aunque se distinguían por la masa espesa de púas hirsutas que adornaba
-sus cabezas.
-
-Stryver, exudando protección por todos los poros de su cuerpo, había
-presentado a estos tres caballeritos en la plácida casita de Soho, y
-ofrecídolos como discípulos al marido de Lucía. Con delicadeza sin
-igual dijo el brillante abogado al hacer la presentación:
-
---Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres
-pedazos de pan, Darnay.
-
-Con palabras muy corteses rechazó Darnay aquellos tres pedazos de pan,
-alzando tal tempestad de indignación en el noble pecho de Stryver,
-que de allí en adelante puso empeño especial en que en el alma de los
-caballeritos en cuestión naciera y arraigara muy honda la idea de
-tratar con el desdén más profundo a los mendigos como aquel maestro
-famélico, cuyo patrimonio único es el orgullo. También tenía la buena
-costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro
-tiempo se valió Lucía Manette para «pescarle», y del muro de diamante
-que opuso a los artificios de aquélla, gracias al cual fué para aquel
-pescador pez «no pescable». Algunos colegas suyos, que solían ser sus
-compañeros en sus excesos báquicos, excusábanle diciendo que había
-repetido tantas veces la mentira en cuestión, que hasta él mismo la
-tenía ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la
-agrava en términos bastantes para justificar que el ofendido lleve al
-ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos
-procedimientos le deje colgado de cualquier árbol con un nudo corredizo.
-
-Tales eran, entre otros, los ecos que Lucía, pensativa unas veces y
-divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oía desde el plácido
-rincón de Soho. La niña cumplió seis años. Los ecos de sus pasos por
-los caminos de la vida repercutían en lo más hondo del corazón de la
-madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor,
-siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre
-tierno y siempre enamorado. En los oídos de Lucía sonaban, cual música
-divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel
-hogar donde no reinaba la opulencia, pero sí la abundancia. Sonaban
-también, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas
-veces decía su padre, a saber, que la encontraba más cariñosa, si era
-posible, de casada, que cuando era soltera.
-
-También sonaban otros ecos, a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran
-de oirse, ecos que rugían amenazadores sobre el tranquilo rincón. Por
-la fecha del sexto cumpleaños de Lucita fué cuando su voz atronadora
-subió hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en
-Francia.
-
-Una noche del mes de julio del año mil setecientos ochenta y nueve,
-se presentó Lorry y tomó asiento junto a la ventana entre Lucía y su
-marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que recordó
-a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo
-desde aquella misma ventana.
-
---Principio a pensar--dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su
-peluquín--que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido
-hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no
-hemos sabido por dónde comenzar ni por dónde terminar. Cunde en París
-la desconfianza en tales términos, que la confianza viene hacia
-nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de allí no
-ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. ¡Nada, nada!
-¡Es una verdadera manía de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha
-acometido de pronto!
-
---Lo que a mi juicio es un síntoma muy malo--observó Darnay.
-
---¿Mal síntoma, mi querido Darnay? Quizá, si obedeciera a razones
-justificadas; ¡pero es tan poco racional el mundo! Lo único que hasta
-ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador,
-seguramente sin motivo, sin consideración a que en el Banco Tellson
-estamos muchos que somos ya viejos.
-
---Sin embargo--objetó Darnay,--sabe usted perfectamente que hay
-cerrazón en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes
-amenazando tormenta.
-
---Lo sé... claro que lo sé--contestó Lorry, intentando persuadirse
-a sí mismo de la necesidad de mostrarse un poquito gruñón y
-descontento;--tan es así, que vengo resuelto a reñir con cualquiera
-para desquitarme de las fatigas de este endiablado día. ¿Dónde está
-Manette?
-
---Aquí hay un pedazo--contestó el doctor, entrando en aquel momento en
-la estancia.
-
---Me alegro que esté usted en casa, pues las prisas y presentimientos
-de hoy me han puesto nervioso sin razón ni motivo. ¿Supongo que no
-pensará usted salir, eh?
-
---No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete.
-
---Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted.
-¿Está aquí el tablero, Lucía? Tienen ustedes esta habitación a obscuras
-y, como no soy gato, nada veo.
-
---Aquí está, esperándole a usted.
-
---Muchas gracias, queridita. ¿La preciosa está en su camita?
-
---Durmiendo como un tronco.
-
---¡Muy bien... muy bien! ¡La verdad es que no sé por qué no ha de ir
-todo muy bien aquí... gracias a Dios! Pero claro: ¡me han mareado hoy
-tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace
-treinta años...! Mi tacita de te... Eso es, Lucía... ¡Gracias! Ahora,
-déjenme un hueco, me sentaré en el círculo, y procuraré prestar oído a
-esos ecos acerca de los cuales tiene usted teorías muy peregrinas.
-
---No son teorías, sino caprichos de mi imaginación.
-
---Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos--replicó Lorry. Son
-numerosos, variados y atronadores, ¿verdad? ¡Claro! ¡No hay más que
-prestar atención!
-
- * * * * *
-
-Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran
-violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han
-teñido de rojo difícilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el
-barrio de San Antonio de París, y sus ecos trepidantes llegaban hasta
-el tranquilo rincón de Soho de Londres.
-
-Aquella mañana, San Antonio había sido campo cubierto por ingente y
-ceñuda masa de descamisados que se movía impaciente, empenachada con
-acerados sables y bayonetas en cuya fría superficie se quebraban los
-rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos
-alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el
-aire, semejantes a ramas de árboles azotadas por terrible vendaval. No
-había mano que no empuñara algún arma o semejanza de arma; no había
-ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza.
-
-De dónde procedían, quién las proporcionaba, dónde comenzaba la
-lluvia de aquellos elementos de destrucción que cruzaban sobre las
-cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido
-decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuían mosquetes,
-cartuchos, pólvora, balas, barras de hierro, trancas de madera,
-cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podían proporcionarse otra
-cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras
-o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No
-había en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazón que no
-pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que
-no pidiera a gritos sacrificarla.
-
-Así como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto
-central, así aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la
-taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caían en la caldera
-mostraban tendencia decidida a aproximarse al vórtice donde Defarge en
-persona, ennegrecido ya por la pólvora y el sudor, dictaba órdenes,
-daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia sí a
-aquél, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y
-se movía y se multiplicaba en el centro de la tempestad.
-
---¡No te separes de mi lado, Santiago Tercero!--bramaba
-Defarge.--¡Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al
-frente de otros tantos grupos de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?
-
---¡Aquí estoy!--contestó la señora Defarge, reposada como siempre, pero
-sin hacer calceta.
-
-La dulce señora empuñaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura
-lucía dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo.
-
---¿Por dónde andas, mujercita mía?--preguntó Defarge.
-
---En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las
-mujeres--respondió la tabernera.
-
---¡Adelante, pues!--gritó Defarge con voz de trueno.--¡Patriotas...!
-¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!
-
-Cual si esta última palabra odiosa hubiese dado forma a todos los
-alientos de Francia, rasgó los aires espantoso rugido, encrespóse
-aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas
-y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma,
-tronaron todos los tambores, bramó y rugió el mar, y comenzó el ataque.
-
-Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra,
-ocho torres ingentes, cañones, mosquetes, fuego y humo... ¡No importa!
-Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el
-humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arrojó contra un cañón
-e inmediatamente le convirtió en terrible artillero..., Defarge, el
-tabernero, trabajó cual soldado infernal durante dos horas.
-
-Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de
-piedra, ocho grandes torres, cañones, mosquetes, fuego y humo... Cae
-un puente levadizo... «¡Adelante, camaradas, adelante! ¡Adelante,
-Santiago Primero! ¡Adelante, Santiago Segundo! ¡Adelante, Santiago
-Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte
-Mil...! ¡Por todos los ángeles del Cielo... por todos los demonios
-del infierno... como queráis... adelante!» ¡Tales son los gritos que
-salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero
-terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su cañón ya
-enrojecido!
-
-«¡A mí, todas las mujeres!--gritaba mientras tanto su esposa.--¡Pues
-qué...! ¿No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga
-en nuestro poder la plaza?»
-
-Y hacia ella corrían rebaños de mujeres, roncas, bramadoras, armadas
-con armas distintas, pero todas animadas del mismo espíritu: ¡del de la
-venganza!
-
-Cañones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un
-puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres.
-Los heridos que caían dejaban algunos claros en el hirviente mar.
-Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los
-carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier,
-suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas
-cerradas, hieren los oídos espantosas imprecaciones, todos derrochan
-bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... ¡y queda aún el
-foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y
-las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, continúa al pie del
-cañón, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio
-no interrumpido!
-
-Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen más
-que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge
-el tabernero, lanzándole más allá del puente levadizo, más allá de los
-robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres.
-
-Tan irresistible era la fuerza del océano que le arrastraba, que hasta
-tomar aliento, hasta volver la cabeza fué para él tan impracticable
-como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se
-encontró en el patio interior de la Bastilla. Apoyado allí contra un
-ángulo del muro procuró mirar en derredor. A su lado se encontraba
-Santiago Tercero, a escasa distancia vió a su mujer, capitaneando a las
-de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegría,
-estupefacción ensordecedora y maniática, ruidos, furiosos redobles de
-tambores.
-
---¡Los prisioneros!
-
---¡Los registros!
-
---¡Los instrumentos de suplicio!
-
---¡Los prisioneros!
-
-De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el
-que más repetía aquel mar embravecido era el de «¡Los prisioneros!».
-Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los
-oficiales de la fortaleza y amenazándoles con una muerte inmediata si
-dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarró con su poderosa
-zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la
-mano una antorcha encendida, le separó de los demás, y le dijo:
-
---¡Enséñame la torre del Norte... pronto!
-
---Lo haré con mucho gusto, si usted quiere--contestó el hombre--pero no
-hay en ella nadie.
-
---¿Qué significa Ciento Cinco, Torre del Norte?--preguntó
-Defarge--¡Contesta... pronto!
-
---¿Que qué significa, señor?
-
---¿Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos?
-¡Responde! ¿Es que quieres que te mate como a un perro?
-
---¡Mátale!--vociferó Santiago Tercero.
-
---Es una celda, señor.
-
---Enséñamela.
-
---Por aquí, señor.
-
-Santiago Tercero, hidrópico insaciable como siempre, desilusionado
-evidentemente al ver que el diálogo tomaba un giro que alejaba las
-probabilidades de que se derramase sangre, se asió al brazo de Defarge
-al mismo tiempo que éste asía el del calabocero. Durante el breve
-diálogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron
-pegadas, y aun así con dificultad lograban oirse; tan tremendo era
-el estruendo producido por aquel océano viviente al penetrar en la
-fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era
-menor el griterío fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos
-que presagiaban tumulto, relámpagos que cruzaban la caldeada atmósfera
-cual inconmensurables látigos manejados por titanes.
-
-Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos,
-atravesaron, con cuanta rapidez les fué posible, sombríos corredores
-jamás visitados por la luz del día, cruzaron frente a pavorosas puertas
-de mazmorras tétricas y húmedas, descendieron por cavernosos tramos de
-escalera, subieron luego ásperos escalones de piedra y de ladrillo, más
-semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre
-todo al principio, la inundación les cerraba el paso o les arrastraba;
-pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de
-caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos
-eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus oídos,
-cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos
-estruendos anteriores, apenas si percibían sordos rumores.
-
-Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sacó una llave,
-abrió, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar:
-
---Ciento Cinco, Torre del Norte.
-
-Encontráronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos.
-En uno de ellos se veía una argolla de hierro enmohecido, y en otro,
-a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos
-barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permitía ver
-una línea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubrían el
-suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergón.
-
---Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda
-ver--dijo Defarge al calabocero.
-
-Obedeció el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros.
-
---¡Alto...! ¡Mira, Santiago!
-
---A. M.--rugió Santiago Tercero con expresión anhelante.
-
---Alejandro Manette--susurró Defarge en su oído, poniendo la yema de su
-índice sobre las iniciales.--Aquí ha escrito «pobre médico». ¡No hay
-duda! ¡El fué quien grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo que tienes en la
-mano? ¿Una barra de hierro? ¡Dámela!
-
-Defarge, que conservaba aún en su mano el botafuego del cañón, lo
-cambió por la barra de hierro que le alargó Santiago Tercero y, en
-menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la
-mesa.
-
---¡Alza la luz!--gritó con furia al calabocero.--¡Y tú, Santiago, toma
-mi cuchillo,--añadió, arrojándoselo--rasga ese jergón, y busca entre la
-paja...! ¡Arriba la luz!
-
-Después de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge,
-mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de
-hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolvía las
-cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.
-
---¿No has encontrado nada, Santiago?--preguntó al cabo del rato.
-
---Nada.
-
---Vamos a hacer un montón con la paja y las astillas... ¡Así! ¡Prende
-fuego, carcelero!
-
-El carcelero obedeció al punto la orden. Los tres hombres salieron de
-la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron
-nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no más,
-que antes.
-
-Andaba el populacho buscando frenético, loco, a Defarge; y es que
-quería que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la
-vigilancia del gobernador que había defendido a la Bastilla y hecho
-fuego sobre el pueblo. ¿Cómo, si no, sería conducido el gobernador
-al _Hôtel de Ville_ para ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría que
-escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente
-había adquirido algún valor, después de tantos años de no valer nada?
-
-Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movían
-inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a
-quien hacían más visible su sobretodo gris con vivos rojos, no había
-más que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.
-
---Ahí tenéis a mi marido--dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.
-
-Inmóvil estaba junto al gobernador cuando apareció su marido, e inmóvil
-continuó sin separarse de la persona de aquél. A su lado permaneció
-rígida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducían por las
-calles, y no se separó cuando estaban para llegar a su destino, ni
-cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni
-cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos,
-ni cuando acribillado cayó muerto sobre las piedras de la calle. Tan
-cerca de él se encontraba, que al verle caer, animándose de pronto,
-puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le
-cortó la cabeza.
-
-Muy pronto sonaría la hora en que San Antonio haría bajar los faroles
-que iluminaban sus brutalidades y los substituiría con cadáveres de
-aristócratas. La sangre de San Antonio se enardecía a medida que se
-enfriaba la de la mano de hierro de la tiranía... a medida que corría
-por la escalinata que precede a las puertas del _Hôtel de Ville_ la del
-gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la
-señora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de
-horrible mutilación.
-
---¡Bajad aquel farol!--rugió San Antonio, después de volver en derredor
-sus ojos sanguinolentos.--¿Queréis un centinela? ¡Aquí le tenéis! ¡Es
-un soldado de nuestros enemigos!
-
-Y allí quedó el centinela, balanceándose lúgubremente, mientras el
-populacho se alejaba rugiendo.
-
-Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban
-aparejada en cada uno de sus movimientos la destrucción, mar de
-profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conocía. Un mar
-abroquelado contra el aguijón del remordimiento, mar de agitaciones
-turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los
-hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la
-piedad sin dejar la huella más insignificante.
-
-Pero en aquel océano de caras, vivo reflejo de todas las furias,
-de todas las violencias, podían observarse dos grupos de rostros,
-cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban
-de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos
-náufragos como jamás han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas
-de las muchedumbres se veían siete rostros de prisioneros sacados
-inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visitó,
-siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados
-al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras,
-llevadas más en alto, siete caras muertas, cuyos párpados caídos y
-ojos medio cerrados esperaban la llegada del día del Juicio; caras
-impasibles cuya vida no parecía extinguida, sino suspendida, caras que
-parecía que iban a alzar nuevamente los párpados y a abrir los labios
-cubiertos de sangre para decir: «¡Tú me asesinaste!»
-
-Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas
-como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la
-maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos
-cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos años
-antes... y algo más por el estilo, recorrían las calles de París en
-medio de numerosísima escolta, un día de mediados de julio del año de
-mil setecientos ochenta y nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de la vida de
-Lucía Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestión! Porque son
-ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que
-penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos
-por pies que años antes se tiñeron de rojo a raíz de haberse roto una
-barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo
-se tiñen esos pies, difícilmente se limpian.
-
-
-XXII
-
-SUBE LA MAREA
-
-Sólo durante una semana había endulzado el terrible San Antonio las
-asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, sólo durante
-una semana había tenido la satisfacción de hacer cuanto le viniera en
-gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y
-cordiales felicitaciones. La señora Defarge presidía desde su sitio
-de costumbre a sus parroquianos. Ya no lucía una rosa en la cabeza,
-pues la gran cofradía de los espías se había hecho tan circunspecta
-en el breve lapso de siete días, que ni por milagro se encontraba uno
-dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de
-aquellas calles ejercían sobre ellos influencia portentosa.
-
-Cruzada de brazos contemplaba la señora Defarge desde detrás del
-mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en
-éste ni en aquélla faltaban nutridos grupos de holgazanes, escuálidos
-y harapientos, pero con caras que reflejaban el poderío que sobre sus
-miserias habían entronizado. Hasta el gorro más sucio y desgarrado,
-mirando ceñudo desde lo alto de la cabeza que medio cubría, parecía
-decir: «Sé cuán dura hicísteis para mí la vida: ¿pero sabéis vosotros
-lo fácil que para mí se ha hecho arrancar la regalada y feliz que
-lleváis?» Todos los brazos desnudos que hasta entonces habían carecido
-de trabajo, lo tenían ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar.
-Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta,
-habíanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que
-sabían desgarrar. San Antonio había sufrido radical transformación:
-la imagen, después de cientos de años de tranquilidad, se ponía en
-movimiento y descargaba golpes aterradores.
-
-Todo esto lo observaba la señora Defarge desde detrás del mostrador
-de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de
-San Antonio. Una de sus hermanas hacía media a su lado. Era una mujer
-baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre
-de dos hijos por añadidura, que se había conquistado el glorioso
-sobrenombre de «La Venganza».
-
---¡Atención!--exclamó La Venganza--¿Quién viene?
-
-Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de pólvora que se extendiera
-desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de
-Defarge, así llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y
-propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones.
-
---¡Es Defarge!--dijo la tabernera.--¡Silencio, patriotas!
-
-Entró Defarge jadeante, sin alientos; arrancó de su cabeza el gorro
-rojo que la adornaba, y tendió rápidas miradas en torno suyo.
-
---¡Atención todos!--gritó la tabernera.--¡Escuchadle!
-
-Defarge había quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos
-abiertos y de bocas más abiertas todavía que llenaba la calle. Las
-personas que había dentro de la taberna se pusieron en pie.
-
---¡Habla, Defarge!--repuso la tabernera.--¿Qué pasa?
-
---¡Noticias del otro mundo!
-
---¿De veras?--preguntó su mujer, poniendo en sus palabras fuerte
-entonación sarcástica.--¿Del otro mundo?
-
---¿Os acordáis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al
-pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y
-largarse a los infiernos?
-
---¡Sí...!--gritaron las turbas al unísono.
-
---A él se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros.
-
---¡Entre nosotros!--rugieron todos.--¿Muerto?
-
---No; está vivo. Tal era el terror que nos tenía... y con razón, que
-se hizo pasar por muerto y mandó que le hicieran soberbios funerales.
-Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han traído
-aquí. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero
-al _Hôtel de Ville_. He dicho que con razón nos temía... ¡Decidme...!
-¿_Nos temía_ con razón?
-
-La sangre de aquel pecador antiguo se habría congelado si hubiese
-llegado a sus oídos el feroz grito que salió de las fauces del monstruo.
-
-Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se
-miraron mutuamente con fijeza espantosa; quedó inmóvil La Venganza, y
-un tambor redobló a lo lejos mientras detrás del mostrador sonaba un
-rumor como de pies que se movían.
-
---¡Patriotas!--gritó Defarge con voz resuelta.--¿Estamos listos?
-
-Inmediatamente apareció el largo cuchillo en la cintura de la
-tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los
-que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mágicas, y La
-Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los
-brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias
-juntas, corría de casa en casa excitando a las mujeres.
-
-Terrible era la expresión de los hombres que, sedientos de sangre,
-asomaban sus cabezas por las ventanas; más terrible todavía la de
-los que, empuñando las armas más mortíferas de que podían disponer,
-salían de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por
-las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del
-hombre más impávido. Abandonando las ocupaciones domésticas impuestas
-por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo
-a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salían a
-la calle, suelto el cabello, atropellándose unas a otras, aullando como
-fieras enloquecidas y obrando como tales.
-
---¡Muera Foulon, que me robó a mi hermana!
-
---¡Muera el villano Foulon, que robó a mi madre!
-
---¡Muera el canalla Foulon, que me robó a mi hija!
-
-Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los
-gritos anteriores y, golpeando con saña sus pechos y mesándose los
-cabellos, vociferaban:
-
---¡Foulon vivo! ¡No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que
-comiera hierba! ¡No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba
-a mi madre cuando me faltase el pan! ¡No vivirá el monstruo que me dijo
-que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no
-pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!
-
---¡Virgen Santa!--exclamaban otras.--¡Escúchame, hijo mío, desde el
-otro mundo al que te llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame, padre mío,
-muerto de hambre por su causa! ¡Por vuestros huesos, por vuestra alma,
-juro dejaros vengados en la persona de Foulon!
-
---¡Maridos... dadnos la sangre de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos la
-cabeza de Foulon! ¡Hermanos, dadnos el corazón de Foulon! ¡Patriotas
-mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadáver
-miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca
-sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiéramos!
-
-Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenesí a
-no pocas mujeres que, después de correr con furia insana, de aullar
-como fieras y de golpear y arañar a sus mismos amigos, rodaban por
-el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas.
-Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no morían aplastadas
-bajo los miles de patas de las fieras.
-
-No se perdió un momento. Foulon estaba en el _Hôtel de Ville_ donde
-acaso le pusieran en libertad... ¿Toleraría San Antonio semejante
-burla? ¡Jamás, si no había perdido la noción de su dignidad, la
-memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Río
-desbordado de hombres armados y de mujeres desgreñadas rebasó bien
-pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana
-criada a los secos pechos de San Antonio, con excepción solamente de
-algunos viejos decrépitos y de unos cuantos niños incapaces de andar.
-
-Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaración al
-viejo, que habrá sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos
-instantes era digno de compasión. En lugar preferente, en primera fila,
-a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La
-Venganza y Santiago Tercero.
-
---¡Miradle!--grita la tabernera, señalándole con la punta del
-cuchillo.--¡Ahí tenéis al viejo villano amarrado con cuerdas! ¡No
-estaría de más atarle un haz de hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja!
-¡Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!
-
-La tabernera colocó su cuchillo bajo el brazo y se aplaudió a sí misma.
-
-Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la señora Defarge
-se apresuraron a explicar a los que les seguían la causa de la
-satisfacción de aquélla, y la explicación cundió de oído en oído como
-reguero de pólvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala,
-en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las
-expresiones de impaciencia pronunciadas por la señora Defarge durante
-dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran
-distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional
-treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos
-arquitectónicos que la cubrían, hasta encaramarse a los alféizares
-de las ventanas, desde donde veían y oían perfectamente a la señora
-Defarge y hacían oficio de telégrafo entre aquélla y el pueblo que
-rugía fuera.
-
-El sol subió tanto, que al fin lanzó sobre la cabeza del viejo un
-rayo alegre de confianza o de protección. Nubes de polvo se alzaron
-a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre
-sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y
-sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus oídos delicados
-oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.
-
-Defarge salvó de un salto la balaustrada y la mesa, y estrechó en
-mortal abrazo al desventurado viejo. Siguió la tabernera como esposa
-fiel a su marido, y agarró una de las cuerdas que agarrotaban al
-preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para
-reunírseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran
-saltar a la sala, la ciudad entera parecía gritar con cientos de miles
-de bocas:
-
---¡Es nuestro...! ¡Al farol!
-
-Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando
-aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora
-de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a
-consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos
-introducían violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo
-la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir
-compasión. Sus agonías aumentaron cuando las fieras más inmediatas
-a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de
-contemplarle, y llegaron al último límite al ver que le ataban por los
-pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde había un
-farol. Allí le soltó la señora Defarge, semejante al gato que juega con
-un ratoncillo, y le miró con calma espantosa y sin despegar los labios,
-mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las súplicas
-que el infeliz le dirigía hicieran mella en su pecho. Izáronle, y se
-rompió la cuerda... Dos veces ocurrió lo mismo, hasta que al fin,
-una cuerda, más compasiva que los hombres, resistió y puso fin a sus
-padecimientos. San Antonio bailaba momentos después en derredor de una
-cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salían manojos de hierba y de
-paja.
-
-No terminó allí la jornada. Tanto gritó San Antonio, tanto bailó, que
-su sangre ardiente se encendió de nuevo a la caída de la tarde, al
-saber que un yerno del viejo caído bajo sus iras, otro de los enemigos
-y ofensores del pueblo, llegaba a París con una escolta de quinientos
-hombres montados. San Antonio escribió la relación de sus crímenes en
-hojas de papel tinto en sangre, acometió a la escolta... y minutos
-después recorría las calles alegre procesión llevando clavados en picas
-los trofeos de la jornada: ¡dos cabezas y un corazón!
-
-Hasta que cerró la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas
-mujeres en los viejos o en los niños que dejaran en sus casas
-abandonados y sin pan. Las míseras panaderías se vieron sitiadas por
-interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno
-para comprar un mísero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con
-los estómagos vacíos, festejaban sus triunfos abrazándose unos a otros
-y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortándose las filas, que
-al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas
-en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas
-hogueras donde los más miserables guisaban en común la gazofia que
-luego comían en sus hogares respectivos.
-
-Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias
-de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que
-comían viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de
-alegría. Padres y madres que habían tomado parte activa en la jornada
-jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no
-obstante la cerrazón del cielo, amaban y esperaban.
-
-Estaba muy próximo el día cuando se retiraron los parroquianos de la
-taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:
-
---Al fin llegó, querida.
-
---Sí... casi--replicó la señora.
-
-Durmió San Antonio, durmió Defarge, hasta La Venganza durmió junto a su
-famélico tendero, y durmieron también los tambores. Eran éstos la única
-voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La
-Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es
-que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cayó
-la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fué decapitado Foulon.
-
-
-XXIII
-
-EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO.
-
-Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual salía todos
-los días el peón caminero para arrancar a las piedras que cubrían los
-caminos el mendrugo de pan que mantenía su alma ignorante ligada a su
-enflaquecido cuerpo. La prisión del tajo no era ya tan formidable como
-antes. La guardaban soldados, pero pocos en número; guardaban oficiales
-a los soldados, pero ignoraban qué harían los soldados, pues si algo
-sabían, era... que se guardarían muy bien de hacer lo que ellos les
-ordenasen.
-
-Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La
-hierba que cubría los caminos y los campos, las plantas que en éstos
-germinaban, eran tan pobres y raquíticas como el mismo pueblo. Plantas
-dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas,
-hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones,
-la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales
-domésticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los niños, la
-miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies.
-
-El señor, casi siempre caballero dignísimo considerado como individuo,
-era una bendición nacional, daba tono a las cosas, constituía por sí
-solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el señor,
-considerado como institución, como clase, había creado aquel estado
-deplorable de cosas. ¡Extraño fenómeno que el mundo, sacado de la nada
-para gusto y regalo del señor, quedara tan pronto exprimido y sin una
-gota de jugo! Y, sin embargo, así era. El señor, no encontrando ya
-una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder,
-comenzaba a dar la espalda a un fenómeno tan bajo como inexplicable.
-
-Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes
-sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas
-de años atrás el señor estrujaba y exprimía al pueblo sin que se le
-ocurriera honrarle con su graciosa presencia más que muy contadas
-veces, y aun éstas, para entregarse a los placeres de la caza...
-fuera ésta de hombres, fuera de animales. No. Consistía el cambio
-en la aparición de caras de baja estofa más que en la desaparición
-de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos,
-cuando el solitario peón caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin
-ocurrírsele pensar que era polvo y que en polvo había de convertirse,
-pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para
-cenar encontraría en su casa, y lo mucho que comería si lo tuviese,
-en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tendía a lo
-largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo
-aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora.
-A medida que aquéllos se aproximaban al caminero, veía éste que se
-trataba por regla general de individuos de ásperas cerdas y aspecto
-casi bárbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de
-barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos.
-
-Uno de estos ejemplares se apareció de improviso al caminero, un día
-del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado
-al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes
-enviaban en abundancia.
-
-El desconocido le miró, paseó a continuación sus ojos por la aldea que
-dormía en la hondonada, por el molino y por la prisión que se alzaba
-sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos,
-preguntó, en dialecto que apenas era inteligible:
-
---¿Qué tal, Santiago?
-
---Muy bien, Santiago.
-
---¡Chócala!
-
-Los dos interlocutores cambiaron un apretón de manos.
-
---¿No hay comida?
-
---Cena nada más--respondió el caminero con cara de hambre.
-
---Es la moda--gruñó el desconocido.--No encuentro a nadie que coma.
-Seguidamente sacó una pipa ennegrecida, la cargó y encendió, y a
-continuación, dejó caer sobre ella algo que tenía entre los dedos
-pulgar e índice. De la pipa brotó una llamarada y una nubecilla de humo.
-
---¡Chócala!--exclamó el peón caminero, después de observar con mirada
-atenta las operaciones referidas.
-
-Los interlocutores cambiaron el segundo apretón de manos.
-
---¿Esta noche?--preguntó el caminero.
-
---Esta noche--contestó el desconocido, llevando la pipa a la boca.
-
---¿Dónde?
-
---Aquí.
-
-Ambos permanecieron sentados sobre el montón de piedras, mirándose el
-uno al otro, hasta que cesó de granizar y se aclaró el cielo.
-
---Instrúyeme--dijo entonces el viandante, dirigiéndose a la cresta de
-la colina.
-
---Mira--contestó el caminero, con el brazo extendido,--baja a la
-hondonada, entrarás por la calle, pasarás la fuente...
-
---¡Al diablo la calle y la fuente!--exclamó el desconocido con
-impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes.
-
---Sobre dos leguas más allá de la cumbre de la loma que se alza sobre
-la aldea.
-
---Corriente. ¿Cuándo dejas el trabajo?
-
---A puestas de sol.
-
---¿Querrás despertarme antes de irte? Dos noches con sus días hace que
-viajo sin descansar ni dormir. Acabaré de fumar esta pipa y dormiré
-como un bienaventurado... ¿Me despertarás?
-
---Con mucho gusto.
-
-El viandante fumó su pipa, la guardó en el pecho, se quitó los zuecos
-y se tendió boca arriba sobre el montón de piedras. Segundos después
-dormía profundamente.
-
-Extraña fascinación ejercía el bulto del viajero tendido sobre el
-montón de piedras sobre el peón caminero, cuyo gorro ya no era azul,
-como antaño, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia
-volvía hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba
-sus herramientas de una manera mecánica y con escasos resultados. La
-faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo
-color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de paño tosco, la
-constitución robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la
-compresión rígida y violenta de los labios del viandante, llenaban
-de temor al caminero. Grandes distancias debía haber recorrido el
-desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados
-y sangrando. El caminero intentó ver si el dormido llevaba o no armas,
-pero en vano, pues se lo impedían los brazos del durmiente, cruzados
-sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos,
-puentes levadizos debían ser obstáculos de poca monta para hombres como
-aquél; y cuando el caminero, separando de él los ojos, los alzó y paseó
-en torno suyo, creyó ver con los de la imaginación hombres parecidos
-que, ciegos a los obstáculos, corrían decididos desde la periferia
-hacia el centro de Francia.
-
-El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que
-de tanto en tanto caían, indiferente a los besos del sol ardiente e
-indiferente a las sombras. No despertó, no se movió hasta que, puesto
-el astro del día, el caminero le despertó, después de reunir todas sus
-herramientas para emprender el regreso a la aldea.
-
---Muy bien--dijo el desconocido incorporándose.--¿Dices que dos leguas
-más allá de la cresta de la colina que domina a la aldea?
-
---Poco más o menos.
-
---Poco más o menos... Está bien.
-
-Volvió el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que
-levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas,
-y no tardó en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaños
-de vacas flacas llevadas allí para beber. No se recogió la aldea
-en sus pobres camas, como de ordinario, después de engullirse sus
-míseras cenas, sino que se echó a la calle y en ella permaneció. Todos
-hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al oído se hubiese puesto
-en moda, y todos tenían clavados los ojos en el horizonte, siendo lo
-más curioso del caso que todos miraban en la misma dirección. Comenzó
-a sentir extrañas inquietudes el señor Gabelle, autoridad primera de
-la aldea, quien después de subir al terrado de su casa y mirar desde
-allí hacia el punto del horizonte que tanta fascinación parecía ejercer
-sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado
-detrás de la chimenea las caras sombrías de los que en rededor de la
-fuente estaban congregados, envió a decir al sacristán, encargado de la
-custodia de las llaves de la iglesia, que quizá aquella noche hubiese
-necesidad de repicar la campana de alarma.
-
-Cerró la noche, negra, tétrica, siniestra. Las copas de los árboles
-gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento
-y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra
-la ingente masa de piedra. El agua caía a torrentes. Las dos escaleras
-monumentales que se encontraban en la terraza parecían torrentes
-desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la
-puerta principal, semejante a rápido mensajero que intenta despertar
-a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas
-galerías, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban
-sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del
-lecho sobre el cual había reposado el último Marqués. Bultos confusos,
-procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrión y del Mediodía,
-hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el
-patio del castillo, donde se reunían. Brotaron cuatro luces que se
-movieron en direcciones opuestas, y todo volvió a quedar negro segundos
-después.
-
-La obscuridad duró poco. El castillo comenzó a brillar con luz propia,
-cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en
-castillo luminoso. Por detrás de la robusta fachada corrían regueros
-encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios
-transparentes ofrecía aquélla y en poner de relieve la situación y
-forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Subían...
-subían más altas las llamas, y la inmensa hoguera adquiría por momentos
-mayor extensión y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego
-por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas
-de piedra, de cuyos rostros desapareció la impasibilidad para ser
-substituída por el asombro.
-
-En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que
-parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda
-en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto
-frente a la puerta de la casa del señor Gabelle.
-
---¡Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete.
-
-Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado
-caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos
-junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el
-cielo está el peón caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta
-amigos particulares suyos.
-
---Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el único comentario que
-hacen, pero nadie se mueve.
-
-El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo
-cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido,
-y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el áspero repecho que
-conduce a la fortaleza-prisión del tajo. Un grupo de oficiales, de pie
-junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de
-aquéllos, hay otro grupo más numeroso de soldados.
-
---¡Auxilio, caballeros oficiales! ¡El castillo arde! Dentro de sus
-muros hay objetos de muchísimo valor, que podrían salvarse del furor de
-las llamas... ¡Todavía es tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!
-
-Los oficiales miran a los soldados, y éstos mantienen sus ojos clavados
-en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogiéndose
-de hombros, exclaman:
-
---¡Que arda!
-
-Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve
-con asombro que todas las casas están iluminadas. ¿Cómo se hizo el
-milagro? De la manera más sencilla. El peón caminero y los doscientos
-cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar
-sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante
-perentoria al señor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones,
-resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo
-a la autoridad de aquél, insinúa a sus doscientos cincuenta amigos
-particulares que los coches, convenientemente hechos astillas,
-proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de
-posta están pidiendo a gritos que los tuesten.
-
-El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor.
-Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales,
-coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el
-robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se
-retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con
-estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el
-rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresión
-decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara
-del cruel Marqués que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el
-fuego.
-
-Ardía el castillo. Los árboles más cercanos, alcanzados por el fuego,
-se retorcían, doblaban y arrugaban; otros más distantes, encendidos
-por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de
-negro humo. En las entrañas del mármol de la fuente hervían plomo y
-hierro derretido; el agua había dejado de correr, y las agujas de las
-torres, cual si fueran de hielo, se fundían bajo la acción del calor.
-Bandas de asustados pájaros revoloteaban aturdidos y concluían por caer
-en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban,
-guiados por los resplandores que ellos habían creado, en dirección a su
-nuevo destino. La aldea se apoderó de la campana de alarma, y aboliendo
-de una vez la significación de sus tañidos, la obligó a festejar su
-alegría.
-
-Y no paró aquí la cosa: la aldea, cuya mollera parece había despejado
-de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma,
-que ya lo era de alegría, sospechando que el señor Gabelle pudiera
-tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos,
-aunque a decir verdad, ningún impuesto había cobrado el buen Gabelle en
-los días anteriores, y sí únicamente algunas rentas atrasadas, deseó
-celebrar con aquél una entrevista, y al efecto, cercó su casa y le
-invitó a salir a la calle, donde podrían conferenciar personalmente.
-El señor Gabelle contestó atrancando sólidamente la puerta de su
-casa, y retirándose a la habitación más escondida, a fin de celebrar
-la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia
-unipersonal, fué que el buen Gabelle subió de nuevo al tejado de su
-casa y se escondió detrás de las chimeneas, resuelto, dado caso que los
-habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de
-cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su
-cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar
-con él. No nos admire su decisión: Gabelle era un meridional de
-carácter vengativo.
-
-Es más que probable que la noche se le antojase eterna al señor
-Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasársela sobre el
-tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo
-ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga
-contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su
-poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de
-substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo.
-Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero
-de un tejado, contemplando a sus pies un océano de revueltas olas
-negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin
-hizo su aparición una aurora risueña, se apagaron las luminarias, el
-pueblo se dispersó, y el señor Gabelle pudo salir con vida del trance.
-
-Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo
-aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados
-que el señor Gabelle, a quienes el sol del nuevo día encontró colgados
-en las mismas calles, pacíficas en tiempos mejores, en que nacieron y
-crecieron. Verdad es que también hubo otros aldeanos, otros ciudadanos
-que, menos afortunados que el peón caminero y sus doscientos cincuenta
-amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los
-soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera
-en dirección a Oriente y a Poniente, al Septentrión y al Mediodía
-señalando su paso con regueros de llamas, y no existía funcionario, por
-versado que estuviera en matemáticas, capaz de calcular la altura de
-los patíbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeñado
-torrente.
-
-
-XXIV
-
-ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA
-
-Tres años duraron las tempestades, tres años durante los cuales
-bramaron sin cesar los océanos y rugieron las llamas por doquier, tres
-años de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban
-la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaños más vió la
-pequeña Lucía, en cuya existencia pacífica no cesó su amante madre de
-tejer nuevos hilos de oro.
-
-Más de un día y más de una noche estuvieron los moradores del tranquilo
-rincón de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que
-herían sus oídos, pues sabían que eran pasos de gentes enfurecidas,
-que corrían en tumulto a la sombra de rojos pendones, sabían que su
-patria había sido declarada en peligro, que sus moradores se habían
-transformado de seres humanos en bestias feroces.
-
-No acertaba a comprender el señor, como clase, el fenómeno de no ser
-apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser
-odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido
-del suelo francés y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante
-al rústico de la fábula que, después de haber conseguido que se le
-presentase el diablo a fuerza de invocaciones, quedó tan aterrorizado
-al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, así el
-señor, después de tener el atrevimiento de rezar al revés la oración
-del Padre Nuestro por espacio de varios años y de poner en juego los
-sortilegios y ensalmos más potentes para despertar al demonio, no
-bien llegó a entreverle, apresuróse a enseñarle sus nobles y linajudos
-talones.
-
-Habíase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de
-que sería el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del
-pueblo. Nunca fué santo de la devoción de éste, pues según malas
-lenguas, Satanás le había inoculado su orgullo y Sardanápalo su lujo
-y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo
-hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas,
-corrupciones y disimulo, había abandonado aquella atmósfera malsana.
-También había desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, quedó «en
-suspenso» al llegar hasta ella las furiosas olas.
-
-En el mes de agosto del año de mil setecientos noventa y dos, la casta
-de los señores estaba dispersa por el mundo.
-
-Como es natural, el cuartel general, el centro de reunión del señorío
-en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espíritus rondan los
-lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformándose a esta
-ley, el señor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores
-estuvieron depositados sus _cuartos_. Además, el Banco Tellson era el
-centro al que con más rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su
-generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus
-clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas
-sumas depositadas por nobles que, más previsores que la generalidad,
-vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a
-las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia,
-principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacían historia
-de los últimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco
-Tellson por aquella época una especie de Palacio de la Bolsa por lo que
-a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conocía
-tan perfectamente el público, y que daba lugar a tantas preguntas y
-comisiones, que con frecuencia se hacían constar las noticias últimas
-en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que
-pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple.
-
-Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados
-frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja.
-Faltaría sobre media hora para cerrar el establecimiento.
-
---Ya sé que es usted el hombre más joven que ha existido en el
-mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilación,--pero aun así,
-perdone que le diga...
-
---Comprendo: que soy muy viejo, ¿verdad?--interrumpió Lorry.
-
---Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y país en estado
-anárquico, amén de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantías.
-
---Mi querido Carlos--replicó Lorry con confianza,--las razones que
-usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra
-mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendrá
-el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta años, cuando
-puede hacerlo con tantos otros jóvenes, robustos, y más dignos de ese
-honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y
-yo contesto que, si en ella reinase el orden, no sé por qué nuestra
-casa de aquí había de enviar a nuestra casa de allá a uno que conoce
-de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee además
-la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan
-originar la incertidumbre de los medios de locomoción, lo largo del
-viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar
-todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, después de haber
-envejecido en ella, ¿quién lo estará?
-
---Desearía ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta.
-
---¡Hombre!--exclamó Lorry.--¡Voy viendo que es usted un asesor de
-primera fuerza y un consejero que no tiene rival! ¿Conque usted mismo,
-eh? Y nacido en Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo, buen consejo!
-
---Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido señor Lorry,
-ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo
-encuentro muy natural que así piense el que conserva alguna simpatía
-por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo,
-y como consecuencia, cree que su voz sería escuchada, y que acaso
-consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, después que
-usted se despidió de nosotros, estaba yo diciendo a Lucía...
-
---¡Estaba usted diciendo a Lucía!...--repitió Lorry.--¡Francamente!
-¡Me admira que no se avergüence usted de pronunciar en este instante
-el nombre de Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía cuando desea irse a
-Francia en estas circunstancias!
-
---¡No he ido todavía!--contestó Carlos sonriendo.--Más que por otra
-cosa, hablo así a fin de contrarrestar el propósito que usted asegura
-que ha formado de ir.
-
---Lo he formado, sí, Carlos: nada más cierto. Voy a hablarle con
-franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las
-dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro
-que amenaza a nuestros libros y documentos de allá. Sólo Dios puede
-saber las fatales consecuencias que para muchas personas entrañaría la
-pérdida o destrucción de algunos de los documentos allí depositados,
-y que corren peligro de perderse, peligro de ser destruídos, lo sabe
-usted como yo, como lo sabe todo el mundo. ¡Quién puede decir si hoy
-mismo habrá ardido París por los cuatro puntos cardinales, si será
-mañana saqueado en regla! Ahora bien: únicamente yo puedo prevenir
-los males, haciendo una selección prudente y escondiendo bajo tierra
-o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestión, y para ello,
-precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. ¿Puedo yo hacerme el
-remolón cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo
-dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta años, la
-casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cuña? ¡Quite
-usted allá, hombre! ¿Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con
-muchos que presumen de jóvenes y no son otra cosa que vejestorios
-caducos?
-
---¡Admiro la gallardía de su espíritu juvenil, señor Lorry!
-
---¡A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el
-objeto más insignificante de París, es punto menos que imposible. Hoy
-mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la
-reserva más absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores
-más extraños que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendían
-de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones
-circulaban nuestros paquetes de una a otra nación sin dificultad
-alguna: hoy todo está paralizado.
-
---¿Y piensa usted emprender el viaje esta noche?
-
---Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede
-perder segundo.
-
---¿No le acompaña nadie?
-
---Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero
-a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremías. Por espacio de
-muchos años ha sido mi perro de presa, mi acompañante obligado a mis
-salidas domingueras, y estoy acostumbrado a él. Nadie ha de ver en
-Jeremías otra cosa que un _bull-dog_ inglés, incapaz de abrigar otros
-designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el
-pelo de la ropa a su amo.
-
---Repito que admiro su gallardía de ánimo y sus arrestos.
-
---Y yo repito que dice usted una tontería, amigo Carlos. Una vez haya
-dado fin a esta pequeña comisión, es posible que acepte la proposición
-de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me
-sobrará tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo.
-
-Había tenido lugar el diálogo que queda transcrito en el despacho
-del señor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de
-señores, cuya conversación, bastante animada por cierto, versaba
-sobre la venganza que muy en breve tomarían sobre el ruin populacho.
-Realmente era inconcebible que los señores, en su calidad de emigrados,
-y como tales, víctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia
-inglesa, hablasen de aquella Revolución terrible cual si fuera cosecha
-de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los
-medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado
-con palabras clarísimas su llegada inevitable muchos observadores que
-necesariamente habían de hacerse cargo de la miseria intolerable que
-afligía a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se
-daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prósperos y felices.
-Difícilmente podía sufrir ningún hombre de alma sana y conocedor de
-la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas
-con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y
-podrido hasta la médula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la
-intranquilidad de ánimo en que Carlos Darnay se encontraba, traían a
-éste impaciente y nervioso desde varios días antes, y la conversación
-que estaba oyendo no hizo más que exacerbar su impaciencia.
-
-Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que había subido ya
-varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a
-subir muchos más aún, no siendo, por consiguiente, de extrañar que se
-inclinara decididamente hacia la clase señorial. Hablaba en la ocasión
-presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el
-pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer
-de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios
-que, en eficacia, allá se andaban con el de aquel sabio que, queriendo
-suprimir para siempre las águilas, propuso que se les espolvoreasen
-las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda
-aversión, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse
-para no oirle, y es más que probable que los hubiese llevado a la
-práctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino
-que debía seguir.
-
-La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego
-cerrado y sumamente ajado, preguntóle si había encontrado rastros de
-la persona a quien iba dirigido. La Casa dejó la carta tan cerca de
-Darnay, que éste hubo de leer la dirección. Verdad es que no le costó
-gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el
-suyo. Decía así.
-
-«Muy urgente. Al Señor Marqués de Saint-Evrémond de Francia. Confiada a
-los señores Tellson y Compañía, Banqueros, Londres, Inglaterra.»
-
-El doctor Manette, la mañana misma del matrimonio de su hija con
-Carlos Darnay, exigió a éste que guardase inviolable el secreto de su
-apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligación.
-Nadie conocía su título, que hasta para su mujer era un secreto. En
-cuanto a Lorry, ni remotamente podía sospecharlo.
-
---No--contestó Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han
-venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dónde se encuentra ese
-caballero.
-
-Como había sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos
-de dar trabajo a la lengua se habían refugiado en el despacho de
-Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirándola con perplejidad
-manifiesta. También la miraba la casta señorial, pero con ira, con
-ceño, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un
-refugiado indigno de la raza a que pertenecía. Este, aquél, el de más
-allá, todos tenían algo que decir con contra del Marqués que no parecía
-por parte alguna.
-
---Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor
-degenerado de aquel ilustre y refinado Marqués que fué villanamente
-asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida.
-
---Un cobarde que abandonó su puesto hace algunos años--terció otro
-señor, que había salido de París metido de cabeza en el centro de una
-carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado.
-
---Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declaró
-en oposición abierta contra el último Marqués, abandonó sus tierras no
-bien las heredó, y las confió a un hato de rufianes. Espero que ellos
-mismos le darán ahora el pago a que se ha hecho acreedor.
-
---¿Eso hizo?--gritó Stryver.--¿Tan canalla es ese hombre? Veamos...
-veamos su infame apellido.
-
-Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, tocó en un hombro a Stryver y
-dijo:
-
---Yo conozco a ese señor.
-
---¡Por todos los diablos juntos!... ¿Usted le conoce? Lo siento en el
-alma.
-
---¿Por qué?
-
---¿Pregunta usted por qué, Darnay? ¿Pero no ha oído usted lo que ha
-hecho?
-
---Lo he oído, sí; pero pregunto a usted que por qué siente que yo le
-conozca.
-
---En ese caso, repetiré a usted, señor Darnay, que siento que usted
-conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a
-usted por qué lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas
-inconcebibles que usted hace. Nos hablan aquí de un sujeto corrompido
-por la más pestilente e impía de las podredumbres, de un individuo el
-más vil que jamás ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a
-la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el
-robo, ¿y me pregunta usted por qué lamento que un hombre que se dedica
-a enseñar a la juventud le conozca? ¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya, se
-lo diré! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa
-contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted.
-
-Darnay, conteniéndose a duras penas, contestó:
-
---Quizá no comprende usted al caballero a quien se refiere.
-
---Pero sé muy bien cómo poner a usted entre la espada y la pared,
-y voy a hacerlo--gritó Stryver.--Si ese individuo es un caballero,
-desde luego _no_ le comprendo; puede usted decírselo así de mi parte,
-y darle de paso mis recuerdos. También puede añadirle de parte mía,
-que después de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me
-admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones
-y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el
-natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarán nunca a un
-sujeto como ése que se confíe a los tiernos cuidados de sus humildes
-_protegidos_. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a
-aquéllos, será, en todo caso, un par de talones, y aun éstos, sólo
-durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio.
-
-Dichas estas palabras, que merecieron la aprobación unánime de sus
-oyentes, salió a la calle Fleet. Segundos después quedaban solos en el
-despacho Lorry y Carlos Darnay.
-
---Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va
-dirigida--dijo Lorry--¿quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos?
-
---Con mucho gusto.
-
---¿Tendrá la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aquí
-porque creían que nosotros le conocíamos, y que, ignorando quién era y
-dónde estaba, la carta está detenida desde hace algún tiempo?
-
---Así lo haré. ¿Cuándo sale usted para París?
-
---A las ocho salgo de aquí mismo.
-
---Yo volveré para despedirle.
-
-Descontento consigo mismo, y más todavía con Stryver y con sus
-compatriotas, Darnay salió del edificio del Banco y, no bien llegó a
-una esquina donde creyó estar a cubierto de miradas indiscretas, abrió
-la carta, que estaba concebida en los siguientes términos:
-
-
- «Prisión de la Abadía, París.
-
- »Junio, 21, 1792.»
-
- »Señor Marqués:
-
- »Después de correr durante largo tiempo peligro inminente de
- dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso,
- sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a
- París, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las
- amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aquí;
- y no es esto todo; mi casa ha sido destruída... arrasada hasta los
- cimientos.
-
- »El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la
- cárcel, señor Marqués, el crimen por el que compareceré ante el
- Tribunal y que me costará la cabeza (si usted no me presta su
- generoso auxilio) es, según dicen ellos, el de traición contra la
- majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger
- a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar
- contra ellos, he obrado en su favor, ateniéndome a instrucciones
- suyas, señor Marqués; en vano he alegado que con anterioridad a la
- confiscación de los bienes de los emigrados había yo condonado los
- impuestos que el pueblo cesó de pagar, que no cobré las rentas, que
- no recurrí a los tribunales. A todas mis representaciones contestan
- que obré en favor de un emigrado, y yo me pregunto: ¿dónde está ese
- emigrado?
-
- »¡Ah, mi buen señor Marqués! ¿Dónde está ese emigrado? Yo pregunto
- mientras duermo; ¿dónde está? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les
- pregunto; ¿vendrá a salvarme? No me contestan. ¡Ah, señor Marqués!
- Envío mi grito de angustia a través de los mares, por si Dios
- quiere que llegue a sus oídos por mediación del gran Banco Tellson,
- tan conocido en París.
-
- »Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad,
- por el honor inmaculado de su noble apellido, señor Marqués, le
- suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me
- amenaza. Mi único crimen es haber sido fiel a usted... ¡Oh señor
- Marqués! Yo confío que usted corresponderá a mi fidelidad.
-
- »Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento,
- desde esta antesala de la muerte, envío a usted, señor Marqués, la
- expresión de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de
- mis desgraciados servicios.
-
- »Su afligido servidor,
-
- »GABELLE.»
-
-La lectura de la carta que queda copiada infiltró en la intranquilidad
-latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se
-cernía sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los
-mejores, que no había cometido más crimen que el de serle leal a él y
-a su familia, fué para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno
-rostro. La vergüenza se le subió a la cara con fuerza tal, que mientras
-caminaba al azar sin saber qué resolución adoptar, ni a mirar a los
-transeuntes se atrevía.
-
-Sabía muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaña que puso
-digno remate a las malas acciones y a la pésima reputación de su
-rancia familia, impulsado por las sospechas que su tío le inspirara y
-por la aversión con que su conciencia miraba la fábrica ruinosa que,
-según los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer,
-había obrado de una manera imperfecta. Sabía muy bien que al ceder al
-amor que profesaba a Lucía, al renunciar el puesto que en sociedad
-le correspondía ocupar, se había precipitado, había procedido con
-reprensible ligereza. Sabía muy bien que su resolución debió llevarla
-a la práctica personalmente, como sabía que tuvo intención de hacerlo
-así, y que, sin embargo, no lo hizo.
-
-La dicha del hogar que en Londres se había creado, la necesidad de
-hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la época, tan
-bruscas y tan rápidas que los planes no bien madurados la semana
-anterior caían por tierra a la semana siguiente ante el impulso
-arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a
-cuya fuerza cedió; lo sabía muy bien; pero tampoco se le ocultaba que,
-si a la fuerza de las circunstancias cedió con repugnancia, no intentó
-oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le decía que
-deseó obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasión; pero le
-añadía que otras tantas dejó pasar la oportunidad, mientras la nobleza
-salía en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras
-los bienes de aquella eran confiscados y destruídos, y hasta borrados
-del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la
-fortuna.
-
-Pero en cambio a nadie había oprimido, a nadie había llevado a la
-cárcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus
-rentas, había abandonado libre y espontáneamente sus bienes, buscado
-refugio en una nación extraña, y ganado en ella el pan que llevaba a
-su boca con su propio esfuerzo. El señor Gabelle había administrado
-un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le
-mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que allí podía dársele...
-leña para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran
-a pasar el verano, que otra cosa no consentían los acreedores... y
-seguramente habría aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de
-hechos públicos, de hechos que sin dificultad podían probarse; y si los
-hechos en cuestión justificaban ante el pueblo al administrador, huelga
-decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dictó las
-órdenes a que aquél ajustó su conducta.
-
-Estas consideraciones robustecieron la resolución de hacer el viaje a
-París que Darnay había casi adoptado con anterioridad al recibo de la
-carta de Gabelle.
-
-Sí. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las
-corrientes habíanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio
-de influencia de la Montaña Imantada, y ésta le atraía cada vez
-con fuerza más irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su
-mente, le impelían, le empujaban hacia el centro de aquella atracción
-terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de
-que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, perseguía
-objetivos malos y corría desbocada al abismo, mientras él, que acaso
-hubiese podido imprimir mejor dirección a las ansias nacionales,
-permanecía en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera
-fin a la brutal efusión de sangre, algo que afianzase los derechos a
-la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazón. Cuando ya en su
-alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza
-la conducta del anciano Lorry, quien, dócil a la voz del deber, se
-apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entrañaba un viaje
-a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba,
-vinieron los comentarios de los señores, comentarios que le hirieron
-profundamente, y los de Stryver, mil veces más duros que los de
-aquéllos. A todo ello había seguido la carta de Gabelle, la carta de
-un prisionero inocente que, viniéndose al borde de la tumba, hacía un
-llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido.
-
-No tardó en resolverse; iría a París.
-
-Sí. La Montaña Imantada le arrastraba y no había más remedio que
-enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares
-que iba a surcar hubiera escollos, no creía que la travesía ofreciera
-peligros para él. La intención que le guió al obrar como había
-obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecíale más
-que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan
-pronto como él se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos
-que le asistían. Ante sus ojos se alzaba la visión gloriosa de haber
-obrado bien, y hasta llegó a forjarse ilusiones de que tendría alguna
-influencia para encauzar aquella revolución horrenda, que con furia tan
-incontrastable se había alzado, amenazando acabar con todo lo existente.
-
-Adoptada su resolución, creyó que ni Lucía ni el doctor Manette debían
-conocerla hasta que la hubiese puesto en práctica. En cuanto a Lucía,
-nada más natural que evitarla el dolor de la separación, y en cuanto
-a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos
-sufrimientos apurara en años pasados era tan viva, tampoco convenía
-hablarle del proyecto, sino de la ejecución del mismo, única manera de
-evitarle dudas dolorosas.
-
-Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que llegó la hora
-de despedirse de Lorry. Tampoco a éste confiaría sus intenciones. Las
-sabría en París cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una
-visita, y esta visita, se la haría tan pronto como llegase a la capital
-de Francia.
-
-Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto
-a la portezuela, hacía centinela Jeremías _Lapa_.
-
---He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay
-a Lorry.--No he querido traer contestación escrita que acaso pudiera
-ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta
-verbal, confiando que usted no tendrá inconveniente en encargarse de
-transmitirla.
-
---Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contestó Lorry.
-
---No lo es, aunque debe recibirla un hombre que está preso en la Abadía.
-
---¿Cómo se llama?--preguntó Lorry, sacando del bolsillo un librito de
-memorias.
-
---Gabelle.
-
---Gabelle. ¿Y qué es lo que debo decir al desgraciado prisionero
-Gabelle?
-
---Sencillamente estas palabras: «Ha recibido la carta y vendrá.»
-
---¿Sin decir cuándo?
-
---Emprenderá el viaje mañana por la noche.
-
---¿No he de mencionar nombre alguno?
-
---No.
-
-Después de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de
-las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, salió acompañándole hasta la
-calle Fleet.
-
---Haga presente mi cariño a las dos Lucías--dijo Lorry en el momento de
-partir la silla de posta.--Cuídemelas bien hasta que yo esté de regreso.
-
-Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonrió con expresión
-equívoca, y quedó contemplando el carruaje que se alejaba al trote
-largo de los caballos.
-
-Aquella noche, era la del día catorce de agosto, Carlos Darnay se
-acostó muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida
-a Lucía, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba
-de ir a París y detallaba con gran extensión los motivos que a su
-juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor,
-a quien encomendaba el cuidado de Lucía y de su hijita. A entrambos
-prometía escribir nuevamente tan pronto como llegara al término de su
-viaje.
-
-Fué para Darnay día de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida
-familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie podía
-sospechar; pero una mirada de cariño dirigida a su esposa, tan alegre,
-tan confiada, robusteció la resolución que de no decirla nada había
-formado, y el día pasó sin incidentes. Al obscurecer, la abrazó,
-diciéndola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su
-ausencia sería muy breve, y se fué. Ya antes había sacado secretamente
-de su casa un baúl con la ropa necesaria.
-
-Confió las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden
-de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tomó un caballo, y
-emprendió el viaje a Dover.
-
-Sintió desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre
-prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad,
-dióle fuerzas para dejar a sus espaldas lo que más querido le era en el
-mundo y para dirigir su nave hacia la Montaña Imantada que le atraía.
-
-
-
-
-LIBRO TERCERO
-
-EL RUMBO DE LA TORMENTA
-
-
-I
-
-EN SECRETO
-
-Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de París.
-Estamos en otoño del año mil setecientos noventa y dos. No le habrían
-faltado caminos detestables, carruajes pésimos y caballos atacados
-de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey
-de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre
-esplendores de gloria; pero aparte de esos obstáculos, la alteración
-de los tiempos habían acumulado otros mil. Todas las puertas de las
-ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas
-de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a
-dispararse por sí solos, que detenían a cuantas personas entraban
-o salían, para someterlas a rígidos interrogatorios, examinar con
-detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas
-de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje,
-o bien prenderlos, según aconsejase su capricho, en bien de la recién
-nacida República Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de
-la Fraternidad o de la Muerte.
-
-Muy pocas leguas de terreno francés había recorrido Carlos Darnay,
-cuando comenzó a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontraría
-de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado
-buen ciudadano de París. Pero ya no podía retroceder; fuese la que
-fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tenía más
-remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un
-camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante,
-sabía que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstáculos mil veces
-más infranqueables que las más sólidas puertas de hierro. De tal suerte
-le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido
-dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado
-en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad más
-perdida.
-
-Esa vigilancia universal no sólo le obligaba a detenerse veinte veces
-al día en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que
-también entorpecía y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada
-jornada, ora alcanzándole y mandándole volver atrás, ora acompañándole
-e impidiéndole avanzar con la rapidez que él deseaba. Varios días
-llevaba recorriendo territorio francés, cuando una noche se acostó
-temprano en la cama de una posada de una población de poca importancia,
-situada bastante lejos de París.
-
-A la carta que desde la cárcel de la Abadía le dirigió Gabelle,
-debía el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la población de
-que hablamos, opusiéronle en las puertas tantas dificultades, que
-comprendió que estaba muy próxima la crisis. No le sorprendió, pues,
-gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que
-se acostó con ánimo de dormir hasta la mañana siguiente.
-
-Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de
-temperamento tímido, y con tres patriotas armados hasta los dientes,
-cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales
-pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama.
-
---Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a París con una
-escolta.
-
---Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a París, pero puedo prescindir
-perfectamente de la escolta.
-
---¡Silencio!--gritó un gorro rojo dando un golpe a la cama con la
-culata del mosquete.--¡A callar, aristócrata!
-
---Tiene razón este buen patriota--dijo el funcionario con
-timidez.--Eres aristócrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la
-vigilancia de una escolta.
-
---No está en mi mano la elección--contestó Carlos Darnay.
-
---¡Elección!--exclamó uno de los gorros colorados.--¿Habráse visto?
-¡Como si no se le hiciera un favor dispensándole de adornar desde este
-instante el gancho de un farol!
-
---La observación del buen patriota no puede ser más justa--terció el
-funcionario.--Levántate y vístete, emigrado.
-
-Obedeció Darnay, quien fué conducido inmediatamente al cuerpo
-de guardia, donde encontró a muchos patriotas que lucían sus
-correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al
-amor de la lumbre. Después que se le obligó a pagar una fuerte cantidad
-por una escolta que no había pedido, emprendió el viaje a las tres de
-la madrugada.
-
-Constituían la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus
-lados, en cuyos gorros rojos lucían escarapelas tricolores, e iban
-armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba
-su caballo, pero en las bridas de éste había sujeta una cuerda cuyo
-extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la muñeca. En
-esta forma hacían el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento
-lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y
-alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran más
-cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital.
-
-Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de
-romper el día, y durmiendo hasta el crepúsculo de la tarde. La escolta
-vestía con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas
-desnudas, habían de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban.
-Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad
-de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas
-crónicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos,
-Carlos Darnay podía desechar toda clase de temores, toda vez que era
-de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que
-confirmaría al prisionero de la Abadía, se apresurarían a tratarle como
-a un hombre amigo del pueblo.
-
-Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la caída de
-la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de
-gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz
-alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos
-que, contemplándole con expresión ceñuda al principio, concluyeron por
-gritar:
-
---¡Muera el emigrado!
-
-Detúvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde
-la silla, replicó:
-
---Emigrado no, amigos míos. ¿No me estáis viendo aquí, amigos míos, en
-Francia, por mi libre y espontánea voluntad?
-
---¡Eres un emigrado maldito y un aristócrata canalla!--gritó un
-herrador, abalanzándose hacia él con un martillo en alto.
-
-Interpúsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador
-y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:
-
---¡Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarán en París.
-
---¡Juzgarán!--repitió el herrador, blandiendo el martillo.--Le
-condenarán por traidor.
-
-Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobación.
-
-Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclamó:
-
---Estáis engañados, amigos míos, estáis engañados. Yo no soy traidor.
-
---¡Mientes!--rugió el herrador.--¡Según el decreto, es un traidor!...
-¡Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!
-
-En las miradas de las turbas leyó Carlos Darnay una de esas
-arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos.
-Tal suerte le habría cabido de no haber sido por el encargado de la
-casa de postas, que obligó al caballo a entrar en el patio. La escolta
-siguió a nuestro amigo, y el de la casa cerró y atrancó inmediatamente
-la puerta. El herrador descargó sobre ésta los martillazos que no podía
-descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas,
-pero no pasó más.
-
---¿Qué decreto es ése que mencionó el herrador?--preguntó Darnay
-al dueño de la casa de postas, después de darle las gracias por su
-afortunada mediación.
-
---Es el decreto que dispone la venta en pública subasta de los bienes
-de los emigrados--contestó el interrogado.
-
---¿Cuándo se promulgó?
-
---El día catorce.
-
---El mismo que salí yo de Inglaterra.
-
---Todo el mundo afirma que no es más que el primero de los de la serie,
-redactados ya... o que serán redactados en breve, los cuales destierran
-a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar
-territorio francés. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirmó que
-su vida de usted no era de usted, sino del pueblo.
-
---Pero supongo que no han sido promulgados todavía semejantes decretos,
-¿no es verdad?
-
---No puedo asegurarlo--respondió el encargado de la casa de postas,
-encogiéndose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados aún, y
-puede que sí; pero es igual.
-
-Darnay descansó hasta media noche tendido sobre un montón de paja,
-saliendo de la ciudad cuando los habitantes de ésta estaban entregados
-al sueño. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo
-observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a
-éste fuerte color fantástico, no era el menor la carencia de sueño en
-los patriotas. Con frecuencia, después de una larga y pesada caminata
-por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un
-pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban
-danzas fantásticas en rededor de un árbol de la Libertad, o entonaban
-himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais
-creyó conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los
-excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de
-barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha
-habían producido aquel año, entre caseríos incendiados, y con riesgo
-de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los
-innumerables patriotas que pululaban por todas partes.
-
-Cerca de los muros de París se encontraban, cuando recibieron el saludo
-de las primeras luces del día. En la barrera encontraron fuerte
-guardia.
-
---¿Dónde están los documentos del prisionero?--preguntó con tono
-autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela.
-
-Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replicó que no
-era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontáneamente,
-ciudadano francés, confiado a la custodia de una escolta que el estado
-perturbado del país hacía necesaria, y que había pagado de su bolsillo.
-
---¿Dónde están los documentos de este prisionero?--repitió el mismo
-sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras.
-
-El patriota de la borrachera perpetua los sacó de su gorro, donde los
-llevaba, entregándolos al personaje que los pedía. La carta de Gabelle
-produjo en aquél cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que
-despertó su atención, que concentró en Darnay.
-
-Sin decir palabra dejó a la escolta y al escoltado y entró en el cuerpo
-de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos
-Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban
-soldados y patriotas, más de estos últimos que de los primeros, y que,
-al paso que los carros que traían víveres a la ciudad, o los que a
-cualquier clase de tráfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades
-de ningún género para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes,
-para salir, aun cuando se tratase de la gente más humilde. Hombres y
-mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase
-esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumplía
-la ley sobre la identificación previa, que aunque a la barrera llegaban
-por cientos, la salida la hacían de uno en uno y por largos intervalos.
-Los que sabían que habría de pasar mucho tiempo antes que les llegase
-el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dormían o fumaban,
-mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenían el
-tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran
-prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distinción de edades
-ni sexos.
-
-Duraría media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de
-tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvió
-a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la
-barrera, quien, después de dar a la escolta un recibo de la persona del
-escoltado, mandó a éste que echara pie a tierra. Obedeció Darnay, y los
-hombres que hasta allí le acompañaron, hiciéronse cargo de su caballo y
-partieron sin entrar en la ciudad.
-
-El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que
-apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde había varios grupos de
-soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, éstos
-borrachos y aquéllos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia
-y del sueño, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite
-derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en
-uno de cuyos testeros había una mesa, sobre la cual se veían algunos
-registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era
-el encargado de los registros.
-
---Ciudadano Defarge--dijo el personaje que había introducido a Darnay,
-mientras tomaba una hoja de papel--¿es éste el emigrado Evrémonde?
-
---Este es.
-
---¿Cuántos años tienes, Evrémonde?
-
---Treinta y siete.
-
---¿Casado, Evrémonde?
-
---Sí.
-
---¿Dónde?
-
---En Inglaterra.
-
---Lo creo. ¿Dónde está tu mujer, Evrémonde?
-
---En Inglaterra.
-
---Lo creo también. Vas consignado, Evrémonde, a la prisión de La Force.
-
---¡Dios del Cielo!--exclamó Darnay--¿En virtud de qué ley, y por qué
-delito o falta?
-
-Al cabo de algunos segundos de muda contemplación, contestó el
-funcionario:
-
---Desde que saliste de Francia, Evrémonde, nos regimos por leyes nuevas
-y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas.
-
---Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente,
-cediendo a la súplica escrita en ese papel que tienes ante tus
-ojos--replicó Darnay.--No pido otra cosa más que la ocasión de hacer lo
-que un compatriota mío solicita. ¿No estoy en mi derecho?
-
---Los emigrados no tienen derechos, Evrémonde--fué la estólida
-contestación del funcionario.
-
-Después de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribió unos
-renglones, dobló el papel, y lo entregó a Defarge diciendo:
-
---Secreto.
-
-Defarge indicó al prisionero que le siguiera. Obedeció el prisionero, a
-quien acompañaron además dos patriotas armados, que se colocaron a su
-derecha e izquierda.
-
-Mientras salían del cuerpo de guardia para entrar en París, Defarge
-preguntó al prisionero en voz baja:
-
---¿Eres tú el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en
-otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe?
-
---Sí--respondió Darnay, mirándole con sorpresa.
-
---Me llamo Defarge y soy dueño de una taberna del barrio de San
-Antonio. Es posible que me conozcas de referencia.
-
---Mi mujer fué a tu casa a reclamar a su padre... ¡Sí, sí!
-
-Parece que la palabra «mujer» despertó en Defarge recuerdos sombríos,
-pues dijo con brusca impaciencia:
-
---¿Quieres decirme, en nombre de esa mujer recién nacida llamada
-Guillotina, por qué demonios has venido a Francia?
-
---No hace un minuto me oiste explicar cuál fué la causa de mi viaje.
-¿Es que crees que no dije verdad?
-
---Verdad que no puede ser más fatal para ti--replicó Defarge, fruncido
-el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza.
-
---Cierto es que me encuentro aquí perdido. Lo veo todo tan trastornado,
-tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni
-sé a dónde volver los ojos. ¿Quieres hacerme un pequeño favor?
-
---En absoluto ninguno--respondió Defarge, con la mirada como perdida en
-el espacio.
-
---¿Tampoco querrás contestarme una pregunta, una sola?
-
---Veremos... Según sea. Puedes hacerla.
-
---En la prisión en que tan injustamente me encierran, ¿podré comunicar
-libremente con el mundo exterior?
-
---Tú mismo lo verás.
-
---¿Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin
-concederme medios de justificarme y defenderme?
-
---Lo verás tú mismo... Pero si así fuera, ¿qué?; muchos otros tan
-buenos como tú se han visto sepultados en prisiones peores.
-
---Pero no por causa mía, ciudadano Defarge.
-
-La expresión sombría del rostro de Defarge se acentuó
-extraordinariamente al escuchar la respuesta, después de lo cual
-prosiguió caminando en silencio. A medida que su taciturnidad
-aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay
-de ablandar a aquel hombre.
-
---Para mí es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como
-yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al señor Lorry, del Banco
-Tellson, un caballero inglés que en la actualidad se encuentra en
-París, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recluído
-en la prisión de La Force. ¿Me harás el favor de encargarte de ponerlo
-en su conocimiento?
-
---No haré en tu obsequio nada absolutamente--replicó Defarge.--Me debo
-a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada
-esperes de mí.
-
-Calló Darnay, tanto porque dió por perdidas definitivamente todas las
-probabilidades de obtener de aquel hombre el favor más insignificante,
-cuanto porque su amor propio lastimado le movió a considerar como
-humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en
-silencio recorría las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba
-al espectáculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los
-niños se fijaban en él. Algunos transeuntes volvían sus cabezas y le
-apuntaban con el dedo indicando que era un aristócrata, y nada más.
-Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la cárcel
-era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al
-trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja
-estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a
-un orador callejero excitadísimo, que dirigía arengas excitadas a
-un auditorio excitado, ponderando los crímenes que contra el pueblo
-soberano habían cometido el Rey, la familia real y los nobles. De
-las pocas palabras que llegaron a oídos de Darnay pudo éste colegir
-que el Rey había sido encerrado en una prisión y que los embajadores
-extranjeros habían abandonado en masa a París, noticias que desconocía
-en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron,
-juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento
-tan absoluto, que nada había oído.
-
-Como es natural, comprendió que los peligros que le amenazaban eran
-infinitamente mayores e infinitamente más numerosos de lo que supuso
-al salir de Inglaterra; comprendió que los peligros se multiplicaban
-con rapidez alarmante y que se multiplicarían aún más; no pudo menos de
-confesarse a sí propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la
-idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en
-los días últimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de
-los incidentes más recientes, no eran tan grandes como parece deberían
-ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir
-desconocido que en su misma obscuridad entrañaba cierta esperanza. Tan
-ajeno como los que vivieron millares de años antes que él estaba a las
-horribles matanzas que, continuadas un día y otro día, una noche y otra
-noche, debían ahogar en caudalosos ríos de sangre la época siempre
-bendita de la recolección de la cosecha. Apenas si de nombre conocía a
-la «mujer recién nacida llamada Guillotina», como apenas si de nombre
-la conocía la generalidad del pueblo, pues por aquellos días, los
-mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables
-las espantosas hazañas que muy en breve habían de envolverla en inmensa
-aureola sangrienta.
-
-Sospechaba que sería víctima de una detención arbitraria, que se le
-trataría con irritante injusticia, que habría de soportar privaciones
-y penalidades, de las cuales no sería la menor verse alejado de su
-adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; más aún,
-lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada temía.
-
-Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando llegó a la cárcel
-llamada La Force. Un hombre de cara feroz abrió el postigo.
-
---El emigrado Evrémonde--dijo Defarge, haciendo la presentación del
-preso.
-
---¡Demonios coronados! ¿Pero es que no va a acabar nunca la
-procesión?--exclamó el de la cara de fiera.
-
-Tomó Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes
-en la exclamación del mismo, y se retiró juntamente con los dos
-patriotas.
-
---¡Rayos y truenos!--gruñó el carcelero, ya solo con su mujer.--¡Esto
-es un río que corre siempre!
-
-La mujer del carcelero, que en su depósito de contestaciones no debía
-tener la que cuadraba a la exclamación anterior, se limitó a responder:
-
---Hay que tener paciencia, amigo mío.
-
-Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres
-calaboceros, diciendo a coro:
-
---¡Viva la Libertad!
-
-El coro no parecía el más apropiado para ser cantado en un sitio como
-aquél, pero mayores anomalías se ven en el mundo.
-
-Era la prisión de La Force un edificio tétrico, repugnante e inmundo,
-donde se respiraba la atmósfera hedionda de la muerte. Asombra
-en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne
-almacenada en lugares como aquél, sobre todo, cuando no reunen
-condiciones para el objeto, y por añadidura están descuidados.
-
---¡Y además secreto!--murmuró el alcaide mientras leía el papel.--¡Como
-si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor día doy un estallido!
-
-Con muestras de pésimo humor ensartó el papel con una espiga que
-atravesaba a muchísimos otros, y comenzó a pasear por la estancia
-abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo
-esperando más de media hora.
-
---Sígueme, emigrado--dijo al fin, tomando las llaves.
-
-El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al
-cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas
-y de cerrarlas de nuevo después de franqueadas, llegó a una pieza de
-grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros
-de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa,
-leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras
-los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrás de las sillas
-ocupadas por aquéllas, excepto algunos que se entretenían paseando.
-
-Tan tétrica era la sala, tan sombría la expresión de las personas allí
-hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros habían creado
-las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay
-creyó que se encontraba entre una colección numerosa de muertos. Allí
-no había más que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la
-elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas
-de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud,
-fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de
-abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en
-el recién entrado unos ojos que la muerte había alterado en cuanto
-penetraron en la antesala de los dominios de aquélla.
-
-Darnay quedó inmóvil, yerto, por efecto de su estupefacción. El
-aspecto del alcaide, que permanecía a su lado, no menos que el de los
-calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio,
-sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan
-feroces, sobre todo puestos en parangón con el de las atribuladas
-madres y de las hermosas hijas allí almacenadas, con la coquetería, la
-distinción propias de las jóvenes bien nacidas y con la delicadeza de
-modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la
-creencia de que le habían recluído en la mansión de los espectros.
-
---En nombre propio y en el de todos los compañeros de infortunio aquí
-amontonados--dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al
-frente,--tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de
-lamentar con usted la calamidad que aquí le trae. ¡Ojalá sea de breve
-duración y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros
-deseos sería imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero
-no aquí. Nos permitimos preguntarle su nombre y condición.
-
-Darnay se apresuró a acceder a los deseos manifestados por el caballero.
-
---Supongo que no estará usted aquí «en secreto»--repuso el caballero,
-siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la
-estancia.
-
---Dos o tres veces he oído pronunciar esa consigna refiriéndose a mí,
-pero ignoro lo que puede significar.
-
---¡Oh, que lástima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime
-usted. Son muchos los que han venido aquí «en secreto» y luego se ha
-modificado su situación.
-
-Seguidamente añadió alzando la voz:
-
---Con profundo pesar informo a mis compañeros que... _en secreto_.
-
-Mientras Carlos Darnay se dirigía a la puerta defendida con gruesa reja
-junto a la cual le esperaba el alcaide, alzáronse fuertes murmullos
-de conmiseración, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que
-se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada,
-volvióse Carlos y dió las gracias a los que dejaba desde el fondo de
-su corazón. Cerróse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las
-apariciones espectrales se borraron para siempre.
-
-Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subió
-Darnay siguiendo a su guía. Después de subir cuarenta peldaños,
-contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abrió el
-alcaide una puerta baja y muy negra y entró en una celda solitaria. Era
-muy fría, olía a moho, pero no estaba obscura.
-
---La tuya--dijo el alcaide.
-
---¿Por qué me encierran solo?
-
---Eso es lo que yo no sé.
-
---¿Supongo que se me permitirá comprar papel, pluma y tinta?
-
---Por el momento no. Te visitarán... no sé cuando, y entonces podrás
-solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada más.
-
-En la celda había una silla, una mesa y un jergón de paja. El alcaide,
-después de someter a escrupulosa inspección el _mobiliario_ de la
-celda, salió dejando solo a Darnay.
-
---Puedo decir que estoy muerto y sepultado--murmuró el infeliz.--Cinco
-pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio--repetía
-maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al
-propio tiempo.
-
-El ruido de la ciudad llegaba a sus oídos convertido en una especie de
-sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas.
-
---Cinco pasos por cuatro y medio... Hacía zapatos... cinco pasos por
-cuatro y medio... hacía zapatos... zapatos...
-
-El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar
-la idea del que hacía zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija.
-
---Los espectros se han desvanecido en cuanto traspasé la puerta de
-la reja--seguía pensando.--Vi entre ellos el de una señora vestida
-de negro, que estaba apoyada sobre el alféizar de la ventana. La luz
-daba de lleno sobre su cabellera de oro, y parecía a... ¡Dios mío...
-Dios mío!... ¿Volveré algún día a transitar por las aldeas visitadas
-por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Hacía
-zapatos... hacía zapatos... hacía zapatos... Cinco pasos por cuatro y
-medio... cinco pasos por cuatro y medio...
-
-Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido
-en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los
-ojos de la imaginación la visión del zapatero, mientras el estruendo
-de la ciudad continuaba sonando en sus oídos como sordo redoblar de
-tambores mezclado con llantos de voces que conocía y quería, con ayes
-desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron
-salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegría del corazón.
-
-
-II
-
-LA PIEDRA DE AFILAR
-
-El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de París,
-ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardín
-separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy
-sólida. Era el inmueble propiedad de un noble de los más poderosos
-del reino, que había vivido en él hasta que las perturbaciones de la
-época le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria
-de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba
-reducido a la condición de pieza de caza que consiguió burlar las
-acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de
-ser el mismo señor, cuya importante operación de preparar el chocolate
-y de llevarlos a sus gloriosos labios, exigía los esfuerzos de tres
-servidores, aparte de los del cocinero.
-
-Habíase ido el señor; sus servidores se absolvieron a sí mismos del
-horrendo pecado de haber recibido los salarios de aquél mostrándose
-perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante
-altar de la República Una e Indivisible, de la Libertad, de la
-Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del señor
-fué primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacían con
-tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedían con precipitación
-tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas
-emisarios de la ley se habían posesionado de la casa en cuestión, la
-habían purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y
-fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones.
-
-Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de
-París, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy
-en breve entre los quebrados que merecían aparecer en la Gaceta. ¿Qué
-habría dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestíbulo de
-un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos,
-y... ¡horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin
-embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurría en el Banco Tellson
-de París. Cierto que Tellson había blanqueado con algunas manos de
-cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero
-de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele
-hacer de ordinario) desde que amanecía hasta que cerraba la noche. La
-quiebra más tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la
-presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si
-ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre
-ricos cortinones, delante de la cual estaba el niño de las travesuras,
-el inmenso espejo que en el muro habían dejado, y los empleados mismos,
-no tan viejos como era de desear, que no tenían el menor reparo en
-bailar en público a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un
-Tellson francés podía permitirse todo eso y aún más, sin escándalo de
-nadie, sin que capitalista alguno soñase siquiera en retirar por causas
-tan insignificantes sus capitales.
-
-Cuánto dinero saldría en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de
-París, cuánto habría de quedar allí perdido y olvidado, cuánta plata,
-cuántas joyas perderían su brillo inmaculado en las cámaras secretas
-del establecimiento, mientras sus dueños lo perdían en los calabozos
-o en el cadalso, cuántas cuentas corrientes del Banco quedarían sin
-saldar en este mundo y pasarían al otro, es lo que ningún mortal
-hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logró conjeturar
-aquella noche el mismísimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido
-cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que
-ardían chisporroteando algunos leños (aquel año estéril e infecundo
-había adelantado la estación de los fríos), su rostro, reflejo de
-honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lámpara pendiente del
-techo ni ninguno de los objetos que en la estancia había.
-
-Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba
-derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba
-parte integrante. Creían muchos que era garantía de seguridad para
-el establecimiento la ocupación patriótica de casi todo el edificio,
-aunque el leal Lorry jamás participó de semejante creencia. Cuanto
-ocurría en París érale indiferente, pues para él, lo único que excitaba
-su interés, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardín,
-bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, había una cochera,
-en la cual quedaban algunos de los carruajes del señor. Sujetas a dos
-columnas había dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera
-que recibiera la luz de aquéllas, una piedra de afilar, montada de
-cualquier manera, que sin duda había sido traída de cualquier herrería
-o carpintería inmediata. Lorry, que se levantó del asiento y se asomó
-a la ventana, retiróse con un estremecimiento al ver aquel objeto
-inofensivo.
-
-Hasta en la habitación que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor
-de las calles, al que de vez en cuando se unían ruidos que parecían
-proceder de un mundo fantástico, ruidos inauditos por lo terribles que
-se elevaban desde la tierra al cielo.
-
---Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona
-querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. ¡Mire el Altísimo con
-ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!
-
-Apenas había pronunciado estas palabras, cuando sonó la campana de la
-verja.
-
---Sin duda vuelven--pensó Lorry.
-
-Permaneció sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos
-en el vestíbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser
-cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto
-al Banco. Tranquilizóse, sin embargo, convencido de que estaba bien
-guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas,
-cuando bruscamente se abrió la puerta de su habitación y en su umbral
-aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedió Lorry, presa del
-pasmo más violento que en su vida experimentara.
-
-Lucía y su padre; Lucía, que le tendía con ademán suplicante las manos
-y le miraba con expresión de quien en sus ojos tiene concentrada su
-vida entera.
-
---¡Lucía... Manette!... ¿Qué es esto?--exclamó Lorry, con asombro
-indescriptible--¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?
-
-Lucía, pálida como un cadáver, cayó sollozante en los brazos del
-anciano amigo de su infancia.
-
---¡Oh... amigo querido! Mi marido...
-
---¿Su marido, Lucía?
-
---Carlos.
-
---¿Qué hay de Carlos?
-
---Aquí... en París.
-
---¿En París?
-
---Lleva aquí algunos días... tres o cuatro... no sé cuántos... Me es
-imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aquí una idea
-generosa que nos es desconocida; fué detenido en la barrera y conducido
-a la cárcel.
-
-El anciano lanzó un grito de espanto. Casi al mismo tiempo sonó la
-campana de la verja y se oyeron en el jardín voces mezcladas con rumor
-de pasos.
-
---¿Qué ruido es ése?--preguntó el doctor, dirigiéndose a la ventana.
-
---¡No se asome usted! ¡No mire fuera!... ¡Por lo que más quiera,
-Manette, por su vida... no toque la persiana!
-
-Volvióse el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y
-con sonrisa fría y osada, contestó.
-
---Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido
-prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en París... ¿qué digo
-en París? en ¡toda la Francia!... No hay un patriota en toda la
-Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva
-a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para
-llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado
-influencia bastante para llegar hasta aquí sin encontrar obstáculos en
-las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Sabía yo que así
-sería, sabía yo que me sería fácil librar a Carlos de los peligros
-que le amenazan, y así se lo aseguré a Lucía... ¿Pero qué ruido es
-ese?--terminó, volviéndose hacia la ventana.
-
---¡No mire usted!--gritó Lorry con acento desesperado--¡Usted tampoco,
-Lucía, mi querida Lucía!--añadió, pasando su brazo al rededor de su
-cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no sé que a Carlos le
-haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad
-le hubiese traído a esta ciudad. ¿En qué cárcel está?
-
---En la Force.
-
---La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Lucía, hija mía, si
-alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo útil, hoy más
-que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo
-para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro
-que de ello depende mucho más de lo que usted pueda suponer, mucho
-más de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su
-Carlos haga, es lo más duro, lo más difícil que cabe pensar, porque
-precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que
-me obedezca, que me permita que la lleve a una habitación retirada de
-esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejándonos solos a su
-padre y a mí por espacio de algunos minutos. ¡Por su Carlos querido,
-por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro
-estoy que me obedecerá!
-
---Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo
-hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.
-
-Lorry besó a Lucía e inmediatamente la acompañó a su habitación donde
-la dejó, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvió presuroso a
-reunirse con el doctor, abrió la ventana que daba al jardín, puso su
-diestra sobre el hombro de su amigo, y se asomó, indicando a éste que
-hiciera lo propio.
-
-Ante sus ojos había un grupo compacto de hombres y de mujeres, no
-muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el
-jardín, pues no pasarían de cuarenta o cincuenta. Las personas que
-ocupaban la casa les habían franqueado la entrada para que utilizasen
-la piedra de afilar, instalada allí para el servicio público, sin duda.
-
-Parece que nada de particular debería tener una piedra de afilar, ni
-mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre
-pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto
-por la índole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que
-realizaban.
-
-Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran más horribles
-y de expresión más cruel que las de los salvajes más feroces cuando
-ostentan sus prendas y pinturas más bárbaras. Falsas cejas y bigotes
-falsos servían de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados
-de sangre, rostros contraídos por la ira y el desenfreno. Mientras
-aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y más vueltas, algunas
-mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena
-no podía ser más nauseabunda ni más feroz. Sangre, vino y fuego eran
-los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras
-y las manos de todos los monstruos que allí había, vino que rezumaban
-sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la
-piedra de afilar. Empujándose y atropellándose unos a otros en su afán
-de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se veían hombres
-desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos,
-las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos
-tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles,
-con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes
-tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas,
-todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos
-llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muñecas con tiras de
-tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color,
-todas eran rojas.
-
-Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la
-repugnante escena.
-
---Están asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la
-pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted
-seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree
-poseer, y que yo también creo que posee, dése a conocer a esos demonios
-y hágase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quién sabe; pero de
-todas suertes, no pierda ni un segundo.
-
-El doctor Manette estrechó la mano de su amigo y, sin contestar
-palabra, sin cubrirse siquiera, bajó al jardín.
-
-Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no podía menos de llamar
-la atención, la decisión con que apartó las armas de aquella turba
-de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunión,
-hasta la misma piedra de afilar. Lorry observó que callaban todos,
-que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del
-anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador
-con el respeto más profundo; y al cabo de breves minutos, vió que más
-de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor
-y, entronizándolo sobre sus hombros, salían a la calle gritando con
-entusiasmo delirante:
-
---¡Viva el prisionero de la Bastilla!
-
---¡Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!
-
---¡Paso al prisionero de la Bastilla!
-
---¡Libertad al prisionero Evrémonde, encerrado en La Force!
-
-Lorry cerró la ventana muy esperanzado, y se apresuró a reunirse con
-Lucía, a la que refirió que su padre, auxiliado por el pueblo, había
-ido a buscar a su marido. Con Lucía estaba su hija y la señorita Pross,
-pero tal era la confusión del buen Lorry, que ni le sorprendió siquiera
-encontrarlas allí hasta mucho rato después.
-
-La noche fué horrible. Lucía, presa de estupor, estaba sentada en el
-suelo retorciéndose las manos, y la señorita Pross, después de acostar
-a la niña, cedió al sueño que la acosaba y quedó dormida con la cabeza
-doblada sobre la camita de la niña. ¡Noche horrible, durante la cual
-Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada
-Lucía! ¡Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de
-ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba,
-la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y
-las noticias no venían!
-
-Dos veces más repicó con violencia la campana de la verja, dos veces
-más se repitió la irrupción, dos veces más pusieron en movimiento la
-piedra de afilar. Lucía se asustó.
-
---¿Qué es eso?--preguntó.
-
---¡Silencio!--respondió Lorry.--Son los soldados que afilan sus
-espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija mía.
-
-Alboreó el nuevo día. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de
-Lucía y se asomó a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre,
-cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que
-recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo
-sobre el que había estado tendido y miraba con expresión estúpida en
-rededor. Aquel asesino cansado de matar vió los soberbios carruajes
-del señor, se dirigió a uno de ellos con paso vacilante, abrió la
-portezuela, y se encerró en su interior dispuesto a descansar de las
-fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.
-
-
-III
-
-LA SOMBRA
-
-Una de las reflexiones primeras que sugirió al señor Lorry su
-entendimiento práctico, tan pronto como sonó al día siguiente la
-hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fué que carecía
-de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco
-Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de
-un emigrado preso. Sin un segundo de vacilación, con alegría, con toda
-su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cariño que a Lucía y a
-su hija profesaba todo cuanto poseía, incluso su libertad y su vida;
-pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a
-negocios, Lorry era rígido, inflexible.
-
-Consecuencia de sus cavilaciones, fué pensar en Defarge, y al
-pensamiento siguió la decisión de llegarse a la taberna y rogar a su
-dueño que le indicase un refugio seguro para Lucía, si es que lo había
-en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien podía ser, si a ello
-se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivió
-el doctor Manette. Desechó, empero, este proyecto, apenas concebido, en
-atención a que la taberna estaba enclavada en el barrio más peligroso
-de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los
-habitantes de aquella región violenta, andaría metido de lleno en las
-empresas que allí se fraguaban y maduraban.
-
-Próximas ya las doce de la mañana, como el doctor no pareciera, y cada
-minuto que pasaba tendía a multiplicar el compromiso en que había
-colocado al Banco Tellson, Lorry decidió celebrar consejo con Lucía.
-Manifestó ésta que su padre le había hablado de alquilar una habitación
-en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del
-doctor no estaba en oposición con los negocios del Banco, y previendo
-Lorry que por bien que la situación de Carlos se solucionara, aun
-cuando merced a la intervención e influencia del doctor fuese puesto
-en libertad, habría de serle imposible escapar de la ciudad, salió
-inmediatamente a buscar habitación conveniente y la encontró en una
-calle aislada rodeada de edificios deshabitados.
-
-Sin perder momento trasladó a la habitación mencionada a Lucía, a su
-hija y a la señorita Pross, a las cuales dió cuantos consuelos pudo,
-que fueron más de los que él mismo tenía. Dejó con ellas a Jeremías
-_Lapa_ y volvió a engolfarse en sus ocupaciones.
-
-Pasó el resto del día triste, preocupado y receloso, hasta que
-llegó la hora de cerrar el establecimiento. Retiróse entonces a su
-habitación, como el día anterior, y estaba pensando en las resoluciones
-que le convendría adoptar, cuando oyó ruido de pasos en la escalera.
-Segundos después se le presentaba un hombre que, mirándole con mirada
-penetrante, se le dirigía por su nombre.
-
---A su disposición, señor Lorry. ¿Me conoce usted?
-
-Era un individuo de constitución sólida, de pelo negro naturalmente
-rizado y de unos cuarenta y cinco años de edad.
-
---¿Me conoce usted?--repitió.
-
---He visto a usted en alguna parte.
-
---¿En mi tienda de vinos, quizás?
-
-Más interesado que nunca, y no poco agitado, preguntó Lorry:
-
---¿Viene usted de parte del doctor Manette?
-
---Sí; vengo de parte del doctor Manette.
-
---¿Y qué dice? ¿Me envía algo?
-
-Defarge puso en la mano que anhelante le tendía Lorry un pedazo de
-papel, que contenía las palabras siguientes, escritas de puño del
-doctor:
-
-«Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me
-encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos líneas de
-Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.»
-
-Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes.
-
---¿Tiene usted la bondad de acompañarme a la casa en que reside la
-esposa de Carlos?--preguntó Lorry, sin ocultar la alegría que la
-lectura del billete le había producido.
-
---Sí--contestó Defarge.
-
-Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecánico con
-que Defarge hablaba, Lorry se encasquetó el sombrero y bajó con su
-visitante al jardín, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas
-haciendo calceta.
-
---¿La señora Defarge?--preguntó Lorry, quien la había dejado ocupada en
-lo mismo diez y siete años antes.
-
---La misma--contestó el marido.
-
---¿Viene con nosotros su señora?--preguntó Lorry, al observar que las
-mujeres echaban a andar.
-
---Sí. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una
-medida que conviene a la hija del doctor.
-
-Lorry, a quien comenzaron a parecerle extrañas la actitud y palabras de
-Defarge, dirigióle una mirada recelosa y continuó andando. Siguieron
-las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza.
-
-Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fué posible,
-subieron la escalera del domicilio de Lucía, Jeremías les franqueó
-la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las
-noticias que acerca de su marido la dió Lorry la llenaron de alegría,
-y estrechó con efusión la mano que la entregaba las breves palabras
-escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior había
-estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni
-en lo que con éste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz.
-
-«Valor, queridita mía. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre
-los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por mí a nuestro ángel.»
-
-Nada más decía el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada
-que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvió hacia la
-mujer de Defarge y besó con efusión las manos que hacían calceta. Fué
-un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de
-aquel fué objeto no lo contestó. Separóse de sus labios pesada, fría
-como el hielo, y continuó haciendo media.
-
-Algo encontró Lucía en aquella mano que la estremeció. En el instante
-mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar allí el billete
-recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron
-un terror infinito. La señora Defarge contestó a su mirada con otra que
-rebosaba impasibilidad, hielo.
-
---Mi querida Lucía--dijo Lorry, tratando de explicar la presencia
-de las mujeres,--son muy frecuentes las conmociones en las calles,
-y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la
-señora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales
-puede extender su protección, pues conviene que las conozca bien
-a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo,
-ciudadano Defarge--terminó sin atreverse a prodigar nuevas palabras de
-consuelo,--que he expuesto la verdad del caso, ¿no es cierto?
-
-Defarge dirigió a su mujer una mirada sombría y se limitó a
-exteriorizar su conformidad por medio de un gruñido.
-
---Creo, Lucía, que sería conveniente que salieran la niña y la señorita
-Pross--repuso Lorry.--Nuestra excelente Pross, Defarge, es una señora
-inglesa, que desconoce por completo el francés.
-
-La señora en cuestión, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia
-de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier
-extranjero, y no había perdido su serenidad de ánimo, no obstante
-las perturbaciones y anarquía reinantes en París, se presentó con
-los brazos cruzados, y dirigió una mirada castizamente inglesa a La
-Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.
-
---¡Hola, descarada!--dijo en inglés.--Me alegro de verla buena.
-
-También dirigió una o dos palabras a la señora Defarge; pero ni la una
-ni la otra tuvieron por conveniente contestar.
-
---¿Es ésa la niña?--preguntó la señora Defarge, suspendiendo por
-primera vez su tarea y apuntando a Lucía con la aguja de hacer media
-cual si fuera el dedo de la Fatalidad.
-
---Sí, señora--contestó Lorry.--Esa es la hija adorada y única de
-nuestro pobre prisionero.
-
-La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros tomó tonos
-tan tétricos y amenazadores, que la pobre madre cayó instintivamente
-de rodillas al lado de su hija y la estrechó contra su amante pecho.
-La sombra que acompañaba a la señora Defarge y compañeros pareció
-extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.
-
---No hace falta más--dijo la tabernera.--Los hemos visto ya. Vámonos.
-
-Aquellas palabras entrañaban amenazas muy encubiertas, sí, pero no
-tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aquí por qué Lucía,
-tendiendo sus brazos suplicantes hacia la señora Defarge, dijo:
-
---¿Tratarán con bondad a mi pobre marido? ¿Verdad que no le harán daño?
-¿Que me conseguirán que pueda verle, si de ustedes depende?
-
---No es tu marido el que aquí me ha traído--replicó la señora Defarge,
-mirando a Lucía con calma espantosa.--Lo único que me interesa es la
-hija de tu padre.
-
---Por mí, pues, sea compasiva con mi marido... ¡por mí y por mi pobre
-hijita! ¡Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las
-suplica que no cierren su corazón a la voz de la piedad! ¡Más miedo nos
-inspiran ustedes que toda la ciudad junta!
-
-La Defarge recibió esta frase última como un cumplimiento, y volvió sus
-ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Lucía mordiendo la uña de
-su pulgar, acentuó la expresión dura de su rostro al sentir sobre él la
-mirada de su mujer.
-
---¿Qué es lo que en esa cartita te dice tu marido?--preguntó la
-tabernera con sonrisa sarcástica.--¿No habla sobre influencia?
-
---Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le
-rodean--contestó Lucía, sacando apresuradamente el billete del pecho,
-pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no
-sobre el papel.
-
---En ese caso, él le salvará--observó la tabernera;--no tenemos por qué
-mezclarnos nosotros.
-
---Como esposa y como madre--exclamó Lucía con expresión de ansiedad
-inmensa,--imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no
-empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor.
-¡Hermanas mías... hermanas mías! ¡Acuérdense de que es una esposa y una
-madre la que se lo ruega!
-
-La señora Defarge miró a la suplicante con la frialdad de siempre, y
-dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza:
-
---Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos
-acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones,
-¿verdad? ¿No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus
-maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que
-vinimos al mundo, ¿no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus
-personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed,
-enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase?
-
---Jamás vimos otra cosa--respondió La Venganza.
-
---Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchísimo
-tiempo--repuso la tabernera dirigiéndose a Lucía.--Ahora dime, juzga
-por ti misma; ¿crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad
-de una madre hagan mella en nosotras?
-
-Continuó haciendo media y salió. Tras ella echó a andar La Venganza y
-Defarge salió el último, cerrando la puerta al salir.
-
---¡Valor, mi querida Lucía!--exclamó Lorry, alzándola del
-suelo.--¡Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchísimo
-mejor de lo que podíamos prometernos. ¡Levante su corazón, querida
-Lucía, y demos gracias al Cielo!
-
---No me falta un corazón agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero
-aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el
-cielo de mis esperanzas.
-
---¡Chitón, chitón!--exclamó Lorry--¿Cómo se entiende? ¿Es posible que
-en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? ¡Sombras! Las
-sombras nada significan, Lucía, son inconsistentes... ¡nada!
-
-Pese a sus palabras él mismo sentía también la influencia, la opresión,
-de aquellas sombras fatídicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto
-que le preocupaban y perturbaban en extremo.
-
-
-IV
-
-CALMA EN LA TORMENTA
-
-Cuatro días duró la ausencia del doctor Manette.
-
-Con tal diligencia ocultaron a Lucía la mayor parte de los horrorosos
-acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho
-tiempo después, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio
-francés, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos
-y de todas las edades, habían sido brutalmente asesinados por un
-populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro días con sus
-noches no cesaron ni por un segundo las hazañas de horror, que las
-calles de la ciudad en que vivía estaban inundadas de sangre y que la
-atmósfera que respiraba era una atmósfera saturada de emanaciones de
-sangre. Las únicas noticias que a sus oídos llegaron fueron que el
-populacho había atacado las prisiones, que todos los presos políticos
-habían corrido serios peligros, y que algunos habían sido arrastrados
-por las calles y asesinados.
-
-El doctor comunicó al señor Lorry, no sin exigirle el secreto más
-absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas
-de carnicería y de sangre en la prisión de La Force; que allí había
-encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual
-eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran
-condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos),
-o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Añadió que, habiéndole
-presentado al Tribunal en cuestión los patriotas que le acompañaban,
-expuso él su nombre y su profesión e hizo constar que, sin previa
-acusación, y como consecuencia sin previa sentencia, había sido por
-espacio de diez y ocho años prisionero secreto de la Bastilla; y
-que uno de los individuos que componían el Tribunal se levantó y le
-identificó, resultando ser Defarge el individuo de referencia.
-
-Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal había pudo
-cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y
-que le defendió con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos
-miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos,
-y entre los cuales los había manchados con sangre de pies a cabeza y
-limpios de crímenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos
-(casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de
-entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que
-tanto había sufrido, de un mártir torturado por la situación derribada,
-le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel
-Tribunal extraño y fuera examinado. Que cuando todo hacía suponer que
-iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables
-tropezaron con obstáculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para
-el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el
-sujeto que ocupaba el sillón presidencial manifestó seguidamente al
-doctor que el prisionero debía continuar recluído, aunque, en atención
-a las torturas del doctor, la persona de aquél sería inviolable. Que
-inmediatamente, a una señal del presidente, el prisionero fué conducido
-de nuevo a su calabozo, pero que él, el doctor, con tal insistencia
-solicitó permiso para permanecer allí a fin de asegurarse de que su
-yerno, por equivocación o por malicia, no era entregado a las turbas,
-cuyos feroces aullidos ensordecían a los jueces, que le fué concedida
-la autorización solicitada, y que no se movió de la Sala de la Sangre
-hasta que finalizó la escena última del sangriento drama.
-
-Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de
-feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos
-cuatro días con sus noches. La loca alegría a que se entregaban los
-prisioneros que conseguían un fallo absolutorio le impresionó casi
-tanto como la loca ferocidad con que el populacho hacía pedazos a los
-que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal
-declaró absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por
-equivocación sin duda, le asestó una lanzada. El doctor Manette, a
-quien rogaron que saliera a curar al herido, salió inmediatamente a
-la calle y le encontró rodeado y atendido por infinidad de compasivos
-Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadáveres de sus víctimas.
-Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa,
-ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar,
-improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una
-vez más sus armas asesinas en los cadáveres que llenaban la calle y
-realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo
-de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun así pudo evitar caer
-desmayado en medio de aquellas fieras.
-
-Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso
-relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos
-años, de que las espantosas escenas que había presenciado dieran vida
-nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa
-de su equivocación fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo
-bajo el aspecto y carácter en que entonces le veía. Por primera vez en
-su vida comprendía el doctor que sus sufrimientos pasados eran para
-él fuente de energías y de influencia; por primera vez sintió que en
-aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que habían de
-quebrantar las puertas de la prisión en que estaba encerrado el marido
-de su hija y concederle la libertad.
-
---En medio de todo fué un bien, amigo mío; no todo han sido calamidades
-y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto
-humanamente podía hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y
-la del alma, yo no descansaré hasta que la devuelva a ella lo que
-constituye la porción más querida de sí misma. ¡Con la ayuda del Cielo
-lo haré!
-
-Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez
-hubo terminado la exposición de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vió
-chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando reparó en la
-serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio
-de varios años, resurgía de nuevo pletórica de energías, abrió su pecho
-a la esperanza, y creyó.
-
-Obstáculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habrían
-cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar
-los linderos de su profesión como médico, cuya misión es alternar con
-todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con
-los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres,
-sin distinción de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de
-sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia,
-que no tardó en ser nombrado médico inspector de las cárceles, y como
-consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Lucía que su marido
-ya no permanecía solo en una celda aislada, sino mezclado con la
-generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al
-marido de su hija y transmitir a ésta mensajes de aquél; consiguió
-que Lucía recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por
-conducto del mismo doctor, pero no consintió que aquélla las dirigiera
-a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufrían en las cárceles,
-ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de
-quienes se sabía que tenían parientes fuera.
-
-No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba
-consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba
-sagacidad, comprendió desde el primer momento que a las ansiedades se
-unía cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostén. Nada
-de inconveniente tenía aquel orgullo, al contrario, era un orgullo
-natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna
-de estudio. Sabía el doctor que hasta entonces, tanto su hija como
-su amigo habían atribuído a sus largos años de encierro su aflicción
-personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias habían
-variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le
-hicieron dueño de fuerzas que podía poner al servicio de la causa de
-Carlos, de fuerzas que bien empleadas podían dar como resultado la
-libertad del marido de su hija, llegó a exaltarse en tales términos,
-que tomó la dirección del asunto y aceptó a los demás en calidad de
-cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el
-auxilio de otras personas a quienes tiene por débiles. Se invirtieron
-las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente
-en lo que podían invertirse sin menoscabo del cariño más tierno y del
-amor más acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar
-algún servicio a la que tan inmensos se los había prestado a él.
-
---El fenómeno es muy curioso--pensaba Lorry;--pero muy natural y muy
-noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encárgate de la
-dirección y consérvala: no puede estar en mejores manos.
-
-Mucho trabajó el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en
-libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera
-su suerte, mas no logró vencer las corrientes arrolladoras entonces
-desencadenadas. Había alboreado una era nueva, el Rey había sido
-sentenciado, condenado y decapitado; la República de la Libertad,
-de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte había declarado que
-vencería al mundo alzado en armas contra ella o moriría; en lo alto de
-las torres de Nuestra Señora flameaba día y noche la bandera negra;
-trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba
-para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas
-provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragón, sembrados
-al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montañas y
-en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y
-en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso
-del norte, en los eriales y en los bosques, en las viñas y en los
-olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas
-bañadas por los ríos y en las arenosas playas besadas por el mar. ¿Qué
-esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra
-el diluvio del Año Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo
-en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando
-cerradas las compuertas de los cielos?
-
-Del suelo francés habían quedado desterradas la pausa, la piedad, la
-compasión, la paz, el descanso, el sosiego, la medición del tiempo.
-Los días y las noches se sucedían como siempre, es verdad; a la noche
-seguía la mañana y comenzaba un día nuevo, pero la cuenta del tiempo
-no pasaba de allí, pues su percepción se había perdido en la fiebre
-devoradora de una nación, de la misma manera que la pierde un enfermo
-en su fiebre individual. Hoy interrumpía el silencio sobrenatural de
-toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y
-otro día presentaba la cabeza de una Reina célebre por su hermosura,
-que no necesitó más que ocho meses de viudez y de miserias para que sus
-cabellos sé trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve.
-
-Sin embargo, cumpliéndose una vez más la ley extraña de las
-contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa
-rapidez, parecía arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal
-revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comités
-revolucionarios funcionando en la nación; una Ley de Sospechosos
-que barrió las garantías en que descansan la libertad y la vida y
-entregó a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado,
-de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no habían
-cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que
-pudieran conducir a su justificación, tales eran los principios en que
-descansaba el orden social establecido, principios que parecían de
-uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo,
-descollaba una figura fatídica que con rapidez brutal se hizo tan
-familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del
-mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina.
-
-El pueblo la había convertido en manantial inagotable de chistes. Era
-el remedio más eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo más
-infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza
-especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que
-tenía la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito
-y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneración
-del género humano y había eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que
-antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran
-infinitos los que jamás creyeron en la Cruz y, sin embargo, creían en
-la Guillotina y ante ella se postraban.
-
-Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato
-como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas
-desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces debía
-entrar en funciones. Era una señora cuya misión principal consistía
-en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y
-en concluir con la hermosura y con la bondad. En una mañana, y en
-veintidós minutos, había rebanado veintidós cabezas de otros tantos
-amigos del bien público, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto
-antes de subir al tablado fatal. El funcionario público encargado de
-manejarla había heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que
-nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansón francés, armado de la
-Guillotina, era mucho más fuerte y robusto que su tocayo israelita, y
-más ciego y más bruto, pues todos los días y a todas horas arrancaba
-las puertas del mismo Templo de Dios.
-
-Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea
-que los producía con la cabeza firme, lleno de confianza en su
-poder, siempre tendiendo al fin que se había prefijado, bien que
-cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de
-sus esfuerzos sería en definitiva la libertad del marido de Lucía.
-Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las
-aguas, volaba aquél con furia tan tremenda, que Carlos continuaba
-pudriéndose en la cárcel a los quince meses de haber entrado en
-ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante
-el mes de diciembre, la Revolución arreció de tal manera en sus
-furias, que los ríos del Sur con dificultad podían correr por sus
-espaciosos cauces, llenos de montones de cadáveres de los que durante
-la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros
-eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el
-doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y
-cabeza sólida. En París no había hombre más conocido que él ni que en
-situación más extraña se encontrase. Silencioso, humano, indispensable
-en los hospitales y en las cárceles, prodigando los auxilios de la
-ciencia lo mismo a los asesinos que a las víctimas, puede decirse que
-era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesión, el cautivo de la
-Bastilla era el ídolo del pueblo. Más que hombre, parecía Espíritu que
-se movía entre los mortales.
-
-
-V
-
-EL ASERRADOR
-
-Un año y tres meses. No disfrutó Lucía de un minuto de tranquilidad
-durante todo ese tiempo, pues jamás pudo hoy asegurar que la cabeza de
-su marido no rodaría al día siguiente. A todas horas rebotaban sobre
-el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados.
-Lindas muchachitas, señoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de
-pelo negro, de pelo castaño, de pelo rubio, de pelo blanco; jóvenes
-robustos, pletóricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los
-años, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban
-vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas
-de sus inmundos calabozos y conducidos en procesión interminable
-por las calles para apagar la sed devoradora de aquélla. Libertad,
-Igualdad, Fraternidad o Muerte... Más frutos has dado de Muerte que de
-Libertad, Igualdad ni Fraternidad, ¡oh Guillotina!
-
-Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso
-de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor,
-sumiéndola en ese estado de desesperación ociosa, seguramente la habría
-enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a
-tantas otras, pero desde el instante en que estrechó contra su pecho
-juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la
-taberna del barrio de San Antonio, se había consagrado al cumplimiento
-estricto de sus deberes, y los cumplió con tanta abnegación en los días
-de prueba, como en los de calma y felicidad.
-
-No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su
-padre entró de lleno en el ejercicio de su profesión, Lucía arregló su
-reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido
-a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus
-lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes
-artificios con que la desolada esposa pretendía engañarse a sí misma,
-infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendría la dicha
-de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los días
-hacía... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches
-dirigía al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un
-desgraciado determinado de los muchos que gemían en las tétricas
-antesalas de la muerte, eran los consuelos únicos de su conturbada alma.
-
-Su aspecto exterior varió muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy
-semejante a los crespones de la viudez, así como el de su hija, negro
-como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron
-los que usó en sus días más felices. Perdió la frescura de su rostro,
-constantemente triste y decaído, pero en nada decayeron su hermosura y
-gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre,
-buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante
-las horas interminables del día, pudiendo decirse que aquél era su
-único consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con
-decisión:
-
---Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo sé que puedo salvarle,
-hija mía.
-
-No habían transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a
-casa, la dijo su padre:
-
---Mira, querida; en lo más alto del edificio de la cárcel hay una
-ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres
-de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e
-incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podría
-verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te
-indicaré. En cambio tú, pobre hija mía, no podrás verle a él, fuera de
-que, aun cuando pudieras, sería peligroso que hicieras la señal más
-insignificante de reconocimiento.
-
---¡Oh padre mío! Enséñame el sitio, y allí estaré yo todos los días.
-
-A partir de aquella noche, Lucía, todos los días, fueran buenos o
-malos, de sol o de lluvia, de calor o de frío, pasó en el sitio que le
-indicó su padre dos horas. Allí estaba en el momento que los relojes
-de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y allí continuaba hasta
-las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignación. Cuando el
-tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso
-contrario, iba sola; pero no faltó ni un solo día.
-
-El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha
-y tortuosa. No había en ella más que una casa habitada por un hombre
-que se dedicaba a aserrar leños para la lumbre; todo lo demás de la
-calle era muro correspondiente a edificios que tenían la entrada por
-otra paralela.
-
-Al tercer día de acudir Lucía al sitio indicado por su padre, la vió el
-aserrador.
-
---Buenas tardes, ciudadana.
-
---Buenas tardes, ciudadano.
-
-Era la salutación prescripta nada menos que por un decreto. Habíanla
-implantado algún tiempo antes los patriotas más exaltados, pero por la
-época a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.
-
---¿Paseando por aquí, ciudadana?
-
---Ya lo estás viendo, ciudadano.
-
-El aserrador, que en tiempos anteriores había sido peón caminero, alzó
-los ojos, extendió el brazo en dirección a la cárcel, llevó ambas
-manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una
-reja, miró a través de los mismos, y soltó una risotada significativa.
-
---No es asunto mío--dijo,--y continuó aserrando.
-
-Al día siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Lucía,
-pues se abocó con ella no bien hizo su aparición en la calleja.
-
---¿Otra vez de paseo por aquí, ciudadana?
-
---Sí, ciudadano.
-
---¡Ah! ¿Y con una niña? Tu mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?
-
---¿Contesto que sí, mamá?--preguntó en voz baja la niña, acercándose a
-su madre.
-
---Sí, querida, sí.
-
---Sí, ciudadano--respondió Lucita.
-
---¡Ah! No es asunto mío. Lo único que me interesa es trabajar... Mira
-mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la,
-la, la... y cae una cabeza.
-
-En efecto; mientras hablaba, cayó el trozo de leño, y el aserrador lo
-metió en un cesto.
-
---Yo me doy el nombre de Sansón el de la Guillotina del combustible.
-Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer...
-¿estás viendo, ciudadana? Llega el turno a la niña... ¡paf! ¡Adiós,
-cabecita! Concluí con toda la familia.
-
-Repugnaba a Lucía ver aserrar los leños y no podía ver sin sentir
-un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era
-imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del
-aserrador sin que éste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse
-sus simpatías, no sólo era ella la que se adelantaba a dirigirle la
-palabra, sino también le daba algunas monedas para beber, que él
-aceptaba sin hacerse de rogar.
-
-Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando
-Lucía, olvidada de su presencia permanecía largo rato con la vista
-fija en las rejas de la cárcel y el corazón puesto en su marido, al
-darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y veía al aserrador que
-la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuñando la
-sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurría, por regla general decía
-«no es asunto mío,» y reanudaba el trabajo sin más comentarios.
-
-En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que
-aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol
-abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoño, ni
-un solo día dejó Lucía de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo
-día dejó de besar, al marcharse, los muros de la cárcel. Veíala su
-marido (lo sabía Lucía por conducto de su padre) una vez por cada cinco
-o seis que salía, dos o tres días consecutivos algunas veces, aunque
-también ocurría que se viese privado de esa dicha durante una semana
-entera. Lucía estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera
-oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle
-una sola, hubiese salido no un día, no una semana; años enteros.
-
-Llegó el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre
-espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza sólida.
-Una tarde fría y lluviosa, Lucía llegó al rinconcito de costumbre. Era
-un día de regocijo general. Había visto aquélla las casas engalanadas
-con profusión de gorros atravesados en pequeñas lanzas, y adornados
-con cintas tricolores y con la inscripción, también tricolor (las
-letras tricolores estaban en gran moda): «República Una e Indivisible.
-Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
-
-Tan mísero y reducido era el taller del aserrador, que toda su
-superficie resultaba casi insuficiente para la inscripción copiada.
-Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable
-gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se
-tuviera, y en una ventana había colocado su sierra, bajo la cual se
-leía la inscripción siguiente: «La Santa Guillotina.» El taller estaba
-cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Lucía pudo saborear el
-placer de verse completamente sola.
-
-No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Lucía
-contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la
-llenaron de terror. Segundos después, doblaban la esquina de la cárcel
-compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano
-a La Venganza. No bajarían las personas de quinientas, y bailaban como
-pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco música,
-que para sus endiabladas danzas bastábales el ronco y discordante
-gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolución, y
-se acompañaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza
-feroz, que no describiremos, pues a nuestro propósito basta decir que
-el salvajismo reinante había convertido una distracción inocente en
-medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el
-corazón.
-
-Era la Carmañola. Lucía, horrorizada, yerta de espanto, habíase
-refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubriéndose el rostro
-con las manos.
-
---¡Oh padre mío!--exclamó al separar las manos, y encontrarse
-inopinadamente frente al doctor.--¡Qué espectáculo tan cruel, tan
-repugnante!
-
---Lo sé, queridita mía, lo sé. Lo he presenciado muchas veces. No te
-asustes, que nadie ha de hacerte el menor daño.
-
---No me asusto por mí, padre mío; pero cuando pienso en mi marido y en
-los arrebatos de esas gentes...
-
---Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado
-subiendo a la ventana y he venido a decírtelo. Como hoy nadie queda por
-aquí que pueda verte, no importa que envíes un beso con la mano a lo
-más alto del tejado, al mismo alero.
-
---Lo enviaré, padre mío, y con el beso enviaré mi alma entera.
-
---No puedes verle, pobre hija mía; ¿verdad?
-
---No, padre mío, no puedo--contestó Lucía llorando.
-
-Sonaron algunos pasos y apareció la señora Defarge.
-
---Salud, ciudadana--dijo el doctor.
-
---Salud, ciudadano--contestó la tabernera, continuando la marcha sin
-detenerse.
-
---Dame el brazo, querida mía. Sal de aquí, pero fingiendo alegría,
-aunque ya sé que no puedes sentirla... Así, muy bien. Mañana
-comparecerá Carlos ante sus jueces.
-
---¡Mañana!
-
---No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto,
-pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar
-hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No
-ha recibido aún la citación, pero me consta que le citarán para mañana
-y que será trasladado a la Conserjería. Como ves, recibo las noticias
-con oportunidad. Supongo que no te asustarás, ¿eh?
-
-A duras penas pudo balbucear la infeliz.
-
---Confío en ti.
-
---Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonías
-tocan a su fin, amor mío. Dentro de breves horas le tendrás en tus
-brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito
-ver a Lorry...
-
-Interrumpióse el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de
-carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados
-conducidos al suplicio.
-
---Necesito ver a Lorry--repitió el doctor, volviendo la cabeza al lado
-contrario para no ver el fúnebre convoy.
-
-El buen Lorry continuaba inmóvil en el edificio del Banco. Tanto él
-como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes
-confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fué óbice para que
-salvase cuanto le fué posible, a fuerza de entereza y de abnegación.
-
-Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La
-suntuosa residencia del señor continuaba desierta. Sobre la verja
-del jardín había una inscripción que decía así: «Propiedad Nacional.
-República Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.»
-
-¿Qué era del señor Lorry, que no se encontraba en su despacho? ¿A
-quién acababa de despedir cuando salió, agitado y sorprendido, para
-estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? ¿A quién repitió
-las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a él,
-diciendo desde la puerta que estaba traspasando: «Trasladado a la
-Conserjería y citado para mañana?»
-
-
-VI
-
-TRIUNFO
-
-Sin exageración puede afirmarse que el formidable Tribunal de los
-Cinco no ya sólo funcionaba todos los días, sino también estaba en
-función permanente. Las relaciones de los prisioneros que debían
-comparecer ante el Tribunal al día siguiente eran entregadas todas las
-tardes a los alcaides de las cárceles, quienes, a su vez, leían a los
-interesados. En la jerga de la cárcel, a las listas en cuestión se las
-llamaba «Diarios de la noche.»
-
-«Carlos Evrémonde, alias _Darnay_.»
-
-Tal era el nombre que encabezaba el «Diario de la noche»
-correspondiente a La Force.
-
-Apenas pronunciado el nombre, separóse el interesado del grupo de
-sus compañeros de infortunio y se colocó en el sitio destinado a
-los nombrados. Como Carlos Darnay había presenciado aquella escena
-centenares de veces, dicho se está que le sobraban motivos para conocer
-la costumbre.
-
-El rechoncho alcaide le dirigió una mirada a través de los sucios
-cristales de las antiparras, sin las cuales no podía leer, a fin de
-cerciorarse de que había pasado al lugar que debía ocupar, y comprobado
-ese extremo, continuó leyendo la lista, haciendo una pausa parecida
-después de cada nombre. Veintitrés fueron los nombrados, pero como de
-ellos había fallecido uno en la cárcel, y la Santa Guillotina había
-hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de éstos ni de aquél
-se acordaba nadie, sólo veinte contestaron al llamamiento. La lista
-fué leída en la misma pieza abovedada donde Carlos encontró reunidos
-a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la cárcel. Todos ellos
-habían sido despedazados por las turbas el día de la matanza general, y
-los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el
-cadalso el pasaje para el otro mundo.
-
-Cruzáronse entre los que salían y los que quedaban algunas frases
-de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un
-incidente que se repetía todos los días, la sociedad de La Force tenía
-en proyecto para aquella noche la celebración de algunos juegos, y
-había que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que
-quedaban acompañaron a los que se iban hasta la reja de salida de la
-sala, vertieron algunas lágrimas, y se volvieron, pues era preciso
-rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si
-no querían renunciar a los esparcimientos de la velada, y había que
-hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia
-del establecimiento a ejércitos de feroces mastines que llenaban los
-corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran
-insensibles ni duros de corazón; pero en su carácter, en su manera de
-ser, influía, como no podía menos, la condición de la época. De la
-misma manera que aquéllos vieron salir punto menos que impasibles a
-sus compañeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo
-sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero
-muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al
-pueblo, y corrieron espontáneamente en busca de las caricias de la
-guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia,
-sino la infección general consiguiente al brutal sacudimiento del
-alma pública. En épocas de pestilencia, se ven personas a quienes
-atrae misteriosamente el contagio, personas que desearían morir de
-él. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas
-rarezas dormidas que no necesitan más que el concurso de determinadas
-circunstancias para despertar.
-
-Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjería, largas y
-frías las noches pasadas en las pestilentes celdas de la última. Quince
-prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la mañana siguiente, antes
-que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince
-duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte.
-
-«Carlos Evrémonde, alias _Darnay_,» llamaron al fin.
-
-Lucían los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de
-ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus
-correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada
-al Tribunal para sospechar que había sido invertido el orden natural
-de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados.
-Inspiraba las sentencias el populacho más vil, más cruel, más criminal
-de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades
-inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito
-herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado
-de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban
-armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y
-dagas, algunas comían, otras bebían, otras hacían calceta. Entre estas
-últimas había una que se distinguía por su laboriosidad. Estaba sentada
-en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no había
-vuelto a ver desde el día que llegó a la Barrera de París, pero que le
-recordaba a Defarge. Observó aquél que la mujer habló dos o tres veces
-en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era
-su mujer, pero lo que más poderosamente llamó su atención, fué que no
-obstante encontrarse lo más cerca posible de él, ni una sola vez le
-miraron. Volvía con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen
-algo, pero nada más. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado
-el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre.
-El prisionero reparó en que solamente el doctor y el señor Lorry,
-sentado a su lado, vestían como de ordinario, y no ostentaban la soez
-indumentaria de la Carmañola.
-
-Carlos Evrémonde, llamado también Darnay, fué acusado por el Fiscal
-público de emigrado cuya vida correspondía a la República a tenor del
-decreto que proscribía a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que
-el decreto en cuestión hubiese sido promulgado cuando ya el acusado
-estaba en Francia, era circunstancia trivial que no merecía tenerse
-en cuenta. Existía el decreto, tenían delante al acusado que había
-sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la República pedía su
-cabeza.
-
---¡Que ruede su cabeza!--rugió el público--¡Muera ese enemigo de la
-República!
-
-El Presidente agitó la campanilla para acallar aquellos gritos, y
-preguntó al acusado si no era cierto que había residido muchos años en
-Inglaterra.
-
-Darnay contestó afirmativamente.
-
---¿Y dices que no eres emigrado? ¿Qué nombre te das, pues?
-
---No me tengo por emigrado a tenor de la letra y del espíritu de la ley.
-
---¿Por qué no? Eso es lo que deseo saber.
-
---Porque libre y espontáneamente renuncié un título que no era de mi
-gusto y una posición social que me desagradaba, y salí de mi patria
-para vivir de mi trabajo en Inglaterra antes que de rentas cobradas al
-pueblo de Francia, agobiado bajo el peso de tantos tributos y gabelas.
-
---¿Cómo pruebas la exactitud de tus manifestaciones?
-
---Con el testimonio de Teófilo Gabelle y de Alejandro Manette.
-
---Pero tú casaste en Inglaterra--objetó el Presidente.
-
---Cierto; pero no con mujer inglesa.
-
---¿Con una ciudadana de Francia?
-
---Sí.
-
---¿Su apellido y familia?
-
---Lucía Manette, hija única del doctor Manette, del excelente médico
-aquí presente.
-
-Esta contestación produjo en el auditorio un efecto imposible de
-pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo
-delirante que arrancó el solo nombre del doctor Manette. Tan
-caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se
-llenaron de lágrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con
-ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les
-fuera entregado para despedazarlo.
-
-Carlos Darnay, en sus manifestaciones, había seguido al pie de la letra
-las instrucciones del doctor.
-
---¿Por qué regresó el acusado a Francia cuando lo hizo, y no
-antes?--preguntó el Presidente.
-
---No regresé antes--contestó Carlos--sencillamente porque en Francia
-no poseía otros medios de vida que los bienes que había renunciado,
-al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia
-dando lecciones de francés y de literatura francesa. Si regresé cuando
-lo hice, fué cediendo a una súplica escrita de un ciudadano francés,
-quien me manifestó que mi ausencia comprometía muy seriamente su vida.
-Regresé para salvar la vida al ciudadano en cuestión, y para declarar
-la verdad sin reparar en peligros ni molestias. ¿Qué crimen ven en esto
-los ojos de la República?
-
-El populacho gritó ebrio de entusiasmo:
-
---¡Ninguno... ninguno!
-
-Agitó el Presidente la campanilla, mas no logró imponer silencio hasta
-que el auditorio se cansó de gritar.
-
---¿Cómo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se
-refiere?--preguntó el Presidente.
-
---Teófilo Gabelle, aquí presente. Comprueba mis manifestaciones la
-carta a que he aludido, la cual, si bien me fué quitada en la Barrera,
-no dudo que figurará entre los documentos que el Presidente tiene sobre
-la mesa.
-
-Buen cuidado había tenido el doctor de que la carta de referencia
-estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontró sin esfuerzo, y la
-leyó en voz alta. Seguidamente fué llamado Gabelle para que confirmara
-las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta,
-lo que hizo aquél con gran precisión y acento de verdad. Insinuó el
-ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal,
-falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la
-República que exigían toda su atención, habíale dejado en la cárcel de
-la Abadía hasta tres días antes, olvido insignificante y muy natural;
-y que, cuando compareció ante el Tribunal, fué declarado inocente y
-puesto en libertad, por haber disipado a satisfacción de sus jueces las
-acusaciones que sobre él pesaban.
-
-Fué interrogado a continuación el doctor Manette. Su gran popularidad
-personal y la claridad y precisión de sus respuestas ejercieron en
-el auditorio sensación indescriptible; pero cuando demostró que el
-acusado fué el que con mayor eficacia contribuyó a libertarle de
-su eterno cautiverio, cuando manifestó que el acusado permaneció en
-Inglaterra rodeando de tierna solicitud y de cariño abnegado, no ya
-sólo a su hija, sino también a él mismo, cariño y solicitud que les
-hicieron dulce el destierro, cuando añadió que lejos de ser partidario
-y defensor del gobierno aristócrata del país en que vivía fué procesado
-y estuvo a punto de ser condenado a muerte como enemigo de Inglaterra
-y amigo de los Estados Unidos. Luego que hizo una exposición clara
-y elocuente de todas estas circunstancias, Tribunal y auditorio se
-identificaron. Tanto es así, que cuando invocó el testimonio del señor
-Lorry, caballero inglés allí presente, testigo, como él, del proceso
-seguido en Inglaterra contra Darnay, y dispuesto a corroborar todas sus
-manifestaciones, contestaron los jueces que les bastaba lo que habían
-oído, y que con gusto votarían, si el Presidente tenía a bien recibir
-los votos.
-
-A medida que los jueces votaban (hacíanlo individualmente y en voz
-alta), el auditorio prorrumpía en aplausos frenéticos. Por unanimidad
-declararon inocente al prisionero, y como consecuencia el Presidente le
-declaró libre.
-
-Siguió entonces una de esas escenas extraordinarias que ponen de
-relieve la volubilidad del populacho, o los impulsos hacia la
-generosidad y la piedad, dormidos en el fondo de su alma, o bien lo que
-a juicio suyo es a manera de demostración de que no se deja arrastrar
-por la fuerza explosiva de una rabia cruel. Imposible precisar cuál
-de estos tres motivos influyó por modo decisivo en las escenas
-extraordinarias que siguieron; probablemente influirían los tres, bien
-que predominando el segundo. El hecho es que, no bien fué pronunciado
-el fallo absolutorio, brotaron las lágrimas en tanta abundancia como
-en otras ocasiones brotaba la sangre, y fueron tantos y tan apretados
-los abrazos que el prisionero recibió de todos, sin distinción de
-sexos, que corrió verdadero peligro de que su dilatado cautiverio
-tuviera como desenlace una asfixia en toda regla; siendo de notar que
-aquellos abrazos se los daban las mismas personas que, impulsadas por
-otra corriente distinta, se habrían lanzado sobre él con idéntica
-intensidad, para destrozarle entre sus uñas y arrastrar sus restos
-palpitantes por las calles.
-
-Gracias a que hubo de salir de la sala para ceder el puesto a otros
-acusados que esperaban sentencia, pudo librarse por el momento de aquel
-torrente deshecho de caricias.
-
-Comparecieron a continuación cinco acusados juntos, sobre los cuales
-pesaba la inculpación de enemigos de la República, no porque hubiesen
-trabajado en su contra, sino porque nada habían hecho, ni de palabra
-ni de obra, en su favor. Tal prisa se dió el Tribunal para compensar a
-la nación por la libertad concedida a un acusado, que no había salido
-éste de la sala cuando ya pesaba sobre los cinco infelices sentencia
-de muerte, que debía ejecutarse a las veinticuatro horas. El primero
-de los condenados manifestó a Darnay la suerte que le esperaba alzando
-un dedo, símbolo de muerte entre los encarcelados, y sus compañeros
-gritaron a coro con acento sarcástico:
-
---¡Viva la República!
-
-Cierto que no dispuso Darnay de más tiempo para escuchar las
-explicaciones que pudieran o desearan darle los condenados, pues no
-bien salió a la calle en compañía del doctor Manette, se vió rodeado
-de compacta muchedumbre, en la que vió casi todas las caras que antes
-viera en la sala, excepción hecha de dos, que en vano buscó con la
-mirada. Nuevamente le envolvió el furioso torbellino que antes estuvo
-a punto de asfixiarle, para besarle, abrazarle, llorar, gritar y
-entregarse a otras expansiones más propias de locos que de personas
-cuerdas.
-
-Sentáronle a viva fuerza en un gran sillón que, o habían sacado de
-la sala del Tribunal, o tomado de cualquiera de las casas próximas.
-Engalanaron el sillón con una bandera roja y una lanza en cuyo hierro
-se veía un gorro colorado atravesado. Todas las súplicas del doctor no
-bastaron a impedir que fuera conducido en triunfo a su casa, sentado en
-aquel sillón que, llevado en hombros, semejaba trono emplazado sobre
-agitado mar de gorros rojos.
-
-Adelantándose a aquella procesión salvaje, que abrazaba a cuantos
-topaba en el camino, el doctor llegó a su casa a fin de preparar
-convenientemente a su hija. Esto no obstante, cuando Carlos pudo bajar
-de su improvisado trono y abrió los brazos a su amante esposa, ésta
-cayó en ellos desvanecida.
-
-Mientras Darnay sostenía a Lucía apoyándola contra su pecho, doblada
-la cabeza a fin de que el populacho no viera las lágrimas que copiosas
-corrían por sus mejillas, algunos de los que le habían llevado en
-triunfo comenzaron a bailar, contagiáronse los demás, y segundos
-después se improvisaba en el patio de la casa una desenfrenada
-Carmañola. Más tarde instalaron sobre el sillón vacante a una joven, a
-la que proclamaron Diosa de la Libertad, llevándola en hombros por las
-calles adyacentes, entre gritos ensordecedores y cantos discordantes.
-
-Carlos, después de estrechar entre sus brazos al doctor, cuya cara
-ofrecía aires de vencedor, después de abrazar al señor Lorry, que
-jadeante y sin aliento consiguió llegar hasta él nadando contra el
-inmenso oleaje que bailaba la Carmañola, después de besar a Lucita,
-a la que alzó del suelo para que pudiera rodear con sus bracitos su
-cuello, después de abrazar a la fiel Pross, alzó entre sus brazos a
-Lucía y la condujo a sus habitaciones.
-
---¡Lucía... mi Lucía... Libre... Libre!...
-
---¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme que hincada de rodillas dé gracias
-a Dios con el mismo fervor con que le pedí por ti!
-
-Cayó de hinojos Lucía. Todos los presentes doblaron reverentes las
-cabezas y rezaron desde el fondo de sus corazones. Cuando, terminada la
-oración, Lucía volvió a sus brazos, dijo Carlos.
-
---¡Da ahora las gracias a tu padre, mujercita mía! ¡Ningún hombre de
-Francia habría podido hacer por mí tanto como él ha hecho!
-
-Reclinó Lucía la cabeza sobre el pecho de su padre, de la misma manera
-que la había reclinado largos años antes. El doctor se consideró feliz
-al poder pagar de alguna manera las muestras de cariño abnegado de su
-hija, dió por bien empleados todos sus sufrimientos y sintió noble
-orgullo al pensar en sus fuerzas.
-
---Sé fuerte en la bonanza como lo fuiste en la tormenta, hija mía. No
-tiembles... No llores. Le he salvado yo.
-
-
-VII
-
-VISITA INESPERADA
-
-No era un sueño como tantas otras veces; allí estaba Carlos, y sin
-embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso.
-
-Respirábase una atmósfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan
-brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran
-llevados al matadero los inocentes que tenían la desgracia de inspirar
-cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan
-imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y
-tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Lucía, caían a
-los golpes que el yerno del doctor Manette había conseguido eludir,
-que el corazón de su afligida esposa no conseguía verse libre del peso
-horrible que lo oprimía. Las sombras del crepúsculo vespertino de
-invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando
-por las calles las fatídicas carretas de la muerte. Con la imaginación
-las seguía Lucía, los ojos del alma buscaban a su marido entre los
-condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba
-contra él y temblaba más que nunca.
-
-Su padre, esforzándose por tranquilizarla, riéndose de sus temores
-daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza
-varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El
-sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los días
-cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos
-pasados de los que ni rastros quedaban. Había acabado felizmente la
-empresa que con ánimo varonil acometiera, había redimido su promesa,
-Carlos estaba en libertad, ¿por qué temer? Fuerzas le sobraban al
-doctor para servir de robusto sostén a todos los que sintieran decaer
-las suyas.
-
-El menaje de su casa no podía ser más modesto; no sólo porque la
-prudencia así lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo,
-sino también porque no eran ricos, pues Carlos, durante el período
-dilatado de su cautiverio, había tenido que pagar a precio exorbitante
-la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para
-sufragar los gastos de los prisioneros más pobres que él. Debido en
-parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser
-espiados dentro del mismo hogar, no tenían criados. El ciudadano y la
-ciudadana encargados del servicio de la portería prestaban a la familia
-los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigían, aparte
-de Jeremías, que les había sido cedido casi por completo por el buen
-Lorry, y estaba durante el día a su disposición y dormía en la casa por
-las noches.
-
-Había dispuesto la República Una e Indivisible de la Libertad,
-Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las
-casas y a una altura determinada, hubiese un cartelón, en el cual
-estuvieran inscriptos, con letras de tamaño también determinado, los
-nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los
-nombres inscriptos en el cartelón puesto en la puerta del domicilio
-del doctor, figuraba el de Jeremías _Lapa_, y en la ocasión a que se
-refiere esta historia, no sólo el nombre, sino también el propietario
-del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al
-pintor llamado por el doctor Manette para que añadiera al cartelón el
-nombre de Carlos Evrémonde, llamado también Darnay.
-
-La atmósfera de terror y de desconfianza en que se vivía había alterado
-profundamente hasta los hábitos más inocentes y más inofensivos de
-la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las demás, los
-artículos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas
-las tardes por cantidades pequeñas y en distintas tiendas pequeñas. Era
-la manera de no llamar la atención y de suministrar la menor ocasión
-posible a las murmuraciones y a la envidia.
-
-Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la señorita
-Pross y Jeremías _Lapa_; este último llevaba la cesta, la primera el
-dinero. Todas las tardes, cuando se encendían los faroles del alumbrado
-público, salían ambos y traían a la casa los artículos de consumo
-necesario para el día siguiente. Aunque la señorita Pross, dados los
-muchos años que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que
-debía hablar el francés con tanta corrección y soltura como el inglés,
-sabía exactamente lo mismo que Jeremías _Lapa_, quien no conocía ni
-una palabra, y es que, o carecía de talento, o no quería aplicarlo
-a tonterías (tal era el nombre que ella le daba) como aquélla. Como
-consecuencia, su sistema comercial consistía en disparar un nombre
-substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el
-nombre no cuadraba con el artículo que necesitaba, como ocurría casi
-siempre, tendía en derredor sus miradas, agarraba el artículo, y no
-lo soltaba hasta después de cerrado el trato. En cuanto al precio, se
-entendía sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el
-que fuera el número de los que aquél levantase.
-
---Señor _Lapa_--dijo la señorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la
-felicidad,--yo estoy dispuesta; ¿y usted?
-
-Jeremías contestó que estaba a las órdenes de la señorita Pross.
-
---Hoy nos hace falta de todo,--observó la señorita Pross,--y entre
-otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo
-compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando
-como condenados.
-
---No se romperán mucho los cascos para encontrar sus brindis--observó
-Jeremías.--Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico.
-
---¿Y quién es ese único?
-
---Vaya usted a saber. Como no se refieran a Noé... el que plantó la
-primera viña...
-
---¡Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quién
-brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado.
-
---¡Cuidado, amiga mía!--terció Lucía--¡Prudencia, por favor, mucha
-prudencia!
-
---¡Sí, sí, sí! seré muy prudente; pero me parece que entre nosotros
-puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que
-apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos.
-Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo
-vuelva, mi querida señorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada
-tema. ¿Puedo hacer una pregunta antes de marchar, señor doctor?
-
---Me parece que puede usted tomarse esa libertad--respondió el doctor
-con tono humorístico.
-
---Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, señor
-doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla--exclamó la Pross.
-
---Por Dios, querida; ¿otra vez?--dijo Lucía.
-
---Vaya, señorita--replicó la Pross, moviendo la cabeza con aire
-solemne;--si quiere que diga lo que siento, manifestaré que yo, como
-súbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me río de
-esos descamisados. Mi máxima es: «Maldita de Dios sea su política;
-quiera Dios frustrar sus criminales propósitos; en Dios tengo puesta
-mi confianza, y viva el Rey.»
-
-_Lapa_, en un arrebato de lealtad a su soberano, repitió el viva con
-voz estentórea.
-
---Celebro que sea usted un inglés castizo, señor _Lapa_,--dijo la
-señorita Pross con tono de aprobación,--aunque hubiese sido de desear
-que no hubiera puesto tanta energía en su grito. Pero vamos a la
-pregunta, señor doctor; ¿no ha encontrado usted aún el medio de salir
-para siempre de esta maldita ciudad?
-
---No, por ahora; salir en estas circunstancias, sería peligroso para
-Carlos.
-
---¡Qué se le va a hacer!--exclamó la señorita Pross, conteniendo un
-suspiro y mirando a Lucía.--Tendremos paciencia y esperaremos... Animo,
-y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como solía decir mi
-hermano Salomón. Vámonos ya, señor _Lapa_... No se mueva, señorita.
-
-Salieron la Pross y _Lapa_, dejando a Lucía, al marido de ésta, al
-doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de
-un momento a otro llegase el señor Lorry. Había encendido una luz la
-señorita Pross, pero la colocó en un rincón, a fin de que la familia
-disfrutara exclusivamente de la débil que irradiaba la chimenea.
-Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de
-un hada grande y poderosa que en una ocasión rompió los robustos muros
-de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos había
-prestado al hada un servicio.
-
---¿Qué es eso?--exclamó de pronto Lucía.
-
---¡Querida mía!--contestó el doctor, suspendiendo la narración de la
-historia--Tranquilízate. El desorden de tus nervios es extraordinario.
-La cosa más insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me
-tienes a mí... a tu padre, hija mía.
-
---He creído oir rumor de pasos en la escalera--balbuceó Lucía.
-
---¡Tontuela...! La escalera está tan silenciosa como una tumba.
-
-Mientras salía de sus labios la palabra última, sonó un golpe en la
-puerta.
-
---¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué será? ¡Que se esconda Carlos...!
-¡Sálvalo!
-
---¡Hija querida!--contestó el doctor levantándose y poniendo su
-mano sobre el hombro de Lucía.--Le he salvado ya. No comprendo tu
-debilidad... Voy a abrir la puerta.
-
-Tomó en su mano el candelero, cruzó las dos habitaciones intermedias
-y abrió la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos
-con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el
-recibimiento, desde donde pasaron a la habitación en que se hallaba la
-familia.
-
---¿El ciudadano Evrémonde?--preguntó el que entró primero.
-
---¿Quién le busca?--preguntó Darnay.
-
---Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrémonde; te vi ayer en la
-sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la República.
-
-Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su
-hijita, que se había abrazado a él.
-
---¿Cómo y por qué vuelvo a ser prisionero?
-
---Ven con nosotros a la Conserjería, y mañana podrás satisfacer tu
-curiosidad. Mañana debes comparecer ante el Tribunal.
-
-El doctor Manette, a quien la inesperada visita había dejado en estado
-perfectamente atónito, hasta el punto de parecer una estatua con un
-candelero en la mano, sacudió su marasmo después de escuchar las
-palabras últimas, dejó el candelero sobre la repisa de la chimenea,
-encaróse con el que llevaba la voz cantante, y, asiéndole por la
-pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:
-
---Has dicho que le conoces; ¿me conoces también a mí?
-
---Sí; te conozco, ciudadano doctor.
-
---Todos te conocemos, ciudadano doctor--añadieron los tres restantes.
-
-Paseó el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y
-después de una pausa, repuso, bajando la voz:
-
---¿Quieres contestarme a mí la pregunta que él te ha hecho? ¿Por qué se
-le prende de nuevo?
-
---Ciudadano doctor,--contestó con repugnancia manifiesta el que habló
-primero,--ha sido denunciado por la Sección de San Antonio... a la que
-pertenece este ciudadano--añadió, señalando con la mano al individuo
-que estaba a su lado.
-
-El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:
-
---Ha sido acusado por San Antonio.
-
---¿De qué?
-
---Ciudadano doctor--replicó el primero,--no preguntes más. Si la
-República te exige sacrificios, tú, como buen patriota que eres, te
-tendrás por feliz haciéndolos. Ante todo y sobre todo la República. El
-Pueblo es soberano. Evrémonde, tenemos prisa.
-
---Una palabra más--objetó el doctor.--¿Quieres decirme quién le ha
-denunciado?
-
---Faltaría a mi deber... Mañana podrás preguntarlo a San Antonio.
-
-Dirigió entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se
-movió con cierta expresión de malestar, se frotó la barba, y dijo:
-
---¡Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber;
-pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por
-cierto de grandes crímenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y
-además, otra persona.
-
---¿Quién es esta otra persona?
-
---¿Lo preguntas _tú_, ciudadano doctor?
-
---Sí.
-
---Lo sabrás mañana--contestó el de San Antonio con entonación
-extraña.--¡Ahora, soy mudo!
-
-
-VIII
-
-UNA PARTIDA ORIGINAL
-
-Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la
-familia, la señorita Pross dejaba a sus espaldas una porción de
-callejuelas estrechas y atravesaba el río por el Puente-Nuevo,
-repasando en su imaginación el número de compras que tenía que hacer.
-A su lado caminaba _Lapa_, portador de la cesta. Uno y otro, aunque
-al parecer no tenían ojos más que para examinar las tiendas abiertas
-a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las
-manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban
-con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los
-que hablaban con animación excesiva. Era una tarde fría y húmeda.
-Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubría el río
-indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas
-en talleres por los que fabricaban armas para el ejército de la
-República. ¡Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejército!
-¡Desgraciado del que ocupase en aquel ejército un grado que no
-mereciera! Valiérale más que nunca le hubiese crecido la barba, pues la
-Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendición.
-
-Luego que compró una porción de artículos de comer, y una cantidad de
-aceite para la lámpara, la señorita Pross pensó en adquirir el vino
-que le hacía falta. Desdeñó una porción de tabernas y al fin mereció
-su preferencia una, puesta bajo la advocación del Buen Republicano
-Bruto de la Antigüedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional,
-antes de las Tullerías, establecimiento más tranquilo que ninguno de
-sus similares encontrados hasta allí, en el cual es cierto que se veían
-bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros.
-Consultado _Lapa_, y visto que era de su misma opinión, la señorita
-Pross penetró en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigüedad,
-acompañada por su caballero.
-
-Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa
-en boca jugaban con barajas mugrientas o con dominós amarillentos,
-en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la
-camisa y con el pecho desnudo leía a gritos un periódico a un grupo de
-tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban
-las mesas o pendían de las cinturas de los bebedores, ni en los tres
-o cuatro parroquianos que dormían sus _monas_, tendidos de bruces en
-el suelo, y que, más que hombres, tenían aspecto de osos o de mastines
-yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo
-que necesitaban.
-
-Mientras el tabernero medía el vino, un sujeto, que con otro hablaba en
-un rincón del establecimiento, se levantó y echó a andar. Para salir a
-la calle tenía que pasar forzosamente junto a la señorita Pross, lo que
-nada tiene de particular, pero sí lo tuvo el que, no bien tropezó con
-ella, rasgó los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo
-de la señorita.
-
-Cuantas personas había en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente
-era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan
-justificado como defender una opinión cualquiera, que todos miraron
-para ver quién era el mortal que caía sin vida en tierra, pero con
-asombro general, lo único que vieron fué a una pareja, hombre y mujer,
-que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre
-parecía francés, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa.
-
-Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos
-discípulos del Buen Bruto Republicano de la Antigüedad, sonaron en
-los oídos de la señorita Pross y de su acompañante como si en hebreo
-o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron
-pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consintió su sorpresa.
-Hablamos en plural porque, si la señorita Pross quedó sorprendida,
-Jeremías _Lapa_ estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe
-violento de su estupefacción.
-
---¿Qué hay?--preguntó el hombre que fué causa del chillido de la
-señorita Pross.
-
-Las dos palabras habían sido pronunciadas en inglés, con acento brusco
-y amenazador y tono de voz muy bajo.
-
---¡Oh Salomón... Salomón querido!--exclamó la señorita Pross, juntando
-las manos.--¡Al fin te encuentro, después de tantos años de ausencia,
-después de tantos años pasados sin noticias tuyas!
-
---No me llames Salomón. ¿Buscas mi muerte, desgraciada?--preguntó aquel
-hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto.
-
---¡Hermano... hermano mío!--exclamó la señorita Pross, hecha un mar de
-lágrimas--¿Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta
-tan cruel?
-
---¡Pues métete en el bolsillo esa lengua endiablada!--gruñó
-Salomón.--Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y
-vámonos... ¿Quién es ese hombre?
-
---Es el _señor Lapa_--contestó con desaliento la señorita Pross.
-
---Pues que salga también... ¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese individuo
-por un aparecido?
-
-La pregunta estaba muy en su lugar, pues _Lapa_ le miraba en realidad
-como se mira a un espectro. No despegó, sin embargo, los labios, y
-la señorita Pross, derramando lágrimas, pagó el vino. Mientras tanto,
-Salomón se dirigió a los discípulos del Buen Bruto Republicano de la
-Antigüedad y les dió, en lengua francesa, algunas explicaciones que
-bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos.
-
---Veamos--dijo Salomón, una vez llegó a un rincón obscuro de la
-calle--¿Qué es lo qué quieres de mí?
-
---¡Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor
-muestra de afecto a la hermana que siempre fué con él tierna y cariñosa!
-
---¡Bah! ¡Tonterías!--exclamó Salomón, rozando con sus labios la frente
-de la señorita Pross--¿Estás contenta ahora?
-
-La señorita Pross movió la cabeza y rompió a llorar de nuevo.
-
---Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engañas de medio a
-medio; no me ha sorprendido encontrarte. Sabía que estabas en París,
-pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en París viven sin
-que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia...
-tentado estoy de creer que esa es tu intención... sigue tu camino
-lo más pronto posible, y deja que yo siga el mío. Tengo muchas
-ocupaciones... Soy funcionario público.
-
---¡Mi hermano Salomón, inglés de nacimiento y de alma, mi hermano
-Salomón, que en su patria hubiera podido ser uno de los más grandes
-hombres, funcionario público en país que no es el suyo, dependiendo de
-hombres que no son ingleses... y qué hombres, Cielo santo! ¡Hubiese
-preferido encontrarte muerto en su...!
-
---¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo sabía de cierto!--exclamó su hermano
-interrumpiéndola.--Lo que tú quieres es mi muerte. Mi tierna, mi
-cariñosa hermana hará que me hagan figurar entre los sospechosos... Es
-decir; lo está haciendo ya.
-
---¡No lo permita Dios!--gritó la señorita Pross.--Mucho te he querido,
-Salomón, mucho te quiero; pero hubiese preferido no volver a verte más,
-a encontrarte como te encuentro. Dime una palabra de cariño, dime que
-no me aborreces, que no nos separa el odio, y me voy sin detenerte un
-segundo más.
-
-Salomón estaba pronunciando la palabra de cariño solicitada, dando
-pruebas de una condescendencia que seguramente no habría tenido
-de haber estado invertidas las posiciones respectivas, cuando
-inopinadamente terció Jeremías _Lapa_ en la conversación, poniendo una
-zarpa sobre el hombro del cariñoso hermano y diciendo con voz ronca:
-
---Me parece que también a mí se me permitirá colocar una pregunta.
-¿Quiere usted decirme si su nombre es Juan Salomón o Salomón Juan?
-
-El funcionario público, por toda contestación, se volvió hacia quien
-rompía su mutismo para dirigirle una pregunta que le intranquilizó, y
-quedó mirándole de hito en hito con visible recelo.
-
---Estoy esperando--repuso _Lapa_.--¿Ha quedado usted mudo de repente?
-¿Juan Salomón o Salomón Juan? ¿En qué quedamos? La señorita le llama
-Salomón, y es de suponer que conozca bien su nombre, toda vez que es
-su hermana, según veo. Pero es el caso que yo le conozco como Juan.
-¿Cuál de los dos nombres es el verdadero? Otro tanto digo acerca del
-apellido. En Inglaterra no se llamaba usted Pross.
-
---¿Pero qué está usted diciendo?
-
---Ni yo mismo lo sé muy bien, pues confieso que no recuerdo el apellido
-que usted llevaba en la orilla opuesta del Canal.
-
---¿Lo ha olvidado?
-
---Sí; pero juraría que era un apellido de dos sílabas.
-
---¡De veras!
-
---De veras. Pross no tiene más que una sílaba; el otro tenía dos...
-En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre
-de usted, ¿quiere decirme cómo se llamaba cuando ejercía el honroso
-ejercicio de soplón del Old Bailey?
-
---¡Barsad!--contestó otra voz, terciando en la conversación.
-
-El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton.
-Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita,
-habíase puesto junto a _Lapa_, afectando la misma negligencia con que
-solía asistir a las vistas del Old Bailey.
-
---No se alarme usted, señorita Pross--repuso.--Ayer tarde me presenté
-en el domicilio del señor Lorry, con no poca sorpresa de este señor,
-que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no
-me dejaría ver en parte alguna hasta después que el asunto estuviera
-resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera
-necesaria mi presencia. Ateniéndome a lo pactado, me he personado aquí,
-porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano.
-Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco
-recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del
-verdugo.
-
-Era éste el nombre con que solían designarse los espías.
-
---¿Cómo se atreve usted--preguntó el espía, pálido como un difunto--a
-decirme...?
-
---Me explicaré, para que vea usted que no hablo a tontas y a
-locas--contestó Carton.--Me hallaba yo hace media hora contemplando
-los muros de la Conserjería, cuando vi salir a usted por sus puertas.
-Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar
-bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se
-despintan. Me sorprendió ver a usted en aquel lugar, y como por otra
-parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las
-desgracias de un amigo, en este instante más desgraciado que nunca, se
-me ocurrió la idea de seguirle. Pisándole los talones entré tras de
-usted en la taberna y me senté a su lado. De la conversación de usted,
-y de los rumores de admiración que arrancó a sus oyentes, no me fué
-difícil inferir cuál es el oficio de usted. Lo que en un principio
-había yo hecho al azar, fué convirtiéndose gradualmente en objetivo
-determinado, señor Barsad.
-
---¿Y ese objetivo?...--preguntó el espía.
-
---Sería molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. ¿Tiene
-usted la bondad de favorecerme con su compañía durante algunos
-minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo?
-
---¿Bajo amenaza?
-
---¡Bah! ¿He hablado de amenazas?
-
---Entonces, ¿a santo de qué voy a ir allí?
-
---Con franqueza, señor Barsad; no puedo decirlo.
-
---¿No puede, o no quiere, señor?--preguntó con cierta indecisión el
-espía.
-
---Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero.
-
-Fué auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono
-de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirtió
-desde el primer momento, y dicho está que sacó de ello todo el partido
-posible.
-
---¡Acuérdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!--exclamó Barsad,
-dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvención.--Obra tuya
-será, si me ocurre una desgracia.
-
---¡Vamos, vamos, señor Barsad!--dijo Carton--No sea usted ingrato.
-Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me
-conduzco haciéndole una proposición que ha de dejarnos satisfechos a
-todos. ¿Me acompaña al Banco?
-
---Sí; le acompaño. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme.
-
---Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la
-casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, señorita Pross.
-Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir
-sola y sin protección, y como quiera que el hombre que la acompaña a
-usted conoce al señor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir
-con nosotros al domicilio del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos? ¿Sí?
-Pues en marcha.
-
-Más tarde recordó la señorita Pross, y no lo olvidó en su vida, que al
-aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una
-súplica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observó en la
-fortaleza del brazo y en la expresión de los ojos de aquel algo que no
-sólo estaba reñido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino
-también transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llamó
-la atención, fué porque la preocupaban demasiado los temores que la
-inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para
-hacer observaciones.
-
-Después de despedirse de la señorita Pross en las inmediaciones de la
-casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremías _Lapa_,
-dirigióse hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante.
-
-Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre,
-volvió la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo
-evitar un gesto de extrañeza al ver una cara desconocida.
-
---Le presento al hermano de la señorita Pross--dijo Carton,--el señor
-Barsad.
-
---¿Barsad?--repitió Lorry.--¿Barsad? Me parece recordar ese apellido...
-y el rostro de quien lo lleva.
-
---¿No dije antes a usted que tiene una cara de las que difícilmente
-se despintan, señor Barsad?--preguntó con frialdad Carton.--Hágame el
-favor de sentarse.
-
-Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministró a Lorry
-el eslabón que éste andaba buscando para enlazar la cadena de sus
-recuerdos.
-
---Testigo de aquella causa--dijo sencillamente Carton.
-
-Fué lo bastante para que Lorry recordara, y también para que mirase a
-Barsad con repugnancia visible.
-
---La señorita Pross ha reconocido en el señor Barsad al hermano
-cariñoso de quien tantas veces la ha oído usted hablar--observó
-Carton.--No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras
-noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo.
-
---¡Qué me dice usted!--exclamó Lorry, profundamente consternado.--No
-hace dos horas que le dejé en su casa libre y contento, y ahora mismo
-me disponía a ir a verle.
-
---Pues está preso. ¿Cuándo le prendieron, Barsad?
-
---En todo caso, habrá sido hace un momento.
-
---Barsad es en este asunto fuente de información segura--observó
-Carton.--De sus labios escuché la noticia cuando se la contaba, entre
-copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, soplón como él. Parece que
-acompañó a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del
-doctor, alejándose al ver que el portero les franqueaba el paso. La
-duda, pues, es imposible.
-
-Lorry comprendió que la desgracia era cierta. En su cerebro sintió
-el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se
-dió cuenta de lo muchísimo que le convenía no perder la presencia de
-espíritu y, a costa de esfuerzos titánicos, se dominó, recobró la
-serenidad, y permaneció callado y atento.
-
---Es de esperar... esa confianza abrigo--repuso Carton--que el nombre
-del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces mañana... ¿No
-dijo usted, Barsad, que ha de comparecer mañana ante el Tribunal?
-
---Sí; creo que la comparecencia será mañana.
-
---... Tan eficaces mañana, y tan decisivas, como hoy; pero no es
-imposible que ocurra lo contrario. Confesaré, señor Lorry, que me
-inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir
-la prisión.
-
---Quizá no sospechase siquiera la posibilidad del peligro--contestó
-Lorry.
-
---Lo que, a juicio mío, sería circunstancia altamente alarmante, visto
-lo identificado que está con su yerno.
-
---Es verdad--contestó Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la
-mano y mirando a Carton con expresión de abatimiento.
-
---En suma--continuó Carton:--cuando se entabla una partida desesperada
-y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir también a medidas
-desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar,
-que yo manejaré, mientras, las de perder. Empeñe el doctor la partida
-encaminada a sacar a su yerno de la Conserjería; que yo, mientras
-tanto, jugaré otra independiente y con vistas a encerrar a un _amigo_
-en la Conserjería. El amigo que me propongo encerrar, señor Barsad, es
-usted.
-
---Muy buenas cartas tendrá usted que reunir para ganar ese juego,
-replicó el espía.
-
---Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe
-usted, señor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el
-acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo
-agradecería.
-
-Fuéle servido el licor, del que tomó dos copas consecutivas.
-
---El señor Barsad--dijo, separando la botella y hablando como si en
-la mano tuviera una colección de cartas,--mirlo del verdugo, emisario
-de los comités republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre
-espía y soplón secreto, cuya valía aquí aumenta considerablemente
-por la circunstancia de ser inglés, y por tanto, menos expuesto a
-sospechas que ningún francés, se presenta a los mismos a quienes
-sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El señor
-Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francés, sirvió, no
-ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrático inglés, enemigo jurado de
-Francia y de sus libertades; me parece que acabo de enseñar otra carta
-que difícilmente se _falla_. Si ahora entramos en el terreno de las
-sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol,
-sospecha que expresaré con las palabras siguientes: el señor Barsad,
-soplón asalariado del Gobierno aristocrático inglés, lo es al mismo
-tiempo de Pitt, enemigo artero que herirá a la República en medio del
-corazón, inglés traidor, agente, instrumento, autor de todas esas
-indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar.
-Este es un triunfo que casi asegura la partida. ¿Va usted siguiendo mi
-juego, señor Barsad?
-
---Voy haciéndome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro
-cómo piensa usted jugarlas--contestó el espía visiblemente intranquilo.
-
---Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado
-Barsad ante el Comité del distrito más próximo. Vea usted sus cartas,
-Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre.
-
-Tomó de nuevo la botella, se sirvió otra copa, la bebió con calma
-imperturbable y esperó. Vió que el espía temía que de las libaciones
-resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor,
-se sirvió y apuró la cuarta copa.
-
---Tómese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la
-partida a la primera jugada.
-
-Era Barsad adversario más débil de lo que Carton había supuesto. A
-decir verdad, en su juego tenía cartas muy malas, y él lo sabía,
-aunque no lo supiese Carton. Sabía, por ejemplo, que, destituído de su
-honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas
-cometidas en el ejercicio de aquél, atravesó el Canal y ofreció sus
-servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para
-tentar y sonsacar a sus compatriotas, y más tarde, para tentar y
-sonsacar a los franceses. Sabía que, durante el gobierno derribado,
-estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de
-Defarge; que recibió de la policía los datos necesarios acerca del
-cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales
-creyó que conseguiría hacerse amigo confidencial de los Defarges,
-aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones,
-el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre recordó con terror que
-aquella tabernera terrible había hecho calceta mientras él intentaba
-sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le
-miraba con expresión sombría mientras sus dedos se movían vertiginosos.
-Habíala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San
-Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando
-personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Sabía,
-como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su
-cabeza rugía a todas horas la tormenta; que su cabeza corría peligro,
-que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la
-cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror
-imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patíbulo. No bien
-le denunciasen, fulminando contra él todos o parte de los gravísimos
-cargos que acababan de insinuarle, comprendió que aquella formidable
-mujer, de cuyo carácter implacable había visto pruebas sobradas,
-exhibiría el registro fatal que disiparía la última posibilidad de
-salvación. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los
-soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento,
-hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprenderá la la
-disposición de ánimo en que quedó Barsad.
-
---Parece que no son muy de su gusto sus cartas--dijo Carton con la
-calma de siempre.--¿No juega usted?
-
---Creo, señor--respondió Barsad, volviéndose hacia Lorry y hablando con
-humildad rastrera,--que me veo en el caso de solicitar de un caballero
-de sus años y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro
-caballero, mucho más joven que usted, que desista de jugar la carta
-de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espía, y reconozco que
-el oficio a nadie honra, aunque me admitirán ustedes que alguno ha de
-desempeñarlo; pero este caballero no es espía, este caballero no es
-delator; y puesto que ahora no lo es, ¿que necesidad tiene de serlo en
-lo sucesivo?
-
---Jugaré mi carta, señor Barsad--dijo Carton, sin esperar a que
-contestase Lorry,--sin el menor escrúpulo y dentro de cinco minutos.
-
---Yo había dado cabida a la esperanza, señores, de que, por
-consideración a mi hermana...
-
---El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para
-siempre de un hermano como usted--replicó Carton.
-
---¿Lo cree usted así, señor?
-
---Estoy convencidísimo de ello.
-
-El espía, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su
-indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria
-de ser, recibió golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que
-siempre fué un misterio para hombres más honrados y más listos que
-él, que vaciló, tembló, y se dió por perdido. Mientras desconcertado,
-estupefacto, callaba sin saber cómo salir del atolladero, repuso Carton:
-
---Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena
-como las enumeradas, de la que no había hecho mención. ¿Quién es aquel
-colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado
-paciendo en las cárceles?
-
---Es un francés; no le conoce usted--respondió vivamente el espía.
-
---¿Francés, eh?--exclamó Carton, como si no pensase en lo que estaba
-diciendo--puede ser.
-
---Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos--dijo el espía.
-
---Aunque eso es lo de menos...--repitió Carton como
-maquinalmente--aunque eso es lo de menos... Sí... es lo de menos...
-Pero es el caso que yo conozco esa cara.
-
---Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible...
-
---No es posible...--murmuró Carton, llenando por quinta vez su copa,
-que por fortuna era pequeña.--No es posible... Habla francés con
-corrección... pero con acento ligeramente extranjero...
-
---Acento provinciano--explicó el espía.
-
---¡No! ¡Acento extranjero!--replicó Carton, descargando un puñetazo
-sobre la mesa.--¡Es Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero el mismísimo
-Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey.
-
---Se arrebata usted con facilidad, señor--dijo Barsad con sonrisa que
-acentuó la inclinación hacia un lado de su nariz aguileña,--lo que pone
-en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no
-tengo inconveniente en confesarlo, murió hace una porción de años. Le
-cuidé yo mismo durante su última enfermedad. Fué enterrado en Londres,
-en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompañé hasta
-el cementerio, porque temí a las muchedumbres, pues mi amigo y colega
-tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayudé
-a los que le encerraron en el ataúd.
-
-De pronto Lorry vió proyectada en la pared la sombra de un trasgo o
-cosa análoga. Volvió la cabeza buscando el origen de la proyección, y
-con sorpresa que no es para ser descrita, advirtió que estaba en la
-cabeza de Jeremías _Lapa_, cuyos cabellos, semejantes a aceradas púas,
-se habían puesto de punta.
-
---Póngase usted en razón, señor, y no se deje engañar por suspicacias
-que no tienen base racional--repuso el espía.--Para demostrar a
-usted cuán engañado está, y la ninguna base de su suposición, voy a
-presentarle un certificado en regla de la defunción de Cly, certificado
-que siempre llevo en el bolsillo. Tómelo usted--añadió, ofreciendo a su
-interlocutor un papel doblado.--¡Léalo, léalo... tómelo en sus manos,
-examínelo con detenimiento... no es falso, no, sino auténtico y muy
-auténtico!
-
-Lorry observó que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era
-que _Lapa_ se había levantado del asiento y se aproximaba al espía, a
-cuyo lado se colocó sin ser visto ni oído por él. Poniendo su diestra
-sobre el hombro de Barsad, preguntó:
-
---¿Conque fué usted el que puso a Rogerio Cly dentro del ataúd?
-
---Yo fuí; sí.
-
---¿Y quién le sacó de él?
-
-Barsad, echándose sobre el respaldo de su silla, balbuceó:
-
---¿Qué significan sus palabras?
-
---Significan--contestó _Lapa_--que el cadáver de Cly nunca estuvo
-dentro del ataúd. ¡No... y no! ¡Que me corten la cabeza si estuvo!
-
-El espía miró alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez,
-contemplaban con estupefacción infinita a _Lapa_.
-
---Y añado--repuso Jeremías _Lapa_--que enterrasteis adoquines de calle
-y tierra dentro de aquel féretro. No me venga aquí con monsergas ni
-con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos
-hombres más, sabemos muy bien lo que había dentro del ataúd.
-
---¿Pero cómo lo sabe usted?
-
---¿Y a usted qué le importa?--gruñó _Lapa_.--Hace mucho tiempo que
-aborrezco a usted, sí, señor, porque hasta en asuntos tan graves
-como la muerte se atreve a engañar a menestrales honrados que sólo
-ambicionan trabajar. ¡Sepa usted, señor mío, que por menos de media
-guinea lo agarraría por el pescuezo y lo estrangularía!
-
-Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro había llegado al colmo, rogaron a
-Jeremías _Lapa_ que se moderase y que les explicase lo que para ellos
-era enigma de imposible solución.
-
---Otro día lo haré, señor--replicó _Lapa_, poco propicio a dar las
-explicaciones que se le pedían,--que no es esta ocasión conveniente
-para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que
-ese individuo sabe muy bien que Cly no pensó nunca en ser encerrado en
-aquel ataúd. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre
-mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo.
-
---¡Hum!--gruñó Carton.--Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aquí
-en París, donde se respira la atmósfera de las sospechas, bien seguro
-es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene
-relaciones estrechas con otro espía aristócrata de su misma calaña,
-sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado
-para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones
-contra la República fraguadas por extranjeros que la República tiene
-a sueldo... ¡Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la
-Guillotina, Barsad. ¿No juega usted?
-
---¡No! ¡No juego!--contestó el espía.--¡Me rindo! Confieso que nos
-habíamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logré escapar
-de Inglaterra donde corría riesgo de ser ahorcado, y Cly se vió tan
-comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires
-habría podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me
-vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. ¿Cómo
-lo averiguó?
-
---No se caliente usted los cascos, señor mío--contestó _Lapa_--Harto
-hará con prestar atención a lo que éstos caballeros le dicen. Pero
-no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias
-manos.
-
-El mirlo del verdugo se volvió hacia Carton, y dijo con decisión que
-hasta aquel instante no había tenido:
-
---Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme
-más. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposición; ¿tiene la
-bondad de formularla? Principiaré por decirle que no me pida grandes
-cosas, que no pretenda exigirme nada que esté reñido con mi cargo, nada
-que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero
-abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de
-un consentimiento. Antes habló usted de una partida desesperada; ya
-estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como
-el que más. Otra cosa; sin el menor escrúpulo delataré a usted si veo
-que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre
-los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no
-pierda usted de vista, dígame qué desea de mí.
-
---Muy poca cosa. ¿No es usted calabocero de la Conserjería?
-
---En vez de contestar su pregunta, le diré que no hay escape
-posible--replicó con entereza el espía.
-
---Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar.
-
---Lo soy algunas veces.
-
---¿Puede serlo cuando quiere?
-
---Puedo entrar y salir de la Conserjería cuando quiero.
-
-Carton llenó otra copita de licor, la vertió gota a gota en el suelo, y
-al cabo de algunos instantes de reflexión dijo:
-
---Hasta aquí, hemos hablado en presencia de estos dos señores, porque
-me convenía que alguien, además de nosotros dos, tuviera noticia del
-valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe
-quedar entre usted y yo. Acompáñeme a esa habitación, donde cambiaremos
-las pocas palabras que faltan.
-
-
-IX
-
-HECHO EL JUEGO
-
-Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la
-habitación contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor
-más insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry
-contemplaba a Jeremías _Lapa_ con recelo manifiesto y profunda
-desconfianza. Bueno será advertir que el efecto producido por la
-insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era
-el más indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre
-la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como
-si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la
-robustez de todas; examinaba sus uñas con atención tan escrupulosa,
-que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban
-con los escrutadores de Lorry, acometíale un acceso de tos que le
-obligaba a llevar la mano a la boca, síntoma que rara vez, acaso nunca,
-acompaña a la franqueza perfecta de carácter.
-
---¡Jeremías!--exclamó de pronto Lorry.--¡Venga usted acá!
-
-Aproximóse _Lapa_ caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.
-
---¿Qué oficios ha tenido usted además de ordenanza del Banco?
-
-A vuelta de una meditación bastante detenida, y después de buscar una
-idea luminosa en la mirada fija de su superior, contestó _Lapa_:
-
---He sido agricultor.
-
---Abrigo fundados temores--replicó Lorry, moviendo con fiero ademán la
-mano--de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para
-despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones
-contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si así es,
-no espere de mí consideración alguna tan pronto como lleguemos a
-Inglaterra; si así es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe
-conocerlo Tellson, y lo conocerá.
-
---No puedo creer, señor,--contestó con humildad _Lapa_--que un
-caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido,
-se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideración sin antes
-pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no
-digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiaría que usted no me
-había de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun
-entonces habría que estudiar el asunto desde dos puntos de vista,
-puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no
-pocos, que encuentran guineas de oro allí donde un menestral honrado
-no halla más que míseros peniques... ¡Ni peniques siquiera! Medios
-peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. ¿Y
-qué me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando
-delante del honrado menestral que está junto a la puerta, sentado en un
-banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes?
-¿No es un espectáculo para despertar el apetito más dormido? Añada
-usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una señora _Lapa_ que se
-pasa el día y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los
-negocios al marido, mientras las mujeres de los médicos y las de los
-que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos
-de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese
-cierto, que yo no digo que lo sea, ¿cree usted que me haría muy rico
-tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fúnebres, lo que
-no quisieran los sacristanes, lo que desdeñasen los vigilantes de los
-cementerios? ¡No, señor Lorry, no! es un oficio perdido; créame usted.
-
---¡Uf!--exclamó Lorry--¡Me horroriza verle a usted!
-
---El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted,
-aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo
-sea, es...
-
---¡No venga usted con embustes!
-
---No, señor; hablaré con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo
-hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del
-Tribunal, se sienta un hijo mío, que ya casi es un hombre, que hará
-recados, vigilará y se desvivirá por desempeñar las funciones que hasta
-aquí he desempañado yo, si así lo quiere usted. Si lo que usted teme
-fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea,
-porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre
-y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al
-padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, señor
-Lorry--añadió _Lapa_, secándose el sudor de la frente con el dorso de
-la mano,--lo que yo deseo ofrecer a usted.
-
---¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no diga ni una palabra más! Quién sabe si
-me decidiré a tratarle como hasta aquí, si con obras, no con palabras,
-me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me
-convencen.
-
-Salieron en aquel instante Carton y Barsad.
-
---Adiós, Barsad--dijo el primero;--quedamos entendidos. Nada tema de mí.
-
-Tomó asiento junto a Lorry, quien le preguntó.
-
---¿Qué han hecho?
-
---Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirán
-hacerle una visita; nada más.
-
-El desaliento de Lorry se acentuó.
-
---No puedo hacer más--repuso Carton.--Pedir demasiado, equivalía llevar
-a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien él, mayor desgracia
-no podría sobrevenirle aun cuando le delatásemos. Demos gracias a
-lo comprometido de su posición, pues de otra suerte, nada habríamos
-conseguido.
-
---Pero llegar hasta él, en el caso de que le condenen, no es
-salvarle--objetó Lorry.
-
---Nunca dije que le salvaría--replicó Carton.
-
-Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que ardía en la
-chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisión del marido de la
-niña que tanto amaba abatió todas sus energías. Ya no era un hombre
-joven, a pesar de sus muchos años; era un viejo aniquilado por la
-ansiedad. Las lágrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos
-y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.
-
---Tiene usted un gran corazón y es amigo leal de sus amigos--dijo
-Carton con voz alterada.--Perdóneme si he sido portador de una noticia
-que tan dolorosamente le ha afectado. Me sería imposible ver llorar a
-mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos
-su dolor que respetaría el de mi padre.
-
-Tanto respeto, tanto interés, tanto sentimiento había en el tono y en
-la expresión de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no
-había tenido ocasión de apreciar el lado bueno de Carton, experimentó
-una de las sorpresas más grandes de su vida. Tendió silencioso una mano
-a su interlocutor, quien la estrechó con efusión.
-
---Volviendo al pobre Darnay--repuso Carton,--diré que no es conveniente
-que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener,
-ni de lo que he conseguido del espía. Ella no podría llegar hasta el
-calabozo, y si sabía que iba yo, acaso pensase que mi intención era
-proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecución de la
-sentencia.
-
-No había pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores,
-volvió con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo
-que no quería que pensase Lucía era precisamente lo que él tenía en su
-pensamiento.
-
---Pensaría tal vez eso--añadió Carton,--y podría sospechar mil otras
-cosas, cada una de las cuales sería una tortura añadida a las que ya la
-atosigan. No le hable siquiera de mí. Conforme dije a usted al llegar
-a París, no la veré; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por
-ella, lo haré mejor no viéndola. ¿Va usted ahora a visitarla? Vaya
-cuanto antes, sí, pues esta noche debe de estar desesperada.
-
---Voy ahora mismo.
-
---De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en
-usted confianza sin límites. ¿Cómo está ahora?
-
---Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.
-
---¡Ah!
-
-Fué una exclamación profunda, larga, semejante a un gemido, a un
-sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton
-con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este último se
-clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como
-una exhalación, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se
-hubiese atrevido a precisar si fué lo uno o lo otro.
-
---¿Ha terminado usted ya la comisión que aquí le trajo?--preguntó
-Carton al cabo de breves segundos.
-
---Sí. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan
-inopinadamente llegó Lucía, he hecho cuanto podía hacerse. No esperaba
-más que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a
-París. Pensaba marchar muy pronto; pero...
-
-Ambos quedaron silenciosos.
-
---Largo es el libro de su vida, señor Lorry, ¿verdad?--preguntó Carton,
-sin duda por decir algo.
-
---He cumplido los setenta y ocho años.
-
---Setenta y ocho años bien empleados; setenta y ocho años durante los
-cuales ha sido útil a sus semejantes y respetado por éstos; ¿eh?
-
---Casi desde que tengo uso de razón me he dedicado a los negocios; sin
-exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.
-
---Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. ¡Cuántos le
-echarán de menos cuando deje vacante ese puesto!
-
---No lo crea usted--replicó Lorry moviendo la cabeza--¿Quién ha de
-verter una lágrima a la memoria de un solterón viejo y solitario como
-yo?
-
---¡No diga usted eso! ¿No llorará por usted ella? ¿No llorará su hija?
-
---Sí... sí... Llorarán... ¡gracias a Dios! Perdone usted; no sabía lo
-que decía.
-
---Es un consuelo que bien merece que por él se den a Dios las gracias;
-¿no es cierto?
-
---Mucho, sí... de acuerdo.
-
---Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras
-siguientes: «No he sabido granjearme el cariño, la estimación, la
-gratitud ni el respeto de nadie; en ningún corazón humano he conseguido
-despertar ecos de simpatía, nada he hecho bueno, nada que sea útil a
-mis semejantes, nada digno de ser recordado», sus setenta y ocho años
-de edad serían setenta y ocho mil años de remordimientos; ¿no es verdad?
-
---Tiene usted razón, Carton; creo que no me cansaría de maldecirlos.
-
-Clavó nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneció largo rato
-pensativo, y al fin, dijo:
-
---Otra pregunta desearía hacerle; cuando se acuerda usted de su niñez,
-¿la encuentra demasiado distante? ¿Le parece que ha transcurrido mucho
-tiempo desde los días felices en que se sentaba sobre las rodillas de
-su dulce madre?
-
-Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emoción que le
-embargaba, contestó:
-
---Hace veinte años, sí; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja
-siguiendo un círculo; comienza alejándose del punto de partida; pero
-a medida que llega al final, se acerca más y más al principio. Con
-frecuencia despiertan hoy en mi corazón recuerdos tiernos largos
-años dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan
-hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me
-acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para
-mí tan real como es hoy, ni en mí habían echado raíces las faltas.
-
---Lo comprendo--exclamó Carton enrojeciendo vivamente.
-
---Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le serán gratos,
-¿verdad?
-
---En efecto; me producen una sensación de pesar dulce.
-
-Carton ayudó a poner el sobretodo a su interlocutor.
-
---Usted, en cambio, es muy joven--repuso Lorry, volviendo al mismo tema.
-
---Sí... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que
-llevan a la vejez.
-
---¿Va usted a salir?--preguntó Lorry.
-
---Acompañaré a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi
-manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, así que, si me
-paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa,
-esté usted tranquilo, que yo reapareceré si no hoy, mañana. ¿Piensa
-asistir mañana a la vista de la causa?
-
---Con harto dolor de mi alma tendré que asistir.
-
---Allí estaré yo, pero entre el público. Mi espía me encontrará
-sitio... ¿Quiere usted aceptar mi brazo?
-
-Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos
-después llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se
-separaron. Lorry entró en la casa y Carton se alejó de ella pero por
-muy poco tiempo, pues breves instantes después, volvía a estacionarse
-junto a la puerta cerrada.
-
---_Ella_ sale todos los días por aquí--se dijo Carton;--toma aquella
-dirección... ¡Cuántas veces habrá pisado esas piedras!... ¡Seguiré sus
-pasos!
-
-Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton
-ponía fin a su paseo frente a los sombríos muros de la cárcel de La
-Force. Un aserrador de madera, después de cerrar su taller, fumaba
-tranquilo su pipa frente a su establecimiento.
-
---Buenas noches, ciudadano--dijo Carton, observando que el aserrador le
-dirigía miradas inquisitivas.
-
---Buenas noches, ciudadano.
-
---¿Qué tal anda la República?
-
---Supongo que te referirás a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta
-y tres; no tardaremos en llegar a cien por día. Sansón y sus ayudantes
-se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las
-fuerzas... ¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso es el buen Sansón! ¿Has visto en
-tu vida barbero más atareado?
-
---¿Le ves con frecuencia...?
-
---¿Afeitar? Todos los días... ¡Vaya un barbero! ¿Le has visto alguna
-vez en funciones?
-
---Nunca.
-
---Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una
-delicia verle trabajar... Figúrate tú, ciudadano; hoy, sesenta y tres
-en menos de dos horas... ¡En menos de dos horas, palabra de honor!
-
-En tal extremo repugnó a Carton la fruición con que el aserrador
-explicaba las _faenas_ del verdugo, que le volvió la espalda para no
-estrangularle, como era su deseo más ferviente.
-
---Pero tú no eres inglés, aunque como inglés vistes, ¿verdad?--preguntó
-el aserrador.
-
---Inglés soy--contestó Carton, volviendo la cabeza.
-
---Pues hablas como un francés auténtico.
-
---Fuí estudiante aquí.
-
---¡Ah...! Casi francés, entonces. Buenas noches, inglés.
-
---Buenas noches, ciudadano.
-
---No dejes de ir a ver al amigo Sansón.
-
-Alejóse Carton, pero no se había separado gran cosa del taller del
-aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribió algunas palabras
-con lápiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuación una porción
-de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe
-perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguería, cuya puerta
-estaba cerrando en aquel momento el droguero.
-
-Luego que dió las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto
-nada tenía que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso
-sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con
-lápiz.
-
---¡Demonio!--exclamó el droguero.--¡Ji, ji, ji! ¿Es para ti, ciudadano?
-
---Para mí.
-
---¿Tendrás cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? ¿Sabes las
-consecuencias de la mezcla?
-
---Perfectamente.
-
-El droguero preparó unos papeles, que Carton guardó en el bolsillo
-interior de su levita. Pagó su importe, y sin hablar más, salió a la
-calle.
-
---Por esta noche, nada tengo ya que hacer--murmuró, alzando la
-cabeza.--Mañana continuaremos... Me es imposible dormir.
-
-No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunció
-Carton las palabras anteriores, ni había en ellas desesperación ni
-reto; vibraba en su acento la resolución del hombre que, después de
-largos años de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni dirección
-fijas, penetra al fin en uno cuyo término le es conocido.
-
-Largos años antes, cuando descolló entre los jóvenes de talento, entre
-los estudiantes que prometían grandes cosas, acompañó a su padre al
-cementerio. Su madre había fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas
-palabras solemnes que el sacerdote leyó sobre la tumba del que le dió
-el ser, palabras olvidadas entre los desórdenes de una vida licenciosa,
-surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorría las
-calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros
-nubarrones.
-
-«Yo soy la resurrección y la Vida; aquel que cree en Mí, aun cuando
-haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
-
-No hubiera sido difícil encontrar la fuerza misteriosa que evocó
-aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que
-arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada
-largo tiempo atrás, con sólo reparar en que paseaba solo y de noche,
-por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando
-con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel día habían rodado,
-y pensando en los desdichados que morirían sobre el cadalso al día
-siguiente, y al otro y al otro. No intentó, empero, buscarla; limitóse
-a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosiguió
-paseando.
-
-Concentrando todo su interés en las ventanas iluminadas
-correspondientes a habitaciones donde había personas que se disponían
-a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de
-la noche los horrores que las rodeaban durante el día, en las torres
-de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la
-revulsión popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes,
-a quienes acusó de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos
-lugares sagrados, destinados, según las inscripciones colocadas
-sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes
-de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corrían al
-encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre,
-tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la
-guillotina veían turbados sus sueños por apariciones espectrales;
-puesta, en suma, toda su atención en la vida de aquella ciudad que
-corría desbocada a la muerte, Sydney Carton cruzó el Sena buscando
-calles mejor iluminadas y más animadas.
-
-Eran muy contados los coches que se veían, pues los que podían
-permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como
-solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferían
-caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con
-zapatos de lo más ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que
-comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles
-céntricas, donde aquéllos estaban situados. Junto a la puerta de un
-teatro, por la cual salían compactas masas de gentes alegres que,
-canturreando, se dirigían a sus casas, vió Carton a una niña, de la
-mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la
-calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tomó a la
-criaturita en sus brazos, la transportó a la acera opuesta, y antes que
-el tímido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rogó
-que le diera un beso.
-
-«Yo soy la resurrección y la vida; aquél que cree en Mí, aun cuando
-haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá jamás.»
-
-Ya más avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era
-completa y el silencio absoluto, parecíale que el rumor de sus propios
-pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traía envueltas
-entre sus sutiles susurros. Dueño de sí mismo, tranquilo, resuelto,
-la repetía con frecuencia con los labios; pero en sus oídos sonaban
-siempre.
-
-Y continuó avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el
-pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del río a los muros de
-la Isla de París, y contemplaba la pintoresca confusión de edificios
-envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la
-cúpula de la catedral bañada por la luz blanquecina de la luna. Vino el
-día. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron,
-y durante algunos minutos, pareció que toda la creación caía bajo el
-cetro amarillento de la Muerte.
-
-La corriente del río, rápida, impetuosa, profunda, parecióle amigo
-cariñoso. Echó a andar siguiendo sus márgenes y alejándose del bullicio
-de la ciudad. Durmióse en la orilla; cuando despertó, continuó
-paseando algunos minutos más, fijos sus ojos en un remolino que giraba
-vertiginoso, hasta que se lo tragó la corriente y lo arrastró al mar.
-
---¡Como yo!--murmuró Carton.
-
-Cuando llegó a casa, Lorry había salido ya. Carton no preguntó adónde
-había ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginación podía adivinarlo.
-Tomó una tacita de café, se lavó y arregló, y se fué sin pérdida de
-momento al Tribunal. Allí encontró a Lorry, allí encontró al doctor
-Manette, allí encontró a _ella_, sentada junto a su padre.
-
-Cuando compareció Carlos Darnay, dirigióle Lucía una mirada tan
-alentadora, tan llena de amor sin límites y de tierna compasión, que
-hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, animó su mirada y alegró
-su corazón. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney
-Carton, habría reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a él,
-prodújole los mismos efectos que al prisionero.
-
-Ante aquel tribunal injusto, que había principiado por desterrar el
-orden en los procedimientos, era perfectamente inútil que ningún
-acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la
-Revolución para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas
-las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para
-siempre el orden social del que tan monstruosamente había abusado el
-mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.
-
-El Jurado fué desde los primeros momentos el blanco de todas las
-miradas. Formábanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos
-republicanos excelentes que lo formaban el día anterior, los mismos que
-lo formarían al día siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de
-cara repulsiva, un caníbal feroz en toda la extensión de la palabra,
-un individuo que bebía sangre, que se bañaba en sangre, que respiraba
-sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de
-San Antonio. Los demás semejaban jauría de perros anhelando destrozar
-la pieza.
-
-Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador
-público, quien habló, poco más o menos, en los siguientes términos:
-
---Carlos Evrémonde, llamado también Darnay. Ayer se le puso en
-libertad, y ayer mismo fué acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche
-se le hizo saber la acusación fulminada contra él. Pesan sobre su
-cabeza los cargos de enemigo de la República, de aristócrata, de ser
-individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta,
-que abusó de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la
-manera más villana al pueblo. Carlos Evrémonde, llamado también Darnay,
-reo de los crímenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley.
-Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.
-
---¿La delación contra el acusado, es pública o secreta?--preguntó el
-presidente.
-
---¿Quién la hizo?
-
---Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.
-
---Muy bien.
-
---Teresa Defarge, mujer del mencionado.
-
---Perfectamente.
-
---Alejandro Manette, médico.
-
-Este último nombre alzó en la sala una tempestad de gritos
-ensordecedores. En medio del tumulto, vióse que se levantaba el doctor,
-pálido como un cadáver y temblando como un azogado.
-
---Presidente--gritó,--protesto indignado contra la ruin mentira que
-acaba de pronunciarse aquí. Yo no he podido delatar al marido de mi
-hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija,
-y las personas que la son queridas, valen para mí mil veces más que
-mi misma vida. ¿Dónde está el impostor que se atreve a afirmar que yo
-he denunciado al marido de mi hija? ¿Dónde el falso patriota que osa
-mentir con tanto descaro?
-
---Tranquilízate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe
-merecerte la autoridad del Tribunal, sería tanto como salirte fuera de
-la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces más que tu
-vida; y yo no sé que para un buen patriota haya nada que valga tanto
-como la República.
-
-Frenéticos aplausos premiaron la réplica del presidente. Este, luego
-que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosiguió con calor:
-
---Si la República te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber
-sería sacrificarla. Sigamos, y silencio.
-
-El doctor Manette cayó desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y
-sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de caníbal
-se frotaba las manos con visible fruición.
-
-Restablecido el silencio, presentóse Defarge, quien hizo una historia
-sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifestó que había sido
-su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo
-entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigió las preguntas
-siguientes:
-
---¿Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?
-
---Tal lo creo.
-
---¡Fuiste uno de los mejores patriotas!--gritó una mujer, arrebatada
-por el entusiasmo--¿Por qué no decirlo así? Aquel día fuiste artillero,
-te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza,
-luego que cayó en poder del pueblo. ¡Patriotas... creedme, porque digo
-la verdad!
-
-La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la
-concurrencia ensordecían. Agitó el Presidente la campanilla, pero La
-Venganza, enardecida por las turbas, aulló:
-
---¡No me da la gana callar! ¡Me río yo de la campana y de quien la toca!
-
-Al fin calló, cuando se le agotaron las fuerzas.
-
---Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla,
-ciudadano.
-
---Yo sabía--respondió Defarge, mirando a su mujer que desde poca
-distancia le estaba clavando con sus ojos--que el cautivo de quien
-hablo había estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco,
-Torre del Norte. El secreto me lo reveló él mismo, pues mientras
-permaneció en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro
-nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El día de la toma de la
-Bastilla, mientras hacía fuego con mi cañón, decidí reconocer la celda
-en cuestión, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro.
-Cayó; e inmediatamente subí al calabozo mencionado, juntamente con un
-compañero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encargó
-de guiarnos. La reconocí muy detenidamente, y en un agujero del
-muro, disimulado detrás de un sillar que había sido quitado y vuelto
-a colocar, encontré un papel escrito. El papel escrito es éste. He
-examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel,
-es letra de puño del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de
-puño y letra del doctor Manette, al Presidente.
-
---Que se lea.
-
-El documento, leído en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo
-miraba con amor a su mujer, y ésta miraba ora a él ora a su padre,
-y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la señora
-Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge
-no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala
-contemplaban al doctor que no veía a nadie, decía así:
-
-
-X
-
-LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA
-
-«Yo, _Alejandro Manette_, médico desventurado, natural de Beauvais,
-y residente en París, escribo este doloroso documento en mi horrenda
-celda de la Bastilla en el mes último del año de 1767. Lo escribo
-aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades
-inmensas. Mi propósito es esconderlo en el interior del muro de mi
-tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez
-lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras
-hayamos pasado al mundo del olvido.
-
-»Trazo estos renglones con el óxido que he sacado de los enmohecidos
-hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes último
-del año décimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un átomo
-de esperanza. Fenómenos terribles que en mí mismo he observado me
-anuncian que muy en breve me abandonará también la razón, pero declaro
-solemnemente que en este momento me hallo en posesión plena de mis
-facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que
-escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de
-mis palabras, tanto si llegan a ser leídas algún día por los hombres,
-como si están condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya
-mirada lee en el fondo de los corazones.
-
-»Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el día veintidós
-del mes) del año 1757, hallábame yo paseando por un paraje retirado
-del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa,
-sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi
-que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En
-el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar
-ser atropellado, asomó en la ventanilla una cabeza, y una voz mandó al
-cochero que parase.
-
-»Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los
-caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llamó por mi
-nombre. No paró el coche frente a mí, sino a distancia bastante para
-que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al
-paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observé que ambos
-iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus
-rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro
-lado de la portezuela, reparé también en que los dos parecían ser de
-mi misma edad, quizá más jóvenes, y que se parecían mucho en estatura,
-movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros.
-
-»--¿Es usted el doctor Manette?--me preguntó el uno.
-
-»--Yo soy--contesté.
-
-»--¿El doctor Manette, natural de Beauvais, joven médico y cirujano
-hábil y original, que desde hace uno o dos años es una verdadera
-notabilidad en París?--terció el otro.
-
-»--Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes
-hablan con benevolencia excesiva--contesté.
-
-»--Hemos estado en su casa--repuso el que había hablado primero,--y
-no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque sí la de que nos
-indicaran que probablemente estaría paseando por estos sitios, le hemos
-seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. ¿Tiene usted la bondad
-de entrar en el carruaje?
-
-»El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que
-dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre
-ellos y la portezuela del coche, y además, iban armados y yo no.
-
-»--Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros--respondí,--pero es el
-caso que tengo por costumbre preguntar quiénes son las personas que me
-hacen el honor de pedir mis servicios y la índole del caso que hace
-necesaria o conveniente mi asistencia.
-
-»Me contestó el que había hablado en segundo lugar:
-
-»--Sus clientes, doctor, son personas de alta posición social. Por lo
-que se refiere a la índole del caso que hace necesaria su asistencia,
-la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para
-nosotros garantía de que ha de comprenderla usted sin necesidad de
-explicaciones nuestras, que seguramente resultarían deficientes. Creo
-que con lo dicho basta. ¿Tiene la bondad de montar?
-
-»No me quedaba más recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra.
-Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el
-estribo el que entró el último. El coche dió media vuelta y partió a
-galope.
-
-»Consigno aquí la conversación tal como fué; puedo asegurar que la
-repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente
-lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginación y evitando que
-divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren,
-significan que suspendo la tarea para otra ocasión y que oculto el
-documento en el escondite abierto al efecto...
-
-»El carruaje atravesó muchas calles, pasó por la Barrera Norte y no
-tardó en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de
-legua de la Barrera (no calculé entonces la distancia, pero sí cuando
-la volví a recorrer) dejó el coche el camino real, y momentos después
-hacía alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y
-avanzamos por un mullido paseo de un jardín, cubierto de hierba, en
-cuyo centro había corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar
-a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien sonó la
-campanilla, y el que nos la franqueó, recibió un bofetón terrible de
-uno de mis acompañantes.
-
-»Confieso que no me llamó la atención aquel acto, pues estaba muy
-acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por
-los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de
-la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompañantes era
-tan maravilloso, que desde luego los deputé por hermanos gemelos.
-
-»Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardín, que
-encontramos cerrada y que abrió uno de los hermanos, cerrándola de
-nuevo luego que la franqueamos, venía yo oyendo gritos que tenían su
-origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujéronme en
-derechura a la habitación de la que partían los gritos, donde encontré
-tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral.
-
-»Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven;
-seguramente no pasaba de los veinte años. Su hermosa cabellera ofrecía
-un aspecto de desorden tan completo, que entristecía el ánimo, y los
-brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observé que
-estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los
-cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E.
-
-»Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado
-en la estancia. Ocurrió que la enferma, cuya agitación era espantosa,
-se volvió boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en
-su boca, y vi que corría peligro de morir asfixiada. Separé, como es
-natural, la tira, y entonces fué cuando descubrí el escudito de armas
-bordado en ella.
-
-»Volví boca arriba a la paciente, coloqué mi mano sobre su pecho a
-fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y miré su rostro. Su
-mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetían
-a gritos estas palabras: «Mi marido... mi padre... mi hermano». Luego
-contaba hasta doce, permanecía unos segundos escuchando con toda la
-atención de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar «Mi marido... mi
-padre... mi hermano», y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo hacía
-una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la
-voz había la menor variación.
-
-»--¿Cuándo comenzó este estado de cosas?--pregunté.
-
-»A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamaré al uno el hermano
-mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejercía mayor
-autoridad.
-
-»--Desde anoche a estas horas--contestó el hermano mayor.
-
-»--¿Tiene marido, padre y hermano?
-
-»--Tiene un hermano.
-
-»--¿Y no estoy hablando con ese hermano en este instante?
-
-»--No--replicó con tono de profundo desprecio.
-
-»--¿La ha ocurrido recientemente algo relacionado con el número doce?»
-
-»--¿Con el número doce?--repitió con impaciencia el hermano menor.
-
-»--Pueden convencerse ustedes, caballeros, de lo inútilmente que me
-han traído aquí, tal como estoy--dije, puestas aún mis manos sobre
-el pecho de la enferma.--Si yo hubiese sabido lo que pasaba, habría
-venido provisto de lo necesario, mientras que ahora estamos perdiendo
-lastimosamente el tiempo. En un sitio tan solitario como es éste, no es
-posible encontrar medicinas.
-
-»El hermano mayor miró al menor, quien replicó con voz altanera:
-
-»--Tenemos aquí un botiquín.
-
-»Momentos después lo sacaba de un armario y lo colocaba sobre la mesa...
-
-»Abrí algunos frascos, los olí y llevé sus tapones a mis labios. Si me
-hubiese hecho falta administrar a la enferma cualquier substancia no
-narcótica ni tóxica, a buen seguro que no la hubiera medicinado con
-nada de lo que contenía el botiquín.
-
-»--¿No le inspiran confianza?--preguntó el hermano menor.
-
-»--Viendo está usted, caballero, que voy a utilizarlas--contesté
-sencillamente.
-
-»No sin haber de luchar con grandes dificultades, y al cabo de largo
-rato, conseguí hacer tomar a la enferma la dosis de medicina que
-consideré conveniente. Como quiera que mi propósito era repetir la
-medicación y observar los efectos que en la enferma producía la
-primera toma, me senté a la cabecera de su lecho. Sentada con timidez
-y cortedad manifiestas en un ángulo, había una mujer que la cuidaba,
-casada con uno de los individuos de escalera abajo. La casa estaba
-sucia, mal cuidada y amueblada, síntomas evidentes de que la ocupaban
-desde fecha muy próxima y de que la intención de sus ocupantes era
-permanecer en ella muy poco tiempo. Habían tendido provisionalmente
-algunas colgaduras delante de las ventanas, sin duda para que los
-gritos de la enferma no llegasen al exterior. Continuaba ésta gritando
-como cuando llegué, repitiendo las mismas palabras y por el mismo
-orden: «Mi marido... mi padre... mi hermano», y contando a continuación
-hasta doce. Sus convulsiones eran tan violentas, que no juzgué
-prudente librarla de las tiras que la sujetaban, aunque las coloqué
-de manera que la molestasen menos. La crisis no cedía a la medicación,
-pero observé que la presión de mi mano sobre el pecho de la enferma
-ejercía sobre ella tanta influencia, que al cabo de algunos minutos se
-tranquilizaba. No la produjo, empero, sobre los gritos, que continuaban
-con la regularidad de un péndulo.
-
-»Media hora llevaría yo sentado junto a la cama y bajo las miradas de
-los dos hermanos, cuando dijo el mayor:
-
-»--Tenemos otro enfermo.
-
-»Me alarmó la noticia, y pregunté:
-
-»--¿Es urgente el caso?
-
-»--Mejor será que lo vea usted por sus ojos--me contestó con tono
-negligente tomando una luz...
-
-»Yacía el segundo enfermo en una habitación situada a espaldas de la
-casa, habitación que en rigor no era más que un desván emplazado sobre
-una cuadra. Parte del desván tenía techumbre muy baja y parte no. Bajo
-la parte cubierta había heno y paja almacenados, y el resto contenía
-leña y aperos de labor. Recuerdo tan bien todos estos detalles, que me
-parece que los estoy viendo en este instante tal como los vi aquella
-noche, no obstante hallarme encerrado desde hace diez años en mi
-calabozo de la Bastilla.
-
-»Sobre un montón de heno y apoyada la cabeza sobre una almohada, yacía
-tendido un mancebo de aspecto de aldeano, de rostro agraciado, y que no
-contaría más de diez y siete años de edad. Estaba boca arriba, con los
-dientes apretados, la mano derecha crispada sobre el pecho y la mirada
-fija en el techo. Me arrodillé a su lado; y aunque no encontraba la
-herida que había recibido, desde luego vi que moría a consecuencia de
-una herida producida con instrumento punzante.
-
-»--Soy médico, pobre amigo mío--dije;--deje que le reconozca.
-
-»--No quiero ser reconocido; déjeme en paz--replicó.
-
-»Estaba la herida situada debajo de su mano derecha, que me costó no
-poco trabajo y muchas instancias separar. Era una estocada recibida
-de veinte a veinticuatro horas antes, estocada mortal de necesidad,
-aunque le hubieran sido prestados todos los auxilios de la ciencia al
-segundo de ser inferida. Se moría a chorros. Busqué con mi mirada la
-del hermano mayor, y observé que éste contemplaba al herido con la
-indiferencia misma con que contemplaría a un pájaro, a una liebre o a
-un conejo heridos. Claramente se advertía que no veía en el muchacho a
-una criatura humana.
-
-»--¿Quién le ha causado esa herida, caballero?--pregunté yo.
-
-»--¡Bah! ¿A qué hablar de un siervo miserable... de un perro? Obligó a
-mi hermano a cerrar contra él, y cayó bajo su espada como si hubiese
-sido un caballero.
-
-»En el tono de la contestación no había ni sombra de piedad, ni sombra
-de pesadumbre, ni sombra de remordimiento.
-
-»Los ojos del moribundo se volvieron hacia el que acababa de hablar,
-fijándose a continuación en mí.
-
-»--Doctor--me dijo;--son muy altivos esos nobles; pero también
-nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban,
-nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo
-ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto usted,
-doctor?
-
-»Llegaban hasta allí los gritos de la infeliz, bien que muy
-amortiguados por la distancia. A la que los daba se refería el herido
-como si hubiera estado a su lado.
-
-»--La he visto, sí--contesté.
-
-»--Es mi hermana, doctor. Habrán tenido esos nobles durante muchos
-años derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras
-hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que
-saben resistir sus violencias. Yo lo sé, y he oído a mi padre afirmarlo
-así. Mi hermana es una de ellas. Tenía relaciones amorosas con un
-joven, bueno también y honrado, vasallo de este noble que está ahí...
-todos éramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante
-más vil de su despreciable raza.
-
-»El desventurado tenía que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos
-para poder hablar; pero si le faltaban energías corporales, sobrábanle
-las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza.
-
-»--Nos robaba ese hombre que está ahí con la frialdad e indiferencia
-con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de
-naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasión, nos
-obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino,
-a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo
-pena de muerte al que tuviera la osadía de apoderarse de una de ellas,
-nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por
-misericordia de Dios, teníamos una piltrafa de carne que llevar a la
-boca, la comíamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las
-ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran
-y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal
-suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacían imposible la vida, que
-mil veces he oído decir a mi padre que era para nosotros una desgracia
-inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiéramos suplicar a Dios
-condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin
-de que ésta se extinguiera de una vez y para siempre.
-
-»Jamás había yo presenciado la explosión de los sentimientos de los
-infelices oprimidos; suponía, sí, que en el fondo de su alma guardaban
-almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su
-estallido era para mí espectáculo nuevo hasta aquella noche.
-
-»--Mi hermana, doctor, se casó, a pesar de todo. Su pobre prometido
-andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se casó para atenderle y
-cuidarle en nuestra cabaña... nuestra perrera, como diría ese monstruo
-que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la
-desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gustó, y con
-la mayor naturalidad del mundo pidió a su hermano mayor que se la
-prestase. ¿Qué importaba que estuviera casada? ¡Son tan poca cosa los
-maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedió sin inconveniente,
-pero mi hermana era buena y virtuosa, y por añadidura, detestaba a
-su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. ¿Qué creerá usted
-que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi
-hermana que ejerciese sobre ésta toda su influencia hasta obligarla a
-rendirse a sus torpes deseos?
-
-»Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los míos, volviéronse
-poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fué difícil leer
-la verdad de los cargos que se le hacían. Aun aquí, en el interior del
-sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos años, creo
-ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban
-las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos
-furiosos de venganza la del muchacho campesino.
-
-»--Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste
-en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus
-carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo
-engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron
-a tirar de él. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos
-nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos,
-imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben
-su noble sueño; el marido de mi hermana se pasaba las noches a
-la intemperie y los días tirando del carro. No por ello se dejó
-persuadir... ¡No! Un día, cuando le libraron de los aparejos y le
-despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qué, exhaló doce
-sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj--era mediodía--y
-murió en los brazos de mi hermana.
-
-»Sólo las ansias de explicar el agravio recibido sostenían la vida
-en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinación energías que
-no encontraba en su organismo, alejó las sombras de la muerte que le
-invadían y oprimió con mayor fuerza que nunca su herida por la cual
-escapaba su vida.
-
-»--Muerto el marido de mi hermana, con la autorización de este hombre,
-y hasta con su apoyo material, su hermano se apoderó violentamente
-de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su
-diversión de momento. La tropecé en el camino cuando se la llevaban.
-Llevé la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estalló en mil
-pedazos su corazón. Inmediatamente acompañé a mi hermana menor, tengo
-dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre,
-hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volví luego, seguí al hermano
-de ese noble, y anoche le salí al encuentro, yo, un perro despreciable,
-pero con la espada en la mano... ¿Dónde está la ventana?... ¿No había
-aquí una ventana?
-
-»Abandonábale la vida y con la vida la luz. Tendí yo en derredor mis
-miradas, y advertí que el heno y la paja que cubrían el suelo estaban
-pisoteados y hollados, cual si allí hubiese teñido lugar una lucha
-encarnizada.
-
-»--Me oyó mi hermana y acudió corriendo. Yo la dije que no se acercara
-hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tiró algunas
-monedas, y a continuación, me cruzó la cara con su látigo; pero yo,
-no obstante ser un perro despreciable, lo abofeteé hasta obligarle a
-desenvainar su espada. ¡Que rompa ahora la hoja de una espada manchada
-con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre será
-cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me
-hirió, fué apelando a toda su habilidad!
-
-»Momentos antes había visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de
-una espada; era de caballero. Un poco más allá, sobre la paja, había
-otra espada vieja, una espada de soldado.
-
-»--Incorpóreme, doctor, incorpóreme; ¿dónde está ese hombre?
-
-»--No está aquí--contesté sosteniendo al moribundo, creyendo que se
-refería al hermano.
-
-»--¡Claro! ¡Con toda su altivez de noble me tiene miedo! ¿Y el hombre
-que estaba aquí? ¡Vuélvame hacia él... quiero verle!
-
-»Hícelo así, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero
-éste, reanimadas por un momento todas sus energías, se puso en pie,
-obligándome a hacer otro tanto para sostenerle.
-
-»--¡Marqués!--gritó, con mirada dilatada y levantando el
-brazo.--Llegará día en que todos los hombres habrán de dar cuenta
-estrecha de sus actos; para ese día te emplazo a ti y a todos los
-tuyos, desde el primero hasta el último de tu maldita raza, para que
-respondáis de vuestros crímenes. Sea esta cruz que con sangre estampo
-sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el día en que todos
-los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo
-también a tu hermano, el más vil de una raza vil y miserable, para que
-responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra
-cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento.
-
-»Dos veces llevó la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el
-dedo índice trazó dos cruces en el aire. Permaneció algunos segundos
-con el dedo índice rígido, levantado y cayó muerto...
-
-»Cuando volví a la estancia donde dejé a la enferma, la encontré
-delirando como la había dejado, y repitiendo las mismas palabras y con
-el mismo orden de siempre. Desde luego adiviné que la crisis duraría
-muchas horas y que, probablemente, terminaría con su muerte.
-
-»Repetí las medicinas y me senté junto a la cama, donde permanecí
-hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma
-continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una
-sola palabra. «Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres,
-cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.»
-
-»Treinta y seis horas hacía que la vi por primera vez, y el estado de
-la enferma en nada había variado. Me encontraba sentado a la cabecera
-de su lecho cuando la crisis comenzó a ceder. Cesaron los gritos,
-terminaron los estremecimientos, y al poco rato quedó aletargada, como
-muerta.
-
-»Llamé entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien
-en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y
-entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perdí las
-pocas esperanzas que de salvarla abrigaba.
-
-»--¿Ha muerto ya?--preguntó el Marqués, que acababa de entrar en la
-estancia, después de un paseo a caballo.
-
-»--No ha muerto, pero muerta parece--respondí.
-
-»--¡Qué resistencia tienen estos villanos!--exclamó, contemplándola con
-curiosidad.
-
-»--Las penas y la desesperación suelen resistir lo indecible--contesté.
-
-»Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego
-frunció el entrecejo. Acercó con el pie una silla a la que yo estaba
-sentado, mandó a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz
-baja:
-
-»--Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba,
-le aconsejé que buscase a usted. Goza usted de una reputación
-envidiable, pero todavía tiene que labrarse su fortuna, y supongo que
-no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Está usted
-presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse.
-
-»Yo fingí que prestaba atención a la respiración de la enferma y no
-contesté.
-
-»--¿Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor?
-
-»--En mi profesión, caballero, cuantas noticias se dan
-al médico referentes a los enfermos, se entiende que son
-confidenciales--contesté, evitando comprometerme a nada, pues lo que
-había oído y visto llenaba mi alma de recelos.
-
-»La respiración de la infeliz se iba dificultando en tales términos,
-que hube de buscar síntomas de vida en su pulso y en los latidos de
-su corazón. Para ello me fué preciso levantarme de la silla, y cuando
-volví a sentarme me encontré frente a frente de los dos hermanos...
-
-»Tropiezo para escribir con dificultades horribles. En primer lugar,
-el frío es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento
-que averigüen que escribo, en cuyo caso me encerrarían en un calabozo
-subterráneo adonde no llega ni un hilo de luz, conceptúo prudente
-abreviar todo lo posible mi narración. Mi memoria no puede ser más
-fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se
-cruzaron entre mí y los dos hermanos.
-
-»Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la
-muerte; más cerca de la última que de la primera. Hacia el final de
-la semana, logré entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi
-oído a sus labios. Me preguntó dónde se encontraba, y se lo dije; deseó
-saber quién era yo, y satisfice su deseo; pero fué en vano que yo la
-preguntara su apellido; cayó su cabeza sobre la almohada, y guardó su
-secreto, como lo guardara antes que ella su hermano.
-
-»No tuve ocasión de hacerla nuevas preguntas hasta después que
-manifesté a los hermanos que la enferma se moría, y que no viviría
-un día más. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dejó ver
-de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban
-invariablemente detrás de una cortina tendida en la cabecera de la
-cama; pero al comunicarles yo mi pronóstico, parece que ya no les
-importó que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las
-confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a
-quien... se encontraba probablemente en el mismo caso.
-
-»Siempre observé que el hecho de que el hermano menor (continuaré
-llamándole así) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por
-añadidura labriego y plebeyo, hería profundamente el orgullo de los
-dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que habían
-ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba
-a la familia y la colocaba en situación altamente ridícula. Infinidad
-de veces sorprendí en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban
-odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor.
-Tampoco se me ocultó que para este último era yo estorbo molesto.
-
-»Murió mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su
-lado, dobló su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas
-sobre la tierra.
-
-»En la planta baja de la casa esperaban los hermanos.
-
-»--¿Ha muerto al fin?--preguntó el mayor, al verme entrar.
-
-»--Acaba de morir--contesté.
-
-»--Sea en hora buena, hermano--repuso, volviéndose hacia el menor.
-
-»Ya antes me habían ofrecido dinero, que yo no acepté, diciendo
-que ultimaríamos ese detalle al final. El hermano mayor me entregó
-un cartucho de monedas de oro, que yo recibí de su mano, pero que
-dejé seguidamente sobre la mesa. Había meditado el asunto, y de la
-meditación resultó el propósito decidido de no aceptar nada.
-
-»--Dispénsenme ustedes--dije;--dadas las circunstancias, nada debo
-aceptar.
-
-»Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinación de
-cabeza, que yo contesté con otra, montaron a caballo, y se fueron....
-
-»Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi
-descarnada mano ha escrito.
-
-»A la mañana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho
-de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre.
-Yo, entretanto, después de largas meditaciones, había resuelto ya la
-norma de conducta que habría de seguir. Decidí escribir aquel mismo
-día al Ministro, haciéndole historia de los dos casos en que había
-intervenido y detallando el lugar en que aquéllos ocurrieron; en una
-palabra: enviarle una relación circunstanciada, bien que con carácter
-particular. Conocía yo hasta dónde llegaban las influencias en la
-Corte, no eran para mí un secreto los privilegios e inmunidades de que
-gozaban los nobles, y, como consecuencia, suponía que mi escrito no
-daría ningún resultado; pero aun así, quise tranquilizar mi conciencia.
-Decidí no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y así
-lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No creí que a mí me
-amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correrían otros, si los
-comprometía haciéndoles dueños del secreto que yo poseía.
-
-»Estuve aquel día tan ocupado, que no me fué posible terminar la carta
-hasta después de cerrar la noche. A la mañana siguiente, dejé el lecho
-antes de la hora acostumbrada. Era el último día del año. Acababa de
-dar la última mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una
-señora que deseaba verme...
-
-»Por momentos me considero más incapaz de dar cima a la tarea que me
-he impuesto. ¡Es tan insoportable el frío, tan escasa la luz, tan
-completa la parálisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de
-mi alma!...
-
-»Era una señora joven, simpática y hermosa, pero señalada con el dedo
-descarnado de la muerte. La encontré presa de intensa agitación. Me
-dijo que era la esposa del marqués de Evrémonde. Yo relacioné el
-título de marqués que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con
-la inicial que descubrí en la corbata blasonada y, con tales datos a
-la vista, no me fué difícil adivinar que el hombre de quien me había
-separado y el marqués de Evrémonde eran una misma persona.
-
-»Aunque mi memoria continúa despejada, me es imposible consignar aquí
-las palabras que se cruzaron en nuestra conversación. Parece que la
-señora tenía noticia de la intervención que yo había tenido en un
-suceso que conocía en parte y en parte sospechaba. No sabía que la
-infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, según me manifestó
-anegada en lágrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su
-simpatía, y sus anhelos, desviar la cólera de Dios suspendida sobre una
-casa que de antiguo venía siendo objeto del odio de tantos a quienes
-había precipitado en los negros abismos de la desgracia.
-
-»El objeto de la visita de aquella señora, que tenía sus motivos
-para creer que la desdichada víctima de su marido dejaba una hermana
-más joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la
-residencia de la hermana en cuestión, a fin de ayudarla y protegerla.
-No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, existía aquella
-hermana; mas no facilitarla datos que desconocía entonces, y desconozco
-a la hora en que escribo estas líneas...
-
-»Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la
-vigilancia de que me hacen objeto es más estrecha que nunca, y hoy
-mismo es preciso que termine mi relato.
-
-»La señora era buena, de corazón compasivo, y desgraciadísima en su
-matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella
-y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le temía, y temía
-también a su marido. Cuando la acompañé hasta la puerta de mi casa,
-después de despedirse de mí, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el
-coche, un niño precioso de dos a tres años de edad.
-
-»--Por amor a este inocente, doctor,--me dijo la pobre madre hecha
-un mar de lágrimas,--he de llegar, en el camino de las reparaciones,
-hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que
-ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si
-oportunamente no ofrezco alguna expiación por ellos. Mi preocupación
-primera ha de ser inocular en su tierno corazón la compasión hacia sus
-semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco,
-si puedo encontrarla.
-
-»Besó a continuación al niño, y le dijo:
-
-»--Por ti lo hago todo, Carlos. ¿Olvidarás mis encargos?
-
-»--Nunca--respondió con resolución el niño.
-
-»No consigné en mi carta un nombre que me habían comunicado
-confidencialmente. La cerré, y no queriendo confiarla a nadie, aquel
-día la llevé yo mismo a su destino.
-
-»Por la noche, era la última del año, a eso de las nueve, llamó en mi
-casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado
-Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia.
-
-»--Un caso urgente en la calle St. Honoré--dijo.
-
-»Salí inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me
-condujo aquí, a la tumba. Apenas habíamos perdido de vista mi casa,
-cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los
-brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche.
-El Marqués sacó del bolsillo la carta que yo había llevado al Ministro,
-me la enseñó, la quemó con la llama de una linterna que llevaba en la
-mano, y pisoteó las cenizas. No se habló ni una palabra. Me trajeron a
-esta tumba, y en ella sigo.
-
-»Si en el lapso de estos horribles años, Dios se hubiera dignado tocar
-el corazón de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran
-término a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de
-mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive
-o ha muerto, creería que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado
-por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas
-con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos,
-creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro
-Manette, cautivo infortunado, en la noche última del año 1767, denuncio
-a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el último, a los
-tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen
-maldades como las de que se han hecho reos. También los denuncio al
-cielo y a la tierra.»
-
-Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se
-oían palabras, que las gargantas no podían modular, sino rugidos que
-revelaban sed insaciable de sangre.
-
-Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad había de
-explicar cómo poseía Defarge aquel terrible documento que acababa de
-hacerse público, cómo no lo había tampoco de hacer saber que el nombre
-de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los
-formidables registros de San Antonio. No había nacido el hombre capaz
-de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia.
-
-Venía a agravar hasta lo infinito la situación del condenado la
-circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidísimo y muy
-respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una
-de las aspiraciones más corrientes en el populacho era la de imitar
-las virtudes públicas de la antigüedad, sacrificarse por la causa del
-pueblo, inmolar los efectos más tiernos en aras de la República. He
-aquí por qué, cuando el Presidente dijo que el buen médico republicano
-no vacilaba en dejar viuda a su hija y huérfano a su nieto, a trueque
-de exterminar una familia de perniciosos aristócratas, las turbas
-dieron rienda suelta a un fervor patriótico salvaje, sin que en ningún
-pecho vibrasen las cuerdas de la simpatía humana.
-
---¿Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?--murmuró
-la señora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza--¡Sálvale, doctor,
-sálvale ahora, si puedes!
-
-Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fué
-un rugido, la sentencia, una sucesión de rugidos.
-
-Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrémonde, por otro nombre
-Darnay, aristócrata de corazón y de sangre, enemigo de la República y
-feroz opresor del pueblo, volvería a la Conserjería para ser decapitado
-a las veinticuatro horas.
-
-
-XI
-
-SOMBRAS
-
-La feroz sentencia que condenaba a la última pena a un inocente fué
-para la esposa sin ventura agudo puñal que traspasó su tierno corazón.
-No exhaló, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma
-se alzó una voz potente que la marcó el camino de su deber, diciéndola
-que su obligación era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar
-con las suyas sus agonías, y ante el conjuro de aquella voz, la joven
-se irguió arrogante, sobreponiéndose a los efectos del tremendo golpe
-recibido.
-
-Los jueces levantaron la sesión para tomar parte en la bulliciosa
-manifestación pública que no podía menos de tener lugar después del
-incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de
-la Sala de Justicia, salía el público, indiferente al dolor de Lucía,
-que tendía sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su
-marido.
-
---¡Si me fuera dado llegar hasta él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un
-abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos! ¡Buscad en vuestros pechos un resto
-de piedad y acceded a una súplica que os hago de rodillas!
-
-No quedaban allí más personas que un carcelero con dos de los cuatro
-individuos que el día anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El
-público corría ya bullicioso por las calles.
-
---Dejemos que le dé un abrazo--propuso Barsad a sus compañeros;--es
-cuestión de un momento.
-
-Aquellas fieras se ablandaron. Lucía pudo llegar hasta el pie de la
-plataforma, y su marido, inclinándose sobre la barandilla, la estrechó
-entre sus brazos.
-
---¡Adiós, dulce alma mía!--dijo.--Abandono este mundo bendiciendo los
-amores que en él dejo. En la mansión donde duermen los odios y las
-pasiones humanas volveremos a encontrarnos.
-
---Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada.
-No sufras por mí, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. ¡La
-última bendición para nuestro ángel, y adiós!
-
---Contigo se la envío, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos
-me despido al hacerlo de ti.
-
---¡No... Carlos querido, no! ¡Un momento más!--exclamó Lucía, al ver
-que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.--Nuestra separación
-no será larga. Presiento que mis amarguras pondrán pronto fin a mi
-triste vida; pero mientras me quede un soplo de energía, cumpliré con
-mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que
-me deparó almas buenas que, con su cariño y abnegación alegraron mi
-existencia, no ha de regateárselas a ella.
-
-Habíala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien
-habría caído de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido
-Carlos.
-
---¡No... no!--gritó éste, tendiéndole los brazos--¿Ha cometido usted
-acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? ¡Ah,
-no! ¡Todo lo contrario! ¡Ahora es cuando me doy cuenta cabal de
-las torturas horribles que desgarraron su alma! ¡Ahora es cuando
-puedo aquilatar lo que usted sufrió cuando sospechó la sangre que
-por mis venas corría y la desesperación que debió sentir cuando las
-sospechas se trocaron en certeza! ¡Ahora es cuando comprendo las
-luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipatía natural,
-los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! ¡Con
-todo nuestro corazón le damos las gracias! Suyo es todo nuestro
-agradecimiento, suyo todo nuestro cariño. ¡Que el Cielo le bendiga,
-como le bendecimos nosotros!
-
-No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz
-de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energías más que para
-mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia.
-
---Tenía que suceder así--repuso el reo.--Todo ha conspirado para
-llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estériles cuantos
-esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiración de mi santa madre
-a la que dió salida el día primero que usted la conoció y me conoció.
-Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de
-males, hacerse ilusiones de que podría tener término feliz lo que se
-inauguró con principios fatales. Tenga valor, y perdóneme. ¡El Dios
-misericordioso le colme de bendiciones!
-
-Separáronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus
-guardianes, su esposa permanecía mirándole, juntas las manos en actitud
-de súplica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa
-acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareció el
-condenado por la puerta que comunicaba con la cárcel, Lucía dobló su
-cabeza cual flor segada por el tallo, intentó hablar, y cayó desplomada
-en tierra.
-
-Del obscuro rincón donde había permanecido oculto desde el comienzo de
-la vista, salió entonces Sydney Carton y alzó a la desventurada del
-suelo. No quedaban con ella más que su padre y Lorry. Temblaba el brazo
-de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresión no era
-sólo de piedad; había en ella fuerte mezcla de orgullo.
-
---¿La llevo al coche?--preguntó.--No sentiré su peso.
-
-En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta,
-donde la acomodó. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su
-lado, y Carton se acomodó en el pescante, junto al cochero.
-
-Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera
-Carton procurando adivinar qué piedras habían hollado los pies de
-Lucía, sacó a ésta del coche, y en sus brazos la subió orgulloso hasta
-sus habitaciones, acostándola sobre un sofá. Lucita y la señorita Pross
-lloraban desconsoladas.
-
---No haga nada por disipar su desmayo.--dijo Carton a la última con voz
-muy baja.--Está mejor así.
-
---¡Oh Carton, Carton!--gritó Lucita, saltando al cuello de Carton y
-rodeándole con sus brazos.--Ahora que ha venido usted, no dudo que hará
-algo para consolar a mamá, para salvar a papá. ¡Véala usted, Carton!
-¿Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte
-hecho pedazos su corazón?
-
-Carton dió un beso a la niña, separó con dulzura sus bracitos,
-contempló durante algunos segundos a la madre, y dijo:
-
---Antes de irme... ¿puedo besarla?
-
-Más tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban
-sus labios las mejillas de la desmayada, murmuró algunas palabras. La
-niña, que era la que se encontraba más cerca, dijo después, y repitió
-muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el
-peso de los años: «Es una vida que amas».
-
-En la habitación inmediata, donde encontró al doctor y a Lorry, dijo al
-primero:
-
---Ayer tenía usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla
-toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algún poder, son
-amigos suyos y están agradecidos a sus servicios; ¿no es cierto?
-
---Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refería. Abrigaba yo
-esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salvé--contestó
-el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresión conturbada.
-
---Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de mañana;
-pero pruebe.
-
---Probaré... No descansaré un instante.
-
---Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados
-de las energías de usted, aunque nunca--añadió, sonriendo y suspirando
-al mismo tiempo--tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin
-embargo. La salvación de una vida querida bien vale ese esfuerzo.
-
---Me presentaré al Fiscal de la República y al Presidente--contestó el
-doctor Manette,--así como también a otros que no es necesario nombrar.
-Escribiré también, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran
-festejos públicos y que no podré ver a nadie hasta que sea de noche.
-
---Es verdad. ¡Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy
-remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir
-que nada espero. Dígame, doctor Manette, ¿cuándo cree que podrá ver a
-esas autoridades formidables?
-
---Inmediatamente después de anochecido; yo creo que dentro de una o dos
-horas.
-
---Anochecerá poco después de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos
-horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del
-señor Lorry, ¿podré saber el resultado de sus gestiones?
-
---Desde luego.
-
---¡Ojalá tengan buen éxito!
-
-Acompañó Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con
-voz muy baja y acento apesadumbrado:
-
---Nada espero.
-
---Ni yo.
-
---Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos
-hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer
-demasiado, después de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se
-atrevieran a hacerlo.
-
---También lo dudo yo... La cuchilla no se detendrá.
-
-Lorry llevó las manos a la cara y dejó escapar algunos sollozos.
-
---No se desespere usted... no ceda al abatimiento--dijo con dulzura
-extremada Carton.--Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso,
-ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estériles, han de
-consolar a su hija algún día. Si su padre se cruzara de brazos, podría
-pensar que había sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el
-trabajo de disputarla al verdugo.
-
---¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!--respondió Lorry, secándose los
-ojos.--Se trabajará; pero morirá... ¡no resta un átomo de esperanza!
-
---Es cierto. Morirá... ¡No queda un átomo de esperanza!--repitió Carton
-como un eco.
-
-Seguidamente echó a andar con paso firme.
-
-
-XII
-
-TINIEBLAS
-
-Muy poco trecho había recorrido Carton cuando se detuvo, no bien
-decidido acerca del sitio al que se encaminaría.
-
---A las nueve en el Banco Tellson--murmuró.--De aquí a entonces, ¿será
-prudente que me deje ver? Creo que sí. No estará de más que esas gentes
-tengan noticia de que por aquí anda un hombre como yo... quizá sea una
-precaución acertada... una precaución necesaria... ¡Cuidado, Carton,
-cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!
-
-Suspendiendo la marcha ya iniciada en una dirección determinada,
-entró en una calleja obscura y solitaria y procuró pesar el pro y el
-contra de su proyecto, midiendo con su imaginación el alcance y las
-consecuencias probables que aquél pudiera tener.
-
---No hay duda; es lo mejor--pensó.--Esas gentes deben saber que por la
-ciudad anda un hombre que se llama Carton.
-
-Con paso resuelto echó a andar hacia San Antonio.
-
-Como aquel mismo día había dicho Defarge en la vista que era dueño de
-una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades había
-de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con
-la taberna en cuestión, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton,
-pues, salió de la calleja obscura y comió en una casa de comidas,
-descabezando a continuación un sueño. En muchos años no había bebido
-tan poco como aquel día. Desde la noche anterior, sólo había tomado un
-poco de vino aguado.
-
-A eso de las siete despertó, y reanudó su marcha. Al llegar al barrio
-de San Antonio, detúvose un instante frente a una tienda donde vió
-un espejo, y alteró ligeramente el lazo de su corbata y desordenó su
-cuello y su cabello. Hecho esto, encaminóse en derechura a la taberna
-Defarge y entró resueltamente en ella.
-
-No encontró en el establecimiento más que a Santiago Tercero, a quien
-recordó haber visto aquella tarde entre los jurados, el cual estaba
-bebiendo y conversando con los Defarges, marido y mujer. La Venganza,
-en su calidad de miembro de la taberna, asistía a la conversación.
-
-Carton, luego que tomó asiento, pidió un vaso de vino. La señora
-Defarge le dirigió una mirada indiferente, luego otra más detenida,
-siguió otra extraordinariamente penetrante, y terminó acercándose a él
-y preguntándole qué deseaba.
-
-Carton repitió lo que antes había dicho.
-
---¿Inglés?--preguntó la tabernera, enarcando las cejas.
-
-Carton, después de mirarla un buen espacio, cual si le costase gran
-trabajo pronunciar una palabra francesa, contestó con acento extranjero
-marcadísimo:
-
---Sí, señora, sí; inglés.
-
-Fué la tabernera al mostrador para servir el vino, y Carton, mientras
-tomaba entre sus manos un periódico jacobino y fingía hacer esfuerzos
-por interpretar la lengua en que estaba escrito, oyó que decía la
-primera:
-
---Juro que se parece a Evrémonde.
-
-Sirvió el vino Defarge, dando las buenas noches al parroquiano.
-
---¿Qué?--preguntó Carton.
-
---Buenas noches.
-
---¡Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! ¡Brindo por
-la República!
-
-Volvió Defarge al mostrador, diciendo:
-
---Es cierto; se le parece un poco.
-
---¡Y yo repito que se le parece mucho!--replicó con dureza la tabernera.
-
---Lo tienes tan presente en tu memoria...--observó Santiago Tercero.
-
---¡A fe que yo tampoco le olvido un momento!--exclamó La Venganza
-riendo.--Y si no me engaño, estás tú esperando llegue el día de mañana
-para verle otra vez.
-
-Carton continuaba leyendo, siguiendo con el índice las líneas del
-periódico y puesta en la lectura toda su atención. Los Defarges, La
-Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el
-mostrador, conversaban en voz muy baja. Después de algunos momentos
-de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos
-clavados en el aplicado lector, que no tenía ojos ni oídos más que para
-el periódico, reanudaron la conversación.
-
---Opino que tiene razón tu mujer. ¿Por qué detenernos hasta el final
-del viaje? El argumento es de gran fuerza.
-
---Todo lo que quieras--objetó Defarge--pero en una parte o en otra
-tendremos que hacer alto. En realidad, lo único que hay que acordar es
-dónde se hace ese alto.
-
---¡Después del exterminio!--replicó la tabernera.
-
---¡Magnífico!--aulló Santiago Tercero.
-
---¡Soberbio!--gritó La Venganza.
-
---Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se está que, en
-general, nada tengo que decir en su contra--observó Defarge.--Pero
-hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy
-habéis podido convenceros de ello, pues todos habréis reparado en la
-expresión de su cara mientras se leía el papel.
-
---¡He reparado en la expresión de su cara, sí!--replicó la tabernera,
-poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazón
-de fiera.--He reparado en la expresión de su cara, sí; y he visto que
-no era la cara de un amigo verdadero de la República; eso es lo que he
-visto.
-
---Y no te habrán pasado inadvertidas las crueles agonías de su hija,
-agonías que habrán exacerbado enormemente las suyas--repuso Defarge.
-
---También he observado a su hija, sí--contestó la tabernera;--la
-he observado muchas veces; no hoy sólo. La he observado hoy en el
-Tribunal, y la he observado otros días en la calle, contemplando
-los muros de la cárcel. Me basta alzar un dedo, para que baje
-inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.
-
---¡Eres una ciudadana prodigiosa!--rugió Santiago Tercero.
-
---¡Un ángel!--suspiró La Venganza.
-
---En cuanto a ti--prosiguió la tabernera implacable, dirigiéndose a su
-marido,--segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no
-depende... serías capaz de salvar aún a ese hombre.
-
---¡No!--protestó Defarge--¡Si con levantar este vaso pudiera salvarlo,
-ten por seguro que no lo levantaría! Pero me detendría allí; repito que
-daría mi obra por acabada.
-
---Ya lo estás viendo, Santiago--exclamó la tabernera lanzando por los
-ojos llamaradas de rabia--Ya lo estás viendo también tú, mi querida
-Venganza... Los dos lo véis... Los dos lo oís... Hace mucho tiempo
-que figura esa raza en mis registros condenada a la destrucción, al
-exterminio, por crímenes que nada tienen que ver con los de la tiranía
-y opresión. Preguntad a mi marido si miento.
-
---Es verdad--contestó Defarge, sin esperar a que le preguntasen.
-
---En los comienzos de los grandes días, cuando cayó la Bastilla,
-encuentra mi marido el papel que se ha hecho público hoy, lo trae a
-casa, y después de media noche, cuando el establecimiento está cerrado
-y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma
-lámpara. Preguntadle si digo verdad.
-
---Es verdad, sí--contestó Defarge.
-
---Aquella misma noche, después de leído el papel y apagada la lámpara,
-cuando comenzaba a filtrarse el día por entre las grietas de las
-ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tenía que comunicarle
-un secreto. Que os diga si miento.
-
---Es cierto--asintió Defarge.
-
---Y le comuniqué el secreto. Golpeé su pecho con estas dos manos, como
-lo golpeo ahora, y le dije: «Defarge; me crié entre pescadores de la
-playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrémonde,
-esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi
-familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido
-mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el
-fruto de sus amores que jamás abrió los ojos a la luz, era el hijo de
-mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto
-de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos
-de venganza a mí se han dirigido desde entonces...» Preguntadle si es
-verdad lo que digo.
-
---Así es--confesó Defarge.
-
---¡Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o
-extinguir el fuego del infierno!--repuso la tabernera.--Pero no; no es
-necesario que me lo digáis.
-
-Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la
-índole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro
-estaba viendo el lector del periódico sin ver su rostro. Defarge,
-minoría insignificante, aventuró algunas palabras haciendo resaltar
-la compasión de la esposa del Marqués; pero no consiguió más que la
-repetición de las palabras últimas de su mujer:
-
---¡Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego
-del infierno!
-
-La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El inglés
-pagó el gasto hecho y preguntó dónde estaba el Palacio Nacional.
-Acompañóle hasta la puerta la señora Defarge, y allí, poniendo su brazo
-sobre el de aquél, le indicó el camino que debía seguir. Ganas se le
-vinieron al parroquiano inglés de alzar aquel brazo y herir con mano
-segura a su propietaria.
-
-Alejóse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros
-de la cárcel. A la hora convenida se presentó en la casa de Lorry,
-donde halló al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad.
-Manifestóle el buen banquero que había estado acompañando a Lucía hasta
-momentos antes, y que se había separado de ella para acudir a la cita
-convenida; que no habían visto a su padre desde que salió a las cuatro
-de la tarde; que Lucía abrigaba alguna esperanza de que, por mediación
-del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy
-débiles.
-
-Cinco horas duraba la ausencia del doctor: ¿dónde podría estar? Lorry
-le esperó hasta las diez, y como no podía resignarse a dejar a Lucía
-sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera
-a la casa de la infeliz, y que Carton esperaría la llegada del doctor.
-Lorry debía regresar al Banco a media noche.
-
-Dieron las doce y el doctor no apareció. Volvió Lorry, y ni encontró
-noticias, ni trajo ninguna. ¿Dónde estaría?
-
-Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a
-la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron
-sonar sus pasos en la escalera. No bien apareció en la habitación,
-vieron que todo estaba perdido.
-
-Jamás ha podido saberse si se pasó todas las largas horas de ausencia
-vagando al azar por las calles, o bien si visitó a sus relaciones.
-Entró en la estancia, permaneció con la mirada fija en los que le
-esperaban, y no despegó los labios, ni nadie le dirigió la palabra,
-pues bien claramente decía la expresión de su rostro que todo estaba
-perdido.
-
---No puedo encontrarlo--dijo.--¿Dónde está? Me hace falta.
-
-Venía con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Después
-de tender miradas de angustia en derredor, se quitó la levita y se
-sentó en el suelo.
-
---¿Pero dónde está mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin
-poder dar con ella. ¿Qué han hecho con mi labor? Necesito concluir esos
-zapatos... los esperan con urgencia.
-
-Los dos oyentes se miraron consternados.
-
---¡Vaya... vaya!--repuso el anciano.--¡Mi banqueta... mi labor
-comenzada...! ¡Repito que es muy urgente!...
-
-Al no recibir contestación, se tiró del cabello y pateó el suelo,
-semejante a un niño enfadado.
-
---¡No martiricen a un desgraciado!--exclamó, lanzando un grito
-formidable.--¡Dénme mi labor... por Dios! ¿Qué será de nosotros si esta
-noche no termino los zapatos?
-
-¡Perdido, perdido por completo!
-
-Era inútil intentar encender una luz que el recio huracán de la
-desgracia había extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con
-terror de Sydney Carton, el doctor Manette volvía a ser el zapatero
-del sotabanco, el desventurado idiota que años antes entregaron al
-tabernero Defarge.
-
-Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo
-la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicáronse, no a
-intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino
-a tranquilizar al infeliz anciano, prometiéndole que muy en breve le
-serían devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.
-
---Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para él--dijo Carton.--Sí;
-no hay más remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo,
-¿tendrá usted la bondad de prestarme un momento de atención? Necesito
-imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me
-pregunte el motivo de las primeras ni el por qué de la segunda, que
-para callarlas tengo una razón... y de mucho peso.
-
---No lo dudo--respondió Lorry.--Siga usted.
-
-En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano,
-meciéndose con monotonía maquinal y sollozando. Los interlocutores
-hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un
-enfermo.
-
-Carton se bajó para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo,
-cayó al suelo una cajita donde el doctor tenía la costumbre de guardar
-la lista de las visitas que debía hacer durante el día. La recogió y
-abrió, encontrando dentro un papel doblado.
-
---¿Quiere usted que veamos qué es esto?--preguntó.
-
-Lorry asintió con un movimiento de cabeza.
-
---¡Gracias, Dios mío!--exclamó Carton no bien desdobló el papel.
-
---¿Qué es?--preguntó Lorry con acento anhelante.
-
---Un poquito de paciencia; se lo explicaré a su tiempo. Ante
-todo--dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita
-y sacando otro papel,--conviene que vea usted esto, que es un
-certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente.
-Léalo usted.... Sydney Carton, súbdito inglés...
-
-Lorry quedó contemplando el papel.
-
---Guárdelo usted hasta mañana. Recordará usted que he de visitar al
-prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la cárcel.
-
---¿Por qué no?
-
---No lo sé... Un capricho, quizá, pero prefiero no llevarlo. Tome
-también el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es
-otro certificado análogo, un salvo conducto para que él, su hija y su
-nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento.
-¿Lo ve usted?
-
---Sí.
-
---Probablemente se lo proporcionaría ayer, a fin de adoptar toda clase
-de precauciones contra la tormenta. ¿Qué fecha tiene? Pero no importa;
-no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo
-guarde usted juntamente con el mío y el de usted. Ahora bien; escuche
-con atención mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no
-pasó por mi imaginación que pudieran necesitar ese papel, que hoy
-es firme y valedero, y lo será mientras no lo revoquen. Pero pueden
-revocarlo; y es más: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarán
-muy pronto.
-
---¿Están en peligro?
-
---Están en peligro inminente. Están en peligro de ser denunciados
-por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado
-yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversación
-de esa mujer, y la conversación me ha hecho ver el peligro que a la
-familia del doctor amenaza. Desde que la oí, no he desperdiciado el
-tiempo, he visitado a mi espía, y mis impresiones primeras se han
-confirmado plenamente. Sabe aquél que un aserrador de leña, hechura
-de los Defarges, está pronto a declarar que _la_ ha visto (Carton
-no pronunciaba nunca el nombre de Lucía) haciendo señas a los
-prisioneros. No es difícil adivinar que sobran motivos para fundar
-sobre el hecho mencionado una acusación cualquiera, un complot contra
-la República, por ejemplo, cuya consecuencia sería la muerte de _ella_,
-quién sabe si también la de su hija... acaso hasta la de su padre,
-pues ambos han sido también vistos en el mismo sitio... No se asuste
-usted... que a todos los salvará usted.
-
---¡Quiéralo el Cielo, Carton! ¿pero cómo?
-
---Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fío en usted, convencido de que
-no podría poner el asunto en mejores manos. La nueva delación no será
-formulada hasta que pase el día de mañana... probablemente la dejarán
-para dos o tres días después, y aun es más probable que la dilaten
-una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte
-en este bendito país el que llora o simpatiza con una víctima de la
-guillotina. No cabe dudar que tanto _ella_ como su padre se harán reos
-del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo
-odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperará hasta contar con
-armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro
-el resultado. ¿Va usted comprendiendo?
-
---Con tanta atención, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted
-afirma, que hasta olvido momentáneamente esta desdicha--contestó
-extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.
-
---No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en
-abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomoción
-más rápidos. Hace ya días que tiene usted ultimados sus preparativos
-para regresar a Inglaterra. Dé usted órdenes para que mañana tengan
-enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.
-
---Lo estarán.
-
---¿No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos?
-Tiene usted un corazón todo nobleza. Esta noche, dirá a _ella_ que
-conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro
-puede envolver también a su hija y a su padre. Insista usted en este
-punto, pues de no hacerlo así, es probable que nada consiguiera, porque
-_ella_, sin inconveniente, antes bien llena de alegría, colocaría su
-hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera
-rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en
-el que amenaza a su padre, hágala usted ver la necesidad imperiosa de
-salir mañana a la hora indicada de París, con ellos y con usted. Dígala
-que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende
-mucho más de lo que ella puede suponer o esperar. ¿No le parece a usted
-que su padre, no obstante la lamentable condición de su espíritu, se
-someterá a los deseos de la hija?
-
---Estoy seguro de ello.
-
---Lo suponía. Sobre todo, téngalo todo dispuesto para la hora indicada.
-El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en
-sus asientos. En el momento que llegue yo, colóquenme en el coche, y en
-marcha.
-
---¿He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda?
-
---Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los demás,
-salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperará usted hasta que
-ese asiento esté ocupado, y en cuanto lo esté, a Inglaterra lo más
-rápidamente posible.
-
---En ese caso--observó Lorry, dando un fuerte apretón de manos a
-Carton,--ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevaré a mi
-lado a un joven ardiente y decidido.
-
---¡Con la ayuda de Dios, lo tendrá usted! Prométame ahora solemnemente
-que por nada del mundo alterará ni modificará nada de lo que hemos
-convenido.
-
---Nada, Carton; lo juro.
-
---Mañana, procure recordar con frecuencia estas palabras: «Una
-variación... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca,
-puede comprometer la salvación de las vidas de todos y ocasionar el
-sacrificio inevitable de muchas otras.»
-
---Las recordaré. Espero que Dios me dará fuerzas para llenar fielmente
-mi misión.
-
---Yo también espero que no me faltarán para cumplir la mía. Y ahora...
-adiós.
-
-No se fué, sin embargo, aunque a continuación de pronunciar la palabra
-de despedida, llevó a sus labios y besó la mano que Lorry le tendía.
-Antes ayudó a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y
-el sombrero, y a inducirle a salir, diciéndole que iban a buscar la
-banqueta y los zapatos que deseaba. Acompañó a los dos ancianos hasta
-el jardín de la casa donde lloraba un corazón lacerado, tan feliz en
-otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneció algunos
-momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar
-algunos hilos de luz, la ventana de la habitación de _ella_. Antes
-de irse, su corazón envió a la ventana un adiós solemne envuelto en
-hermosa nube de bendiciones.
-
-
-XIII
-
-CINCUENTA Y DOS
-
-Encerrados en negruzcos muros, los condenados del día esperaban la hora
-de subir al cadalso en la siniestra cárcel de la Conserjería. Eran
-tantos como semanas tiene el año. Cincuenta y dos vidas humanas debían
-perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas.
-Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habrían
-de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida
-el día anterior, había sido puesta en sitio separado la que al día
-siguiente vendría a mezclarse con la suya.
-
-Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos víctimas, pertenecientes
-a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta
-años, cuyas riquezas de nada le servían para prolongar la existencia,
-hasta el mísero jornalero, a quien tampoco podía salvar su obscuridad
-y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades físicas, que
-tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen
-sus víctimas sin reparar en categorías ni edades, así también las
-espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles,
-opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin
-distinción de personas.
-
-Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos,
-no se hizo ilusión alguna desde que salió de la Sala de Justicia. En
-cada palabra de la terrible narración allí leída vió una sentencia
-de muerte, y no se le ocultó que no había influencia humana capaz de
-salvarle, que virtualmente pesaba sobre él una sentencia pronunciada
-por millones de votos, contra los cuales de nada servían los esfuerzos
-individuales.
-
-No era, sin embargo, empresa fácil resignarse a morir, el que como
-él conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa.
-Lazos muy sólidos le unían a la vida, y era duro, muy duro, ver tan
-de cerca la cuchilla que los cortaría para siempre. Sus pensamientos
-se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, reñían entre
-sí rudas batallas, y a la postre unían sus fuerzas para contender
-contra la resignación. Si momentáneamente conseguía calmarlos, brotaba
-inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija,
-acordábase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello
-con todas las fuerzas de su alma, ni más ni menos que si en su pecho
-alentase el egoísmo más agudo.
-
-Verdad es que estas luchas no fueron de larga duración. No pasó mucho
-rato sin que actuara en él como estimulante poderoso la consideración
-de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apéndice de
-la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como él,
-recorrían todos los días y con paso firme el mismo camino doloroso que
-él debía recorrer. Pensó luego en la futura tranquilidad de espíritu de
-que, pasados los primeros momentos, disfrutarían los seres queridos que
-dejaba en el mundo, si le veían aceptar la muerte con entereza varonil,
-y de esta suerte, poco a poco y por grados, fué recobrando la calma y
-engolfándose en reflexiones de índole más elevada.
-
-Antes que cerrase la noche, había adelantado la mayor parte del camino
-en el viaje de su resignación. Provisto de recado de escribir y de luz,
-tomó la pluma y no la dejó hasta que llegó la hora en que el reglamento
-de la cárcel obligaba a apagar las lámparas.
-
-Escribió una carta muy extensa a Lucía, demostrándola que jamás
-tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oyó de
-los mismos labios de éste, y que, con anterioridad a la lectura del
-documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella
-misma de la culpabilidad directa de su padre y de su tío en aquel
-triste acontecimiento. Ya antes la había explicado que, si ocultó su
-apellido verdadero, apellido que había renunciado, fué para cumplir
-una condición, cuyo motivo comprendía ahora perfectamente, impuesta
-por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su
-hija, y ratificada la mañana de su boda. La suplicaba encarecidamente
-que, por amor a su padre, jamás intentase averiguar si aquél había
-olvidado la existencia del documento, o bien si se la recordó la
-historia de la Torre de Londres narrada bajo el plátano del jardín
-aquella noche de verano. Si del documento en cuestión conservaba algún
-recuerdo, indudablemente lo supuso destruído con la Bastilla, al ver
-que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por
-el populacho y hechas tan públicas que las conocía el mundo entero.
-Instábala--bien que añadiendo que ya sabía que la recomendación era
-inútil--a que consolase a su padre, convenciéndole, por todos los
-medios imaginables, de que no sólo no había hecho nada vituperable,
-nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario,
-se había sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido
-de su hija. Terminaba recomendándola que procurase sobreponerse a su
-dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza
-de ternura consolase a su padre.
-
-Escribió al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y
-diciéndole que confiaba a su cariño a su mujer y a su hija. Con frase
-vibrante le hacía ese encargo, no porque lo considerara necesario,
-sino más bien con objeto de levantar su ánimo y alejar de su mente
-pensamientos retrospectivos, que desde luego suponía que se alzarían
-con mayor fuerza que nunca.
-
-Dirigió una carta al señor Lorry, encomendando a su solicitud los seres
-queridos que dejaba y explicándole todos sus asuntos terrenos. No se
-acordó de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que
-no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones
-frecuentes.
-
-Cuando se apagaron las luces y se tendió sobre el mísero jergón de
-paja, creyó que había concluído ya con el mundo.
-
-Resurgió, sin embargo, éste durante su sueño, y resurgió brillante,
-encantador. Encontróse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho,
-libre, feliz, contento, en compañía de su Lucía, la cual le aseguraba
-que todo había sido un sueño, una pesadilla, que nunca habían
-abandonado a Inglaterra, que nunca se había separado de ella. A este
-sueño siguió una pausa de olvido completo, después de la cual se
-imaginó que vivía con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra
-pausa de olvido, y despertó al fin por la mañana, sin darse cuenta del
-sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la víspera,
-hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras:
-«Hoy es el día de tu muerte.»
-
-Encontrábase en el día en que debían rodar cincuenta y dos cabezas,
-una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte,
-hacía acopio de alientos para sufrirla con tranquilo heroísmo, sus
-pensamientos, muy difíciles de dominar, emprendieron con actividad
-febril nuevos derroteros.
-
-Nunca había visto el terrible instrumento que horas más tarde segaría
-su vida. Cuánta sería la elevación sobre el suelo de la lúgubre
-máquina, cuántos peldaños tenía la escalera fatal, dónde estaría
-emplazada, qué manos se encargarían de colocarle sobre el tajo, si
-estarían tintas en sangre, hacia qué lado volvería la cabeza, si sería
-él el primero o si sería el último; éstas y otras preguntas semejantes
-se hacía una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera
-su voluntad, sino su imaginación sobreexcitada. Tampoco las inspiraba
-el miedo, sino más bien un deseo extraño de saber qué era lo que haría
-cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporción con los
-fugaces instantes a los cuales se refería, una curiosidad inexplicable
-sentida por una alma distinta de la suya.
-
-Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvería a
-oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar
-las doce. El reo paseaba cada vez más sereno. Lo peor de la lucha
-interna había pasado. Ya no conturbaban su imaginación pensamientos
-disparatados, ya podía rezar por sí y por los suyos.
-
-Sonaron las doce.
-
-Habíanle dicho que la hora última que para él sonaría en el mundo
-serían las tres, y sabía que le sacarían del calabozo con bastante
-anticipación a la hora indicada, pues las carretas de la muerte
-recorrían muy lentamente el camino del patíbulo. Supuso, pues que le
-llamarían a las dos.
-
-Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando
-hirió sus oídos la una; no perdió su calma heroica. Fervorosamente dió
-gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pensó:
-
-«Me resta otra hora.»
-
-Sonó rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se
-abrió y volvió a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta,
-abierta ya, o mientras la abrían, estas palabras:
-
-«No me ha visto nunca aquí, pues he cuidado siempre de alejarme de su
-paso. Entre usted... Esperaré fuera... No pierda tiempo.»
-
-Frente al prisionero brotó un hombre que le miraba sonriente,
-tranquilo. Era Sydney Carton.
-
-Tal era la expresión de su rostro, tan notable su mirada, que en el
-primer instante temió el prisionero que se tratase de una aparición no
-real, fruto de su imaginación alborotada. Pero la aparición habló, y el
-tono de su voz era el de Carton; estrechó la mano del reo, y su mano
-era una mano real, de carne y hueso.
-
---Apuesto a que soy yo el último ser humano a quien usted esperaría
-ver: ¿me equivoco?
-
---No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun viéndole, estoy
-dudando que frente a mí se encuentre el Sydney Carton a quien he
-conocido... ¿Es también prisionero?
-
---No. La casualidad me ha hecho dueño de uno de los calaboceros de esta
-cárcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo
-de parte de _ella_... de parte de su mujer, mi querido Darnay.
-
-El reo le tendió silenciosamente la mano.
-
---Y traigo el encargo de hacerle una súplica.
-
---¿Qué es?
-
---Es la súplica más fervorosa, la más apremiante, la más ardiente de
-las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es.
-No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono más
-patético que nunca ha sonado en sus oídos.
-
-El reo dobló la cabeza sin contestar.
-
---Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qué soy el emisario
-encargado de formular la súplica en cuestión, o para pedirme
-explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para
-dárselas. Su obligación... obligación sagrada, es obedecer sin
-replicar... ¡Quítese las botas, y póngase las mías!
-
-Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, había una silla.
-Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, había obligado a
-aquél a sentarse en la silla en cuestión.
-
---Descálcese y póngase estas botas mías... ¡Pronto!...
-
---Carton... Es imposible escapar de aquí--replicó Carlos, completamente
-desconcertado;--imposible de todo punto... No conseguirá usted otra
-cosa que morir conmigo... Es una locura....
-
---Sería una locura si yo le dijera a usted que escapara; ¿pero se lo
-he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta,
-contésteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y
-póngase la mía... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de
-levitas... ¡Magnífico! Me permitirá que le quite esa cinta que sujeta
-su pelo, y que desordene un poquito su peinado... ¡eso es! Ya va usted
-tan mal peinado como yo.
-
-Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que más que humana
-parecía sobrenatural, transformó al prisionero en un abrir y cerrar de
-ojos. El reo parecía niño sin voluntad en sus manos.
-
---¡Carton... Mi querido Carton! ¡Es una locura... un desatino! No es
-posible llevarlo a cabo... Jamás se ha conseguido... Docenas de veces
-lo han intentado y siempre fué el fracaso más ruidoso el resultado...
-¡Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras
-sacrificando estérilmente su vida...! ¿No basta con que muera yo?
-
---¿Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella
-puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto
-concluído. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; ¿tiene usted el
-pulso firme? ¿Podrá escribir?
-
---Firme lo tenía cuando usted entró.
-
---Pues es preciso que lo esté otra vez, para que escriba con letra muy
-clara lo que voy a dictar... ¡Pronto, amigo mío, pronto!
-
-Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tomó asiento frente a la
-mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, quedó en pie al lado
-suyo.
-
---Escriba punto por punto lo que yo le dicte.
-
---¿A quién dirijo el escrito?
-
---A nadie.
-
-La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho.
-
---¿Pongo fecha?
-
---No.
-
-El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton,
-sin mover la diestra, miraba al suelo.
-
-«Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se
-cruzaron--dijo Carton dictando,--comprenderá sin esfuerzo esta carta,
-no bien la lea. Sé positivamente que las recuerda, pues no es usted de
-los que olvidan pronto.»
-
-El reo, que no comprendía el sentido de lo que estaba escribiendo, alzó
-inopinadamente los ojos y sorprendió a Carton en el momento que sacaba
-del pecho la mano. Esta se detuvo.
-
---¿Ha escrito usted «olvidan pronto?»
-
---Sí. ¿Tiene en su mano algún arma?
-
---No; no tengo armas.
-
---¿Qué tiene, pues?
-
---Dentro de un momento lo sabrá usted... Continúe escribiendo, que son
-ya muy pocas las palabras que nos faltan... «Doy gracias a Dios que me
-permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para
-nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.»
-
-Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que
-escribía, su mano derecha fué moviéndose cautelosamente acercándose a
-la cara del reo.
-
-La pluma cayó de la mano de Darnay, quien miró con expresión atontada
-en derredor.
-
---¿Qué vapor es éste?--preguntó.
-
---¿Vapor?
-
---Sí... un olor que me molesta y aturde.
-
---Nada percibo... No es posible que aquí se respiren vapores... Tome de
-nuevo la pluma y terminemos... ¡Pronto, pronto!
-
-El reo, cuya respiración se había hecho jadeante, y cuyo rostro
-reflejaba el desorden de sus facultades, se inclinó sobre el papel
-dispuesto a escribir.
-
-«De haber sido otro el curso de los sucesos--continuó dictando Carton,
-cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,--es
-natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el
-curso de los sucesos...»
-
-Fijó Carton sus ojos en la pluma, y vió que garrapateaba signos
-ininteligibles.
-
-El reo se enderezó de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de
-reconvenciones; pero la diestra del último se acercó más y más a su
-nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luchó el reo
-débilmente y durante breves segundos con el hombre que venía a dar su
-vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yacía inmóvil
-sobre el suelo.
-
-Carton vistió inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos
-antes, se peinó mejor que nunca, ató su cabello con la cinta que antes
-sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja:
-
---¡Entre... entre!...
-
-Dos segundos después, se presentaba el espía.
-
---¿Lo ve usted?--preguntó Carton alzando la cabeza, e hincando a
-continuación una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de
-Carlos el papel que había escrito.--¿No le dije que su riesgo era
-insignificante?
-
---Mi riesgo, señor Carton, no está en _esto_--respondió el espía,--sino
-en que usted cumpla fielmente lo estipulado.
-
---Esté usted tranquilo, que yo me atendré a lo convenido hasta la
-muerte.
-
---Así debe ser para que resulte exacto el número cincuenta y dos. Con
-que usted lo complete, vestido como está en este momento nada temo.
-
---Nada debe temer. Yo, que podría perjudicarle, desapareceré muy en
-breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, ayúdeme; mejor dicho;
-lléveme al coche.
-
---¿A usted?--preguntó el espía con aprensión visible.
-
---¡A él, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! ¿Saldrá por
-la misma puerta por la que entré yo?
-
---Claro que sí.
-
---Pues bien; como me encontraba débil y desfallecido cuando entré, lo
-natural es que salga más débil y más desfallecido. La despedida eterna
-me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha
-ocurrido aquí con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta
-suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio.
-
---¿Me jura usted que no me traicionará?--preguntó el espía temblando.
-
---¡Pero hombre! ¿No lo he jurado ya solemnemente?--replicó Carton,
-pateando con impaciencia.--¿A qué, pues, perder ahora momentos que son
-preciosos? Sáquelo al patio que usted sabe, colóquelo en el coche,
-llévelo al lado del señor Lorry, dígale que no le dé ninguna medicina,
-que lo único que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche,
-que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada más.
-
-Retiróse el espía, y Carton se sentó a la mesa, sobre la cual apoyó los
-codos. Segundos después volvía a entrar el espía con dos hombres.
-
---¡Hombre!--exclamó el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.--¿Tanta
-impresión le ha hecho ver que su amigo ha sacado el _gordo_ en la
-lotería de Santa Guillotina?
-
---¡A fe que no se hubiera afligido más un buen patriota si el
-aristócrata hubiese sido declarado absuelto!--observó el otro.
-
-Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que habían traído y
-se lo llevaron.
-
---¡Pocas horas de vida te quedan, Evrémonde!--dijo el espía.
-
---Lo sé muy bien--respondió Carton.--Cuida de mi amigo y déjame en paz.
-
---Vámonos, hijos míos--dijo el espía a sus compañeros.--Andando.
-
-Cerróse la puerta quedando Carton solo. Concentró en su oído todas
-las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o
-alarmas; nada se oyó. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron
-puertas con estrépito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oyó un
-grito ni se perturbó el orden o la tranquilidad habitual. Carton, más
-tranquilo ya, permaneció sentado frente a la mesa hasta que sonaron las
-dos.
-
-A sus oídos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni
-sorprendieron, sencillamente porque sabía perfectamente qué
-significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que
-al fin llegó el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una
-lista, sin pasar del umbral, se limitó a decir:
-
---Sígueme, Evrémonde.
-
-Carton salió tras el calabocero hasta llegar a una celda obscura,
-de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de
-prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos
-tenían atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que
-éstos se quejaban y aquéllos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor
-parte, sin embargo, permanecían silenciosos e inmóviles, con los ojos
-clavados en tierra.
-
-Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y
-un compañeros de cadalso, algunos de los cuales entraron después que
-él, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeció,
-temiendo ser descubierto, pero aquél continuó su marcha luego que
-le hubo dado un abrazo. Momentos después, una muchachita de cuerpo
-gracioso y lindas facciones se levantó del suelo y se acercó a Carton.
-
---Ciudadano Evrémonde--dijo, alargándole su mano helada;--soy una
-costurerita que fuí tu compañera de prisión en La Force.
-
---¡Ah, sí!--murmuró Carton.--¡Es verdad! Lo que no recuerdo es la
-acusación que te llevó a la cárcel.
-
---Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente.
-¿Puede haber conspirador que confíe sus maquinaciones a una niña débil
-como yo?
-
-La sonrisa con que la jovencita acompañó sus palabras conmovió tan
-profundamente a Carton, que las lágrimas asomaron a sus ojos.
-
---No me da miedo morir, ciudadano Evrémonde, pero repito que nada he
-hecho. Hasta moriría con alegría si la República, que según dicen, ha
-de hacer felices a los pobres, obtuviera algún provecho de mi muerte;
-pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para
-nada, Evrémonde. ¿Qué beneficios ha de reportar a la República la
-muerte de una criatura débil como yo?
-
-La compasión que la niña inspiraba a Carton era infinita.
-
---Oí decir que te habían absuelto, ciudadano Evrémonde, y de veras
-siento que no sea verdad.
-
---Lo fuí; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado.
-
---Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrémonde, ¿me permitirás
-que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una niña, tu
-mano me dará el valor que me falta.
-
-Carton vió que por los ojos de la niña, al clavarlos en su cara, pasaba
-una nube de duda primero, y de asombro después.
-
---¿Vas a morir por él?
-
---¡Y por su mujer y su hija... sí!
-
---¡Oh! ¿Me permitirás tener entre las mías tu mano valerosa?
-
---Sí, desventurada hermana mía... hasta el postrer momento.
-
- * * * * *
-
-Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas
-estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el
-momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad,
-se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan.
-
---¿Quiénes son los viajeros? ¡A ver... los documentos!
-
-Una mano presenta los documentos, que son leídos.
-
---Alejandro Manette... médico... francés... Veamos; ¿quién es?
-
-Un brazo extendido indica un viejo extenuado que murmura palabras
-ininteligibles.
-
---Parece que el ciudadano doctor tiene perturbadas las facultades, ¿eh?
-Le ha abrasado el cerebro la fiebre de la Revolución.
-
---Eso parece.
-
---¡Bah! Son muchos los que se encuentran en su caso... Lucía, su
-hija... francesa... ¿Quién es?
-
---Esta.
-
---Muy bien. Evrémonde emprende otro viaje distinto... Lucía, hija de
-Lucía... inglesa... ¿Es esta?
-
---La misma.
-
---Dame un beso, hija de Evrémonde... Has besado a un buen republicano,
-cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado,
-inglés... ¿Quién es?
-
---Este que yace tendido en el fondo del coche.
-
---¿Va desmayado el abogado inglés?
-
---Sí... su salud está muy quebrantada, pero el aire puro le sentará
-indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido
-la desgracia de incurrir en el desagrado de la República.
-
---¿Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el
-desagrado de la República, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero,
-inglés... ¿Quién es el banquero?
-
---Yo; no puede ser otro, puesto que nadie más queda en el coche.
-
-Mauricio Lorry era el que había contestado a las preguntas anteriores,
-Mauricio Lorry el que había echado pie a tierra y, apoyada la diestra
-en la portezuela del carruaje, respondía al interrogatorio del
-encargado de la vigilancia de la Barrera.
-
---Toma tus documentos, Mauricio Lorry... ¡Refrendados!
-
---¿Podemos proseguir la marcha?
-
---Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje.
-
---Salud, ciudadanos... Pasó el primer peligro.
-
---¿No le parece que caminamos demasiado despacio?--preguntó Lucía
-llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry.
-
---Si corriéramos más, parecería que huíamos; no conviene; excitaríamos
-sospechas.
-
---Vuelva la vista atrás... ¿No nos persiguen?
-
---No, querida mía, no; hasta ahora no nos persiguen.
-
-Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisos que
-bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, tenerías en
-ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de
-árboles sin hojas. Corren por caminos ásperos y desiguales, cruzando
-malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascándose en
-profundos lodazales. Su impaciencia, su agonía es tan grande, que no
-ven nada, en nada reparan, en nada piensan más que en llegar cuanto
-antes al puerto de salvación.
-
-Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras
-quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben
-trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la
-vertiente opuesta, entran en terrenos menos áridos... ¡Dios santo! ¡Los
-persiguen!
-
---¡Ah del coche...! ¡Alto!
-
---¿Qué pasa?--pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela.
-
---¿Cuántos han sido hoy?
-
---No comprendo.
-
---¿Cuántos han besado hoy la Santa Guillotina?
-
---Cincuenta y dos.
-
---¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos
-de aquí despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina
-marcha admirablemente... ¡Bien por la Guillotina...! ¡Viva la
-Guillotina...! ¡La adoro...! ¡Adelante!
-
-Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras
-inteligibles. Cree que continúa al lado de Carton y le pregunta qué es
-lo que tiene en la mano...
-
-¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de los fugitivos!
-
-Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las
-nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen
-incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie más corre en su
-seguimiento.
-
-
-XIV
-
-FIN DE LA CALCETA
-
-A la hora misma en que los cincuenta y dos esperaban el momento de
-trabar relaciones demasiado estrechas con la Guillotina, celebraban
-siniestro consejo secreto la señora Defarge, La Venganza y Santiago
-Tercero. La conferencia no tenía lugar en la taberna, sino en el taller
-del aserrador de leños, peón caminero en otros tiempos, y a ella no fué
-admitido el aserrador, sino obligado a permanecer fuera, a distancia
-respetable.
-
---De todas suertes, nuestro Defarge es un buen republicano,
-¿eh?--preguntó Santiago Tercero.
-
---No lo hay mejor en toda Francia--respondió con calor La Venganza.
-
---Calma, mi querida Venganza--replicó la tabernera, poniendo una
-mano sobre el brazo de su _tenienta_ y frunciendo ligeramente el
-ceño.--Antes de emitir opiniones, conviene que escuches lo que voy a
-decir. Mi marido, como ciudadano, es un buen republicano y un hombre
-de valor; ha merecido bien de la República y posee su confianza;
-pero mi marido tiene sus debilidades, y una de las mayores, la mayor
-seguramente, es la de querer al doctor.
-
---¡Es una desgracia!--exclamó Santiago Tercero, moviendo con
-expresión enigmática la cabeza.--Esas debilidades desdicen de un buen
-ciudadano... ¡Qué lástima!
-
---Lo que menos me importa a mí es el doctor--repuso la tabernera.--Por
-mí, puede llevar la cabeza sobre los hombros, o perderla; me es
-completamente igual; pero la raza Evrémonde ha de ser exterminada, ha
-de desaparecer de la tierra, y como consecuencia, la esposa y la hija
-deben seguir al otro mundo al marido y al padre.
-
---Y que tiene una cabeza hermosa si las hay; una cabeza que está
-pidiendo a gritos la Guillotina--contestó Santiago Tercero.--No hay
-nada que entusiasme tanto como ver pendiente de las manos de nuestro
-buen Sansón una cabecita de ojos azules y cabellos de oro.
-
-La señora Defarge bajó los ojos y permaneció en actitud reflexiva
-durante algunos momentos.
-
---También tiene cabellos de oro y ojos azules la niña--repuso Santiago
-Tercero.--Además, pocas veces se nos concede el placer de ver sobre el
-tablado niñas de sus años. Será un espectáculo soberbio.
-
---Hablando con franqueza--dijo la tabernera sacudiendo su
-abstracción,--en este asunto no me merece confianza mi marido. No sólo
-estoy convencida desde anoche de que no debo confiarle los detalles
-de mis proyectos, sino también de que, a poco tiempo que perdamos, es
-muy capaz de advertirles del peligro que corren, en cuyo caso, se nos
-escapan.
-
---¡No escaparán, no... ni uno ni medio!--gruñó Santiago
-Tercero.--¡Caerán todos, hasta el último! ¡Es preciso llegar a sesenta
-diarios!
-
---En una palabra--añadió la tabernera,--ni mi marido tiene las
-razones que yo para exigir el exterminio total de esa raza, ni yo
-tengo las razones que él para tratar con consideración al doctor. De
-consiguiente, debo prescindir de él y obrar por mi cuenta. Puedes
-entrar, ciudadano--terminó dirigiéndose al aserrador.
-
-Obedeció, temblando, el aserrador, quien se presentó con el gorro rojo
-en la mano.
-
---Respecto a las señales que viste que aquella mujer hacía a los
-prisioneros, ¿estás dispuesto a sostenerlas con tu declaración en
-cualquier momento, ciudadano?--preguntó la tabernera.
-
---¿Por qué no? Desde aquí la he visto todos los días, lluviosos o
-serenos, fríos o calurosos, desde las dos de la tarde hasta las cuatro,
-unas veces con la niña, otras sola, y siempre haciendo señales. Estos
-mismos ojos lo han visto.
-
-Mientras hablaba, hacía con las manos gran variedad de señas que jamás
-había visto.
-
---Complots... maquinaciones... es indudable--respondió Santiago Tercero.
-
---¿Podemos contar con el jurado?--preguntó la tabernera.
-
---En absoluto. Es un jurado patriota, ciudadana. Respondo yo de todos
-los que lo forman.
-
---Otra cosa...--añadió la tabernera, meditando.--Veamos..... ¿Puedo
-perdonar al doctor en obsequio a mi marido? A mí me es igual... el
-doctor me es indiferente... ¿Puedo perdonarlo?
-
---Sería una cabeza más--observó Santiago Tercero.--Principian a
-escasear las cabezas... dentro de poco escasearán más aún... Yo creo
-que sería una lástima perdonarlo.
-
---Cuando yo le encontré frente al sitio donde estamos, hacía las
-mismas señas que su hija--dijo la señora Defarge.--Si hablo de la una,
-forzosamente he de hablar del otro. Por otra parte, no me es posible
-callar, así es que, descargo toda la responsabilidad del caso sobre
-este ciudadano. El declarará lo que quiera. De mí, lo único que puedo
-decir es que nunca seré testigo falso.
-
-La Venganza y Santiago Tercero demostraron claro como la luz del sol
-que, lejos de ser testigo falso, siempre había sido espejo de testigos
-admirables y maravillosos, y el ciudadano aserrador, no queriendo
-quedar atrás, protestó ante el cielo y la tierra que la señora Defarge
-era un testigo celestial.
-
---¡Que se cumpla su destino!--dijo la tabernera.--No; no puedo
-perdonarle... Supongo, ciudadano, que para las tres de hoy no puedes
-disponer de tu persona, pues creo que no te privarás del gusto de
-contemplar la hornada del día, ¿eh?
-
-Contestó inmediatamente el aserrador que por nada del mundo se privaría
-de tan hermoso espectáculo, lo que le dió pie para añadir que era el
-republicano más fervoroso, y que se consideraría el más desolado de
-los republicanos, si algún día le impedían fumar su pipa mientras
-contemplaba el hermoso funcionamiento de la Navaja Barbera Nacional.
-
---También asistiré yo--respondió la tabernera.--Luego que termine la
-función... a las ocho... sí; es buena hora... a las ocho vendrás a
-buscarme a San Antonio para delatar a esos individuos en mi sección.
-
-Contestó el aserrador que sería para él honor altísimo y viva
-satisfacción acudir a la cita que le daba la ciudadana.
-
-La señora Defarge se acercó a la puerta del taller, llamó por medio de
-una seña a Santiago Tercero y a La Venganza, y luego que estuvieron
-éstos a su lado, expúsoles con toda claridad sus puntos de vista.
-
---Seguramente se encuentra en este instante en su casa, esperando la
-noticia de la muerte de su marido--dijo.--En su dolor y desesperación,
-no sólo llorará la desgracia que la aflige, sino que también censurará
-la justicia de la República. Todas sus simpatías estarán de parte de
-los enemigos del pueblo; así, que voy sin pérdida de momento a verla.
-
---¡Qué mujer tan admirable! ¡Qué patriota tan adorable!--exclamó
-Santiago Tercero, cuyo entusiasmo llegó a lo indecible.
-
-La Venganza la abrazó llorando en un rapto de admiración.
-
---Toma mi calceta--repuso la señora Defarge, depositándola en manos de
-La Venganza,--y ténmela preparada en mi asiento de costumbre. Vete allí
-en derechura, no pierdas tiempo, pues es casi seguro que hoy haya más
-concurrencia que de ordinario.
-
---Con toda mi alma obedeceré las órdenes de mi jefe--contestó La
-Venganza, besando a la tabernera en la mejilla.--¿Tardarás mucho?
-
---Allí estaré antes que comience la función.
-
---Procura llegar antes que las carretas--replicó La Venganza.
-
-La tabernera salió del taller a buen paso, no tardando en perderse de
-vista.
-
-Muchas fueron en aquella época las mujeres cuyas siluetas morales no
-es posible contemplar, no obstante la distancia del tiempo, sin horror
-y asco; pero entre ellas, no hubo ninguna tan inhumana, tan feroz,
-tan despiadada, como la que dejamos en este instante dirigiéndose
-al domicilio del desventurado doctor Manette. Era mujer inaccesible
-al miedo, inflexible, inteligente, astuta y resuelta, dotada de esa
-hermosura especial que infiltra en el ánimo de quien la posee firmeza
-y animosidad que fuerza a los demás a rendir homenaje instintivo a las
-cualidades expresadas. De haber vivido en época menos conturbada, de
-haberse movido en otro teatro, quién sabe si hubiese sido la gloria de
-su sexo; pero víctima desde niña de las injusticias sociales, crecida
-en una atmósfera de odio implacable de clase, se convirtió en tigre.
-Desconocía en absoluto la piedad; y si alguna vez anidó en su alma
-la virtud, habíala extirpado muchos años antes no dejando de ella ni
-rastros.
-
-¿Qué importaba que muriera un inocente por pecados cometidos por
-sus antepasados? Su furia implacable no veía al primero, sino a los
-últimos. Ni tenía importancia dejar viuda a una infeliz mujer o
-huérfana a su hija; antes bien conceptuaba insuficiente el castigo
-desde el momento que se trataba de sus enemigos naturales, de su
-presa, de seres que no tenían derecho a vivir. Intentar aplacarla, era
-inútil, pues carecía de la facultad de compadecerse, no ya solo de los
-demás, sino hasta de sí misma. Si en alguno de los muchos encuentros
-en que tomó parte hubiese caído bajo la mano de sus enemigos, hubiera
-aceptado su desgracia como cosa natural y corriente, y si la hubiesen
-obligado a subir la escalera fatal que terminaba en la guillotina,
-habría tendido su cuello sin que en su fiera alma nacieran otros
-sentimientos que un deseo rabioso de cambiar de puesto con el hombre
-que allí la enviara.
-
-Tal era el corazón que palpitaba bajo el tosco vestido de la señora
-Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera
-ofreciera un aspecto lúgubre como no dejaba de ofrecer algún atractivo
-su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro
-colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en
-la cintura una daga de hoja larga y afilada. Así ataviada, caminando
-con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer
-que desde niña ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos,
-desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrás calles y más
-calles.
-
-Fuerza será que hagamos una pequeña digresión, a fin de aclarar algunos
-puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior,
-cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos,
-fué para él motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar
-consigo a la señorita Pross. No sólo era muy de desear evitar excesos
-de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino también reducir al
-mínimum el tiempo que en la Barrera emplearían para examinar los
-documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvación de todos podía
-depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras
-largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes
-y las ventajas, había propuesto dejar a la señorita Pross y a Jeremías
-_Lapa_, que podían salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden
-de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de
-los carruajes más ligeros entonces conocido. Libres del engorro de
-equipajes, no tardarían en dar alcance a los señores, y hasta en
-dejarlos rezagados.
-
-La señorita Pross aceptó con alegría una proposición que la deparaba
-oportunidad de prestar algún servicio de importancia a las personas
-queridas. Ella y Jeremías habían conocido a la persona que su hermano
-Salomón había traído desmayada en un coche, habían despedido a los
-viajeros, habían pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban
-haciendo los últimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el
-coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a
-la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente.
-
---¿Qué opina usted, _señor Lapa_?--preguntó la señorita Pross, cuya
-agitación era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni
-permanecer en pie, ni vivir.--¿Qué opina usted de nuestro viaje? La
-salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar
-sospechas; así lo temo, al menos.
-
---Mi opinión, señorita, es que tiene usted razón--contestó
-_Lapa_--También opino que siempre apoyaré lo que usted diga, tanto si
-tiene razón como si se equivoca.
-
---Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte
-que puedan correr nuestros señores--repuso la señorita Pross llorando
-desconsoladamente,--que soy incapaz de formar ningún plan racional. Y
-usted, _señor Lapa_, mi querido _señor Lapa_, ¿se siente con capacidad
-bastante para formar algún plan medianamente racional?
-
---Con respecto a la vida futura, señorita, creo que sí--respondió
-Jeremías _Lapa_;--pero con respecto al uso presente de esta bendita
-cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. ¿Quiere usted
-hacerse cargo, señorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer,
-como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos?
-
---¡Dios nos tenga de su mano!--exclamó la señorita Pross, llorando a
-grito herido.--Vengan en seguida esos votos o promesas, hágalos sin
-perder instante como buen cristiano que es.
-
---Lo primero que prometo--dijo _Lapa_ temblando como un azogado y con
-expresión patética,--lo primero que juro, es no volver a hacer nunca
-más algunas cosillas que antes hacía... No; nunca más.
-
---Bien segura estoy, _señor Lapa_, de que no ha de hacerlas nunca más,
-sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar.
-
---No, señorita; no las mencionaré. Lo segundo que prometo, lo segundo
-que juro, es no volver a mezclarme más en los rezos de la _señora
-Lapa_. No; nunca más la impediré que se pase la vida entera de rodillas.
-
---Hará usted muy bien.--contestó la señorita Pross, secando las
-lágrimas que la cegaban.--Deje que de las cosas del hogar cuide su
-señora... ¡Oh... mi pobre señorita!
-
---Creo conveniente hacer constar, señorita--repuso _Lapa_ cual si
-estuviera hablando desde lo alto de un púlpito,--y desearía que usted
-transmitiera mis palabras a la _señora Lapa_, que mis opiniones con
-respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi
-alma desearía que la _señora Lapa_ estuviera de rodillas y rezando en
-este instante.
-
---¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando, y ojalá el Cielo escuche benigno sus
-oraciones!
-
---¡Maldigo--prosiguió el _señor Lapa_ con mayor solemnidad que
-nunca--maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que
-rezan y se pasan el tiempo de rodillas! ¡Maldigo a todos los mortales
-que en este mismo momento no están de rodillas y rezando para que el
-Señor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos!
-¡Maldigo, señorita... maldigo...!
-
-El buen _Lapa_ bajó la cabeza después de buscar en vano durante una
-porción de segundos otra cosa que maldecir.
-
---Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra
-patria--contestó la señorita Pross,--puede usted abrigar la seguridad
-más absoluta de que repetiré a la _señora Lapa_ cuanto usted acaba
-de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo
-momento me encontrará dispuesta a dar testimonio de sus excelentes
-propósitos... ¡Pero pensemos, _señor Lapa_.... pensemos!
-
-Al cabo de largo rato de profunda meditación, dijo la señorita Pross:
-
---¿No le parece acertado, _señor Lapa_, dar orden de que el coche, en
-vez de venir aquí, espere en cualquier parte? Si mi proposición le
-agrada, podría salir usted a dar el aviso, y yo acudiría al punto que
-conviniéramos.
-
-Jeremías _Lapa_ contestó que el plan le parecía acertado.
-
---¿Dónde podrían esperarme?--preguntó la señorita Pross.
-
-Tan aturdido estaba el _señor Lapa_, que no se le ocurrió indicar lugar
-más a propósito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto
-al Banco Tellson.
-
-¡Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de
-distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de
-la casa.
-
---Junto a la puerta de la catedral--dijo la señorita Pross.--¿Le parece
-a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres?
-
---Me parece inmejorable, señorita.
-
---Entonces, lléguese a la casa de postas, y dé las órdenes convenientes.
-
---Lo único que me intranquiliza--dijo _Lapa_ rascándose la cabeza,--es
-dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder.
-
---Sólo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por mí. Espéreme con
-el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo
-más cerca que le sea posible, que desde luego será menos expuesto a
-contratiempos que si saliéramos de aquí. ¡Que Dios le bendiga, _señor
-Lapa_! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras
-más preciosas que probablemente dependen de las nuestras.
-
-Estas palabras, y la actitud de la señorita Pross, que tendía hacia
-él sus manos suplicantes, acabaron de decidir a _Lapa_, quien salió
-inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisión.
-
-No contribuyó poco a tranquilizar a la señorita Pross ver en camino de
-ejecución las medidas de precaución adoptadas. También halló consuelo
-en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en
-las calles una atención que podía ser peligrosa. Consultó el reloj y
-vió que eran las dos y veinte. No podía perder tiempo.
-
-Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas,
-temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores
-indecibles, la señorita Pross puso agua fría en una jofaina y principió
-a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por
-sus aprensiones, a cada segundo interrumpía el lavatorio para dirigir
-en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones,
-retrocedió y lanzó un alarido penetrante, pues, en realidad, descubrió
-a una persona que de pie, en el centro de la habitación, la estaba
-mirando.
-
-La jofaina se hizo mil pedazos y el agua derramada llegó a besar los
-pies desnudos de la tabernera Defarge. Aunque parezca extraño, aquellos
-pies, que iban a buscar sangre, se encontraban con agua.
-
---¿Dónde está la mujer de Evrémonde?--preguntó la tabernera con
-frialdad.
-
-Rápida como el rayo penetró en la mente de la señorita Pross la idea de
-que, la circunstancia de que estuvieran abiertas de par en par todas
-las puertas, haría sospechar propósitos de fuga. Comenzó, pues, por
-cerrarlas todas, y a continuación, se colocó frente a la puerta que
-daba acceso a la habitación que hasta aquel día había ocupado Lucía.
-
-Con mirada llameante siguió la tabernera Defarge todos los movimientos
-de la señorita Pross, fijándolos en su cara luego que la vió inmóvil
-junto a la puerta.
-
-Limpia de toda clase de atractivos físicos estaba la señorita Pross.
-Los años no habían amansado su rústica rudeza ni suavizado la hosquedad
-ceñuda de su cara. Era al propio tiempo mujer resuelta, los peligros
-personales no la asustaban, y lejos de amilanarse al ver a la señora
-Defarge, midióla de alto abajo con una mirada de profundo desdén.
-
---Por tu aspecto, podrías ser la mujer del mismísimo Lucifer--se dijo
-para sus adentros la señorita Pross.--Pero si crees que me das miedo,
-te equivocas; soy inglesa.
-
-Contemplábala la tabernera con el desprecio en la mirada, aunque
-comprendiendo que se encontraba frente a un enemigo de cuidado. Sabía
-muy bien que la señorita Pross era capaz de perder la vida por la
-familia del doctor, de la misma manera que la señorita Pross sabía que
-la tabernera Defarge era capaz de todo lo malo tratándose de la familia
-indicada.
-
---Iba al lugar donde tengo reservada una silla--dijo la Defarge,
-extendiendo un brazo en dirección al sitio donde estaba emplazada la
-guillotina,--y de paso, he querido dar mi enhorabuena a la mujer de
-Evrémonde. Necesito verla.
-
---Sé que tus intenciones son malas, y puedes contar desde luego con
-la seguridad de que encontrarás en mí quien se oponga a que las
-realices--replicó la señorita Pross.
-
-Cada cual hablaba en su lengua patria. Ni la tabernera entendía
-una palabra de las pronunciadas por la señorita Pross, ni ésta las
-pronunciadas por aquélla. Sin embargo, acechábanse mutuamente con
-mirada tan intensa, que sus gestos, su expresión, hacían inteligibles
-las palabras que nada decían a sus oídos.
-
---Peor para ella si no me la dejas ver ahora mismo--repuso la
-tabernera.--Los buenos patriotas sabrán muy pronto lo que eso
-significa. Quiero verla... necesito verla... Ve y dila que no me voy de
-aquí sin verla. ¿No me oyes?
-
---Te empeñas en quedarte sin ojos, y lo vas a conseguir--replicó la
-señorita Pross.--Mírame, mírame con esos ojos de bestia feroz, pero no
-me tientes el bulto, que tengo malas pulgas. Puede que vengas por lana
-y dejes la tuya entre mis uñas.
-
-Claro que la Defarge no entendió palabra de las frases que quedan
-copiadas, pero sí se dió cuenta cabal de que su interlocutora se negaba
-en redondo a obedecer sus mandatos.
-
---¡Imbécil... cara de marrana hambrienta!--barbotó.--¡Quiero ver a la
-mujer de Evrémonde! ¡O vas ahora mismo a decírselo, o te separas de esa
-puerta y me dejas paso franco!
-
---Nunca me imaginé que pudiera hacerme falta entender esa lengua
-estúpida que hablas; pero la verdad es que daría ahora mismo todo lo
-que tengo, excepto la camisa que llevo puesta, por saber si sospechas
-toda la verdad o parte de ella.
-
-Las dos mujeres se clavaban mutuamente con la vista. La tabernera, que
-hasta aquí no se había movido del sitio en que la vió la señorita Pross
-cuando se lavaba los ojos, avanzó un paso.
-
---Soy bretona y estoy furiosa--dijo la señorita Pross.--Mi vida me
-importa un rábano. Sé que cuanto más tiempo te detenga, más aseguro la
-salvación de mi señorita... Como te acerques, yo te aseguro que no te
-dejo un pelo en esa cabeza.
-
-Era el valor de la señorita Pross de índole sentimental, un valor que
-llenó de lágrimas sus ojos. Poco práctica la tabernera en fenómenos de
-sentimiento, tomó las lágrimas por debilidad.
-
---¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y qué poco vales!--exclamó.--No quiero
-nada contigo... ¡Ciudadano doctor!--gritó.--¡Mujer de Evrémonde, hija
-de Evrémonde! ¡Contestad a la ciudadana Defarge, miserables habitantes
-de esa casa!
-
-Acaso el silencio que siguió a sus gritos, acaso la expresión de la
-señorita Pross, acaso presentimientos nacidos en su negra alma,
-sugirieron a la tabernera la sospecha de que las personas cuya sangre
-buscaba habían huído. El hecho fué que de las cuatro puertas que tenía
-la habitación en que se encontraba, abrió tres y miró al interior de
-las estancias a las cuales daban acceso.
-
---¡Todo lo veo en desorden, en estas habitaciones no hay nadie,
-y sospecho que también está desierta la que tú guardas! ¡Quiero
-reconocerla!--gritó.
-
---¡Nunca!--respondió la señorita Pross, quien entendió las palabras de
-la tabernera tan bien como ésta entendió su respuesta.
-
---Si no están en esa habitación, se han ido; y aun es tiempo de
-perseguirlos y de darles alcance--pensó la Defarge.
-
---Mientras no averigües si están o no en esta habitación, no sabrás qué
-partido tomar--se dijo a sí misma la señorita Pross;--y yo te aseguro
-que no has de averigüarlo si en mi mano está impedirlo. Otra cosa; de
-aquí no has de salir mientras me queden manos con que sujetarte.
-
---No he encontrado hasta hoy muro capaz de cerrarme el paso; ten
-por seguro que te haré pedazos si no sales de esa puerta--rugió la
-tabernera.
-
---Estamos solas en una habitación interior de una casa solitaria y en
-un barrio solitario. No es probable que nos oigan. De aquí no saldrás,
-fiera, pues cada minuto que te detenga, vale un mundo para mi querida
-señorita.
-
-La tabernera, perdida la paciencia, avanzó con paso resuelto hacia
-la puerta. La señorita Pross, guiada por el instinto de momento, la
-agarró con entrambos brazos por la cintura. En vano intentó resistirse
-y herir la primera, pues su antagonista, con esa tenacidad de gigante
-que da el amor, siempre más fuerte que el odio, no sólo la sujetó,
-sino que también la alzó del suelo entre sus brazos. Debatióse
-furiosa la Defarge, descargó bofetones y más bofetones sobre la cara
-de su enemiga, la arañó despiadada, pero la señorita Pross, que para
-defenderse había bajado la cabeza, estrechaba cada vez más el cerco de
-acero con que aprisionaba su cintura.
-
-Las manos de la tabernera dejaron de golpear y bajaron a la cintura.
-
---No te molestes--dijo la señorita Pross;--está por bajo de mi brazo y
-no has de poder desenvainarlo. Soy más fuerte que tú, gracias a Dios, y
-no te soltaré hasta que caigas desmayada o muerta.
-
-La señora Defarge llevó la diestra al seno. La señorita Pross vió el
-objeto que aquella mano sacaba. Rápida como un rayo alzó un brazo,
-descargó un golpe, y... brotó una llamarada, sonó un trueno, y
-retrocedió. La estancia quedó llena de humo.
-
-Todo ello no duró más de un segundo. El humo principió a salir por la
-ventana, llevando entre sus negras espirales el alma de la mujer que
-yacía sin vida sobre el pavimento.
-
-Lo terrible de la situación en que se veía, hizo que la señorita Pross,
-en el primer momento, intentara huir del cadáver y bajara corriendo
-la escalera con ánimo de pedir socorros innecesarios y tardíos; pero
-afortunadamente hízose cargo de las consecuencias a tiempo para
-detenerse y volver sobre sus pasos. Horrible era pasar sobre el
-cadáver, tendido a través de la puerta; pero pasó para recoger el
-sombrero y otros objetos que debía llevarse. Los sacó al descansillo
-de la escalera, cerró la puerta con llave, se sentó con objeto de dar
-salida por los ojos al espanto que la ahogaba, y ya más tranquila, se
-levantó y se fué.
-
-Por fortuna para ella, el velo del sombrero era bastante tupido, pues
-en caso contrario, lo probable es que la hubieran detenido en la calle.
-Por fortuna para ella, era tan fea, que los arañazos profundos que en
-la contienda había recibido no dejaron en su cara las huellas que en
-otro rostro más favorecido por la naturaleza habrían dejado.
-
-Al cruzar el puente, arrojó al río la llave de la casa. Llegó frente
-a la puerta de la catedral algunos minutos antes de la hora convenida
-con _Lapa_, y esperó, llena de terror, al pensar que acaso pescasen la
-llave que acababa de arrojar, y descubriesen a qué casa pertenecía,
-y abriesen la puerta, y encontrasen un cadáver, y la prendieran
-y condenaran a muerte por el delito de asesinato. Tales eran los
-pensamientos que la agitaban cuando llegó _Lapa_.
-
---¿Hay ruido en las calles?--preguntó la señorita Pross.
-
---El ordinario--respondió _Lapa_, no poco sorprendido tanto por la
-pregunta cuanto por el aspecto de quien la hizo.
-
---No le oigo... ¿Qué me dice?
-
-En vano repitió _Lapa_ una y otra vez lo que había dicho; la señorita
-Pross no le oía.
-
---¡Vaya!--pensó _Lapa_.--Me haré entender por señas.
-
---¿Hay ruido en las calles?
-
-_Lapa_ movió afirmativamente la cabeza.
-
---No oigo nada.
-
---¿Sorda como una tapia en una hora? ¡Es extraño!--pensó _Lapa_--¿Qué
-la habrá pasado?
-
---He visto un relámpago, he oído un trueno; y el trueno fué lo último
-que oí en mi vida--explicó la señorita Pross.
-
---La encuentro completamente cambiada... ¿Qué habrá podido tomar para
-cobrar aliento? Porque la verdad es que no parece que tenga ni pizca
-de miedo... ¡El ruido de esas malditas carretas...! ¿Las oye usted,
-señorita?
-
---No oigo nada, absolutamente nada--contestó la buena Pross, reparando
-en el movimiento de los labios de su compañero.--Un relámpago, un
-trueno, y nada más.
-
---Si no oye el rodar de esas horribles carretas, opino que no volverá a
-oir nada en este mundo--murmuró _Lapa_.
-
-No se engañaba. La señorita Pross quedó sorda para siempre.
-
-
-XV
-
-LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE
-
-Rebotan sobre el empedrado de las calles de París los vehículos de la
-muerte chirriando lúgubremente. Seis carretas llevan a la guillotina
-la ración de vino con que diariamente se entretiene su sed. Los
-monstruos devoradores, los monstruos insaciables que han forjado
-las imaginaciones humanas desde el instante primero de su actividad
-se han fundido en una realización única, y esta realización única
-se llama guillotina. Y, sin embargo, en Francia, con toda su rica
-variedad de clima y de suelo, no hay una brizna de hierba, una hoja,
-una raíz, un renuevo, susceptible de llegar a sazón y madurez bajo
-condiciones más favorables que aquellas que produjeron aquel horror.
-El día que martillos semejantes aplasten y machaquen a la humanidad,
-retorciéndola y borrando su forma, reaparecerá aquélla bajo las mismas
-formas violentas y contrahechas bajo las cuales reapareció entonces, el
-día que se siembre la semilla de la licencia rapaz y de la opresión,
-florecerán y sazonarán los mismos frutos que entonces florecieron y
-sazonaron.
-
-Seis carretas ruedan chirriando a lo largo de las calles.
-¡Transfórmalas en lo que antes fueron, tú, Tiempo, encantador poderoso,
-reintégralas a su forma y condición anterior, y las veremos trocadas
-en otras tantas carrozas soberbias de monarcas absolutos, en trenes
-de nobles feudales, en lujosas galas de deslumbradoras Jezabeles, en
-Sinagogas que han dejado de ser la Casa de Mi Padre para convertirse
-en cavernas de ladrones, en míseras chozas de millones de famélicos
-campesinos! No; el gran mago que majestuosamente trastorna el orden
-establecido por el Creador, jamás destruye sus transformaciones. «Si la
-voluntad de Dios te ha dado la forma que afectas, no intentes variarla;
-pero si la debes a pasajeras conjuras humanas, recobra la que recibiste
-del Altísimo,» dicen los magos a los seres encantados en los cuentos
-árabes.
-
-Las ruedas sombrías de las carretas al dar vueltas sobre el empedrado
-semejan potente arado que abre un surco profundo entre el populacho que
-llena las calles, a uno y otro lado del que quedan cabezas humanas.
-Tan habituados están al horrendo espectáculo los vecinos de las casas,
-que en muchos balcones no se ve una sola cara, y es muy frecuente ver
-personas empleadas en alguna ocupación que no suspenden el movimiento
-de sus manos al paso de aquéllas, aunque sus ojos se vuelvan a las
-carretas para ver quiénes son los desgraciados que las ocupan.
-
-Entre los que montan las fatídicas carretas, los hay que contemplan
-lo que les rodea con mirada impasible y los hay que concentran en
-ello un interés pasajero. Dan pruebas palpables unos de desesperación
-silenciosa haciendo el viaje postrero con las cabezas dobladas sobre el
-pecho, al paso que otros las llevan arrogantemente erguidas y dirigen a
-las turbas miradas de altivo desdén. Muchos meditan o procuran recoger
-sus pensamientos empeñados en vagar sin freno, y a ese fin cierran
-los ojos, mientras uno, uno solo, mísero ser de aspecto repugnante,
-parece tan enloquecido de terror, que canta y hasta intenta bailar. Las
-expresiones de los condenados varían hasta el infinito, pero ni uno
-solo despierta piedad en los diamantinos pechos del pueblo.
-
-Rompen la marcha algunos jinetes de aspecto embrutecido a quienes los
-curiosos dirigen de vez en cuando preguntas. Sin duda éstas son siempre
-las mismas, pues a la contestación sigue invariablemente un movimiento
-de las turbas en dirección a la tercera carreta. Los jinetes de rostro
-embrutecido que cabalgan delante también señalan con frecuencia con la
-punta de sus sables a un hombre de los que la ocupan. El condenado en
-cuestión ha excitado la curiosidad general; todos desean saber quién
-es el hombre que, apoyada la espalda contra el respaldo de la tercera
-carreta, conversa con una muchachita sentada a su lado. No parece que
-le interese la escena ni que le importe nada de cuanto le rodea. En
-la calle de San Honorato gritan las turbas contra él; a los gritos
-contesta con una sonrisa y con movimientos enérgicos de cabeza que
-desordenan más sus largos cabellos, caídos sobre su cara, hasta la cual
-no puede llevar las manos, pues sus brazos están amarrados.
-
-En lo alto de una escalinata de una iglesia espera el paso de la
-fúnebre comitiva el espía a quien Sydney Carton llamaba el mirlo del
-verdugo. Clava sus miradas en la primera carreta: no está allí. Mira
-con ansiedad a la segunda... Tampoco. Su rostro refleja el temor
-que comienza a invadirle, cuando, al escudriñar la tercera, sonríe
-complacido.
-
---¿Quién es Evrémonde?--pregunta un hombre colocado a su espalda.
-
---Aquel... el de la tercera carreta.
-
---¿El que habla con la chicuela?
-
---Sí.
-
---¡Muera Evrémonde!--vocifera inmediatamente el hombre en cuestión.--¡A
-la guillotina todos los aristócratas! ¡Muera Evrémonde!
-
---¡Calla.... calla...!--exclama con timidez el espía.
-
---¿Por qué he de callar?
-
---Porque va ya a pagar sus crímenes... Dentro de cinco minutos los
-habrá purgado... Déjale ahora en paz.
-
---¡Muera Evrémonde!--continúa gritando aquel bárbaro.
-
-Evrémonde vuelve la cara hacia el que vocifera; ve al espía, le mira
-con atención, y prosigue impávido su camino.
-
-Los relojes de la ciudad están para dar las tres, y el arado se desvía
-de la recta para llegar al sitio designado para las ejecuciones. Las
-líneas de cabezas humanas que flanqueaban hasta allí el surco abierto
-por el arado se agrupan en tropel rodeando a la guillotina que va a
-entrar en funciones. En primera fila, cómodamente instaladas en sillas,
-exactamente lo mismo que si estuvieran en el teatro, hay una porción
-de mujeres, que hacen calceta con verdadero ardor; entre ellas no era
-difícil ver a La Venganza, que parece inquieta y nerviosa.
-
---¡Teresa!--grita apelando a su registro más estridente.--¿Quién ha
-visto a Teresa... a Teresa Defarge?
-
---Es la primera vez que falta--contesta una de las trabajadoras.
-
---¡No... no faltará hoy tampoco...! ¡Teresa!--ruge La Venganza.
-
---Grita más--aconseja la mujer que habló antes.
-
-¡Ah! Grita, Venganza, grita: ¡que por altos que tus gritos sean
-es difícil que te oiga! ¡Grita, Venganza, grita... no importa que
-acompañes tus gritos con maldiciones; que ni aquéllos ni éstas han de
-llegar a oídos de tu jefe! ¡Envía emisarios que la busquen por todas
-partes; que esos emisarios, aun cuando no puede negarse que han dado
-cima a empresas difíciles, es seguro que no han de ir a buscarla donde
-está! ¡Ha hecho un viaje demasiado largo!
-
---¡Mala suerte!--acalla La Venganza, pateando con furia--¡Y ya están
-aquí las carretas...! ¡Y Evrémonde será despachado sin que esté ella!
-
-Mientras La Venganza llama a grito herido a Teresa Defarge, son
-descargadas las carretas. Los ministros de Santa Guillotina están
-vestidos y dispuestos a trabajar... Se oye un golpe, rueda una cabeza
-que inmediatamente alza en su mano uno de los ministros, y las mujeres,
-sin mirar apenas, continúan haciendo calceta, diciendo por todo
-comentario:
-
---Una.
-
-La escena se repite varias veces, sin que las mujeres interrumpan su
-labor ni dejen de contar.
-
-Sube al tablado fatal el supuesto Evrémonde, dando la mano a la
-desventurada niña, según la había ofrecido, a la que coloca de espaldas
-a la terrible cuchilla, que sube y baja sin interrupción.
-
---De no haber sido por ti, mi querido desconocido, no tendría yo la
-calma y resignación que tengo, pues soy una pobre niña y mi corazón
-es débil. Tampoco habría sabido elevar mis pensamientos hacia Aquél
-que murió por nosotros, a Aquél cuya misericordia es hoy mi única
-esperanza. Yo creo que son los Cielos los que te han enviado a mí en
-este día de prueba.
-
---Quizá seas tú el mensajero que los Cielos me han enviado a
-mí--replicó Carton.--Fija en mí tus ojos, niña querida, y no te
-acuerdes de nada más.
-
---Mientras tenga entre mis manos la tuya, estaré tranquila; y si al
-separarla para emprender el viaje, el golpe es rápido, tampoco temeré.
-
---El golpe será rápido; pierde cuidado.
-
-Aunque se encontraban entre las demás víctimas, hablaban con tanta
-libertad como si hubiesen estado solos. Aquellos dos hijos de la Madre
-Universal, desconocidos hasta entonces el uno al otro, iban a hacer
-juntos el último viaje, a comparecer juntos ante el Creador, a reposar
-juntos en el Cielo.
-
---¡Valiente y generoso amigo!--exclamó la niña--¿Me permites que te
-haga una pregunta? Soy muy ignorante, y se trata de una cosa que me
-turba y mortifica... un poquito.
-
---Pregunta lo que quieras.
-
---Tengo una prima, mi único pariente, huérfana como yo, a quien quiero
-mucho. Tiene cinco años menos de edad que yo y vive en una casa de
-labor, por el Mediodía. La pobreza nos separó; ignora mi desgracia y yo
-no puedo escribirla... y, aunque pudiera... ¿qué iba a decirle? Mejor
-es así.
-
---Es verdad: mejor es así.
-
---Lo que he estado pensando mientras nos traían aquí, y lo que seguía
-pensando ahora, es lo siguiente: si en realidad la República ha de
-hacer la felicidad de los pobres, si gracias a ella padecen menos
-hambre y se alivian sus sufrimientos, mi prima puede vivir aún muchos
-años; hasta es posible que llegue a vieja.
-
---¿Y qué, mi querida hermanita?
-
---Si así es, ¿no te parece que se me hará muy larga la espera, allá
-en aquel mundo mejor en que confío ser misericordiosamente acogida
-contigo, en aquel mundo donde viviremos eternamente tú, ella y yo?
-
---No, hija mía, no; en aquel mundo mejor a que aludes, no existe el
-Tiempo ni tienen cabida los sufrimientos.
-
---¡Cuánto me consuelan tus palabras! ¡Soy yo tan ignorante! ¿He de
-besarte ya? ¿Llegó el momento?
-
---Sí, hija mía, sí.
-
-La niña besa los labios de Sydney Carton y Sydney Carton besa los
-labios de la niña. No tiemblan sus manos al separarse. «Adiós». Rueda
-primero la cabeza de la niña... Las mujeres que hacen calceta cuentan
-VEINTIDÓS.
-
-«Yo soy la Resurrección y la Vida; aquél que en Mí cree, aunque haya
-muerto, vivirá eternamente; y todo el que vive y cree en Mí, no morirá
-jamás.»
-
-Desciende otra vez la cuchilla, y las mujeres cuentan; VEINTITRÉS.
-
- * * * * *
-
-Aquella noche, no se habla de otra cosa en la ciudad. Todos dicen que
-jamás vieron rostro humano que reflejase tanta calma, tanta serenidad
-de espíritu. Muchos añadían que su aspecto era sublime y que en sus
-ojos brillaba la luz profética.
-
-Algún tiempo antes, una de las víctimas más notables de la guillotina,
-una mujer, había consignado por escrito, puesta sobre el tablado
-pavoroso, los pensamientos que la horrible máquina le inspiraba. Si
-Sydney Carton hubiese dado expresión sensible a los suyos, y éstos
-hubieran sido proféticos, habrían sido los siguientes:
-
-«Veo a Barsad, a Cly, a Defarge, a La Venganza, a los Jurados, a los
-Jueces, a todos los nuevos opresores de la humanidad que se han alzado
-terribles para destruir a los antiguos, caer bajo la afilada cuchilla
-del instrumento justiciero. Veo que del fondo del negro abismo surge
-una ciudad hermosa y un pueblo instruído que, en sus luchas por la
-libertad verdadera, en sus triunfos y derrotas, expía, durante largos
-años, los horrores de la época actual y los de las épocas anteriores, y
-concluye por borrarlos.
-
-»Veo las vidas de aquellos por quienes doy la mía, deslizándose
-tranquilas, prósperas y felices, en aquella Inglaterra que mis
-ojos no volverán a ver jamás. Veo a _ella_ meciendo dulcemente en
-su regazo a un niño que lleva mi nombre. Veo a su padre doblegado
-bajo el peso de los años, pero prodigando hasta el último momento
-de su vida los auxilios de su ciencia a sus semejantes. Veo al buen
-anciano, que durante tantos años ha sido su amigo tierno y abnegado,
-enriqueciéndoles con todo cuanto posee y volando al mundo en que le
-espera la recompensa a que sus virtudes le hicieron acreedor.
-
-»Veo que en sus corazones me han erigido un altar, y que este altar lo
-transmiten a sus descendientes, y que, muchas generaciones después,
-todos los descendientes de aquella familia querida rinden culto de
-gratitud sincera a la memoria del hombre que sacrificó su vida en aras
-de un afecto santo. La veo a _ella_, ya muy anciana, llorando por mí
-todos los aniversarios de mi muerte. La veo a _ella_ y a su marido,
-durmiendo en la tierra el sueño último, y sé que, aun después de
-muertos, honran y enaltecen mi memoria.
-
-»Veo al niño que _ella_ mecía en su regazo y que lleva mi nombre hecho
-varón fuerte que se abre camino en el mundo dedicado a la carrera que
-fué mi carrera en otro tiempo, y se lo abre tan brillantemente, que
-los resplandores que ilustran su nombre ilustran también el mío. Veo
-borradas las manchas que empañaron el brillo de mi alma. Veo al ilustre
-abogado que lleva mi nombre, al que es el más justo de los jueces de
-la tierra, al que ha sabido conquistarse el respeto y la admiración de
-sus conciudadanos, ya viejo, muy viejo, teniendo sobre sus vacilantes
-rodillas a un niño de cabellos de oro, que también lleva mi nombre, y
-narrándole con voz balbuciente mi historia.
-
-»Mil veces más hermoso es lo que hago ahora que lo que nunca hice.
-
-»La santa dicha que ahora saborea mi alma no la hubiera encontrado
-jamás en la tierra.»
-
-
- FIN
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- LIBRO PRIMERO
-
- VUELTA A LA VIDA
-
- PÁGS.
-
- I.--El período. 7
-
- II.--La diligencia. 10
-
- III.--Las sombras de la noche. 15
-
- IV.--La preparación. 19
-
- V.--La taberna. 30
-
- VI.--El zapatero. 39
-
-
- LIBRO SEGUNDO
-
- EL HILO DE ORO
-
- I.--Cinco años después. 49
-
- II.--Una visita. 54
-
- III.--Decepción. 60
-
- IV.--Enhorabuena. 72
-
- V.--El chacal. 78
-
- VI.--Centenares de visitas. 83
-
- VII.--El señor en la ciudad. 94
-
- VIII.--El señor en el campo. 102
-
- IX.--La cabeza de Gorgon. 106
-
- X.--Dos promesas. 116
-
- XI.--Entre compañeros. 122
-
- XII.--El caballero delicado. 125
-
- XIII.--El sujeto no delicado. 131
-
- XIV.--El honrado menestral. 136
-
- XV.--Haciendo calceta. 144
-
- XVI.--Más punto de media. 154
-
- XVII.--Una noche. 164
-
- XVIII.--Nueve días. 168
-
- XIX.--Una opinión. 174
-
- XX.--Una súplica. 181
-
- XXI.--Pasos que resuenan. 185
-
- XXII.--Sube la marea. 195
-
- XXIII.--El incendio adquiere incremento. 201
-
- XXIV.--Atraído por la montaña imantada. 207
-
-
- LIBRO TERCERO
-
- EL RUMBO DE LA TORMENTA
-
- I.--En secreto. 219
-
- II.--La piedra de afilar. 230
-
- III.--La sombra. 235
-
- IV.--Calma en la tormenta. 240
-
- V.--El aserrador. 246
-
- VI.--Triunfo. 251
-
- VII.--Visita inesperada. 257
-
- VIII.--Una partida original. 262
-
- IX.--Hecho el juego. 273
-
- X.--La substancia de la sombra. 284
-
- XI.--Sombras. 297
-
- XII.--Tinieblas. 301
-
- XIII.--Cincuenta y dos. 308
-
- XIV.--Fin de la calceta. 318
-
- XV.--Los ecos se apagan para siempre. 329
-
-
-
-
-
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-
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- The Project Gutenberg eBook of Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens.
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-
-
-<pre>
-
-Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: Una historia de dos ciudades
-
-Author: Charles Dickens
-
-Translator: Gregorio Lafuerza
-
-Release Date: April 22, 2020 [EBook #61887]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, Penn State University and the
-Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
-(This book was produced from images made available by the
-HathiTrust Digital Library.)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-
-
-
-
-
-<p class="p6 center large">BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS</p>
-
-<p class="p4 center">CARLOS DICKENS</p>
-
-<h1>UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES</h1>
-
-<p class="center">TRADUCCIÓN DE<br />
-GREGORIO LAFUERZA</p>
-
-<div class="figcenter2em"><img src="images/illo1.png" width="125"
-height="128" alt="" title="" />
-</div>
-
-
-<p class="center">BARCELONA<br />
-RAMÓN SOPENA. <span class="smcap">Editor</span><br />
-PROVENZA, 93 A 97</p><hr class="chap" /></div>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="right p6">Derechos reservados.</p>
-
-<p class="center p4">Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.&mdash;Barcelona</p>
-
-<hr class="chap" /></div>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2>PROLOGO</h2></div>
-
-
-<p>Concebí las líneas generales de
-esta historia cuando representé
-con mis hijos y amigos el drama
-de Collin <i>El Abismo Helado</i>. Apoderóse
-entonces de mí el deseo
-firme de encarnar el drama en mi
-persona, y procuré asimilarme,
-con solicitud e interés especiales,
-el estado de ánimo necesario para
-hacer su presentación a un espectador
-dotado del espíritu de observación.</p>
-
-<p>A medida que me fuí familiarizando
-con la idea, fueron dibujándose
-y resaltando las líneas
-generales hasta llegar gradualmente
-a adquirir la forma que
-en la actualidad tienen. Hasta tal
-extremo se ha posesionado de mí
-el argumento durante su ejecución,
-ha dado tanta vida a todo
-lo que en estas páginas se ha hecho
-y sufrido, que puedo decir,
-sin incurrir en exageraciones, que
-todo lo he hecho y sufrido yo
-mismo.</p>
-
-<p>Cuantas referencias haga, por
-ligeras que sean, a la condición
-del pueblo francés antes o durante
-la Revolución, serán exactas
-de toda exactitud, fundadas en los
-testimonios de personas dignas
-de fe absoluta. Ha sido una de mis
-aspiraciones añadir algo a los medios
-de inteligencia populares y
-pintorescos de aquella época terrible,
-bien que firmemente convencido
-de que no hay quien pueda
-añadir nada a la portentosa
-filosofía que encierra la obra admirable
-de Carlyle.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES</h2>
-
-
-
-
-<h2>LIBRO PRIMERO<br />
-VUELTA A LA VIDA</h2>
-
-
-<h3 id="I_I">I.<br />
-EL PERÍODO</h3></div>
-
-<p>Erase el mejor de los tiempos
-y el más detestable de los tiempos;
-la época de la sabiduría y la
-época de la bobería, el período
-de la fe y el período de la incredulidad,
-la era de la Luz y la era
-de las Tinieblas, la primavera de
-la vida y el invierno de la desesperación.
-Todo lo poseíamos y nada
-poseíamos, caminábamos en
-derechura al cielo y rodábamos
-precipitados al abismo: en una
-palabra, era tan parecido aquel
-período al actual, que nuestras
-autoridades de mayor renombre
-están contestes en afirmar que,
-entre uno y otro, tanto en lo que
-al bien se refiere como en lo que
-toca al mal, sólo en grado superlativo
-es aceptable la comparación.</p>
-
-<p>Un rey de bien desarrolladas
-mandíbulas y una reina de cara
-aplastada se sentaban sobre el
-trono de Inglaterra, y un rey
-de grandes quijadas y una reina
-de rostro hermoso ocupaban el de
-Francia. Los señores de los grandes
-almacenes de pan y de pescado
-de entrambos países veían claro
-como el cristal que el bien público
-estaba asegurado para siempre.</p>
-
-<p>Era el año de Nuestro Señor de
-mil setecientos setenta y cinco.
-En un período tan favorecido, no
-podían faltar a Inglaterra las revelaciones
-espirituales. Recientemente
-había celebrado su vigésimoquinto
-natalicio la señora
-Southcott, cuya aparición sublime
-en el mundo anunciara con la
-antelación debida un guardia de
-corps, profeta privado, pronosticando
-que se hacían preparativos
-para tragarse a Londres y a
-Westminster. Hasta había sido
-definitivamente enterrado el fantasma
-de la Callejuela del Gallo,
-después de andar rondando por
-el mundo doce años, y de revelar
-a los mortales sus mensajes en<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span>
-la misma forma que los espíritus
-del año anterior, acusando una
-pobreza sobrenatural de originalidad,
-revelaron los suyos. Los
-mensajes únicos de orden terrenal
-que recibieron la Corona y el
-Pueblo ingleses, les llegaron de
-un congreso de súbditos británicos
-residentes en América, mensajes
-que, por extraño que parezca,
-han resultado de muchísima
-mayor transcendencia para la raza
-humana que cuantos recibió
-ésta por la mediación de cualquiera
-de los pollitos de la Callejuela
-del Gallo.</p>
-
-<p>Menos favorecida Francia en lo
-referente a asuntos de orden espiritual
-que su hermana la del escudo
-y del tridente, rodaba con
-suavidad encantadora pendiente
-abajo, fabricando papel moneda
-y gastándolo que era un contento.
-Bajo la dirección de sus cristianísimos
-pastores, permitíase
-entretenerse, además, con distracciones
-tan humanitarias como sentenciar
-a algún que otro joven a
-que le cortaran las manos, le
-arrancaran con pinzas la lengua
-y le quemaran vivo, por el nefando
-delito de no haber caído de rodillas
-sobre el fango del camino, en
-un día lluvioso, para rendir el
-debido acatamiento a una procesión
-de frailes que pasó al alcance
-de su vista, bien que a distancia
-de cincuenta o sesenta varas. Es
-muy probable que, cuando aquel
-criminal fué llevado al suplicio,
-el leñador <i>Destino</i> hubiera marcado
-ya en los bosques de Francia
-y de Normandía los añosos árboles
-que la sierra debía convertir
-en tablas que servirían para construir
-aquella plataforma movible,
-provista de su cesto y su cuchilla,
-que tanta y tan terrible celebridad
-ha conquistado en la historia.
-Es asimismo muy posible que,
-en los rústicos cobertizos anejos
-a las casuchas de los labradores
-de las cercanías de París, se hallasen
-en el mismo día, resguardados
-de las inclemencias del tiempo,
-las primitivas carretas, llenas de
-salpicaduras de fango lamidas por
-los cerdos y sirviendo de percha a
-las aves de corral, que el labriego
-<i>Muerte</i> había seleccionado para
-que fueran las carrozas de la Revolución.
-Verdad es que, si bien
-el Leñador y el Labriego trabajaban
-incesantemente, su labor era
-silenciosa y no había oído humano
-que percibiera sus pasos sordos,
-tanto más, cuanto que abrigar
-algún recelo de que aquellos estuvieran
-despiertos era tanto como
-confesarse a la faz del mundo ateo
-y traidor.</p>
-
-<p>En Inglaterra, apenas si quedaba
-un átomo de orden y de protección
-bastantes para justificar
-la jactancia nacional. La misma
-capital era todas las noches teatro
-de robos a mano armada y de crímenes
-los más osados y escandalosos.
-Pública y oficialmente se
-avisaba a las familias que no
-salieran de la ciudad sin llevar
-antes sus mobiliarios a los almacenes
-de los tapiceros, únicos sitios
-que les ofrecían alguna garantía.<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span>
-El que a favor de las sombras de
-la noche era bandolero, parecía
-honrado mercader de la ciudad
-a la luz del sol, y si alguna vez
-era reconocido por el comerciante
-auténtico a quien se presentaba
-bajo el carácter de «capitán», disparábale
-con la mayor frescura
-un tiro que le enviaba a otro mundo
-mejor y ponía pies en polvorosa.
-La diligencia-correo fué asaltada
-por siete bandoleros, de los
-cuales mató a tres la guardia,
-la cual a su vez fué muerta por
-los cuatro restantes «a consecuencia
-de haberse quedado sin municiones»:
-a continuación, la diligencia
-fué robada concienzuda y
-tranquilamente. El altísimo y poderosísimo
-alcalde mayor de Londres
-fué secuestrado y obligado
-a vivir durante algún tiempo en
-Turnham Green por un esforzado
-bandido, quien tuvo el honor de
-desbalijar a criatura tan ilustre
-en las barbas de su numerosa
-escolta y no menos numerosa servidumbre.
-En las cárceles de
-Londres reñían los prisioneros
-fieras batallas con sus carceleros,
-a los cuales obsequiaba la majestad
-de la ley con sendos arcabuzazos.
-En los propios salones de la
-corte, manos habilidosas libraban
-a los más altos señores de las cruces
-de brillantes que adornaban
-sus cuellos. Penetraron los mosqueteros
-en San Gil en busca de
-contrabando, y el populacho hizo
-fuego contra los mosqueteros, y
-los mosqueteros hicieron fuego
-sobre el populacho, sin que a
-nadie se le ocurriera pensar que
-semejante suceso no fuera incidente
-de los más comunes y triviales
-de la vida. A todo esto, el verdugo,
-siempre en funciones, siempre atareado,
-no bastaba a acudir a los
-distintos puntos en que era necesario,
-hoy dejando pendientes de
-sus cuerdas grandes racimos de
-criminales y mañana ahorcando
-a un ladrón vulgar, que penetró
-el jueves en la casa del vecino,
-y emprendió el viaje a la eternidad
-el sábado siguiente; para quemar
-hoy en Newgate docenas de personas,
-y mañana centenares de
-folletos en la puerta de Westminster
-Hall; para enviar hoy a
-la eternidad a un desalmado feroz,
-y hacer mañana lo propio con
-un mísero raterillo que robó seis
-peniques al hijo de un agricultor.</p>
-
-<p>Todas estas cosas, y mil otras
-por el estilo que podría referir,
-eran el pan nuestro de cada día
-en el bendito año de mil setecientos
-setenta y cinco sin que fueran
-obstáculo para que, mientras el
-Leñador y la Labriega proseguían
-su silenciosa labor, los dos mortales
-de las desarrolladas quijadas
-y las dos de cara aplastada y hermosa,
-respectivamente, llevaran
-a punta de lanza sus divinos derechos.
-Así conducía el año de mil
-setecientos setenta y cinco a Sus
-Grandezas y a los millones de
-criaturas insignificantes, entre
-ellas las que han de figurar en la
-crónica presente, a sus destinos
-respectivos, por los caminos que
-ante sus pasos estaban abiertos.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="I_II">II.<br />
-LA DILIGENCIA</h3></div>
-
-<p>El que recorría el primero de
-los personajes que han de jugar
-papel de mucha importancia en la
-historia presente, la noche de un
-viernes de noviembre, era el de
-Dover. Seguía el viajero a la diligencia,
-mientras ésta avanzaba
-pesadamente por el repecho de la
-colina Shooter. Subía caminando
-entre el barro pegado a la caja
-desvencijada del carruaje, y a
-su lado iban los demás compañeros
-de viaje, no ciertamente movidos
-del deseo de hacer ejercicio,
-poco agradable dadas las circunstancias,
-sino porque rampa, arneses,
-fango, diligencia y caballos
-eran tan pesados, que éstos últimos
-habían declarado ya tres
-veces sus deseos de no seguir adelante,
-amén de otra que intentaron
-dar media vuelta, con el propósito
-sedicioso de volverse a
-Blackheath. Las riendas y la fusta,
-el postillón y el guarda, puestos
-de acuerdo, hubieron de dar
-lectura al artículo del Reglamento
-de Campaña que asegura que nunca,
-ni en ningún caso, tendrán
-<i>razón</i> los animales brutos, gracias
-a lo cual capituló el tiro y se resignó
-a cumplir con su deber.</p>
-
-<p>Bajas las cabezas y trémulas las
-colas procuraban abrirse paso
-por entre los mares de espeso barro
-que cubrían el camino, tropezando
-aquí, dando allá un tumbo
-espantoso, cayendo no pocas veces
-y tambaleándose siempre.
-Cuantas veces el mayoral les concedía
-algún descanso, el caballo
-delantero sacudía violentamente
-la cabeza y cuantos objetos la
-adornaban con aire doctoral y enfático,
-cual si su intención fuera
-negar que la diligencia pudiera
-llegar a lo alto de la loma; y cuantas
-veces aquel hacía restallar
-el látigo, el viajero de quien vengo
-hablando levantaba asustado la
-cabeza, como hombre a quien
-arrancan bruscamente de sus meditaciones.</p>
-
-<p>Mares de vapor acuoso en forma
-de espesa niebla cubrían todas
-las hondonadas y se deslizaban
-pegados a la tierra semejantes
-a espíritus malignos que buscan
-descanso y no lo encuentran. La
-niebla era pegajosa y muy fría, y
-avanzaba formando graciosos rizos
-y masas onduladas que se
-perseguían y alcanzaban como se
-persiguen y alcanzan las olas
-cuando el mar está movido. Era
-lo suficientemente densa para encerrar
-en un círculo estrechísimo
-la claridad que derramaban los
-faroles del carruaje, hasta impedir
-que se vieran los chorros de
-vapor que los caballos lanzaban
-por las narices y que iban a
-aumentar el caudal de los que
-llenaban la atmósfera.</p>
-
-<p>Dos viajeros, además del que
-he mencionado, subían trabajosamente
-la rampa siguiendo a la
-diligencia. Los tres llevaban su<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>bidos
-hasta las orejas los cuellos
-de sus abrigos y los tres usaban
-botas muy altas. Ninguno de ellos
-hubiera podido decir si sus compañeros
-de viaje eran guapos o
-feos, jóvenes o viejos; tan cuidadosamente
-recataban sus semblantes,
-y no estará de más añadir
-que, si imposible era a los
-ojos del cuerpo divisar la seña corporal
-más insignificante, aun lo
-era más a los ojos del espíritu
-conjeturar las del alma, es decir,
-las intenciones que cada uno de
-ellos pudiera abrigar. En aquellos
-felices tiempos, los viajeros eran
-altamente reservados y evitaban
-con gran cautela hacer confianza
-en personas desconocidas, pues
-cualquier compañero de diligencia
-o de camino podía resultar un
-bandolero o un cómplice de bandoleros,
-señores que abundaban
-que era una bendición, pues todas
-las tabernas y posadas contaban
-con cosecha no escasa de soldados
-a sueldo del «capitán», cuyas huestes
-nutrían todos sin excepción,
-comenzando por el posadero y
-terminando por el último mozo
-de cuadra. En esto precisamente
-iba pensando el guarda de la diligencia-correo
-de Dover la noche de
-aquel viernes del mes de noviembre
-de mil setecientos setenta y
-cinco, mientras aquélla subía trabajosamente
-la rampa de Shooter,
-sentado en la banqueta posterior
-del carromato que le estaba reservada,
-dando furiosas patadas sobre
-las tablas para evitar que sus
-pies quedaran transformados en
-bloques de hielo y puesta la mano
-sobre un arcabuz cargado, que
-coronaba un montón de seis u
-ocho pistolas de arzón, también
-cargadas, a las cuales servía de
-base otro montón de machetes
-y puñales perfectamente afilados.</p>
-
-<p>En el viaje al que la presente
-historia se refiere, ocurría en la
-diligencia de Dover lo que invariablemente
-sucedía en todos los
-viajes: el guarda sospechaba de los
-viajeros, los viajeros sospechaban
-entre sí y del guarda, unos a otros
-se miraban con recelo, y en cuanto
-al postillón, sólo de los caballos
-estaba seguro: es decir, que con
-plena conciencia hubiera jurado
-por el Antiguo y el Nuevo Testamento,
-que el ganado no servía
-para la faena a que estaba destinado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ap! ¡Ap!&mdash;gritó el postillón.&mdash;¡Arriba,
-perezosos! ¡Un tironcito
-más, y os encontráis en lo alto
-de esa maldita colina! ¡Oye, Pepe!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;contestó el guarda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora crees que será?</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos, las once y diez.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ira de Dios!&mdash;gritó el postillón.&mdash;¡Las
-once y diez y no estamos
-en la cresta de Shooter! ¡Ap...
-ap...! ¡Ah, ladrón!</p>
-
-<p>El caballo delantero, cuyos lomos
-recogieron el terrible latigazo
-con que el postillón acompañó
-sus últimas palabras, avanzó con
-decisión por la rampa, arrastrando
-a sus tres compañeros. La diligencia
-continuó dando tumbos,
-escoltada por los tres viajeros que<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>
-tenían buen cuidado de no separarse
-de ella, haciendo alto cuando
-la diligencia lo hacía y avanzando
-al paso de la misma, siempre atentos
-a no adelantarse ni a quedar
-rezagados, sabedores de que, si
-tal hubieran hecho, habrían corrido
-riesgo inminente de recibir
-un arcabuzazo como bandoleros.</p>
-
-<p>Dominó al fin la pendiente el
-pesado carromato: los fatigados
-caballos hicieron nuevo alto para
-tomar aliento y el guarda saltó
-al camino para echar los frenos a
-las ruedas y abrir la portezuela a
-fin de que montasen los viajeros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pepe!&mdash;murmuró el postillón,
-bajando la cabeza y la voz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay, Tomás?&mdash;contestó
-el guarda.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que se nos acerca
-un caballo al trote, Pepe.</p>
-
-<p>&mdash;A mí me parece que viene a
-galope, Tomás&mdash;replicó el guarda,
-soltando la portezuela y encaramándose
-de un salto a su sitio.&mdash;¡Caballeros,
-favor al Rey y a la
-Justicia!</p>
-
-<p>Lanzado el llamamiento, empuñó
-su arcabuz y permaneció a la
-defensiva.</p>
-
-<p>Hallábase el viajero a quien se
-refiere esta historia sobre el estribo,
-dispuesto a entrar en la diligencia,
-y los dos restantes continuaban
-en la carretera dispuestos
-a seguirle. El primero continuó
-en el estribo, y como consecuencia,
-sus dos compañeros de
-viaje hubieron de permanecer en
-la carretera. Los tres paseaban sus
-miradas desde el postillón al guarda
-y desde el guarda al postillón,
-y escuchaban. El postillón había
-vuelto atrás la cabeza, el guarda
-hizo lo propio, y hasta el caballo
-delantero aguzó las orejas y miró
-atrás, para no ser nota discordante.</p>
-
-<p>El silencio consiguiente a la
-cesación del rodar del vehículo,
-añadido al silencio de la noche,
-hizo que en la cima de la colina
-reinara un silencio solemne. El
-jadear de los caballos comunicaba
-al coche un movimiento trémulo
-que le daba apariencias de monstruo
-dominado por intensa agitación.
-Latían con fuerza tal los
-corazones de los viajeros, que probablemente
-no hubiera sido imposible
-oir sus latidos, pero si
-esto no, al menos la quietud solemne
-de la escena evidenciaba
-que sus personajes contenían el
-aliento, o no le tenían para respirar,
-y que sus pulsaciones eran
-rápidas por efecto de la expectación.</p>
-
-<p>Retumbaban en el silencio de
-la noche los cascos del caballo que
-subía la rampa a galope furioso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¡Alto quien sea!&mdash;rugió
-el guarda con voz de trueno.&mdash;¡Alto,
-o hago fuego!</p>
-
-<p>Cesó el desenfrenado galopar
-y rasgó los aires una voz de hombre
-que preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es esa la diligencia de Dover?</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso lo veremos más tarde!&mdash;replicó
-el guarda.&mdash;¿Quién es usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Es la diligencia de Dover?&mdash;insistió
-la voz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué quiere usted saberlo?</p>
-
-<p>&mdash;Porque si lo es, he de hablar
-con uno de sus pasajeros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasajero?</p>
-
-<p>&mdash;El señor Mauricio Lorry.</p>
-
-<p>Inmediatamente manifestó el
-viajero de quien venimos hablando
-que Mauricio Lorry era él.
-El guarda, el postillón y sus dos
-compañeros de viaje le dirigieron
-miradas de desconfianza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuidado con moverse!&mdash;intimó
-el guarda.&mdash;Tenga usted presente
-que si cometo un error, lo
-que me ocurre algunas veces, no
-habrá en el mundo quien sea
-capaz de repararlo. Caballero llamado
-Lorry, ¡conteste con verdad
-a mis preguntas!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;preguntó el interpelado,
-con voz ligeramente
-temblorosa.&mdash;¿Quién es el que
-me busca? ¿Jeremías, tal vez?</p>
-
-<p>&mdash;Si ese individuo es Jeremías,
-maldito lo que me gusta la voz de
-Jeremías&mdash;gruñó el guarda entre
-dientes.&mdash;No me agradan las voces
-tan broncas.</p>
-
-<p>&mdash;El mismo, señor Lorry&mdash;respondió
-el del caballo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Despacho de allá para usted:
-T. y Compañía.</p>
-
-<p>&mdash;Conozco al mensajero, guarda&mdash;dijo
-Lorry, saltando desde
-el estribo al camino, ayudado,
-y no con suavidad, por sus dos
-compañeros de viaje, que tiraron
-de la esclavina de su abrigo, montaron
-inmediatamente, cerraron
-la portezuela y subieron el cristal.&mdash;Puede
-acercarse: respondo de él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de ti quién responde?&mdash;se
-preguntó el guarda por lo bajo.&mdash;¡A
-ver!&mdash;continuó con voz tonante.&mdash;¡Escuche
-el del caballo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Concluye pronto!&mdash;replicó
-Jeremías, con voz más ronca que
-antes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Avance usted al paso...! ¿Me
-entiende? Y si en la montura lleva
-pistoleras, procure tener las manos
-muy lejos de ellas. Tenga presente
-que me pinto solo para cometer
-errores, y que, cuando los
-cometo, siempre toman la forma
-de plomo. Venga usted para que
-nos veamos las caras.</p>
-
-<p>No tardó en dibujarse entre la
-niebla la forma de un caballo con
-su jinete, que a paso lento se acercó
-al pasajero que esperaba junto
-al estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura,
-miró al guarda y alargó
-al pasajero un papel doblado.
-Jadeaba el jinete al respirar, y
-tanto él como su caballo estaban
-cubiertos de barro, desde los cascos
-del último hasta el sombrero
-del primero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Guarda!&mdash;llamó el pasajero
-con tono confidencial.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué se ofrece?&mdash;respondió
-con sequedad el tremebundo guarda,
-puesta la diestra sobre la
-caja del arcabuz, la izquierda
-sobre el cañón y los ojos sobre el
-jinete.</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted estar completamente
-tranquilo&mdash;repuso Lorry.&mdash;Pertenezco
-al Banco Tellson,<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span>
-entidad de Londres que seguramente
-conoce usted. Asuntos de
-importancia me llevan a París.
-Tome usted una corona para
-echar un trago... ¿Puedo leer esto?</p>
-
-<p>&mdash;Si lo lee, despache usted
-cuanto antes, caballero.</p>
-
-<p>Lorry desdobló el papel, y leyó,
-primero para sí y a continuación
-en voz alta:</p>
-
-<p>«Espere en Dover la visita de
-la señorita.»</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted que el mensaje
-no es largo, guarda&mdash;añadió Lorry.&mdash;Conteste
-usted a quien le
-envía, Jeremías, la palabra siguiente:
-«<i>Resucitado</i>».</p>
-
-<p>Jeremías dió un salto sobre la
-montura.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya una contestación endiabladamente
-extraña!&mdash;exclamó,
-sacando el registro más bronco
-de voz.</p>
-
-<p>&mdash;Repita usted esa palabra, y
-los que le envían sabrán que ha
-cumplido la misión que le confiaron.
-Puede usted emprender el
-regreso... Buenas noches.</p>
-
-<p>Diciendo estas palabras, el pasajero
-abrió la portezuela y entró
-en el carruaje, sin que por galantería
-le diera la mano ninguno de
-sus compañeros de viaje, los cuales
-habían escondido, mientras
-tenía lugar el incidente mencionado,
-sus bolsillos y relojes en sus
-botas y fingían dormir profundamente,
-sin duda con objeto de
-evitar ocasiones que dieran lugar
-a ocupación más activa que el
-sueño.</p>
-
-<p>Rechinó de nuevo el coche y
-gimió más lastimeramente que
-nunca al emprender el descenso
-de la colina. El guarda colocó su
-arcabuz sobre el montón de pistolas,
-bien que asegurándose antes
-de que las que, en calidad de suplementaria,
-pendían del cinto,
-estaban en su lugar, sacó de debajo
-del asiento una cajita que contenía
-algunas herramientas de
-cerrajero, dos velas, eslabón, pedernal
-y yesca. Hombre previsor,
-llevaba cuanto era necesario para
-encender, con facilidad y seguridad
-relativas (si estaba de suerte)
-los faroles del coche en unos cinco
-minutos, si aquéllos se apagaban
-o eran apagados, como ocurría
-en los viajes más de una vez.</p>
-
-<p>&mdash;Tomás&mdash;llamó el guarda con
-voz baja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieres, Pepe?</p>
-
-<p>&mdash;¿Oíste la lectura del papel?</p>
-
-<p>&mdash;La oí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la contestación?</p>
-
-<p>&mdash;También.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué sacas en limpio, Tomás?</p>
-
-<p>&mdash;Absolutamente nada, Pepe.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mira qué casualidad!&mdash;exclamó
-el guarda.&mdash;Otro tanto me
-sucede a mí.</p>
-
-<p>Jeremías, luego que quedó a
-solas con la niebla que le envolvía,
-echó pie a tierra, no ya sólo para
-dar algún descanso a su rendido
-corcel, sino también para limpiar
-los salpicones de barro que llenaban
-su cara y para bajar las alas
-de su sombrero, que contenían
-así como medio galón de agua.
-Luego permaneció en medio de<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span>
-la carretera, y cuando dejó de
-oir el ruido del rodar de la diligencia,
-dió media vuelta y emprendió
-el regreso a pie diciendo a la
-yegua que montaba:</p>
-
-<p>&mdash;Después del galope que te
-has dado desde el Temple, amiga
-mía, no me fío mucho de tus manos
-hasta tanto que lleguemos a
-camino plano... «¡Resucitado...!»
-¡Contestación que podrá entender
-el infierno, pero no Jeremías...! ¡Lo
-que sí te aseguro, Jeremías, es
-que si resucitar se pusiera en moda,
-te verías en el mayor de los
-aprietos en que te has visto en tu
-endiablada vida!</p>
-
-<div class="chapter">
-
-<h3 id="I_III">III.<br />LAS SOMBRAS DE LA NOCHE</h3></div>
-
-<p>Digno de detenidas reflexiones
-es el fenómeno de que todos
-los seres humanos llevan en su
-constitución la necesidad de ser
-secretos impenetrables entre sí.
-Cuantas veces entro durante la
-noche en una gran ciudad, maquinalmente
-y sin darme cuenta
-comienzo a pensar que todas y cada
-una de las casas que forman el
-ingente y apretado racimo que se
-alza ante mis ojos encierran su
-secreto peculiar, que todas y cada
-una de las habitaciones de las casas
-encierran su secreto peculiar,
-y que todos y cada uno de los
-corazones que palpitan en los
-cientos de miles de pechos que
-las habitan, es un secreto profundo
-para el corazón encerrado en el
-pecho más inmediato. El fenómeno
-tiene algo de pavoroso, algo
-de común con la muerte. El corazón
-de la persona que me es querida
-me parece libro cuyas hojas
-estoy volviendo y a cuyo final
-no podré llegar jamás: me parece
-ingente masa líquida en cuyas
-profundidades insondables he entrevisto,
-a la luz que momentáneamente
-las ha penetrado, tesoros
-ocultos y mil secretos que han
-excitado mis ansias por saber;
-pero una voluntad inmutable ha
-decretado que no pueda leer más
-que la página primera del libro,
-que la masa líquida se cuaje y
-trueque en masa eternamente helada,
-mientras la luz jugueteaba
-sobre su superficie y yo la contemplaba
-desde la orilla, ignorante
-de lo que en su fondo encerraba.
-Ha muerto mi amigo, ha muerto
-mi vecino, han muerto mis amores,
-y con ellos murieron los anhelos
-de mi alma, porque su muerte
-trajo consigo la consolidación
-inexorable, la perpetuación del
-secreto que encerraban aquellas
-individualidades, como la muerte
-sellará para siempre el mío, sepultándolo
-conmigo en la tumba.
-¿Duerme, acaso, en ninguno de los
-cementerios de las ciudades que
-visito, muerto cuya personalidad
-íntima sea para mí más inexcrutable
-que las de los vivos que afanosos
-y solícitos recorren sus calles,
-más de lo que la mía lo es
-para todos ellos?</p>
-
-<p>Por lo que a este particular se<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>
-refiere, la herencia natural, herencia
-imposible de enajenar, del
-jinete mensajero, era la misma
-del rey, la misma del primer ministro
-de Estado, la misma del comerciante
-más opulento de Londres.
-Otro tanto sucedía con los
-tres viajeros encerrados en los
-angostos límites de una diligencia
-vieja y destartalada. Cada uno
-de ellos era un misterio impenetrable
-para su compañero, tan impenetrable
-como si en coche propio
-hubiera viajado, solos y con una
-nación de por medio entre coche
-y coche.</p>
-
-<p>Montó el mensajero a caballo
-y emprendió el regreso a trote
-corto, deteniéndose en todas las
-tabernas y mesones del camino
-para refrescar la garganta, pero
-sin trabar conversación con nadie
-y procurando llevar siempre el
-sombrero hundido hasta los ojos.
-Con éstos se armonizaba perfectamente
-la precaución, pues eran
-negros y muy juntos uno a otro;
-tan juntos, que no parecía sino
-que temían que alguien los saltase
-uno a uno si los encontraba separados.
-Eran de expresión siniestra,
-a la que tal vez contribuyera
-la circunstancia de que brillaran
-entre un sombrero, que más que
-sombrero parecía escupidera
-triangular, y una especie de tabardo
-que arrancaba de los ojos y terminaba
-en las rodillas con su portador.
-Cuando éste se detenía para
-beber, separaba con la mano izquierda
-el tabardo lo indispensable
-para verter en la boca el líquido
-con la mano derecha, y no bien
-había terminado de beber, lo
-subía otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, Jeremías, no!&mdash;murmuraba
-el mensajero, machacando
-siempre el mismo tema.&mdash;Jeremías
-no puede estar conforme con
-eso... Eres un hombre honrado,
-Jeremías, un comerciante que no
-puede aprobar esa clase de negocios...
-¡Resucitado!.... ¡Que me
-aspen si el señor Lorry no estaba
-borracho cuando me dió semejante
-recado!</p>
-
-<p>Tan perplejo le traía la palabreja,
-que con frecuencia se quitaba
-el sombrero para rascarse
-despiadadamente la cabeza; y ya
-que de la cabeza hablo, diré que,
-excepción hecha de la coronilla,
-completamente calva, desaparecía
-bajo una masa de pelo áspero
-que por la espalda descendía hasta
-los hombros y por delante crecía
-hasta el arranque de su ancha
-y roma nariz. Semejaba la cabeza
-obra de un herrero, caballete de
-muro erizado de espesas púas,
-que los aficionados al juego de
-<i>a la una la mula</i> hubieran mirado
-con terror respetuoso, considerándolo
-seguramente el salto más peligroso
-que el hombre pudiera dar
-en el mundo.</p>
-
-<p>Tienen las sombras de la noche
-caprichos verdaderamente extraños.
-Al mensajero, mientras regresaba
-con el misterioso recado
-que debía entregar al vigilante
-nocturno del Banco Tellson, para
-que aquel lo transmitiera a su
-vez a sus superiores jerárquicos,<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>
-eran muertos resucitados, fantasmas
-salidos de las tumbas, al
-paso que para la yegua que montaba,
-eran caballos corriendo sin
-descanso. Para los tres inexcrutables
-viajeros que ocupaban el
-interior de la diligencia, mientras
-ésta saltaba y daba tumbos sobre
-los baches del camino, las sombras
-de la noche tomaban las formas
-de los pensamientos que sus respectivas
-imaginaciones elaboraban.</p>
-
-<p>Puede decirse que el Banco
-Tellson se había trasladado a la
-diligencia. Para el empleado del
-mismo, asido con una mano a una
-correa, gracias a la cual podía evitar
-una colisión con su vecino
-cada vez que el vehículo saltaba,
-y cuenta que saltaba con desesperante
-frecuencia, las angostas ventanillas
-del coche, el farol del
-mismo, que por aquéllas filtraba
-débiles resplandores, y el bulto
-negruzco del viajero que tenía
-ante sus ojos medio cerrados, eran
-el Banco, en el cual estaba haciendo
-infinidad de operaciones a cual
-más afortunadas. El ruido que
-hacían los arneses antojábasele
-tintineo de moneda con la que
-pagaba letras, valores y cheques
-con rapidez vertiginosa. No tardó
-en trasladarse con la imaginación
-a las cámaras subterráneas, cuyos
-secretos conocía tan bien, y armado
-de sus grandes llaves abría
-la enorme caja, que encontraba
-tan intacta, tan repleta, tan sólida
-como la dejara la vez última que
-tuvo ocasión de verla.</p>
-
-<p>Pero dominando a la imagen
-del Banco, que le acompañaba
-siempre, y a la de la diligencia,
-que no le dejaba, sentía otra idea
-fija, tenaz y persistente, que le
-embargó durante toda la noche.
-Su viaje tenía por objeto sacar a
-alguien de la tumba.</p>
-
-<p>Ahora bien; lo que las sombras
-de la noche no determinaban, era
-cuál de entre el número infinito de
-caras que pasaban en procesión
-interminable ante sus ojos era
-la de la persona enterrada. Eran,
-empero, todas ellas caras de un
-hombre de cuarenta y cinco años
-próximamente, y diferían sobre
-todo en las pasiones que cada
-una de ellas reflejaban y en las
-palideces lívidas que las caracterizaban.
-Ante los medio cerrados
-ojos del viajero desfilaron unas
-tras otras caras que eran espejo
-de orgullo, de menosprecio, de
-desafío, de obstinación, de sumisión,
-de dolor, caras de mejillas
-hundidas, color cadavérico, flacas
-y demacradas, pero las líneas
-generales de todas ellas eran las
-mismas, de la misma manera que
-todas aparecían encuadradas en
-una cabellera prematuramente
-blanca. Docenas, cientos de veces
-preguntó al espectro el soñoliento
-viajero:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo te enterraron?</p>
-
-<p>&mdash;Hace casi diez y ocho años&mdash;contestaba
-invariablemente el espectros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habías perdido toda esperanza
-de volver a ver la luz del
-día?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span>
-&mdash;Ha mucho tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes que vas a resucitar?</p>
-
-<p>&mdash;Eso me dicen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Supongo que te interesará
-vivir?</p>
-
-<p>&mdash;No puedo decirlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Querrás que te la presente?
-¿Vendrás conmigo a verla?</p>
-
-<p>Las contestaciones que los distintos
-espectros daban a esta
-pregunta última diferían mucho
-y hasta se contradecían entre sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Espera!&mdash;exclamaban unos
-con voz entrecortada.&mdash;¡Moriría
-si la viera tan de repente!</p>
-
-<p>&mdash;¡Llévame en seguida!&mdash;contestaban
-otros, derramando mares
-de lágrimas.&mdash;¡Me muero por verla!</p>
-
-<p>&mdash;¡No la conozco!&mdash;respondían
-otros espectros, mirando asombrados
-a quien les preguntaba.&mdash;¡No
-sé de qué me hablas! No comprendo.</p>
-
-<p>El viajero interrumpía estos
-discursos imaginarios para cavar,
-cavar sin tregua ni descanso, ora
-con la azada, ora con la pala, tan
-pronto con una llave inmensa
-como con sus propias uñas, en sus
-ansias por desenterrar al que sepultaran
-prematuramente. Rendido
-al fin, falto de fuerzas caía
-de bruces sobre la tierra removida,
-y al contacto de ésta con su frente,
-despertaba sobresaltado y bajaba
-el cristal de la ventanilla para que
-los zarpazos de la niebla y de la
-lluvia le hicieran pasar de lo soñado
-a lo real.</p>
-
-<p>No conseguía, empero, su objeto.
-Flanqueando el camino, huyendo
-ante el incierto resplandor
-de los faroles del coche, veía las
-mismas imágenes vivificadas por
-su excitada fantasía. Ante sus
-ojos se alzaba el Banco Tellson,
-sus manos pagaban letras y cheques,
-recorría las cámaras subterráneas,
-visitaba la caja, y de
-pronto le salían al paso los fantasmas
-de rostro lívido y cabellera
-blanca, y se repetía el interrogatorio
-anterior:</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo te enterraron?</p>
-
-<p>&mdash;Hace casi diez y ocho años.</p>
-
-<p>&mdash;¿Supongo que te interesará
-vivir?</p>
-
-<p>&mdash;No puedo decirlo.</p>
-
-<p>Y vuelta a cavar, y a cavar, y
-a cavar, hasta que uno de sus
-compañeros de viaje le indicó, con
-modales un tanto bruscos, que
-subiera el cristal de la ventanilla.</p>
-
-<p>Quiso entonces fijar sus pensamientos
-en sus dos compañeros
-de viaje; mas no tardó en olvidarlos
-para volver a ensimismarse
-en los del Banco y de la tumba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo te enterraron?</p>
-
-<p>&mdash;Hace casi diez y ocho años.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habías perdido las esperanzas
-de que te desenterrasen?</p>
-
-<p>&mdash;Hace muchísimo tiempo.</p>
-
-<p>Sonaban aún en sus oídos estas
-palabras, tan claras y distintas
-como jamás las oyera en su vida
-cuando se percató de pronto de
-que las sombras de la noche habían
-huído avergonzadas ante los
-esplendores del nuevo día.</p>
-
-<p>Bajó la ventanilla y contempló
-el brillante disco del sol. Clavado<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>
-en el surco de un campo inmediato
-al camino vió un arado. Más allá
-se divisaba un soto lleno de árboles,
-en cuyas ramas quedaban
-muchas hojas a las cuales el astro
-rey daba tonos rojos y dorados.
-La tierra estaba húmeda, el cielo
-despejado y el sol se alzaba solemne,
-plácido, rutilante, hermoso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Diez y ocho años!&mdash;exclamó
-el viajero, puestos sus ojos en el
-sol.&mdash;¡Dios mío... Dios mío! ¡Enterrado
-en vida durante diez y
-ocho años!</p>
-
-<div class="chapter">
-
-
-<h3 id="I_IV">IV.<br />LA PREPARACIÓN</h3></div>
-
-<p>Cuando llegó la diligencia a Dover,
-a su tiempo y sin tropiezo,
-el mayordomo en jefe del <i>Hotel
-del Rey Jorge</i> se apresuró a abrir
-la portezuela, como tenía por costumbre.
-Supo dar a su acto cierto
-aire solemne y ceremonioso, y a
-fe que lo merecía, pues digno era
-en verdad de todos los parabienes
-y enhorabuenas el venturoso viajero
-que, en pleno invierno, acometía
-y acababa felizmente una
-hazaña tan erizada de peligros
-como un viaje en diligencia desde
-Londres hasta Dover.</p>
-
-<p>No pudo felicitar el fino y cumplido
-mayordomo más que a un
-solo viajero, sencillamente porque
-uno solo venía en el carruaje: los
-restantes habíanse quedado en sus
-destinos respectivos. El interior de
-la diligencia, sucio, lleno de paja y
-mal oliente, más que otra cosa parecía
-obscura perrera, y el señor
-Lorry que lo ocupaba, cuando salió,
-sacudiéndose las pajas y las inmundicias
-que cubrían su indumentaria,
-envuelto en un abrigo
-viejo y sucio, cubierto con un sombrero
-apabullado y calzando botas
-altas cubiertas de fango, más que
-hombre parecía perro de raza gigante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Saldrá mañana barco para
-Calais, mayordomo?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Saldrá, señor, si continúa el
-buen tiempo y sopla viento favorable.
-¿Desea cama el señor?</p>
-
-<p>&mdash;No pienso acostarme hasta
-la noche; pero necesito habitación
-y un barbero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el almuerzo a continuación,
-señor? Muy bien... Por aquí,
-señor. ¡La Concordia para este
-caballero...! ¡El equipaje de este
-caballero a la Concordia...! ¡Agua
-caliente a la Concordia!... ¡Qué
-suba inmediatamente un barbero
-a la Concordia!... En la Concordia
-encontrará usted, señor, una lumbre
-agradable.</p>
-
-<p>La habitación conocida por el
-nombre de la Concordia, que invariablemente
-se destinaba a uno de
-los viajeros llegados por la diligencia,
-ofrecía un interés especial.
-Nadie advirtió jamás la diferencia
-más insignificante entre los
-diferentes personajes que en ella
-entraron, pues nunca ojo humano
-distinguió otra cosa que un levitón
-de viaje, puesto sobre unos
-zapatos ordinariamente sucios, y
-coronado por un sombrero casi<span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>
-siempre viejo y apabullado; pero
-si en la Concordia entró siempre
-el mismo individuo al parecer,
-salieron de ella en el transcurso
-de los años hombres de todas las
-edades, tipos, figuras y cataduras.
-No es, por tanto, de admirar, que
-la casualidad llevase al trayecto
-comprendido entre la Concordia y
-el comedor, a dos mayordomos,
-tres camareros y varias criadas,
-amén de la propia dueña del establecimiento,
-los cuales estaban entregados
-a diversas faenas domésticas,
-cuando de la habitación
-mencionada salió un caballero de
-unos sesenta años, vistiendo traje
-de color obscuro, casi nuevo y
-muy bien conservado, y luciendo
-unos puños cuadrados muy grandes,
-aunque no más grandes ni
-más cuadrados que las carteras
-que adornaban sus bolsillos.</p>
-
-<p>El caballero del traje obscuro
-se dirigió al comedor, y fué el
-único que aquella mañana se sentó
-a la mesa. Habían colocado
-ésta junto a la chimenea, y al
-amor de la lumbre se sentó nuestro
-viajero, puesta una mano
-sobre cada rodilla, esperando
-que le sirvieran el almuerzo,
-en actitud tan rígida y compuesta,
-que no parecía sino que para que
-le hicieran un retrato había tomado
-asiento.</p>
-
-<p>Parecía hombre metódico y ordenado.
-Allá en las profundidades
-del bolsillo de su chaleco dejaba
-oir su voz potente y sonora un
-reloj de tamaño extraordinariamente
-grande, cuya gravedad y
-longevidad incontestables semejaban
-protesta ruidosa y elocuente
-contra la ligereza y futilidad
-del fuego que en la chimenea
-ardía. Buenas pantorrillas tenía
-el caballero, y es posible que de
-ellas estuviera envanecido, a juzgar
-por las medias que las encerraban,
-del tono mismo que su
-traje, de punto muy fino y perfectamente
-ajustadas. Sus zapatos,
-que adornaban hermosas hebillas,
-si bien eran de clase corriente,
-revelaban la mano de un zapatero
-hábil y ducho en su oficio.</p>
-
-<p>Perfectamente ajustada a su
-cabeza llevaba una peluca pequeña,
-muy fina y ligeramente rizada,
-cuya peluca, de suponer es que
-fuera de cabello, aunque a decir
-verdad, más parecía hecha de
-filamentos de seda o de cristal.
-En cuanto a su camisa, si en finura
-no podía competir con las medias,
-en cambio en blancura rivalizaba
-con la de las crestas de las
-olas que mansas venían a besar la
-arena de la playa inmediata, o
-con la de las velas que mar adentro
-brillaban a los rayos del sol.
-Prestaban animación a aquella
-cara de expresión tranquila, mejor
-dicho, a aquella cara inexpresiva,
-pues la mano persistente
-de la costumbre había borrado de
-ella la expresión, dos ojos de mirar
-penetrante, aunque un poquito
-blandos, que en años pasados
-debieron dar no poco trabajo a su
-dueño, antes que consiguiera domarlos
-y darles aquella expresión
-de reserva impenetrable y de<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span>
-compostura que era la característica
-de todos los empleados del
-Banco Tellson. En la cara, de color
-sano, aunque surcada de numerosas
-arrugas, no habían dejado
-huellas las ansiedades e inquietudes,
-quizá porque los viejos solterones
-empleados en el Banco
-Tellson jamás se ocuparon más
-que en asuntos de otras personas,
-y esos asuntos se parecen
-a los guantes usados, que entran
-y salen sin esfuerzo.</p>
-
-<p>El señor Lorry concluyó por
-dormirse. Despertó cuando le sirvieron
-el almuerzo y dijo al camarero
-que le servía:</p>
-
-<p>&mdash;Deseo que preparen habitación
-para una señorita, que probablemente
-llegará hoy, no sé a
-qué hora. Es posible que pregunte
-por el señor Mauricio Lorry, aunque
-pudiera también ocurrir que
-lo haga por el señor del Banco
-Tellson: en uno y otro caso, páseme
-aviso.</p>
-
-<p>&mdash;Está muy bien, señor. ¿El
-Banco Tellson de Londres, señor?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Con frecuencia nos ha cabido
-el honor de servir a los caballeros
-de ese Banco, señor, en los repetidos
-viajes que hacen entre Londres
-y París, y viceversa. ¡Ah!
-¡El Banco Tellson y Compañía
-viaja mucho, señor!</p>
-
-<p>&mdash;Cierto. Nuestra casa es tan
-francesa como inglesa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si no me equivoco, usted
-no suele viajar mucho, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Muy poco desde hace algunos
-años. Habrán pasado ya...
-quince desde que no he ido a
-Francia.</p>
-
-<p>&mdash;No estaba yo aquí en aquella
-fecha, señor... Ni yo ni ninguno
-de los que hoy estamos. El <i>Hotel
-del Rey Jorge</i> tenía otros dueños,
-señor.</p>
-
-<p>&mdash;Tal creo.</p>
-
-<p>&mdash;En cambio apostaría sin temor
-a perder, que una casa como
-el Banco Tellson y Compañía
-viene prosperando y floreciendo,
-no diré ya desde quince años
-atrás, sino de cincuenta.</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted apostar y decir
-ciento cincuenta, sin temor a
-perder y con conciencia de que se
-aproxima mucho a la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ciento cincuenta años!</p>
-
-<p>Abriendo desmesuradamente los
-ojos y haciendo de su boca una
-O perfecta, el camarero adoptó
-la postura clásica, pasó la servilleta
-desde el brazo derecho al
-izquierdo y quedó callado, mirando
-cómo comía y bebía el viajero,
-conforme vienen haciendo desde
-tiempo inmemorial los camareros
-de todos los siglos y países.</p>
-
-<p>Terminado el almuerzo, el señor
-Lorry salió a dar un paseíto por
-la playa. No se divisaba desde ella
-la pequeña e irregular ciudad de
-Dover, excepción hecha de sus
-tejados que, metidos entre picachos
-de canteras calizas, semejaban
-gigantesca ostra marina. Era
-la playa un desierto erizado de
-peñascales y plagado de escollos,
-donde la mar hacía lo que se la
-antojaba, y lo que se la antojaba
-invariablemente era destruir. Casi<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>
-de continuo rugía contra la ciudad,
-bramaba contra los farallones,
-embestía contra los peñascos que
-pretendían oponerse a su paso y
-los derribaba con estruendo. Respirábase
-en las casas un olor tan
-fuerte a pescado, que no parecía
-sino que los habitantes de las
-aguas salían de éstas para curar
-en las casas sus enfermedades, de
-la misma manera que las personas
-enfermas suelen buscar la salud
-en los baños de mar. Algunos,
-muy pocos, se dedicaban a la
-pesca en aquellas aguas, y si durante
-el día la playa estaba siempre
-desierta, en cambio por la
-noche se veían personas que clavaban
-sus miradas inquietas en
-la inmensidad del mar. Comerciantes
-insignificantes a los que
-nunca se veía hacer un negocio,
-realizaban de pronto fortunas inmensas
-que no tenían explicación
-racional, y era muy de notar que
-nadie, por aquellos lugares, podía
-sufrir la presencia de una luz, de
-la que huían como del demonio.</p>
-
-<p>A medida que declinaba la
-tarde, y el aire, tan diáfano y
-transparente durante el día, que
-hubo momentos en que se divisaban
-perfectamente las costas de
-Francia, se saturaba de vapores
-y nieblas, se entenebrecían también
-los pensamientos del señor
-Lorry. Cuando, llegada la noche,
-se sentó al amor de la lumbre del
-comedor para esperar que le sirvieran
-la comida, como esperara
-aquella mañana que le sirvieran
-el almuerzo, su imaginación cavaba,
-cavaba sin descanso.</p>
-
-<p>No perjudica la salud de un
-buen cavador una botella de añejo
-clarete, aunque acaso sea rémora
-a su actividad, si es cierto,
-como dicen, que el clarete, sobre
-todo si es bueno y añejo, inocula
-en quien lo bebe tendencia marcada
-a la suspensión de toda clase
-de trabajos corporales. El señor
-Lorry había suspendido hacía largo
-rato todas sus operaciones y
-acababa de verter en el vaso el
-último líquido que quedaba en la
-botella, revelando su rostro toda
-la satisfacción que pueda revelar
-un caballero entrado en años que
-acaba de ver el fondo de una botella,
-cuando hirió sus oídos el
-rápido rodar de un carruaje que
-penetraba en la angosta callejuela
-y se detenía dentro del patio del
-hotel.</p>
-
-<p>&mdash;¡La señorita!&mdash;exclamó Lorry,
-dejando sobre la mesa el vaso
-que iba a llevar a sus labios.</p>
-
-<p>Momentos después entraba en
-el comedor el camarero y anunciaba
-que la señorita Manette, recién
-llegada de Londres, deseaba ver
-al caballero del Banco Tellson.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tan pronto?</p>
-
-<p>&mdash;La señorita Manette ha tomado
-un refrigerio en el camino,
-y lo único que ahora desea con
-verdadero anhelo es ver sin pérdida
-de momento al caballero del
-Banco Tellson, siempre que éste
-tenga agrado en visitarla.</p>
-
-<p>No quedó otro recurso al caballero
-del Banco Tellson que vaciar<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span>
-el vaso haciendo un gesto de estólida
-desesperación, ajustar su sedosa
-peluca a sus orejas y seguir
-al camarero, que le guió a la
-habitación de la señorita Manette.
-Era una estancia de grandes
-proporciones, muy obscura, tapizada
-de negro, como una capilla
-ardiente, y amueblada con objetos
-de tonos obscuros, entre los
-cuales podían contarse una porción
-de mesas, todas pesadas y
-todas negras. Sobre la del centro,
-untada, como todas las otras,
-mil veces con aceite, había dos
-candelabros, negros también, cuya
-luz no bastaba a disipar las
-tinieblas que reinaban como dueñas
-y señoras en la estancia.</p>
-
-<p>Tan densa era la obscuridad,
-que el señor Lorry, mientras avanzaba
-caminando sobre una alfombra,
-bastante deteriorada por cierto,
-supuso que la señorita se
-encontraría en alguna habitación
-contigua, y en esa creencia persistió
-hasta que, después de dejar
-a sus espaldas los dos candelabros,
-tropezó con una persona que de
-pie le estaba esperando, entre la
-mesa y la chimenea. Era una joven
-de unos diez y siete años de
-edad, vestida de amazona, cuyas
-manos sostenían aún por la cinta
-el sombrero de paja que llevó
-durante el viaje. Al fijar sus ojos
-en aquella carita diminuta, perfectamente
-ovalada y de líneas
-graciosas, encuadrada en una masa
-abundante de cabellos de oro,
-dos ojos azules salieron al encuentro
-de los suyos, mirándoles con
-mirada penetrante y expresión
-que no era de perplejidad, ni de
-asombro, ni de admiración, ni
-de alarma, aunque probablemente
-participaba de las cuatro. En la
-imaginación del señor Lorry, al
-apreciar las facciones que delante
-tenía, surgió la figura de una niña
-que muchos años antes había
-llevado en sus brazos en un viaje
-de travesía por aquel mismo canal
-con tiempo frío y mar extraordinariamente
-gruesa. Disipóse la
-imagen casi con tanta rapidez
-como se borró la mancha producida
-por el aliento en la no muy
-limpia cornucopia colocada a espaldas
-de la joven, y encerrada
-en un marco que ofrecía una procesión
-de cupidos negros sin cabeza
-muchos y todos cojos o mancos,
-los cuales ofrecían canastillas negras
-llenas de frutas del Mar Muerto
-a unos ídolos negros del género
-femenino, y se inclinó profunda
-y solemnemente ante la señorita
-Manette.</p>
-
-<p>&mdash;Sírvase tomar asiento, caballero&mdash;dijo
-una voz clara y musical,
-con acento extranjero, aunque
-apenas perceptible.</p>
-
-<p>&mdash;Beso a usted la mano, señorita&mdash;contestó
-el señor Lorry, haciendo
-otra reverencia, a la usanza
-antigua, antes de tomar asiento.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer recibí una carta del
-Banco, caballero, en la que me
-decían que se había sabido...
-o descubierto...</p>
-
-<p>&mdash;La palabra es lo de menos, señorita:
-una y otra expresan la
-idea.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;... Algo acerca de los escasos
-bienes que dejó mi pobre padre,
-a quien he tenido la desventura
-de no conocer...</p>
-
-<p>Lorry se revolvió en la silla, y
-dirigió miradas angustiosas a la
-fúnebre procesión de cupidos negros,
-cual si esperara encontrar
-en las absurdas canastillas que
-llevaban, la luz que le negaba su
-inteligencia.</p>
-
-<p>&mdash;... Y que, en consecuencia,
-era de todo punto necesario que
-hiciera un viaje a París, donde
-habría de ponerme en contacto
-con un caballero del Banco, enviado
-a la capital de Francia para
-ese objeto.</p>
-
-<p>&mdash;Ese caballero soy yo, señorita.</p>
-
-<p>&mdash;Lo suponía, caballero.</p>
-
-<p>La niña hizo una reverencia
-llena de gracia (en aquellos tiempos
-hacían reverencias las señoritas).
-El caballero se inclinó profundamente.</p>
-
-<p>&mdash;Contesté al Banco que si
-las personas que llevan su benevolencia
-para conmigo hasta el
-punto de aconsejarme, consideraban
-que era necesario el viaje,
-iría desde luego a Francia, pero
-que, en atención a que soy huérfana
-y no tengo amigos que puedan
-acompañarme, estimaría como
-favor especial que me permitieran
-colocarme, durante el viaje,
-bajo la protección del digno
-caballero con quien había de ponerme
-en contacto en París. El
-caballero había salido ya de Londres,
-pero creo que le enviaron un
-mensajero rogándole que me esperase
-aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Me consideré feliz al recibir
-el encargo, y me lo consideraré
-mucho más cumpliéndolo, señorita&mdash;contestó
-el señor Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Muchísimas gracias, caballero;
-crea usted que se las doy de
-corazón. Me anunció el Banco que
-el caballero me explicaría los
-detalles del asunto, y que fuera
-preparada a recibir noticias de
-índole sorprendente. He hecho
-todo lo posible para prepararme,
-y puede estar seguro de que siento
-verdaderos anhelos por saber de
-qué se trata.</p>
-
-<p>&mdash;Lo encuentro muy natural&mdash;respondió
-Lorry.&mdash;Sí... perfectamente
-natural... Yo...</p>
-
-<p>Hizo una pausa, ajustó nuevamente
-su peluquín a las orejas,
-y repuso al fin:</p>
-
-<p>&mdash;Lo cierto es que resulta tan
-difícil principiar...</p>
-
-<p>Y no principió. En su indecisión
-sus miradas se encontraron con
-las de su interlocutora. En la frente
-de ésta se dibujaron algunas
-arrugas, su rostro varió de expresión,
-y su mano se alzó hasta la
-altura de los ojos, cual si deseara
-apoderarse de alguna sombra que
-ante ellos acababa de cruzar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nos habremos visto alguna
-vez, caballero?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo cree usted así?&mdash;interrogó
-Lorry, extendiendo los brazos
-y sonriendo.</p>
-
-<p>La línea delicada y fina que se
-había dibujado entre las cejas de
-la niña se hizo más profunda y<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>
-enérgica al sentarse ésta en la
-silla junto a la cual había permanecido
-en pie hasta entonces.
-Lorry la contemplaba silencioso,
-y cuando al cabo del rato la joven
-alzó de nuevo sus ojos, apresuróse
-aquél a preguntar:</p>
-
-<p>&mdash;Supongo que en su patria de
-adopción deseará usted que le
-trate y hable como a señorita
-inglesa; ¿no es verdad, señorita
-Manette?</p>
-
-<p>&mdash;Como usted guste, caballero.</p>
-
-<p>&mdash;Soy hombre de negocios, señorita
-Manette, y he recibido el
-encargo de tratar y llevar a feliz
-término un negocio. Cuando escuche
-usted de mis labios todos los
-detalles con aquél relacionados, no
-vea usted en mí más que una máquina
-habladora, pues en rigor,
-máquina habladora soy. Con su
-permiso, señorita Manette, referiré
-a usted la historia de uno de
-nuestros clientes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Historia!</p>
-
-<p>Parece que Lorry debió tomar
-una palabra por otra, pues no
-bien repitió su interlocutora la
-palabra <i>historia</i>, repuso con apresuramiento:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señorita: de uno de nuestros
-clientes. Los que nos dedicamos
-a los negocios bancarios solemos
-llamar clientes a todos nuestros
-conocimientos. El cliente a
-que me refiero era un caballero
-francés, hombre de mucho talento
-y grandes dotes intelectuales... un
-médico.</p>
-
-<p>&mdash;No sería de Beauvais, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Precisamente de Beauvais.
-Lo mismo que el señor Manette,
-su padre de usted, el caballero
-en cuestión era de Beauvais: lo
-mismo que el señor Manette, su
-padre de usted, era una notabilidad
-en París, donde tuve el honor
-de conocerle. Nuestras relaciones
-fueron lisa y exclusivamente de
-negocios, pero confidenciales. Me
-hallaba yo a la sazón en nuestra
-casa francesa, y hace de esto...
-¡friolera! ¡veinte años!</p>
-
-<p>&mdash;En aquel tiempo... Perdone
-usted mi curiosidad, caballero,
-pero desearía saber...</p>
-
-<p>&mdash;Hablo de veinte años atrás,
-señorita. Casó con una dama inglesa...
-y yo era uno de sus fideicomisarios.
-El Banco Tellson manejaba
-todos sus negocios, como los
-de casi todos los caballeros y
-familias francesas. De la misma
-manera que fuí fideicomisario de
-aquel caballero, lo soy o lo he sido
-de docenas de clientes de la casa.
-Son puras relaciones comerciales,
-señorita, libres de amistad, libres
-de interés, libres de afecto, relaciones
-en las cuales nada hay que
-se parezca a sentimiento. En el
-curso de mi vida, he pasado de
-unas a otras sin que ninguna dejara
-rastros ni casi recuerdos en mí,
-exactamente lo mismo que despacho
-con los innumerables clientes
-que diariamente se acercan al Banco
-con objetos tan variados. En
-una palabra, señorita: yo no tengo
-sentimientos, yo no tengo afecto a
-nadie, yo soy una máquina, yo
-soy un...</p>
-
-<p>&mdash;Pero es que me está usted<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>
-refiriendo la historia de mi padre,
-caballero, y principio a sospechar
-que, cuando murió mi madre, que
-solamente dos años sobrevivió a
-mi padre, dejándome huérfana
-y sola en el mundo, fué usted el
-que me llevó a Inglaterra. Casi
-me atrevería a asegurar que fué
-usted.</p>
-
-<p>El señor Lorry tomó la diminuta
-mano que llena de confianza
-buscaba las suyas, y la llevó con
-cierto aire de ceremonia a sus
-labios.</p>
-
-<p>&mdash;Yo <i>fuí</i>, en efecto, señorita
-Manette&mdash;contestó Lorry.&mdash;El
-hecho de que desde entonces nunca
-más haya vuelto a ver a usted,
-la convencerá de la exactitud de
-mis palabras, la convencerá de la
-verdad con que aseguré ha poco
-que no tengo sentimientos, y que
-cuantas relaciones mantengo o
-he mantenido con mis semejantes
-han sido exclusivamente de negocios.
-¡No! ¡Nada de sentimentalismo!
-Usted ha sido desde entonces
-la pupila del Banco Tellson, y yo
-he tenido sobrado quehacer también
-desde entonces trabajando
-en los asuntos del Banco Tellson.
-¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo
-y voluntad para permitirme el
-lujo de tenerlos! He pasado mi
-vida entera moviendo y dando
-vueltas a masas inmensas de dinero.</p>
-
-<p>Hecha esta descripción singular
-de sus rutinas diarias, el señor
-Lorry alisó con entrambas manos
-su sedosa peluca, operación innecesaria,
-pues era imposible alisarla
-más de lo que estaba, y volvió
-a tomar su actitud anterior.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta ahora, señorita, lo que
-acabo de narrar es, conforme ha
-adivinado usted, la historia de su
-padre. Las diferencias vienen ahora.
-Si su padre no hubiese muerto
-cuando murió... ¡No se asuste
-usted! ¡Si está temblando como
-la hoja en el árbol!</p>
-
-<p>Era cierto. La joven temblaba
-convulsivamente y, sin articular
-palabra, alargó entrambas manos
-en actitud suplicante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por favor, señorita...!&mdash;exclamó
-Lorry con extremada dulzura.&mdash;Domínese
-usted... Calme
-esa agitación... ¿Qué tienen que
-ver aquí los sentimientos?... Estamos
-hablando de negocios... Ya
-ve usted: decía...</p>
-
-<p>La mirada que la niña dirigió
-al narrador le descompuso tan por
-completo, que vaciló, tartamudeó,
-hubo de hacer una pausa bastante
-prolongada, y al fin repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Decía que si el señor Manette
-no hubiese muerto, que si en vez
-de morir hubiera desaparecido
-inesperada y silenciosamente, evaporándose,
-por decirlo así, que
-si no hubiera sido empresa imposible
-adivinar el pavoroso lugar
-donde habría sido sepultado, aunque
-sí llegar hasta él, si hubiera
-tenido la desgracia de acarrearse
-la animadversión de algún compatriota
-suyo, investido de un poder
-que los hombres más valientes
-de mi tiempo no se atrevían a
-mencionar sin temblar, el poder
-de llenar órdenes o decretos firma<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>dos
-en blanco, en virtud de las
-cuales fácil era condenar a prisión
-y olvido temporal o perpetuo a
-cualquier mortal, si la esposa de
-ese caballero hubiera implorado
-compasión del rey, de la reina,
-de la corte, del clero y de la nobleza,
-solicitando noticias de su marido
-ausente, sin conseguir ablandar
-ningún corazón, entonces la
-historia del doctor de Beauvais
-que estoy refiriendo sería en efecto
-la de su padre de usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por Dios santo, caballero,
-dígame más!</p>
-
-<p>&mdash;A eso voy: ¿pero cuenta usted
-con valor bastante para escuchar
-lo que yo diga?</p>
-
-<p>&mdash;Todo lo puedo soportar menos
-la incertidumbre en que me
-dejan sus palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Habla usted con calma... y
-seguramente <i>está ya</i> sosegada:
-¡magnífico!&mdash;continuó Lorry, con
-expresión que desmentía sus últimas
-palabras.&mdash;Estamos hablando
-de negocios... nada más que de
-negocios. No vea usted en lo que
-digo más que un negocio... que
-puede hacerse... que, según todas
-las probabilidades, saldrá bien.
-Sigamos: si la buena señora del
-doctor, dama de valor excepcional
-y de gran presencia de espíritu
-apuró dolores, sufrimientos tan
-acerbos, a consecuencia de lo que
-acabo de manifestar, antes que
-viniera al mundo su hijo...</p>
-
-<p>&mdash;¡El hijo era hija, caballero!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno...! ¿Qué más da? El
-sexo no altera el negocio... Digo,
-señorita, que si la pobre dama sufrió
-dolores tan acerbos antes que
-naciera su hija, que a fin de impedir
-que llegase hasta ésta la triste
-herencia de sus agonías, la amamantó
-y educó en la creencia de
-que su padre había muerto... ¡No
-se arrodille usted, por Dios vivo...!
-¡En nombre del Cielo!... ¿Por qué
-cae de rodillas a mis pies?</p>
-
-<p>&mdash;¡Para suplicarle que me diga
-la verdad...! ¡Por piedad, señor,
-nada me oculte!...</p>
-
-<p>&mdash;Todo se lo diré... ¡Pero cálmese
-usted, por lo que más quiera!
-Estamos tratando un... un... negocio,
-señorita, y sus extremos me
-confunden... y no es posible... no
-puedo tratar negocios con acierto
-si confunden y obscurecen mis
-ideas. Veamos de despejar la cabeza.
-Si usted puede decirme ahora
-mismo... por ejemplo, cuántos peniques
-suman nueve monedas de
-a nueve peniques una, o cuántos
-chelines son veinte guineas, tranquilizará
-mucho mi espíritu, pues
-será prueba palpable de la calma
-y serenidad del suyo.</p>
-
-<p>Sin contestar directamente a
-este llamamiento, la niña se dejó
-alzar del suelo y volvió a sentarse
-con tal compostura, que comunicó
-a su interlocutor el valor que principiaba
-a faltarle.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho
-valor! ¡Negocio y nada más que negocio!
-Se le presenta un negocio,
-negocio positivo, de rendimientos.
-Su madre, señorita Manette,
-adoptó con usted la norma de conducta
-que antes he insinuado.
-Cuando murió... creo que de pesa<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>dumbre...
-sin haber cesado ni por
-un instante de buscar a su marido,
-y sin llegar a averiguar nada, dejó
-a usted, niña de dos años, en camino
-de crecer hermosa, feliz, sin
-penas, libre de la nube negra que
-hubiera amargado su existencia,
-si al morir la hubiese revelado la
-historia de su padre, sin poder
-añadir si éste había muerto en la
-cárcel o si continuaba enterrado
-en el calabozo, sufriendo las torturas
-del sepultado en vida.</p>
-
-<p>Pronunció las últimas palabras
-posando una mirada de compasión
-infinita sobre los cabellos de
-oro que tenía delante, cual si a sí
-mismo se dijera que, gracias a la
-compasiva reserva de la madre,
-no abundaban en aquellos las
-hebras de plata.</p>
-
-<p>&mdash;Sabe usted perfectamente que
-sus padres no disfrutaron de una
-gran fortuna, y que, la que poseían,
-pasó a su madre y a usted.
-Por lo que a dinero y bienes materiales
-se refiere, no se han hecho
-descubrimientos nuevos; pero...</p>
-
-<p>Sintió el narrador que manos
-delicadas oprimían con fuerza sus
-muñecas, y dejó de hablar. La
-expresión del rostro de la niña era
-de pena y de horror.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ha sido encontrado... <i>él</i>.
-Vive, sí... muy cambiado... lo considero
-probable; destrozado, hecho
-una ruina, reducido a sombra
-de lo que fué... es posible; pero
-vive, y debemos abrigar esperanzas
-de que mejorará. Su padre ha
-sido llevado a la casa de un antiguo
-criado suyo, que reside en
-París, y a su encuentro vamos nosotros:
-yo, para identificarle, si
-puedo; usted, para abrazarle, para
-devolverle la vida, el cariño, la
-calma y el descanso.</p>
-
-<p>La niña se estremeció de pies a
-cabeza. Trémula, conmovida, con
-voz extraña, cual de la quien
-habla en sueños, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Voy a ver su fantasma!...
-¡Su fantasma!... ¡No a él!</p>
-
-<p>Lorry desprendió con suavidad
-las manos que atenaceaban su
-brazo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calma, calma, señorita!&mdash;dijo.&mdash;Ya
-pasó todo. Conoce usted
-todo lo bueno y todo lo malo.
-Vamos al encuentro del desventurado
-caballero, injustamente
-castigado, y después de un viaje
-feliz por mar, seguido de otro no
-menos venturoso por tierra, tendrá
-muy en breve el dulce placer
-de abrazarle.</p>
-
-<p>&mdash;¡He vivido tranquila, he vivido
-feliz, y nunca me ha perseguido
-su fantasma!&mdash;exclamó la
-niña con el mismo tono de voz que
-antes.</p>
-
-<p>&mdash;Réstame otra observación&mdash;repuso
-Lorry, recalcando la palabra,
-con objeto, sin duda, de asegurarse
-la atención de su oyente.
-Cuando le encontraron, llevaba
-otro nombre. El suyo, o lo olvidaron
-hace mucho tiempo, o alguien
-ha tenido interés en ocultarlo.
-Sería peor que inútil intentar averiguar
-si ha ocurrido lo uno o lo
-otro: sería peor que inútil tratar
-de inquirir si se olvidaron de su
-persona, o si deliberadamente y<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>
-con intención le han retenido durante
-tantos años prisionero: sería
-peor que inútil practicar pesquisas
-de ninguna clase, y lo sería,
-porque además de inútil, nos
-expondríamos a correr grandes peligros.
-Preferible mil veces es no
-hablar siquiera del asunto, y sacar
-a su padre de Francia. Yo mismo,
-no obstante encontrarme a
-cubierto de peligros de esa clase
-por ser ciudadano inglés, y hasta
-el Banco Tellson, con toda la
-importancia que en Francia tiene,
-no nos atrevemos a mencionar siquiera
-el asunto. No llevo sobre
-mi persona una línea, una palabra
-escrita que a él se refiera con claridad.
-En una palabra: se trata de
-un secreto. Todas las credenciales
-que para resolverlo me acreditan,
-todas las instrucciones que como
-agente he recibido, se reducen a
-una palabra sola: «Resucitado»...
-¡Pero qué es eso!... ¡Si no ha oído
-una palabra de las que vengo diciendo!
-¡Señorita Manette!</p>
-
-<p>La niña continuaba en la silla,
-perfectamente quieta, perfectamente
-tranquila, perfectamente
-silenciosa, perfectamente erguida,
-perfectamente insensible, abiertos
-los ojos y clavados en la
-cara de Lorry, pero con esa expresión
-singular que tienen los ojos
-esculpidos bajo la frente de una
-estatua. Sus dedos continuaban
-asiendo su brazo con tal fuerza,
-que no se atrevió a desasirlos temiendo
-lastimarla, por cuyo motivo
-gritó pidiendo socorro, pero
-sin moverse.</p>
-
-<p>A los gritos acudió una mujer de
-aspecto bravío, roja de cabeza a
-pies, pues rojo era el color de su
-cara, rojo su cabello, rojo su vestido,
-rojo el monumental gorro,
-semejante al que solían llevar los
-granaderos o a un descomunal
-queso de Stilton. Pisando los
-talones a la mujer, que penetró
-corriendo en la estancia, llegaron
-todas las criadas de la posada.
-Pocos miramientos empleó la primera
-para solucionar el conflicto
-de desasir el brazo de Lorry de
-los dedos que, agarrotados, lo sujetaban,
-pues de la primera manotada
-asestada contra el pecho del
-caballero del Banco Tellson, envió
-a éste precipitado contra la pared
-más inmediata.</p>
-
-<p>&mdash;¡Esa mujer es hombre!&mdash;murmuró
-para sus adentros Lorry,
-al chocar contra la pared.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!&mdash;rugió
-la mujer roja, dirigiéndose
-a las criadas.&mdash;¿Por qué
-no vais a fregar, en vez de estar
-ahí, mirándome como idiotas?
-¿Soy alguna mona por ventura?
-¡A trabajar! ¡Pronto sabréis quién
-soy yo, si no me traéis volando
-sales, agua fría, vinagre y todo lo
-que haga falta!</p>
-
-<p>La dispersión fué general e
-inmediata. Volaron las criadas en
-busca de los restaurativos pedidos,
-mientras la matrona roja
-colocaba a la paciente sobre un sofá
-con gran pericia y suavidad
-llamándola «preciosa», «hijita mía»,
-«paloma», etc., etc.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted, pedazo de bruto&mdash;<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>gritó
-a continuación, revolviéndose
-furiosa contra el señor Lorry,&mdash;no
-pudo contarla su famosa historia
-sin darla un susto de muerte?
-¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida
-como un difunto, fría como el
-hielo! ¿No le da vergüenza decir
-que es banquero?</p>
-
-<p>Hasta tal extremo desconcertó
-al señor Lorry una pregunta de
-contestación tan difícil, que no
-supo hacer otra cosa que mirar
-desde lejos con expresión de simpatía
-y humildad extraordinarias,
-mientras la tremebunda mujer,
-después de ahuyentar de nuevo a
-los criados que habían vuelto a
-entrar con agua, vinagre y sales,
-bajo la penalidad misteriosa de
-«hacerles saber algo que no tenía
-por qué mencionar» si continuaban
-allí mirándola embobados,
-puso manos a la obra y consiguió,
-al cabo de mucho rato, que la
-niña comenzara a dar señales de
-vida.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que se encuentra mejor&mdash;observó
-el señor Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no será por lo que usted
-ha hecho&mdash;replicó con aspereza
-la matrona.&mdash;¡Hija mía!</p>
-
-<p>&mdash;¿Tendría usted inconveniente&mdash;preguntó
-Lorry con gran
-humildad, pasados algunos momentos&mdash;en
-acompañarla hasta
-Francia?</p>
-
-<p>&mdash;¡No sabe usted decir más que
-sandeces! Si la Providencia hubiese
-dispuesto que alguna vez cruzase
-yo el charco, ¿cree usted que
-me habría hecho nacer en una
-isla?</p>
-
-<p>Como también resultaba difícil
-en extremo la contestación a
-semejante pregunta, el señor Mauricio
-Lorry creyó conveniente retirarse
-para meditar.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_V">V.<br />LA TABERNA</h3></div>
-
-
-<p>Había caído en la calle, haciéndose
-pedazos, una barrica de vino.
-El accidente ocurrió al sacar la
-barrica de un carro. Aquélla cayó
-al suelo, comenzó a rodar, saltaron
-los aros, y fué a abrirse como
-un cascarón de monstruosa nuez
-frente a la puerta de una taberna.</p>
-
-<p>Cuantas personas había por los
-alrededores suspendieron sus tareas
-o pusieron fin a su ociosidad
-para correr al lugar del siniestro
-y beberse el vino. Las piedras ásperas,
-desiguales y puntiagudas
-que formaban el adoquinado de la
-calle, puestas de propósito, según
-todas las apariencias, para hacer
-tantos cojos como afortunados
-mortales tuvieran la dicha de pasar
-sobre ellas, habían hecho la
-distribución del rojo líquido, formando
-variedad de estanques de
-diferentes dimensiones, todos los
-cuales estaban rodeados por grupos
-mayores o menores, según fuera
-mayor o menor su extensión.
-Muchos hombres, tendidos de bruces,
-recogían el vino en el hueco
-de sus manos, y bebían, o hacían
-que bebieran las mujeres que afanosas
-se inclinaban sobre sus<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span>
-hombros, antes que el líquido
-escapara entre sus dedos. Otros,
-hombres y mujeres, lo recogían
-con pequeñas vasijas de barro
-cocido o bien empapaban los
-pañuelos de cabeza de las mujeres,
-que luego exprimían en sus bocas
-o en las de los niños: éstos oponían
-diques de barro al curso del vino,
-aquéllos, obedeciendo los consejos
-que a gritos les daban desde las
-ventanas los curiosos, saltaban de
-acá para allá a fin de desviar el
-curso de nuevos regueros, y no
-faltaban quienes apoderándose de
-los fragmentos medio podridos de
-la barrica, los chupaban y lamían
-con indecible ansiedad. Puede
-asegurarse que las turbas recogieron,
-no ya sólo hasta la última
-gota de vino, sino también hasta
-la última molécula de tierra que
-con aquel estuvo en contacto. La
-calle quedó como si por ella acabasen
-de pasar todas las brigadas
-de basureros de la ciudad, si en
-la ciudad se hubiera conocido la
-brillante institución de basureros.</p>
-
-<p>Mientras duró la diversión del
-vino, no cesó en la calle la algarabía
-de alegres carcajadas y
-gritos de júbilo, lanzados por docenas
-de gargantas de hombres,
-de mujeres y de niños. La distracción
-resultaba un poquito ordinaria
-y un mucho movida. Cuantos
-en ella tomaban parte mostraban
-tendencia especial a las
-afinidades y confianzas, de las que
-resultaban brindis de gusto discutible,
-apretones de manos, abrazos
-y caprichosas danzas, en los
-que tomaban parte especial los
-que habían bebido más, o los de
-carácter más jovial y divertido.
-Cuando faltó el vino, y las piedras
-y tierra que había regado quedaron
-secas y limpias, cesaron las
-demostraciones de alegría con tanta
-brusquedad como habían comenzado.
-El individuo que había
-dejado su sierra apoyada contra
-el leño que estaba aserrando, la
-empuñó y puso de nuevo en movimiento;
-la mujer que dejó su
-puchero cociendo frente a la puerta
-de su casa, volvió a atenderlo;
-descendieron otra vez a las profundidades
-de las obscuras cuevas
-los hombres de brazos desnudos,
-pelo sucio y rostros cadavéricos
-que habían salido a la luz del día
-minutos antes, y las tinieblas envolvieron
-con su manto una escena
-que, en realidad, hacía daño
-contemplar a la luz del sol.</p>
-
-<p>El vino que contenía la barrica
-destrozada era tinto, y manchó la
-estrecha calle del suburbio de
-San Antonio en la cual se había
-derramado. Manchó asimismo muchas
-manos y muchas caras y
-muchos pies desnudos y muchos
-zuecos. Las manos del hombre que
-aserraba el leño dejaron huellas
-rojizas en las tablas, y la frente
-de la mujer que amamantaba a su
-tierno hijo quedó también manchada
-al chocar con la frente de
-la vieja bruja con la cual se abrazó
-y bailó en momentos de efímera
-alegría. Los que ansiosos se apoderaron
-de los restos de la barrica
-y los chuparon y lamieron, salie<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>ron
-de la diversión con círculos
-rojizos en sus bocas que les daban
-aspecto de tigres feroces, y hubo
-uno, más aficionado sin duda a las
-bromas que los demás, que con
-el dedo untado en la masa formada
-por el lodo y el vino, garrapateó
-en la pared la palabra <i>sangre</i>.</p>
-
-<p>¡Día llegaría en que la sangre
-fuera vertida a torrentes, y en que
-muchos de los que en la diversión
-reseñada tomaron parte irían tintos
-en sangre de cabeza a pies!</p>
-
-<p>Luego que la calle de San Antonio
-volvió a su ser y condición habituales,
-de los que momentáneamente
-la sacara un incidente fortuito,
-quedó triste, obscura y
-tétrica, gimiendo bajo el cetro del
-frío, de la suciedad, de las enfermedades,
-de la ignorancia y del
-hambre, nobles de gran poder todos
-ellos, pero particularmente el
-mencionado en último lugar. En
-todos los rincones se veían agazapados
-ejemplares de desdichados
-que habían sido prensados y
-triturados una y cien veces entre
-las pesadas piedras del molino,
-tiritando de frío y cayéndose de
-hambre. El molino que los había
-triturado no era aquel molino
-fabuloso que tiene la propiedad
-de convertir a los viejos en jóvenes
-llenos de vida, sino el que hace de
-los jóvenes viejos. Caras de ancianos
-tenían los muchachos, y voces
-graves y profundas los niños.
-Sus espaldas se doblaban bajo
-el peso, no de los años, pero sí bajo
-el del hambre, que era la dueña
-y señora de aquellos barrios.
-Hambre era la palabra que se
-repetía en todas las casas, hambre
-el fatídico fantasma montado
-sobre los míseros harapos que
-pendían de las pértigas o cuerdas
-tendidas frente a las inmundas
-casuchas, hambre repetían todos
-los fragmentos de serrín que caían
-bajo los dientes de la sierra del
-carpintero, hambre el espantoso
-monstruo que, no encontrando
-en las calles inmundicias con que
-alimentarse, se encaramaba a
-lo alto de las chimeneas, que tampoco
-ofrecían humo a su voracidad;
-hambre era la inscripción
-que se leía en las anaquelerías de
-todos los panaderos, hambre la
-palabra estampada en todos los
-panes, caros, de mala calidad y
-faltos de peso.</p>
-
-<p>Los distritos donde había sentado
-sus reales no podían ser más
-a propósito para el objeto. Una
-calle estrecha y tortuosa, muladar
-inmundo y hediondo, de la que
-arrancaban otras callejas más
-estrechas y tortuosas, habitadas
-por piltrafas humanas y oliendo
-a piltrafas humanas, en las cuales
-sólo se veían personas y cosas que
-daban náuseas. En la torva expresión
-de sus habitantes vislumbrábanse
-anhelos feroces de volver las
-cosas del revés. No faltaban en sus
-caras demacradas ojos que despedían
-llamas, ni labios crispados,
-ni frentes contraídas horriblemente.
-Hasta las muestras de las tiendas
-eran ilustraciones vívidas de
-la necesidad. En las carnicerías
-y tocinerías pintaban reses escuá<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>lidas,
-y en las panaderías panes
-fementidos, microscópicos. La
-única industria que parecía atravesar
-una época de prosperidad
-floreciente era la de las herramientas
-y armas. Los cuchillos
-y hachas de los carniceros eran
-brillantes, estaban perfectamente
-afiladas, los martillos de los herreros
-pesaban muchas libras, y
-las armerías estaban atestadas de
-instrumentos de muerte. Las calles,
-llenas de baches, depósitos de
-fango y de agua corrompida, carecían
-de aceras. Los faroles, que
-a intervalos muy largos pendían
-de unas cuerdas, derramaban sobre
-ellas una luz enfermiza que
-no bastaba a disipar las tinieblas
-como no disipan las tinieblas del
-mar la luz de los faroles colocados
-en lo alto de las vergas.
-A decir verdad, París era un mar,
-y tanto el barco como los que lo
-tripulaban corrían grave peligro
-de naufragar.</p>
-
-<p>Había de llegar el día en que los
-famélicos habitantes de aquellas
-regiones, a fuerza de contemplar
-los míseros faroles, llegarían a
-concebir el proyecto de introducir
-mejoras en el sistema y colgarían
-de aquellas cuerdas hombres que
-iluminasen las negruras de su situación.
-No era, empero, llegado
-el tiempo, y aunque todas las brisas
-que soplaban sobre Francia
-eran precursoras de recios vendarales,
-no se daban por enterados
-los pajarillos de sedoso plumaje.</p>
-
-<p>La taberna frente a la cual se
-desarrolló la escena que acaban
-de presenciar los lectores de esta
-historia ofrecía mejor aspecto que
-la mayor parte de las tabernas
-de aquellos barrios, y su dueño,
-vestido con chaleco amarillo y
-calzones verdes, estuvo contemplando
-con tranquila indiferencia
-la lucha de los que corrían a la
-conquista del vino derramado.</p>
-
-<p>&mdash;Poco me importa&mdash;exclamó,
-encogiéndose de hombros.&mdash;Lo
-han dejado caer los empleados
-del almacenista; ellos me traerán
-otra barrica.</p>
-
-<p>Acertó entonces el tabernero
-a ver al individuo que escribía en
-la pared la palabra <i>sangre</i>, y le
-preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo
-ahí?</p>
-
-<p>Contestó él interpelado con uno
-de esos gestos significativos que
-tanto privan entre las gentes de
-su ralea, y cuya significación tantas
-veces pasa inadvertida, como
-ocurrió en el caso presente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás haciendo méritos para
-ingresar en un manicomio?&mdash;repuso
-el tabernero, atravesando la
-calle y extendiendo sobre la palabra
-escrita en la pared un puñado
-de barro que recogió del suelo.&mdash;¿No
-encuentras otro sitio, dime,
-donde escribir palabras como ésa?</p>
-
-<p>Mientras formulaba la segunda
-pregunta, el tabernero colocó su
-mano menos sucia (quizá por casualidad,
-quizá intencionadamente)
-sobre la región del corazón de
-su interlocutor. Este golpeó su
-pecho con la suya, dió un prodigioso
-salto y quedó inmóvil, en<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span>
-actitud de danza fantástica puesto
-el brazo izquierdo sobre la cadera
-y el derecho en alto, y sosteniendo
-entre el pulgar y el índice de la
-diestra un zapato sucio que previamente
-se había sacado de uno
-de sus pies.</p>
-
-<p>El tabernero volvió a cruzar la
-calle y entró en su establecimiento.
-Era un hombre de unos treinta
-años, de aire marcial y cuello de
-toro. Debía ser de un temperamento
-de fuego, pues aunque el
-día era uno de los más fríos que
-disfrutaron los parisienses en aquel
-invierno crudo, iba en mangas de
-camisa y llevaba éstas arremengadas
-hasta muy cerca de los hombros.
-En cuanto a prendas de cabeza,
-no usaba otra que la natural:
-una masa de pelo negro, áspero
-y ensortijado. Era de tez morena
-y buenos ojos, de mirar implacable.
-Evidentemente era hombre de
-gran resolución y propósitos inquebrantables,
-uno de esos hombres
-con los cuales sería peligroso
-tropezarse en un sendero estrecho
-bordeado por dos abismos, pues
-es seguro que por nada ni por nadie
-volvería sobre sus pasos.</p>
-
-<p>La señora Defarge, esposa del
-tabernero en cuestión, estaba sentada
-detrás del mostrador cuando
-aquél entró en el establecimiento.
-Era mujer de constitución robusta,
-aproximadamente de la edad
-misma que su marido, de ojos
-vigilantes, aunque muy contadas
-veces parecía mirar a ningún
-objeto determinado, grandes manos
-cubiertas de sortijas, cara de
-líneas enérgicas, expresión reservada
-y aire de perfecta compostura.
-Una de las características
-de la señora Defarge consistía
-en no sufrir nunca equivocaciones
-que redundasen en perjuicio de
-sus intereses en ninguna de las
-operaciones del establecimiento.
-Extremadamente sensible al frío,
-iba envuelta en pieles y abrigaba
-su cabeza con un chal de colores
-chillones que la cubría por completo,
-bien que dejando a la vista
-los grandes pendientes que adornaban
-sus orejas. Tenía frente a
-sí su calceta, pero la había dejado
-sobre el mostrador para consagrar
-algunos minutos a la limpieza de
-su dentadura, lo que estaba haciendo
-con un mondadientes. Absorta
-en su ocupación, con el codo
-derecho apoyado sobre la mano izquierda,
-nada dijo la señora Defarge
-cuando su marido entró
-en el establecimiento, pero dejó
-oir una tosecita apenas perceptible.
-La tosecita, combinada con
-un ligero enarcamiento de sus
-cejas, negras como el ala del cuervo
-y perfectamente arqueadas,
-dió a entender a su marido la
-conveniencia de dar un vistazo
-a los clientes, entre los cuales
-acaso encontrase alguno nuevo
-que había llegado a la taberna
-mientras se encontraba en la
-calle.</p>
-
-<p>Paseó el tabernero sus miradas
-por la sala, no tardando en fijarlas
-las sobre un caballero, ya entrado
-en años, y en una señorita, sentados
-en uno de los ángulos. Había<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span>
-otros parroquianos también: dos
-que jugaban a las cartas en una
-mesa, otros dos que se entretenían
-en otra, puestas sus facultades en
-las fichas de dominó, y otros tres
-que, de pie junto al mostrador,
-procuraban <i>alargar</i> todo lo posible
-el vino que se habían hecho servir.
-El tabernero, al pasar detrás del
-mostrador, pudo advertir que el
-caballero entrado en años decía
-con los ojos a su joven compañera:</p>
-
-<p>&mdash;Ese es nuestro hombre.</p>
-
-<p>Fingió el tabernero no reparar
-en la presencia de los dos personajes
-desconocidos, y entabló conversación
-con el triunvirato que
-estaba bebiendo junto al mostrador.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal, Santiago&mdash;preguntó
-uno de los tres al buen Defarge,&mdash;se
-han tragado todo el vino que
-salió de la barrica?</p>
-
-<p>&mdash;Hasta la última gota, Santiago&mdash;contestó
-Defarge.</p>
-
-<p>No bien hicieron los interlocutores
-el intercambio de sus nombres
-de pila, la señora Defarge
-tosió otro poquito y arqueó de
-nuevo las cejas.</p>
-
-<p>&mdash;Pocas veces&mdash;observó el segundo
-de los parroquianos del
-mostrador&mdash;tienen esos bestias
-miserables ocasión de conocer a
-qué sabe el vino, ni nada que no
-sea el pan negro y la muerte: ¿no
-es verdad, Santiago?</p>
-
-<p>&mdash;Verdad es, Santiago&mdash;respondió
-el tabernero.</p>
-
-<p>Al segundo intercambio de los
-nombres de pila sucedió otra tosecita
-acompañada del enarcamiento
-de cejas de la señora Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó el tercero de
-los bebedores, apurando el último
-sorbo y dejando el vaso sobre
-el mostrador.&mdash;¡Hiel tienen siempre
-en sus bocas esos borregos, y
-viven vida de perros! ¿digo bien,
-Santiago?</p>
-
-<p>&mdash;Dices bien, Santiago&mdash;fué la
-contestación del tabernero.</p>
-
-<p>Hecho el tercer intercambio de
-nombres de pila, la señora Defarge
-dejó el mondadientes e hizo un
-movimiento insignificante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es verdad...! ¡Entretenlos!&mdash;murmuró
-muy por lo bajo su marido.&mdash;Señores...
-tengo el gusto
-de presentarles a mi mujer.</p>
-
-<p>Los tres parroquianos se descubrieron
-y saludaron con sendas
-inclinaciones de cabeza a la tabernera,
-la cual, a su vez, recibió
-sus homenajes doblando ligeramente
-la suya y mirándolos sucesivamente.
-A continuación, tendió
-como por casualidad sus miradas
-en derredor, recogió la calceta
-con gran calma, y comenzó a
-trabajar.</p>
-
-<p>&mdash;Señores&mdash;repuso el tabernero,
-que había observado con mirada
-escrutadora a su mujer,&mdash;la
-cámara que ustedes manifestaron
-deseos de ver cuando yo salí a la
-calle, está en el quinto piso. Arranca
-la escalera del patio de la izquierda,
-junto a la ventana del...
-Pero ahora recuerdo que uno de
-ustedes ha estado ya en ella, y
-puede guiar a los demás. ¡Adiós,
-señores!</p>
-
-<p>Pagaron los bebedores el con<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>sumo
-hecho, y se retiraron. Los
-ojos del tabernero parecían estudiar
-a su mujer y la calceta que
-estaba haciendo, cuando el caballero
-de edad avanzada se levantó
-manifestando deseos de hablar
-algunas palabras con Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto, caballero&mdash;respondió
-éste, saliendo con el
-anciano hasta la puerta del establecimiento.</p>
-
-<p>Breve fué la conferencia, pero
-de efectos tan rápidos como decisivos.
-No se habían cruzado cuatro
-palabras, cuando Defarge hizo
-un movimiento de sorpresa, y antes
-que transcurriera un minuto,
-hacía una seña al anciano y salía
-presuroso a la calle. El caballero
-llamó con un movimiento de cabeza
-a la señorita, y ambos salieron
-en pos del tabernero, dejando
-a la señora Defarge embebida en
-la tarea de hacer calceta.</p>
-
-<p>El señor Mauricio Lorry y la
-Señorita Manette, que ellos eran
-los visitantes de la taberna, según
-habrán adivinado, a no dudar, los
-lectores, encontraron al tabernero
-junto a la puerta que momentos
-antes había indicado el último a
-los tres parroquianos con los cuales
-le hemos visto cambiar algunas
-palabras. En la sombría entrada
-que daba acceso a la escalera, no
-menos sombría, el tabernero hincó
-una rodilla en tierra y llevó a sus
-labios la mano de la hija de su antiguo
-señor. Fué un homenaje, un
-testimonio de sumisión, bien que
-ejecutado con ademán que nada
-tenía de dulce. Unos segundos
-habían bastado para transformar
-radicalmente a Defarge; ya no
-reflejaba buen humor su rostro,
-ya no era su cara espejo de franqueza:
-antes al contrario, en su
-expresión de reserva, en su actitud
-airada, en la cólera que chispeaba
-en sus ojos, fácil era leer
-al hombre peligroso.</p>
-
-<p>&mdash;Está muy alto... la escalera
-es pesada... creo que hará usted
-bien subiendo con más calma&mdash;dijo
-el tabernero con dura entonación
-al señor Lorry, en el momento
-de empezar a subir la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está solo?&mdash;preguntó Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién
-quiere usted que le acompañe?</p>
-
-<p>&mdash;¿Siempre solo?</p>
-
-<p>&mdash;Siempre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Porque así lo desea él?</p>
-
-<p>&mdash;Porque así lo exigen las circunstancias.
-Tal como estaba
-cuando le vi el día que vinieron a
-preguntarme si quería tenerle en
-mi casa y ser discreto corriendo
-el peligro consiguiente... tal como
-estaba entonces, está ahora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Muy cambiado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Cambiado!...</p>
-
-<p>El tabernero descargó un puñetazo
-contra la pared y lanzó una
-maldición horrenda. No hubiera
-producido la mitad de los efectos
-que produjo aquella explosión de
-furia cualquier respuesta clara
-y precisa. La melancolía del señor
-Lorry iba en aumento a medida
-que avanzaba en el ascenso de la
-empinada escalera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span></p>
-
-<p>Penoso, muy penoso, sería hoy
-subir la escalera de una casa de
-las más viejas sita en uno de los
-barrios más poblados de París;
-pero en el tiempo a que esta historia
-se refiere, resultaba punto
-menos que imposible para los
-que no tuvieran atrofiados los
-sentidos a fuerza de costumbre.
-Todos los vecinos de aquellas
-inmensas colmenas dejaban las
-basuras e inmundicias en los rellanos
-de la escalera general, donde
-quedaban hacinados sin que
-nadie cuidara de retirarlos, engendrando
-así una masa de descomposición
-bastante para envenenar
-el aire, si ya no estuviera saturado
-de las impurezas intangibles que
-son resultado natural de la miseria
-y de las privaciones. Combinadas
-las dos fuentes de corrupción,
-respirábase allí una atmósfera
-insoportable. El señor Lorry, cediendo
-a las molestias que le producía
-subir por aquel pozo obscuro,
-sucio y envenenado, no menos
-que a la agitación que observaba
-en su joven compañera, agitación
-que se multiplicaba por momentos,
-hizo alto dos veces para descansar.
-Cada uno de aquellos descansos
-pareció llevarse las últimas
-reservas de aire no corrompido,
-rellenando el espacio que aquéllas
-dejaban libre con mefíticas emanaciones
-que brotaban de todas
-partes.</p>
-
-<p>Llegaron al fin a lo alto de la
-escalera, donde se detuvieron por
-tercera vez. Todavía habrían de
-subir un tramo, más empinado
-que los anteriores, y de dimensiones
-sumamente reducidas, antes
-de llegar al sotabanco. El tabernero,
-que caminaba delante y
-procuraba mantenerse constantemente
-a distancia respetable de
-la señorita, cual si temiera que
-ésta le dirigiera alguna pregunta,
-llegado frente a la puerta del sotabanco
-metió la diestra en el bolsillo,
-y sacó una llave.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó Lorry, sin poder
-disimular su sorpresa.&mdash;¿Está
-cerrada la puerta con llave?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó con sequedad
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¿Considera usted necesario
-tener en una reclusión tan extremada
-a ese infortunado caballero?</p>
-
-<p>&mdash;Considero necesario tener la
-puerta cerrada con llave&mdash;murmuró
-el interpelado bajando mucho
-la voz y frunciendo horriblemente
-las cejas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;¡Por qué! ¡Porque ha tantos
-años que vive cerrado con llave,
-que se asustaría, se horrorizaría,
-se lanzaría de cabeza contra las
-paredes, moriría... yo no sé los
-extremos que haría... si se le dejase
-con la puerta abierta!</p>
-
-<p>&mdash;¡Será posible!</p>
-
-<p>&mdash;¿Posible? ¡Sería infalible, sí!&mdash;replicó
-con entonación amarga
-Defarge.&mdash;¡A fe que no podemos
-quejarnos de los atractivos que
-nos ofrece un mundo en que son
-posibles estas y otras atrocidades,
-de la hermosura de un cielo que
-contempla impasible los horrores
-que usted está viendo...! ¡El de<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>monio
-nos gobierna!... ¡Viva el
-infierno! ¡Entremos, señor, entremos!</p>
-
-<p>Tan en voz baja había sido sostenido
-el diálogo que queda copiado,
-que ni una palabra llegó a
-oídos de la niña. Era, empero,
-tan intensa la emoción que la dominaba,
-su rostro reflejaba tal
-expresión de espanto y tan viva
-ansiedad, que el señor Lorry creyó
-necesario dirigirle algunas palabras
-encaminadas a levantar su
-deprimido ánimo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Valor, mi querida señorita!&mdash;dijo.&mdash;¡Valor!
-Estamos persiguiendo
-un negocio, cuya fase
-dolorosa pasará en un momento.
-En cuanto franqueemos esta puerta,
-habremos vencido lo peor.
-Dentro de breves segundos podrá
-el desdichado comenzar a saborear
-todo el bien, todo el consuelo, toda
-la dicha que usted va a proporcionarle.
-Nuestro buen amigo Defarge
-nos ayudará... ¡Al negocio, al
-negocio!</p>
-
-<p>Al doblar un recodo muy pronunciado
-encontraron a tres hombres,
-que estaban mirando por el
-ojo de la llave y por las rendijas
-de la puerta que nuestros visitantes
-iban a abrir. Los hombres en
-cuestión resultaron ser los mismos
-que momentos antes bebían de
-pie junto al mostrador.</p>
-
-<p>&mdash;La sorpresa que su visita me
-produjo ha hecho que los olvidara&mdash;dijo
-Defarge a guisa de explicación.&mdash;Tengan
-la bondad de
-dejarnos, amigos.</p>
-
-<p>Los tres hombres desaparecieron
-silenciosamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha hecho usted del señor
-Manette objeto de exhibición?&mdash;preguntó
-Lorry en voz muy baja
-y con expresión colérica.</p>
-
-<p>&mdash;Lo exhibo, conforme acaba
-usted de ver, a muy reducido
-círculo de personas escogidas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cree usted que eso está
-bien?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor: creo que está bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esos escogidos, quiénes
-son? ¿Cómo los escoge usted?</p>
-
-<p>&mdash;Escojo a los que son hombres
-verdaderos... y se llaman como yo:
-Santiago; hombres que conviene
-que lo vean... Pero usted es inglés,
-y es inútil que le dé explicaciones
-que no ha de entender. Tenga la
-bondad de esperar un momento.</p>
-
-<p>Por medio de un gesto recomendó
-a sus acompañantes que permanecieran
-inmóviles, y pegó la
-cara a una grieta que presentaba
-la pared. Momentos después alzó
-la cabeza, dió sobre la puerta dos
-o tres golpes, sin más objeto, a no
-dudar, que el de hacer ruido, pasó
-la llave por ella una porción de
-veces, con idéntica intención, la
-puso al fin en la cerradura, y abrió
-haciendo todo el ruido posible.</p>
-
-<p>Lenta y silenciosamente se
-abrió la puerta de fuera a dentro,
-empujada por la mano del tabernero.
-Este adelantó la cabeza y
-dijo algo. Una voz sumamente
-débil contestó. El tabernero volvió
-la cara e indicó a sus acompañantes
-que le siguieran. Lorry ro<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>deó
-con su brazo la cintura de la
-niña, próxima a caer desfallecida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ne... gocio... hija mía... nego...
-o... cio!&mdash;exclamó Lorry,
-vueltos hacia la niña los ojos, de
-los cuales brotaba algo que no
-suele ser producto de los negocios.&mdash;¡Entre
-usted... entre!</p>
-
-<p>&mdash;¡Tengo miedo!&mdash;respondió la
-joven.</p>
-
-<p>&mdash;¿Miedo a qué?</p>
-
-<p>&mdash;¡A él... a mi padre!</p>
-
-<p>Viéndose en situación crítica,
-a consecuencia del estado de espíritu
-de la joven, por una parte,
-y por otra de las señas que su guía
-hacía para que entrasen, Lorry
-levantó entre sus brazos a la primera
-y franqueó la puerta.</p>
-
-<p>Defarge quitó la llave, cerró
-la puerta por dentro, con llave,
-por supuesto, y, terminadas esas
-operaciones lenta y metódicamente,
-y sobre todo, haciendo todo
-el ruido que pudo, echó a andar
-con paso mesurado en dirección
-a la ventana. Junto a ésta se
-detuvo y dió media vuelta.</p>
-
-<p>El sotabanco, construído para
-ser depósito de leña, apenas si recibía
-la visita de una luz muy escasa,
-pues la ventana, sumamente
-estrecha, y casi cerrada para evitar
-el frío, dificultaba tanto el paso
-a la luz, que era imposible ver
-absolutamente nada. Y sin embargo
-alguien trabajaba en aquella
-lóbrega estancia, pues junto
-a la ventana a la que daba frente,
-y vueltas las espaldas a la puerta,
-había un hombre de cabellos
-blancos como la nieve, sentado
-en una banqueta muy baja y entregado
-con ardor a la tarea de
-coser zapatos.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="I_VI">VI.<br />EL ZAPATERO</h3></div>
-
-
-<p>&mdash;Buenos días&mdash;dijo el tabernero,
-fijando sus ojos en la cabeza
-blanca del zapatero.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre tan trabajador, ¿eh?</p>
-
-<p>Al cabo de un rato de angustioso
-silencio, el zapatero alzó la
-cabeza y contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Sí... estoy trabajando.</p>
-
-<p>La languidez de aquella voz
-hacía daño al oído. No era esa
-languidez que sigue al decaimiento
-de fuerzas, a la debilidad física,
-no, aunque es indudable que alguna
-parte tenían en ella la alimentación
-insuficiente, las penalidades
-y malos tratos recibidos durante
-el terrible cautiverio: su
-característica especial y típica
-la recibía del hecho de tratarse
-de una languidez producida por
-la soledad y falta de uso de la
-voz. Era algo así como el eco de
-un sonido que nació largos años
-antes y a considerable distancia:
-una voz que había perdido la
-vida, el timbre de voz humana,
-una voz que producía en los sentidos
-la impresión misma que produciría
-la vista de un color hermosísimo
-y delicado trocado por la
-mano de los siglos en mancha débil
-de colorido indefinible, una<span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span>
-voz que reflejaba con elocuencia
-tan vívida la desesperación de un
-ser humano perdido y abandonado,
-que cualquier viajero a quien
-el hambre y las fatigas rindieran
-en las soledades del árido desierto
-que estuviera recorriendo, reconocería
-en su timbre la voz de su
-hogar, la voz de las personas queridas
-que dejaba en el mundo,
-antes de doblar la cabeza para
-rendir el postrer aliento.</p>
-
-<p>Al cabo de algunos minutos que
-el anciano pasó trabajando silencioso,
-ajeno a cuanto le rodeaba,
-volvió a levantar los ojos.
-En ellos no se advertía ni un
-átomo de interés, ni un átomo
-de curiosidad: reflejaban sencillamente
-esa percepción mecánica,
-esa conciencia inconsciente de
-que el espacio donde antes se ha
-visto un objeto o una persona continúa
-ocupado.</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera dejar penetrar un
-poquito más de luz&mdash;dijo Defarge,
-cuyos ojos no se habían separado
-un instante de la persona del zapatero.&mdash;¿Podrá
-usted sufrirla?</p>
-
-<p>Suspendió su obra el interrogado;
-paseó sus miradas por el suelo,
-a derecha e izquierda, como quien
-busca algo, y luego las alzó hacia
-el que acababa de interrogarle,
-preguntando al fin:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué decía usted?</p>
-
-<p>&mdash;Preguntaba si podrá tolerar
-un poquito más de luz.</p>
-
-<p>&mdash;Tendré que tolerarla, si usted
-la deja entrar.</p>
-
-<p>Defarge abrió un poco más la
-ventana. Los rayos de luz que
-penetraron en el sotabanco iluminaron
-perfectamente al zapatero,
-que tenía sobre el muslo
-un zapato sin terminar. Diseminados
-por el suelo, o colocados
-sobre la banqueta, se veían varios
-útiles del oficio. Era aquél un
-hombre de barbas recortadas de
-cualquier manera, pero no de longitud
-desmesurada. En su cara
-macilenta y demacrada brillaban
-extraordinariamente dos ojos que
-hubieran parecido grandes y rasgados,
-aun cuando de suyo no lo
-fueran. La amarillenta camisa que
-llevaba abierta por el pecho dejaba
-ver una carne flácida y blanca
-como el papel. Su piel, la vieja
-blusa de lona que cubría la parte
-superior de su cuerpo, las medias,
-que llenas de arrugas servían de
-envoltorio a unas pantorrillas sin
-carne, y en una palabra, todas
-las prendas de vestir, habían adquirido,
-a fuerza de verse privadas
-del contacto del aire y de la luz,
-un tono de pergamino que hacía
-sumamente difícil poder precisar
-la materia empleada en su manufactura.</p>
-
-<p>Había puesto a guisa de pantalla
-una mano entre sus ojos y la
-luz, y todos los huesos de aquélla
-se transparentaban. Jamás miraba
-a la persona que le dirigía
-la palabra sin antes bajar los
-ojos al suelo y pasearlos en todas
-direcciones, cual si hubiera perdido
-el hábito de asociar el espacio
-con el sonido; nunca hablaba
-sin divagar, nunca se acordaba de
-lo que acababan de preguntarle,<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>
-ni de lo mismo que estaba él diciendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Piensa terminar hoy ese par
-de zapatos?&mdash;preguntó Defarge,
-haciendo una seña a Lorry para
-que se acercase.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Piensa terminar hoy esos
-zapatos?</p>
-
-<p>&mdash;No puedo decir si lo pienso
-o no. Creo que sí; pero no lo sé.</p>
-
-<p>La pregunta le recordó la tarea,
-y a ella se consagró de nuevo.</p>
-
-<p>Aproximóse silencioso el señor
-Lorry, dejando a la niña junto a
-la puerta. Uno o dos minutos haría
-que se encontraba junto a
-Defarge, cuando el zapatero alzó
-la cabeza. No manifestó la menor
-sorpresa al ver a dos personas en
-vez de una.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted una visita&mdash;observó
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice usted?</p>
-
-<p>&mdash;Que ha venido este señor a
-visitar a usted.</p>
-
-<p>El zapatero alzó de nuevo los
-ojos, pero no dejó de trabajar.</p>
-
-<p>&mdash;Este caballero&mdash;repuso Defarge&mdash;entiende
-mucho en zapatos.
-Enséñele usted el que está
-haciendo para que aprecie su
-trabajo. Tómelo usted, señor.</p>
-
-<p>Lorry tomó en su mano el zapato.</p>
-
-<p>&mdash;Diga usted a este señor qué
-clase de zapato es, y el nombre del
-operario que lo hace.</p>
-
-<p>Medió una pausa más larga que
-las de ordinario antes que respondiera
-el zapatero.</p>
-
-<p>&mdash;He olvidado la pregunta&mdash;dijo
-al fin.&mdash;¿Qué decía usted?</p>
-
-<p>&mdash;Dije que tuviera usted la
-bondad de decir a este señor qué
-clase de zapato es éste.</p>
-
-<p>&mdash;Es un zapato de señora...
-zapato de paseo, propio para señorita.
-Es de moda, aunque la
-verdad es que nunca he visto la
-moda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el nombre del zapatero?&mdash;preguntó
-Defarge.</p>
-
-<p>El desventurado puso los nudillos
-de la mano derecha en la palma
-de la izquierda, invirtió el
-orden, colocando los nudillos de
-ésta en la palma de la primera, a
-continuación se pasó las dos por
-la barba y después por la frente.
-La obra de arrancarle de la abstracción
-en que quedaba sumido
-siempre a raíz de haber hablado
-no cedía en importancia y dificultad
-a la de volver a la vida a una
-persona desmayada o la de infiltrar
-un poco de vida artificial en
-un cuerpo casi muerto del que se
-espera obtener alguna revelación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Preguntó usted mi nombre?</p>
-
-<p>&mdash;En efecto, eso pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Ciento Cinco, Torre del Norte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nada más?</p>
-
-<p>&mdash;Ciento Cinco, Torre del Norte.</p>
-
-<p>Exhalando algo que no fué
-ni suspiro ni gemido, volvió a la
-tarea, que no suspendió hasta
-que el señor Lorry, mirándole
-con fijeza, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;Su profesión de usted no ha
-sido la de zapatero, ¿verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span></p>
-
-<p>El interrogado volvió sus hundidos
-ojos hacia Defarge, cual si
-esperara que éste contestara por
-él la pregunta, pero como no le
-llegara por aquella parte el auxilio,
-los llevó hacia el que le interrogaba,
-no sin clavarlos antes en
-el suelo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no ha sido mi profesión
-la de zapatero? No: no lo ha sido.
-Aprendí... aprendí el oficio... allí.
-Me lo enseñé yo mismo. Pedí que
-me dejaran...</p>
-
-<p>Perdió, al llegar a este punto,
-el hilo de lo que estaba diciendo.
-Vagó errante su mirada de una
-parte a otra hasta que volvió
-a encontrar a la persona con quien
-hablaba, y continuó, con el tono
-del que, en el momento de despertar,
-reanuda una conversación
-que el sueño interrumpió:</p>
-
-<p>&mdash;Pedí que me dejaran aprender
-por mí mismo, y aprendí a
-fuerza de tiempo y de dificultades.
-Desde entonces no he hecho
-otra cosa más que zapatos.</p>
-
-<p>En el instante que alargaba la
-mano para tomar de las de Lorry
-el zapato, preguntóle este último:</p>
-
-<p>&mdash;Señor Manette, ¿no me recuerda
-usted?</p>
-
-<p>El zapato cayó al suelo y el
-zapatero quedó inmóvil, clavados
-sus ojos en la cara de quien le
-preguntaba.</p>
-
-<p>&mdash;Señor Manette&mdash;repitió Lorry,
-poniendo una mano sobre el
-hombro de Defarge.&mdash;¿No se
-acuerda usted de este hombre?
-¡Mírele bien! ¡Míreme también
-a mí! ¿No se alzan en su cerebro
-las figuras del que fué su banquero,
-la memoria de sus antiguos negocios,
-la imagen de su criado antiguo?</p>
-
-<p>Mientras el infeliz recién salido
-de la tumba, donde por espacio
-de tantos años le tuvieran enterrado
-en vida, clavaba sus miradas
-ora en el señor Lorry, ora en
-Defarge, su frente reveló que allá
-en las profundidades de su cerebro
-algunos destellos de inteligencia
-reñían ruda batalla con la noche
-profunda que, reinando como señora
-única, paralizaba toda su
-actividad. La cerrazón se acentuó
-poco dispuesta a perder su imperio;
-los destellos se debilitaron y
-concluyeron por apagarse; pero
-habían brillado, y lo que una vez
-brilla, lo que una vez despierta,
-no está extinguido del todo, puede
-brillar otra vez. Así ocurrió en
-efecto. Cuando momentos después
-repararon sus miradas en la
-cara juvenil de la niña que, arrastrándose
-a lo largo de la pared se
-había acercado, y de pie y con las
-manos extendidas le contemplaba,
-primero con mezcla de compasión
-infinita y de terror, y más tarde
-con anhelos vivísimos de estrechar
-contra su pecho aquella cabeza
-de espectro y ansias fervientes
-de inocular en su alma el calor
-de la vida, la luz del amor y de la
-esperanza, la inteligencia brotó de
-nuevo, pero más potente que la
-vez primera, ante el conjuro misterioso
-de la chispa que, partiendo
-del alma de la joven, fué a
-prender en la del anciano.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span></p>
-
-<p>Las sombras, resistiendo obstinadas,
-quedaron al fin dueñas
-del campo. El viejo miró a las personas
-que tenía delante con menos
-atención que antes, y sus ojos
-buscaron el suelo con el aire de
-sombría abstracción que les era
-peculiar. Al cabo de algunos segundos,
-exhalaba un suspiro, recogía
-el zapato y reanudaba su
-tarea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le ha reconocido usted, caballero?&mdash;susurró
-Defarge al oído
-de Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Por imposible lo reputé al
-principio, pero aunque sólo por
-breves instantes, he conseguido
-reconocer el rostro que tan conocido
-me fué en otro tiempo...
-¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un
-poco más!</p>
-
-<p>La niña se había separado de la
-pared, y se acercaba silenciosa
-a la banqueta en que el anciano
-estaba sentado. Fué una escena
-sencillamente imponente. Nadie
-pronunció palabra. Ni el rumor
-más liviano vino a turbar aquel
-silencio augusto. La niña, semejante
-a un espíritu, quedó en pie
-junto al zapatero, y éste trabajaba
-con ardor.</p>
-
-<p>Ocurrió que al cabo del rato
-necesitó el anciano cambiar el instrumento
-con que estaba trabajando
-por la cuchilla de zapatero.
-La recogió, y cuando iba a emplearla,
-se detuvo. Sus ojos acababan
-de ver una falda. Perezosamente
-fueron alzándose hasta encontrar
-la cara de la niña, y allí
-se detuvieron.</p>
-
-<p>Ráfagas de terror cruzaron por
-la frente del desdichado; moviéronse
-sus labios cual si quisieran
-pronunciar palabras que su garganta
-se negó a articular, su respiración
-se hizo fatigosa y jadeante,
-y al fin se le oyó murmurar:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto?</p>
-
-<p>La niña, por cuyas mejillas
-corrían raudales de lágrimas, llevó
-a sus labios las manos que tenía
-juntas en actitud suplicante, las
-besó, y seguidamente cruzó sus
-brazos sobre el pecho cual si entre
-ellos tuviera la cabeza querida
-del anciano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres la hija del calabocero?&mdash;preguntó
-éste.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;suspiró ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién eres, pues?</p>
-
-<p>Comprendiendo la imposibilidad
-en que se encontraba de articular
-palabra, la joven tomó
-asiento en la banqueta junto al
-anciano. Quiso éste alejarse, pero
-sintió sobre su brazo la dulce
-presión de la mano de su compañera,
-y, dejando sobre la banqueta
-la cuchilla, quedó contemplando
-a aquélla.</p>
-
-<p>Caían sobre los hombros de la
-niña sus cabellos de oro peinados
-en largos tirabuzones. El anciano
-adelantó poco a poco y con timidez
-evidente una mano hasta llegar
-a tocarlos, sus miradas se
-iluminaron, pero se apagó la luz
-que momentáneamente había brillado
-en su inteligencia y, exhalando
-un suspiro, dobló la frente y
-quiso reanudar su labor.</p>
-
-<p>Muy poco tiempo duró su abs<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>tracción.
-Después de dirigir dos
-o tres miradas al zapato, cual si
-quisiera asegurarse de que continuaba
-sobre su rodilla, lo dejó
-resueltamente sobre la banqueta,
-llevó sus manos al cuello y desató
-una cuerda sucia y ennegrecida
-que lo rodeaba, de la cual pendía
-una bolsita de paño. Colocando
-la bolsita sobre la rodilla, abrióla
-con cuidado y sacó de ella dos
-rizos de cabello, que examinó con
-detenimiento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es el mismo!&mdash;murmuró.&mdash;¿Cómo
-es posible? ¿Cuándo sucedió?
-¿Cómo sucedió?</p>
-
-<p>Su frente se iluminó más que
-nunca. Vuelto hacia la niña, tomó
-entre sus manos la cabeza, la
-colocó de manera que la luz de la
-ventana la diera de lleno en la
-cara, y al cabo de un buen espacio
-de muda contemplación, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Aquella noche, la noche en
-que me llamaron fuera, ella había
-reclinado su cabeza sobre mi
-hombro... Ella temía que yo saliese...
-yo no sentía el menor recelo...
-y cuando me encerraron en la
-Torre del Norte, me encontraron
-esto escondido en la manga...
-«¿Me permitiréis que lo conserve?&mdash;les
-pregunté.&mdash;No han de facilitar
-la fuga de mi cuerpo... aunque
-gracias a ellos saldrá con frecuencia
-mi espíritu por entre las
-rejas». Esas fueron las palabras
-que les dije... Las recuerdo como
-si acabara de pronunciarlas.</p>
-
-<p>Largo rato se movieron sus
-labios antes que consiguiera articular
-las palabras que quedan
-transcriptas, pero cuando pudo
-hablar, lo hizo con acuerdo perfecto,
-bien que muy lentamente.</p>
-
-<p>&mdash;No lo entiendo...&mdash;añadió.&mdash;<i>¿Eras
-tú?</i></p>
-
-<p>Los dos testigos mudos de la
-escena avanzaron alarmados al
-observar la brusquedad con que
-el anciano se volvió hacia la niña;
-pero ésta, perfectamente tranquila,
-les dijo, en voz muy baja:</p>
-
-<p>&mdash;Suplico a ustedes, mis buenos
-señores, que no se acerquen, que
-no hablen, que no se muevan.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chist!&mdash;exclamó el anciano.&mdash;¿Quién
-habla?</p>
-
-<p>Volvió a guardar los rizos en la
-bolsita y quiso atar nuevamente
-la cuerda a su cuello, pero sin dejar
-de mirar a la joven y moviendo
-con expresión de dolor sombrío
-su cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no, no!&mdash;repuso.&mdash;¡No
-es posible!... ¡Eres demasiado joven,
-demasiado niña! ¡Ya ves
-los efectos de permanecer sepultado
-en una prisión!... Estas no
-son las manos que ella conoció,
-ni ésta la cara que ella vió, ni
-ésta la voz que tan dulce sonaba
-en sus oídos... ¡No, no! Ella... y
-él... Hace muchos años... muchas
-eternidades... antes de los lentos
-siglos de la Torre del Norte...
-¡Dime! ¿Cómo te llamas, ángel
-hermoso?</p>
-
-<p>La hija cayó de rodillas a los
-pies del infeliz padre, unidas las
-manos delante del pecho.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, señor!&mdash;exclamó.&mdash;¡En
-otra ocasión sabrá usted cómo me
-llamo, quién fué mi madre y quién<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>
-fué mi desventurado padre, cuya
-dolorosa historia jamás llegó a
-mis oídos! No puedo decirlo en
-este momento ni en este sitio.
-¡Lo único que ahora, aquí mismo,
-puedo decirle, es que me abrace
-y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme!</p>
-
-<p>Confundiéronse los cabellos de
-nieve con los cabellos de oro.</p>
-
-<p>&mdash;Si mi voz... ignoro si será así,
-pero lo espero... si mi voz despierta
-en usted ecos de otra voz que
-en años mejores sonó en sus oídos
-como música deliciosa... ¡llore por
-ella... llore por ella! Si mi cabello
-le recuerda una cabeza querida
-que descansaba feliz y dichosa
-sobre su pecho cuando usted era
-joven y libre, ¡llore por ella, llore
-por ella! Si al verse en el seno del
-hogar que nos espera, surgen en su
-memoria recuerdos de otro hogar,
-desierto y arruinado ha muchos
-años, otro hogar que caía hecho
-pedazos mientras su corazón languidecía
-y moría entre los negros
-muros de un calabozo, ¡llore por
-él... llore por él!</p>
-
-<p>La joven, mientras decía estas
-palabras, tenía entre sus brazos
-la blanca cabeza del anciano y
-la mecía como si fuera un niño.</p>
-
-<p>&mdash;¡Llore también, querido...
-querido señor, si cuando le diga
-que sus agonías han terminado
-para siempre, que he venido para
-llevarle conmigo a Inglaterra,
-donde podrá disfrutar de paz y
-acaso de ventura, soy causa de
-que se acuerde de una vida que
-pudo ser tan útil a sus semejantes,
-y que, sin embargo, se ha
-malogrado! ¡Llore, derrame lágrimas
-amargas sobre nuestra patria,
-sobre Francia, que tan cruel
-ha sido para usted! Y si cuando le
-revele mi nombre, si cuando le
-diga el de mi padre, que vive todavía,
-y el de mi madre, que ha
-muerto, sabe que habré de caer
-de rodillas a los pies de mi adorado
-padre, y que tendré necesidad
-de implorar su perdón por no haber
-pasado despierta y trabajando
-para favorecerle todos los días
-de mi vida, y llorando todas mis
-noches, porque el amor de mi
-desventurada madre quiso apartar
-de mis labios la copa amarga del
-dolor, ocultándome la horrible historia,
-¡llore... llore por ella... llore
-también por mí! ¡Mis buenos señores!...
-¡Demos gracias a Dios!
-¡Siento correr por mi rostro las
-lágrimas sagradas de.... este señor,
-y siento repercutir en mi
-corazón los sollozos de su pecho!
-¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios
-mío!</p>
-
-<p>El anciano había caído en los
-brazos de la niña, sobre cuyo pecho
-tenía reclinada la cabeza.
-Tan conmovedora era la escena,
-y tan terrible a la par, por ser consecuencia
-de horrendas injusticias
-y de tremendos sufrimientos, que
-los dos testigos hubieron de cubrirse
-las caras con las manos.</p>
-
-<p>Cuando se restableció en el
-sotabanco el imperio de la tranquilidad,
-y el pecho del anciano,
-que por espacio de largo rato
-pareció próximo a saltar hecho<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>
-pedazos, recobró la serenidad que
-sigue siempre a las tormentas
-más deshechas... que es lo que
-ocurre con la humanidad, cuyas
-tormentas, que llamamos vida,
-se amansan al fin, para dar lugar
-al reposo y al silencio; cuando el
-anciano quedó tranquilo, se aproximaron
-los dos testigos para
-alzar del suelo al padre y a la
-hija. El primero había ido languideciendo,
-hasta quedar en tierra,
-falto de fuerzas. La hija cayó con
-él, y en tierra permaneció, apoyada
-la cabeza sobre su hombro
-y tendidos sus cabellos de oro sobre
-sus ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Si fuera posible&mdash;dijo la niña,
-alargando una mano a Lorry&mdash;disponerlo
-todo para salir de
-París inmediatamente, en forma
-que desde esta misma casa...</p>
-
-<p>&mdash;Hay que tener presente una
-cosa importante&mdash;contestó Lorry
-interrumpiendo a la joven.&mdash;¿Está
-en disposición de emprender
-el viaje?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que ha de serle más beneficioso
-el viaje, con todas sus
-molestias, que permanecer en París,
-donde tanto ha sufrido.</p>
-
-<p>&mdash;Nada más cierto&mdash;terció Defarge,
-que se había arrodillado
-para ver y oir mejor.&mdash;Aun prescindiendo
-de la consideración que
-acaba de insinuar la señorita, mil
-razones aconsejan que salga cuanto
-antes de Francia. ¿Quieren que
-alquile una silla de postas con sus
-caballos?</p>
-
-<p>&mdash;El negocio es ése&mdash;observó
-Lorry, a quien bastaba muy poca
-cosa para volver a su tema favorito&mdash;y
-cuando hay que terminar
-un negocio, cuanto más pronto
-se ultime, mejor.</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso&mdash;dijo la señorita
-Manette,&mdash;tengan la bondad de
-dejarnos aquí. Han podido apreciar
-lo tranquilo que ha quedado,
-lo que les habrá convencido de
-que pueden dejarme a solas con él
-sin el menor temor. Con que me
-hagan el favor de cerrar con llave
-la puerta al marcharse, a fin de
-ponernos a cubierto de interrupciones,
-me atrevo a garantizarles
-que cuando regresen, le encontrarán
-tan tranquilo como le dejan.
-Yo cuidaré de él mientras ustedes
-hacen los preparativos. Lo esencial
-es llevárnoslo cuanto antes.</p>
-
-<p>No era muy del agrado de Lorry
-y de Defarge la solución, pues los
-dos hubiesen preferido no dejar
-a la niña a solas con el anciano,
-pero como no sólo era preciso
-preparar la silla de posta, sino
-también proveerse de pasaportes,
-y el tiempo apremiaba, porque
-el día corría a su ocaso, fuerza
-fué que se distribuyeran entre los
-dos las diligencias que necesariamente
-había que hacer, después
-de lo cual echaron a andar cada
-uno por su lado.</p>
-
-<p>Las sombras de la noche encontraron
-a la niña tendida sobre el
-duro suelo, velando al padre. Ni
-ella ni el anciano variaron de postura
-hasta que entraron en el
-sotabanco Lorry y Defarge, quienes
-habían ultimado los preparativos
-de viaje y traían, además de<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span>
-mantas y abrigos de camino, pan,
-carne fiambre, vino y café caliente.
-Defarge, portador de las provisiones,
-las dejó sobre la banqueta
-de zapatero (en el sotabanco no
-había más muebles que la banqueta
-y un jergón), y con la cooperación
-de Lorry levantó al cautivo.</p>
-
-<p>Nadie hubiera sido capaz de
-leer en la atonía inexpresiva de
-su cara los misterios entre los
-cuales vagaba sin rumbo probablemente
-la inteligencia del anciano,
-ni la penetración humana, por
-sutil y perspicaz que se la suponga,
-hubiese conseguido saber si aquél
-conservaba recuerdo de lo sucedido,
-si se acordaba de lo que le habían
-dicho, si se daba cuenta de
-que estaba libre. Intentaron sondearle
-a fuerza de preguntas; pero
-las respuestas fueron tan tardas
-y confusas, que temiendo extraviarle
-más, decidieron dejarle en
-paz por entonces. La expresión
-del anciano era de insensatez, de
-ferocidad, casi. Con frecuencia
-oprimía su cabeza entre sus manos,
-cosa que no se le había visto
-hacer antes; sin embargo, su rostro
-se dulcificaba en cuanto sonaba
-en sus oídos la voz de su hija,
-e invariablemente volvía hacia
-ésta la cabeza cuantas veces le
-hablaba.</p>
-
-<p>Con esa sumisión peculiar de
-los que están acostumbrados desde
-larga fecha a obedecer al látigo,
-comió y bebió lo que le dieron,
-y se puso el abrigo de viaje que
-le fué entregado. Sin resistencia,
-más aún, con agrado evidente
-dejó que su hija enlazase con el
-suyo su brazo... y no contento
-con eso, tomó y retuvo entre las
-suyas, la mano de aquélla.</p>
-
-<p>Comenzaron a bajar. Iba delante
-Defarge, dando luz, y cerraba
-la marcha Lorry. No habían
-bajado muchas escaleras cuando
-hizo alto el anciano y miró con
-atención hacia arriba primero, y
-luego en derredor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Recuerda el lugar, padre
-mío? ¿Se acuerda de cuando subió
-esta escalera?&mdash;preguntó la niña.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dices?</p>
-
-<p>Antes que fuera repetida la
-pregunta, contestó el anciano,
-como si aquella le hubiese sido
-formulada de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que si me acuerdo? No; no
-me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!</p>
-
-<p>Claramente se vió que no conservaba
-el menor recuerdo de haber
-sido trasladado desde la prisión
-al sotabanco. Los que le
-acompañaban oyéronle murmurar
-«Ciento Cinco, Torre del Norte»,
-siendo indudable que cuando miró
-en derredor, creyó ver los espesos
-muros que por espacio de
-tantos años habían sido su tumba.
-Caminó con paso alterado mientras
-cruzaron el patio, como si esperase
-encontrar el puente levadizo;
-y al convencerse de que éste
-no existía, y ver el coche que esperaba
-en la calle, soltó la mano de
-su hija y oprimió de nuevo su
-cabeza.</p>
-
-<p>No había turbas frente a la
-puerta, no se veía una cabeza en
-las ventanas ni alma viviente en<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>
-la calle. El silencio y la soledad
-reinaban como señores únicos.
-A nadie vieron más que a una persona,
-a la señora Defarge... que
-estaba haciendo calceta y nada
-vió.</p>
-
-<p>Habíase acomodado ya el prisionero
-en el interior del coche,
-su hija le había seguido, y en el
-instante en que colocaba Lorry
-el pie en el estribo, le detuvo la
-voz del anciano que pidió sus
-herramientas de zapatero y sus
-zapatos no terminados. La señora
-Defarge dijo inmediatamente que
-ella subiría a buscarlos, y en efecto,
-un segundo después, cruzaba
-el patio, haciendo calceta. No
-tardó en reaparecer y en entregar
-los objetos pedidos, hecho lo cual
-volvió a su asiento y se entregó a
-la tarea de hacer calceta... sin
-ver nada.</p>
-
-<p>Defarge montó en el pescante,
-dió la orden de «A la Barrera»,
-el postillón hizo restallar el látigo,
-y la silla de postas partió volando.</p>
-
-<p>Cruzando bajo centenares de
-faroles suspendidos, que brillaban
-con luz más viva en las calles
-mejores y con luz más opaca y
-triste en las de menos importancia,
-frente a tiendas profusamente
-iluminadas, a grupos de personas
-alegres y animadas, a cafés y teatros,
-llegaron a una de las puertas
-de la ciudad, donde les detuvieron
-los soldados que estaban de guardia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Los pasaportes, viajeros!</p>
-
-<p>&mdash;Aquí están, señor oficial&mdash;contestó
-Defarge desde el pescante,
-pero saltando inmediatamente
-a tierra y llevando a un lado al
-oficial.&mdash;Estos son los pasaportes
-del señor de la cabeza blanca, que
-va dentro, los cuales me fueron
-confiados, juntamente con su persona,
-en...</p>
-
-<p>Aquí bajó tanto la voz Defarge,
-que solamente el oficial pudo oir
-lo que le dijo.</p>
-
-<p>Una porción de faroles rodearon
-al coche. Uno de ellos penetró
-por la portezuela, unido a un brazo
-que vestía uniforme militar,
-los ojos del propietario de aquel
-brazo escudriñaron el interior,
-y sobre todo al anciano de la cabeza
-blanca, y sus labios dijeron.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien. Adelante.</p>
-
-<p>Bajo la inmensa bóveda de las
-luminarias eternas, algunas de
-ellas tan distanciadas de este
-mundo microscópico que, si hemos
-de dar crédito a lo que los
-sabios nos aseguran, es dudoso
-que sus fulgores hayan tenido
-tiempo de llegar hasta nosotros,
-reinaba una noche lóbrega, tempestuosa
-y fría. Las tinieblas se
-empeñaron en no conceder un
-momento de sosiego al señor Mauricio
-Lorry, quien, sentado frente
-al hombre enterrado en vida,
-no cesó de escuchar insistente,
-terrible, obstinada, la antigua pregunta,
-formulada, a no dudar, por
-aquéllas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Supongo que te interesará
-vivir?</p>
-
-<p>La respuesta era también la
-de siempre.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo decirlo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>LIBRO SEGUNDO<br />
-EL HILO DE ORO</h2>
-
-<h3 id="II_I">I.<br />CINCO AÑOS DESPUÉS</h3></div>
-
-
-<p>Ya en el año de mil setecientos
-ochenta, el domicilio social del
-Banco Tellson podía vanagloriarse
-de su respetable ancianidad.
-Era un edificio muy pequeño, muy
-obscuro, muy sucio y muy incómodo.
-Los socios de la Casa se
-enorgullecían de su pequeñez, se
-enorgullecían de su obscuridad,
-se enorgullecían de su suciedad y
-se enorgullecían de sus incomodidades:
-más todavía, su mayor
-timbre de gloria era que aquélla
-poseyera estas cualidades en grado
-eminente, y abrigaban la convicción
-íntima de que si fuera
-menos pequeña, menos obscura,
-menos sucia y menos incómoda,
-sería muchísimo menos respetable.
-Y cuenta que no se trataba
-de una creencia pasiva; nada de
-eso: era un arma que esgrimían
-contra otras casas similares establecidas
-en edificios lujosos. La
-casa Tellson, decían, no necesita
-salones, no necesita luz, no necesita
-comodidades ni lujos. Que los
-tengan Noakes y Compañía, o
-Snooks Hermanos, está bien; pero
-la casa Tellson... ¡Horror!</p>
-
-<p>Cualquiera de los socios hubiera
-sido capaz de desheredar al hijo
-más mimado que hubiese osado
-insinuar siquiera la conveniencia
-de reedificar el domicilio social.
-En este particular, la casa se
-parecía mucho a la nación, que
-con frecuencia deshereda a aquellos
-hijos que llevan su inconcebible
-atrevimiento hasta el escandaloso
-extremo de proponer mejoras
-y adelantos en leyes o costumbres
-que todo el mundo reconoce y
-confiesa que son malas, pero que
-precisamente por esto mismo son
-más respetables.</p>
-
-<p>Quedamos, pues, en que la
-casa Tellson era algo así como una
-glorificación de las molestias e
-inconveniencias. Aquellos de mis
-lectores que hubieran tenido necesidad
-o gusto de visitar la casa
-Tellson, después de abrir una
-puerta, que les habría dado la
-bienvenida con chirridos ásperos
-y estridentes, y de bajar dos esca<span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span>lones,
-se hubiesen encontrado en
-un miserable tugurio, donde dos
-empleados, viejos como el tiempo,
-sentados tras dos desvencijados
-mostradores, les habrían arrebatado
-el cheque o cheques de las
-manos, para examinar las firmas
-a la luz de la ventana más sucia
-que quepa imaginarse, ventanas
-que apenas si dejaban filtrar la
-luz, pues aparte de que sus cristales
-no se vieron jamás limpios de
-la capa de barro que desde la
-calle les fué arrojada el mismo
-día que los colocaron, estaban
-defendidas por gruesos barrotes
-de hierro enmohecido y gozaban
-de la sombra protectora del Tribunal
-del Temple. Si los negocios
-hubieran obligado a cualquiera a
-recorrer «la casa», este <i>cualquiera</i>
-habría sido conducido a una especie
-de Celda de los Condenados,
-situada a espaldas del edificio,
-donde hubiese permanecido haciendo
-reflexiones filosóficas sobre
-la futilidad de la vida hasta que
-se le presentase la casa, con las
-manos en los bolsillos. Ingresaba
-o salía el dinero de cajones de
-madera roída por las carcomas.
-Los billetes de Banco olían a
-moho, cual si se encontrasen en
-pleno período de descomposición.
-Amontonada la plata en depósitos
-que, a no dudar, estaban en comunicación
-con las letrinas, dos o
-tres días bastaban para robarle
-su brillo peculiar. Quien fuera a
-depositar en el Banco títulos o
-valores de cualquier clase, podía
-abrigar la seguridad de que, cerrados
-aquéllos en cuartos que en su
-tiempo fueron cocinas o caballerizas,
-habían de oler muy en breve
-a guisotes trasnochados o a
-estiércol, y si un fatal pensamiento
-le inducía a llevar documentos
-o papeles de familia, éstos eran
-guardados en una cámara del
-piso alto, en cuyo centro había
-una mesa comedor, aunque jamás
-se sirvió en ella una comida, donde
-las cartas escritas por su primer
-amor, o por sus tiernos hijitos,
-quedaban condenadas, en pleno
-año de mil setecientos ochenta,
-a sufrir el horror de ser blanco
-de las miradas de las cabezas que
-a diario exponía en el Tribunal
-del Temple una brutalidad insensata
-y una ferocidad digna de
-Abisinia o de los aschantis.</p>
-
-<p>Verdad es que en aquellos tiempos
-felices era la pena de muerte
-panacea universal, receta muy
-en boga en todos los oficios y profesiones,
-y no iba a ser una excepción,
-ni mucho menos, el Banco
-Tellson. Si la Naturaleza todo lo
-remedia con la muerte, ¿por qué
-no ha de hacer otro tanto la ley?
-Nada, pues, más natural y lógico
-que imponer pena de muerte al
-falsificador, pena de muerte al
-portador de un billete falso, pena
-de muerte al que abría indebidamente
-una carta, pena de muerte
-al que robaba cuarenta chelines
-y seis peniques. El que custodiaba
-un caballo a las puertas del Banco
-Tellson, y desaparecía con el animal,
-era condenado a muerte, a
-muerte condenaban a quien acu<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>ñaba
-un chelín falso, y con la cabeza
-pagaban las tres cuartas
-partes de los mortales que rozaban
-los linderos del crimen. Cierto
-que la sanción penal, con ser un
-poquito severa, lejos de prevenir,
-lejos de aminorar las transgresiones,
-las multiplicaba, pero concluía,
-por lo menos, de una vez
-y para siempre con las molestias
-y engorros anejos a cada paso
-particular. Tantas vidas había
-segado el Banco Tellson, y como
-él, todos los establecimientos similares
-contemporáneos suyos,
-que si las cabezas de los muertos
-hubieran sido apiladas frente a
-su fachada, es casi seguro que
-hubiesen cerrado por completo el
-paso a la escasa luz que por sus
-sucias ventanas penetraba en
-su interior.</p>
-
-<p>Encaramados sobre bancos inverosímiles
-y arcones de formas
-raras, los empleados viejos del
-Banco trabajaban con extrema
-gravedad y compostura de esfinge.
-Cuando era admitido algún
-joven, encerrábanlo no se sabe
-dónde y no volvía a parecer hasta
-que era viejo. Evidentemente lo
-guardaban, como se guarda el
-queso, en alguna cámara obscura,
-hasta que había adquirido el olor
-peculiar de la Casa.</p>
-
-<p>Fuera del edificio, cuya puerta
-jamás se le permitió franquear,
-sin ser llamado, había un viejo,
-investido de las funciones de
-portero y de mensajero, que era
-algo así como la muestra viva de
-la casa. Jamás se separó de la
-puerta, durante las horas de oficina,
-como no le enviaran a algún
-recado, y aun entonces, en la puerta
-le representaba un hijo suyo,
-pillete de unos doce años, que
-era su vivo retrato. No faltaban
-maliciosos que aseguraban que
-la casa se limitaba a tolerar al
-viejo en cuestión, a quien daban
-el remoquete de <i>Lapa</i>, aunque
-muchos años antes, en la iglesia
-parroquial de Houndsditch, donde
-cansado de permanecer encerrado
-y en tinieblas, quiso asomar sus
-ojos a la luz del mundo, recibió
-el nombre de Jeremías.</p>
-
-<p>Fué escenario del incidente que
-voy a narrar la residencia particular
-del alto empleado <i>Lapa</i>,
-hora las siete y media de una mañana
-ventosa del mes de marzo,
-y <i>Anno Domini</i>, mil setecientos
-ochenta. Digo <i>Anno Domini</i> en
-vez de año de Nuestro Señor, para
-acomodarme a la manera de hablar
-del sapientísimo <i>Lapa</i>, quien,
-creyendo que la era cristiana tuvo
-su origen en la invención del juego
-de dominó, hecha por una señora
-llamada Ana, siempre que hablaba
-de fechas, lo hacía anteponiendo
-a la del año las palabras <i>Ana
-Dominó</i>.</p>
-
-<p>No estaban decoradas y amuebladas
-con lujo excesivo las habitaciones
-particulares del buen <i>Lapa</i>,
-ni pasaban de dos, contando
-como una un ropero, pero sí limpias
-y aseadas. Pese a lo intempestivo
-de la hora, y lo desapacible
-de la ventosa mañana de marzo,
-la habitación en que aquél<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>
-roncaba como un justo había sido
-barrida y baldeada, y sobre la
-mesa, su poquito coja, cubierta
-con un mantel, blanco como la
-nieve, brillaban las copas, platos,
-y demás utensilios necesarios para
-el almuerzo.</p>
-
-<p>Roncaba el <i>señor Lapa</i> bajo
-las colchas de la cama como roncar
-pudiera cualquier Arlequín
-en su casa. El sueño era profundo;
-pero al fin comenzaron a agitarse
-las colchas, <i>Lapa</i> se revolvió con
-aire inquieto, y al cabo del rato
-aparecieron sobre las sábanas
-unas púas que por milagro no las
-rasgaron, y que eran el abrigo
-con que la Naturaleza dotó a su
-cabeza. A la par que asomaban los
-pelos, exclamó su propietario con
-voz exasperada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que me empalen si no ha
-vuelto a las andadas!</p>
-
-<p>Una mujer, prototipo de laboriosidad
-y de orden, se alzó de un
-rincón, donde se hallaba de rodillas,
-con apresuramiento más que
-suficiente para demostrar que a
-ella iban dirigidas las airadas
-palabras del durmiente.</p>
-
-<p>&mdash;Conque vuelta a lo de siempre,
-¿eh?&mdash;repuso <i>Lapa</i>, alargando
-un brazo en busca de una bota.</p>
-
-<p>La bota salió volando por los
-aires juntamente con esta segunda
-salutación. Era una bota sucia,
-llena de barro; y ya que de las
-botas hablo, diré, como circunstancia
-que no deja de ser extraña,
-que al paso que el <i>señor Lapa</i> volvía
-muchas veces a su casa, después
-de terminado su servicio en el
-Banco, con las botas limpias, rara
-era la mañana que, al despertar,
-no estaban aquéllas llenas de
-lodo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué estabas haciendo ahí,
-beata de los demonios?&mdash;gritó
-el melifluo <i>Lapa</i>, después de errar
-el tiro.</p>
-
-<p>&mdash;Rezaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rezaba!... ¡Bonita ocupación!
-¿Y qué es lo que te propones,
-pasándote el tiempo de rodillas
-rezando contra mí?</p>
-
-<p>&mdash;No rezo contra ti, sino por
-ti.</p>
-
-<p>&mdash;No es verdad; y aunque lo
-fuera, no te tolero que te tomes
-esas libertades. ¡A fe que te ha
-tocado en suerte una madre modelo,
-hijo mío!... ¡Figúrate! ¡Una
-madre que reza contra la prosperidad
-de tu padre! ¡Una madre
-tan religiosa, tan celosa del cumplimiento
-de su deber, que se pasa
-el tiempo pidiendo al Cielo y al
-infierno que arranque de la boca
-de su hijo único la tostada con
-manteca que constituye su alimento!
-¡Qué te parece!</p>
-
-<p>Muy mal debió parecerle al
-digno retoño del señor <i>Lapa</i> lo
-que éste insinuaba en la última
-parte de su discurso, pues a gritos
-pidió a la madre que no se le volviera
-a ocurrir mezclar con sus
-rezos nada que con su alimentación
-personal tuviera relación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es lo que supones tú,
-mujer ilusa, que valen tus rezos?&mdash;repuso
-el marido, con insistencia
-inconsciente.&mdash;Dime: ¿qué valor
-concedes a tus oraciones?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>
-&mdash;Brotan del corazón, Jeremías;
-este es su único mérito.</p>
-
-<p>&mdash;¡Su único mérito!&mdash;repitió el
-<i>señor Lapa</i>.&mdash;¡Poco valen, entonces!
-De todas suertes, valgan lo
-que valieren, no quiero que vuelvas
-a rezar: vaya, ¡se acabó!
-¿Crees que voy a tolerar que llames
-sobre mi cabeza la mala suerte?
-Si quieres caer de rodillas,
-hazlo en favor de tu marido y de
-tu hijo, y no contra ellos. La semana
-última, si el infierno no me
-hubiese concedido una mujer desnaturalizada,
-y una madre desnaturalizada
-a este pobre niño,
-habría ganado montones de oro
-en vez de tener la sombra más
-negra que mortal alguno haya
-tenido desde que el mundo es
-mundo. Vístete, hijo mío, vístete;
-y mientras yo limpio mis botas,
-no pierdas de vista a tu madre, y
-avísame con un grito si adviertes
-señales de que va a caer de rodillas.
-Yo te aseguro que no lo
-aguanto&mdash;añadió, dirigiéndose a
-su costilla.&mdash;Soy más bruto que
-un coche de alquiler, duermo como
-el láudano, pocas veces sé si
-soy yo, o si soy el vecino de en
-frente; ¡pero cuando me tocan al
-bolsillo, me escamo; con el bolsillo
-no quiero bromas, sábelo de
-una vez y para siempre, y si tus
-rezos conspiran contra él, mal
-lo vas a pasar, beata de los infiernos!</p>
-
-<p>El <i>señor Lapa</i>, lanzando de
-tanto en tanto frases de indignación,
-emprendió con vigor la obra
-de limpiar sus botas. Su hijo,
-entretanto, cuya cabeza guarnecían
-púas un poquito menos aceradas
-que las del padre, y cuyos
-ojillos estaban poco más o menos
-tan juntos como los del padre,
-acechaba insistente a la madre.
-Varios sustos dió a la pobre mujer
-gritando desde el fondo del armario
-ropero, donde se vestía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Padre!... ¡Que se arrodilla...
-que se arrodilla!</p>
-
-<p>Ni con el almuerzo se dulcificó
-el humor de <i>Lapa</i>, antes bien pareció
-que acrecentaba su animosidad
-contra su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué estás haciendo?
-¿Otra vez, condenada?</p>
-
-<p>Contestó la mujer que no había
-hecho más que impetrar la bendición
-del Cielo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuidado con traer bendiciones!&mdash;barbotó,
-mirando como si
-temiera ver desaparecer el pan
-de la mesa ante la eficacia de la
-oración de su mujer.&mdash;¡Quiero desterrar
-las bendiciones de mi casa...!
-¡No quiero bendiciones en
-mi mesa!</p>
-
-<p>Rojo de cólera, con los ojos
-fuera de las órbitas, el <i>señor Lapa</i>
-devoraba, que no comía, el almuerzo,
-rezongando y gruñendo
-como pudiera hacerlo cualquier
-congénere suyo de cuatro patas.
-A eso de las nueve de la mañana,
-algún tanto domeñado su encrespado
-natural, salió de su casa para
-entregarse a las ocupaciones del
-día.</p>
-
-<p>Apenas si su oficio merecía el
-nombre de tal, no obstante llamarse
-él a sí mismo «honrado me<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>nestral».
-Todas las mañanas, colocaba
-un banco, hecho de un respaldo
-de silla rota, debajo de la
-ventana del Banco Tellson más
-inmediata al Tribunal del Temple.
-El banco, y algunos puñados
-de paja que tomaba del primer carro
-que pasaba por la calle cargado
-de ella, constituían todos sus
-enseres. El <i>señor Lapa</i> y su banco
-eran tan conocidos en la calle Fleet
-como el Temple mismo... y con
-corta diferencia, de tan poco grato
-aspecto.</p>
-
-<p>Instalado en su sitio antes de las
-nueve, a tiempo para poder llevar
-la mano a su tricornio cada vez
-que entraba o salía del Banco
-Tellson alguna persona cuya respetabilidad
-lo mereciera, el <i>señor
-Lapa</i>, acompañado por su hijo,
-entreteníase en aquella mañana
-ventosa de marzo en injuriar mental
-y corporalmente a cuantos
-niños o personas mayores pasaban
-a su alcance, a falta de mejor
-ocupación. Padre e hijo, entre los
-cuales mediaba un parecido maravilloso,
-más que seres humanos
-semejaban una pareja de monos.
-Jeremías el mayor mascaba pajas,
-mientras los brillantes ojuelos de
-Jeremías el menor acechaban inquietos
-el tráfico matinal de la
-calle Fleet, cuando asomó la cabeza
-de uno de los ordenanzas
-del Banco en la puerta del establecimiento,
-y dijo con voz campanuda:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que entre el portero!</p>
-
-<p>&mdash;Ya tenemos un recado en
-puerta para comenzar el día, padre&mdash;observó
-Jeremías el menor.</p>
-
-<p>El padre cedió el banco al
-hijo, y éste se sentó, recogiendo
-y llevando a su boca la paja que
-el primero estaba mascando.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_II">II.<br />UNA VISITA</h3></div>
-
-
-<p>&mdash;¿Conoce usted bien el Old
-Bailey?[1]&mdash;preguntó uno de los
-empleados más ancianos del Banco
-a Jeremías <i>Lapa</i>.</p>
-
-
-<p class="i3 p2">[1] Tribunal Central de lo Criminal de
-Londres:&mdash;(N. del T.).</p>
-
-<p class="p2">&mdash;Sí... señor&mdash;contestó con cierto
-retintín el interrogado.&mdash;Conozco
-el Bailey.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente. También conoce
-usted al señor Lorry, ¿no es
-verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Conozco al señor Lorry mucho
-mejor que el Bailey, señor...
-mucho más de lo que yo, menestral
-honrado a carta cabal, deseo
-conocer el Bailey.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Va usted a llegarse
-a la puerta reservada para los
-testigos, donde enseñará al guardián
-de la misma esta nota para
-el señor Lorry. Le dejarán pasar
-sin dificultad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hasta la Sala de Justicia?</p>
-
-<p>&mdash;Hasta la Sala de Justicia.</p>
-
-<p>&mdash;¿He de esperar en la Sala, señor?</p>
-
-<p>&mdash;Voy a decirle lo que ha de
-hacer. El guardián de la puerta
-entregará esa nota al señor Lorry,
-y usted, desde el sitio donde se<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span>
-encuentre, procurará atraer la
-atención del señor Lorry, por medio
-de cualquier gesto, a fin de que
-aquél sepa dónde espera usted.
-Luego, todas sus obligaciones se
-reducen a una sola: a esperar
-hasta que el señor Lorry le necesite.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nada más?</p>
-
-<p>&mdash;Nada más. El señor Lorry
-desea tener a mano un mensajero,
-lo esencial es hacerle saber que
-el mensajero de que puede disponer
-en cualquier momento dado
-es usted.</p>
-
-<p>Mientras el empleado del Banco
-plegaba el papel y estampaba el
-sobrescrito, el buen <i>Lapa</i>, que le
-contempló sin despegar los labios
-hasta que vió que buscaba el
-papel secante, preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Fallan hoy alguna causa por
-falsificación?</p>
-
-<p>&mdash;Por traición.</p>
-
-<p>&mdash;¡Descuartizamiento seguro!&mdash;exclamó
-<i>Lapa</i>.&mdash;¡Qué barbaridad!</p>
-
-<p>&mdash;Es la ley&mdash;replicó el anciano,
-volviendo con sorpresa los ojos
-hacia <i>Lapa</i>,&mdash;la ley, y nada más
-que la ley.</p>
-
-<p>&mdash;Por respetable que la ley sea,
-me parece una barbaridad despedazar
-a un hombre. Bastante
-cruel es arrancarle la vida, pero
-hacerle cuartos, lo encuentro feroz.</p>
-
-<p>&mdash;Procure hablar bien de la ley,
-amigo mío&mdash;repuso el empleado.&mdash;Guarde
-para sí sus observaciones,
-selle los labios, y deje que la
-ley cuide de sí misma: es un consejo
-que le conviene no dar al olvido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah señor! ¡Es la vida dura
-que llevo la que mueve mi lengua!&mdash;exclamó
-<i>Lapa</i>.&mdash;A su consideración
-dejo el juzgar si el que gana
-el mendrugo de pan que llevo a
-la boca como lo gano yo, puede
-tener sellados los labios.</p>
-
-<p>&mdash;Todos ganamos el pan con
-el sudor de nuestro rostro, aunque
-algunos con menos fatigas que
-otros... Tome usted la carta...
-y en marcha.</p>
-
-<p>Tomó el mensajero la carta,
-hizo una reverencia, y salió.</p>
-
-<p>Ahorcaban por entonces en Tyburn,
-y de consiguiente, la calle
-en que se alzaba Newgate no había
-alcanzado aún la sombría celebridad
-que luego pesó sobre ella.
-Era, sin embargo, una cárcel espantosa,
-donde se practicaban
-toda clase de villanías y atrocidades,
-un foco de las enfermedades
-más terribles, que no pocas veces
-penetraban en la Sala de Justicia
-con los prisioneros, se cebaban,
-dando pruebas de muy poco miramiento,
-en el mismo Justicia
-Mayor, y le obligaba a abandonar
-para siempre su elevado sitial.
-Con frecuencia ocurría que el juez
-del birrete negro pronunciaba su
-propia sentencia a la par que la
-del encausado, y hasta moría más
-pronto que éste. Por lo demás, la
-Bailey era a manera de posada
-por cuyo espacioso zaguán salían
-constantemente pálidos viajeros,
-montados en carretas o en coches,<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>
-que se encaminaban al otro mundo
-previo un recorrido de dos o
-tres millas de calles públicas y de
-camino, infundiendo saludable temor
-en alguno que otro ciudadano,
-quizá en ninguno: tanta es la
-fuerza de la costumbre. También
-era famosa por la picota, institución
-atinada y feliz que suponía
-un castigo cuya extensión y alcance
-nadie era capaz de prever;
-éralo asimismo por los postes en
-que se ataba a los condenados
-a la pena de azotes, sistema el
-más indicado para suavizar costumbres
-y dulcificar temperamentos,
-no menos que por la infinidad
-de tratos que en ella se celebraban,
-en los cuales entraba el oro
-por una parte y el derramamiento
-de sangre por la otra, resto de la
-indiscutible sabiduría de nuestros
-antepasados, que conducía sistemáticamente
-a la perpetración
-de los crímenes mercenarios más
-espantosos que puedan cometerse
-bajo la capa del cielo. Por lo demás,
-la Old Bailey era por aquel
-tiempo demostración elocuente del
-precepto, «Todo lo que es, es justo»,
-aforismo que resultaría tan
-necio como inocente si no llevara
-aparejada la consecuencia, altamente
-perjudicial, de que «Nada
-de lo que ha existido fué injusto».</p>
-
-<p>Abriéndose paso por entre
-aquella abigarrada muchedumbre,
-que llenaba el repugnante escenario
-donde había de desarrollarse
-la acción, con la habilidad del
-que está habituado a caminar
-entre gentes, el mensajero no
-tardó en llegar a la puerta que
-buscaba, donde entregó la carta
-de que era portador, haciéndola
-pasar por un ventanillo practicado
-en la misma, pues bueno será
-hacer constar que las personas
-que deseaban ver las funciones
-representadas en la Old Bailey,
-habían de pagar las localidades
-ni más ni menos que las que querían
-distraerse viendo el Manicomio,
-sin más diferencia que la de
-costar más caro entrar en aquélla
-que en este último. Como consecuencia,
-estaban perfectamente
-guardadas todas las puertas, excepción
-hecha, como es natural,
-de las que daban acceso a los
-criminales, pues éstos las encontraban
-siempre abiertas de par
-en par.</p>
-
-<p>Con algún retraso, y no sin que
-el guardián mascullase algunas
-palabras de descontento, la puerta
-giró sobre sus goznes para dar
-paso al mensajero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;preguntó al primer
-hombre que encontró.</p>
-
-<p>&mdash;Nada todavía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué habrá luego?</p>
-
-<p>&mdash;Una vista por traición.</p>
-
-<p>&mdash;Descuartizamiento seguro,
-¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Primero, tendido sobre
-un cañizo, le arrastrarán hasta el
-sitio donde le espere la horca, allí
-le medio ahorcarán, le bajarán
-de la horca para arrancarle las
-entrañas, que quemarán ante sus
-ojos, luego le cortarán la cabeza,
-y por fin le harán cuartos. Esa
-es la sentencia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Suponiendo que le declaren
-culpable, querrá usted decir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Le declararán culpable,
-pierda usted cuidado!</p>
-
-<p>El <i>señor Lapa</i> prestó entonces
-atención al guardián de la puerta,
-a quien vió, encaminándose en
-derechura hacia el señor Lorry
-con la carta en la mano. Hallábase
-el señor Lorry sentado junto a
-una mesa entre señores convenientemente
-empelucados, muy cerca
-del abogado defensor del reo, que
-usaba una peluca descomunal, y
-tenía varios legajos de papeles
-debajo de los ojos, y casi frente
-a otro caballero, no menos empelucado
-que el defensor, el cual,
-cuando le vió el <i>señor Lapa</i>, así
-como también después, estaba
-con las manos en los bolsillos,
-puesta toda su atención en el
-techo. A fuerza de accesos de
-tos consiguió el mensajero llamar
-la atención del señor Lorry, quien
-se puso inmediatamente en pie,
-hizo una seña con la cabeza, y
-volvió a sentarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué papel representa ése en
-el proceso?&mdash;preguntó a <i>Lapa</i> el
-individuo a quien antes había
-preguntado éste.</p>
-
-<p>&mdash;Que me aspen si lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces... si la pregunta no
-es indiscreta, ¿qué papel representa
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;Que me descuarticen si lo
-sé tampoco.</p>
-
-<p>Puso fin al diálogo la entrada
-del juez en la Sala. A partir de
-aquel momento, toda la atención,
-todo el interés del público se
-concentraron en la barra. Los
-calaboceros, que hasta aquel instante
-habían estado a uno y otro
-lado de la barra, salieron para entrar
-momentos después con el
-prisionero.</p>
-
-<p>Todos los ojos, excepto los del
-caballero de la peluca, que tenía
-los suyos clavados en el techo, se
-fijaron en los del prisionero, todos
-los alientos humanos de la sala
-partieron hacia él, semejantes al
-mar, semejantes al fuego, semejantes
-al viento. Pegados a las
-columnas, sobresaliendo de los
-ángulos, veíanse rostros que reflejaban
-ansiedad, los espectadores
-de las filas últimas se ponían
-en pie, otros se alzaban sobre las
-puntas de los pies, y muchos se
-encaramaban sobre los bancos en
-su afán de verlo todo. No era de
-los que menos curiosidad demostraba
-Jeremías <i>Lapa</i>, quien se
-erguía semejante a un pedazo animado
-del muro coronado de púas
-de Newgate y disparaba contra
-el prisionero ondas de aliento saturado
-de vapores de cerveza&mdash;había
-tomado un vaso durante
-el camino,&mdash;las que se mezclaban
-con las que partían de
-otras bocas, saturadas de emanaciones
-de ginebra, de café y
-de te.</p>
-
-<p>El objeto de tan viva curiosidad
-era un joven de unos veinticinco
-años, buen mozo, guapo, de mejillas
-redondas y ojos negros. Era
-caballero. Vestía de negro, o de
-gris muy obscuro, y su pelo, que
-era largo y castaño, caía sobre<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>
-su espalda, recogido por una cinta.
-De la misma manera que las
-emociones del alma humana se
-filtran a través de la envoltura
-material, así la engendrada por
-la situación en que se veía colocado
-se manifestaba por medio de
-una palidez superpuesta a la tez
-morena y curtida del acusado,
-demostrando que su alma era
-más fuerte que el sol. Mostróse,
-sin embargo, perfectamente dueño
-de sí mismo. Con calma maravillosa
-se inclinó ante el juez, y
-esperó:</p>
-
-<p>¿Sentimientos de elevada humanidad
-en el interés que en la
-Sala despertaba el reo? ¡Ni por
-pienso! Si la sentencia que amagaba
-su cabeza hubiera sido menos
-espantosa, si hubieran existido
-probabilidades de que en la ejecución
-de aquella se prescindiera
-de algunos de sus feroces detalles,
-la fascinación habría sufrido rudo
-golpe. Ante los ojos de los espectadores
-se alzaba el arrogante
-cuerpo que muy en breve sería
-condenado a bárbaras mutilaciones,
-la criatura dotada de alma
-inmortal próxima a ser despedazada,
-hecha cuartos, y el interés
-que inspiraba, dijeran lo que dijeran
-los mismos que lo sentían,
-era, en su raíz, en su esencia, el
-interés del ogro.</p>
-
-<p>¡Silencio en la Sala!</p>
-
-<p>&mdash;Carlos Darnay, que así se
-llamaba el acusado, había negado
-el día anterior la terrible acusación
-fulminada contra él. De ser
-cierta, Carlos Darnay era traidor
-y aleve a nuestro sereno, augusto,
-excelente, etc. etc. Rey y Señor,
-por haber auxiliado en distintas
-ocasiones y por medios diversos
-a Luis, rey de Francia, en sus
-guerras contra nuestro sereno,
-augusto, excelente, etc., etc. Rey
-y Señor. Había hecho frecuentes
-viajes entre los dominios de nuestro
-sereno, augusto, excelente, etc.,
-etc. Rey y Señor y los de dicho
-rey de Francia, con objeto de revelar
-inicuamente, pérfidamente,
-alevosamente (y muchos otros
-calificativos adverbiales) al repetido
-rey de Francia las fuerzas militares
-que nuestro sereno, augusto,
-excelente, etc. etc. Rey y Señor
-tenía preparadas para enviarlas
-al Canadá y a la América del
-Norte.</p>
-
-<p>Tales eran, en substancia, los
-datos que con enorme satisfacción
-había conseguido adquirir Jeremías
-<i>Lapa</i>.</p>
-
-<p>El acusado, a quien mentalmente
-habían ahorcado, decapitado y
-descuartizado todos los presentes
-a la vista, ni temblaba ante la
-situación ni afectaba arrogancias
-teatrales. Vió con calma perfecta
-que los jueces prestaban juramento
-y que el fiscal de la Corona se
-disponía a hablar. Con grave interés
-presenció los preparativos,
-y con tal compostura escuchó los
-procedimientos, que no movió
-ni una hoja de las hierbas aromáticas
-rociadas con vinagre que
-alfombraban el pavimento, como
-medida higiénica contra el contagio
-de la fiebre del presidio y con<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>tra
-la atmósfera viciada que allí
-se respiraba.</p>
-
-<p>Sobre la cabeza del reo había
-un gran espejo que tenía por objeto
-concentrar en su rostro la
-mayor suma posible de luz. Millares
-de desgraciados y de malvados
-habían visto reflejadas sus contraídas
-caras en su tersa superficie,
-minutos antes de que una
-capa de tierra las ocultara para
-siempre. No habría infierno comparable
-a aquella Sala abominable
-si la luna de un espejo pudiera
-devolver las imágenes que refleja,
-de la misma manera que el Océano
-devuelve a sus muertos. Tal vez
-sintió nuestro reo la ola de infamia
-y de deshonra que iba a envolverle,
-quizá fuera la casualidad
-o un rayo más vivo de luz lo que
-le movió a alzar los ojos: el hecho
-es que vió el espejo, y que, al verlo,
-vivos carmines tiñeron su rostro
-y su cuerpo experimentó un estremecimiento
-violento cual si
-acabara de recibir enérgica descarga
-eléctrica.</p>
-
-<p>Al separar sus miradas del espejo
-las llevó hacia la izquierda, donde
-tropezaron con dos personas
-sobre las cuales se detuvieron con
-tal fijeza, que no quedó en la Sala
-un espectador que hacia ellas no
-volviera los ojos.</p>
-
-<p>Eran las personas en cuestión
-una señorita joven, de veinte años
-de edad aproximadamente, y un
-caballero, a todas luces su padre.
-Llamaban poderosamente la atención
-en este último la blancura de
-nieve de sus cabellos y cierta expresión
-indescriptible de vehemencia,
-no activa, sino reflexiva,
-íntima. Cuando dominaba esta
-expresión, parecía viejo, pero en
-los momentos en que desaparecía,
-cuando hablaba con su hija,
-por ejemplo, era un hombre hermoso
-que apenas habría pasado
-de la primavera de la vida.</p>
-
-<p>Aferraba su hija su brazo y se
-estrechaba contra su cuerpo impelida
-por el espanto que la escena
-la producía y la piedad que el
-reo la inspiraba, espanto y piedad
-tan elocuentemente retratados en
-su frente y en sus ojos, que los
-espectadores, inconmovibles ante
-la triste suerte del acusado, no
-pudieron ver sin profunda lástima
-el estado de la joven. «¿Quiénes
-serán?» se preguntaban unos a
-otros al oído.</p>
-
-<p>No dejó de preguntar Jeremías
-<i>Lapa</i> a su vecino, a cuyos perspicaces
-ojos no había pasado inadvertida
-la expresión de la joven,
-quiénes eran aquellas personas;
-y como todos habían hecho la
-misma pregunta, la respuesta, que
-circulaba ya de boca en boca, llegó
-al fin a su oído.</p>
-
-<p>&mdash;Son testigos.</p>
-
-<p>&mdash;¿De cargo?</p>
-
-<p>&mdash;Testigos en contra.</p>
-
-<p>&mdash;¿En contra de quién?</p>
-
-<p>&mdash;Del reo.</p>
-
-<p>El juez, cuyas miradas habían
-seguido la dirección que siguieron
-las de todos los espectadores, las
-desvió para clavarlas insistentes
-en el desgraciado cuya vida tenía
-en sus manos, en el momento que<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>
-el fiscal de la Corona se levantaba
-para torcer la soga, afilar el hacha
-y forjar el martillo y los clavos
-que debían preparar el cadalso.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_III">III.<br />DECEPCIÓN</h3></div>
-
-
-<p>El señor fiscal de la Corona manifestó
-en su informe que el acusado,
-aunque joven en años, era tan
-viejo en actos alevosos y prácticas
-de pérfida traición, que se imponía
-la necesidad de acabar con su
-vida. «Sus tratos y correspondencia
-continua con el enemigo público&mdash;dijo&mdash;no
-datan de ayer, ni
-de anteayer, ni del año pasado,
-ni de dos años atrás. Desde fecha
-mucho más remota viene el reo
-haciendo viajes constantes entre
-Inglaterra y Francia, viajes misteriosos,
-cuyo objeto ni él mismo
-ha sabido explicarnos satisfactoriamente.
-¡Ah! Si el Cielo, en su
-alta sabiduría, no hubiera condenado
-a eterno fracaso las maquinaciones
-de los traidores, los actos
-criminosos de ese hombre habrían
-dado sus naturales frutos, pero la
-Providencia, que vela de una manera
-especial por la suerte de
-nuestra querida Inglaterra, inspiró
-a una persona, en cuyo pecho
-no tiene entrada el miedo y en
-cuya conciencia no cabe la malicia,
-el feliz pensamiento de penetrar
-los siniestros planes del reo,
-y cuando hubo conseguido su
-objeto, lleno de terror, se apresuró
-a descubrirlos al primer secretario
-de Estado y al augusto
-Consejo Privado de Su Majestad.
-Pronto tendréis ocasión de conocer
-a ese patriota, cuya conducta
-ha sido sublime. Había sido amigo
-íntimo del traidor, pero no bien
-descubrió sus infamias, decidió
-inmolar una amistad, que ya no
-podía conservar en su pecho, en el
-altar sacrosanto del patriotismo.
-Si Inglaterra erige alguna vez
-estatuas, como las erigieron Grecia
-y Roma en honor de los que
-en aras de la patria han sacrificado
-sus más vivas afecciones, no cabe
-dudar que tendrá la suya ese ciudadano
-eminente. La virtud, según
-han afirmado infinidad de
-poetas, cuyos nombres no citaré
-porque todos mis oyentes los
-tienen en la punta de la lengua,
-es contagiosa en grado eminente,
-y sobre todo, la virtud sagrada
-del patriotismo, al amor a la patria.
-No es, pues, de admirar que
-el alto y sublime ejemplo del testigo
-inmaculado e impecable a
-que me refiero, cuyo nombre da
-honor a quien lo pronuncia, se
-contagiase a un criado del mismo
-reo, y engendrase en él la santa
-resolución de practicar registros
-en las gavetas de las mesas y en
-los bolsillos de su señor, para apoderarse
-o tomar nota de sus documentos
-más secretos. No faltarán
-detractores que claven sus dientes
-en la reputación de este criado
-admirable, maldicientes que expongan
-en la picota pública pecadillos
-de su vida pasada, pero aun<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>
-así he de protestar que su conducta
-presente le hace acreedor a
-todo mi respeto, he de decir que
-me merece más consideraciones
-que mis mismos hermanos, más
-consideraciones que mis mismos
-padres. Yo no dudo, no puedo
-dudar que lo propio harán los
-que me escuchan. Las declaraciones
-de los dos testigos nombrados,
-juntamente con los documentos
-que a su tiempo serán exhibidos,
-demuestran claro como la luz del
-sol que el prisionero poseía relaciones
-numéricas de las fuerzas
-militares de Su Majestad, estados
-explicativos de la disposición y
-preparación de las mismas, y no
-cabe dudar que esas relaciones,
-esos estados, los llevaba, como ha
-llevado tantos otros, a una potencia
-enemiga. Confieso que no ha
-sido posible demostrar que esas
-relaciones y esos estados sean de
-puño y letra del reo, pero eso no
-tiene importancia, nada significa,
-y en todo caso, será circunstancia
-agravante, puesto que pondrá de
-relieve la artera malicia del acusado.
-A cinco años se remontan las
-pruebas, demostrando palpablemente
-que el prisionero se dedicaba
-ya por entonces a llevar a cabo
-misiones infames y perniciosas,
-que ya vendía a la patria semanas
-antes de haberse reñido la primera
-batalla entre las fuerzas inglesas
-y las americanas. Todas estas
-razones influirán necesariamente
-en el ánimo del Jurado, si es Jurado
-leal, como me consta que
-lo es, si es Jurado responsable,
-como por tal le tengo, para declarar
-culpable al prisionero, y librar
-al mundo de un traidor. ¡Ah, señores
-jurados! Mientras haya una
-cabeza sobre los hombros del
-prisionero, no es posible que vuestras
-cabezas reposen tranquilas
-sobre las almohadas de vuestros
-lechos, no es posible que las cabezas
-de vuestras tiernas esposas
-reposen tranquilas sobre las almohadas
-de sus lechos, no es posible
-que las cabecitas de vuestros
-queridos hijos reposen tranquilas
-sobre las almohadas de sus
-lechos. El fiscal de la Corona os
-pide por lo más sagrado, por lo
-que más caro os sea, por el juramento
-que habéis prestado, por
-el Rey augusto y excelente que
-nos gobierna, por la patria, que
-es nuestra madre, que deis al prisionero
-por ahorcado, decapitado
-y descuartizado.»</p>
-
-<p>Cuando el fiscal de la Corona
-cesó de hablar, llenaron la Sala
-sordos murmullos. No parecía
-sino que el aire se había llenado
-de enjambres de moscas azules
-que zumbaban en torno de la
-cabeza del reo, sabedoras del estado
-en que no tardarían en encontrarle.
-Cuando se extinguieron
-los zumbidos, apareció en la tribuna
-de los testigos el ciudadano
-impecable, el sublime patriota
-citado por el fiscal de la Corona.</p>
-
-<p>El señor procurador general,
-ateniéndose estrictamente a las
-instrucciones de su jefe, examinó
-entonces al patriota. Llamábase
-Juan Barsad, y era caballero.<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>
-La historia de su alma pura e
-inmaculada resultó ser la que el
-señor fiscal de la Corona había
-expuesto sucintamente en su acusación.
-Luego que hubo contestado
-las preguntas que le fueron
-dirigidas, se hubiera retirado modestamente,
-de no haber manifestado
-deseos de hacerle algunas
-otras el caballero de la enorme
-peluca y abultados legajos de papeles,
-que estaba sentado a escasa
-distancia del señor Lorry. El segundo
-empelucado continuaba
-mirando al techo.</p>
-
-<p>He aquí, en resumen, el interrogatorio
-a que fué sometido el
-gran patriota por el caballero de
-la peluca:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha sido usted espía alguna
-vez?</p>
-
-<p>&mdash;Jamás&mdash;contestó indignado
-el ciudadano.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué vive usted?</p>
-
-<p>&mdash;De mis rentas.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué consisten esas rentas?</p>
-
-<p>&mdash;No tengo por qué dar explicaciones
-sobre este particular.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde radican sus bienes?</p>
-
-<p>&mdash;No lo recuerdo con precisión.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha heredado usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿De quién?</p>
-
-<p>&mdash;De un pariente lejano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Muy lejano?</p>
-
-<p>&mdash;Bastante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha sido procesado alguna
-vez?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni ha estado en la cárcel
-por deudas?</p>
-
-<p>&mdash;No sé que tenga nada que
-ver eso con el asunto que se debate.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha estado en la cárcel por
-deudas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Otra vez?</p>
-
-<p>&mdash;Conteste usted.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántas veces?</p>
-
-<p>&mdash;Dos o tres.</p>
-
-<p>&mdash;¿No serán cinco o seis?</p>
-
-<p>&mdash;Tal vez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Su profesión?</p>
-
-<p>&mdash;Caballero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le han dado de patadas alguna
-vez?</p>
-
-<p>&mdash;Puede que sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con frecuencia?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le han echado a puntapiés
-de alguna casa?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le han hecho rodar a
-patadas escaleras abajo?</p>
-
-<p>&mdash;Repito que no. En una ocasión
-recibí algunas patadas en lo
-alto de una escalera, y la bajé
-rodando, pero fué porque quise,
-por mi voluntad, deliberadamente.</p>
-
-<p>&mdash;En la ocasión a que se refiere,
-¿no le echaron a puntapiés por
-fullero, por hacer trampas en una
-partida de dados?</p>
-
-<p>&mdash;Algo por el estilo dijo el borracho
-embustero que me dió
-las patadas, pero era falso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Jura usted que era falso?</p>
-
-<p>&mdash;Sin el menor reparo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No ha buscado usted nunca
-en las trampas del juego los medios
-de vivir?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Ni ha vivido del juego?</p>
-
-<p>&mdash;He jugado como juegan todos
-los demás caballeros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le ha prestado dinero el
-prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y lo ha pagado?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;La amistad que con el prisionero
-le ha ligado, en realidad
-una amistad ligera, ¿no era de las
-que solemos llamar obligadas, es
-decir, una amistad cultivada en
-sillas de posta, posadas y barcos?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha visto las relaciones y
-listas en poder del prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Puede decir algo más acerca
-de esas listas?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Espera que su declaración
-le valga algún provecho o beneficio?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni siquiera un destino de
-espía a sueldo del gobierno?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni ningún otro empleo?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo jura?</p>
-
-<p>&mdash;Una y mil veces.</p>
-
-<p>&mdash;¿Obedece a otros motivos
-que a los de patriotismo?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Fué llamado a declarar el virtuoso
-criado del prisionero, Rogerio
-Cly, quien prestó con gran
-decisión su juramento. Cuatro
-años antes había entrado al servicio
-del prisionero, sencillamente y
-de buena fe. A bordo del barco
-que hacía el servicio de Calais,
-preguntó al prisionero si necesitaba
-un criado, y aquel le recibió.
-Muy poco después le pareció sospechosa
-la conducta del prisionero,
-y resolvió espiarle. En los
-diferentes viajes que hizo en su
-compañía, en las ropas de su amo
-vió varias veces listas y relaciones
-semejantes a las que obraban en
-poder de la justicia. El fué el que
-sacó algunas de aquellas listas de
-una gaveta de la mesa de su amo.
-Vió que éste enseñaba otras listas
-idénticas a un caballero francés
-en Calais y otras a otros caballeros
-también franceses, tanto en
-Calais como en Boulogne. Amante
-de su patria, su conciencia se
-sublevó contra tan negras traiciones
-y denunció los hechos.
-Acerca de su honradez, aseguró
-que era tan intachable, que nadie
-se atrevió jamás a acusarle del robo
-de una tetera de plata, pues si
-bien no faltaron maldicientes que
-le achacaron en una ocasión el
-hurto de una mantequera, hechas
-las comprobaciones, resultó que
-no era de plata, sino de metal
-plateado. Conocía al testigo que
-le precedió en la declaración desde
-siete u ocho años antes, pero nunca
-se trataron más que por coincidencia.
-No afirmó que se tratara
-de coincidencias extraordinariamente
-curiosas, sin duda porque
-es público y notorio que las coincidencias
-lo son por regla general.</p>
-
-<p>Oyóse por segunda vez el sordo<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>
-zumbido de las moscas azules,
-y el señor fiscal de la Corona llamó
-al señor Mauricio Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted empleado del Banco
-Tellson, señor Mauricio Lorry?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;En la noche de un viernes
-del mes de noviembre del año mil
-setecientos setenta y cinco, ¿hizo
-usted un viaje desde Londres a
-Dover, por la diligencia-correo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Iban en la diligencia otros
-viajeros?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor: dos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dejaron la diligencia aquella
-noche, antes de llegar a Dover?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Vea usted al prisionero, señor
-Lorry, y díganos si era uno de
-aquellos viajeros.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo decir que lo fuera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se parece a alguno de sus
-compañeros de viaje?</p>
-
-<p>&mdash;Iban los dos tan embozados,
-la noche era tan obscura, y los
-tres guardamos tanta reserva, que
-me es imposible contestar la pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;Examine con más detenimiento
-al prisionero, señor Lorry.
-Represénteselo embozado, en la
-forma misma que iban sus compañeros
-de viaje, y díganos si, dada
-su estatura y corpulencia, es imposible
-que fuera uno de los dos
-viajeros.</p>
-
-<p>&mdash;No es imposible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted no juraría que el reo
-no era ninguno de ellos?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Luego confiesa usted que podía
-ser uno de ellos, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Admito la posibilidad, pero...
-pero recuerdo perfectamente que
-mis dos compañeros de viaje
-tenían... y yo también... un miedo
-horrible a los ladrones, y me parece
-que el reo no es de los que se
-asustan fácilmente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no ha visto usted nunca
-miedo... de pega, quiero decir,
-personas que fingen sentir un miedo
-que en realidad no sienten?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Vuelva usted a reconocer al
-reo, señor Lorry. ¿Recuerda haberle
-visto en alguna ocasión?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo y dónde?</p>
-
-<p>&mdash;A mi regreso de Francia,
-pocos días después del incidente
-de la diligencia, le encontré en
-Calais a bordo del barco en que
-yo volvía, e hicimos juntos el
-viaje.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora embarcó el reo?</p>
-
-<p>&mdash;Ya avanzada la noche. Era
-el único pasajero del barco, excepción
-hecha de nosotros, y llegó
-a última hora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora sería?</p>
-
-<p>&mdash;Poco más de media noche.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dice usted que llegó el
-último?</p>
-
-<p>&mdash;Dió la casualidad que llegase
-el último, sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Dejemos a un lado las «casualidades».
-Fué el único pasajero
-que llegó a altas horas de la noche,
-¿no es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Viajaba usted solo, o acompañado,
-señor Lorry?</p>
-
-<p>&mdash;Con dos compañeros: un caballero
-y una señorita. Ambos
-están aquí.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto: aquí están. ¿Habló
-usted con el prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;Muy poco. El tiempo estaba
-tormentoso, la travesía era larga
-y pesada, y me la pasé de playa
-a playa tendido en el sofá.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señorita Manette!</p>
-
-<p>Púsose en pie la señorita hacia
-la cual se habían antes vuelto
-todas las miradas, y hacia la cual
-se volvieron de nuevo al ser llamada.
-Al propio tiempo que ella,
-se levantó su padre.</p>
-
-<p>&mdash;Examine usted al prisionero,
-señorita Manette.</p>
-
-<p>Mil veces más penoso fué para
-el acusado verse frente a aquella
-niña, joven y hermosa, que le
-contemplaba con compasión anhelante,
-que afrontar las miradas
-curiosas de las turbas que llenaban
-la sala. Sin pestañear, sin que
-se alterase un solo músculo de su
-rostro, aguantó la terrible acusación
-del fiscal de la Corona; las
-declaraciones de los testigos de
-cargo no consiguieron demudar
-su semblante, pero al ver desde
-el borde de la tumba la mirada,
-no de curiosidad, sino de piedad,
-de la niña, todo su nervio, que era
-mucho, no bastaba a refrenar la
-agitación de su pecho, y en los
-esfuerzos desesperados hechos para
-permanecer sereno, sus labios
-quedaron descoloridos, toda la
-sangre refluyó a su corazón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conocía usted al prisionero,
-señorita Manette?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde le conoció usted?</p>
-
-<p>&mdash;A bordo del barco que antes
-han mencionado y en la misma
-ocasión.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted la señorita aludida
-por el señor Lorry?</p>
-
-<p>&mdash;¡Por desgracia, señor, soy yo!</p>
-
-<p>Los acentos de compasión que
-la niña supo poner en su voz no
-dulcificaron la del juez, quien repuso
-con cierta severidad:</p>
-
-<p>&mdash;Conteste la testigo las preguntas
-que se le hagan sin hacer
-observaciones ni comentarios...
-Señorita Manette, ¿sostuvo usted
-alguna conversación con el prisionero
-durante la travesía del Canal?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Refiérala.</p>
-
-<p>En medio de un silencio imponente,
-comenzó la niña con voz
-débil:</p>
-
-<p>&mdash;Cuando llegó a bordo ese
-caballero...</p>
-
-<p>&mdash;¿Se refiere usted al prisionero?&mdash;interrogó
-el juez, frunciendo
-el entrecejo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Pues cuando haya de nombrarle,
-llámele el prisionero.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando llegó a bordo el prisionero,
-advirtió que mi padre
-estaba muy fatigado y en estado
-de salud sumamente delicado.
-Tal era la postración de mi padre,
-que temiendo que le perjudicase
-la falta de aire, le preparé una
-cama sobre el puente, junto a la<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span>
-escalera de la cámara, y yo me
-senté a su lado con objeto de
-atenderle. Los pasajeros no éramos
-más que cuatro. Fué tan
-bueno el prisionero, que después
-de rogarme que le dispensase el
-atrevimiento, me enseñó la manera
-de colocar a mi padre al abrigo
-del aire y del relente, cosa que
-yo no había sabido hacer. Prodigó
-a mi padre atenciones y bondades
-que no puedo olvidar, y estoy segura
-que se las prodigó de corazón.
-He aquí cómo comenzamos a
-hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Permítame que la interrumpa.
-¿Llegó solo a bordo?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos le acompañaban?</p>
-
-<p>&mdash;Dos caballeros franceses.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué conferenciaban con el
-prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;Hablaron con el prisionero
-hasta el último momento. Cuando
-el barco levaba, se despidieron
-de él y saltaron a su bote.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se cambiaron entre ellos
-algunos papeles semejantes a éstos?</p>
-
-<p>&mdash;Cambiaron algunos papeles,
-pero ignoro cómo o qué eran.</p>
-
-<p>&mdash;¿Parecidos a éstos en tamaño
-y forma?</p>
-
-<p>&mdash;Es posible, pero no puedo
-asegurarlo, aunque me encontraba
-yo muy cerca del sitio donde ellos
-hablaban. La noche estaba muy
-obscura y el prisionero y los caballeros
-franceses se colocaron en
-lo alto de la escalera de la cámara,
-debajo del farol allí pendiente.
-Sostenían, sin embargo, la conversación
-con voz tan baja, que no
-oí una palabra. Vi, sí, que leían
-papeles, y nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Repítanos usted la conversación
-que sostuvo con el prisionero,
-señorita Manette.</p>
-
-<p>&mdash;El prisionero fué conmigo
-muy franco... puso en mí gran
-confianza... fué muy amable, muy
-bueno... trató con tierna solicitud
-a mi padre... y no quisiera&mdash;terminó
-la joven, hecha un mar de
-lágrimas&mdash;no quisiera corresponder
-a sus favores con declaraciones
-que acaso le perjudiquen.</p>
-
-<p>Los moscardones azules volvieron
-a zumbar.</p>
-
-<p>&mdash;Señorita Manette&mdash;replicó el
-fiscal,&mdash;si el prisionero no se convence
-de que usted presta la declaración
-que es su deber prestar...
-que está obligada a prestar... que
-no puede dispensarse de prestar,
-contra su voluntad y con sobrada
-repugnancia, habrá que confesar
-que está ciego. Tenga la bondad
-de continuar.</p>
-
-<p>&mdash;Me dijo que motivaban su
-viaje asuntos de índole altamente
-delicada y comprometida, asuntos
-que acaso originasen serios
-conflictos entre pueblos distintos,
-y que por esta razón, viajaba
-bajo nombre supuesto. Me dijo
-que esos asuntos le habían llevado
-a Francia pocos días antes, y que
-probablemente, durante un período
-más o menos largo, le obligarían
-a hacer frecuentes viajes
-entre Inglaterra y Francia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Habló de América, señorita
-Manette? Tenga la bondad de
-especificar con detalles.</p>
-
-<p>&mdash;Procuró explicarme las causas
-que dieron margen al conflicto,
-y me dijo que, en opinión suya,
-la sinrazón y la injusticia estaban
-de parte de Inglaterra. Añadió,
-en tono humorístico, que quizá
-Jorge Wáshington estaba llamado
-a alcanzar en la historia tan alto
-renombre como Jorge III. Pero
-en todo ello no había ni sombra
-de malicia: lo dijo riendo y para
-pasar el tiempo.</p>
-
-<p>El señor fiscal de la Corona manifestó
-que consideraba necesario
-interrogar al padre de la señorita,
-al doctor Manette.</p>
-
-<p>&mdash;Mire usted al prisionero, doctor
-Manette: ¿recuerda haberle
-visto antes?</p>
-
-<p>&mdash;Una sola vez. Hará tres años
-o tres y medio que me visitó en mi
-casa de Londres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Puede usted decirnos si fué
-su compañero de viaje durante
-la travesía del Canal, o repetirnos
-la conversación que tuvo con su
-hija?</p>
-
-<p>&mdash;Ni lo uno ni lo otro, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Existen razones particulares
-y especiales que le imposibilitan
-hacer lo que se le pide?</p>
-
-<p>&mdash;Existen&mdash;contestó el doctor
-con voz muy baja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Son éstas la desventura de
-haber sufrido un cautiverio larguísimo
-en su país natal, sin ser
-condenado, y hasta sin ser acusado?</p>
-
-<p>Con tono que penetró hasta el
-fondo de los corazones de todos
-los presentes, contestó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Un cautiverio eterno!</p>
-
-<p>&mdash;¿Había recobrado usted recientemente
-la libertad, cuando
-se hizo el viaje a que me refiero?</p>
-
-<p>&mdash;Eso me dicen.</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo recuerda usted?</p>
-
-<p>&mdash;No recuerdo nada. Mi cerebro
-fué una noche profunda durante
-algún tiempo... no puedo decir
-cuánto... desde que en mi calabozo
-me dedicaba a hacer zapatos hasta
-que me encontré en Londres en
-compañía de mi querida hija. Me
-habitué a su trato... ignoro cómo...
-no conservo recuerdo del proceso...
-y al fin, el Dios misericordioso
-tuvo a bien devolverme las
-facultades.</p>
-
-<p>El señor fiscal de la Corona
-dió por terminado el interrogatorio,
-y el padre y la hija volvieron
-a sentarse.</p>
-
-<p>Ocurrió en este punto un incidente
-singular. El objeto de las
-actuaciones, el fin que en el proceso
-se perseguía, era demostrar
-que el acusado, en compañía de
-otro traidor cómplice suyo, cuya
-identidad era un misterio hasta
-entonces, viajeros, en la noche
-de un viernes del mes de noviembre
-de cinco años atrás, en la diligencia-correo
-de Londres a Dover,
-habían desmontado durante
-la marcha, con objeto de despistar,
-en un sitio en el que no pensaban
-quedarse, desde donde retrocedieron
-doce o más millas hasta
-llegar a una plaza fuerte que tenía
-arsenal, donde recogieron los da<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>tos
-que perseguían. Un testigo
-declaró que en el día y hora indicados
-había visto al prisionero
-en el comedor de un hotel de la
-plaza fuerte y arsenal mencionados,
-esperando a otra persona. El
-abogado defensor del procesado
-estaba sometiendo al testigo a un
-interrogatorio tan rígido como
-habilidoso, sin más resultado que
-el de asegurar aquél que jamás,
-ni antes ni después de la ocasión
-indicada, había visto al prisionero,
-cuando el caballero empelucado,
-que desde los comienzos de la vista
-tenía los ojos clavados en el
-techo de la Sala, escribió dos o
-tres palabras en un papelito, lo
-retorció, y seguidamente lo tiró
-al defensor. Este, después de leer
-el papelito, miró con atención y
-curiosidad extraordinarias al prisionero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dice usted que tiene seguridad
-absoluta de que <i>era</i> el prisionero?&mdash;preguntó
-al testigo.</p>
-
-<p>&mdash;Absolutísima.</p>
-
-<p>&mdash;¿No ha visto nunca a nadie
-que se parezca al prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;A nadie que se le parezca
-tanto, que pueda dar lugar a una
-equivocación.</p>
-
-<p>&mdash;Fíjese bien en aquel caballero,&mdash;repuso,
-indicando al que acababa
-de tirarle el papelito&mdash;y luego,
-fíjese bien en el prisionero.
-¿Qué me dice usted? ¿No es verdad
-que se parecen bastante?</p>
-
-<p>No obstante la dejadez y desaliño
-del caballero del papelito,
-existía entre él y el prisionero un
-parecido bastante notable para
-llenar de sorpresa no sólo al testigo,
-sino también a cuantas personas
-se hallaban en la Sala. El
-presidente del tribunal suplicó
-al repetido caballero del papelito
-que se quitase la peluca, y la
-semejanza se hizo muchísimo más
-notable. Preguntó el presidente
-al señor Stryver, que era el abogado
-defensor, si habrían de encausar
-por el delito de traición al
-señor Carton, nombre del caballero
-del papelito, a lo que el defensor
-respondió que no, pero que
-deseaba preguntar al testigo si
-creía que lo que una vez ha sucedido
-no puede suceder otra, si
-hubiera osado hablar con tanta
-seguridad y aplomo si antes hubiese
-visto aquel ejemplo palpable
-de su temeridad, si la vista
-de una persona que tanto se parecía
-al prisionero no habría sido
-golpe rudo asestado a su confianza,
-etc., etc. El resultado de este
-incidente fué aniquilar al testigo,
-destruir el efecto de su declaración,
-y quitar todo el valor a sus
-manifestaciones.</p>
-
-<p>El buen Jeremías <i>Lapa</i>, que
-seguía el curso de la vista sin perder
-palabra ni gesto, hubo de escuchar
-cómo el defensor volvía
-la tortilla que el fiscal y los testigos
-habían servido al Jurado, diciendo
-que el excelso, el sublime
-patriota Barsad, era un espía mercenario,
-un vil traidor, un traficante
-en sangre que no conocía
-el decoro ni la vergüenza, el reptil
-de alma más negra que había
-existido en el mundo desde que el<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>
-maldecido Judas, a quien se parecía
-física y moralmente, lo deshonró
-con su presencia. Afirmó
-que el espejo de criado, el inocente
-Cly, era amigo y cómplice de
-Barsad, y digno de serlo por cierto,
-que los ojos siempre abiertos
-de aquellos miserables falsificadores
-y perjuros resolvieron convertir
-en víctima de sus codicias al
-prisionero, aprovechando para sus
-nefandos fines la circunstancia
-de que aquél, francés de origen,
-hacía frecuentes viajes entre Inglaterra
-y Francia por asuntos de
-familia que no podía explicar,
-y que no explicaría el prisionero,
-aun cuando su silencio le costase
-la vida, porque se lo vedaban altas
-consideraciones. Demostró que las
-manifestaciones hechas por la señorita
-Manette, cuya angustia
-al hacerlas todos habían tenido
-ocasión de apreciar, no tenían la
-menor importancia, ni eran otra
-cosa que inocentes galanterías,
-muy naturales en un joven que
-tropieza en un viaje con una niña
-agraciada, excepción hecha de lo
-referente a Jorge Wáshington, que
-a su juicio resultaba tan extravagante,
-que sólo como chiste desatinado
-cabía considerarlo. Añadió
-que daría la Justicia pruebas
-palpables de debilidad si persistía
-en la idea de perseguir una populachería
-estéril aprovechando bajas
-antipatías y temores nacionales
-que el señor fiscal de la Corona
-había explotado en su informe,
-el cual, en realidad de verdad, no
-tenía más fundamento que las
-ruindades y vilezas de una declaración
-cuya mala fe saltaba a la
-vista, declaración prestada con
-ánimo deliberado de desfigurar
-los hechos, declaración que tiende
-a que la Justicia, para vergüenza
-nuestra, añada un error lamentabilísimo
-a la interminable serie
-de los que ha cometido.</p>
-
-<p>El presidente, cual si lo que
-acababa de manifestar el defensor
-no fuera expresión exacta de
-la verdad, interrumpió con cara
-fosca al orador, para decir, con
-grave ademán, que le era imposible
-continuar ocupando su elevado
-sitial si se le obligaba a tolerar
-alusiones tan desagradables.</p>
-
-<p>Interrogó el defensor a los escasos
-testigos de descargo, y a continuación,
-los oyentes hubieron
-de admirar los esfuerzos hechos
-por el señor fiscal de la Corona
-para volver del revés el traje que
-el primero había confeccionado
-para el Jurado. Lo más saliente
-de su discurso fué asegurar una
-y mil veces que los heroicos Barsad
-y Cly eran mil veces más virtuosos
-de lo que al principio había
-dicho, y el prisionero mil veces
-más criminal. El presidente, en su
-informe final, dió vueltas y más
-vueltas al traje confeccionado por
-el fiscal y procuró deshacer las
-costuras del presentado por el
-defensor, demostrando tendencias
-decididas a preparar con uno
-y otro la mortaja del prisionero.</p>
-
-<p>Retiróse el Jurado a deliberar<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>
-y los grandes moscardones azules
-dejaron oir de nuevo sus desagradables
-zumbidos.</p>
-
-<p>El movimiento, los murmullos
-generales, la expectación que de
-todos los testigos de la vista se
-había adueñado, no fueron parte
-a que el señor Carton, que continuaba
-sentado y mirando al techo,
-variase de actitud ni de sitio.
-Mientras, su amigo el señor Stryver,
-recogiendo los papeles que
-tenía delante, conversaba con las
-personas que tenía más cerca y
-de tanto en tanto dirigía miradas
-de ansiedad al Jurado, mientras
-todos los espectadores se movían
-más o menos, ora separándose,
-ora reuniéndose de nuevo, mientras
-el mismo presidente abandonaba
-su asiento para pasear por
-la plataforma, dando motivos para
-que los presentes sospecharan
-que el estado de su ánimo distaba
-mucho de ser sosegado, el señor
-Carton permanecía arrellanado en
-su asiento, con la peluca medio ladeada,
-las manos en los bolsillos,
-como indiferente a todo y a todos,
-clavados en el techo los ojos como
-los había tenido todo el día.</p>
-
-<p>Esto no obstante, el señor Carton
-avizoraba más detalles de la
-escena que ante sus ojos se desarrollaba
-de lo que a primera
-vista parecía. Prueba de ello es
-que, cuando la señorita Manette,
-rendida bajo el peso de tantas
-emociones, cayó desfallecida en
-los brazos de su padre, fué Carton
-el primero que lo advirtió, y el
-primero que acudió al remedio,
-diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Guardia! Atienda usted a
-aquella señorita... Ayude al caballero
-a que la saque de la Sala...
-¿No ve usted que está a punto de
-caer desmayada?</p>
-
-<p>Todos se movieron a compasión
-al ver que retiraban a la señorita
-de la Sala, y no hubo quien no
-concediera todas sus simpatías
-al padre. La escena, que no podía
-menos de recordar a éste los años
-interminables de su inmerecida
-prisión, hubo de afectarle profundamente.
-Buena prueba de ello
-fué la intensa agitación interior
-que le produjo el interrogatorio,
-agitación que a nadie pasó inadvertida.</p>
-
-<p>Momentos después se presentaba
-el Jurado, y por boca de su
-presidente manifestaba que, no
-habiéndose puesto de acuerdo,
-deseaba retirarse de nuevo.</p>
-
-<p>El presidente de la Sala, cuya
-imaginación llenóla, si no se engañan
-algunos maliciosos, el retrato
-de Jorge Wáshington, manifestó
-alguna sorpresa al saber que el
-Jurado no se había puesto de
-acuerdo, pero accedió a que se
-retirara nuevamente a deliberar,
-y, sin duda para imitar su conducta,
-se retiró también él. La vista
-había durado todo el día y era preciso
-encender las luces de la Sala
-de Justicia. Circularon rumores
-de que las deliberaciones del Jurado
-serían largas, en vista de lo
-cual, los espectadores comenzaron<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>
-a desfilar para tomar algún refrigerio,
-y el reo fué llevado a la parte
-más retirada de la barra, donde
-tomó asiento.</p>
-
-<p>El señor Lorry, que había salido
-acompañando a la señorita Manette
-y a su padre, reapareció de
-nuevo y llamó por señas a Jeremías
-<i>Lapa</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Si quiere usted tomar algo,
-Jeremías, puede hacerlo, pero sin
-alejarse mucho de aquí. Es preciso
-que cuando entre el Jurado se
-encuentre usted a mi lado, pues
-en el Banco esperan impacientes
-la noticia del veredicto. Es usted
-el mensajero más rápido que conozco
-y podrá llegar al Tribunal
-del Temple mucho antes que yo.</p>
-
-<p><i>Lapa</i> hizo una reverencia muy
-graciosa, ignoro si por la confianza
-que en su persona depositaba el
-señor Lorry, o si por el chelín que
-acababa de poner en sus manos.</p>
-
-<p>En aquel punto abandonó su
-asiento el señor Carton y tocó en
-un hombro a Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se encuentra la señorita?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Terriblemente angustiada,
-pero procura consolarla su padre,
-y parece que se halla mejor que
-antes de salir de la Sala.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a decírselo al prisionero.
-Un caballero tan respetable como
-usted no está bien que le hable
-en público.</p>
-
-<p>Enrojeció intensamente Lorry,
-sin duda porque vió que habían
-leído los pensamientos que en
-aquel instante le embargaban,
-y Carton echó a andar en dirección
-a la barra. Huelga decir que
-Jeremías <i>Lapa</i> le siguió con todos
-sus ojos, con todos sus oídos, y
-con todas las púas que adornaban
-su cuero cabelludo.</p>
-
-<p>&mdash;Señor Darnay&mdash;llamó Carton.</p>
-
-<p>El prisionero se levantó en
-seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Es natural que desee usted
-tener noticias de la testigo señorita
-Manette. Se encuentra mejor: ha
-pasado lo más intenso de su agitación.</p>
-
-<p>&mdash;Con toda mi alma lamento
-haber sido la causa de ella. ¿Tendrá
-usted la bondad de hacérselo
-presente en mi nombre?</p>
-
-<p>&mdash;Lo haré, si usted lo desea.</p>
-
-<p>La actitud de Carton era tan
-indiferente, que rayaba en insolente.</p>
-
-<p>&mdash;Lo deseo mucho, y doy a
-usted las gracias más cordiales&mdash;contestó
-el prisionero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué espera usted, señor
-Darnay?&mdash;preguntó Carton, medio
-vuelto de espaldas a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;Lo peor.</p>
-
-<p>&mdash;Hace usted bien, puesto que
-espera lo que probablemente será.
-Sin embargo, la nueva retirada
-del Jurado permite abrigar alguna
-esperanza.</p>
-
-<p>Jeremías <i>Lapa</i> se alejó sin oir
-más. Allí, debajo del gran espejo
-que reflejaba las dos caras, quedaron
-los dos hombres, tan semejantes
-por las facciones y tan desemejantes
-en lo que a modales y
-actitud se refería.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p>
-
-<p>Transcurrió lenta, pesada, eterna,
-hora y media más. El mensajero
-del Banco, después de tomar
-su refrigerio, se había sentado y
-dormido en un banco, cuando le
-envolvió el oleaje humano que
-clamoroso invadía nuevamente la
-Sala.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jeremías... Jeremías!&mdash;gritó
-el señor Lorry, procurando acercarse
-a la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí estoy, señor... pero he
-de abrirme paso a codazos si quiero
-volver a entrar!</p>
-
-<p>Lorry extendió un brazo y le
-entregó un papel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Volando...! ¿Lo tiene ya?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>En el papel había escrita una
-sola palabra: «<i>absuelto</i>».</p>
-
-<p>&mdash;Si esta vez hubiera escrito
-usted «Resucitado»,&mdash;murmuró
-<i>Lapa</i> al dar la vuelta&mdash;ya sabría
-yo lo que significa todo eso.</p>
-
-<p>Fué lo único que pudo decir,
-o pensar, o hacer, hasta tanto no
-se vió fuera del Old Bailey, pues
-las turbas salían cual torrente
-desbordado arrollando y arrastrando
-cuanto tropezaban por
-delante. Los murmullos eran semejantes
-al recio zumbar de moscardones
-azules que se dispersan
-chasqueados al encontrarse privados
-de las piltrafas podridas
-que creían encontrar.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_IV">IV.<br />ENHORABUENA</h3></div>
-
-
-<p>Trascolaban por los sucios y
-lóbregos pasadizos del edificio del
-tribunal los últimos sedimentos
-del guisote humano que durante
-todo el día había hervido en la
-Sala, cuando el doctor Manette,
-Lucía, su hija, el señor Lorry, el
-abogado defensor y el procurador
-de la defensa, formaban un grupo
-en derredor de Carlos Darnay,
-puesto momentos antes en libertad,
-a quien daban parabienes y
-enhorabuenas por haber escapado
-casi milagrosamente de la muerte.</p>
-
-<p>Escasa era la luz, pero aun a la
-de un brillante sol de estío hubiese
-sido muy difícil reconocer en el sereno
-e inteligente rostro y cuerpo
-erguido del doctor al zapatero del
-sotabanco de París. Esto no obstante,
-era imposible verle una
-vez sin experimentar comezón
-irresistible de examinarle de nuevo,
-aun cuando el observador no
-hubiese tenido ocasión de escuchar
-el ritmo lúgubre de su voz
-profunda, ni reparado en la especie
-de nube que ensombrecía su
-fisonomía sin razón aparente. Y
-es que no necesitaba que causas
-externas evocasen en su alma,
-como había ocurrido en la Sala
-de Justicia durante la vista, ecos
-dolorosos de sus pasadas agonías;
-éstos brotaban espontáneamente,
-y al brotar, envolvíanle en algo<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span>
-así como un velo fúnebre que no
-podían ver los que desconocían
-su triste historia.</p>
-
-<p>Unicamente su hija conseguía
-ahuyentar de su mente los negros
-recuerdos que le perseguían insistentes.
-Lucía era el hilo de oro
-que le unía a un pasado anterior
-a sus miserias y a un presente posterior
-a sus desdichas. La dulce
-música de su voz, la alegría que
-reflejaba su linda cara, el contacto
-de su mano, casi siempre ejercían
-sobre él una influencia benéfica
-decisiva, y digo casi siempre, porque
-ocasiones había habido, aunque
-no muchas, en que el poder de
-la niña se había estrellado contra
-su tristeza. Lucía abrigaba la
-dulce esperanza de que esos casos
-no se repetirían.</p>
-
-<p>Darnay había saboreado el placer
-de besar la mano de la joven,
-y después de exteriorizar con frases
-fervientes su gratitud, habíase
-vuelto hacia su defensor, el señor
-Stryver, a quien dió calurosamente
-las gracias. Stryver, hombre
-que apenas contaba treinta años
-de edad, aunque parecía de cincuenta,
-robusto, grueso, rojo, fanfarrón
-y refractario a toda clase
-de impulsos de delicadeza, poseía
-el secreto de amoldarse, moral y
-físicamente, a toda clase de compañías
-y conversaciones, y era de
-suponer que lo mismo que se
-amoldaba a las compañías y conversaciones,
-supiese amoldarse a
-las mil y una pequeñeces relacionadas
-con la vida.</p>
-
-<p>Todavía llevaba puestas la toga
-y la peluca. Al ir a contestar a su
-defendido, giró sobre sus talones
-en forma que eliminó del grupo al
-inocente señor Lorry, y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Celebro infinito haber sacado
-a usted del trance con honor, señor
-Darnay. Ha sido usted víctima
-de una persecución infame,
-brutalmente infame, pero que
-muy bien pudo tener el desenlace
-que perseguían sus enemigos.</p>
-
-<p>&mdash;Las obligaciones que con usted
-he contraído no prescribirán
-jamás&mdash;respondió el joven, estrechando
-con calor la mano del
-abogado.</p>
-
-<p>&mdash;He hecho por usted cuanto he
-podido, señor Darnay, y tengo la
-presunción de creer que puedo tanto
-como pueda cualquier otro
-hombre.</p>
-
-<p>Las últimas palabras tenían
-una contestación obligada, que
-debía y podía dar cualquiera de
-los que formaban el grupo. Dióla
-el señor Lorry, probablemente
-interesada, es decir, para que de
-nuevo le admitieran en el grupo.</p>
-
-<p>&mdash;Más, mucho más que ningún
-otro hombre&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo cree usted así?&mdash;preguntó
-Stryver.&mdash;Perfectamente. Ha
-sido usted testigo de toda la vista,
-y motivos tiene para saber lo que
-dice. Además, es usted hombre de
-negocios.</p>
-
-<p>&mdash;Y en calidad de tal&mdash;replicó
-Lorry, a quien el abogado había
-metido en el grupo de la misma
-manera que antes le había echado
-fuera&mdash;en mi calidad de tal, ruego
-al doctor Manette que ponga fin<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>
-a esta conferencia, a fin de retirarnos
-cada cual a su respectiva casa.
-La señorita Lucía no se encuentra
-bien, el señor Darnay ha pasado
-un día terrible, y todos estamos
-rendidos.</p>
-
-<p>&mdash;Hable usted por sí, señor
-Lorry, hable usted por sí&mdash;dijo el
-abogado.&mdash;A mí me espera una
-noche de trabajo continuo.</p>
-
-<p>&mdash;Por mí hablo&mdash;replicó Lorry&mdash;y
-por el señor Darnay, y por la
-señorita Lucía y... ¿No cree usted,
-señorita Lucía, que puedo hablar,
-por todos nosotros?&mdash;preguntó,
-dirigiéndose a la joven, pero mirando
-al mismo tiempo a su padre.</p>
-
-<p>La cara del anciano adquirió
-una expresión indefinible al dirigir
-a Darnay una mirada intensa.
-En la frente del primero se marcaron
-profundas arrugas, sus labios
-se crisparon, y poco a poco
-sus miradas expresaron repugnancia,
-recelo y temor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Padre mío!&mdash;musitó en su
-oído, a la par que estrechaba su
-mano.</p>
-
-<p>El anciano, cuyo rostro se fué
-iluminando gradualmente, se volvió
-hacia su hija.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos a casa, padre mío?&mdash;repuso
-la niña.</p>
-
-<p>El doctor exhaló un suspiro
-muy hondo y muy prolongado,
-y contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Los amigos del prisionero, a
-quienes éste había hecho creer
-que no sería puesto en libertad
-aquella noche, habíanse dispersado
-ya. Casi todas las luces que iluminaban
-los estrechos corredores del
-edificio siniestro, que a la mañana
-siguiente se llenaría de nuevo de
-gentes ávidas de emociones, se
-habían apagado. El abogado defensor
-se retiró el primero para ir
-a cambiar de ropa, y Lucía Manette
-llamó un coche, se despidió
-de los señores Lorry y Darnay, y
-se hizo conducir a su casa, acompañando
-a su padre.</p>
-
-<p>Otra persona, que no había formado
-parte del grupo ni cambiado
-una palabra con ninguno de los
-que lo componían, se destacó de la
-pared contra la cual había estado
-apoyada y, tan pronto como se
-perdió de vista el coche, aproximóse
-silenciosa como una sombra
-a Lorry y a Darnay, que habían
-quedado hablando en la acera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, señor Lorry!&mdash;dijo.&mdash;Parece
-que ya los hombres de negocios
-se atreven a hablar con
-Darnay, ¿eh? ¡Qué de conflictos
-originan los negocios! Se reiría
-usted, Darnay, si supiera las
-luchas que los hombres de negocios
-tienen que sostener entre sus
-impulsos naturales y las exigencias
-de su posición.</p>
-
-<p>&mdash;Ya hizo usted antes esa misma
-indicación, señor Carton&mdash;replicó
-Lorry, enrojeciendo hasta
-lo blanco de los ojos.&mdash;Nosotros,
-los hombres de negocios, los que
-servimos a una casa, no somos
-dueños de nosotros mismos. Más
-que en nosotros, tenemos que pensar
-en la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo sé, lo sé, señor Lorry!&mdash;contestó
-Carton con negligencia.<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span>&mdash;Sentiría
-que se molestase usted.
-Me consta que no es usted peor
-que los otros, y hasta me atrevería
-a asegurar que es mucho mejor.</p>
-
-<p>&mdash;A decir verdad, caballero,
-no acierto a comprender su ingerencia.
-Perdóneme si, amparándome
-en mis años, le hablo con franqueza
-tal vez excesiva, pero no
-veo que usted tenga nada que ver
-en nuestros asuntos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Asuntos! ¡Válgame Dios, señor!
-Yo no tengo asuntos.</p>
-
-<p>&mdash;Es una lástima que no los
-tenga usted.</p>
-
-<p>&mdash;De acuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Porque si los tuviera, les
-dedicaría alguna atención.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, amigo mío, no! ¡Tenga
-usted por seguro que no les prestaría
-ninguna!</p>
-
-<p>&mdash;¡Está bien, señor!&mdash;exclamó
-Lorry, a quien llenó de indignación
-la indiferencia de su interlocutor.&mdash;Diga
-usted lo que quiera,
-es muy bueno y muy respetable
-tener negocios, y si en determinadas
-ocasiones los negocios imponen
-silencio, restricciones e impedimentos,
-de ello se hacen cargo
-los que, como el señor Darnay,
-son caballeros generosos... Señor
-Darnay... muy buenas noches.
-Le felicito con toda la efusión de
-mi alma y le deseo una vida próspera
-y feliz... ¡Cochero!</p>
-
-<p>Un poquito incomodado consigo
-mismo, y desde luego más con
-su interlocutor, el señor Lorry
-tomó por asalto el coche y se hizo
-conducir al Banco Tellson. Carton,
-que olía a vino, y cuyo fuerte,
-a juzgar por las apariencias, no
-era la sobriedad, soltó la carcajada
-y se volvió hacia Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;¡Extraños caprichos tiene la
-casualidad, señor Darnay!&mdash;exclamó
-Carton.&mdash;¿Podía usted suponer
-que esta noche iba a encontrarse
-aquí, pisando las piedras
-de la calle, en compañía de su
-<i>alter ego</i>?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo había de suponerlo,
-si hasta el hecho de pertenecer a
-este mundo me parece un sueño?&mdash;contestó
-Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;No me admira, después de
-lo cerca que del otro se encontraba.
-Noto en su voz cierta debilidad,
-señor Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;Es que principio a creer que
-me encuentro débil, señor Carton.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no come, pues? Yo
-comí ya, mientras aquellos zánganos
-se ponían de acuerdo acerca
-del mundo en que usted habría
-de vivir. Voy a acompañarle a la
-taberna más próxima donde podrá
-usted comer lo que le acomode.</p>
-
-<p>Pasando sin más ceremonias
-su brazo por el de Darnay, Carton
-echó a andar hacia la calle Fleet,
-no tardando en dar con sus huesos
-en una taberna. El encargado
-acompañó a los recién llegados
-a un cuartito reservado, donde
-Darnay repuso sus fuerzas. Carton,
-sentado a la misma mesa
-frente a Darnay, se hizo servir
-una botella de vino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Va usted convenciéndose de
-que pertenece todavía a este mundo
-terrestre, Darnay?&mdash;preguntó
-Carton.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Apenas si puedo darme cuenta
-cabal del tiempo y del lugar,
-pero confieso que me he convencido
-casi de lo que usted dice.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y se habrá convencido de
-ello con satisfacción inmensa!&mdash;exclamó
-Carton con cierto tono
-de amargura y llenando de nuevo
-el vaso, que por cierto era de los
-más grandes.&mdash;De mí puedo decir
-que mi mayor deseo sería olvidar
-que de él formo parte. Ni el mundo
-tiene para mí nada bueno...
-no siendo el vino, ni yo tengo nada
-bueno para el mundo. En lo que
-a este particular se refiere, somos
-tal para cual, nos parecemos bastante...
-Por supuesto, que voy
-creyendo que también usted y yo
-nos parecemos en todo, ¿no?</p>
-
-<p>Carlos Darnay, sobre quien pesaba
-aún la influencia de las emociones
-del día, tardó bastante en
-contestar, sencillamente porque
-no sabía qué respuesta dar a las
-extravagantes palabras de su interlocutor.
-Cuando lo hizo, se mostró
-de perfecto acuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que ha hecho usted
-honor a la comida, señor Darnay,
-¿por qué no levanta una copa?
-¿Por qué no brinda usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Levantar la copa? ¿En honor
-de quién?</p>
-
-<p>&mdash;En honor y por la salud de
-la persona cuyo nombre tiene
-usted en la punta de la lengua.
-Debe tenerlo, lo tiene, juraría que
-no me engaño.</p>
-
-<p>&mdash;¡Brindo, pues, por la señorita
-Manette!</p>
-
-<p>&mdash;¡A la salud de la señorita
-Manette!</p>
-
-<p>Clavada una mirada insolente
-en Darnay, mientras apuraba el
-contenido del vaso, Carton estrelló
-el suyo contra la pared, después
-de beber, donde se hizo pedazos.
-Seguidamente tocó la campanilla
-y pidió otro.</p>
-
-<p>&mdash;Es una niña encantadora, en
-cuya compañía sería delicioso hacer
-un viaje en coche, ¿eh?&mdash;preguntó,
-llenando de vino el vaso
-que acababan de traerle.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó secamente y con
-un ligero fruncimiento de cejas
-Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;Digna de compasión y de que
-por ella se hagan verdaderas locuras.
-¿Qué tal se encuentra? A fe
-que vale la pena verse en peligro
-de ser condenado a muerte a
-trueque de convertirse en objeto
-de sus simpatías y compasión:
-¿qué me dice usted, Darnay?</p>
-
-<p>El interpelado guardó silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Le agradó sobremanera escuchar
-el mensaje que por mi conducto
-la envió usted. No me lo
-dijo, pero lo supongo.</p>
-
-<p>La alusión fué a manera de recordatorio
-para Darnay. Acordóse
-de que su desagradable compañero
-le había prestado un servicio
-en aquel día azaroso y le dió
-las gracias, llevando la conversación
-a aquel incidente.</p>
-
-<p>&mdash;Ni me hace falta que me dé
-usted las gracias, ni las merezco&mdash;replicó
-con fría indiferencia Carton.&mdash;En
-primer lugar, no sabía<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span>
-qué hacer, y en segundo, no sé
-por qué hice lo que hice. ¿Me permitirá
-usted que le haga una pregunta,
-señor Darnay?</p>
-
-<p>&mdash;Cuantas guste, a ello le dan
-derecho los favores que me ha
-prestado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que me es simpático?</p>
-
-<p>&mdash;La verdad... señor Carton...&mdash;respondió
-Darnay, completamente
-desconcertado,&mdash;no se me
-ha ocurrido formularme esa pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;Hágasela usted ahora.</p>
-
-<p>&mdash;Como si yo le mereciera alguna
-simpatía se comportó usted,
-pero si he de decir lo que siento,
-creo que no se lo soy.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo creo lo mismo que usted&mdash;observó
-Carton.&mdash;Principio a
-formar opinión excelente de su
-inteligencia.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que no debe ser obstáculo&mdash;repuso
-Darnay haciendo sonar
-la campanilla&mdash;para que yo le
-quede profundamente agradecido
-y para que nos despidamos sin
-malquerencias mutuas.</p>
-
-<p>&mdash;Desde luego&mdash;contestó Carton.&mdash;¿Dice
-usted que me queda
-reconocido?</p>
-
-<p>&mdash;Lo digo y así es.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, mozo, tráeme otra
-pinta de este mismo vino, y despiértame
-mañana a las diez.</p>
-
-<p>Pagada la cuenta, levantóse
-Darnay, dió las buenas noches y
-se encaminó hacia la puerta. Carton,
-sin contestar las buenas noches,
-levantóse también, miró con
-expresión airada al que se marchaba,
-y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Dos palabras, señor Darnay,
-¿Cree usted que estoy borracho?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que ha bebido usted
-mucho, señor Carton.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo cree nada más? Sabe
-perfectamente que he bebido.</p>
-
-<p>&mdash;Puesto que usted se empeña,
-diré que, en efecto, sé que ha bebido.</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso, quizá sepa usted
-también por qué he bebido. Soy
-un desilusionado, un desengañado.
-Ni a mí me importa la suerte
-de ningún hombre de la tierra, ni
-ningún hombre de la tierra se
-acuerda siquiera de mi persona.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que no deja de ser una
-desgracia. Debió usted dar mejor
-empleo a su talento.</p>
-
-<p>&mdash;Puede que tenga usted razón,
-y puede que se engañe lastimosamente.
-No se envanezca, sin embargo,
-amigo mío, que no sabe
-usted lo que el porvenir le reserva...
-¡Buenas noches!</p>
-
-<p>Cuando quedó solo, aquel hombre
-singular tomó el candelero, se
-acercó a un espejo que pendía de
-la pared y examinó minuciosa y
-detalladamente la imagen reflejada
-en su tersa superficie.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te es simpático ese hombre?&mdash;murmuró,
-cual si dirigiera la
-pregunta a su propia imagen.&mdash;¿Por
-qué ha de serte simpático
-un hombre que se te parece?
-¿Acaso tienes tú algo que pueda
-agradar a nadie? De sobras sabes
-que no. No acierto a comprender<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span>
-el por qué del cambio... ¡Maldito
-seas!... ¡Y a fe que merece simpatía
-el hombre que te dice lo que
-pudiste ser y lo que en realidad
-eres! ¡Vaya!... ¡Dilo de una vez
-y con franqueza! ¡Tú aborreces a
-ese individuo!</p>
-
-<p>Cual si el vino fuera para él
-manantial de consuelos, en muy
-contados minutos hizo pasar a
-su estómago la pinta de vino y
-quedó dormido en la misma mesa,
-apoyada la cabeza sobre sus brazos.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_V">V.<br />EL CHACAL</h3></div>
-
-
-<p>En aquellos tiempos, rendíase
-culto universal a la botella. Si yo
-especificase y detallase aquí la
-cantidad de vino y de ponche que
-un hombre tragaba en el curso de
-una noche, sin que su reputación
-de perfecto caballero sufriera el
-menor detrimento, a buen seguro
-que pasaría ante los lectores
-plaza de exagerador ridículo.
-Los hombres bebían mucho, y
-no eran ciertamente excepción de
-la regla las lumbreras del foro ni
-las notabilidades en cualquier otro
-ramo del saber humano, que nunca
-ha sido la ciencia barrera alzada
-entre quien la posee y los altares
-de Baco. No nos admira por
-tanto que el señor Stryver, letrado
-que avanzaba con paso de gigante
-por el camino de su lucrativa
-profesión, rindiera culto tan constante
-a la botella como las esponjas
-más resecadas de la comunidad
-de picapleitos.</p>
-
-<p>Favorito en el Old Bailey e
-indispensable en el tribunal llamado
-<i>Sessions</i>, Stryver separaba
-con el pie los peldaños de la escalera
-a medida que los iba dejando
-atrás. Todos los días, en uno o en
-otro tribunal, la roja cara de
-Stryver brotaba de entre una capa
-de pelucas semejante al girasol
-que yergue su cabeza sobre un
-plantel de brillantes flores.</p>
-
-<p>Habían observado en el foro
-que Stryver, en los comienzos de
-su carrera, si bien era hombre
-suelto de lengua, falto de escrúpulos,
-dispuesto a todo, osado y
-procaz, carecía de la facultad de
-entresacar la esencia, la medula
-de los informes y de las pruebas
-testificales, que tan indispensable
-es a todo buen abogado, pero posteriormente,
-hizo en este particular
-progresos maravillosos. Cuanto
-más trabajaba, con mayor facilidad
-llegaba al fondo, al tuétano
-de los asuntos, siendo de notar
-que, aun cuando tenía la costumbre
-de pasarse las noches de claro
-en claro vaciando botellas en compañía
-de Carton, los puntos que
-había de tratar a la mañana siguiente
-ni se borraban de su mente,
-ni se obscurecían.</p>
-
-<p>Sydney Carton, el más vago y
-holgazán ejemplar de la humanidad,
-era el aliado más poderoso
-de Stryver. Sobre el líquido que
-entre los dos tragaban hubiera
-podido flotar perfectamente un<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>
-navío de tres puentes. Uno y otro
-llevaban la misma vida, uno y
-otro prolongaban sus orgías hasta
-la madrugada, y más de una vez
-vieron a Carton, ya bien alto el
-sol, dirigiéndose con paso vacilante
-a su casa o al estrado del
-tribunal. No faltaron maliciosos
-que aseguraron que Carton, si no
-era ni llegaría jamás a ser un león,
-en cambio era un tigre excelente,
-y que, en calidad de tal, prestaba
-preciosos servicios a su amigo
-Stryver.</p>
-
-<p>&mdash;Las diez, señor&mdash;dijo el encargado
-de la taberna a quien
-Carton había encargado que le
-despertase.&mdash;Las diez de la noche.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ocurre?</p>
-
-<p>&mdash;Que son las diez, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? ¿Las diez de la noche?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. Me encargó que le
-despertase a esa hora.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sí! ¡Ya me acuerdo! Está
-bien.</p>
-
-<p>No sin que procurase dormir
-de nuevo, intentos que el tabernero
-combatió removiendo sin cesar
-el fuego y haciendo ruido, Carton
-concluyó por enderezarse y salir.
-Luego que hubo refrescado su
-cabeza dando un paseo regular,
-se dirigió al despacho de Stryver.</p>
-
-<p>El oficial de Stryver, que jamás
-asistía a las conferencias que éste
-celebraba con Carton, había salido,
-y como consecuencia, hubo
-de abrir la puerta al visitante
-el mismo Stryver en persona. Iba
-en bata y zapatillas, y sus ojos
-brillaban entre dos círculos amoratados
-semejantes a los que caracterizan
-a todos los que hacen
-y han hecho vida disipada.</p>
-
-<p>&mdash;Llegas un poquito tarde, Carton&mdash;dijo
-Stryver.</p>
-
-<p>&mdash;Poco más o menos a la hora
-de siempre, tal vez quince minutos
-más tarde.</p>
-
-<p>Ambos entraron en el despacho,
-pieza no muy grande, atestada de
-libros y de papeles. Ardía en ella
-una lumbre deliciosa. Sobre la
-mesa de trabajo, humeaba una
-tetera entre montones de papeles
-y botellas de ron, de brandy y de
-vino, y entre terrones de azúcar
-y limones.</p>
-
-<p>&mdash;Veo que has despachado ya
-tu botella de costumbre, Carton.</p>
-
-<p>&mdash;Esta noche fueron dos. Estuve
-comiendo con mi cliente de
-hoy... o viéndole comer, para el
-caso es lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Diste al asunto un giro verdaderamente
-singular, Carton, llamándome
-la atención hacia lo referente
-a la identificación del reo.
-¿Cómo demonios se te ocurrió
-semejante cosa?</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Vi que era un buen mozo,
-muy guapo, y pensé que así
-podría ser yo, a poco que la suerte
-me hubiese favorecido.</p>
-
-<p>Stryver soltó la carcajada.</p>
-
-<p>&mdash;La suerte hay que llamarla
-trabajando, amigo mío, así que...
-¡a trabajar!</p>
-
-<p>Con cara más que medianamente
-fosca se aligeró el chacal de
-ropa, entró en la estancia contigua,
-y no tardó en salir con un
-cubo de agua, una palangana<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>
-y una o dos toallas. Empapó en
-agua fría las toallas, envolvió
-con ellas su cabeza, sentóse frente
-a la mesa, y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ya podemos principiar.</p>
-
-<p>&mdash;No es mucho el trabajo que
-tenemos esta noche, Carton.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto?</p>
-
-<p>&mdash;Dos protocolos.</p>
-
-<p>&mdash;Dame ante todo el peor.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí están los dos... ¡Manos
-a la obra!</p>
-
-<p>El león del foro se arrellanó en
-un sofá mientras el chacal tomaba
-una silla. Sobre la mesa, interpuesta
-entre los dos, había
-botellas y vasos. Uno y otro recurrían
-a ellos con gran frecuencia
-pero de distinta manera: bebía el
-león, abstraído la mayor parte del
-tiempo, o a lo sumo ojeando indiferente
-algún documento poco
-importante, pero el chacal, con
-tal ardor y entusiasmo se entregaba
-a su tarea, que casi nunca
-seguían sus ojos el movimiento
-de las manos cuando éstas andaban
-en busca del vaso, resultando
-que más de cuatro veces andaba
-tentando uno o dos minutos antes
-de tropezar con el vaso y llevarlo
-a sus labios. En dos o tres ocasiones
-debió encontrar tan enrevesado
-el asunto que estudiaba, que
-consideró necesario levantarse de
-la silla y humedecer de nuevo las
-toallas.</p>
-
-<p>Al cabo del rato consiguió el
-chacal preparar al león una comida
-aceptable, y procedió a ofrecérsela.
-El león procuró digerirla con
-cuidado y precauciones exquisitas
-separando algunos manjares, prescindiendo
-de algunos componentes
-y haciendo atinadas observaciones,
-que parecieron bien al
-chacal. Digerida la comida, el
-león se tendió sobre el sofá, mientras
-el chacal, después de vigorizarse
-nuevamente a fuerza de
-libaciones y de compresas de agua
-fría, se dedicó a la confección de
-la segunda comida, que fué servida
-al león en la misma forma
-que la anterior. Los relojes daban
-ya las tres de la madrugada.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que hemos terminado,
-Carton, tomaremos un ponche.</p>
-
-<p>Quitóse el chacal las toallas de
-la cabeza, bostezó, se desperezó, y
-preparó el ponche.</p>
-
-<p>&mdash;Razón tenías, Carton, en lo
-referente a los testigos de esta mañana:
-todo salió a pedir de boca.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que la tengo siempre:
-¿te atreverás a decir lo contrario?</p>
-
-<p>&mdash;¡No, hombre, no! Vienes hoy
-con el genio encrespado, amigo.
-No estará de más que lo rocíes
-con un buen chaparrón de ponche
-para suavizarlo.</p>
-
-<p>El chacal contestó con un gruñido,
-pero siguiendo el consejo.</p>
-
-<p>&mdash;El buen Sydney Carton, abogado
-de la Facultad de Zorrilandia,
-es una especie de columpio&mdash;observó
-Stryver.&mdash;Tan pronto está
-arriba, como abajo: al minuto
-de ser todo fuego, se le ve todo desesperación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sí!&mdash;replicó Carton, exhalando
-un suspiro.&mdash;Ya de estudiante
-me animaban los asuntos<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span>
-de mis condiscípulos, muy contadas
-veces los míos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vete a saber! Por temperamento,
-supongo.</p>
-
-<p>Sentóse, dichas estas palabras,
-con las manos en los bolsillos,
-extendidas las piernas y mirando
-a la lumbre.</p>
-
-<p>&mdash;No puede negarse, Carton&mdash;dijo
-Stryver al antiguo estudiante
-de la Facultad de Zorrilandia,&mdash;que
-tu temperamento, tu manera
-de ser, es y ha sido siempre defectuosa.
-Adolece de falta de energía,
-de unidad de propósito. Mírame
-a mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sermones a estas alturas?&mdash;exclamó
-Carton riendo cínicamente.&mdash;Ahora
-es cuando creo aquello
-del diablo predicador...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo he podido llegar a
-donde he llegado? ¿Cómo ocupo
-el puesto que ocupo?</p>
-
-<p>&mdash;En parte, gracias a mi cooperación,
-supongo yo. Pero dejemos
-estas discusiones que no han de
-conducirnos a nada práctico. Tú
-haces lo que se te antoja, siempre
-has figurado en primera línea, y
-yo, en cambio, he formado siempre
-en la última.</p>
-
-<p>&mdash;Tuve necesidad de abrirme
-el camino, si quise colocarme en
-primera fila, pues no sé yo que
-naciera en ella&mdash;replicó Stryver.</p>
-
-<p>&mdash;No tuve el honor de presenciar
-la ceremonia de tu nacimiento,
-pero creo que, al echarte al
-mundo, te dejaron entre los privilegiados.</p>
-
-<p>Los dos interlocutores soltaron
-la carcajada.</p>
-
-<p>&mdash;Antes de cursar en la universidad
-de Zorrilandia&mdash;repuso Carton,&mdash;mientras
-cursábamos, y después
-que de ella salimos graduados,
-figurabas en fila distinta de
-la mía. Hasta cuando en París
-estábamos aprendiendo a mascullar
-el francés y adquiriendo algunas
-nociones de derecho francés,
-y familiarizándonos con muchas
-otras tonterías francesas, que de
-nada nos sirven, eras tú <i>algo</i>,
-mientras yo fuí siempre <i>Don
-Nadie</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿De quién era la culpa?</p>
-
-<p>&mdash;¡Por mi vida que no seré yo
-quien asegure que la culpa no
-fué tuya! Bullías tú tanto, te
-destacabas tanto, te movías, te
-agitabas en tales términos, que
-no sé que pudiera yo hacer otra
-cosa que permanecer envuelto en
-sombras y condenado al reposo...
-Pero dejemos este tema, que no
-es muy agradable, a fe mía, hablar
-del pasado obscuro de uno al
-romper el día.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente&mdash;dijo Stryver
-levantando el vaso.&mdash;Hablaremos
-de tu linda testigo. ¿No te parece
-que es tema más agradable?</p>
-
-<p>No debía serlo, a juzgar por la
-sombra que obscureció su rostro.</p>
-
-<p>&mdash;¡La linda testigo!&mdash;exclamó
-fijando sus ojos en el fondo del
-vaso.&mdash;He visto hoy muchas
-testigos... ¿A quién te refieres?</p>
-
-<p>&mdash;A la preciosa hija del doctor,
-a la señorita Manette.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
-&mdash;¿Es linda?</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo es, acaso?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero hombre de Dios!... ¡Si
-ha sido la admiración del tribunal
-entero!</p>
-
-<p>&mdash;¡Váyase al diablo el tribunal
-con su admiración! ¿Quién ha
-hecho al Old Bailey juez de la belleza?
-¡Linda!... ¡Una muñeca de
-pelo de oro!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes, Carton&mdash;preguntó
-Stryver, clavando en su amigo
-una mirada penetrante y pasando
-la diestra por su roja cara,&mdash;que
-voy creyendo que has simpatizado
-demasiado con esa muñeca de pelo
-de oro, y que tu interés advirtió
-muy pronto lo que a la tal muñeca
-de pelo de oro ocurría?</p>
-
-<p>&mdash;¡Que lo advertí demasiado
-pronto! Me parece que si una niña,
-muñeca o no, se desmaya a dos
-varas de las narices de cualquier
-cristiano, puede advertirlo sin
-mirar con telescopio. El tema de
-la conversación no me desagrada,
-pero niego lo de la hermosura...
-¡No bebo más!... ¡Me voy a la
-cama!</p>
-
-<p>Cuando el dueño de la casa
-acompañó a Carton hasta el descansillo,
-para hacerle luz con la vela
-que llevaba en la mano mientras
-bajaba la escalera, comenzaban a
-filtrarse los resplandores inciertos
-del nuevo día por los empañados
-cristales. Llegado a la calle, vióse
-el chacal respirando una atmósfera
-fría y triste, bajo un cielo cubierto
-de nubes, bordeando un
-río de aguas negruzcas y en parajes
-que parecían el desierto de la
-vida. Torbellinos de polvo huían
-girando vertiginosos ante el soplo
-de la mañana, cual si lejos, muy
-lejos, hubieran emprendido el vuelo
-las arenas del desierto y sus
-primeras nubes amenazaran envolver
-la ciudad.</p>
-
-<p>Falto de estímulos internos que
-avivasen sus energías, y puesto en
-el centro de un páramo sin fin,
-aquel hombre quedó erguido durante
-algunos minutos y vió, allá
-en las lejanías de la estepa desolada
-y triste que se extendía ante
-sus miradas, espejismos de ambición
-noble, reflejos de abnegación
-y de perseverancia. En la ciudad
-encantada que surgió ante sus
-ojos había elevadas galerías desde
-donde amorcillos y gracias le miraban
-sonrientes, bellos jardines
-donde maduraban los dulces frutos
-de la vida y aguas de esperanza
-que saltaban rumorosas. La
-visión se borró con tanta rapidez
-como había surgido. Poco más
-tarde subía la empinada escalera
-de su triste cuarto y caía sobre las
-revueltas ropas de su cama.</p>
-
-<p>Su almohada estaba empapada
-en lágrimas cuando se alzó un sol
-enfermizo, triste, melancólico,
-aunque no tanto como aquel hombre
-de talento indiscutible, de
-grandes dotes, y sin embargo, incapaz
-de sentir dulces emociones,
-incapaz de dirigirse por los senderos
-de la vida, incapaz de proporcionarse
-bienestar, incapaz de saborear
-una gota de felicidad, sensible
-sólo a la eterna noche en que<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span>
-se debatía y resignado a no salir
-nunca de ella.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_VI">VI.<br />CENTENARES DE VISITAS</h3></div>
-
-
-<p>Residía el doctor Manette en
-una de las calles más tranquilas
-de la ciudad, no lejos de la plaza
-de Soho. Una tarde deliciosa de un
-domingo, cuando las olas eternas
-de cuatro meses habían pasado
-sobre la causa criminal por traición
-relegándola al olvido y arrastrándola
-mar adentro a regiones
-hasta las cuales no llegaba el
-interés ni la memoria públicos,
-el señor Mauricio Lorry avanzaba
-a buen paso por las soleadas calles
-interpuestas entre Clerkenwell,
-donde vivía, y la casa del doctor,
-a cuya mesa debía sentarse aquella
-tarde. Bueno será que sepan los
-lectores que Lorry, después de
-varios períodos de retraimiento
-absoluto y de absorción completa
-en los negocios, había concluído
-por hacerse amigo íntimo del
-doctor y por ver en la calle tranquila
-en que éste vivía el oasis
-más delicioso de su vida.</p>
-
-<p>Tres motivos principalísimos
-empujaban al señor Lorry, en este
-delicioso domingo, en dirección a
-la plaza de Soho, en las primeras
-horas de la tarde. Primera: porque
-antes de comer, casi siempre solía
-salir a paseo acompañando al
-doctor y a su hija Lucía. Segunda,
-porque los domingos por la tarde
-si ésta estaba poco apacible, la
-pasaba al lado de aquéllos, como
-amigo de la familia, hablando, leyendo,
-mirando por la ventana y
-moviéndose constantemente, y
-tercera, porque deseaba solventar
-algunas dudas enrevesadas, y sabía
-que en ninguna parte era tan
-probable que encontrase la solución
-como en la casa del doctor.</p>
-
-<p>No había en todo Londres rinconcito
-más pintoresco que aquel
-en que vivía el doctor. Aislado de
-las grandes arterias de la ciudad,
-apenas si había tránsito, y desde
-los balcones del frente de la casa
-se dominaban vistas hermosas que
-llevaban estampado el sello del
-reposo. Los edificios eran muy escasos,
-y más aún hacia el norte del
-camino de Oxford, en cuyos dilatados
-campos, hoy desaparecidos,
-se alzaban deliciosos bosquecillos,
-crecían espontáneamente flores de
-vistosos colores que saturaban el
-ambiente de fragantes emanaciones
-y brotaban lindos capullos
-de los espinos blancos y de los
-oxiacantos. Como consecuencia,
-los aires circulaban con libertad
-completa por los alrededores de
-Soho, cuyos habitantes no se
-veían precisados a respirar la
-atmósfera mefítica y venenosa
-de los grandes centros donde se
-asfixian los pobres y languidecen
-los ricos. Cerca de los balcones
-del doctor había más de un peral,
-cuyos frutos llegaban a sazón en
-tiempo oportuno.</p>
-
-<p>Los rayos del sol de verano penetraban
-radiantes en aquel deli<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span>cioso
-retiro en las primeras horas
-del día, pero cuando quemaban,
-cuando convertían en ardiente
-horno los demás distritos de la
-ciudad, el rinconcito quedaba envuelto
-en sombras, bien que éstas
-no eran tan profundas que no las
-penetrasen los fulgores brillantes
-de un sol lejano. Era, en una palabra,
-un sitio fresco, sosegado y
-tranquilo, pero placentero, un
-puerto abrigado contra el estruendo
-y la agitación bramadora de las
-calles.</p>
-
-<p>Un fondeadero tan ideal no se
-concebía sin una barca tranquila,
-y en efecto, la tenía. Ocupaba el
-doctor dos pisos de una casa bastante
-espaciosa, en cuyas puertas
-llamaban durante la noche muchos
-que solicitaban servicios que
-debían prestarse al día siguiente.
-A espaldas de la casa, y separado
-de ésta por un patio en cuyo centro
-crecía un plátano silvestre,
-había un edificio en el cual se
-fabricaban órganos de iglesia y
-cincelaba la plata y batía el oro
-un gigante misterioso cuyo potente
-brazo parecía brotar de la pared
-lanzando áureos destellos, cual
-si también el brazo fuera de oro
-y amenazara convertir en oro a
-cuantos visitaban aquel lugar.
-Apenas si estas industrias dejaban
-oir el menor ruido, muy contadas
-veces se veía llegar un visitante
-solitario y más contadas
-todavía las que un coche cruzara
-aquellos sitios apacibles. Cierto
-que de tarde en tarde se veía a
-algún obrero que atravesaba el
-patio poniéndose la chaqueta, o
-a un desconocido a quien atraía
-la curiosidad, o hería los oídos
-el eco lejano de algún martillazo
-del gigante de oro, pero eran éstas
-las únicas excepciones, siempre
-necesarias para probar la regla
-de que aquél era el rincón de los
-ecos, el centro del reposo y del silencio,
-que sólo interrumpían el
-piar de los gorriones que tenían
-su cuartel general en la copa del
-plátano silvestre.</p>
-
-<p>Recibía el doctor Manette en
-su casa a los enfermos que le traía
-su antigua reputación unida a las
-brisas flotantes de la historia dolorosa
-de su vida. Sus conocimientos
-científicos, su práctica en el difícil
-ejercicio de su profesión y los
-experimentos ingeniosos a que se
-entregaba, diéronle una clientela
-muy envidiable y ganaba con
-creces lo necesario para cubrir
-las atenciones de la vida.</p>
-
-<p>Todo esto lo sabía perfectamente
-el buen Mauricio Lorry cuando
-tiró de la cadena pendiente a lo
-largo de la puerta, y puso en movimiento
-a los moradores de la
-tranquila casa emplazada en el
-delicioso rinconcito que acabo de
-describir, un domingo por la tarde.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está en casa el señor doctor?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la señorita Lucía?</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la señorita Pross?</p>
-
-<p>Probablemente esta última se
-encontraba en casa, pero como la<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span>
-criada que abrió la puerta ignoraba
-cuáles fueran sus intenciones
-respecto a admitir o negar el hecho,
-contestó que tampoco.</p>
-
-<p>&mdash;De todas suertes subo&mdash;replicó
-Lorry,&mdash;porque me considero
-aquí como en mi casa.</p>
-
-<p>Aunque nada aprendió la hija
-del doctor en su patria de origen,
-es lo cierto que ésta la inició en
-aquella habilidad rara que consiste
-en hacer mucho con medios escasos,
-lo que constituía una de sus
-características más preciosas y
-agradables. Modesto y sencillo era
-el mobiliario de las habitaciones
-de la casa, y esto no obstante,
-algunas chucherías, que no tenían
-más valor real que el gusto exquisito
-con que estaban colocadas,
-daban a aquéllas un efecto delicioso.
-La disposición de cuanto
-en la casa había, comenzando por
-el mueble más grande y acabando
-por el objeto más insignificante,
-la combinación de colores, y el
-contraste obtenido merced a nonadas
-por manos delicadas, ojos
-de mirada clara y sentidos de
-gusto irreprochable, ofrecían un
-conjunto tan agradable en sí y
-retrataban tan gráficamente a su
-autora, que no parecía sino que
-con mudo pero elocuente lenguaje
-preguntaban al señor Lorry, mientras
-extasiado los contemplaba,
-si merecían su aprobación.</p>
-
-<p>Tres habitaciones principales
-tenía el piso, cuyas puertas de
-comunicación estaban todas
-abiertas, a fin de que los aires
-circularan como dueños y señores
-por ellas. Lorry pasaba sonriente
-y complacido de una a otra. En
-la primera, que era la mejor, tenía
-Lucía sus pájaros, sus libros, una
-mesa escritorio y un costurero, así
-como también una caja de colores;
-la segunda era el salón de consultas
-del doctor, el que a la vez servía
-de comedor, y la tercera, cerca
-de cuyos balcones susurraban las
-hojas del plátano silvestre que
-en el patio crecía, era el dormitorio
-del doctor, en uno de cuyos
-rincones vió Lorry la banqueta y
-las herramientas de zapatero, tal
-como en otro tiempo estuvieron
-en el sotabanco de la taberna del
-barrio de San Antonio de París.</p>
-
-<p>&mdash;Me sorprende&mdash;murmuró con
-voz clara e inteligible Lorry&mdash;que
-conserve estos objetos que por
-necesidad han de recordarle sus
-sufrimientos y miserias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué ha de sorprenderle?&mdash;preguntó
-de pronto una voz
-brusca que le obligó a volverse
-vivamente.</p>
-
-<p>La voz tenía su origen en la
-garganta de la señorita Pross, que
-era la misma mujer de cara colorada
-y mano fuerte y pesada con
-la cual trabó Lorry conocimiento
-en el <i>Hotel del Rey Jorge</i> en Dover.</p>
-
-<p>&mdash;Se me figuraba...&mdash;comenzó
-a decir Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Se le figuraba... ¿qué?&mdash;replicó
-la señorita Pross.&mdash;¡Alguna
-sandez sin duda!</p>
-
-<p>Lorry no contestó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo está usted?&mdash;preguntó
-entonces la dama con voz dura,<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>
-bien que sin malicia ni ánimo de
-ofender.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, gracias... ¿y usted?</p>
-
-<p>&mdash;Descontenta a más no poder.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será posible?</p>
-
-<p>&mdash;¡Y tan posible! Me saca de
-mis casillas lo que ocurre con la
-señorita Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será posible?</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero hombre de Dios! ¿No
-ha aprendido más que esas dos
-palabras que me coloca a cada
-paso? ¡Será posible!... ¡Un poco
-de variación, si no quiere acabar
-de desesperarme!</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?&mdash;preguntó Lorry,
-enmendándose.</p>
-
-<p>&mdash;No es la frase muy feliz que
-digamos, pero, en fin, vale más
-que su sempiterno «será posible».
-Pues sí, señor; lo que ocurre con
-la señorita me saca de quicio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será indiscreción preguntar
-la causa?</p>
-
-<p>&mdash;Me ataca los nervios que vengan
-a verla docenas de personas
-que no son dignas de ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Docenas?&mdash;preguntó Lorry
-admirado.</p>
-
-<p>&mdash;Centenares&mdash;replicó la señorita
-Pross, una de cuyas características,
-que suele ser la de muchas
-personas, era exagerar la afirmación
-original, si observaba que
-alguien la ponía en tela de juicio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Santo Dios!&mdash;exclamó Lorry,
-a quien no se le ocurrió otra
-contestación más apropiada.</p>
-
-<p>&mdash;Desde que la señorita tenía
-diez años, he vivido con ella... o
-ella ha vivido conmigo, y me ha
-pagado, lo que nunca hubiese
-consentido, téngalo usted por seguro,
-si yo hubiera encontrado el
-secreto de cuidar de mí y de ella
-por nada. ¡Oh! ¡Es verdaderamente
-doloroso!</p>
-
-<p>Lorry, no viendo con claridad
-qué podía ser lo doloroso, limitóse
-a mover la cabeza, utilizando
-aquella parte de su persona como
-capa la más indicada para taparlo
-todo.</p>
-
-<p>&mdash;A todas horas rondan en
-torno suyo infinidad de personas
-que no son dignas de mi tesoro,
-señor Lorry. ¡No, no lo son, ni
-mucho menos! Cuando usted dió
-principio al desfile...</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo le di principio, señorita
-Pross?</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro que sí! ¿Quién sacó
-a su padre de la tumba?</p>
-
-<p>&mdash;Si eso fué darle principio...</p>
-
-<p>&mdash;Supongo que no pretenderá
-usted decir que eso fué darle fin...
-Repito que cuando dió principio
-al desfile, resultaba ya éste bastante
-desagradable. Y cuenta que
-no es mi intención decir que tenga
-la culpa el doctor Manette, en
-quien no veo más falta que la de
-no ser digno de tener una hija
-como la que tiene, y ésa no le es
-imputable, toda vez que en el
-mundo no existe persona que sea
-digno de serlo. Al padre quizá
-habría yo podido perdonarle, pero
-confiese usted que es horriblemente
-doloroso ver a todas horas turbas
-y enjambres de personas que
-se mueven al rededor del padre y
-me roban el afecto de la hija.</p>
-
-<p>Sabía Lorry que la señorita<span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span>
-Pross era la encarnación de los
-celos, pero constábale al propio
-tiempo que, prescindiendo de sus
-extravagancias, figuraba a la cabeza
-de esos seres puros de todo
-egoísmo que, cediendo a motivos
-de cariño y de admiración, tienden
-voluntariamente el cuello a la
-cadena de la esclavitud, dispuestos
-a sacrificarse en aras de una
-juventud que ellos han perdido,
-de una hermosura que nunca
-atesoraron, de dones y perfecciones
-que jamás tuvieron la fortuna
-de alcanzar, y de esperanzas halagüeñas
-que nunca derramaron un
-punto de luz sobre sus sombrías
-vidas. Tenía Lorry conocimiento
-bastante perfecto del mundo para
-saber que nada puede compararse
-a los servicios fieles y abnegados
-que tienen su asiento en el corazón,
-y como consecuencia, los
-de la señorita Pross le merecían
-un respeto tan exaltado, que en
-las clasificaciones distributivas
-que mentalmente hacía, pues nadie
-deja de hacerlas, en mayor o
-menor número, colocaba a la
-colorada y expeditiva dama mucho
-más inmediata al último peldaño
-de los ángeles que a no pocas
-señoras inconmensurablemente
-mejor dotadas que aquélla, tanto
-por la Naturaleza, como por el
-Arte, y dueñas, por añadidura, de
-capitales depositados en las cajas
-del Banco Tellson.</p>
-
-<p>&mdash;No ha existido, ni existirá
-más que un hombre digno
-de la señorita&mdash;dijo la señorita
-Pross.&mdash;Ese hombre fué mi hermano
-Salomón... si no hubiera
-tenido un pequeño desliz en la
-vida.</p>
-
-<p>Una observación: las investigaciones
-practicadas por Lorry
-acerca de la historia personal de
-la señorita Pross, habían dado por
-resultado la averiguación y comprobación
-del hecho de que su
-hermano Salomón fué un miserable
-desalmado que la robó cuanto
-poseía, so pretexto de especular
-y comerciar, dejándola luego
-abandonada en su miseria, sin
-pizca de remordimiento. La buena
-opinión que de su hermano tenía
-la señorita Pross, no obstante su
-<i>pequeño desliz</i>, era para el señor
-Lorry motivo de admiración profunda
-y contribuía a acrecentar
-en grado superlativo el respeto
-que a aquella profesaba.</p>
-
-<p>&mdash;Puesto que nos encontramos
-solos en este momento, y los dos
-somos personas de negocios&mdash;dijo
-Lorry cuando, momentos después
-se habían sentado ambos en el
-salón,&mdash;me permitiré hacer a usted
-una pregunta: En las conversaciones
-que el doctor tiene con
-su hija, ¿hace alguna vez referencia
-a los tiempos en que cosía
-zapatos?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Y sin embargo, guarda en su
-alcoba la banqueta y las herramientas
-del oficio.</p>
-
-<p>&mdash;He dicho que nunca habla de
-ello con su hija&mdash;replicó la señorita
-Pross,&mdash;pero me guardaré
-muy mucho de asegurar que no
-habla consigo mismo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que piensa en
-ello con frecuencia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Imagina usted?...</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo no imagino nunca!&mdash;exclamó
-la señorita Pross interrumpiendo
-a su interlocutor.&mdash;No tengo
-imaginación, ni me hace falta.</p>
-
-<p>&mdash;Me corregiré... ¿Supone usted...
-llega hasta el punto de suponer
-algunas veces?</p>
-
-<p>&mdash;De vez en cuando, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, ¿supone usted que
-el doctor Manette abriga alguna
-sospecha... o certeza, que ha sobrevivido
-a sus miserias pasadas,
-acerca de la causa, de los motivos
-de su infortunio? ¿Supone usted
-tal vez, que hasta sospecha o
-conoce quien fué su opresor?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no supongo nada más que
-aquello que me dice la señorita.</p>
-
-<p>&mdash;Y la señorita dice...</p>
-
-<p>&mdash;Que cree que su padre sospecha
-o sabe.</p>
-
-<p>&mdash;No se enfade usted si le hago
-estas preguntas. Yo soy un hombre
-de negocios, bastante obtuso,
-y usted es una mujer de negocios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Obtusa?&mdash;interrogó la señorita
-Pross.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no, no!&mdash;contestó Lorry.&mdash;¡No
-tiene usted nada de obtusa!
-Pero volviendo al asunto, me permitiré
-preguntar: ¿no es singular,
-incomprensible, que el doctor Manette,
-inocente de todo crimen, según
-nos consta a todos, evite siempre
-con tanto cuidado tocar esa
-cuestión? Y no es que yo me admire
-de que no la toque conmigo,
-aunque hace años sostuvimos relaciones
-frecuentes de negocios y
-hoy nos liga amistad estrecha,
-pero sí me maravilla que no hable
-de ello con su hija, que tanto le
-quiere y a quien él adora... Créame,
-señorita Pross, no es la curiosidad
-la que dicta mis palabras,
-sino el afecto vivo que por los
-habitantes de esta casa siento.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, según yo creo...
-y cuando creo una cosa suelo
-aproximarme a la realidad, guarda
-ese silencio que tanto maravilla
-a usted porque le da miedo hablar
-del asunto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Miedo?</p>
-
-<p>&mdash;Está claro como la luz, y
-además encuentro muy justificado
-el miedo. Son recuerdos espantosos,
-no sólo por lo que sufrió, sino
-también porque en sus sufrimientos
-naufragó su inteligencia. Como
-quiera que ignora cómo y
-cuándo la perdió, y cómo y cuándo
-la recobró, natural es que tema
-perderla otra vez. Como usted
-comprenderá, esta sola consideración
-bastaría para que le
-fuera poco grato hablar del
-asunto.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;contestó Lorry,
-a quien satisfizo la profunda observación
-de su interlocutora.&mdash;Por
-necesidad ha de inspirarle
-miedo hablar de su calvario... Con
-todo, señorita Pross, dudo mucho
-que a su tranquilidad de alma
-convenga guardar en el fondo de
-su pecho recuerdos tan espantosos,
-y estas dudas, y la intranquilidad
-que con frecuencia me producen,
-han sido precisamente las<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span>
-que me han movido a provocar
-estas confianzas.</p>
-
-<p>&mdash;El mal, si realmente es mal,
-no tiene remedio&mdash;contestó la señorita
-Pross moviendo la cabeza.&mdash;Toque
-usted esa cuerda, y los
-resultados serán contraproducentes;
-así que, preferible es callar.
-¡Cuántas veces, a altas horas de
-la noche, salta de la cama, y
-comienza a pasear agitado, arriba
-y abajo, arriba y abajo, por su
-habitación! La señorita sabe ya
-hoy que cuando eso ocurre, la
-imaginación de su padre pasea
-arriba y abajo, arriba y abajo, por
-la mazmorra que durante tantos
-años le sirvió de tumba. Corre
-entonces al cuarto de su padre y,
-puesta a su lado, pasea con él
-arriba y abajo, arriba y abajo,
-hasta que se convence de que se
-ha tranquilizado. Pero jamás explica
-el doctor la causa de su
-desasosiego y jamás se lo pregunta
-su hija. Los dos juntos pasean
-arriba y abajo, arriba y abajo, sin
-despegar los labios, hasta que la
-proximidad de su hija, y el amor
-ciego que la profesa, hacen que
-el doctor vuelva en sí.</p>
-
-<p>Había negado la señorita Pross
-que tenía imaginación, pero daba
-un mentís a su afirmación la
-evidencia de que la perseguía una
-idea triste, evidencia puesta de
-relieve por la repetición de la
-frase «arriba y abajo», pues no cabía
-dudar que se trataba de una
-idea fija.</p>
-
-<p>La casa del doctor parecía la
-casa de los ecos. A la mención de
-los agitados paseos nocturnos del
-doctor, contestó el ruido de pasos
-que se acercaban, y a éstos, la terminación
-de la conferencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya están aquí!&mdash;exclamó la
-señorita Pross, poniéndose vivamente
-en pie.&mdash;No tardarán en
-llegar a esta casa las gentes por
-cientos.</p>
-
-<p>Tan maravillosas condiciones
-acústicas reunía aquella casa, que
-con toda propiedad se la hubiera
-podido llamar el oído del distrito.
-Lorry, que asomado a la ventana
-oía perfectamente el rumor de los
-pasos del padre y de la hija, creyó
-que no iban a llegar nunca. No sólo
-llegaban hasta él los ecos de los
-pasos de los que se aproximaban,
-sino también otros muchos que
-se extinguían cuando más cerca
-parecían estar. Al fin apareció
-el doctor dando el brazo a su hija,
-a los que recibió en la puerta de
-la casa la señorita Pross.</p>
-
-<p>Era encantador ver a la señorita
-Pross, no obstante su fealdad,
-su encendido color rojo y su expresión
-ceñuda, apresurándose a
-quitar el sombrero a su señorita
-mientras ésta subía la escalera;
-cómo, para no mancharlo, se
-envolvía los dedos con el pañuelo
-de bolsillo, cómo intentaba quitarle
-el polvo soplando sobre él,
-cómo ahuecaba su espléndida cabellera
-rubia con tanto orgullo
-y satisfacción como hubiera podido
-hacerlo con la suya propia,
-suponiendo que ella hubiera sido
-la mujer más hermosa y más vana
-de la creación. Era también en<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>cantador
-ver a la señorita abrazando
-a su doncella, dándole las
-gracias y protestando contra tanta
-atención y tanto trabajo, bien
-que protestando con la risa en los
-labios, pues de no hacerlo así,
-la señorita Pross, profundamente
-dolorida, se hubiese retirado a su
-cuarto para pasarse en él el día
-llorando. No era menos encantador
-ver al doctor contemplándolas
-con arrobamiento y oir cómo
-decía a la señorita Pross que
-echaba a perder a Lucía a fuerza
-de atenciones y cuidados, pero
-con acento tan dulce y mirada tan
-tierna, que bastaban, y aun sobraban,
-para echar también a
-perder a la señorita Pross y a
-cien más como ella, y finalmente,
-era asimismo encantador ver al
-señor Lorry arreglándose su peluquín
-y dando mentalmente gracias
-a su estrella que, si le hizo
-solterón empedernido, dejóle entrever,
-en los años de su vejez,
-las puras alegrías de un hogar.
-Todo era encantador, pero los
-cientos de personas que debían
-girar en torno de Lucía no parecían
-por ninguna parte, y en vano
-esperaba el buen Lorry el cumplimiento
-de la profecía de la señorita
-Pross.</p>
-
-<p>Llegó la hora de sentarse a la
-mesa, pero no llegaban los <i>cientos</i>.</p>
-
-<p>En la distribución de las faenas
-domésticas, la señorita Pross se
-había reservado el cetro de las
-regiones más bajas de la casa, y
-es preciso confesar que lo manejaba
-a maravilla. Imposible llevar
-a mayor grado de perfección sus
-comidas, modestas en sí, pero admirablemente
-guisadas y más admirablemente
-servidas, con arreglo
-a un gusto mitad francés y
-mitad inglés. Como quiera que
-la adhesión de la señorita Pross
-era eminentemente práctica, había
-registrado hasta los últimos
-rincones de Soho y de los territorios
-adyacentes en busca de franceses
-pobres que, tentados por
-el alegre tintineo de los chelines
-y de las medias coronas, la revelaron
-todos los misterios del arte
-culinario. Tantos y tan maravillosos
-conocimientos aprendió de
-aquellos hijos e hijas de la Galia,
-que la mujer y la muchacha que
-formaban la servidumbre de la
-casa veían en ella una hechicera,
-una abuela de la Cinderella capaz
-de tomar en sus manos un pollo,
-un conejo, o un par de patatas,
-y convertirlas en el manjar que
-se le ocurriese.</p>
-
-<p>Sentábase los domingos la señorita
-Pross a la mesa de la familia
-del doctor, pero en los días
-restantes de la semana solía comer
-a horas desconocidas, bien en las regiones
-bajas, bien en su habitación,
-situada en el piso segundo, vedada
-a todo el mundo, excepción hecha
-de la señorita Lucía. En la comida
-del domingo a que se contrae este
-relato, la señorita Pross, correspondiendo
-a la alegría que reflejaba
-el rostro de la hija del doctor,
-y deseando agradarle, se abandonó
-a una animación inusitada, y<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span>
-como consecuencia, el rato que
-los comensales pasaron en la mesa
-resultó agradabilísimo.</p>
-
-<p>Era un día de calor sofocante,
-en vista de lo cual, a los postres,
-propuso la señorita Lucía ir a
-beber el vino bajo el plátano silvestre
-del patio, donde podrían
-disfrutar de un ambiente más
-agradable. Como todo el mundo
-ansiaba dar gusto a la mimada
-de la casa, al patio salieron inmediatamente
-y tomaron asiento bajo
-el plátano, donde Lucía, que
-desde algún tiempo antes se había
-asignado a si misma el cargo de
-copero del señor Lorry, escanció
-el vino. Remates de casas próximas
-parecían asomar las cabezas
-sobre las cercas del patio mientras
-los reunidos hablaban, y las hojas
-del plátano susurraban en sus
-oídos las palabras rumorosas propias
-de sus barnizadas lenguas.</p>
-
-<p>La comida había terminado,
-pero los cientos de visitantes no
-se presentaban. Cuando los comensales
-estaban sentados bajo
-el plátano llegó el joven Darnay,
-pero no era más que <i>uno</i>.</p>
-
-<p>Dispensóle el doctor Manette
-un recibimiento cordial y otro
-tanto hizo su hija. La señorita
-Pross, acometida de súbito de una
-sensación de cosquilleo en la cabeza
-y resto del cuerpo, retiróse
-al interior de la casa. Parece que
-frecuentemente era víctima de
-aquel desorden, que ella, en el seno
-de la familia, solía llamar «un
-ataque de nervios».</p>
-
-<p>Estaba el doctor de excelente
-buen humor y parecía muy joven.
-Sentado al lado de su hija, cuya
-cabeza aparecía reclinada sobre
-su hombro, resaltaba tanto la
-viva semejanza que entre ambos
-existía, que hasta el más miope
-había de observarla.</p>
-
-<p>La conversación versó sobre
-muchos y muy variados temas,
-habiendo sido el doctor de los
-que mayor vivacidad y animación
-mostraron. En ocasión en que
-estaban hablando de los edificios
-más notables de Londres, preguntóle
-Darnay:</p>
-
-<p>&mdash;Dígame, doctor, ¿ha visitado
-usted la Torre?</p>
-
-<p>&mdash;Con Lucía la visité en una
-ocasión, pero de corrido, sin detenernos&mdash;contestó
-el doctor.&mdash;Vimos
-lo bastante para apreciar
-que efectivamente es digna de
-interés, pero nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Yo he estado en ella, según
-recuerda usted&mdash;repuso Darnay
-con sonrisa un poquito forzada,&mdash;pero
-no como turista ni en condiciones
-de ver gran cosa de ella.
-Una historieta me refirieron durante
-mi estancia que llamó poderosamente
-mi atención.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no nos la cuenta
-usted?&mdash;preguntó Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto. Parece
-que, en el curso de unas obras que
-hubieron de hacer, los operarios
-encontraron una mazmorra antiquísima,
-utilizada en fecha remota
-y olvidada desde muchos años
-antes. Todos los sillares del interior
-estaban llenos de inscripciones
-grabadas en la piedra por los<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>
-prisioneros. Las inscripciones eran
-fechas, nombres, quejas, maldiciones,
-plegarias, etc. En el sillar
-de un ángulo del muro, un reo,
-condenado a muerte, según todas
-las probabilidades, esculpió a
-última hora cuatro letras. Debió
-emplear una herramienta poco a
-propósito, e hizo la obra aceleradamente
-y con pulso poco firme.
-Examinadas las letras, todos creyeron,
-al principio, que eran G. A.
-V. A., pero una observación más
-detenida puso de relieve que la
-letra primera no era G, sino C.
-No figuraba en los archivos ningún
-prisionero a cuyo nombre y
-apellidos correspondieran aquellas
-iniciales. A fuerza de meditar y
-dar vueltas al asunto, vínose en
-conocimiento de que las letras en
-cuestión no eran iniciales, sino un
-nombre completo: <i>Cava</i>. Practicáronse
-algunas excavaciones, que
-dieron por resultado el hallazgo,
-debajo de una losa o azulejo, de
-algunos fragmentos de papel, mezclados
-con pedazos de una cajita
-o pequeño saco de cuero. Nadie ha
-podido averiguar qué fué lo que el
-condenado a muerte escribió en
-el papel, aunque sí pudo apreciarse
-que estaba escrito. Sin duda
-lo enterró para que no lo encontrara
-el alcaide.</p>
-
-<p>&mdash;¡Padre mío!&mdash;exclamó Lucía.&mdash;¿Se
-encuentra usted enfermo?</p>
-
-<p>Motivó esta pregunta el hecho
-de que el doctor se pusiera violentamente
-en pie y llevara las manos
-a la cabeza. Su rostro reflejaba
-horrible espanto.</p>
-
-<p>&mdash;No, hija mía, no estoy enfermo&mdash;contestó
-el doctor.&mdash;Comienza
-a llover... caen gotas muy
-anchas y me he asustado irreflexivamente.
-Creo que debemos ponernos
-a cubierto.</p>
-
-<p>Habíase repuesto casi instantáneamente.
-Era cierto que las
-nubes enviaban algunas gotas anchas
-de agua, de las cuales mostró
-una el doctor en el dorso de la
-mano. Ni una palabra dijo acerca
-de la historia que Darnay estaba
-refiriendo, y cuando entraron en
-la casa, el ojo experto de Lorry
-descubrió, o creyó descubrir, en la
-mirada del doctor, al fijarla en
-Darnay, la misma mirada extraña
-que había observado mientras
-salían de la Sala del Tribunal a
-raíz de haber sido declarado inocente
-el segundo.</p>
-
-<p>La expresión de aquella mirada
-se borró con tal rapidez, que Lorry
-llegó a sospechar si le habría engañado
-su ojo experto. El gigante
-del brazo de oro no hubiera dicho
-con más serenidad que el doctor
-que todavía no se había abroquelado
-contra sorpresas pequeñas,
-y que la gota de agua, al caer
-sobre el dorso de su mano, le
-había asustado.</p>
-
-<p>Preparó la señorita Pross el
-te, lo sirvió, resistió otro «ataque
-de nervios», y los <i>cientos</i> de visitantes
-continuaban sin dar señales
-de presencia. Llegó el señor
-Carton, pero entre éste y Darnay
-no sumaban más que <i>dos</i>.</p>
-
-<p>Tan calurosa era la noche, que
-no obstante haber tenido la pre<span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span>caución
-de dejar abiertas puertas
-y ventanas, no bien tomaron el
-te, todos se dirigieron a un balcón,
-en busca de aire fresco que respirar.
-Sentóse Lucía al lado de su
-padre, Darnay junto a Lucía, y
-Carton apoyó sus espaldas contra
-el antepecho. Las cortinas del
-balcón eran blancas, y cuando alguna
-racha de viento las agitaba
-alzándolas hasta el techo, más que
-cortinas parecían alas espectrales.</p>
-
-<p>&mdash;Todavía caen gotas anchas,
-escasas y pesadas&mdash;dijo el doctor.&mdash;Se
-acerca con mucha lentitud.</p>
-
-<p>&mdash;Pero con mucha seguridad&mdash;replicó
-Carton.</p>
-
-<p>Huían presurosas las gentes de
-las calles ansiando ponerse bajo
-techado antes que estallara la
-tormenta. El ruido de sus pasos
-llegaba al maravilloso rinconcito
-de los ecos, pero sin que nadie
-viera a los que caminaban.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas personas moviéndose,
-y sin embargo, la soledad más
-absoluta&mdash;observó Darnay, tras
-unos momentos de atención.</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdad que impresiona, señor
-Darnay?&mdash;preguntó Lucía.&mdash;Muchas
-noches me siento en este
-mismo sitio, y mi fantasía... pero
-hasta la loca de la casa se empeña
-en asustarme esta noche... tan
-lóbrega... tan solemne...</p>
-
-<p>&mdash;Nos asustaremos todos&mdash;dijo
-Darnay, chanceándose.&mdash;Veremos
-a qué sabe el susto.</p>
-
-<p>&mdash;A usted no le sabrá a nada.
-Esas extravagancias solamente
-impresionan a aquellos cuya fantasía
-las forja, según creo: no son
-contagiosas. Repito que muchas
-noches me he sentado en este
-mismo sitio, sola, atento el oído,
-y mi fantasía ha dado forma tangible
-a los ecos, y ha visto en ellos
-a las personas que se han relacionado
-o han de relacionarse en breve
-con mi vida.</p>
-
-<p>&mdash;Llega el día en que son muchas
-las personas que establecen
-relaciones estrechas con nuestras
-vidas&mdash;observó Carton.</p>
-
-<p>El rumor de pasos era incesante,
-y las carreras de las gentes que
-huían, más precipitadas. Parecía
-que sonaban pasos debajo del
-balcón, en la habitación misma,
-unos iban, otros venían, estos se
-alejaban y aquellos se aproximaban,
-y, sin embargo, la vista no
-descubría alma viviente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se reserva para usted sola
-todo el ruido de pasos que llega
-a nuestros oídos, señorita Manette,
-o prefiere que nos los distribuyamos
-entre todos?&mdash;preguntó con
-entonación humorística Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;No sé qué contestar a usted,
-señor Darnay. Principié por decir
-que era una extravagancia, una
-tontería mía, pero la culpa de que
-yo la dijera fué de usted, que me
-preguntó. Cuando esa idea ha
-producido impresión en mí, siempre
-me he encontrado sola, y
-quizá esta circunstancia haya engendrado
-en mí la creencia de
-que los ecos repetían el rumor de
-pasos de las personas que han de
-ejercer influencia en mi vida o en
-la de mi padre.</p>
-
-<p>&mdash;Las reclamo para que la ejer<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>zan
-en la mía&mdash;replicó Carton.&mdash;Vengan
-sobre mí, sin explicaciones,
-sin condiciones. En este instante
-están prontas a caer sobre
-nosotros ingentes muchedumbres...
-Las estoy viendo a la luz...
-cárdena del relámpago&mdash;terminó
-diciendo, en el momento que surcaba
-los aires gigantesca culebra
-de fuego.</p>
-
-<p>Sonó un trueno horrísono, y
-Carton repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora las oigo... ¡Vean ustedes
-cómo se acercan, rápidas...
-furiosas... bramadoras!</p>
-
-<p>La voz tremenda de los elementos
-desencadenados obligó a Carton
-a poner fin a sus extravagancias,
-sencillamente porque nadie
-podía oirlas. La tempestad fué
-horrorosa. El agua caía a torrentes
-de un cielo encendido, acompañada
-de truenos tan ensordecedores,
-que no parecía sino que el
-mundo saltaba hecho pedazos.
-A eso de media noche, brotó la
-luna, plácida, serena.</p>
-
-<p>Sonaba la una de la madrugada
-en la torre de San Pablo cuando
-el señor Lorry, acompañado por
-Jeremías <i>Lapa</i>, armado de su
-correspondiente farol, emprendía
-el viaje de regreso a Clerkenwell.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué noche, Jeremías, qué
-noche!&mdash;exclamaba Lorry&mdash;¡La
-más indicada para que los muertos
-salgan de sus tumbas!</p>
-
-<p>&mdash;No los he visto salir nunca,
-señor, ni espero verlo&mdash;respondió
-Jeremías <i>Lapa</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buenas noches, señor Carton!&mdash;dijo
-Lorry.&mdash;¡Buenas noches,
-señor Darnay! ¿Volveremos
-a ver juntos una noche como esta?</p>
-
-<p>¡Quién sabe! ¡Quizá llegase día
-en que vieran innumerables muchedumbres,
-bramadoras, ebrias
-de sangre, cerrando contra ellos!</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_VII">VII.<br />EL SEÑOR EN LA CIUDAD</h3></div>
-
-
-<p>El señor, uno de los magnates
-más influyentes y poderosos de la
-corte, celebraba en su suntuoso
-palacio de París su acostumbrada
-recepción quincenal. Hallábase el
-señor en su gabinete más íntimo,
-especie de santuario para la turba
-de adoradores encargados del servicio
-del resto de los salones. Disponíase
-el señor a tomar su chocolate.
-Con facilidad maravillosa
-podía engullirse el señor mil cosas,
-y hasta eran muchos, gentes maliciosas
-sin duda, que creían a pie
-juntillas que se estaba engullendo
-con rapidez pasmosa a Francia,
-pero el chocolate matinal no podía
-pasar por la garganta del señor
-sin la ayuda de cuatro hombres
-fuertes, amén del cocinero.</p>
-
-<p>Sí, cuatro hombres exigía operación
-tan importante, cuatro
-hombres, cubiertos de galones de
-oro, con un jefe, quien en su afán
-por seguir la noble y casta moda
-implantada por su señor, no hubiera
-podido vivir sin llevar en el
-bolsillo dos enormes relojes de oro,
-eran indispensables para que el
-afortunado chocolate tuviera el<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>
-honor de llegar hasta los labios del
-señor. Un lacayo conducía la chocolatera
-a la sagrada presencia
-del señor; otro picaba el chocolate
-con un instrumento reservado
-para tan importante función, otro,
-el tercero, presentaba la favorecida
-servilleta, y el cuarto (el de
-los dos relojes de oro) vertía el
-chocolate en la taza. ¿Prescindir
-el señor de uno solo de los cuatro
-servidores mientras tomaba el
-chocolate entre los cielos que admirados
-y complacidos presenciaban
-la operación? ¡Horror! Tomar
-el chocolate servido por solos tres
-hombres, hubiese equivalido a
-manchar el inmaculado escudo
-del señor: tomarlo servido innoblemente
-por dos, habría sido
-tanto como darle muerte.</p>
-
-<p>La noche anterior, el señor había
-asistido a una cena de confianza,
-previa representación admirable
-de una comedia y de una ópera.
-El señor solía asistir casi todas
-las noches a cenas análogas, en
-cuyos actos le rodeaba una compañía
-encantadora y fascinadora.
-Tan fino, tan impresionable era
-el señor, que en su elevada alma
-ejercían más influencia la comedia
-y la ópera que los áridos y fastidiosos
-negocios de Estado y las
-necesidades de Francia, circunstancia
-venturosa para esta nación,
-como lo es siempre para las que se
-ven o se han visto tan favorecidas
-como ella... como lo fué, por ejemplo,
-para Inglaterra en los nunca
-bastante llorados tiempos de los
-joviales Estuardos.</p>
-
-<p>Tenía el señor una idea nobilísima
-acerca de los negocios públicos
-en general, y era que es preciso
-dejar que sigan su curso natural,
-y otra idea, no menos nobilísima,
-sobre los negocios particulares...
-que también debían seguir su curso
-natural; y el curso natural de
-los primeros, como el curso natural
-de los segundos, era ir en derechura
-a las manos y al bolsillo
-del señor. En cuanto a los placeres,
-generales y particulares, opinaba
-el señor que para disfrutarlos
-él había sido creado el mundo
-y colocado en él el hombre. Su
-divisa era la siguiente: «Mío es el
-mundo y todo cuanto contiene,
-dice el Señor».</p>
-
-<p>Pese a sus opiniones, había visto
-el señor, con el desagrado natural,
-que en sus asuntos y en sus
-placeres, tanto privados como
-públicos, habían venido a mezclarse
-molestias de lo más vulgar
-que no dejan de crear dificultades
-y apuros, también de lo más vulgar,
-en vista de lo cual, decidió
-aliarse con un <i>aperador general</i>,
-resolución tanto más cuerda cuanto
-que se había hecho indispensable,
-y esto, por dos motivos principales.
-Primero: porque el señor
-no entendía en asuntos tan vulgares
-como los referentes a la Hacienda
-pública, y como consecuencia,
-debía confiarlos a manos que
-en ello entendiesen, y segundo,
-relacionado con la Hacienda particular,
-porque los aperadores generales
-son ricos, mientras el
-señor, vástago de señores que<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>
-vivieron muchas generaciones de
-esplendoroso lujo y boato, empobrecía
-de día en día. De aquí que
-el señor librase a una hermana
-suya del velo que la amenazaba,
-y que era la canastilla de boda
-más económica con que podía
-regalarle, y la concediera como
-preciado premio a un aperador
-general, tan rico en bienes como
-pobre en familia. El cual aperador
-general, armado de un bastón coronado
-por una manzana de oro,
-figuraba en la ocasión presente
-entre los personajes que llenaban
-las habitaciones exteriores y hacía
-un papel algún tanto desairado
-porque el señor, y hasta la esposa
-del señor, solían mirarle con el
-desprecio más profundo.</p>
-
-<p>El aperador general era un
-hombre de lo más suntuoso que
-darse puede. Treinta caballos alojaban
-sus caballerizas, veinticuatro
-criados esperaban órdenes en
-sus salones y seis doncellas ayudaban
-a vestir a su mujer. En su
-calidad de hombre cuya misión
-única consistía en pillar y saquear
-donde buena o malamente pudiera,
-el aperador general era al
-menos la realidad más tangible
-entre los personajes que aquel
-día estaban de servicio en los
-salones del señor.</p>
-
-<p>A decir verdad, en aquellos
-salones, que ofrecían a los ojos
-escenas deliciosas, en aquellos salones,
-donde habían acumulado
-cuanto el arte y el gusto de la época
-pudieron producir, los negocios
-no andaban bien, es más: tanto
-considerados con referencia a
-los espantajos que rodeaban la
-persona del señor, como por lo que
-hace a los desarrapados que pululaban
-por todas partes, los asuntos
-tomaban cariz poco tranquilizador...
-suponiendo que en la casa
-del señor hubiera alguien que de
-asuntos cuidara. Militares que
-ignoraban lo que era la ciencia
-militar, marinos que ni idea tenían
-de lo que un barco era, eclesiásticos,
-cubiertos de sedas y de
-encajes, mundanos hasta lo inconcebible,
-de ojos sensuales, lenguas
-libres y costumbres más libres
-que las lenguas, en una palabra:
-la ineptitud en cuantos desempeñaban
-cargos, el desenfreno en
-las costumbres, la mentira en
-todos los labios. No abundaban
-menos las gentes que no obstante
-no tener relación alguna, remota
-ni próxima, con el señor ni con
-el Estado, se obstinaban en no tenerla
-tampoco con nada que fuera
-real y justo, y en no caminar en
-el viaje de la vida por caminos rectos,
-ni perseguir un fin terreno
-honroso. Médicos que labraban
-fortunas inmensas fingiendo curar
-enfermedades imaginarias y
-males que jamás habían existido,
-se burlaban desde el sagrado de
-sus casas de sus clientes cortesanos,
-mientras éstos quebraban
-sus espinas dorsales a fuerza de
-hacer reverencias en los salones
-del señor. Arbitristas que, si nunca
-dieron con el remedio del pecado
-más leve, en cambio descubrían
-diariamente panaceas, uni<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>versales
-y de efectos seguros para
-corregir los pequeños males que
-afectaban a la salud del Estado,
-fastidiaban con sus discursos interminables
-y pesados a cuantos
-asistían a las recepciones del señor
-y tenían oídos para escucharles.
-Filósofos ateos que se proponían
-vaciar con sus palabras nuevos
-moldes con que fundir un mundo
-nuevo, y erigir nuevas torres de
-Babel con que escalar los cielos,
-conferenciaban en los salones del
-señor con químicos o alquimistas
-descreídos, que no perseguían otro
-objetivo que la transmutación
-de los metales. En el palacio del
-señor vegetaban sumidos en el
-estado más ejemplar de enervamiento
-turbas de caballeros de
-modales distinguidos y exquisita
-educación, cuyos frutos naturales
-eran en aquel tiempo, y han venido
-siendo desde entonces, una
-indiferencia invencible, y una repugnancia
-notable hacia todo lo
-que debiera ser objetivo natural
-del interés humano. En los hogares
-que aquellas brillantes notabilidades
-dejaban abandonados en
-los barrios más aristocráticos de
-París, los espías que frecuentaban
-los salones del señor, a cuyo número
-pertenecían, dicho sea de
-paso, la mitad por lo menos de los
-que a aquel hacían la corte, difícilmente
-habrían podido encontrar
-entre los ángeles de su clase
-social una mujer que, por sus costumbres,
-mereciera el honor de
-ser madre. Verdad es que la moda
-no consentía en las madres otra
-cosa que el acto material de echar
-al mundo a una criatura desvalida,
-lo que ciertamente no es mucho
-hacer. Pase que las campesinas
-se pasen la vida al lado de sus
-tiernos hijos: las mujeres que han
-nacido en otra esfera deben alegrar
-los salones, y hasta cuando
-son abuelas, deben vestir y bailar
-como cuando tenían veinte años.</p>
-
-<p>La lepra de la ficción desfiguraba
-a todos los seres humanos
-que servían al señor. En una de
-las habitaciones más extremas
-había media docena de personas
-que, por excepción, desde algunos
-años antes venían creyendo que
-las cosas seguían en general derroteros
-peligrosos. La mitad de esta
-media docena de gentes excepcionales,
-en sus ansias por poner remedio
-a los males, habíanse afiliado
-a la secta fantástica de los
-llamados <i>convulsionistas</i>, y se
-pasaban el tiempo deliberando
-acerca de si les convendría echar
-espumarajos por la boca, rabiar,
-rugir, bramar y ponerse catalépticos,
-presentando así ante los
-ojos del señor una visión de los
-futuros que pudiera servirle de
-guía seguro. Además de estos
-derviches, había otros tres que
-habían formado otra secta cuyo
-objetivo consistía en enderezar el
-curso tortuoso de los sucesos a
-fuerza de enrevesadas teorías sobre
-«El Centro de la Verdad», sosteniendo
-que el hombre había brotado
-de este centro... lo que no
-necesitaba demostración, pero que
-se había salido de la circunferen<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>cia,
-y que se imponía la necesidad
-de hacerle entrar en ella y de impedir
-que en lo sucesivo volviera
-a rebasar su perímetro, lo que se
-conseguiría vigorizando la vida
-del espíritu y debilitando la de la
-carne. Como jamás hablaban más
-que de espíritus y de substancias
-incorpóreas, no es de admirar
-que sus discursos no dieran resultados
-materiales.</p>
-
-<p>En cambio, las personas que
-frecuentaban los salones del señor
-vestían admirablemente, lo que
-no deja de ser un consuelo. Si el
-Día del Juicio ha de ser lisa y sencillamente
-una exposición de trajes,
-en la que se adjudiquen los
-premios a los que mejor vistan,
-bien seguro es que las dichosas
-personas que motivan estas líneas
-vestirán por eternidad de eternidades
-con gusto irreprochable y
-excepcional riqueza. El laborioso
-peinado de aquellas cabezas, tan
-artísticamente rizadas y con tanto
-gusto empolvadas, aquellas caras
-delicadas, defendidas contra los
-zarpazos de los años, y hasta enmendadas
-y corregidas gracias a
-laudables recursos artificiales, las
-cinceladas espadas que ceñían los
-caballeros, en cuya contemplación
-se extasiaba la vista, los finos y
-delicados perfumes que embalsamaban
-el aire y deleitaban uno de
-los sentidos con que al Creador
-plugo dotar al hombre, eran recursos
-bastantes para extirpar de
-raíz y para siempre los males que
-afligían a la humanidad. Los caballeros
-de elevada alcurnia y de
-educación refinada ostentaban
-prodigiosa profusión de joyas de rico
-oro que dejaban oir un tintineo
-delicioso al compás de sus lánguidos
-pasos, y ante el tintineo del
-oro y el crujir de la seda y de los
-brocados, el hambre y la miseria
-no tenían más remedio que ir a
-esconder sus amarillentas caras
-en los hediondos barrios pobres
-de la ciudad.</p>
-
-<p>Era el vestido el talismán infalible,
-la varita mágica que obligaba
-a todo el mundo, y a todas las
-cosas, a permanecer en sus respectivos
-puestos. Nadie podía dispensarse
-de vestir el traje impuesto
-por el papel que representaba en
-el baile de las extravagancias llamado
-mundo. La ficción comenzaba
-en las Tullerías, en la persona
-misma del señor, y en las de los
-que al señor hacían la corte, y
-continuaba por las Cámaras y
-Tribunales de Justicia, hasta llegar
-a la persona del verdugo, a quien
-se obligaba a oficiar muy «peinado,
-rizado y empolvado, luciendo lujosa
-levita galoneada de oro, y
-encerradas sus pantorrillas en ricas
-medias de seda». ¡No! No es
-posible que ninguno de los felices
-mortales que asistieron a la recepción
-quincenal dada por el
-señor en el año mil setecientos
-ochenta pusiera en tela de juicio
-la perdurabilidad de un sistema
-fundado sobre base tan sólida
-como un verdugo primorosamente
-peinado, artísticamente rizado,
-solícitamente empolvado y ataviado
-con rica levita galoneada<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>
-de oro y primorosas medias de
-seda.</p>
-
-<p>Luego que el señor aligeró a
-sus cuatro servidores de sus respectivas
-cargas y tomó el chocolate,
-mandó abrir de par en par las
-puertas de su santuario y tuvo la
-dignación de salir fuera. ¡Qué de
-sumisión, qué de adulaciones rastreras,
-qué de servilismo, qué de
-humillaciones, llevadas hasta los
-límites más inconcebibles de lo
-abyecto! Baste decir que en todo
-lo referente a idolatría y anonadamiento,
-los que llenaban los salones
-nada reservaron para los
-cielos. ¡Verdad es que el pensamiento
-en la otra vida preocupaba
-muy poca cosa a los adoradores
-del señor!</p>
-
-<p>Pronunciando aquí una palabra
-y dejando caer allá una esperanza,
-dirigiendo a éste una sonrisa y
-haciendo a aquél una seña con
-la mano, atravesó el señor los
-salones hasta que rebasó los límites
-de la <i>circunferencia de la
-verdad</i>, donde giró majestuoso
-sobre sus sagrados talones y deshizo
-el camino andado, para tornar
-a encerrarse en su santuario.</p>
-
-<p>Terminada la exhibición, los
-susurros que apenas rozaban el
-aire trocáronse en clamorosa tormenta.
-El tintineo de las joyas,
-semejante a incesante repicar de
-preciosas campanillas, fuese alejando,
-y muy pronto no quedó a
-la vista más que una persona, un
-caballero, el cual, puesto debajo
-del brazo el sombrero, y llevando
-en la mano una cajita de rapé, se
-entretuvo en pasear con calma
-y reposo deteniéndose frente a
-los espejos que al paso encontraba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cargue el infierno contigo!&mdash;murmuró
-antes de marcharse,
-vueltos los ojos hacia la puerta del
-santuario, y sacudiendo el rapé
-que conservaba entre sus dedos.</p>
-
-<p>Era un hombre de unos sesenta
-años, ricamente ataviado, de ademanes
-y expresión altaneros y
-dotado de una cara que, más que
-rostro humano, parecía fina mascarilla.
-Cara de una palidez transparente,
-todas sus líneas, todos
-sus rasgos aparecían perfectamente
-definidos. La nariz, artísticamente
-modelada, ofrecía la particularidad
-de que sus dos ventanas
-acusaban una contracción, muy
-poco perceptible, hacia la parte
-superior. En esas dos contracciones
-radicaba, precisamente, la
-alteración única visible en aquella
-cara. Las ventanas persistían unas
-veces contraídas, al paso que en
-algunas ocasiones, se sucedían
-las dilataciones a las contracciones,
-pero en uno y otro caso,
-daban a la cara una expresión
-desagradable de crueldad y de
-perfidia. Examinado con detenimiento
-aquel rostro, no era difícil
-observar que la expresión de
-crueldad la debía a las líneas de
-su boca y de las órbitas de los
-ojos excesivamente finas y horizontales.
-No puede negarse, sin
-embargo, que aquella cara era
-extraordinariamente hermosa.</p>
-
-<p>Su propietario descendió las<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>
-escaleras del palacio y salió al
-vestíbulo, donde le estaba esperando
-su carroza. Pocos habían sido
-los que le dirigieron la palabra
-durante la recepción, y el señor
-pudo estar más afectuoso de lo que
-estuvo cuando llegó al sitio en que
-aquél permaneció retraído y separado
-de los grupos. Sin detenerse
-un instante montó en su carruaje,
-y los caballos partieron a galope,
-dispersando a las gentes que encontraban
-al paso. Guiaba el cochero
-como si cargara contra un
-ejército enemigo, sin que a su
-señor se le ocurriera poner freno
-a la furia desatentada del primero,
-la cual, lejos de enojarle, más bien
-parecía que le era agradable. Algunas
-veces, muy contadas, se
-habían exteriorizado las quejas,
-hasta en aquella ciudad insensible
-y en aquella edad de ignorancia
-y de idiotismo, contra la bárbara
-costumbre de recorrer a galope
-de carga calles estrechas y sin
-aceras, sin miramiento a los infelices
-que con frecuencia eran arrollados,
-pero nadie se dignó conceder
-un segundo de atención a semejantes
-pequeñeces, y en este
-particular, como en muchos otros,
-los desdichados de la clase baja
-quedaron en libertad de orillar
-la dificultad como buenamente
-pudieran.</p>
-
-<p>Con estruendo ensordecedor y
-con olvido inhumano de las consideraciones
-más sagradas, difícil
-de comprender en nuestros días,
-la carroza volaba por la calle saltando
-sobre el empedrado y doblando
-las esquinas con velocidad
-inconcebible, ahuyentando a las
-mujeres, que chillaban despavoridas,
-a los niños, que corrían como
-conejos asustados, y a los hombres
-que procuraban pegarse a las paredes.
-En el momento de doblar
-el carruaje una esquina próxima
-a una fuente, una de las ruedas
-dió un salto, cientos de gargantas
-lanzaron un alarido, y los caballos
-recularon y se encabritaron.</p>
-
-<p>Es casi seguro que la carroza
-hubiera continuado imperturbable
-su desenfrenada carrera de no
-haber sido por este último inconveniente,
-toda vez que era lo que
-acostumbraban hacer los carruajes
-en aquella feliz época, aun
-cuando dejaran la calle sembrada
-de cadáveres, ¿por qué habían de
-hacer otra cosa?, pero asustado
-el lacayo había saltado a tierra y
-veinte manos agarraron a un tiempo
-las riendas de los caballos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;preguntó el señor,
-asomando su cara tranquila
-por la portezuela.</p>
-
-<p>Un hombre alto, con gorro en
-la cabeza, había sacado de entre
-las patas de los caballos un bulto,
-que depositó sobre el basamento
-de una fuente, e inclinado sobre
-él, aullaba como un animal feroz.</p>
-
-<p>&mdash;Perdón, señor Marqués&mdash;dijo
-un individuo harapiento con voz
-y ademán humildes,&mdash;es un niño.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué arma ese ruido
-ensordecedor? ¿Dices que es un
-niño?</p>
-
-<p>&mdash;Dispense el señor Marqués...
-Es una... lástima... sí, eso es.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span></p>
-
-<p>Distaba la fuente algunas varas.
-El hombre alto que sobre el bulto
-estaba inclinado se irguió de repente
-y echó a correr con prisa
-tal en dirección al carruaje, que
-el señor Marqués llevó la mano al
-puño de su espada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muerto!&mdash;rugió el hombre
-alto con muestras de salvaje desesperación,
-clavando los ojos en el
-Marqués y alzando los dos brazos.&mdash;¡Asesinado!</p>
-
-<p>Las turbas se apiñaron en rededor
-de la carroza. Todas las miradas
-estaban concentradas en la
-persona del Marqués, mas en
-aquéllas no se leía otra cosa que
-ansiedad, temor, nada de cólera
-ni de amenaza. Todos callaban.
-Al primer grito sucedió un silencio
-imponente. La voz del que había
-hablado al magnate continuaba
-siendo sumisa en extremo. El
-señor Marqués paseó sus miradas
-sobre los apiñados grupos, contemplándolos
-con la indiferencia
-con que hubiera contemplado una
-manada de ratas asustadas.</p>
-
-<p>Sin variar de actitud sacó un
-bolsillo.</p>
-
-<p>&mdash;Me sorprende sobremanera&mdash;dijo&mdash;que
-ni de vuestros hijos
-sepáis cuidar. Con frecuencia que
-no puede menos de serme molesta
-os tropiezo en mi camino. ¿No se
-os alcanza que de los atropellos
-pueden resultar con daño mis caballos?
-¡Vaya!... ¡Dadle esto!</p>
-
-<p>Acompañando la acción a la
-palabra, arrojó a los pies del lacayo
-una moneda de oro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muerto... asesinado!&mdash;volvió
-a gritar el hombre alto.</p>
-
-<p>Llegó a la sazón otro hombre,
-a quien todos abrieron paso. El
-que acababa de gritar cayó en sus
-brazos no bien le vió, permaneciendo
-largo rato entre ellos, llorando
-y sollozando.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé todo... lo sé todo&mdash;dijo
-el recién llegado.&mdash;¡Valor, Gaspar!
-Preferible es morir como ha muerto
-el niño a vivir la vida que le
-esperaba. Ha muerto sin dolor,
-sin sufrimientos, y en cambio, de
-haber continuado viviendo, aquéllos
-le hubieran acosado sin cesar.</p>
-
-<p>&mdash;Eres un filósofo&mdash;dijo el Marqués
-sonriendo.&mdash;¿Cómo te llamas?</p>
-
-<p>&mdash;Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál es tu oficio?</p>
-
-<p>&mdash;Soy vendedor de vino, señor
-Marqués.</p>
-
-<p>&mdash;Toma esto, filósofo y vendedor
-de vino, y gástalo como te
-venga en gana&mdash;repuso el Marqués,
-arrojando a sus pies otra
-moneda de oro.&mdash;¡A ver! ¿Están
-listos los caballos?</p>
-
-<p>Sin dignarse mirar a las turbas
-por segunda vez, el señor Marqués
-se arrellanó en su asiento. La
-carroza se ponía nuevamente en
-movimiento y su feliz ocupante
-había olvidado el incidente, cual
-si acabara de romper una futesa
-y la hubiera pagado, cuando vino
-a perturbar su olímpica serenidad
-la entrada violenta en el interior
-del carruaje de una moneda de
-oro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>
-&mdash;¡Para!&mdash;gritó el señor Marqués.&mdash;¡Detén
-los caballos!...
-¿Quién ha tirado esto?</p>
-
-<p>Miró airado al sitio en que acababa
-de dejar a Defarge, pero no
-vió más que al desdichado padre
-abrazado al cadáver de su hijo, y
-a una mujer en pie, que le miraba
-ceñuda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Perros!&mdash;murmuró el Marqués.&mdash;¡De
-buena gana pasaría
-sobre todos vosotros para limpiar
-al mundo de vuestra repugnante
-presencia! ¡Si yo supiera quién
-es el canalla que arrojó la moneda,
-y lo tuviera bastante cerca,
-vive Dios que lo aplastaba bajo
-las ruedas de mi coche!</p>
-
-<p>Tal era el temor de las turbas,
-tan grande el horror que sentían
-por lo que los hombres de la clase
-social del Marqués podían hacerles,
-dentro y fuera de la ley, que
-no se alzó una voz, ni una mano,
-ni una mirada. Todos los hombres
-callaron, fijos sus ojos en el suelo.
-Solamente la mujer a que antes
-nos hemos referido osó clavar sus
-miradas airadas en el Marqués,
-quien ni reparó siquiera en ella.
-Su olímpica mirada pasó sobre su
-cabeza y sobre las demás ratas,
-y cómodamente arrellanado sobre
-los mullidos almohadones de su
-carroza, dió orden al cochero de
-continuar la marcha.</p>
-
-<p>Por el mismo sitio cruzaron en
-carrera desenfrenada y sucesión
-rápida muchas otras carrozas.
-La del ministro, la de los arbitristas
-del Estado, la del aperador
-general, la del doctor, la del abogado,
-la del eclesiástico. Las ratas
-asomaban tímidas las cabezas en
-la entrada de sus agujeros.</p>
-
-<p>Retiróse el padre a quien habían
-dejado sin hijo, retiráronse
-las ratas al fondo de sus agujeros,
-y sobre el basamento de la fuente
-no quedó más que la mujer que
-había osado mirar ceñuda al Marqués,
-rígida como la Fatalidad.
-El agua de la fuente corría rumorosa,
-corrían rápidas y turbulentas
-las aguas del río, el día corría
-a su ocaso, la vida de la ciudad
-corría a la muerte impulsada por
-el Tiempo, que a nadie espera, las
-ratas dormían ya en sus obscuros
-agujeros, el <i>baile de la extravagancia</i>
-continuaba entre luces y cenas,
-y todas las cosas, para decirlo de
-una vez, seguían su curso.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_VIII">VIII.<br />EL SEÑOR EN EL CAMPO</h3></div>
-
-
-<p>Un paisaje encantador, en el
-que se ven campos de trigo, aunque
-no abundantes. Pedazos de
-terreno sembrados de centeno
-donde hubiera podido criarse el
-trigo, pedazos sembrados de habas
-y de guisantes, pedazos sembrados
-de vegetales de toda clase,
-y es que la naturaleza inanimada,
-armonizando sus gustos con los
-de la humanidad, manifestaba
-tendencia decidida hacia una vegetación,
-más aparente que real.</p>
-
-<p>El carruaje de viaje del señor
-Marqués, que, dicho sea de paso,<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>
-hubiera podido ser menos pesado,
-tirado por cuatro caballos y guiado
-por dos postillones, escalaba
-trabajosamente una colina empinada.
-El subido color de las mejillas
-del prócer nada argüía en
-contra de su elevada alcurnia. No
-tenía su origen dentro, sino que
-era efecto de una circunstancia
-externa imposible de evitar: la
-puesta del sol.</p>
-
-<p>Los rayos tangentes del astro
-rey penetraban en el coche de
-viaje del señor Marqués envolviendo
-a éste en nimbos de luz
-rojiza.</p>
-
-<p>&mdash;Pronto se pondrá&mdash;exclamó
-el señor Marqués, contemplando
-con disgusto sus manos.</p>
-
-<p>En efecto, tan cerca de su ocaso
-estaba el sol, que no tardó en ponerse.
-Dominada la cima de la
-colina y ajustados a las ruedas
-los pesados frenos, en cuanto el
-coche comenzó a rodar por la pendiente
-abajo, envuelto en nubes de
-polvo, los fulgores rojizos se extinguieron:
-el sol y el Marqués descendían.</p>
-
-<p>Ante los ojos del Marqués se
-extendía un territorio quebrado,
-una aldea en el fondo de la hondonada,
-una llanura que terminaba
-en un altozano, un campanario,
-un molino de viento, un bosque
-abundante en caza, y una fortaleza
-emplazada al borde de un
-despeñadero. El Marqués contemplaba
-todos los objetos detallados,
-cuyas líneas comenzaban a borrar
-las sombras de la noche, con la
-expresión del que se acerca a su
-casa.</p>
-
-<p>Contaba la aldea con una calle
-pobre, con una cervecería pobre,
-con una tenería pobre, con una
-taberna pobre, con un relevo de
-postas pobre y con una fuente
-pobre. Siendo pobres todos los
-servicios, pobres habían de ser, y
-pobres eran, en efecto, sus habitantes.
-Todos ellos vivían en la
-miseria, y muchos se hallaban
-sentados en las puertas de sus
-viviendas, preparando cebollas de
-deshecho y otros artículos semejantes
-para su cena, mientras
-otros lavaban en la fuente verduras,
-hierbas y toda clase de comestibles
-que la tierra da de sí. No era
-preciso ser muy lince para descubrir
-las causas que a la miseria los
-reducían: con leer las inscripciones
-solemnes, colocadas en todos los
-sitios visibles de la aldea, en las
-cuales se detallaban los impuestos
-que había que pagar al Estado,
-a la Iglesia y al señor, juntamente
-con las contribuciones locales y
-generales, bastaba y aun sobraba,
-no ya para comprender que los
-habitantes fueran pobres, sino
-para maravillarse de que el hambre
-y la miseria no hubieran concluído
-con la vida de todos ellos.</p>
-
-<p>Niños se veían muy pocos, perros
-ni uno sólo. En cuanto a los
-hombres y a las mujeres, la alternativa
-que el mundo les ofrecía
-no podía ser más clara: o vivir de
-la manera más miserable en la aldea,
-bajo el yugo aplastante del<span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span>
-señor, o morir en la fortaleza
-emplazada sobre el precipicio,
-destinada a calabozo.</p>
-
-<p>Precedido por un correo y
-acompañado por los restallidos de
-los látigos de los postillones, que
-cruzaban los aires semejantes a
-culebras enroscadas, el señor Marqués
-mandó detener su carruaje
-frente a la puerta de la casa de
-postas. Como distaba muy poco
-de la fuente, los aldeanos que en
-ésta se hallaban suspendieron sus
-faenas para mirarle. El también
-les miró, y vió cómo doblaban
-sus frentes ante su persona, de la
-misma manera que él había doblado
-la suya ante el señor, cuando
-acertó a unirse al grupo un caminero.</p>
-
-<p>&mdash;Tráeme a ese individuo&mdash;dijo
-el Marqués al correo.</p>
-
-<p>Fué llevado a su presencia el
-caminero, en derredor del cual se
-agruparon los aldeanos, ávidos de
-escuchar y de ver.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te pasé en el camino, verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Verdad es, señor, tuve el honor
-de que el señor me pasase en
-el camino.</p>
-
-<p>&mdash;Al subir la rampa y en la
-cumbre de la colina, ¿no es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;Señor, cierto es.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que mirabas con
-tanta fijeza?</p>
-
-<p>&mdash;Miraba al hombre, señor.</p>
-
-<p>Al contestar, su gorro puntiagudo
-apuntaba debajo del carruaje.
-Todos los aldeanos concentraron
-sus miradas en el mismo sitio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hombre, pedazo de bruto?</p>
-
-<p>&mdash;Perdón, señor, quiero decir
-el hombre que pendía de la cadena
-de la galga.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero quién?</p>
-
-<p>&mdash;El hombre, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cargue el diablo con esta
-turba de idiotas! ¿Cómo se llama
-ese hombre? Tú conoces a todos
-los de estos contornos: ¿quién
-era ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;¡Piedad, señor! No era de
-esta parte del país: no le había
-visto en los días de mi vida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Suspendido de la cadena?
-¿Ahorcado?</p>
-
-<p>&mdash;Con permiso del señor, diré
-que su cabeza colgaba de esta
-manera.</p>
-
-<p>El caminero se aproximó a la
-galga y se colocó vuelta la cara
-hacia el cielo y con la cabeza
-colgando. A continuación, recobró
-la postura normal e hizo una
-reverencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué señas tenía?</p>
-
-<p>&mdash;Señor, estaba más blanco que
-un molinero, el polvo le cubría
-de pies a cabeza, era más blanco
-que un espectro y más alto que
-un espectro.</p>
-
-<p>La descripción produjo en el
-auditorio sensación inmensa. Todos
-volvieron sus ojos hacia el
-Marqués, acaso creyendo que llevase
-algún espectro sobre su conciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡No puede negarse que te has
-portado como un hombre!&mdash;exclamó
-el Marqués.&mdash;Ves un ladrón<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span>
-subido a mi carruaje, y no sabes
-abrir esa bocaza inmensa que
-tienes en la cara. ¡Suéltelo, señor
-Gambelle, suéltelo!</p>
-
-<p>Era el señor Gambelle jefe de
-postas y de otros servicios, y al
-desarrollarse la escena que estamos
-reseñando, en su deseo de
-contribuir al buen éxito de la
-declaración, había agarrado por
-un brazo al declarante.</p>
-
-<p>&mdash;Suelte a ese bergante, señor
-Gambelle, y si llega a la aldea el
-desconocido, préndale y no le
-ponga en libertad hasta asegurarse
-de que es un hombre honrado.</p>
-
-<p>&mdash;Será para mí un honor cumplir
-las órdenes del señor&mdash;contestó
-Gambelle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Escapó aquel...? ¿Pero dónde
-se ha metido ese maldito?</p>
-
-<p>El maldito se había metido
-debajo del carruaje, acompañado
-por media docena de amigos particulares
-suyos, a los cuales mostraba
-la cadena de la galga. Otra
-media docena de amigos le sacaron
-arrastrando inmediatamente
-y le llevaron a presencia del señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Escapó aquel hombre cuando
-nos detuvimos para echar la
-galga?</p>
-
-<p>&mdash;Se precipitó de cabeza desde
-lo alto de la colina, ni más ni menos
-que si se hubiera arrojado al
-mar.</p>
-
-<p>&mdash;Cuide de averiguarme eso,
-Gambelle... ¡En marcha!</p>
-
-<p>Delante de las ruedas, examinando
-la cadena, estaban la media
-docena de amigos particulares
-del caminero, semejantes a un
-pelotón de borregos. Las ruedas
-comenzaron a girar tan inopinadamente,
-que fué un milagro
-que aquéllos pudieran salvar sus
-pellejos y sus huesos, único que
-podían salvar, por fortuna suya.</p>
-
-<p>Los caballos salieron de la aldea
-al galope, mas no tardaron
-en moderar la marcha, pues la
-rampa de la colina era tan empinada,
-que hubieron de subirla al
-paso. Bordeaba el camino un
-pequeño cementerio, donde se
-veía una cruz con la imagen de
-Nuestro Salvador. Era una imagen
-de madera, hecha por manos
-inexpertas, pero el artista había
-hecho un estudio del natural y
-seguramente su libro fué su propio
-cuerpo o el de alguno de sus convecinos,
-pues la imagen era horriblemente
-flaca y descarnada.</p>
-
-<p>Al pie de aquel emblema doloroso
-de una desgracia inmensa
-había una mujer arrodillada. Volvió
-la cabeza al oir el ruido del
-carruaje, levantóse vivamente, y
-corrió presurosa en dirección al
-coche.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es el señor!&mdash;exclamó, presentándose
-en la portezuela.&mdash;¡Señor,
-una gracia!</p>
-
-<p>El señor lanzó una exclamación
-de impaciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay? ¿Qué se ofrece?
-¡Siempre con peticiones!</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor, por el amor de Dios!
-¡Mi marido... el guardabosque!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere tu marido el
-guardabosque? ¡Estas gentes
-siempre piden lo mismo! Que no
-puede pagar, ¿eh?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>
-&mdash;¡Lo ha pagado todo, señor!
-¡Ha muerto!</p>
-
-<p>&mdash;¡Mejor! ¡Así descansará!
-¿Crees que puedo devolvértelo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay de mí, señor... de sobra
-sé que no! ¡Pero descansa allá...
-bajo aquellas míseras hierbas!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y bien?</p>
-
-<p>&mdash;Que son muchos los trechos
-de tierra cubiertos de hierba.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno... ¿y qué?</p>
-
-<p>Aquella mujer era joven, aunque
-parecía una vieja. Su rostro
-reflejaba un dolor inmenso. A veces
-retorcía con energía sus manos
-callosas, y otras las colocaba sobre
-la portezuela del carruaje, acariciándola
-con ternura, cual si
-creyera que era un pecho humano
-susceptible de ser ablandado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tenga el señor compasión
-de mí! ¡Escuche mi petición! Mi
-marido ha muerto de hambre...
-de la misma enfermedad que han
-muerto tantos otros... de la misma
-que nos llevará a todos los
-de la aldea al sepulcro...</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero a mí que me cuentas?
-¿Acaso puedo yo mataros el hambre
-a todos?</p>
-
-<p>&mdash;Señor... Dios lo sabe, pero
-no es comida lo que pido. Lo único
-que deseo, es que sobre la
-tierra que cubre el cadáver de mi
-marido se alce un pedazo de madera
-o de piedra con su nombre, a
-fin de que todos sepan dónde está
-enterrado. De no ser así, pronto
-olvidarán todos el sitio y no podrán
-enterrarme a su lado cuando
-yo muera. ¡Señor!... ¡Señor!...</p>
-
-<p>El lacayo había separado del
-carruaje a la pobre mujer, los
-caballos habían emprendido un
-trote largo, y el señor veía disminuir
-rápidamente la legua o dos
-de distancia que todavía le separaban
-de su <i>château</i>.</p>
-
-<p>El camino era bueno, y el tiempo
-invertido en recorrerlas no fué
-largo. Dibujáronse las sombras
-de un edificio inmenso y las de
-muchos y muy corpulentos árboles.
-Era el <i>château</i> del señor Marqués,
-en cuya puerta principal
-le estaba esperando el mayordomo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha llegado de Inglaterra el
-señor Carlos, a quien espero?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Todavía no, señor Marqués&mdash;fué
-la respuesta.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_IX">IX.<br />LA CABEZA DE GORGON</h3></div>
-
-
-<p>Era el <i>château</i> del señor Marqués
-un edificio arrogante, de espesos
-y sólidos muros y vastas proporciones.
-De su espacioso patio de
-piedra arrancaban dos amplias
-escaleras también de piedra, que
-iban a encontrarse en la terraza
-de piedra como todo lo demás, que
-precedía a la puerta principal.
-De piedra eran las recias balaustradas,
-de piedra los jarrones, de
-piedra las flores, de piedra las
-caras humanas, de piedra las
-cabezas de los leones, de piedra
-todo. No parecía sino que la cabeza
-de Gorgon había presidido, dos<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>
-siglos antes, la terminación de
-aquella ingente masa de piedra
-e ideado sus remates y detalles de
-ornamentación.</p>
-
-<p>La antorcha que precedía al
-señor Marqués cuando, después
-de salir de su coche de viaje,
-emprendió el ascenso de la espaciosa
-escalera de piedra, derramaba
-resplandor bastante para provocar
-las protestas de la lechuza
-que tenía su cuartel general en el
-tejado de la torrecilla que servía
-de remate a las caballerizas y
-que se alzaba como queriendo
-escalar las nubes, rodeada de árboles
-de prodigiosa altura. Todo
-lo demás permaneció tranquilo,
-tan tranquilo, que tanto la antorcha
-que precedía en la gran escalera
-los pasos del señor Marqués,
-como la que frente a la puerta de
-honor esperaba su llegada, ardían
-cual si en el centro de cerrado
-salón estuvieran, y no expuestas
-al soplo de las brisas de la noche.
-Ni se oía tampoco más ruido que
-el del ulular de la lechuza, excepción
-hecha del rumor producido
-por el agua de la fuente al caer en
-la pila, pues era una de esas noches
-que contienen el aliento
-durante horas enteras, para exhalar
-un suspiro y permanecer de
-nuevo sin respirar.</p>
-
-<p>Giró sobre sus suaves goznes
-la puerta de honor, y el señor
-Marqués penetró en una galería
-cuyos muros ofrecían a la vista
-gran variedad de armaduras antiguas,
-e infinidad de dardos,
-lanzas, espadas y cuchillos de
-caza, juntamente con un surtido
-variado de fustas, trallas y látigos,
-cuyo peso había sentido más
-de un labriego cuando su señor
-estaba encolerizado.</p>
-
-<p>Sin mirar siquiera a los alones
-grandes, envueltos en negras tinieblas,
-el señor Marqués, siempre
-siguiendo a la antorcha, llegó
-frente a una puerta que había
-en el fondo de la galería. Abierta
-aquélla, se encontró en sus habitaciones,
-que eran tres, una de
-ellas su alcoba. Las habitaciones
-de elevados artesonados, reunían
-todo el lujo, todo el refinamiento
-que corresponden a un Marqués,
-que vive en un siglo fastuoso y
-en una nación que todo lo sacrifica
-al boato. En los riquísimos
-muebles dominaba el gusto del
-penúltimo Luis de aquella sagrada
-dinastía que debía ser eterna,
-de Luis XIV, aunque no faltaban
-objetos que podían pasar como
-ilustraciones de las antiguas páginas
-de la historia de Francia.</p>
-
-<p>En el centro de la tercera habitación,
-pieza redonda que correspondía
-a una de las cuatro
-torres que flanqueaban el edificio,
-había una mesa comedor con servicio
-para dos personas. La habitación
-era reducida, y su ventana
-estaba abierta, bien que cerradas
-sus celosías.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cubierto para mi sobrino?&mdash;murmuró
-el Marqués al entrar.&mdash;Y,
-sin embargo, acaban de decirme
-que no ha llegado todavía.</p>
-
-<p>No había llegado, en efecto,<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
-pero en el castillo, esperaban que
-llegase con el señor Marqués.</p>
-
-<p>&mdash;No es probable que llegue
-esta noche&mdash;añadió el Marqués,
-dirigiéndose al servidor encargado
-del comedor&mdash;pero deja la mesa
-como está. Dentro de un cuarto
-de hora me sentaré a cenar.</p>
-
-<p>En efecto: quince minutos después
-tomaba el Marqués asiento
-frente a una cena suntuosa y selecta.
-Sentóse dando espaldas a la
-ventana. Acababa de comer la
-sopa y llevaba a sus labios un vaso
-de rico Burdeos, cuando bajó la
-mano sin beber.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;preguntó con
-calma, volviendo la cara hacia las
-celosías.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, Monseñor?</p>
-
-<p>&mdash;Fuera... Abre las celosías.</p>
-
-<p>La orden quedó obedecida en el
-acto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, señor: las copas de los
-árboles y las sombras de la noche
-es lo único que se ve.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo su señor, con
-calma imperturbable.&mdash;Vuelve a
-cerrar.</p>
-
-<p>El Marqués volvió a prestar
-atención a su cena. Habría llegado
-a la mitad de ésta, cuando por
-segunda vez quedó a medio camino
-el vaso que llevaba a sus labios.
-Oíase el rodar de un carruaje que
-a buena marcha se aproximaba
-al castillo.</p>
-
-<p>&mdash;Pregunta quién ha llegado&mdash;dijo
-el Marqués al servidor.</p>
-
-<p>Era el sobrino del señor, a quien
-en la casa de postas habían manifestado
-que el Marqués habría
-llegado ya al castillo.</p>
-
-<p>&mdash;Vete y dile de mi parte que la
-cena espera, y que le ruego venga
-sin tardanza.</p>
-
-<p>Minutos después entraba en el
-comedor el viajero, que era el
-mismo joven a quien hemos conocido
-en Inglaterra bajo el nombre
-de Carlos Darnay.</p>
-
-<p>Recibióle el señor Marqués con
-exquisita cortesanía, pero no se
-dieron las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Salió usted ayer de París?&mdash;preguntó
-el joven al sentarse a
-la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer, sí; ¿y tú?</p>
-
-<p>&mdash;Yo he venido directamente
-aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Desde Londres?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Bastante te ha costado llegar&mdash;observó
-el Marqués sonriendo.</p>
-
-<p>&mdash;Por el contrario, he hecho
-el viaje con mucha rapidez.</p>
-
-<p>&mdash;Dispensa, no he querido decir
-que en el camino hayas invertido
-mucho tiempo, sino en resolverte
-a hacer el viaje.</p>
-
-<p>&mdash;Sí... me han obligado a aplazarlo...
-negocios diversos.</p>
-
-<p>&mdash;Lo supongo&mdash;contestó el tío.</p>
-
-<p>No cambiaron más palabras
-mientras el servidor estuvo presente.
-Servido el café, y solos ya
-tío y sobrino, abrió la conversación
-este último, clavando sus
-ojos en la cara del primero, que
-parecía una máscara.</p>
-
-<p>&mdash;He regresado, tío, persiguiendo
-el mismo objetivo que me obligó
-a ausentarme. He corrido un<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>
-peligro inmenso; pero el objetivo
-es tan sagrado, que aun cuando la
-muerte me hubiese acarreado, no
-habría decaído mi valor.</p>
-
-<p>&mdash;La muerte no, querido&mdash;respondió
-el tío;&mdash;ni nombrarse debe
-esa señora.</p>
-
-<p>&mdash;Dudo mucho, tío&mdash;replicó el
-sobrino,&mdash;que usted me hubiese
-tendido una mano, aun viéndome
-colocado en el filo mismo de la
-muerte.</p>
-
-<p>Agitáronse las ventanas de la
-nariz del tío y se hicieron más
-profundas las líneas de su rostro,
-dando expresión más cruel a su
-aspecto; pero el Marqués hizo un
-gesto gracioso de protesta, que
-nada tenía de tranquilizador por
-ser efecto demasiado palpable de
-la finura de modales del prócer.</p>
-
-<p>&mdash;Hablando con franqueza&mdash;repuso
-el sobrino,&mdash;si no mienten
-mis informes, ha hecho usted todo
-lo posible para dar fuerza a las
-sospechas originadas por las circunstancias
-demasiado sospechosas
-que me rodeaban.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no, no, no!&mdash;contestó
-riendo el tío.</p>
-
-<p>&mdash;No discutiremos ese punto&mdash;continuó
-el sobrino, mirando con
-evidente desconfianza a su interlocutor.&mdash;Me
-consta que, a trueque
-de detenerme en el camino,
-ha de agotar usted todos los recursos
-de su diplomacia especial,
-como me consta también que en
-materia de recursos, es usted poco
-escrupuloso.</p>
-
-<p>&mdash;Mi querido sobrino, me permitiré
-rogarte que procures hacer
-memoria, que tengas presente lo
-que te dije hace tiempo, mucho
-tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo recuerdo perfectamente.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias&mdash;contestó el
-Marqués, con voz que parecía un
-instrumento musical.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto, tío; creo firmemente
-que debo a su mala fortuna, y
-a mi buena estrella, el no encontrarme
-en este momento recluído
-en alguna prisión de Francia.</p>
-
-<p>&mdash;No entiendo bien&mdash;respondió
-el tío, tomando un sorbo de café.&mdash;¿Tienes
-la bondad de explicarte?</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto. Quiero
-decir que, de no haber caído usted
-en desgracia en la corte, de no encontrarse
-bajo la obscura sombra
-de aquella nube que le viene envolviendo
-desde hace algunos
-años, no le habría faltado una carta
-<i>de cachet</i> que me hubiera abierto
-las puertas de una fortaleza por
-tiempo indefinido.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy posible&mdash;replicó el
-tío, con calma imperturbable&mdash;que
-el honor de la familia me hubiese
-impulsado a molestarte hasta
-ese punto.</p>
-
-<p>&mdash;Por fortuna para mí, observo
-que en la recepción de anteayer
-encontró usted la misma frialdad
-de siempre&mdash;dijo el sobrino.</p>
-
-<p>&mdash;Perdona que te diga, mi querido
-sobrino, que yo, en tu lugar,
-no aseguraría que mi desgracia
-en la corte sea para ti una fortuna.
-Es muy probable que las reflexiones
-que te hubiera sugerido
-la soledad de una cárcel hubiesen<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span>
-ejercido en tu destino futuro influencia
-más beneficiosa que la
-que puedan ejercer tus actos gozando
-de libertad. Pero es inútil
-discutir este particular. Me encuentro,
-según dices, en posición
-desventajosa. Hoy, solamente el
-interés o las importunidades alcanzan
-esos pequeños instrumentos
-de corrección, esos medios
-suaves para robustecer el poderío
-y el honor de las familias, esos
-favores insignificantes que tanto
-hubieran podido molestarte. ¡Son
-tantos los que los codician, y tan
-pocos (comparativamente) los que
-los obtienen! No sucedía así en
-otros tiempos, pero las cosas han
-variado mucho, y varían todos los
-días, siendo de notar que van de
-mal en peor. Nuestros antepasados
-gozaban del poder de vida o
-muerte sobre sus vasallos y gentes
-vulgares. ¡Cuántos de esos perros
-han salido de esta misma habitación
-para ser colgados inmediatamente!
-Que yo sepa, en mi alcoba
-fué muerto a puñaladas un insolente
-bellaco que se atrevió a proferir
-no sé qué broma de mal gusto
-a propósito de su hija que... Hemos
-perdido muchos privilegios;
-es la verdad. Se ha puesto en moda
-una filosofía nueva, y no puedo
-negar que hoy, si nos obstinásemos
-en defender todos nuestros
-derechos, acaso tropezáramos con
-graves inconvenientes. ¡Las cosas
-se ponen malas, muy malas!</p>
-
-<p>El Marqués tomó un polvo de
-rapé y movió la cabeza con la
-expresión de quien lamenta que
-un país desdeñe medios tan excelentes
-de regeneración.</p>
-
-<p>&mdash;De tal suerte hemos hecho
-valer nuestra posición social, tanto
-en tiempos pasados, como en
-nuestros días&mdash;replicó el sobrino
-con acento sombrío,&mdash;que hemos
-conseguido que Francia pronuncie
-con aversión y con odio nuestros
-nombres.</p>
-
-<p>&mdash;De lo que debemos felicitarnos&mdash;observó
-el tío.&mdash;La aversión
-y el odio son los homenajes
-más altos y más involuntarios que
-los pequeños rinden a los grandes.</p>
-
-<p>&mdash;No encuentro en este país
-una sola cara que nos mire con
-deferencia&mdash;repuso el sobrino.&mdash;En
-todas ellas leo el respeto engendrado
-por el temor y la esclavitud.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que no deja de ser lisonjero
-para la familia y para los
-procedimientos empleados por la
-familia para sostener su grandeza&mdash;dijo
-el Marqués, tomando otro
-polvo de rapé y montando una
-pierna sobre otra.</p>
-
-<p>Afectaba el prócer glacial indiferencia;
-pero cuando su sobrino,
-puestos los codos sobre la mesa,
-se cubrió los ojos con las manos y
-permaneció durante un buen espacio
-de tiempo absorto en sus reflexiones,
-desapareció la mascarilla
-del Marqués y miró de soslayo
-a su sobrino con expresión tal
-de rencor, que se armonizaba muy
-mal con la indiferencia primera.</p>
-
-<p>&mdash;La única filosofía de efectos
-duraderos es la represión&mdash;observó
-el Marqués.&mdash;Ese respeto sombrío<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>
-engendrado por el miedo y la
-esclavitud, amigo mío, hará que
-los perros continúen obedientes
-al látigo mientras este techo nos
-proteja contra la intemperie.</p>
-
-<p>Quizá el techo estaba llamado
-a caer derrumbado antes de lo que
-el buen Marqués creía. Si ante sus
-ojos hubieran presentado aquella
-noche un cuadro de lo que sería
-dentro de contado número de
-años su castillo, y cientos de castillos
-semejantes al suyo, a buen
-seguro que nadie le habría hecho
-creer en la fidelidad de la pintura.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras tanto&mdash;continuó el
-Marqués,&mdash;corre de mi cuenta poner
-a salvo el honor y el reposo de
-nuestra familia, quieras tú o no...
-Pero, ahora caigo en que debes
-encontrarte rendido: ¿te parece
-que, por esta noche, pongamos
-término a nuestra conferencia?</p>
-
-<p>&mdash;Un momento más.</p>
-
-<p>&mdash;Una hora, si ése es tu gusto.</p>
-
-<p>&mdash;Hemos obrado mal, tío, y los
-frutos de nuestra iniquidad están
-madurando.</p>
-
-<p>&mdash;¿<i>Hemos</i> obrado mal?&mdash;repitió
-el tío sonriendo.</p>
-
-<p>&mdash;Ha cometido mil yerros nuestra
-familia, sí, nuestra honorable
-familia, cuyo honor tanto nos
-interesa a los dos. Hasta en tiempos
-de mi padre cometimos mil
-iniquidades, sacrificando sin reparo
-a todo ser humano que se
-interpusiera entre nosotros y
-nuestros placeres... ¿Pero a qué
-hablar de los tiempos de mi padre,
-si otro tanto ocurre en los de
-usted? ¿Puedo, acaso, establecer
-una separación entre mi padre y
-su hermano gemelo, su heredero
-adjunto, su sucesor inmediato
-forzoso?</p>
-
-<p>&mdash;La mano de la muerte me
-llamó a sucederle.</p>
-
-<p>&mdash;Y la misma mano me dejó
-encadenado a un sistema que me
-repugna, que me horroriza, haciéndome
-responsable de lo que
-no está en mi mano evitar; me
-impide dar cumplimiento a la
-súplica postrera que murmuraron
-los labios de mi santa madre, me
-impide obedecer la orden última,
-muda, pero patética, dictada por
-los ojos queridos de aquella dama
-ejemplar, que me encarecían que
-tuviera piedad y compasión, y
-que jamás cerrara mis oídos a la
-voz de la justicia; y por último,
-me destroza el alma, al convencerme
-de que necesito una mano que
-me ayude y de que en vano la
-busco.</p>
-
-<p>&mdash;Si en mí la buscas, mi querido
-sobrino, desde luego te aseguro
-que pierdes el tiempo: no la encontrarás
-nunca. He decidido bajar
-al sepulcro perpetuando el sistema
-bajo el cual nací y he vivido.</p>
-
-<p>Tomó otro polvo de rapé, guardó
-la cajita en el bolsillo, y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Preferible es escuchar la voz
-de la razón y aceptar el destino
-natural... Pero observo que estás
-perdido, mi querido Carlos.</p>
-
-<p>&mdash;Perdidas están para mí estas
-propiedades y hasta Francia&mdash;contestó
-con amargura el sobrino.&mdash;Las
-renuncio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es que puedes renun<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>ciarlas?
-Siempre he creído que
-para renunciar precisa <i>poseer</i>. Yo
-no sé si Francia será tuya ya; pero
-los bienes de nuestra familia...
-Claro que ni vale la pena hablar
-de ello; pero ¿es que los consideras
-tuyos?</p>
-
-<p>&mdash;Al hablar como lo hice, ni se
-me ocurrió la idea de aludir a los
-derechos que sobre ellos tengo, ni
-mucho menos reclamar su posesión.
-Si mañana pasasen de sus
-manos a las mías...</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tengo la vanidad de
-considerar muy improbable...</p>
-
-<p>&mdash;... O de aquí a veinte años...</p>
-
-<p>&mdash;Me haces demasiado honor;
-pero prefiero esta suposición a la
-primera.</p>
-
-<p>&mdash;Los abandonaría, para vivir
-en otra parte y otro género de
-vida. ¡No sería abandonar mucho!
-¡Total, un desierto espantoso que
-no presenta más que miserias y
-ruinas!</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?&mdash;exclamó el Marqués,
-paseando su mirada por aquella
-habitación suntuosa.</p>
-
-<p>&mdash;No diré que la vista no encuentre
-en aquéllos algún atractivo;
-pero estudiados en su fondo,
-a la luz de la razón y de la justicia,
-son una torre ruinosa de extorsiones,
-despilfarros, deudas, injusticias,
-opresiones, hambres,
-desnudeces y sufrimientos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?&mdash;repitió el Marqués con
-acento de satisfacción.</p>
-
-<p>&mdash;Si llegan a ser míos, los confiaré
-a manos más competentes
-que las mías para que los desgraven
-poco a poco, dado caso que
-llegue a tiempo, del peso enorme
-que los arrastra al precipicio, a
-fin de que los infelices que a ellos
-se ven clavados sufran menos en
-lo sucesivo. No podré hacerlo; lo
-sé. Pesa sobre ellos una maldición,
-y no sólo sobre ellos, sino también
-sobre la nación entera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú?&mdash;preguntó el tío.&mdash;Perdona
-mi curiosidad; ¿es que a
-la sombra de tu filosofía de nuevo
-cuño esperas vivir del maná del
-cielo?</p>
-
-<p>&mdash;Fuerza será que viva de lo
-mismo que vivirán tantos otros
-compatriotas míos, por muchos
-que sean sus pergaminos, por rancia
-que sea su nobleza: del trabajo.</p>
-
-<p>&mdash;¿En Inglaterra, por ejemplo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. El honor de la familia puede
-dormir tranquilo. No lo mancillaré
-trabajando mientras me encuentre
-en este país, y no podré
-mancillarlo en otro sencillamente
-porque, fuera de aquí, no ostentaré
-el apellido de la familia.</p>
-
-<p>El Marqués hizo sonar un timbre.
-Inmediatamente se iluminó
-la habitación inmediata. Esperó
-el Marqués a que se fuera el servidor
-que había encendido las
-luces, y cuando oyó que sus pasos
-se alejaban, dijo, mirando a su
-sobrino con rostro sonriente:</p>
-
-<p>&mdash;Muchos atractivos tiene para
-ti Inglaterra, bien que, a decir
-verdad, no me admira si tengo
-en cuenta lo mucho que allí has
-prosperado.</p>
-
-<p>&mdash;Manifesté ya antes que creo
-ser deudor a usted de todas las<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>
-<i>fortunas y prosperidades</i> que allí
-encontré. De todas suertes, Inglaterra
-es mi refugio.</p>
-
-<p>&mdash;Si hemos de creer a los vanidosos
-ingleses, es el refugio de
-muchos. ¿Conoces a un compatriota
-nuestro que allí buscó refugio?
-Me refiero a un doctor.</p>
-
-<p>&mdash;Le conozco.</p>
-
-<p>&mdash;¿A quien acompaña una hija?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;El mismo. Estás rendido...
-Buenas noches.</p>
-
-<p>La sonrisa con que acompañó
-la inclinación de cabeza que hizo
-a su sobrino a guisa de cortés despedida
-y el tono con que pronunció
-las últimas palabras, envolvían
-un misterio que no pudo
-menos de impresionar al sobrino.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;repitió el Marqués.&mdash;Un
-doctor con una hija... Sí. ¡Así
-comienza la nueva filosofía!...
-Buenas noches.</p>
-
-<p>El joven clavó sus ojos en su
-cara cual si esperase encontrar en
-ella la aclaración de las últimas
-palabras que habían herido sus
-oídos. Trabajo perdido. Lo mismo
-hubiera conseguido interrogando
-las de las estatuas de piedra que
-tanto abundaban en el castillo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buenas noches!&mdash;añadió el
-tío.&mdash;El deseo de verte mañana
-por la mañana me tendrá desvelado
-toda la noche... Que descanses...
-Enciende las luces del dormitorio
-de mi señor sobrino... ¡Y
-asa a mi señor sobrino en la cama,
-si puedes!&mdash;añadió para sus adentros,
-antes de hacer sonar nuevamente
-la campanilla, llamando
-al ayuda de cámara a su alcoba.</p>
-
-<p>El ayuda de cámara acudió al
-llamamiento y volvió a salir, dejando
-al Marqués en paños menores
-y dispuesto a meterse en la
-cama. Tardó una porción de minutos
-en hacerlo. Si alguien le hubiese
-visto vestido como iba y calzado
-con zapatillas, midiendo la
-estancia con paso silencioso y
-vivo, semejante al del tigre real,
-hubiérale tomado probablemente
-por el famoso marqués encantado
-de la leyenda, cuyas transformaciones
-periódicas en felino comenzaban
-entonces o terminaban en
-aquel instante.</p>
-
-<p>Surgían en el fondo de su imaginación,
-mientras caminaba de
-uno a otro extremo de su voluptuosa
-alcoba, los incidentes más
-salientes del viaje que terminara
-aquella noche: veíase subiendo
-perezosamente la rampa empinada
-de la colina, contemplaba con
-los ojos del alma la puesta del
-sol, el descenso de la falda opuesta
-de la colina, el molino, la cadena
-de la galga, la prisión emplazada
-al borde del tajo, la aldea de la
-hondonada, los labriegos en derredor
-de la fuente y el caminero en
-el momento de señalar con su gorro
-puntiagudo la cadena de su
-coche de camino. La fuente de la
-aldea le recordaba la otra fuente
-de París, y en ella veía al cadáver
-del niño acurrucado sobre el basamento,
-a las mujeres inclinadas
-sobre su cuerpecito y al hombre
-alto que, con los brazos extendidos
-gritaba: «¡Muerto!»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Me estoy enfriando&mdash;murmuró
-el señor Marqués.&mdash;¡A la
-cama, a la cama!</p>
-
-<p>Tendióse en el lecho, dejó caer
-las lujosas cortinas que lo envolvieron,
-y se dispuso a dormir.</p>
-
-<p>Por espacio de tres horas interminables
-permanecieron las caras
-de piedra de los inmóviles centinelas
-colocados en el exterior del
-castillo contemplando las negruras
-de la noche; por espacio de
-tres horas interminables los caballos
-inquietos golpearon con sus
-manos los pesebres de las caballerizas,
-y la lechuza lanzaba un
-ruido peculiar que no tenía semejanza
-alguna con el canto que a
-las lechuzas han asignado los
-hombres-poetas.</p>
-
-<p>Hombres y leones de piedra del
-castillo clavaron por espacio de
-tres mortales horas sus ojos sin
-pupilas en los negros tules de la
-noche. Negros estaban los campos,
-negros los bosques, negros los
-caminos, negro como mar de tinta
-todo el paisaje. En el cementerio
-de la aldea hubiese sido imposible
-distinguir una tumba de otra, y
-nadie hubiera podido decir si la
-cruz a cuyo pie estaba arrodillada
-aquella tarde la mujer que pidió
-una gracia al Marqués continuaba
-enhiesta o si había caído derribada.
-En la aldea, explotadores y
-explotados dormían profundamente.
-Quizá durante el sueño
-disfrutaban estos últimos de opíparos
-banquetes, como ocurrir
-suele a los que perecen de hambre,
-o bien de tranquilidad y de descanso,
-cual bueyes habituados a
-gemir bajo el yugo.</p>
-
-<p>Aguas invisibles y silenciosas
-fluían de la fuente de la aldea, lo
-mismo que de la fuente del castillo,
-perdiéndose a lo lejos, como
-se pierden los minutos que continuamente
-deja escapar la mano
-del Tiempo. Al cabo de tres horas
-interminables, las aguas comenzaron
-a tomar ligeros tonos grises,
-y los ojos de las caras de piedra
-del castillo principiaron a iluminarse.</p>
-
-<p>Brotó por Oriente el sol, tiñendo
-de rojo las copas de los árboles
-y las cimas de las montañas. Sus
-fulgores dieron roja coloración a
-las aguas que brotaban de la fuente
-del castillo y a las caras de
-piedra de hombres y leones. Gorjeaban
-parleros los pajarillos, uno
-de los cuales, más atrevido que
-sus compañeros, agotó el repertorio
-de sus cantos más hermosos
-posado sobre el alféizar de piedra
-de la ventana de la alcoba del
-señor Marqués. El centinela de
-piedra más inmediato contempló
-con mudo asombro al cantor,
-abrió la boca y dió muestras del
-terror más profundo.</p>
-
-<p>Los fulgores del astro del día
-sacudieron el sopor que dominaba
-cual señor absoluto en la aldea.
-Abriéronse las ventanas, desatrancáronse
-las puertas de las
-casas, y las gentes salieron tiritando
-a la calle para entregarse a
-las faenas diarias. Unos se fueron
-a la fuente, otros al campo; éstos,
-a arar, aquéllos a cavar o a apa<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>centar
-escuálidos ganados. En la
-iglesia quedaron dos o tres personas,
-suplicando al Cielo que conservara
-la vida de alguna vaca
-o de corto número de ovejas.</p>
-
-<p>El castillo despertó más tarde,
-cual correspondía a su elevada
-jerarquía social. Los rayos del
-sol tiñeron de rojo primero a los
-venablos, espadas y lanzas; más
-tarde arrancaron destellos a los
-montantes, comenzaron a abrirse
-ventanas, se impacientaron los
-caballos en las cuadras, y los perros
-sacudían las cadenas que los
-sujetaban, ladrando desaforadamente
-en demanda de libertad.</p>
-
-<p>Todos éstos eran incidentes triviales
-que se repetían diariamente,
-detalles rutinarios de la vida
-ordinaria. Pero algo menos trivial,
-algo que no era rutinario ni corriente
-ocurría aquella mañana
-en el castillo. Repicaba con furia
-insistente la gran campana; corrían
-los servidores de una parte
-a otra; por la terraza cruzaban
-muchas personas y en las caballerizas
-ensillaban con azoramiento
-varios caballos. ¿Por qué?</p>
-
-<p>¿Qué ventolera había acometido
-al caminero, momentos antes entregado
-al trabajo, allá en la cima
-de la colina? ¿Acaso las aves del
-campo pretendían llevarse en sus
-picos el escaso almuerzo que había
-dejado sobre un montón de piedras?
-¿por qué corría con aquella
-furia, ladera abajo, cual si de la
-velocidad de su carrera dependiera
-su vida? ¿Por qué hundía sus
-piernas hasta la rodilla en el polvo,
-y devoraba distancias sin detenerse
-a tomar aliento, hasta
-que llegó a la fuente?</p>
-
-<p>En derredor de ésta se había
-congregado toda la población de
-la aldea, y allí permanecía con la
-consternación pintada en sus semblantes,
-hablando con voz muy
-baja, bien que sin revelar otras
-emociones que las de curiosidad
-sombría y profunda sorpresa. En
-la embocadura de la calle se veían
-gentes del castillo, servidores de
-la casa de postas y todas las autoridades
-de la aldea, más o menos
-armadas. El caminero había penetrado
-ya en el centro de un grupo,
-formado por unos cincuenta
-amigos particulares suyos, con los
-cuales hablaba con muestras de
-excitación. ¿Qué significaba todo
-esto? Sobre todo, ¿qué significaba
-la llegada del señor Gambelle,
-que sentado a la grupa de un caballo,
-montado también por un
-servidor del castillo, se aproximaba
-a la aldea a galope tendido,
-no obstante la doble carga, cual
-si quisiera representar, un poquito
-modificada, la leyenda alemana
-de Leonora?</p>
-
-<p>Todo ello significaba que, en el
-castillo, las caras de piedra habían
-aumentado en una aquella noche.</p>
-
-<p>El Gorgon que presidió la erección
-del castillo decidió sin duda
-visitar su obra durante la noche,
-advirtió que faltaba una faz de
-piedra, la misma que probablemente
-estaban esperando desde
-doscientos años antes, y la aumentó.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span>
-La cara de piedra reposaba boca
-arriba sobre la mullida almohada
-del lecho del señor Marqués.
-Parecía mascarilla finísima, de
-expresión un poquito asustada o
-airada. Pegado a la cabeza había
-un tronco de hombre, también
-petrificado, y envainado en el
-corazón de ese tronco se veía un
-cuchillo. En derredor del pomo
-del cuchillo había un papel, en el
-cual alguien había garrapateado
-las siguientes palabras:</p>
-
-<p><i>«Llévale veloz a la tumba. De parte
-de Santiago».</i></p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_X">X.<br />DOS PROMESAS</h3></div>
-
-
-<p>Pasaron doce meses. Carlos
-Darnay se había establecido en
-Inglaterra como maestro de idioma
-francés y de literatura francesa.
-Hoy le darían el pomposo
-nombre de profesor; en aquella
-época se le llamaba tutor. Enseñaba
-a jóvenes que disponían de
-tiempo y deseaban aprender una
-lengua viva que se hablaba en
-todo el mundo. Maestros como
-Darnay no se encontraban con
-facilidad en aquellos tiempos. Los
-príncipes y los reyes distaban
-mucho de poder figurar entre la
-clase de los que pueden enseñar,
-y la nobleza arruinada no pensaba
-en perder la vista trabajando sobre
-los Libros Mayores del Banco
-Tellson, ni en consagrar sus aptitudes
-a las artes culinarias o de
-carpintería. No tardó en hacerse
-conocido el joven Darnay, quien
-como maestro poseía el secreto
-de hacer que sus discípulos encontrasen
-agradables sus lecciones,
-y como traductor sabía poner en
-sus trabajos algo más que los conocimientos
-derivados de la gramática
-y del diccionario. Como
-quiera que, por otra parte, supo
-asimilarse las costumbres del país
-en que vivía, no es de admirar que
-con algo de perseverancia, consiguiera
-prosperar.</p>
-
-<p>Cuando se trasladó a Londres,
-no lo hizo llevado de la esperanza
-de pasear sobre aceras de oro ni
-de dormir sobre lecho de rosas.
-De haber abrigado esas esperanzas,
-a buen seguro que no hubiese
-prosperado. Esperaba trabajo, lo
-encontró, se dedicó con ardor a él,
-sacó de su labor todo el partido
-posible: ese fué el secreto de su
-prosperidad.</p>
-
-<p>Pasaba parte del tiempo en
-Cambridge, hablando con los estudiantes
-y enseñándoles, como de
-contrabando, lenguas europeas y
-prescindiendo del griego y del
-latín, sobradamente enseñados en
-aquel establecimiento docente, y
-el resto del día permanecía en
-Londres.</p>
-
-<p>Pero pasemos a otro asunto
-menos ingrato. Desde los remotos
-tiempos en que la humanidad
-disfrutaba de un verano perpetuo,
-hasta los que hoy padecemos, en
-los cuales hemos de conformarnos
-con un invierno no menos perpetuo,
-el mundo ha seguido invaria<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span>blemente
-el mismo derrotero; el
-derrotero de Carlos Darnay... el
-derrotero del amor a la mujer.</p>
-
-<p>Habíase enamorado de Lucía
-Manette el día en que el peligro
-se cernía sobre su cabeza. En sus
-oídos no había resonado nunca
-una voz de acentos tan armoniosos,
-tan delicados, tan tiernos,
-como los que en la ocasión indicada
-supo aquella poner en su
-compasiva voz, ni sus ojos vieron
-jamás rostro tan encantador, tan
-angelical como el de Lucía, cuando
-ésta le veía al borde mismo de
-la fosa que a sus pies habían
-abierto falsos acusadores. Sus labios,
-empero, no habían dejado
-traslucir el secreto de su corazón.
-El asesinato perpetrado al otro
-lado del Canal, en desierto castillo,
-aquel robusto castillo de piedra,
-databa de un año, y el joven
-Darnay a nadie había revelado el
-estado de su alma.</p>
-
-<p>Que para obrar de esa suerte
-tenía Darnay sus razones, sabíalo
-él perfectamente; pero fuera que
-éstas hubieran desaparecido, fuera
-que no pudiera mantener encerrado
-por más tiempo en su pecho
-el secreto, ello es que un día de
-verano, a su regreso de Cambridge,
-dirigió sus pasos hacia el tranquilo
-rincón de Soho, resuelto a abrir
-su pecho al doctor Manette. El
-día estaba próximo a terminar, y
-sabía que Lucía habría salido con
-la señorita Pross.</p>
-
-<p>Encontró al doctor leyendo junto
-a la ventana. Las energías que
-en otro tiempo le sostuvieron
-impidiendo que cayera abrumado
-bajo el peso de sus torturas, habíanle
-restablecido gradualmente.
-Era ya un hombre fuerte en sus
-propósitos, enérgico en sus resoluciones,
-vigoroso en sus actos.
-Estudiaba mucho, dormía poco,
-soportaba sin esfuerzo grandes
-fatigas, y se le veía constantemente
-contento y feliz. Al ver entrar
-en su estudio a Carlos Darnay,
-dejó el libro y alargó al recién
-llegado su diestra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Amigo Darnay!&mdash;exclamó.&mdash;¡Cuánto
-placer me produce su
-visita! Desde hace tres o cuatro
-días esperábamos su regreso. Ayer
-estuvieron aquí los señores Stryver
-y Carton, y ambos estaban
-contestes en afirmar que nos privaba
-usted de su presencia más
-de lo debido.</p>
-
-<p>&mdash;Les agradezco muy de veras
-el interés que esos señores me demuestran&mdash;contestó
-Darnay con
-alguna frialdad.&mdash;¿Y la señorita
-Lucía?</p>
-
-<p>&mdash;Está bien, muchas gracias.
-Su regreso de usted será para todos
-nosotros motivo de alegría...
-Ha salido de compras, pero no
-tardará en volver.</p>
-
-<p>&mdash;Sabía que se hallaba fuera
-de casa, doctor. Precisamente he
-aprovechado la ocasión de que saliera
-para solicitar de usted una
-conferencia.</p>
-
-<p>Calló el doctor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?&mdash;preguntó al fin.&mdash;Acerque
-una silla y hablaremos.</p>
-
-<p>El joven acercó una silla sin
-dificultad, pero parece que la<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span>
-encontró para dar comienzo a la
-conferencia.</p>
-
-<p>&mdash;He tenido la felicidad de frecuentar
-tanto esta casa&mdash;principió
-diciendo al fin&mdash;desde hace
-año y medio, que espero que el
-tema que voy a tocar no ha de
-ser...</p>
-
-<p>Interrumpióle el doctor alargando
-una mano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es Lucía el tema en cuestión?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Lucía es.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre me afecta profundamente
-hablar de Lucía; pero me
-es doloroso oir hablar de ella
-en el tono que usted lo hace,
-Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;Es el tono de la admiración
-ferviente, del homenaje entusiasta,
-del amor más profundo, doctor&mdash;replicó
-Darnay.</p>
-
-<p>Otra pausa más prolongada que
-la anterior.</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo. Con gusto hago a
-usted justicia... lo creo.</p>
-
-<p>La contrariedad del doctor era
-tan visible, que Darnay, comprendiendo
-que había abordado un
-tema que disgustaba al padre, vaciló.</p>
-
-<p>&mdash;¿Puedo continuar, señor?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>Nueva pausa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; continúe usted.</p>
-
-<p>&mdash;Adivina usted lo que voy a
-decir, bien que es imposible que
-adivine con cuánto fervor lo digo
-y con cuánto fervor lo siento, pues
-para ello sería preciso que penetraran
-sus miradas hasta el fondo
-más íntimo de mi alma, para ver
-allí las esperanzas y temores, los
-anhelos y ansiedades que la abruman
-bajo su peso. Mi querido
-doctor Manette, amo a su hija
-con amor entrañable, inmenso,
-desinteresado, ferviente; la amo
-como muy pocos han amado en
-el mundo. Usted ha amado también,
-doctor: ¡hable por mí el
-amor que en otros tiempos apresuró
-los latidos de su corazón!</p>
-
-<p>El doctor, que escuchaba al
-joven con la cabeza ligeramente
-vuelta y fijos en tierra los ojos,
-extendió vivamente un brazo al
-oir las palabras últimas, y exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡No...! ¡No hable usted de
-eso!... ¡No me lo recuerde, por lo
-que más quiera!</p>
-
-<p>Darnay guardó silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Perdóneme usted&mdash;repuso el
-doctor al cabo de algunos segundos.&mdash;No
-dudo que usted ama a
-Lucía...</p>
-
-<p>Sin mirar a Darnay, sin alzar
-los ojos del suelo, con semblante
-triste, preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha hablado usted de su
-amor a Lucía?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le ha escrito?</p>
-
-<p>&mdash;Jamás.</p>
-
-<p>&mdash;Sería yo poco generoso si
-desconociera que en su abnegación
-ha entrado por mucho la
-consideración al padre. El padre
-da a usted las gracias.</p>
-
-<p>Ofreció la diestra a su interlocutor,
-pero sus ojos no siguieron
-el movimiento de la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Sé&mdash;dijo Darnay con mucho<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span>
-respeto&mdash;sé... ¿cómo no saberlo,
-si he visto a ustedes la mayor
-parte de los días? sé que entre
-usted y Lucía media un cariño tan
-tierno, tan excepcional, tan conmovedor,
-tan en armonía con las
-circunstancias que han presidido
-su nacimiento y desarrollo, que
-aun en la ternura que liga a los
-padres con sus débiles hijitos sería
-difícil encontrar precedentes. Sé,
-doctor Manette, que juntamente
-con el cariño de la hija, que es ya
-mujer, alienta en el corazón de
-ésta todo el amor de la infancia.
-Sé que, por lo mismo que durante
-su niñez se vió privada de las caricias
-de su padre, hoy se ha consagrado
-a usted con toda la constancia,
-con todo el fervor que la
-dan sus años y su carácter. Sé
-perfectamente bien que, si usted,
-después de muerto, hubiera descendido
-del cielo para acompañar
-a su hija en la tierra, no podría
-ser ni más querido, ni más sagrado,
-ni más reverenciado de lo que
-hoy es. Sé que cuando su hija le
-abraza, son los brazos de la niña,
-los brazos de la doncella, los brazos
-de la mujer los que con ternura
-infinita rodean su cuello. Sé
-que Lucía, amando a usted como
-hoy es, ama a una madre tan
-joven como ella y a un padre tan
-joven como yo; ve y adora a una
-madre contristada, sumida en insondables
-mares de amargura, y
-ve y adora a un padre sepultado
-en vida. Todo esto lo sé, lo he
-estado viendo noche y día, pues
-para saberlo, me ha bastado ver
-a ustedes en el sagrado del hogar.</p>
-
-<p>El padre continuaba sin variar
-de actitud, doblada la cabeza y
-bajos los ojos. Su respiración se
-hizo un poquito entrecortada, pero
-no reveló otras señales de agitación.</p>
-
-<p>&mdash;Y sabiéndolo, doctor Manette,
-convencido de que interponer
-entre ustedes un amor... mi amor,
-equivale a introducir en su cielo
-algo que es menos sublime que
-éste, he procurado imponer silencio
-a mi corazón, me he resistido
-hasta el último límite. ¡No puedo
-más!... ¡La amo!... ¡El Cielo me
-es testigo de que la amo!</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo&mdash;contestó el padre
-con acento doloroso.&mdash;Lo venía
-sospechando de antiguo... Lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero sentiría&mdash;repuso Darnay,
-quien creyó ver una reconvención
-en el acento doloroso del
-doctor&mdash;sentiría que creyera también
-que, si fuese tan inmensa
-mi fortuna que un día me fuera
-dado llamarla mi mujer, había de
-intentar separar a ustedes ni pronunciar
-una sola palabra distinta
-de las que en este momento salen
-de mis labios. Bien se me alcanza
-que sería inútil; pero de todas
-suertes, no soy yo capaz de cometer
-vileza semejante. Si pensamientos
-tan bajos rozaran siquiera
-mi mente, no sería yo digno de
-tocar esta mano honrada&mdash;añadió,
-tendiendo la suya a su interlocutor.&mdash;No,
-mi querido doctor Manette;
-como a usted, me aleja de
-Francia un destierro impuesto voluntariamente;
-como usted, he huí<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>do
-de ella para no ver sus desaciertos,
-sus opresiones, sus miserias;
-como usted, he resuelto expatriarme,
-vivir del trabajo de mis manos
-y cifrar mis esperanzas en un futuro
-más venturoso. Mi aspiración
-única es compartir su suerte de
-usted, compartir su vida y su
-hogar, y serle fiel hasta la muerte.
-No aspiro a tener participación
-en el preciado privilegio de Lucía
-en su calidad de hija y compañera
-amante de su vida; sino a robustecer
-ese privilegio, a unirla más
-estrechamente a usted, suponiendo
-que eso sea posible.</p>
-
-<p>La mano del joven continuaba
-sobre la del padre, quien tenía
-las suyas sobre los brazos del
-sillón en el que estaba sentado.
-Por primera vez desde el comienzo
-de la conferencia, alzó el doctor
-los ojos del suelo. Su cara reflejaba
-la lucha que se libraba en
-su interior.</p>
-
-<p>&mdash;Habla usted con tanta ternura,
-y a la par con tanta entereza,
-Carlos Darnay, que le doy las
-gracias con todo mi corazón, y voy
-a ponerle de manifiesto... casi de
-manifiesto el mío. ¿Tiene usted
-motivos para creer que Lucía
-corresponda a su amor?</p>
-
-<p>&mdash;Ninguno.</p>
-
-<p>&mdash;El objeto inmediato de esta
-confidencia, ¿es cerciorarse desde
-luego y con mi autorización de
-ese extremo?</p>
-
-<p>&mdash;Ni eso siquiera. No espero
-obtener esa dicha en muchas semanas,
-aunque, como es natural,
-desearía salir de dudas mañana
-mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Busca usted que yo le aconseje
-y guíe?</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco he venido con ánimo
-de solicitar sus consejos y
-ayuda; pero sí creyendo que, si
-en su mano está ayudarme, y lo
-considera justo, me proporcionará
-algún auxilio.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, lo que usted busca
-es una promesa mía.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto; eso busco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué promesa es?</p>
-
-<p>&mdash;Bien convencido estoy de
-que, sin usted, nada puedo esperar:
-bien convencido estoy de que,
-aun cuando Lucía me amara como
-yo la amo... y no crea usted
-que mi presunción llegue a suponer
-semejante cosa, de nada me
-serviría, si mi amor fuese incompatible
-con el que debe a su padre.</p>
-
-<p>&mdash;Siendo así, estará bien convencido
-de...</p>
-
-<p>&mdash;Estoy convencido también
-de que, una sola palabra pronunciada
-por su padre en favor de
-cualquier aspirante a su mano,
-pesaría decisivamente en su ánimo,
-y precisamente porque de
-ello estoy convencido, doctor Manette,
-no he de solicitar esa palabra,
-aun cuando de ella dependiera
-mi vida&mdash;terminó el joven, con
-modestia, pero con decisión varonil.</p>
-
-<p>&mdash;De ello estoy seguro, Carlos
-Darnay. Los misterios suelen brotar
-de los amores profundos y de
-las divisiones anchas: en el primer<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>
-caso, los misterios son sutiles,
-delicados y de difícil penetración.
-Bajo este aspecto, Lucía es para
-mí un misterio: ni aproximadamente
-me es dado adivinar el
-estado de su corazón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me permitirá preguntar,
-doctor, si ella...?</p>
-
-<p>&mdash;¿Si tiene algún otro pretendiente?</p>
-
-<p>&mdash;Eso fué lo que quise decir.</p>
-
-<p>El padre contestó al cabo de
-algunos momentos de reflexión:</p>
-
-<p>&mdash;Ha visto usted mismo que
-vienen a esta casa con alguna
-frecuencia los señores Carton y
-Stryver; si alguien aspira a la
-mano de mi hija, será en todo
-caso uno de los dos.</p>
-
-<p>&mdash;O los dos&mdash;observó Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;No se me ha ocurrido que
-puedan ser los dos; es más: ni
-creo probable que sea ninguno de
-los dos. Pero me ha dicho usted
-que desea de mí una promesa:
-dígame de qué se trata.</p>
-
-<p>&mdash;La promesa que deseo obtener
-es que, si algún día su hija
-hiciera a usted la confianza que
-yo acabo de hacerle, la repitiera
-usted mis palabras, añadiendo
-que cree en la sinceridad de las
-mismas. Creo merecerle a usted
-bastante buena opinión para no
-tomar partido en contra mía. Yo,
-por mi parte, cumpliré estrictamente
-la condición sobre la cual
-fundo mi súplica, porque a que la
-cumpla tiene usted derecho indiscutible.</p>
-
-<p>&mdash;Hago la promesa que usted
-desea, sin condición alguna&mdash;respondió
-el doctor.&mdash;Creo firmemente
-que su objeto es el que me
-ha expuesto; creo que intenta
-usted perpetuar, y en ningún
-caso debilitar, los lazos que me
-unen a quien me es más querida
-que yo mismo. Si algún día me
-dice mi hija que usted le es necesario
-para su felicidad, me apresuraré
-a entregársela. Si existieran,
-Carlos Darnay, si existieran...</p>
-
-<p>El joven estrechó agradecido
-la mano del doctor.</p>
-
-<p>&mdash;... Caprichos, motivos verdaderos,
-aprensiones, cualquier otra
-cosa, antigua o reciente, en contra
-del hombre a quien mi hija
-amase de veras..., siempre que
-la responsabilidad no fuera personalmente
-suya... todo lo olvidaría
-por amor a aquélla. Lo es todo
-para mí. Ante su dicha callan
-todos los agravios que yo haya
-recibido, todos los tormentos que...
-¡Estoy diciendo lo que no viene
-al caso!</p>
-
-<p>Tan singular fué el tono que el
-doctor dió a sus palabras, tan singular
-la brusca interrupción, tan
-singular la mirada que dirigía a
-su interlocutor, que éste sintió
-penetrar el frío hasta el fondo de
-su corazón.</p>
-
-<p>&mdash;Sin darme cuenta he desviado
-la conversación&mdash;añadió el
-doctor sonriendo.&mdash;¿Qué era lo
-que me decía?</p>
-
-<p>No supo Darnay qué contestar
-en el primer momento, hasta que
-recordó que había hablado de una
-condición. Más tranquilo entonces,
-dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;A su confianza tengo el deber
-ineludible de contestar con la mía.
-Mi apellido actual, aunque apenas
-si discrepa del de mi madre,
-no es el mío, conforme sabe usted.
-Deseo decirle cuál es el que me
-corresponde, y explicarle los motivos
-de encontrarme en Inglaterra.</p>
-
-<p>&mdash;¡No! ¡Cállese usted!</p>
-
-<p>El doctor llevó ambas manos a
-sus oídos y a continuación a los
-labios de Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;Lo deseo, porque quisiera
-merecer su confianza y no tener
-secretos para usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡No! ¡Me lo dirá usted cuando
-se lo pregunte, pero en manera
-alguna ahora! Si sus aspiraciones
-entran en vías de realización, si
-Lucía corresponde a su amor, me
-hará esas revelaciones la mañana
-misma de su matrimonio. ¿Me
-lo promete?</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto.</p>
-
-<p>&mdash;Déme su mano. Mi hija llegará
-de un momento a otro, y no
-quisiera que nos encontrara juntos
-esta noche. ¡Váyase... y que
-Dios le bendiga!</p>
-
-<p>Había cerrado la noche cuando
-salió Carlos Darnay, y aun tardó
-Lucía una hora en llegar. Corriendo
-se dirigió a la habitación en que
-solía estar su padre, no siendo pequeña
-su sorpresa al encontrar
-vacante el sillón que aquél ocupaba
-invariablemente cuando leía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Padre!&mdash;llamó.&mdash;¡Mi querido
-padre!</p>
-
-<p>Nadie contestó; pero como llegaran
-a sus oídos repetidos martillazos
-que sonaban en la alcoba
-de su padre, hacia esta se dirigió
-corriendo. Miró por la puerta, y
-retrocedió asustada, llorando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haré, Dios mío, qué haré?&mdash;exclamó.</p>
-
-<p>Un instante nada más duraron
-sus incertidumbres. Llamó con
-los nudillos en la puerta y pronunció
-en voz muy baja el nombre
-de su padre. Cesaron inmediatamente
-los martillazos, salió su
-padre, la miró silencioso, y comenzó
-a pasear por la estancia.
-Lucía caminaba a su lado.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, Lucía
-entró muy temprano en el dormitorio
-del doctor. Encontróle
-durmiendo profundamente. No
-observó alteración alguna en la
-banqueta de zapatero, ni en las
-herramientas ni en el zapato sin
-terminar.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XI">XI.<br />ENTRE COMPAÑEROS</h3></div>
-
-
-<p>&mdash;Prepara otro ponche, Sydney&mdash;dijo
-el abogado Stryver aquella
-misma noche, ya de madrugada,
-a su compañero el chacal.&mdash;Tengo
-que hacerte una confidencia.</p>
-
-<p>Desde algunas noches antes,
-Sydney trabajaba con ardor a fin
-de disminuir y acabar con el monte
-de papeles que esperaban turno
-en la mesa de trabajo antes de
-salir de vacaciones. Todos quedaron
-al día; ya no había que hacer
-otra cosa que esperar la llegada<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>
-del mes de noviembre, pródigo
-en nieblas atmosféricas y en nieblas
-legales.</p>
-
-<p>No era Sydney un dechado de
-sobriedad y de templanza: aquella
-noche hubo de aumentar en dos
-el número de las toallas empapadas
-en agua fría que solía aplicar
-a su cabeza, de la misma manera
-que duplicó también la cantidad
-de vino ingerido con anterioridad
-a la aplicación de las toallas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás preparando el otro
-ponche?&mdash;preguntó Stryver, desde
-el sofá sobre el cual estaba
-tumbado de espaldas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha, pues. Voy a revelarte
-algo que seguramente te
-maravillará, y quién sabe si hasta
-te hará creer que soy mucho menos
-listo de lo que aparento. He
-pensado casarme.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Aun te sorprenderá más
-el saber que no me caso por móviles
-de dinero. ¿Qué me dices?</p>
-
-<p>&mdash;No siento comezón de decir
-mucho. ¿Quién es ella?</p>
-
-<p>&mdash;Adivínalo.</p>
-
-<p>&mdash;¿La conozco?</p>
-
-<p>&mdash;Adivínalo.</p>
-
-<p>&mdash;No me parece ocasión propicia
-para echarme a adivinar, a las
-cinco de la madrugada y con la
-cabeza convertida en volcán en
-erupción. Si quieres que adivine,
-convídame a comer.</p>
-
-<p>&mdash;Puesto que no quieres adivinar,
-te lo diré yo&mdash;dijo Stryver,
-sentándose perezosamente.&mdash;Por
-supuesto, que no abrigo la más
-insignificante esperanza de hacerme
-comprender de ti, sencillamente
-porque eres y has sido siempre
-un perro insensible.</p>
-
-<p>&mdash;En cambio tú has sido siempre
-y eres un espíritu todo sensibilidad
-y poesía&mdash;replicó Sydney
-con acento irónico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!...&mdash;exclamó Stryver
-riendo.&mdash;No aspiro a pasar
-plaza de héroe de novela sentimental,
-pero no me negarás que
-soy más blando que tú.</p>
-
-<p>&mdash;Querrás decir más afortunado.</p>
-
-<p>&mdash;No; he querido decir más...
-más...</p>
-
-<p>&mdash;Galante: ¿acerté ahora?</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno! ¡Diremos galante! Mi
-intención era decir que yo soy
-hombre que cuido de hacerme
-más agradable, que me tomo más
-interés para hacerme más agradable,
-que sé la manera de hacerme
-más agradable a las mujeres que
-tú.</p>
-
-<p>&mdash;Adelante&mdash;dijo Sydney Carton.</p>
-
-<p>&mdash;Ten calma, amigo mío&mdash;replicó
-Stryver, moviendo la cabeza.&mdash;Antes
-de seguir adelante,
-quiero hacer constar lo siguiente:
-Has visitado con tanta, con más
-frecuencia que yo la casa del doctor
-Manette, y francamente, me
-ha avergonzado la aspereza de
-carácter, el ceño que siempre
-has mantenido allí. Tus modales
-han sido los de un perro malhumorado
-y tu manera de ser
-tan tétrica, que he salido avergonzado
-de ti, Sydney.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>
-&mdash;Deberías estarme altamente
-agradecido, Stryver, porque los
-hombres de tu profesión no suelen
-avergonzarse de nada&mdash;replicó
-Carton.</p>
-
-<p>&mdash;No te salgas por la tangente,
-Sydney. Considero deber mío decirte,
-y te lo digo en tus barbas,
-porque creo hacerte un favor,
-que careces de condiciones para
-estar en sociedad. Eres un compañero
-decididamente desagradable.</p>
-
-<p>Sydney bebió un trago de ponche
-y soltó la carcajada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mírame a mí!&mdash;repuso Stryver,
-poniéndose en pie y en actitud
-arrogante.&mdash;Menos necesidad
-tengo que tú de hacerme agradable,
-toda vez que mi posición es
-mil veces más independiente que
-la tuya. ¿Por qué, pues, consigo
-siempre hacerme agradable?</p>
-
-<p>&mdash;En mi vida vi que te lo hicieras.</p>
-
-<p>&mdash;Me hago agradable porque
-así lo exige la finura de modales y
-porque lo tengo en la masa de la
-sangre. Prosigo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que no prosigues, según
-veo, es la exposición de tus proyectos
-matrimoniales. En cuanto
-a lo demás, hazme el favor de no
-proseguir. ¿No te convencerás
-nunca de que soy incorregible?</p>
-
-<p>Carton hizo esta pregunta con
-entonación sarcástica.</p>
-
-<p>&mdash;Para ser incorregible sería
-preciso que tuvieras negocios, y
-yo no sé que los tengas&mdash;replicó
-Stryver un poquito picado.</p>
-
-<p>&mdash;Que yo sepa, no los tengo...
-¿Quién es la favorecida?</p>
-
-<p>&mdash;No quisiera que la mención
-del nombre te produjera pena o
-desagrado&mdash;dijo Stryver, preparando
-con circunloquios amistosos
-la revelación que iba a hacer.&mdash;Me
-consta que no sientes ni la
-mitad de lo que dices, aunque, a
-decir verdad, si lo sintieras todo,
-sería igual, pues no tendría importancia.
-Hago este preámbulo porque
-en una ocasión hablaste con
-bastante ligereza de la señorita
-cuyo nombre voy a pronunciar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?</p>
-
-<p>&mdash;Tú, sí; y en esta misma habitación.</p>
-
-<p>Carton se obsequió con otro
-vaso de ponche y miró a su amigo.</p>
-
-<p>&mdash;Refiriéndote a la señorita a
-que aludo, dijiste que era una
-muñeca de cabellos de oro. La
-señorita a que me refiero es la
-señorita Lucía Manette. Si conocieras
-la sensibilidad, si fueras
-hombre de delicadeza de sentimientos,
-me habría molestado que
-hablaras de ella como lo hiciste;
-pero como ni eres sensible ni delicado,
-no hice caso de tu ligereza.
-Careces de entrambas cualidades,
-y por tanto, cuando a mi memoria
-acude tu expresión, la doy la
-misma importancia que daría a
-la opinión de un ciego que afirmara
-que era malo un cuadro pintado
-por mí, o a la de un sordo-mudo
-que pretendiera poner defectos a una
-composición musical obra mía.</p>
-
-<p>Carton continuaba menudeando
-las visitas a la ponchera.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sabes todo, Sydney&mdash;prosiguió
-Stryver.&mdash;Me caso con<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>
-esa niña, sin importarme que tenga
-o no fortuna. Es una criatura
-encantadora, y me he propuesto
-hacerla feliz, y sin jactancias ni
-inmodestias creo que puedo decir
-que lo he conseguido. Ocupo una
-posición envidiable, prospero y
-subo con rapidez y no me falta
-distinción. En una palabra: soy
-para ella un tesoro, y me alegro,
-pues tesoros merece ella. ¿Te maravilla
-lo que oyes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me ha de maravillar?&mdash;respondió
-Sydney, entre
-trago y trago de ponche.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo apruebas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no he de aprobarlo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya! Veo que lo tomas con
-mayor calma de la que yo esperaba,
-y que, en obsequio mío, eres menos
-mercenario de lo que creía. No
-me sorprende, en medio de todo,
-pues sabes perfectamente que tu
-antiguo condiscípulo se ha distinguido
-siempre por su entereza de
-carácter. Sí, Sydney, sí; me hastía
-la vida que hago y ha llegado el
-momento de variarla. Me he convencido
-de que es una delicia para
-un hombre tener un hogar, crearse
-una familia, si a ello siente
-inclinaciones, y estoy seguro de
-que la señorita Manette lo embellecerá
-y honrará siempre. Estoy,
-pues, resuelto, firmemente decidido.
-Y ahora, Sydney, mi querido
-amigo, me permitirás que te
-diga cuatro palabras sobre tu
-situación. Caminas por derroteros
-falsos, por mal camino; eso
-lo sabes tan bien como yo mismo.
-Desconoces el valor del dinero,
-vives vida desordenada, no piensas
-en el mañana, y en suma, tu
-conducta no puede conducirte
-más que a las enfermedades y a
-la miseria. Creo que necesitas
-buscarte una enfermera.</p>
-
-<p>El tono de protección con que
-hablaba Stryver acentuaba la impertinencia
-de sus palabras y
-las hacía doblemente ofensivas.</p>
-
-<p>&mdash;No te ofenda que ahora te
-recomiende que estudies la cuestión
-de frente y sin prevenciones
-estúpidas tal como la he estudiado
-yo, aunque nuestra condición respectiva
-difiere mucho. Cásate.
-Busca a quien cuide de tu
-persona. No importa que la compañía
-de las mujeres no sea de
-tu gusto; no importa que carezcas
-de inteligencia, de tacto para
-tratarlas. Busca una mujer respetable
-que tenga algunos bienes,
-y cásate con ella cuanto antes,
-única manera de prevenirte con
-tiempo contra las calamidades e
-incertidumbres de la vida. He
-terminado. Piensa en ello, Sydney.</p>
-
-<p>&mdash;Lo pensaré&mdash;contestó Sydney
-Carton.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XII">XII.<br />EL CABALLERO DELICADO</h3></div>
-
-
-<p>Una vez resuelto el señor Stryver
-a labrar la felicidad de la señorita
-Manette, nada más natural
-que hacerla saber cuanto antes la
-dicha que en su magnanimidad la<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
-había deparado. Después de debatir
-mentalmente y con el detenimiento
-debido un punto tan importante,
-llegó a la conclusión de
-que debía dar desde luego, antes
-de salir de vacaciones, los pasos
-preliminares, dejando para más
-tarde el señalamiento del día de la
-boda, que podría celebrarse una
-o dos semanas antes de la <i>sanmiguelada</i>,
-o bien durante las breves
-vacaciones de las Pascuas de
-Nochebuena.</p>
-
-<p>Que tenía ganado de antemano
-el pleito era tan evidente, que
-hubiera sido necio dudarlo. Tratábase
-de un pleito claro, sin punto
-débil, de uno de esos pleitos
-en los que basta formular la demanda
-para obtener sentencia favorable.
-Hasta podría dispensarse
-de la molestia de razonar su petición.
-¿Para qué? El jurado fallaría
-en su favor sin deliberar siquiera:
-de ello estaba más que
-persuadido el famoso abogado.</p>
-
-<p>En consecuencia, Stryver inauguró
-sus vacaciones proponiendo
-a la señorita Manette llevarla a los
-jardines de Vauxhall. Declinada
-la oferta, invitóla a Ranelagh; y
-como, con mucha sorpresa suya,
-tampoco fuera aceptada esta invitación,
-resolvió declarar las nobles
-aspiraciones de su alma en la
-misma casita de Soho.</p>
-
-<p>Una mañana, Stryver salió del
-Tribunal del Temple y enderezó
-sus pasos hacia el plácido retiro
-en que vivía el doctor Manette.
-Como quiera que el Banco Tellson
-le tomaba al paso, sabedor de la
-amistad íntima que mediaba entre
-el señor Lorry y los Manette,
-ocurriósele entrar en el Banco y
-revelar a aquél la radiante estrella
-que derramaba vivos resplandores
-en el horizonte de Soho. Abrió,
-pues, la puerta, que rechinó ásperamente
-al girar sobre sus gastados
-goznes, descendió los dos escalones,
-y no tardó en presentarse
-en el despacho en que Lorry, inclinado
-sobre sus libros, escribía
-interminables columnas de números,
-perfectamente alineados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, señor Lorry!&mdash;exclamó
-Stryver al entrar.&mdash;¿Cómo
-está usted? Supongo que tan bien
-como siempre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, señor Stryver!&mdash;respondió
-Lorry, estrechando la mano
-que el abogado le tendía.&mdash;Muy
-bien, gracias; ¿y usted?
-¿Desea algo de mí, señor Stryver?</p>
-
-<p>&mdash;No... muchas gracias. Me trae
-el deseo de hacerle una visita
-particular, señor Lorry; el deseo
-de decirle cuatro palabras a solas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, las que usted quiera!&mdash;contestó
-Lorry, cerrando el libro
-y preparándose a oir.</p>
-
-<p>&mdash;Voy...&mdash;comenzó diciendo el
-abogado, apoyando sus codos sobre
-la mesa y con tono confidencial,&mdash;voy
-a hacer una proposición
-matrimonial a su querida y
-agradable amiguita Lucía Manette,
-señor Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio!&mdash;exclamó Lorry,
-rascándose la barba y mirando
-perplejo al abogado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Demonio?&mdash;repitió Stryver
-vivamente.&mdash;¿Eso es lo que a<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span>
-usted se le ocurre decirme? ¿Qué
-significa su exclamación, señor
-Lorry?</p>
-
-<p>&mdash;Es una exclamación... amistosa...
-personal... puramente apreciativa,
-que puede significar todo
-lo que usted desee que signifique.
-La verdad, señor Stryver... me
-parece... encuentro...</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta!&mdash;respondió el abogado,
-descargando un manotazo sobre
-la mesa.&mdash;¡Si entiendo lo que
-me dice, señor Lorry, que me
-cuelguen!</p>
-
-<p>Lorry ajustó a su cabeza su peluquín,
-y quedó mirando a su
-interlocutor mordiendo las barbas
-de su pluma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que me considera usted
-<i>no</i> elegible?&mdash;preguntó Stryver,
-mirando con fijeza a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy al contrario, señor Stryver!
-Sí... es usted elegible.</p>
-
-<p>&mdash;¿No soy buen partido?</p>
-
-<p>&mdash;Buen partido; sí... ¿por qué
-no?</p>
-
-<p>&mdash;¿No progreso? ¿No medro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor... ¿quién lo duda?</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿qué demonios
-quiere decir su actitud?</p>
-
-<p>&mdash;Pues... yo... Dígame: ¿adónde
-iba usted ahora?</p>
-
-<p>&mdash;De frente al asunto&mdash;contestó
-Stryver, dando un puñetazo
-sobre la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo me encontrara en su
-lugar, lo dejaría para mejor ocasión.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;tronó el abogado.&mdash;Voy
-a estrechar a usted hasta
-el último límite. Como hombre de
-negocios que es usted, está en la
-obligación de hablar con motivo
-justificado. Vengan los motivos:
-¿por qué no iría usted?</p>
-
-<p>&mdash;Porque se trata de un asunto
-que no abordaría yo nunca sin
-contar con esperanzas fundadas
-de conseguir la realización de mi
-deseo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ira de Dios!&mdash;gritó Stryver.&mdash;¡Es
-una razón que tumba de
-espaldas!</p>
-
-<p>Lorry no contestó.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí a un hombre de negocios,
-un hombre de años, un
-hombre de experiencia... en un
-Banco, quien después de admitir
-la existencia de las tres razones
-principales, cada una de las cuales
-basta por sí sola para asegurar
-el éxito, se descuelga diciendo que
-no existe razón alguna. ¡Si eso
-no es el más desatinado de los
-desatinos, venga Dios y lo vea!</p>
-
-<p>&mdash;Cuando me referí al éxito,
-pensaba en la señorita Manette, y
-al hablar de causas y razones en
-que fundar las esperanzas de ver
-realizado el deseo, me refería a
-causas que lo fueran en realidad
-para la señorita Manette. Sí...
-mi buen amigo... la señorita, porque
-la señorita es el juez único e
-inapelable.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, lo que usted quiere
-decirme, señor Lorry, es que la
-señorita, en opinión de usted, es
-una tonta melindrosa.</p>
-
-<p>&mdash;Me interpreta usted de una
-manera lastimosa, señor Stryver&mdash;replicó
-Lorry, rojo de cólera.&mdash;Lo
-que he querido decir, y lo que<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>
-digo, es que no toleraré que lengua
-alguna pronuncie una palabra
-irrespetuosa acerca de la señorita
-Manette, y que si supiera de algún
-hombre... que quiero creer que
-no existe, de algún hombre de
-gusto tan grosero y temperamento
-tan arrebatado, que osara hablar
-con poco respeto de la señorita
-Manette, la consideración de
-encontrarnos en el Banco Tellson
-no sería bastante para que yo dejara
-impune su grosería.</p>
-
-<p>La necesidad de contener dentro
-del pecho la cólera que pugnaba
-por hacer explosión había
-puesto a Stryver en estado de
-ánimo peligroso; en cuanto a
-Lorry, no obstante tener acostumbrada
-su sangre a no alterarse
-por nada ni por nadie, se hallaba
-en situación de ánimo tan peligrosa
-como la del abogado.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabe usted lo que quería
-decirle, caballero&mdash;repuso Lorry.&mdash;Mucho
-le agradeceré que no lo
-olvide.</p>
-
-<p>Siguió un rato de silencio, durante
-el cual Stryver chupaba el
-extremo de un cuadradillo de
-hierro que había tomado de la mesa.
-Al fin rompió el silencio, verdaderamente
-penoso, diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Tan nuevo es lo que usted
-me dice, señor Lorry, tan inconcebible,
-que no acierto a comprenderlo
-bien, pese a la claridad de
-sus palabras. ¿Me aconseja de
-veras que no me presente en Soho,
-y ofrezca mi mano... la mano del
-famoso abogado Stryver, a la
-hija del doctor Manette?</p>
-
-<p>&mdash;¿Me pide usted franqueza,
-señor Stryver?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente. Ha repetido
-usted palabra por palabra y letra
-por letra lo que yo debo contestar.
-No se presente usted en Soho, ni
-ofrezca su mano... la mano del
-brillante abogado Stryver, a la
-hija del doctor Manette.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo contesto que eso... ¡ja,
-ja, ja, ja! da ciento y raya a
-todos los desatinos pasados, presentes
-y futuros.</p>
-
-<p>&mdash;Pongamos los puntos sobre las
-íes&mdash;añadió Lorry;&mdash;como hombre
-de negocios, nada puedo decir
-sobre el asunto que debatimos,
-porque como hombre de negocios,
-nada sé: pero como amigo antiguo
-de la casa, como hombre que
-ha mecido a la señorita Manette
-en sus brazos, que es el amigo de
-confianza de la señorita Manette
-y de su padre, como hombre que
-quiere a los dos con cariño entrañable,
-puedo hablar, y como tal
-he hablado. Ahora bien: ¿cree usted
-que puedo estar equivocado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ni por pienso! El sentido
-común es planta rara que crece
-en pocas partes. Jamás he tenido
-esperanzas de encontrarla fuera
-de mí mismo. Suponía yo que
-acaso existiera donde, por lo visto,
-según usted, sólo encuentra terreno
-abonado la insensatez. Me
-llevo un desencanto, lo confieso,
-pues esperaba otra cosa; pero creo
-que tiene usted razón.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ni he hablado de terrenos
-abonados o por abonar para que<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span>
-en ellos crezca la insensatez, ni
-toleraré... dentro o fuera del
-Banco Tellson, que nacido alguno
-ofenda a personas cuyo nombre
-sólo puede pronunciar de rodillas!&mdash;gritó
-Lorry, enfureciéndose de
-nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;No se moleste usted: le ruego
-perdone frases dichas sin ánimo
-de molestar a nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Perdonado, y gracias. Lo que
-quise decir fué lo siguiente: sería
-doloroso para usted sufrir un
-desengaño, sería doloroso para
-el doctor Manette verse en la precisión
-de ser explícito con usted,
-y sería muy doloroso para la señorita
-Lucía encontrarse en la dura
-necesidad de hablar a usted
-con franqueza. Sabe usted que
-me cabe el honor y la dicha de
-ser buen amigo de la familia. Pues
-bien: si usted quiere que, sin ostentar
-representación alguna suya,
-sin mezclar a usted en nada
-ni para nada, haga observaciones
-nuevas que confirmen o modifiquen
-las impresiones que hoy tengo,
-a ello me ofrezco desde luego.
-Si el resultado de mis nuevas observaciones
-no le satisficiese, dueño
-será usted de comprobar personalmente
-su fundamento; en
-caso contrario, habremos conseguido
-al menos evitar escenas y
-situaciones desagradables. ¿Qué
-le parece mi plan?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto tiempo tardaría usted
-en contestarme?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Es cuestión de pocas
-horas! Esta tarde puedo ir a Soho,
-y desde allí llegarme en derechura
-a su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Siendo así, me parece bien.
-Espero a usted esta noche... ¡Buenos
-días!</p>
-
-<p>Salió el señor Stryver del edificio
-del Banco llevando en su pecho
-una tempestad de ira. Sobrábale
-penetración para comprender
-que el banquero no hubiera exteriorizado
-con la claridad que lo
-hizo sus opiniones sobre el particular
-de no haber contado en su
-apoyo un fundamento tan sólido,
-que equivalía a una certeza moral.
-Lejos estaba de pensar, cuando
-entró en el Banco, que le esperase
-una píldora tan amarga; pero no
-tuvo más remedio que tragársela.</p>
-
-<p>&mdash;Te has puesto en situación
-poco airosa, Stryver&mdash;se decía a
-sí mismo;&mdash;has hecho el ridículo...
-¡Aquí de tu talento forense para
-salir bien del paso!</p>
-
-<p>Claramente se veía que la píldora
-se le había atragantado y que
-el eminente abogado buscaba la
-forma de escupirla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, mi querida señorita!&mdash;murmuró
-al cabo de pocos momentos.&mdash;¡No
-seré yo quien cargue
-con el ridículo!... ¡Vas a tener
-el placer de quedarte con el fruto
-de la familia de las cucurbitáceas
-que me reservas!</p>
-
-<p>En efecto: aquella noche, cuando
-Lorry se presentó en la casa
-del abogado, encontró a éste entre
-rimeros de papeles y pilas de
-libros colocados de propósito sobre
-su mesa de trabajo, absorto en<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span>
-su labor y ajeno por completo
-al asunto tratado aquella mañana.
-Hasta pareció sorprendido al ver
-a Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;He estado en Soho&mdash;dijo el
-emisario, al cabo de más de media
-hora de tiempo, empleada en vanas
-tentativas para abordar la
-cuestión.</p>
-
-<p>&mdash;¿En Soho?&mdash;repitió con indiferencia
-glacial Stryver.&mdash;¡Ah...
-ya! ¡Qué cabeza la mía! ¿Creerá
-usted que no me acordaba de
-semejante cosa?</p>
-
-<p>&mdash;Ya no me cabe la menor duda
-de que el consejo que a usted di
-fué acertadísimo. Mis impresiones
-se han confirmado plenamente.</p>
-
-<p>&mdash;Crea usted que lo lamento
-muy de veras por usted&mdash;contestó
-Stryver con calma perfecta,&mdash;y no
-menos de veras por el pobre padre.
-Es un incidente que la familia
-recordará siempre con dolor, y
-que... Pero no hablemos de ello.</p>
-
-<p>&mdash;Confieso que no comprendo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo; pero no importa...
-no importa.</p>
-
-<p>&mdash;Al contrario&mdash;replicó Lorry,&mdash;importa,
-y desearía que se explicase.</p>
-
-<p>&mdash;Repito que no importa. Creí
-ver sentido común y ambición
-laudable donde no existe lo uno ni
-lo otro. Me engañé, quedo curado
-de mi error, y asunto concluído.
-Por fortuna, mi error es de los
-que no acarrean perjuicios a quien
-fué de él víctima. Son muchas
-las damiselas que han cometido
-locuras semejantes, de las cuales
-han venido a arrepentirse cuando
-no era ya tiempo, cuando se
-han visto sumidas en la ruina y
-en la miseria... ¡Pobrecillas!... ¡No
-las culpo! ¡A fe que son dignas de
-compasión! ¡Es tan irreflexiva la
-juventud!... Visto lo ocurrido desde
-un punto de vista puro de todo
-egoísmo, lo siento, porque para
-ella hubiera sido un buen negocio,
-y si lo estudio a través del prisma
-de mi egoísmo, no puedo menos de
-celebrar un fracaso que me evita
-hacer un negocio desastroso. Comprenderá
-usted, sin que yo se lo
-diga, que yo, lejos de salir ganando,
-perdía, y no poco. Por supuesto,
-hasta ahora ningún daño
-me ha hecho. No he ofrecido
-mi mano a esa señorita, y
-aquí para nosotros, hablando con
-franqueza, nunca pensé en hacer
-semejante ofrecimiento. Siga mi
-consejo, señor Lorry: no intente
-usted nunca luchar contra las
-frivolidades y locuras de esas
-cabecitas casquivanas si no quiere
-cosechar desencantos a granel...
-¡No... hágame el favor! Dejemos
-esta conversación. Repito que
-lamento lo ocurrido por los demás
-pero que me alegro por lo que a
-mí toca. Nunca agradeceré a usted
-bastante el consejo que me dió.
-Conoce usted a esa señorita mucho
-mejor que yo... Tenía usted razón...
-Se me ocurrió cometer un
-desatino aunque seguramente no
-habría llegado a cometerlo.</p>
-
-<p>Fué tal el desconcierto, la estupefacción
-de Lorry, que no se le
-ocurrió otra cosa que mirar con
-expresión estúpida a su interlocu<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span>tor,
-cuya cara reflejaba generosidad,
-nobleza y buenos deseos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Créame usted, mi querido
-amigo!&mdash;repetía Stryver mientras
-acompañaba a Lorry hasta la
-puerta,&mdash;siga mi consejo. Muchas
-gracias... ¡Buenas noches!</p>
-
-<p>Lorry se encontró en la calle
-antes de darse cuenta de lo que
-le pasaba. Stryver quedó tendido
-boca arriba en el sofá mirando al
-techo.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XIII">XIII.<br />EL SUJETO NO DELICADO</h3></div>
-
-
-<p>Si en alguna ocasión, o en alguna
-parte, brilló Sydney Carton,
-a buen seguro que no fué en la
-morada del señor Manette. La
-visitó con bastante frecuencia durante
-un año entero, y siempre
-estuvo triste, taciturno, caviloso.
-Y no es que careciera de oratoria,
-no; sabía hablar perfectamente
-cuando se lo proponía; pero era
-tan tupida la nube que le envolvía,
-que muy contadas veces consiguieron
-taladrarla los destellos
-luminosos de su inteligencia.</p>
-
-<p>Que las calles próximas a la
-casa mencionada, y hasta las
-piedras insensibles de las aceras,
-ejercían sobre él misterioso atractivo,
-no cabía ponerlo en tela de
-juicio. Más de una noche se le
-hubiera encontrado rondando cual
-alma en pena aquellos lugares,
-sobre todo, cuando el vino no
-llegaba a infiltrar en su pecho una
-alegría ficticia y transitoria. Más
-de una madrugada, los pálidos
-fulgores de la aurora naciente
-pusieron de manifiesto, no lejos
-de la casa del doctor, los contornos
-de un bulto, que si no era
-Sydney Carton en persona, ofrecía
-con el de éste notable analogía.
-Más de una mañana, los primeros
-rayos del sol, a la par que hacían
-resaltar las bellezas arquitectónicas
-de los campanarios de las
-iglesias y de los edificios más notables,
-llevaban el desaliento al
-pecho del solitario noctámbulo,
-haciéndole ver que hay cosas que
-el hombre, con toda su buena
-voluntad, no puede alcanzar. Desde
-algún tiempo antes, el lecho
-desordenado que en el Tribunal
-del Temple tenía Carton, rara vez
-merecía el honor de ser usado por
-su propietario, siendo de notar
-que, aun cuando por excepción
-ocurriera esto último, Carton se
-levantaba al cabo de pocos minutos
-para continuar sus peregrinaciones.</p>
-
-<p>Un día del mes de agosto, cuando
-ya el señor Stryver, después
-de manifestar a su amigo que
-«reflexiones más detenidas habíanle
-inducido a renunciar a sus
-proyectos matrimoniales», había
-trasladado a Devonshire los tesoros
-de finura y de delicadeza anejos
-a su persona, uno de esos días de
-agosto en que los malos encuentran
-en el cáliz de las flores ricos
-manantiales de bondad, de salud
-los enfermos, y de juventud los
-viejos y gastados, Carton, esclavo<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span>
-de su costumbre, rondaba como
-alma en pena las calles. Caminaba
-irresoluto y sin rumbo fijo; mas
-de pronto brillaron sus ojos; sus
-pies se animaron al soplo de la
-intención que brotó en su cerebro,
-y fieles y sumisos esclavos de esta
-última aquéllos, lleváronle en derechura
-a la puerta del doctor
-Manette.</p>
-
-<p>Lucía, a la que encontró sola
-y entregada a sus labores, recibióle
-con alguna turbación, y
-hasta es más que probable que de
-poder hacer su gusto se hubiera
-negado a recibirle, pues siempre
-la inspiró cierta sensación de recelo
-la manera de ser de Carton.
-Sin embargo, al cruzarse entre los
-dos las primeras frases, algo notó
-en la expresión del rostro de su
-visitante que la tranquilizó, primero,
-y luego excitó en su pecho
-la compasión.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se siente usted malo, señor
-Carton?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;No me encuentro bien, es
-cierto: pero la vida que llevo, señorita
-Manette, no es el medio
-más indicado para gozar de salud.
-¡Qué podemos esperar los libertinos!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no es lástima?... Le ruego
-que me perdone; pero ya que sin
-darme cuenta, salió de mis labios
-el principio de la pregunta, la
-terminaré, bien que haciendo
-constar que nada más lejos de mi
-ánimo que el propósito de ofenderle.
-¿No es lástima que no procure
-usted vivir vida más ordenada?</p>
-
-<p>&mdash;¡Es algo más que lástima!
-¡Dios sabe muy bien que es una
-vergüenza!</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿por qué no se
-corrige?</p>
-
-<p>Lucía, que al formular la pregunta
-miró de frente a su interlocutor,
-vió, con sorpresa mezclada
-de pena, que los ojos de Carton
-estaban arrasados en lágrimas.
-Lágrimas destilaba también su
-voz cuando contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Ya no es tiempo... Nunca seré
-mejor de lo que hoy soy... antes
-al contrario... empeoraré... descenderé
-más y más...</p>
-
-<p>Puesto de codos sobre la mesa,
-cubrióse los ojos con las manos.
-La mesa temblaba durante el
-penoso silencio que siguió.</p>
-
-<p>&mdash;Perdóneme, señorita Manette&mdash;repuso
-Carton.&mdash;Guardo un secreto
-que me pesa demasiado y
-que desearía revelarla: ¿será tan
-buena que se digne escucharme?</p>
-
-<p>&mdash;Si escucharle ha de ser beneficioso
-para usted, señor Carton,
-si ha de proporcionarle un contento
-que por lo visto no tiene
-ahora, hable usted, que en escucharle
-tendré yo placer espacial.</p>
-
-<p>&mdash;Dios, sin duda, la premiará
-la compasión con que me trata.</p>
-
-<p>Serenóse algún tanto Carton,
-separó las manos de sus ojos y
-repuso, con acento firme:</p>
-
-<p>&mdash;No le alarmen mis palabras
-ni se asuste si le digo que he vivido
-ya lo que debía vivir, que soy
-como el que ha muerto muy joven.
-Nada queda en mí capaz de<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span>
-fructificar... soy estéril para el
-bien.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, señor Carton, no! Es
-usted joven, quedan en su alma
-sedimentos de bondad. Segura
-estoy de que, con un poquito de
-buena voluntad, puede hacerse
-muy digno de sí mismo...</p>
-
-<p>&mdash;Dígame que puedo hacerme
-digno de su piedad, al menos, señorita,
-y aunque me consta que
-se equivoca, aunque leo en el
-fondo de mi naufragado corazón
-el engaño en que se halla, no lo
-olvidaré jamás.</p>
-
-<p>Densa palidez cubrió las mejillas
-de la niña: sus manos temblaban.</p>
-
-<p>&mdash;Si un milagro de Dios, suponiendo
-que a tanto alcance la
-omnipotencia divina, hubiera hecho
-posible que usted, señorita
-Lucía, correspondiera al amor del
-hombre que en este instante
-tiene ante sus ojos, al amor de
-este ser degradado, perdido, libertino,
-borracho, de este despojo
-repugnante de la humanidad...
-que no otra cosa soy...
-usted lo sabe muy bien, la felicidad
-que inundaría mi alma, con
-ser tan grande, no me impediría
-ver que la unión de nuestros destinos
-arrastraría a usted hasta
-el fondo de mis miserias, la sumiría
-en los abismos del dolor y del
-arrepentimiento tardío, la envolvería
-en olas de deshonra. De ello
-estoy firmemente convencido; tan
-convencido como de que su corazón
-no puede guardar ternuras
-para mí. ¡No las espero, no las
-pido! Es más: ¡doy gracias al Cielo
-que las ha hecho imposibles!</p>
-
-<p>&mdash;¿No podría salvar a usted, señor
-Carton, sin esas ternuras a
-que se refiere? ¿No podría yo?...
-¡Perdón otra vez! ¿No podría yo
-mostrarle un camino mejor, guiarle
-por senderos más rectos? ¿Ha
-de serme imposible pagar de alguna
-manera la confianza que en mí
-hace? Porque yo sé que se trata
-de una confianza&mdash;añadió Lucía
-con modestia, bien que con cierta
-vacilación,&mdash;de una confianza que
-no depositaría en nadie, y que deposita
-en mí. ¿No podríamos dar
-a esa confianza un giro beneficioso
-para usted, señor Carton?</p>
-
-<p>&mdash;No, señorita Lucía&mdash;respondió
-Carton, moviendo con expresión
-de amarga tristeza la cabeza.&mdash;Imposible.
-Conque me dispense
-la bondad de escucharme durante
-algunos momentos más, habrá
-hecho en mi obsequio cuanto
-puede hacer. Quiero que sepa
-usted que ha sido el sueño último
-de mi alma: quiero que sepa que
-su imagen y la de su padre, la
-vista de este hogar, que lo es
-gracias a usted, han llegado hasta
-el abismo profundo de mi degradación
-y agitado allí sombras que
-yo creía muertas para siempre:
-quiero que sepa que, desde que
-conozco a usted, siento el aguijón
-de remordimientos que yo suponía
-sin vida ni eficacia, y suenan
-en mis oídos susurros de voces
-antiguas que yo creía por siempre
-enmudecidas. ¡Hasta he llegado
-a pensar seriamente en empezar,<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>
-en entablar nuevas luchas, en
-inaugurar una vida nueva, en correr
-con arrestos nuevos a la palestra
-tantos años ha abandonada!...
-¡Quimeras... ilusiones, sueños
-que a nada práctico pueden conducir!
-¡Pero quimeras, sueños e
-ilusiones evocados por usted, inspirados
-por usted!</p>
-
-<p>&mdash;Pero esas ilusiones, esos ensueños,
-algo habrán dejado en su
-alma... ¡Oh señor Carton! ¡Busque...
-medite... pruebe!</p>
-
-<p>&mdash;Es inútil: perdería el tiempo,
-y además no merezco vivir. Y sin
-embargo, para que se forme usted
-idea del extremo inconcebible a
-que llegan las aberraciones humanas,
-confesaré que he tenido la
-debilidad, tengo aún la franqueza
-de desear que usted conozca la
-rapidez prodigiosa con que me ha
-transformado a mí, montón de
-cenizas extinguidas y heladas, en
-fuego vivo... bien que en fuego
-en todo semejante a mi naturaleza
-corrompida, en fuego que nada
-anima, que nada ilumina, que
-para nada sirve, en fuego que se
-pierde.</p>
-
-<p>&mdash;Puesto que he tenido la desgracia
-de hacerle más desventurado
-de lo que era antes de conocerme...</p>
-
-<p>&mdash;No diga usted eso, señorita
-Lucía; que si de redención fuera
-yo capaz, usted me habría redimido;
-si mis desventuras pudieran
-tener término, usted se lo habría
-puesto. No es usted, no ha podido
-ser usted causa de que mi desgracia
-sea mayor.</p>
-
-<p>&mdash;Quise decir que, si el estado
-actual de su alma se debe a influencias
-mías, ¿no habría medio
-de encauzar esas influencias en
-forma que le resultaran beneficiosas?
-¿Ningún bien puedo hacerle?</p>
-
-<p>&mdash;El mayor, el único que yo podía
-apetecer, me lo ha proporcionado
-ya. Me permite usted que
-durante el resto de mi desordenada
-vida conserve el recuerdo de
-que fué usted la última persona
-a quien abrí mi corazón, y la
-creencia de que en éste queda algo
-que ha merecido la piedad compasiva
-de usted, y con ello me
-hace el mayor bien que pude soñar.</p>
-
-<p>&mdash;Con toda mi alma desearía
-convencerle, señor Carton, de que,
-con un poquito de esfuerzo, y
-otro poquito de buena voluntad,
-conseguiría usted mejores cosas.</p>
-
-<p>&mdash;La engaña su excelente corazón,
-señorita Lucía. Créame usted:
-me he puesto a prueba, y el resultado
-ha sido deplorable: soy incapaz
-de redención. Sé que estoy
-apenando a usted, y voy a terminar.
-He depositado en un corazón
-puro e inocente el secreto más
-dulce de mi vida. Cuando el recuerdo
-de este día brote en mi
-memoria, ¿me será permitido
-abrigar la consoladora creencia
-de que ese corazón lo ha recogido
-y lo conserva, resuelto a no confiarlo
-a ningún otro?</p>
-
-<p>&mdash;Si esa creencia es para usted
-un consuelo, abríguela usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me promete usted no revelarlo
-a nadie, ni aun a la persona<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>
-que más querida le sea hoy, o pueda
-serlo en lo futuro?</p>
-
-<p>&mdash;Señor Carton&mdash;respondió Lucía
-con agitación,&mdash;el secreto no
-es mío, sino de usted: tenga la
-seguridad más absoluta de que
-sabré respetarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muchas gracias... y que Dios
-la bendiga!</p>
-
-<p>Tomó Carton la mano que Lucía
-le tendió, la llevó a sus labios,
-y comenzó a caminar hacia la
-puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Cuente usted, señorita Lucía,
-con que jamás haré referencia a
-la conversación que acabamos de
-sostener. Si cayera muerto en
-este instante, el secreto no quedaría,
-por lo que a mí toca, mejor
-guardado. Un corazón puro, un
-corazón inocente es el arca santa
-donde desde hoy quedan guardados
-mi nombre, mis extravíos,
-mis miserias, mi confesión postrera...
-¡Ah! ¡A la hora de mi
-muerte, será para mí un consuelo
-inefable abrazarme a este pensamiento,
-que ha de ser mi compañero
-sagrado durante el resto de
-mi vida!</p>
-
-<p>Lágrimas abundantes corrían
-por las mejillas de Lucía Manette.</p>
-
-<p>&mdash;No llore usted, señorita Lucía,
-que no merezco que nadie, y menos
-un ángel como usted, vierta
-lágrimas por mí. Dentro de una
-o dos horas, amistades viles y
-hábitos viciosos, que desprecio,
-pero a los cuales sucumbo, harán
-de mí un objeto menos digno de
-esas lágrimas que el último despojo
-humano que arrastra sus miserias
-por las calles. Quiero, sin
-embargo, hacer constar que, si
-exteriormente seguiré siendo lo
-que hasta el presente he sido, para
-usted, mi interior será lo que ahora
-es. Mi penúltima súplica tiene
-por objetivo rogar a usted que
-me crea.</p>
-
-<p>&mdash;Le creo, señor Carton, le
-creo.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a dirigirle mi ruego último
-y seguidamente la libraré
-de la presencia de un visitante en
-cuya alma degradada no puede
-encontrar la suya de ángel una
-sola cuerda armónica, y de quien
-está usted separada por un abismo
-sin fondo y sin bordes. Sé que
-decirlo es inútil; pero brota de mi
-alma y me es imposible callarlo.
-Por usted, y por cualquier persona
-que usted quiera, lo haré todo.
-Sacrificar una existencia perdida,
-no es mérito alguno, lo sé; pero
-si la Providencia me deparara
-ocasión de sacrificarla, por usted
-y por las personas que le fueran
-queridas la sacrificaría con gusto.
-Procure retener en su memoria
-lo que estoy diciendo. Vendrá día,
-y no tardará, en que contraiga
-usted nuevos lazos, lazos nuevos
-que la ligarán muy estrechamente
-al hombre que tenga la dicha de
-merecerla, lazos los más tiernos,
-los más dulces, los más hermosos
-que pueden alegrar la humana
-existencia. ¡Oh, señorita Lucía!
-¡En medio de la felicidad que la
-espera, cuando al rostro feliz de
-su padre se una al de otro hombre
-que se mira en sus ojos, acuérdese<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
-alguna vez de que en el mundo
-vive un ser dispuesto a dar en
-todo momento su vida a trueque
-de conservar la del mortal que
-usted ame! El último favor que la
-pido, es que no olvide mi ofrecimiento...
-¡Adiós... adiós!... ¡Que
-Dios la bendiga!</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XIV">XIV.<br />EL HONRADO MENESTRAL</h3></div>
-
-
-<p>Muchos y muy variados objetos
-desfilaban ante los ojos de
-Jeremías <i>Lapa</i>, durante las horas
-que diariamente se pasaba sentado
-en su rústico banco en la
-calle Fleet, acompañado de su
-poco agraciado retoño. Quien se
-pasara las horas más animadas
-del día en la calle Fleet, sentado
-sobre un banco o sobre una silla,
-sobre una piedra o sobre el duro
-suelo, necesariamente había de
-salir de la jornada aturdido y
-sordo, por efecto de las dos procesiones
-inmensas, interminables
-que, no obstante seguir rumbos
-opuestos, una de Oriente a Poniente,
-otra de Poniente a Oriente,
-caminaban fatalmente hacia
-el mismo final, hacia el mundo que
-jamás visitan los rayos rojos y
-púrpura del sol.</p>
-
-<p>El buen <i>Lapa</i>, mascando la
-obligada paja, contemplaba el
-curso de los dos gigantescos arroyos,
-semejante a aquel gentil rústico
-que permaneció varios siglos
-contemplando el curso de un río,
-sin más diferencia entre uno y
-otro que la de temer el segundo
-que el río se secase, y abrigar Jeremías
-la seguridad de que el
-curso de aquellos no se interrumpiría
-jamás. Verdad es que esa
-seguridad era para <i>Lapa</i> manantial
-de risueñas esperanzas, toda
-vez que gran parte de sus rentas
-las ganaba sirviendo de piloto a
-las mujeres que deseaban hacer
-la travesía de la calle. Aunque por
-regla general, las señoras que recurrían
-a sus servicios habían entrado
-de lleno en el declinar de la
-vida, y por otra parte, las relaciones
-entabladas durante la breve
-travesía eran forzosamente de
-poca duración, tanta impresión
-ejercía en el fogoso Jeremías el
-bello sexo, que nunca prestó un
-servicio de esa clase sin expresar
-deseos vehementes de que le fuera
-concedido el honor de beber a la
-salud de la acompañada.</p>
-
-<p>Hubo tiempos en que los poetas
-se sentaban sobre un banco en
-los sitios más públicos para pensar,
-y meditar, y reflexionar a la
-vista de los hombres. Jeremías
-<i>Lapa</i> se sentaba también en un
-banco y en sitio público; pero como
-no era poeta, pensaba, reflexionaba
-y meditaba lo menos posible,
-y en cambio miraba mucho.</p>
-
-<p>Atravesaba uno de esos momentos
-angustiosos en que el tránsito
-por la calle era escaso, y más escasas
-las mujeres que deseaban cruzarla,
-uno de esos momentos en
-que sus negocios presentaban cariz
-tan desconsolador, que nuestro<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>
-héroe llegó a recelar que su mujer
-estuviera arrodillada y rezando
-en cualquier rincón, cuando llamó
-su atención un torrente humano
-de caudal inusitado, que descendía
-arrollador por la calle Fleet,
-siguiendo el curso mismo del sol,
-es decir, hacia Oeste. Examinado
-el torrente, vió <i>Lapa</i> que se trataba
-de un entierro que sin duda
-no sería de gusto del pueblo, toda
-vez que éste ofrecía objeciones
-a su paso.</p>
-
-<p>&mdash;Es un entierro, hijo&mdash;dijo
-Jeremías a su retoño.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva... padre!&mdash;gritó el hijo
-de <i>Lapa</i>, dando cuatro zapatetas
-en el aire.</p>
-
-<p>El caballerito puso en su grito
-de alegría una significación misteriosa
-que desagradó hasta tal
-extremo al padre, que acechó, y
-aprovechó muy pronto la oportunidad,
-para agarrar a su retoño
-por una oreja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;gritó Jeremías
-padre.&mdash;¿Qué significa ese viva?
-¿Ese es el respeto que a tu padre
-tienes? ¡Este muchacho es un pillete,
-un descastado, tan descastado
-como sus vivas! ¡Que no
-vuelva a oirte, si no quieres
-<i>sentirme</i>! ¿Entiendes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Hacía daño a nadie?&mdash;exclamó
-el muchacho en son de protesta
-y frotándose la oreja.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo que no hacías era bien!&mdash;replicó
-<i>Lapa</i>.&mdash;Súbete sobre este
-banco y mira a las turbas.</p>
-
-<p>Obedeció el hijo. Venían las
-muchedumbres gritando desaforadamente
-y saltando en derredor
-de un carro de muertos sucio y
-viejo, seguido de un coche fúnebre
-tan sucio, tan viejo y tan deslustrado
-como el carra, ocupado por
-una sola representante del duelo,
-que ostentaba las galas fúnebres
-que a la dignidad de su posición
-consideraba indispensables. No
-parecía, empero, que su posición
-fuera muy de apetecer, pues las
-turbas saltaban en torno del coche
-gritando hasta ensordecerle
-haciendo visajes y contorsiones,
-mofándose de su respetable persona,
-y lanzando apóstrofes poco
-gratos al oído.</p>
-
-<p>Siempre fueron los entierros
-motivo de excitación especial para
-Jeremías <i>Lapa</i>; no es, pues,
-de admirar que en la ocasión presente,
-tratándose de un entierro
-que traía tan ruidoso acompañamiento,
-le sacase de sus casillas
-hasta el punto de preguntar al
-primer individuo con quien topó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa, hermano? ¿Qué
-es eso?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé&mdash;contestó el interrogado
-sin detenerse. ¡Espías!...
-¡Espías!</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es el muerto?&mdash;preguntó
-a otro.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé&mdash;respondió también
-éste, colocando las manos delante
-de la boca a guisa de bocina,
-y gritando con furia redoblada:&mdash;¡Espías!
-¡Espías!</p>
-
-<p>Tropezó al fin <i>Lapa</i> con una
-persona mejor informada del caso,
-gracias a la cual pudo averiguar
-que se trataba del entierro de un
-individuo llamado Rogerio Cly.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>
-&mdash;¿Era espía?&mdash;preguntó <i>Lapa</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Espía del Old Bailey&mdash;contestó
-el informador.&mdash;¡Espía...
-sí... espía del Old Bailey!</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio!&mdash;exclamó <i>Lapa</i>,
-recordando la vista a que había
-asistido en otro tiempo.&mdash;Le conozco.
-¿Está muerto?</p>
-
-<p>&mdash;¡Muerto como mi abuela! ¡Y
-aun debía estarlo más!... ¡Fuera!...
-¡Espía!... ¡Que lo echen aquí!</p>
-
-<p>Una idea tan luminosa había
-de ser forzosamente aceptada por
-aquellas turbas, y así fué, en efecto.
-Todos se apoderaron con ardorosa
-ansiedad del grito, y lo repitieron
-una y mil veces, a la par
-que se acercaban tanto al coche
-y al carro fúnebres, que los obligaron
-a detenerse. En un abrir
-y cerrar de ojos se apoderaron
-del representante del duelo; pero
-éste, que nada tenía de torpe, tan
-admirablemente supo aprovechar
-el tiempo, que en otro abrir y
-cerrar de ojos dió esquinazo a las
-turbas tomando a la carrera una
-callejuela lateral, no sin dejar en
-manos de aquellas su capa, su
-sombrero, la gasa que le cubría
-hasta las rodillas, el pañuelo blanco
-de rigor, y otras lágrimas simbólicas.</p>
-
-<p>El pueblo se entretuvo en rasgar
-y esparcir a los cuatro vientos
-los objetos y prendas indicadas
-demostrando loca alegría, mientras
-los comerciantes cerraban
-a toda prisa las puertas de sus
-establecimientos, pues la turba,
-en aquellos tiempos felices, eran
-monstruo altamente peligroso,
-capaz de devorarlo todo una vez
-abría las fauces. Habían abierto
-ya las puertas del carro fúnebre
-pasa sacar el ataúd, cuando otro
-genio propuso escoltarla hasta su
-destino entre el regocijo general.
-La proposición, como todas las
-que son eminentemente prácticas,
-mereció ser aprobada por
-aclamación, e inmediatamente
-asaltaron el coche ocho individuos
-mientras otros seis se encaramaban
-sobre la cubierta del carro
-fúnebre. Uno de los primeros voluntarios
-fué Jeremías <i>Lapa</i>,
-quien, en su modestia, escondió
-su persona y su cabeza en un rincón
-del coche.</p>
-
-<p>Protestaron los empleados de
-la funeraria contra aquella alteración
-del ceremonial; pero la distancia
-hasta el río era alarmantemente
-corta, y varias voces habían
-preconizado ya la eficacia de una
-inmersión fría para hacer entrar
-en razón a los empleados recalcitrantes
-de pompas fúnebres, y
-como consecuencia, las protestas
-fueron débiles y breves. Prosiguió
-su curso la procesión una vez reformada.
-Un deshollinador de chimeneas
-guiaba el carro fúnebre,
-asesorado por un cochero profesional,
-sentado a su lado, y de la
-conducción del coche se encargó
-un pastelero, servido a su vez por
-un ministro responsable. Agregóse
-a la comitiva un húngaro con
-su oso, tipo callejero muy popular
-en aquella época, el cual oso, por
-ser negro, y estar muy flaco, se
-armonizaba perfectamente con el<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>
-carácter fúnebre de la procesión
-de que formaba parte.</p>
-
-<p>De esta suerte continuó aquella
-procesión desordenada, engrosando
-a cada paso y obligando a cerrar
-todas las tiendas de las calles
-que recorría. El término de la carrera
-era la antigua iglesia de
-San Pancracio, situada fuera de
-la ciudad, donde llegó a su debido
-tiempo. El enterramiento del cadáver
-de Rogerio Cly hízose con
-arreglo a un ceremonial extravagante,
-con gran satisfacción del
-nutrido acompañamiento.</p>
-
-<p>Enterrado el difunto, el autor
-de la humorística proposición anterior,
-o bien otro genio, que nunca
-faltan en las muchedumbres, concibió
-y propuso la diabólica idea,
-aprobada por unanimidad, de acusar
-de espías de la Old Bailey y de
-clamar venganza contra todos los
-transeuntes a quienes la casualidad
-llevase por aquellos parajes.
-Docenas de infelices inocentes que
-en su vida habían pasado a mil
-varas del aborrecido tribunal fueron
-perseguidas como fieras y acosadas
-y golpeadas sin piedad. La
-transición desde este juego al de
-romper cristales, echar abajo
-puertas y ventanas y entrar a saco
-en ventorros y tabernas, no podía
-ser ni más sencilla, ni más natural,
-ni más lógica. Al cabo de varias
-horas de saqueos, cuando habían
-sido tomadas por asalto varias
-casas de campo y taladas no pocas
-tiendas, y destrozadas muchas
-verjas de hierro que proporcionaron
-armas a los caracteres más
-beligerantes, corrió la voz de que
-venían los guardias. Bastó la noticia
-para que se dispersaran las
-turbas antes de la llegada de los
-guardias, quienes quizá ni pensaron
-siquiera en aproximarse al
-teatro de los sucesos.</p>
-
-<p>No tomó parte en los desórdenes
-últimos Jeremías <i>Lapa</i>, quien
-prefirió permanecer en el cementerio,
-conferenciado con los empleados
-de la funeraria y haciendo
-tristes meditaciones. El campo de
-la muerte siempre ejerció sobre
-él una influencia sedante. Sentado
-sobre una sepultura, fumando con
-calma filosófica una pipa que se
-había procurado en la taberna
-vecina, meditaba, puestos los ojos
-en la verja.</p>
-
-<p>¡Ya ves, Jeremías, lo que es el
-mundo!&mdash;se decía <i>Lapa</i>.&mdash;No ha
-mucho tiempo viste con tus propios
-ojos a ese Cly, joven, robusto,
-derrochando vida, y ahora...</p>
-
-<p>Después de fumada su pipa, y
-al cabo de no poco rato de meditaciones
-profundas y de tristes
-reflexiones, levantóse y emprendió
-la vuelta a la ciudad, con objeto
-de encontrarse en su puesto antes
-de la hora de cerrar el Banco. No
-ha sido posible aclarar del todo
-si sus meditaciones ejercieron sobre
-su hígado influencia perniciosa,
-o si su salud venía quebrantada
-ya de antes, o bien si su visita
-no tuvo otro objeto que dispensar
-un honor a la persona a quien
-visitó: fuera uno u otra la causa, el
-hecho fué que, en el camino, se
-detuvo algunos minutos en la casa<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>
-de su médico... albeitar eminente
-de la ciudad.</p>
-
-<p>El hijo manifestó con muestras
-de gran interés al padre que nada
-había ocurrido durante su ausencia.
-Cerró el Banco las operaciones
-del día, salieron los empleados,
-y <i>Lapa</i>, acompañado por su
-hijo, se encaminó a su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy vas a saber quién soy yo&mdash;dijo
-a su mujer no bien traspasó
-el umbral de la casa.&mdash;Si esta noche
-estoy de malas como honrado
-menestral, será prueba de que te
-has pasado el día rezando en mi
-contra y sabrás cuántas son cinco,
-lo mismo que si yo, con estos ojos,
-te hubiera visto arrastrada por
-los suelos.</p>
-
-<p>Su costilla movió la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿Te atreves a hacerlo
-en mis barbas?&mdash;repuso con entonación
-colérica.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si no digo nada!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo sé; pero piensas! ¡Tanto
-monta pensar como hablar!
-¡Lo mismo puedes arruinarme rezando
-como meditando! ¡No quiero
-que hagas ni lo uno ni lo otro!</p>
-
-<p>&mdash;Está bien, Jeremías.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí!... Está bien, Jeremías...
-Perfectamente, Jeremías... Conforme,
-Jeremías... Lo que tú digas,
-Jeremías... Crees que me engañas
-con esas palabras de conformidad,
-¿no es cierto? ¡Pues te
-equivocas de medio a medio!</p>
-
-<p>&mdash;¿Piensas salir esta noche?&mdash;preguntó
-la mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pienso salir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podré acompañarle, padre?&mdash;preguntó
-su retoño.</p>
-
-<p>&mdash;No podrás acompañarme. Esta
-noche voy... ya lo sabe tu madre...
-voy a pescar; a pescar; eso
-es.</p>
-
-<p>&mdash;Cada día son más listos los
-peces, ¿verdad, padre?</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que no te importa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Traerá pescado?</p>
-
-<p>&mdash;Si no lo traigo, mañana habrá
-<i>solfeo</i> general en casa&mdash;replicó
-<i>Lapa</i> moviendo la cabeza.&mdash;Y
-basta de preguntas, muñeco. No
-saldré hasta que tú te hayas acostado.</p>
-
-<p>El resto de la velada lo consagró
-a acechar a su mujer y a obligarla
-a hablar constantemente
-a fin de impedir que rezara o meditara
-en contra suya. Con el mismo
-objeto a la vista, obligó también
-a su hijo a que charlara sin
-tasa con su madre, con no poco
-disgusto de ésta, que no dispuso
-de un segundo de tiempo para
-consagrarlo a sus reflexiones. La
-persona más devota no hubiese
-podido rendir homenaje más elocuente
-a la eficacia de una oración
-honrada. El temor a las plegarias
-de su mujer era tanto como si una
-persona que jurase y perjurase
-que no creía en fantasmas ni aparecidos,
-se horrorizara al escuchar
-historias de fantasmas y de aparecidos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es cosa grande que tus rezos
-sean amenaza constante a nuestros
-estómagos!&mdash;dijo <i>Lapa</i>.&mdash;Tu
-conducta desnaturalizada mataría
-de hambre a tu marido y a tu
-hijo, si yo no vigilara a todas horas.
-¡Mira a tu hijo...! Porque creo<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>
-que es tu hijo, ¿eh? Está más
-delgado que un estoque... Tú, que
-tienes el atrevimiento de llamarte
-su madre, ¿no sabes que el primero,
-el más sagrado de los deberes
-de una madre es hacer que su
-hijo engorde?</p>
-
-<p>Estas palabras conmovieron
-tan profundamente al hijo, que
-conjuró a su madre a que cumpliera
-ante todo y sobre todo la función
-maternal con delicadeza tanta
-indicada por su padre.</p>
-
-<p>Así fué deslizándose la velada
-en el tranquilo hogar de los <i>Lapas</i>,
-hasta que madre e hijo recibieron
-orden de meterse en la cama. El
-jefe de la familia distrajo las horas
-de la noche fumando pipas
-solitarias hasta poco más de la
-media noche, que se levantó para
-salir. Antes, sin embargo, sacó
-de un armario, cuya llave guardaba
-en el bolsillo, un saco, una
-barra de hierro bastante gruesa,
-algunas cuerdas, una cadena, y
-otros útiles de pesca parecidos,
-los que, colocados y acondicionados
-convenientemente, apagó la
-luz y se fué.</p>
-
-<p>Minutos después salía tras el
-padre su curioso retoño, quien
-había tenido la precaución de
-acostarse vestido sobre la cama
-cuando recibió la orden de recogerse.
-Al amparo del manto de la
-noche salió de su habitación, descendió
-sigiloso la escalera y se
-aventuró por las solitarias calles.
-En cuanto a la vuelta a la casa
-paterna, no le inspiraba ningún
-recelo, pues sabía muy bien que
-la puerta quedaba abierta toda
-la noche.</p>
-
-<p>Impulsado por el deseo muy
-laudable de aprender las artes y
-misterios de las ocupaciones nocturnas
-de su honrado padre, el
-muchacho, pegado a las paredes
-de las casas, embebiéndose en los
-huecos de las puertas, procuraba
-no perder un instante de vista al
-laborioso autor de sus días. Tomó
-éste dirección norte, y no se había
-alejado gran cosa, cuando topó
-con un nuevo discípulo de Isaac
-Walton, en cuya compañía prosiguió
-la marcha.</p>
-
-<p>Media hora después caminaban
-ambos sin hablar palabra por un
-camino solitario, al que no llegaban
-las miradas de los faroles ni
-menos las de los vigilantes nocturnos.
-En el camino se les incorporó
-otro pescador, pero con tanto
-recato y silencio, que si el muchacho
-hubiera sido supersticioso,
-seguramente habría creído que
-el hombre que primero se reuniera
-a su padre se había partido súbita
-y milagrosamente en dos.</p>
-
-<p>Los tres prosiguieron la marcha
-seguidos por el hijo de <i>Lapa</i>, hasta
-que hicieron alto al pie de un desmonte
-cuyo talud se alzaba sobre
-el camino. Sobre el talud, corría
-un muro de ladrillo de escasa elevación,
-coronado por una verja de
-hierro. Los hombres se deslizaron
-como fantasmas a lo largo del
-talud, procurando ampararse de
-su sombra, hasta llegar a un entrante
-que daba acceso a una especie
-de callejón, uno de cuyos<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span>
-lados, formado por el muro de
-ladrillo, tendría sobre diez pies
-de altura. A la luz blanquecina
-de la luna pudo ver el muchacho
-que el honrado menestral a quien
-debía la existencia escalaba con
-ligereza sin igual la verja de hierro.
-Inmediatamente le siguió el segundo
-pescador, y a éste el tercero.
-Los tres ganaron el terreno
-comprendido en el interior de la
-verja, donde permanecieron algunos
-minutos, tendidos en tierra...
-probablemente escuchando. Luego
-avanzaron, arrastrándose sobre
-las manos y las rodillas.</p>
-
-<p>El muchacho se acercó a la verja,
-conteniendo la respiración.
-Desde un rincón donde se agazapó
-vió que los tres pescadores se
-arrastraban como serpientes por
-entre la crecida hierba que cubría
-el terreno... y por entre muchas
-cruces y lápidas sepulcrales. Estaban
-en un cementerio, y parecían
-fantasmas espantables acechados
-por otro fantasma más espantable,
-más monstruoso aún: por la
-torre de la iglesia vecina, gigante
-terrorífico encargado de velar por
-la tranquilidad de los muertos.
-No avanzaron mucho trecho. El
-muchacho no tardó en observar
-que se enderezaban y daban comienzo
-a la pesca.</p>
-
-<p>Pescaron primero con azada.
-Poco después, el honrado <i>Lapa</i>
-preparó un instrumento semejante
-a descomunal sacacorchos. Cualesquiera
-que fueran los útiles
-de pesca que utilizaran, manejábanlos
-con inusitado ardor. Las
-púas que coronaban la cabeza del
-muchacho adquirieron la dureza
-acerada de las de su padre cuando
-el gigante guardián de la ciudad
-de los muertos dejó oir lentas, sonoras,
-graves, terroríficas, las dos
-de la madrugada.</p>
-
-<p>El muchacho emprendió desatinada
-fuga; mas el deseo de
-saber era tan grande, que no sólo
-se contuvo al cabo de breve trecho
-de recorrido, sino que le incitó
-a volver a la verja. Vió que los
-tres hombres continuaban pescando,
-y supuso que habían pescado
-algo al observar que los pescadores
-parecían inclinados y como
-doblegados, haciendo esfuerzos
-encaminados a sacar algún pez
-de mucho peso. Así era en efecto:
-poco a poco fueron izando el pescado,
-hasta que éste salió a la
-superficie. La forma del pescado
-era de las que no dejan lugar a
-duda; pero cuando el muchacho
-vió que su padre se disponía a
-abrirlo, sintióse acometido de tal
-pánico, que emprendió una carrera
-frenética sin detenerse ni moderar
-la velocidad hasta que dejó
-atrás más de una milla de terreno.</p>
-
-<p>Ni aun entonces se habría detenido
-si no le hubiese faltado el
-aliento, pues no huía ante imágenes
-engendradas por el miedo, sino
-ante espectros que le acosaban
-terribles. El ataúd que había visto
-le pisaba los talones, saltando sobre
-las piedras y tierra del camino
-en posición perpendicular y sobre
-el extremo más estrecho, empeñado
-en alcanzarle y en colocarse a<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>
-su lado... quizá para asirse a su
-brazo. Aquel diabólico ataúd debía
-ser prodigio de incongruencia
-y de ubicuidad, pues tan pronto
-saltaba entre las negras filas
-de árboles que bordeaban el camino
-como volaba sobre las espesas
-copas, semejante a cometa sin
-rabo ni alas. Ocultábase también
-en los huecos de las puertas, contra
-las cuales frotaba sus horribles
-costillas, produciendo un ruido
-semejante a huecas carcajadas.
-Constantemente ganaba terreno
-al muchacho en aquella carrera
-fantástica. Cuando el perseguido
-llegó a la puerta de su casa, estaba
-medio muerto de miedo. Ni aun
-después de refugiarse en ella se
-vió libre de la encarnizada persecución
-del ataúd, que subió tras
-él la escalera saltando sobre sus
-peldaños, y se acostó en su cama,
-y se subió sobre su pecho cuando
-el sueño o el terror rindieron al
-desventurado curioso.</p>
-
-<p>La presencia de Jeremías <i>Lapa</i>
-en el estrecho cuarto del muchacho
-puso fin al agitado sueño de
-éste antes que los primeros rayos
-del sol hicieran su aparición sobre
-la tierra. La fortuna debió serle
-poco propicia aquella noche; así,
-al menos, lo infirió su hijo del
-hecho de que tuviera a su mujer
-agarrada por las orejas y sacudiéndola
-sin consideración.</p>
-
-<p>&mdash;¡Te lo ofrecí, y lo cumplo!&mdash;decía
-Jeremías.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por Dios, Jeremías!&mdash;exclamaba
-su mujer con acento de súplica.</p>
-
-<p>&mdash;Te empeñas en estropearme
-los negocios, sin tener en cuenta
-que me perjudicas a mí y a mis
-asociados. Tu obligación es obedecer:
-¿por qué no lo haces?</p>
-
-<p>&mdash;¡Procuro ser mujer honrada!&mdash;contestaba
-la infeliz, derramando
-lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y crees que la honradez
-consiste en echar a perder los negocios
-de tu marido? ¿Crees honrar
-a tu marido deshonrando sus
-asuntos?</p>
-
-<p>&mdash;¡No deberías dedicarte a negocios
-tan horribles, Jeremías!</p>
-
-<p>&mdash;Debe bastarte el ser la esposa
-de un honrado menestral y no dar
-entrada en tu estrecho entendimiento
-femenino a cálculos o apreciaciones
-acerca de la naturaleza
-de los negocios que hace o deja
-de hacer tu marido. La mujer que
-es honrada y obediente, no se mete
-en lo que es incumbencia privativa
-de su esposo. ¿Y tú te llamas
-religiosa? ¿Tú te llamas honrada?
-¡Si eres religiosa, si eres honrada,
-dénme mujeres irreligiosas
-y sin honra!</p>
-
-<p>El altercado, que se sostenía
-en voz baja, llegó a su término
-cuando Jeremías, despojándose de
-las botas cubiertas de barro, se
-tendió sobre el suelo, boca arriba
-y puestas las manos debajo de la
-cabeza a guisa de almohada. El
-hijo, en su deseo de imitar al padre,
-volvió a tenderse sobre la
-cama, no tardando en dormirse.</p>
-
-<p>Después del almuerzo, en cuyo
-<i>menú</i> no figuró ningún plato de
-pescado, y puede decirse que de<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span>
-ningún otro manjar, el señor Jeremías,
-que dicho sea de paso estaba
-furioso como nunca, bien
-acepillado y lavado, salió con su
-hijo a la calle y tomó el camino
-del Banco Tellson.</p>
-
-<p>El joven vástago del honrado
-menestral que caminaba al lado
-de éste por la calle Fleet no era
-ya el mismo que la noche anterior
-huía despavorido por caminos
-solitarios de su terrible perseguidor.
-Con los resplandores del día
-recobró su atrevimiento habitual,
-y sus bascas y escrúpulos terminaron
-con la noche... en cuyos particulares
-es más que probable que
-tuviera muchos compadres en la
-animada calle Fleet.</p>
-
-<p>&mdash;Padre&mdash;dijo el muchacho durante
-el trayecto,&mdash;¿qué es un
-desenterrador?</p>
-
-<p>El buen <i>Lapa</i> no pudo contestar
-pregunta tan inesperada sin antes
-quedar como clavado en el sitio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo qué sé!&mdash;respondió al
-fin.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creí que usted lo sabía
-todo, padre&mdash;repuso el candoroso
-muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hum! ¡Pues... mira!&mdash;dijo
-Jeremías <i>Lapa</i>, después de quitarse
-el sombrero y de rascarse la
-frente.&mdash;Un desenterrador es un
-honrado menestral, un comerciante.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué ramo comercia?</p>
-
-<p>&mdash;Comercia... en géneros científicos
-de naturaleza especial.</p>
-
-<p>&mdash;En cadáveres humanos; ¿verdad,
-padre?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que no andas del todo
-descaminado, hijo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh padre! ¡Yo quisiera ser
-desenterrador cuando llegue a
-hombre!</p>
-
-<p>La proposición llenó de noble
-orgullo al padre. Sin embargo,
-moviendo la cabeza como con
-aire de duda, replicó:</p>
-
-<p>&mdash;Dependerá del vuelo que alcancen
-tus talentos. Procura alentar
-su desarrollo, a lo cual contribuirá
-poderosamente el ejemplo
-que te doy. Hoy es prematuro
-hablar de lo que en lo futuro harás
-o dejarás de hacer.</p>
-
-<p>Momentos después, mientras el
-muchacho iba a colocar el banco
-a la sombra del edificio del Tribunal
-del Temple, Jeremías <i>Lapa</i> murmuró
-para sus adentros:</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Jeremías, honrado
-menestral; puedes abrigar esperanzas
-fundadas de que tu hijo
-llegará con el tiempo a ser un
-tesoro que compensará tu desgracia
-de tener por esposa a una mujer
-desnaturalizada.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XV">XV.<br />HACIENDO CALCETA</h3></div>
-
-
-<p>Aquel día, en la taberna del señor
-Defarge, habían comenzado
-las libaciones más temprano que
-de ordinario. Cuando a las seis de
-la mañana, caras pálidas se acercaron
-a los barrotes de las rejas
-que defendían las ventanas, vie<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>ron
-otras caras pálidas inclinadas
-sobre sendos cubiletes de vino.
-Por regla general, el vino que en
-la taberna de Defarge se expendía
-había recibido las saludables
-aguas del bautismo, pero el que
-en esta ocasión bebían los báquicos
-madrugadores debía ser agrio,
-o al menos tenía la propiedad de
-agriar el temperamento de los
-que lo ingerían. El zumo de las
-uvas encerrado en los toneles de
-Defarge no encendía alegres llamas
-báquicas, sino un fuego latente,
-un fuego que ardía sin salir
-a la superficie.</p>
-
-<p>Tres mañanas hacía ya que los
-sacrificios a Baco comenzaban
-muy temprano en la taberna de
-Defarge. Se inauguraron el lunes y
-nos encontramos en miércoles. Verdad
-es que se hablaba o se escuchaba
-más que se bebía, pues no
-faltaban madrugadores, que penetraban
-en el establecimiento no
-bien se abría la puerta, a quienes
-hubiese sido imposible depositar
-sobre el mostrador una moneda,
-aun cuando de la salvación de
-su alma se hubiera tratado. No
-por eso dejaban de mostrar el mismo
-contento que si se hubiesen
-hecho servir barricas enteras de
-vino; veíaseles pasar de una banqueta
-a otra, trasladarse de un
-rincón a otro rincón, tragando
-con manifiesta ansiedad sendos
-párrafos de conversación en vez
-de saborear sendos tragos de vino.</p>
-
-<p>Aunque la concurrencia era más
-numerosa que de ordinario, el
-tabernero no había considerado
-necesario hacerse visible. Los parroquianos
-no debían conceder
-importancia a la ausencia de Defarge,
-toda vez que nadie preguntaba
-por él, nadie mostraba deseos
-de verle, nadie se extrañaba
-de ver sola a la señora Defarge,
-sentada tras el mostrador, presidiendo
-la distribución del vino
-y recogiendo contrahechas monedas,
-de las que habían desaparecido
-las efigies y escudos impresos
-por el troquel. Eran monedas
-dignas de los andrajosos bolsillos
-de que habían salido.</p>
-
-<p>Aburrimiento, falta absoluta de
-interés y sobra de fastidio es lo
-único que en la taberna hubieran
-notado los espías que, a no dudar,
-avizoraban desde la calle, como
-avizoraban todos los sitios, altos
-y bajos, desde el palacio del rey
-hasta la celda del criminal. Languidecían
-las barajas, los jugadores
-de dominó hacían castillos
-con las fichas, los bebedores dibujaban
-caras sobre las mesas con
-las gotas de vino que caían de los
-cubiletes, y la señora Defarge seguía
-con un mondadientes los
-dibujos de la manga de su vestido,
-como si oyese algo que no hería
-los tímpanos y viese cosas que
-no impresionaban la retina.</p>
-
-<p>Hasta el mediodía, en nada
-variaron las características de San
-Antonio en su aspecto vinoso.
-Poco después de las doce, llegaron
-dos hombres cubiertos de polvo,
-uno de los cuales era el señor Defarge,
-y el otro un peón caminero,
-ambos con semblantes adustos y<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>
-sedientos, los cuales entraron en
-la taberna. Su llegada encendió
-en el pecho de San Antonio encendidas
-chispas que, corriéndose por
-fuera de la taberna, no tardaron
-en transformarse en llamas, y
-éstas a su vez en caras humanas
-que llenaron todas las puertas y
-ventanas del barrio. Nadie siguió
-a los polvorientos viajeros, nadie
-les dirigió una sola palabra, pero
-todos clavaron en ellos los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buenos días!&mdash;contestó un
-coro nutrido.</p>
-
-<p>&mdash;Mal tiempo, señores&mdash;repuso
-Defarge, moviendo la cabeza.</p>
-
-<p>Cada uno de los presentes miró
-a su vecino, y a continuación,
-todos bajaron los ojos al suelo
-y guardaron silencio. Uno solo,
-por excepción, se levantó de su
-asiento y se fué.</p>
-
-<p>&mdash;Mi querida esposa&mdash;continuó
-Defarge,&mdash;he recorrido una porción
-de leguas en compañía de este
-buen caminero, que se llama Santiago.
-Le encontré... por casualidad,
-a jornada y media de París.
-Es un buen muchacho y se llama
-Santiago... ¡Dale de beber, querida!</p>
-
-<p>Levantóse otro hombre y salió
-de la taberna. La señora Defarge
-sirvió un vaso de vino al buen
-peón caminero, quien saludó quitándose
-el gorro azul que cubría
-su cabeza, y bebió. Sacó del seno
-un pedazo de pan áspero y negro,
-se sentó junto al mostrador, y
-principió a comer y a beber. Otro
-parroquiano, el tercero, se puso
-en pie y abandonó la taberna.</p>
-
-<p>Defarge se sirvió otro vaso de
-vino, de menor capacidad que el
-servido al caminero, y esperó a
-que éste despachara su refrigerio.
-Ni miró a ninguno de los presentes,
-ni ninguno de los presentes
-volvió los ojos hacia él. La señora
-Defarge había tomado en sus manos
-la calceta, y trabajaba sin
-mirar y sin hablar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha terminado ya el almuerzo?&mdash;preguntó
-el tabernero al peón
-luego que advirtió que no comía.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; muchas gracias.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, vamos: le enseñaré
-la habitación que le dije que ocuparía,
-y que desde luego aseguro
-que ha de ser de su gusto.</p>
-
-<p>Desde la tienda salieron a la
-calle, desde la calle entraron a un
-patio, en el patio tomaron una
-escalera, y al final de la escalera
-encontraron un sotabanco... que
-en otro tiempo fué alojamiento
-de un hombre de cabellos blancos
-como la nieve, que se pasaba los
-días sentado en una banqueta y
-haciendo zapatos.</p>
-
-<p>No se encontraba en el sotabanco
-el de los cabellos blancos
-como la nieve, pero sí los tres
-hombres que antes salieron uno
-a uno de la taberna.</p>
-
-<p>Defarge cerró cuidadosamente
-la puerta del sotabanco, y dijo
-a media voz:</p>
-
-<p>&mdash;¡Santiago Primero, Santiago
-Segundo, Santiago Tercero! Os
-presento al testigo encontrado
-por mí, Santiago Cuarto. El os lo
-dirá todo. Puedes hablar, Santiago
-Quinto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span></p>
-
-<p>El peón caminero, después de
-secar su sudorosa frente con el
-gorro azul que en la mano tenía,
-preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por dónde comienzo?</p>
-
-<p>&mdash;Puedes comenzar por el principio&mdash;respondió
-con mucha lógica
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Le vi, señores&mdash;comenzó el
-peón caminero,&mdash;ha hecho un año
-este verano, bajo el carruaje del
-señor Marqués, pendiente de la
-cadena. Yo acababa de dejar mi
-tarea, el sol se hundía en el horizonte,
-el coche del señor Marqués
-subía trabajosamente la colina,
-y él iba suspendido de la cadena
-de esta manera.</p>
-
-<p>El orador representó gráficamente
-una escena que había representado
-millares de veces en la
-aldea durante un año entero.</p>
-
-<p>Tomó la palabra Santiago Primero
-para preguntar al caminero
-si había visto antes al hombre que
-pendía de la cadena.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca&mdash;contestó el interpelado,
-recobrando la posición perpendicular.</p>
-
-<p>Preguntó Santiago Tercero cómo
-había podido reconocerle después,
-no habiéndole visto hasta
-ese día.</p>
-
-<p>&mdash;Le reconocí por su elevada
-estatura&mdash;dijo el peón caminero,
-puesto el índice de la mano derecha
-en la nariz.&mdash;Cuando aquella
-noche preguntó el señor Marqués
-qué señas tenía, yo contesté: «Es
-alto como un espectro».</p>
-
-<p>&mdash;Debió usted decir «pequeño
-como un enano»-observó Santiago
-Segundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué sabía yo? Ni había
-sido cometida la hazaña ni él
-se había confiado a mí. Pero tengan
-ustedes en cuenta que, aun
-en esas circunstancias, yo nada
-declaré, nada dije. Buena prueba
-de ello es que el señor Marqués,
-señalándome con el dedo, gritó:
-«¡Traedme a ese canalla!» ¡No, no,
-señores! ¡Nada dije!</p>
-
-<p>&mdash;Tiene razón, Santiago&mdash;dijo
-Defarge.&mdash;Sigue.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien&mdash;continuó el peón
-caminero con aire de misterio.&mdash;El
-hombre alto se ha perdido y
-lo buscan... ¿desde cuándo? ¿Desde
-nueve, diez, once meses?</p>
-
-<p>&mdash;El número de meses es lo que
-menos viene al caso&mdash;contestó
-Defarge.&mdash;Estaba bien escondido,
-pero al fin y a la postre, le encontraron
-desgraciadamente. Prosigue.</p>
-
-<p>&mdash;Otra vez estoy trabajando en
-la falda de la colina y el sol traspone
-también las montañas de
-Occidente, como en la ocasión
-anterior. Recojo mis herramientas
-para bajar a la aldea, donde
-ha cerrado ya la noche, cuando,
-al alzar los ojos, veo aparecer en
-la cima de la colina seis soldados.
-En medio de los soldados
-veo a un hombre con los brazos
-atados a los lados... en esta
-forma.</p>
-
-<p>Con la ayuda de su indispensable
-gorro azul, el orador representa
-admirablemente a un hombre<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>
-cuyos codos están amarrados a la
-cintura.</p>
-
-<p>&mdash;Me hago a un lado, señores,
-colocándome junto a un acopio,
-para ver pasar a los soldados y a
-su prisionero, pues se trata de un
-camino militar por el que nada
-pasa que no sea digno de ser mirado,
-y cuando aquellos se acercaron,
-en los primeros momentos,
-nada vi más que a seis soldados
-que conducían a un hombre amarrado,
-un hombre alto, y que soldados
-y prisionero parecían negros,
-excepto por la parte que
-daba frente a la puesta del sol,
-donde advertí algunas líneas rojizas.
-También pude observar que
-las sombras que proyectaban sus
-cuerpos cruzaban el camino en
-todo su ancho, cual si fueran sombras
-de gigante. Vi asimismo que
-iban cubiertos de polvo, y que
-levantaban nubes de polvo al
-andar marcando el paso. Cuando
-pasaron frente a mí, reconocí al
-hombre alto que llevaban preso
-y él me reconoció también a mí.
-¡Ah! ¡Bien sé yo que el preso se
-hubiera arrojado de cabeza por
-la falda de la colina como hizo
-la tarde en que le vi por vez primera
-en el mismo sitio!</p>
-
-<p>A continuación hizo una descripción
-detallada y llena de vida
-de la escena a que acababa de
-aludir.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo di a entender a los
-soldados que había reconocido al
-preso, ni el preso dejó entrever
-a los soldados que me hubiera reconocido
-a mí. En cambio nosotros
-nos lo dimos a comprender
-por medio del lenguaje de los ojos.
-«¡Vivo, vivo!»&mdash;dijo el jefe de los
-soldados.&mdash;«¡Llevémosle pronto
-a la fosa!»; y, en efecto, aceleraron
-el paso. Yo les seguí. Los brazos
-del preso estaban hinchados por
-efecto de la brutal presión de las
-cuerdas, y como sus zuecos le
-estaban grandes y eran muy pesados,
-andaba cojo. El que está
-cojo, no puede caminar de prisa,
-y como los soldados querían hacer
-con rapidez el viaje, arreaban al
-preso de esta manera.</p>
-
-<p>El peón caminero imitó los movimientos
-del hombre a quien
-obligan a caminar a culatazos.</p>
-
-<p>&mdash;Cayó de bruces el prisionero
-mientras bajaban la pendiente
-corriendo como locos. Los soldados
-rompieron a reir y le levantaron.
-Sangraba su cara y estaba
-llena de tierra, pero el infeliz no
-pudo llevar hasta ella sus manos,
-lo que, visto por los soldados, dió
-margen a nuevas carcajadas. Lleváronle
-a la aldea, que salió en
-masa a verle, y desde la aldea al
-molino, y desde el molino al calabozo.
-La aldea entera vió cómo se
-abría la puerta del calabozo y se
-engullía al prisionero de esta manera:</p>
-
-<p>El peón caminero abrió una
-boca descomunal, y la cerró con
-estrépito producido por sus dientes
-al entrechocarse con violencia.
-Con tal verismo quiso representar
-la escena, que continuó con la<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span>
-boca cerrada hasta que Defarge,
-al cabo de un buen espacio de esperar,
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Adelante, Santiago.</p>
-
-<p>&mdash;La aldea en masa se retira,&mdash;prosiguió
-el caminero, bajando la
-voz y puesto sobre las puntas de
-sus pies,&mdash;la aldea en masa se
-congrega en torno de la fuente,
-y habla; la aldea entera se recoge
-en sus lechos; la aldea entera sueña
-en aquel desdichado, que se
-encuentra entre muros y hierros,
-encerrado en el calabozo que se
-alza al borde del tajo, del cual no
-saldrá más que para morir. A la
-mañana siguiente, me echo las
-herramientas sobre los hombros,
-tomo un pedazo de pan negro, y
-dando un rodeo, paso junto a la
-cárcel antes de dirigirme al trabajo.
-Allí le veo, detrás de los
-recios barrotes de aquella jaula
-de hierro, cubierto de sangre y de
-polvo, lo mismo que estaba la
-noche anterior. No puede alargarme
-una mano, porque ninguna
-le han dejado libre; no me atrevo
-a llamarle ni él se atreve a decirme
-palabra; su aspecto es el de
-un muerto.</p>
-
-<p>Tanto Defarge como los tres
-oyentes se dirigen miradas sombrías,
-miradas que respiran odio
-y venganza, mientras escuchan la
-historia de labios del caminero.
-La actitud de los tres, aunque reservada,
-es autoritaria, cual si
-constituyeran un tribunal severísimo.
-Los Santiagos Primero y
-Segundo están sentados sobre el
-viejo jergón, apoyadas las respectivas
-barbillas sobre las manos y
-fijos los ojos en el narrador. Santiago
-Tercero ha puesto una rodilla
-en tierra y no cesa de pasar su
-mano nerviosa por su boca y nariz,
-y Defarge, de pie entre el
-grupo formado por los tres Santiagos
-y el narrador, ora mira a éste,
-ora vuelve su severa cara hacia
-aquéllos.</p>
-
-<p>&mdash;Adelante, Santiago&mdash;dice Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;En aquella jaula de hierro le
-tienen encerrado una porción de
-días. La aldea le ve, pero recatándose,
-pues tiene miedo. Durante
-el día, contempla desde lejos el
-calabozo del tajo, y por la noche,
-cuando ha terminado la labor del
-día y se reúne junto a la fuente,
-todas las caras se vuelven hacia
-la cárcel. Antes, el objeto de las
-miradas de la aldea entera era la
-casa de postas: hoy es la prisión
-del tajo. En las conversaciones
-que la aldea sostiene junto a la
-fuente dice que, aun cuando le
-condenaran a muerte, no será
-ejecutada la sentencia; dicen que
-han sido presentadas en París exposiciones
-en las cuales demuestran
-que el infeliz enloqueció y
-no supo lo que hacía a consecuencia
-de la desgraciada muerte de
-su hijo; dicen que ha sido presentada
-una exposición al mismo
-Rey... ¿Quién sabe? ¡Puede ser!
-Yo no aseguro ni que sí ni que no.</p>
-
-<p>&mdash;¡Escucha con atención, Santiago!&mdash;interrumpió
-con duro
-acento Santiago Primero.&mdash;Sabe
-que ha sido presentada una expo<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span>sición
-al Rey y a la Reina. Todos
-los que aquí estamos, excepción
-hecha de ti, sabemos que el Rey
-la tomó en sus manos, en ocasión
-en que paseaba por la calle en
-carruaje, sentado junto a la Reina.
-Defarge, a quien estás viendo, con
-riesgo de su vida, se puso delante
-de los caballos llevando el memorial
-en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Escúchame ahora a mí, Santiago!&mdash;terció
-Santiago Tercero,
-siempre con una rodilla en tierra
-y agitando sus nerviosos dedos.&mdash;¡La
-escolta, de a pie y de a caballo,
-cayeron sobre el suplicante y le
-magullaron a golpes! ¿Has entendido?</p>
-
-<p>&mdash;He entendido, señores.</p>
-
-<p>&mdash;Adelante, pues&mdash;dijo Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;No faltan tampoco personas
-que aseguran que ha sido llevado
-a nuestro país para ejecutarlo en
-él, y que será irremisiblemente
-ejecutado. También dicen que,
-como mató al señor, y el señor
-es el padre de sus vasallos, será
-ejecutado como parricida. Dice
-un viejo que quemarán en vivo
-su mano derecha, armada de un
-cuchillo; que en las heridas que
-abrirán en sus brazos, en su pecho
-y en sus piernas, derramarán
-aceite hirviendo, plomo derretido,
-resina encendida, cera y azufre
-ardiendo, y finalmente, que atado
-a las colas de cuatro caballos,
-será despedazado. Afirma el mismo
-viejo que eso fué lo que hicieron
-con un reo que atentó contra
-la vida de nuestro difunto rey
-Luis XV. ¿Será verdad? ¿Será
-mentira? No lo sé: no soy sabio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Escucha otra vez, Santiago!&mdash;exclamó
-el tercero de este nombre.&mdash;El
-reo de quien hablas se
-llamaba Damiens, y el programa
-que acabas de exponer se ejecutó
-a la luz del sol y en las calles de
-París. Acerca de la impresión que
-produjo en las personas que lo
-presenciaron, sólo te diré, Santiago,
-que la infinidad de damas de
-la más alta nobleza que acudieron
-a presenciar la ejecución, no quisieron
-privarse de ningún detalle,
-la contemplaron con arrobamiento
-hasta el final... hasta el final,
-Santiago, que no sobrevino hasta
-el anochecer, horas después de
-haber perdido el infeliz dos piernas
-y un brazo... ¡y aun respiraba!
-Ocurrió eso... Pero dime, ¿cuántos
-años tienes?</p>
-
-<p>&mdash;Treinta y cinco&mdash;contestó el
-caminero, que representaba sesenta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demasiados!&mdash;murmuró con
-impaciencia Defarge.&mdash;Continúa.</p>
-
-<p>&mdash;No se habla en la aldea de
-otra cosa: hasta la fuente parece
-haber aprendido la misma cantinela.
-Al fin, un domingo por la
-noche, llegan los soldados y se
-encaminan a la prisión. Obreros
-que cavan, obreros que clavan,
-soldados que ríen a carcajadas,
-y cuando luce el día, junto a la
-fuente se alza un patíbulo de
-cuarenta pies de elevación, cuya
-sombra envenena las aguas. Todo
-el mundo suspende los trabajos,
-todo el mundo se reúne allí, las<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>
-vacas no salen al campo porque
-tampoco quieren privarse del espectáculo.
-Al mediodía truenan
-los tambores. Los soldados, que
-la noche anterior fueron a la prisión,
-vuelven llevándole en medio.
-El reo está amarrado, le han puesto
-en la boca una mordaza sujeta
-con una cuerda en forma tal, que
-parece que ríe. En lo alto del patíbulo
-han colocado un cuchillo
-con la punta al aire. El reo es
-ahorcado a cuarenta pies de altura,
-y su cadáver queda balanceándose...
-envenenando con su sombra
-las aguas de la fuente.</p>
-
-<p>Los oyentes se dirigieron miradas
-sombrías, mientras el narrador
-se secaba el sudor de la cara
-con el gorro azul.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es horroroso, señores!&mdash;repuso.&mdash;¿Cómo
-han de beber agua
-de la fuente las mujeres y los niños?
-¿Quién es el atrevido que
-osa hablar durante la noche bajo
-aquella sombra? ¿Bajo la sombra
-dije? ¡Cuando yo salí de la aldea
-el lunes por la tarde, casi a puestas
-de sol, volví la cabeza desde la
-cima de la colina y vi que la sombra
-cubría la iglesia, cubría el
-molino, cubría la prisión del tajo,
-cubría toda la tierra, señores, que
-tiene por techo el cielo azul!</p>
-
-<p>El oyente que escuchaba rodilla
-en tierra parecía estar hambriento
-de algo... que no era ni comida ni
-bebida.</p>
-
-<p>&mdash;He terminado, señores. Abandoné
-la aldea momentos antes
-de ponerse el sol, conforme
-acabo de decir, y caminé toda la
-noche y la mitad del día siguiente,
-hasta que encontré, conforme
-también he dicho, a este camarada.
-En su compañía llegué hasta
-aquí, unas veces a pie otras a caballo,
-viajando todo el resto del
-día de ayer y toda la noche pasada.
-He dicho.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo Santiago
-Primero, después de un silencio
-imponente.&mdash;Has obrado y narrado
-con fidelidad. ¿Quieres esperarnos
-por breve tiempo fuera, en la
-escalera?</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto&mdash;contestó
-el peón caminero.</p>
-
-<p>Defarge le acompañó hasta la
-escalera, le dejó sentado sobre el
-último peldaño, y volvió a entrar
-en el sotabanco. Los tres Santiagos
-se habían levantado y formaban
-un grupo muy apretado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dices, Santiago?&mdash;preguntó
-el número uno de este nombre.&mdash;¿Lo
-consignamos en nuestro
-registro?</p>
-
-<p>&mdash;¡Regístralo como condenado
-a la destrucción!&mdash;contestó Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¡Magnífico!&mdash;exclamó Santiago
-Tercero.</p>
-
-<p>&mdash;¿El castillo y toda la raza?&mdash;repuso
-el primero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí; el castillo y toda la raza!&mdash;bramó
-Defarge&mdash;¡Exterminio
-completo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Sublime!&mdash;gritó el tercer
-Santiago.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes seguridad de que el
-sistema que hemos acordado para
-el registro no ha de originarnos
-ningún contratiempo?&mdash;preguntó<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span>
-a Defarge Santiago Primero.&mdash;Que
-es seguro, no ofrece duda,
-toda vez que, excepción hecha
-de nosotros, nadie es capaz de
-descifrarlo: ¿pero podremos descifrarlo
-siempre... mejor dicho,
-podrá ella?...</p>
-
-<p>&mdash;Santiago&mdash;replicó Defarge irguiéndose,&mdash;si
-mi mujer se empeña
-en guardar todo el registro en
-su memoria, ten por seguro que
-no se perderá ni una palabra, ni
-una sílaba de cuantas contenga.
-Con puntos de calceta es ella capaz
-de escribirlo todo más claro
-que el sol. Confía en mi mujer. El
-poltrón más cobarde, el más apegado
-al mundo que viva o haya
-vivido bajo la capa del cielo ha
-de encontrar menos dificultades
-para quitarse a sí mismo la existencia,
-que para arrancar una sola
-letra del registro escrito a punto
-de media por mi señora.</p>
-
-<p>Murmullos de aprobación acogieron
-las palabras de Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacemos con ese rústico?&mdash;preguntó
-Santiago Tercero.&mdash;¿Lo
-despedimos? Me parece
-excesivamente simple: ¿no nos
-resultará peligroso?</p>
-
-<p>&mdash;Nada sabe&mdash;replicó Defarge,&mdash;y
-lo poco que pudiera decir,
-únicamente le serviría para subir
-a un patíbulo tan alto como el que
-ha poco nos estaba describiendo.
-Yo me encargo de él; dejadlo a mi
-cuidado. A su tiempo lo despediré.
-Parece que desea ver al Rey, a la
-Reina, a los magnates y señores
-de la corte: le permitiremos que
-satisfaga su gusto el domingo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo!&mdash;exclamó Santiago
-Tercero.&mdash;¿No te parece mal síntoma
-que desee ver la realeza y
-la nobleza?</p>
-
-<p>&mdash;Santiago&mdash;replicó Defarge,&mdash;enseña
-al gato la leche, si quieres
-excitar su sed; muestra al mastín
-su presa natural, si quieres que
-en su día caiga sobre ella y la despedace.</p>
-
-<p>Nada más se dijo por entonces.
-El peón caminero, a quien encontraron
-dando cabezadas en el descansillo,
-fué invitado a tenderse
-sobre el jergón. No se hizo repetir
-la invitación, y momentos después,
-dormía como un tronco.</p>
-
-<p>Peor alojamiento del que le
-ofrecía la taberna de Defarge
-hubiera podido encontrar en París
-un infeliz como el caminero.
-Si prescindimos del miedo misterioso
-que le inspiraba la tabernera,
-miedo que le acosaba constantemente,
-llevaba una vida que
-no podía ser más agradable. Pero
-es el caso que la tabernera se
-pasaba el día entero sentada detrás
-del mostrador, tan indiferente
-a su persona, tan <i>empeñada</i>
-en no darse cuenta de la presencia
-de un extraño en la casa, que éste
-andaba desconcertado y receloso.</p>
-
-<p>No es, pues, de extrañar que,
-cuando llegado el domingo, supo
-que la tabernera se agregaría a
-su marido para acompañarle a
-Versalles, le hiciera muy poca
-gracia el programa, aunque otra
-cosa dijera su lengua. Vino a
-aumentar su desconcierto el hecho
-de que la tabernera no cesaba de<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>
-hacer calceta durante el camino,
-y su desconcierto se trocó en
-horrible aturdimiento cuando,
-aquella tarde, en ocasión en que
-esperaban el paso de la Reina,
-hubo de permanecer al lado de la
-tabernera, cuyas manos manejaban
-con verdadero ardor las agujas
-de la media.</p>
-
-<p>&mdash;¿Trabaja usted mucho, señora?&mdash;dijo
-un hombre que pasó por
-su lado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;respondió la señora Defarge,&mdash;tengo
-mucho que hacer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hace usted, señora?</p>
-
-<p>&mdash;Muchas cosas.</p>
-
-<p>&mdash;Por ejemplo...</p>
-
-<p>&mdash;Por ejemplo&mdash;contestó la tabernera
-con la calma misma de
-antes&mdash;mortajas.</p>
-
-<p>Alejóse el desconocido tan pronto
-como le fué posible. El pobre
-caminero sintió en el pecho tan
-extraña opresión, que hubo de
-hacerse aire con su gorro. Si para
-su completo restablecimiento necesitaba
-de la presencia de dos
-testas coronadas, fuerza es confesar
-que no pudo quejarse de su
-suerte, toda vez que, momentos
-después, aparecían un rey de
-grandes quijadas y una reina de
-hermoso rostro, cómodamente
-instalados en áurea carroza. Con
-los soberanos venía lo mejorcito,
-lo más notable de su corte. El
-pobre peón caminero, al ver aquel
-ejército encantador de sonrientes
-damas y de brillantes caballeros,
-unas y otros cubiertos de sedas
-y de encajes, de blondas y de ricos
-terciopelos, de galones de oro y
-de deslumbrante pedrería, sintió
-en su pecho tales oleadas de entusiasmo,
-que gritando a voz en
-cuello dió vivas al Rey y a la Reina,
-a damas y caballeros y aun
-a las carrozas y a los caballos
-que de ellos tiraban. Y vió hermosos
-jardines y encantadoras
-arboledas, y terrazas soberbias
-y fuentes maravillosas, y encontró
-nuevamente al Rey y a
-la Reina, y dió vivas, hasta desgañitarse,
-a todo lo creado, y creció
-su entusiasmo, y el entusiasmo
-dió nacimiento en su alma a la
-simpatía, y la simpatía a la ternura,
-y ésta, encontrando estrechos
-los límites del pecho, se desbordó
-a torrentes por sus ojos en forma
-de lágrimas. Durante la escena,
-que duró tres horas, durante las
-cuales gritó hasta enronquecer y
-lloró hasta agotar el manantial de
-sus lágrimas, Defarge hubo de
-tenerle sujeto con una mano por el
-cuello para impedir que en su
-irreflexivo entusiasmo cayera sobre
-los objetos de su pasajera devoción
-y los destrozara entre sus
-manazas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bravo!&mdash;exclamó Defarge
-cuando terminó el desfile.&mdash;Eres
-un buen muchacho.</p>
-
-<p>Temió haber cometido una torpeza
-el caminero, que comenzaba
-a volver en sí, pero pronto se tranquilizó.</p>
-
-<p>&mdash;Eres el hombre que necesitamos&mdash;díjole
-Defarge pegando los
-labios a sus oídos.&mdash;Harás creer<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>
-a esos insensatos que sus locuras
-durarán siempre; crecerá su insolencia,
-y ellos mismos precipitarán
-su fin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calla!&mdash;exclamó el caminero.&mdash;¡Pues
-es verdad!</p>
-
-<p>&mdash;Son idiotas y ciegos. Te desprecian
-profundamente; verían
-impasibles tu muerte y la de mil
-más como tú; es más: sacrificarían
-sin remordimiento esas mil
-vidas a trueque de salvar la de
-uno solo de sus caballos o perros,
-y sin embargo, les envanecen tus
-gritos. Engañémoslos durante algún
-tiempo más, que por grande
-que el engaño sea, nunca será
-tan grande como merecen.</p>
-
-<p>La señora Defarge miró al caminero
-e hizo signos de aprobación.</p>
-
-<p>&mdash;Dígame, amigo: si le pusieran
-delante un montón enorme de
-hermosas muñecas y le dijeran
-que podía destrozar y despojar
-a las que se le antojase, ¿no es verdad
-que escogería las más ricas,
-las más hermosas?</p>
-
-<p>&mdash;Verdad es, señora.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Y si le mostrasen
-una bandada de pájaros de hermoso
-plumaje, incapaces de levantar
-el vuelo, y le dieran permiso
-para arrancarles las plumas en
-beneficio suyo, ¿no es verdad que
-principiaría por los que más bellas
-plumas tuvieran?</p>
-
-<p>&mdash;Así es, señora.</p>
-
-<p>&mdash;Pues acaba de ver el montón
-de hermosas muñecas y la bandada
-de pájaros de vistoso plumaje:
-ahora, vámonos a casa.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XVI">XVI.<br />MÁS PUNTO DE MEDIA</h3></div>
-
-
-<p>Mientras la señora Defarge y su
-señor marido regresaban en amigable
-compañía al centro de San
-Antonio, un gorro de color azul
-avanzaba horadando tinieblas y
-envuelto en espesas nubes de polvo
-por los caminos que conducían
-al sitio en que el castillo del señor
-Marqués, a la sazón durmiendo
-el sueño eterno, escuchaba las
-susurrantes conversaciones de los
-árboles. Tiempo tenían de sobra
-los rostros de piedra para escuchar
-las conversaciones sostenidas por
-los árboles y la fuente, y con tal
-interés lo aprovechaban, que los
-esqueletos que poblaban la aldea
-y rondaban las inmediaciones del
-castillo en busca de algunas hierbas
-con que acallar su hambre y
-de algunos leños con que alimentar
-la lumbre de sus fríos hogares,
-si llegaron a dar vista al patio,
-doble escalera y terraza del castillo,
-dieron cabida en su famélica
-fantasía a la idea de que la expresión
-de los rostros de piedra había
-sufrido profunda alteración. Aseguraban
-los míseros moradores de
-la aldea que la expresión de orgullo
-y de desdén de los guardianes
-de piedra del castillo se trocaba
-en expresión de dolor y de cólera
-cuando el cuchillo hería a la Casa,
-y aseguraban que desde el instante
-en que se balanceó a cuarenta<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>
-pies de elevación sobre el suelo
-el cuerpo del asesino, a la expresión
-de dolor y de cólera de aquéllos
-sucedió otra que respiraba
-feroz venganza, que perduraría
-en ellos hasta la consumación de
-los siglos. La faz de piedra que
-vigilaba la gran ventana de la alcoba
-en que el asesinato había sido
-perpetrado apareció un día con
-dos mellas finísimas en la nariz;
-y si alguna vez, de entre algún
-grupo de harapientos aldeanos
-se destacaban dos o tres para acercarse
-al Marqués petrificado, no
-transcurría un minuto de contemplación
-sin que huyeran asustados
-como liebres perseguidas por
-ágiles lebreles.</p>
-
-<p>Castillo y chozas, faces de piedra
-y caras de carne y hueso,
-losas del patio del castillo teñidas
-de rojo y aguas puras encerradas
-en el pozo de la aldea, millares de
-hectáreas de terreno... toda una
-provincia de Francia... la Francia
-entera, duermen bajo la inmensa
-bóveda azulada, cual si fueran
-un punto imperceptible, un átomo
-perdido en la inmensidad. No
-es otra cosa el mundo, con toda su
-grandeza y su insignificancia, con
-relación a la brillante estrella que
-le parpadea en las alturas. Los
-sabios de la tierra quiebran, dividen,
-descomponen un rayo de luz
-y analizan sus componentes; y de
-la misma manera, otra inteligencia
-más sublime que la humana
-lee los débiles destellos que brotan
-de esta tierra que habitamos, y
-analiza todos los pensamientos
-y todos los actos, todos los vicios
-y todas las virtudes de las criaturas
-dotadas de inteligencia.</p>
-
-<p>El carruaje público en el que
-hicieron el viaje de regreso los
-Defarge, marido y mujer, hizo
-alto en la puerta de la ciudad más
-próxima a su domicilio, donde
-no tardaron en dejarse ver los faroles
-de costumbre encargados de
-practicar el examen e investigaciones
-reglamentarias. Defarge
-saltó del carruaje al ver a dos o
-tres soldados y a un policía conocidos
-suyos; este último, con quien
-le ligaban lazos de amistad íntima,
-le abrazó.</p>
-
-<p>Llegados a los linderos del distrito
-puesto bajo la protección de
-las alas de San Antonio, dejaron
-los Defarge el carruaje y se encaminaron
-a su casa a pie, por calles
-obscuras y cubiertas de lodo. En
-el trayecto, la señora Defarge
-preguntó a su marido:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te ha dicho Santiago el
-policía?</p>
-
-<p>&mdash;Todo lo que sabe, bien que es
-muy poca cosa. Han nombrado
-otro espía para nuestro barrio:
-quizá no sea ése solo, pero aquél
-no conoce más que a uno.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;contestó la tabernera
-con la calma de siempre.&mdash;Habrá
-que anotarlo en el registro.
-¿Cómo se llama ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;Es inglés.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mejor que mejor! ¿Su nombre?</p>
-
-<p>&mdash;Barsad.</p>
-
-<p>&mdash;Barsad. ¡Perfectamente! ¿Su
-nombre de pila?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Juan Barsad... Juan Barsad&mdash;repitió
-la tabernera.&mdash;Muy bien.
-¿Sus señas?</p>
-
-<p>&mdash;Unos cuarenta años de edad,
-sobre cinco pies nueve pulgadas
-de estatura, pelo negro, color moreno
-cetrino, ojos negros, delgado,
-nariz aguileña, pero no recta: ofrece
-la particularidad de estar torcida
-ligeramente hacia la izquierda,
-lo que le da, como es natural,
-expresión siniestra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es un retrato acabado a fe
-mía!&mdash;exclamó la señora Defarge
-riendo.&mdash;Lo registraré mañana.</p>
-
-<p>Llegados a la taberna, que encontraron
-cerrada&mdash;eran más de
-las doce de la noche,&mdash;la señora
-Defarge tomó asiento detrás del
-mostrador y consagró su atención
-al examen de las cuentas del día.
-Principió por volcar sobre el mostrador
-el jarro dentro del cual
-se colocaba el importe de las ventas,
-contó el dinero, midió las
-existencias, leyó las entradas y
-salidas consignadas en el libro
-destinado al objeto, corrigió los
-asientos, hizo algunos nuevos y
-discutió otros, y después de apurar,
-y estrechar, y marear de mil
-maneras al individuo encargado
-del establecimiento, envióle a dormir.
-A continuación, hizo de las
-monedas sacadas del jarro varias
-pilas iguales, que fué anudando
-en el pañuelo de bolsillo, el cual
-no tardó en quedar convertido
-en rosario de nudos. Defarge,
-mientras tanto, paseaba por el
-establecimiento, fumando su pipa
-y admirando complacido la prudente
-y sabia economía doméstica
-de su mujer, bien que sin entrometerse
-en ella.</p>
-
-<p>Como la tienda era estrecha, y
-el techo poco elevado, y la noche
-estaba calurosa en extremo y cerradas
-todas las ventanas y puertas,
-respirábase una atmósfera
-extraordinariamente viciada. No
-era un portento de delicadeza el
-sentido del olfato del señor Defarge,
-pero aun así, los vapores del
-vino, unidos a los del ron y del
-aguardiente, le molestaban en
-tales términos, que procuraba alejarlos
-de su nariz a fuerza de resoplidos
-y de darse aire con las
-manos.</p>
-
-<p>&mdash;Estás cansado, amigo mío&mdash;dijo
-su mujer, dirigiéndole una
-mirada mientras anudaba el dinero.&mdash;El
-olor que aquí se respira
-es el de todos los días.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto; estoy cansado&mdash;contestó
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Y un poco deprimido y descorazonado&mdash;repuso
-la tabernera,
-cuyos penetrantes ojos, no obstante
-estar atentos a las cuentas,
-distraían uno o dos rayos para
-examinar al marido.&mdash;¡Ah... los
-hombres!...</p>
-
-<p>&mdash;Pero...</p>
-
-<p>&mdash;No hay pero que valga&mdash;replicó
-la señora con entereza.&mdash;Repito
-que esta noche te encuentras
-descorazonado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tarda tanto tiempo!&mdash;exclamó
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tarda tanto tiempo?... ¿Y
-qué es lo que no exige tiempo?<span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span>
-¡Siempre lo han exigido la venganza
-y la justicia!</p>
-
-<p>&mdash;No es mucho el que emplea el
-rayo para herir al hombre&mdash;observó
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuánto tiempo tarda en
-acumularse la electricidad necesaria
-para que brote el rayo? ¡Dímelo,
-si es que lo sabes!</p>
-
-<p>Defarge alzó la cabeza, pero no
-contestó.</p>
-
-<p>&mdash;Poco tiempo tarda un terremoto
-en hacer polvo a una ciudad.
-Pues bien: ¿cuánto tiempo se necesita
-para preparar un terremoto?</p>
-
-<p>&mdash;Mucho, supongo&mdash;respondió
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Pero cuando está preparado,
-cuando sobreviene, la ciudad revienta,
-queda pulverizada, reducida
-a átomos impalpables. ¡Consuélate!
-El terremoto se está preparando
-aunque nadie lo vea,
-aunque nadie lo oiga.</p>
-
-<p>Con ojos relampagueantes ató
-otro nudo; parecía que estrangulaba
-a un enemigo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo te aseguro&mdash;añadió extendiendo
-la diestra como para
-dar mayor expresión a sus palabras&mdash;que
-por mucho que en llegar
-tarde, está en camino, se acerca
-por momentos. Yo te aseguro que
-avanza siempre, que no retrocede,
-que no se detiene. Mira en torno
-tuyo y escudriña las vidas de
-cuantas personas te son conocidas,
-repara en las caras del mundo
-entero, y verás que el descontento,
-la rabia que ruge en el pecho
-de los explotados aumenta de
-día en día, de hora en hora. ¿Y
-crees que ese estado de cosas puede
-durar? ¡Bah! ¡Eres un cándido!</p>
-
-<p>&mdash;Mi querida mujercita&mdash;contestó
-Defarge, poniéndose en pie
-frente a su esposa, baja la cabeza
-y con las manos a la espalda, semejante
-al dócil escolar delante
-de su maestro,&mdash;no lo pongo en
-duda... La irritación existe: pero
-data de tanto tiempo, que es muy
-posible... que no estalle a tiempo
-para que nosotros presenciemos
-el cataclismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;replicó la mujer.&mdash;Aun
-cuando así fuera, ¿qué?</p>
-
-<p>&mdash;Pues... que no nos cabría la
-dicha de saborear el triunfo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero sí la de haber contribuído
-a él&mdash;dijo con energía la tabernera.&mdash;Nada
-de cuanto hagamos
-será perdido. Creo con toda mi
-alma que veremos el triunfo; pero
-aun cuando supiera positivamente
-que no me ha de caber esa dicha,
-mientras exista un cuello de
-aristócrata o de tirano no dejaré
-de...</p>
-
-<p>&mdash;¡Calma... calma!&mdash;exclamó
-Defarge, cuyo rostro se tiñó de
-carmín cual si le hubieran acusado
-de cobarde.&mdash;Tampoco yo, querida
-mía, retrocederé por nada ni
-por nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé; pero eres débil a pesar
-de todo, y lo eres, porque para
-que no decaiga tu valor necesitas
-ver a tu víctima a tus pies. Procura
-no decaer, aunque te parezca
-que la víctima está lejos. Cuando
-llegue la ocasión, suelta los tigres
-y los demonios que guardas ence<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>rrados
-dentro del pecho, pero
-mientras tanto, ténlos encadenados...
-ocultos, pero siempre dispuestos.</p>
-
-<p>La buena tabernera terminó su
-consejo descargando sobre el mostrador
-un golpe con el pañuelo
-convertido en pesado rosario; seguidamente
-lo levantó, y con calma
-imperturbable indicó que era
-ya hora de irse a la cama.</p>
-
-<p>La mañana siguiente encontró
-a aquella mujer admirable en su
-sitio de costumbre, haciendo calceta
-con verdadero ardor. A su
-lado había una rosa hacia la cual
-volvía de vez en cuando los ojos.
-Algunos parroquianos, de pie o
-sentados, bebían y charlaban. El
-día estaba muy caluroso, y los
-enjambres de moscas que llevaban
-su atrevimiento hasta el extremo
-de curiosear el contenido de los
-vasos que había cerca de la señora,
-no tardaban en caer muertas en
-su fondo. No ejercía la menor
-impresión su suerte desdichada
-en las demás moscas, que las contemplaban
-impertérritas e indiferentes
-hasta que las ocurría idéntica
-desgracia. ¡Qué estúpidas son
-las moscas!</p>
-
-<p>La señora Defarge vió la sombra
-de una persona que entraba
-en la taberna y comprendió que
-se trataba de un cliente nuevo.
-Antes de mirar el rostro de la persona
-en cuestión, dejó sobre el
-mostrador la media y prendió la
-rosa en su cabeza.</p>
-
-<p>La escena que siguió no pudo
-ser más curiosa: no bien los dedos
-de la tabernera tocaron la rosa, cesaron
-en el establecimiento las
-conversaciones y todos los parroquianos
-comenzaron a salir a la
-calle.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, señora&mdash;dijo el
-recién llegado.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, señor&mdash;contestó
-la señora Defarge tomando de
-nuevo la media.&mdash;¡Ah!&mdash;añadió
-para sus adentros.&mdash;Unos cuarenta
-años de edad, sobre cinco pies
-nueve pulgadas de estatura, pelo
-negro, color moreno cetrino, ojos
-negros, delgado, nariz aguileña,
-pero no recta, ofrece la particularidad
-de estar ligeramente torcida
-hacia la izquierda, lo que da,
-como es natural, expresión siniestra...
-¡Buen día de veras!</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted la bondad de
-darme una copita de coñac viejo
-y un sorbo de agua fresca, señora?</p>
-
-<p>La tabernera sirvió lo que el
-cliente pedía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rico coñac, señora!</p>
-
-<p>Como era la primera vez que
-oía elogiar su coñac, no es de admirar
-que la tabernera sospechase
-que el elogio obedecía a motivos
-que acaso no fueran precisamente
-la bondad del licor. Dió, sin embargo,
-las gracias, y siguió haciendo
-calceta.</p>
-
-<p>El desconocido permaneció algunos
-momentos observando las
-manos de la señora Defarge, y de
-paso, reconociendo el establecimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Hace usted media con rapidez
-maravillosa&mdash;dijo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;La costumbre... estoy muy
-acostumbrada a esta labor.</p>
-
-<p>&mdash;Y con una perfección que
-encanta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo cree usted así?</p>
-
-<p>&mdash;Con toda mi alma... Y dígame:
-¿esa media es...?</p>
-
-<p>&mdash;Pasatiempo... un medio de
-distracción&mdash;contestó la tabernera
-mirando a su interlocutor con
-la sonrisa en los labios.</p>
-
-<p>&mdash;¿No piensa hacer uso de ella?</p>
-
-<p>&mdash;Según. Quizá llegue día en
-que las use&mdash;dijo la tabernera con
-cierta coquetería.&mdash;Con seguridad
-que las utilizaré... si las hago bien.</p>
-
-<p>Por muy curioso que parezca,
-ello es que el gusto de San Antonio
-mostraba decidida oposición
-a que la señora Defarge ostentase
-en su peinado una rosa. Entraron
-por separado dos hombres, se
-acercaron al mostrador con manifiesta
-intención de pedir algo que
-beber, y no bien vieron la rosa,
-vacilaron, miraron en derredor como
-si buscaran a algún amigo,
-que no encontraron, y se fueron
-inmediatamente. De todos los que
-en el establecimiento se encontraban
-cuando entró el que conversaba
-con la tabernera, no quedaba
-uno solo: todos se habían ido.
-El espía, pues ya habrán comprendido
-los lectores que el individuo
-en cuestión era un espía, ninguna
-seña había logrado sorprender,
-aunque desde que entró miraba
-con cien ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Juan!&mdash;pensaba la señora
-Defarge, haciendo calceta y puestos
-los ojos en el cliente.&mdash;A poco
-más que continúes aquí, escribiré
-<i>Barsad</i> en tus mismas barbas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted casada, señora?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con hijos?</p>
-
-<p>&mdash;Sin hijos.</p>
-
-<p>&mdash;Y los negocios, ¿bien?</p>
-
-<p>&mdash;Los negocios muy mal. ¡Son
-tan pobres las gentes!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sí! ¡Pobres y desgraciadas!
-¡Y hasta oprimidas vergonzosamente!...
-como dice usted.</p>
-
-<p>&mdash;Como dice <i>usted</i>&mdash;rectificó la
-tabernera, moviendo con más rapidez
-los dedos y añadiendo algo
-al apellido <i>Barsad</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted: cierto que
-fuí yo quien lo dije, pero no me
-cabe duda de que usted lo piensa.
-No puede ser otra cosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que yo lo pienso?&mdash;replicó
-la tabernera.&mdash;Nos ocasiona a mi
-marido y a mí demasiados quebraderos
-de cabeza el establecimiento
-para que podamos permitirnos
-el lujo de pensar. En lo
-único que pensamos es en que no
-nos falte lo necesario para vivir.
-Este es el objetivo de todas nuestras
-cavilaciones, el que proporciona
-campo muy dilatado para
-todos nuestros pensamientos.
-¿Yo pensar para los demás? ¡No
-en mis días!</p>
-
-<p>El espía, que había entrado
-decidido a recoger lo que pudiera,
-se guardó muy mucho de permitir
-que su siniestra cara reflejara su
-desencanto. Antes por el contrario,
-continuó apoyado de codos
-sobre el mostrador, dirigiendo
-alguna que otra galantería a la<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>
-tabernera y tomando de tarde en
-tarde algún sorbito de coñac.</p>
-
-<p>&mdash;La ejecución de Gaspard ha
-sido una brutalidad judicial, señora.
-¡Pobre Gaspard!&mdash;exclamó,
-exhalando un suspiro.</p>
-
-<p>&mdash;No estamos de acuerdo&mdash;replicó
-la tabernera con frialdad.&mdash;Justo
-es que aquellos que se permiten
-dar a sus cuchillos el empleo
-que Gaspard dió al suyo, lo paguen.
-Sabía él perfectamente el
-precio a que se pagan esos lujos,
-y lo ha pagado: nada más natural.</p>
-
-<p>&mdash;Creo&mdash;añadió el espía bajando
-la voz y como invitando a su
-interlocutora a pasar al terreno
-de las confidencias, a la par que
-daba a su siniestra cara expresión
-resueltamente revolucionaria,&mdash;creo
-que todo este barrio compadece
-la suerte del desgraciado y
-ruge de furor contra los que le
-han sacrificado. Aquí para entre
-los dos, lo encuentro justificado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero existe ese furor?</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo ha observado usted?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está mi marido&mdash;dijo
-la señora Defarge.</p>
-
-<p>No bien entró el tabernero en
-el establecimiento, el espía saludó
-llevando la mano al sombrero y
-diciendo con sonrisa insinuante:</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días, Santiago.</p>
-
-<p>Defarge quedó como clavado
-en el suelo, fijos los ojos en el
-espía.</p>
-
-<p>&mdash;Se equivoca usted, señor mío.&mdash;Me
-confunde usted con otro.
-No me llamo Santiago: soy Ernesto
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Es igual&mdash;repuso el espía con
-la sonrisa en los labios, bien que
-sin poder ocultar del todo su contrariedad.&mdash;El
-nombre es lo de
-menos. Buenos días.</p>
-
-<p>&mdash;Buenos días&mdash;contestó secamente
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba diciendo a la señora,
-con la que he tenido el honor de
-charlar un rato, que, según me
-dicen, reina en el barrio... y no
-me admira... tanta simpatía en
-favor del infortunado Gaspard
-como irritación contra los que
-inhumanamente lo han sacrificado.</p>
-
-<p>&mdash;A nadie he oído decir semejante
-cosa&mdash;replicó Defarge.&mdash;No
-sé una palabra.</p>
-
-<p>Dicho esto, pasó detrás del mostrador
-y se colocó a espaldas de
-su mujer. Desde el lado opuesto
-de la frágil barrera contemplaba
-el matrimonio a aquel individuo
-a quien hubieran arcabuceado
-con el mayor placer.</p>
-
-<p>El espía, práctico en su oficio,
-no modificó su actitud de indiferencia.
-Apuró el contenido de la
-copita que le habían servido, tomó
-un sorbo de agua fresca, y
-pidió la segunda copa de coñac.
-Sirviósela la señora Defarge, después
-de lo cual continuó haciendo
-media con gran ardor y tarareando
-una tonadilla.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que conoce usted bien
-el barrio&mdash;observó Defarge;&mdash;quiero
-decir, que lo conoce mejor
-que yo.</p>
-
-<p>&mdash;No, amigo mío. Lo conozco
-muy poco, pero espero llegar a
-conocerlo bien. Sus míseros habi<span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span>tantes
-despiertan en mí interés
-profundo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;El placer de conversar con
-usted, señor Defarge&mdash;prosiguió
-el espía&mdash;me recuerda que he tenido
-el honor de familiarizarme
-con incidentes en los cuales ha
-tomado usted parte activa.</p>
-
-<p>&mdash;¡De veras!&mdash;dijo Defarge con
-indiferencia.</p>
-
-<p>&mdash;Nada más cierto. Cuando pusieron
-en libertad al doctor Manette,
-hízose usted, en tiempos pasados
-su criado, cargo de él. Se lo
-confiaron a usted. Ya ve, pues,
-que estoy al tanto del asunto.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad: tiene usted razón&mdash;contestó.</p>
-
-<p>Accidentalmente, el codo de su
-mujer, que continuaba moviendo
-las agujas con gran actividad, rozó
-el suyo, y en el roce, a pesar de
-ser accidental, vió Defarge una
-indicación de que contestase él
-las preguntas del espía, pero con
-brevedad.</p>
-
-<p>&mdash;Se presentó a usted la hija
-del doctor&mdash;continuó el espía.&mdash;Vino
-en compañía de un caballero...
-¿cómo se llamaba éste?... Un
-caballero que usaba peluquín...
-¡Ah, sí! Lorry... Lorry se llamaba...
-del Banco Tellson y Compañía...
-Vino en compañía del señor
-Lorry, se hizo cargo de la persona
-de su padre y lo llevó a Inglaterra.</p>
-
-<p>&mdash;Así fué, en efecto&mdash;repitió
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre recuerda uno con
-gusto incidentes semejantes&mdash;repuso
-el espía.&mdash;He conocido al
-doctor Manette y a su hija en
-Inglaterra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?&mdash;preguntó Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¿Recibe usted noticias suyas
-con frecuencia?&mdash;preguntó el espía.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;respondió Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Hace muchísimo tiempo que
-no sabemos de ellos&mdash;terció la
-señora del tabernero.&mdash;Recibimos
-noticias de que habían llegado
-bien, y algún tiempo después una
-carta... quizá dos; pero luego,
-ellos han seguido su camino, nosotros
-el nuestro, y ha cesado en
-absoluto nuestra correspondencia.</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que suele ocurrir&mdash;observó
-el espía.&mdash;La hija está para
-casarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está para casarse?&mdash;repitió
-la señora Defarge.&mdash;Es bastante
-hermosa para haberse casado hace
-mucho tiempo. ¡Por supuesto, ustedes,
-los ingleses, son bloques de
-hielo en vez de hombres!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Quién ha dicho a usted
-que soy inglés?</p>
-
-<p>&mdash;Veo que su lengua es inglesa,
-y siempre he creído que el hombre
-es de la misma nacionalidad que
-su lengua.</p>
-
-<p>El ver descubierta su nacionalidad
-no hizo ninguna gracia al
-espía, aunque tuvo buen cuidado
-de guardar en el fondo de su pecho
-el descontento. Soltó una carcajada,
-apuró el contenido de la copa
-y repuso:</p>
-
-<p>&mdash;Pues sí, la señorita Manette
-está para casarse, pero no con un
-inglés, sino con un hombre que,<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span>
-como ella, nació en Francia. ¡A
-propósito de Gaspard!... ¡Pobre
-Gaspard!... ¡Fué una crueldad...
-un acto de ferocidad!... Pues bien,
-el hombre con quien la señorita
-Manette va a casarse es el sobrino
-del señor Marqués por cuya causa
-bailó Gaspard a una altura de
-cuarenta pies sobre el suelo; mejor
-dicho: el Marqués actual. Vive
-en Inglaterra bajo nombre supuesto,
-sin ostentar el título de Marqués.
-Se hace llamar Carlos Darnay;
-ya sabe usted que el apellido
-de su madre era D'Aulnais.</p>
-
-<p>La señora Defarge no tenía
-ojos ni manos, ni facultades más
-que para la media que hacía, pero
-la noticia produjo en su marido
-efecto palpable. Su cara reflejó
-intensa turbación, pese a sus esfuerzos
-por dominarse, temblaban
-sus manos, y su agitación interior
-le salía por todos los poros de su
-cuerpo. No habría sido el espía
-digno de su cargo si no hubiese
-reparado en ello y grabádolo en
-su memoria.</p>
-
-<p>Obtenido ese resultado, bien
-que sin saber si podría serle de algún
-provecho, el señor Barsad,
-viendo que no llegaban parroquianos
-cuyas conversaciones hubieran
-podido facilitarle datos
-preciosos, pagó lo que había tomado
-y se despidió, no sin manifestar,
-con suma amabilidad, que
-tendría el placer de visitar con
-frecuencia el establecimiento. Minutos
-después, cuando el espía
-había salido del radio protegido
-por San Antonio, marido y mujer
-continuaban exactamente lo mismo
-que si el espía no hubiera salido
-de la tienda, temiendo, sin
-duda, que volviera sobre sus pasos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será verdad lo que ese hombre
-ha dicho a propósito de la señorita
-Manette?&mdash;preguntó Defarge
-en voz baja.</p>
-
-<p>&mdash;Probablemente será mentira;
-pero no niego que puede ser verdad&mdash;respondió
-la mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Si lo es...</p>
-
-<p>Defarge no terminó su pensamiento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;preguntó la mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Si lo es... y dado que las cosas
-vengan en forma que nosotros podamos
-ver el triunfo... por ella
-desearé yo que el Destino retenga
-lejos de Francia a su marido.</p>
-
-<p>&mdash;El destino de su marido le
-llevará a donde deba ir&mdash;respondió
-con calma glacial la tabernera&mdash;y
-le conducirá al fin que le está
-destinado. Es lo único que puedo
-decirte.</p>
-
-<p>&mdash;Pero me negarás que es
-muy... extraño... digo extraño por
-no emplear otro calificativo... ¿no
-te parece extraño que con toda
-la simpatía que siempre nos ha
-merecido su padre, y aun ella
-misma, proscribas tú con tu propia
-mano en este instante a su
-marido, sin más fundamento que
-lo que acaba de decir ese perro
-del infierno que se fué hace un
-momento?</p>
-
-<p>&mdash;Cosas más extrañas que esa
-ocurrirán cuando llegue el día&mdash;respondió
-la señora Defarge.&mdash;A
-los dos los tengo aquí; no te quepa<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span>
-duda; y se les tratará según sean
-sus merecimientos. Esto debe bastarte.</p>
-
-<p>Dichas estas palabras, recogió
-la media y quitó la rosa que adornaba
-su cabeza. Fuera que instintivamente
-sabía San Antonio
-la hora, el momento preciso en que
-la tabernera haría desaparecer
-aquella flor inocente que tanto
-parecía desagradarle, fuera que
-estuviese acechando el instante
-de su desaparición, es lo cierto
-que el Santo no tardó en presentarse,
-y que, al cabo de contados
-segundos, el establecimiento había
-recobrado la animación de costumbre.</p>
-
-<p>Llegada la noche, en las épocas
-del año en que los habitantes de
-San Antonio se sentaban en las
-puertas de sus casas o se reunían
-por calles y patios buscando aire
-puro que respirar, la señora Defarge,
-con su labor en las manos
-solía ir de puerta en puerta y de
-grupo en grupo... especie de misionero
-como tantos otros. Todas las
-mujeres hacían calceta, sin duda
-para que aquel trabajo mecánico
-substituyese al de las mandíbulas,
-en paro forzoso la mayor parte del
-tiempo. Ya que no podían moverse
-las mandíbulas ni el aparato
-digestivo, se movían las manos.
-Si el paro se hubiese extendido
-hasta los dedos, los estómagos
-habrían sentido más los rigores
-del hambre.</p>
-
-<p>A la par que se movían los dedos
-se movían también los ojos
-y los pensamientos; y a medida
-que la señora Defarge pasaba de
-puerta en puerta y de grupo en
-grupo, los dedos de las mujeres
-que encontraba trabajaban con
-ardor redoblado, y los ojos miraban
-con mayor fiereza y la actividad
-de los pensamientos se centuplicaba.</p>
-
-<p>Su marido fumaba junto a la
-puerta de la taberna, contemplando
-a la compañera de su vida con
-admiración.</p>
-
-<p>&mdash;¡Una mujer grande... una
-mujer fuerte... una mujer sublime!&mdash;murmuraba.</p>
-
-<p>Cerró la noche; repicaron las
-campanas de las iglesias y sonaron
-a lo lejos los redobles de los tambores:
-las mujeres seguían haciendo
-calceta. Aproximábase otra
-noche más tenebrosa, otra noche
-en que las campanas de las iglesias,
-que entonces repicaban con alegría,
-darían su bronce para fundir
-con él tronadores cañones, en que
-los redobles de los tambores atronarían
-los aires para ahogar la
-voz de un condenado... omnipotente
-aquella noche, con la omnipotencia
-que dan el poder y la
-abundancia, la libertad y la vida.
-Los tules de la noche envolvían
-a las mujeres que hacían calceta,
-como envolverían dentro de poco
-aquel otro edificio, no construído
-todavía, donde se sentarían, también
-haciendo calceta pero viendo
-y contando al propio tiempo las
-cabezas que una tras otra caían.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="II_XVII">XVII.<br />UNA NOCHE</h3></div>
-
-
-<p>Ni el refugio tranquilo de Soho
-admiró jamás puesta de sol tan
-hermosa como la de la tarde memorable
-en que el doctor Manette
-y su hija la contemplaron sentados
-bajo el copudo plátano que se
-alzaba en el patio de la casa, ni
-la luna surgió nunca tan radiante
-y esplendorosa sobre la ciudad de
-Londres como la noche que encontró
-a aquellos sentados bajo el
-árbol y bañó sus rostros y sus
-cabezas con una luz plácida que
-cernían las hojas.</p>
-
-<p>Lucía debía casarse al día siguiente,
-y quería consagrar a su
-padre la última noche de soltera:
-a esta circunstancia era debido
-que estuviera sentada bajo el
-plátano en compañía del autor
-de sus días.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres feliz, padre querido?</p>
-
-<p>&mdash;Completamente, hija mía.</p>
-
-<p>Aunque se encontraban en el
-lugar mencionado desde algunas
-horas antes, era muy poco lo que
-habían hablado. Otros días, cuando
-la niña se sentaba bajo el árbol
-en compañía de su padre, trabajaba
-o leía; mas en la ocasión presente,
-aun durante el tiempo en
-que tuvo luz sobrada para trabajar
-o para leer, no hizo ni lo uno
-ni lo otro. Las circunstancias habían
-variado, y cuando éstas varían,
-se interrumpe la costumbre.</p>
-
-<p>&mdash;También soy feliz yo, muy
-feliz esta noche, padre mío. Me
-hace feliz ese amor que el Cielo
-ha bendecido... mi amor a Carlos
-y el amor de Carlos por mí. Sin
-embargo, si yo no pudiera continuar
-consagrándote mi vida, si
-mi matrimonio me impusiera la
-obligación de separarme de ti,
-aun cuando entre nuestra casa y
-la tuya no mediara más que el
-ancho de la calle, lejos de considerarme
-feliz, me sentiría desgraciada.
-Aun así...</p>
-
-<p>Aun así la emoción concluyó
-por dominarla por completo.</p>
-
-<p>A la luz melancólica de la luna,
-echó los brazos al cuello de su padre,
-y sobre el pecho de éste reclinó
-la cabeza. La luz de la luna, que
-siempre es triste, como triste es
-la luz del sol... como triste es la
-luz que llamamos vida humana,
-que hoy luce y mañana se ha extinguido,
-iluminó un cuadro sencillamente
-conmovedor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Padre querido! ¿Estás convencido...
-firmemente convencido,
-de que entre nosotros no han de
-interponerse jamás nuevos amores
-míos, nuevos deberes míos? Yo
-sí lo estoy; ¿pero y tú? ¿Arraiga
-esta certeza en el fondo de tu
-corazón?</p>
-
-<p>&mdash;¡Completa, absolutamente
-convencido!&mdash;respondió el padre
-con acento de firme convicción.&mdash;¡Más
-aún, hija mía!&mdash;añadió, besándola.&mdash;Mi
-futuro se presenta
-a mis ojos más brillante visto a
-través de tu matrimonio de lo que
-lo vería si continuaras soltera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Si pudiera creerte, padre
-mío...!</p>
-
-<p>&mdash;Pues créelo, encanto mío,
-porque así es. Piensa que nada
-más natural ni más lógico. ¡Si supieras
-la ansiedad que a un padre
-produce el porvenir de una hija
-adorada...! ¡Si pudieras apreciar
-cuán grandes son mis anhelos de
-prevenir contingencias que acaso
-te hicieran desgraciada...!</p>
-
-<p>La niña quiso sellar con su mano
-los labios de su padre, pero
-éste se lo impidió apoderándose
-de la mano, y prosiguió así:</p>
-
-<p>&mdash;Desgraciada, hija mía, sí;
-arrancada al orden natural de las
-cosas... por causa mía. Tu abnegación,
-tu falta de egoísmo no es
-posible que comprendan cuánto
-me ha preocupado ese punto; pero
-si te preguntas cómo puede ser mi
-felicidad completa siendo incompleta
-la tuya, acaso comprendas
-mis palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Si nunca hubiera visto a Carlos,
-padre mío, tú sólo hubieses
-bastado para que mi dicha fuera
-completa.</p>
-
-<p>El padre no pudo menos de
-sonreir ante aquella confesión inconsciente
-de que su hija sería
-desgraciada sin Carlos, después
-de haberle visto, y contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Hija mía; viste a un hombre,
-y ese hombre era Carlos; de no
-haber sido Carlos, sería otro; y si
-no hubiese sido otro, no te quepa
-duda de que la causa habría sido
-yo, en cuyo caso, el período desgraciado
-de mi vida no sólo me
-hubiese envuelto a mí en sus tenebrosas
-sombras, sino también
-alguien más, y ese alguien hubieras
-sido tú.</p>
-
-<p>Era la primera vez, después de
-la vista de la causa de Darnay,
-que el doctor hacía alusión a su
-desgracia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mírala!&mdash;exclamó el doctor
-de Beauvais, extendiendo el brazo
-en dirección a la luna y dando a
-sus palabras una entonación que
-su hija no pudo olvidar en mucho
-tiempo.&mdash;Muchas veces la he visto
-desde la estrecha ventana de
-mi calabozo, cuando su luz me
-hacía daño. La he contemplado
-muchas veces cuando me producía
-torturas tan espantosas pensar
-que brillaba sobre los seres
-que yo había perdido, que de buena
-gana me hubiese lanzado de
-cabeza contra los muros de mi
-prisión. La he contemplado encontrándome
-en tal estado de
-atontamiento e imbecilidad, que
-no se me ocurría pensar en otra
-cosa que en el número de líneas
-horizontales que en su superficie
-podría trazar durante el plenilunio,
-y el de las perpendiculares
-con que me sería dable cortar a
-las primeras. Recuerdo que calculaba
-que cabían veinte de cada
-clase&mdash;añadió pensativo&mdash;y la vigésima
-cabía con dificultad. La
-he contemplado pensando millones
-de veces en el hijo del que me
-arrancaron violentamente antes
-que naciera... Pensaba si había
-nacido vivo, si vivía, si el dolor
-de la madre habría muerto a los
-dos. Pensaba sí, caso de ser varón,<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>
-vengaría a su padre, pues mientras
-estuve enterrado en vida, hubo
-tiempo en que me dominaba
-un deseo intolerable de venganza;
-pensaba si acaso nunca llegaría a
-saber la triste historia del autor de
-sus días, si tal vez creyera que su
-padre había desaparecido libre y
-espontáneamente. Pensaba que
-si era hija, llegaría a ser mujer, y
-me la representaba olvidada por
-completo de mí, ignorante de mi
-existencia. Con la imaginación
-la veía crecer, vivir un año y otro
-año; la he visto casada con un
-hombre que desconocía mi triste
-suerte. Me he considerado muerto
-para el mundo de los vivos, y he
-visto la generación siguiente a la
-mía en la que yo no figuraba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Padre mío!&mdash;exclamó la joven,
-besando a su padre con transporte.&mdash;No
-ha existido nunca esa
-hija a la que tus pensamientos se
-referían, pero, esto no obstante,
-casi me hace tanto daño oirte hablar
-como hablas como si esa hija
-fuera yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú, Lucía? ¡Al contrario!
-Precisamente esos recuerdos brotan
-de la dicha, de los consuelos
-que me has traído, y como son
-recuerdos agradables, tengo placer
-en recordarlos a la luz de la
-luna de nuestra noche última...
-¿Qué estaba diciendo?</p>
-
-<p>&mdash;Que nada sabía de ti tu hija...
-que no se acordaba de ti.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad; pero otras noches,
-cuando mi tristeza y el silencio
-que me rodeaba daban a mi emoción
-rumbo distinto, cuando me
-producían algo así como una sensación
-dolorosa de paz... como
-una emoción cuyo fundamento
-era el dolor... me imaginaba a mi
-hija penetrando en mi calabozo
-sacándome de la fortaleza en que
-estaba encerrado y proporcionándome
-la libertad. Muchas, muchísimas
-veces he visto su imagen a
-la luz de la luna, lo mismo que en
-este momento veo la tuya. Había,
-sin embargo, una diferencia, y es,
-que jamás pude llegar a estrecharla
-entre mis brazos, que siempre
-la veía fría, inmóvil, rígida en el
-centro del calabozo, en el espacio
-comprendido entre la reja y la
-puerta... Ya comprenderás que
-no eras tú la niña de que hablo.</p>
-
-<p>&mdash;No lo era; es cierto... pero
-tu fantasía te hacía creer...</p>
-
-<p>&mdash;No; nada de eso. Mi órgano
-visual, perturbado, es claro, la
-veía inmóvil, y en cambio, el fantasma
-que mis facultades intelectuales
-perseguían era el fantasma
-de otra niña distinta y más
-real. De su aspecto externo, no sé
-sino que se parecía a su madre la
-imagen que veían mis ojos... y el
-otro, el fantasma... también se
-le parecía... como te pareces tú...
-pero era un parecido diferente.
-¿Me entiendes, Lucía? No, ¿verdad?
-Dudo mucho que quien no
-se haya pasado largos siglos recluído
-y separado de los suyos
-pueda comprender las distinciones
-sutiles de un prisionero.</p>
-
-<p>Aunque la calma del padre era
-perfecta, la joven sentía correr
-hielo por sus venas al oirle cómo<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>
-disecaba la condición de ánimo
-en que en tiempos, afortunadamente
-pasados, se encontró.</p>
-
-<p>&mdash;Me la he imaginado viniendo
-a mi calabozo a la luz de la luna
-para decirme que su dichoso hogar
-de casada estaba lleno de dulces
-recuerdos de su padre perdido
-para siempre. En su gabinete
-ocupaba mi retrato lugar preferente
-y yo era el que inspiraba
-sus plegarias. Su vida era activa,
-feliz, útil; pero la llenaba, la saturaba
-mi triste historia.</p>
-
-<p>&mdash;Esa hija era yo, padre mío.
-No era, ni con mucho, tan buena
-como te la imaginabas, pero mi
-tierno cariño no lo exageraba tu
-fantasía.</p>
-
-<p>&mdash;Me enseñaba también a sus
-hijos, a los cuales con frecuencia
-hablaba de mí. Todos ellos habían
-aprendido a compadecerme.
-Cuando pasaban cerca de uno de
-esos sepulcros que llaman prisiones
-de Estado, desviaban sus miradas
-de sus ceñudos muros, miraban
-con temor a sus rejas y
-hablaban en voz muy baja. Mi
-hija no podía darme la libertad;
-pero aun así, bastaba que me la
-representase mostrándome las cosas
-que acabo de indicar, para que
-corriesen por mis mejillas lágrimas
-consoladoras y para que
-cayera de rodillas bendiciéndola.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy esa hija, sí, yo soy.
-¡Oh, padre mío! ¿Me bendecirás
-mañana con ese mismo fervor?</p>
-
-<p>&mdash;Recuerdo esas torturas antiguas,
-Lucía querida, porque así
-resalta más y más la dicha que
-esta noche me embarga. Jamás
-mis esperanzas, ni aun cuando
-fueron más desmesuradas, llegaron
-a representarme una felicidad
-tan grande como la que experimento
-desde que estoy a tu lado,
-como la que espero saborear en
-lo futuro.</p>
-
-<p>Abrazó a continuación a su
-hija, la bendijo solemnemente y
-dió gracias fervientes a Dios que
-se la había concedido. Poco después
-entraban abrazados en la
-casa.</p>
-
-<p>No asistirían invitados a la ceremonia
-matrimonial, ni por causa
-del matrimonio se harían alteraciones
-en la residencia del doctor.
-Habíanse limitado a ensancharla
-un poco tomando el piso
-superior que hasta entonces ocupara
-un inquilino invisible, con lo
-que quedaron colmados sus deseos.</p>
-
-<p>El doctor Manette estuvo muy
-alegre y animado durante la cena.
-Tres personas se sentaron a la
-mesa, siendo la tercera la señorita
-Pross. El doctor sintió que no
-hubiesen invitado a Carlos Darnay;
-hasta sintió tentaciones de
-regañar a las que fraguaron el
-complot que le había alejado, y
-bebió a su salud.</p>
-
-<p>Ya muy tarde, dió las buenas
-noches a Lucía y se retiró a su
-habitación. A las tres de la madrugada,
-la joven, no del todo libre
-de temores y de presentimientos,
-se levantó y entró sigilosamente
-en el dormitorio de su padre.</p>
-
-<p>Todo lo encontró en su puesto,<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span>
-todo en orden, todo tranquilo. El
-doctor dormía con placidez, su
-larga cabellera blanca caía sobre
-la almohada y sus manos reposaban
-con naturalidad sobre la colcha.
-La niña dejó la palmatoria
-en un rincón, avanzó hasta el lecho
-y rozó con sus frescos labios
-los agostados de su padre. A continuación
-posó sobre él una mirada
-intensa.</p>
-
-<p>Hondas huellas habían dejado
-en su perfecto rostro las aguas
-amargas del cautiverio; pero tan
-firme, tan enérgica era la resolución
-de aquel padre, que hasta
-durmiendo conseguía disimularlas.
-En los extensos dominios del
-sueño, seguramente no se habría
-encontrado aquella noche otro
-rostro tan prevenido contra las
-miradas de cualquier visitante
-inesperado como el del doctor
-Manette.</p>
-
-<p>Tímidamente posó una mano
-sobre aquel pecho tan querido, y
-pidió con fervor a Dios que le concediese
-serle siempre tan fiel como
-su amor paternal y sus pasados
-sufrimientos merecían. Retiró luego
-la mano, besó aquella boca adorada
-una vez más, y salió del dormitorio.</p>
-
-<p>Cuando nació el sol, las sombras
-que las hojas del plátano proyectaban
-sobre su cara no se movían
-con tanta dulzura como se movieron
-los labios de Lucía cuando
-dirigió al Cielo su plegaria.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XVIII">XVIII.<br />NUEVE DIAS</h3></div>
-
-<p>La naturaleza desplegó todas
-sus galas el día del matrimonio.
-Ya estaban dispuestos todos los
-que a la ceremonia debían asistir,
-esperando que el doctor saliera de
-su habitación, donde estaba hablando
-con Carlos Darnay. Junto
-a la puerta de la habitación indicada
-estaban la novia, radiante
-de belleza, el señor Lorry y la
-señorita Pross... para la cual el
-suceso, merced a un proceso gradual
-de reconciliación con lo inevitable,
-hubiese sido manantial
-de dicha infinita, de no ensombrecerlo
-un poquito la penosa consideración
-de que el novio no debía
-ser Carlos Darnay sino su hermano
-Salomón.</p>
-
-<p>&mdash;¡La verdad es que hice un
-negocio redondo!&mdash;exclamó Lorry,
-quien no se cansaba de admirar
-a la novia.&mdash;¡Mire usted que
-acompañarla en su viaje a través
-del Canal para esto! ¡Válgame
-Dios, y qué poco pensé lo que
-hacía! ¡Y qué poco valor concedía
-yo al servicio que en aquella ocasión
-presté a mi buen amigo Carlos
-Darnay!</p>
-
-<p>&mdash;¡No sé cómo podía usted
-concederle más o menos valor del
-justo si ni remotamente soñaba
-en lo que había de suceder!&mdash;observó
-la señorita Pross.&mdash;¡Tonterías!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿De veras? Quizá tenga usted
-razón... Pero no llore&mdash;replicó
-Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no lloro; el que llora es
-usted&mdash;replicó la señorita Pross.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo, Pross de mis pecados?&mdash;preguntó
-Lorry, que ya se atrevía
-a bromear con su interlocutora
-alguna que otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, sí. Llora en este instante,
-lo he visto, y es tonto que
-me lo niegue. Además, no me extraña.
-Un regalo como el que usted
-ha hecho a la señorita, es para
-arrancar lágrimas a los ojos de
-una estatua de piedra. ¡Vaya un
-servicio de plata! Yo estuve llorando
-anoche sobre cada uno de
-los tenedores, sobre cada una de
-las cucharas de la colección desde
-que llegó el estuche hasta que
-pude verlo abierto.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que me envanece sobremanera,
-aunque por mi honor
-juro que no fué mi intención que
-ese pequeño recuerdo hiciera sufrir
-a nadie. ¡Diablo, diablo! ¡He
-aquí una ocasión que obliga a un
-hombre a pensar con pena en lo
-lo que ha perdido! ¡Cuando me
-acuerdo de que hace ya cincuenta
-años que podría haber en el mundo
-una señora Lorry...!</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo niego!&mdash;replicó la señorita
-Pross.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿Opina usted que era
-imposible que hubiera una señora
-Lorry?</p>
-
-<p>&mdash;¡Quite usted allá! ¡Desde que
-lo mecían en su cuna viene usted
-siendo soltero!</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo muy probable&mdash;contestó
-Lorry arreglándose el peluquín.</p>
-
-<p>&mdash;Y antes que lo pusieran en
-la cuna, lo cortaron para solterón
-sempiterno.</p>
-
-<p>&mdash;En cuyo caso, hicieron muy
-mal, pues debieron escuchar mi
-voto antes de escoger el patrón...
-Estoy oyendo ruido de pasos en
-la habitación contigua, mi querida
-Lucía&mdash;añadió pasando el brazo
-alrededor de la cintura de la
-novia&mdash;y la señorita Pross, y yo,
-como personas formales y de negocios
-que somos, suspendemos
-nuestra controversia, porque no
-queremos desperdiciar la oportunidad
-que se nos ofrece para decirla
-algunas cosillas que no la
-desagradará oir. Va usted a dejar
-a su padre, querida niña, en manos
-tan cariñosas y tan deseosas
-de servirle como las de usted, en
-manos que se desvivirán por atenderle
-y cuidarle durante las dos
-semanas que los felices desposados
-han de pasar en Warwickshire
-y sus contornos. Hasta el Banco
-Tellson retrocederá, metafóricamente
-hablando, para darle paso.
-Y cuando terminados los quince
-días, acompañe a usted y a su
-querido esposo en el viaje a Wales,
-que ha de durar otros quince
-días, ha de confesar usted que se
-lo devolvemos más contento y
-feliz de lo que nos lo dejó... Pero
-<i>alguien</i> se acerca a la puerta, y
-esta linda muchachita permitirá
-que la bese un solterón empedernido
-antes que aquel <i>alguien</i> llegue
-y reclame lo que es suyo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span></p>
-
-<p>El excelente Lorry estuvo un
-buen espacio contemplando aquel
-hermoso rostro, separó luego los
-sedosos rizos de oro, que se confundieron
-con su peluquín castaño,
-y posó sus labios sobre la tersa
-frente con la delicadeza con que
-hacían estas cosas los contemporáneos
-de Adán.</p>
-
-<p>Abrióse la puerta de la habitación
-del doctor saliendo éste seguido
-de Carlos Darnay. Mortal palidez
-cubría el rostro del primero,
-en el que ni rastros de color quedaban,
-palidez que no existía
-cuando en su habitación quedó
-encerrado con Darnay. Su actitud,
-sin embargo, su expresión,
-continuaban inalterables, aunque
-el ojo penetrante de Lorry descubrió
-cierta indicación sombría que
-acusaba el paso sobre su alma del
-soplo de repulsión y de odio que
-otras veces, semejante a fugaz
-ráfaga de viento helado, le había
-azotado.</p>
-
-<p>Dió el brazo a su hija y la acompañó
-hasta el carruaje que Lorry,
-en atención a la solemnidad del
-día, había alquilado. Las demás
-personas se acomodaron en otro
-carruaje, y minutos después, Carlos
-Darnay y Lucía Manette quedaban
-unidos con dulces e indisolubles
-lazos en la iglesia próxima.</p>
-
-<p>Además de las transparentes
-lágrimas que brillaron entre sonrisas
-mientras tenía lugar la ceremonia,
-en la mano de la novia
-chispearon algunos brillantes de
-aguas clarísimas que momentos
-antes habían sido libertados de la
-obscuridad de uno de los bolsillos
-del señor Lorry, donde se hallaban
-recluídos. Regresaron los novios
-a la casa, seguidos por el reducido
-círculo de invitados, almorzaron,
-y más tarde, la hermosa cabellera
-de oro que en otro tiempo confundiera
-sus hebras con los blancos
-mechones del pobre zapatero que
-en un sotabanco de París hacía
-zapatos con verdadero ardor, volvió
-a juntarse con los mismos,
-bañada por los resplandores de
-un sol matinal, en el umbral de
-la puerta y en el momento de la
-despedida.</p>
-
-<p>Era una separación dolorosa,
-aunque su duración habría de ser
-poca. El padre animó a su hija,
-se desprendió dulcemente de los
-amantes brazos de ésta, y dijo
-con expresión animada:</p>
-
-<p>&mdash;¡Tómala, Carlos! ¡Es tuya!</p>
-
-<p>Un minuto después, por la ventanilla
-de una silla de posta que
-se alejaba salía una mano que
-agitaba un pañuelo; la mano de
-Lucía.</p>
-
-<p>Como el rinconcito de Soho
-estaba a cubierto de miradas curiosas
-y fuera de los sitios frecuentados
-por los ociosos, y por otra
-parte, los preparativos habían
-sido sencillos y nada aparatosos,
-una vez se hubieron ido los novios,
-quedaron completamente solos el
-doctor, el señor Lorry y la señorita
-Pross. Cuando los tres volvieron
-a entrar en el salón, fué cuando
-Lorry reparó en el cambio terrible
-que acababa de sufrir el
-doctor: no parecía sino que el<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>
-brazo del gigante de oro había
-descargado sobre él un golpe envenenado.</p>
-
-<p>Natural era que a los esfuerzos
-violentísimos que necesariamente
-hubo de hacer para mantener
-cerrada dentro del pecho su emoción,
-siguiera la revulsión, también
-violenta, tan pronto como
-desapareciera la causa, la ocasión
-de aquéllos. No fué, pues, la revulsión,
-no fué el aplanamiento, lo
-que alarmó al señor Lorry, sino
-el enajenamiento con que llevó el
-doctor las manos en la cabeza, la
-monotonía lúgubre con que empezó
-a pasear tan pronto como entró
-en la habitación, y le alarmaron
-esos síntomas, porque le recordaron
-el sotabanco de la taberna de
-Defarge y la condición en que allí
-encontró al doctor.</p>
-
-<p>&mdash;Creo&mdash;dijo en voz muy baja
-a la señorita Pross&mdash;que no debemos
-dirigirle la palabra en este
-instante ni distraerlo en forma
-alguna. Voy a dar un vistazo al
-Banco, de donde regresaré dentro
-de un momento. A mi vuelta, le
-sacaré al campo, donde comeremos
-después de dar un buen paseo,
-y espero que de esa suerte
-conseguiremos disipar los negros
-pensamientos que parece que flotan
-sobre su alma.</p>
-
-<p>Nada más fácil para Lorry que
-entrar en el Banco; pero nada más
-difícil que salir de él. El vistazo
-que se proponía dar duró dos
-horas. Cuando volvió a la casa de
-Soho y subió la escalera, sin preguntar
-al criado que salió a abrirle,
-al ir a entrar en la habitación
-del doctor, a la cual se dirigía en
-derechura, quedó como clavado
-en el suelo. Dentro de la habitación
-sonaban recios y repetidos
-golpes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buen Dios!&mdash;exclamó, retrocediendo
-un paso&mdash;¿Qué es
-eso?</p>
-
-<p>La señorita Pross, con el terror
-pintado en su cara, murmuró en
-su oído:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué desgracia...! ¡Pobres de
-nosotros...! ¡Todo está perdido,
-todo! ¿Qué le decimos a la señorita?
-¿Quién se lo dice? ¡Oh...!&mdash;añadió,
-retorciéndose las manos&mdash;¡No
-me conoce, señor Lorry, y
-está haciendo zapatos!</p>
-
-<p>Esforzóse Lorry por calmarla,
-bien que inútilmente, y penetró
-en la habitación del doctor. Había
-acercado éste la banqueta a la
-ventana, tal como la tenía colocada
-en el sotabanco de París, y
-trabajaba con ardor, doblada la
-cabeza sobre el zapato.</p>
-
-<p>&mdash;¡Doctor Manette!&mdash;gritó Lorry.&mdash;¡Mi
-amigo querido... mi
-buen doctor Manette...!</p>
-
-<p>Alzó la cabeza el doctor, miró
-al que le llamaba con expresión
-entre de extrañeza y de cólera,
-descontento sin duda de que se
-atrevieran a dirigirle la palabra...
-y prosiguió su tarea.</p>
-
-<p>Habíase despojado de la levita
-y del chaleco, llevaba la camisa
-desabrochada y el pecho desnudo,
-exactamente igual que cuando le
-encontraron en el sotabanco de
-la taberna, hasta había recobrado<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span>
-su rostro el antiguo aspecto macilento
-y sombrío de los años de su
-desgracia, y trabajaba con ardor
-extraordinario, con impaciencia,
-como quien termina una obra urgente
-y no quiere ser interrumpido.</p>
-
-<p>Miró Lorry el zapato que el
-doctor cosía y vió que era de
-forma muy pasada de moda. No
-se atrevió a sacárselo de las manos;
-pero tomó otro que había a
-los pies del zapatero, y preguntó
-a éste qué era.</p>
-
-<p>&mdash;Zapato de paseo para señorita&mdash;contestó
-el doctor sin alzar
-los ojos.&mdash;Hace ya mucho tiempo
-que debí terminarlo. Déjeme en
-paz.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero por Dios vivo, doctor
-Manette!&mdash;exclamó Lorry.&mdash;¡Míreme!</p>
-
-<p>Obedeció el doctor con la sumisión
-mecánica antigua, pero sin
-interrumpir su labor.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me conoce ya, mi querido
-amigo? ¡Vuelva usted en sí,
-doctor Manette! Su oficio no es el
-de zapatero... no lo ha sido nunca.</p>
-
-<p>Fué trabajo perdido intentar
-arrancarle una sola palabra. Alzaba
-momentáneamente la cabeza
-cuando Lorry se lo decía, pero
-todas las instancias, todas las
-súplicas fueron estériles: no habló.
-Trabajaba, cosía con verdadero
-ardor, y las palabras que le eran
-dirigidas resbalaban sobre sus
-oídos, cual resbalarían sobre frío
-muro de acero. Un solo rayo de
-esperanza brilló entre las sombras
-de desesperación que envolvieron
-a Lorry, y fué que algunas veces,
-el doctor le miraba furtivamente
-sin que él se lo dijera. El rayo de
-esperanza era débil, como que no
-tenía más fundamento que el de
-ser las miradas de su amigo a manera
-de indicación de curiosidad,
-de perplejidad de ánimo, algo así
-como síntoma de que el doctor
-intentaba armonizar, poner de
-acuerdo ciertas dudas que hubiesen
-surgido en su alma.</p>
-
-<p>Lorry opinó que se imponía la
-necesidad de adoptar dos resoluciones
-importantes, aparte de
-otras de importancia más secundaria:
-la primera, evitar que Lucía
-tuviera noticia de la desgracia, y
-la segunda, evitar que ésta llegara
-a oídos de ninguna de las personas
-que conocieran al doctor. Puesto
-de acuerdo con la señorita Pross,
-tomó inmediatamente las medidas
-de precaución necesarias para
-conseguir el segundo resultado, y
-éstas consistieron en manifestar
-que el doctor se encontraba indispuesto,
-y que su estado de salud
-exigía algunos días de reposo y
-de aislamiento absoluto. Para engañar
-a su hija, la señorita Pross
-debía escribir una carta haciéndola
-saber que su padre había
-tenido que salir por asuntos de su
-profesión, y comentando una misiva
-recibida por correo y escrita
-por el doctor a toda prisa, en la
-cual se limitaba a decir que su
-ausencia sería breve.</p>
-
-<p>Estas medidas eran, por decirlo
-así, de carácter general, y Lorry
-las adoptó por si la crisis desgra<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>ciada
-del doctor desaparecía pronto.
-Por si esta solución no se hacía
-esperar, consideró necesario, o
-muy conveniente por lo menos,
-seguir un plan del que se prometía
-grandes resultados para lo
-futuro, plan que consistía en formar
-opinión fundada y motivada
-acerca de la condición de ánimo
-de su amigo.</p>
-
-<p>Muy pronto hubo de convencerse
-de que, hablarle, no sólo era
-perfectamente inútil, sino también
-perjudicial, puesto que cuando
-le estrechaba a fuerza de preguntas
-o de observaciones, le
-desazonaba y excitaba más y más.
-Desistió, en consecuencia, de hablarle,
-y resolvió no dejarle un
-momento solo, convertirse en protesta
-muda contra el engaño en
-que había caído o estaba cayendo.
-A este efecto, y en su deseo de
-llevar a cabo la noble misión que
-se había impuesto envolviéndola
-en el mayor secreto, por primera
-vez en su vida tomó las medidas
-convenientes para permanecer por
-plazo indefinido ausente del Banco,
-y se posesionó de una butaca
-colocada junto a la ventana de la
-habitación del doctor, donde se
-pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.</p>
-
-<p>El doctor Manette comió y bebió
-lo que le sirvieron, y trabajó
-el día primero hasta que le faltó
-la luz, siendo de notar que, cuando
-él hubo de dejar su tarea, hacía
-ya media hora larga que Lorry
-había tenido que dejar a un lado
-el libro que estaba leyendo, sencillamente
-porque no veía ya las
-letras. Lorry se levantó al ver que
-el doctor dejaba los útiles del
-oficio, y le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted salir?</p>
-
-<p>Clavó el doctor los ojos en el
-suelo, los llevó de una parte a otra
-como en tiempos pasados, y alzándolos
-al fin, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Salir?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... A dar un paseo conmigo:
-¿por qué no?</p>
-
-<p>No intentó explicar por qué no,
-ni volvió a despegar los labios;
-pero Lorry, mientras le contemplaba
-con mirada penetrante, doblando
-el cuerpo, apoyados los
-codos sobre las rodillas y la cabeza
-sobre las palmas de las manos,
-creyó que el desdichado se preguntaba
-a sí mismo: «¿Por qué
-no?» La sagacidad del hombre de
-negocios vió en ello una ventaja,
-y resolvió sacar de ella todo el
-partido posible.</p>
-
-<p>Durante las noches, vigilaban
-al enfermo desde la habitación
-contigua, ora el señor Lorry ora
-la señorita Pross, a cuyo efecto
-habían establecido dos turnos,
-correspondientes a otras tantas
-mitades en que dividieron el servicio
-de guardia. El doctor solía
-pasar algún tiempo paseando por
-su cuarto antes de recogerse en
-el lecho; pero cuando se acostaba,
-dormíase profundamente y disfrutaba
-de un sueño tranquilo.
-Llegada la mañana, no bien se
-levantaba, dirigíase en línea recta
-a su banqueta y se ponía a trabajar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>
-En el segundo día de la crisis,
-Lorry saludó al doctor llamándole
-por su nombre, y seguidamente
-comenzó a hablarle de asuntos
-que a entrambos eran muy familiares.
-No le contestó aquél, pero
-era evidente que oyó lo que se le
-decía y que pensaba en ello, bien
-que de una manera confusa. Esto
-animó a Lorry, quien rogó a la
-señorita Pross que entrara a hacerle
-compañía varias veces durante
-el día, a fin de hablar constantemente
-de Lucía y de su padre,
-presente a las conferencias,
-con naturalidad y como si nada
-hubiese sucedido. Los resultados
-no fueron muy felices, pero tampoco
-tan estériles que no animaran
-a Lorry a continuar el plan, pues
-se consiguió, ya que no otra cosa,
-disipar, siquiera fuera por breves
-instantes, el estado de indiferencia
-en que se hallaba sumido.</p>
-
-<p>Cuando cerró la noche de este
-segundo día, Lorry repitió su
-pregunta del día anterior:</p>
-
-<p>&mdash;Mi querido doctor: ¿quiere
-usted salir?</p>
-
-<p>Y como el día anterior respondió
-el interrogado:</p>
-
-<p>&mdash;¿Salir?</p>
-
-<p>Fingió Lorry una ausencia al
-no poder obtener otra contestación,
-volviendo a entrar al cabo
-de una hora. Mientras Lorry estuvo
-fuera, el doctor retiró la banqueta
-que estaba junto a la ventana
-y se sentó en una silla, desde
-donde estuvo contemplando el
-plátano del patio; pero no bien
-entró Lorry en la habitación,
-volvió a sentarse en la banqueta.</p>
-
-<p>Pasaron los días, y las esperanzas
-que Lorry concibiera íbanse
-desvaneciendo poco a poco. Cierto
-que la desgracia no había salido
-de la habitación del doctor; cierto
-que era un secreto para todos, que
-Lucía ni remotamente la sospechaba
-y que era feliz y estaba
-contenta; pero el buen banquero
-no podía menos de ver, con
-profunda pena, que el zapatero,
-cuya mano estaba torpe los primeros
-días, iba adquiriendo una
-habilidad maravillosa, que el doctor
-tomaba por momentos más
-gusto al oficio, y que sus manos
-en ninguna hora del día trabajaban
-con tanto ardor y tanta destreza
-como cuando la noche tendió
-su negro manto sobre el día
-noveno después de la desgracia.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XIX">XIX.<br />UNA OPINIÓN</h3></div>
-
-<p>Muertas las energías a manos
-de largas y ansiosas horas de incesante
-vigilancia, el señor Lorry
-cayó dormido en su puesto de
-honor. Un rayo tan indiscreto
-como brillante del sol matinal
-vino a sacudir el pesado sueño
-que le venciera la noche anterior,
-que era la décima de las de la
-serie de vigilancia.</p>
-
-<p>Con mano nerviosa se frotó
-los ojos, púsose en pie y corrió
-a la entrada del dormitorio del
-doctor. Allí se detuvo con brus<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>quedad,
-preguntándose si dormía
-o si estaba despierto. ¿Motivos?
-Los tenía sobrados: la banqueta,
-con el resto de los útiles del oficio
-de zapatero, estaba en un rincón,
-y el doctor leía tranquilamente,
-arrellanado en una butaca junto
-a la ventana. Vestía traje de mañana,
-y su rostro, que Lorry veía
-perfectamente, aunque un poquito
-pálido, reflejaba una calma y
-una placidez absolutas.</p>
-
-<p>Unos cuantos pellizcos administrados
-con mano firme llevaron
-al ánimo del señor Lorry el convencimiento
-de que no dormía:
-punto era éste que quedaba perfectamente
-aclarado y dilucidado.
-Pero si entonces estaba despierto,
-¿no se pasó durmiendo los días
-anteriores? El zapatero, que tantos
-quebraderos de cabeza le proporcionó,
-¿no sería un personaje
-soñado, un hijo de prolongada
-pesadilla? ¿Cabía otra explicación
-al hecho de que estuviera entonces
-viendo, con sus propios ojos,
-perfectamente despiertos, a su
-amigo, vestido como de ordinario,
-tranquilo como de ordinario, y
-leyendo como de ordinario?</p>
-
-<p>Y sin embargo, de no haber sido
-su confusión y su atonía tan
-grandes, esta hipótesis última caía
-por su base. Si el desgraciado
-cambio de tan profunda impresión
-le había producido fué soñado y
-no real, ¿qué hacía en la tranquila
-casa de Soho el banquero del famoso
-Tellson? ¿Cómo acababa de
-encontrarse dormido, vestido y
-calzado, sobre el sofá de la sala
-de consultas del doctor Manette?
-¿Por qué le asaltaban aquellas
-dudas a hora tan temprana de la
-mañana y precisamente en la
-entrada de la alcoba del doctor?</p>
-
-<p>Minutos después, la señorita
-Pross susurraba algunas palabras
-en su oído. Si algún resto de duda
-hubiese quedado en su ánimo, las
-palabras que herían sus oídos la
-habrían disipado, pero no quedaban
-ya: su cabeza estaba fresca
-y las dudas habían desaparecido.
-Ante el nuevo estado de cosas,
-aconsejó Lorry no hacer nada
-hasta que llegase la hora del almuerzo,
-y visitar entonces al
-doctor como si nada hubiera ocurrido.
-Si su amigo continuaba
-tranquilo y dueño de sí mismo,
-Lorry le interrogaría con cautelosa
-astucia y procuraría obtener
-de él mismo algo que pudiera
-orientarle y servirle de guía en
-lo sucesivo.</p>
-
-<p>El plan, que mereció la aprobación
-de la señorita Pross, fué
-ejecutado con diligente esmero.
-Lorry, que dispuso de tiempo
-sobrado para acicalarse, se presentó
-a la hora del almuerzo pulcro
-e irreprochable. El doctor fué llamado
-como de ordinario, y como
-de ordinario se sirvió el almuerzo.</p>
-
-<p>De la conversación, entablada
-y seguida por parte de Lorry con
-con cautela y tacto exquisitos,
-infirió que el doctor creía que el
-matrimonio de su hija había tenido
-lugar el día anterior. Avanzando
-con método en sus trabajos de
-exploración, dejó caer como al<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>
-descuido una alusión al día de la
-semana y del mes en que se encontraban,
-alusión que confundió
-visiblemente al doctor, mas como
-quiera que en todos los demás
-reflejaba una serenidad de juicio
-evidente, Lorry resolvió buscar la
-ayuda que ambicionaba, y esa
-ayuda la esperaba del mismo doctor.
-En consecuencia, terminado
-el almuerzo y levantados los manteles,
-dijo Lorry con muestras de
-vivo interés:</p>
-
-<p>&mdash;Mi querido Manette, deseo
-me exponga usted su opinión acerca
-de un caso que me interesa
-extraordinariamente, de un caso
-muy curioso... quiero decir, muy
-curioso para mí, pues quizá usted
-lo encuentre natural y lógico.</p>
-
-<p>El doctor escuchaba con viva
-atención y mirando con expresión
-conturbada sus manos encallecidas
-por el trabajo de los diez días
-últimos. Ya antes las había mirado
-con frecuencia.</p>
-
-<p>&mdash;Afecta el caso en cuestión,
-mi querido Manette&mdash;repuso Lorry&mdash;a
-un amigo mío, a quien
-quiero mucho. He aquí por qué
-le ruego muy de veras que lo examine
-con verdadero interés y me
-aconseje en bien de mi amigo...
-y sobre todo, en bien de su hija...
-de la hija de mi amigo, mi querido
-Manette.</p>
-
-<p>&mdash;Si no entiendo mal&mdash;contestó
-el doctor en voz muy baja,&mdash;se
-trata de un sacudimiento mental...</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso es!</p>
-
-<p>&mdash;Hábleme con claridad y sin
-omitir detalle&mdash;dijo el doctor.</p>
-
-<p>Comprendió Lorry que se habían
-entendido, y prosiguió así:</p>
-
-<p>&mdash;Mi querido Manette, se trata
-de una conmoción terrible, muy
-antigua y que duró varios años,
-de una conmoción cruel, brutal,
-de las afecciones, de los sentimientos,
-de... las facultades, del
-espíritu... eso es: del espíritu.
-Cuánto tiempo duró la conmoción
-que rindió y abatió al desdichado
-que fué su víctima, es lo que no
-puedo precisar, pues sólo mi amigo
-podría decírnoslo, y él no se
-hallaba en condiciones de calcular
-el tiempo. El que sufrió la
-conmoción llegó a reponerse de
-sus efectos merced a un proceso
-que ni él mismo puede explicar...
-según le oí manifestar en público
-en una ocasión en que hizo un
-relato conmovedor de sus desgracias.
-Digo que se ha repuesto de
-los efectos del sacudimiento mental
-tan completamente, que hoy
-es un hombre de inteligencia clarísima,
-un hombre que puede entregarse
-a ocupaciones intelectuales
-profundas, de alma vigorosa y
-de cuerpo fuerte, un hombre que
-multiplica todos los días sus conocimientos,
-y cuenta que ya antes
-poseía de ellos rico caudal. Por
-desgracia... ha tenido... una pequeña
-recaída.</p>
-
-<p>El doctor preguntó anhelante:</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué duración?</p>
-
-<p>&mdash;Ha durado nueve días con
-sus noches.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué forma se manifestó?&mdash;preguntó
-el doctor, mirando de
-nuevo sus manos.&mdash;¿Tal vez vol<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>viendo
-a entregarse a alguna
-ocupación antigua relacionada
-con su sacudimiento mental?</p>
-
-<p>&mdash;En efecto.</p>
-
-<p>&mdash;Otra cosa: ¿Tuvo usted alguna
-vez ocasión de verle entregado
-a esa ocupación, durante su enfermedad
-original anterior a la recaída?&mdash;preguntó
-el doctor con
-gran calma, bien que siempre con
-voz muy baja.</p>
-
-<p>&mdash;Una sola vez.</p>
-
-<p>&mdash;Después de su recaída, ¿le
-encontró usted igual que antes
-en casi todo... o en todo?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que en todo.</p>
-
-<p>&mdash;Habló usted antes de una
-hija de su amigo: ¿ha tenido la
-hija noticia de la recaída del padre?</p>
-
-<p>&mdash;No: la recaída ha permanecido
-rodeada del secreto más
-rígido, y no creo que la hija llegue
-a sospecharla nunca. De ella tenemos
-conocimiento dos personas
-nada más: yo, y otra de confianza
-absoluta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Previsión delicada y generosa,
-amigo mío!&mdash;exclamó el doctor
-estrechando efusivamente la
-mano de Lorry.</p>
-
-<p>Los dos interlocutores guardaron
-silencio por espacio de algunos
-momentos.</p>
-
-<p>&mdash;Soy hombre de negocios, mi
-querido Manette&mdash;dijo Lorry poniendo
-fin al silencio y hablando
-con acentos de vivo cariño,&mdash;y,
-por tanto, profano en asuntos tan
-enrevesados y difíciles. Me faltan
-datos que me orienten, me falta
-inteligencia, conocimientos que
-me guíen, me falta una persona
-que me asesore. En este mundo,
-no hay hombre en quien pueda yo
-hacer confianza ni que me pueda
-sacar de dudas, como no sea usted.
-Dígame, ¿a qué fué debida
-la recaída? ¿Existe peligro de que
-sobrevenga otra? Suponiendo que
-el peligro exista, ¿hay medios de
-prevenirla? ¿Qué medios son estos?
-¿Qué puedo hacer en obsequio
-de mi amigo? Jamás ha existido
-en el mundo hombre que con
-tanto anhelo deseara servir a un
-amigo como yo al mío, si supiera
-cómo; pero no sé qué hacer si el
-caso se repite. Si su sagacidad de
-usted, sus conocimientos, su experiencia,
-pueden indicarme el
-camino recto, creo sin inmodestia
-que podré hacer mucho: sin luces,
-sin auxilio extraño, todos mis buenos
-deseos naufragarán en el mar
-obscuro de mi ignorancia. Por favor,
-déme usted algunas explicaciones,
-ilumíneme un poquito y
-enséñeme la manera de ser útil
-a mi amigo.</p>
-
-<p>El doctor Manette bajó la cabeza
-y se sumergió en profundas
-meditaciones. Lorry esperó con
-calma.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece muy probable&mdash;dijo
-el doctor al cabo de un rato&mdash;que
-la recaída que usted acaba de
-describirme estuviera prevista por
-el que fué su víctima.</p>
-
-<p>&mdash;¿Acaso prevista y temida?&mdash;se
-atrevió a preguntar Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Temida, sí&mdash;exclamó el doctor,
-estremeciéndose involuntariamente.&mdash;No
-es posible que us<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>ted
-se forme idea aproximada del
-peso enorme con que ese temor
-gravita sobre el pecho del paciente... ni
-de la casi imposibilidad en
-que se encuentra de hablar palabra
-acerca del asunto que le
-oprime.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no cedería esa opresión&mdash;preguntó
-Lorry&mdash;si se resolviera
-a confiar a alguien el secreto que
-por lo visto le atosiga?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que sí; pero le es, según
-acabo de decir, punto menos que
-imposible. Hasta se me figura...
-que es imposible en absoluto.</p>
-
-<p>Sobrevino otra pausa, a la que
-puso fin Lorry, preguntando con
-dulzura:</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué causa atribuye usted
-la recaída?</p>
-
-<p>&mdash;A mi juicio&mdash;respondió el
-doctor Manette,&mdash;ha sobrevenido
-un despertar enérgico de los recuerdos
-que fueron causa determinante
-de la enfermedad inicial,
-han revivido ideas asociadas con
-las torturas antiguas al soplo de
-algún suceso reciente. Es muy
-probable que en la mente del paciente
-viniera acumulándose desde
-hace algún tiempo el temor a
-ese despertar enérgico de recuerdos
-dolorosos... con motivo
-de determinadas circunstancias.... con
-motivo de un suceso determinado... En
-este caso, el paciente
-intentó adoptar medidas de prevención.... las
-adoptaría seguramente,
-pero en vano. ¡Quién sabe
-si los mismos esfuerzos hechos
-para resistir el golpe le incapacitaron
-para soportarlo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que mi amigo
-recuerda lo que ha hecho durante
-la recaída?&mdash;preguntó Lorry, después
-de vacilar durante algunos
-segundos.</p>
-
-<p>Tendió el doctor miradas tristes
-en derredor, movió la cabeza,
-y contestó con voz más baja que
-nunca:</p>
-
-<p>&mdash;¡Absolutamente nada!</p>
-
-<p>&mdash;Pasemos ahora al pronóstico...
-al porvenir.</p>
-
-<p>&mdash;El porvenir&mdash;contestó con
-energía el doctor&mdash;me inspira
-grandes esperanzas. Fúndanse éstas
-en el escaso tiempo que gracias
-al Cielo ha durado la recaída.
-Si tenemos en cuenta que el paciente,
-después de caer postrado
-al peso de algo desde tiempo
-antes temido, de algo previsto
-más o menos vágamente, de algo
-contra lo que en vano intentó
-prevenirse, se ha repuesto una
-vez ha estallado la nube, sobran
-motivos para creer que ha pasado
-lo peor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien...! ¡Muy bien! Sus
-palabras me tranquilizan... ¡Gracias!&mdash;exclamó
-Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias!&mdash;repitió el doctor,
-doblando la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Quedan todavía dos puntos
-sobre los cuales desearía me instruyese.
-¿Puedo continuar?</p>
-
-<p>&mdash;Es el mayor favor que puede
-usted hacer a su amigo&mdash;respondió
-el doctor alargándole la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Primero: mi amigo es estudioso
-por temperamento y de una
-energía poco común. Persigue con
-ardor la adquisición de nuevos<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span>
-conocimientos profesionales, hace
-experimentos laboriosos y se dedica
-a infinidad de cosas que exigen
-intensa labor mental. Dígame:
-¿no le parece que trabaja con
-exceso?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que no. Quizá la índole
-de su inteligencia exige un trabajo
-mental continuo, bien sea la
-índole en cuestión innata y natural,
-bien modificada artificialmente,
-por decirlo así, a consecuencia
-de pesares y aflicciones. Cuanto
-menos la ocupe en asuntos intelectuales,
-mayor será el peligro
-de que sus pensamientos tomen
-rumbos perjudiciales. Es probable
-que él mismo, después de
-observarse con detenimiento,
-haya hecho el descubrimiento a
-que me refiero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted seguridad de
-que la labor mental de mi amigo
-no es excesiva?</p>
-
-<p>&mdash;La tengo; sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si le venciera el exceso
-de trabajo...</p>
-
-<p>&mdash;Dudo mucho que tal cosa
-ocurra, mi querido Lorry. Cuando
-existe una tendencia violenta en
-una dirección determinada, se
-hace indispensable contrapesarla
-de alguna manera, o de lo contrario,
-se rompe el equilibrio.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone mi insistencia, mi
-querido Manette, pues sabido es
-que los hombres de negocios somos
-persistentes. Dando como
-averiguado que la recaída que
-lamentamos fué resultado de intensa
-presión mental, ¿no habrá
-peligro de que se repita?</p>
-
-<p>&mdash;No lo creo... no puedo creerlo&mdash;contestó
-con acento de convicción
-profunda el doctor Manette.&mdash;Solamente
-la exacerbación de
-una clase determinada de recuerdos
-podría provocar otra recaída,
-solamente la vibración violenta
-de la cuerda misma que motivó
-la primera pudiera ser causa de
-otras. Ahora bien: después de lo
-ocurrido, considero punto menos
-que imposible nuevas exacerbaciones
-de los recuerdos a que me
-refiero, imposibles nuevas vibraciones
-de la cuerda enferma. Creo...
-casi me atrevo a asegurar que han
-desaparecido para siempre las circunstancias
-que podrían dar margen
-a nuevos tropiezos.</p>
-
-<p>Hablaba el doctor con la timidez
-de quien sabe cuán poco basta
-para trastornar la organización
-delicada de la inteligencia, y al
-propio tiempo con la confianza
-del que, templado en las aguas
-amargas de las tribulaciones, ha
-adquirido esa fortaleza que es capaz
-de resistir impávida los huracanes
-de la vida.</p>
-
-<p>No sería su amigo quien tratase
-de combatir aquella confianza.
-Antes por el contrario, se mostró
-más esperanzado y convencido de
-lo que en realidad estaba, y pasó
-a tratar el segundo punto. Era
-este mucho más difícil y escabroso
-que el primero: de ello estaba
-Lorry muy persuadido; pero recordó
-la conversación que el domingo
-tuviera con la señorita
-Pross, hízose cargo de las dolorosas
-escenas a que había asistido<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span>
-en los nueve días últimos, y comprendió
-que estaba en el deber
-de afrontarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Durante su recaída, por fortuna
-pasada ya, se entregó... al
-oficio de... cerrajero&mdash;dijo Lorry,
-con vacilación manifiesta.&mdash;Sí;
-eso es: al oficio de cerrajero. A
-título de ejemplo que aclare bien
-los conceptos, diremos que mi
-amigo, durante el tiempo de su
-desequilibrio mental, acostumbraba
-trabajar en una fragua. Añadiremos
-que, debido a circunstancias
-que no hay por qué detallar,
-ha vuelto a encontrar esa fragua.
-¿No opina usted que es una
-lástima que la conserve a su
-lado?</p>
-
-<p>El doctor se pasó la mano por
-la frente.</p>
-
-<p>&mdash;La tiene constantemente a su
-vista&mdash;repuso Lorry, mirando con
-ansiedad a su amigo.&mdash;¿No le
-parece que sería preferible que no
-volviera a ver lo que forzosamente
-ha de recordarle tiempos penosos?</p>
-
-<p>El doctor golpeaba el suelo con
-pie nervioso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tan difícil encuentra usted
-el consejo que le pido?&mdash;insistió
-Lorry.&mdash;A mí me parece la solución
-sencillísima, no obstante lo
-cual, creo que...</p>
-
-<p>&mdash;Comprenda usted&mdash;contestó
-el doctor Manette volviéndose hacia
-su interlocutor&mdash;que es sumamente
-difícil explicar con sujeción
-a las reglas inflexibles de la
-lógica, las operaciones íntimas de
-la mente del pobre hombre a quien
-usted se refiere. En tiempos pasados,
-solicitó con tanto ahinco dedicarse
-a ese oficio, que cuando le
-fué concedido lo que anhelaba,
-dió gracias al Cielo desde lo más
-profundo de su alma. Es indudable
-que, al encontrarse con un
-medio que le permitía substituir
-con la perplejidad de sus dedos
-la perplejidad de su cerebro, y
-con la destreza de sus manos las
-operaciones de su mente torturada
-cuando adquirió alguna práctica
-en el oficio, se aminorasen
-mucho sus tormentos, en cuyo
-caso, es natural que muestre resistencia
-a separarse de lo que
-tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque
-creo que no existe el menor
-peligro de nuevas recaídas, aun
-cuando su amigo comparta esta
-confianza mía, la idea de que pudiera
-llegar día en que hubiese de
-necesitar la fragua, y no la encontrase,
-creo que ha de producirle
-un dolor sólo comparable al del
-padre a quien amenazan con separarle
-de su hijo.</p>
-
-<p>&mdash;No estamos de acuerdo&mdash;replicó
-Lorry.&mdash;Sé que no soy autoridad
-en la materia, pues como
-hombre de negocios, mi inteligencia
-se extingue cuando no la aplico
-a cosas tan materiales como
-libras esterlinas, chelines y billetes
-de Banco; pero aun así, pregunto:
-¿la conservación de la
-fragua, no tiende a la perpetuación
-de la idea? Si la fragua
-desapareciese, mi querido Manette,
-¿no desaparecería con ella el
-miedo? En una palabra: ¿no es<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>
-concesión hecha al temor de conservar
-la fragua?</p>
-
-<p>&mdash;Comprenda usted también&mdash;contestó
-el doctor al cabo de otro
-rato de silencio y con voz trémula&mdash;que
-se trata de un compañero
-antiguo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Un compañero antiguo que
-yo alejaría de mi lado!&mdash;replicó
-Lorry con gran entereza, pues
-bueno será advertir que la iba
-ganando a medida que la perdía
-el doctor.&mdash;¡Un compañero antiguo
-a quien yo sacrificaría sin
-pizca de remordimiento! No me
-hace falta más que su autorización.
-Conservarlo es pernicioso; de
-ello estoy seguro. Concédame el
-permiso que solicito, mi querido
-Manette... ¡Usted es bueno... tiene
-buen corazón... concédamelo en
-aras de la tranquilidad de la pobre
-hija de mi amigo...!</p>
-
-<p>La lucha que en el pecho del
-doctor libraron pensamientos contradictorios,
-fué enconada, terrible,
-espantosa. Al cabo del rato,
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;En obsequio a la hija de su
-amigo, concedo la autorización
-que me pide. Sanciono el sacrificio
-de la fragua; pero que no se haga
-ante los ojos de su amigo. Aproveche
-un momento de ausencia y
-líbrenle del dolor de presenciar
-la destrucción de lo que fué su
-compañero único en tiempos pasados.</p>
-
-<p>Con verdadera alegría aceptó
-Lorry la solución, y la conferencia
-quedó terminada. Pasaron el día
-en el campo, lo que bastó para
-reponer al doctor. Durante los
-tres días siguientes hizo su vida
-normal, y a los catorce de la
-ausencia de su hija, salió a reunirse
-con ésta y con su marido.</p>
-
-<p>No bien cerró la noche del día
-en que el doctor salió de su casa,
-penetró en el dormitorio de aquél
-nuestro buen amigo Lorry, armado
-de una cuchilla de carnicero,
-una sierra, un cincel y un martillo.
-Tras él entró la señorita Pross
-con un candelero en la mano. A
-puerta cerrada, en el misterio de
-la noche, semejante al que comete
-un acto criminoso, el señor Lorry
-hizo pedazos la banqueta de zapatero,
-mientras la señorita Pross
-tenía la luz como quien asiste a
-la comisión de un asesinato. En
-la cocina se procedió luego a la
-incineración de la pecaminosa banqueta,
-previamente reducida a
-astillas, y a continuación, los útiles
-y herramientas del oficio, zapatos,
-suela y cuero, recibieron
-honrosa sepultura en el jardín
-anejo a la casa. Tanto el señor
-Lorry, como la señorita Pross,
-mientras ejecutaban la hazaña
-y hacían desaparecer los rastros,
-se consideraban, y de ello tenían
-casi aspecto, cómplices de un
-crimen horrendo.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XX">XX.<br />UNA SÚPLICA</h3></div>
-
-
-<p>La primera persona que se presentó
-en la casa del doctor
-Manette después de haber regre<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>sado
-los desposados de su viaje
-de novios, fué Sydney Carton. Su
-traje, sus maneras, sus ademanes,
-su expresión, puede decirse que
-eran las de siempre; pero sobre la
-dura corteza, con ser extraordinariamente
-áspera, resaltaba cierto
-aire de fidelidad que no pasó
-inadvertido a la escrutadora mirada
-de Carlos Darnay.</p>
-
-<p>Carton aprovechó la primera
-oportunidad que se le deparó para
-llevar a Darnay al hueco de una
-ventana, donde le habló sin que
-su conversación llegara a oídos
-de ninguno de los presentes.</p>
-
-<p>&mdash;Deseo que seamos amigos,
-señor Darnay&mdash;comenzó diciendo
-Carton.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que lo somos ya&mdash;contestó
-Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;Agradezco que así lo diga
-usted, aun siendo sus palabras
-dictadas lisa y llanamente por la
-educación. Pero no me refería yo
-a esa amistad <i>convencional</i>. Al
-decirle que deseo que seamos amigos,
-aludo a otra clase de amistad.</p>
-
-<p>Carlos Darnay le rogó que se
-explicase.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por mi vida que encuentro
-más sencillo comprender yo la
-idea que hacerla comprensible a
-los demás!&mdash;respondió Carton.&mdash;Probaré,
-sin embargo. ¿Recuerda
-usted aquella ocasión memorable
-en que me encontraba yo más
-borracho que de ordinario?</p>
-
-<p>&mdash;Recuerdo la ocasión memorable
-en que me obligó usted a declarar
-que había bebido.</p>
-
-<p>&mdash;No la he olvidado yo tampoco.
-La maldición que pesa sobre
-esas ocasiones deja en mí rastros
-tan duraderos, que puede decirse
-que no las olvido nunca. Abrigo
-la esperanza de que ha de llegar
-un día, el que ponga fin a los míos
-sobre la tierra, en que satisfaga
-por aquella ocasión... No se alarme
-usted, que no es mi deseo
-sermonear.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si no me alarmo! La seriedad
-en usted no puede alarmarme
-nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien: con motivo de la
-borrachera en cuestión... una de
-mis infinitas borracheras, estuve
-impertinente a más no poder
-hablándole sobre si me era simpático
-o antipático: le ruego que la
-olvide y que considere como no
-pronunciadas mis palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Las he olvidado hace mucho
-tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Otra vez inspiran sus palabras
-los cumplimientos, las conveniencias
-sociales! He de decir,
-señor Darnay, que no olvido yo
-tan fácilmente como pretende olvidar
-usted. Yo no la he olvidado,
-y le aseguro que una contestación
-ligera e indiferente por su parte
-no ha de contribuir a hacérmela
-olvidar.</p>
-
-<p>&mdash;Si mi contestación ha sido
-ligera, le ruego que me perdone&mdash;replicó
-Darnay.&mdash;Mi intención
-fué quitar toda la importancia a
-lo que, con no poca sorpresa mía,
-preocupa a usted demasiado. Le
-declaro, bajo mi palabra de honor,
-que hace mucho tiempo que olvidé
-la conversación de la noche a<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span>
-que se refiere, y entiendo que al
-olvidarla, no contraje mérito alguno.
-Pues qué, ¿no me había
-prestado usted aquel mismo día
-un servicio de esos que ningún
-corazón medianamente agradecido
-puede ni debe olvidar?</p>
-
-<p>&mdash;Me pone usted en el caso de
-decirle&mdash;respondió Carton&mdash;que
-ese gran servicio de que me habla
-fué sencillamente lo que podríamos
-llamar una travesura profesional,
-uno de esos recursos a que
-solemos apelar los abogados para
-alcanzar populachería. Buena
-prueba de ello es que, cuando se
-lo presté, me era completamente
-indiferente su suerte. Observe usted
-que he dicho cuando se lo
-presté; es decir, que hablo de cosas
-pasadas.</p>
-
-<p>&mdash;Se empeña usted en empequeñecer
-mi obligación, y sin
-embargo, yo, menos quisquilloso
-que usted, no me ofendo por la
-ligereza de su contestación.</p>
-
-<p>&mdash;Es la verdad desnuda, señor
-Darnay, la verdad desnuda. Pero
-me he separado del objeto que
-perseguía. Hablaba de mis deseos
-de que seamos amigos. Como usted
-me conoce ya, huelga que le
-diga que mi amistad a nadie puede
-honrar. Si alguna duda le cabe,
-pregunte a Stryver.</p>
-
-<p>&mdash;Prefiero formar opinión sin
-su auxilio.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Por lo tanto, ya
-sabe que soy un perro disoluto,
-incapaz de nada bueno, ahora y
-siempre.</p>
-
-<p>&mdash;No estamos de acuerdo, amigo
-mío.</p>
-
-<p>&mdash;Se lo aseguro yo, y usted debe
-creerme. Prosigo. Si usted se encuentra
-con fuerzas para tolerar
-la presencia en esta casa de un
-sujeto que nada vale, y que por
-añadidura goza de una reputación
-discutible, yo le pediré que como
-favor especial me consienta venir
-aquí o marcharme, sin sujeción
-a horas ni a reglas, no viendo en
-mí otra cosa que un mueble inútil
-y... de buena gana añadiría
-<i>anormal</i>, si no fuera por el parecido
-físico que entre nosotros dos
-media... un mueble inútil, reservado
-para servicios raros y en el
-que uno ni repara siquiera. Dudo
-mucho que abuse del permiso, si
-me lo concede. Hay cien probabilidades
-contra una de que no
-utilizaré su complacencia más de
-cuatro veces al año. Sería para
-mí una satisfacción saber que
-abuso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hará usted lo posible por
-abusar?</p>
-
-<p>&mdash;Veremos. ¿Me autoriza usted
-para que me tome la libertad que
-solicito, Darnay?</p>
-
-<p>&mdash;Autorizado, Carton.</p>
-
-<p>Diéronse un apretón de manos
-y seguidamente se separó Carton.
-Un minuto después, Carton era
-el hombre extravagante de
-siempre.</p>
-
-<p>Aquella noche, en las conversaciones
-que siguieron a la cena,
-y en las cuales tomaron parte la
-señorita Pross, el doctor, Lorry<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>
-y el matrimonio, hablóse incidentalmente
-y en términos generales
-de Sydney Carton, pintándolo como
-problema viviente de indiferencia
-y de atolondramiento. Darnay
-dijo a su propósito algunas
-frases que, si bien no puede decirse
-que fueran duras ni ofensivas,
-reflejaban cierto menosprecio.</p>
-
-<p>Lejos estaba él de pensar que
-había lastimado la sensibilidad
-de su bella esposa. Cuando más
-tarde, disuelta la tertulia, la encontró
-en su habitación, no pudo
-menos de observar en ella cierta
-preocupación.</p>
-
-<p>&mdash;Te encuentro pensativa esta
-noche&mdash;dijo Carlos, pasando su
-brazo al rededor de su cintura...</p>
-
-<p>&mdash;Lo estoy, mi querido Carlos&mdash;contestó
-Lucía, mirándole de
-frente,&mdash;estoy pensativa esta noche
-porque algo tengo en el pensamiento
-que me molesta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es, Lucía mía?</p>
-
-<p>&mdash;¿Me das tu palabra de no
-llevar tu curiosidad más allá de
-lo que yo desee?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es lo que yo no prometeré
-a mi amor?</p>
-
-<p>&mdash;Creo, Carlos, que el pobre
-señor Carton merece más consideración
-y más respeto del que tú
-le has expresado esta noche.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras? ¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es precisamente lo que
-no debes preguntarme. Piensa nada
-más... en que me consta que
-lo merece.</p>
-
-<p>&mdash;Si a ti te consta, no hay más
-que hablar. ¿Qué quieres que
-haga, vida mía?</p>
-
-<p>&mdash;Lo único que deseo es que
-le trates siempre con mucha generosidad,
-y que procures disculpar
-sus defectos cuando alguien los
-saque a la plaza pública en su
-ausencia. También te ruego que
-creas que en su pecho late un corazón
-que pocas, poquísimas veces
-se revela, un corazón cubierto de
-heridas muy profundas. Créeme,
-querido mío, pues te aseguro que
-lo he visto sangrando.</p>
-
-<p>&mdash;Cree que siento en el alma
-haberle hecho objeto de mis desconsideraciones&mdash;dijo
-Darnay, sin
-salir del asombro que las palabras
-de su mujer le produjeron.&mdash;No
-fué mi intención tratarle injustamente.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no le hiciste justicia,
-Carlos mío. Temo que ha de ser
-imposible hacerle variar, que ni
-su carácter, ni su manera especial
-de ser son susceptibles de modificación;
-pero te aseguro que es
-hombre capaz de buenas acciones,
-más, de acciones magnánimas.</p>
-
-<p>Tan hermosa estaba Lucía, tan
-vivos destellos de luz purísima
-derramaba sobre su lindo rostro
-la fe en un hombre, para todos
-perdido sin remedio, que su marido,
-sin tener voz para contestarla,
-quedó como extasiado contemplándola.</p>
-
-<p>&mdash;¡Compláceme, amor mío!&mdash;exclamó
-Lucía, dejando caer su
-cabecita sobre el pecho de su marido
-y alzando hacia éste sus ojos.&mdash;¡Reflexiona
-cuán inmensa es
-nuestra dicha, y cuán de compadecer
-es él en su miseria!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span>
-La súplica dió en el blanco.</p>
-
-<p>&mdash;¡No lo olvidaré nunca, corazoncito
-mío! ¡Lo recordaré mientras
-me dure la vida!</p>
-
-<p>Inclinóse sobre aquella cabeza
-adornada con rica vestidura de
-oro, acercó sus labios a los de rosa
-de Lucía y estrechó a ésta entre
-sus brazos.</p>
-
-<p>Si el paseante nocturno que en
-aquellos instantes recorría ensimismado
-las solitarias calles
-próximas al rinconcito de Soho,
-hubiera podido oir aquella súplica
-dictada por una piedad purísima,
-si le hubiese sido dado ver unas
-perlas clarísimas bebidas por un
-marido amante en unos ojos azules
-y limpios como el cielo, habría
-exclamado con transporte:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que Dios bendiga su hermosa
-alma!</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XXI">XXI.<br />PASOS QUE RESUENAN</h3></div>
-
-
-<p>Rincón el más admirable para
-recoger los ecos era el en que
-vivía el doctor Manette. Lucía,
-siempre ocupada en la agradable
-tarea de retorcer el hilo de oro
-que la unía a su marido, a su padre,
-a si misma y a su antigua
-directora y compañera, saboreaba
-una vida de felicidad no interrumpida
-en aquel plácido centro de
-la tranquilidad, escuchando el
-eco de los pasos del tiempo.</p>
-
-<p>Algunas veces, sobre todo al
-principio, aun cuando se consideraba
-completamente feliz, sus manos
-dejaban caer sobre sus rodillas
-el hilo de oro que retorcía, y el
-azul purísimo de sus ojos se nublaba:
-era que entre los ecos que
-muy a lo lejos resonaban creía
-percibir algo muy ligero, muy
-sutil, apenas perceptible todavía,
-y que, sin embargo, le producía
-cierta sensación de malestar. Llenaban
-entonces por igual su corazón
-arrulladoras esperanzas y dudas
-mortificantes: esperanzas de
-conocer un amor que no conocía
-todavía y temores de no vivir lo
-bastante para saborear los goces
-purísimos de aquel amor. Entre
-los ecos que en esas ocasiones
-herían sus oídos, sonaban los de
-sus propios pasos caminando a la
-tumba; y al pensar en la soledad
-en que dejaría a su marido, en el
-dolor agudo que su muerte le
-produciría, el llanto acudía a sus
-ojos y se desbordaba por sus mejillas.</p>
-
-<p>Pasaron esos tiempos. En sus
-brazos jugueteaba ya un ángel,
-llamado Lucía, como ella; y entonces,
-dominando a todos los ecos
-de los pasos que avanzaban, destacábanse
-siempre los de unos
-piececitos diminutos mezclados
-a sonidos de plata emitidos por
-una lengua que comienza a balbucear.
-Ya podían ensordecer al
-mundo los ecos más estruendosos:
-la joven madre, sentada junto a
-la cuna, sólo oía la música arrulladora
-de las medias palabras de
-su hijita. ¡El amigo divino de los
-niños, a quien todas las madres<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
-suelen confiar el cuidado de sus
-hijos, había tomado al de Lucía
-en sus brazos y convertídolo en
-manantial inagotable de dicha
-para ella!</p>
-
-<p>Siempre ocupada Lucía en retorcer
-el hilo de oro que ligaba a
-los felices miembros de aquella
-familia, siempre aportando al tejido
-de las vidas de todos el tramado
-de su benéfica influencia,
-bien que evitando con cuidado
-exquisito que ésta predominase,
-en los ecos de los pasos de los años
-no oía más que los de pisadas
-amigas. Entre ellos, destacábase
-por lo fuerte y próspero el de su
-marido; el de su padre era firme
-y siempre igual, y el de la señorita
-Pross arrebatado y violento, un
-eco que despertaba mil ecos, eco
-semejante al del bronco corcel
-que relincha y patea al ser castigado.</p>
-
-<p>Ni aun en las contadas ocasiones
-en que a los ecos de alegría
-se mezclaron ecos de dolor, fué
-éste cruel ni lacerante. Cuando
-sobre la almohada de una camita
-caían en desorden los rizos de una
-cabellera rubia, semejante a la
-de Lucía, sirviendo de marco a
-una carita demacrada y transparente
-de un niño, que sonriendo
-con dulzura, decía: «Mucho siento
-dejar a mi papaíto, y a mi mamaíta;
-mucho siento separarme también
-de mi querida hermanita;
-pero me llaman de arriba y debo
-acudir al llamamiento», las lágrimas
-que inundaron las mejillas
-de la madre no fueron lágrimas de
-agonía; que no debe arrancarlas
-a sus ojos el hecho de que un ángel
-abandone la envoltura que le servía
-de vestido.</p>
-
-<p>Al suave aletear de un ángel se
-unieron los ecos nacidos en la
-tierra, de lo que resultó un rumor
-que no era del todo terreno, puesto
-que lo animaba un soplo de los
-cielos. También se mezclaban a
-aquellos débiles suspiros del viento
-que besan las flores del cementerio,
-suspiros que recogía el oído
-de Lucía, creyendo que eran el
-alentar de un mar de verano que
-duerme sobre plana playa de
-arena mientras su hijita, estudiando
-con cómica gravedad las
-lecciones de la mañana, o embebida
-en la tarea de vestir sus muñecas,
-charlaba mezclando palabras
-de las dos ciudades que se habían
-combinado en su vida.</p>
-
-<p>Muy contadas veces contestaban
-los ecos al paso real de Sydney
-Carton. Media docena de veces
-al año, como máximum, hacía
-valer su privilegio de presentarse
-en la casa del doctor sin ser llamado
-y de tomar parte en la tertulia
-de la noche como tantas veces
-hiciera en tiempos pasados. Jamás
-se presentó borracho ni medio
-bebido. Pero si rara vez sonaban
-en el rinconcito de Soho los ecos
-de sus pasos, en cambio era muy
-frecuente escuchar la breve y
-hermosa historia que a su propósito
-susurraban aquéllos.</p>
-
-<p>Jamás ha existido hombre locamente
-enamorado de una mujer,
-que la haya visto y tratado<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span>
-con ojos puros y pensamiento inmaculado
-después que aquélla ha
-sido esposa y madre. Cual si los
-tiernos hijitos de ésta comprendieran
-su mudo dolor manifestábanle
-una simpatía singular... algo
-así como un instinto delicado de
-compasión hacia él. No hablan
-los ecos cuando vibran estas sensibilidades
-que tienen su asiento
-en lo más recóndito del alma, pero
-aunque silenciosos, susurran. Carton
-fué el primer extraño a la
-casa a quien la diminuta Lucía
-tendió sus regordetes bracitos,
-y el niño, momentos antes de
-tender su vuelo hacia el cielo,
-exclamó: «¡Pobre Carton! ¡Deseo
-que le den un beso por mí!»</p>
-
-<p>Stryver penetraba por los dominios
-de las leyes cada día con
-bríos mayores, semejante a poderosa
-nave que surca revueltos mares,
-y en su estela se veía a Carton
-cual barcaza llevada a remolque.
-La barcaza así favorecida por el
-navío que la tomó a remolque
-corre serios peligros, por regla
-general, navega con dificultad y
-casi siempre anegada. También
-Carton surcaba dando tumbos
-los mares de la vida, expuesto a
-zozobrar en todo momento. Sin
-embargo, una costumbre arraigada
-y firme, más arraigada y más
-firme en su pecho que ninguno
-de los estimulantes que solemos
-llamar percepción del abandono
-de la desgracia, indicábale el rumbo
-que debía seguir, y Carton lo
-seguía, sin que jamás se le ocurriera
-salir del estado lamentable en
-que se veía, sin que tuviera más
-aspiraciones de renunciar a su
-papel de chacal de un león que las
-que nunca haya tenido un chacal
-de carne y hueso de elevarse a la
-categoría de león. Stryver era
-rico. Había casado con una viuda
-dueña de soberbias propiedades
-y madre de tres hijos, ninguno de
-los cuales había sido dotado por
-la mano de la naturaleza con dones
-excepcionales, aunque se distinguían
-por la masa espesa de
-púas hirsutas que adornaba sus
-cabezas.</p>
-
-<p>Stryver, exudando protección
-por todos los poros de su cuerpo,
-había presentado a estos tres
-caballeritos en la plácida casita
-de Soho, y ofrecídolos como discípulos
-al marido de Lucía. Con
-delicadeza sin igual dijo el brillante
-abogado al hacer la presentación:</p>
-
-<p>&mdash;Tengo el gusto de aportar
-a su almuerzo matrimonial estos
-tres pedazos de pan, Darnay.</p>
-
-<p>Con palabras muy corteses rechazó
-Darnay aquellos tres pedazos
-de pan, alzando tal tempestad
-de indignación en el noble pecho
-de Stryver, que de allí en adelante
-puso empeño especial en que en
-el alma de los caballeritos en cuestión
-naciera y arraigara muy
-honda la idea de tratar con el desdén
-más profundo a los mendigos
-como aquel maestro famélico,
-cuyo patrimonio único es el orgullo.
-También tenía la buena costumbre
-de enumerar y explicar
-a su mujer las artes de que en<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-otro tiempo se valió Lucía Manette
-para «pescarle», y del muro de
-diamante que opuso a los artificios
-de aquélla, gracias al cual fué
-para aquel pescador pez «no pescable».
-Algunos colegas suyos, que
-solían ser sus compañeros en sus
-excesos báquicos, excusábanle diciendo
-que había repetido tantas
-veces la mentira en cuestión, que
-hasta él mismo la tenía ya por
-verdad de fe... lo que lejos de
-excusar una ofensa la agrava en
-términos bastantes para justificar
-que el ofendido lleve al ofensor a
-un sitio retirado y conveniente, y
-bonitamente y sin enojosos procedimientos
-le deje colgado de
-cualquier árbol con un nudo corredizo.</p>
-
-<p>Tales eran, entre otros, los ecos
-que Lucía, pensativa unas veces
-y divertida y hasta riendo a carcajadas
-otras, oía desde el plácido
-rincón de Soho. La niña cumplió
-seis años. Los ecos de sus pasos
-por los caminos de la vida repercutían
-en lo más hondo del corazón
-de la madre, confundidos con
-los no menos deliciosos de los pasos
-del doctor, siempre tranquilo
-y siempre activo, y con los de su
-marido, siempre tierno y siempre
-enamorado. En los oídos de Lucía
-sonaban, cual música divina, los
-suaves ecos de aquel hogar, dirigido
-por ella misma, aquel hogar
-donde no reinaba la opulencia,
-pero sí la abundancia. Sonaban
-también, por cierto con dulzura
-exquisita, los ecos de lo que tantas
-veces decía su padre, a saber, que
-la encontraba más cariñosa, si era
-posible, de casada, que cuando
-era soltera.</p>
-
-<p>También sonaban otros ecos,
-a lo lejos, sí, pero no tanto que dejaran
-de oirse, ecos que rugían
-amenazadores sobre el tranquilo
-rincón. Por la fecha del sexto
-cumpleaños de Lucita fué cuando
-su voz atronadora subió hasta
-las nubes, voz como de tempestad
-horrorosa desencadenada en
-Francia.</p>
-
-<p>Una noche del mes de julio
-del año mil setecientos ochenta
-y nueve, se presentó Lorry y tomó
-asiento junto a la ventana entre
-Lucía y su marido. Era una noche
-tempestuosa y de aliento abrasador
-que recordó a los tres aquella
-otra noche en que estuvieron
-contemplando el rayo desde aquella
-misma ventana.</p>
-
-<p>&mdash;Principio a pensar&mdash;dijo Lorry,
-echando hacia el colodrillo
-su peluquín&mdash;que he debido pasarme
-toda la noche en el Banco.
-Ha llovido hoy sobre nosotros tan
-desencadenada tempestad de negocios,
-que no hemos sabido por
-dónde comenzar ni por dónde
-terminar. Cunde en París la desconfianza
-en tales términos, que
-la confianza viene hacia nosotros
-semejante a torrente impetuoso.
-Nuestros clientes de allí no ven
-el momento de confiarnos sus bienes
-y propiedades. ¡Nada, nada!
-¡Es una verdadera manía de enviarlo
-todo a Inglaterra la que les
-ha acometido de pronto!</p>
-
-<p>&mdash;Lo que a mi juicio es un sín<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>toma
-muy malo&mdash;observó Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;¿Mal síntoma, mi querido
-Darnay? Quizá, si obedeciera a
-razones justificadas; ¡pero es tan
-poco racional el mundo! Lo único
-que hasta ahora hay de positivo
-es que nos echan encima un trabajo
-abrumador, seguramente sin
-motivo, sin consideración a que
-en el Banco Tellson estamos muchos
-que somos ya viejos.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo&mdash;objetó Darnay,&mdash;sabe
-usted perfectamente
-que hay cerrazón en el horizonte,
-que hace tiempo que se condensan
-las nubes amenazando tormenta.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé... claro que lo sé&mdash;contestó
-Lorry, intentando persuadirse
-a sí mismo de la necesidad
-de mostrarse un poquito gruñón y
-descontento;&mdash;tan es así, que vengo
-resuelto a reñir con cualquiera
-para desquitarme de las fatigas
-de este endiablado día. ¿Dónde
-está Manette?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí hay un pedazo&mdash;contestó
-el doctor, entrando en aquel
-momento en la estancia.</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro que esté usted en
-casa, pues las prisas y presentimientos
-de hoy me han puesto
-nervioso sin razón ni motivo.
-¿Supongo que no pensará usted
-salir, eh?</p>
-
-<p>&mdash;No; si quiere usted, jugaremos
-una partida de chaquete.</p>
-
-<p>&mdash;Prefiero no jugar, que esta
-noche no estoy para contender
-con usted. ¿Está aquí el tablero,
-Lucía? Tienen ustedes esta habitación
-a obscuras y, como no
-soy gato, nada veo.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está, esperándole a
-usted.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias, queridita.
-¿La preciosa está en su camita?</p>
-
-<p>&mdash;Durmiendo como un tronco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien... muy bien! ¡La
-verdad es que no sé por qué no
-ha de ir todo muy bien aquí...
-gracias a Dios! Pero claro: ¡me han
-mareado hoy tanto... Y luego, ya
-no soy tan joven como ustedes...
-como era hace treinta años...! Mi
-tacita de te... Eso es, Lucía...
-¡Gracias! Ahora, déjenme un hueco,
-me sentaré en el círculo, y
-procuraré prestar oído a esos ecos
-acerca de los cuales tiene usted
-teorías muy peregrinas.</p>
-
-<p>&mdash;No son teorías, sino caprichos
-de mi imaginación.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente, querida; los
-llamaremos caprichos&mdash;replicó
-Lorry. Son numerosos, variados
-y atronadores, ¿verdad? ¡Claro!
-¡No hay más que prestar atención!</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Pasos precipitados, pasos duros,
-pasos peligrosos que penetran violentamente
-en el centro vital de
-alguien, y que una vez se han teñido
-de rojo difícilmente se limpian,
-resonaban a lo lejos, en el
-barrio de San Antonio de París,
-y sus ecos trepidantes llegaban
-hasta el tranquilo rincón de Soho
-de Londres.</p>
-
-<p>Aquella mañana, San Antonio<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>
-había sido campo cubierto por
-ingente y ceñuda masa de descamisados
-que se movía impaciente,
-empenachada con acerados sables
-y bayonetas en cuya fría superficie
-se quebraban los rayos del
-sol. Las fauces de San Antonio
-dejaron escapar tremendos alaridos
-mientras inmenso bosque de
-brazos desnudos se agitaban en el
-aire, semejantes a ramas de árboles
-azotadas por terrible vendaval.
-No había mano que no empuñara
-algún arma o semejanza de
-arma; no había ventana que no
-arrojara a las turbas instrumentos
-de matanza.</p>
-
-<p>De dónde procedían, quién las
-proporcionaba, dónde comenzaba
-la lluvia de aquellos elementos de
-destrucción que cruzaban sobre
-las cabezas semejantes a brillantes
-rayos, es lo que nadie hubiese
-podido decir; pero es lo cierto que
-manos invisibles distribuían mosquetes,
-cartuchos, pólvora, balas,
-barras de hierro, trancas de madera,
-cuchillos, hachas, lanzas, picas.
-Los que no podían proporcionarse
-otra cosa, clavaban sus ensangrentados
-dedos en las junturas
-de las piedras o de los ladrillos
-y arrancaban bloques o adoquines
-de los muros. No había en San
-Antonio pulso que no latiera
-desordenado, corazón que no pidiera
-sangre, ser vivo que en algo
-estimara la vida, ni persona que
-no pidiera a gritos sacrificarla.</p>
-
-<p>Así como todos los remolinos
-de aguas hirvientes tienen su punto
-central, así aquel mar encrespado
-giraba bramador en torno de
-la taberna de Defarge, todas las
-gotas humanas que caían en la
-caldera mostraban tendencia decidida
-a aproximarse al vórtice donde
-Defarge en persona, ennegrecido
-ya por la pólvora y el sudor,
-dictaba órdenes, daba armas, obligaba
-a retroceder a este hombre
-y arrastraba hacia sí a aquél,
-desarmaba a uno para con sus
-armas armar a otro, y trabajaba y
-se movía y se multiplicaba en el
-centro de la tempestad.</p>
-
-<p>&mdash;¡No te separes de mi lado,
-Santiago Tercero!&mdash;bramaba Defarge.&mdash;¡Vosotros,
-Santiago Primero
-y Santiago Segundo, poneos
-al frente de otros tantos grupos
-de patriotas! ¿Dónde está mi mujer?</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí estoy!&mdash;contestó la señora
-Defarge, reposada como
-siempre, pero sin hacer calceta.</p>
-
-<p>La dulce señora empuñaba un
-hacha en vez de las agujas, y en
-la cintura lucía dos adornos singulares:
-una pistola y un largo cuchillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por dónde andas, mujercita
-mía?&mdash;preguntó Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;En este momento contigo:
-dentro de un instante, a la cabeza
-de las mujeres&mdash;respondió la tabernera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adelante, pues!&mdash;gritó Defarge
-con voz de trueno.&mdash;¡Patriotas...!
-¡Amigos míos...! ¡A la Bastilla!</p>
-
-<p>Cual si esta última palabra
-odiosa hubiese dado forma a todos
-los alientos de Francia, rasgó los<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span>
-aires espantoso rugido, encrespóse
-aquel mar viviente, se revolvieron
-sus fondos, se hincharon sus olas
-y anegaron la ciudad entera. Sonaron
-todas las campanas de alarma,
-tronaron todos los tambores,
-bramó y rugió el mar, y comenzó
-el ataque.</p>
-
-<p>Fosos profundos, dobles puentes
-levadizos, macizos muros de
-piedra, ocho torres ingentes, cañones,
-mosquetes, fuego y humo...
-¡No importa! Entre mares de fuego
-y entre nubes de espeso humo...
-flotando entre el humo y cabalgando
-sobre el fuego, pues el mar
-le arrojó contra un cañón e inmediatamente
-le convirtió en terrible
-artillero..., Defarge, el tabernero,
-trabajó cual soldado infernal
-durante dos horas.</p>
-
-<p>Un foso ancho y profundo, un
-solo puente levadizo, muros robustos
-de piedra, ocho grandes
-torres, cañones, mosquetes, fuego
-y humo... Cae un puente levadizo...
-«¡Adelante, camaradas, adelante!
-¡Adelante, Santiago Primero!
-¡Adelante, Santiago Segundo!
-¡Adelante, Santiago Mil, adelante,
-Santiago Dos Mil, Santiago Cinco
-Mil, Santiago Veinte Mil...! ¡Por
-todos los ángeles del Cielo... por
-todos los demonios del infierno...
-como queráis... adelante!» ¡Tales
-son los gritos que salen de la garganta
-del tabernero, convertido
-horas antes en artillero terrible,
-del tabernero, que no deja punto
-de reposo a su cañón ya enrojecido!</p>
-
-<p>«¡A mí, todas las mujeres!&mdash;gritaba
-mientras tanto su esposa.&mdash;¡Pues
-qué...! ¿No podemos matar
-nosotras lo mismo que ellos,
-luego que caiga en nuestro poder
-la plaza?»</p>
-
-<p>Y hacia ella corrían rebaños
-de mujeres, roncas, bramadoras,
-armadas con armas distintas, pero
-todas animadas del mismo espíritu:
-¡del de la venganza!</p>
-
-<p>Cañones, mosquetes, fuego y
-humo; pero quedaba un foso profundo,
-un puente levadizo, robustos
-muros de piedra y ocho grandes
-torres. Los heridos que caían
-dejaban algunos claros en el hirviente
-mar. Centellean las armas,
-arden las antorchas, despiden nubes
-de humo los carros cargados
-de paja humedecida, brotan barricadas
-por doquier, suenan feroces
-aullidos, atruenan el espacio repetidas
-descargas cerradas, hieren
-los oídos espantosas imprecaciones,
-todos derrochan bravura, el
-mar viviente brama con furia
-redoblada... ¡y queda aún el foso
-profundo, y el puente levadizo,
-y los robustos muros de piedra,
-y las ocho grandes torres, y Defarge,
-el tabernero, continúa al
-pie del cañón, puesto al rojo blanco
-como resultado de cuatro horas
-de servicio no interrumpido!</p>
-
-<p>Dentro de la fortaleza aparece
-una bandera blanca... las olas rugen
-más que nunca, se hinchan,
-se elevan hasta las nubes y arrastran
-a Defarge el tabernero, lanzándole
-más allá del puente leva<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>dizo,
-más allá de los robustos muros
-de piedra, entre las ocho grandes
-torres.</p>
-
-<p>Tan irresistible era la fuerza del
-océano que le arrastraba, que hasta
-tomar aliento, hasta volver la
-cabeza fué para él tan impracticable
-como si contra la resaca del
-mar del Sur se debatiera, hasta
-que se encontró en el patio interior
-de la Bastilla. Apoyado allí
-contra un ángulo del muro procuró
-mirar en derredor. A su lado
-se encontraba Santiago Tercero,
-a escasa distancia vió a su mujer,
-capitaneando a las de su sexo y
-blandiendo el cuchillo. Todo era
-tumulto, todo alegría, estupefacción
-ensordecedora y maniática,
-ruidos, furiosos redobles de tambores.</p>
-
-<p>&mdash;¡Los prisioneros!</p>
-
-<p>&mdash;¡Los registros!</p>
-
-<p>&mdash;¡Los instrumentos de suplicio!</p>
-
-<p>&mdash;¡Los prisioneros!</p>
-
-<p>De todos estos gritos, y de diez
-mil incoherencias por el estilo, el
-que más repetía aquel mar embravecido
-era el de «¡Los prisioneros!».
-Cuando penetraron las primeras
-olas, arrastrando por delante a los
-oficiales de la fortaleza y amenazándoles
-con una muerte inmediata
-si dejaban un solo escondrijo
-sin revelar, Defarge agarró con
-su poderosa zarpa a uno de aquellos,
-hombre de cabellos grises
-que llevaba en la mano una antorcha
-encendida, le separó de los
-demás, y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Enséñame la torre del Norte...
-pronto!</p>
-
-<p>&mdash;Lo haré con mucho gusto, si
-usted quiere&mdash;contestó el hombre&mdash;pero
-no hay en ella nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significa Ciento Cinco,
-Torre del Norte?&mdash;preguntó Defarge&mdash;¡Contesta...
-pronto!</p>
-
-<p>&mdash;¿Que qué significa, señor?</p>
-
-<p>&mdash;¿Significa un cautivo o un
-calabozo para encerrar cautivos?
-¡Responde! ¿Es que quieres que
-te mate como a un perro?</p>
-
-<p>&mdash;¡Mátale!&mdash;vociferó Santiago
-Tercero.</p>
-
-<p>&mdash;Es una celda, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Enséñamela.</p>
-
-<p>&mdash;Por aquí, señor.</p>
-
-<p>Santiago Tercero, hidrópico insaciable
-como siempre, desilusionado
-evidentemente al ver que el
-diálogo tomaba un giro que alejaba
-las probabilidades de que se
-derramase sangre, se asió al brazo
-de Defarge al mismo tiempo que
-éste asía el del calabocero. Durante
-el breve diálogo que queda
-transcrito las cabezas de los tres
-hombres estuvieron pegadas, y
-aun así con dificultad lograban
-oirse; tan tremendo era el estruendo
-producido por aquel océano
-viviente al penetrar en la fortaleza
-e inundar las salas, celdas, pasillos
-y escaleras. No era menor el
-griterío fuera, de donde arrancaban
-de tanto en tanto truenos
-que presagiaban tumulto, relámpagos
-que cruzaban la caldeada
-atmósfera cual inconmensurables
-látigos manejados por titanes.</p>
-
-<p>Defarge, el calabocero y Santiago
-Tercero, asidos por los brazos,
-atravesaron, con cuanta rapidez<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span>
-les fué posible, sombríos corredores
-jamás visitados por la luz del
-día, cruzaron frente a pavorosas
-puertas de mazmorras tétricas y
-húmedas, descendieron por cavernosos
-tramos de escalera, subieron
-luego ásperos escalones de piedra
-y de ladrillo, más semejantes a
-cataratas secas que a escaleras.
-De tanto en tanto, sobre todo al
-principio, la inundación les cerraba
-el paso o les arrastraba; pero
-al cabo de un rato, luego que penetraron
-en una escalera de caracol
-y empezaron a subir a una torre,
-quedaron solos. Tan espesos eran
-los muros gigantes que los aislaban
-del mundo, que sus oídos,
-cual si hubiesen quedado destrozados
-como consecuencia de los furiosos
-estruendos anteriores, apenas
-si percibían sordos rumores.</p>
-
-<p>Hizo alto el calabocero frente
-a una puerta muy baja, sacó una
-llave, abrió, y dijo mientras encorvaba
-el cuerpo para poder
-entrar:</p>
-
-<p>&mdash;Ciento Cinco, Torre del
-Norte.</p>
-
-<p>Encontráronse en un cuadrado
-formado por cuatro muros ennegrecidos.
-En uno de ellos se veía
-una argolla de hierro enmohecido,
-y en otro, a la altura del techo
-abovedado, un ventanillo defendido
-por gruesos barrotes de hierro
-y dispuesto en forma que con
-dificultad permitía ver una línea
-muy estrecha del cielo azul. Montones
-de cenizas cubrían el suelo,
-y su mobiliario lo formaba un
-banco, una mesa y un jergón.</p>
-
-<p>&mdash;Pasa poco a poco la antorcha
-por los muros para que yo pueda
-ver&mdash;dijo Defarge al calabocero.</p>
-
-<p>Obedeció el hombre. Defarge
-examinaba con mirada penetrante
-los muros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Alto...! ¡Mira, Santiago!</p>
-
-<p>&mdash;A. M.&mdash;rugió Santiago Tercero
-con expresión anhelante.</p>
-
-<p>&mdash;Alejandro Manette&mdash;susurró
-Defarge en su oído, poniendo la
-yema de su índice sobre las iniciales.&mdash;Aquí
-ha escrito «pobre médico».
-¡No hay duda! ¡El fué quien
-grabó aquí su epitafio! ¿Qué es lo
-que tienes en la mano? ¿Una barra
-de hierro? ¡Dámela!</p>
-
-<p>Defarge, que conservaba aún
-en su mano el botafuego del cañón,
-lo cambió por la barra de
-hierro que le alargó Santiago Tercero
-y, en menos tiempo del que
-en referirlo tardamos, hizo astillas
-el banco y la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Alza la luz!&mdash;gritó con furia
-al calabocero.&mdash;¡Y tú, Santiago,
-toma mi cuchillo,&mdash;añadió, arrojándoselo&mdash;rasga
-ese jergón, y
-busca entre la paja...! ¡Arriba
-la luz!</p>
-
-<p>Después de dirigir al calabocero
-una mirada amenazadora, Defarge,
-mientras Santiago Tercero ejecutaba
-su orden, escarbaba con la
-barra de hierro por entre las junturas
-de las losas del pavimento,
-revolvía las cenizas e intentaba
-mover los sillares de los muros.</p>
-
-<p>&mdash;¿No has encontrado nada,
-Santiago?&mdash;preguntó al cabo del
-rato.</p>
-
-<p>&mdash;Nada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>
-&mdash;Vamos a hacer un montón
-con la paja y las astillas... ¡Así!
-¡Prende fuego, carcelero!</p>
-
-<p>El carcelero obedeció al punto
-la orden. Los tres hombres salieron
-de la mazmorra dejando ardiendo
-las materias combustibles
-y volvieron nuevamente al patio,
-donde el desorden era tan espantoso,
-si no más, que antes.</p>
-
-<p>Andaba el populacho buscando
-frenético, loco, a Defarge; y es
-que quería que el tabernero fuera
-el jefe de la guardia encargada
-de la vigilancia del gobernador
-que había defendido a la Bastilla
-y hecho fuego sobre el pueblo.
-¿Cómo, si no, sería conducido el
-gobernador al <i>Hôtel de Ville</i> para
-ser juzgado? ¿Cómo, si no, se evitaría
-que escapase, dejando sin
-vengar la sangre del pueblo, que
-bruscamente había adquirido algún
-valor, después de tantos años
-de no valer nada?</p>
-
-<p>Entre las innumerables turbas
-que bramaban de coraje y se movían
-inquietas en derredor de la
-severa persona del anciano funcionario,
-a quien hacían más visible
-su sobretodo gris con vivos
-rojos, no había más que una persona
-tranquila y sosegada, y esa
-persona era una mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí tenéis a mi marido&mdash;dijo,
-extendiendo un brazo hacia Defarge.</p>
-
-<p>Inmóvil estaba junto al gobernador
-cuando apareció su marido,
-e inmóvil continuó sin separarse
-de la persona de aquél. A su lado
-permaneció rígida y tranquila
-mientras Defarge y los suyos le
-conducían por las calles, y no se
-separó cuando estaban para llegar
-a su destino, ni cuando por la
-espalda comenzaron las turbas
-a asestarle golpes, ni cuando se
-cebaron en sus carnes las puntas
-de innumerables cuchillos, ni cuando
-acribillado cayó muerto sobre
-las piedras de la calle. Tan cerca
-de él se encontraba, que al
-verle caer, animándose de pronto,
-puso su pie sobre el cuello del
-muerto y con su afilado cuchillo
-le cortó la cabeza.</p>
-
-<p>Muy pronto sonaría la hora en
-que San Antonio haría bajar los
-faroles que iluminaban sus brutalidades
-y los substituiría con cadáveres
-de aristócratas. La sangre
-de San Antonio se enardecía a medida
-que se enfriaba la de la mano
-de hierro de la tiranía... a medida
-que corría por la escalinata que
-precede a las puertas del <i>Hôtel
-de Ville</i> la del gobernador, a medida
-que se manchaba de rojo la
-suela del zapato de la señora Defarge
-al oprimir el cuello del infeliz
-a quien hizo objeto de horrible
-mutilación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bajad aquel farol!&mdash;rugió
-San Antonio, después de volver
-en derredor sus ojos sanguinolentos.&mdash;¿Queréis
-un centinela?
-¡Aquí le tenéis! ¡Es un soldado
-de nuestros enemigos!</p>
-
-<p>Y allí quedó el centinela, balanceándose
-lúgubremente, mientras
-el populacho se alejaba rugiendo.</p>
-
-<p>Era un mar de aguas negras y
-amenazadoras, un mar cuyas olas<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span>
-llevaban aparejada en cada uno de
-sus movimientos la destrucción,
-mar de profundidad insondable,
-mar cuyas fuerzas nadie conocía.
-Un mar abroquelado contra el
-aguijón del remordimiento, mar
-de agitaciones turbulentas, de gritos
-de venganza, de corazones endurecidos
-en los hornos del sufrimiento,
-sobre cuya diamantina
-superficie resbalaba la piedad sin
-dejar la huella más insignificante.</p>
-
-<p>Pero en aquel océano de caras,
-vivo reflejo de todas las furias,
-de todas las violencias, podían observarse
-dos grupos de rostros,
-cada uno de ellos formado por
-siete, rostros que se destacaban
-de entre las hirvientes olas humanas
-que los arrastraban, restos
-náufragos como jamás han flotado
-sobre mar alguno. Sobre las cabezas
-de las muchedumbres se veían
-siete rostros de prisioneros sacados
-inopinadamente de sus tumbas
-por la tromba humana que
-las visitó, siete rostros espantados,
-pasmados, aturdidos, cual si fueran
-llevados al suplicio en hombros
-de regocijados demonios; y
-otras siete caras, llevadas más en
-alto, siete caras muertas, cuyos
-párpados caídos y ojos medio
-cerrados esperaban la llegada del
-día del Juicio; caras impasibles
-cuya vida no parecía extinguida,
-sino suspendida, caras que parecía
-que iban a alzar nuevamente los
-párpados y a abrir los labios cubiertos
-de sangre para decir: «¡Tú
-me asesinaste!»</p>
-
-<p>Siete prisioneros libertados, siete
-cabezas sangrientas llevadas como
-horribles trofeos en los hierros
-de las picas, las llaves de la maldecida
-fortaleza de las ocho fuertes
-torres, algunas cartas, unos cuantos
-memoriales de prisioneros antiguos
-muertos de dolor largos
-años antes... y algo más por el
-estilo, recorrían las calles de París
-en medio de numerosísima escolta,
-un día de mediados de julio del
-año de mil setecientos ochenta y
-nueve. ¡Quiera el Cielo alejar de
-la vida de Lucía Darnay el eco de
-los pasos de la escolta en cuestión!
-Porque son ecos de pasos precipitados,
-de pasos duros, de pasos
-peligrosos que penetran violentamente
-en el centro vital de alguien,
-ecos producidos por pies
-que años antes se tiñeron de rojo
-a raíz de haberse roto una barrica
-cerca de la puerta de la taberna
-de Defarge, y cuando de rojo se
-tiñen esos pies, difícilmente se
-limpian.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XXII">XXII.<br />SUBE LA MAREA</h3></div>
-
-
-<p>Sólo durante una semana había
-endulzado el terrible San Antonio
-las asperezas del pan duro y amargo
-que llevaba a la boca, sólo durante
-una semana había tenido
-la satisfacción de hacer cuanto le
-viniera en gana y de alternar sus
-expansiones con sendos abrazos
-fraternales y cordiales felicitaciones.
-La señora Defarge presidía<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span>
-desde su sitio de costumbre a sus
-parroquianos. Ya no lucía una rosa
-en la cabeza, pues la gran cofradía
-de los espías se había hecho
-tan circunspecta en el breve lapso
-de siete días, que ni por milagro
-se encontraba uno dispuesto a
-confiarse a los tiernos cuidados
-del Santo. Los faroles de aquellas
-calles ejercían sobre ellos influencia
-portentosa.</p>
-
-<p>Cruzada de brazos contemplaba
-la señora Defarge desde detrás
-del mostrador la calle, a la par
-que vigilaba su establecimiento.
-Ni en éste ni en aquélla faltaban
-nutridos grupos de holgazanes,
-escuálidos y harapientos, pero con
-caras que reflejaban el poderío que
-sobre sus miserias habían entronizado.
-Hasta el gorro más sucio
-y desgarrado, mirando ceñudo
-desde lo alto de la cabeza que
-medio cubría, parecía decir: «Sé
-cuán dura hicísteis para mí la
-vida: ¿pero sabéis vosotros lo
-fácil que para mí se ha hecho
-arrancar la regalada y feliz que
-lleváis?» Todos los brazos desnudos
-que hasta entonces habían carecido
-de trabajo, lo tenían ya ahora
-abundante y perpetuo: herir, matar.
-Los dedos de las mujeres,
-ocupados hasta entonces en hacer
-calceta, habíanse aficionado a
-otros menesteres desde que se persuadieron
-de que sabían desgarrar.
-San Antonio había sufrido
-radical transformación: la imagen,
-después de cientos de años de
-tranquilidad, se ponía en movimiento
-y descargaba golpes aterradores.</p>
-
-<p>Todo esto lo observaba la señora
-Defarge desde detrás del mostrador
-de su establecimiento con
-la complacencia del jefe de las
-mujeres de San Antonio. Una de
-sus hermanas hacía media a su
-lado. Era una mujer baja de estatura
-y su poquito rechoncha, casada
-con un tendero y madre de dos
-hijos por añadidura, que se había
-conquistado el glorioso sobrenombre
-de «La Venganza».</p>
-
-<p>&mdash;¡Atención!&mdash;exclamó La Venganza&mdash;¿Quién
-viene?</p>
-
-<p>Cual si hubieran puesto fuego
-a un reguero de pólvora que se
-extendiera desde las fronteras de
-los dominios de San Antonio hasta
-la taberna de Defarge, así llegaron
-hasta la tienda rumores, nacidos
-muy lejos, y propagados con rapidez
-vertiginosa en todas direcciones.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es Defarge!&mdash;dijo la tabernera.&mdash;¡Silencio,
-patriotas!</p>
-
-<p>Entró Defarge jadeante, sin
-alientos; arrancó de su cabeza el
-gorro rojo que la adornaba, y tendió
-rápidas miradas en torno suyo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Atención todos!&mdash;gritó la tabernera.&mdash;¡Escuchadle!</p>
-
-<p>Defarge había quedado en el
-umbral, contemplando el mar de
-ojos abiertos y de bocas más abiertas
-todavía que llenaba la calle.
-Las personas que había dentro
-de la taberna se pusieron en pie.</p>
-
-<p>&mdash;¡Habla, Defarge!&mdash;repuso la
-tabernera.&mdash;¿Qué pasa?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Noticias del otro mundo!</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?&mdash;preguntó su mujer,
-poniendo en sus palabras
-fuerte entonación sarcástica.&mdash;¿Del
-otro mundo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Os acordáis todos de aquel
-individuo llamado Foulon, que
-dijo al pueblo hambriento que
-comiera hierba, y que procurase
-morirse pronto y largarse a los
-infiernos?</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí...!&mdash;gritaron las turbas al
-unísono.</p>
-
-<p>&mdash;A él se refieren mis noticias.
-Lo tenemos entre nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Entre nosotros!&mdash;rugieron
-todos.&mdash;¿Muerto?</p>
-
-<p>&mdash;No; está vivo. Tal era el terror
-que nos tenía... y con razón,
-que se hizo pasar por muerto y
-mandó que le hicieran soberbios
-funerales. Pero se le ha encontrado
-vivo, escondido en el campo,
-y le han traído aquí. Acabo de verle
-en este instante mientras le
-llevaban prisionero al <i>Hôtel de
-Ville</i>. He dicho que con razón
-nos temía... ¡Decidme...! ¿<i>Nos temía</i>
-con razón?</p>
-
-<p>La sangre de aquel pecador antiguo
-se habría congelado si hubiese
-llegado a sus oídos el feroz
-grito que salió de las fauces del
-monstruo.</p>
-
-<p>Siguieron unos momentos de silencio
-profundo. Defarge y su
-mujer se miraron mutuamente
-con fijeza espantosa; quedó inmóvil
-La Venganza, y un tambor redobló
-a lo lejos mientras detrás
-del mostrador sonaba un rumor
-como de pies que se movían.</p>
-
-<p>&mdash;¡Patriotas!&mdash;gritó Defarge
-con voz resuelta.&mdash;¿Estamos
-listos?</p>
-
-<p>Inmediatamente apareció el largo
-cuchillo en la cintura de la tabernera,
-redoblaron tambores por
-las calles, cual si ellos y los que
-golpeaban sus parches hubiesen
-brotado por artes mágicas, y La
-Venganza, lanzando feroces alaridos,
-suelto el pelo y agitando los
-brazos sobre su cabeza, semejante,
-no a una, sino a las cuarenta Furias
-juntas, corría de casa en casa
-excitando a las mujeres.</p>
-
-<p>Terrible era la expresión de los
-hombres que, sedientos de sangre,
-asomaban sus cabezas por las ventanas;
-más terrible todavía la de
-los que, empuñando las armas más
-mortíferas de que podían disponer,
-salían de las puertas de las casas
-y se desparramaban furiosos por
-las calles; pero la de las mujeres,
-bastaba para helar la sangre del
-hombre más impávido. Abandonando
-las ocupaciones domésticas
-impuestas por su miseria, dejando
-en el desamparo, tendidos sobre
-el duro suelo a sus viejos y a sus
-hijos, desnudos y pereciendo de
-hambre, salían a la calle, suelto
-el cabello, atropellándose unas a
-otras, aullando como fieras enloquecidas
-y obrando como tales.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera Foulon, que me robó
-a mi hermana!</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera el villano Foulon, que
-robó a mi madre!</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera el canalla Foulon,
-que me robó a mi hija!</p>
-
-<p>Otras, en grupos numerosos,<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>
-penetraban entre las que lanzaban
-los gritos anteriores y, golpeando
-con saña sus pechos y mesándose
-los cabellos, vociferaban:</p>
-
-<p>&mdash;¡Foulon vivo! ¡No debe vivir
-el que dijo al pueblo hambriento
-que comiera hierba! ¡No puede
-vivir el demonio que me dijo que
-diera hierba a mi madre cuando
-me faltase el pan! ¡No vivirá el
-monstruo que me dijo que diera
-a chupar hierba, cuando mis
-pechos, secos por el hambre, no
-pudieran proporcionarle la leche
-que para vivir necesitaba!</p>
-
-<p>&mdash;¡Virgen Santa!&mdash;exclamaban
-otras.&mdash;¡Escúchame, hijo mío,
-desde el otro mundo al que te
-llevó el inhumano Foulon! ¡Escúchame,
-padre mío, muerto de
-hambre por su causa! ¡Por vuestros
-huesos, por vuestra alma,
-juro dejaros vengados en la persona
-de Foulon!</p>
-
-<p>&mdash;¡Maridos... dadnos la sangre
-de Foulon! ¡Padres jóvenes, dadnos
-la cabeza de Foulon! ¡Hermanos,
-dadnos el corazón de Foulon!
-¡Patriotas mozos, dadnos el cuerpo
-y el alma de Foulon, haced
-pedazos el cadáver miserable de
-Foulon, enterradlo, para que abone
-la tierra y crezca sobre sus
-restos la hierba que nos aconsejaba
-que comiéramos!</p>
-
-<p>Estos y otros gritos no menos
-espantosos excitaban hasta el frenesí
-a no pocas mujeres que, después
-de correr con furia insana,
-de aullar como fieras y de golpear
-y arañar a sus mismos amigos,
-rodaban por el suelo con los ojos
-fuera de las cuencas y espumeantes
-las bocas. Gracias a que sus
-parientes o amigos las alzaban,
-no morían aplastadas bajo los miles
-de patas de las fieras.</p>
-
-<p>No se perdió un momento. Foulon
-estaba en el <i>Hôtel de Ville</i>
-donde acaso le pusieran en libertad...
-¿Toleraría San Antonio semejante
-burla? ¡Jamás, si no
-había perdido la noción de su
-dignidad, la memoria de sus sufrimientos,
-de sus insultos, de sus
-injusticias! Río desbordado de
-hombres armados y de mujeres
-desgreñadas rebasó bien pronto
-el lecho del distrito arrastrando
-consigo a toda criatura humana
-criada a los secos pechos de San
-Antonio, con excepción solamente
-de algunos viejos decrépitos y de
-unos cuantos niños incapaces de
-andar.</p>
-
-<p>Ya han penetrado las turbas
-en la sala donde toman declaración
-al viejo, que habrá sido tal
-vez un desalmado, pero que en
-en aquellos instantes era digno
-de compasión. En lugar preferente,
-en primera fila, a poca distancia
-del preso, se hallan los Defarges,
-marido y mujer, La Venganza
-y Santiago Tercero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Miradle!&mdash;grita la tabernera,
-señalándole con la punta del cuchillo.&mdash;¡Ahí
-tenéis al viejo villano
-amarrado con cuerdas! ¡No
-estaría de más atarle un haz de
-hierba a la espalda! ¡Ja, ja, ja, ja!
-¡Es lo mejor que podemos hacer...
-obligarle a comer hierba!</p>
-
-<p>La tabernera colocó su cuchillo<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span>
-bajo el brazo y se aplaudió a sí
-misma.</p>
-
-<p>Como las gentes que estaban
-colocadas de espaldas de la señora
-Defarge se apresuraron a explicar
-a los que les seguían la causa de
-la satisfacción de aquélla, y la
-explicación cundió de oído en
-oído como reguero de pólvora,
-pronto sonaron aplausos ensordecedores
-en la sala, en la calle y en
-las plazas inmediatas. De la misma
-manera, todas las expresiones
-de impaciencia pronunciadas por
-la señora Defarge durante dos o
-tres horas, fueron transmitidas
-con rapidez pasmosa a gran distancia.
-No es de admirar: hombres
-dotados de agilidad excepcional
-treparon por la fachada del edificio,
-aprovechando los adornos arquitectónicos
-que la cubrían, hasta
-encaramarse a los alféizares
-de las ventanas, desde donde
-veían y oían perfectamente a la
-señora Defarge y hacían oficio
-de telégrafo entre aquélla y el
-pueblo que rugía fuera.</p>
-
-<p>El sol subió tanto, que al fin
-lanzó sobre la cabeza del viejo un
-rayo alegre de confianza o de protección.
-Nubes de polvo se alzaron
-a lo lejos; ruido de furioso galopar
-de caballos trajo el aire entre sus
-ondas; pero San Antonio estaba
-despierto, San Antonio velaba,
-y sus ojos perspicaces vieron las
-nubes de polvo, y sus oídos delicados
-oyeron el retumbar de los
-cascos de los caballos.</p>
-
-<p>Defarge salvó de un salto la
-balaustrada y la mesa, y estrechó
-en mortal abrazo al desventurado
-viejo. Siguió la tabernera como
-esposa fiel a su marido, y agarró
-una de las cuerdas que agarrotaban
-al preso. Antes que La Venganza
-y Santiago Tercero tuvieran
-tiempo para reunírseles, antes
-que los hombres encaramados en
-las ventanas pudieran saltar a la
-sala, la ciudad entera parecía gritar
-con cientos de miles de bocas:</p>
-
-<p>&mdash;¡Es nuestro...! ¡Al farol!</p>
-
-<p>Derribado en tierra y vuelto
-a levantar, obligado a bajar arrastrando
-aquella escalera fatal, unas
-veces de cabeza, otras de rodillas,
-ora de bruces y ora de espaldas,
-brutalmente golpeado y herido,
-sofocado a consecuencia de los
-manojos de hierba y de paja que
-cientos de manos introducían violentamente
-en su boca, destrozado,
-molido, perdiendo la sangre
-a chorros, el desdichado no cesaba
-un instante de pedir compasión.
-Sus agonías aumentaron cuando
-las fieras más inmediatas a su persona
-se separaron para que nadie
-se privara del placer de contemplarle,
-y llegaron al último límite
-al ver que le ataban por los pies
-a un tronco y le llevaban a la esquina
-inmediata, donde había un
-farol. Allí le soltó la señora Defarge,
-semejante al gato que juega
-con un ratoncillo, y le miró con
-calma espantosa y sin despegar
-los labios, mientras los hombres
-ultimaban los preparativos, sin
-que las súplicas que el infeliz le
-dirigía hicieran mella en su pecho.
-Izáronle, y se rompió la cuerda.<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>..
-Dos veces ocurrió lo mismo, hasta
-que al fin, una cuerda, más compasiva
-que los hombres, resistió
-y puso fin a sus padecimientos.
-San Antonio bailaba momentos
-después en derredor de una cabeza,
-clavada en una pica, de cuya
-boca salían manojos de hierba
-y de paja.</p>
-
-<p>No terminó allí la jornada. Tanto
-gritó San Antonio, tanto bailó,
-que su sangre ardiente se encendió
-de nuevo a la caída de la tarde,
-al saber que un yerno del viejo
-caído bajo sus iras, otro de los
-enemigos y ofensores del pueblo,
-llegaba a París con una escolta de
-quinientos hombres montados.
-San Antonio escribió la relación
-de sus crímenes en hojas de papel
-tinto en sangre, acometió a la
-escolta... y minutos después recorría
-las calles alegre procesión
-llevando clavados en picas los
-trofeos de la jornada: ¡dos cabezas
-y un corazón!</p>
-
-<p>Hasta que cerró la noche no
-pensaron aquellos hombres y
-aquellas mujeres en los viejos o en
-los niños que dejaran en sus casas
-abandonados y sin pan. Las míseras
-panaderías se vieron sitiadas
-por interminables filas de personas
-que aguardaban les llegase el
-turno para comprar un mísero
-mendrugo de mal pan, y mientras
-esperaban con los estómagos vacíos,
-festejaban sus triunfos abrazándose
-unos a otros y charlando
-sin cesar. Gradualmente fueron
-acortándose las filas, que al fin
-desaparecieron: entonces brillaron
-algunas luces mortecinas en el
-interior de las casas y se encendieron
-en las calles algunas hogueras
-donde los más miserables guisaban
-en común la gazofia que luego
-comían en sus hogares respectivos.</p>
-
-<p>Aquellas cenas eran pobres e
-insuficientes, puras de carne y
-limpias de salsas y de condimento,
-y, sin embargo, los ojos de los
-que comían viandas tan poco apetitosas
-dejaban escapar destellos
-de alegría. Padres y madres que
-habían tomado parte activa en
-la jornada jugueteaban alegres
-con sus macilentos hijos, y los
-enamorados, no obstante la cerrazón
-del cielo, amaban y esperaban.</p>
-
-<p>Estaba muy próximo el día
-cuando se retiraron los parroquianos
-de la taberna de Defarge,
-quien, mientras cerraba la puerta,
-dijo a su mujer:</p>
-
-<p>&mdash;Al fin llegó, querida.</p>
-
-<p>&mdash;Sí... casi&mdash;replicó la señora.</p>
-
-<p>Durmió San Antonio, durmió
-Defarge, hasta La Venganza durmió
-junto a su famélico tendero,
-y durmieron también los tambores.
-Eran éstos la única voz de
-San Antonio que no cambiaba,
-que siempre sonaba lo mismo. Si
-La Venganza, a cuyo cargo estaban,
-los hubiera despertado, bien
-seguro es que hubiesen pronunciado
-el mismo discurso que pronunciaron
-cuando cayó la Bastilla,
-el mismo que pronunciaron cuando
-fué decapitado Foulon.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span></p>
-
-<h3 id="II_XXIII">XXIII.<br />EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO</h3></div>
-
-
-<p>Han sobrevenido cambios importantes
-en la aldea de la cual
-salía todos los días el peón caminero
-para arrancar a las piedras que
-cubrían los caminos el mendrugo
-de pan que mantenía su alma
-ignorante ligada a su enflaquecido
-cuerpo. La prisión del tajo no era
-ya tan formidable como antes. La
-guardaban soldados, pero pocos
-en número; guardaban oficiales
-a los soldados, pero ignoraban
-qué harían los soldados, pues si
-algo sabían, era... que se guardarían
-muy bien de hacer lo que
-ellos les ordenasen.</p>
-
-<p>Todo el territorio que alcanzaba
-la vista era una estepa desolada.
-La hierba que cubría los caminos
-y los campos, las plantas que
-en éstos germinaban, eran tan
-pobres y raquíticas como el mismo
-pueblo. Plantas dobladas, derribadas,
-aplastadas... hombres de
-espaldas encorvadas, hombres
-descorazonados, oprimidos... la
-miseria en las habitaciones, la
-miseria en las cercas de las huertas,
-la miseria en los animales
-domésticos, la miseria en los hombres,
-en las mujeres, en los niños,
-la miseria en el suelo sobre el cual
-todos asentaban sus pies.</p>
-
-<p>El señor, casi siempre caballero
-dignísimo considerado como individuo,
-era una bendición nacional,
-daba tono a las cosas, constituía
-por sí solo un ejemplo elocuente
-de vida brillante y fastuosa;
-pero el señor, considerado como
-institución, como clase, había
-creado aquel estado deplorable
-de cosas. ¡Extraño fenómeno que
-el mundo, sacado de la nada para
-gusto y regalo del señor, quedara
-tan pronto exprimido y sin una
-gota de jugo! Y, sin embargo, así
-era. El señor, no encontrando ya
-una gota de sangre que chupar,
-no viendo nada en que poder
-morder, comenzaba a dar la espalda
-a un fenómeno tan bajo
-como inexplicable.</p>
-
-<p>Pero no estribaban precisamente
-en eso los cambios importantes
-sobrevenidos en la aldea y en
-muchas otras aldeas parecidas.
-Docenas de años atrás el señor
-estrujaba y exprimía al pueblo
-sin que se le ocurriera honrarle
-con su graciosa presencia más que
-muy contadas veces, y aun éstas,
-para entregarse a los placeres de
-la caza... fuera ésta de hombres,
-fuera de animales. No. Consistía
-el cambio en la aparición de caras
-de baja estofa más que en la
-desaparición de las caras de la
-clase alta. Por el tiempo a que
-nos referimos, cuando el solitario
-peón caminero trabajaba revolviendo
-la tierra, sin ocurrírsele
-pensar que era polvo y que en
-polvo había de convertirse, pues
-casi sus pensamientos giraban
-siempre sobre lo poco que para
-cenar encontraría en su casa, y<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span>
-lo mucho que comería si lo tuviese,
-en aquellos tiempos, si levantaba
-los ojos del suelo y los tendía
-a lo largo del camino, no era imposible
-que tropezaran con hombres
-de rudo aspecto, muy raros antes
-en aquellos lugares y muy frecuentes
-ahora. A medida que aquéllos
-se aproximaban al caminero, veía
-éste que se trataba por regla general
-de individuos de ásperas cerdas
-y aspecto casi bárbaro, altos, calzados
-con zuecos, de mirar feroz,
-cubiertos de barro y de polvo,
-como quien ha pisado muchos
-caminos.</p>
-
-<p>Uno de estos ejemplares se apareció
-de improviso al caminero, un
-día del mes de julio a eso de las
-doce, mientras se encontraba sentado
-al abrigo de una pared, para
-resguardarse del granizo que las
-nubes enviaban en abundancia.</p>
-
-<p>El desconocido le miró, paseó
-a continuación sus ojos por la
-aldea que dormía en la hondonada,
-por el molino y por la prisión
-que se alzaba sobre el tajo, y
-cuando hubo identificado todos
-aquellos objetos, preguntó, en
-dialecto que apenas era inteligible:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal, Santiago?</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, Santiago.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chócala!</p>
-
-<p>Los dos interlocutores cambiaron
-un apretón de manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay comida?</p>
-
-<p>&mdash;Cena nada más&mdash;respondió
-el caminero con cara de hambre.</p>
-
-<p>&mdash;Es la moda&mdash;gruñó el desconocido.&mdash;No
-encuentro a nadie
-que coma. Seguidamente sacó una
-pipa ennegrecida, la cargó y encendió,
-y a continuación, dejó
-caer sobre ella algo que tenía entre
-los dedos pulgar e índice. De
-la pipa brotó una llamarada y
-una nubecilla de humo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chócala!&mdash;exclamó el peón
-caminero, después de observar
-con mirada atenta las operaciones
-referidas.</p>
-
-<p>Los interlocutores cambiaron
-el segundo apretón de manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Esta noche?&mdash;preguntó el
-caminero.</p>
-
-<p>&mdash;Esta noche&mdash;contestó el desconocido,
-llevando la pipa a la
-boca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí.</p>
-
-<p>Ambos permanecieron sentados
-sobre el montón de piedras, mirándose
-el uno al otro, hasta que
-cesó de granizar y se aclaró el
-cielo.</p>
-
-<p>&mdash;Instrúyeme&mdash;dijo entonces el
-viandante, dirigiéndose a la cresta
-de la colina.</p>
-
-<p>&mdash;Mira&mdash;contestó el caminero,
-con el brazo extendido,&mdash;baja a
-la hondonada, entrarás por la calle,
-pasarás la fuente...</p>
-
-<p>&mdash;¡Al diablo la calle y la fuente!&mdash;exclamó
-el desconocido con impaciencia.&mdash;Ni
-quiero entrar en
-calle alguna ni pasar junto a
-fuentes.</p>
-
-<p>&mdash;Sobre dos leguas más allá de
-la cumbre de la loma que se alza
-sobre la aldea.</p>
-
-<p>&mdash;Corriente. ¿Cuándo dejas el
-trabajo?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;A puestas de sol.</p>
-
-<p>&mdash;¿Querrás despertarme antes
-de irte? Dos noches con sus días
-hace que viajo sin descansar ni
-dormir. Acabaré de fumar esta
-pipa y dormiré como un bienaventurado...
-¿Me despertarás?</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto.</p>
-
-<p>El viandante fumó su pipa, la
-guardó en el pecho, se quitó los
-zuecos y se tendió boca arriba
-sobre el montón de piedras. Segundos
-después dormía profundamente.</p>
-
-<p>Extraña fascinación ejercía el
-bulto del viajero tendido sobre
-el montón de piedras sobre el
-peón caminero, cuyo gorro ya no
-era azul, como antaño, sino rojo.
-Entregado a su ruda tarea, con
-tal frecuencia volvía hacia el durmiente
-sus ojos, que puede decirse
-que manejaba sus herramientas
-de una manera mecánica y con
-escasos resultados. La faz bronceada,
-la revuelta cabellera negra
-y espesa barba del mismo color,
-el gorro rojo hecho de lana burda,
-el traje de paño tosco, la constitución
-robusta ligeramente atenuada
-por las privaciones y la compresión
-rígida y violenta de los
-labios del viandante, llenaban de
-temor al caminero. Grandes distancias
-debía haber recorrido el
-desconocido, a juzgar por sus
-pies llagados y sus tobillos escoriados
-y sangrando. El caminero
-intentó ver si el dormido llevaba
-o no armas, pero en vano, pues
-se lo impedían los brazos del durmiente,
-cruzados sobre el pecho.
-Plazas fuertes, recintos murados,
-fosos profundos, puentes levadizos
-debían ser obstáculos de poca
-monta para hombres como aquél;
-y cuando el caminero, separando
-de él los ojos, los alzó y paseó en
-torno suyo, creyó ver con los
-de la imaginación hombres parecidos
-que, ciegos a los obstáculos,
-corrían decididos desde la periferia
-hacia el centro de Francia.</p>
-
-<p>El desconocido continuaba durmiendo,
-indiferente a las granizadas
-que de tanto en tanto caían,
-indiferente a los besos del sol ardiente
-e indiferente a las sombras.
-No despertó, no se movió hasta
-que, puesto el astro del día, el
-caminero le despertó, después de
-reunir todas sus herramientas para
-emprender el regreso a la aldea.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien&mdash;dijo el desconocido
-incorporándose.&mdash;¿Dices que
-dos leguas más allá de la cresta
-de la colina que domina a la aldea?</p>
-
-<p>&mdash;Poco más o menos.</p>
-
-<p>&mdash;Poco más o menos... Está
-bien.</p>
-
-<p>Volvió el caminero a su casa,
-siguiendo a la nube de polvo que
-levantaban sus pies y empujaba
-el viento que soplaba por sus espaldas,
-y no tardó en encontrarse
-junto a la fuente entre apretados
-rebaños de vacas flacas llevadas
-allí para beber. No se recogió la
-aldea en sus pobres camas, como
-de ordinario, después de engullirse
-sus míseras cenas, sino que se
-echó a la calle y en ella permaneció.
-Todos hablaban en voz muy
-baja, cual si murmurar al oído se<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>
-hubiese puesto en moda, y todos
-tenían clavados los ojos en el
-horizonte, siendo lo más curioso
-del caso que todos miraban en
-la misma dirección. Comenzó a
-sentir extrañas inquietudes el señor
-Gabelle, autoridad primera
-de la aldea, quien después de subir
-al terrado de su casa y mirar
-desde allí hacia el punto del horizonte
-que tanta fascinación parecía
-ejercer sobre los tranquilos
-habitantes de la aldea, y de examinar
-parapetado detrás de la chimenea
-las caras sombrías de los
-que en rededor de la fuente estaban
-congregados, envió a decir
-al sacristán, encargado de la custodia
-de las llaves de la iglesia,
-que quizá aquella noche hubiese
-necesidad de repicar la campana
-de alarma.</p>
-
-<p>Cerró la noche, negra, tétrica,
-siniestra. Las copas de los árboles
-gigantes que rodeaban al castillo
-se balanceaban al soplo del viento
-y semejaban prodigiosas mazas
-manejadas por titanes invisibles
-contra la ingente masa de piedra.
-El agua caía a torrentes. Las dos
-escaleras monumentales que se
-encontraban en la terraza parecían
-torrentes desbordados cuyo
-turbulento caudal chocaba con
-estruendo contra la puerta principal,
-semejante a rápido mensajero
-que intenta despertar a los
-que duermen dentro. El vendaval
-penetraba por las espaciosas galerías,
-azotaba las lanzas, espadas,
-cuchillos y picas que decoraban
-sus paredes, y, subiendo por la
-escalera, agitaba las cortinas del
-lecho sobre el cual había reposado
-el último Marqués. Bultos confusos,
-procedentes de Oriente y de
-Poniente, del Septentrión y del
-Mediodía, hollaban la crecida hierba
-del bosque y avanzaban cautelosos
-hacia el patio del castillo,
-donde se reunían. Brotaron cuatro
-luces que se movieron en direcciones
-opuestas, y todo volvió a quedar
-negro segundos después.</p>
-
-<p>La obscuridad duró poco. El
-castillo comenzó a brillar con luz
-propia, cual si fuerzas sobrenaturales
-le hubiesen de pronto convertido
-en castillo luminoso. Por
-detrás de la robusta fachada corrían
-regueros encendidos que no
-tardaban en manifestarse por
-cuantos sitios transparentes ofrecía
-aquélla y en poner de relieve
-la situación y forma de las balaustradas,
-de los arcos y de las ventanas.
-Subían... subían más altas
-las llamas, y la inmensa hoguera
-adquiría por momentos mayor
-extensión y brillantez. No tardaron
-en brotar chorros de fuego
-por veinte grandes ventanas a la
-vez, y en despertar a los centinelas
-de piedra, de cuyos rostros
-desapareció la impasibilidad para
-ser substituída por el asombro.</p>
-
-<p>En la casa aneja al castillo ensillan
-a toda prisa un caballo, que
-parte a galope tendido hendiendo
-las tinieblas de la noche y no tarda
-en llegar, cubierto de espuma,
-a la plaza de la aldea, haciendo
-alto frente a la puerta de la casa
-del señor Gabelle.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Auxilio, Gabelle... auxilio,
-todos!&mdash;grita el asustado jinete.</p>
-
-<p>Toca a rebato la campana de
-alarma, pero fuera de este auxilio,
-dado caso que lo fuera, el jinete no
-recibe ninguno. Cruzados de brazos
-junto a la fuente contemplando
-la inmensa hoguera proyectada
-contra el cielo está el peón caminero
-entre un grupo de unos doscientos
-cincuenta amigos particulares
-suyos.</p>
-
-<p>&mdash;Se elevan a unos cuarenta
-pies de altura&mdash;es el único comentario
-que hacen, pero nadie se
-mueve.</p>
-
-<p>El mensajero del castillo hunde
-las espuelas en los ijares del caballo
-cubierto de espuma y desaparece
-entre las sombras. A galope
-tendido, y con peligro grave de
-romperse la cabeza, sube el áspero
-repecho que conduce a la fortaleza-prisión
-del tajo. Un grupo de oficiales,
-de pie junto a la puerta,
-contempla el pavoroso incendio;
-a poca distancia de aquéllos, hay
-otro grupo más numeroso de
-soldados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Auxilio, caballeros oficiales!
-¡El castillo arde! Dentro de sus
-muros hay objetos de muchísimo
-valor, que podrían salvarse del
-furor de las llamas... ¡Todavía es
-tiempo...! ¡Auxilio... auxilio!</p>
-
-<p>Los oficiales miran a los soldados,
-y éstos mantienen sus ojos
-clavados en el incendio. No dan
-orden alguna; antes al contrario;
-encogiéndose de hombros, exclaman:</p>
-
-<p>&mdash;¡Que arda!</p>
-
-<p>Desciende nuevamente el jinete,
-atraviesa la calle de la aldea,
-y ve con asombro que todas las
-casas están iluminadas. ¿Cómo se
-hizo el milagro? De la manera más
-sencilla. El peón caminero y los
-doscientos cincuenta amigos particulares
-suyos tuvieron el capricho
-de iluminar sus casas. Como
-carecen de antorchas, las piden
-en forma bastante perentoria al
-señor Gabelle. El funcionario
-muestra vacilaciones, resistencias,
-y en su vista, el caminero, tan
-sumiso en otro tiempo a la autoridad
-de aquél, insinúa a sus doscientos
-cincuenta amigos particulares
-que los coches, convenientemente
-hechos astillas, proporcionan
-excelentes antorchas, y que
-los caballos de las sillas de posta
-están pidiendo a gritos que los
-tuesten.</p>
-
-<p>El castillo queda abandonado
-a las iras del elemento destructor.
-Encendidos huracanes, nacidos
-sin duda en las regiones infernales,
-coadyuvan a la obra, avivando
-las bramadoras llamas y sacudiendo
-el robusto edificio. Las
-caras de piedra de los eternos
-centinelas se retuercen entre cascadas
-de chispas y mares encendidos.
-Al caer con estruendo masas
-enormes de piedra revueltas
-con vigas gigantescas, el rostro
-de piedra que presenta dos mellas
-en la nariz adquiere expresión decididamente
-siniestra. Todo el
-mundo le hubiera tomado por la<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>
-cara del cruel Marqués que, amarrado
-a la pira, lucha desesperado
-contra el fuego.</p>
-
-<p>Ardía el castillo. Los árboles
-más cercanos, alcanzados por el
-fuego, se retorcían, doblaban y
-arrugaban; otros más distantes,
-encendidos por los cuatro terribles
-bultos, enviaban a la mole ardiente
-mares de negro humo. En las
-entrañas del mármol de la fuente
-hervían plomo y hierro derretido;
-el agua había dejado de correr,
-y las agujas de las torres, cual si
-fueran de hielo, se fundían bajo
-la acción del calor. Bandas
-de asustados pájaros revoloteaban
-aturdidos y concluían por caer
-en medio del horno, y mientras
-tanto, los cuatro bultos se alejaban,
-guiados por los resplandores
-que ellos habían creado, en dirección
-a su nuevo destino. La aldea
-se apoderó de la campana de alarma,
-y aboliendo de una vez la
-significación de sus tañidos, la
-obligó a festejar su alegría.</p>
-
-<p>Y no paró aquí la cosa: la aldea,
-cuya mollera parece había
-despejado de improviso el hambre,
-las llamas y las voces de la
-campana de alarma, que ya lo
-era de alegría, sospechando que
-el señor Gabelle pudiera tener algo
-que ver con el cobro de las rentas
-y de los impuestos, aunque a decir
-verdad, ningún impuesto había
-cobrado el buen Gabelle en los
-días anteriores, y sí únicamente
-algunas rentas atrasadas, deseó
-celebrar con aquél una entrevista,
-y al efecto, cercó su casa y le invitó
-a salir a la calle, donde podrían
-conferenciar personalmente. El señor
-Gabelle contestó atrancando
-sólidamente la puerta de su casa,
-y retirándose a la habitación más
-escondida, a fin de celebrar la
-conferencia consigo mismo. El
-resultado de esta conferencia unipersonal,
-fué que el buen Gabelle
-subió de nuevo al tejado de su
-casa y se escondió detrás de las
-chimeneas, resuelto, dado caso
-que los habitantes de la aldea
-derribasen la puerta de entrada,
-a arrojarse de cabeza desde el
-tejado a la calle a fin de aplastar
-bajo el peso de su cuerpo a uno
-o dos de los que con tanto ahinco
-deseaban conferenciar con él. No
-nos admire su decisión: Gabelle
-era un meridional de carácter vengativo.</p>
-
-<p>Es más que probable que la
-noche se le antojase eterna al
-señor Gabelle, pues en realidad
-no resulta muy agradable pasársela
-sobre el tejado, contemplando
-a lo lejos los siniestros fulgores de
-un castillo ardiendo, escuchando
-los porrazos que un pueblo enfurecido
-descarga contra la puerta
-de su casa, y sobre todo, viendo
-pendiente de su poste un farol,
-que el pueblo miraba de tanto en
-tanto con ganas de substituirlo
-con otro objeto, que muy bien
-pudiera ser su cuerpo. Triste es,
-en efecto, pasarse toda una noche
-de verano sobre el alero de un
-tejado, contemplando a sus pies
-un océano de revueltas olas negras,
-y decidido a arrojarse de<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span>
-cabeza en su centro; pero al fin
-hizo su aparición una aurora risueña,
-se apagaron las luminarias, el
-pueblo se dispersó, y el señor
-Gabelle pudo salir con vida del
-trance.</p>
-
-<p>Dentro de un radio de cien
-millas, y a la luz de otros incendios,
-hubo aquella noche, y otras
-noches, muchos funcionarios menos
-afortunados que el señor Gabelle,
-a quienes el sol del nuevo
-día encontró colgados en las mismas
-calles, pacíficas en tiempos
-mejores, en que nacieron y crecieron.
-Verdad es que también
-hubo otros aldeanos, otros ciudadanos
-que, menos afortunados que
-el peón caminero y sus doscientos
-cincuenta amigos particulares,
-cayeron a los golpes de los funcionarios
-y de los soldados. Pero
-los fieros portadores del fuego
-continuaban su carrera en dirección
-a Oriente y a Poniente, al
-Septentrión y al Mediodía señalando
-su paso con regueros de
-llamas, y no existía funcionario,
-por versado que estuviera en matemáticas,
-capaz de calcular la
-altura de los patíbulos necesaria
-para contener o desviar el curso
-del despeñado torrente.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="II_XXIV">XXIV.<br />ATRAIDO POR LA MONTAÑA IMANTADA</h3></div>
-
-
-<p>Tres años duraron las tempestades,
-tres años durante los cuales
-bramaron sin cesar los océanos
-y rugieron las llamas por doquier,
-tres años de continuos terrores
-para los que desde la playa contemplaban
-la furia siempre creciente
-de los mares. Tres cumpleaños
-más vió la pequeña Lucía, en
-cuya existencia pacífica no cesó
-su amante madre de tejer nuevos
-hilos de oro.</p>
-
-<p>Más de un día y más de una
-noche estuvieron los moradores
-del tranquilo rincón de Soho escuchando
-con amargo dolor el ruido
-de pasos que herían sus oídos,
-pues sabían que eran pasos de
-gentes enfurecidas, que corrían
-en tumulto a la sombra de rojos
-pendones, sabían que su patria
-había sido declarada en peligro,
-que sus moradores se habían
-transformado de seres humanos
-en bestias feroces.</p>
-
-<p>No acertaba a comprender el
-señor, como clase, el fenómeno
-de no ser apreciado, de no ser
-necesitado en Francia, de no ser
-querido, de ser odiado hasta el
-extremo de correr peligro inminente
-de verse despedido del
-suelo francés y del mundo de los
-vivos al propio tiempo. Semejante
-al rústico de la fábula que, después
-de haber conseguido que se
-le presentase el diablo a fuerza
-de invocaciones, quedó tan aterrorizado
-al verle, que ni voz tuvo
-para hacer una pregunta al enemigo,
-así el señor, después de
-tener el atrevimiento de rezar
-al revés la oración del Padre Nuestro
-por espacio de varios años y
-de poner en juego los sortilegios<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>
-y ensalmos más potentes para despertar
-al demonio, no bien llegó
-a entreverle, apresuróse a enseñarle
-sus nobles y linajudos talones.</p>
-
-<p>Habíase eclipsado el brillante
-cielo de la corte, convencido de
-que sería el blanco obligado de
-la deshecha lluvia de balazos
-del pueblo. Nunca fué santo de
-la devoción de éste, pues según
-malas lenguas, Satanás le había
-inoculado su orgullo y Sardanápalo
-su lujo y su molicie. La corte
-entera, desde su punto central y
-exclusivo hasta todos los puntos
-podridos de su circunferencia de
-intrigas, corrupciones y disimulo,
-había abandonado aquella atmósfera
-malsana. También había desaparecido
-la realeza: sitiada en
-su palacio, quedó «en suspenso»
-al llegar hasta ella las furiosas
-olas.</p>
-
-<p>En el mes de agosto del año
-de mil setecientos noventa y dos,
-la casta de los señores estaba
-dispersa por el mundo.</p>
-
-<p>Como es natural, el cuartel
-general, el centro de reunión del
-señorío en Londres era el Banco
-Tellson. Dicen que los espíritus
-rondan los lugares donde yacen
-sepultados sus cuerpos, y conformándose
-a esta ley, el señor sin
-un cuarto rondaba el lugar donde
-en tiempos mejores estuvieron
-depositados sus <i>cuartos</i>. Además,
-el Banco Tellson era el
-centro al que con más rapidez
-llegaban nuevas de Francia: llevaba
-su generosidad hasta el
-punto de hacer adelantos a los
-que fueron sus clientes en tiempos
-de prosperidad; guardaba en
-sus arcas inmensas sumas depositadas
-por nobles que, más previsores
-que la generalidad, vieron que
-se condensaba la tormenta y se adelantaron
-a los robos y a las confiscaciones,
-y finalmente, cuantas
-personas llegaban de Francia,
-principiaban por dejarse ver
-en el Banco Tellson, donde hacían
-historia de los últimos sucesos.
-Por toda esta variedad de razones,
-era el Banco Tellson por
-aquella época una especie de Palacio
-de la Bolsa por lo que a asuntos
-o personas francesas se refiriera,
-circunstancia que conocía
-tan perfectamente el público, y
-que daba lugar a tantas preguntas
-y comisiones, que con frecuencia
-se hacían constar las noticias
-últimas en cartelones que se colgaban
-de las ventanas del edificio,
-para que pudieran leerlas cuantos
-pasaran frente al Tribunal del
-Temple.</p>
-
-<p>Una tarde brumosa y de calor
-sofocante, Lorry y Carlos Darnay,
-sentados frente a la mesa de trabajo
-del primero, conferenciaban
-en voz baja. Faltaría sobre media
-hora para cerrar el establecimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que es usted el hombre
-más joven que ha existido en el
-mundo;&mdash;dijo Carlos Darnay con
-muestras de vacilación,&mdash;pero aun
-así, perdone que le diga...</p>
-
-<p>&mdash;Comprendo: que soy muy viejo,
-¿verdad?&mdash;interrumpió Lorry.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span>
-&mdash;Tiempo inseguro, viaje largo,
-medios inciertos y país en estado
-anárquico, amén de una ciudad
-que ni a usted puede ofrecer garantías.</p>
-
-<p>&mdash;Mi querido Carlos&mdash;replicó
-Lorry con confianza,&mdash;las razones
-que usted acaba de apuntar, lejos
-de desanimarme, lejos de conspirar
-contra mi proyecto de hacer
-el viaje, conspiran para que lo
-haga. Nadie tendrá el mal gusto
-de meterse con un viejo de casi
-ochenta años, cuando puede hacerlo
-con tantos otros jóvenes,
-robustos, y más dignos de ese
-honor que yo. Dice usted que se
-trata de una ciudad desorganizada,
-y yo contesto que, si en ella
-reinase el orden, no sé por qué
-nuestra casa de aquí había de
-enviar a nuestra casa de allá a
-uno que conoce de antiguo la
-ciudad y los negocios de la ciudad,
-y posee además la confianza de
-Tellson. En cuanto a los inconvenientes
-que puedan originar
-la incertidumbre de los medios de
-locomoción, lo largo del viaje
-y lo inseguro del tiempo, si yo
-no estuviera dispuesto a afrontar
-todos esos inconvenientes en obsequio
-a la casa, después de haber
-envejecido en ella, ¿quién lo estará?</p>
-
-<p>&mdash;Desearía ir yo mismo&mdash;dijo
-Carlos, como quien piensa en voz
-alta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!&mdash;exclamó Lorry.&mdash;¡Voy
-viendo que es usted un asesor
-de primera fuerza y un consejero
-que no tiene rival! ¿Conque
-usted mismo, eh? Y nacido en
-Francia, ¿eh? ¡Buen consejo, amigo,
-buen consejo!</p>
-
-<p>&mdash;Precisamente porque he nacido
-en Francia, mi querido señor
-Lorry, ha cruzado y cruza con
-frecuencia por mi mente aquel
-pensamiento. Yo encuentro muy
-natural que así piense el que conserva
-alguna simpatía por aquel
-pueblo desdichado, el que le ha
-abandonado algo que era suyo,
-y como consecuencia, cree que
-su voz sería escuchada, y que
-acaso consiguiera contener un poquito
-el desorden. Anoche mismo,
-después que usted se despidió
-de nosotros, estaba yo diciendo
-a Lucía...</p>
-
-<p>&mdash;¡Estaba usted diciendo a Lucía!...&mdash;repitió
-Lorry.&mdash;¡Francamente!
-¡Me admira que no se
-avergüence usted de pronunciar
-en este instante el nombre de
-Lucía! ¡Canastos! ¡Nombrar a Lucía
-cuando desea irse a Francia
-en estas circunstancias!</p>
-
-<p>&mdash;¡No he ido todavía!&mdash;contestó
-Carlos sonriendo.&mdash;Más que
-por otra cosa, hablo así a fin de
-contrarrestar el propósito que usted
-asegura que ha formado de ir.</p>
-
-<p>&mdash;Lo he formado, sí, Carlos:
-nada más cierto. Voy a hablarle
-con franqueza, mi querido amigo.
-No puede usted figurarse siquiera
-las dificultades con que tropiezan
-todos nuestros negocios, ni el
-peligro que amenaza a nuestros
-libros y documentos de allá. Sólo
-Dios puede saber las fatales consecuencias
-que para muchas per<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span>sonas
-entrañaría la pérdida o destrucción
-de algunos de los documentos
-allí depositados, y que corren
-peligro de perderse, peligro de
-ser destruídos, lo sabe usted como
-yo, como lo sabe todo el mundo.
-¡Quién puede decir si hoy mismo
-habrá ardido París por los cuatro
-puntos cardinales, si será mañana
-saqueado en regla! Ahora bien:
-únicamente yo puedo prevenir
-los males, haciendo una selección
-prudente y escondiendo bajo tierra
-o trasladando a lugar seguro
-los documentos en cuestión, y
-para ello, precisa que no pierda
-ni un segundo de tiempo. ¿Puedo
-yo hacerme el remolón cuando la
-casa sabe lo que acabo de decir,
-y cuando la casa lo dice... la casa
-cuyo pan vengo comiendo desde
-hace sesenta años, la casa en una
-de cuyas articulaciones me he
-introducido como cuña? ¡Quite usted
-allá, hombre! ¿Ignora usted
-que soy un mozalbete, comparado
-con muchos que presumen de jóvenes
-y no son otra cosa que vejestorios
-caducos?</p>
-
-<p>&mdash;¡Admiro la gallardía de su
-espíritu juvenil, señor Lorry!</p>
-
-<p>&mdash;¡A callar! No olvide usted,
-mi querido Carlos, que sacar hoy
-el objeto más insignificante de
-París, es punto menos que imposible.
-Hoy mismo hemos recibido
-documentos preciosos&mdash;excuso recomendarle
-la reserva más absoluta,&mdash;y
-los hemos recibido de manos
-de los portadores más extraños
-que pueda usted imaginar, portadores
-cuyas cabezas pendían
-de un cabello mientras cruzaban
-las Barreras. En otras ocasiones
-circulaban nuestros paquetes de
-una a otra nación sin dificultad
-alguna: hoy todo está paralizado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y piensa usted emprender
-el viaje esta noche?</p>
-
-<p>&mdash;Esta noche sin falta. Tal se
-han puesto los asuntos, que no se
-puede perder segundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le acompaña nadie?</p>
-
-<p>&mdash;Me han sido propuestas gentes
-de todas las clases y condiciones,
-pero a nadie he dicho palabra.
-Pienso llevarme a Jeremías.
-Por espacio de muchos años ha
-sido mi perro de presa, mi acompañante
-obligado a mis salidas
-domingueras, y estoy acostumbrado
-a él. Nadie ha de ver en Jeremías
-otra cosa que un <i>bull-dog</i>
-inglés, incapaz de abrigar otros
-designios que el de lanzarse sobre
-cualquiera que se atreva a tocar
-el pelo de la ropa a su amo.</p>
-
-<p>&mdash;Repito que admiro su gallardía
-de ánimo y sus arrestos.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo repito que dice usted
-una tontería, amigo Carlos. Una
-vez haya dado fin a esta pequeña
-comisión, es posible que acepte
-la proposición de Tellson de retirarme
-y vivir tranquilo. Entonces
-es cuando me sobrará tiempo para
-pensar en que me voy haciendo
-viejo.</p>
-
-<p>Había tenido lugar el diálogo
-que queda transcrito en el despacho
-del señor Lorry, a una o dos
-varas de distancia de un enjambre
-de señores, cuya conversación,
-bastante animada por cierto, ver<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>saba
-sobre la venganza que muy
-en breve tomarían sobre el ruin
-populacho. Realmente era inconcebible
-que los señores, en su calidad
-de emigrados, y como tales,
-víctimas de infinidad de reveses,
-y la nativa ortodoxia inglesa, hablasen
-de aquella Revolución terrible
-cual si fuera cosecha de frutos
-no sembrados, cual si no hubiesen
-sido puestos todos los medios
-humanos para producirla,
-cual si no hubieran visto y anunciado
-con palabras clarísimas su
-llegada inevitable muchos observadores
-que necesariamente habían
-de hacerse cargo de la miseria
-intolerable que afligía a millones
-de hijos de Francia y del
-empleo desastroso que se daba
-a los recursos que hubiesen podido
-hacerles prósperos y felices. Difícilmente
-podía sufrir ningún hombre
-de alma sana y conocedor
-de la verdad la serie de sandeces
-dichas con tono doctrinal, combinadas
-con complots extravagantes
-para restaurar un estado de
-cosas gastado y podrido hasta la
-médula. Las sandeces y las extravagancias,
-unidas a la intranquilidad
-de ánimo en que Carlos Darnay
-se encontraba, traían a éste
-impaciente y nervioso desde varios
-días antes, y la conversación
-que estaba oyendo no hizo más
-que exacerbar su impaciencia.</p>
-
-<p>Entre los habladores figuraba
-Stryver, hombre que había subido
-ya varios escalones de la escalera
-de la gloria, y que estaba abocado
-a subir muchos más aún,
-no siendo, por consiguiente, de
-extrañar que se inclinara decididamente
-hacia la clase señorial.
-Hablaba en la ocasión presente
-con gran ardor de la necesidad de
-acabar de una vez con el pueblo,
-de exterminar sin piedad a la vil
-gentuza, de hacer desaparecer de
-la tierra a la canalla, para conseguir
-lo cual preconizaba medios
-que, en eficacia, allá se andaban
-con el de aquel sabio que,
-queriendo suprimir para siempre
-las águilas, propuso que se les
-espolvoreasen las colas con sal
-molida. Darnay escuchaba al
-abogado con profunda aversión,
-con repugnancia. Hasta se le
-ocurrieron deseos de marcharse
-para no oirle, y es más que probable
-que los hubiese llevado a la
-práctica de no haber venido los
-mismos sucesos a indicarle el
-camino que debía seguir.</p>
-
-<p>La Casa acababa de acercarse
-a Lorry y, dejando sobre la mesa
-un pliego cerrado y sumamente
-ajado, preguntóle si había encontrado
-rastros de la persona a
-quien iba dirigido. La Casa dejó
-la carta tan cerca de Darnay, que
-éste hubo de leer la dirección.
-Verdad es que no le costó gran
-trabajo, pues precisamente el
-nombre escrito en el sobre era el
-suyo. Decía así.</p>
-
-<p>«Muy urgente. Al Señor Marqués
-de Saint-Evrémond de Francia.
-Confiada a los señores Tellson
-y Compañía, Banqueros, Londres,
-Inglaterra.»</p>
-
-<p>El doctor Manette, la mañana<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>
-misma del matrimonio de su hija
-con Carlos Darnay, exigió a éste
-que guardase inviolable el secreto
-de su apellido, hasta tanto que
-el doctor le desligara de la obligación.
-Nadie conocía su título, que
-hasta para su mujer era un secreto.
-En cuanto a Lorry, ni remotamente
-podía sospecharlo.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;contestó Lorry a la Casa.&mdash;He
-preguntado a cuantas personas
-han venido a esta casa, pero
-nadie ha sabido decirme dónde
-se encuentra ese caballero.</p>
-
-<p>Como había sonado la hora de
-cerrar el Banco, casi todos los
-amigos de dar trabajo a la lengua
-se habían refugiado en el despacho
-de Lorry. Este conservaba en sus
-manos la carta mirándola con
-perplejidad manifiesta. También
-la miraba la casta señorial, pero
-con ira, con ceño, cual si en vez
-de un pedazo de papel estuviera
-viendo un refugiado indigno de
-la raza a que pertenecía. Este,
-aquél, el de más allá, todos tenían
-algo que decir con contra del
-Marqués que no parecía por parte
-alguna.</p>
-
-<p>&mdash;Sobrino, si no estoy mal enterado...
-pero desde luego sucesor
-degenerado de aquel ilustre y
-refinado Marqués que fué villanamente
-asesinado&mdash;dijo uno.&mdash;Me
-cabe la fortuna de no haberle visto
-en mi vida.</p>
-
-<p>&mdash;Un cobarde que abandonó
-su puesto hace algunos años&mdash;terció
-otro señor, que había salido
-de París metido de cabeza en el
-centro de una carretada de paja,
-con los pies en alto y medio asfixiado.</p>
-
-<p>&mdash;Corrompido por las nuevas
-doctrinas&mdash;repuso un tercero,&mdash;se
-declaró en oposición abierta
-contra el último Marqués, abandonó
-sus tierras no bien las heredó,
-y las confió a un hato de rufianes.
-Espero que ellos mismos le darán
-ahora el pago a que se ha hecho
-acreedor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eso hizo?&mdash;gritó Stryver.&mdash;¿Tan
-canalla es ese hombre?
-Veamos... veamos su infame apellido.</p>
-
-<p>Darnay, cuya resistencia tocaba
-a su fin, tocó en un hombro a Stryver
-y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Yo conozco a ese señor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por todos los diablos juntos!...
-¿Usted le conoce? Lo siento
-en el alma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pregunta usted por qué,
-Darnay? ¿Pero no ha oído usted
-lo que ha hecho?</p>
-
-<p>&mdash;Lo he oído, sí; pero pregunto
-a usted que por qué siente que
-yo le conozca.</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso, repetiré a usted,
-señor Darnay, que siento que usted
-conozca a ese hombre indigno,
-y que lamento que no se le alcance
-a usted por qué lo siento. Me
-aflige sobremanera oir las preguntas
-inconcebibles que usted hace.
-Nos hablan aquí de un sujeto
-corrompido por la más pestilente
-e impía de las podredumbres, de
-un individuo el más vil que jamás
-ha existido en el mundo, que
-abandona sus bienes a la hez de<span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span>
-a tierra, a los canallas cuyo credo
-es el asesinato y el robo, ¿y me
-pregunta usted por qué lamento
-que un hombre que se dedica a
-enseñar a la juventud le conozca?
-¿Se empeña en saberlo? ¡Vaya,
-se lo diré! Lo siento porque creo
-que miserables como el que nos
-ocupa contagian a quien los conoce.
-Y lo sabe usted.</p>
-
-<p>Darnay, conteniéndose a duras
-penas, contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Quizá no comprende usted
-al caballero a quien se refiere.</p>
-
-<p>&mdash;Pero sé muy bien cómo poner
-a usted entre la espada y la pared,
-y voy a hacerlo&mdash;gritó Stryver.&mdash;Si
-ese individuo es un caballero,
-desde luego <i>no</i> le comprendo;
-puede usted decírselo así de mi
-parte, y darle de paso mis recuerdos.
-También puede añadirle de
-parte mía, que después de abandonar
-a la gentuza los bienes
-patrimoniales, me admira sobremanera
-que no se haya puesto a
-la cabeza de los ladrones y asesinos...
-Pero no, caballeros, no;
-yo, que conozco un poquito el
-natural humano, me atrevo a
-asegurarles que no encontrarán
-nunca a un sujeto como ése que
-se confíe a los tiernos cuidados
-de sus humildes <i>protegidos</i>. No,
-caballeros, no; si algo de su persona
-deja ver a aquéllos, será, en
-todo caso, un par de talones, y
-aun éstos, sólo durante el tiempo
-que tarde en poner tierra de por
-medio.</p>
-
-<p>Dichas estas palabras, que merecieron
-la aprobación unánime
-de sus oyentes, salió a la calle
-Fleet. Segundos después quedaban
-solos en el despacho Lorry y
-Carlos Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;Puesto que usted conoce a
-la persona a quien la carta va
-dirigida&mdash;dijo Lorry&mdash;¿quiere encargarse
-de hacerla llegar a sus
-manos?</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tendrá la bondad de explicarle
-que sin duda se la han dirigido
-aquí porque creían que nosotros
-le conocíamos, y que, ignorando
-quién era y dónde estaba,
-la carta está detenida desde hace
-algún tiempo?</p>
-
-<p>&mdash;Así lo haré. ¿Cuándo sale
-usted para París?</p>
-
-<p>&mdash;A las ocho salgo de aquí
-mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo volveré para despedirle.</p>
-
-<p>Descontento consigo mismo, y
-más todavía con Stryver y con
-sus compatriotas, Darnay salió
-del edificio del Banco y, no bien
-llegó a una esquina donde creyó
-estar a cubierto de miradas indiscretas,
-abrió la carta, que estaba
-concebida en los siguientes términos:</p>
-
-
-<p class="p2 i2">«Prisión de la Abadía, París.</p>
-
-<p class="i3">»Junio, 21, 1792.»</p>
-
-<p class="i2">»Señor Marqués:</p>
-
-<p class="i2">»Después de correr durante largo
-tiempo peligro inminente de
-dejar la vida en manos de los
-vecinos de la aldea, he sido preso,
-sometido a mil violencias y atropellos,
-y al fin conducido a París,<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-cuyo largo viaje me han obligado
-a hacer a pie. Las amarguras que
-en el camino he apurado no son
-para contarlas aquí; y no es esto
-todo; mi casa ha sido destruída...
-arrasada hasta los cimientos.</p>
-
-<p class="i2">»El crimen de que me acusan,
-el que me tiene enterrado en la
-cárcel, señor Marqués, el crimen
-por el que compareceré ante el
-Tribunal y que me costará la cabeza
-(si usted no me presta su
-generoso auxilio) es, según dicen
-ellos, el de traición contra la majestad
-del pueblo, al que aseguran
-que he vendido para proteger a
-un emigrado. En vano les he
-hecho presente que, lejos de obrar
-contra ellos, he obrado en su favor,
-ateniéndome a instrucciones
-suyas, señor Marqués; en vano he
-alegado que con anterioridad a la
-confiscación de los bienes de los
-emigrados había yo condonado
-los impuestos que el pueblo cesó
-de pagar, que no cobré las rentas,
-que no recurrí a los tribunales.
-A todas mis representaciones contestan
-que obré en favor de un
-emigrado, y yo me pregunto:
-¿dónde está ese emigrado?</p>
-
-<p class="i2">»¡Ah, mi buen señor Marqués!
-¿Dónde está ese emigrado? Yo
-pregunto mientras duermo; ¿dónde
-está? Vuelvo mis ojos a los
-cielos, y les pregunto; ¿vendrá a
-salvarme? No me contestan. ¡Ah,
-señor Marqués! Envío mi grito
-de angustia a través de los mares,
-por si Dios quiere que llegue a sus
-oídos por mediación del gran Banco
-Tellson, tan conocido en París.</p>
-
-<p class="i2">»Por el amor de Dios, por equidad,
-por justicia, por generosidad,
-por el honor inmaculado de su
-noble apellido, señor Marqués,
-le suplico que corra en mi auxilio
-y me libre de la muerte que me
-amenaza. Mi único crimen es
-haber sido fiel a usted... ¡Oh
-señor Marqués! Yo confío que
-usted corresponderá a mi fidelidad.</p>
-
-<p class="i2">»Desde esta mazmorra donde
-todos los horrores tienen su asiento,
-desde esta antesala de la muerte,
-envío a usted, señor Marqués,
-la expresión de mi dolorosa lealtad,
-juntamente con el ofrecimiento
-de mis desgraciados servicios.</p>
-
-<p class="right">»Su afligido servidor,</p>
-<p class="right smcap">»Gabelle.»</p>
-
-<p class="p2">La lectura de la carta que
-queda copiada infiltró en la intranquilidad
-latente de Darnay
-un torrente vigoroso de vida. El
-peligro que se cernía sobre la cabeza
-de un servidor antiguo, por
-cierto de los mejores, que no había
-cometido más crimen que el de
-serle leal a él y a su familia, fué
-para Darnay a manera de latigazo
-recibido en pleno rostro. La vergüenza
-se le subió a la cara con
-fuerza tal, que mientras caminaba
-al azar sin saber qué resolución
-adoptar, ni a mirar a los transeuntes
-se atrevía.</p>
-
-<p>Sabía muy bien que, arrastrado
-por el horror de la hazaña que
-puso digno remate a las malas
-acciones y a la pésima reputación<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>
-de su rancia familia, impulsado
-por las sospechas que su tío le
-inspirara y por la aversión con
-que su conciencia miraba la fábrica
-ruinosa que, según los de su
-casta, estaba en el deber de sostener
-y robustecer, había obrado
-de una manera imperfecta. Sabía
-muy bien que al ceder al amor que
-profesaba a Lucía, al renunciar
-el puesto que en sociedad le correspondía
-ocupar, se había precipitado,
-había procedido con reprensible
-ligereza. Sabía muy bien
-que su resolución debió llevarla
-a la práctica personalmente, como
-sabía que tuvo intención de hacerlo
-así, y que, sin embargo, no lo
-hizo.</p>
-
-<p>La dicha del hogar que en Londres
-se había creado, la necesidad
-de hacer una vida activa, las
-continuas alteraciones de la época,
-tan bruscas y tan rápidas que los
-planes no bien madurados la
-semana anterior caían por tierra
-a la semana siguiente ante el impulso
-arrollador de nuevos acontecimientos,
-fueron circunstancias
-de peso a cuya fuerza cedió; lo
-sabía muy bien; pero tampoco se
-le ocultaba que, si a la fuerza de
-las circunstancias cedió con repugnancia,
-no intentó oponerles
-una resistencia continua y formal.
-Su conciencia le decía que deseó
-obrar y que varias veces anduvo
-acechando la ocasión; pero le
-añadía que otras tantas dejó pasar
-la oportunidad, mientras la
-nobleza salía en tropel de Francia
-por todos los caminos y veredas,
-mientras los bienes de aquella
-eran confiscados y destruídos, y
-hasta borrados del libro de la
-vida los nombres de los hasta entonces
-mimados por la fortuna.</p>
-
-<p>Pero en cambio a nadie había
-oprimido, a nadie había llevado
-a la cárcel. Lejos de haber atropellado
-a nadie para que le pagase
-sus rentas, había abandonado libre
-y espontáneamente sus bienes,
-buscado refugio en una nación
-extraña, y ganado en ella el pan
-que llevaba a su boca con su propio
-esfuerzo. El señor Gabelle había
-administrado un patrimonio
-empobrecido a tenor de instrucciones
-escritas que le mandaban
-tratar bien al pueblo, darle lo
-poco que allí podía dársele... leña
-para calentarse en invierno y
-algunos frutos que le ayudaran a
-pasar el verano, que otra cosa
-no consentían los acreedores... y
-seguramente habría aducido estos
-hechos en descargo suyo. Se trataba
-de hechos públicos, de hechos
-que sin dificultad podían probarse;
-y si los hechos en cuestión
-justificaban ante el pueblo al
-administrador, huelga decir que
-eran patente de amigo del pueblo
-en favor de quien dictó las órdenes
-a que aquél ajustó su conducta.</p>
-
-<p>Estas consideraciones robustecieron
-la resolución de hacer el
-viaje a París que Darnay había
-casi adoptado con anterioridad
-al recibo de la carta de Gabelle.</p>
-
-<p>Sí. Semejante al marino de la
-antigua leyenda, los vientos y las<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>
-corrientes habíanle arrastrado
-hasta colocar su nave dentro del
-radio de influencia de la Montaña
-Imantada, y ésta le atraía cada
-vez con fuerza más irresistible.
-Cuantos pensamientos germinaban
-en su mente, le impelían, le
-empujaban hacia el centro de
-aquella atracción terrible. Obedecieron
-sus impaciencias primeras
-al pensamiento de que su desdichada
-patria, guiada por instrumentos
-malos, perseguía objetivos
-malos y corría desbocada al abismo,
-mientras él, que acaso hubiese
-podido imprimir mejor dirección
-a las ansias nacionales, permanecía
-en Londres sin intervenir, sin
-intentar algo que pusiera fin a la
-brutal efusión de sangre, algo que
-afianzase los derechos a la piedad,
-a la humanidad, desconocidos a
-la sazón. Cuando ya en su alma
-se agitaban esos remordimientos,
-vino a centuplicar su fuerza la
-conducta del anciano Lorry, quien,
-dócil a la voz del deber, se apresuraba
-a afrontar los riesgos tremendos
-que entrañaba un viaje
-a Francia en aquellas circunstancias,
-y por si esto no bastaba,
-vinieron los comentarios de los
-señores, comentarios que le hirieron
-profundamente, y los de Stryver,
-mil veces más duros que los
-de aquéllos. A todo ello había
-seguido la carta de Gabelle, la
-carta de un prisionero inocente
-que, viniéndose al borde de la
-tumba, hacía un llamamiento desesperado
-a su justicia, a su honor
-y a su apellido.</p>
-
-<p>No tardó en resolverse; iría a
-París.</p>
-
-<p>Sí. La Montaña Imantada le
-arrastraba y no había más remedio
-que enfilar hacia ella la proa
-de su esquife. Ignoraba que en los
-mares que iba a surcar hubiera
-escollos, no creía que la travesía
-ofreciera peligros para él. La intención
-que le guió al obrar como
-había obrado, siquiera su obra
-hubiese quedado incompleta, parecíale
-más que suficiente para
-conquistarle el agradecimiento de
-Francia, tan pronto como él se
-presentase en su suelo e hiciera
-valer los derechos que le asistían.
-Ante sus ojos se alzaba la visión
-gloriosa de haber obrado bien, y
-hasta llegó a forjarse ilusiones de
-que tendría alguna influencia para
-encauzar aquella revolución horrenda,
-que con furia tan incontrastable
-se había alzado, amenazando
-acabar con todo lo existente.</p>
-
-<p>Adoptada su resolución, creyó
-que ni Lucía ni el doctor Manette
-debían conocerla hasta que la
-hubiese puesto en práctica. En
-cuanto a Lucía, nada más natural
-que evitarla el dolor de la separación,
-y en cuanto a su padre,
-cuya resistencia a pensar en los
-lugares donde tantos sufrimientos
-apurara en años pasados era tan
-viva, tampoco convenía hablarle
-del proyecto, sino de la ejecución
-del mismo, única manera de evitarle
-dudas dolorosas.</p>
-
-<p>Tales fueron los pensamientos
-que le agitaron hasta que llegó<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>
-la hora de despedirse de Lorry.
-Tampoco a éste confiaría sus intenciones.
-Las sabría en París
-cuando estuvieran ya realizadas,
-cuando le hiciera una visita, y
-esta visita, se la haría tan pronto
-como llegase a la capital de
-Francia.</p>
-
-<p>Frente a la puerta del Banco
-Tellson esperaba una silla de
-posta. Junto a la portezuela,
-hacía centinela Jeremías <i>Lapa</i>.</p>
-
-<p>&mdash;He entregado la carta al
-caballero a quien iba dirigida&mdash;dijo
-Darnay a Lorry.&mdash;No he
-querido traer contestación escrita
-que acaso pudiera ser para usted
-causa de disgustos; pero he aceptado
-una respuesta verbal, confiando
-que usted no tendrá inconveniente
-en encargarse de transmitirla.</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto, siempre
-que no sea muy peligrosa&mdash;contestó
-Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;No lo es, aunque debe recibirla
-un hombre que está preso
-en la Abadía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llama?&mdash;preguntó
-Lorry, sacando del bolsillo un
-librito de memorias.</p>
-
-<p>&mdash;Gabelle.</p>
-
-<p>&mdash;Gabelle. ¿Y qué es lo que
-debo decir al desgraciado prisionero
-Gabelle?</p>
-
-<p>&mdash;Sencillamente estas palabras:
-«Ha recibido la carta y vendrá.»</p>
-
-<p>&mdash;¿Sin decir cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;Emprenderá el viaje mañana
-por la noche.</p>
-
-<p>&mdash;¿No he de mencionar nombre
-alguno?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Después de ayudar a Lorry a
-arrebujarse en dos o tres capas,
-debajo de las cuales llevaba ya
-dos o tres abrigos, salió acompañándole
-hasta la calle Fleet.</p>
-
-<p>&mdash;Haga presente mi cariño a
-las dos Lucías&mdash;dijo Lorry en el
-momento de partir la silla de
-posta.&mdash;Cuídemelas bien hasta
-que yo esté de regreso.</p>
-
-<p>Carlos Darnay hizo un movimiento
-de cabeza, sonrió con expresión
-equívoca, y quedó contemplando
-el carruaje que se alejaba
-al trote largo de los caballos.</p>
-
-<p>Aquella noche, era la del día
-catorce de agosto, Carlos Darnay
-se acostó muy tarde, pues antes
-tuvo que escribir dos cartas; una
-dirigida a Lucía, en la cual explicaba
-el deber ineludible en
-que se encontraba de ir a París y
-detallaba con gran extensión los
-motivos que a su juicio alejaban
-de su persona toda clase de riesgos,
-y otra al doctor, a quien
-encomendaba el cuidado de Lucía
-y de su hijita. A entrambos prometía
-escribir nuevamente tan
-pronto como llegara al término de
-su viaje.</p>
-
-<p>Fué para Darnay día de prueba
-aquel que hubo de pasar entre su
-querida familia guardando en el
-fondo de su pecho un secreto que
-nadie podía sospechar; pero una
-mirada de cariño dirigida a su
-esposa, tan alegre, tan confiada,
-robusteció la resolución que de no
-decirla nada había formado, y el
-día pasó sin incidentes. Al obscurecer,<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>
-la abrazó, diciéndola que
-un asunto imprevisto le obligaba
-a salir, pero que su ausencia sería
-muy breve, y se fué. Ya antes
-había sacado secretamente de su
-casa un baúl con la ropa necesaria.</p>
-
-<p>Confió las dos cartas a un criado
-digno de toda confianza, con
-orden de entregarlas a media noche,
-ni un minuto antes, tomó un
-caballo, y emprendió el viaje a
-Dover.</p>
-
-<p>Sintió desfallecimientos; pero
-el grito desesperado del pobre prisionero
-que apelaba a su justicia,
-a su honor, a su generosidad, dióle
-fuerzas para dejar a sus espaldas
-lo que más querido le era en el
-mundo y para dirigir su nave
-hacia la Montaña Imantada que
-le atraía.</p>
-
-<hr class="chap" />
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span></p>
-
-
-<h2>LIBRO TERCERO<br />
-EL RUMBO DE LA TORMENTA</h2>
-
-
-<h3 id="III_I">I.<br />EN SECRETO</h3></div>
-
-
-<p>Poco a poco abreviaba el viajero
-el camino que le separaba
-de París. Estamos en otoño del
-año mil setecientos noventa y dos.
-No le habrían faltado caminos
-detestables, carruajes pésimos y
-caballos atacados de vejez que
-dificultasen su marcha, aun cuando
-el destronado rey de Francia
-hubiese continuado ocupando su
-trono y reinando entre esplendores
-de gloria; pero aparte de esos
-obstáculos, la alteración de los
-tiempos habían acumulado otros
-mil. Todas las puertas de las ciudades,
-todas las entradas de los
-pueblos, contaban con sus bandas
-de ciudadanos patriotas, armados
-con mosquetes nacionales prontos
-a dispararse por sí solos, que detenían
-a cuantas personas entraban
-o salían, para someterlas a
-rígidos interrogatorios, examinar
-con detenimiento sus documentos,
-ver si figuraban sus nombres en
-las listas de que estaban provistos,
-y dejarlos en libertad de proseguir
-su viaje, o bien prenderlos, según
-aconsejase su capricho, en bien
-de la recién nacida República Una
-e Indivisible, de la Libertad, de la
-Igualdad, de la Fraternidad o de
-la Muerte.</p>
-
-<p>Muy pocas leguas de terreno
-francés había recorrido Carlos
-Darnay, cuando comenzó a darse
-cuenta de la imposibilidad en que
-se encontraría de volver a pisar
-aquellos caminos eternos, si antes
-no era declarado buen ciudadano
-de París. Pero ya no podía retroceder;
-fuese la que fuese la suerte
-que el destino le tuviera deparada,
-no tenía más remedio que continuar
-el viaje hasta el final. A sus
-espaldas dejaba un camino abierto,
-libre de barreras y de fosos,
-pero esto no obstante, sabía que
-entre Inglaterra y su persona se
-alzaban obstáculos mil veces más
-infranqueables que las más sólidas
-puertas de hierro. De tal suerte
-le rodeaba la vigilancia universal,
-que si hubiera viajado metido
-dentro de las mallas de espesa<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span>
-red de acero, o bien acondicionado
-en el interior de una jaula, no
-hubiese considerado su libertad
-más perdida.</p>
-
-<p>Esa vigilancia universal no sólo
-le obligaba a detenerse veinte veces
-al día en los caminos reales,
-en los relevos de postas, si no que
-también entorpecía y retardaba
-su marcha otras tantas veces en
-en cada jornada, ora alcanzándole
-y mandándole volver atrás, ora
-acompañándole e impidiéndole
-avanzar con la rapidez que él
-deseaba. Varios días llevaba recorriendo
-territorio francés, cuando
-una noche se acostó temprano
-en la cama de una posada de una
-población de poca importancia,
-situada bastante lejos de París.</p>
-
-<p>A la carta que desde la cárcel
-de la Abadía le dirigió Gabelle,
-debía el haber llegado tan lejos,
-pero al llegar a la población de que
-hablamos, opusiéronle en las puertas
-tantas dificultades, que comprendió
-que estaba muy próxima
-la crisis. No le sorprendió, pues,
-gran cosa ser despertado a media
-noche en la cama de la posada en
-que se acostó con ánimo de dormir
-hasta la mañana siguiente.</p>
-
-<p>Al despertar, tropezaron sus
-ojos con un funcionario local, de
-temperamento tímido, y con tres
-patriotas armados hasta los dientes,
-cubiertos con gorros de color
-rojo rabioso y fumando descomunales
-pipas. Los tres de los gorros
-tomaron asiento sobre su cama.</p>
-
-<p>&mdash;Emigrado&mdash;dijo el funcionario,&mdash;he
-decidido enviarte a París
-con una escolta.</p>
-
-<p>&mdash;Ciudadano, mi mayor deseo
-es llegar a París, pero puedo prescindir
-perfectamente de la escolta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Silencio!&mdash;gritó un gorro rojo
-dando un golpe a la cama con
-la culata del mosquete.&mdash;¡A callar,
-aristócrata!</p>
-
-<p>&mdash;Tiene razón este buen patriota&mdash;dijo
-el funcionario con timidez.&mdash;Eres
-aristócrata, y por tanto,
-debes hacer el viaje bajo la
-vigilancia de una escolta.</p>
-
-<p>&mdash;No está en mi mano la elección&mdash;contestó
-Carlos Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;¡Elección!&mdash;exclamó uno de
-los gorros colorados.&mdash;¿Habráse
-visto? ¡Como si no se le hiciera
-un favor dispensándole de adornar
-desde este instante el gancho
-de un farol!</p>
-
-<p>&mdash;La observación del buen patriota
-no puede ser más justa&mdash;terció
-el funcionario.&mdash;Levántate
-y vístete, emigrado.</p>
-
-<p>Obedeció Darnay, quien fué
-conducido inmediatamente al
-cuerpo de guardia, donde encontró
-a muchos patriotas que lucían
-sus correspondientes gorros colorados,
-fumando unos y bebiendo
-otros al amor de la lumbre. Después
-que se le obligó a pagar una
-fuerte cantidad por una escolta
-que no había pedido, emprendió
-el viaje a las tres de la madrugada.</p>
-
-<p>Constituían la escolta dos patriotas
-montados, que cabalgaban
-a sus lados, en cuyos gorros rojos
-lucían escarapelas tricolores, e
-iban armados con mosquetes y<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>
-sables nacionales. El escoltado
-manejaba su caballo, pero en las
-bridas de éste había sujeta una
-cuerda cuyo extremo contrario
-llevaba uno de los patriotas amarrado
-a la muñeca. En esta forma
-hacían el viaje, sufriendo una llovizna
-helada que el viento lanzaba
-contra sus rostros, a un trote pesado,
-por caminos desiguales y
-alternados con extensos lodazales.
-Sin que en el viaje introdujeran
-más cambios que el de caballos,
-llegaron al fin a la capital.</p>
-
-<p>Viajaban durante la noche, haciendo
-alto una o dos horas antes
-de romper el día, y durmiendo
-hasta el crepúsculo de la tarde.
-La escolta vestía con pobreza tan
-extremada, que para abrigarse
-las piernas desnudas, habían de
-recurrir a la paja, con la cual las
-acolchaban. Aparte de las molestias
-consiguientes al viaje, a la contrariedad
-de ir escoltado y a los
-peligros inherentes a depender
-de patriotas crónicamente borrachos
-y armados con mosquetes
-que se disparaban solos, Carlos
-Darnay podía desechar toda clase
-de temores, toda vez que era de
-esperar que, en cuanto hiciera referencia
-a sus merecimientos, que
-confirmaría al prisionero de la
-Abadía, se apresurarían a tratarle
-como a un hombre amigo del
-pueblo.</p>
-
-<p>Sin embargo, cuando llegaron
-a la ciudad de Beauvais a la caída
-de la tarde, y por consiguiente,
-cuando las calles estaban llenas
-de gente, no pudo menos de comprender
-que las cosas presentaban
-cariz alarmante. En el patio de la
-casa de postas se reunieron muchos
-grupos que, contemplándole
-con expresión ceñuda al principio,
-concluyeron por gritar:</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera el emigrado!</p>
-
-<p>Detúvose Darnay en el instante
-en que iba a echar pie a tierra, y
-desde la silla, replicó:</p>
-
-<p>&mdash;Emigrado no, amigos míos.
-¿No me estáis viendo aquí, amigos
-míos, en Francia, por mi libre y
-espontánea voluntad?</p>
-
-<p>&mdash;¡Eres un emigrado maldito
-y un aristócrata canalla!&mdash;gritó
-un herrador, abalanzándose hacia
-él con un martillo en alto.</p>
-
-<p>Interpúsose el encargado de la
-casa de postas entre el furioso
-herrador y el jinete, y como quien
-desea evitar una escena desagradable,
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Dejadle, amigos, dejadle! Le
-juzgarán en París.</p>
-
-<p>&mdash;¡Juzgarán!&mdash;repitió el herrador,
-blandiendo el martillo.&mdash;Le
-condenarán por traidor.</p>
-
-<p>Las turbas lanzaron feroces rugidos
-de aprobación.</p>
-
-<p>Darnay, tan pronto como pudo
-hacerse oir, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Estáis engañados, amigos
-míos, estáis engañados. Yo no soy
-traidor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mientes!&mdash;rugió el herrador.&mdash;¡Según
-el decreto, es un traidor!...
-¡Su vida pertenece al pueblo...
-no es suya su existencia
-maldita!</p>
-
-<p>En las miradas de las turbas
-leyó Carlos Darnay una de esas<span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span>
-arremetidas feroces cuyo desenlace
-es siempre un hombre hecho
-pedazos. Tal suerte le habría
-cabido de no haber sido por el
-encargado de la casa de postas,
-que obligó al caballo a entrar en
-el patio. La escolta siguió a nuestro
-amigo, y el de la casa cerró y
-atrancó inmediatamente la puerta.
-El herrador descargó sobre
-ésta los martillazos que no podía
-descargar sobre la cabeza del
-emigrado; las turbas rugieron indignadas,
-pero no pasó más.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué decreto es ése que mencionó
-el herrador?&mdash;preguntó
-Darnay al dueño de la casa de
-postas, después de darle las gracias
-por su afortunada mediación.</p>
-
-<p>&mdash;Es el decreto que dispone
-la venta en pública subasta de los
-bienes de los emigrados&mdash;contestó
-el interrogado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo se promulgó?</p>
-
-<p>&mdash;El día catorce.</p>
-
-<p>&mdash;El mismo que salí yo de
-Inglaterra.</p>
-
-<p>&mdash;Todo el mundo afirma que
-no es más que el primero de los
-de la serie, redactados ya... o que
-serán redactados en breve, los
-cuales destierran a los emigrados
-y condenan a muerte a los que
-vuelvan a pisar territorio francés.
-Es lo que quiso decir el herrador
-cuando afirmó que su vida de
-usted no era de usted, sino del
-pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero supongo que no han sido
-promulgados todavía semejantes
-decretos, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No puedo asegurarlo&mdash;respondió
-el encargado de la casa
-de postas, encogiéndose de hombros.&mdash;Puede
-que no hayan sido
-promulgados aún, y puede que
-sí; pero es igual.</p>
-
-<p>Darnay descansó hasta media
-noche tendido sobre un montón
-de paja, saliendo de la ciudad
-cuando los habitantes de ésta estaban
-entregados al sueño. Entre
-los muchos cambios radicales de
-costumbres que pudo observar
-Darnay durante su accidentado
-viaje, cambios que daban a éste
-fuerte color fantástico, no era el
-menor la carencia de sueño en
-los patriotas. Con frecuencia, después
-de una larga y pesada caminata
-por veredas solitarias, llegaban
-a altas horas de la noche a un
-pueblo, cuyos habitantes, en vez
-de dormir tranquilamente, bailaban
-danzas fantásticas en rededor
-de un árbol de la Libertad, o entonaban
-himnos a la Libertad. Por
-fortuna, empero, aquella noche
-Beauvais creyó conveniente entregarse
-al reposo, merced a lo
-cual pudieron los excursionistas
-proseguir su viaje por caminos
-desiertos, cubiertos de barrizales
-y de agua, bordeando campos incultos
-que ninguna cosecha habían
-producido aquel año, entre
-caseríos incendiados, y con riesgo
-de recibir inopinadamente un balazo
-disparado por cualquiera de
-los innumerables patriotas que
-pululaban por todas partes.</p>
-
-<p>Cerca de los muros de París se
-encontraban, cuando recibieron
-el saludo de las primeras luces<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span>
-del día. En la barrera encontraron
-fuerte guardia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde están los documentos
-del prisionero?&mdash;preguntó con tono
-autoritario un hombre de aspecto
-resuelto, llamado por el
-centinela.</p>
-
-<p>Carlos Darnay, disgustado al
-oir palabra tan poco grata, replicó
-que no era prisionero, sino un
-viajero que llegaba libre y espontáneamente,
-ciudadano francés,
-confiado a la custodia de una escolta
-que el estado perturbado
-del país hacía necesaria, y que
-había pagado de su bolsillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde están los documentos
-de este prisionero?&mdash;repitió el mismo
-sujeto, sin hacer el menor caso
-de Darnay ni de sus palabras.</p>
-
-<p>El patriota de la borrachera
-perpetua los sacó de su gorro,
-donde los llevaba, entregándolos
-al personaje que los pedía. La
-carta de Gabelle produjo en aquél
-cierto desconcierto y no poca sorpresa,
-a la par que despertó su
-atención, que concentró en Darnay.</p>
-
-<p>Sin decir palabra dejó a la escolta
-y al escoltado y entró en el
-cuerpo de guardia, dejando a los
-viajeros a caballo frente a la puerta.
-Carlos Darnay, mientras tanto,
-pudo observar que la guardia la
-formaban soldados y patriotas,
-más de estos últimos que de los
-primeros, y que, al paso que los
-carros que traían víveres a la
-ciudad, o los que a cualquier
-clase de tráfico se dedicaban, no
-tropezaban con dificultades de
-ningún género para entrar, en
-cambio los encontraban, y muy
-grandes, para salir, aun cuando
-se tratase de la gente más humilde.
-Hombres y mujeres, bestias
-de carga y de tiro y carretas y
-coches de toda clase esperaban
-que se les permitiera salir; pero
-con tal rigidez se cumplía la ley
-sobre la identificación previa, que
-aunque a la barrera llegaban por
-cientos, la salida la hacían de uno
-en uno y por largos intervalos.
-Los que sabían que habría de
-pasar mucho tiempo antes que
-les llegase el turno, lo esperaban
-tendidos en la calle, donde dormían
-o fumaban, mientras otros
-entablaban animadas conversaciones
-o entretenían el tiempo paseando.
-Los gorros colorados y
-escarapelas tricolores eran prenda
-obligada que ostentaba todo el
-mundo, sin distinción de edades
-ni sexos.</p>
-
-<p>Duraría media hora la espera
-de Carlos Darnay, quien en ese
-espacio de tiempo pudo hacer
-las observaciones que quedan
-apuntadas, cuando volvió a salir
-el mismo personaje, jefe, al parecer,
-de la guardia de la barrera,
-quien, después de dar a la escolta
-un recibo de la persona del escoltado,
-mandó a éste que echara
-pie a tierra. Obedeció Darnay, y
-los hombres que hasta allí le
-acompañaron, hiciéronse cargo de
-su caballo y partieron sin entrar
-en la ciudad.</p>
-
-<p>El jefe de la guardia condujo
-a Darnay al cuerpo de la misma,<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-que apestaba a vino ordinario y
-a tabaco, donde había varios grupos
-de soldados y de patriotas,
-unos dormidos y otros despiertos,
-éstos borrachos y aquéllos serenos,
-y algunos en los linderos de la
-vigilia y del sueño, y de la sobriedad
-y la borrachera. Dos velones
-de aceite derramaban una claridad
-muy discutible sobre el cuerpo
-de guardia, en uno de cuyos
-testeros había una mesa, sobre
-la cual se veían algunos registros.
-Un oficial de aspecto grosero, sentado
-frente a la mesa, era el encargado
-de los registros.</p>
-
-<p>&mdash;Ciudadano Defarge&mdash;dijo el
-personaje que había introducido
-a Darnay, mientras tomaba una
-hoja de papel&mdash;¿es éste el emigrado
-Evrémonde?</p>
-
-<p>&mdash;Este es.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos años tienes, Evrémonde?</p>
-
-<p>&mdash;Treinta y siete.</p>
-
-<p>&mdash;¿Casado, Evrémonde?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde?</p>
-
-<p>&mdash;En Inglaterra.</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo. ¿Dónde está tu mujer,
-Evrémonde?</p>
-
-<p>&mdash;En Inglaterra.</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo también. Vas consignado,
-Evrémonde, a la prisión de
-La Force.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios del Cielo!&mdash;exclamó
-Darnay&mdash;¿En virtud de qué ley,
-y por qué delito o falta?</p>
-
-<p>Al cabo de algunos segundos
-de muda contemplación, contestó
-el funcionario:</p>
-
-<p>&mdash;Desde que saliste de Francia,
-Evrémonde, nos regimos por leyes
-nuevas y ha variado profundamente
-lo referente a delitos y faltas.</p>
-
-<p>&mdash;Te ruego tengas presente,
-ciudadano, que he venido voluntariamente,
-cediendo a la súplica
-escrita en ese papel que tienes
-ante tus ojos&mdash;replicó Darnay.&mdash;No
-pido otra cosa más que la
-ocasión de hacer lo que un compatriota
-mío solicita. ¿No estoy en
-mi derecho?</p>
-
-<p>&mdash;Los emigrados no tienen derechos,
-Evrémonde&mdash;fué la estólida
-contestación del funcionario.</p>
-
-<p>Después de dirigir a Darnay
-una sonrisa siniestra, escribió unos
-renglones, dobló el papel, y lo
-entregó a Defarge diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Secreto.</p>
-
-<p>Defarge indicó al prisionero
-que le siguiera. Obedeció el prisionero,
-a quien acompañaron
-además dos patriotas armados,
-que se colocaron a su derecha e
-izquierda.</p>
-
-<p>Mientras salían del cuerpo de
-guardia para entrar en París,
-Defarge preguntó al prisionero
-en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres tú el que casaste con
-la hija del doctor Manette, prisionero
-en otro tiempo en la Bastilla,
-que ya no existe?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;respondió Darnay, mirándole
-con sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;Me llamo Defarge y soy dueño
-de una taberna del barrio de
-San Antonio. Es posible que me
-conozcas de referencia.</p>
-
-<p>&mdash;Mi mujer fué a tu casa a
-reclamar a su padre... ¡Sí, sí!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p>
-
-<p>Parece que la palabra «mujer»
-despertó en Defarge recuerdos
-sombríos, pues dijo con brusca
-impaciencia:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres decirme, en nombre
-de esa mujer recién nacida llamada
-Guillotina, por qué demonios
-has venido a Francia?</p>
-
-<p>&mdash;No hace un minuto me oiste
-explicar cuál fué la causa de mi
-viaje. ¿Es que crees que no dije
-verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Verdad que no puede ser
-más fatal para ti&mdash;replicó Defarge,
-fruncido el entrecejo y
-mirando a su interlocutor con
-fijeza.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto es que me encuentro
-aquí perdido. Lo veo todo tan
-trastornado, tan distinto de lo
-que antes era, tan desagradable,
-que confieso que ni sé a dónde
-volver los ojos. ¿Quieres hacerme
-un pequeño favor?</p>
-
-<p>&mdash;En absoluto ninguno&mdash;respondió
-Defarge, con la mirada
-como perdida en el espacio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tampoco querrás contestarme
-una pregunta, una sola?</p>
-
-<p>&mdash;Veremos... Según sea. Puedes
-hacerla.</p>
-
-<p>&mdash;En la prisión en que tan
-injustamente me encierran, ¿podré
-comunicar libremente con el
-mundo exterior?</p>
-
-<p>&mdash;Tú mismo lo verás.</p>
-
-<p>&mdash;¿Piensan sepultarme en ella,
-sin juzgarme, sin condenarme, sin
-concederme medios de justificarme
-y defenderme?</p>
-
-<p>&mdash;Lo verás tú mismo... Pero
-si así fuera, ¿qué?; muchos otros
-tan buenos como tú se han visto
-sepultados en prisiones peores.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no por causa mía, ciudadano
-Defarge.</p>
-
-<p>La expresión sombría del rostro
-de Defarge se acentuó extraordinariamente
-al escuchar la respuesta,
-después de lo cual prosiguió
-caminando en silencio. A medida
-que su taciturnidad aumentaba,
-se disipaban las esperanzas
-que en un principio tuvo Darnay
-de ablandar a aquel hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Para mí es de una importancia
-excepcional, como sabes tan
-bien como yo mismo, ciudadano
-Defarge, hacer saber al señor
-Lorry, del Banco Tellson, un caballero
-inglés que en la actualidad
-se encuentra en París, el hecho
-sencillo, sin comentario alguno,
-de que me han recluído en la prisión
-de La Force. ¿Me harás el
-favor de encargarte de ponerlo
-en su conocimiento?</p>
-
-<p>&mdash;No haré en tu obsequio nada
-absolutamente&mdash;replicó Defarge.&mdash;Me
-debo a mi patria y al pueblo.
-He jurado servir a los dos contra
-ti. Nada esperes de mí.</p>
-
-<p>Calló Darnay, tanto porque dió
-por perdidas definitivamente todas
-las probabilidades de obtener
-de aquel hombre el favor más
-insignificante, cuanto porque su
-amor propio lastimado le movió
-a considerar como humillaciones
-sus instancias. No pudo menos
-de reparar, mientras en silencio
-recorría las calles, en lo acostumbrado
-que el pueblo estaba al espectáculo
-de los prisioneros que por<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span>
-ellas transitaban. Ni los niños se
-fijaban en él. Algunos transeuntes
-volvían sus cabezas y le apuntaban
-con el dedo indicando que era
-un aristócrata, y nada más. Verdad
-es que ver que un hombre bien
-vestido era conducido a la cárcel
-era tan corriente y natural como
-ver a un obrero que se dirige al
-trabajo con las herramientas de
-su oficio en la mano. En una calleja
-estrecha, obscura y sucia que
-hubieron de atravesar, encontraron
-a un orador callejero excitadísimo,
-que dirigía arengas excitadas
-a un auditorio excitado, ponderando
-los crímenes que contra
-el pueblo soberano habían cometido
-el Rey, la familia real y los
-nobles. De las pocas palabras que
-llegaron a oídos de Darnay pudo
-éste colegir que el Rey había sido
-encerrado en una prisión y que los
-embajadores extranjeros habían
-abandonado en masa a París, noticias
-que desconocía en absoluto,
-pues durante su viaje, los individuos
-que le escoltaron, juntamente
-con la vigilancia universal, le
-tuvieron en un aislamiento tan
-absoluto, que nada había oído.</p>
-
-<p>Como es natural, comprendió
-que los peligros que le amenazaban
-eran infinitamente mayores
-e infinitamente más numerosos de
-lo que supuso al salir de Inglaterra;
-comprendió que los peligros
-se multiplicaban con rapidez alarmante
-y que se multiplicarían aún
-más; no pudo menos de confesarse
-a sí propio que ni por las mientes
-se le hubiese pasado la idea de
-hacer el viaje de haber previsto
-los sucesos desarrollados en los
-días últimos. Y sin embargo, sus
-temores, examinados a la luz de
-los incidentes más recientes, no
-eran tan grandes como parece deberían
-ser. Por nebuloso que el
-porvenir se le presentara, era un
-porvenir desconocido que en su
-misma obscuridad entrañaba cierta
-esperanza. Tan ajeno como los
-que vivieron millares de años antes
-que él estaba a las horribles
-matanzas que, continuadas un día
-y otro día, una noche y otra noche,
-debían ahogar en caudalosos
-ríos de sangre la época siempre
-bendita de la recolección de la
-cosecha. Apenas si de nombre conocía
-a la «mujer recién nacida
-llamada Guillotina», como apenas
-si de nombre la conocía la
-generalidad del pueblo, pues por
-aquellos días, los mismos que la
-trajeron al mundo no imaginaban
-siquiera como probables las espantosas
-hazañas que muy en breve
-habían de envolverla en inmensa
-aureola sangrienta.</p>
-
-<p>Sospechaba que sería víctima
-de una detención arbitraria, que
-se le trataría con irritante injusticia,
-que habría de soportar privaciones
-y penalidades, de las cuales
-no sería la menor verse alejado
-de su adorada mujer y de su idolatrada
-hija; todo eso lo sospechaba;
-más aún, lo consideraba indudable;
-pero fuera de ello, nada temía.</p>
-
-<p>Tales eran las reflexiones que
-le embargaban, cuando llegó a la<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span>
-cárcel llamada La Force. Un hombre
-de cara feroz abrió el postigo.</p>
-
-<p>&mdash;El emigrado Evrémonde&mdash;dijo
-Defarge, haciendo la presentación
-del preso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonios coronados! ¿Pero
-es que no va a acabar nunca la
-procesión?&mdash;exclamó el de la cara
-de fiera.</p>
-
-<p>Tomó Defarge el recibo que le
-alargaba el cancerbero, sin parar
-mientes en la exclamación del
-mismo, y se retiró juntamente con
-los dos patriotas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rayos y truenos!&mdash;gruñó el
-carcelero, ya solo con su mujer.&mdash;¡Esto
-es un río que corre siempre!</p>
-
-<p>La mujer del carcelero, que en
-su depósito de contestaciones no
-debía tener la que cuadraba a la
-exclamación anterior, se limitó
-a responder:</p>
-
-<p>&mdash;Hay que tener paciencia,
-amigo mío.</p>
-
-<p>Los sonidos de una campana
-que la mujer hizo repicar evocaron
-a tres calaboceros, diciendo
-a coro:</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la Libertad!</p>
-
-<p>El coro no parecía el más apropiado
-para ser cantado en un
-sitio como aquél, pero mayores
-anomalías se ven en el mundo.</p>
-
-<p>Era la prisión de La Force un
-edificio tétrico, repugnante e inmundo,
-donde se respiraba la
-atmósfera hedionda de la muerte.
-Asombra en realidad la rapidez
-con que percibe el olfato el olor
-a carne almacenada en lugares
-como aquél, sobre todo, cuando
-no reunen condiciones para el objeto,
-y por añadidura están descuidados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y además secreto!&mdash;murmuró
-el alcaide mientras leía el
-papel.&mdash;¡Como si no estuviera ya
-tan lleno de ellos que el mejor
-día doy un estallido!</p>
-
-<p>Con muestras de pésimo humor
-ensartó el papel con una espiga
-que atravesaba a muchísimos
-otros, y comenzó a pasear por la
-estancia abovedada sin hacer el
-menor caso del prisionero, a quien
-tuvo esperando más de media
-hora.</p>
-
-<p>&mdash;Sígueme, emigrado&mdash;dijo al
-fin, tomando las llaves.</p>
-
-<p>El alcaide condujo al nuevo
-pupilo por un corredor y una escalera,
-y al cabo de varios minutos,
-y no sin abrir durante la marcha
-muchas puertas y de cerrarlas
-de nuevo después de franqueadas,
-llegó a una pieza de grandes proporciones
-y techo bajo y abovedado,
-atestada de prisioneros de ambos
-sexos. Estaban las mujeres
-sentadas en torno a una mesa,
-leyendo o escribiendo, haciendo
-media, cosiendo o bordando,
-mientras los hombres, en su
-mayor parte, se hallaban de pie
-detrás de las sillas ocupadas por
-aquéllas, excepto algunos que se
-entretenían paseando.</p>
-
-<p>Tan tétrica era la sala, tan
-sombría la expresión de las personas
-allí hacinadas, tan acentuada
-la amarillez que en sus rostros
-habían creado las privaciones y
-miseria a que estaban sometidas
-que Carlos Darnay creyó que se<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>
-encontraba entre una colección
-numerosa de muertos. Allí no
-había más que fantasmas. Fantasmas
-de belleza, fantasmas de
-la elegancia, fantasmas de la altivez,
-fantasmas del orgullo, fantasmas
-de la frivolidad, fantasmas
-del talento, fantasmas de la juventud,
-fantasmas de la vejez,
-todos ellos esperando llegase la
-hora de abandonar la playa inhospitalaria
-del mundo, todos ellos
-clavando en el recién entrado unos
-ojos que la muerte había alterado
-en cuanto penetraron en la antesala
-de los dominios de aquélla.</p>
-
-<p>Darnay quedó inmóvil, yerto,
-por efecto de su estupefacción.
-El aspecto del alcaide, que permanecía
-a su lado, no menos que
-el de los calaboceros que andaban
-de una parte para otra, en pleno
-ejercicio, sin duda, de sus altas
-funciones, eran tan rudos, tan
-brutales, tan feroces, sobre todo
-puestos en parangón con el de las
-atribuladas madres y de las hermosas
-hijas allí almacenadas, con
-la coquetería, la distinción propias
-de las jóvenes bien nacidas
-y con la delicadeza de modales de
-la dama de alto rango, que Darnay
-hubo de afianzarse en la
-creencia de que le habían recluído
-en la mansión de los espectros.</p>
-
-<p>&mdash;En nombre propio y en el
-de todos los compañeros de infortunio
-aquí amontonados&mdash;dijo un
-caballero de modales cortesanos,
-dando un paso al frente,&mdash;tengo
-el honor de dar a usted la bienvenida
-a La Force, y de lamentar
-con usted la calamidad que aquí
-le trae. ¡Ojalá sea de breve duración
-y termine con felicidad! Ahora
-bien; manifestarle nuestros deseos
-sería imperdonable impertinencia
-en cualquier otra parte, pero no
-aquí. Nos permitimos preguntarle
-su nombre y condición.</p>
-
-<p>Darnay se apresuró a acceder
-a los deseos manifestados por el
-caballero.</p>
-
-<p>&mdash;Supongo que no estará usted
-aquí «en secreto»&mdash;repuso el caballero,
-siguiendo con la vista al
-alcaide que en aquel momento
-cruzaba la estancia.</p>
-
-<p>&mdash;Dos o tres veces he oído pronunciar
-esa consigna refiriéndose
-a mí, pero ignoro lo que puede
-significar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, que lástima! Muy de
-veras lo lamentamos... Pero no
-se desanime usted. Son muchos
-los que han venido aquí «en secreto»
-y luego se ha modificado su
-situación.</p>
-
-<p>Seguidamente añadió alzando
-la voz:</p>
-
-<p>&mdash;Con profundo pesar informo
-a mis compañeros que... <i>en secreto</i>.</p>
-
-<p>Mientras Carlos Darnay se dirigía
-a la puerta defendida con
-gruesa reja junto a la cual le esperaba
-el alcaide, alzáronse fuertes
-murmullos de conmiseración,
-mezclados con frases de piedad
-de las mujeres, que se esforzaban
-por infundirle aliento. Llegado a
-la puerta mencionada, volvióse
-Carlos y dió las gracias a los que
-dejaba desde el fondo de su cora<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>zón.
-Cerróse la puerta empujada
-por la mano del alcaide, y las apariciones
-espectrales se borraron
-para siempre.</p>
-
-<p>Daba acceso la puerta a una
-escalera de caracol, por la cual
-subió Darnay siguiendo a su guía.
-Después de subir cuarenta peldaños,
-contados concienzudamente
-por el prisionero de media hora,
-abrió el alcaide una puerta baja
-y muy negra y entró en una celda
-solitaria. Era muy fría, olía a
-moho, pero no estaba obscura.</p>
-
-<p>&mdash;La tuya&mdash;dijo el alcaide.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me encierran solo?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es lo que yo no sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Supongo que se me permitirá
-comprar papel, pluma y
-tinta?</p>
-
-<p>&mdash;Por el momento no. Te visitarán...
-no sé cuando, y entonces
-podrás solicitar ese favor. Puedes
-comprar comida, pero nada más.</p>
-
-<p>En la celda había una silla, una
-mesa y un jergón de paja. El
-alcaide, después de someter a
-escrupulosa inspección el <i>mobiliario</i>
-de la celda, salió dejando
-solo a Darnay.</p>
-
-<p>&mdash;Puedo decir que estoy muerto
-y sepultado&mdash;murmuró el infeliz.&mdash;Cinco
-pasos por cuatro y medio...
-cinco pasos por cuatro y
-medio&mdash;repetía maquinalmente,
-recorriendo la celda en todos sentidos
-y contando al propio tiempo.</p>
-
-<p>El ruido de la ciudad llegaba a
-sus oídos convertido en una especie
-de sordo redoblar de tambores
-mezclado con estridentes voces
-humanas.</p>
-
-<p>&mdash;Cinco pasos por cuatro y medio...
-Hacía zapatos... cinco pasos
-por cuatro y medio... hacía zapatos...
-zapatos...</p>
-
-<p>El prisionero aceleraba el paso
-y procuraba contar, a fin de
-ahuyentar la idea del que hacía
-zapatos, que amenazaba convertirse
-en idea fija.</p>
-
-<p>&mdash;Los espectros se han desvanecido
-en cuanto traspasé la puerta
-de la reja&mdash;seguía pensando.&mdash;Vi
-entre ellos el de una señora
-vestida de negro, que estaba
-apoyada sobre el alféizar de la
-ventana. La luz daba de lleno
-sobre su cabellera de oro, y parecía
-a... ¡Dios mío... Dios mío!...
-¿Volveré algún día a transitar
-por las aldeas visitadas por la luz
-del sol, por las aldeas donde despiertan
-las gentes? Hacía zapatos...
-hacía zapatos... hacía zapatos...
-Cinco pasos por cuatro y
-medio... cinco pasos por cuatro
-y medio...</p>
-
-<p>Caminaba el prisionero cada
-vez con mayor celeridad, siempre
-embebido en las mismas ideas,
-siempre contando, siempre teniendo
-ante los ojos de la imaginación
-la visión del zapatero,
-mientras el estruendo de la ciudad
-continuaba sonando en sus oídos
-como sordo redoblar de tambores
-mezclado con llantos de voces
-que conocía y quería, con ayes
-desgarradores emitidos por gargantas
-que hasta entonces apenas
-dieron salida a sonidos que no
-fueran reflejo de la alegría del
-corazón.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="III_II">II.<br />LA PIEDRA DE AFILAR</h3></div>
-
-
-<p>El Banco Tellson, establecido
-en el Barrio Saint Germain de
-París, ocupaba un ala de un edificio
-inmenso, precedido por un jardín
-separado de la calle por un
-muro de bastante altura y una
-verja muy sólida. Era el inmueble
-propiedad de un noble de los más
-poderosos del reino, que había
-vivido en él hasta que las perturbaciones
-de la época le obligaron
-a emprender la fuga, envuelto en
-la indumentaria de su cocinero,
-y a cruzar la frontera. Aunque en
-realidad quedaba reducido a la
-condición de pieza de caza que
-consiguió burlar las acometidas
-de los ojeadores y de los monteros,
-no por ello dejaba de ser el mismo
-señor, cuya importante operación
-de preparar el chocolate y de llevarlos
-a sus gloriosos labios, exigía
-los esfuerzos de tres servidores,
-aparte de los del cocinero.</p>
-
-<p>Habíase ido el señor; sus servidores
-se absolvieron a sí mismos
-del horrendo pecado de haber recibido
-los salarios de aquél mostrándose
-perfectamente dispuestos
-a rebanarle el pescuezo sobre
-el flamante altar de la República
-Una e Indivisible, de la Libertad,
-de la Igualdad, de la Fraternidad
-o Muerte, y el suntuoso inmueble
-del señor fué primero secuestrado
-y luego confiscado. Las cosas se
-hacían con tan vertiginosa rapidez,
-y los decretos se sucedían
-con precipitación tan fiera, que a
-la tercera noche del mes de septiembre,
-patriotas emisarios de la
-ley se habían posesionado de la
-casa en cuestión, la habían purificado
-haciendo tremolar sobre
-ella la bandera tricolor, y fumaban
-y se emborrachaban bonitamente
-en sus suntuosas habitaciones.</p>
-
-<p>Si la Casa Tellson de Londres
-se hubiese parecido a la Casa
-Tellson de París, a buen seguro
-que los londinenses la hubiesen
-visto figurar muy en breve entre
-los quebrados que merecían aparecer
-en la Gaceta. ¿Qué habría
-dicho la espetada respetabilidad
-inglesa, si en el vestíbulo de un
-Banco hubiese encontrado abundantes
-macetas plantadas de naranjos,
-y... ¡horror! la figura de un
-Cupido presidiendo la caja? Y, sin
-embargo, por inconcebible que
-parezca, tal ocurría en el Banco
-Tellson de París. Cierto que Tellson
-había blanqueado con algunas
-manos de cal el Cupido del testero,
-pero quedaba el del techo, muy
-ligero de ropas, contemplando con
-mirada ansiosa la caja (es lo que
-suele hacer de ordinario) desde
-que amanecía hasta que cerraba
-la noche. La quiebra más tremenda
-hubiese sido consecuencia fatal
-e inevitable de la presencia de
-aquel agradable pagano en la calle
-Lombard de Londres, si ya no
-hubieran bastado para producirla
-una alcoba medio oculta entre<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>
-ricos cortinones, delante de la cual
-estaba el niño de las travesuras,
-el inmenso espejo que en el muro
-habían dejado, y los empleados
-mismos, no tan viejos como era
-de desear, que no tenían el menor
-reparo en bailar en público a
-poco que se les instase a hacerlo.
-Verdad es que un Tellson francés
-podía permitirse todo eso y aún
-más, sin escándalo de nadie, sin
-que capitalista alguno soñase siquiera
-en retirar por causas tan
-insignificantes sus capitales.</p>
-
-<p>Cuánto dinero saldría en lo sucesivo
-de las cajas de la Casa
-Tellson de París, cuánto habría de
-quedar allí perdido y olvidado,
-cuánta plata, cuántas joyas perderían
-su brillo inmaculado en las
-cámaras secretas del establecimiento,
-mientras sus dueños lo
-perdían en los calabozos o en el
-cadalso, cuántas cuentas corrientes
-del Banco quedarían sin saldar
-en este mundo y pasarían al otro,
-es lo que ningún mortal hubiese
-podido decir, lo que ni aproximadamente
-logró conjeturar aquella
-noche el mismísimo Mauricio Lorry,
-no obstante haberse repetido
-cientos de veces estas preguntas.
-Sentado junto a la chimenea en
-la que ardían chisporroteando algunos
-leños (aquel año estéril
-e infecundo había adelantado la
-estación de los fríos), su rostro,
-reflejo de honradez, presentaba
-sombras que no proyectaba la
-lámpara pendiente del techo ni
-ninguno de los objetos que en la
-estancia había.</p>
-
-<p>Ocupaba Lorry habitaciones en
-el edificio del Banco, a lo que le
-daba derecho indiscutible su probada
-fidelidad a la casa de la cual
-formaba parte integrante. Creían
-muchos que era garantía de seguridad
-para el establecimiento la
-ocupación patriótica de casi todo
-el edificio, aunque el leal Lorry
-jamás participó de semejante
-creencia. Cuanto ocurría en París
-érale indiferente, pues para él, lo
-único que excitaba su interés, era
-el cumplimiento de su deber. En
-el fondo del jardín, bajo una techumbre
-sostenida por graciosas
-columnas, había una cochera, en
-la cual quedaban algunos de los
-carruajes del señor. Sujetas a dos
-columnas había dos antorchas encendidas,
-y al pie, colocada de
-manera que recibiera la luz de
-aquéllas, una piedra de afilar,
-montada de cualquier manera,
-que sin duda había sido traída
-de cualquier herrería o carpintería
-inmediata. Lorry, que se levantó
-del asiento y se asomó a
-la ventana, retiróse con un estremecimiento
-al ver aquel objeto
-inofensivo.</p>
-
-<p>Hasta en la habitación que trabajaba
-Lorry llegaba el sordo
-rumor de las calles, al que de vez
-en cuando se unían ruidos que
-parecían proceder de un mundo
-fantástico, ruidos inauditos por
-lo terribles que se elevaban desde
-la tierra al cielo.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias a Dios&mdash;dijo Lorry
-juntando las manos,&mdash;ninguna
-persona querida tengo a mi lado<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>
-esta noche pavorosa. ¡Mire el
-Altísimo con ojos compasivos a
-cuantos se ven en peligro!</p>
-
-<p>Apenas había pronunciado estas
-palabras, cuando sonó la campana
-de la verja.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda vuelven&mdash;pensó
-Lorry.</p>
-
-<p>Permaneció sentado y escuchando;
-mas como no oyera rumor
-de pasos en el vestíbulo, como
-esperaba, ni sonara tampoco la
-verja al ser cerrada de nuevo,
-asaltaron al buen Lorry temores
-vagos con respecto al Banco.
-Tranquilizóse, sin embargo, convencido
-de que estaba bien guardado
-por hombres de confianza
-absoluta. Iba a reanudar sus tareas,
-cuando bruscamente se abrió
-la puerta de su habitación y en
-su umbral aparecieron dos personas,
-a cuya vista retrocedió Lorry,
-presa del pasmo más violento que
-en su vida experimentara.</p>
-
-<p>Lucía y su padre; Lucía, que
-le tendía con ademán suplicante
-las manos y le miraba con expresión
-de quien en sus ojos tiene
-concentrada su vida entera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lucía... Manette!... ¿Qué es
-esto?&mdash;exclamó Lorry, con asombro
-indescriptible&mdash;¿Qué pasa?
-¿Qué ocurre? ¿Qué les trae aquí?</p>
-
-<p>Lucía, pálida como un cadáver,
-cayó sollozante en los brazos del
-anciano amigo de su infancia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh... amigo querido! Mi marido...</p>
-
-<p>&mdash;¿Su marido, Lucía?</p>
-
-<p>&mdash;Carlos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay de Carlos?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí... en París.</p>
-
-<p>&mdash;¿En París?</p>
-
-<p>&mdash;Lleva aquí algunos días...
-tres o cuatro... no sé cuántos...
-Me es imposible poner orden en
-mis pensamientos... Le trajo aquí
-una idea generosa que nos es desconocida;
-fué detenido en la barrera
-y conducido a la cárcel.</p>
-
-<p>El anciano lanzó un grito de
-espanto. Casi al mismo tiempo
-sonó la campana de la verja y se
-oyeron en el jardín voces mezcladas
-con rumor de pasos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ruido es ése?&mdash;preguntó
-el doctor, dirigiéndose a la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;¡No se asome usted! ¡No mire
-fuera!... ¡Por lo que más quiera,
-Manette, por su vida... no toque
-la persiana!</p>
-
-<p>Volvióse el doctor, sin separar
-la mano de la falleba de la ventana,
-y con sonrisa fría y osada,
-contestó.</p>
-
-<p>&mdash;Mi querido amigo, en esta
-ciudad, mi vida es sagrada. He
-sido prisionero de la Bastilla. No
-hay un patriota en París... ¿qué
-digo en París? en ¡toda la Francia!...
-No hay un patriota en toda
-la Francia que, sabiendo que he
-sido prisionero de la Bastilla, se
-atreva a tocarme, como no sea
-para estrujarme a fuerza de abrazos
-o para llevarme en triunfo por
-las calles. Mis torturas antiguas
-me han dado influencia bastante
-para llegar hasta aquí sin encontrar
-obstáculos en las barreras y
-para obtener noticias sobre Carlos.
-Sabía yo que así sería, sabía<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span>
-yo que me sería fácil librar a Carlos
-de los peligros que le amenazan,
-y así se lo aseguré a Lucía...
-¿Pero qué ruido es ese?&mdash;terminó,
-volviéndose hacia la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;¡No mire usted!&mdash;gritó Lorry
-con acento desesperado&mdash;¡Usted
-tampoco, Lucía, mi querida Lucía!&mdash;añadió,
-pasando su brazo al
-rededor de su cintura.&mdash;Pero no
-tema... no se asuste. Juro que no
-sé que a Carlos le haya ocurrido
-mal alguno... que ni sospechaba
-siquiera que la fatalidad le hubiese
-traído a esta ciudad. ¿En qué
-cárcel está?</p>
-
-<p>&mdash;En la Force.</p>
-
-<p>&mdash;La Force. Si alguna vez ha
-sido usted valiente, Lucía, hija
-mía, si alguna vez se ha considerado
-con fuerzas para hacer algo
-útil, hoy más que nunca es preciso
-que recurra a todo su valor y
-a todo su esfuerzo para cumplir
-al pie de la letra lo que yo le diga,
-pues le aseguro que de ello depende
-mucho más de lo que usted
-pueda suponer, mucho más de lo
-que yo pudiera decirle. Lo que
-voy a suplicarle que por su Carlos
-haga, es lo más duro, lo más difícil
-que cabe pensar, porque precisamente
-voy a mandarle que se
-tranquilice, que no haga nada,
-que me obedezca, que me permita
-que la lleve a una habitación retirada
-de esta casa y que permanezca
-tranquila en ella, dejándonos
-solos a su padre y a mí por
-espacio de algunos minutos. ¡Por
-su Carlos querido, por la muerte,
-que hoy anda suelta por esta desdichada
-ciudad, seguro estoy que
-me obedecerá!</p>
-
-<p>&mdash;Acato sumisa sus deseos, porque
-veo en su cara que no puedo
-ni debo hacer otra cosa, y que en
-mi conveniencia inspira usted sus
-palabras.</p>
-
-<p>Lorry besó a Lucía e inmediatamente
-la acompañó a su habitación
-donde la dejó, cerrando, al
-salir, con llave la puerta. Volvió
-presuroso a reunirse con el doctor,
-abrió la ventana que daba al jardín,
-puso su diestra sobre el hombro
-de su amigo, y se asomó, indicando
-a éste que hiciera lo propio.</p>
-
-<p>Ante sus ojos había un grupo
-compacto de hombres y de mujeres,
-no muchos, es decir, no los
-bastantes, ni con mucho, para
-llenar el jardín, pues no pasarían
-de cuarenta o cincuenta. Las personas
-que ocupaban la casa les
-habían franqueado la entrada para
-que utilizasen la piedra de
-afilar, instalada allí para el servicio
-público, sin duda.</p>
-
-<p>Parece que nada de particular
-debería tener una piedra de afilar,
-ni mucho menos que a ella se
-acercasen afiladores; pero hiela
-la sangre pensar en aquellos horribles
-afiladores, tanto por su aspecto
-cuanto por la índole del
-trabajo, mejor dicho, por el objetivo
-del trabajo que realizaban.</p>
-
-<p>Daban vueltas a la piedra dos
-hombres cuyas caras eran más
-horribles y de expresión más cruel
-que las de los salvajes más feroces
-cuando ostentan sus prendas y
-pinturas más bárbaras. Falsas<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>
-cejas y bigotes falsos servían de
-adorno a unos rostros repugnantes,
-todos salpicados de sangre,
-rostros contraídos por la ira y el
-desenfreno. Mientras aquellos desalmados
-daban a la piedra vueltas
-y más vueltas, algunas mujeres
-aproximaban a sus labios vasijas
-llenas de vino. La escena no podía
-ser más nauseabunda ni más feroz.
-Sangre, vino y fuego eran los
-elementos constitutivos del cuadro;
-sangre que llenaba las caras
-y las manos de todos los monstruos
-que allí había, vino que rezumaban
-sus hediondas bocas, y
-fuego que brotaba en chispas
-brillantes de la piedra de afilar.
-Empujándose y atropellándose
-unos a otros en su afán de afilar
-cuanto antes sus instrumentos de
-matanza, se veían hombres desnudos
-de cintura arriba, tintos en
-sangre los brazos, los cuellos, las
-caras y el cuerpo; hombres cubiertos
-de harapos, con los harapos
-tintos en sangre; hombres engalanados
-con prendas de vestir mujeriles,
-con encajes, cintas y sedas,
-y las sedas y las cintas y los encajes
-tintos en sangre. Hachas, cuchillos,
-bayonetas, sables, espadas,
-todos los instrumentos que
-afilaban estaban tintos en sangre.
-Algunos llevaban las espadas o
-las hachas sujetas a las muñecas
-con tiras de tela o pedazos de
-vestidos; las ligaduras variaban,
-pero no el color, todas eran rojas.</p>
-
-<p>Lorry y el doctor retrocedieron
-no bien tropezaron sus ojos con
-la repugnante escena.</p>
-
-<p>&mdash;Están asesinando a los prisioneros&mdash;dijo
-Lorry, contestando
-a la pregunta muda que el doctor
-acababa de dirigirle.&mdash;Si tiene
-usted seguridad de lo que dice,
-si realmente posee la influencia
-que cree poseer, y que yo también
-creo que posee, dése a conocer a
-esos demonios y hágase llevar a
-La Force. Puede que sea ya tarde,
-quién sabe; pero de todas suertes,
-no pierda ni un segundo.</p>
-
-<p>El doctor Manette estrechó la
-mano de su amigo y, sin contestar
-palabra, sin cubrirse siquiera, bajó
-al jardín.</p>
-
-<p>Su pelo blanco como la nieve,
-su rostro, que no podía menos de
-llamar la atención, la decisión con
-que apartó las armas de aquella
-turba de monstruos, le abrieron
-el camino hasta el centro de la
-reunión, hasta la misma piedra de
-afilar. Lorry observó que callaban
-todos, que en medio de un silencio
-solemne se alzaba vibrante la
-voz del anciano, que todos escuchaban
-atentos, que todos miraban
-al orador con el respeto más
-profundo; y al cabo de breves
-minutos, vió que más de veinte
-hombres formaban compacto grupo,
-que rodeaban al doctor y,
-entronizándolo sobre sus hombros,
-salían a la calle gritando con
-entusiasmo delirante:</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva el prisionero de la Bastilla!</p>
-
-<p>&mdash;¡Queremos al pariente del
-de la Bastilla preso en La Force!</p>
-
-<p>&mdash;¡Paso al prisionero de la Bastilla!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>
-&mdash;¡Libertad al prisionero Evrémonde,
-encerrado en La Force!</p>
-
-<p>Lorry cerró la ventana muy
-esperanzado, y se apresuró a
-reunirse con Lucía, a la que refirió
-que su padre, auxiliado por
-el pueblo, había ido a buscar a su
-marido. Con Lucía estaba su hija
-y la señorita Pross, pero tal era
-la confusión del buen Lorry, que
-ni le sorprendió siquiera encontrarlas
-allí hasta mucho rato después.</p>
-
-<p>La noche fué horrible. Lucía,
-presa de estupor, estaba sentada
-en el suelo retorciéndose las manos,
-y la señorita Pross, después
-de acostar a la niña, cedió al sueño
-que la acosaba y quedó dormida
-con la cabeza doblada sobre la
-camita de la niña. ¡Noche horrible,
-durante la cual Lorry hubo
-de escuchar los constantes sollozos
-de la desventurada Lucía! ¡Noche
-horrible, noche eterna, noche
-de angustias, noche de ansiedad,
-noche pasada esperando la llegada
-de un padre que no llegaba,
-la llegada de noticias de un marido
-colocado al borde del sepulcro,
-y las noticias no venían!</p>
-
-<p>Dos veces más repicó con violencia
-la campana de la verja, dos
-veces más se repitió la irrupción,
-dos veces más pusieron en movimiento
-la piedra de afilar. Lucía
-se asustó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Silencio!&mdash;respondió Lorry.&mdash;Son
-los soldados que afilan sus
-espadas. La casa es hoy una propiedad
-nacional, hija mía.</p>
-
-<p>Alboreó el nuevo día. Lorry
-pudo desasirse de las crispadas
-manos de Lucía y se asomó a la
-ventana. Junto a la piedra de
-afilar, un hombre, cubierto de sangre
-de pies a cabeza, semejante
-a un soldado herido que recobra
-el conocimiento en el campo de
-batalla, se levantaba del suelo
-sobre el que había estado tendido
-y miraba con expresión estúpida
-en rededor. Aquel asesino cansado
-de matar vió los soberbios carruajes
-del señor, se dirigió a uno de
-ellos con paso vacilante, abrió la
-portezuela, y se encerró en su
-interior dispuesto a descansar de
-las fatigas de la noche sobre los
-mullidos almohadones.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_III">III.<br />LA SOMBRA</h3></div>
-
-
-<p>Una de las reflexiones primeras
-que sugirió al señor Lorry su
-entendimiento práctico, tan pronto
-como sonó al día siguiente la
-hora de dar comienzo a las operaciones
-del Banco, fué que carecía
-de derecho para crear dificultades
-y atraer peligros sobre el
-Banco Tellson, concediendo albergue
-en el edificio del mismo a la
-esposa de un emigrado preso. Sin
-un segundo de vacilación, con alegría,
-con toda su alma, hubiese
-sacrificado ante el altar del cariño
-que a Lucía y a su hija profesaba
-todo cuanto poseía, incluso su libertad
-y su vida; pero el gran esta<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>blecimiento
-bancario no era suyo,
-y en lo referente a negocios,
-Lorry era rígido, inflexible.</p>
-
-<p>Consecuencia de sus cavilaciones,
-fué pensar en Defarge, y al
-pensamiento siguió la decisión de
-llegarse a la taberna y rogar a
-su dueño que le indicase un refugio
-seguro para Lucía, si es que
-lo había en aquella ciudad perturbada,
-refugio que muy bien podía
-ser, si a ello se prestaba Defarge,
-el mismo sotabanco en que en tiempos
-pasados vivió el doctor Manette.
-Desechó, empero, este proyecto,
-apenas concebido, en atención
-a que la taberna estaba enclavada
-en el barrio más peligroso de la
-ciudad y a que Defarge, persona
-influyente, a no dudar, entre los
-habitantes de aquella región violenta,
-andaría metido de lleno
-en las empresas que allí se fraguaban
-y maduraban.</p>
-
-<p>Próximas ya las doce de la
-mañana, como el doctor no pareciera,
-y cada minuto que pasaba
-tendía a multiplicar el compromiso
-en que había colocado al Banco
-Tellson, Lorry decidió celebrar
-consejo con Lucía. Manifestó ésta
-que su padre le había hablado de
-alquilar una habitación en aquel
-mismo distrito, no lejos del Banco.
-Visto que el proyecto del doctor
-no estaba en oposición con
-los negocios del Banco, y previendo
-Lorry que por bien que la situación
-de Carlos se solucionara,
-aun cuando merced a la intervención
-e influencia del doctor fuese
-puesto en libertad, habría de serle
-imposible escapar de la ciudad,
-salió inmediatamente a buscar
-habitación conveniente y la encontró
-en una calle aislada rodeada
-de edificios deshabitados.</p>
-
-<p>Sin perder momento trasladó
-a la habitación mencionada a Lucía,
-a su hija y a la señorita Pross,
-a las cuales dió cuantos consuelos
-pudo, que fueron más de los que
-él mismo tenía. Dejó con ellas a
-Jeremías <i>Lapa</i> y volvió a engolfarse
-en sus ocupaciones.</p>
-
-<p>Pasó el resto del día triste,
-preocupado y receloso, hasta que
-llegó la hora de cerrar el establecimiento.
-Retiróse entonces a
-su habitación, como el día anterior,
-y estaba pensando en las
-resoluciones que le convendría
-adoptar, cuando oyó ruido de pasos
-en la escalera. Segundos después
-se le presentaba un hombre
-que, mirándole con mirada penetrante,
-se le dirigía por su nombre.</p>
-
-<p>&mdash;A su disposición, señor Lorry.
-¿Me conoce usted?</p>
-
-<p>Era un individuo de constitución
-sólida, de pelo negro naturalmente
-rizado y de unos cuarenta
-y cinco años de edad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me conoce usted?&mdash;repitió.</p>
-
-<p>&mdash;He visto a usted en alguna
-parte.</p>
-
-<p>&mdash;¿En mi tienda de vinos, quizás?</p>
-
-<p>Más interesado que nunca, y
-no poco agitado, preguntó Lorry:</p>
-
-<p>&mdash;¿Viene usted de parte del
-doctor Manette?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; vengo de parte del doctor
-Manette.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué dice? ¿Me envía algo?</p>
-
-<p>Defarge puso en la mano que
-anhelante le tendía Lorry un pedazo
-de papel, que contenía las
-palabras siguientes, escritas de
-puño del doctor:</p>
-
-<p>«Carlos sin novedad, pero no
-puedo yo abandonar el sitio en
-que me encuentro. He logrado
-que el portador de esta lleve dos
-líneas de Carlos para su mujer.
-Haga que el dador se vea con mi
-hija.»</p>
-
-<p>Estaba fechada la misiva en
-La Force una hora antes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted la bondad de
-acompañarme a la casa en que
-reside la esposa de Carlos?&mdash;preguntó
-Lorry, sin ocultar la alegría
-que la lectura del billete le había
-producido.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó Defarge.</p>
-
-<p>Sin parar mientes en el tono
-reservado y curiosamente mecánico
-con que Defarge hablaba,
-Lorry se encasquetó el sombrero
-y bajó con su visitante al jardín,
-donde encontraron a dos mujeres,
-una de ellas haciendo calceta.</p>
-
-<p>&mdash;¿La señora Defarge?&mdash;preguntó
-Lorry, quien la había dejado
-ocupada en lo mismo diez y
-siete años antes.</p>
-
-<p>&mdash;La misma&mdash;contestó el marido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Viene con nosotros su señora?&mdash;preguntó
-Lorry, al observar
-que las mujeres echaban a andar.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Viene para reconocer las
-caras y conocer a las personas.
-Es una medida que conviene a la
-hija del doctor.</p>
-
-<p>Lorry, a quien comenzaron a
-parecerle extrañas la actitud y
-palabras de Defarge, dirigióle una
-mirada recelosa y continuó andando.
-Siguieron las dos mujeres, una
-de las cuales era la llamada La
-Venganza.</p>
-
-<p>Cruzaron las calles inmediatas
-con cuanta rapidez les fué posible,
-subieron la escalera del domicilio
-de Lucía, Jeremías les franqueó
-la entrada, y encontraron a la
-esposa de Carlos sola y llorando.
-Las noticias que acerca de su marido
-la dió Lorry la llenaron de
-alegría, y estrechó con efusión la
-mano que la entregaba las breves
-palabras escritas por su Carlos...
-sin pensar en lo que la noche anterior
-había estado haciendo aquella
-mano muy cerca de la persona
-de su marido, ni en lo que con
-éste hubiese hecho de no impedirlo
-una casualidad feliz.</p>
-
-<p>«Valor, queridita mía. Estoy
-bien, y tu padre goza de influencia
-sobre los que me rodean. No puedes
-contestarme. Besa por mí a
-nuestro ángel.»</p>
-
-<p>Nada más decía el billete. Era,
-sin embargo, tanto para la desventurada
-que acababa de recibirlo,
-que en su agradecimiento se volvió
-hacia la mujer de Defarge y
-besó con efusión las manos que
-hacían calceta. Fué un acto de
-esposa apasionada, amante, agradecida;
-pero la mano que de aquel
-fué objeto no lo contestó. Separóse
-de sus labios pesada, fría como
-el hielo, y continuó haciendo media.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span></p>
-
-<p>Algo encontró Lucía en aquella
-mano que la estremeció. En el
-instante mismo en que llevaba
-la diestra a su seno para guardar
-allí el billete recibido, sus ojos,
-clavados en el rostro de la tabernera,
-reflejaron un terror infinito.
-La señora Defarge contestó a su
-mirada con otra que rebosaba impasibilidad,
-hielo.</p>
-
-<p>&mdash;Mi querida Lucía&mdash;dijo Lorry,
-tratando de explicar la presencia
-de las mujeres,&mdash;son muy
-frecuentes las conmociones en las
-calles, y aunque no es probable
-que nadie moleste a usted, ha
-venido la señora Defarge con
-objeto de ver a las personas hasta
-las cuales puede extender su protección,
-pues conviene que las
-conozca bien a fin de poder identificarlas
-en cualquier momento
-dado. Creo, ciudadano Defarge&mdash;terminó
-sin atreverse a prodigar
-nuevas palabras de consuelo,&mdash;que
-he expuesto la verdad del
-caso, ¿no es cierto?</p>
-
-<p>Defarge dirigió a su mujer una
-mirada sombría y se limitó a
-exteriorizar su conformidad por
-medio de un gruñido.</p>
-
-<p>&mdash;Creo, Lucía, que sería conveniente
-que salieran la niña y
-la señorita Pross&mdash;repuso Lorry.&mdash;Nuestra
-excelente Pross, Defarge,
-es una señora inglesa, que
-desconoce por completo el francés.</p>
-
-<p>La señora en cuestión, en cuyo
-pecho arraigaba muy honda la
-creencia de que se bastaba y hasta
-se sobraba para poner en cintura
-a cualquier extranjero, y no había
-perdido su serenidad de ánimo,
-no obstante las perturbaciones y
-anarquía reinantes en París, se
-presentó con los brazos cruzados,
-y dirigió una mirada castizamente
-inglesa a La Venganza, con cuyos
-ojos tropezaron desde el primer
-momento los suyos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, descarada!&mdash;dijo en
-inglés.&mdash;Me alegro de verla buena.</p>
-
-<p>También dirigió una o dos palabras
-a la señora Defarge; pero ni
-la una ni la otra tuvieron por
-conveniente contestar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es ésa la niña?&mdash;preguntó
-la señora Defarge, suspendiendo
-por primera vez su tarea y apuntando
-a Lucía con la aguja de
-hacer media cual si fuera el dedo
-de la Fatalidad.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora&mdash;contestó Lorry.&mdash;Esa
-es la hija adorada y única
-de nuestro pobre prisionero.</p>
-
-<p>La sombra que acompañaba
-a la señora Defarge y compañeros
-tomó tonos tan tétricos y amenazadores,
-que la pobre madre cayó
-instintivamente de rodillas al lado
-de su hija y la estrechó contra
-su amante pecho. La sombra que
-acompañaba a la señora Defarge
-y compañeros pareció extenderse
-entonces negra, amenazadora, sobre
-la madre y la hija.</p>
-
-<p>&mdash;No hace falta más&mdash;dijo la
-tabernera.&mdash;Los hemos visto ya.
-Vámonos.</p>
-
-<p>Aquellas palabras entrañaban
-amenazas muy encubiertas, sí,
-pero no tanto que no las penetrase
-el instinto maternal. He aquí por
-qué Lucía, tendiendo sus brazos<span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span>
-suplicantes hacia la señora Defarge,
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Tratarán con bondad a mi
-pobre marido? ¿Verdad que no le
-harán daño? ¿Que me conseguirán
-que pueda verle, si de ustedes
-depende?</p>
-
-<p>&mdash;No es tu marido el que aquí
-me ha traído&mdash;replicó la señora
-Defarge, mirando a Lucía con
-calma espantosa.&mdash;Lo único que
-me interesa es la hija de tu padre.</p>
-
-<p>&mdash;Por mí, pues, sea compasiva
-con mi marido... ¡por mí y por mi
-pobre hijita! ¡Mi hija tiende conmigo
-hacia ustedes sus manecitas
-y las suplica que no cierren su
-corazón a la voz de la piedad! ¡Más
-miedo nos inspiran ustedes que
-toda la ciudad junta!</p>
-
-<p>La Defarge recibió esta frase
-última como un cumplimiento,
-y volvió sus ojos hacia su marido.
-Este, que escuchaba a Lucía mordiendo
-la uña de su pulgar, acentuó
-la expresión dura de su rostro
-al sentir sobre él la mirada de
-su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que en esa cartita
-te dice tu marido?&mdash;preguntó la
-tabernera con sonrisa sarcástica.&mdash;¿No
-habla sobre influencia?</p>
-
-<p>&mdash;Dice que mi padre goza alguna
-influencia sobre los que le rodean&mdash;contestó
-Lucía, sacando
-apresuradamente el billete del
-pecho, pero con sus ojos llenos
-de alarma puestos sobre su interlocutora
-y no sobre el papel.</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso, él le salvará&mdash;observó
-la tabernera;&mdash;no tenemos
-por qué mezclarnos nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Como esposa y como madre&mdash;exclamó
-Lucía con expresión
-de ansiedad inmensa,&mdash;imploro la
-piedad de ustedes y les pido de
-rodillas que no empleen el poder
-que poseen en contra de mi marido,
-sino en su favor. ¡Hermanas
-mías... hermanas mías! ¡Acuérdense
-de que es una esposa y una madre
-la que se lo ruega!</p>
-
-<p>La señora Defarge miró a la
-suplicante con la frialdad de siempre,
-y dijo, volviendo su rostro
-hacia La Venganza:</p>
-
-<p>&mdash;Las esposas y madres que
-desde que nacimos, o poco menos,
-estamos acostumbradas a ver,
-han sido tratadas con grandes
-consideraciones, ¿verdad? ¿No es
-cierto que con gran frecuencia
-hemos visto a sus maridos y a sus
-padres sepultados en inmundos
-calabozos? Desde que vinimos
-al mundo, ¿no hemos visto sufrir
-a nuestras hermanas, en sus personas
-y en las de sus hijos, pobrezas,
-desnudeces, hambres, sed, enfermedades,
-miserias, opresiones
-y desprecios de toda clase?</p>
-
-<p>&mdash;Jamás vimos otra cosa&mdash;respondió
-La Venganza.</p>
-
-<p>&mdash;Todas esas cosas las hemos
-sufrido durante mucho, muchísimo
-tiempo&mdash;repuso la tabernera
-dirigiéndose a Lucía.&mdash;Ahora dime,
-juzga por ti misma; ¿crees
-probable que el dolor de una esposa
-y la ansiedad de una madre
-hagan mella en nosotras?</p>
-
-<p>Continuó haciendo media y salió.
-Tras ella echó a andar La
-Venganza y Defarge salió el últi<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>mo,
-cerrando la puerta al salir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Valor, mi querida Lucía!&mdash;exclamó
-Lorry, alzándola del suelo.&mdash;¡Valor
-y valor! Hasta ahora
-todo va bien... mucho, muchísimo
-mejor de lo que podíamos prometernos.
-¡Levante su corazón, querida
-Lucía, y demos gracias al
-Cielo!</p>
-
-<p>&mdash;No me falta un corazón agradecido
-ni dejo de abrigar esperanzas;
-pero aquellas mujeres horribles
-son como sombras negras que
-obscurecen el cielo de mis esperanzas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chitón, chitón!&mdash;exclamó
-Lorry&mdash;¿Cómo se entiende? ¿Es
-posible que en ese bravo corazoncito
-tenga entrada el abatimiento?
-¡Sombras! Las sombras nada significan,
-Lucía, son inconsistentes...
-¡nada!</p>
-
-<p>Pese a sus palabras él mismo
-sentía también la influencia, la
-opresión, de aquellas sombras fatídicas
-y, aunque no lo confesaba,
-es lo cierto que le preocupaban
-y perturbaban en extremo.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_IV">IV.<br />CALMA EN LA TORMENTA</h3></div>
-
-
-<p>Cuatro días duró la ausencia
-del doctor Manette.</p>
-
-<p>Con tal diligencia ocultaron a
-Lucía la mayor parte de los horrorosos
-acontecimientos ocurridos
-en ese lapso de tiempo, que hasta
-mucho tiempo después, cuando ya
-se encontraba a gran distancia del
-territorio francés, no supo que mil
-cien prisioneros indefensos, de ambos
-sexos y de todas las edades,
-habían sido brutalmente asesinados
-por un populacho ebrio de
-sangre, que durante aquellos
-cuatro días con sus noches no cesaron
-ni por un segundo las hazañas
-de horror, que las calles de la
-ciudad en que vivía estaban inundadas
-de sangre y que la atmósfera
-que respiraba era una atmósfera
-saturada de emanaciones de
-sangre. Las únicas noticias que
-a sus oídos llegaron fueron que el
-populacho había atacado las prisiones,
-que todos los presos políticos
-habían corrido serios peligros,
-y que algunos habían sido
-arrastrados por las calles y asesinados.</p>
-
-<p>El doctor comunicó al señor
-Lorry, no sin exigirle el secreto
-más absoluto, que las turbas le
-obligaron a presenciar brutales
-escenas de carnicería y de sangre
-en la prisión de La Force; que
-allí había encontrado en funciones
-permanentes a un Tribunal,
-ante el cual eran presentados uno
-a uno los prisioneros, que inmediatamente
-eran condenados a
-muerte y ejecutados, o puestos en
-libertad (muy pocos), o bien encerrados
-de nuevo en sus celdas.
-Añadió que, habiéndole presentado
-al Tribunal en cuestión los patriotas
-que le acompañaban, expuso
-él su nombre y su profesión
-e hizo constar que, sin previa acusación,
-y como consecuencia sin
-previa sentencia, había sido por<span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span>
-espacio de diez y ocho años prisionero
-secreto de la Bastilla; y
-que uno de los individuos que
-componían el Tribunal se levantó
-y le identificó, resultando ser Defarge
-el individuo de referencia.</p>
-
-<p>Dijo que por los registros que
-sobre la mesa del Tribunal había
-pudo cerciorarse de que su yerno
-figuraba entre los prisioneros vivos,
-y que le defendió con gran
-calor ante el Tribunal, algunos de
-cuyos miembros roncaban desaforadamente
-mientras otros estaban
-despiertos, y entre los cuales los
-había manchados con sangre de
-pies a cabeza y limpios de crímenes
-(muy pocos), algunos sobrios
-y otros borrachos (casi todos), en
-honor a la Libertad. Que en el
-primer momento de entusiasmo,
-consiguiente a la presencia en
-aquel lugar de un hombre que
-tanto había sufrido, de un mártir
-torturado por la situación derribada,
-le concedieron que Carlos
-compareciera inmediatamente ante
-aquel Tribunal extraño y fuera
-examinado. Que cuando todo hacía
-suponer que iban a decretar
-su libertad, las corrientes decididamente
-favorables tropezaron
-con obstáculos, cuyo origen y
-naturaleza eran misterios para
-el doctor, los cuales dieron margen
-a una conferencia secreta. Que el
-sujeto que ocupaba el sillón presidencial
-manifestó seguidamente
-al doctor que el prisionero debía
-continuar recluído, aunque, en
-atención a las torturas del doctor,
-la persona de aquél sería inviolable.
-Que inmediatamente, a una
-señal del presidente, el prisionero
-fué conducido de nuevo a su calabozo,
-pero que él, el doctor, con
-tal insistencia solicitó permiso para
-permanecer allí a fin de asegurarse
-de que su yerno, por equivocación
-o por malicia, no era
-entregado a las turbas, cuyos feroces
-aullidos ensordecían a los jueces,
-que le fué concedida la autorización
-solicitada, y que no se
-movió de la Sala de la Sangre
-hasta que finalizó la escena última
-del sangriento drama.</p>
-
-<p>Imposible detallar todas las
-brutalidades, todos los actos de
-feroz salvajismo que hubo de
-presenciar el doctor durante
-aquellos cuatro días con sus noches.
-La loca alegría a que se
-entregaban los prisioneros que
-conseguían un fallo absolutorio
-le impresionó casi tanto como la
-loca ferocidad con que el populacho
-hacía pedazos a los que resultaban
-condenados. Hubo un prisionero
-a quien el Tribunal declaró
-absuelto y que, al salir libre a la
-calle, un monstruo, por equivocación
-sin duda, le asestó una lanzada.
-El doctor Manette, a quien
-rogaron que saliera a curar al
-herido, salió inmediatamente a
-la calle y le encontró rodeado y
-atendido por infinidad de compasivos
-Samaritanos, sentados todos
-ellos sobre los cadáveres de sus
-víctimas. Dando pruebas de una
-inconsistencia inconcebible por lo
-monstruosa, ayudaron al doctor,
-atendieron al herido con solicitud<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span>
-ejemplar, improvisaron una camilla
-y lo transportaron... pero hundiendo
-una vez más sus armas asesinas
-en los cadáveres que llenaban
-la calle y realizando otras
-brutalidades tan repugnantes, que
-el doctor hubo de cubrirse los
-ojos con las manos, y ni aun así
-pudo evitar caer desmayado en
-medio de aquellas fieras.</p>
-
-<p>Vivos temores asaltaron al buen
-Lorry, mientras escuchaba el pavoroso
-relato de labios de su amigo,
-cuya edad frisaba ya en los
-sesenta y dos años, de que las
-espantosas escenas que había presenciado
-dieran vida nueva al
-peligro antiguo. Acaso se equivocase,
-sin embargo, y la causa de
-su equivocación fuera el hecho
-de no haber visto nunca a su amigo
-bajo el aspecto y carácter en
-que entonces le veía. Por primera
-vez en su vida comprendía el
-doctor que sus sufrimientos pasados
-eran para él fuente de energías
-y de influencia; por primera vez
-sintió que en aquella fragua
-ardiente forjaba poco a poco los
-hierros que habían de quebrantar
-las puertas de la prisión en que
-estaba encerrado el marido de su
-hija y concederle la libertad.</p>
-
-<p>&mdash;En medio de todo fué un
-bien, amigo mío; no todo han
-sido calamidades y ruinas. De la
-misma manera que mi hija idolatrada
-hizo cuanto humanamente
-podía hacer para que yo recobrara
-la salud del cuerpo y la del alma,
-yo no descansaré hasta que la
-devuelva a ella lo que constituye
-la porción más querida de sí misma.
-¡Con la ayuda del Cielo lo
-haré!</p>
-
-<p>Tales fueron las palabras pronunciadas
-por el doctor Manette,
-una vez hubo terminado la exposición
-de hechos. Y cuando Mauricio
-Lorry vió chispear en sus
-ojos el fuego del entusiasmo, y
-cuando reparó en la serenidad
-tranquila de aquel hombre, cuya
-vida, paralizada por espacio de
-varios años, resurgía de nuevo
-pletórica de energías, abrió su
-pecho a la esperanza, y creyó.</p>
-
-<p>Obstáculos mucho mayores
-que los que ante el doctor se alzaban
-habrían cedido ante una
-perseverancia tan indomable como
-la suya. Sin rebasar los linderos
-de su profesión como médico,
-cuya misión es alternar con todas
-las clases y condiciones sociales,
-tanto con los presos como con los
-que de libertad gozan, lo mismo
-con los ricos que con los pobres,
-sin distinción de opresores y de
-oprimidos, de buenos y de malos,
-de sabios y de ignorantes, con tal
-sagacidad supo emplear su influencia,
-que no tardó en ser nombrado
-médico inspector de las
-cárceles, y como consecuencia,
-de la de La Force. Pudo asegurar
-a Lucía que su marido ya no permanecía
-solo en una celda aislada,
-sino mezclado con la generalidad
-de los prisioneros; pudo visitar
-una vez a la semana al marido de
-su hija y transmitir a ésta mensajes
-de aquél; consiguió que Lucía
-recibiera algunas cartas de su ma<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>rido,
-bien que nunca por conducto
-del mismo doctor, pero no consintió
-que aquélla las dirigiera a
-Carlos, pues entre todos los emigrados
-que sufrían en las cárceles,
-ninguno despertaba en el populacho
-tantas sospechas como
-aquellos de quienes se sabía que
-tenían parientes fuera.</p>
-
-<p>No cabe dudar que aquella
-fase nueva de la vida del doctor
-llevaba consigo ansiedades sin
-cuento, pero Lorry, a quien no
-faltaba sagacidad, comprendió
-desde el primer momento que a las
-ansiedades se unía cierto orgullo
-que actuaba en ella como poderoso
-sostén. Nada de inconveniente
-tenía aquel orgullo, al contrario,
-era un orgullo natural y digno.
-Sin embargo, Lorry lo observaba
-como curiosidad digna de estudio.
-Sabía el doctor que hasta entonces,
-tanto su hija como su amigo
-habían atribuído a sus largos años
-de encierro su aflicción personal,
-su debilidad, su agotamiento. Pero
-las circunstancias habían variado
-radicalmente; y persuadido de
-que sus antiguas torturas le hicieron
-dueño de fuerzas que podía
-poner al servicio de la causa de
-Carlos, de fuerzas que bien empleadas
-podían dar como resultado
-la libertad del marido de su
-hija, llegó a exaltarse en tales
-términos, que tomó la dirección
-del asunto y aceptó a los demás
-en calidad de cooperadores secundarios,
-como acepta el que se
-considera fuerte el auxilio de
-otras personas a quienes tiene por
-débiles. Se invirtieron las posiciones
-respectivas del doctor y de su
-hija, bien que solamente en lo que
-podían invertirse sin menoscabo
-del cariño más tierno y del amor
-más acendrado, pues el padre cifraba
-todo su orgullo en prestar
-algún servicio a la que tan inmensos
-se los había prestado a él.</p>
-
-<p>&mdash;El fenómeno es muy curioso&mdash;pensaba
-Lorry;&mdash;pero muy natural
-y muy noble. Toma, pues, la jefatura,
-mi querido amigo, encárgate
-de la dirección y consérvala:
-no puede estar en mejores manos.</p>
-
-<p>Mucho trabajó el doctor para
-conseguir que su yerno fuera puesto
-en libertad, o bien para que
-compareciera ante el Tribunal que
-decidiera su suerte, mas no logró
-vencer las corrientes arrolladoras
-entonces desencadenadas. Había
-alboreado una era nueva, el Rey
-había sido sentenciado, condenado
-y decapitado; la República de
-la Libertad, de la Igualdad, de la
-Fraternidad o la Muerte había
-declarado que vencería al mundo
-alzado en armas contra ella o
-moriría; en lo alto de las torres
-de Nuestra Señora flameaba día
-y noche la bandera negra; trescientos
-mil hombres, evocados
-por el soplo potente que los llamaba
-para combatir a los tiranos
-de la tierra, brotaron de las distintas
-provincias de Francia, cual
-si los dientes del feroz dragón,
-sembrados al vuelo, hubiesen nacido
-y fructificado por igual en
-las montañas y en las llanuras,
-en las rocas y en la grava, en los<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>
-terrenos secos y en los pantanosos,
-bajo el hermoso cielo meridional
-y bajo el brumoso del norte, en
-los eriales y en los bosques, en
-las viñas y en los olivares, entre
-los trigos y entre las hierbas, en
-las hermosas vegas bañadas por los
-ríos y en las arenosas playas besadas
-por el mar. ¿Qué esfuerzo
-particular, por inmenso que fuera,
-era capaz de luchar contra el
-diluvio del Año Uno de la Libertad...
-un diluvio que brotaba abajo
-en vez de venir de las nubes,
-un diluvio que anegaba a Francia
-estando cerradas las compuertas
-de los cielos?</p>
-
-<p>Del suelo francés habían quedado
-desterradas la pausa, la piedad,
-la compasión, la paz, el descanso,
-el sosiego, la medición del
-tiempo. Los días y las noches se
-sucedían como siempre, es verdad;
-a la noche seguía la mañana y
-comenzaba un día nuevo, pero la
-cuenta del tiempo no pasaba de
-allí, pues su percepción se había
-perdido en la fiebre devoradora de
-una nación, de la misma manera
-que la pierde un enfermo en su
-fiebre individual. Hoy interrumpía
-el silencio sobrenatural de toda
-una ciudad el verdugo, mostrando
-al pueblo la cabeza del
-Rey, y otro día presentaba la
-cabeza de una Reina célebre por
-su hermosura, que no necesitó
-más que ocho meses de viudez y
-de miserias para que sus cabellos
-sé trocaran de rubios que eran
-en blancos como la nieve.</p>
-
-<p>Sin embargo, cumpliéndose una
-vez más la ley extraña de las
-contradicciones, el tiempo, no obstante
-volar con vertiginosa rapidez,
-parecía arrastrarse con lentitud
-desesperante. Un tribunal
-revolucionario en la capital y
-cuarenta y cinco mil comités
-revolucionarios funcionando en la
-nación; una Ley de Sospechosos
-que barrió las garantías en que
-descansan la libertad y la vida y
-entregó a toda persona buena o
-inocente en manos de cualquier
-malvado, de cualquier criminal;
-prisiones atestadas de gente que no
-habían cometido falta alguna y
-a quienes se cerraban todos los
-caminos que pudieran conducir a
-su justificación, tales eran los
-principios en que descansaba el
-orden social establecido, principios
-que parecían de uso antiguo
-a las pocas semanas de implantados.
-Por encima de todo, descollaba
-una figura fatídica que con
-rapidez brutal se hizo tan familiar
-a los franceses como si fuera
-anterior a los fundamentos del
-mundo; la figura de la esposa llamada
-Guillotina.</p>
-
-<p>El pueblo la había convertido
-en manantial inagotable de chistes.
-Era el remedio más eficaz
-para curar el dolor de cabeza, el
-preventivo más infalible contra
-las canas y la calvicie, daba al
-cutis una delicadeza especial, era
-la Navaja Barbera Nacional que
-mejor afeitaba, el que tenía la
-suerte de besar a la Guillotina,
-miraba por un agujerito y estornudaba
-dentro de un cesto; era<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-el signo de la regeneración del
-género humano y había eclipsado
-a la Cruz. Muchas gargantas que
-antes llevaron crucecitas ostentaban
-ahora dijes-guillotina y
-eran infinitos los que jamás creyeron
-en la Cruz y, sin embargo,
-creían en la Guillotina y ante
-ella se postraban.</p>
-
-<p>Tantas eran las cabezas que
-cortaba, que lo mismo que el
-feroz aparato como el suelo que
-deshonraba rezumaban sangre.
-Formada de varias piezas desmontables,
-como los rompe-cabezas,
-la armaban cuantas veces
-debía entrar en funciones. Era
-una señora cuya misión principal
-consistía en hacer enmudecer a
-la elocuencia, en humillar a los
-poderosos y en concluir con la
-hermosura y con la bondad. En
-una mañana, y en veintidós minutos,
-había rebanado veintidós
-cabezas de otros tantos amigos
-del bien público, de ellos veintiuno
-vivos, y uno muerto antes de subir
-al tablado fatal. El funcionario
-público encargado de manejarla
-había heredado el nombre de
-aquel prodigio de fuerzas de que
-nos habla el Antiguo Testamento;
-pero el Sansón francés, armado
-de la Guillotina, era mucho más
-fuerte y robusto que su tocayo
-israelita, y más ciego y más bruto,
-pues todos los días y a todas
-horas arrancaba las puertas del
-mismo Templo de Dios.</p>
-
-<p>Caminaba el doctor Manette
-entre estos horrores y entre la
-ralea que los producía con la cabeza
-firme, lleno de confianza en
-su poder, siempre tendiendo al
-fin que se había prefijado, bien
-que cautelosamente, y sin poner
-en tela de juicio que el resultado
-de sus esfuerzos sería en definitiva
-la libertad del marido de Lucía.
-Era, empero, tan impetuosa la
-corriente del tiempo, tan profundas
-las aguas, volaba aquél con
-furia tan tremenda, que Carlos
-continuaba pudriéndose en la cárcel
-a los quince meses de haber
-entrado en ella sin que la robusta
-confianza del doctor se conmoviera.
-Durante el mes de diciembre,
-la Revolución arreció de tal manera
-en sus furias, que los ríos del
-Sur con dificultad podían correr
-por sus espaciosos cauces, llenos
-de montones de cadáveres de los
-que durante la noche eran ahogados
-violentamente en sus aguas.
-Los prisioneros eran arcabuceados
-por docenas, por cientos, por millares;
-pero el doctor continuaba
-avanzando entre tantos horrores
-con paso firme y cabeza sólida.
-En París no había hombre más
-conocido que él ni que en situación
-más extraña se encontrase. Silencioso,
-humano, indispensable en
-los hospitales y en las cárceles,
-prodigando los auxilios de la
-ciencia lo mismo a los asesinos
-que a las víctimas, puede decirse
-que era un hombre aparte. En el
-ejercicio de su profesión, el cautivo
-de la Bastilla era el ídolo del
-pueblo. Más que hombre, parecía
-Espíritu que se movía entre los
-mortales.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p4"><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span></p>
-
-
-<h3 id="III_V">V.<br />EL ASERRADOR</h3></div>
-
-
-<p>Un año y tres meses. No disfrutó
-Lucía de un minuto de tranquilidad
-durante todo ese tiempo,
-pues jamás pudo hoy asegurar que
-la cabeza de su marido no rodaría
-al día siguiente. A todas horas
-rebotaban sobre el empedrado de
-las calles carretas de la Muerte
-llenas de condenados. Lindas muchachitas,
-señoras en el apogeo
-de su hermosura, cabezas de pelo
-negro, de pelo castaño, de pelo
-rubio, de pelo blanco; jóvenes robustos,
-pletóricos de vida, y ancianos
-encorvados bajo el peso
-de los años, caballeros y labriegos,
-damas y campesinas, todos proporcionaban
-vino rojo a la Guillotina,
-saliendo diariamente de
-las obscuras cuevas de sus inmundos
-calabozos y conducidos en
-procesión interminable por las
-calles para apagar la sed devoradora
-de aquélla. Libertad, Igualdad,
-Fraternidad o Muerte... Más
-frutos has dado de Muerte que de
-Libertad, Igualdad ni Fraternidad,
-¡oh Guillotina!</p>
-
-<p>Si lo brusco e inesperado de sus
-calamidades y el rodar vertiginoso
-de las ruedas del tiempo hubieran
-aturdido a la hija del doctor,
-sumiéndola en ese estado de
-desesperación ociosa, seguramente
-la habría enviado a la tumba o al
-manicomio, como ha enviado con
-menos motivos a tantas otras,
-pero desde el instante en que
-estrechó contra su pecho juvenil
-aquella cabeza de cabellos de nieve
-en el sotabanco de la taberna
-del barrio de San Antonio, se
-había consagrado al cumplimiento
-estricto de sus deberes, y los cumplió
-con tanta abnegación en los
-días de prueba, como en los de
-calma y felicidad.</p>
-
-<p>No bien se instalaron en su
-nueva residencia, y tan pronto
-como su padre entró de lleno en
-el ejercicio de su profesión, Lucía
-arregló su reducido hogar exactamente
-lo mismo que si a su lado
-hubiese tenido a su marido. El
-orden era perfecto en aquella
-casa. Lucita daba sus lecciones
-con la regularidad misma de su
-casa de Londres. Los inocentes
-artificios con que la desolada esposa
-pretendía engañarse a sí misma,
-infiltrando en su pecho la creencia
-de que muy pronto tendría la
-dicha de abrazar a su marido, los
-preparativos de marcha que todos
-los días hacía... juntamente con
-las plegarias solemnes que todas
-las noches dirigía al Cielo en favor
-de un prisionero especial, en favor
-de un desgraciado determinado de
-los muchos que gemían en las
-tétricas antesalas de la muerte,
-eran los consuelos únicos de su
-conturbada alma.</p>
-
-<p>Su aspecto exterior varió muy
-poco. Su sencillo vestidito negro,
-muy semejante a los crespones
-de la viudez, así como el de su
-hija, negro como el suyo, refleja<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>ban
-tanta limpieza y tanto esmero
-como reflejaron los que usó en sus
-días más felices. Perdió la frescura
-de su rostro, constantemente triste
-y decaído, pero en nada decayeron
-su hermosura y gentileza. A
-veces, por la noche, en el momento
-de besar a su padre, buscaba salida
-por sus ojos el llanto almacenado
-en su pecho durante las
-horas interminables del día, pudiendo
-decirse que aquél era su
-único consuelo en la tierra. El
-doctor contestaba invariablemente
-con decisión:</p>
-
-<p>&mdash;Nada puede sucederle sin
-que yo lo sepa, y yo sé que puedo
-salvarle, hija mía.</p>
-
-<p>No habían transcurrido muchas
-semanas, cuando una noche, al
-regresar a casa, la dijo su padre:</p>
-
-<p>&mdash;Mira, querida; en lo más alto
-del edificio de la cárcel hay una
-ventana, hasta la cual puede llegar
-algunas veces Carlos a las
-tres de la tarde. Cuando lo consigue,
-lo que depende de circunstancias
-e incidentes ocasionales,
-y como consecuencia inciertos,
-cree que podría verte, si estuvieras
-en un sitio determinado de la
-calle que yo te indicaré. En cambio
-tú, pobre hija mía, no podrás
-verle a él, fuera de que, aun cuando
-pudieras, sería peligroso que
-hicieras la señal más insignificante
-de reconocimiento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh padre mío! Enséñame
-el sitio, y allí estaré yo todos los
-días.</p>
-
-<p>A partir de aquella noche, Lucía,
-todos los días, fueran buenos
-o malos, de sol o de lluvia, de calor
-o de frío, pasó en el sitio que le
-indicó su padre dos horas. Allí
-estaba en el momento que los
-relojes de la ciudad dejaban oir
-las dos campanadas, y allí continuaba
-hasta las cuatro, hora
-en que se retiraba con santa resignación.
-Cuando el tiempo no
-estaba excesivamente malo, llevaba
-consigo a Lucita; en caso
-contrario, iba sola; pero no faltó
-ni un solo día.</p>
-
-<p>El lugar de espera era un sitio
-obscuro y sucio de una calleja
-estrecha y tortuosa. No había
-en ella más que una casa habitada
-por un hombre que se dedicaba
-a aserrar leños para la lumbre;
-todo lo demás de la calle era muro
-correspondiente a edificios que
-tenían la entrada por otra paralela.</p>
-
-<p>Al tercer día de acudir Lucía
-al sitio indicado por su padre, la
-vió el aserrador.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas tardes, ciudadana.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas tardes, ciudadano.</p>
-
-<p>Era la salutación prescripta
-nada menos que por un decreto.
-Habíanla implantado algún tiempo
-antes los patriotas más exaltados,
-pero por la época a que nos
-referimos, era obligatoria para
-todo el mundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Paseando por aquí, ciudadana?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo estás viendo, ciudadano.</p>
-
-<p>El aserrador, que en tiempos
-anteriores había sido peón caminero,
-alzó los ojos, extendió el<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>
-brazo en dirección a la cárcel,
-llevó ambas manos a la cara colocando
-los dedos en forma que
-representasen una reja, miró a
-través de los mismos, y soltó una
-risotada significativa.</p>
-
-<p>&mdash;No es asunto mío&mdash;dijo,&mdash;y
-continuó aserrando.</p>
-
-<p>Al día siguiente, parece que el
-aserrador estaba esperando a Lucía,
-pues se abocó con ella no bien
-hizo su aparición en la calleja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Otra vez de paseo por aquí,
-ciudadana?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ciudadano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Y con una niña? Tu
-mamá, ciudadanita, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;¿Contesto que sí, mamá?&mdash;preguntó
-en voz baja la niña,
-acercándose a su madre.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, querida, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ciudadano&mdash;respondió
-Lucita.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! No es asunto mío. Lo
-único que me interesa es trabajar...
-Mira mi sierra, ciudadana...
-La llamo mi querida Guillotina...
-La, la, la, la, la... y cae una cabeza.</p>
-
-<p>En efecto; mientras hablaba,
-cayó el trozo de leño, y el aserrador
-lo metió en un cesto.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me doy el nombre de
-Sansón el de la Guillotina del
-combustible. Manejo mi aparato,
-y cae una cabeza... Ahora cae
-una cabeza de mujer... ¿estás
-viendo, ciudadana? Llega el turno
-a la niña... ¡paf! ¡Adiós, cabecita!
-Concluí con toda la familia.</p>
-
-<p>Repugnaba a Lucía ver aserrar
-los leños y no podía ver sin sentir
-un estremecimiento el acto de ponerlos
-en el cesto, pero le era imposible
-permanecer en aquel sitio
-durante las horas de trabajo del
-aserrador sin que éste la viese. En
-lo sucesivo, a fin de conquistarse
-sus simpatías, no sólo era ella la
-que se adelantaba a dirigirle la
-palabra, sino también le daba
-algunas monedas para beber, que
-él aceptaba sin hacerse de rogar.</p>
-
-<p>Era el aserrador un sujeto sumamente
-curioso. Muchas veces,
-cuando Lucía, olvidada de su presencia
-permanecía largo rato con
-la vista fija en las rejas de la cárcel
-y el corazón puesto en su
-marido, al darse cuenta de su
-imprudencia, bajaba la vista y
-veía al aserrador que la miraba
-sonriente, puesta la rodilla sobre
-el banco y empuñando la sierra,
-pero sin trabajar. Cuando esto
-ocurría, por regla general decía
-«no es asunto mío,» y reanudaba
-el trabajo sin más comentarios.</p>
-
-<p>En todo tiempo, lo mismo durante
-las nieves y hielos del invierno
-que aguantando los furiosos
-vendavales de la primavera, tanto
-bajo el sol abrasador de verano
-como bajo las torrenciales lluvias
-del otoño, ni un solo día dejó Lucía
-de pasar dos horas en aquel
-sitio, ni un solo día dejó de besar,
-al marcharse, los muros de la cárcel.
-Veíala su marido (lo sabía
-Lucía por conducto de su padre)
-una vez por cada cinco o seis que
-salía, dos o tres días consecutivos
-algunas veces, aunque también
-ocurría que se viese privado de<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>
-esa dicha durante una semana entera.
-Lucía estaba satisfecha con
-que la viese cuantas veces tuviera
-oportunidad de llegar hasta la
-ventana, y a trueque de no defraudarle
-una sola, hubiese salido no
-un día, no una semana; años enteros.</p>
-
-<p>Llegó el mes de diciembre. Su
-padre continuaba caminando entre
-espantosos horrores, siempre
-con paso firme, siempre con cabeza
-sólida. Una tarde fría y lluviosa,
-Lucía llegó al rinconcito de
-costumbre. Era un día de regocijo
-general. Había visto aquélla las
-casas engalanadas con profusión
-de gorros atravesados en pequeñas
-lanzas, y adornados con cintas
-tricolores y con la inscripción,
-también tricolor (las letras tricolores
-estaban en gran moda): «República
-Una e Indivisible. Libertad,
-Igualdad, Fraternidad o
-Muerte.»</p>
-
-<p>Tan mísero y reducido era el
-taller del aserrador, que toda su
-superficie resultaba casi insuficiente
-para la inscripción copiada.
-Coronaba la casa su correspondiente
-lanza provista de su indispensable
-gorro colorado, cual cuadraba
-a todo ciudadano que por
-bueno se tuviera, y en una ventana
-había colocado su sierra, bajo
-la cual se leía la inscripción siguiente:
-«La Santa Guillotina.»
-El taller estaba cerrado, el aserrador
-se encontraba ausente,
-y Lucía pudo saborear el placer
-de verse completamente sola.</p>
-
-<p>No estaba, empero, muy lejos
-el aserrador. Duraba la espera de
-Lucía contados minutos, cuando
-sonaron en la calle recios gritos
-que la llenaron de terror. Segundos
-después, doblaban la esquina
-de la cárcel compactas muchedumbres,
-en cuyo centro iba el
-aserrador dando la mano a La
-Venganza. No bajarían las personas
-de quinientas, y bailaban como
-pudieran hacerlo quinientos
-mil demonios. Ni llevaban tampoco
-música, que para sus endiabladas
-danzas bastábales el ronco
-y discordante gritar de sus gargantas.
-Cantaban el himno popular
-a la Revolución, y se acompañaban
-con feroz entrechocar de
-dientes. Bailaban una danza feroz,
-que no describiremos, pues a nuestro
-propósito basta decir que el
-salvajismo reinante había convertido
-una distracción inocente en
-medio eficaz de encender la sangre,
-embotar los sentidos y endurecer
-el corazón.</p>
-
-<p>Era la Carmañola. Lucía, horrorizada,
-yerta de espanto, habíase
-refugiado en el hueco de la
-puerta del aserrador, cubriéndose
-el rostro con las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh padre mío!&mdash;exclamó al
-separar las manos, y encontrarse
-inopinadamente frente al doctor.&mdash;¡Qué
-espectáculo tan cruel, tan
-repugnante!</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé, queridita mía, lo sé.
-Lo he presenciado muchas veces.
-No te asustes, que nadie ha de
-hacerte el menor daño.</p>
-
-<p>&mdash;No me asusto por mí, padre
-mío; pero cuando pienso en mi<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>
-marido y en los arrebatos de esas
-gentes...</p>
-
-<p>&mdash;Pronto le pondremos a cubierto
-de sus arrebatos. Le he
-dejado subiendo a la ventana y
-he venido a decírtelo. Como hoy
-nadie queda por aquí que pueda
-verte, no importa que envíes un
-beso con la mano a lo más alto
-del tejado, al mismo alero.</p>
-
-<p>&mdash;Lo enviaré, padre mío, y
-con el beso enviaré mi alma entera.</p>
-
-<p>&mdash;No puedes verle, pobre hija
-mía; ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No, padre mío, no puedo&mdash;contestó
-Lucía llorando.</p>
-
-<p>Sonaron algunos pasos y apareció
-la señora Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Salud, ciudadana&mdash;dijo el
-doctor.</p>
-
-<p>&mdash;Salud, ciudadano&mdash;contestó
-la tabernera, continuando la marcha
-sin detenerse.</p>
-
-<p>&mdash;Dame el brazo, querida mía.
-Sal de aquí, pero fingiendo alegría,
-aunque ya sé que no puedes sentirla... Así,
-muy bien. Mañana
-comparecerá Carlos ante sus
-jueces.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mañana!</p>
-
-<p>&mdash;No se puede perder tiempo.
-Todo lo tengo admirablemente
-dispuesto, pero hay necesidad de
-adoptar precauciones que es imposible
-ultimar hasta el momento
-mismo en que Carlos se presente
-ante el Tribunal. No ha recibido
-aún la citación, pero me consta
-que le citarán para mañana y que
-será trasladado a la Conserjería.
-Como ves, recibo las noticias con
-oportunidad. Supongo que no te
-asustarás, ¿eh?</p>
-
-<p>A duras penas pudo balbucear
-la infeliz.</p>
-
-<p>&mdash;Confío en ti.</p>
-
-<p>&mdash;Puedes confiar, en la seguridad
-de no salir defraudada. Tus
-agonías tocan a su fin, amor mío.
-Dentro de breves horas le tendrás
-en tus brazos. Le he rodeado de
-todas las protecciones imaginables.
-Necesito ver a Lorry...</p>
-
-<p>Interrumpióse el doctor. En la
-calle inmediata sonaba pesado
-ruido de carros. Una... dos... tres...
-Tres carretas cargadas de condenados
-conducidos al suplicio.</p>
-
-<p>&mdash;Necesito ver a Lorry&mdash;repitió
-el doctor, volviendo la cabeza
-al lado contrario para no ver el
-fúnebre convoy.</p>
-
-<p>El buen Lorry continuaba inmóvil
-en el edificio del Banco.
-Tanto él como los libros eran objeto
-de frecuentes requisas en calidad
-de bienes confiscados y
-convertidos en nacionales, lo que
-no fué óbice para que salvase
-cuanto le fué posible, a fuerza de
-entereza y de abnegación.</p>
-
-<p>Estaba obscureciendo cuando
-el padre y la hija llegaron al
-Banco. La suntuosa residencia
-del señor continuaba desierta. Sobre
-la verja del jardín había una
-inscripción que decía así: «Propiedad
-Nacional. República Una e
-Indivisible. Libertad, Igualdad,
-Fraternidad o Muerte.»</p>
-
-<p>¿Qué era del señor Lorry, que
-no se encontraba en su despacho?
-¿A quién acababa de despedir<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>
-cuando salió, agitado y sorprendido,
-para estrechar entre sus brazos
-a su idolatrada amiguita? ¿A
-quién repitió las palabras que con
-balbuciente voz acababan de dirigirle
-a él, diciendo desde la puerta
-que estaba traspasando: «Trasladado
-a la Conserjería y citado
-para mañana?»</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_VI">VI.<br />TRIUNFO</h3></div>
-
-
-<p>Sin exageración puede afirmarse
-que el formidable Tribunal de
-los Cinco no ya sólo funcionaba
-todos los días, sino también estaba
-en función permanente. Las
-relaciones de los prisioneros que
-debían comparecer ante el Tribunal
-al día siguiente eran entregadas
-todas las tardes a los alcaides
-de las cárceles, quienes, a su vez,
-leían a los interesados. En la jerga
-de la cárcel, a las listas en cuestión
-se las llamaba «Diarios de la noche.»</p>
-
-<p>«Carlos Evrémonde, alias <i>Darnay</i>.»</p>
-
-<p>Tal era el nombre que encabezaba
-el «Diario de la noche» correspondiente
-a La Force.</p>
-
-<p>Apenas pronunciado el nombre,
-separóse el interesado del grupo
-de sus compañeros de infortunio
-y se colocó en el sitio destinado
-a los nombrados. Como Carlos
-Darnay había presenciado aquella
-escena centenares de veces,
-dicho se está que le sobraban motivos
-para conocer la costumbre.</p>
-
-<p>El rechoncho alcaide le dirigió
-una mirada a través de los sucios
-cristales de las antiparras, sin
-las cuales no podía leer, a fin de
-cerciorarse de que había pasado
-al lugar que debía ocupar, y comprobado
-ese extremo, continuó
-leyendo la lista, haciendo una
-pausa parecida después de cada
-nombre. Veintitrés fueron los nombrados,
-pero como de ellos había
-fallecido uno en la cárcel, y la
-Santa Guillotina había hecho rodar
-las cabezas de otros dos,
-aunque ni de éstos ni de aquél se
-acordaba nadie, sólo veinte contestaron
-al llamamiento. La lista
-fué leída en la misma pieza abovedada
-donde Carlos encontró reunidos
-a tantos prisioneros la noche
-de su ingreso en la cárcel. Todos
-ellos habían sido despedazados
-por las turbas el día de la matanza
-general, y los que con posterioridad
-entraron, volvieron a salir
-para tomar en el cadalso el pasaje
-para el otro mundo.</p>
-
-<p>Cruzáronse entre los que salían
-y los que quedaban algunas frases
-de despedida y de aliento, no
-muchas, pues aparte de tratarse
-de un incidente que se repetía todos
-los días, la sociedad de La
-Force tenía en proyecto para
-aquella noche la celebración de
-algunos juegos, y había que aprovechar
-el tiempo para ultimar el
-programa. Los que quedaban
-acompañaron a los que se iban hasta
-la reja de salida de la sala, vertieron
-algunas lágrimas, y se volvieron,
-pues era preciso rellenar los<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>
-veinte huecos que los ausentes dejaban
-vacantes, si no querían renunciar
-a los esparcimientos de la
-velada, y había que hacerlo antes
-de la hora de silencio, en que se
-confiaba la vigilancia del establecimiento
-a ejércitos de feroces mastines
-que llenaban los corredores
-y salas contiguas. Y no es que los
-prisioneros fueran insensibles ni
-duros de corazón; pero en su carácter,
-en su manera de ser, influía,
-como no podía menos, la
-condición de la época. De la misma
-manera que aquéllos vieron
-salir punto menos que impasibles
-a sus compañeros de infortunio,
-hubo muchos que, intoxicados,
-cediendo sin duda a una especie
-de fervor que hoy apenas se comprende,
-pero muy natural en aquel
-tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad
-al pueblo, y corrieron
-espontáneamente en busca de las
-caricias de la guillotina, sin que
-en su acto influyera poco ni mucho
-la jactancia, sino la infección general
-consiguiente al brutal sacudimiento
-del alma pública. En
-épocas de pestilencia, se ven personas
-a quienes atrae misteriosamente
-el contagio, personas que
-desearían morir de él. Y es que
-todos llevamos encerradas en el
-fondo de nuestras almas rarezas
-dormidas que no necesitan más
-que el concurso de determinadas
-circunstancias para despertar.</p>
-
-<p>Breve y obscuro era el paso
-desde La Force a la Conserjería,
-largas y frías las noches pasadas
-en las pestilentes celdas de la
-última. Quince prisioneros comparecieron
-ante el Tribunal a la
-mañana siguiente, antes que fuera
-llamado a comparecer Carlos Darnay.
-Las vistas de los quince duraron
-hora y media, y los quince
-fueron condenados a muerte.</p>
-
-<p>«Carlos Evrémonde, alias <i>Darnay</i>,»
-llamaron al fin.</p>
-
-<p>Lucían los jueces sombreros
-adornados con plumas, pero fuera
-de ellos, toda la concurrencia llevaba
-gorros de lana colorados con
-sus correspondientes escarapelas
-tricolores. Bastaba dirigir una
-mirada al Tribunal para sospechar
-que había sido invertido el orden
-natural de las cosas y que los
-criminales juzgaban a los hombres
-honrados. Inspiraba las sentencias
-el populacho más vil, más cruel,
-más criminal de la ciudad, y las
-inspiraba poniendo en sus inspiraciones
-cantidades inmensas de
-bajeza, de crueldad y de ruindad,
-ora comentando a grito herido,
-ora aplaudiendo, ora anticipando
-y precipitando el resultado de las
-deliberaciones. Todos los hombres
-que llenaban la sala iban armados
-hasta los dientes; todas las mujeres
-llevaban cuchillos y dagas,
-algunas comían, otras bebían,
-otras hacían calceta. Entre estas
-últimas había una que se distinguía
-por su laboriosidad. Estaba
-sentada en una de las primeras
-filas junto a un hombre a quien
-Carlos no había vuelto a ver desde
-el día que llegó a la Barrera de
-París, pero que le recordaba a
-Defarge. Observó aquél que la<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>
-mujer habló dos o tres veces en
-voz muy baja a su vecino de asiento,
-lo que le hizo suponer que era
-su mujer, pero lo que más poderosamente
-llamó su atención, fué
-que no obstante encontrarse lo
-más cerca posible de él, ni una
-sola vez le miraron. Volvía con
-frecuencia los ojos a los jueces,
-como si esperasen algo, pero nada
-más. Cerca del Presidente del
-Tribunal estaba sentado el doctor
-Manette, tranquilo como siempre
-y vestido como siempre. El prisionero
-reparó en que solamente el
-doctor y el señor Lorry, sentado
-a su lado, vestían como de ordinario,
-y no ostentaban la soez indumentaria
-de la Carmañola.</p>
-
-<p>Carlos Evrémonde, llamado
-también Darnay, fué acusado por
-el Fiscal público de emigrado cuya
-vida correspondía a la República
-a tenor del decreto que proscribía
-a todos los emigrados bajo
-pena de muerte. Que el decreto
-en cuestión hubiese sido promulgado
-cuando ya el acusado estaba
-en Francia, era circunstancia trivial
-que no merecía tenerse en
-cuenta. Existía el decreto, tenían
-delante al acusado que había sido
-preso dentro de las fronteras de
-Francia, y la República pedía su
-cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que ruede su cabeza!&mdash;rugió
-el público&mdash;¡Muera ese enemigo
-de la República!</p>
-
-<p>El Presidente agitó la campanilla
-para acallar aquellos gritos,
-y preguntó al acusado si no era
-cierto que había residido muchos
-años en Inglaterra.</p>
-
-<p>Darnay contestó afirmativamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dices que no eres emigrado?
-¿Qué nombre te das, pues?</p>
-
-<p>&mdash;No me tengo por emigrado
-a tenor de la letra y del espíritu
-de la ley.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no? Eso es lo que
-deseo saber.</p>
-
-<p>&mdash;Porque libre y espontáneamente
-renuncié un título que no
-era de mi gusto y una posición
-social que me desagradaba, y salí
-de mi patria para vivir de mi
-trabajo en Inglaterra antes que
-de rentas cobradas al pueblo de
-Francia, agobiado bajo el peso
-de tantos tributos y gabelas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo pruebas la exactitud
-de tus manifestaciones?</p>
-
-<p>&mdash;Con el testimonio de Teófilo
-Gabelle y de Alejandro Manette.</p>
-
-<p>&mdash;Pero tú casaste en Inglaterra&mdash;objetó
-el Presidente.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto; pero no con mujer
-inglesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con una ciudadana de Francia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Su apellido y familia?</p>
-
-<p>&mdash;Lucía Manette, hija única
-del doctor Manette, del excelente
-médico aquí presente.</p>
-
-<p>Esta contestación produjo en el
-auditorio un efecto imposible de
-pintar con palabras. Retemblaba
-la sala bajo los gritos de entusiasmo
-delirante que arrancó el solo
-nombre del doctor Manette. Tan<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span>
-caprichosos eran los movimientos
-del pueblo, que inmediatamente
-se llenaron de lágrimas muchos
-ojos que un segundo antes contemplaban
-con ferocidad al acusado
-cual si se desbordase la impaciencia
-porque les fuera entregado
-para despedazarlo.</p>
-
-<p>Carlos Darnay, en sus manifestaciones,
-había seguido al pie de
-la letra las instrucciones del
-doctor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué regresó el acusado
-a Francia cuando lo hizo, y no
-antes?&mdash;preguntó el Presidente.</p>
-
-<p>&mdash;No regresé antes&mdash;contestó
-Carlos&mdash;sencillamente porque en
-Francia no poseía otros medios
-de vida que los bienes que había
-renunciado, al paso que en Inglaterra
-ganaba lo necesario para mi
-subsistencia dando lecciones de
-francés y de literatura francesa.
-Si regresé cuando lo hice, fué cediendo
-a una súplica escrita de un
-ciudadano francés, quien me manifestó
-que mi ausencia comprometía
-muy seriamente su vida.
-Regresé para salvar la vida al
-ciudadano en cuestión, y para declarar
-la verdad sin reparar en
-peligros ni molestias. ¿Qué crimen
-ven en esto los ojos de la República?</p>
-
-<p>El populacho gritó ebrio de entusiasmo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ninguno... ninguno!</p>
-
-<p>Agitó el Presidente la campanilla,
-mas no logró imponer silencio
-hasta que el auditorio se cansó
-de gritar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llamaba el ciudadano
-a quien el acusado se refiere?&mdash;preguntó
-el Presidente.</p>
-
-<p>&mdash;Teófilo Gabelle, aquí presente.
-Comprueba mis manifestaciones
-la carta a que he aludido, la
-cual, si bien me fué quitada en la
-Barrera, no dudo que figurará entre
-los documentos que el Presidente
-tiene sobre la mesa.</p>
-
-<p>Buen cuidado había tenido el
-doctor de que la carta de referencia
-estuviera sobre la mesa. El
-Presidente la encontró sin esfuerzo,
-y la leyó en voz alta. Seguidamente
-fué llamado Gabelle para
-que confirmara las manifestaciones
-del acusado y se declarara
-autor de la carta, lo que hizo aquél
-con gran precisión y acento de
-verdad. Insinuó el ciudadano Gabelle
-con delicadeza y tacto exquisitos,
-que el Tribunal, falto
-de tiempo como consecuencia de
-los infinitos enemigos de la República
-que exigían toda su atención,
-habíale dejado en la cárcel de la
-Abadía hasta tres días antes,
-olvido insignificante y muy natural;
-y que, cuando compareció ante
-el Tribunal, fué declarado inocente
-y puesto en libertad, por
-haber disipado a satisfacción de
-sus jueces las acusaciones que sobre
-él pesaban.</p>
-
-<p>Fué interrogado a continuación
-el doctor Manette. Su gran popularidad
-personal y la claridad y
-precisión de sus respuestas ejercieron
-en el auditorio sensación indescriptible;
-pero cuando demostró
-que el acusado fué el que con
-mayor eficacia contribuyó a liber<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span>tarle
-de su eterno cautiverio,
-cuando manifestó que el acusado
-permaneció en Inglaterra rodeando
-de tierna solicitud y de cariño
-abnegado, no ya sólo a su hija,
-sino también a él mismo, cariño y
-solicitud que les hicieron dulce el
-destierro, cuando añadió que lejos
-de ser partidario y defensor del
-gobierno aristócrata del país en
-que vivía fué procesado y estuvo
-a punto de ser condenado a muerte
-como enemigo de Inglaterra y
-amigo de los Estados Unidos. Luego
-que hizo una exposición clara
-y elocuente de todas estas circunstancias,
-Tribunal y auditorio se
-identificaron. Tanto es así, que
-cuando invocó el testimonio del
-señor Lorry, caballero inglés allí
-presente, testigo, como él, del proceso
-seguido en Inglaterra contra
-Darnay, y dispuesto a corroborar
-todas sus manifestaciones, contestaron
-los jueces que les bastaba
-lo que habían oído, y que con
-gusto votarían, si el Presidente
-tenía a bien recibir los votos.</p>
-
-<p>A medida que los jueces votaban
-(hacíanlo individualmente y
-en voz alta), el auditorio prorrumpía
-en aplausos frenéticos. Por
-unanimidad declararon inocente
-al prisionero, y como consecuencia
-el Presidente le declaró libre.</p>
-
-<p>Siguió entonces una de esas escenas
-extraordinarias que ponen
-de relieve la volubilidad del populacho,
-o los impulsos hacia la generosidad
-y la piedad, dormidos
-en el fondo de su alma, o bien lo
-que a juicio suyo es a manera de
-demostración de que no se deja
-arrastrar por la fuerza explosiva
-de una rabia cruel. Imposible precisar
-cuál de estos tres motivos
-influyó por modo decisivo en las
-escenas extraordinarias que siguieron;
-probablemente influirían
-los tres, bien que predominando
-el segundo. El hecho es que, no
-bien fué pronunciado el fallo absolutorio,
-brotaron las lágrimas en
-tanta abundancia como en otras
-ocasiones brotaba la sangre, y
-fueron tantos y tan apretados los
-abrazos que el prisionero recibió
-de todos, sin distinción de sexos,
-que corrió verdadero peligro de
-que su dilatado cautiverio tuviera
-como desenlace una asfixia en toda
-regla; siendo de notar que
-aquellos abrazos se los daban las
-mismas personas que, impulsadas
-por otra corriente distinta, se habrían
-lanzado sobre él con idéntica
-intensidad, para destrozarle
-entre sus uñas y arrastrar sus
-restos palpitantes por las calles.</p>
-
-<p>Gracias a que hubo de salir de
-la sala para ceder el puesto a otros
-acusados que esperaban sentencia,
-pudo librarse por el momento
-de aquel torrente deshecho de
-caricias.</p>
-
-<p>Comparecieron a continuación
-cinco acusados juntos, sobre los
-cuales pesaba la inculpación de
-enemigos de la República, no porque
-hubiesen trabajado en su contra,
-sino porque nada habían hecho,
-ni de palabra ni de obra, en
-su favor. Tal prisa se dió el Tribunal
-para compensar a la nación<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span>
-por la libertad concedida a un
-acusado, que no había salido éste
-de la sala cuando ya pesaba sobre
-los cinco infelices sentencia de
-muerte, que debía ejecutarse a las
-veinticuatro horas. El primero de
-los condenados manifestó a Darnay
-la suerte que le esperaba alzando
-un dedo, símbolo de muerte
-entre los encarcelados, y sus compañeros
-gritaron a coro con acento
-sarcástico:</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la República!</p>
-
-<p>Cierto que no dispuso Darnay
-de más tiempo para escuchar las
-explicaciones que pudieran o desearan
-darle los condenados, pues
-no bien salió a la calle en compañía
-del doctor Manette, se vió
-rodeado de compacta muchedumbre,
-en la que vió casi todas las
-caras que antes viera en la sala,
-excepción hecha de dos, que en
-vano buscó con la mirada. Nuevamente
-le envolvió el furioso
-torbellino que antes estuvo a punto
-de asfixiarle, para besarle, abrazarle,
-llorar, gritar y entregarse
-a otras expansiones más propias
-de locos que de personas cuerdas.</p>
-
-<p>Sentáronle a viva fuerza en un
-gran sillón que, o habían sacado
-de la sala del Tribunal, o tomado
-de cualquiera de las casas próximas.
-Engalanaron el sillón con
-una bandera roja y una lanza
-en cuyo hierro se veía un gorro
-colorado atravesado. Todas las
-súplicas del doctor no bastaron
-a impedir que fuera conducido
-en triunfo a su casa, sentado en
-aquel sillón que, llevado en hombros,
-semejaba trono emplazado
-sobre agitado mar de gorros rojos.</p>
-
-<p>Adelantándose a aquella procesión
-salvaje, que abrazaba a cuantos
-topaba en el camino, el doctor
-llegó a su casa a fin de preparar
-convenientemente a su hija. Esto
-no obstante, cuando Carlos pudo
-bajar de su improvisado trono y
-abrió los brazos a su amante esposa,
-ésta cayó en ellos desvanecida.</p>
-
-<p>Mientras Darnay sostenía a Lucía
-apoyándola contra su pecho,
-doblada la cabeza a fin de que el
-populacho no viera las lágrimas
-que copiosas corrían por sus mejillas,
-algunos de los que le habían
-llevado en triunfo comenzaron a
-bailar, contagiáronse los demás,
-y segundos después se improvisaba
-en el patio de la casa una
-desenfrenada Carmañola. Más tarde
-instalaron sobre el sillón vacante
-a una joven, a la que proclamaron
-Diosa de la Libertad, llevándola
-en hombros por las calles
-adyacentes, entre gritos ensordecedores
-y cantos discordantes.</p>
-
-<p>Carlos, después de estrechar
-entre sus brazos al doctor, cuya
-cara ofrecía aires de vencedor,
-después de abrazar al señor Lorry,
-que jadeante y sin aliento consiguió
-llegar hasta él nadando contra
-el inmenso oleaje que bailaba
-la Carmañola, después de besar
-a Lucita, a la que alzó del suelo
-para que pudiera rodear con sus
-bracitos su cuello, después de
-abrazar a la fiel Pross, alzó entre
-sus brazos a Lucía y la condujo
-a sus habitaciones.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Lucía... mi Lucía... Libre...
-Libre!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh mi querido Carlos! ¡Permíteme
-que hincada de rodillas
-dé gracias a Dios con el mismo
-fervor con que le pedí por ti!</p>
-
-<p>Cayó de hinojos Lucía. Todos
-los presentes doblaron reverentes
-las cabezas y rezaron desde el
-fondo de sus corazones. Cuando,
-terminada la oración, Lucía volvió
-a sus brazos, dijo Carlos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Da ahora las gracias a tu
-padre, mujercita mía! ¡Ningún
-hombre de Francia habría podido
-hacer por mí tanto como él ha
-hecho!</p>
-
-<p>Reclinó Lucía la cabeza sobre
-el pecho de su padre, de la misma
-manera que la había reclinado
-largos años antes. El doctor se
-consideró feliz al poder pagar de
-alguna manera las muestras de
-cariño abnegado de su hija, dió
-por bien empleados todos sus
-sufrimientos y sintió noble orgullo
-al pensar en sus fuerzas.</p>
-
-<p>&mdash;Sé fuerte en la bonanza como
-lo fuiste en la tormenta, hija mía.
-No tiembles... No llores. Le he
-salvado yo.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_VII">VII.<br />VISITA INESPERADA</h3></div>
-
-
-<p>No era un sueño como tantas
-otras veces; allí estaba Carlos, y
-sin embargo, temblaba su mujer
-presa de un terror vago pero intenso.</p>
-
-<p>Respirábase una atmósfera tan
-negra y corrompida, eran las
-gentes tan brutalmente vengativas
-y crueles, con tan terrible
-regularidad eran llevados al matadero
-los inocentes que tenían
-la desgracia de inspirar cualquier
-sospecha, por vaga que fuera, o
-de despertar la malicia, tan imposible
-era olvidar cuantos, tan limpios
-de culpa como su marido, y
-tan idolatrados por los suyos como
-Carlos lo fuera por Lucía, caían
-a los golpes que el yerno del doctor
-Manette había conseguido eludir,
-que el corazón de su afligida
-esposa no conseguía verse libre
-del peso horrible que lo oprimía.
-Las sombras del crepúsculo vespertino
-de invierno comenzaban
-a envolver la ciudad, y aun continuaban
-rodando por las calles
-las fatídicas carretas de la muerte.
-Con la imaginación las seguía Lucía,
-los ojos del alma buscaban a
-su marido entre los condenados,
-y al verlo con los de la carne a su
-lado, se estrechaba contra él y
-temblaba más que nunca.</p>
-
-<p>Su padre, esforzándose por
-tranquilizarla, riéndose de sus
-temores daba muestras de una
-superioridad compasiva admirable,
-de una entereza varonil que
-contrastaba con la debilidad mujeril
-de su hija. El sotabanco, la
-banqueta de zapatero, al anciano
-que se pasaba los días cosiendo
-zapatos, el Ciento Cinco, Torre
-del Norte, eran sucesos pasados
-de los que ni rastros quedaban.
-Había acabado felizmente la empresa
-que con ánimo varonil aco<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span>metiera,
-había redimido su promesa,
-Carlos estaba en libertad, ¿por
-qué temer? Fuerzas le sobraban
-al doctor para servir de robusto
-sostén a todos los que sintieran
-decaer las suyas.</p>
-
-<p>El menaje de su casa no podía
-ser más modesto; no sólo porque
-la prudencia así lo aconsejaba,
-para no herir la pobreza del pueblo,
-sino también porque no eran
-ricos, pues Carlos, durante el período
-dilatado de su cautiverio,
-había tenido que pagar a precio
-exorbitante la comida, las dietas
-de sus guardianes, y una parte
-proporcional para sufragar los
-gastos de los prisioneros más pobres
-que él. Debido en parte a los
-motivos apuntados, y en parte a
-evitar el peligro de ser espiados
-dentro del mismo hogar, no tenían
-criados. El ciudadano y la ciudadana
-encargados del servicio de
-la portería prestaban a la familia
-los servicios necesarios, si las circunstancias
-lo exigían, aparte de
-Jeremías, que les había sido cedido
-casi por completo por el buen
-Lorry, y estaba durante el día a
-su disposición y dormía en la
-casa por las noches.</p>
-
-<p>Había dispuesto la República
-Una e Indivisible de la Libertad,
-Igualdad, Fraternidad o Muerte,
-que sobre las puertas de todas
-las casas y a una altura determinada,
-hubiese un cartelón, en el
-cual estuvieran inscriptos, con letras
-de tamaño también determinado,
-los nombres de cuantas personas
-las habitasen. Como consecuencia,
-entre los nombres inscriptos
-en el cartelón puesto en la
-puerta del domicilio del doctor,
-figuraba el de Jeremías <i>Lapa</i>, y
-en la ocasión a que se refiere esta
-historia, no sólo el nombre, sino
-también el propietario del nombre
-se hallaba plantado junto a la
-puerta, contemplando al pintor
-llamado por el doctor Manette
-para que añadiera al cartelón el
-nombre de Carlos Evrémonde, llamado
-también Darnay.</p>
-
-<p>La atmósfera de terror y de
-desconfianza en que se vivía había
-alterado profundamente hasta
-los hábitos más inocentes y más
-inofensivos de la vida. En la casa
-del doctor, como en casi todas
-las demás, los artículos de primera
-necesidad y de consumo diario se
-compraban todas las tardes por
-cantidades pequeñas y en distintas
-tiendas pequeñas. Era la manera
-de no llamar la atención y
-de suministrar la menor ocasión
-posible a las murmuraciones y a
-la envidia.</p>
-
-<p>Desde algunos meses antes, estaban
-encargados de la compra la
-señorita Pross y Jeremías <i>Lapa</i>;
-este último llevaba la cesta, la
-primera el dinero. Todas las tardes,
-cuando se encendían los faroles
-del alumbrado público, salían
-ambos y traían a la casa los artículos
-de consumo necesario para
-el día siguiente. Aunque la señorita
-Pross, dados los muchos años
-que llevaba viviendo con una
-familia francesa, parece que debía
-hablar el francés con tanta correc<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span>ción
-y soltura como el inglés, sabía
-exactamente lo mismo que
-Jeremías <i>Lapa</i>, quien no conocía
-ni una palabra, y es que, o carecía
-de talento, o no quería aplicarlo
-a tonterías (tal era el nombre que
-ella le daba) como aquélla. Como
-consecuencia, su sistema comercial
-consistía en disparar un nombre
-substantivo a quema ropa, en
-cuanto se encaraba con el tendero,
-y si el nombre no cuadraba
-con el artículo que necesitaba,
-como ocurría casi siempre, tendía
-en derredor sus miradas, agarraba
-el artículo, y no lo soltaba hasta
-después de cerrado el trato. En
-cuanto al precio, se entendía sin
-dificultad, alzando un dedo menos
-que el tendero, fuera el que fuera
-el número de los que aquél levantase.</p>
-
-<p>&mdash;Señor <i>Lapa</i>&mdash;dijo la señorita
-Pross, en cuyos ojos chispeaba
-la felicidad,&mdash;yo estoy dispuesta;
-¿y usted?</p>
-
-<p>Jeremías contestó que estaba
-a las órdenes de la señorita Pross.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy nos hace falta de todo,&mdash;observó
-la señorita Pross,&mdash;y entre
-otras cosas, vino. Mal rato nos
-espera. En cualquier parte que
-lo compremos, hemos de encontrar
-abundantes gorros colorados
-brindando como condenados.</p>
-
-<p>&mdash;No se romperán mucho los
-cascos para encontrar sus brindis&mdash;observó
-Jeremías.&mdash;Siempre les
-oigo brindar por el mismo; por
-el Unico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién es ese único?</p>
-
-<p>&mdash;Vaya usted a saber. Como no
-se refieran a Noé... el que plantó
-la primera viña...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah... ya! No hace falta ser
-muy sabio para comprender por
-quién brindan esos desdichados.
-Brindan por el Asesino... por el
-Malvado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuidado, amiga mía!&mdash;terció
-Lucía&mdash;¡Prudencia, por favor,
-mucha prudencia!</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, sí, sí! seré muy prudente;
-pero me parece que entre nosotros
-puedo decir que no es muy grato
-recibir por esas calles suspiros que
-apestan a cebolla, a aguardiente
-y a tabaco, mezclados con abrazos.
-Voy a salir; pero no se mueva
-usted de junto a la lumbre hasta
-que yo vuelva, mi querida señorita.
-Cuide del marido que ha recobrado
-y nada tema. ¿Puedo hacer
-una pregunta antes de marchar,
-señor doctor?</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que puede usted
-tomarse esa libertad&mdash;respondió
-el doctor con tono humorístico.</p>
-
-<p>&mdash;Por todos los santos del Cielo,
-no hable usted de libertad, señor
-doctor. Estoy de libertad hasta
-la coronilla&mdash;exclamó la Pross.</p>
-
-<p>&mdash;Por Dios, querida; ¿otra vez?&mdash;dijo
-Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya, señorita&mdash;replicó la
-Pross, moviendo la cabeza con
-aire solemne;&mdash;si quiere que diga
-lo que siento, manifestaré que yo,
-como súbdita que soy de Su Graciosa
-Majestad el Rey Jorge III,
-me río de esos descamisados. Mi
-máxima es: «Maldita de Dios sea
-su política; quiera Dios frustrar
-sus criminales propósitos; en Dios<span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span>
-tengo puesta mi confianza, y viva
-el Rey.»</p>
-
-<p><i>Lapa</i>, en un arrebato de lealtad
-a su soberano, repitió el viva con
-voz estentórea.</p>
-
-<p>&mdash;Celebro que sea usted un inglés
-castizo, señor <i>Lapa</i>,&mdash;dijo la
-señorita Pross con tono de aprobación,&mdash;aunque
-hubiese sido de
-desear que no hubiera puesto tanta
-energía en su grito. Pero vamos
-a la pregunta, señor doctor; ¿no
-ha encontrado usted aún el medio
-de salir para siempre de esta maldita
-ciudad?</p>
-
-<p>&mdash;No, por ahora; salir en estas
-circunstancias, sería peligroso para
-Carlos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué se le va a hacer!&mdash;exclamó
-la señorita Pross, conteniendo
-un suspiro y mirando a Lucía.&mdash;Tendremos
-paciencia y esperaremos...
-Animo, y que ruja la tempestad
-sobre la cabeza del vecino,
-como solía decir mi hermano Salomón.
-Vámonos ya, señor <i>Lapa</i>...
-No se mueva, señorita.</p>
-
-<p>Salieron la Pross y <i>Lapa</i>, dejando
-a Lucía, al marido de ésta,
-al doctor y a Lucita, sentados al
-amor de la lumbre. Esperaban que
-de un momento a otro llegase el
-señor Lorry. Había encendido
-una luz la señorita Pross, pero la
-colocó en un rincón, a fin de que
-la familia disfrutara exclusivamente
-de la débil que irradiaba la
-chimenea. Lucita, sentada sobre
-la rodilla de su abuelo, escuchaba
-la historia de un hada grande y
-poderosa que en una ocasión rompió
-los robustos muros de un calabozo,
-para libertar a un cautivo
-que en otros tiempos había prestado
-al hada un servicio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;exclamó de
-pronto Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Querida mía!&mdash;contestó el
-doctor, suspendiendo la narración
-de la historia&mdash;Tranquilízate. El
-desorden de tus nervios es extraordinario.
-La cosa más insignificante...
-hasta sin motivo alguno...
-te alarma. Me tienes a mí...
-a tu padre, hija mía.</p>
-
-<p>&mdash;He creído oir rumor de pasos
-en la escalera&mdash;balbuceó Lucía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tontuela...! La escalera está
-tan silenciosa como una tumba.</p>
-
-<p>Mientras salía de sus labios la
-palabra última, sonó un golpe en
-la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, padre... padre mío! ¿Qué
-será? ¡Que se esconda Carlos...!
-¡Sálvalo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Hija querida!&mdash;contestó el
-doctor levantándose y poniendo
-su mano sobre el hombro de Lucía.&mdash;Le
-he salvado ya. No comprendo
-tu debilidad... Voy a abrir la
-puerta.</p>
-
-<p>Tomó en su mano el candelero,
-cruzó las dos habitaciones intermedias
-y abrió la puerta. Cuatro
-hombres de aspecto salvaje, cubiertos
-con gorros rojos y armados
-de sables y pistolas penetraron en
-el recibimiento, desde donde pasaron
-a la habitación en que se
-hallaba la familia.</p>
-
-<p>&mdash;¿El ciudadano Evrémonde?&mdash;preguntó
-el que entró primero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién le busca?&mdash;preguntó
-Darnay.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Yo... nosotros le buscamos.
-Te conozco, Evrémonde; te vi
-ayer en la sala del Tribunal. Vuelves
-a ser prisionero de la República.</p>
-
-<p>Los cuatro hombres rodearon
-el grupo formado por Darnay, su
-mujer y su hijita, que se había
-abrazado a él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo y por qué vuelvo a
-ser prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;Ven con nosotros a la Conserjería,
-y mañana podrás satisfacer
-tu curiosidad. Mañana debes
-comparecer ante el Tribunal.</p>
-
-<p>El doctor Manette, a quien la
-inesperada visita había dejado
-en estado perfectamente atónito,
-hasta el punto de parecer una
-estatua con un candelero en la
-mano, sacudió su marasmo después
-de escuchar las palabras últimas,
-dejó el candelero sobre la
-repisa de la chimenea, encaróse
-con el que llevaba la voz cantante,
-y, asiéndole por la pechera de su
-camisa, roja como el gorro, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Has dicho que le conoces;
-¿me conoces también a mí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; te conozco, ciudadano
-doctor.</p>
-
-<p>&mdash;Todos te conocemos, ciudadano
-doctor&mdash;añadieron los tres
-restantes.</p>
-
-<p>Paseó el anciano su mirada
-por las caras de los cuatro hombres,
-y después de una pausa,
-repuso, bajando la voz:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres contestarme a mí
-la pregunta que él te ha hecho?
-¿Por qué se le prende de nuevo?</p>
-
-<p>&mdash;Ciudadano doctor,&mdash;contestó
-con repugnancia manifiesta el que
-habló primero,&mdash;ha sido denunciado
-por la Sección de San Antonio...
-a la que pertenece este ciudadano&mdash;añadió,
-señalando con
-la mano al individuo que estaba
-a su lado.</p>
-
-<p>El ciudadano aludido hizo un
-movimiento afirmativo de cabeza,
-y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ha sido acusado por San
-Antonio.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué?</p>
-
-<p>&mdash;Ciudadano doctor&mdash;replicó el
-primero,&mdash;no preguntes más. Si
-la República te exige sacrificios,
-tú, como buen patriota que eres,
-te tendrás por feliz haciéndolos.
-Ante todo y sobre todo la República.
-El Pueblo es soberano.
-Evrémonde, tenemos prisa.</p>
-
-<p>&mdash;Una palabra más&mdash;objetó el
-doctor.&mdash;¿Quieres decirme quién
-le ha denunciado?</p>
-
-<p>&mdash;Faltaría a mi deber... Mañana
-podrás preguntarlo a San Antonio.</p>
-
-<p>Dirigió entonces el doctor una
-mirada a otro de los hombres,
-quien se movió con cierta expresión
-de malestar, se frotó la barba,
-y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya! Verdad es que no
-podemos decirlo sin faltar a nuestro
-deber; pero no tengo inconveniente
-en manifestar que le ha acusado...
-por cierto de grandes crímenes,
-el ciudadano y la ciudadana
-Defarge... y además, otra
-persona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es esta otra persona?</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo preguntas <i>tú</i>, ciudadano
-doctor?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span>
-&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sabrás mañana&mdash;contestó
-el de San Antonio con entonación
-extraña.&mdash;¡Ahora, soy mudo!</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_VIII">VIII.<br />UNA PARTIDA ORIGINAL</h3></div>
-
-<p>Sumida en la feliz ignorancia
-de la nueva desgracia acaecida
-a la familia, la señorita Pross dejaba
-a sus espaldas una porción
-de callejuelas estrechas y atravesaba
-el río por el Puente-Nuevo,
-repasando en su imaginación el
-número de compras que tenía
-que hacer. A su lado caminaba
-<i>Lapa</i>, portador de la cesta. Uno
-y otro, aunque al parecer no tenían
-ojos más que para examinar
-las tiendas abiertas a derecha e
-izquierda de las calles que atravesaban,
-avizoraban las manadas
-de patriotas, sobre todo, si eran
-muy numerosas, y variaban con
-frecuencia el itinerario a fin de
-evitar el encuentro de los que
-hablaban con animación excesiva.
-Era una tarde fría y húmeda. Los
-puntos de luz que salpicaban la
-capa gris que cubría el río indicaban
-los sitios donde estaban ancladas
-las barcazas convertidas
-en talleres por los que fabricaban
-armas para el ejército de la República.
-¡Desgraciado el mortal
-que osase burlarse de aquel ejército!
-¡Desgraciado del que ocupase
-en aquel ejército un grado
-que no mereciera! Valiérale más
-que nunca le hubiese crecido la
-barba, pues la Navaja Barbera
-Nacional se la afeitaba que era
-una bendición.</p>
-
-<p>Luego que compró una porción
-de artículos de comer, y una cantidad
-de aceite para la lámpara,
-la señorita Pross pensó en adquirir
-el vino que le hacía falta. Desdeñó
-una porción de tabernas y
-al fin mereció su preferencia una,
-puesta bajo la advocación del
-Buen Republicano Bruto de la
-Antigüedad, situada a corta distancia
-del Palacio Nacional, antes
-de las Tullerías, establecimiento
-más tranquilo que ninguno de sus
-similares encontrados hasta allí,
-en el cual es cierto que se veían
-bastantes gorros colorados, pero
-abundaban menos que en los
-otros. Consultado <i>Lapa</i>, y visto
-que era de su misma opinión, la
-señorita Pross penetró en el templo
-del Buen Republicano Bruto
-de la Antigüedad, acompañada
-por su caballero.</p>
-
-<p>Sin reparar apenas en las luces
-mortecinas, en los hombres que
-pipa en boca jugaban con barajas
-mugrientas o con dominós amarillentos,
-en el jornalero que,
-arremangadas hasta los hombros
-las mangas de la camisa y con el
-pecho desnudo leía a gritos un
-periódico a un grupo de tipos que
-escuchaban con la boca abierta,
-en las armas que llenaban las
-mesas o pendían de las cinturas
-de los bebedores, ni en los tres o
-cuatro parroquianos que dormían
-sus <i>monas</i>, tendidos de bruces en<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span>
-el suelo, y que, más que hombres,
-tenían aspecto de osos o de mastines
-yacentes, los dos compradores
-se acercaron al mostrador y pidieron
-lo que necesitaban.</p>
-
-<p>Mientras el tabernero medía el
-vino, un sujeto, que con otro
-hablaba en un rincón del establecimiento,
-se levantó y echó a andar.
-Para salir a la calle tenía que
-pasar forzosamente junto a la señorita
-Pross, lo que nada tiene de
-particular, pero sí lo tuvo el que,
-no bien tropezó con ella, rasgó
-los aires un alarido penetrante
-seguido de un semi-desmayo de
-la señorita.</p>
-
-<p>Cuantas personas había en la
-taberna se pusieron en pie. Tan
-corriente era ver que las personas
-se asesinaban bonitamente por
-motivo tan justificado como defender
-una opinión cualquiera,
-que todos miraron para ver quién
-era el mortal que caía sin vida en
-tierra, pero con asombro general,
-lo único que vieron fué a una pareja,
-hombre y mujer, que se miraban
-mutuamente con extraordinaria
-fijeza, y que el hombre parecía
-francés, y republicano rojo,
-y la mujer era a no dudar inglesa.</p>
-
-<p>Las frases pintorescas con que
-expresaron su desencanto los buenos
-discípulos del Buen Bruto
-Republicano de la Antigüedad, sonaron
-en los oídos de la señorita
-Pross y de su acompañante como
-si en hebreo o en caldeo hubieran
-sido dichas. No se enteraron sino
-de que fueron pronunciadas a gritos,
-que no otra cosa les consintió
-su sorpresa. Hablamos en plural
-porque, si la señorita Pross quedó
-sorprendida, Jeremías <i>Lapa</i> estuvo
-a dos dedos de caer al suelo
-bajo el golpe violento de su estupefacción.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;preguntó el
-hombre que fué causa del chillido
-de la señorita Pross.</p>
-
-<p>Las dos palabras habían sido
-pronunciadas en inglés, con acento
-brusco y amenazador y tono
-de voz muy bajo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh Salomón... Salomón querido!&mdash;exclamó
-la señorita Pross,
-juntando las manos.&mdash;¡Al fin te
-encuentro, después de tantos años
-de ausencia, después de tantos
-años pasados sin noticias tuyas!</p>
-
-<p>&mdash;No me llames Salomón. ¿Buscas
-mi muerte, desgraciada?&mdash;preguntó
-aquel hombre, dirigiendo
-en derredor miradas de espanto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hermano... hermano mío!&mdash;exclamó
-la señorita Pross, hecha
-un mar de lágrimas&mdash;¿Tan mal
-me he portado contigo para que
-me hagas una pregunta tan cruel?</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues métete en el bolsillo
-esa lengua endiablada!&mdash;gruñó
-Salomón.&mdash;Si quieres decirme
-algo, salgamos fuera. Paga el vino
-y vámonos... ¿Quién es ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;Es el <i>señor Lapa</i>&mdash;contestó
-con desaliento la señorita Pross.</p>
-
-<p>&mdash;Pues que salga también...
-¿Pero qué es eso? ¿Me toma ese
-individuo por un aparecido?</p>
-
-<p>La pregunta estaba muy en su
-lugar, pues <i>Lapa</i> le miraba en
-realidad como se mira a un es<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span>pectro.
-No despegó, sin embargo,
-los labios, y la señorita Pross,
-derramando lágrimas, pagó el vino.
-Mientras tanto, Salomón se
-dirigió a los discípulos del Buen
-Bruto Republicano de la Antigüedad
-y les dió, en lengua francesa,
-algunas explicaciones que bastaron
-para que todos ellos volvieran
-a sus puestos respectivos.</p>
-
-<p>&mdash;Veamos&mdash;dijo Salomón, una
-vez llegó a un rincón obscuro de
-la calle&mdash;¿Qué es lo qué quieres
-de mí?</p>
-
-<p>&mdash;¡Es horroroso encontrarse con
-un hermano querido que no da la
-menor muestra de afecto a la
-hermana que siempre fué con él
-tierna y cariñosa!</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Tonterías!&mdash;exclamó
-Salomón, rozando con sus labios
-la frente de la señorita Pross&mdash;¿Estás
-contenta ahora?</p>
-
-<p>La señorita Pross movió la cabeza
-y rompió a llorar de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;Si te figuras que me has dado
-una sorpresa, te engañas de medio
-a medio; no me ha sorprendido
-encontrarte. Sabía que estabas en
-París, pues bueno es que sepas
-que son muy pocos los que en
-París viven sin que lo sepa yo. Si
-no quieres poner en peligro grave
-mi existencia... tentado estoy de
-creer que esa es tu intención...
-sigue tu camino lo más pronto
-posible, y deja que yo siga el mío.
-Tengo muchas ocupaciones... Soy
-funcionario público.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mi hermano Salomón, inglés
-de nacimiento y de alma, mi hermano
-Salomón, que en su patria
-hubiera podido ser uno de los más
-grandes hombres, funcionario público
-en país que no es el suyo,
-dependiendo de hombres que no
-son ingleses... y qué hombres, Cielo
-santo! ¡Hubiese preferido encontrarte
-muerto en su...!</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo creo!... ¡Lo suponía!... ¡Lo
-sabía de cierto!&mdash;exclamó su
-hermano interrumpiéndola.&mdash;Lo
-que tú quieres es mi muerte. Mi
-tierna, mi cariñosa hermana hará
-que me hagan figurar entre los
-sospechosos... Es decir; lo está
-haciendo ya.</p>
-
-<p>&mdash;¡No lo permita Dios!&mdash;gritó
-la señorita Pross.&mdash;Mucho te he
-querido, Salomón, mucho te quiero;
-pero hubiese preferido no volver
-a verte más, a encontrarte
-como te encuentro. Dime una palabra
-de cariño, dime que no me
-aborreces, que no nos separa el
-odio, y me voy sin detenerte un
-segundo más.</p>
-
-<p>Salomón estaba pronunciando
-la palabra de cariño solicitada,
-dando pruebas de una condescendencia
-que seguramente no habría
-tenido de haber estado invertidas
-las posiciones respectivas, cuando
-inopinadamente terció Jeremías
-<i>Lapa</i> en la conversación, poniendo
-una zarpa sobre el hombro del
-cariñoso hermano y diciendo con
-voz ronca:</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que también a mí
-se me permitirá colocar una pregunta.
-¿Quiere usted decirme si
-su nombre es Juan Salomón o
-Salomón Juan?</p>
-
-<p>El funcionario público, por to<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>da
-contestación, se volvió hacia
-quien rompía su mutismo para
-dirigirle una pregunta que le intranquilizó,
-y quedó mirándole
-de hito en hito con visible recelo.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy esperando&mdash;repuso <i>Lapa</i>.&mdash;¿Ha
-quedado usted mudo
-de repente? ¿Juan Salomón o Salomón
-Juan? ¿En qué quedamos?
-La señorita le llama Salomón, y
-es de suponer que conozca bien
-su nombre, toda vez que es su
-hermana, según veo. Pero es el
-caso que yo le conozco como Juan.
-¿Cuál de los dos nombres es el
-verdadero? Otro tanto digo acerca
-del apellido. En Inglaterra no se
-llamaba usted Pross.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué está usted diciendo?</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo mismo lo sé muy bien,
-pues confieso que no recuerdo el
-apellido que usted llevaba en la
-orilla opuesta del Canal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo ha olvidado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero juraría que era un
-apellido de dos sílabas.</p>
-
-<p>&mdash;¡De veras!</p>
-
-<p>&mdash;De veras. Pross no tiene más
-que una sílaba; el otro tenía dos...
-En nombre del Padre de la Mentira,
-que indudablemente es su
-padre de usted, ¿quiere decirme
-cómo se llamaba cuando ejercía
-el honroso ejercicio de soplón del
-Old Bailey?</p>
-
-<p>&mdash;¡Barsad!&mdash;contestó otra voz,
-terciando en la conversación.</p>
-
-<p>El que acababa de hablar era
-nuestro antiguo amigo Sydney
-Carton. Colocadas ambas manos
-a la espalda bajo los faldones de
-su levita, habíase puesto junto a
-<i>Lapa</i>, afectando la misma negligencia
-con que solía asistir a las
-vistas del Old Bailey.</p>
-
-<p>&mdash;No se alarme usted, señorita
-Pross&mdash;repuso.&mdash;Ayer tarde me
-presenté en el domicilio del señor
-Lorry, con no poca sorpresa de
-este señor, que estaba muy lejos
-de esperar mi vista. Convinimos
-los dos en que no me dejaría ver
-en parte alguna hasta después
-que el asunto estuviera resuelto
-definitiva y satisfactoriamente, o
-bien hasta tanto no fuera necesaria
-mi presencia. Ateniéndome a
-lo pactado, me he personado aquí,
-porque es indispensable que cruce
-cuatro palabras con su hermano.
-Muy de veras lamento que sea
-usted hermana de un sujeto tan
-poco recomendable; muy de veras
-lamento que tenga por hermano
-a un mirlo del verdugo.</p>
-
-<p>Era éste el nombre con que solían
-designarse los espías.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se atreve usted&mdash;preguntó
-el espía, pálido como un
-difunto&mdash;a decirme...?</p>
-
-<p>&mdash;Me explicaré, para que vea
-usted que no hablo a tontas y a
-locas&mdash;contestó Carton.&mdash;Me hallaba
-yo hace media hora contemplando
-los muros de la Conserjería,
-cuando vi salir a usted por sus
-puertas. Entre otras cualidades,
-buenas unas, malas otras, tengo
-la de recordar bien las caras, y
-cuente que la suya es de las que
-con dificultad se despintan. Me
-sorprendió ver a usted en aquel
-lugar, y como por otra parte, ten<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>go
-mis motivos para relacionar
-la persona de usted con las desgracias
-de un amigo, en este instante
-más desgraciado que nunca,
-se me ocurrió la idea de seguirle.
-Pisándole los talones entré tras de
-usted en la taberna y me senté a
-su lado. De la conversación de
-usted, y de los rumores de admiración
-que arrancó a sus oyentes,
-no me fué difícil inferir cuál es
-el oficio de usted. Lo que en un
-principio había yo hecho al azar,
-fué convirtiéndose gradualmente
-en objetivo determinado, señor
-Barsad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ese objetivo?...&mdash;preguntó
-el espía.</p>
-
-<p>&mdash;Sería molesto, y hasta peligroso,
-explicarlo en la calle. ¿Tiene
-usted la bondad de favorecerme
-con su compañía durante
-algunos minutos... hasta el Banco
-Tellson, por ejemplo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Bajo amenaza?</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¿He hablado de amenazas?</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿a santo de qué
-voy a ir allí?</p>
-
-<p>&mdash;Con franqueza, señor Barsad;
-no puedo decirlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No puede, o no quiere, señor?&mdash;preguntó
-con cierta indecisión
-el espía.</p>
-
-<p>&mdash;Me interpreta usted maravillosamente
-bien; no quiero.</p>
-
-<p>Fué auxiliar muy poderoso de
-la habilidad prodigiosa de Carton
-el tono de glacial indiferencia con
-que hablaba. Su vista de lince lo
-advirtió desde el primer momento,
-y dicho está que sacó de ello
-todo el partido posible.</p>
-
-<p>&mdash;¡Acuérdate de lo que te digo
-y no lo olvides nunca!&mdash;exclamó
-Barsad, dirigiendo a su hermana
-una mirada de furiosa reconvención.&mdash;Obra
-tuya será, si me ocurre
-una desgracia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, vamos, señor Barsad!&mdash;dijo
-Carton&mdash;No sea usted
-ingrato. Agradezca el respeto que
-su hermana me inspira la benignidad
-con que me conduzco haciéndole
-una proposición que ha
-de dejarnos satisfechos a todos.
-¿Me acompaña al Banco?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; le acompaño. Estoy pronto
-a escuchar lo que desee decirme.</p>
-
-<p>&mdash;Ante todo, escoltaremos a
-su hermana de usted hasta la
-esquina de la casa donde vive.
-Tenga la bondad de aceptar mi
-brazo, señorita Pross. Dadas las
-circunstancias por que la ciudad
-atraviesa, no debe usted ir sola
-y sin protección, y como quiera
-que el hombre que la acompaña
-a usted conoce al señor Barsad,
-me tomo la libertad de invitarle
-a venir con nosotros al domicilio
-del señor Lorry. ¿Estamos dispuestos?
-¿Sí? Pues en marcha.</p>
-
-<p>Más tarde recordó la señorita
-Pross, y no lo olvidó en su vida,
-que al aferrarse al brazo de Carton
-y mirarle a la cara para dirigirle
-una súplica muda, pero elocuente,
-en favor de su hermano, observó
-en la fortaleza del brazo y en la
-expresión de los ojos de aquel algo<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span>
-que no sólo estaba reñido con la
-ligereza de tono y de modales
-de Carton, sino también transformaba
-y elevaba al hombre. Si
-por el momento no le llamó la
-atención, fué porque la preocupaban
-demasiado los temores que
-la inspiraba la suerte de un hermano
-tan poco merecedor de su afecto
-para hacer observaciones.</p>
-
-<p>Después de despedirse de la señorita
-Pross en las inmediaciones
-de la casa del doctor, Carton, caminando
-entre Barsad y Jeremías
-<i>Lapa</i>, dirigióse hacia el edificio
-del Banco Tellson, muy poco
-distante.</p>
-
-<p>Lorry, que acababa de comer,
-y se hallaba sentado al amor de la
-lumbre, volvió la cabeza al oir los
-pasos de los que le visitaban, y
-no pudo evitar un gesto de extrañeza
-al ver una cara desconocida.</p>
-
-<p>&mdash;Le presento al hermano de la
-señorita Pross&mdash;dijo Carton,&mdash;el
-señor Barsad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Barsad?&mdash;repitió Lorry.&mdash;¿Barsad?
-Me parece recordar ese
-apellido... y el rostro de quien lo
-lleva.</p>
-
-<p>&mdash;¿No dije antes a usted que
-tiene una cara de las que difícilmente
-se despintan, señor Barsad?&mdash;preguntó
-con frialdad Carton.&mdash;Hágame
-el favor de sentarse.</p>
-
-<p>Carton, al mismo tiempo que
-acercaba una silla, suministró a
-Lorry el eslabón que éste andaba
-buscando para enlazar la cadena
-de sus recuerdos.</p>
-
-<p>&mdash;Testigo de aquella causa&mdash;dijo
-sencillamente Carton.</p>
-
-<p>Fué lo bastante para que Lorry
-recordara, y también para que mirase
-a Barsad con repugnancia
-visible.</p>
-
-<p>&mdash;La señorita Pross ha reconocido
-en el señor Barsad al hermano
-cariñoso de quien tantas veces
-la ha oído usted hablar&mdash;observó
-Carton.&mdash;No ha negado Barsad
-el parentesco... Pero pasemos a
-otras noticias peores; Darnay ha
-sido encarcelado de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué me dice usted!&mdash;exclamó
-Lorry, profundamente consternado.&mdash;No
-hace dos horas que
-le dejé en su casa libre y contento,
-y ahora mismo me disponía a ir
-a verle.</p>
-
-<p>&mdash;Pues está preso. ¿Cuándo le
-prendieron, Barsad?</p>
-
-<p>&mdash;En todo caso, habrá sido hace
-un momento.</p>
-
-<p>&mdash;Barsad es en este asunto fuente
-de información segura&mdash;observó
-Carton.&mdash;De sus labios escuché la
-noticia cuando se la contaba, entre
-copa y copa de aguardiente,
-a un amigo suyo, soplón como él.
-Parece que acompañó a los encargados
-de prenderle hasta la puerta
-de la casa del doctor, alejándose
-al ver que el portero les franqueaba
-el paso. La duda, pues, es
-imposible.</p>
-
-<p>Lorry comprendió que la desgracia
-era cierta. En su cerebro
-sintió el rudo batallar de mil ideas
-confusas y contradictorias, pero
-se dió cuenta de lo muchísimo
-que le convenía no perder la presencia
-de espíritu y, a costa de
-esfuerzos titánicos, se dominó,<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>
-recobró la serenidad, y permaneció
-callado y atento.</p>
-
-<p>&mdash;Es de esperar... esa confianza
-abrigo&mdash;repuso Carton&mdash;que el
-nombre del doctor y su influencia
-en las masas sean tan eficaces mañana...
-¿No dijo usted, Barsad,
-que ha de comparecer mañana
-ante el Tribunal?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; creo que la comparecencia
-será mañana.</p>
-
-<p>&mdash;... Tan eficaces mañana, y tan
-decisivas, como hoy; pero no es
-imposible que ocurra lo contrario.
-Confesaré, señor Lorry, que me
-inspira vivos temores el hecho de
-que el doctor no haya podido
-impedir la prisión.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá no sospechase siquiera
-la posibilidad del peligro&mdash;contestó
-Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que, a juicio mío, sería
-circunstancia altamente alarmante,
-visto lo identificado que está
-con su yerno.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;contestó Lorry,
-apoyando la barbilla sobre la
-palma de la mano y mirando a
-Carton con expresión de abatimiento.</p>
-
-<p>&mdash;En suma&mdash;continuó Carton:&mdash;cuando
-se entabla una partida
-desesperada y se cruzan apuestas
-desesperadas, fuerza es recurrir
-también a medidas desesperadas.
-Juegue en buena hora el doctor
-con las cartas de ganar, que yo
-manejaré, mientras, las de perder.
-Empeñe el doctor la partida encaminada
-a sacar a su yerno de la
-Conserjería; que yo, mientras tanto,
-jugaré otra independiente y
-con vistas a encerrar a un <i>amigo</i>
-en la Conserjería. El amigo que
-me propongo encerrar, señor Barsad,
-es usted.</p>
-
-<p>&mdash;Muy buenas cartas tendrá usted
-que reunir para ganar ese
-juego, replicó el espía.</p>
-
-<p>&mdash;Las he reunido ya, y voy a ponerlas
-boca arriba... pero ya sabe
-usted, señor Lorry, lo torpe que
-soy si no aplico a mi cacumen el
-acicate de unas copas. Si me diera
-una copita de brandy, se lo agradecería.</p>
-
-<p>Fuéle servido el licor, del que
-tomó dos copas consecutivas.</p>
-
-<p>&mdash;El señor Barsad&mdash;dijo, separando
-la botella y hablando como
-si en la mano tuviera una colección
-de cartas,&mdash;mirlo del verdugo,
-emisario de los comités
-republicanos, hoy calabocero,
-ayer prisionero, siempre espía y
-soplón secreto, cuya valía aquí
-aumenta considerablemente por
-la circunstancia de ser inglés, y
-por tanto, menos expuesto a sospechas
-que ningún francés, se
-presenta a los mismos a quienes
-sirve bajo nombre supuesto; este
-triunfo es de primer orden. El
-señor Barsad, a sueldo hoy del
-Gobierno revolucionario francés,
-sirvió, no ha mucho tiempo, al
-Gobierno aristocrático inglés, enemigo
-jurado de Francia y de sus
-libertades; me parece que acabo
-de enseñar otra carta que difícilmente
-se <i>falla</i>. Si ahora entramos
-en el terreno de las sospechas y
-deducciones, encontraremos una,
-clara como la luz del sol, sospecha<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span>
-que expresaré con las palabras
-siguientes: el señor Barsad, soplón
-asalariado del Gobierno aristocrático
-inglés, lo es al mismo tiempo
-de Pitt, enemigo artero que
-herirá a la República en medio del
-corazón, inglés traidor, agente,
-instrumento, autor de todas esas
-indignidades de que todo el mundo
-habla y nadie es capaz de
-probar. Este es un triunfo que
-casi asegura la partida. ¿Va usted
-siguiendo mi juego, señor Barsad?</p>
-
-<p>&mdash;Voy haciéndome cargo de la
-importancia de las cartas, pero
-aun ignoro cómo piensa usted
-jugarlas&mdash;contestó el espía visiblemente
-intranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;Principio jugando el triunfo
-siguiente: Denuncia contra el llamado
-Barsad ante el Comité del
-distrito más próximo. Vea usted
-sus cartas, Barsad, y juegue... sin
-precipitaciones, que nadie nos
-corre.</p>
-
-<p>Tomó de nuevo la botella, se sirvió
-otra copa, la bebió con calma
-imperturbable y esperó. Vió que
-el espía temía que de las libaciones
-resultase una denuncia inmediata,
-y, sin duda para acrecentar el
-temor, se sirvió y apuró la cuarta
-copa.</p>
-
-<p>&mdash;Tómese todo el tiempo que
-quiera, Barsad, no sea que pierda
-la partida a la primera jugada.</p>
-
-<p>Era Barsad adversario más débil
-de lo que Carton había supuesto.
-A decir verdad, en su juego
-tenía cartas muy malas, y él lo
-sabía, aunque no lo supiese Carton.
-Sabía, por ejemplo, que, destituído
-de su honroso cargo en Inglaterra,
-como resultados de imperdonables
-torpezas cometidas
-en el ejercicio de aquél, atravesó
-el Canal y ofreció sus servicios en
-Francia, donde fueron aceptados,
-al principio, para tentar y sonsacar
-a sus compatriotas, y más
-tarde, para tentar y sonsacar a
-los franceses. Sabía que, durante
-el gobierno derribado, estuvo encargado
-de vigilar el barrio de
-San Antonio y la taberna de Defarge;
-que recibió de la policía los
-datos necesarios acerca del cautiverio,
-libertad e historia del doctor
-Manette, merced a los cuales
-creyó que conseguiría hacerse
-amigo confidencial de los Defarges,
-aunque muy pronto hubo de
-convencerse de que, en algunas
-ocasiones, el que va por lana vuelve
-trasquilado. Siempre recordó
-con terror que aquella tabernera
-terrible había hecho calceta mientras
-él intentaba sonsacarla, y se
-echaba a temblar cada vez que
-se acordaba de que le miraba con
-expresión sombría mientras sus
-dedos se movían vertiginosos. Habíala
-visto desde entonces infinidad
-de veces en el distrito de
-San Antonio, armada de sus registros
-hechos a punto de media y
-denunciando personas cuyas cabezas
-no tardaba en cercenar la
-guillotina. Sabía, como lo saben
-todos los que ejercen empleos como
-el suyo, que sobre su cabeza
-rugía a todas horas la tormenta;
-que su cabeza corría peligro, que
-la fuga era imposible, que por<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span>
-momentos acercaba su pescuezo
-a la cuchilla, y que, pese a los
-servicios prestados a la causa del
-terror imperante, una sola palabra
-bastaba para llevarle al patíbulo.
-No bien le denunciasen, fulminando
-contra él todos o parte de
-los gravísimos cargos que acababan
-de insinuarle, comprendió
-que aquella formidable mujer,
-de cuyo carácter implacable había
-visto pruebas sobradas, exhibiría
-el registro fatal que disiparía
-la última posibilidad de salvación.
-Unase a esto la ley, mil veces comprobada,
-de que todos los soplones,
-todos los delatores secretos,
-son cobardes por temperamento,
-hombres que se amedrentan sin
-dificultad, y se comprenderá la
-la disposición de ánimo en que
-quedó Barsad.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que no son muy de su
-gusto sus cartas&mdash;dijo Carton con
-la calma de siempre.&mdash;¿No juega
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;Creo, señor&mdash;respondió Barsad,
-volviéndose hacia Lorry y
-hablando con humildad rastrera,&mdash;que
-me veo en el caso de solicitar
-de un caballero de sus años y
-de su benevolencia el favor de que
-recabe de este otro caballero, mucho
-más joven que usted, que
-desista de jugar la carta de que
-acaba de hablarme. Confieso que
-soy un espía, y reconozco que el
-oficio a nadie honra, aunque me
-admitirán ustedes que alguno ha
-de desempeñarlo; pero este caballero
-no es espía, este caballero
-no es delator; y puesto que ahora
-no lo es, ¿que necesidad tiene de
-serlo en lo sucesivo?</p>
-
-<p>&mdash;Jugaré mi carta, señor Barsad&mdash;dijo
-Carton, sin esperar a
-que contestase Lorry,&mdash;sin el menor
-escrúpulo y dentro de cinco
-minutos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo había dado cabida a la
-esperanza, señores, de que, por
-consideración a mi hermana...</p>
-
-<p>&mdash;El mayor favor que podemos
-hacer a su hermana, es librarla
-para siempre de un hermano como
-usted&mdash;replicó Carton.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo cree usted así, señor?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy convencidísimo de ello.</p>
-
-<p>El espía, con toda su humildad,
-que tanto contrastaba con su indumentaria
-de terrorista y probablemente
-con su manera ordinaria
-de ser, recibió golpe tan rudo de
-la inescrutabilidad de Carton, que
-siempre fué un misterio para hombres
-más honrados y más listos
-que él, que vaciló, tembló, y se
-dió por perdido. Mientras desconcertado,
-estupefacto, callaba sin
-saber cómo salir del atolladero,
-repuso Carton:</p>
-
-<p>&mdash;Estoy examinando otra vez
-mis cartas, y encuentro una, tan
-buena como las enumeradas, de
-la que no había hecho mención.
-¿Quién es aquel colega suyo, que
-hablaba como quien toda su vida
-se la ha pasado paciendo en las
-cárceles?</p>
-
-<p>&mdash;Es un francés; no le conoce usted&mdash;respondió
-vivamente el espía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Francés, eh?&mdash;exclamó Carton,
-como si no pensase en lo que
-estaba diciendo&mdash;puede ser.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Lo es... se lo aseguro... aunque
-eso es lo de menos&mdash;dijo el
-espía.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque eso es lo de menos...&mdash;repitió
-Carton como maquinalmente&mdash;aunque
-eso es lo de menos...
-Sí... es lo de menos... Pero
-es el caso que yo conozco esa cara.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que no... Desde luego
-aseguro que no... No es posible...</p>
-
-<p>&mdash;No es posible...&mdash;murmuró
-Carton, llenando por quinta vez
-su copa, que por fortuna era pequeña.&mdash;No
-es posible... Habla
-francés con corrección... pero con
-acento ligeramente extranjero...</p>
-
-<p>&mdash;Acento provinciano&mdash;explicó
-el espía.</p>
-
-<p>&mdash;¡No! ¡Acento extranjero!&mdash;replicó
-Carton, descargando un
-puñetazo sobre la mesa.&mdash;¡Es
-Cly! ¡Disfrazado, desfigurado, pero
-el mismísimo Cly! Lo he tenido
-muchas veces ante mi vista en el
-Old Bailey.</p>
-
-<p>&mdash;Se arrebata usted con facilidad,
-señor&mdash;dijo Barsad con sonrisa
-que acentuó la inclinación hacia
-un lado de su nariz aguileña,&mdash;lo
-que pone en mis manos una
-ventaja sobre usted. Cly, mi colega
-en otro tiempo, no tengo inconveniente
-en confesarlo, murió hace
-una porción de años. Le cuidé
-yo mismo durante su última enfermedad.
-Fué enterrado en Londres,
-en el cementerio de la parroquia
-de San Pancracio. No le
-acompañé hasta el cementerio,
-porque temí a las muchedumbres,
-pues mi amigo y colega tuvo la
-desgracia de hacerse extraordinariamente
-impopular; pero ayudé
-a los que le encerraron en el ataúd.</p>
-
-<p>De pronto Lorry vió proyectada
-en la pared la sombra de un trasgo
-o cosa análoga. Volvió la cabeza
-buscando el origen de la proyección,
-y con sorpresa que no es
-para ser descrita, advirtió que estaba
-en la cabeza de Jeremías <i>Lapa</i>,
-cuyos cabellos, semejantes a aceradas
-púas, se habían puesto de
-punta.</p>
-
-<p>&mdash;Póngase usted en razón, señor,
-y no se deje engañar por
-suspicacias que no tienen base
-racional&mdash;repuso el espía.&mdash;Para
-demostrar a usted cuán engañado
-está, y la ninguna base de su suposición,
-voy a presentarle un certificado
-en regla de la defunción
-de Cly, certificado que siempre
-llevo en el bolsillo. Tómelo usted&mdash;añadió,
-ofreciendo a su interlocutor
-un papel doblado.&mdash;¡Léalo,
-léalo... tómelo en sus manos, examínelo
-con detenimiento... no es
-falso, no, sino auténtico y muy
-auténtico!</p>
-
-<p>Lorry observó que la sombra
-proyectada en la pared se prolongaba.
-Era que <i>Lapa</i> se había levantado
-del asiento y se aproximaba
-al espía, a cuyo lado se colocó
-sin ser visto ni oído por él.
-Poniendo su diestra sobre el hombro
-de Barsad, preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque fué usted el que puso
-a Rogerio Cly dentro del ataúd?</p>
-
-<p>&mdash;Yo fuí; sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién le sacó de él?</p>
-
-<p>Barsad, echándose sobre el respaldo
-de su silla, balbuceó:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significan sus palabras?</p>
-
-<p>&mdash;Significan&mdash;contestó <i>Lapa</i>&mdash;que
-el cadáver de Cly nunca
-estuvo dentro del ataúd. ¡No... y
-no! ¡Que me corten la cabeza si
-estuvo!</p>
-
-<p>El espía miró alternativamente
-a los dos caballeros, los que, a su
-vez, contemplaban con estupefacción
-infinita a <i>Lapa</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Y añado&mdash;repuso Jeremías
-<i>Lapa</i>&mdash;que enterrasteis adoquines
-de calle y tierra dentro de
-aquel féretro. No me venga aquí
-con monsergas ni con pretensiones
-de hacerme creer que enterraron
-a Cly, que yo, y dos hombres más,
-sabemos muy bien lo que había
-dentro del ataúd.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero cómo lo sabe usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a usted qué le importa?&mdash;gruñó
-<i>Lapa</i>.&mdash;Hace mucho tiempo
-que aborrezco a usted, sí, señor,
-porque hasta en asuntos tan
-graves como la muerte se atreve
-a engañar a menestrales honrados
-que sólo ambicionan trabajar. ¡Sepa
-usted, señor mío, que por menos
-de media guinea lo agarraría
-por el pescuezo y lo estrangularía!</p>
-
-<p>Tanto Carton como Lorry, cuyo
-asombro había llegado al colmo,
-rogaron a Jeremías <i>Lapa</i> que se
-moderase y que les explicase lo
-que para ellos era enigma de imposible
-solución.</p>
-
-<p>&mdash;Otro día lo haré, señor&mdash;replicó
-<i>Lapa</i>, poco propicio a dar
-las explicaciones que se le pedían,&mdash;que
-no es esta ocasión conveniente
-para entrar en explicaciones.
-Lo que yo quiero dejar sentado
-es que ese individuo sabe
-muy bien que Cly no pensó nunca
-en ser encerrado en aquel ataúd.
-Que se atreva a repetirlo ese embustero,
-y lo ahogo entre mis zarpas
-o salgo corriendo a delatarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hum!&mdash;gruñó Carton.&mdash;Me
-encuentro con otro triunfo,
-Barsad. Aquí en París, donde se
-respira la atmósfera de las sospechas,
-bien seguro es que no sale
-con vida de una denuncia el que,
-como usted, sostiene relaciones estrechas
-con otro espía aristócrata
-de su misma calaña, sobre quien
-pesa el misterio de haberse fingido
-muerto y enterrado para resucitar
-contra todas las leyes divinas y
-humanas. Maquinaciones contra
-la República fraguadas por extranjeros
-que la República tiene
-a sueldo... ¡Malo, malo! Es un
-triunfo muy grande... el triunfo
-de la Guillotina, Barsad. ¿No juega
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡No! ¡No juego!&mdash;contestó el
-espía.&mdash;¡Me rindo! Confieso que
-nos habíamos hecho tan impopulares
-con la vil gentuza, que yo
-logré escapar de Inglaterra donde
-corría riesgo de ser ahorcado, y
-Cly se vió tan comprometido, que
-si no se muere es bien cierto que ni
-por los aires habría podido salir.
-Lo que me maravilla, lo que me
-aturde, lo que me vuelve loco, es
-que ese hombre sepa que Cly no
-fuera enterrado. ¿Cómo lo averiguó?</p>
-
-<p>&mdash;No se caliente usted los cascos,
-señor mío&mdash;contestó <i>Lapa</i>&mdash;Harto
-hará con prestar atención<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span>
-a lo que éstos caballeros le dicen.
-Pero no olvide que por menos
-de media guinea le estrangulo con
-mis propias manos.</p>
-
-<p>El mirlo del verdugo se volvió
-hacia Carton, y dijo con decisión
-que hasta aquel instante no había
-tenido:</p>
-
-<p>&mdash;Entro de servicio dentro de
-muy poco, y no me es posible
-entretenerme más. Me dijo usted
-que deseaba hacerme una proposición;
-¿tiene la bondad de formularla?
-Principiaré por decirle que
-no me pida grandes cosas, que no
-pretenda exigirme nada que esté
-reñido con mi cargo, nada que
-ponga mi cabeza en mayor riesgo
-del que ahora corre, pues prefiero
-abandonar mi vida a las
-contingencias de una negativa
-que a las de un consentimiento.
-Antes habló usted de una partida
-desesperada; ya estamos todos
-desesperados; por mi parte, confieso
-que lo estoy como el que más.
-Otra cosa; sin el menor escrúpulo
-delataré a usted si veo que me
-conviene, pues cuando se hunde
-la casa, uno busca salida entre los
-montones de ruinas. Hechas estas
-advertencias, que conviene que no
-pierda usted de vista, dígame qué
-desea de mí.</p>
-
-<p>&mdash;Muy poca cosa. ¿No es usted
-calabocero de la Conserjería?</p>
-
-<p>&mdash;En vez de contestar su pregunta,
-le diré que no hay escape
-posible&mdash;replicó con entereza el
-espía.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo exijo que conteste lo
-que acabo de preguntar.</p>
-
-<p>&mdash;Lo soy algunas veces.</p>
-
-<p>&mdash;¿Puede serlo cuando quiere?</p>
-
-<p>&mdash;Puedo entrar y salir de la
-Conserjería cuando quiero.</p>
-
-<p>Carton llenó otra copita de
-licor, la vertió gota a gota en el
-suelo, y al cabo de algunos instantes
-de reflexión dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Hasta aquí, hemos hablado
-en presencia de estos dos señores,
-porque me convenía que alguien,
-además de nosotros dos, tuviera
-noticia del valor de las cartas que
-tengo, pero lo que falta, es cosa
-que debe quedar entre usted y
-yo. Acompáñeme a esa habitación,
-donde cambiaremos las pocas
-palabras que faltan.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_IX">IX.<br />HECHO EL JUEGO</h3></div>
-
-
-<p>Mientras Sydney Carton y el
-mirlo del verdugo, encerrados en
-la habitación contigua, conferenciaban
-con voz tan baja que ni el rumor
-más insignificante se filtraba
-por las rendijas de la puerta, Lorry
-contemplaba a Jeremías <i>Lapa</i>
-con recelo manifiesto y profunda
-desconfianza. Bueno será advertir
-que el efecto producido por la
-insistente mirada del buen banquero
-sobre el honrado menestral
-no era el más indicado para disipar
-prevenciones; variaba la pierna
-sobre la cual gravitaba el peso
-de su cuerpo con tanta frecuencia
-como si hubiese dispuesto de
-cincuenta extremidades y desease
-probar la robustez de todas;<span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span>
-examinaba sus uñas con atención
-tan escrupulosa, que llegaba a
-inspirar sospechas, y cuantas veces
-sus ojos tropezaban con los
-escrutadores de Lorry, acometíale
-un acceso de tos que le obligaba
-a llevar la mano a la boca, síntoma
-que rara vez, acaso nunca,
-acompaña a la franqueza perfecta
-de carácter.</p>
-
-<p>&mdash;¡Jeremías!&mdash;exclamó de
-pronto Lorry.&mdash;¡Venga usted acá!</p>
-
-<p>Aproximóse <i>Lapa</i> caminando
-a la usanza cangrejil, es decir, de
-costado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué oficios ha tenido usted
-además de ordenanza del Banco?</p>
-
-<p>A vuelta de una meditación
-bastante detenida, y después de
-buscar una idea luminosa en la
-mirada fija de su superior, contestó
-<i>Lapa</i>:</p>
-
-<p>&mdash;He sido agricultor.</p>
-
-<p>&mdash;Abrigo fundados temores&mdash;replicó
-Lorry, moviendo con fiero
-ademán la mano&mdash;de que usted
-ha sido ordenanza del respetable
-Banco Tellson para despistar, para
-tener una pantalla que encubriera
-otras ocupaciones contrarias
-a la Ley, ocupaciones sencillamente
-infames. Si así es, no
-espere de mí consideración alguna
-tan pronto como lleguemos a Inglaterra;
-si así es, no espere tampoco
-que yo guarde el secreto.
-Debe conocerlo Tellson, y lo conocerá.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo creer, señor,&mdash;contestó
-con humildad <i>Lapa</i>&mdash;que un
-caballero como usted, un caballero
-en cuyo servicio he encanecido,
-se resuelva a causarme perjuicios
-de tanta consideración sin antes
-pensarlo muy bien..., aun cuando
-lo que sospecha fuera cierto. Yo
-no digo que lo sea; pero si lo fuese,
-siempre confiaría que usted no
-me había de tratar tan mal. Suponiendo
-que fuera lo que usted
-teme, aun entonces habría que
-estudiar el asunto desde dos puntos
-de vista, puesto que no tiene
-uno solo, sino dos. Doctores en
-medicina hay, y no pocos, que
-encuentran guineas de oro allí
-donde un menestral honrado no
-halla más que míseros peniques...
-¡Ni peniques siquiera! Medios peniques...
-Y ni medios peniques;
-cuartos de penique... y gracias.
-¿Y qué me dice usted de los que
-entran y salen del Banco Tellson
-pasando delante del honrado menestral
-que está junto a la puerta,
-sentado en un banquillo viejo,
-mientras ellos van arrellanados en
-lujosos carruajes? ¿No es un espectáculo
-para despertar el apetito
-más dormido? Añada usted
-a todo eso la presencia en Inglaterra
-de una señora <i>Lapa</i> que se
-pasa el día y la noche de rodillas
-y rezando para estropearle todos
-los negocios al marido, mientras
-las mujeres de los médicos y las
-de los que pasean en carruajes
-lujosos, rezan para que prosperen
-los asuntos de sus casas respectivas.
-Otra cosa; si lo que usted
-sospecha fuese cierto, que yo no
-digo que lo sea, ¿cree usted que
-me haría muy rico tomando los
-desperdicios de los empresarios de<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span>
-pompas fúnebres, lo que no quisieran
-los sacristanes, lo que desdeñasen
-los vigilantes de los cementerios?
-¡No, señor Lorry,
-no! es un oficio perdido; créame
-usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Uf!&mdash;exclamó Lorry&mdash;¡Me
-horroriza verle a usted!</p>
-
-<p>&mdash;El ofrecimiento que con toda
-la humildad me atrevo a hacer
-a usted, aun cuando fuera cierto
-lo que usted sospecha, que yo no
-digo que lo sea, es...</p>
-
-<p>&mdash;¡No venga usted con embustes!</p>
-
-<p>&mdash;No, señor; hablaré con verdad.
-El ofrecimiento que humildemente
-deseo hacer es el siguiente:
-sobre el banquillo emplazado
-en la acera del Tribunal, se sienta
-un hijo mío, que ya casi es un
-hombre, que hará recados, vigilará
-y se desvivirá por desempeñar
-las funciones que hasta aquí
-he desempañado yo, si así lo quiere
-usted. Si lo que usted teme
-fuera cierto, que yo no digo que
-lo sea, ni tampoco que no lo sea,
-porque no quiero mentirle a usted,
-den a mi hijo el cargo de su padre
-y que se encargue al propio tiempo
-de su madre, y mientras, deje
-al padre en libertad de cavar la
-tierra como se le antoje. Esto es,
-señor Lorry&mdash;añadió <i>Lapa</i>, secándose
-el sudor de la frente con
-el dorso de la mano,&mdash;lo que yo
-deseo ofrecer a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calle, Jeremías! ¡Calle y no
-diga ni una palabra más! Quién
-sabe si me decidiré a tratarle como
-hasta aquí, si con obras, no con
-palabras, me demuestra su arrepentimiento.
-Palabras no las quiero;
-no me convencen.</p>
-
-<p>Salieron en aquel instante Carton
-y Barsad.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Barsad&mdash;dijo el primero;&mdash;quedamos
-entendidos. Nada
-tema de mí.</p>
-
-<p>Tomó asiento junto a Lorry,
-quien le preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué han hecho?</p>
-
-<p>&mdash;Poca cosa; si la suerte del
-prisionero se pone obscura, me
-permitirán hacerle una visita; nada
-más.</p>
-
-<p>El desaliento de Lorry se acentuó.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo hacer más&mdash;repuso
-Carton.&mdash;Pedir demasiado, equivalía
-llevar a ese hombre a la
-guillotina, y, como dijo muy bien
-él, mayor desgracia no podría sobrevenirle
-aun cuando le delatásemos.
-Demos gracias a lo comprometido
-de su posición, pues
-de otra suerte, nada habríamos
-conseguido.</p>
-
-<p>&mdash;Pero llegar hasta él, en el
-caso de que le condenen, no es
-salvarle&mdash;objetó Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca dije que le salvaría&mdash;replicó
-Carton.</p>
-
-<p>Los ojos de Lorry buscaron gradualmente
-el fuego que ardía en
-la chimenea. El dolor que le produjo
-la segunda prisión del marido
-de la niña que tanto amaba abatió
-todas sus energías. Ya no era
-un hombre joven, a pesar de sus
-muchos años; era un viejo aniquilado
-por la ansiedad. Las lágrimas
-almacenadas en su pecho subieron<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span>
-hasta sus ojos y rodaron silenciosas
-por sus arrugadas mejillas.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted un gran corazón
-y es amigo leal de sus amigos&mdash;dijo
-Carton con voz alterada.&mdash;Perdóneme
-si he sido portador
-de una noticia que tan dolorosamente
-le ha afectado. Me sería
-imposible ver llorar a mi padre
-y conservar mi tranquilidad, y
-yo le juro que no respeto menos su
-dolor que respetaría el de mi
-padre.</p>
-
-<p>Tanto respeto, tanto interés,
-tanto sentimiento había en el tono
-y en la expresión de las palabras
-que quedan transcriptas, que
-Lorry, que no había tenido ocasión
-de apreciar el lado bueno de
-Carton, experimentó una de las
-sorpresas más grandes de su vida.
-Tendió silencioso una mano a su
-interlocutor, quien la estrechó con
-efusión.</p>
-
-<p>&mdash;Volviendo al pobre Darnay&mdash;repuso
-Carton,&mdash;diré que no es
-conveniente que hable usted a su
-esposa de la conferencia que acabamos
-de tener, ni de lo que he
-conseguido del espía. Ella no podría
-llegar hasta el calabozo, y
-si sabía que iba yo, acaso pensase
-que mi intención era proporcionar
-a su marido los medios de adelantarse
-a la ejecución de la sentencia.</p>
-
-<p>No había pensado en ello Lorry,
-quien al oir las palabras anteriores,
-volvió con viveza sus ojos
-hacia Carton, como para cerciorarse
-de si lo que no quería que
-pensase Lucía era precisamente lo
-que él tenía en su pensamiento.</p>
-
-<p>&mdash;Pensaría tal vez eso&mdash;añadió
-Carton,&mdash;y podría sospechar
-mil otras cosas, cada una de las
-cuales sería una tortura añadida
-a las que ya la atosigan. No le
-hable siquiera de mí. Conforme
-dije a usted al llegar a París, no
-la veré; conviene que no la vea.
-Lo que yo pueda hacer por ella,
-lo haré mejor no viéndola. ¿Va
-usted ahora a visitarla? Vaya
-cuanto antes, sí, pues esta noche
-debe de estar desesperada.</p>
-
-<p>&mdash;Voy ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;De lo que me alegro en el
-alma. Le quiere a usted mucho
-y tiene en usted confianza sin
-límites. ¿Cómo está ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Nadando en espantoso mar
-de ansiedades, pero hermosa como
-siempre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!</p>
-
-<p>Fué una exclamación profunda,
-larga, semejante a un gemido, a
-un sollozo ahogado. Los ojos de
-Lorry se volvieron hacia los de
-Carton con rapidez bastante para
-sorprender, mientras los de este
-último se clavaban en la lumbre
-de la chimenea, el paso por ellos,
-fugaz como una exhalación, de
-una luz o de una sombra; el anciano
-caballero no se hubiese atrevido
-a precisar si fué lo uno o lo
-otro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha terminado usted ya la
-comisión que aquí le trajo?&mdash;preguntó
-Carton al cabo de breves
-segundos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Conforme estaba diciendo
-a ustedes anoche, cuando tan ino<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span>pinadamente
-llegó Lucía, he hecho
-cuanto podía hacerse. No esperaba
-más que verlos a cubierto
-de peligro y contentos para
-abandonar a París. Pensaba marchar
-muy pronto; pero...</p>
-
-<p>Ambos quedaron silenciosos.</p>
-
-<p>&mdash;Largo es el libro de su vida,
-señor Lorry, ¿verdad?&mdash;preguntó
-Carton, sin duda por decir algo.</p>
-
-<p>&mdash;He cumplido los setenta y
-ocho años.</p>
-
-<p>&mdash;Setenta y ocho años bien
-empleados; setenta y ocho años
-durante los cuales ha sido útil a
-sus semejantes y respetado por
-éstos; ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Casi desde que tengo uso de
-razón me he dedicado a los negocios;
-sin exagerar puedo decir que,
-desde muchacho, soy hombre de
-negocios.</p>
-
-<p>&mdash;Su laboriosidad le ha valido
-ocupar un puesto envidiable.
-¡Cuántos le echarán de menos
-cuando deje vacante ese puesto!</p>
-
-<p>&mdash;No lo crea usted&mdash;replicó Lorry
-moviendo la cabeza&mdash;¿Quién
-ha de verter una lágrima a la memoria
-de un solterón viejo y solitario
-como yo?</p>
-
-<p>&mdash;¡No diga usted eso! ¿No llorará
-por usted ella? ¿No llorará su
-hija?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... sí... Llorarán... ¡gracias
-a Dios! Perdone usted; no sabía
-lo que decía.</p>
-
-<p>&mdash;Es un consuelo que bien merece
-que por él se den a Dios las
-gracias; ¿no es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;Mucho, sí... de acuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Si esta noche pudiera usted
-decirse con verdad las palabras
-siguientes: «No he sabido granjearme
-el cariño, la estimación, la
-gratitud ni el respeto de nadie;
-en ningún corazón humano he
-conseguido despertar ecos de simpatía,
-nada he hecho bueno, nada
-que sea útil a mis semejantes,
-nada digno de ser recordado», sus
-setenta y ocho años de edad serían
-setenta y ocho mil años de remordimientos;
-¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted razón, Carton;
-creo que no me cansaría de maldecirlos.</p>
-
-<p>Clavó nuevamente Carton su
-mirada en la lumbre, permaneció
-largo rato pensativo, y al fin, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Otra pregunta desearía hacerle;
-cuando se acuerda usted de
-su niñez, ¿la encuentra demasiado
-distante? ¿Le parece que ha transcurrido
-mucho tiempo desde los
-días felices en que se sentaba sobre
-las rodillas de su dulce madre?</p>
-
-<p>Lorry, con tono de voz inseguro
-por el efecto de la emoción que le
-embargaba, contestó:</p>
-
-<p>&mdash;Hace veinte años, sí; hoy, no.
-Me ocurre lo que al que viaja
-siguiendo un círculo; comienza
-alejándose del punto de partida;
-pero a medida que llega al final,
-se acerca más y más al principio.
-Con frecuencia despiertan hoy en
-mi corazón recuerdos tiernos largos
-años dormidos, con frecuencia
-veo a mi santa madre, tan joven,
-tan hermosa... mi madre muy joven
-y yo muy viejo... con frecuencia
-me acuerdo de incidentes de
-la vida ocurridos cuando el mun<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>do
-no era para mí tan real como es
-hoy, ni en mí habían echado raíces
-las faltas.</p>
-
-<p>&mdash;Lo comprendo&mdash;exclamó Carton
-enrojeciendo vivamente.</p>
-
-<p>&mdash;Y esos recuerdos, lejos de
-dejarle sabor amargo, le serán gratos,
-¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;En efecto; me producen una
-sensación de pesar dulce.</p>
-
-<p>Carton ayudó a poner el sobretodo
-a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, en cambio, es muy
-joven&mdash;repuso Lorry, volviendo
-al mismo tema.</p>
-
-<p>&mdash;Sí... no soy viejo; pero mis
-caminos juveniles nunca fueron
-los que llevan a la vejez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Va usted a salir?&mdash;preguntó
-Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Acompañaré a usted hasta
-la puerta de su casa. Ya conoce
-usted mi manera de ser inquieta
-y mis costumbres de vagabundo,
-así que, si me paso muchas horas
-rondando al azar por esas calles
-sin volver a casa, esté usted tranquilo,
-que yo reapareceré si no
-hoy, mañana. ¿Piensa asistir mañana
-a la vista de la causa?</p>
-
-<p>&mdash;Con harto dolor de mi alma
-tendré que asistir.</p>
-
-<p>&mdash;Allí estaré yo, pero entre el
-público. Mi espía me encontrará
-sitio... ¿Quiere usted aceptar mi
-brazo?</p>
-
-<p>Cogidos del brazo bajaron la
-escalera y salieron a la calle. Minutos
-después llegaban frente a
-la casa del doctor Manette, donde
-se separaron. Lorry entró en la
-casa y Carton se alejó de ella
-pero por muy poco tiempo, pues
-breves instantes después, volvía
-a estacionarse junto a la puerta
-cerrada.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Ella</i> sale todos los días por
-aquí&mdash;se dijo Carton;&mdash;toma
-aquella dirección... ¡Cuántas veces
-habrá pisado esas piedras!...
-¡Seguiré sus pasos!</p>
-
-<p>Sonaban las diez de la noche
-en los relojes de la ciudad cuando
-Carton ponía fin a su paseo frente
-a los sombríos muros de la cárcel
-de La Force. Un aserrador de
-madera, después de cerrar su taller,
-fumaba tranquilo su pipa
-frente a su establecimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, ciudadano&mdash;dijo
-Carton, observando que el
-aserrador le dirigía miradas inquisitivas.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, ciudadano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tal anda la República?</p>
-
-<p>&mdash;Supongo que te referirás a la
-Guillotina... No anda mal. Hoy
-sesenta y tres; no tardaremos en
-llegar a cien por día. Sansón y sus
-ayudantes se quejan de que el
-trabajo es excesivo, de que se les
-agotan las fuerzas... ¡Ja, ja, ja!
-¡Qué gracioso es el buen Sansón!
-¿Has visto en tu vida barbero
-más atareado?</p>
-
-<p>&mdash;¿Le ves con frecuencia...?</p>
-
-<p>&mdash;¿Afeitar? Todos los días...
-¡Vaya un barbero! ¿Le has visto
-alguna vez en funciones?</p>
-
-<p>&mdash;Nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no dejes de ir a verle
-cuando tiene tarea por delante.
-Es una delicia verle trabajar...
-Figúrate tú, ciudadano; hoy, se<span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span>senta
-y tres en menos de dos
-horas... ¡En menos de dos horas,
-palabra de honor!</p>
-
-<p>En tal extremo repugnó a Carton
-la fruición con que el aserrador
-explicaba las <i>faenas</i> del verdugo,
-que le volvió la espalda para
-no estrangularle, como era su deseo
-más ferviente.</p>
-
-<p>&mdash;Pero tú no eres inglés, aunque
-como inglés vistes, ¿verdad?&mdash;preguntó
-el aserrador.</p>
-
-<p>&mdash;Inglés soy&mdash;contestó Carton,
-volviendo la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Pues hablas como un francés
-auténtico.</p>
-
-<p>&mdash;Fuí estudiante aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah...! Casi francés, entonces.
-Buenas noches, inglés.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches, ciudadano.</p>
-
-<p>&mdash;No dejes de ir a ver al amigo
-Sansón.</p>
-
-<p>Alejóse Carton, pero no se había
-separado gran cosa del taller
-del aserrador, cuando se detuvo
-bajo un farol y escribió algunas
-palabras con lápiz en un pedazo
-de papel. Cruzando a continuación
-una porción de calles obscuras y
-sucias, con el paso decidido del
-que sabe perfectamente a donde
-va, hizo alto frente a una droguería,
-cuya puerta estaba cerrando
-en aquel momento el droguero.</p>
-
-<p>Luego que dió las buenas noches
-al ciudadano droguero, cuyo
-aspecto nada tenía que envidiar,
-por lo sucio y repugnante, a la
-tienda, puso sobre el mostrador el
-pedazo de papel en que poco antes
-escribiera con lápiz.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio!&mdash;exclamó el droguero.&mdash;¡Ji,
-ji, ji! ¿Es para ti,
-ciudadano?</p>
-
-<p>&mdash;Para mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tendrás cuidado de guardarlos
-por separado, ciudadano?
-¿Sabes las consecuencias de la
-mezcla?</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente.</p>
-
-<p>El droguero preparó unos papeles,
-que Carton guardó en el
-bolsillo interior de su levita. Pagó
-su importe, y sin hablar más, salió
-a la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Por esta noche, nada tengo
-ya que hacer&mdash;murmuró, alzando
-la cabeza.&mdash;Mañana continuaremos...
-Me es imposible dormir.</p>
-
-<p>No reflejaba indiferencia ni
-aturdimiento el tono con que pronunció
-Carton las palabras anteriores,
-ni había en ellas desesperación
-ni reto; vibraba en su acento
-la resolución del hombre que, después
-de largos años de viajar por
-caminos torcidos, sin rumbo ni
-dirección fijas, penetra al fin en
-uno cuyo término le es conocido.</p>
-
-<p>Largos años antes, cuando descolló
-entre los jóvenes de talento,
-entre los estudiantes que prometían
-grandes cosas, acompañó a
-su padre al cementerio. Su madre
-había fallecido mucho antes. Pues
-bien; aquellas palabras solemnes
-que el sacerdote leyó sobre la
-tumba del que le dió el ser, palabras
-olvidadas entre los desórdenes
-de una vida licenciosa, surgieron
-potentes en su memoria mientras
-esta noche recorría las calles
-tristes y solitarias, bajo un cielo
-cubierto de negros nubarrones.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span></p>
-
-<p>«Yo soy la resurrección y la
-Vida; aquel que cree en Mí, aun
-cuando haya muerto, vivirá; y el
-que vive y cree en Mí, no morirá
-jamás.»</p>
-
-<p>No hubiera sido difícil encontrar
-la fuerza misteriosa que evocó
-aquellos recuerdos en el fondo de
-su alma, semejante a la cadena
-que arranca de las profundidades
-del limo el ancla enmohecida, clavada
-largo tiempo atrás, con sólo
-reparar en que paseaba solo y
-de noche, por las calles de una
-ciudad sujeta a la ley de la cuchilla,
-recordando con dolor las sesenta
-y tres cabezas que aquel día
-habían rodado, y pensando en los
-desdichados que morirían sobre
-el cadalso al día siguiente, y al
-otro y al otro. No intentó, empero,
-buscarla; limitóse a repetir una
-y otra vez las palabras que quedan
-copiadas, y prosiguió paseando.</p>
-
-<p>Concentrando todo su interés
-en las ventanas iluminadas correspondientes
-a habitaciones donde
-había personas que se disponían
-a descansar, afanosas por olvidar
-durante las breves horas de calma
-de la noche los horrores que las
-rodeaban durante el día, en las
-torres de las iglesias, donde no se
-celebraban ya cultos divinos, pues
-la revulsión popular hizo objeto
-preferente de sus iras a los sacerdotes,
-a quienes acusó de impostores,
-de libertinos y de ladrones;
-en aquellos lugares sagrados, destinados,
-según las inscripciones
-colocadas sobre las puertas,
-al reposo eterno; en los calabozos,
-rebosantes de prisioneros, y
-en las calles, por las que las gentes
-corrían al encuentro de una muerte
-considerada ya, en fuerza de
-la costumbre, tan corriente y natural,
-que ni los mismos encargados
-de manejar la guillotina veían
-turbados sus sueños por apariciones
-espectrales; puesta, en suma,
-toda su atención en la vida de
-aquella ciudad que corría desbocada
-a la muerte, Sydney Carton
-cruzó el Sena buscando calles mejor
-iluminadas y más animadas.</p>
-
-<p>Eran muy contados los coches
-que se veían, pues los que podían
-permitirse el lujo de tenerlos,
-sabedores de que usarlos era tanto
-como solicitar ser inscriptos en el
-Libro de los Sospechosos, preferían
-caminar a pie, luciendo sendos
-gorros colorados y calzados
-con zapatos de lo más ordinario.
-Llenos estaban, empero, los teatros,
-que comenzaban a vaciarse
-a la hora en que Carton paseaba
-por las calles céntricas, donde
-aquéllos estaban situados. Junto
-a la puerta de un teatro, por la
-cual salían compactas masas de
-gentes alegres que, canturreando,
-se dirigían a sus casas, vió Carton
-a una niña, de la mano de la madre,
-que buscaba un sitio que la
-permitiera atravesar la calle sin
-meterse hasta las rodillas en el
-fango. Carton tomó a la criaturita
-en sus brazos, la transportó a la
-acera opuesta, y antes que el tímido
-angelito soltara los brazos
-que rodeaban su cuello, la rogó
-que le diera un beso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281">[281]</a></span></p>
-
-<p>«Yo soy la resurrección y la
-vida; aquél que cree en Mí, aun
-cuando haya muerto, vivirá; y el
-que vive y cree en Mí, no morirá
-jamás.»</p>
-
-<p>Ya más avanzada la noche,
-cuando la tranquilidad en las
-calles era completa y el silencio
-absoluto, parecíale que el rumor
-de sus propios pasos modulaba
-aquellas sentencias, que la brisa
-las traía envueltas entre sus sutiles
-susurros. Dueño de sí mismo,
-tranquilo, resuelto, la repetía con
-frecuencia con los labios; pero
-en sus oídos sonaban siempre.</p>
-
-<p>Y continuó avanzando la noche
-mientras Carton, inclinado sobre
-el pretil del puente, escuchaba
-los besos rumorosos del río a los
-muros de la Isla de París, y contemplaba
-la pintoresca confusión
-de edificios envueltos en sombras
-grises, sobre las cuales se alzaba
-arrogante la cúpula de la catedral
-bañada por la luz blanquecina de
-la luna. Vino el día. La noche, con
-la luna y las estrellas, palidecieron
-y murieron, y durante algunos
-minutos, pareció que toda la creación
-caía bajo el cetro amarillento
-de la Muerte.</p>
-
-<p>La corriente del río, rápida, impetuosa,
-profunda, parecióle amigo
-cariñoso. Echó a andar siguiendo
-sus márgenes y alejándose del
-bullicio de la ciudad. Durmióse
-en la orilla; cuando despertó, continuó
-paseando algunos minutos
-más, fijos sus ojos en un remolino
-que giraba vertiginoso, hasta que
-se lo tragó la corriente y lo arrastró
-al mar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Como yo!&mdash;murmuró Carton.</p>
-
-<p>Cuando llegó a casa, Lorry había
-salido ya. Carton no preguntó
-adónde había ido, pues sin grandes
-esfuerzos de imaginación podía
-adivinarlo. Tomó una tacita
-de café, se lavó y arregló, y se fué
-sin pérdida de momento al Tribunal.
-Allí encontró a Lorry, allí
-encontró al doctor Manette, allí
-encontró a <i>ella</i>, sentada junto a
-su padre.</p>
-
-<p>Cuando compareció Carlos Darnay,
-dirigióle Lucía una mirada
-tan alentadora, tan llena de amor
-sin límites y de tierna compasión,
-que hizo afluir la sangre a las mejillas
-del reo, animó su mirada y
-alegró su corazón. Si alguien hubiera
-tenido puestos sus ojos sobre
-Sydney Carton, habría reparado
-que aquella mirada, aunque no
-dirigida a él, prodújole los mismos
-efectos que al prisionero.</p>
-
-<p>Ante aquel tribunal injusto, que
-había principiado por desterrar
-el orden en los procedimientos,
-era perfectamente inútil que ningún
-acusado pretendiera hacerse
-oir; que no hubiese valido la pena
-traer la Revolución para no echar
-al propio tiempo a los cuatro
-vientos todas las leyes, reglamentos
-y ceremonias, para no abolir
-de una vez y para siempre el orden
-social del que tan monstruosamente
-había abusado el mundo
-para no negar a los acusados el
-derecho de justificarse.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span></p>
-
-<p>El Jurado fué desde los primeros
-momentos el blanco de todas las
-miradas. Formábanlo los mismos
-patriotas resueltos, los mismos
-republicanos excelentes que lo
-formaban el día anterior, los mismos
-que lo formarían al día siguiente.
-Entre ellos, descollaba
-un hombre de cara repulsiva, un
-caníbal feroz en toda la extensión
-de la palabra, un individuo que
-bebía sangre, que se bañaba en
-sangre, que respiraba sangre. Era
-Santiago Tercero, aquel a quien
-conocimos en el barrio de San
-Antonio. Los demás semejaban
-jauría de perros anhelando destrozar
-la pieza.</p>
-
-<p>Todos los ojos estaban fijos en
-los cinco jurados y en el acusador
-público, quien habló, poco más o
-menos, en los siguientes términos:</p>
-
-<p>&mdash;Carlos Evrémonde, llamado
-también Darnay. Ayer se le puso
-en libertad, y ayer mismo fué
-acusado de nuevo y vuelto a prender.
-Anoche se le hizo saber la
-acusación fulminada contra él.
-Pesan sobre su cabeza los cargos
-de enemigo de la República, de
-aristócrata, de ser individuo de
-una familia de tiranos, miembro
-de una raza proscripta, que abusó
-de sus privilegios, hoy felizmente
-abolidos, oprimiendo de la manera
-más villana al pueblo. Carlos
-Evrémonde, llamado también
-Darnay, reo de los crímenes mencionados,
-es hombre muerto a los
-ojos de la Ley. Su cabeza pertenece
-de derecho al verdugo.</p>
-
-<p>&mdash;¿La delación contra el acusado,
-es pública o secreta?&mdash;preguntó
-el presidente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién la hizo?</p>
-
-<p>&mdash;Tres personas. Ernesto Defarge,
-tabernero de San Antonio.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Teresa Defarge, mujer del
-mencionado.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente.</p>
-
-<p>&mdash;Alejandro Manette, médico.</p>
-
-<p>Este último nombre alzó en la
-sala una tempestad de gritos
-ensordecedores. En medio del tumulto,
-vióse que se levantaba el
-doctor, pálido como un cadáver
-y temblando como un azogado.</p>
-
-<p>&mdash;Presidente&mdash;gritó,&mdash;protesto
-indignado contra la ruin
-mentira que acaba de pronunciarse
-aquí. Yo no he podido delatar
-al marido de mi hija, y el Tribunal
-sabe muy bien que el acusado es
-mi yerno. Mi hija, y las personas
-que la son queridas, valen para
-mí mil veces más que mi misma
-vida. ¿Dónde está el impostor que
-se atreve a afirmar que yo he
-denunciado al marido de mi hija?
-¿Dónde el falso patriota que osa
-mentir con tanto descaro?</p>
-
-<p>&mdash;Tranquilízate, ciudadano Manette.
-Faltar al respeto que debe
-merecerte la autoridad del Tribunal,
-sería tanto como salirte fuera
-de la Ley. Has dicho que hay algo
-que para ti vale mil veces más
-que tu vida; y yo no sé que para
-un buen patriota haya nada que
-valga tanto como la República.</p>
-
-<p>Frenéticos aplausos premiaron
-la réplica del presidente. Este,
-luego que impuso silencio a fuerza<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span>
-de campanillazos, prosiguió con
-calor:</p>
-
-<p>&mdash;Si la República te exigiera
-el sacrificio de tu misma hija, tu
-deber sería sacrificarla. Sigamos,
-y silencio.</p>
-
-<p>El doctor Manette cayó desplomado
-en la silla. Sus labios temblaban,
-y sus ojos miraban despavoridos
-en derredor. El jurado
-de cara de caníbal se frotaba las
-manos con visible fruición.</p>
-
-<p>Restablecido el silencio, presentóse
-Defarge, quien hizo una historia
-sucinta del cautiverio y libertad
-del doctor; manifestó que
-había sido su criado, y expuso el
-estado en que el cautivo se hallaba
-cuando se lo entregaron. Terminada
-la historia, el Tribunal le dirigió
-las preguntas siguientes:</p>
-
-<p>&mdash;¿Prestaste buenos servicios en
-la toma de la Bastilla, ciudadano?</p>
-
-<p>&mdash;Tal lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fuiste uno de los mejores
-patriotas!&mdash;gritó una mujer, arrebatada
-por el entusiasmo&mdash;¿Por
-qué no decirlo así? Aquel día fuiste
-artillero, te batiste con furia,
-y entraste el primero en la maldita
-fortaleza, luego que cayó en poder
-del pueblo. ¡Patriotas... creedme,
-porque digo la verdad!</p>
-
-<p>La que acababa de hablar era
-La Venganza. Los aplausos de la
-concurrencia ensordecían. Agitó
-el Presidente la campanilla, pero
-La Venganza, enardecida por las
-turbas, aulló:</p>
-
-<p>&mdash;¡No me da la gana callar!
-¡Me río yo de la campana y de
-quien la toca!</p>
-
-<p>Al fin calló, cuando se le agotaron
-las fuerzas.</p>
-
-<p>&mdash;Da cuenta al Tribunal de lo
-que hiciste dentro de la Bastilla,
-ciudadano.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sabía&mdash;respondió Defarge,
-mirando a su mujer que desde
-poca distancia le estaba clavando
-con sus ojos&mdash;que el cautivo de
-quien hablo había estado sepultado
-en una celda que llamaban
-Ciento Cinco, Torre del Norte.
-El secreto me lo reveló él mismo,
-pues mientras permaneció en mi
-casa, haciendo zapatos, no supo
-que tuviera otro nombre que el
-Ciento Cinco, Torre del Norte.
-El día de la toma de la Bastilla,
-mientras hacía fuego con mi cañón,
-decidí reconocer la celda en
-cuestión, tan pronto como la fortaleza
-cayera en poder nuestro.
-Cayó; e inmediatamente subí al
-calabozo mencionado, juntamente
-con un compañero, que figura en
-el jurado, y un calabocero, que
-se encargó de guiarnos. La reconocí
-muy detenidamente, y en un
-agujero del muro, disimulado detrás
-de un sillar que había sido
-quitado y vuelto a colocar, encontré
-un papel escrito. El papel escrito
-es éste. He examinado varios
-escritos del doctor Manette, y la
-letra de este papel, es letra de
-puño del doctor Manette. Entrego
-este papel, escrito de puño y letra
-del doctor Manette, al Presidente.</p>
-
-<p>&mdash;Que se lea.</p>
-
-<p>El documento, leído en medio
-de un silencio sepulcral, mientras
-el reo miraba con amor a su mujer,<span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span>
-y ésta miraba ora a él ora a su
-padre, y el doctor Manette no separaba
-los ojos del lector, y la
-señora Defarge clavaba los suyos
-con insistencia en el prisionero, y
-Defarge no separaba los suyos de
-su mujer, y todos los que llenaban
-la sala contemplaban al doctor
-que no veía a nadie, decía así:</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_X">X.<br />LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA</h3></div>
-
-<p>«Yo, <i>Alejandro Manette</i>, médico
-desventurado, natural de Beauvais,
-y residente en París, escribo
-este doloroso documento en mi
-horrenda celda de la Bastilla en el
-mes último del año de 1767. Lo
-escribo aprovechando ratos que
-robo a la vigilancia y venciendo
-dificultades inmensas. Mi propósito
-es esconderlo en el interior
-del muro de mi tumba, donde a
-fuerza de trabajo he conseguido
-abrir un hueco. Tal vez lo encuentre
-alguna mano misericordiosa
-cuando yo y mis desventuras
-hayamos pasado al mundo del
-olvido.</p>
-
-<p>»Trazo estos renglones con el
-óxido que he sacado de los enmohecidos
-hierros de la reja mezclados
-con sangre de mis venas, el
-mes último del año décimo de mi
-cautiverio. En mi pecho no queda
-ya ni un átomo de esperanza. Fenómenos
-terribles que en mí mismo
-he observado me anuncian
-que muy en breve me abandonará
-también la razón, pero declaro
-solemnemente que en este momento
-me hallo en posesión plena
-de mis facultades mentales... que
-mi memoria es exacta y circunstancial,
-que escribo la verdad,
-y que estoy pronto a responder
-de la veracidad de mis palabras,
-tanto si llegan a ser leídas algún
-día por los hombres, como si están
-condenadas al secreto eterno, ante
-el Juez Eterno cuya mirada lee
-en el fondo de los corazones.</p>
-
-<p>»Una noche de la semana cuarta
-de diciembre (creo que el día
-veintidós del mes) del año 1757,
-hallábame yo paseando por un
-paraje retirado del paseo que bordea
-al Sena y a una hora de distancia
-de mi casa, sita en la calle
-de la Facultad de Medicina, cuando
-por mi espalda vi que se aproximaba
-un carruaje, tirado por
-dos caballos, a galope. En el momento
-de hacerme a un lado para
-dejar paso al carruaje y evitar
-ser atropellado, asomó en la ventanilla
-una cabeza, y una voz
-mandó al cochero que parase.</p>
-
-<p>»Hizo alto el coche tan pronto
-como el cochero pudo refrenar a
-los caballos, y la misma voz que
-diera la orden de parar, me llamó
-por mi nombre. No paró el coche
-frente a mí, sino a distancia bastante
-para que dos caballeros
-tuviesen tiempo de abrir la portezuela
-y saltar al paseo antes que
-llegase yo, acudiendo al llamamiento.
-Observé que ambos iban
-perfectamente embozados en sus
-capas y que procuraban recatar
-sus rostros. Al llegar yo a su lado<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span>
-y encontrarlos de pie a uno y otro
-lado de la portezuela, reparé también
-en que los dos parecían ser
-de mi misma edad, quizá más
-jóvenes, y que se parecían mucho
-en estatura, movimientos, voz y
-(de lo poco que pude ver) hasta
-en rostros.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Es usted el doctor Manette?&mdash;me
-preguntó el uno.</p>
-
-<p>»&mdash;Yo soy&mdash;contesté.</p>
-
-<p>»&mdash;¿El doctor Manette, natural
-de Beauvais, joven médico y cirujano
-hábil y original, que desde
-hace uno o dos años es una verdadera
-notabilidad en París?&mdash;terció
-el otro.</p>
-
-<p>»&mdash;Caballeros; soy, efectivamente,
-el doctor Manette, de
-quien ustedes hablan con benevolencia
-excesiva&mdash;contesté.</p>
-
-<p>»&mdash;Hemos estado en su casa&mdash;repuso
-el que había hablado primero,&mdash;y
-no habiendo tenido la
-suerte de encontrarle, aunque sí
-la de que nos indicaran que probablemente
-estaría paseando por
-estos sitios, le hemos seguido llevados
-de la esperanza de alcanzarle.
-¿Tiene usted la bondad de
-entrar en el carruaje?</p>
-
-<p>»El tono de su voz era imperioso;
-mientras se cruzaron las palabras
-que dejo consignadas, se movieron
-en forma que me dejaron colocado
-entre ellos y la portezuela del
-coche, y además, iban armados
-y yo no.</p>
-
-<p>»&mdash;Ruego a ustedes que me perdonen,
-caballeros&mdash;respondí,&mdash;pero
-es el caso que tengo por costumbre
-preguntar quiénes son las personas
-que me hacen el honor de
-pedir mis servicios y la índole del
-caso que hace necesaria o conveniente
-mi asistencia.</p>
-
-<p>»Me contestó el que había hablado
-en segundo lugar:</p>
-
-<p>»&mdash;Sus clientes, doctor, son personas
-de alta posición social. Por
-lo que se refiere a la índole del caso
-que hace necesaria su asistencia,
-la confianza que en su ciencia y
-en su habilidad tenemos es para
-nosotros garantía de que ha de
-comprenderla usted sin necesidad
-de explicaciones nuestras, que seguramente
-resultarían deficientes.
-Creo que con lo dicho basta.
-¿Tiene la bondad de montar?</p>
-
-<p>»No me quedaba más recurso
-que obedecer, y lo hice sin hablar
-palabra. Inmediatamente me siguieron
-los dos caballeros, habiendo
-recogido el estribo el que entró
-el último. El coche dió media
-vuelta y partió a galope.</p>
-
-<p>»Consigno aquí la conversación
-tal como fué; puedo asegurar que
-la repito textual, palabra por palabra.
-Lo describo todo exactamente
-lo mismo que tuvo lugar,
-sujetando a mi imaginación y evitando
-que divague. Los puntos
-suspensivos que en mi relato se
-encuentren, significan que suspendo
-la tarea para otra ocasión y que
-oculto el documento en el escondite
-abierto al efecto...</p>
-
-<p>»El carruaje atravesó muchas
-calles, pasó por la Barrera Norte
-y no tardó en avanzar por un camino,
-fuera de la ciudad. A dos
-tercios de legua de la Barrera<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span>
-(no calculé entonces la distancia,
-pero sí cuando la volví a recorrer)
-dejó el coche el camino real, y
-momentos después hacía alto frente
-a una casa solitaria. Saltamos
-a tierra los tres, y avanzamos por
-un mullido paseo de un jardín, cubierto
-de hierba, en cuyo centro
-había corrido una fuente en otros
-tiempos, hasta llegar a la puerta
-de la casa. Nos franquearon la entrada,
-no bien sonó la campanilla,
-y el que nos la franqueó, recibió
-un bofetón terrible de uno de mis
-acompañantes.</p>
-
-<p>»Confieso que no me llamó la
-atención aquel acto, pues estaba
-muy acostumbrado a ver que los
-hombres de la clase baja eran
-tratados por los nobles con menos
-miramiento que si fueran perros.
-Una vez dentro de la casa, pude
-observar que el parecido entre
-mis dos acompañantes era tan
-maravilloso, que desde luego los
-deputé por hermanos gemelos.</p>
-
-<p>»Desde que saltamos del carruaje
-frente a la verja del jardín, que
-encontramos cerrada y que abrió
-uno de los hermanos, cerrándola
-de nuevo luego que la franqueamos,
-venía yo oyendo gritos que
-tenían su origen en una de las
-habitaciones altas de la casa.
-Condujéronme en derechura a la
-habitación de la que partían los
-gritos, donde encontré tendida
-sobre el lecho a una enferma, presa
-de terrible fiebre cerebral.</p>
-
-<p>»Era la paciente una mujer de
-belleza maravillosa y muy joven;
-seguramente no pasaba de los
-veinte años. Su hermosa cabellera
-ofrecía un aspecto de desorden tan
-completo, que entristecía el ánimo,
-y los brazos de la enferma
-estaban sujetos con tiras de tela.
-Observé que estas tiras eran pedazos
-de traje de corte de caballero,
-en uno de los cuales vi el
-escudo de armas de un noble con
-la inicial E.</p>
-
-<p>»Estas observaciones las hice
-todas al minuto escaso de haber
-entrado en la estancia. Ocurrió
-que la enferma, cuya agitación
-era espantosa, se volvió boca abajo,
-una de las fajas que la sujetaban
-se introdujo en su boca, y vi
-que corría peligro de morir asfixiada.
-Separé, como es natural, la
-tira, y entonces fué cuando descubrí
-el escudito de armas bordado
-en ella.</p>
-
-<p>»Volví boca arriba a la paciente,
-coloqué mi mano sobre su pecho
-a fin de calmarla y obligarla a
-permanecer quieta, y miré su
-rostro. Su mirada estaba horriblemente
-dilatada, y sus labios
-crispados repetían a gritos estas
-palabras: «Mi marido... mi padre...
-mi hermano». Luego contaba hasta
-doce, permanecía unos segundos
-escuchando con toda la atención
-de su alma, y comenzaba de nuevo
-a gritar «Mi marido... mi padre...
-mi hermano», y de nuevo contaba
-hasta doce y de nuevo hacía una
-pausa para escuchar. Ni en el
-tono, ni en los ademanes, ni en la
-voz había la menor variación.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Cuándo comenzó este estado
-de cosas?&mdash;pregunté.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287">[287]</a></span></p>
-
-<p>»A fin de distinguir entre los dos
-hermanos, llamaré al uno el hermano
-mayor y al otro el menor,
-entendiendo por el mayor al que
-ejercía mayor autoridad.</p>
-
-<p>»&mdash;Desde anoche a estas horas&mdash;contestó
-el hermano mayor.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Tiene marido, padre y hermano?</p>
-
-<p>»&mdash;Tiene un hermano.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Y no estoy hablando con ese
-hermano en este instante?</p>
-
-<p>»&mdash;No&mdash;replicó con tono de profundo
-desprecio.</p>
-
-<p>»&mdash;¿La ha ocurrido recientemente
-algo relacionado con el número
-doce?»</p>
-
-<p>»&mdash;¿Con el número doce?&mdash;repitió
-con impaciencia el hermano
-menor.</p>
-
-<p>»&mdash;Pueden convencerse ustedes,
-caballeros, de lo inútilmente que
-me han traído aquí, tal como estoy&mdash;dije,
-puestas aún mis manos
-sobre el pecho de la enferma.&mdash;Si
-yo hubiese sabido lo que pasaba,
-habría venido provisto de lo necesario,
-mientras que ahora estamos
-perdiendo lastimosamente el
-tiempo. En un sitio tan solitario
-como es éste, no es posible encontrar
-medicinas.</p>
-
-<p>»El hermano mayor miró al
-menor, quien replicó con voz
-altanera:</p>
-
-<p>»&mdash;Tenemos aquí un botiquín.</p>
-
-<p>»Momentos después lo sacaba
-de un armario y lo colocaba sobre
-la mesa...</p>
-
-<p>»Abrí algunos frascos, los olí y
-llevé sus tapones a mis labios. Si
-me hubiese hecho falta administrar
-a la enferma cualquier substancia
-no narcótica ni tóxica, a
-buen seguro que no la hubiera
-medicinado con nada de lo que
-contenía el botiquín.</p>
-
-<p>»&mdash;¿No le inspiran confianza?&mdash;preguntó
-el hermano menor.</p>
-
-<p>»&mdash;Viendo está usted, caballero,
-que voy a utilizarlas&mdash;contesté
-sencillamente.</p>
-
-<p>»No sin haber de luchar con
-grandes dificultades, y al cabo de
-largo rato, conseguí hacer tomar
-a la enferma la dosis de medicina
-que consideré conveniente. Como
-quiera que mi propósito era repetir
-la medicación y observar los efectos
-que en la enferma producía la primera
-toma, me senté a la cabecera
-de su lecho. Sentada con timidez
-y cortedad manifiestas en
-un ángulo, había una mujer que
-la cuidaba, casada con uno de los
-individuos de escalera abajo. La
-casa estaba sucia, mal cuidada y
-amueblada, síntomas evidentes
-de que la ocupaban desde fecha
-muy próxima y de que la intención
-de sus ocupantes era permanecer
-en ella muy poco tiempo.
-Habían tendido provisionalmente
-algunas colgaduras delante de las
-ventanas, sin duda para que los
-gritos de la enferma no llegasen
-al exterior. Continuaba ésta gritando
-como cuando llegué, repitiendo
-las mismas palabras y por
-el mismo orden: «Mi marido... mi
-padre... mi hermano», y contando
-a continuación hasta doce. Sus
-convulsiones eran tan violentas,
-que no juzgué prudente librarla<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span>
-de las tiras que la sujetaban, aunque
-las coloqué de manera que la
-molestasen menos. La crisis no
-cedía a la medicación, pero observé
-que la presión de mi mano sobre
-el pecho de la enferma ejercía
-sobre ella tanta influencia, que al
-cabo de algunos minutos se tranquilizaba.
-No la produjo, empero,
-sobre los gritos, que continuaban
-con la regularidad de un péndulo.</p>
-
-<p>»Media hora llevaría yo sentado
-junto a la cama y bajo las miradas
-de los dos hermanos, cuando dijo
-el mayor:</p>
-
-<p>»&mdash;Tenemos otro enfermo.</p>
-
-<p>»Me alarmó la noticia, y pregunté:</p>
-
-<p>»&mdash;¿Es urgente el caso?</p>
-
-<p>»&mdash;Mejor será que lo vea usted
-por sus ojos&mdash;me contestó con
-tono negligente tomando una
-luz...</p>
-
-<p>»Yacía el segundo enfermo en
-una habitación situada a espaldas
-de la casa, habitación que en rigor
-no era más que un desván emplazado
-sobre una cuadra. Parte del
-desván tenía techumbre muy baja
-y parte no. Bajo la parte cubierta
-había heno y paja almacenados,
-y el resto contenía leña y aperos
-de labor. Recuerdo tan bien todos
-estos detalles, que me parece que
-los estoy viendo en este instante
-tal como los vi aquella noche, no
-obstante hallarme encerrado desde
-hace diez años en mi calabozo
-de la Bastilla.</p>
-
-<p>»Sobre un montón de heno y
-apoyada la cabeza sobre una almohada,
-yacía tendido un mancebo
-de aspecto de aldeano, de rostro
-agraciado, y que no contaría
-más de diez y siete años de edad.
-Estaba boca arriba, con los dientes
-apretados, la mano derecha
-crispada sobre el pecho y la mirada
-fija en el techo. Me arrodillé
-a su lado; y aunque no encontraba
-la herida que había recibido, desde
-luego vi que moría a consecuencia
-de una herida producida
-con instrumento punzante.</p>
-
-<p>»&mdash;Soy médico, pobre amigo mío&mdash;dije;&mdash;deje
-que le reconozca.</p>
-
-<p>»&mdash;No quiero ser reconocido;
-déjeme en paz&mdash;replicó.</p>
-
-<p>»Estaba la herida situada debajo
-de su mano derecha, que me
-costó no poco trabajo y muchas
-instancias separar. Era una estocada
-recibida de veinte a veinticuatro
-horas antes, estocada mortal
-de necesidad, aunque le hubieran
-sido prestados todos los auxilios
-de la ciencia al segundo de
-ser inferida. Se moría a chorros.
-Busqué con mi mirada la del
-hermano mayor, y observé que
-éste contemplaba al herido con
-la indiferencia misma con que contemplaría
-a un pájaro, a una liebre
-o a un conejo heridos. Claramente
-se advertía que no veía
-en el muchacho a una criatura
-humana.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Quién le ha causado esa
-herida, caballero?&mdash;pregunté yo.</p>
-
-<p>»&mdash;¡Bah! ¿A qué hablar de un
-siervo miserable... de un perro?
-Obligó a mi hermano a cerrar
-contra él, y cayó bajo su espada
-como si hubiese sido un caballero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span></p>
-
-<p>»En el tono de la contestación
-no había ni sombra de piedad, ni
-sombra de pesadumbre, ni sombra
-de remordimiento.</p>
-
-<p>»Los ojos del moribundo se
-volvieron hacia el que acababa de
-hablar, fijándose a continuación
-en mí.</p>
-
-<p>»&mdash;Doctor&mdash;me dijo;&mdash;son muy
-altivos esos nobles; pero también
-nosotros, los perros miserables,
-tenemos nuestro orgullo. Nos roban,
-nos saquean, nos ultrajan,
-nos vilipendian, nos apalean, pero
-todo ello no basta para ahogar
-nuestra altivez. Ella... ¿la ha visto
-usted, doctor?</p>
-
-<p>»Llegaban hasta allí los gritos
-de la infeliz, bien que muy amortiguados
-por la distancia. A la que
-los daba se refería el herido como
-si hubiera estado a su lado.</p>
-
-<p>»&mdash;La he visto, sí&mdash;contesté.</p>
-
-<p>»&mdash;Es mi hermana, doctor. Habrán
-tenido esos nobles durante
-muchos años derechos vergonzosos
-sobre la modestia y la virtud
-de nuestras hermanas; pero entre
-nosotros quedan muchachas buenas,
-muchachas que saben resistir
-sus violencias. Yo lo sé, y he
-oído a mi padre afirmarlo así. Mi
-hermana es una de ellas. Tenía
-relaciones amorosas con un joven,
-bueno también y honrado, vasallo
-de este noble que está ahí...
-todos éramos vasallos suyos... El
-otro es su hermano, el representante
-más vil de su despreciable
-raza.</p>
-
-<p>»El desventurado tenía que hacer
-esfuerzos verdaderamente sobrehumanos
-para poder hablar;
-pero si le faltaban energías corporales,
-sobrábanle las del alma,
-y hablaba con extraordinaria entereza.</p>
-
-<p>»&mdash;Nos robaba ese hombre que
-está ahí con la frialdad e indiferencia
-con que nos roban a los que
-somos perros vulgares esos seres
-de naturaleza superior a la humana...
-nos despojaba sin compasión, nos
-obligaba a trabajar sin
-pagarnos, a llevar nuestro trigo
-a su molino, a alimentar sus aves
-de corral con nuestras cosechas,
-pero imponiendo pena de muerte
-al que tuviera la osadía de
-apoderarse de una de ellas, nos
-saqueaba y robaba hasta un grado
-tal, que si alguna vez, por misericordia
-de Dios, teníamos una
-piltrafa de carne que llevar a la
-boca, la comíamos muertos de
-miedo, atrancando antes las puertas
-y las ventanas de nuestras
-pobres casas, a fin de que sus gentes
-no la vieran y nos la robaran.
-Repito que de tal suerte nos despojaban,
-de tal suerte nos acosaban,
-de tal suerte nos hacían imposible
-la vida, que mil veces he
-oído decir a mi padre que era para
-nosotros una desgracia inmensa
-traer a un hijo al mundo, y que
-debiéramos suplicar a Dios condenase
-a la esterilidad a todas las
-mujeres de nuestra casta, a fin de
-que ésta se extinguiera de una
-vez y para siempre.</p>
-
-<p>»Jamás había yo presenciado
-la explosión de los sentimientos
-de los infelices oprimidos; supo<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span>nía,
-sí, que en el fondo de su alma
-guardaban almacenadas cantidades
-inmensas de odio contra sus
-opresores; pero su estallido era
-para mí espectáculo nuevo hasta
-aquella noche.</p>
-
-<p>»&mdash;Mi hermana, doctor, se casó,
-a pesar de todo. Su pobre prometido
-andaba mal de salud por
-entonces, y mi hermana se casó
-para atenderle y cuidarle en nuestra
-cabaña... nuestra perrera, como
-diría ese monstruo que tenemos
-delante. Pocas semanas llevaba
-de casada, cuando tuvo la
-desgracia de que la viera el hermano
-de ese hombre; le gustó, y con
-la mayor naturalidad del mundo
-pidió a su hermano mayor que se
-la prestase. ¿Qué importaba que
-estuviera casada? ¡Son tan poca
-cosa los maridos entre nosotros!...
-El hermano mayor accedió sin
-inconveniente, pero mi hermana
-era buena y virtuosa, y por añadidura,
-detestaba a su admirador
-con tanta fuerza como le detesto
-yo. ¿Qué creerá usted que hicieron
-entonces los dos hermanos para
-recabar del marido de mi hermana
-que ejerciese sobre ésta toda su
-influencia hasta obligarla a rendirse
-a sus torpes deseos?</p>
-
-<p>»Los ojos del muchacho, fijos
-hasta entonces en los míos, volviéronse
-poco a poco hacia los del
-noble, en cuya cara no me fué
-difícil leer la verdad de los cargos
-que se le hacían. Aun aquí, en el
-interior del sepulcro de la Bastilla
-en que me encuentro desde
-tantos años, creo ver las dos clases
-de orgullo, perfectamente distintas,
-que reflejaban las dos caras:
-indiferencia y hielo respiraba
-la del caballero; deseos furiosos
-de venganza la del muchacho
-campesino.</p>
-
-<p>»&mdash;Usted sabe, doctor, que uno
-de los derechos de esos nobles
-consiste en aparejarnos a los que
-somos perros miserables, engancharnos
-a sus carros y obligarnos
-a tirar. Pues bien; al marido de
-mi hermana lo engancharon, convenientemente
-atalajado, a un
-carro, y le obligaron a tirar de
-él. Sabe usted, doctor, que entre
-los derechos de esos nobles figura
-el de obligarnos a pasarnos las
-noches en sus terrenos, imponiendo
-silencio a las ranas a fin de que
-sus cantos no perturben su noble
-sueño; el marido de mi hermana
-se pasaba las noches a la intemperie
-y los días tirando del carro.
-No por ello se dejó persuadir...
-¡No! Un día, cuando le libraron
-de los aparejos y le despidieron
-para que se fuera a comer... si
-encontraba qué, exhaló doce sollozos,
-uno por cada campanada
-que daba el reloj&mdash;era mediodía&mdash;y
-murió en los brazos de mi
-hermana.</p>
-
-<p>»Sólo las ansias de explicar el
-agravio recibido sostenían la vida
-en aquel cuerpo moribundo. Buscando
-en su determinación energías
-que no encontraba en su
-organismo, alejó las sombras de la
-muerte que le invadían y oprimió
-con mayor fuerza que nunca su herida
-por la cual escapaba su vida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span></p>
-
-<p>»&mdash;Muerto el marido de mi hermana,
-con la autorización de este
-hombre, y hasta con su apoyo
-material, su hermano se apoderó
-violentamente de la pobre viuda,
-a la que necesitaba para sus placeres,
-para su diversión de momento.
-La tropecé en el camino
-cuando se la llevaban. Llevé la
-noticia a nuestra casa, y al oirla
-mi padre, estalló en mil pedazos
-su corazón. Inmediatamente
-acompañé a mi hermana menor,
-tengo dos... hasta un sitio donde
-no se hallara al alcance de ese
-hombre, hasta un sitio donde no
-fuera su vasalla. Volví luego, seguí
-al hermano de ese noble, y
-anoche le salí al encuentro, yo,
-un perro despreciable, pero con
-la espada en la mano... ¿Dónde
-está la ventana?... ¿No había
-aquí una ventana?</p>
-
-<p>»Abandonábale la vida y con
-la vida la luz. Tendí yo en derredor
-mis miradas, y advertí que el
-heno y la paja que cubrían el suelo
-estaban pisoteados y hollados,
-cual si allí hubiese teñido lugar
-una lucha encarnizada.</p>
-
-<p>»&mdash;Me oyó mi hermana y acudió
-corriendo. Yo la dije que no se
-acercara hasta que estuviera muerto
-su infame raptor. Este me tiró
-algunas monedas, y a continuación,
-me cruzó la cara con su látigo;
-pero yo, no obstante ser un
-perro despreciable, lo abofeteé
-hasta obligarle a desenvainar su
-espada. ¡Que rompa ahora la hoja
-de una espada manchada con la
-sangre de un villano, que la haga
-mil pedazos, que siempre será
-cierto que hubo de desenvainarla
-para defender su vida, y que si me
-hirió, fué apelando a toda su habilidad!</p>
-
-<p>»Momentos antes había visto
-yo, desparramados por el suelo,
-pedazos de una espada; era de
-caballero. Un poco más allá, sobre
-la paja, había otra espada vieja,
-una espada de soldado.</p>
-
-<p>»&mdash;Incorpóreme, doctor, incorpóreme;
-¿dónde está ese hombre?</p>
-
-<p>»&mdash;No está aquí&mdash;contesté sosteniendo
-al moribundo, creyendo
-que se refería al hermano.</p>
-
-<p>»&mdash;¡Claro! ¡Con toda su altivez
-de noble me tiene miedo! ¿Y el
-hombre que estaba aquí? ¡Vuélvame
-hacia él... quiero verle!</p>
-
-<p>»Hícelo así, apoyando sobre
-mi rodilla la cabeza del muchacho;
-pero éste, reanimadas por un momento
-todas sus energías, se puso
-en pie, obligándome a hacer otro
-tanto para sostenerle.</p>
-
-<p>»&mdash;¡Marqués!&mdash;gritó, con mirada
-dilatada y levantando el brazo.&mdash;Llegará
-día en que todos los hombres
-habrán de dar cuenta estrecha
-de sus actos; para ese día te
-emplazo a ti y a todos los tuyos,
-desde el primero hasta el último
-de tu maldita raza, para que respondáis
-de vuestros crímenes. Sea
-esta cruz que con sangre estampo
-sobre tu cara testimonio de mi
-emplazamiento. Para el día en
-que todos los hombres habremos
-de dar cuenta estrecha de nuestros
-actos emplazo también a tu<span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span>
-hermano, el más vil de una raza
-vil y miserable, para que responda
-de los suyos por separado; sobre
-su cara estampo esta otra cruz
-con mi sangre, como testimonio
-de mi emplazamiento.</p>
-
-<p>»Dos veces llevó la mano a la
-sangrienta herida de su pecho y
-con el dedo índice trazó dos cruces
-en el aire. Permaneció algunos
-segundos con el dedo índice rígido,
-levantado y cayó muerto...</p>
-
-<p>»Cuando volví a la estancia donde
-dejé a la enferma, la encontré
-delirando como la había dejado,
-y repitiendo las mismas palabras
-y con el mismo orden de siempre.
-Desde luego adiviné que la crisis
-duraría muchas horas y que, probablemente,
-terminaría con su
-muerte.</p>
-
-<p>»Repetí las medicinas y me senté
-junto a la cama, donde permanecí
-hasta que la noche estaba ya
-muy avanzada. Los gritos de la
-enferma continuaron con la misma
-intensidad, con el mismo orden,
-sin variar una sola palabra.
-«Mi marido... mi padre... mi hermano...
-Una, dos, tres, cuatro,
-cinco, seis, siete, ocho, nueve,
-diez, once, doce.»</p>
-
-<p>»Treinta y seis horas hacía que
-la vi por primera vez, y el estado
-de la enferma en nada había variado.
-Me encontraba sentado a la
-cabecera de su lecho cuando la
-crisis comenzó a ceder. Cesaron
-los gritos, terminaron los estremecimientos,
-y al poco rato quedó
-aletargada, como muerta.</p>
-
-<p>»Llamé entonces a la enfermera
-para que me ayudara a colocarla
-bien en la cama y a ordenar sus
-vestidos, desgarrados por mil sitios,
-y entonces me di cuenta de
-que la desdichada estaba encinta,
-y perdí las pocas esperanzas que
-de salvarla abrigaba.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Ha muerto ya?&mdash;preguntó
-el Marqués, que acababa de entrar
-en la estancia, después de un
-paseo a caballo.</p>
-
-<p>»&mdash;No ha muerto, pero muerta
-parece&mdash;respondí.</p>
-
-<p>»&mdash;¡Qué resistencia tienen estos
-villanos!&mdash;exclamó, contemplándola
-con curiosidad.</p>
-
-<p>»&mdash;Las penas y la desesperación
-suelen resistir lo indecible&mdash;contesté.</p>
-
-<p>»Mis palabras excitaron en el
-primer momento su risa, pero luego
-frunció el entrecejo. Acercó
-con el pie una silla a la que yo
-estaba sentado, mandó a la enfermera
-que nos dejase solos, y dijo,
-con voz baja:</p>
-
-<p>»&mdash;Doctor, al ver a mi hermano
-en la dificultad en que se encontraba,
-le aconsejé que buscase a
-usted. Goza usted de una reputación
-envidiable, pero todavía
-tiene que labrarse su fortuna, y
-supongo que no ha de serle indiferente
-lo que afecte a sus intereses.
-Está usted presenciando cosas
-que pueden verse, pero nunca
-decirse.</p>
-
-<p>»Yo fingí que prestaba atención
-a la respiración de la enferma y
-no contesté.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Me dispensa usted el honor
-de escucharme, doctor?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p>
-
-<p>»&mdash;En mi profesión, caballero,
-cuantas noticias se dan al médico
-referentes a los enfermos, se entiende
-que son confidenciales&mdash;contesté,
-evitando comprometerme
-a nada, pues lo que había oído
-y visto llenaba mi alma de recelos.</p>
-
-<p>»La respiración de la infeliz se
-iba dificultando en tales términos,
-que hube de buscar síntomas de
-vida en su pulso y en los latidos
-de su corazón. Para ello me fué
-preciso levantarme de la silla, y
-cuando volví a sentarme me encontré
-frente a frente de los dos
-hermanos...</p>
-
-<p>»Tropiezo para escribir con dificultades
-horribles. En primer
-lugar, el frío es insoportable, y,
-como por otra parte, temo con
-fundamento que averigüen que
-escribo, en cuyo caso me encerrarían
-en un calabozo subterráneo
-adonde no llega ni un hilo de
-luz, conceptúo prudente abreviar
-todo lo posible mi narración. Mi
-memoria no puede ser más fresca;
-conservo en ella todos los detalles,
-todas las palabras que se cruzaron
-entre mí y los dos hermanos.</p>
-
-<p>»Por espacio de una semana,
-estuvo la enferma entre la vida
-y la muerte; más cerca de la última
-que de la primera. Hacia el
-final de la semana, logré entender
-algunas palabras que me dijo,
-aplicando mi oído a sus labios.
-Me preguntó dónde se encontraba,
-y se lo dije; deseó saber quién era
-yo, y satisfice su deseo; pero fué
-en vano que yo la preguntara su
-apellido; cayó su cabeza sobre la
-almohada, y guardó su secreto,
-como lo guardara antes que ella
-su hermano.</p>
-
-<p>»No tuve ocasión de hacerla
-nuevas preguntas hasta después
-que manifesté a los hermanos que
-la enferma se moría, y que no viviría
-un día más. Hasta entonces,
-aunque ninguno de los dos se dejó
-ver de la enferma, unas veces el
-uno, otras el otro, se encontraban
-invariablemente detrás de una
-cortina tendida en la cabecera de
-la cama; pero al comunicarles yo
-mi pronóstico, parece que ya no
-les importó que yo hablase con la
-moribunda; ya no trataron de
-impedir las confidencias que la
-que estaba para abandonar el
-mundo pudiera hacer a quien...
-se encontraba probablemente en
-el mismo caso.</p>
-
-<p>»Siempre observé que el hecho
-de que el hermano menor (continuaré
-llamándole así) hubiera cruzado
-la espada con un muchacho,
-y por añadidura labriego y plebeyo,
-hería profundamente el orgullo
-de los dos. Lo que al parecer
-les afectaba, no eran las desgracias
-que habían ocasionado, sino el
-pensamiento de que el incidente
-aludido degradaba a la familia
-y la colocaba en situación altamente
-ridícula. Infinidad de veces
-sorprendí en los ojos del hermano
-menor miradas que rebosaban
-odio, aunque aparentemente me
-trataba con mayor finura que el
-mayor. Tampoco se me ocultó que
-para este último era yo estorbo
-molesto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span></p>
-
-<p>»Murió mi enferma a las diez
-de la noche. Me encontraba yo
-solo a su lado, dobló su juvenil
-cabeza, terminaron para siempre
-sus desdichas sobre la tierra.</p>
-
-<p>»En la planta baja de la casa
-esperaban los hermanos.</p>
-
-<p>»&mdash;¿Ha muerto al fin?&mdash;preguntó
-el mayor, al verme entrar.</p>
-
-<p>»&mdash;Acaba de morir&mdash;contesté.</p>
-
-<p>»&mdash;Sea en hora buena, hermano&mdash;repuso,
-volviéndose hacia el
-menor.</p>
-
-<p>»Ya antes me habían ofrecido
-dinero, que yo no acepté, diciendo
-que ultimaríamos ese detalle al
-final. El hermano mayor me entregó
-un cartucho de monedas de
-oro, que yo recibí de su mano,
-pero que dejé seguidamente sobre
-la mesa. Había meditado el asunto,
-y de la meditación resultó el
-propósito decidido de no aceptar
-nada.</p>
-
-<p>»&mdash;Dispénsenme ustedes&mdash;dije;&mdash;dadas
-las circunstancias, nada
-debo aceptar.</p>
-
-<p>»Los hermanos cambiaron una
-mirada, me hicieron una inclinación
-de cabeza, que yo contesté
-con otra, montaron a caballo, y
-se fueron....</p>
-
-<p>»Me siento cansado, rendido,
-extenuado... Ni leer puedo lo que
-mi descarnada mano ha escrito.</p>
-
-<p>»A la mañana siguiente, muy
-temprano, trajeron a mi casa el
-cartucho de monedas de oro, colocado
-dentro de una cajita dirigida
-a mi nombre. Yo, entretanto,
-después de largas meditaciones,
-había resuelto ya la norma
-de conducta que habría de seguir.
-Decidí escribir aquel mismo día
-al Ministro, haciéndole historia de
-los dos casos en que había intervenido
-y detallando el lugar en
-que aquéllos ocurrieron; en una
-palabra: enviarle una relación circunstanciada,
-bien que con carácter
-particular. Conocía yo hasta
-dónde llegaban las influencias en
-la Corte, no eran para mí un secreto
-los privilegios e inmunidades
-de que gozaban los nobles, y, como
-consecuencia, suponía que mi
-escrito no daría ningún resultado;
-pero aun así, quise tranquilizar
-mi conciencia. Decidí no revelar
-a nadie mi secreto, ni siquiera a
-mi mujer, y así lo hice constar en
-la carta dirigida al Ministro. No
-creí que a mí me amenazase peligro
-alguno; pero supuse que lo
-correrían otros, si los comprometía
-haciéndoles dueños del secreto
-que yo poseía.</p>
-
-<p>»Estuve aquel día tan ocupado,
-que no me fué posible terminar la
-carta hasta después de cerrar la
-noche. A la mañana siguiente,
-dejé el lecho antes de la hora
-acostumbrada. Era el último día
-del año. Acababa de dar la última
-mano a la carta, cuando me avisaron
-que me esperaba una señora
-que deseaba verme...</p>
-
-<p>»Por momentos me considero
-más incapaz de dar cima a la
-tarea que me he impuesto. ¡Es tan
-insoportable el frío, tan escasa
-la luz, tan completa la parálisis
-de mis facultades, tan horrible la
-obscuridad de mi alma!...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295">[295]</a></span></p>
-
-<p>»Era una señora joven, simpática
-y hermosa, pero señalada con
-el dedo descarnado de la muerte.
-La encontré presa de intensa agitación.
-Me dijo que era la esposa
-del marqués de Evrémonde. Yo
-relacioné el título de marqués que
-el muchacho moribundo diera al
-hermano mayor con la inicial
-que descubrí en la corbata blasonada
-y, con tales datos a la vista,
-no me fué difícil adivinar que el
-hombre de quien me había separado
-y el marqués de Evrémonde
-eran una misma persona.</p>
-
-<p>»Aunque mi memoria continúa
-despejada, me es imposible consignar
-aquí las palabras que se
-cruzaron en nuestra conversación.
-Parece que la señora tenía noticia
-de la intervención que yo había
-tenido en un suceso que conocía
-en parte y en parte sospechaba.
-No sabía que la infortunada joven
-hubiese muerto. Sus deseos, según
-me manifestó anegada en lágrimas,
-eran visitarla en secreto y
-testimoniarla su simpatía, y sus
-anhelos, desviar la cólera de Dios
-suspendida sobre una casa que
-de antiguo venía siendo objeto
-del odio de tantos a quienes había
-precipitado en los negros abismos
-de la desgracia.</p>
-
-<p>»El objeto de la visita de aquella
-señora, que tenía sus motivos
-para creer que la desdichada víctima
-de su marido dejaba una
-hermana más joven, era suplicarme
-que la indicase el nombre y
-lugar de la residencia de la hermana
-en cuestión, a fin de ayudarla
-y protegerla. No pude contestar
-otra cosa sino que, en efecto,
-existía aquella hermana; mas no
-facilitarla datos que desconocía
-entonces, y desconozco a la hora
-en que escribo estas líneas...</p>
-
-<p>»Me falta ya el papel. Ayer me
-quitaron una hoja, temo que la
-vigilancia de que me hacen objeto
-es más estrecha que nunca, y hoy
-mismo es preciso que termine mi
-relato.</p>
-
-<p>»La señora era buena, de corazón
-compasivo, y desgraciadísima
-en su matrimonio. El hermano de
-su marido la odiaba, desconfiaba
-de ella y empleaba en su contra
-toda su influencia. Ella le temía,
-y temía también a su marido.
-Cuando la acompañé hasta la
-puerta de mi casa, después de
-despedirse de mí, vi a un hijo
-suyo, que la esperaba en el coche,
-un niño precioso de dos a tres años
-de edad.</p>
-
-<p>»&mdash;Por amor a este inocente,
-doctor,&mdash;me dijo la pobre madre
-hecha un mar de lágrimas,&mdash;he
-de llegar, en el camino de las reparaciones,
-hasta donde alcancen
-mis escasas fuerzas. Una voz interior
-me dice que ha de purgar el
-inocente hijo los delitos de su
-culpable padre, si oportunamente
-no ofrezco alguna expiación por
-ellos. Mi preocupación primera
-ha de ser inocular en su tierno
-corazón la compasión hacia sus
-semejantes, y mi postrer encargo,
-el de velar por la hermana
-que busco, si puedo encontrarla.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span>
-»Besó a continuación al niño,
-y le dijo:</p>
-
-<p>»&mdash;Por ti lo hago todo, Carlos.
-¿Olvidarás mis encargos?</p>
-
-<p>»&mdash;Nunca&mdash;respondió con resolución
-el niño.</p>
-
-<p>»No consigné en mi carta un
-nombre que me habían comunicado
-confidencialmente. La cerré,
-y no queriendo confiarla a nadie,
-aquel día la llevé yo mismo a su
-destino.</p>
-
-<p>»Por la noche, era la última del
-año, a eso de las nueve, llamó en
-mi casa un hombre vestido de
-negro, dijo que necesitaba verme,
-y mi criado Ernesto Defarge lo
-condujo a mi presencia.</p>
-
-<p>»&mdash;Un caso urgente en la calle
-St. Honoré&mdash;dijo.</p>
-
-<p>»Salí inmediatamente. En la calle
-me esperaba un coche... que
-me condujo aquí, a la tumba.
-Apenas habíamos perdido de vista
-mi casa, cuando inopinadamente
-me amordazaron y sujetaron
-con cuerdas los brazos. No tardaron
-en salir los dos hermanos al
-encuentro del coche. El Marqués
-sacó del bolsillo la carta que yo
-había llevado al Ministro, me la
-enseñó, la quemó con la llama de
-una linterna que llevaba en la
-mano, y pisoteó las cenizas. No
-se habló ni una palabra. Me trajeron
-a esta tumba, y en ella sigo.</p>
-
-<p>»Si en el lapso de estos horribles
-años, Dios se hubiera dignado
-tocar el corazón de cualquiera de
-los dos hermanos, no para que
-pusieran término a mi espantoso
-cautiverio, sino para que me dieran
-noticias de mi adorada esposa...
-para que me dijeran, ya que
-no otra cosa, si vive o ha muerto,
-creería que, a pesar de sus maldades,
-no los ha dejado por completo
-de su mano; pero hoy creo que las
-cruces rojas trazadas con sangre
-por el muchacho moribundo han
-sido fatales para ellos, creo que
-el Cielo los ha condenado. Como
-consecuencia, yo, Alejandro Manette,
-cautivo infortunado, en la
-noche última del año 1767, denuncio
-a los dos hermanos y a todos
-sus descendientes, hasta el último,
-a los tiempos que no pueden
-menos de llegar, en que los hombres
-castiguen maldades como las
-de que se han hecho reos. También
-los denuncio al cielo y a la
-tierra.»</p>
-
-<p>Terribles rugidos siguieron a la
-lectura de este documento. No
-se oían palabras, que las gargantas
-no podían modular, sino rugidos
-que revelaban sed insaciable
-de sangre.</p>
-
-<p>Ante aquel tribunal, y ante
-aquel auditorio, ninguna necesidad
-había de explicar cómo poseía
-Defarge aquel terrible documento
-que acababa de hacerse
-público, cómo no lo había tampoco
-de hacer saber que el nombre
-de aquella familia odiada figuraba
-desde largo tiempo antes en
-los formidables registros de San
-Antonio. No había nacido el hombre
-capaz de defender al mortal
-sobre quien pesase tan grave denuncia.</p>
-
-<p>Venía a agravar hasta lo infinito<span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span>
-la situación del condenado la circunstancia
-de que su delator fuera
-un ciudadano conocidísimo y muy
-respetable, su amigo del alma,
-nada menos que el padre de su
-mujer. Una de las aspiraciones
-más corrientes en el populacho
-era la de imitar las virtudes públicas
-de la antigüedad, sacrificarse
-por la causa del pueblo, inmolar
-los efectos más tiernos en aras
-de la República. He aquí por qué,
-cuando el Presidente dijo que el
-buen médico republicano no vacilaba
-en dejar viuda a su hija y
-huérfano a su nieto, a trueque de
-exterminar una familia de perniciosos
-aristócratas, las turbas dieron
-rienda suelta a un fervor patriótico
-salvaje, sin que en ningún
-pecho vibrasen las cuerdas de la
-simpatía humana.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conque le has rodeado de
-influencias poderosas, eh, doctor?&mdash;murmuró
-la señora Defarge, mirando,
-sonriendo, a La Venganza&mdash;¡Sálvale,
-doctor, sálvale ahora,
-si puedes!</p>
-
-<p>Los jurados se expresaron por
-medio de rugidos. Cada voto emitido
-fué un rugido, la sentencia,
-una sucesión de rugidos.</p>
-
-<p>Poco se hizo esperar el fallo.
-Carlos Evrémonde, por otro nombre
-Darnay, aristócrata de corazón
-y de sangre, enemigo de la
-República y feroz opresor del
-pueblo, volvería a la Conserjería
-para ser decapitado a las veinticuatro
-horas.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_XI">XI.<br />SOMBRAS</h3></div>
-
-<p>La feroz sentencia que condenaba
-a la última pena a un inocente
-fué para la esposa sin ventura
-agudo puñal que traspasó su
-tierno corazón. No exhaló, sin
-embargo, la infeliz un quejido;
-en el fondo de su alma se alzó una
-voz potente que la marcó el camino
-de su deber, diciéndola que su
-obligación era sostener a su esposo
-adorado en vez de acrecentar con
-las suyas sus agonías, y ante el
-conjuro de aquella voz, la joven
-se irguió arrogante, sobreponiéndose
-a los efectos del tremendo
-golpe recibido.</p>
-
-<p>Los jueces levantaron la sesión
-para tomar parte en la bulliciosa
-manifestación pública que no podía
-menos de tener lugar después
-del incidente de la vista, y muy
-en breve, abiertas todas las puertas
-de la Sala de Justicia, salía el
-público, indiferente al dolor de
-Lucía, que tendía sus brazos anhelantes
-hacia la plataforma donde
-quedaba su marido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si me fuera dado llegar hasta
-él, Dios mío! ¡Si pudiera darle un
-abrazo, uno solo! ¡Oh ciudadanos!
-¡Buscad en vuestros pechos un
-resto de piedad y acceded a una
-súplica que os hago de rodillas!</p>
-
-<p>No quedaban allí más personas
-que un carcelero con dos de los
-cuatro individuos que el día anterior
-fueron a prender a Carlos, y<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span>
-Barsad. El público corría ya bullicioso
-por las calles.</p>
-
-<p>&mdash;Dejemos que le dé un abrazo&mdash;propuso
-Barsad a sus compañeros;&mdash;es
-cuestión de un momento.</p>
-
-<p>Aquellas fieras se ablandaron.
-Lucía pudo llegar hasta el pie de
-la plataforma, y su marido, inclinándose
-sobre la barandilla, la
-estrechó entre sus brazos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós, dulce alma mía!&mdash;dijo.&mdash;Abandono
-este mundo bendiciendo
-los amores que en él dejo.
-En la mansión donde duermen
-los odios y las pasiones humanas
-volveremos a encontrarnos.</p>
-
-<p>&mdash;Espantosa es mi desventura,
-Carlos querido; pero la recibo resignada.
-No sufras por mí, que
-Dios me protege y sostiene mis
-fuerzas. ¡La última bendición para
-nuestro ángel, y adiós!</p>
-
-<p>&mdash;Contigo se la envío, y al besarte
-a ti, beso a las dos, y de las
-dos me despido al hacerlo de ti.</p>
-
-<p>&mdash;¡No... Carlos querido, no! ¡Un
-momento más!&mdash;exclamó Lucía,
-al ver que el condenado intentaba
-desasirse de sus brazos.&mdash;Nuestra
-separación no será larga. Presiento
-que mis amarguras pondrán
-pronto fin a mi triste vida; pero
-mientras me quede un soplo de
-energía, cumpliré con mi deber,
-y cuando deje a nuestra hija, el
-Dios misericordioso que me deparó
-almas buenas que, con su cariño
-y abnegación alegraron mi existencia,
-no ha de regateárselas a ella.</p>
-
-<p>Habíala seguido su padre convertido
-en muda estatua del dolor,
-quien habría caído de rodillas a
-los pies de los dos, de no haberlo
-impedido Carlos.</p>
-
-<p>&mdash;¡No... no!&mdash;gritó éste, tendiéndole
-los brazos&mdash;¿Ha cometido
-usted acaso alguna culpa, para
-postrarse de rodillas ante nosotros?
-¡Ah, no! ¡Todo lo contrario!
-¡Ahora es cuando me doy cuenta
-cabal de las torturas horribles que
-desgarraron su alma! ¡Ahora es
-cuando puedo aquilatar lo que
-usted sufrió cuando sospechó la
-sangre que por mis venas corría
-y la desesperación que debió sentir
-cuando las sospechas se trocaron
-en certeza! ¡Ahora es cuando
-comprendo las luchas encarnizadas
-que hubo de librar contra una
-antipatía natural, los esfuerzos
-que necesariamente tuvo que hacer
-para vencerla! ¡Con todo nuestro
-corazón le damos las gracias!
-Suyo es todo nuestro agradecimiento,
-suyo todo nuestro cariño.
-¡Que el Cielo le bendiga, como le
-bendecimos nosotros!</p>
-
-<p>No pudo contestar el anciano,
-pues ni su garganta agarrotada
-era capaz de articular palabra, ni
-en su cuerpo quedaban energías
-más que para mesarse los cabellos
-y lanzar alguno que otro quejido
-de angustia.</p>
-
-<p>&mdash;Tenía que suceder así&mdash;repuso
-el reo.&mdash;Todo ha conspirado
-para llegar al fatal resultado a
-que llegamos. Han sido estériles
-cuantos esfuerzos he hecho para
-satisfacer aquella aspiración de
-mi santa madre a la que dió salida
-el día primero que usted la cono<span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span>ció
-y me conoció. Hubiera sido
-necio esperar bien alguno de una
-siembra tan abundante de males,
-hacerse ilusiones de que podría
-tener término feliz lo que se inauguró
-con principios fatales. Tenga
-valor, y perdóneme. ¡El Dios
-misericordioso le colme de bendiciones!</p>
-
-<p>Separáronse los esposos; y
-mientras el reo se alejaba entre sus
-guardianes, su esposa permanecía
-mirándole, juntas las manos en
-actitud de súplica y con rostro
-radiante en el que predominaba
-una sonrisa acariciadora y confortadora.
-Sin embargo, no bien
-desapareció el condenado por la
-puerta que comunicaba con la
-cárcel, Lucía dobló su cabeza cual
-flor segada por el tallo, intentó
-hablar, y cayó desplomada en
-tierra.</p>
-
-<p>Del obscuro rincón donde había
-permanecido oculto desde el comienzo
-de la vista, salió entonces
-Sydney Carton y alzó a la desventurada
-del suelo. No quedaban
-con ella más que su padre y Lorry.
-Temblaba el brazo de Carton
-mientras la levantaba, y, sin embargo,
-su expresión no era sólo
-de piedad; había en ella fuerte
-mezcla de orgullo.</p>
-
-<p>&mdash;¿La llevo al coche?&mdash;preguntó.&mdash;No
-sentiré su peso.</p>
-
-<p>En sus brazos la condujo hasta
-el coche que esperaba en la puerta,
-donde la acomodó. El anciano
-doctor y el buen Lorry se sentaron
-a su lado, y Carton se acomodó
-en el pescante, junto al cochero.</p>
-
-<p>Llegados frente a la verja, al
-sitio en que horas antes se detuviera
-Carton procurando adivinar
-qué piedras habían hollado los pies
-de Lucía, sacó a ésta del coche,
-y en sus brazos la subió orgulloso
-hasta sus habitaciones, acostándola
-sobre un sofá. Lucita y la
-señorita Pross lloraban desconsoladas.</p>
-
-<p>&mdash;No haga nada por disipar su
-desmayo.&mdash;dijo Carton a la última
-con voz muy baja.&mdash;Está mejor así.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh Carton, Carton!&mdash;gritó
-Lucita, saltando al cuello de Carton
-y rodeándole con sus brazos.&mdash;Ahora
-que ha venido usted, no
-dudo que hará algo para consolar
-a mamá, para salvar a papá. ¡Véala
-usted, Carton! ¿Puede usted,
-puede nadie que la quiera contemplarla
-sin que salte hecho pedazos
-su corazón?</p>
-
-<p>Carton dió un beso a la niña,
-separó con dulzura sus bracitos,
-contempló durante algunos segundos
-a la madre, y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Antes de irme... ¿puedo besarla?</p>
-
-<p>Más tarde recordaron los testigos
-de esta escena que, mientras
-rozaban sus labios las mejillas de
-la desmayada, murmuró algunas
-palabras. La niña, que era la que
-se encontraba más cerca, dijo después,
-y repitió muchas veces a sus
-nietos, cuando era una viejecita
-encorvada bajo el peso de los
-años: «Es una vida que amas».</p>
-
-<p>En la habitación inmediata,
-donde encontró al doctor y a
-Lorry, dijo al primero:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span>
-&mdash;Ayer tenía usted mucha influencia,
-doctor Manette; debe
-usted ponerla toda en juego. Los
-jueces, y todos los que hoy tienen
-algún poder, son amigos suyos
-y están agradecidos a sus servicios;
-¿no es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;Nada me ocultaron de lo que
-a Carlos se refería. Abrigaba yo
-esperanzas, casi seguridad absoluta
-de salvarle, y le salvé&mdash;contestó
-el doctor, hablando con mucha
-lentitud y con expresión conturbada.</p>
-
-<p>&mdash;Pruebe otra vez. Breves son
-las horas que separan a hoy de
-mañana; pero pruebe.</p>
-
-<p>&mdash;Probaré... No descansaré un
-instante.</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que debe hacer. He
-visto hacer grandes cosas a hombres
-dotados de las energías de
-usted, aunque nunca&mdash;añadió,
-sonriendo y suspirando al mismo
-tiempo&mdash;tan grandes como la que
-le propongo. Pruebe, sin embargo.
-La salvación de una vida querida
-bien vale ese esfuerzo.</p>
-
-<p>&mdash;Me presentaré al Fiscal de la
-República y al Presidente&mdash;contestó
-el doctor Manette,&mdash;así como
-también a otros que no es necesario
-nombrar. Escribiré también,
-y... Pero ahora recuerdo
-que hoy se celebran festejos públicos
-y que no podré ver a nadie
-hasta que sea de noche.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad. ¡Bah! De todas
-suertes, se trata de una esperanza
-muy remota; poco se pierde con
-esperar hasta la noche. Comienzo
-por decir que nada espero. Dígame,
-doctor Manette, ¿cuándo cree
-que podrá ver a esas autoridades
-formidables?</p>
-
-<p>&mdash;Inmediatamente después de
-anochecido; yo creo que dentro
-de una o dos horas.</p>
-
-<p>&mdash;Anochecerá poco después de
-las cuatro... Aprovechemos la hora
-o dos horas que tenemos por
-delante. Si a las nueve me presento
-en casa del señor Lorry, ¿podré
-saber el resultado de sus gestiones?</p>
-
-<p>&mdash;Desde luego.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ojalá tengan buen éxito!</p>
-
-<p>Acompañó Lorry a Carton hasta
-la puerta de la calle, donde le
-dijo con voz muy baja y acento
-apesadumbrado:</p>
-
-<p>&mdash;Nada espero.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo.</p>
-
-<p>&mdash;Aun cuando uno cualquiera
-de esos hombres... aun cuando
-todos esos hombres estuvieran dispuestos
-a concederle la vida... lo
-que es suponer demasiado, después
-de lo ocurrido en la vista,
-dudo mucho que se atrevieran a
-hacerlo.</p>
-
-<p>&mdash;También lo dudo yo... La
-cuchilla no se detendrá.</p>
-
-<p>Lorry llevó las manos a la cara
-y dejó escapar algunos sollozos.</p>
-
-<p>&mdash;No se desespere usted... no
-ceda al abatimiento&mdash;dijo con
-dulzura extremada Carton.&mdash;Si he
-aconsejado al doctor que trabaje
-sin descanso, ha sido porque sus
-trabajos, aunque han de ser estériles,
-han de consolar a su hija
-algún día. Si su padre se cruzara
-de brazos, podría pensar que ha<span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span>bía
-sido sacrificada una vida sin
-que nadie se tomase el trabajo
-de disputarla al verdugo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, sí, sí! ¡Tiene usted razón!&mdash;respondió
-Lorry, secándose los
-ojos.&mdash;Se trabajará; pero morirá...
-¡no resta un átomo de esperanza!</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto. Morirá... ¡No queda
-un átomo de esperanza!&mdash;repitió
-Carton como un eco.</p>
-
-<p>Seguidamente echó a andar con
-paso firme.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_XII">XII.<br />TINIEBLAS</h3></div>
-
-<p>Muy poco trecho había recorrido
-Carton cuando se detuvo, no
-bien decidido acerca del sitio al
-que se encaminaría.</p>
-
-<p>&mdash;A las nueve en el Banco Tellson&mdash;murmuró.&mdash;De
-aquí a entonces,
-¿será prudente que me deje
-ver? Creo que sí. No estará de
-más que esas gentes tengan noticia
-de que por aquí anda un hombre
-como yo... quizá sea una precaución
-acertada... una precaución
-necesaria... ¡Cuidado, Carton,
-cuidado...! ¡Pensémoslo otra vez!</p>
-
-<p>Suspendiendo la marcha ya iniciada
-en una dirección determinada,
-entró en una calleja obscura
-y solitaria y procuró pesar el
-pro y el contra de su proyecto,
-midiendo con su imaginación el
-alcance y las consecuencias probables
-que aquél pudiera tener.</p>
-
-<p>&mdash;No hay duda; es lo mejor&mdash;pensó.&mdash;Esas
-gentes deben saber
-que por la ciudad anda un hombre
-que se llama Carton.</p>
-
-<p>Con paso resuelto echó a andar
-hacia San Antonio.</p>
-
-<p>Como aquel mismo día había
-dicho Defarge en la vista que era
-dueño de una taberna sita en el
-barrio de San Antonio, pocas
-dificultades había de encontrar
-cualquiera que conociera bien la
-ciudad para dar con la taberna en
-cuestión, sin necesidad de preguntar
-a nadie. Carton, pues, salió de
-la calleja obscura y comió en una
-casa de comidas, descabezando
-a continuación un sueño. En muchos
-años no había bebido tan poco
-como aquel día. Desde la noche
-anterior, sólo había tomado un
-poco de vino aguado.</p>
-
-<p>A eso de las siete despertó, y
-reanudó su marcha. Al llegar al
-barrio de San Antonio, detúvose
-un instante frente a una tienda
-donde vió un espejo, y alteró ligeramente
-el lazo de su corbata y
-desordenó su cuello y su cabello.
-Hecho esto, encaminóse en derechura
-a la taberna Defarge y
-entró resueltamente en ella.</p>
-
-<p>No encontró en el establecimiento
-más que a Santiago Tercero,
-a quien recordó haber visto
-aquella tarde entre los jurados,
-el cual estaba bebiendo y conversando
-con los Defarges, marido
-y mujer. La Venganza, en su calidad
-de miembro de la taberna,
-asistía a la conversación.</p>
-
-<p>Carton, luego que tomó asiento,
-pidió un vaso de vino. La señora
-Defarge le dirigió una mirada<span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span>
-indiferente, luego otra más detenida,
-siguió otra extraordinariamente
-penetrante, y terminó acercándose
-a él y preguntándole qué
-deseaba.</p>
-
-<p>Carton repitió lo que antes
-había dicho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Inglés?&mdash;preguntó la tabernera,
-enarcando las cejas.</p>
-
-<p>Carton, después de mirarla un
-buen espacio, cual si le costase
-gran trabajo pronunciar una palabra
-francesa, contestó con acento
-extranjero marcadísimo:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora, sí; inglés.</p>
-
-<p>Fué la tabernera al mostrador
-para servir el vino, y Carton,
-mientras tomaba entre sus manos
-un periódico jacobino y fingía hacer
-esfuerzos por interpretar la
-lengua en que estaba escrito, oyó
-que decía la primera:</p>
-
-<p>&mdash;Juro que se parece a Evrémonde.</p>
-
-<p>Sirvió el vino Defarge, dando
-las buenas noches al parroquiano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;preguntó Carton.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas noches.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh... muy buenas noches,
-ciudadano... y muy buen vino!
-¡Brindo por la República!</p>
-
-<p>Volvió Defarge al mostrador,
-diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto; se le parece un
-poco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y yo repito que se le parece
-mucho!&mdash;replicó con dureza la
-tabernera.</p>
-
-<p>&mdash;Lo tienes tan presente en tu
-memoria...&mdash;observó Santiago
-Tercero.</p>
-
-<p>&mdash;¡A fe que yo tampoco le olvido
-un momento!&mdash;exclamó La
-Venganza riendo.&mdash;Y si no me engaño,
-estás tú esperando llegue el
-día de mañana para verle otra
-vez.</p>
-
-<p>Carton continuaba leyendo, siguiendo
-con el índice las líneas del
-periódico y puesta en la lectura
-toda su atención. Los Defarges,
-La Venganza y Santiago Tercero,
-juntas las cabezas y de codos sobre
-el mostrador, conversaban en
-voz muy baja. Después de algunos
-momentos de silencio, durante
-los cuales las cuatro personas tuvieron
-sus ojos clavados en el
-aplicado lector, que no tenía ojos
-ni oídos más que para el periódico,
-reanudaron la conversación.</p>
-
-<p>&mdash;Opino que tiene razón tu mujer.
-¿Por qué detenernos hasta el
-final del viaje? El argumento es
-de gran fuerza.</p>
-
-<p>&mdash;Todo lo que quieras&mdash;objetó
-Defarge&mdash;pero en una parte o en
-otra tendremos que hacer alto.
-En realidad, lo único que hay que
-acordar es dónde se hace ese alto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Después del exterminio!&mdash;replicó
-la tabernera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Magnífico!&mdash;aulló Santiago
-Tercero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Soberbio!&mdash;gritó La Venganza.</p>
-
-<p>&mdash;Profeso la santa doctrina del
-exterminio, y dicho se está que,
-en general, nada tengo que decir
-en su contra&mdash;observó Defarge.&mdash;Pero
-hay que tener en cuenta que
-ese pobre doctor ha sufrido ya
-mucho. Hoy habéis podido convenceros
-de ello, pues todos ha<span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span>bréis
-reparado en la expresión de
-su cara mientras se leía el papel.</p>
-
-<p>&mdash;¡He reparado en la expresión
-de su cara, sí!&mdash;replicó la tabernera,
-poniendo en sus palabras
-todo el desprecio y todo el odio
-de su corazón de fiera.&mdash;He reparado
-en la expresión de su cara, sí;
-y he visto que no era la cara de
-un amigo verdadero de la República;
-eso es lo que he visto.</p>
-
-<p>&mdash;Y no te habrán pasado
-inadvertidas las crueles agonías
-de su hija, agonías que habrán
-exacerbado enormemente las suyas&mdash;repuso
-Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;También he observado a su
-hija, sí&mdash;contestó la tabernera;&mdash;la
-he observado muchas veces; no
-hoy sólo. La he observado hoy en
-el Tribunal, y la he observado
-otros días en la calle, contemplando
-los muros de la cárcel. Me basta
-alzar un dedo, para que baje inmediatamente
-la cuchilla que haga
-rodar su cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eres una ciudadana prodigiosa!&mdash;rugió
-Santiago Tercero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Un ángel!&mdash;suspiró La Venganza.</p>
-
-<p>&mdash;En cuanto a ti&mdash;prosiguió la
-tabernera implacable, dirigiéndose
-a su marido,&mdash;segura estoy de
-que, si de ti dependiera... que por
-fortuna no depende... serías capaz
-de salvar aún a ese hombre.</p>
-
-<p>&mdash;¡No!&mdash;protestó Defarge&mdash;¡Si
-con levantar este vaso pudiera
-salvarlo, ten por seguro que no
-lo levantaría! Pero me detendría
-allí; repito que daría mi obra por
-acabada.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo estás viendo, Santiago&mdash;exclamó
-la tabernera lanzando
-por los ojos llamaradas de rabia&mdash;Ya
-lo estás viendo también tú, mi
-querida Venganza... Los dos lo
-véis... Los dos lo oís... Hace mucho
-tiempo que figura esa raza en
-mis registros condenada a la destrucción,
-al exterminio, por crímenes
-que nada tienen que ver
-con los de la tiranía y opresión.
-Preguntad a mi marido si miento.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;contestó Defarge,
-sin esperar a que le preguntasen.</p>
-
-<p>&mdash;En los comienzos de los grandes
-días, cuando cayó la Bastilla,
-encuentra mi marido el papel que
-se ha hecho público hoy, lo trae
-a casa, y después de media noche,
-cuando el establecimiento está cerrado
-y desierto, lo leemos en este
-mismo sitio y a la luz de esta misma
-lámpara. Preguntadle si digo
-verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, sí&mdash;contestó Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Aquella misma noche, después
-de leído el papel y apagada la
-lámpara, cuando comenzaba a
-filtrarse el día por entre las grietas
-de las ventanas y los hierros de las
-rejas, le dije que tenía que comunicarle
-un secreto. Que os diga si
-miento.</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto&mdash;asintió Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Y le comuniqué el secreto.
-Golpeé su pecho con estas dos
-manos, como lo golpeo ahora, y
-le dije: «Defarge; me crié entre
-pescadores de la playa, y la familia
-labriega tan ultrajada por los<span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span>
-hermanos Evrémonde, esa familia
-que describe el papel encontrado
-en la Bastilla, es mi familia.
-Defarge, la hermana moribunda
-del muchacho campesino herido
-mortalmente era mi hermana, el
-marido era el marido de mi hermana,
-el fruto de sus amores que
-jamás abrió los ojos a la luz, era
-el hijo de mi hermana, y aquel
-hermano labriego era mi hermano,
-y el padre muerto de dolor era
-mi padre, los que murieron eran
-mis muertos, y sus gritos de venganza
-a mí se han dirigido desde
-entonces...» Preguntadle si es verdad
-lo que digo.</p>
-
-<p>&mdash;Así es&mdash;confesó Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;¡Y ahora, decidme si es posible
-poner compuertas al vendaval
-o extinguir el fuego del infierno!&mdash;repuso
-la tabernera.&mdash;Pero no; no
-es necesario que me lo digáis.</p>
-
-<p>Los dos oyentes saboreaban un
-placer horrible al convencerse de
-la índole implacable del odio de
-la tabernera, cuya palidez de
-espectro estaba viendo el lector
-del periódico sin ver su rostro.
-Defarge, minoría insignificante,
-aventuró algunas palabras haciendo
-resaltar la compasión de la
-esposa del Marqués; pero no consiguió
-más que la repetición de
-las palabras últimas de su mujer:</p>
-
-<p>&mdash;¡Dime si es posible poner
-compuertas al vendaval o extinguir
-el fuego del infierno!</p>
-
-<p>La entrada de algunos parroquianos
-puso fin a la conferencia.
-El inglés pagó el gasto hecho y
-preguntó dónde estaba el Palacio
-Nacional. Acompañóle hasta la
-puerta la señora Defarge, y allí,
-poniendo su brazo sobre el de
-aquél, le indicó el camino que
-debía seguir. Ganas se le vinieron
-al parroquiano inglés de alzar
-aquel brazo y herir con mano segura
-a su propietaria.</p>
-
-<p>Alejóse Carton de aquellos parajes,
-no tardando en rondar los
-muros de la cárcel. A la hora
-convenida se presentó en la casa
-de Lorry, donde halló al anciano
-que le esperaba inquieto y lleno
-de ansiedad. Manifestóle el buen
-banquero que había estado acompañando
-a Lucía hasta momentos
-antes, y que se había separado
-de ella para acudir a la cita convenida;
-que no habían visto a su
-padre desde que salió a las cuatro
-de la tarde; que Lucía abrigaba
-alguna esperanza de que, por mediación
-del doctor, acaso se salvase
-Carlos, pero que las esperanzas
-eran muy débiles.</p>
-
-<p>Cinco horas duraba la ausencia
-del doctor: ¿dónde podría estar?
-Lorry le esperó hasta las diez, y
-como no podía resignarse a dejar
-a Lucía sola y sin noticias durante
-tanto tiempo, decidieron que Lorry
-volviera a la casa de la infeliz,
-y que Carton esperaría la llegada
-del doctor. Lorry debía regresar
-al Banco a media noche.</p>
-
-<p>Dieron las doce y el doctor no
-apareció. Volvió Lorry, y ni encontró
-noticias, ni trajo ninguna.
-¿Dónde estaría?</p>
-
-<p>Este era el punto que estaban
-discutiendo, casi abriendo sus pe<span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span>chos
-a la esperanza, fundada en
-lo prolongado de la ausencia,
-cuando oyeron sonar sus pasos en
-la escalera. No bien apareció en
-la habitación, vieron que todo
-estaba perdido.</p>
-
-<p>Jamás ha podido saberse si se
-pasó todas las largas horas de
-ausencia vagando al azar por las
-calles, o bien si visitó a sus relaciones.
-Entró en la estancia, permaneció
-con la mirada fija en los
-que le esperaban, y no despegó los
-labios, ni nadie le dirigió la palabra,
-pues bien claramente decía
-la expresión de su rostro que todo
-estaba perdido.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo encontrarlo&mdash;dijo.&mdash;¿Dónde
-está? Me hace falta.</p>
-
-<p>Venía con la cabeza desnuda y
-abierta la pechera de la camisa.
-Después de tender miradas de angustia
-en derredor, se quitó la
-levita y se sentó en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero dónde está mi banqueta?
-Por todas partes la ando buscando
-sin poder dar con ella. ¿Qué
-han hecho con mi labor? Necesito
-concluir esos zapatos... los esperan
-con urgencia.</p>
-
-<p>Los dos oyentes se miraron
-consternados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya... vaya!&mdash;repuso el anciano.&mdash;¡Mi
-banqueta... mi labor
-comenzada...! ¡Repito que es muy
-urgente!...</p>
-
-<p>Al no recibir contestación, se
-tiró del cabello y pateó el suelo,
-semejante a un niño enfadado.</p>
-
-<p>&mdash;¡No martiricen a un desgraciado!&mdash;exclamó,
-lanzando un grito
-formidable.&mdash;¡Dénme mi labor...
-por Dios! ¿Qué será de nosotros
-si esta noche no termino los zapatos?</p>
-
-<p>¡Perdido, perdido por completo!</p>
-
-<p>Era inútil intentar encender una
-luz que el recio huracán de la
-desgracia había extinguido para
-siempre. Con espanto de Lorry,
-con terror de Sydney Carton, el
-doctor Manette volvía a ser el
-zapatero del sotabanco, el desventurado
-idiota que años antes entregaron
-al tabernero Defarge.</p>
-
-<p>Impresionados ambos, afectados
-por la misma idea y comprendiendo
-la necesidad de sobreponerse
-a sus emociones, dedicáronse,
-no a intentar reanimar aquella
-inteligencia, totalmente extinguida,
-sino a tranquilizar al infeliz
-anciano, prometiéndole que muy
-en breve le serían devueltos la
-banqueta, las herramientas y los
-zapatos.</p>
-
-<p>&mdash;Ha sucumbido al golpe, excesivamente
-rudo para él&mdash;dijo Carton.&mdash;Sí;
-no hay más remedio que
-llevarlo a su hija; pero antes de
-hacerlo, ¿tendrá usted la bondad
-de prestarme un momento de
-atención? Necesito imponer algunas
-condiciones y arrancar a usted
-una promesa; pero no me pregunte
-el motivo de las primeras ni el
-por qué de la segunda, que para
-callarlas tengo una razón... y de
-mucho peso.</p>
-
-<p>&mdash;No lo dudo&mdash;respondió Lorry.&mdash;Siga
-usted.</p>
-
-<p>En una silla colocada entre los
-dos interlocutores estaba el anciano,
-meciéndose con monotonía<span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span>
-maquinal y sollozando. Los interlocutores
-hablaban con voz muy
-baja, cual si se hallaran junto al
-lecho de un enfermo.</p>
-
-<p>Carton se bajó para alzar del
-suelo la levita del doctor. Al hacerlo,
-cayó al suelo una cajita
-donde el doctor tenía la costumbre
-de guardar la lista de las visitas
-que debía hacer durante el
-día. La recogió y abrió, encontrando
-dentro un papel doblado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted que veamos
-qué es esto?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>Lorry asintió con un movimiento
-de cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias, Dios mío!&mdash;exclamó
-Carton no bien desdobló el papel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es?&mdash;preguntó Lorry
-con acento anhelante.</p>
-
-<p>&mdash;Un poquito de paciencia; se
-lo explicaré a su tiempo. Ante
-todo&mdash;dijo, llevando la mano al
-bolsillo interior de su levita y
-sacando otro papel,&mdash;conviene que
-vea usted esto, que es un certificado,
-merced al cual puedo salir
-de la ciudad sin inconveniente.
-Léalo usted.... Sydney Carton,
-súbdito inglés...</p>
-
-<p>Lorry quedó contemplando el
-papel.</p>
-
-<p>&mdash;Guárdelo usted hasta mañana.
-Recordará usted que he de
-visitar al prisionero, y no creo
-prudente llevarlo conmigo a la
-cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé... Un capricho, quizá,
-pero prefiero no llevarlo. Tome
-también el papel que el doctor
-Manette llevaba en su bolsillo, y
-que es otro certificado análogo,
-un salvo conducto para que él,
-su hija y su nieta, puedan franquear
-la Barrera y la frontera en
-cualquier momento. ¿Lo ve usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Probablemente se lo proporcionaría
-ayer, a fin de adoptar
-toda clase de precauciones contra
-la tormenta. ¿Qué fecha tiene?
-Pero no importa; no hay necesidad
-de tomar nota de ese dato.
-Lo esencial es que lo guarde usted
-juntamente con el mío y el de
-usted. Ahora bien; escuche con
-atención mis palabras, y no las
-olvide; hasta hace dos horas, no
-pasó por mi imaginación que pudieran
-necesitar ese papel, que
-hoy es firme y valedero, y lo será
-mientras no lo revoquen. Pero
-pueden revocarlo; y es más: motivos
-poderosos me hacen creer que
-lo revocarán muy pronto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Están en peligro?</p>
-
-<p>&mdash;Están en peligro inminente.
-Están en peligro de ser denunciados
-por la tabernera Defarge; no
-me lo ha contado nadie; lo he escuchado
-yo de sus propios labios.
-Esta noche he sorprendido una
-conversación de esa mujer, y la
-conversación me ha hecho ver el
-peligro que a la familia del doctor
-amenaza. Desde que la oí, no he
-desperdiciado el tiempo, he visitado
-a mi espía, y mis impresiones
-primeras se han confirmado plenamente.
-Sabe aquél que un aserrador
-de leña, hechura de los
-Defarges, está pronto a declarar
-que <i>la</i> ha visto (Carton no pro<span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span>nunciaba
-nunca el nombre de Lucía)
-haciendo señas a los prisioneros.
-No es difícil adivinar que
-sobran motivos para fundar sobre
-el hecho mencionado una acusación
-cualquiera, un complot contra
-la República, por ejemplo,
-cuya consecuencia sería la muerte
-de <i>ella</i>, quién sabe si también la
-de su hija... acaso hasta la de su
-padre, pues ambos han sido también
-vistos en el mismo sitio... No
-se asuste usted... que a todos los
-salvará usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quiéralo el Cielo, Carton!
-¿pero cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Es lo que voy a decirle ahora
-mismo. Fío en usted, convencido
-de que no podría poner el asunto
-en mejores manos. La nueva delación
-no será formulada hasta que
-pase el día de mañana... probablemente
-la dejarán para dos o
-tres días después, y aun es más
-probable que la dilaten una semana.
-Sabe usted perfectamente que
-incurre en pena de muerte en este
-bendito país el que llora o simpatiza
-con una víctima de la guillotina.
-No cabe dudar que tanto
-<i>ella</i> como su padre se harán reos
-del crimen mencionado, y desde
-luego aseguro que la tabernera,
-cuyo odio feroz llega a extremos
-inconcebibles, esperará hasta contar
-con armas que aumenten la
-fuerza de su denuncia y hagan
-doblemente seguro el resultado.
-¿Va usted comprendiendo?</p>
-
-<p>&mdash;Con tanta atención, y tan penetrado
-de la exactitud de lo que
-usted afirma, que hasta olvido
-momentáneamente esta desdicha&mdash;contestó
-extendiendo la diestra
-hacia la silla del doctor.</p>
-
-<p>&mdash;No ha de encontrar dificultades
-usted, que dispone de dinero
-en abundancia, para ganar la costa
-utilizando los medios de locomoción
-más rápidos. Hace ya días
-que tiene usted ultimados sus preparativos
-para regresar a Inglaterra.
-Dé usted órdenes para que
-mañana tengan enganchados los
-caballos para emprender el viaje
-a las dos de la tarde.</p>
-
-<p>&mdash;Lo estarán.</p>
-
-<p>&mdash;¿No dije antes que era imposible
-poner el asunto en mejores
-manos? Tiene usted un corazón
-todo nobleza. Esta noche, dirá a
-<i>ella</i> que conoce el peligro que se
-cierne sobre su cabeza, y que ese
-peligro puede envolver también
-a su hija y a su padre. Insista usted
-en este punto, pues de no hacerlo
-así, es probable que nada
-consiguiera, porque <i>ella</i>, sin inconveniente,
-antes bien llena de
-alegría, colocaría su hermosa cabeza
-junto a la de su marido, para
-que el mismo golpe hiciera rodar
-las de los dos. Insistiendo en el
-peligro que corre su hija y en el
-que amenaza a su padre, hágala
-usted ver la necesidad imperiosa
-de salir mañana a la hora indicada
-de París, con ellos y con usted.
-Dígala que es deseo de su marido,
-deseo expreso de cuyo cumplimiento
-depende mucho más de
-lo que ella puede suponer o esperar.
-¿No le parece a usted que
-su padre, no obstante la lamen<span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span>table
-condición de su espíritu, se
-someterá a los deseos de la hija?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy seguro de ello.</p>
-
-<p>&mdash;Lo suponía. Sobre todo, téngalo
-todo dispuesto para la hora
-indicada. El coche preparado, enganchados
-los caballos y ustedes
-acomodados en sus asientos. En
-el momento que llegue yo, colóquenme
-en el coche, y en marcha.</p>
-
-<p>&mdash;¿He de esperar su llegada de
-usted, suceda lo que suceda?</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted en su poder mi
-salvoconducto, juntamente con
-los demás, salvoconducto que
-me da derecho a un asiento. Esperará
-usted hasta que ese asiento
-esté ocupado, y en cuanto lo esté,
-a Inglaterra lo más rápidamente
-posible.</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso&mdash;observó Lorry,
-dando un fuerte apretón de manos
-a Carton,&mdash;ya no depende todo
-de un pobre viejo, puesto que llevaré
-a mi lado a un joven ardiente
-y decidido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Con la ayuda de Dios, lo
-tendrá usted! Prométame ahora
-solemnemente que por nada del
-mundo alterará ni modificará nada
-de lo que hemos convenido.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, Carton; lo juro.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, procure recordar
-con frecuencia estas palabras:
-«Una variación... una demora...
-sea la que sea la causa a que obedezca,
-puede comprometer la salvación
-de las vidas de todos y
-ocasionar el sacrificio inevitable
-de muchas otras.»</p>
-
-<p>&mdash;Las recordaré. Espero que
-Dios me dará fuerzas para llenar
-fielmente mi misión.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también espero que no
-me faltarán para cumplir la mía.
-Y ahora... adiós.</p>
-
-<p>No se fué, sin embargo, aunque
-a continuación de pronunciar la
-palabra de despedida, llevó a sus
-labios y besó la mano que Lorry
-le tendía. Antes ayudó a levantar
-al doctor de la silla, a ponerle la
-levita y el sombrero, y a inducirle
-a salir, diciéndole que iban a buscar
-la banqueta y los zapatos que
-deseaba. Acompañó a los dos ancianos
-hasta el jardín de la casa
-donde lloraba un corazón lacerado,
-tan feliz en otros tiempos, y,
-cuando aquellos le dejaron solo,
-permaneció algunos momentos
-contemplando una ventana, cuyas
-maderas dejaban escapar algunos
-hilos de luz, la ventana de la
-habitación de <i>ella</i>. Antes de irse,
-su corazón envió a la ventana un
-adiós solemne envuelto en hermosa
-nube de bendiciones.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_XIII">XIII.<br />CINCUENTA Y DOS</h3></div>
-
-<p>Encerrados en negruzcos muros,
-los condenados del día esperaban
-la hora de subir al cadalso
-en la siniestra cárcel de la Conserjería.
-Eran tantos como semanas
-tiene el año. Cincuenta y dos vidas
-humanas debían perderse aquella
-tarde en el mar insaciable que
-las absorbe todas. Antes que
-se vaciasen sus celdas quedaban<span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span>
-designados los que habrían de
-remplazarlos, antes que corriera
-su sangre sobre la sangre vertida
-el día anterior, había sido puesta
-en sitio separado la que al día siguiente
-vendría a mezclarse con la
-suya.</p>
-
-<p>Cincuenta y dos vidas segadas,
-cincuenta y dos víctimas, pertenecientes
-a todas las clases sociales;
-desde el rico propietario de
-setenta años, cuyas riquezas de
-nada le servían para prolongar la
-existencia, hasta el mísero jornalero,
-a quien tampoco podía salvar
-su obscuridad y su miseria. De la
-misma manera que en las enfermedades
-físicas, que tienen su
-origen en los vicios y en los descuidos
-de los hombres, hacen sus
-víctimas sin reparar en categorías
-ni edades, así también las espantosas
-dolencias morales, engendradas
-por sufrimientos indecibles,
-opresiones intolerables e indiferencias
-crueles, hieren por igual
-y sin distinción de personas.</p>
-
-<p>Carlos Darnay, encerrado en su
-celda a solas con sus pensamientos,
-no se hizo ilusión alguna desde
-que salió de la Sala de Justicia.
-En cada palabra de la terrible narración
-allí leída vió una sentencia
-de muerte, y no se le ocultó que
-no había influencia humana capaz
-de salvarle, que virtualmente pesaba
-sobre él una sentencia pronunciada
-por millones de votos,
-contra los cuales de nada servían
-los esfuerzos individuales.</p>
-
-<p>No era, sin embargo, empresa
-fácil resignarse a morir, el que
-como él conservaba fresca en su
-mente la imagen de su adorada
-esposa. Lazos muy sólidos le unían
-a la vida, y era duro, muy duro,
-ver tan de cerca la cuchilla que
-los cortaría para siempre. Sus pensamientos
-se atropellaban, se agitaban
-tumultuosos en su pecho,
-reñían entre sí rudas batallas, y a
-la postre unían sus fuerzas para
-contender contra la resignación.
-Si momentáneamente conseguía
-calmarlos, brotaba inmediatamente
-la imagen de su mujer, la
-imagen de su tierna hija, acordábase
-de que las dejaba en el mundo,
-y protestaba contra ello con
-todas las fuerzas de su alma, ni
-más ni menos que si en su pecho
-alentase el egoísmo más agudo.</p>
-
-<p>Verdad es que estas luchas no
-fueron de larga duración. No pasó
-mucho rato sin que actuara en
-él como estimulante poderoso la
-consideración de que la muerte
-que le esperaba no llevaba consigo
-el apéndice de la deshonra, y el
-pensamiento de que muchos, tan
-inocentes como él, recorrían todos
-los días y con paso firme el mismo
-camino doloroso que él debía recorrer.
-Pensó luego en la futura
-tranquilidad de espíritu de que,
-pasados los primeros momentos,
-disfrutarían los seres queridos que
-dejaba en el mundo, si le veían
-aceptar la muerte con entereza
-varonil, y de esta suerte, poco a
-poco y por grados, fué recobrando
-la calma y engolfándose en reflexiones
-de índole más elevada.</p>
-
-<p>Antes que cerrase la noche, ha<span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span>bía
-adelantado la mayor parte
-del camino en el viaje de su resignación.
-Provisto de recado de escribir
-y de luz, tomó la pluma y
-no la dejó hasta que llegó la hora
-en que el reglamento de la cárcel
-obligaba a apagar las lámparas.</p>
-
-<p>Escribió una carta muy extensa
-a Lucía, demostrándola que jamás
-tuvo noticia del eterno cautiverio
-de su padre hasta que lo oyó de
-los mismos labios de éste, y que,
-con anterioridad a la lectura del
-documento encontrado en la Bastilla,
-estaba tan ignorante como
-ella misma de la culpabilidad directa
-de su padre y de su tío en
-aquel triste acontecimiento. Ya
-antes la había explicado que, si
-ocultó su apellido verdadero, apellido
-que había renunciado, fué
-para cumplir una condición, cuyo
-motivo comprendía ahora perfectamente,
-impuesta por el doctor
-al dar su asentimiento a las relaciones
-amorosas con su hija, y
-ratificada la mañana de su boda.
-La suplicaba encarecidamente
-que, por amor a su padre, jamás
-intentase averiguar si aquél había
-olvidado la existencia del documento,
-o bien si se la recordó la
-historia de la Torre de Londres
-narrada bajo el plátano del jardín
-aquella noche de verano. Si del
-documento en cuestión conservaba
-algún recuerdo, indudablemente
-lo supuso destruído con la Bastilla,
-al ver que no figuraba entre
-las reliquias de los prisioneros encontradas
-por el populacho y hechas
-tan públicas que las conocía
-el mundo entero. Instábala&mdash;bien
-que añadiendo que ya sabía que
-la recomendación era inútil&mdash;a
-que consolase a su padre, convenciéndole,
-por todos los medios
-imaginables, de que no sólo no
-había hecho nada vituperable, nada
-que hubiera ocasionado su desventura,
-sino que, por el contrario,
-se había sacrificado siempre
-por la felicidad de su hija y del
-marido de su hija. Terminaba recomendándola
-que procurase sobreponerse
-a su dolor, que se consagrase
-a su querida hija, y sobre
-todo, que a fuerza de ternura
-consolase a su padre.</p>
-
-<p>Escribió al doctor otra carta
-inspirada en los mismos pensamientos
-y diciéndole que confiaba
-a su cariño a su mujer y a su hija.
-Con frase vibrante le hacía ese
-encargo, no porque lo considerara
-necesario, sino más bien con objeto
-de levantar su ánimo y alejar
-de su mente pensamientos retrospectivos,
-que desde luego suponía
-que se alzarían con mayor fuerza
-que nunca.</p>
-
-<p>Dirigió una carta al señor Lorry,
-encomendando a su solicitud
-los seres queridos que dejaba y
-explicándole todos sus asuntos
-terrenos. No se acordó de Carton.
-Eran tantos los pensamientos que
-le embargaban, que no dejaron
-hueco para una persona con la
-que nunca sostuvo relaciones frecuentes.</p>
-
-<p>Cuando se apagaron las luces<span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span>
-y se tendió sobre el mísero jergón
-de paja, creyó que había concluído
-ya con el mundo.</p>
-
-<p>Resurgió, sin embargo, éste durante
-su sueño, y resurgió brillante,
-encantador. Encontróse de
-nuevo en el tranquilo rinconcito
-de Soho, libre, feliz, contento, en
-compañía de su Lucía, la cual le
-aseguraba que todo había sido
-un sueño, una pesadilla, que nunca
-habían abandonado a Inglaterra,
-que nunca se había separado
-de ella. A este sueño siguió una
-pausa de olvido completo, después
-de la cual se imaginó que
-vivía con su mujer, pero muerto,
-decapitado. Sobrevino otra pausa
-de olvido, y despertó al fin por
-la mañana, sin darse cuenta del
-sitio en que se encontraba sin
-acordarse de lo ocurrido la víspera,
-hasta que brotaron en su mente
-con caracteres de fuego estas
-palabras: «Hoy es el día de tu
-muerte.»</p>
-
-<p>Encontrábase en el día en que
-debían rodar cincuenta y dos cabezas,
-una de ellas la suya, y mientras,
-resignado a su triste suerte,
-hacía acopio de alientos para sufrirla
-con tranquilo heroísmo, sus
-pensamientos, muy difíciles de dominar,
-emprendieron con actividad
-febril nuevos derroteros.</p>
-
-<p>Nunca había visto el terrible
-instrumento que horas más tarde
-segaría su vida. Cuánta sería la
-elevación sobre el suelo de la lúgubre
-máquina, cuántos peldaños
-tenía la escalera fatal, dónde estaría
-emplazada, qué manos se encargarían
-de colocarle sobre el tajo,
-si estarían tintas en sangre,
-hacia qué lado volvería la cabeza,
-si sería él el primero o si sería el
-último; éstas y otras preguntas
-semejantes se hacía una y otra
-vez, atropelladamente, sin que en
-ello interviniera su voluntad, sino
-su imaginación sobreexcitada.
-Tampoco las inspiraba el miedo,
-sino más bien un deseo extraño de
-saber qué era lo que haría cuando
-llegase el caso, un deseo que no
-guardaba proporción con los fugaces
-instantes a los cuales se refería,
-una curiosidad inexplicable
-sentida por una alma distinta de
-la suya.</p>
-
-<p>Pasaba el tiempo y el reloj sonaba
-horas que el infeliz no
-volvería a oir sonar. Dieron las
-nueve, las diez, las once, y estaban
-para dar las doce. El reo paseaba
-cada vez más sereno. Lo peor de
-la lucha interna había pasado. Ya
-no conturbaban su imaginación
-pensamientos disparatados, ya podía
-rezar por sí y por los suyos.</p>
-
-<p>Sonaron las doce.</p>
-
-<p>Habíanle dicho que la hora última
-que para él sonaría en el
-mundo serían las tres, y sabía que
-le sacarían del calabozo con bastante
-anticipación a la hora indicada,
-pues las carretas de la muerte
-recorrían muy lentamente el camino
-del patíbulo. Supuso, pues
-que le llamarían a las dos.</p>
-
-<p>Cruzados los brazos delante del
-pecho paseaba por su celda, cuando
-hirió sus oídos la una; no perdió
-su calma heroica. Fervorosa<span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span>mente
-dió gracias a Dios por haberle
-dado fuerzas para recobrar
-la calma, y pensó:</p>
-
-<p>«Me resta otra hora.»</p>
-
-<p>Sonó rumor de pasos en el pasadizo
-exterior. La puerta de su
-celda se abrió y volvió a cerrar
-sin ruido. Alguien dijo junto a la
-puerta, abierta ya, o mientras la
-abrían, estas palabras:</p>
-
-<p>«No me ha visto nunca aquí,
-pues he cuidado siempre de alejarme
-de su paso. Entre usted...
-Esperaré fuera... No pierda tiempo.»</p>
-
-<p>Frente al prisionero brotó un
-hombre que le miraba sonriente,
-tranquilo. Era Sydney Carton.</p>
-
-<p>Tal era la expresión de su rostro,
-tan notable su mirada, que
-en el primer instante temió el
-prisionero que se tratase de una
-aparición no real, fruto de su imaginación
-alborotada. Pero la aparición
-habló, y el tono de su voz
-era el de Carton; estrechó la mano
-del reo, y su mano era una mano
-real, de carne y hueso.</p>
-
-<p>&mdash;Apuesto a que soy yo el último
-ser humano a quien usted esperaría
-ver: ¿me equivoco?</p>
-
-<p>&mdash;No solo no esperaba ver a usted,
-sino que, aun viéndole, estoy
-dudando que frente a mí se encuentre
-el Sydney Carton a quien
-he conocido... ¿Es también prisionero?</p>
-
-<p>&mdash;No. La casualidad me ha
-hecho dueño de uno de los calaboceros
-de esta cárcel, y a esa
-circunstancia debo el encontrarme
-junto a usted. Vengo de parte de
-<i>ella</i>... de parte de su mujer, mi
-querido Darnay.</p>
-
-<p>El reo le tendió silenciosamente
-la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Y traigo el encargo de hacerle
-una súplica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es?</p>
-
-<p>&mdash;Es la súplica más fervorosa,
-la más apremiante, la más ardiente
-de las que le han sido dirigidas
-por aquella voz que tan querida
-le es. No la desoiga, porque esa
-voz querida se la dirige con el tono
-más patético que nunca ha
-sonado en sus oídos.</p>
-
-<p>El reo dobló la cabeza sin contestar.</p>
-
-<p>&mdash;Ni usted tiene tiempo para
-preguntarme por qué soy el emisario
-encargado de formular la
-súplica en cuestión, o para pedirme
-explicaciones acerca de lo que
-signifique, ni lo tengo yo para dárselas.
-Su obligación... obligación
-sagrada, es obedecer sin replicar...
-¡Quítese las botas, y póngase las
-mías!</p>
-
-<p>Adosada a uno de los muros,
-a espaldas del reo, había una silla.
-Carton, mientras hablaba con la
-rapidez del rayo, había obligado
-a aquél a sentarse en la silla en
-cuestión.</p>
-
-<p>&mdash;Descálcese y póngase estas
-botas mías... ¡Pronto!...</p>
-
-<p>&mdash;Carton... Es imposible escapar
-de aquí&mdash;replicó Carlos, completamente
-desconcertado;&mdash;imposible
-de todo punto... No conseguirá
-usted otra cosa que morir conmigo...
-Es una locura....</p>
-
-<p>&mdash;Sería una locura si yo le dije<span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span>ra
-a usted que escapara; ¿pero se
-lo he insinuado siquiera? Cuando
-le diga que franquee aquella puerta,
-contésteme que es una locura
-y no me haga caso... Fuera esa
-corbata y póngase la mía... Eso
-es... Ahora la levita... Haremos
-un cambio de levitas... ¡Magnífico!
-Me permitirá que le quite
-esa cinta que sujeta su pelo, y que
-desordene un poquito su peinado...
-¡eso es! Ya va usted tan mal peinado
-como yo.</p>
-
-<p>Con celeridad portentosa, con
-una fuerza de voluntad que más
-que humana parecía sobrenatural,
-transformó al prisionero en un
-abrir y cerrar de ojos. El reo parecía
-niño sin voluntad en sus
-manos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Carton... Mi querido Carton!
-¡Es una locura... un desatino! No
-es posible llevarlo a cabo... Jamás
-se ha conseguido... Docenas de
-veces lo han intentado y siempre
-fué el fracaso más ruidoso el resultado...
-¡Por Dios le pido, amigo
-querido, que no aumente mis
-amarguras sacrificando estérilmente
-su vida...! ¿No basta con
-que muera yo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Le he dicho por ventura,
-mi querido Darnay, que rebase
-aquella puerta? Cuando se lo diga,
-conteste rotundamente que
-no, y asunto concluído. Veo papel,
-tinta y pluma en aquella mesa;
-¿tiene usted el pulso firme? ¿Podrá
-escribir?</p>
-
-<p>&mdash;Firme lo tenía cuando usted
-entró.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es preciso que lo esté
-otra vez, para que escriba con letra
-muy clara lo que voy a dictar...
-¡Pronto, amigo mío, pronto!</p>
-
-<p>Darnay, estupefacto, maravillado,
-aturdido, tomó asiento frente
-a la mesa. Carton, puesta la
-diestra sobre el pecho, quedó en
-pie al lado suyo.</p>
-
-<p>&mdash;Escriba punto por punto lo
-que yo le dicte.</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién dirijo el escrito?</p>
-
-<p>&mdash;A nadie.</p>
-
-<p>La diestra de Carton continuaba
-fija sobre su pecho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pongo fecha?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>El reo alzaba la cabeza cada
-vez que formulaba una pregunta;
-Carton, sin mover la diestra, miraba
-al suelo.</p>
-
-<p>«Si no ha olvidado usted las
-palabras que entre los dos se cruzaron&mdash;dijo
-Carton dictando,&mdash;comprenderá
-sin esfuerzo esta
-carta, no bien la lea. Sé positivamente
-que las recuerda, pues no
-es usted de los que olvidan
-pronto.»</p>
-
-<p>El reo, que no comprendía el
-sentido de lo que estaba escribiendo,
-alzó inopinadamente los ojos
-y sorprendió a Carton en el momento
-que sacaba del pecho la
-mano. Esta se detuvo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha escrito usted «olvidan
-pronto?»</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Tiene en su mano algún
-arma?</p>
-
-<p>&mdash;No; no tengo armas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene, pues?</p>
-
-<p>&mdash;Dentro de un momento lo
-sabrá usted... Continúe escribien<span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span>do,
-que son ya muy pocas las palabras
-que nos faltan... «Doy gracias
-a Dios que me permite probarlas
-con hechos. No quisiera
-que lo que hago fuera para nadie
-motivo de pesadumbre o de tristeza.»</p>
-
-<p>Mientras dictaba estas palabras,
-clavados los ojos sobre el
-que escribía, su mano derecha fué
-moviéndose cautelosamente acercándose
-a la cara del reo.</p>
-
-<p>La pluma cayó de la mano de
-Darnay, quien miró con expresión
-atontada en derredor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué vapor es éste?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vapor?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... un olor que me molesta
-y aturde.</p>
-
-<p>&mdash;Nada percibo... No es posible
-que aquí se respiren vapores...
-Tome de nuevo la pluma y terminemos...
-¡Pronto, pronto!</p>
-
-<p>El reo, cuya respiración se había
-hecho jadeante, y cuyo rostro
-reflejaba el desorden de sus facultades,
-se inclinó sobre el papel
-dispuesto a escribir.</p>
-
-<p>«De haber sido otro el curso de
-los sucesos&mdash;continuó dictando
-Carton, cuya mano derecha estaba
-debajo de la nariz del escribiente,&mdash;es
-natural que me hubiese faltado
-esta oportunidad; de haber
-sido otro el curso de los sucesos...»</p>
-
-<p>Fijó Carton sus ojos en la pluma,
-y vió que garrapateaba signos
-ininteligibles.</p>
-
-<p>El reo se enderezó de pronto
-dirigiendo a Carton una mirada
-llena de reconvenciones; pero la
-diestra del último se acercó más
-y más a su nariz, mientras su brazo
-izquierdo rodeaba su cintura.
-Luchó el reo débilmente y durante
-breves segundos con el hombre
-que venía a dar su vida por la
-suya; pero antes que transcurriera
-un minuto, yacía inmóvil sobre
-el suelo.</p>
-
-<p>Carton vistió inmediatamente
-las ropas que el prisionero dejara
-minutos antes, se peinó mejor que
-nunca, ató su cabello con la cinta
-que antes sujetaba el de Darnay,
-y dijo con voz muy baja:</p>
-
-<p>&mdash;¡Entre... entre!...</p>
-
-<p>Dos segundos después, se presentaba
-el espía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo ve usted?&mdash;preguntó
-Carton alzando la cabeza, e hincando
-a continuación una rodilla
-en tierra para colocar en el bolsillo
-de Carlos el papel que había
-escrito.&mdash;¿No le dije que su riesgo
-era insignificante?</p>
-
-<p>&mdash;Mi riesgo, señor Carton, no
-está en <i>esto</i>&mdash;respondió el espía,&mdash;sino
-en que usted cumpla fielmente
-lo estipulado.</p>
-
-<p>&mdash;Esté usted tranquilo, que yo
-me atendré a lo convenido hasta
-la muerte.</p>
-
-<p>&mdash;Así debe ser para que resulte
-exacto el número cincuenta y dos.
-Con que usted lo complete, vestido
-como está en este momento
-nada temo.</p>
-
-<p>&mdash;Nada debe temer. Yo, que
-podría perjudicarle, desapareceré
-muy en breve de este mundo, gracias
-a Dios... Ahora, ayúdeme;
-mejor dicho; lléveme al coche.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315">[315]</a></span>
-&mdash;¿A usted?&mdash;preguntó el espía
-con aprensión visible.</p>
-
-<p>&mdash;¡A él, hombre de Dios, al reo
-con quien cambio la suerte! ¿Saldrá
-por la misma puerta por la que
-entré yo?</p>
-
-<p>&mdash;Claro que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien; como me encontraba
-débil y desfallecido cuando
-entré, lo natural es que salga más
-débil y más desfallecido. La despedida
-eterna me ha impresionado
-tanto, que he perdido el conocimiento;
-esto ha ocurrido aquí con
-mucha frecuencia... con demasiada
-frecuencia. Cuenta suya es no
-cometer ninguna torpeza... Pronto...
-Pida auxilio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me jura usted que no me
-traicionará?&mdash;preguntó el espía
-temblando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero hombre! ¿No lo he jurado
-ya solemnemente?&mdash;replicó
-Carton, pateando con impaciencia.&mdash;¿A
-qué, pues, perder ahora momentos
-que son preciosos? Sáquelo
-al patio que usted sabe, colóquelo
-en el coche, llévelo al lado
-del señor Lorry, dígale que no le
-dé ninguna medicina, que lo único
-que necesita es aire, que recuerde
-mis palabras de anoche, que cumpla
-la promesa que anoche me
-hizo, y nada más.</p>
-
-<p>Retiróse el espía, y Carton se
-sentó a la mesa, sobre la cual
-apoyó los codos. Segundos después
-volvía a entrar el espía con
-dos hombres.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!&mdash;exclamó el uno,
-al ver a Carlos tendido en tierra.&mdash;¿Tanta
-impresión le ha hecho ver
-que su amigo ha sacado el <i>gordo</i>
-en la lotería de Santa Guillotina?</p>
-
-<p>&mdash;¡A fe que no se hubiera afligido
-más un buen patriota si el
-aristócrata hubiese sido declarado
-absuelto!&mdash;observó el otro.</p>
-
-<p>Entre los dos colocaron al desmayado
-en una litera que habían
-traído y se lo llevaron.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pocas horas de vida te quedan,
-Evrémonde!&mdash;dijo el espía.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé muy bien&mdash;respondió
-Carton.&mdash;Cuida de mi amigo y déjame
-en paz.</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos, hijos míos&mdash;dijo el
-espía a sus compañeros.&mdash;Andando.</p>
-
-<p>Cerróse la puerta quedando
-Carton solo. Concentró en su oído
-todas las facultades de su alma
-por si sonaba algo que indicase
-sospechas o alarmas; nada se oyó.
-Giraron llaves en las cerraduras,
-se cerraron puertas con estrépito,
-los pasos se fueron alejando, pero
-ni se oyó un grito ni se perturbó
-el orden o la tranquilidad habitual.
-Carton, más tranquilo ya,
-permaneció sentado frente a la
-mesa hasta que sonaron las dos.</p>
-
-<p>A sus oídos llegaron entonces
-ruidos que no le alarmaron ni
-sorprendieron, sencillamente porque
-sabía perfectamente qué significaban.
-Sucesivamente fueron
-abiertas muchas puertas, hasta
-que al fin llegó el turno a la de su
-celda. Un carcelero, provisto de
-una lista, sin pasar del umbral, se
-limitó a decir:</p>
-
-<p>&mdash;Sígueme, Evrémonde.</p>
-
-<p>Carton salió tras el calabocero<span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span>
-hasta llegar a una celda obscura,
-de grandes dimensiones, situada
-a bastante distancia, atestada de
-prisioneros. Aunque la luz era
-muy escasa, Carton pudo ver que
-todos tenían atados los brazos,
-que unos estaban en pie y otros
-sentados, que éstos se quejaban
-y aquéllos paseaban inquietos y
-nerviosos. La mayor parte, sin
-embargo, permanecían silenciosos
-e inmóviles, con los ojos clavados
-en tierra.</p>
-
-<p>Mientras de pie junto al negruzco
-muro, contemplaba a sus
-cincuenta y un compañeros de
-cadalso, algunos de los cuales entraron
-después que él, un hombre
-se detuvo al paso para abrazarle.
-Carton se estremeció, temiendo
-ser descubierto, pero aquél continuó
-su marcha luego que le hubo
-dado un abrazo. Momentos después,
-una muchachita de cuerpo
-gracioso y lindas facciones se levantó
-del suelo y se acercó a Carton.</p>
-
-<p>&mdash;Ciudadano Evrémonde&mdash;dijo,
-alargándole su mano helada;&mdash;soy
-una costurerita que fuí tu
-compañera de prisión en La Force.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sí!&mdash;murmuró Carton.&mdash;¡Es
-verdad! Lo que no recuerdo
-es la acusación que te llevó a la
-cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;Me acusaron de conspiradora;
-pero el buen Dios sabe que soy
-inocente. ¿Puede haber conspirador
-que confíe sus maquinaciones
-a una niña débil como yo?</p>
-
-<p>La sonrisa con que la jovencita
-acompañó sus palabras conmovió
-tan profundamente a Carton, que
-las lágrimas asomaron a sus ojos.</p>
-
-<p>&mdash;No me da miedo morir, ciudadano
-Evrémonde, pero repito
-que nada he hecho. Hasta moriría
-con alegría si la República, que
-según dicen, ha de hacer felices
-a los pobres, obtuviera algún provecho
-de mi muerte; pero si he
-de decir lo que siento, no creo que
-mi muerte sirva para nada, Evrémonde.
-¿Qué beneficios ha de reportar
-a la República la muerte
-de una criatura débil como yo?</p>
-
-<p>La compasión que la niña inspiraba
-a Carton era infinita.</p>
-
-<p>&mdash;Oí decir que te habían absuelto,
-ciudadano Evrémonde, y de
-veras siento que no sea verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Lo fuí; pero luego me prendieron
-de nuevo y me han condenado.</p>
-
-<p>&mdash;Si nos colocan en el mismo
-carro, ciudadano Evrémonde, ¿me
-permitirás que te coja la mano?
-No es que tenga miedo; pero como
-soy una niña, tu mano me dará
-el valor que me falta.</p>
-
-<p>Carton vió que por los ojos de
-la niña, al clavarlos en su cara,
-pasaba una nube de duda primero,
-y de asombro después.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vas a morir por él?</p>
-
-<p>&mdash;¡Y por su mujer y su hija... sí!</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¿Me permitirás tener entre
-las mías tu mano valerosa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, desventurada hermana
-mía... hasta el postrer momento.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Las mismas sombras que en<span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span>vuelven
-a los condenados cercan
-a las turbas estacionadas a la
-misma hora en las inmediaciones
-de la Barrera en el momento que
-un coche de camino, procedente
-del interior de la ciudad, se acerca
-para presentar los documentos
-de los que lo ocupan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son los viajeros?
-¡A ver... los documentos!</p>
-
-<p>Una mano presenta los documentos,
-que son leídos.</p>
-
-<p>&mdash;Alejandro Manette... médico...
-francés... Veamos; ¿quién es?</p>
-
-<p>Un brazo extendido indica un
-viejo extenuado que murmura palabras
-ininteligibles.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que el ciudadano doctor
-tiene perturbadas las facultades,
-¿eh? Le ha abrasado el cerebro
-la fiebre de la Revolución.</p>
-
-<p>&mdash;Eso parece.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Son muchos los que se
-encuentran en su caso... Lucía, su
-hija... francesa... ¿Quién es?</p>
-
-<p>&mdash;Esta.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Evrémonde emprende
-otro viaje distinto... Lucía,
-hija de Lucía... inglesa... ¿Es
-esta?</p>
-
-<p>&mdash;La misma.</p>
-
-<p>&mdash;Dame un beso, hija de Evrémonde...
-Has besado a un buen
-republicano, cosa nueva en tu familia,
-no lo olvides. Sydney Carton,
-abogado, inglés... ¿Quién es?</p>
-
-<p>&mdash;Este que yace tendido en el
-fondo del coche.</p>
-
-<p>&mdash;¿Va desmayado el abogado
-inglés?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... su salud está muy quebrantada,
-pero el aire puro le sentará
-indudablemente bien. Acaba
-de despedirse de un amigo suyo
-que ha tenido la desgracia de
-incurrir en el desagrado de la República.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por tan poca cosa se desmaya?
-Muchos son los que incurren
-en el desagrado de la República,
-y mal de muchos... Mauricio
-Lorry, banquero, inglés...
-¿Quién es el banquero?</p>
-
-<p>&mdash;Yo; no puede ser otro, puesto
-que nadie más queda en el coche.</p>
-
-<p>Mauricio Lorry era el que había
-contestado a las preguntas anteriores,
-Mauricio Lorry el que había
-echado pie a tierra y, apoyada
-la diestra en la portezuela del
-carruaje, respondía al interrogatorio
-del encargado de la vigilancia
-de la Barrera.</p>
-
-<p>&mdash;Toma tus documentos, Mauricio
-Lorry... ¡Refrendados!</p>
-
-<p>&mdash;¿Podemos proseguir la marcha?</p>
-
-<p>&mdash;Cuando os acomode. Adelante,
-postillones, y buen viaje.</p>
-
-<p>&mdash;Salud, ciudadanos... Pasó el
-primer peligro.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le parece que caminamos
-demasiado despacio?&mdash;preguntó
-Lucía llorando, asiendo el abrazo
-del buen Lorry.</p>
-
-<p>&mdash;Si corriéramos más, parecería
-que huíamos; no conviene; excitaríamos
-sospechas.</p>
-
-<p>&mdash;Vuelva la vista atrás... ¿No
-nos persiguen?</p>
-
-<p>&mdash;No, querida mía, no; hasta
-ahora no nos persiguen.</p>
-
-<p>Los fugitivos dejan a sus espaldas
-casas de uno o de dos pisos<span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span>
-que bordean la carretera, granjas,
-casas de labor abandonadas, tenerías
-en ruinas, campos solitarios,
-avenidas que serpentean entre hileras
-de árboles sin hojas. Corren
-por caminos ásperos y desiguales,
-cruzando malezas, ora saltando
-sobre espesa capa de piedras, ora
-atascándose en profundos lodazales.
-Su impaciencia, su agonía
-es tan grande, que no ven nada,
-en nada reparan, en nada piensan
-más que en llegar cuanto antes
-al puerto de salvación.</p>
-
-<p>Relevan los caballos. Nuevos
-postillones ocupan las sillas mientras
-quedan descansando los antiguos.
-Atraviesan una aldea, suben
-trabajosamente una rampa,
-coronan la colina, descienden por
-la vertiente opuesta, entran en
-terrenos menos áridos... ¡Dios santo!
-¡Los persiguen!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah del coche...! ¡Alto!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;pregunta Lorry,
-asomando la cabeza por la
-portezuela.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos han sido hoy?</p>
-
-<p>&mdash;No comprendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos han besado hoy la
-Santa Guillotina?</p>
-
-<p>&mdash;Cincuenta y dos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien! ¡Buen número! Ya hubieran
-querido mis buenos conciudadanos
-de aquí despachar a tantos;
-pero han sido diez menos...
-La Guillotina marcha admirablemente...
-¡Bien por la Guillotina...!
-¡Viva la Guillotina...! ¡La adoro...!
-¡Adelante!</p>
-
-<p>Cierra la noche. Carlos comienza
-a moverse... revive... dice palabras
-inteligibles. Cree que continúa
-al lado de Carton y le pregunta
-qué es lo que tiene en la mano...</p>
-
-<p>¡Dios del Cielo! ¡Ten lástima de
-los fugitivos!</p>
-
-<p>Tras ellos vuela veloz el viento,
-tras ellos se precipitan las nubes,
-tras ellos corre la luna, las sombras
-de la noche los siguen incansables;
-pero, por fortuna, hasta
-entonces, nadie más corre en su
-seguimiento.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_XIV">XIV.<br />FIN DE LA CALCETA</h3></div>
-
-<p>A la hora misma en que los cincuenta
-y dos esperaban el momento
-de trabar relaciones demasiado
-estrechas con la Guillotina, celebraban
-siniestro consejo secreto
-la señora Defarge, La Venganza y
-Santiago Tercero. La conferencia
-no tenía lugar en la taberna, sino
-en el taller del aserrador de leños,
-peón caminero en otros tiempos,
-y a ella no fué admitido el aserrador,
-sino obligado a permanecer
-fuera, a distancia respetable.</p>
-
-<p>&mdash;De todas suertes, nuestro Defarge
-es un buen republicano, ¿eh?&mdash;preguntó
-Santiago Tercero.</p>
-
-<p>&mdash;No lo hay mejor en toda
-Francia&mdash;respondió con calor La
-Venganza.</p>
-
-<p>&mdash;Calma, mi querida Venganza&mdash;replicó
-la tabernera, poniendo
-una mano sobre el brazo de su
-<i>tenienta</i> y frunciendo ligeramente
-el ceño.&mdash;Antes de emitir opiniones,
-conviene que escuches lo que<span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319">[319]</a></span>
-voy a decir. Mi marido, como ciudadano,
-es un buen republicano y
-un hombre de valor; ha merecido
-bien de la República y posee su
-confianza; pero mi marido tiene
-sus debilidades, y una de las
-mayores, la mayor seguramente,
-es la de querer al doctor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es una desgracia!&mdash;exclamó
-Santiago Tercero, moviendo con
-expresión enigmática la cabeza.&mdash;Esas
-debilidades desdicen de un
-buen ciudadano... ¡Qué lástima!</p>
-
-<p>&mdash;Lo que menos me importa a
-mí es el doctor&mdash;repuso la tabernera.&mdash;Por
-mí, puede llevar la cabeza
-sobre los hombros, o perderla;
-me es completamente igual;
-pero la raza Evrémonde ha de ser
-exterminada, ha de desaparecer
-de la tierra, y como consecuencia,
-la esposa y la hija deben seguir al
-otro mundo al marido y al padre.</p>
-
-<p>&mdash;Y que tiene una cabeza hermosa
-si las hay; una cabeza que
-está pidiendo a gritos la Guillotina&mdash;contestó
-Santiago Tercero.&mdash;No
-hay nada que entusiasme tanto
-como ver pendiente de las manos
-de nuestro buen Sansón una cabecita
-de ojos azules y cabellos de
-oro.</p>
-
-<p>La señora Defarge bajó los ojos
-y permaneció en actitud reflexiva
-durante algunos momentos.</p>
-
-<p>&mdash;También tiene cabellos de oro
-y ojos azules la niña&mdash;repuso Santiago
-Tercero.&mdash;Además, pocas veces
-se nos concede el placer de ver
-sobre el tablado niñas de sus años.
-Será un espectáculo soberbio.</p>
-
-<p>&mdash;Hablando con franqueza&mdash;dijo
-la tabernera sacudiendo su
-abstracción,&mdash;en este asunto no
-me merece confianza mi marido.
-No sólo estoy convencida desde
-anoche de que no debo confiarle
-los detalles de mis proyectos, sino
-también de que, a poco tiempo
-que perdamos, es muy capaz
-de advertirles del peligro que corren,
-en cuyo caso, se nos escapan.</p>
-
-<p>&mdash;¡No escaparán, no... ni uno
-ni medio!&mdash;gruñó Santiago Tercero.&mdash;¡Caerán
-todos, hasta el último!
-¡Es preciso llegar a sesenta
-diarios!</p>
-
-<p>&mdash;En una palabra&mdash;añadió la
-tabernera,&mdash;ni mi marido tiene las
-razones que yo para exigir el exterminio
-total de esa raza, ni yo
-tengo las razones que él para tratar
-con consideración al doctor.
-De consiguiente, debo prescindir
-de él y obrar por mi cuenta. Puedes
-entrar, ciudadano&mdash;terminó
-dirigiéndose al aserrador.</p>
-
-<p>Obedeció, temblando, el aserrador,
-quien se presentó con el gorro
-rojo en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Respecto a las señales que
-viste que aquella mujer hacía a
-los prisioneros, ¿estás dispuesto
-a sostenerlas con tu declaración
-en cualquier momento, ciudadano?&mdash;preguntó
-la tabernera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no? Desde aquí la
-he visto todos los días, lluviosos
-o serenos, fríos o calurosos, desde
-las dos de la tarde hasta las cuatro,
-unas veces con la niña, otras sola,
-y siempre haciendo señales. Estos
-mismos ojos lo han visto.</p>
-
-<p>Mientras hablaba, hacía con las<span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span>
-manos gran variedad de señas que
-jamás había visto.</p>
-
-<p>&mdash;Complots... maquinaciones...
-es indudable&mdash;respondió Santiago
-Tercero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podemos contar con el jurado?&mdash;preguntó
-la tabernera.</p>
-
-<p>&mdash;En absoluto. Es un jurado
-patriota, ciudadana. Respondo yo
-de todos los que lo forman.</p>
-
-<p>&mdash;Otra cosa...&mdash;añadió la tabernera,
-meditando.&mdash;Veamos.....
-¿Puedo perdonar al doctor en obsequio
-a mi marido? A mí me es
-igual... el doctor me es indiferente...
-¿Puedo perdonarlo?</p>
-
-<p>&mdash;Sería una cabeza más&mdash;observó
-Santiago Tercero.&mdash;Principian
-a escasear las cabezas... dentro
-de poco escasearán más aún...
-Yo creo que sería una lástima perdonarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando yo le encontré frente
-al sitio donde estamos, hacía las
-mismas señas que su hija&mdash;dijo la
-señora Defarge.&mdash;Si hablo de la
-una, forzosamente he de hablar
-del otro. Por otra parte, no me es
-posible callar, así es que, descargo
-toda la responsabilidad del caso
-sobre este ciudadano. El declarará
-lo que quiera. De mí, lo único que
-puedo decir es que nunca seré
-testigo falso.</p>
-
-<p>La Venganza y Santiago Tercero
-demostraron claro como la
-luz del sol que, lejos de ser testigo
-falso, siempre había sido espejo
-de testigos admirables y maravillosos,
-y el ciudadano aserrador, no
-queriendo quedar atrás, protestó
-ante el cielo y la tierra que la señora
-Defarge era un testigo celestial.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que se cumpla su destino!&mdash;dijo
-la tabernera.&mdash;No; no puedo
-perdonarle... Supongo, ciudadano,
-que para las tres de hoy no puedes
-disponer de tu persona, pues creo
-que no te privarás del gusto de
-contemplar la hornada del día,
-¿eh?</p>
-
-<p>Contestó inmediatamente el
-aserrador que por nada del mundo
-se privaría de tan hermoso
-espectáculo, lo que le dió pie para
-añadir que era el republicano más
-fervoroso, y que se consideraría
-el más desolado de los republicanos,
-si algún día le impedían fumar
-su pipa mientras contemplaba
-el hermoso funcionamiento de
-la Navaja Barbera Nacional.</p>
-
-<p>&mdash;También asistiré yo&mdash;respondió
-la tabernera.&mdash;Luego que termine
-la función... a las ocho... sí;
-es buena hora... a las ocho vendrás
-a buscarme a San Antonio
-para delatar a esos individuos en
-mi sección.</p>
-
-<p>Contestó el aserrador que sería
-para él honor altísimo y viva satisfacción
-acudir a la cita que le
-daba la ciudadana.</p>
-
-<p>La señora Defarge se acercó a
-la puerta del taller, llamó por
-medio de una seña a Santiago Tercero
-y a La Venganza, y luego
-que estuvieron éstos a su lado,
-expúsoles con toda claridad sus
-puntos de vista.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente se encuentra en
-este instante en su casa, esperando
-la noticia de la muerte de su mari<span class="pagenum"><a name="Page_321" id="Page_321">[321]</a></span>do&mdash;dijo.&mdash;En
-su dolor y desesperación,
-no sólo llorará la desgracia
-que la aflige, sino que también censurará
-la justicia de la República.
-Todas sus simpatías estarán de
-parte de los enemigos del pueblo;
-así, que voy sin pérdida de momento
-a verla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué mujer tan admirable!
-¡Qué patriota tan adorable!&mdash;exclamó
-Santiago Tercero, cuyo entusiasmo
-llegó a lo indecible.</p>
-
-<p>La Venganza la abrazó llorando
-en un rapto de admiración.</p>
-
-<p>&mdash;Toma mi calceta&mdash;repuso la
-señora Defarge, depositándola en
-manos de La Venganza,&mdash;y ténmela
-preparada en mi asiento de
-costumbre. Vete allí en derechura,
-no pierdas tiempo, pues es casi
-seguro que hoy haya más concurrencia
-que de ordinario.</p>
-
-<p>&mdash;Con toda mi alma obedeceré
-las órdenes de mi jefe&mdash;contestó
-La Venganza, besando a la tabernera
-en la mejilla.&mdash;¿Tardarás
-mucho?</p>
-
-<p>&mdash;Allí estaré antes que comience
-la función.</p>
-
-<p>&mdash;Procura llegar antes que las
-carretas&mdash;replicó La Venganza.</p>
-
-<p>La tabernera salió del taller a
-buen paso, no tardando en perderse
-de vista.</p>
-
-<p>Muchas fueron en aquella época
-las mujeres cuyas siluetas morales
-no es posible contemplar, no
-obstante la distancia del tiempo,
-sin horror y asco; pero entre ellas,
-no hubo ninguna tan inhumana,
-tan feroz, tan despiadada, como
-la que dejamos en este instante
-dirigiéndose al domicilio del desventurado
-doctor Manette. Era
-mujer inaccesible al miedo, inflexible,
-inteligente, astuta y resuelta,
-dotada de esa hermosura
-especial que infiltra en el ánimo
-de quien la posee firmeza y animosidad
-que fuerza a los demás a
-rendir homenaje instintivo a las
-cualidades expresadas. De haber
-vivido en época menos conturbada,
-de haberse movido en otro
-teatro, quién sabe si hubiese sido
-la gloria de su sexo; pero víctima
-desde niña de las injusticias sociales,
-crecida en una atmósfera
-de odio implacable de clase, se
-convirtió en tigre. Desconocía en
-absoluto la piedad; y si alguna
-vez anidó en su alma la virtud,
-habíala extirpado muchos años
-antes no dejando de ella ni rastros.</p>
-
-<p>¿Qué importaba que muriera un
-inocente por pecados cometidos
-por sus antepasados? Su furia
-implacable no veía al primero,
-sino a los últimos. Ni tenía importancia
-dejar viuda a una infeliz
-mujer o huérfana a su hija; antes
-bien conceptuaba insuficiente el
-castigo desde el momento que se
-trataba de sus enemigos naturales,
-de su presa, de seres que no
-tenían derecho a vivir. Intentar
-aplacarla, era inútil, pues carecía
-de la facultad de compadecerse,
-no ya solo de los demás, sino hasta
-de sí misma. Si en alguno de los
-muchos encuentros en que tomó
-parte hubiese caído bajo la mano
-de sus enemigos, hubiera acepta<span class="pagenum"><a name="Page_322" id="Page_322">[322]</a></span>do
-su desgracia como cosa natural
-y corriente, y si la hubiesen obligado
-a subir la escalera fatal que
-terminaba en la guillotina, habría
-tendido su cuello sin que en su
-fiera alma nacieran otros sentimientos
-que un deseo rabioso de
-cambiar de puesto con el hombre
-que allí la enviara.</p>
-
-<p>Tal era el corazón que palpitaba
-bajo el tosco vestido de la señora
-Defarge. Sucio, harapiento, no
-por eso dejaba de ser vestido, siquiera
-ofreciera un aspecto lúgubre
-como no dejaba de ofrecer
-algún atractivo su abundante masa
-de cabellos negros, mal encerrados
-dentro del gorro colorado.
-Oculta en su seno llevaba siempre
-una pistola cargada y en la cintura
-una daga de hoja larga y afilada.
-Así ataviada, caminando con
-paso seguro, con esa libertad de
-movimientos propia de la mujer
-que desde niña ha ido donde la
-han llevado sus deseos o sus caprichos,
-desnuda de pie y pierna,
-la tabernera Defarge dejaba atrás
-calles y más calles.</p>
-
-<p>Fuerza será que hagamos una
-pequeña digresión, a fin de aclarar
-algunos puntos que pudiera
-el lector encontrar obscuros. La
-noche anterior, cuando Lorry ultimaba
-los preparativos del viaje
-de los fugitivos, fué para él motivo
-de grandes preocupaciones la
-dificultad de llevar consigo a la
-señorita Pross. No sólo era muy
-de desear evitar excesos de carga
-que acaso entorpecieran la marcha,
-sino también reducir al
-mínimum el tiempo que en la
-Barrera emplearían para examinar
-los documentos y reconocer
-a los viajeros, pues la
-salvación de todos podía depender
-de aprovechar o de perder
-breves segundos de tiempo. Tras
-largas consideraciones, y no sin
-medir detenidamente los inconvenientes
-y las ventajas, había propuesto
-dejar a la señorita Pross
-y a Jeremías <i>Lapa</i>, que podían salir
-de la ciudad cuando les acomodase,
-con orden de emprender el
-viaje a las tres de la madrugada,
-utilizando uno de los carruajes
-más ligeros entonces conocido.
-Libres del engorro de equipajes,
-no tardarían en dar alcance a los
-señores, y hasta en dejarlos rezagados.</p>
-
-<p>La señorita Pross aceptó con
-alegría una proposición que la deparaba
-oportunidad de prestar algún
-servicio de importancia a las
-personas queridas. Ella y Jeremías
-habían conocido a la persona
-que su hermano Salomón había
-traído desmayada en un coche,
-habían despedido a los viajeros,
-habían pasado diez minutos de
-terrible ansiedad, y estaban haciendo
-los últimos preparativos
-para ponerse en camino y alcanzar
-el coche en el momento que
-la tabernera Defarge se acercaba
-por momentos a la casa, con las
-intenciones que los lectores conocen
-perfectamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué opina usted, <i>señor Lapa</i>?&mdash;preguntó
-la señorita Pross,
-cuya agitación era tan grande que,<span class="pagenum"><a name="Page_323" id="Page_323">[323]</a></span>
-ni la dejaba hablar, ni moverse,
-ni permanecer en pie, ni vivir.&mdash;¿Qué
-opina usted de nuestro viaje?
-La salida de dos carruajes en
-tan breve espacio de tiempo ha
-de despertar sospechas; así lo temo,
-al menos.</p>
-
-<p>&mdash;Mi opinión, señorita, es que
-tiene usted razón&mdash;contestó <i>Lapa</i>&mdash;También
-opino que siempre
-apoyaré lo que usted diga, tanto
-si tiene razón como si se equivoca.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta tal extremo me enloquecen
-el temor y la esperanza
-por la suerte que puedan correr
-nuestros señores&mdash;repuso la señorita
-Pross llorando desconsoladamente,&mdash;que
-soy incapaz de formar
-ningún plan racional. Y usted,
-<i>señor Lapa</i>, mi querido <i>señor Lapa</i>,
-¿se siente con capacidad bastante
-para formar algún plan medianamente
-racional?</p>
-
-<p>&mdash;Con respecto a la vida futura,
-señorita, creo que sí&mdash;respondió
-Jeremías <i>Lapa</i>;&mdash;pero con respecto
-al uso presente de esta bendita
-cabeza que llevo sobre los hombros,
-me temo que no. ¿Quiere
-usted hacerse cargo, señorita, de
-dos promesas o votos que es mi
-deseo hacer, como recuerdo perpetuo
-de la crisis en que nos encontramos?</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios nos tenga de su mano!&mdash;exclamó
-la señorita Pross, llorando
-a grito herido.&mdash;Vengan en
-seguida esos votos o promesas,
-hágalos sin perder instante como
-buen cristiano que es.</p>
-
-<p>&mdash;Lo primero que prometo&mdash;dijo
-<i>Lapa</i> temblando como un
-azogado y con expresión patética,&mdash;lo
-primero que juro, es no volver
-a hacer nunca más algunas
-cosillas que antes hacía... No;
-nunca más.</p>
-
-<p>&mdash;Bien segura estoy, <i>señor Lapa</i>,
-de que no ha de hacerlas nunca
-más, sean lo que sean esas cosillas,
-que no es necesario mencionar.</p>
-
-<p>&mdash;No, señorita; no las mencionaré.
-Lo segundo que prometo,
-lo segundo que juro, es no volver
-a mezclarme más en los rezos de
-la <i>señora Lapa</i>. No; nunca más la
-impediré que se pase la vida entera
-de rodillas.</p>
-
-<p>&mdash;Hará usted muy bien.&mdash;contestó
-la señorita Pross, secando
-las lágrimas que la cegaban.&mdash;Deje
-que de las cosas del hogar cuide
-su señora... ¡Oh... mi pobre señorita!</p>
-
-<p>&mdash;Creo conveniente hacer constar,
-señorita&mdash;repuso <i>Lapa</i> cual
-si estuviera hablando desde lo alto
-de un púlpito,&mdash;y desearía que
-usted transmitiera mis palabras
-a la <i>señora Lapa</i>, que mis opiniones
-con respecto a los rezos han
-sufrido un cambio radical, y que
-con toda mi alma desearía que la
-<i>señora Lapa</i> estuviera de rodillas
-y rezando en este instante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, sí! ¡Ojalá esté rezando,
-y ojalá el Cielo escuche benigno
-sus oraciones!</p>
-
-<p>&mdash;¡Maldigo&mdash;prosiguió el <i>señor
-Lapa</i> con mayor solemnidad que
-nunca&mdash;maldigo cuanto he hecho
-y dicho contra las buenas almas
-que rezan y se pasan el tiempo de<span class="pagenum"><a name="Page_324" id="Page_324">[324]</a></span>
-rodillas! ¡Maldigo a todos los
-mortales que en este mismo momento
-no están de rodillas y rezando
-para que el Señor nos saque
-con bien de este riesgo mortal en
-que nos encontramos! ¡Maldigo,
-señorita... maldigo...!</p>
-
-<p>El buen <i>Lapa</i> bajó la cabeza
-después de buscar en vano durante
-una porción de segundos otra
-cosa que maldecir.</p>
-
-<p>&mdash;Si la misericordia divina quiere
-que alguna vez lleguemos a
-nuestra patria&mdash;contestó la señorita
-Pross,&mdash;puede usted abrigar
-la seguridad más absoluta de que
-repetiré a la <i>señora Lapa</i> cuanto
-usted acaba de decir con lenguaje
-tan elocuente; y suceda lo que
-suceda, en todo momento me encontrará
-dispuesta a dar testimonio
-de sus excelentes propósitos...
-¡Pero pensemos, <i>señor Lapa</i>....
-pensemos!</p>
-
-<p>Al cabo de largo rato de profunda
-meditación, dijo la señorita
-Pross:</p>
-
-<p>&mdash;¿No le parece acertado, <i>señor
-Lapa</i>, dar orden de que el coche,
-en vez de venir aquí, espere en
-cualquier parte? Si mi proposición
-le agrada, podría salir usted a dar
-el aviso, y yo acudiría al punto
-que conviniéramos.</p>
-
-<p>Jeremías <i>Lapa</i> contestó que el
-plan le parecía acertado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde podrían esperarme?&mdash;preguntó
-la señorita Pross.</p>
-
-<p>Tan aturdido estaba el <i>señor
-Lapa</i>, que no se le ocurrió indicar
-lugar más a propósito que la acera
-del Tribunal del Temple de Londres,
-junto al Banco Tellson.</p>
-
-<p>¡Suerte infausta! El Tribunal
-del Temple estaba a cientos de
-millas de distancia, y en cambio
-la tabernera Defarge se encontraba
-muy cerca de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Junto a la puerta de la catedral&mdash;dijo
-la señorita Pross.&mdash;¿Le
-parece a usted buen sitio la puerta
-de la catedral, entre las dos torres?</p>
-
-<p>&mdash;Me parece inmejorable, señorita.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, lléguese a la casa
-de postas, y dé las órdenes convenientes.</p>
-
-<p>&mdash;Lo único que me intranquiliza&mdash;dijo
-<i>Lapa</i> rascándose la cabeza,&mdash;es
-dejar a usted. No sabemos
-lo que puede suceder.</p>
-
-<p>&mdash;Sólo Dios lo sabe, es verdad;
-pero no tema por mí. Espéreme
-con el coche a las tres en punto
-junto a la puerta de la catedral, o
-lo más cerca que le sea posible, que
-desde luego será menos expuesto
-a contratiempos que si saliéramos
-de aquí. ¡Que Dios le bendiga, <i>señor
-Lapa</i>! Piense, no en nuestras
-vidas, que poco valen, sino en las
-otras más preciosas que probablemente
-dependen de las nuestras.</p>
-
-<p>Estas palabras, y la actitud de
-la señorita Pross, que tendía hacia
-él sus manos suplicantes, acabaron
-de decidir a <i>Lapa</i>, quien salió
-inmediatamente, dispuesto a cumplir
-la comisión.</p>
-
-<p>No contribuyó poco a tranquilizar
-a la señorita Pross ver en
-camino de ejecución las medidas<span class="pagenum"><a name="Page_325" id="Page_325">[325]</a></span>
-de precaución adoptadas. También
-halló consuelo en la necesidad
-de componer su aspecto exterior
-a fin de no llamar en las calles
-una atención que podía ser peligrosa.
-Consultó el reloj y vió que
-eran las dos y veinte. No podía
-perder tiempo.</p>
-
-<p>Asustada al pensar en la soledad
-de aquellas habitaciones desiertas,
-temiendo ver por todas
-partes ojos que la acechaban, presa
-de terrores indecibles, la señorita
-Pross puso agua fría en una
-jofaina y principió a lavarse los
-ojos, rojos e hinchados de tanto
-llorar. Acosada por sus aprensiones,
-a cada segundo interrumpía
-el lavatorio para dirigir en torno
-suyo miradas de espanto. En una
-de esas interrupciones, retrocedió
-y lanzó un alarido penetrante,
-pues, en realidad, descubrió a una
-persona que de pie, en el centro
-de la habitación, la estaba mirando.</p>
-
-<p>La jofaina se hizo mil pedazos
-y el agua derramada llegó a besar
-los pies desnudos de la tabernera
-Defarge. Aunque parezca extraño,
-aquellos pies, que iban a buscar
-sangre, se encontraban con agua.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está la mujer de
-Evrémonde?&mdash;preguntó la tabernera
-con frialdad.</p>
-
-<p>Rápida como el rayo penetró
-en la mente de la señorita Pross
-la idea de que, la circunstancia de
-que estuvieran abiertas de par en
-par todas las puertas, haría sospechar
-propósitos de fuga. Comenzó,
-pues, por cerrarlas todas,
-y a continuación, se colocó frente
-a la puerta que daba acceso a la
-habitación que hasta aquel día
-había ocupado Lucía.</p>
-
-<p>Con mirada llameante siguió la
-tabernera Defarge todos los movimientos
-de la señorita Pross,
-fijándolos en su cara luego que
-la vió inmóvil junto a la puerta.</p>
-
-<p>Limpia de toda clase de atractivos
-físicos estaba la señorita
-Pross. Los años no habían amansado
-su rústica rudeza ni suavizado
-la hosquedad ceñuda de su cara.
-Era al propio tiempo mujer resuelta,
-los peligros personales no
-la asustaban, y lejos de amilanarse
-al ver a la señora Defarge, midióla
-de alto abajo con una mirada
-de profundo desdén.</p>
-
-<p>&mdash;Por tu aspecto, podrías ser
-la mujer del mismísimo Lucifer&mdash;se
-dijo para sus adentros la señorita
-Pross.&mdash;Pero si crees que me
-das miedo, te equivocas; soy inglesa.</p>
-
-<p>Contemplábala la tabernera con
-el desprecio en la mirada, aunque
-comprendiendo que se encontraba
-frente a un enemigo de cuidado.
-Sabía muy bien que la señorita
-Pross era capaz de perder la
-vida por la familia del doctor, de
-la misma manera que la señorita
-Pross sabía que la tabernera Defarge
-era capaz de todo lo malo
-tratándose de la familia indicada.</p>
-
-<p>&mdash;Iba al lugar donde tengo reservada
-una silla&mdash;dijo la Defarge,
-extendiendo un brazo en dirección
-al sitio donde estaba emplazada
-la guillotina,&mdash;y de paso,<span class="pagenum"><a name="Page_326" id="Page_326">[326]</a></span>
-he querido dar mi enhorabuena a
-la mujer de Evrémonde. Necesito
-verla.</p>
-
-<p>&mdash;Sé que tus intenciones son
-malas, y puedes contar desde luego
-con la seguridad de que encontrarás
-en mí quien se oponga a
-que las realices&mdash;replicó la señorita
-Pross.</p>
-
-<p>Cada cual hablaba en su lengua
-patria. Ni la tabernera entendía
-una palabra de las pronunciadas
-por la señorita Pross, ni ésta las
-pronunciadas por aquélla. Sin embargo,
-acechábanse mutuamente
-con mirada tan intensa, que sus
-gestos, su expresión, hacían inteligibles
-las palabras que nada decían
-a sus oídos.</p>
-
-<p>&mdash;Peor para ella si no me la
-dejas ver ahora mismo&mdash;repuso
-la tabernera.&mdash;Los buenos patriotas
-sabrán muy pronto lo que eso
-significa. Quiero verla... necesito
-verla... Ve y dila que no me voy
-de aquí sin verla. ¿No me oyes?</p>
-
-<p>&mdash;Te empeñas en quedarte sin
-ojos, y lo vas a conseguir&mdash;replicó
-la señorita Pross.&mdash;Mírame, mírame
-con esos ojos de bestia feroz,
-pero no me tientes el bulto, que
-tengo malas pulgas. Puede que
-vengas por lana y dejes la tuya
-entre mis uñas.</p>
-
-<p>Claro que la Defarge no entendió
-palabra de las frases que quedan
-copiadas, pero sí se dió cuenta
-cabal de que su interlocutora
-se negaba en redondo a obedecer
-sus mandatos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Imbécil... cara de marrana
-hambrienta!&mdash;barbotó.&mdash;¡Quiero
-ver a la mujer de Evrémonde!
-¡O vas ahora mismo a decírselo, o
-te separas de esa puerta y me dejas
-paso franco!</p>
-
-<p>&mdash;Nunca me imaginé que pudiera
-hacerme falta entender esa lengua
-estúpida que hablas; pero la
-verdad es que daría ahora mismo
-todo lo que tengo, excepto la camisa
-que llevo puesta, por saber
-si sospechas toda la verdad o
-parte de ella.</p>
-
-<p>Las dos mujeres se clavaban
-mutuamente con la vista. La tabernera,
-que hasta aquí no se
-había movido del sitio en que la
-vió la señorita Pross cuando se
-lavaba los ojos, avanzó un paso.</p>
-
-<p>&mdash;Soy bretona y estoy furiosa&mdash;dijo
-la señorita Pross.&mdash;Mi vida
-me importa un rábano. Sé que
-cuanto más tiempo te detenga,
-más aseguro la salvación de mi
-señorita... Como te acerques, yo
-te aseguro que no te dejo un pelo
-en esa cabeza.</p>
-
-<p>Era el valor de la señorita Pross
-de índole sentimental, un valor
-que llenó de lágrimas sus ojos.
-Poco práctica la tabernera en fenómenos
-de sentimiento, tomó
-las lágrimas por debilidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ja, ja, ja, ja! ¡Pobrecilla, y
-qué poco vales!&mdash;exclamó.&mdash;No
-quiero nada contigo... ¡Ciudadano
-doctor!&mdash;gritó.&mdash;¡Mujer de Evrémonde,
-hija de Evrémonde! ¡Contestad
-a la ciudadana Defarge,
-miserables habitantes de esa casa!</p>
-
-<p>Acaso el silencio que siguió a
-sus gritos, acaso la expresión de
-la señorita Pross, acaso presenti<span class="pagenum"><a name="Page_327" id="Page_327">[327]</a></span>mientos
-nacidos en su negra alma,
-sugirieron a la tabernera la sospecha
-de que las personas cuya sangre
-buscaba habían huído. El hecho
-fué que de las cuatro puertas
-que tenía la habitación en que se
-encontraba, abrió tres y miró al
-interior de las estancias a las cuales
-daban acceso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Todo lo veo en desorden, en
-estas habitaciones no hay nadie,
-y sospecho que también está desierta
-la que tú guardas! ¡Quiero
-reconocerla!&mdash;gritó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Nunca!&mdash;respondió la señorita
-Pross, quien entendió las palabras
-de la tabernera tan bien
-como ésta entendió su respuesta.</p>
-
-<p>&mdash;Si no están en esa habitación,
-se han ido; y aun es tiempo de
-perseguirlos y de darles alcance&mdash;pensó
-la Defarge.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras no averigües si están
-o no en esta habitación, no
-sabrás qué partido tomar&mdash;se dijo
-a sí misma la señorita Pross;&mdash;y
-yo te aseguro que no has de averigüarlo
-si en mi mano está impedirlo.
-Otra cosa; de aquí no has
-de salir mientras me queden manos
-con que sujetarte.</p>
-
-<p>&mdash;No he encontrado hasta hoy
-muro capaz de cerrarme el paso;
-ten por seguro que te haré pedazos
-si no sales de esa puerta&mdash;rugió
-la tabernera.</p>
-
-<p>&mdash;Estamos solas en una habitación
-interior de una casa solitaria
-y en un barrio solitario. No
-es probable que nos oigan. De
-aquí no saldrás, fiera, pues cada
-minuto que te detenga, vale un
-mundo para mi querida señorita.</p>
-
-<p>La tabernera, perdida la paciencia,
-avanzó con paso resuelto hacia
-la puerta. La señorita Pross,
-guiada por el instinto de momento,
-la agarró con entrambos brazos
-por la cintura. En vano intentó
-resistirse y herir la primera,
-pues su antagonista, con esa tenacidad
-de gigante que da el amor,
-siempre más fuerte que el odio,
-no sólo la sujetó, sino que también
-la alzó del suelo entre sus brazos.
-Debatióse furiosa la Defarge, descargó
-bofetones y más bofetones
-sobre la cara de su enemiga, la
-arañó despiadada, pero la señorita
-Pross, que para defenderse
-había bajado la cabeza, estrechaba
-cada vez más el cerco de acero
-con que aprisionaba su cintura.</p>
-
-<p>Las manos de la tabernera dejaron
-de golpear y bajaron a la
-cintura.</p>
-
-<p>&mdash;No te molestes&mdash;dijo la señorita
-Pross;&mdash;está por bajo de
-mi brazo y no has de poder desenvainarlo.
-Soy más fuerte que tú,
-gracias a Dios, y no te soltaré
-hasta que caigas desmayada o
-muerta.</p>
-
-<p>La señora Defarge llevó la diestra
-al seno. La señorita Pross vió
-el objeto que aquella mano sacaba.
-Rápida como un rayo alzó un
-brazo, descargó un golpe, y... brotó
-una llamarada, sonó un trueno,
-y retrocedió. La estancia quedó
-llena de humo.</p>
-
-<p>Todo ello no duró más de un
-segundo. El humo principió a salir
-por la ventana, llevando entre<span class="pagenum"><a name="Page_328" id="Page_328">[328]</a></span>
-sus negras espirales el alma de la
-mujer que yacía sin vida sobre el
-pavimento.</p>
-
-<p>Lo terrible de la situación en
-que se veía, hizo que la señorita
-Pross, en el primer momento, intentara
-huir del cadáver y bajara
-corriendo la escalera con ánimo
-de pedir socorros innecesarios y
-tardíos; pero afortunadamente hízose
-cargo de las consecuencias a
-tiempo para detenerse y volver
-sobre sus pasos. Horrible era pasar
-sobre el cadáver, tendido a
-través de la puerta; pero pasó para
-recoger el sombrero y otros
-objetos que debía llevarse. Los
-sacó al descansillo de la escalera,
-cerró la puerta con llave, se sentó
-con objeto de dar salida por los
-ojos al espanto que la ahogaba, y
-ya más tranquila, se levantó y
-se fué.</p>
-
-<p>Por fortuna para ella, el velo
-del sombrero era bastante tupido,
-pues en caso contrario, lo probable
-es que la hubieran detenido
-en la calle. Por fortuna para ella,
-era tan fea, que los arañazos profundos
-que en la contienda había
-recibido no dejaron en su cara las
-huellas que en otro rostro más
-favorecido por la naturaleza habrían
-dejado.</p>
-
-<p>Al cruzar el puente, arrojó al
-río la llave de la casa. Llegó frente
-a la puerta de la catedral algunos
-minutos antes de la hora convenida
-con <i>Lapa</i>, y esperó, llena de terror,
-al pensar que acaso pescasen
-la llave que acababa de arrojar,
-y descubriesen a qué casa pertenecía,
-y abriesen la puerta, y
-encontrasen un cadáver, y la
-prendieran y condenaran a muerte
-por el delito de asesinato. Tales
-eran los pensamientos que la agitaban
-cuando llegó <i>Lapa</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay ruido en las calles?&mdash;preguntó
-la señorita Pross.</p>
-
-<p>&mdash;El ordinario&mdash;respondió <i>Lapa</i>,
-no poco sorprendido tanto
-por la pregunta cuanto por el
-aspecto de quien la hizo.</p>
-
-<p>&mdash;No le oigo... ¿Qué me dice?</p>
-
-<p>En vano repitió <i>Lapa</i> una y
-otra vez lo que había dicho; la señorita
-Pross no le oía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya!&mdash;pensó <i>Lapa</i>.&mdash;Me haré
-entender por señas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay ruido en las calles?</p>
-
-<p><i>Lapa</i> movió afirmativamente la
-cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;No oigo nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sorda como una tapia en
-una hora? ¡Es extraño!&mdash;pensó
-<i>Lapa</i>&mdash;¿Qué la habrá pasado?</p>
-
-<p>&mdash;He visto un relámpago, he
-oído un trueno; y el trueno fué
-lo último que oí en mi vida&mdash;explicó
-la señorita Pross.</p>
-
-<p>&mdash;La encuentro completamente
-cambiada... ¿Qué habrá podido
-tomar para cobrar aliento? Porque
-la verdad es que no parece
-que tenga ni pizca de miedo... ¡El
-ruido de esas malditas carretas...!
-¿Las oye usted, señorita?</p>
-
-<p>&mdash;No oigo nada, absolutamente
-nada&mdash;contestó la buena Pross,
-reparando en el movimiento de
-los labios de su compañero.&mdash;Un
-relámpago, un trueno, y nada
-más.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_329" id="Page_329">[329]</a></span>
-&mdash;Si no oye el rodar de esas
-horribles carretas, opino que no
-volverá a oir nada en este mundo&mdash;murmuró
-<i>Lapa</i>.</p>
-
-<p>No se engañaba. La señorita
-Pross quedó sorda para siempre.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3 id="III_XV">XV.<br />LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE</h3></div>
-
-<p>Rebotan sobre el empedrado de
-las calles de París los vehículos
-de la muerte chirriando lúgubremente.
-Seis carretas llevan a la
-guillotina la ración de vino con
-que diariamente se entretiene su
-sed. Los monstruos devoradores,
-los monstruos insaciables que han
-forjado las imaginaciones humanas
-desde el instante primero de
-su actividad se han fundido en
-una realización única, y esta realización
-única se llama guillotina.
-Y, sin embargo, en Francia, con
-toda su rica variedad de clima y
-de suelo, no hay una brizna de
-hierba, una hoja, una raíz, un
-renuevo, susceptible de llegar a
-sazón y madurez bajo condiciones
-más favorables que aquellas que
-produjeron aquel horror. El día
-que martillos semejantes aplasten
-y machaquen a la humanidad,
-retorciéndola y borrando su forma,
-reaparecerá aquélla bajo las
-mismas formas violentas y contrahechas
-bajo las cuales reapareció
-entonces, el día que se siembre la
-semilla de la licencia rapaz y de la
-opresión, florecerán y sazonarán
-los mismos frutos que entonces
-florecieron y sazonaron.</p>
-
-<p>Seis carretas ruedan chirriando
-a lo largo de las calles. ¡Transfórmalas
-en lo que antes fueron, tú,
-Tiempo, encantador poderoso,
-reintégralas a su forma y condición
-anterior, y las veremos trocadas
-en otras tantas carrozas soberbias
-de monarcas absolutos, en
-trenes de nobles feudales, en lujosas
-galas de deslumbradoras Jezabeles,
-en Sinagogas que han
-dejado de ser la Casa de Mi Padre
-para convertirse en cavernas de
-ladrones, en míseras chozas de
-millones de famélicos campesinos!
-No; el gran mago que majestuosamente
-trastorna el orden establecido
-por el Creador, jamás destruye
-sus transformaciones. «Si
-la voluntad de Dios te ha dado la
-forma que afectas, no intentes
-variarla; pero si la debes a pasajeras
-conjuras humanas, recobra
-la que recibiste del Altísimo,» dicen
-los magos a los seres encantados
-en los cuentos árabes.</p>
-
-<p>Las ruedas sombrías de las carretas
-al dar vueltas sobre el empedrado
-semejan potente arado
-que abre un surco profundo entre
-el populacho que llena las calles,
-a uno y otro lado del que quedan
-cabezas humanas. Tan habituados
-están al horrendo espectáculo
-los vecinos de las casas, que en
-muchos balcones no se ve una
-sola cara, y es muy frecuente ver
-personas empleadas en alguna
-ocupación que no suspenden el
-movimiento de sus manos al paso<span class="pagenum"><a name="Page_330" id="Page_330">[330]</a></span>
-de aquéllas, aunque sus ojos se
-vuelvan a las carretas para ver
-quiénes son los desgraciados que
-las ocupan.</p>
-
-<p>Entre los que montan las fatídicas
-carretas, los hay que contemplan
-lo que les rodea con mirada
-impasible y los hay que concentran
-en ello un interés pasajero.
-Dan pruebas palpables unos
-de desesperación silenciosa haciendo
-el viaje postrero con las
-cabezas dobladas sobre el pecho,
-al paso que otros las llevan arrogantemente
-erguidas y dirigen a
-las turbas miradas de altivo desdén.
-Muchos meditan o procuran
-recoger sus pensamientos empeñados
-en vagar sin freno, y a ese
-fin cierran los ojos, mientras uno,
-uno solo, mísero ser de aspecto
-repugnante, parece tan enloquecido
-de terror, que canta y hasta
-intenta bailar. Las expresiones de
-los condenados varían hasta el
-infinito, pero ni uno solo despierta
-piedad en los diamantinos pechos
-del pueblo.</p>
-
-<p>Rompen la marcha algunos jinetes
-de aspecto embrutecido a
-quienes los curiosos dirigen de vez
-en cuando preguntas. Sin duda
-éstas son siempre las mismas, pues
-a la contestación sigue invariablemente
-un movimiento de las
-turbas en dirección a la tercera
-carreta. Los jinetes de rostro embrutecido
-que cabalgan delante
-también señalan con frecuencia
-con la punta de sus sables a un
-hombre de los que la ocupan. El
-condenado en cuestión ha excitado
-la curiosidad general; todos
-desean saber quién es el hombre
-que, apoyada la espalda contra
-el respaldo de la tercera carreta,
-conversa con una muchachita sentada
-a su lado. No parece que le
-interese la escena ni que le importe
-nada de cuanto le rodea. En la
-calle de San Honorato gritan las
-turbas contra él; a los gritos contesta
-con una sonrisa y con movimientos
-enérgicos de cabeza que
-desordenan más sus largos cabellos,
-caídos sobre su cara, hasta la
-cual no puede llevar las manos,
-pues sus brazos están amarrados.</p>
-
-<p>En lo alto de una escalinata de
-una iglesia espera el paso de la
-fúnebre comitiva el espía a quien
-Sydney Carton llamaba el mirlo
-del verdugo. Clava sus miradas
-en la primera carreta: no está allí.
-Mira con ansiedad a la segunda...
-Tampoco. Su rostro refleja el temor
-que comienza a invadirle,
-cuando, al escudriñar la tercera,
-sonríe complacido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es Evrémonde?&mdash;pregunta
-un hombre colocado a su
-espalda.</p>
-
-<p>&mdash;Aquel... el de la tercera carreta.</p>
-
-<p>&mdash;¿El que habla con la chicuela?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera Evrémonde!&mdash;vocifera
-inmediatamente el hombre en
-cuestión.&mdash;¡A la guillotina todos
-los aristócratas! ¡Muera Evrémonde!</p>
-
-<p>&mdash;¡Calla.... calla...!&mdash;exclama
-con timidez el espía.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_331" id="Page_331">[331]</a></span>
-&mdash;¿Por qué he de callar?</p>
-
-<p>&mdash;Porque va ya a pagar sus
-crímenes... Dentro de cinco minutos
-los habrá purgado... Déjale
-ahora en paz.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muera Evrémonde!&mdash;continúa
-gritando aquel bárbaro.</p>
-
-<p>Evrémonde vuelve la cara hacia
-el que vocifera; ve al espía, le
-mira con atención, y prosigue
-impávido su camino.</p>
-
-<p>Los relojes de la ciudad están
-para dar las tres, y el arado se
-desvía de la recta para llegar al
-sitio designado para las ejecuciones.
-Las líneas de cabezas humanas
-que flanqueaban hasta allí el
-surco abierto por el arado se agrupan
-en tropel rodeando a la guillotina
-que va a entrar en funciones.
-En primera fila, cómodamente
-instaladas en sillas, exactamente
-lo mismo que si estuvieran en
-el teatro, hay una porción de
-mujeres, que hacen calceta con
-verdadero ardor; entre ellas no
-era difícil ver a La Venganza, que
-parece inquieta y nerviosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Teresa!&mdash;grita apelando a su
-registro más estridente.&mdash;¿Quién
-ha visto a Teresa... a Teresa Defarge?</p>
-
-<p>&mdash;Es la primera vez que falta&mdash;contesta
-una de las trabajadoras.</p>
-
-<p>&mdash;¡No... no faltará hoy tampoco...!
-¡Teresa!&mdash;ruge La Venganza.</p>
-
-<p>&mdash;Grita más&mdash;aconseja la mujer
-que habló antes.</p>
-
-<p>¡Ah! Grita, Venganza, grita: ¡que
-por altos que tus gritos sean es
-difícil que te oiga! ¡Grita, Venganza,
-grita... no importa que acompañes
-tus gritos con maldiciones;
-que ni aquéllos ni éstas han de
-llegar a oídos de tu jefe! ¡Envía
-emisarios que la busquen por todas
-partes; que esos emisarios,
-aun cuando no puede negarse que
-han dado cima a empresas difíciles,
-es seguro que no han de ir a
-buscarla donde está! ¡Ha hecho
-un viaje demasiado largo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Mala suerte!&mdash;acalla La Venganza,
-pateando con furia&mdash;¡Y ya
-están aquí las carretas...! ¡Y Evrémonde
-será despachado sin que
-esté ella!</p>
-
-<p>Mientras La Venganza llama a
-grito herido a Teresa Defarge, son
-descargadas las carretas. Los ministros
-de Santa Guillotina están
-vestidos y dispuestos a trabajar...
-Se oye un golpe, rueda una cabeza
-que inmediatamente alza en su
-mano uno de los ministros, y las
-mujeres, sin mirar apenas, continúan
-haciendo calceta, diciendo
-por todo comentario:</p>
-
-<p>&mdash;Una.</p>
-
-<p>La escena se repite varias veces,
-sin que las mujeres interrumpan
-su labor ni dejen de contar.</p>
-
-<p>Sube al tablado fatal el supuesto
-Evrémonde, dando la mano a
-la desventurada niña, según la
-había ofrecido, a la que coloca de
-espaldas a la terrible cuchilla, que
-sube y baja sin interrupción.</p>
-
-<p>&mdash;De no haber sido por ti, mi
-querido desconocido, no tendría
-yo la calma y resignación que tengo,
-pues soy una pobre niña y mi
-corazón es débil. Tampoco habría
-sabido elevar mis pensamientos<span class="pagenum"><a name="Page_332" id="Page_332">[332]</a></span>
-hacia Aquél que murió por nosotros,
-a Aquél cuya misericordia es
-hoy mi única esperanza. Yo creo
-que son los Cielos los que te han
-enviado a mí en este día de
-prueba.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá seas tú el mensajero
-que los Cielos me han enviado a
-mí&mdash;replicó Carton.&mdash;Fija en mí
-tus ojos, niña querida, y no te
-acuerdes de nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras tenga entre mis manos
-la tuya, estaré tranquila; y si
-al separarla para emprender el
-viaje, el golpe es rápido, tampoco
-temeré.</p>
-
-<p>&mdash;El golpe será rápido; pierde
-cuidado.</p>
-
-<p>Aunque se encontraban entre
-las demás víctimas, hablaban con
-tanta libertad como si hubiesen
-estado solos. Aquellos dos hijos
-de la Madre Universal, desconocidos
-hasta entonces el uno al
-otro, iban a hacer juntos el último
-viaje, a comparecer juntos
-ante el Creador, a reposar juntos
-en el Cielo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Valiente y generoso amigo!&mdash;exclamó
-la niña&mdash;¿Me permites
-que te haga una pregunta? Soy
-muy ignorante, y se trata de una
-cosa que me turba y mortifica...
-un poquito.</p>
-
-<p>&mdash;Pregunta lo que quieras.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo una prima, mi único
-pariente, huérfana como yo,
-a quien quiero mucho. Tiene cinco
-años menos de edad que yo y vive
-en una casa de labor, por el Mediodía.
-La pobreza nos separó;
-ignora mi desgracia y yo no puedo
-escribirla... y, aunque pudiera...
-¿qué iba a decirle? Mejor es así.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad: mejor es así.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que he estado pensando
-mientras nos traían aquí, y lo que
-seguía pensando ahora, es lo siguiente:
-si en realidad la República
-ha de hacer la felicidad de los
-pobres, si gracias a ella padecen
-menos hambre y se alivian sus
-sufrimientos, mi prima puede vivir
-aún muchos años; hasta es
-posible que llegue a vieja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué, mi querida hermanita?</p>
-
-<p>&mdash;Si así es, ¿no te parece que
-se me hará muy larga la espera,
-allá en aquel mundo mejor en que
-confío ser misericordiosamente
-acogida contigo, en aquel mundo
-donde viviremos eternamente tú,
-ella y yo?</p>
-
-<p>&mdash;No, hija mía, no; en aquel
-mundo mejor a que aludes, no
-existe el Tiempo ni tienen cabida
-los sufrimientos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuánto me consuelan tus palabras!
-¡Soy yo tan ignorante!
-¿He de besarte ya? ¿Llegó el momento?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hija mía, sí.</p>
-
-<p>La niña besa los labios de Sydney
-Carton y Sydney Carton besa
-los labios de la niña. No tiemblan
-sus manos al separarse. «Adiós».
-Rueda primero la cabeza de la
-niña... Las mujeres que hacen calceta
-cuentan <span class="smcap">VEINTIDÓS</span>.</p>
-
-<p>«Yo soy la Resurrección y la
-Vida; aquél que en Mí cree, aun<span class="pagenum"><a name="Page_333" id="Page_333">[333]</a></span>que
-haya muerto, vivirá eternamente;
-y todo el que vive y cree
-en Mí, no morirá jamás.»</p>
-
-<p>Desciende otra vez la cuchilla,
-y las mujeres cuentan; <span class="smcap">VEINTITRÉS</span>.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Aquella noche, no se habla de
-otra cosa en la ciudad. Todos dicen
-que jamás vieron rostro humano
-que reflejase tanta calma,
-tanta serenidad de espíritu. Muchos
-añadían que su aspecto era
-sublime y que en sus ojos brillaba
-la luz profética.</p>
-
-<p>Algún tiempo antes, una de las
-víctimas más notables de la guillotina,
-una mujer, había consignado
-por escrito, puesta sobre el
-tablado pavoroso, los pensamientos
-que la horrible máquina le
-inspiraba. Si Sydney Carton hubiese
-dado expresión sensible a
-los suyos, y éstos hubieran sido
-proféticos, habrían sido los siguientes:</p>
-
-<p>«Veo a Barsad, a Cly, a Defarge,
-a La Venganza, a los Jurados, a
-los Jueces, a todos los nuevos
-opresores de la humanidad que se
-han alzado terribles para destruir
-a los antiguos, caer bajo la afilada
-cuchilla del instrumento justiciero.
-Veo que del fondo del negro
-abismo surge una ciudad hermosa
-y un pueblo instruído que, en sus
-luchas por la libertad verdadera,
-en sus triunfos y derrotas, expía,
-durante largos años, los horrores
-de la época actual y los de las
-épocas anteriores, y concluye por
-borrarlos.</p>
-
-<p>»Veo las vidas de aquellos por
-quienes doy la mía, deslizándose
-tranquilas, prósperas y felices, en
-aquella Inglaterra que mis ojos
-no volverán a ver jamás. Veo a
-<i>ella</i> meciendo dulcemente en su
-regazo a un niño que lleva mi
-nombre. Veo a su padre doblegado
-bajo el peso de los años, pero prodigando
-hasta el último momento
-de su vida los auxilios de su ciencia
-a sus semejantes. Veo al buen
-anciano, que durante tantos años
-ha sido su amigo tierno y abnegado,
-enriqueciéndoles con todo
-cuanto posee y volando al mundo
-en que le espera la recompensa a
-que sus virtudes le hicieron acreedor.</p>
-
-<p>»Veo que en sus corazones me
-han erigido un altar, y que este
-altar lo transmiten a sus descendientes,
-y que, muchas generaciones
-después, todos los descendientes
-de aquella familia querida rinden
-culto de gratitud sincera a la
-memoria del hombre que sacrificó
-su vida en aras de un afecto
-santo. La veo a <i>ella</i>, ya muy anciana,
-llorando por mí todos los
-aniversarios de mi muerte. La
-veo a <i>ella</i> y a su marido, durmiendo
-en la tierra el sueño último, y
-sé que, aun después de muertos,
-honran y enaltecen mi memoria.</p>
-
-<p>»Veo al niño que <i>ella</i> mecía en
-su regazo y que lleva mi nombre
-hecho varón fuerte que se abre
-camino en el mundo dedicado a
-la carrera que fué mi carrera en<span class="pagenum"><a name="Page_334" id="Page_334">[334]</a></span>
-otro tiempo, y se lo abre tan brillantemente,
-que los resplandores
-que ilustran su nombre ilustran
-también el mío. Veo borradas las
-manchas que empañaron el brillo
-de mi alma. Veo al ilustre abogado
-que lleva mi nombre, al que
-es el más justo de los jueces de la
-tierra, al que ha sabido conquistarse
-el respeto y la admiración
-de sus conciudadanos, ya viejo,
-muy viejo, teniendo sobre sus vacilantes
-rodillas a un niño de cabellos
-de oro, que también lleva
-mi nombre, y narrándole con voz
-balbuciente mi historia.</p>
-
-<p>»Mil veces más hermoso es lo
-que hago ahora que lo que nunca
-hice.</p>
-
-<p>»La santa dicha que ahora saborea
-mi alma no la hubiera encontrado
-jamás en la tierra.»</p>
-
-
-<p class="p4 center">FIN</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_335" id="Page_335">[335]</a></span></p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<h2><a name="INDICE" id="INDICE">INDICE</a></h2></div>
-
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice">
-<tr><td class="tdc" colspan="3">LIBRO PRIMERO<br />
-VUELTA A LA VIDA</td></tr>
-
-<tr><td class="tdrb" colspan="3">PÁGS.</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#I_I">&mdash;El período.</a></td>
-<td class="tdrb">7</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#I_II">&mdash;La diligencia.</a></td>
-<td class="tdrb">10</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#I_III">&mdash;Las sombras de la noche.</a></td>
-<td class="tdrb">15</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#I_IV">&mdash;La preparación.</a></td>
-<td class="tdrb">19</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">V.</td>
-<td class="tdl"><a href="#I_V">&mdash;La taberna.</a></td>
-<td class="tdrb">30</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">VI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#I_VI">&mdash;El zapatero.</a></td>
-<td class="tdrb">39</td></tr>
-
-<tr><td class="tdc1" colspan="3">LIBRO SEGUNDO<br />EL HILO DE ORO</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_I">&mdash;Cinco años después.</a></td>
-<td class="tdrb">49</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_II">&mdash;Una visita.</a></td>
-<td class="tdrb">54</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_III">&mdash;Decepción.</a></td>
-<td class="tdrb">60</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_IV">&mdash;Enhorabuena.</a></td>
-<td class="tdrb">72</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">V.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_V">&mdash;El chacal.</a></td>
-<td class="tdrb">78</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">VI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_VI">&mdash;Centenares de visitas.</a></td>
-<td class="tdrb">83</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">VII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_VII">&mdash;El señor en la ciudad.</a></td>
-<td class="tdrb">94</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">VIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_VIII">&mdash;El señor en el campo.</a></td>
-<td class="tdrb">102</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">IX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_IX">&mdash;La cabeza de Gorgon.</a></td>
-<td class="tdrb">106</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">X.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_X">&mdash;Dos promesas.</a></td>
-<td class="tdrb">116</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XI">&mdash;Entre compañeros.</a></td>
-<td class="tdrb">122</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XII">&mdash;El caballero delicado.</a></td>
-<td class="tdrb">125</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XIII">&mdash;El sujeto no delicado.</a></td>
-<td class="tdrb">131</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XIV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XIV">&mdash;El honrado menestral.</a></td>
-<td class="tdrb">136</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XV">&mdash;Haciendo calceta.</a></td>
-<td class="tdrb">144</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XVI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XVI">&mdash;Más punto de media.</a></td>
-<td class="tdrb">154</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XVII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XVII">&mdash;Una noche.</a></td>
-<td class="tdrb">164</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XVIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XVIII">&mdash;Nueve días.</a></td>
-<td class="tdrb">168</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XIX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XIX">&mdash;Una opinión.</a></td>
-<td class="tdrb">174</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XX">&mdash;Una súplica.</a></td>
-<td class="tdrb">181</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XXI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XXI">&mdash;Pasos que resuenan.</a></td>
-<td class="tdrb">185</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XXII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XXII">&mdash;Sube la marea.</a></td>
-<td class="tdrb">195</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XXIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XXIII">&mdash;El incendio adquiere incremento.</a></td>
-<td class="tdrb">201</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XXIV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#II_XXIV">&mdash;Atraído por la montaña imantada.</a></td>
-<td class="tdrb">207</td></tr>
-
-<tr><td class="tdc1" colspan="3">LIBRO TERCERO<br/>
-EL RUMBO DE LA TORMENTA</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">I.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_I">&mdash;En secreto.</a></td>
-<td class="tdrb">219</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">II.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_II">&mdash;La piedra de afilar.</a></td>
-<td class="tdrb">230</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">III.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_III">&mdash;La sombra.</a></td>
-<td class="tdrb">235</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">IV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_IV">&mdash;Calma en la tormenta.</a></td>
-<td class="tdrb">240</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">V.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_V">&mdash;El aserrador.</a></td>
-<td class="tdrb">246</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">VI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_VI">&mdash;Triunfo.</a></td>
-<td class="tdrb">251</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">VII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_VII">&mdash;Visita inesperada.</a></td>
-<td class="tdrb">257</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">VIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_VIII">&mdash;Una partida original.</a></td>
-<td class="tdrb">262</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">IX.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_IX">&mdash;Hecho el juego.</a></td>
-<td class="tdrb">273</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">X.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_X">&mdash;La substancia de la sombra.</a></td>
-<td class="tdrb">284</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XI.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_XI">&mdash;Sombras.</a></td>
-<td class="tdrb">297</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_XII">&mdash;Tinieblas.</a></td>
-<td class="tdrb">301</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XIII.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_XIII">&mdash;Cincuenta y dos.</a></td>
-<td class="tdrb">308</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XIV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_XIV">&mdash;Fin de la calceta.</a></td>
-<td class="tdrb">318</td></tr>
-
-<tr><td class="tdr">XV.</td>
-<td class="tdl"><a href="#III_XV">&mdash;Los ecos se apagan para siempre.</a></td>
-<td class="tdrb">329</td></tr>
-</table>
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES ***
-
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+++ /dev/null
Binary files differ
diff --git a/old/61887-h/images/illo1.png b/old/61887-h/images/illo1.png
deleted file mode 100644
index 5b01849..0000000
--- a/old/61887-h/images/illo1.png
+++ /dev/null
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