summaryrefslogtreecommitdiff
path: root/old/61851-8.txt
diff options
context:
space:
mode:
Diffstat (limited to 'old/61851-8.txt')
-rw-r--r--old/61851-8.txt21713
1 files changed, 0 insertions, 21713 deletions
diff --git a/old/61851-8.txt b/old/61851-8.txt
deleted file mode 100644
index 0e3dd68..0000000
--- a/old/61851-8.txt
+++ /dev/null
@@ -1,21713 +0,0 @@
-The Project Gutenberg EBook of El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: El crimen y el castigo
-
-Author: Fyodor Dostoyevsky
-
-Translator: Pedro Pedraza y Paez
-
-Release Date: April 16, 2020 [EBook #61851]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, the University of Toronto, the
-Internet Archive and the Online Distributed Proofreading
-Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from
-images made available by the HathiTrust Digital Library.)
-
-
-
-
-
-
-
-
-
- Nota del Transcriptor:
-
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
- Ilustraciones han sido eliminadas.
-
-
-
-
- BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS
-
-
- FEDOR DOSTOIEVSKY
-
-
- EL
- CRIMEN Y EL CASTIGO
-
-
- TRADUCCIÓN DE
- PEDRO PEDRAZA Y PAEZ
-
-
- [Ilustración]
-
-
- BARCELONA
- RAMÓN SOPENA, EDITOR
- PROVENZA, 93 A 97
-
-
-
-
- Derechos reservados.
-
-
- Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona
-
-
-
-
-EL CRIMEN Y EL CASTIGO
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-
-
-
-I
-
-Una tarde muy calurosa de principios de julio, salió del cuartito que
-ocupaba, junto al techo de una gran casa de cinco pisos, un joven, que,
-lentamente y con aire irresoluto, se dirigió hacia el puente de K***.
-
-Tuvo suerte, al bajar la escalera, de no encontrarse a su patrona
-que habitaba en el piso cuarto, y cuya cocina, que tenía la puerta
-constantemente sin cerrar, daba a la escalera. Cuando salía el joven,
-había de pasar forzosamente bajo el fuego del enemigo, y cada vez que
-esto ocurría experimentaba aquél una molesta sensación de temor que,
-humillándole, le hacía fruncir el entrecejo. Tenía una deuda no pequeña
-con su patrona y le daba vergüenza el encontrarla.
-
-No quiere esto decir que la desgracia le intimidase o abatiese; nada
-de eso; pero la verdad era que, desde hacía algún tiempo, se hallaba
-en cierto estado de irritación nerviosa, rayano con la hipocondría.
-A fuerza de aislarse y de encerrarse en sí mismo, acabó por huir, no
-solamente de su patrona, sino de toda relación con sus semejantes.
-
-La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, dejó de ser sensible a sus
-efectos. Había renunciado completamente a sus ocupaciones cotidianas y,
-en el fondo, se burlaba de su patrona y de las medidas que ésta pudiera
-tomar en contra suya. Pero el verse detenido por ella en la escalera,
-el oír las tonterías que pudiera dirigirle, el sufrir reclamaciones,
-amenazas, lamentos y verse obligado a responder con pretextos y
-mentiras, eran para él cosas insoportables. No; era preferible no ser
-visto de nadie, y deslizarse como un felino por la escalera.
-
-Esta vez él mismo se asombró, cuando estuvo en la calle, del temor de
-encontrar a su acreedora.
-
-«¿Debo asustarme de semejantes simplezas cuando proyecto un golpe tan
-atrevido?--se decía, riendo de un modo extraño--. Sí... el hombre lo
-tiene todo entre las manos y lo deja que se le escape en sus propias
-narices tan sólo a causa de su holgazanería... Es un axioma... Me
-gustaría saber qué es lo que le da más miedo a la gente... Creo que
-temen, sobre todo, lo que les saca de sus costumbres habituales... Pero
-hablo demasiado... Tal vez por el hábito adquirido de monologar con
-exceso no hago nada... Verdad es que con la misma razón podría decir
-que es a causa de no hacer nada por lo que hablo tanto. Un mes completo
-hace que he tomado la costumbre de monologar acurrucado durante días
-enteros en un rincón, con el espíritu ocupado con mil quimeras. Veamos:
-¿por qué me doy esta carrera? ¿Soy capaz de _eso_? ¿Es serio _eso_?
-No, de ningún modo; patrañas que entretienen mi imaginación, puras
-fantasías.»
-
-Hacía en la calle un calor sofocante. La multitud, la vista de la cal,
-de los ladrillos, de los andamios y esta fetidez especial, tan conocida
-de los habitantes de San Petersburgo que no pueden alquilar una casa
-de campo durante el verano, todo contribuía a irritar cada vez más los
-nervios del joven. El insoportable olor de las tabernas y figones, muy
-numerosos en aquellas partes de la ciudad, y los borrachos que a cada
-paso se encontraba, aunque aquel era día laborable, acabaron por dar al
-cuadro un repugnante colorido.
-
-Hubo un momento en que los finos rasgos de la fisonomía de nuestro
-héroe expresaron amargo disgusto. Digamos con este motivo que no
-carecía de ventajas físicas; era alto, enjuto y bien formado; tenía el
-cabello castaño y hermosos ojos de color azul obscuro. Poco después
-cayó en profunda abstracción o más bien en una especie de sopor
-intelectual. Andaba sin reparar en los objetos que encontraba al paso
-y sin querer reparar en ellos. De vez en cuando murmuraba algunas
-palabras; porque, como él reconocía poco antes, tenía por costumbre el
-monologar. En aquel momento echó de ver que se embrollaban sus ideas, y
-que estaba muy débil: puede decirse que había pasado dos días sin comer.
-
-Iba tan miserablemente vestido, que otro que no hubiera sido él habría
-tenido escrúpulos para salir en pleno día con semejantes andrajos. A
-decir verdad, en aquel barrio se podía ir de cualquier modo. En los
-alrededores del Mercado del Heno, en esas calles del centro de San
-Petersburgo habitadas en su mayoría por obreros, a nadie asombra la más
-rara indumentaria. Pero tan arrogante desdén existía en el alma del
-joven, que, a pesar de su vergüenza, algunas veces cándida, no le daba
-ninguna de ostentar en la calle sus harapos.
-
-Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno de sus amigos o antiguos
-camaradas, de cuyo encuentro huía siempre... Sin embargo, se detuvo de
-pronto al notar, merced a esas palabras pronunciadas con voz burlona,
-que atraía la atención de los paseantes: «¡Ah, eh! un sombrero alemán».
-El que acababa de lanzar esta exclamación era un borracho a quien
-conducían, no sabemos dónde ni por qué, en una gran carreta.
-
-Con un movimiento convulsivo, el aludido se quitó el sombrero y se
-puso a examinarlo. Era el tal sombrero de copa alta, comprado en casa
-de Zimmerman, pero ya muy estropeado, raído, agujereado, cubierto de
-abolladuras y de manchas, sin alas: en una palabra, horrible. A pesar
-de todo, lejos de mostrarse herido en su amor propio, el poseedor de
-aquella especie de gorro experimentó más inquietud que humillación.
-
---¡Ya me lo figuraba yo!--murmuró en su turbación--; ¡lo había
-presentido! Pero lo peor es que en una miseria como la mía, una
-tontería insignificante puede echar a perder el negocio. Sí; este
-sombrero produce demasiado efecto, y el efecto nace precisamente de
-que es ridículo. Para llevar estos harapos es indispensable usar
-gorra. Mejor que este mamarracho será una boina vieja. No hay quien
-lleve semejantes sombreros; de seguro que éste llama la atención a una
-versta[1] de distancia. Después lo recordarían y podría ser un indicio;
-lo importante es no llamar la atención de nadie... Las cosas pequeñas
-tienen siempre importancia; por ellas suele ser por las que uno se
-pierde.
-
- [1] Es la milla rusa, que equivale poco más o menos a un
- kilómetro.
-
-No tenía que ir muy lejos; sabía la distancia exacta que separaba su
-casa del sitio adonde se dirigía; setecientos pasos justos. Los había
-contado cuando su proyecto no era más que un vago sueño. En aquella
-época no creía que llegase el día en que se trocara lo imaginado en
-acción; se limitaba a acariciar en su mente una idea espantosa y
-seductora a la vez; pero desde aquel tiempo, un mes hacía, comenzaba
-a considerar las cosas de otro modo. Aunque en todos sus soliloquios
-se reprochase su falta de energía y su irresolución, habíase ido, sin
-embargo, habituando poco a poco e involuntariamente, en cierto modo, a
-mirar como posible la realización de su sueño, no obstante continuar
-dudando de sí mismo. En aquel momento iba a hacer el _ensayo general_
-de su empresa, y a cada paso aumentaba su agitación.
-
-Con el corazón desfallecido y el cuerpo agitado por nervioso temblor,
-se aproximó a una inmensa casa que daba de un lado al canal y del
-otro a la calle... Este edificio, dividido en multitud de cuartitos
-de alquiler, tenía por inquilinos industriales de todas las clases,
-sastres, cerrajeros, cocineras, alemanes de diferentes categorías,
-mujeres públicas y humildes empleados, etc. Un continuo hormiguero
-entraba y salía por las dos puertas. Tres o cuatro _dvorniks_[2]
-prestaban sus servicios en esta casa. Con gran satisfacción suya, el
-joven no encontró a nadie. Después de haber pasado el umbral sin ser
-notado, tomó por la escalera de la derecha.
-
- [2] Porteros.
-
-Conocía ya esta escalera angosta y tenebrosa cuya obscuridad no le
-desagradaba, pues así no eran de temer las miradas curiosas. «Si ahora
-tiemblo, ¿qué será cuando venga en serio?», no pudo menos de pensar
-cuando llegaba al cuarto piso. Allí le cerraron el paso antiguos
-soldados convertidos en mozos de cuerda; mudaban los muebles de uno de
-los cuartos, ocupado, el joven lo sabía, por un funcionario alemán y su
-familia.
-
---Gracias a la marcha del alemán, no habrá durante algún tiempo en ese
-rellano otro inquilino que la vieja. Esto es bueno saberlo... por lo
-que pueda suceder.
-
-Así pensó, y tiró del llamador de la casa de la vieja. Débilmente sonó
-la campanilla, como si fuese de hojalata y no de cobre. Tales son en
-esas casas las campanillas de todos los pisos.
-
-Sin duda había olvidado este detalle; aquel sonido particular debió de
-traerle repentinamente a la memoria algún recuerdo, porque el joven
-se estremeció y se alteraron sus nervios. Al cabo de un instante se
-entreabrió la puerta, y, por la estrecha abertura, la dueña de la casa
-examinó al recién venido con manifiesta desconfianza; brillaban sus
-ojillos como dos puntos luminosos en la obscuridad, pero al advertir
-que había gente en el descansillo se tranquilizó y abrió por completo
-la puerta. El joven entró en un sombrío recibimiento, dividido en dos
-por un tabique, tras del cual estaba la cocina. En pie delante del
-joven, la vieja callaba interrogándole con la vista. Era una mujer de
-sesenta años, pequeñuela y delgada, de nariz puntiaguda y de mirada
-maliciosa.
-
-Tenía la cabeza descubierta, y los cabellos, que comenzaban a
-encanecer, relucían untados de aceite. Llevaba puesto al cuello, que
-era largo y delgado como la pata de una gallina, una tira de franela,
-y, a pesar del calor, habíase echado sobre los hombros un abrigo
-apolillado y amarillento. La vieja tosía a menudo. Debió de mirarla el
-joven de un modo singular, porque los ojos de la anciana recobraron
-bruscamente su expresión de desconfianza.
-
---Raskolnikoff, estudiante. Estuve aquí, en esta casa, hace un mes--se
-apresuró a decir el joven, medio inclinándose, porque había pensado que
-lo mejor era mostrarse afable.
-
---Sí, lo recuerdo, lo recuerdo--respondió la vieja, que no cesaba de
-mirarle con recelo.
-
---Pues bien... Vengo otra vez por un asuntillo del mismo
-género--continuó Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido de la
-desconfianza que inspiraba.
-
-«Quizá esta mujer ha sido siempre lo mismo; pero la otra vez no lo eché
-de ver»--pensó el joven desagradablemente impresionado.
-
-La vieja permaneció algún tiempo silenciosa como si reflexionase. Luego
-señaló la puerta de la sala a su visitante, y le dijo haciéndose a un
-lado para dejarle pasar delante de ella.
-
---Entre usted.
-
-La salita en la cual fué introducido el joven, tenía tapizadas las
-paredes de color amarillo; en las ventanas, con cortinas de muselina,
-había tiestos de geranios; el sol poniente arrojaba sobre aquello
-viva claridad. «¡Sin embargo, _entonces_ brillaba el sol de la misma
-manera!»--dijo Raskolnikoff para su coleto y dirigió rápidamente
-una mirada en torno suyo, para darse cuenta de todos los objetos y
-grabarlos en la memoria. En la habitación no había nada de particular.
-Los muebles, de madera amarilla, eran muy viejos: un sofá con gran
-respaldo vuelto, una mesa de forma oval frente a frente del sofá, un
-lavabo y un espejo entre las dos ventanas, sillas a lo largo de las
-paredes, dos o tres grabados, sin valor, que representaban señoritas
-alemanas con pájaros en las manos; a esto se reducía el mobiliario.
-
-En un rincón, delante de una pequeña imagen, ardía una lámpara; tanto
-los muebles como el suelo relucían de puro limpios.
-
-«Es Isabel la que arregla todo esto»--pensó el joven.
-
-En toda la habitación no se veía un grano de polvo.
-
-«Es preciso venir a las casas de estas malas viejas viudas para
-ver tanta limpieza»--continuó monologando Raskolnikoff, y miró con
-curiosidad la cortina de indiana que ocultaba la puerta correspondiente
-a otra salita; en esta última, en la que jamás había entrado, estaban
-la cama y la cómoda de la vieja.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó secamente la dueña de la casa, que,
-habiendo seguido a su visitante, se colocó frente a él para examinarle
-de cerca.
-
---He venido a empeñar una cosa. Véala usted.
-
-Y sacó del bolsillo un reloj de plata viejo y aplastado, que tenía
-grabado en la tapa un globo. La cadena era de acero.
-
---Aun no me ha devuelto usted la cantidad que le tengo prestada;
-anteayer cumplió el plazo.
-
---Le pagaré aún el interés del otro mes; tenga un poco de paciencia.
-
---Conste, amiguito, que puedo esperar, si quiero, o vender el objeto
-empeñado, si se me antoja...
-
---¿Qué me da por este reloj, Alena Ivanovna?
-
---Lo que trae aquí es una miseria; esto no vale nada. La otra vez le di
-a usted dos billetes pequeños por un anillo que se puede comprar nuevo
-en la joyería por rublo y medio.
-
---Déme usted cuatro rublos y lo desempeñaré. Perteneció a mi padre.
-Pronto recibiré dinero.
-
---Rublo y medio, y he de cobrar el interés por adelantado.
-
---¡Rublo y medio!--exclamó el joven.
-
---Acepta usted, ¿sí o no?
-
-Y dicho esto, la mujer alargó el reloj al visitante. Este lo tomó e
-iba a retirarse, irritado, cuando reflexionó que la prestamista era su
-último recurso; además, había ido allí para otra cosa.
-
---¡Venga el dinero!--dijo con tono brutal.
-
-La vieja buscó las llaves en el bolsillo y entró en la habitación
-contigua. Cuando el joven se quedó solo en la sala, se puso a escuchar,
-entregándose a diversos cálculos. A poco oyó cómo la usurera abría la
-cómoda.
-
-«Debe ser el cajón de arriba--supuso Raskolnikoff--; ahora sé que
-lleva las llaves en el bolsillo derecho, y que están todas reunidas
-en una anilla de acero... Una de ellas es tres veces más gruesa
-que las otras, y tiene las guardas dentadas; esa llave no es de la
-cómoda, seguramente. Por lo tanto, debe haber alguna caja o alguna
-arca de hierro... Es curioso. Las llaves de las arcas de hierro son
-generalmente de esa forma... ¡Pero qué innoble es todo esto!...»
-
-Volvió a entrar la vieja.
-
---Mire usted: como cobro una grivna[3] al mes por cada rublo, y
-empeña usted el reloj en rublo y medio le desquito 15 kopeks y queda
-satisfecho el interés por adelantado. Además, como usted me suplica que
-espere otro mes para devolverme los dos rublos que le tengo prestados,
-me debe usted por este concepto 20 kopeks, que, unidos a los 15 que le
-desquito, componen 35. Tengo, pues, que darle a usted un rublo y 15
-kopeks. Aquí están.
-
- [3] Moneda de diez kopeks equivalente a cuatro céntimos de
- franco. El rublo, que vale unos cuatro francos, se divide en
- diez kopeks.
-
---¡Cómo! ¿De modo que no me da usted ahora más que un rublo y 15 kopeks?
-
---Nada más tengo que darle a usted.
-
-Tomó el joven el dinero sin discutir. Miraba a la vieja sin darse prisa
-a marcharse. Parecía tener intención de hacer algo; pero no sabía con
-precisión lo que deseaba...
-
---Es posible, Alena Ivanovna, que venga pronto con otra cosa... Una
-cigarrera... de plata... muy bonita... en cuanto me la devuelva un
-amigo a quien se la he prestado.
-
-Dijo estas palabras con manifiesto embarazo.
-
---Pues bien, entonces hablaremos.
-
---Adiós... ¿Sigue usted viviendo sola, sin que su hermana le haga
-compañía?--preguntó con el tono más indiferente que le fué posible en
-el momento en que entraba en la antesala.
-
---¿Y qué le importa a usted mi hermana?
-
---Es verdad, se lo preguntaba a usted por decir algo... Adiós, Alena
-Ivanovna.
-
-Raskolnikoff salió muy alterado; al bajar la escalera se detuvo muchas
-veces como rendido por sus emociones.
-
-«¡Dios mío, cómo subleva el corazón todo esto!--exclamó cuando llegó a
-la calle--. ¡Es posible, es posible que yo...!
-
-No, es una tontería, un absurdo--añadió resueltamente--. ¿Y ha podido
-ocurrírseme tan espantosa idea? ¿He de ser yo capaz de tal infamia?
-¡Esto es odioso, innoble, repugnante!... ¿Y por espacio de un mes
-entero yo...?»
-
-Para expresar la agitación que sentía, eran impotentes las
-exclamaciones y palabras. La sensación de inmenso disgusto que comenzó
-a oprimirle poco antes cuando se encaminaba a casa de la vieja,
-alcanzaba ahora intensidad tan grande que el joven no sabía cómo
-substraerse a semejante suplicio... Caminaba por la acera como un
-borracho, sin reparar en los transeuntes y tropezándose con ellos. En
-la calle siguiente volvió a recobrar ánimos y, mirando en torno suyo,
-advirtió que estaba cerca de una taberna; una escalera situada al nivel
-de la acera daba entrada a la cueva del establecimiento. Raskolnikoff
-vió salir en aquel instante a dos borrachos que se apoyaban el uno en
-el otro, injuriándose recíprocamente.
-
-Vaciló el joven un instante, y después bajó la escalera. Nunca había
-entrado en una taberna; pero en aquel momento sentía vahídos, le
-atormentaba ardiente sed. Tenía ganas de beber cerveza fresca, y
-atribuía su debilidad a lo vacío del estómago. Después de sentarse en
-un rincón, sombrío y sucio, ante una mesita mugrienta, pidió cerveza y
-bebió el primer vaso con avidez.
-
-Al punto sintió un gran alivio y se esclarecieron sus ideas.
-
-«Todo esto es absurdo--se dijo ya confortado--. No había motivo para
-turbarse. ¡Es sencillamente efecto de un mal físico; con un vaso de
-cerveza y un bizcocho habría recobrado la fuerza de mi inteligencia,
-la precisión de mis ideas, el vigor de mis resoluciones! ¡Oh, qué
-insignificante es todo ello!»
-
-A pesar de tan desdeñosa conclusión, estaba contento, como si se viese
-libre de un peso enorme, y dirigía miradas amistosas a las personas
-presentes. Pero al mismo tiempo sospechó que fuese ficticio aquel
-retorno a la energía.
-
-Quedaba muy poca gente en la taberna; después de los dos borrachos,
-salió una banda de cinco músicos, y el establecimiento quedó
-silencioso; no había en él más que tres personas: un individuo algo
-ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre de la clase media, estaba
-sentado delante de una botella de cerveza. Cerca de él, tendido en el
-banco, dormitaba un sujeto alto y grueso, de barba blanca, vestido con
-un largo levitón, y en completo estado de embriaguez.
-
-De cuando en cuando parecía despertarse bruscamente; se ponía a hacer
-sonar los dedos, apartando los brazos y moviendo rápidamente el busto,
-sin levantarse del banco sobre el cual estaba echado. Tales gestos y
-ademanes servían de acompañamiento a una canción necia, de la que el
-hombre se esforzaba para recordar los versos:
-
- Durante un año entero
- yo he acariciado.
- Du-ran-te un a-ño en-te-ro
- yo he a-ca-ri-cia-do
- a mi mujer.
-
-O esta otra:
-
- En la Podiatcheshaïa.
- He encontrado a mi vieja...
-
-Nadie hacía caso de la alegría de aquel melómano. Su mismo compañero
-escuchaba todos aquellos gorjeos en silencio y haciendo muecas de
-disgusto. El tercer consumidor parecía un antiguo funcionario. Sentado
-aparte se llevaba de vez en cuando el vaso a los labios, mirando en
-derredor suyo; parecía que también él era presa de cierta agitación.
-
-
-II
-
-Raskolnikoff no estaba habituado a la multitud, y, conforme hemos
-dicho, desde hacía algún tiempo evitaba las compañías de sus
-semejantes; pero de repente se sintió atraído hacia los hombres.
-Cualquiera hubiera dicho que se operaba en él una especie de revolución
-y que el instinto de sociabilidad recobraba sus derechos. Entregado
-durante un mes completo a los sueños morbosos que la soledad engendra,
-tan fatigado estaba nuestro héroe de su aislamiento, que deseaba
-encontrarse, aunque no fuese más que un minuto, en un ambiente humano.
-Así, pues, por innoble que fuese aquella taberna, se sentó ante una de
-las mesas con verdadero placer.
-
-El dueño del establecimiento estaba en otra habitación; pero salía y
-entraba frecuentemente en la sala. Desde el umbral, sus hermosas botas
-de altas y rojas vueltas atraían inmediatamente las miradas; llevaba un
-_paddiovka_ y un chaleco de raso negro horriblemente manchado de grasa
-y no tenía corbata; la cara parecía untada de aceite. Tras el mostrador
-se hallaba un mozo de catorce años, y otro más joven servía a los
-parroquianos. Expuestas en el aparador había varias vituallas, trozos
-de cohombro, galleta negra y bacalao cortado en pedazos; todo exhalaba
-olor a rancio. El calor era tan insoportable y la atmósfera estaba tan
-cargada de vapores alcohólicos, que parecía imposible pasar en aquella
-sala cinco minutos sin emborracharse.
-
-Ocurre a veces que nos encontramos con desconocidos que nos interesan
-por completo a primera vista, antes de cruzar una palabra con ellos.
-Esto fué lo que sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo que tenía
-el aspecto de un antiguo funcionario. Más tarde, al acordarse de esta
-primera impresión, el joven la atribuyó a un presentimiento. No quitaba
-los ojos del desconocido, sin duda porque este último no dejaba tampoco
-de mirarle, y parecía muy deseoso de trabar conversación con él. A
-los demás consumidores, y aun al mismo tabernero, los miraba con aire
-impertinente y altanero; eran, evidentemente, personas que estaban por
-debajo de él en condición social y en educación para que se dignase
-dirigirles la palabra.
-
-Aquel hombre, que había pasado ya de los cincuenta años, era de
-mediana estatura y de complexión robusta. La cabeza, en gran parte
-calva, no conservaba más que algunos cabellos grises. El rostro largo,
-amarillo o casi verde, denunciaba hábitos de incontinencia; bajo los
-gruesos párpados brillaban unos ojillos rojizos, muy vivaces. Lo que
-más impresionaba en su fisonomía era la mirada en que la llama de la
-inteligencia y del entusiasmo se alternaba con no sé qué expresión de
-locura. Este personaje llevaba sobretodo negro, viejo, todo desgarrado,
-y no gustándole, sin duda, llevarle abierto, lo abrochaba correctamente
-con el único botón que el sobretodo tenía. El chaleco, de _nanquin_,
-dejaba ver la pechera de la camisa rota y llena de manchas. La ausencia
-de barba denunciaba en él al funcionario; pero debía haberse afeitado
-en una época bastante remota, porque le azuleaban las mejillas con un
-pelo muy espeso. Notábase en sus maneras cierta gravedad burocrática;
-pero, en aquel momento, parecía conmovido. Se revolvía los cabellos,
-y, de tiempo en tiempo, apoyaba los codos en la mesa pringosa, sin
-temor a mancharse las mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza en las
-dos manos. Por último, comenzó a decir en voz alta y firme, mirando a
-Raskolnikoff.
-
---¿Será una indiscreción por mi parte, señor, hablar con usted?
-Porque es lo cierto que, a pesar de la sencillez de su traje, mi
-experiencia distingue en usted un hombre muy bien educado y no un
-asiduo parroquiano de taberna. Siempre he dado mucha importancia a
-la educación, unida, por supuesto, a las cualidades del corazón.
-Pertenezco al _Tchin_[4]. Permítame usted que me presente: Simón
-Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular. ¿Me es lícito preguntarle si
-ha pertenecido usted a la administración?
-
- [4] Así llaman en Rusia a todos los que pertenecen de una
- manera u otra a la administración pública y constituyen como
- una casta especial.
-
---No, yo soy estudiante--respondió el joven sorprendido de aquel cortés
-lenguaje, y, sin embargo, molesto al ver que un desconocido le dirigía
-la palabra a quema ropa.
-
-Aunque se hallaba en su cuarto de hora de sociabilidad, sintió en aquel
-momento que se le despertara el mal humor que solía experimentar cuando
-un extraño trataba de ponerse en relaciones con él.
-
---¿De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?--repuso
-vivamente el funcionario--; es precisamente lo que yo pensaba. ¡Tengo
-olfato, señor, un olfato muy fino, gracias a mi larga experiencia!
-
-Se llevó el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinión que
-tenía de su capacidad cerebral.
-
---Pero, dispénseme... ¿no ha terminado usted realmente sus estudios?
-
-Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse al lado del joven. A pesar de
-estar ebrio, hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle
-arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre una presa, se hubiera podido
-suponer que él también, desde hacía un mes, no había despegado los
-labios ni para decir esta boca es mía.
-
---Señor--declaró con cierta solemnidad--, la pobreza no es un vicio,
-seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud.
-Pero la indigencia, señor, la indigencia es un vicio de los peores. En
-la pobreza conserva uno el orgullo nativo de sus sentimientos; en la
-indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a palos
-de la sociedad humana, sino a escobazos, que son más humillantes. Y
-hacen bien, porque el indigente está dispuesto a envilecerse y esto es
-lo que explica la taberna. Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff pegó
-a mi mujer. Y dígame, ¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en el punto
-más sensible? ¿Me comprende usted? Permítame que le haga otra pregunta,
-¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva en
-los barcos de heno?
-
---No, jamás--contestó Raskolnikoff--; ¿por qué me lo pregunta usted?
-
---Pues bien, para mí será hoy la quinta vez que dormiré allí.
-
-Llenó el vaso, lo apuró y se quedó pensativo. En efecto, en su traje
-y en sus cabellos se veían algunas briznas de heno. A juzgar por las
-apariencias, lo menos hacía cinco días que no se había desnudado ni
-lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uñas de luto,
-estaban también extremadamente sucias.
-
-La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con bastante
-despreocupación. Los mozos se reían detrás del mostrador. El tabernero
-había bajado también, sin duda para oír a aquel hombre original.
-Sentado a cierta distancia bostezaba con aire importante. Evidentemente
-Marmeladoff era conocido desde hacía algún tiempo en la casa. Según
-todas las probabilidades, debía su notoriedad a la costumbre de hablar
-en la taberna con todos los parroquianos que se ponían a su alcance.
-Tal costumbre se convierte en una necesidad para ciertos borrachos,
-principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas
-poco tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compañeros de
-orgía la consideración que no encuentran en sus hogares.
-
---¡Por vida de...!--dijo en voz fuerte el tabernero--. ¿Por qué no
-trabajas, por qué no vas a la oficina, puesto que eres empleado?
-
---¿Por qué no trabajo, señor?--siguió diciendo Marmeladoff, encarándose
-exclusivamente con Raskolnikoff, como si éste le hubiera dirigido la
-pregunta--. ¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi inutilidad no me
-disgusta? Cuando, hace un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi mujer con
-sus propias manos, mientras yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal
-escena, ¿cree usted que yo no sufría? Permítame usted, joven; ¿le ha
-ocurrido a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar un préstamo sin
-esperanza?
-
---Sí... Es decir, ¿qué entiende usted por eso de sin esperanza?
-
---Quiero decir, sabiendo perfectamente de antemano que no le darán a
-usted nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre de que tal hombre,
-tal ciudadano bien intencionado, no le prestaría un kopek; porque,
-dígame usted, ¿a qué santo había de prestárselo, sabiendo que usted no
-ha de devolvérselo? ¿Por piedad? Ese Lebeziatnikoff es partidario de
-las nuevas ideas y aseguraba el otro día que la compasión, en nuestra
-época, está prohibida hasta por la ciencia, y que tal es la doctrina
-reinante en Inglaterra, en donde florece la economía política. ¿Cómo,
-repito, ese hombre habrá de prestarle a usted dinero? Está usted seguro
-de que no se lo prestará, y, sin embargo, se dirige usted a...
-
---¿Para qué ir en ese caso?--interrumpió Raskolnikoff.
-
---Pues porque es preciso ir a alguna parte; porque no hay otra salida
-y llega un tiempo en que el hombre se decide, de buena o mala gana,
-a tomar cualquier senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir
-en la policía tuve que ir también con ella (porque mi hija tiene
-cartilla)--añadió entre paréntesis, mirando al joven con expresión de
-inquietud--. Le advierto a usted que esto me tiene sin cuidado--se
-apresuró a decir con aparente flema, en tanto que los mozos, detrás del
-mostrador, y hasta el mismo tabernero sonreían--. ¡Poco me importa!
-No me inquietan los movimientos de cabeza, porque estas cosas son
-conocidas de todo el mundo y no hay secreto que no se descubra; no es
-con desprecio sino con resignación, como yo acepto mi suerte. ¡Sea!
-_¡Ecce Homo!_ Permítame, joven, que le pregunte si puede usted, o,
-mejor dicho, si se atrevería usted, fijando los ojos en mí, a afirmar
-que no soy un cerdo.
-
-El joven no respondió.
-
-El orador esperó con aire digno a que terminasen las risas provocadas
-por sus últimas palabras. Después añadió:
-
---Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella es una señora. ¡Llevo impreso
-el sello de la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi esposa, es una
-persona bien educada, hija de un oficial superior. Concedo que soy un
-bufón empedernido; pero mi mujer tiene un gran corazón, sentimientos
-elevados, instrucción... y, sin embargo... ¡Oh! ¡Si tuviese piedad de
-mí! ¡Señores, señores, todos los hombres tienen necesidad de encontrar
-piedad en alguna parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza
-de alma, es injusta... Pues bien, con tal de que yo llegue a comprender
-que cuando me tira de los cabellos, lo hace, en rigor, por interés
-hacia mí... (No me avergüenzo de confesarlo: me tira de los cabellos,
-joven)--insistió, creciendo en dignidad al oír nuevas carcajadas--.
-Sin embargo, Dios mío, aunque no fuese más que una vez... pero no, no;
-dejemos esto; es inútil hablar de ello... Ni una sola vez he obtenido
-lo que deseaba; ni una sola vez se ha tenido compasión de mí... pero
-tal es mi carácter; soy un verdadero bruto...
-
---Lo creo--dijo bostezando el tabernero.
-
-Marmeladoff dió un puñetazo en la mesa.
-
---Tal es mi carácter; ¿querrá usted creer, querrá usted creer, señor,
-que me he bebido hasta sus medias? No digo sus zapatos, porque esto
-se comprendería, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus medias,
-las que yo me he bebido. ¡Sus medias! me he bebido también su pañoleta
-de pelo de cabra, un regalo que le habían hecho; un objeto que poseía
-antes de casarse conmigo y que era de su propiedad y no de la mía.
-Habitamos en un cuarto muy frío; este invierno mi mujer ha pescado un
-catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeños, y Catalina
-Ivanovna trabaja de la noche a la mañana. Hace colada y limpia la casa,
-porque desde muy joven está acostumbrada a la limpieza. Por desgracia,
-tiene el pecho delicado, cierta predisposición a la tisis que me
-preocupa. ¿No lo siento, por ventura? Cuando más bebo, más lo siento.
-Es para sentir y sufrir más por lo que me entrego a la bebida; ¡bebo
-porque quiero sufrir doblemente!
-
-E inclinó la cabeza sobre la mesa con aire de desesperación.
-
---Joven--continuó en seguida incorporándose--, me parece leer en su
-semblante cierto disgusto. Desde que entró usted me ha parecido
-advertirlo, y por eso le he dirigido inmediatamente la palabra. Si le
-cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la burla de esos
-ociosos, que, por otra parte, están enterados de todo, no; es porque
-busco la simpatía de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que
-mi mujer ha sido educada en una pensión aristocrática de provincia,
-y que a su salida del establecimiento bailó en chal delante del
-gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba
-por haber obtenido una medalla de oro y un diploma. La medalla... la
-hemos vendido hace ya mucho tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma, lo
-conserva mi esposa en un cofre y últimamente aun lo mostraba al ama
-de nuestra casa. Aunque esté a matar con ella, a mi mujer le gusta
-ostentar ante los ojos de cualquiera sus éxitos pasados. No se lo echo
-en cara, porque su única alegría ahora es acordarse de los hermosos
-días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se ha desvanecido! Sí, sí; tiene un
-alma ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan
-negro; pero no permite que se le escatimen ciertas consideraciones. Así
-es, que no ha tolerado la grosería de Lebeziatnikoff, y cuando, para
-vengarse de haber sido despedido, este último le puso la mano encima,
-mi mujer tuvo que guardar cama, sintiendo más el insulto hecho a su
-dignidad que el dolor de los golpes recibidos.
-
-»Cuando me casé con ella era viuda, con tres niños pequeños. Había
-estado casada en primeras nupcias con un oficial de infantería, con
-quien huyó de casa de sus padres; amaba extremadamente a su marido;
-pero éste se dió al juego, tuvo que entendérselas con la justicia, y
-murió. En los últimos tiempos pegaba a su mujer. Sé de buena tinta
-que no era cariñosa con él, lo que no le impide ahora llorar por el
-difunto y establecer continuamente comparaciones entre él y mi persona,
-comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo;
-más bien me complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo.
-
-»Después de la muerte de su marido se encontró sola con tres hijos
-pequeños, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontré yo. Su
-miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con
-fuerzas para describirla. Todos sus parientes la habían abandonado; por
-otra parte, su orgullo le hubiera impedido siempre implorar la piedad
-de aquellas personas. Entonces, señor, entonces, yo, que era viudo
-también, y que tenía de mi matrimonio una hija de catorce años, ofrecí
-mi mano a aquella pobre mujer; tanta pena me daba verla sufrir.
-
-»Instruída, bien educada, de buena familia, consintió, sin embargo,
-en casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en
-que la pobre viviría. Acogió mi proposición llorando, sollozando y
-retorciéndose las manos, pero la acogió, porque no tenía dónde ir.
-
-»¿Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras:
-«No tener ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende todavía!
-
-»Durante un año entero cumplí mi deber honrada y santamente, y sin
-probar una gota de esto (señaló con el dedo la media botella que tenía
-delante); porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelanté. A
-poco perdía mi empleo y no por falta mía; reformas administrativas
-determinaban la supresión del que desempeñaba, y entonces fué cuando
-me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitación en casa de Amalia
-Ludvigovna Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos y de qué
-vivimos. Hay allí muchos inquilinos además de nosotros; es una ratonera
-aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante este tiempo, creció la hija que
-yo tenía de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra
-la ha hecho sufrir.
-
-»Aunque de sentimientos nobilísimos, Catalina Ivanovna es una mujer
-irascible e incapaz de contenerse en los arrebatos de su cólera... Sí,
-¡vamos, es inútil hablar de esto! Como puede usted comprender, Sonia no
-ha recibido una gran instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle
-Geografía e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte
-en estas materias, y como además no tenía a mi disposición un buen
-manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos detuvimos en
-Ciro, rey de Persia. Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, leyó
-algunas novelas. Lebeziatnikoff le prestó hace poco la _Fisiología
-de Ludwig_. ¿Conoce usted esa obra? Mi hija la ha encontrado muy
-interesante y aun nos ha leído muchos pasajes en alta voz. A eso se
-limita toda su cultura.
-
-»Ahora, señor, apelo a su sinceridad. ¿Cree usted en conciencia que una
-joven pobre, pero honrada, pueda vivir de su trabajo? Como no tenga una
-habilidad especial, ganará 15 kopeks al día, y para llegar a esa cifra
-tendrá necesidad de no perder un solo minuto. ¡Pero qué digo! Sonia
-hizo media docena de camisas de holanda, para el consejero de Estado
-Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habrá oído hablar de él; pues bien, no
-sólo está esperando aún que se le paguen, sino que la pusieron a la
-puerta llenándola de injurias, so pretexto de que no había tomado bien
-la medida del cuello.
-
-»En tanto los niños se mueren de hambre, Catalina Ivanovna se
-pasea por la habitación retorciéndose las manos, mientras en sus
-mejillas aparecen las manchas rojizas, propias de su enfermedad.
-«Holgazana--decía a mi hija--, ¿no te da vergüenza de vivir sin hacer
-nada? Bebes, comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto ahora: ¿Qué es lo que
-la pobre muchacha podría beber y comer cuando en tres días los niños no
-habían visto siquiera un mendrugo de pan? Yo estaba en aquel momento
-acostado... Vamos, hay que decirlo todo, borracho; pero oí que mi Sonia
-respondía tímidamente con su voz dulce (la pobrecita es rubia, con una
-carita siempre pálida y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna, ¿por qué
-me dice usted esas cosas?»
-
-»Tengo que añadir que ya por tres veces Daría Frantzovna, una mala
-mujer muy conocida de la policía, le había hecho insinuaciones en
-nombre del propietario de la casa. «Vaya--dijo irónicamente Catalina
-Ivanovna--, vaya un tesoro para guardarlo con tanto cuidado.» Pero no
-la acuse usted. No tenía conciencia de lo que decía; estaba agitada,
-enferma, veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo que decía era más
-bien para molestar a Sonia que para excitarla a que se entregara al
-vicio... Catalina Ivanovna es así; cuando oye llorar a sus hijos les
-pega, aunque sabe que lloran de hambre. Eran entonces las cinco y oí
-que Sonia se levantaba, se ponía el chal y salía del cuarto.
-
-»A las ocho volvió. Al llegar, se fué derecha a Catalina Ivanovna,
-y, silenciosamente, sin proferir palabra, depositó treinta rublos de
-plata delante de mi mujer. Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo verde
-(un pañuelo que sirve para toda la familia), se envolvió la cabeza
-y se echó en la cama con la cara vuelta hacia la pared; un continuo
-temblor agitaba sus hombros y su cuerpo... yo continuaba en el mismo
-estado... En aquel momento, joven, vi a Catalina Ivanovna que, también
-silenciosamente, se arrodillaba junto al lecho de Sonia.
-
-»Pasó toda la noche de rodillas, besando los pies de mi hija y
-rehusando levantarse. Después, las dos se durmieron juntas en los
-brazos una de la otra... ¡las dos!... ¡las dos!... sí; y yo continuaba
-lo mismo, sumido en la embriaguez.
-
-Se calló Marmeladoff, como si la voz le hubiera faltado; luego llenó la
-copa, la vació y siguió, después de un corto silencio:
-
---Desde entonces, señor, a consecuencia de una circunstancia
-desgraciada, y con motivo de cierta denuncia de personas perversas
-(Daría Frantzovna tuvo parte principal en este negocio porque quería
-vengarse de una supuesta falta de respeto), desde entonces mi hija
-Sonia[5] Semenovna fué inscrita en el registro de policía y se vió
-obligada a dejarnos. Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible en
-este punto, sin tener en cuenta que ella misma, en cierto modo, había
-favorecido las intrigas de Daría Frantzovna.
-
- [5] Sonia es la fórmula familiar de Sofía, y Sonetchka
- diminuto cariñoso del mismo nombre.
-
-»Lebeziatnikoff se ha unido a ella... ¡hum! y con motivo de lo de Sonia
-fué la cuestión que Catalina Ivanovna tuvo con él. En un principio
-estuvo muy solícito con Sonetchka; pero de repente se sintió herido
-en su amor propio. «¿Cómo un hombre de corazón--dijo--ha de habitar
-en la misma casa que semejante desdichada?» Catalina Ivanovna tomó
-partido por Sonia, y la disputa acabó en golpes... En la actualidad
-mi hija viene a menudo a vernos a la caída de la tarde, y ayuda con
-lo que puede a mi mujer. Vive en casa de Kapernumoff, un sastre cojo
-y tartamudo. Sus hijos, que son varios, tartamudean como él, y hasta
-su mujer tiene no sé qué defecto en la lengua... Todos comen y duermen
-en la misma sala; pero a Sonia le han cedido una habitación, separada
-de la de sus huéspedes por un tabique... ¡hum! sí... Son personas
-muy pobres y tartamudas... Bueno... Una mañana me levanté, me puse
-mis harapos, elevé las manos al cielo y me fuí a ver a Su Excelencia
-Ivan Afanasievitch. ¿Le conoce usted? ¿No? Pues entonces no conoce a
-un santo varón... Es una vela... pero una vela que arde delante del
-altar del Señor. Mi historia, que Su Excelencia se dignó oír hasta el
-fin, le hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón Ivanovitch--me dijo--,
-has defraudado una vez mis esperanzas, pero vuelvo a tomarte, bajo
-mi exclusiva responsabilidad personal.» Así se expresó, añadiendo:
-«Procura acordarte de lo pasado, para no reincidir, y retírate.» Besé
-el polvo de sus botas, mentalmente, por supuesto, porque Su Excelencia
-no hubiera permitido que se las besase de veras; es un hombre muy
-penetrado de las ideas modernas y no le gustan semejantes homenajes.
-¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó cuando anuncié en casa que tenía un
-destino!
-
-De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff a detenerse. En aquel momento
-invadió la taberna un grupo de individuos ya a medios pelos. A la
-puerta del establecimiento sonaba un organillo, y la voz débil de un
-chiquillo cantaba la _Petite Ferme_.
-
-La atmósfera de la sala era pesadísima. El tabernero y los mozos
-se apresuraban a servir a los recién llegados. Sin reparar en este
-incidente, Marmeladoff continuó su relato; el funcionario era cada vez
-más expansivo a causa de los progresos de su borrachera. El recuerdo de
-su reciente reposición iluminaba como un rayo de alegría su semblante.
-Raskolnikoff no perdía ni una sílaba de sus palabras.
-
---Han transcurrido cinco semanas, señor, desde que Catalina Ivanovna
-y Sonetchka supieron la grata noticia. Le aseguro a usted que me
-encontraba como transportado al paraíso. Antes no hacía más que
-abrumarme con palabrotas como estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas desde
-aquel momento andaba de puntillas y hacía callar a los pequeños,
-diciéndoles: «¡Chis! ¡Papá viene cansado del trabajo!» Antes de ir a la
-oficina me daban café con crema, pero no crea, crema verdadera, ¿eh?
-No sé de dónde pudieron sacar el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin
-de arreglarme la ropa. Lo cierto es que ellas me pulieron de pies a
-cabeza; tuve botas, chaleco de magnífico hilo y uniforme, todo en muy
-buen uso: les costó 11 rublos y medio. Seis días ha, cuando entregué
-íntegros mis honorarios, 23 rublos y 40 kopeks, mi mujer me acarició en
-la mejilla, diciéndome: «¡vaya un pez que estás hecho!» Naturalmente,
-esto ocurrió cuando estábamos solos. Dígame usted si no es encantador...
-
-Marmeladoff se interrumpió, trató de sonreír; pero súbito temblor agitó
-su barba. Dominó, sin embargo, en seguida, su emoción. Raskolnikoff
-no sabía qué pensar de aquel borracho, que vagaba al azar desde hacía
-cinco días, durmiendo en los barcos de pesca, y, a pesar de todo,
-sintiendo por su familia profundo cariño. El joven le escuchaba con
-la mayor atención, pero experimentando cierta sensación de malestar.
-Estaba enojado consigo mismo por haber entrado en la taberna.
-
---¡Señor, señor!--dijo el funcionario disculpándose--, quizá halle
-usted, como los demás, risible todo lo que le cuento; acaso le estoy
-fastidiando refiriéndole estos tontos y miserables pormenores de mi
-existencia doméstica; mas para mí no crea usted que son divertidos,
-porque le aseguro que siento todas estas cosas... Durante aquel día
-maldito hice proyectos encantadores; pensé en el medio de organizar
-nuestra vida, de vestir a los niños, de procurar reposo a mi mujer,
-de sacar del fango a mi hija única. ¡Oh, cuántos planes formaba!
-Pues bien, señor (Marmeladoff empezó a temblar de repente; levantó
-la cabeza y miró a la cara a su interlocutor), el mismo día, cinco
-hace hoy, después de haber acariciado todos estos sueños, robé, como
-un ladrón nocturno, la llave a mi mujer y tomé del baúl todo lo que
-quedaba del dinero que yo había llevado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo.
-Mírenme todos: hace cinco días que abandoné mi casa; no se sabe en
-ella qué es de mí; he perdido mi empleo, he dejado mi uniforme en una
-taberna y me han dado este traje en su lugar... Todo, todo ha acabado...
-
-Marmeladoff se dió un puñetazo en la frente, rechinó los dientes y
-cerrando los ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo de un momento
-cambió bruscamente la expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff con
-afectado cinismo y dijo riéndose:
-
---¡He estado hoy en casa de Sonia; he ido a pedirle dinero para beber!
-¡Je, je, je!
-
---¡Y te lo ha dado!--gritó, riéndose, uno de los parroquianos que
-formaba parte del grupo recién llegado a la taberna.
-
---Con su dinero he pagado esta media botella--repuso Marmeladoff
-dirigiéndose exclusivamente a nuestro joven--. Sonia fué a buscar
-treinta kopeks y me los entregó; era cuanto tenía; lo he visto con
-mis propios ojos. No me dijo nada; se limitó a mirarme en silencio,
-una mirada que no pertenece a la tierra, una mirada como deben tener
-los ángeles que lloran sobre los pecados de los hombres pero no los
-condenan. ¡Qué triste es que no le reprendan a uno! Treinta kopeks,
-sí, que de seguro necesitaba. ¿Qué me dice usted, querido señor?
-Ahora tiene ella que ir bien arreglada. La elegancia y los afeites,
-indispensables en su oficio, cuestan dinero; lo comprenderá usted; hay
-que tener pomada, enaguas almidonadas, lindas botitas que hagan bonito
-el pie para lucirlo al saltar los charcos. ¿Comprende usted, comprende
-usted la importancia de esta limpieza y elegancia? Pues bien, yo,
-su padre, según la Naturaleza, ha ido a pedirle esos treinta kopeks
-para bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya están bebidos... vamos, ¿quién ha
-de tener compasión de un hombre como yo? Ahora, señor, ¿puede usted
-compadecerme? Hable usted, señor: ¿tiene usted piedad de mí? ¿Sí o no?
-¡Je, je, je!
-
-Iba a servirse nuevamente, pero echó de ver que la media botella estaba
-vacía.
-
---¿Por qué se ha de tener lástima de ti?--gritó el tabernero.
-
-Estallaron risas mezcladas con injurias. Los que no habían oído las
-palabras del ex funcionario, formaban coro con los otros, solamente al
-ver su catadura.
-
-Marmeladoff, como si no hubiese esperado otra cosa que la interpelación
-del tabernero, para soltar el torrente de su elocuencia, se levantó
-vivamente y, con el brazo extendido hacia delante, replicó con
-exaltación:
-
---¡Por qué tener compasión de mí! ¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es
-verdad, no se me debe compadecer! ¡Hay que crucificarme, ponerme en
-la cruz, no tenerme lástima! ¡Crucifícame, juez, pero, al hacerlo,
-ten piedad de mí! Así iré yo mismo al suplicio, porque no tengo sed
-de alegría, sino de dolor y de lágrimas. ¿Piensas tú, tendero, que tu
-media botella me ha proporcionado placer? Buscaba la tristeza, tristeza
-y lágrimas en el fondo de este frasco, y la he encontrado y saboreado.
-Pero Aquel que ha tenido piedad de todos los hombres, Aquel que todo lo
-comprende, tendrá piedad de nosotros; El es el único juez, El vendrá
-el último día y preguntará: «¿Dónde está la hija que has sacrificado
-por una madrastra odiosa y tísica y por niños que no eran sus hermanos?
-¿Dónde está la joven que ha tenido piedad terrestre y no ha vuelto con
-horror las espaldas a este crapuloso borracho?» Y El dirá entonces:
-«Ven, yo te he perdonado una vez... yo te he perdonado ya una vez...
-ahora, todos tus pecados te son perdonados, porque has amado mucho...»
-Y El perdonará a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo he sentido en
-mi corazón cuando estaba en su casa.... Todos serán juzgados por El
-y El perdonará a todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a
-los pacíficos... y cuando haya acabado con ellos, nos tocará la vez
-a nosotros. «Acercaos también, nos dirá El; acercaos vosotros los
-borrachos, acercaos los cobardes, acercaos los impúdicos», y nos
-aproximaremos todos sin temor y El nos dirá: «¡Sois unos cochinos!
-¡Tenéis sobre vosotros la marca de la bestia, pero venid también!»
-Y los sabios, los inteligentes dirán: «Señor, ¿por qué recibes Tú a
-éstos?» Y El responderá: «Yo los recibo ¡oh sabios! porque ninguno de
-ellos se ha creído digno de este favor...» Y El nos abrirá los brazos y
-nosotros nos precipitaremos en ellos... y nos desharemos en lágrimas...
-y comprenderemos... sí, entonces todo será comprendido por todo el
-mundo, y Catalina Ivanovna también comprenderá... Señor, vénganos el tu
-reino.
-
-Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco sin mirar a nadie, como si
-desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de
-las personas que le rodeaban, y quedó absorto en la visión de fantasmas
-de ultratumba. Sus palabras produjeron cierta impresión; durante un
-momento cesó el barullo; pero bien pronto volvieron a estallar las
-risas, mezcladas con invectivas:
-
---¡Muy bien hablado!
-
---¡Gruñón!
-
---¡Charlatán!
-
---¡Burócrata!
-
---Vámonos, señor--dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza
-y dirigiéndose a Raskolnikoff--; condúzcame usted al patio de la casa
-Kozel... Ya es tiempo de que vuelva al lado de mi mujer.
-
-Rato hacía ya que el joven deseaba irse y se le había ocurrido ofrecer
-el apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este último tenía las piernas aun
-menos firmes que la voz; de modo que iba casi colgado del brazo de su
-compañero. La distancia que tenían que recorrer era de doscientos o
-trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio,
-parecía más inquieto y preocupado.
-
---No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora
-miedo--balbuceaba conmovido--. Ya sé que empezará por tirarme de los
-cabellos; pero, ¿qué me importa? Me alegro que me tire de ellos. No,
-no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus ojos, sí, sus
-ojos... Temo también las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo
-además su respiración. ¿Has notado cómo respiran los que padecen esa
-enfermedad... cuando experimentan una emoción violenta? Temo las
-lágrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de
-comer, no sé cómo se las habrán arreglado... no lo sé. A los golpes
-no les tengo miedo... sabe, en efecto, que, lejos de hacerme sufrir,
-esos golpes son un gozo para mí... Casi no puedo pasar sin ello... Sí,
-es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazón... más vale
-así; pero he ahí la casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemán,
-hombre rico... ¡Acompáñeme!...
-
-Después de haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto
-piso. Eran cerca de las once, y, aunque propiamente hablando no había
-aún anochecido en San Petersburgo, a medida que subían más obscura
-encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa.
-
-La puertecilla ahumada que daba al descansillo estaba abierta; un cabo
-de vela alumbraba una pobrísima pieza de diez pasos de largo. Esta
-pieza, que desde el umbral se veía por completo, estaba en el mayor
-desorden. Había por todos lados ropas de niños. Una sábana agujereada,
-extendida de manera conveniente, ocultaba uno de los rincones, el
-más distante de la puerta; detrás de este biombo improvisado, había,
-probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y
-un sofá de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de
-pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero
-de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la pieza.
-Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los
-otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y
-se oía ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y
-tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos,
-sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas.
-
-Raskolnikoff reconoció en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer
-flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo.
-Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho
-Marmeladoff, sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios
-secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a
-otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual;
-los ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil.
-Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tísica
-producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina
-Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho
-más joven que su marido... No advirtió la llegada de los dos hombres;
-parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír.
-
-Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera
-emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le había
-ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior,
-solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que
-hacía toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa.
-
-La niña más pequeña, de seis años, dormía en el suelo con la cabeza
-apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela,
-temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La
-mayor, una muchachilla de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una
-camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo _burnus_
-señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente
-no le llegaba más que hasta las rodillas.
-
-En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado el brazo,
-largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le
-hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos,
-obscuros, abiertos por el terror, parecían aún mayores en aquella
-carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se
-arrodilló en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer,
-al ver un desconocido, se detuvo distraídamente ante él, tratando de
-explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese hombre?»--se
-preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a
-casa de algún otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era
-un sitio de paso. Así, pues, desentendiéndose de aquel extraño, se
-preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de repente lanzó un
-grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral.
-
---¡Ah! ¿Al fin vuelves?--dijo, con voz en que vibrara la cólera--.
-¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en los bolsillos? ¿Qué
-traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla!
-
-Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff
-apartó ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No
-llevaba encima ni un solo kopek.
-
---¿Dónde está el dinero?--gritaba su esposa--. ¡Oh Dios mío! ¿Es
-posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había en el
-cofre!...
-
-Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y
-lo arrastró violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de
-Marmeladoff: el hombre siguió dócilmente a su mujer arrastrándose de
-rodillas tras de ella.
-
---¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!--gritaba, dirigiéndose
-a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza
-la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el
-suelo.
-
-La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho,
-de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar
-este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia
-su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor
-temblaba como la hoja en el árbol.
-
---¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!--vociferaba Catalina
-Ivanovna en el colmo de la desesperación--. ¡Ni siquiera conserva el
-traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!--repetía retorciéndose
-las manos y señalando a los niños--. ¡Oh vida tres veces maldita!
-¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la
-taberna?--añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff--. Has
-estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con
-él?... ¡Vete, vete!...
-
-El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir
-una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en
-par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada
-y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros
-cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan
-ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado
-los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff,
-arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.
-
-Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente
-se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que,
-abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a
-su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que
-dejar el cuarto al día siguiente.
-
-Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes.
-Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la
-taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin
-ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de
-bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para
-que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.
-
---¡Valiente tontería he hecho!--pensaba--. Ellos cuentan con Sonia,
-pero yo no cuento con nadie--. Reflexionó, sin embargo, que no podía
-recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta
-reflexión prosiguió su camino--. Le hace falta pomada a Sonia--continuó
-diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle--. La elegancia
-cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy.
-La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre
-el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo
-pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han
-encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto
-no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio
-lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y
-se hace a todo!
-
-Raskolnikoff se quedó pensativo.
-
---¡Pues bien; si he mentido--exclamó--, si el hombre no es
-necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos
-los prejuicios que le detienen!
-
-
-III
-
-Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado
-que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal
-humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel
-cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con
-el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan
-bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el
-techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas
-más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en
-la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de
-que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un
-grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.
-
-Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de
-lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y
-sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de
-estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual
-ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá
-había una mesita.
-
-La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de
-su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el
-ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir
-esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija.
-
-Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo
-y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella.
-
-En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le
-molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así
-éste daba menos que hacer; había cesado por completo de arreglar el
-cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez
-cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el
-joven despertó.
-
---Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te,
-¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver!
-
-El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia,
-le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.
-
---¿Me lo envía la patrona?
-
---No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.
-
-La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la
-mesa dos terroncitos de azúcar morena.
-
---Anastasia, toma este dinero--dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo
-unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)--, y haz el
-favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería
-y tráete un poco de embutido barato.
-
---En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no
-sería mejor que tomases un poco de _chatchi_? Se hizo ayer y está muy
-rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy
-bueno.
-
-Fué a buscar el _chatchi_, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la
-sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo
-que era, como una campesina.
-
---Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.
-
-El rostro del joven se alteró.
-
---¡A la policía! ¿Por qué?
-
---Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.
-
---¡Demonio, no me faltaba más que esto!--dijo entre dientes--. No
-podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta--añadió en
-alta voz--. Iré a verla y le hablaré.
-
---Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente,
-¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes
-nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué
-ahora no haces nada?
-
---Sí que hago--respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.
-
---¿Qué es lo que haces?
-
---Cierto trabajo...
-
---¿Qué trabajo?
-
---Medito--respondió seriamente después de una pausa.
-
-Anastasia se echó a reír.
-
-Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa
-que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.
-
---¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?--preguntó cuando pudo
-hablar.
-
---No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse.
-Además, desprecio ese dinero.
-
---Quizás algún día te pese.
-
---Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos
-cuantos kopeks?--siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien
-a sí mismo que a su interlocutora.
-
---¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?
-
-Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante
-algunos momentos.
-
---Sí, una fortuna--dijo luego con energía.
-
---¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo?
-
---Como quieras.
-
---¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti.
-
---¡Una carta para mí! ¿De quién?
-
---No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He
-hecho bien, ¿no es cierto?
-
---¡Tráela, por amor de Dios, tráela!--exclamó Raskolnikoff muy
-agitado--. ¡Señor!
-
-Un minuto después la carta estaba en sus manos.
-
-No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno
-de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo
-que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía
-violentamente el corazón en aquel momento.
-
---Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero,
-¡por amor de Dios!, vete en seguida.
-
-La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de
-Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se
-marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios
-y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección
-reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la
-letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y
-escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el
-sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas
-por ambos lados.
-
- «Mi querido Rodia--decíale su madre--. Dos meses ha que no te
- escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño.
- Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes
- cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el
- mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra
- felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido
- al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la
- Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías
- ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.
-
- »¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año!
- Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí
- prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a
- Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo
- de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a
- mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara
- de lo que me había prestado.
-
- »Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero;
- por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de
- felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que
- de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis
- semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin
- acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que
- sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.
-
- »Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la
- triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia
- Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía
- responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos,
- lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a
- pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado
- que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué
- hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que
- Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta
- casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar
- por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta
- razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la
- deuda.
-
- [6] Diminutivo cariñoso de Dunia.
-
- »Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había
- pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y
- que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote
- que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por
- Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha
- permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también
- para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón
- que tiene.
-
- »El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse
- grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con
- descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos
- pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente,
- puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con
- muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de
- Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka
- sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en
- el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de
- Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate
- tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este
- insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.
-
- »Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka
- proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas
- promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia
- e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero.
- ¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la
- cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar
- inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de
- este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir
- la discordia en la familia.
-
- »El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió
- inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que
- aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal
- la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha.
- Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff
- no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora
- contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y,
- finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin
- dejarle tiempo aun para hacer la maleta.
-
- »Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron
- metidos revueltos en la telega[7]. Llovía a cántaros, y, después
- de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y
- siete verstas en compañía de un _mujik_[8], en un carro sin toldo.
- Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la
- carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía
- a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima
- e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido.
- Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa
- que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón
- angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes
- largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo
- no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras,
- murmuraba la gente con aire despreciativo.
-
- [7] Carreta de aldeano.
-
- [8] Campesino siervo.
-
- »Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando
- a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y
- durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco
- charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló
- la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi
- salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de
- abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose
- en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel!
-
- »La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El
- señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la
- joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de
- Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia.
- Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del
- jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita
- que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la
- indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus
- deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de
- perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.
-
- »Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia
- de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra
- casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió
- perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en
- todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka
- y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose
- con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta
- autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella
- muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha
- rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa
- Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No
- puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.
-
- »Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un
- partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me
- apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber
- tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto
- no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder,
- a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no
- podías juzgar con conocimiento de causa.
-
- »Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin,
- un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de
- Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros
- en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le
- recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día
- nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana
- y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy
- atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera
- que no puede perder tiempo.
-
- »Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos
- un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos
- estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en
- buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable
- fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto
- es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy
- bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas
- apariencias pueden ser engañosas.
-
- »Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San
- Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada
- ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre,
- si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo
- esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te
- producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer
- a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole
- con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se
- rectifican difícilmente.
-
- »Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una
- persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado
- que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias
- palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones
- modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más
- porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus
- frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.
-
- »Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado,
- por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque
- de escasa instrucción--me ha dicho--, es inteligente, y parece
- bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven
- valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy
- apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni
- por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia
- no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza
- angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará
- como un deber el corresponderle.
-
- »Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que
- la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por
- ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende
- de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido
- su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba
- resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote,
- y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe
- sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido
- un bienhechor.
-
- »No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha
- explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el
- sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación;
- evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha
- tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco
- dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero
- ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no
- son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina
- es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación,
- Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se
- levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por
- último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente
- plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana
- que había tomado su resolución.
-
- »Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente
- a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde
- quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en
- asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su
- viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que
- se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está
- en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás,
- bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se
- realizase!
-
- »Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor
- especial de la divina Providencia.
-
- »Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación
- a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin
- duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor
- le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal
- de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz!
- A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te
- impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no
- ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza;
- su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección
- de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más,
- cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que
- ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.
-
- »A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se
- comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con
- su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía
- con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a
- entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo,
- su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con
- buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño.
-
- »Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas
- razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá
- no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo
- seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que
- Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a
- que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado,
- es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae
- por su peso; pero yo tengo intención de rehusar.
-
- »Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te
- advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final.
- Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos,
- y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está
- decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo
- sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días.
- Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones
- cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A
- ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más
- tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría
- te estrecharé entre mis brazos!
-
- »Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte;
- y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que
- por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un
- ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella,
- demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la
- pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe
- cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas
- de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que
- pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro
- Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable,
- y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a
- adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos.
-
- »Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría
- de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme
- dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la
- bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a
- sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar
- nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros
- billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a
- esa capital sin ningún kopek.
-
- »Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy
- caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y
- hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en
- su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en
- un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son
- 30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.
-
- »Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima
- entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia,
- a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que
- a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú
- lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra
- futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.
-
- »Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.
-
- »Tuya hasta la muerte.
-
-Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las
-lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su
-rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza
-sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo.
-Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último,
-se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un
-armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.
-
-Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en
-la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de
-Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el
-que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero,
-según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun
-_monologueaba_ en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos
-lo creían borracho.
-
-
-IV
-
-La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero
-el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde
-el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su
-resolución.
-
-«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al
-diablo el señor Ludjin.
-
-»¡La cosa está bien clara!--murmuraba sonriendo, con aire de triunfo
-como si tuviese la clave de lo sucedido--. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no
-lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi
-opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen
-que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y
-qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado,
-que sólo puede casarse a toda prisa.»
-
-»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme,
-sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado
-paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya
-imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida
-del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de
-negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse
-muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá,
-de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa
-que le «parece» bueno; ¡ese _parece_ es muy significativo! Bajo la fe
-de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!...
-¡Admirable!...
-
-»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las
-«generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el
-personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor
-Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía
-esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la
-noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas
-una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi
-necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría
-más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un
-poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero
-ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de _mal humor_.
-
-»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no
-había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo
-menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh
-Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la
-conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra
-felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre
-mía!...
-
-Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces
-hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado.
-
---Es verdad--continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le
-hervían en la cabeza--; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es
-preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero
-el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre
-de negocios y _parece_ bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un
-gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este
-rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse
-en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia
-que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no
-es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de
-tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el
-traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted?
-Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted
-ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar
-un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que
-usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y
-que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le
-corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no
-hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje.
-
-»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo?
-Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden
-esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es
-más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el
-marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a
-San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella
-vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos
-indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con
-Dunia. Alguna palabra se le ha _escapado_ a ese amable señor, que ha
-sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en
-cerrar los ojos a la evidencia.
-
-«Tengo intención de rehusar»--me dice--; pero entonces, ¿con qué medios
-de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales
-será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá
-en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas
-de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que
-20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los
-sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe
-de mi hija.» ¡Sí, fíate!
-
-»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia?
-
-»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con
-él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar
-material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo
-de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el
-señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de
-seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en
-casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia,
-pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos;
-eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría
-a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de
-Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal
-su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene
-nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor
-Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese
-hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es
-la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a
-sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se
-vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la
-explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por
-su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento
-moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo,
-nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con
-tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía,
-imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros
-escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que
-la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto
-es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra
-Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad,
-suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que
-llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la
-fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su
-hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo,
-objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos!
-
-»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka
-Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo.
-¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes
-tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al
-nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe
-mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por
-el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia
-este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería
-aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el
-bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera
-llamar a la puerta de su casa.
-
-»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas,
-si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de
-maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras
-no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese
-ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero,
-¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por
-qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo
-acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.»
-
-Se detuvo, quedándose como ensimismado.
-
---¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu
-_veto_? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu
-parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir,
-_cuando hayas terminado tus estudios_ y encontrado una colocación? Eso
-es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es
-lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre
-una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a
-los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario,
-pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la
-actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando
-hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado
-ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído
-su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros
-que las amenazan durante estos diez años.
-
-Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas
-preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le
-atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él
-no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo.
-Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles,
-que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase
-lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera.
-
---¡O renunciar a la vida--exclamó--aceptando el destino tal cual es,
-sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente
-mi derecho a ser, a vivir, a amar!
-
-Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes
-por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que
-significa esta frase: No tener ya adónde ir?»
-
-Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se
-le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de
-este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de
-volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la
-de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes
-antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces
-bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia
-de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le
-cubría los ojos.
-
-Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas
-de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en
-la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un
-banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le
-ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo
-su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer
-que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en
-ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría
-muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido.
-Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba
-algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de
-advertirlo.
-
-Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual
-trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su
-voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había
-de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser
-muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla
-y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al
-cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una
-manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la
-cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza,
-la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de
-excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la
-joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió
-más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos
-como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió
-Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña,
-que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita
-casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente
-quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero
-estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no
-tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una
-sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían
-suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.
-
-Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente
-a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor
-insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar
-muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de
-distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que
-evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones.
-También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero
-la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente,
-es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia
-el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más
-claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta
-años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote.
-Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se
-apartó un instante de la joven y se aproximó al señor.
-
---¡Eh, Svidrigailoff!--exclamó el joven apretando los puños y riendo
-sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma.
-
-El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de
-altanero estupor.
-
---¿Qué significa esto?--continuó con un tono despreciativo.
-
---Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte.
-
---¿Cómo te atreves, canalla...?
-
-Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se
-lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente
-cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien
-asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar
-casualmente junto a ellos.
-
---¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le
-pasa a usted? ¿Quién es usted?--preguntó severamente a Raskolnikoff,
-fijándose en su miserable aspecto.
-
-Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con
-sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además,
-inteligente.
-
---De usted precisamente tenía necesidad--dijo el joven, y agarró por el
-brazo al guardia--. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff.
-Usted puede también oírlo--añadió, dirigiéndose al caballero--; venga
-usted conmigo--y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco--.
-Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace
-un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición
-social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la
-hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?...
-Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los
-jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta
-joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas,
-seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien
-quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por
-primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene
-conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla
-Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto
-cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la
-combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado
-de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo
-libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se
-vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...
-
-El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a
-reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero,
-pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para
-examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión.
-
---¡Ah, qué desgracia!--dijo moviendo la cabeza--. Es todavía una niña.
-De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive
-usted?
-
-La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con
-expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos.
-
-Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks.
-
---Tome usted--dijo al guardia--: tome usted un coche y llévela a su
-casa. Sólo falta que nos dé su dirección.
-
---¡Señorita, eh, señorita!--dijo de nuevo el guardia, después de tomar
-el dinero--. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a
-su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?
-
---¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!--murmuró la joven con el mismo
-movimiento de antes.
-
---¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!--dijo el soldado, sintiendo a la
-vez piedad e indignación--. ¡Vaya un apuro!--añadió dirigiéndose a
-Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza.
-
-Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático.
-
---¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?--preguntó.
-
---Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose.
-Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.
-
---¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y
-borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!...
-¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles
-arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.
-
-Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera
-tomarse por muchachas de buena familia.
-
---Lo esencial--dijo Raskolnikoff--es impedir que caiga en las manos
-de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito.
-¡Allí sigue!
-
-Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un
-ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán
-de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a
-su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos,
-deteniéndose de nuevo.
-
---No, no se saldrá con la suya ese señor--respondió con aire pensativo
-el guardia--; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita,
-¡eh! señorita--añadió dirigiéndose otra vez a la joven.
-
-De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si
-un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en
-dirección opuesta a la que había llevado.
-
---¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!--dijo
-extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.
-
-Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a
-seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.
-
---Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya--dijo
-resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven--. ¡Ah!
-¡cuánto vicio hay ahora!--repitió, exhalando un suspiro.
-
-En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino
-en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó:
-
---Escuche usted.
-
-El interpelado se volvió.
-
---¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se
-divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da?
-
-El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a
-Raskolnikoff, que se echó a reír.
-
---¡Ea!--dijo el guardia agitando el brazo.
-
-Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha.
-Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.
-
---Se me ha llevado mis veinte kopeks--dijo éste con cólera cuando se
-quedó solo--. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la
-muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas
-de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello?
-Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por
-qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?
-
-A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó
-como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le
-molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse
-profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva
-vida.
-
---¡Pobrecilla!--dijo contemplando el sitio donde poco antes había
-estado sentada la joven--. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá
-su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para
-añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun
-cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la
-pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el
-hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las
-muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy
-honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez
-al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de
-dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve
-años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he
-visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que
-así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público
-que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un
-tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que
-tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar;
-ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía
-más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por
-ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año?
-
-»Pero, ¿a dónde me proponía ir?--pensó de repente--. Es extraño. Al
-salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí...
-
-»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de
-Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a
-Razumikin?»
-
-No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de
-Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las
-clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de
-sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le
-correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones
-ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar
-aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus
-compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como
-si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en
-conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.
-
-No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró
-con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que
-el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible
-confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la
-candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus
-compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban.
-No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista,
-llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal
-afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.
-
-Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que
-recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos,
-echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía
-dos archines y doce vechoks[9]. Podía hacer los mayores excesos de
-bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad.
-Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura
-ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se
-descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en
-una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin
-que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido
-a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de
-ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y
-conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero,
-por supuesto, trabajando.
-
- [9] Aproximadamente 1,88 metros.
-
-Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba
-sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente
-había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero
-confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en
-mejorar su situación pecuniaria.
-
-Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y
-Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle
-dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser
-visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo
-molestarle, fingió que no le veía.
-
-
-V
-
---En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a
-fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier
-otro trabajo...--se decía Raskolnikoff--. Pero ahora, ¿de qué ha de
-servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta
-quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek
-siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje
-decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con
-unas cuantas piataks[10]? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una
-necedad ir a casa de Razumikin.
-
- [10] La piatak es una moneda de cinco kopeks, equivalente a
- unos cuatro centavos.
-
-La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le
-causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar
-algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla
-del mundo.
-
---¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en
-Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?--se preguntaba con
-estupor.
-
-Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber
-puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una
-extraña idea:
-
---Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día
-siguiente, cuando _aquello_ esté hecho y mis negocios tengan otro
-aspecto...
-
-Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca
-conmoción.
-
---¡Cuando _aquello_ esté hecho!--exclamó con un sobresalto que le hizo
-levantarse del banco en que estaba sentado--. ¿Sucederá _eso_? ¿Será
-posible?
-
-Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento
-fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel
-aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo
-_aquello_! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se
-puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter
-febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la
-temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de
-necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos
-objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le
-trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su
-preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno
-suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar
-donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de
-Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a
-las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados
-al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada
-de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas.
-
-Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron
-lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de
-alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación
-riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres
-elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se
-fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas.
-De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y
-soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba
-antes de que lo hubiese perdido de vista.
-
-Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se
-encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al
-guardia y tres a Anastasia por la carta--pensó--; por consiguiente,
-son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de
-Marmeladoff.»
-
-Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un
-instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el
-dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante
-de un figón: su estómago se lo recordaba.
-
-Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y
-tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo
-inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso
-volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que
-no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y
-se echó en la hierba, durmiéndose en seguida.
-
-Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su
-relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad.
-El cuadro es a veces monstruoso; pero la _mise en scéne_ y todo lo que
-pertenece a la _representación_, son, sin embargo, tan verosímiles, los
-detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación
-tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o
-Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos
-sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente
-el organismo, ya quebrantado, del individuo.
-
-Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña
-ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al
-anochecer, se paseaba _extramuros_ acompañado de su padre. El tiempo
-era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su
-memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que
-despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni
-un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte,
-un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último
-jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía
-pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable
-impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud
-de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban
-con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían
-hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y
-temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba
-lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba
-un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del
-cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula
-verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre
-y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de
-su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido.
-Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El
-niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte
-desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al
-lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de
-la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión,
-muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había
-dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba
-el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la
-tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba.
-
-He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo;
-pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y
-dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación
-que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres
-de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas
-de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos
-cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes
-carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías
-y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de
-gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar
-aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la
-menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un
-caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los _mujiks_
-acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que
-muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos
-cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo
-atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le
-llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba
-siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la
-taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios _mujiks_
-completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes
-echados negligentemente sobre los hombros.
-
---¡Subid, subid todos!--grita todavía un hombre, de robusto cuello y de
-rostro carnoso, color de zanahoria--. ¡Os llevo a todos, subid!
-
-Estas palabras provocan risas y exclamaciones.
-
-¡Hacer el camino con semejante penco!
-
---Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese
-jamelgo a semejante carro?
-
---De seguro que este rocín tiene más de veinte años.
-
---Subid, os llevo a todos--grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer
-carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las
-riendas--. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho,
-amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo
-que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si
-galopará!
-
-Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al
-pobre jaco.
-
---¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!--dijeron,
-burlándose, los del grupo.
-
---Apuesto a que hace diez años que no galopa.
-
---¡Buena marcha llevará!
-
---No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!
-
---¡Eso, eso, se le arreará!
-
-Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya
-seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una
-gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón
-rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va
-partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la
-gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de
-que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que
-están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.
-
---¡Andando!--grita este último.
-
-El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas
-si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los
-golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan.
-Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda
-y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle
-galopar.
-
---Dejadme subir a mí también, amigos míos--grita entre los espectadores
-un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.
-
---Sube--respondió Mikolka--. Subid todos, que yo le haré correr.
-
-Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al
-animal.
-
---Papá, papá--dice el niño a su padre--, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al
-pobre caballejo!
-
---Vamos, vamos--dice el padre--; son borrachos que se divierten a su
-modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso.
-
-Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y
-sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado
-cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y
-poco falta para que no se caiga.
-
---¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!--aúlla Mikolka--. Eso es lo que
-hay que hacer. Yo os ayudaré.
-
---¡Tú no eres cristiano, sino lobo!--grita un viejo del grupo.
-
---¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un
-armatoste como éste?--grita otro.
-
---¡Bribón!--vocifera un tercero.
-
---No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que
-galope!
-
-De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la
-gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la
-paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el
-mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un
-caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!
-
-Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden
-a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.
-
---¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!--vociferaba
-Mikolka.
-
---¡Una canción, amigos!--grita uno del corro, e inmediatamente toda la
-pandilla entona una canción soez al son de una pandereta.
-
-La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe.
-
-Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los
-ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas.
-Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo
-siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de
-la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas
-demasías.
-
-Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena;
-pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin
-fuerzas, intenta aún cocear.
-
---¡Ah, maldito!--exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del
-fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con
-las dos manos sobre el pobre caballo.
-
---¡Lo va a matar!--gritaban en derredor suyo.
-
---¡Lo matará!
-
---¡Es mío!--grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos
-vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal.
-
---¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?--gritan varias voces en el grupo.
-
-De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre
-bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de
-caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas
-que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel
-suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus
-perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el
-garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.
-
---¡No quiere morir!--gritan los del grupo.
-
---¡No le queda mucho de vida!--observa uno de los que contemplan
-regocijados el bárbaro espectáculo--. Se acerca su último momento.
-
---Dale con un hacha; es el medio de acabar con él--apunta un tercero.
-
---Dejadme--dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el
-carro, y toma una barra de hierro--. ¡Fuera!--grita, y asesta un
-violento golpe al pobre caballo.
-
-El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe
-con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado
-instantáneamente los cuatro miembros.
-
---¡Acabemos!--aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.
-
-Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen
-más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante.
-Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra
-de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.
-
---¡Ha muerto!--gritan en el grupo.
-
---¿Por qué no quería galopar?
-
---¡Era mío!--gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.
-
-Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la
-muerte le hubiese quitado su víctima.
-
---¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!--gritan indignados algunos
-asistentes.
-
-El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre
-el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del
-cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino
-arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En
-aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra
-al fin y le aparta de la gente.
-
---¡Vámonos, vámonos!--le dijo--. Volvamos a casa.
-
---¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?--solloza el niño; pero
-le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.
-
---¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con
-ellos!--dice el padre.
-
-Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere
-respirar, grita, y se despierta.
-
-Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos
-empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.
-
---¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!--dijo--. ¡Cómo! ¿Iré a
-tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso.
-
-Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de
-confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre
-las manos.
-
---¡Dios mío!--exclamó--. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un
-hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande
-por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y
-me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será
-posible?
-
-Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol.
-
---Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?--continuó con profunda
-sorpresa--. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué,
-pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el
-_ensayo_, comprendí perfectamente que _aquello_ era superior a mis
-fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea?
-Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso,
-repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.
-
-»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis
-razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a
-que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como
-la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por
-qué pues, por qué ahora...?
-
-Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí,
-y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los
-ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con
-más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo
-tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz.
-
---¡Señor!--exclamó--; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio
-maldito!
-
-Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la
-resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía
-cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la
-salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había
-cesado de influir sobre él el horrible maleficio.
-
-Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su
-tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias,
-venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía
-nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror
-supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre
-su destino.
-
-He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué
-cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su
-casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar
-por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba?
-Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba
-completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa
-sin fijarse en el itinerario recorrido.
-
---¿Pero por qué, pues--se preguntaba siempre--, por qué aquel encuentro
-tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito,
-que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se
-verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que
-me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles
-consecuencias?
-
-Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una
-predestinación.
-
-Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los
-tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se
-preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros
-y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los
-bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo
-de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los _pereuloks_[11]
-de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba
-de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus
-harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera,
-pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del
-_pereulok_ de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a
-volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa
-de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de
-Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la
-víspera a empeñar su reloj y a hacer el _ensayo_.
-
- [11] Pasaje.
-
-De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le
-conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años,
-tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba
-como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba.
-
-En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en
-pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían
-el vendedor y su mujer.
-
-Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en
-sus palabras.
-
-Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación
-extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese
-nada de asombroso.
-
---Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel
-Ivanovna--dijo con fuerza el vendedor--. Venga usted mañana de seis a
-siete. También vendrán los otros.
-
---¿Mañana?--dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse.
-
---¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?--dijo vivamente la vendedora,
-que era una mujerona enérgica--. No la perderé de vista, porque usted
-es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta
-ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su
-hermanastra?
-
---No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna--dijo el marido--. Se lo
-aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio
-ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida.
-
---¿De modo que tengo que venir?
-
---Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que
-esté usted presente para decidir el asunto.
-
---Le ofreceremos una taza de te--añadió la vendedora.
-
---Está bien, vendré--respondió Isabel pensativa, y se dispuso a
-marcharse.
-
-Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas
-y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por
-no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento
-había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le
-acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde,
-Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y
-que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja _se
-encontraría sola en su casa_.
-
-El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como
-si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en
-disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía
-ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente
-resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una
-ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que
-acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber
-la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin
-comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal
-vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa.
-
-
-VI
-
-Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían
-invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una
-familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de
-algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de
-mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora.
-Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era
-muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo;
-en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida.
-
-Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso
-y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto,
-se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y
-misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo,
-Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al
-despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que
-tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo
-sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le
-permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que
-vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los
-cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su
-padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su
-hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse.
-
-Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna.
-Desde el primer momento, y antes de que él supiera nada de particular
-acerca de ella, la vieja le inspiró una violenta aversión. Después de
-haber recibido el dinero entró en un mal _taklir_[12] que encontró al
-paso. Allí pidió te, se sentó y púsose a reflexionar. Una idea extraña,
-todavía en estado embrionario en su espíritu, le ocupaba por completo.
-
- [12] Cafetucho.
-
-Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba
-de haber visto jamás, estaba sentado con un oficial.
-
-Los dos jóvenes acababan de jugar al billar y se disponían ahora a
-tomar el te. De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante que daba al
-oficial la dirección de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de
-colegio y prestamista sobre prendas.
-
-Esto sólo pareció ya un poco extraño a nuestro héroe: se hablaba de una
-persona de cuya casa acababa él de salir. Sin duda, todo ello era pura
-casualidad; pero en aquel momento hallábase bajo una impresión que no
-podía dominar, y he aquí que, precisamente en aquel momento, alguien
-venía a fortificar en él esta impresión. El estudiante comunicaba, en
-efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna.
-
---Es un famoso recurso--decía--; siempre hay medio de procurarse dinero
-en su casa. Rica como un judío, puede prestar cinco mil rublos de una
-vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen más que un rublo. Es
-una providencia para muchos de nosotros. Pero, ¡qué horrible arpía!
-
-Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no concedía siquiera
-veinticuatro horas de prórroga, y que toda prenda no retirada en el
-día fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre
-un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis
-por ciento de interés mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena
-de hablar hasta por los codos, añadió que esta horrible vieja era
-pequeñuela, lo que no le impedía pegar a menudo y tener en completa
-dependencia a su hermana Isabel, que medía, por lo menos, dos archines
-y ocho verchoks de estatura.
-
---¡Es un fenómeno!--exclamó, y se echó a reír.
-
-La conversación recayó en seguida sobre Isabel.
-
-El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo.
-El oficial escuchaba a su amigo con mucho interés y le suplicó que le
-enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa.
-
-Raskolnikoff no perdió una palabra de esta conversación y supo de esta
-suerte una multitud de cosas. Más joven que Alena Ivanovna, de la
-cual no era más que media hermana, Isabel tenía treinta y cinco años
-y trabajaba día y noche para la vieja. Además de los quehaceres de la
-cocina, era lavandera, hacía labores de costura, que luego vendía, iba
-a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a
-su hermanastra. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni trabajo sin
-consultar a la usurera, la cual, como Isabel sabía muy bien, había
-otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana más que el
-mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno
-descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel
-pertenecía a la clase media y no al _tchin_. Era una estantigua, con
-pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra
-parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y
-hacía reír al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta.
-
---¿Pero no dices que es un monstruo?--preguntóle el oficial.
-
---Realmente, es demasiado trigueña; parece un soldado vestido de
-mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su
-fisonomía revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresión tan
-simpática que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es
-tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carácter tan bueno y,
-además, su sonrisa es tan bondadosa...
-
---¿Estás enamorado de ella?--interrogóle, sonriendo, el oficial.
-
---Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara
-que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la mataría y la
-despojaría de todo lo que posee sin escrúpulo de conciencia--añadió
-vivamente el estudiante.
-
-El oficial lanzó una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeció. Las
-palabras que oía encontraban extraño eco en sus propios pensamientos.
-
---Vamos a ver--prosiguió el estudiante--. Hace un momento me burlaba,
-pero ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado una vieja enfermiza,
-necia, un ser que no es útil a nadie, y que, por el contrario,
-perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá
-mañana de muerte natural. ¿Comprendes?
-
---Comprendo--repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor.
-
---Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan,
-se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien
-mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado
-por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones
-quizá, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la
-miseria, de la disolución, de la ruina, del vicio, de los hospitales...
-y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase
-su fortuna al bien de la humanidad, ¿crees tú que el crimen, si eso
-fuese un crimen, no estaría largamente compensado por millares de
-buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a
-la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a
-la existencia. Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las
-balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco más que la
-vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos,
-porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de
-rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase
-con los dientes.
-
---Cierto que es indigna de vivir--respondió el oficial--; ¿pero qué
-quieres? la Naturaleza...
-
---Amigo mío, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo
-contrario, viviríamos enterrados en prejuicios, no habría un solo
-grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir
-que esté mal, pero, ¿qué sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a
-plantearte otra cuestión.
-
---No, chico, ahora me toca a mí. Te voy a preguntar una cosa.
-
---Conforme.
-
---Verás: tú estás ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime:
-¿Matarías tú, con tus propias manos, a esa vieja?
-
---¡Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la
-justicia... No se trata de mí...
-
---Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber mi opinión? Vas a oírlo: Puesto
-que no te decidirías a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a
-echar otra partida.
-
-Raskolnikoff era presa de una agitación extraordinaria. En rigor,
-esta conversación no tenía nada de asombroso. Muchas veces había oído
-a los jóvenes cambiar entre sí análogas ideas; lo único que difería
-era el tema; mas, ¿por qué el estudiante expresaba precisamente los
-mismos pensamientos que en aquel instante bullían en el cerebro de
-Raskolnikoff? ¿Y por qué casualidad éste, al salir de la casa de la
-vieja, oía hablar de ella? Tal coincidencia le pareció extraña: estaba
-escrito que esta insignificante conversación de café tuviese en su
-destino decisiva influencia.
-
- * * * * *
-
-Al volver a su domicilio, se dejó caer en el sofá y permaneció sentado
-en él, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era
-completa; en la habitación no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó
-que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora había
-pensado algo. Por último, le entraron escalofríos febriles, y pensó con
-satisfacción que podía echarse del todo en el sofá... No tardó en caer
-en pesado y profundo sueño.
-
-Durmió mucho más tiempo que de costumbre y sin soñar. A Anastasia,
-que entró en su habitación al día siguiente a las diez, le costó gran
-trabajo despertarle. La criada le traía pan, y, como la víspera, algo
-del te que ella acostumbraba a tomar.
-
---¡Aun no se ha levantado!--exclamó indignada--. ¿Es posible dormir así?
-
-Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso
-en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de
-nuevo en el sofá.
-
---¡Otra vez!--gritó Anastasia--. ¿Estás malo?
-
-El joven no respondió.
-
---¿Quieres tomar te?
-
---Más tarde--contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió
-del lado de la pared.
-
-Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo.
-
---Indudablemente está enfermo--dijo antes de retirarse.
-
-A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en
-el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a
-sacudir con fuerza al joven.
-
---¿Qué te pasa para dormir tanto?--gruñó, mirándole con desprecio.
-
-Raskolnikoff se incorporó, pero no respondió una palabra ni levantó los
-ojos del suelo.
-
---¿Estás malo o no lo estás?
-
-Esta pregunta no obtuvo más respuesta que la primera.
-
---Deberías salir--dijo ella después de una pausa--. El aire libre te
-sentaría bien. Vas a comer, ¿no es verdad?
-
---Más tarde--respondió con voz débil--; ¡vete!--y la despidió con un
-ademán.
-
-La criada se detuvo un momento, miró compasivamente al joven y se
-marchó.
-
-Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levantó los ojos, examinó
-detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer.
-
-Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El
-dolor de cabeza se le había calmado algo, y cuando hubo terminado su
-frugal comida se echó de nuevo en el sofá; pero, aunque no pudo dormir,
-permaneció inmóvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginación
-le presentaba, sucediéndose sin cesar, los cuadros más extraños.
-Figurábase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana
-detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los
-camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponían a comer.
-El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente;
-el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del
-riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos.
-
-De repente hirió sus oídos el sonido de la campana de un reloj; aquel
-ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de
-la realidad, se levantó de un salto, después de mirar a la ventana y
-calcular la hora que podría ser. Anduvo en seguida de puntillas, se
-aproximó a la puerta, la abrió suavemente y se puso a escuchar.
-
-El corazón le latía con violencia. La escalera estaba silenciosa,
-parecía que todo dormía en la casa.
-
---¿Cómo me he dejado vencer en el momento decisivo? ¿Cómo desde ayer
-no he hecho nada, ni preparado nada?--se preguntaba a sí mismo, no
-comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quizá las seis las
-que acababan de dar.
-
-A su inercia y entorpecimiento siguió bruscamente febril y
-extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigían
-mucho tiempo. Hacía esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de
-nada, y su corazón latía con tal fuerza que dificultaba la respiración.
-Primero tenía que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabán;
-aquello era cosa de un minuto; buscó en la ropa que tenía debajo de
-la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Después, con trozos
-arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de
-ancha y ocho de larga. La dobló en dos partes, se quitó el gabán de
-verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodón (único sobretodo
-que poseía), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo,
-los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban
-las manos; pero le quedó tan bien, que cuando volvió a ponerse el gabán
-no se veía el cosido por la parte de afuera. Se había proporcionado
-mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas
-cosas del cajón de su mesa.
-
-En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le había ocurrido
-un medio muy ingenioso, ya ideado quince días antes. Ir por la calle
-con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma
-bajo el gabán, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y
-esto podría llamar la atención, en tanto que con el nudo corredizo le
-bastaba poner en él el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el
-sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Podía
-también impedir que se moviese sin más que oprimir la extremidad del
-mango con la mano metida en el bolsillo del gabán. Este era muy ancho,
-un verdadero saco, y la maniobra no podría ser advertida.
-
-Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo bajo la otomana e introduciendo
-los dedos en una hendidura del suelo, sacó de aquel escondrijo
-el objeto empeñable de que había tenido cuidado de proveerse con
-anticipación. Este objeto no era más que una tableta de madera
-acepillada, del tamaño que suelen tener las cigarreras de plata. En
-uno de sus paseos el joven había encontrado por casualidad este trozo
-de madera en el corral de un taller de carpintería. Tomó, además, una
-plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones,
-que había encontrado también en la calle, y después de juntar una cosa
-con la otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente con un hilo, y
-lo envolvió todo en un trozo de papel blanco.
-
-Este paquetito, al cual el joven había tratado de dar un aspecto todo
-lo elegante que le fué posible, quedó atado de manera que era muy
-difícil desatarlo.
-
-Por tal medio se ocuparía momentáneamente la atención de la vieja;
-mientras ésta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff
-podría elegir el momento oportuno. Había juntado con la tabla la placa
-de hierro para que el supuesto objeto de empeño pesase más, a fin de
-que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se
-le pedía dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff
-acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oyó una voz que le
-decía en la escalera:
-
---Ya hace mucho que han dado las seis.
-
---¡Dios mío! ¿Mucho?
-
-Se dirigió a la puerta, aplicó el oído y se puso a bajar los treinta
-escalones sin hacer más ruido que un gato. Quedaba lo más importante:
-ir a la cocina a recoger el hacha con que se había determinado a
-cometer el crimen. Ya hacía tiempo que tenía pensado valerse de un
-hacha. Había en su casa una especie de hoz, pero este instrumento
-no le inspiraba confianza, y además desconfiaba de su destreza para
-manejarla; así fué que se decidió definitivamente por el hacha.
-Advirtamos a propósito de esto una particularidad singular; a medida
-que sus resoluciones tomaban un carácter determinado, más absurdas y
-horribles le parecían al joven. A pesar de la lucha desesperada que se
-libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante
-que acabaría por no poner en ejecución su sanguinario proyecto.
-
-Si todos los obstáculos hubieran sido vencidos, todas las dudas
-disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habría
-renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero
-le quedaba todavía multitud de puntos que esclarecer y de problemas
-que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno
-a Raskolnikoff, porque esto era muy fácil. Anastasia no estaba casi
-nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus
-amigas o en las tiendas, y éste solía ser el motivo de las reprimendas
-de su ama.
-
-No había más que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el
-momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora
-después cuando todo hubiese terminado.
-
-Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos.
-
---Supongamos--pensaba el joven--que dentro de una hora, cuando yo
-vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en
-tal caso tendré que aguardar para entrar en la cocina a que salga la
-criada; ¿pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se
-pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuñará, y ¡quién sabe! armará
-un alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia que podría ser
-funesta.
-
-Sin embargo, no quería pensar en tales pormenores; además, no tenía
-tiempo para ello. Se preocupaba de lo más importante, decidido a
-desdeñar lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinación sobre
-lo esencial. Esto último, empero, le parecía irrealizable. No podía
-imaginar que en un momento dado cesaría de pensar, se levantaría e
-iría allí derechamente... Aun en su reciente _ensayo_ (es decir, en la
-visita que había hecho para tantear el terreno), había faltado poco
-para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin convicción, no
-pudo sostener su papel y huyó indignado contra sí mismo.
-
-No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestión estaba
-resuelta. La casuística del joven, afilada como una navaja de afeitar,
-había cortado todas las objeciones; pero no encontrándolas en su mente
-se esforzaba en buscarlas fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado por
-una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente
-de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes
-de la víspera influían sobre él de una manera automática del mismo modo
-que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una máquina le agarra
-una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma máquina.
-
-La primera cuestión que le preocupaba sobremanera y en la cual había
-pensado muchas veces, era esta: ¿por qué se descubren tan fácilmente
-todos los crímenes y por qué se encuentran con tanta facilidad las
-huellas de casi todos los culpables?
-
-Poco a poco llegó a diversas conclusiones muy curiosas. Según él la
-principal razón del hecho consistía menos en la imposibilidad material
-de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este
-último experimentaba en el momento de cometer el delito una diminución
-de la voluntad y de la inteligencia; por esta razón solía proceder con
-aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la
-circunspección y la prudencia le eran más necesarias.
-
-Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento
-de la voluntad, a una afección morbosa que se desarrolla por grados,
-que llega al máximum de intensidad poco antes de la perpetración del
-crimen, que subsistía en la misma forma durante la comisión de él y aun
-algunos momentos después (más o menos tiempo según los individuos) para
-cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido
-era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen,
-por su naturaleza propia, va acompañado siempre de algún fenómeno
-morboso; pero el joven no se sentía capaz de resolver esta cuestión.
-
-Razonando de esta manera llegó a persuadirse de que él personalmente
-estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservaría
-la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa,
-sencillamente porque «su empresa no era un crimen...» No referiremos
-la serie de argumentos que le habían conducido a esta última
-conclusión. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado
-práctico, las dificultades puramente materiales de ejecución, quedaban
-en el segundo término. «Que conserve yo mi presencia de espíritu, mi
-fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfaré de todos los
-obstáculos...» Pero no ponía manos a la obra. Menos que nunca creía
-en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se
-despertó como de un sueño.
-
-No estaba aún al pie de la escalera cuando una circunstancia
-insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que
-estaba el cuarto de su patrona, encontró, como siempre, abierta de par
-en par la puerta de la cocina, y miró discretamente: estando ausente
-Anastasia, ¿no era posible que estuviese allí la patrona? Y aunque
-no se hallase en la cocina, ¿tendría bien cerrada la puerta de su
-habitación? ¿No podría verle cuando entrase por el hacha? Era necesario
-cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería su estupor al ver que Anastasia,
-contra su costumbre, estaba en la cocina! Más todavía: que andaba muy
-atareada, sacando ropa del cesto y tendiéndola en unas cuerdas. Al
-aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvió
-hacia él y no dejó de mirarle hasta que se hubo alejado.
-
-Raskolnikoff volvió los ojos y pasó como si no se hubiera fijado
-en nada; pero aquélla era cosa concluída: no tenía hacha. Esta
-circunstancia fué para él un golpe terrible.
-
---¿De dónde había sacado yo--pensaba al bajar los últimos peldaños de
-la escalera--que precisamente en este momento había salido Anastasia?
-¿Por qué se me habrá metido tal cosa en la cabeza?
-
-Sentíase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a
-burlarse de sí mismo. Hervía en todo su ser una cólera salvaje.
-
-Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir
-sin objeto, no le apetecía; pero aun le era más desagradable volver
-a subir. «¡Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasión!»,
-murmuró enfrente del cuarto del _dvornik_, cuarto que estaba también
-abierto.
-
-De repente se echó a temblar. En la garita del portero, a dos pasos de
-Raskolnikoff, debajo del banco, brillaba un hacha... El joven miró en
-derredor suyo. Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil, bajó dos
-escaloncitos y llamó con voz débil al _dvornik_: «Vamos, no está en su
-casa; pero no debe de andar lejos, porque no ha cerrado la puerta.»
-De pronto, como un rayo, se lanzó hacia el hacha y la sacó de debajo
-del banco donde estaba entre dos troncos. En seguida pasó el arma
-por el nudo corredizo, se metió las manos en los bolsillos y salió.
-Nadie le vió. «No es la inteligencia la que me ayuda, es el diablo»,
-pensó, sonriéndose de un modo extraño. Aquella casualidad contribuyó
-poderosamente a darle valor.
-
-Caminaba lenta, gravemente, temeroso de despertar sospechas. Apenas
-miraba a los transeuntes a fin de atraer lo menos posible la atención.
-De repente pensó en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer tenía dinero y
-hubiera podido comprarme una gorra!» Del fondo de su alma brotó una
-imprecación. Una ojeada que por casualidad dirigió a una tienda donde
-había un reloj colgado de la pared, le hizo saber que eran ya las siete
-y diez. Urgía el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar un rodeo para
-que no se le viese llegar de aquel lado a la casa.
-
-Entretanto se verificaba en él un extraño fenómeno; en contra de lo
-que se figuraba, no sentía miedo alguno; así, en vez de preocuparse
-por el crimen que se disponía a cometer, otros sentimientos ajenos a
-su empresa ocupaban su espíritu. Al pasar por delante del jardín de
-Jussupoff pensaba que sería conveniente establecer en todas las plazas
-públicas fuentes monumentales que refrescasen la atmósfera. Luego, por
-una serie de transiciones insensibles, comenzó a fantasear que si al
-jardín de Verano se le diese toda la extensión del campo de Marte y se
-le añadiese el jardín del palacio Miguel, San Petersburgo ganaría con
-ello higiénica y artísticamente considerado.
-
-«Del mismo modo, sin duda, las personas que son conducidas al suplicio
-se fijan en todos los objetos que encuentran en el camino.» Se le
-ocurrió esta idea; pero se apresuró a desecharla. En tanto se aproximó:
-vió la casa, vió la puerta. De repente oyó que un reloj daba una sola
-campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete y media? ¡Imposible! Ese reloj
-adelanta.»
-
-También esta vez la casualidad sirvió a Raskolnikoff. Como si lo
-hubiera hecho a propósito, en el momento mismo en que llegaba frente a
-la casa, entraba por la puerta cochera una enorme carreta cargada de
-heno. El joven pudo franquear el umbral sin ser visto, deslizándose por
-el espacio que quedaba entre la carreta y la pared. Cuando estuvo en
-el patio, tomó rápidamente por la derecha. Del otro lado de la carreta
-disputaban algunos hombres. Raskolnikoff les oía gritar pero ninguno se
-fijó en él ni él por su parte encontró a nadie. Muchas de las ventanas
-que daban a aquel inmenso patio cuadrado estaban abiertas: sin embargo,
-no levantó la cabeza. Su primer movimiento fué ganar la escalera de la
-vieja que era la de la derecha.
-
-Conteniendo la respiración y con la mano apoyada en el corazón para
-comprimir sus latidos, se puso a subir los peldaños, cerciorándose
-antes de que el hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. A cada
-minuto se paraba a escuchar; pero la escalera estaba completamente
-desierta y todas las puertas cerradas. En el segundo piso había un
-cuarto desalquilado, que estaba abierto, y en donde trabajaban algunos
-pintores; pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que se detuvo un
-instante para reflexionar, y luego continuó subiendo. «Mejor hubiera
-sido que no estuviesen; pero por encima de ellos, hay todavía dos
-pisos.»
-
-Llegó al cuarto piso sin encontrarse con nadie, y se halló ante la
-puerta de Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse para reflexionar.
-El cuarto de enfrente estaba desocupado. En el tercero, la habitación
-situada precisamente por debajo de la de la vieja, se hallaba también
-vacía, según todas las apariencias: la tarjeta que antes había en la
-puerta, no estaba: los inquilinos se habían ido... Raskolnikoff se
-ahogaba. Vaciló un momento. «¿No sería mejor que me fuera?» Pero sin
-responder a esa pregunta, se puso a escuchar; no oyó ningún ruido en
-casa de la vieja; en la escalera el mismo silencio. Después de haber
-estado escuchando largo rato, el joven echó una mirada en torno suyo y
-tentó nuevamente su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?--pensó--. ¿No
-se notará mi agitación? Esa mujer es muy desconfiada. Debiera esperar a
-que se calmase mi emoción.»
-
-Pero, lejos de calmarse, eran cada vez más violentas las pulsaciones
-del corazón del joven. No pudo contenerse más, y extendiendo lentamente
-la mano hacia el cordón de la campanilla, tiró de él. Al cabo de medio
-minuto llamó de nuevo, con más fuerza. Ninguna respuesta; llamar
-violentamente hubiera sido inútil y hasta imprudente. La vieja de
-seguro estaba en su casa; pero como era desconfiada, debía serlo más en
-este momento en que se encontraba sola. Raskolnikoff conocía en parte
-las costumbres de Alena Ivanovna. De nuevo aplicó el oído a la puerta.
-Su excitación desarrollaba en él una agudeza particular de sensaciones
-(lo que en general es difícil de admitir), o en rigor el ruido era
-fácilmente perceptible.
-
-Sea como fuere, le pareció oír que una mano se apoyaba con precaución
-en la cerradura, escuchaba, esforzándose por disimular su presencia.
-No queriendo parecer que se ocultaba, el joven llamó por tercera vez
-pero suavemente para no denunciar su impaciencia. Aquel instante dejó
-a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. Cuando después pensaba en ello,
-no acertaba a explicarse cómo había podido desplegar tanta astucia
-precisamente en el momento en que su emoción era tal que le quitaba el
-uso de sus facultades intelectuales y físicas. Al cabo de un instante
-oyó que descorrían el cerrojo.
-
-
-VII
-
-Lo mismo que en su visita anterior, Raskolnikoff vió entreabrirse la
-puerta lentamente y por la estrecha abertura dos ojos muy brillantes
-que se fijaban en él con expresión de desconfianza. Entonces le
-abandonó su sangre fría y cometió una falta que hubiera podido dar al
-traste con todo.
-
-Temiendo que Alena Ivanovna tuviese miedo de encontrarse sola con
-un visitante de aspecto poco tranquilizador, tiró de la puerta con
-violencia hacia sí para que la vieja no procurase cerrarla. La usurera
-no intentó siquiera hacerlo, pero no quitó la mano de la cerradura,
-de manera que faltó poco para que cayera de bruces en el descansillo,
-hacia donde se abría la puerta. Como Alena Ivanovna permanecía de pie
-en el umbral para no dejar el paso libre, el joven avanzó hacia ella.
-Aterrada la vieja dió un salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar una
-palabra y miró a Raskolnikoff abriendo los ojos desmesuradamente.
-
---Buenas tardes, Alena Ivanovna--dijo él con el tono más natural
-que pudo; pero en vano trataba de fingir; su voz era entrecortada y
-temblorosa--; traigo un objeto, pero entremos: para examinarlo hay que
-verlo a la luz...
-
-Y sin esperar a que se le dijera que pasase, penetró en la habitación.
-La vieja se le acercó vivamente; ya se le había desanudado la lengua.
-
---¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién es usted, qué se le ofrece?
-
---¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff;
-tenga usted paciencia. Vengo a empeñar esta alhaja de la que le hablé
-el otro día--y le alargó el paquete.
-
-Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambió de idea,
-y levantando los ojos dirigió una mirada penetrante, irritada y
-desconfiada sobre aquel importuno que se le metía en casa con tan poca
-ceremonia. Raskolnikoff hasta creyó advertir cierta especie de burla en
-los ojos de la vieja, como si ésta lo hubiese adivinado todo. Se daba
-cuenta el joven de que perdía la serenidad, de que tenía casi miedo, de
-que si aquella muda investigación se prolongaba medio minuto, iba, sin
-duda, a echar a correr.
-
---¿Por qué me mira usted de ese modo, como si no me conociese?--dijo
-irritándose a su vez--. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja;
-iré a otra parte con ello; es inútil que me haga usted perder el tiempo.
-
-Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado.
-
-El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó a la usurera.
-
---¿Qué prisa hay, _batuchka_? ¿Qué es eso?--preguntó mirando el paquete.
-
---Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde.
-
-La vieja extendió la mano.
-
---¡Qué pálido está usted! ¿Está usted malo, _batuchka_?
-
---Tengo fiebre--respondió con voz brusca--. ¿Cómo no he de estar
-pálido?... Cuando uno no tiene que comer...--acabó de decir, no sin
-esfuerzo--, le abandonan las fuerzas de nuevo.
-
-La respuesta parecía verosímil; la vieja tomó el paquete.
-
---¿Qué es esto?--preguntó por segunda vez, y tanteando el peso de la
-prenda, miró fijamente a su interlocutor.
-
---Una petaca de plata... mírela usted.
-
---Cualquiera diría que no es plata... ¡Oh, cómo la han atado!
-
-En tanto que Alena Ivanovna hacía esfuerzos por desatar el hilo, se
-había aproximado a la luz. (Todas las ventanas estaban cerradas, a
-pesar del calor sofocante que hacía.) En esta posición daba la espalda
-a Raskolnikoff, y durante algunos segundos no se ocupó en él. El joven
-se desabrochó el gabán y separó el hacha del nudo corredizo; pero
-sin sacarla todavía, se limitó a tenerla con la mano derecha debajo
-del sobretodo. Sentía una terrible debilidad en todos sus miembros.
-Comprendía que cada instante que pasaba su debilidad iba en aumento;
-temía que se le escapase el hacha de la mano, y le parecía que todo le
-daba vueltas en su derredor.
-
---¿Pero qué hay aquí dentro?--gritó coléricamente Alena Ivanovna, e
-hizo un movimiento en dirección a Raskolnikoff.
-
-No había tiempo que perder. Sacó el joven el hacha de debajo del gabán,
-la levantó con las dos manos casi maquinalmente, porque no tenía
-fuerzas, y la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De repente, en
-cuanto hubo dado el golpe, sintió Raskolnikoff que recobraba toda su
-energía física.
-
-Alena Ivanovna, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza.
-Sus cabellos, grises y escasos, y, como siempre, untados de aceite,
-recogíalos, formando trenzas en la nuca con un trozo de peineta de
-cuerno. El golpe dió precisamente en la coronilla, a lo cual contribuyó
-la escasa estatura de la víctima. La usurera lanzó un grito débil y
-cayó desplomada teniendo, sin embargo, todavía fuerzas para llevarse
-los brazos a la cabeza. En una de las manos conservaba la «prenda».
-Entonces Raskolnikoff que, como hemos dicho, había recobrado todo su
-vigor, asestó dos nuevos hachazos en el occipucio de la vieja. La
-sangre brotó a chorros y el cuerpo quedó exánime. El joven se echó
-hacia atrás y en cuanto vió a la anciana sin movimiento se inclinó para
-mirarla: estaba muerta; los ojos, desmesuradamente abiertos, parecían
-salirse de las órbitas, y las convulsiones de la agonía daban a su
-rostro la expresión de una horrible mueca.
-
-El asesino dejó el hacha en el suelo e inmediatamente se puso a
-registrar el cadáver, tomando todo género de precauciones para no
-mancharse de sangre. Se acordaba de haber visto la última vez a Alena
-Ivanovna buscar las llaves en el bolsillo derecho de su vestido. Se
-hallaba en plena posesión de su inteligencia. No experimentaba ni
-aturdimiento ni vértigos; pero seguían temblándole las manos. Más
-tarde recordó que había sido muy prudente, y que había puesto mucho
-cuidado en no mancharse. No tardó en encontrar las llaves. Como el día
-anterior, estaban todas reunidas en una anilla de acero.
-
-Después de haberse apoderado de ellas, Raskolnikoff entró en la alcoba.
-Era ésta muy pequeña, y había en ella un estante lleno de imágenes
-piadosa; en el otro lado una gran cama muy limpia con una colcha de
-seda almohadillada y hecha de pedazos cosidos. En la otra pared una
-cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado el joven a servirse de
-las llaves para abrir este mueble, le recorrió todo el cuerpo un
-escalofrío. Estuvo tentado de renunciar a todo y marcharse; pero esta
-idea duró sólo un momento; era demasiado tarde para retroceder.
-
-Hasta llegó a sonreírse de haber podido pensarlo, cuando, de repente,
-sintió una terrible inquietud: ¿Si por acaso la vieja no estuviera
-muerta y recobrase el sentido? Dejando las llaves en la cómoda, acudió
-vivamente cerca del cuerpo, tomó el hacha y se dispuso a dar otro golpe
-a su víctima; pero el arma, ya levantada, no cayó; no había duda de
-que Alena Ivanovna estaba muerta. Inclinándose de nuevo sobre ella
-para examinarla más de cerca, Raskolnikoff se convenció de que la
-mujer tenía el cráneo partido. En el sucio se había formado un lago de
-sangre. Viendo de improviso que la vieja tenía un cordón al cuello, el
-joven tiró de él violentamente; pero el cordón ensangrentado era recio
-y no se rompió.
-
-El asesino trató entonces de quitárselo, haciendo que se deslizase
-a lo largo del cuerpo; pero no fué más afortunado en esta segunda
-tentativa; el cordón encontró un obstáculo y no pasaba. Impaciente
-Raskolnikoff, blandió el hacha, pronto a descargarla sobre el cadáver
-para cortar con el mismo golpe aquel maldito cordón. Sin embargo, no
-pudo resolverse a proceder con aquella brutalidad. Al cabo, después de
-dos minutos de esfuerzos que le pusieron rojas las manos, logró cortar
-el cordón con el filo del hacha, sin herir el cuerpo de la muerta.
-Como había supuesto, lo que la vieja llevaba al cuello era una bolsa.
-También estaban sujetas al cordón una medallita esmaltada y dos cruces,
-la una de madera de ciprés, la otra de cobre. La bolsa, grasienta (un
-saquito de piel de camello), estaba completamente llena. Raskolnikoff
-se la metió en el bolsillo sin mirar lo que contenía; arrojó las cruces
-sobre el pecho de la vieja, y tomando el hacha volvió a entrar con ella
-apresuradamente en la alcoba.
-
-La impaciencia le devoraba, y puso mano a la obra de desvalijamiento;
-pero sus tentativas para abrir la cómoda eran infructuosas, no tanto
-por el temblor de las manos, como por sus continuas torpezas. Veía,
-por ejemplo, que tal llave no era de la cerradura y se obstinaba, sin
-embargo, en hacerla entrar.
-
-De pronto se acordó de una conjetura que había hecho en su anterior
-visita: aquella gruesa llave que estaba con las otras pequeñas en la
-anilla de acero, debía de ser no de la cómoda, sino de alguna caja en
-que acaso la vieja tenía encerrados todos sus valores. Sin ocuparse
-más en la cómoda, miró bajo la cama, sabiendo que los viejos tienen
-la costumbre de ocultar en ese sitio sus tesoros. En efecto, había
-allí un cofre de poco más de una archina de largo y cubierto de cuero
-rojo. La llave dentellada entraba perfectamente en la cerradura. Cuando
-Raskolnikoff levantó la tapa, vió colocados sobre un trapo blanco
-un abrigo forrado de piel de liebre con guarnición roja, debajo del
-abrigo una falda de seda y después un chal; el fondo parecía contener
-solamente trapos. El joven comenzó por secarse las manos ensangrentadas
-en la guarnición roja. «Sobre lo rojo, la sangre se conocerá menos.» De
-pronto pareció como que volvía en sí: «¡Señor! ¿Me habré vuelto loco?»,
-murmuró con terror.
-
-Pero apenas empezó a registrar aquellas ropas, cuando de debajo de la
-piel se deslizó un reloj de oro. En vista de esto, revolvió de arriba
-abajo el contenido del cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos
-de oro, sin duda depositados como empeños, en manos de la usurera,
-brazaletes, cadenas, pendientes, alfileres de corbata, etc.; los unos
-encerrados en sus estuches, los otros anudados con una cinta en un
-pedazo de periódico doblado en dos partes.
-
-Raskolnikoff no vaciló; metió mano a todas estas alhajas y se llenó los
-bolsillos del pantalón y del gabán sin abrir los estuches ni deshacer
-los paquetes; pero de pronto fué interrumpido en esta maniobra. En
-la habitación donde estaba la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado
-de terror. Pero el ruido había cesado, el joven empezaba a creer que
-había sido engañado por una alucinación de su oído, cuando de súbito
-percibió, distintamente, un ligero grito o más bien un gemido débil y
-entrecortado. Al cabo de uno o dos minutos, todo volvió a quedar en un
-silencio de muerte. Raskolnikoff, sentado en el suelo cerca del cofre,
-esperaba respirando apenas. De repente dió un salto, tomó el hacha y se
-lanzó fuera de la alcoba.
-
-En medio de la sala, Isabel, con un gran bulto en las manos,
-contemplaba aterrorizada el cadáver de su hermana, y, pálida como la
-cera, parecía no tener fuerzas para gritar ante la brusca aparición del
-asesino. Comenzó a temblar, trató de levantar el brazo, de abrir la
-boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando hacia atrás lentamente
-con la mirada fija en Raskolnikoff, fué a refugiarse en un rincón de
-la sala. La pobre mujer hizo esto sin gritar, como si le faltase el
-aliento. El asesino se lanzó sobre ella con el hacha levantada; los
-labios de la infeliz tomaron la expresión lastimera que suelen tomar
-los de los niños pequeños cuando están espantados.
-
-Tal horror sentía la desdichada, que aunque vió que el hacha se
-levantaba sobre ella, no pensó ni aun en defender la cara, llevándose
-las manos a la cabeza con un movimiento maquinal que sugiere en
-semejantes casos el instinto de conservación. Apenas si levantó el
-brazo izquierdo extendiéndolo lentamente en dirección del agresor, que
-descargó sobre Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha penetró
-en el cráneo, hendió toda la parte superior de la frente y llegó casi
-hasta el occipucio: Isabel cayó rígida, muerta. Sin saber lo que hacía,
-Raskolnikoff tomó el paquete que la víctima tenía en la mano; después
-lo tiró y salió al recibimiento.
-
-Estaba aterrado a causa de aquel nuevo asesinato que no había sido
-premeditado por él. Quería desaparecer cuanto antes. «Si hubiese
-podido darse mejor cuenta de las cosas; si hubiese calculado todas las
-dificultades de su posición, si la hubiera previsto tan desesperada,
-tan horrible, tan absurda, como era; si hubiera comprendido bien los
-obstáculos que quedaban por vencer, quizá los crímenes que tendría
-que perpetrar para huir de aquella casa y entrar en la suya...
-probablemente habría renunciado a la lucha para correr a denunciarse,
-y no por cobardía, sino por horror de lo que había hecho.» Esta
-impresión le iba dominando. Por nada del mundo se habría aproximado a
-la caja ni entrado en la alcoba.
-
-Poco a poco, sin embargo, comenzaron a surgir en su espíritu otros
-pensamientos, y cayó en una especie de delirio. Por momentos el asesino
-parecía olvidarse de sí mismo, o más bien, de olvidar lo principal,
-para fijarse en lo insignificante. Una mirada dirigida a la cocina le
-hizo descubrir un cubo medio lleno de agua, y se le ocurrió lavarse
-las manos y limpiar el hacha. A causa de la sangre tenía pegajosas
-las manos. Después de haber metido el hierro del arma en el agua,
-tomó un pedazo de jabón que había en el poyo de la ventana y comenzó
-a refregarse las manos. Cuando se las hubo lavado, enjugó el hierro
-del hacha y en seguida empleó tres minutos en jabonar el mango, para
-hacer desaparecer las salpicaduras de sangre. Después lo secó todo con
-un paño de cocina que estaba colgado en una cuerda. Hecho esto, se
-aproximó a la ventana, con objeto de examinar atenta y detenidamente el
-hacha. Las huellas acusadoras habían desaparecido; pero el mango estaba
-húmedo. Raskolnikoff ocultó cuidadosamente el arma bajo su gabán,
-colocándola en el nudo corredizo; después hizo una inspección minuciosa
-de sus vestidos con todo el cuidado que le permitía la débil luz que
-iluminaba la cocina. A primera vista el pantalón y el gabán no tenían
-nada de sospechoso; pero en los zapatos observó algunas manchas. El
-joven las limpió con un trapo humedecido en agua.
-
-No obstante, estas precauciones no le tranquilizaban más que a medias,
-porque veía mal y comprendía que podían pasarse inadvertidas algunas
-manchas. Permaneció irresoluto en medio de la sala bajo la influencia
-de un pensamiento sombrío y angustioso: el pensamiento de que se volvía
-loco, de que en aquel momento era incapaz de tomar una determinación ni
-de velar por su seguridad y de que su manera de proceder no era la que
-convenía en las circunstancias presentes...
-
---¡Dios mío, debo irme; irme en seguida!--murmuró y se lanzó al
-recibimiento, en donde le esperaba un susto mayor de los que hasta
-entonces había experimentado. Se quedó inmóvil, no atreviéndose a
-dar crédito a sus ojos: la puerta del cuarto, la puerta exterior que
-daba al descansillo, la misma en que él había llamado hacía poco,
-por la cual había entrado, estaba abierta: hasta este momento había
-permanecido entreabierta: acaso por precaución, la vieja, ni había dado
-vuelta a la llave ni echado el cerrojo. ¡Pero Dios mío! el joven había
-visto en seguida a Isabel. ¿Cómo no se le ocurrió que la vendedora
-había entrado por la puerta? No había podido penetrar en el cuarto a
-través de la pared.
-
-Cerró la puerta y echó el cerrojo.
-
---Pero no; no es eso lo que debo hacer. Es menester partir, huir
-inmediatamente.
-
-Descorrió el cerrojo, y después de haber abierto la puerta, se puso a
-escuchar largo rato en la escalera. Abajo, probablemente en la puerta
-cochera, dos voces ruidosas se insultaban. Esperó pacientemente. Por
-último, callaron las voces; los dos alborotadores se habían ido cada
-cual por su lado. Iba ya el joven a salir cuando en el piso inferior
-se abrió con estrépito una puerta y alguien empezó a bajar tarareando
-una canción. ¿Qué les pasaba a esta gente para armar tanto ruido? Cerró
-de nuevo la puerta, esperando otra vez dentro del cuarto. Finalmente
-se restableció el silencio; pero en el instante en que Raskolnikoff se
-disponía a bajar, percibió un nuevo rumor.
-
-Eran pasos todavía distantes, que resonaban en los primeros peldaños
-de la escalera; sin embargo, en cuanto empezó a oírlos, adivinó la
-verdad--: Vienen _aquí_, al cuarto piso, a casa de la vieja.
-
-¿De dónde provenía aquel presentimiento? ¿Qué tenía de significativo el
-ruido de aquellos pasos? Eran pesados, regulares, y más bien lentos que
-ligeros...
-
---Ya _él_ ha llegado al primer piso... se le oye cada vez mejor...
-resuella como un asmático... ya llega al tercer piso... ¡aquí!
-
-Y Raskolnikoff experimentó súbitamente una parálisis general, como
-ocurre en una pesadilla cuando uno se cree perseguido por varios
-enemigos: están a punto de alcanzaros, os van a matar y os quedáis como
-clavados en el suelo imposibilitados de moveros.
-
-El desconocido comenzaba a subir el tramo del cuarto piso.
-
-Raskolnikoff, a quien el espanto había tenido inmóvil en el
-descansillo, pudo, por último, sacudir su estupor y entrando
-apresuradamente en el cuarto cerró la puerta y corrió el cerrojo,
-teniendo cuidado de hacer el menor ruido posible. El instinto, más bien
-que el razonamiento, le guió en estas circunstancias.
-
-Armóse después del hacha, se arrimó a la puerta y se puso a escuchar,
-sin atreverse a esperar siquiera. Ya el visitante estaba en el
-descansillo.
-
-No había entre los dos hombres más que el espesor de una tabla. El
-desconocido se encontraba frente a frente de Raskolnikoff en la
-situación en que éste se había encontrado respecto de la vieja.
-
-El visitante respiró varias veces con fatiga.
-
-«Debe ser grueso y alto», pensó el joven, apretando con la mano el
-mango del hacha. Todo aquello parecía un sueño. Al cabo de un momento,
-el visitante dió un fuerte campanillazo. Creyó percibir cierto ruido en
-la sala. Durante algunos segundos escuchó atentamente; llamó después
-de nuevo, esperó todavía un poco, y de pronto, perdida la paciencia,
-se puso a sacudir la puerta con todas sus fuerzas. Raskolnikoff
-contemplaba con terror el cerrojo que temblaba en su ajuste; temía
-verlo saltar de un momento a otro. Pensó sujetar el cerrojo con la
-mano; pero el hombre hubiera podido desconfiar. La cabeza comenzaba
-a írsele de nuevo. «¡Estoy perdido!», se dijo; sin embargo, recobró
-súbitamente ánimos, cuando el desconocido rompió el silencio.
-
---¿Estarán durmiendo o las habrán estrangulado? ¡Malditas
-mujeres!--murmuraba en voz baja el visitante--. ¡Eh, Alena Ivanovna,
-vieja bruja! ¡Isabel Ivanovna, belleza indescriptible! ¡Abrid!
-
-Exasperado, llamó diez veces seguidas todo lo más fuerte que pudo. Sin
-duda aquel hombre tenía confianza en la casa y dictaba en ella la ley.
-
-Así pensaba Raskolnikoff cuando, de improviso, sonaron en la escalera
-pasos ligeros y rápidos. Era, sin duda, otro que subía al cuarto piso.
-El joven no se enteró al pronto de la llegada del recién venido.
-
---¿Es posible que no haya nadie?--dijo una voz sonora y alegre,
-dirigiéndose al primer visitante, que continuaba tirando de la
-campanilla--. ¡Buenas tardes, Koch!
-
-Por el timbre de la voz comprendió Raskolnikoff que era un jovenzuelo.
-
---¡El demonio lo sabe; poco ha faltado para que haya saltado la
-cerradura!--respondió Koch--; ¿pero usted, cómo me conoce?
-
---¡Vaya una pregunta! ¿No le gané a usted anteayer en el café Gambrinus
-tres partidas seguidas de billar?
-
---¡Ah!
-
---¿De modo que no están? Es extraño, y además estúpido. ¿A dónde habrá
-ido la vieja? Tenía que hablarle.
-
---Yo también.
-
---¿De modo que no hay más remedio que marcharse? ¿Qué hacer? ¡Y yo que
-venía a pedirle dinero prestado!--exclamó el joven.
-
---En efecto; no hay más remedio que marcharse. Pero no comprendo por
-qué no está la bruja en casa habiéndome dado una cita. ¡Pues hay una
-buena caminata de aquí a mi casa! ¿Y a dónde demonios habrá ido? Esta
-bruja no se mueve en todo el año, puede decirse que echa raíces en su
-casa, tiene malas las piernas... ¡y de repente se va de parranda!
-
---Podíamos preguntarle al portero.
-
---¿Para qué?
-
---¡Toma! para saber a dónde ha ido y cuándo volverá.
-
---¡Hum... preguntar!... ¡pero si no sale nunca!--y tiró del cordón de
-la campanilla--. ¡Vaya, es inútil, hay que marcharse!
-
---¡Espere usted!--gritó de repente el joven--. Fíjese, vea usted cómo
-resiste la puerta cuando se tira de ella.
-
---¿Y qué?
-
---Esto prueba que no está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¡Mire
-usted, mire usted cómo suena!
-
---¿Y qué?
-
---¿Pero no comprende usted todavía? Eso prueba que una, por lo menos,
-está en casa. Si las dos hubieran salido, habrían cerrado la puerta por
-fuera con llave, y claro es que no hubieran podido echar el cerrojo por
-dentro. Repare usted el ruido que hace. Es evidente que para pasar el
-cerrojo tiene que estar en casa. ¿Comprende usted? De modo, que están
-dentro y no quieren abrir.
-
---¡Pues es verdad!--exclamó Koch asombrado--. ¿De manera que están ahí?
-
-Y se puso a sacudir furiosamente la puerta.
-
---No siga usted--dijo el joven--; aquí pasa algo extraordinario...
-Usted ha llamado... ha sacudido la puerta con todas sus fuerzas y ellas
-no abren; luego, o están desmayadas o..
-
---¿Qué?
-
---Hay que llamar al _dvornik_ para que las despierte.
-
---¡Buena idea!
-
-Los dos empezaron a bajar.
-
---Espere usted, quédese aquí; iré yo a buscar al _dvornik_.
-
---¿Para qué me he de quedar?
-
---¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?
-
---Está bien.
-
---Verá usted; yo me dispongo a ser juez de instrucción. Aquí hay algo
-que no está claro; esto es evidente, evidentísimo.
-
-Y así diciendo el joven bajó de cuatro en cuatro los peldaños de la
-escalera.
-
-Cuando se quedó solo, Koch llamó otra vez, pero suavemente; después
-se puso con aire distraído a empujar el botón de la cerradura para
-cerciorarse de que la puerta estaba cerrada nada más que con cerrojo.
-Luego, resoplando como un fuelle, se bajó para mirar por el ojo de la
-llave, pero ésta estaba puesta por dentro, de modo que no pudo ver nada.
-
-En pie, del otro lado de la puerta, estaba Raskolnikoff con el hacha
-en la mano y dispuesto a deshacer el cráneo al primero que osara
-asomar la cabeza. Más de una vez, oyendo a los dos curiosos hurgar
-en la puerta y concertarse entre sí, estuvo a punto de acabar de una
-vez y de interpelarlos, pero sin abrir. Por momentos sentía deseos de
-injuriarlos, de insultarlos, de abrir la puerta para hacerles entrar y
-matarlos a ambos. «Mejor será que acabe cuanto antes»--pensaba.
-
---¡Qué diablo! ¡No sube nadie!--se dijo Koch, comenzando a perder la
-paciencia--. ¡Qué diablo!--volvió a decir, y fastidiado de esperar
-abandonó su puesto para bajar en busca del joven.
-
-Poco a poco dejó de oírse el ruido de sus botas, que resonaban
-pesadamente en la escalera.
-
---¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?
-
-Raskolnikoff descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. Tranquilizado
-por el silencio que reinaba en la casa, y, por otra parte, incapaz de
-reflexionar en aquel momento, salió, cerró detrás de sí lo mejor que
-pudo, y empezó a bajar la escalera.
-
-Había descendido ya muchos escalones, cuando se produjo abajo un gran
-estrépito. ¿Dónde ocultarse? No había medio de esconderse en ninguna
-parte, y volvió a subir apresuradamente.
-
---¡Eh, pardiez, espera, aguarda!
-
-El que lanzaba estas voces acababa de salir de un cuarto situado en los
-pisos inferiores y bajaba a saltos gritando:
-
---¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡El demonio se lleve a ese loco!
-
-La distancia no permitió oír más. El hombre que profería aquellas
-exclamaciones estaba ya lejos de la casa. El silencio se restableció;
-pero apenas había cesado esta alarma cuando le sucedió otra. Varios
-individuos que hablaban entre sí en voz alta subían tumultuosamente la
-escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff reconoció la voz chillona
-del joven estudiante.
-
---Son ellos--se dijo, y sin procurar ya escapar, se fué derechamente
-a su encuentro--. Ocurra lo que quiera--añadió. Si me detienen, todo
-ha terminado; y si me dejan escapar, también, porque se acordarán de
-haberme visto en la escalera.
-
-Iba ya a reunirse con ellos, pues sólo les separaba un piso, cuando
-de repente vió la salvación. A pocos escalones delante de él, a la
-derecha, había un cuarto desalquilado, completamente abierto, el mismo
-donde trabajaban los pintores; pero, como si lo hubieran hecho adrede,
-éstos acababan de dejarlo.
-
-Eran, sin duda, los que un momento antes habían salido vociferando. Se
-veía que la pintura estaba todavía fresca; en medio de la sala habían
-dejado los obreros sus útiles, una cubeta, un cacharro con color y
-una brocha. En un abrir y cerrar de ojos Raskolnikoff se escurrió en
-el cuarto desalquilado y se arrimó cuanto pudo a la pared. Ya era
-tiempo: sus perseguidores llegaban al descansillo; pero, sin detenerse,
-subieron al cuarto piso, hablando ruidosamente. Después de cerciorarse
-de que se habían alejado un poco, el asesino salió de puntillas y
-descendió precipitadamente. Nadie en la escalera, nadie en el patio.
-Atravesó rápidamente el umbral, y una vez en la calle dobló la esquina
-de la izquierda.
-
-Comprendía perfectamente que los que le buscaban habían llegado
-en aquel momento a la puerta del cuarto de la vieja, quedándose
-estupefactos al verla abierta.
-
---Indudablemente están examinando los cadáveres--se decía--; sin duda
-les bastará un minuto para adivinar que el asesino ha logrado escapar;
-sospecharán, quizá, que se ha escondido en el cuarto desalquilado del
-segundo piso cuando ellos subían al de la usurera.
-
-Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones, no se atrevía a apresurar
-el paso, aunque estaba aún lejos de la primera esquina.
-
---¿Si me deslizara en un portal, en alguna calle extraviada y esperase
-allí un momento? No, malo. ¿Si fuese a arrojar el hacha a cualquier
-parte? ¿si tomara un coche? ¡Malo, malo!
-
-Al cabo se ofreció ante sus ojos un _pereulok_ y se metió en él más
-muerto que vivo. Allí estaba casi en salvo; así lo comprendió. Era
-difícil que las sospechas recayeran sobre él. Por otra parte, era fácil
-no llamar la atención en medio de los paseantes; pero de tal manera
-aquellas angustias le habían debilitado, que apenas podía sostenerse en
-pie. Por la cara le corrían gruesas gotas de sudor y tenía empapado el
-cuello.
-
---¡Buena la has tomado!--le gritó, al desembocar el canal, uno que le
-creyó borracho.
-
-No se daba cuenta de nada; cuanto más andaba, más se obscurecían sus
-ideas. No obstante, cuando llegó al muelle del Neva, se asustó de
-ver tan poca gente, y temiendo que reparasen en él en un lugar tan
-solitario, se volvió otra vez al _pereulok_; y aunque apenas tenía
-fuerzas para andar, dió un largo rodeo para volver a su domicilio.
-
-Al franquear el umbral no había recobrado aún su presencia de espíritu;
-a lo menos, hasta que llegó a mitad de la escalera no se acordó de que
-llevaba todavía el hacha. La cuestión que tenía que resolver era muy
-grave: se trataba de dejar el hacha donde la había tomado, sin llamar
-en lo más mínimo la atención. Si hubiera estado más tranquilo habría
-comprendido, de seguro, que en vez de dejar el arma en su antiguo
-puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojándola en
-cualquier corral. Sin embargo, todo le resultó a maravilla: la puerta
-del _dvornik_ estaba cerrada, pero sin llave, lo cual hacía suponer
-que el portero no se había ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz en
-aquel instante de discurrir ni de combinar un plan, se fué derecho a la
-puerta y la abrió. Si el portero le hubiese preguntado: «¿Qué quiere
-usted?», quizá el joven le habría entregado sencillamente el hacha;
-pero esta vez, como la anterior, el _dvornik_ había salido, lo que dió
-facilidad a Raskolnikoff para colocar el hacha debajo del banco, en el
-sitio donde la había encontrado. En seguida subió la escalera y llegó
-a su habitación sin tropezarse con nadie: la puerta del cuarto de la
-patrona estaba cerrada. Cuando entró en su aposento se echó vestido
-en el diván, y aunque no se durmió, quedó en estado inconsciente.
-Si hubiese entrado alguien en su habitación, habríase levantado
-bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban
-en el cerebro.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-
-I
-
-Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces salía de su
-somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se
-le ocurría la idea de levantarse. Luego notó que empezaba a amanecer.
-Echado boca arriba en el sofá, no había podido recobrarse de la especie
-de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oyó gritos terribles y
-desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba
-todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que salía de
-las tabernas.
-
-Aquel ruido le despertó.
-
---¡Ah, son borrachos!--pensó--. Las dos--y sintió un brusco sobresalto,
-como si le hubiesen levantado con violencia del sofá--. ¡Cómo! ¡Las dos
-ya!--Se sentó en el diván y lo recordó todo.
-
-En el primer momento creyó que se volvía loco. Sentía mucho frío, que
-procedía, sin duda, de la fiebre que le había asaltado durante el
-sueño. Ahora tiritaba de tal modo que le castañeteaban los dientes.
-Abrió la puerta y se puso a escuchar; todo dormía en la casa. Echó
-una mirada sobre su persona y en derredor suyo. ¿Cómo, el día antes,
-al entrar en su habitación, se le olvidó de cerrar la puerta con
-el pestillo? ¿Por qué se había echado en el sofá, no solamente sin
-desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este había rodado por
-el suelo. «Si alguno entrase aquí, qué pensaría? De seguro me creería
-borracho; pero...»
-
-Se acercó a la ventana. Era ya día claro. El joven se examinó de
-pies a cabeza para ver si tenía alguna mancha en la ropa; pero no se
-podía fiar de una inspección hecha de aquel modo; siempre temblando,
-se desnudó y miró de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso
-de precaución repitió este examen tres veces seguidas. No descubrió
-nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del
-pantalón, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo,
-y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se
-acordó de que la bolsa y los objetos que había tomado del cofre de la
-vieja seguían en sus bolsillos. No había pensado en sacarlos ni en
-ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurrió tampoco momentos antes
-cuando examinaba su ropa. «¡Si parece imposible!»
-
-En un abrir y cerrar de ojos se vació los bolsillos y puso su contenido
-sobre la mesa. Después de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse
-de que no quedaba nada en ellos, lo llevó todo a un rincón del cuarto.
-En aquel sitio, la tapicería destrozada se destacaba de la pared, y
-allí fué, bajo el papel, donde metió las alhajas y la bolsa.
-
---Así, ni visto ni conocido--pensó con alegría, medio incorporándose;
-y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba
-desgarrada, bostezaba más aún.
-
-De pronto, el terror agitó sus miembros.
-
---¡Dios mío!--murmuró con desesperación--. ¿Qué es lo que me pasa?
-¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas?
-
-A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su
-intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad
-de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.
-
---¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?--se decía--. ¿Es éste el
-modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón.
-
-Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte
-temblor.
-
-Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se
-encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un
-sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo.
-
-Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento
-fué examinar de nuevo sus vestidos.
-
---¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo
-corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en
-ello! ¡Semejante pieza de convicción!
-
-Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió
-con la ropa que tenía debajo de la almohada.
-
---Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar
-sospechas; por lo menos así lo creo--repetía en pie, en medio de la
-sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en
-derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada.
-
-Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón,
-hasta la más elemental prudencia, le abandonaba.
-
---¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto.
-
-Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en
-medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.
-
---¿Pero dónde tengo yo la cabeza?--exclamó como anonadado.
-
-Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo
-ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se
-había enterado de las manchas.
-
-De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre.
-
-Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda
-cuando la guardé.
-
-En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en
-el forro.
-
---La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de
-reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación--pensó gozoso,
-lanzando un suspiro de satisfacción--; todo ello ha sido un instante de
-fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio.
-
-Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del
-pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta
-de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios
-reveladores. Se descalzó.
-
---¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de
-sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero
-qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos
-trapajos y del forro del bolsillo?
-
-Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos
-que le denunciaban y le comprometían.
-
---Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán
-primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo
-ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor
-será tirarlo--repetía sentándose nuevamente en el diván--; pero en
-seguida, sin pérdida de tiempo.
-
-Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las
-manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió
-en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo
-presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en
-cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse
-y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos
-dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien
-llamaba.
-
---¡Abre si no te has muerto!--gritó la criada--. ¡Se pasa la vida
-durmiendo, tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te
-digo; son ya las diez dadas!
-
---Puede que no esté--dijo una voz de hombre.
-
---Es la voz del _dvornik_...--se dijo Raskolnikoff, y temblando se
-sentó en el sofá.
-
-Le latía el corazón hasta hacerle daño.
-
---¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?--dijo Anastasia--.
-Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve.
-Abre, despiértate...
-
---¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el _dvornik_? Todo se ha
-descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!
-
-Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La
-habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin
-levantarse del sofá. Anastasia y el _dvornik_ aparecieron en el umbral.
-La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven
-miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó
-un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.
-
---Es una citación. Procede de la comisaría--dijo el _dvornik_.
-
---¿De qué comisaría?
-
---¡De cuál ha de ser! De la de policía.
-
---¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?
-
---¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en
-boca.
-
-El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor
-suyo y se dispuso a retirarse.
-
---Parece que estás peor--observó Anastasia, que no separaba los ojos de
-Raskolnikoff.
-
-El _dvornik_ volvió la cabeza.
-
---Desde ayer tiene fiebre--añadió la criada.
-
-El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.
-
---Quédate acostado--prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver
-que se disponía a levantarse--. Estás enfermo, no vayas. No es cosa
-urgente. ¿Qué tienes en las manos?
-
-El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y
-el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde,
-tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto,
-en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho
-quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.
-
---¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un
-tesoro!...
-
-Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que
-le era habitual.
-
-Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en
-las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se
-encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a
-un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»
-
---¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...
-
---No, voy allá, voy en seguida--balbuceó.
-
---¿Pero podrás bajar la escalera?
-
---Quiero ir.
-
---Allá tú.
-
-Anastasia salió detrás del _dvornik_. Raskolnikoff se puso en seguida
-a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy
-visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no
-sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio
-donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»
-
-Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero
-tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era
-una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía
-del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las
-nueve y media de aquel mismo día.
-
---¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y
-hoy precisamente!--se dijo, presa de la más viva ansiedad--. ¡Señor,
-haced que esto acabe lo más pronto posible!
-
-En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no
-de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.
-
---Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor,
-me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al
-polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.
-
-Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y
-disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner
-riéndose otra vez.
-
---Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber
-son conjeturas, suposiciones y nada más.
-
-Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar.
-
---¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.
-
-Al abatimiento siga la hilaridad.
-
---No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan...
-¡Esto es miedo!
-
-Le dolía la cabeza a causa del calor.
-
---Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia
-para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus
-baterías--continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la
-escalera--. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna
-tontería.
-
-Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera
-estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto.
-
---Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.
-
-Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con
-tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto.
-
---¡Con tal de que se acabe pronto!
-
-Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera,
-dirigió furtivamente una mirada inquieta a _la casa_; pero al punto
-volvió la vista.
-
---Si me interrogan quizá confiese--pensaba al aproximarse a la oficina.
-
-Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto
-piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes
-de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven
-había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin
-importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar
-en el patio vió a un _mujick_ con un libro en la mano, que bajaba una
-escalera situada a la derecha.
-
---Debe de ser un _dvornik_; por consiguiente, es aquí donde se
-encuentra la oficina.
-
-Subió al azar; no quería preguntar a nadie.
-
---Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo--pensaba mientras
-subía al cuarto piso.
-
-La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua
-sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la
-escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual
-hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los _dvorniks_ con
-sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos
-de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La
-puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par.
-
-Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos
-_mujicks_. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además,
-el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza
-que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el
-departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas
-y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué
-atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban
-varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos
-tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos.
-
---¿Qué se le ofrece?
-
-El joven mostró la citación enviada por la comisaría.
-
---¿Es usted estudiante?--preguntó el escribiente después de haber
-ojeado el papel.
-
---Sí, antiguo estudiante.
-
-El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un
-hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.
-
---De éste nada he de saber, porque todo le es igual--pensó Raskolnikoff.
-
---Diríjase usted al jefe de la Cancillería--añadió el escribiente
-señalando con la mano la última dependencia.
-
-Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y
-estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que
-acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto,
-denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía
-lo que este funcionario le dictaba.
-
-La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un
-tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones
-extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud
-expectante.
-
-Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó
-sobre él una rápida ojeada y dijo:
-
---Espere usted un poco--y siguió dictando a la señora de luto.
-
-El joven respiró con más libertad.
-
---Indudablemente no se me llama para _aquello_. Poco a poco recobraba
-valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.
-
---La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme...
-es un mal que no haya aire aquí--añadió--; se ahoga uno y mi razón
-vacila...
-
-Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara
-la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar
-algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda
-su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía
-esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven
-de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad;
-vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo
-partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy
-cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena
-de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en
-francés y se quedó tan satisfecho.
-
---Tome usted asiento, Luisa Ivanovna--dijo a la señora lujosa, que
-permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al
-lado.
-
---_Itch danke_--respondió la señora sentándose y ahuecando con un
-ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.
-
-Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro,
-guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho;
-pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar
-tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada;
-sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la
-señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un
-oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra
-galoneada y se sentó en una butaca.
-
-Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e
-inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor
-caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.
-
-Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos
-bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero
-no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff
-de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el
-aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su
-traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la
-mirada del oficial, que éste se ofendió.
-
---¿Qué se te ofrece?--dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante
-desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.
-
---Se me ha hecho venir... He sido citado--balbució Raskolnikoff.
-
---Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda--se
-apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus
-papelotes--. Entérese usted--y presentó un cuaderno a Raskolnikoff
-señalándole una parte de lo escrito--. Lea usted.
-
---¿Dinero? ¿Qué dinero?--pensó el joven sorprendido y alegre al mismo
-tiempo--. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir
-aquí?
-
-Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...
-
---¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?--le preguntó
-el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento--. Se le cita a usted a las
-nueve y son más de las once.
-
---Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora--replicó vivamente
-Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se
-abandonaba con placer--; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo,
-aquí me tienen ustedes.
-
---¡No grite usted!
-
---No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy
-estudiante y no permito que se me hable de este modo.
-
-Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer
-momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar
-de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su
-asiento y dijo:
-
---¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted
-insolente!
-
---También lo está usted--replicó Raskolnikoff con violencia--, y no
-contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta
-usted a todos al respeto.
-
-Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.
-
-El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El
-fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.
-
---Eso no le importa a usted--respondió levantando aún más la voz a
-fin de ocultar su cortedad--; preste la declaración que se le pide.
-Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque
-no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!
-
-Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel,
-impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos
-veces, sin comprender nada.
-
---¿Qué es esto?--preguntó al jefe de la Cancillería.
-
---Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene
-usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué
-fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa
-usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted
-posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es
-libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las
-leyes.
-
---¡Si no debo nada a nadie!
-
---Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio,
-protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a
-la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda
-Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a
-usted para tomarle declaración.
-
---Pero desde el momento que se trata de mi patrona...
-
---¿Qué importa que sea la patrona de usted?
-
-El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente
-piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender
-a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores.
-¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La
-reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena
-de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas?
-Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo
-ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la
-satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel
-momento todo su ser.
-
-En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y
-cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta,
-inmediata, puramente instintiva.
-
-De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría.
-El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su
-prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así
-es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde
-la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida
-sonrisa.
-
---Y di tú, bribona--gritó el ayudante (la señora de luto se había
-retirado ya)--, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada?
-¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras!
-¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya
-diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me
-agota la paciencia!
-
-El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y
-miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca
-consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba,
-y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que
-tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.
-
---Ilia Petrovitch--comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero
-comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería
-inoportuna, se detuvo.
-
-Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada
-podía contenerlo.
-
-En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre
-su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña,
-a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una
-expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en
-las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas
-reverencias y esperaba que se la dejase hablar.
-
---En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor
-capitán--se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se
-expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)--. No, señor, no
-hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres
-botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que,
-como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la
-mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que
-no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer
-caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el
-_dvornick_, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta,
-y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera
-en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se
-acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco.
-¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la
-ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por
-detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le
-desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del
-daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos,
-señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha
-armado todo el escándalo.
-
---¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...
-
---¡Ilia Petrovitch!--volvió a decir en tono significativo el jefe de la
-Cancillería.
-
-El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente
-la cabeza.
-
---Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra,
-respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro
-escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice
-en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no
-olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!
-
-Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro;
-pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo
-reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro
-fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien
-cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa
-Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho
-dando saltitos.
-
---¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba,
-el huracán!--dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a
-su ayudante--. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te
-has disparado. Te he oído desde la escalera.
-
---¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?--repuso negligentemente
-Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa--. Ese
-caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga
-sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es
-citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro
-en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería
-respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está.
-¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?
-
---Pobreza no es vicio, amigo mío--replicó Nikodim Fomitch--. Sabemos
-perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le
-habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha
-podido contenerse--prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff--; pero
-se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo
-aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en
-cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento
-le llamábamos «el oficial pólvora...»
-
---¡Qué regimiento aquél!--exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las
-delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.
-
-Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.
-
---Perdóneme usted, capitán--comenzó a decir en tono melifluo,
-dirigiéndose a Nikodim Fomitch--. Póngase usted en mi lugar. Estoy
-pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he
-cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por
-la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de
-medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi
-hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi
-patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy
-lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La
-verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de
-cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.
-
---Eso no es de mi incumbencia--observó de nuevo el jefe de la
-Cancillería.
-
---Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique--...replicó
-Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su
-interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch,
-aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera
-absorto en sus papeles--. Permítanme ustedes que les diga que vivo en
-casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por
-qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi
-promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no
-estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me
-abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.
-
---No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no
-tenemos tiempo de escuchar--interrumpió groseramente Ilia Petrovitch;
-pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo
-hablar.
-
---Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las
-cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a
-ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus;
-yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona
-se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía
-confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un
-pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe
-de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento,
-continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que
-jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese
-documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo
-un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma!
-¿Qué les parece a ustedes?
-
---Todos esos pormenores patéticos no nos interesan--replicó con
-insolencia Ilia Petrovitch--. Tiene usted que prestar la declaración
-y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus
-amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver
-con ellos.
-
---¡Oh, qué cruel eres!--murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado
-delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía
-avergonzado.
-
---Escriba usted--dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.
-
---¿Qué es lo que tengo que escribir?--preguntó el joven brutalmente.
-
---Lo que yo le dicte.
-
-Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de
-la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se
-sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se
-había apoderado en su espíritu instantáneamente.
-
-Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un
-minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios
-de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el
-contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese
-ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado
-probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se
-había vaciado su corazón.
-
-Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no
-era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus
-expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había
-producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia
-bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los
-pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo
-hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado.
-Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.
-
-Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes
-hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía
-que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana,
-que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento
-antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no
-sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes
-más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.
-
-El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la
-declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi
-deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que
-poseo, etc.»
-
---No puede usted escribir, le tiembla la mano--dijo el jefe de la
-Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff--. ¿Está usted
-enfermo?
-
---Sí; se me va la cabeza. Siga usted.
-
---Ya está todo; firme usted.
-
-El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.
-
-Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en
-la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un
-clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que
-había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim
-Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle
-en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de
-la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que
-hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.
-
---¿No sería mejor reflexionar un instante?--pensó--. No, más vale
-dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta
-carga.
-
-Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim
-Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación
-animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.
-
---¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen
-cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al _dvornick_ para
-denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No,
-eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos _dvorniks_ y una
-vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera
-en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban
-tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse
-le oyeron preguntar a los _dvorniks_ dónde vivía la vieja. ¿Hubiera
-hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble
-asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del
-platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena
-Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las
-habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...
-
---Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica.
-Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos
-después, cuando volvieron con el _dvornik_, estaba abierta.
-
---Ahí está el _busilis_; es indudable que el asesino se encontraba en
-el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el
-cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la
-simpleza de bajar en busca del _dvornik_. Sin duda el asesino aprovechó
-ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de
-narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme
-allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!»
-Quiere mandar que canten un _Te Deum_. ¡Je, je, je!
-
---¿Y nadie vió al asesino?
-
---¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?--dijo el
-jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.
-
---La cosa es clara, la cosa es clara--repitió vivamente Nikodim Fomitch.
-
---Antes digo yo que es muy obscura--repitió Ilia Petrovitch.
-
-Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar
-a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en
-una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le
-ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim
-Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff
-se levantó.
-
---¿Está usted enfermo?--le preguntó con tono bastante seco el comisario
-de policía.
-
---Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la
-pluma--dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de
-su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.
-
---¿Hace mucho tiempo que está usted malo?--dijo desde su sitio Ilia
-Petrovitch.
-
---Desde ayer--balbució el joven.
-
---¿Ayer salió usted de casa?
-
---Sí.
-
---¿A qué hora?
-
---Entre siete y ocho de la tarde.
-
---¿Y a dónde fué usted?
-
---A la calle.
-
-Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió
-nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos
-ante la mirada del oficial.
-
---Puede apenas tenerse en pie, y tú...--empezó a decir Nikodim Fomitch.
-
---No importa--respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch.
-
-El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos
-al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en
-él y guardó silencio.
-
---Está bien--dijo Ilia Petrovitch--; puede usted retirarse.
-
-Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando
-ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía
-con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se
-elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...
-
-En la calle, el joven recobró todos sus ánimos.
-
---Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida
-de tiempo--repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa--. ¡Los
-bribones! ¡Sospechan!
-
-Volvió a asaltarle el terror.
-
-
-II
-
---¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los
-encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie
-ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he
-podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?
-
-Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las
-alhajas, que en junto eran ocho.
-
-Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había
-además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de
-periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser
-una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos
-procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió,
-dejando la puerta abierta de par en par.
-
-Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le
-faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media
-hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por
-consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de
-convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y
-sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?
-
-Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al
-canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había
-decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los
-cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo
-todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.
-
-Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal
-Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas
-escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre
-se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un
-barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra
-parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido
-menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir
-sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para
-arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches
-sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los
-paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía
-que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se
-ocupaba en él.
-
-Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos
-aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la
-concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración
-importante, estaría más lejos de su barrio.
-
---¿En qué consiste--se preguntó, con asombro Raskolnikoff--, que desde
-hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas
-objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido
-media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi
-resolución en un momento de delirio.
-
-Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era
-preciso apresurarse.
-
-Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba
-andando, se le ocurrió otra idea.
-
---¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No
-sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo?
-Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al
-pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder
-reconocerlo más tarde.
-
-Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una
-determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió
-llevarla a cabo.
-
-Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la
-perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la
-entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo
-suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo
-que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.
-
-No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y
-después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún
-otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan.
-Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que
-lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que
-lo menos pesaría sesenta libras.
-
-Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de
-los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde
-fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar
-en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por
-consiguiente, le convenía apresurarse.
-
-Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y,
-reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado
-por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que
-llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin
-embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó
-la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes;
-lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco
-removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y
-nada podía notarse.
-
-Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de
-policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi
-imposible de soportar.
-
---Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría
-ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda,
-ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la
-quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar
-que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!
-
-Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza
-riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la
-avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.
-
-Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya
-importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera
-vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.
-
---¡Vaya al diablo todo ello!--se dijo en un repentino acceso de
-cólera--. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea
-la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido
-y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas
-tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia
-Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis
-simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!
-
-Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión
-hasta entonces inesperada y excesivamente simple.
-
---Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y
-no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido
-derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que
-contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un
-acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No
-querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a
-las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?
-
-Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff,
-se detuvo cerca del puente.
-
---¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por
-sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro
-día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No
-importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del
-golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?
-
-Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.
-
-Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él
-mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía
-cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en
-zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin
-estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo
-estupor.
-
---¡Caramba! ¿Tú por aquí?--exclamó, mirándole de pies a cabeza,
-e interrumpiéndose empezó a silbar--. ¿Es posible que tan mal
-vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este
-servidor--continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos
-de su compañero--. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.
-
-Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que
-el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.
-
---¿Sabes que estás enfermo de verdad?
-
-Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.
-
---Es inútil--dijo--. He venido porque... no tengo lecciones... y
-quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?
-
---¿Sabes una cosa? Que estás disparatando--observó Razumikin mirando
-atentamente a su amigo.
-
---No, no disparato--repuso levantándose Raskolnikoff.
-
-Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a
-encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con
-quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a
-punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado
-el umbral de Razumikin.
-
---¡Adiós!--dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.
-
---¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!
-
---Es inútil--replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había
-tomado.
-
---Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi
-una ofensa y no te dejaré marchar.
-
---Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más
-que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace
-falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de
-los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que
-me dejen en paz es lo que deseo!
-
---¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te
-pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he
-descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una
-lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes.
-Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por
-comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir
-que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi
-editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del
-día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y
-media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia
-que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si
-la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la
-demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto
-para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga
-está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas
-y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que
-ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un
-éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que
-hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a
-ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original,
-pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te
-ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda
-hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas
-terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto
-he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en
-ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que
-a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea
-de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me
-hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?
-
-Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres
-rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de
-asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina,
-volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa
-las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar
-los labios.
-
---¡Tú estás loco!--vociferó Razumikin, ya colérico--. ¿Qué comedia
-estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios
-has venido?
-
---No tengo necesidad de traducciones--murmuró Raskolnikoff empezando ya
-a bajar la escalera.
-
---Entonces, ¿de qué tienes necesidad?--le gritó Razumikin desde el
-rellano de su puerta.
-
-El otro, callado, siguió bajando.
-
---Dime siquiera dónde vives.
-
-Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.
-
---¡Ea! ¡vete a freír espárragos!
-
-Raskolnikoff estaba ya en la calle.
-
-El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por
-dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó
-en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó
-dormido...
-
-Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible.
-¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran
-gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como
-nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía
-por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las
-quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con
-extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.
-
-La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible
-comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más!
-La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal
-que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada
-por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente,
-Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de
-reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.
-
---¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da
-puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro,
-no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo
-indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué?
-El mundo está revuelto.
-
-De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y
-exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se
-cerraban con estrépito.
-
---Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?--decía creyendo seriamente que
-la locura tomaba posesión de su cerebro.
-
-Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos...
-
---Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por
-lo de ayer... ¡Oh Señor!
-
-Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el
-brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la
-puerta; el terror le helaba el alma...
-
-Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona
-gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas.
-Finalmente, se calló también y no se oyó más.
-
---¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero
-la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos
-dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan
-exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan
-en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los
-vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha
-venido aquí ese hombre?
-
-Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo
-dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como
-nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia.
-Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró
-atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa
-y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara.
-
---Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de
-Dios a pesar de la fiebre...
-
---Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona?
-
-La criada le miró fijamente.
-
---¿Que han pegado a la patrona?
-
---Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del
-comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha
-maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido?
-
-Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante
-largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó
-turbado.
-
---Anastasia, ¿por qué no me contestas?--preguntó tímida y débilmente.
-
---Es la sangre--murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.
-
---¡La sangre!... ¿Qué sangre?--balbució Raskolnikoff poniéndose más
-pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.
-
-Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.
-
---Nadie ha pegado a la patrona--dijo, al fin, con sequedad.
-
-El joven la miró, respirando apenas.
-
---Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván--repuso
-con voz más temblorosa aún--. He escuchado durante largo rato... Ha
-venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos
-a la escalera...
-
---Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene
-salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?
-
-El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le
-miraba con ojos furiosos.
-
---Dame agua.
-
-La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro
-lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos
-de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de
-agua fría desmayándose en seguida.
-
-
-III
-
-Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo
-privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril
-semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas:
-ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo;
-querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo
-disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación;
-todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando
-la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían
-y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de
-la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre
-que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía
-dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto
-de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía
-un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su
-enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero _aquello_, _aquello_
-lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba
-que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se
-atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía
-furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su
-lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis
-le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por
-completo el uso de sus sentidos.
-
-Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba
-en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el
-muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia
-se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a
-quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un
-joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un
-_artelchtchit_[13].
-
- [13] Miembro de una sociedad de obreros o de empleados.
-
-Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó
-un poco.
-
---¿Quién es, Anastasia?--preguntó, señalando al joven.
-
---¡Ha vuelto en sí!--dijo la criada.
-
---¡Ha vuelto en sí!--repitió el _artelchtchit_.
-
-Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A
-causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones.
-Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros,
-curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante
-agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era,
-además, excesivamente pudorosa.
-
---¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff dirigiéndose al
-_artelchtchit_.
-
-En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que
-penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta
-estatura.
-
---¡Vaya un camarote de barco!--exclamó al entrar--. Siempre doy con la
-cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una habitación! ¡Vamos, amigo
-mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir!
-
---Sí, ha recobrado el sentido--repitió como un eco el dependiente,
-sonriéndose.
-
---¿Quién es usted?--interrogó bruscamente Razumikin--. Yo me llamo
-Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo
-mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es!
-
---Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para
-cierto asunto...
-
---Siéntese usted en esta silla--dijo Razumikin ocupando él otra
-al lado opuesto de la mesa--. Has hecho muy bien en recobrar el
-conocimiento--añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff--. Cuatro días
-hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas
-un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a
-Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente,
-y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple
-debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste
-gravedad ninguna.
-
---¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero
-abusar de su tiempo--añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al
-empleado--. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte,
-Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el
-señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día?
-
---El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la
-casa.
-
---Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad?
-
---Sí. Es un hombre de más capacidad.
-
---¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.
-
---Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch
-Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía
-a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle--dijo
-el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff--. Si posee
-usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta
-y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio
-Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del
-envío de esa cantidad.
-
---Sí; me acuerdo... Vakruchin...--dijo Raskolnikoff, procurando hacer
-memoria.
-
---¿Quiere usted firmarme el recibo?
-
---Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?--dijo Razumikin.
-
---Sí, aquí está.
-
---Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te
-sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el
-dinero es la miel de la humanidad.
-
---Yo no tengo necesidad de dinero--dijo Raskolnikoff, rechazando la
-pluma.
-
---¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?
-
---No firmo.
-
---¡Pero si tienes que dar un recibo!
-
---No tengo necesidad de dinero.
-
---¿No tienes necesidad de dinero?--repitió Razumikin--. Amigo mío,
-faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no
-sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto
-es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto...
-Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará.
-Vamos, ayúdeme usted.
-
---No; puedo volver otra vez.
-
---De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre
-razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este
-señor... ya ves que te espera.
-
-Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.
-
---Deja; lo haré yo solo--dijo éste.
-
-Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y
-se marchó.
-
---¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?
-
---Sí--respondió Raskolnikoff.
-
---¿Hay sopa?
-
---Algo queda de ayer--respondió Anastasia que no había salido de la
-habitación durante toda esta escena.
-
---¿Sopa de arroz con patatas?
-
---Sí.
-
---Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te.
-
---Bueno.
-
-Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido.
-Resolvió callarse y esperar.
-
---Me parece que no deliro--pensaba--; todo esto es muy real.
-
-Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que
-serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el
-servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la
-carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía
-largo tiempo; hasta el mantel era limpio.
-
---Anastasia--dijo Razumikin--, Praskovia Pavlovna no haría mal en
-enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni
-gota.
-
---De nada te privas--murmuró la criada y fué a hacer el encargo.
-
-El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención.
-Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso
-sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que
-no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le
-llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces
-para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa
-estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas;
-pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando
-que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.
-
-En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.
-
---¿Quieres te?
-
---Sí.
-
---Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta
-infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está
-la cerveza.
-
-Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se
-puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días.
-
---Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa--murmuró con la
-boca llena--. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey;
-me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para
-qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha.
-Anastasia, ¿quieres cerveza?
-
---¿Te burlas de mí?
-
---¿Pero un poco de te sí tomarás?
-
---Eso sí.
-
---Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.
-
-Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó
-su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que
-cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas
-para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin
-decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en
-el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la
-cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi
-instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular
-cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en
-acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después
-de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con
-un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer
-sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff
-tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda
-muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de
-preocuparle.
-
---Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para
-preparar la bebida a Raskolnikoff--dijo Razumikin volviendo a sentarse
-en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.
-
---¿Y dónde va a buscar la frambuesa?--preguntó Anastasia que, teniendo
-el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través
-del azúcar».
-
---Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha
-pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como
-un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví
-encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día
-me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían
-olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había
-sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de
-que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé
-sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de
-Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los
-nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de
-Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues
-bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación
-de tu domicilio. Estás inscrito allí.
-
---¿Que estoy inscrito?
-
---¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general
-Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de
-todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo
-dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado
-a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el _dvornik_, con
-Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin,
-con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a
-Anastasia.
-
---Por fuerza la has embrujado--murmuró la criada con una sonrisa
-maliciosa.
-
---Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te
-entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con
-Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día
-de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres?
-¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el
-proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy
-al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que
-soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece
-que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?
-
---Sí--balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.
-
-No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.
-
---¿Verdad que sí?--exclamó Razumikin--. ¿No es una mujer muy
-inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que
-no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que
-treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan.
-Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual,
-porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes
-imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha
-sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones
-ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para
-que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha
-asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con
-ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y,
-naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en
-eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que
-tu madre pagaría...
-
---He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la
-miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida--dijo
-Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.
-
---Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de
-Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar.
-Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada
-contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre
-de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El
-firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su
-madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco
-rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante
-apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por
-su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por
-qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías
-inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver
-en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado
-y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios
-las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese
-Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise,
-para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de
-negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido
-perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento
-respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador
-por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez
-rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora,
-no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.
-
---¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?--preguntó Raskolnikoff,
-después de una pausa.
-
---Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre
-todo cuando he venido con Zametoff.
-
---¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...
-
-Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó
-los ojos en Razumikin.
-
---¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir
-porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera
-sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío;
-maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos
-todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio.
-¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él
-a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...
-
---¿He disparatado mucho durante mi delirio?
-
---Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.
-
---¿Qué es lo que decía?
-
---¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está
-en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para
-ocuparnos en nuestros asuntos.
-
-Y así diciendo se levantó tomando su gorra.
-
---¿Qué es lo que decía?
-
---¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto?
-tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la
-cuestión, pero has hablado mucho de un _bulldog_, de pendientes, de
-cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un _dvornik_... ¡qué sé
-yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir
-en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas
-de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos
-los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en
-tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas...
-Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro
-horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la
-colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas!
-Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no
-entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto.
-Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas
-volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso
-entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once
-dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le
-falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por
-mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.
-
---¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?--dijo la
-sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el
-cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la
-puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió
-muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la
-patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el
-estudiante.
-
-Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado
-la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia
-febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en
-aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una
-cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados,
-pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté
-restablecido para quitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían
-todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer
-ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace
-un minuto.»
-
-Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad.
-Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De
-repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la
-tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo
-escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió
-la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del
-pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó
-antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó
-entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota
-estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido
-tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff
-no había podido notar nada.
-
---¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se
-me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy
-confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces
-también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué
-ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?--murmuraba
-Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá--. ¿Qué pasa? ¿Estoy
-delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora
-recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio
-que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas.
-Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi
-gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias
-a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir.
-Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de
-Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar
-conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré
-de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más
-necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de
-andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más
-que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo
-me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...?
-También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.
-
-Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso
-y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el
-estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las
-sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina
-dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes
-se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los
-párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien
-con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se
-quedó profundamente dormido.
-
-Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de
-abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y
-permanecía de pie en el umbral.
-
-Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de
-un hombre que trata de recordar algo.
-
---Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el
-paquete--gritó Razumikin a la criada que estaba abajo--; voy a darte
-mis cuentas.
-
---¿Qué hora es?--preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una
-mirada inquieta.
-
---¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando
-te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.
-
---¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!
-
---¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio
-urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres
-horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y
-tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff;
-había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme
-en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis
-trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un
-tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el
-paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?
-
---Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás
-aquí, Razumikin?
-
---Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te
-despertases.
-
---No hablo de ahora sino de antes.
-
---¿Cómo de antes?
-
---¿Desde cuándo vienes a esta casa?
-
---Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?
-
-Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los
-incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en
-vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.
-
---¡Hum!--dijo éste--; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la
-otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien.
-Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido
-amigo--y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto
-de todas sus preocupaciones--. Esto, amigo mío, es lo que más me
-interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por
-arriba. ¿Ves esta gorra?--dijo, sacando del envoltorio una muy decente,
-aunque ordinaria y de poco valor--. ¿Me dejas que te la pruebe?
-
---No, ahora no, más tarde--contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo
-con un gesto de impaciencia.
-
---Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después
-sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la
-noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la
-medida. ¡Te está perfectamente!--exclamó con aire de triunfo después de
-haberle probado la gorra--. Cualquiera diría que te la han hecho a la
-medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?--dijo
-encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.
-
---¿Dos grivnas?--respondió Anastasia.
-
---¡Dos grivnas! ¿Estás loca?--gritó Razumikin--. Ahora por dos grivnas
-no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque
-está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy
-orgulloso de él--y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza
-de ligera tela de verano--. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía
-muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que
-el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son
-mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más
-flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo
-es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no
-comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese
-principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano.
-Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás
-éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido
-tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado.
-¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos
-de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero
-desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en
-el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las
-vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin
-duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de
-balde.
-
---Pero acaso no le vengan--observó Anastasia.
-
---¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?--replicó
-Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y
-agujereada--. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy
-concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo
-con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de
-moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco,
-dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un
-rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks.
-Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según
-mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva
-mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto
-a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos
-quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka
-ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un
-crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca,
-porque tu enfermedad está en tu camisa...
-
---Déjame, no quiero--respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro
-había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.
-
---Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles?
-Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame--y a pesar de la
-resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.
-
-El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante
-dos minutos.
-
---¿No me dejarán tranquilo?--pensaba--. ¿Y con qué dinero se ha
-comprado todo esto?--preguntó en seguida, mirando a la pared.
-
---¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu
-madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que
-te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?
-
---Sí, ya me acuerdo--dijo Raskolnikoff después de haberse quedado
-pensativo y sombrío.
-
-Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la
-puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera
-de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.
-
---¡Zosimoff! ¡Por fin!--gritó alegremente Razumikin.
-
-
-IV
-
-El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso,
-de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía
-el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo.
-Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso
-anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que
-no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y
-pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables,
-y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían
-algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire
-de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía
-en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban
-insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.
-
-He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los
-sentidos.
-
---Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?--preguntó Zosimoff a
-Raskolnikoff, mirándole atentamente.
-
-Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del
-enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.
-
---¡Siempre hipocondríaco!--continuó Razumikin--; hace poco, cuando le
-hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.
-
---Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario
-contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de
-cabeza, ¿no es verdad?
-
---Estoy perfectamente--dijo Raskolnikoff irritado.
-
-Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá
-y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre
-la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba
-atentamente.
-
---¡Muy bien! Nada de particular--dijo con cierta indiferencia--. ¿Has
-tomado algo?
-
-Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía
-dársele.
-
---Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos
-los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque
-esta advertencia es ociosa.
-
-Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:
-
---Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera
-podido... de todos modos está bien.
-
---Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo--dijo Razumikin--,
-iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.
-
---Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin,
-mañana veremos.
-
---Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que
-está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros,
-aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?--preguntó
-Razumikin al doctor--; lo has prometido, no faltes a tu palabra.
-
---Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite?
-
---¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión
-de amigos.
-
---¿Y quiénes son tus huéspedes?
-
---Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué
-negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada
-cinco años.
-
---¿En qué se ocupa?
-
---En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una
-pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él,
-aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de
-instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces.
-
---¿Es también pariente tuyo?
-
---Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un
-día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir?
-
---¡Oh! ¡Me río de él!
-
---Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un
-profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff.
-
---Dime, te lo ruego, lo que tú o éste--Zosimoff señaló con un
-movimiento de cabeza a Raskolnikoff--tenéis de común con ese Zametoff.
-
---Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay
-algo común; traemos cierto negocio entre manos.
-
---Me gustaría saber qué negocio es ése.
-
---A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en
-libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro;
-nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace.
-
---¿A qué pintor te refieres?
-
---¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que
-el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre
-prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen.
-
---Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos
-asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto
-punto... He leído algo en los periódicos.
-
---También mataron a Isabel--dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a
-Raskolnikoff.
-
---¡Isabel!--murmuró el enfermo con voz casi ininteligible.
-
---Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la
-patrona. Por cierto que te hizo una camisa.
-
-Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con
-gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado
-el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los
-miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija
-en la florecilla de papel.
-
---¿Luego resultan cargos contra ese pintor?--preguntó Zosimoff
-interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó
-silencio.
-
---Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente
-lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como
-la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco
-interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver
-una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente
-esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de
-ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de
-tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba
-hablando de él.
-
-El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.
-
---Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin--le
-dijo--; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.
-
---Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las
-garras de la justicia--exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre
-la mesa--. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan;
-cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto
-que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es
-que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a
-Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La
-puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el
-portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos.
-¡Vaya una lógica que me gastan!
-
---No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que
-detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en
-relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados
-después del vencimiento?
-
---Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal
-rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra
-los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es
-ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas.
-Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos.
-«Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de
-interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un
-sumario.
-
---¿Sabes tú interpretar los hechos?
-
---Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la
-íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la
-verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto?
-
---Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has
-contado el suceso.
-
---Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la
-mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff,
-a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por
-ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin,
-campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó
-a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y
-con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de
-las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor,
-parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase
-dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta:
-«¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le
-pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir,
-un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo
-tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé
-que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al
-hablar de este modo--prosiguió Razumikin--, mentía descaradamente;
-conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una
-alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la
-policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a
-Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que
-se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del
-distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado.
-Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después
-de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su
-rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No
-vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado
-a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros
-las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de
-los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre
-alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas
-haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba
-allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos,
-Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos
-después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver,
-y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la
-habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan
-los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo
-sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero
-recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa
-preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es
-decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai
-entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo
-borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre
-se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había
-en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin
-contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a
-Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he
-ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?»
-«En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los
-pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera»,
-dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa
-misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que
-trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él
-me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más
-blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de
-detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo
-tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la
-puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda,
-mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece
-por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es
-el culpable.
-
---¡Ya lo creo!--dijo Zosimoff.
-
---Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a
-buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo
-varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado
-capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***,
-en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su
-cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un _shkalik_[14]
-de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar
-las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre
-haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a
-su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila
-de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la
-mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme,
-dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su
-demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo
-a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido
-interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años,
-etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron
-ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta:
-«Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?»
-«Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían
-asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente
-sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la
-dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En
-la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?»
-«Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.»
-«¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De
-que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la
-justicia no siendo culpable de nada?»
-
- [14] Medida de capacidad equivalente a unos 30 centilitros.
-
-»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión
-se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de
-cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio.
-¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?
-
---Pero, en fin, ¿hay pruebas?
-
---No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai
-y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza
-humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron
-a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde
-encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey.
-«¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo
-estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos,
-cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr,
-después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los
-escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en
-que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón
-al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también,
-no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le
-hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se
-hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin,
-un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka
-y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e
-impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba
-puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos
-golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en
-broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se
-escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví
-solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio.
-Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que
-volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta
-en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos
-pendientes...»
-
---¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la
-puerta?--repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo
-esfuerzos para incorporarse en el sofá.
-
---Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?--dijo Razumikin, saltando de
-su asiento.
-
---No, no es nada--respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer
-de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared.
-
-Reinó un silencio de algunos minutos.
-
---Estaba, sin duda, adormilado--dijo Razumikin, interrogando con la
-mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.
-
---Continúa--dijo el doctor--; ¿y después?
-
---Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus
-útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la
-taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un
-rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en
-seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su
-lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias
-del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido
-durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué
-querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De
-que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que
-sacan en conclusión de todo ello?
-
---¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero
-no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a
-ese pintor decorador?
-
---Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del
-crimen.
-
---Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El
-mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen,
-los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima,
-estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso
-averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez
-instructor no puede por menos que aclarar.
-
---¿Que cómo llegaron a su poder?--exclamó Razumikin--. ¿Que cómo
-llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico
-has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza
-humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de
-ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo _a priori_ de que todas las
-declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son
-verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él
-dice: tropezó con el estuche y lo recogió.
-
---¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su
-primera declaración.
-
---Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch.
-Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se
-hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel
-mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con
-una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran
-unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le
-tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su
-compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban
-tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y
-ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos),
-gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle
-como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen
-dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes
-aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos
-obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende
-tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos
-asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad
-entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo
-en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez
-segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía
-calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en
-que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde
-se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera,
-y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen
-la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que
-declaran unánimemente!
-
---Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero...
-
---No hay _pero_ que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes
-encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen,
-constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte,
-explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia,
-sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos
-justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión.
-Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados
-son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una
-pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos
-materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha
-encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en
-que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión
-capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes?
-
---Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había
-olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya
-sido robado de casa de la vieja?
-
---Eso está probado--replicó entre dientes Razumikin--. Koch ha
-reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado.
-Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el
-estuche le pertenecía.
-
---Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch
-y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede
-probarse la coartada?
-
---El hecho es que nadie le ha visto--respondió con tono malhumorado
-Razumikin--. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron
-a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no
-significará gran cosa. «Vimos--dicen--que el cuarto estaba abierto y
-que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin
-fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no
-obreros.»
-
---De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y
-puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo
-de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el
-hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el
-hallazgo de los pendientes?
-
---¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara
-como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El
-mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable
-dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff
-empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo.
-Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió
-del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio
-de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de
-Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo
-piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir.
-El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y
-los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los
-pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera
-en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la
-calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en
-la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó
-en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa?
-El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la
-puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en
-que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en
-el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el
-misterio.
-
---¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu
-imaginación.
-
---Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué
-dices que es ingenioso mi relato?
-
---Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las
-circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni
-menos que en el teatro.
-
-Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de
-repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno
-de los tres conocía.
-
-
-V
-
-Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de
-fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo
-miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que
-era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he
-venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que
-se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su
-mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre
-Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba
-tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso
-a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando
-su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos
-de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía
-mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un
-silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que
-su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y
-cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff.
-
---¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido
-estudiante?--preguntó recalcando cada sílaba.
-
-El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin,
-a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a
-contestar.
-
---Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre?
-
-El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne,
-que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y
-volvióse vivamente hacia Zosimoff.
-
---El señor es Raskolnikoff--dijo negligentemente el doctor, mostrando
-al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.
-
-Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco
-un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar.
-
-Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los
-ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada
-después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su
-rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento.
-Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación
-quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo,
-la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero,
-sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor.
-Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff»,
-nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz
-débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo:
-
---Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted?
-
-El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con
-tono digno:
-
---Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no
-le es del todo desconocido.
-
-Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con
-mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro
-Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos.
-
---¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?--preguntó
-Ludjin un tanto desconcertado.
-
-Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada,
-se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin
-estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada
-vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo.
-
---Pensaba... creía...--balbució--que una carta puesta en el correo hace
-ocho días o acaso quince...
-
---Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?--interrumpió
-bruscamente Razumikin--. Si tiene algo que decir, siéntese usted.
-Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es
-demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor.
-Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.
-
-Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y
-sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el
-visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo
-hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a
-Razumikin.
-
---Por lo demás, no se incomode usted--dijo el estudiante con voz
-fuerte--. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante
-tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta
-ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero
-de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero
-suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no
-estuviéramos aquí.
-
---Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al
-enfermo?--preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.
-
---No, al contrario, así se distraerá--respondió con tono indiferente el
-médico y volvió a bostezar.
-
---¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato,
-desde esta mañana--añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan
-honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos
-molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por
-su calidad de estudiante.
-
---Su madre de usted...
-
---¡Hum!--exclamó estrepitosamente Razumikin.
-
-Ludjin le miró sorprendido
-
---No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted.
-
-Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:
-
---Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi
-partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a
-fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de
-todo. Pero ahora veo con asombro que...
-
---Ya sé, ya sé--interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro
-expresó violenta irritación--. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo
-sé. No hablemos más de eso.
-
-Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó
-silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se
-interrumpió momentáneamente.
-
-En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco
-hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes
-no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el
-visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el
-exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba
-el apelativo de _futuro_ tan caballerescamente aplicado poco antes a
-aquel personaje.
-
-Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch
-se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo
-para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su
-prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la
-satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también
-esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente
-vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un
-punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba
-un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el
-elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con
-sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose
-con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores
-claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón
-de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón.
-La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata
-de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo,
-presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de
-lo que era en realidad.
-
-Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas
-patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla
-cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado
-rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan
-ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella
-fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático,
-era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor
-Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza
-en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin
-había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo
-extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la
-conversación.
-
---Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido
-que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted,
-estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en
-el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que
-usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es
-decir, a su madre de usted y a su hermana.
-
-Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación.
-Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el
-joven guardaba silencio continuó diciendo:
-
---De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he
-buscado hospedaje...
-
---¿Dónde?--preguntó con voz débil Raskolnikoff.
-
---Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...
-
---Sí, en el _pereulok_ Vosnesenshy--interrumpió Razumikin--; hay dos
-pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí.
-
---En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un
-agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido
-allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la
-habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro!
-¡Las habitaciones esas cuestan baratas!
-
---Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que
-acababa de llegar de provincias--replicó Ludjin un tanto picado--. De
-todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y
-como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro
-alojamiento--añadió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Lo están arreglando.
-Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la
-señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés
-Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de
-Bakalieff.
-
---Lebeziatnikoff--pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le
-hubiese recordado alguna cosa.
-
---Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un
-ministerio. ¿Usted le conoce?
-
---Sí, es decir, no--respondió Raskolnikoff.
-
---Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era
-desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy
-agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los
-jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.
-
-Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes
-con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.
-
---¿Desde qué punto de vista?--preguntó Razumikin.
-
---Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de
-vista de la actividad social--respondió Ludjin encantado de que se le
-hiciese tal pregunta--. Yo no había estado en San Petersburgo desde
-hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas
-estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo
-todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las
-nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy
-contentísimo.
-
---¿De qué?
-
---La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo
-haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una
-actividad más razonada.
-
---Es verdad--dijo negligentemente Zosimoff.
-
---¿Verdad que sí?--dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con
-una amable mirada--. Convendrá usted conmigo--prosiguió dirigiéndose a
-Razumikin--en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y
-en el económico.
-
---¡Lugares comunes!
-
---No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a
-tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?--se
-apresuró a responder Ludjin con demasiado calor--. Rasgaría mi capa y
-daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos.
-Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez,
-no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a
-mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal.
-Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente
-sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política
-que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros
-términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente
-está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente
-para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último
-extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y
-no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales,
-sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla;
-desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para
-triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me
-parece a mí, mucho ingenio para comprender...
-
---¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles--interrumpió
-Razumikin--. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta
-conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con
-toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza
-hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado
-a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la
-censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le
-alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han
-caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio
-medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea,
-basta!
-
---¡Señor!--replicó Ludjin, herido en lo vivo--, ¿eso es decir que yo
-también...?
-
---¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más--dijo
-Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la
-conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.
-
-Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del
-estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.
-
---Ahora que ya nos conocemos--dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff--,
-espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga
-usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las
-circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.
-
-Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se
-levantó.
-
---De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja--afirmó
-Zosimoff.
-
---Seguramente--repitió Razumikin--. Porfirio no dice lo que piensa,
-pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.
-
---¿Que los interroga?--preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.
-
---Sí, ¿y qué?
-
---Nada.
-
---¿Y cómo los conoce?--preguntó Zosimoff.
-
---Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros
-muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han
-presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.
-
---El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué
-decisión, que audacia!
-
---No hay tal cosa--replicó Razumikin--. Eso es precisamente lo que te
-engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil
-ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha
-cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado
-nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el
-contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad
-solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni
-ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a
-dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena
-con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus
-trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una
-cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los
-billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es
-principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le
-han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza.
-
-Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso
-pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y
-la vanidad le privó de tacto.
-
---¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en
-la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?--preguntó
-dirigiéndose a Zosimoff.
-
---Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen?
-
---¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes.
-
---¿Conoce usted los pormenores?
-
---No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter
-general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase
-baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no
-interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en
-las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo
-paralela.
-
---Pero, ¿de qué se preocupa usted?--dijo bruscamente Raskolnikoff--.
-Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.
-
---¿Cómo de nuestra teoría?
-
---Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según
-usted, es lícito matar al prójimo.
-
---¿Cómo? ¡Yo!--exclamó Ludjin.
-
---No, no es eso--observó Zosimoff.
-
-Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto
-estremecimiento agitaba su labio superior.
-
---Todo consiste en los justos medios--prosiguió con tono altanero Pedro
-Petrovitch--; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación
-al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...
-
---¿Es verdad--saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera--, es
-verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición
-de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque
-es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los
-beneficios de que se ha colmado?
-
---¡Caballero!--exclamó Ludjin--, rugiendo de furor--. ¡Caballero!
-¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que
-los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han
-sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y
-sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su
-madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas
-cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a
-mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el
-sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En
-fin...
-
---¿Sabe usted lo que le digo?--gritó el joven incorporándose y echando
-lumbre por los ojos--. ¿Sabe usted lo que le digo?
-
---¿Qué?
-
-Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.
-
-Hubo algunos momentos de silencio.
-
---Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi
-madre, le tiro de cabeza por la ventana.
-
---¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?--exclamó Razumikin.
-
---¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!
-
-Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque
-hacía esfuerzos inauditos para contenerse.
-
---Escuche usted, caballero--dijo después de una pausa--. La manera como
-usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su
-enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía.
-Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora...
-¡jamás! ¡jamás!
-
---¡Yo no estoy enfermo!--gritó Raskolnikoff.
-
---¡Tanto peor!
-
---¡Váyase usted al infierno!
-
-Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se
-apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que
-durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al
-enfermo.
-
---¿Ese es el modo de portarse?--dijo Razumikin, moviendo la cabeza.
-
---¡Dejadme! ¡Dejadme todos!--exclamó colérico Raskolnikoff--. ¿Me
-dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a
-nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!
-
---Vámonos--dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.
-
---Pero, ¿le vamos a dejar así?
-
---¡Vámonos!--insistió el médico.
-
-Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que
-ya había salido.
-
---Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial--dijo
-Zosimoff a su amigo ya en la escalera--. No conviene irritarle.
-
---¿Qué le pasa?
-
---Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho
-provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me
-inquieta.
-
---El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la
-conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a
-casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una
-carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.
-
---El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha
-podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa
-hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se
-habla de ese asesinato!
-
---Sí, sí, lo he advertido--respondió Razumikin--; presta más atención,
-se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le
-asustaron en la oficina de policía y se desmayó.
-
---Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te
-diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré
-a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...
-
---Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y
-haré que le cuide Anastasia.
-
-Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y
-disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.
-
---¿Tomarás ahora el te?--preguntóle la sirvienta.
-
---Más tarde; quiero dormir. Déjame.
-
-El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la
-criada salió del aposento.
-
-
-VI
-
-Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la
-puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había
-llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el
-frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los
-últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña
-y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven,
-denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba.
-Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión
-moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería
-caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el
-dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el
-bolsillo.
-
-La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas
-de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió
-suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al
-pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en
-par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en
-soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién
-hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.
-
-Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era
-sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el
-aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la
-gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su
-rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir
-ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con
-«aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no
-entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo
-sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba.
-Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra,
-«cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.
-
-Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno.
-Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un
-organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy
-sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de
-quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como
-una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero
-de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con
-voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza,
-esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres
-personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de
-haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en
-la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más
-alta y conmovedora--. ¡Basta!--gritó la cantora a su compañero y ambos
-se dirigieron a la tienda de al lado.
-
---¿Le gustan a usted las canciones de las calles?--preguntó bruscamente
-Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado
-oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante
-desocupado.
-
-El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.
-
---Yo--prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de
-otra cosa que de la música de las calles)--, yo gusto de oír cantar al
-compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de
-otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara
-verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente,
-sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de
-las nubes...
-
---Yo no sé. Usted me dispense--balbuceó el señor, aterrado de la
-pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra
-acera.
-
-El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo
-en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero
-no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor
-suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de
-un almacén de harinas.
-
---¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a
-vender?
-
---Todo el mundo vende--respondió el mozo, mirando con desdén a
-Raskolnikoff.
-
---¿Cómo le llaman?
-
---Le llaman por su nombre.
-
---Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?
-
-El mozo miró de nuevo a su interlocutor.
-
---Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi
-hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé
-nada. Perdóneme Vuestra Alteza.
-
---¿Hay arriba un bodegón?
-
---Es un _traktir_ y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy
-favorecido.
-
-Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había
-un grupo compacto, exclusivamente compuesto de _mujiks_. Se metió
-entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con
-todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y
-formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después
-de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el
-_pereulok_.
-
-En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que
-forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún
-tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba
-a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin
-propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran
-casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que
-salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente
-vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente
-cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines
-de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban
-dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a
-otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en
-la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las
-otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado
-borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo
-imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero
-que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un
-hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de
-la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres.
-Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel
-de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los
-cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas
-tenían amoratadas las orejas.
-
-Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención
-de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria
-voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba
-furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado
-hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.
-
- _Hombrecito de mi alma_
- _No me pegues sin razón._
-
-cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder
-palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa
-de grandísima importancia.
-
-«Si entrase...»--pensaba--. «Se ríen, están borrachos.»
-
---¿No entras, buen mozo?--le preguntó una de las mujeres con voz
-bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.
-
-Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.
-
---¡Oh, bonita muchacha!--respondió el joven levantando la cabeza y
-mirándola.
-
-Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.
-
---También tú eres muy guapo.
-
---¡Guapo un tipo semejante!--gruñó en voz baja otra mujer--; de seguro
-que acaba de salir del hospital.
-
-Bruscamente se aproximó un _mujik_, medio ebrio, con el capote
-desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.
-
---Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser
-chatas--dijo el _mujik_--. ¡Oh, qué hermosuras!
-
---Entra, puesto que has venido.
-
---Entraré, preciosa--y descendió al cafetín.
-
-Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.
-
---Escuche usted, _barin_[15]--le gritó la joven cuando nuestro héroe
-volvía ya la espalda.
-
- [15] Señor.
-
---¿Qué?
-
---Querido _barin_, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero
-en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks
-para echar un trago, amable caballero.
-
-Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.
-
---¡Ah! ¡Qué bueno es usted!
-
---¿Cómo te llamas?
-
---Pregunte usted por Duklida.
-
---¡Qué desfachatez!--dijo bruscamente una de las mujeres que se
-encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de
-cabeza--. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me
-atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.
-
-Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel
-modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio
-superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.
-
-«¿En dónde he leído yo--pensaba Raskolnikoff alejándose--, que se
-concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su
-ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en
-una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el
-sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así
-toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio
-de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las
-intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa
-cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué
-cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama
-cobarde!»--añadió al cabo de un instante.
-
-Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la
-muestra de un café: «¡Hola! _El Palacio de Cristal_. Poco ha me habló
-de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí,
-leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»
-
---¿Tienen ustedes periódicos?--preguntó entrando en un salón muy
-espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente.
-
-Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro
-personas, sentadas a una mesa, bebían _Champagne_. Raskolnikoff creyó
-reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía
-distinguirlo bien.
-
-«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.
-
---¿Quiere usted aguardiente?--preguntó el mozo.
-
---Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco
-días, te daré buena propina.
-
---Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?
-
-Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se
-puso a buscar.
-
---Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas.
-Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha
-caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El
-incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el
-incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo...
-¡Ah! Aquí está.
-
-Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras
-delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el
-fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros
-números.
-
-Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los
-periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era
-Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el
-despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos
-rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la
-cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada
-la camisa.
-
-El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con
-satisfacción y franqueza. Por efecto del _Champagne_ que había bebido,
-tenía el moreno rostro bastante enrojecido.
-
---¡Cómo! ¿Usted aquí?--exclamó con asombro y con el tono que hubiera
-usado para saludar a un antiguo camarada--. ¡Si ayer mismo Razumikin me
-dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su
-casa...
-
-Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar
-con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una
-sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.
-
---Me han hablado de su visita--contestó--; usted buscó mi bota.
-Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a
-casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día.
-¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante _Pólvora_, y él no hacía
-caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración
-para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?
-
---Es más charlatán...
-
---¿Quién? _¿Pólvora?_
-
---No, Razumikin...
-
---Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted
-entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted
-el _Champagne_?
-
---¿Por qué me lo habían de regalar?
-
---A título de honorarios. Usted saca partido de todo--dijo con sorna
-Raskolnikoff--. No se incomode usted, querido amigo--añadió dando un
-golpecito en el hombro a Zametoff--. Lo que le digo a usted es sin
-malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por
-él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.
-
---Pero, ¿usted cómo sabe eso?
-
---Lo sé quizá mejor que usted.
-
---¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho
-mal en salir...
-
---¿Me encuentra usted raro?
-
---Sí. ¿Qué es lo que usted leía?
-
---Periódicos.
-
---Ha habido estos días muchos incendios.
-
---No me importan los incendios--repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff
-con aire singular y con sonrisa burlona--. No, no son los incendios lo
-que me interesa--continuó guiñando los ojos--. Pero confiese usted,
-querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.
-
---No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es
-que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...
-
---Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?
-
---He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso
-inclusive--respondió con cierto orgullo Zametoff.
-
---Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un
-hombre rico y muy guapo.
-
-Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su
-interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero
-sí sorprendido.
-
---¡Qué original es usted!--repitió con tono muy serio Zametoff--. Me
-parece que sigue usted delirando.
-
---¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es
-decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la
-curiosidad?
-
---Sí.
-
---¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos?
-Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar,
-¿no es eso?
-
---Vamos, diga usted.
-
---Usted cree haber levantado la liebre.
-
---¿Qué liebre?
-
---Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más
-bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma
-nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad
-de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó
-los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles
-relativos al asesinato de la vieja prestamista.
-
-Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de
-Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza.
-Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto
-se estuviesen mirando sin decir palabra.
-
---¿Sabe usted?--continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la
-exclamación de Zametoff--se trata de aquella misma vieja de la cual
-se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende
-usted ahora?
-
---¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?--dijo Zametoff casi
-asustado.
-
-El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de
-expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera
-contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato
-cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le
-había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus
-propias barbas.
-
---O usted está loco, o...--comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si
-cruzara por su mente una idea repentina.
-
---O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.
-
---No--replicó Zametoff--; todo eso es absurdo.
-
-Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad,
-Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.
-
-De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber
-olvidado por completo la presencia de Zametoff.
-
---¿Por qué no toma usted el te?--dijo, al fin éste--. Va a enfriarse.
-
---¿Qué?... ¿el te?... Bueno.
-
-Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y
-fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona
-que tenía antes y continuó tomando el te.
-
---Los delitos de todo género son ahora muy numerosos--apuntó
-Zametoff--. Precisamente hace poco leí en la _Moskovskia Viedomosti_
-que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos,
-toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de
-billetes del Banco.
-
---¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!--respondió
-flemáticamente Raskolnikoff--. ¿De modo que usted supone que son
-estafadores?
-
---¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?
-
---¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen
-cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso,
-tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación
-esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de
-ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son
-novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar
-sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero
-que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar
-de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha
-producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en
-dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así.
-Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta
-a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus
-manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda
-sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta
-sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo
-imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.
-
---¿Que le tiemblan las manos?--replicó Zametoff--. Pues me parece muy
-natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene
-usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja
-debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su
-crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que
-ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no
-ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran
-claramente.
-
-Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.
-
---¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted
-ahora--exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al
-jefe de la Cancillería.
-
---No tenga usted cuidado, se le descubrirá.
-
---¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y
-el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o
-no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana;
-luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese,
-escaparía a las investigaciones de ustedes.
-
---El hecho es que todos se conducen del mismo modo--respondió
-Zametoff--. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad
-y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la
-taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted.
-Usted, es claro, no iría a la taberna.
-
-Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.
-
---¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?--preguntó con
-tono malhumorado.
-
---Sí--replicó con energía el jefe de la Cancillería.
-
---¿Tiene usted mucho empeño?
-
---Sí.
-
---Pues bien, he aquí lo que yo haría--comenzó a decir Raskolnikoff,
-bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su
-interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de
-temblar--. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y
-después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un
-paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo.
-Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de
-una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso,
-levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido,
-y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería
-a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría
-allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.
-
---Usted está loco--respondió Zametoff.
-
-Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y
-se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban.
-Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba
-su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del
-funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra.
-Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía,
-pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa
-confesión.
-
---¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?--dijo de repente;
-pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.
-
-Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la
-servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.
-
---Pero, ¿es eso posible?--dijo con voz que apenas podía ser entendida.
-
-Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.
-
---Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?
-
---No, de ninguna manera--se apresuró a decir Zametoff--. Usted me ha
-asustado para sugerirme esa idea.
-
---¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar
-el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante _Pólvora_
-me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?--gritó al mozo
-levantándose y tomando la gorra.
-
---Treinta kopeks--respondió éste, acudiendo a la llamada del
-parroquiano.
-
---Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero
-tengo--, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes--: ¿los
-ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este
-dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo
-no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted
-a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.
-
-Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un
-acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba
-su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de
-apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas;
-pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.
-
-Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado
-en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo.
-Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas
-sobre «cierto punto»; estaba despistado.
-
---Ilia Petrovitch es un imbécil--dijo por último.
-
-Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente
-a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de
-distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que
-chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada.
-Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos
-llamaradas verdaderas de cólera.
-
---¿De modo que has venido aquí?--dijo con voz tonante--. ¡Pues no se
-ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá!
-¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por
-causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea
-usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad.
-Confiesa...
-
---Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero
-estar solo--respondió fríamente Raskolnikoff.
-
---¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la
-cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al
-_Palacio de Cristal_? Confiésamelo en seguida.
-
---Déjame pasar--replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.
-
-Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a
-su amigo por el brazo, le dijo:
-
---¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes
-lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte
-a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.
-
---Escucha, Razumikin--dijo sin levantar la voz y con tono en la
-apariencia muy tranquilo--; ¿qué he de hacer para que comprendas
-que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las
-personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí
-enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido
-feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me
-martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar
-a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en
-una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no
-martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...
-
-Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su
-amigo.
-
---Bueno. ¡Vete, con mil diablos!--dijo con voz que no había perdido
-toda vehemencia.
-
-Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato
-gritó Razumikin:
-
---¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan
-llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los
-reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil
-incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia,
-pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil,
-vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas
-vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que
-aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones
-lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres
-un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá
-Zosimoff... ¿vendrás?
-
---No.
-
---Pero esto es absurdo--replicó vivamente Razumikin--. ¿Qué sabes
-tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil
-veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he
-tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se
-avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres.
-Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.
-
---No iré, Razumikin--contestó Raskolnikoff alejándose.
-
---Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese--le
-gritó su amigo--. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?
-
---Sí.
-
---¿Te ha visto?
-
---Sí.
-
---¿Te ha hablado?
-
---Sí.
-
---¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de
-Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.
-
-Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle
-seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero
-en medio de la escalera se detuvo.
-
---¡Por vida de...!--continuó casi en voz alta--. Habla con lucidez
-y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre?
-Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo--y se llevó
-el dedo a la frente--. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a
-ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar--y echó a correr
-en busca de Raskolnikoff.
-
-Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al
-_Palacio de Cristal_ para interrogar cuanto antes a Zametoff.
-
-Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de
-él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su
-debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas
-pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en
-cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua,
-contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y
-la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.
-
---Sea, pues--dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la
-oficina de policía.
-
-Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía
-angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que
-experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».
-
---Después de todo, lo mismo da una solución que otra--pensaba avanzando
-lentamente por el muelle del canal--. Por lo menos, el desenlace
-depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea
-esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!;
-quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más
-vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que
-esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...
-
-Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por
-la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos
-del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo,
-reflexionó un instante y entró en el _pereulok_. Después anduvo sin
-rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo
-a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le
-parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza
-y advirtió que estaba en la puerta de _aquella casa_. No había pasado
-por allí desde el día del crimen.
-
-Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff
-entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso
-a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba
-muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con
-curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un
-vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»--pensó el
-joven--. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey:
-está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la
-habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un
-momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta
-de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto
-aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos
-escalones y entró.
-
-Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande
-a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él;
-quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran
-sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la
-ventana y se sentó en el poyo.
-
-No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era
-bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería
-amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas.
-Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff,
-el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en
-extremo tales variaciones.
-
-Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del
-visitante, continuaron su conversación.
-
-Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante
-el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció
-muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar
-aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de
-las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad,
-Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.
-
-El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente,
-dirigiéndose a él, le dijo:
-
---¿Qué hace usted ahí?
-
-En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se
-puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido.
-Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo
-sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la
-vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada
-campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.
-
---¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?--gritó el obrero encarándose
-con él.
-
-Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.
-
---Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta--respondió.
-
---No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber
-subido acompañado del _dvornik_.
-
---Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?--prosiguió Raskolnikoff--. ¿No
-hay sangre?
-
---¿Cómo sangre?
-
---Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar
-de sangre.
-
---¿Quién eres tú?--gritó el obrero asustado.
-
---¿Yo?
-
---Sí.
-
---¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.
-
-Los dos papelistas le miraron estupefactos.
-
---Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar--dijo el de
-más edad a su compañero.
-
---Pues bien, vamos--replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y
-saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente
-la escalera--. ¡Eh, _dvornik_!--gritó al llegar a la puerta de la calle
-donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos
-porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros
-individuos.
-
-Raskolnikoff se fué derecho a ellos.
-
---¿Qué se le ofrece a usted?--preguntóle un portero.
-
---¿Has estado en la oficina de policía?
-
---De allí vengo.
-
---¿Están allí todavía?
-
---Sí.
-
---¿El ayudante del comisario también está?
-
---Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea?
-
-Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo.
-
---Ha venido a ver el cuarto--dijo uno de los operarios.
-
---¿Qué cuarto?
-
---En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha
-dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el
-cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de
-policía», añadió después; «allí lo diré todo».
-
-El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas.
-
---¿Quién es usted?--preguntó, levantando la voz con acento de amenaza.
-
---Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo
-cerca de aquí, en el _pereulok_ inmediato, casa de Chill, departamento
-número 14. Pregunta al portero; me conoce.
-
-Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando
-obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su
-interlocutor.
-
---¿Y qué ha venido usted a hacer aquí?
-
---He venido a ver la casa.
-
---¿Y qué se le ha perdido a usted en ella?
-
---¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?--propuso de
-repente el burgués.
-
-Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro.
-
---Vamos allá--dijo el joven con indiferencia.
-
---Sí. Es preciso llevarle a la comisaría--siguió diciendo y con mayor
-seguridad el burgués--. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en
-la conciencia.
-
---¡Dios sabe si estará borracho!--murmuró un obrero.
-
---¿Pero qué es lo que quieres?--gritó de nuevo el portero, que empezaba
-a incomodarse de verdad--. ¿Por qué vienes a molestarnos?
-
---¿Te da miedo ir a la comisaría?--dijo con tono burlón Raskolnikoff.
-
---¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?
-
---Es un granuja--dijo una campesina.
-
---¿Para qué disputar con él?--apuntó a su vez el otro portero, un
-_mujick_ enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves
-pendientes de la cintura--. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en
-seguida!
-
-Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.
-
-El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse
-en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a
-todos los espectadores y se alejó silenciosamente.
-
---¡Vaya un tipo!--observó un obrero.
-
---Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante--dijo la campesina.
-
---Lo que usted quiera y mucho más--añadió el burgués--; pero hubiera
-sido conveniente llevarle a la comisaría.
-
---¿Iré o no iré?--pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una
-encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando
-un consejo de alguien.
-
-Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida,
-como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de
-él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que
-partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el
-suelo brillaba una débil luz.
-
---¿Qué pasa ahí?
-
-Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud.
-Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril
-predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y
-decía para sus adentros:
-
---De un momento a otro acabará todo esto.
-
-
-VII
-
-Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular,
-tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie
-y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos
-por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida
-por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña
-en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el
-arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía
-consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:
-
---¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!
-
-Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los
-curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se
-reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del
-conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los
-caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un
-hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles
-heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de
-un incidente sin importancia.
-
---¡Dios mío!--decía el cochero--; no he podido impedir esta desgracia.
-Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto
-y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba
-despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es
-que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una
-vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno
-los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía
-adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre
-gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.
-
---Sí, de ese modo ha pasado--afirmó uno que había sido testigo de la
-escena.
-
---En efecto--dijo otro--; por tres veces le avisó el cochero.
-
---Sí, por tres veces, todos le hemos oído--añadió uno del grupo.
-
-Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias
-de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un
-personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última
-circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de
-policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie
-sabía su nombre.
-
-Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De
-pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo
-reconoció.
-
---Le reconozco, le reconozco--gritó empujando a los que le rodeaban y
-colocándose en la primera fila del grupo--; es un antiguo funcionario,
-el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel...
-¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!
-
-Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba
-extraordinaria agitación.
-
-Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado.
-Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para
-que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del
-accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor
-solicitud.
-
---Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán
-rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un
-borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de
-llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá
-por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una
-cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar
-al hospital.
-
-Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un
-agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era
-perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y
-algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de
-Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el
-accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza
-del herido, y enseñando el camino.
-
---¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza
-baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias--murmuraba.
-
-En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un
-minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de
-la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el
-pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez
-de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años
-de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta
-de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre
-sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta
-le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables
-para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.
-
-Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo
-el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la
-camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba
-sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho
-los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida
-(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie,
-cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta,
-a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación
-contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica.
-Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras
-manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.
-
---No puedes imaginarte, Polenka--decía paseándose por la habitación--,
-qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán
-desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el
-servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi
-gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto;
-así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan
-Mikhailtch, como gobernador.»
-
-La interrumpió un golpe de tos.
-
---¡Oh condenada vida!
-
-Escupió y se apretó el pecho con las manos.
-
---¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida--añadió,
-dirigiéndose a la chiquita--. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las
-medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho
-sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para
-no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!--volvió a
-toser--. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?--exclamó al ver que el vestíbulo
-se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de
-fardo--. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!
-
---¿Dónde hay que ponerlo?--preguntó un agente de policía mirando en
-derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff
-ensangrentado y exánime.
-
---En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí--indicó
-Raskolnikoff.
-
---Es un borracho que ha sido atropellado en la calle--gritó uno desde
-la puerta.
-
-Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La
-pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa
-la estrechó en sus brazos.
-
-Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá,
-Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.
-
---Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto--dijo
-el joven vivamente--. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado;
-no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que
-le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se
-acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...
-
---No volverá en si, no volverá en si--dijo con desesperación Catalina
-Ivanovna y se precipitó hacia su marido.
-
-Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa
-a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza
-del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se
-puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle
-inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo;
-se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en
-su pecho los gritos prontos a escaparse.
-
-Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la
-vecindad.
-
---He mandado a buscar un médico--dijo a Catalina Ivanovna--. No se
-preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla,
-una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la
-gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase
-usted. Ya veremos lo que dice el doctor.
-
-Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla
-había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la
-ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este
-lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando
-no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo
-de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada
-miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y
-como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre
-tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches
-lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y
-repasada al día siguiente al despertar.
-
-Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero
-faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar
-una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado
-de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con
-dificultad y se apretaba el pecho con las manos.
-
-No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.
-
---Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa--pensaba Raskolnikoff.
-
-El guardia no sabía qué decidir.
-
---¡Polia!--gritó Catalina Ivanovna--, ve corriendo a casa de Sonia;
-pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga
-en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff
-para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda,
-ponte ese pañuelo en la cabeza!
-
-En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía
-ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se
-quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras
-que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en
-la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero
-se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación.
-Catalina Ivanovna se puso furiosa.
-
---Deberíais al menos dejarle morir en paz--gritaba a los asaltantes--.
-Venís aquí como a un espectáculo--y se interrumpió para toser--. Y
-entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a
-la muerte.
-
-La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición
-produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.
-
-Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta,
-llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción
-que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la
-desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del
-otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el
-herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad
-de la casa.
-
---Ese es el inconveniente de morirse--vociferó Catalina Ivanovna, y ya
-se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la
-puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.
-
-La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el
-orden. Era una alemana intrigante y mal educada.
-
---¡Ah, Dios mío!--dijo juntando las manos--, ¡su marido de usted, que
-estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle
-al hospital, yo soy la propietaria.
-
---Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla--comenzó a
-decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la
-patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura;
-y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)--Amalia
-Ludvigovna.
-
---Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se
-me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.
-
---Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no
-pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor
-Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se
-agarran ji, ji--decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata),
-yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo
-comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de
-ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que
-cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que
-muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré
-parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud
-y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez
-ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos
-amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó
-de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero
-ahora--añadió señalando a Raskolnikoff--hemos encontrado apoyo en este
-magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo
-desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia
-Ludvigovna.
-
-Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la
-tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento,
-Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó
-solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a
-Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa,
-tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en
-sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud.
-Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa.
-Después la pobre mujer rompió a llorar.
-
---¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!--decía
-acongojada--. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes,
-Marmeladoff!
-
-Marmeladoff la reconoció.
-
---¡Un sacerdote!--dijo con voz ronca.
-
-Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el
-marco gritó con desesperación:
-
---¡Oh vida, mil veces maldita!
-
---¡Un sacerdote!--repitió el moribundo después de una pausa.
-
---¡Silencio!--le gritó Catalina Ivanovna.
-
-El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y
-ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff
-se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón
-a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar
-una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño
-asombrado.
-
---¡Ah, ah!--dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.
-
-Se comprendía que trataba de decir algo.
-
---¿Qué?--gritó Catalina Ivanovna.
-
---¡No tiene calzado!--y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los
-pies desnudos de la niña.
-
---¡Cállate!--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--: demasiado
-sabes que no tiene calzado...
-
---¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!--dijo gozosamente Raskolnikoff.
-
-Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con
-desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el
-pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina
-Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho
-al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha
-rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha
-negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El
-doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle
-que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una
-extensión de treinta pasos.
-
---Es asombroso que esté todavía vivo--murmuró en voz baja el doctor
-dirigiéndose a Raskolnikoff.
-
---¿Qué le parece a usted?--preguntó este último.
-
---Caso perdido.
-
---¿No hay esperanza?
-
---Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy
-peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá
-de seguro dentro de cinco a seis minutos.
-
---Sángrele usted, sin embargo.
-
---Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.
-
-Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se
-agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos
-blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió
-el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada.
-Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El
-médico accedió encogiéndose de hombros.
-
-Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff
-no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos
-entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse
-en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen
-delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar.
-El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que
-hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo
-que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y
-contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del
-pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió
-sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros
-desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido
-abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había
-también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos
-los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de
-la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.
-
-En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana,
-atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo
-apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse
-el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:
-
---Ahí viene; la he encontrado por la calle.
-
-Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió
-paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella
-habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y
-de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque
-muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que
-distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada
-del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una
-mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se
-cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y
-cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar
-lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la
-puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano,
-aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de
-paja, adornado con una pluma brillantemente roja.
-
-Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita
-enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de
-terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y
-delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros.
-Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka,
-estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas
-palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos.
-Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se
-quedó cerca de la puerta.
-
-Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se
-acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir
-algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.
-
---¡Qué va a ser de ellos!--interrumpió la mujer con amargura mostrando
-sus hijos.
-
---Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del
-Altísimo--replicó el eclesiástico.
-
---¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!
-
---Eso es un pecado, señora, un pecado--observó el sacerdote moviendo la
-cabeza.
-
---¿Y esto no es un pecado?--replicó vivamente Catalina Ivanovna
-mostrando al moribundo.
-
---Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán
-quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.
-
---Usted no me comprende--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--.
-¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como
-estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si
-ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si
-nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna!
-¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para
-nosotras!
-
---Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado,
-señora, un gran pecado.
-
-Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de
-ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre
-de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del
-eclesiástico la pusieron hecha una furia.
-
---¡Eh, _batuchka_! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no
-le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de
-costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta,
-hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa
-de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo
-a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de
-perdón! Además, le he perdonado.
-
-Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un
-pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con
-la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba
-ensangrentado.
-
-El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.
-
-Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que
-de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo,
-trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía
-otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna,
-comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono
-imperioso:
-
---Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...
-
-El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a
-la puerta y vió a Sonia...
-
-Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven
-se encontraba.
-
---¿Quién está allí? ¿Quién está allí?--dijo de repente con voz ronca y
-ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran
-terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.
-
-Marmeladoff trató de incorporarse.
-
---¡Sigue echado! ¡No te muevas!--gritó Catalina Ivanovna.
-
-Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá.
-Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no
-reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje.
-Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la
-infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso
-a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un
-sufrimiento inmenso.
-
---¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!--gritó.
-
-Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó
-pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en
-el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse,
-lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado
-expiró en los brazos de su hija.
-
---¡Ha muerto!--exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su
-marido--. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de
-comer mañana a mis hijos?
-
-Raskolnikoff se aproximó a la viuda.
-
---Catalina Ivanovna--le dijo--, la semana pasada me contó su marido
-toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que
-me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al
-ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de
-su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo...
-Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el
-difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle
-de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!
-
-Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo
-encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había
-tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su
-cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena
-ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a
-Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.
-
---¡Ah! ¿Es usted?--le preguntó.
-
---Ha muerto--contestó Raskolnikoff--. Le han asistido un médico y un
-sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está
-tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé
-que usted es un hombre muy bueno--añadió sonriendo y mirando frente a
-frente al comisario.
-
---Está usted manchado de sangre--dijo Nikodim Fomitch, que acababa de
-ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.
-
---Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre--agregó el joven
-con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un
-movimiento de cabeza y se alejó.
-
-Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba
-todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en
-él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que
-recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se
-hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio.
-Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff
-bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí.
-Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él
-gritándole:
-
---¡Oiga usted, caballero, oiga usted!
-
-Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último
-tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él.
-Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro
-demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía
-resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que,
-evidentemente, le agradaba mucho.
-
---Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive
-usted?--preguntó precipitadamente.
-
-Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una
-especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la
-niña? Ni él mismo lo sabía.
-
---¿Quién te manda?
-
---Mi hermana Sonia--respondió la niña sonriendo aún más alegremente.
-
---Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.
-
---Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo,
-Polenka.»
-
---¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?
-
---La quiero más que... a todo el mundo--afirmó con singular energía
-Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.
-
---¿Y a mí me querrás?
-
-En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y
-presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus
-bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff,
-e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en
-silencio.
-
---¡Pobre papá!--dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza
-y enjugándose las lágrimas con la mano--. Ahora no se ven más que
-desgracias--añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que
-afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.
-
---¿Te quería tu papá?
-
---Quería más a Lidotshka--respondió en el mismo tono serio (su sonrisa
-había desaparecido),--sentía predilección por ella, porque es la más
-pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba
-a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina--añadió la niña con
-dignidad--. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba
-gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque
-ya es tiempo de comenzar mi educación.
-
---¿Sabes rezar?
-
---¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor,
-rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con
-mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra
-oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana
-Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro
-otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace
-tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el
-primero.
-
---Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en
-tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.
-
---Siempre, siempre rezaré por usted--respondió calurosamente la niña; y
-echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.
-
-Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió
-volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran
-las diez dadas cuando salía de la casa.
-
-No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de
-Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el _dvornik_ indicó en
-seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la
-escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y
-animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.
-
-La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía
-de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás
-del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes
-cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio
-de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se
-presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había
-bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible
-emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido
-contenerse.
-
---Escucha--comenzó a decir Raskolnikoff--, he venido con el solo objeto
-de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo
-que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas
-si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana
-pásate por mi casa.
-
---¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión,
-estás débil.
-
---¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de
-entreabrir la puerta?
-
---¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor
-cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un
-hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él.
-Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora
-con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito,
-amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen
-tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen
-algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso
-nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no
-siempre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a
-traer a Zosimoff.
-
-El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a
-Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su
-rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció.
-
---Es menester que se acueste usted en seguida--dijo al enfermo--; y
-tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted
-esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted?
-
---Ciertamente--respondió Raskolnikoff.
-
---Harás bien en acompañarle--dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin--;
-veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco
-tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva.
-
---¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?--comenzó
-a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en
-la calle--. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te
-hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le
-ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto
-de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más
-inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes
-burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya
-especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún
-tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú
-hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu
-persona.
-
---¿Zametoff te lo ha contado todo?
-
---Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia
-y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho
-es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no
-importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel
-pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno
-de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa
-demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de
-brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan
-imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff;
-te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible.
-Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está
-esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en
-tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza
-luego de semejante suposición; yo sé...
-
-Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida,
-Razumikin hablaba sin tino.
-
---Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y
-porque el olor de la pintura me trastornó--contestó.
-
---El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura:
-la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff
-para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese
-tonto de Zametoff: «Yo no valgo--dice--ni lo que el dedo pequeño de
-ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos
-sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el _Palacio
-de Cristal_ es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer
-que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa
-monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de
-él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está
-aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta
-lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en
-casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch.
-
---¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco?
-
---Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un
-poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más
-que nada es que sólo _eso_ te interesa, y ahora comprende por qué te
-interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie
-de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con
-tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mío; cuanto puedo decirte
-es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus
-enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte.
-
-Durante medio minuto ambos guardaron silencio.
-
---Escucha, Razumikin--dijo Raskolnikoff--. Quiero hablarte con
-franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario...
-He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido
-besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien...
-en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma
-color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la
-escalera.
-
---¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Razumikin alarmado.
-
---La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que
-estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...
-
---¿Qué he de mirar?
-
---¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?
-
-Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de
-la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la
-habitación de Raskolnikoff había luz.
-
---Es extraño.
-
---Estará quizá en ella Anastasia--observó Razumikin.
-
---No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy
-temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.
-
---¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.
-
---Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte
-adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.
-
---¿Qué te pasa, Rodia?
-
---Nada. Subamos y tú serás testigo...
-
-Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff
-tenía quizás razón.
-
---Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla--dijo para sí.
-
-Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.
-
---¿Qué es esto?--exclamó Razumikin.
-
-Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en
-el umbral como petrificado.
-
-Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media
-hora.
-
-La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su
-madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y
-casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento
-súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos.
-Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos,
-llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se
-tambaleó y cayó desvanecido al suelo.
-
-Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en
-el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos
-brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.
-
---No es nada, no es nada--dijo a la madre y a la hermana--. Esto es un
-desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento
-que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua!
-Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.
-
-Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia
-obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto,
-su hermano volvía en sí.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-
-I
-
-Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una
-leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia
-consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló
-alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en
-su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de
-insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar.
-
-Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre
-las de su hermano.
-
---Vuélvete a casa con él--dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a
-Razumikin--. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado?
-
---Esta noche--respondió Pulkeria Alexandrovna--. El tren traía mucho
-retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme
-de ti. Pasaré la noche a tu lado...
-
---¡No me atormentéis!--replicó Raskolnikoff con cierta irritación.
-
---Yo me quedaré aquí con él--saltó vivamente Razumikin--; no le
-dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se
-incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de
-anfitrión.
-
---¡Cómo agradecérselo a usted!--empezó a decir Pulkeria Alexandrovna,
-estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la
-palabra.
-
---No puedo, no puedo...--repitió con tono irritado--; no me atormentéis
-más. Basta, idos; ¡no puedo!...
-
---Retirémonos, mamá--indicó en voz baja Dunia, inquieta--; salgamos
-de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra
-presencia le atormenta.
-
---¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres
-años de separación?--gimió Pulkeria Alexandrovna.
-
---Esperad un poco--dijo Raskolnikoff--. Me interrumpís y pierdo el hilo
-de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?
-
---No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que
-ha tenido la bondad de venir a verte hoy--añadió con cierta timidez
-Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle
-por la escalera...
-
---¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible--comenzó a decir
-la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar.
-
-Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que
-éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por
-Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las
-dos señoras se encontraban perplejas.
-
---Dunia--prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff--, yo me opongo
-a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se
-vuelva a hablar más de él.
-
---¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
---Hermano mío, piensa un poco en lo que dices--observó con vehemencia
-Dunia; pero en seguida se contuvo--. No te encuentras ahora en tu
-estado normal: estás fatigado--añadió con tono cariñoso.
-
---Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin
-por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes
-una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la
-mandas, y asunto concluído.
-
---Yo no puedo hacer eso--exclamó la joven, un tanto mortificada--. ¿Con
-qué derecho...?
-
---Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás
-viendo?--balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija--. Vamos,
-vamos; será lo mejor.
-
---No sabe lo que se dice--exclamó Razumikin con voz que denunciaba
-su embriaguez--; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será
-razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese
-sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de
-sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas.
-
---¿De modo que es verdad?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
---Hasta mañana, hermano--dijo con tono compasivo Dunia--. Vámonos,
-mamá... Adiós, Rodia.
-
-El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras.
-
---Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea
-un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por
-miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo,
-o Ludjin. Marchaos.
-
---Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!--gritó Razumikin.
-
-Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo.
-Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado
-de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes
-que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada.
-Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.
-
---No me resuelvo a irme--murmuró trémula, al oído de Razumikin--; me
-quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia.
-
---Lo echarán ustedes a perder todo--respondió, también en voz baja,
-Razumikin--. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia,
-alúmbranos. Juro a ustedes--continuó en voz queda cuando estuvieron en
-la escalera--que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y
-a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje
-usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado
-ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo
-de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?...
-Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis
-expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.
-
---Pues bien--replicó Pulkeria Alexandrovna--. Voy a ver a la patrona de
-mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón.
-No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...
-
-Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación
-de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en
-la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco
-antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la
-lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y
-despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de
-beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia
-excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las
-dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de
-una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor,
-apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges
-de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba
-con los ojos a Advocia Romanovna.
-
-A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar
-sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él
-no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía
-daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera,
-no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se
-hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que
-tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo,
-cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel
-momento una Providencia para ellas.
-
-Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las
-preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con
-sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le
-dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites
-que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel
-hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr,
-llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en
-aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la
-joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese
-la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las
-propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera
-vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él.
-
---Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo
-absurdo--contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna--. De nada le
-valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle,
-y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les
-propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a
-ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que
-anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado
-a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después
-doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les
-contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes,
-en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis
-invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico
-que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho
-porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de
-ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente,
-noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor,
-que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra
-vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en
-el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de
-la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos
-momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que
-la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes,
-no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta.
-Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de
-Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia
-Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil.
-Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen
-ustedes? Sí, o no.
-
---Vamos, mamá--dijo Advocia Romanovna--; lo que promete, lo hará
-seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor
-consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear?
-
---Usted me comprende, porque es usted un ángel--dijo Razumikin con
-exaltación--. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a
-su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.
-
-Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no
-hizo ninguna objeción.
-
-Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte
-de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera.
-
-La madre no dejaba de estar inquieta.
-
-«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero,
-¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?»
-
-El joven adivinó aquel pensamiento.
-
---¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino--dijo
-andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían
-seguirle las dos señoras--. Esto no significa nada... he bebido como
-un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me
-embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en
-la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías,
-soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a
-ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo
-de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes...
-No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo
-menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de
-ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un
-momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes,
-por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la
-noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué
-no conviene irritarle.
-
---¿Qué dice usted?--exclamó la madre.
-
---¿Es posible que el doctor haya dicho eso?--preguntó Advocia Romanovna
-asustada.
-
---Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha
-recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado...
-Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien
-retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted
-noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por
-qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos!
-Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas
-majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío
-para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de
-la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse
-lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de
-ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo
-que digo?--gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.
-
---¡Oh Dios mío, yo no sé!--dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas
-generales--añadió con tono grave Advocia Romanovna.
-
-Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de
-dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.
-
---¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es--vociferó
-el joven entusiasmado--; usted es una fuente de bondad, de pureza, de
-razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la
-suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de
-rodillas.
-
-Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en
-aquel momento.
-
---¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?--exclamó Pulkeria Alexandrovna
-alarmada ante la actitud del estudiante.
-
---¡Levántese usted, levántese usted!--dijo Dunia, que, aunque se reía,
-no dejaba de estar inquieta.
-
---¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora
-continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este
-momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de
-amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes,
-es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he
-prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha
-hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch.
-¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso.
-¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida?
-¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted
-es un canalla.
-
---Escuche usted, señor Razumikin--comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado--dijo excusándose
-el joven--, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis
-palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!...
-sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no
-me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido
-todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!,
-todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea!
-¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número
-tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué
-número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su
-habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince
-minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver
-con Zosimoff; escapo.
-
---¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?--dijo ansiosamente Pulkeria
-Alexandrovna a su hija.
-
---Tranquilízate, mamá--respondió Dunia, quitándose el chal y el
-sombrero--. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una
-orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi
-hermano...
-
---¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme
-a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué
-acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra
-llegada!
-
-En sus ojos brillaban las lágrimas.
-
---No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre.
-Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo.
-
---¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha
-hablado, Dunia!--siguió diciendo la madre, procurando tímidamente
-leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque
-Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había
-perdonado--. Bien sé que mañana será de otra opinión--añadió, queriendo
-hacer hablar a su hija.
-
---Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este
-asunto...--replicó Advocia Romanovna.
-
-La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió
-a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin
-decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó
-y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando
-tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados,
-se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre
-en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y
-en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus
-reflexiones.
-
-Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia
-Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo,
-contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se
-paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían
-disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo
-la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia
-Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien
-formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí
-misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se
-parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad.
-Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos,
-negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria
-bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su
-rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante
-pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo
-mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en
-su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi
-altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa
-que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria
-cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil!
-
-Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero,
-honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo
-y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica
-perfectamente el _coup de foudre_. Además, quiso la suerte que viese
-por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría
-de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el
-semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante
-las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse.
-
-Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó
-traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia
-Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la
-misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años,
-conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más
-joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las
-mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad
-de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado
-calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a
-faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en
-derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus
-mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de
-Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que
-caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía
-alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y
-dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las
-concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones
-arraigadas se lo exigían.
-
-A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta
-dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.
-
---No entraré, no tengo tiempo--se apresuró a decir en cuanto
-abrieron--. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo,
-y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia
-está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva.
-Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y
-en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas.
-
-Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el
-corredor.
-
---¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!--exclamó Pulkeria
-Alexandrovna muy alegre.
-
---Parece que es de muy buen carácter--contestó Dunia, y comenzó a
-pasearse de nuevo por la habitación.
-
-Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y
-llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con
-entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho
-Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no
-había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar
-a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las
-señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le
-parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos.
-Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor
-propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado
-como un oráculo.
-
-Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por
-completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el
-enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a
-un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió
-la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo
-de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo
-advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no
-prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a
-Pulkeria Alexandrovna.
-
-Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo
-concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado
-muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente
-dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido
-durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de
-carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias
-múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones,
-cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin
-manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención,
-Zosimoff desarrolló con gusto este tema.
-
-Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta
-si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff
-le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado
-el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en
-el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él,
-Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan
-interesante de la Medicina.
-
---Pero--añadió--, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha
-estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia
-será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y
-ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas
-emociones--terminó diciendo con tono significativo.
-
-Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial,
-salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de
-reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico
-no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró
-encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita.
-
---Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo
-de que descansen--ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff--. Mañana a
-primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo.
-
---¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!--observó con acento
-sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.
-
---¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?--rugió Razumikin lanzándose
-sobre el doctor y agarrándole por el cuello--. Si te atreves... ¿Me
-entiendes? ¿Me entiendes?--gritó apretándole la garganta y arrojándolo
-contra la pared--. ¿Me entiendes?
-
---Déjame. ¡Demonio de borracho!--dijo Zosimoff, tratando de soltarse de
-las manos de su amigo.
-
-Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada.
-
-El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y
-la cara triste.
-
---Es verdad, soy un bestia--dijo con aire sombrío--; pero tú también lo
-eres.
-
---No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías.
-
-Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando
-llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado,
-rompió el silencio:
-
---Escucha--dijo a Zosimoff--, tú eres un buen amigo, pero tienes una
-variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita,
-te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que
-esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades.
-Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser
-un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de
-plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De
-aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama.
-Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente:
-voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la
-patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será
-una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo
-que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.
-
---¡Pero si yo no sospecho!
-
---Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una
-castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna...
-Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy
-agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.
-
-Zosimoff se echó a reír de muy buena gana.
-
---Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de
-hacerle la corte?
-
---Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta
-con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado
-y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier
-tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un
-clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla
-rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las
-melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un
-verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro
-que no te pesará.
-
---Pero, ¿a qué viene todo eso?
-
---Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente
-al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú
-acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde?
-Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás
-el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes,
-sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la
-tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo,
-vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse.
-Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a
-ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle
-una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a
-despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester.
-
- [16] Especie de galleta.
-
-
-II
-
-Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de
-pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos
-los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una
-impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía,
-al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto
-irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo
-vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras
-cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita
-jornada precedente.
-
-Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como
-un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las
-ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada
-a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor.
-¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién
-le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna,
-¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que
-Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la
-cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber
-lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban
-allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda.
-¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando
-su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en
-el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado
-toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso.
-¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado
-con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera?
-¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una
-aproximación entre dos seres tan semejantes?
-
-El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de
-haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y
-que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de
-confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo
-daño en la mano y rompió un ladrillo.
-
---No hay duda--murmuró al cabo de un rato con profunda humillación--;
-ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es
-pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente
-con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y
-el mal está hecho.
-
-Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un
-traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de
-la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...»
-Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía
-derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba
-de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a
-verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a
-la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.
-
-Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente
-la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de
-vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes
-navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión
-negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me
-quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para...
-¡De ninguna manera!»
-
-Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el
-cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna,
-entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo.
-Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico
-prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.
-
---¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!--añadió--. Con un
-cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a
-ir a verlas o si vendrán ellas?
-
---Presumo que vendrán--respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le
-hacía esta pregunta--; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de
-familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más
-derecho que yo.
-
---Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son
-escuchar sus secretos; yo también me iré.
-
---Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--.
-Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener
-la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una
-predisposición a la locura.
-
---Lo mismo le dijiste a las señoras.
-
---Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros,
-sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?
-
---¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa,
-me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le
-encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque,
-aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del
-pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para
-sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede
-quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase
-de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si
-hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas
-de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que
-hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua;
-las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades...
-La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que
-Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te
-diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en
-decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.
-
---¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.
-
---Y a Porfirio Petrovitch.
-
---¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?
-
---Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y
-la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.
-
---Se lo diré--respondió con aire contrariado Razumikin.
-
---Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por
-su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando
-las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a
-las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que
-le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su
-presencia.
-
-A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las
-dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril
-impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío,
-saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado
-así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió
-inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que
-se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en
-lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado
-que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal
-expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión
-no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que
-le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de
-conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.
-
-Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado
-aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad
-de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en
-seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo
-tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para
-ponerlo en la mesa.
-
-Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal
-vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero
-de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos
-señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de
-semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió
-la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de
-aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le
-dirigió Pulkeria Alexandrovna.
-
-Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos
-de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos
-que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es
-de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo,
-la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le
-escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles
-dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por
-satisfechas.
-
---Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé
-todavía su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
-
---Demetrio Prokofitch.
-
---Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera
-mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo
-que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus
-sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra
-ahora?
-
---¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y
-ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos
-tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua
-fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No
-gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva
-a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin
-embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible
-hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que
-se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo
-taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado
-sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de
-causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo
-demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás
-se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el
-mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no
-anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de
-ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.
-
---¡Ah! ¡Dios lo quiera!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada
-por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.
-
-Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a
-Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero
-disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la
-joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se
-levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los
-brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando
-alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre
-de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje
-ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos
-indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si
-Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente
-no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba
-vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar
-con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que,
-naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí
-mismo.
-
---Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano
-y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le
-admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna
-mujer en su existencia--añadió la joven, pensativa.
-
---No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...
-
---¿Qué?
-
---No ama a nadie; quizá no amará jamás--replicó Razumikin.
-
---Es decir, que es incapaz de amar.
-
---¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su
-hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven.
-
-Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir
-acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia
-no pudo por menos que reírse.
-
---Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apuntó
-Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente,
-Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que
-nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted
-imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta
-cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua.
-Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían
-a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y
-ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a
-casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?
-
---¿No sabía usted nada de esos amores?--preguntó Advocia Romanovna.
-
---¿Usted creerá--prosiguió la madre con animación--que le conmoverían
-mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor
-de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus
-planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se
-puede decir por eso que no nos quiere?
-
---Nada me ha dicho jamás de tal asunto--respondió con reserva
-Razumikin--; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por
-cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante
-extraño.
-
---¿Qué es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos
-mujeres.
-
---¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese
-matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando
-la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo
-entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que
-era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que
-no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de
-otro modo, ¿cómo comprender...?
-
---Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito--afirmó
-lacónicamente Advocia Romanovna.
-
---Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte.
-Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto
-ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias
-vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar
-de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y
-Ludjin.
-
-Este incidente parecía inquietarla sobre manera...
-
-El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había
-sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente
-a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la
-enfermedad que éste padecía.
-
---Antes de estar malo--dijo--ya lo tenía premeditado.
-
---Así lo creo yo también--replicó Pulkeria Alexandrovna, con la
-consternación pintada en su semblante.
-
-Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro
-Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de
-consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.
-
---¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro
-Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.
-
---No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta
-señorita--respondió con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es
-por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque...
-porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia
-Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos
-respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí,
-insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora
-me da vergüenza de...
-
-Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de
-Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó
-a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de
-su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.
-
-Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada
-momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba
-sobre todas las cosas cierta circunstancia.
-
---Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenzó a decir--. Debemos de ser
-francas con él, Dunetchka.
-
---Sin duda, mamá--respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.
-
---Verá usted de lo que se trata--se apresuró a decir la madre, como
-si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho--. Esta
-mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch,
-respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de
-nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación,
-como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un
-criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana
-la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito
-esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un
-párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y
-me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce
-mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder
-aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha
-resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...
-
-Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.
-
- «Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted
- que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a
- la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi
- confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me
- priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte,
- no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de
- Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde
- tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento.
- Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión
- Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la
- visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted
- una explicación personal a propósito de un punto que acaso no
- interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir
- a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado
- formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch,
- me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá
- atribuir a sí misma la causa de mi determinación.
-
- »Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión
- Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró
- la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa
- de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa
- de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So
- pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la
- hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me
- ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha
- procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad
- de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia
- Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.
-
- »PEDRO PETROVITCH LUDJIN.»
-
-
---¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--preguntó Pulkeria
-Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas--. ¿Cómo decirle
-a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese
-a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo...
-Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a
-suceder entonces?
-
---Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondió tranquilamente
-Razumikin.
-
---¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no
-acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más
-bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche
-y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la
-carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal
-objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué
-joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona
-las últimas monedas de plata que...
-
---Que representan para ti tantos sacrificios, mamá--interrumpió la
-joven.
-
---Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo
-Razumikin--. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en
-un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un
-muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no
-comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...
-
---Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo
-que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!--observó Dunia,
-mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del
-cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto
-de su atavío.
-
---Un regalo de su prometido--pensó Razumikin.
-
---Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--.
-Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche;
-a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!
-
-Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.
-
-Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de
-descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin
-embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos
-señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las
-mujeres que saben llevar humildes vestidos.
-
---Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo
-Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de
-Raskolnikoff.
-
-Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto
-piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba
-abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros
-y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal
-estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito
-de espanto.
-
-
-III
-
---¡Va bien, va bien!--exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las
-dos mujeres.
-
-El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el
-mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo,
-estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de
-lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún
-tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó
-llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se
-quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba
-bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea.
-
-Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con
-sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En
-vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el
-joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante
-una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo
-entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una
-herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba
-de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco
-frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y
-disimular sus impresiones.
-
---Sí, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su
-madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría
-el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--añadió
-dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano.
-
---También yo estoy asombrado de su notable mejoría--dijo Zosimoff--. De
-aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes,
-es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta
-enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora
-que tenía usted alguna parte de culpa--terminó con sonrisa reprimida el
-doctor, temeroso de irritar al enfermo.
-
---Es muy posible--replicó fríamente Raskolnikoff.
-
---Ahora que se puede hablar con usted--prosiguió Zosimoff--, quisiera
-convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a
-las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se
-curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas
-causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre
-inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud
-se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar
-sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un
-proyecto, y perseguirlo tenazmente.
-
---Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto
-posible, y entonces todo marchará como una seda.
-
-El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de
-producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a
-su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro
-de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien
-pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las
-gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita
-que les hizo la noche anterior.
-
---¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?--preguntó Raskolnikoff con voz
-inquieta--. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan
-penoso?
-
---¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no
-nos acostamos nunca antes de esa hora!
-
---No sé cómo darles las gracias--continuó Raskolnikoff, que de repente
-frunció las cejas y bajó la cabeza--. Prescindiendo de la cuestión de
-dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)--dijo dirigiéndose a
-Zosimoff--, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés.
-No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es
-ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco.
-
---No se atormente usted--replicó Zosimoff afectando reírse--; supóngase
-usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos,
-tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen
-nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya
-sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.
-
---Y no digo nada de éste--siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a
-Razumikin--. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar!
-
---¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental--exclamó
-Razumikin.
-
-Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de
-estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente
-distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta,
-observaba atentamente a su hermano.
-
---De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que
-parecía recitar una lección aprendida por la mañana--; hoy solamente he
-podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a
-casa.
-
-Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su
-hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la
-sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía.
-Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó
-con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del
-altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva
-del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de
-alegría.
-
-Razumikin se agitó nerviosamente en su silla.
-
---Aunque no fuera más que por esto le querría--murmuraba con su
-tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de él.
-
---¡Qué bien ha estado!--murmuró la madre para sí--. ¡Qué nobles
-arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su
-hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más
-delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--¡Ah, Rodia--añadió en voz
-alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff--, no
-puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka
-y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo
-decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para
-abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos
-dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te
-habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la
-impresión que nos hizo esta noticia.
-
---Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmuró
-Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no
-decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida.
-
---¿Qué es lo que yo quería deciros?--continuó esforzándose por
-coordinar sus recuerdos--. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti,
-Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he
-esperado en casa a que ustedes vinieran.
-
---¿Por qué dices eso, Rodia?--exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos
-asombrada que su hija.
-
---Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía--pensaba
-Dunia--; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura
-formalidad o recitase una lección.
-
---En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que
-ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre...
-Hasta hace un momento no me he podido vestir.
-
---¿Sangre? ¿Qué sangre?--preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada.
-
---No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio,
-paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser
-atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el
-traje.
-
---¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!--interrumpió
-Razumikin.
-
---Es verdad--respondió Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de
-todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa
-más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he
-hecho, por qué he ido a ese sitio.
-
---Es un fenómeno muy conocido--observó Zosimoff--; se realizan los
-actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias;
-pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y
-depende de diversas impresiones morbosas.
-
-La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó
-escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito.
-Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención
-alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una
-extraña sonrisa.
-
---Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido
-hace un momento--se apresuró a decir a Razumikin.
-
---¡Ah, sí!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño--. Me manché
-de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice
-ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo
-el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La
-pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres
-hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija...
-Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta
-miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer
-eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese
-dinero.
-
---No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que
-tú haces está bien hecho--respondió la madre.
-
---No, no estás muy convencida--replicó él procurando sonreírse.
-
-La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras,
-silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada
-cual de los presentes lo comprendía.
-
---¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria
-Alexandrovna.
-
---¿Qué Marfa Petrovna?
-
---Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi
-última carta.
-
---¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?--dijo el joven con
-el estremecimiento propio del hombre que despierta--. ¿Es posible que
-haya muerto? ¿Y de qué?
-
---De repente--se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a
-seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Murió precisamente
-el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha
-sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado.
-
---¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?--preguntó
-Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana.
-
---No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta
-cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia,
-y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la
-paciencia.
-
---De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado
-durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka.
-
-La joven frunció el entrecejo.
-
---Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más
-detestable--respondió casi temblando, y se quedó pensativa.
-
---Había ocurrido esta escena por la mañana--continuó Pulkeria
-Alexandrovna--. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar,
-porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por
-costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho
-apetito.
-
---¿A pesar de los golpes?
-
---Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar
-el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay
-una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el
-agua, le dió un ataque de apoplejía.
-
---No es extraño--observó Zosimoff.
-
---¡Como su marido le había pegado tanto!
-
---¿Qué importa eso?--dijo Advocia Romanovna.
-
---¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías--dijo
-Raskolnikoff con súbita irritación.
-
---¡Pero si no sabía de qué hablar!--confesó cándidamente Alexandrovna.
-
---Parece que me tenéis miedo--observó el joven con amarga sonrisa.
-
---Es la verdad--respondió Dunia fijando en su hermano una mirada
-severa--. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la
-cruz; tan asustada estaba.
-
-Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a
-darle una convulsión.
-
---¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices
-eso, Dunia?--añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En
-el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar
-contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y
-ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.
-
---¡Basta, mamá!--murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le
-estrechó la mano--; tiempo tenemos de hablar.
-
-Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de
-nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se
-confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante
-no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie.
-La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que,
-olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se
-dirigió a la puerta.
-
---¿A dónde vas?--gritó Razumikin asiéndole por un brazo.
-
-Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en
-torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.
-
---¡Qué fastidiosos son ustedes!--gritó de repente--. Digan algo. ¿Por
-qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar
-calladas.
-
---¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como
-ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz.
-
---¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Advocia Romanovna con inquietud.
-
---Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se
-echó a reír.
-
---Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...--murmuró
-Zosimoff levantándose--. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más
-tarde una vuelta por aquí.
-
-Saludó y salió.
-
---¡Qué buen hombre!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído,
-inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con
-desacostumbrada animación--. No me acuerdo adónde le he visto antes de
-mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre
-excelente!--añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin,
-el cual acababa de levantarse.
-
---Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer.
-
---Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado
-Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan
-bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que
-yo...
-
---Es un regalo de Marfa Petrovna.
-
---Y ha costado muy caro--añadió Pulkeria.
-
---Creía que era un obsequio de Ludjin.
-
---Aun no ha dado nada a Dunetshka.
-
---¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise
-casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada
-del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su
-hijo le hablaba.
-
---¡Ah! sí--respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con
-Dunia y Razumikin.
-
---¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven
-enfermiza y raquítica--continuó como absorto y sin levantar los ojos
-del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en
-un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas
-cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad
-es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si
-además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido
-más--añadió sonriéndose--. Aquello no tenía importancia... Fué una
-locura de primavera.
-
---No, no era solamente una locura de primavera--afirmó Dunia con
-convencimiento.
-
-Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no
-comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se
-levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.
-
---¿La amas aún?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.
-
---¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión
-lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que
-me causa la misma impresión cuanto me rodea.
-
-Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres.
-
---Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas
-de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué
-preguntarme?--añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a
-morderse las uñas y se quedó como ensimismado.
-
---¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo
-bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso
-silencio--: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu
-hipocondría.
-
---¿Esta habitación?--repitió él con aire distraído--. Sí, ha
-contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué
-ideas tan extrañas acabas de expresar!--añadió de repente con sonrisa
-enigmática.
-
-Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de
-aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años
-y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había,
-sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose
-pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal
-momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso.
-
---Ante todo he de pedirte, Dunia--comenzó a decir con tono seco--, que
-me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación
-en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo.
-Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te
-casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.
-
---Hijo mío, hablas como ayer--exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna--;
-¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables
-así. Ayer empleabas el mismo lenguaje.
-
---Hermano mío--respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad
-ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos
-encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche
-y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por
-alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi
-situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a
-mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución.
-
---Miente--pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas--.
-¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los
-caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a
-todos!
-
---En una palabra--continuó Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch,
-porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir
-lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De
-qué te ríes?
-
-Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de
-cólera.
-
---¿Que lo cumplirás todo?--preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura.
-
---Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi
-mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una
-opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme.
-¿Por qué sigues riéndote?
-
---Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no
-puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por
-interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que
-sabes ruborizarte.
-
---No es verdad, yo no miento--gritó la joven perdiendo su sangre
-fría--. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le
-estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida,
-y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú
-dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida
-de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme
-de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una
-tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a
-mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por
-qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío?
-
---¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!--exclamó
-Pulkeria Alexandrovna.
-
---No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a
-desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum!
-sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy
-mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso
-lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal?
-
---Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia.
-
-Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa.
-Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún
-acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de
-haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta.
-
---No comprendo nada--comenzó a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia
-discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un
-hombre sin cultura.
-
-Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba.
-
---Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no
-sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de
-negocios--añadió Raskolnikoff.
-
---Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se
-enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco
-contrariada del tono con que le hablaba su hermano.
-
---Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece
-que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación
-frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes
-tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo,
-he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de
-carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más
-que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además,
-manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a
-vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis,
-os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo.
-¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender
-tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a
-Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?
-
---No--respondió Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado
-demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil
-para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano
-mío. Yo no esperaba...
-
---Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse
-de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado
-grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay
-una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por
-cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica
-y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe,
-de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a
-la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta
-«notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida.
-En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores
-e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es
-decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender
-disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no
-basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al
-hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de
-todas veras deseo.
-
-Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la
-noche.
-
---Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?--preguntóle su madre, cuya
-inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como
-un hombre de negocios.
-
---¿Qué quiero decir?
-
---Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a
-nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra
-allí; por eso te pregunto qué piensas hacer.
-
---Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa
-exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para
-vosotras--contestó fríamente Raskolnikoff.
-
---Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con
-ella--se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.
-
---Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te
-suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que
-venga--continuó la joven dirigiéndose a Razumikin--. Mamá, me permito
-hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch.
-
---Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis--añadió su
-madre--. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor
-es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él.
-
-
-IV
-
-En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una
-joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general
-sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto
-no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven
-la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y
-en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era
-una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses
-y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y
-llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los
-adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su
-confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande,
-que dió un paso hacia atrás para retirarse.
-
---¡Ah! ¿es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él
-también se quedó turbado.
-
-Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes,
-contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca»,
-acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto
-a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba
-en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos
-atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más
-atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza,
-que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada,
-iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio.
-
---No esperaba a usted--se apresuró a decir invitándola con la mirada
-a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin
-duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese
-aquí.
-
-Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en
-una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó
-para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué
-indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un
-momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama,
-mostró a la joven la silla de Razumikin.
-
---Tú siéntate aquí--dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el
-sofá.
-
-Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras.
-Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia
-de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó
-tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia
-Raskolnikoff.
-
---Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia--dijo con voz
-trémula--. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien
-mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista
-mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a
-nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina
-Ivanovna espera que le concederá este honor.
-
---Ciertamente... haré lo posible por complacerla--balbució
-Raskolnikoff, que se había incorporado a medias--. Tenga usted la
-bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos.
-
-Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia
-obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras,
-bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se
-contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.
-
---Mamá--dijo con voz vibrante--, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la
-hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un
-coche y del cual ya te he hablado.
-
-Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a
-pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse
-esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a
-examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada
-vez más cortada, levantó de nuevo los ojos.
-
---Quería preguntar a usted--prosiguió Rodia--qué ha pasado hoy en su
-casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la
-policía...
-
---No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era
-tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se
-han incomodado.
-
---¿Por qué?
-
---Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora
-hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla
-del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba
-Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse.
-
---¿De modo que la conducción del cadáver es hoy?
-
---Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a
-las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre.
-
---¿Da una comida?
-
---Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el
-socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer
-los gastos del funeral.
-
-Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero
-logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos.
-
-Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando
-atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la
-barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante
-irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus
-ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía
-tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se
-advertía otra particularidad característica en su rostro como en su
-persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de
-contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla.
-Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos.
-
---¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos
-gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una
-colación?--preguntó Raskolnikoff.
-
---El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de
-suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto;
-después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina
-Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en
-contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo
-está y cómo es ella.
-
---Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi
-cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro.
-
---Ayer se desprendió usted de todo por nosotras--respondió Sonia con
-voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos.
-
-Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había
-impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y
-las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar.
-Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma
-Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable.
-
---Rodia--dijo levantándose--, supongo que comeremos juntos. Vámonos,
-Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de
-descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte
-fatigado.
-
---Sí, sí, iré--se apresuró a responder, levantándose también...--Tengo
-algo que hacer antes.
-
---¡Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclamó Razumikin, mirando
-con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.
-
---No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un
-minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad?
-
---No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio
-Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna.
-
---Yo también se lo ruego, venga usted--añadió Dunia.
-
-Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos
-experimentaron un malestar extraño.
-
---Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós,
-Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.
-
-Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a
-pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió
-precipitadamente de la habitación.
-
-No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este
-momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de
-Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó,
-se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una
-impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le
-hubiese afectado penosamente.
-
---Dunia, adiós--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano.
-
---Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?--respondió la joven, volviéndose
-hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.
-
---Bueno, dámela otra vez--y estrechó de nuevo la mano de su hermana.
-
-Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la
-mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que
-podamos decir por qué.
-
---¡Ea! Está bien--exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que
-se había quedado en el cuarto.
-
-Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.
-
-La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su
-interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes
-Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que
-Marmeladoff le había contado de su hija.
-
---Oye el asunto de que quería hablarte--prosiguió el joven tomando del
-brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.
-
---¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?
-
-Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.
-
---Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos
-secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.
-
-E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.
-
---¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A
-Porfirio Petrovitch.
-
---Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?--repuso
-Razumikin.
-
---¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?
-
---Sí, ¿y qué?--insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba
-la conversación.
-
---Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado
-alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que
-no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió
-mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que
-perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero
-tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero
-que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi
-madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única
-cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi
-madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que
-debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la
-policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué
-te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de
-comer me preguntará mi madre por el reloj.
-
---No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio
-Petrovitch--exclamó Razumikin extremadamente agitado--. ¡Oh, qué
-contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro
-estoy de que le encontraremos.
-
---Sea; vamos.
-
---Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti.
-Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja?
-¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna.
-
---Sofía Semenovna--rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven
-añadió--: Mi amigo Razumikin, excelente persona.
-
---Si usted tiene que salir...--comenzó a decir Sonia a quien esta
-presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a
-levantar los ojos para mirar a Razumikin.
-
---¡Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasaré por su casa, Sofía
-Semenovna. Dígame sus señas.
-
-Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación
-y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin
-ruborizarse. Los tres salieron juntos.
-
---¿No cierras la puerta?--preguntó Razumikin mientras bajaban la
-escalera.
-
---Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura.
-¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--añadió
-alegremente dirigiéndose a Sonia.
-
-Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.
-
---¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo
-ha podido dar con mi habitación?
-
-Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se
-cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.
-
---¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!
-
---¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que
-le di mis señas?
-
---¿Lo había usted olvidado?
-
---No... me acuerdo.
-
---Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su
-nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía
-su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff?
-Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted
-un cuarto amueblado...
-
-Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar
-la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la
-calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes
-y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita.
-Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía
-confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había
-manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día,
-quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento.
-
---¡Ah, ojalá no venga hoy!--murmuró angustiada--. ¡Dios mío! ¡En mi
-casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío!
-
-Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la
-casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que
-Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para
-hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al
-lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el
-señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le
-hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores
-y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le
-examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad;
-todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que
-no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó
-acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a
-quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y
-encaminarse a su casa.
-
-«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo
-averigüe.»
-
-Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se
-volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él.
-Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó
-a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola,
-andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de
-cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de
-ella a una distancia de cinco pasos.
-
-Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que
-representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de
-espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes
-nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso
-sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su
-ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su
-tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus
-cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a
-encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color
-más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría,
-seria y fija.
-
-El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba
-distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral.
-El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado.
-Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la
-derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»--dijo para sí el señor, y
-subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del
-desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó
-en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos
-palabras escritas con tiza: _Kapernumoff, Sastre_. «¡Bah!»--repitió el
-hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el
-número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.
-
---¿Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, riéndose, a Sonia--.
-Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el
-departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad!
-
-Sonia le miró con atención.
-
---Somos vecinos--continuó diciendo con tono alegre--. Llegué ayer a San
-Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.
-
-Sonia no respondió.
-
-Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y
-vergonzosa.
-
- * * * * *
-
-Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de
-su amigo.
-
---Perfectamente, querido--repetía muchas veces--. Estoy encantado, lo
-que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en
-casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?
-
---¿Que cuándo estuve?--murmuró Raskolnikoff, como procurando
-recordar--. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo
-demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos--se apresuró a
-decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado--. No
-tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la
-influencia de ese maldito delirio.
-
-Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».
-
---Vamos, sí, sí--contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que
-se le había ocurrido en aquel instante--. ¿De modo que por eso tú...?
-La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar
-de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro,
-ahora todo me lo explico.
-
-«¡Oh!--pensó Raskolnikoff--esa idea se la había metido en la cabeza;
-tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se
-considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas
-durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus
-sospechas.»
-
---¿Y qué, le encontraremos?--preguntó en alta voz.
-
---Ya lo creo que le encontraremos--respondió sin vacilar Razumikin--.
-Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no
-dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo
-que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente;
-pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico;
-le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al _viejo
-juego_, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su
-oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el
-cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!
-
---¿Y por qué?
-
---¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas
-malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a
-nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de
-Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo:
-«¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo
-solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme,
-Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin
-ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...
-
---¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas
-razón--respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada.
-
-Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo
-advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez
-de instrucción no dejaba de inquietarle.
-
-«Lo esencial es saber--pensó Raskolnikoff--si Porfirio tiene
-conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que
-hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto.
-Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho,
-que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré
-sincero.»
-
---¿Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con
-maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado.
-¿No es verdad?
-
---No, de ninguna manera--respondió Razumikin contrariado.
-
---No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una
-silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos;
-te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan
-pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te
-ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del
-color de la grana.
-
---¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?
-
---¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez
-colorado?
-
---¡Eres insoportable!
-
---Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo
-hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra
-persona!
-
---Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!--murmuró Razumikin
-helado de terror--. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres!
-
---Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien
-te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos,
-veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te
-has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada!
-¡Baja, baja la cabeza, para que te huela!
-
---¡¡¡Indecente!!!
-
-Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en
-apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa
-de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas
-del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería
-Raskolnikoff.
-
---¡Si dices una palabra, te reviento!--murmuró Razumikin furioso,
-agarrando por un brazo a su amigo.
-
-
-V
-
-Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la
-fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo
-lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más
-rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la
-vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran
-bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio
-Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada
-a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa,
-cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento
-esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre
-y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas
-palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron
-por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su
-seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más
-comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo,
-porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de
-dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.
-
---¡Ah, bribón!--vociferó con tan violento ademán, que derribó un
-veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.
-
---Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un
-perjuicio que causan ustedes al Estado--exclamó alegremente Porfirio
-Petrovitch.
-
-Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se
-olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera
-sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el
-momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que
-representaba.
-
-Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a
-causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber
-contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se
-dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso
-a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por
-cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón,
-sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se
-había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía
-engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad
-particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte,
-y su presencia le causó una desagradable sorpresa.
-
-«He ahí una cosa con la que no contaba»--pensó.
-
---Perdóneme usted, se lo suplico--dijo alto, con cortedad fingida,
-Raskolnikoff.
-
---¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo
-tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días--añadió Porfirio
-Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.
-
---No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la
-calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado
-más.
-
---¡Imbécil!--gritó Razumikin, sin volver la cabeza.
-
---Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla
-insignificante--observó, riendo, Porfirio Petrovitch.
-
---Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al
-diablo!--replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente
-su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch--. Basta de tonterías,
-y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch
-Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene,
-además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás
-aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?
-
-«¿Qué quiere decir esto?»--se preguntó con inquietud Raskolnikoff.
-
-La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo,
-se repuso en seguida.
-
---Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos--dijo con desenvoltura.
-
---¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha
-arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había
-manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no
-habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?
-
-El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en
-chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años,
-más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba
-barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza,
-gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de
-la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado,
-no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color
-amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera
-podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido
-por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar
-siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La
-mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía.
-A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta
-semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por
-mucho tiempo al observador inteligente.
-
-En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio,
-Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando
-él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su
-disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un
-hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por
-oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a
-hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.
-
-Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer
-su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio
-Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima.
-Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus
-miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa,
-cosa que pasaba los linderos de lo natural.
-
-«¡Ese imbécil!»--decíase interiormente Raskolnikoff.
-
---Es preciso hacer una declaración a la policía--respondió con
-indiferencia Porfirio Petrovitch--. Expondrá usted que, informado de
-tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al
-juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos
-le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya
-se le escribirá a usted.
-
---Desgraciadamente--replicó Raskolnikoff con fingida cortedad--no estoy
-en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas...
-¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos,
-y que, en cuanto tenga dinero...
-
---Eso no importa--replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente
-esta explicación financiera--; por lo demás, puede usted, si quiere,
-escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea
-usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...
-
---¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?--interrumpió
-Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del
-aspecto pecuniario de la cuestión.
-
---¡Oh! en cualquier papel.
-
-Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente
-burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven
-hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que
-encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba,
-porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.
-
-«Ese lo sabe»--se dijo instantáneamente.
-
---Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa--añadió bastante
-desconcertado--. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen
-para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando
-supe...
-
---Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff,
-que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos
-empeñados--recalcó con intención evidente Razumikin.
-
-Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel
-inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas,
-comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató
-de repararla.
-
---Parece que te burlas de mí, amigo mío--dijo a Razumikin, con aire
-ofendido--. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy
-insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como
-un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí.
-Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un
-groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras,
-pero mi madre ha venido a verme--y al decir esto se volvió hacia el
-juez--, y si supiese--continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin
-poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo--, si supiese que no tengo
-el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las
-mujeres!
-
---¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi
-pensamiento--protestaba Razumikin todo acongojado.
-
---¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?--se preguntaba
-ansiosamente Raskolnikoff--. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?
-
---¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?--preguntó Porfirio Petrovitch.
-
---Sí.
-
---¿Cuándo ha llegado?
-
---Ayer noche.
-
-El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.
-
---Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse
-jamás--repuso con tono tranquilo y frío--. Desde hace tiempo, esperaba
-yo la visita de usted.
-
-Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía
-implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció;
-pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba
-en preservar el tapete.
-
---¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado
-algunas cosas?
-
-Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.
-
---Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en
-casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba
-completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la
-indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.
-
---¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!--dijo Raskolnikoff
-con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al
-juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió
-bruscamente--: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los
-dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí,
-mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no
-olvida usted ni a uno... y... y...
-
-«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»
-
---Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había
-presentado aún--respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de
-burla.
-
---No me encontraba muy bien.
-
---Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo.
-Todavía está usted pálido.
-
---No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien--respondió
-Raskolnikoff con tono brutal y violento.
-
-Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.
-
-«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería--pensó--. Pero, ¿por
-qué me exasperan?»
-
---Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!--exclamó Razumikin--.
-La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo
-creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas,
-aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se
-vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe
-por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa
-semejante? Es un caso de los más notables.
-
---¡Bah! _¿En estado completo de delirio?_--dijo Petrovitch con el
-movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.
-
---Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de
-decirle a usted esto. La convicción de usted está formada--dejó
-escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio
-Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.
-
---¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado
-delirando?--dijo exaltándose Razumikin--. ¿Para qué semejante salida?
-¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has
-de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales.
-Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.
-
---Me habían fastidiado tanto ayer...--dijo Raskolnikoff dirigiéndose
-al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío--, y
-queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no
-pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad.
-El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor
-Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted
-el árbitro de nuestra disputa.
-
-En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le
-irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.
-
---Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza;
-pero le encontré a usted demasiado irascible--declaró secamente
-Zametoff.
-
---Y hoy--añadió Porfirio--me ha dicho Nikodim Fomitch que había
-encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un
-funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...
-
---Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía--dijo Razumikin--. ¿No te
-has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste
-de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses
-socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si
-quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo
-diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.
-
---Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo
-en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que
-he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado
-durante media hora en mi insubstancial palabrería--prosiguió con los
-labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio--. He importunado a ustedes,
-¿no es eso?
-
---¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me
-interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy
-encantado de haber recibido su visita.
-
---¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco--exclamó Razumikin.
-
---¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido,
-¿eh?
-
---¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?
-
-Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.
-
-En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba
-por extremo excitado.
-
---Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas
-precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me
-conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de
-ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en
-la cara desfachatadamente!--decía temblando de rabia--. Id derechamente
-contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es
-una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré
-y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.
-
-Respiró con ansia y continuó pensando:
-
---¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese
-un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de
-sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por
-un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen.
-Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen;
-pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha
-observado que yo le _hablé con mucha sutileza_? ¿por qué me han hablado
-con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo
-esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás
-de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un
-poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que
-absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis
-nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría
-o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer
-de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí
-como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no
-le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda.
-Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado
-sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado.
-¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo...
-Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se
-ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me
-podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece
-darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche...
-Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado
-con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no
-me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas
-conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía.
-La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un
-delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al _dvornik_...
-¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben
-o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto
-sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale
-quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que
-va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza.
-¿Por qué he venido?»
-
-Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago.
-Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen
-humor.
-
---Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de
-cabeza--comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no
-había demostrado hasta entonces--; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la
-velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién
-quedó la victoria?
-
---Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro
-de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo
-siguiente--agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff--: ¿hay crímenes o no
-los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!
-
---¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni
-siquiera tiene el mérito de la novedad--respondió distraídamente
-Raskolnikoff.
-
---La cuestión no se planteó en esos términos--observó el juez.
-
---Es verdad, no fué precisamente en esos términos--repuso Razumikin con
-su insistencia de costumbre--. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer
-me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido
-tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es
-en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal
-organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro
-móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al
-crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.
-
---A propósito de crimen y de ambiente--dijo Porfirio Petrovitch,
-dirigiéndose a Raskolnikoff--; recuerdo un trabajo de usted que me
-interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el _Crimen_... no me
-acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en _La
-Palabra Periódica_.
-
---¡Un artículo mío en _La Palabra Periódica_!--exclamó Raskolnikoff,
-sorprendido--. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la
-Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé
-a _La Palabra Semanal_ y no a _La Palabra Periódica_.
-
---Pues fué publicado en esta última.
-
---Como _La Palabra Semanal_ suspendió su publicación, mi artículo no
-pudo salir.
-
---Pero como esa revista se fundió con _La Palabra Periódica_, hace dos
-meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía
-usted?
-
---No.
-
---Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni
-siquiera se entera de lo que directamente le interesa.
-
---¡Muy bien, Rodia!--exclamó Razumikin--. Tampoco yo lo sabía. Hoy
-mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses
-que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué
-callado se lo tenía!
-
---¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.
-
---Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor
-jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó
-sobremanera.
-
---Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico
-del delincuente en el momento de cometer el crimen.
-
---Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es
-un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la
-parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en
-un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia,
-explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda
-recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la
-tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho
-absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales;
-hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.
-
-Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se
-sonrió.
-
---¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el
-criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del
-ambiente. ¿No es eso?--preguntó Razumikin con inquietud.
-
---No, no se trata de eso--replicó Porfirio--. En dicho artículo se
-clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros
-deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley;
-los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de
-saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres
-extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.
-
---¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!--balbució Razumikin
-estupefacto.
-
-Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se
-trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de
-su artículo no vaciló en explicarlo.
-
---No es eso--comenzó a decir con tono sencillo y modesto--. Confieso,
-no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi
-pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud
-(pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que
-yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas
-extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso
-cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría
-dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí
-sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario
-tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a
-su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en
-que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces
-útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es
-claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer
-que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de
-Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran
-podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de
-ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a
-esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría
-tenido el deber de _suprimir_ a esos diez, a esos cien hombres, a fin
-de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto
-no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho
-de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en
-gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a
-saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando
-por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta
-llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes,
-porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas,
-que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las
-generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el
-derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de
-notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido
-terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes
-hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y
-que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su
-naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor
-grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la
-rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues,
-a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve
-usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto
-ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de
-personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco
-caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy
-poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es
-justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide
-a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres
-ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a
-sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen
-el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las
-subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan
-rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera,
-de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que
-viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados
-a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de
-humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente
-de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar;
-sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable.
-La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo
-que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por
-encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés
-de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el
-derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha
-sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse
-mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los
-cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión
-conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige
-estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer
-grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El
-uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al
-mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente
-el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la
-nueva Jerusalén, por supuesto...
-
---De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.
-
---Sí que creo--respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su
-largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un
-punto del tapete.
-
---¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.
-
---Sí que creo--repitió el joven mirando a Porfirio.
-
---¿Y en la resurrección de Lázaro?
-
---Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?
-
---¿Y cree usted al pie de la letra?
-
---Al pie de la letra.
-
---Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero,
-permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta
-siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario,
-que...
-
---¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...
-
---Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.
-
---Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En
-general, la observación es muy exacta.
-
---Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los
-hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna
-señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una
-limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud
-natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían
-llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese
-usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría
-se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted,
-«a suprimir todos los obstáculos...»
-
---Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que
-la primera.
-
---Muchas gracias.
-
---No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es
-posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado
-quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia
-innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la
-Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores»,
-y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión
-es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a
-los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas
-y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un
-verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no
-van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y
-volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad
-de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque
-son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros
-estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos...
-Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias
-públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse
-por ellos.
-
---¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero
-hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay
-muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a
-las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas,
-confiese usted que la cosa será bastante desagradable.
-
---Tampoco por eso se debe usted inquietar--prosiguió en el mismo tono
-Raskolnikoff--. En general, nace un número muy escaso de hombres con
-una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es
-evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías
-y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente
-determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos
-es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse
-algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para
-dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas,
-un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que
-va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un
-hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas).
-Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan
-millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja
-una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una
-palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera;
-pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.
-
---Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?--gritó Razumikin--.
-Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro!
-¿Hablas con formalidad, Rodia?
-
-Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en
-el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la
-fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el
-tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego
-dijo:
-
---Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al
-decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído
-mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te
-pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar
-sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He
-aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa
-autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo
-sería la autorización legal, oficial...
-
---Exacto, más espantosa--afirmó Porfirio.
-
---No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que
-has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir
-uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo
-lo leeré.
-
---No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa
-cuestión--dijo Raskolnikoff.
-
---Sí, sí--repuso el juez--; ahora comprendo sobre poco más o menos la
-manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted
-mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma...
-futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos
-le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga
-campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se
-procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...
-
-Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su
-rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.
-
---Obligado estoy a reconocer--respondió éste con calma--que, en efecto,
-existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio
-tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se
-dejan cazar con él.
-
---¿Lo está usted viendo?
-
---¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace
-un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el
-asesinato--añadió señalando a Razumikin--; ¿qué importa? ¿Acaso no
-está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones,
-las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué
-inquietarse? ¡Buscad al ladrón!
-
---¿Y si le encontramos?
-
---Peor para él.
-
---Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?
-
---¿Y a usted qué le importa eso?
-
---Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.
-
---El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su
-castigo, independientemente del presidio.
-
---¿De modo--preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo--, que los
-hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de
-matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?
-
---¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni
-se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento
-acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los
-hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar
-honda tristeza en la tierra--añadió Raskolnikoff, acometido de súbita
-melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.
-
-Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire
-soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la
-comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de
-ello.
-
-Todos se levantaron.
-
-Porfirio Petrovitch volvió a la carga.
-
---Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es
-más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta.
-Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto
-que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una
-idea que se me ha ocurrido...
-
---¡Bueno!... diga usted su idea--respondió Raskolnikoff en pie, pálido
-y serio, frente al juez de instrucción.
-
---Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy
-extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable...
-que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de
-quienes hablaba hace poco... ¿No es así?
-
---Es muy posible--respondió desdeñosamente Raskolnikoff.
-
-Razumikin hizo un movimiento.
-
---Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de
-dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad,
-no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo...
-a matar y a robar?
-
-Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como
-antes.
-
---Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted--replicó
-Raskolnikoff con acento altanero de desafío.
-
---Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria;
-la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo
-de usted.
-
-«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»--pensó
-Raskolnikoff con algo de desprecio.
-
---Permítame usted que le diga--respondió secamente--que yo no me creo
-ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género:
-por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si
-estuviese en lugar de ellos.
-
---¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?--dijo con
-brusca familiaridad el juez instructor.
-
-Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.
-
---¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta
-semana última?--saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.
-
-Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada
-fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato
-hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada
-irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se
-dispuso a salir.
-
---¿Se marcha usted ya?--dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la
-mano al joven con extrema amabilidad--. Estoy encantado de haberle
-conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en
-el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de
-estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once.
-Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los
-últimos que ha estado _allí_, podrá quizá decirnos algo--añadió en tono
-de campesino el juez de instrucción.
-
---¿Trata usted de interrogarme en toda regla?--preguntó secamente
-Raskolnikoff.
-
---De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No
-me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he
-hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la
-víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como
-usted es el último que estuvo... A propósito--exclamó con súbita
-alegría--, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba...
-(al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a
-propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su
-inocencia--prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Pero, ¿qué hacer?
-Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería
-preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted
-que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí?
-
---Sí--respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no
-tenía necesidad de dar.
-
---Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el
-segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda
-usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando
-la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos
-obreros.
-
---¿Pintores? No, no los vi...--respondió lentamente Raskolnikoff, como
-si tratase de recordar.
-
-Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su
-espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta
-hecha por el juez de instrucción.
-
---No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el
-cuarto--continuó muy contento de haber descubierto la trampa--; de lo
-que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente
-de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque
-tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de
-arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos
-visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...
-
---¡Pero qué estás diciendo!--gritó de repente Razumikin, que hasta
-entonces había estado como reflexionando--: Si fué el mismo día del
-asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo
-dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta?
-
---¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas--exclamó Porfirio
-dándose una palmada en la frente--. ¡Qué diablos! este asunto me
-hace perder la cabeza--añadió a modo de excusa dirigiéndose a
-Raskolnikoff--. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el
-cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído
-obtener de usted esta aclaración... He confundido los días.
-
---Pues convendría fijarse más--gruñó Razumikin.
-
-Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó
-amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes
-y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin
-cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de
-atravesar por una prueba penosa.
-
-
-VI
-
---No lo creo. No puedo creerlo--repetía Razumikin, que hacía toda clase
-de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.
-
-Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los
-esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.
-
-En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante
-en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez
-que los dos jóvenes hablaban de _aquello_ sin valerse de palabras
-encubiertas.
-
---No lo creas si no quieres--respondió con fría e indiferente sonrisa
-Raskolnikoff--. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo
-he pesado cada palabra.
-
---Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas
-intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era
-bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes
-razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto?
-
---Habrá cambiado de opinión desde ayer.
-
---No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el
-contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su
-juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento
-oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te
-colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada...
-
---Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un
-tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego
-con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían
-hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una
-sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se
-apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya
-en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener
-pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente;
-acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en
-estas cosas. Dejémoslas.
-
---¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos
-francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en
-confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa
-idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento
-flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es
-ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que
-ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras
-cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado
-por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que
-existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que
-tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en
-su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos,
-calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya
-insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una
-letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace
-un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor
-insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya
-al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque
-además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él?
-En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que
-tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida
-de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será
-mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus
-barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de
-salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es
-vergonzoso!
-
-«Se ha despachado, convencido de lo que dice»--pensó Raskolnikoff.
-
---¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro
-interrogatorio!--respondió tristemente--; será menester que yo me
-rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff
-en el _traktir_.
-
---¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente,
-y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la
-boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff...
-¡Espera!--gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el
-brazo--¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy
-convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la
-pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú
-hubieras hecho _eso_, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías
-visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por
-el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a
-sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?
-
---Si yo hubiese hecho _tal cosa_, no habría dejado de decir que había
-visto a los obreros--repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella
-conversación con violento disgusto.
-
---¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses?
-
---Porque solamente los _mujiks_ y las personas más limitadas lo
-niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que
-sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad
-trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera,
-modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según
-todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí;
-creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía
-haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un
-sentido favorable a mi causa.
-
---Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen
-los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado
-en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete.
-
---Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que
-obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa
-circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la
-casa dos días antes del crimen.
-
---¿Pero, cómo olvidarlo?
-
---Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos;
-respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios.
-Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas
-insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú
-supones.
-
---Eso quiere decir que es un pillo.
-
-Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se
-asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él,
-que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y
-porque no podía menos.
-
-«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»--pensaba.
-
-Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que
-bien pronto llegó a ser intolerable.
-
-Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.
-
---Entra solo--dijo bruscamente Raskolnikoff--; vuelvo en seguida.
-
---¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?
-
---Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú
-les dirás...
-
---Bueno, te acompaño.
-
---¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte?
-
-Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan
-desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato
-en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba
-aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de
-haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo
-estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las
-señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan
-largo retraso.
-
-Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor,
-y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró
-en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo.
-En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano
-bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo
-encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y
-lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se
-aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los
-objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared:
-si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos
-de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones
-escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en
-contra suya!
-
-Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una
-sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin
-ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la
-calle.
-
---Ahí lo tiene usted--gritó una voz.
-
-El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su
-habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja
-estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una
-especie de _khalat_ y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por
-un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado.
-A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de
-cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.
-
---¿Qué es eso?--preguntó acercándose al _dvornik_.
-
-El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una
-palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa.
-
---Pero, ¿qué significa esto?--gritó Raskolnikoff.
-
---Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha
-dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En
-esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido.
-
-El _dvornik_ estaba también un poco asombrado; pero no con exceso.
-Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril.
-
-Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de
-la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso
-lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera
-podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir
-al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente
-el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida
-ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta
-suerte sin decir una palabra.
-
---Usted ha preguntado por mí al _dvornik_...--comenzó a decir
-Raskolnikoff sin levantar la voz.
-
-El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un
-nuevo silencio.
-
---Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere
-decir esto?--añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las
-palabras salían con trabajo de sus labios.
-
-Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión
-siniestra.
-
---¡Asesino!--dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.
-
-Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se
-doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda.
-Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con
-extraordinaria violencia.
-
-Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir
-una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero.
-
---¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?--balbuceó
-Raskolnikoff con voz casi ininteligible.
-
---Tú eres el asesino--replicó el otro recalcando sus palabras con más
-precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se
-dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido
-rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.
-
-Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por
-una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.
-
-Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la
-mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se
-volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo
-sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff
-creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con
-expresión de odio frío y triunfante.
-
-Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su
-casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa,
-permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se
-echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro.
-Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo
-Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se
-hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos
-permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la
-sala y se aproximó con precaución al sofá.
-
---¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde--dijo
-en voz baja Anastasia.
-
---Tienes razón--respondió Razumikin.
-
-Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media
-hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con
-brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.
-
---¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde
-estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se
-encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica
-que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...?
-¿Es esto posible?--continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial--. Y
-el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa
-que no podía suponerse?
-
-Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento
-disgusto de sí mismo.
-
---¡Yo debía suponer esto!--pensó con amarga sonrisa--. ¿Cómo me
-he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he
-atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber
-de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...--murmuró
-desesperado.
-
-A veces se detenía ante este pensamiento.
-
---No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero
-_amo_ a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París,
-olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la
-batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a
-un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de
-que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne
-sino de bronce.
-
-Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír.
-
---¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un
-registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre
-forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio
-Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por
-ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?»,
-preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería!
-
-De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de
-exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento:
-
---La vieja no significa nada--se decía en un acceso--. Supongamos
-que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido
-más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto
-posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un
-principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima!
-Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco,
-por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué
-hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son
-laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la
-humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar
-«la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor
-es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta
-apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el
-mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal,
-y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis
-olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo
-para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un
-gusanillo estético nada más, nada más--añadió riendo de repente como
-un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al
-sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados--. Sí,
-en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora
-sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un
-mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar
-por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme
-satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah!
-¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con
-toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y
-al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar
-mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al
-monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy
-definitivamente un gusano--añadió rechinando los dientes--, porque soy
-más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque _presentía_
-que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo
-comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo
-al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere!
-¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta
-cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente
-al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones!
-¡Obedece, temblorosa criatura, y _guárdate de querer_, porque eso no es
-cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja!
-
-Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y
-su mirada inmóvil no se apartaba del techo.
-
---¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que
-ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo
-soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he
-besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...!
-¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida
-la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la
-casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la
-hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!...
-¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo
-aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!
-
-Perdió la conciencia de sí mismo y con gran sorpresa advirtió que
-estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas,
-la luna llena brillaba con resplandor cada vez más vivo, pero la
-atmósfera era sofocante. Había mucha gente en las calles; los obreros
-y los hombres ocupados volvían apresuradamente a sus casas; los otros
-se paseaban. Flotaba en la atmósfera olor de cal, de polvo, de agua
-cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba
-perfectamente que había salido de su casa con algún objeto, que
-tenía que hacer una cosa urgente; ¿pero cual? La había olvidado.
-Bruscamente advirtió que desde la acera de enfrente un hombre le
-hacía señas con la mano; cruzó la calle para juntarse con él, pero,
-de repente, este hombre giró sobre sus talones, y, como si tal cosa,
-continuó su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que
-llamaba a Raskolnikoff. «¿Me habré engañado?»--pensó este último, y
-se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoció
-de improviso y se aterró: era el burgués de antes, encorvado, con el
-mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazón latía con fuerza, marchaba a
-alguna distancia; entraron en un _pereulok_. El hombre no se volvía.
-«¿Sabe que le sigo?»--se preguntaba Raskolnikoff. El burgués franqueó
-el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanzó vivamente hacia la
-puerta y se puso a mirar, pensando que quizá aquel misterioso personaje
-se volvería para llamarle. En efecto, cuando el burgués estuvo en el
-zaguán, se volvió bruscamente y pareció llamar con un gesto al joven.
-Este se apresuró a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio
-no vió al burgués. Presumiendo que aquel hombre habría tomado por la
-primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrás de él. En efecto,
-dos pisos más arriba se oían resonar los pasos lentos y regulares en
-los peldaños. Cosa extraña; le parecía reconocer aquella escalera. He
-aquí la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste,
-se filtraba al través del vidrio; he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este
-es el cuarto en que trabajaban los pintores. ¿Cómo no había reconocido
-en seguida la casa?» Los pasos del hombre que le precedía cesaron de
-oírse. «Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aquí
-el tercer piso: ¿subiré más arriba? ¡Qué silencio! ¡Este silencio es
-terrible!» Sin embargo, siguió subiendo la escalera. Le daba miedo el
-rumor de sus propios pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! El burgués
-se ha ocultado seguramente aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que daba
-al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexionó un
-instante; después entró. Halló la antesala completamente vacía y muy
-obscura. El joven pasó a la sala marchando de puntillas. La luz de la
-luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el
-mobiliario no había cambiado. Raskolnikoff encontró en sus antiguos
-puestos las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. Por
-la ventana se veía la luna, cuya enorme faz redonda tenía un color
-cobrizo. Largo tiempo esperó en medio de un profundo silencio. De
-repente, oyó un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Después
-volvió a quedar todo en silencio. Una mosca que se había despertado fué
-volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En
-el mismo instante, en un rincón, entre el armarito y la ventana creyó
-notar que había un manto de mujer colgado en la pared. «¿Por qué está
-este manto aquí?--pensó--; antes no estaba.» Se aproximó cautelosamente
-sospechando que tras de aquel vestido debía de haber alguien oculto.
-Apartando con precaución el manto, vió que había allí una silla, y en
-esta silla, en el rincón, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal
-modo inclinada tenía la cabeza, que el joven no pudo ver la cara;
-pero comprendió que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»--se dijo
-Raskolnikoff. Sacó suavemente el hacha del nudo corredizo y le dió
-dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraña, la vieja no vaciló
-bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el
-joven, se inclinó hacia ella para examinarla, pero la vieja bajó aún
-más la cabeza. Entonces él se inclinó hasta el suelo, la miró de abajo
-arriba y al ver su rostro se quedó espantado: la vieja se reía, sí,
-reía, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se
-la oyese. De repente le pareció a Raskolnikoff que la puerta de la
-alcoba estaba abierta y que allí también se reían y hablaban en voz
-baja. Se puso entonces rabioso y comenzó a descargar hachazos con toda
-su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas
-y los cuchicheos de la alcoba se oían más distintamente; en cuanto a
-la vieja, se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se
-había llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba
-abierta; en éste y en la escalera había, desde arriba hasta abajo,
-multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra.
-Tenía encogido el corazón y parecía que se le habían clavado los pies
-en el suelo; quiso gritar y se despertó.
-
-Respiró con fuerza; pero creía que aun estaba soñando cuando vió en pie
-en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no
-conocía y que le miraba con atención.
-
-Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió
-a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió.
-«Esta es la continuación de mi sueño»--pensó mientras abría casi
-imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el
-desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle.
-Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y
-después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del
-sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff.
-Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en
-el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a
-una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en
-una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía
-la barba espesa, de un color rubio casi blanco.
-
-Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación
-reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco
-ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar
-había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo
-insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá.
-
---Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere?
-
---Bien sabía que su sueño no era más que una ficción--respondió el
-desconocido con sonrisa tranquila--. Permítame usted que me presente:
-Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...
-
-
-
-
-CUARTA PARTE
-
-
-I
-
---¿Estoy bien despierto?--pensó de nuevo Raskolnikoff, mirando
-desconfiadamente al inesperado visitante--. ¿Svidrigailoff? ¡No puede
-ser de ningún modo!--dijo al cabo en voz alta, no atreviéndose a dar
-crédito a sus oídos.
-
-Esta exclamación pareció no sorprender a su extraño visitante.
-
---He venido a casa de usted por dos razones: primera, por conocerle
-personalmente, porque desde hace mucho tiempo he oído hablar a menudo y
-en términos muy halagadores de usted; y después, porque espero que no
-me negará su concurso en una empresa que tiene relación directa con los
-intereses de su hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin recomendación, me
-costaría mucho trabajo ser recibido por ella, puesto que está prevenida
-contra mí; pero, presentado por usted, la cosa varía.
-
---Se engaña usted al contar conmigo--replicó Raskolnikoff.
-
---¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras? Permita usted que se lo
-pregunte.
-
-Raskolnikoff no contestó.
-
---Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo llegué anteayer. Escuche usted,
-Rodión Romanovitch, lo que tengo que decirle a este propósito; creo
-superfluo justificarme; pero permítame que le pregunte: ¿Qué hay, en
-rigor, en todo esto de particularmente culpable por mi parte, si se
-aprecian las cosas con serenidad y sin prejuicios?
-
-Raskolnikoff continuaba examinándole sin despegar los labios.
-
---Me dirá usted que he perseguido en mi casa a una joven sin defensa
-y que «la he insultado con proposiciones deshonrosas». (Quiero
-adelantarme a la acusación.) Pero considere usted que soy hombre, _el
-nihil humanum_... en una palabra, que soy susceptible de ceder a un
-arrebato, de enamorarme, cosa independiente de la voluntad. De esta
-manera todo se explicará del modo más natural del mundo. La cuestión
-estriba en esto: ¿Soy un monstruo o una víctima? Ciertamente soy
-una víctima. Cuando yo proponía a mi adorada que huyera conmigo a
-América o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona los más respetuosos
-sentimientos y pensaba en asegurar nuestra común felicidad... La razón
-es la esclava de la pasión; yo he sido el principalmente perjudicado.
-
---No se trata, en modo alguno, de eso--replicó Raskolnikoff con
-sequedad--. Tenga usted razón o no, me es usted completamente odioso.
-No quiero conocer a usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de aquí!...
-
-Svidrigailoff soltó una carcajada.
-
---No hay medio de engañar a usted--dijo con franca alegría--; quería
-echármelas de ingenioso, pero con usted no sirve.
-
---¿Todavía quiere usted embromarme?
-
---Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?--repitió su interlocutor, riéndose
-con toda su alma--; en buena guerra, como dicen los franceses, la
-malicia no tiene nada de ilícita... Pero usted no me ha dejado acabar.
-Volviendo a lo que hace un momento decía, nada desagradable ha pasado,
-sino el incidente del jardín. Marfa Petrovna...
-
---Se dice también que usted ha matado a su esposa--dijo,
-interrumpiéndole brutalmente Raskolnikoff.
-
---¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de
-asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace,
-no sé, en verdad, qué decirle, puesto que tengo la conciencia muy
-tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las
-formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe
-de los médicos ha demostrado que mi esposa murió de un ataque de
-apoplejía, producido por un baño tomado inmediatamente después de una
-abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo único que ha
-podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces,
-sobre todo cuando venía en el tren, camino de San Petersburgo, me he
-preguntado si habría yo contribuído, moralmente, por supuesto, a esa...
-desgracia, sea causando la desesperación de mi mujer, sea de alguna
-otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha
-habido ni sombra de eso.
-
-Raskolnikoff se echó a reír.
-
---¿De modo que esto le divierte...?
-
---Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente le di dos latigazos sin
-importancia que no le dejaron señal alguna... No me tenga usted, se
-lo ruego, por un hombre cínico; sé muy bien que eso de los latigazos
-es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de
-brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurrió
-lo de su hermana de usted, mi mujer se fué con el cuento por toda la
-ciudad y fastidió a cuantos la conocían por la famosa carta (ya sabrá
-usted, sin duda, que se la leía a todo el mundo); de modo que los dos
-latigazos fueron propinados muy oportunamente.
-
-A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin
-de cortar por lo sano la conversación; pero cierta curiosidad y una
-especie de cálculo le decidieron a tener un poco de paciencia.
-
---¿Le gusta a usted manejar el látigo?--dijo con aire distraído.
-
---No mucho--respondió tranquilamente Svidrigailoff--. Casi nunca
-habíamos reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy buena armonía, y ella
-estaba siempre contenta de mí. Durante siete años de vida conyugal,
-no me serví del látigo más que dos veces (prescindiendo de otra
-ocasión que por lo demás fué un caso bastante ambiguo); la primera,
-ocurrió dos meses después de nuestro matrimonio, en el momento en que
-acabábamos de instalarnos en el campo; la segunda, y última, fué en
-las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba
-ya como un monstruo, como un retrógrado, como un partidario de la
-servidumbre. ¡Ja, ja, ja!
-
-Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tenía un plan muy
-madurado y que todo aquello era fina astucia.
-
---Debe usted haber pasado muchos días sin hablar con nadie--dijo el
-joven.
-
---Algo de verdad hay en esa suposición; pero usted se asombra, ¿no es
-cierto, de hallarme de tan buen humor?
-
---Y hasta me parece demasiado bueno...
-
---¿Porque no me he formalizado con la grosería de las preguntas
-de usted? ¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? Como usted me ha
-preguntado le he respondido--contestó Svidrigailoff con una singular
-expresión de franqueza--. En verdad, yo no me intereso, digámoslo
-así, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo
-demás, libre es usted de pensar que abrigo propósitos interesados
-para captarme sus simpatías, tanto más cuanto que tengo ciertas miras
-respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente
-se lo digo, ¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres días, que
-tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodión
-Romanovitch, me parecía usted muy raro. En efecto, advierto en usted
-algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo
-momento, sino desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted
-el ceño... No soy tan oso como usted cree...
-
---No lo tengo por oso--dijo Raskolnikoff--; más aún, me parece que es
-usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted
-ser, en llegando la ocasión, _comme il faut_.
-
---Me tiene sin cuidado la opinión de los demás--contestó Svidrigailoff
-con tono seco y ligeramente desdeñoso--; y además, ¿por qué no adoptar
-las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un país en que
-son tan cómodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensión
-natural?--añadió riendo.
-
-Raskolnikoff le miraba sombríamente.
-
---He oído decir que conoce usted a mucha gente--le dijo--. No es usted
-lo que se llama «un hombre sin relaciones». Siendo esto así, ¿qué viene
-usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado?
-
---Es verdad, como usted dice, que tengo aquí muchos
-conocimientos--repuso el visitante sin responder a la principal
-pregunta que se le había dirigido--; en los tres días que llevo de
-corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo
-que también ellos han reparado en mí. Visto de una manera conveniente,
-y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolición
-de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de
-reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables.
-Estoy aquí desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester
-que la gente de los círculos y los parroquianos del restaurant Dugsand
-se priven de mi presencia. Por otra parte, ¿qué placer hay en hacer
-trampas en el juego?
-
---¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego?
-
---¡Claro está! Hace ocho años formábamos una verdadera sociedad
-(hombres _comme il faut_, capitalistas y poetas), que pasábamos el
-tiempo jugando a las cartas y haciendo todas las trampas que podíamos.
-¿Ha observado usted que en Rusia las personas de buen tono son todas
-tramposas? Pero en aquella época, un griego de Niejin, a quien debía
-ya 70.000 rublos, me hizo encarcelar por deudas. Entonces se presentó
-Marfa Petrovna y mediante 30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor,
-obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos en legítimo matrimonio, y mi
-esposa se apresuró a llevarme a sus posesiones para ocultarme allí como
-un tesoro. Tenía cinco años más que yo y me quería mucho. Durante siete
-años no me he movido de la aldea. Advierto a usted que toda su vida mi
-señora guardó, a título de precaución contra mí, la letra de cambio
-que me había hecho firmar el griego y que ella rescató valiéndose de
-un testaferro; si hubiera tratado de sacudir el yugo, me habría metido
-bonitamente en la cárcel. A pesar de todo su afecto hacia mí, no
-hubiera vacilado un momento; en las mujeres se observan contradicciones
-como ésta.
-
---Si no le hubiera tenido así agarrado, ¿la habría dejado usted
-plantada?
-
---No sé qué responderle. Ese documento no me inquietaba mucho. No
-deseaba ir a ninguna parte. Dos veces la misma Marfa Petrovna, viendo
-que me aburría, me animó a hacer un viaje por el extranjero. Pero yo
-había visitado ya a Europa y me había aburrido horriblemente. Allí,
-sin duda, solicitan la admiración los grandes espectáculos de la
-Naturaleza; pero mientras contemplamos un amanecer, el mar, la bahía de
-Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio sin saber por qué. ¿No es
-mejor estar entre nosotros? Aquí, por lo menos, se acusa a los demás de
-todo y se justifica uno a sus propios ojos. Ahora haría de buena gana
-una expedición al Polo ártico, porque el vino, que era mi solo recurso,
-ha acabado por disgustarme. No quiero ya beber; he abusado de ello.
-Pero se dice que hay una ascensión aerostática el domingo en el jardín
-Jussupoff. Berg intenta, según parece, emprender un gran viaje aéreo y
-consiente en admitir algunos pasajeros mediante cierto precio... ¿No es
-verdad?
-
---¿Desea usted ir en globo?
-
---¿Yo? No... sí...--murmuró Svidrigailoff, que se había quedado
-pensativo.
-
-«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba Raskolnikoff.
-
---No, la letra de cambio no me inquietaba--dijo Svidrigailoff--. Por mi
-gusto permanecía en la aldea. Hará próximamente un año, Marfa Petrovna,
-con motivo de mi santo, me devolvió el papel acompañado de una cantidad
-importante a título de regalo. Tenía mucho dinero. «Ya ves, Arcadio
-Ivanovitch, qué confianza me inspiras», me dijo. Le aseguro a usted que
-se expresaba así. ¿No lo cree usted? He de decirle que yo cumplía muy
-bien mis deberes de propietario rural; era muy conocido en el país.
-Además, para entretener mis ocios, encargaba libros. Al principio, mi
-mujer aprobaba mi afición a la lectura; pero más tarde llegó a temer
-que me fatigase mi excesiva aplicación.
-
---Dispense usted--replicó molestado Raskolnikoff--; déjese de todo
-eso, y dígame, si quiere, el motivo de su visita, tengo prisa y voy a
-salir...
-
---Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia Romanovna, va a casarse con
-Pedro Petrovitch Ludjin?
-
---Ruego a usted que deje a mi hermana a un lado en esta entrevista
-y que no pronuncie su nombre. Me asombra que se atreva usted a
-pronunciarlo en mi presencia.
-
---¿Cómo no nombrarla, si he venido precisamente para hablar a usted de
-ella?
-
---Está bien; haga usted el favor de terminar cuanto antes.
-
---Ese señor Ludjin es algo pariente mío, por parte de mi difunta
-esposa. Estoy seguro de que usted tiene ya formada opinión acerca de
-él si es que le ha visto, aunque no haya sido más que media hora, o
-si le ha hablado a usted de él alguna persona digna de crédito. No
-es un partido conveniente para Advocia Romanovna. Estoy convencido
-de que su hermana de usted se sacrifica de una manera tan magnánima
-como inconsiderada; se inmola por... su familia. Después de lo que he
-sabido respecto a usted, pensaba que vería con gusto la ruptura de ese
-matrimonio, siempre que no perjudicase a los intereses de su hermana.
-Ahora que le conozco personalmente, no tengo ninguna duda sobre el
-particular.
-
---Por parte de usted eso es muy cándido; perdone usted, quería decir
-muy desvergonzado--replicó Raskolnikoff.
-
---Según eso, Rodión Romanovitch, me supone usted miras interesadas.
-Esté tranquilo: si yo trabajase para mí ocultaría mejor el juego; no
-soy tan imbécil. Voy a este propósito a descubrirle una particularidad
-psicológica. Hace poco me acusaba de haber amado a su hermana de usted,
-diciendo que había sido yo su víctima. Pues bien, al presente no siento
-ningún amor por ella, de tal modo que me asombro de haber estado
-seriamente enamorado...
-
---Era un capricho de un hombre desocupado y vicioso...
-
---En efecto, soy un hombre desocupado y vicioso. Por otra parte, su
-hermana de usted posee mérito bastante para impresionar a un libertino
-como yo; pero todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente ahora.
-
---¿Y desde cuándo lo ha advertido usted?
-
---Ya lo sospechaba hace algún tiempo y me he convencido definitivamente
-de ello ayer, casi en el momento de llegar a San Petersburgo. Pero en
-Moscou todavía estaba decidido a obtener la mano de Advocia Romanovna y
-a disputársela como rival al señor Ludjin.
-
---Perdone usted que le interrumpa. ¿No podría abreviar y decirme en
-seguida el objeto de su visita? Le repito que tengo prisa, que he de
-hacer varias cosas...
-
---Con mucho gusto. Determinado ahora a emprender cierto viaje, quisiera
-antes arreglar varios asuntos. Mis hijos están en casa de su tía,
-son ricos y no me necesitan para nada. Por otra parte, ¿comprende
-usted que pueda representar yo como es debido el papel de padre? No
-he tomado más dinero que el que Marfa Petrovna me regaló hace un
-año; ese dinero me basta. Dispénseme usted, voy al grano. Antes de
-ponerme en camino quiero acabar con el señor Ludjin. No es que le
-deteste precisamente; pero él ha sido la causa de mi última rencilla
-con mi mujer; me incomodé cuando supe que ella había concertado ese
-matrimonio. Ahora me dirijo a usted para poder llegar a presencia
-de Advocia Romanovna; usted puede, si le parece, asistir a nuestra
-entrevista. En primer lugar desearía poner ante los ojos de su hermana
-todos los inconvenientes que resultarían para ella de su enlace con
-Ludjin. Le suplicaría después que me perdonase por los disgustos que
-le he causado, y le pediría permiso para ofrecerle 10.000 rublos, lo
-que la indemnizaría de una ruptura con el señor Ludjin, ruptura que,
-estoy seguro de ello, no repugnaría a su hermana de usted si viera la
-posibilidad de realizarla.
-
---¡Está usted loco, rematadamente loco!--exclamó Raskolnikoff con más
-sorpresa que cólera--. ¿Cómo se atreve a hablar de esa manera?
-
---Sabía perfectamente que iba usted a ponerse hecho una furia; pero
-comenzaré haciéndole observar que, aun no siendo rico, puedo disponer,
-sin embargo, de esos 10.000 rublos; quiero decir, que no los necesito.
-Si Advocia Romanovna no los acepta, sabe Dios el estúpido empleo
-que les daría. En segundo lugar, mi conciencia está completamente
-tranquila; en mi ofrecimiento no entra para nada el cálculo; créanlo
-o no lo crean, el porvenir se lo demostrará a usted y a Advocia
-Romanovna. En resumen, he molestado excesivamente a su honradísima
-hermana de usted; he experimentado un sincero pesar por lo ocurrido,
-y ansío no reparar por una compensación pecuniaria las contrariedades
-que le he ocasionado, sino hacerle un servicio insignificante, para
-que no se diga que sólo la he hecho mal. Si mi ofrecimiento ocultase
-alguna segunda intención, no lo haría tan francamente y no me limitaría
-a ofrecer 10.000 rublos, cuando le ofrecí mucho más hace cinco semanas.
-Por otra parte, yo pienso casarme con una joven dentro de poco, así
-que no puede sospecharse que yo quiera seducir a Advocia Romanovna.
-En suma, diré a usted que si se casa con el señor Ludjin, Advocia
-Romanovna recibirá esa misma cantidad, sólo que por otro conducto...
-No se incomode, señor Raskolnikoff; juzgue usted las cosas con calma y
-sangre fría.
-
-Svidrigailoff había pronunciado estas palabras con extraordinaria calma.
-
---Suplico a usted que no siga--repuso Raskolnikoff--; la proposición de
-usted es una insolencia imperdonable.
-
---No hay tal cosa. Según eso, el hombre en este mundo sólo puede hacer
-mal a sus semejantes; en cambio no tiene derecho a hacer el menor bien.
-Las conveniencias sociales se oponen a ello. Eso es absurdo. Si yo, por
-ejemplo, muriese y dejase en mi testamento esa cantidad a su hermana de
-usted, ¿la rehusaría?
-
---Es muy probable.
-
---No hablemos más. Sea como quiera, suplico a usted que transmita mi
-demanda a Advocia Romanovna.
-
---No lo haré.
-
---En ese caso será necesario, Rodión Romanovitch, que yo trate de
-encontrarme frente a frente con ella, lo que no podré hacer sin
-inquietarla.
-
---Y si yo le comunico su pretensión, ¿no hará usted nada por verla?
-
---No sé qué contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea
-nada más que una vez.
-
---No lo espere usted.
-
---Tanto peor. Por lo demás, usted no me conoce. Quizá se establezcan
-entre nosotros relaciones amistosas.
-
---¿Usted cree...?
-
---¿Por qué no?--dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantándose tomó el
-sombrero--; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido
-aquí, no confiaba demasiado... Esta mañana me chocó...
-
---¿Dónde me ha visto usted esta mañana?--preguntó Raskolnikoff con
-inquietud.
-
---Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo
-árbol.
-
---Está bien; permítame usted que le pregunte si piensa usted emprender
-pronto ese viaje.
-
---¿Qué viaje?
-
---El de que me ha hablado hace un momento.
-
---¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, en efecto!... ¡Si supiese usted
-qué cuestión acaba de plantearme!--añadió con amarga sonrisa--, quizá
-en lugar de hacer ese viaje me casaré. Se está negociando un matrimonio
-para mí.
-
---¿Aquí?
-
---Sí.
-
---No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo.
-
---¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana
-que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi
-mujer hizo testamento en mi presencia ocho días antes de su muerte. De
-aquí a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podrá entrar en posesión
-de ese legado.
-
---¿Eso es verdad?
-
---Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. Vivo muy cerca de aquí.
-
-Al salir Svidrigailoff se cruzó en el umbral con Razumikin.
-
-
-II
-
-Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron en seguida en dirección a la
-casa de Bakalaieff, deseosos de llegar antes que Ludjin.
-
---¿Quién es ése que salía al entrar yo en tu cuarto?--preguntó
-Razumikin cuando estuvieron en la calle.
-
---Svidrigailoff, el propietario en cuya casa estuvo mi hermana de
-institutriz y de donde tuvo que salir porque el dueño la requería de
-amores. Marfa Petrovna, la mujer de ese señor, la puso a la puerta.
-Más tarde, esa misma Marfa Petrovna pidió perdón a Dunia. Esa señora
-ha muerto repentinamente hace pocos días; de ella hablaba mi madre
-esta tarde. No sé por qué me da mucho miedo ese hombre. Es un tipo muy
-original y, por añadidura, ha tomado una firme resolución. Cualquiera
-diría que sabe algo... Ha llegado a San Petersburgo en cuanto se
-celebraron los funerales de su mujer... Es preciso proteger a Dunia
-contra él. Eso es lo que yo quería decirte, ¿entiendes?
-
---¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra Advocia Romanovna? Te agradezco
-que me hayas dicho eso... La protegeremos, puedes estar tranquilo...
-¿Dónde vive?
-
---No lo sé.
-
---¿Por qué no se lo has preguntado? Pero no importa, yo le encontraré.
-
---¿Le has visto?--preguntó Raskolnikoff después de una pausa.
-
---Sí, le he examinado de pies a cabeza y te aseguro que no se me
-despintará.
-
---¿No le confundirás con otro? ¿Le has visto distintamente?--insistió
-Raskolnikoff.
-
---¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y le conocería entre mil. Soy buen
-fisonomista.
-
-Se callaron de nuevo.
-
---¡Hum!--exclamó Raskolnikoff--. Me parece que soy víctima de alguna
-alucinación.
-
---¿Por qué dices eso?
-
---He aquí--prosiguió Raskolnikoff con una mueca que tendía a ser
-sonrisa--, que decís que estoy loco y voy creyendo que es verdad...
-
---Vamos, déjate de tonterías y escucha lo que he hecho--interrumpió
-Razumikin--. Entré en tu cuarto y te encontré durmiendo. En seguida
-comimos, después de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch. Zametoff
-estaba todavía en su casa. Quise hablar en debida forma y no fuí
-afortunado en mi exordio. No acertaba a entrar en materia; parecía que
-no entendía, pero me demostraban, por otra parte, la mayor flema. Llevé
-a Porfirio cerca de una ventana y me puse a hablarle; pero tampoco
-estuve muy feliz. El miraba de un lado y yo de otro. Por último,
-le aproximé el puño a las narices y le dije que le iba a reventar.
-Porfirio se contentó con mirarme en silencio. Yo escupí y me marché.
-Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. Con Zametoff no cambié ni una
-palabra. Me daba a los diablos por mi estúpida conducta; pero me he
-consolado con una reflexión; al bajar la escalera me dije: ¿Vale la
-pena que tú y yo nos preocupemos de ese modo? Si algún peligro te
-amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué tienes tú que temer? No eres
-culpable; luego no debes inquietarte de lo que piensen ellos. Más tarde
-nos burlaremos de su necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos el haberse
-equivocado tan groseramente! No te preocupes; ya les sentaremos la
-mano; mas por el momento, limitémonos a reír de sus tonterías.
-
---Es verdad--respondió Raskolnikoff--. ¿Pero qué dirás tú
-mañana?--añadió para si.
-
-¡Cosa extraña! Hasta entonces no se le había ocurrido ni una vez
-preguntarse: «¿Qué pensará Razumikin cuando sepa que soy culpable?» Al
-ocurrírsele esta idea miró fijamente a su amigo. El relato de su visita
-a Porfirio le había interesado muy poco; otras cosas le preocupaban en
-aquel momento.
-
-En el corredor encontraron a Ludjin que había llegado a las ocho en
-punto; pero había perdido algún tiempo en buscar el número; de modo
-que los tres entraron juntos sin mirarse ni saludarse. Los jóvenes
-se presentaron los primeros. Pedro Petrovitch, siempre fiel a las
-conveniencias, se detuvo un momento en la antesala para quitarse el
-gabán. Pulkeria Alexandrovna se dirigió en seguida a él. Dunia y
-Raskolnikoff se estrecharon la mano.
-
-Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a las señoras de manera bastante
-cortés, aunque con gravedad extremada. Parecía, sin embargo, algo
-desconcertado. Pulkeria Alexandrovna, que estaba también algo molesta,
-se apresuró a hacer sentar a todo el mundo alrededor de la mesa, donde
-estaba colocado el samovar. Dunia y Ludjin tomaron asiento uno frente
-al otro, en los dos extremos de la mesa. Razumikin y Raskolnikoff se
-sentaron también al frente de la mesa: el primero, al lado de Ludjin;
-el segundo, cerca de su hermana.
-
-Hubo un instante de silencio. Pedro Petrovitch sacó pausadamente un
-pañuelo de batista perfumado y se sonó. Sus maneras eran, sin duda, las
-de un hombre benévolo, pero un poco herido en su dignidad y firmemente
-resuelto a exigir explicaciones. En la antesala, en el momento de
-quitarse el gabán, se preguntaba si no sería el castigo para las dos
-señoritas retirarse inmediatamente. Sin embargo, no había ejecutado esa
-idea, porque le gustaban las situaciones claras; así, pues, existía
-un punto que permanecía oculto para él; puesto que se había desairado
-abiertamente su prohibición, debía de haber algún motivo para ello.
-Mejor era tirar adelante, poner las cosas en claro; siempre habría
-tiempo de aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado sería menos
-seguro.
-
---Me alegraré que el viaje de usted haya sido feliz--dijo por cortesía
-a Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí que lo ha sido, gracias a Dios.
-
---Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, ¿se ha fatigado?
-
---Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; mas para mamá este viaje ha sido
-muy penoso--respondió Dunia.
-
---¿Qué quiere usted? Nuestros caminos provinciales son muy largos.
-Rusia es grande... A pesar de mis deseos, no pude ir a recibir a
-ustedes. Espero, sin embargo, que no se habrán visto en ningún apuro.
-
---¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; nos hemos encontrado en una
-situación muy difícil--dijo con una entonación particular Pulkeria
-Alexandrovna--; y si Dios no nos hubiese deparado ayer a Demetrio
-Prokofitch, no sé qué hubiera sido de nosotras. Permita usted que le
-presente a nuestro salvador Demetrio Prokofitch Razumikin.
-
---¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...--balbuceó Ludjin echando una oblicua
-y malévola mirada al joven; después frunció el entrecejo y calló.
-
-Pedro Petrovitch era una de esas personas que se esfuerzan por ser
-amables y vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia de cualquier
-contrariedad pierden súbitamente la serenidad, hasta el punto de
-parecer más bien sacos de harina que despejados caballeros. El silencio
-volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff se encerraba en un obstinado
-mutismo. Advocia Romanovna juzgaba que no había llegado para ella el
-momento de hablar. Razumikin nada tenía que decir, de modo que Pulkeria
-Alexandrovna se vió en la necesidad penosa de reanudar otra vez la
-conversación.
-
---¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo.
-
---Me lo comunicaron, y puedo, además, decir a ustedes que
-inmediatamente después del entierro de su mujer, Arcadio Ivanovitch
-Svidrigailoff se ha venido a San Petersburgo. Sé de buena tinta esa
-noticia.
-
---¿En San Petersburgo? ¿Aquí?--preguntó alarmada Dunia, y cambió una
-mirada con su madre.
-
---Precisamente, y debe suponerse que ha venido con alguna intención; la
-precipitación de su partida y el conjunto de circunstancias precedentes
-lo hacen creer así.
-
---¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí venga a acosar a
-Dunetshka?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
---Me parece que ni la una ni la otra deben ustedes inquietarse mucho
-de su presencia en San Petersburgo, en el caso, por supuesto, de que
-ustedes quieran evitar toda especie de relaciones; por mi parte estaré
-con ojo avizor y sabré pronto dónde se hospeda.
-
---¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede imaginarse hasta qué punto me
-ha asustado--repuso Pulkeria Alexandrovna--. Sólo le he visto dos veces
-y me pareció terrible. Segura estoy de que ha causado la muerte de la
-pobre Marfa Petrovna.
-
---Las noticias exactas no autorizan a suponer tal cosa. Por lo demás,
-no niego que su mal proceder no haya podido, en cierto modo y en
-cierta medida, apresurar el curso natural de las cosas. En cuanto a
-la conducta y en general a la característica moral del personaje,
-estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y lo que su mujer
-ha podido dejarle: lo sabré dentro de poco. Lo que tengo por cierto
-es que, encontrándose aquí en San Petersburgo, no tardará en volver
-a su antigua vida, aunque tenga muy pocos medios pecuniarios. Es el
-hombre más perdido, vicioso y depravado que existe. Tengo motivos para
-creer que Marfa Petrovna, la cual tuvo la desgracia de enamorarse de
-él y que pagó sus deudas hace ocho años, le ha sido útil también en
-algún otro sentido. A fuerza de gestiones y sacrificios logró que se
-diese carpetazo a una causa criminal que podía haber dado en Siberia
-con el señor Svidrigailoff. Se trataba nada menos que de un asesinato
-cometido en condiciones particularmente espantosas y, por decirlo así,
-fantásticas. Tal es ese hombre, si ustedes deseaban saberlo.
-
---¡Ah, señor!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
-Raskolnikoff escuchaba atentamente.
-
---¿Usted habla, dice, según datos ciertos?--preguntó con tono severo
-Dunia.
-
---Me limito a repetir lo que oí de labios mismos de Marfa Petrovna.
-Hay que advertir que, desde el punto de vista jurídico, este asunto
-es muy obscuro. En aquel tiempo habitaba aquí, y parece que vive
-todavía, cierta extranjera llamada Reslich que prestaba dinero con
-módico interés y ejercía otros diversos oficios. Entre esta mujer
-y Svidrigailoff existían, desde hacía largo tiempo, relaciones tan
-íntimas como misteriosas. Vivía con ella una parienta lejana, una
-sobrina, joven de quince años o de catorce, que era sordomuda. La
-Reslich no podía sufrir a esta muchacha: le echaba en cara cada pedazo
-de pan que la pobre comía y la maltrataba con inaudita crueldad. Un día
-se encontró a la infeliz muchacha ahorcada en el granero. La sumaria
-acostumbrada dió por resultado una comprobación de suicidio, y todo
-parecía haber terminado aquí, cuando la policía recibió aviso de que
-la joven había sido violada por Svidrigailoff. En verdad, todo esto
-era obscuro. La denuncia emanaba de otra alemana, mujer de notoria
-inmoralidad y cuyo testimonio no podía ser de gran crédito. En una
-palabra: no hubo proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña, prodigó
-el dinero y logró echar tierra al asunto; pero no dejaron de correr
-con aquel motivo los más graves rumores acerca de Svidrigailoff. En el
-tiempo en que usted estuvo en su casa, Advocia Romanovna, habrá oído
-contar, sin duda, la historia de su criado Philipo, muerto a causa de
-los malos tratamientos de su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando
-aun existía la servidumbre.
-
---Oí decir, por el contrario, que ese Philipo se había ahorcado.
-
---Perfectamente; pero se vió reducido, o por mejor decir, impulsado
-a darse la muerte por las brutalidades incesantes y los malos
-tratamientos sistemáticos de su amo.
-
---Lo ignoraba--respondió secamente Dunia--. Oí, sí, contar acerca
-de eso una historia muy extraña. Parece que el tal Philipo era un
-hipocondríaco, una especie de criado filósofo. Sus compañeros decían
-que la lectura le había turbado el entendimiento, y, a creerlos, se
-había ahorcado para huir, no de los golpes, sino de las burlas del
-señor Svidrigailoff. Le vi tratar muy humanamente a sus servidores y
-era muy amado de ellos, aunque le imputaban, en efecto, la muerte de
-Philipo.
-
---Veo, Advocia Romanovna, que tiende usted a justificarle--repuso
-Ludjin con una sonrisa agridulce--. Verdad es que le tengo por hombre
-muy hábil para insinuarse en el corazón de las señoras. La pobre Marfa
-Petrovna, que acaba de morir en circunstancias muy extrañas, es una
-lamentable prueba de ello. Yo sólo trato de advertírselo a usted y a su
-mamá en previsión de las tentativas que de seguro no dejará de renovar.
-Por otra parte, estoy firmemente convencido de que ese hombre acabará
-en la prisión por deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado en el
-porvenir de sus hijos para tener el propósito de asegurar a su marido
-una parte importante de su fortuna. Es de suponer que le habrá dejado
-lo suficiente para vivir con decorosa modestia; pero con sus costumbres
-disipadas se lo comerá todo antes de un año.
-
---Suplico a usted que no hablemos más de Svidrigailoff. Eso me es
-desagradable--dijo Dunia.
-
---Ha estado en mi casa hace un rato--dijo bruscamente Raskolnikoff, que
-hasta entonces no había despegado los labios.
-
-Todos se volvieron hacia él con exclamaciones de sorpresa; hasta el
-mismo Pedro Petrovitch se quedó algo pasmado.
-
---Hace media hora, mientras yo dormía, entró en mi cuarto, y después de
-despertarme se presentó él mismo. Estaba bastante contento y alegre;
-espera que yo he de hacerme amigo suyo, y, entre otras cosas, solicita
-una entrevista contigo para decirte que Marfa Petrovna, ocho días
-antes de su muerte, te había dejado en su testamento tres mil rublos,
-cantidad que recibirás en breve plazo.
-
---¡Alabado sea Dios!--exclamó Pulkeria Alexandrovna, e hizo la señal de
-la cruz--. ¡Reza por ella, Dunia, reza!
-
---El hecho es exacto--no pudo menos de afirmar Ludjin.
-
---¿Y después?--preguntó vivamente Dunia.
-
---Después me dijo que no era rico, que toda su fortuna pasaba a sus
-hijos, los cuales están ahora en casa de su tía. También me contó
-que se hospedaba cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no se lo he
-preguntado.
-
---¿Qué otra cosa tiene que decir a Dunia?--preguntó con inquietud
-Pulkeria Alexandrovna--. ¿Te lo ha dicho?
-
---Sí.
-
---¿Y qué?
-
---Lo diré luego.
-
-Después de esta respuesta, Raskolnikoff se puso a tomar el te.
-
-Pedro Petrovitch miró el reloj.
-
---Un negocio urgente me obliga a dejar a ustedes, y de este modo no
-interrumpiré su conferencia--añadió un poco molesto, y al decir estas
-palabras se levantó.
-
---Quédese usted, Pedro Petrovitch--dijo Dunia--. Usted tenía intención
-de dedicarnos la velada. Además, nos ha escrito diciéndonos que deseaba
-tener una explicación con mamá.
-
---Es verdad, Advocia Romanovna--respondió con tono punzante Pedro
-Petrovitch, que se sentó a medias, conservando el sombrero en la
-mano--; deseaba, en efecto, tener una explicación con su madre y con
-usted, sobre algunos puntos de suma gravedad. Pero como su hermano no
-puede explicarse delante de mí acerca de ciertas proposiciones hechas
-por Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme ante una tercera
-persona... sobre ciertos puntos de extrema importancia. Por otra parte,
-ya había expresado en términos formales mi deseo, que no se ha tenido
-en cuenta.
-
-Las facciones de Ludjin tomaron una expresión dura y altanera.
-
---Ha pedido usted, en efecto, que mi hermano no asistiese a nuestra
-entrevista, y si él no ha accedido a su deseo, ha sido únicamente
-cediendo a mis instancias. Usted nos ha escrito que había sido
-insultado por nuestro hermano, y yo creo que debe de haber en esto
-alguna mala inteligencia y que tienen ustedes que reconciliarse. Si
-verdaderamente Rodia le ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, y
-lo hará.
-
-Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch se sintió menos dispuesto que
-nunca a hacer concesiones.
-
---A pesar de toda la buena voluntad del mundo, Advocia Romanovna,
-es imposible olvidar ciertas injurias. En todo hay un límite que es
-peligroso traspasar, porque una vez que se franquea, no se puede
-retroceder.
-
---¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, Pedro
-Petrovitch--interrumpió Dunia con voz conmovida--. Sea el hombre
-inteligente y noble que yo siempre he visto en usted y que quiero ver
-en adelante. Le he hecho a usted una gran promesa. Soy la esposa futura
-de usted. Confíe en mí en este asunto y crea que puedo juzgar con
-imparcialidad. El papel de árbitro que me atribuyo en este momento es
-una promesa tan grande para mi hermano como para usted. Cuando hoy,
-después de la carta de usted, le he suplicado que asistiera a nuestra
-entrevista, no le dije cuáles eran mis intenciones. Comprenda usted que
-si rehusan reconciliarse me veré forzada a optar por uno excluyendo
-al otro. De tal modo se encuentra planteada la cuestión a causa de
-ustedes dos. No quiero ni debo engañarme en mi elección: para usted es
-preciso que rompa con mi hermano; para mi hermano es preciso que rompa
-con usted. Menester es que esté cierta de los sentimientos de ustedes.
-Ahora deseo saber, de una parte, si tengo en Rodia un hermano; de otra,
-si tengo en usted un marido que me ama y me estima.
-
---Advocia Romanovna--repuso Ludjin amostazado--: su lenguaje da lugar
-a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro ofensivo, en vista
-de la situación que tengo el honor de ocupar respecto de usted.
-Prescindiendo de lo que hay de mortificante para mí al verme colocado
-al mismo nivel que un... orgulloso joven, parece que usted admite como
-posible la ruptura del matrimonio convenido entre nosotros. Dice usted
-que tiene que elegir entre su hermano y yo; por esto mismo se ve lo
-poco que significo a los ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa,
-dadas nuestras relaciones y dados nuestros compromisos recíprocos.
-
---¡Cómo!--exclamó Dunia enrojeciendo vivamente--. ¿Conque pongo el
-interés de usted en la balanza con todo lo que yo amo más en la vida, y
-se queja de significar poco a mis ojos?
-
-Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. Razumikin hizo una mueca; pero
-la respuesta de la joven no calmó a Ludjin, que a cada instante se
-ponía más pedante e intratable.
-
---El amor por el esposo, por el futuro compañero de la vida, debe
-estar por encima del amor fraternal--declaró sentenciosamente--; en
-todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma línea...
-Aunque haya dicho hace un momento que no quería ni podía explicarme en
-presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay
-un punto de suma gravedad para mí que desearía esclarecer en seguida
-con su señora madre. Su hijo de usted--continuó dirigiéndose a Pulkeria
-Alexandrovna--, ayer, delante del señor Razumikin, ¿no es éste el
-apellido de usted?, dispénseme si he olvidado su nombre--dijo a éste
-haciéndole un amable saludo--, me ha ofendido, alterando una frase
-pronunciada por mí el día que tomé café en casa de ustedes. Dije yo
-que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia
-ofrecía a un marido más garantías de moralidad y dicha conyugal que una
-persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted,
-con deliberado propósito, ha dado significado odioso a mis palabras y
-presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sería
-una gran satisfacción para mí si usted me probase que estaba engañado.
-Dígame con exactitud en qué términos ha reproducido mi pensamiento al
-escribir al señor Raskolnikoff.
-
---Ya no me acuerdo--respondió algo confusa Pulkeria Alexandrovna--;
-le manifesté el pensamiento de usted, tal como lo había comprendido.
-Ignoro cómo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis
-términos...
-
---No ha podido hacerlo más que inspirándose en lo que usted haya
-escrito.
-
---Pedro Petrovitch--replicó con dignidad Pulkeria Alexandrovna--, la
-prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de
-usted, es que estamos aquí.
-
---¡Bien, mamá!--aprobó la joven.
-
---¿De modo que soy yo el equivocado?--dijo resentido Ludjin.
-
---¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta
-que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso--prosiguió
-Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobación que acababa de
-manifestarle su hija.
-
---No me acuerdo de haber escrito nada falso.
-
---Según la carta de usted--declaró con tono áspero Raskolnikoff sin
-volverse hacia Ludjin--, el dinero que entregué ayer a la viuda de un
-hombre atropellado por un coche se lo había dado a su hija (a quien
-veía entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intención,
-sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha
-calificado de la manera más innoble la conducta de una joven a quien
-usted no conocía. Esto es una baja difamación.
-
---Perdone usted, señor--respondió Ludjin temblando de cólera--. Si en
-mi carta me he extendido en lo que a usted se refiere, ha sido porque
-su madre de usted y su hermana me suplicaron que les dijese cómo había
-encontrado a usted y qué impresión me había usted producido. Por otra
-parte, le desafío a que señale una sola línea mentirosa en el pasaje en
-que usted alude. ¿Negará usted, en efecto, que ha dado su dinero? Y en
-cuanto a la desgraciada familia de que se trata, ¿se atrevería usted a
-responder de la honradez de todos sus miembros?
-
---Toda la honradez de usted no vale lo que el dedo meñique de la pobre
-joven a quien arroja usted la primera piedra.
-
---¿De modo que no vacilará usted en ponerla en contacto con su madre y
-su hermana?
-
---Si lo desea usted saber, le diré que ya lo he hecho. La he invitado a
-tomar asiento al lado de mi madre y de Dunia.
-
---¡Rodia!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
-Dunia se ruborizó, Razumikin frunció el ceño y Ludjin se sonrió
-despreciativamente.
-
---Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, si el acuerdo es posible.
-Supongo que esto es un asunto terminado del cual no hay más que hablar.
-Me retiro para no interrumpir por más tiempo esta reunión de familia.
-
-Se levantó y tomó el sombrero.
-
---Pero permítanme ustedes que les diga antes de irme que deseo no
-verme expuesto en lo sucesivo a semejantes encuentros. Es a usted
-particularmente, mi distinguida Pulkeria Alexandrovna, a quien dirijo
-esta súplica; tanto más, cuanto que mi carta era para usted y no para
-otras personas.
-
-Pulkeria Alexandrovna se sintió un tanto irritada.
-
---¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro Petrovitch? Dunia le ha dicho
-ya por qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija no tenía más que
-buenas intenciones. Pero, en verdad, usted me escribe en un estilo muy
-imperioso, y menester es que miremos sus deseos como una orden. Diré
-a usted, por el contrario, que ahora, sobre todo, debe tratarnos con
-consideraciones y miramientos, puesto que la confianza en usted nos ha
-hecho dejarlo todo para venir aquí, y, por consiguiente, nos tiene ya a
-su disposición.
-
---Eso no es del todo exacto, Pulkeria Alexandrovna; sobre todo, desde
-el momento que conoce usted el legado hecho por Marfa Petrovna a
-Advocia Romanovna. Estos tres mil rublos llegan muy a punto, según
-parece, a juzgar por el nuevo tono que toma usted conmigo--añadió
-agriamente Ludjin.
-
---Esa observación haría suponer que usted había especulado sobre
-nuestra miseria--observó Dunia con voz irritada.
-
---Ahora, por lo menos, no puedo especular con ella. Y sobre todo, no
-quiero impedir que oiga usted las proposiciones secretas que Arcadio
-Ivanovitch Svidrigailoff ha encargado, para que se las transmita, a su
-hermano de usted. Por lo que veo, esas proposiciones tienen para usted
-una importancia capital y quizá también muy agradable.
-
---¡Ah! ¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
-Razumikin se agitaba impacientemente en su silla.
-
---¿No te avergüenza, hermana?--preguntó Raskolnikoff.
-
---Sí--respondió la joven--. Pedro Petrovitch, ¡salga usted!--añadió
-pálida de cólera.
-
-Este último no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido
-y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus víctimas. En aquel
-momento no daba crédito a sus oídos.
-
---Advocia Romanovna--dijo pálido y con los labios temblorosos--, si
-salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volveré jamás. Reflexione
-usted. Yo no tengo más que una palabra.
-
---¡Qué impudencia!--exclamó Dunia saltando de su asiento--. ¡Pero si lo
-que quiero es perderle de vista para siempre!
-
---¿Cómo? ¿Eso dice usted?--vociferó Ludjin, tanto más desconcertado
-cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante
-ruptura--. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría
-protestar?
-
---¿Con qué derecho le habla usted así?--dijo con vehemencia Pulkeria
-Alexandrovna--. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus
-derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como
-usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos
-pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna?
-
---Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna--replicó Pedro Petrovitch
-exasperado--, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora
-retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos.
-
-La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que
-Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la
-carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.
-
---¿Gastos? ¿Gastos?--replicó violentamente--. ¿Se trata acaso del cajón
-que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte
-gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden
-invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a
-merced de usted, y no usted a la nuestra.
-
---¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!--dijo Advocia Romanovna--. Pedro
-Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse.
-
---Sí, me voy. Una palabra solamente--respondió casi fuera de sí--. Su
-mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano
-cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al
-desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación,
-tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me
-hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy
-inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz
-pública...
-
---¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!--exclamó Razumikin,
-que se había levantado para castigar al insolente.
-
---Es usted un malvado--añadió Dunia.
-
---Ni una palabra, ni un gesto--agregó vivamente Raskolnikoff,
-deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le
-dijo en voz baja, pero perfectamente clara--: ¡Váyase usted! ¡Ni una
-palabra más! De lo contrario...
-
-Pedro Petrovitch, con el rostro pálido y contraído por la cólera,
-le miró durante algunos segundos; después giró sobre sus talones,
-y desapareció, llevándose en el corazón un odio mortal contra
-Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras
-descendía la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin
-remedio, y que no tenía nada de imposible una reconciliación con las
-señoras.
-
-
-III
-
-Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción
-les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando
-al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era
-Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento,
-éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su
-persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y
-de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos
-en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En
-cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría
-general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de
-haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho
-que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo
-menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria
-Alexandrovna le miraba con inquietud.
-
---¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--preguntó la joven,
-acercándose a su hermano.
-
---¡Ah! Sí, sí--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
-
-Raskolnikoff levantó la cabeza.
-
---Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi
-presencia.
-
---¿Verle? ¡Jamás!--gritó Pulkeria Alexandrovna--. ¿Cómo se atreve a
-ofrecerle dinero?
-
-Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con
-Svidrigailoff.
-
-A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de
-Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa.
-
---Algún terrible designio ha concebido--murmuró para sí, casi temblando.
-
-Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.
-
---Creo que tendré ocasión de verle más de una vez--dijo a su hermana.
-
---Encontraremos sus huellas--exclamó enérgicamente Razumikin--. Yo lo
-descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite.
-El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente
-usted, Advocia Romanovna?
-
-Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada.
-Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto
-que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto
-de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque
-silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz
-cantante la llevaba Razumikin.
-
---¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?--gritaba convencido--.
-¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay
-que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se
-han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos,
-quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y
-como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio.
-Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se
-me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí
-de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un
-viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de
-mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión
-que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme
-esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio
-de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de
-dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para
-decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más
-y ya está formada la asociación.
-
---¿Qué negocio vamos a emprender?
-
-Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la
-mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios
-porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar
-dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas
-librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres
-lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff,
-que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir
-a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía
-proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por
-aquella mentira.
-
---¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos
-uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?--continuó,
-animándose, Razumikin--. Claro es que habrá que trabajar mucho;
-pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia
-Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente
-excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer
-lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y
-profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace
-dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las
-triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra
-de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por
-qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya
-publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros
-editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos;
-pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles
-de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión,
-papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos
-modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso,
-seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.
-
-A Dunia le brillaban los ojos.
-
---Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.
-
---Yo, es claro, no entiendo nada de eso--añadió Pulkeria
-Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer
-aquí por algún tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff.
-
---¿Qué piensas tú de esto, hermano?--preguntó Dunia.
-
---Encuentro su idea excelente--respondió el joven--. Cierto es que
-no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o
-seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para
-comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además,
-podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo
-que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto.
-
---¡Bravo!--gritó Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en
-esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente
-del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y
-está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo
-alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes
-vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas,
-hombre?
-
---¡Cómo! ¿te vas ya?--preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna.
-
---¿En un momento como éste?--gritó Razumikin.
-
-Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la
-gorra en la mano, y se preparaba a salir.
-
---Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna--exclamó con
-aire extraño.
-
-Sonreía; ¡pero con qué risa!
-
---Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos
-vemos--añadió de repente.
-
-Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios.
-
---Pero, ¿qué te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. ¿A dónde vas,
-Rodia?--le preguntó dando a su pregunta un acento particular.
-
---Tengo que irme--respondió el joven.
-
-Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme
-resolución.
-
---Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti,
-Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien;
-tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me
-sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme
-solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable...
-Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme
-completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías...
-cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se
-arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a
-verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós!
-
---¡Dios mío! ¡Dios mío!--gimió Pulkeria Alexandrovna.
-
-De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto
-terrible.
-
---¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre
-fuiste!--gritaba la pobre madre.
-
-Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a
-ella se le acercó Dunia.
-
---¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?--murmuró
-la joven, cuya mirada llameaba de indignación.
-
-Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.
-
---No es nada--musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo
-que dice, y salió de la sala.
-
---¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!--gritó Dunia.
-
---¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está
-loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no
-tiene piedad en este caso!--murmuró Razumikin, inclinándose al oído de
-la joven, cuya mano estrechó con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a
-Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del
-cuarto.
-
-Raskolnikoff le esperaba en el corredor.
-
---Sabía que correrías detrás de mí--dijo--. Vuélvete con ellas, y no
-las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré
-quizá... si hay medio... Adiós.
-
-Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.
-
---¿Pero a dónde vas?--balbuceó este último asombrado--. ¿Qué tienes?
-¿Cómo procedes de ese modo?
-
-Raskolnikoff se detuvo de nuevo.
-
---Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte.
-No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a
-ellas... _no las dejes_. ¿Me comprendes?
-
-El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de
-una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se
-acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de
-Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma.
-De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver.
-Acababa de comprender la horrible verdad.
-
---¿Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se
-alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--añadió, y con paso
-rápido salió de la casa.
-
-Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de
-Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende
-fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos
-señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de
-reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos
-los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no
-irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un
-buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los
-príncipes de la ciencia...
-
-En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un
-hijo y un hermano.
-
-
-IV
-
-Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.
-
-La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El
-joven encontró, no sin trabajo, al _dvornik_, y obtuvo de él vagas
-indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber
-descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha
-y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente
-al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se
-podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a
-tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento
-maquinal.
-
---¿Quién hay aquí?--preguntó una voz de mujer.
-
---Soy yo. Vengo a ver a usted--replicó Raskolnikoff, y penetró en una
-antesalita.
-
-Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado
-candelero de cobre.
-
---¡Es usted! ¡Dios mío!--dijo débilmente Sonia, que parecía no tener
-fuerzas para moverse de su sitio.
-
---¿Es éste su cuarto?--y Raskolnikoff entró vivamente en la sala,
-haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.
-
-Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante
-de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la
-turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y
-se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia,
-con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con
-un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En
-un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la
-estancia.
-
-Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada
-por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que
-comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared
-de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro
-alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy
-irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con
-tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando
-así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía,
-a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo
-era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en
-el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una
-silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino,
-una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de
-ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo,
-había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en
-el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento
-y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de
-la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni
-siquiera había cortinas en la cama.
-
-Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan
-atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar,
-como si se hallase delante del árbitro de su destino.
-
---Vengo a casa de usted por última vez--dijo tristemente Raskolnikoff
-como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la
-joven--. Quizás no nos volveremos a ver.
-
---¿Va usted a marcharse?
-
---No sé... mañana, todo...
-
---¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo
-Sonia con voz temblorosa.
-
---No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido
-para decirle dos palabras.
-
-Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado
-mientras que ella permanecía derecha.
-
---¿Por qué está usted en pie? Siéntese--dijo con voz dulce y
-acariciadora.
-
-La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con
-ojos benévolos y casi enternecidos.
-
---¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través
-de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!
-
-Le tomó la mano.
-
-Sonia se sonrió débilmente.
-
---Siempre he sido así--dijo.
-
---¿También cuando vivía usted en casa de sus padres?
-
---Sí.
-
---Es claro--dijo bruscamente.
-
-Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en
-el sonido de su voz.
-
-Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo.
-
---¿Vive usted en casa de Kapernumoff?
-
---Sí.
-
---¿Viven ahí, detrás de esa puerta?
-
---Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.
-
---¿No tienen más que una sala para todos?
-
---Nada más.
-
---Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche--observó
-el joven con aire sombrío.
-
---Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondió Sonia, que
-parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu--, y todo el
-mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo
-a verme; los pobrecitos son tartamudos.
-
---¿Son tartamudos?
-
---Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es
-precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una
-mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos.
-El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan
-claro.
-
---Lo sabía.
-
---¿Que lo sabía usted?--exclamó Sonia sorprendida.
-
---Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la
-historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que
-volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de
-rodillas delante de la cama de usted.
-
-Sonia se turbó.
-
---Creo haberle visto hoy--dijo titubeando.
-
---¿A quién?
-
---A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre
-nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él.
-Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...
-
---¿Paseaba usted?
-
---Sí...--murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.
-
---¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su
-padre?
-
---¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No--exclamó la joven mirando a
-Raskolnikoff con cierto espanto.
-
---¿De modo que usted la quiere?
-
---¿Cómo no?--repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó
-bruscamente las manos con expresión de piedad--. ¡Ah, si usted...!
-¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio
-extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y
-generosa! ¡Ah, si usted supiera!
-
-Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación
-era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas
-se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento.
-Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos
-de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en
-todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo
-así, insaciable.
-
---¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun
-cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada,
-y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que
-en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría
-usted, y ella no haría nada de injusto.
-
---Y usted, ¿qué va a hacer?
-
-Sonia le interrogó con la mirada.
-
---Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el
-que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la
-taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?
-
---No sé--respondió la joven tristemente.
-
---¿Van a quedarse donde están?
-
---No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que
-quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha
-de permanecer un momento más en aquella casa.
-
---¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?
-
---¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo;
-nuestros intereses son los mismos--replicó vivamente Sonia, cuya
-irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un
-pajarillo--. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?--añadió, animándose
-cada vez más--. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio,
-¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo
-que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo
-demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea,
-desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone
-su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir
-dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal
-conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y
-me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente
-nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome.
-Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras!
-¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de
-hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que
-echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar
-calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles.
-Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y
-había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted
-no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero,
-porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!
-
---Vamos, se comprende después de esto que usted viva así--dijo
-Raskolnikoff con amarga sonrisa.
-
---Y usted, ¿no tiene piedad de ella?--exclamó Sonia--. Usted mismo, lo
-sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo,
-no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas
-veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más
-lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha
-hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!
-
-Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.
-
---¿Ha sido usted dura con ella?
-
---Sí; yo, yo. Fuí a verla--continuó llorando--y mi padre me dijo:
-«Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.»
-Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el
-cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme»,
-le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para
-enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel,
-la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos,
-con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna
-le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró
-preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba
-para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices
-de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos
-ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a
-nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin
-embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo
-dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le
-hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que
-daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía,
-no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora
-retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran
-sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no
-le interesa.
-
---¿Conocía usted a la revendedora Isabel?
-
---Sí... ¿La conocía usted también?--preguntó Sonia un poco asombrada.
-
---Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto--dijo
-Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta.
-
---¡Oh, no, no!
-
-Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven,
-como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él.
-
---Sería mejor que se muriese.
-
---No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!
-
---¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede
-tenerlos a su lado?
-
---¡Oh, no sé!--exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la
-cabeza con las manos.
-
-Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.
-
---Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero
-puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué
-sucederá entonces?--prosiguió implacablemente Raskolnikoff.
-
---¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?
-
-El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.
-
---¿Cree usted que es imposible?--repuso él con sonrisa sarcástica--.
-Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será
-entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre
-pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como
-hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle,
-la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños
-quedarán sin amparo.
-
---¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!--exclamó Sonia con voz
-ahogada.
-
-Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en
-Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la
-desgracia que el joven predecía.
-
-Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un
-minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja
-presa de atroz sufrimiento.
-
---¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando
-lleguen los días tristes?--preguntó deteniéndose delante de ella.
-
---No--murmuró Sonia.
-
---No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?--añadió con cierta
-ironía.
-
---Sí.
-
---¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es
-preguntarlo.
-
-Y volvió a pasearse por la habitación.
-
---Y... ¿no gana usted dinero todos los días?--preguntó al cabo de otro
-minuto de silencio.
-
-Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron.
-
---No--respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo.
-
---La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted--dijo
-el joven bruscamente.
-
---No, no; ¡eso es imposible!--exclamó Sonia, herida en el corazón por
-aquellas palabras como por una puñalada--. Dios... Dios no permitirá
-semejante abominación.
-
---Otras permite.
-
---No, Dios la protegerá--repitió enfáticamente Sonia.
-
---¿Y si no hay Dios?--replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se
-echó a reír mirando a la muchacha.
-
-La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le
-contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada
-de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en
-sollozos, tapándose la cara con las manos.
-
---¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de
-usted lo está también--dijo Raskolnikoff después de una pausa.
-
-Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia
-sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos
-brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los
-hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose,
-de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si
-estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel
-momento parecía, en efecto, la de un demente.
-
---¿Qué hace usted? ¡A mí!--balbució Sonia palideciendo y con el corazón
-dolorosamente oprimido.
-
-El joven se levantó en seguida.
-
---No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el
-sufrimiento humano--dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos
-en la ventana--. Escucha--prosiguió, acercándose a ella un momento
-después--; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu
-dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a
-tu lado.
-
---¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!--exclamó
-Sonia asombrada--. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una
-mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!
-
---Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas,
-sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable--continuó diciendo
-Raskolnikoff con emoción creciente--; pero lo eres, sobre todo, por
-haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy
-desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo
-(puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu
-sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero
-dime--añadió exaltándose cada vez más--, ¿cómo con las delicadezas de
-tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua
-y acabar de una vez!
-
---¿Y qué sería de ellos?--preguntó débilmente Sonia, levantando hasta
-él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno
-asombrada del consejo que se le daba.
-
-Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se
-lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el
-suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación,
-había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se
-preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna
-sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad
-que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los
-reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista
-desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y
-esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba
-la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido
-impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era
-el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna,
-la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra
-las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su
-carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía
-claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional;
-pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la
-hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla
-todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual,
-relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era
-inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a
-aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía
-Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven.
-
-«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el
-manicomio o el embrutecimiento.»
-
-Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su
-escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura.
-
-«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta
-criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse
-deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta
-el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella
-el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible»,
-exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta
-este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer
-un pecado y el interés que tiene por _ellos_. Si aun no se ha vuelto
-loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus
-facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se
-puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar
-oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin
-duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?»
-
-Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva
-le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se
-puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó:
-
---¿De modo que ruegas mucho a Dios?
-
-Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.
-
---¿Qué sería de mí sin Dios?--dijo en voz baja, pero enérgica, y
-dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le
-estrechó la mano con fuerza.
-
-«Vamos», pensó él, «no me engañaba».
-
---Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?--preguntó, deseoso de
-esclarecer por completo sus dudas.
-
-Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le
-dilataba el pecho con la emoción.
-
---¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!--exclamó,
-mirándole con cólera.
-
-«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.
-
---El lo hace todo--murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo.
-
-«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff
-y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación
-nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida,
-angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que
-podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y
-aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello
-le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está
-loca!», repetía para sí.
-
-Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él
-varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo
-tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.
-
---¿Quién te ha dado esto?--preguntó a Sonia desde el otro lado de la
-habitación.
-
-La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:
-
---Me lo han prestado.
-
---¿Quién?
-
---Isabel; se lo pedí yo.
-
-«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.
-
-Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario.
-Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.
-
---¿En qué parte habla de Lázaro?--preguntó bruscamente.
-
-Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio.
-Se había separado un poco de la mesa.
-
---¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.
-
-La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.
-
---No está ahí... Está en el cuarto Evangelio--dijo secamente sin
-moverse de su sitio.
-
---Busca ese pasaje y léemelo--dijo, y después se sentó, apoyó los
-codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire
-sombrío, se dispuso a escuchar.
-
-Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo
-manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó
-el libro.
-
---¿Acaso no lo ha leído usted nunca?--preguntó, mirando al joven de
-soslayo.
-
---Sí... en mi niñez.
-
---¿No lo ha oído usted en la iglesia?
-
---Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?
-
---No--balbució Sonia.
-
-Raskolnikoff sonrió.
-
---Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?
-
---Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de
-_Requiem_.
-
---¿Por quién?
-
---Por Isabel; la mataron a hachazos.
-
-Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza
-se le iba.
-
---¿Tratabas a Isabel?
-
---Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era
-libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.
-
-Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas
-confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?
-
-«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la
-locura»--pensó--. ¡Lee!--gritó de repente con acento irritado.
-
-Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que
-le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la
-pobre «loca».
-
---¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?--murmuró con voz
-ahogada.
-
---Quiero que leas--insistió él--; bien le leías a Isabel...
-
-Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las
-palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de
-leer y no pudo articular la primera sílaba.
-
-«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al
-fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su
-voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa.
-Faltaba el aliento a su pecho oprimido.
-
-Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia
-para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más
-imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven
-descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía,
-sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los
-sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que
-fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y
-una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos,
-no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero
-veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer,
-sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven
-y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff...
-Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que
-le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del
-evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19.
-
-«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la
-muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió
-a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús--:
-Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé
-ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.»
-
-La joven hizo aquí una pausa para triunfar de la emoción que hacía
-temblar de nuevo su voz...
-
-«Dícele Jesús--: Tu hermano resucitará. Marta dijo--: Yo sé que
-resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: _Yo
-soy la resurrección y la vida_; el que crea en Mí, aunque esté muerto,
-vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente.
-¿Crees tú en esto? Ella le dijo:»
-
-(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer
-las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.)
-
-«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has
-venido al mundo.»
-
-Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en
-seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear,
-apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó
-leyendo hasta el versículo 32.
-
-«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus
-pies y le dijo--: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto
-mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos
-que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y
-turbóse y dijo--: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron--: Señor,
-ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces--: Mirad cómo
-le amaba; y algunos dijeron--: ¿No podía éste, que abrió los ojos al
-ciego, hacer que éste no muriese?»
-
-Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era,
-efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y
-acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se
-aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento
-de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades
-metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía
-de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que
-abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la
-duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto
-después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y
-creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también,
-dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora
-mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.
-
-«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una
-cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús--: Quitad la piedra.
-Marta, hermana del muerto, le dice--: Señor, hiede ya, que es de cuatro
-días.»
-
-Sonia subrayó la palabra cuatro.
-
-«Jesús la respondió--: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de
-Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto,
-y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta--: ¡Padre mío,
-gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas
-por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que
-me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz--:
-¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas
-Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos
-atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús--:
-Desatadle y dejadle ir.
-
-»_Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían
-visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El._»
-
-La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se
-levantó.
-
---Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro--dijo en
-voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.
-
-Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba
-todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba
-vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública
-acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se
-levantó y se acercó a Sonia.
-
---He venido para hablarte de una cosa--dijo en alta voz, frunciendo el
-entrecejo.
-
-La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza
-particular, expresaba una resolución feroz.
-
---Hoy--prosiguió--, he renunciado a todo género de relaciones con mi
-madre y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre
-los míos y yo está ya consumada.
-
---¿Por qué?--preguntó asombrada Sonia.
-
-Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había
-dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al
-oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una
-especie de terror.
-
---Ahora no tengo en el mundo más que a ti--respondió él--. Partamos
-juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos
-juntos.
-
-Le relampagueaban los ojos.
-
-«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia.
-
---¿A dónde iremos?--preguntó espantada, e involuntariamente se
-interrumpió.
-
---¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son
-los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro.
-
-Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente
-para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente
-desgraciado.
-
---Nadie te comprenderá si tú le hablas--prosiguió él--; pero yo te he
-comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido.
-
---No comprendo...--balbució Sonia.
-
---Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú
-también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has
-alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras
-podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado
-del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la
-razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso,
-pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.
-
---¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?--repuso Sonia extrañamente turbada
-por tal lenguaje.
-
---¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar
-seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar
-como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo
-ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi
-loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de
-Poletchka, ¿no es cosa segura?
-
---¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?--repitió llorando Sonia y retorciéndose
-las manos.
-
---¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante,
-ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La
-libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las
-criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto.
-Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por
-última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de
-lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia
-de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo
-mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel.
-
---Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?--preguntó la joven
-helada de espanto.
-
---Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a
-pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te
-he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún
-Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.
-
-Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco;
-pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le
-iba la cabeza.
-
---Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus
-palabras? ¡Qué extraño es!
-
-Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.
-
---¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su
-madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son
-sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie
-diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin
-mí... ¡Oh Señor!
-
-Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una
-habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que pertenecía a la
-casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como
-lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande
-y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia
-sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente,
-el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido
-sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el
-inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió
-a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza
-desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo
-que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que
-llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida
-para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante
-una hora por lo menos.
-
-
-V
-
-Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó
-en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer
-antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele
-recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver
-a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero,
-varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la
-habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban
-algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos
-sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.
-
-El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún
-esbirro, algún _Argos_ misterioso encargado de vigilarle, y en el caso
-oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes
-estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor
-caso de él. El visitante se iba tranquilizando.
-
---Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro
-salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo,
-¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de
-esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese
-hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no
-sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver?
-Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió
-no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma.
-
-Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes
-se le había ocurrido cuando más inquieto estaba.
-
-Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha,
-Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se
-indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo
-de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible
-para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le
-odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se
-apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo
-menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su
-temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el
-despacho de Porfirio Petrovitch.
-
-Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas
-dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado
-de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias
-sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera
-amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía
-suponer que había otras habitaciones detrás del tabique.
-
-En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su
-gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el
-joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción
-dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo
-risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff
-ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado;
-parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina.
-
---¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros
-dominios--comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas
-manos--. Vamos, siéntese usted, _batuchka_. Pero quizá no le guste a
-usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo _batuchka_,
-_tout court_. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad
-excesiva... Siéntese... aquí, en el diván.
-
-Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción.
-
-«Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su
-familiaridad, la expresión francesa _tout court_... ¿qué quiere decir
-todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado
-a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza.
-
-Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban
-el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago.
-
---He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted.
-¿Está bien así, o hay que escribir otro?
-
---¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está
-bien!--respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas
-palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo
-echado una rápida mirada sobre el documento, añadió--: Sí, está bien;
-basta con esto--continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el
-papel sobre la mesa.
-
-Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa.
-
---Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en
-debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima.
-
-«Vamos, ¿para qué habré dicho yo _me parece_?», pensó de repente
-Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo
-por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo.
-
-Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien
-apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes
-proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era
-demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban
-en aumento.
-
-«Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.»
-
---Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmuró
-Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por
-la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para
-acercarse en seguida a la mesa.
-
-Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se
-detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara.
-
-Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento
-aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota
-lanzada de una pared a otra.
-
---No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo--continuó
-ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aquí, ¿sabe usted?;
-pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado
-quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay
-muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o
-poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a
-uno casa? ¿No le parece a usted?
-
---Sí, una gran cosa--respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón.
-
---Una gran cosa... una gran cosa...--repitió ocupado en otra parte--.
-¡Sí, una gran cosa!--volvió a decir bruscamente con voz casi tonante,
-deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente.
-
-La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación
-suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su
-vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba
-ahora en su visitante.
-
-La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción
-un desafío burlón y bastante imprudente.
-
---¿Sabe usted--comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y
-complaciéndose en ello--, que es, según creo, una regla jurídica, un
-principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de
-cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión,
-a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de
-distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de
-improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa
-pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en
-la profesión de usted?
-
---¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la
-casa que me da el Estado, ha sido para...?
-
-Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara,
-por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron
-las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía
-más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando
-fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y
-prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también,
-aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio
-Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción
-se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto
-que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo,
-y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella
-alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas
-de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de
-Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven;
-creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al
-juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que
-había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna
-emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a
-reventar de un momento a otro.
-
-Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra.
-
---Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que
-se descubría bastante irritación--, ayer manifestó usted el
-deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra
-_interrogatorio_.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene
-preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me
-retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He
-de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por
-un coche y de quien ha oído usted hablar...--añadió, y en seguida se
-arrepintió de haber dicho esta frase--. Después--prosiguió con cólera
-creciente--, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo
-que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una
-palabra--continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que
-la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra--,
-en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora
-mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida
-por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y
-hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer
-juntos.
-
---¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de
-interrogar a usted?--replicó el juez de instrucción, que cesó
-instantáneamente de reír--; no se inquiete usted, se lo suplico.
-
-Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de
-un lado a otro de la habitación.
-
---Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia.
-Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a
-nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese
-maldito reír, _batuchka_ Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy
-muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación
-de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de
-goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento
-me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en
-pie?... Se lo ruego, _batuchka_, de lo contrario creeré que está usted
-enfadado.
-
-Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y
-observaba; sin embargo, se sentó.
-
---Por lo que a mí toca, _batuchka_ Rodión Romanovitch, diré a usted
-una cosa que servirá para explicarle mi carácter--repuso Porfirio
-Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y
-seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo,
-¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que
-estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión
-Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en
-nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres
-inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se
-estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden
-decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados,
-el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las
-señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos
-estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la
-clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede
-esto, _batuchka_? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que
-somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos
-a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que
-desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo
-tanto gusto...
-
-Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas
-fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio.
-
-«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.»
-
---No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero,
-¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una
-distracción?--prosiguió el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuántas
-son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, _batuchka_,
-porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle;
-¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es
-para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos...
-padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la
-gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros
-del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días,
-la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a
-los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este
-formalismo, usted mismo, _batuchka_, hablaba hace poco... ¿Sabe usted,
-en efecto, _batuchka_ Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios
-despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar
-hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no
-había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo.
-En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo
-con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso
-_mujik_, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas
-extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de
-asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla
-(sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha
-pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es
-usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama
-a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba
-usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la
-forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación
-amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no
-desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en
-el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que
-la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su
-género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!
-
-Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba
-sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en
-medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las
-cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la
-habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez
-con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida
-en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente
-ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff
-advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el
-juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar
-un instante... «Sin duda espera algo.»
-
---Tiene usted completa razón--siguió diciendo alegremente Porfirio,
-mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva
-desconfianza--; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las
-burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados,
-según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y
-aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que
-yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo
-saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la
-carrera de Derecho, Rodión Romanovitch?
-
---Sí; la estudiaba.
-
---Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más
-adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con
-usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que
-trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo
-solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo,
-pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había
-de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso
-a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida;
-pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad?
-¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más
-claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión
-contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así,
-un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no
-pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente
-mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace,
-porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el
-procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene
-usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones?
-¡Ah, Dios mío! _Batuchka_, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres
-cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y,
-yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a
-error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto
-de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen
-tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que
-si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando
-bien convencido de que es _él_, me privo de los medios ulteriores de
-establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto
-modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo,
-le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me
-escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si
-por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si
-no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado
-de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche,
-de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo
-que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá
-acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará
-buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las
-conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática
-que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados
-eficaces con un _mujik_ inculto, es también muy eficaz cuando se
-trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo
-distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué
-sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno
-inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que
-son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué
-papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se
-lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me
-importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un
-poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a
-dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero
-él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas
-mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan _mujiks_
-groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre
-ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je!
-Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el
-lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría
-dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente.
-¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de
-una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la
-mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas
-en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no
-tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más
-trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su
-culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre,
-siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez
-más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la
-boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece
-a usted?
-
-Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando
-el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.
-
-«La lección es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato
-jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por
-placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe
-de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para
-asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas
-sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran
-golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo
-y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas
-con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá
-lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora
-veremos qué lazo me tiendes.»
-
-Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que
-preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y
-de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del
-juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su
-cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los
-labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse
-comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica.
-De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que
-quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra
-imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.
-
---No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me
-burlo--prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar
-su risita, y había reanudado sus paseos por la sala--. Tal vez tenga
-usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me
-ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de
-un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud,
-y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia
-humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la
-razón le seducen. Volviendo al _caso particular_ del que veníamos
-hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la
-naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces
-de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión
-Romanovitch--al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente
-tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido
-de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una
-repentina metamorfosis--. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece
-a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío
-a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je!
-Pues bien--continuó--: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una
-cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el
-consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la
-zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele
-ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas,
-es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es
-en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia,
-la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo
-usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el _caso particular_
-de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera
-asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su
-habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente
-ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar
-su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la
-sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera
-asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza.
-Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por
-su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha,
-y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía;
-pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su
-fingida comedia con _demasiada naturalidad_, y éste será otro indicio.
-De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si
-este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro
-hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo
-donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se
-extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je,
-je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je!
-Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un
-literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta
-con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión
-Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la
-ventana?
-
---No se moleste usted, se lo ruego--contestó Raskolnikoff, echándose a
-reír.
-
-El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente,
-soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase
-calmado súbitamente, se levantó.
-
---Porfirio Petrovitch--dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con
-dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas--, no tengo duda:
-usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel.
-Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree
-que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame
-usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí,
-ni de que se me martirice.
-
-De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron
-llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más
-elevado.
-
---¡No lo permito!--gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre
-la mesa--. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito!
-
---¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?--dijo el juez de
-instrucción en apariencia muy inquieto--. ¡_Batuchka_! Rodión
-Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo?
-
---¡No lo permito!--repitió Raskolnikoff.
-
---¡_Batuchka_, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces,
-¿qué diremos? Piense usted un poco en ello--murmuró como asustado
-Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante.
-
---¡No lo permito! ¡No lo permito!--prosiguió maquinalmente
-Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser
-oído por Porfirio.
-
-Este corrió a abrir la ventana.
-
---Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua,
-querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia.
-
-Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en
-un rincón una jarra de agua.
-
---¡Beba usted, _batuchka_!--murmuró, aproximándose vivamente al joven
-con una jarra--. Esto le sentará a usted muy bien.
-
-El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan
-poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con
-tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía.
-
---¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a
-volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un
-sorbo.
-
-Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente,
-Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de
-parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa.
-
---Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted,
-mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo--observó con tono
-afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado--. Señor,
-¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con
-Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo
-el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué
-significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de
-la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me
-contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo
-envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; _batuchka_; siéntese usted, por el
-amor de Cristo!
-
---No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué
-hacía esa visita--respondió sarcásticamente Raskolnikoff.
-
---¿Usted lo sabía?
-
---Sí. ¿Qué deduce usted de eso?
-
---Deduzco, _batuchka_, que conozco, además, otros muchos hechos y
-excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de
-la tarde fué usted a alquilar el _cuarto_; que se puso a tirar del
-cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y
-que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los _dvorniks_. ¡Oh!
-comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero
-no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle
-loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted
-motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo,
-de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto
-modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas
-chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar
-con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos
-a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con
-devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre
-Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen
-muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir
-el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme,
-_batuchka_, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se
-lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.
-
-Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo.
-Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba
-demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras
-del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a
-creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su
-visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta
-él mismo?», pensaba el joven.
-
---Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico
-casi análogo, un caso morboso--continuó Porfirio--. Un hombre se acusó
-de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa,
-una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan
-verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda
-contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él,
-este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando
-supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de
-tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero
-criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió
-que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido
-de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, _batuchka_. Puede
-uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los
-cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En
-el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta
-psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa
-a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted
-está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su
-enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de
-hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted
-el efecto del delirio...
-
-Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos
-daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en
-este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea,
-presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle.
-
---Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón--gritó,
-en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de
-Porfirio--. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted?
-
---Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba,
-e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que
-puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su
-juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese
-usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le
-pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no
-delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría
-usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba
-prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo
-la influencia del delirio; ¿no es así?
-
-El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo.
-Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia
-Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la
-cara a su interlocutor.
-
---Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted
-fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su
-propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación
-de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted
-quien lo mandó.
-
-Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un
-escalofrío en la espina dorsal.
-
---Usted sigue mintiendo--dijo con voz lenta y débil, esbozando una
-sonrisa--. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de
-antemano todas las respuestas--continuó, comprendiendo que ya no pesaba
-sus palabras como debía--; usted quiere meterme miedo... o simplemente
-burlarse de mí.
-
-Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente
-al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos
-relámpagos de cólera violenta.
-
---No hace usted más que mentir--gritó--. Sabe usted perfectamente que
-la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible
-tener oculto. Yo no le creo a usted.
-
---¡Qué listo es usted para ver las cosas!--dijo Porfirio sonriéndose--.
-Pero en este asunto, _batuchka_, está engañado; es el efecto de la
-monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea
-un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo;
-porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular
-interés.
-
-Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar.
-
---Sí; yo le quiero a usted--prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el
-brazo del joven por algo más arriba del codo--; vuelvo a repetírselo a
-usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra
-ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer
-la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea
-inquietudes.
-
---Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla
-en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice?
-
---Pero, _batuchka_. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No
-advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus
-asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas
-particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que,
-a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas,
-a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente
-del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho
-inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted
-cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los
-ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte?
-En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera
-debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro
-punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión
-de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a
-hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró
-usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca
-de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los _dvorniks_ pidiendo que le
-condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido
-si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido
-someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación
-y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de
-que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y
-está ciego, se lo repito.
-
-Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio
-Petrovitch.
-
---Sigue usted mintiendo--vociferó el joven--. No sé cuáles son sus
-intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba
-usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted.
-
---¿Que miento?--replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo
-demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía
-no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener
-de él--. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle?
-Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos
-que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos
-del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de
-policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso,
-que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido;
-son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si
-usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía,
-no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien,
-_batuchka_, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el
-mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je,
-je, je!
-
-Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo:
-
---En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted
-o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin
-ambages ni rodeos; y en seguida, al instante.
-
---¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna--replicó
-Porfirio siempre con su tono zumbón--. ¿Qué necesidad tiene usted de
-saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se
-altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama?
-¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je!
-
---Le repito--gritó Raskolnikoff furioso--que ya no me es posible
-soportar...
-
---¿Qué? ¿La incertidumbre?--interrumpió el juez de instrucción.
-
---No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no
-quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?--gritó con voz de trueno
-Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa.
-
---Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente.
-Tenga cuidado--murmuró Porfirio.
-
-El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que
-comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como
-amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no
-duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un
-arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes,
-aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de
-bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este
-pensamiento contribuyó a aumentar su irritación.
-
---No me dejaré martirizar--murmuró--; deténgame usted, regístreme, haga
-cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y
-no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...
-
---No se inquiete usted por la forma--interrumpió Porfirio con su acento
-sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo--; es
-familiarmente, _batuchka_, como amigo, como he invitado a usted a que
-viniera a verme.
-
---No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora
-tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme.
-
-En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le
-asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo.
-
---¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?--dijo, riendo, el
-juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de
-poner a Raskolnikoff fuera de sí.
-
---¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?--preguntó el joven,
-deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.
-
---Una pequeña sorpresa que hay detrás de esa puerta. ¡Je, je, je!--y
-mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitación,
-situada detrás del tabique--. Yo mismo la he cerrado con llave para que
-no se vaya.
-
---¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?
-
-Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo.
-
---Está cerrada. He aquí la llave--y diciendo esto, el juez de
-instrucción sacó la llave del bolsillo y se la enseñó al joven.
-
---¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!--aulló éste, que ya no era dueño de
-sí--. ¡Mientes, maldito pulchinela!
-
-Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse sobre Porfirio, el cual se
-retiró hacia la puerta, pero sin demostrar ningún temor.
-
---¡Lo comprendo todo!--vociferó Raskolnikoff--. ¡Mientes, mientes para
-que yo me venda!...
-
---Pero, ¿por qué ha de venderse usted? ¡Vea en qué estado se encuentra,
-Rodión Romanovitch! No grite, o llamo.
-
---¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu gente! Sabías que estaba enfermo y
-has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una
-confesión; ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido.
-No tienes pruebas; no tienes más que suposiciones, las conjeturas de
-Zametoff. Conocías mi carácter y has querido exasperarme, a fin de
-hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados.
-Los esperas, ¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? Hazlos entrar.
-
---¿Qué habla usted de delegados, _batuchka_? ¡Vaya unas ideas! La misma
-forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de
-este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero
-será observada la forma, usted lo verá--murmuró Porfirio, que se había
-puesto a escuchar junto a la puerta.
-
-Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua.
-
---¡Ah! ¿Vienen?--gritó Raskolnikoff--. ¿Los has enviado a buscar?
-Habías contado... Pues bien, introdúcelos a todos, delegados y
-testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto.
-
-Pero entonces ocurrió un incidente muy extraño, tan fuera del curso
-ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio
-Petrovitch hubieran podido preverlo.
-
-
-VI
-
-He aquí el recuerdo que esta escena dejó en el espíritu de Raskolnikoff:
-
-El ruido que sonaba en la habitación inmediata aumentó de repente, y la
-puerta se entreabrió.
-
---¿Qué es eso?--gritó Porfirio Petrovitch encolerizado.
-
-No hubo respuesta; pero la causa del ruido se dejaba adivinar en parte:
-alguna persona quería penetrar en el despacho del juez y trataban de
-impedírselo.
-
---¿Qué es lo que sucede?--repitió Porfirio.
-
---Es el procesado Mikolai, que ha sido conducido aquí.
-
---No tengo necesidad de él. No quiero verle; llevadle. Esperad un poco.
-¿Por qué le han traído? ¡Qué desorden!--murmuró Porfirio lanzándose
-hacia la puerta.
-
---El es quien...--replicó la misma voz; y se detuvo de repente.
-
-Durante dos minutos se oyó el ruido de una lucha entre dos hombres;
-después, uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y penetró bruscamente
-en el despacho.
-
-El recién venido tenía un aspecto muy extraño. Parecía no ver a nadie.
-En sus ojos llameantes se leía una firme resolución, y al propio tiempo
-su rostro estaba lívido como el de un condenado a quien se conduce al
-cadalso. Temblábanle ligeramente los labios, exangües.
-
-Era un hombre muy joven todavía, delgado, de mediana estatura y vestido
-como un obrero. Tenía el cabello cortado al rape y sus facciones eran
-finas y angulosas. El que acababa de ser rechazado por él, se lanzó en
-persecución suya dentro del gabinete y le agarró por un brazo: era un
-gendarme. Mikolai logró de nuevo soltarse.
-
-En el umbral se agruparon muchos curiosos, algunos de los cuales tenían
-vivos deseos de entrar. Todo ello había pasado en menos tiempo del que
-se tarda en referirlo.
-
---¡Vete! Es todavía pronto; espera a que se te llame... ¿Por qué te
-han traído tan pronto?--preguntó Porfirio Petrovitch tan irritado como
-sorprendido; pero de repente Mikolai se puso de rodillas.
-
---¿Qué haces?--gritó el juez de instrucción cada vez más asombrado.
-
---¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el asesino!--dijo bruscamente
-Mikolai, con voz bastante fuerte, a pesar de la emoción que le ahogaba.
-
-Pasaron diez segundos en un silencio profundo como si todos los
-asistentes hubiesen sido acometidos de un ataque de catalepsia.
-El gendarme no trató de sujetar de nuevo al preso, y dirigiéndose
-maquinalmente hacia la puerta, se quedó inmóvil en el umbral.
-
---¿Qué estás diciendo?--exclamó Porfirio Petrovitch cuando el asombro
-le permitió hablar.
-
---Yo soy el asesino...--repitió de nuevo Mikolai.
-
---¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...?
-
-El juez de instrucción estaba visiblemente desconcertado. El preso
-tardó un instante en responder.
-
---Yo he asesinado... a hachazos... a Alena Ivanovna y a su hermana
-Isabel Ivanovna. Estaba trastornado--añadió bruscamente.
-
-Se calló, pero continuaba de rodillas. Después de haber oído esta
-respuesta, Porfirio Petrovitch pareció reflexionar profundamente, y
-luego, con un ademán violento, mandó a los testigos que se retirasen.
-Estos obedecieron al punto y la puerta volvió a cerrarse.
-
-Raskolnikoff, en pie, contemplaba a Mikolai con aire extraño. Durante
-algunos instantes las miradas del juez de instrucción fueron del
-detenido al visitante y viceversa. Después se dirigió a Mikolai sin
-tratar de disimular su cólera.
-
---Espera a que se te interrogue antes de decirme que estabas
-trastornado. Yo no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has matado...?
-
---Yo soy el asesino... lo confieso--respondió Mikolai.
-
---¿Oh? ¿Con qué arma has matado?
-
---Con una hacha. La llevaba prevenida.
-
---¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?
-
-Mikolai no comprendió la pregunta.
-
---¿No tienes cómplices?
-
---No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen.
-
---No te apresures tanto para disculpar a Mitka. ¿Acaso te he preguntado
-acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se explica que los _dvorniks_ os
-hayan visto bajar corriendo la escalera?
-
---Corrí adrede detrás de Mitka porque de ese modo pensé evitar
-sospechas--respondió el preso.
-
---Está bien. Basta--gritó Porfirio encolerizado--; no dice la
-verdad--murmuró en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se
-encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia había evidentemente
-olvidado durante este diálogo con Mikolai.
-
-Al fijarse en su visitante pareció que se turbaba el juez de
-instrucción y dirigiéndose a él le dijo:
-
---Rodión Romanovitch, _batuchka_, perdóneme usted, se lo suplico...
-Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa...
-
-Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta.
-
---Según se ve, no esperaba usted tal cosa--observó Raskolnikoff.
-
-Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin
-embargo, había recobrado en gran parte su serenidad.
-
---Tampoco usted lo esperaba, _batuchka_. Vea usted cómo le tiembla la
-mano. ¡Je, je, je!
-
---También está usted temblando, Porfirio Petrovitch--observó
-Raskolnikoff.
-
---Es verdad... no esperaba esto...
-
-Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción
-tenía prisa porque se marchase el joven.
-
---¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía
-preparada?--preguntó éste bruscamente.
-
---Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irónico, ¡je, je,
-je! ¡Ea, hasta la vista!
-
---Creo que sería más propio decir _¡adiós!_
-
---Será lo que Dios quiera--balbuceó Porfirio con risa forzada.
-
-Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff advirtió que muchos de los
-empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoció en medio de la
-gente a los _dvorniks_ de _aquella casa_, a los que había propuesto la
-tarde de la extraña visita que le condujesen a la comisaría de policía.
-Parecía que estaban esperando allí algo, pero apenas hubo llegado
-al rellano de la escalera, cuando oyó de nuevo la voz de Porfirio
-Petrovitch. El joven se volvió y vió al juez de instrucción que, todo
-sofocado, acudía a llamarle.
-
---Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. Dios sabe lo que pasará en
-este asunto; pero, para la cuestión de forma, tengo que pedirle a usted
-algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro.
-
-Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven.
-
---De seguro--repitió.
-
-Parecía que iba a decir alguna otra cosa; pero nada añadió.
-
---Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he
-alterado un poco--comenzó a decir Raskolnikoff, que había recobrado ya
-toda su serenidad y sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.
-
---¡Bah! Eso no tiene importancia--replicó el juez con tono casi
-jovial--. También yo tengo un carácter insoportable, lo reconozco. Ya
-nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo.
-
---Y entonces nos conoceremos a fondo--repuso Raskolnikoff.
-
---Muy a fondo--repitió como un eco Porfirio Petrovitch, y guiñando un
-ojo, miró con mucha gravedad a su interlocutor--. ¿Y ahora va usted a
-comer a una fiesta?
-
---A un entierro.
-
---¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado de su salud.
-
---Por mi parte, no sé qué votos hacer por usted--respondió
-Raskolnikoff, y comenzó a bajar la escalera; pero de repente se volvió
-hacia Porfirio--. ¡Ah! Le deseo a usted de todo corazón mejor éxito del
-que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qué cómicas son
-sus funciones.
-
-Al oír estas palabras, el juez de instrucción, que se disponía a volver
-a su despacho, aguzó el oído.
-
---¿Qué es lo que tienen de cómicas?--preguntó.
-
---Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; ¡cuánto ha debido usted
-atormentarle! ¡Cuánto lo habrá usted fatigado para arrancarle su
-confesión! Día y noche, sin duda, le habrá usted repetido en todos
-los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el asesino!» Le habrá usted
-perseguido sin tregua, según su método psicológico, y ahora, cuando
-él se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono
-de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No puedes serlo, no dices la
-verdad!» Pues bien, después de esto, ¿no tengo derecho para encontrar
-cómicas las funciones de usted?
-
---¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado usted que hace poco rato he
-hecho observar a Mikolai que no decía la verdad?
-
---¿Cómo no había de observarlo?
-
---¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Además, le
-da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorística. ¡Je, je,
-je! Ese era, según dicen, el rasgo distintivo de Cogol.
-
---Sí, de Cogol.
-
---En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...
-
---Hasta la vista.
-
-El joven se fué directamente a su casa. Cuando llegó a su domicilio,
-se echó en el diván y durante un cuarto de hora intentó ordenar algún
-tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trató siquiera de explicarse
-la conducta de Mikolai, comprendiendo que había allí un misterio cuya
-clave buscaría en vano por el momento. Por lo demás, no se hacía
-ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardaría
-en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y
-entonces las sospechas recaerían de nuevo sobre él. Pero, en tanto, era
-libre y podía tomar sus medidas en previsión del peligro que juzgaba
-inminente.
-
-¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? La situación comenzaba
-a esclarecerse. El joven temblaba aún al acordarse de su reciente
-entrevista con el juez de instrucción. No podía penetrar todas las
-intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era más que suficiente
-para hacerle comprender de qué terrible peligro acababa de escapar. Un
-poco más y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad
-nerviosa de su visitante, el juez se había apoyado sólidamente
-sobre este dato, y había descubierto con exceso de atrevimiento su
-juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se había
-comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que él se
-acusaba no constituían todavía una prueba en contra suya: esto no tenía
-más que un carácter relativo. ¿No se engañaba, sin embargo, al pensar
-así? ¿Cuál era el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado algo
-aquel día, y si tenía preparado un golpe, en qué consistía éste? Sin la
-aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo hubiera acabado esta entrevista?
-
-Raskolnikoff estaba sentado en el sofá con los codos apoyados en
-las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba
-todo su cuerpo. Al fin se levantó, tomó la gorra y después de haber
-reflexionado un momento, se dirigió hacia la puerta.
-
---Por hoy, al menos--se dijo--, no tengo nada que temer.
-
-De repente experimentó una especie de alegría y se le ocurrió la idea
-de dirigirse lo más pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era
-tarde para asistir al entierro, pero llegaría a tiempo para comer y
-allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, y en sus labios se dibujó
-una triste sonrisa.
-
-«¡Hoy! ¡Hoy!--repitió--. Sí, hoy mismo. Es preciso.»
-
-En el momento en que se dirigía a la puerta, ésta se abrió por sí
-misma. El joven retrocedió espantado viendo aparecer al enigmático
-personaje de la víspera, _al hombre salido de debajo de la tierra_.
-
-El recién venido se detuvo en el umbral, y después de haber mirado
-silenciosamente a Raskolnikoff, dió un paso en la habitación. Vestía
-exactamente como el día anterior, pero su rostro no era el mismo.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó Raskolnikoff pálido como un muerto.
-
-El hombre, en vez de responder, se inclinó casi hasta el suelo. Por lo
-menos le tocó con el anillo que llevaba en la mano derecha.
-
---¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff.
-
---Pido a usted perdón--dijo el hombre en voz baja.
-
---¿De qué?
-
---De mis malos pensamientos.
-
-Los dos hombres se miraron.
-
---Estaba ciego de ira. Cuando usted fué el otro día, teniendo, sin
-duda, la razón perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la
-sangre y pidió a los _dvorniks_ que lo condujesen a la oficina de
-policía, vi con disgusto que no hacían caso de las palabras de usted,
-tomándole por un borracho; esto me contrarió de tal modo, que no pude
-dormir; pero me acordaba de las señas de usted y vine ayer aquí...
-
---¿Fué usted quien vino?--interrumpió Raskolnikoff.
-
-Comenzaba a comprender.
-
---Sí; yo le he insultado a usted.
-
---¿Estaba usted en aquella casa?
-
---Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de
-usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy
-peletero...
-
-Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera.
-En efecto: independientemente de los _dvorniks_ había en la puerta
-cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había
-propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía
-acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció
-en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de
-haberse vuelto a mirarle.
-
-Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible
-misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le
-causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de
-perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se
-presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la
-sangre. Aparte de esta excursión de un _enfermo en delirio_, salvo esa
-_psicología de dos filos_, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún
-hecho, nada positivo. «Por consiguiente--pensaba el joven--, si no
-surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden
-hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi
-culpabilidad?»
-
-Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su
-visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita
-al cuarto de la víctima.
-
---¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?--preguntó el
-joven asaltado por súbita idea.
-
---¿A qué Porfirio?
-
---Al juez de instrucción.
-
---Yo se lo he dicho. Como los _dvorniks_ no habían ido, fuí yo.
-
---¿Hoy?
-
---Llegué un minuto antes que usted; lo he oído todo y sé que le ha
-hecho pasar a usted un mal rato.
-
---¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?
-
---Yo estaba allí, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he
-permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista.
-
---¿Cómo? ¿De modo que era usted la sorpresa? ¿Cómo ha sido eso?
-Cuéntemelo usted todo, se lo ruego.
-
---Viendo--dijo el menestral--que los _dvorniks_ rehusaban avisar a la
-policía, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontrarían
-la oficina cerrada, experimenté una viva contrariedad y resolví
-enterarme por mí mismo; al día siguiente, es decir, ayer, tomé datos
-y me he presentado al juez de instrucción. La primera vez que estuve
-en la oficina no se encontraba allí; volví una hora después y no fuí
-recibido; en fin, la última vez se me hizo entrar. Conté punto por
-punto cuanto había pasado; al oírme el juez saltaba en la habitación y
-se daba golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo cumplís, bribones,
-con vuestra obligación? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera
-hecho buscar por la gendarmería.» En seguida salió precipitadamente,
-llamó a no sé quién y estuvo hablando con él en un rincón; se dirigió
-otra vez a mí y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes
-imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no
-se atrevió a contestar a mis palabras de ayer y que no me había
-reconocido. Continuaba dándose golpes en el pecho, vociferando y
-saltando por la habitación. Entonces le anunciaron a usted. «Retírese
-detrás del tabique--me dijo dándome una silla--, y estése ahí sin
-chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez.» Después
-cerró la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidió a usted y me
-hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», me dijo.
-
---¿Preguntó a Mikolai delante de ti?
-
---Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando
-comenzó el interrogatorio de Mikolai.
-
-Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo.
-
---Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.
-
---¡Que Dios te perdone!--respondió Raskolnikoff.
-
-«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos»,
-pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación.
-«Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba
-la escalera.
-
-Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado.
-
-
-
-
-QUINTA PARTE
-
-
-I
-
-Al día siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su
-explicación con las señoras de Raskolnikoff, las ideas de aquél se
-esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fué forzoso reconocer que
-la ruptura, en la cual no había querido creer el día antes, era un
-hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo
-mordiendo el corazón durante toda la noche. Al saltar de la cama, el
-primer movimiento de Pedro Petrovitch fué irse a mirar al espejo,
-temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por
-fortuna esta aprensión no era fundada. Al contemplar su rostro pálido
-y distinguido, llegó hasta a consolarse por breves instantes ante la
-idea de que no le costaría trabajo reemplazar a Dunia y quién sabe si
-ventajosamente. Pero no tardó en desechar esta esperanza quimérica y
-lanzó un fuerte salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente a su joven
-amigo y compañero de habitación, Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.
-
-Pedro Petrovitch advirtió ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de
-su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobló su cólera
-después que hubo reflexionado que no debía hablar de esta historia a
-Andrés Semenovitch. Fué la segunda tontería que el arrebato le hizo
-cometer el día anterior: había cedido a la necesidad de desahogar el
-exceso de su irritación.
-
-Durante toda la mañana la suerte se ensañó en perseguir a Ludjin. En el
-mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto.
-Lo que le molestaba más que nada era la imposibilidad de hacer entrar
-en razón al propietario de la nueva casa que había alquilado en
-vista de su próximo enlace. Este individuo, alemán de origen, era un
-antiguo obrero a quien la fortuna había sonreído; no aceptaba ninguna
-transacción y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en
-el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto casi
-restaurado.
-
-El tapicero no se mostraba más complaciente que el propietario, y
-pretendía quedarse hasta con el último rublo de la señal recibida
-por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch «aun no se
-había hecho cargo». «Va a ser menester que me case para recuperar
-los muebles», decía rechinando los dientes el desgraciado Ludjin.
-Una última esperanza atravesaba su alma. «¿Era posible que aquel mal
-no tuviera remedio?» Tenía clavado en el corazón, como una espina,
-el recuerdo de los encantos de Dunia. Fué para él aquello un trago
-muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a
-Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habría matado al joven
-inmediatamente.
-
-«Otra tontería de mi parte ha sido no darles dinero», pensaba mientras
-volvía entristecido a casa de Lebeziatnikoff. «¿Por qué he sido yo
-tan judío? ¡Fué un mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente en la
-estrechez, yo creía prepararlas a que vieran en mí una providencia,
-y he aquí que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les
-hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen
-la canastilla en el Almacén Inglés, mi conducta hubiera sido a la vez
-más noble y más hábil y no me habrían dejado tan fácilmente. Dados
-sus principios, se hubieran creído, sin duda, obligadas a devolverme
-regalos y dinero; esta resolución les hubiera sido penosa y difícil,
-habría sido para ellas cuestión de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces
-a poner así a la puerta a un hombre que se había mostrado tan generoso,
-y tan delicado?... He hecho una tontería.»
-
-Pedro Petrovitch volvió de nuevo a rechinar los dientes y se trató de
-imbécil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusión
-llevó a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de
-él. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo
-producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de
-la comida. Ya había oído hablar la víspera de este banquete; es más,
-recordaba que le habían invitado; pero sus ocupaciones personales le
-hicieron que lo olvidara.
-
-En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazón se hallaba en el
-cementerio), la señora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la
-mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch
-supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban
-invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que
-no habían conocido siquiera al difunto. El propio Andrés Semenovitch
-recibió la invitación correspondiente, a pesar de estar reñido con
-Catalina Ivanovna. En fin, se tendría mucho gusto en que Pedro
-Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era,
-entre todos los inquilinos, el personaje más importante. La viuda de
-Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, había
-invitado también a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos
-momentos, con íntima satisfacción, en los preparativos de la comida.
-Además, la señora Lippevechzel habíase vestido de ceremonia, y aunque
-su traje era de duelo, se comprendía que su dueña sentía vivo placer en
-exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch
-tuvo una idea y entró pensativo en su habitación, o mejor dicho, en la
-de Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff
-figuraba en el número de los invitados.
-
-Aquel día Andrés Semenovitch había pasado toda la mañana en su
-cuarto. Entre este individuo y Ludjin existían extrañas relaciones
-perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba
-en grado superlativo casi desde el mismo día que fué a su casa a
-pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle en poco.
-
-Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fué a casa de Lebeziatnikoff,
-en primer lugar y sobre todo por economía, pero también por otro
-motivo. En su provincia había oído hablar de Andrés Semenovitch, su
-antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jóvenes más avanzados
-de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos
-círculos ya legendarios. Esta circunstancia tenía mucho valor para
-Pedro Petrovitch, el cual desde hacía tiempo experimentaba un vago
-temor respecto a estos círculos poderosos que lo sabían todo, que no
-respetaban a nadie y hacían la guerra a todo el mundo.
-
-Huelga añadir que la distancia no le permitía tener noción exacta de
-estas cosas. Como tantos otros, había oído decir que existían en San
-Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos,
-etcétera; pero en su espíritu, como en el de otras muchas personas,
-estas palabras tenían una significación exagerada. Lo que temía
-principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual
-individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se
-remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuían poco a
-fortificar en su ánimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el
-sueño de establecerse en San Petersburgo.
-
-Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los
-comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales,
-que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada
-a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba
-el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de
-_nuestras jóvenes generaciones_. Contaba con Andrés Semenovitch para
-que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff
-nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la
-fraseología de los reformadores.
-
-Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño,
-desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y
-llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso;
-casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella
-persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la
-temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo.
-Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos _comme il
-faut_ porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje.
-Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante
-necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del
-progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las
-ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se
-han unido sinceramente.
-
-No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar
-insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por
-su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su
-simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo
-Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir
-a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de
-Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle
-burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes
-a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer
-que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán
-desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función
-especial era la _propaganda_, y todavía no debía de estar muy ducho en
-ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente,
-¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?
-
-Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch
-(sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con
-placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños
-de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo
-por el establecimiento de una nueva _commune_ en la calle de los
-Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para
-enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio;
-un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.»
-Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan
-agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.
-
-Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado
-delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés
-Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación
-afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con
-despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera
-sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el
-pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto
-a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la
-fortuna había establecido entre ambos.
-
-Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que
-nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el
-_comunismo_, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de
-vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés
-Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba
-a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de
-dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de
-conversación con objeto de consolar a su respetable amigo.
-
---Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa...
-viuda--dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el
-punto más interesante de su peroración.
-
---¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse
-mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han
-invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella.
-
---Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a
-esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro
-imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto
-viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a
-muchas personas; el diablo sabrá por qué--continuó Pedro Petrovitch,
-que parecía haber provocado con intención deliberada aquella
-conversación--. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?--añadió de
-repente, levantando la cabeza--. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo.
-De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la
-conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que
-como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado
-por eso?
-
---Tampoco yo tengo intención de asistir--repuso Lebeziatnikoff.
-
---¡Pues no faltaba más! Después de haberle pegado, natural es que tenga
-usted escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.
-
---¿A quién he pegado yo? ¿De quién habla usted?--preguntó
-Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana.
-
---Hablo de Catalina Ivanovna, a quien pegó usted hará cosa de un mes.
-Lo supe ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya una manera de
-resolver el problema feminista!
-
-Después de esta salida, que pareció haberle aliviado un poco el
-corazón, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero.
-
---Eso es una barbaridad y una calumnia--replicó vivamente
-Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso--.
-Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es
-completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice
-más que defenderme. Fué Catalina Ivanovna la que se lanzó sobre mí para
-arañarme... Me arrancó una de las patillas. Creo que todo hombre tiene
-derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de
-dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene
-su origen en el despotismo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Había de dejar que
-esa señora me maltratase a su gusto? Me limité a rechazar una agresión.
-
---¡Je, je, je!--continuó en son de burla Ludjin.
-
---Usted me busca querella porque está de mal humor; pero eso no
-significa nada ni tiene relación alguna con la cuestión feminista.
-Precisamente yo me he hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo
-que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que
-se comienza ya a sostener), debe existir también la igualdad en esto.
-Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay
-motivo para que se plantee esta cuestión, porque en la sociedad futura
-no habrá ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasará a
-vías de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la
-lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo demás haya riñas... es decir,
-que más tarde no las habrá, aunque por el momento las haya todavía.
-¡Ah, diablo, con usted, uno se hace un lío! ¡No, no es eso lo que me
-impide aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a
-su casa, es sencillamente por cuestión de principios, por no sancionar
-con mi presencia la estúpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo
-demás, yo podría reírme de eso e ir... Desgraciadamente no habrá allí
-_popes_; si los hubiese, le aseguro a usted que iría.
-
---¿De modo que se sentaría usted a su mesa para insultar la
-hospitalidad de esa mujer?
-
---No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto útil.
-Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el
-deber de todo hombre. Quizá se realiza esta tarea tanto mejor cuanto
-menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano...
-De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted que obrando así se falta a
-las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que
-se les presta un gran servicio...
-
---¡Vamos, bueno!--interrumpió Pedro Petrovitch--. Pero, dígame usted
-ahora, ¿conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha?
-¿Es verdad lo que de ella se dice?
-
---Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, es decir, según mi convicción
-personal, su situación es la situación normal de la mujer. ¿Por qué
-no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese género
-de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura
-será perfectamente normal, porque será libre. Aun ahora mismo tiene
-el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, ¿por qué no ha de
-disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no
-tendrá razón de ser; pero el papel de la mujer galante tendrá otro
-sentido y será regulado de una manera racional. En cuanto a Sofía
-Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una
-enérgica protesta contra la organización de la sociedad, y a causa
-precisamente de eso, la estimo profundamente; diré más, la contemplo
-con regocijo.
-
---Sin embargo, me han contado que usted la obligó a abandonar esta casa.
-
-Lebeziatnikoff se incomodó.
-
---¡Eso es también una mentira!--replicó enérgicamente--. No ha habido
-tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto
-porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jamás los favores
-de Sofía Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su
-espíritu, sin ninguna segunda intención personal, esforzándome por
-despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra
-cosa; ella es la que ha comprendido que no podía permanecer aquí.
-
---¿La ha invitado usted a formar parte de la _commune_?
-
---Sí, actualmente me esfuerzo para atraerla a la _commune_. Sólo que
-ella estará en otras condiciones que aquí. ¿De qué se ríe usted?
-Queremos fundar nuestra _commune_ sobre bases mucho más amplias que las
-precedentes. Vamos más lejos que nuestros precursores; negamos muchas
-cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendrían
-por adversario. En tanto, continúo desarrollando a Sofía Semenovna. Es
-una bella, una bellísima naturaleza.
-
---¿Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? ¡Je, je, je!
-
---No, de ninguna manera; todo lo contrario.
-
---¿Lo contrario?--dijo Ludjin--. ¡Je, je, je!
-
---Puede usted creerme. ¿Por qué había de ocultárselo a usted? Al
-contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene
-como cierto tímido pudor.
-
---Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, je, je!... Usted le demuestra
-que todos esos pudores son estúpidos.
-
---No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, qué sentido tan grosero y tan
-tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! ¡Oh
-Dios mío; qué poco avanzado está usted todavía! ¡Usted no comprende
-nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted sólo piensa
-en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que
-no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de mí,
-puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar
-de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma «yo te quiero»,
-me alegraría mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en
-la situación presente nadie se ha mostrado jamás más cortés y más
-conveniente con ella que yo; nadie ha hecho más justicia a su mérito...
-Yo aguardo, espero: eso es todo.
-
---¿Por qué no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en
-eso.
-
---No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situación
-autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestión es otra. Usted
-no tiene más que desprecios para ella. Fundándose en un hecho que le
-parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura
-humana. Usted no sabe qué naturaleza es la suya.
-
---Dígame--replicó Ludjin--, ¿podría usted... o por mejor decir, está
-usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aquí
-un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que
-las he oído subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la
-muchacha.
-
---¿Para qué?--preguntó asombrado Andrés Semenovitch.
-
---Es menester que le hable. Tengo que irme de aquí hoy o mañana, y
-necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y
-aun creo que será mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe Dios lo que
-usted pensaría!
-
---No pensaría nada... Mi pregunta no tenía importancia. Si tiene usted
-algo que decirle nada es más fácil que hacerla venir. Voy a buscarla en
-seguida, y esté seguro de que no le molestaré.
-
-Efectivamente; cinco minutos después, Lebeziatnikoff condujo a Sonia.
-La joven llegó extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes
-circunstancias era siempre muy tímida. Las nuevas caras le causaban
-temor. Era esto como una impresión de su infancia, y la edad había
-aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostró cortés y benévolo.
-Al recibir él, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y
-en cierto sentido tan interesante, se creyó obligado a acogerla con
-un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresuró a tranquilizarla
-y la invitó a que tomase asiento frente a él. Sonia se sentó y miró
-sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa.
-Después, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no
-pudieron apartarse de él; hubiérase dicho que sufría una especie de
-fascinación. Lebeziatnikoff se dirigió a la puerta. Ludjin se levantó,
-hizo seña a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch en
-el momento en que éste iba a salir.
-
---¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?--le preguntó en voz baja.
-
---¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he
-visto... ¿Y qué?
-
---En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no
-me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es
-insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No
-quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo
-esto?
-
---Sí, comprendo, comprendo--respondió Lebeziatnikoff--. Está usted en
-su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted
-son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho.
-Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré;
-en mi opinión, está usted en su derecho.
-
-Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló
-atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi
-severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas
-que no son». Sonia perdió por completo su serenidad.
-
---Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas
-a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así.
-Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?--dijo
-Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.
-
-Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.
-
---Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre--se apresuró a responder
-la pobre Sonia.
-
---Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias
-independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación.
-
---Voy a decírselo--y Sonia se levantó en seguida.
-
---No es eso todo--continuó Pedro Petrovitch sonriendo al ver la
-candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales--;
-usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprenderá que, por un motivo
-tan fútil y que sólo me interesa a mí, no me hubiera permitido molestar
-a una persona como usted. Tengo otro objeto.
-
-A una señal de su interlocutor Sonia se apresuró a sentarse. Los
-billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron
-de nuevo ante su vista, pero volvió vivamente los ojos y los fijó en
-Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le parecía cosa por extremo
-inconveniente, sobre todo en su posición. La joven reparó cosa tras
-cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch
-tenía en la mano izquierda; después, en el grueso anillo adornado con
-una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazón;
-por último, no sabiendo qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro
-mismo de Ludjin. Este, después de haber guardado silencio durante
-algunos instantes, prosiguió:
-
---Ayer me bastó cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina
-Ivanovna, para comprender que esa señora se encuentra en un estado
-antinatural, por decirlo así...
-
---Sí, antinatural--repitió dócilmente Sonia.
-
---O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma.
-
---Sí, más sencillamente, más intel... Sí, está enferma...
-
---Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digámoslo así, de
-compasión, quisiera, por mi parte, serle útil, previendo que
-inevitablemente va a encontrarse en una situación muy triste. Ahora,
-según parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted.
-
-Sonia se levantó bruscamente.
-
---Permítame que le pregunte: ¿no le ha dicho usted que podría cobrar
-una pensión? Ayer me contó que usted se había encargado de hacer que se
-la concediesen. ¿Es eso cierto?
-
---No, no hay tal cosa. Me limité a decirle que, como viuda de un
-funcionario muerto en el servicio, podría obtener un recurso temporal
-si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido
-bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no
-estaba en el servicio cuando murió. En una palabra: siempre se puede
-esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no
-existe derecho alguno a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con una
-pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo posible!
-
---Sí, soñaba en una pensión. Es crédula y buena, y su bondad hace
-que dé crédito a todo. Y... y... su espíritu es... sí... Dispénsela
-usted--dijo Sonia, que se levantó de nuevo para marcharse.
-
---Permítame usted, tengo todavía que decirle algo más.
-
---¿Más aún?--balbuceó la joven.
-
---Siéntese usted.
-
-Sonia, toda confusa, se sentó por tercera vez.
-
---Viéndola en tal situación, con hijos pequeños, quisiera, como ya le
-he dicho, serle útil en la medida de mis medios; compréndame usted
-bien: en la medida de mis medios nada más. Se podría, por ejemplo,
-organizar, en beneficio suyo, una subscripción, una tómbola... o una
-cosa análoga, como suelen hacer en caso semejante las personas que
-desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraños. Esto es
-una cosa posible.
-
---Sí, eso está bien... pero ella. Dios...--murmuró Sonia, con los ojos
-fijos en Pedro Petrovitch.
-
---Se podría; pero ya hablaremos de esto más tarde, es decir, se podría
-comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos,
-por decirlo así, los fundamentos. Venga usted aquí a las siete.
-Supongo que Andrés Semenovitch no tendrá inconveniente en asistir a
-nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y
-cuidadosamente examinado. Por esta razón me he tomado la libertad de
-molestarle suplicándole que viniese. Según mi opinión, no conviene
-entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es más,
-sería peligroso entregárselo; basta como prueba la comida de hoy. No
-tiene zapatos; no sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo de pan
-que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y café. Lo
-he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a cargo de
-usted, y tendrá usted que buscarle hasta el último pedazo de pan. Por
-lo tanto, soy de opinión que debe de organizarse la suscripción sin que
-se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el
-dinero. ¿Qué le parece a usted?
-
---No sé. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre más que una
-vez en la vida... Quería honrar la memoria del difunto... pero es muy
-inteligente. Por lo demás, será lo que usted quiera; yo le quedaré a
-usted muy... muy... todas ellas serán... y Dios... y los huérfanos...
-
-Sonia no acabó y se echó a llorar.
-
---De modo que es cosa convenida. Ahora dígnese usted aceptar, para la
-parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripción personal.
-Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho
-que, teniendo yo también apuros pecuniarios, no pueda hacer más.
-
-Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un billete de diez rublos, después de
-haberlo desplegado cuidadosamente.
-
-La joven recibió el billete ruborizándose, balbuceó algunas palabras
-ininteligibles y se apresuró a despedirse. Pedro Petrovitch la acompañó
-hasta la puerta. Al cabo la joven salió de la habitación y entró en la
-de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada.
-
-Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, no queriendo interrumpir
-la conversación, permaneció cerca de la ventana. En cuanto salió Sonia,
-se acercó a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente la mano.
-
---Lo he oído y lo he visto todo--dijo subrayando intencionadamente
-la última palabra--. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque
-no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo
-he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la
-beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria,
-favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con
-gusto el acto de usted. Sí, sí, eso me complace.
-
---Lo que he hecho no vale nada--murmuró Ludjin un poco cortado, y miró
-a Lebeziatnikoff con particular atención.
-
---Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la
-impresión de una afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse
-por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economía
-social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante
-cosa de usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído está usted por sus
-antiguas ideas! ¿Por qué turbarse tanto por el asunto de ayer?--exclamó
-Andrés Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpatía
-hacia Pedro Petrovitch--. ¿Qué necesidad tiene usted de casarse, de
-casarse _legalmente_, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? ¿Qué le
-importa a usted la unión _legal_? Pégueme usted, si quiere; pero yo
-me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es
-usted libre, que no está usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy
-franco.
-
---Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la
-frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre
-con vuestros matrimonios libres--respondió, por decir alguna cosa,
-Pedro Petrovitch.
-
-Estaba pensativo, y apenas prestaba atención a las palabras que decía.
-
---¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los hijos?--dijo Andrés
-Semenovitch, animándose de repente como un caballo en batalla cuando
-oye el sonido del clarín--; los hijos son una cuestión social que
-será resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restricción,
-como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos más
-tarde. Ahora ocupémonos de lo otro. Le confieso a usted que es ésa
-mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulación por
-Putskin, para señalar a los maridos engañados, no figurará en los
-diccionarios del porvenir. En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh,
-ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! Por el contrario, en
-el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existirá. Eso no es
-más que la consecuencia natural, y, por decirlo así, el correctivo del
-matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este
-punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que
-es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sería para mí un encanto
-llevar _eso_ a que tiene usted tanto miedo. Yo le diría entonces a mi
-mujer: «Hasta el presente, querida mía, sólo había sentido amor por ti:
-pero ahora te estimo, porque has sabido protestar». ¿Se ríe usted? ¡Ah!
-Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo
-que con la unión legítima sea desagradable ser engañado; pero ése es
-el efecto miserable de una situación que desagrada a los dos esposos.
-Cuando _eso_ se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio
-libre, entonces no existe. Cesan de tener significación y dejan de
-llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba
-por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstáculo a
-su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de
-un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado
-(libre o legítimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un
-amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. «Querida mía (le diría
-entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes.» ¿Tengo o no
-tengo razón?
-
-Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su
-pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy
-preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la
-preocupación de su amigo.
-
-
-II
-
-Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro
-desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata
-comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero
-que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal
-vez se creía obligada a honrar «convenientemente» la memoria de su
-marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente
-a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era
-que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en
-determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio,
-entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el
-solo objeto de «hacer las cosas tan bien como los otros». Permitido
-es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más
-extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella
-«gentuza», no solamente que ella sabía «vivir y recibir», sino que,
-hija de un coronel, educada «en una casa noble y aristocrática», no
-había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la
-noche la ropa de sus hijos.
-
-Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy
-variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin
-embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero
-en abundancia. El _menú_, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna,
-comprendía, además del _kutia_, tres o cuatro platos, principalmente
-_blines_; además, estaban preparados dos samovars para los convidados
-que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna
-se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la
-casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones,
-en casa de la señora Lippevechzel.
-
-Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposición de la
-viuda, y durante treinta y seis horas no dejó de hacer recados con celo
-que, por otra parte, el bueno del polaco no perdía ripio para hacerlo
-notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado
-acudía a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Después de haber
-declarado que sin la solicitud de este «hombre servicial y magnánimo»,
-no hubiera sabido qué hacer, Catalina Ivanovna acabó por encontrarlo
-absolutamente insoportable. Era propio de su carácter entusiasmarse
-de repente por cualquiera; le veía con los colores más brillantes y
-le atribuía mil méritos que sólo existían en su imaginación, pero en
-los cuales creía con toda buena fe. Después al entusiasmo sucedía
-bruscamente la desilusión, y entonces se desataba en injurias contra
-aquel a quien pocas horas antes había colmado de excesivas alabanzas.
-
-Amalia Ivanovna tomó también súbita importancia a los ojos de
-Catalina Ivanovna; ésta delegó en ella, cuando se fué al entierro,
-todos sus poderes, y la señora Lippevechzel se mostró digna de esta
-confianza. Ella fué, en efecto, quien se encargó de preparar la mesa
-y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla,
-los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por
-los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos
-orígenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando
-volvió a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una
-expresión de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber
-cumplido tan bien su misión, aquélla se pavoneaba con su traje de duelo
-completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo,
-por legítimo que fuese, no agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente
-no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito con
-sus lazos flamantes también le disgustó: «¡Vaya con la tonta alemana
-esta que no hace más que estorbar!... ¡Se ha dignado, por bondad de
-alma! ¡Habráse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que
-era coronel, había algunas veces cuarenta personas a comer, y no se
-hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o,
-mejor dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar
-entonces sus sentimientos; pero se prometió no quedarse con esta
-impertinencia en el cuerpo.
-
-Otra circunstancia contribuyó también a irritar a Catalina Ivanovna: a
-excepción del polaco que fué hasta el cementerio, casi ninguno de los
-invitados acompañó el cadáver hasta su última morada; por el contrario,
-cuando se trató de sentarse a la mesa, se vió llegar todo lo que había
-de más pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos
-se presentaron en traje más que descuidado. Los que estaban un poco
-limpios se habían dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el
-más distinguido de todos ellos. Sin embargo, el día anterior, por la
-noche, Catalina Ivanovna había cantado las excelencias de él a todo el
-mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era,
-según aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; además de esto, era
-inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que había
-sido amigo de su primer marido, y frecuentado también en otro tiempo la
-casa de su padre. Aseguraba, además, que había prometido emplear toda
-su influencia para conseguirle una pensión importante.
-
-Raskolnikoff se presentó cuando acababan de llegar del cementerio.
-Catalina Ivanovna quedó encantada al verle, en primer lugar, porque, de
-todas las personas presentes, era el único hombre culto (lo presentó a
-todos los invitados, diciendo que dentro de dos años sería catedrático
-de la Universidad de San Petersburgo), y además, por haberse excusado
-respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a
-las exequias. La viuda se apresuró a hacerle sentar a su izquierda,
-teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabló a media
-voz con el joven una conversación tan seguida como se lo permitían sus
-deberes de dueña de casa.
-
-Su enfermedad había tomado desde hacía dos días un carácter más
-alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impedía a
-menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener
-a quien confiar la indignación que experimentaba ante aquel concurso de
-figuras grotescas. Al principio, su cólera se manifestaba en las burlas
-que dirigía a los invitados y, sobre todo, a la propietaria.
-
---Todo ello es por culpa de esa imbécil. Ya sabe usted de quién
-hablo--y Catalina Ivanovna mostró con un movimiento de cabeza a la
-patrona--. Mírela usted cómo abre los ojos; adivina que hablamos de
-ella; pero no puede comprender lo que decimos; ahí tiene usted por
-qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué
-idea le ha dado de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere hacer
-creer a todo el mundo que me honra mucho sentándose a mi mesa. Le
-había suplicado que invitase a las personas más distinguidas, y con
-preferencia a aquellas que habían conocido al difunto, y mire usted
-qué colección de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fíjese
-usted: aquél no se ha lavado, da asco; ¿y esos desgraciados polacos?...
-¡Ah, ah! ¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los veo por primera
-vez. Dígame usted: ¿Por qué han venido? Ahí están como una ristra de
-cebollas. ¡Eh!--gritó a uno de ellos--. ¿Ha tomado usted _blines_? Tome
-usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere usted aguardiente? Mire, mire,
-se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos
-de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen
-ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona--dijo
-casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia Ivanovna--. Si por acaso roban
-sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo.
-
-Después de esta satisfacción dada a sus sentimientos, volviéndose hacia
-Raskolnikoff, dijo, burlándose y mostrando a la patrona:
-
---¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra; ahí se está con la boca
-abierta. Fíjese usted; es una verdadera lechuza; una lechuza con lazos
-de colores. ¡Ja, ja, ja!
-
-La risa acabó con un acceso de tos que duró cinco minutos, se llevó
-el pañuelo a los labios y después se lo enseñó silenciosamente a
-Raskolnikoff: estaba manchado de sangre. Gotas de sudor perlaban su
-frente; sus pómulos se coloreaban de rojo, y cada vez respiraba con
-mayor dificultad; sin embargo, continuó hablando en voz baja con
-animación extraordinaria.
-
---Le habían confiado el encargo muy delicado, es verdad, de invitar a
-esa señora y a su hija. Ya sabe usted a quienes me refiero. Era preciso
-proceder en esto con bastante tacto... Pues bien, se ha arreglado de
-modo que esa imbécil forastera, esa provinciana, que ha venido aquí a
-solicitar una pensión como viuda de un mayor, y que, de la mañana a la
-noche, anda recorriendo las Cancillerías con dos dedos de colorete en
-la cara, y eso que tiene cincuenta años muy corridos... esa remilgada
-ha rehusado mi invitación, sin excusarse siquiera, como la más vulgar
-cortesía exige en un caso como éste. No acierto a explicarme cómo es
-que no haya venido tampoco Pedro Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia?
-¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te habías metido, Sonia? Es
-extraño que en un día como éste hayas sido tan poco exacta. Rodión
-Romanovitch, déjela usted colocarse a su lado, ése es tu sitio, Sonia;
-toma lo que quieras. Te recomiendo el _kabial_, está bueno. Ahora te
-traerán las _blines_. ¿No se ha dado de ellas a los niños? Que no se
-os olvide, Poletchka. Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú, Kolia,
-deja quietecitas las piernas. Eso es; así debe de estar un niño bien
-educado. ¿Y qué me cuentas, Sonetchka?
-
-Sonia se apresuró a decir a su madrastra las excusas de Pedro
-Petrovitch, esforzándose en hablar alto para que todos pudieran
-oírle. No contenta con reproducir las fórmulas corteses de que
-Ludjin se había servido, procuró por su parte amplificarlas. Pedro
-Petrovitch--añadió--le había encargado decir a Catalina Ivanovna que
-vendría tan pronto como le fuese posible, para hablar de _negocios_ y
-entenderse con ella acerca de la marcha que debía seguir ulteriormente,
-etcétera, etc.
-
-Sonia sabía que con esto tranquilizaría a su madrastra, y, sobre
-todo, que halagaría su amor propio. La joven se sentó al lado de
-Raskolnikoff, a quien saludó apresuradamente echándole una rápida y
-curiosa mirada; pero durante el resto de la comida evitó mirarle y aun
-dirigirle la palabra. Parecía distraída, aunque tenía los ojos fijos
-en el rostro de Catalina Ivanovna para adivinar sus deseos. Después de
-haber escuchado con complacencia el relato de Sonia, la viuda preguntó
-con aire de importancia por la salud de Pedro Petrovitch; en seguida,
-sin inquietarse demasiado de que pudieran oírla los invitados, hizo
-observar a Raskolnikoff que un hombre tan respetable y distinguido
-hubiese estado fuera de su centro en semejante reunión. Se explicaba
-que no hubiese venido, a pesar de las antiguas relaciones que le unían
-a su familia.
-
---He aquí por qué, Rodión Romanovitch, agradezco tanto que no haya
-usted desdeñado mi hospitalidad; por lo demás--añadió--, convencida
-estoy de que solamente la amistad de usted con mi pobre difunto es lo
-que ha decidido a cumplirme su palabra.
-
-Raskolnikoff escuchaba en silencio. Se encontraba a disgusto.
-Unicamente por cortesía y consideración a Catalina Ivanovna probaba la
-comida, que la propia viuda le acercaba a la boca.
-
-El joven tenía los ojos fijos en Sonia. Esta, cada vez más pensativa,
-seguía con inquietud los progresos de la exasperación de su madrastra,
-que había comenzado a burlarse de sus huéspedes, presintiendo que la
-comida acabaría mal, porque, entre otras cosas, Sonia sabía que era
-ella la causa principal de que las dos provincianas hubieran rehusado
-la invitación. Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando fué a invitar
-a las dos señoras, la madre, muy resentida, había exclamado que cómo
-podría permitir ella que su hija se sentase al lado de aquella...
-_señorita_. Sospechaba la joven que su madrastra tenía ya noticia
-de aquel insulto. Esta injuria a Sonia era para Catalina Ivanovna
-peor que una afrenta hecha a ella, a sus hijos, o a la memoria de su
-padre; era un mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina Ivanovna
-sólo le importaba en aquel momento probar a aquellas imbéciles que
-ambas eran... Precisamente un convidado, sentado en el otro extremo
-de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos corazones de migas de pan
-atravesados por una flecha. Catalina Ivanovna declaró en seguida, con
-voz sonora, que el autor de aquella burla era, de seguro, un «asno
-borracho».
-
-Acto seguido anunció su propósito de retirarse en cuanto hubiera
-obtenido una pensión, a fundar en T***, su ciudad natal, una casa de
-educación para hijas de nobles. De repente mostró aquel certificado
-del cual había hablado Marmeladoff cuando su encuentro con Rodia en
-la taberna. En las circunstancias presentes, tal documento debía
-establecer el derecho de Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; pero
-lo había sacado con objeto de confundir a las dos «presumidas», y si
-éstas hubiesen aceptado su invitación, les hubiera demostrado con
-pruebas convincentes, que «la hija de un coronel, la descendiente de
-una familia noble y aristocrática, valía mucho más que las buscadoras
-de aventuras, cuyo número aumenta cada día». El certificado dió pronto
-la vuelta en derredor de la mesa; los convidados, ya a medios pelos,
-se lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna se opusiese
-a ello, porque aquel papel la designaba, con todas sus letras, como
-hija de un consejero de Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, a
-considerarse como hija de un coronel.
-
-Extendióse después la viuda en enumerar los encantos de la existencia
-feliz y tranquila que se prometía pasar en T***. Buscaría el concurso
-de los profesores del Gimnasio, entre los cuales se encontraba un
-anciano respetable, el señor Mangot, que le había enseñado en otros
-tiempos el francés; este señor no vacilaría en dar lecciones en su
-pensionado, y sería módico en sus honorarios. Por último, anunció la
-intención de llevarse a Sonia a T*** y de confiarle la dirección de su
-establecimiento. Al oír estas palabras, uno de los comensales se echó a
-reír.
-
-Catalina Ivanovna fingió no haberlo oído, pero levantando la voz
-dijo que Sonia Semenovna poseía cuantas cualidades son menester para
-secundarla en su tarea. Después de haber elogiado la dulzura de la
-joven, su paciencia, su abnegación, su cultura intelectual y su nobleza
-de sentimientos, le dió suavemente unos golpecitos en la mejilla y la
-besó dos veces seguidas con efusión. Sonia se ruborizó, y Catalina
-Ivanovna prorrumpió en llanto.
-
---Tengo los nervios muy excitados--dijo como para excusarse--y estoy
-muy fatigada. La comida ha acabado, se va a servir el te.
-
-Amalia Ivanovna, muy contrariada por no haber podido meter baza en la
-conversación precedente, eligió aquel momento para aventurar una nueva
-tentativa, e hizo observar muy juiciosamente a la futura directora
-de un pensionado, que «debería conceder mucha atención a la ropa
-interior de las pensionistas e impedir que leyeran novelas durante
-la noche». El cansancio y la irritación hacían a Catalina Ivanovna
-poco tolerante; así es que tomó muy a mal aquellos sabios consejos; a
-creerla a ella, la patrona no entendía una palabra de lo que estaba
-hablando. «En un pensionado de señoritas nobles, el cuidado de la ropa
-blanca correspondía a la mujer encargada de ese servicio, y no a la
-directora del establecimiento. En cuanto a la observación relativa a la
-lectura de las novelas, era sencillamente una inconveniencia.» Catalina
-Ivanovna suplicaba a la patrona que callase.
-
-En lugar de acceder a esta súplica, Amalia Ivanovna respondió con
-acritud que «no había hablado más que por su bien»; que había tenido
-siempre las mejores intenciones, y que, desde hacía largo tiempo,
-Catalina Ivanovna no le pagaba un kopek.
-
---¡Miente usted hablando de buenas intenciones!--replicó la viuda--.
-Ayer, sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba de cuerpo presente,
-vino usted a armar un escándalo a propósito de mis atrasos, y por causa
-suya no han venido ciertas señoras...
-
-Al oír esto la patrona observó con mucha lógica que ella «había
-invitado a aquellas señoras, pero no habían venido porque eran nobles
-y no podían ir a casa de una señora que no lo era». A lo cual su
-interlocutora contestó «que una cocinera no tenía criterio para juzgar
-de la verdadera nobleza».
-
-Herida Amalia Ivanovna en lo vivo replicó «que su _vater_[17] era un
-hombre muy importante en Berlín que se paseaba constantemente con
-las manos en los bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para dar una
-idea más exacta de su _vater_, la señora Lippevechzel se levantó, se
-metió las manos en los bolsillos e inflando los carrillos se puso a
-imitar el ruido de un fuelle de fragua. Aquello provocó una carcajada
-general entre los inquilinos que, con la esperanza de una batalla
-entre las dos mujeres, se complacían en azuzar a Amalia Ivanovna. La
-viuda de Marmeladoff, no pudiendo contenerse más, declaró en voz muy
-alta que «Amalia Ivanovna quizá no había tenido nunca _vater_, que era
-sencillamente una finlandesa de San Petersburgo, que había debido ser
-en otro tiempo cocinera, o tal vez algo más bajo». Respuesta furiosa
-de la patrona: «Acaso era Catalina Ivanovna la que no había tenido
-_vater_. En cuanto a ella, su padre era un berlinés que usaba levitas
-muy largas y que hacía constantemente ¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna
-respondió con tono despreciativo que «su nacimiento era conocido de
-todo el mundo, y que aquel mismo certificado honorífico en caracteres
-impresos, la designaba como hija de un coronel, y que, en cambio,
-Amalia Ivanovna (en el supuesto de que hubiese tenido padre conocido),
-debía ser hija de algún vendedor de leche finlandés; pero, según todas
-las apariencias, era hospiciana, puesto que no sabía aún cuál era su
-nombre patronímico, si se llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludvigovna».
-La patrona, fuera de sí, gritó, dando puñetazos sobre la mesa, «que
-ella era Ivanovna y no Ludvigovna; que su padre se llamaba Juan, y
-que había sido alcalde, cosa que no fué nunca el padre de Catalina
-Ivanovna». Al oír tales palabras se levantó ésta, y con voz tranquila,
-desmentida por la palidez de su rostro y por la agitación de su pecho,
-dijo:
-
- [17] Padre, en alemán.
-
---Si usted se atreve otra vez a poner en parangón a su miserable
-_vater_ con mi padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.
-
-Amalia Ivanovna, ante su amenaza, empezó a correr por la habitación,
-gritando con todas sus fuerzas que ella era la propietaria y que
-Catalina Ivanovna se marcharía de su casa al instante. Después se
-apresuró a recoger los cubiertos de plata que estaban sobre la mesa. A
-esto siguió una confusión y un barullo indescriptible; los chiquillos
-se echaron a llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra para impedir que
-hiciese un disparate, pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado en alta
-voz una alusión a la _cartilla amarilla_, Catalina Ivanovna rechazó a
-la joven y se fué derecha a la patrona, decidida a arrancarle el moño.
-
-Mas en aquel momento se abrió la puerta y apareció Pedro Petrovitch
-Ludjin.
-
-El funcionario dirigió una mirada severa a todos los presentes y
-Catalina Ivanovna corrió hacia él.
-
-
-III
-
---¡Pedro Petrovitch!--gritó--. ¡Protéjame usted! Haga comprender a
-esta imbécil que no tiene derecho para hablar así a una señora noble
-y desgraciada; que eso no está permitido. Me quejaré al gobernador
-general... y esa mujer tendrá que responder ante él de lo que ha dicho.
-En nombre de la hospitalidad que usted recibió de mi padre, venga en
-ayuda de mis huérfanos.
-
---Permítame usted, señora... permítame usted--dijo Pedro Petrovitch
-apartando con un ademán a la solicitante--. Como usted sabe muy bien,
-no he tenido el honor de conocer a su padre... Permítame usted, señora
-(uno de los comensales se echó a reír ruidosamente); no pienso tomar
-parte en las continuas reyertas de usted con Amalia Ivanovna...
-Vengo aquí por un asunto personal... Deseo tener inmediatamente una
-explicación con su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... ¿no es ése
-su nombre? Permítame usted que entre...
-
-Y apartándose de Catalina Ivanovna, Pedro Petrovitch se dirigió al
-rincón de la sala en que se encontraba Sonia.
-
-La viuda se quedó como clavada en su sitio. No podía comprender que
-Pedro Petrovitch negase haber sido huésped de su padre. Aquella
-hospitalidad, que no existía más que en su imaginación, se había
-convertido para ella en artículo de fe. Lo que principalmente la
-impresionó, fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador de Ludjin.
-Al aparecer este último se restableció el silencio poco a poco. El
-pulcro y severo traje del hombre de leyes formaba contraste con la
-sordidez de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna. Cada uno de ellos
-se daba cuenta de que sólo un motivo de gravedad excepcional podía
-explicar la presencia de aquel personaje en semejante sitio; todos,
-pues, esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, que estaba sentado al
-lado de Sonia, se levantó para dejar acercarse a Pedro Petrovitch, y
-éste pareció no reparar en el joven.
-
-Un instante después apareció Lebeziatnikoff; pero en lugar de entrar
-en la habitación permaneció en el umbral escuchando con curiosidad sin
-acertar a comprender al pronto de qué se trataba.
-
---Perdónenme ustedes que turbe su reunión; pero me veo obligado a
-ello por un asunto de bastante importancia--dijo Pedro Petrovitch sin
-dirigirse a nadie en particular--; en cuanto a mí, me agrada poder
-explicarme delante de una reunión numerosa. Amalia Ivanovna, ruego
-a usted que, como propietaria de esta casa, preste atención a la
-conferencia que voy a celebrar con Sonia Semenovna.
-
-Después, dirigiéndose a la joven que estaba extremadamente pálida y
-bastante sorprendida, añadió:
-
---Sonia Semenovna, inmediatamente después de la visita de usted, he
-echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que había sobre una
-mesa de la habitación de mi amigo Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.
-Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted,
-en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este
-asunto no tendrá consecuencias; en caso contrario, me veré obligado a
-recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendrá usted que echar
-la culpa a nadie sino a sí misma.
-
-Un profundo silencio siguió a estas palabras. Hasta los niños cesaron
-de llorar. Sonia, mortalmente pálida, miraba a Ludjin sin acertar
-a responder. Parecía no haber comprendido aún. Así pasaron algunos
-segundos.
-
---Vamos, ¿qué responde usted?--preguntó Pedro Petrovitch, mirando
-atentamente a la joven.
-
---Yo no sé... no sé nada--dijo al cabo con voz débil.
-
---¿No? ¿Usted no sabe nada?--preguntó Ludjin, y dejó pasar nuevamente
-algunos segundos.
-
-En seguida añadió con tono severo:
-
---Piense usted en lo que le digo, señorita; reflexione usted; quiero
-darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi
-afirmación, me guardaría muy mucho de lanzar contra usted una acusación
-tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme
-a una querella por difamación. Esta mañana he ido a negociar unos
-títulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta
-en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrés Semenovitch
-es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he
-guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la
-levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de
-Banco, entre los cuales había tres de cien rublos cada uno. Entonces
-fué cuando, a invitación mía, vino usted a nuestro cuarto, y durante
-todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente
-agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando
-nuestra conversación no había terminado aún. Andrés Semenovitch puede
-dar fe de todo esto.
-
-»Usted no negará, así por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por
-Andrés Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situación
-desgraciada de su madrastra (a cuya casa no podía venir yo a comer),
-y de la forma de socorrerla por medio de subscripción, lotería, o
-cosa parecida. Usted me dió las gracias con las lágrimas en los ojos.
-(Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado
-ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa
-un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer
-recurso para su madrastra. Andrés Semenovitch lo ha visto todo. Después
-la he acompañado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma
-agitación que antes.
-
-»Cuando usted salió del cuarto, he estado hablando durante diez
-minutos, aproximadamente, con Andrés Semenovitch. Por último él se
-marchó y yo me acerqué a la mesa para guardar el resto del dinero,
-viendo entonces, con gran sorpresa, que me faltaba un billete de
-cien rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo sospechar de Andrés
-Semenovitch, ni siquiera concebir semejante idea. No puedo tampoco
-engañarme en mis cuentas, porque, un momento antes de que usted
-entrara, acababa de comprobarlas. Comprenderá usted que acordándome
-de su agitación, de su prontitud en salir y de que tuvo usted durante
-algún tiempo las manos sobre la mesa, y considerando, finalmente, la
-posición social de usted, he debido, a despecho de mi propia voluntad,
-dar acogida a una sospecha, cruel, sin duda, pero legítima.
-
-»Por convencido que me halle de la culpabilidad de usted, repito que sé
-a lo que me expongo dirigiéndole esta acusación. Sin embargo, no vacilo
-en formularla, sobre todo, señorita, por su negra ingratitud. ¿Cómo? La
-mando llamar a usted porque me intereso por su infortunada madrastra y
-por sus hermanitos; le doy un billete de diez rublos ¡y me recompensa
-usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está bien! Le hace falta una lección
-que le sirva de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione usted; se lo
-propongo amistosamente, porque en este momento es lo mejor que puedo
-hacer en su favor. De lo contrario, seré inflexible. Vamos, confiese
-usted.»
-
---Yo nada he tomado--murmuró Sonia espantada--; usted me ha dado diez
-rublos; aquí están, tómelos, se los devuelvo.
-
-La joven sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo, tomó el billete
-de diez rublos, que estaba allí guardado, y se lo alargó a Ludjin.
-
---¿De modo que insiste usted en negar el robo de esos cien
-rublos?--dijo en tono de reproche Ludjin, sin tomar el billete.
-
-Sonia dirigió una mirada en torno suyo, y en todos los rostros de las
-personas que la rodeaban sorprendió una expresión severa, irritada o
-burlona. La joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie, apoyado contra la
-pared, tenía los brazos cruzados y sus ojos llameantes fijos en ella.
-
---¡Señor, señor!--gimió la muchacha.
-
---Amalia Ivanovna, será menester llamar a la policía; por lo tanto,
-suplico a usted humildemente que haga subir al _dvornik_--dijo Ludjin
-con voz dulce y hasta cariñosa.
-
---_Gott der barmherzig!_ ¡Bien sabía yo que ésta era una
-ladrona!--exclamó la señora Lippevechzel palmoteando.
-
---¿Usted lo sabía?--repuso Pedro Petrovitch--; eso quiere decir
-que ya ciertos hechos anteriores autorizan a usted a deducir esta
-consecuencia. Suplico a usted, dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide
-las palabras que acaba de pronunciar. Por lo demás, hay testigos.
-
-En todos lados se hablaba ruidosamente.
-
---¿Cómo?--exclamó Catalina Ivanovna, saliendo de repente de su estupor,
-y con rápido movimiento se precipitó hacia Ludjin--. ¿Cómo? ¿La acusa
-usted de robo? ¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde!
-
-Después se aproximó vivamente a la joven y la estrechó entre sus brazos
-descarnados.
-
---¿Cómo, Sonia, has podido aceptar diez rublos de él? ¡Oh, tonta!
-¡Dámelos! ¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así!
-
-Catalina tomó el billete de manos de Sonia, lo arrugó entre sus dedos
-y se lo tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho una pelota, alcanzó a
-Pedro Petrovitch y rodó en seguida por el suelo. Amalia Ivanovna se
-apresuró a levantarlo. El hombre de negocios se incomodó.
-
---Contengan ustedes a esa loca.
-
-En aquel momento acudieron muchas personas, que se colocaron en el
-umbral, al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban las dos señoras
-provincianas.
-
---¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?--vociferó Catalina
-Ivanovna--. ¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de negocios, un
-hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona?
-¡Pero si ella te daría más que vale ese dinero, imbécil!--y la viuda
-rompió a reír de un modo nervioso--. ¿Han visto ustedes a este
-imbécil?--añadió, yendo de uno a otro inquilino y mostrando a Ludjin a
-cada uno de ellos.
-
-De repente vió a Amalia Ivanovna, y su cólera no tuvo límites.
-
---¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú también, infame prusiana, dices
-que Sonia es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible? ¡Si no ha salido
-de la habitación! Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a la mesa
-con nosotros; todos la han visto al lado de Rodión Romanovitch...
-registradla. Puesto que no ha ido a ninguna parte, tendrá el dinero
-encima. ¡Busca, busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, querido,
-tendrás que responder de tu conducta! ¡Me quejaré al emperador, al zar
-misericordioso! ¡Hoy mismo iré a arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana;
-me dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá? ¡Te engañas! Obtendré una
-audiencia. ¿Porque Sonia es tan dulce pensabas que no tenías nada que
-temer? Tú contabas con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si ella es tímida,
-yo, amigo mío, yo no tengo miedo a nada, y así tus cálculos caen por
-tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate!
-
-Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba a Ludjin por un brazo y le
-empujaba hacia donde estaba Sonia.
-
---Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... pero, tranquilícese usted,
-señora, cálmese usted--balbuceaba el funcionario.--Ya veo que no tiene
-usted miedo. Esto debería hacerse en la oficina de policía. Por lo
-demás, hay aquí un número más que suficiente de testigos... Sí, yo
-estoy pronto... no obstante, es muy delicado para un hombre... a causa
-de su sexo... Si Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... Sin
-embargo, no es así como se hacen estas cosas.
-
---¡Hágala usted registrar por quien quiera!--gritó Catalina Ivanovna--.
-Sonia, enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira, monstruo, ve cómo están
-vacíos! ¡Aquí no hay más que un pañuelo; mira, nada más que un pañuelo,
-puedes convencerte de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves?
-
-No contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, Catalina los volvió,
-uno después del otro, de dentro afuera. Pero en el momento en que
-ponía al descubierto el forro del bolsillo derecho, se escapó de él
-un papelillo, que, describiendo una parábola en el aire, fué a caer a
-los pies de Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron un grito. Pedro
-Petrovitch se bajó, tomó el billete con los dedos y lo desplegó _coram
-populo_. Era un billete de cien rublos, doblado en ocho partes. Pedro
-Petrovitch lo enseñó a todos para que no existiese ninguna duda sobre
-la culpabilidad de Sonia.
-
---¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía, la policía!--aulló Amalia
-Ivanovna--. ¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la calle!
-
-De todas partes brotaban exclamaciones. Raskolnikoff, silencioso, no
-cesaba de mirar a Sonia más que para echar de vez en cuando una mirada
-rápida sobre Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía más bien
-atontada que sorprendida; de repente enrojeció y se cubrió el rostro
-con las manos.
-
---¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado nada! ¡Yo no sé nada!--gritó con
-voz desgarradora y se precipitó hacia Catalina Ivanovna, que abrió los
-brazos como un asilo inviolable para la desgraciada criatura.
-
---¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo que no lo creo!--repetía Catalina
-Ivanovna, rebelde a la evidencia. (Estas palabras iban acompañadas
-de mil caricias; besaba a la joven, le tomaba las manos, la mecía
-en sus brazos como a un niño.)--¡Tú haber robado nada! ¡pero qué
-personas más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos, tontos!--gritaba a
-los circunstantes--. ¡No sabéis lo que es esta criatura! ¡Robar ella!
-¡Ella, que vendería su último vestido; ella, que iría descalza antes
-que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais necesidad de ellos!
-¡Así, así es...! ¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque mis hijos se
-morían de hambre... se vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto; mi
-pobre difunto! ¡Dios mío, Dios mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos,
-en vez de estar impasibles! Usted, Rodión Romanovitch, ¿por qué no la
-defiende? ¿Usted también la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos, no
-valéis lo que el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela tú!
-
-Las lágrimas, las súplicas, la desesperación de la pobre Catalina
-Ivanovna parecieron causar una gran impresión en el público. Aquel
-rostro de tísica, aquellos labios secos, aquella voz ahogada,
-expresaban un sentimiento tan doloroso, que era difícil no sentirse
-conmovido ante tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió en seguida a
-expresar los más dulces sentimientos.
-
---¡Señora, señora!--dijo con solemnidad--. Este negocio no concierne a
-usted en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla de culpabilidad; usted
-misma es la que ha sacado los bolsillos y ha descubierto el objeto
-robado; basta esto para demostrar la completa inocencia de usted. Estoy
-dispuesto a mostrarme indulgente con un acto a que Sonia Semenovna ha
-podido ser impulsada por la miseria. Pero, ¿por qué se niega usted a
-confesar, señorita? ¿Teme la deshonra? ¿Era éste su primer hurto? ¿Lo
-hizo usted trastornada? La cosa se comprende, se comprende muy bien;
-vea usted, sin embargo, a lo que se exponía. Señores--dijo dirigiéndose
-a todos los presentes, mudos por un sentimiento de piedad--: Estoy
-pronto a perdonar, a pesar de las injurias que se me han dirigido.
-
-Después añadió:
-
---Señorita, que la humillación de hoy le sirva a usted de lección para
-el porvenir; no daré parte; las cosas no pasarán de aquí.
-
-Pedro Petrovitch dirigió una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos
-se encontraron; los del joven despedían llamas. En cuanto a Catalina
-Ivanovna, parecía no haber oído nada y continuaba abrazando a Sonia con
-una especie de frenesí. A ejemplo de su madre, los niños estrechaban
-entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba,
-sollozaba a más no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de
-Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclamó:
-
---¡Qué villanía!
-
-Pedro Petrovitch se volvió vivamente.
-
---¡Qué villanía!--repitió Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin.
-
-Este último se estremeció. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de
-esta circunstancia). Lebeziatnikoff entró en la sala.
-
---¿Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?--dijo aproximándose
-a Pedro Petrovitch.
-
---¿Qué significa esto? ¿De qué habla usted, Andrés
-Semenovitch?--preguntó Ludjin.
-
---Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted
-explicado el sentido de mis palabra--replicó arrebatadamente
-Lebeziatnikoff.
-
-Estaba extremadamente colérico y fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos
-enfermizos, que tenían dura e indignada expresión. Raskolnikoff
-escuchaba ansiosamente con la mirada fija en el rostro del joven
-socialista.
-
-Hubo una pausa. En el primer momento, Pedro Petrovitch quedó casi
-desconcertado.
-
---¿Es a mí a quien...?--murmuró--. ¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en
-su juicio?
-
---Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un... mal hombre. ¡Ah! ¡Qué
-infamia! Lo he oído todo, y si no he hablado antes, es porque quería
-comprender bien; hay algunas cosas que... lo confieso, no me las
-explico. Me gustaría saber por qué ha hecho usted esto.
-
---¿Pero qué es lo que yo he hecho? ¿Acabará de hablar enigmáticamente?
-¡Usted está borracho!
-
---¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros está borracho, es usted. Yo jamás
-bebo aguardiente, porque esto es contrario a mis principios. Figúrense
-ustedes que es él, él mismo quien, con sus propias manos ha dejado el
-billete de cien rublos a Sonia Semenovna; yo lo he visto; yo he sido
-testigo de ello, y lo declararé bajo la fe de mi juramento. Es él,
-él--repetía Lebeziatnikoff dirigiéndose a todos y a cada uno.
-
---¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!--replicó violentamente
-Ludjin--. Ella misma aquí, hace un momento, ha afirmado, en presencia
-de usted y de todo el mundo, que no había recibido más que diez
-rublos... ¿Cómo es, pues, posible que yo le haya dado más dinero?
-
---Yo lo he visto--repitió con energía Andrés Semenovitch--; y aunque
-esto pugna a mis principios, estoy dispuesto a prestar juramento
-ante la justicia; le he visto a usted deslizar ese dinero con mucho
-disimulo. Sólo que he sido tan tonto, que he creído que hablaba usted
-por generosidad. Cuando usted le decía adiós en el umbral de la puerta
-y le ofrecía usted la mano derecha, le introdujo disimuladamente en el
-bolsillo el papel que tenía en la izquierda. Yo lo he visto, yo lo he
-visto.
-
-Ludjin palideció.
-
---¿Qué es lo que está usted mintiendo?--replicó insolentemente--.
-Estando al lado de la ventana, ¿cómo podía usted ver eso del billete?
-Vaya, como está usted mal de la vista, ha sido usted objeto de una
-ilusión.
-
---No, yo no he visto visiones. A pesar de la distancia, lo he visto
-todo muy bien. Desde la ventana, en efecto, era difícil distinguir
-el billete, en eso tiene usted razón; mas a causa de esa misma
-circunstancia, sé que era precisamente un billete de cien rublos.
-Cuando usted dió diez a Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la mesa
-y vi a usted tomar al mismo tiempo un billete de cien rublos. No he
-podido olvidar este detalle, porque en aquel momento se me ocurrió una
-idea. Después de haber plegado el billete, lo guardó usted en el hueco
-de la mano, y cuando se levantó se pasó el papel de la mano derecha a
-la izquierda, y estuvo a punto de dejarlo caer. Me he acordado porque
-se me ocurrió la misma idea, a saber: que usted quería obligar a Sonia
-Semenovna sin que yo me enterara; pero no puede usted imaginarse con
-qué atención he observado sus gestos y ademanes. Así es que he visto
-meter el billete en el bolsillo de la joven. Lo he visto, lo he visto,
-y lo repetiré donde sea necesario bajo la fe del juramento.
-
-Lebeziatnikoff estaba casi sofocado por la indignación. De todos lados
-se entrecruzaban exclamaciones diversas. La mayor parte expresaban
-estupor; pero algunas eran proferidas en son de amenaza. Todos rodearon
-a Pedro Petrovitch. Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff.
-
---¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le conocía a usted! ¡Usted la defiende;
-solamente usted se pone de parte de ella! ¡Dios le envía a usted
-en socorro de la huérfana! ¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo,
-_batuchka_!
-
-Y Catalina Ivanovna, sin casi tener conciencia de lo que hacía, cayó de
-rodillas delante del joven.
-
---¡Esas son tonterías!--vociferó Ludjin arrebatado por la cólera--.
-¡No dice usted más que necedades! «Yo he olvidado; me he acordado: me
-acuerdo; me olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo que si fuera
-verdad lo que usted dice, yo le habría deslizado a propósito esos cien
-rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto? ¿Qué tengo yo de común con
-esa...?
-
---¿Por qué? Eso es lo que no comprendo; me limito a referir el hecho
-tal como ha pasado, sin pretender explicarlo, y, dentro de esos
-límites, garantizo su exactitud... Tampoco me engaño, malvado, así como
-me acuerdo de haberme hecho esta misma pregunta en el momento en que
-felicitaba a usted estrechándole la mano. Me preguntaba por qué razón
-había usted hecho ese regalo en forma clandestina. Quizá, me dije, ha
-querido ocultarme su buena acción, sabiendo que yo, en virtud de mis
-principios, soy enemigo de la caridad privada y la considero como un
-vano paliativo. He pensado después que trataba de dar una sorpresa a
-Sonia Semenovna. Hay, en efecto, personas que se complacen en dar a
-sus beneficios el sabor de lo imprevisto. En seguida se me ocurrió
-otra idea: que la intención de usted era poner a prueba a la joven;
-que usted quería saber si, cuando ella encontrara en el bolsillo
-esos cien rublos, vendría a darle las gracias, o acaso quería usted
-substraerse a su reconocimiento, siguiendo el precepto de que la mano
-derecha debe ignorar... En una palabra, Dios sabe las suposiciones que
-se me ocurrieron. La conducta de usted me preocupaba de tal modo, que
-me proponía reflexionar más tarde sobre ella detenidamente. Además,
-hubiera creído faltar a la delicadeza, dando a entender que conocía su
-secreto. Pensando en estas cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna,
-ignorando la generosidad de usted, podía perder el billete de Banco.
-He aquí por qué me he decidido a venir: porque quería llamarla aparte
-y decirle que le habían puesto cien rublos en el bolsillo; pero antes
-he entrado en casa de las señoras Kobyliatnikoff, para entregarles un
-_Tratado general sobre el método positivo_, y recomendarles el artículo
-de Piderit (el de Vagner no carece de valor). Un momento después he
-llegado aquí y he sido testigo de esta escena. Ahora bien: ¿es posible
-que yo hubiera podido pensar en todo esto y hacerme todos estos
-razonamientos, si no le hubiera visto a usted deslizar los cien rublos
-en el bolsillo de Sonia Semenovna?
-
-Cuando Andrés Semenovitch terminó su discurso, no podía ya más y
-tenía el rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso le costaba trabajo
-expresarse convenientemente, aunque, por lo demás, no conocía ningún
-otro idioma. Este esfuerzo oratorio le había agotado. Sus palabras
-produjeron, sin embargo, extraordinario efecto. El acento de sinceridad
-con que las había pronunciado llevó el convencimiento al alma de todos
-los oyentes. Pedro Petrovitch comprendió que perdía terreno.
-
---¡Qué me importan a mí las tonterías que se le han ocurrido a
-usted!--exclamó--; eso no es una prueba. Ha podido usted soñar cuantas
-necedades quiera. Le digo que miente. ¡Miente usted, y además me
-calumnia para satisfacer sus rencores! La verdad es que usted me odia
-porque me he puesto enfrente del radicalismo impío, de las doctrinas
-antisociales que usted sostiene.
-
-Pero, lejos de redundar en favor de Pedro Petrovitch, provocó violentos
-murmullos en su derredor.
-
---¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre responder? No es muy fuerte su
-argumento--replicó Lebeziatnikoff--. ¡Llame a la policía; prestaré mi
-juramento! Una sola cosa queda obscura para mí: el motivo que le ha
-impulsado a cometer una acción tan baja. ¡Oh miserable, cobarde!
-
-Raskolnikoff avanzó, separándose del grupo.
-
---Yo puedo explicar su conducta, y si es menester, también prestaré
-juramento--dijo con voz firme.
-
-A primera vista, la tranquila seguridad del joven probó al público
-que conocía a fondo el asunto, y que aquel embrollo estaba a punto de
-llegar a su desenlace.
-
---Ahora lo comprendo todo--prosiguió Raskolnikoff dirigiéndose a
-Lebeziatnikoff--. Desde el principio de este accidente había sospechado
-detrás de esto alguna innoble intriga. Se fundaban mis sospechas en
-ciertas circunstancias solamente de mí conocidas, y que voy a revelar,
-porque presentan las cosas en su verdadero aspecto. Usted, Andrés
-Semenovitch, ha iluminado perfectamente mi espíritu; suplico a ustedes
-que me escuchen. Ese señor--continuó, designando con un gesto a Pedro
-Petrovitch--, ha pedido recientemente la mano de mi hermana Advocia
-Romanovna Raskolnikoff. Llegado hace poco a San Petersburgo, vino
-a verme anteayer; pero ya en nuestra primera entrevista tuvimos un
-choque y le eché a la calle, como pueden declarar dos personas que
-estaban presentes. Ese hombre es muy malo... Anteayer ignoraba yo que
-viviese con usted, Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia,
-anteayer, es decir, el día mismo de nuestra cuestión, se encontró
-presente aquí en el momento en que, como amigo del difunto Marmeladoff,
-le di un poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna para atender a
-los gastos de los funerales de su marido. Inmediatamente escribió a mi
-madre diciéndole que yo había dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna,
-sino a Sonia Semenovna, calificando al mismo tiempo a esa joven con
-los más ultrajantes adjetivos y dando a entender que yo tenía con
-ella relaciones íntimas. Su objeto, como comprenderán ustedes, era
-enemistarme con mi familia, insinuándole que yo gasto en disipaciones
-el dinero de que ella se priva para atender a mis necesidades. Ayer
-noche, en una entrevista con mi madre y mi hermana, entrevista a la
-cual asistía él, he restablecido la verdad de los hechos que este
-señor había desnaturalizado. «El dinero--dije--se lo di a Catalina
-Ivanovna para pagar el entierro de su marido, y no a Sonia Semenovna
-a quien aquel día había hablado por primera vez.» Furioso al ver que
-sus calumnias no obtenían el resultado apetecido, insultó groseramente
-a mi madre y a mi hermana. Siguióse un rompimiento definitivo y se le
-echó a la calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen ustedes ahora y
-comprenderán qué interés le guiaba, en las circunstancias presentes,
-a inculpar a Sonia Semenovna si lograba hacer pasar a esta joven
-por ladrona, y resultaba culpable a los ojos de mi madre y de mi
-hermana, puesto que no tenía temor en comprometer a ésta poniéndola en
-relaciones con una ladrona; él, por el contrario, al atacarme a mí,
-salía a la defensa de mi hermana, su futura esposa. En una palabra,
-éste era para él un medio de enemistarme con los míos y de congraciarse
-con ellos. Con el mismo golpe se vengaba también de mí, pensando que me
-intereso vivamente por el honor y la tranquilidad de Sonia Semenovna.
-Tal es el cálculo que ha hecho, y de este modo es como me explico yo su
-conducta.
-
-Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente interrumpido por
-las exclamaciones del público, que no perdía una sola frase. Pero, a
-despecho de las interrupciones, su palabra conservó hasta el fin una
-calma, una seguridad y una claridad imperturbables. Su voz vibrante,
-su acento convencido y su rostro severo, conmovieron profundamente al
-auditorio.
-
---Sí, sí; eso es--se apresuró a reconocer Lebeziatnikoff--, debe usted
-tener razón, porque en el momento mismo en que entró Sonia Semenovna en
-nuestro cuarto, me preguntó si había visto a usted y si estaba entre
-los convidados de su madrastra, llevándome aparte para preguntármelo en
-voz baja. Tenía, pues, necesidad de que estuviese usted aquí. Sí, eso
-es.
-
-Ludjin, mortalmente pálido, permanecía silencioso y sonreía con aire
-despreciativo. Parecía buscar un medio de salir airosamente de aquel
-trance. Quizá de buena gana hubiera hurtado el cuerpo en seguida; pero
-en aquel momento la retirada era casi imposible: irse equivalía a
-reconocer implícitamente las acusaciones que se le dirigían y confesar
-que había calumniado a Sonia Semenovna.
-
-Por otra parte, la actitud de los circunstantes no era nada
-tranquilizadora. La mayoría de ellos estaban borrachos. Esta escena
-atrajo a la habitación un número considerable de inquilinos que no
-habían comido en casa de la viuda. Los polacos, muy excitados, no
-cesaban de proferir en sus lenguas mil amenazas contra Pedro Petrovitch.
-
-Sonia escuchaba atentamente, pero no daba señales de haber recobrado
-su presencia de ánimo; parecía que acababa de volver de un desmayo. No
-apartaba los ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que en él estaba todo
-su apoyo. Catalina Ivanovna sufría atrozmente: cada vez que respiraba
-se escapaba de su pecho un ronco sonido.
-
-La figura más estúpida era la de Amalia Ivanovna, que tenía aspecto de
-no comprender nada, y con la boca abierta miraba como alelada. Tan sólo
-veía que Pedro Petrovitch estaba metido en grave aprieto. Raskolnikoff
-quiso tomar de nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar a ello a causa
-de que la gritería no hubiera permitido que le oyeran. De todas partes
-llovían injurias y amenazas sobre Ludjin, en derredor del cual se
-había formado un corro tan hostil como compacto. El hombre de negocios
-sacó fuerzas de flaqueza, y haciéndose cargo de que la partida estaba
-definitivamente perdida, buscó recursos en la osadía.
-
---Permítanme ustedes, señores, permítanme ustedes, no me cerquen
-de este modo; déjenme pasar--dijo, tratando de abrirse paso al
-través del grupo que le rodeaba--. Aseguro a ustedes que es inútil
-tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca
-cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que
-encubren un delito. El robo está más que probado, y yo presentaré
-la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores.
-Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarán el
-testimonio de dos impíos, de dos revolucionarios declarados que me
-acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la
-necedad de afirmar. Sí, permítanme ustedes.
-
---No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi
-cuarto; todo ha acabado entre nosotros--dijo Lebeziatnikoff--. ¡Cuando
-pienso que desde hace quince días vengo sudando sangre y agua para
-exponerle...!
-
---Antes de ahora, Andrés Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi
-partida, precisamente cuando hacía usted instancias para retenerme;
-ahora me limito a decirle que es usted un imbécil. Le deseo que se cure
-de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, señores.
-
-Logró abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las
-injurias no eran castigo suficiente, tomó un vaso de la mesa y lo
-lanzó con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el
-proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles.
-
-Al lanzar el vaso, el agresor perdió el equilibrio y cayó pesadamente
-bajo la mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora
-después dejó la casa.
-
-Naturalmente tímida, Sonia sabía ya antes de esta aventura que su
-situación la exponía a todo género de ataques, y que cualquiera podía
-ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces había esperado
-desarmar la malevolencia de los demás, a fuerza de circunspección, de
-humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusión se
-disipaba. Tenía, sin duda, bastante paciencia para sufrir aún esto con
-resignación y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepción era
-demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia,
-y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo
-ocurrido se le oprimió dolorosamente el corazón ante el pensamiento
-de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis
-nerviosa, y, no pudiendo contenerse más, salió apresuradamente de la
-sala y echó a correr a su casa. Su partida fué poco después de la de
-Ludjin.
-
-El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero
-la patrona tomó muy a mal la cosa y revolvió su cólera contra Catalina
-Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, había tenido que echarse
-en su cama.
-
---¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! ¡A la calle!
-
-Mientras pronunciaba estas palabras con voz irritada, la señora
-Lippevechzel tomaba todos los objetos pertenecientes a su inquilina
-y los arrojaba en un montón en medio de la sala. Quebrantada, casi
-desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna saltó de la cama y se lanzó
-sobre la patrona. Pero la lucha era demasiado desigual, y a Amalia
-Ivanovna no le costó gran trabajo rechazar este asalto.
-
---¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado a Sonia, y esta mujer se
-revuelve ahora contra mí? ¿El día en que han enterrado a mi marido me
-expulsa; después de haber recibido mi hospitalidad, me arroja a la
-calle con mis hijos? Pero, ¿a dónde voy a ir yo?--sollozaba la infeliz
-mujer--. ¡Señor!--exclamó de repente con los ojos centelleantes--. ¿Es
-posible que no haya justicia? ¿A quién defenderás Tú, Dios mío, si no
-nos defiendes a nosotras, pobres huérfanas? Pero ya veremos. Jueces
-y tribunales hay en la tierra; recurriré a ellos; espere un poco,
-criatura mía. Poletchka, quédate con los niños; yo volveré pronto. Si
-os echan, esperadme en la calle. ¡Veremos si hay justicia en la tierra!
-
-Catalina Ivanovna se puso en la cabeza aquel mismo pañuelo verde de que
-habló Marmeladoff en la taberna, y después, hendiendo la multitud ebria
-y ruidosa de los inquilinos, que continuaban llenando la sala, con el
-rostro inundado de lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase lo
-que costase, a buscar justicia en cualquier parte.
-
-Poletchka, espantada, estrechó entre sus brazos a su hermano y a su
-hermana, y los tres niños, acurrucados en el rincón inmediato al
-cofre, esperaron temblando la vuelta de su madre.
-
-Amalia Ivanovna, semejante a una furia, iba y venía por la habitación
-aullando de rabia y arrojando al suelo cuanto le venía a las manos.
-
-Entre los inquilinos, unos comentaban el acontecimiento, otros
-disputaban, algunos entonaban canciones...
-
-«Ya es tiempo de que me vaya--pensó Raskolnikoff--. Veremos, Sonia
-Semenovna, qué es lo que piensas ahora.»
-
-Y se encaminó a casa de la joven.
-
-
-IV
-
-Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones y disgustos, había
-defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin.
-Aparte del interés que le inspiraba la joven, había aprovechado con
-gusto, después de los tormentos de por la mañana, la impresión de
-sacudir impresiones que se le hacían insoportables. Por otro lado,
-su próxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por
-momentos. Tenía que revelarle que había matado a Isabel, y presintiendo
-todo lo que esta confesión tendría de penosa, se esforzaba por apartar
-de ella el pensamiento.
-
-Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, había exclamado:
-«Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», era el combatiente
-animado por la lucha, excitado aún por su victoria sobre Ludjin, el que
-había pronunciado aquella frase de desafío; pero, cosa singular, cuando
-llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandonó de repente,
-dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se
-preguntó: «¿Será preciso decir que he matado a Isabel?» La pregunta
-era extraña, porque en el momento en que él se la hacía comprendía la
-imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesión, sino aun la de
-diferirla un minuto.
-
-No sabía por qué era imposible; únicamente lo sentía y estaba como
-aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la
-necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresuró a abrir la
-puerta, y antes de franquear el umbral miró a Sonia. La joven estaba
-sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre
-las manos. Al ver a Raskolnikoff se levantó en seguida y fué a su
-encuentro, como si lo hubiese esperado.
-
---¿Qué habría sido de mí sin usted?--dijo vivamente, en tanto que le
-hacía pasar a la sala.
-
-Parecía que entonces no pensaba más que en el servicio que le había
-prestado el joven, y tenía prisa de darle las gracias. Después esperó.
-
-Raskolnikoff se aproximó a la mesa y se sentó en la silla que la
-joven acababa de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos pasos de él,
-exactamente como el día anterior.
-
---Habrá usted observado--dijo advirtiendo que le temblaba la voz--que
-la acusación no tenía otro fundamento que la posición social de usted y
-las costumbres que ella implica. ¿Lo ha comprendido usted así?
-
-El rostro de Sonia se ensombreció.
-
---No me hable usted como ayer, le suplico que no vuelva a empezar. He
-sufrido ya bastante...
-
-Se apresuró a sonreír, temiendo que el reproche ofendiese al visitante.
-
---Hace un momento he venido a casa como una loca. ¿Qué pasa allí ahora?
-Yo quería volver, pero suponía que vendría usted.
-
-Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna acababa de echar de casa a
-los Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna había ido a buscar justicia a
-cualquier parte.
-
---¡Ah, Dios mío!--exclamó Sonia--. ¡Vamos en seguida!--y tomó
-apresuradamente su manteleta.
-
---¡Siempre lo mismo!--replicó Raskolnikoff contrariado--. Usted no
-piensa más que en ellos. Quédese usted un momento conmigo.
-
---Pero... Catalina Ivanovna...
-
---Catalina Ivanovna vendrá aquí, no tenga usted duda--respondió con
-tono de enfado el joven--. Culpa de usted será si no la encuentra.
-
-Sentóse Sonia, presa de cruel perplejidad. Raskolnikoff, con los ojos
-bajos, reflexionaba.
-
---Hoy Ludjin quería, simplemente, desacreditarla a usted; lo
-concedo--dijo sin mirar a Sonia--; sí, le hubiera convenido meterla a
-usted en la cárcel, y si no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff y yo,
-lo habría hecho. ¿No es así?
-
---Sí--dijo la joven con voz débil--. Sí--repitió maquinalmente,
-distraída de la conversación a causa de la inquietud que experimentaba.
-
---Podía, en efecto, no haber estado yo allí, y si Lebeziatnikoff se
-encontró fué por casualidad.
-
-Sonia guardó silencio.
-
---Si la hubieran llevado a usted a la cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se
-acuerda usted de lo que dije ayer?
-
-Sonia continuó callada, y el joven esperó un momento su respuesta.
-
---Pensaba que iba usted a exclamar: «¡Ah, no hable usted de eso!
-¡No siga usted!»--repuso Raskolnikoff con risa un poco forzada--.
-Vamos, ¿no dice usted nada?--preguntó al cabo de un minuto--. Será
-preciso que sostenga yo solo la conversación. Ahí tiene usted;
-tendría curiosidad por saber cómo resolvería usted una «cuestión»,
-según dice Lebeziatnikoff (comenzaba a ser visible su turbación). No;
-hablo seriamente. Suponga usted, Sonia, que estuviese enterada de
-antemano de todos los proyectos de Ludjin; que usted supiese que estos
-proyectos iban encaminados a asegurar la pérdida de Catalina Ivanovna
-y de sus hijos, sin contar la de usted (porque usted no hace caso de
-sí misma para nada). Suponga usted, por consiguiente, que Poletchka
-fuese condenada a una existencia como la de usted; siendo esto así, si
-dependiese de usted hacer que pereciese Ludjin, o lo que es lo mismo,
-salvar a Catalina Ivanovna y su familia, o dejar vivo a Ludjin para que
-cumpliese sus infames designios; contésteme, ¿por cuál de las dos cosas
-se decidiría usted?
-
-Sonia le miró con inquietud; bajo estas palabras pronunciadas con voz
-vacilante, adivinaba algún pensamiento recóndito.
-
---¿Podría yo esperarme alguna pregunta por el estilo?--dijo la joven
-interrogándole con los ojos.
-
---Es posible; pero conteste: ¿por quién se decidiría usted?
-
---¿Qué interés tiene usted en saber lo que haría en un caso que no
-puede presentarse?--exclamó Sonia con repugnancia.
-
---¿De modo que dejaría vivir a Ludjin y que cometiese tales infamias?
-No tiene usted valor para decirlo con franqueza.
-
---No conozco los secretos de la divina Providencia... ¿por qué me
-pregunta usted lo que haría en un caso imposible? ¿A qué vienen esas
-vanas preguntas? ¿Cómo la existencia de un hombre puede depender de mi
-voluntad? ¿Quién me erige a mí árbitro de la vida y la muerte de las
-personas?
-
---En el momento en que se hace intervenir a la divina Providencia, no
-hay más que hablar--replicó con tono agrio Raskolnikoff.
-
---¡Dígame usted lo que tenga que decirme!--exclamó Sonia angustiada--.
-¿Otra vez con palabras encubiertas?... ¿Ha venido usted sólo a
-atormentarme?
-
-No pudo contenerse y se puso a llorar. Durante cinco minutos el joven
-la contempló con expresión sombría.
-
---Tienes razón, Sonia--dijo en voz baja.
-
-Se había operado en él un brusco cambio; su fingida serenidad, el tono
-áspero que afectaba hacía un momento, había desaparecido de pronto.
-Ahora, apenas se le oía.
-
---Te dije ayer que no vendría a pedir perdón, y casi con excusas he
-comenzado mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me acusaba, Sonia.
-
-Quiso sonreír; pero, por más que hizo, su fisonomía permaneció triste.
-Bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. De repente creyó
-advertir que detestaba a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por tan
-extraño descubrimiento, levantó súbitamente la cabeza y contempló de
-hito en hito a la joven. Esta fijaba en él una mirada ansiosa, en la
-cual había amor. El odio desapareció instantáneamente del corazón de
-Raskolnikoff. No era eso, habíase engañado sobre la naturaleza de sus
-sentimientos; aquello sólo significaba que había llegado el minuto
-fatal.
-
-De nuevo ocultó su rostro entre las manos y bajó la cabeza; palideció,
-se levantó, y después de haber mirado a Sonia, fué maquinalmente a
-sentarse en el lecho sin proferir palabra.
-
-La impresión de Raskolnikoff era entonces exactamente la misma que
-había experimentado en pie, detrás de la vieja, cuando había sacado el
-hacha del nudo corredizo, diciendo: «No hay un instante que perder».
-
---¿Qué tiene usted?--preguntó Sonia sobrecogida.
-
-El joven no pudo responder. Había contado con explicarse en muy otras
-condiciones y no comprendía lo que pasaba por él. Sonia se aproximó
-suavemente a Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama, y esperó sin
-dejar de mirarlo. El corazón le latía como si fuera a romperse. La
-situación se hacía insoportable. Raskolnikoff volvió hacia la joven
-su rostro, mortalmente pálido, y movió los labios con esfuerzo para
-hablar. Sonia estaba aterrada.
-
---¿Qué tiene usted?--repitió apartándose un poco de él.
-
---Nada, Sonia; no te asustes; esto no vale la pena. Verdaderamente,
-es una tontería--murmuró con aire distraído--. ¿Por qué he venido a
-atormentarte?--añadió de repente mirando a su interlocutora--. Sí, ¿por
-qué? No ceso de hacerme esta pregunta.
-
-Se la había hecho quizá un cuarto de hora antes; pero en aquel momento
-era tal su debilidad, que apenas tenía conciencia de sí mismo; un
-temblor continuo agitaba su cuerpo.
-
---¡Cuánto sufre usted!--dijo la joven conmovida fijando los ojos en él.
-
---Esto no es nada. He aquí de lo que se trata, Sonia. (Durante dos
-segundos sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer?
-
-Sonia esperaba inquieta.
-
---Te dije, al separarme de ti, que quizá te diría adiós para siempre;
-pero, que si venía hoy, sabrías quién fué el que mató a Isabel.
-
-La joven se echó a temblar.
-
---Pues bien; ya sabes a lo que he venido.
-
---En efecto--dijo Sonia con voz temblorosa--; eso fué lo que me dijo
-usted ayer. ¿Cómo sabe usted eso?--añadió vivamente.
-
-Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le ponía cada vez más
-pálido.
-
---Yo lo sé.
-
---¿Se _le_ ha encontrado?--preguntó tímidamente después de un minuto de
-silencio.
-
---No, no se _le_ ha encontrado.
-
-Siguióse un corto silencio.
-
---Entonces, ¿cómo lo sabe usted?--preguntó con voz casi ininteligible.
-
-Raskolnikoff se volvió hacia la joven y la miró con una fijeza singular.
-
---Adivina--dijo.
-
-Sonia se estremeció convulsivamente.
-
---¿Por qué me asusta usted de ese modo?--preguntó con sonrisa infantil.
-
---Si yo lo sé es porque estoy íntimamente relacionado con él--repuso
-Raskolnikoff, cuya mirada seguía fija en la joven, como si no tuviese
-fuerza para volver los ojos--. A esa Isabel no quería _él_ matarla; la
-mató sin premeditación... quería asesinar a la vieja cuando estuviese
-sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba en ella, entró Isabel y la
-mató.
-
-A estas palabras siguió un silencio lúgubre; durante un minuto
-continuaron mirándose.
-
---¿De modo que no adivinas?--preguntó bruscamente, con la sensación de
-un hombre que se arroja de lo alto de un campanario.
-
---No--balbuceó Sonia con voz apenas distinta.
-
---Busca bien.
-
-Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experimentó en el fondo de
-sí mismo la impresión de frío glacial que le era tan conocida; miraba
-a Sonia y de pronto le pareció ver a Isabel cuando la desventurada
-se echó atrás ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha
-levantada. En aquel momento supremo Isabel levantó el brazo como
-hacen los niños pequeños cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a
-llorar, fijan una mirada inmóvil en el objeto que les espanta. Del
-mismo modo el rostro de Sonia expresaba un terror indecible; también
-ella extendió el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a
-Raskolnikoff, y tocándole el pecho con la mano se apartó poco a poco de
-él, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunicó al joven, que
-se puso a mirarla asustado.
-
---¿Lo has adivinado?--murmuró por último.
-
---¡Dios mío!--exclamó Sonia.
-
-Después se dejó caer sin fuerzas sobre el lecho y hundió el rostro
-en la almohada. Pero al cabo de un instante se levantó con rápido
-movimiento, se aproximó a él y tomándole las dos manos que sus deditos
-estrecharon como tenazas, le miró largo rato de hito en hito. ¿No se
-había engañado? Así lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en
-su interlocutor, la sospecha que había atravesado su alma se trocó en
-certidumbre.
-
---¡Basta, Sonia, basta! Evítame más explicaciones--suplicó él con voz
-quejumbrosa.
-
-Lo que había pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era
-ciertamente así como pensó él hacer la confesión de su crimen.
-
-Sonia parecía que estaba fuera de sí. Saltó de su lecho y se fué
-al centro de la habitación retorciéndose las manos; después volvió
-bruscamente sobre sus pasos y se sentó, hombro con hombro, al lado del
-joven. De repente se echó a temblar, lanzó un grito y, sin saber lo que
-hacía, cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.
-
---¡Está usted perdido!--exclamó con acento desesperado; y levantándose
-súbitamente se arrojó a su cuello, le besó y le acarició.
-
-Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola con triste sonrisa,
-dijo:
-
---No te comprendo, Sonia. Me abrazas después de haberte contado eso...
-No tienes conciencia de lo que haces.
-
-La joven no oyó esta observación.
-
---No, no hay en la tierra un hombre más desgraciado que tú--exclamó en
-un arranque de piedad, y rompió en sollozos.
-
-Raskolnikoff sintió invadida su alma por un sentimiento que desde hacía
-largo tiempo no había experimentado. No trató de luchar contra esta
-impresión; dos lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron silenciosas por
-sus mejillas.
-
---¿No me abandonarás, Sonia?--preguntó con mirada casi suplicante.
-
---¡No, no! ¡Jamás, jamás!--gritó--. Te seguiré, te seguiré a todas
-partes. ¡Oh Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¿Por qué? ¿por
-qué no te he conocido antes? ¿Por qué no habrás venido...?
-
---Ya ves que lo he hecho--interrumpió Raskolnikoff.
-
---¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!--repitió
-con una especie de exaltación y se puso a abrazar al joven--. ¡Iré
-contigo a presidio!
-
-Estas últimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensación penosa
-y apareció en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera.
-
---Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio.
-
-Sonia volvió rápidamente hacia él los ojos. Hasta entonces había
-sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que
-acababa de decir el joven y el tono con que fué pronunciado, recordaron
-bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha
-le dirigió una mirada de asombro. No sabía aún cómo ni por qué había
-llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas
-cuestiones se presentaban ante su espíritu y de nuevo dudó.
-
-«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»
-
---Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?--dijo como si despertase de un
-terrible sueño--. ¿Cómo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a
-hacer eso?... ¿Pero por qué lo ha hecho?
-
---Por robar. Cesa ya, Sonia--respondió algo contrariado el joven.
-
-La muchacha se quedó estupefacta.
-
---¿Tenías hambre?--exclamó en seguida--. ¿Era para socorrer a tu
-madre?... ¿Sí?
-
---No, Sonia, no--replicó Raskolnikoff bajando la cabeza--. Mi miseria
-no era tan grande... Quería, en efecto, ayudar a mi madre... pero no
-fué ésta la verdadera razón... No me atormentes, Sonia.
-
---¿Pero es posible que esto sea verdad?--gritó la joven, dando una
-palmada--. ¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? ¿Ha matado usted
-para robar? ¡Usted que se despoja de todo en favor de los pobres!
-¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a mi madrastra...? ¿Ese dinero...?
-
---¡No, Sonia, no!--interrumpió vivamente Raskolnikoff--. Ese dinero no
-procedía de _aquello_, tranquilízate; me lo envió mi madre cuando yo
-estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo
-cuando lo di... Razumikin lo vió. Ese dinero me pertenecía.
-
-Sonia escuchaba perpleja y esforzándose por comprender.
-
---Por lo demás, en cuanto al dinero de la vieja... yo no sé lo que
-había--añadió vacilando--; le quité del cuello una bolsa de piel que
-parecía bien repleta... pero no me enteré del contenido, sin duda
-porque me faltó tiempo... Me apoderé de varias cosas, gemelos, cadenas
-de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los oculté al día
-siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva
-V***. Todo ello está allí todavía.
-
-Sonia escuchaba con avidez.
-
---Pero, ¿por qué no ha tomado usted nada, puesto que mató para
-robar?--replicó como agarrándose a una última y muy vaga esperanza.
-
---No sé... no he decidido aún sí tomaré o no ese dinero--respondió
-Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonrió--. ¡Qué
-historia tan tonta te acabo de contar!
-
-«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero rechazó en seguida esta idea.
-No, allí había alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano
-ponía en prensa su mente.
-
---¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?--repuso él con voz vibrante--.
-Si únicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato--prosiguió
-recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tenía algo de
-enigmático--, yo sería ahora _feliz_. Sábelo. ¿Qué te importa el
-motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?--exclamó tras
-de una corta pausa--. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Es
-para esto para lo que he venido a tu casa?
-
-La joven quiso hablar, pero se calló.
-
---Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino
-a ti.
-
---¿Por que querías que viviese contigo?--preguntó tímidamente Sonia.
-
---No para robar ni matar, puedes estar tranquila--contestó Raskolnikoff
-riendo sardónicamente--; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira,
-acabo de comprender ahora por qué te invité ayer a venir conmigo.
-Cuando te dirigía esta petición, no sabía cuál era su objeto... lo veo
-ahora. No tengo nada más que un deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me
-dejarás, Sonia?
-
-La joven le apretó la mano.
-
---¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo esto? ¿por qué te he hecho
-esta confesión?--exclamó Raskolnikoff al cabo de unos segundos,
-mirándole con infinita compasión a la vez que con la desesperación más
-profunda--. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de
-decirte? Nada comprenderías, y yo no haría otra cosa que afligirte cada
-vez más. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme;
-¿por qué me abrazas? ¿Es porque, falto de valor para llevar mi cruz,
-me libro así de este peso, cargando con él a otra persona; porque he
-buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar
-a semejante cobarde?
-
---¿Pero no sufres tú también?--exclamó Sonia.
-
-Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.
-
---Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... Esto puede explicar
-multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo
-hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por qué he venido?
-¡Jamás me lo perdonaré!
-
---No, no; has hecho bien en venir--repuso Sonia--. Vale más que lo sepa
-todo; es mucho mejor.
-
-Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.
-
---He querido ser un Napoleón... por eso he matado. ¿Comprendes ahora?
-
---No--respondió cándidamente Sonia con voz tímida--; pero habla, habla;
-lo comprenderé todo.
-
---¿Que lo comprenderás? Está bien; ya veremos.
-
-Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas.
-
---El hecho es que cierto día me hice esta pregunta: Si Napoleón,
-por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para
-comenzar su carrera ni Tolón ni Egipto, ni el paso de San Bernardo,
-sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado
-ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir,
-¿hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres
-mil rublos? ¿Hubiera pensado que tal acción era demasiado innoble y
-demasiado criminal? Yo me he devanado durante algún tiempo los sesos
-con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento
-de vergüenza, cuando he reconocido, por fin, que no sólo no hubiera
-vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una
-vacilación. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con
-escrúpulos. Desde que me hice esta reflexión ya no tenía que vacilar;
-la autoridad de Napoleón me cubría. ¿Encuentras esto risible? Tienes
-razón, Sonia.
-
-La joven no tenía el menor deseo de reír.
-
---Háblame con franqueza, sin ejemplos--dijo con voz tímida y apenas
-distinta.
-
-Raskolnikoff se volvió hacia ella, la miró con tristeza y le tomó las
-manos.
-
---Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindéresis,
-no es más que palabrería... Mira, mi madre, como sabes, está casi
-sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada
-educación y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus
-esperanzas reposaban exclusivamente sobre mí. Entré en la Universidad;
-pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios.
-Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera
-podido, en diez o quince años, ser nombrado profesor de Gimnasio o
-empleado con mil rublos de sueldo. (Parecía que estaba recitando una
-lección). Pero de aquí a entonces, los cuidados y los disgustos habrían
-destruído la salud de mi madre y de mi hermana... quizá les hubiera
-ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria,
-sufrir el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? Y todo ello para
-llegar, ¿a qué? Después de haber visto morir a los míos, podría fundar
-una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo
-de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesaría
-de ser una carga para mi madre; que podría volver a entrar en la
-Universidad y asegurar un porvenir. Ahí lo tienes explicado todo. Claro
-que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, ¡basta!
-
-Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y bajó la cabeza como agobiado.
-
---¡Oh, no es eso, no es eso!--gritó Sonia con voz quejumbrosa--. ¡Esto
-no es posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...
-
---¡Supones que hay otra causa! Te engañas, he dicho la verdad.
-
---¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!
-
---Después de todo, Sonia, yo no he matado más que a un gusano innoble y
-malo.
-
---¡Ese gusano era una criatura humana!
-
---Ya lo sé que no era un gusano en el sentido literal de la
-palabra--replicó Raskolnikoff mirándola con singular expresión--. Por
-otra parte, lo que digo no tiene sentido común--añadió--; tienes razón,
-Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde
-hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversación me ha dado
-dolor de cabeza.
-
-Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se había
-casi apoderado de él y una sonrisa inquieta erraba en sus labios.
-Bajo su aparente animación se adivinaba verdadero cansancio. Sonia
-comprendió cuánto sufría. También ella comenzaba a perder la cabeza.
-«¡Qué lenguaje tan extraño! ¡Presentar como plausibles semejantes
-explicaciones!» No acertaba a explicárselo y se retorcía las manos en
-el acceso de su desesperación.
-
---No, Sonia, no es eso--prosiguió el joven, levantando de repente la
-cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía
-haber adquirido de repente una nueva energía--; no, no es eso. Cree
-más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y,
-además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar
-la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo
-a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado
-con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía
-lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien;
-pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba _exasperado_, ésa es
-la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón.
-Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el
-alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo
-odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba
-allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si
-Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré--me decía--; si no, me pasaré
-sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al
-estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis
-notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me
-hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado
-en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces
-comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo
-me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles,
-¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí
-entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese
-inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me
-convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no
-cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí,
-así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que
-posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón
-a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto.
-Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no
-advertirlo.
-
-Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba
-por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación.
-Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que
-aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.
-
---Entonces me convencí, Sonia--continuó acalorándose cada vez más--, de
-que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde
-el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido
-_atreverme_, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia,
-Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción.
-
---¡Cállese usted! ¡Cállese usted!--exclamó la joven fuera de sí--. Se
-ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al
-demonio.
-
---A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la
-obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba?
-
---Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh
-Dios mío, no comprende nada!
-
---Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha
-impulsado. Cállate, Sonia, cállate--repetía con sombría insistencia--.
-Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil
-veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores
-he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera
-querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un
-aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa.
-Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha
-perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al
-poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo
-ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana
-era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el
-audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin
-atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho
-de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?»
-basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he
-renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de
-toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido
-para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de
-la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a
-conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu
-en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del
-asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente.
-Compréndeme; si _esto_ estuviese por hacer, quizá no lo intentaría;
-pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros,
-o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la
-fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si
-tenía el _derecho_...
-
---¿El derecho de matar?--exclamó Sonia estupefacta.
-
---¡Sonia!--dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en
-la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla--.
-No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el
-diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender
-que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más
-ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón
-he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta
-visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente
-una _experiencia_...
-
---¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!
-
---¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he
-hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez
-los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he
-matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha
-sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia;
-basta! ¡Déjame!--exclamó con voz desgarradora--. ¡Déjame!
-
-Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió
-convulsivamente la cabeza entre las manos.
-
---¡Qué sufrimientos!--gimió Sonia.
-
---¿Qué hacer ahora? dímelo--preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza.
-
-Tenía las facciones terriblemente alteradas.
-
---¿Qué hacer?--exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes
-lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor--.
-Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven
-se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima
-encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después
-inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo:
-«Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?--le
-preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza
-centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes.
-
-La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor
-profundo.
-
---¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie?
-¿No es eso?--dijo sombríamente.
-
---Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte.
-
---No, no iré a denunciarme, Sonia.
-
---¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?--replicó la joven con fuerza--. ¿Ahora es
-posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será
-de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y
-a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu
-familia. ¡Oh Dios mío!--exclamó--. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar
-fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora?
-
---Sé razonable, Sonia--dijo dulcemente Raskolnikoff--. ¿Por qué he
-de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente?
-Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de
-hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré.
-¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no
-atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de
-una piedra?--añadió con amarga sonrisa--. Se burlarán de mí; me dirán
-que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un
-imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprenderán. Son incapaces de
-comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable,
-Sonia.
-
---¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida!
-
---Ya me acostumbraré--respondió el joven con feroz expresión--.
-Escucha--dijo un momento después--. Basta de lloriqueos; tiempo es
-ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos
-momentos se me busca y van a detenerme.
-
---¡Ah!--exclamó Sonia espantada.
-
---¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues,
-te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado
-mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios
-positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba
-terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de
-dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser
-explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo,
-porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la
-cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me
-hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que
-termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se
-verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te
-doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como
-son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería
-solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré
-de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo
-de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre...
-Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso?
-
---¡Oh, sí, sí!
-
-Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como
-los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta.
-Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven,
-y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto,
-le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia,
-pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido
-a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven
-le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más
-desgraciado que antes.
-
---Sonia--le dijo--, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la
-cárcel.
-
-La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos.
-
---¿Llevas alguna cruz encima?--preguntó inopinadamente, como herida de
-súbita idea.
-
-Al pronto el joven no comprendió la pregunta.
-
---No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo
-tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió
-una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y
-que tú lleves ésta. Tómala... es la mía--insistió--. Juntos iremos por
-el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz.
-
---Dámela--dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano;
-pero la retiró casi en seguida--. Ahora no, Sonia; más tarde será
-mejor--añadió a manera de concesión.
-
---Sí, sí, más tarde--respondió ella con calor--; te la daré en el
-momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello,
-diremos una oración y partiremos.
-
-En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.
-
---¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?--dijo una voz afable y muy conocida.
-
-Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor
-Lebeziatnikoff.
-
-
-V
-
-Andrés Semenovitch tenía el rostro demudado.
-
---Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdóneme usted...
-Esperaba encontrarle aquí--dijo bruscamente a Raskolnikoff--. Es decir,
-nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente
-pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; está loca--dijo
-dirigiéndose de nuevo a Sonia.
-
-La joven lanzó un grito.
-
---Por lo menos así parece. No sabemos qué hacer con ella. La han echado
-del sitio adonde había ido, quizá dándole golpes... Así lo hace todo
-suponer. Fué después al despacho del jefe de Simón Zakharitch, y no
-lo encontró. Comía en casa de uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá
-usted creerlo? se fué al domicilio del otro general, porfiando que
-quería ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa.
-Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de
-injurias y aun que le tiraron no sé qué cosa a la cabeza. Es raro que
-no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo,
-incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitación, que no se puede
-sacar nada en claro de sus palabras. ¡Ah, sí! Dice que como no le queda
-ningún recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles,
-y que sus hijos cantarán y bailarán para solicitar la caridad de los
-transeuntes; que todos los días irá a colocarse bajo las ventanas de la
-casa del general... «Se verá--dice--a los hijos de una familia noble,
-pedir limosna por las calles.» Pega a los niños y les hace llorar.
-Enseña la _Petit Ferme_ a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de
-baile al niño y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar
-trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una
-cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna
-observación... No puede usted imaginarse cómo está.
-
-Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho más; pero Sonia, que le había
-escuchado respirando apenas, tomó el sombrero y la manteleta, y se
-lanzó fuera de la sala, poniéndose estas prendas conforme iba andando.
-Los dos jóvenes salieron detrás de ella.
-
---Está positivamente loca--dijo Andrés Semenovitch a Raskolnikoff--.
-Para no asustar a Sonia he dicho solamente que sólo parecía que lo
-estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubérculos en el
-cerebro de los tísicos; es una lástima que yo no sepa Medicina. He
-tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie.
-
---¿Le ha hablado usted de tubérculos?
-
---No, precisamente de tubérculos, no; claro es que no me hubiera
-entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de
-la lógica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no
-llorará. Esto es claro; ¿por qué había de continuar llorando?
-
---Si así fuese, la vida sería muy fácil--respondió Raskolnikoff.
-
-Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff con un movimiento de
-cabeza y subió a su cuarto.
-
-Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se dejó caer en el sofá.
-
-Jamás había experimentado tan terrible sensación de aislamiento. Sentía
-de nuevo que quizá, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba
-después de haber contribuído a aumentar su desgracia. ¿Por qué había
-ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de emponzoñar su vida? ¡Oh
-cobardía!
-
-«Estaré solo--se dijo resueltamente--, y ella no vendrá a verme en la
-cárcel.»
-
-Cinco minutos después levantó la cabeza, y una idea que se le ocurrió
-de repente le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, mejor que vaya a
-presidio», pensaba.
-
-¿Cuánto tiempo duró este sueño? No pudo jamás recordarlo. Súbitamente
-la puerta se abrió, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le miró
-como poco antes había mirado él a Sonia; después se aproximó y se sentó
-en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la víspera.
-Raskolnikoff la miró en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer
-ninguna idea.
-
---No te incomodes, hermano mío. Sólo voy a estar un minuto--dijo Dunia.
-
-Su fisonomía estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente
-límpida.
-
-Raskolnikoff comprendió que la mirada de su hermana era dictada por el
-afecto.
-
---Hermano mío, lo sé todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se
-te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas
-como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer
-y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinión;
-me explico perfectamente el desbordamiento de indignación que se ha
-producido en ti y no me sorprendería que tu vida entera se resienta
-de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolución, no me atrevo
-a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he
-dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar haría lo que tú haces,
-me desterraría del mundo. Yo procuraré que mamá lo ignore; pero le
-hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte que no tardarás en ir
-a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizaré; pero tú, por
-tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea más que una vez.
-Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha
-sido el de decirte--acabó Advocia Romanovna levantándose--, que si por
-casualidad tienes necesidad de mí, sea para lo que fuere, soy tuya en
-la vida y en la muerte. Llámame, y vendré. Adiós.
-
-Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.
-
---¡Dunia!--dijo Raskolnikoff levantándose y acercándose a su hermana--.
-Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente.
-
-Dunia se ruborizó.
-
---¿Y qué?--preguntó después de un minuto de espera.
-
---Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adiós,
-hermana.
-
-La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sintió cierto
-temor.
-
---¿Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son
-una especie de testamento.
-
---No hagas caso. Adiós.
-
-Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. La joven esperó un momento;
-le miró con inquietud y se retiró conmovida.
-
-No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana.
-Hubo un momento, el único, en que sintió violentos deseos de
-estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesárselo
-todo; no se resolvió, sin embargo, ni aun a tenderle la mano.
-
-«Más tarde se estremecía con este recuerdo y pensaría que le he
-robado un beso. Y, además, ¿soportaría semejante confesión?--añadió
-mentalmente algunos minutos después--. No, no la soportaría; _estas
-mujeres_ no saben soportar nada»--y su pensamiento se fijó en Sonia.
-
-Por la ventana entraba agradable fresco; caía la tarde. Raskolnikoff
-tomó bruscamente la gorra y salió.
-
-Sin duda no quería ni podía ocuparse de su salud. Pero aquellos
-terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza habían de tener
-consecuencias, y si la fiebre no se había apoderado de él, era acaso
-merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentáneamente su
-agitación moral.
-
-Se puso a vagar sin objeto. Se había puesto el sol. Desde hacía
-algún tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser
-particularmente agudo, se presentaba con carácter de continuidad.
-Entreveía largos años pasados en mortal angustia, «la eternidad en el
-espacio de un pie cuadrado». De ordinario era por la noche cuando este
-pensamiento le preocupaba más. «Con el estúpido malestar físico que
-produce la puesta del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, no solamente
-a casa de Sonia, sino a la de Dunia», murmuraba con voz irritada.
-
-Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff corría detrás de él.
-
---He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecución su
-programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a
-mí nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartén,
-haciendo bailar a los niños. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las
-encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrás una caterva
-de imbéciles. Vamos aprisa.
-
---¿Y Sonia...?--preguntó con inquietud Rodia, que se apresuró a seguir
-a Lebeziatnikoff.
-
---Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha
-perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo demás, puede decirse
-lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es
-completa. Van a llevarla a la comisaría, y calcule usted el efecto que
-esto habrá de producirle. Están ahora cerca del canal; al lado del
-puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en
-seguida.
-
-En el canal, a poca distancia del puente, había un grupo, compuesto
-en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina
-Ivanovna se oía ya en el puente. Verdaderamente el espectáculo era lo
-bastante extraño para llamar la atención. Tocada con un mal sombrero
-de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un
-chal de paño, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras
-de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tísica
-manifestaba más sufrimiento que nunca (los tísicos, al sol y en la
-calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su
-debilidad, estaba extraordinariamente excitada.
-
-Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba
-allí, delante de todo el mundo, en su educación coreográfica y musical;
-les decía por qué razón era preciso cantar y bailar, y después,
-indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente.
-Interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público; veía en el grupo
-un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a
-qué extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi
-aristocrática. Si alguno se reía o burlaba de ella, se encaraba al
-punto con el insolente y se ponía a disputar con él. El caso es que
-muchos se burlaban, otros movían la cabeza, y todos miraban a aquella
-loca rodeada de niños asustados. Lebeziatnikoff se había engañado al
-hablar de la sartén; por lo menos Raskolnikoff no la vió. Para hacer
-el acompañamiento, Catalina Ivanovna llevaba el compás con las manos,
-mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces
-trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpíala un
-acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldecía su enfermedad y no
-podía contener las lágrimas.
-
-Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, era el llanto de Alena y Kolia.
-Según dijo Lebeziatnikoff, había tratado de vestir a sus hijos como se
-visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza
-una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco.
-Faltándole tela para hacer un traje a Alena, su madre se había limitado
-a ponerle el gorro de dormir o _chapka_ roja de Marmeladoff. Este gorro
-estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que había pertenecido
-a la abuela de Catalina, y que ésta había conservado hasta entonces
-en su baúl como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la
-ropa de todos los días. No se separaba de su madre, cuya perturbación
-intelectual adivinaba, y mirándola tímidamente trataba de ocultarle
-sus lágrimas. La niña estaba espantada al verse allí, en la calle, en
-medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y
-le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna
-permanecía inflexible.
-
---¡Cállate, Sonia!--vociferaba tosiendo--. No sabes lo que dices; eres
-lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de
-esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea
-reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido
-lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio.
-
-A Catalina Ivanovna se le había metido esta idea en la cabeza, y
-hubiera sido imposible sacársela.
-
---¡Que ese pillo de general sea testigo de nuestra miseria! Pero
-tú eres tonta, Sonia. Ya te hemos explotado bastante y no quiero
-explotarte más. ¡Ah, Rodión Romanovitch! ¿es usted?--gritó reparando
-en el joven, y se lanzó hacia él--; haga usted comprender, se lo
-suplico, a esa tontuela, que ésta es la mejor vida que podíamos hacer.
-¿No se da limosna a los que tocan el organillo? No nos costará trabajo
-diferenciarnos de ellos. Al primer golpe de vista se reconocerá en
-nosotros una familia noble caída en la miseria, y ese bribón de general
-perderá su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos los días a ponernos
-debajo de sus ventanas; pasará el emperador, y yo me pondré de rodillas
-delante de él y le mostraré a mis hijos. «¡Padre, protégenos!»,
-le diré. El es el padre de los huérfanos; es misericordioso; nos
-protegerá, ya lo verá usted, y ese infame general... Alena, ponte
-derecha; tú, Kolia, vas a empezar de nuevo este paso. ¿Por qué estás
-lloriqueando? ¿No acabarás nunca? Vamos a ver: ¿de qué tienes miedo,
-imbécil? ¡Dios mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted, Rodión
-Romanovitch, qué cerrados son de mollera! No hay medio de que hagan
-nada.
-
-Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo que no la impedía hablar
-incesantemente, mientras mostraba a Raskolnikoff los niños
-desconsolados. El joven trató de persuadirla de que se fuese a su
-casa, y creyendo interesar su amor propio, le hizo observar que no era
-conveniente andar rondando por las calles como los organilleros, siendo
-así que se proponía abrir un pensionado para las señoritas nobles.
-
---¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene gracia!--exclamó Catalina
-Ivanovna a quien después de reírse le dió un violento golpe de tos--;
-no, Rodión Romanovitch; ese sueño se ha desvanecido. Todo el mundo nos
-ha abandonado y, ¡ese general!... ¿Sabe usted qué le he hecho? Le he
-tirado a la cara el tintero que estaba sobre la mesa de la antesala,
-al lado del papel en que los visitantes escriben sus nombres. Después
-de haber puesto el mío, he tirado el tintero y echado a correr. ¡Oh,
-los cobardes; los cobardes! pero yo me burlo de ellos. Ahora yo
-mantendré a mis hijos y no tendré que humillarme ante nadie. Ya la
-hemos martirizado bastante--añadió dirigiéndose a Sonia--. Poletchka,
-¿cuánto dinero hemos recogido? Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks?
-¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan con seguirnos haciéndonos
-desgañita... ¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal? (Señalaba a un hombre
-del grupo.) La culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa de que se
-burlen de nosotros. ¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés. Te
-he dado lecciones; sabes algunas frases... Sin eso, ¿cómo habrá de
-conocerse que pertenecéis a una familia noble, que sois niños bien
-educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las
-canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí!
-Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre
-y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí
-para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto
-nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace
-falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky
-donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de
-ver inmediatamente. Alena sabe _la Petite Ferme_, sólo que _la Petite
-Ferme_ comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una
-cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda
-de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar _El húsar
-apoyado en su sable_? No; será mejor que cantemos en francés _Cinco
-sueldos_; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa,
-se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al
-público. Podremos cantar también _Mambrú se fué a la guerra_, tanto
-más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en
-todas las casas aristocráticas para dormir a los niños--. Y dicho esto
-comenzó a cantar:
-
- «Mambrú se fué a la guerra,
- no sé cuándo vendrá»;
-
-pero no, es mejor _Cinco sueldos_. Vamos, Kolia, ponte la mano en la
-cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo
-haremos el acompañamiento:
-
- «Cinco sueldos, cinco sueldos
- para poner nuestra casa.»
-
-Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros--advirtió
-mientras tosía--. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente
-y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos
-de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres?
-
-Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un
-señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el
-abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El
-recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una
-condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna,
-y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor
-condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos.
-Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía
-ceremoniosa de una dama del gran mundo.
-
---Doy a usted las gracias, señor--empezó a decir en tono lleno de
-dignidad--. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero,
-Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a
-socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos
-que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que
-están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general
-se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo
-me permitía molestarle. «Vuecencia--le he dicho--ha conocido a Simón
-Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su
-hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado?
-Protéjame usted--gritó, dirigiéndose al funcionario--; ¿por qué ese
-soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los
-Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil?
-
---Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde
-más compostura.
-
---Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los
-organilleros. Déjame en paz.
-
---Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene.
-Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive
-usted?
-
---¿Cómo? ¿Un permiso?--vociferó Catalina Ivanovna--. Acabo de enterrar
-a mi marido; ¿no es ésta una autorización?
-
---Señora, señora; cálmese usted--dijo el funcionario--; venga usted
-conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente.
-Está usted mal.
-
---¡Ah, señor, señor; si usted supiese!--exclamó Catalina Ivanovna--.
-Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia?
-También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena!
-¿Dónde estáis?--dijo con repentina inquietud--; ¡tontos de chiquillos!
-¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?
-
-Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy
-aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de
-su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre
-Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución;
-Sonia y Poletchka corrieron tras de ella.
-
---Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan
-ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo...
-
-Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó.
-
---¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!--gritó Sonia inclinándose
-sobre su madrastra.
-
-No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres,
-Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia
-entre ellos.
-
---Retírense ustedes, retírense ustedes--decía sin cesar este último,
-tratando de restablecer la circulación.
-
-Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba
-herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado
-el suelo la había echado por la boca.
-
---Sé lo que es esto--murmuró el funcionario al oído de los dos
-jóvenes--. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y
-produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una
-de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta
-señora se está muriendo.
-
---Aquí, aquí a mi casa--suplicó Sonia--; vivo aquí al lado. La
-segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios
-mío!--repetía asustada yendo de un lado para otro.
-
-Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este
-asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba
-como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la
-hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó
-a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff,
-Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después
-de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían
-acompañado el triste cortejo hasta la puerta.
-
-Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y
-lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto.
-Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como
-cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto
-ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa.
-Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que
-vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo,
-Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí.
-
-Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba,
-en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y
-así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo
-necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de
-ir a buscarlo.
-
-En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la
-hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada
-triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le
-enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se
-la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro
-lado.
-
---¿En dónde están los niños?--preguntó con voz débil--. ¿Los has
-traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a
-correr?... ¡Oh!
-
-La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo.
-
---¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha
-sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa.
-
-Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración.
-
---Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí...
-Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos...
-yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme,
-dejadme morir en paz!
-
-La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada.
-
---¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso,
-ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y
-aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido.
-Si no me perdona, tanto peor.
-
-Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba,
-miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la
-rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio.
-Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su
-garganta.
-
---Ya le he dicho «Excelencia»--gritaba deteniéndose a cada palabra--;
-aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera.
-¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia.
-
- Du hast Diamanten
- Und Perlen[18]
-
- Eu hast die schönsten Augen
- Mädchen, was willst du mehr[19]
-
- Dans une vallée du Daghestan
- Que le soleil brûle de ses feux...
-
- [18] Tienes diamantes y perlas.
-
- [19] Tienes los más bellos ojos del mundo, ¿qué más quieres,
- niña?
-
---¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!...
-Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio...
-¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí!
-¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida.
-
-Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el
-lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando
-aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un
-terror creciente:
-
- Dans une vallée... du Daghestan
- Que le soleil... brûle... de ses feux.
- Une balle... dans la poitrine...
-
-De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia
-conmovedora, exclamó:
-
---Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que
-recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch
-Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática...
-¡Ah!--exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se
-encontraba.
-
-Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia,
-pareció sorprendida de verla allí.
-
---¡Sonia! ¡Sonia!--dijo con voz dulce y tierna--. ¡Sonia querida!
-¿Estás aquí?
-
-La incorporaron de nuevo.
-
---¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!--gritó la enferma
-con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada.
-
-Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho
-tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la
-boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y
-expiró.
-
-Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó
-entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta.
-Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y
-Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por
-eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se
-echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado
-fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos
-de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de
-dormir, adornado con la pluma de avestruz.
-
-¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina
-Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la
-almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y
-Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él.
-
---¡Ha muerto!--dijo Andrés Semenovitch.
-
-Svidrigailoff se aproximó a ellos.
-
---Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras.
-
-Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo,
-Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a
-quien preocupaban aquellas precauciones.
-
---De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me
-encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le
-he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a
-estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde
-estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos
-hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en
-sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se
-halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede
-usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero.
-
---¿Por qué es usted tan generoso?--preguntó Raskolnikoff.
-
---¡Qué escéptico es usted!--dijo Svidrigailoff--. Le dije que no
-necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree
-usted acaso? Después de todo--añadió señalando el rincón en que
-reposaba la muerta--, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer
-usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que
-Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por
-ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana.
-
-Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando
-hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff.
-
-Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi
-textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia.
-Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con
-expresión de asombro.
-
---¿Cómo sabe usted eso?--balbuceó.
-
---Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora
-Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia
-Semenovna.
-
---¿Usted?
-
---Yo--continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente--. Y le
-doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado
-usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el
-presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted
-verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo.
-
-
-
-
-SEXTA PARTE
-
-
-I
-
-La situación de Raskolnikoff era muy extraña; parecía que una especie
-de niebla le envolvía y aislaba del resto de los hombres. Cuando,
-andando el tiempo, se acordaba de este período de su vida, adivinaba
-que había debido de perder muchas veces la conciencia de sí mismo y que
-tal estado de ánimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos
-lúcidos, hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente
-convencido de que había incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo,
-el de no haber advertido a menudo la sucesión cronológica de los
-acontecimientos. Por lo menos, cuando más adelante quiso coordinar sus
-recuerdos, fuéle forzoso recurrir a testimonios extraños para saber
-muchas particularidades acerca de sí mismo.
-
-Confundía marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como
-consecuencia de otro que sólo existía en su imaginación. A veces
-sentíase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pánico;
-pero se acordaba también de que había tenido momentos, horas, y tal
-vez días, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apatía
-triste sólo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos.
-
-En general, en este último tiempo, lejos de procurar darse cuenta
-exacta de su situación, hacía esfuerzos para no pensar en ella. Algunos
-hechos de la vida corriente que no admitían dilación, se imponían, a
-pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complacía en desdeñar
-cuestiones cuyo olvido, en una posición como la suya, por fuerza había
-de serle fatal.
-
-Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este último le
-había repetido las palabras por él pronunciadas en casa de Sonia, los
-pensamientos de Raskolnikoff tomaron una dirección nueva. Pero aunque
-esta complicación imprevista le inquietaba mucho, el joven no se
-apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algún
-barrio lejano y solitario, o cuando se veía solo sentado a la mesa
-de un mal cafetín, sin saber por qué se encontraba allí, pensaba en
-Svidrigailoff y se prometía tener lo más pronto posible una explicación
-decisiva con aquel hombre que era para él una constante pesadilla.
-
-Cierto día fué casualmente a pasear por las afueras y se le figuró
-que había dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al
-despertarse antes de la aurora, se quedó estupefacto al verse tendido
-en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo demás, durante los dos o
-tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff
-encontró dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de
-Sonia, y después en el vestíbulo, al lado de la escalera, del domicilio
-de la joven.
-
-En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas
-palabras muy breves, absteniéndose de tocar el punto capital, como
-si, por acuerdo tácito, se hubiesen entendido para dejar de lado
-momentáneamente aquella cuestión. El cadáver de Catalina Ivanovna
-estaba todavía insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones
-relativas a los funerales. Sonia estaba también ocupadísima. En el
-último encuentro, Svidrigailoff contó a Rodia que sus gestiones en
-favor de los hijos de Catalina Ivanovna habían sido coronadas por el
-éxito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos,
-pudo, según decía, conseguir la admisión de los tres niños en muy buen
-asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no habían
-contribuído poco a este resultado, porque se admitían con muchas menos
-dificultades a los huérfanos que poseían un capitalito que a aquellos
-otros que carecían de recursos. Añadió algunas palabras a propósito de
-Sonia, prometió pasar uno de aquellos días por casa de Raskolnikoff, y
-dió a entender que existían ciertos asuntos de los que quería tratar
-reservadamente con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de
-observar a su interlocutor. De repente se calló; pero después preguntó,
-bajando la voz:
-
---Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión Romanovitch? Parece que está
-distraído, no escucha, no mira, diríase que no comprende usted lo que
-se le habla... Vaya, recobre ánimos. Será preciso que hablemos largo y
-tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con
-los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!--añadió bruscamente--. A todos
-los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo.
-
-Se apartó vivamente para dejar pasar a un clérigo y a un sacristán, que
-se disponían a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos.
-Svidrigailoff había cuidado de que esta ceremonia se verificase
-regularmente dos veces por día. Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras
-un momento de reflexión, siguió al _pope_ a la habitación de Sonia.
-Se quedó, empero, en el umbral. El oficio comenzó con la tranquila
-y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff
-experimentaba una especie de terror místico ante el aparato de la
-muerte, y evitaba, siempre que podía, asistir a las _panikhida_.
-Además, ésta tenía para él un carácter particularmente conmovedor.
-Miró a los niños, que estaban arrodillados cerca del ataúd. Poletchka
-lloraba; detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus
-lágrimas. «Durante todos estos días no ha levantado una sola vez los
-ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola palabra», pensó Raskolnikoff. El
-sol inundaba de viva luz la habitación, y el humo del incienso subía en
-espesas espirales.
-
-El sacerdote recitó las preces de ritual: «Dale, Señor, el reposo
-eterno.» Raskolnikoff permaneció allí hasta el fin. Al echar la
-bendición y al despedirse, el clérigo dirigió una mirada de extrañeza
-en derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff se acercó a Sonia.
-La joven tomó las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza sobre su
-hombro. Aquella demostración de amistad dejó estupefacto al que era
-objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba la menor aversión ni el
-menor horror hacia él, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo
-de la abnegación. Así por lo menos lo juzgó él. La joven no dijo una
-palabra. Raskolnikoff le estrechó la mano y salió.
-
-Sentía un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido
-posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad
-hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. ¡Ay! Desde
-hacía ya algún tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no podía
-decirse que estuviese aislado. Le ocurría pasearse fuera de la ciudad o
-irse por una carretera adelante. Una vez penetró en lo más intrincado
-de un bosque; pero cuanto más solitario era el lugar, más de cerca
-sentía Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba
-más que le asustaba. Apresurábase a volver a la ciudad, se mezclaba con
-la multitud, entraba en los cafés y en las tabernas, iba al Tolkutchy o
-a la Siennia. Allí se encontraba más a gusto y hasta más solo.
-
-A la caída de la noche se cantaban canciones en cierto cafetín. Allí
-pasó una hora entera, escuchándolas con placer; pero en seguida se
-apoderó de él nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un
-remordimiento empezó a torturarle.
-
-«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?»
-
-Adivinaba que no era aquél su único cuidado. Había una cuestión que era
-preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se imponía a su atención,
-no acertaba a darle una forma precisa.
-
-«No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a
-Svidrigailoff. Sí, sí, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que
-rechazar.»
-
-Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente,
-el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó
-aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes
-de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó
-muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre,
-pero se despertó tarde: a las dos.
-
-Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de
-Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas.
-Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito,
-casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma
-que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que
-se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado.
-
-La puerta se abrió y entró Razumikin.
-
---¡Ah! Comes, luego no estás malo--dijo el visitante, tomando una silla
-y sentándose enfrente de Raskolnikoff.
-
-Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera
-visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se
-comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave.
-
---Escucha--comenzó a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos
-ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es
-indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no
-trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras
-todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo
-con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay
-personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te
-confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en
-vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente
-inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre
-y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se
-hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco.
-
---¿Cuándo las has visto?
-
---Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado
-metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre
-se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia
-Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no
-quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado--dijo--,
-¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola,
-la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando
-llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por
-espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos.
-«Puesto que sale--dijo levantándose--, es señal de que no está enfermo
-y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a
-mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en
-la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente--dice--; le
-dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia
-o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío,
-me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un
-ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de
-luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he
-dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el
-resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa.
-Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable,
-la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de
-comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y
-ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no
-me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano
-en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues,
-os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de
-que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos.
-He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón.
-Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer.
-
---¿Qué vas a hacer?
-
---¿Qué te importa?
-
---¿Vas a dedicarte a la bebida?
-
---¿Cómo lo has adivinado?
-
---No es muy difícil adivinarlo.
-
-Razumikin se quedó un momento silencioso.
-
---Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado
-loco--observó luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la
-bebida. Adiós.
-
-Y dió un paso hacia la puerta.
-
---Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo
-Raskolnikoff.
-
-Razumikin se detuvo de repente.
-
---¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?--preguntó, poniéndose un
-tanto pálido. Estaba agitadísimo.
-
---Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.
-
---¿Ella?
-
---Sí; ella.
-
---¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.
-
---Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le
-he dicho que tú la amabas, porque lo sabe.
-
---¿Que ella lo sabe?
-
---Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame
-lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo,
-por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé
-perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus
-sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama.
-Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida.
-
---Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde
-vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no
-hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy
-convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales
-forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un
-hombre excelente.
-
---Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un
-momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No
-te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo
-cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le
-hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que
-quieren decir sus palabras.
-
-Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea:
-
-«Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una
-tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó
-de repente.
-
---¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando
-cada frase--, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más
-aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre.
-
---¿Qué carta?
-
---Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle
-de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que
-nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida
-conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto.
-
---¿Ha recibido una carta?--preguntó Raskolnikoff intrigado.
-
---Sí. ¿No lo sabías?
-
-Los dos permanecieron callados durante un minuto.
-
---Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo
-también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal
-cosa: es inútil.
-
-Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando
-volvió a abrirla de repente, mirando de través.
-
---A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella
-vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se
-ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias
-en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores
-a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La
-persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la
-escalera, mientras subían el _dvornik_ y los dos testigos, los cachetes
-que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para
-evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante!
-Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo.
-¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo
-y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse.
-Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha
-sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las
-confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y
-yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos
-hombres?
-
---Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto
-ese asunto--preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado.
-
---¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia
-me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien
-me lo ha dicho casi todo.
-
---¿Porfirio?
-
---Sí.
-
---¿Y qué es lo que te ha dicho?--preguntó Raskolnikoff inquieto.
-
---Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método
-psicológico, según su costumbre.
-
---¿Y te lo ha explicado él mismo?
-
---El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad
-de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo
-contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras
-han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin
-haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto.
-
-Y salió.
-
-«Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro--acabó
-definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha
-comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura
-es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado
-entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas
-alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación?
-¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había
-formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra
-noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la
-lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude
-concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente
-se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su
-conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era
-estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo
-todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la
-clave de todo esto.»
-
-Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como
-clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo.
-
-En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se
-acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si
-hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin,
-volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en
-él; tenía aún que luchar; era un recurso.
-
-Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de
-la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho
-de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo
-día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias
-y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se
-había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y
-reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo.
-¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra
-manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de
-Porfirio era harina de otro costal.
-
-«¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a
-Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método
-psicológico?--continuaba diciéndose Raskolnikoff--. De seguro hay aquí
-algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido
-creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena
-que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que _una_
-solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus
-miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción
-tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas
-confesiones de Mikolai.
-
-»Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor
-le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero,
-¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no
-ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones;
-pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel
-día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin
-embargo, si éste no será un mal signo...»
-
-Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió
-a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se
-sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales.
-
-«Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que
-cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que
-espera mi visita.»
-
-En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón,
-que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres
-detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en
-hacerlo.
-
-Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a
-cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa.
-Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida.
-Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi
-ningún terror.
-
-«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de
-sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.»
-
---No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--.
-Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar
-delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a
-salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un
-cigarrillo...
-
---Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted--dijo
-Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable
-y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido
-verse.
-
-Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes.
-Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado
-luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente
-ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta.
-
-El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada
-tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender
-un cigarrillo.
-
-«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff.
-
-
-II
-
---¡Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no
-puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la
-garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar
-por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media
-hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me
-dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted
-los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo
-substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia;
-¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.
-
-«He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica»,
-murmuró aparte Raskolnikoff.
-
-Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel
-recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba.
-
---Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?--continuó Porfirio Petrovitch,
-paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto.
-Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió
-hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un
-momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra
-usted nunca?
-
-La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio
-Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando.
-
---He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una
-explicación--prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del
-joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria,
-hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de
-instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La última
-vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he
-cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo
-nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado
-a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros.
-
-«¿A dónde va a parar?»--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos
-de Porfirio con inquieta curiosidad.
-
---He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con
-sinceridad--repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos,
-como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima--;
-no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la
-entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy
-irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé,
-porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos.
-¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque
-fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa
-distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el
-cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado
-apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de
-comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted.
-
---¿Pero usted, por qué me dice todo eso?--balbuceó Raskolnikoff, sin
-acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba--. «¿Me creerá
-acaso inocente?»--añadió para sí.
-
---¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a
-usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel
-tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un
-monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de
-este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y
-naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted
-en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En
-cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por
-otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De
-esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido
-para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir
-verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete.
-Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de
-la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan.
-Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el
-despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género
-de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil
-maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en
-cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones
-no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo
-que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones?
-El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me
-acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había
-gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de
-la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un
-entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano
-febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí»,
-pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo
-que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo
-algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una
-reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada;
-es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos
-a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo
-todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta
-del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro
-en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted
-enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted,
-desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin
-resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá
-él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable,
-no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se
-acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado
-de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría
-a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba
-asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba
-para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa
-muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he
-aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi
-a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir?
-Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me
-dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no
-hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la
-piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los
-objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un
-huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después,
-cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda
-intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo,
-Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco.
-«Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y
-aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una
-prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de
-la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada,
-y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de
-buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios
-ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había
-llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle.
-Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un
-enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después
-de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch,
-de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel
-momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a
-usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la
-entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice
-el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que
-usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos
-de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus
-declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan
-inquebrantable como una roca.»
-
---Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la
-culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que...
-
-Le faltó el habla y no pudo continuar.
-
---¡Ah, Razumikin!--exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho
-de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de
-Raskolnikoff--. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que
-venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en
-este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted
-saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un
-niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una
-naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría
-usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico.
-En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los
-campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón;
-no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho,
-sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se
-halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose
-de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el
-suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos
-de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba
-las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos,
-los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez
-aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar
-la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle
-lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y
-se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no
-puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado
-por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto
-al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y
-sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto
-está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás,
-acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su
-papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus
-confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de
-verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en
-completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión
-Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente
-a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo
-y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir
-toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una
-víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta
-audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita
-desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la
-puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica
-una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que
-pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias
-pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el
-sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad
-de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto
-vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la
-enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de
-notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado,
-desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata
-aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable.
-
-Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de
-la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción.
-Raskolnikoff se echó a temblar.
-
---Entonces, ¿quién es el que ha matado?--balbuceó con voz entrecortada.
-
-El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como
-asombrado de semejante pregunta.
-
---¿Cómo? ¿Que quién ha matado?--replicó, como si no hubiese dado
-crédito a sus oídos--. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch,
-usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...--añadió en voz baja y en tono
-de profundo convencimiento.
-
-Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos
-segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras
-convulsiones agitaban los músculos de su rostro.
-
---Le tiemblan a usted las manos como el otro día--hizo notar con
-interés Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del
-objeto de mi visita, Rodión Romanovitch--prosiguió, después de una
-pausa--. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para
-decirlo todo y esclarecer la verdad.
-
---¡Yo no he matado!--murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un
-niño sorprendido en falta.
-
---Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted
-solo--replicó severamente el juez de instrucción.
-
-Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos
-diez minutos.
-
-Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre
-el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de
-impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado.
-
---Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre
-los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya?
-
---No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si
-estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No
-he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese
-o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción
-está formada.
-
---Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?--preguntó con mal gesto
-Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice:
-Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra
-mí?
-
---¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer
-lugar, la detención de usted no me serviría para nada.
-
---¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está
-convencido, debería usted...
-
---¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que
-sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted _en reposo_? Usted
-lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que
-careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido.
-¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por
-un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto
-que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de
-él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de
-usted sería exacta, puesto que ese hombre es conocido por su afición
-a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que
-toda esta psicología tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el
-momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le
-detendré, y he venido aquí para avisárselo, y, sin embargo, no vacilo
-en manifestarle que eso no me servirá de nada. El segundo objeto de mi
-venida...
-
---¿Cuál es?--preguntó Raskolnikoff anhelante.
-
---... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle mi conducta, porque no
-quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y además, porque,
-créalo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista,
-pues, del interés que yo siento por usted, le propongo francamente vaya
-a denunciarse. He venido aquí para darle este consejo. Es el partido
-más ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para mí, que
-me vería desembarazado de este asunto. ¿Qué le parece a usted? Soy
-bastante franco?
-
-Raskolnikoff reflexionó durante un minuto.
-
---Escuche usted, Porfirio Petrovitch; según sus propias palabras,
-no tiene contra mí más que inducciones psicológicas y aspira a la
-evidencia matemática. ¿Quién le dice que no se engaña?
-
---No, Rodión Romanovitch, no me engaño. Tengo una prueba, que encontré
-el otro día; Dios me la ha enviado.
-
---¿Qué prueba es ésa?
-
---No se lo diré a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de
-contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier
-resolución que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es
-únicamente en interés suyo. La mejor solución es la que yo le indico:
-créalo usted, Rodión Romanovitch.
-
-El joven se sonrió con expresión de cólera.
-
---El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos
-que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir
-a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel,
-estaría _en reposo_?
-
---¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la
-letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo.
-Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al
-culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía
-personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si
-en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir
-que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el
-provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando,
-puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en
-qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido
-sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo,
-el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el
-tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se
-lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre
-usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un
-carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más
-que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre
-honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra.
-
-Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego
-sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica.
-
---¿Qué me importa?--dijo, sin parecer que se daba cuenta de que
-su lenguaje equivalía casi a una confesión--, ¿qué me importa la
-diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.
-
---Vamos, lo que yo temía--exclamó, como a pesar suyo, Porfirio--. Ya me
-temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.
-
-Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste.
-
---No desprecie usted la vida--continuó el juez de instrucción--.
-Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de
-pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo!
-
---¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?
-
---La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le
-reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por
-otra parte, su condena no será perpetua.
-
---¡Obtendré circunstancias atenuantes!...--dijo riendo Raskolnikoff.
-
---¿Es quizá, vergüenza burguesa lo que le impide a usted confesarse
-culpable? ¡Es preciso sobreponerse a eso!
-
---¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!--murmuró con tono
-despreciativo el joven.
-
-Hizo ademán de levantarse; pero se quedó sentado, abatidísimo.
-
---Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle
-groseramente; pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? ¿qué sabe usted de
-la existencia? Ha imaginado usted una teoría que ha venido a producir
-en la práctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergüenza
-ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni
-con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. ¿Cuál es mi opinión
-acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejarían
-arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de
-haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y
-vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo,
-de cambiar de aire. Además, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra
-usted. Quizá Mikolai tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que es
-usted un escéptico, pero sin razonar, abandónese usted a la corriente
-de la vida; esta corriente le llevará a alguna parte. ¿A dónde? No se
-preocupe usted; ya llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, creo
-solamente que usted debe vivir todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa
-usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso más
-tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por
-eso le hablo así. Todavía es una ventaja que no haya usted matado más
-que a una mala vieja. Con otra teoría, habría cometido usted una acción
-cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede
-saber cuáles son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su
-valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia.
-Sé que usted no me cree; pero con el tiempo volverá a tomar gusto a la
-vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire.
-
-Raskolnikoff se estremeció.
-
---Pero, ¿quién es usted--gritó--para hacerme esas profecías? ¿Qué
-suprema sabiduría le permite adivinar mi porvenir?
-
---¿Que quién soy? Un hombre acabado, y nada más. Un hombre sensible
-y compasivo, a quien la experiencia ha enseñado quizás algo; pero
-un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla
-al principio de la existencia, y esta aventura, ¿quién sabe? quizá
-no dejará ninguna huella en la vida de usted. ¿Por qué temer tanto
-el cambio que va a experimentar en su situación? ¿Son acaso las
-comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? ¿Se aflige
-usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad?
-De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol,
-y todo el mundo le verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa que éstas
-son maniobras de juez de instrucción? Es muy posible, ¡je, je! No le
-pido que me crea bajo mi palabra, Rodión Romanovitch; hago mi oficio,
-convengo en ello; pero acuérdese de lo que le digo. Los acontecimientos
-le demostrarán si soy un impostor o un hombre honrado.
-
---¿Cuándo piensa usted detenerme?
-
---Puedo dejarle a usted aún día y medio o dos días en libertad. Haga
-usted sus reflexiones, amigo mío; ruegue usted a Dios que le inspire.
-El consejo que le doy es bueno, créalo usted.
-
---¿Y si me escapase?--preguntó Raskolnikoff con equívoca sonrisa.
-
---No se escapará. Un _mujik_ huiría: un revolucionario de ahora,
-esclavo de pensamiento ajeno, huiría también, porque tiene un _credo_
-ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teoría.
-¿Qué quedaría de ella si huyera usted? Y, por otra parte, ¿puede darse
-una existencia más innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese
-usted, volvería para entregarse espontáneamente... _¡Usted no puede
-pasarse sin nosotros!_ Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos,
-pongamos tres, se acordaría de mis palabras y confesaría. Vendría usted
-a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Más aún,
-estoy persuadido de que, después de haberlo reflexionado usted bien,
-se decidirá usted a aceptar la expiación. En este momento no lo cree;
-pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, el sufrimiento es una gran
-cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede
-parecer ridículo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai
-tiene razón. Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.
-
-Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; el juez hizo lo mismo.
-
---¿Va usted a pasearse? La tarde será buena; sólo que no hay tormenta.
-Sería conveniente, porque refrescaría la temperatura.
-
---Porfirio Petrovitch--dijo el joven con tono seco y breve--, le ruego
-que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un
-hombre extraño, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he
-confesado nada... no lo olvide usted.
-
---Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo tiembla! No se inquiete usted,
-querido: tomo nota de su recomendación. Pasee usted un poco; pero
-no traspase ciertos límites. En todo caso, tengo un pequeño encargo
-que hacer a usted--dijo bajando la voz--; es algo delicado, pero
-tiene su importancia: en el caso, poco probable según mi creencia, de
-que durante esas cuarenta y ocho horas le dé a usted la humorada de
-acabar con su vida (perdóneme esta absurda suposición), deje usted un
-billetito, nada más que dos líneas, indicando el sitio donde está la
-piedra; eso será más noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire
-buenos pensamientos.
-
-Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, y éste se acercó
-a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus
-cálculos, el juez de instrucción debía de estar lejos de la casa. En
-seguida salió de ella apresuradamente.
-
-
-III
-
-Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qué era lo que podía
-esperar de aquel hombre que ejercía sobre él un poder tan misterioso.
-Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba
-la inquietud, y al presente no podía retrasar el momento de una
-explicación.
-
-Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: ¿habrá
-ido Svidrigailoff a casa de Porfirio?
-
-Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido.
-Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las
-circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma
-conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no
-quería decir que no lo haría más tarde.
-
-Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que
-no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se
-fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado
-demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le
-eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que
-fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más
-que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión
-mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un
-inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor
-estado que los días precedentes.
-
-Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha
-para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por
-ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a
-casa del juez de instrucción?
-
-¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!
-
-Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de
-él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los
-náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que
-empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba
-este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal
-vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba
-a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a
-casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba
-espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia
-sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar
-la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de
-Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo
-Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.
-
-No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad
-misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba
-mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de
-él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de
-Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose
-de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio.
-
-Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento,
-aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.
-
-«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío--se decía--;
-ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana...
-quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de
-emplearlo como arma contra Dunia?»
-
-Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se
-había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en
-aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se
-le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría
-extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en
-denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y
-la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San
-Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era
-buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a
-Razumikin?--se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón--. En todo
-caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios,
-los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero
-si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi
-hermana, le mataré.»
-
-Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio
-de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En
-dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta
-pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo
-de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas
-las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí
-se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba,
-se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también
-gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba
-a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas
-vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una
-mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror.
-Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más
-a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le
-viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar
-hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo.
-La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff
-no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse;
-pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde.
-Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de
-la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos
-sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los
-labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa
-carcajada.
-
---¡Pues bien, entre usted, si quiere; aquí estoy!--gritó desde la
-ventana.
-
-El joven subió.
-
-Encontró a Svidrigailoff en un gabinete pequeño contiguo a una gran
-sala, en la cual había muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios,
-y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacían un
-estruendo espantoso. En una habitación inmediata se jugaba al billar.
-Svidrigailoff tenía delante una botella de _Champagne_ empezada y un
-vaso medio lleno. Le acompañaban dos músicos callejeros: un organillero
-y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho años, fresca y bien
-portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirolés adornado de
-cintas. Acompañada por el organillero cantaba con voz de contralto,
-bastante fuerte, una canción trivial en medio del ruido que llegaba de
-la otra sala.
-
---¡Ea, basta!--dijo Svidrigailoff cuando entró el hermano de Dunia.
-
-La cantante se detuvo en seguida y esperó en actitud respetuosa. Antes
-también, mientras dejaba oír sus vulgaridades melódicas, mostraba en su
-fisonomía cierta expresión de respeto.
-
---¡Eh, Felipe, un vaso!--gritó Svidrigailoff.
-
---No bebo vino--dijo Raskolnikoff.
-
---Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes
-retirarte.
-
-Sirvió un gran vaso de vino y le dió un billetito de color amarillo.
-Katia bebió el vaso de _Champagne_ a pequeños sorbos como suelen
-hacerlo las mujeres, y después de haber tomado el billete, besó la mano
-de Svidrigailoff, que aceptó con aire grave el testimonio de aquel
-respeto servil.
-
-Aun no hacía ocho días que Arcadio Ivanovitch había llegado a
-San Petersburgo, y ya se le tenía por un antiguo parroquiano del
-establecimiento.
-
---Iba a casa de usted--dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos--;
-pero, ¿cómo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado
-por la perspectiva***? Jamás paso por aquí. Tomo siempre la derecha al
-salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted.
-Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!
-
---¿Por qué no añade usted que es un milagro?
-
---Porque quizá no es más que una casualidad.
-
---Esa es la salida a que recurren todos--contestó riendo
-Svidrigailoff--. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se
-atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto «quizá» no es
-más que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodión Romanovitch,
-cuán poco valor hay aquí para sostener una opinión. No lo digo por
-usted, porque sé que si tiene una opinión personal, no teme afirmarla;
-por eso precisamente ha atraído usted mi curiosidad.
-
---¿Sólo por eso?
-
---Me parece que es bastante.
-
-Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitación, aunque no
-había bebido más que un vaso de vino espumoso.
-
---Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todavía si yo tenía o
-no eso que llama usted opinión personal--observó Raskolnikoff.
-
---Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en
-cuanto al milagro, diré que quizá ha estado usted durmiendo durante
-todos estos días. Yo mismo le di las señas de este café, y no es
-sorprendente que haya usted venido derechamente a él. Le indiqué el
-camino que se debe seguir para encontrarme. ¿No se acuerda usted?
-
---Lo he olvidado--respondió sorprendido Raskolnikoff.
-
---No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La dirección
-se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado
-a su pesar; pero he aquí que se me ocurre una cosa: estoy seguro de
-que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas.
-Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, médicos,
-jurisconsultos y filósofos, podrían hacer curiosos estudios, cada cual
-en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana
-esté sometida a influencias tan sombrías y tan extrañas; la acción
-solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es
-el centro administrativo de la nación, y su carácter debe reflejarse en
-toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quería decirle a usted que
-le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba
-usted la cabeza alta; después de andar veinte pasos la baja usted, y
-cruza los brazos detrás de la espalda. Mira usted, pero es evidente
-que no ve cosa alguna. Por último, se pone usted a mover los labios
-y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras
-se detiene en medio de la calle, durante más o menos tiempo. Esto, en
-rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas,
-como yo, y tal cosa no carece de peligros. A mí, ¿qué me importa? No
-tengo la pretensión de curarle; pero usted, sin duda, me comprende.
-
---¿Sabe usted que se me sigue?--preguntó Raskolnikoff fijando en
-Svidrigailoff una mirada investigadora.
-
---No--respondió éste asombrado--; no sé nada.
-
---Bueno, no hablemos de mí--murmuró Raskolnikoff frunciendo las cejas.
-
---Está bien. No hablaremos de usted.
-
---Dígame más bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este
-_traktir_ como sitio en que podía encontrarle a usted; ¿por qué, hace
-un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado
-usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente.
-
---¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, cuando entré en el cuarto de
-usted, se fingió el dormido, aunque estaba despierto? Lo advertí muy
-bien.
-
---Podía tener razones... usted lo sabe.
-
---Y yo, ¿no podía también tener razones, aunque usted no las conociese?
-
-Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de
-su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro.
-Aunque bella, tenía algo que le hacía profundamente antipática. Parecía
-una máscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos,
-la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos
-demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vestía un
-elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de
-su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de
-valor.
-
---Entre nosotros no sirven las tergiversaciones--dijo bruscamente el
-joven--; aunque esté usted en capacidad de hacerme mucho mal, si tiene
-deseos de molestarme, quiero hablarle franca y claramente. Sepa usted,
-pues, que si sigue con las mismas intenciones acerca de mi hermana, y
-si cuenta usted para labrar su objeto con el secreto que ha sorprendido
-últimamente, le mataré a usted antes de que me hayan metido en la
-cárcel. Le doy a usted mi palabra de honor. En segundo lugar, he creído
-advertir estos días que deseaba usted tener una entrevista conmigo. Si
-algo tiene que comunicarme, despáchese, porque el tiempo es precioso, y
-quizá bien pronto será demasiado tarde.
-
---¿Qué es lo que corre a usted tanta prisa?--preguntó Svidrigailoff,
-mirándole con curiosidad.
-
---Cada cual tiene sus negocios--dijo Raskolnikoff con aire sombrío.
-
---Acaba usted de invitarme a que sea franco, y a la primera pregunta
-rehusa usted responderme--observó Svidrigailoff--. Me supone usted
-siempre algunos proyectos. En la posición de usted, tal cosa se
-comprende perfectamente; pero aunque tengo el deseo de vivir en
-buena armonía con usted, no me tomaré la molestia de desengañarle.
-Verdaderamente no vale la pena; no tengo nada que decirle.
-
---¿Por qué está usted siempre dando vueltas en derredor mío?
-
---Sencillamente porque es usted un sujeto muy digno de ser observado.
-Ha excitado usted mi curiosidad por lo fantástico de su situación.
-Además, es usted el hermano de una persona que me interesa mucho; ella
-me ha hablado de usted varias veces, y su lenguaje me ha hecho pensar
-que tiene usted una gran influencia sobre ella. ¿No son bastantes
-razones éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso, la pregunta
-es para mí compleja, y me es muy difícil responder a ella. Si usted,
-por ejemplo, ha venido a buscarme ahora, es, no sólo por un negocio,
-sino en la esperanza de que yo le diga a usted algo nuevo; ¿no es
-verdad? ¿No es verdad?--repitió con sonrisa equívoca Svidrigailoff--.
-Pues bien, figúrese usted que yo mismo, al volver a San Petersburgo,
-esperaba también que me diría usted algo nuevo y pensaba en tomar algo
-prestado. Vea usted cómo somos nosotros los ricos.
-
---¿Tomarme algo prestado? ¿El qué?
-
---¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué miserable _traktir_ me paso
-todo el día--repuso Svidrigailoff--; no crea que me divierto; pero
-en alguna parte he de pasar el tiempo. Me distraigo con esa pobre
-Katia que acaba de salir... Si tuviese la suerte de ser un glotón, un
-gastrónomo de club... pero nada de eso; ahí tiene usted todo lo que
-yo puedo comer (señaló con el dedo una mesita colocada en el rincón,
-y en ella un plato de hierro galvanizado, que contenía los restos de
-un mal biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido usted? En cuanto
-al vino sólo bebo _Champagne_, y un vaso me basta para toda la noche.
-Si he pedido esa botella hoy, es porque tengo que ir a cierta parte
-y he querido de antemano preparar un poco la cabeza. Hace poco me
-ocultaba como un colegial, porque temía que la visita de usted fuera
-un trastorno para mí; pero creo que puedo pasar una hora con usted.
-Ahora son las cuatro y media--añadió mirando al reloj--. ¿Querrá usted
-creer que hay momentos en que me disgusta no ser nada; ni fotógrafo, ni
-periodista...? Suele ser muy fastidioso no tener ninguna especialidad.
-Ciertamente, pensaba que me diría usted algo nuevo.
-
---¿Quién es usted y por qué ha venido aquí?
-
---¿Que quién soy? Lo sabe usted; un gentilhombre; he servido dos años
-en Caballería, después de lo cual me he paseado por San Petersburgo;
-más tarde me casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí a vivir al campo.
-Ahí tiene mi biografía.
-
---Según parece, es usted jugador.
-
---¿Jugador yo? No diga usted eso; diga usted más bien que soy un tahur.
-
---¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego?
-
---Sí.
-
---Habrá recibido usted alguna vez bofetadas.
-
---Sí, alguna que otra. ¿Por qué me pregunta usted eso?
-
---Pues bien; podría usted batirse en duelo. Eso produce sensaciones.
-
---No tengo ninguna objeción que hacer a usted. Además, yo estoy poco
-fuerte en discusiones fisiológicas. Confieso que si he venido aquí, es
-sólo por las mujeres.
-
---¿En seguida de haber enterrado a Marfa Petrovna?
-
-Svidrigailoff se sonrió.
-
---Pues bien, sí--respondió con una franqueza desconcertante--. Parece
-que le escandaliza lo que le digo.
-
---¿Se asombra usted de que me escandalice la disipación?
-
---¿Por qué no había de seguir mis inclinaciones? ¿Por qué he de
-renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupación.
-
-Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto y se arrepentía de haber
-venido. Svidrigailoff le parecía el hombre más depravado del mundo.
-
---¡Eh! Quédese usted un momento; que le traigan te. Vamos, siéntese. Le
-contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera cómo una mujer emprendió la
-tarea de convertirme? Esto será una respuesta a su primera pregunta,
-puesto que se trata de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? Mataremos
-el tiempo.
-
---Sea; mas espero que usted...
-
---No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia
-Romanovna no puede inspirarme más que profunda estimación. Creo haberla
-comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe usted que cuando
-no se conoce a las personas se corre el riesgo de engañarse? Pues eso
-es lo que me ha pasado con su hermana de usted. ¡Lléveme el diablo!
-¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto
-empezó por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que
-Marfa Petrovna me concedía cierta libertad con las campesinas. Acababa
-de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha,
-como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote:
-sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron
-un escándalo. Cierto día, después de comer, Advocia Romanovna me
-llamó aparte, y mirándome con ojos relampagueantes, _exigió_ de mí
-que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quizá fué la primera vez que
-hablamos a solas. Es claro, me apresuré a deferir a su demanda. Traté
-de parecer conmovido y turbado; en una palabra, representé mi papel a
-conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas,
-en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lágrimas en
-los ojos que cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en los ojos!
-Vea usted hasta dónde llega en algunas jóvenes, la pasión por la
-propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino;
-me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en
-práctica un medio que no falla jamás con las mujeres: la adulación.
-Espero que no se incomodará usted porque le diga que Advocia Romanovna
-no fué en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba.
-Por desgracia, eché a perder todo el negocio por mi impaciencia y
-por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo
-de mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por parecerle odiosa. Sin
-entrar en detalles, bastará con que le diga a usted, que hubo entre
-nosotros un rompimiento. Después hice nuevas tonterías. Me extendí
-en groseros sarcasmos a propósito de las misioneras; Paratcha entró
-de nuevo en escena y fué seguida de otras muchas. ¡Oh, si hubiese
-usted visto entonces, Rodión Romanovitch, qué relámpagos lanzaban los
-ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueños me perseguían sus
-miradas. Llegué a no poder soportar el ruido de sus ropas y temí un
-ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con
-Advocia Romanovna, y la reconciliación era imposible. Imagínese usted
-lo que hice entonces. ¡A qué grado de estupidez puede llegar el hombre
-despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodión Romanovitch.
-Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdón, no quería decir
-eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, vivía de su trabajo y
-que tenía a su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! ¡vuelve usted
-a fruncir el entrecejo!), me decidí a ofrecerle toda mi fortuna (podía
-reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San
-Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, la habría jurado amor eterno,
-etc., etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal modo estaba enamorado
-de ella en esta época, que si su hermana de usted me hubiese dicho:
-«Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo hubiera
-hecho sin vacilar. Pero todo acabó por la catástrofe que usted ya
-conoce, y no se puede imaginar cómo me irritaría el saber que mi mujer
-había negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrollón
-de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana
-de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como
-ése. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Advierto que me escucha usted con
-mucha atención... interesante joven...
-
-Svidrigailoff dió un violento puñetazo sobre la mesa. Estaba sofocado,
-y aunque apenas había bebido dos vasos de _Champagne_, empezaba a dar
-señales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirtió y resolvió aprovecharse
-de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien
-consideraba como su más peligroso enemigo.
-
---Pues bien, después de esto, no tengo la menor duda de que usted
-ha venido aquí por mi hermana--declaró el joven con tanto más
-atrevimiento, cuanto que quería llevar a su interlocutor a los últimos
-extremos.
-
-Svidrigailoff trató de borrar el efecto producido por sus palabras.
-
---¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme?
-
---Estoy persuadido; pero no se trata de eso.
-
---¿Está usted persuadido de que ella no puede sufrirme?--replicó
-Svidrigailoff guiñando los ojos y sonriéndose con aire burlón--.
-Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jamás de lo que
-pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un
-rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y sólo es conocido de
-los interesados. ¿Se atrevería usted a afirmar que Advocia Romanovna me
-miraba con repugnancia?
-
---Ciertas palabras de su relato me prueban que todavía tiene usted
-infames propósitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo más
-pronto posible.
-
---¿Cómo han podido escapárseme tales palabras?--dijo Svidrigailoff
-poniéndose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo más
-mínimo por el epíteto con que se calificaban sus propósitos.
-
---Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos
-de usted. ¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace ese súbito temor que
-demuestra?
-
---¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, hombre! Usted sí, amigo, que
-debe tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo; un poco
-más, y hubiera cometido una tontería. ¡Váyase al diablo el vino! ¡mozo,
-agua!
-
-Tomó la botella de _Champagne_, y sin andarse con miramientos la tiró
-por la ventana. Felipe trajo agua.
-
---Todo esto es absurdo--dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y
-pasándosela por la cara--. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada
-todas las sospechas de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?
-
---Ya me lo había dicho usted.
-
---¿Que se lo he dicho? pues me había olvidado; pero, de todas maneras,
-cuando le anuncié mi próximo matrimonio, podía hablar de él en forma
-dubitativa, pues aun no había nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y
-si en este momento no tuviese que hacer, le conduciría a casa de mi
-futura. Me gustaría saber si usted aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba,
-no cuento más que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la
-historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... ¿Quiere usted
-irse aún?
-
---No, ahora no le dejo a usted.
-
---¿No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le enseñaré a usted
-mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto.
-Usted va por la izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído usted hablar
-de cierta señora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo?
-Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te aburres--me decía--, y esto
-será para ti una distracción momentánea.» Yo soy, en efecto, un hombre
-melancólico y huraño. ¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, yo tengo
-el humor sombrío, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres
-días seguidos en un rincón, sin hablar una palabra; por otra parte,
-esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustaré
-pronto con mi mujer, que la echaré de mi lado y que ella la lanzará a
-la circulación. Sé, por ella, que el padre, antiguo funcionario, está
-enfermo. Desde hace tres años no puede valerse de las piernas y no
-deja la butaca. La madre es una señora muy inteligente; el hijo está
-empleado en provincias y no ayuda lo más mínimo a sus padres; la hija
-mayor está casada y no da señales de vida. Esta pobre gente tiene que
-mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada
-del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplirá diez y seis
-años antes de un mes, y ésta es la que me destinan... Provisto de estos
-datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena
-familia, que está bien relacionado, y que además tiene buena fortuna.
-Mis cincuenta años no suscitan la más ligera objeción. Había que
-verme hablando con el papá y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido!
-Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, poniéndose
-del color de la amapola (sin duda había aprendido la lección). No
-conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para mí,
-esos diez y seis años, esos ojos todavía infantiles, esa timidez, esas
-lagrimitas púdicas, todo ello tiene más encanto que la belleza; por
-otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus
-ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos
-senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de
-familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al día siguiente,
-es decir, anteayer, éramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a
-verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que
-dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la
-grana, pero se deja querer. Su mamá le ha dado, sin duda, a entender
-que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera
-comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que
-los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por
-boca de esta niña. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no
-es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que
-incendia todo mi ser... Su fisonomía se parece mucho a la de la Virgen
-Sixtina. ¿Ha reparado usted en la expresión fantástica que Rafael supo
-dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la
-joven. Desde el día siguiente de nuestros esponsales, la he llevado
-a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un
-neceser de _toilette_ de plata; la carita de la _madonna_ resplandecía.
-Ayer no me privé de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos
-lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me echó
-un brazo al cuello, y besándome, me juró que sería para mí una esposa
-buena, obediente y fiel; que me haría feliz, que me consagraría todos
-los instantes de su vida y que, en cambio, no quería de mí más que
-mi cariño, nada más: «No tengo necesidad de regalos», me ha dicho.
-Oír a un ángel de diez y seis años, con las mejillas coloreadas de un
-pudor virginal, que le hace a usted esta declaración con lágrimas de
-entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. ¡Ah, sí! le llevaré a casa
-de mi prometida; pero no puedo enseñársela a usted en seguida.
-
---¿De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la
-sensibilidad de usted? ¿Es posible que piense seriamente en contraer
-semejante matrimonio?
-
---¡Qué austero moralista!--dijo burlándose Svidrigailoff--. ¡Dónde va
-a anidar la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que me hacen mucha gracia
-sus exclamaciones de indignación?
-
-Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado y se levantó.
-
---Siento mucho--continuó--no poder detenerme más tiempo con usted; pero
-ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia.
-
-Salió del _traktir_. Raskolnikoff le siguió. La embriaguez de
-Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía
-muy preocupado, como hombre que está en vísperas de emprender una
-cosa muy importante. Desde hacía algunos instantes se revelaba en sus
-movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se hacía
-cáustico y agresivo. Todo ello parecía justificar una vez más las
-aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir los pasos del
-extraño personaje.
-
-Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo:
-
---Aquí nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda,
-o al contrario. Adiós, amigo mío, hasta la vista.
-
-Y se dirigió hacia el Mercado del Heno.
-
-
-IV
-
-Raskolnikoff se puso a seguirle.
-
---¿Qué significa esto?--preguntó, volviéndose, Svidrigailoff--. Creo
-haberle dicho a usted...
-
---Esto significa que estoy decidido a acompañarle.
-
---¿Qué?
-
-Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista.
-
---En la semiembriaguez de usted--replicó Raskolnikoff--me ha dicho
-lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus
-odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan más que nunca. Sé que
-esta mañana mi hermana ha recibido una carta. ¡No ha perdido usted el
-tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas
-y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero
-esto nada significa, y deseo convencerme por mí mismo...
-
-Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qué cosa quería
-convencerse.
-
---¿Por lo visto, usted quiere que yo llame a la policía?
-
---Llámela usted.
-
-Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de
-Svidrigailoff cambió de expresión. Viendo que su amenaza no intimidaba
-en lo más mínimo a Raskolnikoff, tomó de repente un tono más alegre y
-amistoso.
-
---¡Qué original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha
-despertado en mí, no he querido hablarle de su asunto. Quería dejarlo
-para ocasión más oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer
-perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le
-advierto que sólo entro para tomar algún dinero; en seguida saldré,
-montaré en un coche y me iré a pasar el resto del día a las Islas...
-¿Qué necesidad tiene usted de seguirme?
-
---Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy,
-sino al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido
-a las exequias de su madrastra.
-
---Como usted quiera; pero Sofía Semenovna no está en casa. Ha ido a
-llevar a los tres niños a la casa de una señora anciana a quien yo
-conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He
-proporcionado un gran placer a esa señora remitiéndole el dinero para
-los chiquillos de Catalina Ivanovna, además de un donativo pecuniario
-para sus establecimientos; le he contado, por último, la historia de
-Sofía Semenovna, sin omitir ningún detalle. Mi relato ha producido
-un efecto indescriptible, y ahí tiene usted por qué ha sido invitada
-Sofía a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual la _barinia_ en
-cuestión reside provisionalmente desde su regreso del campo.
-
---No importa, de todos modos entraré en su casa.
-
---Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompañarle. ¿Para
-qué? Estoy seguro de que desconfía de mí, porque he tenido hasta este
-momento la discreción de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina usted
-a lo que quiero aludir? Apostaría cualquier cosa a que mi discreción
-le ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted delicado para que se le
-recompense de ese modo!...
-
---¿Le parece a usted delicado escuchar detrás de las puertas?
-
---¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no hubiese usted hecho esta
-observación--respondió riendo Svidrigailoff--. Si cree usted que no
-está permitido escuchar detrás de las puertas, pero sí asesinar a
-mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese
-parecer, y haría usted bien en marcharse cuanto antes a América. Parta
-usted en seguida, joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo con toda
-sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo daré.
-
---No pienso en tal cosa--replicó desdeñosamente Raskolnikoff.
-
---Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral,
-como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado
-esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree
-haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso
-lo que tiene el propósito de hacer?
-
---Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así
-le libraré de mi presencia.
-
---¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de
-subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía
-Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo
-a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la
-señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha
-salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y
-acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa.
-¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi
-cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil
-negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro;
-quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo
-de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan
-todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada
-tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en
-la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a
-las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted?
-Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted?
-Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a
-llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota.
-
-Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese
-Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin
-responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del
-Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que
-Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba
-y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás.
-Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se
-encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al
-puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie,
-a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al
-puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano,
-Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud;
-durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver
-que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía
-rápidamente hacia ella.
-
-Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se
-quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un
-rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó
-comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano
-no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer
-ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.
-
---Vamos más de prisa--le dijo por lo bajo este último--. Es preciso que
-Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha
-venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que
-me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una
-carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado
-de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces?
-
---Ya hemos dado vuelta a la esquina--interrumpió Dunia--. Ahora mi
-hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su
-compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la
-calle.
-
---En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben
-hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía
-Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas
-pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a
-toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que
-poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.
-
-Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a
-Svidrigailoff.
-
---¿Qué teme usted?--observó tranquilamente éste--. La ciudad no es el
-campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted más daño que yo a
-usted.
-
---¿Sofía Semenovna está avisada?
-
---No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa.
-Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el
-entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste
-haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta
-siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la
-menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo
-cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve
-usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado
-ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla
-si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí,
-en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto
-de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes
-vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué
-tengo yo de terrible?
-
-Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió.
-Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba
-levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución
-inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas
-palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa
-joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.
-
---Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame
-usted--dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema
-palidez de su semblante.
-
-Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.
-
---Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una
-contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir
-más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo
-también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto
-dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré
-a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas
-dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora
-Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas.
-Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas,
-el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un
-conocimiento exacto de todos los lugares.
-
-Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba
-en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso
-ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo
-advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto
-modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar
-dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de
-la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en
-comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff
-mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin
-comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió
-Svidrigailoff la explicación.
-
---¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa
-puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se
-encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para
-escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada
-precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y
-hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla,
-escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos
-tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de
-alguna cosa. ¿Qué le parece a usted?
-
---Que ha sido un espía.
-
---Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.
-
-Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un
-asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le
-brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado
-tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad
-que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de
-desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff,
-acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba
-en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta.
-Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era
-nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.
-
---Aquí tiene usted su carta--comenzó a decir, depositándola encima
-de la mesa--. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a
-entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de
-usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa
-usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este
-cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo
-que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho
-nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas;
-hable, pues; pero le advierto que no le creo.
-
-Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante
-la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.
-
---Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi
-casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?
-
---No me atormente más y hable, hable usted.
-
---Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía
-verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la
-acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con
-usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer
-discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo
-demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué
-he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?
-
---¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?
-
---No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión
-Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna.
-Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a
-la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había
-empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la
-hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel,
-entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a
-las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito
-era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que,
-palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el
-secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo
-referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted
-tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.
-
---¡Eso es imposible!--balbuceó Dunia, jadeante--; no tenía la menor
-razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una
-mentira.
-
---El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó
-dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni
-de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo
-bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha
-atrevido a utilizarlo.
-
---¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este
-pensamiento?--exclamó Dunia levantándose vivamente--. ¿Usted lo conoce?
-¿Le cree usted capaz de ser ladrón?
-
---Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de
-variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia;
-he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un
-correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción
-laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la
-hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito
-al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?
-
---Voy a ver a Sofía Semenovna--respondió con voz débil la joven--.
-¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero
-verla en seguida. Es menester que ella...
-
-Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.
-
---Según todas las apariencias, Sofía Semenovna no estará de vuelta
-hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha
-vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.
-
---¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que
-mentiras... no te creo... no te creo--exclamó Dunia en un arranque de
-cólera que la ponía fuera de sí.
-
-Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se
-apresuró a acercarle.
-
---¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua;
-beba usted un poco.
-
-Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí.
-
-«Esto ha producido efecto»--murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo
-el entrecejo--. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión
-Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso.
-¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de
-aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen,
-su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán
-su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo
-está usted? ¿Cómo se siente?
-
---¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted!
-
---¿A dónde quiere usted ir?
-
---A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa
-puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo
-la ha cerrado usted?
-
---No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que
-usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted
-causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo
-irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor
-imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he
-visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese,
-vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a
-venir a mi casa; pero siéntese usted.
-
-Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella.
-
---¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible?
-
---Todo depende de usted--comenzó a decir en voz baja.
-
-Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar.
-
-Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.
-
---Una sola palabra de usted y se salva--continuó él todo tembloroso--.
-Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente
-para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno
-para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia
-puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su
-madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como
-el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de
-su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco.
-Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré
-lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire
-usted de ese modo, que me mata!
-
-Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de
-enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a
-sacudirla con todas sus fuerzas.
-
---¡Abrid, abrid!--gritó, creyendo que la oirían fuera--. ¡Abrid! ¿No
-hay nadie en esta casa?
-
-Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y
-una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.
-
---No hay nadie aquí--dijo lentamente--. La patrona ha salido y usted se
-equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.
-
---¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!
-
---La he perdido y no puedo encontrarla.
-
---¿De modo que esto era un lazo?--gritó Dunia pálida como una muerta, y
-se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.
-
-Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando
-hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro
-extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio.
-Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su
-rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.
-
---Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto,
-la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas.
-Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto
-de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que
-usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si
-usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte,
-nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va
-sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a
-su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de
-una violación, Advocia Romanovna.
-
---¡Miserable!--dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.
-
---Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente
-desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como
-usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho
-ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que
-consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he
-propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a
-las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra.
-Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos.
-Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.
-
-Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien
-a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su
-resolución.
-
-De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la
-mesa, al alcance de su mano.
-
-Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento
-hacia adelante.
-
---¿Esas tenemos?--dijo con maligna sonrisa--. La situación cambia por
-completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se
-ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin?
-¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las
-lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán
-sido inútiles.
-
---Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado
-tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él
-cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso,
-te juro que te mato!
-
-Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si
-llegaba el caso.
-
---Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple
-curiosidad--dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.
-
---Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu
-mujer, lo sé; tú también eres un asesino.
-
---¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?
-
---Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé
-que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.
-
---Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías
-sido la causa.
-
---¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!
-
---Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por
-convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en
-los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la
-luna, mientras cantaba el ruiseñor.
-
---¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes,
-calumniador!
-
---¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que
-se les recuerden ciertas cosillas--repuso sonriendo--. ¡Sé que tirarás,
-precioso monstruo; pues bien, anda!
-
-Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer
-fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez.
-Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus
-grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff!
-Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los
-cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff
-se detuvo.
-
---Una picadura de abeja--dijo riéndose--. Apunta a la cabeza... ¿Qué es
-esto? Tengo sangre.
-
-Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría
-a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del
-cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de
-estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.
-
---Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez;
-espero--prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de
-siniestro--; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla
-antes de que pueda usted defenderse.
-
-Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su
-perseguidor.
-
---¡Déjeme usted!--dijo con desesperación--; ¡le juro que voy a disparar
-otra vez! ¡Le mataré!
-
---A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero
-si no me mata, entonces...
-
-En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su
-pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el
-tiro.
-
---No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene
-ésta aún una cápsula; espero.
-
-En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente,
-que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre
-moriría antes que renunciar a su designio.
-
-Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.
-
-De repente la joven tiró el revólver.
-
---¡No quiere usted tirar!--dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró
-libremente.
-
-No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía
-aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo
-la naturaleza del alivio que experimentó.
-
-Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la
-joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso
-hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.
-
---¡Suéltame!--suplicó Dunia.
-
-Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se
-echó a temblar.
-
---¿De modo que no me amas?--preguntó en voz baja.
-
-Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.
-
---¿Y no podrás amarme... nunca...?--continuó él con acento desesperado.
-
---¡Nunca!--murmuró la joven.
-
-Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de
-Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión
-indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor
-del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse
-delante de la ventana.
-
---Ahí está la llave--dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo
-izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse
-hacia Dunia)--. Tómela usted, y váyase pronto.
-
-Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la
-mesa para tomar la llave.
-
---¡Pronto, pronto!--repitió Svidrigailoff.
-
-No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra
-«pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no
-dejaba lugar a dudas.
-
-Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente
-de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del
-canal, en la dirección del puente***.
-
-Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al
-cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se
-pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña
-sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía
-sangre en la mano, la miró con cólera, y luego mojó un paño y se lavó
-la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta.
-Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver
-pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas
-vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el
-arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió.
-
-
-V
-
-Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo
-recorriendo tabernas y _traktirs_. Habiendo encontrado a Katia le pagó
-las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los
-mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña
-simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada,
-y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda.
-Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó
-la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente
-el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los
-dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir
-con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué
-elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto
-de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó
-comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido
-a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto
-de aquella operación _comercial_. Por último, se averiguó que el
-objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La
-cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa
-hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que
-se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante
-toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se
-había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse
-servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se
-amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta
-tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se
-encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el
-dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el
-dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó
-que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de
-su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia.
-
-La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de
-Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente
-al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo
-una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron
-asustados.
-
-Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se
-sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo.
-
---Sofía Semenovna--empezó a decir--, quizá me vaya a América, y, como
-según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a
-fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de
-esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente
-(Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente
-tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y
-a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a
-cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí
-tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos
-del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto
-quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es
-necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de
-este modo.
-
---Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y
-conmigo--balbuceó Sonia--, que aunque apenas le haya dado a usted las
-gracias no crea usted que...
-
---Bueno, basta; basta...
-
---En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco
-mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en
-mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su
-ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...
-
---Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted
-objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre
-dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.
-
-Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su
-interlocutor.
-
---No se inquiete usted--prosiguió Svidrigailoff--. Lo he oído todo de
-sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto.
-Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es
-el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le
-acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero.
-Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que
-le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha
-prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume
-usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora
-de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted
-enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si
-mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de
-mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la
-vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A
-propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al
-señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho.
-Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a
-entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.
-
-Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante.
-Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta;
-pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar.
-
---¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo
-tan malo?
-
---Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi
-querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted
-útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin;
-dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide
-usted.
-
-Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un
-sentimiento de temor.
-
-La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy
-inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se
-presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban
-un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de
-que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el
-primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería
-una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta
-suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales
-por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre
-enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas.
-Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo,
-saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio,
-y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre la
-_high-life_ parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.
-
-Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las
-circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de
-costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le
-dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer
-su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le
-obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le
-traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que
-desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en
-vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este
-regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello
-una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo,
-por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia
-se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente
-calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se
-levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla,
-y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba
-perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad
-infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su
-futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo
-sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las
-madres.
-
-A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había
-cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de
-media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si
-buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de
-la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era
-infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de
-madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz.
-Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el
-corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado
-le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la
-escalera; era el único disponible.
-
---¿Hay te?--preguntó Svidrigailoff.
-
---Puede hacerse.
-
---¿Qué hay además?
-
---Carne, aguardiente, entremeses.
-
---Tráeme carne y te.
-
---¿No quiere usted nada más?--preguntó con algo de vacilación el
-camarero.
-
---No.
-
-El hombre harapiento se alejó muy contrariado.
-
-«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel--pensó
-Svidrigailoff--; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que
-vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino.
-Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.»
-
-Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era
-tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff
-podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy
-sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería
-destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su
-primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que
-daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso
-la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero
-un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer
-su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura
-del tabique.
-
-En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en
-pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa,
-era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz
-plañidera:
-
---Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del
-fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él.
-
-El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un
-hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba
-una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo
-que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la
-mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de
-aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y
-servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro,
-Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama.
-
-Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo
-«si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se
-retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza
-de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que
-comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán
-y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.
-
-«Mejor sería, por esta vez, estar bien»--se dijo sonriendo.
-
-La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento
-zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón y llenaba todo el cuarto
-olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba
-más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera
-querido fijar en algo su imaginación.
-
-«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y
-de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio
-de la tempestad y de las tinieblas!»
-
-Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky,
-había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el
-pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie
-sobre el puente, contemplaba el río.
-
-«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»--pensó, y de
-repente una idea extraña le hizo sonreír.
-
-«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las
-comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que
-en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido
-hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al
-frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables...
-Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están
-acostados»--añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a
-poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor
-agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes
-había tenido con la joven.
-
-«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie;
-jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal
-signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he
-aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe
-adónde habría llegado!»
-
-Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal
-como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver
-incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de
-espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de
-lo oprimido que tenía el corazón.
-
-«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!»
-
-Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le
-pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo
-del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un
-ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería
-destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable
-le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se
-incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón
-sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del
-lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por
-entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió
-debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero
-en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él
-y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor
-nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en
-la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el
-viento continuaba silbando en el exterior.
-
-«Esto es insoportable»--se dijo con cólera.
-
-Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.
-
-«Más vale no dormir»--se dijo.
-
-Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse
-de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No
-encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e
-ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido
-en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del
-viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos
-tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente
-paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio...
-En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto
-inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de
-la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones
-chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos
-medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos
-blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos
-ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff,
-tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la
-escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas,
-como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma,
-había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto
-de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las
-ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los
-pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre
-una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un
-féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado
-de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba,
-sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los
-ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los
-de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban
-despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El
-perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero
-la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una
-desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff
-conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes,
-ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a
-los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había
-destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida
-vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación,
-grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría
-noche de deshielo.
-
-Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana.
-Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales,
-exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al
-rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo
-la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin
-duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas;
-pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se
-ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos,
-Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la
-obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos
-cañonazos.
-
-«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!--pensó--. Esta madrugada los
-barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en
-las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y
-renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus
-cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora
-es?»
-
-En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió
-tres campanadas.
-
-«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en
-seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.»
-
-Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero
-en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar
-la cuenta y dejar en seguida la posada.
-
-«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.»
-
-Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no
-encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un
-rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un
-objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la
-luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y
-lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia
-de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con
-expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen
-hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato,
-comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba
-transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?»
-Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en
-toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de
-pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato
-interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota».
-Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada.
-Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin
-duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el
-castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia.
-Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar
-furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la
-noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad,
-y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada,
-tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la
-tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a
-desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos,
-tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco.
-Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha.
-La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado,
-Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos.
-
-«¿Qué me importa a mí eso?--se dijo con un movimiento de cólera--.¡Qué
-tontería!»
-
-En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes
-el hotel.
-
-«¡Bah! ¡una granujilla!»--dijo, lanzando una blasfemia en el instante
-en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada
-sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó
-con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía
-con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se
-habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era
-mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños.
-
-«Es el color de la fiebre--pensó Svidrigailoff--. Cualquiera diría que
-ha bebido.»
-
-Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó
-advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña
-durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas
-maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles.
-
-«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?»
-
-En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen
-esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe
-en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel
-rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta,
-de una _cocotte_ francesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a
-Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen...
-Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban
-lujuria.
-
-«¡Cómo! ¿a los cinco años?--murmuraba, preso de un verdadero espanto--.
-¿Es posible?»
-
-Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los
-brazos.
-
-«¡Ah, maldita!»--exclamó con horror Svidrigailoff.
-
-Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.
-
-Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no
-estaba encendida; amanecía.
-
-«He tenido una pesadilla.»
-
-Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado.
-Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato.
-Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el
-revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas
-estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su
-librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después
-de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió
-en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que
-había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después
-a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de
-repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación:
-un instante después estaba en la calle.
-
-Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección
-del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera,
-veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus
-céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un
-coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas,
-con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y
-la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía
-leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin
-del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro
-muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas.
-Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un
-instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la
-vista una torre.
-
-«¡Bah!--pensó--; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla
-Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un
-testigo.»
-
-Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***.
-
-Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en
-la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un
-gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó
-de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca
-tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos
-hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño
-al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a
-tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó, siempre arrimado a la puerta.
-
---Nada, amigo mío; ¡buenos días!--respondió Svidrigailoff.
-
---Siga usted su camino.
-
---Voy al extranjero.
-
---¿Cómo al extranjero?
-
---A América.
-
---¿A América?
-
-Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas.
-
---¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.
-
---¿Por qué no?
-
---Porque éste no es sitio.
-
---No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di
-que me he ido a América.
-
-Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha.
-
---¡Aquí no se puede hacer eso!--replicó el soldado abriendo
-desmesuradamente los ojos.
-
-Svidrigailoff oprimió el gatillo.
-
-
-VI
-
-Aquel mismo día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se
-dirigió a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban
-ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les había hablado
-Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff parecía vacilar aún.
-Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrás. Estaba
-resuelto a hacer aquella visita. «Todavía no saben nada--pensó--y están
-acostumbradas a ver en mí un ser original.»
-
-Tenía el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la
-fatiga física, juntamente con la lucha que se libraba en él desde hacía
-veinticuatro horas, le había puesto la cara casi desconocida. El joven
-había pasado la noche en vela. Dios sabe dónde; pero, por lo menos, su
-partido estaba tomado.
-
-Llamó a la puerta, y su madre salió a abrir. Dunia había salido, y la
-criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se
-quedó muda de sorpresa y de alegría; después, tomando a su hijo por la
-mano, le llevó a la sala.
-
---¡Ah! ¿Estás aquí?--dijo con voz temblorosa a causa de la emoción--.
-No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la
-que me hace verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? No; estoy alegre,
-ya lo ves, me río, sólo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde
-la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!
-
---¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!--comenzó a decir Raskolnikoff.
-
---Deja eso--interrumpió vivamente Pulkeria Alexandrovna--. ¿Piensas que
-iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo;
-lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres
-de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aquí la gente tiene más
-inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas,
-que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras
-tienes tú quizás el espíritu preocupado sabe Dios en qué pensamientos,
-¿habría de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... ¡Ah, Dios
-mío!... ¿Ves, Rodia? Ahora estaba preparándome a leer, por tercera vez,
-el artículo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo
-ha traído. Ha sido para mí una verdadera revelación; desde el primer
-momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido.
-«He aquí lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a
-ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los
-grandes talentos son así.» A pesar de la atención con que yo lo leo,
-hay en tu artículo, hijo mío, muchas cosas que no entiendo; pero, como
-soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo.
-
---Enséñamelo, mamá.
-
-Raskolnikoff tomó el número de la Revista, y echó una rápida ojeada
-sobre su artículo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al
-verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene más que
-veintitrés años. Aunque presa de las más crueles angustias, nuestro
-héroe no pudo substraerse a esta impresión; pero sólo le duró un
-instante. Después de haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo
-y sintió que le oprimía el corazón terrible sufrimiento. Esta lectura
-le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los
-últimos meses; así es que arrojó con violenta repulsión el periódico
-sobre la mesa.
-
---Pero, por tonta que yo sea, Rodia--siguió la madre--, puedo, sin
-embargo, juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás uno de los primeros
-puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se han
-atrevido a suponer que estabas loco! ¡Ah! ¿No sabes que se les había
-ocurrido esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo podrían comprender
-qué es la inteligencia? ¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, sí, la
-misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace
-seis o siete días, Rodia, me acongojaba ver cómo estabas instalado,
-vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontería
-mía; en cuanto tú quieras, con tu ingenio y tu talento, llegarás al
-colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te
-ocupas en cosas más importantes...
-
---¿Dunia no está aquí, mamá?
-
---No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio
-Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti.
-Te ama y te estima, hijo mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo
-de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carácter, como
-yo tengo el mío. Le agrada que ignore sus cosas; allá ella. Yo, en
-cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que
-Dunia es muy inteligente y de que, además, nos tiene mucho cariño a ti
-y a mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. Siento que no pueda
-aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le diré: «Durante
-tu ausencia ha venido tu hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» Tú,
-Rodia, no me mimes demasiado; ven aquí como puedas, sin desatender
-tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendré paciencia; me
-contentaré con saber que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar de ti
-en todas partes, y de vez en cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo
-desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre.
-
-Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar bruscamente.
-
---¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso
-nada!--gritó levantándose de pronto--. Hay café, y no te he ofrecido
-una taza. ¿Ves qué grande es el egoísmo de los viejos? Voy en seguida...
-
---No vale la pena, mamá; voy a irme; no he venido para eso; escúchame,
-te lo suplico.
-
-Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente a su hijo.
-
---Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de mí, ¿me amarás como
-ahora?--preguntó de repente.
-
-Estas palabras brotaron espontáneas del fondo de su corazón, aun antes
-que hubiera tenido tiempo de medir su alcance.
-
---¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién
-se atreverá jamás a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese
-semejante cosa, me negaría a oírle y le arrojaría de mi presencia.
-
---El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre,
-y ahora me alegro mucho de que estemos tú y yo solos, y aun de que
-no esté aquí Dunia--prosiguió con el mismo ímpetu--; quizá seas
-desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora más que a sí mismo
-y que te equivocarías si pusieses en duda mi ternura. Jamás cesaré
-de quererte... ¡Ea, basta! He creído que debía, ante todo, darte esa
-seguridad.
-
-Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, le estrechó contra su pecho y
-lloró silenciosamente.
-
---No sé lo que te pasa, Rodia--dijo--. Hasta ahora, yo había creído
-sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento
-me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la
-intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdóname que te hable de
-esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche
-pasada, tu hermana deliraba y repetía constantemente tu nombre. He oído
-algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta mañana hasta el
-momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecución;
-tenía no sé qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A dónde vas? Estás a
-punto de partir, ¿no es verdad?
-
---Sí.
-
---Lo había adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo.
-Dunia nos acompañará; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos
-también a Sofía Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por
-hija. Demetrio Prokofitch nos ayudará en nuestros preparativos para el
-viaje... Pero... ¿a dónde vas?
-
---Adiós, mamá.
-
---¡Cómo! ¿hoy mismo?--exclamó, como si se tratase de una separación
-eterna.
-
---No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje.
-
---¿Y no puedo ir contigo?...
-
---No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por mí; Dios oirá acaso tu
-plegaria.
-
---¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. ¡Oh Dios mío!
-
-Sí, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella
-entrevista. Para desahogar su ternura, tenía necesidad de estar
-a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia,
-hubiese estorbado. Cayó a los pies de su madre y los besó. Pulkeria
-Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna
-pregunta; había comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible
-y que su suerte iba a decidirse en seguida.
-
---¡Rodia, mi querido primogénito!--dijo la madre sollozando--; hete
-ahora como eras en tu infancia; de ese modo venías a hacerme caricias
-y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre vivía, no teníamos,
-en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y
-después que hubo muerto, ¡cuántas veces tú y yo hemos llorado sobre
-su sepultura abrazados como ahora! Sí, si lloro desde hace tiempo, es
-porque mi corazón maternal tenía presentimientos siniestros. La tarde
-en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu
-cara me lo ha revelado todo; cuando te abrí la puerta pensé, al verte,
-que había llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, Rodia?
-
---No.
-
---¿Volverás?
-
---Sí, volveré.
-
---Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: ¿Te vas muy lejos?
-
---Muy lejos.
-
---¿Tendrás allí un empleo, una posición?
-
---Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente por mí.
-
-Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarró a él y le miró con
-expresión de desesperado dolor.
-
---¡Basta, mamá!--dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora
-sentía profundamente haber venido.
-
---¿No partes para siempre? ¿No vas a ponerte en camino en seguida?
-¿Vendrás mañana?
-
---Sí, sí; adiós.
-
-Al fin logró escapar.
-
-La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la mañana, el tiempo
-había aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente a su casa. Quería
-acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier
-encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto
-advirtió que Anastasia, ocupada en preparar el te, había dejado su
-tarea para mirarle con curiosidad.
-
-«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a pesar suyo, pensó en el odioso
-Porfirio; pero, cuando abrió la puerta de la habitación, vió a Dunia.
-La joven, pensativa estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba a
-su hermano hacía mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral.
-Dunia, estremecida, se levantó vivamente y le miró con fijeza. En los
-ojos de la joven se leía inmensa pesadumbre; una sola mirada probó a
-Raskolnikoff que la joven lo sabía todo.
-
---¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?--le preguntó con voz trémula.
-
---He pasado el día esperándote en casa de Sofía Semenovna; pensábamos
-verte allí.
-
-Raskolnikoff entró en la habitación, y se dejó caer desfallecido en una
-silla.
-
---Me siento débil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre
-todo, tendría necesidad de todas mis fuerzas.
-
-Fijó en su hermana una mirada de desconfianza.
-
---¿Dónde has pasado la última noche?
-
---No me acuerdo bien; quería tomar un partido definitivo, y muchas
-veces me he aproximado al Neva; de esto sí me acuerdo. Mi intención
-era acabar así; pero... no he podido resolverme...--dijo en voz baja,
-tratando de leer en el rostro de Dunia la impresión producida por sus
-palabras.
-
---¡Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temíamos Sofía Semenovna y
-yo. ¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios!
-
-Raskolnikoff se sonrió amargamente.
-
---No creía en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra
-madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrédulo, y, sin embargo,
-le he pedido que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que sucede en este
-momento! Yo mismo no sé qué pasa por mí.
-
---¿Que has estado en casa de nuestra madre? ¿Le has hablado?--exclamó
-Dunia con espanto--. ¿Es posible que hayas tenido valor para decirle
-_aquello_?
-
---No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz
-alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto.
-He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia.
-Soy un hombre bajo...
-
---Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás,
-¿verdad?
-
---Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero
-en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre
-fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia?
-
---Sí, Rodia.
-
-Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se
-consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo.
-
---¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al
-agua?--preguntó sonriendo con tristeza.
-
---¡Oh, Rodia, basta!--respondió la joven, ofendida por tal suposición.
-
-Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los
-ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el
-joven se levantó.
-
---La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé
-por qué lo hago.
-
-Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas.
-
---Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes tenderme la mano?
-
---¿Lo dudabas?
-
-La joven lo estrechó contra su pecho.
-
---¿Acaso aceptando la expiación no borras la mitad de tu
-crimen?--exclamó, al tiempo que abrazaba a su hermano.
-
---¡Mi crimen! ¿Qué crimen?--repitió en un acceso de cólera--; ¿el
-de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y
-perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a
-los pobres? Tal asesinato debía servir de indulgencia para cuarenta
-pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por
-todos lados: ¡crimen! ¡crimen! Ahora que me he decidido a afrontar
-voluntariamente ese deshonor, ahora sólo es cuando el absurdo de mi
-cobarde determinación se me presenta con toda claridad. Es tan sólo por
-bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que
-no sea también por interés, como me lo aconsejaba Porfirio.
-
---¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? ¿No te haces cargo de que has
-vertido sangre?--exclamó Dunia consternada.
-
---¿Y qué? Todo el mundo la vierte--prosiguió con vehemencia
-creciente--. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las
-personas que la derramaron como si fuera _Champagne_ subieron en
-seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad.
-Examina las cosas un poco más cerca para juzgarlas. También trataba
-yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas
-acciones hubiesen compensando ampliamente aquella única tontería, o,
-mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece
-ahora. Cuando el éxito falta, los designios mejor concertados parecen
-estúpidos. Yo tan sólo trataba de crearme, por medio de aquella
-tontería, una situación independiente, asegurar mis primeros pasos de
-la vida, procurarme recursos; después hubiera levantado el vuelo...
-Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi
-objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo más que
-para que se me arroje a los perros.
-
---No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, hermano mío?
-
---Es cierto, no he procedido según las reglas de la estética. No sé por
-qué ha de ser más glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que
-asesinar a una persona a hachazos. El temor de la estética es el primer
-signo de la impotencia. Jamás lo he comprendido tan bien como ahora, ni
-nunca he comprendido menos cuál es mi crimen. Nunca he sido más fuerte
-ni he estado más convencido que en este momento.
-
-Su pálido y demudado rostro se había de repente coloreado. Pero cuando
-acababa de proferir esta última exclamación, su mirada se encontró por
-casualidad con la de Dunia, y ésta le miraba con tanta tristeza, que su
-exaltación cayó de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor
-había hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres.
-
---Dunia querida: si soy culpable, perdóname, aunque no merezca ningún
-perdón, si es que realmente soy culpable. Adiós; no disputemos, ya es
-tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo aún una visita que
-hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes
-de ella, te lo suplico. Es la última petición que te dirijo. Cuando me
-he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar
-su desventura: o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. Razumikin no
-os abandonará; ya le he hablado... No llores por mí; aunque asesino,
-trataré de ser todavía valeroso y honrado. Quizás oigas hablar de mí
-alguna vez. No os deshonraré; ya verás; aun he de probar... Ahora,
-adiós--se apresuró a añadir, advirtiendo, mientras hacía sus promesas,
-una extraña expresión en los ojos de Dunia--. ¿Por qué lloras de ese
-modo? No llores; no nos separaremos para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me
-olvidaba...
-
-Tomó de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abrió y sacó una
-miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona,
-la joven a quien había amado. Durante un instante contempló aquel
-rostro expresivo y triste. Después besó el retrato y se lo dió a Dunia.
-
---Muchas veces he hablado de _aquello_ con ella--dijo distraídamente--;
-hice depositario a su corazón del proyecto que debía tener tan
-lamentable resultado. No te alarmes--continuó, dirigiéndose a Dunia--;
-ella experimentó tanta repugnancia y tanto horror como tú; ahora me
-alegro de que haya muerto.
-
-Después, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo:
-
---Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer,
-y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me
-es necesaria esta prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral habré adquirido
-cuando salga del presidio, quebrantado por veinte años de sufrimiento?
-¿Valdrá entonces la pena de vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar
-el peso de semejante existencia! ¡Oh! Esta mañana, al irme a arrojar al
-Neva, he comprendido que era un cobarde.
-
-Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia había
-estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en
-la calle. Después de haber marchado unos cuantos pasos, la joven se
-volvió para ver por última vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado a
-la esquina, el joven se volvió también, pero advirtiendo Raskolnikoff
-que la mirada de su hermana estaba fija en él, hizo un gesto de
-impaciencia, y aun de cólera, invitándola a que continuase el camino.
-En seguida dió vuelta a la esquina.
-
-
-VII
-
-Comenzaba a caer la noche cuando llegaba a casa de Sonia. Durante la
-mañana y la tarde, la joven le había esperado con ansiedad. Por la
-mañana había recibido la visita de Dunia. Esta fué a primera hora,
-habiendo sabido la víspera por Svidrigailoff que Sofía Semenovna lo
-sabía todo. No recordaremos minuciosamente la conversación de las
-dos mujeres; limitémonos a decir que lloraron juntas y se hicieron
-muy amigas. De esta entrevista sacó Dunia, por lo menos, el consuelo
-de pensar que no estaría solo su hermano. Era Sonia la primera que
-había recibido su confesión; a ella se había dirigido cuando sintió
-la necesidad de confiarse a un ser humano, y ella le acompañaría
-adondequiera que se le enviase. Sin haber hecho preguntas acerca de
-tales propósitos, Advocia Romanovna estaba segura de ello. Consideraba
-a Sonia con una especie de veneración que dejaba a la pobre muchacha
-toda confusa, porque se creía indigna de levantar los ojos hasta
-Dunia. Después de su visita a casa de Raskolnikoff, la imagen de la
-encantadora joven, que la había saludado tan graciosamente aquel día,
-quedó grabada en su alma como una visión nueva, dulcísima, la más bella
-de su vida.
-
-Al fin, Dunia se decidió a ir a esperar a su hermano en el domicilio
-de este último, pensando que Raskolnikoff no podría menos de pasar
-por allí. En cuanto Sonia se quedó sola, el pensamiento del suicidio
-probable de Raskolnikoff le quitó todo reposo. Este era también el
-temor de Dunia; pero al hablar las dos jóvenes se habían dado la una
-a la otra todo género de razones para tranquilizarse, y lo habían, en
-parte, conseguido.
-
-Cuando se separaron, volvió la inquietud a apoderarse de cada una
-de ellas. Sonia se acordó de que Svidrigailoff le había dicho:
-«Raskolnikoff sólo tiene la elección entre dos alternativas: o ir a
-Siberia, o...» Además, conocía el orgullo del joven y su carencia de
-sentimientos religiosos. «¿Es posible que se resigne a vivir solamente
-por pusilanimidad, por temor a la muerte?»--pensaba con desesperación.
-No dudaba ya que el desgraciado hubiese puesto fin a sus días, cuando
-Raskolnikoff entró en su cuarto.
-
-La joven dejó escapar un grito de alegría; pero, cuando hubo observado
-atentamente el rostro de Raskolnikoff, palideció de pronto.
-
---Vamos, sí--dijo riendo Raskolnikoff--. Vengo a buscar tus cruces,
-Sonia. Tú has sido quien me ha impulsado a ir a entregarme; ahora que
-voy a hacerlo, ¿de qué tienes miedo?
-
-Sonia le miró con asombro. Aquel tono le parecía extraño. Todo su
-cuerpo se estremeció; pero al cabo de un minuto comprendió que aquella
-alegría era fingida. Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff miraba a
-un rincón, y parecía tener miedo de fijar los ojos en ella.
-
---Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso es lo mejor. Hay una
-circunstancia... pero esto sería largo de contar, y no tengo tiempo.
-¿Sabes lo que me irrita? Me pone furioso pensar que en un instante me
-van a rodear todos esos brutos; que todos me asestarán sus miradas, me
-dirigirán estúpidas preguntas, a las cuales tendré que responder; me
-señalarán con el dedo... No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar
-a ese hombre. Prefiero ir a buscar a mi amigo _Pólvora_. ¡Lo que va
-a sorprenderse éste! Puedo contar de antemano con un excelente éxito
-de asombro. Pero me convendría tener más sangre fría. En este último
-tiempo me he hecho muy irritable. ¿Lo creerás? hace un momento ha
-faltado muy poco para que amenazase con el puño a mi hermana, porque se
-había vuelto para verme por última vez. Ya ves lo bajo que he caído.
-Bueno; ¿dónde están las cruces?
-
-El joven no parecía que se hallase en su estado normal. Ni podía
-permanecer un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos en
-un objeto; sus ideas se sucedían sin transición; por mejor decir,
-deliraba. Le temblaban ligeramente las manos.
-
-Sonia guardaba silencio. Sacó de una caja de cruces una de madera de
-ciprés y otra de cobre; después se santiguó, y luego de repetir la
-misma ceremonia en la persona de Raskolnikoff, le puso al cuello la
-cruz de ciprés.
-
---¿Es ésta una manera de expresar que yo cargo con la cruz? ¡Je, je,
-je! ¡Como si empezase a sufrir ahora! La cruz de ciprés es la de los
-humildes. La cruz de cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas para ti;
-déjamela ver. ¿De modo que la llevaba... en aquel momento? Conozco
-otros dos o tres objetos de piedad: una cruz de plata y una imagen.
-Los eché entonces sobre el pecho de la vieja. Esos son los que debiera
-colgarme yo ahora al cuello. Pero no digo más que tonterías, y olvido
-mi asunto. Estoy distraído. He venido, sobre todo, para prevenirte,
-a fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... no he venido más
-que para eso. (¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía que decirle otra
-cosa.) Vamos a ver: tú misma me has exigido que dé este paso. Voy a
-entregarme, y tu deseo será satisfecho. ¿Por qué lloras entonces? ¡Tú
-también! ¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me es todo esto!
-
-Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón del joven. «¿Qué soy yo
-para ella?--pensaba--. ¿Por qué se interesa por mí tanto como podría
-interesarse mi madre o Dunia?»
-
---Haz la señal de la cruz. Di una oración--suplicó con voz temblorosa
-la joven.
-
---Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena voluntad, Sonia, de buena
-voluntad.
-
-El hizo muchos signos de cruz. Ella se puso a la cabeza un pañuelo
-verde, el mismo, probablemente, de que Marmeladoff había hablado en la
-taberna, y que servía entonces para toda la familia. Tal pensamiento
-cruzó por la mente de Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar nada a
-este propósito. Comenzaba a advertir que tenía distracciones continuas,
-y que estaba extremadamente turbado; esto le inquietaba. De repente
-advirtió que Sonia se preparaba a salir con él.
-
---¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate, quédate!--exclamó con risa
-irritada y se dirigió a la puerta--. ¿Qué necesidad tengo de ir allí
-con acompañamiento?
-
-Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo adiós; se había olvidado de
-ella, le preocupaba tan sólo una idea.
-
-«Realmente, ¿está ya hecho todo?--se preguntaba al bajar la escalera--.
-¿No habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo todo... y de no ir
-allí?»
-
-Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo súbitamente que había
-pasado la hora de las vacilaciones. En la calle se acordó de que no
-había dicho adiós a Sonia, que se había detenido en medio de la sala,
-y de que una orden suya la había como clavado en el suelo. Se planteó
-entonces otra cuestión, que desde hacía algunos minutos flotaba en su
-espíritu sin formularse con claridad.
-
-«¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le he dicho que venía para
-un asunto: ¿qué asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle que
-iba allí? ¡Vaya una necesidad! ¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo
-de rechazarla como a un perro! En cuanto a su cruz, ¿qué necesidad
-tenía yo de ella? ¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba eran
-lágrimas; lo que yo quería era gozar de los desgarramientos de su
-corazón. ¡Acaso he buscado, yendo a verla, ganar tiempo, retardar
-un momento el instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar con altos
-destinos! ¡Y me he creído llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan vil,
-tan miserable, tan cobarde!»
-
-Caminaba a lo largo del muelle, y no tenía que ir más lejos; pero
-cuando llegó al puente suspendió un instante su marcha, y se dirigió
-después bruscamente hacia el Mercado del Heno.
-
-Sus miradas se fijaban con avidez en la derecha y en la izquierda.
-Se esforzaba en examinar cada objeto que encontraba y en nada podía
-concentrar su atención.
-
-«Dentro de ocho días, dentro de un mes, volveré a pasar por este
-puente; un coche celular me llevará yo no sé dónde. ¿Con qué ojos
-contemplaré este canal? ¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí está
-escrita la palabra _Compañía_. ¿La leeré yo entonces como la leo ahora?
-¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?... ¡Dios mío, qué
-mezquinas son todas estas preocupaciones! Sin duda es curioso esto
-en su género. ¡Ja, ja, ja! ¡De qué cosas me preocupo! Hago como los
-niños: me engaño a mí mismo, porque, en efecto, debería sonrojarme de
-mis pensamientos. ¡Qué barullo! Ese hombretón, un alemán, según todas
-las apariencias, que acaba de empujarme, ¿sabe a quién ha dado con el
-codo? Esa mujer, que lleva un niño en la mano y que pide limosna, me
-cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente llevo cinco kopeks en el
-bolsillo. Tómalos, _matuchka_.»
-
---Dios te lo pague--dijo la mendiga con tono plañidero.
-
-El Mercado del Heno estaba lleno de gente. Esta circunstancia desagradó
-mucho a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió al sitio en que la
-multitud era más compacta. Hubiera comprado la soledad a cualquier
-precio; pero se daba cuenta de que no podría gozar de ella ni un solo
-instante. Al llegar en medio de la plaza, el joven se acordó de repente
-de las palabras de Sonia: «Ve a la encrucijada; besa la tierra que has
-manchado con tu delito, y di en voz alta a la faz del mundo: ¡Soy un
-asesino!»
-
-Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció. Las angustias de los días
-anteriores de tal modo habían desecado su alma, que se consideró feliz
-al encontrarla accesible a una sensación nueva, y se abandonó por
-completo a ella. Se apoderó de él un enternecimiento dulcísimo y se le
-llenaron los ojos de lágrimas.
-
-Se puso de rodillas en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo, y
-besó con alegría la tierra fangosa. Después de haberse levantado, se
-arrodilló de nuevo.
-
---He ahí uno que ha empinado el codo más de lo regular--exclamó un
-joven que estaba a su lado.
-
-Esta observación provocó muchas carcajadas.
-
---Es un peregrino que va a Jerusalén, amigos míos. Se despide de
-sus hijos, de su patria; saluda a todo el mundo, y da el beso de la
-despedida al suelo de la capital--añadió un menestral que estaba
-ligeramente ebrio.
-
---Es todavía muy joven--dijo un tercero.
-
---Es un noble--observó gravemente otro.
-
---En la actualidad, no se distingue a los nobles de los que no lo son.
-
-Viéndose objeto de la atención general, Raskolnikoff perdió un poco de
-su serenidad, y las palabras «Soy un asesino», que iban quizá a salir
-de su boca, expiraron en sus labios. Las exclamaciones y los gestos de
-la multitud le dejaron, por otra parte, indiferente, y con mucha calma
-se encaminó a la comisaría de policía. Conforme iba andando, una sola
-visión atrajo sus miradas; por lo demás, había esperado encontrarla en
-la calle, y no se asombró.
-
-En el momento en que acababa de prosternarse en el Mercado del Heno
-por segunda vez, vió a Sonia a una distancia de cincuenta pasos. La
-joven trató de substraerse a las miradas de Raskolnikoff, ocultándose
-detrás de una de las barracas de madera que se encuentran en la plaza.
-¡Así le acompañaba cuando él subía este calvario! Desde aquel instante,
-Raskolnikoff adquirió la convicción de que Sonia era suya para siempre,
-y de que le seguiría a todas partes, aunque su destino hubiera de
-conducirle al fin del mundo.
-
-Llegó finalmente al sitio fatal. Entró en el zaguán con paso bastante
-firme. La oficina de policía estaba situada en el tercer piso. «Antes
-que llegue arriba tengo tiempo de volverme»--pensaba el joven. En tanto
-que nada había confesado, se complacía en pensar en que podía cambiar
-de resolución.
-
-Como en su primera visita, encontró la escalera cubierta de suciedad,
-impregnada de las exhalaciones que vomitaban las cocinas, abiertas
-sobre cada descansillo. Mientras subía, se le doblaban las piernas, y
-tuvo que detenerse un instante para tomar aliento, recobrarse un poco,
-y preparar su entrada.
-
-«Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?--se preguntó de repente--. Puesto
-que hay que apurar el vaso, poco importa cómo he de beberlo. Más valdrá
-cuanto más amargo sea.»
-
-Después se ofrecieron a su espíritu las imágenes de Ilia Petrovitch
-y del oficial _Pólvora_. «¿Por qué voy a él? ¿No podría dirigirme a
-otro? ¿A Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar
-al comisario a su domicilio particular, y contárselo todo en una
-conversación privada?... No, no; hablaré a _Pólvora_, y esto se acabará
-más pronto.»
-
-Con el rostro inundado de frío sudor y casi sin darse cuenta de lo que
-hacía, Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría. Esta vez no vió en
-la antesala más que a un _dvornik_ y a un hombre del pueblo. El joven
-pasó a la otra habitación, donde trabajaban dos escribientes. Zametoff
-no estaba allí ni Nikodim Fomitch tampoco.
-
---¿No hay nadie?--dijo Raskolnikoff, dirigiéndose a uno de los
-empleados.
-
---¿Por quién pregunta usted?
-
---A... a...
-
---Al oír sus palabras, sin ver su rostro, he adivinado la presencia
-de un ruso... como se dice en no sé qué cuento. Mis respetos--gritó
-bruscamente una voz conocida.
-
-Raskolnikoff tembló. _Pólvora_ estaba delante de él; acababa de salir
-de una tercera habitación. «El destino lo ha querido»--pensó el joven.
-
---¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?--exclamó Ilia Petrovitch, que
-parecía de muy buen humor y muy animado--. Si ha venido por algún
-asunto, es aún demasiado pronto. Por una casualidad me encuentro
-aquí yo... ¿En qué puedo...? Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su
-nombre?... Perdóneme usted.
-
---Raskolnikoff.
-
---¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted creer que le había olvidado!
-Le suplico que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch, ¿no es eso?
-
---Rodión Romanovitch.
-
---Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión Romanovitch; lo tenía en la
-punta de la lengua. Confieso a usted que siento sinceramente la
-manera que tuvimos de portarnos con usted hace tiempo. Después me lo
-explicaron todo y he sabido que era usted un escritor, un sabio...
-He tenido también noticia de que empezaba usted la carrera de las
-letras. ¡Oh Dios mío! ¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en
-sus comienzos no ha hecho más o menos la vida de bohemio? Tanto mi
-mujer como yo estimamos la literatura; en mi mujer es una pasión.
-Es loca por las letras y las artes. Excepto el nacimiento, todo lo
-demás puede adquirirse por el talento, el saber, la inteligencia, el
-genio. Un sombrero, por ejemplo, ¿qué significa? Un sombrero lo puedo
-comprar en casa de Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, eso
-no puedo comprarlo. Confieso que quería ir a casa de usted a darle
-explicaciones; pero, he pensado que quizá usted... De todos modos, con
-estas charlas no le he preguntado el objeto de su visita. ¿Parece que
-la familia de usted está ahora en San Petersburgo?
-
---Sí, mi madre y mi hermana.
-
---He tenido el honor y el placer de encontrar a su hermana de usted. Es
-una persona tan encantadora como distinguida. Verdaderamente deploro
-con toda mi alma el altercado que tuvimos aquel día. En cuanto a
-las conjeturas fundadas en el desmayo de usted, se ha reconocido su
-falsedad. Comprendo la indignación de usted. Ahora que su familia vive
-en San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a cambiar de domicilio?
-
---No, no por el momento. Había venido a preguntar... Creí encontrar
-aquí a Zametoff.
-
---¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; lo he oído decir. Pues bien:
-Zametoff no está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido; nos ha dejado
-ayer, y antes de su partida ha habido entre él y nosotros un fuerte
-altercado. Es un galopín sin consistencia; nada más. Había hecho
-concebir algunas esperanzas; pero ha tenido la desgracia de frecuentar
-el trato de nuestra brillante juventud, y se le ha metido en la
-cabeza sufrir exámenes, para poder darse tono y echárselas de sabio.
-Hay que advertir que Zametoff no tiene nada de común con usted, con
-usted y con el señor Razumikin. Ustedes han abrazado la carrera de la
-ciencia, y los reveses de la fortuna no les arredran. Para ustedes
-los atractivos de la vida no valen nada; hacen la existencia austera,
-ascética, monacal, del hombre de estudio. Un libro, una pluma detrás de
-la oreja, una investigación científica, son cosas que bastan para la
-felicidad de ustedes. Yo mismo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted
-la correspondencia de Livingstone?
-
---No.
-
---Yo sí la he leído. Ahora el número de los nihilistas ha aumentado
-considerablemente, lo cual no es asombroso en una época como la
-nuestra. De usted para mí... ¿no es usted nihilista? Respóndame
-francamente.
-
---No.
-
---No tenga usted temor de ser franco conmigo, como lo sería consigo
-mismo. Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted creería que iba
-a decir la _amistad_?, pues se engaña. No es la amistad, sino el
-sentimiento del hombre y del ciudadano, el sentimiento de la humanidad
-y del amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un personaje oficial, un
-funcionario; pero no por eso debo dejar de sentir en mí el hombre
-y el ciudadano. ¿Hablaba usted de Zametoff? Pues bien, Zametoff es
-un muchacho que copia el _chic_ francés, que da ruido en los sitios
-sospechosos cuando ha bebido un vaso de _Champagne_ o de vino del Don.
-Ahí tiene usted a Zametoff. Quizá he sido un poco vivo con él, pero
-si mi indignación me ha llevado demasiado lejos, tuvo su origen en un
-sentimiento elevado: el celo por los intereses del servicio. Por otra
-parte, yo poseo un cargo, una posición, cierta importancia social; soy
-casado y padre de familia, y lleno mi deber de hombre y de ciudadano;
-en tanto que él, ¿qué es él? Permítame usted que se lo pregunte. Me
-dirijo a usted como a un hombre favorecido con los beneficios de la
-educación. Ahí tiene usted; las profesoras en partos, por ejemplo, se
-han multiplicado de un modo extraordinario.
-
-Raskolnikoff miró al oficial con aire asombrado. Las palabras de
-Ilia Petrovitch, que violentamente acababa de levantarse de la mesa,
-produjeron en su ánimo una impresión que él no se explicaba. Sin
-embargo, algo comprendía. En aquel momento preguntaba con los ojos a su
-interlocutor e ignoraba cómo acabaría todo aquello.
-
---Hablo de estas jóvenes que llevan el cabello corto a lo
-Tito--continuó el inagotable Ilia Petrovitch--. Yo las llamo profesoras
-en partos, y el nombre me parece muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen
-cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese enfermo, ¿cree usted que me
-dejaría tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je!
-
-Ilia Petrovitch se echó a reír encantado de su chiste.
-
---Admito la sed de instrucción; pero, ¿no se puede uno instruir sin
-dar en semejantes excesos? ¿Por qué ser insolente? ¿Por qué insultar
-a nobles personalidades, como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por qué
-me ha insultado, le pregunto a usted? Otra epidemia que hace terribles
-progresos, es la del suicidio. Se gasta uno todo lo que tiene, y
-en seguida se mata. Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos sabido
-últimamente que un señor recién llegado aquí acaba de poner fin a sus
-días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo se llama el caballero que
-se ha matado esta mañana en la Petersburgskeria?
-
---Svidrigailoff--dijo uno que se encontraba en la habitación inmediata.
-
-Raskolnikoff tembló.
-
---¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado la tapa de los sesos!
-
---¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff?
-
---Sí; en efecto, había venido hace poco. Acababa de perder a su esposa;
-era un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones muy escandalosas.
-Han encontrado sobre su cadáver un librito de notas en que estaban
-escritas estas palabras: «Muero en posesión de mis facultades; que
-no se acuse a nadie de mi muerte.» Este hombre tenía, según se dice,
-dinero. ¿De qué le conocía usted?
-
---¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz en su casa.
-
---¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar noticias acerca de él. ¿No tenía
-usted sospechas de su proyecto?
-
---Le vi ayer. Le encontré bebiendo vino... Nada sospeché.
-
-A Raskolnikoff le parecía que tenía una montaña sobre el pecho.
-
---¿Qué es eso? Se pone usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera de
-esta habitación!
-
---Sí; ya es tiempo de que me vaya--balbuceó el joven--. Perdóneme usted
-si le he molestado.
-
---Nada de eso. Aquí estamos siempre a su disposición. Me ha causado
-gran placer y me complazco en declararlo.
-
-Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendió la mano al joven.
-
---Quería solamente... Tenía un asunto que tratar con Zametoff.
-
---Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto.
-
---También yo lo he tenido... Hasta la vista--dijo Raskolnikoff
-sonriendo.
-
-Salió tambaleándose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas podía tenerse
-en pie, y, al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse en la pared
-para no caerse. Le pareció que un _dvornik_, que se dirigía al despacho
-de policía, tropezaba con él al pasar; que un perro ladraba en una
-habitación del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar
-al animal. Llegado al pie de la escalera, entró en el patio. Erguida,
-no lejos de la puerta, Sonia, pálida como la muerte, le miraba con
-asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorcía las manos;
-su fisonomía expresaba la más terrible desesperación. Al verla,
-Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con qué sonrisa! Un instante después volvía
-a entrar en la oficina de policía.
-
-Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de él se hallaba
-el mismo _mujik_ que un momento antes había tropezado con Raskolnikoff
-en la escalera.
-
---¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
-
-Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanzó
-lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con la mano en la mesa
-ante la cual estaba sentado el oficial de policía, quiso hablar, pero
-no pudo pronunciar más que sonidos ininteligibles.
-
---¿Está usted enfermo? ¡Una silla! Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua!
-
-Raskolnikoff se dejó caer en el asiento que se le ofrecía; pero sus
-ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba
-una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en
-silencio. Trajeron agua.
-
---Yo soy...--empezó a decir Raskolnikoff.
-
---Beba usted.
-
-El joven rechazó con un ademán el vaso que le presentaban, y en voz
-baja pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas veces, la siguiente
-declaración:
-
---_Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja
-prestamista y a su hermana Isabel._
-
-Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas partes.
-
-Raskolnikoff repitió su confesión.
-
-
-
-
-EPILOGO
-
-
-I
-
-Siberia. A la orilla de un río ancho y desierto se levanta una ciudad,
-uno de los centros administrativos de Rusia. En la ciudad hay una
-fortaleza; en la fortaleza una prisión. En la prisión está, desde hace
-nueve meses, Rodión Romanovitch Raskolnikoff, condenado a trabajos
-forzados (segunda categoría). Cerca de diez y ocho meses han pasado
-desde el día que cometió su crimen.
-
-En la instrucción de su proceso no hubo apenas dificultades. El
-culpable renovó sus confesiones con tanta fuerza como claridad y
-precisión, sin confundir las circunstancias, sin suavizar el horror,
-sin falsear los hechos, sin olvidar el menor detalle. Hizo una relación
-completa del asesinato, esclareció el misterio del objeto encontrado en
-manos de la vieja (se recordará que era un trozo de madera junto con
-una placa de hierro), contó cómo había tomado las llaves del bolsillo
-de la víctima, describió estas llaves y describió también el asesinato
-de Isabel, que hasta entonces había sido un enigma. Contó cómo Koch
-había venido y llamado a la puerta, y cómo, después de él, había
-llegado un estudiante. Refirió minuciosamente la conversación habida
-entre los dos hombres; cómo, en seguida, el asesino se había lanzado a
-la escalera y había oído los gritos de Mikolai y de Milka, ocultándose
-en el cuarto vacío y dirigiéndose después a su casa. Finalmente, en
-cuanto a los objetos robados, manifestó que los había enterrado debajo
-de una piedra en un corral que daba a la perspectiva Ascensión. Se
-encontraron allí, en efecto. En una palabra, todo se esclareció. Lo
-que, entre otras cosas, asombraba a los jueces, fué la circunstancia
-de que el asesino, en vez de aprovecharse de los objetos robados a
-la víctima, fuese a ocultarlos bajo una piedra. Todavía comprendían
-menos que, no solamente no se acordase de los objetos robados por él,
-sino que hasta se engañase acerca de su número. Se encontraba, sobre
-todo, inverosímil que no hubiera abierto una sola vez la bolsa, y que
-ignorase el contenido de ella. (Encerraba ésta trescientos diez y siete
-rublos y tres monedas de veinte kopeks cada una; a consecuencia de
-haber sido enterrados largo tiempo, los billetes se habían deteriorado
-considerablemente.) Se procuró adivinar por qué únicamente sobre
-este punto mentía el acusado, cuando en todo lo demás había dicho
-espontáneamente la verdad. En fin, algunos, principalmente entre los
-psicólogos, admitieron como posible que, en efecto, no hubiera abierto
-la bolsa; y que, por consiguiente, se hubiera desembarazado de ella
-sin saber lo que contenía; pero sacaron asimismo la conclusión de
-que el crimen había sido necesariamente cometido bajo la influencia
-de una locura momentánea. El culpable--dijeron--ha cedido a la
-monomanía morbosa del asesinato y del robo, sin objeto ulterior, sin
-cálculo interesado. Era aquella ocasión excelente para sostener la
-teoría moderna de la alienación temporal, teoría con la que se busca
-actualmente tan a menudo explicar los actos de ciertos criminales.
-Además, numerosos testigos habían declarado que Raskolnikoff padecía
-hipocondría. Estos testigos eran; el doctor Zosimoff, los antiguos
-compañeros del acusado, su patrona, los criados, etc. Todo esto
-daba muchos fundamentos para pensar que Raskolnikoff no era un
-asesino vulgar, un malhechor ordinario, sino que había alguna otra
-cosa en aquel proceso. Con gran despecho de los partidarios de esta
-opinión, el culpable no se cuidó de defenderse. Interrogado acerca
-de los motivos que habían podido inducirle al asesinato y al robo,
-declaró con brutal franqueza que había sido impulsado por la miseria.
-Esperaba--dijo--encontrar en casa de su víctima lo menos tres mil
-rublos, y contaba con esta suma asegurar sus primeros pasos en la
-vida; su carácter ligero y bajo, agriado por las privaciones y las
-contrariedades, había hecho de él un asesino. Cuando se le preguntó
-por qué había ido a denunciarse, respondió redondamente que había
-representado la farsa del arrepentimiento. Todo aquello era casi
-cínico...
-
-Sin embargo, la sentencia fué menos severa de lo que se hubiera
-podido presumir en relación con el crimen cometido. Quizá causó
-buena impresión que el reo, lejos de disculparse, procurase, por el
-contrario, empeorar su situación. Fueron tomadas en consideración todas
-las extrañas particularidades de la causa. El estado de enfermedad y
-estrechez en que se encontraba el acusado antes de la comisión de su
-delito, no dejaba lugar a la menor duda. Como no se había aprovechado
-de los objetos robados, se supuso, o que los remordimientos se lo
-habían impedido, o que sus facultades intelectuales no estaban intactas
-cuando cometió el hecho. El asesinato, en modo alguno premeditado, de
-Isabel, suministró un argumento en apoyo de esta última hipótesis: un
-hombre comete dos asesinatos, y se olvida al mismo tiempo de que la
-puerta está abierta. Por último, había ido a denunciarse en el momento
-en que las falsas confesiones de un fanático de espíritu desequilibrado
-(Mikolai), acababan de desviar completamente la instrucción, y cuando
-la justicia estaba a cien leguas de sospechar quién era el verdadero
-culpable. (Porfirio Petrovitch cumplió fielmente su palabra.) Todas
-estas circunstancias contribuyeron a suavizar la severidad del
-veredicto.
-
-Por otra parte, los debates dieron a conocer muchos hechos en favor del
-acusado. Documentos facilitados por el antiguo estudiante Razumikin
-demostraron que, estando en la Universidad, Raskolnikoff había
-compartido sus escasos recursos con un compañero pobre y enfermo.
-Este último había muerto, dejando en la miseria a un padre enfermo,
-del cual era, desde la edad de trece años, único sostén. Raskolnikoff
-había hecho entrar al viejo en un asilo, y más tarde había costeado los
-gastos de su entierro. El testimonio de la viuda Zarnitzin, fué también
-muy favorable al acusado. Declaró que, en la época en que habitaba en
-los Cinco Rincones con su inquilino, habiéndose declarado un incendio
-una noche en cierta casa, Raskolnikoff, con riesgo de su vida, salvó
-de las llamas a dos niños pequeños, sufriendo graves quemaduras al
-realizar tal acto de valor. Se abrió una indagatoria a propósito de
-este hecho, y numerosos testigos certificaron la exactitud de él.
-En una palabra, el tribunal, teniendo en cuenta las confesiones del
-culpable, así como sus buenos antecedentes, le condenó tan sólo a ocho
-años de trabajos forzados (segunda categoría).
-
-Desde la apertura de la vista, la madre de Raskolnikoff estaba mala.
-Dunia y Razumikin encontraron medio de alejarla de San Petersburgo
-durante todo el tiempo del proceso. Razumikin eligió una ciudad de
-la línea férrea, y a poca distancia de la capital; así podía seguir
-asiduamente las audiencias y ver a Advocia Romanovna. La enfermedad
-de Pulkeria Alexandrovna era una afección nerviosa bastante extraña,
-con desarreglo, a lo menos parcial, de las facultades mentales. De
-vuelta en su domicilio, después de la última entrevista con su hermano,
-Dunia había encontrado con mucha fiebre a su madre, y con delirio.
-Aquella misma noche se puso de acuerdo con Razumikin acerca de lo que
-había de responder cuando Pulkeria Alexandrovna pidiese noticias de
-Raskolnikoff; a tal fin inventaron una historia, esto es, que Rodia
-había sido enviado muy lejos a los confines de Rusia, con una misión
-que debía reportarle mucho honor y provecho. Pero, con gran sorpresa
-de los jóvenes, ni entonces, ni después, la madre les preguntó nada
-acerca de este asunto. Ella misma se había forjado en la imaginación
-una novela, a fin de explicar la brusca desaparición de su hijo.
-Contaba llorando la visita de despedida que éste le había hecho, con
-cuyo motivo daba a entender que ella solamente conocía circunstancias
-misteriosas y muy graves; Rodia se veía obligado a ocultarse, porque
-tenía enemigos muy poderosos; por lo demás, no dudaba de que el
-porvenir de su hijo fuese muy brillante, y de que ciertas dificultades
-serían vencidas. Aseguraba a Razumikin que, con el tiempo, su hijo
-llegaría a ser un hombre de Estado: tenía prueba de ello en el artículo
-que el joven había escrito, y que denotaba un talento literario
-inagotable. Leía sin cesar este artículo, a veces hasta en alta voz;
-podía decirse que dormía con él; sin embargo, no preguntaba jamás dónde
-se encontraba Rodia, aunque el cuidado mismo que se ponía para evitar
-esta conversación hubiese podido parecerle sospechoso. El extraño
-silencio de Pulkeria Alexandrovna sobre ciertos puntos, acabó por
-inquietar a Dunia y a Razumikin. Aquélla no se quejaba de que su hijo
-no la escribiese, siendo así, que antes, en su ciudad natal, esperaba
-con impaciencia suma las cartas de su querido Rodia. Tan inexplicable
-era esta última circunstancia, que Dunia llegó a alarmarse. A la
-joven le ocurrió la idea de que su madre tenía el presentimiento de
-una terrible desgracia ocurrida a Rodia, y de que no se atrevía a
-preguntar, temerosa de saber todavía alguna cosa peor. De todos modos,
-Dunia veía muy claramente que su madre tenía trastornado el cerebro.
-
-Dos veces, sin embargo, condujo la conversación de tal manera, que
-fué imposible responderle sin indicar en dónde se encontraba Rodia. A
-continuación de las respuestas necesariamente equívocas y difíciles que
-se le dieron, cayó en profunda tristeza; durante muy largo tiempo se le
-vió sombría y taciturna como nunca había estado. Dunia, al cabo, llegó
-a advertir que las mentiras y las historias inventadas iban contra su
-propósito, y que lo mejor era encerrarse en un silencio absoluto sobre
-ciertos puntos; pero llegó a ser cada vez más evidente para ella que
-Pulkeria Alexandrovna sospechaba algo espantoso. Dunia sabía fijamente
-(su hermano se lo había contado) que su madre la oyó hablar en sueños
-la noche siguiente a su entrevista con Svidrigailoff. Las palabras que
-en el delirio se le escaparon a la joven, ¿no habrían derramado una
-luz siniestra en el espíritu de la pobre mujer? A menudo, después de
-días, y aun de semanas de continuo mutismo y de lágrimas silenciosas,
-se producía en la enferma una especie de exaltación histérica. Se
-ponía de repente a hablar alto, sin interrumpirse, de su hijo, de
-sus esperanzas y del porvenir... sus imaginaciones eran a veces muy
-extrañas. Se fingía ser de su opinión (quizá no era del todo engañoso
-este sentimiento); sin embargo, no cesaba de hablar.
-
-La sentencia fué pronunciada cinco meses después de la confesión hecha
-por el criminal a Ilia Petrovitch. En cuanto fué posible, Razumikin
-visitó al condenado en la cárcel. Sonia le visitó también. Llegó al
-fin el momento de la separación. Dunia juró a su hermano que esta
-separación no sería eterna; Razumikin se expresó del mismo modo. El
-animoso joven tenía un proyecto firmemente formado en su espíritu;
-cuando ahorrase algún dinero, durante tres o cuatro años se trasladaría
-a Siberia, país en que tantas riquezas no esperan otra cosa, para ser
-puestas en circulación, que capitales y brazos. Allí se establecería,
-en la ciudad en que estuviese Rodia, y juntos comenzarían una nueva
-vida. Todos lloraban al decirse adiós. Desde hacía algunos días,
-Raskolnikoff se mostraba muy preocupado, multiplicaba las preguntas
-acerca de su madre, inquietándose continuamente por ella. Esta
-excesiva preocupación de su hermano daba pena a Dunia. Cuando el joven
-se hubo enterado con más detalles del estado enfermizo de Pulkeria
-Alexandrovna, se puso extremadamente sombrío. Con Sonia estaba siempre
-taciturno. Provista del dinero que Svidrigailoff le había entregado,
-la joven se hallaba dispuesta, desde hacía mucho tiempo, a acompañar
-el convoy de presos de que había de formar parte Raskolnikoff. Nunca
-había mediado una palabra sobre este particular entre ella y él; pero
-ambos sabían que sería así. En el momento de la última despedida, el
-condenado se sonrió de un modo extraño al oír hablar a su hermana y a
-Razumikin del próspero porvenir que se abriría para ellos después de su
-salida del presidio. Preveía que la enfermedad de su madre no tardaría
-en conducirla al sepulcro.
-
-Dos meses después, Dunia se casó con Razumikin. Sus bodas fueron
-tranquilas y tristes. Entre los invitados se encontraron Porfirio
-Petrovitch y Zosimoff. Algún tiempo después, todo denotaba en Razumikin
-una resolución enérgica. Dunia creía ciegamente que realizaría todos
-sus designios, y no podía menos de creerlo, porque veía en él una
-voluntad de hierro. Comenzó por entrar de nuevo en la Universidad a fin
-de terminar sus estudios. Los dos esposos elaboraban sin cesar planes
-para el porvenir; tenían uno y otra la firme resolución de emigrar a
-Siberia en un plazo de cinco años. En tanto contaban con que Sonia los
-reemplazaría cerca del condenado...
-
-Pulkeria Alexandrovna concedió, con alegría, la mano de su hija a
-Razumikin; pero después de este matrimonio, pareció más triste y
-preocupada. Para proporcionarle un momento agradable, Razumikin le
-contó la noble conducta de Raskolnikoff, a propósito del estudiante y
-de su anciano padre, y le refirió también cómo el año anterior Rodia
-había expuesto la vida para salvar a dos niños que estaban a punto de
-perecer en un incendio. Estos relatos exaltaron, hasta el más alto
-grado, el ya turbado espíritu de Pulkeria Alexandrovna. Desde entonces
-no hablaba más que de ello, y hasta en la calle refería tales hechos a
-los transeuntes, aunque la acompañaba siempre Dunia. En los ómnibus,
-en los almacenes, en todas partes en donde se encontraba un oyente
-benévolo, hablaba de su hijo, del artículo de su hijo, de la caridad
-de su hijo con un estudiante, de la valerosa abnegación de que había
-dado pruebas su hijo en un incendio, etc. Dunia no sabía cómo hacerla
-callar. Esta morbosa locuacidad no carecía de peligros: además de que
-agotaba las fuerzas de la pobre mujer, podía ocurrir que alguno, oyendo
-alabar de Raskolnikoff, se pusiese a hablar del proceso. Pulkeria
-Alexandrovna averiguó las señas de la mujer cuyos hijos habían sido
-salvados por el suyo, y quiso resueltamente ir a verlos. Finalmente, su
-exaltación llegó a los últimos límites. A veces se echaba de repente a
-llorar, y a veces tenía accesos de fiebre, durante los cuales deliraba.
-Una mañana declaró redondamente que, según sus cálculos, Rodia debía
-volver muy pronto, porque cuando se despidió de ella le había anunciado
-su vuelta en un plazo de nueve meses. Comenzó entonces a prepararlo
-todo en la casa, en atención a la próxima llegada de su hijo,
-destinándole su propia habitación; quitó el polvo a los muebles, fregó
-el suelo, cambió las cortinas, etc. Dunia estaba desolada, pero no
-decía nada, y hasta ayudaba a su madre en estas diversas ocupaciones.
-Después de un día lleno todo él de locas visiones, de sueños gozosos y
-de lágrimas, Pulkeria Alexandrovna se vió acometida de una fiebre alta
-y murió al cabo de quince días. Varias palabras pronunciadas por la
-enferma durante su delirio, hicieron creer que había casi adivinado el
-terrible secreto que con tanto trabajo trataron de ocultarle.
-
-Por mucho tiempo ignoró Raskolnikoff la muerte de su madre, aunque
-por mediación de Sonia recibiese regularmente noticias de su familia.
-Cada mes enviaba la joven una carta dirigida a Razumikin, y cada mes
-se le respondía de San Petersburgo. Las cartas de Sonia parecieron
-en un principio, a Dunia y Razumikin, algo secas e insuficientes;
-pero más tarde comprendieron que era imposible escribirlas mejores,
-puesto que encontraban en ellas datos completos y precisos acerca de
-la situación de su desgraciado hermano. Sonia describía, de una manera
-muy sencilla y muy clara, la existencia de Raskolnikoff en la prisión.
-No hablaba de ella ni de sus propias esperanzas ni de sus conjeturas
-respecto al porvenir, ni de sus sentimientos personales. En vez de
-explicar el estado moral, la vida interior del condenado, se limitaba
-a citar hechos, es decir, las mismas palabras pronunciadas por él.
-Daba noticias detalladas acerca de su salud, decía qué deseos le había
-manifestado él, qué preguntas le había dirigido, qué encargos le había
-hecho durante sus entrevistas, etc.
-
-Pero estos datos, por minuciosos que fuesen, no eran, empero, en los
-primeros tiempos sobre todo, muy consoladores. Dunia y su marido
-supieron, por la correspondencia de Sonia, que su hermano seguía
-siempre sombrío y taciturno. Cuando la joven le comunicaba noticias
-recibidas de San Petersburgo, apenas si prestaba atención; algunas
-veces se informaba de su madre, y cuando Sonia, viendo que el preso
-adivinaba la verdad, le hizo saber la muerte de Pulkeria Alexandrovna,
-observó con gran sorpresa que se había quedado poco menos que
-impasible. «Aunque parezca absorto en sí mismo y como extraño a todo
-lo que le rodea--escribía, entre otras cosas, Sonia--se hace cargo
-de su vida nueva, comprende muy bien su situación; ni espera nada
-mejor de aquí a largo tiempo, ni acaricia frívolas esperanzas, ni
-experimenta casi ningún asombro en este nuevo medio que tanto difiere
-del antiguo... Su salud es satisfactoria. Va al trabajo sin repugnancia
-y sin apresuramiento. Es casi indiferente a la comida; pero, excepto
-los domingos y los días de fiesta, esta nutrición es tan mala, que ha
-consentido en aceptar de mí algún dinero para procurársela todos los
-días. En cuanto a lo demás, me suplica que no me inquiete, porque,
-según asegura, le es desagradable que se ocupen de él.» «En la
-cárcel--se leía en otra carta--, está instalado con los otros presos;
-no he visitado el interior de la fortaleza, pero tengo motivos para
-creer que se está allí muy mal, muy estrechamente y en condiciones muy
-insalubres. Duerme en una cama de campaña, cubierto con una alfombra
-de fieltro, y no quiere otro lecho. Si rehusa hacer todo lo que podría
-proporcionarle su existencia material menos dura y menos grosera,
-no es, en lo más mínimo, en virtud de sus principios ni de una idea
-preconcebida, sino, sencillamente, por apatía, por indiferencia.» Sonia
-confesaba que, al principio, sobre todo, sus visitas, en vez de causar
-placer a Raskolnikoff, le producían una especie de irritación; no salía
-de su mutismo más que para decir groserías a la joven. Más tarde, es
-verdad, dichas visitas habían llegado a ser para él una costumbre, casi
-una necesidad, hasta el punto de que había estado muy triste cuando
-una indisposición de algunos días obligó a Sonia a interrumpirlas. Los
-días de fiesta se veían, ya en la puerta de la prisión, ya en el cuerpo
-de guardia, a donde se enviaba algunos minutos al prisionero, cuando
-la joven le hacía llamar. En tiempo ordinario, Sonia iba a buscarle al
-trabajo en los talleres, en las tejerías, en los tinglados establecidos
-a las orillas del Irtych. En lo tocante a ella, Sonia decía que había
-logrado crearse relaciones en su nueva residencia; que se ocupaba en
-coser, y que, no habiendo en la ciudad casi ninguna modista, se había
-hecho una buena clientela. Lo que callaba era que había atraído sobre
-Raskolnikoff el interés de la autoridad, y que, gracias a ella, se le
-dispensaba de los trabajos más penosos, etcétera. En fin, Razumikin y
-Dunia recibieron aviso de que Raskolnikoff esquivaba a todo el mundo;
-que sus compañeros de cadena no le querían; que permanecía silencioso
-durante horas enteras, y que, de día en día, su palidez era cada vez
-mayor. Dunia había notado ya cierta inquietud en las últimas cartas de
-Sonia, la cual no tardó en escribir diciendo que el condenado había
-caído gravemente enfermo, y que había sido llevado al hospital de la
-prisión...
-
-
-II
-
-Estaba enfermo desde hacía algún tiempo; pero lo que había quebrantado
-sus fuerzas no era ni el horror de la prisión, ni el trabajo, ni la
-mala alimentación, ni la vergüenza de tener la cabeza rapada e ir
-vestido de harapos. ¡Oh! ¿qué le importaban a él tales tribulaciones
-y miserias? Lejos de ello, estaba contento de tener que trabajar. La
-fatiga física le producía algunas horas de sueño agradable, y, ¿qué
-significaba para él el rancho, aquella mala sopa de coles en que solía
-encontrar hasta escarabajos? En otro tiempo, siendo estudiante, se
-hubiera dado algunas veces por muy contento de tener tal comida. Sus
-vestidos eran de abrigo y a propósito para aquel género de vida; en
-cuanto a la cadena, apenas si sentía el peso. Quedaba la humillación de
-tener la cabeza afeitada y llevar el uniforme del presidio; pero, ¿ante
-quién habría de ruborizarse? ¿Ante Sonia? La joven tenía miedo de él;
-¿cómo había de ruborizarse ante ella?
-
-Sin embargo, le daba vergüenza de la misma Sonia; por esta razón se
-mostraba brutal y despreciativo en sus relaciones con la joven. Pero
-no procedía esta vergüenza ni de su cabeza rapada, ni de su cadena. Su
-orgullo había sido cruelmente herido, y Raskolnikoff estaba enfermo
-de esta herida, ¡Oh, qué feliz habría sido si hubiera podido acusarse
-a sí mismo! Entonces lo hubiera soportado todo, hasta la vergüenza
-y el deshonor. Pero en vano se examinaba severamente; su conciencia
-endurecida no encontraba en su pasado ninguna falta que pudiera
-ocasionarle grandes remordimientos. Solamente se echaba en cara haber
-fracasado, cosa que podía ocurrir a todo el mundo. Lo que le humillaba,
-era verse él, Raskolnikoff, perdido tontamente, sin esperanza de
-rehabilitación, por una sentencia del ciego destino, y debía someterse,
-resignarse al absurdo de esa sentencia, si quería encontrar un poco de
-calma.
-
-Una inquietud sin objeto y sin fin en el presente, un sacrificio
-continuo y estéril en el porvenir; esto es lo que le quedaba en la
-tierra. Vano consuelo para él decirse que, dentro de ocho años,
-no tendría más que treinta y dos, y que, en esta edad, podría aún
-recomenzar la vida. ¿Para qué vivir? ¿Con qué objeto? ¿Con qué fin?
-¿Vivir para existir? En todo momento había estado pronto a dar su
-existencia por una idea, por una esperanza, por un capricho. Había
-hecho siempre poco caso de la existencia pura y sencilla; siempre había
-mirado más allá. Quizá la fuerza sólo de los deseos le había hecho
-creer en otro tiempo que era uno de esos hombres a quienes les está
-permitido más que a los otros.
-
-Menos mal si el destino le hubiese enviado el arrepentimiento, el
-punzante arrepentimiento que rompe el corazón, que quita el sueño; el
-arrepentimiento cuyos tormentos son tales, que el hombre se ahoga o se
-ahorca para librarse de ellos. ¡Oh! Los hubiera acogido con felicidad.
-Sufrir y llorar es todavía vivir; pero no se arrepentía de su crimen.
-
-Por lo menos hubiera podido echarse en cara su tontería, como se había
-reprochado en otro tiempo las acciones estúpidas y odiosas que le
-habían conducido a presidio. Pero ahora, que en el vagar de la prisión
-reflexionaba de nuevo sobre toda su conducta pasada, no la encontraba
-tan odiosa ni tan estúpida como le había parecido en otro tiempo.
-
-«¿Es que--pensaba--mi idea era más tonta que las otras ideas y teorías
-que batallan en el mundo desde que el mundo existe? Basta considerar
-las cosas desde un punto de vista amplio, independiente, libre de los
-prejuicios del día, y, entonces ciertamente, mi idea no parecerá tan
-extraña. ¡Oh espíritus sedicentes, libres de prejuicios, filósofos de
-cinco kopeks! ¿por qué os detenéis a la mitad del camino?
-
-»¿Y por qué les parece tan fea mi conducta?--se preguntaba--. ¿Por
-qué es un crimen? ¿Qué significa la palabra crimen? Mi conciencia
-está tranquila. Sin duda he cometido una acción ilícita, he violado
-la letra de la ley y he vertido sangre... Pues bien, tomad mi cabeza.
-Cierto es que, en este caso, aun los bienhechores de la humanidad, de
-aquellos a quienes el poder no ha venido por herencia, sino que se han
-apoderado de él a viva fuerza, hubieran debido desde sus comienzos ser
-entregados al suplicio. Pero estas personas han ido hasta el fin, y
-esto es lo que las justifica, en tanto que yo no he sabido continuar;
-por consiguiente, no tenía el derecho de comenzar.»
-
-Unicamente se reconocía un error: el de haber cometido la debilidad de
-ir a denunciarse.
-
-Pero un pensamiento le atormentaba también: ¿por qué no se había
-matado? ¿Por qué, más bien que arrojarse al agua, había preferido
-entregarse a la policía? ¿Es el amor de la vida un sentimiento tan
-difícil de vencer? Svidrigailoff, sin embargo, había triunfado de él.
-
-Se planteaba dolorosamente esta cuestión y no podía comprender que,
-cuando enfrente del Neva, pensaba en el suicidio, quizá era que
-presentía en sí y en sus convicciones un error profundo. No comprendía
-que este pensamiento pudiese contener en germen un nuevo concepto de la
-vida, que pudiese ser el preludio de una revolución en su existencia,
-la prenda de su resurrección.
-
-Admitía más bien que había cedido entonces por cobardía y defecto de
-carácter a la fuerza brutal del instinto. El espectáculo ofrecido
-por sus compañeros de presidio le asombraba. ¡Cómo amaban todos
-ellos la vida! ¡Cómo la apreciaban! Parecía a Raskolnikoff que este
-sentimiento era más vivo en el preso que en el hombre libre. ¡Qué
-terribles sufrimientos padecían aquellos desgraciados, los vagabundos,
-por ejemplo! ¿Era posible que un rayo de sol, un bosque sombrío, una
-fuente fresca, tuviesen tanto valor a sus ojos? A medida que los fué
-estudiando, descubrió hechos aún más inexplicables.
-
-En el penal, en el ambiente que le rodeaba, se le escapaban, sin
-duda, muchas cosas; además, no quería fijar su atención en nada.
-Vivía, por decirlo así, sin levantar jamás los ojos, porque encontraba
-insoportable el mirar en su derredor. Pero, a la larga, muchas
-circunstancias le chocaron, e involuntariamente comenzó a advertir
-lo que ni siquiera había sospechado antes. En general, lo que más
-le asombraba, era el abismo espantoso, infranqueable, que existía
-entre él y toda aquella gente. Hubiérase dicho que pertenecían él y
-ellos a naciones diferentes. Se miraban con desconfianza y hostilidad
-recíprocas. Sabía y comprendía las causas generales de este fenómeno;
-pero, hasta entonces, jamás las había supuesto tan fuertes ni tan
-profundas. Además de los criminales de derecho común, había en la
-fortaleza polacos enviados a Siberia por delitos políticos. Estos
-últimos consideraban como brutos a sus compañeros de cadena, para los
-cuales no tenían más que desprecio; pero Raskolnikoff no participaba
-de esta manera de ver; advertíase muy bien que, bajo muchos aspectos,
-aquellos brutos eran más inteligentes que los mismos polacos. Había
-allí también rusos (un antiguo oficial y dos seminaristas), que
-despreciaban a la plebe de la prisión. Raskolnikoff advertía igualmente
-el error de ellos.
-
-En cuanto a él, no se le amaba, se le esquivaba; hasta se acabó por
-odiarle; ¿por qué? Lo ignoraba. Los malhechores, cien veces más
-culpables que él, le despreciaban y hacíanle objeto de sus burlas; su
-crimen era el blanco de sus sarcasmos.
-
---Tú, tú no eres un _barin_--le decían--. ¿Por qué has asesinado a
-hachazos? Eso no es propio de un _barin_.
-
-En la segunda semana de la gran Cuaresma, tuvo que asistir a las
-funciones religiosas con todos los de su cuadra. Fué a la iglesia y
-oró como los otros. Un día, sin que se supiese por qué motivo, sus
-compañeros estuvieron a punto de hacerle una mala partida. De repente
-se vió asaltado por ellos.
-
---Tú eres un ateo.
-
---Tú no crees en Dios--gritaban los forzados.
-
---Hay que matarle.
-
-Jamás él les había hablado ni de Dios, ni de la religión, y, sin
-embargo, querían matarle por ateo. Raskolnikoff no les respondió ni una
-palabra. Un forzado, en el colmo de la exasperación, se lanzó sobre
-él; el joven, tranquilo y silencioso, le esperó sin pestañear, sin que
-ningún músculo de su rostro temblase. Un cabo de varas se interpuso a
-tiempo entre él y el asesino. Un instante más, y hubiera corrido la
-sangre.
-
-Existía otra cuestión que no acertaba a resolver: ¿por qué amaban todos
-tanto a Sonia? La joven no trataba de ganarse sus voluntades; no tenían
-a menudo ocasión de encontrarla. Sólo la veían alguna vez que otra en
-los patios o en el taller, cuando venía a pasar algunos minutos al lado
-del preso. Sin embargo, todos la conocían. No ignoraban que le había
-seguido; sabían cómo vivía y dónde estaba alojada. La joven no les daba
-dinero, apenas les prestaba, propiamente hablando, servicio alguno;
-solamente una vez, por Nochebuena, hizo un regalo a toda la prisión:
-pasteles y _kalatschi_[20]; pero, poco a poco, entre ellos y Sonia se
-establecieron ciertas relaciones más íntimas. Escribía, por encargo
-de ellos, cartas a sus familias, y las ponía en el correo. Cuando sus
-parientes venían a la ciudad, era en manos de Sonia en las que, por
-recomendación de los mismos forzados, dejaban los objetos y hasta el
-dinero destinado a ellos. Las mujeres y las amantes de los detenidos
-la conocían e iban a su casa. Cuando visitaba a Raskolnikoff en el
-trabajo, o en medio de sus compañeros, o encontraba un grupo de presos
-que se dirigían a la obra, todos se quitaban los gorros y se inclinaban
-saludándola:
-
- [20] Panecillos blancos.
-
---_Matuchka_, Sofía Semenovna, tú eres nuestra tierna y querida
-madre--decían aquellos presidiarios brutales a la pequeña y débil
-criatura.
-
-Ella les saludaba sonriendo, y a todos les agradaba su sonrisa. Amaban
-hasta su manera de andar, y se volvían para seguirla con los ojos
-cuando se alejaba. ¡Y qué alabanzas le dirigían! Hasta la elogiaban
-por ser pequeñita de cuerpo; no sabían cómo ensalzarla, y aun la
-consultaban en sus enfermedades.
-
-Raskolnikoff pasó en el hospital todo el fin de la Cuaresma y la
-semana de Pascuas. Al recobrar la salud se acordó de los sueños que
-había tenido en su delirio. Le parecía ver el mundo entero asolado
-por un azote terrible y sin precedentes, que, viniendo del fondo
-de Asia, había caído sobre Europa. Todos debían perecer, excepto
-un número reducidísimo de privilegiados. Microbios de una nueva
-especie, seres microscópicos, se introducían en los cuerpos humanos.
-Pero estos seres estaban dotados de inteligencia y de voluntad. Los
-individuos atacados por ellos se ponían al instante locos furiosos.
-Sin embargo, ¡cosa extraña! nunca hombre alguno se habría creído
-tan sabio, tan seguramente en posesión de la verdad, como se creían
-aquellos infortunados. Jamás nadie había tenido más confianza en
-la infalibilidad de sus juicios, en la solidez de sus conclusiones
-científicas y de sus principios morales. Aldeas, ciudades, pueblos
-enteros, estaban atacados de este mal y perdían la razón. Estaban
-todos agitados y fuera de estado de comprenderse entre ellos. Cada
-cual creía poseer solo la verdad, y al observar a sus semejantes se
-entristecía, se golpeaba el pecho, lloraba y se retorcía las manos. No
-podían entenderse acerca del bien y del mal; no se sabía qué condenar
-ni qué absolver. Los hombres se mataban entre sí, bajo la impulsión de
-una cólera ciega. Se reunían formando grandes ejércitos; pero una vez
-comenzada la campaña, la división aparecía bruscamente en las tropas,
-las filas se rompían, los guerreros se degollaban y se devoraban. En
-las ciudades sonaba a todas horas el toque de rebato; mas, ¿para qué
-esta alarma? ¿Con qué propósito? Nadie lo sabía y todo el mundo estaba
-inquieto. Se abandonaban los más ordinarios oficios, porque cada
-cual proponía sus ideas, sus reformas, y nadie se ponía de acuerdo;
-la agricultura estaba abandonada; aquí y allá la gente se reunía en
-grupos, entendiéndose para una acción común y jurando no separarse;
-pero un instante después olvidaban la resolución que habían tomado, y
-comenzaban a acusarse, a pegarse y a matarse. Los incendios y el hambre
-contemplaban este triste cuadro. Hombres y cosas, todo perecía. Aquel
-azote se extendía más y más. Solamente podían salvarse algunos hombres
-puros, predestinados a rehacer el género humano, a renovar la vida y
-a purificar la tierra; pero nadie veía a estos hombres, nadie oía sus
-palabras ni su voz.
-
-Aquellos sueños absurdos dejaban en el ánimo de Raskolnikoff una
-impresión penosa, que tardó mucho en borrarse. Llegó la segunda semana
-después de Pascuas; el tiempo era templado, sereno, verdaderamente
-primaveral; se abrieron las ventanas del hospital (ventanas enrejadas,
-bajo las cuales se paseaba un centinela). Durante toda la enfermedad
-de Raskolnikoff, Sonia no había podido hacerle más que dos visitas.
-Cada vez era preciso pedir una autorización, difícil de obtener; pero,
-a menudo, sobre todo a la caída de la tarde, se dirigía al patio del
-hospital, y durante un minuto estaba allí mirando a las ventanas. Un
-día por la tarde, el recluso, ya casi enteramente curado, se había
-dormido; al despertar se aproximó por casualidad a la reja, y vió a
-Sonia que, en pie, cerca de la puerta del hospital, parecía esperar
-algo. Al verla sintió como un golpe en el corazón, estremecióse
-convulsivamente y se alejó rápidamente de la ventana. Al día siguiente
-Sonia no vino, al otro tampoco. Raskolnikoff advirtió que la esperaba
-con ansiedad. Finalmente salió del hospital. Cuando volvió a la
-prisión, sus compañeros le dijeron que Sonia estaba mala y que no podía
-salir de casa.
-
-El joven se inquietó sobremanera, y envió a buscar noticias de la
-muchacha. Supo en seguida que la enfermedad no era peligrosa. Por su
-parte Sonia, sabiendo que Raskolnikoff se preocupaba tanto de su salud,
-le escribió con lápiz una carta, en que le informaba que estaba mucho
-mejor, que había pescado un ligero enfriamiento, y que no tardaría en
-ir a verle al trabajo. Al leer esta carta, el corazón de Raskolnikoff
-latió con violencia.
-
-El día era sereno y templado. A las seis de la mañana iba el joven
-a trabajar a la orilla del río, en donde se había establecido, bajo
-cobertizo, un horno de cocer alabastro. Unicamente tres obreros fueron
-enviados allí. Uno de ellos, acompañado de un capataz, fué a buscar
-un instrumento a la fortaleza; otro comenzó a calentar el horno.
-Raskolnikoff salió del cobertizo, se sentó en un banco de madera, y
-se puso a contemplar el río ancho y desierto. Desde la elevada orilla
-se descubría una gran extensión de terreno. A lo lejos, del otro lado
-de Irtych, resonaban cantos cuyos vagos ecos llegaban a los oídos del
-presidiario. Allá, en la inmensa estepa inundada de sol, aparecían como
-puntitos negros las tiendas de los nómadas. Aquello era la libertad;
-allí vivían otros hombres, que no se parecían en nada a los que le
-rodeaban; allá parecía que el tiempo no había marchado desde el tiempo
-de Abraham y sus rebaños. Raskolnikoff soñaba con los ojos fijos en
-aquella lejana visión; no pensaba en nada, aunque le oprimía una
-especie de inquietud.
-
-De repente se encontró en presencia de Sonia; la joven se le aproximó
-sin ruido y se sentó a su lado. Como empezaba a dejarse sentir el
-fresco de la mañana, Sonia llevaba su pobre y viejo _burnus_ y su
-pañuelo verde. Su rostro delgado y pálido daba testimonio de su
-reciente enfermedad. Al acercarse al preso, se sonrió con expresión
-amable y alegre, y con la timidez de costumbre le tendió la mano.
-
-Siempre se la ofrecía tímidamente y algunas veces no se atrevía a
-dársela, como si temiese verla rechazada; parecíale que ella se la
-estrechaba con repugnancia, y siempre tenía el aire huraño cuando la
-joven se acercaba; a veces, ésta no podía obtener de él una palabra.
-Había días en que temblaba ante él y se retiraba profundamente
-afligida; pero en esta ocasión se estrecharon durante largo rato las
-manos. Raskolnikoff miró rápidamente a Sonia. Nada dijo y bajó los
-ojos. Estaban solos. El cabo de varas se había alejado momentáneamente.
-
-De pronto, y sin que el presidiario supiese cómo había ocurrido
-aquello, una fuerza irresistible le arrojó a los pies de la joven y
-lloró abrazándole las rodillas. En el primer momento, Sonia, asustada,
-se puso intensamente pálida, se levantó con presteza, y temblorosa miró
-a Raskolnikoff; pero a él le bastó esta mirada para comprenderlo todo.
-En los ojos de la joven parecía resplandecer una felicidad inmensa; no
-había para ella duda de que Raskolnikoff la amaba con amor infinito.
-Había llegado, por fin, este momento...
-
-Quisieron hablar y no pudieron. Tenían lágrimas en los ojos. Ambos
-estaban pálidos y demacrados; pero sobre sus rostros enfermizos
-brillaba ya la aurora de un renacimiento completo. El amor les
-regeneraba; el corazón del uno encerraba una inagotable fuente de vida
-para el corazón del otro.
-
-Resolvieron esperar, tener paciencia. Les quedaban siete años que pasar
-en Siberia; ¡qué sufrimientos intolerables y qué infinita felicidad
-había de llenar para ellos aquel lapso de tiempo! Pero Raskolnikoff
-había resucitado, lo sabía y lo sentía en todo su ser, y Sonia no vivía
-más que para la vida de su amado.
-
-Por la noche, después que se hubo recogido a los reclusos, el joven
-se acostó en su camastro, y pensó en ella. Hasta le parecía que aquel
-día los presos, sus antiguos enemigos, le habían mirado con otros
-ojos. Les había dirigido primero la palabra y le habían respondido con
-afabilidad; se acordaba de esto ahora, le parecía natural. ¿Acaso no
-debía cambiar todo?
-
-Pensaba en ella. Se acordaba de los disgustos con que continuamente
-la había atormentado; veía con el pensamiento la carita pálida y
-delgada de Sonia; pero estos recuerdos eran un remordimiento para él.
-Comprendía con qué amor infinito iba a rescatar en adelante lo que
-había sufrido Sonia.
-
-Sí. ¿Qué significaban para él todas las miserias del pasado? En aquel
-primer día gozoso, de vuelta a la vida, todo, aun su crimen y su
-condena, y su relegación a Siberia, todo se le presentaba como un hecho
-extraño; casi dudaba de que todo aquello hubiera ocurrido realmente.
-Aquella noche se sintió incapaz de reflexionar detenidamente, de
-concentrar su atención en un objeto cualquiera, de resolver una
-cuestión con conocimiento de causa; sólo tenía sensaciones. La vida
-había substituído en él al razonamiento.
-
-Tenía el _Evangelio_ debajo de la almohada y lo tomó maquinalmente.
-Aquel libro pertenecía a Sonia. En él fué donde la joven le había leído
-la resurrección de Lázaro. Al principio de su cautividad esperaba una
-verdadera persecución religiosa por parte de la joven. Creía que le
-asediaría constantemente con el _Evangelio_; pero, con gran asombro
-suyo, ni una sola vez hizo recaer la conversación sobre este punto,
-ni una sola vez le ofreció aquel libro; él mismo fué quien lo pidió
-poco antes de su enfermedad, y ella se lo trajo sin decir una palabra.
-Raskolnikoff hasta entonces no lo había abierto.
-
-Ahora tampoco lo abrió; pero un pensamiento cruzó por su mente. «Sus
-convicciones, ¿pueden ser, al presente, las mías? ¿Puedo, yo, por lo
-menos, tener otros sentimientos, otras tendencias que ella?»
-
-Durante todo este día Sonia estuvo también muy agitada, y por la noche
-tuvo una recaída en la enfermedad; pero era tan feliz, y aquella
-felicidad era para ella una sorpresa tan grande, que casi le causaba
-espanto. ¡Siete años _solamente_! En la embriaguez de las primeras
-horas faltó poco para que ambos no considerasen estos siete años como
-siete días. Raskolnikoff ignoraba que la nueva vida no le sería dada de
-balde y que tendría que conquistarla al precio de penosos esfuerzos.
-
-Pero comienza aquí una segunda historia. La historia de la lenta
-renovación de un hombre, de su regeneración progresiva, de su paso
-gradual de una vida a otra... Esto podría ser el asunto de un nuevo
-relato; el que hemos querido ofrecer al lector, está terminado.
-
-
- FIN
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO ***
-
-***** This file should be named 61851-8.txt or 61851-8.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
- http://www.gutenberg.org/6/1/8/5/61851/
-
-Produced by Carlos Colón, the University of Toronto, the
-Internet Archive and the Online Distributed Proofreading
-Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from
-images made available by the HathiTrust Digital Library.)
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.
-
-Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
-so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
-States without permission and without paying copyright
-royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
-of this license, apply to copying and distributing Project
-Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
-concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
-and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
-specific permission. If you do not charge anything for copies of this
-eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
-performances and research. They may be modified and printed and given
-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-
-START: FULL LICENSE
-
-THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
-PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK
-
-To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
-distribution of electronic works, by using or distributing this work
-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
-Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
-www.gutenberg.org/license.
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
-Gutenberg-tm electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
-the terms of this agreement, you must cease using and return or
-destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
-possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
-Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
-by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
-person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
-1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
-agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
-United States and you are located in the United States, we do not
-claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
-displaying or creating derivative works based on the work as long as
-all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
-that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
-free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
-works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
-Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
-comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
-same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
-you share it without charge with others.
-
-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
-in a constant state of change. If you are outside the United States,
-check the laws of your country in addition to the terms of this
-agreement before downloading, copying, displaying, performing,
-distributing or creating derivative works based on this work or any
-other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
-representations concerning the copyright status of any work in any
-country outside the United States.
-
-1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:
-
-1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
-immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
-prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
-on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
-phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
-performed, viewed, copied or distributed:
-
- This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
- most other parts of the world at no cost and with almost no
- restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
- under the terms of the Project Gutenberg License included with this
- eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
- United States, you'll have to check the laws of the country where you
- are located before using this ebook.
-
-1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
-derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.
-
-1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
-
-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
-
-1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
-other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.
-
-1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
-performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
-unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.
-
-1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that
-
-* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
- the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
- you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
- within 60 days following each date on which you prepare (or are
- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
- Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
- Literary Archive Foundation."
-
-* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
- you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
- does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
- License. You must require such a user to return or destroy all
- copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
- all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
- works.
-
-* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.
-
-* You comply with all other terms of this agreement for free
- distribution of Project Gutenberg-tm works.
-
-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
-trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.
-
-1.F.
-
-1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
-Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
-contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
-or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
-intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
-other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
-cannot be read by your equipment.
-
-1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
-of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
-Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
-Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
-liability to you for damages, costs and expenses, including legal
-fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
-LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
-PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
-TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
-LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
-INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
-DAMAGE.
-
-1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
-defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
-receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
-written explanation to the person you received the work from. If you
-received the work on a physical medium, you must return the medium
-with your written explanation. The person or entity that provided you
-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
-lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
-or entity providing it to you may choose to give you a second
-opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.
-
-1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
-in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
-
-1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
-damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
-violates the law of the state applicable to this agreement, the
-agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
-
-1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
-providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-