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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: El crimen y el castigo - -Author: Fyodor Dostoyevsky - -Translator: Pedro Pedraza y Paez - -Release Date: April 16, 2020 [EBook #61851] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO *** - - - - -Produced by Carlos Colón, the University of Toronto, the -Internet Archive and the Online Distributed Proofreading -Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from -images made available by the HathiTrust Digital Library.) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - Ilustraciones han sido eliminadas. - - - - - BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS - - - FEDOR DOSTOIEVSKY - - - EL - CRIMEN Y EL CASTIGO - - - TRADUCCIÓN DE - PEDRO PEDRAZA Y PAEZ - - - [Ilustración] - - - BARCELONA - RAMÓN SOPENA, EDITOR - PROVENZA, 93 A 97 - - - - - Derechos reservados. - - - Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona - - - - -EL CRIMEN Y EL CASTIGO - - - - -PRIMERA PARTE - - - - -I - -Una tarde muy calurosa de principios de julio, salió del cuartito que -ocupaba, junto al techo de una gran casa de cinco pisos, un joven, que, -lentamente y con aire irresoluto, se dirigió hacia el puente de K***. - -Tuvo suerte, al bajar la escalera, de no encontrarse a su patrona -que habitaba en el piso cuarto, y cuya cocina, que tenía la puerta -constantemente sin cerrar, daba a la escalera. Cuando salía el joven, -había de pasar forzosamente bajo el fuego del enemigo, y cada vez que -esto ocurría experimentaba aquél una molesta sensación de temor que, -humillándole, le hacía fruncir el entrecejo. Tenía una deuda no pequeña -con su patrona y le daba vergüenza el encontrarla. - -No quiere esto decir que la desgracia le intimidase o abatiese; nada -de eso; pero la verdad era que, desde hacía algún tiempo, se hallaba -en cierto estado de irritación nerviosa, rayano con la hipocondría. -A fuerza de aislarse y de encerrarse en sí mismo, acabó por huir, no -solamente de su patrona, sino de toda relación con sus semejantes. - -La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, dejó de ser sensible a sus -efectos. Había renunciado completamente a sus ocupaciones cotidianas y, -en el fondo, se burlaba de su patrona y de las medidas que ésta pudiera -tomar en contra suya. Pero el verse detenido por ella en la escalera, -el oír las tonterías que pudiera dirigirle, el sufrir reclamaciones, -amenazas, lamentos y verse obligado a responder con pretextos y -mentiras, eran para él cosas insoportables. No; era preferible no ser -visto de nadie, y deslizarse como un felino por la escalera. - -Esta vez él mismo se asombró, cuando estuvo en la calle, del temor de -encontrar a su acreedora. - -«¿Debo asustarme de semejantes simplezas cuando proyecto un golpe tan -atrevido?--se decía, riendo de un modo extraño--. Sí... el hombre lo -tiene todo entre las manos y lo deja que se le escape en sus propias -narices tan sólo a causa de su holgazanería... Es un axioma... Me -gustaría saber qué es lo que le da más miedo a la gente... Creo que -temen, sobre todo, lo que les saca de sus costumbres habituales... Pero -hablo demasiado... Tal vez por el hábito adquirido de monologar con -exceso no hago nada... Verdad es que con la misma razón podría decir -que es a causa de no hacer nada por lo que hablo tanto. Un mes completo -hace que he tomado la costumbre de monologar acurrucado durante días -enteros en un rincón, con el espíritu ocupado con mil quimeras. Veamos: -¿por qué me doy esta carrera? ¿Soy capaz de _eso_? ¿Es serio _eso_? -No, de ningún modo; patrañas que entretienen mi imaginación, puras -fantasías.» - -Hacía en la calle un calor sofocante. La multitud, la vista de la cal, -de los ladrillos, de los andamios y esta fetidez especial, tan conocida -de los habitantes de San Petersburgo que no pueden alquilar una casa -de campo durante el verano, todo contribuía a irritar cada vez más los -nervios del joven. El insoportable olor de las tabernas y figones, muy -numerosos en aquellas partes de la ciudad, y los borrachos que a cada -paso se encontraba, aunque aquel era día laborable, acabaron por dar al -cuadro un repugnante colorido. - -Hubo un momento en que los finos rasgos de la fisonomía de nuestro -héroe expresaron amargo disgusto. Digamos con este motivo que no -carecía de ventajas físicas; era alto, enjuto y bien formado; tenía el -cabello castaño y hermosos ojos de color azul obscuro. Poco después -cayó en profunda abstracción o más bien en una especie de sopor -intelectual. Andaba sin reparar en los objetos que encontraba al paso -y sin querer reparar en ellos. De vez en cuando murmuraba algunas -palabras; porque, como él reconocía poco antes, tenía por costumbre el -monologar. En aquel momento echó de ver que se embrollaban sus ideas, y -que estaba muy débil: puede decirse que había pasado dos días sin comer. - -Iba tan miserablemente vestido, que otro que no hubiera sido él habría -tenido escrúpulos para salir en pleno día con semejantes andrajos. A -decir verdad, en aquel barrio se podía ir de cualquier modo. En los -alrededores del Mercado del Heno, en esas calles del centro de San -Petersburgo habitadas en su mayoría por obreros, a nadie asombra la más -rara indumentaria. Pero tan arrogante desdén existía en el alma del -joven, que, a pesar de su vergüenza, algunas veces cándida, no le daba -ninguna de ostentar en la calle sus harapos. - -Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno de sus amigos o antiguos -camaradas, de cuyo encuentro huía siempre... Sin embargo, se detuvo de -pronto al notar, merced a esas palabras pronunciadas con voz burlona, -que atraía la atención de los paseantes: «¡Ah, eh! un sombrero alemán». -El que acababa de lanzar esta exclamación era un borracho a quien -conducían, no sabemos dónde ni por qué, en una gran carreta. - -Con un movimiento convulsivo, el aludido se quitó el sombrero y se -puso a examinarlo. Era el tal sombrero de copa alta, comprado en casa -de Zimmerman, pero ya muy estropeado, raído, agujereado, cubierto de -abolladuras y de manchas, sin alas: en una palabra, horrible. A pesar -de todo, lejos de mostrarse herido en su amor propio, el poseedor de -aquella especie de gorro experimentó más inquietud que humillación. - ---¡Ya me lo figuraba yo!--murmuró en su turbación--; ¡lo había -presentido! Pero lo peor es que en una miseria como la mía, una -tontería insignificante puede echar a perder el negocio. Sí; este -sombrero produce demasiado efecto, y el efecto nace precisamente de -que es ridículo. Para llevar estos harapos es indispensable usar -gorra. Mejor que este mamarracho será una boina vieja. No hay quien -lleve semejantes sombreros; de seguro que éste llama la atención a una -versta[1] de distancia. Después lo recordarían y podría ser un indicio; -lo importante es no llamar la atención de nadie... Las cosas pequeñas -tienen siempre importancia; por ellas suele ser por las que uno se -pierde. - - [1] Es la milla rusa, que equivale poco más o menos a un - kilómetro. - -No tenía que ir muy lejos; sabía la distancia exacta que separaba su -casa del sitio adonde se dirigía; setecientos pasos justos. Los había -contado cuando su proyecto no era más que un vago sueño. En aquella -época no creía que llegase el día en que se trocara lo imaginado en -acción; se limitaba a acariciar en su mente una idea espantosa y -seductora a la vez; pero desde aquel tiempo, un mes hacía, comenzaba -a considerar las cosas de otro modo. Aunque en todos sus soliloquios -se reprochase su falta de energía y su irresolución, habíase ido, sin -embargo, habituando poco a poco e involuntariamente, en cierto modo, a -mirar como posible la realización de su sueño, no obstante continuar -dudando de sí mismo. En aquel momento iba a hacer el _ensayo general_ -de su empresa, y a cada paso aumentaba su agitación. - -Con el corazón desfallecido y el cuerpo agitado por nervioso temblor, -se aproximó a una inmensa casa que daba de un lado al canal y del -otro a la calle... Este edificio, dividido en multitud de cuartitos -de alquiler, tenía por inquilinos industriales de todas las clases, -sastres, cerrajeros, cocineras, alemanes de diferentes categorías, -mujeres públicas y humildes empleados, etc. Un continuo hormiguero -entraba y salía por las dos puertas. Tres o cuatro _dvorniks_[2] -prestaban sus servicios en esta casa. Con gran satisfacción suya, el -joven no encontró a nadie. Después de haber pasado el umbral sin ser -notado, tomó por la escalera de la derecha. - - [2] Porteros. - -Conocía ya esta escalera angosta y tenebrosa cuya obscuridad no le -desagradaba, pues así no eran de temer las miradas curiosas. «Si ahora -tiemblo, ¿qué será cuando venga en serio?», no pudo menos de pensar -cuando llegaba al cuarto piso. Allí le cerraron el paso antiguos -soldados convertidos en mozos de cuerda; mudaban los muebles de uno de -los cuartos, ocupado, el joven lo sabía, por un funcionario alemán y su -familia. - ---Gracias a la marcha del alemán, no habrá durante algún tiempo en ese -rellano otro inquilino que la vieja. Esto es bueno saberlo... por lo -que pueda suceder. - -Así pensó, y tiró del llamador de la casa de la vieja. Débilmente sonó -la campanilla, como si fuese de hojalata y no de cobre. Tales son en -esas casas las campanillas de todos los pisos. - -Sin duda había olvidado este detalle; aquel sonido particular debió de -traerle repentinamente a la memoria algún recuerdo, porque el joven -se estremeció y se alteraron sus nervios. Al cabo de un instante se -entreabrió la puerta, y, por la estrecha abertura, la dueña de la casa -examinó al recién venido con manifiesta desconfianza; brillaban sus -ojillos como dos puntos luminosos en la obscuridad, pero al advertir -que había gente en el descansillo se tranquilizó y abrió por completo -la puerta. El joven entró en un sombrío recibimiento, dividido en dos -por un tabique, tras del cual estaba la cocina. En pie delante del -joven, la vieja callaba interrogándole con la vista. Era una mujer de -sesenta años, pequeñuela y delgada, de nariz puntiaguda y de mirada -maliciosa. - -Tenía la cabeza descubierta, y los cabellos, que comenzaban a -encanecer, relucían untados de aceite. Llevaba puesto al cuello, que -era largo y delgado como la pata de una gallina, una tira de franela, -y, a pesar del calor, habíase echado sobre los hombros un abrigo -apolillado y amarillento. La vieja tosía a menudo. Debió de mirarla el -joven de un modo singular, porque los ojos de la anciana recobraron -bruscamente su expresión de desconfianza. - ---Raskolnikoff, estudiante. Estuve aquí, en esta casa, hace un mes--se -apresuró a decir el joven, medio inclinándose, porque había pensado que -lo mejor era mostrarse afable. - ---Sí, lo recuerdo, lo recuerdo--respondió la vieja, que no cesaba de -mirarle con recelo. - ---Pues bien... Vengo otra vez por un asuntillo del mismo -género--continuó Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido de la -desconfianza que inspiraba. - -«Quizá esta mujer ha sido siempre lo mismo; pero la otra vez no lo eché -de ver»--pensó el joven desagradablemente impresionado. - -La vieja permaneció algún tiempo silenciosa como si reflexionase. Luego -señaló la puerta de la sala a su visitante, y le dijo haciéndose a un -lado para dejarle pasar delante de ella. - ---Entre usted. - -La salita en la cual fué introducido el joven, tenía tapizadas las -paredes de color amarillo; en las ventanas, con cortinas de muselina, -había tiestos de geranios; el sol poniente arrojaba sobre aquello -viva claridad. «¡Sin embargo, _entonces_ brillaba el sol de la misma -manera!»--dijo Raskolnikoff para su coleto y dirigió rápidamente -una mirada en torno suyo, para darse cuenta de todos los objetos y -grabarlos en la memoria. En la habitación no había nada de particular. -Los muebles, de madera amarilla, eran muy viejos: un sofá con gran -respaldo vuelto, una mesa de forma oval frente a frente del sofá, un -lavabo y un espejo entre las dos ventanas, sillas a lo largo de las -paredes, dos o tres grabados, sin valor, que representaban señoritas -alemanas con pájaros en las manos; a esto se reducía el mobiliario. - -En un rincón, delante de una pequeña imagen, ardía una lámpara; tanto -los muebles como el suelo relucían de puro limpios. - -«Es Isabel la que arregla todo esto»--pensó el joven. - -En toda la habitación no se veía un grano de polvo. - -«Es preciso venir a las casas de estas malas viejas viudas para -ver tanta limpieza»--continuó monologando Raskolnikoff, y miró con -curiosidad la cortina de indiana que ocultaba la puerta correspondiente -a otra salita; en esta última, en la que jamás había entrado, estaban -la cama y la cómoda de la vieja. - ---¿Qué quiere usted?--preguntó secamente la dueña de la casa, que, -habiendo seguido a su visitante, se colocó frente a él para examinarle -de cerca. - ---He venido a empeñar una cosa. Véala usted. - -Y sacó del bolsillo un reloj de plata viejo y aplastado, que tenía -grabado en la tapa un globo. La cadena era de acero. - ---Aun no me ha devuelto usted la cantidad que le tengo prestada; -anteayer cumplió el plazo. - ---Le pagaré aún el interés del otro mes; tenga un poco de paciencia. - ---Conste, amiguito, que puedo esperar, si quiero, o vender el objeto -empeñado, si se me antoja... - ---¿Qué me da por este reloj, Alena Ivanovna? - ---Lo que trae aquí es una miseria; esto no vale nada. La otra vez le di -a usted dos billetes pequeños por un anillo que se puede comprar nuevo -en la joyería por rublo y medio. - ---Déme usted cuatro rublos y lo desempeñaré. Perteneció a mi padre. -Pronto recibiré dinero. - ---Rublo y medio, y he de cobrar el interés por adelantado. - ---¡Rublo y medio!--exclamó el joven. - ---Acepta usted, ¿sí o no? - -Y dicho esto, la mujer alargó el reloj al visitante. Este lo tomó e -iba a retirarse, irritado, cuando reflexionó que la prestamista era su -último recurso; además, había ido allí para otra cosa. - ---¡Venga el dinero!--dijo con tono brutal. - -La vieja buscó las llaves en el bolsillo y entró en la habitación -contigua. Cuando el joven se quedó solo en la sala, se puso a escuchar, -entregándose a diversos cálculos. A poco oyó cómo la usurera abría la -cómoda. - -«Debe ser el cajón de arriba--supuso Raskolnikoff--; ahora sé que -lleva las llaves en el bolsillo derecho, y que están todas reunidas -en una anilla de acero... Una de ellas es tres veces más gruesa -que las otras, y tiene las guardas dentadas; esa llave no es de la -cómoda, seguramente. Por lo tanto, debe haber alguna caja o alguna -arca de hierro... Es curioso. Las llaves de las arcas de hierro son -generalmente de esa forma... ¡Pero qué innoble es todo esto!...» - -Volvió a entrar la vieja. - ---Mire usted: como cobro una grivna[3] al mes por cada rublo, y -empeña usted el reloj en rublo y medio le desquito 15 kopeks y queda -satisfecho el interés por adelantado. Además, como usted me suplica que -espere otro mes para devolverme los dos rublos que le tengo prestados, -me debe usted por este concepto 20 kopeks, que, unidos a los 15 que le -desquito, componen 35. Tengo, pues, que darle a usted un rublo y 15 -kopeks. Aquí están. - - [3] Moneda de diez kopeks equivalente a cuatro céntimos de - franco. El rublo, que vale unos cuatro francos, se divide en - diez kopeks. - ---¡Cómo! ¿De modo que no me da usted ahora más que un rublo y 15 kopeks? - ---Nada más tengo que darle a usted. - -Tomó el joven el dinero sin discutir. Miraba a la vieja sin darse prisa -a marcharse. Parecía tener intención de hacer algo; pero no sabía con -precisión lo que deseaba... - ---Es posible, Alena Ivanovna, que venga pronto con otra cosa... Una -cigarrera... de plata... muy bonita... en cuanto me la devuelva un -amigo a quien se la he prestado. - -Dijo estas palabras con manifiesto embarazo. - ---Pues bien, entonces hablaremos. - ---Adiós... ¿Sigue usted viviendo sola, sin que su hermana le haga -compañía?--preguntó con el tono más indiferente que le fué posible en -el momento en que entraba en la antesala. - ---¿Y qué le importa a usted mi hermana? - ---Es verdad, se lo preguntaba a usted por decir algo... Adiós, Alena -Ivanovna. - -Raskolnikoff salió muy alterado; al bajar la escalera se detuvo muchas -veces como rendido por sus emociones. - -«¡Dios mío, cómo subleva el corazón todo esto!--exclamó cuando llegó a -la calle--. ¡Es posible, es posible que yo...! - -No, es una tontería, un absurdo--añadió resueltamente--. ¿Y ha podido -ocurrírseme tan espantosa idea? ¿He de ser yo capaz de tal infamia? -¡Esto es odioso, innoble, repugnante!... ¿Y por espacio de un mes -entero yo...?» - -Para expresar la agitación que sentía, eran impotentes las -exclamaciones y palabras. La sensación de inmenso disgusto que comenzó -a oprimirle poco antes cuando se encaminaba a casa de la vieja, -alcanzaba ahora intensidad tan grande que el joven no sabía cómo -substraerse a semejante suplicio... Caminaba por la acera como un -borracho, sin reparar en los transeuntes y tropezándose con ellos. En -la calle siguiente volvió a recobrar ánimos y, mirando en torno suyo, -advirtió que estaba cerca de una taberna; una escalera situada al nivel -de la acera daba entrada a la cueva del establecimiento. Raskolnikoff -vió salir en aquel instante a dos borrachos que se apoyaban el uno en -el otro, injuriándose recíprocamente. - -Vaciló el joven un instante, y después bajó la escalera. Nunca había -entrado en una taberna; pero en aquel momento sentía vahídos, le -atormentaba ardiente sed. Tenía ganas de beber cerveza fresca, y -atribuía su debilidad a lo vacío del estómago. Después de sentarse en -un rincón, sombrío y sucio, ante una mesita mugrienta, pidió cerveza y -bebió el primer vaso con avidez. - -Al punto sintió un gran alivio y se esclarecieron sus ideas. - -«Todo esto es absurdo--se dijo ya confortado--. No había motivo para -turbarse. ¡Es sencillamente efecto de un mal físico; con un vaso de -cerveza y un bizcocho habría recobrado la fuerza de mi inteligencia, -la precisión de mis ideas, el vigor de mis resoluciones! ¡Oh, qué -insignificante es todo ello!» - -A pesar de tan desdeñosa conclusión, estaba contento, como si se viese -libre de un peso enorme, y dirigía miradas amistosas a las personas -presentes. Pero al mismo tiempo sospechó que fuese ficticio aquel -retorno a la energía. - -Quedaba muy poca gente en la taberna; después de los dos borrachos, -salió una banda de cinco músicos, y el establecimiento quedó -silencioso; no había en él más que tres personas: un individuo algo -ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre de la clase media, estaba -sentado delante de una botella de cerveza. Cerca de él, tendido en el -banco, dormitaba un sujeto alto y grueso, de barba blanca, vestido con -un largo levitón, y en completo estado de embriaguez. - -De cuando en cuando parecía despertarse bruscamente; se ponía a hacer -sonar los dedos, apartando los brazos y moviendo rápidamente el busto, -sin levantarse del banco sobre el cual estaba echado. Tales gestos y -ademanes servían de acompañamiento a una canción necia, de la que el -hombre se esforzaba para recordar los versos: - - Durante un año entero - yo he acariciado. - Du-ran-te un a-ño en-te-ro - yo he a-ca-ri-cia-do - a mi mujer. - -O esta otra: - - En la Podiatcheshaïa. - He encontrado a mi vieja... - -Nadie hacía caso de la alegría de aquel melómano. Su mismo compañero -escuchaba todos aquellos gorjeos en silencio y haciendo muecas de -disgusto. El tercer consumidor parecía un antiguo funcionario. Sentado -aparte se llevaba de vez en cuando el vaso a los labios, mirando en -derredor suyo; parecía que también él era presa de cierta agitación. - - -II - -Raskolnikoff no estaba habituado a la multitud, y, conforme hemos -dicho, desde hacía algún tiempo evitaba las compañías de sus -semejantes; pero de repente se sintió atraído hacia los hombres. -Cualquiera hubiera dicho que se operaba en él una especie de revolución -y que el instinto de sociabilidad recobraba sus derechos. Entregado -durante un mes completo a los sueños morbosos que la soledad engendra, -tan fatigado estaba nuestro héroe de su aislamiento, que deseaba -encontrarse, aunque no fuese más que un minuto, en un ambiente humano. -Así, pues, por innoble que fuese aquella taberna, se sentó ante una de -las mesas con verdadero placer. - -El dueño del establecimiento estaba en otra habitación; pero salía y -entraba frecuentemente en la sala. Desde el umbral, sus hermosas botas -de altas y rojas vueltas atraían inmediatamente las miradas; llevaba un -_paddiovka_ y un chaleco de raso negro horriblemente manchado de grasa -y no tenía corbata; la cara parecía untada de aceite. Tras el mostrador -se hallaba un mozo de catorce años, y otro más joven servía a los -parroquianos. Expuestas en el aparador había varias vituallas, trozos -de cohombro, galleta negra y bacalao cortado en pedazos; todo exhalaba -olor a rancio. El calor era tan insoportable y la atmósfera estaba tan -cargada de vapores alcohólicos, que parecía imposible pasar en aquella -sala cinco minutos sin emborracharse. - -Ocurre a veces que nos encontramos con desconocidos que nos interesan -por completo a primera vista, antes de cruzar una palabra con ellos. -Esto fué lo que sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo que tenía -el aspecto de un antiguo funcionario. Más tarde, al acordarse de esta -primera impresión, el joven la atribuyó a un presentimiento. No quitaba -los ojos del desconocido, sin duda porque este último no dejaba tampoco -de mirarle, y parecía muy deseoso de trabar conversación con él. A -los demás consumidores, y aun al mismo tabernero, los miraba con aire -impertinente y altanero; eran, evidentemente, personas que estaban por -debajo de él en condición social y en educación para que se dignase -dirigirles la palabra. - -Aquel hombre, que había pasado ya de los cincuenta años, era de -mediana estatura y de complexión robusta. La cabeza, en gran parte -calva, no conservaba más que algunos cabellos grises. El rostro largo, -amarillo o casi verde, denunciaba hábitos de incontinencia; bajo los -gruesos párpados brillaban unos ojillos rojizos, muy vivaces. Lo que -más impresionaba en su fisonomía era la mirada en que la llama de la -inteligencia y del entusiasmo se alternaba con no sé qué expresión de -locura. Este personaje llevaba sobretodo negro, viejo, todo desgarrado, -y no gustándole, sin duda, llevarle abierto, lo abrochaba correctamente -con el único botón que el sobretodo tenía. El chaleco, de _nanquin_, -dejaba ver la pechera de la camisa rota y llena de manchas. La ausencia -de barba denunciaba en él al funcionario; pero debía haberse afeitado -en una época bastante remota, porque le azuleaban las mejillas con un -pelo muy espeso. Notábase en sus maneras cierta gravedad burocrática; -pero, en aquel momento, parecía conmovido. Se revolvía los cabellos, -y, de tiempo en tiempo, apoyaba los codos en la mesa pringosa, sin -temor a mancharse las mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza en las -dos manos. Por último, comenzó a decir en voz alta y firme, mirando a -Raskolnikoff. - ---¿Será una indiscreción por mi parte, señor, hablar con usted? -Porque es lo cierto que, a pesar de la sencillez de su traje, mi -experiencia distingue en usted un hombre muy bien educado y no un -asiduo parroquiano de taberna. Siempre he dado mucha importancia a -la educación, unida, por supuesto, a las cualidades del corazón. -Pertenezco al _Tchin_[4]. Permítame usted que me presente: Simón -Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular. ¿Me es lícito preguntarle si -ha pertenecido usted a la administración? - - [4] Así llaman en Rusia a todos los que pertenecen de una - manera u otra a la administración pública y constituyen como - una casta especial. - ---No, yo soy estudiante--respondió el joven sorprendido de aquel cortés -lenguaje, y, sin embargo, molesto al ver que un desconocido le dirigía -la palabra a quema ropa. - -Aunque se hallaba en su cuarto de hora de sociabilidad, sintió en aquel -momento que se le despertara el mal humor que solía experimentar cuando -un extraño trataba de ponerse en relaciones con él. - ---¿De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?--repuso -vivamente el funcionario--; es precisamente lo que yo pensaba. ¡Tengo -olfato, señor, un olfato muy fino, gracias a mi larga experiencia! - -Se llevó el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinión que -tenía de su capacidad cerebral. - ---Pero, dispénseme... ¿no ha terminado usted realmente sus estudios? - -Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse al lado del joven. A pesar de -estar ebrio, hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle -arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre una presa, se hubiera podido -suponer que él también, desde hacía un mes, no había despegado los -labios ni para decir esta boca es mía. - ---Señor--declaró con cierta solemnidad--, la pobreza no es un vicio, -seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud. -Pero la indigencia, señor, la indigencia es un vicio de los peores. En -la pobreza conserva uno el orgullo nativo de sus sentimientos; en la -indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a palos -de la sociedad humana, sino a escobazos, que son más humillantes. Y -hacen bien, porque el indigente está dispuesto a envilecerse y esto es -lo que explica la taberna. Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff pegó -a mi mujer. Y dígame, ¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en el punto -más sensible? ¿Me comprende usted? Permítame que le haga otra pregunta, -¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva en -los barcos de heno? - ---No, jamás--contestó Raskolnikoff--; ¿por qué me lo pregunta usted? - ---Pues bien, para mí será hoy la quinta vez que dormiré allí. - -Llenó el vaso, lo apuró y se quedó pensativo. En efecto, en su traje -y en sus cabellos se veían algunas briznas de heno. A juzgar por las -apariencias, lo menos hacía cinco días que no se había desnudado ni -lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uñas de luto, -estaban también extremadamente sucias. - -La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con bastante -despreocupación. Los mozos se reían detrás del mostrador. El tabernero -había bajado también, sin duda para oír a aquel hombre original. -Sentado a cierta distancia bostezaba con aire importante. Evidentemente -Marmeladoff era conocido desde hacía algún tiempo en la casa. Según -todas las probabilidades, debía su notoriedad a la costumbre de hablar -en la taberna con todos los parroquianos que se ponían a su alcance. -Tal costumbre se convierte en una necesidad para ciertos borrachos, -principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas -poco tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compañeros de -orgía la consideración que no encuentran en sus hogares. - ---¡Por vida de...!--dijo en voz fuerte el tabernero--. ¿Por qué no -trabajas, por qué no vas a la oficina, puesto que eres empleado? - ---¿Por qué no trabajo, señor?--siguió diciendo Marmeladoff, encarándose -exclusivamente con Raskolnikoff, como si éste le hubiera dirigido la -pregunta--. ¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi inutilidad no me -disgusta? Cuando, hace un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi mujer con -sus propias manos, mientras yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal -escena, ¿cree usted que yo no sufría? Permítame usted, joven; ¿le ha -ocurrido a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar un préstamo sin -esperanza? - ---Sí... Es decir, ¿qué entiende usted por eso de sin esperanza? - ---Quiero decir, sabiendo perfectamente de antemano que no le darán a -usted nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre de que tal hombre, -tal ciudadano bien intencionado, no le prestaría un kopek; porque, -dígame usted, ¿a qué santo había de prestárselo, sabiendo que usted no -ha de devolvérselo? ¿Por piedad? Ese Lebeziatnikoff es partidario de -las nuevas ideas y aseguraba el otro día que la compasión, en nuestra -época, está prohibida hasta por la ciencia, y que tal es la doctrina -reinante en Inglaterra, en donde florece la economía política. ¿Cómo, -repito, ese hombre habrá de prestarle a usted dinero? Está usted seguro -de que no se lo prestará, y, sin embargo, se dirige usted a... - ---¿Para qué ir en ese caso?--interrumpió Raskolnikoff. - ---Pues porque es preciso ir a alguna parte; porque no hay otra salida -y llega un tiempo en que el hombre se decide, de buena o mala gana, -a tomar cualquier senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir -en la policía tuve que ir también con ella (porque mi hija tiene -cartilla)--añadió entre paréntesis, mirando al joven con expresión de -inquietud--. Le advierto a usted que esto me tiene sin cuidado--se -apresuró a decir con aparente flema, en tanto que los mozos, detrás del -mostrador, y hasta el mismo tabernero sonreían--. ¡Poco me importa! -No me inquietan los movimientos de cabeza, porque estas cosas son -conocidas de todo el mundo y no hay secreto que no se descubra; no es -con desprecio sino con resignación, como yo acepto mi suerte. ¡Sea! -_¡Ecce Homo!_ Permítame, joven, que le pregunte si puede usted, o, -mejor dicho, si se atrevería usted, fijando los ojos en mí, a afirmar -que no soy un cerdo. - -El joven no respondió. - -El orador esperó con aire digno a que terminasen las risas provocadas -por sus últimas palabras. Después añadió: - ---Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella es una señora. ¡Llevo impreso -el sello de la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi esposa, es una -persona bien educada, hija de un oficial superior. Concedo que soy un -bufón empedernido; pero mi mujer tiene un gran corazón, sentimientos -elevados, instrucción... y, sin embargo... ¡Oh! ¡Si tuviese piedad de -mí! ¡Señores, señores, todos los hombres tienen necesidad de encontrar -piedad en alguna parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza -de alma, es injusta... Pues bien, con tal de que yo llegue a comprender -que cuando me tira de los cabellos, lo hace, en rigor, por interés -hacia mí... (No me avergüenzo de confesarlo: me tira de los cabellos, -joven)--insistió, creciendo en dignidad al oír nuevas carcajadas--. -Sin embargo, Dios mío, aunque no fuese más que una vez... pero no, no; -dejemos esto; es inútil hablar de ello... Ni una sola vez he obtenido -lo que deseaba; ni una sola vez se ha tenido compasión de mí... pero -tal es mi carácter; soy un verdadero bruto... - ---Lo creo--dijo bostezando el tabernero. - -Marmeladoff dió un puñetazo en la mesa. - ---Tal es mi carácter; ¿querrá usted creer, querrá usted creer, señor, -que me he bebido hasta sus medias? No digo sus zapatos, porque esto -se comprendería, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus medias, -las que yo me he bebido. ¡Sus medias! me he bebido también su pañoleta -de pelo de cabra, un regalo que le habían hecho; un objeto que poseía -antes de casarse conmigo y que era de su propiedad y no de la mía. -Habitamos en un cuarto muy frío; este invierno mi mujer ha pescado un -catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeños, y Catalina -Ivanovna trabaja de la noche a la mañana. Hace colada y limpia la casa, -porque desde muy joven está acostumbrada a la limpieza. Por desgracia, -tiene el pecho delicado, cierta predisposición a la tisis que me -preocupa. ¿No lo siento, por ventura? Cuando más bebo, más lo siento. -Es para sentir y sufrir más por lo que me entrego a la bebida; ¡bebo -porque quiero sufrir doblemente! - -E inclinó la cabeza sobre la mesa con aire de desesperación. - ---Joven--continuó en seguida incorporándose--, me parece leer en su -semblante cierto disgusto. Desde que entró usted me ha parecido -advertirlo, y por eso le he dirigido inmediatamente la palabra. Si le -cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la burla de esos -ociosos, que, por otra parte, están enterados de todo, no; es porque -busco la simpatía de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que -mi mujer ha sido educada en una pensión aristocrática de provincia, -y que a su salida del establecimiento bailó en chal delante del -gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba -por haber obtenido una medalla de oro y un diploma. La medalla... la -hemos vendido hace ya mucho tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma, lo -conserva mi esposa en un cofre y últimamente aun lo mostraba al ama -de nuestra casa. Aunque esté a matar con ella, a mi mujer le gusta -ostentar ante los ojos de cualquiera sus éxitos pasados. No se lo echo -en cara, porque su única alegría ahora es acordarse de los hermosos -días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se ha desvanecido! Sí, sí; tiene un -alma ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan -negro; pero no permite que se le escatimen ciertas consideraciones. Así -es, que no ha tolerado la grosería de Lebeziatnikoff, y cuando, para -vengarse de haber sido despedido, este último le puso la mano encima, -mi mujer tuvo que guardar cama, sintiendo más el insulto hecho a su -dignidad que el dolor de los golpes recibidos. - -»Cuando me casé con ella era viuda, con tres niños pequeños. Había -estado casada en primeras nupcias con un oficial de infantería, con -quien huyó de casa de sus padres; amaba extremadamente a su marido; -pero éste se dió al juego, tuvo que entendérselas con la justicia, y -murió. En los últimos tiempos pegaba a su mujer. Sé de buena tinta -que no era cariñosa con él, lo que no le impide ahora llorar por el -difunto y establecer continuamente comparaciones entre él y mi persona, -comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo; -más bien me complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo. - -»Después de la muerte de su marido se encontró sola con tres hijos -pequeños, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontré yo. Su -miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con -fuerzas para describirla. Todos sus parientes la habían abandonado; por -otra parte, su orgullo le hubiera impedido siempre implorar la piedad -de aquellas personas. Entonces, señor, entonces, yo, que era viudo -también, y que tenía de mi matrimonio una hija de catorce años, ofrecí -mi mano a aquella pobre mujer; tanta pena me daba verla sufrir. - -»Instruída, bien educada, de buena familia, consintió, sin embargo, -en casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en -que la pobre viviría. Acogió mi proposición llorando, sollozando y -retorciéndose las manos, pero la acogió, porque no tenía dónde ir. - -»¿Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras: -«No tener ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende todavía! - -»Durante un año entero cumplí mi deber honrada y santamente, y sin -probar una gota de esto (señaló con el dedo la media botella que tenía -delante); porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelanté. A -poco perdía mi empleo y no por falta mía; reformas administrativas -determinaban la supresión del que desempeñaba, y entonces fué cuando -me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitación en casa de Amalia -Ludvigovna Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos y de qué -vivimos. Hay allí muchos inquilinos además de nosotros; es una ratonera -aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante este tiempo, creció la hija que -yo tenía de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra -la ha hecho sufrir. - -»Aunque de sentimientos nobilísimos, Catalina Ivanovna es una mujer -irascible e incapaz de contenerse en los arrebatos de su cólera... Sí, -¡vamos, es inútil hablar de esto! Como puede usted comprender, Sonia no -ha recibido una gran instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle -Geografía e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte -en estas materias, y como además no tenía a mi disposición un buen -manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos detuvimos en -Ciro, rey de Persia. Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, leyó -algunas novelas. Lebeziatnikoff le prestó hace poco la _Fisiología -de Ludwig_. ¿Conoce usted esa obra? Mi hija la ha encontrado muy -interesante y aun nos ha leído muchos pasajes en alta voz. A eso se -limita toda su cultura. - -»Ahora, señor, apelo a su sinceridad. ¿Cree usted en conciencia que una -joven pobre, pero honrada, pueda vivir de su trabajo? Como no tenga una -habilidad especial, ganará 15 kopeks al día, y para llegar a esa cifra -tendrá necesidad de no perder un solo minuto. ¡Pero qué digo! Sonia -hizo media docena de camisas de holanda, para el consejero de Estado -Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habrá oído hablar de él; pues bien, no -sólo está esperando aún que se le paguen, sino que la pusieron a la -puerta llenándola de injurias, so pretexto de que no había tomado bien -la medida del cuello. - -»En tanto los niños se mueren de hambre, Catalina Ivanovna se -pasea por la habitación retorciéndose las manos, mientras en sus -mejillas aparecen las manchas rojizas, propias de su enfermedad. -«Holgazana--decía a mi hija--, ¿no te da vergüenza de vivir sin hacer -nada? Bebes, comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto ahora: ¿Qué es lo que -la pobre muchacha podría beber y comer cuando en tres días los niños no -habían visto siquiera un mendrugo de pan? Yo estaba en aquel momento -acostado... Vamos, hay que decirlo todo, borracho; pero oí que mi Sonia -respondía tímidamente con su voz dulce (la pobrecita es rubia, con una -carita siempre pálida y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna, ¿por qué -me dice usted esas cosas?» - -»Tengo que añadir que ya por tres veces Daría Frantzovna, una mala -mujer muy conocida de la policía, le había hecho insinuaciones en -nombre del propietario de la casa. «Vaya--dijo irónicamente Catalina -Ivanovna--, vaya un tesoro para guardarlo con tanto cuidado.» Pero no -la acuse usted. No tenía conciencia de lo que decía; estaba agitada, -enferma, veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo que decía era más -bien para molestar a Sonia que para excitarla a que se entregara al -vicio... Catalina Ivanovna es así; cuando oye llorar a sus hijos les -pega, aunque sabe que lloran de hambre. Eran entonces las cinco y oí -que Sonia se levantaba, se ponía el chal y salía del cuarto. - -»A las ocho volvió. Al llegar, se fué derecha a Catalina Ivanovna, -y, silenciosamente, sin proferir palabra, depositó treinta rublos de -plata delante de mi mujer. Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo verde -(un pañuelo que sirve para toda la familia), se envolvió la cabeza -y se echó en la cama con la cara vuelta hacia la pared; un continuo -temblor agitaba sus hombros y su cuerpo... yo continuaba en el mismo -estado... En aquel momento, joven, vi a Catalina Ivanovna que, también -silenciosamente, se arrodillaba junto al lecho de Sonia. - -»Pasó toda la noche de rodillas, besando los pies de mi hija y -rehusando levantarse. Después, las dos se durmieron juntas en los -brazos una de la otra... ¡las dos!... ¡las dos!... sí; y yo continuaba -lo mismo, sumido en la embriaguez. - -Se calló Marmeladoff, como si la voz le hubiera faltado; luego llenó la -copa, la vació y siguió, después de un corto silencio: - ---Desde entonces, señor, a consecuencia de una circunstancia -desgraciada, y con motivo de cierta denuncia de personas perversas -(Daría Frantzovna tuvo parte principal en este negocio porque quería -vengarse de una supuesta falta de respeto), desde entonces mi hija -Sonia[5] Semenovna fué inscrita en el registro de policía y se vió -obligada a dejarnos. Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible en -este punto, sin tener en cuenta que ella misma, en cierto modo, había -favorecido las intrigas de Daría Frantzovna. - - [5] Sonia es la fórmula familiar de Sofía, y Sonetchka - diminuto cariñoso del mismo nombre. - -»Lebeziatnikoff se ha unido a ella... ¡hum! y con motivo de lo de Sonia -fué la cuestión que Catalina Ivanovna tuvo con él. En un principio -estuvo muy solícito con Sonetchka; pero de repente se sintió herido -en su amor propio. «¿Cómo un hombre de corazón--dijo--ha de habitar -en la misma casa que semejante desdichada?» Catalina Ivanovna tomó -partido por Sonia, y la disputa acabó en golpes... En la actualidad -mi hija viene a menudo a vernos a la caída de la tarde, y ayuda con -lo que puede a mi mujer. Vive en casa de Kapernumoff, un sastre cojo -y tartamudo. Sus hijos, que son varios, tartamudean como él, y hasta -su mujer tiene no sé qué defecto en la lengua... Todos comen y duermen -en la misma sala; pero a Sonia le han cedido una habitación, separada -de la de sus huéspedes por un tabique... ¡hum! sí... Son personas -muy pobres y tartamudas... Bueno... Una mañana me levanté, me puse -mis harapos, elevé las manos al cielo y me fuí a ver a Su Excelencia -Ivan Afanasievitch. ¿Le conoce usted? ¿No? Pues entonces no conoce a -un santo varón... Es una vela... pero una vela que arde delante del -altar del Señor. Mi historia, que Su Excelencia se dignó oír hasta el -fin, le hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón Ivanovitch--me dijo--, -has defraudado una vez mis esperanzas, pero vuelvo a tomarte, bajo -mi exclusiva responsabilidad personal.» Así se expresó, añadiendo: -«Procura acordarte de lo pasado, para no reincidir, y retírate.» Besé -el polvo de sus botas, mentalmente, por supuesto, porque Su Excelencia -no hubiera permitido que se las besase de veras; es un hombre muy -penetrado de las ideas modernas y no le gustan semejantes homenajes. -¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó cuando anuncié en casa que tenía un -destino! - -De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff a detenerse. En aquel momento -invadió la taberna un grupo de individuos ya a medios pelos. A la -puerta del establecimiento sonaba un organillo, y la voz débil de un -chiquillo cantaba la _Petite Ferme_. - -La atmósfera de la sala era pesadísima. El tabernero y los mozos -se apresuraban a servir a los recién llegados. Sin reparar en este -incidente, Marmeladoff continuó su relato; el funcionario era cada vez -más expansivo a causa de los progresos de su borrachera. El recuerdo de -su reciente reposición iluminaba como un rayo de alegría su semblante. -Raskolnikoff no perdía ni una sílaba de sus palabras. - ---Han transcurrido cinco semanas, señor, desde que Catalina Ivanovna -y Sonetchka supieron la grata noticia. Le aseguro a usted que me -encontraba como transportado al paraíso. Antes no hacía más que -abrumarme con palabrotas como estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas desde -aquel momento andaba de puntillas y hacía callar a los pequeños, -diciéndoles: «¡Chis! ¡Papá viene cansado del trabajo!» Antes de ir a la -oficina me daban café con crema, pero no crea, crema verdadera, ¿eh? -No sé de dónde pudieron sacar el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin -de arreglarme la ropa. Lo cierto es que ellas me pulieron de pies a -cabeza; tuve botas, chaleco de magnífico hilo y uniforme, todo en muy -buen uso: les costó 11 rublos y medio. Seis días ha, cuando entregué -íntegros mis honorarios, 23 rublos y 40 kopeks, mi mujer me acarició en -la mejilla, diciéndome: «¡vaya un pez que estás hecho!» Naturalmente, -esto ocurrió cuando estábamos solos. Dígame usted si no es encantador... - -Marmeladoff se interrumpió, trató de sonreír; pero súbito temblor agitó -su barba. Dominó, sin embargo, en seguida, su emoción. Raskolnikoff -no sabía qué pensar de aquel borracho, que vagaba al azar desde hacía -cinco días, durmiendo en los barcos de pesca, y, a pesar de todo, -sintiendo por su familia profundo cariño. El joven le escuchaba con -la mayor atención, pero experimentando cierta sensación de malestar. -Estaba enojado consigo mismo por haber entrado en la taberna. - ---¡Señor, señor!--dijo el funcionario disculpándose--, quizá halle -usted, como los demás, risible todo lo que le cuento; acaso le estoy -fastidiando refiriéndole estos tontos y miserables pormenores de mi -existencia doméstica; mas para mí no crea usted que son divertidos, -porque le aseguro que siento todas estas cosas... Durante aquel día -maldito hice proyectos encantadores; pensé en el medio de organizar -nuestra vida, de vestir a los niños, de procurar reposo a mi mujer, -de sacar del fango a mi hija única. ¡Oh, cuántos planes formaba! -Pues bien, señor (Marmeladoff empezó a temblar de repente; levantó -la cabeza y miró a la cara a su interlocutor), el mismo día, cinco -hace hoy, después de haber acariciado todos estos sueños, robé, como -un ladrón nocturno, la llave a mi mujer y tomé del baúl todo lo que -quedaba del dinero que yo había llevado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo. -Mírenme todos: hace cinco días que abandoné mi casa; no se sabe en -ella qué es de mí; he perdido mi empleo, he dejado mi uniforme en una -taberna y me han dado este traje en su lugar... Todo, todo ha acabado... - -Marmeladoff se dió un puñetazo en la frente, rechinó los dientes y -cerrando los ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo de un momento -cambió bruscamente la expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff con -afectado cinismo y dijo riéndose: - ---¡He estado hoy en casa de Sonia; he ido a pedirle dinero para beber! -¡Je, je, je! - ---¡Y te lo ha dado!--gritó, riéndose, uno de los parroquianos que -formaba parte del grupo recién llegado a la taberna. - ---Con su dinero he pagado esta media botella--repuso Marmeladoff -dirigiéndose exclusivamente a nuestro joven--. Sonia fué a buscar -treinta kopeks y me los entregó; era cuanto tenía; lo he visto con -mis propios ojos. No me dijo nada; se limitó a mirarme en silencio, -una mirada que no pertenece a la tierra, una mirada como deben tener -los ángeles que lloran sobre los pecados de los hombres pero no los -condenan. ¡Qué triste es que no le reprendan a uno! Treinta kopeks, -sí, que de seguro necesitaba. ¿Qué me dice usted, querido señor? -Ahora tiene ella que ir bien arreglada. La elegancia y los afeites, -indispensables en su oficio, cuestan dinero; lo comprenderá usted; hay -que tener pomada, enaguas almidonadas, lindas botitas que hagan bonito -el pie para lucirlo al saltar los charcos. ¿Comprende usted, comprende -usted la importancia de esta limpieza y elegancia? Pues bien, yo, -su padre, según la Naturaleza, ha ido a pedirle esos treinta kopeks -para bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya están bebidos... vamos, ¿quién ha -de tener compasión de un hombre como yo? Ahora, señor, ¿puede usted -compadecerme? Hable usted, señor: ¿tiene usted piedad de mí? ¿Sí o no? -¡Je, je, je! - -Iba a servirse nuevamente, pero echó de ver que la media botella estaba -vacía. - ---¿Por qué se ha de tener lástima de ti?--gritó el tabernero. - -Estallaron risas mezcladas con injurias. Los que no habían oído las -palabras del ex funcionario, formaban coro con los otros, solamente al -ver su catadura. - -Marmeladoff, como si no hubiese esperado otra cosa que la interpelación -del tabernero, para soltar el torrente de su elocuencia, se levantó -vivamente y, con el brazo extendido hacia delante, replicó con -exaltación: - ---¡Por qué tener compasión de mí! ¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es -verdad, no se me debe compadecer! ¡Hay que crucificarme, ponerme en -la cruz, no tenerme lástima! ¡Crucifícame, juez, pero, al hacerlo, -ten piedad de mí! Así iré yo mismo al suplicio, porque no tengo sed -de alegría, sino de dolor y de lágrimas. ¿Piensas tú, tendero, que tu -media botella me ha proporcionado placer? Buscaba la tristeza, tristeza -y lágrimas en el fondo de este frasco, y la he encontrado y saboreado. -Pero Aquel que ha tenido piedad de todos los hombres, Aquel que todo lo -comprende, tendrá piedad de nosotros; El es el único juez, El vendrá -el último día y preguntará: «¿Dónde está la hija que has sacrificado -por una madrastra odiosa y tísica y por niños que no eran sus hermanos? -¿Dónde está la joven que ha tenido piedad terrestre y no ha vuelto con -horror las espaldas a este crapuloso borracho?» Y El dirá entonces: -«Ven, yo te he perdonado una vez... yo te he perdonado ya una vez... -ahora, todos tus pecados te son perdonados, porque has amado mucho...» -Y El perdonará a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo he sentido en -mi corazón cuando estaba en su casa.... Todos serán juzgados por El -y El perdonará a todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a -los pacíficos... y cuando haya acabado con ellos, nos tocará la vez -a nosotros. «Acercaos también, nos dirá El; acercaos vosotros los -borrachos, acercaos los cobardes, acercaos los impúdicos», y nos -aproximaremos todos sin temor y El nos dirá: «¡Sois unos cochinos! -¡Tenéis sobre vosotros la marca de la bestia, pero venid también!» -Y los sabios, los inteligentes dirán: «Señor, ¿por qué recibes Tú a -éstos?» Y El responderá: «Yo los recibo ¡oh sabios! porque ninguno de -ellos se ha creído digno de este favor...» Y El nos abrirá los brazos y -nosotros nos precipitaremos en ellos... y nos desharemos en lágrimas... -y comprenderemos... sí, entonces todo será comprendido por todo el -mundo, y Catalina Ivanovna también comprenderá... Señor, vénganos el tu -reino. - -Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco sin mirar a nadie, como si -desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de -las personas que le rodeaban, y quedó absorto en la visión de fantasmas -de ultratumba. Sus palabras produjeron cierta impresión; durante un -momento cesó el barullo; pero bien pronto volvieron a estallar las -risas, mezcladas con invectivas: - ---¡Muy bien hablado! - ---¡Gruñón! - ---¡Charlatán! - ---¡Burócrata! - ---Vámonos, señor--dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza -y dirigiéndose a Raskolnikoff--; condúzcame usted al patio de la casa -Kozel... Ya es tiempo de que vuelva al lado de mi mujer. - -Rato hacía ya que el joven deseaba irse y se le había ocurrido ofrecer -el apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este último tenía las piernas aun -menos firmes que la voz; de modo que iba casi colgado del brazo de su -compañero. La distancia que tenían que recorrer era de doscientos o -trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio, -parecía más inquieto y preocupado. - ---No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora -miedo--balbuceaba conmovido--. Ya sé que empezará por tirarme de los -cabellos; pero, ¿qué me importa? Me alegro que me tire de ellos. No, -no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus ojos, sí, sus -ojos... Temo también las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo -además su respiración. ¿Has notado cómo respiran los que padecen esa -enfermedad... cuando experimentan una emoción violenta? Temo las -lágrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de -comer, no sé cómo se las habrán arreglado... no lo sé. A los golpes -no les tengo miedo... sabe, en efecto, que, lejos de hacerme sufrir, -esos golpes son un gozo para mí... Casi no puedo pasar sin ello... Sí, -es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazón... más vale -así; pero he ahí la casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemán, -hombre rico... ¡Acompáñeme!... - -Después de haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto -piso. Eran cerca de las once, y, aunque propiamente hablando no había -aún anochecido en San Petersburgo, a medida que subían más obscura -encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa. - -La puertecilla ahumada que daba al descansillo estaba abierta; un cabo -de vela alumbraba una pobrísima pieza de diez pasos de largo. Esta -pieza, que desde el umbral se veía por completo, estaba en el mayor -desorden. Había por todos lados ropas de niños. Una sábana agujereada, -extendida de manera conveniente, ocultaba uno de los rincones, el -más distante de la puerta; detrás de este biombo improvisado, había, -probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y -un sofá de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de -pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero -de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la pieza. -Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los -otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y -se oía ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y -tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos, -sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas. - -Raskolnikoff reconoció en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer -flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo. -Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho -Marmeladoff, sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios -secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a -otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual; -los ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil. -Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tísica -producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina -Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho -más joven que su marido... No advirtió la llegada de los dos hombres; -parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír. - -Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera -emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le había -ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior, -solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que -hacía toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa. - -La niña más pequeña, de seis años, dormía en el suelo con la cabeza -apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela, -temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La -mayor, una muchachilla de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una -camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo _burnus_ -señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente -no le llegaba más que hasta las rodillas. - -En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado el brazo, -largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le -hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos, -obscuros, abiertos por el terror, parecían aún mayores en aquella -carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se -arrodilló en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer, -al ver un desconocido, se detuvo distraídamente ante él, tratando de -explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese hombre?»--se -preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a -casa de algún otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era -un sitio de paso. Así, pues, desentendiéndose de aquel extraño, se -preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de repente lanzó un -grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral. - ---¡Ah! ¿Al fin vuelves?--dijo, con voz en que vibrara la cólera--. -¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en los bolsillos? ¿Qué -traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla! - -Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff -apartó ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No -llevaba encima ni un solo kopek. - ---¿Dónde está el dinero?--gritaba su esposa--. ¡Oh Dios mío! ¿Es -posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había en el -cofre!... - -Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y -lo arrastró violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de -Marmeladoff: el hombre siguió dócilmente a su mujer arrastrándose de -rodillas tras de ella. - ---¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!--gritaba, dirigiéndose -a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza -la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el -suelo. - -La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho, -de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar -este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia -su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor -temblaba como la hoja en el árbol. - ---¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!--vociferaba Catalina -Ivanovna en el colmo de la desesperación--. ¡Ni siquiera conserva el -traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!--repetía retorciéndose -las manos y señalando a los niños--. ¡Oh vida tres veces maldita! -¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la -taberna?--añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff--. Has -estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con -él?... ¡Vete, vete!... - -El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir -una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en -par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada -y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros -cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan -ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado -los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff, -arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto. - -Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente -se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que, -abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a -su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que -dejar el cuarto al día siguiente. - -Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes. -Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la -taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin -ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de -bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para -que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff. - ---¡Valiente tontería he hecho!--pensaba--. Ellos cuentan con Sonia, -pero yo no cuento con nadie--. Reflexionó, sin embargo, que no podía -recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta -reflexión prosiguió su camino--. Le hace falta pomada a Sonia--continuó -diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle--. La elegancia -cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy. -La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre -el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo -pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han -encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto -no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio -lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y -se hace a todo! - -Raskolnikoff se quedó pensativo. - ---¡Pues bien; si he mentido--exclamó--, si el hombre no es -necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos -los prejuicios que le detienen! - - -III - -Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado -que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal -humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel -cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con -el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan -bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el -techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas -más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en -la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de -que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un -grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos. - -Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de -lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y -sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de -estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual -ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá -había una mesita. - -La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de -su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el -ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir -esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija. - -Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo -y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella. - -En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le -molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así -éste daba menos que hacer; había cesado por completo de arreglar el -cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez -cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el -joven despertó. - ---Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te, -¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver! - -El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia, -le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse. - ---¿Me lo envía la patrona? - ---No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa. - -La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la -mesa dos terroncitos de azúcar morena. - ---Anastasia, toma este dinero--dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo -unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)--, y haz el -favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería -y tráete un poco de embutido barato. - ---En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no -sería mejor que tomases un poco de _chatchi_? Se hizo ayer y está muy -rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy -bueno. - -Fué a buscar el _chatchi_, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la -sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo -que era, como una campesina. - ---Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía. - -El rostro del joven se alteró. - ---¡A la policía! ¿Por qué? - ---Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué. - ---¡Demonio, no me faltaba más que esto!--dijo entre dientes--. No -podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta--añadió en -alta voz--. Iré a verla y le hablaré. - ---Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente, -¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes -nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué -ahora no haces nada? - ---Sí que hago--respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff. - ---¿Qué es lo que haces? - ---Cierto trabajo... - ---¿Qué trabajo? - ---Medito--respondió seriamente después de una pausa. - -Anastasia se echó a reír. - -Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa -que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño. - ---¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?--preguntó cuando pudo -hablar. - ---No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse. -Además, desprecio ese dinero. - ---Quizás algún día te pese. - ---Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos -cuantos kopeks?--siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien -a sí mismo que a su interlocutora. - ---¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna? - -Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante -algunos momentos. - ---Sí, una fortuna--dijo luego con energía. - ---¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo? - ---Como quieras. - ---¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti. - ---¡Una carta para mí! ¿De quién? - ---No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He -hecho bien, ¿no es cierto? - ---¡Tráela, por amor de Dios, tráela!--exclamó Raskolnikoff muy -agitado--. ¡Señor! - -Un minuto después la carta estaba en sus manos. - -No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno -de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo -que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía -violentamente el corazón en aquel momento. - ---Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero, -¡por amor de Dios!, vete en seguida. - -La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de -Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se -marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios -y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección -reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la -letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y -escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el -sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas -por ambos lados. - - «Mi querido Rodia--decíale su madre--. Dos meses ha que no te - escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño. - Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes - cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el - mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra - felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido - al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la - Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías - ni lecciones, ni recursos de ninguna especie. - - »¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año! - Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí - prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a - Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo - de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a - mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara - de lo que me había prestado. - - »Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero; - por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de - felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que - de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis - semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin - acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que - sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado. - - »Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la - triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia - Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía - responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos, - lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a - pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado - que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué - hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que - Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta - casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar - por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta - razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la - deuda. - - [6] Diminutivo cariñoso de Dunia. - - »Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había - pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y - que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote - que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por - Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha - permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también - para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón - que tiene. - - »El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse - grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con - descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos - pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente, - puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con - muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de - Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka - sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en - el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de - Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate - tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este - insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia. - - »Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka - proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas - promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia - e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero. - ¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la - cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar - inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de - este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir - la discordia en la familia. - - »El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió - inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que - aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal - la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha. - Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff - no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora - contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y, - finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin - dejarle tiempo aun para hacer la maleta. - - »Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron - metidos revueltos en la telega[7]. Llovía a cántaros, y, después - de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y - siete verstas en compañía de un _mujik_[8], en un carro sin toldo. - Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la - carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía - a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima - e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido. - Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa - que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón - angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes - largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo - no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras, - murmuraba la gente con aire despreciativo. - - [7] Carreta de aldeano. - - [8] Campesino siervo. - - »Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando - a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y - durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco - charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló - la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi - salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de - abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose - en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel! - - »La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El - señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la - joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de - Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia. - Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del - jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita - que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la - indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus - deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de - perseguir a una joven desgraciada y sin defensa. - - »Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia - de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra - casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió - perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en - todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka - y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose - con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta - autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella - muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha - rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa - Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No - puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado. - - »Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un - partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me - apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber - tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto - no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder, - a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no - podías juzgar con conocimiento de causa. - - »Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin, - un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de - Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros - en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le - recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día - nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana - y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy - atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera - que no puede perder tiempo. - - »Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos - un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos - estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en - buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable - fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto - es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy - bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas - apariencias pueden ser engañosas. - - »Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San - Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada - ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre, - si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo - esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te - producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer - a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole - con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se - rectifican difícilmente. - - »Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una - persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado - que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias - palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones - modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más - porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus - frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto. - - »Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado, - por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque - de escasa instrucción--me ha dicho--, es inteligente, y parece - bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven - valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy - apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni - por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia - no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza - angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará - como un deber el corresponderle. - - »Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que - la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por - ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende - de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido - su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba - resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote, - y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe - sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido - un bienhechor. - - »No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha - explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el - sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación; - evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha - tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco - dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero - ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no - son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina - es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación, - Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se - levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por - último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente - plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana - que había tomado su resolución. - - »Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente - a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde - quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en - asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su - viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que - se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está - en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás, - bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se - realizase! - - »Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor - especial de la divina Providencia. - - »Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación - a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin - duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor - le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal - de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz! - A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te - impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no - ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza; - su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección - de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más, - cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que - ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables. - - »A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se - comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con - su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía - con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a - entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo, - su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con - buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño. - - »Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas - razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá - no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo - seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que - Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a - que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado, - es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae - por su peso; pero yo tengo intención de rehusar. - - »Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te - advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final. - Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos, - y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está - decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo - sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días. - Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones - cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A - ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más - tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría - te estrecharé entre mis brazos! - - »Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte; - y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que - por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un - ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella, - demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la - pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe - cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas - de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que - pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro - Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable, - y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a - adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos. - - »Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría - de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme - dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la - bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a - sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar - nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros - billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a - esa capital sin ningún kopek. - - »Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy - caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y - hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en - su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en - un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son - 30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte. - - »Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima - entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia, - a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que - a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú - lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra - futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras. - - »Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces. - - »Tuya hasta la muerte. - -Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las -lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su -rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza -sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo. -Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último, -se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un -armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio. - -Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en -la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de -Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el -que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero, -según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun -_monologueaba_ en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos -lo creían borracho. - - -IV - -La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero -el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde -el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su -resolución. - -«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al -diablo el señor Ludjin. - -»¡La cosa está bien clara!--murmuraba sonriendo, con aire de triunfo -como si tuviese la clave de lo sucedido--. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no -lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi -opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen -que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y -qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado, -que sólo puede casarse a toda prisa.» - -»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme, -sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado -paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya -imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida -del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de -negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse -muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá, -de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa -que le «parece» bueno; ¡ese _parece_ es muy significativo! Bajo la fe -de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!... -¡Admirable!... - -»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las -«generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el -personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor -Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía -esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la -noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas -una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi -necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría -más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un -poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero -ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de _mal humor_. - -»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no -había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo -menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh -Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la -conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra -felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre -mía!... - -Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces -hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado. - ---Es verdad--continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le -hervían en la cabeza--; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es -preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero -el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre -de negocios y _parece_ bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un -gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este -rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse -en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia -que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no -es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de -tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el -traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted? -Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted -ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar -un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que -usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y -que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le -corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no -hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje. - -»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo? -Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden -esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es -más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el -marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a -San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella -vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos -indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con -Dunia. Alguna palabra se le ha _escapado_ a ese amable señor, que ha -sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en -cerrar los ojos a la evidencia. - -«Tengo intención de rehusar»--me dice--; pero entonces, ¿con qué medios -de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales -será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá -en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas -de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que -20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los -sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe -de mi hija.» ¡Sí, fíate! - -»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia? - -»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con -él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar -material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo -de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el -señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de -seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en -casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia, -pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos; -eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría -a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de -Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal -su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene -nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor -Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese -hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es -la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a -sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se -vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la -explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por -su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento -moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo, -nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con -tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía, -imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros -escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que -la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto -es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra -Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad, -suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que -llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la -fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su -hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo, -objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos! - -»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka -Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo. -¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes -tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al -nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe -mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por -el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia -este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería -aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el -bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera -llamar a la puerta de su casa. - -»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas, -si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de -maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras -no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese -ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero, -¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por -qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo -acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.» - -Se detuvo, quedándose como ensimismado. - ---¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu -_veto_? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu -parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir, -_cuando hayas terminado tus estudios_ y encontrado una colocación? Eso -es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es -lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre -una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a -los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario, -pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la -actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando -hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado -ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído -su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros -que las amenazan durante estos diez años. - -Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas -preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le -atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él -no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo. -Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles, -que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase -lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera. - ---¡O renunciar a la vida--exclamó--aceptando el destino tal cual es, -sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente -mi derecho a ser, a vivir, a amar! - -Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes -por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que -significa esta frase: No tener ya adónde ir?» - -Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se -le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de -este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de -volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la -de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes -antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces -bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia -de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le -cubría los ojos. - -Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas -de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en -la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un -banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le -ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo -su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer -que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en -ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría -muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido. -Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba -algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de -advertirlo. - -Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual -trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su -voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había -de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser -muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla -y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al -cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una -manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la -cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza, -la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de -excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la -joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió -más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos -como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió -Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña, -que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita -casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente -quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero -estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no -tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una -sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían -suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba. - -Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente -a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor -insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar -muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de -distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que -evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones. -También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero -la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente, -es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia -el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más -claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta -años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote. -Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se -apartó un instante de la joven y se aproximó al señor. - ---¡Eh, Svidrigailoff!--exclamó el joven apretando los puños y riendo -sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma. - -El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de -altanero estupor. - ---¿Qué significa esto?--continuó con un tono despreciativo. - ---Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte. - ---¿Cómo te atreves, canalla...? - -Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se -lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente -cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien -asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar -casualmente junto a ellos. - ---¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le -pasa a usted? ¿Quién es usted?--preguntó severamente a Raskolnikoff, -fijándose en su miserable aspecto. - -Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con -sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además, -inteligente. - ---De usted precisamente tenía necesidad--dijo el joven, y agarró por el -brazo al guardia--. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff. -Usted puede también oírlo--añadió, dirigiéndose al caballero--; venga -usted conmigo--y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco--. -Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace -un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición -social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la -hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?... -Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los -jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta -joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas, -seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien -quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por -primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene -conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla -Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto -cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la -combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado -de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo -libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se -vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto... - -El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a -reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero, -pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para -examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión. - ---¡Ah, qué desgracia!--dijo moviendo la cabeza--. Es todavía una niña. -De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive -usted? - -La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con -expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos. - -Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks. - ---Tome usted--dijo al guardia--: tome usted un coche y llévela a su -casa. Sólo falta que nos dé su dirección. - ---¡Señorita, eh, señorita!--dijo de nuevo el guardia, después de tomar -el dinero--. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a -su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted? - ---¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!--murmuró la joven con el mismo -movimiento de antes. - ---¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!--dijo el soldado, sintiendo a la -vez piedad e indignación--. ¡Vaya un apuro!--añadió dirigiéndose a -Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza. - -Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático. - ---¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?--preguntó. - ---Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose. -Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él. - ---¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y -borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!... -¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles -arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia. - -Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera -tomarse por muchachas de buena familia. - ---Lo esencial--dijo Raskolnikoff--es impedir que caiga en las manos -de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito. -¡Allí sigue! - -Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un -ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán -de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a -su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos, -deteniéndose de nuevo. - ---No, no se saldrá con la suya ese señor--respondió con aire pensativo -el guardia--; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita, -¡eh! señorita--añadió dirigiéndose otra vez a la joven. - -De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si -un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en -dirección opuesta a la que había llevado. - ---¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!--dijo -extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien. - -Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a -seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista. - ---Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya--dijo -resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven--. ¡Ah! -¡cuánto vicio hay ahora!--repitió, exhalando un suspiro. - -En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino -en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó: - ---Escuche usted. - -El interpelado se volvió. - ---¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se -divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da? - -El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a -Raskolnikoff, que se echó a reír. - ---¡Ea!--dijo el guardia agitando el brazo. - -Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha. -Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor. - ---Se me ha llevado mis veinte kopeks--dijo éste con cólera cuando se -quedó solo--. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la -muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas -de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello? -Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por -qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos? - -A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó -como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le -molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse -profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva -vida. - ---¡Pobrecilla!--dijo contemplando el sitio donde poco antes había -estado sentada la joven--. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá -su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para -añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun -cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la -pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el -hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las -muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy -honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez -al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de -dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve -años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he -visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que -así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público -que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un -tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que -tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar; -ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía -más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por -ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año? - -»Pero, ¿a dónde me proponía ir?--pensó de repente--. Es extraño. Al -salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí... - -»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de -Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a -Razumikin?» - -No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de -Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las -clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de -sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le -correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones -ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar -aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus -compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como -si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en -conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual. - -No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró -con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que -el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible -confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la -candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus -compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban. -No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista, -llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal -afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez. - -Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que -recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos, -echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía -dos archines y doce vechoks[9]. Podía hacer los mayores excesos de -bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad. -Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura -ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se -descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en -una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin -que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido -a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de -ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y -conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero, -por supuesto, trabajando. - - [9] Aproximadamente 1,88 metros. - -Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba -sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente -había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero -confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en -mejorar su situación pecuniaria. - -Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y -Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle -dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser -visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo -molestarle, fingió que no le veía. - - -V - ---En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a -fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier -otro trabajo...--se decía Raskolnikoff--. Pero ahora, ¿de qué ha de -servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta -quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek -siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje -decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con -unas cuantas piataks[10]? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una -necedad ir a casa de Razumikin. - - [10] La piatak es una moneda de cinco kopeks, equivalente a - unos cuatro centavos. - -La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le -causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar -algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla -del mundo. - ---¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en -Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?--se preguntaba con -estupor. - -Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber -puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una -extraña idea: - ---Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día -siguiente, cuando _aquello_ esté hecho y mis negocios tengan otro -aspecto... - -Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca -conmoción. - ---¡Cuando _aquello_ esté hecho!--exclamó con un sobresalto que le hizo -levantarse del banco en que estaba sentado--. ¿Sucederá _eso_? ¿Será -posible? - -Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento -fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel -aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo -_aquello_! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se -puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter -febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la -temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de -necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos -objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le -trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su -preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno -suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar -donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de -Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a -las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados -al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada -de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas. - -Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron -lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de -alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación -riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres -elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se -fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas. -De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y -soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba -antes de que lo hubiese perdido de vista. - -Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se -encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al -guardia y tres a Anastasia por la carta--pensó--; por consiguiente, -son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de -Marmeladoff.» - -Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un -instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el -dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante -de un figón: su estómago se lo recordaba. - -Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y -tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo -inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso -volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que -no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y -se echó en la hierba, durmiéndose en seguida. - -Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su -relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad. -El cuadro es a veces monstruoso; pero la _mise en scéne_ y todo lo que -pertenece a la _representación_, son, sin embargo, tan verosímiles, los -detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación -tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o -Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos -sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente -el organismo, ya quebrantado, del individuo. - -Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña -ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al -anochecer, se paseaba _extramuros_ acompañado de su padre. El tiempo -era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su -memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que -despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni -un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte, -un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último -jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía -pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable -impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud -de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban -con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían -hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y -temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba -lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba -un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del -cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula -verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre -y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de -su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido. -Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El -niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte -desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al -lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de -la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión, -muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había -dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba -el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la -tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba. - -He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo; -pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y -dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación -que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres -de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas -de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos -cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes -carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías -y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de -gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar -aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la -menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un -caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los _mujiks_ -acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que -muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos -cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo -atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le -llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba -siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la -taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios _mujiks_ -completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes -echados negligentemente sobre los hombros. - ---¡Subid, subid todos!--grita todavía un hombre, de robusto cuello y de -rostro carnoso, color de zanahoria--. ¡Os llevo a todos, subid! - -Estas palabras provocan risas y exclamaciones. - -¡Hacer el camino con semejante penco! - ---Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese -jamelgo a semejante carro? - ---De seguro que este rocín tiene más de veinte años. - ---Subid, os llevo a todos--grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer -carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las -riendas--. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho, -amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo -que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si -galopará! - -Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al -pobre jaco. - ---¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!--dijeron, -burlándose, los del grupo. - ---Apuesto a que hace diez años que no galopa. - ---¡Buena marcha llevará! - ---No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro! - ---¡Eso, eso, se le arreará! - -Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya -seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una -gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón -rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va -partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la -gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de -que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que -están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka. - ---¡Andando!--grita este último. - -El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas -si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los -golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan. -Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda -y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle -galopar. - ---Dejadme subir a mí también, amigos míos--grita entre los espectadores -un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla. - ---Sube--respondió Mikolka--. Subid todos, que yo le haré correr. - -Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al -animal. - ---Papá, papá--dice el niño a su padre--, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al -pobre caballejo! - ---Vamos, vamos--dice el padre--; son borrachos que se divierten a su -modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso. - -Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y -sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado -cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y -poco falta para que no se caiga. - ---¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!--aúlla Mikolka--. Eso es lo que -hay que hacer. Yo os ayudaré. - ---¡Tú no eres cristiano, sino lobo!--grita un viejo del grupo. - ---¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un -armatoste como éste?--grita otro. - ---¡Bribón!--vocifera un tercero. - ---No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que -galope! - -De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la -gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la -paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el -mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un -caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea! - -Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden -a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda. - ---¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!--vociferaba -Mikolka. - ---¡Una canción, amigos!--grita uno del corro, e inmediatamente toda la -pandilla entona una canción soez al son de una pandereta. - -La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe. - -Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los -ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas. -Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo -siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de -la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas -demasías. - -Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena; -pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin -fuerzas, intenta aún cocear. - ---¡Ah, maldito!--exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del -fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con -las dos manos sobre el pobre caballo. - ---¡Lo va a matar!--gritaban en derredor suyo. - ---¡Lo matará! - ---¡Es mío!--grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos -vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal. - ---¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?--gritan varias voces en el grupo. - -De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre -bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de -caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas -que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel -suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus -perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el -garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe. - ---¡No quiere morir!--gritan los del grupo. - ---¡No le queda mucho de vida!--observa uno de los que contemplan -regocijados el bárbaro espectáculo--. Se acerca su último momento. - ---Dale con un hacha; es el medio de acabar con él--apunta un tercero. - ---Dejadme--dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el -carro, y toma una barra de hierro--. ¡Fuera!--grita, y asesta un -violento golpe al pobre caballo. - -El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe -con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado -instantáneamente los cuatro miembros. - ---¡Acabemos!--aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro. - -Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen -más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante. -Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra -de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere. - ---¡Ha muerto!--gritan en el grupo. - ---¿Por qué no quería galopar? - ---¡Era mío!--gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra. - -Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la -muerte le hubiese quitado su víctima. - ---¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!--gritan indignados algunos -asistentes. - -El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre -el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del -cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino -arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En -aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra -al fin y le aparta de la gente. - ---¡Vámonos, vámonos!--le dijo--. Volvamos a casa. - ---¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?--solloza el niño; pero -le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos. - ---¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con -ellos!--dice el padre. - -Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere -respirar, grita, y se despierta. - -Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos -empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza. - ---¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!--dijo--. ¡Cómo! ¿Iré a -tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso. - -Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de -confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre -las manos. - ---¡Dios mío!--exclamó--. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un -hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande -por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y -me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será -posible? - -Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol. - ---Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?--continuó con profunda -sorpresa--. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué, -pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el -_ensayo_, comprendí perfectamente que _aquello_ era superior a mis -fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea? -Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso, -repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba. - -»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis -razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a -que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como -la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por -qué pues, por qué ahora...? - -Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí, -y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los -ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con -más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo -tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz. - ---¡Señor!--exclamó--; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio -maldito! - -Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la -resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía -cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la -salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había -cesado de influir sobre él el horrible maleficio. - -Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su -tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias, -venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía -nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror -supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre -su destino. - -He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué -cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su -casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar -por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba? -Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba -completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa -sin fijarse en el itinerario recorrido. - ---¿Pero por qué, pues--se preguntaba siempre--, por qué aquel encuentro -tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito, -que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se -verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que -me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles -consecuencias? - -Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una -predestinación. - -Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los -tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se -preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros -y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los -bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo -de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los _pereuloks_[11] -de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba -de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus -harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera, -pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del -_pereulok_ de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a -volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa -de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de -Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la -víspera a empeñar su reloj y a hacer el _ensayo_. - - [11] Pasaje. - -De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le -conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años, -tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba -como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba. - -En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en -pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían -el vendedor y su mujer. - -Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en -sus palabras. - -Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación -extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese -nada de asombroso. - ---Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel -Ivanovna--dijo con fuerza el vendedor--. Venga usted mañana de seis a -siete. También vendrán los otros. - ---¿Mañana?--dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse. - ---¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?--dijo vivamente la vendedora, -que era una mujerona enérgica--. No la perderé de vista, porque usted -es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta -ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su -hermanastra? - ---No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna--dijo el marido--. Se lo -aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio -ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida. - ---¿De modo que tengo que venir? - ---Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que -esté usted presente para decidir el asunto. - ---Le ofreceremos una taza de te--añadió la vendedora. - ---Está bien, vendré--respondió Isabel pensativa, y se dispuso a -marcharse. - -Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas -y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por -no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento -había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le -acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde, -Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y -que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja _se -encontraría sola en su casa_. - -El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como -si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en -disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía -ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente -resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una -ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que -acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber -la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin -comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal -vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa. - - -VI - -Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían -invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una -familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de -algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de -mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora. -Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era -muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo; -en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida. - -Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso -y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto, -se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y -misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo, -Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al -despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que -tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo -sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le -permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que -vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los -cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su -padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su -hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse. - -Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna. -Desde el primer momento, y antes de que él supiera nada de particular -acerca de ella, la vieja le inspiró una violenta aversión. Después de -haber recibido el dinero entró en un mal _taklir_[12] que encontró al -paso. Allí pidió te, se sentó y púsose a reflexionar. Una idea extraña, -todavía en estado embrionario en su espíritu, le ocupaba por completo. - - [12] Cafetucho. - -Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba -de haber visto jamás, estaba sentado con un oficial. - -Los dos jóvenes acababan de jugar al billar y se disponían ahora a -tomar el te. De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante que daba al -oficial la dirección de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de -colegio y prestamista sobre prendas. - -Esto sólo pareció ya un poco extraño a nuestro héroe: se hablaba de una -persona de cuya casa acababa él de salir. Sin duda, todo ello era pura -casualidad; pero en aquel momento hallábase bajo una impresión que no -podía dominar, y he aquí que, precisamente en aquel momento, alguien -venía a fortificar en él esta impresión. El estudiante comunicaba, en -efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna. - ---Es un famoso recurso--decía--; siempre hay medio de procurarse dinero -en su casa. Rica como un judío, puede prestar cinco mil rublos de una -vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen más que un rublo. Es -una providencia para muchos de nosotros. Pero, ¡qué horrible arpía! - -Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no concedía siquiera -veinticuatro horas de prórroga, y que toda prenda no retirada en el -día fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre -un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis -por ciento de interés mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena -de hablar hasta por los codos, añadió que esta horrible vieja era -pequeñuela, lo que no le impedía pegar a menudo y tener en completa -dependencia a su hermana Isabel, que medía, por lo menos, dos archines -y ocho verchoks de estatura. - ---¡Es un fenómeno!--exclamó, y se echó a reír. - -La conversación recayó en seguida sobre Isabel. - -El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo. -El oficial escuchaba a su amigo con mucho interés y le suplicó que le -enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa. - -Raskolnikoff no perdió una palabra de esta conversación y supo de esta -suerte una multitud de cosas. Más joven que Alena Ivanovna, de la -cual no era más que media hermana, Isabel tenía treinta y cinco años -y trabajaba día y noche para la vieja. Además de los quehaceres de la -cocina, era lavandera, hacía labores de costura, que luego vendía, iba -a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a -su hermanastra. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni trabajo sin -consultar a la usurera, la cual, como Isabel sabía muy bien, había -otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana más que el -mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno -descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel -pertenecía a la clase media y no al _tchin_. Era una estantigua, con -pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra -parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y -hacía reír al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta. - ---¿Pero no dices que es un monstruo?--preguntóle el oficial. - ---Realmente, es demasiado trigueña; parece un soldado vestido de -mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su -fisonomía revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresión tan -simpática que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es -tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carácter tan bueno y, -además, su sonrisa es tan bondadosa... - ---¿Estás enamorado de ella?--interrogóle, sonriendo, el oficial. - ---Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara -que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la mataría y la -despojaría de todo lo que posee sin escrúpulo de conciencia--añadió -vivamente el estudiante. - -El oficial lanzó una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeció. Las -palabras que oía encontraban extraño eco en sus propios pensamientos. - ---Vamos a ver--prosiguió el estudiante--. Hace un momento me burlaba, -pero ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado una vieja enfermiza, -necia, un ser que no es útil a nadie, y que, por el contrario, -perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá -mañana de muerte natural. ¿Comprendes? - ---Comprendo--repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor. - ---Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan, -se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien -mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado -por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones -quizá, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la -miseria, de la disolución, de la ruina, del vicio, de los hospitales... -y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase -su fortuna al bien de la humanidad, ¿crees tú que el crimen, si eso -fuese un crimen, no estaría largamente compensado por millares de -buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a -la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a -la existencia. Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las -balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco más que la -vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos, -porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de -rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase -con los dientes. - ---Cierto que es indigna de vivir--respondió el oficial--; ¿pero qué -quieres? la Naturaleza... - ---Amigo mío, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo -contrario, viviríamos enterrados en prejuicios, no habría un solo -grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir -que esté mal, pero, ¿qué sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a -plantearte otra cuestión. - ---No, chico, ahora me toca a mí. Te voy a preguntar una cosa. - ---Conforme. - ---Verás: tú estás ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime: -¿Matarías tú, con tus propias manos, a esa vieja? - ---¡Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la -justicia... No se trata de mí... - ---Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber mi opinión? Vas a oírlo: Puesto -que no te decidirías a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a -echar otra partida. - -Raskolnikoff era presa de una agitación extraordinaria. En rigor, -esta conversación no tenía nada de asombroso. Muchas veces había oído -a los jóvenes cambiar entre sí análogas ideas; lo único que difería -era el tema; mas, ¿por qué el estudiante expresaba precisamente los -mismos pensamientos que en aquel instante bullían en el cerebro de -Raskolnikoff? ¿Y por qué casualidad éste, al salir de la casa de la -vieja, oía hablar de ella? Tal coincidencia le pareció extraña: estaba -escrito que esta insignificante conversación de café tuviese en su -destino decisiva influencia. - - * * * * * - -Al volver a su domicilio, se dejó caer en el sofá y permaneció sentado -en él, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era -completa; en la habitación no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó -que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora había -pensado algo. Por último, le entraron escalofríos febriles, y pensó con -satisfacción que podía echarse del todo en el sofá... No tardó en caer -en pesado y profundo sueño. - -Durmió mucho más tiempo que de costumbre y sin soñar. A Anastasia, -que entró en su habitación al día siguiente a las diez, le costó gran -trabajo despertarle. La criada le traía pan, y, como la víspera, algo -del te que ella acostumbraba a tomar. - ---¡Aun no se ha levantado!--exclamó indignada--. ¿Es posible dormir así? - -Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso -en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de -nuevo en el sofá. - ---¡Otra vez!--gritó Anastasia--. ¿Estás malo? - -El joven no respondió. - ---¿Quieres tomar te? - ---Más tarde--contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió -del lado de la pared. - -Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo. - ---Indudablemente está enfermo--dijo antes de retirarse. - -A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en -el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a -sacudir con fuerza al joven. - ---¿Qué te pasa para dormir tanto?--gruñó, mirándole con desprecio. - -Raskolnikoff se incorporó, pero no respondió una palabra ni levantó los -ojos del suelo. - ---¿Estás malo o no lo estás? - -Esta pregunta no obtuvo más respuesta que la primera. - ---Deberías salir--dijo ella después de una pausa--. El aire libre te -sentaría bien. Vas a comer, ¿no es verdad? - ---Más tarde--respondió con voz débil--; ¡vete!--y la despidió con un -ademán. - -La criada se detuvo un momento, miró compasivamente al joven y se -marchó. - -Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levantó los ojos, examinó -detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer. - -Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El -dolor de cabeza se le había calmado algo, y cuando hubo terminado su -frugal comida se echó de nuevo en el sofá; pero, aunque no pudo dormir, -permaneció inmóvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginación -le presentaba, sucediéndose sin cesar, los cuadros más extraños. -Figurábase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana -detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los -camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponían a comer. -El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente; -el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del -riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos. - -De repente hirió sus oídos el sonido de la campana de un reloj; aquel -ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de -la realidad, se levantó de un salto, después de mirar a la ventana y -calcular la hora que podría ser. Anduvo en seguida de puntillas, se -aproximó a la puerta, la abrió suavemente y se puso a escuchar. - -El corazón le latía con violencia. La escalera estaba silenciosa, -parecía que todo dormía en la casa. - ---¿Cómo me he dejado vencer en el momento decisivo? ¿Cómo desde ayer -no he hecho nada, ni preparado nada?--se preguntaba a sí mismo, no -comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quizá las seis las -que acababan de dar. - -A su inercia y entorpecimiento siguió bruscamente febril y -extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigían -mucho tiempo. Hacía esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de -nada, y su corazón latía con tal fuerza que dificultaba la respiración. -Primero tenía que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabán; -aquello era cosa de un minuto; buscó en la ropa que tenía debajo de -la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Después, con trozos -arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de -ancha y ocho de larga. La dobló en dos partes, se quitó el gabán de -verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodón (único sobretodo -que poseía), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo, -los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban -las manos; pero le quedó tan bien, que cuando volvió a ponerse el gabán -no se veía el cosido por la parte de afuera. Se había proporcionado -mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas -cosas del cajón de su mesa. - -En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le había ocurrido -un medio muy ingenioso, ya ideado quince días antes. Ir por la calle -con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma -bajo el gabán, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y -esto podría llamar la atención, en tanto que con el nudo corredizo le -bastaba poner en él el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el -sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Podía -también impedir que se moviese sin más que oprimir la extremidad del -mango con la mano metida en el bolsillo del gabán. Este era muy ancho, -un verdadero saco, y la maniobra no podría ser advertida. - -Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo bajo la otomana e introduciendo -los dedos en una hendidura del suelo, sacó de aquel escondrijo -el objeto empeñable de que había tenido cuidado de proveerse con -anticipación. Este objeto no era más que una tableta de madera -acepillada, del tamaño que suelen tener las cigarreras de plata. En -uno de sus paseos el joven había encontrado por casualidad este trozo -de madera en el corral de un taller de carpintería. Tomó, además, una -plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones, -que había encontrado también en la calle, y después de juntar una cosa -con la otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente con un hilo, y -lo envolvió todo en un trozo de papel blanco. - -Este paquetito, al cual el joven había tratado de dar un aspecto todo -lo elegante que le fué posible, quedó atado de manera que era muy -difícil desatarlo. - -Por tal medio se ocuparía momentáneamente la atención de la vieja; -mientras ésta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff -podría elegir el momento oportuno. Había juntado con la tabla la placa -de hierro para que el supuesto objeto de empeño pesase más, a fin de -que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se -le pedía dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff -acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oyó una voz que le -decía en la escalera: - ---Ya hace mucho que han dado las seis. - ---¡Dios mío! ¿Mucho? - -Se dirigió a la puerta, aplicó el oído y se puso a bajar los treinta -escalones sin hacer más ruido que un gato. Quedaba lo más importante: -ir a la cocina a recoger el hacha con que se había determinado a -cometer el crimen. Ya hacía tiempo que tenía pensado valerse de un -hacha. Había en su casa una especie de hoz, pero este instrumento -no le inspiraba confianza, y además desconfiaba de su destreza para -manejarla; así fué que se decidió definitivamente por el hacha. -Advirtamos a propósito de esto una particularidad singular; a medida -que sus resoluciones tomaban un carácter determinado, más absurdas y -horribles le parecían al joven. A pesar de la lucha desesperada que se -libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante -que acabaría por no poner en ejecución su sanguinario proyecto. - -Si todos los obstáculos hubieran sido vencidos, todas las dudas -disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habría -renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero -le quedaba todavía multitud de puntos que esclarecer y de problemas -que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno -a Raskolnikoff, porque esto era muy fácil. Anastasia no estaba casi -nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus -amigas o en las tiendas, y éste solía ser el motivo de las reprimendas -de su ama. - -No había más que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el -momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora -después cuando todo hubiese terminado. - -Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos. - ---Supongamos--pensaba el joven--que dentro de una hora, cuando yo -vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en -tal caso tendré que aguardar para entrar en la cocina a que salga la -criada; ¿pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se -pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuñará, y ¡quién sabe! armará -un alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia que podría ser -funesta. - -Sin embargo, no quería pensar en tales pormenores; además, no tenía -tiempo para ello. Se preocupaba de lo más importante, decidido a -desdeñar lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinación sobre -lo esencial. Esto último, empero, le parecía irrealizable. No podía -imaginar que en un momento dado cesaría de pensar, se levantaría e -iría allí derechamente... Aun en su reciente _ensayo_ (es decir, en la -visita que había hecho para tantear el terreno), había faltado poco -para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin convicción, no -pudo sostener su papel y huyó indignado contra sí mismo. - -No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestión estaba -resuelta. La casuística del joven, afilada como una navaja de afeitar, -había cortado todas las objeciones; pero no encontrándolas en su mente -se esforzaba en buscarlas fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado por -una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente -de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes -de la víspera influían sobre él de una manera automática del mismo modo -que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una máquina le agarra -una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma máquina. - -La primera cuestión que le preocupaba sobremanera y en la cual había -pensado muchas veces, era esta: ¿por qué se descubren tan fácilmente -todos los crímenes y por qué se encuentran con tanta facilidad las -huellas de casi todos los culpables? - -Poco a poco llegó a diversas conclusiones muy curiosas. Según él la -principal razón del hecho consistía menos en la imposibilidad material -de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este -último experimentaba en el momento de cometer el delito una diminución -de la voluntad y de la inteligencia; por esta razón solía proceder con -aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la -circunspección y la prudencia le eran más necesarias. - -Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento -de la voluntad, a una afección morbosa que se desarrolla por grados, -que llega al máximum de intensidad poco antes de la perpetración del -crimen, que subsistía en la misma forma durante la comisión de él y aun -algunos momentos después (más o menos tiempo según los individuos) para -cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido -era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen, -por su naturaleza propia, va acompañado siempre de algún fenómeno -morboso; pero el joven no se sentía capaz de resolver esta cuestión. - -Razonando de esta manera llegó a persuadirse de que él personalmente -estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservaría -la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa, -sencillamente porque «su empresa no era un crimen...» No referiremos -la serie de argumentos que le habían conducido a esta última -conclusión. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado -práctico, las dificultades puramente materiales de ejecución, quedaban -en el segundo término. «Que conserve yo mi presencia de espíritu, mi -fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfaré de todos los -obstáculos...» Pero no ponía manos a la obra. Menos que nunca creía -en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se -despertó como de un sueño. - -No estaba aún al pie de la escalera cuando una circunstancia -insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que -estaba el cuarto de su patrona, encontró, como siempre, abierta de par -en par la puerta de la cocina, y miró discretamente: estando ausente -Anastasia, ¿no era posible que estuviese allí la patrona? Y aunque -no se hallase en la cocina, ¿tendría bien cerrada la puerta de su -habitación? ¿No podría verle cuando entrase por el hacha? Era necesario -cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería su estupor al ver que Anastasia, -contra su costumbre, estaba en la cocina! Más todavía: que andaba muy -atareada, sacando ropa del cesto y tendiéndola en unas cuerdas. Al -aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvió -hacia él y no dejó de mirarle hasta que se hubo alejado. - -Raskolnikoff volvió los ojos y pasó como si no se hubiera fijado -en nada; pero aquélla era cosa concluída: no tenía hacha. Esta -circunstancia fué para él un golpe terrible. - ---¿De dónde había sacado yo--pensaba al bajar los últimos peldaños de -la escalera--que precisamente en este momento había salido Anastasia? -¿Por qué se me habrá metido tal cosa en la cabeza? - -Sentíase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a -burlarse de sí mismo. Hervía en todo su ser una cólera salvaje. - -Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir -sin objeto, no le apetecía; pero aun le era más desagradable volver -a subir. «¡Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasión!», -murmuró enfrente del cuarto del _dvornik_, cuarto que estaba también -abierto. - -De repente se echó a temblar. En la garita del portero, a dos pasos de -Raskolnikoff, debajo del banco, brillaba un hacha... El joven miró en -derredor suyo. Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil, bajó dos -escaloncitos y llamó con voz débil al _dvornik_: «Vamos, no está en su -casa; pero no debe de andar lejos, porque no ha cerrado la puerta.» -De pronto, como un rayo, se lanzó hacia el hacha y la sacó de debajo -del banco donde estaba entre dos troncos. En seguida pasó el arma -por el nudo corredizo, se metió las manos en los bolsillos y salió. -Nadie le vió. «No es la inteligencia la que me ayuda, es el diablo», -pensó, sonriéndose de un modo extraño. Aquella casualidad contribuyó -poderosamente a darle valor. - -Caminaba lenta, gravemente, temeroso de despertar sospechas. Apenas -miraba a los transeuntes a fin de atraer lo menos posible la atención. -De repente pensó en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer tenía dinero y -hubiera podido comprarme una gorra!» Del fondo de su alma brotó una -imprecación. Una ojeada que por casualidad dirigió a una tienda donde -había un reloj colgado de la pared, le hizo saber que eran ya las siete -y diez. Urgía el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar un rodeo para -que no se le viese llegar de aquel lado a la casa. - -Entretanto se verificaba en él un extraño fenómeno; en contra de lo -que se figuraba, no sentía miedo alguno; así, en vez de preocuparse -por el crimen que se disponía a cometer, otros sentimientos ajenos a -su empresa ocupaban su espíritu. Al pasar por delante del jardín de -Jussupoff pensaba que sería conveniente establecer en todas las plazas -públicas fuentes monumentales que refrescasen la atmósfera. Luego, por -una serie de transiciones insensibles, comenzó a fantasear que si al -jardín de Verano se le diese toda la extensión del campo de Marte y se -le añadiese el jardín del palacio Miguel, San Petersburgo ganaría con -ello higiénica y artísticamente considerado. - -«Del mismo modo, sin duda, las personas que son conducidas al suplicio -se fijan en todos los objetos que encuentran en el camino.» Se le -ocurrió esta idea; pero se apresuró a desecharla. En tanto se aproximó: -vió la casa, vió la puerta. De repente oyó que un reloj daba una sola -campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete y media? ¡Imposible! Ese reloj -adelanta.» - -También esta vez la casualidad sirvió a Raskolnikoff. Como si lo -hubiera hecho a propósito, en el momento mismo en que llegaba frente a -la casa, entraba por la puerta cochera una enorme carreta cargada de -heno. El joven pudo franquear el umbral sin ser visto, deslizándose por -el espacio que quedaba entre la carreta y la pared. Cuando estuvo en -el patio, tomó rápidamente por la derecha. Del otro lado de la carreta -disputaban algunos hombres. Raskolnikoff les oía gritar pero ninguno se -fijó en él ni él por su parte encontró a nadie. Muchas de las ventanas -que daban a aquel inmenso patio cuadrado estaban abiertas: sin embargo, -no levantó la cabeza. Su primer movimiento fué ganar la escalera de la -vieja que era la de la derecha. - -Conteniendo la respiración y con la mano apoyada en el corazón para -comprimir sus latidos, se puso a subir los peldaños, cerciorándose -antes de que el hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. A cada -minuto se paraba a escuchar; pero la escalera estaba completamente -desierta y todas las puertas cerradas. En el segundo piso había un -cuarto desalquilado, que estaba abierto, y en donde trabajaban algunos -pintores; pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que se detuvo un -instante para reflexionar, y luego continuó subiendo. «Mejor hubiera -sido que no estuviesen; pero por encima de ellos, hay todavía dos -pisos.» - -Llegó al cuarto piso sin encontrarse con nadie, y se halló ante la -puerta de Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse para reflexionar. -El cuarto de enfrente estaba desocupado. En el tercero, la habitación -situada precisamente por debajo de la de la vieja, se hallaba también -vacía, según todas las apariencias: la tarjeta que antes había en la -puerta, no estaba: los inquilinos se habían ido... Raskolnikoff se -ahogaba. Vaciló un momento. «¿No sería mejor que me fuera?» Pero sin -responder a esa pregunta, se puso a escuchar; no oyó ningún ruido en -casa de la vieja; en la escalera el mismo silencio. Después de haber -estado escuchando largo rato, el joven echó una mirada en torno suyo y -tentó nuevamente su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?--pensó--. ¿No -se notará mi agitación? Esa mujer es muy desconfiada. Debiera esperar a -que se calmase mi emoción.» - -Pero, lejos de calmarse, eran cada vez más violentas las pulsaciones -del corazón del joven. No pudo contenerse más, y extendiendo lentamente -la mano hacia el cordón de la campanilla, tiró de él. Al cabo de medio -minuto llamó de nuevo, con más fuerza. Ninguna respuesta; llamar -violentamente hubiera sido inútil y hasta imprudente. La vieja de -seguro estaba en su casa; pero como era desconfiada, debía serlo más en -este momento en que se encontraba sola. Raskolnikoff conocía en parte -las costumbres de Alena Ivanovna. De nuevo aplicó el oído a la puerta. -Su excitación desarrollaba en él una agudeza particular de sensaciones -(lo que en general es difícil de admitir), o en rigor el ruido era -fácilmente perceptible. - -Sea como fuere, le pareció oír que una mano se apoyaba con precaución -en la cerradura, escuchaba, esforzándose por disimular su presencia. -No queriendo parecer que se ocultaba, el joven llamó por tercera vez -pero suavemente para no denunciar su impaciencia. Aquel instante dejó -a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. Cuando después pensaba en ello, -no acertaba a explicarse cómo había podido desplegar tanta astucia -precisamente en el momento en que su emoción era tal que le quitaba el -uso de sus facultades intelectuales y físicas. Al cabo de un instante -oyó que descorrían el cerrojo. - - -VII - -Lo mismo que en su visita anterior, Raskolnikoff vió entreabrirse la -puerta lentamente y por la estrecha abertura dos ojos muy brillantes -que se fijaban en él con expresión de desconfianza. Entonces le -abandonó su sangre fría y cometió una falta que hubiera podido dar al -traste con todo. - -Temiendo que Alena Ivanovna tuviese miedo de encontrarse sola con -un visitante de aspecto poco tranquilizador, tiró de la puerta con -violencia hacia sí para que la vieja no procurase cerrarla. La usurera -no intentó siquiera hacerlo, pero no quitó la mano de la cerradura, -de manera que faltó poco para que cayera de bruces en el descansillo, -hacia donde se abría la puerta. Como Alena Ivanovna permanecía de pie -en el umbral para no dejar el paso libre, el joven avanzó hacia ella. -Aterrada la vieja dió un salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar una -palabra y miró a Raskolnikoff abriendo los ojos desmesuradamente. - ---Buenas tardes, Alena Ivanovna--dijo él con el tono más natural -que pudo; pero en vano trataba de fingir; su voz era entrecortada y -temblorosa--; traigo un objeto, pero entremos: para examinarlo hay que -verlo a la luz... - -Y sin esperar a que se le dijera que pasase, penetró en la habitación. -La vieja se le acercó vivamente; ya se le había desanudado la lengua. - ---¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién es usted, qué se le ofrece? - ---¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff; -tenga usted paciencia. Vengo a empeñar esta alhaja de la que le hablé -el otro día--y le alargó el paquete. - -Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambió de idea, -y levantando los ojos dirigió una mirada penetrante, irritada y -desconfiada sobre aquel importuno que se le metía en casa con tan poca -ceremonia. Raskolnikoff hasta creyó advertir cierta especie de burla en -los ojos de la vieja, como si ésta lo hubiese adivinado todo. Se daba -cuenta el joven de que perdía la serenidad, de que tenía casi miedo, de -que si aquella muda investigación se prolongaba medio minuto, iba, sin -duda, a echar a correr. - ---¿Por qué me mira usted de ese modo, como si no me conociese?--dijo -irritándose a su vez--. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja; -iré a otra parte con ello; es inútil que me haga usted perder el tiempo. - -Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado. - -El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó a la usurera. - ---¿Qué prisa hay, _batuchka_? ¿Qué es eso?--preguntó mirando el paquete. - ---Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde. - -La vieja extendió la mano. - ---¡Qué pálido está usted! ¿Está usted malo, _batuchka_? - ---Tengo fiebre--respondió con voz brusca--. ¿Cómo no he de estar -pálido?... Cuando uno no tiene que comer...--acabó de decir, no sin -esfuerzo--, le abandonan las fuerzas de nuevo. - -La respuesta parecía verosímil; la vieja tomó el paquete. - ---¿Qué es esto?--preguntó por segunda vez, y tanteando el peso de la -prenda, miró fijamente a su interlocutor. - ---Una petaca de plata... mírela usted. - ---Cualquiera diría que no es plata... ¡Oh, cómo la han atado! - -En tanto que Alena Ivanovna hacía esfuerzos por desatar el hilo, se -había aproximado a la luz. (Todas las ventanas estaban cerradas, a -pesar del calor sofocante que hacía.) En esta posición daba la espalda -a Raskolnikoff, y durante algunos segundos no se ocupó en él. El joven -se desabrochó el gabán y separó el hacha del nudo corredizo; pero -sin sacarla todavía, se limitó a tenerla con la mano derecha debajo -del sobretodo. Sentía una terrible debilidad en todos sus miembros. -Comprendía que cada instante que pasaba su debilidad iba en aumento; -temía que se le escapase el hacha de la mano, y le parecía que todo le -daba vueltas en su derredor. - ---¿Pero qué hay aquí dentro?--gritó coléricamente Alena Ivanovna, e -hizo un movimiento en dirección a Raskolnikoff. - -No había tiempo que perder. Sacó el joven el hacha de debajo del gabán, -la levantó con las dos manos casi maquinalmente, porque no tenía -fuerzas, y la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De repente, en -cuanto hubo dado el golpe, sintió Raskolnikoff que recobraba toda su -energía física. - -Alena Ivanovna, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. -Sus cabellos, grises y escasos, y, como siempre, untados de aceite, -recogíalos, formando trenzas en la nuca con un trozo de peineta de -cuerno. El golpe dió precisamente en la coronilla, a lo cual contribuyó -la escasa estatura de la víctima. La usurera lanzó un grito débil y -cayó desplomada teniendo, sin embargo, todavía fuerzas para llevarse -los brazos a la cabeza. En una de las manos conservaba la «prenda». -Entonces Raskolnikoff que, como hemos dicho, había recobrado todo su -vigor, asestó dos nuevos hachazos en el occipucio de la vieja. La -sangre brotó a chorros y el cuerpo quedó exánime. El joven se echó -hacia atrás y en cuanto vió a la anciana sin movimiento se inclinó para -mirarla: estaba muerta; los ojos, desmesuradamente abiertos, parecían -salirse de las órbitas, y las convulsiones de la agonía daban a su -rostro la expresión de una horrible mueca. - -El asesino dejó el hacha en el suelo e inmediatamente se puso a -registrar el cadáver, tomando todo género de precauciones para no -mancharse de sangre. Se acordaba de haber visto la última vez a Alena -Ivanovna buscar las llaves en el bolsillo derecho de su vestido. Se -hallaba en plena posesión de su inteligencia. No experimentaba ni -aturdimiento ni vértigos; pero seguían temblándole las manos. Más -tarde recordó que había sido muy prudente, y que había puesto mucho -cuidado en no mancharse. No tardó en encontrar las llaves. Como el día -anterior, estaban todas reunidas en una anilla de acero. - -Después de haberse apoderado de ellas, Raskolnikoff entró en la alcoba. -Era ésta muy pequeña, y había en ella un estante lleno de imágenes -piadosa; en el otro lado una gran cama muy limpia con una colcha de -seda almohadillada y hecha de pedazos cosidos. En la otra pared una -cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado el joven a servirse de -las llaves para abrir este mueble, le recorrió todo el cuerpo un -escalofrío. Estuvo tentado de renunciar a todo y marcharse; pero esta -idea duró sólo un momento; era demasiado tarde para retroceder. - -Hasta llegó a sonreírse de haber podido pensarlo, cuando, de repente, -sintió una terrible inquietud: ¿Si por acaso la vieja no estuviera -muerta y recobrase el sentido? Dejando las llaves en la cómoda, acudió -vivamente cerca del cuerpo, tomó el hacha y se dispuso a dar otro golpe -a su víctima; pero el arma, ya levantada, no cayó; no había duda de -que Alena Ivanovna estaba muerta. Inclinándose de nuevo sobre ella -para examinarla más de cerca, Raskolnikoff se convenció de que la -mujer tenía el cráneo partido. En el sucio se había formado un lago de -sangre. Viendo de improviso que la vieja tenía un cordón al cuello, el -joven tiró de él violentamente; pero el cordón ensangrentado era recio -y no se rompió. - -El asesino trató entonces de quitárselo, haciendo que se deslizase -a lo largo del cuerpo; pero no fué más afortunado en esta segunda -tentativa; el cordón encontró un obstáculo y no pasaba. Impaciente -Raskolnikoff, blandió el hacha, pronto a descargarla sobre el cadáver -para cortar con el mismo golpe aquel maldito cordón. Sin embargo, no -pudo resolverse a proceder con aquella brutalidad. Al cabo, después de -dos minutos de esfuerzos que le pusieron rojas las manos, logró cortar -el cordón con el filo del hacha, sin herir el cuerpo de la muerta. -Como había supuesto, lo que la vieja llevaba al cuello era una bolsa. -También estaban sujetas al cordón una medallita esmaltada y dos cruces, -la una de madera de ciprés, la otra de cobre. La bolsa, grasienta (un -saquito de piel de camello), estaba completamente llena. Raskolnikoff -se la metió en el bolsillo sin mirar lo que contenía; arrojó las cruces -sobre el pecho de la vieja, y tomando el hacha volvió a entrar con ella -apresuradamente en la alcoba. - -La impaciencia le devoraba, y puso mano a la obra de desvalijamiento; -pero sus tentativas para abrir la cómoda eran infructuosas, no tanto -por el temblor de las manos, como por sus continuas torpezas. Veía, -por ejemplo, que tal llave no era de la cerradura y se obstinaba, sin -embargo, en hacerla entrar. - -De pronto se acordó de una conjetura que había hecho en su anterior -visita: aquella gruesa llave que estaba con las otras pequeñas en la -anilla de acero, debía de ser no de la cómoda, sino de alguna caja en -que acaso la vieja tenía encerrados todos sus valores. Sin ocuparse -más en la cómoda, miró bajo la cama, sabiendo que los viejos tienen -la costumbre de ocultar en ese sitio sus tesoros. En efecto, había -allí un cofre de poco más de una archina de largo y cubierto de cuero -rojo. La llave dentellada entraba perfectamente en la cerradura. Cuando -Raskolnikoff levantó la tapa, vió colocados sobre un trapo blanco -un abrigo forrado de piel de liebre con guarnición roja, debajo del -abrigo una falda de seda y después un chal; el fondo parecía contener -solamente trapos. El joven comenzó por secarse las manos ensangrentadas -en la guarnición roja. «Sobre lo rojo, la sangre se conocerá menos.» De -pronto pareció como que volvía en sí: «¡Señor! ¿Me habré vuelto loco?», -murmuró con terror. - -Pero apenas empezó a registrar aquellas ropas, cuando de debajo de la -piel se deslizó un reloj de oro. En vista de esto, revolvió de arriba -abajo el contenido del cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos -de oro, sin duda depositados como empeños, en manos de la usurera, -brazaletes, cadenas, pendientes, alfileres de corbata, etc.; los unos -encerrados en sus estuches, los otros anudados con una cinta en un -pedazo de periódico doblado en dos partes. - -Raskolnikoff no vaciló; metió mano a todas estas alhajas y se llenó los -bolsillos del pantalón y del gabán sin abrir los estuches ni deshacer -los paquetes; pero de pronto fué interrumpido en esta maniobra. En -la habitación donde estaba la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado -de terror. Pero el ruido había cesado, el joven empezaba a creer que -había sido engañado por una alucinación de su oído, cuando de súbito -percibió, distintamente, un ligero grito o más bien un gemido débil y -entrecortado. Al cabo de uno o dos minutos, todo volvió a quedar en un -silencio de muerte. Raskolnikoff, sentado en el suelo cerca del cofre, -esperaba respirando apenas. De repente dió un salto, tomó el hacha y se -lanzó fuera de la alcoba. - -En medio de la sala, Isabel, con un gran bulto en las manos, -contemplaba aterrorizada el cadáver de su hermana, y, pálida como la -cera, parecía no tener fuerzas para gritar ante la brusca aparición del -asesino. Comenzó a temblar, trató de levantar el brazo, de abrir la -boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando hacia atrás lentamente -con la mirada fija en Raskolnikoff, fué a refugiarse en un rincón de -la sala. La pobre mujer hizo esto sin gritar, como si le faltase el -aliento. El asesino se lanzó sobre ella con el hacha levantada; los -labios de la infeliz tomaron la expresión lastimera que suelen tomar -los de los niños pequeños cuando están espantados. - -Tal horror sentía la desdichada, que aunque vió que el hacha se -levantaba sobre ella, no pensó ni aun en defender la cara, llevándose -las manos a la cabeza con un movimiento maquinal que sugiere en -semejantes casos el instinto de conservación. Apenas si levantó el -brazo izquierdo extendiéndolo lentamente en dirección del agresor, que -descargó sobre Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha penetró -en el cráneo, hendió toda la parte superior de la frente y llegó casi -hasta el occipucio: Isabel cayó rígida, muerta. Sin saber lo que hacía, -Raskolnikoff tomó el paquete que la víctima tenía en la mano; después -lo tiró y salió al recibimiento. - -Estaba aterrado a causa de aquel nuevo asesinato que no había sido -premeditado por él. Quería desaparecer cuanto antes. «Si hubiese -podido darse mejor cuenta de las cosas; si hubiese calculado todas las -dificultades de su posición, si la hubiera previsto tan desesperada, -tan horrible, tan absurda, como era; si hubiera comprendido bien los -obstáculos que quedaban por vencer, quizá los crímenes que tendría -que perpetrar para huir de aquella casa y entrar en la suya... -probablemente habría renunciado a la lucha para correr a denunciarse, -y no por cobardía, sino por horror de lo que había hecho.» Esta -impresión le iba dominando. Por nada del mundo se habría aproximado a -la caja ni entrado en la alcoba. - -Poco a poco, sin embargo, comenzaron a surgir en su espíritu otros -pensamientos, y cayó en una especie de delirio. Por momentos el asesino -parecía olvidarse de sí mismo, o más bien, de olvidar lo principal, -para fijarse en lo insignificante. Una mirada dirigida a la cocina le -hizo descubrir un cubo medio lleno de agua, y se le ocurrió lavarse -las manos y limpiar el hacha. A causa de la sangre tenía pegajosas -las manos. Después de haber metido el hierro del arma en el agua, -tomó un pedazo de jabón que había en el poyo de la ventana y comenzó -a refregarse las manos. Cuando se las hubo lavado, enjugó el hierro -del hacha y en seguida empleó tres minutos en jabonar el mango, para -hacer desaparecer las salpicaduras de sangre. Después lo secó todo con -un paño de cocina que estaba colgado en una cuerda. Hecho esto, se -aproximó a la ventana, con objeto de examinar atenta y detenidamente el -hacha. Las huellas acusadoras habían desaparecido; pero el mango estaba -húmedo. Raskolnikoff ocultó cuidadosamente el arma bajo su gabán, -colocándola en el nudo corredizo; después hizo una inspección minuciosa -de sus vestidos con todo el cuidado que le permitía la débil luz que -iluminaba la cocina. A primera vista el pantalón y el gabán no tenían -nada de sospechoso; pero en los zapatos observó algunas manchas. El -joven las limpió con un trapo humedecido en agua. - -No obstante, estas precauciones no le tranquilizaban más que a medias, -porque veía mal y comprendía que podían pasarse inadvertidas algunas -manchas. Permaneció irresoluto en medio de la sala bajo la influencia -de un pensamiento sombrío y angustioso: el pensamiento de que se volvía -loco, de que en aquel momento era incapaz de tomar una determinación ni -de velar por su seguridad y de que su manera de proceder no era la que -convenía en las circunstancias presentes... - ---¡Dios mío, debo irme; irme en seguida!--murmuró y se lanzó al -recibimiento, en donde le esperaba un susto mayor de los que hasta -entonces había experimentado. Se quedó inmóvil, no atreviéndose a -dar crédito a sus ojos: la puerta del cuarto, la puerta exterior que -daba al descansillo, la misma en que él había llamado hacía poco, -por la cual había entrado, estaba abierta: hasta este momento había -permanecido entreabierta: acaso por precaución, la vieja, ni había dado -vuelta a la llave ni echado el cerrojo. ¡Pero Dios mío! el joven había -visto en seguida a Isabel. ¿Cómo no se le ocurrió que la vendedora -había entrado por la puerta? No había podido penetrar en el cuarto a -través de la pared. - -Cerró la puerta y echó el cerrojo. - ---Pero no; no es eso lo que debo hacer. Es menester partir, huir -inmediatamente. - -Descorrió el cerrojo, y después de haber abierto la puerta, se puso a -escuchar largo rato en la escalera. Abajo, probablemente en la puerta -cochera, dos voces ruidosas se insultaban. Esperó pacientemente. Por -último, callaron las voces; los dos alborotadores se habían ido cada -cual por su lado. Iba ya el joven a salir cuando en el piso inferior -se abrió con estrépito una puerta y alguien empezó a bajar tarareando -una canción. ¿Qué les pasaba a esta gente para armar tanto ruido? Cerró -de nuevo la puerta, esperando otra vez dentro del cuarto. Finalmente -se restableció el silencio; pero en el instante en que Raskolnikoff se -disponía a bajar, percibió un nuevo rumor. - -Eran pasos todavía distantes, que resonaban en los primeros peldaños -de la escalera; sin embargo, en cuanto empezó a oírlos, adivinó la -verdad--: Vienen _aquí_, al cuarto piso, a casa de la vieja. - -¿De dónde provenía aquel presentimiento? ¿Qué tenía de significativo el -ruido de aquellos pasos? Eran pesados, regulares, y más bien lentos que -ligeros... - ---Ya _él_ ha llegado al primer piso... se le oye cada vez mejor... -resuella como un asmático... ya llega al tercer piso... ¡aquí! - -Y Raskolnikoff experimentó súbitamente una parálisis general, como -ocurre en una pesadilla cuando uno se cree perseguido por varios -enemigos: están a punto de alcanzaros, os van a matar y os quedáis como -clavados en el suelo imposibilitados de moveros. - -El desconocido comenzaba a subir el tramo del cuarto piso. - -Raskolnikoff, a quien el espanto había tenido inmóvil en el -descansillo, pudo, por último, sacudir su estupor y entrando -apresuradamente en el cuarto cerró la puerta y corrió el cerrojo, -teniendo cuidado de hacer el menor ruido posible. El instinto, más bien -que el razonamiento, le guió en estas circunstancias. - -Armóse después del hacha, se arrimó a la puerta y se puso a escuchar, -sin atreverse a esperar siquiera. Ya el visitante estaba en el -descansillo. - -No había entre los dos hombres más que el espesor de una tabla. El -desconocido se encontraba frente a frente de Raskolnikoff en la -situación en que éste se había encontrado respecto de la vieja. - -El visitante respiró varias veces con fatiga. - -«Debe ser grueso y alto», pensó el joven, apretando con la mano el -mango del hacha. Todo aquello parecía un sueño. Al cabo de un momento, -el visitante dió un fuerte campanillazo. Creyó percibir cierto ruido en -la sala. Durante algunos segundos escuchó atentamente; llamó después -de nuevo, esperó todavía un poco, y de pronto, perdida la paciencia, -se puso a sacudir la puerta con todas sus fuerzas. Raskolnikoff -contemplaba con terror el cerrojo que temblaba en su ajuste; temía -verlo saltar de un momento a otro. Pensó sujetar el cerrojo con la -mano; pero el hombre hubiera podido desconfiar. La cabeza comenzaba -a írsele de nuevo. «¡Estoy perdido!», se dijo; sin embargo, recobró -súbitamente ánimos, cuando el desconocido rompió el silencio. - ---¿Estarán durmiendo o las habrán estrangulado? ¡Malditas -mujeres!--murmuraba en voz baja el visitante--. ¡Eh, Alena Ivanovna, -vieja bruja! ¡Isabel Ivanovna, belleza indescriptible! ¡Abrid! - -Exasperado, llamó diez veces seguidas todo lo más fuerte que pudo. Sin -duda aquel hombre tenía confianza en la casa y dictaba en ella la ley. - -Así pensaba Raskolnikoff cuando, de improviso, sonaron en la escalera -pasos ligeros y rápidos. Era, sin duda, otro que subía al cuarto piso. -El joven no se enteró al pronto de la llegada del recién venido. - ---¿Es posible que no haya nadie?--dijo una voz sonora y alegre, -dirigiéndose al primer visitante, que continuaba tirando de la -campanilla--. ¡Buenas tardes, Koch! - -Por el timbre de la voz comprendió Raskolnikoff que era un jovenzuelo. - ---¡El demonio lo sabe; poco ha faltado para que haya saltado la -cerradura!--respondió Koch--; ¿pero usted, cómo me conoce? - ---¡Vaya una pregunta! ¿No le gané a usted anteayer en el café Gambrinus -tres partidas seguidas de billar? - ---¡Ah! - ---¿De modo que no están? Es extraño, y además estúpido. ¿A dónde habrá -ido la vieja? Tenía que hablarle. - ---Yo también. - ---¿De modo que no hay más remedio que marcharse? ¿Qué hacer? ¡Y yo que -venía a pedirle dinero prestado!--exclamó el joven. - ---En efecto; no hay más remedio que marcharse. Pero no comprendo por -qué no está la bruja en casa habiéndome dado una cita. ¡Pues hay una -buena caminata de aquí a mi casa! ¿Y a dónde demonios habrá ido? Esta -bruja no se mueve en todo el año, puede decirse que echa raíces en su -casa, tiene malas las piernas... ¡y de repente se va de parranda! - ---Podíamos preguntarle al portero. - ---¿Para qué? - ---¡Toma! para saber a dónde ha ido y cuándo volverá. - ---¡Hum... preguntar!... ¡pero si no sale nunca!--y tiró del cordón de -la campanilla--. ¡Vaya, es inútil, hay que marcharse! - ---¡Espere usted!--gritó de repente el joven--. Fíjese, vea usted cómo -resiste la puerta cuando se tira de ella. - ---¿Y qué? - ---Esto prueba que no está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¡Mire -usted, mire usted cómo suena! - ---¿Y qué? - ---¿Pero no comprende usted todavía? Eso prueba que una, por lo menos, -está en casa. Si las dos hubieran salido, habrían cerrado la puerta por -fuera con llave, y claro es que no hubieran podido echar el cerrojo por -dentro. Repare usted el ruido que hace. Es evidente que para pasar el -cerrojo tiene que estar en casa. ¿Comprende usted? De modo, que están -dentro y no quieren abrir. - ---¡Pues es verdad!--exclamó Koch asombrado--. ¿De manera que están ahí? - -Y se puso a sacudir furiosamente la puerta. - ---No siga usted--dijo el joven--; aquí pasa algo extraordinario... -Usted ha llamado... ha sacudido la puerta con todas sus fuerzas y ellas -no abren; luego, o están desmayadas o.. - ---¿Qué? - ---Hay que llamar al _dvornik_ para que las despierte. - ---¡Buena idea! - -Los dos empezaron a bajar. - ---Espere usted, quédese aquí; iré yo a buscar al _dvornik_. - ---¿Para qué me he de quedar? - ---¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? - ---Está bien. - ---Verá usted; yo me dispongo a ser juez de instrucción. Aquí hay algo -que no está claro; esto es evidente, evidentísimo. - -Y así diciendo el joven bajó de cuatro en cuatro los peldaños de la -escalera. - -Cuando se quedó solo, Koch llamó otra vez, pero suavemente; después -se puso con aire distraído a empujar el botón de la cerradura para -cerciorarse de que la puerta estaba cerrada nada más que con cerrojo. -Luego, resoplando como un fuelle, se bajó para mirar por el ojo de la -llave, pero ésta estaba puesta por dentro, de modo que no pudo ver nada. - -En pie, del otro lado de la puerta, estaba Raskolnikoff con el hacha -en la mano y dispuesto a deshacer el cráneo al primero que osara -asomar la cabeza. Más de una vez, oyendo a los dos curiosos hurgar -en la puerta y concertarse entre sí, estuvo a punto de acabar de una -vez y de interpelarlos, pero sin abrir. Por momentos sentía deseos de -injuriarlos, de insultarlos, de abrir la puerta para hacerles entrar y -matarlos a ambos. «Mejor será que acabe cuanto antes»--pensaba. - ---¡Qué diablo! ¡No sube nadie!--se dijo Koch, comenzando a perder la -paciencia--. ¡Qué diablo!--volvió a decir, y fastidiado de esperar -abandonó su puesto para bajar en busca del joven. - -Poco a poco dejó de oírse el ruido de sus botas, que resonaban -pesadamente en la escalera. - ---¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer? - -Raskolnikoff descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. Tranquilizado -por el silencio que reinaba en la casa, y, por otra parte, incapaz de -reflexionar en aquel momento, salió, cerró detrás de sí lo mejor que -pudo, y empezó a bajar la escalera. - -Había descendido ya muchos escalones, cuando se produjo abajo un gran -estrépito. ¿Dónde ocultarse? No había medio de esconderse en ninguna -parte, y volvió a subir apresuradamente. - ---¡Eh, pardiez, espera, aguarda! - -El que lanzaba estas voces acababa de salir de un cuarto situado en los -pisos inferiores y bajaba a saltos gritando: - ---¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡El demonio se lleve a ese loco! - -La distancia no permitió oír más. El hombre que profería aquellas -exclamaciones estaba ya lejos de la casa. El silencio se restableció; -pero apenas había cesado esta alarma cuando le sucedió otra. Varios -individuos que hablaban entre sí en voz alta subían tumultuosamente la -escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff reconoció la voz chillona -del joven estudiante. - ---Son ellos--se dijo, y sin procurar ya escapar, se fué derechamente -a su encuentro--. Ocurra lo que quiera--añadió. Si me detienen, todo -ha terminado; y si me dejan escapar, también, porque se acordarán de -haberme visto en la escalera. - -Iba ya a reunirse con ellos, pues sólo les separaba un piso, cuando -de repente vió la salvación. A pocos escalones delante de él, a la -derecha, había un cuarto desalquilado, completamente abierto, el mismo -donde trabajaban los pintores; pero, como si lo hubieran hecho adrede, -éstos acababan de dejarlo. - -Eran, sin duda, los que un momento antes habían salido vociferando. Se -veía que la pintura estaba todavía fresca; en medio de la sala habían -dejado los obreros sus útiles, una cubeta, un cacharro con color y -una brocha. En un abrir y cerrar de ojos Raskolnikoff se escurrió en -el cuarto desalquilado y se arrimó cuanto pudo a la pared. Ya era -tiempo: sus perseguidores llegaban al descansillo; pero, sin detenerse, -subieron al cuarto piso, hablando ruidosamente. Después de cerciorarse -de que se habían alejado un poco, el asesino salió de puntillas y -descendió precipitadamente. Nadie en la escalera, nadie en el patio. -Atravesó rápidamente el umbral, y una vez en la calle dobló la esquina -de la izquierda. - -Comprendía perfectamente que los que le buscaban habían llegado -en aquel momento a la puerta del cuarto de la vieja, quedándose -estupefactos al verla abierta. - ---Indudablemente están examinando los cadáveres--se decía--; sin duda -les bastará un minuto para adivinar que el asesino ha logrado escapar; -sospecharán, quizá, que se ha escondido en el cuarto desalquilado del -segundo piso cuando ellos subían al de la usurera. - -Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones, no se atrevía a apresurar -el paso, aunque estaba aún lejos de la primera esquina. - ---¿Si me deslizara en un portal, en alguna calle extraviada y esperase -allí un momento? No, malo. ¿Si fuese a arrojar el hacha a cualquier -parte? ¿si tomara un coche? ¡Malo, malo! - -Al cabo se ofreció ante sus ojos un _pereulok_ y se metió en él más -muerto que vivo. Allí estaba casi en salvo; así lo comprendió. Era -difícil que las sospechas recayeran sobre él. Por otra parte, era fácil -no llamar la atención en medio de los paseantes; pero de tal manera -aquellas angustias le habían debilitado, que apenas podía sostenerse en -pie. Por la cara le corrían gruesas gotas de sudor y tenía empapado el -cuello. - ---¡Buena la has tomado!--le gritó, al desembocar el canal, uno que le -creyó borracho. - -No se daba cuenta de nada; cuanto más andaba, más se obscurecían sus -ideas. No obstante, cuando llegó al muelle del Neva, se asustó de -ver tan poca gente, y temiendo que reparasen en él en un lugar tan -solitario, se volvió otra vez al _pereulok_; y aunque apenas tenía -fuerzas para andar, dió un largo rodeo para volver a su domicilio. - -Al franquear el umbral no había recobrado aún su presencia de espíritu; -a lo menos, hasta que llegó a mitad de la escalera no se acordó de que -llevaba todavía el hacha. La cuestión que tenía que resolver era muy -grave: se trataba de dejar el hacha donde la había tomado, sin llamar -en lo más mínimo la atención. Si hubiera estado más tranquilo habría -comprendido, de seguro, que en vez de dejar el arma en su antiguo -puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojándola en -cualquier corral. Sin embargo, todo le resultó a maravilla: la puerta -del _dvornik_ estaba cerrada, pero sin llave, lo cual hacía suponer -que el portero no se había ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz en -aquel instante de discurrir ni de combinar un plan, se fué derecho a la -puerta y la abrió. Si el portero le hubiese preguntado: «¿Qué quiere -usted?», quizá el joven le habría entregado sencillamente el hacha; -pero esta vez, como la anterior, el _dvornik_ había salido, lo que dió -facilidad a Raskolnikoff para colocar el hacha debajo del banco, en el -sitio donde la había encontrado. En seguida subió la escalera y llegó -a su habitación sin tropezarse con nadie: la puerta del cuarto de la -patrona estaba cerrada. Cuando entró en su aposento se echó vestido -en el diván, y aunque no se durmió, quedó en estado inconsciente. -Si hubiese entrado alguien en su habitación, habríase levantado -bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban -en el cerebro. - - - - -SEGUNDA PARTE - - -I - -Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces salía de su -somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se -le ocurría la idea de levantarse. Luego notó que empezaba a amanecer. -Echado boca arriba en el sofá, no había podido recobrarse de la especie -de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oyó gritos terribles y -desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba -todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que salía de -las tabernas. - -Aquel ruido le despertó. - ---¡Ah, son borrachos!--pensó--. Las dos--y sintió un brusco sobresalto, -como si le hubiesen levantado con violencia del sofá--. ¡Cómo! ¡Las dos -ya!--Se sentó en el diván y lo recordó todo. - -En el primer momento creyó que se volvía loco. Sentía mucho frío, que -procedía, sin duda, de la fiebre que le había asaltado durante el -sueño. Ahora tiritaba de tal modo que le castañeteaban los dientes. -Abrió la puerta y se puso a escuchar; todo dormía en la casa. Echó -una mirada sobre su persona y en derredor suyo. ¿Cómo, el día antes, -al entrar en su habitación, se le olvidó de cerrar la puerta con -el pestillo? ¿Por qué se había echado en el sofá, no solamente sin -desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este había rodado por -el suelo. «Si alguno entrase aquí, qué pensaría? De seguro me creería -borracho; pero...» - -Se acercó a la ventana. Era ya día claro. El joven se examinó de -pies a cabeza para ver si tenía alguna mancha en la ropa; pero no se -podía fiar de una inspección hecha de aquel modo; siempre temblando, -se desnudó y miró de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso -de precaución repitió este examen tres veces seguidas. No descubrió -nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del -pantalón, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo, -y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se -acordó de que la bolsa y los objetos que había tomado del cofre de la -vieja seguían en sus bolsillos. No había pensado en sacarlos ni en -ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurrió tampoco momentos antes -cuando examinaba su ropa. «¡Si parece imposible!» - -En un abrir y cerrar de ojos se vació los bolsillos y puso su contenido -sobre la mesa. Después de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse -de que no quedaba nada en ellos, lo llevó todo a un rincón del cuarto. -En aquel sitio, la tapicería destrozada se destacaba de la pared, y -allí fué, bajo el papel, donde metió las alhajas y la bolsa. - ---Así, ni visto ni conocido--pensó con alegría, medio incorporándose; -y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba -desgarrada, bostezaba más aún. - -De pronto, el terror agitó sus miembros. - ---¡Dios mío!--murmuró con desesperación--. ¿Qué es lo que me pasa? -¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas? - -A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su -intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad -de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido. - ---¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?--se decía--. ¿Es éste el -modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón. - -Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte -temblor. - -Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se -encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un -sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo. - -Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento -fué examinar de nuevo sus vestidos. - ---¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo -corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en -ello! ¡Semejante pieza de convicción! - -Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió -con la ropa que tenía debajo de la almohada. - ---Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar -sospechas; por lo menos así lo creo--repetía en pie, en medio de la -sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en -derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada. - -Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón, -hasta la más elemental prudencia, le abandonaba. - ---¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto. - -Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en -medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase. - ---¿Pero dónde tengo yo la cabeza?--exclamó como anonadado. - -Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo -ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se -había enterado de las manchas. - -De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre. - -Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda -cuando la guardé. - -En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en -el forro. - ---La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de -reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación--pensó gozoso, -lanzando un suspiro de satisfacción--; todo ello ha sido un instante de -fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio. - -Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del -pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta -de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios -reveladores. Se descalzó. - ---¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de -sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero -qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos -trapajos y del forro del bolsillo? - -Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos -que le denunciaban y le comprometían. - ---Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán -primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo -ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor -será tirarlo--repetía sentándose nuevamente en el diván--; pero en -seguida, sin pérdida de tiempo. - -Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las -manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió -en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo -presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en -cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse -y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos -dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien -llamaba. - ---¡Abre si no te has muerto!--gritó la criada--. ¡Se pasa la vida -durmiendo, tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te -digo; son ya las diez dadas! - ---Puede que no esté--dijo una voz de hombre. - ---Es la voz del _dvornik_...--se dijo Raskolnikoff, y temblando se -sentó en el sofá. - -Le latía el corazón hasta hacerle daño. - ---¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?--dijo Anastasia--. -Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve. -Abre, despiértate... - ---¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el _dvornik_? Todo se ha -descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean! - -Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La -habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin -levantarse del sofá. Anastasia y el _dvornik_ aparecieron en el umbral. -La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven -miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó -un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta. - ---Es una citación. Procede de la comisaría--dijo el _dvornik_. - ---¿De qué comisaría? - ---¡De cuál ha de ser! De la de policía. - ---¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué? - ---¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en -boca. - -El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor -suyo y se dispuso a retirarse. - ---Parece que estás peor--observó Anastasia, que no separaba los ojos de -Raskolnikoff. - -El _dvornik_ volvió la cabeza. - ---Desde ayer tiene fiebre--añadió la criada. - -El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo. - ---Quédate acostado--prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver -que se disponía a levantarse--. Estás enfermo, no vayas. No es cosa -urgente. ¿Qué tienes en las manos? - -El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y -el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde, -tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto, -en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho -quedándose luego dormido sin aflojar los dedos. - ---¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un -tesoro!... - -Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que -le era habitual. - -Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en -las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se -encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a -un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?» - ---¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo... - ---No, voy allá, voy en seguida--balbuceó. - ---¿Pero podrás bajar la escalera? - ---Quiero ir. - ---Allá tú. - -Anastasia salió detrás del _dvornik_. Raskolnikoff se puso en seguida -a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy -visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no -sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio -donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!» - -Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero -tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era -una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía -del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las -nueve y media de aquel mismo día. - ---¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y -hoy precisamente!--se dijo, presa de la más viva ansiedad--. ¡Señor, -haced que esto acabe lo más pronto posible! - -En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no -de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente. - ---Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor, -me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al -polvo de la calle, se advertirán menos las manchas. - -Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y -disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner -riéndose otra vez. - ---Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber -son conjeturas, suposiciones y nada más. - -Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar. - ---¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo. - -Al abatimiento siga la hilaridad. - ---No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan... -¡Esto es miedo! - -Le dolía la cabeza a causa del calor. - ---Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia -para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus -baterías--continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la -escalera--. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna -tontería. - -Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera -estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto. - ---Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia. - -Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con -tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto. - ---¡Con tal de que se acabe pronto! - -Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera, -dirigió furtivamente una mirada inquieta a _la casa_; pero al punto -volvió la vista. - ---Si me interrogan quizá confiese--pensaba al aproximarse a la oficina. - -Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto -piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes -de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven -había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin -importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar -en el patio vió a un _mujick_ con un libro en la mano, que bajaba una -escalera situada a la derecha. - ---Debe de ser un _dvornik_; por consiguiente, es aquí donde se -encuentra la oficina. - -Subió al azar; no quería preguntar a nadie. - ---Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo--pensaba mientras -subía al cuarto piso. - -La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua -sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la -escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual -hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los _dvorniks_ con -sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos -de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La -puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par. - -Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos -_mujicks_. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además, -el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza -que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el -departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas -y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué -atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban -varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos -tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos. - ---¿Qué se le ofrece? - -El joven mostró la citación enviada por la comisaría. - ---¿Es usted estudiante?--preguntó el escribiente después de haber -ojeado el papel. - ---Sí, antiguo estudiante. - -El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un -hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija. - ---De éste nada he de saber, porque todo le es igual--pensó Raskolnikoff. - ---Diríjase usted al jefe de la Cancillería--añadió el escribiente -señalando con la mano la última dependencia. - -Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y -estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que -acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto, -denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía -lo que este funcionario le dictaba. - -La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un -tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones -extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud -expectante. - -Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó -sobre él una rápida ojeada y dijo: - ---Espere usted un poco--y siguió dictando a la señora de luto. - -El joven respiró con más libertad. - ---Indudablemente no se me llama para _aquello_. Poco a poco recobraba -valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo. - ---La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme... -es un mal que no haya aire aquí--añadió--; se ahoga uno y mi razón -vacila... - -Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara -la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar -algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda -su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía -esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven -de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad; -vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo -partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy -cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena -de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en -francés y se quedó tan satisfecho. - ---Tome usted asiento, Luisa Ivanovna--dijo a la señora lujosa, que -permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al -lado. - ---_Itch danke_--respondió la señora sentándose y ahuecando con un -ligero roce sus faldas impregnadas de perfume. - -Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro, -guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho; -pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar -tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada; -sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la -señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un -oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra -galoneada y se sentó en una butaca. - -Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e -inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor -caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse. - -Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos -bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero -no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff -de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el -aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su -traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la -mirada del oficial, que éste se ofendió. - ---¿Qué se te ofrece?--dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante -desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada. - ---Se me ha hecho venir... He sido citado--balbució Raskolnikoff. - ---Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda--se -apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus -papelotes--. Entérese usted--y presentó un cuaderno a Raskolnikoff -señalándole una parte de lo escrito--. Lea usted. - ---¿Dinero? ¿Qué dinero?--pensó el joven sorprendido y alegre al mismo -tiempo--. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir -aquí? - -Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable... - ---¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?--le preguntó -el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento--. Se le cita a usted a las -nueve y son más de las once. - ---Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora--replicó vivamente -Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se -abandonaba con placer--; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo, -aquí me tienen ustedes. - ---¡No grite usted! - ---No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy -estudiante y no permito que se me hable de este modo. - -Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer -momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar -de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su -asiento y dijo: - ---¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted -insolente! - ---También lo está usted--replicó Raskolnikoff con violencia--, y no -contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta -usted a todos al respeto. - -Pronunció estas palabras con indecible satisfacción. - -El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El -fogoso ayudante se quedó con la boca abierta. - ---Eso no le importa a usted--respondió levantando aún más la voz a -fin de ocultar su cortedad--; preste la declaración que se le pide. -Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque -no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro! - -Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel, -impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos -veces, sin comprender nada. - ---¿Qué es esto?--preguntó al jefe de la Cancillería. - ---Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene -usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué -fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa -usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted -posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es -libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las -leyes. - ---¡Si no debo nada a nadie! - ---Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio, -protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a -la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda -Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a -usted para tomarle declaración. - ---Pero desde el momento que se trata de mi patrona... - ---¿Qué importa que sea la patrona de usted? - -El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente -piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender -a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores. -¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La -reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena -de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas? -Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo -ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la -satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel -momento todo su ser. - -En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y -cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta, -inmediata, puramente instintiva. - -De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría. -El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su -prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así -es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde -la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida -sonrisa. - ---Y di tú, bribona--gritó el ayudante (la señora de luto se había -retirado ya)--, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada? -¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras! -¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya -diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me -agota la paciencia! - -El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y -miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca -consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba, -y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que -tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír. - ---Ilia Petrovitch--comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero -comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería -inoportuna, se detuvo. - -Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada -podía contenerlo. - -En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre -su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña, -a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una -expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en -las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas -reverencias y esperaba que se la dejase hablar. - ---En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor -capitán--se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se -expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)--. No, señor, no -hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres -botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que, -como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la -mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que -no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer -caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el -_dvornick_, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta, -y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera -en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se -acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco. -¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la -ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por -detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le -desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del -daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos, -señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha -armado todo el escándalo. - ---¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir... - ---¡Ilia Petrovitch!--volvió a decir en tono significativo el jefe de la -Cancillería. - -El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente -la cabeza. - ---Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra, -respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro -escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice -en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no -olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo! - -Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro; -pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo -reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro -fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien -cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa -Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho -dando saltitos. - ---¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba, -el huracán!--dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a -su ayudante--. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te -has disparado. Te he oído desde la escalera. - ---¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?--repuso negligentemente -Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa--. Ese -caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga -sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es -citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro -en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería -respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está. -¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna? - ---Pobreza no es vicio, amigo mío--replicó Nikodim Fomitch--. Sabemos -perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le -habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha -podido contenerse--prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff--; pero -se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo -aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en -cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento -le llamábamos «el oficial pólvora...» - ---¡Qué regimiento aquél!--exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las -delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado. - -Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos. - ---Perdóneme usted, capitán--comenzó a decir en tono melifluo, -dirigiéndose a Nikodim Fomitch--. Póngase usted en mi lugar. Estoy -pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he -cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por -la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de -medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi -hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi -patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy -lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La -verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de -cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo. - ---Eso no es de mi incumbencia--observó de nuevo el jefe de la -Cancillería. - ---Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique--...replicó -Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su -interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch, -aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera -absorto en sus papeles--. Permítanme ustedes que les diga que vivo en -casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por -qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi -promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no -estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me -abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero. - ---No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no -tenemos tiempo de escuchar--interrumpió groseramente Ilia Petrovitch; -pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo -hablar. - ---Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las -cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a -ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus; -yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona -se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía -confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un -pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe -de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento, -continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que -jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese -documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo -un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma! -¿Qué les parece a ustedes? - ---Todos esos pormenores patéticos no nos interesan--replicó con -insolencia Ilia Petrovitch--. Tiene usted que prestar la declaración -y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus -amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver -con ellos. - ---¡Oh, qué cruel eres!--murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado -delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía -avergonzado. - ---Escriba usted--dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería. - ---¿Qué es lo que tengo que escribir?--preguntó el joven brutalmente. - ---Lo que yo le dicte. - -Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de -la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se -sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se -había apoderado en su espíritu instantáneamente. - -Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un -minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios -de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el -contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese -ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado -probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se -había vaciado su corazón. - -Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no -era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus -expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había -producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia -bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los -pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo -hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado. -Apenas habría oído su sentencia hasta el fin. - -Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes -hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía -que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana, -que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento -antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no -sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes -más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel. - -El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la -declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi -deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que -poseo, etc.» - ---No puede usted escribir, le tiembla la mano--dijo el jefe de la -Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff--. ¿Está usted -enfermo? - ---Sí; se me va la cabeza. Siga usted. - ---Ya está todo; firme usted. - -El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes. - -Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en -la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un -clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que -había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim -Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle -en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de -la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que -hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica. - ---¿No sería mejor reflexionar un instante?--pensó--. No, más vale -dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta -carga. - -Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim -Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación -animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff. - ---¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen -cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al _dvornick_ para -denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No, -eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos _dvorniks_ y una -vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera -en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban -tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse -le oyeron preguntar a los _dvorniks_ dónde vivía la vieja. ¿Hubiera -hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble -asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del -platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena -Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las -habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta... - ---Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica. -Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos -después, cuando volvieron con el _dvornik_, estaba abierta. - ---Ahí está el _busilis_; es indudable que el asesino se encontraba en -el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el -cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la -simpleza de bajar en busca del _dvornik_. Sin duda el asesino aprovechó -ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de -narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme -allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!» -Quiere mandar que canten un _Te Deum_. ¡Je, je, je! - ---¿Y nadie vió al asesino? - ---¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?--dijo el -jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación. - ---La cosa es clara, la cosa es clara--repitió vivamente Nikodim Fomitch. - ---Antes digo yo que es muy obscura--repitió Ilia Petrovitch. - -Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar -a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en -una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le -ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim -Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff -se levantó. - ---¿Está usted enfermo?--le preguntó con tono bastante seco el comisario -de policía. - ---Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la -pluma--dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de -su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes. - ---¿Hace mucho tiempo que está usted malo?--dijo desde su sitio Ilia -Petrovitch. - ---Desde ayer--balbució el joven. - ---¿Ayer salió usted de casa? - ---Sí. - ---¿A qué hora? - ---Entre siete y ocho de la tarde. - ---¿Y a dónde fué usted? - ---A la calle. - -Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió -nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos -ante la mirada del oficial. - ---Puede apenas tenerse en pie, y tú...--empezó a decir Nikodim Fomitch. - ---No importa--respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch. - -El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos -al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en -él y guardó silencio. - ---Está bien--dijo Ilia Petrovitch--; puede usted retirarse. - -Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando -ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía -con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se -elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando... - -En la calle, el joven recobró todos sus ánimos. - ---Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida -de tiempo--repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa--. ¡Los -bribones! ¡Sospechan! - -Volvió a asaltarle el terror. - - -II - ---¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los -encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie -ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he -podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite? - -Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las -alhajas, que en junto eran ocho. - -Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había -además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de -periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser -una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos -procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió, -dejando la puerta abierta de par en par. - -Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le -faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media -hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por -consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de -convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y -sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir? - -Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al -canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había -decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los -cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo -todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto. - -Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal -Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas -escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre -se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un -barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra -parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido -menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir -sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para -arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches -sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los -paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía -que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se -ocupaba en él. - -Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos -aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la -concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración -importante, estaría más lejos de su barrio. - ---¿En qué consiste--se preguntó, con asombro Raskolnikoff--, que desde -hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas -objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido -media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi -resolución en un momento de delirio. - -Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era -preciso apresurarse. - -Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba -andando, se le ocurrió otra idea. - ---¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No -sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo? -Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al -pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder -reconocerlo más tarde. - -Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una -determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió -llevarla a cabo. - -Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la -perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la -entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo -suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo -que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera. - -No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y -después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún -otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan. -Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que -lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que -lo menos pesaría sesenta libras. - -Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de -los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde -fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar -en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por -consiguiente, le convenía apresurarse. - -Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y, -reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado -por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que -llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin -embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó -la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes; -lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco -removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y -nada podía notarse. - -Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de -policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi -imposible de soportar. - ---Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría -ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda, -ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la -quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar -que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas! - -Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza -riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la -avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente. - -Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya -importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera -vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión. - ---¡Vaya al diablo todo ello!--se dijo en un repentino acceso de -cólera--. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea -la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido -y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas -tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia -Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis -simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno! - -Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión -hasta entonces inesperada y excesivamente simple. - ---Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y -no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido -derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que -contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un -acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No -querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a -las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto? - -Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff, -se detuvo cerca del puente. - ---¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por -sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro -día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No -importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del -golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita? - -Y subió al quinto piso en que vivía su amigo. - -Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él -mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía -cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en -zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin -estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo -estupor. - ---¡Caramba! ¿Tú por aquí?--exclamó, mirándole de pies a cabeza, -e interrumpiéndose empezó a silbar--. ¿Es posible que tan mal -vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este -servidor--continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos -de su compañero--. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado. - -Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que -el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo. - ---¿Sabes que estás enfermo de verdad? - -Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano. - ---Es inútil--dijo--. He venido porque... no tengo lecciones... y -quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones? - ---¿Sabes una cosa? Que estás disparatando--observó Razumikin mirando -atentamente a su amigo. - ---No, no disparato--repuso levantándose Raskolnikoff. - -Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a -encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con -quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a -punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado -el umbral de Razumikin. - ---¡Adiós!--dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta. - ---¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro! - ---Es inútil--replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había -tomado. - ---Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi -una ofensa y no te dejaré marchar. - ---Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más -que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace -falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de -los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que -me dejen en paz es lo que deseo! - ---¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te -pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he -descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una -lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes. -Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por -comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir -que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi -editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del -día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y -media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia -que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si -la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la -demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto -para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga -está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas -y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que -ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un -éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que -hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a -ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original, -pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te -ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda -hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas -terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto -he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en -ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que -a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea -de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me -hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas? - -Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres -rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de -asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina, -volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa -las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar -los labios. - ---¡Tú estás loco!--vociferó Razumikin, ya colérico--. ¿Qué comedia -estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios -has venido? - ---No tengo necesidad de traducciones--murmuró Raskolnikoff empezando ya -a bajar la escalera. - ---Entonces, ¿de qué tienes necesidad?--le gritó Razumikin desde el -rellano de su puerta. - -El otro, callado, siguió bajando. - ---Dime siquiera dónde vives. - -Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta. - ---¡Ea! ¡vete a freír espárragos! - -Raskolnikoff estaba ya en la calle. - -El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por -dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó -en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó -dormido... - -Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible. -¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran -gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como -nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía -por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las -quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con -extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona. - -La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible -comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más! -La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal -que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada -por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente, -Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de -reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch. - ---¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da -puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro, -no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo -indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué? -El mundo está revuelto. - -De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y -exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se -cerraban con estrépito. - ---Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?--decía creyendo seriamente que -la locura tomaba posesión de su cerebro. - -Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos... - ---Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por -lo de ayer... ¡Oh Señor! - -Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el -brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la -puerta; el terror le helaba el alma... - -Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona -gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas. -Finalmente, se calló también y no se oyó más. - ---¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero -la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos -dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan -exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan -en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los -vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha -venido aquí ese hombre? - -Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo -dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como -nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia. -Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró -atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa -y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara. - ---Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de -Dios a pesar de la fiebre... - ---Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona? - -La criada le miró fijamente. - ---¿Que han pegado a la patrona? - ---Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del -comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha -maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido? - -Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante -largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó -turbado. - ---Anastasia, ¿por qué no me contestas?--preguntó tímida y débilmente. - ---Es la sangre--murmuró la sirvienta como hablando consigo misma. - ---¡La sangre!... ¿Qué sangre?--balbució Raskolnikoff poniéndose más -pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared. - -Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios. - ---Nadie ha pegado a la patrona--dijo, al fin, con sequedad. - -El joven la miró, respirando apenas. - ---Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván--repuso -con voz más temblorosa aún--. He escuchado durante largo rato... Ha -venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos -a la escalera... - ---Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene -salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer? - -El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le -miraba con ojos furiosos. - ---Dame agua. - -La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro -lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos -de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de -agua fría desmayándose en seguida. - - -III - -Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo -privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril -semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas: -ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo; -querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo -disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación; -todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando -la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían -y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de -la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre -que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía -dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto -de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía -un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su -enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero _aquello_, _aquello_ -lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba -que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se -atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía -furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su -lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis -le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por -completo el uso de sus sentidos. - -Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba -en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el -muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia -se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a -quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un -joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un -_artelchtchit_[13]. - - [13] Miembro de una sociedad de obreros o de empleados. - -Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó -un poco. - ---¿Quién es, Anastasia?--preguntó, señalando al joven. - ---¡Ha vuelto en sí!--dijo la criada. - ---¡Ha vuelto en sí!--repitió el _artelchtchit_. - -Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A -causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones. -Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros, -curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante -agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era, -además, excesivamente pudorosa. - ---¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff dirigiéndose al -_artelchtchit_. - -En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que -penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta -estatura. - ---¡Vaya un camarote de barco!--exclamó al entrar--. Siempre doy con la -cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una habitación! ¡Vamos, amigo -mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir! - ---Sí, ha recobrado el sentido--repitió como un eco el dependiente, -sonriéndose. - ---¿Quién es usted?--interrogó bruscamente Razumikin--. Yo me llamo -Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo -mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es! - ---Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para -cierto asunto... - ---Siéntese usted en esta silla--dijo Razumikin ocupando él otra -al lado opuesto de la mesa--. Has hecho muy bien en recobrar el -conocimiento--añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff--. Cuatro días -hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas -un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a -Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente, -y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple -debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste -gravedad ninguna. - ---¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero -abusar de su tiempo--añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al -empleado--. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte, -Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el -señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día? - ---El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la -casa. - ---Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad? - ---Sí. Es un hombre de más capacidad. - ---¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted. - ---Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch -Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía -a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle--dijo -el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff--. Si posee -usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta -y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio -Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del -envío de esa cantidad. - ---Sí; me acuerdo... Vakruchin...--dijo Raskolnikoff, procurando hacer -memoria. - ---¿Quiere usted firmarme el recibo? - ---Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?--dijo Razumikin. - ---Sí, aquí está. - ---Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te -sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el -dinero es la miel de la humanidad. - ---Yo no tengo necesidad de dinero--dijo Raskolnikoff, rechazando la -pluma. - ---¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero? - ---No firmo. - ---¡Pero si tienes que dar un recibo! - ---No tengo necesidad de dinero. - ---¿No tienes necesidad de dinero?--repitió Razumikin--. Amigo mío, -faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no -sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto -es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto... -Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará. -Vamos, ayúdeme usted. - ---No; puedo volver otra vez. - ---De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre -razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este -señor... ya ves que te espera. - -Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff. - ---Deja; lo haré yo solo--dijo éste. - -Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y -se marchó. - ---¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer? - ---Sí--respondió Raskolnikoff. - ---¿Hay sopa? - ---Algo queda de ayer--respondió Anastasia que no había salido de la -habitación durante toda esta escena. - ---¿Sopa de arroz con patatas? - ---Sí. - ---Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te. - ---Bueno. - -Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido. -Resolvió callarse y esperar. - ---Me parece que no deliro--pensaba--; todo esto es muy real. - -Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que -serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el -servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la -carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía -largo tiempo; hasta el mantel era limpio. - ---Anastasia--dijo Razumikin--, Praskovia Pavlovna no haría mal en -enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni -gota. - ---De nada te privas--murmuró la criada y fué a hacer el encargo. - -El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención. -Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso -sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que -no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le -llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces -para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa -estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas; -pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando -que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff. - -En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza. - ---¿Quieres te? - ---Sí. - ---Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta -infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está -la cerveza. - -Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se -puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días. - ---Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa--murmuró con la -boca llena--. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey; -me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para -qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha. -Anastasia, ¿quieres cerveza? - ---¿Te burlas de mí? - ---¿Pero un poco de te sí tomarás? - ---Eso sí. - ---Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa. - -Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó -su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que -cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas -para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin -decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en -el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la -cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi -instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular -cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en -acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después -de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con -un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer -sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff -tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda -muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de -preocuparle. - ---Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para -preparar la bebida a Raskolnikoff--dijo Razumikin volviendo a sentarse -en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo. - ---¿Y dónde va a buscar la frambuesa?--preguntó Anastasia que, teniendo -el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través -del azúcar». - ---Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha -pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como -un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví -encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día -me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían -olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había -sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de -que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé -sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de -Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los -nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de -Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues -bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación -de tu domicilio. Estás inscrito allí. - ---¿Que estoy inscrito? - ---¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general -Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de -todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo -dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado -a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el _dvornik_, con -Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin, -con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a -Anastasia. - ---Por fuerza la has embrujado--murmuró la criada con una sonrisa -maliciosa. - ---Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te -entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con -Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día -de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres? -¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el -proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy -al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que -soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece -que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece? - ---Sí--balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff. - -No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación. - ---¿Verdad que sí?--exclamó Razumikin--. ¿No es una mujer muy -inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que -no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que -treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan. -Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual, -porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes -imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha -sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones -ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para -que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha -asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con -ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y, -naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en -eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que -tu madre pagaría... - ---He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la -miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida--dijo -Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante. - ---Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de -Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar. -Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada -contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre -de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El -firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su -madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco -rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante -apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por -su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por -qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías -inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver -en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado -y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios -las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese -Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise, -para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de -negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido -perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento -respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador -por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez -rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora, -no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo. - ---¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?--preguntó Raskolnikoff, -después de una pausa. - ---Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre -todo cuando he venido con Zametoff. - ---¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?... - -Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó -los ojos en Razumikin. - ---¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir -porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera -sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío; -maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos -todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio. -¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él -a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna... - ---¿He disparatado mucho durante mi delirio? - ---Ya lo creo. No te lo puedes imaginar. - ---¿Qué es lo que decía? - ---¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está -en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para -ocuparnos en nuestros asuntos. - -Y así diciendo se levantó tomando su gorra. - ---¿Qué es lo que decía? - ---¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto? -tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la -cuestión, pero has hablado mucho de un _bulldog_, de pendientes, de -cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un _dvornik_... ¡qué sé -yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir -en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas -de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos -los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en -tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas... -Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro -horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la -colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas! -Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no -entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto. -Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas -volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso -entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once -dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le -falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por -mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista. - ---¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?--dijo la -sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el -cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la -puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió -muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la -patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el -estudiante. - -Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado -la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia -febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en -aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una -cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados, -pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté -restablecido para quitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían -todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer -ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace -un minuto.» - -Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad. -Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De -repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la -tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo -escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió -la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del -pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó -antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó -entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota -estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido -tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff -no había podido notar nada. - ---¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se -me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy -confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces -también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué -ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?--murmuraba -Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá--. ¿Qué pasa? ¿Estoy -delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora -recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio -que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas. -Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi -gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias -a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir. -Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de -Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar -conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré -de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más -necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de -andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más -que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo -me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...? -También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará. - -Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso -y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el -estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las -sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina -dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes -se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los -párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien -con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se -quedó profundamente dormido. - -Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de -abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y -permanecía de pie en el umbral. - -Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de -un hombre que trata de recordar algo. - ---Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el -paquete--gritó Razumikin a la criada que estaba abajo--; voy a darte -mis cuentas. - ---¿Qué hora es?--preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una -mirada inquieta. - ---¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando -te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas. - ---¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato! - ---¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio -urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres -horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y -tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff; -había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme -en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis -trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un -tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el -paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás? - ---Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás -aquí, Razumikin? - ---Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te -despertases. - ---No hablo de ahora sino de antes. - ---¿Cómo de antes? - ---¿Desde cuándo vienes a esta casa? - ---Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas? - -Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los -incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en -vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin. - ---¡Hum!--dijo éste--; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la -otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien. -Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido -amigo--y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto -de todas sus preocupaciones--. Esto, amigo mío, es lo que más me -interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por -arriba. ¿Ves esta gorra?--dijo, sacando del envoltorio una muy decente, -aunque ordinaria y de poco valor--. ¿Me dejas que te la pruebe? - ---No, ahora no, más tarde--contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo -con un gesto de impaciencia. - ---Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después -sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la -noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la -medida. ¡Te está perfectamente!--exclamó con aire de triunfo después de -haberle probado la gorra--. Cualquiera diría que te la han hecho a la -medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?--dijo -encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio. - ---¿Dos grivnas?--respondió Anastasia. - ---¡Dos grivnas! ¿Estás loca?--gritó Razumikin--. Ahora por dos grivnas -no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque -está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy -orgulloso de él--y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza -de ligera tela de verano--. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía -muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que -el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son -mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más -flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo -es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no -comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese -principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano. -Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás -éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido -tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado. -¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos -de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero -desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en -el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las -vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin -duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de -balde. - ---Pero acaso no le vengan--observó Anastasia. - ---¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?--replicó -Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y -agujereada--. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy -concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo -con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de -moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco, -dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un -rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks. -Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según -mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva -mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto -a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos -quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka -ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un -crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca, -porque tu enfermedad está en tu camisa... - ---Déjame, no quiero--respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro -había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin. - ---Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles? -Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame--y a pesar de la -resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior. - -El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante -dos minutos. - ---¿No me dejarán tranquilo?--pensaba--. ¿Y con qué dinero se ha -comprado todo esto?--preguntó en seguida, mirando a la pared. - ---¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu -madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que -te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá? - ---Sí, ya me acuerdo--dijo Raskolnikoff después de haberse quedado -pensativo y sombrío. - -Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la -puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera -de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff. - ---¡Zosimoff! ¡Por fin!--gritó alegremente Razumikin. - - -IV - -El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso, -de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía -el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo. -Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso -anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que -no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y -pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables, -y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían -algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire -de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía -en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban -insoportable; pero le tenían en grande estima como médico. - -He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los -sentidos. - ---Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?--preguntó Zosimoff a -Raskolnikoff, mirándole atentamente. - -Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del -enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona. - ---¡Siempre hipocondríaco!--continuó Razumikin--; hace poco, cuando le -hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar. - ---Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario -contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de -cabeza, ¿no es verdad? - ---Estoy perfectamente--dijo Raskolnikoff irritado. - -Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá -y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre -la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba -atentamente. - ---¡Muy bien! Nada de particular--dijo con cierta indiferencia--. ¿Has -tomado algo? - -Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía -dársele. - ---Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos -los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque -esta advertencia es ociosa. - -Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió: - ---Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera -podido... de todos modos está bien. - ---Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo--dijo Razumikin--, -iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal. - ---Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin, -mañana veremos. - ---Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que -está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros, -aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?--preguntó -Razumikin al doctor--; lo has prometido, no faltes a tu palabra. - ---Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite? - ---¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión -de amigos. - ---¿Y quiénes son tus huéspedes? - ---Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué -negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada -cinco años. - ---¿En qué se ocupa? - ---En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una -pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él, -aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de -instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces. - ---¿Es también pariente tuyo? - ---Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un -día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir? - ---¡Oh! ¡Me río de él! - ---Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un -profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff. - ---Dime, te lo ruego, lo que tú o éste--Zosimoff señaló con un -movimiento de cabeza a Raskolnikoff--tenéis de común con ese Zametoff. - ---Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay -algo común; traemos cierto negocio entre manos. - ---Me gustaría saber qué negocio es ése. - ---A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en -libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro; -nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace. - ---¿A qué pintor te refieres? - ---¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que -el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre -prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen. - ---Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos -asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto -punto... He leído algo en los periódicos. - ---También mataron a Isabel--dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a -Raskolnikoff. - ---¡Isabel!--murmuró el enfermo con voz casi ininteligible. - ---Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la -patrona. Por cierto que te hizo una camisa. - -Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con -gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado -el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los -miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija -en la florecilla de papel. - ---¿Luego resultan cargos contra ese pintor?--preguntó Zosimoff -interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó -silencio. - ---Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente -lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como -la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco -interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver -una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente -esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de -ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de -tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba -hablando de él. - -El médico miró curiosamente a Raskolnikoff. - ---Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin--le -dijo--; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene. - ---Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las -garras de la justicia--exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre -la mesa--. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan; -cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto -que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es -que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a -Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La -puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el -portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos. -¡Vaya una lógica que me gastan! - ---No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que -detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en -relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados -después del vencimiento? - ---Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal -rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra -los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es -ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas. -Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos. -«Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de -interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un -sumario. - ---¿Sabes tú interpretar los hechos? - ---Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la -íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la -verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto? - ---Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has -contado el suceso. - ---Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la -mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff, -a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por -ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin, -campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó -a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y -con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de -las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor, -parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase -dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta: -«¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le -pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir, -un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo -tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé -que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al -hablar de este modo--prosiguió Razumikin--, mentía descaradamente; -conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una -alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la -policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a -Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que -se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del -distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado. -Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después -de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su -rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No -vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado -a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros -las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de -los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre -alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas -haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba -allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos, -Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos -después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver, -y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la -habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan -los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo -sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero -recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa -preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es -decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai -entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo -borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre -se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había -en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin -contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a -Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he -ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?» -«En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los -pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera», -dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa -misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que -trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él -me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más -blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de -detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo -tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la -puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda, -mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece -por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es -el culpable. - ---¡Ya lo creo!--dijo Zosimoff. - ---Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a -buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo -varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado -capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***, -en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su -cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un _shkalik_[14] -de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar -las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre -haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a -su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila -de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la -mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme, -dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su -demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo -a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido -interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años, -etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron -ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta: -«Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?» -«Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían -asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente -sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la -dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En -la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?» -«Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.» -«¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De -que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la -justicia no siendo culpable de nada?» - - [14] Medida de capacidad equivalente a unos 30 centilitros. - -»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión -se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de -cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio. -¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece? - ---Pero, en fin, ¿hay pruebas? - ---No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai -y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza -humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron -a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde -encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey. -«¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo -estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos, -cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr, -después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los -escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en -que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón -al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también, -no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le -hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se -hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin, -un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka -y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e -impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba -puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos -golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en -broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se -escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví -solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio. -Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que -volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta -en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos -pendientes...» - ---¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la -puerta?--repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo -esfuerzos para incorporarse en el sofá. - ---Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?--dijo Razumikin, saltando de -su asiento. - ---No, no es nada--respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer -de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared. - -Reinó un silencio de algunos minutos. - ---Estaba, sin duda, adormilado--dijo Razumikin, interrogando con la -mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo. - ---Continúa--dijo el doctor--; ¿y después? - ---Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus -útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la -taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un -rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en -seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su -lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias -del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido -durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué -querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De -que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que -sacan en conclusión de todo ello? - ---¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero -no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a -ese pintor decorador? - ---Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del -crimen. - ---Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El -mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen, -los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima, -estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso -averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez -instructor no puede por menos que aclarar. - ---¿Que cómo llegaron a su poder?--exclamó Razumikin--. ¿Que cómo -llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico -has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza -humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de -ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo _a priori_ de que todas las -declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son -verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él -dice: tropezó con el estuche y lo recogió. - ---¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su -primera declaración. - ---Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch. -Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se -hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel -mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con -una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran -unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le -tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su -compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban -tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y -ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos), -gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle -como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen -dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes -aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos -obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende -tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos -asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad -entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo -en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez -segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía -calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en -que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde -se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera, -y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen -la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que -declaran unánimemente! - ---Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero... - ---No hay _pero_ que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes -encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen, -constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte, -explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia, -sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos -justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión. -Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados -son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una -pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos -materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha -encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en -que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión -capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes? - ---Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había -olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya -sido robado de casa de la vieja? - ---Eso está probado--replicó entre dientes Razumikin--. Koch ha -reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado. -Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el -estuche le pertenecía. - ---Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch -y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede -probarse la coartada? - ---El hecho es que nadie le ha visto--respondió con tono malhumorado -Razumikin--. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron -a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no -significará gran cosa. «Vimos--dicen--que el cuarto estaba abierto y -que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin -fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no -obreros.» - ---De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y -puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo -de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el -hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el -hallazgo de los pendientes? - ---¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara -como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El -mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable -dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff -empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo. -Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió -del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio -de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de -Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo -piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir. -El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y -los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los -pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera -en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la -calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en -la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó -en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa? -El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la -puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en -que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en -el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el -misterio. - ---¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu -imaginación. - ---Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué -dices que es ingenioso mi relato? - ---Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las -circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni -menos que en el teatro. - -Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de -repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno -de los tres conocía. - - -V - -Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de -fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo -miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que -era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he -venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que -se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su -mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre -Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba -tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso -a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando -su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos -de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía -mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un -silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que -su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y -cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff. - ---¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido -estudiante?--preguntó recalcando cada sílaba. - -El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin, -a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a -contestar. - ---Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre? - -El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne, -que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y -volvióse vivamente hacia Zosimoff. - ---El señor es Raskolnikoff--dijo negligentemente el doctor, mostrando -al enfermo con un ligero movimiento de cabeza. - -Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco -un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar. - -Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los -ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada -después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su -rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento. -Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación -quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo, -la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero, -sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor. -Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff», -nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz -débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo: - ---Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted? - -El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con -tono digno: - ---Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no -le es del todo desconocido. - -Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con -mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro -Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos. - ---¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?--preguntó -Ludjin un tanto desconcertado. - -Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada, -se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin -estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada -vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo. - ---Pensaba... creía...--balbució--que una carta puesta en el correo hace -ocho días o acaso quince... - ---Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?--interrumpió -bruscamente Razumikin--. Si tiene algo que decir, siéntese usted. -Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es -demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor. -Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted. - -Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y -sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el -visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo -hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a -Razumikin. - ---Por lo demás, no se incomode usted--dijo el estudiante con voz -fuerte--. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante -tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta -ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero -de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero -suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no -estuviéramos aquí. - ---Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al -enfermo?--preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff. - ---No, al contrario, así se distraerá--respondió con tono indiferente el -médico y volvió a bostezar. - ---¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato, -desde esta mañana--añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan -honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos -molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por -su calidad de estudiante. - ---Su madre de usted... - ---¡Hum!--exclamó estrepitosamente Razumikin. - -Ludjin le miró sorprendido - ---No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted. - -Ludjin se encogió de hombros y prosiguió: - ---Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi -partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a -fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de -todo. Pero ahora veo con asombro que... - ---Ya sé, ya sé--interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro -expresó violenta irritación--. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo -sé. No hablemos más de eso. - -Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó -silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se -interrumpió momentáneamente. - -En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco -hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes -no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el -visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el -exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba -el apelativo de _futuro_ tan caballerescamente aplicado poco antes a -aquel personaje. - -Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch -se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo -para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su -prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la -satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también -esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente -vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un -punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba -un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el -elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con -sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose -con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores -claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón -de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón. -La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata -de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo, -presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de -lo que era en realidad. - -Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas -patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla -cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado -rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan -ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella -fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático, -era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor -Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza -en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin -había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo -extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la -conversación. - ---Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido -que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted, -estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en -el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que -usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es -decir, a su madre de usted y a su hermana. - -Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación. -Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el -joven guardaba silencio continuó diciendo: - ---De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he -buscado hospedaje... - ---¿Dónde?--preguntó con voz débil Raskolnikoff. - ---Cerca de aquí, en casa de Bakalieff... - ---Sí, en el _pereulok_ Vosnesenshy--interrumpió Razumikin--; hay dos -pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí. - ---En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un -agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido -allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la -habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro! -¡Las habitaciones esas cuestan baratas! - ---Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que -acababa de llegar de provincias--replicó Ludjin un tanto picado--. De -todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y -como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro -alojamiento--añadió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Lo están arreglando. -Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la -señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés -Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de -Bakalieff. - ---Lebeziatnikoff--pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le -hubiese recordado alguna cosa. - ---Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un -ministerio. ¿Usted le conoce? - ---Sí, es decir, no--respondió Raskolnikoff. - ---Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era -desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy -agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los -jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo. - -Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes -con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación. - ---¿Desde qué punto de vista?--preguntó Razumikin. - ---Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de -vista de la actividad social--respondió Ludjin encantado de que se le -hiciese tal pregunta--. Yo no había estado en San Petersburgo desde -hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas -estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo -todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las -nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy -contentísimo. - ---¿De qué? - ---La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo -haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una -actividad más razonada. - ---Es verdad--dijo negligentemente Zosimoff. - ---¿Verdad que sí?--dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con -una amable mirada--. Convendrá usted conmigo--prosiguió dirigiéndose a -Razumikin--en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y -en el económico. - ---¡Lugares comunes! - ---No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a -tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?--se -apresuró a responder Ludjin con demasiado calor--. Rasgaría mi capa y -daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos. -Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez, -no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a -mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal. -Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente -sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política -que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros -términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente -está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente -para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último -extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y -no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales, -sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla; -desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para -triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me -parece a mí, mucho ingenio para comprender... - ---¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles--interrumpió -Razumikin--. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta -conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con -toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza -hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado -a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la -censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le -alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han -caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio -medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea, -basta! - ---¡Señor!--replicó Ludjin, herido en lo vivo--, ¿eso es decir que yo -también...? - ---¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más--dijo -Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la -conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch. - -Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del -estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida. - ---Ahora que ya nos conocemos--dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff--, -espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga -usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las -circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento. - -Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se -levantó. - ---De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja--afirmó -Zosimoff. - ---Seguramente--repitió Razumikin--. Porfirio no dice lo que piensa, -pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera. - ---¿Que los interroga?--preguntó con voz fuerte Raskolnikoff. - ---Sí, ¿y qué? - ---Nada. - ---¿Y cómo los conoce?--preguntó Zosimoff. - ---Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros -muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han -presentado en cuanto han tenido noticia del hecho. - ---El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué -decisión, que audacia! - ---No hay tal cosa--replicó Razumikin--. Eso es precisamente lo que te -engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil -ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha -cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado -nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el -contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad -solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni -ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a -dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena -con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus -trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una -cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los -billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es -principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le -han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza. - -Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso -pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y -la vanidad le privó de tacto. - ---¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en -la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?--preguntó -dirigiéndose a Zosimoff. - ---Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen? - ---¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes. - ---¿Conoce usted los pormenores? - ---No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter -general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase -baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no -interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en -las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo -paralela. - ---Pero, ¿de qué se preocupa usted?--dijo bruscamente Raskolnikoff--. -Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes. - ---¿Cómo de nuestra teoría? - ---Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según -usted, es lícito matar al prójimo. - ---¿Cómo? ¡Yo!--exclamó Ludjin. - ---No, no es eso--observó Zosimoff. - -Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto -estremecimiento agitaba su labio superior. - ---Todo consiste en los justos medios--prosiguió con tono altanero Pedro -Petrovitch--; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación -al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio... - ---¿Es verdad--saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera--, es -verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición -de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque -es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los -beneficios de que se ha colmado? - ---¡Caballero!--exclamó Ludjin--, rugiendo de furor--. ¡Caballero! -¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que -los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han -sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y -sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su -madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas -cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a -mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el -sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En -fin... - ---¿Sabe usted lo que le digo?--gritó el joven incorporándose y echando -lumbre por los ojos--. ¿Sabe usted lo que le digo? - ---¿Qué? - -Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío. - -Hubo algunos momentos de silencio. - ---Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi -madre, le tiro de cabeza por la ventana. - ---¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?--exclamó Razumikin. - ---¡Ah! ¡Lo haré como lo digo! - -Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque -hacía esfuerzos inauditos para contenerse. - ---Escuche usted, caballero--dijo después de una pausa--. La manera como -usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su -enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía. -Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora... -¡jamás! ¡jamás! - ---¡Yo no estoy enfermo!--gritó Raskolnikoff. - ---¡Tanto peor! - ---¡Váyase usted al infierno! - -Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se -apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que -durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al -enfermo. - ---¿Ese es el modo de portarse?--dijo Razumikin, moviendo la cabeza. - ---¡Dejadme! ¡Dejadme todos!--exclamó colérico Raskolnikoff--. ¿Me -dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a -nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo! - ---Vámonos--dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin. - ---Pero, ¿le vamos a dejar así? - ---¡Vámonos!--insistió el médico. - -Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que -ya había salido. - ---Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial--dijo -Zosimoff a su amigo ya en la escalera--. No conviene irritarle. - ---¿Qué le pasa? - ---Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho -provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me -inquieta. - ---El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la -conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a -casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una -carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad. - ---El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha -podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa -hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se -habla de ese asesinato! - ---Sí, sí, lo he advertido--respondió Razumikin--; presta más atención, -se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le -asustaron en la oficina de policía y se desmayó. - ---Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te -diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré -a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación... - ---Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y -haré que le cuide Anastasia. - -Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y -disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse. - ---¿Tomarás ahora el te?--preguntóle la sirvienta. - ---Más tarde; quiero dormir. Déjame. - -El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la -criada salió del aposento. - - -VI - -Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la -puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había -llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el -frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los -últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña -y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven, -denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba. -Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión -moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería -caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el -dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el -bolsillo. - -La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas -de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió -suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al -pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en -par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en -soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién -hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle. - -Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era -sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el -aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la -gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su -rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir -ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con -«aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no -entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo -sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba. -Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra, -«cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución. - -Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno. -Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un -organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy -sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de -quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como -una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero -de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con -voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza, -esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres -personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de -haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en -la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más -alta y conmovedora--. ¡Basta!--gritó la cantora a su compañero y ambos -se dirigieron a la tienda de al lado. - ---¿Le gustan a usted las canciones de las calles?--preguntó bruscamente -Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado -oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante -desocupado. - -El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta. - ---Yo--prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de -otra cosa que de la música de las calles)--, yo gusto de oír cantar al -compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de -otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara -verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente, -sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de -las nubes... - ---Yo no sé. Usted me dispense--balbuceó el señor, aterrado de la -pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra -acera. - -El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo -en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero -no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor -suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de -un almacén de harinas. - ---¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a -vender? - ---Todo el mundo vende--respondió el mozo, mirando con desdén a -Raskolnikoff. - ---¿Cómo le llaman? - ---Le llaman por su nombre. - ---Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres? - -El mozo miró de nuevo a su interlocutor. - ---Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi -hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé -nada. Perdóneme Vuestra Alteza. - ---¿Hay arriba un bodegón? - ---Es un _traktir_ y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy -favorecido. - -Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había -un grupo compacto, exclusivamente compuesto de _mujiks_. Se metió -entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con -todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y -formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después -de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el -_pereulok_. - -En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que -forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún -tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba -a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin -propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran -casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que -salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente -vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente -cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines -de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban -dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a -otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en -la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las -otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado -borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo -imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero -que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un -hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de -la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres. -Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel -de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los -cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas -tenían amoratadas las orejas. - -Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención -de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria -voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba -furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado -hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo. - - _Hombrecito de mi alma_ - _No me pegues sin razón._ - -cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder -palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa -de grandísima importancia. - -«Si entrase...»--pensaba--. «Se ríen, están borrachos.» - ---¿No entras, buen mozo?--le preguntó una de las mujeres con voz -bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura. - -Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas. - ---¡Oh, bonita muchacha!--respondió el joven levantando la cabeza y -mirándola. - -Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro. - ---También tú eres muy guapo. - ---¡Guapo un tipo semejante!--gruñó en voz baja otra mujer--; de seguro -que acaba de salir del hospital. - -Bruscamente se aproximó un _mujik_, medio ebrio, con el capote -desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría. - ---Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser -chatas--dijo el _mujik_--. ¡Oh, qué hermosuras! - ---Entra, puesto que has venido. - ---Entraré, preciosa--y descendió al cafetín. - -Raskolnikoff hizo ademán de alejarse. - ---Escuche usted, _barin_[15]--le gritó la joven cuando nuestro héroe -volvía ya la espalda. - - [15] Señor. - ---¿Qué? - ---Querido _barin_, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero -en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks -para echar un trago, amable caballero. - -Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks. - ---¡Ah! ¡Qué bueno es usted! - ---¿Cómo te llamas? - ---Pregunte usted por Duklida. - ---¡Qué desfachatez!--dijo bruscamente una de las mujeres que se -encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de -cabeza--. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me -atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza. - -Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel -modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio -superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad. - -«¿En dónde he leído yo--pensaba Raskolnikoff alejándose--, que se -concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su -ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en -una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el -sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así -toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio -de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las -intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa -cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué -cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama -cobarde!»--añadió al cabo de un instante. - -Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la -muestra de un café: «¡Hola! _El Palacio de Cristal_. Poco ha me habló -de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí, -leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...» - ---¿Tienen ustedes periódicos?--preguntó entrando en un salón muy -espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente. - -Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro -personas, sentadas a una mesa, bebían _Champagne_. Raskolnikoff creyó -reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía -distinguirlo bien. - -«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo. - ---¿Quiere usted aguardiente?--preguntó el mozo. - ---Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco -días, te daré buena propina. - ---Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente? - -Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se -puso a buscar. - ---Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas. -Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha -caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El -incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el -incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo... -¡Ah! Aquí está. - -Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras -delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el -fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros -números. - -Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los -periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era -Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el -despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos -rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la -cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada -la camisa. - -El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con -satisfacción y franqueza. Por efecto del _Champagne_ que había bebido, -tenía el moreno rostro bastante enrojecido. - ---¡Cómo! ¿Usted aquí?--exclamó con asombro y con el tono que hubiera -usado para saludar a un antiguo camarada--. ¡Si ayer mismo Razumikin me -dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su -casa... - -Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar -con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una -sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación. - ---Me han hablado de su visita--contestó--; usted buscó mi bota. -Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a -casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día. -¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante _Pólvora_, y él no hacía -caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración -para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh? - ---Es más charlatán... - ---¿Quién? _¿Pólvora?_ - ---No, Razumikin... - ---Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted -entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted -el _Champagne_? - ---¿Por qué me lo habían de regalar? - ---A título de honorarios. Usted saca partido de todo--dijo con sorna -Raskolnikoff--. No se incomode usted, querido amigo--añadió dando un -golpecito en el hombro a Zametoff--. Lo que le digo a usted es sin -malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por -él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja. - ---Pero, ¿usted cómo sabe eso? - ---Lo sé quizá mejor que usted. - ---¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho -mal en salir... - ---¿Me encuentra usted raro? - ---Sí. ¿Qué es lo que usted leía? - ---Periódicos. - ---Ha habido estos días muchos incendios. - ---No me importan los incendios--repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff -con aire singular y con sonrisa burlona--. No, no son los incendios lo -que me interesa--continuó guiñando los ojos--. Pero confiese usted, -querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía. - ---No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es -que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre... - ---Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto? - ---He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso -inclusive--respondió con cierto orgullo Zametoff. - ---Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un -hombre rico y muy guapo. - -Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su -interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero -sí sorprendido. - ---¡Qué original es usted!--repitió con tono muy serio Zametoff--. Me -parece que sigue usted delirando. - ---¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es -decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la -curiosidad? - ---Sí. - ---¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos? -Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar, -¿no es eso? - ---Vamos, diga usted. - ---Usted cree haber levantado la liebre. - ---¿Qué liebre? - ---Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más -bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma -nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad -de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó -los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles -relativos al asesinato de la vieja prestamista. - -Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de -Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza. -Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto -se estuviesen mirando sin decir palabra. - ---¿Sabe usted?--continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la -exclamación de Zametoff--se trata de aquella misma vieja de la cual -se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende -usted ahora? - ---¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?--dijo Zametoff casi -asustado. - -El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de -expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera -contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato -cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le -había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus -propias barbas. - ---O usted está loco, o...--comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si -cruzara por su mente una idea repentina. - ---O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase. - ---No--replicó Zametoff--; todo eso es absurdo. - -Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad, -Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo. - -De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber -olvidado por completo la presencia de Zametoff. - ---¿Por qué no toma usted el te?--dijo, al fin éste--. Va a enfriarse. - ---¿Qué?... ¿el te?... Bueno. - -Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y -fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona -que tenía antes y continuó tomando el te. - ---Los delitos de todo género son ahora muy numerosos--apuntó -Zametoff--. Precisamente hace poco leí en la _Moskovskia Viedomosti_ -que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos, -toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de -billetes del Banco. - ---¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!--respondió -flemáticamente Raskolnikoff--. ¿De modo que usted supone que son -estafadores? - ---¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son? - ---¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen -cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso, -tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación -esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de -ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son -novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar -sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero -que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar -de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha -producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en -dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así. -Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta -a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus -manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda -sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta -sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo -imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible. - ---¿Que le tiemblan las manos?--replicó Zametoff--. Pues me parece muy -natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene -usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja -debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su -crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que -ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no -ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran -claramente. - -Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff. - ---¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted -ahora--exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al -jefe de la Cancillería. - ---No tenga usted cuidado, se le descubrirá. - ---¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y -el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o -no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana; -luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese, -escaparía a las investigaciones de ustedes. - ---El hecho es que todos se conducen del mismo modo--respondió -Zametoff--. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad -y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la -taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted. -Usted, es claro, no iría a la taberna. - -Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff. - ---¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?--preguntó con -tono malhumorado. - ---Sí--replicó con energía el jefe de la Cancillería. - ---¿Tiene usted mucho empeño? - ---Sí. - ---Pues bien, he aquí lo que yo haría--comenzó a decir Raskolnikoff, -bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su -interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de -temblar--. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y -después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un -paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo. -Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de -una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso, -levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido, -y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería -a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría -allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos. - ---Usted está loco--respondió Zametoff. - -Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y -se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban. -Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba -su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del -funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra. -Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía, -pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa -confesión. - ---¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?--dijo de repente; -pero se contuvo ante el sentimiento del peligro. - -Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la -servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa. - ---Pero, ¿es eso posible?--dijo con voz que apenas podía ser entendida. - -Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa. - ---Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted? - ---No, de ninguna manera--se apresuró a decir Zametoff--. Usted me ha -asustado para sugerirme esa idea. - ---¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar -el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante _Pólvora_ -me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?--gritó al mozo -levantándose y tomando la gorra. - ---Treinta kopeks--respondió éste, acudiendo a la llamada del -parroquiano. - ---Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero -tengo--, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes--: ¿los -ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este -dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo -no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted -a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista. - -Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un -acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba -su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de -apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas; -pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción. - -Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado -en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo. -Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas -sobre «cierto punto»; estaba despistado. - ---Ilia Petrovitch es un imbécil--dijo por último. - -Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente -a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de -distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que -chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada. -Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos -llamaradas verdaderas de cólera. - ---¿De modo que has venido aquí?--dijo con voz tonante--. ¡Pues no se -ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá! -¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por -causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea -usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad. -Confiesa... - ---Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero -estar solo--respondió fríamente Raskolnikoff. - ---¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la -cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al -_Palacio de Cristal_? Confiésamelo en seguida. - ---Déjame pasar--replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse. - -Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a -su amigo por el brazo, le dijo: - ---¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes -lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte -a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave. - ---Escucha, Razumikin--dijo sin levantar la voz y con tono en la -apariencia muy tranquilo--; ¿qué he de hacer para que comprendas -que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las -personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí -enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido -feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me -martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar -a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en -una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no -martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!... - -Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su -amigo. - ---Bueno. ¡Vete, con mil diablos!--dijo con voz que no había perdido -toda vehemencia. - -Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato -gritó Razumikin: - ---¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan -llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los -reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil -incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia, -pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil, -vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas -vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que -aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones -lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres -un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá -Zosimoff... ¿vendrás? - ---No. - ---Pero esto es absurdo--replicó vivamente Razumikin--. ¿Qué sabes -tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil -veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he -tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se -avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres. -Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso. - ---No iré, Razumikin--contestó Raskolnikoff alejándose. - ---Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese--le -gritó su amigo--. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff? - ---Sí. - ---¿Te ha visto? - ---Sí. - ---¿Te ha hablado? - ---Sí. - ---¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de -Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate. - -Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle -seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero -en medio de la escalera se detuvo. - ---¡Por vida de...!--continuó casi en voz alta--. Habla con lucidez -y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre? -Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo--y se llevó -el dedo a la frente--. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a -ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar--y echó a correr -en busca de Raskolnikoff. - -Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al -_Palacio de Cristal_ para interrogar cuanto antes a Zametoff. - -Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de -él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su -debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas -pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en -cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua, -contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y -la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas. - ---Sea, pues--dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la -oficina de policía. - -Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía -angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que -experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo». - ---Después de todo, lo mismo da una solución que otra--pensaba avanzando -lentamente por el muelle del canal--. Por lo menos, el desenlace -depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea -esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!; -quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más -vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que -esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!... - -Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por -la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos -del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo, -reflexionó un instante y entró en el _pereulok_. Después anduvo sin -rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo -a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le -parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza -y advirtió que estaba en la puerta de _aquella casa_. No había pasado -por allí desde el día del crimen. - -Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff -entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso -a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba -muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con -curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un -vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»--pensó el -joven--. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey: -está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la -habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un -momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta -de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto -aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos -escalones y entró. - -Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande -a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él; -quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran -sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la -ventana y se sentó en el poyo. - -No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era -bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería -amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas. -Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff, -el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en -extremo tales variaciones. - -Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del -visitante, continuaron su conversación. - -Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante -el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció -muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar -aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de -las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad, -Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana. - -El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente, -dirigiéndose a él, le dijo: - ---¿Qué hace usted ahí? - -En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se -puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido. -Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo -sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la -vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada -campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor. - ---¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?--gritó el obrero encarándose -con él. - -Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto. - ---Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta--respondió. - ---No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber -subido acompañado del _dvornik_. - ---Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?--prosiguió Raskolnikoff--. ¿No -hay sangre? - ---¿Cómo sangre? - ---Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar -de sangre. - ---¿Quién eres tú?--gritó el obrero asustado. - ---¿Yo? - ---Sí. - ---¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré. - -Los dos papelistas le miraron estupefactos. - ---Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar--dijo el de -más edad a su compañero. - ---Pues bien, vamos--replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y -saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente -la escalera--. ¡Eh, _dvornik_!--gritó al llegar a la puerta de la calle -donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos -porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros -individuos. - -Raskolnikoff se fué derecho a ellos. - ---¿Qué se le ofrece a usted?--preguntóle un portero. - ---¿Has estado en la oficina de policía? - ---De allí vengo. - ---¿Están allí todavía? - ---Sí. - ---¿El ayudante del comisario también está? - ---Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea? - -Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo. - ---Ha venido a ver el cuarto--dijo uno de los operarios. - ---¿Qué cuarto? - ---En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha -dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el -cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de -policía», añadió después; «allí lo diré todo». - -El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas. - ---¿Quién es usted?--preguntó, levantando la voz con acento de amenaza. - ---Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo -cerca de aquí, en el _pereulok_ inmediato, casa de Chill, departamento -número 14. Pregunta al portero; me conoce. - -Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando -obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su -interlocutor. - ---¿Y qué ha venido usted a hacer aquí? - ---He venido a ver la casa. - ---¿Y qué se le ha perdido a usted en ella? - ---¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?--propuso de -repente el burgués. - -Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro. - ---Vamos allá--dijo el joven con indiferencia. - ---Sí. Es preciso llevarle a la comisaría--siguió diciendo y con mayor -seguridad el burgués--. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en -la conciencia. - ---¡Dios sabe si estará borracho!--murmuró un obrero. - ---¿Pero qué es lo que quieres?--gritó de nuevo el portero, que empezaba -a incomodarse de verdad--. ¿Por qué vienes a molestarnos? - ---¿Te da miedo ir a la comisaría?--dijo con tono burlón Raskolnikoff. - ---¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando? - ---Es un granuja--dijo una campesina. - ---¿Para qué disputar con él?--apuntó a su vez el otro portero, un -_mujick_ enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves -pendientes de la cintura--. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en -seguida! - -Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo. - -El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse -en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a -todos los espectadores y se alejó silenciosamente. - ---¡Vaya un tipo!--observó un obrero. - ---Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante--dijo la campesina. - ---Lo que usted quiera y mucho más--añadió el burgués--; pero hubiera -sido conveniente llevarle a la comisaría. - ---¿Iré o no iré?--pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una -encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando -un consejo de alguien. - -Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida, -como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de -él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que -partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el -suelo brillaba una débil luz. - ---¿Qué pasa ahí? - -Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud. -Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril -predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y -decía para sus adentros: - ---De un momento a otro acabará todo esto. - - -VII - -Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular, -tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie -y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos -por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida -por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña -en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el -arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía -consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir: - ---¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia! - -Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los -curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se -reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del -conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los -caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un -hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles -heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de -un incidente sin importancia. - ---¡Dios mío!--decía el cochero--; no he podido impedir esta desgracia. -Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto -y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba -despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es -que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una -vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno -los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía -adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre -gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia. - ---Sí, de ese modo ha pasado--afirmó uno que había sido testigo de la -escena. - ---En efecto--dijo otro--; por tres veces le avisó el cochero. - ---Sí, por tres veces, todos le hemos oído--añadió uno del grupo. - -Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias -de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un -personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última -circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de -policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie -sabía su nombre. - -Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De -pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo -reconoció. - ---Le reconozco, le reconozco--gritó empujando a los que le rodeaban y -colocándose en la primera fila del grupo--; es un antiguo funcionario, -el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel... -¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago! - -Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba -extraordinaria agitación. - -Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado. -Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para -que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del -accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor -solicitud. - ---Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán -rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un -borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de -llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá -por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una -cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar -al hospital. - -Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un -agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era -perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y -algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de -Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el -accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza -del herido, y enseñando el camino. - ---¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza -baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias--murmuraba. - -En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un -minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de -la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el -pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez -de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años -de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta -de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre -sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta -le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables -para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía. - -Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo -el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la -camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba -sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho -los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida -(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie, -cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta, -a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación -contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica. -Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras -manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca. - ---No puedes imaginarte, Polenka--decía paseándose por la habitación--, -qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán -desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el -servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi -gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto; -así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan -Mikhailtch, como gobernador.» - -La interrumpió un golpe de tos. - ---¡Oh condenada vida! - -Escupió y se apretó el pecho con las manos. - ---¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida--añadió, -dirigiéndose a la chiquita--. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las -medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho -sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para -no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!--volvió a -toser--. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?--exclamó al ver que el vestíbulo -se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de -fardo--. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío! - ---¿Dónde hay que ponerlo?--preguntó un agente de policía mirando en -derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff -ensangrentado y exánime. - ---En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí--indicó -Raskolnikoff. - ---Es un borracho que ha sido atropellado en la calle--gritó uno desde -la puerta. - -Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La -pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa -la estrechó en sus brazos. - -Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá, -Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna. - ---Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto--dijo -el joven vivamente--. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado; -no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que -le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se -acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré... - ---No volverá en si, no volverá en si--dijo con desesperación Catalina -Ivanovna y se precipitó hacia su marido. - -Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa -a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza -del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se -puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle -inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo; -se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en -su pecho los gritos prontos a escaparse. - -Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la -vecindad. - ---He mandado a buscar un médico--dijo a Catalina Ivanovna--. No se -preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla, -una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la -gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase -usted. Ya veremos lo que dice el doctor. - -Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla -había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la -ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este -lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando -no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo -de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada -miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y -como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre -tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches -lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y -repasada al día siguiente al despertar. - -Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero -faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar -una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado -de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con -dificultad y se apretaba el pecho con las manos. - -No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos. - ---Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa--pensaba Raskolnikoff. - -El guardia no sabía qué decidir. - ---¡Polia!--gritó Catalina Ivanovna--, ve corriendo a casa de Sonia; -pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga -en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff -para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda, -ponte ese pañuelo en la cabeza! - -En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía -ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se -quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras -que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en -la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero -se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación. -Catalina Ivanovna se puso furiosa. - ---Deberíais al menos dejarle morir en paz--gritaba a los asaltantes--. -Venís aquí como a un espectáculo--y se interrumpió para toser--. Y -entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a -la muerte. - -La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición -produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor. - -Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta, -llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción -que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la -desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del -otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el -herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad -de la casa. - ---Ese es el inconveniente de morirse--vociferó Catalina Ivanovna, y ya -se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la -puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona. - -La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el -orden. Era una alemana intrigante y mal educada. - ---¡Ah, Dios mío!--dijo juntando las manos--, ¡su marido de usted, que -estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle -al hospital, yo soy la propietaria. - ---Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla--comenzó a -decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la -patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura; -y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)--Amalia -Ludvigovna. - ---Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se -me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna. - ---Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no -pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor -Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se -agarran ji, ji--decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata), -yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo -comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de -ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que -cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que -muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré -parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud -y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez -ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos -amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó -de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero -ahora--añadió señalando a Raskolnikoff--hemos encontrado apoyo en este -magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo -desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia -Ludvigovna. - -Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la -tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento, -Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó -solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a -Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa, -tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en -sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud. -Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa. -Después la pobre mujer rompió a llorar. - ---¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!--decía -acongojada--. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes, -Marmeladoff! - -Marmeladoff la reconoció. - ---¡Un sacerdote!--dijo con voz ronca. - -Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el -marco gritó con desesperación: - ---¡Oh vida, mil veces maldita! - ---¡Un sacerdote!--repitió el moribundo después de una pausa. - ---¡Silencio!--le gritó Catalina Ivanovna. - -El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y -ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff -se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón -a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar -una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño -asombrado. - ---¡Ah, ah!--dijo con gran agitación señalando a la chiquilla. - -Se comprendía que trataba de decir algo. - ---¿Qué?--gritó Catalina Ivanovna. - ---¡No tiene calzado!--y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los -pies desnudos de la niña. - ---¡Cállate!--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--: demasiado -sabes que no tiene calzado... - ---¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!--dijo gozosamente Raskolnikoff. - -Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con -desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el -pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina -Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho -al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha -rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha -negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El -doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle -que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una -extensión de treinta pasos. - ---Es asombroso que esté todavía vivo--murmuró en voz baja el doctor -dirigiéndose a Raskolnikoff. - ---¿Qué le parece a usted?--preguntó este último. - ---Caso perdido. - ---¿No hay esperanza? - ---Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy -peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá -de seguro dentro de cinco a seis minutos. - ---Sángrele usted, sin embargo. - ---Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada. - -Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se -agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos -blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió -el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada. -Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El -médico accedió encogiéndose de hombros. - -Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff -no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos -entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse -en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen -delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar. -El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que -hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo -que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y -contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del -pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió -sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros -desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido -abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había -también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos -los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de -la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela. - -En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana, -atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo -apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse -el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo: - ---Ahí viene; la he encontrado por la calle. - -Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió -paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella -habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y -de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque -muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que -distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada -del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una -mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se -cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y -cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar -lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la -puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano, -aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de -paja, adornado con una pluma brillantemente roja. - -Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita -enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de -terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y -delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros. -Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka, -estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas -palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos. -Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se -quedó cerca de la puerta. - -Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se -acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir -algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna. - ---¡Qué va a ser de ellos!--interrumpió la mujer con amargura mostrando -sus hijos. - ---Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del -Altísimo--replicó el eclesiástico. - ---¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros! - ---Eso es un pecado, señora, un pecado--observó el sacerdote moviendo la -cabeza. - ---¿Y esto no es un pecado?--replicó vivamente Catalina Ivanovna -mostrando al moribundo. - ---Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán -quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material. - ---Usted no me comprende--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--. -¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como -estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si -ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si -nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna! -¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para -nosotras! - ---Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado, -señora, un gran pecado. - -Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de -ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre -de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del -eclesiástico la pusieron hecha una furia. - ---¡Eh, _batuchka_! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no -le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de -costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta, -hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa -de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo -a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de -perdón! Además, le he perdonado. - -Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un -pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con -la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba -ensangrentado. - -El pope bajó la cabeza y no dijo palabra. - -Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que -de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo, -trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía -otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna, -comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono -imperioso: - ---Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir... - -El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a -la puerta y vió a Sonia... - -Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven -se encontraba. - ---¿Quién está allí? ¿Quién está allí?--dijo de repente con voz ronca y -ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran -terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija. - -Marmeladoff trató de incorporarse. - ---¡Sigue echado! ¡No te muevas!--gritó Catalina Ivanovna. - -Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá. -Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no -reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje. -Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la -infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso -a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un -sufrimiento inmenso. - ---¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!--gritó. - -Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó -pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en -el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse, -lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado -expiró en los brazos de su hija. - ---¡Ha muerto!--exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su -marido--. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de -comer mañana a mis hijos? - -Raskolnikoff se aproximó a la viuda. - ---Catalina Ivanovna--le dijo--, la semana pasada me contó su marido -toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que -me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al -ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de -su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo... -Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el -difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle -de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós! - -Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo -encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había -tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su -cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena -ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a -Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida. - ---¡Ah! ¿Es usted?--le preguntó. - ---Ha muerto--contestó Raskolnikoff--. Le han asistido un médico y un -sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está -tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé -que usted es un hombre muy bueno--añadió sonriendo y mirando frente a -frente al comisario. - ---Está usted manchado de sangre--dijo Nikodim Fomitch, que acababa de -ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor. - ---Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre--agregó el joven -con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un -movimiento de cabeza y se alejó. - -Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba -todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en -él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que -recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se -hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio. -Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff -bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí. -Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él -gritándole: - ---¡Oiga usted, caballero, oiga usted! - -Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último -tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él. -Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro -demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía -resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que, -evidentemente, le agradaba mucho. - ---Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive -usted?--preguntó precipitadamente. - -Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una -especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la -niña? Ni él mismo lo sabía. - ---¿Quién te manda? - ---Mi hermana Sonia--respondió la niña sonriendo aún más alegremente. - ---Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana. - ---Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo, -Polenka.» - ---¿Quieres mucho a tu hermana Sonia? - ---La quiero más que... a todo el mundo--afirmó con singular energía -Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria. - ---¿Y a mí me querrás? - -En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y -presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus -bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff, -e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en -silencio. - ---¡Pobre papá!--dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza -y enjugándose las lágrimas con la mano--. Ahora no se ven más que -desgracias--añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que -afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores. - ---¿Te quería tu papá? - ---Quería más a Lidotshka--respondió en el mismo tono serio (su sonrisa -había desaparecido),--sentía predilección por ella, porque es la más -pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba -a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina--añadió la niña con -dignidad--. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba -gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque -ya es tiempo de comenzar mi educación. - ---¿Sabes rezar? - ---¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor, -rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con -mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra -oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana -Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro -otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace -tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el -primero. - ---Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en -tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más. - ---Siempre, siempre rezaré por usted--respondió calurosamente la niña; y -echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura. - -Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió -volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran -las diez dadas cuando salía de la casa. - -No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de -Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el _dvornik_ indicó en -seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la -escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y -animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces. - -La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía -de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás -del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes -cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio -de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se -presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había -bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible -emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido -contenerse. - ---Escucha--comenzó a decir Raskolnikoff--, he venido con el solo objeto -de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo -que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas -si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana -pásate por mi casa. - ---¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión, -estás débil. - ---¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de -entreabrir la puerta? - ---¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor -cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un -hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él. -Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora -con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito, -amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen -tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen -algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso -nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no -siempre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a -traer a Zosimoff. - -El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a -Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su -rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció. - ---Es menester que se acueste usted en seguida--dijo al enfermo--; y -tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted -esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted? - ---Ciertamente--respondió Raskolnikoff. - ---Harás bien en acompañarle--dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin--; -veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco -tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva. - ---¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?--comenzó -a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en -la calle--. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te -hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le -ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto -de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más -inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes -burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya -especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún -tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú -hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu -persona. - ---¿Zametoff te lo ha contado todo? - ---Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia -y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho -es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no -importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel -pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno -de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa -demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de -brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan -imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff; -te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible. -Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está -esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en -tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza -luego de semejante suposición; yo sé... - -Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida, -Razumikin hablaba sin tino. - ---Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y -porque el olor de la pintura me trastornó--contestó. - ---El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura: -la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff -para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese -tonto de Zametoff: «Yo no valgo--dice--ni lo que el dedo pequeño de -ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos -sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el _Palacio -de Cristal_ es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer -que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa -monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de -él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está -aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta -lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en -casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch. - ---¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco? - ---Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un -poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más -que nada es que sólo _eso_ te interesa, y ahora comprende por qué te -interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie -de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con -tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mío; cuanto puedo decirte -es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus -enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte. - -Durante medio minuto ambos guardaron silencio. - ---Escucha, Razumikin--dijo Raskolnikoff--. Quiero hablarte con -franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario... -He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido -besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien... -en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma -color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la -escalera. - ---¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Razumikin alarmado. - ---La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que -estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira... - ---¿Qué he de mirar? - ---¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija? - -Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de -la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la -habitación de Raskolnikoff había luz. - ---Es extraño. - ---Estará quizá en ella Anastasia--observó Razumikin. - ---No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy -temprano; pero, ¿qué importa? Adiós. - ---¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos. - ---Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte -adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós. - ---¿Qué te pasa, Rodia? - ---Nada. Subamos y tú serás testigo... - -Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff -tenía quizás razón. - ---Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla--dijo para sí. - -Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación. - ---¿Qué es esto?--exclamó Razumikin. - -Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en -el umbral como petrificado. - -Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media -hora. - -La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su -madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y -casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento -súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos. -Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos, -llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se -tambaleó y cayó desvanecido al suelo. - -Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en -el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos -brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván. - ---No es nada, no es nada--dijo a la madre y a la hermana--. Esto es un -desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento -que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua! -Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí. - -Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia -obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto, -su hermano volvía en sí. - - - - -TERCERA PARTE - - -I - -Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una -leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia -consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló -alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en -su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de -insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar. - -Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre -las de su hermano. - ---Vuélvete a casa con él--dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a -Razumikin--. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado? - ---Esta noche--respondió Pulkeria Alexandrovna--. El tren traía mucho -retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme -de ti. Pasaré la noche a tu lado... - ---¡No me atormentéis!--replicó Raskolnikoff con cierta irritación. - ---Yo me quedaré aquí con él--saltó vivamente Razumikin--; no le -dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se -incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de -anfitrión. - ---¡Cómo agradecérselo a usted!--empezó a decir Pulkeria Alexandrovna, -estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la -palabra. - ---No puedo, no puedo...--repitió con tono irritado--; no me atormentéis -más. Basta, idos; ¡no puedo!... - ---Retirémonos, mamá--indicó en voz baja Dunia, inquieta--; salgamos -de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra -presencia le atormenta. - ---¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres -años de separación?--gimió Pulkeria Alexandrovna. - ---Esperad un poco--dijo Raskolnikoff--. Me interrumpís y pierdo el hilo -de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin? - ---No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que -ha tenido la bondad de venir a verte hoy--añadió con cierta timidez -Pulkeria Alexandrovna. - ---Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle -por la escalera... - ---¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible--comenzó a decir -la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar. - -Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que -éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por -Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las -dos señoras se encontraban perplejas. - ---Dunia--prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff--, yo me opongo -a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se -vuelva a hablar más de él. - ---¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. - ---Hermano mío, piensa un poco en lo que dices--observó con vehemencia -Dunia; pero en seguida se contuvo--. No te encuentras ahora en tu -estado normal: estás fatigado--añadió con tono cariñoso. - ---Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin -por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes -una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la -mandas, y asunto concluído. - ---Yo no puedo hacer eso--exclamó la joven, un tanto mortificada--. ¿Con -qué derecho...? - ---Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás -viendo?--balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija--. Vamos, -vamos; será lo mejor. - ---No sabe lo que se dice--exclamó Razumikin con voz que denunciaba -su embriaguez--; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será -razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese -sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de -sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas. - ---¿De modo que es verdad?--exclamó Pulkeria Alexandrovna. - ---Hasta mañana, hermano--dijo con tono compasivo Dunia--. Vámonos, -mamá... Adiós, Rodia. - -El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras. - ---Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea -un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por -miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo, -o Ludjin. Marchaos. - ---Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!--gritó Razumikin. - -Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo. -Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado -de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes -que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada. -Pulkeria Alexandrovna parecía consternada. - ---No me resuelvo a irme--murmuró trémula, al oído de Razumikin--; me -quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia. - ---Lo echarán ustedes a perder todo--respondió, también en voz baja, -Razumikin--. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia, -alúmbranos. Juro a ustedes--continuó en voz queda cuando estuvieron en -la escalera--que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y -a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje -usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado -ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo -de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?... -Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis -expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso. - ---Pues bien--replicó Pulkeria Alexandrovna--. Voy a ver a la patrona de -mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón. -No puedo abandonarle en tal estado, no puedo... - -Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación -de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en -la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco -antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la -lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y -despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de -beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia -excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las -dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de -una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor, -apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges -de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba -con los ojos a Advocia Romanovna. - -A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar -sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él -no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía -daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera, -no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se -hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que -tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo, -cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel -momento una Providencia para ellas. - -Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las -preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con -sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le -dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites -que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel -hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr, -llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en -aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la -joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese -la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las -propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera -vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él. - ---Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo -absurdo--contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna--. De nada le -valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle, -y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les -propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a -ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que -anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado -a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después -doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les -contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes, -en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis -invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico -que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho -porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de -ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente, -noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor, -que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra -vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en -el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de -la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos -momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que -la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes, -no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta. -Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de -Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia -Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil. -Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen -ustedes? Sí, o no. - ---Vamos, mamá--dijo Advocia Romanovna--; lo que promete, lo hará -seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor -consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear? - ---Usted me comprende, porque es usted un ángel--dijo Razumikin con -exaltación--. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a -su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora. - -Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no -hizo ninguna objeción. - -Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte -de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera. - -La madre no dejaba de estar inquieta. - -«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero, -¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?» - -El joven adivinó aquel pensamiento. - ---¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino--dijo -andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían -seguirle las dos señoras--. Esto no significa nada... he bebido como -un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me -embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en -la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías, -soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a -ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo -de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes... -No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo -menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de -ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un -momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes, -por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la -noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué -no conviene irritarle. - ---¿Qué dice usted?--exclamó la madre. - ---¿Es posible que el doctor haya dicho eso?--preguntó Advocia Romanovna -asustada. - ---Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha -recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado... -Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien -retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted -noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por -qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos! -Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas -majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío -para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de -la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse -lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de -ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo -que digo?--gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras. - ---¡Oh Dios mío, yo no sé!--dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna. - ---Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas -generales--añadió con tono grave Advocia Romanovna. - -Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de -dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin. - ---¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es--vociferó -el joven entusiasmado--; usted es una fuente de bondad, de pureza, de -razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la -suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de -rodillas. - -Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en -aquel momento. - ---¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?--exclamó Pulkeria Alexandrovna -alarmada ante la actitud del estudiante. - ---¡Levántese usted, levántese usted!--dijo Dunia, que, aunque se reía, -no dejaba de estar inquieta. - ---¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora -continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este -momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de -amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes, -es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he -prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha -hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch. -¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso. -¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida? -¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted -es un canalla. - ---Escuche usted, señor Razumikin--comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna. - ---Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado--dijo excusándose -el joven--, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis -palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!... -sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no -me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido -todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!, -todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea! -¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número -tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué -número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su -habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince -minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver -con Zosimoff; escapo. - ---¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?--dijo ansiosamente Pulkeria -Alexandrovna a su hija. - ---Tranquilízate, mamá--respondió Dunia, quitándose el chal y el -sombrero--. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una -orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi -hermano... - ---¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme -a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué -acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra -llegada! - -En sus ojos brillaban las lágrimas. - ---No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre. -Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo. - ---¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha -hablado, Dunia!--siguió diciendo la madre, procurando tímidamente -leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque -Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había -perdonado--. Bien sé que mañana será de otra opinión--añadió, queriendo -hacer hablar a su hija. - ---Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este -asunto...--replicó Advocia Romanovna. - -La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió -a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin -decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó -y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando -tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados, -se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre -en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y -en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus -reflexiones. - -Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia -Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo, -contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se -paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían -disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo -la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia -Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien -formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí -misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se -parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad. -Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos, -negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria -bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su -rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante -pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo -mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en -su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi -altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa -que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria -cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil! - -Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero, -honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo -y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica -perfectamente el _coup de foudre_. Además, quiso la suerte que viese -por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría -de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el -semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante -las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse. - -Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó -traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia -Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la -misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años, -conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más -joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las -mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad -de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado -calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a -faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en -derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus -mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de -Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que -caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía -alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y -dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las -concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones -arraigadas se lo exigían. - -A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta -dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta. - ---No entraré, no tengo tiempo--se apresuró a decir en cuanto -abrieron--. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo, -y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia -está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva. -Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y -en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas. - -Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el -corredor. - ---¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!--exclamó Pulkeria -Alexandrovna muy alegre. - ---Parece que es de muy buen carácter--contestó Dunia, y comenzó a -pasearse de nuevo por la habitación. - -Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y -llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con -entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho -Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no -había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar -a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las -señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le -parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos. -Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor -propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado -como un oráculo. - -Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por -completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el -enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a -un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió -la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo -de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo -advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no -prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a -Pulkeria Alexandrovna. - -Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo -concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado -muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente -dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido -durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de -carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias -múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones, -cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin -manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención, -Zosimoff desarrolló con gusto este tema. - -Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta -si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff -le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado -el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en -el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él, -Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan -interesante de la Medicina. - ---Pero--añadió--, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha -estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia -será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y -ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas -emociones--terminó diciendo con tono significativo. - -Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial, -salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de -reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico -no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró -encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita. - ---Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo -de que descansen--ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff--. Mañana a -primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo. - ---¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!--observó con acento -sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle. - ---¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?--rugió Razumikin lanzándose -sobre el doctor y agarrándole por el cuello--. Si te atreves... ¿Me -entiendes? ¿Me entiendes?--gritó apretándole la garganta y arrojándolo -contra la pared--. ¿Me entiendes? - ---Déjame. ¡Demonio de borracho!--dijo Zosimoff, tratando de soltarse de -las manos de su amigo. - -Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada. - -El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y -la cara triste. - ---Es verdad, soy un bestia--dijo con aire sombrío--; pero tú también lo -eres. - ---No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías. - -Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando -llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado, -rompió el silencio: - ---Escucha--dijo a Zosimoff--, tú eres un buen amigo, pero tienes una -variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita, -te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que -esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades. -Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser -un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de -plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De -aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama. -Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente: -voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la -patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será -una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo -que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas. - ---¡Pero si yo no sospecho! - ---Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una -castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna... -Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy -agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto. - -Zosimoff se echó a reír de muy buena gana. - ---Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de -hacerle la corte? - ---Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta -con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado -y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier -tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un -clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla -rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las -melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un -verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro -que no te pesará. - ---Pero, ¿a qué viene todo eso? - ---Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente -al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú -acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde? -Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás -el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes, -sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la -tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo, -vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse. -Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a -ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle -una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a -despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester. - - [16] Especie de galleta. - - -II - -Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de -pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos -los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una -impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía, -al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto -irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo -vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras -cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita -jornada precedente. - -Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como -un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las -ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada -a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor. -¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién -le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna, -¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que -Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la -cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber -lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban -allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda. -¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando -su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en -el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado -toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso. -¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado -con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera? -¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una -aproximación entre dos seres tan semejantes? - -El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de -haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y -que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de -confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo -daño en la mano y rompió un ladrillo. - ---No hay duda--murmuró al cabo de un rato con profunda humillación--; -ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es -pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente -con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y -el mal está hecho. - -Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un -traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de -la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...» -Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía -derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba -de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a -verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a -la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia. - -Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente -la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de -vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes -navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión -negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me -quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para... -¡De ninguna manera!» - -Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el -cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna, -entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo. -Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico -prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once. - ---¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!--añadió--. Con un -cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a -ir a verlas o si vendrán ellas? - ---Presumo que vendrán--respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le -hacía esta pregunta--; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de -familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más -derecho que yo. - ---Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son -escuchar sus secretos; yo también me iré. - ---Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--. -Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener -la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una -predisposición a la locura. - ---Lo mismo le dijiste a las señoras. - ---Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros, -sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo? - ---¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa, -me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le -encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque, -aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del -pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para -sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede -quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase -de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si -hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas -de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que -hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua; -las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades... -La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que -Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te -diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en -decir lo que dijo. Es un terrible charlatán. - ---¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí. - ---Y a Porfirio Petrovitch. - ---¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio? - ---Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y -la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff. - ---Se lo diré--respondió con aire contrariado Razumikin. - ---Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por -su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando -las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a -las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que -le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su -presencia. - -A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las -dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril -impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío, -saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado -así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió -inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que -se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en -lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado -que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal -expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión -no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que -le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de -conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho. - -Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado -aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad -de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en -seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo -tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para -ponerlo en la mesa. - -Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal -vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero -de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos -señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de -semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió -la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de -aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le -dirigió Pulkeria Alexandrovna. - -Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos -de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos -que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es -de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo, -la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le -escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles -dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por -satisfechas. - ---Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé -todavía su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna. - ---Demetrio Prokofitch. - ---Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera -mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo -que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus -sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra -ahora? - ---¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y -ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos -tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua -fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No -gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva -a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin -embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible -hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que -se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo -taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado -sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de -causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo -demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás -se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el -mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no -anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de -ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable. - ---¡Ah! ¡Dios lo quiera!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada -por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo. - -Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a -Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero -disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la -joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se -levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los -brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando -alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre -de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje -ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos -indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si -Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente -no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba -vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar -con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que, -naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí -mismo. - ---Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano -y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le -admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna -mujer en su existencia--añadió la joven, pensativa. - ---No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo... - ---¿Qué? - ---No ama a nadie; quizá no amará jamás--replicó Razumikin. - ---Es decir, que es incapaz de amar. - ---¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su -hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven. - -Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir -acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia -no pudo por menos que reírse. - ---Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apuntó -Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente, -Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que -nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted -imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta -cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua. -Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían -a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y -ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a -casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona? - ---¿No sabía usted nada de esos amores?--preguntó Advocia Romanovna. - ---¿Usted creerá--prosiguió la madre con animación--que le conmoverían -mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor -de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus -planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se -puede decir por eso que no nos quiere? - ---Nada me ha dicho jamás de tal asunto--respondió con reserva -Razumikin--; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por -cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante -extraño. - ---¿Qué es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos -mujeres. - ---¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese -matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando -la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo -entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que -era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que -no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de -otro modo, ¿cómo comprender...? - ---Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito--afirmó -lacónicamente Advocia Romanovna. - ---Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte. -Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto -ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias -vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar -de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y -Ludjin. - -Este incidente parecía inquietarla sobre manera... - -El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había -sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente -a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la -enfermedad que éste padecía. - ---Antes de estar malo--dijo--ya lo tenía premeditado. - ---Así lo creo yo también--replicó Pulkeria Alexandrovna, con la -consternación pintada en su semblante. - -Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro -Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de -consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna. - ---¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro -Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna. - ---No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta -señorita--respondió con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es -por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque... -porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia -Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos -respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí, -insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora -me da vergüenza de... - -Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de -Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó -a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de -su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada. - -Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada -momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba -sobre todas las cosas cierta circunstancia. - ---Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenzó a decir--. Debemos de ser -francas con él, Dunetchka. - ---Sin duda, mamá--respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna. - ---Verá usted de lo que se trata--se apresuró a decir la madre, como -si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho--. Esta -mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch, -respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de -nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación, -como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un -criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana -la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito -esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un -párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y -me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce -mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder -aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha -resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted... - -Razumikin abrió la carta, fechada la víspera. - - «Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted - que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a - la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi - confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me - priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte, - no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de - Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde - tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento. - Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión - Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la - visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted - una explicación personal a propósito de un punto que acaso no - interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir - a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado - formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch, - me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá - atribuir a sí misma la causa de mi determinación. - - »Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión - Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró - la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa - de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa - de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So - pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la - hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me - ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha - procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad - de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia - Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor. - - »PEDRO PETROVITCH LUDJIN.» - - ---¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--preguntó Pulkeria -Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas--. ¿Cómo decirle -a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese -a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo... -Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a -suceder entonces? - ---Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondió tranquilamente -Razumikin. - ---¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no -acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más -bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche -y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la -carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal -objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué -joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona -las últimas monedas de plata que... - ---Que representan para ti tantos sacrificios, mamá--interrumpió la -joven. - ---Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo -Razumikin--. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en -un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un -muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no -comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo... - ---Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo -que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!--observó Dunia, -mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del -cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto -de su atavío. - ---Un regalo de su prometido--pensó Razumikin. - ---Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--. -Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche; -a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío! - -Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta. - -Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de -descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin -embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos -señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las -mujeres que saben llevar humildes vestidos. - ---Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo -Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de -Raskolnikoff. - -Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto -piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba -abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros -y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal -estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito -de espanto. - - -III - ---¡Va bien, va bien!--exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las -dos mujeres. - -El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el -mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo, -estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de -lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún -tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó -llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se -quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba -bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea. - -Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con -sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En -vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el -joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante -una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo -entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una -herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba -de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco -frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y -disimular sus impresiones. - ---Sí, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su -madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría -el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--añadió -dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano. - ---También yo estoy asombrado de su notable mejoría--dijo Zosimoff--. De -aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes, -es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta -enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora -que tenía usted alguna parte de culpa--terminó con sonrisa reprimida el -doctor, temeroso de irritar al enfermo. - ---Es muy posible--replicó fríamente Raskolnikoff. - ---Ahora que se puede hablar con usted--prosiguió Zosimoff--, quisiera -convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a -las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se -curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas -causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre -inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud -se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar -sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un -proyecto, y perseguirlo tenazmente. - ---Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto -posible, y entonces todo marchará como una seda. - -El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de -producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a -su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro -de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien -pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las -gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita -que les hizo la noche anterior. - ---¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?--preguntó Raskolnikoff con voz -inquieta--. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan -penoso? - ---¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no -nos acostamos nunca antes de esa hora! - ---No sé cómo darles las gracias--continuó Raskolnikoff, que de repente -frunció las cejas y bajó la cabeza--. Prescindiendo de la cuestión de -dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)--dijo dirigiéndose a -Zosimoff--, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés. -No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es -ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco. - ---No se atormente usted--replicó Zosimoff afectando reírse--; supóngase -usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos, -tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen -nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya -sabe usted que mi clientela no es muy numerosa. - ---Y no digo nada de éste--siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a -Razumikin--. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar! - ---¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental--exclamó -Razumikin. - -Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de -estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente -distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta, -observaba atentamente a su hermano. - ---De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que -parecía recitar una lección aprendida por la mañana--; hoy solamente he -podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a -casa. - -Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su -hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la -sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía. -Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó -con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del -altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva -del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de -alegría. - -Razumikin se agitó nerviosamente en su silla. - ---Aunque no fuera más que por esto le querría--murmuraba con su -tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de él. - ---¡Qué bien ha estado!--murmuró la madre para sí--. ¡Qué nobles -arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su -hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más -delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--¡Ah, Rodia--añadió en voz -alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff--, no -puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka -y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo -decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para -abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos -dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te -habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la -impresión que nos hizo esta noticia. - ---Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmuró -Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no -decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida. - ---¿Qué es lo que yo quería deciros?--continuó esforzándose por -coordinar sus recuerdos--. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti, -Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he -esperado en casa a que ustedes vinieran. - ---¿Por qué dices eso, Rodia?--exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos -asombrada que su hija. - ---Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía--pensaba -Dunia--; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura -formalidad o recitase una lección. - ---En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que -ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre... -Hasta hace un momento no me he podido vestir. - ---¿Sangre? ¿Qué sangre?--preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada. - ---No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio, -paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser -atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el -traje. - ---¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!--interrumpió -Razumikin. - ---Es verdad--respondió Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de -todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa -más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he -hecho, por qué he ido a ese sitio. - ---Es un fenómeno muy conocido--observó Zosimoff--; se realizan los -actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias; -pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y -depende de diversas impresiones morbosas. - -La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó -escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito. -Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención -alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una -extraña sonrisa. - ---Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido -hace un momento--se apresuró a decir a Razumikin. - ---¡Ah, sí!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño--. Me manché -de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice -ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo -el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La -pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres -hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija... -Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta -miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer -eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese -dinero. - ---No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que -tú haces está bien hecho--respondió la madre. - ---No, no estás muy convencida--replicó él procurando sonreírse. - -La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras, -silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada -cual de los presentes lo comprendía. - ---¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria -Alexandrovna. - ---¿Qué Marfa Petrovna? - ---Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi -última carta. - ---¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?--dijo el joven con -el estremecimiento propio del hombre que despierta--. ¿Es posible que -haya muerto? ¿Y de qué? - ---De repente--se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a -seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Murió precisamente -el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha -sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado. - ---¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?--preguntó -Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana. - ---No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta -cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia, -y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la -paciencia. - ---De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado -durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka. - -La joven frunció el entrecejo. - ---Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más -detestable--respondió casi temblando, y se quedó pensativa. - ---Había ocurrido esta escena por la mañana--continuó Pulkeria -Alexandrovna--. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar, -porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por -costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho -apetito. - ---¿A pesar de los golpes? - ---Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar -el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay -una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el -agua, le dió un ataque de apoplejía. - ---No es extraño--observó Zosimoff. - ---¡Como su marido le había pegado tanto! - ---¿Qué importa eso?--dijo Advocia Romanovna. - ---¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías--dijo -Raskolnikoff con súbita irritación. - ---¡Pero si no sabía de qué hablar!--confesó cándidamente Alexandrovna. - ---Parece que me tenéis miedo--observó el joven con amarga sonrisa. - ---Es la verdad--respondió Dunia fijando en su hermano una mirada -severa--. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la -cruz; tan asustada estaba. - -Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a -darle una convulsión. - ---¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices -eso, Dunia?--añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En -el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar -contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y -ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia. - ---¡Basta, mamá!--murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le -estrechó la mano--; tiempo tenemos de hablar. - -Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de -nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se -confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante -no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie. -La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que, -olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se -dirigió a la puerta. - ---¿A dónde vas?--gritó Razumikin asiéndole por un brazo. - -Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en -torno suyo. Todos le contemplaban con estupor. - ---¡Qué fastidiosos son ustedes!--gritó de repente--. Digan algo. ¿Por -qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar -calladas. - ---¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como -ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz. - ---¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Advocia Romanovna con inquietud. - ---Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se -echó a reír. - ---Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...--murmuró -Zosimoff levantándose--. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más -tarde una vuelta por aquí. - -Saludó y salió. - ---¡Qué buen hombre!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. - ---Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído, -inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con -desacostumbrada animación--. No me acuerdo adónde le he visto antes de -mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre -excelente!--añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin, -el cual acababa de levantarse. - ---Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer. - ---Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado -Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan -bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que -yo... - ---Es un regalo de Marfa Petrovna. - ---Y ha costado muy caro--añadió Pulkeria. - ---Creía que era un obsequio de Ludjin. - ---Aun no ha dado nada a Dunetshka. - ---¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise -casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada -del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su -hijo le hablaba. - ---¡Ah! sí--respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con -Dunia y Razumikin. - ---¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven -enfermiza y raquítica--continuó como absorto y sin levantar los ojos -del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en -un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas -cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad -es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si -además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido -más--añadió sonriéndose--. Aquello no tenía importancia... Fué una -locura de primavera. - ---No, no era solamente una locura de primavera--afirmó Dunia con -convencimiento. - -Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no -comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se -levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio. - ---¿La amas aún?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna. - ---¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión -lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que -me causa la misma impresión cuanto me rodea. - -Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres. - ---Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas -de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué -preguntarme?--añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a -morderse las uñas y se quedó como ensimismado. - ---¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo -bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso -silencio--: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu -hipocondría. - ---¿Esta habitación?--repitió él con aire distraído--. Sí, ha -contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué -ideas tan extrañas acabas de expresar!--añadió de repente con sonrisa -enigmática. - -Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de -aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años -y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había, -sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose -pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal -momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso. - ---Ante todo he de pedirte, Dunia--comenzó a decir con tono seco--, que -me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación -en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo. -Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te -casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana. - ---Hijo mío, hablas como ayer--exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna--; -¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables -así. Ayer empleabas el mismo lenguaje. - ---Hermano mío--respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad -ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos -encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche -y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por -alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi -situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a -mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución. - ---Miente--pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas--. -¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los -caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a -todos! - ---En una palabra--continuó Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch, -porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir -lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De -qué te ríes? - -Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de -cólera. - ---¿Que lo cumplirás todo?--preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura. - ---Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi -mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una -opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme. -¿Por qué sigues riéndote? - ---Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no -puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por -interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que -sabes ruborizarte. - ---No es verdad, yo no miento--gritó la joven perdiendo su sangre -fría--. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le -estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida, -y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú -dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida -de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme -de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una -tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a -mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por -qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío? - ---¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!--exclamó -Pulkeria Alexandrovna. - ---No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a -desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum! -sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy -mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso -lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal? - ---Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia. - -Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa. -Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún -acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de -haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta. - ---No comprendo nada--comenzó a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia -discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un -hombre sin cultura. - -Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba. - ---Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no -sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de -negocios--añadió Raskolnikoff. - ---Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se -enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco -contrariada del tono con que le hablaba su hermano. - ---Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece -que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación -frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes -tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo, -he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de -carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más -que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además, -manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a -vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis, -os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo. -¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender -tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a -Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros? - ---No--respondió Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado -demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil -para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano -mío. Yo no esperaba... - ---Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse -de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado -grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay -una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por -cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica -y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe, -de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a -la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta -«notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida. -En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores -e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es -decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender -disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no -basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al -hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de -todas veras deseo. - -Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la -noche. - ---Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?--preguntóle su madre, cuya -inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como -un hombre de negocios. - ---¿Qué quiero decir? - ---Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a -nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra -allí; por eso te pregunto qué piensas hacer. - ---Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa -exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para -vosotras--contestó fríamente Raskolnikoff. - ---Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con -ella--se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna. - ---Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te -suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que -venga--continuó la joven dirigiéndose a Razumikin--. Mamá, me permito -hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch. - ---Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis--añadió su -madre--. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor -es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él. - - -IV - -En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una -joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general -sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto -no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven -la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y -en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era -una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses -y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y -llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los -adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su -confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande, -que dió un paso hacia atrás para retirarse. - ---¡Ah! ¿es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él -también se quedó turbado. - -Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes, -contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca», -acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto -a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba -en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos -atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más -atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza, -que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada, -iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio. - ---No esperaba a usted--se apresuró a decir invitándola con la mirada -a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin -duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese -aquí. - -Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en -una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó -para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué -indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un -momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama, -mostró a la joven la silla de Razumikin. - ---Tú siéntate aquí--dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el -sofá. - -Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras. -Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia -de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó -tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia -Raskolnikoff. - ---Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia--dijo con voz -trémula--. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien -mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista -mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a -nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina -Ivanovna espera que le concederá este honor. - ---Ciertamente... haré lo posible por complacerla--balbució -Raskolnikoff, que se había incorporado a medias--. Tenga usted la -bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos. - -Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia -obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras, -bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se -contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas. - ---Mamá--dijo con voz vibrante--, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la -hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un -coche y del cual ya te he hablado. - -Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a -pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse -esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a -examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada -vez más cortada, levantó de nuevo los ojos. - ---Quería preguntar a usted--prosiguió Rodia--qué ha pasado hoy en su -casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la -policía... - ---No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era -tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se -han incomodado. - ---¿Por qué? - ---Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora -hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla -del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba -Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse. - ---¿De modo que la conducción del cadáver es hoy? - ---Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a -las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre. - ---¿Da una comida? - ---Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el -socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer -los gastos del funeral. - -Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero -logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos. - -Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando -atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la -barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante -irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus -ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía -tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se -advertía otra particularidad característica en su rostro como en su -persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de -contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla. -Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos. - ---¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos -gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una -colación?--preguntó Raskolnikoff. - ---El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de -suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto; -después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina -Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en -contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo -está y cómo es ella. - ---Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi -cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro. - ---Ayer se desprendió usted de todo por nosotras--respondió Sonia con -voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos. - -Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había -impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y -las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar. -Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma -Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable. - ---Rodia--dijo levantándose--, supongo que comeremos juntos. Vámonos, -Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de -descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte -fatigado. - ---Sí, sí, iré--se apresuró a responder, levantándose también...--Tengo -algo que hacer antes. - ---¡Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclamó Razumikin, mirando -con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera. - ---No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un -minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad? - ---No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio -Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna. - ---Yo también se lo ruego, venga usted--añadió Dunia. - -Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos -experimentaron un malestar extraño. - ---Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós, -Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez. - -Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a -pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió -precipitadamente de la habitación. - -No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este -momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de -Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó, -se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una -impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le -hubiese afectado penosamente. - ---Dunia, adiós--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano. - ---Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?--respondió la joven, volviéndose -hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada. - ---Bueno, dámela otra vez--y estrechó de nuevo la mano de su hermana. - -Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la -mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que -podamos decir por qué. - ---¡Ea! Está bien--exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que -se había quedado en el cuarto. - -Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo. - -La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su -interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes -Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que -Marmeladoff le había contado de su hija. - ---Oye el asunto de que quería hablarte--prosiguió el joven tomando del -brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento. - ---¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted? - -Al decir esto, Sonia se dispuso a salir. - ---Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos -secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras. - -E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin. - ---¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A -Porfirio Petrovitch. - ---Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?--repuso -Razumikin. - ---¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato? - ---Sí, ¿y qué?--insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba -la conversación. - ---Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado -alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que -no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió -mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que -perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero -tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero -que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi -madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única -cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi -madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que -debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la -policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué -te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de -comer me preguntará mi madre por el reloj. - ---No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio -Petrovitch--exclamó Razumikin extremadamente agitado--. ¡Oh, qué -contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro -estoy de que le encontraremos. - ---Sea; vamos. - ---Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti. -Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja? -¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna. - ---Sofía Semenovna--rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven -añadió--: Mi amigo Razumikin, excelente persona. - ---Si usted tiene que salir...--comenzó a decir Sonia a quien esta -presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a -levantar los ojos para mirar a Razumikin. - ---¡Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasaré por su casa, Sofía -Semenovna. Dígame sus señas. - -Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación -y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin -ruborizarse. Los tres salieron juntos. - ---¿No cierras la puerta?--preguntó Razumikin mientras bajaban la -escalera. - ---Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura. -¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--añadió -alegremente dirigiéndose a Sonia. - -Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle. - ---¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo -ha podido dar con mi habitación? - -Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se -cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven. - ---¡Pero si dió usted sus señas a Polenka! - ---¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que -le di mis señas? - ---¿Lo había usted olvidado? - ---No... me acuerdo. - ---Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su -nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía -su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff? -Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted -un cuarto amueblado... - -Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar -la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la -calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes -y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita. -Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía -confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había -manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día, -quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento. - ---¡Ah, ojalá no venga hoy!--murmuró angustiada--. ¡Dios mío! ¡En mi -casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío! - -Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la -casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que -Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para -hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al -lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el -señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le -hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores -y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le -examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad; -todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que -no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó -acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a -quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y -encaminarse a su casa. - -«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo -averigüe.» - -Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se -volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él. -Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó -a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola, -andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de -cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de -ella a una distancia de cinco pasos. - -Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que -representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de -espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes -nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso -sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su -ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su -tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus -cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a -encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color -más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría, -seria y fija. - -El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba -distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral. -El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado. -Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la -derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»--dijo para sí el señor, y -subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del -desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó -en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos -palabras escritas con tiza: _Kapernumoff, Sastre_. «¡Bah!»--repitió el -hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el -número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra. - ---¿Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, riéndose, a Sonia--. -Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el -departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad! - -Sonia le miró con atención. - ---Somos vecinos--continuó diciendo con tono alegre--. Llegué ayer a San -Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla. - -Sonia no respondió. - -Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y -vergonzosa. - - * * * * * - -Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de -su amigo. - ---Perfectamente, querido--repetía muchas veces--. Estoy encantado, lo -que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en -casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa? - ---¿Que cuándo estuve?--murmuró Raskolnikoff, como procurando -recordar--. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo -demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos--se apresuró a -decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado--. No -tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la -influencia de ese maldito delirio. - -Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio». - ---Vamos, sí, sí--contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que -se le había ocurrido en aquel instante--. ¿De modo que por eso tú...? -La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar -de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro, -ahora todo me lo explico. - -«¡Oh!--pensó Raskolnikoff--esa idea se la había metido en la cabeza; -tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se -considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas -durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus -sospechas.» - ---¿Y qué, le encontraremos?--preguntó en alta voz. - ---Ya lo creo que le encontraremos--respondió sin vacilar Razumikin--. -Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no -dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo -que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente; -pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico; -le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al _viejo -juego_, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su -oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el -cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte! - ---¿Y por qué? - ---¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas -malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a -nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de -Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo: -«¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo -solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme, -Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin -ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio... - ---¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas -razón--respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada. - -Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo -advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez -de instrucción no dejaba de inquietarle. - -«Lo esencial es saber--pensó Raskolnikoff--si Porfirio tiene -conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que -hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto. -Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho, -que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré -sincero.» - ---¿Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con -maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado. -¿No es verdad? - ---No, de ninguna manera--respondió Razumikin contrariado. - ---No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una -silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos; -te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan -pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te -ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del -color de la grana. - ---¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso? - ---¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez -colorado? - ---¡Eres insoportable! - ---Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo -hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra -persona! - ---Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!--murmuró Razumikin -helado de terror--. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres! - ---Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien -te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos, -veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te -has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada! -¡Baja, baja la cabeza, para que te huela! - ---¡¡¡Indecente!!! - -Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en -apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa -de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas -del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería -Raskolnikoff. - ---¡Si dices una palabra, te reviento!--murmuró Razumikin furioso, -agarrando por un brazo a su amigo. - - -V - -Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la -fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo -lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más -rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la -vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran -bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio -Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada -a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa, -cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento -esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre -y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas -palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron -por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su -seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más -comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo, -porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de -dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría. - ---¡Ah, bribón!--vociferó con tan violento ademán, que derribó un -veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te. - ---Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un -perjuicio que causan ustedes al Estado--exclamó alegremente Porfirio -Petrovitch. - -Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se -olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera -sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el -momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que -representaba. - -Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a -causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber -contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se -dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso -a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por -cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón, -sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se -había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía -engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad -particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte, -y su presencia le causó una desagradable sorpresa. - -«He ahí una cosa con la que no contaba»--pensó. - ---Perdóneme usted, se lo suplico--dijo alto, con cortedad fingida, -Raskolnikoff. - ---¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo -tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días--añadió Porfirio -Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin. - ---No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la -calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado -más. - ---¡Imbécil!--gritó Razumikin, sin volver la cabeza. - ---Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla -insignificante--observó, riendo, Porfirio Petrovitch. - ---Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al -diablo!--replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente -su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch--. Basta de tonterías, -y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch -Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene, -además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás -aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo? - -«¿Qué quiere decir esto?»--se preguntó con inquietud Raskolnikoff. - -La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo, -se repuso en seguida. - ---Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos--dijo con desenvoltura. - ---¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha -arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había -manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no -habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco? - -El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en -chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años, -más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba -barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza, -gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de -la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado, -no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color -amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera -podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido -por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar -siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La -mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía. -A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta -semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por -mucho tiempo al observador inteligente. - -En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio, -Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando -él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su -disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un -hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por -oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a -hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia. - -Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer -su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio -Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima. -Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus -miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa, -cosa que pasaba los linderos de lo natural. - -«¡Ese imbécil!»--decíase interiormente Raskolnikoff. - ---Es preciso hacer una declaración a la policía--respondió con -indiferencia Porfirio Petrovitch--. Expondrá usted que, informado de -tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al -juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos -le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya -se le escribirá a usted. - ---Desgraciadamente--replicó Raskolnikoff con fingida cortedad--no estoy -en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas... -¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos, -y que, en cuanto tenga dinero... - ---Eso no importa--replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente -esta explicación financiera--; por lo demás, puede usted, si quiere, -escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea -usted decirme que tales objetos le pertenecen y que... - ---¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?--interrumpió -Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del -aspecto pecuniario de la cuestión. - ---¡Oh! en cualquier papel. - -Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente -burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven -hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que -encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba, -porque aquello duró apenas el espacio de un segundo. - -«Ese lo sabe»--se dijo instantáneamente. - ---Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa--añadió bastante -desconcertado--. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen -para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando -supe... - ---Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff, -que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos -empeñados--recalcó con intención evidente Razumikin. - -Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel -inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas, -comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató -de repararla. - ---Parece que te burlas de mí, amigo mío--dijo a Razumikin, con aire -ofendido--. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy -insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como -un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí. -Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un -groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras, -pero mi madre ha venido a verme--y al decir esto se volvió hacia el -juez--, y si supiese--continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin -poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo--, si supiese que no tengo -el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las -mujeres! - ---¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi -pensamiento--protestaba Razumikin todo acongojado. - ---¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?--se preguntaba -ansiosamente Raskolnikoff--. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»? - ---¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?--preguntó Porfirio Petrovitch. - ---Sí. - ---¿Cuándo ha llegado? - ---Ayer noche. - -El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase. - ---Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse -jamás--repuso con tono tranquilo y frío--. Desde hace tiempo, esperaba -yo la visita de usted. - -Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía -implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció; -pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba -en preservar el tapete. - ---¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado -algunas cosas? - -Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff. - ---Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en -casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba -completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la -indicación del día en que se habían empeñado esos objetos. - ---¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!--dijo Raskolnikoff -con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al -juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió -bruscamente--: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los -dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí, -mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no -olvida usted ni a uno... y... y... - -«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?» - ---Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había -presentado aún--respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de -burla. - ---No me encontraba muy bien. - ---Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo. -Todavía está usted pálido. - ---No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien--respondió -Raskolnikoff con tono brutal y violento. - -Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar. - -«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería--pensó--. Pero, ¿por -qué me exasperan?» - ---Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!--exclamó Razumikin--. -La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo -creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas, -aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se -vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe -por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa -semejante? Es un caso de los más notables. - ---¡Bah! _¿En estado completo de delirio?_--dijo Petrovitch con el -movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos. - ---Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de -decirle a usted esto. La convicción de usted está formada--dejó -escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio -Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras. - ---¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado -delirando?--dijo exaltándose Razumikin--. ¿Para qué semejante salida? -¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has -de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales. -Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado. - ---Me habían fastidiado tanto ayer...--dijo Raskolnikoff dirigiéndose -al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío--, y -queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no -pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad. -El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor -Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted -el árbitro de nuestra disputa. - -En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le -irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada. - ---Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza; -pero le encontré a usted demasiado irascible--declaró secamente -Zametoff. - ---Y hoy--añadió Porfirio--me ha dicho Nikodim Fomitch que había -encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un -funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje... - ---Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía--dijo Razumikin--. ¿No te -has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste -de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses -socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si -quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo -diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos. - ---Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo -en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que -he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado -durante media hora en mi insubstancial palabrería--prosiguió con los -labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio--. He importunado a ustedes, -¿no es eso? - ---¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me -interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy -encantado de haber recibido su visita. - ---¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco--exclamó Razumikin. - ---¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido, -¿eh? - ---¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas? - -Porfirio Petrovitch salió para encargar el te. - -En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba -por extremo excitado. - ---Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas -precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me -conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de -ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en -la cara desfachatadamente!--decía temblando de rabia--. Id derechamente -contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es -una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré -y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio. - -Respiró con ansia y continuó pensando: - ---¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese -un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de -sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por -un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen. -Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen; -pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha -observado que yo le _hablé con mucha sutileza_? ¿por qué me han hablado -con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo -esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás -de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un -poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que -absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis -nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría -o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer -de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí -como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no -le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda. -Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado -sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado. -¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo... -Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se -ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me -podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece -darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche... -Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado -con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no -me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas -conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía. -La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un -delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al _dvornik_... -¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben -o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto -sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale -quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que -va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza. -¿Por qué he venido?» - -Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago. -Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen -humor. - ---Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de -cabeza--comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no -había demostrado hasta entonces--; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la -velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién -quedó la victoria? - ---Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro -de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo -siguiente--agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff--: ¿hay crímenes o no -los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo! - ---¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni -siquiera tiene el mérito de la novedad--respondió distraídamente -Raskolnikoff. - ---La cuestión no se planteó en esos términos--observó el juez. - ---Es verdad, no fué precisamente en esos términos--repuso Razumikin con -su insistencia de costumbre--. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer -me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido -tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es -en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal -organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro -móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al -crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita. - ---A propósito de crimen y de ambiente--dijo Porfirio Petrovitch, -dirigiéndose a Raskolnikoff--; recuerdo un trabajo de usted que me -interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el _Crimen_... no me -acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en _La -Palabra Periódica_. - ---¡Un artículo mío en _La Palabra Periódica_!--exclamó Raskolnikoff, -sorprendido--. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la -Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé -a _La Palabra Semanal_ y no a _La Palabra Periódica_. - ---Pues fué publicado en esta última. - ---Como _La Palabra Semanal_ suspendió su publicación, mi artículo no -pudo salir. - ---Pero como esa revista se fundió con _La Palabra Periódica_, hace dos -meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía -usted? - ---No. - ---Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni -siquiera se entera de lo que directamente le interesa. - ---¡Muy bien, Rodia!--exclamó Razumikin--. Tampoco yo lo sabía. Hoy -mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses -que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué -callado se lo tenía! - ---¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado. - ---Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor -jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó -sobremanera. - ---Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico -del delincuente en el momento de cometer el crimen. - ---Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es -un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la -parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en -un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia, -explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda -recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la -tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho -absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales; -hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes. - -Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se -sonrió. - ---¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el -criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del -ambiente. ¿No es eso?--preguntó Razumikin con inquietud. - ---No, no se trata de eso--replicó Porfirio--. En dicho artículo se -clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros -deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley; -los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de -saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres -extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo. - ---¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!--balbució Razumikin -estupefacto. - -Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se -trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de -su artículo no vaciló en explicarlo. - ---No es eso--comenzó a decir con tono sencillo y modesto--. Confieso, -no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi -pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud -(pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que -yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas -extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso -cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría -dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí -sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario -tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a -su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en -que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces -útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es -claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer -que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de -Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran -podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de -ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a -esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría -tenido el deber de _suprimir_ a esos diez, a esos cien hombres, a fin -de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto -no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho -de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en -gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a -saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando -por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta -llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes, -porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas, -que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las -generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el -derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de -notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido -terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes -hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y -que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su -naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor -grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la -rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues, -a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve -usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto -ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de -personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco -caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy -poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es -justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide -a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres -ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a -sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen -el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las -subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan -rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera, -de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que -viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados -a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de -humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente -de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar; -sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable. -La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo -que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por -encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés -de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el -derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha -sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse -mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los -cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión -conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige -estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer -grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El -uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al -mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente -el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la -nueva Jerusalén, por supuesto... - ---De modo que usted cree en la nueva Jerusalén. - ---Sí que creo--respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su -largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un -punto del tapete. - ---¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad. - ---Sí que creo--repitió el joven mirando a Porfirio. - ---¿Y en la resurrección de Lázaro? - ---Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted? - ---¿Y cree usted al pie de la letra? - ---Al pie de la letra. - ---Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero, -permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta -siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario, -que... - ---¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces... - ---Son ellos los que llevan al suplicio a los otros. - ---Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En -general, la observación es muy exacta. - ---Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los -hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna -señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una -limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud -natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían -llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese -usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría -se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted, -«a suprimir todos los obstáculos...» - ---Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que -la primera. - ---Muchas gracias. - ---No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es -posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado -quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia -innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la -Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores», -y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión -es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a -los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas -y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un -verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no -van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y -volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad -de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque -son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros -estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos... -Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias -públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse -por ellos. - ---¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero -hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay -muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a -las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas, -confiese usted que la cosa será bastante desagradable. - ---Tampoco por eso se debe usted inquietar--prosiguió en el mismo tono -Raskolnikoff--. En general, nace un número muy escaso de hombres con -una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es -evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías -y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente -determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos -es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse -algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para -dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas, -un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que -va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un -hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas). -Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan -millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja -una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una -palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera; -pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar. - ---Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?--gritó Razumikin--. -Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro! -¿Hablas con formalidad, Rodia? - -Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en -el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la -fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el -tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego -dijo: - ---Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al -decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído -mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te -pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar -sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He -aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa -autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo -sería la autorización legal, oficial... - ---Exacto, más espantosa--afirmó Porfirio. - ---No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que -has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir -uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo -lo leeré. - ---No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa -cuestión--dijo Raskolnikoff. - ---Sí, sí--repuso el juez--; ahora comprendo sobre poco más o menos la -manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted -mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma... -futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos -le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga -campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se -procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera... - -Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su -rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera. - ---Obligado estoy a reconocer--respondió éste con calma--que, en efecto, -existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio -tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se -dejan cazar con él. - ---¿Lo está usted viendo? - ---¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace -un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el -asesinato--añadió señalando a Razumikin--; ¿qué importa? ¿Acaso no -está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones, -las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué -inquietarse? ¡Buscad al ladrón! - ---¿Y si le encontramos? - ---Peor para él. - ---Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia? - ---¿Y a usted qué le importa eso? - ---Es una cuestión que interesa al sentimiento humano. - ---El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su -castigo, independientemente del presidio. - ---¿De modo--preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo--, que los -hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de -matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre? - ---¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni -se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento -acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los -hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar -honda tristeza en la tierra--añadió Raskolnikoff, acometido de súbita -melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente. - -Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire -soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la -comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de -ello. - -Todos se levantaron. - -Porfirio Petrovitch volvió a la carga. - ---Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es -más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta. -Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto -que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una -idea que se me ha ocurrido... - ---¡Bueno!... diga usted su idea--respondió Raskolnikoff en pie, pálido -y serio, frente al juez de instrucción. - ---Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy -extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable... -que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de -quienes hablaba hace poco... ¿No es así? - ---Es muy posible--respondió desdeñosamente Raskolnikoff. - -Razumikin hizo un movimiento. - ---Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de -dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad, -no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo... -a matar y a robar? - -Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como -antes. - ---Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted--replicó -Raskolnikoff con acento altanero de desafío. - ---Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria; -la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo -de usted. - -«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»--pensó -Raskolnikoff con algo de desprecio. - ---Permítame usted que le diga--respondió secamente--que yo no me creo -ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género: -por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si -estuviese en lugar de ellos. - ---¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?--dijo con -brusca familiaridad el juez instructor. - -Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin. - ---¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta -semana última?--saltó, de repente, desde su rincón Zametoff. - -Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada -fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato -hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada -irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se -dispuso a salir. - ---¿Se marcha usted ya?--dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la -mano al joven con extrema amabilidad--. Estoy encantado de haberle -conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en -el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de -estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once. -Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los -últimos que ha estado _allí_, podrá quizá decirnos algo--añadió en tono -de campesino el juez de instrucción. - ---¿Trata usted de interrogarme en toda regla?--preguntó secamente -Raskolnikoff. - ---De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No -me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he -hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la -víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como -usted es el último que estuvo... A propósito--exclamó con súbita -alegría--, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba... -(al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a -propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su -inocencia--prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Pero, ¿qué hacer? -Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería -preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted -que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí? - ---Sí--respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no -tenía necesidad de dar. - ---Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el -segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda -usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando -la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos -obreros. - ---¿Pintores? No, no los vi...--respondió lentamente Raskolnikoff, como -si tratase de recordar. - -Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su -espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta -hecha por el juez de instrucción. - ---No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el -cuarto--continuó muy contento de haber descubierto la trampa--; de lo -que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente -de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque -tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de -arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos -visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi... - ---¡Pero qué estás diciendo!--gritó de repente Razumikin, que hasta -entonces había estado como reflexionando--: Si fué el mismo día del -asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo -dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta? - ---¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas--exclamó Porfirio -dándose una palmada en la frente--. ¡Qué diablos! este asunto me -hace perder la cabeza--añadió a modo de excusa dirigiéndose a -Raskolnikoff--. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el -cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído -obtener de usted esta aclaración... He confundido los días. - ---Pues convendría fijarse más--gruñó Razumikin. - -Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó -amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes -y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin -cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de -atravesar por una prueba penosa. - - -VI - ---No lo creo. No puedo creerlo--repetía Razumikin, que hacía toda clase -de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff. - -Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los -esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia. - -En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante -en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez -que los dos jóvenes hablaban de _aquello_ sin valerse de palabras -encubiertas. - ---No lo creas si no quieres--respondió con fría e indiferente sonrisa -Raskolnikoff--. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo -he pesado cada palabra. - ---Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas -intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era -bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes -razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto? - ---Habrá cambiado de opinión desde ayer. - ---No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el -contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su -juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento -oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te -colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada... - ---Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un -tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego -con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían -hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una -sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se -apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya -en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener -pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente; -acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en -estas cosas. Dejémoslas. - ---¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos -francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en -confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa -idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento -flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es -ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que -ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras -cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado -por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que -existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que -tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en -su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos, -calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya -insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una -letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace -un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor -insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya -al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque -además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él? -En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que -tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida -de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será -mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus -barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de -salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es -vergonzoso! - -«Se ha despachado, convencido de lo que dice»--pensó Raskolnikoff. - ---¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro -interrogatorio!--respondió tristemente--; será menester que yo me -rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff -en el _traktir_. - ---¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente, -y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la -boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff... -¡Espera!--gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el -brazo--¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy -convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la -pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú -hubieras hecho _eso_, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías -visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por -el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a -sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle? - ---Si yo hubiese hecho _tal cosa_, no habría dejado de decir que había -visto a los obreros--repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella -conversación con violento disgusto. - ---¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses? - ---Porque solamente los _mujiks_ y las personas más limitadas lo -niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que -sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad -trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera, -modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según -todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí; -creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía -haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un -sentido favorable a mi causa. - ---Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen -los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado -en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete. - ---Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que -obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa -circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la -casa dos días antes del crimen. - ---¿Pero, cómo olvidarlo? - ---Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos; -respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios. -Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas -insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú -supones. - ---Eso quiere decir que es un pillo. - -Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se -asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él, -que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y -porque no podía menos. - -«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»--pensaba. - -Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que -bien pronto llegó a ser intolerable. - -Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff. - ---Entra solo--dijo bruscamente Raskolnikoff--; vuelvo en seguida. - ---¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya? - ---Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú -les dirás... - ---Bueno, te acompaño. - ---¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte? - -Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan -desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato -en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba -aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de -haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo -estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las -señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan -largo retraso. - -Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor, -y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró -en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo. -En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano -bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo -encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y -lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se -aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los -objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared: -si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos -de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones -escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en -contra suya! - -Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una -sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin -ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la -calle. - ---Ahí lo tiene usted--gritó una voz. - -El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su -habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja -estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una -especie de _khalat_ y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por -un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado. -A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de -cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto. - ---¿Qué es eso?--preguntó acercándose al _dvornik_. - -El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una -palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa. - ---Pero, ¿qué significa esto?--gritó Raskolnikoff. - ---Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha -dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En -esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido. - -El _dvornik_ estaba también un poco asombrado; pero no con exceso. -Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril. - -Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de -la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso -lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera -podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir -al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente -el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida -ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta -suerte sin decir una palabra. - ---Usted ha preguntado por mí al _dvornik_...--comenzó a decir -Raskolnikoff sin levantar la voz. - -El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un -nuevo silencio. - ---Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere -decir esto?--añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las -palabras salían con trabajo de sus labios. - -Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión -siniestra. - ---¡Asesino!--dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta. - -Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se -doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda. -Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con -extraordinaria violencia. - -Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir -una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero. - ---¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?--balbuceó -Raskolnikoff con voz casi ininteligible. - ---Tú eres el asesino--replicó el otro recalcando sus palabras con más -precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se -dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido -rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos. - -Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por -una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás. - -Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la -mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se -volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo -sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff -creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con -expresión de odio frío y triunfante. - -Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su -casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa, -permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se -echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro. -Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo -Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se -hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos -permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la -sala y se aproximó con precaución al sofá. - ---¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde--dijo -en voz baja Anastasia. - ---Tienes razón--respondió Razumikin. - -Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media -hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con -brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza. - ---¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde -estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se -encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica -que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...? -¿Es esto posible?--continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial--. Y -el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa -que no podía suponerse? - -Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento -disgusto de sí mismo. - ---¡Yo debía suponer esto!--pensó con amarga sonrisa--. ¿Cómo me -he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he -atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber -de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...--murmuró -desesperado. - -A veces se detenía ante este pensamiento. - ---No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero -_amo_ a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París, -olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la -batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a -un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de -que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne -sino de bronce. - -Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír. - ---¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un -registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre -forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio -Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por -ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?», -preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería! - -De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de -exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento: - ---La vieja no significa nada--se decía en un acceso--. Supongamos -que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido -más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto -posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un -principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima! -Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco, -por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué -hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son -laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la -humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar -«la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor -es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta -apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el -mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal, -y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis -olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo -para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un -gusanillo estético nada más, nada más--añadió riendo de repente como -un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al -sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados--. Sí, -en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora -sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un -mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar -por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme -satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah! -¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con -toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y -al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar -mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al -monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy -definitivamente un gusano--añadió rechinando los dientes--, porque soy -más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque _presentía_ -que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo -comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo -al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere! -¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta -cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente -al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones! -¡Obedece, temblorosa criatura, y _guárdate de querer_, porque eso no es -cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja! - -Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y -su mirada inmóvil no se apartaba del techo. - ---¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que -ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo -soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he -besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...! -¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida -la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la -casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la -hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!... -¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo -aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia! - -Perdió la conciencia de sí mismo y con gran sorpresa advirtió que -estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas, -la luna llena brillaba con resplandor cada vez más vivo, pero la -atmósfera era sofocante. Había mucha gente en las calles; los obreros -y los hombres ocupados volvían apresuradamente a sus casas; los otros -se paseaban. Flotaba en la atmósfera olor de cal, de polvo, de agua -cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba -perfectamente que había salido de su casa con algún objeto, que -tenía que hacer una cosa urgente; ¿pero cual? La había olvidado. -Bruscamente advirtió que desde la acera de enfrente un hombre le -hacía señas con la mano; cruzó la calle para juntarse con él, pero, -de repente, este hombre giró sobre sus talones, y, como si tal cosa, -continuó su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que -llamaba a Raskolnikoff. «¿Me habré engañado?»--pensó este último, y -se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoció -de improviso y se aterró: era el burgués de antes, encorvado, con el -mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazón latía con fuerza, marchaba a -alguna distancia; entraron en un _pereulok_. El hombre no se volvía. -«¿Sabe que le sigo?»--se preguntaba Raskolnikoff. El burgués franqueó -el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanzó vivamente hacia la -puerta y se puso a mirar, pensando que quizá aquel misterioso personaje -se volvería para llamarle. En efecto, cuando el burgués estuvo en el -zaguán, se volvió bruscamente y pareció llamar con un gesto al joven. -Este se apresuró a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio -no vió al burgués. Presumiendo que aquel hombre habría tomado por la -primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrás de él. En efecto, -dos pisos más arriba se oían resonar los pasos lentos y regulares en -los peldaños. Cosa extraña; le parecía reconocer aquella escalera. He -aquí la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste, -se filtraba al través del vidrio; he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este -es el cuarto en que trabajaban los pintores. ¿Cómo no había reconocido -en seguida la casa?» Los pasos del hombre que le precedía cesaron de -oírse. «Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aquí -el tercer piso: ¿subiré más arriba? ¡Qué silencio! ¡Este silencio es -terrible!» Sin embargo, siguió subiendo la escalera. Le daba miedo el -rumor de sus propios pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! El burgués -se ha ocultado seguramente aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que daba -al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexionó un -instante; después entró. Halló la antesala completamente vacía y muy -obscura. El joven pasó a la sala marchando de puntillas. La luz de la -luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el -mobiliario no había cambiado. Raskolnikoff encontró en sus antiguos -puestos las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. Por -la ventana se veía la luna, cuya enorme faz redonda tenía un color -cobrizo. Largo tiempo esperó en medio de un profundo silencio. De -repente, oyó un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Después -volvió a quedar todo en silencio. Una mosca que se había despertado fué -volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En -el mismo instante, en un rincón, entre el armarito y la ventana creyó -notar que había un manto de mujer colgado en la pared. «¿Por qué está -este manto aquí?--pensó--; antes no estaba.» Se aproximó cautelosamente -sospechando que tras de aquel vestido debía de haber alguien oculto. -Apartando con precaución el manto, vió que había allí una silla, y en -esta silla, en el rincón, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal -modo inclinada tenía la cabeza, que el joven no pudo ver la cara; -pero comprendió que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»--se dijo -Raskolnikoff. Sacó suavemente el hacha del nudo corredizo y le dió -dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraña, la vieja no vaciló -bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el -joven, se inclinó hacia ella para examinarla, pero la vieja bajó aún -más la cabeza. Entonces él se inclinó hasta el suelo, la miró de abajo -arriba y al ver su rostro se quedó espantado: la vieja se reía, sí, -reía, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se -la oyese. De repente le pareció a Raskolnikoff que la puerta de la -alcoba estaba abierta y que allí también se reían y hablaban en voz -baja. Se puso entonces rabioso y comenzó a descargar hachazos con toda -su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas -y los cuchicheos de la alcoba se oían más distintamente; en cuanto a -la vieja, se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se -había llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba -abierta; en éste y en la escalera había, desde arriba hasta abajo, -multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra. -Tenía encogido el corazón y parecía que se le habían clavado los pies -en el suelo; quiso gritar y se despertó. - -Respiró con fuerza; pero creía que aun estaba soñando cuando vió en pie -en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no -conocía y que le miraba con atención. - -Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió -a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió. -«Esta es la continuación de mi sueño»--pensó mientras abría casi -imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el -desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle. -Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y -después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del -sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff. -Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en -el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a -una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en -una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía -la barba espesa, de un color rubio casi blanco. - -Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación -reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco -ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar -había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo -insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá. - ---Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere? - ---Bien sabía que su sueño no era más que una ficción--respondió el -desconocido con sonrisa tranquila--. Permítame usted que me presente: -Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff... - - - - -CUARTA PARTE - - -I - ---¿Estoy bien despierto?--pensó de nuevo Raskolnikoff, mirando -desconfiadamente al inesperado visitante--. ¿Svidrigailoff? ¡No puede -ser de ningún modo!--dijo al cabo en voz alta, no atreviéndose a dar -crédito a sus oídos. - -Esta exclamación pareció no sorprender a su extraño visitante. - ---He venido a casa de usted por dos razones: primera, por conocerle -personalmente, porque desde hace mucho tiempo he oído hablar a menudo y -en términos muy halagadores de usted; y después, porque espero que no -me negará su concurso en una empresa que tiene relación directa con los -intereses de su hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin recomendación, me -costaría mucho trabajo ser recibido por ella, puesto que está prevenida -contra mí; pero, presentado por usted, la cosa varía. - ---Se engaña usted al contar conmigo--replicó Raskolnikoff. - ---¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras? Permita usted que se lo -pregunte. - -Raskolnikoff no contestó. - ---Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo llegué anteayer. Escuche usted, -Rodión Romanovitch, lo que tengo que decirle a este propósito; creo -superfluo justificarme; pero permítame que le pregunte: ¿Qué hay, en -rigor, en todo esto de particularmente culpable por mi parte, si se -aprecian las cosas con serenidad y sin prejuicios? - -Raskolnikoff continuaba examinándole sin despegar los labios. - ---Me dirá usted que he perseguido en mi casa a una joven sin defensa -y que «la he insultado con proposiciones deshonrosas». (Quiero -adelantarme a la acusación.) Pero considere usted que soy hombre, _el -nihil humanum_... en una palabra, que soy susceptible de ceder a un -arrebato, de enamorarme, cosa independiente de la voluntad. De esta -manera todo se explicará del modo más natural del mundo. La cuestión -estriba en esto: ¿Soy un monstruo o una víctima? Ciertamente soy -una víctima. Cuando yo proponía a mi adorada que huyera conmigo a -América o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona los más respetuosos -sentimientos y pensaba en asegurar nuestra común felicidad... La razón -es la esclava de la pasión; yo he sido el principalmente perjudicado. - ---No se trata, en modo alguno, de eso--replicó Raskolnikoff con -sequedad--. Tenga usted razón o no, me es usted completamente odioso. -No quiero conocer a usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de aquí!... - -Svidrigailoff soltó una carcajada. - ---No hay medio de engañar a usted--dijo con franca alegría--; quería -echármelas de ingenioso, pero con usted no sirve. - ---¿Todavía quiere usted embromarme? - ---Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?--repitió su interlocutor, riéndose -con toda su alma--; en buena guerra, como dicen los franceses, la -malicia no tiene nada de ilícita... Pero usted no me ha dejado acabar. -Volviendo a lo que hace un momento decía, nada desagradable ha pasado, -sino el incidente del jardín. Marfa Petrovna... - ---Se dice también que usted ha matado a su esposa--dijo, -interrumpiéndole brutalmente Raskolnikoff. - ---¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de -asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace, -no sé, en verdad, qué decirle, puesto que tengo la conciencia muy -tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las -formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe -de los médicos ha demostrado que mi esposa murió de un ataque de -apoplejía, producido por un baño tomado inmediatamente después de una -abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo único que ha -podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces, -sobre todo cuando venía en el tren, camino de San Petersburgo, me he -preguntado si habría yo contribuído, moralmente, por supuesto, a esa... -desgracia, sea causando la desesperación de mi mujer, sea de alguna -otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha -habido ni sombra de eso. - -Raskolnikoff se echó a reír. - ---¿De modo que esto le divierte...? - ---Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente le di dos latigazos sin -importancia que no le dejaron señal alguna... No me tenga usted, se -lo ruego, por un hombre cínico; sé muy bien que eso de los latigazos -es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de -brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurrió -lo de su hermana de usted, mi mujer se fué con el cuento por toda la -ciudad y fastidió a cuantos la conocían por la famosa carta (ya sabrá -usted, sin duda, que se la leía a todo el mundo); de modo que los dos -latigazos fueron propinados muy oportunamente. - -A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin -de cortar por lo sano la conversación; pero cierta curiosidad y una -especie de cálculo le decidieron a tener un poco de paciencia. - ---¿Le gusta a usted manejar el látigo?--dijo con aire distraído. - ---No mucho--respondió tranquilamente Svidrigailoff--. Casi nunca -habíamos reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy buena armonía, y ella -estaba siempre contenta de mí. Durante siete años de vida conyugal, -no me serví del látigo más que dos veces (prescindiendo de otra -ocasión que por lo demás fué un caso bastante ambiguo); la primera, -ocurrió dos meses después de nuestro matrimonio, en el momento en que -acabábamos de instalarnos en el campo; la segunda, y última, fué en -las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba -ya como un monstruo, como un retrógrado, como un partidario de la -servidumbre. ¡Ja, ja, ja! - -Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tenía un plan muy -madurado y que todo aquello era fina astucia. - ---Debe usted haber pasado muchos días sin hablar con nadie--dijo el -joven. - ---Algo de verdad hay en esa suposición; pero usted se asombra, ¿no es -cierto, de hallarme de tan buen humor? - ---Y hasta me parece demasiado bueno... - ---¿Porque no me he formalizado con la grosería de las preguntas -de usted? ¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? Como usted me ha -preguntado le he respondido--contestó Svidrigailoff con una singular -expresión de franqueza--. En verdad, yo no me intereso, digámoslo -así, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo -demás, libre es usted de pensar que abrigo propósitos interesados -para captarme sus simpatías, tanto más cuanto que tengo ciertas miras -respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente -se lo digo, ¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres días, que -tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodión -Romanovitch, me parecía usted muy raro. En efecto, advierto en usted -algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo -momento, sino desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted -el ceño... No soy tan oso como usted cree... - ---No lo tengo por oso--dijo Raskolnikoff--; más aún, me parece que es -usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted -ser, en llegando la ocasión, _comme il faut_. - ---Me tiene sin cuidado la opinión de los demás--contestó Svidrigailoff -con tono seco y ligeramente desdeñoso--; y además, ¿por qué no adoptar -las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un país en que -son tan cómodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensión -natural?--añadió riendo. - -Raskolnikoff le miraba sombríamente. - ---He oído decir que conoce usted a mucha gente--le dijo--. No es usted -lo que se llama «un hombre sin relaciones». Siendo esto así, ¿qué viene -usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado? - ---Es verdad, como usted dice, que tengo aquí muchos -conocimientos--repuso el visitante sin responder a la principal -pregunta que se le había dirigido--; en los tres días que llevo de -corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo -que también ellos han reparado en mí. Visto de una manera conveniente, -y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolición -de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de -reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables. -Estoy aquí desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester -que la gente de los círculos y los parroquianos del restaurant Dugsand -se priven de mi presencia. Por otra parte, ¿qué placer hay en hacer -trampas en el juego? - ---¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego? - ---¡Claro está! Hace ocho años formábamos una verdadera sociedad -(hombres _comme il faut_, capitalistas y poetas), que pasábamos el -tiempo jugando a las cartas y haciendo todas las trampas que podíamos. -¿Ha observado usted que en Rusia las personas de buen tono son todas -tramposas? Pero en aquella época, un griego de Niejin, a quien debía -ya 70.000 rublos, me hizo encarcelar por deudas. Entonces se presentó -Marfa Petrovna y mediante 30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor, -obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos en legítimo matrimonio, y mi -esposa se apresuró a llevarme a sus posesiones para ocultarme allí como -un tesoro. Tenía cinco años más que yo y me quería mucho. Durante siete -años no me he movido de la aldea. Advierto a usted que toda su vida mi -señora guardó, a título de precaución contra mí, la letra de cambio -que me había hecho firmar el griego y que ella rescató valiéndose de -un testaferro; si hubiera tratado de sacudir el yugo, me habría metido -bonitamente en la cárcel. A pesar de todo su afecto hacia mí, no -hubiera vacilado un momento; en las mujeres se observan contradicciones -como ésta. - ---Si no le hubiera tenido así agarrado, ¿la habría dejado usted -plantada? - ---No sé qué responderle. Ese documento no me inquietaba mucho. No -deseaba ir a ninguna parte. Dos veces la misma Marfa Petrovna, viendo -que me aburría, me animó a hacer un viaje por el extranjero. Pero yo -había visitado ya a Europa y me había aburrido horriblemente. Allí, -sin duda, solicitan la admiración los grandes espectáculos de la -Naturaleza; pero mientras contemplamos un amanecer, el mar, la bahía de -Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio sin saber por qué. ¿No es -mejor estar entre nosotros? Aquí, por lo menos, se acusa a los demás de -todo y se justifica uno a sus propios ojos. Ahora haría de buena gana -una expedición al Polo ártico, porque el vino, que era mi solo recurso, -ha acabado por disgustarme. No quiero ya beber; he abusado de ello. -Pero se dice que hay una ascensión aerostática el domingo en el jardín -Jussupoff. Berg intenta, según parece, emprender un gran viaje aéreo y -consiente en admitir algunos pasajeros mediante cierto precio... ¿No es -verdad? - ---¿Desea usted ir en globo? - ---¿Yo? No... sí...--murmuró Svidrigailoff, que se había quedado -pensativo. - -«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba Raskolnikoff. - ---No, la letra de cambio no me inquietaba--dijo Svidrigailoff--. Por mi -gusto permanecía en la aldea. Hará próximamente un año, Marfa Petrovna, -con motivo de mi santo, me devolvió el papel acompañado de una cantidad -importante a título de regalo. Tenía mucho dinero. «Ya ves, Arcadio -Ivanovitch, qué confianza me inspiras», me dijo. Le aseguro a usted que -se expresaba así. ¿No lo cree usted? He de decirle que yo cumplía muy -bien mis deberes de propietario rural; era muy conocido en el país. -Además, para entretener mis ocios, encargaba libros. Al principio, mi -mujer aprobaba mi afición a la lectura; pero más tarde llegó a temer -que me fatigase mi excesiva aplicación. - ---Dispense usted--replicó molestado Raskolnikoff--; déjese de todo -eso, y dígame, si quiere, el motivo de su visita, tengo prisa y voy a -salir... - ---Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia Romanovna, va a casarse con -Pedro Petrovitch Ludjin? - ---Ruego a usted que deje a mi hermana a un lado en esta entrevista -y que no pronuncie su nombre. Me asombra que se atreva usted a -pronunciarlo en mi presencia. - ---¿Cómo no nombrarla, si he venido precisamente para hablar a usted de -ella? - ---Está bien; haga usted el favor de terminar cuanto antes. - ---Ese señor Ludjin es algo pariente mío, por parte de mi difunta -esposa. Estoy seguro de que usted tiene ya formada opinión acerca de -él si es que le ha visto, aunque no haya sido más que media hora, o -si le ha hablado a usted de él alguna persona digna de crédito. No -es un partido conveniente para Advocia Romanovna. Estoy convencido -de que su hermana de usted se sacrifica de una manera tan magnánima -como inconsiderada; se inmola por... su familia. Después de lo que he -sabido respecto a usted, pensaba que vería con gusto la ruptura de ese -matrimonio, siempre que no perjudicase a los intereses de su hermana. -Ahora que le conozco personalmente, no tengo ninguna duda sobre el -particular. - ---Por parte de usted eso es muy cándido; perdone usted, quería decir -muy desvergonzado--replicó Raskolnikoff. - ---Según eso, Rodión Romanovitch, me supone usted miras interesadas. -Esté tranquilo: si yo trabajase para mí ocultaría mejor el juego; no -soy tan imbécil. Voy a este propósito a descubrirle una particularidad -psicológica. Hace poco me acusaba de haber amado a su hermana de usted, -diciendo que había sido yo su víctima. Pues bien, al presente no siento -ningún amor por ella, de tal modo que me asombro de haber estado -seriamente enamorado... - ---Era un capricho de un hombre desocupado y vicioso... - ---En efecto, soy un hombre desocupado y vicioso. Por otra parte, su -hermana de usted posee mérito bastante para impresionar a un libertino -como yo; pero todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente ahora. - ---¿Y desde cuándo lo ha advertido usted? - ---Ya lo sospechaba hace algún tiempo y me he convencido definitivamente -de ello ayer, casi en el momento de llegar a San Petersburgo. Pero en -Moscou todavía estaba decidido a obtener la mano de Advocia Romanovna y -a disputársela como rival al señor Ludjin. - ---Perdone usted que le interrumpa. ¿No podría abreviar y decirme en -seguida el objeto de su visita? Le repito que tengo prisa, que he de -hacer varias cosas... - ---Con mucho gusto. Determinado ahora a emprender cierto viaje, quisiera -antes arreglar varios asuntos. Mis hijos están en casa de su tía, -son ricos y no me necesitan para nada. Por otra parte, ¿comprende -usted que pueda representar yo como es debido el papel de padre? No -he tomado más dinero que el que Marfa Petrovna me regaló hace un -año; ese dinero me basta. Dispénseme usted, voy al grano. Antes de -ponerme en camino quiero acabar con el señor Ludjin. No es que le -deteste precisamente; pero él ha sido la causa de mi última rencilla -con mi mujer; me incomodé cuando supe que ella había concertado ese -matrimonio. Ahora me dirijo a usted para poder llegar a presencia -de Advocia Romanovna; usted puede, si le parece, asistir a nuestra -entrevista. En primer lugar desearía poner ante los ojos de su hermana -todos los inconvenientes que resultarían para ella de su enlace con -Ludjin. Le suplicaría después que me perdonase por los disgustos que -le he causado, y le pediría permiso para ofrecerle 10.000 rublos, lo -que la indemnizaría de una ruptura con el señor Ludjin, ruptura que, -estoy seguro de ello, no repugnaría a su hermana de usted si viera la -posibilidad de realizarla. - ---¡Está usted loco, rematadamente loco!--exclamó Raskolnikoff con más -sorpresa que cólera--. ¿Cómo se atreve a hablar de esa manera? - ---Sabía perfectamente que iba usted a ponerse hecho una furia; pero -comenzaré haciéndole observar que, aun no siendo rico, puedo disponer, -sin embargo, de esos 10.000 rublos; quiero decir, que no los necesito. -Si Advocia Romanovna no los acepta, sabe Dios el estúpido empleo -que les daría. En segundo lugar, mi conciencia está completamente -tranquila; en mi ofrecimiento no entra para nada el cálculo; créanlo -o no lo crean, el porvenir se lo demostrará a usted y a Advocia -Romanovna. En resumen, he molestado excesivamente a su honradísima -hermana de usted; he experimentado un sincero pesar por lo ocurrido, -y ansío no reparar por una compensación pecuniaria las contrariedades -que le he ocasionado, sino hacerle un servicio insignificante, para -que no se diga que sólo la he hecho mal. Si mi ofrecimiento ocultase -alguna segunda intención, no lo haría tan francamente y no me limitaría -a ofrecer 10.000 rublos, cuando le ofrecí mucho más hace cinco semanas. -Por otra parte, yo pienso casarme con una joven dentro de poco, así -que no puede sospecharse que yo quiera seducir a Advocia Romanovna. -En suma, diré a usted que si se casa con el señor Ludjin, Advocia -Romanovna recibirá esa misma cantidad, sólo que por otro conducto... -No se incomode, señor Raskolnikoff; juzgue usted las cosas con calma y -sangre fría. - -Svidrigailoff había pronunciado estas palabras con extraordinaria calma. - ---Suplico a usted que no siga--repuso Raskolnikoff--; la proposición de -usted es una insolencia imperdonable. - ---No hay tal cosa. Según eso, el hombre en este mundo sólo puede hacer -mal a sus semejantes; en cambio no tiene derecho a hacer el menor bien. -Las conveniencias sociales se oponen a ello. Eso es absurdo. Si yo, por -ejemplo, muriese y dejase en mi testamento esa cantidad a su hermana de -usted, ¿la rehusaría? - ---Es muy probable. - ---No hablemos más. Sea como quiera, suplico a usted que transmita mi -demanda a Advocia Romanovna. - ---No lo haré. - ---En ese caso será necesario, Rodión Romanovitch, que yo trate de -encontrarme frente a frente con ella, lo que no podré hacer sin -inquietarla. - ---Y si yo le comunico su pretensión, ¿no hará usted nada por verla? - ---No sé qué contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea -nada más que una vez. - ---No lo espere usted. - ---Tanto peor. Por lo demás, usted no me conoce. Quizá se establezcan -entre nosotros relaciones amistosas. - ---¿Usted cree...? - ---¿Por qué no?--dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantándose tomó el -sombrero--; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido -aquí, no confiaba demasiado... Esta mañana me chocó... - ---¿Dónde me ha visto usted esta mañana?--preguntó Raskolnikoff con -inquietud. - ---Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo -árbol. - ---Está bien; permítame usted que le pregunte si piensa usted emprender -pronto ese viaje. - ---¿Qué viaje? - ---El de que me ha hablado hace un momento. - ---¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, en efecto!... ¡Si supiese usted -qué cuestión acaba de plantearme!--añadió con amarga sonrisa--, quizá -en lugar de hacer ese viaje me casaré. Se está negociando un matrimonio -para mí. - ---¿Aquí? - ---Sí. - ---No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo. - ---¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana -que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi -mujer hizo testamento en mi presencia ocho días antes de su muerte. De -aquí a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podrá entrar en posesión -de ese legado. - ---¿Eso es verdad? - ---Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. Vivo muy cerca de aquí. - -Al salir Svidrigailoff se cruzó en el umbral con Razumikin. - - -II - -Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron en seguida en dirección a la -casa de Bakalaieff, deseosos de llegar antes que Ludjin. - ---¿Quién es ése que salía al entrar yo en tu cuarto?--preguntó -Razumikin cuando estuvieron en la calle. - ---Svidrigailoff, el propietario en cuya casa estuvo mi hermana de -institutriz y de donde tuvo que salir porque el dueño la requería de -amores. Marfa Petrovna, la mujer de ese señor, la puso a la puerta. -Más tarde, esa misma Marfa Petrovna pidió perdón a Dunia. Esa señora -ha muerto repentinamente hace pocos días; de ella hablaba mi madre -esta tarde. No sé por qué me da mucho miedo ese hombre. Es un tipo muy -original y, por añadidura, ha tomado una firme resolución. Cualquiera -diría que sabe algo... Ha llegado a San Petersburgo en cuanto se -celebraron los funerales de su mujer... Es preciso proteger a Dunia -contra él. Eso es lo que yo quería decirte, ¿entiendes? - ---¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra Advocia Romanovna? Te agradezco -que me hayas dicho eso... La protegeremos, puedes estar tranquilo... -¿Dónde vive? - ---No lo sé. - ---¿Por qué no se lo has preguntado? Pero no importa, yo le encontraré. - ---¿Le has visto?--preguntó Raskolnikoff después de una pausa. - ---Sí, le he examinado de pies a cabeza y te aseguro que no se me -despintará. - ---¿No le confundirás con otro? ¿Le has visto distintamente?--insistió -Raskolnikoff. - ---¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y le conocería entre mil. Soy buen -fisonomista. - -Se callaron de nuevo. - ---¡Hum!--exclamó Raskolnikoff--. Me parece que soy víctima de alguna -alucinación. - ---¿Por qué dices eso? - ---He aquí--prosiguió Raskolnikoff con una mueca que tendía a ser -sonrisa--, que decís que estoy loco y voy creyendo que es verdad... - ---Vamos, déjate de tonterías y escucha lo que he hecho--interrumpió -Razumikin--. Entré en tu cuarto y te encontré durmiendo. En seguida -comimos, después de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch. Zametoff -estaba todavía en su casa. Quise hablar en debida forma y no fuí -afortunado en mi exordio. No acertaba a entrar en materia; parecía que -no entendía, pero me demostraban, por otra parte, la mayor flema. Llevé -a Porfirio cerca de una ventana y me puse a hablarle; pero tampoco -estuve muy feliz. El miraba de un lado y yo de otro. Por último, -le aproximé el puño a las narices y le dije que le iba a reventar. -Porfirio se contentó con mirarme en silencio. Yo escupí y me marché. -Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. Con Zametoff no cambié ni una -palabra. Me daba a los diablos por mi estúpida conducta; pero me he -consolado con una reflexión; al bajar la escalera me dije: ¿Vale la -pena que tú y yo nos preocupemos de ese modo? Si algún peligro te -amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué tienes tú que temer? No eres -culpable; luego no debes inquietarte de lo que piensen ellos. Más tarde -nos burlaremos de su necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos el haberse -equivocado tan groseramente! No te preocupes; ya les sentaremos la -mano; mas por el momento, limitémonos a reír de sus tonterías. - ---Es verdad--respondió Raskolnikoff--. ¿Pero qué dirás tú -mañana?--añadió para si. - -¡Cosa extraña! Hasta entonces no se le había ocurrido ni una vez -preguntarse: «¿Qué pensará Razumikin cuando sepa que soy culpable?» Al -ocurrírsele esta idea miró fijamente a su amigo. El relato de su visita -a Porfirio le había interesado muy poco; otras cosas le preocupaban en -aquel momento. - -En el corredor encontraron a Ludjin que había llegado a las ocho en -punto; pero había perdido algún tiempo en buscar el número; de modo -que los tres entraron juntos sin mirarse ni saludarse. Los jóvenes -se presentaron los primeros. Pedro Petrovitch, siempre fiel a las -conveniencias, se detuvo un momento en la antesala para quitarse el -gabán. Pulkeria Alexandrovna se dirigió en seguida a él. Dunia y -Raskolnikoff se estrecharon la mano. - -Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a las señoras de manera bastante -cortés, aunque con gravedad extremada. Parecía, sin embargo, algo -desconcertado. Pulkeria Alexandrovna, que estaba también algo molesta, -se apresuró a hacer sentar a todo el mundo alrededor de la mesa, donde -estaba colocado el samovar. Dunia y Ludjin tomaron asiento uno frente -al otro, en los dos extremos de la mesa. Razumikin y Raskolnikoff se -sentaron también al frente de la mesa: el primero, al lado de Ludjin; -el segundo, cerca de su hermana. - -Hubo un instante de silencio. Pedro Petrovitch sacó pausadamente un -pañuelo de batista perfumado y se sonó. Sus maneras eran, sin duda, las -de un hombre benévolo, pero un poco herido en su dignidad y firmemente -resuelto a exigir explicaciones. En la antesala, en el momento de -quitarse el gabán, se preguntaba si no sería el castigo para las dos -señoritas retirarse inmediatamente. Sin embargo, no había ejecutado esa -idea, porque le gustaban las situaciones claras; así, pues, existía -un punto que permanecía oculto para él; puesto que se había desairado -abiertamente su prohibición, debía de haber algún motivo para ello. -Mejor era tirar adelante, poner las cosas en claro; siempre habría -tiempo de aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado sería menos -seguro. - ---Me alegraré que el viaje de usted haya sido feliz--dijo por cortesía -a Pulkeria Alexandrovna. - ---Sí que lo ha sido, gracias a Dios. - ---Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, ¿se ha fatigado? - ---Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; mas para mamá este viaje ha sido -muy penoso--respondió Dunia. - ---¿Qué quiere usted? Nuestros caminos provinciales son muy largos. -Rusia es grande... A pesar de mis deseos, no pude ir a recibir a -ustedes. Espero, sin embargo, que no se habrán visto en ningún apuro. - ---¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; nos hemos encontrado en una -situación muy difícil--dijo con una entonación particular Pulkeria -Alexandrovna--; y si Dios no nos hubiese deparado ayer a Demetrio -Prokofitch, no sé qué hubiera sido de nosotras. Permita usted que le -presente a nuestro salvador Demetrio Prokofitch Razumikin. - ---¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...--balbuceó Ludjin echando una oblicua -y malévola mirada al joven; después frunció el entrecejo y calló. - -Pedro Petrovitch era una de esas personas que se esfuerzan por ser -amables y vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia de cualquier -contrariedad pierden súbitamente la serenidad, hasta el punto de -parecer más bien sacos de harina que despejados caballeros. El silencio -volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff se encerraba en un obstinado -mutismo. Advocia Romanovna juzgaba que no había llegado para ella el -momento de hablar. Razumikin nada tenía que decir, de modo que Pulkeria -Alexandrovna se vió en la necesidad penosa de reanudar otra vez la -conversación. - ---¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo. - ---Me lo comunicaron, y puedo, además, decir a ustedes que -inmediatamente después del entierro de su mujer, Arcadio Ivanovitch -Svidrigailoff se ha venido a San Petersburgo. Sé de buena tinta esa -noticia. - ---¿En San Petersburgo? ¿Aquí?--preguntó alarmada Dunia, y cambió una -mirada con su madre. - ---Precisamente, y debe suponerse que ha venido con alguna intención; la -precipitación de su partida y el conjunto de circunstancias precedentes -lo hacen creer así. - ---¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí venga a acosar a -Dunetshka?--exclamó Pulkeria Alexandrovna. - ---Me parece que ni la una ni la otra deben ustedes inquietarse mucho -de su presencia en San Petersburgo, en el caso, por supuesto, de que -ustedes quieran evitar toda especie de relaciones; por mi parte estaré -con ojo avizor y sabré pronto dónde se hospeda. - ---¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede imaginarse hasta qué punto me -ha asustado--repuso Pulkeria Alexandrovna--. Sólo le he visto dos veces -y me pareció terrible. Segura estoy de que ha causado la muerte de la -pobre Marfa Petrovna. - ---Las noticias exactas no autorizan a suponer tal cosa. Por lo demás, -no niego que su mal proceder no haya podido, en cierto modo y en -cierta medida, apresurar el curso natural de las cosas. En cuanto a -la conducta y en general a la característica moral del personaje, -estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y lo que su mujer -ha podido dejarle: lo sabré dentro de poco. Lo que tengo por cierto -es que, encontrándose aquí en San Petersburgo, no tardará en volver -a su antigua vida, aunque tenga muy pocos medios pecuniarios. Es el -hombre más perdido, vicioso y depravado que existe. Tengo motivos para -creer que Marfa Petrovna, la cual tuvo la desgracia de enamorarse de -él y que pagó sus deudas hace ocho años, le ha sido útil también en -algún otro sentido. A fuerza de gestiones y sacrificios logró que se -diese carpetazo a una causa criminal que podía haber dado en Siberia -con el señor Svidrigailoff. Se trataba nada menos que de un asesinato -cometido en condiciones particularmente espantosas y, por decirlo así, -fantásticas. Tal es ese hombre, si ustedes deseaban saberlo. - ---¡Ah, señor!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. - -Raskolnikoff escuchaba atentamente. - ---¿Usted habla, dice, según datos ciertos?--preguntó con tono severo -Dunia. - ---Me limito a repetir lo que oí de labios mismos de Marfa Petrovna. -Hay que advertir que, desde el punto de vista jurídico, este asunto -es muy obscuro. En aquel tiempo habitaba aquí, y parece que vive -todavía, cierta extranjera llamada Reslich que prestaba dinero con -módico interés y ejercía otros diversos oficios. Entre esta mujer -y Svidrigailoff existían, desde hacía largo tiempo, relaciones tan -íntimas como misteriosas. Vivía con ella una parienta lejana, una -sobrina, joven de quince años o de catorce, que era sordomuda. La -Reslich no podía sufrir a esta muchacha: le echaba en cara cada pedazo -de pan que la pobre comía y la maltrataba con inaudita crueldad. Un día -se encontró a la infeliz muchacha ahorcada en el granero. La sumaria -acostumbrada dió por resultado una comprobación de suicidio, y todo -parecía haber terminado aquí, cuando la policía recibió aviso de que -la joven había sido violada por Svidrigailoff. En verdad, todo esto -era obscuro. La denuncia emanaba de otra alemana, mujer de notoria -inmoralidad y cuyo testimonio no podía ser de gran crédito. En una -palabra: no hubo proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña, prodigó -el dinero y logró echar tierra al asunto; pero no dejaron de correr -con aquel motivo los más graves rumores acerca de Svidrigailoff. En el -tiempo en que usted estuvo en su casa, Advocia Romanovna, habrá oído -contar, sin duda, la historia de su criado Philipo, muerto a causa de -los malos tratamientos de su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando -aun existía la servidumbre. - ---Oí decir, por el contrario, que ese Philipo se había ahorcado. - ---Perfectamente; pero se vió reducido, o por mejor decir, impulsado -a darse la muerte por las brutalidades incesantes y los malos -tratamientos sistemáticos de su amo. - ---Lo ignoraba--respondió secamente Dunia--. Oí, sí, contar acerca -de eso una historia muy extraña. Parece que el tal Philipo era un -hipocondríaco, una especie de criado filósofo. Sus compañeros decían -que la lectura le había turbado el entendimiento, y, a creerlos, se -había ahorcado para huir, no de los golpes, sino de las burlas del -señor Svidrigailoff. Le vi tratar muy humanamente a sus servidores y -era muy amado de ellos, aunque le imputaban, en efecto, la muerte de -Philipo. - ---Veo, Advocia Romanovna, que tiende usted a justificarle--repuso -Ludjin con una sonrisa agridulce--. Verdad es que le tengo por hombre -muy hábil para insinuarse en el corazón de las señoras. La pobre Marfa -Petrovna, que acaba de morir en circunstancias muy extrañas, es una -lamentable prueba de ello. Yo sólo trato de advertírselo a usted y a su -mamá en previsión de las tentativas que de seguro no dejará de renovar. -Por otra parte, estoy firmemente convencido de que ese hombre acabará -en la prisión por deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado en el -porvenir de sus hijos para tener el propósito de asegurar a su marido -una parte importante de su fortuna. Es de suponer que le habrá dejado -lo suficiente para vivir con decorosa modestia; pero con sus costumbres -disipadas se lo comerá todo antes de un año. - ---Suplico a usted que no hablemos más de Svidrigailoff. Eso me es -desagradable--dijo Dunia. - ---Ha estado en mi casa hace un rato--dijo bruscamente Raskolnikoff, que -hasta entonces no había despegado los labios. - -Todos se volvieron hacia él con exclamaciones de sorpresa; hasta el -mismo Pedro Petrovitch se quedó algo pasmado. - ---Hace media hora, mientras yo dormía, entró en mi cuarto, y después de -despertarme se presentó él mismo. Estaba bastante contento y alegre; -espera que yo he de hacerme amigo suyo, y, entre otras cosas, solicita -una entrevista contigo para decirte que Marfa Petrovna, ocho días -antes de su muerte, te había dejado en su testamento tres mil rublos, -cantidad que recibirás en breve plazo. - ---¡Alabado sea Dios!--exclamó Pulkeria Alexandrovna, e hizo la señal de -la cruz--. ¡Reza por ella, Dunia, reza! - ---El hecho es exacto--no pudo menos de afirmar Ludjin. - ---¿Y después?--preguntó vivamente Dunia. - ---Después me dijo que no era rico, que toda su fortuna pasaba a sus -hijos, los cuales están ahora en casa de su tía. También me contó -que se hospedaba cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no se lo he -preguntado. - ---¿Qué otra cosa tiene que decir a Dunia?--preguntó con inquietud -Pulkeria Alexandrovna--. ¿Te lo ha dicho? - ---Sí. - ---¿Y qué? - ---Lo diré luego. - -Después de esta respuesta, Raskolnikoff se puso a tomar el te. - -Pedro Petrovitch miró el reloj. - ---Un negocio urgente me obliga a dejar a ustedes, y de este modo no -interrumpiré su conferencia--añadió un poco molesto, y al decir estas -palabras se levantó. - ---Quédese usted, Pedro Petrovitch--dijo Dunia--. Usted tenía intención -de dedicarnos la velada. Además, nos ha escrito diciéndonos que deseaba -tener una explicación con mamá. - ---Es verdad, Advocia Romanovna--respondió con tono punzante Pedro -Petrovitch, que se sentó a medias, conservando el sombrero en la -mano--; deseaba, en efecto, tener una explicación con su madre y con -usted, sobre algunos puntos de suma gravedad. Pero como su hermano no -puede explicarse delante de mí acerca de ciertas proposiciones hechas -por Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme ante una tercera -persona... sobre ciertos puntos de extrema importancia. Por otra parte, -ya había expresado en términos formales mi deseo, que no se ha tenido -en cuenta. - -Las facciones de Ludjin tomaron una expresión dura y altanera. - ---Ha pedido usted, en efecto, que mi hermano no asistiese a nuestra -entrevista, y si él no ha accedido a su deseo, ha sido únicamente -cediendo a mis instancias. Usted nos ha escrito que había sido -insultado por nuestro hermano, y yo creo que debe de haber en esto -alguna mala inteligencia y que tienen ustedes que reconciliarse. Si -verdaderamente Rodia le ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, y -lo hará. - -Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch se sintió menos dispuesto que -nunca a hacer concesiones. - ---A pesar de toda la buena voluntad del mundo, Advocia Romanovna, -es imposible olvidar ciertas injurias. En todo hay un límite que es -peligroso traspasar, porque una vez que se franquea, no se puede -retroceder. - ---¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, Pedro -Petrovitch--interrumpió Dunia con voz conmovida--. Sea el hombre -inteligente y noble que yo siempre he visto en usted y que quiero ver -en adelante. Le he hecho a usted una gran promesa. Soy la esposa futura -de usted. Confíe en mí en este asunto y crea que puedo juzgar con -imparcialidad. El papel de árbitro que me atribuyo en este momento es -una promesa tan grande para mi hermano como para usted. Cuando hoy, -después de la carta de usted, le he suplicado que asistiera a nuestra -entrevista, no le dije cuáles eran mis intenciones. Comprenda usted que -si rehusan reconciliarse me veré forzada a optar por uno excluyendo -al otro. De tal modo se encuentra planteada la cuestión a causa de -ustedes dos. No quiero ni debo engañarme en mi elección: para usted es -preciso que rompa con mi hermano; para mi hermano es preciso que rompa -con usted. Menester es que esté cierta de los sentimientos de ustedes. -Ahora deseo saber, de una parte, si tengo en Rodia un hermano; de otra, -si tengo en usted un marido que me ama y me estima. - ---Advocia Romanovna--repuso Ludjin amostazado--: su lenguaje da lugar -a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro ofensivo, en vista -de la situación que tengo el honor de ocupar respecto de usted. -Prescindiendo de lo que hay de mortificante para mí al verme colocado -al mismo nivel que un... orgulloso joven, parece que usted admite como -posible la ruptura del matrimonio convenido entre nosotros. Dice usted -que tiene que elegir entre su hermano y yo; por esto mismo se ve lo -poco que significo a los ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa, -dadas nuestras relaciones y dados nuestros compromisos recíprocos. - ---¡Cómo!--exclamó Dunia enrojeciendo vivamente--. ¿Conque pongo el -interés de usted en la balanza con todo lo que yo amo más en la vida, y -se queja de significar poco a mis ojos? - -Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. Razumikin hizo una mueca; pero -la respuesta de la joven no calmó a Ludjin, que a cada instante se -ponía más pedante e intratable. - ---El amor por el esposo, por el futuro compañero de la vida, debe -estar por encima del amor fraternal--declaró sentenciosamente--; en -todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma línea... -Aunque haya dicho hace un momento que no quería ni podía explicarme en -presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay -un punto de suma gravedad para mí que desearía esclarecer en seguida -con su señora madre. Su hijo de usted--continuó dirigiéndose a Pulkeria -Alexandrovna--, ayer, delante del señor Razumikin, ¿no es éste el -apellido de usted?, dispénseme si he olvidado su nombre--dijo a éste -haciéndole un amable saludo--, me ha ofendido, alterando una frase -pronunciada por mí el día que tomé café en casa de ustedes. Dije yo -que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia -ofrecía a un marido más garantías de moralidad y dicha conyugal que una -persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted, -con deliberado propósito, ha dado significado odioso a mis palabras y -presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sería -una gran satisfacción para mí si usted me probase que estaba engañado. -Dígame con exactitud en qué términos ha reproducido mi pensamiento al -escribir al señor Raskolnikoff. - ---Ya no me acuerdo--respondió algo confusa Pulkeria Alexandrovna--; -le manifesté el pensamiento de usted, tal como lo había comprendido. -Ignoro cómo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis -términos... - ---No ha podido hacerlo más que inspirándose en lo que usted haya -escrito. - ---Pedro Petrovitch--replicó con dignidad Pulkeria Alexandrovna--, la -prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de -usted, es que estamos aquí. - ---¡Bien, mamá!--aprobó la joven. - ---¿De modo que soy yo el equivocado?--dijo resentido Ludjin. - ---¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta -que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso--prosiguió -Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobación que acababa de -manifestarle su hija. - ---No me acuerdo de haber escrito nada falso. - ---Según la carta de usted--declaró con tono áspero Raskolnikoff sin -volverse hacia Ludjin--, el dinero que entregué ayer a la viuda de un -hombre atropellado por un coche se lo había dado a su hija (a quien -veía entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intención, -sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha -calificado de la manera más innoble la conducta de una joven a quien -usted no conocía. Esto es una baja difamación. - ---Perdone usted, señor--respondió Ludjin temblando de cólera--. Si en -mi carta me he extendido en lo que a usted se refiere, ha sido porque -su madre de usted y su hermana me suplicaron que les dijese cómo había -encontrado a usted y qué impresión me había usted producido. Por otra -parte, le desafío a que señale una sola línea mentirosa en el pasaje en -que usted alude. ¿Negará usted, en efecto, que ha dado su dinero? Y en -cuanto a la desgraciada familia de que se trata, ¿se atrevería usted a -responder de la honradez de todos sus miembros? - ---Toda la honradez de usted no vale lo que el dedo meñique de la pobre -joven a quien arroja usted la primera piedra. - ---¿De modo que no vacilará usted en ponerla en contacto con su madre y -su hermana? - ---Si lo desea usted saber, le diré que ya lo he hecho. La he invitado a -tomar asiento al lado de mi madre y de Dunia. - ---¡Rodia!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. - -Dunia se ruborizó, Razumikin frunció el ceño y Ludjin se sonrió -despreciativamente. - ---Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, si el acuerdo es posible. -Supongo que esto es un asunto terminado del cual no hay más que hablar. -Me retiro para no interrumpir por más tiempo esta reunión de familia. - -Se levantó y tomó el sombrero. - ---Pero permítanme ustedes que les diga antes de irme que deseo no -verme expuesto en lo sucesivo a semejantes encuentros. Es a usted -particularmente, mi distinguida Pulkeria Alexandrovna, a quien dirijo -esta súplica; tanto más, cuanto que mi carta era para usted y no para -otras personas. - -Pulkeria Alexandrovna se sintió un tanto irritada. - ---¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro Petrovitch? Dunia le ha dicho -ya por qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija no tenía más que -buenas intenciones. Pero, en verdad, usted me escribe en un estilo muy -imperioso, y menester es que miremos sus deseos como una orden. Diré -a usted, por el contrario, que ahora, sobre todo, debe tratarnos con -consideraciones y miramientos, puesto que la confianza en usted nos ha -hecho dejarlo todo para venir aquí, y, por consiguiente, nos tiene ya a -su disposición. - ---Eso no es del todo exacto, Pulkeria Alexandrovna; sobre todo, desde -el momento que conoce usted el legado hecho por Marfa Petrovna a -Advocia Romanovna. Estos tres mil rublos llegan muy a punto, según -parece, a juzgar por el nuevo tono que toma usted conmigo--añadió -agriamente Ludjin. - ---Esa observación haría suponer que usted había especulado sobre -nuestra miseria--observó Dunia con voz irritada. - ---Ahora, por lo menos, no puedo especular con ella. Y sobre todo, no -quiero impedir que oiga usted las proposiciones secretas que Arcadio -Ivanovitch Svidrigailoff ha encargado, para que se las transmita, a su -hermano de usted. Por lo que veo, esas proposiciones tienen para usted -una importancia capital y quizá también muy agradable. - ---¡Ah! ¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna. - -Razumikin se agitaba impacientemente en su silla. - ---¿No te avergüenza, hermana?--preguntó Raskolnikoff. - ---Sí--respondió la joven--. Pedro Petrovitch, ¡salga usted!--añadió -pálida de cólera. - -Este último no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido -y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus víctimas. En aquel -momento no daba crédito a sus oídos. - ---Advocia Romanovna--dijo pálido y con los labios temblorosos--, si -salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volveré jamás. Reflexione -usted. Yo no tengo más que una palabra. - ---¡Qué impudencia!--exclamó Dunia saltando de su asiento--. ¡Pero si lo -que quiero es perderle de vista para siempre! - ---¿Cómo? ¿Eso dice usted?--vociferó Ludjin, tanto más desconcertado -cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante -ruptura--. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría -protestar? - ---¿Con qué derecho le habla usted así?--dijo con vehemencia Pulkeria -Alexandrovna--. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus -derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como -usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos -pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna? - ---Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna--replicó Pedro Petrovitch -exasperado--, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora -retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos. - -La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que -Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la -carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna. - ---¿Gastos? ¿Gastos?--replicó violentamente--. ¿Se trata acaso del cajón -que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte -gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden -invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a -merced de usted, y no usted a la nuestra. - ---¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!--dijo Advocia Romanovna--. Pedro -Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse. - ---Sí, me voy. Una palabra solamente--respondió casi fuera de sí--. Su -mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano -cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al -desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación, -tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me -hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy -inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz -pública... - ---¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!--exclamó Razumikin, -que se había levantado para castigar al insolente. - ---Es usted un malvado--añadió Dunia. - ---Ni una palabra, ni un gesto--agregó vivamente Raskolnikoff, -deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le -dijo en voz baja, pero perfectamente clara--: ¡Váyase usted! ¡Ni una -palabra más! De lo contrario... - -Pedro Petrovitch, con el rostro pálido y contraído por la cólera, -le miró durante algunos segundos; después giró sobre sus talones, -y desapareció, llevándose en el corazón un odio mortal contra -Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras -descendía la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin -remedio, y que no tenía nada de imposible una reconciliación con las -señoras. - - -III - -Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción -les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando -al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era -Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento, -éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su -persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y -de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos -en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En -cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría -general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de -haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho -que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo -menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria -Alexandrovna le miraba con inquietud. - ---¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--preguntó la joven, -acercándose a su hermano. - ---¡Ah! Sí, sí--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna. - -Raskolnikoff levantó la cabeza. - ---Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi -presencia. - ---¿Verle? ¡Jamás!--gritó Pulkeria Alexandrovna--. ¿Cómo se atreve a -ofrecerle dinero? - -Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con -Svidrigailoff. - -A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de -Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa. - ---Algún terrible designio ha concebido--murmuró para sí, casi temblando. - -Raskolnikoff advirtió este terror excesivo. - ---Creo que tendré ocasión de verle más de una vez--dijo a su hermana. - ---Encontraremos sus huellas--exclamó enérgicamente Razumikin--. Yo lo -descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite. -El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente -usted, Advocia Romanovna? - -Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada. -Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto -que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto -de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque -silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz -cantante la llevaba Razumikin. - ---¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?--gritaba convencido--. -¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay -que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se -han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos, -quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y -como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio. -Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se -me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí -de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un -viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de -mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión -que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme -esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio -de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de -dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para -decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más -y ya está formada la asociación. - ---¿Qué negocio vamos a emprender? - -Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la -mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios -porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar -dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas -librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres -lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff, -que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir -a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía -proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por -aquella mentira. - ---¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos -uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?--continuó, -animándose, Razumikin--. Claro es que habrá que trabajar mucho; -pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia -Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente -excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer -lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y -profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace -dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las -triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra -de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por -qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya -publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros -editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos; -pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles -de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión, -papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos -modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso, -seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos. - -A Dunia le brillaban los ojos. - ---Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch. - ---Yo, es claro, no entiendo nada de eso--añadió Pulkeria -Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer -aquí por algún tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff. - ---¿Qué piensas tú de esto, hermano?--preguntó Dunia. - ---Encuentro su idea excelente--respondió el joven--. Cierto es que -no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o -seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para -comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además, -podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo -que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto. - ---¡Bravo!--gritó Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en -esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente -del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y -está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo -alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes -vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas, -hombre? - ---¡Cómo! ¿te vas ya?--preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna. - ---¿En un momento como éste?--gritó Razumikin. - -Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la -gorra en la mano, y se preparaba a salir. - ---Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna--exclamó con -aire extraño. - -Sonreía; ¡pero con qué risa! - ---Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos -vemos--añadió de repente. - -Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios. - ---Pero, ¿qué te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. ¿A dónde vas, -Rodia?--le preguntó dando a su pregunta un acento particular. - ---Tengo que irme--respondió el joven. - -Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme -resolución. - ---Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti, -Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien; -tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me -sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme -solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable... -Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme -completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías... -cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se -arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a -verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós! - ---¡Dios mío! ¡Dios mío!--gimió Pulkeria Alexandrovna. - -De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto -terrible. - ---¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre -fuiste!--gritaba la pobre madre. - -Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a -ella se le acercó Dunia. - ---¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?--murmuró -la joven, cuya mirada llameaba de indignación. - -Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella. - ---No es nada--musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo -que dice, y salió de la sala. - ---¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!--gritó Dunia. - ---¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está -loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no -tiene piedad en este caso!--murmuró Razumikin, inclinándose al oído de -la joven, cuya mano estrechó con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a -Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del -cuarto. - -Raskolnikoff le esperaba en el corredor. - ---Sabía que correrías detrás de mí--dijo--. Vuélvete con ellas, y no -las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré -quizá... si hay medio... Adiós. - -Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin. - ---¿Pero a dónde vas?--balbuceó este último asombrado--. ¿Qué tienes? -¿Cómo procedes de ese modo? - -Raskolnikoff se detuvo de nuevo. - ---Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte. -No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a -ellas... _no las dejes_. ¿Me comprendes? - -El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de -una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se -acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de -Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma. -De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver. -Acababa de comprender la horrible verdad. - ---¿Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se -alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--añadió, y con paso -rápido salió de la casa. - -Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de -Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende -fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos -señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de -reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos -los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no -irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un -buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los -príncipes de la ciencia... - -En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un -hijo y un hermano. - - -IV - -Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia. - -La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El -joven encontró, no sin trabajo, al _dvornik_, y obtuvo de él vagas -indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber -descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha -y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente -al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se -podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a -tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento -maquinal. - ---¿Quién hay aquí?--preguntó una voz de mujer. - ---Soy yo. Vengo a ver a usted--replicó Raskolnikoff, y penetró en una -antesalita. - -Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado -candelero de cobre. - ---¡Es usted! ¡Dios mío!--dijo débilmente Sonia, que parecía no tener -fuerzas para moverse de su sitio. - ---¿Es éste su cuarto?--y Raskolnikoff entró vivamente en la sala, -haciendo esfuerzos para no mirar a la joven. - -Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante -de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la -turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y -se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia, -con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con -un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En -un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la -estancia. - -Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada -por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que -comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared -de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro -alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy -irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con -tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando -así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía, -a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo -era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en -el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una -silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino, -una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de -ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo, -había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en -el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento -y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de -la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni -siquiera había cortinas en la cama. - -Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan -atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar, -como si se hallase delante del árbitro de su destino. - ---Vengo a casa de usted por última vez--dijo tristemente Raskolnikoff -como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la -joven--. Quizás no nos volveremos a ver. - ---¿Va usted a marcharse? - ---No sé... mañana, todo... - ---¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo -Sonia con voz temblorosa. - ---No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido -para decirle dos palabras. - -Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado -mientras que ella permanecía derecha. - ---¿Por qué está usted en pie? Siéntese--dijo con voz dulce y -acariciadora. - -La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con -ojos benévolos y casi enternecidos. - ---¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través -de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta! - -Le tomó la mano. - -Sonia se sonrió débilmente. - ---Siempre he sido así--dijo. - ---¿También cuando vivía usted en casa de sus padres? - ---Sí. - ---Es claro--dijo bruscamente. - -Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en -el sonido de su voz. - -Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo. - ---¿Vive usted en casa de Kapernumoff? - ---Sí. - ---¿Viven ahí, detrás de esa puerta? - ---Sí. Su habitación es completamente igual a ésta. - ---¿No tienen más que una sala para todos? - ---Nada más. - ---Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche--observó -el joven con aire sombrío. - ---Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondió Sonia, que -parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu--, y todo el -mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo -a verme; los pobrecitos son tartamudos. - ---¿Son tartamudos? - ---Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es -precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una -mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos. -El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan -claro. - ---Lo sabía. - ---¿Que lo sabía usted?--exclamó Sonia sorprendida. - ---Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la -historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que -volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de -rodillas delante de la cama de usted. - -Sonia se turbó. - ---Creo haberle visto hoy--dijo titubeando. - ---¿A quién? - ---A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre -nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él. -Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero... - ---¿Paseaba usted? - ---Sí...--murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos. - ---¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su -padre? - ---¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No--exclamó la joven mirando a -Raskolnikoff con cierto espanto. - ---¿De modo que usted la quiere? - ---¿Cómo no?--repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó -bruscamente las manos con expresión de piedad--. ¡Ah, si usted...! -¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio -extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y -generosa! ¡Ah, si usted supiera! - -Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación -era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas -se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento. -Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos -de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en -todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo -así, insaciable. - ---¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun -cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada, -y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que -en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría -usted, y ella no haría nada de injusto. - ---Y usted, ¿qué va a hacer? - -Sonia le interrogó con la mirada. - ---Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el -que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la -taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir? - ---No sé--respondió la joven tristemente. - ---¿Van a quedarse donde están? - ---No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que -quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha -de permanecer un momento más en aquella casa. - ---¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted? - ---¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo; -nuestros intereses son los mismos--replicó vivamente Sonia, cuya -irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un -pajarillo--. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?--añadió, animándose -cada vez más--. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio, -¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo -que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo -demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea, -desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone -su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir -dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal -conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y -me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente -nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome. -Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras! -¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de -hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que -echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar -calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles. -Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y -había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted -no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero, -porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello! - ---Vamos, se comprende después de esto que usted viva así--dijo -Raskolnikoff con amarga sonrisa. - ---Y usted, ¿no tiene piedad de ella?--exclamó Sonia--. Usted mismo, lo -sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo, -no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas -veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más -lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha -hecho sufrir durante todo el día este recuerdo! - -Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos. - ---¿Ha sido usted dura con ella? - ---Sí; yo, yo. Fuí a verla--continuó llorando--y mi padre me dijo: -«Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.» -Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el -cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme», -le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para -enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel, -la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos, -con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna -le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró -preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba -para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices -de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos -ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a -nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin -embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo -dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le -hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que -daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía, -no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora -retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran -sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no -le interesa. - ---¿Conocía usted a la revendedora Isabel? - ---Sí... ¿La conocía usted también?--preguntó Sonia un poco asombrada. - ---Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto--dijo -Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta. - ---¡Oh, no, no! - -Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven, -como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él. - ---Sería mejor que se muriese. - ---No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo! - ---¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede -tenerlos a su lado? - ---¡Oh, no sé!--exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la -cabeza con las manos. - -Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento. - ---Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero -puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué -sucederá entonces?--prosiguió implacablemente Raskolnikoff. - ---¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted? - -El espanto demudó por completo el rostro de Sonia. - ---¿Cree usted que es imposible?--repuso él con sonrisa sarcástica--. -Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será -entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre -pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como -hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle, -la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños -quedarán sin amparo. - ---¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!--exclamó Sonia con voz -ahogada. - -Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en -Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la -desgracia que el joven predecía. - -Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un -minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja -presa de atroz sufrimiento. - ---¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando -lleguen los días tristes?--preguntó deteniéndose delante de ella. - ---No--murmuró Sonia. - ---No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?--añadió con cierta -ironía. - ---Sí. - ---¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es -preguntarlo. - -Y volvió a pasearse por la habitación. - ---Y... ¿no gana usted dinero todos los días?--preguntó al cabo de otro -minuto de silencio. - -Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron. - ---No--respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo. - ---La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted--dijo -el joven bruscamente. - ---No, no; ¡eso es imposible!--exclamó Sonia, herida en el corazón por -aquellas palabras como por una puñalada--. Dios... Dios no permitirá -semejante abominación. - ---Otras permite. - ---No, Dios la protegerá--repitió enfáticamente Sonia. - ---¿Y si no hay Dios?--replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se -echó a reír mirando a la muchacha. - -La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le -contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada -de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en -sollozos, tapándose la cara con las manos. - ---¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de -usted lo está también--dijo Raskolnikoff después de una pausa. - -Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia -sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos -brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los -hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose, -de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si -estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel -momento parecía, en efecto, la de un demente. - ---¿Qué hace usted? ¡A mí!--balbució Sonia palideciendo y con el corazón -dolorosamente oprimido. - -El joven se levantó en seguida. - ---No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el -sufrimiento humano--dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos -en la ventana--. Escucha--prosiguió, acercándose a ella un momento -después--; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu -dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a -tu lado. - ---¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!--exclamó -Sonia asombrada--. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una -mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso! - ---Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas, -sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable--continuó diciendo -Raskolnikoff con emoción creciente--; pero lo eres, sobre todo, por -haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy -desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo -(puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu -sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero -dime--añadió exaltándose cada vez más--, ¿cómo con las delicadezas de -tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua -y acabar de una vez! - ---¿Y qué sería de ellos?--preguntó débilmente Sonia, levantando hasta -él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno -asombrada del consejo que se le daba. - -Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se -lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el -suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación, -había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se -preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna -sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad -que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los -reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista -desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y -esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba -la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido -impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era -el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna, -la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra -las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su -carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía -claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional; -pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la -hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla -todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual, -relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era -inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a -aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía -Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven. - -«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el -manicomio o el embrutecimiento.» - -Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su -escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura. - -«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta -criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse -deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta -el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella -el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible», -exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta -este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer -un pecado y el interés que tiene por _ellos_. Si aun no se ha vuelto -loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus -facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se -puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar -oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin -duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?» - -Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva -le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se -puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó: - ---¿De modo que ruegas mucho a Dios? - -Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta. - ---¿Qué sería de mí sin Dios?--dijo en voz baja, pero enérgica, y -dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le -estrechó la mano con fuerza. - -«Vamos», pensó él, «no me engañaba». - ---Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?--preguntó, deseoso de -esclarecer por completo sus dudas. - -Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le -dilataba el pecho con la emoción. - ---¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!--exclamó, -mirándole con cólera. - -«Eso es, sí; eso es», pensó el joven. - ---El lo hace todo--murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo. - -«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff -y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación -nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida, -angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que -podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y -aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello -le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está -loca!», repetía para sí. - -Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él -varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo -tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento. - ---¿Quién te ha dado esto?--preguntó a Sonia desde el otro lado de la -habitación. - -La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo: - ---Me lo han prestado. - ---¿Quién? - ---Isabel; se lo pedí yo. - -«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él. - -Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario. -Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo. - ---¿En qué parte habla de Lázaro?--preguntó bruscamente. - -Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio. -Se había separado un poco de la mesa. - ---¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia. - -La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor. - ---No está ahí... Está en el cuarto Evangelio--dijo secamente sin -moverse de su sitio. - ---Busca ese pasaje y léemelo--dijo, y después se sentó, apoyó los -codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire -sombrío, se dispuso a escuchar. - -Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo -manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó -el libro. - ---¿Acaso no lo ha leído usted nunca?--preguntó, mirando al joven de -soslayo. - ---Sí... en mi niñez. - ---¿No lo ha oído usted en la iglesia? - ---Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo? - ---No--balbució Sonia. - -Raskolnikoff sonrió. - ---Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre? - ---Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de -_Requiem_. - ---¿Por quién? - ---Por Isabel; la mataron a hachazos. - -Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza -se le iba. - ---¿Tratabas a Isabel? - ---Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era -libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios. - -Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas -confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel? - -«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la -locura»--pensó--. ¡Lee!--gritó de repente con acento irritado. - -Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que -le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la -pobre «loca». - ---¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?--murmuró con voz -ahogada. - ---Quiero que leas--insistió él--; bien le leías a Isabel... - -Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las -palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de -leer y no pudo articular la primera sílaba. - -«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al -fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su -voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa. -Faltaba el aliento a su pecho oprimido. - -Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia -para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más -imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven -descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía, -sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los -sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que -fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y -una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos, -no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero -veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer, -sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven -y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff... -Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que -le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del -evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19. - -«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la -muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió -a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús--: -Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé -ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.» - -La joven hizo aquí una pausa para triunfar de la emoción que hacía -temblar de nuevo su voz... - -«Dícele Jesús--: Tu hermano resucitará. Marta dijo--: Yo sé que -resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: _Yo -soy la resurrección y la vida_; el que crea en Mí, aunque esté muerto, -vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente. -¿Crees tú en esto? Ella le dijo:» - -(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer -las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.) - -«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has -venido al mundo.» - -Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en -seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear, -apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó -leyendo hasta el versículo 32. - -«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus -pies y le dijo--: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto -mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos -que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y -turbóse y dijo--: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron--: Señor, -ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces--: Mirad cómo -le amaba; y algunos dijeron--: ¿No podía éste, que abrió los ojos al -ciego, hacer que éste no muriese?» - -Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era, -efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y -acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se -aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento -de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades -metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía -de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que -abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la -duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto -después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y -creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también, -dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora -mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza. - -«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una -cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús--: Quitad la piedra. -Marta, hermana del muerto, le dice--: Señor, hiede ya, que es de cuatro -días.» - -Sonia subrayó la palabra cuatro. - -«Jesús la respondió--: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de -Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto, -y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta--: ¡Padre mío, -gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas -por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que -me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz--: -¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas -Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos -atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús--: -Desatadle y dejadle ir. - -»_Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían -visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El._» - -La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se -levantó. - ---Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro--dijo en -voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff. - -Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba -todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba -vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública -acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se -levantó y se acercó a Sonia. - ---He venido para hablarte de una cosa--dijo en alta voz, frunciendo el -entrecejo. - -La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza -particular, expresaba una resolución feroz. - ---Hoy--prosiguió--, he renunciado a todo género de relaciones con mi -madre y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre -los míos y yo está ya consumada. - ---¿Por qué?--preguntó asombrada Sonia. - -Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había -dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al -oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una -especie de terror. - ---Ahora no tengo en el mundo más que a ti--respondió él--. Partamos -juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos -juntos. - -Le relampagueaban los ojos. - -«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia. - ---¿A dónde iremos?--preguntó espantada, e involuntariamente se -interrumpió. - ---¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son -los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro. - -Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente -para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente -desgraciado. - ---Nadie te comprenderá si tú le hablas--prosiguió él--; pero yo te he -comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido. - ---No comprendo...--balbució Sonia. - ---Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú -también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has -alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras -podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado -del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la -razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso, -pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos. - ---¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?--repuso Sonia extrañamente turbada -por tal lenguaje. - ---¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar -seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar -como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo -ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi -loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de -Poletchka, ¿no es cosa segura? - ---¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?--repitió llorando Sonia y retorciéndose -las manos. - ---¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante, -ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La -libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las -criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto. -Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por -última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de -lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia -de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo -mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel. - ---Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?--preguntó la joven -helada de espanto. - ---Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a -pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te -he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún -Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana. - -Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco; -pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le -iba la cabeza. - ---Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus -palabras? ¡Qué extraño es! - -Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad. - ---¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su -madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son -sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie -diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin -mí... ¡Oh Señor! - -Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una -habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que pertenecía a la -casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como -lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande -y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia -sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente, -el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido -sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el -inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió -a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza -desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo -que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que -llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida -para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante -una hora por lo menos. - - -V - -Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó -en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer -antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele -recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver -a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero, -varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la -habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban -algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos -sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff. - -El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún -esbirro, algún _Argos_ misterioso encargado de vigilarle, y en el caso -oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes -estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor -caso de él. El visitante se iba tranquilizando. - ---Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro -salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo, -¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de -esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese -hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no -sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver? -Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió -no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma. - -Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes -se le había ocurrido cuando más inquieto estaba. - -Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha, -Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se -indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo -de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible -para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le -odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se -apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo -menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su -temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el -despacho de Porfirio Petrovitch. - -Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas -dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado -de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias -sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera -amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía -suponer que había otras habitaciones detrás del tabique. - -En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su -gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el -joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción -dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo -risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff -ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado; -parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina. - ---¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros -dominios--comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas -manos--. Vamos, siéntese usted, _batuchka_. Pero quizá no le guste a -usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo _batuchka_, -_tout court_. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad -excesiva... Siéntese... aquí, en el diván. - -Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción. - -«Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su -familiaridad, la expresión francesa _tout court_... ¿qué quiere decir -todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado -a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza. - -Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban -el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago. - ---He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted. -¿Está bien así, o hay que escribir otro? - ---¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está -bien!--respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas -palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo -echado una rápida mirada sobre el documento, añadió--: Sí, está bien; -basta con esto--continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el -papel sobre la mesa. - -Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa. - ---Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en -debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima. - -«Vamos, ¿para qué habré dicho yo _me parece_?», pensó de repente -Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo -por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo. - -Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien -apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes -proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era -demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban -en aumento. - -«Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.» - ---Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmuró -Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por -la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para -acercarse en seguida a la mesa. - -Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se -detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara. - -Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento -aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota -lanzada de una pared a otra. - ---No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo--continuó -ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aquí, ¿sabe usted?; -pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado -quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay -muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o -poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a -uno casa? ¿No le parece a usted? - ---Sí, una gran cosa--respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón. - ---Una gran cosa... una gran cosa...--repitió ocupado en otra parte--. -¡Sí, una gran cosa!--volvió a decir bruscamente con voz casi tonante, -deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente. - -La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación -suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su -vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba -ahora en su visitante. - -La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción -un desafío burlón y bastante imprudente. - ---¿Sabe usted--comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y -complaciéndose en ello--, que es, según creo, una regla jurídica, un -principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de -cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión, -a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de -distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de -improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa -pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en -la profesión de usted? - ---¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la -casa que me da el Estado, ha sido para...? - -Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara, -por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron -las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía -más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando -fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y -prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también, -aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio -Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción -se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto -que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo, -y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella -alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas -de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de -Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven; -creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al -juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que -había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna -emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a -reventar de un momento a otro. - -Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra. - ---Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que -se descubría bastante irritación--, ayer manifestó usted el -deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra -_interrogatorio_.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene -preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me -retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He -de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por -un coche y de quien ha oído usted hablar...--añadió, y en seguida se -arrepintió de haber dicho esta frase--. Después--prosiguió con cólera -creciente--, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo -que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una -palabra--continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que -la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra--, -en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora -mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida -por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y -hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer -juntos. - ---¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de -interrogar a usted?--replicó el juez de instrucción, que cesó -instantáneamente de reír--; no se inquiete usted, se lo suplico. - -Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de -un lado a otro de la habitación. - ---Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia. -Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a -nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese -maldito reír, _batuchka_ Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy -muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación -de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de -goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento -me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en -pie?... Se lo ruego, _batuchka_, de lo contrario creeré que está usted -enfadado. - -Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y -observaba; sin embargo, se sentó. - ---Por lo que a mí toca, _batuchka_ Rodión Romanovitch, diré a usted -una cosa que servirá para explicarle mi carácter--repuso Porfirio -Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y -seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo, -¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que -estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión -Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en -nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres -inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se -estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden -decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados, -el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las -señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos -estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la -clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede -esto, _batuchka_? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que -somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos -a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que -desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo -tanto gusto... - -Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas -fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio. - -«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.» - ---No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero, -¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una -distracción?--prosiguió el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuántas -son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, _batuchka_, -porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle; -¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es -para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos... -padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la -gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros -del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días, -la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a -los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este -formalismo, usted mismo, _batuchka_, hablaba hace poco... ¿Sabe usted, -en efecto, _batuchka_ Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios -despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar -hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no -había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo. -En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo -con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso -_mujik_, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas -extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de -asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla -(sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha -pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es -usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama -a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba -usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la -forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación -amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no -desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en -el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que -la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su -género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je! - -Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba -sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en -medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las -cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la -habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez -con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida -en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente -ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff -advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el -juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar -un instante... «Sin duda espera algo.» - ---Tiene usted completa razón--siguió diciendo alegremente Porfirio, -mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva -desconfianza--; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las -burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados, -según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y -aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que -yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo -saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la -carrera de Derecho, Rodión Romanovitch? - ---Sí; la estudiaba. - ---Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más -adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con -usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que -trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo -solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo, -pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había -de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso -a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida; -pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad? -¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más -claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión -contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así, -un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no -pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente -mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace, -porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el -procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene -usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones? -¡Ah, Dios mío! _Batuchka_, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres -cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y, -yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a -error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto -de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen -tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que -si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando -bien convencido de que es _él_, me privo de los medios ulteriores de -establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto -modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo, -le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me -escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si -por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si -no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado -de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche, -de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo -que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá -acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará -buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las -conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática -que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados -eficaces con un _mujik_ inculto, es también muy eficaz cuando se -trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo -distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué -sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno -inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que -son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué -papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se -lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me -importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un -poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a -dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero -él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas -mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan _mujiks_ -groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre -ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je! -Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el -lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría -dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente. -¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de -una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la -mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas -en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no -tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más -trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su -culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre, -siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez -más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la -boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece -a usted? - -Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando -el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención. - -«La lección es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato -jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por -placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe -de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para -asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas -sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran -golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo -y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas -con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá -lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora -veremos qué lazo me tiendes.» - -Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que -preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y -de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del -juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su -cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los -labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse -comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica. -De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que -quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra -imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff. - ---No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me -burlo--prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar -su risita, y había reanudado sus paseos por la sala--. Tal vez tenga -usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me -ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de -un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud, -y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia -humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la -razón le seducen. Volviendo al _caso particular_ del que veníamos -hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la -naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces -de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión -Romanovitch--al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente -tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido -de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una -repentina metamorfosis--. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece -a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío -a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je! -Pues bien--continuó--: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una -cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el -consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la -zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele -ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas, -es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es -en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia, -la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo -usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el _caso particular_ -de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera -asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su -habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente -ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar -su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la -sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera -asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza. -Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por -su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha, -y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía; -pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su -fingida comedia con _demasiada naturalidad_, y éste será otro indicio. -De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si -este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro -hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo -donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se -extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je, -je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je! -Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un -literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta -con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión -Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la -ventana? - ---No se moleste usted, se lo ruego--contestó Raskolnikoff, echándose a -reír. - -El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente, -soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase -calmado súbitamente, se levantó. - ---Porfirio Petrovitch--dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con -dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas--, no tengo duda: -usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel. -Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree -que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame -usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí, -ni de que se me martirice. - -De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron -llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más -elevado. - ---¡No lo permito!--gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre -la mesa--. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito! - ---¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?--dijo el juez de -instrucción en apariencia muy inquieto--. ¡_Batuchka_! Rodión -Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo? - ---¡No lo permito!--repitió Raskolnikoff. - ---¡_Batuchka_, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces, -¿qué diremos? Piense usted un poco en ello--murmuró como asustado -Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante. - ---¡No lo permito! ¡No lo permito!--prosiguió maquinalmente -Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser -oído por Porfirio. - -Este corrió a abrir la ventana. - ---Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua, -querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia. - -Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en -un rincón una jarra de agua. - ---¡Beba usted, _batuchka_!--murmuró, aproximándose vivamente al joven -con una jarra--. Esto le sentará a usted muy bien. - -El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan -poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con -tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía. - ---¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a -volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un -sorbo. - -Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente, -Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de -parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa. - ---Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted, -mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo--observó con tono -afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado--. Señor, -¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con -Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo -el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué -significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de -la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me -contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo -envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; _batuchka_; siéntese usted, por el -amor de Cristo! - ---No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué -hacía esa visita--respondió sarcásticamente Raskolnikoff. - ---¿Usted lo sabía? - ---Sí. ¿Qué deduce usted de eso? - ---Deduzco, _batuchka_, que conozco, además, otros muchos hechos y -excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de -la tarde fué usted a alquilar el _cuarto_; que se puso a tirar del -cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y -que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los _dvorniks_. ¡Oh! -comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero -no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle -loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted -motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo, -de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto -modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas -chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar -con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos -a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con -devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre -Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen -muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir -el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme, -_batuchka_, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se -lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese. - -Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo. -Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba -demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras -del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a -creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su -visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta -él mismo?», pensaba el joven. - ---Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico -casi análogo, un caso morboso--continuó Porfirio--. Un hombre se acusó -de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa, -una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan -verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda -contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él, -este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando -supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de -tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero -criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió -que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido -de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, _batuchka_. Puede -uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los -cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En -el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta -psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa -a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted -está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su -enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de -hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted -el efecto del delirio... - -Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos -daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en -este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea, -presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle. - ---Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón--gritó, -en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de -Porfirio--. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted? - ---Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba, -e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que -puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su -juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese -usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le -pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no -delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría -usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba -prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo -la influencia del delirio; ¿no es así? - -El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo. -Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia -Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la -cara a su interlocutor. - ---Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted -fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su -propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación -de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted -quien lo mandó. - -Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un -escalofrío en la espina dorsal. - ---Usted sigue mintiendo--dijo con voz lenta y débil, esbozando una -sonrisa--. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de -antemano todas las respuestas--continuó, comprendiendo que ya no pesaba -sus palabras como debía--; usted quiere meterme miedo... o simplemente -burlarse de mí. - -Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente -al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos -relámpagos de cólera violenta. - ---No hace usted más que mentir--gritó--. Sabe usted perfectamente que -la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible -tener oculto. Yo no le creo a usted. - ---¡Qué listo es usted para ver las cosas!--dijo Porfirio sonriéndose--. -Pero en este asunto, _batuchka_, está engañado; es el efecto de la -monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea -un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo; -porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular -interés. - -Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar. - ---Sí; yo le quiero a usted--prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el -brazo del joven por algo más arriba del codo--; vuelvo a repetírselo a -usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra -ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer -la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea -inquietudes. - ---Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla -en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice? - ---Pero, _batuchka_. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No -advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus -asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas -particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que, -a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas, -a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente -del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho -inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted -cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los -ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte? -En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera -debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro -punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión -de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a -hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró -usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca -de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los _dvorniks_ pidiendo que le -condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido -si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido -someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación -y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de -que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y -está ciego, se lo repito. - -Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio -Petrovitch. - ---Sigue usted mintiendo--vociferó el joven--. No sé cuáles son sus -intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba -usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted. - ---¿Que miento?--replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo -demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía -no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener -de él--. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle? -Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos -que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos -del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de -policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso, -que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido; -son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si -usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía, -no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien, -_batuchka_, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el -mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je, -je, je! - -Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo: - ---En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted -o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin -ambages ni rodeos; y en seguida, al instante. - ---¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna--replicó -Porfirio siempre con su tono zumbón--. ¿Qué necesidad tiene usted de -saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se -altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama? -¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je! - ---Le repito--gritó Raskolnikoff furioso--que ya no me es posible -soportar... - ---¿Qué? ¿La incertidumbre?--interrumpió el juez de instrucción. - ---No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no -quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?--gritó con voz de trueno -Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa. - ---Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente. -Tenga cuidado--murmuró Porfirio. - -El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que -comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como -amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no -duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un -arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes, -aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de -bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este -pensamiento contribuyó a aumentar su irritación. - ---No me dejaré martirizar--murmuró--; deténgame usted, regístreme, haga -cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y -no juegue conmigo. No tenga usted la audacia... - ---No se inquiete usted por la forma--interrumpió Porfirio con su acento -sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo--; es -familiarmente, _batuchka_, como amigo, como he invitado a usted a que -viniera a verme. - ---No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora -tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme. - -En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le -asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo. - ---¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?--dijo, riendo, el -juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de -poner a Raskolnikoff fuera de sí. - ---¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?--preguntó el joven, -deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio. - ---Una pequeña sorpresa que hay detrás de esa puerta. ¡Je, je, je!--y -mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitación, -situada detrás del tabique--. Yo mismo la he cerrado con llave para que -no se vaya. - ---¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay? - -Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo. - ---Está cerrada. He aquí la llave--y diciendo esto, el juez de -instrucción sacó la llave del bolsillo y se la enseñó al joven. - ---¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!--aulló éste, que ya no era dueño de -sí--. ¡Mientes, maldito pulchinela! - -Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse sobre Porfirio, el cual se -retiró hacia la puerta, pero sin demostrar ningún temor. - ---¡Lo comprendo todo!--vociferó Raskolnikoff--. ¡Mientes, mientes para -que yo me venda!... - ---Pero, ¿por qué ha de venderse usted? ¡Vea en qué estado se encuentra, -Rodión Romanovitch! No grite, o llamo. - ---¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu gente! Sabías que estaba enfermo y -has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una -confesión; ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido. -No tienes pruebas; no tienes más que suposiciones, las conjeturas de -Zametoff. Conocías mi carácter y has querido exasperarme, a fin de -hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados. -Los esperas, ¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? Hazlos entrar. - ---¿Qué habla usted de delegados, _batuchka_? ¡Vaya unas ideas! La misma -forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de -este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero -será observada la forma, usted lo verá--murmuró Porfirio, que se había -puesto a escuchar junto a la puerta. - -Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua. - ---¡Ah! ¿Vienen?--gritó Raskolnikoff--. ¿Los has enviado a buscar? -Habías contado... Pues bien, introdúcelos a todos, delegados y -testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto. - -Pero entonces ocurrió un incidente muy extraño, tan fuera del curso -ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio -Petrovitch hubieran podido preverlo. - - -VI - -He aquí el recuerdo que esta escena dejó en el espíritu de Raskolnikoff: - -El ruido que sonaba en la habitación inmediata aumentó de repente, y la -puerta se entreabrió. - ---¿Qué es eso?--gritó Porfirio Petrovitch encolerizado. - -No hubo respuesta; pero la causa del ruido se dejaba adivinar en parte: -alguna persona quería penetrar en el despacho del juez y trataban de -impedírselo. - ---¿Qué es lo que sucede?--repitió Porfirio. - ---Es el procesado Mikolai, que ha sido conducido aquí. - ---No tengo necesidad de él. No quiero verle; llevadle. Esperad un poco. -¿Por qué le han traído? ¡Qué desorden!--murmuró Porfirio lanzándose -hacia la puerta. - ---El es quien...--replicó la misma voz; y se detuvo de repente. - -Durante dos minutos se oyó el ruido de una lucha entre dos hombres; -después, uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y penetró bruscamente -en el despacho. - -El recién venido tenía un aspecto muy extraño. Parecía no ver a nadie. -En sus ojos llameantes se leía una firme resolución, y al propio tiempo -su rostro estaba lívido como el de un condenado a quien se conduce al -cadalso. Temblábanle ligeramente los labios, exangües. - -Era un hombre muy joven todavía, delgado, de mediana estatura y vestido -como un obrero. Tenía el cabello cortado al rape y sus facciones eran -finas y angulosas. El que acababa de ser rechazado por él, se lanzó en -persecución suya dentro del gabinete y le agarró por un brazo: era un -gendarme. Mikolai logró de nuevo soltarse. - -En el umbral se agruparon muchos curiosos, algunos de los cuales tenían -vivos deseos de entrar. Todo ello había pasado en menos tiempo del que -se tarda en referirlo. - ---¡Vete! Es todavía pronto; espera a que se te llame... ¿Por qué te -han traído tan pronto?--preguntó Porfirio Petrovitch tan irritado como -sorprendido; pero de repente Mikolai se puso de rodillas. - ---¿Qué haces?--gritó el juez de instrucción cada vez más asombrado. - ---¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el asesino!--dijo bruscamente -Mikolai, con voz bastante fuerte, a pesar de la emoción que le ahogaba. - -Pasaron diez segundos en un silencio profundo como si todos los -asistentes hubiesen sido acometidos de un ataque de catalepsia. -El gendarme no trató de sujetar de nuevo al preso, y dirigiéndose -maquinalmente hacia la puerta, se quedó inmóvil en el umbral. - ---¿Qué estás diciendo?--exclamó Porfirio Petrovitch cuando el asombro -le permitió hablar. - ---Yo soy el asesino...--repitió de nuevo Mikolai. - ---¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...? - -El juez de instrucción estaba visiblemente desconcertado. El preso -tardó un instante en responder. - ---Yo he asesinado... a hachazos... a Alena Ivanovna y a su hermana -Isabel Ivanovna. Estaba trastornado--añadió bruscamente. - -Se calló, pero continuaba de rodillas. Después de haber oído esta -respuesta, Porfirio Petrovitch pareció reflexionar profundamente, y -luego, con un ademán violento, mandó a los testigos que se retirasen. -Estos obedecieron al punto y la puerta volvió a cerrarse. - -Raskolnikoff, en pie, contemplaba a Mikolai con aire extraño. Durante -algunos instantes las miradas del juez de instrucción fueron del -detenido al visitante y viceversa. Después se dirigió a Mikolai sin -tratar de disimular su cólera. - ---Espera a que se te interrogue antes de decirme que estabas -trastornado. Yo no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has matado...? - ---Yo soy el asesino... lo confieso--respondió Mikolai. - ---¿Oh? ¿Con qué arma has matado? - ---Con una hacha. La llevaba prevenida. - ---¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo? - -Mikolai no comprendió la pregunta. - ---¿No tienes cómplices? - ---No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen. - ---No te apresures tanto para disculpar a Mitka. ¿Acaso te he preguntado -acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se explica que los _dvorniks_ os -hayan visto bajar corriendo la escalera? - ---Corrí adrede detrás de Mitka porque de ese modo pensé evitar -sospechas--respondió el preso. - ---Está bien. Basta--gritó Porfirio encolerizado--; no dice la -verdad--murmuró en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se -encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia había evidentemente -olvidado durante este diálogo con Mikolai. - -Al fijarse en su visitante pareció que se turbaba el juez de -instrucción y dirigiéndose a él le dijo: - ---Rodión Romanovitch, _batuchka_, perdóneme usted, se lo suplico... -Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa... - -Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta. - ---Según se ve, no esperaba usted tal cosa--observó Raskolnikoff. - -Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin -embargo, había recobrado en gran parte su serenidad. - ---Tampoco usted lo esperaba, _batuchka_. Vea usted cómo le tiembla la -mano. ¡Je, je, je! - ---También está usted temblando, Porfirio Petrovitch--observó -Raskolnikoff. - ---Es verdad... no esperaba esto... - -Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción -tenía prisa porque se marchase el joven. - ---¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía -preparada?--preguntó éste bruscamente. - ---Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irónico, ¡je, je, -je! ¡Ea, hasta la vista! - ---Creo que sería más propio decir _¡adiós!_ - ---Será lo que Dios quiera--balbuceó Porfirio con risa forzada. - -Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff advirtió que muchos de los -empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoció en medio de la -gente a los _dvorniks_ de _aquella casa_, a los que había propuesto la -tarde de la extraña visita que le condujesen a la comisaría de policía. -Parecía que estaban esperando allí algo, pero apenas hubo llegado -al rellano de la escalera, cuando oyó de nuevo la voz de Porfirio -Petrovitch. El joven se volvió y vió al juez de instrucción que, todo -sofocado, acudía a llamarle. - ---Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. Dios sabe lo que pasará en -este asunto; pero, para la cuestión de forma, tengo que pedirle a usted -algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro. - -Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven. - ---De seguro--repitió. - -Parecía que iba a decir alguna otra cosa; pero nada añadió. - ---Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he -alterado un poco--comenzó a decir Raskolnikoff, que había recobrado ya -toda su serenidad y sentía grandes deseos de burlarse del magistrado. - ---¡Bah! Eso no tiene importancia--replicó el juez con tono casi -jovial--. También yo tengo un carácter insoportable, lo reconozco. Ya -nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo. - ---Y entonces nos conoceremos a fondo--repuso Raskolnikoff. - ---Muy a fondo--repitió como un eco Porfirio Petrovitch, y guiñando un -ojo, miró con mucha gravedad a su interlocutor--. ¿Y ahora va usted a -comer a una fiesta? - ---A un entierro. - ---¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado de su salud. - ---Por mi parte, no sé qué votos hacer por usted--respondió -Raskolnikoff, y comenzó a bajar la escalera; pero de repente se volvió -hacia Porfirio--. ¡Ah! Le deseo a usted de todo corazón mejor éxito del -que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qué cómicas son -sus funciones. - -Al oír estas palabras, el juez de instrucción, que se disponía a volver -a su despacho, aguzó el oído. - ---¿Qué es lo que tienen de cómicas?--preguntó. - ---Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; ¡cuánto ha debido usted -atormentarle! ¡Cuánto lo habrá usted fatigado para arrancarle su -confesión! Día y noche, sin duda, le habrá usted repetido en todos -los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el asesino!» Le habrá usted -perseguido sin tregua, según su método psicológico, y ahora, cuando -él se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono -de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No puedes serlo, no dices la -verdad!» Pues bien, después de esto, ¿no tengo derecho para encontrar -cómicas las funciones de usted? - ---¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado usted que hace poco rato he -hecho observar a Mikolai que no decía la verdad? - ---¿Cómo no había de observarlo? - ---¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Además, le -da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorística. ¡Je, je, -je! Ese era, según dicen, el rasgo distintivo de Cogol. - ---Sí, de Cogol. - ---En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!... - ---Hasta la vista. - -El joven se fué directamente a su casa. Cuando llegó a su domicilio, -se echó en el diván y durante un cuarto de hora intentó ordenar algún -tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trató siquiera de explicarse -la conducta de Mikolai, comprendiendo que había allí un misterio cuya -clave buscaría en vano por el momento. Por lo demás, no se hacía -ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardaría -en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y -entonces las sospechas recaerían de nuevo sobre él. Pero, en tanto, era -libre y podía tomar sus medidas en previsión del peligro que juzgaba -inminente. - -¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? La situación comenzaba -a esclarecerse. El joven temblaba aún al acordarse de su reciente -entrevista con el juez de instrucción. No podía penetrar todas las -intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era más que suficiente -para hacerle comprender de qué terrible peligro acababa de escapar. Un -poco más y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad -nerviosa de su visitante, el juez se había apoyado sólidamente -sobre este dato, y había descubierto con exceso de atrevimiento su -juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se había -comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que él se -acusaba no constituían todavía una prueba en contra suya: esto no tenía -más que un carácter relativo. ¿No se engañaba, sin embargo, al pensar -así? ¿Cuál era el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado algo -aquel día, y si tenía preparado un golpe, en qué consistía éste? Sin la -aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo hubiera acabado esta entrevista? - -Raskolnikoff estaba sentado en el sofá con los codos apoyados en -las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba -todo su cuerpo. Al fin se levantó, tomó la gorra y después de haber -reflexionado un momento, se dirigió hacia la puerta. - ---Por hoy, al menos--se dijo--, no tengo nada que temer. - -De repente experimentó una especie de alegría y se le ocurrió la idea -de dirigirse lo más pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era -tarde para asistir al entierro, pero llegaría a tiempo para comer y -allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, y en sus labios se dibujó -una triste sonrisa. - -«¡Hoy! ¡Hoy!--repitió--. Sí, hoy mismo. Es preciso.» - -En el momento en que se dirigía a la puerta, ésta se abrió por sí -misma. El joven retrocedió espantado viendo aparecer al enigmático -personaje de la víspera, _al hombre salido de debajo de la tierra_. - -El recién venido se detuvo en el umbral, y después de haber mirado -silenciosamente a Raskolnikoff, dió un paso en la habitación. Vestía -exactamente como el día anterior, pero su rostro no era el mismo. - ---¿Qué quiere usted?--preguntó Raskolnikoff pálido como un muerto. - -El hombre, en vez de responder, se inclinó casi hasta el suelo. Por lo -menos le tocó con el anillo que llevaba en la mano derecha. - ---¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff. - ---Pido a usted perdón--dijo el hombre en voz baja. - ---¿De qué? - ---De mis malos pensamientos. - -Los dos hombres se miraron. - ---Estaba ciego de ira. Cuando usted fué el otro día, teniendo, sin -duda, la razón perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la -sangre y pidió a los _dvorniks_ que lo condujesen a la oficina de -policía, vi con disgusto que no hacían caso de las palabras de usted, -tomándole por un borracho; esto me contrarió de tal modo, que no pude -dormir; pero me acordaba de las señas de usted y vine ayer aquí... - ---¿Fué usted quien vino?--interrumpió Raskolnikoff. - -Comenzaba a comprender. - ---Sí; yo le he insultado a usted. - ---¿Estaba usted en aquella casa? - ---Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de -usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy -peletero... - -Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera. -En efecto: independientemente de los _dvorniks_ había en la puerta -cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había -propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía -acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció -en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de -haberse vuelto a mirarle. - -Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible -misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le -causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de -perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se -presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la -sangre. Aparte de esta excursión de un _enfermo en delirio_, salvo esa -_psicología de dos filos_, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún -hecho, nada positivo. «Por consiguiente--pensaba el joven--, si no -surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden -hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi -culpabilidad?» - -Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su -visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita -al cuarto de la víctima. - ---¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?--preguntó el -joven asaltado por súbita idea. - ---¿A qué Porfirio? - ---Al juez de instrucción. - ---Yo se lo he dicho. Como los _dvorniks_ no habían ido, fuí yo. - ---¿Hoy? - ---Llegué un minuto antes que usted; lo he oído todo y sé que le ha -hecho pasar a usted un mal rato. - ---¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo? - ---Yo estaba allí, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he -permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista. - ---¿Cómo? ¿De modo que era usted la sorpresa? ¿Cómo ha sido eso? -Cuéntemelo usted todo, se lo ruego. - ---Viendo--dijo el menestral--que los _dvorniks_ rehusaban avisar a la -policía, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontrarían -la oficina cerrada, experimenté una viva contrariedad y resolví -enterarme por mí mismo; al día siguiente, es decir, ayer, tomé datos -y me he presentado al juez de instrucción. La primera vez que estuve -en la oficina no se encontraba allí; volví una hora después y no fuí -recibido; en fin, la última vez se me hizo entrar. Conté punto por -punto cuanto había pasado; al oírme el juez saltaba en la habitación y -se daba golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo cumplís, bribones, -con vuestra obligación? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera -hecho buscar por la gendarmería.» En seguida salió precipitadamente, -llamó a no sé quién y estuvo hablando con él en un rincón; se dirigió -otra vez a mí y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes -imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no -se atrevió a contestar a mis palabras de ayer y que no me había -reconocido. Continuaba dándose golpes en el pecho, vociferando y -saltando por la habitación. Entonces le anunciaron a usted. «Retírese -detrás del tabique--me dijo dándome una silla--, y estése ahí sin -chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez.» Después -cerró la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidió a usted y me -hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», me dijo. - ---¿Preguntó a Mikolai delante de ti? - ---Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando -comenzó el interrogatorio de Mikolai. - -Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo. - ---Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido. - ---¡Que Dios te perdone!--respondió Raskolnikoff. - -«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos», -pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación. -«Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba -la escalera. - -Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado. - - - - -QUINTA PARTE - - -I - -Al día siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su -explicación con las señoras de Raskolnikoff, las ideas de aquél se -esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fué forzoso reconocer que -la ruptura, en la cual no había querido creer el día antes, era un -hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo -mordiendo el corazón durante toda la noche. Al saltar de la cama, el -primer movimiento de Pedro Petrovitch fué irse a mirar al espejo, -temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por -fortuna esta aprensión no era fundada. Al contemplar su rostro pálido -y distinguido, llegó hasta a consolarse por breves instantes ante la -idea de que no le costaría trabajo reemplazar a Dunia y quién sabe si -ventajosamente. Pero no tardó en desechar esta esperanza quimérica y -lanzó un fuerte salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente a su joven -amigo y compañero de habitación, Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff. - -Pedro Petrovitch advirtió ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de -su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobló su cólera -después que hubo reflexionado que no debía hablar de esta historia a -Andrés Semenovitch. Fué la segunda tontería que el arrebato le hizo -cometer el día anterior: había cedido a la necesidad de desahogar el -exceso de su irritación. - -Durante toda la mañana la suerte se ensañó en perseguir a Ludjin. En el -mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto. -Lo que le molestaba más que nada era la imposibilidad de hacer entrar -en razón al propietario de la nueva casa que había alquilado en -vista de su próximo enlace. Este individuo, alemán de origen, era un -antiguo obrero a quien la fortuna había sonreído; no aceptaba ninguna -transacción y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en -el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto casi -restaurado. - -El tapicero no se mostraba más complaciente que el propietario, y -pretendía quedarse hasta con el último rublo de la señal recibida -por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch «aun no se -había hecho cargo». «Va a ser menester que me case para recuperar -los muebles», decía rechinando los dientes el desgraciado Ludjin. -Una última esperanza atravesaba su alma. «¿Era posible que aquel mal -no tuviera remedio?» Tenía clavado en el corazón, como una espina, -el recuerdo de los encantos de Dunia. Fué para él aquello un trago -muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a -Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habría matado al joven -inmediatamente. - -«Otra tontería de mi parte ha sido no darles dinero», pensaba mientras -volvía entristecido a casa de Lebeziatnikoff. «¿Por qué he sido yo -tan judío? ¡Fué un mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente en la -estrechez, yo creía prepararlas a que vieran en mí una providencia, -y he aquí que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les -hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen -la canastilla en el Almacén Inglés, mi conducta hubiera sido a la vez -más noble y más hábil y no me habrían dejado tan fácilmente. Dados -sus principios, se hubieran creído, sin duda, obligadas a devolverme -regalos y dinero; esta resolución les hubiera sido penosa y difícil, -habría sido para ellas cuestión de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces -a poner así a la puerta a un hombre que se había mostrado tan generoso, -y tan delicado?... He hecho una tontería.» - -Pedro Petrovitch volvió de nuevo a rechinar los dientes y se trató de -imbécil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusión -llevó a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de -él. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo -producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de -la comida. Ya había oído hablar la víspera de este banquete; es más, -recordaba que le habían invitado; pero sus ocupaciones personales le -hicieron que lo olvidara. - -En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazón se hallaba en el -cementerio), la señora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la -mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch -supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban -invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que -no habían conocido siquiera al difunto. El propio Andrés Semenovitch -recibió la invitación correspondiente, a pesar de estar reñido con -Catalina Ivanovna. En fin, se tendría mucho gusto en que Pedro -Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era, -entre todos los inquilinos, el personaje más importante. La viuda de -Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, había -invitado también a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos -momentos, con íntima satisfacción, en los preparativos de la comida. -Además, la señora Lippevechzel habíase vestido de ceremonia, y aunque -su traje era de duelo, se comprendía que su dueña sentía vivo placer en -exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch -tuvo una idea y entró pensativo en su habitación, o mejor dicho, en la -de Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff -figuraba en el número de los invitados. - -Aquel día Andrés Semenovitch había pasado toda la mañana en su -cuarto. Entre este individuo y Ludjin existían extrañas relaciones -perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba -en grado superlativo casi desde el mismo día que fué a su casa a -pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle en poco. - -Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fué a casa de Lebeziatnikoff, -en primer lugar y sobre todo por economía, pero también por otro -motivo. En su provincia había oído hablar de Andrés Semenovitch, su -antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jóvenes más avanzados -de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos -círculos ya legendarios. Esta circunstancia tenía mucho valor para -Pedro Petrovitch, el cual desde hacía tiempo experimentaba un vago -temor respecto a estos círculos poderosos que lo sabían todo, que no -respetaban a nadie y hacían la guerra a todo el mundo. - -Huelga añadir que la distancia no le permitía tener noción exacta de -estas cosas. Como tantos otros, había oído decir que existían en San -Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos, -etcétera; pero en su espíritu, como en el de otras muchas personas, -estas palabras tenían una significación exagerada. Lo que temía -principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual -individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se -remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuían poco a -fortificar en su ánimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el -sueño de establecerse en San Petersburgo. - -Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los -comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales, -que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada -a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba -el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de -_nuestras jóvenes generaciones_. Contaba con Andrés Semenovitch para -que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff -nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la -fraseología de los reformadores. - -Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño, -desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y -llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso; -casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella -persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la -temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo. -Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos _comme il -faut_ porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje. -Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante -necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del -progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las -ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se -han unido sinceramente. - -No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar -insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por -su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su -simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo -Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir -a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de -Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle -burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes -a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer -que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán -desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función -especial era la _propaganda_, y todavía no debía de estar muy ducho en -ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente, -¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto? - -Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch -(sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con -placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños -de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo -por el establecimiento de una nueva _commune_ en la calle de los -Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para -enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio; -un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.» -Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan -agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen. - -Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado -delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés -Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación -afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con -despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera -sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el -pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto -a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la -fortuna había establecido entre ambos. - -Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que -nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el -_comunismo_, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de -vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés -Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba -a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de -dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de -conversación con objeto de consolar a su respetable amigo. - ---Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa... -viuda--dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el -punto más interesante de su peroración. - ---¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse -mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han -invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella. - ---Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a -esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro -imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto -viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a -muchas personas; el diablo sabrá por qué--continuó Pedro Petrovitch, -que parecía haber provocado con intención deliberada aquella -conversación--. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?--añadió de -repente, levantando la cabeza--. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo. -De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la -conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que -como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado -por eso? - ---Tampoco yo tengo intención de asistir--repuso Lebeziatnikoff. - ---¡Pues no faltaba más! Después de haberle pegado, natural es que tenga -usted escrúpulo de ir a sentarse a su mesa. - ---¿A quién he pegado yo? ¿De quién habla usted?--preguntó -Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana. - ---Hablo de Catalina Ivanovna, a quien pegó usted hará cosa de un mes. -Lo supe ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya una manera de -resolver el problema feminista! - -Después de esta salida, que pareció haberle aliviado un poco el -corazón, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero. - ---Eso es una barbaridad y una calumnia--replicó vivamente -Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso--. -Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es -completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice -más que defenderme. Fué Catalina Ivanovna la que se lanzó sobre mí para -arañarme... Me arrancó una de las patillas. Creo que todo hombre tiene -derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de -dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene -su origen en el despotismo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Había de dejar que -esa señora me maltratase a su gusto? Me limité a rechazar una agresión. - ---¡Je, je, je!--continuó en son de burla Ludjin. - ---Usted me busca querella porque está de mal humor; pero eso no -significa nada ni tiene relación alguna con la cuestión feminista. -Precisamente yo me he hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo -que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que -se comienza ya a sostener), debe existir también la igualdad en esto. -Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay -motivo para que se plantee esta cuestión, porque en la sociedad futura -no habrá ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasará a -vías de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la -lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo demás haya riñas... es decir, -que más tarde no las habrá, aunque por el momento las haya todavía. -¡Ah, diablo, con usted, uno se hace un lío! ¡No, no es eso lo que me -impide aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a -su casa, es sencillamente por cuestión de principios, por no sancionar -con mi presencia la estúpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo -demás, yo podría reírme de eso e ir... Desgraciadamente no habrá allí -_popes_; si los hubiese, le aseguro a usted que iría. - ---¿De modo que se sentaría usted a su mesa para insultar la -hospitalidad de esa mujer? - ---No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto útil. -Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el -deber de todo hombre. Quizá se realiza esta tarea tanto mejor cuanto -menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano... -De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted que obrando así se falta a -las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que -se les presta un gran servicio... - ---¡Vamos, bueno!--interrumpió Pedro Petrovitch--. Pero, dígame usted -ahora, ¿conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha? -¿Es verdad lo que de ella se dice? - ---Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, es decir, según mi convicción -personal, su situación es la situación normal de la mujer. ¿Por qué -no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese género -de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura -será perfectamente normal, porque será libre. Aun ahora mismo tiene -el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, ¿por qué no ha de -disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no -tendrá razón de ser; pero el papel de la mujer galante tendrá otro -sentido y será regulado de una manera racional. En cuanto a Sofía -Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una -enérgica protesta contra la organización de la sociedad, y a causa -precisamente de eso, la estimo profundamente; diré más, la contemplo -con regocijo. - ---Sin embargo, me han contado que usted la obligó a abandonar esta casa. - -Lebeziatnikoff se incomodó. - ---¡Eso es también una mentira!--replicó enérgicamente--. No ha habido -tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto -porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jamás los favores -de Sofía Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su -espíritu, sin ninguna segunda intención personal, esforzándome por -despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra -cosa; ella es la que ha comprendido que no podía permanecer aquí. - ---¿La ha invitado usted a formar parte de la _commune_? - ---Sí, actualmente me esfuerzo para atraerla a la _commune_. Sólo que -ella estará en otras condiciones que aquí. ¿De qué se ríe usted? -Queremos fundar nuestra _commune_ sobre bases mucho más amplias que las -precedentes. Vamos más lejos que nuestros precursores; negamos muchas -cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendrían -por adversario. En tanto, continúo desarrollando a Sofía Semenovna. Es -una bella, una bellísima naturaleza. - ---¿Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? ¡Je, je, je! - ---No, de ninguna manera; todo lo contrario. - ---¿Lo contrario?--dijo Ludjin--. ¡Je, je, je! - ---Puede usted creerme. ¿Por qué había de ocultárselo a usted? Al -contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene -como cierto tímido pudor. - ---Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, je, je!... Usted le demuestra -que todos esos pudores son estúpidos. - ---No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, qué sentido tan grosero y tan -tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! ¡Oh -Dios mío; qué poco avanzado está usted todavía! ¡Usted no comprende -nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted sólo piensa -en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que -no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de mí, -puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar -de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma «yo te quiero», -me alegraría mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en -la situación presente nadie se ha mostrado jamás más cortés y más -conveniente con ella que yo; nadie ha hecho más justicia a su mérito... -Yo aguardo, espero: eso es todo. - ---¿Por qué no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en -eso. - ---No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situación -autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestión es otra. Usted -no tiene más que desprecios para ella. Fundándose en un hecho que le -parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura -humana. Usted no sabe qué naturaleza es la suya. - ---Dígame--replicó Ludjin--, ¿podría usted... o por mejor decir, está -usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aquí -un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que -las he oído subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la -muchacha. - ---¿Para qué?--preguntó asombrado Andrés Semenovitch. - ---Es menester que le hable. Tengo que irme de aquí hoy o mañana, y -necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y -aun creo que será mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe Dios lo que -usted pensaría! - ---No pensaría nada... Mi pregunta no tenía importancia. Si tiene usted -algo que decirle nada es más fácil que hacerla venir. Voy a buscarla en -seguida, y esté seguro de que no le molestaré. - -Efectivamente; cinco minutos después, Lebeziatnikoff condujo a Sonia. -La joven llegó extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes -circunstancias era siempre muy tímida. Las nuevas caras le causaban -temor. Era esto como una impresión de su infancia, y la edad había -aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostró cortés y benévolo. -Al recibir él, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y -en cierto sentido tan interesante, se creyó obligado a acogerla con -un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresuró a tranquilizarla -y la invitó a que tomase asiento frente a él. Sonia se sentó y miró -sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa. -Después, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no -pudieron apartarse de él; hubiérase dicho que sufría una especie de -fascinación. Lebeziatnikoff se dirigió a la puerta. Ludjin se levantó, -hizo seña a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch en -el momento en que éste iba a salir. - ---¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?--le preguntó en voz baja. - ---¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he -visto... ¿Y qué? - ---En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no -me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es -insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No -quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo -esto? - ---Sí, comprendo, comprendo--respondió Lebeziatnikoff--. Está usted en -su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted -son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho. -Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré; -en mi opinión, está usted en su derecho. - -Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló -atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi -severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas -que no son». Sonia perdió por completo su serenidad. - ---Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas -a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así. -Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?--dijo -Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable. - -Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas. - ---Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre--se apresuró a responder -la pobre Sonia. - ---Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias -independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación. - ---Voy a decírselo--y Sonia se levantó en seguida. - ---No es eso todo--continuó Pedro Petrovitch sonriendo al ver la -candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales--; -usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprenderá que, por un motivo -tan fútil y que sólo me interesa a mí, no me hubiera permitido molestar -a una persona como usted. Tengo otro objeto. - -A una señal de su interlocutor Sonia se apresuró a sentarse. Los -billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron -de nuevo ante su vista, pero volvió vivamente los ojos y los fijó en -Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le parecía cosa por extremo -inconveniente, sobre todo en su posición. La joven reparó cosa tras -cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch -tenía en la mano izquierda; después, en el grueso anillo adornado con -una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazón; -por último, no sabiendo qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro -mismo de Ludjin. Este, después de haber guardado silencio durante -algunos instantes, prosiguió: - ---Ayer me bastó cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina -Ivanovna, para comprender que esa señora se encuentra en un estado -antinatural, por decirlo así... - ---Sí, antinatural--repitió dócilmente Sonia. - ---O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma. - ---Sí, más sencillamente, más intel... Sí, está enferma... - ---Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digámoslo así, de -compasión, quisiera, por mi parte, serle útil, previendo que -inevitablemente va a encontrarse en una situación muy triste. Ahora, -según parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted. - -Sonia se levantó bruscamente. - ---Permítame que le pregunte: ¿no le ha dicho usted que podría cobrar -una pensión? Ayer me contó que usted se había encargado de hacer que se -la concediesen. ¿Es eso cierto? - ---No, no hay tal cosa. Me limité a decirle que, como viuda de un -funcionario muerto en el servicio, podría obtener un recurso temporal -si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido -bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no -estaba en el servicio cuando murió. En una palabra: siempre se puede -esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no -existe derecho alguno a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con una -pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo posible! - ---Sí, soñaba en una pensión. Es crédula y buena, y su bondad hace -que dé crédito a todo. Y... y... su espíritu es... sí... Dispénsela -usted--dijo Sonia, que se levantó de nuevo para marcharse. - ---Permítame usted, tengo todavía que decirle algo más. - ---¿Más aún?--balbuceó la joven. - ---Siéntese usted. - -Sonia, toda confusa, se sentó por tercera vez. - ---Viéndola en tal situación, con hijos pequeños, quisiera, como ya le -he dicho, serle útil en la medida de mis medios; compréndame usted -bien: en la medida de mis medios nada más. Se podría, por ejemplo, -organizar, en beneficio suyo, una subscripción, una tómbola... o una -cosa análoga, como suelen hacer en caso semejante las personas que -desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraños. Esto es -una cosa posible. - ---Sí, eso está bien... pero ella. Dios...--murmuró Sonia, con los ojos -fijos en Pedro Petrovitch. - ---Se podría; pero ya hablaremos de esto más tarde, es decir, se podría -comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos, -por decirlo así, los fundamentos. Venga usted aquí a las siete. -Supongo que Andrés Semenovitch no tendrá inconveniente en asistir a -nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y -cuidadosamente examinado. Por esta razón me he tomado la libertad de -molestarle suplicándole que viniese. Según mi opinión, no conviene -entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es más, -sería peligroso entregárselo; basta como prueba la comida de hoy. No -tiene zapatos; no sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo de pan -que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y café. Lo -he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a cargo de -usted, y tendrá usted que buscarle hasta el último pedazo de pan. Por -lo tanto, soy de opinión que debe de organizarse la suscripción sin que -se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el -dinero. ¿Qué le parece a usted? - ---No sé. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre más que una -vez en la vida... Quería honrar la memoria del difunto... pero es muy -inteligente. Por lo demás, será lo que usted quiera; yo le quedaré a -usted muy... muy... todas ellas serán... y Dios... y los huérfanos... - -Sonia no acabó y se echó a llorar. - ---De modo que es cosa convenida. Ahora dígnese usted aceptar, para la -parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripción personal. -Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho -que, teniendo yo también apuros pecuniarios, no pueda hacer más. - -Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un billete de diez rublos, después de -haberlo desplegado cuidadosamente. - -La joven recibió el billete ruborizándose, balbuceó algunas palabras -ininteligibles y se apresuró a despedirse. Pedro Petrovitch la acompañó -hasta la puerta. Al cabo la joven salió de la habitación y entró en la -de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada. - -Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, no queriendo interrumpir -la conversación, permaneció cerca de la ventana. En cuanto salió Sonia, -se acercó a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente la mano. - ---Lo he oído y lo he visto todo--dijo subrayando intencionadamente -la última palabra--. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque -no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo -he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la -beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria, -favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con -gusto el acto de usted. Sí, sí, eso me complace. - ---Lo que he hecho no vale nada--murmuró Ludjin un poco cortado, y miró -a Lebeziatnikoff con particular atención. - ---Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la -impresión de una afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse -por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economía -social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante -cosa de usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído está usted por sus -antiguas ideas! ¿Por qué turbarse tanto por el asunto de ayer?--exclamó -Andrés Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpatía -hacia Pedro Petrovitch--. ¿Qué necesidad tiene usted de casarse, de -casarse _legalmente_, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? ¿Qué le -importa a usted la unión _legal_? Pégueme usted, si quiere; pero yo -me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es -usted libre, que no está usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy -franco. - ---Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la -frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre -con vuestros matrimonios libres--respondió, por decir alguna cosa, -Pedro Petrovitch. - -Estaba pensativo, y apenas prestaba atención a las palabras que decía. - ---¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los hijos?--dijo Andrés -Semenovitch, animándose de repente como un caballo en batalla cuando -oye el sonido del clarín--; los hijos son una cuestión social que -será resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restricción, -como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos más -tarde. Ahora ocupémonos de lo otro. Le confieso a usted que es ésa -mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulación por -Putskin, para señalar a los maridos engañados, no figurará en los -diccionarios del porvenir. En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh, -ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! Por el contrario, en -el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existirá. Eso no es -más que la consecuencia natural, y, por decirlo así, el correctivo del -matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este -punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que -es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sería para mí un encanto -llevar _eso_ a que tiene usted tanto miedo. Yo le diría entonces a mi -mujer: «Hasta el presente, querida mía, sólo había sentido amor por ti: -pero ahora te estimo, porque has sabido protestar». ¿Se ríe usted? ¡Ah! -Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo -que con la unión legítima sea desagradable ser engañado; pero ése es -el efecto miserable de una situación que desagrada a los dos esposos. -Cuando _eso_ se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio -libre, entonces no existe. Cesan de tener significación y dejan de -llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba -por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstáculo a -su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de -un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado -(libre o legítimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un -amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. «Querida mía (le diría -entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes.» ¿Tengo o no -tengo razón? - -Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su -pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy -preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la -preocupación de su amigo. - - -II - -Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro -desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata -comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero -que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal -vez se creía obligada a honrar «convenientemente» la memoria de su -marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente -a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era -que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en -determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio, -entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el -solo objeto de «hacer las cosas tan bien como los otros». Permitido -es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más -extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella -«gentuza», no solamente que ella sabía «vivir y recibir», sino que, -hija de un coronel, educada «en una casa noble y aristocrática», no -había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la -noche la ropa de sus hijos. - -Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy -variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin -embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero -en abundancia. El _menú_, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna, -comprendía, además del _kutia_, tres o cuatro platos, principalmente -_blines_; además, estaban preparados dos samovars para los convidados -que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna -se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la -casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones, -en casa de la señora Lippevechzel. - -Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposición de la -viuda, y durante treinta y seis horas no dejó de hacer recados con celo -que, por otra parte, el bueno del polaco no perdía ripio para hacerlo -notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado -acudía a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Después de haber -declarado que sin la solicitud de este «hombre servicial y magnánimo», -no hubiera sabido qué hacer, Catalina Ivanovna acabó por encontrarlo -absolutamente insoportable. Era propio de su carácter entusiasmarse -de repente por cualquiera; le veía con los colores más brillantes y -le atribuía mil méritos que sólo existían en su imaginación, pero en -los cuales creía con toda buena fe. Después al entusiasmo sucedía -bruscamente la desilusión, y entonces se desataba en injurias contra -aquel a quien pocas horas antes había colmado de excesivas alabanzas. - -Amalia Ivanovna tomó también súbita importancia a los ojos de -Catalina Ivanovna; ésta delegó en ella, cuando se fué al entierro, -todos sus poderes, y la señora Lippevechzel se mostró digna de esta -confianza. Ella fué, en efecto, quien se encargó de preparar la mesa -y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla, -los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por -los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos -orígenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando -volvió a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una -expresión de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber -cumplido tan bien su misión, aquélla se pavoneaba con su traje de duelo -completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo, -por legítimo que fuese, no agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente -no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito con -sus lazos flamantes también le disgustó: «¡Vaya con la tonta alemana -esta que no hace más que estorbar!... ¡Se ha dignado, por bondad de -alma! ¡Habráse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que -era coronel, había algunas veces cuarenta personas a comer, y no se -hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o, -mejor dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar -entonces sus sentimientos; pero se prometió no quedarse con esta -impertinencia en el cuerpo. - -Otra circunstancia contribuyó también a irritar a Catalina Ivanovna: a -excepción del polaco que fué hasta el cementerio, casi ninguno de los -invitados acompañó el cadáver hasta su última morada; por el contrario, -cuando se trató de sentarse a la mesa, se vió llegar todo lo que había -de más pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos -se presentaron en traje más que descuidado. Los que estaban un poco -limpios se habían dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el -más distinguido de todos ellos. Sin embargo, el día anterior, por la -noche, Catalina Ivanovna había cantado las excelencias de él a todo el -mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era, -según aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; además de esto, era -inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que había -sido amigo de su primer marido, y frecuentado también en otro tiempo la -casa de su padre. Aseguraba, además, que había prometido emplear toda -su influencia para conseguirle una pensión importante. - -Raskolnikoff se presentó cuando acababan de llegar del cementerio. -Catalina Ivanovna quedó encantada al verle, en primer lugar, porque, de -todas las personas presentes, era el único hombre culto (lo presentó a -todos los invitados, diciendo que dentro de dos años sería catedrático -de la Universidad de San Petersburgo), y además, por haberse excusado -respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a -las exequias. La viuda se apresuró a hacerle sentar a su izquierda, -teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabló a media -voz con el joven una conversación tan seguida como se lo permitían sus -deberes de dueña de casa. - -Su enfermedad había tomado desde hacía dos días un carácter más -alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impedía a -menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener -a quien confiar la indignación que experimentaba ante aquel concurso de -figuras grotescas. Al principio, su cólera se manifestaba en las burlas -que dirigía a los invitados y, sobre todo, a la propietaria. - ---Todo ello es por culpa de esa imbécil. Ya sabe usted de quién -hablo--y Catalina Ivanovna mostró con un movimiento de cabeza a la -patrona--. Mírela usted cómo abre los ojos; adivina que hablamos de -ella; pero no puede comprender lo que decimos; ahí tiene usted por -qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué -idea le ha dado de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere hacer -creer a todo el mundo que me honra mucho sentándose a mi mesa. Le -había suplicado que invitase a las personas más distinguidas, y con -preferencia a aquellas que habían conocido al difunto, y mire usted -qué colección de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fíjese -usted: aquél no se ha lavado, da asco; ¿y esos desgraciados polacos?... -¡Ah, ah! ¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los veo por primera -vez. Dígame usted: ¿Por qué han venido? Ahí están como una ristra de -cebollas. ¡Eh!--gritó a uno de ellos--. ¿Ha tomado usted _blines_? Tome -usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere usted aguardiente? Mire, mire, -se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos -de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen -ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona--dijo -casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia Ivanovna--. Si por acaso roban -sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo. - -Después de esta satisfacción dada a sus sentimientos, volviéndose hacia -Raskolnikoff, dijo, burlándose y mostrando a la patrona: - ---¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra; ahí se está con la boca -abierta. Fíjese usted; es una verdadera lechuza; una lechuza con lazos -de colores. ¡Ja, ja, ja! - -La risa acabó con un acceso de tos que duró cinco minutos, se llevó -el pañuelo a los labios y después se lo enseñó silenciosamente a -Raskolnikoff: estaba manchado de sangre. Gotas de sudor perlaban su -frente; sus pómulos se coloreaban de rojo, y cada vez respiraba con -mayor dificultad; sin embargo, continuó hablando en voz baja con -animación extraordinaria. - ---Le habían confiado el encargo muy delicado, es verdad, de invitar a -esa señora y a su hija. Ya sabe usted a quienes me refiero. Era preciso -proceder en esto con bastante tacto... Pues bien, se ha arreglado de -modo que esa imbécil forastera, esa provinciana, que ha venido aquí a -solicitar una pensión como viuda de un mayor, y que, de la mañana a la -noche, anda recorriendo las Cancillerías con dos dedos de colorete en -la cara, y eso que tiene cincuenta años muy corridos... esa remilgada -ha rehusado mi invitación, sin excusarse siquiera, como la más vulgar -cortesía exige en un caso como éste. No acierto a explicarme cómo es -que no haya venido tampoco Pedro Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia? -¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te habías metido, Sonia? Es -extraño que en un día como éste hayas sido tan poco exacta. Rodión -Romanovitch, déjela usted colocarse a su lado, ése es tu sitio, Sonia; -toma lo que quieras. Te recomiendo el _kabial_, está bueno. Ahora te -traerán las _blines_. ¿No se ha dado de ellas a los niños? Que no se -os olvide, Poletchka. Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú, Kolia, -deja quietecitas las piernas. Eso es; así debe de estar un niño bien -educado. ¿Y qué me cuentas, Sonetchka? - -Sonia se apresuró a decir a su madrastra las excusas de Pedro -Petrovitch, esforzándose en hablar alto para que todos pudieran -oírle. No contenta con reproducir las fórmulas corteses de que -Ludjin se había servido, procuró por su parte amplificarlas. Pedro -Petrovitch--añadió--le había encargado decir a Catalina Ivanovna que -vendría tan pronto como le fuese posible, para hablar de _negocios_ y -entenderse con ella acerca de la marcha que debía seguir ulteriormente, -etcétera, etc. - -Sonia sabía que con esto tranquilizaría a su madrastra, y, sobre -todo, que halagaría su amor propio. La joven se sentó al lado de -Raskolnikoff, a quien saludó apresuradamente echándole una rápida y -curiosa mirada; pero durante el resto de la comida evitó mirarle y aun -dirigirle la palabra. Parecía distraída, aunque tenía los ojos fijos -en el rostro de Catalina Ivanovna para adivinar sus deseos. Después de -haber escuchado con complacencia el relato de Sonia, la viuda preguntó -con aire de importancia por la salud de Pedro Petrovitch; en seguida, -sin inquietarse demasiado de que pudieran oírla los invitados, hizo -observar a Raskolnikoff que un hombre tan respetable y distinguido -hubiese estado fuera de su centro en semejante reunión. Se explicaba -que no hubiese venido, a pesar de las antiguas relaciones que le unían -a su familia. - ---He aquí por qué, Rodión Romanovitch, agradezco tanto que no haya -usted desdeñado mi hospitalidad; por lo demás--añadió--, convencida -estoy de que solamente la amistad de usted con mi pobre difunto es lo -que ha decidido a cumplirme su palabra. - -Raskolnikoff escuchaba en silencio. Se encontraba a disgusto. -Unicamente por cortesía y consideración a Catalina Ivanovna probaba la -comida, que la propia viuda le acercaba a la boca. - -El joven tenía los ojos fijos en Sonia. Esta, cada vez más pensativa, -seguía con inquietud los progresos de la exasperación de su madrastra, -que había comenzado a burlarse de sus huéspedes, presintiendo que la -comida acabaría mal, porque, entre otras cosas, Sonia sabía que era -ella la causa principal de que las dos provincianas hubieran rehusado -la invitación. Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando fué a invitar -a las dos señoras, la madre, muy resentida, había exclamado que cómo -podría permitir ella que su hija se sentase al lado de aquella... -_señorita_. Sospechaba la joven que su madrastra tenía ya noticia -de aquel insulto. Esta injuria a Sonia era para Catalina Ivanovna -peor que una afrenta hecha a ella, a sus hijos, o a la memoria de su -padre; era un mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina Ivanovna -sólo le importaba en aquel momento probar a aquellas imbéciles que -ambas eran... Precisamente un convidado, sentado en el otro extremo -de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos corazones de migas de pan -atravesados por una flecha. Catalina Ivanovna declaró en seguida, con -voz sonora, que el autor de aquella burla era, de seguro, un «asno -borracho». - -Acto seguido anunció su propósito de retirarse en cuanto hubiera -obtenido una pensión, a fundar en T***, su ciudad natal, una casa de -educación para hijas de nobles. De repente mostró aquel certificado -del cual había hablado Marmeladoff cuando su encuentro con Rodia en -la taberna. En las circunstancias presentes, tal documento debía -establecer el derecho de Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; pero -lo había sacado con objeto de confundir a las dos «presumidas», y si -éstas hubiesen aceptado su invitación, les hubiera demostrado con -pruebas convincentes, que «la hija de un coronel, la descendiente de -una familia noble y aristocrática, valía mucho más que las buscadoras -de aventuras, cuyo número aumenta cada día». El certificado dió pronto -la vuelta en derredor de la mesa; los convidados, ya a medios pelos, -se lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna se opusiese -a ello, porque aquel papel la designaba, con todas sus letras, como -hija de un consejero de Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, a -considerarse como hija de un coronel. - -Extendióse después la viuda en enumerar los encantos de la existencia -feliz y tranquila que se prometía pasar en T***. Buscaría el concurso -de los profesores del Gimnasio, entre los cuales se encontraba un -anciano respetable, el señor Mangot, que le había enseñado en otros -tiempos el francés; este señor no vacilaría en dar lecciones en su -pensionado, y sería módico en sus honorarios. Por último, anunció la -intención de llevarse a Sonia a T*** y de confiarle la dirección de su -establecimiento. Al oír estas palabras, uno de los comensales se echó a -reír. - -Catalina Ivanovna fingió no haberlo oído, pero levantando la voz -dijo que Sonia Semenovna poseía cuantas cualidades son menester para -secundarla en su tarea. Después de haber elogiado la dulzura de la -joven, su paciencia, su abnegación, su cultura intelectual y su nobleza -de sentimientos, le dió suavemente unos golpecitos en la mejilla y la -besó dos veces seguidas con efusión. Sonia se ruborizó, y Catalina -Ivanovna prorrumpió en llanto. - ---Tengo los nervios muy excitados--dijo como para excusarse--y estoy -muy fatigada. La comida ha acabado, se va a servir el te. - -Amalia Ivanovna, muy contrariada por no haber podido meter baza en la -conversación precedente, eligió aquel momento para aventurar una nueva -tentativa, e hizo observar muy juiciosamente a la futura directora -de un pensionado, que «debería conceder mucha atención a la ropa -interior de las pensionistas e impedir que leyeran novelas durante -la noche». El cansancio y la irritación hacían a Catalina Ivanovna -poco tolerante; así es que tomó muy a mal aquellos sabios consejos; a -creerla a ella, la patrona no entendía una palabra de lo que estaba -hablando. «En un pensionado de señoritas nobles, el cuidado de la ropa -blanca correspondía a la mujer encargada de ese servicio, y no a la -directora del establecimiento. En cuanto a la observación relativa a la -lectura de las novelas, era sencillamente una inconveniencia.» Catalina -Ivanovna suplicaba a la patrona que callase. - -En lugar de acceder a esta súplica, Amalia Ivanovna respondió con -acritud que «no había hablado más que por su bien»; que había tenido -siempre las mejores intenciones, y que, desde hacía largo tiempo, -Catalina Ivanovna no le pagaba un kopek. - ---¡Miente usted hablando de buenas intenciones!--replicó la viuda--. -Ayer, sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba de cuerpo presente, -vino usted a armar un escándalo a propósito de mis atrasos, y por causa -suya no han venido ciertas señoras... - -Al oír esto la patrona observó con mucha lógica que ella «había -invitado a aquellas señoras, pero no habían venido porque eran nobles -y no podían ir a casa de una señora que no lo era». A lo cual su -interlocutora contestó «que una cocinera no tenía criterio para juzgar -de la verdadera nobleza». - -Herida Amalia Ivanovna en lo vivo replicó «que su _vater_[17] era un -hombre muy importante en Berlín que se paseaba constantemente con -las manos en los bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para dar una -idea más exacta de su _vater_, la señora Lippevechzel se levantó, se -metió las manos en los bolsillos e inflando los carrillos se puso a -imitar el ruido de un fuelle de fragua. Aquello provocó una carcajada -general entre los inquilinos que, con la esperanza de una batalla -entre las dos mujeres, se complacían en azuzar a Amalia Ivanovna. La -viuda de Marmeladoff, no pudiendo contenerse más, declaró en voz muy -alta que «Amalia Ivanovna quizá no había tenido nunca _vater_, que era -sencillamente una finlandesa de San Petersburgo, que había debido ser -en otro tiempo cocinera, o tal vez algo más bajo». Respuesta furiosa -de la patrona: «Acaso era Catalina Ivanovna la que no había tenido -_vater_. En cuanto a ella, su padre era un berlinés que usaba levitas -muy largas y que hacía constantemente ¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna -respondió con tono despreciativo que «su nacimiento era conocido de -todo el mundo, y que aquel mismo certificado honorífico en caracteres -impresos, la designaba como hija de un coronel, y que, en cambio, -Amalia Ivanovna (en el supuesto de que hubiese tenido padre conocido), -debía ser hija de algún vendedor de leche finlandés; pero, según todas -las apariencias, era hospiciana, puesto que no sabía aún cuál era su -nombre patronímico, si se llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludvigovna». -La patrona, fuera de sí, gritó, dando puñetazos sobre la mesa, «que -ella era Ivanovna y no Ludvigovna; que su padre se llamaba Juan, y -que había sido alcalde, cosa que no fué nunca el padre de Catalina -Ivanovna». Al oír tales palabras se levantó ésta, y con voz tranquila, -desmentida por la palidez de su rostro y por la agitación de su pecho, -dijo: - - [17] Padre, en alemán. - ---Si usted se atreve otra vez a poner en parangón a su miserable -_vater_ con mi padre, le arranco el gorro y lo pisoteo. - -Amalia Ivanovna, ante su amenaza, empezó a correr por la habitación, -gritando con todas sus fuerzas que ella era la propietaria y que -Catalina Ivanovna se marcharía de su casa al instante. Después se -apresuró a recoger los cubiertos de plata que estaban sobre la mesa. A -esto siguió una confusión y un barullo indescriptible; los chiquillos -se echaron a llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra para impedir que -hiciese un disparate, pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado en alta -voz una alusión a la _cartilla amarilla_, Catalina Ivanovna rechazó a -la joven y se fué derecha a la patrona, decidida a arrancarle el moño. - -Mas en aquel momento se abrió la puerta y apareció Pedro Petrovitch -Ludjin. - -El funcionario dirigió una mirada severa a todos los presentes y -Catalina Ivanovna corrió hacia él. - - -III - ---¡Pedro Petrovitch!--gritó--. ¡Protéjame usted! Haga comprender a -esta imbécil que no tiene derecho para hablar así a una señora noble -y desgraciada; que eso no está permitido. Me quejaré al gobernador -general... y esa mujer tendrá que responder ante él de lo que ha dicho. -En nombre de la hospitalidad que usted recibió de mi padre, venga en -ayuda de mis huérfanos. - ---Permítame usted, señora... permítame usted--dijo Pedro Petrovitch -apartando con un ademán a la solicitante--. Como usted sabe muy bien, -no he tenido el honor de conocer a su padre... Permítame usted, señora -(uno de los comensales se echó a reír ruidosamente); no pienso tomar -parte en las continuas reyertas de usted con Amalia Ivanovna... -Vengo aquí por un asunto personal... Deseo tener inmediatamente una -explicación con su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... ¿no es ése -su nombre? Permítame usted que entre... - -Y apartándose de Catalina Ivanovna, Pedro Petrovitch se dirigió al -rincón de la sala en que se encontraba Sonia. - -La viuda se quedó como clavada en su sitio. No podía comprender que -Pedro Petrovitch negase haber sido huésped de su padre. Aquella -hospitalidad, que no existía más que en su imaginación, se había -convertido para ella en artículo de fe. Lo que principalmente la -impresionó, fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador de Ludjin. -Al aparecer este último se restableció el silencio poco a poco. El -pulcro y severo traje del hombre de leyes formaba contraste con la -sordidez de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna. Cada uno de ellos -se daba cuenta de que sólo un motivo de gravedad excepcional podía -explicar la presencia de aquel personaje en semejante sitio; todos, -pues, esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, que estaba sentado al -lado de Sonia, se levantó para dejar acercarse a Pedro Petrovitch, y -éste pareció no reparar en el joven. - -Un instante después apareció Lebeziatnikoff; pero en lugar de entrar -en la habitación permaneció en el umbral escuchando con curiosidad sin -acertar a comprender al pronto de qué se trataba. - ---Perdónenme ustedes que turbe su reunión; pero me veo obligado a -ello por un asunto de bastante importancia--dijo Pedro Petrovitch sin -dirigirse a nadie en particular--; en cuanto a mí, me agrada poder -explicarme delante de una reunión numerosa. Amalia Ivanovna, ruego -a usted que, como propietaria de esta casa, preste atención a la -conferencia que voy a celebrar con Sonia Semenovna. - -Después, dirigiéndose a la joven que estaba extremadamente pálida y -bastante sorprendida, añadió: - ---Sonia Semenovna, inmediatamente después de la visita de usted, he -echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que había sobre una -mesa de la habitación de mi amigo Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff. -Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted, -en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este -asunto no tendrá consecuencias; en caso contrario, me veré obligado a -recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendrá usted que echar -la culpa a nadie sino a sí misma. - -Un profundo silencio siguió a estas palabras. Hasta los niños cesaron -de llorar. Sonia, mortalmente pálida, miraba a Ludjin sin acertar -a responder. Parecía no haber comprendido aún. Así pasaron algunos -segundos. - ---Vamos, ¿qué responde usted?--preguntó Pedro Petrovitch, mirando -atentamente a la joven. - ---Yo no sé... no sé nada--dijo al cabo con voz débil. - ---¿No? ¿Usted no sabe nada?--preguntó Ludjin, y dejó pasar nuevamente -algunos segundos. - -En seguida añadió con tono severo: - ---Piense usted en lo que le digo, señorita; reflexione usted; quiero -darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi -afirmación, me guardaría muy mucho de lanzar contra usted una acusación -tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme -a una querella por difamación. Esta mañana he ido a negociar unos -títulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta -en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrés Semenovitch -es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he -guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la -levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de -Banco, entre los cuales había tres de cien rublos cada uno. Entonces -fué cuando, a invitación mía, vino usted a nuestro cuarto, y durante -todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente -agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando -nuestra conversación no había terminado aún. Andrés Semenovitch puede -dar fe de todo esto. - -»Usted no negará, así por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por -Andrés Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situación -desgraciada de su madrastra (a cuya casa no podía venir yo a comer), -y de la forma de socorrerla por medio de subscripción, lotería, o -cosa parecida. Usted me dió las gracias con las lágrimas en los ojos. -(Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado -ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa -un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer -recurso para su madrastra. Andrés Semenovitch lo ha visto todo. Después -la he acompañado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma -agitación que antes. - -»Cuando usted salió del cuarto, he estado hablando durante diez -minutos, aproximadamente, con Andrés Semenovitch. Por último él se -marchó y yo me acerqué a la mesa para guardar el resto del dinero, -viendo entonces, con gran sorpresa, que me faltaba un billete de -cien rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo sospechar de Andrés -Semenovitch, ni siquiera concebir semejante idea. No puedo tampoco -engañarme en mis cuentas, porque, un momento antes de que usted -entrara, acababa de comprobarlas. Comprenderá usted que acordándome -de su agitación, de su prontitud en salir y de que tuvo usted durante -algún tiempo las manos sobre la mesa, y considerando, finalmente, la -posición social de usted, he debido, a despecho de mi propia voluntad, -dar acogida a una sospecha, cruel, sin duda, pero legítima. - -»Por convencido que me halle de la culpabilidad de usted, repito que sé -a lo que me expongo dirigiéndole esta acusación. Sin embargo, no vacilo -en formularla, sobre todo, señorita, por su negra ingratitud. ¿Cómo? La -mando llamar a usted porque me intereso por su infortunada madrastra y -por sus hermanitos; le doy un billete de diez rublos ¡y me recompensa -usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está bien! Le hace falta una lección -que le sirva de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione usted; se lo -propongo amistosamente, porque en este momento es lo mejor que puedo -hacer en su favor. De lo contrario, seré inflexible. Vamos, confiese -usted.» - ---Yo nada he tomado--murmuró Sonia espantada--; usted me ha dado diez -rublos; aquí están, tómelos, se los devuelvo. - -La joven sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo, tomó el billete -de diez rublos, que estaba allí guardado, y se lo alargó a Ludjin. - ---¿De modo que insiste usted en negar el robo de esos cien -rublos?--dijo en tono de reproche Ludjin, sin tomar el billete. - -Sonia dirigió una mirada en torno suyo, y en todos los rostros de las -personas que la rodeaban sorprendió una expresión severa, irritada o -burlona. La joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie, apoyado contra la -pared, tenía los brazos cruzados y sus ojos llameantes fijos en ella. - ---¡Señor, señor!--gimió la muchacha. - ---Amalia Ivanovna, será menester llamar a la policía; por lo tanto, -suplico a usted humildemente que haga subir al _dvornik_--dijo Ludjin -con voz dulce y hasta cariñosa. - ---_Gott der barmherzig!_ ¡Bien sabía yo que ésta era una -ladrona!--exclamó la señora Lippevechzel palmoteando. - ---¿Usted lo sabía?--repuso Pedro Petrovitch--; eso quiere decir -que ya ciertos hechos anteriores autorizan a usted a deducir esta -consecuencia. Suplico a usted, dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide -las palabras que acaba de pronunciar. Por lo demás, hay testigos. - -En todos lados se hablaba ruidosamente. - ---¿Cómo?--exclamó Catalina Ivanovna, saliendo de repente de su estupor, -y con rápido movimiento se precipitó hacia Ludjin--. ¿Cómo? ¿La acusa -usted de robo? ¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde! - -Después se aproximó vivamente a la joven y la estrechó entre sus brazos -descarnados. - ---¿Cómo, Sonia, has podido aceptar diez rublos de él? ¡Oh, tonta! -¡Dámelos! ¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así! - -Catalina tomó el billete de manos de Sonia, lo arrugó entre sus dedos -y se lo tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho una pelota, alcanzó a -Pedro Petrovitch y rodó en seguida por el suelo. Amalia Ivanovna se -apresuró a levantarlo. El hombre de negocios se incomodó. - ---Contengan ustedes a esa loca. - -En aquel momento acudieron muchas personas, que se colocaron en el -umbral, al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban las dos señoras -provincianas. - ---¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?--vociferó Catalina -Ivanovna--. ¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de negocios, un -hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona? -¡Pero si ella te daría más que vale ese dinero, imbécil!--y la viuda -rompió a reír de un modo nervioso--. ¿Han visto ustedes a este -imbécil?--añadió, yendo de uno a otro inquilino y mostrando a Ludjin a -cada uno de ellos. - -De repente vió a Amalia Ivanovna, y su cólera no tuvo límites. - ---¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú también, infame prusiana, dices -que Sonia es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible? ¡Si no ha salido -de la habitación! Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a la mesa -con nosotros; todos la han visto al lado de Rodión Romanovitch... -registradla. Puesto que no ha ido a ninguna parte, tendrá el dinero -encima. ¡Busca, busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, querido, -tendrás que responder de tu conducta! ¡Me quejaré al emperador, al zar -misericordioso! ¡Hoy mismo iré a arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana; -me dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá? ¡Te engañas! Obtendré una -audiencia. ¿Porque Sonia es tan dulce pensabas que no tenías nada que -temer? Tú contabas con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si ella es tímida, -yo, amigo mío, yo no tengo miedo a nada, y así tus cálculos caen por -tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate! - -Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba a Ludjin por un brazo y le -empujaba hacia donde estaba Sonia. - ---Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... pero, tranquilícese usted, -señora, cálmese usted--balbuceaba el funcionario.--Ya veo que no tiene -usted miedo. Esto debería hacerse en la oficina de policía. Por lo -demás, hay aquí un número más que suficiente de testigos... Sí, yo -estoy pronto... no obstante, es muy delicado para un hombre... a causa -de su sexo... Si Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... Sin -embargo, no es así como se hacen estas cosas. - ---¡Hágala usted registrar por quien quiera!--gritó Catalina Ivanovna--. -Sonia, enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira, monstruo, ve cómo están -vacíos! ¡Aquí no hay más que un pañuelo; mira, nada más que un pañuelo, -puedes convencerte de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves? - -No contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, Catalina los volvió, -uno después del otro, de dentro afuera. Pero en el momento en que -ponía al descubierto el forro del bolsillo derecho, se escapó de él -un papelillo, que, describiendo una parábola en el aire, fué a caer a -los pies de Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron un grito. Pedro -Petrovitch se bajó, tomó el billete con los dedos y lo desplegó _coram -populo_. Era un billete de cien rublos, doblado en ocho partes. Pedro -Petrovitch lo enseñó a todos para que no existiese ninguna duda sobre -la culpabilidad de Sonia. - ---¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía, la policía!--aulló Amalia -Ivanovna--. ¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la calle! - -De todas partes brotaban exclamaciones. Raskolnikoff, silencioso, no -cesaba de mirar a Sonia más que para echar de vez en cuando una mirada -rápida sobre Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía más bien -atontada que sorprendida; de repente enrojeció y se cubrió el rostro -con las manos. - ---¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado nada! ¡Yo no sé nada!--gritó con -voz desgarradora y se precipitó hacia Catalina Ivanovna, que abrió los -brazos como un asilo inviolable para la desgraciada criatura. - ---¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo que no lo creo!--repetía Catalina -Ivanovna, rebelde a la evidencia. (Estas palabras iban acompañadas -de mil caricias; besaba a la joven, le tomaba las manos, la mecía -en sus brazos como a un niño.)--¡Tú haber robado nada! ¡pero qué -personas más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos, tontos!--gritaba a -los circunstantes--. ¡No sabéis lo que es esta criatura! ¡Robar ella! -¡Ella, que vendería su último vestido; ella, que iría descalza antes -que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais necesidad de ellos! -¡Así, así es...! ¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque mis hijos se -morían de hambre... se vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto; mi -pobre difunto! ¡Dios mío, Dios mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos, -en vez de estar impasibles! Usted, Rodión Romanovitch, ¿por qué no la -defiende? ¿Usted también la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos, no -valéis lo que el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela tú! - -Las lágrimas, las súplicas, la desesperación de la pobre Catalina -Ivanovna parecieron causar una gran impresión en el público. Aquel -rostro de tísica, aquellos labios secos, aquella voz ahogada, -expresaban un sentimiento tan doloroso, que era difícil no sentirse -conmovido ante tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió en seguida a -expresar los más dulces sentimientos. - ---¡Señora, señora!--dijo con solemnidad--. Este negocio no concierne a -usted en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla de culpabilidad; usted -misma es la que ha sacado los bolsillos y ha descubierto el objeto -robado; basta esto para demostrar la completa inocencia de usted. Estoy -dispuesto a mostrarme indulgente con un acto a que Sonia Semenovna ha -podido ser impulsada por la miseria. Pero, ¿por qué se niega usted a -confesar, señorita? ¿Teme la deshonra? ¿Era éste su primer hurto? ¿Lo -hizo usted trastornada? La cosa se comprende, se comprende muy bien; -vea usted, sin embargo, a lo que se exponía. Señores--dijo dirigiéndose -a todos los presentes, mudos por un sentimiento de piedad--: Estoy -pronto a perdonar, a pesar de las injurias que se me han dirigido. - -Después añadió: - ---Señorita, que la humillación de hoy le sirva a usted de lección para -el porvenir; no daré parte; las cosas no pasarán de aquí. - -Pedro Petrovitch dirigió una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos -se encontraron; los del joven despedían llamas. En cuanto a Catalina -Ivanovna, parecía no haber oído nada y continuaba abrazando a Sonia con -una especie de frenesí. A ejemplo de su madre, los niños estrechaban -entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba, -sollozaba a más no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de -Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclamó: - ---¡Qué villanía! - -Pedro Petrovitch se volvió vivamente. - ---¡Qué villanía!--repitió Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin. - -Este último se estremeció. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de -esta circunstancia). Lebeziatnikoff entró en la sala. - ---¿Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?--dijo aproximándose -a Pedro Petrovitch. - ---¿Qué significa esto? ¿De qué habla usted, Andrés -Semenovitch?--preguntó Ludjin. - ---Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted -explicado el sentido de mis palabra--replicó arrebatadamente -Lebeziatnikoff. - -Estaba extremadamente colérico y fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos -enfermizos, que tenían dura e indignada expresión. Raskolnikoff -escuchaba ansiosamente con la mirada fija en el rostro del joven -socialista. - -Hubo una pausa. En el primer momento, Pedro Petrovitch quedó casi -desconcertado. - ---¿Es a mí a quien...?--murmuró--. ¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en -su juicio? - ---Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un... mal hombre. ¡Ah! ¡Qué -infamia! Lo he oído todo, y si no he hablado antes, es porque quería -comprender bien; hay algunas cosas que... lo confieso, no me las -explico. Me gustaría saber por qué ha hecho usted esto. - ---¿Pero qué es lo que yo he hecho? ¿Acabará de hablar enigmáticamente? -¡Usted está borracho! - ---¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros está borracho, es usted. Yo jamás -bebo aguardiente, porque esto es contrario a mis principios. Figúrense -ustedes que es él, él mismo quien, con sus propias manos ha dejado el -billete de cien rublos a Sonia Semenovna; yo lo he visto; yo he sido -testigo de ello, y lo declararé bajo la fe de mi juramento. Es él, -él--repetía Lebeziatnikoff dirigiéndose a todos y a cada uno. - ---¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!--replicó violentamente -Ludjin--. Ella misma aquí, hace un momento, ha afirmado, en presencia -de usted y de todo el mundo, que no había recibido más que diez -rublos... ¿Cómo es, pues, posible que yo le haya dado más dinero? - ---Yo lo he visto--repitió con energía Andrés Semenovitch--; y aunque -esto pugna a mis principios, estoy dispuesto a prestar juramento -ante la justicia; le he visto a usted deslizar ese dinero con mucho -disimulo. Sólo que he sido tan tonto, que he creído que hablaba usted -por generosidad. Cuando usted le decía adiós en el umbral de la puerta -y le ofrecía usted la mano derecha, le introdujo disimuladamente en el -bolsillo el papel que tenía en la izquierda. Yo lo he visto, yo lo he -visto. - -Ludjin palideció. - ---¿Qué es lo que está usted mintiendo?--replicó insolentemente--. -Estando al lado de la ventana, ¿cómo podía usted ver eso del billete? -Vaya, como está usted mal de la vista, ha sido usted objeto de una -ilusión. - ---No, yo no he visto visiones. A pesar de la distancia, lo he visto -todo muy bien. Desde la ventana, en efecto, era difícil distinguir -el billete, en eso tiene usted razón; mas a causa de esa misma -circunstancia, sé que era precisamente un billete de cien rublos. -Cuando usted dió diez a Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la mesa -y vi a usted tomar al mismo tiempo un billete de cien rublos. No he -podido olvidar este detalle, porque en aquel momento se me ocurrió una -idea. Después de haber plegado el billete, lo guardó usted en el hueco -de la mano, y cuando se levantó se pasó el papel de la mano derecha a -la izquierda, y estuvo a punto de dejarlo caer. Me he acordado porque -se me ocurrió la misma idea, a saber: que usted quería obligar a Sonia -Semenovna sin que yo me enterara; pero no puede usted imaginarse con -qué atención he observado sus gestos y ademanes. Así es que he visto -meter el billete en el bolsillo de la joven. Lo he visto, lo he visto, -y lo repetiré donde sea necesario bajo la fe del juramento. - -Lebeziatnikoff estaba casi sofocado por la indignación. De todos lados -se entrecruzaban exclamaciones diversas. La mayor parte expresaban -estupor; pero algunas eran proferidas en son de amenaza. Todos rodearon -a Pedro Petrovitch. Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff. - ---¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le conocía a usted! ¡Usted la defiende; -solamente usted se pone de parte de ella! ¡Dios le envía a usted -en socorro de la huérfana! ¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo, -_batuchka_! - -Y Catalina Ivanovna, sin casi tener conciencia de lo que hacía, cayó de -rodillas delante del joven. - ---¡Esas son tonterías!--vociferó Ludjin arrebatado por la cólera--. -¡No dice usted más que necedades! «Yo he olvidado; me he acordado: me -acuerdo; me olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo que si fuera -verdad lo que usted dice, yo le habría deslizado a propósito esos cien -rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto? ¿Qué tengo yo de común con -esa...? - ---¿Por qué? Eso es lo que no comprendo; me limito a referir el hecho -tal como ha pasado, sin pretender explicarlo, y, dentro de esos -límites, garantizo su exactitud... Tampoco me engaño, malvado, así como -me acuerdo de haberme hecho esta misma pregunta en el momento en que -felicitaba a usted estrechándole la mano. Me preguntaba por qué razón -había usted hecho ese regalo en forma clandestina. Quizá, me dije, ha -querido ocultarme su buena acción, sabiendo que yo, en virtud de mis -principios, soy enemigo de la caridad privada y la considero como un -vano paliativo. He pensado después que trataba de dar una sorpresa a -Sonia Semenovna. Hay, en efecto, personas que se complacen en dar a -sus beneficios el sabor de lo imprevisto. En seguida se me ocurrió -otra idea: que la intención de usted era poner a prueba a la joven; -que usted quería saber si, cuando ella encontrara en el bolsillo -esos cien rublos, vendría a darle las gracias, o acaso quería usted -substraerse a su reconocimiento, siguiendo el precepto de que la mano -derecha debe ignorar... En una palabra, Dios sabe las suposiciones que -se me ocurrieron. La conducta de usted me preocupaba de tal modo, que -me proponía reflexionar más tarde sobre ella detenidamente. Además, -hubiera creído faltar a la delicadeza, dando a entender que conocía su -secreto. Pensando en estas cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna, -ignorando la generosidad de usted, podía perder el billete de Banco. -He aquí por qué me he decidido a venir: porque quería llamarla aparte -y decirle que le habían puesto cien rublos en el bolsillo; pero antes -he entrado en casa de las señoras Kobyliatnikoff, para entregarles un -_Tratado general sobre el método positivo_, y recomendarles el artículo -de Piderit (el de Vagner no carece de valor). Un momento después he -llegado aquí y he sido testigo de esta escena. Ahora bien: ¿es posible -que yo hubiera podido pensar en todo esto y hacerme todos estos -razonamientos, si no le hubiera visto a usted deslizar los cien rublos -en el bolsillo de Sonia Semenovna? - -Cuando Andrés Semenovitch terminó su discurso, no podía ya más y -tenía el rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso le costaba trabajo -expresarse convenientemente, aunque, por lo demás, no conocía ningún -otro idioma. Este esfuerzo oratorio le había agotado. Sus palabras -produjeron, sin embargo, extraordinario efecto. El acento de sinceridad -con que las había pronunciado llevó el convencimiento al alma de todos -los oyentes. Pedro Petrovitch comprendió que perdía terreno. - ---¡Qué me importan a mí las tonterías que se le han ocurrido a -usted!--exclamó--; eso no es una prueba. Ha podido usted soñar cuantas -necedades quiera. Le digo que miente. ¡Miente usted, y además me -calumnia para satisfacer sus rencores! La verdad es que usted me odia -porque me he puesto enfrente del radicalismo impío, de las doctrinas -antisociales que usted sostiene. - -Pero, lejos de redundar en favor de Pedro Petrovitch, provocó violentos -murmullos en su derredor. - ---¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre responder? No es muy fuerte su -argumento--replicó Lebeziatnikoff--. ¡Llame a la policía; prestaré mi -juramento! Una sola cosa queda obscura para mí: el motivo que le ha -impulsado a cometer una acción tan baja. ¡Oh miserable, cobarde! - -Raskolnikoff avanzó, separándose del grupo. - ---Yo puedo explicar su conducta, y si es menester, también prestaré -juramento--dijo con voz firme. - -A primera vista, la tranquila seguridad del joven probó al público -que conocía a fondo el asunto, y que aquel embrollo estaba a punto de -llegar a su desenlace. - ---Ahora lo comprendo todo--prosiguió Raskolnikoff dirigiéndose a -Lebeziatnikoff--. Desde el principio de este accidente había sospechado -detrás de esto alguna innoble intriga. Se fundaban mis sospechas en -ciertas circunstancias solamente de mí conocidas, y que voy a revelar, -porque presentan las cosas en su verdadero aspecto. Usted, Andrés -Semenovitch, ha iluminado perfectamente mi espíritu; suplico a ustedes -que me escuchen. Ese señor--continuó, designando con un gesto a Pedro -Petrovitch--, ha pedido recientemente la mano de mi hermana Advocia -Romanovna Raskolnikoff. Llegado hace poco a San Petersburgo, vino -a verme anteayer; pero ya en nuestra primera entrevista tuvimos un -choque y le eché a la calle, como pueden declarar dos personas que -estaban presentes. Ese hombre es muy malo... Anteayer ignoraba yo que -viviese con usted, Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia, -anteayer, es decir, el día mismo de nuestra cuestión, se encontró -presente aquí en el momento en que, como amigo del difunto Marmeladoff, -le di un poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna para atender a -los gastos de los funerales de su marido. Inmediatamente escribió a mi -madre diciéndole que yo había dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna, -sino a Sonia Semenovna, calificando al mismo tiempo a esa joven con -los más ultrajantes adjetivos y dando a entender que yo tenía con -ella relaciones íntimas. Su objeto, como comprenderán ustedes, era -enemistarme con mi familia, insinuándole que yo gasto en disipaciones -el dinero de que ella se priva para atender a mis necesidades. Ayer -noche, en una entrevista con mi madre y mi hermana, entrevista a la -cual asistía él, he restablecido la verdad de los hechos que este -señor había desnaturalizado. «El dinero--dije--se lo di a Catalina -Ivanovna para pagar el entierro de su marido, y no a Sonia Semenovna -a quien aquel día había hablado por primera vez.» Furioso al ver que -sus calumnias no obtenían el resultado apetecido, insultó groseramente -a mi madre y a mi hermana. Siguióse un rompimiento definitivo y se le -echó a la calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen ustedes ahora y -comprenderán qué interés le guiaba, en las circunstancias presentes, -a inculpar a Sonia Semenovna si lograba hacer pasar a esta joven -por ladrona, y resultaba culpable a los ojos de mi madre y de mi -hermana, puesto que no tenía temor en comprometer a ésta poniéndola en -relaciones con una ladrona; él, por el contrario, al atacarme a mí, -salía a la defensa de mi hermana, su futura esposa. En una palabra, -éste era para él un medio de enemistarme con los míos y de congraciarse -con ellos. Con el mismo golpe se vengaba también de mí, pensando que me -intereso vivamente por el honor y la tranquilidad de Sonia Semenovna. -Tal es el cálculo que ha hecho, y de este modo es como me explico yo su -conducta. - -Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente interrumpido por -las exclamaciones del público, que no perdía una sola frase. Pero, a -despecho de las interrupciones, su palabra conservó hasta el fin una -calma, una seguridad y una claridad imperturbables. Su voz vibrante, -su acento convencido y su rostro severo, conmovieron profundamente al -auditorio. - ---Sí, sí; eso es--se apresuró a reconocer Lebeziatnikoff--, debe usted -tener razón, porque en el momento mismo en que entró Sonia Semenovna en -nuestro cuarto, me preguntó si había visto a usted y si estaba entre -los convidados de su madrastra, llevándome aparte para preguntármelo en -voz baja. Tenía, pues, necesidad de que estuviese usted aquí. Sí, eso -es. - -Ludjin, mortalmente pálido, permanecía silencioso y sonreía con aire -despreciativo. Parecía buscar un medio de salir airosamente de aquel -trance. Quizá de buena gana hubiera hurtado el cuerpo en seguida; pero -en aquel momento la retirada era casi imposible: irse equivalía a -reconocer implícitamente las acusaciones que se le dirigían y confesar -que había calumniado a Sonia Semenovna. - -Por otra parte, la actitud de los circunstantes no era nada -tranquilizadora. La mayoría de ellos estaban borrachos. Esta escena -atrajo a la habitación un número considerable de inquilinos que no -habían comido en casa de la viuda. Los polacos, muy excitados, no -cesaban de proferir en sus lenguas mil amenazas contra Pedro Petrovitch. - -Sonia escuchaba atentamente, pero no daba señales de haber recobrado -su presencia de ánimo; parecía que acababa de volver de un desmayo. No -apartaba los ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que en él estaba todo -su apoyo. Catalina Ivanovna sufría atrozmente: cada vez que respiraba -se escapaba de su pecho un ronco sonido. - -La figura más estúpida era la de Amalia Ivanovna, que tenía aspecto de -no comprender nada, y con la boca abierta miraba como alelada. Tan sólo -veía que Pedro Petrovitch estaba metido en grave aprieto. Raskolnikoff -quiso tomar de nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar a ello a causa -de que la gritería no hubiera permitido que le oyeran. De todas partes -llovían injurias y amenazas sobre Ludjin, en derredor del cual se -había formado un corro tan hostil como compacto. El hombre de negocios -sacó fuerzas de flaqueza, y haciéndose cargo de que la partida estaba -definitivamente perdida, buscó recursos en la osadía. - ---Permítanme ustedes, señores, permítanme ustedes, no me cerquen -de este modo; déjenme pasar--dijo, tratando de abrirse paso al -través del grupo que le rodeaba--. Aseguro a ustedes que es inútil -tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca -cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que -encubren un delito. El robo está más que probado, y yo presentaré -la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores. -Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarán el -testimonio de dos impíos, de dos revolucionarios declarados que me -acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la -necedad de afirmar. Sí, permítanme ustedes. - ---No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi -cuarto; todo ha acabado entre nosotros--dijo Lebeziatnikoff--. ¡Cuando -pienso que desde hace quince días vengo sudando sangre y agua para -exponerle...! - ---Antes de ahora, Andrés Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi -partida, precisamente cuando hacía usted instancias para retenerme; -ahora me limito a decirle que es usted un imbécil. Le deseo que se cure -de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, señores. - -Logró abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las -injurias no eran castigo suficiente, tomó un vaso de la mesa y lo -lanzó con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el -proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles. - -Al lanzar el vaso, el agresor perdió el equilibrio y cayó pesadamente -bajo la mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora -después dejó la casa. - -Naturalmente tímida, Sonia sabía ya antes de esta aventura que su -situación la exponía a todo género de ataques, y que cualquiera podía -ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces había esperado -desarmar la malevolencia de los demás, a fuerza de circunspección, de -humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusión se -disipaba. Tenía, sin duda, bastante paciencia para sufrir aún esto con -resignación y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepción era -demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia, -y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo -ocurrido se le oprimió dolorosamente el corazón ante el pensamiento -de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis -nerviosa, y, no pudiendo contenerse más, salió apresuradamente de la -sala y echó a correr a su casa. Su partida fué poco después de la de -Ludjin. - -El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero -la patrona tomó muy a mal la cosa y revolvió su cólera contra Catalina -Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, había tenido que echarse -en su cama. - ---¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! ¡A la calle! - -Mientras pronunciaba estas palabras con voz irritada, la señora -Lippevechzel tomaba todos los objetos pertenecientes a su inquilina -y los arrojaba en un montón en medio de la sala. Quebrantada, casi -desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna saltó de la cama y se lanzó -sobre la patrona. Pero la lucha era demasiado desigual, y a Amalia -Ivanovna no le costó gran trabajo rechazar este asalto. - ---¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado a Sonia, y esta mujer se -revuelve ahora contra mí? ¿El día en que han enterrado a mi marido me -expulsa; después de haber recibido mi hospitalidad, me arroja a la -calle con mis hijos? Pero, ¿a dónde voy a ir yo?--sollozaba la infeliz -mujer--. ¡Señor!--exclamó de repente con los ojos centelleantes--. ¿Es -posible que no haya justicia? ¿A quién defenderás Tú, Dios mío, si no -nos defiendes a nosotras, pobres huérfanas? Pero ya veremos. Jueces -y tribunales hay en la tierra; recurriré a ellos; espere un poco, -criatura mía. Poletchka, quédate con los niños; yo volveré pronto. Si -os echan, esperadme en la calle. ¡Veremos si hay justicia en la tierra! - -Catalina Ivanovna se puso en la cabeza aquel mismo pañuelo verde de que -habló Marmeladoff en la taberna, y después, hendiendo la multitud ebria -y ruidosa de los inquilinos, que continuaban llenando la sala, con el -rostro inundado de lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase lo -que costase, a buscar justicia en cualquier parte. - -Poletchka, espantada, estrechó entre sus brazos a su hermano y a su -hermana, y los tres niños, acurrucados en el rincón inmediato al -cofre, esperaron temblando la vuelta de su madre. - -Amalia Ivanovna, semejante a una furia, iba y venía por la habitación -aullando de rabia y arrojando al suelo cuanto le venía a las manos. - -Entre los inquilinos, unos comentaban el acontecimiento, otros -disputaban, algunos entonaban canciones... - -«Ya es tiempo de que me vaya--pensó Raskolnikoff--. Veremos, Sonia -Semenovna, qué es lo que piensas ahora.» - -Y se encaminó a casa de la joven. - - -IV - -Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones y disgustos, había -defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin. -Aparte del interés que le inspiraba la joven, había aprovechado con -gusto, después de los tormentos de por la mañana, la impresión de -sacudir impresiones que se le hacían insoportables. Por otro lado, -su próxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por -momentos. Tenía que revelarle que había matado a Isabel, y presintiendo -todo lo que esta confesión tendría de penosa, se esforzaba por apartar -de ella el pensamiento. - -Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, había exclamado: -«Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», era el combatiente -animado por la lucha, excitado aún por su victoria sobre Ludjin, el que -había pronunciado aquella frase de desafío; pero, cosa singular, cuando -llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandonó de repente, -dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se -preguntó: «¿Será preciso decir que he matado a Isabel?» La pregunta -era extraña, porque en el momento en que él se la hacía comprendía la -imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesión, sino aun la de -diferirla un minuto. - -No sabía por qué era imposible; únicamente lo sentía y estaba como -aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la -necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresuró a abrir la -puerta, y antes de franquear el umbral miró a Sonia. La joven estaba -sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre -las manos. Al ver a Raskolnikoff se levantó en seguida y fué a su -encuentro, como si lo hubiese esperado. - ---¿Qué habría sido de mí sin usted?--dijo vivamente, en tanto que le -hacía pasar a la sala. - -Parecía que entonces no pensaba más que en el servicio que le había -prestado el joven, y tenía prisa de darle las gracias. Después esperó. - -Raskolnikoff se aproximó a la mesa y se sentó en la silla que la -joven acababa de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos pasos de él, -exactamente como el día anterior. - ---Habrá usted observado--dijo advirtiendo que le temblaba la voz--que -la acusación no tenía otro fundamento que la posición social de usted y -las costumbres que ella implica. ¿Lo ha comprendido usted así? - -El rostro de Sonia se ensombreció. - ---No me hable usted como ayer, le suplico que no vuelva a empezar. He -sufrido ya bastante... - -Se apresuró a sonreír, temiendo que el reproche ofendiese al visitante. - ---Hace un momento he venido a casa como una loca. ¿Qué pasa allí ahora? -Yo quería volver, pero suponía que vendría usted. - -Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna acababa de echar de casa a -los Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna había ido a buscar justicia a -cualquier parte. - ---¡Ah, Dios mío!--exclamó Sonia--. ¡Vamos en seguida!--y tomó -apresuradamente su manteleta. - ---¡Siempre lo mismo!--replicó Raskolnikoff contrariado--. Usted no -piensa más que en ellos. Quédese usted un momento conmigo. - ---Pero... Catalina Ivanovna... - ---Catalina Ivanovna vendrá aquí, no tenga usted duda--respondió con -tono de enfado el joven--. Culpa de usted será si no la encuentra. - -Sentóse Sonia, presa de cruel perplejidad. Raskolnikoff, con los ojos -bajos, reflexionaba. - ---Hoy Ludjin quería, simplemente, desacreditarla a usted; lo -concedo--dijo sin mirar a Sonia--; sí, le hubiera convenido meterla a -usted en la cárcel, y si no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff y yo, -lo habría hecho. ¿No es así? - ---Sí--dijo la joven con voz débil--. Sí--repitió maquinalmente, -distraída de la conversación a causa de la inquietud que experimentaba. - ---Podía, en efecto, no haber estado yo allí, y si Lebeziatnikoff se -encontró fué por casualidad. - -Sonia guardó silencio. - ---Si la hubieran llevado a usted a la cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se -acuerda usted de lo que dije ayer? - -Sonia continuó callada, y el joven esperó un momento su respuesta. - ---Pensaba que iba usted a exclamar: «¡Ah, no hable usted de eso! -¡No siga usted!»--repuso Raskolnikoff con risa un poco forzada--. -Vamos, ¿no dice usted nada?--preguntó al cabo de un minuto--. Será -preciso que sostenga yo solo la conversación. Ahí tiene usted; -tendría curiosidad por saber cómo resolvería usted una «cuestión», -según dice Lebeziatnikoff (comenzaba a ser visible su turbación). No; -hablo seriamente. Suponga usted, Sonia, que estuviese enterada de -antemano de todos los proyectos de Ludjin; que usted supiese que estos -proyectos iban encaminados a asegurar la pérdida de Catalina Ivanovna -y de sus hijos, sin contar la de usted (porque usted no hace caso de -sí misma para nada). Suponga usted, por consiguiente, que Poletchka -fuese condenada a una existencia como la de usted; siendo esto así, si -dependiese de usted hacer que pereciese Ludjin, o lo que es lo mismo, -salvar a Catalina Ivanovna y su familia, o dejar vivo a Ludjin para que -cumpliese sus infames designios; contésteme, ¿por cuál de las dos cosas -se decidiría usted? - -Sonia le miró con inquietud; bajo estas palabras pronunciadas con voz -vacilante, adivinaba algún pensamiento recóndito. - ---¿Podría yo esperarme alguna pregunta por el estilo?--dijo la joven -interrogándole con los ojos. - ---Es posible; pero conteste: ¿por quién se decidiría usted? - ---¿Qué interés tiene usted en saber lo que haría en un caso que no -puede presentarse?--exclamó Sonia con repugnancia. - ---¿De modo que dejaría vivir a Ludjin y que cometiese tales infamias? -No tiene usted valor para decirlo con franqueza. - ---No conozco los secretos de la divina Providencia... ¿por qué me -pregunta usted lo que haría en un caso imposible? ¿A qué vienen esas -vanas preguntas? ¿Cómo la existencia de un hombre puede depender de mi -voluntad? ¿Quién me erige a mí árbitro de la vida y la muerte de las -personas? - ---En el momento en que se hace intervenir a la divina Providencia, no -hay más que hablar--replicó con tono agrio Raskolnikoff. - ---¡Dígame usted lo que tenga que decirme!--exclamó Sonia angustiada--. -¿Otra vez con palabras encubiertas?... ¿Ha venido usted sólo a -atormentarme? - -No pudo contenerse y se puso a llorar. Durante cinco minutos el joven -la contempló con expresión sombría. - ---Tienes razón, Sonia--dijo en voz baja. - -Se había operado en él un brusco cambio; su fingida serenidad, el tono -áspero que afectaba hacía un momento, había desaparecido de pronto. -Ahora, apenas se le oía. - ---Te dije ayer que no vendría a pedir perdón, y casi con excusas he -comenzado mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me acusaba, Sonia. - -Quiso sonreír; pero, por más que hizo, su fisonomía permaneció triste. -Bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. De repente creyó -advertir que detestaba a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por tan -extraño descubrimiento, levantó súbitamente la cabeza y contempló de -hito en hito a la joven. Esta fijaba en él una mirada ansiosa, en la -cual había amor. El odio desapareció instantáneamente del corazón de -Raskolnikoff. No era eso, habíase engañado sobre la naturaleza de sus -sentimientos; aquello sólo significaba que había llegado el minuto -fatal. - -De nuevo ocultó su rostro entre las manos y bajó la cabeza; palideció, -se levantó, y después de haber mirado a Sonia, fué maquinalmente a -sentarse en el lecho sin proferir palabra. - -La impresión de Raskolnikoff era entonces exactamente la misma que -había experimentado en pie, detrás de la vieja, cuando había sacado el -hacha del nudo corredizo, diciendo: «No hay un instante que perder». - ---¿Qué tiene usted?--preguntó Sonia sobrecogida. - -El joven no pudo responder. Había contado con explicarse en muy otras -condiciones y no comprendía lo que pasaba por él. Sonia se aproximó -suavemente a Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama, y esperó sin -dejar de mirarlo. El corazón le latía como si fuera a romperse. La -situación se hacía insoportable. Raskolnikoff volvió hacia la joven -su rostro, mortalmente pálido, y movió los labios con esfuerzo para -hablar. Sonia estaba aterrada. - ---¿Qué tiene usted?--repitió apartándose un poco de él. - ---Nada, Sonia; no te asustes; esto no vale la pena. Verdaderamente, -es una tontería--murmuró con aire distraído--. ¿Por qué he venido a -atormentarte?--añadió de repente mirando a su interlocutora--. Sí, ¿por -qué? No ceso de hacerme esta pregunta. - -Se la había hecho quizá un cuarto de hora antes; pero en aquel momento -era tal su debilidad, que apenas tenía conciencia de sí mismo; un -temblor continuo agitaba su cuerpo. - ---¡Cuánto sufre usted!--dijo la joven conmovida fijando los ojos en él. - ---Esto no es nada. He aquí de lo que se trata, Sonia. (Durante dos -segundos sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer? - -Sonia esperaba inquieta. - ---Te dije, al separarme de ti, que quizá te diría adiós para siempre; -pero, que si venía hoy, sabrías quién fué el que mató a Isabel. - -La joven se echó a temblar. - ---Pues bien; ya sabes a lo que he venido. - ---En efecto--dijo Sonia con voz temblorosa--; eso fué lo que me dijo -usted ayer. ¿Cómo sabe usted eso?--añadió vivamente. - -Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le ponía cada vez más -pálido. - ---Yo lo sé. - ---¿Se _le_ ha encontrado?--preguntó tímidamente después de un minuto de -silencio. - ---No, no se _le_ ha encontrado. - -Siguióse un corto silencio. - ---Entonces, ¿cómo lo sabe usted?--preguntó con voz casi ininteligible. - -Raskolnikoff se volvió hacia la joven y la miró con una fijeza singular. - ---Adivina--dijo. - -Sonia se estremeció convulsivamente. - ---¿Por qué me asusta usted de ese modo?--preguntó con sonrisa infantil. - ---Si yo lo sé es porque estoy íntimamente relacionado con él--repuso -Raskolnikoff, cuya mirada seguía fija en la joven, como si no tuviese -fuerza para volver los ojos--. A esa Isabel no quería _él_ matarla; la -mató sin premeditación... quería asesinar a la vieja cuando estuviese -sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba en ella, entró Isabel y la -mató. - -A estas palabras siguió un silencio lúgubre; durante un minuto -continuaron mirándose. - ---¿De modo que no adivinas?--preguntó bruscamente, con la sensación de -un hombre que se arroja de lo alto de un campanario. - ---No--balbuceó Sonia con voz apenas distinta. - ---Busca bien. - -Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experimentó en el fondo de -sí mismo la impresión de frío glacial que le era tan conocida; miraba -a Sonia y de pronto le pareció ver a Isabel cuando la desventurada -se echó atrás ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha -levantada. En aquel momento supremo Isabel levantó el brazo como -hacen los niños pequeños cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a -llorar, fijan una mirada inmóvil en el objeto que les espanta. Del -mismo modo el rostro de Sonia expresaba un terror indecible; también -ella extendió el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a -Raskolnikoff, y tocándole el pecho con la mano se apartó poco a poco de -él, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunicó al joven, que -se puso a mirarla asustado. - ---¿Lo has adivinado?--murmuró por último. - ---¡Dios mío!--exclamó Sonia. - -Después se dejó caer sin fuerzas sobre el lecho y hundió el rostro -en la almohada. Pero al cabo de un instante se levantó con rápido -movimiento, se aproximó a él y tomándole las dos manos que sus deditos -estrecharon como tenazas, le miró largo rato de hito en hito. ¿No se -había engañado? Así lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en -su interlocutor, la sospecha que había atravesado su alma se trocó en -certidumbre. - ---¡Basta, Sonia, basta! Evítame más explicaciones--suplicó él con voz -quejumbrosa. - -Lo que había pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era -ciertamente así como pensó él hacer la confesión de su crimen. - -Sonia parecía que estaba fuera de sí. Saltó de su lecho y se fué -al centro de la habitación retorciéndose las manos; después volvió -bruscamente sobre sus pasos y se sentó, hombro con hombro, al lado del -joven. De repente se echó a temblar, lanzó un grito y, sin saber lo que -hacía, cayó de rodillas delante de Raskolnikoff. - ---¡Está usted perdido!--exclamó con acento desesperado; y levantándose -súbitamente se arrojó a su cuello, le besó y le acarició. - -Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola con triste sonrisa, -dijo: - ---No te comprendo, Sonia. Me abrazas después de haberte contado eso... -No tienes conciencia de lo que haces. - -La joven no oyó esta observación. - ---No, no hay en la tierra un hombre más desgraciado que tú--exclamó en -un arranque de piedad, y rompió en sollozos. - -Raskolnikoff sintió invadida su alma por un sentimiento que desde hacía -largo tiempo no había experimentado. No trató de luchar contra esta -impresión; dos lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron silenciosas por -sus mejillas. - ---¿No me abandonarás, Sonia?--preguntó con mirada casi suplicante. - ---¡No, no! ¡Jamás, jamás!--gritó--. Te seguiré, te seguiré a todas -partes. ¡Oh Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¿Por qué? ¿por -qué no te he conocido antes? ¿Por qué no habrás venido...? - ---Ya ves que lo he hecho--interrumpió Raskolnikoff. - ---¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!--repitió -con una especie de exaltación y se puso a abrazar al joven--. ¡Iré -contigo a presidio! - -Estas últimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensación penosa -y apareció en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera. - ---Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio. - -Sonia volvió rápidamente hacia él los ojos. Hasta entonces había -sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que -acababa de decir el joven y el tono con que fué pronunciado, recordaron -bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha -le dirigió una mirada de asombro. No sabía aún cómo ni por qué había -llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas -cuestiones se presentaban ante su espíritu y de nuevo dudó. - -«¡El, él un asesino! ¿Es posible?» - ---Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?--dijo como si despertase de un -terrible sueño--. ¿Cómo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a -hacer eso?... ¿Pero por qué lo ha hecho? - ---Por robar. Cesa ya, Sonia--respondió algo contrariado el joven. - -La muchacha se quedó estupefacta. - ---¿Tenías hambre?--exclamó en seguida--. ¿Era para socorrer a tu -madre?... ¿Sí? - ---No, Sonia, no--replicó Raskolnikoff bajando la cabeza--. Mi miseria -no era tan grande... Quería, en efecto, ayudar a mi madre... pero no -fué ésta la verdadera razón... No me atormentes, Sonia. - ---¿Pero es posible que esto sea verdad?--gritó la joven, dando una -palmada--. ¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? ¿Ha matado usted -para robar? ¡Usted que se despoja de todo en favor de los pobres! -¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a mi madrastra...? ¿Ese dinero...? - ---¡No, Sonia, no!--interrumpió vivamente Raskolnikoff--. Ese dinero no -procedía de _aquello_, tranquilízate; me lo envió mi madre cuando yo -estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo -cuando lo di... Razumikin lo vió. Ese dinero me pertenecía. - -Sonia escuchaba perpleja y esforzándose por comprender. - ---Por lo demás, en cuanto al dinero de la vieja... yo no sé lo que -había--añadió vacilando--; le quité del cuello una bolsa de piel que -parecía bien repleta... pero no me enteré del contenido, sin duda -porque me faltó tiempo... Me apoderé de varias cosas, gemelos, cadenas -de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los oculté al día -siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva -V***. Todo ello está allí todavía. - -Sonia escuchaba con avidez. - ---Pero, ¿por qué no ha tomado usted nada, puesto que mató para -robar?--replicó como agarrándose a una última y muy vaga esperanza. - ---No sé... no he decidido aún sí tomaré o no ese dinero--respondió -Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonrió--. ¡Qué -historia tan tonta te acabo de contar! - -«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero rechazó en seguida esta idea. -No, allí había alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano -ponía en prensa su mente. - ---¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?--repuso él con voz vibrante--. -Si únicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato--prosiguió -recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tenía algo de -enigmático--, yo sería ahora _feliz_. Sábelo. ¿Qué te importa el -motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?--exclamó tras -de una corta pausa--. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Es -para esto para lo que he venido a tu casa? - -La joven quiso hablar, pero se calló. - ---Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino -a ti. - ---¿Por que querías que viviese contigo?--preguntó tímidamente Sonia. - ---No para robar ni matar, puedes estar tranquila--contestó Raskolnikoff -riendo sardónicamente--; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira, -acabo de comprender ahora por qué te invité ayer a venir conmigo. -Cuando te dirigía esta petición, no sabía cuál era su objeto... lo veo -ahora. No tengo nada más que un deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me -dejarás, Sonia? - -La joven le apretó la mano. - ---¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo esto? ¿por qué te he hecho -esta confesión?--exclamó Raskolnikoff al cabo de unos segundos, -mirándole con infinita compasión a la vez que con la desesperación más -profunda--. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de -decirte? Nada comprenderías, y yo no haría otra cosa que afligirte cada -vez más. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme; -¿por qué me abrazas? ¿Es porque, falto de valor para llevar mi cruz, -me libro así de este peso, cargando con él a otra persona; porque he -buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar -a semejante cobarde? - ---¿Pero no sufres tú también?--exclamó Sonia. - -Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad. - ---Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... Esto puede explicar -multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo -hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por qué he venido? -¡Jamás me lo perdonaré! - ---No, no; has hecho bien en venir--repuso Sonia--. Vale más que lo sepa -todo; es mucho mejor. - -Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa. - ---He querido ser un Napoleón... por eso he matado. ¿Comprendes ahora? - ---No--respondió cándidamente Sonia con voz tímida--; pero habla, habla; -lo comprenderé todo. - ---¿Que lo comprenderás? Está bien; ya veremos. - -Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas. - ---El hecho es que cierto día me hice esta pregunta: Si Napoleón, -por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para -comenzar su carrera ni Tolón ni Egipto, ni el paso de San Bernardo, -sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado -ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir, -¿hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres -mil rublos? ¿Hubiera pensado que tal acción era demasiado innoble y -demasiado criminal? Yo me he devanado durante algún tiempo los sesos -con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento -de vergüenza, cuando he reconocido, por fin, que no sólo no hubiera -vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una -vacilación. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con -escrúpulos. Desde que me hice esta reflexión ya no tenía que vacilar; -la autoridad de Napoleón me cubría. ¿Encuentras esto risible? Tienes -razón, Sonia. - -La joven no tenía el menor deseo de reír. - ---Háblame con franqueza, sin ejemplos--dijo con voz tímida y apenas -distinta. - -Raskolnikoff se volvió hacia ella, la miró con tristeza y le tomó las -manos. - ---Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindéresis, -no es más que palabrería... Mira, mi madre, como sabes, está casi -sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada -educación y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus -esperanzas reposaban exclusivamente sobre mí. Entré en la Universidad; -pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios. -Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera -podido, en diez o quince años, ser nombrado profesor de Gimnasio o -empleado con mil rublos de sueldo. (Parecía que estaba recitando una -lección). Pero de aquí a entonces, los cuidados y los disgustos habrían -destruído la salud de mi madre y de mi hermana... quizá les hubiera -ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria, -sufrir el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? Y todo ello para -llegar, ¿a qué? Después de haber visto morir a los míos, podría fundar -una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo -de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesaría -de ser una carga para mi madre; que podría volver a entrar en la -Universidad y asegurar un porvenir. Ahí lo tienes explicado todo. Claro -que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, ¡basta! - -Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y bajó la cabeza como agobiado. - ---¡Oh, no es eso, no es eso!--gritó Sonia con voz quejumbrosa--. ¡Esto -no es posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!... - ---¡Supones que hay otra causa! Te engañas, he dicho la verdad. - ---¡La verdad! ¡Oh, Dios mío! - ---Después de todo, Sonia, yo no he matado más que a un gusano innoble y -malo. - ---¡Ese gusano era una criatura humana! - ---Ya lo sé que no era un gusano en el sentido literal de la -palabra--replicó Raskolnikoff mirándola con singular expresión--. Por -otra parte, lo que digo no tiene sentido común--añadió--; tienes razón, -Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde -hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversación me ha dado -dolor de cabeza. - -Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se había -casi apoderado de él y una sonrisa inquieta erraba en sus labios. -Bajo su aparente animación se adivinaba verdadero cansancio. Sonia -comprendió cuánto sufría. También ella comenzaba a perder la cabeza. -«¡Qué lenguaje tan extraño! ¡Presentar como plausibles semejantes -explicaciones!» No acertaba a explicárselo y se retorcía las manos en -el acceso de su desesperación. - ---No, Sonia, no es eso--prosiguió el joven, levantando de repente la -cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía -haber adquirido de repente una nueva energía--; no, no es eso. Cree -más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y, -además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar -la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo -a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado -con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía -lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien; -pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba _exasperado_, ésa es -la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón. -Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el -alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo -odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba -allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si -Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré--me decía--; si no, me pasaré -sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al -estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis -notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me -hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado -en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces -comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo -me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles, -¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí -entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese -inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me -convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no -cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí, -así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que -posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón -a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto. -Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no -advertirlo. - -Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba -por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación. -Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que -aquel feroz catecismo eran su fe y su ley. - ---Entonces me convencí, Sonia--continuó acalorándose cada vez más--, de -que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde -el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido -_atreverme_, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia, -Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción. - ---¡Cállese usted! ¡Cállese usted!--exclamó la joven fuera de sí--. Se -ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al -demonio. - ---A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la -obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba? - ---Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh -Dios mío, no comprende nada! - ---Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha -impulsado. Cállate, Sonia, cállate--repetía con sombría insistencia--. -Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil -veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores -he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera -querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un -aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa. -Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha -perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al -poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo -ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana -era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el -audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin -atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho -de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?» -basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he -renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de -toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido -para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de -la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a -conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu -en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del -asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente. -Compréndeme; si _esto_ estuviese por hacer, quizá no lo intentaría; -pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros, -o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la -fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si -tenía el _derecho_... - ---¿El derecho de matar?--exclamó Sonia estupefacta. - ---¡Sonia!--dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en -la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla--. -No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el -diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender -que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más -ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón -he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta -visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente -una _experiencia_... - ---¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado! - ---¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he -hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez -los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he -matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha -sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia; -basta! ¡Déjame!--exclamó con voz desgarradora--. ¡Déjame! - -Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió -convulsivamente la cabeza entre las manos. - ---¡Qué sufrimientos!--gimió Sonia. - ---¿Qué hacer ahora? dímelo--preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza. - -Tenía las facciones terriblemente alteradas. - ---¿Qué hacer?--exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes -lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor--. -Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven -se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima -encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después -inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo: -«Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?--le -preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza -centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes. - -La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor -profundo. - ---¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie? -¿No es eso?--dijo sombríamente. - ---Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte. - ---No, no iré a denunciarme, Sonia. - ---¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?--replicó la joven con fuerza--. ¿Ahora es -posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será -de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y -a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu -familia. ¡Oh Dios mío!--exclamó--. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar -fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora? - ---Sé razonable, Sonia--dijo dulcemente Raskolnikoff--. ¿Por qué he -de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente? -Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de -hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré. -¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no -atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de -una piedra?--añadió con amarga sonrisa--. Se burlarán de mí; me dirán -que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un -imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprenderán. Son incapaces de -comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable, -Sonia. - ---¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida! - ---Ya me acostumbraré--respondió el joven con feroz expresión--. -Escucha--dijo un momento después--. Basta de lloriqueos; tiempo es -ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos -momentos se me busca y van a detenerme. - ---¡Ah!--exclamó Sonia espantada. - ---¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues, -te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado -mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios -positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba -terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de -dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser -explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo, -porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la -cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me -hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que -termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se -verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te -doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como -son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería -solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré -de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo -de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre... -Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso? - ---¡Oh, sí, sí! - -Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como -los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta. -Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven, -y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto, -le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia, -pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido -a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven -le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más -desgraciado que antes. - ---Sonia--le dijo--, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la -cárcel. - -La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos. - ---¿Llevas alguna cruz encima?--preguntó inopinadamente, como herida de -súbita idea. - -Al pronto el joven no comprendió la pregunta. - ---No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo -tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió -una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y -que tú lleves ésta. Tómala... es la mía--insistió--. Juntos iremos por -el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz. - ---Dámela--dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano; -pero la retiró casi en seguida--. Ahora no, Sonia; más tarde será -mejor--añadió a manera de concesión. - ---Sí, sí, más tarde--respondió ella con calor--; te la daré en el -momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello, -diremos una oración y partiremos. - -En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta. - ---¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?--dijo una voz afable y muy conocida. - -Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor -Lebeziatnikoff. - - -V - -Andrés Semenovitch tenía el rostro demudado. - ---Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdóneme usted... -Esperaba encontrarle aquí--dijo bruscamente a Raskolnikoff--. Es decir, -nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente -pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; está loca--dijo -dirigiéndose de nuevo a Sonia. - -La joven lanzó un grito. - ---Por lo menos así parece. No sabemos qué hacer con ella. La han echado -del sitio adonde había ido, quizá dándole golpes... Así lo hace todo -suponer. Fué después al despacho del jefe de Simón Zakharitch, y no -lo encontró. Comía en casa de uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá -usted creerlo? se fué al domicilio del otro general, porfiando que -quería ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa. -Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de -injurias y aun que le tiraron no sé qué cosa a la cabeza. Es raro que -no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo, -incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitación, que no se puede -sacar nada en claro de sus palabras. ¡Ah, sí! Dice que como no le queda -ningún recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles, -y que sus hijos cantarán y bailarán para solicitar la caridad de los -transeuntes; que todos los días irá a colocarse bajo las ventanas de la -casa del general... «Se verá--dice--a los hijos de una familia noble, -pedir limosna por las calles.» Pega a los niños y les hace llorar. -Enseña la _Petit Ferme_ a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de -baile al niño y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar -trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una -cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna -observación... No puede usted imaginarse cómo está. - -Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho más; pero Sonia, que le había -escuchado respirando apenas, tomó el sombrero y la manteleta, y se -lanzó fuera de la sala, poniéndose estas prendas conforme iba andando. -Los dos jóvenes salieron detrás de ella. - ---Está positivamente loca--dijo Andrés Semenovitch a Raskolnikoff--. -Para no asustar a Sonia he dicho solamente que sólo parecía que lo -estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubérculos en el -cerebro de los tísicos; es una lástima que yo no sepa Medicina. He -tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie. - ---¿Le ha hablado usted de tubérculos? - ---No, precisamente de tubérculos, no; claro es que no me hubiera -entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de -la lógica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no -llorará. Esto es claro; ¿por qué había de continuar llorando? - ---Si así fuese, la vida sería muy fácil--respondió Raskolnikoff. - -Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff con un movimiento de -cabeza y subió a su cuarto. - -Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se dejó caer en el sofá. - -Jamás había experimentado tan terrible sensación de aislamiento. Sentía -de nuevo que quizá, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba -después de haber contribuído a aumentar su desgracia. ¿Por qué había -ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de emponzoñar su vida? ¡Oh -cobardía! - -«Estaré solo--se dijo resueltamente--, y ella no vendrá a verme en la -cárcel.» - -Cinco minutos después levantó la cabeza, y una idea que se le ocurrió -de repente le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, mejor que vaya a -presidio», pensaba. - -¿Cuánto tiempo duró este sueño? No pudo jamás recordarlo. Súbitamente -la puerta se abrió, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le miró -como poco antes había mirado él a Sonia; después se aproximó y se sentó -en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la víspera. -Raskolnikoff la miró en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer -ninguna idea. - ---No te incomodes, hermano mío. Sólo voy a estar un minuto--dijo Dunia. - -Su fisonomía estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente -límpida. - -Raskolnikoff comprendió que la mirada de su hermana era dictada por el -afecto. - ---Hermano mío, lo sé todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se -te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas -como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer -y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinión; -me explico perfectamente el desbordamiento de indignación que se ha -producido en ti y no me sorprendería que tu vida entera se resienta -de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolución, no me atrevo -a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he -dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar haría lo que tú haces, -me desterraría del mundo. Yo procuraré que mamá lo ignore; pero le -hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte que no tardarás en ir -a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizaré; pero tú, por -tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea más que una vez. -Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha -sido el de decirte--acabó Advocia Romanovna levantándose--, que si por -casualidad tienes necesidad de mí, sea para lo que fuere, soy tuya en -la vida y en la muerte. Llámame, y vendré. Adiós. - -Volvió la espalda y se dirigió a la puerta. - ---¡Dunia!--dijo Raskolnikoff levantándose y acercándose a su hermana--. -Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente. - -Dunia se ruborizó. - ---¿Y qué?--preguntó después de un minuto de espera. - ---Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adiós, -hermana. - -La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sintió cierto -temor. - ---¿Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son -una especie de testamento. - ---No hagas caso. Adiós. - -Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. La joven esperó un momento; -le miró con inquietud y se retiró conmovida. - -No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana. -Hubo un momento, el único, en que sintió violentos deseos de -estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesárselo -todo; no se resolvió, sin embargo, ni aun a tenderle la mano. - -«Más tarde se estremecía con este recuerdo y pensaría que le he -robado un beso. Y, además, ¿soportaría semejante confesión?--añadió -mentalmente algunos minutos después--. No, no la soportaría; _estas -mujeres_ no saben soportar nada»--y su pensamiento se fijó en Sonia. - -Por la ventana entraba agradable fresco; caía la tarde. Raskolnikoff -tomó bruscamente la gorra y salió. - -Sin duda no quería ni podía ocuparse de su salud. Pero aquellos -terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza habían de tener -consecuencias, y si la fiebre no se había apoderado de él, era acaso -merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentáneamente su -agitación moral. - -Se puso a vagar sin objeto. Se había puesto el sol. Desde hacía -algún tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser -particularmente agudo, se presentaba con carácter de continuidad. -Entreveía largos años pasados en mortal angustia, «la eternidad en el -espacio de un pie cuadrado». De ordinario era por la noche cuando este -pensamiento le preocupaba más. «Con el estúpido malestar físico que -produce la puesta del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, no solamente -a casa de Sonia, sino a la de Dunia», murmuraba con voz irritada. - -Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff corría detrás de él. - ---He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecución su -programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a -mí nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartén, -haciendo bailar a los niños. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las -encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrás una caterva -de imbéciles. Vamos aprisa. - ---¿Y Sonia...?--preguntó con inquietud Rodia, que se apresuró a seguir -a Lebeziatnikoff. - ---Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha -perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo demás, puede decirse -lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es -completa. Van a llevarla a la comisaría, y calcule usted el efecto que -esto habrá de producirle. Están ahora cerca del canal; al lado del -puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en -seguida. - -En el canal, a poca distancia del puente, había un grupo, compuesto -en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina -Ivanovna se oía ya en el puente. Verdaderamente el espectáculo era lo -bastante extraño para llamar la atención. Tocada con un mal sombrero -de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un -chal de paño, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras -de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tísica -manifestaba más sufrimiento que nunca (los tísicos, al sol y en la -calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su -debilidad, estaba extraordinariamente excitada. - -Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba -allí, delante de todo el mundo, en su educación coreográfica y musical; -les decía por qué razón era preciso cantar y bailar, y después, -indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente. -Interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público; veía en el grupo -un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a -qué extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi -aristocrática. Si alguno se reía o burlaba de ella, se encaraba al -punto con el insolente y se ponía a disputar con él. El caso es que -muchos se burlaban, otros movían la cabeza, y todos miraban a aquella -loca rodeada de niños asustados. Lebeziatnikoff se había engañado al -hablar de la sartén; por lo menos Raskolnikoff no la vió. Para hacer -el acompañamiento, Catalina Ivanovna llevaba el compás con las manos, -mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces -trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpíala un -acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldecía su enfermedad y no -podía contener las lágrimas. - -Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, era el llanto de Alena y Kolia. -Según dijo Lebeziatnikoff, había tratado de vestir a sus hijos como se -visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza -una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco. -Faltándole tela para hacer un traje a Alena, su madre se había limitado -a ponerle el gorro de dormir o _chapka_ roja de Marmeladoff. Este gorro -estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que había pertenecido -a la abuela de Catalina, y que ésta había conservado hasta entonces -en su baúl como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la -ropa de todos los días. No se separaba de su madre, cuya perturbación -intelectual adivinaba, y mirándola tímidamente trataba de ocultarle -sus lágrimas. La niña estaba espantada al verse allí, en la calle, en -medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y -le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna -permanecía inflexible. - ---¡Cállate, Sonia!--vociferaba tosiendo--. No sabes lo que dices; eres -lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de -esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea -reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido -lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio. - -A Catalina Ivanovna se le había metido esta idea en la cabeza, y -hubiera sido imposible sacársela. - ---¡Que ese pillo de general sea testigo de nuestra miseria! Pero -tú eres tonta, Sonia. Ya te hemos explotado bastante y no quiero -explotarte más. ¡Ah, Rodión Romanovitch! ¿es usted?--gritó reparando -en el joven, y se lanzó hacia él--; haga usted comprender, se lo -suplico, a esa tontuela, que ésta es la mejor vida que podíamos hacer. -¿No se da limosna a los que tocan el organillo? No nos costará trabajo -diferenciarnos de ellos. Al primer golpe de vista se reconocerá en -nosotros una familia noble caída en la miseria, y ese bribón de general -perderá su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos los días a ponernos -debajo de sus ventanas; pasará el emperador, y yo me pondré de rodillas -delante de él y le mostraré a mis hijos. «¡Padre, protégenos!», -le diré. El es el padre de los huérfanos; es misericordioso; nos -protegerá, ya lo verá usted, y ese infame general... Alena, ponte -derecha; tú, Kolia, vas a empezar de nuevo este paso. ¿Por qué estás -lloriqueando? ¿No acabarás nunca? Vamos a ver: ¿de qué tienes miedo, -imbécil? ¡Dios mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted, Rodión -Romanovitch, qué cerrados son de mollera! No hay medio de que hagan -nada. - -Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo que no la impedía hablar -incesantemente, mientras mostraba a Raskolnikoff los niños -desconsolados. El joven trató de persuadirla de que se fuese a su -casa, y creyendo interesar su amor propio, le hizo observar que no era -conveniente andar rondando por las calles como los organilleros, siendo -así que se proponía abrir un pensionado para las señoritas nobles. - ---¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene gracia!--exclamó Catalina -Ivanovna a quien después de reírse le dió un violento golpe de tos--; -no, Rodión Romanovitch; ese sueño se ha desvanecido. Todo el mundo nos -ha abandonado y, ¡ese general!... ¿Sabe usted qué le he hecho? Le he -tirado a la cara el tintero que estaba sobre la mesa de la antesala, -al lado del papel en que los visitantes escriben sus nombres. Después -de haber puesto el mío, he tirado el tintero y echado a correr. ¡Oh, -los cobardes; los cobardes! pero yo me burlo de ellos. Ahora yo -mantendré a mis hijos y no tendré que humillarme ante nadie. Ya la -hemos martirizado bastante--añadió dirigiéndose a Sonia--. Poletchka, -¿cuánto dinero hemos recogido? Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks? -¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan con seguirnos haciéndonos -desgañita... ¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal? (Señalaba a un hombre -del grupo.) La culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa de que se -burlen de nosotros. ¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés. Te -he dado lecciones; sabes algunas frases... Sin eso, ¿cómo habrá de -conocerse que pertenecéis a una familia noble, que sois niños bien -educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las -canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí! -Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre -y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí -para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto -nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace -falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky -donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de -ver inmediatamente. Alena sabe _la Petite Ferme_, sólo que _la Petite -Ferme_ comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una -cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda -de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar _El húsar -apoyado en su sable_? No; será mejor que cantemos en francés _Cinco -sueldos_; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa, -se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al -público. Podremos cantar también _Mambrú se fué a la guerra_, tanto -más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en -todas las casas aristocráticas para dormir a los niños--. Y dicho esto -comenzó a cantar: - - «Mambrú se fué a la guerra, - no sé cuándo vendrá»; - -pero no, es mejor _Cinco sueldos_. Vamos, Kolia, ponte la mano en la -cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo -haremos el acompañamiento: - - «Cinco sueldos, cinco sueldos - para poner nuestra casa.» - -Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros--advirtió -mientras tosía--. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente -y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos -de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres? - -Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un -señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el -abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El -recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una -condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna, -y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor -condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos. -Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía -ceremoniosa de una dama del gran mundo. - ---Doy a usted las gracias, señor--empezó a decir en tono lleno de -dignidad--. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero, -Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a -socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos -que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que -están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general -se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo -me permitía molestarle. «Vuecencia--le he dicho--ha conocido a Simón -Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su -hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado? -Protéjame usted--gritó, dirigiéndose al funcionario--; ¿por qué ese -soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los -Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil? - ---Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde -más compostura. - ---Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los -organilleros. Déjame en paz. - ---Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene. -Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive -usted? - ---¿Cómo? ¿Un permiso?--vociferó Catalina Ivanovna--. Acabo de enterrar -a mi marido; ¿no es ésta una autorización? - ---Señora, señora; cálmese usted--dijo el funcionario--; venga usted -conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente. -Está usted mal. - ---¡Ah, señor, señor; si usted supiese!--exclamó Catalina Ivanovna--. -Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia? -También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena! -¿Dónde estáis?--dijo con repentina inquietud--; ¡tontos de chiquillos! -¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido? - -Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy -aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de -su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre -Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución; -Sonia y Poletchka corrieron tras de ella. - ---Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan -ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo... - -Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó. - ---¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!--gritó Sonia inclinándose -sobre su madrastra. - -No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres, -Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia -entre ellos. - ---Retírense ustedes, retírense ustedes--decía sin cesar este último, -tratando de restablecer la circulación. - -Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba -herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado -el suelo la había echado por la boca. - ---Sé lo que es esto--murmuró el funcionario al oído de los dos -jóvenes--. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y -produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una -de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta -señora se está muriendo. - ---Aquí, aquí a mi casa--suplicó Sonia--; vivo aquí al lado. La -segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios -mío!--repetía asustada yendo de un lado para otro. - -Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este -asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba -como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la -hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó -a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff, -Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después -de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían -acompañado el triste cortejo hasta la puerta. - -Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y -lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto. -Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como -cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto -ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa. -Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que -vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo, -Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí. - -Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba, -en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y -así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo -necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de -ir a buscarlo. - -En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la -hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada -triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le -enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se -la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro -lado. - ---¿En dónde están los niños?--preguntó con voz débil--. ¿Los has -traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a -correr?... ¡Oh! - -La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo. - ---¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha -sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa. - -Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración. - ---Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí... -Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos... -yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme, -dejadme morir en paz! - -La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada. - ---¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso, -ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y -aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido. -Si no me perdona, tanto peor. - -Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba, -miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la -rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio. -Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su -garganta. - ---Ya le he dicho «Excelencia»--gritaba deteniéndose a cada palabra--; -aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera. -¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia. - - Du hast Diamanten - Und Perlen[18] - - Eu hast die schönsten Augen - Mädchen, was willst du mehr[19] - - Dans une vallée du Daghestan - Que le soleil brûle de ses feux... - - [18] Tienes diamantes y perlas. - - [19] Tienes los más bellos ojos del mundo, ¿qué más quieres, - niña? - ---¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!... -Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio... -¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí! -¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida. - -Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el -lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando -aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un -terror creciente: - - Dans une vallée... du Daghestan - Que le soleil... brûle... de ses feux. - Une balle... dans la poitrine... - -De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia -conmovedora, exclamó: - ---Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que -recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch -Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática... -¡Ah!--exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se -encontraba. - -Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia, -pareció sorprendida de verla allí. - ---¡Sonia! ¡Sonia!--dijo con voz dulce y tierna--. ¡Sonia querida! -¿Estás aquí? - -La incorporaron de nuevo. - ---¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!--gritó la enferma -con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada. - -Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho -tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la -boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y -expiró. - -Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó -entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta. -Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y -Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por -eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se -echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado -fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos -de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de -dormir, adornado con la pluma de avestruz. - -¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina -Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la -almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y -Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él. - ---¡Ha muerto!--dijo Andrés Semenovitch. - -Svidrigailoff se aproximó a ellos. - ---Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras. - -Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo, -Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a -quien preocupaban aquellas precauciones. - ---De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me -encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le -he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a -estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde -estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos -hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en -sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se -halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede -usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero. - ---¿Por qué es usted tan generoso?--preguntó Raskolnikoff. - ---¡Qué escéptico es usted!--dijo Svidrigailoff--. Le dije que no -necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree -usted acaso? Después de todo--añadió señalando el rincón en que -reposaba la muerta--, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer -usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que -Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por -ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana. - -Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando -hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff. - -Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi -textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia. -Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con -expresión de asombro. - ---¿Cómo sabe usted eso?--balbuceó. - ---Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora -Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia -Semenovna. - ---¿Usted? - ---Yo--continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente--. Y le -doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado -usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el -presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted -verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo. - - - - -SEXTA PARTE - - -I - -La situación de Raskolnikoff era muy extraña; parecía que una especie -de niebla le envolvía y aislaba del resto de los hombres. Cuando, -andando el tiempo, se acordaba de este período de su vida, adivinaba -que había debido de perder muchas veces la conciencia de sí mismo y que -tal estado de ánimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos -lúcidos, hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente -convencido de que había incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo, -el de no haber advertido a menudo la sucesión cronológica de los -acontecimientos. Por lo menos, cuando más adelante quiso coordinar sus -recuerdos, fuéle forzoso recurrir a testimonios extraños para saber -muchas particularidades acerca de sí mismo. - -Confundía marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como -consecuencia de otro que sólo existía en su imaginación. A veces -sentíase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pánico; -pero se acordaba también de que había tenido momentos, horas, y tal -vez días, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apatía -triste sólo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos. - -En general, en este último tiempo, lejos de procurar darse cuenta -exacta de su situación, hacía esfuerzos para no pensar en ella. Algunos -hechos de la vida corriente que no admitían dilación, se imponían, a -pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complacía en desdeñar -cuestiones cuyo olvido, en una posición como la suya, por fuerza había -de serle fatal. - -Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este último le -había repetido las palabras por él pronunciadas en casa de Sonia, los -pensamientos de Raskolnikoff tomaron una dirección nueva. Pero aunque -esta complicación imprevista le inquietaba mucho, el joven no se -apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algún -barrio lejano y solitario, o cuando se veía solo sentado a la mesa -de un mal cafetín, sin saber por qué se encontraba allí, pensaba en -Svidrigailoff y se prometía tener lo más pronto posible una explicación -decisiva con aquel hombre que era para él una constante pesadilla. - -Cierto día fué casualmente a pasear por las afueras y se le figuró -que había dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al -despertarse antes de la aurora, se quedó estupefacto al verse tendido -en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo demás, durante los dos o -tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff -encontró dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de -Sonia, y después en el vestíbulo, al lado de la escalera, del domicilio -de la joven. - -En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas -palabras muy breves, absteniéndose de tocar el punto capital, como -si, por acuerdo tácito, se hubiesen entendido para dejar de lado -momentáneamente aquella cuestión. El cadáver de Catalina Ivanovna -estaba todavía insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones -relativas a los funerales. Sonia estaba también ocupadísima. En el -último encuentro, Svidrigailoff contó a Rodia que sus gestiones en -favor de los hijos de Catalina Ivanovna habían sido coronadas por el -éxito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos, -pudo, según decía, conseguir la admisión de los tres niños en muy buen -asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no habían -contribuído poco a este resultado, porque se admitían con muchas menos -dificultades a los huérfanos que poseían un capitalito que a aquellos -otros que carecían de recursos. Añadió algunas palabras a propósito de -Sonia, prometió pasar uno de aquellos días por casa de Raskolnikoff, y -dió a entender que existían ciertos asuntos de los que quería tratar -reservadamente con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de -observar a su interlocutor. De repente se calló; pero después preguntó, -bajando la voz: - ---Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión Romanovitch? Parece que está -distraído, no escucha, no mira, diríase que no comprende usted lo que -se le habla... Vaya, recobre ánimos. Será preciso que hablemos largo y -tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con -los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!--añadió bruscamente--. A todos -los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo. - -Se apartó vivamente para dejar pasar a un clérigo y a un sacristán, que -se disponían a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos. -Svidrigailoff había cuidado de que esta ceremonia se verificase -regularmente dos veces por día. Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras -un momento de reflexión, siguió al _pope_ a la habitación de Sonia. -Se quedó, empero, en el umbral. El oficio comenzó con la tranquila -y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff -experimentaba una especie de terror místico ante el aparato de la -muerte, y evitaba, siempre que podía, asistir a las _panikhida_. -Además, ésta tenía para él un carácter particularmente conmovedor. -Miró a los niños, que estaban arrodillados cerca del ataúd. Poletchka -lloraba; detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus -lágrimas. «Durante todos estos días no ha levantado una sola vez los -ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola palabra», pensó Raskolnikoff. El -sol inundaba de viva luz la habitación, y el humo del incienso subía en -espesas espirales. - -El sacerdote recitó las preces de ritual: «Dale, Señor, el reposo -eterno.» Raskolnikoff permaneció allí hasta el fin. Al echar la -bendición y al despedirse, el clérigo dirigió una mirada de extrañeza -en derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff se acercó a Sonia. -La joven tomó las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza sobre su -hombro. Aquella demostración de amistad dejó estupefacto al que era -objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba la menor aversión ni el -menor horror hacia él, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo -de la abnegación. Así por lo menos lo juzgó él. La joven no dijo una -palabra. Raskolnikoff le estrechó la mano y salió. - -Sentía un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido -posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad -hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. ¡Ay! Desde -hacía ya algún tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no podía -decirse que estuviese aislado. Le ocurría pasearse fuera de la ciudad o -irse por una carretera adelante. Una vez penetró en lo más intrincado -de un bosque; pero cuanto más solitario era el lugar, más de cerca -sentía Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba -más que le asustaba. Apresurábase a volver a la ciudad, se mezclaba con -la multitud, entraba en los cafés y en las tabernas, iba al Tolkutchy o -a la Siennia. Allí se encontraba más a gusto y hasta más solo. - -A la caída de la noche se cantaban canciones en cierto cafetín. Allí -pasó una hora entera, escuchándolas con placer; pero en seguida se -apoderó de él nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un -remordimiento empezó a torturarle. - -«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?» - -Adivinaba que no era aquél su único cuidado. Había una cuestión que era -preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se imponía a su atención, -no acertaba a darle una forma precisa. - -«No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a -Svidrigailoff. Sí, sí, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que -rechazar.» - -Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente, -el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó -aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes -de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó -muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre, -pero se despertó tarde: a las dos. - -Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de -Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas. -Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito, -casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma -que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que -se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado. - -La puerta se abrió y entró Razumikin. - ---¡Ah! Comes, luego no estás malo--dijo el visitante, tomando una silla -y sentándose enfrente de Raskolnikoff. - -Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera -visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se -comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave. - ---Escucha--comenzó a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos -ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es -indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no -trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras -todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo -con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay -personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te -confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en -vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente -inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre -y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se -hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco. - ---¿Cuándo las has visto? - ---Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado -metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre -se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia -Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no -quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado--dijo--, -¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola, -la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando -llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por -espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos. -«Puesto que sale--dijo levantándose--, es señal de que no está enfermo -y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a -mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en -la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente--dice--; le -dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia -o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío, -me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un -ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de -luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he -dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el -resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa. -Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable, -la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de -comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y -ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no -me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano -en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues, -os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de -que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos. -He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón. -Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer. - ---¿Qué vas a hacer? - ---¿Qué te importa? - ---¿Vas a dedicarte a la bebida? - ---¿Cómo lo has adivinado? - ---No es muy difícil adivinarlo. - -Razumikin se quedó un momento silencioso. - ---Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado -loco--observó luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la -bebida. Adiós. - -Y dió un paso hacia la puerta. - ---Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo -Raskolnikoff. - -Razumikin se detuvo de repente. - ---¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?--preguntó, poniéndose un -tanto pálido. Estaba agitadísimo. - ---Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo. - ---¿Ella? - ---Sí; ella. - ---¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto. - ---Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le -he dicho que tú la amabas, porque lo sabe. - ---¿Que ella lo sabe? - ---Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame -lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo, -por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé -perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus -sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama. -Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida. - ---Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde -vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no -hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy -convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales -forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un -hombre excelente. - ---Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un -momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No -te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo -cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le -hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que -quieren decir sus palabras. - -Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea: - -«Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una -tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó -de repente. - ---¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando -cada frase--, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más -aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre. - ---¿Qué carta? - ---Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle -de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que -nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida -conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto. - ---¿Ha recibido una carta?--preguntó Raskolnikoff intrigado. - ---Sí. ¿No lo sabías? - -Los dos permanecieron callados durante un minuto. - ---Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo -también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal -cosa: es inútil. - -Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando -volvió a abrirla de repente, mirando de través. - ---A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella -vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se -ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias -en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores -a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La -persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la -escalera, mientras subían el _dvornik_ y los dos testigos, los cachetes -que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para -evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante! -Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo. -¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo -y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse. -Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha -sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las -confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y -yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos -hombres? - ---Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto -ese asunto--preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado. - ---¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia -me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien -me lo ha dicho casi todo. - ---¿Porfirio? - ---Sí. - ---¿Y qué es lo que te ha dicho?--preguntó Raskolnikoff inquieto. - ---Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método -psicológico, según su costumbre. - ---¿Y te lo ha explicado él mismo? - ---El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad -de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo -contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras -han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin -haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto. - -Y salió. - -«Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro--acabó -definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha -comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura -es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado -entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas -alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación? -¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había -formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra -noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la -lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude -concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente -se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su -conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era -estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo -todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la -clave de todo esto.» - -Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como -clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo. - -En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se -acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si -hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin, -volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en -él; tenía aún que luchar; era un recurso. - -Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de -la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho -de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo -día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias -y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se -había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y -reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo. -¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra -manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de -Porfirio era harina de otro costal. - -«¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a -Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método -psicológico?--continuaba diciéndose Raskolnikoff--. De seguro hay aquí -algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido -creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena -que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que _una_ -solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus -miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción -tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas -confesiones de Mikolai. - -»Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor -le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero, -¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no -ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones; -pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel -día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin -embargo, si éste no será un mal signo...» - -Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió -a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se -sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales. - -«Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que -cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que -espera mi visita.» - -En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón, -que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres -detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en -hacerlo. - -Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a -cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa. -Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida. -Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi -ningún terror. - -«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de -sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.» - ---No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--. -Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar -delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a -salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un -cigarrillo... - ---Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted--dijo -Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable -y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido -verse. - -Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes. -Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado -luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente -ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta. - -El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada -tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender -un cigarrillo. - -«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff. - - -II - ---¡Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no -puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la -garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar -por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media -hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me -dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted -los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo -substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia; -¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff. - -«He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica», -murmuró aparte Raskolnikoff. - -Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel -recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba. - ---Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?--continuó Porfirio Petrovitch, -paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto. -Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió -hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un -momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra -usted nunca? - -La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio -Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando. - ---He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una -explicación--prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del -joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria, -hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de -instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La última -vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he -cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo -nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado -a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros. - -«¿A dónde va a parar?»--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos -de Porfirio con inquieta curiosidad. - ---He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con -sinceridad--repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos, -como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima--; -no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la -entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy -irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé, -porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos. -¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque -fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa -distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el -cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado -apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de -comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted. - ---¿Pero usted, por qué me dice todo eso?--balbuceó Raskolnikoff, sin -acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba--. «¿Me creerá -acaso inocente?»--añadió para sí. - ---¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a -usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel -tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un -monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de -este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y -naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted -en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En -cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por -otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De -esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido -para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir -verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete. -Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de -la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan. -Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el -despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género -de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil -maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en -cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones -no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo -que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones? -El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me -acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había -gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de -la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un -entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano -febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí», -pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo -que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo -algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una -reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada; -es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos -a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo -todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta -del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro -en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted -enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted, -desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin -resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá -él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable, -no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se -acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado -de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría -a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba -asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba -para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa -muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he -aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi -a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir? -Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me -dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no -hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la -piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los -objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un -huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después, -cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda -intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo, -Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco. -«Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y -aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una -prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de -la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada, -y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de -buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios -ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había -llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle. -Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un -enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después -de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch, -de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel -momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a -usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la -entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice -el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que -usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos -de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus -declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan -inquebrantable como una roca.» - ---Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la -culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que... - -Le faltó el habla y no pudo continuar. - ---¡Ah, Razumikin!--exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho -de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de -Raskolnikoff--. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que -venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en -este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted -saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un -niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una -naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría -usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico. -En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los -campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón; -no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho, -sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se -halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose -de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el -suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos -de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba -las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos, -los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez -aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar -la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle -lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y -se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no -puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado -por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto -al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y -sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto -está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás, -acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su -papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus -confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de -verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en -completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión -Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente -a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo -y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir -toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una -víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta -audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita -desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la -puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica -una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que -pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias -pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el -sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad -de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto -vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la -enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de -notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado, -desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata -aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable. - -Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de -la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción. -Raskolnikoff se echó a temblar. - ---Entonces, ¿quién es el que ha matado?--balbuceó con voz entrecortada. - -El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como -asombrado de semejante pregunta. - ---¿Cómo? ¿Que quién ha matado?--replicó, como si no hubiese dado -crédito a sus oídos--. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch, -usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...--añadió en voz baja y en tono -de profundo convencimiento. - -Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos -segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras -convulsiones agitaban los músculos de su rostro. - ---Le tiemblan a usted las manos como el otro día--hizo notar con -interés Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del -objeto de mi visita, Rodión Romanovitch--prosiguió, después de una -pausa--. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para -decirlo todo y esclarecer la verdad. - ---¡Yo no he matado!--murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un -niño sorprendido en falta. - ---Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted -solo--replicó severamente el juez de instrucción. - -Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos -diez minutos. - -Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre -el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de -impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado. - ---Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre -los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya? - ---No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si -estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No -he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese -o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción -está formada. - ---Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?--preguntó con mal gesto -Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice: -Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra -mí? - ---¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer -lugar, la detención de usted no me serviría para nada. - ---¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está -convencido, debería usted... - ---¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que -sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted _en reposo_? Usted -lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que -careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido. -¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por -un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto -que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de -él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de -usted sería exacta, puesto que ese hombre es conocido por su afición -a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que -toda esta psicología tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el -momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le -detendré, y he venido aquí para avisárselo, y, sin embargo, no vacilo -en manifestarle que eso no me servirá de nada. El segundo objeto de mi -venida... - ---¿Cuál es?--preguntó Raskolnikoff anhelante. - ---... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle mi conducta, porque no -quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y además, porque, -créalo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista, -pues, del interés que yo siento por usted, le propongo francamente vaya -a denunciarse. He venido aquí para darle este consejo. Es el partido -más ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para mí, que -me vería desembarazado de este asunto. ¿Qué le parece a usted? Soy -bastante franco? - -Raskolnikoff reflexionó durante un minuto. - ---Escuche usted, Porfirio Petrovitch; según sus propias palabras, -no tiene contra mí más que inducciones psicológicas y aspira a la -evidencia matemática. ¿Quién le dice que no se engaña? - ---No, Rodión Romanovitch, no me engaño. Tengo una prueba, que encontré -el otro día; Dios me la ha enviado. - ---¿Qué prueba es ésa? - ---No se lo diré a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de -contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier -resolución que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es -únicamente en interés suyo. La mejor solución es la que yo le indico: -créalo usted, Rodión Romanovitch. - -El joven se sonrió con expresión de cólera. - ---El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos -que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir -a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel, -estaría _en reposo_? - ---¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la -letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo. -Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al -culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía -personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si -en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir -que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el -provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando, -puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en -qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido -sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo, -el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el -tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se -lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre -usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un -carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más -que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre -honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra. - -Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego -sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica. - ---¿Qué me importa?--dijo, sin parecer que se daba cuenta de que -su lenguaje equivalía casi a una confesión--, ¿qué me importa la -diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada. - ---Vamos, lo que yo temía--exclamó, como a pesar suyo, Porfirio--. Ya me -temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia. - -Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste. - ---No desprecie usted la vida--continuó el juez de instrucción--. -Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de -pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo! - ---¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva? - ---La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le -reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por -otra parte, su condena no será perpetua. - ---¡Obtendré circunstancias atenuantes!...--dijo riendo Raskolnikoff. - ---¿Es quizá, vergüenza burguesa lo que le impide a usted confesarse -culpable? ¡Es preciso sobreponerse a eso! - ---¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!--murmuró con tono -despreciativo el joven. - -Hizo ademán de levantarse; pero se quedó sentado, abatidísimo. - ---Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle -groseramente; pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? ¿qué sabe usted de -la existencia? Ha imaginado usted una teoría que ha venido a producir -en la práctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergüenza -ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni -con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. ¿Cuál es mi opinión -acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejarían -arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de -haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y -vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo, -de cambiar de aire. Además, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra -usted. Quizá Mikolai tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que es -usted un escéptico, pero sin razonar, abandónese usted a la corriente -de la vida; esta corriente le llevará a alguna parte. ¿A dónde? No se -preocupe usted; ya llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, creo -solamente que usted debe vivir todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa -usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso más -tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por -eso le hablo así. Todavía es una ventaja que no haya usted matado más -que a una mala vieja. Con otra teoría, habría cometido usted una acción -cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede -saber cuáles son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su -valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia. -Sé que usted no me cree; pero con el tiempo volverá a tomar gusto a la -vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire. - -Raskolnikoff se estremeció. - ---Pero, ¿quién es usted--gritó--para hacerme esas profecías? ¿Qué -suprema sabiduría le permite adivinar mi porvenir? - ---¿Que quién soy? Un hombre acabado, y nada más. Un hombre sensible -y compasivo, a quien la experiencia ha enseñado quizás algo; pero -un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla -al principio de la existencia, y esta aventura, ¿quién sabe? quizá -no dejará ninguna huella en la vida de usted. ¿Por qué temer tanto -el cambio que va a experimentar en su situación? ¿Son acaso las -comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? ¿Se aflige -usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad? -De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol, -y todo el mundo le verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa que éstas -son maniobras de juez de instrucción? Es muy posible, ¡je, je! No le -pido que me crea bajo mi palabra, Rodión Romanovitch; hago mi oficio, -convengo en ello; pero acuérdese de lo que le digo. Los acontecimientos -le demostrarán si soy un impostor o un hombre honrado. - ---¿Cuándo piensa usted detenerme? - ---Puedo dejarle a usted aún día y medio o dos días en libertad. Haga -usted sus reflexiones, amigo mío; ruegue usted a Dios que le inspire. -El consejo que le doy es bueno, créalo usted. - ---¿Y si me escapase?--preguntó Raskolnikoff con equívoca sonrisa. - ---No se escapará. Un _mujik_ huiría: un revolucionario de ahora, -esclavo de pensamiento ajeno, huiría también, porque tiene un _credo_ -ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teoría. -¿Qué quedaría de ella si huyera usted? Y, por otra parte, ¿puede darse -una existencia más innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese -usted, volvería para entregarse espontáneamente... _¡Usted no puede -pasarse sin nosotros!_ Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos, -pongamos tres, se acordaría de mis palabras y confesaría. Vendría usted -a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Más aún, -estoy persuadido de que, después de haberlo reflexionado usted bien, -se decidirá usted a aceptar la expiación. En este momento no lo cree; -pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, el sufrimiento es una gran -cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede -parecer ridículo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai -tiene razón. Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch. - -Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; el juez hizo lo mismo. - ---¿Va usted a pasearse? La tarde será buena; sólo que no hay tormenta. -Sería conveniente, porque refrescaría la temperatura. - ---Porfirio Petrovitch--dijo el joven con tono seco y breve--, le ruego -que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un -hombre extraño, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he -confesado nada... no lo olvide usted. - ---Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo tiembla! No se inquiete usted, -querido: tomo nota de su recomendación. Pasee usted un poco; pero -no traspase ciertos límites. En todo caso, tengo un pequeño encargo -que hacer a usted--dijo bajando la voz--; es algo delicado, pero -tiene su importancia: en el caso, poco probable según mi creencia, de -que durante esas cuarenta y ocho horas le dé a usted la humorada de -acabar con su vida (perdóneme esta absurda suposición), deje usted un -billetito, nada más que dos líneas, indicando el sitio donde está la -piedra; eso será más noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire -buenos pensamientos. - -Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, y éste se acercó -a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus -cálculos, el juez de instrucción debía de estar lejos de la casa. En -seguida salió de ella apresuradamente. - - -III - -Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qué era lo que podía -esperar de aquel hombre que ejercía sobre él un poder tan misterioso. -Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba -la inquietud, y al presente no podía retrasar el momento de una -explicación. - -Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: ¿habrá -ido Svidrigailoff a casa de Porfirio? - -Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido. -Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las -circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma -conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no -quería decir que no lo haría más tarde. - -Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que -no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se -fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado -demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le -eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que -fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más -que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión -mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un -inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor -estado que los días precedentes. - -Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha -para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por -ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a -casa del juez de instrucción? - -¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello! - -Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de -él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los -náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que -empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba -este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal -vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba -a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a -casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba -espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia -sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar -la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de -Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo -Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario. - -No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad -misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba -mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de -él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de -Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose -de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio. - -Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento, -aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo. - -«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío--se decía--; -ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana... -quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de -emplearlo como arma contra Dunia?» - -Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se -había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en -aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se -le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría -extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en -denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y -la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San -Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era -buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a -Razumikin?--se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón--. En todo -caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios, -los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero -si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi -hermana, le mataré.» - -Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio -de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En -dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta -pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo -de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas -las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí -se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba, -se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también -gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba -a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas -vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una -mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror. -Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más -a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le -viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar -hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo. -La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff -no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse; -pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde. -Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de -la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos -sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los -labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa -carcajada. - ---¡Pues bien, entre usted, si quiere; aquí estoy!--gritó desde la -ventana. - -El joven subió. - -Encontró a Svidrigailoff en un gabinete pequeño contiguo a una gran -sala, en la cual había muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios, -y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacían un -estruendo espantoso. En una habitación inmediata se jugaba al billar. -Svidrigailoff tenía delante una botella de _Champagne_ empezada y un -vaso medio lleno. Le acompañaban dos músicos callejeros: un organillero -y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho años, fresca y bien -portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirolés adornado de -cintas. Acompañada por el organillero cantaba con voz de contralto, -bastante fuerte, una canción trivial en medio del ruido que llegaba de -la otra sala. - ---¡Ea, basta!--dijo Svidrigailoff cuando entró el hermano de Dunia. - -La cantante se detuvo en seguida y esperó en actitud respetuosa. Antes -también, mientras dejaba oír sus vulgaridades melódicas, mostraba en su -fisonomía cierta expresión de respeto. - ---¡Eh, Felipe, un vaso!--gritó Svidrigailoff. - ---No bebo vino--dijo Raskolnikoff. - ---Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes -retirarte. - -Sirvió un gran vaso de vino y le dió un billetito de color amarillo. -Katia bebió el vaso de _Champagne_ a pequeños sorbos como suelen -hacerlo las mujeres, y después de haber tomado el billete, besó la mano -de Svidrigailoff, que aceptó con aire grave el testimonio de aquel -respeto servil. - -Aun no hacía ocho días que Arcadio Ivanovitch había llegado a -San Petersburgo, y ya se le tenía por un antiguo parroquiano del -establecimiento. - ---Iba a casa de usted--dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos--; -pero, ¿cómo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado -por la perspectiva***? Jamás paso por aquí. Tomo siempre la derecha al -salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted. -Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... ¡Es extraño! - ---¿Por qué no añade usted que es un milagro? - ---Porque quizá no es más que una casualidad. - ---Esa es la salida a que recurren todos--contestó riendo -Svidrigailoff--. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se -atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto «quizá» no es -más que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodión Romanovitch, -cuán poco valor hay aquí para sostener una opinión. No lo digo por -usted, porque sé que si tiene una opinión personal, no teme afirmarla; -por eso precisamente ha atraído usted mi curiosidad. - ---¿Sólo por eso? - ---Me parece que es bastante. - -Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitación, aunque no -había bebido más que un vaso de vino espumoso. - ---Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todavía si yo tenía o -no eso que llama usted opinión personal--observó Raskolnikoff. - ---Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en -cuanto al milagro, diré que quizá ha estado usted durmiendo durante -todos estos días. Yo mismo le di las señas de este café, y no es -sorprendente que haya usted venido derechamente a él. Le indiqué el -camino que se debe seguir para encontrarme. ¿No se acuerda usted? - ---Lo he olvidado--respondió sorprendido Raskolnikoff. - ---No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La dirección -se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado -a su pesar; pero he aquí que se me ocurre una cosa: estoy seguro de -que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas. -Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, médicos, -jurisconsultos y filósofos, podrían hacer curiosos estudios, cada cual -en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana -esté sometida a influencias tan sombrías y tan extrañas; la acción -solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es -el centro administrativo de la nación, y su carácter debe reflejarse en -toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quería decirle a usted que -le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba -usted la cabeza alta; después de andar veinte pasos la baja usted, y -cruza los brazos detrás de la espalda. Mira usted, pero es evidente -que no ve cosa alguna. Por último, se pone usted a mover los labios -y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras -se detiene en medio de la calle, durante más o menos tiempo. Esto, en -rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas, -como yo, y tal cosa no carece de peligros. A mí, ¿qué me importa? No -tengo la pretensión de curarle; pero usted, sin duda, me comprende. - ---¿Sabe usted que se me sigue?--preguntó Raskolnikoff fijando en -Svidrigailoff una mirada investigadora. - ---No--respondió éste asombrado--; no sé nada. - ---Bueno, no hablemos de mí--murmuró Raskolnikoff frunciendo las cejas. - ---Está bien. No hablaremos de usted. - ---Dígame más bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este -_traktir_ como sitio en que podía encontrarle a usted; ¿por qué, hace -un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado -usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente. - ---¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, cuando entré en el cuarto de -usted, se fingió el dormido, aunque estaba despierto? Lo advertí muy -bien. - ---Podía tener razones... usted lo sabe. - ---Y yo, ¿no podía también tener razones, aunque usted no las conociese? - -Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de -su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro. -Aunque bella, tenía algo que le hacía profundamente antipática. Parecía -una máscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos, -la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos -demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vestía un -elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de -su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de -valor. - ---Entre nosotros no sirven las tergiversaciones--dijo bruscamente el -joven--; aunque esté usted en capacidad de hacerme mucho mal, si tiene -deseos de molestarme, quiero hablarle franca y claramente. Sepa usted, -pues, que si sigue con las mismas intenciones acerca de mi hermana, y -si cuenta usted para labrar su objeto con el secreto que ha sorprendido -últimamente, le mataré a usted antes de que me hayan metido en la -cárcel. Le doy a usted mi palabra de honor. En segundo lugar, he creído -advertir estos días que deseaba usted tener una entrevista conmigo. Si -algo tiene que comunicarme, despáchese, porque el tiempo es precioso, y -quizá bien pronto será demasiado tarde. - ---¿Qué es lo que corre a usted tanta prisa?--preguntó Svidrigailoff, -mirándole con curiosidad. - ---Cada cual tiene sus negocios--dijo Raskolnikoff con aire sombrío. - ---Acaba usted de invitarme a que sea franco, y a la primera pregunta -rehusa usted responderme--observó Svidrigailoff--. Me supone usted -siempre algunos proyectos. En la posición de usted, tal cosa se -comprende perfectamente; pero aunque tengo el deseo de vivir en -buena armonía con usted, no me tomaré la molestia de desengañarle. -Verdaderamente no vale la pena; no tengo nada que decirle. - ---¿Por qué está usted siempre dando vueltas en derredor mío? - ---Sencillamente porque es usted un sujeto muy digno de ser observado. -Ha excitado usted mi curiosidad por lo fantástico de su situación. -Además, es usted el hermano de una persona que me interesa mucho; ella -me ha hablado de usted varias veces, y su lenguaje me ha hecho pensar -que tiene usted una gran influencia sobre ella. ¿No son bastantes -razones éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso, la pregunta -es para mí compleja, y me es muy difícil responder a ella. Si usted, -por ejemplo, ha venido a buscarme ahora, es, no sólo por un negocio, -sino en la esperanza de que yo le diga a usted algo nuevo; ¿no es -verdad? ¿No es verdad?--repitió con sonrisa equívoca Svidrigailoff--. -Pues bien, figúrese usted que yo mismo, al volver a San Petersburgo, -esperaba también que me diría usted algo nuevo y pensaba en tomar algo -prestado. Vea usted cómo somos nosotros los ricos. - ---¿Tomarme algo prestado? ¿El qué? - ---¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué miserable _traktir_ me paso -todo el día--repuso Svidrigailoff--; no crea que me divierto; pero -en alguna parte he de pasar el tiempo. Me distraigo con esa pobre -Katia que acaba de salir... Si tuviese la suerte de ser un glotón, un -gastrónomo de club... pero nada de eso; ahí tiene usted todo lo que -yo puedo comer (señaló con el dedo una mesita colocada en el rincón, -y en ella un plato de hierro galvanizado, que contenía los restos de -un mal biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido usted? En cuanto -al vino sólo bebo _Champagne_, y un vaso me basta para toda la noche. -Si he pedido esa botella hoy, es porque tengo que ir a cierta parte -y he querido de antemano preparar un poco la cabeza. Hace poco me -ocultaba como un colegial, porque temía que la visita de usted fuera -un trastorno para mí; pero creo que puedo pasar una hora con usted. -Ahora son las cuatro y media--añadió mirando al reloj--. ¿Querrá usted -creer que hay momentos en que me disgusta no ser nada; ni fotógrafo, ni -periodista...? Suele ser muy fastidioso no tener ninguna especialidad. -Ciertamente, pensaba que me diría usted algo nuevo. - ---¿Quién es usted y por qué ha venido aquí? - ---¿Que quién soy? Lo sabe usted; un gentilhombre; he servido dos años -en Caballería, después de lo cual me he paseado por San Petersburgo; -más tarde me casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí a vivir al campo. -Ahí tiene mi biografía. - ---Según parece, es usted jugador. - ---¿Jugador yo? No diga usted eso; diga usted más bien que soy un tahur. - ---¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego? - ---Sí. - ---Habrá recibido usted alguna vez bofetadas. - ---Sí, alguna que otra. ¿Por qué me pregunta usted eso? - ---Pues bien; podría usted batirse en duelo. Eso produce sensaciones. - ---No tengo ninguna objeción que hacer a usted. Además, yo estoy poco -fuerte en discusiones fisiológicas. Confieso que si he venido aquí, es -sólo por las mujeres. - ---¿En seguida de haber enterrado a Marfa Petrovna? - -Svidrigailoff se sonrió. - ---Pues bien, sí--respondió con una franqueza desconcertante--. Parece -que le escandaliza lo que le digo. - ---¿Se asombra usted de que me escandalice la disipación? - ---¿Por qué no había de seguir mis inclinaciones? ¿Por qué he de -renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupación. - -Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto y se arrepentía de haber -venido. Svidrigailoff le parecía el hombre más depravado del mundo. - ---¡Eh! Quédese usted un momento; que le traigan te. Vamos, siéntese. Le -contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera cómo una mujer emprendió la -tarea de convertirme? Esto será una respuesta a su primera pregunta, -puesto que se trata de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? Mataremos -el tiempo. - ---Sea; mas espero que usted... - ---No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia -Romanovna no puede inspirarme más que profunda estimación. Creo haberla -comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe usted que cuando -no se conoce a las personas se corre el riesgo de engañarse? Pues eso -es lo que me ha pasado con su hermana de usted. ¡Lléveme el diablo! -¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto -empezó por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que -Marfa Petrovna me concedía cierta libertad con las campesinas. Acababa -de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha, -como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote: -sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron -un escándalo. Cierto día, después de comer, Advocia Romanovna me -llamó aparte, y mirándome con ojos relampagueantes, _exigió_ de mí -que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quizá fué la primera vez que -hablamos a solas. Es claro, me apresuré a deferir a su demanda. Traté -de parecer conmovido y turbado; en una palabra, representé mi papel a -conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas, -en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lágrimas en -los ojos que cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en los ojos! -Vea usted hasta dónde llega en algunas jóvenes, la pasión por la -propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino; -me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en -práctica un medio que no falla jamás con las mujeres: la adulación. -Espero que no se incomodará usted porque le diga que Advocia Romanovna -no fué en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba. -Por desgracia, eché a perder todo el negocio por mi impaciencia y -por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo -de mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por parecerle odiosa. Sin -entrar en detalles, bastará con que le diga a usted, que hubo entre -nosotros un rompimiento. Después hice nuevas tonterías. Me extendí -en groseros sarcasmos a propósito de las misioneras; Paratcha entró -de nuevo en escena y fué seguida de otras muchas. ¡Oh, si hubiese -usted visto entonces, Rodión Romanovitch, qué relámpagos lanzaban los -ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueños me perseguían sus -miradas. Llegué a no poder soportar el ruido de sus ropas y temí un -ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con -Advocia Romanovna, y la reconciliación era imposible. Imagínese usted -lo que hice entonces. ¡A qué grado de estupidez puede llegar el hombre -despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodión Romanovitch. -Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdón, no quería decir -eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, vivía de su trabajo y -que tenía a su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! ¡vuelve usted -a fruncir el entrecejo!), me decidí a ofrecerle toda mi fortuna (podía -reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San -Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, la habría jurado amor eterno, -etc., etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal modo estaba enamorado -de ella en esta época, que si su hermana de usted me hubiese dicho: -«Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo hubiera -hecho sin vacilar. Pero todo acabó por la catástrofe que usted ya -conoce, y no se puede imaginar cómo me irritaría el saber que mi mujer -había negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrollón -de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana -de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como -ése. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Advierto que me escucha usted con -mucha atención... interesante joven... - -Svidrigailoff dió un violento puñetazo sobre la mesa. Estaba sofocado, -y aunque apenas había bebido dos vasos de _Champagne_, empezaba a dar -señales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirtió y resolvió aprovecharse -de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien -consideraba como su más peligroso enemigo. - ---Pues bien, después de esto, no tengo la menor duda de que usted -ha venido aquí por mi hermana--declaró el joven con tanto más -atrevimiento, cuanto que quería llevar a su interlocutor a los últimos -extremos. - -Svidrigailoff trató de borrar el efecto producido por sus palabras. - ---¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme? - ---Estoy persuadido; pero no se trata de eso. - ---¿Está usted persuadido de que ella no puede sufrirme?--replicó -Svidrigailoff guiñando los ojos y sonriéndose con aire burlón--. -Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jamás de lo que -pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un -rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y sólo es conocido de -los interesados. ¿Se atrevería usted a afirmar que Advocia Romanovna me -miraba con repugnancia? - ---Ciertas palabras de su relato me prueban que todavía tiene usted -infames propósitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo más -pronto posible. - ---¿Cómo han podido escapárseme tales palabras?--dijo Svidrigailoff -poniéndose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo más -mínimo por el epíteto con que se calificaban sus propósitos. - ---Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos -de usted. ¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace ese súbito temor que -demuestra? - ---¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, hombre! Usted sí, amigo, que -debe tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo; un poco -más, y hubiera cometido una tontería. ¡Váyase al diablo el vino! ¡mozo, -agua! - -Tomó la botella de _Champagne_, y sin andarse con miramientos la tiró -por la ventana. Felipe trajo agua. - ---Todo esto es absurdo--dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y -pasándosela por la cara--. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada -todas las sospechas de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme? - ---Ya me lo había dicho usted. - ---¿Que se lo he dicho? pues me había olvidado; pero, de todas maneras, -cuando le anuncié mi próximo matrimonio, podía hablar de él en forma -dubitativa, pues aun no había nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y -si en este momento no tuviese que hacer, le conduciría a casa de mi -futura. Me gustaría saber si usted aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba, -no cuento más que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la -historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... ¿Quiere usted -irse aún? - ---No, ahora no le dejo a usted. - ---¿No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le enseñaré a usted -mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto. -Usted va por la izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído usted hablar -de cierta señora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo? -Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te aburres--me decía--, y esto -será para ti una distracción momentánea.» Yo soy, en efecto, un hombre -melancólico y huraño. ¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, yo tengo -el humor sombrío, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres -días seguidos en un rincón, sin hablar una palabra; por otra parte, -esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustaré -pronto con mi mujer, que la echaré de mi lado y que ella la lanzará a -la circulación. Sé, por ella, que el padre, antiguo funcionario, está -enfermo. Desde hace tres años no puede valerse de las piernas y no -deja la butaca. La madre es una señora muy inteligente; el hijo está -empleado en provincias y no ayuda lo más mínimo a sus padres; la hija -mayor está casada y no da señales de vida. Esta pobre gente tiene que -mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada -del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplirá diez y seis -años antes de un mes, y ésta es la que me destinan... Provisto de estos -datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena -familia, que está bien relacionado, y que además tiene buena fortuna. -Mis cincuenta años no suscitan la más ligera objeción. Había que -verme hablando con el papá y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido! -Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, poniéndose -del color de la amapola (sin duda había aprendido la lección). No -conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para mí, -esos diez y seis años, esos ojos todavía infantiles, esa timidez, esas -lagrimitas púdicas, todo ello tiene más encanto que la belleza; por -otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus -ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos -senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de -familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al día siguiente, -es decir, anteayer, éramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a -verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que -dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la -grana, pero se deja querer. Su mamá le ha dado, sin duda, a entender -que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera -comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que -los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por -boca de esta niña. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no -es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que -incendia todo mi ser... Su fisonomía se parece mucho a la de la Virgen -Sixtina. ¿Ha reparado usted en la expresión fantástica que Rafael supo -dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la -joven. Desde el día siguiente de nuestros esponsales, la he llevado -a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un -neceser de _toilette_ de plata; la carita de la _madonna_ resplandecía. -Ayer no me privé de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos -lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me echó -un brazo al cuello, y besándome, me juró que sería para mí una esposa -buena, obediente y fiel; que me haría feliz, que me consagraría todos -los instantes de su vida y que, en cambio, no quería de mí más que -mi cariño, nada más: «No tengo necesidad de regalos», me ha dicho. -Oír a un ángel de diez y seis años, con las mejillas coloreadas de un -pudor virginal, que le hace a usted esta declaración con lágrimas de -entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. ¡Ah, sí! le llevaré a casa -de mi prometida; pero no puedo enseñársela a usted en seguida. - ---¿De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la -sensibilidad de usted? ¿Es posible que piense seriamente en contraer -semejante matrimonio? - ---¡Qué austero moralista!--dijo burlándose Svidrigailoff--. ¡Dónde va -a anidar la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que me hacen mucha gracia -sus exclamaciones de indignación? - -Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado y se levantó. - ---Siento mucho--continuó--no poder detenerme más tiempo con usted; pero -ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia. - -Salió del _traktir_. Raskolnikoff le siguió. La embriaguez de -Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía -muy preocupado, como hombre que está en vísperas de emprender una -cosa muy importante. Desde hacía algunos instantes se revelaba en sus -movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se hacía -cáustico y agresivo. Todo ello parecía justificar una vez más las -aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir los pasos del -extraño personaje. - -Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo: - ---Aquí nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda, -o al contrario. Adiós, amigo mío, hasta la vista. - -Y se dirigió hacia el Mercado del Heno. - - -IV - -Raskolnikoff se puso a seguirle. - ---¿Qué significa esto?--preguntó, volviéndose, Svidrigailoff--. Creo -haberle dicho a usted... - ---Esto significa que estoy decidido a acompañarle. - ---¿Qué? - -Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista. - ---En la semiembriaguez de usted--replicó Raskolnikoff--me ha dicho -lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus -odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan más que nunca. Sé que -esta mañana mi hermana ha recibido una carta. ¡No ha perdido usted el -tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas -y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero -esto nada significa, y deseo convencerme por mí mismo... - -Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qué cosa quería -convencerse. - ---¿Por lo visto, usted quiere que yo llame a la policía? - ---Llámela usted. - -Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de -Svidrigailoff cambió de expresión. Viendo que su amenaza no intimidaba -en lo más mínimo a Raskolnikoff, tomó de repente un tono más alegre y -amistoso. - ---¡Qué original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha -despertado en mí, no he querido hablarle de su asunto. Quería dejarlo -para ocasión más oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer -perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le -advierto que sólo entro para tomar algún dinero; en seguida saldré, -montaré en un coche y me iré a pasar el resto del día a las Islas... -¿Qué necesidad tiene usted de seguirme? - ---Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy, -sino al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido -a las exequias de su madrastra. - ---Como usted quiera; pero Sofía Semenovna no está en casa. Ha ido a -llevar a los tres niños a la casa de una señora anciana a quien yo -conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He -proporcionado un gran placer a esa señora remitiéndole el dinero para -los chiquillos de Catalina Ivanovna, además de un donativo pecuniario -para sus establecimientos; le he contado, por último, la historia de -Sofía Semenovna, sin omitir ningún detalle. Mi relato ha producido -un efecto indescriptible, y ahí tiene usted por qué ha sido invitada -Sofía a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual la _barinia_ en -cuestión reside provisionalmente desde su regreso del campo. - ---No importa, de todos modos entraré en su casa. - ---Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompañarle. ¿Para -qué? Estoy seguro de que desconfía de mí, porque he tenido hasta este -momento la discreción de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina usted -a lo que quiero aludir? Apostaría cualquier cosa a que mi discreción -le ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted delicado para que se le -recompense de ese modo!... - ---¿Le parece a usted delicado escuchar detrás de las puertas? - ---¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no hubiese usted hecho esta -observación--respondió riendo Svidrigailoff--. Si cree usted que no -está permitido escuchar detrás de las puertas, pero sí asesinar a -mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese -parecer, y haría usted bien en marcharse cuanto antes a América. Parta -usted en seguida, joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo con toda -sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo daré. - ---No pienso en tal cosa--replicó desdeñosamente Raskolnikoff. - ---Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral, -como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado -esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree -haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso -lo que tiene el propósito de hacer? - ---Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así -le libraré de mi presencia. - ---¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de -subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía -Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo -a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la -señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha -salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y -acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa. -¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi -cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil -negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro; -quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo -de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan -todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada -tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en -la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a -las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted? -Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted? -Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a -llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota. - -Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese -Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin -responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del -Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que -Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba -y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás. -Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se -encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al -puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie, -a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al -puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano, -Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud; -durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver -que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía -rápidamente hacia ella. - -Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se -quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un -rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó -comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano -no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer -ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff. - ---Vamos más de prisa--le dijo por lo bajo este último--. Es preciso que -Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha -venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que -me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una -carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado -de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces? - ---Ya hemos dado vuelta a la esquina--interrumpió Dunia--. Ahora mi -hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su -compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la -calle. - ---En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben -hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía -Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas -pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a -toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que -poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano. - -Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a -Svidrigailoff. - ---¿Qué teme usted?--observó tranquilamente éste--. La ciudad no es el -campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted más daño que yo a -usted. - ---¿Sofía Semenovna está avisada? - ---No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa. -Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el -entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste -haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta -siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la -menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo -cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve -usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado -ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla -si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí, -en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto -de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes -vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué -tengo yo de terrible? - -Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió. -Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba -levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución -inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas -palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa -joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio. - ---Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame -usted--dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema -palidez de su semblante. - -Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia. - ---Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una -contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir -más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo -también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto -dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré -a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas -dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora -Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas. -Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas, -el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un -conocimiento exacto de todos los lugares. - -Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba -en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso -ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo -advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto -modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar -dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de -la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en -comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff -mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin -comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió -Svidrigailoff la explicación. - ---¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa -puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se -encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para -escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada -precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y -hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla, -escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos -tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de -alguna cosa. ¿Qué le parece a usted? - ---Que ha sido un espía. - ---Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse. - -Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un -asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le -brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado -tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad -que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de -desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff, -acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba -en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta. -Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era -nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón. - ---Aquí tiene usted su carta--comenzó a decir, depositándola encima -de la mesa--. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a -entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de -usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa -usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este -cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo -que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho -nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas; -hable, pues; pero le advierto que no le creo. - -Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante -la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas. - ---Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi -casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad? - ---No me atormente más y hable, hable usted. - ---Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía -verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la -acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con -usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer -discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo -demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué -he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra? - ---¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación? - ---No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión -Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna. -Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a -la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había -empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la -hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel, -entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a -las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito -era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que, -palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el -secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo -referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted -tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted. - ---¡Eso es imposible!--balbuceó Dunia, jadeante--; no tenía la menor -razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una -mentira. - ---El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó -dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni -de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo -bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha -atrevido a utilizarlo. - ---¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este -pensamiento?--exclamó Dunia levantándose vivamente--. ¿Usted lo conoce? -¿Le cree usted capaz de ser ladrón? - ---Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de -variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia; -he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un -correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción -laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la -hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito -al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna? - ---Voy a ver a Sofía Semenovna--respondió con voz débil la joven--. -¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero -verla en seguida. Es menester que ella... - -Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente. - ---Según todas las apariencias, Sofía Semenovna no estará de vuelta -hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha -vuelto aún, no regresará hasta muy tarde. - ---¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que -mentiras... no te creo... no te creo--exclamó Dunia en un arranque de -cólera que la ponía fuera de sí. - -Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se -apresuró a acercarle. - ---¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua; -beba usted un poco. - -Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí. - -«Esto ha producido efecto»--murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo -el entrecejo--. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión -Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso. -¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de -aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen, -su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán -su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo -está usted? ¿Cómo se siente? - ---¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted! - ---¿A dónde quiere usted ir? - ---A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa -puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo -la ha cerrado usted? - ---No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que -usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted -causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo -irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor -imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he -visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese, -vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a -venir a mi casa; pero siéntese usted. - -Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella. - ---¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible? - ---Todo depende de usted--comenzó a decir en voz baja. - -Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar. - -Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla. - ---Una sola palabra de usted y se salva--continuó él todo tembloroso--. -Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente -para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno -para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia -puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su -madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como -el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de -su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco. -Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré -lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire -usted de ese modo, que me mata! - -Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de -enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a -sacudirla con todas sus fuerzas. - ---¡Abrid, abrid!--gritó, creyendo que la oirían fuera--. ¡Abrid! ¿No -hay nadie en esta casa? - -Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y -una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos. - ---No hay nadie aquí--dijo lentamente--. La patrona ha salido y usted se -equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil. - ---¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame! - ---La he perdido y no puedo encontrarla. - ---¿De modo que esto era un lazo?--gritó Dunia pálida como una muerta, y -se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita. - -Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando -hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro -extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio. -Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su -rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón. - ---Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto, -la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas. -Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto -de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que -usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si -usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte, -nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va -sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a -su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de -una violación, Advocia Romanovna. - ---¡Miserable!--dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación. - ---Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente -desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como -usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho -ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que -consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he -propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a -las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra. -Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos. -Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí. - -Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien -a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su -resolución. - -De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la -mesa, al alcance de su mano. - -Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento -hacia adelante. - ---¿Esas tenemos?--dijo con maligna sonrisa--. La situación cambia por -completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se -ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin? -¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las -lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán -sido inútiles. - ---Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado -tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él -cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso, -te juro que te mato! - -Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si -llegaba el caso. - ---Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple -curiosidad--dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio. - ---Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu -mujer, lo sé; tú también eres un asesino. - ---¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna? - ---Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé -que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame. - ---Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías -sido la causa. - ---¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre! - ---Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por -convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en -los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la -luna, mientras cantaba el ruiseñor. - ---¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes, -calumniador! - ---¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que -se les recuerden ciertas cosillas--repuso sonriendo--. ¡Sé que tirarás, -precioso monstruo; pues bien, anda! - -Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer -fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez. -Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus -grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff! -Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los -cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff -se detuvo. - ---Una picadura de abeja--dijo riéndose--. Apunta a la cabeza... ¿Qué es -esto? Tengo sangre. - -Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría -a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del -cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de -estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer. - ---Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez; -espero--prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de -siniestro--; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla -antes de que pueda usted defenderse. - -Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su -perseguidor. - ---¡Déjeme usted!--dijo con desesperación--; ¡le juro que voy a disparar -otra vez! ¡Le mataré! - ---A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero -si no me mata, entonces... - -En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su -pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el -tiro. - ---No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene -ésta aún una cápsula; espero. - -En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente, -que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre -moriría antes que renunciar a su designio. - -Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella. - -De repente la joven tiró el revólver. - ---¡No quiere usted tirar!--dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró -libremente. - -No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía -aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo -la naturaleza del alivio que experimentó. - -Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la -joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso -hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido. - ---¡Suéltame!--suplicó Dunia. - -Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se -echó a temblar. - ---¿De modo que no me amas?--preguntó en voz baja. - -Dunia hizo con la cabeza un signo negativo. - ---¿Y no podrás amarme... nunca...?--continuó él con acento desesperado. - ---¡Nunca!--murmuró la joven. - -Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de -Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión -indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor -del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse -delante de la ventana. - ---Ahí está la llave--dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo -izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse -hacia Dunia)--. Tómela usted, y váyase pronto. - -Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la -mesa para tomar la llave. - ---¡Pronto, pronto!--repitió Svidrigailoff. - -No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra -«pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no -dejaba lugar a dudas. - -Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente -de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del -canal, en la dirección del puente***. - -Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al -cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se -pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña -sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía -sangre en la mano, la miró con cólera, y luego mojó un paño y se lavó -la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta. -Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver -pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas -vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el -arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió. - - -V - -Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo -recorriendo tabernas y _traktirs_. Habiendo encontrado a Katia le pagó -las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los -mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña -simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada, -y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda. -Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó -la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente -el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los -dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir -con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué -elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto -de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó -comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido -a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto -de aquella operación _comercial_. Por último, se averiguó que el -objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La -cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa -hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que -se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante -toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se -había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse -servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se -amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta -tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se -encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el -dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el -dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó -que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de -su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia. - -La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de -Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente -al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo -una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron -asustados. - -Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se -sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo. - ---Sofía Semenovna--empezó a decir--, quizá me vaya a América, y, como -según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a -fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de -esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente -(Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente -tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y -a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a -cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí -tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos -del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto -quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es -necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de -este modo. - ---Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y -conmigo--balbuceó Sonia--, que aunque apenas le haya dado a usted las -gracias no crea usted que... - ---Bueno, basta; basta... - ---En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco -mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en -mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su -ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero... - ---Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted -objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre -dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia. - -Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su -interlocutor. - ---No se inquiete usted--prosiguió Svidrigailoff--. Lo he oído todo de -sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto. -Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es -el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le -acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero. -Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que -le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha -prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume -usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora -de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted -enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si -mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de -mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la -vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A -propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al -señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho. -Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a -entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten. - -Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante. -Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta; -pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar. - ---¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo -tan malo? - ---Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi -querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted -útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin; -dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide -usted. - -Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un -sentimiento de temor. - -La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy -inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se -presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban -un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de -que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el -primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería -una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta -suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales -por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre -enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas. -Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo, -saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio, -y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre la -_high-life_ parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff. - -Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las -circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de -costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le -dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer -su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le -obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le -traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que -desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en -vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este -regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello -una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo, -por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia -se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente -calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se -levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla, -y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba -perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad -infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su -futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo -sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las -madres. - -A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había -cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de -media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si -buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de -la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era -infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de -madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz. -Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el -corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado -le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la -escalera; era el único disponible. - ---¿Hay te?--preguntó Svidrigailoff. - ---Puede hacerse. - ---¿Qué hay además? - ---Carne, aguardiente, entremeses. - ---Tráeme carne y te. - ---¿No quiere usted nada más?--preguntó con algo de vacilación el -camarero. - ---No. - -El hombre harapiento se alejó muy contrariado. - -«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel--pensó -Svidrigailoff--; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que -vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino. -Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.» - -Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era -tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff -podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy -sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería -destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su -primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que -daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso -la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero -un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer -su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura -del tabique. - -En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en -pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa, -era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz -plañidera: - ---Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del -fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él. - -El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un -hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba -una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo -que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la -mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de -aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y -servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro, -Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama. - -Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo -«si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se -retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza -de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que -comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán -y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado. - -«Mejor sería, por esta vez, estar bien»--se dijo sonriendo. - -La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento -zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón y llenaba todo el cuarto -olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba -más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera -querido fijar en algo su imaginación. - -«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y -de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio -de la tempestad y de las tinieblas!» - -Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky, -había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el -pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie -sobre el puente, contemplaba el río. - -«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»--pensó, y de -repente una idea extraña le hizo sonreír. - -«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las -comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que -en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido -hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al -frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables... -Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están -acostados»--añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a -poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor -agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes -había tenido con la joven. - -«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie; -jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal -signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he -aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe -adónde habría llegado!» - -Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal -como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver -incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de -espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de -lo oprimido que tenía el corazón. - -«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!» - -Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le -pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo -del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un -ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería -destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable -le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se -incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón -sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del -lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por -entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió -debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero -en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él -y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor -nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en -la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el -viento continuaba silbando en el exterior. - -«Esto es insoportable»--se dijo con cólera. - -Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana. - -«Más vale no dormir»--se dijo. - -Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse -de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No -encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e -ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido -en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del -viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos -tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente -paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio... -En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto -inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de -la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones -chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos -medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos -blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos -ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff, -tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la -escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas, -como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma, -había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto -de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las -ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los -pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre -una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un -féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado -de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba, -sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los -ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los -de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban -despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El -perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero -la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una -desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff -conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes, -ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a -los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había -destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida -vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación, -grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría -noche de deshielo. - -Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana. -Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales, -exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al -rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo -la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin -duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas; -pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se -ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos, -Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la -obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos -cañonazos. - -«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!--pensó--. Esta madrugada los -barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en -las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y -renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus -cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora -es?» - -En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió -tres campanadas. - -«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en -seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.» - -Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero -en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar -la cuenta y dejar en seguida la posada. - -«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.» - -Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no -encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un -rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un -objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la -luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y -lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia -de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con -expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen -hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato, -comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba -transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?» -Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en -toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de -pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato -interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota». -Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada. -Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin -duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el -castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia. -Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar -furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la -noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad, -y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada, -tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la -tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a -desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos, -tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco. -Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha. -La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado, -Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos. - -«¿Qué me importa a mí eso?--se dijo con un movimiento de cólera--.¡Qué -tontería!» - -En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes -el hotel. - -«¡Bah! ¡una granujilla!»--dijo, lanzando una blasfemia en el instante -en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada -sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó -con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía -con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se -habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era -mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños. - -«Es el color de la fiebre--pensó Svidrigailoff--. Cualquiera diría que -ha bebido.» - -Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó -advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña -durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas -maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles. - -«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?» - -En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen -esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe -en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel -rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta, -de una _cocotte_ francesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a -Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen... -Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban -lujuria. - -«¡Cómo! ¿a los cinco años?--murmuraba, preso de un verdadero espanto--. -¿Es posible?» - -Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los -brazos. - -«¡Ah, maldita!»--exclamó con horror Svidrigailoff. - -Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta. - -Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no -estaba encendida; amanecía. - -«He tenido una pesadilla.» - -Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado. -Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato. -Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el -revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas -estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su -librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después -de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió -en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que -había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después -a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de -repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación: -un instante después estaba en la calle. - -Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección -del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera, -veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus -céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un -coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas, -con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y -la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía -leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin -del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro -muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas. -Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un -instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la -vista una torre. - -«¡Bah!--pensó--; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla -Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un -testigo.» - -Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***. - -Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en -la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un -gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó -de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca -tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos -hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño -al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a -tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra. - ---¿Qué quiere usted?--preguntó, siempre arrimado a la puerta. - ---Nada, amigo mío; ¡buenos días!--respondió Svidrigailoff. - ---Siga usted su camino. - ---Voy al extranjero. - ---¿Cómo al extranjero? - ---A América. - ---¿A América? - -Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas. - ---¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas. - ---¿Por qué no? - ---Porque éste no es sitio. - ---No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di -que me he ido a América. - -Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha. - ---¡Aquí no se puede hacer eso!--replicó el soldado abriendo -desmesuradamente los ojos. - -Svidrigailoff oprimió el gatillo. - - -VI - -Aquel mismo día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se -dirigió a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban -ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les había hablado -Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff parecía vacilar aún. -Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrás. Estaba -resuelto a hacer aquella visita. «Todavía no saben nada--pensó--y están -acostumbradas a ver en mí un ser original.» - -Tenía el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la -fatiga física, juntamente con la lucha que se libraba en él desde hacía -veinticuatro horas, le había puesto la cara casi desconocida. El joven -había pasado la noche en vela. Dios sabe dónde; pero, por lo menos, su -partido estaba tomado. - -Llamó a la puerta, y su madre salió a abrir. Dunia había salido, y la -criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se -quedó muda de sorpresa y de alegría; después, tomando a su hijo por la -mano, le llevó a la sala. - ---¡Ah! ¿Estás aquí?--dijo con voz temblorosa a causa de la emoción--. -No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la -que me hace verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? No; estoy alegre, -ya lo ves, me río, sólo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde -la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás! - ---¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!--comenzó a decir Raskolnikoff. - ---Deja eso--interrumpió vivamente Pulkeria Alexandrovna--. ¿Piensas que -iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo; -lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres -de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aquí la gente tiene más -inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas, -que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras -tienes tú quizás el espíritu preocupado sabe Dios en qué pensamientos, -¿habría de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... ¡Ah, Dios -mío!... ¿Ves, Rodia? Ahora estaba preparándome a leer, por tercera vez, -el artículo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo -ha traído. Ha sido para mí una verdadera revelación; desde el primer -momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido. -«He aquí lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a -ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los -grandes talentos son así.» A pesar de la atención con que yo lo leo, -hay en tu artículo, hijo mío, muchas cosas que no entiendo; pero, como -soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo. - ---Enséñamelo, mamá. - -Raskolnikoff tomó el número de la Revista, y echó una rápida ojeada -sobre su artículo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al -verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene más que -veintitrés años. Aunque presa de las más crueles angustias, nuestro -héroe no pudo substraerse a esta impresión; pero sólo le duró un -instante. Después de haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo -y sintió que le oprimía el corazón terrible sufrimiento. Esta lectura -le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los -últimos meses; así es que arrojó con violenta repulsión el periódico -sobre la mesa. - ---Pero, por tonta que yo sea, Rodia--siguió la madre--, puedo, sin -embargo, juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás uno de los primeros -puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se han -atrevido a suponer que estabas loco! ¡Ah! ¿No sabes que se les había -ocurrido esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo podrían comprender -qué es la inteligencia? ¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, sí, la -misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace -seis o siete días, Rodia, me acongojaba ver cómo estabas instalado, -vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontería -mía; en cuanto tú quieras, con tu ingenio y tu talento, llegarás al -colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te -ocupas en cosas más importantes... - ---¿Dunia no está aquí, mamá? - ---No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio -Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti. -Te ama y te estima, hijo mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo -de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carácter, como -yo tengo el mío. Le agrada que ignore sus cosas; allá ella. Yo, en -cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que -Dunia es muy inteligente y de que, además, nos tiene mucho cariño a ti -y a mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. Siento que no pueda -aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le diré: «Durante -tu ausencia ha venido tu hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» Tú, -Rodia, no me mimes demasiado; ven aquí como puedas, sin desatender -tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendré paciencia; me -contentaré con saber que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar de ti -en todas partes, y de vez en cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo -desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre. - -Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar bruscamente. - ---¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso -nada!--gritó levantándose de pronto--. Hay café, y no te he ofrecido -una taza. ¿Ves qué grande es el egoísmo de los viejos? Voy en seguida... - ---No vale la pena, mamá; voy a irme; no he venido para eso; escúchame, -te lo suplico. - -Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente a su hijo. - ---Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de mí, ¿me amarás como -ahora?--preguntó de repente. - -Estas palabras brotaron espontáneas del fondo de su corazón, aun antes -que hubiera tenido tiempo de medir su alcance. - ---¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién -se atreverá jamás a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese -semejante cosa, me negaría a oírle y le arrojaría de mi presencia. - ---El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre, -y ahora me alegro mucho de que estemos tú y yo solos, y aun de que -no esté aquí Dunia--prosiguió con el mismo ímpetu--; quizá seas -desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora más que a sí mismo -y que te equivocarías si pusieses en duda mi ternura. Jamás cesaré -de quererte... ¡Ea, basta! He creído que debía, ante todo, darte esa -seguridad. - -Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, le estrechó contra su pecho y -lloró silenciosamente. - ---No sé lo que te pasa, Rodia--dijo--. Hasta ahora, yo había creído -sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento -me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la -intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdóname que te hable de -esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche -pasada, tu hermana deliraba y repetía constantemente tu nombre. He oído -algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta mañana hasta el -momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecución; -tenía no sé qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A dónde vas? Estás a -punto de partir, ¿no es verdad? - ---Sí. - ---Lo había adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo. -Dunia nos acompañará; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos -también a Sofía Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por -hija. Demetrio Prokofitch nos ayudará en nuestros preparativos para el -viaje... Pero... ¿a dónde vas? - ---Adiós, mamá. - ---¡Cómo! ¿hoy mismo?--exclamó, como si se tratase de una separación -eterna. - ---No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje. - ---¿Y no puedo ir contigo?... - ---No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por mí; Dios oirá acaso tu -plegaria. - ---¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. ¡Oh Dios mío! - -Sí, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella -entrevista. Para desahogar su ternura, tenía necesidad de estar -a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia, -hubiese estorbado. Cayó a los pies de su madre y los besó. Pulkeria -Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna -pregunta; había comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible -y que su suerte iba a decidirse en seguida. - ---¡Rodia, mi querido primogénito!--dijo la madre sollozando--; hete -ahora como eras en tu infancia; de ese modo venías a hacerme caricias -y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre vivía, no teníamos, -en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y -después que hubo muerto, ¡cuántas veces tú y yo hemos llorado sobre -su sepultura abrazados como ahora! Sí, si lloro desde hace tiempo, es -porque mi corazón maternal tenía presentimientos siniestros. La tarde -en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu -cara me lo ha revelado todo; cuando te abrí la puerta pensé, al verte, -que había llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, Rodia? - ---No. - ---¿Volverás? - ---Sí, volveré. - ---Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: ¿Te vas muy lejos? - ---Muy lejos. - ---¿Tendrás allí un empleo, una posición? - ---Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente por mí. - -Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarró a él y le miró con -expresión de desesperado dolor. - ---¡Basta, mamá!--dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora -sentía profundamente haber venido. - ---¿No partes para siempre? ¿No vas a ponerte en camino en seguida? -¿Vendrás mañana? - ---Sí, sí; adiós. - -Al fin logró escapar. - -La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la mañana, el tiempo -había aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente a su casa. Quería -acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier -encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto -advirtió que Anastasia, ocupada en preparar el te, había dejado su -tarea para mirarle con curiosidad. - -«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a pesar suyo, pensó en el odioso -Porfirio; pero, cuando abrió la puerta de la habitación, vió a Dunia. -La joven, pensativa estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba a -su hermano hacía mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral. -Dunia, estremecida, se levantó vivamente y le miró con fijeza. En los -ojos de la joven se leía inmensa pesadumbre; una sola mirada probó a -Raskolnikoff que la joven lo sabía todo. - ---¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?--le preguntó con voz trémula. - ---He pasado el día esperándote en casa de Sofía Semenovna; pensábamos -verte allí. - -Raskolnikoff entró en la habitación, y se dejó caer desfallecido en una -silla. - ---Me siento débil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre -todo, tendría necesidad de todas mis fuerzas. - -Fijó en su hermana una mirada de desconfianza. - ---¿Dónde has pasado la última noche? - ---No me acuerdo bien; quería tomar un partido definitivo, y muchas -veces me he aproximado al Neva; de esto sí me acuerdo. Mi intención -era acabar así; pero... no he podido resolverme...--dijo en voz baja, -tratando de leer en el rostro de Dunia la impresión producida por sus -palabras. - ---¡Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temíamos Sofía Semenovna y -yo. ¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios! - -Raskolnikoff se sonrió amargamente. - ---No creía en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra -madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrédulo, y, sin embargo, -le he pedido que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que sucede en este -momento! Yo mismo no sé qué pasa por mí. - ---¿Que has estado en casa de nuestra madre? ¿Le has hablado?--exclamó -Dunia con espanto--. ¿Es posible que hayas tenido valor para decirle -_aquello_? - ---No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz -alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto. -He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia. -Soy un hombre bajo... - ---Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás, -¿verdad? - ---Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero -en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre -fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia? - ---Sí, Rodia. - -Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se -consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo. - ---¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al -agua?--preguntó sonriendo con tristeza. - ---¡Oh, Rodia, basta!--respondió la joven, ofendida por tal suposición. - -Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los -ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el -joven se levantó. - ---La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé -por qué lo hago. - -Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas. - ---Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes tenderme la mano? - ---¿Lo dudabas? - -La joven lo estrechó contra su pecho. - ---¿Acaso aceptando la expiación no borras la mitad de tu -crimen?--exclamó, al tiempo que abrazaba a su hermano. - ---¡Mi crimen! ¿Qué crimen?--repitió en un acceso de cólera--; ¿el -de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y -perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a -los pobres? Tal asesinato debía servir de indulgencia para cuarenta -pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por -todos lados: ¡crimen! ¡crimen! Ahora que me he decidido a afrontar -voluntariamente ese deshonor, ahora sólo es cuando el absurdo de mi -cobarde determinación se me presenta con toda claridad. Es tan sólo por -bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que -no sea también por interés, como me lo aconsejaba Porfirio. - ---¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? ¿No te haces cargo de que has -vertido sangre?--exclamó Dunia consternada. - ---¿Y qué? Todo el mundo la vierte--prosiguió con vehemencia -creciente--. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las -personas que la derramaron como si fuera _Champagne_ subieron en -seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad. -Examina las cosas un poco más cerca para juzgarlas. También trataba -yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas -acciones hubiesen compensando ampliamente aquella única tontería, o, -mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece -ahora. Cuando el éxito falta, los designios mejor concertados parecen -estúpidos. Yo tan sólo trataba de crearme, por medio de aquella -tontería, una situación independiente, asegurar mis primeros pasos de -la vida, procurarme recursos; después hubiera levantado el vuelo... -Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi -objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo más que -para que se me arroje a los perros. - ---No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, hermano mío? - ---Es cierto, no he procedido según las reglas de la estética. No sé por -qué ha de ser más glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que -asesinar a una persona a hachazos. El temor de la estética es el primer -signo de la impotencia. Jamás lo he comprendido tan bien como ahora, ni -nunca he comprendido menos cuál es mi crimen. Nunca he sido más fuerte -ni he estado más convencido que en este momento. - -Su pálido y demudado rostro se había de repente coloreado. Pero cuando -acababa de proferir esta última exclamación, su mirada se encontró por -casualidad con la de Dunia, y ésta le miraba con tanta tristeza, que su -exaltación cayó de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor -había hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres. - ---Dunia querida: si soy culpable, perdóname, aunque no merezca ningún -perdón, si es que realmente soy culpable. Adiós; no disputemos, ya es -tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo aún una visita que -hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes -de ella, te lo suplico. Es la última petición que te dirijo. Cuando me -he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar -su desventura: o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. Razumikin no -os abandonará; ya le he hablado... No llores por mí; aunque asesino, -trataré de ser todavía valeroso y honrado. Quizás oigas hablar de mí -alguna vez. No os deshonraré; ya verás; aun he de probar... Ahora, -adiós--se apresuró a añadir, advirtiendo, mientras hacía sus promesas, -una extraña expresión en los ojos de Dunia--. ¿Por qué lloras de ese -modo? No llores; no nos separaremos para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me -olvidaba... - -Tomó de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abrió y sacó una -miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona, -la joven a quien había amado. Durante un instante contempló aquel -rostro expresivo y triste. Después besó el retrato y se lo dió a Dunia. - ---Muchas veces he hablado de _aquello_ con ella--dijo distraídamente--; -hice depositario a su corazón del proyecto que debía tener tan -lamentable resultado. No te alarmes--continuó, dirigiéndose a Dunia--; -ella experimentó tanta repugnancia y tanto horror como tú; ahora me -alegro de que haya muerto. - -Después, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo: - ---Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer, -y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me -es necesaria esta prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral habré adquirido -cuando salga del presidio, quebrantado por veinte años de sufrimiento? -¿Valdrá entonces la pena de vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar -el peso de semejante existencia! ¡Oh! Esta mañana, al irme a arrojar al -Neva, he comprendido que era un cobarde. - -Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia había -estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en -la calle. Después de haber marchado unos cuantos pasos, la joven se -volvió para ver por última vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado a -la esquina, el joven se volvió también, pero advirtiendo Raskolnikoff -que la mirada de su hermana estaba fija en él, hizo un gesto de -impaciencia, y aun de cólera, invitándola a que continuase el camino. -En seguida dió vuelta a la esquina. - - -VII - -Comenzaba a caer la noche cuando llegaba a casa de Sonia. Durante la -mañana y la tarde, la joven le había esperado con ansiedad. Por la -mañana había recibido la visita de Dunia. Esta fué a primera hora, -habiendo sabido la víspera por Svidrigailoff que Sofía Semenovna lo -sabía todo. No recordaremos minuciosamente la conversación de las -dos mujeres; limitémonos a decir que lloraron juntas y se hicieron -muy amigas. De esta entrevista sacó Dunia, por lo menos, el consuelo -de pensar que no estaría solo su hermano. Era Sonia la primera que -había recibido su confesión; a ella se había dirigido cuando sintió -la necesidad de confiarse a un ser humano, y ella le acompañaría -adondequiera que se le enviase. Sin haber hecho preguntas acerca de -tales propósitos, Advocia Romanovna estaba segura de ello. Consideraba -a Sonia con una especie de veneración que dejaba a la pobre muchacha -toda confusa, porque se creía indigna de levantar los ojos hasta -Dunia. Después de su visita a casa de Raskolnikoff, la imagen de la -encantadora joven, que la había saludado tan graciosamente aquel día, -quedó grabada en su alma como una visión nueva, dulcísima, la más bella -de su vida. - -Al fin, Dunia se decidió a ir a esperar a su hermano en el domicilio -de este último, pensando que Raskolnikoff no podría menos de pasar -por allí. En cuanto Sonia se quedó sola, el pensamiento del suicidio -probable de Raskolnikoff le quitó todo reposo. Este era también el -temor de Dunia; pero al hablar las dos jóvenes se habían dado la una -a la otra todo género de razones para tranquilizarse, y lo habían, en -parte, conseguido. - -Cuando se separaron, volvió la inquietud a apoderarse de cada una -de ellas. Sonia se acordó de que Svidrigailoff le había dicho: -«Raskolnikoff sólo tiene la elección entre dos alternativas: o ir a -Siberia, o...» Además, conocía el orgullo del joven y su carencia de -sentimientos religiosos. «¿Es posible que se resigne a vivir solamente -por pusilanimidad, por temor a la muerte?»--pensaba con desesperación. -No dudaba ya que el desgraciado hubiese puesto fin a sus días, cuando -Raskolnikoff entró en su cuarto. - -La joven dejó escapar un grito de alegría; pero, cuando hubo observado -atentamente el rostro de Raskolnikoff, palideció de pronto. - ---Vamos, sí--dijo riendo Raskolnikoff--. Vengo a buscar tus cruces, -Sonia. Tú has sido quien me ha impulsado a ir a entregarme; ahora que -voy a hacerlo, ¿de qué tienes miedo? - -Sonia le miró con asombro. Aquel tono le parecía extraño. Todo su -cuerpo se estremeció; pero al cabo de un minuto comprendió que aquella -alegría era fingida. Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff miraba a -un rincón, y parecía tener miedo de fijar los ojos en ella. - ---Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso es lo mejor. Hay una -circunstancia... pero esto sería largo de contar, y no tengo tiempo. -¿Sabes lo que me irrita? Me pone furioso pensar que en un instante me -van a rodear todos esos brutos; que todos me asestarán sus miradas, me -dirigirán estúpidas preguntas, a las cuales tendré que responder; me -señalarán con el dedo... No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar -a ese hombre. Prefiero ir a buscar a mi amigo _Pólvora_. ¡Lo que va -a sorprenderse éste! Puedo contar de antemano con un excelente éxito -de asombro. Pero me convendría tener más sangre fría. En este último -tiempo me he hecho muy irritable. ¿Lo creerás? hace un momento ha -faltado muy poco para que amenazase con el puño a mi hermana, porque se -había vuelto para verme por última vez. Ya ves lo bajo que he caído. -Bueno; ¿dónde están las cruces? - -El joven no parecía que se hallase en su estado normal. Ni podía -permanecer un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos en -un objeto; sus ideas se sucedían sin transición; por mejor decir, -deliraba. Le temblaban ligeramente las manos. - -Sonia guardaba silencio. Sacó de una caja de cruces una de madera de -ciprés y otra de cobre; después se santiguó, y luego de repetir la -misma ceremonia en la persona de Raskolnikoff, le puso al cuello la -cruz de ciprés. - ---¿Es ésta una manera de expresar que yo cargo con la cruz? ¡Je, je, -je! ¡Como si empezase a sufrir ahora! La cruz de ciprés es la de los -humildes. La cruz de cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas para ti; -déjamela ver. ¿De modo que la llevaba... en aquel momento? Conozco -otros dos o tres objetos de piedad: una cruz de plata y una imagen. -Los eché entonces sobre el pecho de la vieja. Esos son los que debiera -colgarme yo ahora al cuello. Pero no digo más que tonterías, y olvido -mi asunto. Estoy distraído. He venido, sobre todo, para prevenirte, -a fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... no he venido más -que para eso. (¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía que decirle otra -cosa.) Vamos a ver: tú misma me has exigido que dé este paso. Voy a -entregarme, y tu deseo será satisfecho. ¿Por qué lloras entonces? ¡Tú -también! ¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me es todo esto! - -Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón del joven. «¿Qué soy yo -para ella?--pensaba--. ¿Por qué se interesa por mí tanto como podría -interesarse mi madre o Dunia?» - ---Haz la señal de la cruz. Di una oración--suplicó con voz temblorosa -la joven. - ---Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena voluntad, Sonia, de buena -voluntad. - -El hizo muchos signos de cruz. Ella se puso a la cabeza un pañuelo -verde, el mismo, probablemente, de que Marmeladoff había hablado en la -taberna, y que servía entonces para toda la familia. Tal pensamiento -cruzó por la mente de Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar nada a -este propósito. Comenzaba a advertir que tenía distracciones continuas, -y que estaba extremadamente turbado; esto le inquietaba. De repente -advirtió que Sonia se preparaba a salir con él. - ---¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate, quédate!--exclamó con risa -irritada y se dirigió a la puerta--. ¿Qué necesidad tengo de ir allí -con acompañamiento? - -Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo adiós; se había olvidado de -ella, le preocupaba tan sólo una idea. - -«Realmente, ¿está ya hecho todo?--se preguntaba al bajar la escalera--. -¿No habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo todo... y de no ir -allí?» - -Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo súbitamente que había -pasado la hora de las vacilaciones. En la calle se acordó de que no -había dicho adiós a Sonia, que se había detenido en medio de la sala, -y de que una orden suya la había como clavado en el suelo. Se planteó -entonces otra cuestión, que desde hacía algunos minutos flotaba en su -espíritu sin formularse con claridad. - -«¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le he dicho que venía para -un asunto: ¿qué asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle que -iba allí? ¡Vaya una necesidad! ¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo -de rechazarla como a un perro! En cuanto a su cruz, ¿qué necesidad -tenía yo de ella? ¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba eran -lágrimas; lo que yo quería era gozar de los desgarramientos de su -corazón. ¡Acaso he buscado, yendo a verla, ganar tiempo, retardar -un momento el instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar con altos -destinos! ¡Y me he creído llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan vil, -tan miserable, tan cobarde!» - -Caminaba a lo largo del muelle, y no tenía que ir más lejos; pero -cuando llegó al puente suspendió un instante su marcha, y se dirigió -después bruscamente hacia el Mercado del Heno. - -Sus miradas se fijaban con avidez en la derecha y en la izquierda. -Se esforzaba en examinar cada objeto que encontraba y en nada podía -concentrar su atención. - -«Dentro de ocho días, dentro de un mes, volveré a pasar por este -puente; un coche celular me llevará yo no sé dónde. ¿Con qué ojos -contemplaré este canal? ¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí está -escrita la palabra _Compañía_. ¿La leeré yo entonces como la leo ahora? -¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?... ¡Dios mío, qué -mezquinas son todas estas preocupaciones! Sin duda es curioso esto -en su género. ¡Ja, ja, ja! ¡De qué cosas me preocupo! Hago como los -niños: me engaño a mí mismo, porque, en efecto, debería sonrojarme de -mis pensamientos. ¡Qué barullo! Ese hombretón, un alemán, según todas -las apariencias, que acaba de empujarme, ¿sabe a quién ha dado con el -codo? Esa mujer, que lleva un niño en la mano y que pide limosna, me -cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente llevo cinco kopeks en el -bolsillo. Tómalos, _matuchka_.» - ---Dios te lo pague--dijo la mendiga con tono plañidero. - -El Mercado del Heno estaba lleno de gente. Esta circunstancia desagradó -mucho a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió al sitio en que la -multitud era más compacta. Hubiera comprado la soledad a cualquier -precio; pero se daba cuenta de que no podría gozar de ella ni un solo -instante. Al llegar en medio de la plaza, el joven se acordó de repente -de las palabras de Sonia: «Ve a la encrucijada; besa la tierra que has -manchado con tu delito, y di en voz alta a la faz del mundo: ¡Soy un -asesino!» - -Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció. Las angustias de los días -anteriores de tal modo habían desecado su alma, que se consideró feliz -al encontrarla accesible a una sensación nueva, y se abandonó por -completo a ella. Se apoderó de él un enternecimiento dulcísimo y se le -llenaron los ojos de lágrimas. - -Se puso de rodillas en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo, y -besó con alegría la tierra fangosa. Después de haberse levantado, se -arrodilló de nuevo. - ---He ahí uno que ha empinado el codo más de lo regular--exclamó un -joven que estaba a su lado. - -Esta observación provocó muchas carcajadas. - ---Es un peregrino que va a Jerusalén, amigos míos. Se despide de -sus hijos, de su patria; saluda a todo el mundo, y da el beso de la -despedida al suelo de la capital--añadió un menestral que estaba -ligeramente ebrio. - ---Es todavía muy joven--dijo un tercero. - ---Es un noble--observó gravemente otro. - ---En la actualidad, no se distingue a los nobles de los que no lo son. - -Viéndose objeto de la atención general, Raskolnikoff perdió un poco de -su serenidad, y las palabras «Soy un asesino», que iban quizá a salir -de su boca, expiraron en sus labios. Las exclamaciones y los gestos de -la multitud le dejaron, por otra parte, indiferente, y con mucha calma -se encaminó a la comisaría de policía. Conforme iba andando, una sola -visión atrajo sus miradas; por lo demás, había esperado encontrarla en -la calle, y no se asombró. - -En el momento en que acababa de prosternarse en el Mercado del Heno -por segunda vez, vió a Sonia a una distancia de cincuenta pasos. La -joven trató de substraerse a las miradas de Raskolnikoff, ocultándose -detrás de una de las barracas de madera que se encuentran en la plaza. -¡Así le acompañaba cuando él subía este calvario! Desde aquel instante, -Raskolnikoff adquirió la convicción de que Sonia era suya para siempre, -y de que le seguiría a todas partes, aunque su destino hubiera de -conducirle al fin del mundo. - -Llegó finalmente al sitio fatal. Entró en el zaguán con paso bastante -firme. La oficina de policía estaba situada en el tercer piso. «Antes -que llegue arriba tengo tiempo de volverme»--pensaba el joven. En tanto -que nada había confesado, se complacía en pensar en que podía cambiar -de resolución. - -Como en su primera visita, encontró la escalera cubierta de suciedad, -impregnada de las exhalaciones que vomitaban las cocinas, abiertas -sobre cada descansillo. Mientras subía, se le doblaban las piernas, y -tuvo que detenerse un instante para tomar aliento, recobrarse un poco, -y preparar su entrada. - -«Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?--se preguntó de repente--. Puesto -que hay que apurar el vaso, poco importa cómo he de beberlo. Más valdrá -cuanto más amargo sea.» - -Después se ofrecieron a su espíritu las imágenes de Ilia Petrovitch -y del oficial _Pólvora_. «¿Por qué voy a él? ¿No podría dirigirme a -otro? ¿A Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar -al comisario a su domicilio particular, y contárselo todo en una -conversación privada?... No, no; hablaré a _Pólvora_, y esto se acabará -más pronto.» - -Con el rostro inundado de frío sudor y casi sin darse cuenta de lo que -hacía, Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría. Esta vez no vió en -la antesala más que a un _dvornik_ y a un hombre del pueblo. El joven -pasó a la otra habitación, donde trabajaban dos escribientes. Zametoff -no estaba allí ni Nikodim Fomitch tampoco. - ---¿No hay nadie?--dijo Raskolnikoff, dirigiéndose a uno de los -empleados. - ---¿Por quién pregunta usted? - ---A... a... - ---Al oír sus palabras, sin ver su rostro, he adivinado la presencia -de un ruso... como se dice en no sé qué cuento. Mis respetos--gritó -bruscamente una voz conocida. - -Raskolnikoff tembló. _Pólvora_ estaba delante de él; acababa de salir -de una tercera habitación. «El destino lo ha querido»--pensó el joven. - ---¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?--exclamó Ilia Petrovitch, que -parecía de muy buen humor y muy animado--. Si ha venido por algún -asunto, es aún demasiado pronto. Por una casualidad me encuentro -aquí yo... ¿En qué puedo...? Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su -nombre?... Perdóneme usted. - ---Raskolnikoff. - ---¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted creer que le había olvidado! -Le suplico que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch, ¿no es eso? - ---Rodión Romanovitch. - ---Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión Romanovitch; lo tenía en la -punta de la lengua. Confieso a usted que siento sinceramente la -manera que tuvimos de portarnos con usted hace tiempo. Después me lo -explicaron todo y he sabido que era usted un escritor, un sabio... -He tenido también noticia de que empezaba usted la carrera de las -letras. ¡Oh Dios mío! ¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en -sus comienzos no ha hecho más o menos la vida de bohemio? Tanto mi -mujer como yo estimamos la literatura; en mi mujer es una pasión. -Es loca por las letras y las artes. Excepto el nacimiento, todo lo -demás puede adquirirse por el talento, el saber, la inteligencia, el -genio. Un sombrero, por ejemplo, ¿qué significa? Un sombrero lo puedo -comprar en casa de Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, eso -no puedo comprarlo. Confieso que quería ir a casa de usted a darle -explicaciones; pero, he pensado que quizá usted... De todos modos, con -estas charlas no le he preguntado el objeto de su visita. ¿Parece que -la familia de usted está ahora en San Petersburgo? - ---Sí, mi madre y mi hermana. - ---He tenido el honor y el placer de encontrar a su hermana de usted. Es -una persona tan encantadora como distinguida. Verdaderamente deploro -con toda mi alma el altercado que tuvimos aquel día. En cuanto a -las conjeturas fundadas en el desmayo de usted, se ha reconocido su -falsedad. Comprendo la indignación de usted. Ahora que su familia vive -en San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a cambiar de domicilio? - ---No, no por el momento. Había venido a preguntar... Creí encontrar -aquí a Zametoff. - ---¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; lo he oído decir. Pues bien: -Zametoff no está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido; nos ha dejado -ayer, y antes de su partida ha habido entre él y nosotros un fuerte -altercado. Es un galopín sin consistencia; nada más. Había hecho -concebir algunas esperanzas; pero ha tenido la desgracia de frecuentar -el trato de nuestra brillante juventud, y se le ha metido en la -cabeza sufrir exámenes, para poder darse tono y echárselas de sabio. -Hay que advertir que Zametoff no tiene nada de común con usted, con -usted y con el señor Razumikin. Ustedes han abrazado la carrera de la -ciencia, y los reveses de la fortuna no les arredran. Para ustedes -los atractivos de la vida no valen nada; hacen la existencia austera, -ascética, monacal, del hombre de estudio. Un libro, una pluma detrás de -la oreja, una investigación científica, son cosas que bastan para la -felicidad de ustedes. Yo mismo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted -la correspondencia de Livingstone? - ---No. - ---Yo sí la he leído. Ahora el número de los nihilistas ha aumentado -considerablemente, lo cual no es asombroso en una época como la -nuestra. De usted para mí... ¿no es usted nihilista? Respóndame -francamente. - ---No. - ---No tenga usted temor de ser franco conmigo, como lo sería consigo -mismo. Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted creería que iba -a decir la _amistad_?, pues se engaña. No es la amistad, sino el -sentimiento del hombre y del ciudadano, el sentimiento de la humanidad -y del amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un personaje oficial, un -funcionario; pero no por eso debo dejar de sentir en mí el hombre -y el ciudadano. ¿Hablaba usted de Zametoff? Pues bien, Zametoff es -un muchacho que copia el _chic_ francés, que da ruido en los sitios -sospechosos cuando ha bebido un vaso de _Champagne_ o de vino del Don. -Ahí tiene usted a Zametoff. Quizá he sido un poco vivo con él, pero -si mi indignación me ha llevado demasiado lejos, tuvo su origen en un -sentimiento elevado: el celo por los intereses del servicio. Por otra -parte, yo poseo un cargo, una posición, cierta importancia social; soy -casado y padre de familia, y lleno mi deber de hombre y de ciudadano; -en tanto que él, ¿qué es él? Permítame usted que se lo pregunte. Me -dirijo a usted como a un hombre favorecido con los beneficios de la -educación. Ahí tiene usted; las profesoras en partos, por ejemplo, se -han multiplicado de un modo extraordinario. - -Raskolnikoff miró al oficial con aire asombrado. Las palabras de -Ilia Petrovitch, que violentamente acababa de levantarse de la mesa, -produjeron en su ánimo una impresión que él no se explicaba. Sin -embargo, algo comprendía. En aquel momento preguntaba con los ojos a su -interlocutor e ignoraba cómo acabaría todo aquello. - ---Hablo de estas jóvenes que llevan el cabello corto a lo -Tito--continuó el inagotable Ilia Petrovitch--. Yo las llamo profesoras -en partos, y el nombre me parece muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen -cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese enfermo, ¿cree usted que me -dejaría tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je! - -Ilia Petrovitch se echó a reír encantado de su chiste. - ---Admito la sed de instrucción; pero, ¿no se puede uno instruir sin -dar en semejantes excesos? ¿Por qué ser insolente? ¿Por qué insultar -a nobles personalidades, como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por qué -me ha insultado, le pregunto a usted? Otra epidemia que hace terribles -progresos, es la del suicidio. Se gasta uno todo lo que tiene, y -en seguida se mata. Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos sabido -últimamente que un señor recién llegado aquí acaba de poner fin a sus -días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo se llama el caballero que -se ha matado esta mañana en la Petersburgskeria? - ---Svidrigailoff--dijo uno que se encontraba en la habitación inmediata. - -Raskolnikoff tembló. - ---¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado la tapa de los sesos! - ---¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff? - ---Sí; en efecto, había venido hace poco. Acababa de perder a su esposa; -era un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones muy escandalosas. -Han encontrado sobre su cadáver un librito de notas en que estaban -escritas estas palabras: «Muero en posesión de mis facultades; que -no se acuse a nadie de mi muerte.» Este hombre tenía, según se dice, -dinero. ¿De qué le conocía usted? - ---¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz en su casa. - ---¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar noticias acerca de él. ¿No tenía -usted sospechas de su proyecto? - ---Le vi ayer. Le encontré bebiendo vino... Nada sospeché. - -A Raskolnikoff le parecía que tenía una montaña sobre el pecho. - ---¿Qué es eso? Se pone usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera de -esta habitación! - ---Sí; ya es tiempo de que me vaya--balbuceó el joven--. Perdóneme usted -si le he molestado. - ---Nada de eso. Aquí estamos siempre a su disposición. Me ha causado -gran placer y me complazco en declararlo. - -Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendió la mano al joven. - ---Quería solamente... Tenía un asunto que tratar con Zametoff. - ---Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto. - ---También yo lo he tenido... Hasta la vista--dijo Raskolnikoff -sonriendo. - -Salió tambaleándose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas podía tenerse -en pie, y, al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse en la pared -para no caerse. Le pareció que un _dvornik_, que se dirigía al despacho -de policía, tropezaba con él al pasar; que un perro ladraba en una -habitación del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar -al animal. Llegado al pie de la escalera, entró en el patio. Erguida, -no lejos de la puerta, Sonia, pálida como la muerte, le miraba con -asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorcía las manos; -su fisonomía expresaba la más terrible desesperación. Al verla, -Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con qué sonrisa! Un instante después volvía -a entrar en la oficina de policía. - -Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de él se hallaba -el mismo _mujik_ que un momento antes había tropezado con Raskolnikoff -en la escalera. - ---¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa? - -Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanzó -lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con la mano en la mesa -ante la cual estaba sentado el oficial de policía, quiso hablar, pero -no pudo pronunciar más que sonidos ininteligibles. - ---¿Está usted enfermo? ¡Una silla! Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua! - -Raskolnikoff se dejó caer en el asiento que se le ofrecía; pero sus -ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba -una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en -silencio. Trajeron agua. - ---Yo soy...--empezó a decir Raskolnikoff. - ---Beba usted. - -El joven rechazó con un ademán el vaso que le presentaban, y en voz -baja pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas veces, la siguiente -declaración: - ---_Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja -prestamista y a su hermana Isabel._ - -Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas partes. - -Raskolnikoff repitió su confesión. - - - - -EPILOGO - - -I - -Siberia. A la orilla de un río ancho y desierto se levanta una ciudad, -uno de los centros administrativos de Rusia. En la ciudad hay una -fortaleza; en la fortaleza una prisión. En la prisión está, desde hace -nueve meses, Rodión Romanovitch Raskolnikoff, condenado a trabajos -forzados (segunda categoría). Cerca de diez y ocho meses han pasado -desde el día que cometió su crimen. - -En la instrucción de su proceso no hubo apenas dificultades. El -culpable renovó sus confesiones con tanta fuerza como claridad y -precisión, sin confundir las circunstancias, sin suavizar el horror, -sin falsear los hechos, sin olvidar el menor detalle. Hizo una relación -completa del asesinato, esclareció el misterio del objeto encontrado en -manos de la vieja (se recordará que era un trozo de madera junto con -una placa de hierro), contó cómo había tomado las llaves del bolsillo -de la víctima, describió estas llaves y describió también el asesinato -de Isabel, que hasta entonces había sido un enigma. Contó cómo Koch -había venido y llamado a la puerta, y cómo, después de él, había -llegado un estudiante. Refirió minuciosamente la conversación habida -entre los dos hombres; cómo, en seguida, el asesino se había lanzado a -la escalera y había oído los gritos de Mikolai y de Milka, ocultándose -en el cuarto vacío y dirigiéndose después a su casa. Finalmente, en -cuanto a los objetos robados, manifestó que los había enterrado debajo -de una piedra en un corral que daba a la perspectiva Ascensión. Se -encontraron allí, en efecto. En una palabra, todo se esclareció. Lo -que, entre otras cosas, asombraba a los jueces, fué la circunstancia -de que el asesino, en vez de aprovecharse de los objetos robados a -la víctima, fuese a ocultarlos bajo una piedra. Todavía comprendían -menos que, no solamente no se acordase de los objetos robados por él, -sino que hasta se engañase acerca de su número. Se encontraba, sobre -todo, inverosímil que no hubiera abierto una sola vez la bolsa, y que -ignorase el contenido de ella. (Encerraba ésta trescientos diez y siete -rublos y tres monedas de veinte kopeks cada una; a consecuencia de -haber sido enterrados largo tiempo, los billetes se habían deteriorado -considerablemente.) Se procuró adivinar por qué únicamente sobre -este punto mentía el acusado, cuando en todo lo demás había dicho -espontáneamente la verdad. En fin, algunos, principalmente entre los -psicólogos, admitieron como posible que, en efecto, no hubiera abierto -la bolsa; y que, por consiguiente, se hubiera desembarazado de ella -sin saber lo que contenía; pero sacaron asimismo la conclusión de -que el crimen había sido necesariamente cometido bajo la influencia -de una locura momentánea. El culpable--dijeron--ha cedido a la -monomanía morbosa del asesinato y del robo, sin objeto ulterior, sin -cálculo interesado. Era aquella ocasión excelente para sostener la -teoría moderna de la alienación temporal, teoría con la que se busca -actualmente tan a menudo explicar los actos de ciertos criminales. -Además, numerosos testigos habían declarado que Raskolnikoff padecía -hipocondría. Estos testigos eran; el doctor Zosimoff, los antiguos -compañeros del acusado, su patrona, los criados, etc. Todo esto -daba muchos fundamentos para pensar que Raskolnikoff no era un -asesino vulgar, un malhechor ordinario, sino que había alguna otra -cosa en aquel proceso. Con gran despecho de los partidarios de esta -opinión, el culpable no se cuidó de defenderse. Interrogado acerca -de los motivos que habían podido inducirle al asesinato y al robo, -declaró con brutal franqueza que había sido impulsado por la miseria. -Esperaba--dijo--encontrar en casa de su víctima lo menos tres mil -rublos, y contaba con esta suma asegurar sus primeros pasos en la -vida; su carácter ligero y bajo, agriado por las privaciones y las -contrariedades, había hecho de él un asesino. Cuando se le preguntó -por qué había ido a denunciarse, respondió redondamente que había -representado la farsa del arrepentimiento. Todo aquello era casi -cínico... - -Sin embargo, la sentencia fué menos severa de lo que se hubiera -podido presumir en relación con el crimen cometido. Quizá causó -buena impresión que el reo, lejos de disculparse, procurase, por el -contrario, empeorar su situación. Fueron tomadas en consideración todas -las extrañas particularidades de la causa. El estado de enfermedad y -estrechez en que se encontraba el acusado antes de la comisión de su -delito, no dejaba lugar a la menor duda. Como no se había aprovechado -de los objetos robados, se supuso, o que los remordimientos se lo -habían impedido, o que sus facultades intelectuales no estaban intactas -cuando cometió el hecho. El asesinato, en modo alguno premeditado, de -Isabel, suministró un argumento en apoyo de esta última hipótesis: un -hombre comete dos asesinatos, y se olvida al mismo tiempo de que la -puerta está abierta. Por último, había ido a denunciarse en el momento -en que las falsas confesiones de un fanático de espíritu desequilibrado -(Mikolai), acababan de desviar completamente la instrucción, y cuando -la justicia estaba a cien leguas de sospechar quién era el verdadero -culpable. (Porfirio Petrovitch cumplió fielmente su palabra.) Todas -estas circunstancias contribuyeron a suavizar la severidad del -veredicto. - -Por otra parte, los debates dieron a conocer muchos hechos en favor del -acusado. Documentos facilitados por el antiguo estudiante Razumikin -demostraron que, estando en la Universidad, Raskolnikoff había -compartido sus escasos recursos con un compañero pobre y enfermo. -Este último había muerto, dejando en la miseria a un padre enfermo, -del cual era, desde la edad de trece años, único sostén. Raskolnikoff -había hecho entrar al viejo en un asilo, y más tarde había costeado los -gastos de su entierro. El testimonio de la viuda Zarnitzin, fué también -muy favorable al acusado. Declaró que, en la época en que habitaba en -los Cinco Rincones con su inquilino, habiéndose declarado un incendio -una noche en cierta casa, Raskolnikoff, con riesgo de su vida, salvó -de las llamas a dos niños pequeños, sufriendo graves quemaduras al -realizar tal acto de valor. Se abrió una indagatoria a propósito de -este hecho, y numerosos testigos certificaron la exactitud de él. -En una palabra, el tribunal, teniendo en cuenta las confesiones del -culpable, así como sus buenos antecedentes, le condenó tan sólo a ocho -años de trabajos forzados (segunda categoría). - -Desde la apertura de la vista, la madre de Raskolnikoff estaba mala. -Dunia y Razumikin encontraron medio de alejarla de San Petersburgo -durante todo el tiempo del proceso. Razumikin eligió una ciudad de -la línea férrea, y a poca distancia de la capital; así podía seguir -asiduamente las audiencias y ver a Advocia Romanovna. La enfermedad -de Pulkeria Alexandrovna era una afección nerviosa bastante extraña, -con desarreglo, a lo menos parcial, de las facultades mentales. De -vuelta en su domicilio, después de la última entrevista con su hermano, -Dunia había encontrado con mucha fiebre a su madre, y con delirio. -Aquella misma noche se puso de acuerdo con Razumikin acerca de lo que -había de responder cuando Pulkeria Alexandrovna pidiese noticias de -Raskolnikoff; a tal fin inventaron una historia, esto es, que Rodia -había sido enviado muy lejos a los confines de Rusia, con una misión -que debía reportarle mucho honor y provecho. Pero, con gran sorpresa -de los jóvenes, ni entonces, ni después, la madre les preguntó nada -acerca de este asunto. Ella misma se había forjado en la imaginación -una novela, a fin de explicar la brusca desaparición de su hijo. -Contaba llorando la visita de despedida que éste le había hecho, con -cuyo motivo daba a entender que ella solamente conocía circunstancias -misteriosas y muy graves; Rodia se veía obligado a ocultarse, porque -tenía enemigos muy poderosos; por lo demás, no dudaba de que el -porvenir de su hijo fuese muy brillante, y de que ciertas dificultades -serían vencidas. Aseguraba a Razumikin que, con el tiempo, su hijo -llegaría a ser un hombre de Estado: tenía prueba de ello en el artículo -que el joven había escrito, y que denotaba un talento literario -inagotable. Leía sin cesar este artículo, a veces hasta en alta voz; -podía decirse que dormía con él; sin embargo, no preguntaba jamás dónde -se encontraba Rodia, aunque el cuidado mismo que se ponía para evitar -esta conversación hubiese podido parecerle sospechoso. El extraño -silencio de Pulkeria Alexandrovna sobre ciertos puntos, acabó por -inquietar a Dunia y a Razumikin. Aquélla no se quejaba de que su hijo -no la escribiese, siendo así, que antes, en su ciudad natal, esperaba -con impaciencia suma las cartas de su querido Rodia. Tan inexplicable -era esta última circunstancia, que Dunia llegó a alarmarse. A la -joven le ocurrió la idea de que su madre tenía el presentimiento de -una terrible desgracia ocurrida a Rodia, y de que no se atrevía a -preguntar, temerosa de saber todavía alguna cosa peor. De todos modos, -Dunia veía muy claramente que su madre tenía trastornado el cerebro. - -Dos veces, sin embargo, condujo la conversación de tal manera, que -fué imposible responderle sin indicar en dónde se encontraba Rodia. A -continuación de las respuestas necesariamente equívocas y difíciles que -se le dieron, cayó en profunda tristeza; durante muy largo tiempo se le -vió sombría y taciturna como nunca había estado. Dunia, al cabo, llegó -a advertir que las mentiras y las historias inventadas iban contra su -propósito, y que lo mejor era encerrarse en un silencio absoluto sobre -ciertos puntos; pero llegó a ser cada vez más evidente para ella que -Pulkeria Alexandrovna sospechaba algo espantoso. Dunia sabía fijamente -(su hermano se lo había contado) que su madre la oyó hablar en sueños -la noche siguiente a su entrevista con Svidrigailoff. Las palabras que -en el delirio se le escaparon a la joven, ¿no habrían derramado una -luz siniestra en el espíritu de la pobre mujer? A menudo, después de -días, y aun de semanas de continuo mutismo y de lágrimas silenciosas, -se producía en la enferma una especie de exaltación histérica. Se -ponía de repente a hablar alto, sin interrumpirse, de su hijo, de -sus esperanzas y del porvenir... sus imaginaciones eran a veces muy -extrañas. Se fingía ser de su opinión (quizá no era del todo engañoso -este sentimiento); sin embargo, no cesaba de hablar. - -La sentencia fué pronunciada cinco meses después de la confesión hecha -por el criminal a Ilia Petrovitch. En cuanto fué posible, Razumikin -visitó al condenado en la cárcel. Sonia le visitó también. Llegó al -fin el momento de la separación. Dunia juró a su hermano que esta -separación no sería eterna; Razumikin se expresó del mismo modo. El -animoso joven tenía un proyecto firmemente formado en su espíritu; -cuando ahorrase algún dinero, durante tres o cuatro años se trasladaría -a Siberia, país en que tantas riquezas no esperan otra cosa, para ser -puestas en circulación, que capitales y brazos. Allí se establecería, -en la ciudad en que estuviese Rodia, y juntos comenzarían una nueva -vida. Todos lloraban al decirse adiós. Desde hacía algunos días, -Raskolnikoff se mostraba muy preocupado, multiplicaba las preguntas -acerca de su madre, inquietándose continuamente por ella. Esta -excesiva preocupación de su hermano daba pena a Dunia. Cuando el joven -se hubo enterado con más detalles del estado enfermizo de Pulkeria -Alexandrovna, se puso extremadamente sombrío. Con Sonia estaba siempre -taciturno. Provista del dinero que Svidrigailoff le había entregado, -la joven se hallaba dispuesta, desde hacía mucho tiempo, a acompañar -el convoy de presos de que había de formar parte Raskolnikoff. Nunca -había mediado una palabra sobre este particular entre ella y él; pero -ambos sabían que sería así. En el momento de la última despedida, el -condenado se sonrió de un modo extraño al oír hablar a su hermana y a -Razumikin del próspero porvenir que se abriría para ellos después de su -salida del presidio. Preveía que la enfermedad de su madre no tardaría -en conducirla al sepulcro. - -Dos meses después, Dunia se casó con Razumikin. Sus bodas fueron -tranquilas y tristes. Entre los invitados se encontraron Porfirio -Petrovitch y Zosimoff. Algún tiempo después, todo denotaba en Razumikin -una resolución enérgica. Dunia creía ciegamente que realizaría todos -sus designios, y no podía menos de creerlo, porque veía en él una -voluntad de hierro. Comenzó por entrar de nuevo en la Universidad a fin -de terminar sus estudios. Los dos esposos elaboraban sin cesar planes -para el porvenir; tenían uno y otra la firme resolución de emigrar a -Siberia en un plazo de cinco años. En tanto contaban con que Sonia los -reemplazaría cerca del condenado... - -Pulkeria Alexandrovna concedió, con alegría, la mano de su hija a -Razumikin; pero después de este matrimonio, pareció más triste y -preocupada. Para proporcionarle un momento agradable, Razumikin le -contó la noble conducta de Raskolnikoff, a propósito del estudiante y -de su anciano padre, y le refirió también cómo el año anterior Rodia -había expuesto la vida para salvar a dos niños que estaban a punto de -perecer en un incendio. Estos relatos exaltaron, hasta el más alto -grado, el ya turbado espíritu de Pulkeria Alexandrovna. Desde entonces -no hablaba más que de ello, y hasta en la calle refería tales hechos a -los transeuntes, aunque la acompañaba siempre Dunia. En los ómnibus, -en los almacenes, en todas partes en donde se encontraba un oyente -benévolo, hablaba de su hijo, del artículo de su hijo, de la caridad -de su hijo con un estudiante, de la valerosa abnegación de que había -dado pruebas su hijo en un incendio, etc. Dunia no sabía cómo hacerla -callar. Esta morbosa locuacidad no carecía de peligros: además de que -agotaba las fuerzas de la pobre mujer, podía ocurrir que alguno, oyendo -alabar de Raskolnikoff, se pusiese a hablar del proceso. Pulkeria -Alexandrovna averiguó las señas de la mujer cuyos hijos habían sido -salvados por el suyo, y quiso resueltamente ir a verlos. Finalmente, su -exaltación llegó a los últimos límites. A veces se echaba de repente a -llorar, y a veces tenía accesos de fiebre, durante los cuales deliraba. -Una mañana declaró redondamente que, según sus cálculos, Rodia debía -volver muy pronto, porque cuando se despidió de ella le había anunciado -su vuelta en un plazo de nueve meses. Comenzó entonces a prepararlo -todo en la casa, en atención a la próxima llegada de su hijo, -destinándole su propia habitación; quitó el polvo a los muebles, fregó -el suelo, cambió las cortinas, etc. Dunia estaba desolada, pero no -decía nada, y hasta ayudaba a su madre en estas diversas ocupaciones. -Después de un día lleno todo él de locas visiones, de sueños gozosos y -de lágrimas, Pulkeria Alexandrovna se vió acometida de una fiebre alta -y murió al cabo de quince días. Varias palabras pronunciadas por la -enferma durante su delirio, hicieron creer que había casi adivinado el -terrible secreto que con tanto trabajo trataron de ocultarle. - -Por mucho tiempo ignoró Raskolnikoff la muerte de su madre, aunque -por mediación de Sonia recibiese regularmente noticias de su familia. -Cada mes enviaba la joven una carta dirigida a Razumikin, y cada mes -se le respondía de San Petersburgo. Las cartas de Sonia parecieron -en un principio, a Dunia y Razumikin, algo secas e insuficientes; -pero más tarde comprendieron que era imposible escribirlas mejores, -puesto que encontraban en ellas datos completos y precisos acerca de -la situación de su desgraciado hermano. Sonia describía, de una manera -muy sencilla y muy clara, la existencia de Raskolnikoff en la prisión. -No hablaba de ella ni de sus propias esperanzas ni de sus conjeturas -respecto al porvenir, ni de sus sentimientos personales. En vez de -explicar el estado moral, la vida interior del condenado, se limitaba -a citar hechos, es decir, las mismas palabras pronunciadas por él. -Daba noticias detalladas acerca de su salud, decía qué deseos le había -manifestado él, qué preguntas le había dirigido, qué encargos le había -hecho durante sus entrevistas, etc. - -Pero estos datos, por minuciosos que fuesen, no eran, empero, en los -primeros tiempos sobre todo, muy consoladores. Dunia y su marido -supieron, por la correspondencia de Sonia, que su hermano seguía -siempre sombrío y taciturno. Cuando la joven le comunicaba noticias -recibidas de San Petersburgo, apenas si prestaba atención; algunas -veces se informaba de su madre, y cuando Sonia, viendo que el preso -adivinaba la verdad, le hizo saber la muerte de Pulkeria Alexandrovna, -observó con gran sorpresa que se había quedado poco menos que -impasible. «Aunque parezca absorto en sí mismo y como extraño a todo -lo que le rodea--escribía, entre otras cosas, Sonia--se hace cargo -de su vida nueva, comprende muy bien su situación; ni espera nada -mejor de aquí a largo tiempo, ni acaricia frívolas esperanzas, ni -experimenta casi ningún asombro en este nuevo medio que tanto difiere -del antiguo... Su salud es satisfactoria. Va al trabajo sin repugnancia -y sin apresuramiento. Es casi indiferente a la comida; pero, excepto -los domingos y los días de fiesta, esta nutrición es tan mala, que ha -consentido en aceptar de mí algún dinero para procurársela todos los -días. En cuanto a lo demás, me suplica que no me inquiete, porque, -según asegura, le es desagradable que se ocupen de él.» «En la -cárcel--se leía en otra carta--, está instalado con los otros presos; -no he visitado el interior de la fortaleza, pero tengo motivos para -creer que se está allí muy mal, muy estrechamente y en condiciones muy -insalubres. Duerme en una cama de campaña, cubierto con una alfombra -de fieltro, y no quiere otro lecho. Si rehusa hacer todo lo que podría -proporcionarle su existencia material menos dura y menos grosera, -no es, en lo más mínimo, en virtud de sus principios ni de una idea -preconcebida, sino, sencillamente, por apatía, por indiferencia.» Sonia -confesaba que, al principio, sobre todo, sus visitas, en vez de causar -placer a Raskolnikoff, le producían una especie de irritación; no salía -de su mutismo más que para decir groserías a la joven. Más tarde, es -verdad, dichas visitas habían llegado a ser para él una costumbre, casi -una necesidad, hasta el punto de que había estado muy triste cuando -una indisposición de algunos días obligó a Sonia a interrumpirlas. Los -días de fiesta se veían, ya en la puerta de la prisión, ya en el cuerpo -de guardia, a donde se enviaba algunos minutos al prisionero, cuando -la joven le hacía llamar. En tiempo ordinario, Sonia iba a buscarle al -trabajo en los talleres, en las tejerías, en los tinglados establecidos -a las orillas del Irtych. En lo tocante a ella, Sonia decía que había -logrado crearse relaciones en su nueva residencia; que se ocupaba en -coser, y que, no habiendo en la ciudad casi ninguna modista, se había -hecho una buena clientela. Lo que callaba era que había atraído sobre -Raskolnikoff el interés de la autoridad, y que, gracias a ella, se le -dispensaba de los trabajos más penosos, etcétera. En fin, Razumikin y -Dunia recibieron aviso de que Raskolnikoff esquivaba a todo el mundo; -que sus compañeros de cadena no le querían; que permanecía silencioso -durante horas enteras, y que, de día en día, su palidez era cada vez -mayor. Dunia había notado ya cierta inquietud en las últimas cartas de -Sonia, la cual no tardó en escribir diciendo que el condenado había -caído gravemente enfermo, y que había sido llevado al hospital de la -prisión... - - -II - -Estaba enfermo desde hacía algún tiempo; pero lo que había quebrantado -sus fuerzas no era ni el horror de la prisión, ni el trabajo, ni la -mala alimentación, ni la vergüenza de tener la cabeza rapada e ir -vestido de harapos. ¡Oh! ¿qué le importaban a él tales tribulaciones -y miserias? Lejos de ello, estaba contento de tener que trabajar. La -fatiga física le producía algunas horas de sueño agradable, y, ¿qué -significaba para él el rancho, aquella mala sopa de coles en que solía -encontrar hasta escarabajos? En otro tiempo, siendo estudiante, se -hubiera dado algunas veces por muy contento de tener tal comida. Sus -vestidos eran de abrigo y a propósito para aquel género de vida; en -cuanto a la cadena, apenas si sentía el peso. Quedaba la humillación de -tener la cabeza afeitada y llevar el uniforme del presidio; pero, ¿ante -quién habría de ruborizarse? ¿Ante Sonia? La joven tenía miedo de él; -¿cómo había de ruborizarse ante ella? - -Sin embargo, le daba vergüenza de la misma Sonia; por esta razón se -mostraba brutal y despreciativo en sus relaciones con la joven. Pero -no procedía esta vergüenza ni de su cabeza rapada, ni de su cadena. Su -orgullo había sido cruelmente herido, y Raskolnikoff estaba enfermo -de esta herida, ¡Oh, qué feliz habría sido si hubiera podido acusarse -a sí mismo! Entonces lo hubiera soportado todo, hasta la vergüenza -y el deshonor. Pero en vano se examinaba severamente; su conciencia -endurecida no encontraba en su pasado ninguna falta que pudiera -ocasionarle grandes remordimientos. Solamente se echaba en cara haber -fracasado, cosa que podía ocurrir a todo el mundo. Lo que le humillaba, -era verse él, Raskolnikoff, perdido tontamente, sin esperanza de -rehabilitación, por una sentencia del ciego destino, y debía someterse, -resignarse al absurdo de esa sentencia, si quería encontrar un poco de -calma. - -Una inquietud sin objeto y sin fin en el presente, un sacrificio -continuo y estéril en el porvenir; esto es lo que le quedaba en la -tierra. Vano consuelo para él decirse que, dentro de ocho años, -no tendría más que treinta y dos, y que, en esta edad, podría aún -recomenzar la vida. ¿Para qué vivir? ¿Con qué objeto? ¿Con qué fin? -¿Vivir para existir? En todo momento había estado pronto a dar su -existencia por una idea, por una esperanza, por un capricho. Había -hecho siempre poco caso de la existencia pura y sencilla; siempre había -mirado más allá. Quizá la fuerza sólo de los deseos le había hecho -creer en otro tiempo que era uno de esos hombres a quienes les está -permitido más que a los otros. - -Menos mal si el destino le hubiese enviado el arrepentimiento, el -punzante arrepentimiento que rompe el corazón, que quita el sueño; el -arrepentimiento cuyos tormentos son tales, que el hombre se ahoga o se -ahorca para librarse de ellos. ¡Oh! Los hubiera acogido con felicidad. -Sufrir y llorar es todavía vivir; pero no se arrepentía de su crimen. - -Por lo menos hubiera podido echarse en cara su tontería, como se había -reprochado en otro tiempo las acciones estúpidas y odiosas que le -habían conducido a presidio. Pero ahora, que en el vagar de la prisión -reflexionaba de nuevo sobre toda su conducta pasada, no la encontraba -tan odiosa ni tan estúpida como le había parecido en otro tiempo. - -«¿Es que--pensaba--mi idea era más tonta que las otras ideas y teorías -que batallan en el mundo desde que el mundo existe? Basta considerar -las cosas desde un punto de vista amplio, independiente, libre de los -prejuicios del día, y, entonces ciertamente, mi idea no parecerá tan -extraña. ¡Oh espíritus sedicentes, libres de prejuicios, filósofos de -cinco kopeks! ¿por qué os detenéis a la mitad del camino? - -»¿Y por qué les parece tan fea mi conducta?--se preguntaba--. ¿Por -qué es un crimen? ¿Qué significa la palabra crimen? Mi conciencia -está tranquila. Sin duda he cometido una acción ilícita, he violado -la letra de la ley y he vertido sangre... Pues bien, tomad mi cabeza. -Cierto es que, en este caso, aun los bienhechores de la humanidad, de -aquellos a quienes el poder no ha venido por herencia, sino que se han -apoderado de él a viva fuerza, hubieran debido desde sus comienzos ser -entregados al suplicio. Pero estas personas han ido hasta el fin, y -esto es lo que las justifica, en tanto que yo no he sabido continuar; -por consiguiente, no tenía el derecho de comenzar.» - -Unicamente se reconocía un error: el de haber cometido la debilidad de -ir a denunciarse. - -Pero un pensamiento le atormentaba también: ¿por qué no se había -matado? ¿Por qué, más bien que arrojarse al agua, había preferido -entregarse a la policía? ¿Es el amor de la vida un sentimiento tan -difícil de vencer? Svidrigailoff, sin embargo, había triunfado de él. - -Se planteaba dolorosamente esta cuestión y no podía comprender que, -cuando enfrente del Neva, pensaba en el suicidio, quizá era que -presentía en sí y en sus convicciones un error profundo. No comprendía -que este pensamiento pudiese contener en germen un nuevo concepto de la -vida, que pudiese ser el preludio de una revolución en su existencia, -la prenda de su resurrección. - -Admitía más bien que había cedido entonces por cobardía y defecto de -carácter a la fuerza brutal del instinto. El espectáculo ofrecido -por sus compañeros de presidio le asombraba. ¡Cómo amaban todos -ellos la vida! ¡Cómo la apreciaban! Parecía a Raskolnikoff que este -sentimiento era más vivo en el preso que en el hombre libre. ¡Qué -terribles sufrimientos padecían aquellos desgraciados, los vagabundos, -por ejemplo! ¿Era posible que un rayo de sol, un bosque sombrío, una -fuente fresca, tuviesen tanto valor a sus ojos? A medida que los fué -estudiando, descubrió hechos aún más inexplicables. - -En el penal, en el ambiente que le rodeaba, se le escapaban, sin -duda, muchas cosas; además, no quería fijar su atención en nada. -Vivía, por decirlo así, sin levantar jamás los ojos, porque encontraba -insoportable el mirar en su derredor. Pero, a la larga, muchas -circunstancias le chocaron, e involuntariamente comenzó a advertir -lo que ni siquiera había sospechado antes. En general, lo que más -le asombraba, era el abismo espantoso, infranqueable, que existía -entre él y toda aquella gente. Hubiérase dicho que pertenecían él y -ellos a naciones diferentes. Se miraban con desconfianza y hostilidad -recíprocas. Sabía y comprendía las causas generales de este fenómeno; -pero, hasta entonces, jamás las había supuesto tan fuertes ni tan -profundas. Además de los criminales de derecho común, había en la -fortaleza polacos enviados a Siberia por delitos políticos. Estos -últimos consideraban como brutos a sus compañeros de cadena, para los -cuales no tenían más que desprecio; pero Raskolnikoff no participaba -de esta manera de ver; advertíase muy bien que, bajo muchos aspectos, -aquellos brutos eran más inteligentes que los mismos polacos. Había -allí también rusos (un antiguo oficial y dos seminaristas), que -despreciaban a la plebe de la prisión. Raskolnikoff advertía igualmente -el error de ellos. - -En cuanto a él, no se le amaba, se le esquivaba; hasta se acabó por -odiarle; ¿por qué? Lo ignoraba. Los malhechores, cien veces más -culpables que él, le despreciaban y hacíanle objeto de sus burlas; su -crimen era el blanco de sus sarcasmos. - ---Tú, tú no eres un _barin_--le decían--. ¿Por qué has asesinado a -hachazos? Eso no es propio de un _barin_. - -En la segunda semana de la gran Cuaresma, tuvo que asistir a las -funciones religiosas con todos los de su cuadra. Fué a la iglesia y -oró como los otros. Un día, sin que se supiese por qué motivo, sus -compañeros estuvieron a punto de hacerle una mala partida. De repente -se vió asaltado por ellos. - ---Tú eres un ateo. - ---Tú no crees en Dios--gritaban los forzados. - ---Hay que matarle. - -Jamás él les había hablado ni de Dios, ni de la religión, y, sin -embargo, querían matarle por ateo. Raskolnikoff no les respondió ni una -palabra. Un forzado, en el colmo de la exasperación, se lanzó sobre -él; el joven, tranquilo y silencioso, le esperó sin pestañear, sin que -ningún músculo de su rostro temblase. Un cabo de varas se interpuso a -tiempo entre él y el asesino. Un instante más, y hubiera corrido la -sangre. - -Existía otra cuestión que no acertaba a resolver: ¿por qué amaban todos -tanto a Sonia? La joven no trataba de ganarse sus voluntades; no tenían -a menudo ocasión de encontrarla. Sólo la veían alguna vez que otra en -los patios o en el taller, cuando venía a pasar algunos minutos al lado -del preso. Sin embargo, todos la conocían. No ignoraban que le había -seguido; sabían cómo vivía y dónde estaba alojada. La joven no les daba -dinero, apenas les prestaba, propiamente hablando, servicio alguno; -solamente una vez, por Nochebuena, hizo un regalo a toda la prisión: -pasteles y _kalatschi_[20]; pero, poco a poco, entre ellos y Sonia se -establecieron ciertas relaciones más íntimas. Escribía, por encargo -de ellos, cartas a sus familias, y las ponía en el correo. Cuando sus -parientes venían a la ciudad, era en manos de Sonia en las que, por -recomendación de los mismos forzados, dejaban los objetos y hasta el -dinero destinado a ellos. Las mujeres y las amantes de los detenidos -la conocían e iban a su casa. Cuando visitaba a Raskolnikoff en el -trabajo, o en medio de sus compañeros, o encontraba un grupo de presos -que se dirigían a la obra, todos se quitaban los gorros y se inclinaban -saludándola: - - [20] Panecillos blancos. - ---_Matuchka_, Sofía Semenovna, tú eres nuestra tierna y querida -madre--decían aquellos presidiarios brutales a la pequeña y débil -criatura. - -Ella les saludaba sonriendo, y a todos les agradaba su sonrisa. Amaban -hasta su manera de andar, y se volvían para seguirla con los ojos -cuando se alejaba. ¡Y qué alabanzas le dirigían! Hasta la elogiaban -por ser pequeñita de cuerpo; no sabían cómo ensalzarla, y aun la -consultaban en sus enfermedades. - -Raskolnikoff pasó en el hospital todo el fin de la Cuaresma y la -semana de Pascuas. Al recobrar la salud se acordó de los sueños que -había tenido en su delirio. Le parecía ver el mundo entero asolado -por un azote terrible y sin precedentes, que, viniendo del fondo -de Asia, había caído sobre Europa. Todos debían perecer, excepto -un número reducidísimo de privilegiados. Microbios de una nueva -especie, seres microscópicos, se introducían en los cuerpos humanos. -Pero estos seres estaban dotados de inteligencia y de voluntad. Los -individuos atacados por ellos se ponían al instante locos furiosos. -Sin embargo, ¡cosa extraña! nunca hombre alguno se habría creído -tan sabio, tan seguramente en posesión de la verdad, como se creían -aquellos infortunados. Jamás nadie había tenido más confianza en -la infalibilidad de sus juicios, en la solidez de sus conclusiones -científicas y de sus principios morales. Aldeas, ciudades, pueblos -enteros, estaban atacados de este mal y perdían la razón. Estaban -todos agitados y fuera de estado de comprenderse entre ellos. Cada -cual creía poseer solo la verdad, y al observar a sus semejantes se -entristecía, se golpeaba el pecho, lloraba y se retorcía las manos. No -podían entenderse acerca del bien y del mal; no se sabía qué condenar -ni qué absolver. Los hombres se mataban entre sí, bajo la impulsión de -una cólera ciega. Se reunían formando grandes ejércitos; pero una vez -comenzada la campaña, la división aparecía bruscamente en las tropas, -las filas se rompían, los guerreros se degollaban y se devoraban. En -las ciudades sonaba a todas horas el toque de rebato; mas, ¿para qué -esta alarma? ¿Con qué propósito? Nadie lo sabía y todo el mundo estaba -inquieto. Se abandonaban los más ordinarios oficios, porque cada -cual proponía sus ideas, sus reformas, y nadie se ponía de acuerdo; -la agricultura estaba abandonada; aquí y allá la gente se reunía en -grupos, entendiéndose para una acción común y jurando no separarse; -pero un instante después olvidaban la resolución que habían tomado, y -comenzaban a acusarse, a pegarse y a matarse. Los incendios y el hambre -contemplaban este triste cuadro. Hombres y cosas, todo perecía. Aquel -azote se extendía más y más. Solamente podían salvarse algunos hombres -puros, predestinados a rehacer el género humano, a renovar la vida y -a purificar la tierra; pero nadie veía a estos hombres, nadie oía sus -palabras ni su voz. - -Aquellos sueños absurdos dejaban en el ánimo de Raskolnikoff una -impresión penosa, que tardó mucho en borrarse. Llegó la segunda semana -después de Pascuas; el tiempo era templado, sereno, verdaderamente -primaveral; se abrieron las ventanas del hospital (ventanas enrejadas, -bajo las cuales se paseaba un centinela). Durante toda la enfermedad -de Raskolnikoff, Sonia no había podido hacerle más que dos visitas. -Cada vez era preciso pedir una autorización, difícil de obtener; pero, -a menudo, sobre todo a la caída de la tarde, se dirigía al patio del -hospital, y durante un minuto estaba allí mirando a las ventanas. Un -día por la tarde, el recluso, ya casi enteramente curado, se había -dormido; al despertar se aproximó por casualidad a la reja, y vió a -Sonia que, en pie, cerca de la puerta del hospital, parecía esperar -algo. Al verla sintió como un golpe en el corazón, estremecióse -convulsivamente y se alejó rápidamente de la ventana. Al día siguiente -Sonia no vino, al otro tampoco. Raskolnikoff advirtió que la esperaba -con ansiedad. Finalmente salió del hospital. Cuando volvió a la -prisión, sus compañeros le dijeron que Sonia estaba mala y que no podía -salir de casa. - -El joven se inquietó sobremanera, y envió a buscar noticias de la -muchacha. Supo en seguida que la enfermedad no era peligrosa. Por su -parte Sonia, sabiendo que Raskolnikoff se preocupaba tanto de su salud, -le escribió con lápiz una carta, en que le informaba que estaba mucho -mejor, que había pescado un ligero enfriamiento, y que no tardaría en -ir a verle al trabajo. Al leer esta carta, el corazón de Raskolnikoff -latió con violencia. - -El día era sereno y templado. A las seis de la mañana iba el joven -a trabajar a la orilla del río, en donde se había establecido, bajo -cobertizo, un horno de cocer alabastro. Unicamente tres obreros fueron -enviados allí. Uno de ellos, acompañado de un capataz, fué a buscar -un instrumento a la fortaleza; otro comenzó a calentar el horno. -Raskolnikoff salió del cobertizo, se sentó en un banco de madera, y -se puso a contemplar el río ancho y desierto. Desde la elevada orilla -se descubría una gran extensión de terreno. A lo lejos, del otro lado -de Irtych, resonaban cantos cuyos vagos ecos llegaban a los oídos del -presidiario. Allá, en la inmensa estepa inundada de sol, aparecían como -puntitos negros las tiendas de los nómadas. Aquello era la libertad; -allí vivían otros hombres, que no se parecían en nada a los que le -rodeaban; allá parecía que el tiempo no había marchado desde el tiempo -de Abraham y sus rebaños. Raskolnikoff soñaba con los ojos fijos en -aquella lejana visión; no pensaba en nada, aunque le oprimía una -especie de inquietud. - -De repente se encontró en presencia de Sonia; la joven se le aproximó -sin ruido y se sentó a su lado. Como empezaba a dejarse sentir el -fresco de la mañana, Sonia llevaba su pobre y viejo _burnus_ y su -pañuelo verde. Su rostro delgado y pálido daba testimonio de su -reciente enfermedad. Al acercarse al preso, se sonrió con expresión -amable y alegre, y con la timidez de costumbre le tendió la mano. - -Siempre se la ofrecía tímidamente y algunas veces no se atrevía a -dársela, como si temiese verla rechazada; parecíale que ella se la -estrechaba con repugnancia, y siempre tenía el aire huraño cuando la -joven se acercaba; a veces, ésta no podía obtener de él una palabra. -Había días en que temblaba ante él y se retiraba profundamente -afligida; pero en esta ocasión se estrecharon durante largo rato las -manos. Raskolnikoff miró rápidamente a Sonia. Nada dijo y bajó los -ojos. Estaban solos. El cabo de varas se había alejado momentáneamente. - -De pronto, y sin que el presidiario supiese cómo había ocurrido -aquello, una fuerza irresistible le arrojó a los pies de la joven y -lloró abrazándole las rodillas. En el primer momento, Sonia, asustada, -se puso intensamente pálida, se levantó con presteza, y temblorosa miró -a Raskolnikoff; pero a él le bastó esta mirada para comprenderlo todo. -En los ojos de la joven parecía resplandecer una felicidad inmensa; no -había para ella duda de que Raskolnikoff la amaba con amor infinito. -Había llegado, por fin, este momento... - -Quisieron hablar y no pudieron. Tenían lágrimas en los ojos. Ambos -estaban pálidos y demacrados; pero sobre sus rostros enfermizos -brillaba ya la aurora de un renacimiento completo. El amor les -regeneraba; el corazón del uno encerraba una inagotable fuente de vida -para el corazón del otro. - -Resolvieron esperar, tener paciencia. Les quedaban siete años que pasar -en Siberia; ¡qué sufrimientos intolerables y qué infinita felicidad -había de llenar para ellos aquel lapso de tiempo! Pero Raskolnikoff -había resucitado, lo sabía y lo sentía en todo su ser, y Sonia no vivía -más que para la vida de su amado. - -Por la noche, después que se hubo recogido a los reclusos, el joven -se acostó en su camastro, y pensó en ella. Hasta le parecía que aquel -día los presos, sus antiguos enemigos, le habían mirado con otros -ojos. Les había dirigido primero la palabra y le habían respondido con -afabilidad; se acordaba de esto ahora, le parecía natural. ¿Acaso no -debía cambiar todo? - -Pensaba en ella. Se acordaba de los disgustos con que continuamente -la había atormentado; veía con el pensamiento la carita pálida y -delgada de Sonia; pero estos recuerdos eran un remordimiento para él. -Comprendía con qué amor infinito iba a rescatar en adelante lo que -había sufrido Sonia. - -Sí. ¿Qué significaban para él todas las miserias del pasado? En aquel -primer día gozoso, de vuelta a la vida, todo, aun su crimen y su -condena, y su relegación a Siberia, todo se le presentaba como un hecho -extraño; casi dudaba de que todo aquello hubiera ocurrido realmente. -Aquella noche se sintió incapaz de reflexionar detenidamente, de -concentrar su atención en un objeto cualquiera, de resolver una -cuestión con conocimiento de causa; sólo tenía sensaciones. La vida -había substituído en él al razonamiento. - -Tenía el _Evangelio_ debajo de la almohada y lo tomó maquinalmente. -Aquel libro pertenecía a Sonia. En él fué donde la joven le había leído -la resurrección de Lázaro. Al principio de su cautividad esperaba una -verdadera persecución religiosa por parte de la joven. Creía que le -asediaría constantemente con el _Evangelio_; pero, con gran asombro -suyo, ni una sola vez hizo recaer la conversación sobre este punto, -ni una sola vez le ofreció aquel libro; él mismo fué quien lo pidió -poco antes de su enfermedad, y ella se lo trajo sin decir una palabra. -Raskolnikoff hasta entonces no lo había abierto. - -Ahora tampoco lo abrió; pero un pensamiento cruzó por su mente. «Sus -convicciones, ¿pueden ser, al presente, las mías? ¿Puedo, yo, por lo -menos, tener otros sentimientos, otras tendencias que ella?» - -Durante todo este día Sonia estuvo también muy agitada, y por la noche -tuvo una recaída en la enfermedad; pero era tan feliz, y aquella -felicidad era para ella una sorpresa tan grande, que casi le causaba -espanto. ¡Siete años _solamente_! En la embriaguez de las primeras -horas faltó poco para que ambos no considerasen estos siete años como -siete días. Raskolnikoff ignoraba que la nueva vida no le sería dada de -balde y que tendría que conquistarla al precio de penosos esfuerzos. - -Pero comienza aquí una segunda historia. La historia de la lenta -renovación de un hombre, de su regeneración progresiva, de su paso -gradual de una vida a otra... Esto podría ser el asunto de un nuevo -relato; el que hemos querido ofrecer al lector, está terminado. - - - FIN - - - - - -End of Project Gutenberg's El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO *** - -***** This file should be named 61851-8.txt or 61851-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/1/8/5/61851/ - -Produced by Carlos Colón, the University of Toronto, the -Internet Archive and the Online Distributed Proofreading -Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from -images made available by the HathiTrust Digital Library.) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - -Title: El crimen y el castigo - -Author: Fyodor Dostoyevsky - -Translator: Pedro Pedraza y Paez - -Release Date: April 16, 2020 [EBook #61851] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO *** - - - - -Produced by Carlos Colón, the University of Toronto, the -Internet Archive and the Online Distributed Proofreading -Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from -images made available by the HathiTrust Digital Library.) - - - - - - -</pre> - - -<div class="chapter"> -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p></div> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> - -<p class="p6 center large">BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS</p> - -<p class="p4 center">FEDOR DOSTOIEVSKY</p> - -<h1>EL CRIMEN Y EL CASTIGO</h1> - -<p class="center">TRADUCCIÓN DE<br /> -PEDRO PEDRAZA Y PAEZ</p> - -<div class="figcenter2em"><img src="images/illo1.png" width="125" -height="128" alt="" title="" /> -</div> - - -<p class="p2 center">BARCELONA<br /> -RAMÓN SOPENA, <span class="smcap">Editor</span><br /> -PROVENZA, 93 A 97</p><hr class="chap" /></div> - - - -<div class="chapter"> -<p class="right p6">Derechos reservados.</p> - -<p class="center p4">Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.—Barcelona</p> - -<hr class="chap" /></div> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_3" id="Page_3">[3]</a></span></p> - - - - -<p class="p6 center large">EL CRIMEN Y EL CASTIGO</p> - - - - -<h2>PRIMERA PARTE</h2> - - - -<h3>I.</h3></div> - -<p>Una tarde muy calurosa de principios -de julio, salió del cuartito que ocupaba, -junto al techo de una gran casa de cinco -pisos, un joven, que, lentamente y con aire -irresoluto, se dirigió hacia el puente -de K***.</p> - -<p>Tuvo suerte, al bajar la escalera, de -no encontrarse a su patrona que habitaba -en el piso cuarto, y cuya cocina, que -tenía la puerta constantemente sin cerrar, -daba a la escalera. Cuando salía el -joven, había de pasar forzosamente bajo -el fuego del enemigo, y cada vez que esto -ocurría experimentaba aquél una molesta -sensación de temor que, humillándole, -le hacía fruncir el entrecejo. Tenía -una deuda no pequeña con su patrona -y le daba vergüenza el encontrarla.</p> - -<p>No quiere esto decir que la desgracia -le intimidase o abatiese; nada de eso; -pero la verdad era que, desde hacía algún -tiempo, se hallaba en cierto estado -de irritación nerviosa, rayano con la -hipocondría. A fuerza de aislarse y de encerrarse -en sí mismo, acabó por huir, no -solamente de su patrona, sino de toda -relación con sus semejantes.</p> - -<p>La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, -dejó de ser sensible a sus efectos. Había -renunciado completamente a sus ocupaciones -cotidianas y, en el fondo, se -burlaba de su patrona y de las medidas -que ésta pudiera tomar en contra suya. -Pero el verse detenido por ella en la escalera, -el oír las tonterías que pudiera -dirigirle, el sufrir reclamaciones, amenazas, -lamentos y verse obligado a responder -con pretextos y mentiras, eran para -él cosas insoportables. No; era preferible -no ser visto de nadie, y deslizarse -como un felino por la escalera.</p> - -<p>Esta vez él mismo se asombró, cuando -estuvo en la calle, del temor de encontrar -a su acreedora.</p> - -<p>«¿Debo asustarme de semejantes simplezas -cuando proyecto un golpe tan atrevido?—se -decía, riendo de un modo extraño—. -Sí... el hombre lo tiene todo entre -las manos y lo deja que se le escape -en sus propias narices tan sólo a causa de -su holgazanería... Es un axioma... Me -gustaría saber qué es lo que le da más miedo -a la gente... Creo que temen, sobre todo, -lo que les saca de sus costumbres habituales... -Pero hablo demasiado... Tal -vez por el hábito adquirido de monologar -con exceso no hago nada... Verdad -es que con la misma razón podría decir -que es a causa de no hacer nada por lo -que hablo tanto. Un mes completo hace -que he tomado la costumbre de monologar -acurrucado durante días enteros -en un rincón, con el espíritu ocupado -con mil quimeras. Veamos: ¿por qué me -doy esta carrera? ¿Soy capaz de <i>eso</i>? ¿Es -serio <i>eso</i>? No, de ningún modo; patrañas<span class="pagenum"><a name="Page_4" id="Page_4">[4]</a></span> -que entretienen mi imaginación, puras -fantasías.»</p> - -<p>Hacía en la calle un calor sofocante. -La multitud, la vista de la cal, de los ladrillos, -de los andamios y esta fetidez especial, -tan conocida de los habitantes -de San Petersburgo que no pueden alquilar -una casa de campo durante el verano, -todo contribuía a irritar cada vez -más los nervios del joven. El insoportable -olor de las tabernas y figones, muy -numerosos en aquellas partes de la ciudad, -y los borrachos que a cada paso se -encontraba, aunque aquel era día laborable, -acabaron por dar al cuadro un repugnante -colorido.</p> - -<p>Hubo un momento en que los finos -rasgos de la fisonomía de nuestro héroe -expresaron amargo disgusto. Digamos -con este motivo que no carecía de ventajas -físicas; era alto, enjuto y bien formado; -tenía el cabello castaño y hermosos -ojos de color azul obscuro. Poco después -cayó en profunda abstracción o más bien -en una especie de sopor intelectual. Andaba -sin reparar en los objetos que encontraba -al paso y sin querer reparar en ellos. -De vez en cuando murmuraba algunas -palabras; porque, como él reconocía poco -antes, tenía por costumbre el monologar. -En aquel momento echó de ver que se -embrollaban sus ideas, y que estaba muy -débil: puede decirse que había pasado -dos días sin comer.</p> - -<p>Iba tan miserablemente vestido, que -otro que no hubiera sido él habría tenido -escrúpulos para salir en pleno día con -semejantes andrajos. A decir verdad, -en aquel barrio se podía ir de cualquier -modo. En los alrededores del Mercado del -Heno, en esas calles del centro de San -Petersburgo habitadas en su mayoría -por obreros, a nadie asombra la más -rara indumentaria. Pero tan arrogante -desdén existía en el alma del joven, que, -a pesar de su vergüenza, algunas veces -cándida, no le daba ninguna de ostentar -en la calle sus harapos.</p> - -<p>Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno -de sus amigos o antiguos camaradas, -de cuyo encuentro huía siempre... Sin -embargo, se detuvo de pronto al notar, -merced a esas palabras pronunciadas -con voz burlona, que atraía la atención -de los paseantes: «¡Ah, eh! un sombrero -alemán». El que acababa de lanzar esta -exclamación era un borracho a quien -conducían, no sabemos dónde ni por qué, -en una gran carreta.</p> - -<p>Con un movimiento convulsivo, el aludido -se quitó el sombrero y se puso a examinarlo. -Era el tal sombrero de copa alta, -comprado en casa de Zimmerman, pero -ya muy estropeado, raído, agujereado, -cubierto de abolladuras y de manchas, -sin alas: en una palabra, horrible. A pesar -de todo, lejos de mostrarse herido en -su amor propio, el poseedor de aquella -especie de gorro experimentó más inquietud -que humillación.</p> - -<p>—¡Ya me lo figuraba yo!—murmuró -en su turbación—; ¡lo había presentido! -Pero lo peor es que en una miseria como -la mía, una tontería insignificante puede -echar a perder el negocio. Sí; este sombrero -produce demasiado efecto, y el -efecto nace precisamente de que es ridículo. -Para llevar estos harapos es indispensable -usar gorra. Mejor que este mamarracho -será una boina vieja. No hay -quien lleve semejantes sombreros; de seguro -que éste llama la atención a una -versta<a name="FNanchor_1" id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> de distancia. Después lo recordarían -y podría ser un indicio; lo importante -es no llamar la atención de nadie... -Las cosas pequeñas tienen siempre importancia; -por ellas suele ser por las que -uno se pierde.</p> - -<p>No tenía que ir muy lejos; sabía la distancia -exacta que separaba su casa del -sitio adonde se dirigía; setecientos pasos -justos. Los había contado cuando su -proyecto no era más que un vago sueño. -En aquella época no creía que llegase -el día en que se trocara lo imaginado en -acción; se limitaba a acariciar en su mente -una idea espantosa y seductora a la -vez; pero desde aquel tiempo, un mes hacía, -comenzaba a considerar las cosas de -otro modo. Aunque en todos sus soliloquios -se reprochase su falta de energía -y su irresolución, habíase ido, sin embargo, -habituando poco a poco e involuntariamente, -en cierto modo, a mirar como -posible la realización de su sueño, no<span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5">[5]</a></span> -obstante continuar dudando de sí mismo. -En aquel momento iba a hacer el <i>ensayo -general</i> de su empresa, y a cada paso aumentaba -su agitación.</p> - -<p>Con el corazón desfallecido y el cuerpo -agitado por nervioso temblor, se aproximó -a una inmensa casa que daba de un -lado al canal y del otro a la calle... Este -edificio, dividido en multitud de cuartitos -de alquiler, tenía por inquilinos industriales -de todas las clases, sastres, cerrajeros, -cocineras, alemanes de diferentes -categorías, mujeres públicas y humildes -empleados, etc. Un continuo hormiguero -entraba y salía por las dos puertas. -Tres o cuatro <i>dvorniks</i><a name="FNanchor_2" id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a> prestaban -sus servicios en esta casa. Con gran satisfacción -suya, el joven no encontró a -nadie. Después de haber pasado el umbral -sin ser notado, tomó por la escalera -de la derecha.</p> - -<p>Conocía ya esta escalera angosta y tenebrosa -cuya obscuridad no le desagradaba, -pues así no eran de temer las miradas -curiosas. «Si ahora tiemblo, ¿qué -será cuando venga en serio?», no pudo -menos de pensar cuando llegaba al cuarto -piso. Allí le cerraron el paso antiguos -soldados convertidos en mozos de cuerda; -mudaban los muebles de uno de los -cuartos, ocupado, el joven lo sabía, por -un funcionario alemán y su familia.</p> - -<p>—Gracias a la marcha del alemán, no -habrá durante algún tiempo en ese rellano -otro inquilino que la vieja. Esto es -bueno saberlo... por lo que pueda suceder.</p> - -<p>Así pensó, y tiró del llamador de la -casa de la vieja. Débilmente sonó la campanilla, -como si fuese de hojalata y no -de cobre. Tales son en esas casas las campanillas -de todos los pisos.</p> - -<p>Sin duda había olvidado este detalle; -aquel sonido particular debió de traerle -repentinamente a la memoria algún -recuerdo, porque el joven se estremeció -y se alteraron sus nervios. Al cabo de un -instante se entreabrió la puerta, y, por -la estrecha abertura, la dueña de la casa -examinó al recién venido con manifiesta -desconfianza; brillaban sus ojillos como -dos puntos luminosos en la obscuridad, -pero al advertir que había gente en el -descansillo se tranquilizó y abrió por completo -la puerta. El joven entró en un sombrío -recibimiento, dividido en dos por un -tabique, tras del cual estaba la cocina. -En pie delante del joven, la vieja callaba -interrogándole con la vista. Era una mujer -de sesenta años, pequeñuela y delgada, -de nariz puntiaguda y de mirada maliciosa.</p> - -<p>Tenía la cabeza descubierta, y los cabellos, -que comenzaban a encanecer, relucían -untados de aceite. Llevaba puesto -al cuello, que era largo y delgado como la -pata de una gallina, una tira de franela, -y, a pesar del calor, habíase echado sobre -los hombros un abrigo apolillado y -amarillento. La vieja tosía a menudo. -Debió de mirarla el joven de un modo -singular, porque los ojos de la anciana -recobraron bruscamente su expresión -de desconfianza.</p> - -<p>—Raskolnikoff, estudiante. Estuve -aquí, en esta casa, hace un mes—se apresuró -a decir el joven, medio inclinándose, -porque había pensado que lo mejor era -mostrarse afable.</p> - -<p>—Sí, lo recuerdo, lo recuerdo—respondió -la vieja, que no cesaba de mirarle -con recelo.</p> - -<p>—Pues bien... Vengo otra vez por un -asuntillo del mismo género—continuó -Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido -de la desconfianza que inspiraba.</p> - -<p>«Quizá esta mujer ha sido siempre lo -mismo; pero la otra vez no lo eché de -ver»—pensó el joven desagradablemente -impresionado.</p> - -<p>La vieja permaneció algún tiempo silenciosa -como si reflexionase. Luego señaló -la puerta de la sala a su visitante, -y le dijo haciéndose a un lado para dejarle -pasar delante de ella.</p> - -<p>—Entre usted.</p> - -<p>La salita en la cual fué introducido el -joven, tenía tapizadas las paredes de color -amarillo; en las ventanas, con cortinas -de muselina, había tiestos de geranios; -el sol poniente arrojaba sobre aquello -viva claridad. «¡Sin embargo, <i>entonces</i> -brillaba el sol de la misma manera!»—dijo -Raskolnikoff para su coleto y dirigió -rápidamente una mirada en torno<span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6">[6]</a></span> -suyo, para darse cuenta de todos los objetos -y grabarlos en la memoria. En -la habitación no había nada de particular. -Los muebles, de madera amarilla, -eran muy viejos: un sofá con gran respaldo -vuelto, una mesa de forma oval -frente a frente del sofá, un lavabo y un -espejo entre las dos ventanas, sillas a lo -largo de las paredes, dos o tres grabados, -sin valor, que representaban señoritas -alemanas con pájaros en las manos; a -esto se reducía el mobiliario.</p> - -<p>En un rincón, delante de una pequeña -imagen, ardía una lámpara; tanto los -muebles como el suelo relucían de puro -limpios.</p> - -<p>«Es Isabel la que arregla todo esto»—pensó -el joven.</p> - -<p>En toda la habitación no se veía un -grano de polvo.</p> - -<p>«Es preciso venir a las casas de estas -malas viejas viudas para ver tanta limpieza»—continuó -monologando Raskolnikoff, -y miró con curiosidad la cortina -de indiana que ocultaba la puerta correspondiente -a otra salita; en esta última, -en la que jamás había entrado, estaban -la cama y la cómoda de la vieja.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted?—preguntó secamente -la dueña de la casa, que, habiendo -seguido a su visitante, se colocó frente -a él para examinarle de cerca.</p> - -<p>—He venido a empeñar una cosa. -Véala usted.</p> - -<p>Y sacó del bolsillo un reloj de plata viejo -y aplastado, que tenía grabado en la -tapa un globo. La cadena era de acero.</p> - -<p>—Aun no me ha devuelto usted la cantidad -que le tengo prestada; anteayer -cumplió el plazo.</p> - -<p>—Le pagaré aún el interés del otro mes; -tenga un poco de paciencia.</p> - -<p>—Conste, amiguito, que puedo esperar, -si quiero, o vender el objeto empeñado, -si se me antoja...</p> - -<p>—¿Qué me da por este reloj, Alena -Ivanovna?</p> - -<p>—Lo que trae aquí es una miseria; esto -no vale nada. La otra vez le di a usted -dos billetes pequeños por un anillo que -se puede comprar nuevo en la joyería -por rublo y medio.</p> - -<p>—Déme usted cuatro rublos y lo desempeñaré. -Perteneció a mi padre. Pronto -recibiré dinero.</p> - -<p>—Rublo y medio, y he de cobrar el -interés por adelantado.</p> - -<p>—¡Rublo y medio!—exclamó el joven.</p> - -<p>—Acepta usted, ¿sí o no?</p> - -<p>Y dicho esto, la mujer alargó el reloj -al visitante. Este lo tomó e iba a retirarse, -irritado, cuando reflexionó que -la prestamista era su último recurso; además, -había ido allí para otra cosa.</p> - -<p>—¡Venga el dinero!—dijo con tono -brutal.</p> - -<p>La vieja buscó las llaves en el bolsillo -y entró en la habitación contigua. Cuando -el joven se quedó solo en la sala, se -puso a escuchar, entregándose a diversos -cálculos. A poco oyó cómo la usurera -abría la cómoda.</p> - -<p>«Debe ser el cajón de arriba—supuso -Raskolnikoff—; ahora sé que lleva las -llaves en el bolsillo derecho, y que están -todas reunidas en una anilla de acero... -Una de ellas es tres veces más gruesa -que las otras, y tiene las guardas dentadas; -esa llave no es de la cómoda, seguramente. -Por lo tanto, debe haber alguna -caja o alguna arca de hierro... Es curioso. -Las llaves de las arcas de hierro son generalmente -de esa forma... ¡Pero qué innoble -es todo esto!...»</p> - -<p>Volvió a entrar la vieja.</p> - -<p>—Mire usted: como cobro una grivna<a name="FNanchor_3" id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a> -al mes por cada rublo, y empeña usted -el reloj en rublo y medio le desquito 15 -kopeks y queda satisfecho el interés por -adelantado. Además, como usted me suplica -que espere otro mes para devolverme -los dos rublos que le tengo prestados, -me debe usted por este concepto 20 kopeks, -que, unidos a los 15 que le desquito, -componen 35. Tengo, pues, que darle -a usted un rublo y 15 kopeks. Aquí están.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿De modo que no me da usted -ahora más que un rublo y 15 kopeks?</p> - -<p>—Nada más tengo que darle a usted.</p> - -<p>Tomó el joven el dinero sin discutir. -Miraba a la vieja sin darse prisa a marcharse. -Parecía tener intención de hacer<span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span> -algo; pero no sabía con precisión lo que -deseaba...</p> - -<p>—Es posible, Alena Ivanovna, que venga -pronto con otra cosa... Una cigarrera... -de plata... muy bonita... en cuanto me la -devuelva un amigo a quien se la he prestado.</p> - -<p>Dijo estas palabras con manifiesto -embarazo.</p> - -<p>—Pues bien, entonces hablaremos.</p> - -<p>—Adiós... ¿Sigue usted viviendo sola, -sin que su hermana le haga compañía?—preguntó -con el tono más indiferente -que le fué posible en el momento en que -entraba en la antesala.</p> - -<p>—¿Y qué le importa a usted mi hermana?</p> - -<p>—Es verdad, se lo preguntaba a usted -por decir algo... Adiós, Alena Ivanovna.</p> - -<p>Raskolnikoff salió muy alterado; al bajar -la escalera se detuvo muchas veces -como rendido por sus emociones.</p> - -<p>«¡Dios mío, cómo subleva el corazón -todo esto!—exclamó cuando llegó a la -calle—. ¡Es posible, es posible que yo...!</p> - -<p>No, es una tontería, un absurdo—añadió -resueltamente—. ¿Y ha podido ocurrírseme -tan espantosa idea? ¿He de ser -yo capaz de tal infamia? ¡Esto es odioso, -innoble, repugnante!... ¿Y por espacio -de un mes entero yo...?»</p> - -<p>Para expresar la agitación que sentía, -eran impotentes las exclamaciones y palabras. -La sensación de inmenso disgusto -que comenzó a oprimirle poco antes -cuando se encaminaba a casa de la vieja, -alcanzaba ahora intensidad tan grande -que el joven no sabía cómo substraerse -a semejante suplicio... Caminaba por la -acera como un borracho, sin reparar en -los transeuntes y tropezándose con ellos. -En la calle siguiente volvió a recobrar -ánimos y, mirando en torno suyo, advirtió -que estaba cerca de una taberna; una -escalera situada al nivel de la acera daba -entrada a la cueva del establecimiento. -Raskolnikoff vió salir en aquel instante -a dos borrachos que se apoyaban el uno -en el otro, injuriándose recíprocamente.</p> - -<p>Vaciló el joven un instante, y después -bajó la escalera. Nunca había entrado -en una taberna; pero en aquel momento -sentía vahídos, le atormentaba ardiente -sed. Tenía ganas de beber cerveza fresca, -y atribuía su debilidad a lo vacío del -estómago. Después de sentarse en un rincón, -sombrío y sucio, ante una mesita mugrienta, -pidió cerveza y bebió el primer -vaso con avidez.</p> - -<p>Al punto sintió un gran alivio y se esclarecieron -sus ideas.</p> - -<p>«Todo esto es absurdo—se dijo ya confortado—. -No había motivo para turbarse. -¡Es sencillamente efecto de un mal -físico; con un vaso de cerveza y un bizcocho -habría recobrado la fuerza de mi -inteligencia, la precisión de mis ideas, el -vigor de mis resoluciones! ¡Oh, qué insignificante -es todo ello!»</p> - -<p>A pesar de tan desdeñosa conclusión, -estaba contento, como si se viese libre -de un peso enorme, y dirigía miradas -amistosas a las personas presentes. Pero -al mismo tiempo sospechó que fuese ficticio -aquel retorno a la energía.</p> - -<p>Quedaba muy poca gente en la taberna; -después de los dos borrachos, salió -una banda de cinco músicos, y el establecimiento -quedó silencioso; no había en él -más que tres personas: un individuo algo -ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre -de la clase media, estaba sentado delante -de una botella de cerveza. Cerca de él, -tendido en el banco, dormitaba un sujeto -alto y grueso, de barba blanca, vestido -con un largo levitón, y en completo -estado de embriaguez.</p> - -<p>De cuando en cuando parecía despertarse -bruscamente; se ponía a hacer sonar -los dedos, apartando los brazos y moviendo -rápidamente el busto, sin levantarse -del banco sobre el cual estaba echado. -Tales gestos y ademanes servían de acompañamiento -a una canción necia, de la -que el hombre se esforzaba para recordar -los versos:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">Durante un año entero</div> -<div class="line">yo he acariciado.</div> -<div class="line">Du-ran-te un a-ño en-te-ro</div> -<div class="line">yo he a-ca-ri-cia-do</div> -<div class="line">a mi mujer.</div> -</div></div></div> - -<p>O esta otra:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">En la Podiatcheshaïa.</div> -<div class="line">He encontrado a mi vieja...</div> -</div></div></div> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span> -Nadie hacía caso de la alegría de aquel -melómano. Su mismo compañero escuchaba -todos aquellos gorjeos en silencio -y haciendo muecas de disgusto. El tercer -consumidor parecía un antiguo funcionario. -Sentado aparte se llevaba de vez -en cuando el vaso a los labios, mirando -en derredor suyo; parecía que también -él era presa de cierta agitación.</p> - -<div class="chapter"> -<h3>II.</h3></div> - -<p>Raskolnikoff no estaba habituado a la -multitud, y, conforme hemos dicho, desde -hacía algún tiempo evitaba las compañías -de sus semejantes; pero de repente -se sintió atraído hacia los hombres. -Cualquiera hubiera dicho que se operaba -en él una especie de revolución y que el -instinto de sociabilidad recobraba sus -derechos. Entregado durante un mes -completo a los sueños morbosos que -la soledad engendra, tan fatigado estaba -nuestro héroe de su aislamiento, -que deseaba encontrarse, aunque no fuese -más que un minuto, en un ambiente -humano. Así, pues, por innoble que fuese -aquella taberna, se sentó ante una de las -mesas con verdadero placer.</p> - -<p>El dueño del establecimiento estaba en -otra habitación; pero salía y entraba frecuentemente -en la sala. Desde el umbral, -sus hermosas botas de altas y rojas vueltas -atraían inmediatamente las miradas; -llevaba un <i>paddiovka</i> y un chaleco de -raso negro horriblemente manchado de -grasa y no tenía corbata; la cara parecía -untada de aceite. Tras el mostrador se -hallaba un mozo de catorce años, y otro -más joven servía a los parroquianos. Expuestas -en el aparador había varias vituallas, -trozos de cohombro, galleta negra -y bacalao cortado en pedazos; todo -exhalaba olor a rancio. El calor era tan -insoportable y la atmósfera estaba tan -cargada de vapores alcohólicos, que parecía -imposible pasar en aquella sala cinco -minutos sin emborracharse.</p> - -<p>Ocurre a veces que nos encontramos -con desconocidos que nos interesan por -completo a primera vista, antes de cruzar -una palabra con ellos. Esto fué lo que -sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo -que tenía el aspecto de un antiguo -funcionario. Más tarde, al acordarse de -esta primera impresión, el joven la atribuyó -a un presentimiento. No quitaba los -ojos del desconocido, sin duda porque -este último no dejaba tampoco de mirarle, -y parecía muy deseoso de trabar conversación -con él. A los demás consumidores, -y aun al mismo tabernero, los miraba -con aire impertinente y altanero; -eran, evidentemente, personas que estaban -por debajo de él en condición social -y en educación para que se dignase dirigirles -la palabra.</p> - -<p>Aquel hombre, que había pasado ya -de los cincuenta años, era de mediana -estatura y de complexión robusta. La -cabeza, en gran parte calva, no conservaba -más que algunos cabellos grises. El -rostro largo, amarillo o casi verde, denunciaba -hábitos de incontinencia; bajo -los gruesos párpados brillaban unos ojillos -rojizos, muy vivaces. Lo que más impresionaba -en su fisonomía era la mirada -en que la llama de la inteligencia y del -entusiasmo se alternaba con no sé qué -expresión de locura. Este personaje llevaba -sobretodo negro, viejo, todo desgarrado, -y no gustándole, sin duda, llevarle -abierto, lo abrochaba correctamente -con el único botón que el sobretodo -tenía. El chaleco, de <i>nanquin</i>, dejaba ver -la pechera de la camisa rota y llena de -manchas. La ausencia de barba denunciaba -en él al funcionario; pero debía haberse -afeitado en una época bastante remota, -porque le azuleaban las mejillas con un -pelo muy espeso. Notábase en sus maneras -cierta gravedad burocrática; pero, -en aquel momento, parecía conmovido. -Se revolvía los cabellos, y, de tiempo en -tiempo, apoyaba los codos en la mesa -pringosa, sin temor a mancharse las -mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza -en las dos manos. Por último, comenzó -a decir en voz alta y firme, mirando -a Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Será una indiscreción por mi parte, -señor, hablar con usted? Porque es lo -cierto que, a pesar de la sencillez de su -traje, mi experiencia distingue en usted -un hombre muy bien educado y no un -asiduo parroquiano de taberna. Siempre -he dado mucha importancia a la educación, -unida, por supuesto, a las cualida<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span>des -del corazón. Pertenezco al <i>Tchin</i><a name="FNanchor_4" id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>. -Permítame usted que me presente: Simón -Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular. -¿Me es lícito preguntarle si ha pertenecido -usted a la administración?</p> - -<p>—No, yo soy estudiante—respondió el -joven sorprendido de aquel cortés lenguaje, -y, sin embargo, molesto al ver que -un desconocido le dirigía la palabra a -quema ropa.</p> - -<p>Aunque se hallaba en su cuarto de -hora de sociabilidad, sintió en aquel momento -que se le despertara el mal humor -que solía experimentar cuando un extraño -trataba de ponerse en relaciones -con él.</p> - -<p>—¿De modo que es usted estudiante, -o lo sigue siendo?—repuso vivamente el -funcionario—; es precisamente lo que yo -pensaba. ¡Tengo olfato, señor, un olfato -muy fino, gracias a mi larga experiencia!</p> - -<p>Se llevó el dedo a la frente, indicando -con este gesto la opinión que tenía de su -capacidad cerebral.</p> - -<p>—Pero, dispénseme... ¿no ha terminado -usted realmente sus estudios?</p> - -<p>Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse -al lado del joven. A pesar de estar -ebrio, hablaba distintamente y sin gran -incoherencia. Al verle arrojarse sobre -Raskolnikoff como sobre una presa, se -hubiera podido suponer que él también, -desde hacía un mes, no había despegado -los labios ni para decir esta boca es mía.</p> - -<p>—Señor—declaró con cierta solemnidad—, -la pobreza no es un vicio, seguramente, -de la misma manera que la -embriaguez no es una virtud. Pero la -indigencia, señor, la indigencia es un vicio -de los peores. En la pobreza conserva -uno el orgullo nativo de sus sentimientos; -en la indigencia no se conserva nada, -ni siquiera se le echa a uno a palos de la -sociedad humana, sino a escobazos, que -son más humillantes. Y hacen bien, porque -el indigente está dispuesto a envilecerse -y esto es lo que explica la taberna. -Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff -pegó a mi mujer. Y dígame, -¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en -el punto más sensible? ¿Me comprende -usted? Permítame que le haga otra pregunta, -¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha -pasado usted alguna noche en el Neva en -los barcos de heno?</p> - -<p>—No, jamás—contestó Raskolnikoff—; -¿por qué me lo pregunta usted?</p> - -<p>—Pues bien, para mí será hoy la quinta -vez que dormiré allí.</p> - -<p>Llenó el vaso, lo apuró y se quedó -pensativo. En efecto, en su traje y en sus -cabellos se veían algunas briznas de heno. -A juzgar por las apariencias, lo menos -hacía cinco días que no se había desnudado -ni lavado la cara. Sus gruesas y rojas -manos, con las uñas de luto, estaban -también extremadamente sucias.</p> - -<p>La sala entera le escuchaba, aunque, -a decir verdad, con bastante despreocupación. -Los mozos se reían detrás del mostrador. -El tabernero había bajado también, -sin duda para oír a aquel hombre -original. Sentado a cierta distancia bostezaba -con aire importante. Evidentemente -Marmeladoff era conocido desde -hacía algún tiempo en la casa. Según todas -las probabilidades, debía su notoriedad -a la costumbre de hablar en la taberna -con todos los parroquianos que se ponían -a su alcance. Tal costumbre se convierte -en una necesidad para ciertos borrachos, -principalmente para aquellos -que son tratados con dureza por esposas -poco tolerantes; tratan de adquirir en la -taberna con sus compañeros de orgía la -consideración que no encuentran en sus -hogares.</p> - -<p>—¡Por vida de...!—dijo en voz fuerte -el tabernero—. ¿Por qué no trabajas, -por qué no vas a la oficina, puesto que -eres empleado?</p> - -<p>—¿Por qué no trabajo, señor?—siguió -diciendo Marmeladoff, encarándose exclusivamente -con Raskolnikoff, como si -éste le hubiera dirigido la pregunta—. -¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi -inutilidad no me disgusta? Cuando, hace -un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi -mujer con sus propias manos, mientras -yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal -escena, ¿cree usted que yo no sufría? -Permítame usted, joven; ¿le ha ocurrido -a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar -un préstamo sin esperanza?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span></p> - -<p>—Sí... Es decir, ¿qué entiende usted -por eso de sin esperanza?</p> - -<p>—Quiero decir, sabiendo perfectamente -de antemano que no le darán a usted -nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre -de que tal hombre, tal ciudadano -bien intencionado, no le prestaría un -kopek; porque, dígame usted, ¿a qué santo -había de prestárselo, sabiendo que usted -no ha de devolvérselo? ¿Por piedad? -Ese Lebeziatnikoff es partidario de las -nuevas ideas y aseguraba el otro día que -la compasión, en nuestra época, está prohibida -hasta por la ciencia, y que tal es -la doctrina reinante en Inglaterra, en -donde florece la economía política. ¿Cómo, -repito, ese hombre habrá de prestarle -a usted dinero? Está usted seguro de -que no se lo prestará, y, sin embargo, se -dirige usted a...</p> - -<p>—¿Para qué ir en ese caso?—interrumpió -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Pues porque es preciso ir a alguna -parte; porque no hay otra salida y llega -un tiempo en que el hombre se decide, -de buena o mala gana, a tomar cualquier -senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir -en la policía tuve que ir también -con ella (porque mi hija tiene cartilla)—añadió -entre paréntesis, mirando al -joven con expresión de inquietud—. Le -advierto a usted que esto me tiene sin -cuidado—se apresuró a decir con aparente -flema, en tanto que los mozos, detrás -del mostrador, y hasta el mismo tabernero -sonreían—. ¡Poco me importa! No me -inquietan los movimientos de cabeza, porque -estas cosas son conocidas de todo el -mundo y no hay secreto que no se descubra; -no es con desprecio sino con resignación, -como yo acepto mi suerte. ¡Sea! -<i>¡Ecce Homo!</i> Permítame, joven, que le -pregunte si puede usted, o, mejor dicho, -si se atrevería usted, fijando los ojos en -mí, a afirmar que no soy un cerdo.</p> - -<p>El joven no respondió.</p> - -<p>El orador esperó con aire digno a que -terminasen las risas provocadas por -sus últimas palabras. Después añadió:</p> - -<p>—Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella -es una señora. ¡Llevo impreso el sello de -la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi -esposa, es una persona bien educada, -hija de un oficial superior. Concedo que -soy un bufón empedernido; pero mi mujer -tiene un gran corazón, sentimientos -elevados, instrucción... y, sin embargo... -¡Oh! ¡Si tuviese piedad de mí! ¡Señores, -señores, todos los hombres tienen necesidad -de encontrar piedad en alguna -parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar -de su grandeza de alma, es injusta... Pues -bien, con tal de que yo llegue a comprender -que cuando me tira de los cabellos, -lo hace, en rigor, por interés hacia mí... -(No me avergüenzo de confesarlo: me -tira de los cabellos, joven)—insistió, creciendo -en dignidad al oír nuevas carcajadas—. -Sin embargo, Dios mío, aunque -no fuese más que una vez... pero no, no; -dejemos esto; es inútil hablar de ello... -Ni una sola vez he obtenido lo que deseaba; -ni una sola vez se ha tenido compasión -de mí... pero tal es mi carácter; soy -un verdadero bruto...</p> - -<p>—Lo creo—dijo bostezando el tabernero.</p> - -<p>Marmeladoff dió un puñetazo en la -mesa.</p> - -<p>—Tal es mi carácter; ¿querrá usted -creer, querrá usted creer, señor, que me -he bebido hasta sus medias? No digo sus -zapatos, porque esto se comprendería, -hasta cierto punto; pero son sus medias, -sus medias, las que yo me he bebido. -¡Sus medias! me he bebido también su -pañoleta de pelo de cabra, un regalo que -le habían hecho; un objeto que poseía -antes de casarse conmigo y que era de -su propiedad y no de la mía. Habitamos -en un cuarto muy frío; este invierno mi -mujer ha pescado un catarro y tose y escupe -sangre. Tenemos tres hijos pequeños, -y Catalina Ivanovna trabaja de la -noche a la mañana. Hace colada y limpia -la casa, porque desde muy joven está -acostumbrada a la limpieza. Por desgracia, -tiene el pecho delicado, cierta predisposición -a la tisis que me preocupa. -¿No lo siento, por ventura? Cuando más -bebo, más lo siento. Es para sentir y sufrir -más por lo que me entrego a la bebida; -¡bebo porque quiero sufrir doblemente!</p> - -<p>E inclinó la cabeza sobre la mesa con -aire de desesperación.</p> - -<p>—Joven—continuó en seguida incorporándose—, -me parece leer en su sem<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>blante -cierto disgusto. Desde que entró -usted me ha parecido advertirlo, y por -eso le he dirigido inmediatamente la palabra. -Si le cuento la historia de mi vida -no es para ofrecerme a la burla de esos -ociosos, que, por otra parte, están enterados -de todo, no; es porque busco la -simpatía de un hombre bien educado. -Sepa usted, pues, que mi mujer ha sido -educada en una pensión aristocrática de -provincia, y que a su salida del establecimiento -bailó en chal delante del gobernador -y de los otros personajes oficiales; -tan contenta estaba por haber obtenido -una medalla de oro y un diploma. La medalla... -la hemos vendido hace ya mucho -tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma, -lo conserva mi esposa en un cofre y últimamente -aun lo mostraba al ama de -nuestra casa. Aunque esté a matar con -ella, a mi mujer le gusta ostentar ante los -ojos de cualquiera sus éxitos pasados. -No se lo echo en cara, porque su única alegría -ahora es acordarse de los hermosos -días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se -ha desvanecido! Sí, sí; tiene un alma ardiente, -orgullosa, intratable. Ella friega -el suelo, come pan negro; pero no permite -que se le escatimen ciertas consideraciones. -Así es, que no ha tolerado la grosería -de Lebeziatnikoff, y cuando, para -vengarse de haber sido despedido, este -último le puso la mano encima, mi mujer -tuvo que guardar cama, sintiendo más -el insulto hecho a su dignidad que el dolor -de los golpes recibidos.</p> - -<p>»Cuando me casé con ella era viuda, -con tres niños pequeños. Había estado -casada en primeras nupcias con un oficial -de infantería, con quien huyó de casa -de sus padres; amaba extremadamente -a su marido; pero éste se dió al juego, -tuvo que entendérselas con la justicia, -y murió. En los últimos tiempos pegaba -a su mujer. Sé de buena tinta que no -era cariñosa con él, lo que no le impide -ahora llorar por el difunto y establecer -continuamente comparaciones entre él -y mi persona, comparaciones poco lisonjeras -para mi amor propio. Pero no -me quejo; más bien me complace que se -imagine haber sido feliz en otro tiempo.</p> - -<p>»Después de la muerte de su marido -se encontró sola con tres hijos pequeños, -en un distrito lejano y salvaje, donde la -encontré yo. Su miseria era tal, que yo, -que de eso he visto tanto, no me siento -con fuerzas para describirla. Todos sus -parientes la habían abandonado; por otra -parte, su orgullo le hubiera impedido -siempre implorar la piedad de aquellas -personas. Entonces, señor, entonces, yo, -que era viudo también, y que tenía de mi -matrimonio una hija de catorce años, -ofrecí mi mano a aquella pobre mujer; -tanta pena me daba verla sufrir.</p> - -<p>»Instruída, bien educada, de buena -familia, consintió, sin embargo, en casarse -conmigo. Esto puede dar a usted una -idea de la miseria en que la pobre viviría. -Acogió mi proposición llorando, sollozando -y retorciéndose las manos, pero -la acogió, porque no tenía dónde ir.</p> - -<p>»¿Comprende usted, comprende usted -lo que significan estas palabras: «No tener -ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende -todavía!</p> - -<p>»Durante un año entero cumplí mi deber -honrada y santamente, y sin probar -una gota de esto (señaló con el dedo la -media botella que tenía delante); porque -no carezco de sentimientos. Pero nada -adelanté. A poco perdía mi empleo y no -por falta mía; reformas administrativas -determinaban la supresión del que desempeñaba, -y entonces fué cuando me di -a la bebida... Ahora ocupamos una habitación -en casa de Amalia Ludvigovna -Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos -y de qué vivimos. Hay allí muchos -inquilinos además de nosotros; es una ratonera -aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante -este tiempo, creció la hija que yo tenía -de mi primera mujer. No quiero hablar -de lo que su madrastra la ha hecho -sufrir.</p> - -<p>»Aunque de sentimientos nobilísimos, -Catalina Ivanovna es una mujer irascible -e incapaz de contenerse en los arrebatos -de su cólera... Sí, ¡vamos, es inútil -hablar de esto! Como puede usted comprender, -Sonia no ha recibido una gran -instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle -Geografía e Historia Universal; -pero como yo no he estado nunca fuerte -en estas materias, y como además no tenía -a mi disposición un buen manual, no -hizo grandes progresos en sus estudios:<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span> -nos detuvimos en Ciro, rey de Persia. -Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, -leyó algunas novelas. Lebeziatnikoff le -prestó hace poco la <i>Fisiología de Ludwig</i>. -¿Conoce usted esa obra? Mi hija la -ha encontrado muy interesante y aun nos -ha leído muchos pasajes en alta voz. A -eso se limita toda su cultura.</p> - -<p>»Ahora, señor, apelo a su sinceridad. -¿Cree usted en conciencia que una joven -pobre, pero honrada, pueda vivir de su -trabajo? Como no tenga una habilidad -especial, ganará 15 kopeks al día, y para -llegar a esa cifra tendrá necesidad de no -perder un solo minuto. ¡Pero qué digo! -Sonia hizo media docena de camisas de -holanda, para el consejero de Estado -Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habrá -oído hablar de él; pues bien, no sólo está -esperando aún que se le paguen, sino que -la pusieron a la puerta llenándola de injurias, -so pretexto de que no había tomado -bien la medida del cuello.</p> - -<p>»En tanto los niños se mueren de hambre, -Catalina Ivanovna se pasea por la -habitación retorciéndose las manos, mientras -en sus mejillas aparecen las manchas -rojizas, propias de su enfermedad. «Holgazana—decía -a mi hija—, ¿no te da vergüenza -de vivir sin hacer nada? Bebes, -comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto -ahora: ¿Qué es lo que la pobre muchacha -podría beber y comer cuando en tres días -los niños no habían visto siquiera un mendrugo -de pan? Yo estaba en aquel momento -acostado... Vamos, hay que decirlo -todo, borracho; pero oí que mi Sonia respondía -tímidamente con su voz dulce (la -pobrecita es rubia, con una carita siempre -pálida y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna, -¿por qué me dice usted esas cosas?»</p> - -<p>»Tengo que añadir que ya por tres veces -Daría Frantzovna, una mala mujer -muy conocida de la policía, le había hecho -insinuaciones en nombre del propietario -de la casa. «Vaya—dijo irónicamente -Catalina Ivanovna—, vaya un tesoro -para guardarlo con tanto cuidado.» Pero -no la acuse usted. No tenía conciencia -de lo que decía; estaba agitada, enferma, -veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo -que decía era más bien para molestar a -Sonia que para excitarla a que se entregara -al vicio... Catalina Ivanovna es así; -cuando oye llorar a sus hijos les pega, -aunque sabe que lloran de hambre. Eran -entonces las cinco y oí que Sonia se levantaba, -se ponía el chal y salía del cuarto.</p> - -<p>»A las ocho volvió. Al llegar, se fué derecha -a Catalina Ivanovna, y, silenciosamente, -sin proferir palabra, depositó -treinta rublos de plata delante de mi mujer. -Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo -verde (un pañuelo que sirve para -toda la familia), se envolvió la cabeza -y se echó en la cama con la cara vuelta -hacia la pared; un continuo temblor agitaba -sus hombros y su cuerpo... yo continuaba -en el mismo estado... En aquel -momento, joven, vi a Catalina Ivanovna -que, también silenciosamente, se arrodillaba -junto al lecho de Sonia.</p> - -<p>»Pasó toda la noche de rodillas, besando -los pies de mi hija y rehusando levantarse. -Después, las dos se durmieron juntas -en los brazos una de la otra... ¡las -dos!... ¡las dos!... sí; y yo continuaba lo -mismo, sumido en la embriaguez.</p> - -<p>Se calló Marmeladoff, como si la voz -le hubiera faltado; luego llenó la copa, la -vació y siguió, después de un corto silencio:</p> - -<p>—Desde entonces, señor, a consecuencia -de una circunstancia desgraciada, y -con motivo de cierta denuncia de personas -perversas (Daría Frantzovna tuvo -parte principal en este negocio porque -quería vengarse de una supuesta falta de -respeto), desde entonces mi hija Sonia<a name="FNanchor_5" id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a> -Semenovna fué inscrita en el registro -de policía y se vió obligada a dejarnos. -Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible -en este punto, sin tener en cuenta -que ella misma, en cierto modo, había -favorecido las intrigas de Daría -Frantzovna.</p> - -<p>»Lebeziatnikoff se ha unido a ella... -¡hum! y con motivo de lo de Sonia fué la -cuestión que Catalina Ivanovna tuvo -con él. En un principio estuvo muy solícito -con Sonetchka; pero de repente se -sintió herido en su amor propio. «¿Cómo -un hombre de corazón—dijo—ha de ha<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>bitar -en la misma casa que semejante desdichada?» -Catalina Ivanovna tomó partido -por Sonia, y la disputa acabó en golpes... -En la actualidad mi hija viene a -menudo a vernos a la caída de la tarde, y -ayuda con lo que puede a mi mujer. Vive -en casa de Kapernumoff, un sastre cojo -y tartamudo. Sus hijos, que son varios, -tartamudean como él, y hasta su mujer -tiene no sé qué defecto en la lengua... -Todos comen y duermen en la misma sala; -pero a Sonia le han cedido una habitación, -separada de la de sus huéspedes -por un tabique... ¡hum! sí... Son personas -muy pobres y tartamudas... Bueno... -Una mañana me levanté, me puse mis -harapos, elevé las manos al cielo y me -fuí a ver a Su Excelencia Ivan Afanasievitch. -¿Le conoce usted? ¿No? Pues -entonces no conoce a un santo varón... -Es una vela... pero una vela que arde delante -del altar del Señor. Mi historia, que -Su Excelencia se dignó oír hasta el fin, le -hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón -Ivanovitch—me dijo—, has defraudado -una vez mis esperanzas, pero vuelvo -a tomarte, bajo mi exclusiva responsabilidad -personal.» Así se expresó, añadiendo: -«Procura acordarte de lo pasado, para -no reincidir, y retírate.» Besé el polvo de -sus botas, mentalmente, por supuesto, -porque Su Excelencia no hubiera permitido -que se las besase de veras; es un hombre -muy penetrado de las ideas modernas -y no le gustan semejantes homenajes. -¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó -cuando anuncié en casa que tenía un destino!</p> - -<p>De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff -a detenerse. En aquel momento invadió -la taberna un grupo de individuos -ya a medios pelos. A la puerta del establecimiento -sonaba un organillo, y la voz -débil de un chiquillo cantaba la <i>Petite -Ferme</i>.</p> - -<p>La atmósfera de la sala era pesadísima. -El tabernero y los mozos se apresuraban -a servir a los recién llegados. Sin -reparar en este incidente, Marmeladoff -continuó su relato; el funcionario era -cada vez más expansivo a causa de los -progresos de su borrachera. El recuerdo -de su reciente reposición iluminaba como -un rayo de alegría su semblante. Raskolnikoff -no perdía ni una sílaba de sus palabras.</p> - -<p>—Han transcurrido cinco semanas, -señor, desde que Catalina Ivanovna y -Sonetchka supieron la grata noticia. Le -aseguro a usted que me encontraba como -transportado al paraíso. Antes no hacía -más que abrumarme con palabrotas como -estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas desde -aquel momento andaba de puntillas y -hacía callar a los pequeños, diciéndoles: -«¡Chis! ¡Papá viene cansado del trabajo!» -Antes de ir a la oficina me daban café -con crema, pero no crea, crema verdadera, -¿eh? No sé de dónde pudieron sacar -el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin -de arreglarme la ropa. Lo cierto es que -ellas me pulieron de pies a cabeza; tuve -botas, chaleco de magnífico hilo y uniforme, -todo en muy buen uso: les costó -11 rublos y medio. Seis días ha, cuando -entregué íntegros mis honorarios, 23 rublos -y 40 kopeks, mi mujer me acarició -en la mejilla, diciéndome: «¡vaya un pez -que estás hecho!» Naturalmente, esto -ocurrió cuando estábamos solos. Dígame -usted si no es encantador...</p> - -<p>Marmeladoff se interrumpió, trató de -sonreír; pero súbito temblor agitó su -barba. Dominó, sin embargo, en seguida, -su emoción. Raskolnikoff no sabía qué -pensar de aquel borracho, que vagaba -al azar desde hacía cinco días, durmiendo -en los barcos de pesca, y, a pesar de todo, -sintiendo por su familia profundo cariño. -El joven le escuchaba con la mayor -atención, pero experimentando cierta -sensación de malestar. Estaba enojado -consigo mismo por haber entrado en la -taberna.</p> - -<p>—¡Señor, señor!—dijo el funcionario -disculpándose—, quizá halle usted, como -los demás, risible todo lo que le cuento; -acaso le estoy fastidiando refiriéndole estos -tontos y miserables pormenores de -mi existencia doméstica; mas para mí -no crea usted que son divertidos, porque -le aseguro que siento todas estas cosas... -Durante aquel día maldito hice proyectos -encantadores; pensé en el medio de -organizar nuestra vida, de vestir a los -niños, de procurar reposo a mi mujer, de -sacar del fango a mi hija única. ¡Oh, cuántos -planes formaba! Pues bien, señor<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span> -(Marmeladoff empezó a temblar de repente; -levantó la cabeza y miró a la cara -a su interlocutor), el mismo día, cinco -hace hoy, después de haber acariciado -todos estos sueños, robé, como un ladrón -nocturno, la llave a mi mujer y tomé del -baúl todo lo que quedaba del dinero -que yo había llevado. ¿Cuánto había? -No lo recuerdo. Mírenme todos: hace -cinco días que abandoné mi casa; no se -sabe en ella qué es de mí; he perdido -mi empleo, he dejado mi uniforme en una -taberna y me han dado este traje en su -lugar... Todo, todo ha acabado...</p> - -<p>Marmeladoff se dió un puñetazo en la -frente, rechinó los dientes y cerrando los -ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo -de un momento cambió bruscamente -la expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff -con afectado cinismo y dijo riéndose:</p> - -<p>—¡He estado hoy en casa de Sonia; -he ido a pedirle dinero para beber! ¡Je, -je, je!</p> - -<p>—¡Y te lo ha dado!—gritó, riéndose, -uno de los parroquianos que formaba -parte del grupo recién llegado a la taberna.</p> - -<p>—Con su dinero he pagado esta media -botella—repuso Marmeladoff dirigiéndose -exclusivamente a nuestro joven—. -Sonia fué a buscar treinta kopeks y me -los entregó; era cuanto tenía; lo he visto -con mis propios ojos. No me dijo nada; -se limitó a mirarme en silencio, una mirada -que no pertenece a la tierra, una mirada -como deben tener los ángeles que -lloran sobre los pecados de los hombres -pero no los condenan. ¡Qué triste es que -no le reprendan a uno! Treinta kopeks, -sí, que de seguro necesitaba. ¿Qué me -dice usted, querido señor? Ahora tiene -ella que ir bien arreglada. La elegancia -y los afeites, indispensables en su oficio, -cuestan dinero; lo comprenderá usted; -hay que tener pomada, enaguas almidonadas, -lindas botitas que hagan bonito -el pie para lucirlo al saltar los charcos. -¿Comprende usted, comprende usted la -importancia de esta limpieza y elegancia? -Pues bien, yo, su padre, según la Naturaleza, -ha ido a pedirle esos treinta kopeks -para bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya -están bebidos... vamos, ¿quién ha de -tener compasión de un hombre como yo? -Ahora, señor, ¿puede usted compadecerme? -Hable usted, señor: ¿tiene usted -piedad de mí? ¿Sí o no? ¡Je, je, je!</p> - -<p>Iba a servirse nuevamente, pero echó -de ver que la media botella estaba vacía.</p> - -<p>—¿Por qué se ha de tener lástima de -ti?—gritó el tabernero.</p> - -<p>Estallaron risas mezcladas con injurias. -Los que no habían oído las palabras -del ex funcionario, formaban coro con -los otros, solamente al ver su catadura.</p> - -<p>Marmeladoff, como si no hubiese esperado -otra cosa que la interpelación del -tabernero, para soltar el torrente de su -elocuencia, se levantó vivamente y, con -el brazo extendido hacia delante, replicó -con exaltación:</p> - -<p>—¡Por qué tener compasión de mí! -¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es verdad, -no se me debe compadecer! ¡Hay que -crucificarme, ponerme en la cruz, no tenerme -lástima! ¡Crucifícame, juez, pero, -al hacerlo, ten piedad de mí! Así iré yo -mismo al suplicio, porque no tengo sed -de alegría, sino de dolor y de lágrimas. -¿Piensas tú, tendero, que tu media botella -me ha proporcionado placer? Buscaba -la tristeza, tristeza y lágrimas en el -fondo de este frasco, y la he encontrado -y saboreado. Pero Aquel que ha tenido -piedad de todos los hombres, Aquel que -todo lo comprende, tendrá piedad de nosotros; -El es el único juez, El vendrá el -último día y preguntará: «¿Dónde está -la hija que has sacrificado por una madrastra -odiosa y tísica y por niños que -no eran sus hermanos? ¿Dónde está la -joven que ha tenido piedad terrestre y no -ha vuelto con horror las espaldas a este -crapuloso borracho?» Y El dirá entonces: -«Ven, yo te he perdonado una vez... yo -te he perdonado ya una vez... ahora, todos -tus pecados te son perdonados, porque -has amado mucho...» Y El perdonará -a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo he -sentido en mi corazón cuando estaba en -su casa.... Todos serán juzgados por El -y El perdonará a todos, a los buenos y -a los malos, a los sabios y a los pacíficos... -y cuando haya acabado con ellos, nos -tocará la vez a nosotros. «Acercaos también, -nos dirá El; acercaos vosotros los -borrachos, acercaos los cobardes, acer<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span>caos -los impúdicos», y nos aproximaremos -todos sin temor y El nos dirá: «¡Sois -unos cochinos! ¡Tenéis sobre vosotros la -marca de la bestia, pero venid también!» -Y los sabios, los inteligentes dirán: «Señor, -¿por qué recibes Tú a éstos?» Y El -responderá: «Yo los recibo ¡oh sabios! -porque ninguno de ellos se ha creído digno -de este favor...» Y El nos abrirá los -brazos y nosotros nos precipitaremos en -ellos... y nos desharemos en lágrimas... -y comprenderemos... sí, entonces todo -será comprendido por todo el mundo, y -Catalina Ivanovna también comprenderá... -Señor, vénganos el tu reino.</p> - -<p>Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco -sin mirar a nadie, como si desde largo -rato se hubiese olvidado del lugar en -que se hallaba y de las personas que le -rodeaban, y quedó absorto en la visión -de fantasmas de ultratumba. Sus palabras -produjeron cierta impresión; durante -un momento cesó el barullo; pero bien -pronto volvieron a estallar las risas, mezcladas -con invectivas:</p> - -<p>—¡Muy bien hablado!</p> - -<p>—¡Gruñón!</p> - -<p>—¡Charlatán!</p> - -<p>—¡Burócrata!</p> - -<p>—Vámonos, señor—dijo bruscamente -Marmeladoff, levantando la cabeza y dirigiéndose -a Raskolnikoff—; condúzcame -usted al patio de la casa Kozel... Ya -es tiempo de que vuelva al lado de mi -mujer.</p> - -<p>Rato hacía ya que el joven deseaba -irse y se le había ocurrido ofrecer el apoyo -de su brazo a Marmeladoff. Este último -tenía las piernas aun menos firmes -que la voz; de modo que iba casi colgado -del brazo de su compañero. La distancia -que tenían que recorrer era de -doscientos o trescientos pasos. A medida -que el borracho se acercaba a su domicilio, -parecía más inquieto y preocupado.</p> - -<p>—No es precisamente de Catalina Ivanovna -de quien tengo yo ahora miedo—balbuceaba -conmovido—. Ya sé que empezará -por tirarme de los cabellos; pero, -¿qué me importa? Me alegro que me tire -de ellos. No, no es eso lo que me espanta; -lo que yo temo son sus ojos, sí, sus ojos... -Temo también las manchas rojas de sus -mejillas, y me da miedo además su respiración. -¿Has notado cómo respiran -los que padecen esa enfermedad... cuando -experimentan una emoción violenta? Temo -las lágrimas de los chicos... porque -si Sonia no les ha llevado algo de comer, -no sé cómo se las habrán arreglado... no -lo sé. A los golpes no les tengo miedo... -sabe, en efecto, que, lejos de hacerme -sufrir, esos golpes son un gozo para mí... -Casi no puedo pasar sin ello... Sí, es mejor -que me pegue, que alivie de ese modo -el corazón... más vale así; pero he ahí -la casa Kozel. El propietario es un cerrajero -alemán, hombre rico... ¡Acompáñeme!...</p> - -<p>Después de haber atravesado el patio -se pusieron a subir al cuarto piso. Eran -cerca de las once, y, aunque propiamente -hablando no había aún anochecido -en San Petersburgo, a medida que subían -más obscura encontraban la escalera; -en lo alto la obscuridad era completa.</p> - -<p>La puertecilla ahumada que daba al -descansillo estaba abierta; un cabo de -vela alumbraba una pobrísima pieza de -diez pasos de largo. Esta pieza, que desde -el umbral se veía por completo, estaba en -el mayor desorden. Había por todos lados -ropas de niños. Una sábana agujereada, -extendida de manera conveniente, ocultaba -uno de los rincones, el más distante -de la puerta; detrás de este biombo improvisado, -había, probablemente, una -cama. Todo el mobiliario consistía en dos -sillas y un sofá de gutapercha, que tenía -delante una mesa vieja, de madera de -pino, sin barnizar y sin tapete. Encima -de la mesa, en un candelero de hierro se -consumía el cabo de vela que medio alumbraba -la pieza. Marmeladoff dormía en -el pasillo. La puerta que comunicaba con -los otros cuartos alquilados de Amalia -Ludvigovna estaba entreabierta, y se -oía ruido de voces; sin duda, en aquel -momento jugaban a cartas y tomaban -te los inquilinos. Se percibían más de lo -necesario sus gritos, sus carcajadas y sus -palabras, por extremo libres y atrevidas.</p> - -<p>Raskolnikoff reconoció en seguida a -Catalina Ivanovna. Era una mujer flaca, -bastante alta y bien formada, pero de -aspecto muy enfermizo. Conservaba aún -hermosos cabellos de color castaño y, -como había dicho Marmeladoff, sus me<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>jillas -tenían manchas rojizas. Con los -labios secos, oprimíase el pecho con ambas -manos, y se paseaba de un lado a otro de -la misérrima habitación. Su respiración -era corta y desigual; los ojos le brillaban -febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil. -Iluminada por la luz moribunda -del cabo de vela, su rostro de tísica producía -penosa impresión. A Raskolnikoff le -pareció que Catalina Ivanovna no debía -tener arriba de treinta años; era, en efecto, -mucho más joven que su marido... -No advirtió la llegada de los dos hombres; -parecía que no conservaba la facultad -de ver ni la de oír.</p> - -<p>Hacía en la habitación un calor sofocante, -y subían de la escalera emanaciones -infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna -no se le había ocurrido abrir la -ventana, ni cerrar la puerta. La del interior, -solamente entornada, dejaba paso -a una espesa humareda de tabaco, que -hacía toser a la enferma; pero ella no se -cuidaba de tal cosa.</p> - -<p>La niña más pequeña, de seis años, -dormía en el suelo con la cabeza apoyada -en el sofá; el varoncito, un año mayor -que la pequeñuela, temblaba llorando -en un rincón; probablemente acababan de -pegarle. La mayor, una muchachilla de -nueve años, delgada y crecidita, llevaba -una camisa toda rota, y echado sobre los -hombros desnudos un viejo <i>burnus</i> señoril -que se le debía haber hecho dos años antes, -porque al presente no le llegaba más -que hasta las rodillas.</p> - -<p>En pie, en un rincón al lado de su hermanito, -había pasado el brazo, largo y -delgado como una cerilla, alrededor del -cuello del niño y le hablaba muy quedo, -sin duda para hacerle callar. Sus grandes -ojos, obscuros, abiertos por el terror, parecían -aún mayores en aquella carita -descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar -en el aposento, se arrodilló en la -puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. -La mujer, al ver un desconocido, -se detuvo distraídamente ante él, tratando -de explicarse su presencia. «¿Qué -se le ha perdido aquí a ese hombre?»—se -preguntaba. Pero en seguida supuso -que el desconocido se dirigía a casa de -algún otro inquilino, puesto que el cuarto -de Marmeladoff era un sitio de paso. -Así, pues, desentendiéndose de aquel -extraño, se preparaba a abrir la puerta de -comunicación, cuando de repente lanzó -un grito: acababa de ver a su marido de -rodillas en el umbral.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Al fin vuelves?—dijo, con voz -en que vibrara la cólera—. ¡Infame! -¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en -los bolsillos? ¿Qué traje es éste? ¿Qué has -hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? -¡Habla!</p> - -<p>Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer -resistencia, Marmeladoff apartó ambos -brazos para facilitar el registro de -los bolsillos. No llevaba encima ni un -solo kopek.</p> - -<p>—¿Dónde está el dinero?—gritaba su -esposa—. ¡Oh Dios mío! ¿Es posible -que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos -que había en el cofre!...</p> - -<p>Acometida de un acceso de rabia agarró -a su marido por los cabellos y lo arrastró -violentamente a la sala. No se desmintió -la paciencia de Marmeladoff: el hombre -siguió dócilmente a su mujer arrastrándose -de rodillas tras de ella.</p> - -<p>—¡Si me da gusto, si no es un dolor -para mí!—gritaba, dirigiéndose a su -acompañante, mientras Catalina Ivanovna -le zarandeaba con fuerza la cabeza; -una de las veces le hizo dar con la frente -un porrazo en el suelo.</p> - -<p>La niña, que dormía, se despertó, y se -echó a llorar. El muchacho, de pie en -uno de los ángulos de la habitación, no -pudo soportar este espectáculo, empezó -a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia -su hermana; el espanto casi le produjo -convulsiones. La niña mayor temblaba -como la hoja en el árbol.</p> - -<p>—¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido -todo!—vociferaba Catalina Ivanovna -en el colmo de la desesperación—. -¡Ni siquiera conserva el traje!... ¡Y tienen -hambre, tienen hambre!—repetía -retorciéndose las manos y señalando a -los niños—. ¡Oh vida tres veces maldita! -¿Y a usted cómo no le da vergüenza de -venir aquí al salir de la taberna?—añadió -volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff—. -Has estado allí bebiendo con -él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo -con él?... ¡Vete, vete!...</p> - -<p>El joven no esperó a que se lo repitie<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>sen, -y se retiraba sin decir una palabra, -en el momento que la puerta interior se -abría de par en par y aparecían en el umbral -muchos curiosos de mirada desvergonzada -y burlona. Llevaban todos el -gorro y fumaban unos en pipa y otros cigarrillos. -Vestían los unos trajes de dormir, -e iban otros tan ligeros de ropa que -rayaba en la indecencia; algunos no habían -dejado los naipes para salir. Lo que -más les divertía era oír a Marmeladoff, -arrastrado por los cabellos, gritar que -aquello le daba gusto.</p> - -<p>Empezaban ya los inquilinos a invadir -la habitación, cuando de repente se -oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna -en persona que, abriéndose paso -a través del grupo, venía para restablecer -el orden a su manera. Por centésima -vez manifestó a la pobre mujer que tenía -que dejar el cuarto al día siguiente.</p> - -<p>Como es de suponer, esta despedida -fué dada en términos insultantes. Raskolnikoff -llevaba encima el resto del rublo -que había cambiado en la taberna. Antes -de salir tomó del bolsillo un puñado de -cobres y, sin ser visto, puso las monedas -en la repisa de la ventana; pero antes de -bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, -y poco faltó para que subiese -de nuevo a casa de Marmeladoff.</p> - -<p>—¡Valiente tontería he hecho!—pensaba—. -Ellos cuentan con Sonia, pero yo -no cuento con nadie—. Reflexionó, sin -embargo, que no podía recobrar su dinero -y que aunque pudiese, no lo haría. -Después de esta reflexión prosiguió su -camino—. Le hace falta pomada a Sonia—continuó -diciéndose con burlona -sonrisa, andando ya por la calle—. La -elegancia cuesta dinero... ¡Hum! Según -se ve Sonia no ha sido muy afortunada -hoy. La caza del hombre es como la caza -de los animales silvestres; se corre el -peligro de volverse uno a casa de vacío. -De seguro que mañana lo pasarían mal -sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad -es que han encontrado en ella buena -vaca de leche!... Y se aprovechan bien. -Esto no les preocupaba nada; se han -acostumbrado ya a ello. Al principio lloriquearon -un poco; después se han habituado. -¡El hombre es cobarde y se hace a -todo!</p> - -<p>Raskolnikoff se quedó pensativo.</p> - -<p>—¡Pues bien; si he mentido—exclamó—, -si el hombre no es necesariamente -un cobarde, debe atropellar todos los -temores y todos los prejuicios que le detienen!</p> - -<div class="chapter"> -<h3>III.</h3></div> - -<p>Tarde era cuando al día siguiente se -despertó tras de un sueño agitado que -no le devolvió las fuerzas y aumentó, de -consiguiente, su mal humor. Paseó su mirada -por el aposento con ojos irritados. -Aquel cuartito, de seis pies de largo, -ofrecía un aspecto muy lastimoso con el -empapelado amarillento lleno de polvo -y destrozado; además era tan bajo, que -un hombre de elevada estatura corría -peligro de chocar con el techo. El mobiliario -estaba en armonía con el local; tres -sillas viejas más o menos desvencijadas; -en un rincón, una mesa de madera pintada, -en la cual había libros y cuadernos -cubiertos de polvo, prueba evidente de -que no se había puesto mano en ellos durante -mucho tiempo, y en fin, un grande -y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.</p> - -<p>Este sofá, que ocupaba casi la mitad -de la habitación, servía de lecho a Raskolnikoff. -El joven se acostaba a menudo -allí vestido y sin mantas; se echaba encima, -a guisa de colcha, su viejo capote -de estudiante, y convertía en almohada -un cojín pequeño, bajo el cual ponía, para -levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. -Delante del sofá había una mesita.</p> - -<p>La misantropía de Raskolnikoff armonizaba -muy bien con el desaseo de su -tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro -humano, que solamente el ver la criada -encargada de asear el cuarto la exasperaba. -Suele ocurrir esto a algunos monómanos -preocupados por una idea fija.</p> - -<p>Quince días hacía que la patrona había -cortado los víveres a su pupilo y a -éste no se le había ocurrido tener una -explicación con ella.</p> - -<p>En cuanto a Anastasia, cocinera y única -sirvienta de la casa, no le molestaba -ver al pupilo en aquella disposición de -ánimo, puesto que así éste daba menos -que hacer; había cesado por completo de<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span> -arreglar el cuarto de Raskolnikoff y de -sacudir el polvo. A lo sumo, venía una -vez cada ocho días a dar una escobada. -En el momento de entrar la criada el joven -despertó.</p> - -<p>—Levántate. ¿Qué te pasa para dormir -así? Son las nueve; te traigo te, ¿quieres -una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces -un cadáver!</p> - -<p>El inquilino abrió los ojos, se desperezó -y, reconociendo a Anastasia, le preguntó, -haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.</p> - -<p>—¿Me lo envía la patrona?</p> - -<p>—No hay cuidado que se le ocurra semejante -cosa.</p> - -<p>La sirvienta colocó delante del joven -su propia tetera y puso en la mesa dos -terroncitos de azúcar morena.</p> - -<p>—Anastasia, toma este dinero—dijo -Raskolnikoff sacando del bolsillo unas -monedas de cobre (también se había acostado -vestido)—, y haz el favor de ir a -buscarme un panecillo blanco. Pásate -por la salchichería y tráete un poco de -embutido barato.</p> - -<p>—En seguida te traeré el panecillo; pero -en lugar de salchicha, ¿no sería mejor -que tomases un poco de <i>chatchi</i>? Se -hizo ayer y está muy rico. Te guardé un -poco... pero como te retiraste tan tarde... -Está muy bueno.</p> - -<p>Fué a buscar el <i>chatchi</i>, y cuando Raskolnikoff -se puso a comer, la sirvienta -se sentó a su lado, en el sofá, y empezó -a charlar como lo que era, como una campesina.</p> - -<p>—Praskovia Pavlona quiere dar parte -a la policía.</p> - -<p>El rostro del joven se alteró.</p> - -<p>—¡A la policía! ¿Por qué?</p> - -<p>—Porque no le pagas ni quieres irte. -Ahí tienes el por qué.</p> - -<p>—¡Demonio, no me faltaba más que -esto!—dijo entre dientes—. No podría hacerlo -en peor hora para mí... Esa mujer -es tonta—añadió en alta voz—. Iré a -verla y le hablaré.</p> - -<p>—Como tonta, lo es ella y lo soy yo. -Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te -estás así tendido como un asno? ¿Cómo -es que no tienes nunca dinero? Según he -oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por -qué ahora no haces nada?</p> - -<p>—Sí que hago—respondió secamente -y como a pesar suyo Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Qué es lo que haces?</p> - -<p>—Cierto trabajo...</p> - -<p>—¿Qué trabajo?</p> - -<p>—Medito—respondió seriamente después -de una pausa.</p> - -<p>Anastasia se echó a reír.</p> - -<p>Tenía el carácter alegre; pero cuando -se reía, era con risa estrepitosa que sacudía -todo su cuerpo y acababa por hacerle -daño.</p> - -<p>—¿Y el pensar te proporciona mucho -dinero?—preguntó cuando pudo hablar.</p> - -<p>—No se puede ir a dar lecciones cuando -no tiene uno botas que ponerse. Además, -desprecio ese dinero.</p> - -<p>—Quizás algún día te pese.</p> - -<p>—Para lo que se gana dando lecciones... -¿Qué se puede hacer con unos -cuantos kopeks?—siguió diciendo con -tono agrio y dirigiéndose más bien a sí -mismo que a su interlocutora.</p> - -<p>—¿De modo que deseas adquirir de -golpe la fortuna?</p> - -<p>Raskolnikoff la miró con aire extraño, -y guardó silencio durante algunos momentos.</p> - -<p>—Sí, una fortuna—dijo luego con energía.</p> - -<p>—¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! -¿Voy a buscarte el panecillo?</p> - -<p>—Como quieras.</p> - -<p>—¡Oh, se me olvidaba! Han traído -una carta para ti.</p> - -<p>—¡Una carta para mí! ¿De quién?</p> - -<p>—No sé de quien; le he dado al cartero -tres kopeks de mi bolsillo. He hecho -bien, ¿no es cierto?</p> - -<p>—¡Tráela, por amor de Dios, tráela!—exclamó -Raskolnikoff muy agitado—. -¡Señor!</p> - -<p>Un minuto después la carta estaba en -sus manos.</p> - -<p>No se había engañado; era de su madre, -y traía el sello del gobierno de R... Al recibirla, -no pudo menos de palidecer; hacía -largo tiempo que no tenía noticias -de los suyos; otra cosa, además, le oprimía -violentamente el corazón en aquel -momento.</p> - -<p>—Anastasia, haz el favor de irte; ahí -tienes tus tres kopeks; pero, ¡por amor -de Dios!, vete en seguida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span> -La carta temblaba en sus manos; no -quería abrirla en presencia de Anastasia, -y esperó, para comenzar la lectura, a -que la criada se marchase. Cuando se -quedó solo, llevó vivamente el papel a -sus labios y lo besó. Después se puso a -contemplar atentamente la dirección reconociendo -los caracteres trazados por -una mano querida: era la letra fina e inclinada -de su madre, la cual habíale enseñado -a leer y escribir. Vacilaba como -si experimentase cierto temor. Al fin rompió -el sobre, la carta era muy larga: dos -hojas de papel comercial escritas por ambos -lados.</p> - -<p class="i2 p2">«Mi querido Rodia—decíale su madre—. -Dos meses ha que no te escribo, -y esto me hace sufrir hasta el punto de -quitarme el sueño. Pero, ¿verdad que tú -me perdonas mi silencio involuntario? -Tú sabes cuánto te quiero. Dunia y yo -no tenemos a nadie más que a ti en el -mundo; tú lo eres todo para nosotras, -nuestra esperanza, nuestra felicidad en -el porvenir. No puedes imaginarte lo -que he sufrido al saber que, al cabo de -muchos meses, has tenido que dejar la -Universidad, por carecer de medios de -existencia, y que no tenías ni lecciones, -ni recursos de ninguna especie.</p> - -<p class="i2">»¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte -rublos de pensión al año! Los quince -rublos que te mandé hace cuatro meses, -se los pedí prestados, como sabes, -a un comerciante de nuestra ciudad, a -Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es -un hombre excelente y un amigo de tu -padre. Pero habiéndole dado poderes -para cobrar mi pensión a mi nombre, no -podía mandarte nada más antes de que -se reembolsara de lo que me había prestado.</p> - -<p class="i2">»Ahora, gracias a Dios, creo que podré -enviarte algún dinero; por lo demás, me -apresuro a decirte que estamos en el caso -de felicitarnos por nuestra fortuna. En -primer lugar, una cosa que de seguro te -sorprenderá: tu hermana vive conmigo -desde hace seis semanas y ya no se separará -de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin -acabaron sus tormentos; pero procedamos -con orden, pues quiero que sepas cómo -ha pasado todo y lo que hasta aquí te -habíamos ocultado.</p> - -<p class="i2">»Hace dos meses me escribías que habías -oído hablar de la triste situación en -que se hallaba Dunia respecto a la familia -Svidrigailoff y me pedías noticias -sobre este asunto. ¿Qué podía responderte -yo? Si te hubiese puesto al corriente -de los hechos, lo habrías dejado todo para -venir aquí, aunque hubiera sido a pie, -porque con tu carácter y tus sentimientos -no habrías dejado que insultasen a tu -hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero -qué hacer? Tampoco conocía entonces -toda la verdad. Lo malo era que Dunetchka<a name="FNanchor_6" id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>, -que entró el año último como institutriz -en esta casa, había recibido adelantados -cien rublos, que había de pagar -por medio de un descuento mensual sobre -sus honorarios; por esta razón ha -tenido que desempeñar su cargo hasta -la extinción de la deuda.</p> - -<p class="i2">»Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, -querido Rodia) se había pedido -para enviarte los sesenta rublos que tanto -necesitabas, y que recibiste el año pasado. -Te engañamos entonces escribiéndote -que aquel dinero provenía de antiguas -economías reunidas por Dunetchka. -No era verdad; ahora te lo confieso; porque -Dios ha permitido que las cosas tomen -repentinamente mejor rumbo y también -para que sepas lo mucho que te -quiere Dunia y el hermoso corazón que -tiene.</p> - -<p class="i2">»El hecho es que el señor Svidrigailoff -comenzó por mostrarse grosero con ella; -en la mesa no cesaba de molestarla con -descortesías y sarcasmos... mas, ¿para -qué extenderme en penosos pormenores, -que no servirían más que para irritarte -inútilmente, puesto que todo ello ha pasado -ya? En suma, aunque tratada con -muchos miramientos y bondad por Marfa -Petrovna, la mujer de Svidrigailoff, -y por las otras personas de la casa, Dunetchka -sufría mucho, sobre todo cuando -Svidrigailoff, que ha adquirido en el regimiento -la costumbre de beber, estaba -bajo la influencia de Baco. Menos mal si -todo se hubiera limitado a esto... Pero -figúrate tú que, bajo apariencias de desprecio -hacia tu hermana, este insensato -ocultaba una verdadera pasión por Dunia.</p> - -<p class="i2"><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -»Al fin se quitó la máscara; quiero decir, -que hizo a Dunetchka proposiciones -deshonrosas: trató de seducirla con diversas -promesas declarándole que estaba -dispuesto a abandonar su familia e -irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en -el extranjero. ¡Figúrate los sufrimientos -de tu pobre hermana! No solamente la -cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, -le impedía dejar inmediatamente -el empleo, sino que además temía, procediendo -de este modo, despertar las sospechas -de Marfa Petrovna e introducir -la discordia en la familia.</p> - -<p class="i2">»El desenlace llegó de improviso. Marfa -Petrovna sorprendió inopinadamente -a su marido en el jardín, en el momento -en que aquél, con sus instancias, asediaba -a Dunia, y entendiendo mal la situación, -atribuyó todo lo que sucedía a la -pobre muchacha. Hubo entre ellos una -escena terrible. La señora Svidrigailoff no -quiso avenirse a razones; estuvo gritando -durante una hora contra su supuesta -rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, -y, finalmente, la envió a mi casa -en la carreta de un campesino, sin dejarle -tiempo aun para hacer la maleta.</p> - -<p class="i2">»Todos los objetos de Dunia, ropa -blanca, vestidos, etc., fueron metidos -revueltos en la telega<a name="FNanchor_7" id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>. Llovía a cántaros, -y, después de haber sufrido aquellos -insultos, tuvo Dunia que caminar -diez y siete verstas en compañía de un -<i>mujik</i><a name="FNanchor_8" id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>, en un carro sin toldo. Considera -ahora qué había de escribirte, en -contestación a la carta tuya de hace dos -meses. Estaba desesperada; no me atrevía -a decirte la verdad, porque te habría -causado una pena hondísima e irritado -sobremanera. Además, Dunia me lo había -prohibido. Escribirte para llenar mi -carta de futesas, te aseguro que era cosa -que no me sentía capaz de hacer, teniendo -como tenía el corazón angustiado. A -continuación de este suceso, fuimos durante -un mes largo la comidilla del pueblo, -hasta el extremo de que Dunia y yo -no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, -al pasar nosotras, murmuraba la gente -con aire despreciativo.</p> - -<p class="i2">»Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, -la cual había ido difamando a Dunia -por todas partes. Conocía a mucha gente -en el pueblo, y durante ese mes venía -aquí diariamente. Como además es un -poco charlatana y le gusta tanto hablar -mal de su marido, pronto propaló la historia, -no sólo por el pueblo, sino por todo -el distrito. Mi salud no resistió; pero -Dunetchka se mostró más fuerte: lejos -de abatirse ante la calumnia, ella era -quien me consolaba esforzándose en darme -valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un -ángel!</p> - -<p class="i2">»La misericordia divina ha puesto fin -a nuestros infortunios. El señor Svidrigailoff -reflexionó, sin duda, y compadecido -de la joven a quien hubo antes de -comprometer, puso ante los ojos de Marfa -Petrovna pruebas convincentes de la inocencia -de Dunia. Svidrigailoff conservaba -una carta que, antes de la escena del -jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, -rehusándole una cita que él le había -pedido. En esta carta Dunia le echaba -en cara la indignidad de su conducta -respecto a su mujer, le recordaba sus deberes -de padre y esposo y, por último, le -hacía ver la vileza de perseguir a una joven -desgraciada y sin defensa.</p> - -<p class="i2">»Con esto no le quedó duda alguna a -Marfa Petrovna de la inocencia de Dunetchka. -Al día siguiente, que era domingo, -vino a nuestra casa, y después de -contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió -perdón llorando. Después recorrió -el pueblo, casa por casa, y en todas partes -rindió espléndido homenaje a la honradez -de Dunetchka y a la nobleza de -sus sentimientos y conducta. No contentándose -con esto, enseñaba a todo el -mundo y leía en alta voz la carta autógrafa -de Dunia a Svidrigailoff; hizo además -sacar de ella muchas copias (lo que -ya me parece excesivo). Como ves, ha -rehabilitado por completo a Dunetchka, -mientras el marido de Marfa Petrovna -sale de esta aventura cubierto de imborrable -deshonor. No puedo menos de -compadecer a ese loco, tan severamente -castigado.</p> - -<p class="i2">»Has de saber, Rodia, que se ha presentado -para tu hermana un partido, y -que ella ha dado su consentimiento, cosa<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span> -que me apresuro a comunicarte. Tú nos -perdonarás a Dunia y a mí el haber tomado -esta resolución sin consultarte, -cuando sepas que el asunto no admitía -dilaciones y que era imposible esperar, -para responder, a que tú nos contestaras. -Por otra parte, no estando aquí, no podías -juzgar con conocimiento de causa.</p> - -<p class="i2">»Te diré cómo ha pasado todo. El novio, -Pedro Petrovitch Ludjin, un consejero -de la Corte de Apelación, es pariente lejano -de Marfa Petrovna, la cual se ha tomado -mucho interés por nosotros en esta -ocasión. Ella fué quien le presentó en -nuestra casa. Le recibimos convenientemente, -tomó café con nosotras, y al otro -día nos escribió una carta muy cortés -pidiéndonos la mano de tu hermana y solicitando -una respuesta pronta y categórica. -Es un hombre muy atareado; está -en vísperas de regresar a San Petersburgo, -de manera que no puede perder -tiempo.</p> - -<p class="i2">»Naturalmente, nos quedamos asombradas, -puesto que no esperábamos un -cambio tan brusco en nuestra situación. -Un día entero hemos estado examinando -el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch -está en buena posición; desempeña dos -cargos y posee ya una considerable fortuna. -Tiene, es cierto, cuarenta y cinco -años; pero su aspecto es agradable y -puede gustar a las mujeres. Es un hombre -muy bueno; a mí me parece un poco -frío y altanero. Sin embargo, estas apariencias -pueden ser engañosas.</p> - -<p class="i2">»Ya estás advertido, querido Rodia; -cuando le veas en San Petersburgo, lo -que sucederá pronto, no le juzgues con -demasiada ligereza, ni le condenes, sin -apelación, como tienes por costumbre, -si por acaso a primera vista te inspira -poca simpatía. Te digo esto por decírtelo, -porque, en rigor, estoy persuadida de que -te producirá buena impresión. Además, -por regla general, para conocer a cualquiera -es menester haberle tratado largo tiempo -y observádole con cuidado; de lo contrario -se incurre en errores que luego se -rectifican difícilmente.</p> - -<p class="i2">»Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, -todo hace creer que es una persona -muy respetable; ya en su primera visita -nos ha manifestado que está por lo -«positivo». Sin embargo, ha dicho, son -sus propias palabras: «Participo en gran -parte de las ideas de las generaciones -modernas y soy enemigo de todos los -prejuicios». Habló mucho más porque, -según parece, es un tanto vanidoso y le -enamoran sus frases; pero esto, en realidad, -no constituye un grave defecto.</p> - -<p class="i2">»Yo, es claro, no he comprendido gran -cosa de lo que ha hablado, por lo cual -me limitaré a comunicarte la opinión de -Dunia: «Aunque de escasa instrucción—me -ha dicho—, es inteligente, y parece -bueno». Conoces el carácter de tu hermana, -Rodia; es una joven valerosa, sensata, -paciente y magnánima, aunque su -corazón sea muy apasionado como he podido -comprobar. De seguro que no se -trata ni por parte de él ni de ella de un -matrimonio por amor: pero Dunia no es -tan sólo una muchacha inteligente, su -alma es de nobleza angelical, su marido -procurará hacerla feliz, y ella considerará -como un deber el corresponderle.</p> - -<p class="i2">»Hombre de buen entendimiento Pedro -Petrovitch, debe comprender que la -felicidad de su esposa será la mejor garantía -de la suya. Por ejemplo, me ha parecido -un poco seco; pero esto, sin duda, -depende de su franqueza. En su segunda -visita, cuando ya habíamos admitido su -demanda, nos ha dicho que, aun antes -de conocer a Dunia, estaba resuelto a no -casarse más que con una joven honrada -pero sin dote, y que supiese qué es la pobreza. -Según él, el hombre no debe sentirse -obligado a su esposa; vale más que -ella vea en su marido un bienhechor.</p> - -<p class="i2">»No son estas precisamente sus palabras; -reconozco que se ha explicado en -términos más delicados; pero yo sólo recuerdo -el sentido de sus frases. Por lo demás, -ha hablado sin premeditación; evidentemente -la frase, se le ha escapado sin -intención, y aun ha tratado de atenuar -su crudeza. Sin embargo, he encontrado -un poco dura su manera de expresarse, -y así se lo he dicho a Dunia. Pero ella me -ha contestado, con algo de mal humor, -que las palabras no son más que palabras, -y que, en último término, lo que él opina -es justo. Durante la noche que ha precedido -a su determinación, Dunetchka -no ha podido conciliar el sueño. Creyén<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>dome -dormida se levantó de la cama para -pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por -último, se puso de rodillas y, después de -una larga y ferviente plegaria ante la -imagen, me declaró al día siguiente por -la mañana que había tomado su resolución.</p> - -<p class="i2">»Te he dicho ya que Pedro Petrovitch -debía regresar inmediatamente a San -Petersburgo, donde le llamaban graves -intereses y donde quiere abrir su estudio -de abogado. Desde hace tiempo se ocupa -en asuntos de abogacía; acaba de ganar -una causa importante, y su viaje a -San Petersburgo es motivado por un negocio -de interés que se debe tratar en el -Senado. En estas condiciones, hijo mío, -está en camino de servirte mucho, y Dunia -y yo hemos pensado que podrás, bajo -sus auspicios, comenzar tu futura carrera. -¡Ah, si esto se realizase!</p> - -<p class="i2">»Tan ventajoso sería para ti, que habría -que atribuirlo a un favor especial -de la divina Providencia.</p> - -<p class="i2">»Dunia no piensa en otra cosa. Hemos -hecho ya alguna indicación a Pedro Petrovitch, -que se ha expresado con cierta -reserva: «Sin duda, ha dicho, como yo -tengo necesidad de un secretario, mejor -le confiaría este puesto a un pariente que -a un extraño, con tal de que sea capaz de -desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz! -A mí me ha parecido que teme que -tus estudios universitarios te impidan -ocuparte en su bufete. Por esta vez la -conversación no ha pasado adelante; pero -Dunia no tiene otra cosa en la cabeza; su -imaginación, ya exaltada, te ve trabajando -bajo la dirección de Pedro Petrovitch, -y hasta asociado a sus negocios, -tanto más, cuanto que sigues la misma -carrera suya; yo pienso lo mismo que ella, -y sus proyectos para tu porvenir me parecen -muy realizables.</p> - -<p class="i2">»A pesar de la respuesta evasiva de -Pedro Petrovitch, la cual se comprende -perfectamente, puesto que no te conoce, -Dunia cuenta con su legítima influencia -de esposa para arreglarlo todo en armonía -con nuestros comunes deseos. Huelga -decir que hemos procurado dar a entender -a Pedro Petrovitch que tú podrías -ser, andando el tiempo, su socio. Es un -hombre positivo, y acaso no hubiese mirado -con buenos ojos lo que hasta ahora -sólo le habrá parecido un sueño.</p> - -<p class="i2">»Quiero también decirte una cosa, querido -Rodia. Por ciertas razones, que nada -tienen que ver con Pedro Petrovitch, y -que quizá no sean más que rarezas de -vieja, creo que después de la boda debo -seguir en mi casa, en vez de irme a vivir -con ellos. No dudo que Pedro Petrovitch -será bastante atento y delicado para instarme -a que no me separe de mi hija; si -hasta ahora no me lo ha insinuado, es -sin duda porque cree que no se ha de hablar -de una cosa que cae por su peso; -pero yo tengo intención de rehusar.</p> - -<p class="i2">»Si es posible, me estableceré cerca de -vosotros, porque te advierto, querido -Rodia, que he guardado lo mejor para el -final. Has de saber, hijo mío, que de aquí -a poco tiempo nos veremos, y podremos -abrazarnos después de tres años de separación. -Está decidido que Dunia y yo -vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? -No lo sé a punto fijo; pero será bien pronto, -quizá dentro de ocho días. Todo depende -de Pedro Petrovitch, que nos enviará -sus instrucciones cuando haya arreglado -sus asuntos en ésa y apresurado -la boda. A ser posible desea que el matrimonio -se efectúe el carnaval, o a más -tardar, después de la cuaresma de la -Asunción. ¡Oh, con qué alegría te estrecharé -entre mis brazos!</p> - -<p class="i2">»Dunia está enajenada de júbilo ante -la idea de volver a verte; y me ha dicho -una vez bromeando que, aunque no fuese -más que por esto, se casaría de buena -gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un ángel! -No añade nada a esta carta, porque tendría, -según ella, demasiadas cosas que -contarte, y, siendo esto así, no vale la pena -de escribirte unas cuantas líneas. Me -encarga que te envíe cariñosísimos recuerdos -de su parte. Aunque estamos en -vísperas de reunirnos, pienso, sin embargo, -remitirte todo el dinero que pueda. -En cuanto se ha sabido que Dunetchka -iba a casarse con Pedro Petrovitch, nuestro -crédito ha aumentado de un modo -considerable, y sé, a ciencia cierta, que -Anastasio Ivanovitch está dispuesto a -adelantarme sobre mi pensión hasta 70 -rublos.</p> - -<p class="i2">»Te mandaré, pues, dentro de unos<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span> -días 25 o 30 rublos. Te mandaría de buena -gana mayor cantidad si no temiese -que llegara a faltarme dinero para el viaje. -Es verdad que Pedro Petrovitch -tiene la bondad de encargarse de una -parte de nuestros gastos de viaje; a -sus expensas nos van a proporcionar -un gran cajón para empaquetar nuestros -efectos; pero nosotros tenemos que -pagar nuestros billetes, hasta San Petersburgo, -y no es cosa de que lleguemos -a esa capital sin ningún kopek.</p> - -<p class="i2">»Dunia y yo lo hemos calculado todo; -el viaje no nos saldrá muy caro. Desde -nuestra casa al tren no hay más que noventa -verstas, y hemos ajustado con un -campesino, conocido nuestro, que nos -lleve en su carro a la estación; en seguida -nos meteremos muy satisfechas en un -coche de tercera. En resumen: después -de echar mis cuentas, son 30 rublos, y -no 25, los que voy a tener el placer de -remitirte.</p> - -<p class="i2">»Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, -esperando nuestra próxima entrevista, -y te envío mi bendición maternal. Quiere -mucho a Dunia, a tu hermana. ¡Oh -Rodia!, sabe que te quiere infinitamente -más que a sí misma; págala con el mismo -afecto. Ella es un ángel, y tú lo eres todo -para nosotras, toda nuestra esperanza, -toda nuestra futura felicidad. Con tal -que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.</p> - -<p class="i2">»Adiós, o más bien, hasta la vista. Te -beso mil veces.</p> - -<p class="i2">»Tuya hasta la muerte.</p> - -<p class="p2">Durante la lectura de esta carta se le -saltaron varias veces las lágrimas al joven; -pero cuando la hubo terminado se -dibujó en su rostro, pálido y convulsivo, -una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza -sobre su nauseabundo cojín, permaneció -pensativo durante largo tiempo. Latíale -el corazón con fuerza y sus ideas se -confundían. Por último, se sintió como sofocado -en aquel cuartucho amarillento -que parecía un armario o un baúl. Su -ser físico y moral tenía necesidad de -espacio.</p> - -<p>Tomó el sombrero y salió, sin temor -esta vez a encontrar a nadie en la escalera. -No pensaba en la patrona. Se dirigió -hacia la plaza de Basilio Ostroff por -la perspectiva V***. Andaba rápidamente -como el que tiene que atender a muchos -negocios importantes a la vez; pero, -según costumbre, no se fijaba en nadie, -murmuraba para sí y aun <i>monologueaba</i> -en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. -Algunos lo creían borracho.</p> - - -<div class="chapter"> -<h3>IV.</h3></div> - -<p>La carta de su madre le había impresionado -extraordinariamente; pero el asunto -principal de ella no le hizo vacilar ni -un momento. Desde el primer instante, -aun antes de acabar de leerla, tenía tomada -ya su resolución.</p> - -<p>«En tanto que yo viva no se celebrará -este matrimonio; que se vaya al diablo -el señor Ludjin.</p> - -<p>»¡La cosa está bien clara!—murmuraba -sonriendo, con aire de triunfo como -si tuviese la clave de lo sucedido—. ¡No, -madre; no, Dunia! ¡no lograréis engañarme!... -¡Y todavía se disculpan de no haberme -pedido mi opinión, y por haber -resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, -suponen que no es posible romper la -unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! -¿Y qué razón es la que alegan? «Pedro -Petrovitch es un hombre tan ocupado, -que sólo puede casarse a toda prisa.»</p> - -<p>»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. -Sé lo que querías comunicarme, sé también -lo que pensabas durante toda la noche -que has pasado paseándote por tu habitación -o rezando a Nuestra Señora de Kazán, -cuya imagen está en la alcoba de nuestra -madre. ¡Qué penosa es la subida del Gólgota!... -¡Oh!... Está bien combinado; te -casas con un hombre de negocios, muy -práctico y que posee ya un capital (lo -cual es de tenerse muy en cuenta), que -tiene dos empleos y que participa, según -mamá, de las ideas de las modernas generaciones. -Dunetchka misma observa -que le «parece» bueno; ¡ese <i>parece</i> es muy -significativo! Bajo la fe de una apariencia, -Dunetchka va a casarse con él... -¡Admirable!... ¡Admirable!...</p> - -<p>»Me gustaría saber por qué mi madre -ha hablado en su carta de las «generaciones -modernas». ¿Es sencillamente para -caracterizar el personaje, o ha sido con ob<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>jeto -de captar mis simpatías para el señor -Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay -una circunstancia que desearía esclarecer. -¿Hasta qué punto han sido francas, -durante el día y la noche que precedieron -a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo -entre ellas una explicación formal, o se -comprendieron mutuamente sin tener -casi necesidad de cambiar sus ideas? A -juzgar por la carta, me inclinaría más bien -hacia esta última suposición: mi madre le -ha encontrado un poco seco, y en su candidez, -ha comunicado su observación a -Dunia. Pero ésta, naturalmente, se ha -enfadado y respondió de <i>mal humor</i>.</p> - -<p>»¡Lo comprendo! desde el momento en -que la decisión estaba tomada, no había -que volver sobre ella; la advertencia de -mi madre era, por lo menos, inútil. ¿Y -por qué me escribe diciéndome: «quiere -a Dunia, ¡oh Rodia!, porque ella te quiere -más que a sí misma»? ¿Le remordería -la conciencia por haber sacrificado su -hija a su hijo? «Tú eres nuestra felicidad -en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» -¡Oh madre mía!...</p> - -<p>Por instantes aumentaba la indignación -de Raskolnikoff, y si entonces hubiera -encontrado al señor Ludjin, probablemente -le habría matado.</p> - -<p>—Es verdad—continuó, siguiendo el -vuelo de los pensamientos que le hervían -en la cabeza—; «es verdad que, para -conocer a cualquiera, es preciso haberle -tratado largamente y observádole con -cuidado.» ¡Pero el señor Ludjin no es difícil -de descifrar! Ante todo, es un hombre -de negocios y <i>parece</i> bueno. Aquello -de «quiero proporcionaros un gran cajón» -es verdaderamente chusco. ¿Cómo -dudar, en vista de este rasgo tan rumboso, -de su bondad? Su futura y su suegra -van a ponerse en camino en el carro de -un campesino sin más defensa contra la -lluvia que un mal toldo... ¡Qué importa! -el trayecto hasta la estación no es más -que de noventa verstas; «en seguida entraremos -en un coche de tercera», para -recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso -cortar el traje según la tela; pero usted, -señor Ludjin, ¿en qué piensa usted? -Vamos a ver, ¿no se trata de su futura -esposa? ¿Y cómo puede usted ignorar -que para emprender semejante viaje -tiene la madre que tomar un préstamo sobre -su pensión? Sin duda, con el espíritu -mercantil que usted posee, ha considerado -que esta boda es un negocio a -medias, y que, por consiguiente, cada -asociado debe suministrar la parte que le -corresponde; pero usted ha arrimado demasiado -el ascua a su sardina; no hay paridad -entre lo que cuesta un cajón y lo -que cuesta el viaje.</p> - -<p>»¿Es que no se hacen cargo de estas -cosas, o que fingen no verlo? Lo cierto -es que parecen contentas. Sin embargo, -¿qué frutos pueden esperarse de tales -flores? Lo que me irrita en ese extraño -sujeto, es más la tacañería que su proceder: -el amante da señal de lo que será el -marido. Y mamá, que tira el dinero por -la ventana, ¿con qué llegará a San Petersburgo? -Con tres rublos o tres billetitos, -como decía aquella vieja... ¡Hum! -¿Con qué recursos cuenta para vivir -aquí? Por ciertos indicios, ha comprendido -que después del matrimonio no podrá -vivir con Dunia. Alguna palabra se -le ha <i>escapado</i> a ese amable señor, que -ha sido sin duda un rayo de luz para mi -madre, aunque ella se esfuerce en cerrar -los ojos a la evidencia.</p> - -<p>«Tengo intención de rehusar»—me dice—; -pero entonces, ¿con qué medios de -existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos -de pensión, de los cuales será preciso descontar -la suma prestada por Anastasio -Ivanovitch? Allá en nuestro pueblo, mi -pobre madre se quema los ojos haciendo -toquillas de punto de lana y bordando -mangas. Pero este trabajo no le da más -que 20 rublos al año. Luego, a pesar de -todo, pone su esperanza en los sentimientos -generosos del señor Ludjin. «Me -instará a que no me separe de mi hija.» -¡Sí, fíate!</p> - -<p>»Pase por mamá; ella es así; es su modo -de ser; pero, ¿y Dunia?</p> - -<p>»Es posible que no comprenda a ese -hombre. ¡Y consiente en casarse con él! -Yo sé que ama mil veces más la libertad -de su alma que el bienestar material. -Antes que renunciar a ella, comería pan -negro con un sorbo de agua; no la daría -por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más -por el señor Ludjin. No, la Dunia que yo -conozco no es capaz de eso, y de seguro<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span> -no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? -Penoso es vivir en casa de los -Svidrigailoff, andar rondando de provincia -en provincia, pasar toda la vida dando -lecciones que producen al año 200 rublos; -eso es muy duro, ciertamente; sin -embargo, yo sé que mi hermana iría a -trabajar a casa de un plantador de América -o a la de un alemán de Lituania, antes -que envilecerse, encadenando por puro -interés personal su existencia a la de -un hombre a quien no estima y con -quien no tiene nada de común. Cargado -de oro puro y de diamantes podría -estar el señor Ludjin, y mi hermana no -consentiría en ser la manceba legítima -de ese hombre. Y siendo esto así, ¿por -qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es la -clave de este enigma? La cosa es bastante -clara; para procurarse a sí misma una -posición, ni siquiera para librarse de la -muerte, no se vendería jamás; pero lo -hace por un ser querido, adorado. Esta -es la explicación de todo el misterio: se -vende por su madre, se vende por su hermano. -¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos -nuestro sentimiento moral, pongamos -en público mercado nuestra libertad, -nuestro reposo, nuestra misma -conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra -vida, con tal de que los seres queridos -sean felices! Hagamos más todavía, imitemos -la casuística sutil de los jesuítas, -transijamos con nuestros escrúpulos y -persuadámonos de que es preciso proceder -de este modo, que la excelencia del -fin justifica los medios. Ved aquí cómo -somos... esto es claro como la luz. Es evidente -que en el primer término se encuentra -Rodión Romanovitch Raskolnikoff. -Hay que asegurarle la felicidad, -suministrarle medios para terminar sus -estudios universitarios, que llegue a ser -el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, -la fortuna, el renombre y la gloria. -¿Y la madre? Ella no ve más que a su -hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de -sacrificar su hija a este hijo, objeto de sus -predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero -injustos!</p> - -<p>»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que -aceptáis... Sonetchka Marmeladoff, la -eterna Sonetchka, que durará tanto como -el mundo. ¿Habéis medido bien las dos -la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes -tú, Dunetchka, hermana mía, que -vivir con el señor Ludjin es ponerse al -nivel de Sonetchka? «En este matrimonio -no puede haber amor», escribe mi -madre. Pues bien, si no puede haber -amor ni estimación, sino, por el contrario, -disgusto, repulsión y alejamiento, -¿en qué se diferencia este enlace del -concubinato o de la prostitución? Más -disculpable sería aún Sonetchka, puesto -que ella se ha vendido no para procurarse -el bienestar, sino porque veía -la miseria y el hambre, el hambre verdadera -llamar a la puerta de su casa.</p> - -<p>»Y si llega el momento de que el peso -sea superior a vuestras fuerzas, si os arrepentís -de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, -qué de maldiciones, qué de lágrimas -secretamente vertidas, porque vosotras -no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería -de vuestra madre cuando viese ciertas -cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, -atormentada, pero, ¿qué será cuando -vea las cosas tal como son en realidad? -¿Y yo? ¿Por qué habéis pensado en mí? -Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, -no lo acepto. Mientras yo viva, no se celebrará -esa boda.»</p> - -<p>Se detuvo, quedándose como ensimismado.</p> - -<p>—¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes -hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu -<i>veto</i>? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? -¿Qué podrías ofrecer por tu parte? ¿Les -prometerías consagrarles toda tu vida, -todo tu porvenir, <i>cuando hayas terminado -tus estudios</i> y encontrado una colocación? -Eso es lo futuro, y aquí se trata de -hacer algo por el presente. ¿Y qué es lo -que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas -a una a pedir prestado sobre una pensión -y a la otra a solicitar un anticipo, -sobre su sueldo, a los Svidrigailoff! So -pretexto de que puedes llegar a ser millonario, -pretendes disponer despóticamente -de su suerte; pero, ¿puedes, en la -actualidad, atender a sus necesidades? -Tal vez podrás hacerlo cuando hayan -transcurrido diez años; pero entonces -tu madre habráse quedado ciega a fuerza -de trabajar y llorar, y las privaciones -habrán destruído su salud. ¿Y tu hermana? -Vamos, Rodión, recapacita sobre los<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span> -peligros que las amenazan durante estos -diez años.</p> - -<p>Experimentaba cierto punzante placer -al hacerse estas dolorosas preguntas -que, en rigor, no eran nuevas para él. -Desde hacía tiempo le atormentaban incesantemente -exigiéndole con imperio -respuestas que él no encontraba. La carta -de su madre acababa de herirle como -un rayo. Comprendía que era pasado ya -el tiempo de las lamentaciones estériles, -que no trataba ya de razonar sino de hacer -algo inmediatamente, costase lo que -costase; era preciso tomar una resolución -cualquiera.</p> - -<p>—¡O renunciar a la vida—exclamó—aceptando -el destino tal cual es, sofocando -en mi alma todas mis aspiraciones, -abdicando definitivamente mi derecho -a ser, a vivir, a amar!</p> - -<p>Rodión se acordó de repente de las -palabras dichas el día antes por Marmeladoff: -«¿Comprende usted, comprende -usted, señor, lo que significa esta frase: -No tener ya adónde ir?»</p> - -<p>Acababa de presentarse ante su espíritu -un pensamiento que también se le -había ocurrido la víspera, y se estremeció. -No era el retorno de este pensamiento lo -que le hacía temblar, pues ya sabía que -había de volver y lo esperaba, sino que -esta idea no era exactamente igual a la -de la víspera y consistía la diferencia -en lo siguiente: lo que un mes antes, y -aun el día antes, no era más que un sueño, -surgía entonces bajo una nueva forma -espantosa, desconocida. El joven tenía -conciencia de este cambio... Sentía como -un zumbido en el cerebro y una nube le -cubría los ojos.</p> - -<p>Se apresuró a mirar en torno suyo, -como si buscase algo. Sentía ganas de -sentarse, y lo que buscaba era un banco. -Se encontraba entonces en la avenida de -K***. A cien pasos de distancia, en efecto, -había un banco. Apresuró el paso -cuanto pudo, pero durante el breve trayecto -le ocurrió un incidente, que durante -algunos momentos, ocupó por completo -su atención. En tanto que miraba hacia -el banco, reparó en una mujer que caminaba -a veinte pasos de él. Al pronto -no puso más atención en ella que en los -diferentes objetos que encontró al paso. -Le ocurría muchas veces volver a su casa -sin acordarse del camino recorrido. -Andaba de ordinario sin ver nada. Pero -en aquella mujer se notaba algo tan extraño -a primera vista, que Raskolnikoff -no pudo menos de advertirlo.</p> - -<p>Poco a poco, a la sorpresa sucedió una -curiosidad, contra la cual trató al pronto -de luchar, pero que acabó por ser más -fuerte que su voluntad. Le entró de repente -el deseo de saber qué era lo que había -de extraño en la mujer aquella. Según -todas las apariencias, debía ser muy -joven. A pesar del calor, iba sin nada en -la cabeza, sin sombrilla y sin guantes, -moviendo los brazos de una manera ridícula. -Llevaba al cuello un pañolito pequeño -y un vestido ligero, de seda, puesto -de una manera singular, mal abrochado -y desgarrado por detrás, cerca de la -cintura. Un pedazo flotaba a derecha e -izquierda. Para colmo de rareza, la joven, -muy poco firme, andaba haciendo -eses. Este recuerdo acabó de excitar toda -la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se -reunió con la joven en el momento que -ésta llegaba al banco. La muchacha se -tendió más bien que se sentó, puso la cabeza -en el respaldo y cerró los ojos como -una persona quebrantada por la fatiga. -Al examinarla, comprendió Raskolnikoff -que estaba embriagada, y la cosa -le pareció tan extraña, que no podía dar -crédito a sus propios ojos. Tenía ante él -una carita casi infantil que apenas representaba -diez y seis años, quizá solamente -quince. Aquella cara, rodeada de -cabellos rubios, era muy linda pero estaba -como arrebatada y un poco hinchada. -Parecía que la joven no tenía conciencia -de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas -una sobre la otra en actitud muy -poco decorosa, y todos los indicios hacían -suponer que no se daba cuenta del -lugar donde se hallaba.</p> - -<p>Raskolnikoff no se sentaba ni quería -irse, y permanecía en pie frente a ella, -sin saber qué resolver. Era más de la una -y hacía un calor insoportable; así es que -la avenida, que a otras horas suele estar -muy concurrida, estaba casi desierta. -Sin embargo, a quince pasos de distancia -se mantenía apartado, en la cuneta del -paseo, un señor que evidentemente desea<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>ba -aproximarse a la joven con ciertas -intenciones. También, sin duda, la había -visto de lejos y puéstose a seguirla; pero -la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. -Echaba, disimuladamente, es verdad, -miradas irritadas a este último y -esperaba con impaciencia el momento -en que aquel «descamisado» le cediese -el puesto. Nada más claro. El tal caballero, -vestido muy elegantemente, era -de unos treinta años, grueso, fuerte, de -tez rojiza, de labios rosados y fino bigote. -Raskolnikoff, invadido de violenta -cólera, y deseoso de insultarle, se apartó -un instante de la joven y se aproximó -al señor.</p> - -<p>—¡Eh, Svidrigailoff!—exclamó el joven -apretando los puños y riendo sardónicamente, -lo que hacía que los labios -se le cubriesen de espuma.</p> - -<p>El elegante frunció las cejas, y su fisonomía -tomó un aspecto de altanero estupor.</p> - -<p>—¿Qué significa esto?—continuó con -un tono despreciativo.</p> - -<p>—Esto significa que es preciso que se -vaya con la música a otra parte.</p> - -<p>—¿Cómo te atreves, canalla...?</p> - -<p>Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, -con los puños cerrados, se lanzó sobre -el grueso señor, sin pensar que éste -habría dado fácilmente cuenta de dos -adversarios como él. Mas en aquel momento -alguien asió por detrás a Raskolnikoff: -era un guardia que acertó a pasar -casualmente junto a ellos.</p> - -<p>—¡Calma, señores; no se peguen ustedes -en la vía pública! ¿Qué le pasa a -usted? ¿Quién es usted?—preguntó severamente -a Raskolnikoff, fijándose en -su miserable aspecto.</p> - -<p>Raskolnikoff miró con atención a quien -le hablaba. El guardia, con sus bigotes -blancos, tenía cara de soldado veterano; -parecía, además, inteligente.</p> - -<p>—De usted precisamente tenía necesidad—dijo -el joven, y agarró por el brazo -al guardia—. Soy un antiguo estudiante; -me llamo Raskolnikoff. Usted puede -también oírlo—añadió, dirigiéndose al -caballero—; venga usted conmigo—y, -sin soltar al guardia, le llevó hasta el -banco—. Mire usted, esa joven se halla -en completo estado de embriaguez; hace -un momento se paseaba por la avenida; -es difícil averiguar su posición social; -pero no parece mujer de vida alegre. -Lo más probable es que la hayan -emborrachado, y abusado de ella después... -¿Comprende usted?... Luego, ebria -como estaba, la han echado a la calle. -Vea usted los jirones que tiene el traje; -repare usted cómo lo lleva puesto; esta -joven no se ha vestido por sí misma, la -han vestido manos inexpertas, seguramente -manos de hombre. Fíjese usted. -Este buen señor, con quien quería agarrarme -hace un momento, a quien no -conozco, a quien veo por primera vez, -advirtiendo que esta muchacha está -ebria y que no tiene conciencia de nada, -ha querido aprovecharse de su estado para -llevarla Dios sabe adónde. Esté usted -seguro de que no le engaño; he visto cómo -la miraba y la seguía; pero como -mi presencia le estropeaba la combinación -esperaba que me marchase... Vea -usted cómo se ha separado de nosotros, -y con qué aire de importancia hace un -cigarrillo... ¿Cómo libraremos a esta joven -de sus insidias? ¿De qué modo hacer -que se vuelva a su casa? Piense usted -un poco en esto...</p> - -<p>El guardia se hizo cargo inmediatamente -de la situación y se puso a reflexionar. -No había duda respecto a las intenciones -del caballero, pero quedaba -la muchacha. El soldado se inclinó hacia -ella para examinarla de cerca, y en su -semblante se dibujó verdadera compasión.</p> - -<p>—¡Ah, qué desgracia!—dijo moviendo -la cabeza—. Es todavía una niña. De -seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, -señorita; ¿dónde vive usted?</p> - -<p>La joven levantó pesadamente los párpados -y miró a los dos hombres con expresión -imbécil e hizo un gesto como -para rechazarlos.</p> - -<p>Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte -kopeks.</p> - -<p>—Tome usted—dijo al guardia—: tome -usted un coche y llévela a su casa. Sólo -falta que nos dé su dirección.</p> - -<p>—¡Señorita, eh, señorita!—dijo de nuevo -el guardia, después de tomar el dinero—. -Voy a buscar un coche, y yo mismo -la conduciré a usted a su casa. ¿Adón<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>de -hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?</p> - -<p>—¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!—murmuró -la joven con el mismo movimiento -de antes.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!—dijo -el soldado, sintiendo a la vez piedad -e indignación—. ¡Vaya un apuro!—añadió -dirigiéndose a Raskolnikoff, a -quien miró de nuevo de pies a cabeza.</p> - -<p>Aquel desharrapado tan dispuesto a -dar dinero, le parecía enigmático.</p> - -<p>—¿La ha encontrado usted muy lejos -de aquí?—preguntó.</p> - -<p>—Ya le he dicho que iba delante de -mí, por la avenida, tambaleándose. Apenas -llegó a este banco, se dejó caer en él.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en -el mundo, señor! ¡Tan joven... y borracha! -¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene -la ropa desgarrada!... ¡Oh, cuánto vicio -hay en el día!... Quizá sean sus padres -nobles arruinados. ¡Hay tantos ahora! -Parece una señorita de buena familia.</p> - -<p>Acaso el guardia era padre de hijas -bien educadas, a las cuales pidiera tomarse -por muchachas de buena familia.</p> - -<p>—Lo esencial—dijo Raskolnikoff—es -impedir que caiga en las manos de ese -hombre. De fijo que el bribón no ha desistido -de su propósito. ¡Allí sigue!</p> - -<p>Al decir estas palabras, el joven levantó -la voz e indicó con un ademán al -caballero. Este, al oír lo que de él se decía, -hizo ademán de enfadarse; pero después, -pensándolo mejor, se limitó a lanzar -a su enemigo una mirada despreciativa -y se alejó otros diez pasos, deteniéndose -de nuevo.</p> - -<p>—No, no se saldrá con la suya ese señor—respondió -con aire pensativo el -guardia—; si dijese dónde vive... pero -no sabiéndolo... Señorita, ¡eh! señorita—añadió -dirigiéndose otra vez a la joven.</p> - -<p>De repente, la muchacha abrió los -ojos y miró atentamente, como si un rayo -de luz iluminase su espíritu. Se levantó -y echó a andar en dirección opuesta -a la que había llevado.</p> - -<p>—¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué -manera de asediar a una!—dijo extendiendo -de nuevo el brazo como para -apartar a alguien.</p> - -<p>Iba de prisa; pero con paso siempre -poco seguro. El elegante se puso a seguirla, -aunque por el otro lado del paseo, -sin perderla de vista.</p> - -<p>—Esté usted tranquilo; repito que no -se saldrá con la suya—dijo resueltamente -el guardia, y partió en seguimiento de -la joven—. ¡Ah! ¡cuánto vicio hay ahora!—repitió, -exhalando un suspiro.</p> - -<p>En aquel momento debió operarse un -cambio tan completo como repentino en -el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose -al guardia gritó:</p> - -<p>—Escuche usted.</p> - -<p>El interpelado se volvió.</p> - -<p>—¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de -mezclar usted en esto? ¡que se divierta -(y señalaba al elegante) si quiere! A usted, -¿qué más le da?</p> - -<p>El soldado no comprendió este lenguaje, -y miró asombrado a Raskolnikoff, -que se echó a reír.</p> - -<p>—¡Ea!—dijo el guardia agitando el -brazo.</p> - -<p>Después se alejó detrás del señor elegante -y de la muchacha. Probablemente -habría tomado a Raskolnikoff por un -loco o por algo peor.</p> - -<p>—Se me ha llevado mis veinte kopeks—dijo -éste con cólera cuando se quedó -solo—. Luego el otro le dará también dinero, -le abandonará la muchacha y asunto -concluído... ¡Qué idea me ha dado a -mí de echármelas de bienhechor! ¿Puedo -yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho -a ello? Que las gentes se devoren -unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y -por qué me he permitido regalarle los -veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?</p> - -<p>A pesar de sus extrañas palabras, -tenía el corazón angustiado. Se sentó -como anonadado en el banco. Sus pensamientos -eran incoherentes. Le molestaba -en aquel momento pensar en nada. -Hubiera querido dormirse profundamente, -olvidarlo todo, despertarse después -y comenzar una nueva vida.</p> - -<p>—¡Pobrecilla!—dijo contemplando el -sitio donde poco antes había estado sentada -la joven—. Cuando vuelva en sí llorará; -su madre sabrá su aventura. Primero -la zarandeará; después la dará latigazos -para añadir la humillación a su -dolor, y quizá la echará de casa... Y aun -cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna -husmeará la casa y la pobre mucha<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>cha -irá rodando de una parte a otra hasta -que entre en el hospital, lo que no tardará -en suceder (siempre pasa lo mismo -a las muchachas que hacen a escondidas -esa vida, porque tienen madres muy honradas). -Una vez curada, volverá a las -andadas; después otra vez al hospital... -las tabernas... y otra vez al hospital... Al -cabo de dos o tres años de esta vida, a -los diez y ocho o a los diez y nueve -años, será un andrajo. ¡A cuántas que -han comenzado como ésta, he visto acabar -del mismo modo! Pero, ¡bah! Es -necesario, se dice, que así suceda; es un -tanto por ciento anual, una prima de -seguro público que debe ser pagada... -para garantizar el reposo de las otras. -¡Un tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! -¡encierran algo científico que tranquiliza! -Cuando se dice «tanto por ciento», -no hay más que hablar; ya no hay para -qué preocuparse. Con otro nombre la -cosa nos preocuparía más... ¿Quién sabe -si Dunetchka no está comprendida en el -«tanto por ciento» del año próximo, o -quizás en el de este mismo año?</p> - -<p>»Pero, ¿a dónde me proponía ir?—pensó -de repente—. Es extraño. Al salir de -casa tenía un propósito. Al acabar de -leer la carta salí...</p> - -<p>»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza -de Basilio Ostroff, a casa de Razumikin. -Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido -la idea de visitar a Razumikin?»</p> - -<p>No se comprendía él mismo. Razumikin -era un condiscípulo suyo de Universidad. -Es de advertir que, cuando Raskolnikoff -asistía a las clases de Derecho -vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno -de sus condiscípulos, ni recibía sus -visitas. Estos, por su parte, le correspondían -del mismo modo. Jamás tomaba -parte ni en las reuniones ni en las bromas -de los estudiantes. Se le estimaba por su -ejemplar aplicación; era muy pobre, muy -orgulloso y muy reservado; sus compañeros -creían que Raskolnikoff los miraba -desdeñosamente como si fueran chiquillos, -o por lo menos seres muy inferiores -a él en conocimientos, en ideas y en -desarrollo intelectual.</p> - -<p>No obstante, intimó bastante con Razumikin, -o mejor dicho, se mostró con -él de carácter menos cerrado que con los -otros. Verdad es que el genio franco e -irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible -confianza. Era este joven en extremo -alegre, expansivo y bueno hasta -la candidez, lo que no impedía que tuviese -otras cualidades serias. Sus compañeros -más inteligentes reconocían su mérito -y todos le apreciaban. No tenía pelo -de tonto, aunque pareciese imbécil. A -primera vista, llamaba su atención por -sus cabellos negros, su rostro siempre -mal afeitado, su alta estatura y su excesiva -delgadez.</p> - -<p>Calavera en ocasiones, se le tenía por -un Hércules. Una noche que recorría las -calles de San Petersburgo en compañía -de algunos amigos, echó a rodar de un -solo puñetazo a un guardia municipal -que tenía dos archines y doce vechoks<a name="FNanchor_9" id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>. -Podía hacer los mayores excesos de bebida, -y observaba, cuando se lo proponía, -la más estricta sobriedad. Si a veces -cometía inexcusables locuras, procedía -otras con cordura ejemplar. Lo más notable -del carácter de Razumikin era que -jamás se descorazonaba ni se dejaba abatir -por las contrariedades. Vivía en una -guardilla, soportando los horrores del -frío y del hambre, sin que por ello perdiera -un momento su buen humor. Muy -pobre, reducido a procurarse lo necesario -para su subsistencia, encontraba medio de -ganarse, bien o mal, la vida, porque era -sobradamente despreocupado y conocía -una porción de sitios en que le era posible -encontrar dinero, por supuesto, trabajando.</p> - -<p>Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba -que éste le agradaba sobremanera -porque se duerme mejor cuando se tiene -frío. Ultimamente había tenido que dejar -la Universidad por falta de recursos; pero -confiaba en reanudar en breve sus estudios -y tampoco se descuidaba en mejorar -su situación pecuniaria.</p> - -<p>Raskolnikoff no había estado en su casa -desde hacía cuatro meses, y Razumikin -ignoraba dónde vivía su amigo. Se -habían cruzado en la calle dos meses antes; -pero Raskolnikoff se pasó a la otra<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span> -acera para no ser visto por Razumikin. -Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no -queriendo molestarle, fingió que no le -veía.</p> - - -<div class="chapter"><h3>V.</h3></div> - -<p>—En efecto, no hace mucho que me -proponía ir a casa de Razumikin a fin -de suplicarle que me proporcionase algunas -lecciones o cualquier otro trabajo...—se -decía Raskolnikoff—. Pero ahora, -¿de qué ha de servirme? supongamos -que puede proporcionarme alguna lección; -hasta quiero suponer también que -hallándose en fondos se quede sin un kopek -siquiera para facilitarme medios con -que comprar unas botas y el traje decente -que necesita un pasante... Bueno, -¿y después? ¿Qué hago yo con unas cuantas -piataks<a name="FNanchor_10" id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a>? ¿Qué resuelvo con ellos? -¡Bah! sería una necedad ir a casa de Razumikin.</p> - -<p>La razón de saber por qué se dirigía entonces -a casa de su amigo le causaba tormento -mayor de lo que a sí mismo se confesaba; -ansiaba dar algún sentido siniestro -a esta marcha, en apariencia la más sencilla -del mundo.</p> - -<p>—¿Es posible que en mi situación haya -puesto mis esperanzas todas en Razumikin? -¿Esperaba yo realmente de él -remedio?—se preguntaba con estupor.</p> - -<p>Reflexionaba, se frotaba la frente, y de -repente, después de haber puesto algún -tiempo su espíritu en tortura, brotó en su -cerebro una extraña idea:</p> - -<p>—Sí, iré a casa de Razumikin; pero no -ahora; iré a verle al día siguiente, cuando -<i>aquello</i> esté hecho y mis negocios tengan -otro aspecto...</p> - -<p>Apenas hubo pronunciado aquellas -palabras, experimentó una brusca conmoción.</p> - -<p>—¡Cuando <i>aquello</i> esté hecho!—exclamó -con un sobresalto que le hizo levantarse -del banco en que estaba sentado—. -¿Sucederá <i>eso</i>? ¿Será posible?</p> - -<p>Dejó el banco y se alejó con apresurado -paso. Su primer movimiento fué el de -dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? -¡Volver a aquel aposento en que acababa -de pasar más de un mes premeditando -todo <i>aquello</i>! Al saltarle este pensamiento, -se sintió disgustado y se puso a marchar -a la ventura. Su temblor nervioso -tomó un carácter febril. Se estremeció -convulsivamente y, a pesar de la elevación -de la temperatura, tenía frío. Casi -a su pesar, cediendo a una especie de necesidad -interior, se esforzaba en fijar su -atención en los diversos objetos que encontraba, -para librarse de la obsesión de -una idea que le trastornaba. En vano -trataba de distraerse; a cada instante -caía en su preocupación. Cuando levantaba -la cabeza dirigía sus miradas en torno -suyo, y olvidaba durante un minuto -lo que venía pensando y aun el lugar donde -se encontraba. De este modo fué como -atravesó toda la plaza de Basilio Ostroff, -desembocó en el pequeño Neva, pasó el -puente y llegó a las islas. El verdor y la -frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados -al polvo, a la cal, a los montones -de arena y de escombros. Allí nada de -ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de -tabernas.</p> - -<p>Pero pronto perdieron estas sensaciones -nuevas su encanto y dieron lugar a -una gran inquietud. A veces el joven se -detenía delante de alguna quinta que surgía -coquetonamente en medio de una vegetación -riente, miraba por la verja y -veía en las terrazas y balcones mujeres -elegantemente vestidas o niños que correteaban -por los jardines. Se fijaba principalmente -en las flores; era lo que atraía -más sus miradas. De tiempo en tiempo -pasaban al lado de él caballeros y amazonas -y soberbios carruajes; los seguía -con los ojos curiosos y los olvidaba antes -de que lo hubiese perdido de vista.</p> - -<p>Se detuvo para contar el dinero que -llevaba en el bolsillo, y se encontró dueño, -aproximadamente, de treinta kopeks. -«He dado veinte al guardia y tres a -Anastasia por la carta—pensó—; por consiguiente, -son cuarenta y tres o cincuenta -kopeks los que dejé ayer en casa de -Marmeladoff.»</p> - -<p>Había tenido motivo para comprobar -el estado de su hacienda; pero un instante -después ya no se acordaba de la razón -por la cual sacó el dinero del bolsillo. A<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span> -poco rato se acordó de comer, al pasar -delante de un figón: su estómago se lo recordaba.</p> - -<p>Entró en la taberna, se echó al cuerpo -una copa de aguardiente y tomó un bocado. -El poco de aguardiente que acababa -de tomar le hizo inmediatamente -efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. -Quiso volverse a su casa, pero al llegar -a Petrovsky Ostroff comprendió que -no podía dar un paso más. Dejó, pues, -el camino, penetró en el soto y se echó -en la hierba, durmiéndose en seguida.</p> - -<p>Cuando se está algo enfermo, los sueños -suelen distinguirse por su relieve -extraordinario y por su asombrosa semejanza -con la realidad. El cuadro es a -veces monstruoso; pero la <i>mise en scéne</i> -y todo lo que pertenece a la <i>representación</i>, -son, sin embargo, tan verosímiles, -los detalles tan minuciosos, y ofrecen por -lo imprevisto una combinación tan ingeniosa, -que el soñador, aunque sea un -artista como Pushkin o Turgueneff, sería -incapaz, despierto, de inventarlos -tan bien. Estos sueños morbosos dejan -siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente -el organismo, ya quebrantado, -del individuo.</p> - -<p>Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. -Se veía niño en la pequeña ciudad en que -vivía entonces con su familia. Era un -día festivo, y al anochecer, se paseaba -<i>extramuros</i> acompañado de su padre. El -tiempo era gris, la atmósfera pesada; los -lugares exactamente tales como su memoria -los recordaba; en su sueño advirtió -más de un detalle de que despierto no -se acordaba. Veía todo el pueblo; en los -alrededores ni un solo sauce blanco; allá, -muy lejos, en el confín del horizonte, un -bosquecillo formaba una mancha negra. -A algunos pasos del último jardín -del pueblo había una gran taberna, -delante de la cual no podía pasar con -su padre ni una sola vez sin experimentar -una desagradable impresión y un sentimiento -de miedo. Siempre estaba llena -de multitud de personas que charlaban, -reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban -con voz ronca cosas repugnantes; -por los alrededores siempre se veían hombres -borrachos. Al aproximarse Rodión -se arrimaba a su padre y temblaba de -pies a cabeza. El camino que conducía -a la taberna estaba lleno de polvo negro. -A trescientos pasos de allí, este camino -formaba un recodo y daba vuelta -al cementerio de la ciudad. En medio del -cementerio se alzaba una iglesia de piedra, -cubierta de una cúpula verde, adonde -iba el niño dos veces al año a oír misa -con su padre y su madre cuando se celebraba -el funeral por el eterno descanso -de su abuela, muerta hacía mucho tiempo, -y a quien no había conocido. Llevaban -un pastel de arroz con una cruz encima -hecha con pasas. El niño amaba esta -iglesia, con sus viejas imágenes, en -su mayor parte desprovistas de adornos, -y su anciano capellán de cabeza temblona. -Al lado de la piedra que marcaba el -sitio donde reposaban los restos de la -anciana, había una tumba pequeña, la -del hermano mayor de Rodión, muerto -a los seis meses. Tampoco le había conocido, -pero se le había dicho que había tenido -un hermanito; así es que cada vez -que visitaba el cementerio, hacía piadosamente -la señal de la cruz encima de la -tumba pequeña, e inclinándose con respeto -la besaba.</p> - -<p>He aquí ahora su sueño: va con su padre -por el camino del campo santo; pasan -delante de la taberna; él va asido de -la mano de su padre y dirige miradas -tenebrosas a la odiosa casa, donde reina -mayor animación que de costumbre. Hay -allí muchedumbre de campesinas y de -mujeres de la clase media, vestidas con -sus trajes domingueros, acompañadas de -sus maridos y de la hez del pueblo. Todos -están ebrios y todos cantan. Delante de -la puerta de la taberna hay una de esas -enormes carretas que se emplean de ordinario -para el transporte de mercancías -y toneles de vino, a las que se suelen enganchar -vigorosos caballos de gruesas -patas y largas crines. A Raskolnikoff le -divertía contemplar aquellos robustos -animales que arrastraban pesos enormes -sin la menor fatiga. Pero ahora a esa pesada -carreta estaba enganchado un caballejo -flaquísimo, uno de esos escuálidos -rocines que los <i>mujiks</i> acostumbran -enganchar a grandes carros de madera -o de heno y a los que muelen a palos, llegando -hasta pegarles en los ojos y en los<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span> -befos cuando las pobres bestias hacen -esfuerzos para arrastrar el vehículo atascado. -Este espectáculo, visto varias veces -por Raskolnikoff, le llenaba los ojos -de lágrimas, y su madre, en tales casos, -le apartaba siempre de la ventana. De -repente se promueve un gran alboroto; -de la taberna salen gritando, cantando -y tocando la guitarra varios <i>mujiks</i> -completamente ebrios; llevan blusas rojas -y azules, y los capottes echados negligentemente -sobre los hombros.</p> - -<p>—¡Subid, subid todos!—grita todavía -un hombre, de robusto cuello y de rostro -carnoso, color de zanahoria—. ¡Os -llevo a todos, subid!</p> - -<p>Estas palabras provocan risas y exclamaciones.</p> - -<p>¡Hacer el camino con semejante penco!</p> - -<p>—Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a -quién se le ocurre enganchar ese jamelgo -a semejante carro?</p> - -<p>—De seguro que este rocín tiene más -de veinte años.</p> - -<p>—Subid, os llevo a todos—grita de nuevo -Mikolka, subiendo al primer carro, y, -poniéndose de pie en el pescante del vehículo, -aferra las riendas—. El caballo -bayo se lo llevó Madviei y este animalucho, -amigos míos, es una condenación -para mí, debería matarlo: no gana lo -que come. Os digo que subáis, ya veréis -cómo lo hago galopar. ¡Vaya si galopará!</p> - -<p>Y al decir esto, toma el látigo, gozoso -con la idea de fustigar al pobre jaco.</p> - -<p>—¡Ea, subamos, puesto que dice que -vamos a ir al galope!—dijeron, burlándose, -los del grupo.</p> - -<p>—Apuesto a que hace diez años que -no galopa.</p> - -<p>—¡Buena marcha llevará!</p> - -<p>—No tengáis miedo, amigos míos; tomad -cada uno una vara, ¡y duro!</p> - -<p>—¡Eso, eso, se le arreará!</p> - -<p>Trepan todos al carro de Mikolka riendo -y burlándose. Han subido ya seis hombres -y queda sitio todavía. Con los que -han montado va una gruesa campesina, -de rostro rubicundo, vestida con un traje -de algodón rojo, en la cabeza una especie -de gorro adornado con abalorios y -va partiendo avellanas y se ríe de tiempo -en tiempo. También se ríe la gente que -rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse -ante la idea de que semejante penco -lleve al galope a tantas personas? Dos -de los que están en el carro toman látigos -para ayudar a Mikolka.</p> - -<p>—¡Andando!—grita este último.</p> - -<p>El caballo tira con todas sus fuerzas; -pero, lejos de galopar, apenas si puede -avanzar un paso: patalea, gime y encoge -los lomos bajo los golpes copiosos como -el granizo que los tres látigos le descargan. -Redoblan las risas en el carro y en -el grupo; pero Mikolka se incomoda y -golpea al jaco con más fuerza como si, -en efecto, esperase hacerle galopar.</p> - -<p>—Dejadme subir a mí también, amigos -míos—grita entre los espectadores -un joven que arde en deseos de mezclarse -con la alegre pandilla.</p> - -<p>—Sube—respondió Mikolka—. Subid -todos, que yo le haré correr.</p> - -<p>Y sigue, sigue golpeando, y en su furor -no sabe ya con qué pegarle al animal.</p> - -<p>—Papá, papá—dice el niño a su padre—, -¿qué están haciendo? ¡Pegan al -pobre caballejo!</p> - -<p>—Vamos, vamos—dice el padre—; son -borrachos que se divierten a su modo. -¡Imbéciles! No les hagas caso.</p> - -<p>Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende -de las manos paternales, y sin hacer -caso de nada se acerca corriendo al -caballo. El desgraciado cuadrúpedo no -puede ya más. Resuella fatigosamente, -trata de tirar, y poco falta para que no -se caiga.</p> - -<p>—¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!—aúlla -Mikolka—. Eso es lo que hay -que hacer. Yo os ayudaré.</p> - -<p>—¡Tú no eres cristiano, sino lobo!—grita -un viejo del grupo.</p> - -<p>—¿A quién se le ocurre que un animalejo -tan pequeño pueda arrastrar un armatoste -como éste?—grita otro.</p> - -<p>—¡Bribón!—vocifera un tercero.</p> - -<p>—No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. -¡Subid aún! ¡Es preciso que galope!</p> - -<p>De repente la voz de Mikolka queda -ahogada por las carcajadas de la gente; -el animal, atormentado por los palos, -acaba por perder la paciencia, y a pesar -de su debilidad, empieza a tirar coces. -Hasta el mismo viejo se echa a reír. Y -había, en efecto, motivos de risa: ¡un ca<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>ballo -que no puede sostenerse en pie y -que, sin embargo, cocea!</p> - -<p>Dos campesinos se destacan del grupo, -y armados de látigos la emprenden a palos -con el animal. Uno por la derecha y -otro por la izquierda.</p> - -<p>—¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, -en los ojos!—vociferaba Mikolka.</p> - -<p>—¡Una canción, amigos!—grita uno -del corro, e inmediatamente toda la pandilla -entona una canción soez al son de -una pandereta.</p> - -<p>La campesina sigue partiendo avellanas -y se ríe.</p> - -<p>Rodión se acerca al caballo y ve que -le pegan en los ojos, ¡sí, en los ojos! El -niño llora; se le subleva el corazón y corren -sus lágrimas. Uno de los verdugos -le toca el rostro con el látigo, pero él no -lo siente. Se retuerce las manos y grita. -Después se dirige al viejo de la barba y -cabellos blancos, que mueve la cabeza -y condena aquellas demasías.</p> - -<p>Una mujer toma al niño de la mano y -quiere apartarlo de esta escena; pero él -se escapa y corre otra vez hacia el caballo. -Este, ya casi sin fuerzas, intenta aún cocear.</p> - -<p>—¡Ah, maldito!—exclama Mikolka, deja -el látigo, se baja, toma del fondo del -carro un largo y pesado garrote y lo -blande con fuerza con las dos manos sobre -el pobre caballo.</p> - -<p>—¡Lo va a matar!—gritaban en derredor -suyo.</p> - -<p>—¡Lo matará!</p> - -<p>—¡Es mío!—grita Mikolka, y el garrote, -manejado por dos brazos vigorosos, -cae con estrépito sobre el lomo del animal.</p> - -<p>—¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?—gritan -varias voces en el grupo.</p> - -<p>De nuevo el garrote se levanta y cae -sobre el espinazo de la pobre bestia. Bajo -la violencia del golpe, el caballejo está -a punto de caerse. Sin embargo, hace un -supremo esfuerzo con todas las fuerzas -que le quedan; tira, tira en diversos sentidos -para escapar de aquel suplicio, mas -por todas partes encuentra los seis látigos -de sus perseguidores. Mikolka una -vez y otra vez golpea a su víctima con -el garrote. Está furioso por no poder matarlo -de un solo golpe.</p> - -<p>—¡No quiere morir!—gritan los del -grupo.</p> - -<p>—¡No le queda mucho de vida!—observa -uno de los que contemplan regocijados -el bárbaro espectáculo—. Se acerca -su último momento.</p> - -<p>—Dale con un hacha; es el medio de -acabar con él—apunta un tercero.</p> - -<p>—Dejadme—dice Mikolka, y suelta el -garrote; busca de nuevo en el carro, y -toma una barra de hierro—. ¡Fuera!—grita, -y asesta un violento golpe al pobre -caballo.</p> - -<p>El penco se tambalea; quiere aún tirar, -pero un segundo golpe con la barra le -tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado -instantáneamente los cuatro miembros.</p> - -<p>—¡Acabemos!—aúlla Mikolka, que, -fuera de sí, salta del carro.</p> - -<p>Algunos mocetones, rojos y avinados, -agarran cada cual lo que tienen más a -mano, látigos, palos, el garrote, y corren -al caballo expirante. Mikolka, en pie, al -lado de la bestia, la golpea sin cesar con -la barra de hierro. El caballo extiende la -cabeza y muere.</p> - -<p>—¡Ha muerto!—gritan en el grupo.</p> - -<p>—¿Por qué no quería galopar?</p> - -<p>—¡Era mío!—gritó Mikolka, teniendo -siempre en la mano la barra.</p> - -<p>Tenía los ojos inyectados de sangre. -Parecía enfurecido porque la muerte le -hubiese quitado su víctima.</p> - -<p>—¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!—gritan -indignados algunos asistentes.</p> - -<p>El pobre niño está fuera de sí. Dando -voces se abre paso por entre el grupo que -rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada -del cadáver, le besa en el -hocico y en los ojos... Después, en un repentino -arrebato de cólera, cierra los puños -y se arroja sobre Mikolka. En aquel -momento su padre, que desde hace un -rato le buscaba, lo encuentra al fin y le -aparta de la gente.</p> - -<p>—¡Vámonos, vámonos!—le dijo—. Volvamos -a casa.</p> - -<p>—¡Papá! ¿por qué han matado al pobre -caballo?—solloza el niño; pero le -falta la respiración; de su garganta salen -roncos sonidos.</p> - -<p>—¡Son barbaridades de gente ebria! -¡Nada tenemos que ver con ellos!—dice -el padre.</p> - -<p>Rodión le oprime entre sus brazos; pero<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> -siente tal fatiga... quiere respirar, grita, -y se despierta.</p> - -<p>Raskolnikoff se despertó jadeando, -con el cuerpo húmedo y los cabellos empapados -de sudor; se sentó bajo un árbol -y respiró con fuerza.</p> - -<p>—¡Gracias a Dios, no ha sido más que -un sueño!—dijo—. ¡Cómo! ¿Iré a tener -fiebre? No sería extraño, después de un -sueño tan horroroso.</p> - -<p>Tenía quebrantados los miembros, y -el alma llena de obscuridad y de confusión. -Apoyó los codos en las rodillas y dejó -caer la cabeza entre las manos.</p> - -<p>—¡Dios mío!—exclamó—. ¿Será posible, -en efecto, que yo tome un hacha y -parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será -posible que yo ande por encima de sangre -tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, -robe y me oculte, temblando, ensangrentado, -con el hacha?... ¡Señor! ¿Será posible?</p> - -<p>Al decir esto temblaba como la hoja -en el árbol.</p> - -<p>—Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?—continuó -con profunda sorpresa—. -Veamos; sé muy bien que no soy capaz -de ello; ¿por qué, pues, me atormenta esa -idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer -el <i>ensayo</i>, comprendí perfectamente que -<i>aquello</i> era superior a mis fuerzas. ¿De -dónde procede que siga dando vueltas -a la misma idea? Ayer, al bajar la escalera, -iba diciendo que era innoble, odioso, -repugnante... Solamente pensar en tal -cosa me aterraba.</p> - -<p>»No, no me atreveré; esto es superior -a mis fuerzas. Aunque todos mis razonamientos -no dejasen lugar a duda, aunque -todas las conclusiones a que he llegado -durante un mes fuesen claras como el -día, exactas como la Aritmética, no podría -decidirme a dar este paso. ¡No soy -capaz! ¿Por qué pues, por qué ahora...?</p> - -<p>Se levantó, miró en torno suyo, como -si se sorprendiese de estar allí, y se encaminó -hacia el puente T***. Estaba pálido -y le brillaban los ojos. Todo su ser -mostraba decaimiento; pero comenzaba -a respirar con más libertad. Se sentía -ya libre del horrible peso que durante -largo tiempo le había oprimido, y su alma -recobraba la paz.</p> - -<p>—¡Señor!—exclamó—; ¡muéstrame -mi camino y renunciaré a este designio -maldito!</p> - -<p>Al atravesar el puente miró tranquilamente -el río, y contempló la resplandeciente -puesta de sol. A pesar de su debilidad, -no se sentía cansado. Se hubiera -dicho que acababa de recobrar repentinamente -la salud de su espíritu. Ahora -es libre. Estaba roto el encanto. Había -cesado de influir sobre él el horrible -maleficio.</p> - -<p>Más tarde, Raskolnikoff se acordó, -minuto por minuto, del empleo de su -tiempo durante aquellos días de crisis; -entre otras circunstancias, venía a menudo -a su pensamiento una que, aun -cuando en rigor no tenía nada de extraordinario, -le preocupaba como una especie -de terror supersticioso, a causa de -la acción decisiva que había ejercido sobre -su destino.</p> - -<p>He aquí el hecho que constituía para -él siempre un enigma. ¿Por qué cuando -cansado, exhausto, hubiera debido, como -era natural, volver a su casa por el camino -más corto y más directo, se le había -ocurrido pasar por el Mercado de Heno en -donde nada, absolutamente nada le llamaba? -Verdad era que este rodeo no alargaba -mucho su camino; pero resultaba -completamente inútil. Se le había ocurrido -mil veces volverse a su casa sin fijarse -en el itinerario recorrido.</p> - -<p>—¿Pero por qué, pues—se preguntaba -siempre—, por qué aquel encuentro tan -importante, tan decisivo para mí, al mismo -tiempo tan fortuito, que tuve en el -Mercado del Heno (adonde no tenía para -qué ir), se verificó en el momento mismo -en que, dadas las disposiciones en que me -encontraba, había de tener para mí las -más graves y terribles consecuencias?</p> - -<p>Tentado estaba de ver en esta fatal -coincidencia el efecto de una predestinación.</p> - -<p>Cerca eran de las nueve cuando el joven -llegó al Mercado del Heno. Los tenderos -cerraban sus establecimientos; los -vendedores ambulantes se preparaban, -lo mismo que los tratantes, a volver a -su casa. Obreros y desharrapados de toda -especie bullían en los alrededores de los -bodegones y tabernas que en el Mercado -del Heno ocupaban el piso bajo de la<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span> -mayor parte de los edificios. Esta plaza -y los <i>pereuloks</i><a name="FNanchor_11" id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a> de sus inmediaciones -eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba -de mejor gana cuando salía -sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus -harapos no llamaban la atención a nadie -y podía, él como cualquiera, pasearse -vestido como tuviera por conveniente. -En la esquina del <i>pereulok</i> de K***, un -mercader que, como los demás, se disponía -a volver a su casa, hablaba con su mujer -y con una conocida que acababa de -aproximarse a ellos. Esta última era Isabel -Ivanovna, hermana de Alena Ivanovna, -la usurera en cuya casa Raskolnikoff -había entrado la víspera a empeñar -su reloj y a hacer el <i>ensayo</i>.</p> - -<p>De tiempo atrás sabía algo acerca de -esta Isabel; ella también le conocía. Era -alta y desgarbada solterona de treinta -y cinco años, tímida, dulce y casi idiota. -Temblaba ante su hermana, que la trataba -como esclava, la hacía trabajar día -y noche y hasta le pegaba.</p> - -<p>En aquel momento su fisonomía expresaba -indecisión, en tanto que en pie, -con un paquete en la mano, escuchaba -atentamente lo que le decían el vendedor -y su mujer.</p> - -<p>Estos hablaban de algo importante, a -juzgar por el calor que ponían en sus palabras.</p> - -<p>Cuando Raskolnikoff vió de repente -a Isabel, experimentó una sensación extraña -parecida a profunda sorpresa, aunque -este encuentro no tuviese nada de -asombroso.</p> - -<p>—Es preciso que esté usted aquí para -tratar del negocio, Isabel Ivanovna—dijo -con fuerza el vendedor—. Venga usted -mañana de seis a siete. También vendrán -los otros.</p> - -<p>—¿Mañana?—dijo vacilante Isabel, -que parecía temerosa de decidirse.</p> - -<p>—¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?—dijo -vivamente la vendedora, que -era una mujerona enérgica—. No la perderé -de vista, porque usted es como una -niña. ¿Será posible que se deje usted dominar -hasta ese punto por una persona -que no es, después de todo, más que su -hermanastra?</p> - -<p>—No diga usted ahora nada a Alena -Ivanovna—dijo el marido—. Se lo aconsejo; -venga usted a casa sin consultarla. -Se trata de un negocio ventajoso; su hermana -se convencerá de ello en seguida.</p> - -<p>—¿De modo que tengo que venir?</p> - -<p>—Mañana entre seis y siete vendrán -también los demás; es preciso que esté -usted presente para decidir el asunto.</p> - -<p>—Le ofreceremos una taza de te—añadió -la vendedora.</p> - -<p>—Está bien, vendré—respondió Isabel -pensativa, y se dispuso a marcharse.</p> - -<p>Raskolnikoff había pasado ya del grupo -formado por las tres personas y no oyó -más. Había prudentemente acortado el -paso, esforzándose por no perder palabra -de la conversación. A la sorpresa del primer -momento había sucedido en él un -vivo terror. Una casualidad imprevista -le acababa de dar a conocer que al día -siguiente, a las siete de la tarde, Isabel, -la hermana, la única compañera de la -vieja, estaría fuera, y que, por lo tanto, al -día siguiente, a las siete en punto, la vieja -<i>se encontraría sola en su casa</i>.</p> - -<p>El joven estaba a algunos pasos de su -domicilio. Entró en su casa como si lo -hubiesen condenado a muerte. No pensó -en nada, ni estaba en disposición de pensar; -sintió súbitamente en todo su ser -que no tenía ni voluntad, ni libre albedrío, -y que todo estaba definitivamente -resuelto. Ciertamente, hubiera podido -esperar años enteros sin una ocasión favorable, -aun tratando de hacerla nacer -como aquella que acababa de ofrecérsele. -En todo caso le habría sido difícil saber -la víspera a ciencia cierta y sin correr el -menor riesgo, sin comprometerse con preguntas -imprudentes, que mañana a tal -hora, tal vieja, a quien él quería matar, -estaría sola en su casa.</p> - - -<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div> - -<p>Raskolnikoff supo después por qué el -vendedor y su mujer habían invitado a -Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: -una familia extranjera que, encontrándose -muy apurada, quería deshacerse -de algunos efectos, que consistían -en vestidos y en ropa interior usada -de mujer. Estas personas deseaban po<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>nerse -en relación con la vendedora. Isabel -ejercía este oficio, y tenía una numerosa -clientela, porque era muy formal y -decía siempre el último precio. Con ella -no había regateo; en general hablaba -poco, y, como hemos dicho, era muy -tímida.</p> - -<p>Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff -se había hecho supersticioso y, por -consiguiente, cuando reflexionaba, sobre -todo este asunto, se inclinaba siempre a -ver en él la acción de causas extrañas -y misteriosas. El invierno último, un estudiante -conocido suyo, Pokorieff, a punto -de volverse a Kharkoff, le había dado, -al despedirse, la dirección de la vieja Alena -Ivanovna, para caso de que tuviera -necesidad de algún préstamo sobre prendas. -Pasó mucho tiempo sin ir a casa de -la vieja, porque el producto de sus lecciones -le permitía ir viviendo. Seis semanas -antes de los acontecimientos que vamos -refiriendo, se acordó de las señas; poseía -dos objetos por los cuales podía prestársele -algo: un reloj de plata que conservaba -de su padre, y un anillo pequeño de -oro con tres piedrecitas rojas, que su hermana -le había dado como recuerdo en el -momento de separarse.</p> - -<p>Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija -a casa de Alena Ivanovna. Desde -el primer momento, y antes de -que él supiera nada de particular acerca -de ella, la vieja le inspiró una violenta -aversión. Después de haber recibido el -dinero entró en un mal <i>taklir</i><a name="FNanchor_12" id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a> que encontró -al paso. Allí pidió te, se sentó y -púsose a reflexionar. Una idea extraña, -todavía en estado embrionario en su espíritu, -le ocupaba por completo.</p> - -<p>Ante una mesa vecina a la suya, un -estudiante, a quien no se acordaba de haber -visto jamás, estaba sentado con un -oficial.</p> - -<p>Los dos jóvenes acababan de jugar al -billar y se disponían ahora a tomar el te. -De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante -que daba al oficial la dirección de -Alena Ivanovna, viuda de un secretario -de colegio y prestamista sobre prendas.</p> - -<p>Esto sólo pareció ya un poco extraño -a nuestro héroe: se hablaba de una persona -de cuya casa acababa él de salir. -Sin duda, todo ello era pura casualidad; -pero en aquel momento hallábase bajo -una impresión que no podía dominar, y -he aquí que, precisamente en aquel momento, -alguien venía a fortificar en él -esta impresión. El estudiante comunicaba, -en efecto, a su amigo, diversos pormenores -acerca de Alena Ivanovna.</p> - -<p>—Es un famoso recurso—decía—; -siempre hay medio de procurarse dinero -en su casa. Rica como un judío, puede -prestar cinco mil rublos de una vez, y, -sin embargo, acepta objetos que no valen -más que un rublo. Es una providencia -para muchos de nosotros. Pero, ¡qué -horrible arpía!</p> - -<p>Se puso a contar que era mala, caprichosa; -que no concedía siquiera veinticuatro -horas de prórroga, y que toda -prenda no retirada en el día fijo, era irrevocablemente -perdida por el deudor; prestaba -sobre un objeto la cuarta parte de -su valor y cobraba el cinco y el seis por -ciento de interés mensual, etc. El estudiante, -que estaba en vena de hablar -hasta por los codos, añadió que esta horrible -vieja era pequeñuela, lo que no le -impedía pegar a menudo y tener en completa -dependencia a su hermana Isabel, -que medía, por lo menos, dos archines -y ocho verchoks de estatura.</p> - -<p>—¡Es un fenómeno!—exclamó, y se -echó a reír.</p> - -<p>La conversación recayó en seguida -sobre Isabel.</p> - -<p>El estudiante hablaba de ella con marcado -placer y siempre sonriendo. El oficial -escuchaba a su amigo con mucho interés -y le suplicó que le enviase a aquella -Isabel para que le repasase la ropa.</p> - -<p>Raskolnikoff no perdió una palabra de -esta conversación y supo de esta suerte -una multitud de cosas. Más joven que -Alena Ivanovna, de la cual no era más -que media hermana, Isabel tenía treinta -y cinco años y trabajaba día y noche para -la vieja. Además de los quehaceres de -la cocina, era lavandera, hacía labores -de costura, que luego vendía, iba a fregar -los suelos a las casas, y todo lo que ganaba -se lo entregaba a su hermanastra. -No se atrevía a aceptar ningún encargo -ni trabajo sin consultar a la usurera, la<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -cual, como Isabel sabía muy bien, había -otorgado ya testamento en el cual -no dejaba a su hermana más que el mobiliario. -Deseosa de tener a perpetuidad -sufragios por el eterno descanso de su -alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. -Isabel pertenecía a la clase media -y no al <i>tchin</i>. Era una estantigua, con -pies muy grandes y calzados siempre -con anchos zapatos; pero, por otra parte, -iba limpia como una patena. Lo que particularmente -asombraba y hacía reír al -estudiante, era que Isabel estaba siempre -en cinta.</p> - -<p>—¿Pero no dices que es un monstruo?—preguntóle -el oficial.</p> - -<p>—Realmente, es demasiado trigueña; -parece un soldado vestido de mujer; pero -de eso a que sea un monstruo, hay mucha -diferencia. Su fisonomía revela tanta -bondad y tienen sus ojos una expresión -tan simpática que... La prueba es que -ella agrada a muchas personas. Es tan -tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene -un carácter tan bueno y, además, su sonrisa -es tan bondadosa...</p> - -<p>—¿Estás enamorado de ella?—interrogóle, -sonriendo, el oficial.</p> - -<p>—Hombre, tanto como eso, no; pero -me gusta, precisamente por lo rara que -es. En cambio, a esa maldita vieja te -aseguro que la mataría y la despojaría -de todo lo que posee sin escrúpulo de -conciencia—añadió vivamente el estudiante.</p> - -<p>El oficial lanzó una carcajada; pero -Raskolnikoff se estremeció. Las palabras -que oía encontraban extraño eco -en sus propios pensamientos.</p> - -<p>—Vamos a ver—prosiguió el estudiante—. -Hace un momento me burlaba, pero -ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado -una vieja enfermiza, necia, un ser que no -es útil a nadie, y que, por el contrario, -perjudica a muchos, que no sabe ella -misma por qué vive y que morirá mañana -de muerte natural. ¿Comprendes?</p> - -<p>—Comprendo—repuso el oficial mirando -atentamente a su interlocutor.</p> - -<p>—Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, -frescas, que se quebrantan, se -pierden, faltas de sostén, y esto a millares, -por todas partes. Cien mil obras útiles -se podrían acometer o mejorar con -el dinero legado por esa vieja a un monasterio; -centenares de existencias, millones -quizá, puestas en el buen camino; -docenas de familias salvadas de la miseria, -de la disolución, de la ruina, del -vicio, de los hospitales... y todo ello con -el dinero de esa mujer. Si se la matase y se -destinase su fortuna al bien de la humanidad, -¿crees tú que el crimen, si eso fuese -un crimen, no estaría largamente compensado -por millares de buenas acciones? -Por una sola vida, millares de vidas -arrancadas a la perdición; por una persona -suprimida, cien personas devueltas -a la existencia. Se trata de una cuestión -aritmética. ¿Qué pesa en las balanzas -sociales la vida de una vieja necia y mala? -Poco más que la vida de una hormiga o -de un escarabajo; me atrevo a decir que -menos, porque esta vieja es una criatura -perversa. Hace poco, en un acceso de -rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco -estuvo que no se lo cortase con los dientes.</p> - -<p>—Cierto que es indigna de vivir—respondió -el oficial—; ¿pero qué quieres? la -Naturaleza...</p> - -<p>—Amigo mío, a la Naturaleza se la -corrige, se la endereza; de lo contrario, -viviríamos enterrados en prejuicios, no -habría un solo grande hombre. Se habla -del deber, de la conciencia. No quiero -decir que esté mal, pero, ¿qué sentido -damos a estas palabras? Escucha, voy -a plantearte otra cuestión.</p> - -<p>—No, chico, ahora me toca a mí. Te -voy a preguntar una cosa.</p> - -<p>—Conforme.</p> - -<p>—Verás: tú estás ahora perorando con -gran elocuencia; pero, dime: ¿Matarías -tú, con tus propias manos, a esa vieja?</p> - -<p>—¡Claro que no! pero yo considero esto -desde el punto de vista de la justicia... -No se trata de mí...</p> - -<p>—Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber -mi opinión? Vas a oírlo: Puesto que -no te decidirías a matarla, opino que la -cosa no es justa. Vamos a echar otra partida.</p> - -<p>Raskolnikoff era presa de una agitación -extraordinaria. En rigor, esta conversación -no tenía nada de asombroso. -Muchas veces había oído a los jóvenes -cambiar entre sí análogas ideas; lo único -que difería era el tema; mas, ¿por qué el<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> -estudiante expresaba precisamente los -mismos pensamientos que en aquel instante -bullían en el cerebro de Raskolnikoff? -¿Y por qué casualidad éste, al salir -de la casa de la vieja, oía hablar de ella? -Tal coincidencia le pareció extraña: estaba -escrito que esta insignificante conversación -de café tuviese en su destino -decisiva influencia.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Al volver a su domicilio, se dejó caer -en el sofá y permaneció sentado en él, -sin moverse, durante una hora entera. La -obscuridad era completa; en la habitación -no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó -que era necesaria. No hubiera podido -precisar si en esta hora había pensado -algo. Por último, le entraron escalofríos -febriles, y pensó con satisfacción que podía -echarse del todo en el sofá... No tardó -en caer en pesado y profundo sueño.</p> - -<p>Durmió mucho más tiempo que de costumbre -y sin soñar. A Anastasia, que entró -en su habitación al día siguiente a -las diez, le costó gran trabajo despertarle. -La criada le traía pan, y, como la víspera, -algo del te que ella acostumbraba -a tomar.</p> - -<p>—¡Aun no se ha levantado!—exclamó -indignada—. ¿Es posible dormir así?</p> - -<p>Raskolnikoff se incorporó con dificultad. -Le dolía la cabeza. Se puso en pie, -dió una vuelta por la habitación y después -se dejó caer de nuevo en el sofá.</p> - -<p>—¡Otra vez!—gritó Anastasia—. ¿Estás -malo?</p> - -<p>El joven no respondió.</p> - -<p>—¿Quieres tomar te?</p> - -<p>—Más tarde—contestó penosamente, -y luego cerró los ojos y se volvió del lado -de la pared.</p> - -<p>Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló -durante algún tiempo.</p> - -<p>—Indudablemente está enfermo—dijo -antes de retirarse.</p> - -<p>A las dos volvió con la sopa. Encontró -a Raskolnikoff acostado aún en el sofá. -No había probado el te. La criada se incomodó -y se puso a sacudir con fuerza -al joven.</p> - -<p>—¿Qué te pasa para dormir tanto?—gruñó, -mirándole con desprecio.</p> - -<p>Raskolnikoff se incorporó, pero no -respondió una palabra ni levantó los ojos -del suelo.</p> - -<p>—¿Estás malo o no lo estás?</p> - -<p>Esta pregunta no obtuvo más respuesta -que la primera.</p> - -<p>—Deberías salir—dijo ella después de -una pausa—. El aire libre te sentaría -bien. Vas a comer, ¿no es verdad?</p> - -<p>—Más tarde—respondió con voz débil—; -¡vete!—y la despidió con un ademán.</p> - -<p>La criada se detuvo un momento, miró -compasivamente al joven y se marchó.</p> - -<p>Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff -levantó los ojos, examinó detenidamente -el te y la sopa, y se puso a comer.</p> - -<p>Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, -casi maquinalmente. El dolor de -cabeza se le había calmado algo, y cuando -hubo terminado su frugal comida se -echó de nuevo en el sofá; pero, aunque -no pudo dormir, permaneció inmóvil, -con la cara hundida en la almohada. La -imaginación le presentaba, sucediéndose -sin cesar, los cuadros más extraños. -Figurábase a veces estar en Africa; formaba -parte de una caravana detenida -en un oasis; altas palmeras rodeaban el -campamento; los camellos reposaban de -sus fatigas; los viajeros se disponían a -comer. El, por su parte, apagaba la sed -en el chorro de una cristalina fuente; el -agua azulada y deliciosamente fresca -dejaba ver en el fondo del riachuelo piedrezuelas -de diversos colores y arenas de -dorados reflejos.</p> - -<p>De repente hirió sus oídos el sonido de -la campana de un reloj; aquel ruido le -hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente -el sentimiento de la realidad, se levantó -de un salto, después de mirar a la ventana -y calcular la hora que podría ser. Anduvo -en seguida de puntillas, se aproximó -a la puerta, la abrió suavemente y -se puso a escuchar.</p> - -<p>El corazón le latía con violencia. La -escalera estaba silenciosa, parecía que -todo dormía en la casa.</p> - -<p>—¿Cómo me he dejado vencer en el -momento decisivo? ¿Cómo desde ayer -no he hecho nada, ni preparado nada?—se -preguntaba a sí mismo, no comprendiendo<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span> -su negligencia; y, sin embargo, eran quizá -las seis las que acababan de dar.</p> - -<p>A su inercia y entorpecimiento siguió -bruscamente febril y extraordinaria actividad. -Por otra parte, los preparativos -no exigían mucho tiempo. Hacía esfuerzos -para pensar en todo y no olvidarse de -nada, y su corazón latía con tal fuerza -que dificultaba la respiración. Primero -tenía que hacer un nudo corredizo, y -adaptarlo a su gabán; aquello era cosa -de un minuto; buscó en la ropa que tenía -debajo de la almohada una camisa vieja, -sucia e inservible. Después, con trozos -arrancados a esta camisa, hizo una especie -de trenza de un verchot de ancha y -ocho de larga. La dobló en dos partes, se -quitó el gabán de verano, que era de una -espesa y fuerte tela de algodón (único -sobretodo que poseía), y se puso a coser -interiormente, bajo el sobaco izquierdo, -los dos extremos de la trenza. Al ejecutar -este trabajo, le temblaban las manos; -pero le quedó tan bien, que cuando volvió -a ponerse el gabán no se veía el cosido -por la parte de afuera. Se había proporcionado -mucho tiempo antes la aguja -y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas -cosas del cajón de su mesa.</p> - -<p>En cuanto al nudo corredizo para colgar -el hacha, se le había ocurrido un medio -muy ingenioso, ya ideado quince días -antes. Ir por la calle con un hacha en la -mano, era imposible; por otra parte, -ocultar el arma bajo el gabán, le obligaba -a llevar continuamente la mano debajo, -y esto podría llamar la atención, en tanto -que con el nudo corredizo le bastaba -poner en él el hierro del hacha, y quedaba -suspendida bajo el sobaco todo el tiempo -de la marcha, sin peligro de que cayera. -Podía también impedir que se moviese -sin más que oprimir la extremidad del -mango con la mano metida en el bolsillo -del gabán. Este era muy ancho, un -verdadero saco, y la maniobra no podría -ser advertida.</p> - -<p>Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo -bajo la otomana e introduciendo los -dedos en una hendidura del suelo, sacó -de aquel escondrijo el objeto empeñable -de que había tenido cuidado de proveerse -con anticipación. Este objeto no -era más que una tableta de madera acepillada, -del tamaño que suelen tener las -cigarreras de plata. En uno de sus paseos -el joven había encontrado por casualidad -este trozo de madera en el corral de -un taller de carpintería. Tomó, además, -una plaquita de hierro delgada y pulimentada, -pero de menos dimensiones, -que había encontrado también en la calle, -y después de juntar una cosa con la -otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente -con un hilo, y lo envolvió todo en -un trozo de papel blanco.</p> - -<p>Este paquetito, al cual el joven había -tratado de dar un aspecto todo lo elegante -que le fué posible, quedó atado de -manera que era muy difícil desatarlo.</p> - -<p>Por tal medio se ocuparía momentáneamente -la atención de la vieja; mientras -ésta estuviese procurando deshacer el -nudo, Raskolnikoff podría elegir el momento -oportuno. Había juntado con la -tabla la placa de hierro para que el supuesto -objeto de empeño pesase más, -a fin de que en el primer momento, por -lo menos, la usurera no sospechase que -se le pedía dinero a cambio de un pedazo -de madera. Apenas Raskolnikoff acababa -de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando -oyó una voz que le decía en la escalera:</p> - -<p>—Ya hace mucho que han dado las -seis.</p> - -<p>—¡Dios mío! ¿Mucho?</p> - -<p>Se dirigió a la puerta, aplicó el oído -y se puso a bajar los treinta escalones -sin hacer más ruido que un gato. Quedaba -lo más importante: ir a la cocina a -recoger el hacha con que se había determinado -a cometer el crimen. Ya hacía -tiempo que tenía pensado valerse de un -hacha. Había en su casa una especie de -hoz, pero este instrumento no le inspiraba -confianza, y además desconfiaba de su -destreza para manejarla; así fué que se -decidió definitivamente por el hacha. -Advirtamos a propósito de esto una particularidad -singular; a medida que sus -resoluciones tomaban un carácter determinado, -más absurdas y horribles le -parecían al joven. A pesar de la lucha -desesperada que se libraba en su interior, -no llegaba a admitir ni por un solo instante -que acabaría por no poner en ejecución -su sanguinario proyecto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p> - -<p>Si todos los obstáculos hubieran sido -vencidos, todas las dudas disipadas, todas -las dificultades allanadas, probablemente -habría renunciado a su designio por absurdo, -monstruoso e imposible. Pero le -quedaba todavía multitud de puntos -que esclarecer y de problemas que resolver. -Lo de hacerse con el hacha no inquietaba -en modo alguno a Raskolnikoff, -porque esto era muy fácil. Anastasia -no estaba casi nunca por la tarde en -casa; acostumbraba salir para chismorrear -con sus amigas o en las tiendas, -y éste solía ser el motivo de las reprimendas -de su ama.</p> - -<p>No había más que entrar cautelosamente -en la cocina cuando llegase el -momento oportuno, tomar el hacha y ponerla -en el mismo sitio una hora después -cuando todo hubiese terminado.</p> - -<p>Dudaba, empero, que saliese todo a -medida de sus deseos.</p> - -<p>—Supongamos—pensaba el joven—que -dentro de una hora, cuando yo vuelva -a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. -Naturalmente, en tal caso tendré -que aguardar para entrar en la cocina a -que salga la criada; ¿pero y si durante -este tiempo echa de menos el hacha y -se pone a buscarla? Si no la encuentra -refunfuñará, y ¡quién sabe! armará un -alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia -que podría ser funesta.</p> - -<p>Sin embargo, no quería pensar en tales -pormenores; además, no tenía tiempo -para ello. Se preocupaba de lo más importante, -decidido a desdeñar lo accesorio -hasta que hubiese tomado una determinación -sobre lo esencial. Esto último, -empero, le parecía irrealizable. No podía -imaginar que en un momento dado cesaría -de pensar, se levantaría e iría allí -derechamente... Aun en su reciente <i>ensayo</i> -(es decir, en la visita que había hecho -para tantear el terreno), había faltado -poco para que el joven hubiese ensayado -seriamente. Actor sin convicción, -no pudo sostener su papel y huyó -indignado contra sí mismo.</p> - -<p>No obstante, desde el punto de vista -moral, la cuestión estaba resuelta. La -casuística del joven, afilada como una -navaja de afeitar, había cortado todas -las objeciones; pero no encontrándolas -en su mente se esforzaba en buscarlas -fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado -por una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, -trataba desesperadamente -de encontrar un punto fijo a que agarrarse. -Los imprevistos accidentes de la víspera -influían sobre él de una manera automática -del mismo modo que el hombre -a quien el engranaje de la rueda de -una máquina le agarra una parte de su -traje acaba por ser despedazado por la -misma máquina.</p> - -<p>La primera cuestión que le preocupaba -sobremanera y en la cual había pensado -muchas veces, era esta: ¿por qué se -descubren tan fácilmente todos los crímenes -y por qué se encuentran con tanta -facilidad las huellas de casi todos los -culpables?</p> - -<p>Poco a poco llegó a diversas conclusiones -muy curiosas. Según él la principal -razón del hecho consistía menos en la imposibilidad -material de ocultar el crimen -que en la personalidad misma del criminal. -Este último experimentaba en el -momento de cometer el delito una diminución -de la voluntad y de la inteligencia; -por esta razón solía proceder con aturdimiento -infantil, con ligereza fenomenal, -precisamente cuando la circunspección -y la prudencia le eran más necesarias.</p> - -<p>Raskolnikoff comparaba este eclipse -del juicio y este desfallecimiento de la -voluntad, a una afección morbosa que se -desarrolla por grados, que llega al máximum -de intensidad poco antes de la perpetración -del crimen, que subsistía en la -misma forma durante la comisión de él -y aun algunos momentos después (más -o menos tiempo según los individuos) -para cesar luego como cesan todas las -enfermedades. Un punto no esclarecido -era el de saber si la enfermedad determina -el crimen o si el crimen, por su naturaleza -propia, va acompañado siempre de -algún fenómeno morboso; pero el joven -no se sentía capaz de resolver esta cuestión.</p> - -<p>Razonando de esta manera llegó a -persuadirse de que él personalmente estaba -al abrigo de semejantes trastornos -morales, y de que conservaría la plenitud -de su inteligencia y de su voluntad, -durante la empresa, sencillamente porque<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span> -«su empresa no era un crimen...» No -referiremos la serie de argumentos que le -habían conducido a esta última conclusión. -Nos limitamos a decir que en sus -preocupaciones, al lado práctico, las dificultades -puramente materiales de ejecución, -quedaban en el segundo término. -«Que conserve yo mi presencia de espíritu, -mi fuerza de voluntad, y cuando -llegue el momento triunfaré de todos los -obstáculos...» Pero no ponía manos a la -obra. Menos que nunca creía en la persistencia -final de sus resoluciones, y al sonar -la hora se despertó como de un sueño.</p> - -<p>No estaba aún al pie de la escalera -cuando una circunstancia insignificante -vino a desconcertarle. Llegado al descansillo -en que estaba el cuarto de su patrona, -encontró, como siempre, abierta -de par en par la puerta de la cocina, y -miró discretamente: estando ausente -Anastasia, ¿no era posible que estuviese -allí la patrona? Y aunque no se hallase -en la cocina, ¿tendría bien cerrada la -puerta de su habitación? ¿No podría -verle cuando entrase por el hacha? Era -necesario cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería -su estupor al ver que Anastasia, contra -su costumbre, estaba en la cocina! Más -todavía: que andaba muy atareada, sacando -ropa del cesto y tendiéndola en -unas cuerdas. Al aparecer el joven, la -criada, interrumpiendo su trabajo, se -volvió hacia él y no dejó de mirarle hasta -que se hubo alejado.</p> - -<p>Raskolnikoff volvió los ojos y pasó -como si no se hubiera fijado en nada; -pero aquélla era cosa concluída: no tenía -hacha. Esta circunstancia fué para -él un golpe terrible.</p> - -<p>—¿De dónde había sacado yo—pensaba -al bajar los últimos peldaños de la escalera—que -precisamente en este momento -había salido Anastasia? ¿Por qué se -me habrá metido tal cosa en la cabeza?</p> - -<p>Sentíase como aplastado, como anonadado. -Su despecho le impulsaba a burlarse -de sí mismo. Hervía en todo su ser -una cólera salvaje.</p> - -<p>Se detuvo indeciso en la puerta cochera; -vagar por las calles, salir sin objeto, -no le apetecía; pero aun le era más desagradable -volver a subir. «¡Y pensar -que he perdido para siempre tan buena -ocasión!», murmuró enfrente del cuarto -del <i>dvornik</i>, cuarto que estaba también -abierto.</p> - -<p>De repente se echó a temblar. En la -garita del portero, a dos pasos de Raskolnikoff, -debajo del banco, brillaba un -hacha... El joven miró en derredor suyo. -Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil, -bajó dos escaloncitos y llamó con -voz débil al <i>dvornik</i>: «Vamos, no está -en su casa; pero no debe de andar lejos, -porque no ha cerrado la puerta.» De pronto, -como un rayo, se lanzó hacia el hacha -y la sacó de debajo del banco donde estaba -entre dos troncos. En seguida pasó -el arma por el nudo corredizo, se metió -las manos en los bolsillos y salió. Nadie -le vió. «No es la inteligencia la que me -ayuda, es el diablo», pensó, sonriéndose -de un modo extraño. Aquella casualidad -contribuyó poderosamente a darle valor.</p> - -<p>Caminaba lenta, gravemente, temeroso -de despertar sospechas. Apenas miraba -a los transeuntes a fin de atraer lo menos -posible la atención. De repente pensó -en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer -tenía dinero y hubiera podido comprarme -una gorra!» Del fondo de su alma brotó -una imprecación. Una ojeada que por -casualidad dirigió a una tienda donde había -un reloj colgado de la pared, le hizo -saber que eran ya las siete y diez. Urgía -el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar -un rodeo para que no se le viese llegar -de aquel lado a la casa.</p> - -<p>Entretanto se verificaba en él un extraño -fenómeno; en contra de lo que se -figuraba, no sentía miedo alguno; así, -en vez de preocuparse por el crimen que -se disponía a cometer, otros sentimientos -ajenos a su empresa ocupaban su espíritu. -Al pasar por delante del jardín de -Jussupoff pensaba que sería conveniente -establecer en todas las plazas públicas -fuentes monumentales que refrescasen -la atmósfera. Luego, por una serie de -transiciones insensibles, comenzó a fantasear -que si al jardín de Verano se le -diese toda la extensión del campo de -Marte y se le añadiese el jardín del palacio -Miguel, San Petersburgo ganaría con -ello higiénica y artísticamente considerado.</p> - -<p>«Del mismo modo, sin duda, las perso<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>nas -que son conducidas al suplicio se fijan -en todos los objetos que encuentran en el -camino.» Se le ocurrió esta idea; pero se -apresuró a desecharla. En tanto se aproximó: -vió la casa, vió la puerta. De repente -oyó que un reloj daba una sola -campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete -y media? ¡Imposible! Ese reloj adelanta.»</p> - -<p>También esta vez la casualidad sirvió -a Raskolnikoff. Como si lo hubiera -hecho a propósito, en el momento mismo -en que llegaba frente a la casa, -entraba por la puerta cochera una enorme -carreta cargada de heno. El joven -pudo franquear el umbral sin ser visto, -deslizándose por el espacio que quedaba -entre la carreta y la pared. Cuando estuvo -en el patio, tomó rápidamente por -la derecha. Del otro lado de la carreta -disputaban algunos hombres. Raskolnikoff -les oía gritar pero ninguno se fijó en -él ni él por su parte encontró a nadie. -Muchas de las ventanas que daban a aquel -inmenso patio cuadrado estaban abiertas: -sin embargo, no levantó la cabeza. -Su primer movimiento fué ganar la escalera -de la vieja que era la de la derecha.</p> - -<p>Conteniendo la respiración y con la -mano apoyada en el corazón para comprimir -sus latidos, se puso a subir los -peldaños, cerciorándose antes de que el -hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. -A cada minuto se paraba a escuchar; -pero la escalera estaba completamente -desierta y todas las puertas cerradas. -En el segundo piso había un cuarto -desalquilado, que estaba abierto, y -en donde trabajaban algunos pintores; -pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que -se detuvo un instante para reflexionar, y -luego continuó subiendo. «Mejor hubiera -sido que no estuviesen; pero por encima -de ellos, hay todavía dos pisos.»</p> - -<p>Llegó al cuarto piso sin encontrarse -con nadie, y se halló ante la puerta de -Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse -para reflexionar. El cuarto de enfrente -estaba desocupado. En el tercero, -la habitación situada precisamente por -debajo de la de la vieja, se hallaba también -vacía, según todas las apariencias: -la tarjeta que antes había en la puerta, -no estaba: los inquilinos se habían ido... -Raskolnikoff se ahogaba. Vaciló un momento. -«¿No sería mejor que me fuera?» -Pero sin responder a esa pregunta, se -puso a escuchar; no oyó ningún ruido -en casa de la vieja; en la escalera el mismo -silencio. Después de haber estado escuchando -largo rato, el joven echó una -mirada en torno suyo y tentó nuevamente -su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?—pensó—. -¿No se notará mi agitación? -Esa mujer es muy desconfiada. -Debiera esperar a que se calmase mi -emoción.»</p> - -<p>Pero, lejos de calmarse, eran cada vez -más violentas las pulsaciones del corazón -del joven. No pudo contenerse más, y -extendiendo lentamente la mano hacia -el cordón de la campanilla, tiró de él. -Al cabo de medio minuto llamó de nuevo, -con más fuerza. Ninguna respuesta; -llamar violentamente hubiera sido inútil -y hasta imprudente. La vieja de seguro -estaba en su casa; pero como era desconfiada, -debía serlo más en este momento -en que se encontraba sola. Raskolnikoff -conocía en parte las costumbres de Alena -Ivanovna. De nuevo aplicó el oído -a la puerta. Su excitación desarrollaba -en él una agudeza particular de sensaciones -(lo que en general es difícil de admitir), -o en rigor el ruido era fácilmente -perceptible.</p> - -<p>Sea como fuere, le pareció oír que una -mano se apoyaba con precaución en la -cerradura, escuchaba, esforzándose por -disimular su presencia. No queriendo parecer -que se ocultaba, el joven llamó por -tercera vez pero suavemente para no denunciar -su impaciencia. Aquel instante -dejó a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. -Cuando después pensaba en ello, -no acertaba a explicarse cómo había podido -desplegar tanta astucia precisamente -en el momento en que su emoción era -tal que le quitaba el uso de sus facultades -intelectuales y físicas. Al cabo de un -instante oyó que descorrían el cerrojo.</p> - - -<div class="chapter"><h3>VII.</h3></div> - -<p>Lo mismo que en su visita anterior, -Raskolnikoff vió entreabrirse la puerta -lentamente y por la estrecha abertura -dos ojos muy brillantes que se fijaban<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span> -en él con expresión de desconfianza. Entonces -le abandonó su sangre fría y cometió -una falta que hubiera podido dar -al traste con todo.</p> - -<p>Temiendo que Alena Ivanovna tuviese -miedo de encontrarse sola con un visitante -de aspecto poco tranquilizador, -tiró de la puerta con violencia hacia sí -para que la vieja no procurase cerrarla. -La usurera no intentó siquiera hacerlo, -pero no quitó la mano de la cerradura, -de manera que faltó poco para que cayera -de bruces en el descansillo, hacia donde -se abría la puerta. Como Alena Ivanovna -permanecía de pie en el umbral -para no dejar el paso libre, el joven avanzó -hacia ella. Aterrada la vieja dió un -salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar -una palabra y miró a Raskolnikoff -abriendo los ojos desmesuradamente.</p> - -<p>—Buenas tardes, Alena Ivanovna—dijo -él con el tono más natural que pudo; -pero en vano trataba de fingir; su voz -era entrecortada y temblorosa—; traigo -un objeto, pero entremos: para examinarlo -hay que verlo a la luz...</p> - -<p>Y sin esperar a que se le dijera que pasase, -penetró en la habitación. La vieja -se le acercó vivamente; ya se le había -desanudado la lengua.</p> - -<p>—¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién -es usted, qué se le ofrece?</p> - -<p>—¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me -conoce muy bien... Raskolnikoff; tenga -usted paciencia. Vengo a empeñar esta -alhaja de la que le hablé el otro día—y -le alargó el paquete.</p> - -<p>Alena Ivanovna iba a examinarlo, -cuando de repente cambió de idea, y levantando -los ojos dirigió una mirada penetrante, -irritada y desconfiada sobre -aquel importuno que se le metía en casa -con tan poca ceremonia. Raskolnikoff -hasta creyó advertir cierta especie de burla -en los ojos de la vieja, como si ésta lo -hubiese adivinado todo. Se daba cuenta -el joven de que perdía la serenidad, de -que tenía casi miedo, de que si aquella -muda investigación se prolongaba medio -minuto, iba, sin duda, a echar a correr.</p> - -<p>—¿Por qué me mira usted de ese modo, -como si no me conociese?—dijo irritándose -a su vez—. Si usted quiere eso, lo -toma, si no, lo deja; iré a otra parte con -ello; es inútil que me haga usted perder -el tiempo.</p> - -<p>Se le escaparon estas palabras sin que -las hubiera premeditado.</p> - -<p>El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó -a la usurera.</p> - -<p>—¿Qué prisa hay, <i>batuchka</i>? ¿Qué es -eso?—preguntó mirando el paquete.</p> - -<p>—Una cigarrera de plata; ya se lo dije -a usted la otra tarde.</p> - -<p>La vieja extendió la mano.</p> - -<p>—¡Qué pálido está usted! ¿Está usted -malo, <i>batuchka</i>?</p> - -<p>—Tengo fiebre—respondió con voz -brusca—. ¿Cómo no he de estar pálido?... -Cuando uno no tiene que comer...—acabó -de decir, no sin esfuerzo—, le abandonan -las fuerzas de nuevo.</p> - -<p>La respuesta parecía verosímil; la vieja -tomó el paquete.</p> - -<p>—¿Qué es esto?—preguntó por segunda -vez, y tanteando el peso de la -prenda, miró fijamente a su interlocutor.</p> - -<p>—Una petaca de plata... mírela usted.</p> - -<p>—Cualquiera diría que no es plata... -¡Oh, cómo la han atado!</p> - -<p>En tanto que Alena Ivanovna hacía -esfuerzos por desatar el hilo, se había -aproximado a la luz. (Todas las ventanas -estaban cerradas, a pesar del calor sofocante -que hacía.) En esta posición daba -la espalda a Raskolnikoff, y durante algunos -segundos no se ocupó en él. El joven -se desabrochó el gabán y separó el -hacha del nudo corredizo; pero sin sacarla -todavía, se limitó a tenerla con la -mano derecha debajo del sobretodo. Sentía -una terrible debilidad en todos sus -miembros. Comprendía que cada instante -que pasaba su debilidad iba en aumento; -temía que se le escapase el hacha -de la mano, y le parecía que todo le daba -vueltas en su derredor.</p> - -<p>—¿Pero qué hay aquí dentro?—gritó -coléricamente Alena Ivanovna, e hizo -un movimiento en dirección a Raskolnikoff.</p> - -<p>No había tiempo que perder. Sacó el -joven el hacha de debajo del gabán, la -levantó con las dos manos casi maquinalmente, -porque no tenía fuerzas, y la -dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span> -repente, en cuanto hubo dado el golpe, -sintió Raskolnikoff que recobraba toda -su energía física.</p> - -<p>Alena Ivanovna, como de costumbre, -no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, -grises y escasos, y, como siempre, -untados de aceite, recogíalos, formando -trenzas en la nuca con un trozo de peineta -de cuerno. El golpe dió precisamente -en la coronilla, a lo cual contribuyó la -escasa estatura de la víctima. La usurera -lanzó un grito débil y cayó desplomada -teniendo, sin embargo, todavía fuerzas -para llevarse los brazos a la cabeza. En -una de las manos conservaba la «prenda». -Entonces Raskolnikoff que, como hemos -dicho, había recobrado todo su vigor, -asestó dos nuevos hachazos en el occipucio -de la vieja. La sangre brotó a chorros -y el cuerpo quedó exánime. El joven se -echó hacia atrás y en cuanto vió a la anciana -sin movimiento se inclinó para mirarla: -estaba muerta; los ojos, desmesuradamente -abiertos, parecían salirse de las -órbitas, y las convulsiones de la agonía -daban a su rostro la expresión de una horrible -mueca.</p> - -<p>El asesino dejó el hacha en el suelo e -inmediatamente se puso a registrar el -cadáver, tomando todo género de precauciones -para no mancharse de sangre. -Se acordaba de haber visto la última vez -a Alena Ivanovna buscar las llaves en el -bolsillo derecho de su vestido. Se hallaba -en plena posesión de su inteligencia. No -experimentaba ni aturdimiento ni vértigos; -pero seguían temblándole las manos. -Más tarde recordó que había sido -muy prudente, y que había puesto mucho -cuidado en no mancharse. No tardó en -encontrar las llaves. Como el día anterior, -estaban todas reunidas en una anilla de -acero.</p> - -<p>Después de haberse apoderado de ellas, -Raskolnikoff entró en la alcoba. Era -ésta muy pequeña, y había en ella un estante -lleno de imágenes piadosa; en el -otro lado una gran cama muy limpia con -una colcha de seda almohadillada y hecha -de pedazos cosidos. En la otra pared una -cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado -el joven a servirse de las llaves -para abrir este mueble, le recorrió -todo el cuerpo un escalofrío. Estuvo tentado -de renunciar a todo y marcharse; -pero esta idea duró sólo un momento; -era demasiado tarde para retroceder.</p> - -<p>Hasta llegó a sonreírse de haber podido -pensarlo, cuando, de repente, sintió -una terrible inquietud: ¿Si por acaso la -vieja no estuviera muerta y recobrase el -sentido? Dejando las llaves en la cómoda, -acudió vivamente cerca del cuerpo, tomó -el hacha y se dispuso a dar otro golpe -a su víctima; pero el arma, ya levantada, -no cayó; no había duda de que Alena Ivanovna -estaba muerta. Inclinándose de -nuevo sobre ella para examinarla más -de cerca, Raskolnikoff se convenció de -que la mujer tenía el cráneo partido. En -el sucio se había formado un lago de sangre. -Viendo de improviso que la vieja tenía -un cordón al cuello, el joven tiró de -él violentamente; pero el cordón ensangrentado -era recio y no se rompió.</p> - -<p>El asesino trató entonces de quitárselo, -haciendo que se deslizase a lo largo -del cuerpo; pero no fué más afortunado -en esta segunda tentativa; el cordón -encontró un obstáculo y no pasaba. Impaciente -Raskolnikoff, blandió el hacha, -pronto a descargarla sobre el cadáver -para cortar con el mismo golpe aquel -maldito cordón. Sin embargo, no pudo -resolverse a proceder con aquella brutalidad. -Al cabo, después de dos minutos -de esfuerzos que le pusieron rojas las manos, -logró cortar el cordón con el filo del -hacha, sin herir el cuerpo de la muerta. -Como había supuesto, lo que la vieja llevaba -al cuello era una bolsa. También -estaban sujetas al cordón una medallita -esmaltada y dos cruces, la una de madera -de ciprés, la otra de cobre. La bolsa, -grasienta (un saquito de piel de camello), -estaba completamente llena. Raskolnikoff -se la metió en el bolsillo sin mirar -lo que contenía; arrojó las cruces sobre -el pecho de la vieja, y tomando el hacha -volvió a entrar con ella apresuradamente -en la alcoba.</p> - -<p>La impaciencia le devoraba, y puso mano -a la obra de desvalijamiento; pero sus -tentativas para abrir la cómoda eran infructuosas, -no tanto por el temblor de -las manos, como por sus continuas tor<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>pezas. -Veía, por ejemplo, que tal llave -no era de la cerradura y se obstinaba, -sin embargo, en hacerla entrar.</p> - -<p>De pronto se acordó de una conjetura -que había hecho en su anterior visita: -aquella gruesa llave que estaba con las -otras pequeñas en la anilla de acero, -debía de ser no de la cómoda, sino de alguna -caja en que acaso la vieja tenía encerrados -todos sus valores. Sin ocuparse -más en la cómoda, miró bajo la cama, -sabiendo que los viejos tienen la costumbre -de ocultar en ese sitio sus tesoros. -En efecto, había allí un cofre de poco más -de una archina de largo y cubierto de -cuero rojo. La llave dentellada entraba -perfectamente en la cerradura. Cuando -Raskolnikoff levantó la tapa, vió -colocados sobre un trapo blanco un -abrigo forrado de piel de liebre con -guarnición roja, debajo del abrigo una -falda de seda y después un chal; el fondo -parecía contener solamente trapos. El -joven comenzó por secarse las manos ensangrentadas -en la guarnición roja. «Sobre -lo rojo, la sangre se conocerá menos.» -De pronto pareció como que volvía en -sí: «¡Señor! ¿Me habré vuelto loco?», -murmuró con terror.</p> - -<p>Pero apenas empezó a registrar aquellas -ropas, cuando de debajo de la piel se -deslizó un reloj de oro. En vista de esto, -revolvió de arriba abajo el contenido del -cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos -de oro, sin duda depositados como -empeños, en manos de la usurera, brazaletes, -cadenas, pendientes, alfileres de -corbata, etc.; los unos encerrados en sus -estuches, los otros anudados con una cinta -en un pedazo de periódico doblado en -dos partes.</p> - -<p>Raskolnikoff no vaciló; metió mano a -todas estas alhajas y se llenó los bolsillos -del pantalón y del gabán sin abrir -los estuches ni deshacer los paquetes; -pero de pronto fué interrumpido en esta -maniobra. En la habitación donde estaba -la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado -de terror. Pero el ruido había cesado, -el joven empezaba a creer que había -sido engañado por una alucinación de -su oído, cuando de súbito percibió, distintamente, -un ligero grito o más bien -un gemido débil y entrecortado. Al cabo -de uno o dos minutos, todo volvió a quedar -en un silencio de muerte. Raskolnikoff, -sentado en el suelo cerca del cofre, -esperaba respirando apenas. De repente -dió un salto, tomó el hacha y se lanzó -fuera de la alcoba.</p> - -<p>En medio de la sala, Isabel, con un -gran bulto en las manos, contemplaba -aterrorizada el cadáver de su hermana, -y, pálida como la cera, parecía no tener -fuerzas para gritar ante la brusca aparición -del asesino. Comenzó a temblar, -trató de levantar el brazo, de abrir la -boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando -hacia atrás lentamente con la mirada -fija en Raskolnikoff, fué a refugiarse -en un rincón de la sala. La pobre mujer -hizo esto sin gritar, como si le faltase -el aliento. El asesino se lanzó sobre ella -con el hacha levantada; los labios de la -infeliz tomaron la expresión lastimera que -suelen tomar los de los niños pequeños -cuando están espantados.</p> - -<p>Tal horror sentía la desdichada, que -aunque vió que el hacha se levantaba -sobre ella, no pensó ni aun en defender -la cara, llevándose las manos a la cabeza -con un movimiento maquinal que sugiere -en semejantes casos el instinto de conservación. -Apenas si levantó el brazo izquierdo -extendiéndolo lentamente en dirección -del agresor, que descargó sobre -Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha -penetró en el cráneo, hendió toda la -parte superior de la frente y llegó casi -hasta el occipucio: Isabel cayó rígida, -muerta. Sin saber lo que hacía, Raskolnikoff -tomó el paquete que la víctima tenía -en la mano; después lo tiró y salió -al recibimiento.</p> - -<p>Estaba aterrado a causa de aquel nuevo -asesinato que no había sido premeditado -por él. Quería desaparecer cuanto -antes. «Si hubiese podido darse mejor -cuenta de las cosas; si hubiese calculado -todas las dificultades de su posición, si -la hubiera previsto tan desesperada, tan -horrible, tan absurda, como era; si hubiera -comprendido bien los obstáculos -que quedaban por vencer, quizá los crímenes -que tendría que perpetrar para -huir de aquella casa y entrar en la -suya... probablemente habría renunciado -a la lucha para correr a denunciarse, y<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span> -no por cobardía, sino por horror de lo -que había hecho.» Esta impresión le iba -dominando. Por nada del mundo se habría -aproximado a la caja ni entrado -en la alcoba.</p> - -<p>Poco a poco, sin embargo, comenzaron -a surgir en su espíritu otros pensamientos, -y cayó en una especie de delirio. -Por momentos el asesino parecía olvidarse -de sí mismo, o más bien, de olvidar -lo principal, para fijarse en lo insignificante. -Una mirada dirigida a la cocina -le hizo descubrir un cubo medio lleno -de agua, y se le ocurrió lavarse las manos -y limpiar el hacha. A causa de la sangre -tenía pegajosas las manos. Después de -haber metido el hierro del arma en el -agua, tomó un pedazo de jabón que había -en el poyo de la ventana y comenzó a -refregarse las manos. Cuando se las hubo -lavado, enjugó el hierro del hacha y en -seguida empleó tres minutos en jabonar -el mango, para hacer desaparecer las salpicaduras -de sangre. Después lo secó todo -con un paño de cocina que estaba colgado -en una cuerda. Hecho esto, se aproximó -a la ventana, con objeto de examinar -atenta y detenidamente el hacha. Las -huellas acusadoras habían desaparecido; -pero el mango estaba húmedo. Raskolnikoff -ocultó cuidadosamente el arma bajo -su gabán, colocándola en el nudo corredizo; -después hizo una inspección minuciosa -de sus vestidos con todo el cuidado -que le permitía la débil luz que iluminaba -la cocina. A primera vista el pantalón -y el gabán no tenían nada de sospechoso; -pero en los zapatos observó algunas -manchas. El joven las limpió con un -trapo humedecido en agua.</p> - -<p>No obstante, estas precauciones no le -tranquilizaban más que a medias, porque -veía mal y comprendía que podían pasarse -inadvertidas algunas manchas. Permaneció -irresoluto en medio de la sala -bajo la influencia de un pensamiento -sombrío y angustioso: el pensamiento de -que se volvía loco, de que en aquel momento -era incapaz de tomar una determinación -ni de velar por su seguridad y -de que su manera de proceder no era la -que convenía en las circunstancias presentes...</p> - -<p>—¡Dios mío, debo irme; irme en seguida!—murmuró -y se lanzó al recibimiento, -en donde le esperaba un susto -mayor de los que hasta entonces había -experimentado. Se quedó inmóvil, no -atreviéndose a dar crédito a sus ojos: la -puerta del cuarto, la puerta exterior que -daba al descansillo, la misma en que él -había llamado hacía poco, por la cual -había entrado, estaba abierta: hasta este -momento había permanecido entreabierta: -acaso por precaución, la vieja, ni había -dado vuelta a la llave ni echado el cerrojo. -¡Pero Dios mío! el joven había visto en -seguida a Isabel. ¿Cómo no se le ocurrió -que la vendedora había entrado por la -puerta? No había podido penetrar en el -cuarto a través de la pared.</p> - -<p>Cerró la puerta y echó el cerrojo.</p> - -<p>—Pero no; no es eso lo que debo hacer. -Es menester partir, huir inmediatamente.</p> - -<p>Descorrió el cerrojo, y después de haber -abierto la puerta, se puso a escuchar -largo rato en la escalera. Abajo, probablemente -en la puerta cochera, dos voces -ruidosas se insultaban. Esperó pacientemente. -Por último, callaron las voces; los -dos alborotadores se habían ido cada -cual por su lado. Iba ya el joven a salir -cuando en el piso inferior se abrió con estrépito -una puerta y alguien empezó a -bajar tarareando una canción. ¿Qué les -pasaba a esta gente para armar tanto -ruido? Cerró de nuevo la puerta, esperando -otra vez dentro del cuarto. Finalmente -se restableció el silencio; pero en el -instante en que Raskolnikoff se disponía -a bajar, percibió un nuevo rumor.</p> - -<p>Eran pasos todavía distantes, que resonaban -en los primeros peldaños de la -escalera; sin embargo, en cuanto empezó -a oírlos, adivinó la verdad—: Vienen -<i>aquí</i>, al cuarto piso, a casa de la vieja.</p> - -<p>¿De dónde provenía aquel presentimiento? -¿Qué tenía de significativo el -ruido de aquellos pasos? Eran pesados, -regulares, y más bien lentos que ligeros...</p> - -<p>—Ya <i>él</i> ha llegado al primer piso... -se le oye cada vez mejor... resuella como -un asmático... ya llega al tercer piso... -¡aquí!</p> - -<p>Y Raskolnikoff experimentó súbitamente -una parálisis general, como ocurre -en una pesadilla cuando uno se cree<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span> -perseguido por varios enemigos: están -a punto de alcanzaros, os van a matar -y os quedáis como clavados en el suelo -imposibilitados de moveros.</p> - -<p>El desconocido comenzaba a subir el -tramo del cuarto piso.</p> - -<p>Raskolnikoff, a quien el espanto había -tenido inmóvil en el descansillo, pudo, -por último, sacudir su estupor y entrando -apresuradamente en el cuarto cerró la -puerta y corrió el cerrojo, teniendo cuidado -de hacer el menor ruido posible. El -instinto, más bien que el razonamiento, -le guió en estas circunstancias.</p> - -<p>Armóse después del hacha, se arrimó a -la puerta y se puso a escuchar, sin atreverse -a esperar siquiera. Ya el visitante -estaba en el descansillo.</p> - -<p>No había entre los dos hombres más -que el espesor de una tabla. El desconocido -se encontraba frente a frente de Raskolnikoff -en la situación en que éste se -había encontrado respecto de la vieja.</p> - -<p>El visitante respiró varias veces con -fatiga.</p> - -<p>«Debe ser grueso y alto», pensó el joven, -apretando con la mano el mango -del hacha. Todo aquello parecía un sueño. -Al cabo de un momento, el visitante -dió un fuerte campanillazo. Creyó percibir -cierto ruido en la sala. Durante algunos -segundos escuchó atentamente; -llamó después de nuevo, esperó todavía -un poco, y de pronto, perdida la paciencia, -se puso a sacudir la puerta con todas -sus fuerzas. Raskolnikoff contemplaba -con terror el cerrojo que temblaba en -su ajuste; temía verlo saltar de un momento -a otro. Pensó sujetar el cerrojo -con la mano; pero el hombre hubiera -podido desconfiar. La cabeza comenzaba -a írsele de nuevo. «¡Estoy perdido!», -se dijo; sin embargo, recobró súbitamente -ánimos, cuando el desconocido rompió -el silencio.</p> - -<p>—¿Estarán durmiendo o las habrán -estrangulado? ¡Malditas mujeres!—murmuraba -en voz baja el visitante—. ¡Eh, -Alena Ivanovna, vieja bruja! ¡Isabel Ivanovna, -belleza indescriptible! ¡Abrid!</p> - -<p>Exasperado, llamó diez veces seguidas -todo lo más fuerte que pudo. Sin duda -aquel hombre tenía confianza en la casa -y dictaba en ella la ley.</p> - -<p>Así pensaba Raskolnikoff cuando, de -improviso, sonaron en la escalera pasos -ligeros y rápidos. Era, sin duda, otro que -subía al cuarto piso. El joven no se enteró -al pronto de la llegada del recién venido.</p> - -<p>—¿Es posible que no haya nadie?—dijo -una voz sonora y alegre, dirigiéndose -al primer visitante, que continuaba -tirando de la campanilla—. ¡Buenas -tardes, Koch!</p> - -<p>Por el timbre de la voz comprendió -Raskolnikoff que era un jovenzuelo.</p> - -<p>—¡El demonio lo sabe; poco ha faltado -para que haya saltado la cerradura!—respondió -Koch—; ¿pero usted, cómo me -conoce?</p> - -<p>—¡Vaya una pregunta! ¿No le gané a -usted anteayer en el café Gambrinus tres -partidas seguidas de billar?</p> - -<p>—¡Ah!</p> - -<p>—¿De modo que no están? Es extraño, -y además estúpido. ¿A dónde habrá ido -la vieja? Tenía que hablarle.</p> - -<p>—Yo también.</p> - -<p>—¿De modo que no hay más remedio -que marcharse? ¿Qué hacer? ¡Y yo que -venía a pedirle dinero prestado!—exclamó -el joven.</p> - -<p>—En efecto; no hay más remedio que -marcharse. Pero no comprendo por qué -no está la bruja en casa habiéndome dado -una cita. ¡Pues hay una buena caminata -de aquí a mi casa! ¿Y a dónde demonios -habrá ido? Esta bruja no se mueve en todo -el año, puede decirse que echa raíces -en su casa, tiene malas las piernas... ¡y -de repente se va de parranda!</p> - -<p>—Podíamos preguntarle al portero.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—¡Toma! para saber a dónde ha ido -y cuándo volverá.</p> - -<p>—¡Hum... preguntar!... ¡pero si no -sale nunca!—y tiró del cordón de la campanilla—. -¡Vaya, es inútil, hay que marcharse!</p> - -<p>—¡Espere usted!—gritó de repente el -joven—. Fíjese, vea usted cómo resiste -la puerta cuando se tira de ella.</p> - -<p>—¿Y qué?</p> - -<p>—Esto prueba que no está cerrada con -llave, sino con cerrojo. ¡Mire usted, mire -usted cómo suena!</p> - -<p>—¿Y qué?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span></p> - -<p>—¿Pero no comprende usted todavía? -Eso prueba que una, por lo menos, está -en casa. Si las dos hubieran salido, habrían -cerrado la puerta por fuera con llave, -y claro es que no hubieran podido -echar el cerrojo por dentro. Repare usted -el ruido que hace. Es evidente que -para pasar el cerrojo tiene que estar en -casa. ¿Comprende usted? De modo, que -están dentro y no quieren abrir.</p> - -<p>—¡Pues es verdad!—exclamó Koch -asombrado—. ¿De manera que están -ahí?</p> - -<p>Y se puso a sacudir furiosamente la -puerta.</p> - -<p>—No siga usted—dijo el joven—; aquí -pasa algo extraordinario... Usted ha llamado... -ha sacudido la puerta con todas -sus fuerzas y ellas no abren; luego, o están -desmayadas o..</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Hay que llamar al <i>dvornik</i> para que -las despierte.</p> - -<p>—¡Buena idea!</p> - -<p>Los dos empezaron a bajar.</p> - -<p>—Espere usted, quédese aquí; iré yo -a buscar al <i>dvornik</i>.</p> - -<p>—¿Para qué me he de quedar?</p> - -<p>—¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—Verá usted; yo me dispongo a ser -juez de instrucción. Aquí hay algo que -no está claro; esto es evidente, evidentísimo.</p> - -<p>Y así diciendo el joven bajó de cuatro -en cuatro los peldaños de la escalera.</p> - -<p>Cuando se quedó solo, Koch llamó otra -vez, pero suavemente; después se puso -con aire distraído a empujar el botón de -la cerradura para cerciorarse de que la -puerta estaba cerrada nada más que con -cerrojo. Luego, resoplando como un fuelle, -se bajó para mirar por el ojo de la -llave, pero ésta estaba puesta por dentro, -de modo que no pudo ver nada.</p> - -<p>En pie, del otro lado de la puerta, estaba -Raskolnikoff con el hacha en la mano -y dispuesto a deshacer el cráneo al -primero que osara asomar la cabeza. Más -de una vez, oyendo a los dos curiosos -hurgar en la puerta y concertarse entre -sí, estuvo a punto de acabar de una vez -y de interpelarlos, pero sin abrir. Por -momentos sentía deseos de injuriarlos, -de insultarlos, de abrir la puerta para -hacerles entrar y matarlos a ambos. -«Mejor será que acabe cuanto antes»—pensaba.</p> - -<p>—¡Qué diablo! ¡No sube nadie!—se dijo -Koch, comenzando a perder la paciencia—. -¡Qué diablo!—volvió a decir, y -fastidiado de esperar abandonó su puesto -para bajar en busca del joven.</p> - -<p>Poco a poco dejó de oírse el ruido de -sus botas, que resonaban pesadamente -en la escalera.</p> - -<p>—¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?</p> - -<p>Raskolnikoff descorrió el cerrojo y entreabrió -la puerta. Tranquilizado por el -silencio que reinaba en la casa, y, por otra -parte, incapaz de reflexionar en aquel -momento, salió, cerró detrás de sí lo mejor -que pudo, y empezó a bajar la escalera.</p> - -<p>Había descendido ya muchos escalones, -cuando se produjo abajo un gran estrépito. -¿Dónde ocultarse? No había medio -de esconderse en ninguna parte, y -volvió a subir apresuradamente.</p> - -<p>—¡Eh, pardiez, espera, aguarda!</p> - -<p>El que lanzaba estas voces acababa de -salir de un cuarto situado en los pisos inferiores -y bajaba a saltos gritando:</p> - -<p>—¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡El demonio -se lleve a ese loco!</p> - -<p>La distancia no permitió oír más. El -hombre que profería aquellas exclamaciones -estaba ya lejos de la casa. El silencio -se restableció; pero apenas había -cesado esta alarma cuando le sucedió -otra. Varios individuos que hablaban entre -sí en voz alta subían tumultuosamente -la escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff -reconoció la voz chillona del joven -estudiante.</p> - -<p>—Son ellos—se dijo, y sin procurar -ya escapar, se fué derechamente a su encuentro—. -Ocurra lo que quiera—añadió. -Si me detienen, todo ha terminado; y -si me dejan escapar, también, porque se -acordarán de haberme visto en la escalera.</p> - -<p>Iba ya a reunirse con ellos, pues sólo -les separaba un piso, cuando de repente -vió la salvación. A pocos escalones delante -de él, a la derecha, había un cuarto -desalquilado, completamente abierto, el<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> -mismo donde trabajaban los pintores; -pero, como si lo hubieran hecho adrede, -éstos acababan de dejarlo.</p> - -<p>Eran, sin duda, los que un momento -antes habían salido vociferando. Se veía -que la pintura estaba todavía fresca; en -medio de la sala habían dejado los obreros -sus útiles, una cubeta, un cacharro -con color y una brocha. En un abrir y cerrar -de ojos Raskolnikoff se escurrió en -el cuarto desalquilado y se arrimó cuanto -pudo a la pared. Ya era tiempo: sus perseguidores -llegaban al descansillo; pero, -sin detenerse, subieron al cuarto piso, hablando -ruidosamente. Después de cerciorarse -de que se habían alejado un poco, -el asesino salió de puntillas y descendió -precipitadamente. Nadie en la escalera, -nadie en el patio. Atravesó rápidamente -el umbral, y una vez en la calle dobló la -esquina de la izquierda.</p> - -<p>Comprendía perfectamente que los que -le buscaban habían llegado en aquel momento -a la puerta del cuarto de la vieja, -quedándose estupefactos al verla -abierta.</p> - -<p>—Indudablemente están examinando -los cadáveres—se decía—; sin duda les -bastará un minuto para adivinar que el -asesino ha logrado escapar; sospecharán, -quizá, que se ha escondido en el cuarto -desalquilado del segundo piso cuando -ellos subían al de la usurera.</p> - -<p>Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones, -no se atrevía a apresurar el paso, -aunque estaba aún lejos de la primera -esquina.</p> - -<p>—¿Si me deslizara en un portal, en -alguna calle extraviada y esperase allí -un momento? No, malo. ¿Si fuese a arrojar -el hacha a cualquier parte? ¿si tomara -un coche? ¡Malo, malo!</p> - -<p>Al cabo se ofreció ante sus ojos un <i>pereulok</i> -y se metió en él más muerto que -vivo. Allí estaba casi en salvo; así lo -comprendió. Era difícil que las sospechas -recayeran sobre él. Por otra parte, era fácil -no llamar la atención en medio de los -paseantes; pero de tal manera aquellas -angustias le habían debilitado, que apenas -podía sostenerse en pie. Por la cara -le corrían gruesas gotas de sudor y tenía -empapado el cuello.</p> - -<p>—¡Buena la has tomado!—le gritó, -al desembocar el canal, uno que le creyó -borracho.</p> - -<p>No se daba cuenta de nada; cuanto más -andaba, más se obscurecían sus ideas. No -obstante, cuando llegó al muelle del Neva, -se asustó de ver tan poca gente, y -temiendo que reparasen en él en un lugar -tan solitario, se volvió otra vez al -<i>pereulok</i>; y aunque apenas tenía fuerzas -para andar, dió un largo rodeo para volver -a su domicilio.</p> - -<p>Al franquear el umbral no había recobrado -aún su presencia de espíritu; a lo -menos, hasta que llegó a mitad de la escalera -no se acordó de que llevaba todavía -el hacha. La cuestión que tenía que -resolver era muy grave: se trataba de dejar -el hacha donde la había tomado, sin -llamar en lo más mínimo la atención. Si -hubiera estado más tranquilo habría comprendido, -de seguro, que en vez de dejar -el arma en su antiguo puesto, hubiera sido -mucho mejor deshacerse de ella arrojándola -en cualquier corral. Sin embargo, -todo le resultó a maravilla: la puerta del -<i>dvornik</i> estaba cerrada, pero sin llave, -lo cual hacía suponer que el portero no se -había ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz -en aquel instante de discurrir ni de -combinar un plan, se fué derecho a la -puerta y la abrió. Si el portero le hubiese -preguntado: «¿Qué quiere usted?», -quizá el joven le habría entregado sencillamente -el hacha; pero esta vez, como -la anterior, el <i>dvornik</i> había salido, lo -que dió facilidad a Raskolnikoff para colocar -el hacha debajo del banco, en el sitio -donde la había encontrado. En seguida -subió la escalera y llegó a su habitación -sin tropezarse con nadie: la puerta -del cuarto de la patrona estaba cerrada. -Cuando entró en su aposento se echó -vestido en el diván, y aunque no se durmió, -quedó en estado inconsciente. Si -hubiese entrado alguien en su habitación, -habríase levantado bruscamente -gritando despavorido. Mil ideas distintas -le hormigueaban en el cerebro.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p> - - - - -<h2>SEGUNDA PARTE</h2> - - -<h3>I.</h3></div> - -<p>Raskolnikoff estuvo mucho tiempo -acostado. A veces salía de su somnolencia -y observaba que la noche estaba muy -avanzada; pero no se le ocurría la idea -de levantarse. Luego notó que empezaba -a amanecer. Echado boca arriba en el -sofá, no había podido recobrarse de la especie -de letargo en que se hallaba sumido. -De pronto oyó gritos terribles y desesperados -que sonaban en la calle: eran -las mismas voces que daba todas las noches -a las dos, bajo sus ventanas, la gente -que salía de las tabernas.</p> - -<p>Aquel ruido le despertó.</p> - -<p>—¡Ah, son borrachos!—pensó—. Las -dos—y sintió un brusco sobresalto, como -si le hubiesen levantado con violencia -del sofá—. ¡Cómo! ¡Las dos ya!—Se -sentó en el diván y lo recordó todo.</p> - -<p>En el primer momento creyó que se -volvía loco. Sentía mucho frío, que procedía, -sin duda, de la fiebre que le había -asaltado durante el sueño. Ahora tiritaba -de tal modo que le castañeteaban -los dientes. Abrió la puerta y se puso a -escuchar; todo dormía en la casa. Echó -una mirada sobre su persona y en derredor -suyo. ¿Cómo, el día antes, al entrar -en su habitación, se le olvidó de cerrar -la puerta con el pestillo? ¿Por qué se había -echado en el sofá, no solamente sin -desnudarse, sino hasta con el sombrero -puesto? Este había rodado por el suelo. -«Si alguno entrase aquí, qué pensaría? -De seguro me creería borracho; pero...»</p> - -<p>Se acercó a la ventana. Era ya día claro. -El joven se examinó de pies a cabeza -para ver si tenía alguna mancha en la ropa; -pero no se podía fiar de una inspección -hecha de aquel modo; siempre temblando, -se desnudó y miró de nuevo su ropa con -el mayor cuidado. Por exceso de precaución -repitió este examen tres veces seguidas. -No descubrió nada, excepto algunas -gotas de sangre coagulada en la parte -baja del pantalón, cuyos bordes estaban -rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo, -y doblando los bordes de aquella -prenda hizo dos tiras. De repente se acordó -de que la bolsa y los objetos que había -tomado del cofre de la vieja seguían en sus -bolsillos. No había pensado en sacarlos -ni en ocultarlos en cualquier parte. No se -le ocurrió tampoco momentos antes -cuando examinaba su ropa. «¡Si parece -imposible!»</p> - -<p>En un abrir y cerrar de ojos se vació -los bolsillos y puso su contenido sobre la -mesa. Después de haberlos registrado -bien, a fin de asegurarse de que no quedaba -nada en ellos, lo llevó todo a un rincón -del cuarto. En aquel sitio, la tapicería destrozada -se destacaba de la pared, y allí -fué, bajo el papel, donde metió las alhajas -y la bolsa.</p> - -<p>—Así, ni visto ni conocido—pensó con -alegría, medio incorporándose; y, mirando -como atontado el ángulo en que la -tapicería estaba desgarrada, bostezaba -más aún.</p> - -<p>De pronto, el terror agitó sus miembros.</p> - -<p>—¡Dios mío!—murmuró con desesperación—. -¿Qué es lo que me pasa?<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span> -¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se -esconden estas cosas?</p> - -<p>A la verdad, no era aquél el botín de -que había esperado apoderarse; su intento -era apropiarse del dinero de la vieja; -así es que la necesidad de ocultar las alhajas -le pillaba desprevenido.</p> - -<p>—¿Pero ahora tengo yo motivos para -alegrarme?—se decía—. ¿Es éste el modo -de ocultar lo robado? Creo que me abandona -la razón.</p> - -<p>Falto de fuerzas, extenuado, se sentó -en el diván, acometido de fuerte temblor.</p> - -<p>Maquinalmente tomó un gabán viejo -de invierno hecho jirones, que se encontraba -en una silla, y se tapó con él; -le invadió inmediatamente un sueño -mezclado de delirio y perdió la conciencia -de sí mismo.</p> - -<p>Cinco minutos después se despertó sobresaltado, -y su primer movimiento fué -examinar de nuevo sus vestidos.</p> - -<p>—¿Cómo he podido volver a dormirme -sin haber hecho nada?; el nudo corredizo -está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no -haber pensado en ello! ¡Semejante pieza -de convicción!</p> - -<p>Arrancó la venda de tela, la redujo -a trozos pequeños y los confundió con -la ropa que tenía debajo de la almohada.</p> - -<p>—Me parece que estos trapos no pueden -en caso ninguno despertar sospechas; -por lo menos así lo creo—repetía -en pie, en medio de la sala, con una atención -que el esfuerzo hacía dolorosa, y -miraba en derredor suyo para cerciorarse -de que no había olvidado nada.</p> - -<p>Le atormentaba cruelmente el convencimiento -de que todo, la razón, hasta la -más elemental prudencia, le abandonaba.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, -sí... así es, en efecto.</p> - -<p>Los hilachos que había cortado del -pantalón estaban en el suelo en medio -de la sala, expuestos a la vista del primero -que llegase.</p> - -<p>—¿Pero dónde tengo yo la cabeza?—exclamó -como anonadado.</p> - -<p>Entonces le asaltó una idea extraña; -pensó que su traje estaba todo ensangrentado, -y que, a causa de la debilidad de sus -facultades, no se había enterado de las -manchas.</p> - -<p>De repente se acordó de que la bolsa -estaba también manchada de sangre.</p> - -<p>Debe de haberse manchado el bolsillo, -porque la bolsa estaba húmeda cuando -la guardé.</p> - -<p>En seguida dió la vuelta al bolsillo, y -en efecto, encontró manchas en el forro.</p> - -<p>—La razón no me ha abandonado por -completo; soy capaz todavía de reflexionar, -puesto que he podido hacer esta -observación—pensó gozoso, lanzando un -suspiro de satisfacción—; todo ello ha sido -un instante de fiebre que me ha privado -momentáneamente del juicio.</p> - -<p>Arrancó inmediatamente todo el forro -del bolsillo izquierdo del pantalón. En -aquel momento un rayo de sol fué a dar -en la punta de la bota izquierda: al joven -le pareció que había allí indicios reveladores. -Se descalzó.</p> - -<p>—¡En efecto, son indicios! Toda la punta -de la bota está llena de sangre. Sin -duda puse imprudentemente el pie en -aquel charco... ¿Pero qué hacer ahora de -tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta -bota, de estos trapajos y del forro del -bolsillo?</p> - -<p>Estaba en pie en medio de la sala, teniendo -en la mano aquellos objetos que le -denunciaban y le comprometían.</p> - -<p>—Si los echase en la chimenea... Pero -precisamente donde registrarán primero -será en la chimenea. Si los quemase... -¿pero con qué? No tengo ni cerillas. Es -mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, -lo mejor será tirarlo—repetía sentándose -nuevamente en el diván—; pero en seguida, -sin pérdida de tiempo.</p> - -<p>Mas en vez de ejecutar esta resolución -dejó caer la cabeza en las manos; empezó -de nuevo el temblor, pero transido de -frío se envolvió en su gabán de invierno. -Durante muchas horas, esta misma idea -estuvo presente en su espíritu: «Es preciso -arrojar esto cuanto antes en cualquier -parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, -quiso levantarse y no pudo conseguirlo. -Al cabo de un rato, varios golpes -violentos dados a la puerta le sacaron de -su abstracción. Era Anastasia quien -llamaba.</p> - -<p>—¡Abre si no te has muerto!—gritó -la criada—. ¡Se pasa la vida durmiendo,<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span> -tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! -¡Abreme, te digo; son ya las diez -dadas!</p> - -<p>—Puede que no esté—dijo una voz -de hombre.</p> - -<p>—Es la voz del <i>dvornik</i>...—se dijo -Raskolnikoff, y temblando se sentó en el -sofá.</p> - -<p>Le latía el corazón hasta hacerle daño.</p> - -<p>—¿Por qué habrá cerrado la puerta -con el pestillo?—dijo Anastasia—. Se -cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso -que alguien se lo lleve. Abre, despiértate...</p> - -<p>—¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido -el <i>dvornik</i>? Todo se ha descubierto. -¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos -sean!</p> - -<p>Se medio incorporó, inclinóse hacia -adelante y quitó el picaporte. La habitación -era tan pequeña, que el joven podía -abrir la puerta sin levantarse del sofá. -Anastasia y el <i>dvornik</i> aparecieron en -el umbral. La criada contempló a Raskolnikoff -con extrañeza. Por su parte -el joven miró con audacia desesperada -al portero, que silenciosamente le alargó -un papel ceniciento plegado en dos -partes y sellado con cera basta.</p> - -<p>—Es una citación. Procede de la comisaría—dijo -el <i>dvornik</i>.</p> - -<p>—¿De qué comisaría?</p> - -<p>—¡De cuál ha de ser! De la de policía.</p> - -<p>—¿Se me llama ante la policía?... ¿Por -qué?</p> - -<p>—¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama -a usted, pues obedezca y punto en boca.</p> - -<p>El portero examinó atentamente al -inquilino, después miró en derredor suyo -y se dispuso a retirarse.</p> - -<p>—Parece que estás peor—observó Anastasia, -que no separaba los ojos de Raskolnikoff.</p> - -<p>El <i>dvornik</i> volvió la cabeza.</p> - -<p>—Desde ayer tiene fiebre—añadió la -criada.</p> - -<p>El joven no respondió, seguía con el -pliego en la mano sin abrirlo.</p> - -<p>—Quédate acostado—prosiguió la sirvienta -compadecida de él al ver que se -disponía a levantarse—. Estás enfermo, -no vayas. No es cosa urgente. ¿Qué tienes -en las manos?</p> - -<p>El joven miró: tenía en la derecha las -tiras del pantalón, la bota, y el forro de -bolsillo. Se había dormido con aquellos -objetos. Más tarde, tratando de explicarse -el hecho, se acordó de que medio -despierto, en un acceso febril, apretó -fuertemente todo aquello contra su pecho -quedándose luego dormido sin aflojar -los dedos.</p> - -<p>—¡Ha tomado esos andrajos y se duerme -con ellos como si fueran un tesoro!...</p> - -<p>Al decir estas palabras, Anastasia se -retorcía con la risa nerviosa que le era -habitual.</p> - -<p>Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo -su abrigo todo lo que tenía en las manos -y fijó una penetrante mirada en la -criada. Aunque no se encontraba en estado -de reflexionar, comprendía que no -se busca así a un hombre cuando se -intenta prenderle. «¿Pero la policía?»</p> - -<p>—¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo -traiga? Queda algo...</p> - -<p>—No, voy allá, voy en seguida—balbuceó.</p> - -<p>—¿Pero podrás bajar la escalera?</p> - -<p>—Quiero ir.</p> - -<p>—Allá tú.</p> - -<p>Anastasia salió detrás del <i>dvornik</i>. -Raskolnikoff se puso en seguida a examinar -a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, -pero no son muy visibles; el barro -y el roce han hecho desaparecer el color. -El que no sospeche no advertirá nada; por -consiguiente, Anastasia, desde el sitio -donde estaba, no ha podido notar nada, -¡gracias a Dios!»</p> - -<p>Después, con mano temblorosa, abrió -el pliego y comenzó a leer; pero tuvo que -leerlo varias veces antes de darse cuenta -del contenido. Era una citación redactada -en la forma ordinaria. El comisario -de policía del distrito invitaba a Raskolnikoff -a presentarse en su oficina a -las nueve y media de aquel mismo día.</p> - -<p>—¿Para qué se me cita? Yo no tengo -que ver nada con la policía... ¡Y hoy precisamente!—se -dijo, presa de la más -viva ansiedad—. ¡Señor, haced que esto -acabe lo más pronto posible!</p> - -<p>En el momento en que iba a arrodillarse -para rezar, se echó a reír, no de la oración, -sino de sí mismo, y empezó a vestirse -rápidamente.</p> - -<p>—Voy yo mismo a meterme en la bo<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>ca -del lobo... Pues bien, tanto peor, me -es igual... me pondré esta bota... La verdad -es que, gracias al polvo de la calle, -se advertirán menos las manchas.</p> - -<p>Pero apenas se la hubo calzado se la -quitó de repente con temor y disgusto. -Después reflexionó que no tenía otra y se -la volvió a poner riéndose otra vez.</p> - -<p>—Todo esto es circunstancial, todo relativo; -lo único que puede haber son conjeturas, -suposiciones y nada más.</p> - -<p>Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, -no le impedía temblar.</p> - -<p>—¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado -por hacerlo.</p> - -<p>Al abatimiento siga la hilaridad.</p> - -<p>—No, esto es superior a mis fuerzas... -las piernas se me doblan... ¡Esto es miedo!</p> - -<p>Le dolía la cabeza a causa del calor.</p> - -<p>—Es un lazo que se me tiende, lo sé. -Se valen de la astucia para atraerme, y -cuando esté allí descubrirán de repente -sus baterías—continuaba diciéndose al -tiempo que se aproximaba a la escalera—. -Lo peor es que estoy como loco y puedo -cometer alguna tontería.</p> - -<p>Ya en la escalera pensó que los objetos -robados en casa de la usurera estaban -mal ocultos en el sitio que los había -puesto.</p> - -<p>—Quizá me llamen con objeto de hacer -un registro durante mi ausencia.</p> - -<p>Pero tan desesperado estaba, aceptaba -su perdición, por decir así, con tal cinismo, -que esta preocupación le detuvo -apenas un minuto.</p> - -<p>—¡Con tal de que se acabe pronto!</p> - -<p>Al llegar a la esquina de la calle que -había doblado la víspera, dirigió furtivamente -una mirada inquieta a <i>la casa</i>; -pero al punto volvió la vista.</p> - -<p>—Si me interrogan quizá confiese—pensaba -al aproximarse a la oficina.</p> - -<p>Desde poco tiempo antes, estaba instalada -la comisaría en el cuarto piso de -una casa situada a corta distancia de la -de Raskolnikoff. Antes de que la policía -se hubiese trasladado a este nuevo local, -el joven había sido llamado por ella; pero -entonces se trataba de una cosa sin importancia, -y de esto había transcurrido -ya mucho tiempo. Al entrar en el patio -vió a un <i>mujick</i> con un libro en la mano, -que bajaba una escalera situada a la -derecha.</p> - -<p>—Debe de ser un <i>dvornik</i>; por consiguiente, -es aquí donde se encuentra la -oficina.</p> - -<p>Subió al azar; no quería preguntar a -nadie.</p> - -<p>—Entraré, me pondré de rodillas y lo -confesaré todo—pensaba mientras subía -al cuarto piso.</p> - -<p>La escalera era estrecha, empinada y -rezumaba por todas partes agua sucia. -En los cuatro pisos las cocinas de todos -los cuartos daban a la escalera y estaban -abiertas de par en par casi todo el día, -lo cual hacía que el calor fuera sofocante. -Subían y bajaban los <i>dvorniks</i> con sus -cuadernos debajo del brazo, varios agentes -de policía e individuos de uno u otro -sexo, que sin duda tenían asuntos en la -oficina. La puerta de la comisaría estaba -también abierta de par en par.</p> - -<p>Raskolnikoff entró y se detuvo en la -antesala donde esperaban algunos <i>mujicks</i>. -Allí, como en la escalera, el calor -era asfixiante. Además, el local, recientemente -pintado, exhalaba un olor a -aceite de linaza que daba náuseas. Después -de una corta espera decidióse a entrar -en el departamento contiguo, compuesto -de una serie de habitaciones pequeñas -y bajas. El joven estaba cada -vez más impaciente por saber a qué atenerse. -Nadie hacía caso de él. En la segunda -habitación trabajaban varios escribientes, -vestidos poco más o menos -como él estaba. Todos tenían extraño -aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de -ellos.</p> - -<p>—¿Qué se le ofrece?</p> - -<p>El joven mostró la citación enviada -por la comisaría.</p> - -<p>—¿Es usted estudiante?—preguntó el -escribiente después de haber ojeado el -papel.</p> - -<p>—Sí, antiguo estudiante.</p> - -<p>El empleado examinó a su interlocutor -sin ninguna curiosidad. Era un hombre -de cabellos rizados que parecía dominado -por una idea fija.</p> - -<p>—De éste nada he de saber, porque -todo le es igual—pensó Raskolnikoff.</p> - -<p>—Diríjase usted al jefe de la Cancille<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>ría—añadió -el escribiente señalando con -la mano la última dependencia.</p> - -<p>Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, -el cuarto, era estrecho y estaba -lleno de gente que vestía algo mejor que -las otras personas que acababa de ver. -Entre ellas había dos señoras. Una, vestida -de luto, denotaba pobreza. Sentada -delante del jefe de la Cancillería escribía -lo que este funcionario le dictaba.</p> - -<p>La otra señora tenía formas exuberantes, -la cara roja, un tocado elegante y -llevaba en el pecho un broche de dimensiones -extraordinarias. Permanecía en -pie, un poco separada, en actitud expectante.</p> - -<p>Raskolnikoff entregó el papel al jefe -de la Cancillería, el cual echó sobre él una -rápida ojeada y dijo:</p> - -<p>—Espere usted un poco—y siguió dictando -a la señora de luto.</p> - -<p>El joven respiró con más libertad.</p> - -<p>—Indudablemente no se me llama para -<i>aquello</i>. Poco a poco recobraba valor; -por lo menos hacía todo lo posible -para recobrarlo.</p> - -<p>—La menor tontería, la más pequeña -imprudencia, puede perderme... es -un mal que no haya aire aquí—añadió—; -se ahoga uno y mi razón vacila...</p> - -<p>Sentía un malestar indefinible en todo -su ser, y temía que le faltara la serenidad -en presencia de aquel funcionario. -Trataba de buscar algún objeto en que -fijar su atención, pero no podía conseguirlo. -Toda su atención estaba concentrada -en el jefe de la Cancillería; hacía esfuerzos -para descifrar la fisonomía de este -empleado. Era un joven de veintidós -años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba -más edad; vestía con la elegancia -peculiar del lechuguino y llevaba -el pelo partido con una raya artísticamente -hecha. Ostentaba en las manos, -muy cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba -por el chaleco una cadena de -oro. Dijo a un extranjero que se encontraba -allí dos palabrejas en francés y se -quedó tan satisfecho.</p> - -<p>—Tome usted asiento, Luisa Ivanovna—dijo -a la señora lujosa, que permanecía -en pie, sin atreverse a sentarse, aunque -tenía una silla al lado.</p> - -<p>—<i>Itch danke</i>—respondió la señora sentándose -y ahuecando con un ligero roce -sus faldas impregnadas de perfume.</p> - -<p>Desplegado en derredor de la silla su -traje de seda azul claro, guarnecido de -encajes blancos, ocupaba más de la mitad -del despacho; pero a la señora parecía -que le daba vergüenza oler tan bien -y ocupar tanto sitio. Sonreía de una manera -a la vez temblorosa y descarada; sin embargo, -era visible su inquietud. Una vez -terminado su asunto, la señora de luto -se levantó. En aquel momento entró haciendo -ruido un oficial de modales muy -desenvueltos, que puso sobre la mesa -su gorra galoneada y se sentó en una butaca.</p> - -<p>Al verle, la señora lujosamente vestida -se levantó con prontitud e inclinóse -con mucho respeto ante el oficial, pero -éste no hizo el menor caso de ella y la mujer -no se atrevió a volver a sentarse.</p> - -<p>Era este personaje el ayudante del comisario -de policía; tenía largos bigotes -rojizos y retorcidos y facciones extremadamente -finas, pero no expresivas y que -denotaban cierta impudencia. Miró a -Raskolnikoff de reojo y con algo de indignación; -porque aunque era muy modesto -el aspecto de nuestro héroe, su -actitud contrastaba con la pobreza de su -traje. Olvidando toda prudencia, el joven -sostuvo tan atrevidamente la mirada -del oficial, que éste se ofendió.</p> - -<p>—¿Qué se te ofrece?—dijo, asombrado, -sin duda, al ver que semejante desharrapado -no bajaba los ojos ante su centelleante -mirada.</p> - -<p>—Se me ha hecho venir... He sido citado—balbució -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Es el estudiante a quien se le reclama -el pago de una deuda—se apresuró a -decir el jefe de la Cancillería, dejando -por un momento sus papelotes—. Entérese -usted—y presentó un cuaderno a -Raskolnikoff señalándole una parte de -lo escrito—. Lea usted.</p> - -<p>—¿Dinero? ¿Qué dinero?—pensó el -joven sorprendido y alegre al mismo -tiempo—. ¿De modo que no es por aquello -por lo que me han hecho venir aquí?</p> - -<p>Experimentaba un alivio inmenso, -inexpresable...</p> - -<p>—¿A qué hora, señor mío, se le ha -mandado a usted venir?—le preguntó el<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span> -ayudante, cuyo mal humor iba en aumento—. -Se le cita a usted a las nueve -y son más de las once.</p> - -<p>—Me han entregado ese papel hace -un cuarto de hora—replicó vivamente -Raskolnikoff, invadido también de repentina -cólera, a la cual se abandonaba -con placer—; estoy enfermo, tengo fiebre, -y sin embargo, aquí me tienen ustedes.</p> - -<p>—¡No grite usted!</p> - -<p>—No grito, hablo con naturalidad; -usted es quien levanta la voz. Soy estudiante -y no permito que se me hable -de este modo.</p> - -<p>Esta respuesta irritó de tal manera al -oficial, que en el primer momento no -pudo articular ni una sola frase, dejando -en cambio escapar de sus labios sonidos -inarticulados. De repente dió un salto -en su asiento y dijo:</p> - -<p>—¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala -de audiencia! ¡no sea usted insolente!</p> - -<p>—También lo está usted—replicó Raskolnikoff -con violencia—, y no contento -con gritar, está usted fumando; por consiguiente, -nos falta usted a todos al respeto.</p> - -<p>Pronunció estas palabras con indecible -satisfacción.</p> - -<p>El jefe de la Cancillería miraba sonriendo -a los dos interlocutores. El fogoso -ayudante se quedó con la boca abierta.</p> - -<p>—Eso no le importa a usted—respondió -levantando aún más la voz a fin de -ocultar su cortedad—; preste la declaración -que se le pide. Dígaselo usted, Alejandro -Grigorievitch. Hay queja contra -usted, porque no paga sus deudas. ¡He -aquí un viejo zorro!</p> - -<p>Raskolnikoff no le escuchaba; había -tomado vivamente el papel, impaciente -para descubrir la clave de este enigma. -Lo leyó, una, dos veces, sin comprender -nada.</p> - -<p>—¿Qué es esto?—preguntó al jefe de -la Cancillería.</p> - -<p>—Es un documento en que se le reclama -el pago de una deuda: tiene usted -que saldarlo con todas las costas, o declarar -por escrito en qué fecha podrá usted -pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que -se comprometa usted a no abandonar la -capital y a no vender ni ocultar lo que -usted posea, hasta que haya liquidado -su deuda. En cuanto al acreedor, es libre -de vender los bienes de usted y tratarle -según el rigor de las leyes.</p> - -<p>—¡Si no debo nada a nadie!</p> - -<p>—Eso no es cuenta nuestra. Se nos -presenta una letra de cambio, protestada, -de ciento quince rublos, que usted -firmó hace nueve meses a la señora Zarnitzin, -viuda de un asesor de colegio, letra -que la viuda Zarnitzin ha traspasado -al consejero Tchebaroff, y hemos llamado -a usted para tomarle declaración.</p> - -<p>—Pero desde el momento que se trata -de mi patrona...</p> - -<p>—¿Qué importa que sea la patrona de -usted?</p> - -<p>El jefe de la Cancillería contemplaba -con cierta sonrisa de indulgente piedad, -y al mismo tiempo de triunfo, a -aquel novato que iba a aprender a sus -expensas el procedimiento que suele emplearse -con los deudores. ¿Pero qué le -importa ahora a Raskolnikoff la letra de -cambio? La reclamación de su patrona -le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la -pena de inquietarse ni de fijar siquiera -la atención en semejantes futesas? Estaba -allí leyendo, escuchando, respondiendo -algunas veces, pero todo ello lo hacía -maquinalmente. La felicidad de sentirse -a salvo, la satisfacción de haber escapado -a un peligro inminente, llenaba en -aquel momento todo su ser.</p> - -<p>En aquel instante habíanse desvanecido -todas sus preocupaciones y cuidados; -fué para Raskolnikoff un momento -de alegría absoluta, inmediata, puramente -instintiva.</p> - -<p>De improviso estalló una tempestad en -el despacho de la comisaría. El ayudante, -que no había podido digerir aún la afrenta -hecha a su prestigio y a su amor propio, -buscaba evidentemente el desquite; -así es que se puso a apostrofar rudamente -a la lujosa señora que, desde la entrada -del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo -con estúpida sonrisa.</p> - -<p>—Y di tú, bribona—gritó el ayudante -(la señora de luto se había retirado ya)—, -¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la -noche pasada? ¡Otra vez escandalizando -al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras! -¡Estás empeñada en dar con tus huesos<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span> -en la cárcel! Te he advertido ya diez veces, -y a la undécima va la vencida. ¡Eres -incorregible y se me agota la paciencia!</p> - -<p>El mismo Raskolnikoff dejó caer el -papel que tenía en las manos y miró -con asombro a la elegante señora que era -tratada con tan poca consideración. No -tardó, empero, en comprender de lo que -se trataba, y prestó atención a aquella -escena que le divertía hasta el punto que -tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos -para no soltar el trapo a reír.</p> - -<p>—Ilia Petrovitch—comenzó a decir el -jefe de la Cancillería; pero comprendiendo -en seguida que su intervención en -aquel momento sería inoportuna, se detuvo.</p> - -<p>Sabía por experiencia que cuando el -fogoso oficial se disparaba nada podía -contenerlo.</p> - -<p>En cuanto a la señora, la tempestad -que se había desencadenado sobre su cabeza -le hizo temblar en el primer momento; -pero, cosa extraña, a medida que aumentaban -los insultos a ella dirigidos, tomaba -una expresión más amable y ponía -más seducción en las sonrisas y en las -miradas en que envolvía al terrible ayudante. -Hacía continuas reverencias y esperaba -que se la dejase hablar.</p> - -<p>—En mi casa no hay escándalos ni -riñas, ni borracheras, señor capitán—se -apresuró a decir en cuanto le permitieron -meter baza (se expresaba en ruso -pero con marcado acento alemán)—. No, -señor, no hubo ningún escándalo. Aquel -hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres -botellas y en seguida se puso a tocar el -piano con los pies, cosa que, como usted -comprende, no se había de permitir en -una casa como la mía. No contento con -esto, rompió las cuerdas. Le hice observar -que no era aquel el modo conveniente -de conducirse; pero él, sin hacer caso, -tomó una botella y comenzó a pegar a -todos. Llamé a Carlos, el <i>dvornick</i>, y pegó -a Carlos una bofetada; lo mismo hizo -con Enriqueta, y tampoco yo escapé a sus -bofetones. Es innoble portarse de esa manera -en una casa respetable, señor capitán. -Pido socorro, y el hombre se acerca -a la ventana que da al canal y se pone a -gritar como un loco. ¿No es eso vergonzoso? -¿Le parece a usted que está bien -asomarse a la ventana y ponerse a imitar -el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él -por detrás para quitarle de la ventana, -y a fuerza de tirar, es verdad, le desgarró -el gabán, y ahora reclama quince rublos -en indemnización del daño causado a su -ropa. Le entregué de mi propio bolsillo -cinco rublos, señor capitán. Ese visitante -mal educado, señor capitán, es el que -ha armado todo el escándalo.</p> - -<p>—¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo -a repetir...</p> - -<p>—¡Ilia Petrovitch!—volvió a decir en -tono significativo el jefe de la Cancillería.</p> - -<p>El oficial echó sobre él una rápida mirada -y le vió mover ligeramente la cabeza.</p> - -<p>—Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha -mi última palabra, respetable -Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve -a armarse otro escándalo en tu respetable -casa, te meto en chirona, como se dice -en estilo elevado. ¿Me entiendes? -Ahora, lárgate cuanto antes, y no olvides -que te tengo echada la vista. ¡Mucho -ojo!</p> - -<p>Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna -saludó a un lado y otro; pero en -tanto que se dirigía a la puerta andando -hacia atrás haciendo reverencias, dió -un golpe con la espalda a un apuesto -oficial de rostro fresco y abierto y de magníficas -patillas rubias muy espesas y -bien cuidadas. Era el comisario de policía -Nikodim Fomitch en persona. Luisa -Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta -el suelo y salió del despacho dando saltitos.</p> - -<p>—¡Siempre el trueno, la tempestad, el -rayo, los relámpagos, la tromba, el huracán!—dijo, -en tono amistoso, el recién -llegado, dirigiéndose a su ayudante—. -Se te ha alborotado la bilis y, como de -costumbre, te has disparado. Te he oído -desde la escalera.</p> - -<p>—¿Y quién no se sulfura con lo que -pasa?—repuso negligentemente Ilia Petrovitch, -trasladándose con sus papeles -a otra mesa—. Ese caballerito, ese estudiante, -o, mejor dicho, ex estudiante, -que no paga sus deudas, que firma letras -de cambio y rehusa dejar su habitación, -es citado ante el comisario y se<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span> -escandaliza porque enciendo un cigarro -en su presencia. Antes de advertir que -se le falta al respeto, debería respetarse -más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. -A la vista está. ¿Le parece a usted -que su aspecto puede inspirar consideración -alguna?</p> - -<p>—Pobreza no es vicio, amigo mío—replicó -Nikodim Fomitch—. Sabemos -perfectamente que la pólvora se inflama -con facilidad. Sin duda le habrá chocado -a usted algo de su manera de ser y usted -tampoco ha podido contenerse—prosiguió, -volviéndose hacia Raskolnikoff—; -pero se ha equivocado usted: el señor -oficial es un hombre excelente, se lo aseguro; -tiene un carácter arrebatado, se -excita, se exalta, pero en cuanto se le -pasa el mal humor es un corazón de oro. -En el regimiento le llamábamos «el oficial -pólvora...»</p> - -<p>—¡Qué regimiento aquél!—exclamó Ilia -Fomitch lisonjeado por las delicadas adulaciones -de su superior, pero todavía -enfurruñado.</p> - -<p>Raskolnikoff quiso súbitamente decir -algo muy agradable para todos.</p> - -<p>—Perdóneme usted, capitán—comenzó -a decir en tono melifluo, dirigiéndose a -Nikodim Fomitch—. Póngase usted en -mi lugar. Estoy pronto a darle mis excusas -a este señor, si es que por mi parte -he cometido alguna falta. Soy un estudiante -enfermo, pobre, agobiado por la -miseria; he tenido que dejar la Universidad, -porque carezco de medios de subsistencia, -pero voy a recibir dinero... Mi madre -y mi hermana viven en la provincia -de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi patrona -es una buena mujer; pero como desde -hace cuatro meses no doy lecciones, no -le pago y se incomoda y hasta rehusa darme -de comer. La verdad es que no comprendo... -Ahora exige que yo le pague -esa letra de cambio; ¿pero cómo podré -hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.</p> - -<p>—Eso no es de mi incumbencia—observó -de nuevo el jefe de la Cancillería.</p> - -<p>—Es verdad; pero permítanme ustedes -que les explique—...replicó Raskolnikoff, -dirigiéndose siempre a Nikodim -Fomitch y no a su interruptor, procurando -atraer también la atención de Ilia -Petrovitch, aunque éste afectase desdeñosamente -no escucharle, como si estuviera -absorto en sus papeles—. Permítanme -ustedes que les diga que vivo en -casa de esa mujer desde que vine de mi -país, y que entonces... ¿por qué no he de -decirlo?... me comprometí a casarme con -su hija; hice mi promesa verbalmente... -Era una muchacha joven, me gustaba, -aunque no estuviese enamorado de ella... -En una palabra: soy joven, mi patrona -me abrió crédito... Hice una vida... Vamos, -he sido algo ligero.</p> - -<p>—No se le pide a usted que entre en -esos pormenores íntimos, que no tenemos -tiempo de escuchar—interrumpió groseramente -Ilia Petrovitch; pero Raskolnikoff -prosiguió con calor, aunque le costaba -mucho trabajo hablar.</p> - -<p>—Permítanme ustedes, sin embargo, -que les cuente cómo han pasado las cosas, -aunque comprenda que es completamente -inútil que lo refiera a ustedes. Hace -un año, la señorita de que he hablado, -murió del tifus; yo seguía a pupilo en casa -de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona -se trasladó a la casa en que hoy -vive, me dijo amistosamente que tenía -confianza en mí; pero que, sin embargo, -deseaba que le firmase un pagaré de ciento -quince rublos, cantidad en que calculaba -el importe de mi deuda. Me aseguró -que, una vez en posesión de ese documento, -continuaría concediéndome tanto -crédito como me fuese necesario, y que -jamás, jamás (tales fueron sus propias -palabras), sacaría a relucir ese documento. -¡Y ahora que he perdido mis lecciones, -ahora que no tengo un pedazo de pan que -llevarme a la boca, me exige el pago de -esa suma! ¿Qué les parece a ustedes?</p> - -<p>—Todos esos pormenores patéticos -no nos interesan—replicó con insolencia -Ilia Petrovitch—. Tiene usted que prestar -la declaración y firmar el compromiso -que se le pide. En cuanto a la historia -de sus amores y a todos esos trágicos lugares -comunes, nada tenemos que ver -con ellos.</p> - -<p>—¡Oh, qué cruel eres!—murmuró Nikodim -Fomitch, que se había sentado -delante de su escritorio y se ocupaba en -firmar papelotes. Parecía avergonzado.</p> - -<p>—Escriba usted—dijo a Raskolnikoff -el jefe de la Cancillería.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span></p> - -<p>—¿Qué es lo que tengo que escribir?—preguntó -el joven brutalmente.</p> - -<p>—Lo que yo le dicte.</p> - -<p>Raskolnikoff creyó advertir, que, después -de su confesión, el jefe de la Cancillería -le trataba con mayor desprecio; -pero, ¡cosa extraña! se sentía indiferente -a la opinión que podía tenerse de él, cambio -que se había apoderado en su espíritu -instantáneamente.</p> - -<p>Si hubiese podido reflexionar un poco, -habríase asombrado de que un minuto -antes hubiera podido hablar de aquel -modo con los funcionarios de policía y -aun obligarles a oír sus confidencias. -Ahora, por el contrario, si en lugar de -estar lleno de agentes el despacho se hubiese -ocupado de repente con sus más -queridos amigos, no habría encontrado -probablemente una sola palabra cortés -que decirles; de tal manera se había vaciado -su corazón.</p> - -<p>Experimentaba la dolorosa impresión -de un inmenso aislamiento; no era la confusión -de haber hecho a Ilia Petrovitch -testigo de sus expansiones, ni tampoco -era la insolencia del oficial lo que había -producido tal revolución en su alma. -¡Oh! ¿Qué le importaba su propia bajeza? -¿Qué le importaban las altanerías -de los oficiales, los pagarés, los despachos -de policía, etc., etc.? Si en aquel momento -lo hubiesen condenado a ser quemado -vivo, ni siquiera hubiese pestañeado. -Apenas habría oído su sentencia hasta -el fin.</p> - -<p>Se realizaba en él un fenómeno completamente -nuevo, sin precedentes hasta -entonces. Comprendía, o más bien, cosa -cien veces peor, sentía que en lo sucesivo -estaría separado para siempre de la -comunión humana, que toda expansión -sentimental como la que había tenido -un momento antes, más todavía, que toda -la conversación le estaba prohibida, -no sólo con los empleados de la comisaría, -sino hasta con los parientes más próximos. -Jamás había experimentado sensación -tan cruel.</p> - -<p>El jefe de la Cancillería comenzó a -dictarle la fórmula de la declaración acostumbrada -en tales casos: «No puedo pagar, -liquidaré mi deuda en tal fecha, no -saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo -que poseo, etc.»</p> - -<p>—No puede usted escribir, le tiembla -la mano—dijo el jefe de la Cancillería -mirando con curiosidad a Raskolnikoff—. -¿Está usted enfermo?</p> - -<p>—Sí; se me va la cabeza. Siga usted.</p> - -<p>—Ya está todo; firme usted.</p> - -<p>El jefe de la Cancillería tomó el papel -y se dirigió a otros visitantes.</p> - -<p>Raskolnikoff dejó la pluma, pero en -lugar de irse se puso de codos en la mesa -y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale -que le hincaban un clavo en el cerebro. -En aquel momento recordó los dos -asesinatos que había cometido y se le -ocurrió la extraña idea de acercarse a -Nikodim Fomitch, y contarle el crimen -hasta en sus ínfimos detalles y llevarle en -seguida a su casa y mostrarle los objetos -ocultos en el agujero de la tapicería. -De tal modo se apoderó esta idea de su -espíritu, que hasta llegó a levantarse para -ponerlo en práctica.</p> - -<p>—¿No sería mejor reflexionar un instante?—pensó—. -No, más vale dejarse -llevar de la inspiración, sacudir lo más -pronto posible esta carga.</p> - -<p>Pero, de repente, se quedó como clavado -en su sitio: entre Nikodim Fomitch -e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar -una conversación animada que llegaba -hasta los oídos de Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡No es posible! soltarán a los dos por -falta de pruebas. Si hubiesen cometido -ellos el delito, ¿habrían llamado al <i>dvornick</i> -para denunciarse a sí mismos? ¿Se -puede considerar esto como un ardid? No, -eso hubiera sido demasiada astucia. -Además, los dos <i>dvorniks</i> y una vecina -vieron al estudiante Pestriakoff cerca de -la puerta cochera en el momento en que -éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban -tres amigos que le dejaron en la puerta, -y éstos, antes de alejarse le oyeron -preguntar a los <i>dvorniks</i> dónde vivía la -vieja. ¿Hubiera hecho tal pregunta de -haber ido con el propósito de cometer -un doble asesinato? Kosch, por su parte, -estuvo durante media hora en casa del -platero del piso bajo antes de subir a -casa de la pobre vieja Alena Ivanovna; -eran justamente las ocho menos cuarto<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span> -cuando subió a las habitaciones de las -víctimas. Además, se ha de tener en -cuenta...</p> - -<p>—Perdone usted; hay en sus declaraciones -algo que no se explica. Afirman que -llamaron y que la puerta estaba cerrada; -tres minutos después, cuando volvieron -con el <i>dvornik</i>, estaba abierta.</p> - -<p>—Ahí está el <i>busilis</i>; es indudable -que el asesino se encontraba en el cuarto -de la vieja cuando ellos llegaron; y que -había echado el cerrojo: de seguro que -no se habría escapado a no cometer Kosch -la simpleza de bajar en busca del <i>dvornik</i>. -Sin duda el asesino aprovechó ese -momento para deslizarse por la escalera -dejándolos con un palmo de narices. -Kosch no cesa de santiguarse diciendo: -«¡Si llego a quedarme allí, de fijo sale de -repente el criminal y me mata de un hachazo!» -Quiere mandar que canten un <i>Te -Deum</i>. ¡Je, je, je!</p> - -<p>—¿Y nadie vió al asesino?</p> - -<p>—¿Cómo habían de verle si aquella -casa es el arca de Noé?—dijo el jefe de la -Cancillería, que escuchaba desde su puesto -la conversación.</p> - -<p>—La cosa es clara, la cosa es clara—repitió -vivamente Nikodim Fomitch.</p> - -<p>—Antes digo yo que es muy obscura—repitió -Ilia Petrovitch.</p> - -<p>Raskolnikoff tomó su sombrero y se -dirigió a la puerta; pero al llegar a ella -cayó desvanecido. Cuando recobró el -sentido, estaba sentado en una silla. Uno -le sostenía por la derecha; otro, por la -izquierda, le ofrecía un vaso amarillo, -lleno de un licor también amarillo. Nikodim -Fomitch, en pie, delante del joven, -le miraba atentamente. Raskolnikoff -se levantó.</p> - -<p>—¿Está usted enfermo?—le preguntó -con tono bastante seco el comisario de -policía.</p> - -<p>—Hace poco, cuando extendió su declaración, -apenas podía sostener la pluma—dijo -el jefe de la Cancillería volviendo -a sentarse delante de su escritorio -y poniéndose de nuevo a examinar sus -papelotes.</p> - -<p>—¿Hace mucho tiempo que está usted -malo?—dijo desde su sitio Ilia Petrovitch.</p> - -<p>—Desde ayer—balbució el joven.</p> - -<p>—¿Ayer salió usted de casa?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿A qué hora?</p> - -<p>—Entre siete y ocho de la tarde.</p> - -<p>—¿Y a dónde fué usted?</p> - -<p>—A la calle.</p> - -<p>Breve y compendioso, pálido como la -cera, Raskolnikoff dió nerviosamente las -anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados -ojos ante la mirada del oficial.</p> - -<p>—Puede apenas tenerse en pie, y tú...—empezó -a decir Nikodim Fomitch.</p> - -<p>—No importa—respondió enigmáticamente -Ilia Petrovitch.</p> - -<p>El comisario de policía quiso replicar -algo; pero al dirigir los ojos al jefe de la -Cancillería, encontró la mirada del funcionario -fija en él y guardó silencio.</p> - -<p>—Está bien—dijo Ilia Petrovitch—; -puede usted retirarse.</p> - -<p>Raskolnikoff salió, pero aun no estaba -en la sala inmediata cuando ya habían -reanudado su conversación los dos funcionarios -de policía con mayor animación -y viveza. Por encima de todas las otras -voces se elevaba la de Nikodim Fomitch -como preguntando...</p> - -<p>En la calle, el joven recobró todos sus -ánimos.</p> - -<p>—Sin duda van a hacer una indagatoria, -una indagatoria sin pérdida de tiempo—repetía, -dirigiéndose a buen paso -hacia su casa—. ¡Los bribones! ¡Sospechan!</p> - -<p>Volvió a asaltarle el terror.</p> - - -<div class="chapter"><h3>II.</h3></div> - -<p>—¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? -¿Si al entrar los encontrase -en mi casa? He aquí mi habitación. -Todo está en orden, nadie ha venido. -Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, -Señor, ¿cómo he podido dejar todos aquellos -objetos en semejante escondite?</p> - -<p>Corrió al rincón, e introduciendo la -mano bajo la tapicería, sacó las alhajas, -que en junto eran ocho.</p> - -<p>Dos estuches contenían pendientes o -algo parecido, no sabía qué; había además -cuatro estuches pequeños de piel. -Envuelta en un trozo de periódico una -cadena de reloj; en otro papel un objeto -que debía de ser una condecoración.<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span> -Raskolnikoff se metió todo aquello -en los bolsillos procurando que no hiciese -mucho bulto; tomó también la bolsa -y salió, dejando la puerta abierta de par -en par.</p> - -<p>Andaba con paso rápido y firme, y -aunque se sentía quebrantado, no le faltó -la serenidad. Temía que se le persiguiese, -y que antes de media hora, de -quince minutos quizá, se abriese un sumario -contra él; por consiguiente era preciso -que desaparecieran en seguida las -piezas de convicción. Debía despachar -cuanto antes, aprovechando la poca fuerza -y sangre fría que le quedaba... ¿Pero a -dónde ir?</p> - -<p>Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo -hacía. «Lo tiraré todo al canal, y con -ello irá también mi secreto al agua.» -Así lo había decidido la noche precedente -en los momentos de delirio, durante -los cuales muchas veces sintió impulsos -de levantarse y de ir a arrojarlo todo en -seguida. Mas no era de fácil ejecución -este proyecto.</p> - -<p>Durante media hora, o acaso más, anduvo -vagando a lo largo del canal Catalina, -examinando, a medida que llegaba a -ellas, las diversas escaleras que terminaban -al borde del agua. Desgraciadamente, -siempre se oponía algún obstáculo a -la realización de su proyecto; aquí un -barco de lavanderas, allí lanchas amarradas -a la orilla. Por otra parte, el muelle -estaba lleno de paseantes, que no hubieran -podido menos de notar un hecho tan -insólito; no era posible, sin infundir sospechas, -descender expresamente hasta el -nivel de la corriente para arrojar un objeto -al canal. ¿Y si, como era de suponer, -los estuches sobrenadaban en vez de desaparecer -bajo el agua? Cualquiera de los -paseantes los vería. Aun sin que esto -ocurriese, Raskolnikoff creía que era objeto -de la atención general; le parecía -que todo el mundo se ocupaba en él.</p> - -<p>Por último, el joven pensó que quizá -sería lo mejor tirar todos aquellos objetos -al Neva: en sus orillas era menos numerosa -la concurrencia, menor el peligro -de llamar la atención, y, consideración -importante, estaría más lejos de su barrio.</p> - -<p>—¿En qué consiste—se preguntó, con -asombro Raskolnikoff—, que desde hace -media hora vago ansiosamente por lugares -peligrosos para mí? Estas objeciones -que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas -antes? Si he perdido media hora en un -proyecto tan sensato, es sin duda porque -tomé mi resolución en un momento de -delirio.</p> - -<p>Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. -Decididamente era preciso apresurarse.</p> - -<p>Se dirigió al Neva por la perspectiva -de V***; pero, conforme iba andando, -se le ocurrió otra idea.</p> - -<p>—¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar -estos objetos al agua? ¿No sería mejor -ir a cualquier parte, muy lejos, a una -isla, por ejemplo? Buscaría un paraje solitario, -un bosque, y enterraría las joyas -al pie de un árbol, teniendo cuidado de -señalarlo bien, a fin de poder reconocerlo -más tarde.</p> - -<p>Aunque comprendía que no se encontraba -en estado de tomar una determinación -juiciosa, le pareció práctica su -última idea, y resolvió llevarla a cabo.</p> - -<p>Pero la casualidad lo dispuso de otro -modo. Al desembocar, por la perspectiva -V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió -a la izquierda la entrada de un corral -rodeado por todas partes de altas -paredes y cuyo suelo estaba cubierto de -polvo negro. En el fondo había un cobertizo -que pertenecía, sin duda, a un taller -cualquiera.</p> - -<p>No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff -franqueó el umbral, y después de -haber mirado atentamente en derredor -suyo, pensó que ningún otro lugar ofrecería -más facilidades para la realización -de su plan. Precisamente, al pie del -muro, o más bien de la valla de madera -que lindaba con la calle, había adosada -una piedra enorme, sin labrar, que lo -menos pesaría sesenta libras.</p> - -<p>Del otro lado de la cerca estaba la -acera y el joven oía las voces de los transeuntes, -siempre bastante numerosos en -este sitio; pero desde fuera nadie podía -verle; para ello hubiera sido necesario -penetrar en el corral, cosa que, a la verdad, -nada tenía de imposible. Por consiguiente, -le convenía apresurarse.</p> - -<p>Se inclinó sobre la piedra; la aferró<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span> -con ambas manos por arriba, y, reuniendo -todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. -El suelo ocupado por el sillar estaba algo -hundido; echó en el agujero todo lo que -llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa -encima de las alhajas; sin embargo, el -agujero no quedó completamente lleno. -En seguida levantó la piedra y consiguió -colocarla en el mismo sitio en que estaba -antes; lo más que podía advertirse, fijándose -mucho, era que estaba un poco removida; -pero apisonó con el pie la tierra -alrededor de los bordes y nada podía -notarse.</p> - -<p>Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como -poco antes en el despacho de policía, se -apoderó de él por un momento una alegría -intensa, casi imposible de soportar.</p> - -<p>—Las piezas de convicción están enterradas. -¿A quién se le podría ocurrir la -idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? -Está, sin duda, ahí desde que se -construyó la casa inmediata y Dios sabe -cuándo la quitarán. Y aun cuando alguien -las encontrase, ¿quién podría sospechar -que soy yo el que las ha ocultado? -¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!</p> - -<p>Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde -que había atravesado la plaza riendo -con risa nerviosa, muda y prolongada. -Pero cuando llegó a la avenida de K*** -su hilaridad cesó súbitamente.</p> - -<p>Todos sus pensamientos giraban alrededor -de otro principal, de cuya importancia -se daba él exacta cuenta. Comprendía -que por la primera vez, después de -dos meses, se encontraba en presencia -de esta cuestión.</p> - -<p>—¡Vaya al diablo todo ello!—se dijo -en un repentino acceso de cólera—. ¡Ea, -el baile ha comenzado y es preciso danzar! -¡Malhaya sea la nueva vida! ¡Qué tonto -es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido -y cuántas bajezas he tenido que cometer -hoy! ¡Cuántas vergonzosas tonterías -para captarme poco ha la benevolencia -de ese estúpido Ilia Petrovitch! -¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos -ellos y de mis simplezas! ¡No se trata -de esto! ¡No, en modo alguno!</p> - -<p>Se detuvo de repente, despistado, absorbido -por una nueva cuestión hasta -entonces inesperada y excesivamente -simple.</p> - -<p>—Si realmente has obrado en este -asunto como hombre inteligente y no -como un imbécil; si tenías trazado un -fin y lo has perseguido derechamente, -¿cómo se explica que no hayas mirado -siquiera lo que contenía la bolsa? ¿Cómo -ignoras todavía lo que te ha aprovechado -un acto, por el cual no has temido arrostrar -peligros e infamias? ¿No querías, -hace un momento, arrojar al agua esas -alhajas y esa bolsa, a las cuales apenas -si has echado una ojeada? ¿Qué significa -esto?</p> - -<p>Al llegar al muelle del pequeño Neva, -en la plaza de Basilio Ostroff, se detuvo -cerca del puente.</p> - -<p>—¿Qué es esto? No parece sino que las -piernas me han conducido por sí mismas -al alojamiento de Razumikin. ¡La misma -historia que el otro día! ¡Es curioso!... -Marchaba sin objeto, y el azar me conduce -aquí. No importa. ¿No decía yo -anteayer que iría a verle al día siguiente -del golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No -podré hacer ahora yo ni una visita?</p> - -<p>Y subió al quinto piso en que vivía -su amigo.</p> - -<p>Estaba éste en una habitación muy reducida -y se disponía a escribir; él mismo -abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían -visto desde hacía cuatro meses. -Envuelto en una bata toda desgarrada -y mugrienta, en zapatillas y sin calcetines, -con los cabellos enmarañados, Razumikin -estaba sin afeitar y sin lavar. -En su rostro se pintó el más vivo estupor.</p> - -<p>—¡Caramba! ¿Tú por aquí?—exclamó, -mirándole de pies a cabeza, e interrumpiéndose -empezó a silbar—. ¿Es posible -que tan mal vayan los negocios? La -verdad es que aventajas en elegancia -a este servidor—continuó después de -haber echado una ojeada sobre los harapos -de su compañero—. Vamos, siéntate, -pues observo que estás cansado.</p> - -<p>Cuando Raskolnikoff se hubo dejado -caer en un diván más estropeado que el -suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza -de su amigo.</p> - -<p>—¿Sabes que estás enfermo de verdad?</p> - -<p>Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff -apartó vivamente la mano.</p> - -<p>—Es inútil—dijo—. He venido porque... -no tengo lecciones... y quisiera...<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span> -¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?</p> - -<p>—¿Sabes una cosa? Que estás disparatando—observó -Razumikin mirando -atentamente a su amigo.</p> - -<p>—No, no disparato—repuso levantándose -Raskolnikoff.</p> - -<p>Cuando subía a casa de Razumikin -no había pensado en que iba a encontrarse -frente a frente con su compañero. Una -entrevista, con quienquiera que fuese, le -repugnaba, y rebosando de hiel, estaba -a punto de estallar de cólera contra sí -mismo desde que hubo franqueado el -umbral de Razumikin.</p> - -<p>—¡Adiós!—dijo bruscamente, y se dirigió -hacia la puerta.</p> - -<p>—¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado -que eres raro!</p> - -<p>—Es inútil—replicó el otro, retirando -la mano que su amigo le había tomado.</p> - -<p>—Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has -perdido la cabeza? Esto es casi una ofensa -y no te dejaré marchar.</p> - -<p>—Pues bien, escucha. He venido a tu -casa porque no conozco a nadie más que -a ti que pueda ayudarme a comenzar... -Pero ahora veo que no me hace falta nada, -¿entiendes?, absolutamente nada... -No tengo necesidad de los servicios ni de -las simpatías de nadie; me basto a mí -mismo. ¡Que me dejen en paz es lo que -deseo!</p> - -<p>—¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás -que escucharme mal que te pese. Tampoco -yo tengo lecciones, ni las quiero; pero -en cambio he descubierto un editor, -Kheruvimoff, que, en su género, es toda -una lección. No lo cambiaría por cinco -lecciones en casas de comerciantes. Publica -libritos sobre ciencias naturales, -que se pelea la gente por comprarlos. El -toque está en encontrar los títulos. Tú -solías decir que yo era tonto; pues ahí -tienes, hay quien es más tonto que yo. -Mi editor, que no conoce siquiera el silabario, -se ha puesto al tono del día. Por -supuesto que yo le animo... Aquí tienes -estas dos hojas y media de una revista -alemana; me parecen de la charlatanería -más necia que puedas imaginarte. El autor -estudia la cuestión de averiguar si la -mujer es un hombre, y claro está, se decide -por la afirmación y la demuestra de -una manera incontestable. Estoy traduciendo -este folleto para Kheruvimoff, -que lo juzga de actualidad ahora que tan -en boga está la cuestión feminista. Publicaremos -seis hojas con las dos hojas y -media del original alemán, le pondremos -un título rimbombante que ocupará media -página, y lo venderemos a cincuenta -kopeks. ¡Será un éxito! La traducción se -me paga a razón de seis rublos por hoja, -lo que hace un total de quince rublos; -he cobrado seis por adelantado. Vamos -a ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? -Si quieres, toma el original, pluma y -papel, todo ello corre de cuenta del Estado, -y permíteme que te ofrezca tres rublos. -Como yo he recibido seis, por la primera -y segunda hoja, te corresponden tres, -y cobrarás otros tantos cuando hayas terminado -la traducción. No me lo agradezcas. -En cuanto te he visto he pensado en -utilizarte. En primer lugar, yo no estoy -muy fuerte en ortografía y además conozco -muy superficialmente el alemán; -de modo que a menudo todo lo que escribo -es de mi cosecha. Me consuelo con -la idea de que de ese modo añado bellezas -al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me hago -ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?</p> - -<p>Raskolnikoff tomó en silencio las hojas -del folleto alemán y los tres rublos y -salió sin decir palabra. Razumikin le siguió -con una mirada de asombro; pero -apenas Raskolnikoff hubo llegado a la -primera esquina, volvió sobre sus pasos, -subió a casa de su amigo, depositó en la -mesa las páginas del folleto y los tres rublos -y salió de nuevo sin despegar los -labios.</p> - -<p>—¡Tú estás loco!—vociferó Razumikin, -ya colérico—. ¿Qué comedia estás representando? -¡Me haces salir de mis casillas! -¿A qué demonios has venido?</p> - -<p>—No tengo necesidad de traducciones—murmuró -Raskolnikoff empezando -ya a bajar la escalera.</p> - -<p>—Entonces, ¿de qué tienes necesidad?—le -gritó Razumikin desde el rellano de -su puerta.</p> - -<p>El otro, callado, siguió bajando.</p> - -<p>—Dime siquiera dónde vives.</p> - -<p>Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.</p> - -<p>—¡Ea! ¡vete a freír espárragos!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span></p> - -<p>Raskolnikoff estaba ya en la calle.</p> - -<p>El joven llegó a su casa al anochecer, -sin que pudiera recordar por dónde había -ido. Temblando como un caballo fatigado -se desnudó, se echó en el diván -y después de haberse cubierto con el -sobretodo se quedó dormido...</p> - -<p>Era ya completa la obscuridad cuando -le despertó un estrépito horrible. ¡Qué -escena tan espantosa debía desarrollarse -cerca de él! Eran gritos, gemidos, rechinar -de dientes, lágrimas, golpes, injurias -como nunca había oído. Asustado, -se sentó en el lecho; su terror crecía por -momentos, porque a cada instante el -ruido de los porrazos, las quejas, los insultos, -llegaban más distintamente a sus -oídos. Con extraordinaria sorpresa reconoció -la voz de su patrona.</p> - -<p>La pobre mujer gemía, suplicaba con -tono doliente. ¡Imposible comprender -lo que decía, pero sin duda suplicaba que -no le pegasen más! La estaban maltratando -implacablemente en la escalera. -El hombre brutal que le pegaba gritaba -de tal modo, con voz sibilante entrecortada -por la cólera, que sus palabras eran -ininteligibles. De repente, Raskolnikoff -empezó a temblar como la hoja en el -árbol; acababa de reconocer aquella voz; -era la de Ilia Petrovitch.</p> - -<p>—¡Ilia Petrovitch ha venido y está -pegando a la patrona! ¡Le da puntapiés -y coscorrones contra los peldaños de la -escalera! Es seguro, no me engaño; el -ruido de los golpes, los gritos de la víctima -lo indican bien a las claras, dicen -lo que está pasando; pero, ¿por qué? El -mundo está revuelto.</p> - -<p>De todos los pisos acudían a la escalera; -se oían voces y exclamaciones. La -gente subía, las puertas se abrían violentamente -o se cerraban con estrépito.</p> - -<p>—Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?—decía -creyendo seriamente que la locura -tomaba posesión de su cerebro.</p> - -<p>Mas no, percibía distintamente aquellos -ruidos...</p> - -<p>—Si es así, van a venir a mi casa, porque -todo ello seguramente es por lo de -ayer... ¡Oh Señor!</p> - -<p>Intentó echar el picaporte, pero no -tuvo fuerzas para levantar el brazo; por -otra parte, comprendía que de nada le -serviría cerrar la puerta; el terror le helaba -el alma...</p> - -<p>Al cabo de diez minutos cesó poco a -poco el estrépito: la patrona gemía, Ilia -Petrovitch continuaba vomitando injurias -y amenazas. Finalmente, se calló -también y no se oyó más.</p> - -<p>—¿Se había marchado? Sí. También se -va la patrona; todavía llora, pero la puerta -de su habitación se cierra violentamente... -Los inquilinos dejan la escalera -para retirarse a sus respectivos cuartos; -lanzan exclamaciones; se llaman unos a -otros; tan pronto gritan como hablan -en voz baja. Debían de ser muchos... -Han tenido que acudir todos los vecinos. -Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? -¿Por qué, por qué ha venido aquí ese -hombre?</p> - -<p>Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas -en el diván, pero ya no pudo dormir; durante -media hora se sintió acometido -de un espanto como nunca lo había sentido. -De pronto, viva luz iluminó su estancia. -Anastasia entraba con una bujía -y un plato de sopa. La criada le miró -atentamente, y convencida de que no -dormía, colocó la luz sobre la mesa y fué -poniendo en ésta, pan, sal, un plato y -una cuchara.</p> - -<p>—Creo que no has comido desde ayer. -Andas vagando por esas calles de Dios -a pesar de la fiebre...</p> - -<p>—Anastasia, ¿por qué han pegado a la -patrona?</p> - -<p>La criada le miró fijamente.</p> - -<p>—¿Que han pegado a la patrona?</p> - -<p>—Hace poco... cosa de media hora. -Ilia Petrovitch, el ayudante del comisario -de policía le ha pegado, en la escalera... -¿Por qué la ha maltratado de este -modo? ¿Por qué ha venido?</p> - -<p>Anastasia frunció el entrecejo, y sin -decir palabra contempló durante largo -rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva -el joven se quedó turbado.</p> - -<p>—Anastasia, ¿por qué no me contestas?—preguntó -tímida y débilmente.</p> - -<p>—Es la sangre—murmuró la sirvienta -como hablando consigo misma.</p> - -<p>—¡La sangre!... ¿Qué sangre?—balbució -Raskolnikoff poniéndose más pálido -aún de lo que estaba y andando hacia -atrás hasta la pared.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span></p> - -<p>Anastasia continuaba observándole sin -despegar los labios.</p> - -<p>—Nadie ha pegado a la patrona—dijo, -al fin, con sequedad.</p> - -<p>El joven la miró, respirando apenas.</p> - -<p>—Si lo he oído... Si no dormía... Estaba -sentado en el diván—repuso con voz -más temblorosa aún—. He escuchado -durante largo rato... Ha venido el ayudante -de policía. Ha salido la gente de -todos los cuartos a la escalera...</p> - -<p>—Nadie ha venido. Es la sangre la -que grita en ti. Cuando no tiene salida -se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... -¿Vas a comer?</p> - -<p>El joven no respondió, y Anastasia, sin -salir de la habitación, le miraba con ojos -furiosos.</p> - -<p>—Dame agua.</p> - -<p>La sirvienta bajó, y dos minutos después -volvía a subir con un jarro lleno de -agua. A partir de este momento se interrumpieron -los recuerdos de Raskolnikoff. -Se acordaba únicamente de que había -bebido un buche de agua fría desmayándose -en seguida.</p> - - -<div class="chapter"><h3>III.</h3></div> - -<p>Sin embargo, todo el tiempo que duró -su enfermedad, nunca estuvo privado -por completo del sentido: hallábase en -un estado febril semi-inconsciente y solía -delirar. Más tarde se acordó de muchas -cosas: ora le parecía que varios individuos -estaban reunidos en torno suyo; querían -apoderarse de él y llevarle a alguna parte, -y con este motivo disputaban vivamente; -ora se veía de repente solo en su habitación; -todo el mundo se había marchado, -tenían miedo de él. De vez en cuando la -puerta se abría, y le miraban disimuladamente, -le amenazaban, reían y se consultaban, -y él se ponía colérico, se daba cuenta -a menudo de la presencia de Anastasia -a su cabecera; veía también a un hombre -que debía de serle muy conocido, pero, -¿quién era? Jamás conseguía dar un -nombre a aquella figura, y esto le entristecía -hasta el punto de arrancarle lágrimas. -A veces se figuraba que estaba en -cama hacía un mes; en otros momentos -le parecía que todos los incidentes de su -enfermedad habían ocurrido en un solo -día; pero <i>aquello</i>, <i>aquello</i> lo había olvidado -por completo. Cierto que a cada instante -pensaba que se había olvidado de -algo de que hubiera debido acordarse, y -se atormentaba, hacía penosos esfuerzos de -memoria, gemía, se ponía furioso o sentía -un terror invencible. Entonces se incorporaba -en su lecho, quería huir, pero alguien -le retenía a la fuerza. Estas crisis -le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. -Al fin recobró por completo -el uso de sus sentidos.</p> - -<p>Eran las diez de la mañana. Cuando -hacía buen tiempo, el sol entraba en la -habitación a esa hora, proyectando una -ancha faja de luz por el muro de la derecha -alumbrando el rincón próximo a -la puerta. Anastasia se hallaba delante -del lecho del enfermo, acompañada de -un individuo a quien él no conocía, y -que le observaba con mucha curiosidad. -Era un joven de barba naciente, vestido -con un caftán, y que parecía ser un <i>artelchtchit</i><a name="FNanchor_13" id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>.</p> - -<p>Por la puerta entreabierta miraba la -patrona. Raskolnikoff se incorporó un -poco.</p> - -<p>—¿Quién es, Anastasia?—preguntó, -señalando al joven.</p> - -<p>—¡Ha vuelto en sí!—dijo la criada.</p> - -<p>—¡Ha vuelto en sí!—repitió el <i>artelchtchit</i>.</p> - -<p>Al oír estas palabras, la patrona cerró -la puerta y desapareció. A causa de su -timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones. -Aquella mujer, que contaba -ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros, -curvas muy pronunciadas, y el conjunto -de su persona resultaba bastante -agradable. Buena como suelen ser las -personas gruesas y perezosas, era, además, -excesivamente pudorosa.</p> - -<p>—¿Quién es usted?—preguntó Raskolnikoff -dirigiéndose al <i>artelchtchit</i>.</p> - -<p>En aquel momento se abrió la puerta, -dando paso a Razumikin, que penetró -en la habitación, inclinándose un poco -a causa de su alta estatura.</p> - -<p>—¡Vaya un camarote de barco!—exclamó -al entrar—. Siempre doy con la -cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span> -habitación! ¡Vamos, amigo mío, has recobrado -ya el sentido, según me acaban -de decir!</p> - -<p>—Sí, ha recobrado el sentido—repitió -como un eco el dependiente, sonriéndose.</p> - -<p>—¿Quién es usted?—interrogó bruscamente -Razumikin—. Yo me llamo -Razumikin, soy estudiante, hijo de noble -familia; el señor es amigo mío. ¡Vamos, -ahora dígame usted quién es!</p> - -<p>—Estoy empleado en casa del comerciante -Chelopaief, y vengo aquí para cierto -asunto...</p> - -<p>—Siéntese usted en esta silla—dijo -Razumikin ocupando él otra al lado -opuesto de la mesa—. Has hecho muy -bien en recobrar el conocimiento—añadió, -volviéndose hacia Raskolnikoff—. -Cuatro días hace, puede decirse, que no -has comido ni bebido nada; apenas tomabas -un poco de te, que te daban a cucharaditas. -He traído aquí dos veces a -Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te -ha examinado muy atentamente, y ha -dicho que no tenías nada. Afirma que tu -enfermedad es una simple debilidad nerviosa, -resultado de la mala alimentación, -pero no reviste gravedad ninguna.</p> - -<p>—¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas -asombrosas! Pero no quiero abusar -de su tiempo—añadió Razumikin, dirigiéndose -de nuevo al empleado—. ¿Quiere -usted decirnos el motivo de su visita? -Advierte, Rodia, que es la segunda vez -que vienen ya de esa casa; pero no fué -el señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo -el otro día?</p> - -<p>—El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, -también empleado de la casa.</p> - -<p>—Tiene la lengua más expedita que -usted, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí. Es un hombre de más capacidad.</p> - -<p>—¡Modestia digna de elogio! Vamos, -siga usted.</p> - -<p>—Pues bien; por orden de la madre de -usted, Anastasio Ivanovitch Vakruchin, -de quien, sin duda, habrá oído hablar -más de una vez, envía a usted dinero -que nuestra casa tiene el encargo de entregarle—dijo -el empleado encarándose ya -directamente con Raskolnikoff—. Si posee -usted la cédula de reconocimiento, hágase -usted cargo de estos treinta y cinco -rublos que Semenovitch ha recibido -para usted de Anastasio Ivanovitch, -por orden de su madre. Ha debido usted -tener aviso del envío de esa cantidad.</p> - -<p>—Sí; me acuerdo... Vakruchin...—dijo -Raskolnikoff, procurando hacer memoria.</p> - -<p>—¿Quiere usted firmarme el recibo?</p> - -<p>—Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí -su libro?—dijo Razumikin.</p> - -<p>—Sí, aquí está.</p> - -<p>—Démelo usted. Vamos, Rodia; un -esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te -sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu -nombre; en nuestros tiempos, el dinero -es la miel de la humanidad.</p> - -<p>—Yo no tengo necesidad de dinero—dijo -Raskolnikoff, rechazando la pluma.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de -dinero?</p> - -<p>—No firmo.</p> - -<p>—¡Pero si tienes que dar un recibo!</p> - -<p>—No tengo necesidad de dinero.</p> - -<p>—¿No tienes necesidad de dinero?—repitió -Razumikin—. Amigo mío, faltas -a la verdad, doy fe. No se impaciente -usted, se lo ruego; no sabe lo que dice... -Está todavía en el país de los sueños... -Cierto es, sin embargo, que suele ocurrirle -lo mismo cuando está despierto... Usted -es un hombre de buen sentido; le llevaremos -la mano y firmará. Vamos, ayúdeme -usted.</p> - -<p>—No; puedo volver otra vez.</p> - -<p>—De ningún modo. ¿Por qué se ha de -molestar? Usted es un hombre razonable... -Ea, Raskolnikoff, no detengas por más -tiempo a este señor... ya ves que te espera.</p> - -<p>Y Razumikin se dispuso a llevar la -mano a Raskolnikoff.</p> - -<p>—Deja; lo haré yo solo—dijo éste.</p> - -<p>Tomó la pluma, y firmó en el libro. El -dependiente entregó el dinero y se marchó.</p> - -<p>—¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres -comer?</p> - -<p>—Sí—respondió Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Hay sopa?</p> - -<p>—Algo queda de ayer—respondió -Anastasia que no había salido de la habitación -durante toda esta escena.</p> - -<p>—¿Sopa de arroz con patatas?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Estaba seguro de ello. Ve a buscar -la sopa, y danos también te.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Raskolnikoff miraba a su amigo con -profunda sorpresa y terror estúpido. Resolvió -callarse y esperar.</p> - -<p>—Me parece que no deliro—pensaba—; -todo esto es muy real.</p> - -<p>Al cabo de diez minutos Anastasia volvía -con la sopa y anunció que serviría -después el te. Trajo también dos cucharas, -dos platos y el servicio correspondiente -de mesa: sal, mostaza para tomarla -con la carne, etc.; nunca había estado tan -bien puesta la mesa desde hacía largo -tiempo; hasta el mantel era limpio.</p> - -<p>—Anastasia—dijo Razumikin—, -Praskovia Pavlovna no haría mal en -enviarnos un par de botellas de cerveza. -Asegúrale que no quedará ni gota.</p> - -<p>—De nada te privas—murmuró la -criada y fué a hacer el encargo.</p> - -<p>El enfermo continuaba observándolo -todo con inquieta atención. Razumikin -se sentó a su lado en el diván. Con la gracia -de un oso sostenía, apoyada en el brazo -izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, -que no tenía ninguna necesidad de este -auxilio, y con la mano derecha le llevaba -a la boca cucharadas de sopa, después -de soplarlas muchas veces para que su -amigo no se quemase al tragarlas, a pesar -de que la sopa estaba bastante fría. -Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas; -pero Razumikin suspendió bruscamente -la comida de su amigo, declarando -que para tomarla era preciso consultar -con Zosimoff.</p> - -<p>En aquel momento entró Anastasia -llevando las dos botellas de cerveza.</p> - -<p>—¿Quieres te?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Ve en seguida a buscar te, Anastasia, -porque en lo tocante a esta infusión, -opino que no hace falta el permiso de -la Facultad. Aquí está la cerveza.</p> - -<p>Se volvió a sentar en su silla, se acercó -la sopera y la carne y se puso a devorar -con tanto apetito como si no hubiese -comido en tres días.</p> - -<p>—Ahora, amigo Rodia, como todos -los días en esta casa—murmuró con la -boca llena—. Praskovia, tu amable patrona, -me trata a cuerpo de rey; me tiene -mucha consideración, y, es claro, yo -me dejo querer. ¿Para qué protestar? -Aquí está Anastasia con el te. Es lista -esta muchacha. Anastasia, ¿quieres cerveza?</p> - -<p>—¿Te burlas de mí?</p> - -<p>—¿Pero un poco de te sí tomarás?</p> - -<p>—Eso sí.</p> - -<p>—Sírvete, o más bien, no, espera; yo -te serviré. Siéntate a la mesa.</p> - -<p>Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente -dos tazas, después dejó su almuerzo -y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo -mismo que cuando la sopa, Razumikin -empleó todo género de atenciones delicadas -para que Raskolnikoff tomara el te. -Este último se dejaba mimar sin decir -palabra, aunque se sentía en estado de -permanecer sentado en el diván sin el -auxilio de nadie, de tener en la mano la -taza y la cuchara y hasta de andar; pero -con cierto maquiavelismo extraño y casi -instintivo, se había decidido súbitamente -a fingirse débil y simular cierta imbecilidad, -teniendo, sin embargo, los ojos -y los oídos en acecho. Al cabo, su disgusto -fué más fuerte que su resolución; después -de haber tomado diez cucharadas -de te, el enfermo apartó la cabeza con -un brusco movimiento, rechazó caprichosamente -la cuchara y se dejó caer sobre -la almohada. Esta palabra no era ya -una metáfora. Raskolnikoff tenía ahora -bajo la cabeza una buena almohada de -plumas, con una funda muy limpia. Este -detalle habíalo advertido el joven y -no dejaba de preocuparle.</p> - -<p>—Es preciso que Praskovia nos envíe -conserva de frambuesa para preparar la -bebida a Raskolnikoff—dijo Razumikin -volviendo a sentarse en su sitio y reanudando -su interrumpido almuerzo.</p> - -<p>—¿Y dónde va a buscar la frambuesa?—preguntó -Anastasia que, teniendo el -platillo entre sus dedos separados, tomaba -sorbos de te «al través del azúcar».</p> - -<p>—Querida, tu ama la comprará en -una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha pasado -aquí toda una historia. Cuando te -escapaste de mi casa como un ladrón -sin decirme dónde vivías, me incomodé -tanto, que resolví encontrarte para tomar -de ti una venganza ejemplar. Aquel -mismo día me puse en campaña. ¡Lo que -tuve que correr y preguntar! Se me -habían olvidado tus nuevas señas, por<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span> -la sencilla razón de que no las había sabido -nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, -sólo me acordaba de que habitabas -en los Cinco Rincones, en casa de -Kharlamoff. Me lancé sobre esta pista, -descubrí la casa de Kharlamoff, que no -es la casa de Kharlamoff sino la de -Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla -uno con los nombres propios. Estaba furioso; -al día siguiente, fuí a la oficina -de Direcciones, sin confiar nada en el -resultado de esta diligencia. Pues bien, -figúrate mi asombro cuando en dos minutos -me dieron la indicación de tu -domicilio. Estás inscrito allí.</p> - -<p>—¿Que estoy inscrito?</p> - -<p>—¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron -dar las señas del general Kobeleff -a uno que las pedía. Apenas llegué -aquí cuando me enteré de todos tus asuntos, -sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; -Anastasia te lo dirá: he trabado conocimiento -con Nikodim Fomitch; he sido -presentado a Ilia Petrovitch, he entrado -en relaciones con el <i>dvornik</i>, con -Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe -de la Cancillería, y, en fin, con la misma -Pashenka; ése ha sido el golpe final. -Pregúntaselo a Anastasia.</p> - -<p>—Por fuerza la has embrujado—murmuró -la criada con una sonrisa maliciosa.</p> - -<p>—Fué una lástima, querido amigo, -que desde el principio no te entendieses -con ella. No debías haber procedido de -este modo con Pashenka. Tiene un carácter -muy extraño... pero ya hablaremos -otro día de su carácter. Dime, ¿qué -hiciste para que te cortase los víveres? -¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco -cuando lo firmaste. ¡Y el proyecto -de matrimonio cuando vivía su hija Natalia -Egorovna!... Estoy al corriente de -todo. Pero veo que toco una cuerda muy -delicada y que soy un burro. Perdóname. -Mas, a propósito de tonterías, ¿no -te parece que Praskovia Pavlovna es menos -tonta de lo que a primera vista parece?</p> - -<p>—Sí—balbuceó, mirándole de reojo, -Raskolnikoff.</p> - -<p>No comprendía que hubiera sido mejor -seguir la conversación.</p> - -<p>—¿Verdad que sí?—exclamó Razumikin—. -¿No es una mujer muy inteligente? -Es un tipo muy original. Te aseguro, -querido Rodia, que no la entiendo. Ha -entrado ya en los cuarenta y no confiesa -más que treinta y seis... Cosa que puede -hacer sin temor a que la desmientan. Te -aseguro que sólo puedo juzgarla desde -el punto de vista intelectual, porque nuestras -relaciones son las más singulares -que puedes imaginarte. Repito que no -la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, -ha sabido que dejaste de ir a la Universidad -y que estás sin lecciones ni vestidos. -Además, desde la muerte de su hija -no había motivo para que te considerase -como de su familia; en tales condiciones -le ha asaltado cierta inquietud. Tú, -por tu parte, en lugar de conservar con -ella las relaciones de otro tiempo, vivías -retirado en tu rincón, y, naturalmente, -quería que te marchases. Pensaba desde -hacía tiempo en eso; pero como le habías -firmado un pagaré, asegurándole, además, -que tu madre pagaría...</p> - -<p>—He cometido una bajeza al decirle -tal cosa... Mi madre está en la miseria. -Yo mentía para que me siguiesen dando -hospedaje y comida—dijo Raskolnikoff -con voz entrecortada y vibrante.</p> - -<p>—Tenías razón al hablar como hablaste; -pero la intervención de Tchebaroff, -curial y hombre de negocios, lo ha echado -todo a rodar. Si no hubiera sido por -éste, Pashenka no hubiera emprendido -nada contra ti. Es demasiado tímida para -hacer eso. En cambio, el hombre de -negocios no es tímido y en seguida ha -entablado la demanda. ¿El firmante de -la letra es persona solvente? Respuesta: -sí, porque su madre, aunque no posee -más que una pensión de ciento veinticinco -rublos, se quedaría sin comer con -tal de sacar a Rodión de semejante apuro, -y tiene además una hermana que se -vendería como esclava por su hermano. -El señor Tchebaroff se ha fundado en este -cálculo. ¿Por qué te agitas? Adivino, -amigo mío, lo que estás pensando; no -tenías inconveniente en refugiarte en el -seno de Pashenka cuando podía ver en -ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto -que el hombre honrado y sensible se -abandona a las confidencias, el hombre -de negocios las recoge y hace su agosto. -En suma; le entregó la letra a ese<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span> -Tchebaroff, que no se ha andado por -las ramas. Cuando lo supe, quise, para -la tranquilidad de mi conciencia, -tratar también al hombre de negocios -por la electricidad; pero, entretanto, se -ha establecido perfecta armonía entre -Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento -respondiendo de tu deuda. -¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador -por ti. He hecho venir a Tchebaroff, -se le ha tapado la boca con diez rublos -y ha devuelto el papel que tengo el honor -de presentarte. Ahora, no eres más -que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.</p> - -<p>—¿Eres tú a quien no conocía cuando -deliraba?—preguntó Raskolnikoff, después -de una pausa.</p> - -<p>—Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado -alguna crisis violenta, sobre todo -cuando he venido con Zametoff.</p> - -<p>—¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... -¿Por qué lo has traído?...</p> - -<p>Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff -cambiaba de posición y fijó los -ojos en Razumikin.</p> - -<p>—¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? -Deseaba conocerte y quiso venir porque -habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, -de otra manera, hubiera sabido yo tantas -cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, -amigo mío; maravilloso, claro que -en su género; ahora somos amigos; nos -vemos todos los días porque acabo de -transportar mis penates a ese barrio. -¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. -He ido dos veces con él -a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? -Luisa Ivanovna...</p> - -<p>—¿He disparatado mucho durante -mi delirio?</p> - -<p>—Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.</p> - -<p>—¿Qué es lo que decía?</p> - -<p>—¿Que qué decías? Ya se sabe lo que -puede decir un hombre que no está en -sus cabales... Pero no estamos aquí para -perder el tiempo, sino para ocuparnos -en nuestros asuntos.</p> - -<p>Y así diciendo se levantó tomando su -gorra.</p> - -<p>—¿Qué es lo que decía?</p> - -<p>—¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes -haber dejado escapar algún secreto? -tranquilízate; de tus labios no ha salido -ninguna palabra acerca de la cuestión, -pero has hablado mucho de un <i>bulldog</i>, -de pendientes, de cadenas de reloj, de la -isla de Krestovsky, de un <i>dvornik</i>... ¡qué -sé yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, -el ayudante, salían a relucir en tu delirio. -Además hablabas mucho de una de tus -botas, no cesabas de decir llorando: ¡dámela! -Zametoff la estuvo buscando por -todos los rincones, y cuando encontró -esa alhaja, no tuvo inconveniente en -tomarla con sus blancas manos cubiertas -de sortijas y tan perfumadas... Entonces -fué cuando te calmaste, no soltándola -durante veinticuatro horas. Imposible -quitártela. Aun debe estar ahí, debajo -de la colcha. También pedías las tiras -del pantalón, ¡y con qué lágrimas! Hubiéramos -deseado saber qué interés tenían -para ti esas tiras; pero no entendíamos -ni una sola de tus palabras. Ahora -vamos a nuestro asunto. Aquí tienes -treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro -de dos horas volveré y te daré cuenta del -empleo que habré hecho de ellos. De paso -entraré en casa de Zosimoff; ya debería -estar aquí, porque son las once dadas. -Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, -de que a éste no le falte nada y procura -prepararle algo para beber... Ahora voy -a dar por mí mismo instrucciones a -Pashenka. Hasta la vista.</p> - -<p>—¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto -un bribón como ése?—dijo la sirvienta -cuando el joven, girando sobre sus -talones, abandonó el cuarto, y saliendo -también ella, se puso a escuchar detrás -de la puerta; pero al cabo de un instante -no pudo permanecer allí y descendió -muy apresuradamente, deseosa de saber -qué hablaba Razumikin con la patrona. -Era evidente que Anastasia sentía -verdadera admiración por el estudiante.</p> - -<p>Apenas la criada había cerrado la -puerta, el enfermo, echando a un lado la -colcha, saltó del lecho como loco. Había -esperado con impaciencia febril para poner -mano a la obra. ¿A qué obra? Era el -caso que, en aquel instante, no se acordaba -de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente -una cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? -Quizá ya estén enterados, pero fingen -ignorarlo, porque me ven enfermo. -Esperarán a que esté restablecido para<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span> -quitarse la máscara: me dirán entonces -que lo sabían todo desde hace largo -tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que -hacer ahora? Si era una cosa urgente... -la he olvidado y pensaba en ella hace -un minuto.»</p> - -<p>Estaba en pie en medio de la habitación, -presa de dolorosa perplejidad. Se -acercó a la puerta, la abrió y aplicó el -oído; mas, ¿para qué? De repente pareció -que recobraba la memoria; acudió al -rincón en que la tapicería estaba desgarrada, -introdujo la mano en el agujero -y lo escudriñó. Mas no era tampoco aquello -de lo que quería acordarse; abrió la -estufa y estuvo escarbando las cenizas; -los bordes cortados del pantalón y el forro -del bolsillo se encontraban allí, conforme -los echó antes el joven; de modo -que nadie había hurgado en la estufa. -Se acordó entonces de la bota, de la que -le había hablado Razumikin. La bota -estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, -desde el crimen había sufrido tantos -frotamientos y manchádose con tanto -lodo, que sin duda Zametoff no había -podido notar nada.</p> - -<p>—¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de -policía! Pero, ¿por qué se me cita a esa -oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, -sí, estoy confundido! Fué el otro día -cuando se me hizo ir; examiné entonces -también la bota; pero ahora, ahora he -estado enfermo. Mas, ¿por qué ha venido -aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído -Razumikin?—murmuraba Raskolnikoff, -sentándose fatigado en el sofá—. ¿Qué -pasa? ¿Estoy delirando, o veo las cosas -como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! -ahora recuerdo... Es preciso partir, partir -en seguida; no hay más remedio que -alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde -está mi ropa? No tengo botas. Se las han -llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. -Aquí está mi gabán. No se han -fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! -¡Gracias a Dios! La letra de cambio aquí -también... Voy a tomarlo y a salir. Alquilaré -otro cuarto y no me encontrarán... -Pero, ¿y la oficina de Direcciones? Acabarán -por descubrirme... Sí... Razumikin -sabrá dar conmigo. Mejor será expatriarme, -irme lejos, a América: allí me -reiré de ellos. Tengo que llevarme la letra -de cambio... Me servirá. ¿Que más necesito? -Me creen enfermo, piensan que -no me encuentro en estado de andar, ¡ja, -ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. -No tengo más que bajar la escalera. Pero, -¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo -me encontrase con los agentes de policía?... -¿Qué es esto?... ¿Te...? También -ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.</p> - -<p>Tomó la botella que aun contenía lo -bastante para llenar un gran vaso y lo -vació de un trago con verdadero placer, -porque tenía ardiendo el estómago. Pero -un minuto después prodújole la cerveza -zumbidos en las sienes y un ligero escalofrío -no del todo desagradable en la -espina dorsal. Se acostó y tapó con la -colcha. Sus ideas vagas e incoherentes se -embrollaban cada vez más. Bien pronto -sintió gran pesadez en los párpados, apoyó -con placer la cabeza en la almohada, -se tapó muy bien con la blanca colcha -que había reemplazado y su harapiento -gabán y se quedó profundamente dormido.</p> - -<p>Se despertó al oír ruido de pasos y vió -a Razumikin que acababa de abrir la -puerta, pero que dudaba si penetrar o -no en la habitación y permanecía de pie -en el umbral.</p> - -<p>Raskolnikoff se levantó vivamente y -miró a su amigo con la expresión de un -hombre que trata de recordar algo.</p> - -<p>—Puesto que no duermes, aquí me -tienes. Anastasia, sube el paquete—gritó -Razumikin a la criada que estaba -abajo—; voy a darte mis cuentas.</p> - -<p>—¿Qué hora es?—preguntó el enfermo, -dirigiendo en torno suyo una mirada -inquieta.</p> - -<p>—¡Buena siesta, amigo mío! Van a -dar las seis y eran las doce cuando te -dormiste. Así, tu sueño ha durado seis -horas.</p> - -<p>—¡Señor! ¡Cómo he podido dormir -tanto rato!</p> - -<p>—¿De qué te quejas? Este sueño te -sentará bien. ¿Tenías algún negocio urgente? -¿Una cita quizás? Ahora todo el -tiempo nos pertenece. Tres horas hace -que esperaba a que te despertases. Dos -veces he entrado y tú duerme que duerme. -Otras dos veces he estado en casa<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span> -de Zametoff; había salido; pero no importa, -vendrá. Además he tenido que -ocuparme en mis asuntos. He cambiado -hoy de domicilio y he mudado todos mis -trastos, incluso mi tío, porque te advierto -que tengo al presente a un tío en mi -casa... Pero basta, volvamos a nuestro -asunto. Trae acá el paquete, Anastasia. -Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo -estás?</p> - -<p>—Me siento bien, ya no estoy enfermo. -¿Hace mucho tiempo que estás aquí, -Razumikin?</p> - -<p>—Acabo de decirte que he estado tres -horas esperando a que te despertases.</p> - -<p>—No hablo de ahora sino de antes.</p> - -<p>—¿Cómo de antes?</p> - -<p>—¿Desde cuándo vienes a esta casa?</p> - -<p>—Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?</p> - -<p>Raskolnikoff hizo un llamamiento a -su memoria. Se le presentaban los incidentes -de aquel día como si los hubiera -soñado, y viendo que en vano pretendía -recordar, interrogó con una mirada a -Razumikin.</p> - -<p>—¡Hum!—dijo éste—; lo has olvidado. -Ya me hacía yo cargo de que, la -otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora -el sueño te ha sentado bien. Tienes mucho -mejor cara. Ya recobrarás la memoria. -Ahora, mira, querido amigo—y se -puso a deshacer el paquete, que era evidentemente -el objeto de todas sus preocupaciones—. -Esto, amigo mío, es lo que -más me interesaba. Hay que hacer de ti -un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos -por arriba. ¿Ves esta gorra?—dijo, sacando -del envoltorio una muy decente, -aunque ordinaria y de poco valor—. ¿Me -dejas que te la pruebe?</p> - -<p>—No, ahora no, más tarde—contestó -Raskolnikoff rechazando a su amigo con -un gesto de impaciencia.</p> - -<p>—Tiene que ser ahora mismo, amigo -Rodia; tú déjame a mí. Después sería -demasiado tarde. Además, la inquietud -me tendría en vela toda la noche, porque -he comprado estas prendas al buen tun -tun, sin tener la medida. ¡Te está perfectamente!—exclamó -con aire de triunfo -después de haberle probado la gorra—. -Cualquiera diría que te la han hecho a -la medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, -lo que me ha costado?—dijo encarándose -con la criada, viendo que su -amigo guardaba silencio.</p> - -<p>—¿Dos grivnas?—respondió Anastasia.</p> - -<p>—¡Dos grivnas! ¿Estás loca?—gritó -Razumikin—. Ahora por dos grivnas no -se podría comprar siquiera tu personita. -¡Ocho grivnas y eso porque está usada! -Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto -que estoy orgulloso de él—y presentó -a Raskolnikoff un pantalón de color -ceniza de ligera tela de verano—. Ni un -agujero, ni una mancha, y todavía muy -llevable, aunque esté ya usado. El chaleco -es del mismo color que el pantalón, -como lo exige la moda. Por lo demás, estas -prendas son mejores que nuevas, -porque con el uso han adquirido suavidad, -son más flexibles. Soy de parecer, -amigo Rodia, de que para andar por el -mundo es preciso arreglarse según la estación: -las personas razonables no comen -espárragos en el mes de enero; en mis compras, -he seguido ese principio... Como estamos -en verano, he comprado un vestido -de verano. Que viene el otoño, te -harán falta vestidos de más abrigo y -abandonarás éstos... con tanta más razón, -cuanto que de aquí allá habrán tenido -tiempo de estropearse... Bueno, a -ver si aciertas lo que han costado. ¿Cuánto -te parece? Dos rublos y veinticinco -kopeks. Ahora hablemos de las botas. -¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, -pero desempeñarán muy bien su papel -durante dos meses; han sido hechas en -el extranjero; eran de un secretario de la -embajada británica que las vendió la semana -pasada y que no las ha llevado más -que seis días; sin duda andaría mal de -dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: -son de balde.</p> - -<p>—Pero acaso no le vengan—observó -Anastasia.</p> - -<p>—¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve -esto, entonces?—replicó Razumikin, -sacando del bolsillo una bota vieja de -Raskolnikoff, sucia y agujereada—. Había -tomado mis precauciones. Todo ello -se ha hecho muy concienzudamente. -En cuanto a la ropa blanca ha habido -mucho regateo con la revendedora; en -fin, aquí tienes tres camisas con la pe<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>chera -de moda. Y ahora recapitulemos: -gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco, -dos rublos y veinticinco kopeks; ropa -blanca, cinco rublos; botas, un rublo -cincuenta kopeks. Tengo que devolverte -cuarenta y cinco kopeks. Toma, guárdalos; -de esta suerte cátate ya emperifollado, -porque, según mi juicio, tu paletó, -no solamente puede servir aún, -sino que conserva mucha distinción: se -ve que ha sido hecho en casa de Charmer; -en cuanto a los calcetines, etc... -te dejo el cuidado de que los compres tú. -Nos quedan veinticinco rublos y no tienes -que inquietarte, ni de Pashenka ni -del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: -se te ha abierto un crédito ilimitado, -y ahora es necesario que te mudes de -ropa blanca, porque tu enfermedad está -en tu camisa...</p> - -<p>—Déjame, no quiero—respondió rechazándole -Raskolnikoff, cuyo rostro había -permanecido triste durante el festivo -relato de Razumikin.</p> - -<p>—Es preciso, amigo mío; ¿por qué me -he destalonado yo por esas calles? Natachiuska, -no te la eches de vergonzosa, -ayúdame—y a pesar de la resistencia de -Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.</p> - -<p>El enfermo se dejó caer sobre la almohada -y no dijo una palabra durante -dos minutos.</p> - -<p>—¿No me dejarán tranquilo?—pensaba—. -¿Y con qué dinero se ha comprado -todo esto?—preguntó en seguida, mirando -a la pared.</p> - -<p>—¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero -ha de haber sido? Con el tuyo. Tu -madre te ha enviado por medio de Vakruchin -treinta y cinco rublos que te trajeron -hace poco. ¿Lo has olvidado, -quizá?</p> - -<p>—Sí, ya me acuerdo—dijo Raskolnikoff -después de haberse quedado pensativo -y sombrío.</p> - -<p>Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba -con inquietud. Se abrió la puerta -y entró en la habitación un hombre de -alta estatura. Su manera de presentarse -indicaba la costumbre de visitar la casa -de Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Zosimoff! ¡Por fin!—gritó alegremente -Razumikin.</p> - - -<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div> - -<p>El recién venido era un mocetón de -veintisiete años, alto y grueso, de rostro -un poco abotargado, pálido y afeitado -cuidadosamente. Tenía el cabello de color -rubio, casi blanco y cortado en forma -de cepillo. Usaba lentes y en el índice -de su carnosa mano brillaba un grueso -anillo de oro. Se comprendía que le gustaba -usar cómodos vestidos que no carecían -de cierta elegancia. Llevaba un -ancho gabán de verano y pantalón claro. -La pechera, los puños y cuello eran -irreprochables, y brillaba sobre su chaleco -pesada cadena de oro. Sus modales -tenían algo de lentos y de flemáticos, -aunque hacía esfuerzos para darse aire -de desenvuelto. Por lo demás, a despecho -de su cuidado, se advertía en sus maneras -algo de afectación. Cuantos le conocían -le encontraban insoportable; pero le -tenían en grande estima como médico.</p> - -<p>He estado dos veces en tu casa... ¿Lo -estás viendo? Ha recobrado ya los sentidos.</p> - -<p>—Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos -hoy?—preguntó Zosimoff a Raskolnikoff, -mirándole atentamente.</p> - -<p>Y al mismo tiempo se sentaba en el -extremo del sofá, a los pies del enfermo, -esforzándose por encontrar un sitio para -su enorme persona.</p> - -<p>—¡Siempre hipocondríaco!—continuó -Razumikin—; hace poco, cuando le -hemos mudado de ropa interior, casi -se ha echado a llorar.</p> - -<p>—Se comprende, lo mismo hubiera sido -mudarle luego; no era necesario contrariarle... -El pulso es excelente, seguimos -con un poco de dolor de cabeza, ¿no -es verdad?</p> - -<p>—Estoy perfectamente—dijo Raskolnikoff -irritado.</p> - -<p>Y al pronunciar estas palabras se incorporó -de repente en el sofá y brillaron -sus ojos. Pero un instante después se dejó -caer sobre la almohada, volviéndose del -lado de la pared. Zosimoff le miraba atentamente.</p> - -<p>—¡Muy bien! Nada de particular—dijo -con cierta indiferencia—. ¿Has tomado -algo?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p> - -<p>Se le dijo lo que había comido el enfermo -y se le preguntó qué podía dársele.</p> - -<p>—Puede tomar lo que quiera, sopa, te... -Claro es que quedan prohibidos los cohombros -y las setas; no conviene tampoco -que coma carne... aunque esta advertencia -es ociosa.</p> - -<p>Cambió una mirada con Razumikin y -prosiguió:</p> - -<p>—Nada de pociones ni medicamentos; -mañana veremos... Hoy se hubiera podido... -de todos modos está bien.</p> - -<p>—Mañana por la tarde le sacaré a dar -un paseo—dijo Razumikin—, iremos -juntos al jardín Yusupoff y después al -Palacio de Cristal.</p> - -<p>—Mañana sería demasiado pronto; -pero un paseíto corto... En fin, mañana -veremos.</p> - -<p>—Lo que siento es que precisamente -hoy inauguro mi nueva vivienda, que está -a dos pasos de aquí, y desearía que fuese -uno de los nuestros, aunque tuviese que -estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?—preguntó -Razumikin al doctor—; lo has -prometido, no faltes a tu palabra.</p> - -<p>—Bueno, no podré ir hasta bastante -tarde. ¿Das un convite?</p> - -<p>—¡Nada de convite! Te, aguardiente, -arenques y pastas... Una reunión de amigos.</p> - -<p>—¿Y quiénes son tus huéspedes?</p> - -<p>—Compañeros jóvenes y mi tío, un -viejo que ha venido a no sé qué negocios -a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos -vemos una vez cada cinco años.</p> - -<p>—¿En qué se ocupa?</p> - -<p>—En vegetar en un distrito. Es maestro -de postas, cobra una pensioncilla y -tiene sesenta y cinco años. No hablemos -más de él, aunque le quiero. Estará también -Porfirio Petrovitch, juez de instrucción -del distrito... un notable jurisconsulto. -Tú le conoces.</p> - -<p>—¿Es también pariente tuyo?</p> - -<p>—Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas -el entrecejo? ¿Crees que porque un día -tuvisteis no sé qué disputa estás en el -caso de no venir?</p> - -<p>—¡Oh! ¡Me río de él!</p> - -<p>—Es lo más cuerdo que puedes hacer. -Habrá también estudiantes, un profesor, -un empleado, un músico y un oficial, -Zametoff.</p> - -<p>—Dime, te lo ruego, lo que tú o éste—Zosimoff -señaló con un movimiento de -cabeza a Raskolnikoff—tenéis de común -con ese Zametoff.</p> - -<p>—Pues bien, ya que quieres que te lo -diga, entre Zametoff y yo hay algo común; -traemos cierto negocio entre manos.</p> - -<p>—Me gustaría saber qué negocio es -ése.</p> - -<p>—A propósito del pintor decorador. -Trabajamos porque se le ponga en libertad. -Creo que lo conseguiremos. El -asunto es perfectamente claro; nuestra -intervención tiene por único objeto apresurar -el desenlace.</p> - -<p>—¿A qué pintor te refieres?</p> - -<p>—¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es -verdad. No te he contado más que el -principio... Se trata del asesinato de la -vieja prestamista sobre prendas. Pues -bien, el pintor fué detenido como autor -del doble crimen.</p> - -<p>—Sí, antes que me contaras todo eso -ya había oído yo hablar de esos asesinatos, -y, a decir verdad, la cosa me interesa -hasta cierto punto... He leído algo -en los periódicos.</p> - -<p>—También mataron a Isabel—dijo, -de pronto Anastasia, dirigiéndose a -Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Isabel!—murmuró el enfermo con -voz casi ininteligible.</p> - -<p>—Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la -conocías? Venía a casa de la patrona. -Por cierto que te hizo una camisa.</p> - -<p>Raskolnikoff se volvió del lado de la -pared y se puso a contemplar con gran -atención una de las florecillas blancas -de que estaba sembrado el papel que tapizaba -su habitación. Sentía que se le -entumecían los miembros, pero no se -atrevía a moverse y continuaba con la -mirada fija en la florecilla de papel.</p> - -<p>—¿Luego resultan cargos contra ese -pintor?—preguntó Zosimoff interrumpiendo -con manifiesto enojo a la criada, que -suspiró y guardó silencio.</p> - -<p>—Sí; pero esos cargos, en rigor, no son -tales, y eso es precisamente lo que se -trata de demostrar. La policía sigue una -pista falsa, como la siguió al principio -cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. -Por poco interés que se tenga en la -cuestión, se siente uno indignado al ver<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span> -una sumaria tan neciamente conducida. -Pestriakoff vendrá probablemente esta -noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, -tú tienes noticia de ese crimen; ocurrió -el día antes que cayeras enfermo, la víspera -de tu desmayo en la oficina de policía, -precisamente cuando se estaba hablando -de él.</p> - -<p>El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.</p> - -<p>—Será preciso que yo no te quite el -ojo de encima, Razumikin—le dijo—; -te interesas demasiado por un asunto -que no te va ni te viene.</p> - -<p>—Es posible, pero no importa. Arrancaremos -a ese desgraciado de las garras -de la justicia—exclamó Razumikin, descargando -un puñetazo sobre la mesa—. -Mas no son los errores de esa gente lo -que me irritan; cualquiera se equivoca. -Además, el error es cosa excusable, puesto -que por medio de él se llega a la verdad; -no, lo que me molesta es que estando -engañados continúan creyéndose infalibles. -Yo estimo a Porfirio; pero... -¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? -La puerta estaba cerrada; y -cuando Koch y Pestriakoff subieron con -el portero estaba abierta: luego Koch y -Pestriakoff son los asesinos. ¡Vaya una -lógica que me gastan!</p> - -<p>—No te acalores. Los han detenido -porque no tenían más remedio que detenerlos. -Y a propósito, he visto de nuevo -a Koch; creo que estaba en relaciones -de negocios con la vieja. ¿Le compraba -los objetos empeñados después del -vencimiento?</p> - -<p>—Sí, es un camastrón. Negocia también -letras de cambio. El mal rato que ha -pasado no me importa un comino. Pero -me sublevo contra los sistemas estúpidos -de un procedimiento anticuado... -Tiempo es ya de emprender un nuevo -camino y de renunciar a viejas rutinas. -Unicamente los datos psicológicos pueden -arrojar luz en estos procesos. «Tenemos -hechos», dicen; pero los hechos -no son todo; la manera de interpretarlos -contribuye por lo menos en una mitad -al éxito de un sumario.</p> - -<p>—¿Sabes tú interpretar los hechos?</p> - -<p>—Mira, es imposible callarse cuando -se siente, cuando se tiene la íntima convicción -de que se puede contribuir al descubrimiento -de la verdad... ¿Conoces los -pormenores de ese asunto?</p> - -<p>—Me habías hablado no sé qué de un -pintor decorador, pero no me has contado -el suceso.</p> - -<p>—Pues bien, oye. Dos días después -de cometido el asesinato, por la mañana, -en tanto que la policía procedía contra -Koch y Pestriakoff, a pesar de las explicaciones -perfectamente categóricas dadas -por ellos, surgió un incidente completamente -inesperado. Cierto Dutchkin, -campesino que tiene una taberna enfrente -de la casa del crimen, llevó a la comisaría -un estuche que encerraba unos pendientes -de oro, y con tal motivo contó -su historia: «Anteayer tarde, poco después -de las ocho (fíjate en esta coincidencia), -Mikolai, un obrero pintor, parroquiano -de mi establecimiento, fué a -suplicarme que le prestase dos rublos -por los pendientes que contenía el estuche. -A mi pregunta: «¿Dónde has encontrado -esto?», me respondió que en la -calle. No le pregunté más (es Dutchkin -quien habla), y le di un billetito, es decir, -un rublo, porque dije para mis adentros: -si no tomo este objeto lo tomará -otro, y mejor es que esté en mis manos; -si lo reclaman y sé que ha sido robado, -iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, -al hablar de este modo—prosiguió -Razumikin—, mentía descaradamente; -conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, -y cuando tomó de Mikolai una alhaja -que valía treinta rublos, no tenía intención -de entregarla a la policía. Se decidió -a ello bajo la influencia del miedo. Pero -dejemos a Dutchkin continuar su relato: -«Desde niño conozco a ese campesino que -se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, -del gobierno de Riazan y del distrito de -Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas -veces demasiado. Sabíamos que estaban -trabajando con Mitrey, que es de su país. -Después de haber recibido el billetito, -Mikolai apuró dos copas, cambió su rublo -para pagar y se marchó, llevándose el -cambio de la moneda. No vi a Mitrey con -él. Al día siguiente, oímos decir que habían -matado a hachazos a Alena Ivanovna -y a su hermana Isabel Ivanovna. -Nosotros las conocíamos y entonces na<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>cieron -nuestras sospechas a propósito -de los pendientes, porque sabíamos que -la vieja prestaba dinero sobre alhajas. -Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa -de las interfectas haciéndome el ignorante, -y lo primero que hice fué averiguar -si estaba allí Mikolai. Mitrey me dijo -que su camarada andaba de picos pardos, -Mikolai entró borracho en su casa -por la mañana temprano y diez minutos -después salió de ella. Desde entonces -Mitrey no le había vuelto a ver, y, como -es consiguiente, trabajaba solo. La escalera -que conduce a la habitación de las -víctimas, es también la del cuarto en -que trabajan los dos obreros; este cuarto -está situado en el segundo piso. Habiendo -sabido esto, no dije palabra a nadie -(es Dutchkin el que habla); pero recogí -muchas noticias acerca del asesinato y -me volví a mi casa preocupado siempre -con la misma duda. Esta mañana, a las -ocho (es decir, a las dos horas del crimen, -¿comprendes?), he visto a Mikolai entrar -en mi establecimiento. Estaba algo -bebido, pero no del todo borracho, de -modo que podía comprender lo que se le -dijera. El hombre se sentó silenciosamente -en un banco. Cuando llegó Mikolai -no había en la taberna más que un parroquiano -que dormía en otro banco; -sin contar, por supuesto, los dos mozos. -«¿Has visto a Mitrey?», pregunté a Mikolai. -«No, dijo, no le he visto.» «¿Y no -has ido a trabajar?» «No he ido desde anteayer», -respondióme. «¿En dónde has -dormido esta noche?» «En las Arenas, en -casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde -has sacado los pendientes que me trajiste -el otro día?» «Los encontré en la -acera», dijo con aire sospechoso, evitando -mirarme. «¿Has oído decir que esa misma -tarde y a la misma hora ha ocurrido -algo en el edificio en que trabajas?» -«No, me contestó, nada sé.» Le cuento -todo el suceso, y él me escucha abriendo -desmesuradamente los ojos. De -repente, se pone más blanco que la -pared, toma la gorra y se levanta. Traté -entonces de detenerle. «Espera un poco, -Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al -mismo tiempo hago señas a uno de los -mozos para que se ponga delante de la -puerta, mientras yo me aparto del mostrador. -Pero adivinando, sin duda, mis -intenciones, se lanza fuera de la casa, -echa a correr y desaparece por una bocacalle. -Desde aquel momento no tengo la -menor duda de que es el culpable.</p> - -<p>—¡Ya lo creo!—dijo Zosimoff.</p> - -<p>—Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, -la policía se puso a buscar -por todas partes a Mikolai. Detuvo a -Dutchkin y Mitrey e hizo varios registros -en sus casas; pero hasta anteayer -no se ha logrado capturar a Mitka, a -quien se encontró en una posada del -arrabal de***, en circunstancias bastante -raras. Una vez en esa posada, se quitó -su cruz que era de plata, la entregó al -posadero y pidió un <i>shkalik</i><a name="FNanchor_14" id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a> de aguardiente. -Minutos después, una campesina -que acababa de ordeñar las vacas, mirando -por la rendija del establo, vió al -pobre hombre haciendo preparativos para -ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo -a su cinturón, lo había atado a una -viga del techo; y, subido en una pila de -madera, trataba de echarse al cuello la -lazada. A los gritos de la mujer acudió la -gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» -«Conducidme, dijo, a la oficina de -policía; lo confesaré todo.» Se accedió -a su demanda, y con todos los honores -debidos a su clase, se le condujo a la comisaría -de nuestro barrio, donde se le -sometió a un detenido interrogatorio. -«¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» -«Veintidós años, etc.» Pregunta: «Mientras -estabas trabajando con Mitrey, ¿no -vieron ustedes a nadie en la escalera entre -tal y cual hora?» Respuesta: «Quizá -pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y -no oyeron ustedes nada?» «Nada.» «¿Y -tú, Mikolai, no supiste que aquel día y -a tal hora habían asesinado y robado a -la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente -sabía de eso; tuve la primera -noticia anteayer, en la taberna; me la -dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde -encontraste los pendientes?» «En la -calle.» «¿Por qué al día siguiente no -fuiste a trabajar con Mitrey?» «Porque -quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En -diferentes sitios.» «¿Por qué escapaste<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span> -de casa de Dutchkin?» «Porque tenía -miedo.» «¿De que tenías miedo?» «De la -justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la -justicia no siendo culpable de nada?»</p> - -<p>»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, -Zosimoff; pero la cuestión se ha planteado -literalmente en los términos que -te he dicho, lo sé de cierto porque se me -ha repetido palabra por palabra el interrogatorio. -¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?</p> - -<p>—Pero, en fin, ¿hay pruebas?</p> - -<p>—No se trata ahora de pruebas, sino -de las preguntas hechas a Mikolai y de la -manera que tiene la gente de policía de -entender la naturaleza humana. Bueno, -dejemos esto. Para abreviar: de tal manera -atormentaron a ese infeliz, que acabó -por confesar que no fué en la calle -donde encontró los pendientes, sino en el -cuarto en que trabajaba con Mitrey. «¿Cómo -los has encontrado?», le preguntan. -Y él contesta: «Mitrey y yo estuvimos -pintando todo el día; eran las ocho e íbamos -a marcharnos, cuando Mitrey tomó -un pincel, me lo pasó por la cara y echó -a correr, después de haberme untado. -Me lancé en su persecución, bajé los escalones -de cuatro en cuatro gritando como -un loco, y en el momento en que llegaba -abajo con toda la velocidad de mis piernas, -di un empujón al portero y a unos -cuantos señores que se encontraban allí -también, no recuerdo cuántos. Entonces -el portero me injurió, otro portero le -hizo coro, la mujer del primer piso salió -de la portería, donde se hallaba, y añadió -sus insultos a los que los otros me dirigían. -En fin, un señor, que entraba en -la casa con una señora, nos reprendió, a -Mitka y a mí, porque estábamos derribados -en el suelo delante de la puerta e -impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka -por los cabellos y le pegaba puñetazos. -El también me tenía agarrado por -el pelo y me daba cuantos golpes podía, -aunque estaba debajo de mí. Hacíamos -esto sin reñir, en broma, riendo a carcajadas. -Luego Mitka logró escapar de mis -manos y se escurrió a la calle; yo corrí -tras él, pero no pude alcanzarle y volví -solo al cuarto en que trabajábamos para -recoger los útiles del oficio. Mientras -los arreglaba, esperando a Mitka, pues -estaba seguro de que volvería, vi en un -rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta -en un papel. Quité el papel y encontré -un estuche que contenía unos pendientes...»</p> - -<p>—¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás -de la puerta, detrás de la puerta?—repitió -Raskolnikoff mirando espantado -a Razumikin y haciendo esfuerzos para -incorporarse en el sofá.</p> - -<p>—Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones -así?—dijo Razumikin, saltando de su -asiento.</p> - -<p>—No, no es nada—respondió Raskolnikoff -con voz débil, dejándose caer de -nuevo sobre la almohada y poniéndose -de cara a la pared.</p> - -<p>Reinó un silencio de algunos minutos.</p> - -<p>—Estaba, sin duda, adormilado—dijo -Razumikin, interrogando con la mirada -a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un -leve movimiento negativo.</p> - -<p>—Continúa—dijo el doctor—; ¿y -después?</p> - -<p>—Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo -los pendientes no pensó ni en sus útiles -del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y -se fué en seguida a la taberna de Dutchkin. -Como ya te he dicho, hizo que éste -le diera un rublo, diciéndole que había -encontrado el estuche en la calle, y en seguida -se fué de holgorio. Mas en lo concerniente -al asesinato, su lenguaje no varía: -«No sé nada, repite constantemente. -No tuve noticias del crimen hasta el día -después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido -durante todo ese tiempo?» «Porque -temía que me vieran.» «¿Y por qué querías -ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» -«¿De qué tenías miedo?» «De que me procesaran.» -Esta es la historia. Ahora bien, -¿qué dirás que sacan en conclusión de -todo ello?</p> - -<p>—¿Qué quieres que diga? Existe una -presunción, discutible, quizá, pero no -deja de ser una presunción. ¿Crees tú -que debían poner en libertad a ese pintor -decorador?</p> - -<p>—Sí, pero es el caso que están convencidos -de que es el autor del crimen.</p> - -<p>—Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas -de los pendientes. El mismo día, -pocos instantes después de haberse co<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>metido -el crimen, los pendientes, que sin -duda se hallaban en el baúl de la víctima, -estaban en manos de Mikolai: has -de convenir conmigo en que es preciso -averiguar cómo llegaron a su poder; es -éste un punto que el juez instructor no -puede por menos que aclarar.</p> - -<p>—¿Que cómo llegaron a su poder?—exclamó -Razumikin—. ¿Que cómo llegaron -a su poder? Ante todo, doctor, por -tu condición de médico has tenido ocasión -de estudiar al hombre y profundizar -la naturaleza humana. Siendo esto así, -¿es posible que no veas cuál es la de ese -Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo <i>a -priori</i> de que todas las declaraciones -prestadas por él en el curso de los interrogatorios -son verdaderas? Los pendientes -llegaron a sus manos exactamente como -él dice: tropezó con el estuche y lo -recogió.</p> - -<p>—¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo -ha confesado que mintió en su primera -declaración.</p> - -<p>—Escúchame, escúchame atentamente: -el portero, la mujer de éste, Koch. -Pestriakoff, el otro portero, la inquilina -del primer piso que se hallaba a la sazón -en la portería, el consejero Krukoff, que -en aquel mismo instante acababa de apearse -del coche y entraba en la casa con -una señora del brazo; todos, es decir, -ocho o diez testigos, declaran unánimemente -que Mikolai tiró a Mitrey al suelo -y que, conforme le tenía debajo, le -daba puñetazos, mientras el otro agarraba -a su compañero del pelo y procuraba -devolverle los golpes recibidos. Estaban -tirados delante de la puerta, interceptando -el paso; los injurian, y ellos -«lo mismo que chiquillos» (es la expresión -de los testigos), gritan, se maltratan, lanzan -carcajadas y se persiguen en la calle -como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora -fíjate en esto: arriba yacen dos cadáveres -que no se han enfriado todavía, pues estaban -calientes aún cuando los descubrieron. -Si hubiesen cometido el crimen los -dos obreros o solamente Mikolai, permíteme -que te pregunte: ¿Se comprende -tal descuido, tal serenidad en personas -que acaban de cometer dos asesinatos -seguidos de robo? ¿No existe verdadera -incompatibilidad entre esos gritos, esas -risas, esa lucha infantil y el estado de -ánimo en que debieran encontrarse los -asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez -segundos de haber matado (porque, lo -repito, se han encontrado todavía calientes -los cadáveres), se van sin cerrar -la puerta del cuarto en que yacen sus -víctimas, y sabiendo que sube gente al -cuarto en donde se ha perpetrado el delito, -retozan en el umbral de la puerta -cochera, y en lugar de huir apresuradamente -interceptan el paso, ríen, atraen -la atención de la gente, hasta el punto -de que hay diez testigos que declaran -unánimemente!</p> - -<p>—Es verdad; eso es extraño; parece -imposible; pero...</p> - -<p>—No hay <i>pero</i> que valga, amigo mío. -Reconozco que los pendientes encontrados -en poder de Mikolai, poco después de -cometido el crimen, constituyen en contra -del pintor un hecho grave, hecho -por otra parte, explicado de manera plausible -por el acusado, y en consecuencia, -sujeto a discusión; pero hay que tener -también en cuenta los hechos justificativos, -tanto más cuanto que éstos están -fuera de discusión. Desgraciadamente, -dado el espíritu de nuestras leyes, los -magistrados son incapaces de admitir -que un hecho justificativo, fundado en -una pura posibilidad psicológica, pueda -destruir cualesquiera cargos materiales. -No, no los admitirán, por la única razón -de que ha encontrado el estuche y de que -el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en -que no habría pensado si no hubiese sido -culpable». Tal es la cuestión capital, y por -esta razón me exalto. ¿Comprendes?</p> - -<p>—Sí. Veo que te exaltas. Espera un -poco. Hay una cosa que me había olvidado -preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche -de los pendientes haya sido robado -de casa de la vieja?</p> - -<p>—Eso está probado—replicó entre -dientes Razumikin—. Koch ha reconocido -el objeto y ha indicado la persona -que lo había empeñado. Por su parte, -esta última persona ha demostrado evidentemente -que el estuche le pertenecía.</p> - -<p>—Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha -visto nadie a Mikolai cuando Koch y Pestriakoff -subían al cuarto piso, y, por consiguiente, -no puede probarse la coartada?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p> - -<p>—El hecho es que nadie le ha visto—respondió -con tono malhumorado Razumikin—. -Esto es lo que hay de malo. -Ni Koch ni Pestriakoff vieron a los pintores -al subir la escalera; por otra parte -su testimonio no significará gran cosa. -«Vimos—dicen—que el cuarto estaba -abierto y que sin duda había gente trabajando -en él; pero pasamos de largo -sin fijarnos, y no podemos asegurar si -en aquel momento había allí o no obreros.»</p> - -<p>—De modo que toda la justificación -de Mikolai descansa sobre la risa y puñetazos -que cambiaba con su compañero. -Bueno, es una prueba en apoyo de su -inocencia; pero permíteme que te pregunte -cómo te explicas el hecho: siendo -verdadera la versión del acusado, ¿cómo -te explicas el hallazgo de los pendientes?</p> - -<p>—¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay -que explicar aquí? La cosa es clara como -la luz meridiana, o a lo menos así se desprende -del sumario. El mismo estuche -nos da la clave de lo sucedido. El verdadero -culpable dejó caer los pendientes. -Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff -empujaban la puerta, y se había encerrado -por dentro con el cerrojo. Koch -cometió la insigne torpeza de bajar; entonces -el asesino salió del cuarto y empezó -a descender, supuesto que no tenía -otro medio de escapar. Ya en la escalera, -esquivó las miradas de Koch, de Pestriakoff -y del portero, refugiándose en la habitación -del segundo piso precisamente en -el momento en que los obreros acababan -de salir. El criminal se ocultó detrás de -la puerta en tanto que el portero y los -otros subían a casa de las víctimas; esperó -a que el ruido de los pasos cesase de -oírse y llegó tranquilamente al pie de la -escalera en el instante mismo en que Mitrey -y Mikolai salían corriendo a la calle. -Como todo el mundo se había dispersado, -no encontró a nadie en la puerta cochera. -Puede que alguien le haya visto; pero nadie -se fijó en él: ¿quién se fija en las personas -que entran o salen de una casa? -El estuche debió de caérsele del bolsillo -cuando estaba detrás de la puerta, y no -lo advirtió, porque tenía entonces otras -muchas cosas en que pensar. El estuche -demuestra claramente que el asesino se -ocultó en el cuarto desalquilado del segundo -piso... Ahí tienes explicado todo -el misterio.</p> - -<p>—¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! -Ese relato hace honor a tu imaginación.</p> - -<p>—Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver -en esto mi imaginación? ¿Por qué dices -que es ingenioso mi relato?</p> - -<p>—Porque todos los detalles están muy -bien calculados y todas las circunstancias -se presentan con demasiada oportunidad... -Ni más ni menos que en el teatro.</p> - -<p>Razumikin iba a protestar de nuevo, -cuando la puerta se abrió de repente y -los tres jóvenes vieron aparecer un visitante -a quien ninguno de los tres conocía.</p> - - -<div class="chapter"><h3>V.</h3></div> - -<p>Era ya de cierta edad, majestuoso, de -modales acompasados y de fisonomía reservada -y severa. Se detuvo en el umbral -dirigiendo miradas a todas partes con -sorpresa que no trataba de disimular -y que era bastante desagradable. Parecía -que se preguntaba: «¿A dónde he venido -a meterme?» Contemplaba la habitación -estrecha y baja en que se encontraba con -desconfianza y con cierta afectación de -temor. Su mirada conservó la misma expresión -de estupor cuando se posó sobre -Raskolnikoff. El joven, con un traje -bastante descuidado, estaba tendido en -su miserable sofá, y sin hacer movimiento -alguno se puso a su vez a contemplar -al visitante. Después este último, conservando -su aspecto altanero, examinó la -inculta barba y los rizados cabellos de -Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse -de su sitio le seguía mirando con impertinente -curiosidad. Durante un minuto -reinó un silencio molesto para todos. -Finalmente, comprendiendo, sin duda, -que su arrogancia no imponía a nadie, -el buen señor se humanizó un poco, y -cortésmente, aunque con cierta sequedad, -se dirigió a Zosimoff.</p> - -<p>—¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, -un joven que es o ha sido estudiante?—preguntó -recalcando cada sílaba.</p> - -<p>El médico se levantó lentamente y hubiera -respondido, si Razumikin, a quien<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span> -no iba dirigida la pregunta, no se hubiera -apresurado a contestar.</p> - -<p>—Ahí está en el sofá; ¿pero a usted -qué se le ocurre?</p> - -<p>El desenfado de estas palabras molestó -al caballero de aspecto solemne, que hizo -ademán de arrojarse sobre Razumikin, -pero se contuvo y volvióse vivamente hacia -Zosimoff.</p> - -<p>—El señor es Raskolnikoff—dijo negligentemente -el doctor, mostrando al enfermo -con un ligero movimiento de cabeza.</p> - -<p>Después bostezó casi hasta desquijararse, -sacó del bolsillo del chaleco un enorme -reloj de oro, lo miró, y lo volvió a -guardar.</p> - -<p>Raskolnikoff, que continuaba echado -boca arriba, no apartaba los ojos del recién -venido; pero ningún pensamiento -reflejaba su mirada después que hubo -dejado de contemplar la florecilla del papel, -y su rostro, excesivamente pálido, -expresó un extraordinario sufrimiento. -Hubiérase dicho que el joven acababa de -soportar una dolorosa operación quirúrgica -o de ser sometido al tormento. Poco -a poco, sin embargo, la presencia del visitante -despertó en él creciente interés: -primero, sorpresa; después, curiosidad, -y, finalmente, cierta especie de temor. -Cuando el doctor le señaló diciendo: «El -señor es Raskolnikoff», nuestro héroe se -levantó de repente, se sentó en el sofá, y -con voz débil y entrecortada, pero que -sonaba a desafío, dijo:</p> - -<p>—Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere -usted?</p> - -<p>El señor de aire importante le contempló -atentamente y respondió con tono -digno:</p> - -<p>—Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo -motivo para creer que mi nombre no -le es del todo desconocido.</p> - -<p>Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin -duda, otra cosa, se contentó con mirar -a su interlocutor silenciosamente y como -si el nombre de Pedro Petrovitch hubiese -sonado por primera vez en sus oídos.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Es posible que no haya -usted oído hablar de mí?—preguntó -Ludjin un tanto desconcertado.</p> - -<p>Por toda respuesta Raskolnikoff se -echó lentamente sobre la almohada, se -puso las manos bajo la cabeza y fijó los -ojos en el techo. Ludjin estaba perplejo. -Zosimoff y Razumikin le miraban con -curiosidad cada vez mayor, lo que acabó -de desconcertarle por completo.</p> - -<p>—Pensaba... creía...—balbució—que -una carta puesta en el correo hace -ocho días o acaso quince...</p> - -<p>—Oiga usted; ¿por qué permanece ahí -en la puerta?—interrumpió bruscamente -Razumikin—. Si tiene algo que decir, -siéntese usted. Anastasia y usted no caben -los dos en el hueco de la puerta. Es -demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate -y deja pasar a ese señor. Entre usted. -Aquí hay una silla. Vamos, venga -usted.</p> - -<p>Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño -espacio libre entre ésta y sus rodillas -y esperó en una posición bastante -impertinente a que el visitante se le acercase. -Pedro Petrovitch se deslizó no sin -trabajo hasta la silla, y, después de sentarse, -miró con aire de desconfianza a -Razumikin.</p> - -<p>—Por lo demás, no se incomode usted—dijo -el estudiante con voz fuerte—. -Rodia hace cinco días que se encuentra -enfermo. Durante tres ha estado delirando; -ahora ha recobrado el conocimiento -y hasta ha comido con apetito; este -señor es su médico, y yo un compañero -de Rodia, antiguo estudiante como él, -y hago las veces de enfermero suyo: no -haga usted, pues, caso de nosotros, y hable -con él como si no estuviéramos aquí.</p> - -<p>—Muchas gracias. Pero mi presencia -y mi conversación, ¿no fatigarán al enfermo?—preguntó -Pedro Petrovitch dirigiéndose -a Zosimoff.</p> - -<p>—No, al contrario, así se distraerá—respondió -con tono indiferente el médico -y volvió a bostezar.</p> - -<p>—¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades -hace ya un buen rato, desde esta -mañana—añadió Razumikin, cuya familiaridad -revelaba tan honrada franqueza, -que Pedro Petrovitch comenzó -a sentirse menos molesto. Además, aquel -hombre incivil y mal vestido se recomendaba -por su calidad de estudiante.</p> - -<p>—Su madre de usted...</p> - -<p>—¡Hum!—exclamó estrepitosamente -Razumikin.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span></p> - -<p>Ludjin le miró sorprendido</p> - -<p>—No, no es nada, una mala costumbre -mía; coutinúe usted.</p> - -<p>Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:</p> - -<p>—Su madre de usted tenía empezada -una carta para usted antes de mi partida. -Llegado aquí, he diferido de intento -mi visita algunos días, a fin de estar -bien seguro de que estaba usted perfectamente -enterado de todo. Pero ahora -veo con asombro que...</p> - -<p>—Ya sé, ya sé—interrumpió bruscamente -Raskolnikoff, cuyo rostro expresó -violenta irritación—. ¿Usted es el -futuro...? Está bien, ya lo sé. No hablemos -más de eso.</p> - -<p>Este lenguaje algo grosero hirió en lo -vivo a Ludjin, pero guardó silencio, preguntándose -lo que aquello significaba. La -conversación se interrumpió momentáneamente.</p> - -<p>En tanto, Raskolnikoff, que para responderle -se había vuelto un poco hacia -él, se puso a contemplarle con marcada -atención, como si antes no le hubiese -visto o como si le hubiese chocado alguna -cosa en el visitante. Se incorporó -para mirarle mejor, y la verdad es que -el exterior de Ludjin ofrecía no sé qué -aspecto particular que justificaba el apelativo -de <i>futuro</i> tan caballerescamente -aplicado poco antes a aquel personaje.</p> - -<p>Desde luego se veía, y quizá se veía -demasiado, que Pedro Petrovitch se había -apresurado a aprovechar su estancia -en San Petersburgo para «embellecerse», -en previsión de la próxima llegada de su -prometida. Esto, en rigor, era disculpable. -Tal vez dejaba adivinar la satisfacción -que sentía por haber logrado su propósito; -pero también esta debilidad podía -ser perdonada a un pretendiente. -Iba enteramente vestido de nuevo, y su -elegancia no ofrecía a la crítica más que -un punto flaco: el de que la ropa estaba -demasiado flamante y denunciaba un -propósito determinado. ¡De qué respetuosos -cuidados rodeaba el elegante sombrero -que acababa de comprar! ¡qué miramientos -tenía con sus guantes Jouvin, -que no se había atrevido a calzarse, -contentándose con tenerlos en la mano -para muestra! En su traje dominaban -los colores claros. Llevaba una graciosa -americana de color café claro; pantalón -de un color muy delicado y chaleco de -la misma tela que el pantalón. La pechera, -cuellos y puños eran muy pulcros y -finos, y la corbata de batista a listas -de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo, -presentaba buen aspecto con -estos vestidos, parecía mucho más joven -de lo que era en realidad.</p> - -<p>Su rostro muy fresco y no desprovisto -de distinción, ostentaba espesas patillas -que hacían resaltar la deslumbrante -blancura de una barbilla cuidadosamente -afeitada. Tenía pocas canas y su -peluquero había logrado rizarle el cabello -sin ponerle, como casi siempre sucede, -la cabeza tan ridícula como la de un desposado -alemán. Si es verdad que en aquella -fisonomía seria y bastante bella había -algo desagradable y antipático, era -por otras causas. Después de haber tratado -descortésmente al señor Ludjin, -Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó -otra vez la cabeza en la almohada y -se puso a contemplar el techo. Pero el -señor Ludjin había resuelto no incomodarse -por nada, y fingió no reparar en lo -extraño de aquel recibimiento. Hasta -hizo un esfuerzo para reanudar la conversación.</p> - -<p>—Siento muchísimo encontrar a usted -en este estado. Si hubiera sabido que -se hallaba usted enfermo, habría venido -antes; pero ya sabe usted, estoy tan ocupado... -Se me ha encargado de un proceso -muy importante en el Senado. Esto -sin contar con los preparativos y preocupaciones -que usted adivinará sin duda. -Aguardo de un momento a otro a su familia, -es decir, a su madre de usted y a -su hermana.</p> - -<p>Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro -expresó cierta agitación. Pedro Petrovitch -se detuvo un instante; espero, -pero viendo que el joven guardaba silencio -continuó diciendo:</p> - -<p>—De un momento a otro. En previsión -de su próxima llegada les he buscado -hospedaje...</p> - -<p>—¿Dónde?—preguntó con voz débil -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span></p> - -<p>—Sí, en el <i>pereulok</i> Vosnesenshy—interrumpió -Razumikin—; hay dos pisos -amueblados, que los alquila el comerciante -Utchin. He estado allí.</p> - -<p>—En efecto, en esa casa hay dos cuartos -para alquilar. Es aquello un agujero -innoblemente sucio y, además, de muy -mala fama. Han ocurrido allí sucesos -nada limpios... Ni el mismo diablo sabe -la gente que la habita. Yo mismo presencié -allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro! -¡Las habitaciones esas cuestan baratas!</p> - -<p>—Como usted comprenderá, yo no -podía saber esas cosas, puesto que acababa -de llegar de provincias—replicó Ludjin -un tanto picado—. De todos modos, las -dos habitaciones que he tomado están -muy limpias, y como son para tan poco -tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro -futuro alojamiento—añadió dirigiéndose a -Raskolnikoff—. Lo están arreglando. -Ahora estoy también a pupilo. Vivo a -dos pasos de aquí, en casa de la señora -Lippevechzel, en el departamento de un -joven amigo mío, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, -que es quien me ha indicado -la casa de Bakalieff.</p> - -<p>—Lebeziatnikoff—pronunció lentamente -Rodia, como si este nombre le -hubiese recordado alguna cosa.</p> - -<p>—Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, -que es empleado en un ministerio. -¿Usted le conoce?</p> - -<p>—Sí, es decir, no—respondió Raskolnikoff.</p> - -<p>—Perdone usted. Su pregunta me ha -hecho suponer que no le era desconocido -su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; -es un joven muy agradable y que profesa -ideas muy avanzadas. Yo trato con -gusto a los jóvenes: por ellos se sabe lo -que hay de nuevo.</p> - -<p>Al acabar de decir estas palabras, -Pedro Petrovitch miró a sus oyentes con -la esperanza de encontrar en su fisonomía -algún signo de aprobación.</p> - -<p>—¿Desde qué punto de vista?—preguntó -Razumikin.</p> - -<p>—Desde un punto de vista muy serio; -quiero decir, desde el punto de vista de -la actividad social—respondió Ludjin -encantado de que se le hiciese tal pregunta—. -Yo no había estado en San Petersburgo -desde hace diez años. Todas estas -novedades, todas estas reformas, todas -estas ideas han llegado hasta nosotros -los provincianos; mas para verlo todo -claramente, es preciso venir a San Petersburgo. -Observando las nuevas generaciones -es como se las conoce mejor. -Lo confieso, estoy contentísimo.</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—La pregunta de usted es complicada. -Puedo engañarme, pero creo haber notado -puntos de vista más concretos, un -espíritu crítico, una actividad más razonada.</p> - -<p>—Es verdad—dijo negligentemente -Zosimoff.</p> - -<p>—¿Verdad que sí?—dijo Pedro Petrovitch -que recompensó al médico con -una amable mirada—. Convendrá usted -conmigo—prosiguió dirigiéndose a -Razumikin—en que hay progreso, por -lo menos en el orden científico y en el -económico.</p> - -<p>—¡Lugares comunes!</p> - -<p>—No, no son lugares comunes. Si a -mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a tus -semejantes», y pongo este consejo en -práctica, ¿qué resultará?—se apresuró a -responder Ludjin con demasiado calor—. -Rasgaría mi capa y daría la mitad a mi -prójimo, y los dos nos quedaríamos medio -desnudos. Como dice el proverbio -ruso: «Si levantáis muchas liebres a la -vez, no cazaréis ninguna». La ciencia me -ordena no amar a nadie más que a mí, -supuesto que todo en el mundo está fundado -en el interés personal. Si usted no -ama más que a sí mismo, hará usted de -un modo conveniente sus negocios y su -capa quedará entera. Añade la Economía -política que cuantas más fortunas -privadas surgen en una sociedad, o en -otros términos, cuantas más capas enteras -hay, más sólida y felizmente está -organizada esa sociedad. Así, pues, al -trabajar únicamente para mí, trabajo -también para todo el mundo; y resulta -en último extremo que mi prójimo recibe -un poco más de la mitad de una capa -y no solamente gracias a las liberalidades -privadas e individuales, sino como consecuencia -del progreso general. La idea -es sencilla; desgraciadamente ha necesitado -mucho tiempo para hacer su camino -y para triunfar de la quimera y del<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span> -sueño. Sin embargo, no es preciso, me -parece a mí, mucho ingenio para comprender...</p> - -<p>—¡Perdón! pertenezco a la categoría -de los imbéciles—interrumpió Razumikin—. -No se hable más de eso. Yo tenía -un objeto al empezar esta conversación; -pero desde hace tres años me zumban los -oídos ya con toda esta palabrería y con -todas estas vulgaridades, y me da vergüenza -hablar y aun oír hablar de ellas. -Naturalmente, usted se ha apresurado -a darnos a conocer sus teorías... Es cosa -muy disculpable y no se la censuro. Solamente -deseaba saber quién era usted, -porque ya se le alcanza que en estos tiempos -hay una porción de embaucadores -que han caído sobre los negocios públicos, -y, no buscando más que su propio -medro, han echado a perder cuanto han -tocado con sus manos... y... ¡ea, basta!</p> - -<p>—¡Señor!—replicó Ludjin, herido -en lo vivo—, ¿eso es decir que yo también...?</p> - -<p>—¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo -había yo de...? No se hable más—dijo -Razumikin, y sin hacer caso del visitante -reanudó con Zosimoff la conversación -interrumpida con la llegada de Pedro -Petrovitch.</p> - -<p>Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar -sin protesta la explicación del estudiante. -Tenía, además, la intención de -irse en seguida.</p> - -<p>—Ahora que ya nos conocemos—dijo, -dirigiéndose a Raskolnikoff—, espero -que nuestras relaciones continuarán en -cuanto se ponga usted bueno del todo, -y serán cada vez más íntimas, merced -a las circunstancias que ya conoce... Le -deseo un pronto restablecimiento.</p> - -<p>Raskolnikoff hizo como si no le hubiera -entendido. Pedro Petrovitch se levantó.</p> - -<p>—De seguro es uno de sus deudores -quien ha matado a la vieja—afirmó Zosimoff.</p> - -<p>—Seguramente—repitió Razumikin—. -Porfirio no dice lo que piensa, pero interroga -a los que habían empeñado alhajas -en casa de la usurera.</p> - -<p>—¿Que los interroga?—preguntó con -voz fuerte Raskolnikoff.</p> - -<p>—Sí, ¿y qué?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p>—¿Y cómo los conoce?—preguntó Zosimoff.</p> - -<p>—Koch ha designado alguno; se han -encontrado los nombres de otros muchos -en los papeles que envolvían los objetos. -En fin, otros se han presentado en cuanto -han tenido noticia del hecho.</p> - -<p>—El pillo que ha dado el golpe debe -de ser un mozo experimentado. ¡Qué -decisión, que audacia!</p> - -<p>—No hay tal cosa—replicó Razumikin—. -Eso es precisamente lo que te -engaña y lo que engaña a todos. Sostengo -que el asesino no es ni hábil ni experimentado; -ese crimen ha sido probablemente -el primero que ha cometido. En la -hipótesis de que el criminal fuese un asesino -consumado nada explicaría todo un -cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el -contrario, le suponemos novato, habrá -que admitir que la casualidad solamente -ha sido causa de que pudiera escapar. -¿Quién sabe? Quizá ni ha previsto los -obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? -Asesina a dos personas, toma luego -alhajas de diez o veinte rublos, y se -llena con ellas los bolsillos; revuelve el -cofre en que la vieja guardaba sus trapos, -no toca el cajón de la cómoda en donde se -ha encontrado una cajita que contenía mil -quinientos rublos en metálico sin contar -los billetes. No, no ha sabido robar, -sólo ha sabido matar. Lo repito, es principiante; -se aturdió en el momento de -cometer el crimen. Si no le han detenido -ya, debe dar más gracias al azar que a su -destreza.</p> - -<p>Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, -pero antes de salir quiso pronunciar algunas -frases profundas. Deseaba dejar -buena impresión, y la vanidad le privó de -tacto.</p> - -<p>—¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato -recientemente perpetrado en la -persona de una anciana, viuda de un secretario -de colegio?—preguntó dirigiéndose -a Zosimoff.</p> - -<p>—Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese -crimen?</p> - -<p>—¿Cómo no? Si se habla de él en todas -partes.</p> - -<p>—¿Conoce usted los pormenores?</p> - -<p>—No todos; pero este asunto me interesa -por la cuestión de carácter gene<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>ral -que plantea. No me refiero al aumento -de crímenes en la clase baja durante estos -cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión -no interrumpida de robos y de incendios. -Lo que más me preocupa es que -en las clases elevadas la criminalidad -sigue una progresión en cierto modo paralela.</p> - -<p>—Pero, ¿de qué se preocupa usted?—dijo -bruscamente Raskolnikoff—. Todo -eso es el resultado práctico de la teoría -de ustedes.</p> - -<p>—¿Cómo de nuestra teoría?</p> - -<p>—Es la deducción lógica del principio -que usted acaba de sentar. Según usted, -es lícito matar al prójimo.</p> - -<p>—¿Cómo? ¡Yo!—exclamó Ludjin.</p> - -<p>—No, no es eso—observó Zosimoff.</p> - -<p>Raskolnikoff se puso pálido y respiraba -fatigosamente; cierto estremecimiento -agitaba su labio superior.</p> - -<p>—Todo consiste en los justos medios—prosiguió -con tono altanero Pedro Petrovitch—; -la idea económica no es aún, -que yo sepa, una excitación al asesinato, -y de lo que yo he expuesto al principio...</p> - -<p>—¿Es verdad—saltó Raskolnikoff con -voz temblorosa de cólera—, es verdad -que usted dijo a su futura esposa... cuando -aceptó la petición de usted, que lo -que más le agradaba de ella era su pobreza... -porque es mejor casarse con una -mujer para dominarla y echarle en cara -los beneficios de que se ha colmado?</p> - -<p>—¡Caballero!—exclamó Ludjin—, rugiendo -de furor—. ¡Caballero! ¡Eso es -desnaturalizar mi pensamiento! Dispense -usted que le diga que los rumores que han -llegado a su conocimiento, o mejor dicho, -que han sido puestos en su conocimiento, -no tienen ni sombra de fundamento -y sospecho que... en una palabra... -Ese dardo... en una palabra, que -su madre de usted... Ya me había parecido -a mí, que, a pesar de sus buenas cualidades, -era un poco exaltada y novelesca; -sin embargo, estaba a mil leguas de -imaginar que pudiese desnaturalizar hasta -ese punto el sentido de mis palabras y -citarlas alterándolas de tal suerte... En -fin...</p> - -<p>—¿Sabe usted lo que le digo?—gritó el -joven incorporándose y echando lumbre -por los ojos—. ¿Sabe usted lo que le digo?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin -y esperó con aire de desafío.</p> - -<p>Hubo algunos momentos de silencio.</p> - -<p>—Pues bien, que si usted se permite -decir una sola palabra más de mi madre, -le tiro de cabeza por la ventana.</p> - -<p>—¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?—exclamó -Razumikin.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!</p> - -<p>Ludjin palideció y se mordió los labios. -Se ahogaba de rabia, aunque hacía -esfuerzos inauditos para contenerse.</p> - -<p>—Escuche usted, caballero—dijo después -de una pausa—. La manera como -usted me recibió cuando entré, no me dejó -ninguna duda acerca de su enemistad; -sin embargo, he prolongado mi visita por -exceso de cortesía. Hubiera podido perdonar -a un enfermo y a un pariente, -pero ahora... ¡jamás! ¡jamás!</p> - -<p>—¡Yo no estoy enfermo!—gritó Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Tanto peor!</p> - -<p>—¡Váyase usted al infierno!</p> - -<p>Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta -invitación para marcharse. Se apresuró -a salir sin mirar a nadie y sin saludar a -Zosimoff, que durante un rato estuvo -haciéndole señas de que dejase en reposo -al enfermo.</p> - -<p>—¿Ese es el modo de portarse?—dijo -Razumikin, moviendo la cabeza.</p> - -<p>—¡Dejadme! ¡Dejadme todos!—exclamó -colérico Raskolnikoff—. ¿Me dejaréis -en paz, verdugos? ¡No tengo miedo -de vosotros! ¡No temo a nadie, a nadie! -Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, -solo, solo!</p> - -<p>—Vámonos—dijo Zosimoff haciendo -una seña con la cabeza a Razumikin.</p> - -<p>—Pero, ¿le vamos a dejar así?</p> - -<p>—¡Vámonos!—insistió el médico.</p> - -<p>Razumikin reflexionó un instante y se -decidió a seguir al doctor, que ya había -salido.</p> - -<p>—Nuestra resistencia a sus deseos le -hubiera sido perjudicial—dijo Zosimoff -a su amigo ya en la escalera—. No conviene -irritarle.</p> - -<p>—¿Qué le pasa?</p> - -<p>—Una sacudida que le sacase de sus -preocupaciones le haría mucho provecho.<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span> -Alguna idea fija le atormenta... Eso es -lo que más me inquieta.</p> - -<p>—El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá -algo que ver en esto? Según la conversación -que acaban de sostener, parece -que ese individuo va a casarle con una -hermana de Rodia, y que nuestro amigo -ha recibido una carta acerca de este -asunto muy pocos días antes de su enfermedad.</p> - -<p>—El diablo, sin duda, es quien ha traído -de visita a ese señor, que ha podido -echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado -en que sólo una cosa hace salir al enfermo -de su apatía y mutismo? ¡Cómo -se excita cuando se habla de ese asesinato!</p> - -<p>—Sí, sí, lo he advertido—respondió -Razumikin—; presta más atención, se -inquieta. Es, sin duda, porque el mismo -día que se puso malo le asustaron en la -oficina de policía y se desmayó.</p> - -<p>—Ya me lo contarás circunstanciadamente -en otra ocasión, y a mi vez te diré -algo... Me interesa mucho, muchísimo. -Dentro de media hora volveré a ver cómo -sigue. No es de temer le inflamación...</p> - -<p>—Gracias a ti. Ahora voy a entrar un -momento en casa de Pashenka, y haré -que le cuide Anastasia.</p> - -<p>Cuando se quedó solo, Raskolnikoff -miró a la criada con impaciencia y disgusto; -pero ésta vacilaba antes de irse.</p> - -<p>—¿Tomarás ahora el te?—preguntóle -la sirvienta.</p> - -<p>—Más tarde; quiero dormir. Déjame.</p> - -<p>El joven se volvió con un movimiento -convulsivo hacia la pared, y la criada -salió del aposento.</p> - - -<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div> - -<p>Pero en cuanto la criada hubo salido, -Raskolnikoff se levantó, cerró la puerta -con el picaporte y se puso las prendas -que Razumikin le había llevado. Cosa -extraña. De repente se trocó en tranquilidad -completa el frenesí de antes y el -terror pánico que el joven había sentido -en los últimos días. Era aquel el primer -momento de una tranquilidad extraña -y repentina. Precisos y sin vacilación los -movimientos del joven, denotaban una -resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy -mismo», murmuraba. Comprendía, sin -embargo, que estaba aún débil; pero la -extrema tensión moral a que debía su -calma, le daban seguridad y confianza; -no quería caerse en la calle. Después de -haberse vestido por completo, miró el -dinero colocado sobre la mesa, reflexionó -un poco y se lo metió en el bolsillo.</p> - -<p>La cantidad subía a veinticinco rublos. -Tomó también todas las monedas -de cobre que quedaban de los diez rublos -gastados por Razumikin, abrió suavemente -la puerta, salió de su habitación -y bajó la escalera. Al pasar por delante -de la cocina, cuya puerta estaba -abierta de par en par, echó una ojeada. -Anastasia estaba vuelta de espaldas, -ocupada en soplar el samovar de la patrona -y no le vió. Por otra parte, ¿quién -hubiera podido prever esta fuga? Un instante -después estaba en la calle.</p> - -<p>Eran las ocho y se había puesto el sol. -Aunque la atmósfera era sofocante como -el día anterior, Raskolnikoff respiraba -con avidez el aire polvoriento emponzoñado -por las exhalaciones mefíticas de -la gran ciudad. Sentía algunos ligeros -vahídos; sus ojos inflamados, su rostro -delgado y lívido expresaban salvaje -energía. No sabía dónde ir ni tampoco -le preocupaba; sabía solamente que era -preciso acabar con «aquella historia»; -pero de repente y en seguida; que de otro -modo no entraría en su casa. «Porque -no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No -lo sabía y hacía esfuerzos para desechar -esta pregunta que le atormentaba. Sólo -comprendía que era menester cambiase -todo de una manera o de otra, «cueste -lo que cueste», repetía con desesperada -resolución.</p> - -<p>Siguiendo una antigua costumbre se -dirigió al Mercado del Heno. Antes de -llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, -a un organillero joven, de cabellos -negros, que tocaba una melodía muy -sentimental. El músico acompañaba con -su instrumento a una joven de quince -años, que estaba de pie en la acera. La -muchacha, vestida como una señorita, -llevaba crinolina, manteleta, guantes, -chal y sombrero de paja, adornado con -una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. -Con voz cascada, pero bastante<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> -fuerte y agradable, cantaba una romanza, -esperando que en la tienda le diesen un -par de kopeks. Dos o tres personas se -habían detenido; Raskolnikoff hizo como -ellas, y después de haber escuchado un -momento, sacó del bolsillo un piatak y -lo puso en la mano de la joven. La muchacha -cortó en seco su canto en la nota más -alta y conmovedora—. ¡Basta!—gritó -la cantora a su compañero y ambos se -dirigieron a la tienda de al lado.</p> - -<p>—¿Le gustan a usted las canciones -de las calles?—preguntó bruscamente -Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta -edad, que había estado oyendo a su -lado a los músicos callejeros y que parecía -un paseante desocupado.</p> - -<p>El interrogado miró con sorpresa al -que le dirigía esta pregunta.</p> - -<p>—Yo—prosiguió Raskolnikoff (al verle -se hubiera creído que hablaba de otra -cosa que de la música de las calles)—, yo -gusto de oír cantar al compás del organillo, -sobre todo en una tarde fría, sombría -y húmeda de otoño, principalmente húmeda, -cuando todos los transeuntes tienen -cara verdosa o enfermiza, o mejor -aún, cuando la nieve cae verticalmente, -sin que el viento le desparrame y cuando -las luces brillan al través de las nubes...</p> - -<p>—Yo no sé. Usted me dispense—balbuceó -el señor, aterrado de la pregunta -y del extraño aspecto de Raskolnikoff -y se pasó a la otra acera.</p> - -<p>El joven continuó su camino y llegó -al Mercado del Heno, al sitio mismo en -que días antes cierto tendero y su mujer -hablaban con Isabel; pero no estaban -allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, -miró en derredor suyo y se dirigió a un -mozo de camisa roja que bostezaba a la -puerta de un almacén de harinas.</p> - -<p>—¿Es aquí en este rincón, donde cierto -tendero y su mujer se ponen a vender?</p> - -<p>—Todo el mundo vende—respondió -el mozo, mirando con desdén a Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Cómo le llaman?</p> - -<p>—Le llaman por su nombre.</p> - -<p>—Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia -eres?</p> - -<p>El mozo miró de nuevo a su interlocutor.</p> - -<p>—Alteza, nosotros no somos de una provincia, -sino de un distrito. Mi hermano -ha partido, y yo me he quedado en la casa, -de manera que no sé nada. Perdóneme -Vuestra Alteza.</p> - -<p>—¿Hay arriba un bodegón?</p> - -<p>—Es un <i>traktir</i> y un billar. Hasta -princesas van ahí... se ve muy favorecido.</p> - -<p>Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo -de la plaza, en donde había un grupo -compacto, exclusivamente compuesto de -<i>mujiks</i>. Se metió entre la gente, mirando -a todas las personas y deseoso de hablar -con todo el mundo. Pero los campesinos -no fijaban la atención en él, y formando -grupos pequeños hablaban en voz alta -de sus asuntos. Después de un momento -de reflexión, dejó el Mercado del Heno -y se entró en el <i>pereulok</i>.</p> - -<p>En otras varias ocasiones había pasado -por esta callejuela, que forma un recodo -y une el mercado con la Sadovia. -Desde hace algún tiempo, gustábale ir -a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba -a aburrirse... «a fin de aburrirse -todavía más». Ahora iba allí sin propósito -algo determinado. Se encuentra -en esta callejuela una gran casa, cuya -planta baja está ocupada por tabernas y -figones de los que salían continuamente -mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente -vestidas. Se agrupaban en dos -o tres sitios de la acera, principalmente -cerca de las escaleras por las que se baja -a una especie de cafetines de mala fama. -En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: -cantaban dentro, tocaban la guitarra -y el ruido se extendía de un extremo -a otro de la calle. La mayor parte de -las mujeres se habían reunido en la puerta -de aquel antro; unas estaban sentadas -en las escaleras, las otras en la acera, las -otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado -borracho, con el cigarrillo en la boca, -golpeaba el suelo profiriendo imprecaciones: -hubiérase dicho que quería entrar -en alguna parte, pero que no sabía dónde. -Dos individuos desharrapados se insultaban. -Un hombre completamente -ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio -de la calle. Raskolnikoff se detuvo -cerca del principal grupo de mujeres. -Hablaban a voces, todas llevaban vestidos -de indiana, calzado de piel de ca<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span>bra -y la cabeza descubierta. Muchas habían -pasado ya de los cuarenta años; -otras no representaban más de diez y -siete. Casi todas tenían amoratadas las -orejas.</p> - -<p>Los cantos y el ruido que salían de la -zahurda, llamaron la atención de Raskolnikoff. -En medio de las carcajadas y del -barullo, una agria voz de falsete cantaba -al son de una guitarra y una persona danzaba -furiosamente marcando el compás -con los tacones. El joven, inclinado hacia -la entrada de la escalera, escuchaba -sombrío y pensativo.</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line"><i>Hombrecito de mi alma</i></div> -<div class="line"><i>No me pegues sin razón.</i></div> -</div></div></div> - -<p>cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff -no hubiera querido perder palabra de -aquella canción, como si el oírla hubiese -sido para él cosa de grandísima importancia.</p> - -<p>«Si entrase...»—pensaba—. «Se ríen, -están borrachos.»</p> - -<p>—¿No entras, buen mozo?—le preguntó -una de las mujeres con voz bastante -bien timbrada y que conservaba aún -cierta frescura.</p> - -<p>Era una muchacha joven, y la única -en el grupo que no daba náuseas.</p> - -<p>—¡Oh, bonita muchacha!—respondió -el joven levantando la cabeza y mirándola.</p> - -<p>Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.</p> - -<p>—También tú eres muy guapo.</p> - -<p>—¡Guapo un tipo semejante!—gruñó -en voz baja otra mujer—; de seguro que -acaba de salir del hospital.</p> - -<p>Bruscamente se aproximó un <i>mujik</i>, -medio ebrio, con el capote desabrochado -y el rostro resplandeciente de maliciosa -alegría.</p> - -<p>—Parece que son hijas de generales, -lo que no les impide ser chatas—dijo el -<i>mujik</i>—. ¡Oh, qué hermosuras!</p> - -<p>—Entra, puesto que has venido.</p> - -<p>—Entraré, preciosa—y descendió al -cafetín.</p> - -<p>Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.</p> - -<p>—Escuche usted, <i>barin</i><a name="FNanchor_15" id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a>—le gritó -la joven cuando nuestro héroe volvía -ya la espalda.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Querido <i>barin</i>, tendré mucho gusto -en pasar una hora con usted; pero en este -momento me siento cortada en su presencia. -Déme seis kopeks para echar un -trago, amable caballero.</p> - -<p>Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó -tres piataks.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Qué bueno es usted!</p> - -<p>—¿Cómo te llamas?</p> - -<p>—Pregunte usted por Duklida.</p> - -<p>—¡Qué desfachatez!—dijo bruscamente -una de las mujeres que se encontraban -en el grupo, señalando a Duklida, con un -movimiento de cabeza—. ¡No sé cómo -hay personas que pidan de ese modo! -Yo no me atrevería jamás... Creo que antes -me moriría de vergüenza.</p> - -<p>Raskolnikoff sintió curiosidad por ver -a la mujer que hablaba de aquel modo. -Era una moza de treinta años, toda llena -de equimosis y el labio superior hinchado. -Había lanzado su sentencia con -toda calma y seriedad.</p> - -<p>«¿En dónde he leído yo—pensaba Raskolnikoff -alejándose—, que se concede -no sé qué a un condenado a muerte una -hora antes de su ejecución? Aunque él -tuviese que vivir sobre una cima escarpada, -en una roca perdida en medio del -Océano, donde no hubiese más que el -sitio suficiente para colocar los pies, aunque -tuviese que pasar así toda su existencia, -mil años... una eternidad, derecho -en el espacio de un pie cuadrado, solo en -las tinieblas, expuesto a todas las intemperies... -preferiría aquella vida a la muerte. -Vivir, no importa cómo, pero vivir. -¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad -es! ¡Qué cobarde es el hombre y qué cobarde -también aquel que por ello le llama -cobarde!»—añadió al cabo de un instante.</p> - -<p>Hacía largo tiempo que andaba al -azar, cuando le llamó la atención la muestra -de un café: «¡Hola! <i>El Palacio de Cristal</i>. -Poco ha me habló de él Razumikin. -Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer -aquí? ¡Ah! Sí, leer. Zosimoff dice que había -leído en los periódicos...»</p> - -<p>—¿Tienen ustedes periódicos?—preguntó -entrando en un salón muy espacio<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>so -y bastante bien decorado, donde había -poca gente.</p> - -<p>Dos o tres parroquianos tomaban te. -En una sala distante, cuatro personas, -sentadas a una mesa, bebían <i>Champagne</i>. -Raskolnikoff creyó reconocer entre ellos -a Zametoff, pero la distancia no le permitía -distinguirlo bien.</p> - -<p>«Después de todo, ¿qué me importa?» -se dijo.</p> - -<p>—¿Quiere usted aguardiente?—preguntó -el mozo.</p> - -<p>—Sírveme te y tráeme también los -periódicos, los de los últimos cinco días, -te daré buena propina.</p> - -<p>—Bueno, aquí tiene usted los de hoy. -¿Quiere usted también aguardiente?</p> - -<p>Cuando le sirvieron el te y le dieron los -periódicos, Raskolnikoff se puso a buscar.</p> - -<p>—Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. -Bartola. Máximo. Los Aztekas. -Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los -sucesos: una mujer se ha caído por una -escalera... Un comerciante trastornado -por el vino. El incendio de las Arenas. El -incendio de la Petersburgskaia. Otra -vez el incendio de la Petersburgskaia. -Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo... ¡Ah! -Aquí está.</p> - -<p>Cuando encontró lo que buscaba, comenzó -la lectura; danzaban las letras -delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, -leer «los sucesos» hasta el fin y se puso a -buscar ávidamente los «nuevos detalles» -en los otros números.</p> - -<p>Impaciencia febril le hacía temblar -las manos conforme ojeaba los periódicos. -De repente se sentó a su lado uno. -Raskolnikoff miró. Era Zametoff. Zametoff -en persona y con el mismo traje -que llevaba en el despacho de policía con -sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos -rizados y llenos de cosmético, separados -elegantemente en medio de la cabeza, -con su elegante chaleco, su levita -algo usada y algo arrugada la camisa.</p> - -<p>El jefe de la Cancillería estaba alegre; -por lo menos se sonreía con satisfacción -y franqueza. Por efecto del <i>Champagne</i> -que había bebido, tenía el moreno rostro -bastante enrojecido.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Usted aquí?—exclamó con -asombro y con el tono que hubiera usado -para saludar a un antiguo camarada—. -¡Si ayer mismo Razumikin me dijo que -seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. -He estado en su casa...</p> - -<p>Raskolnikoff no creía que el jefe de la -Cancillería vendría a hablar con él. Apartó -los periódicos y se volvió hacia Zametoff -con una sonrisa por la cual se transparentaba -viva irritación.</p> - -<p>—Me han hablado de su visita—contestó—; -usted buscó mi bota. Razumikin -está loco con usted. Han ido ustedes juntos, -según parece, a casa de Luisa Ivanovna, -a quien usted trató de defender -el otro día. ¿No se acuerda? Usted hacía -señas al ayudante <i>Pólvora</i>, y él no hacía -caso de sus guiños. Sin embargo, no era -necesaria mucha penetración para comprenderlos. -La cosa es clara, ¿eh?</p> - -<p>—Es más charlatán...</p> - -<p>—¿Quién? <i>¿Pólvora?</i></p> - -<p>—No, Razumikin...</p> - -<p>—Pero usted se lleva la mejor vida, -señor Zametoff. Tiene usted entrada -gratuita en lugares encantadores. ¿Quién -le ha regalado a usted el <i>Champagne</i>?</p> - -<p>—¿Por qué me lo habían de regalar?</p> - -<p>—A título de honorarios. Usted saca -partido de todo—dijo con sorna Raskolnikoff—. -No se incomode usted, querido -amigo—añadió dando un golpecito en -el hombro a Zametoff—. Lo que le digo -a usted es sin malicia, en broma, como -decía, a propósito de los puñetazos dados -por él a Mitka, el obrero detenido por el -asunto de la vieja.</p> - -<p>—Pero, ¿usted cómo sabe eso?</p> - -<p>—Lo sé quizá mejor que usted.</p> - -<p>—¡Qué original es usted!... Verdaderamente -está algo enfermo. Ha hecho -mal en salir...</p> - -<p>—¿Me encuentra usted raro?</p> - -<p>—Sí. ¿Qué es lo que usted leía?</p> - -<p>—Periódicos.</p> - -<p>—Ha habido estos días muchos incendios.</p> - -<p>—No me importan los incendios—repuso -Raskolnikoff mirando a Zametoff -con aire singular y con sonrisa burlona—. -No, no son los incendios lo que me interesa—continuó -guiñando los ojos—. -Pero confiese usted, querido joven, que -tiene grandes deseos de saber lo que yo -leía.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p> - -<p>—No, no tengo ninguno; se lo preguntaba -a usted por decir algo. ¿Es que no -le puedo preguntar a usted...? Porque -siempre...</p> - -<p>—Escuche. Usted es un hombre instruído, -letrado, ¿no es cierto?</p> - -<p>—He seguido mis estudios en el Gimnasio -hasta el sexto curso inclusive—respondió -con cierto orgullo Zametoff.</p> - -<p>—Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! -Tiene buena raya y sortijas. Es un hombre -rico y muy guapo.</p> - -<p>Al decir esto, Raskolnikoff se echó a -reír en las barbas mismas de su interlocutor. -Este se retiró un poco; no ofendido, -precisamente, pero sí sorprendido.</p> - -<p>—¡Qué original es usted!—repitió con -tono muy serio Zametoff—. Me parece -que sigue usted delirando.</p> - -<p>—¿Que deliro? Te burlas, amiguito... -¿Conque soy original, eh? Es decir que -parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? -¿Que excito la curiosidad?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Usted deseaba saber lo que leía, -lo que buscaba en los periódicos? Vea -usted cuántos números me han traído. -Esto da mucho en que pensar, ¿no es -eso?</p> - -<p>—Vamos, diga usted.</p> - -<p>—Usted cree haber levantado la liebre.</p> - -<p>—¿Qué liebre?</p> - -<p>—Luego se lo diré a usted; ahora, querido -amigo, le declaro... o más bien, -«confieso»... no, no es eso: presto una declaración -y usted toma nota de ella. Pues -bien, yo declaro que he leído, que tenía -curiosidad de leer, que he buscado y que -he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó -los ojos y esperó), por eso he venido aquí -para saber los detalles relativos al asesinato -de la vieja prestamista.</p> - -<p>Al pronunciar estas palabras bajó la -voz y arrimó la cara a la de Zametoff. -Este le miró fijamente sin pestañear y -sin apartar la cabeza. Al jefe de la Cancillería -le pareció muy extraño que durante -un minuto se estuviesen mirando -sin decir palabra.</p> - -<p>—¿Sabe usted?—continuó en voz baja -Raskolnikoff sin hacer caso de la exclamación -de Zametoff—se trata de aquella -misma vieja de la cual se hablaba en el -despacho de policía cuando yo me desmayé. -¿Comprende usted ahora?</p> - -<p>—¿Qué quiere decir con eso de comprende -usted?—dijo Zametoff casi asustado.</p> - -<p>El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff -cambió repentinamente de expresión -y se echó a reír de un modo nervioso -como si no pudiera contenerse. Experimentaba -idéntica sensación que el día -del asesinato cuando, sitiado en el cuarto -de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, -le había dado ganas de insultarlos, provocarlos -y reírse de ellos en sus propias -barbas.</p> - -<p>—O usted está loco, o...—comenzó -a decir Zametoff y se detuvo como si -cruzara por su mente una idea repentina.</p> - -<p>—O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? -Acabe la frase.</p> - -<p>—No—replicó Zametoff—; todo -eso es absurdo.</p> - -<p>Ambos guardaron silencio. Después -de un súbito acceso de hilaridad, Raskolnikoff -se quedó sombrío y pensativo.</p> - -<p>De codos en la mesa, con la cabeza entre -las manos, parecía haber olvidado -por completo la presencia de Zametoff.</p> - -<p>—¿Por qué no toma usted el te?—dijo, -al fin éste—. Va a enfriarse.</p> - -<p>—¿Qué?... ¿el te?... Bueno.</p> - -<p>Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, -comió un bocado de pan, y fijando -los ojos en Zametoff recobró su fisonomía -la expresión burlona que tenía antes -y continuó tomando el te.</p> - -<p>—Los delitos de todo género son ahora -muy numerosos—apuntó Zametoff—. -Precisamente hace poco leí en la <i>Moskovskia -Viedomosti</i> que había sido detenida -en Moscou una cuadrilla de monederos -falsos, toda una sociedad que se dedicaba -a la fabricación y expendición de -billetes del Banco.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes -que lo he leído!—respondió flemáticamente -Raskolnikoff—. ¿De modo que -usted supone que son estafadores?</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?</p> - -<p>—¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, -y no estafadores. ¡Se reunen cincuenta -para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? -En semejante caso, tres son ya mucho, y -aun es menester que cada miembro de la<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> -asociación esté más seguro de sus asociados -que de sí mismo. Basta que a uno -de ellos un poco bebido se le escape una -palabra, y todo se derrumba. ¡Son novatos! -Envían a personas de las cuales -no pueden responder a cambiar sus billetes -en las casas de banca. ¿Es discreto -encargar al primero que se presenta -de una comisión semejante? Supongamos -que, a pesar de todo, hayan conseguido -su propósito; supongamos que el -negocio ha producido un millón a cada -uno de ellos. Helos durante toda la vida -en dependencia los unos de los otros. -Mejor es ahorcarse que vivir así. Pero no -han sabido representar su papel: uno de -sus agentes se presenta a este efecto en -una oficina, se le entregan cinco mil rublos -y sus manos tiemblan. Cuenta los -cuatro primeros miles, el quinto lo guarda -sin recontarlo; tanto deseo tenía de -escapar. De este modo, despierta sospechas -y todo el negocio se echa a perder -por la falta de un solo imbécil. Esto es -verdaderamente inconcebible.</p> - -<p>—¿Que le tiemblan las manos?—replicó -Zametoff—. Pues me parece muy natural. -En ciertos casos, no es uno dueño -de sí mismo. Ahí tiene usted, sin ir más -lejos, una prueba reciente. El asesino -de esa vieja debe ser un bribón muy resuelto -para no haber vacilado en cometer -su crimen en pleno día y en las condiciones -más peligrosas. Milagro es que ya -no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, -sus manos temblaban: no ha sabido robar: -le ha faltado la serenidad, como los -hechos demuestran claramente.</p> - -<p>Aquel lenguaje hirió en lo más vivo -a Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Usted cree? Pues bien, échele usted -el guante, descúbralo usted ahora—exclamó -el joven experimentando maligno -placer al mortificar al jefe de la Cancillería.</p> - -<p>—No tenga usted cuidado, se le descubrirá.</p> - -<p>—¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? -Perderá usted el tiempo y el -trabajo. Para ustedes toda la cuestión es -saber si un hombre hace o no hace gastos. -Uno que no poseía nada tira el dinero -por la ventana; luego es culpable. -Ajustándose a esta regla, un chiquillo, -si quisiese, escaparía a las investigaciones -de ustedes.</p> - -<p>—El hecho es que todos se conducen -del mismo modo—respondió Zametoff—. -Después de haber desplegado a menudo -mucha habilidad y astucia en la perpetración -del asesinato, se dejan pescar -en la taberna. Los denuncian sus gastos, -no son tan astutos como usted. Usted, es -claro, no iría a la taberna.</p> - -<p>Raskolnikoff frunció las cejas y miró -fijamente a Zametoff.</p> - -<p>—¿Usted quiere saber cómo obraría -yo, en caso semejante?—preguntó con -tono malhumorado.</p> - -<p>—Sí—replicó con energía el jefe de la -Cancillería.</p> - -<p>—¿Tiene usted mucho empeño?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues bien, he aquí lo que yo haría—comenzó -a decir Raskolnikoff, bajando -de repente la voz y aproximando de nuevo -la cara a la de su interlocutor, a quien -miró fijamente. Por esta vez no pudo menos -de temblar—. He aquí lo que haría -yo. Tomaría el dinero y las joyas, y después, -al salir de la casa, iría, sin un minuto -de retraso, a un paraje cerrado y solitario, -a un corral o un huerto, por ejemplo. -Me aseguraría antes de que en un -rincón de este corral, al lado de una valla, -hubiese una piedra de cuarenta o -sesenta libras de peso, levantaría esta -piedra, bajo la cual el suelo debía de estar -deprimido, y depositaría en el hueco el -dinero y las alhajas. Hecho esto volvería -a poner la piedra y me iría. Durante uno, -dos, o tres años, dejaría allí los objetos -robados, y ya podrían ustedes buscarlos.</p> - -<p>—Usted está loco—respondió Zametoff.</p> - -<p>Sin que podamos decir por qué, pronunció -estas palabras en voz baja y se -apartó bruscamente de Raskolnikoff. -Los ojos de éste relampagueaban. Había -palidecido de un modo horrible y un temblor -convulsivo agitaba su labio superior. -Se inclinó lo más posible hacia el rostro -del funcionario y se puso a mover los labios -sin proferir una sola palabra. Así -pasó medio minuto. Nuestro héroe no -se daba cuenta de lo que hacía, pero no -podía contenerse. Estaba a punto de escapársele -su espantosa confesión.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p> - -<p>—¿Y si fuese yo el asesino de la vieja -y de Isabel?—dijo de repente; pero se -contuvo ante el sentimiento del peligro.</p> - -<p>Zametoff le miró con aire extraño y se -puso tan blanco como la servilleta, en -tanto que en su rostro se dibujaba una -forzada sonrisa.</p> - -<p>—Pero, ¿es eso posible?—dijo con voz -que apenas podía ser entendida.</p> - -<p>Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.</p> - -<p>—Confiese usted que lo ha creído. ¿A -que sí? ¿A que lo ha creído usted?</p> - -<p>—No, de ninguna manera—se apresuró -a decir Zametoff—. Usted me ha asustado -para sugerirme esa idea.</p> - -<p>—¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, -de qué se pusieron a hablar el -otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué -el ayudante <i>Pólvora</i> me interrogó después -de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?—gritó -al mozo levantándose y tomando -la gorra.</p> - -<p>—Treinta kopeks—respondió éste, acudiendo -a la llamada del parroquiano.</p> - -<p>—Toma, además, veinte kopeks de -propina. Vea usted cuánto dinero tengo—, -prosiguió, mostrando a Zametoff -unos cuantos billetes—: ¿los ve usted? -Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De -dónde procede este dinero? ¿Cómo, además, -tengo ropa nueva? Usted sabe, en -efecto, que yo no tenía ni un kopek. -Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado -usted a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante -hemos hablado! Hasta la vista.</p> - -<p>Salió tan agitado con cierta extraña -sensación, a la cual se unía un acre placer. -Estaba, además, sombrío y terriblemente -cansado. Semejaba su rostro convulsivo -el de un hombre que acababa de -sufrir un ataque de apoplejía. Poco antes, -bajo la acción de sus emociones, sentía -fuerzas; pero cuando aquel estimulante -hubo cesado, invadíale intensa -emoción.</p> - -<p>Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció -aún largo tiempo sentado en el -mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía -pensativo. Raskolnikoff acababa de -trastornarle inopinadamente todas sus -ideas sobre «cierto punto»; estaba despistado.</p> - -<p>—Ilia Petrovitch es un imbécil—dijo -por último.</p> - -<p>Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de -la calle, se encontró frente a frente en el -vestíbulo con Razumikin que entraba. A -un paso de distancia los dos jóvenes no -se habían visto y poco faltó para que chocasen -uno contra otro. Durante un momento -se midieron con la mirada. Razumikin -se quedó atónito; pero de repente -brilláronle en los ojos llamaradas verdaderas -de cólera.</p> - -<p>—¿De modo que has venido aquí?—dijo -con voz tonante—. ¡Pues no se ha -escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado -hasta debajo del sofá! ¡Hasta el granero -se ha revuelto para ver si se daba contigo! -Por causa tuya ha faltado poco para -que le pegase a Anastasia... ¡Y vea usted -dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, -Rodia? Di la verdad. Confiesa...</p> - -<p>—Esto significa que me fastidiáis todos -horrorosamente y que quiero estar -solo—respondió fríamente Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, -cuando estás pálido como la cera; -cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué -has venido a hacer al <i>Palacio de Cristal</i>? -Confiésamelo en seguida.</p> - -<p>—Déjame pasar—replicó Raskolnikoff, -y trató de alejarse.</p> - -<p>Esto acabó de poner a Razumikin fuera -de sí, y asiendo violentamente a su amigo -por el brazo, le dijo:</p> - -<p>—¿Y te atreves a decirme que te deje -pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes lo -que voy a hacer ahora mismo? A tomarte -debajo del brazo, a llevarte a tu casa, -como se lleva un envoltorio y encerrarte -allí bajo llave.</p> - -<p>—Escucha, Razumikin—dijo sin levantar -la voz y con tono en la apariencia -muy tranquilo—; ¿qué he de hacer para -que comprendas que no necesito de tus -beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las -personas, en contra de su expresa voluntad! -¿Por qué viniste cuando caí enfermo -a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes -tú si yo hubiera sido feliz muriéndome? -¿No te he manifestado hoy con toda claridad -que me martirizabas, que me eras -insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar -a la gente? Te juro que todo esto<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span> -impide mi curación, teniéndome en una -irritación continua. Ya has visto que Zosimoff -se marchó para no martirizarme. -¡Déjame tú también, por amor de Dios!...</p> - -<p>Razumikin se quedó un momento pensativo -y después soltó el brazo de su amigo.</p> - -<p>—Bueno. ¡Vete, con mil diablos!—dijo -con voz que no había perdido toda -vehemencia.</p> - -<p>Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, -con extraordinario arrebato gritó -Razumikin:</p> - -<p>—¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy -daré una comida; quizá hayan llegado ya -mis convidados; pero he dejado ya allí -a mi tío para que los reciba. Si tú no fueses -un imbécil, un imbécil rematado, un -imbécil incorregible... Escucha, Rodia; -reconozco que no te falta inteligencia, -pero eres un imbécil. Digo, pues, que si -tú no fueses un imbécil, vendrías a pasar -la noche en mi casa en vez de estropearte -las botas vagando sin objeto por las calles. -Puesto que has salido, mejor es que -aceptes mi invitación. Haré que te suban -un cómodo sofá. Mis patrones lo tienen. -Tomarás una taza de te y estarás acompañado. -Si no quieres un sofá, te echarás -en el catre... Al menos estarás con nosotros; -irá Zosimoff... ¿vendrás?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pero esto es absurdo—replicó vivamente -Razumikin—. ¿Qué sabes tú? Tú -no puedes responder a ti mismo; yo también -he escupido mil veces sobre la sociedad, -y después de haberme apartado de -ella no he tenido más remedio que volver -a buscarla. Llega un momento en que se -avergüenza uno de su misantropía y procura -reunirse con los hombres. Acuérdate, -en casa de Potchinkoff, tercer piso.</p> - -<p>—No iré, Razumikin—contestó Raskolnikoff -alejándose.</p> - -<p>—Apuesto que vendrás; de lo contrario, -como si no te conociese—le gritó su amigo—. -Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Te ha visto?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Te ha hablado?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas -si no quieres decirlo. Casa de Potchinkoff, -núm. 47, habitación de Babusckin. -Acuérdate.</p> - -<p>Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló -la esquina. Después de haberle seguido -con la mirada, Razumikin se decidió a -entrar en el café, pero en medio de la escalera -se detuvo.</p> - -<p>—¡Por vida de...!—continuó casi en -voz alta—. Habla con lucidez y como... -¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan -siempre? Zosimoff, por lo que a -mí me parece, también teme como yo—y -se llevó el dedo a la frente—. ¿Cómo -abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a -ahogarse!... He hecho una tontería. No -hay que vacilar—y echó a correr en busca -de Raskolnikoff.</p> - -<p>Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso -volverse a grandes pasos al <i>Palacio -de Cristal</i> para interrogar cuanto antes -a Zametoff.</p> - -<p>Raskolnikoff se fué derecho al puente***, -y deteniéndose en medio de él, se -puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo -dejado a Razumikin, su debilidad había -aumentado, hasta el punto que solamente -a duras penas pudo llegar a aquel -sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse -en cualquier parte, aunque fuese en la -calle. Inclinado sobre el agua, contemplaba -con mirada distraída los últimos -rayos del sol poniente y la fila de casas -que la noche velaba poco a poco con sus -tinieblas.</p> - -<p>—Sea, pues—dijo, alejándose del puente -y tomando la dirección de la oficina -de policía.</p> - -<p>Tenía el corazón como vacío: no quería -pensar, ni siquiera sentía angustia. -Una completa apatía había sucedido a -la energía que experimentara cuando -salió de casa resuelto «a acabar con todo».</p> - -<p>—Después de todo, lo mismo da una -solución que otra—pensaba avanzando -lentamente por el muelle del canal—. Por -lo menos, el desenlace depende de mi voluntad... -¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible -que sea esto el fin? ¿Confesaré o no -confesaré?... ¡pero si no puedo más!; quisiera -acostarme o sentarme en alguna -parte. Lo que me causa más vergüenza -es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, -es preciso que esto acabe! ¡Qué ideas tan -tontas tiene uno algunas veces!...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span></p> - -<p>Para ir a la comisaría, le era preciso -seguir todo derecho y tomar por la segunda -calle de la izquierda. Una vez -allí, estaba a dos pasos del despacho de -policía; pero al llegar al primer recodo -se detuvo, reflexionó un instante y entró -en el <i>pereulok</i>. Después anduvo sin rumbo -por otras dos calles, sin duda para ganar -un minuto y dar tiempo a sus reflexiones. -Andaba con los ojos fijos en tierra. De -repente, le parecía que alguien le murmuraba -alguna cosa al oído. Levantó -la cabeza y advirtió que estaba en la -puerta de <i>aquella casa</i>. No había pasado -por allí desde el día del crimen.</p> - -<p>Cediendo a un deseo tan irresistible -como inexplicable, Raskolnikoff entró -en ella, se dirigió a la escalera de la derecha -y se dispuso a subir al cuarto piso. -La empinada y estrecha escalera estaba -muy obscura. El joven se detenía en cada -descansillo y miraba con curiosidad en -torno suyo. En el del primer piso habían -puesto un vidrio en la ventana. «Ese -vidrio no estaba la otra vez»—pensó -el joven—. «He aquí el segundo piso en -que trabajaban Mikolai y Mitrey: está -cerrado y la puerta recién pintada. Sin -duda han alquilado la habitación... He -aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». -Tuvo un momento de vacilación: la puerta -de la casa de la vieja estaba abierta -de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban -dentro. No había previsto aquello; -sin embargo, tomó en seguida una resolución: -subió los últimos escalones y entró.</p> - -<p>Varios obreros lo estaban restaurando, -lo que causó un asombro grande a Raskolnikoff. -Creyó encontrar el cuarto tal -como lo había dejado él; quizá se figuró -que yacerían los cadáveres en el suelo. -Ahora, con gran sorpresa suya, vió que -estaban desnudas las paredes. Se aproximó -a la ventana y se sentó en el poyo.</p> - -<p>No había más que dos obreros, dos jóvenes, -de los cuales uno era bastante mayor -que el otro. Se ocupaban en cambiar -la antigua tapicería amarilla, que -estaba muy usada, por otra blanca sembrada -de violetas. Esta circunstancia -(ignoramos por qué) desagradó mucho a -Raskolnikoff, el cual miraba colérico el -papel nuevo, como si le contrariasen en -extremo tales variaciones.</p> - -<p>Los papelistas se disponían a marcharse, -y, sin hacer caso del visitante, continuaron -su conversación.</p> - -<p>Raskolnikoff se levantó y pasó a la -otra habitación, que contenía ante el -cofre, la cama y la cómoda; este gabinete -sin muebles le pareció muy pequeño. La -tapicería no había sido cambiada; se podía -señalar aún en el rincón el lugar que -ocupaba en otro tiempo el armario de las -sagradas imágenes. Después de haber satisfecho -su curiosidad, Raskolnikoff volvió -a sentarse en el poyo de la ventana.</p> - -<p>El mayor de los dos obreros le miró -de reojo, y de repente, dirigiéndose a él, -le dijo:</p> - -<p>—¿Qué hace usted ahí?</p> - -<p>En vez de responder, Raskolnikoff -se levantó, fué al descansillo y se puso a -tirar del cordón. Era la misma campanilla, -el mismo sonido. Llamó por segunda -y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo -sus recuerdos. La impresión -terrible que sintiera ante la puerta de la -vieja se produjo con vivacidad y lucidez -crecientes; temblaba a cada campanillazo -y sentía a cada golpe un placer cada -vez mayor.</p> - -<p>—¿Qué busca usted aquí? ¿quién es -usted?—gritó el obrero encarándose -con él.</p> - -<p>Raskolnikoff volvió a entrar en el -cuarto.</p> - -<p>—Quiero alquilar una habitación y he -venido a mirar ésta—respondió.</p> - -<p>—No se va por la noche a ver cuartos, -y además debiera usted haber subido -acompañado del <i>dvornik</i>.</p> - -<p>—Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?—prosiguió -Raskolnikoff—. ¿No -hay sangre?</p> - -<p>—¿Cómo sangre?</p> - -<p>—Aquí fueron asesinadas la vieja y su -hermana; había un verdadero mar de -sangre.</p> - -<p>—¿Quién eres tú?—gritó el obrero asustado.</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría -y allí te lo diré.</p> - -<p>Los dos papelistas le miraron estupefactos.</p> - -<p>—Ya es hora de marcharnos. Vamos,<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span> -Aleshka. Hay que cerrar—dijo el de más -edad a su compañero.</p> - -<p>—Pues bien, vamos—replicó con tono -indiferente Raskolnikoff, y saliendo él -primero, precediendo a los dos operarios, -bajó lentamente la escalera—. ¡Eh, <i>dvornik</i>!—gritó -al llegar a la puerta de la calle -donde había reunidas varias personas -mirando pasar a la gente: dos porteros, -un campesino, un ciudadano en traje -de casa y algunos otros individuos.</p> - -<p>Raskolnikoff se fué derecho a ellos.</p> - -<p>—¿Qué se le ofrece a usted?—preguntóle -un portero.</p> - -<p>—¿Has estado en la oficina de policía?</p> - -<p>—De allí vengo.</p> - -<p>—¿Están allí todavía?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿El ayudante del comisario también -está?</p> - -<p>—Estaba hace un momento. ¿Qué es -lo que usted desea?</p> - -<p>Raskolnikoff no contestó y se quedó -pensativo.</p> - -<p>—Ha venido a ver el cuarto—dijo -uno de los operarios.</p> - -<p>—¿Qué cuarto?</p> - -<p>—En el que trabajábamos. «¿Por qué -se ha lavado la sangre?», nos ha dicho. -«Aquí se ha cometido un asesinato y -vengo para alquilar el cuarto.» Se puso -a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina -de policía», añadió después; «allí -lo diré todo».</p> - -<p>El portero, preocupado, contempló a -Raskolnikoff frunciendo las cejas.</p> - -<p>—¿Quién es usted?—preguntó, levantando -la voz con acento de amenaza.</p> - -<p>—Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, -antiguo estudiante y vivo -cerca de aquí, en el <i>pereulok</i> inmediato, -casa de Chill, departamento número 14. -Pregunta al portero; me conoce.</p> - -<p>Raskolnikoff dijo todo esto con aire -indiferente y tranquilo, mirando obstinadamente -a la calle y sin fijar la vista -una sola vez en su interlocutor.</p> - -<p>—¿Y qué ha venido usted a hacer -aquí?</p> - -<p>—He venido a ver la casa.</p> - -<p>—¿Y qué se le ha perdido a usted en -ella?</p> - -<p>—¿No sería mejor detenerle y conducirle -a la comisaría?—propuso de repente -el burgués.</p> - -<p>Raskolnikoff le miró con atención por -encima del hombro.</p> - -<p>—Vamos allá—dijo el joven con indiferencia.</p> - -<p>—Sí. Es preciso llevarle a la comisaría—siguió -diciendo y con mayor seguridad -el burgués—. Cuando ha venido aquí, -es que algo le pesa en la conciencia.</p> - -<p>—¡Dios sabe si estará borracho!—murmuró -un obrero.</p> - -<p>—¿Pero qué es lo que quieres?—gritó -de nuevo el portero, que empezaba a incomodarse -de verdad—. ¿Por qué vienes -a molestarnos?</p> - -<p>—¿Te da miedo ir a la comisaría?—dijo -con tono burlón Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes -que nos estás fastidiando?</p> - -<p>—Es un granuja—dijo una campesina.</p> - -<p>—¿Para qué disputar con él?—apuntó -a su vez el otro portero, un <i>mujick</i> enorme -que llevaba un gabán desabrochado -y un manojo de llaves pendientes de la -cintura—. De seguro es un granuja. ¡Ea! -¡Lárgate en seguida!</p> - -<p>Y agarrando a Raskolnikoff por un -brazo lo lanzó en medio del arroyo.</p> - -<p>El joven estuvo a punto de caer al -suelo; sin embargo, pudo sostenerse en -pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, -miró silenciosamente a todos los -espectadores y se alejó silenciosamente.</p> - -<p>—¡Vaya un tipo!—observó un obrero.</p> - -<p>—Todo el mundo se ha vuelto ahora -muy extravagante—dijo la campesina.</p> - -<p>—Lo que usted quiera y mucho más—añadió -el burgués—; pero hubiera sido -conveniente llevarle a la comisaría.</p> - -<p>—¿Iré o no iré?—pensaba Raskolnikoff -deteniéndose en medio de una encrucijada -y mirando en torno suyo, como si -hubiese estado esperando un consejo de -alguien.</p> - -<p>Pero su pregunta no obtuvo respuesta; -todo estaba sordo y sin vida, como las -piedras de las calles... De pronto, a doscientos -pasos de él, distinguió, a través -de la obscuridad, un grupo de gente del -que partían gritos y palabras animadas... -El grupo rodeaba un coche. En el suelo -brillaba una débil luz.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span></p> - -<p>—¿Qué pasa ahí?</p> - -<p>Raskolnikoff volvió a la derecha y fué -a mezclarse con la multitud. Parecía querer -aferrarse al menor incidente, y esta -pueril predisposición le hacía sonreír, -porque ya había tomado su partido y decía -para sus adentros:</p> - -<p>—De un momento a otro acabará todo -esto.</p> - - -<div class="chapter"><h3>VII.</h3></div> - -<p>Detenido en medio de la calle había un -elegante coche particular, tirado por dos -sudorosos caballos tordos. En el interior -no había nadie y el cochero se había bajado -del pescante y sujetaba a los caballos -por el bocado. En torno del carruaje -se apiñaba la multitud, contenida por -los agentes de policía. Uno de éstos tenía -una linterna pequeña en la mano e -inclinado hacia el suelo alumbrado algo -que yacía en el arroyo cerca de las ruedas. -Todo el mundo hablaba, gritaba y -parecía consternado; por su parte, el -cochero, aturdido, no cesaba de repetir:</p> - -<p>—¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!</p> - -<p>Raskolnikoff se abrió paso a fuerza -de codazos al través de los curiosos y logró -ver lo que había sido causa de que -la gente se reuniese. En medio de la calle -yacía ensangrentado y privado del -conocimiento un individuo que acababa -de ser atropellado por los caballos. Aunque -estaba muy mal vestido, su aspecto -no era el de un hombre vulgar. Tenía -el cráneo y el rostro cubiertos de horribles -heridas, por las cuales salía la sangre -a borbotones. No se trataba de un incidente -sin importancia.</p> - -<p>—¡Dios mío!—decía el cochero—; no -he podido impedir esta desgracia. Si yo -hubiese llevado los caballos al galope, -o si no lo hubiese visto y avisado, bueno -que se me echase la culpa. Pero no; el -coche iba despacio como todo el mundo -ha podido ver. Desgraciadamente, sabido -es que un borracho no se fija en nada... -Le veo atravesar la calle una vez, -dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! -¡cuidado!» Refreno los caballos; pero él -se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo -hacía adrede! Los animales son jóvenes -y fogosos, se lanzaron... el hombre gritó -y sus gritos los excitaron más... así ha -ocurrido esa desgracia.</p> - -<p>—Sí, de ese modo ha pasado—afirmó -uno que había sido testigo de la escena.</p> - -<p>—En efecto—dijo otro—; por tres -veces le avisó el cochero.</p> - -<p>—Sí, por tres veces, todos le hemos -oído—añadió uno del grupo.</p> - -<p>Por su parte, el cochero no parecía -muy inquieto por las consecuencias de -aquel suceso; evidentemente, el propietario -del carruaje era un personaje poderoso -que esperaba la llegada de su coche. -Esta última circunstancia despertaba -la cuidadosa solicitud de los agentes -de policía. Era, sin embargo, preciso llevar -al herido al hospital. Nadie sabía -su nombre.</p> - -<p>Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, -logró aproximarse al herido. De pronto -un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, -y el joven lo reconoció.</p> - -<p>—Le reconozco, le reconozco—gritó -empujando a los que le rodeaban y colocándose -en la primera fila del grupo—; -es un antiguo funcionario, el consejero -titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, -en casa de Kozel... ¡Pronto! ¡un médico! -¡yo pago!</p> - -<p>Sacó dinero del bolsillo y lo mostró -a un agente de policía. Revelaba extraordinaria -agitación.</p> - -<p>Los agentes se alegraron de saber quién -había sido el atropellado. Raskolnikoff -dió su nombre y dirección e insistió con -empeño para que se transportase el herido -a su domicilio. Aunque la víctima del -accidente hubiese sido su padre, no habría -mostrado el joven mayor solicitud.</p> - -<p>—Es ahí, tres casas más allá donde -vive; en la de Kozel, un alemán rico... -Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... -Es un borracho... Vive ahí -con su familia, tiene mujer e hijos. Antes -de llevarle al hospital, es menester -que le vea un médico; alguno habrá por -aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; -su estado exige una cura inmediata. -Si no se le socorre en seguida, morirá antes -de llegar al hospital.</p> - -<p>Raskolnikoff puso disimuladamente algunas -monedas en la mano de un agente -de policía. Por otra parte, lo que el joven<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span> -le mandaba era perfectamente lógico, -se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff -y algunos voluntarios se ofrecieron -a transportarle a su casa. La de Kozel -estaba situada a treinta pasos del -lugar en que había ocurrido el accidente. -Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con -precaución la cabeza del herido, y enseñando -el camino.</p> - -<p>—¡Aquí, aquí! En la escalera, tened -cuidado de que no vaya la cabeza baja: -dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas -gracias—murmuraba.</p> - -<p>En aquel momento Catalina Ivanovna, -como de costumbre, cuando tenía un -minuto libre, paseaba de un lado a otro -de su reducida sala, yendo de la ventana -a la chimenea y viceversa, con los brazos -cruzados sobre el pecho, charlando -sola y tosiendo. Desde algún tiempo -hablaba cada vez de mejor gana con su -hija mayor Polenka. Aunque esta niña, -de diez años de edad, no comprendía aún -muchas cosas, se daba, sin embargo, -cuenta de la necesidad que su madre tenía -de ella, de modo que fijaba siempre -sus grandes e inteligentes ojos en Catalina -Ivanovna, y en cuanto ésta le dirigía -la palabra, la niña hacía todos los -esfuerzos imaginables para comprender, -o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.</p> - -<p>Ahora Polenka desnudaba a su hermanito -que había estado durante todo el día -enfermo y que iba a acostarse. Esperando -a que le quitasen la camisa para lavarla -por la noche, el niño, con aspecto -serio, estaba sentado en una silla silencioso -e inmóvil y escuchaba, abriendo -mucho los ojos, lo que su mamá decía a -su hermana. La niña más pequeña, Lida -(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, -esperaba a su vez en pie, cerca de -la mampara. La puerta que daba al descansillo -estaba abierta, a fin de que saliera -el humo del tabaco que llegaba de la -habitación contigua, y que, a cada instante, -hacía toser a la pobre tísica. Catalina -Ivanovna estaba peor desde hacía -ocho días, y las siniestras manchas -de sus mejillas tenían un color más vivo -que nunca.</p> - -<p>—No puedes imaginarte, Polenka—decía -paseándose por la habitación—, -qué alegre y brillante vida era la que hacíamos -en casa de papá y cuán desgraciados -somos todos a causa de este borracho. -Papá tenía en el servicio civil un empleo -equivalente al grado de coronel. -Era casi gobernador y no le faltaba más -que un paso para llegar a este puesto; así -es que todo el mundo le decía: «Consideramos -a usted ya, Ivan Mikhailtch, como -gobernador.»</p> - -<p>La interrumpió un golpe de tos.</p> - -<p>—¡Oh condenada vida!</p> - -<p>Escupió y se apretó el pecho con las -manos.</p> - -<p>—¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa -y las medias, Lida—añadió, dirigiéndose -a la chiquita—. Esta noche -dormirás sin camisa. Pon las medias al -lado... Se lavará todo al mismo tiempo... -¡Y ese borracho sin venir!... Quisiera lavar -también su camisa con todo lo demás, -para no tener que fatigarme dos noches -seguidas. ¡Señor, Señor!—volvió a toser—. -¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?—exclamó -al ver que el vestíbulo se llenaba de gente, -la cual penetraba en la sala con una -especie de fardo—. ¿Qué es eso? ¿Qué es -lo que traen? ¡Dios mío!</p> - -<p>—¿Dónde hay que ponerlo?—preguntó -un agente de policía mirando en derredor -suyo mientras introducían en la habitación -a Marmeladoff ensangrentado y -exánime.</p> - -<p>—En el sofá. Extenderle en el sofá... -La cabeza aquí—indicó Raskolnikoff.</p> - -<p>—Es un borracho que ha sido atropellado -en la calle—gritó uno desde la -puerta.</p> - -<p>Catalina Ivanovna, intensamente pálida, -respiraba con dificultad. La pequeña -Lida corrió gritando hacia su hermana -mayor, y toda temblorosa la estrechó -en sus brazos.</p> - -<p>Después de haber ayudado a colocar -a Marmeladoff en el sofá, Raskolnikoff -se acercó a Catalina Ivanovna.</p> - -<p>—Por el amor de Dios, tranquilícese, -cálmese, no se asuste tanto—dijo el joven -vivamente—. Atravesaba la calle -y un coche le ha atropellado; no se alarme -usted, va a recobrar el conocimiento. -He mandado que le traigan aquí. Yo ya<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span> -he venido a esta casa otra vez. Quizá -no se acuerde usted. Volverá en si. Yo -pagaré...</p> - -<p>—No volverá en si, no volverá en si—dijo -con desesperación Catalina Ivanovna -y se precipitó hacia su marido.</p> - -<p>Raskolnikoff echó de ver en seguida -que esta mujer no era propensa a desmayos. -En un instante colocó una almohada -debajo de la cabeza del herido, cosa en -que nadie había pensado. Catalina Ivanovna -se puso a desnudar a Marmeladoff, -a examinar sus heridas y a prodigarle inteligentes -cuidados. La emoción no le -quitaba la presencia de ánimo; se olvidaba -de sí misma, mordíase los labios -temblorosos y contenía en su pecho los -gritos prontos a escaparse.</p> - -<p>Durante este tiempo, Raskolnikoff -mandó por un médico que vivía en la vecindad.</p> - -<p>—He mandado a buscar un médico—dijo -a Catalina Ivanovna—. No se preocupe -usted, yo pagaré. ¿No tiene usted -agua? Déme una toalla, una servilleta, -cualquier cosa, en seguida. No podemos -juzgar de la gravedad de las heridas... -está herido, pero no muerto; convénzase -usted. Ya veremos lo que dice el doctor.</p> - -<p>Catalina Ivanovna corrió a la ventana; -colocada sobre una mala silla había una -cubeta con agua, preparada para lavar -durante la noche la ropa del marido y de -sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer -este lavado nocturno con sus propias -manos, dos veces por semana, cuando no -más a menudo, porque los Marmeladoff -habían llegado a tal extremo de miseria, -que les faltaba casi en absoluto ropa para -mudarse: cada miembro de la familia -no tenía más camisa que la que llevaba -puesta, y como Catalina Ivanovna no -podía sufrir la suciedad, prefería la pobre -tísica, antes que verla reinar en su casa, -fatigarse por las noches lavando la ropa -de los suyos, para que ellos la encontrasen -limpia y repasada al día siguiente al -despertar.</p> - -<p>Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la -cubeta y se la llevó al joven, pero faltó -poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff -logró encontrar una toalla, la empapó -de agua y lavó con ella el rostro -ensangrentado de Marmeladoff. Catalina -Ivanovna, en pie a su lado, respiraba -con dificultad y se apretaba el pecho con -las manos.</p> - -<p>No hubieran estado de más para ella -los cuidados facultativos.</p> - -<p>—Quizá he hecho mal en traer el herido -a su casa—pensaba Raskolnikoff.</p> - -<p>El guardia no sabía qué decidir.</p> - -<p>—¡Polia!—gritó Catalina Ivanovna—, -ve corriendo a casa de Sonia; pronto, dile -que su padre ha sido atropellado por un -coche, que venga en seguida. Si no la -encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff -para que le den el recado en -cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda, -ponte ese pañuelo en la cabeza!</p> - -<p>En tanto, la sala se había llenado de -tal modo de gente, que no cabía ya ni -un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; -uno solo se quedó momentáneamente -y trató de desalojar algo el aposento. -Mientras que ocurría esto, por la -puerta de comunicación interior penetraron -en la sala casi todos los inquilinos -de la señora Lippevechzel: primero se -detuvieron en el umbral, pero bien pronto -invadieron la habitación. Catalina -Ivanovna se puso furiosa.</p> - -<p>—Deberíais al menos dejarle morir -en paz—gritaba a los asaltantes—. Venís -aquí como a un espectáculo—y se interrumpió -para toser—. Y entráis con el -sombrero puesto; marchaos, tened por lo -menos respeto a la muerte.</p> - -<p>La tos que la ahogaba la impidió seguir; -pero su severa admonición produjo -efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna -inspiraba cierto temor.</p> - -<p>Los inquilinos fueron unos tras otros -desfilando hacia la puerta, llevándose en -sus corazones ese extraño sentimiento -de satisfacción que hasta los hombres más -compasivos experimentan a la vista de -la desgracia ajena. Después que hubieron -salido se oyeron las voces del otro lado -de la puerta: decían en alta voz que -era preciso enviar el herido al hospital, -pues no había derecho para turbar la -tranquilidad de la casa.</p> - -<p>—Ese es el inconveniente de morirse—vociferó -Catalina Ivanovna, y ya se preparaba -a desahogar en ellos su indignación, -cuando se abrió la puerta y apareció -la señora Lippevechzel en persona.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p> - -<p>La patrona acababa de saber la desgracia -y venía a restablecer el orden. Era -una alemana intrigante y mal educada.</p> - -<p>—¡Ah, Dios mío!—dijo juntando las -manos—, ¡su marido de usted, que estaba -borracho, se ha dejado aplastar por un -coche! Hay que llevarle al hospital, yo -soy la propietaria.</p> - -<p>—Amalia Ludvigovna, suplico a usted -que piense lo que habla—comenzó a -decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. -(Siempre que hablaba a la patrona -empleaba el mismo tono para recordarle -la debida compostura; y aun en -aquel momento no pudo resistir a semejante -placer.)—Amalia Ludvigovna.</p> - -<p>—Ya se lo he dicho a usted de una vez -para siempre, no quiero que se me llame -Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.</p> - -<p>—Usted no es Amalia Ivanovna sino -Amalia Ludvigovna, y como yo no pertenezco -al grupo de viles aduladores de -usted, tal como el señor Lebeziatnikoff -que se está riendo ahora detrás de la -puerta. (Ahora se agarran ji, ji—decía -en efecto una voz burlona en la pieza -inmediata), yo la llamaré a usted siempre -Amalia Ludvigovna, aunque no puedo -comprender por qué le molesta este -nombre. Ya ve usted lo que acaba de -ocurrirle a Simón Zakharovitch: está -muriéndose. Suplico a usted que cierre -la puerta y que no deje entrar nadie aquí. -Déjele, al menos, que muera en paz. De -lo contrario le juro a usted que mañana -mismo daré parte al gobernador general. -El príncipe me conoce desde mi juventud -y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, -a quien más de una vez ha hecho -algún favor. Todo el mundo sabe que mi -marido tenía muchos amigos y protectores; -como se daba cuenta de su desgraciado -vicio, cesó de tratarse con ellos por -un sentimiento noble de delicadeza; pero -ahora—añadió señalando a Raskolnikoff—hemos -encontrado apoyo en este -magnánimo joven que es rico, tiene muy -buenas relaciones y es amigo desde la infancia -de Simón Zakharovitch. Téngalo -usted presente, Amalia Ludvigovna.</p> - -<p>Todo este discurso fué pronunciado -con creciente rapidez, pero la tos interrumpió -la elocuencia de Catalina Ivanovna -En aquel momento, Marmeladoff, -volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina -se acercó solícita a su esposo. Este, -sin darse aún cuenta de nada, miraba a -Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su -respiración era débil y penosa, tenía sangre -en las comisuras de los labios y la -frente empapada en sudor. No reconociendo -a Raskolnikoff le miraba con cierta -inquietud. Catalina Ivanovna fijó en -el herido una mirada afligida, pero severa. -Después la pobre mujer rompió a -llorar.</p> - -<p>—¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! -¡Cuánta sangre!—decía acongojada—. -Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un -poco, si puedes, Marmeladoff!</p> - -<p>Marmeladoff la reconoció.</p> - -<p>—¡Un sacerdote!—dijo con voz ronca.</p> - -<p>Catalina Ivanovna se aproximó a la -ventana y apoyando la frente en el marco -gritó con desesperación:</p> - -<p>—¡Oh vida, mil veces maldita!</p> - -<p>—¡Un sacerdote!—repitió el moribundo -después de una pausa.</p> - -<p>—¡Silencio!—le gritó Catalina Ivanovna.</p> - -<p>El herido obedeció y calló. Buscaba a -su mujer con ojos tímidos y ansiosos. -Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; -Marmeladoff se tranquilizó, pero -no por largo tiempo. De repente vió en -el rincón a la pequeña Lida (su predilecta), -que temblaba como si le fuese a dar -una convulsión y que le miraba con ojos -enormemente abiertos de niño asombrado.</p> - -<p>—¡Ah, ah!—dijo con gran agitación -señalando a la chiquilla.</p> - -<p>Se comprendía que trataba de decir -algo.</p> - -<p>—¿Qué?—gritó Catalina Ivanovna.</p> - -<p>—¡No tiene calzado!—y sus ojos, como -de loco, no se apartaban de los pies -desnudos de la niña.</p> - -<p>—¡Cállate!—replicó con tono irritado -Catalina Ivanovna—: demasiado sabes -que no tiene calzado...</p> - -<p>—¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!—dijo -gozosamente Raskolnikoff.</p> - -<p>Entró un viejecillo alemán de modales -acompasados, que miraba con desconfianza -en derredor suyo. Se aproximó -al herido, le tomó el pulso, examinó atentamente -la cabeza, y después, ayudado<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span> -por Catalina Ivanovna, desabrochó la -camisa, toda ensangrentada, y dejó el -pecho al descubierto, que estaba magullado; -varias costillas de la derecha rotas, -a la izquierda, al lado del corazón, -se veía una gran mancha negruzca y amarillenta -marcada por una violenta pisada -de caballo. El doctor frunció el entrecejo. -El agente de policía acababa de contarle -que el herido había sido atropellado -en una calle y arrastrado en una extensión -de treinta pasos.</p> - -<p>—Es asombroso que esté todavía vivo—murmuró -en voz baja el doctor dirigiéndose -a Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Qué le parece a usted?—preguntó -este último.</p> - -<p>—Caso perdido.</p> - -<p>—¿No hay esperanza?</p> - -<p>—Ninguna. Va a exhalar el último -suspiro... Tiene una herida muy peligrosa -en la cabeza. Podría sangrársele... -pero sería inútil: morirá de seguro dentro -de cinco a seis minutos.</p> - -<p>—Sángrele usted, sin embargo.</p> - -<p>—Sea; pero le advierto que la sangría -no servirá absolutamente de nada.</p> - -<p>Estando en esto se oyó otra vez ruido -de pasos. La multitud, que se agrupaba -en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico -de cabellos blancos. Traía la Extremaunción -para el moribundo. El doctor -cedió el puesto al sacerdote, con el -cual cambió una significativa mirada. -Raskolnikoff suplicó al médico que se -quedase un momento todavía. El médico -accedió encogiéndose de hombros.</p> - -<p>Todos se apartaron. La confesión duró -muy poco tiempo. Marmeladoff no se hallaba -en estado de discurrir. Sólo podía -lanzar sonidos entrecortados e ininteligibles. -Catalina Ivanovna fué a arrodillarse -en el rincón inmediato a la chimenea, -e hizo que se arrodillasen delante -de ella los dos niños. Lidotshka no hacía -más que temblar. El pequeñuelo, de rodillas, -imitaba los grandes signos de cruz -que hacía su madre y se prosternaba dando -en el suelo con la frente, lo que parecía -divertirle. Catalina Ivanovna se mordía -los labios y contenía las lágrimas. Rezaba -arreglando al mismo tiempo la camisa -del pequeñuelo, sin interrumpir su -oración, y sin levantarse consiguió sacar -de la cómoda un pañuelo del cuello que -echó sobre los hombros desnudos de la niña. -En tanto la puerta de comunicación -había sido abierta de nuevo por los curiosos -vecinos. En el descansillo había también -aumentado el grupo de espectadores. -Se encontraban en él todos los inquilinos -de los diversos pisos; pero sin franquear -el umbral de la estancia. Toda esta -escena estaba alumbrada por un cabo -de vela.</p> - -<p>En aquel momento, Polenka, que había -ido a buscar a su hermana, atravesó -vivamente el grupo formado en el corredor -y entró, pudiendo apenas respirar -a causa de lo que había ocurrido. Después -de quitarse el pañuelo, buscó con los ojos -a su madre, y acercándose a ella le dijo:</p> - -<p>—Ahí viene; la he encontrado por la -calle.</p> - -<p>Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse -a su lado. Sonia se abrió paso tímidamente, -y sin ruido, por en medio de la gente. -En aquella habitación, que era la imagen -de la miseria, de la desesperación y de la -muerte, su entrada repentina produjo -extraño efecto. Aunque muy pobremente -vestida, iba muy ataviada con ese aire -llamativo que distingue a las pobres mujerzuelas -del arroyo. Al llegar a la entrada -del aposento, la joven se detuvo en el -umbral y echó al interior una mirada de -asombro. Parecía que no tenía conciencia -de nada; no se cuidaba de su falda -de seda, comprada de lance, cuyo color -chillón y cuya cola desmesuradamente -larga eran muy impropias de aquel lugar -lo mismo que su inmenso miriñaque que -ocupaba toda la anchura de la puerta, -sus botas provocadoras, la sombrilla que -tenía en la mano, aunque no tuviese necesidad -de ella, y, en fin, su ridículo sombrero -de paja, adornado con una pluma -brillantemente roja.</p> - -<p>Bajo aquel sombrero picarescamente -ladeado, se veía una carita enfermiza, -pálida y asustada con la boca abierta e -inmóviles de terror los ojos. Sonia tenía -diez y ocho años, era rubia, bajita y delgada, -pero bastante linda. Llamaban la -atención sus ojos claros. Tenía la mirada -fija en el lecho y en el sacerdote. Como -Polenka, estaba sofocada por lo de prisa -que había venido. Por último, algunas pa<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>labras, -murmuradas por la gente, llegaron -sin duda a sus oídos. Bajando la cabeza -franqueó el umbral y penetró en la -sala, pero se quedó cerca de la puerta.</p> - -<p>Cuando el moribundo hubo recibido -los Santos Sacramentos, su mujer se acercó -a él. Antes de retirarse, el sacerdote -creyó de su deber dirigir algunas palabras -de consuelo a Catalina Ivanovna.</p> - -<p>—¡Qué va a ser de ellos!—interrumpió -la mujer con amargura mostrando sus -hijos.</p> - -<p>—Dios es misericordioso; confíe usted -en el socorro del Altísimo—replicó el -eclesiástico.</p> - -<p>—¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!</p> - -<p>—Eso es un pecado, señora, un pecado—observó -el sacerdote moviendo la cabeza.</p> - -<p>—¿Y esto no es un pecado?—replicó -vivamente Catalina Ivanovna mostrando -al moribundo.</p> - -<p>—Los que le han privado involuntariamente -de su sostén le ofrecerán quizá -una indemnización para reparar al menos -el perjuicio material.</p> - -<p>—Usted no me comprende—replicó -con tono irritado Catalina Ivanovna—. -¿De qué hay que indemnizarme si ha -sido él mismo que, borracho como estaba, -se ha arrojado a los pies de los caballos? -¡El mi sostén! ¡Si ha sido siempre -para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía -todo! ¡Si nos despojaba para ir a gastarse -el dinero de la casa en la taberna! -¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto -es un verdadero alivio para nosotras!</p> - -<p>—Hay que perdonar a un moribundo; -esos sentimientos son un pecado, señora, -un gran pecado.</p> - -<p>Mientras hablaba con el sacerdote, -Catalina Ivanovna no cesaba de ocuparse -del herido: le daba agua, le enjugaba -el sudor y la sangre de su cabeza y arreglaba -las almohadas. Las últimas palabras -del eclesiástico la pusieron hecha -una furia.</p> - -<p>—¡Eh, <i>batuchka</i>! ¡Esas no son más que -palabras! ¡Perdonar! Si hoy no le hubiesen -aplastado los caballos, habría entrado -en casa, como de costumbre, borracho. -Como no tiene más camisa que la -que lleva puesta, hubiera tenido yo que -lavársela mientras él durmiese, así como -la ropa de los niños. Después hubiera -necesitado secarlo todo, para repasarlo -a la madrugada. Tal es el empleo de mis -noches. ¡Y me habla usted de perdón! -Además, le he perdonado.</p> - -<p>Un violento acceso de tos le impidió -seguir adelante. Escupió en un pañuelo -y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, -mientras con la mano izquierda apretaba -dolorosamente su pecho. El pañuelo -estaba ensangrentado.</p> - -<p>El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.</p> - -<p>Marmeladoff estaba en la agonía; no -apartaba los ojos de su mujer, que de -nuevo se había inclinado sobre él. Tenía -deseos de decirle algo, trataba de hablar, -movía los labios con esfuerzo, pero no -conseguía otra cosa que prorrumpir en -sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna, -comprendiendo que su marido quería pedirle -perdón, le gritó con tono imperioso:</p> - -<p>—Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres -decir...</p> - -<p>El herido se calló, pero en aquel instante -sus miradas se dirigieron a la puerta -y vió a Sonia...</p> - -<p>Hasta entonces no había reparado en -el rincón sombrío en que la joven se encontraba.</p> - -<p>—¿Quién está allí? ¿Quién está allí?—dijo -de repente con voz ronca y ahogada -mostrando al mismo tiempo con los ojos, -que expresaban un gran terror, la puerta -frente a la cual estaba en pie su hija.</p> - -<p>Marmeladoff trató de incorporarse.</p> - -<p>—¡Sigue echado! ¡No te muevas!—gritó -Catalina Ivanovna.</p> - -<p>Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, -logró sentarse en el sofá. Durante -algún tiempo contempló a su hija con aire -extraño; parecía no reconocerla; era -también la vez primera que la veía en -aquel traje. Tímida, humillada y avergonzada -bajo sus oropeles de mujer -pública, la infeliz esperaba humildemente -que se le permitiese dar el último -beso a su padre. De pronto, éste la reconoció -y se pintó en su rostro un sufrimiento -inmenso.</p> - -<p>—¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!—gritó.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span></p> - -<p>Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo -su punto de apoyo rodó pesadamente -por el suelo. Se apresuraron a levantarle -y le pusieron en el sofá; pero ya -todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse, -lanzó un débil grito, corrió hacia -su padre y le besó. El desdichado expiró -en los brazos de su hija.</p> - -<p>—¡Ha muerto!—exclamó Catalina Ivanovna -ante el cadáver de su marido—. -¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? -¿Cómo daré de comer mañana a -mis hijos?</p> - -<p>Raskolnikoff se aproximó a la viuda.</p> - -<p>—Catalina Ivanovna—le dijo—, la -semana pasada me contó su marido toda -la vida de usted sin omitir detalle... Puede -estar segura de que me habló de usted -con verdadero entusiasmo. Desde -aquella tarde, al ver cuánto la estimaba, -cuánto amaba y honraba a usted, a pesar -de su malhadada debilidad, desde -aquella tarde, repito, soy su amigo... -Permítame, pues, que le ayude a cumplir -sus últimos deberes con el difunto. Aquí -tiene usted veinte rublos, y si mi presencia -puede serle de alguna utilidad... Yo -vendré a verla a usted muy pronto... -¡Adiós!</p> - -<p>Y salió precipitadamente de la sala; -pero al atravesar el descansillo encontró -entre el grupo de curiosos a Nikodim -Fomitch, que había tenido noticia del -accidente e iba a cumplir con los deberes -de su cargo llenando las formalidades -propias del caso. Desde la escena ocurrida -en la oficina de policía, el comisario -no había vuelto a ver a Raskolnikoff. -Sin embargo, le reconoció en seguida.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Es usted?—le preguntó.</p> - -<p>—Ha muerto—contestó Raskolnikoff—. -Le han asistido un médico y un -sacerdote; nada le ha faltado. No moleste -usted a la pobre viuda; está tísica y -su nueva desgracia le será funesta. Consuélela -usted... Sé que usted es un hombre -muy bueno—añadió sonriendo y mirando -frente a frente al comisario.</p> - -<p>—Está usted manchado de sangre—dijo -Nikodim Fomitch, que acababa de -ver algunas manchas recientes en el chaleco -de su interlocutor.</p> - -<p>—Sí, me ha caído encima... Estoy empapado -en sangre—agregó el joven con -extraño acento; después, sonrióse, saludó -al comisario con un movimiento de -cabeza y se alejó.</p> - -<p>Bajó la escalera sin apresuramiento. -Una especie de fiebre agitaba todo su -ser: sentía que una vida potente y nueva -brotaba de repente en él. Podía compararse -esta sensación a la de un condenado -a muerte que recibe a última hora el inesperado -indulto. En medio de la escalera -se hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote -que volvía a su domicilio. Lo dos -hombres cambiaron un silencioso saludo. -Cuando Raskolnikoff bajaba los últimos -escalones, oyó pasos presurosos detrás -de sí. Alguien trataba de alcanzarle. En -efecto, Polenka corría en pos de él gritándole:</p> - -<p>—¡Oiga usted, caballero, oiga usted!</p> - -<p>Raskolnikoff se volvió. La niña descendió -apresuradamente el último tramo -y se detuvo enfrente del joven en un escalón -por encima de él. Un débil resplandor -provenía del patio. Raskolnikoff -examinó el rostro demacrado de la niña; -Polenka le miraba con alegría infantil -que hacía resaltar su delicada belleza. -Se le había confiado una misión que, evidentemente, -le agradaba mucho.</p> - -<p>—Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... -¡Ah! ¿Dónde vive usted?—preguntó precipitadamente.</p> - -<p>Raskolnikoff le puso las manos en los -hombros y la contempló con una especie -de felicidad. ¿Por qué experimentaba -tal placer mirando a la niña? Ni él mismo -lo sabía.</p> - -<p>—¿Quién te manda?</p> - -<p>—Mi hermana Sonia—respondió la -niña sonriendo aún más alegremente.</p> - -<p>—Ya suponía yo que venías de parte -de tu hermana.</p> - -<p>—Sonia me envió primero; pero en seguida -mamá me dijo: «Ve corriendo, Polenka.»</p> - -<p>—¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?</p> - -<p>—La quiero más que... a todo el mundo—afirmó -con singular energía Polenka, -y su sonrisa tomó de repente una expresión -seria.</p> - -<p>—¿Y a mí me querrás?</p> - -<p>En lugar de responder la niña, aproximó -la cara a la del joven y presentó<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span> -cándidamente la boca para besarle. De -repente, con sus bracitos delgados como -cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff, -e inclinando la cabeza en el hombro -del joven se puso a llorar en silencio.</p> - -<p>—¡Pobre papá!—dijo al cabo de un momento, -levantando la cabeza y enjugándose -las lágrimas con la mano—. Ahora -no se ven más que desgracias—añadió -sentenciosamente, con esa gravedad particular -que afectan los niños cuando -quieren hablar como las personas mayores.</p> - -<p>—¿Te quería tu papá?</p> - -<p>—Quería más a Lidotshka—respondió -en el mismo tono serio (su sonrisa -había desaparecido),—sentía predilección -por ella, porque es la más pequeña -y porque está delicada; siempre le traía -cosas. Nos enseñaba a leer; me daba lecciones -de gramática y doctrina—añadió -la niña con dignidad—. Mamá no decía -nada; pero nosotros sabíamos que esto -le daba gusto y papá también lo sabía. -Mamá quiere enseñarme el francés, porque -ya es tiempo de comenzar mi educación.</p> - -<p>—¿Sabes rezar?</p> - -<p>—¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho -tiempo! Yo, como soy la mayor, rezo -sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones -en voz alta con mamá. Recitan -primero las letanías de la Santísima Virgen, -luego otra oración: «¡Señor! Concede -tu perdón y tu bendición a nuestra hermana -Sonia», y luego: «¡Señor! Concede -tu perdón y tu bendición a nuestro otro -papá», porque no le he dicho a usted -que nuestro antiguo papá hace tiempo -que murió; éste era otro; pero nosotros -rezamos también por el primero.</p> - -<p>—Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; -nómbrame también alguna vez -en tus oraciones: «perdona a tu siervo -Rodión» y nada más.</p> - -<p>—Siempre, siempre rezaré por usted—respondió -calurosamente la niña; y echándose -a reír, besó de nuevo al joven con -ternura.</p> - -<p>Raskolnikoff le repitió su nombre, le -dió las señas y le prometió volver al otro -día sin falta. La niña se separó de él encantada. -Eran las diez dadas cuando salía -de la casa.</p> - -<p>No le costó trabajo encontrar la habitación -de Razumikin; en casa de Potchinkoff -conocían a su nuevo inquilino -y el <i>dvornik</i> indicó en seguida a Raskolnikoff -el cuarto de su amigo. Hasta la -mitad de la escalera llegaba la algazara -de la reunión que debía ser numerosa y -animada. La puerta estaba abierta y se -oía el ruido de las voces.</p> - -<p>La estancia de Razumikin era bastante -grande; la reunión se componía de -unas quince personas. Raskolnikoff se -detuvo en la antesala; detrás del tabique -había dos grandes samovars, botellas, -platos y fuentes cargados de pastas; dos -criados de la patrona se agitaban en medio -de todo aquello. Raskolnikoff hizo -que llamasen a Razumikin. Este se presentó -muy contento. A la primera ojeada -se adivinaba que había bebido con -exceso; y aunque en general a Razumikin -le fuese imposible emborracharse, por -esta vez probaba su exterior que no había -podido contenerse.</p> - -<p>—Escucha—comenzó a decir Raskolnikoff—, -he venido con el solo objeto -de decirte que, en efecto, has ganado -la apuesta y que nadie sabe lo que puede -pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy -muy débil; apenas si puedo tenerme en -pie. De modo que, buenas noches, y -adiós. Mañana pásate por mi casa.</p> - -<p>—¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. -Según tu propia confesión, estás -débil.</p> - -<p>—¿Y tus invitados? ¿Quién es ese -hombre de cabello rizado que acaba de -entreabrir la puerta?</p> - -<p>—¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser -un amigo de mi tío o acaso un señor cualquiera -que ha venido sin invitación... -Los dejaré con mi tío; es un hombre inapreciable; -siento que no puedas trabar -conocimiento con él. Por lo demás, que -el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer -ahora con ellos; necesito tomar el -aire, de modo que has llegado a propósito, -amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera -caído sobre ellos. ¡Dicen tales majaderías! -No puedes imaginarte de qué divagaciones -suelen algunos hombres ser -capaces. Digo, si puedes imaginártelo. -¿Acaso nosotros no divagamos también? -¡Ea! dejémosles decir necedades; no siem<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>pre -tendrán ocasión de colocarlas... Espera -un momentito; voy a traer a Zosimoff.</p> - -<p>El doctor acudió con extraordinario -apresuramiento a ver a Raskolnikoff. Al -echar la vista encima a su cliente se manifestó -en su rostro una gran curiosidad -que bien pronto se desvaneció.</p> - -<p>—Es menester que se acueste usted en -seguida—dijo al enfermo—; y tome un -calmante para procurarse un sueño apacible. -Aquí tiene usted esos polvos que -yo he preparado hace poco. ¿Los tomará -usted?</p> - -<p>—Ciertamente—respondió Raskolnikoff.</p> - -<p>—Harás bien en acompañarle—dijo -Zosimoff dirigiéndose a Razumikin—; -veremos mañana cómo está; hoy no va -mal. Ha cambiado mucho en poco tiempo. -Cada día se aprende una cosa nueva.</p> - -<p>—¿Sabes lo que Zosimoff me decía -hace un momento por lo bajo?—comenzó -a decir con voz pastosa Razumikin, cuando -los dos amigos estuvieron en la calle—. -Me recomendaba que hablase contigo -en el camino, que te hiciera hablar y que -le contase en seguida tus palabras, porque -se le ha metido entre ceja y ceja -que estás loco o que te encuentras a punto -de estarlo. ¿Qué te parece? En primer -lugar, tú eres tres veces más inteligente -que él. En segundo lugar, puesto que -no estás loco puedes burlarte de su estúpida -opinión, y en tercer lugar, ese -hombrón, cuya especialidad es la cirugía, -sólo tiene en la cabeza, desde hace algún -tiempo, enfermedades mentales; pero la -conversación que has tenido tú hoy con -Zametoff, ha modificado por completo -sus apreciaciones sobre tu persona.</p> - -<p>—¿Zametoff te lo ha contado todo?</p> - -<p>—Todo y ha hecho muy bien. He comprendido -ahora toda la historia y Zametoff -también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, -Rodia... El hecho es que... En este momento -me encuentro un poco alegre... -pero no importa... El hecho es que aquel -pensamiento... ¿Comprendes? Aquel pensamiento -había nacido, en efecto, en su -espíritu; es decir, ninguno de ellos se -atrevía a formularlo en alta voz, porque -era una cosa demasiado absurda, sobre -todo desde que ha sido detenido ese pintor -de brocha gorda, todo se ha desvanecido -para siempre. Pero, ¿cómo son tan imbéciles? -Aquí para entre nosotros, he tenido -un choque con Zametoff; te suplico -que no te des por entendido; he notado -que es susceptible. Ese incidente ocurrió -en casa de Luisa... Pero actualmente todo -está esclarecido. Fué principalmente ese -Ilia Petrovitch quien se fundaba en tu -desvanecimiento en la comisaría; pero -a él mismo le dió vergüenza luego de semejante -suposición; yo sé...</p> - -<p>Raskolnikoff escuchaba con avidez. -Bajo la influencia de la bebida, Razumikin -hablaba sin tino.</p> - -<p>—Yo me desvanecí entonces porque -hacía demasiado calor en la sala y porque -el olor de la pintura me trastornó—contestó.</p> - -<p>—El busca una explicación, pero no -hay otra que la de la pintura: la inflamación -estaba latente desde hacía un mes. -Ahí está Zosimoff para decirlo. No puedes -figurarte lo confuso que se siente ahora -ese tonto de Zametoff: «Yo no valgo—dice—ni -lo que el dedo pequeño de ese -hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas -veces tienen buenos sentimientos; -pero la lección que le has dado hoy -en el <i>Palacio de Cristal</i> es el colmo de la -perfección: has comenzado por hacer -que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste -pensar de nuevo en esa monstruosa -tontería, y de repente le has mostrado -que te burlabas de él. ¡Se ha quedado con -un palmo de narices! Perfectamente. -Ahora está aplastado, anonadado. Verdaderamente -eres un maestro y le hacía -falta lo que has hecho. Siento no haber -estado allí. Zametoff está ahora en casa -y hubiera querido verte. También desea -verte Porfirio Petrovitch.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué -se me considera como un loco?</p> - -<p>—Como un loco precisamente, no. -Amigo mío, yo creo que me he ido un -poco de la lengua contigo. Lo que supongo -que le ha preocupado más que nada -es que sólo <i>eso</i> te interesa, y ahora comprende -por qué te interesa: conociendo -todas las circunstancias... sabiendo qué -especie de enervamiento te ha causado -eso y como tal cosa se relaciona con tu -enfermedad... Estoy algo chispo, amigo<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span> -mío; cuanto puedo decirte es que él tiene -su idea... te lo repito, no sueña más que -con sus enfermedades mentales; no, no -tienes por qué inquietarte.</p> - -<p>Durante medio minuto ambos guardaron -silencio.</p> - -<p>—Escucha, Razumikin—dijo Raskolnikoff—. -Quiero hablarte con franqueza: -vengo de casa de un muerto; el difunto -era un funcionario... He dado allí todo -mi dinero... y además de eso hace un instante -he sido besado por una criatura -que, aun cuando yo hubiese matado a -alguien... en una palabra, he visto allí -también a una joven... con una pluma -color de fuego, pero divago; estoy muy -débil, sostenme... Aquí está la escalera.</p> - -<p>—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?—preguntó -Razumikin alarmado.</p> - -<p>—La cabeza que me da vueltas; pero -esto no es nada; lo malo es que estoy tan -triste... como una mujer. Mira: ¿qué es -aquello? mira, mira...</p> - -<p>—¿Qué he de mirar?</p> - -<p>—¿No ves? Hay luz en mi cuarto, -¿no lo estás viendo por la rendija?</p> - -<p>Estaban en el último rellano de la escalera, -cerca de la puerta de la patrona, -desde donde se podía advertir, que, en -efecto, en la habitación de Raskolnikoff -había luz.</p> - -<p>—Es extraño.</p> - -<p>—Estará quizá en ella Anastasia—observó -Razumikin.</p> - -<p>—No viene nunca a mi cuarto a esa -hora. Además, se acuesta muy temprano; -pero, ¿qué importa? Adiós.</p> - -<p>—¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos -a subir juntos.</p> - -<p>—Sí que subiremos juntos; pero quiero -estrecharte la mano y decirte adiós -aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.</p> - -<p>—¿Qué te pasa, Rodia?</p> - -<p>—Nada. Subamos y tú serás testigo...</p> - -<p>Mientras subían la escalera se le ocurrió -a Razumikin que Zosimoff tenía quizás -razón.</p> - -<p>—Sin duda le he perturbado el espíritu -con mi charla—dijo para sí.</p> - -<p>Cuando se acercaban a la puerta oyeron -voces en la habitación.</p> - -<p>—¿Qué es esto?—exclamó Razumikin.</p> - -<p>Raskolnikoff tiró de la puerta y la -abrió de par en par, quedándose en el -umbral como petrificado.</p> - -<p>Su madre y su hermana, sentadas en el -sofá, le esperaban hacía media hora.</p> - -<p>La aparición de Raskolnikoff fué saludada -con gritos de alegría. Su madre -y su hermana corrieron hacia él; pero el -joven quedó inmóvil, y casi privado de -sentido; había como helado todo su ser -un pensamiento súbito e insoportable. -Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos. -Las dos mujeres le estrecharon contra -su pecho, le cubrieron de besos, llorando -y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff -dió un paso, se tambaleó y cayó -desvanecido al suelo.</p> - -<p>Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, -que se había quedado en el umbral, -se precipitó en la sala, tomó al enfermo -en sus vigorosos brazos y en un -abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.</p> - -<p>—No es nada, no es nada—dijo a la -madre y a la hermana—. Esto es un desvanecimiento, -no tiene importancia. El -médico decía hace un momento que va -mucho mejor, que estaba casi restablecido. -¡Un poco de agua! Vamos, ya recobra -el conocimiento; miren ustedes, ya -vuelve en sí.</p> - -<p>Y al decir esto apretaba con inconsciente -rudeza el brazo de Dunia obligándola -a inclinarse sobre el sofá para comprobar -que, en efecto, su hermano volvía -en sí.</p> - -<hr class="chap" /> -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span></p> - - - - -<h2>TERCERA PARTE</h2> - - -<h3>I.</h3></div> - -<p>Raskolnikoff se incorporó y se sentó -en el diván, e invitando con una leve seña -a Razumikin a que suspendiese el curso -de su elocuencia consoladora, tomó la -mano a su hermana y a su madre y las -contempló alternativamente durante dos -minutos, sin proferir palabra. Había en -su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, -algo de fijo y de insensato. -Pulkeria Alexandrovna, asustada, se -echó a llorar.</p> - -<p>Advocia Romanovna estaba pálida -y le temblaba la mano que tenía entre -las de su hermano.</p> - -<p>—Vuélvete a casa con él—dijo Rodia -con voz entrecortada, señalando a Razumikin—. -Mañana, mañana... todo. -¿Cuándo habéis llegado?</p> - -<p>—Esta noche—respondió Pulkeria Alexandrovna—. -El tren traía mucho retraso. -Pero ahora, Rodia, por nada del mundo -consentiría en separarme de ti. Pasaré -la noche a tu lado...</p> - -<p>—¡No me atormentéis!—replicó Raskolnikoff -con cierta irritación.</p> - -<p>—Yo me quedaré aquí con él—saltó -vivamente Razumikin—; no le dejaré -ni un minuto, y que se vayan al diablo -mis convidados. Que se incomoden, si -quieren. Además, allí está mi tío para hacer -el papel de anfitrión.</p> - -<p>—¡Cómo agradecérselo a usted!—empezó -a decir Pulkeria Alexandrovna, estrechando -de nuevo las manos de Razumikin; -pero su hijo le atajó la palabra.</p> - -<p>—No puedo, no puedo...—repitió con -tono irritado—; no me atormentéis más. -Basta, idos; ¡no puedo!...</p> - -<p>—Retirémonos, mamá—indicó en voz -baja Dunia, inquieta—; salgamos de la -habitación, por lo menos, un instante; -está visto que nuestra presencia le atormenta.</p> - -<p>—¿Será posible que no pueda estar -un momento con él, después de tres años -de separación?—gimió Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—Esperad un poco—dijo Raskolnikoff—. -Me interrumpís y pierdo el hilo -de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?</p> - -<p>—No, Rodia; pero ya tiene noticias -de nuestra llegada. Sabemos que ha tenido -la bondad de venir a verte hoy—añadió -con cierta timidez Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, -le dije a Ludjin que iba a tirarle por la -escalera...</p> - -<p>—¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... -No es posible—comenzó a decir la madre -asustada; pero una mirada de Dunia le -impidió continuar.</p> - -<p>Advocia Romanovna, con los ojos fijos -en su hermano, esperaba que éste se explicase -con mayor claridad. Informadas -de la querella por Anastasia, que se la -había contado a su manera y según la -entendió, las dos señoras se encontraban -perplejas.</p> - -<p>—Dunia—prosiguió, haciendo un esfuerzo, -Raskolnikoff—, yo me opongo a -ese enlace; por consiguiente, despide mañana -a Ludjin y que no se vuelva a hablar -más de él.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p> - -<p>—¡Dios mío!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—Hermano mío, piensa un poco en lo -que dices—observó con vehemencia Dunia; -pero en seguida se contuvo—. No -te encuentras ahora en tu estado normal: -estás fatigado—añadió con tono cariñoso.</p> - -<p>—Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; -quieres casarte con Ludjin por mí, -pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, -mañana le escribes una carta rompiendo -tu compromiso, me la lees a primera -hora, la mandas, y asunto concluído.</p> - -<p>—Yo no puedo hacer eso—exclamó la -joven, un tanto mortificada—. ¿Con qué -derecho...?</p> - -<p>—Dunia, tú también te exaltas. Hasta -mañana... ¿Pero no estás viendo?—balbuceó -la madre con temor, dirigiéndose -a su hija—. Vamos, vamos; será lo -mejor.</p> - -<p>—No sabe lo que se dice—exclamó Razumikin -con voz que denunciaba su embriaguez—; -de lo contrario, no se permitiría... -Mañana será razonable... Hoy, en -efecto, ha echado con cajas destempladas -a ese sujeto; el buen señor se ha incomodado. -Estuvo aquí perorando en pro de -sus teorías. Después se marchó con las -orejas gachas.</p> - -<p>—¿De modo que es verdad?—exclamó -Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—Hasta mañana, hermano—dijo con -tono compasivo Dunia—. Vámonos, mamá... -Adiós, Rodia.</p> - -<p>El joven hizo un último esfuerzo para -dirigirle algunas palabras.</p> - -<p>—Oyeme; no deliro. Ese casamiento -sería una infamia. Pase que yo sea un infame... -pero tú, tú no debes serlo... Basta -con uno... Mas, por miserable que yo -sea, renegaría de ti, si contrajeses esa -unión. O yo, o Ludjin. Marchaos.</p> - -<p>—Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres -un déspota!—gritó Razumikin.</p> - -<p>Raskolnikoff no respondió; quizá no -se hallaba en estado de hacerlo. Agotadas -sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose -del lado de la pared. Advocia -Romanovna miró a Razumikin con ojos -brillantes que revelaban curiosidad. El -estudiante tembló ante aquella mirada. -Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.</p> - -<p>—No me resuelvo a irme—murmuró -trémula, al oído de Razumikin—; me quedaré -aquí en cualquier parte... Acompañe -usted a Dunia.</p> - -<p>—Lo echarán ustedes a perder todo—respondió, -también en voz baja, Razumikin—. -Salgamos, a lo menos, de este -cuarto. Anastasia, alúmbranos. Juro a -ustedes—continuó en voz queda cuando -estuvieron en la escalera—que hace poco -rato estuvo a punto de pegarnos al médico -y a mí. Figúrese usted, ¡al médico! -Por otra parte, es imposible que deje usted -sola a Advocia Romanovna en el -cuarto de alquiler que han tomado ustedes. -¡Si supieran ustedes en qué casita -se han alojado! Ese pillo de Pedro Petrovitch, -¿no podía haber encontrado una -más decente?... Yo, es cierto, estoy algo -chispo, y ahí tiene usted por qué son mis -expresiones bastante vivas. No hagan -ustedes caso.</p> - -<p>—Pues bien—replicó Pulkeria Alexandrovna—. -Voy a ver a la patrona de -mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar -la noche en cualquier rincón. No puedo -abandonarle en tal estado, no puedo...</p> - -<p>Hablaban en el rellano de la escalera -correspondiente a la habitación de la patrona. -Anastasia estaba en el último escalón, -con la luz en la mano. Razumikin -se hallaba extraordinariamente animado. -Un poco antes, cuando acompañó a Raskolnikoff -a su casa, se había ido de la lengua -como él mismo había reconocido; -pero tenía la cabeza fuerte y despejada, -no obstante la excesiva cantidad de vino -que acababa de beber. Ahora estaba sumido -en una especie de éxtasis, y la influencia -excitante del alcohol obraba doblemente -sobre él. Había tomado a las -dos señoras a cada una por una mano, -las arengaba con un lenguaje de una desenvoltura -asombrosa, y, sin duda, para -convencerlas mejor, apoyaba cada una -de sus palabras con formidable presión -de las falanges de sus interlocutoras. Al -propio tiempo, con el mayor descaro devoraba -con los ojos a Advocia Romanovna.</p> - -<p>A veces, vencidas por el dolor, las pobres -señoras trataban de separar sus dedos -aprisionados en aquellas manos gruesas -y huesosas; pero él no hacía caso, y<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span> -continuaba apretando sin cuidarse de -que les hacía daño. Si le hubieran pedido -que se tirase de cabeza por la escalera, no -habría vacilado un segundo en obedecerlas. -Pulkeria Alexandrovna se hacía cargo -de que Razumikin era muy original, -y, sobre todo, de que tenía unos puños terribles; -pero, con el pensamiento puesto -en su hijo, cerraba los ojos ante las extrañas -maneras del joven, que era en -aquel momento una Providencia para -ellas.</p> - -<p>Por su parte, Advocia Romanovna, -aunque participaba de las preocupaciones -de su madre, y no fuese de natural -tímido, miraba con sorpresa y aun con -algo de inquietud, las ardientes ojeadas -que le dirigía el amigo de su hermano. -A no ser por la confianza sin límites que -los relatos de Anastasia le habían inspirado -a propósito de aquel hombre singular, -no hubiera resistido a la tentación -de echar a correr, llevándose a su madre -con ella. Comprendía, empero, también -que en aquel momento el joven les hacía -mucha falta. Esto no obstante, la joven -se sintió tranquila al cabo de diez -minutos; cualquiera que fuese la disposición -de ánimo en que se encontraba -Razumikin, una de las propiedades de su -carácter era la de revelarse por completo -a primera vista, de suerte que en seguida -sabía uno a qué atenerse respecto de él.</p> - -<p>—Usted no puede solicitar eso de la -patrona; sería el colmo de lo absurdo—contestó -vivamente a Pulkeria Alexandrovna—. -De nada le valdría ser la madre -de Rodión; si usted se queda, va a -exasperarle, y sabe Dios lo que puede -ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les -propongo: Anastasia va a quedarse ahora -con él, y las acompañaré a ustedes a -su casa, porque en San Petersburgo es -una imprudencia que anden dos mujeres -solas por las calles. Después de haber yo -acompañado a ustedes, volveré aquí de -dos zancadas, y un cuarto de hora después -doy a ustedes mi palabra de honor -de que iré allí de nuevo y les contaré todo: -cómo está, si duerme, etc. En seguida, -escuchen ustedes, en seguida, echo a correr -a mi casa; hay mucha gente en ella. -Mis invitados están ebrios. Echaré el -guante a Zosimoff que es el médico -que asiste a Rodia y se halla ahora en mi -casa; pero no está borracho porque es -abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y -de allí a casa de ustedes. En el espacio -de una hora recibirán ustedes, por consiguiente, -noticias de su hijo; primero, -por mí, y después, por el mismo doctor, -que es hombre serio. Si Rodia está mal, -juro a usted que la traeré otra vez aquí; -si está bien se acostará usted. Yo pasaré -toda la noche en el vestíbulo, él no lo sabrá. -Haré que Zosimoff se acueste en -casa de la patrona, para tenerle a mano, -si fuese necesario. Creo que en estos momentos -la presencia del médico puede ser -más útil a Raskolnikoff que la de usted. -Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, -pero ustedes, no, no consentiría en -dar a ustedes posada, porque... porque -es tonta. Si lo quieren ustedes saber, está -enamorada de mí, tendría celos de Advocia -Romanovna, y de usted también; -pero, de seguro, de Advocia Romanovna. -Es un carácter muy extraño. Yo -también soy un imbécil. Vamos, vengan -ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? -¿La tienen ustedes? Sí, o no.</p> - -<p>—Vamos, mamá—dijo Advocia Romanovna—; -lo que promete, lo hará -seguramente. A sus cuidados debe mi -hermano la vida; y si el doctor consiente, -en efecto, en pasar aquí la noche, -¿qué más podemos desear?</p> - -<p>—Usted me comprende, porque es usted -un ángel—dijo Razumikin con exaltación—. -Vamos, Anastasia, sube en seguida -con la luz, y quédate a su lado. -Vuelvo dentro de un cuarto de hora.</p> - -<p>Aunque no estuviese completamente -convencida, Pulkeria Alexandrovna no -hizo ninguna objeción.</p> - -<p>Razumikin tomó a cada una de las dos -señoras por un brazo y, en parte de grado, -y en parte por fuerza, las obligó a bajar -la escalera.</p> - -<p>La madre no dejaba de estar inquieta.</p> - -<p>«Seguramente sabe lo que hace; está -bien dispuesto con nosotras; pero, ¿podremos -confiar en sus promesas en el estado -en que se encuentra?»</p> - -<p>El joven adivinó aquel pensamiento.</p> - -<p>—¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo -la influencia del vino—dijo andando -a grandes pasos por la acera, sin adver<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>tir -que apenas podían seguirle las dos señoras—. -Esto no significa nada... he bebido -como un bruto; pero no se trata de -tal cosa. No es el vino lo que me embriaga. -En cuanto he visto a ustedes, he recibido -como un golpe en la cabeza.... No -me hagan ustedes caso, no digo más que -tonterías, soy indigno de ustedes. En extremo -indigno... En cuanto las lleve a -ustedes a su casa, iré al canal que hay -aquí cerca y me echaré un cubo de agua -por la cabeza. Si supiesen lo que yo las -quiero a ustedes... No se rían, ni se incomoden... -Enfádense ustedes con todo el -mundo menos conmigo. Yo soy amigo -de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de -ustedes. Presentía el año pasado lo que -ahora está sucediendo; hubo un momento... -Pero no, yo no presentía nada de -esto, puesto que ustedes, por decirlo así, -han caído del cielo; mas no dormiré en -toda la noche... Zosimoff temía hace poco -que se volviese loco. He aquí por qué -no conviene irritarle.</p> - -<p>—¿Qué dice usted?—exclamó la madre.</p> - -<p>—¿Es posible que el doctor haya dicho -eso?—preguntó Advocia Romanovna -asustada.</p> - -<p>—Eso ha dicho, pero se engaña, se -engaña de medio a medio. Le ha recetado -un medicamento, unos polvos, pero, -ya hemos llegado... Hubieran ustedes -hecho mejor en venir mañana. Hemos -hecho bien retirándonos. Dentro de una -hora Zosimoff vendrá a darle a usted noticias -de su salud. No está ebrio; yo tampoco -lo estaré. Pero, ¿por qué estoy tan -excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto -esos malditos! Había jurado no tomar -parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas -majaderías! Un poco más y me agarro -con ellos. He dejado allí a mi tío para que -presida la reunión... ¿Creerán ustedes que -son partidarios de la impersonalidad completa? -Para ellos el supremo progreso es -parecerse lo menos posible a sí mismo. -A los rusos nos ha complacido vivir de -ideas ajenas; ya estamos saturados de -ellas. ¿Es verdad, es verdad lo que digo?—gritó -Razumikin apretando las manos -de las dos señoras.</p> - -<p>—¡Oh Dios mío, yo no sé!—dijo la pobre -Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo -con ustedes, en líneas generales—añadió -con tono grave Advocia Romanovna.</p> - -<p>Apenas acababa de pronunciar estas -palabras, cuando lanzó un grito de dolor -provocado por un enérgico apretón de -manos de Razumikin.</p> - -<p>—¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, -usted es, usted es—vociferó el joven entusiasmado—; -usted es una fuente de -bondad, de pureza, de razón y de perfección. -Déme usted las manos... déme -usted también la suya; quiero besar las -manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, -de rodillas.</p> - -<p>Se arrodilló en medio de la calle, que -por fortuna estaba desierta en aquel momento.</p> - -<p>—¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?—exclamó -Pulkeria Alexandrovna alarmada -ante la actitud del estudiante.</p> - -<p>—¡Levántese usted, levántese usted!—dijo -Dunia, que, aunque se reía, no dejaba -de estar inquieta.</p> - -<p>—¡De ninguna manera, si no me dan -ustedes las manos! Así. Ahora continuemos. -Soy un desgraciado imbécil indigno -de ustedes, y en este momento trastornado -por la bebida... Me avergüenzo... -Soy indigno de amar a ustedes... pero inclinarse, -prosternarse delante de ustedes, -es el deber de cualquiera que no sea un -bruto completo. Por eso me he prosternado -yo... Esta es la casa. Aunque no -sea más que por esto ha hecho bien Rodia -en poner en la calle el otro día a Pedro -Petrovitch. ¡Cómo se ha atrevido a traer -a ustedes aquí! Esto es escandaloso. ¿Saben -ustedes qué clase de gente vive aquí? -¿Y usted es su prometida? ¿Sí? Pues bien. -Después de esto declaro que su futuro -esposo de usted es un canalla.</p> - -<p>—Escuche usted, señor Razumikin—comenzó -a decir Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado—dijo -excusándose el joven—, -pero... pero usted no puede guardarme -rencor por mis palabras. He hablado -así, porque soy franco y no porque... -¡hum!... sería innoble; en una palabra, -no es porque a usted yo... ¡hum!... no me -atrevo a acabar... Pero antes, cuando su -visita, hemos comprendido todos que ese -hombre no era de nuestro mundo. ¡Va<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>mos! -¡Basta!, todo está perdonado. ¿No -es cierto que usted me ha perdonado? -¡Ea! ¡adelante! Conozco este corredor. He -estado aquí ya; ahí en el número tres hubo -una vez un escándalo... ¿Cuál es el -cuarto de ustedes? ¿Qué número? ¿Ocho? -Entonces harán ustedes muy bien encerrándose -en su habitación por la noche, -y no dejando entrar a nadie. Dentro de -quince minutos, traeré noticias, y media -hora después me verán ustedes volver -con Zosimoff; escapo.</p> - -<p>—¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a -ocurrir?—dijo ansiosamente Pulkeria Alexandrovna -a su hija.</p> - -<p>—Tranquilízate, mamá—respondió -Dunia, quitándose el chal y el sombrero—. -Dios mismo nos ha enviado a ese -señor; aunque venga de una orgía se puede -contar con él. Te lo aseguro... y lo -que ha hecho por mi hermano...</p> - -<p>—¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! -¡Cómo he podido resolverme a dejar -a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba -encontrarle! ¡Qué acogida nos ha -hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba -nuestra llegada!</p> - -<p>En sus ojos brillaban las lágrimas.</p> - -<p>—No, no es eso, mamá, no lo has visto -bien, estás llorando siempre. Acaba de -sufrir una grave enfermedad y ésa es la -causa de todo.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará -de todo eso! ¡Cómo te ha hablado, -Dunia!—siguió diciendo la madre, procurando -tímidamente leer en los ojos -de la joven, y sintiéndose casi consolada -porque Dunia tomaba la defensa de -su hermano, y por consiguiente, le había -perdonado—. Bien sé que mañana será -de otra opinión—añadió, queriendo hacer -hablar a su hija.</p> - -<p>—Pues yo estoy cierta de que mañana -dirá lo mismo, respecto de este asunto...—replicó -Advocia Romanovna.</p> - -<p>La cuestión era tan delicada, que Pulkeria -Alexandrovna no se atrevió a proseguir -la conversación. Dunia fué a besar -a su madre. Esta, sin decir nada, la estrechó -fuertemente en sus brazos. Después -se sentó y esperó con cruel impaciencia -la llegada de Razumikin, mirando tímidamente -a su hija, que, pensativa y -con los brazos cruzados, se paseaba de -un lado a otro de la habitación. Era una -costumbre en Advocia Romanovna pasearse -así cuando tenía una preocupación, -y en tales casos, su madre se guardaba -muy bien de interrumpir sus reflexiones.</p> - -<p>Razumikin, embriagado y enamorándose -repentinamente de Advocia Romanovna, -se prestaba ciertamente al ridículo. -Sin embargo, contemplando a la joven, -sobre todo ahora que, pensativa y -triste, se paseaba por la habitación con -los brazos cruzados, quizá muchos habrían -disculpado al estudiante, sin necesidad -de invocar en descargo suyo la -circunstancia atenuante de la embriaguez. -El exterior de Advocia Romanovna -merecía atraer la atención: alta, fuerte, -notablemente bien formada, demostraba -en cada uno de sus ademanes una confianza -en sí misma que en otra parte no -quitaba nada a su gracia y delicadeza. -Se parecía a su hermano, pero de ella podía -decirse que era una beldad. Tenía -el cabello castaño, algo más claro que los -de Rodia; sus ojos, negros, denotaban -orgullo; pero en ocasiones demostraban -extraordinaria bondad. Era pálida, pero -su palidez no tenía nada de enfermizo; -su rostro resplandecía de frescura y de -salud. Tenía la boca bastante pequeña, -y el labio inferior de subido color rojo -avanzaba, un poco, lo mismo que la -barbilla. Esta irregularidad, la única -que se notaba en su hermoso rostro, le -daba una expresión particular de firmeza -y casi altanería. Su fisonomía era de -ordinario más bien grave y pensativa -que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella -cara habitualmente seria cuando venía -a animarla una risa alegre y juvenil!</p> - -<p>Razumikin no había visto jamás nada -semejante; era ardiente, sincero, honrado, -un poco candoroso. Además, fuerte como -un caballero antiguo y entonces exaltado -por el vino. En estas condiciones se explica -perfectamente el <i>coup de foudre</i>. -Además, quiso la suerte que viese por -primera vez a Dunia en un momento en -que la ternura y la alegría de volver a -ver a Raskolnikoff habían en cierto modo -transfigurado el semblante de la joven. -La vió, después, soberbia de indignación -ante las insolentes órdenes de su hermano -y no pudo contenerse.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span></p> - -<p>Por lo demás, había dicho verdad cuando -en su charla de borracho dejó traslucir -que la extravagante patrona de Raskolnikoff, -Praskovia Pavlovna, tendría -celos, no sólo de Advocia Romanovna, -sino de la misma Pulkeria Alexandrovna. -Aunque ésta tenía cuarenta y tres años, -conservaba restos de su antigua belleza, -y parecía además mucho más joven de -lo que era en realidad; particularidad -que se observa en las mujeres que han -conservado en los linderos de la vejez -la claridad de su espíritu, la frescura de -las impresiones, el puro y honrado calor -del corazón. Comenzaban ya a blanquearle -los cabellos y aun a faltarle; advertíanse -ya, desde hacía algún tiempo, algunas -arrugas en derredor de los ojos; -los cuidados y los disgustos habían demacrado -sus mejillas; mas, a pesar de todo, -su rostro era bello. Era el rostro de Dunia -con veinte años más y sin lo prominente -del labio inferior que caracterizaba la -fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna -tenía alma sensible; pero sin llegar -a la sensiblería. Naturalmente tímida -y dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, -detenerse en el camino de las concesiones, -siempre que su honradez, sus principios -y sus convicciones arraigadas se lo -exigían.</p> - -<p>A los veinte minutos justos de salir -Razumikin, sonaron en la puerta dos -leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.</p> - -<p>—No entraré, no tengo tiempo—se -apresuró a decir en cuanto abrieron—. -Duerme como un bienaventurado, su -sueño es muy tranquilo, y quiera Dios -que se pase así durmiendo diez horas -seguidas. Anastasia está a su lado; tiene -orden de permanecer allí hasta que yo -vuelva. Ahora voy a buscar a Zosimoff, -vendrá a dar a ustedes sus informes, y en -seguida a acostarse, porque bien veo que -están ustedes extenuadas.</p> - -<p>Apenas hubo acabado de decir estas -palabras, echó a correr por el corredor.</p> - -<p>—¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!—exclamó -Pulkeria Alexandrovna -muy alegre.</p> - -<p>—Parece que es de muy buen carácter—contestó -Dunia, y comenzó a pasearse -de nuevo por la habitación.</p> - -<p>Cerca de una hora después, volvieron -a sonar pasos en el corredor y llamaron -de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres -esperaban con entera confianza el -cumplimiento de la promesa que les había -hecho Razumikin. Volvió éste, en -efecto, acompañado de Zosimoff. El médico -no había vacilado en dejar inmediatamente -el banquete para ir a visitar a -Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió -a ir a casa de las señoras, porque apenas -daba crédito a las palabras de su -amigo, que le parecía haber dejado una -parte de su razón en el fondo de los vasos. -Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho -y aun halagado en su amor propio -de doctor. Zosimoff comprendió que -era, en efecto, escuchado como un -oráculo.</p> - -<p>Durante diez minutos que duró la visita, -logró tranquilizar por completo a -Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran -interés por el enfermo, expresándose con -reserva y seriedad extremadas como conviene -a un médico de veintisiete años -en circunstancias graves. No se permitió -la más leve digresión fuera de su asunto -ni manifestó el menor deseo de entablar -más relaciones familiares con sus interlocutoras. -Habiendo advertido desde que -entró la belleza de Advocia, se esforzaba -en no prestar ninguna atención a la joven, -dirigiéndose exclusivamente a Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>Todo esto le producía un indecible -contento interior. En lo concerniente a -Raskolnikoff, declaró que le encontraba -en un estado muy satisfactorio. Según su -opinión, la enfermedad de su cliente dependía, -en parte, de las malas condiciones -en que éste había vivido durante algunos -meses; pero era originada también -por otras causas de carácter moral. «Era, -por decirlo así, producto complejo de -influencias múltiples, bien físicas, bien -psicológicas, tales como preocupaciones, -cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo -advertido, sin manifestarlo, que -Advocia Romanovna le escuchaba con -marcada atención, Zosimoff desarrolló -con gusto este tema.</p> - -<p>Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase -con voz tímida e inquieta si había -advertido algún síntoma de locura -en su hijo, Zosimoff le respondió con cal<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>ma -y franca sonrisa, que se había exagerado -el alcance de sus palabras, que -sin duda, había echado de ver en el enfermo -una idea fija, algo así como monomanía, -cuanto que él, Zosimoff, estudiaba -ahora de una manera especial esta -rama tan interesante de la Medicina.</p> - -<p>—Pero—añadió—, es menester considerar -que hasta hoy el enfermo ha estado -delirando constantemente, y de seguro -la llegada de su familia será para él -una distracción, contribuirá a devolverle -las fuerzas y ejercerá sobre él una acción -saludable... Si se pueden evitar nuevas -emociones—terminó diciendo con -tono significativo.</p> - -<p>Levantándose después, y saludando a -la vez ceremonioso y cordial, salió seguido -de acciones de gracias, de bendiciones -y de efusiones de reconocimiento. -Advocia Romanovna le tendió su linda -mano que el médico no había tratado de -estrechar. En una palabra, el doctor se -retiró encantado de sí mismo, y más encantado -todavía de su visita.</p> - -<p>—Mañana hablaremos. Ahora acuéstense -ustedes en seguida; ya es tiempo -de que descansen—ordenó Razumikin, -saliendo con Zosimoff—. Mañana a primera -hora vendré a dar a ustedes noticias -del enfermo.</p> - -<p>—¡Qué encantadora joven es esta Advocia -Romanovna!—observó con acento -sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron -en la calle.</p> - -<p>—¿Encantadora? ¿Encantadora has -dicho?—rugió Razumikin lanzándose sobre -el doctor y agarrándole por el cuello—. -Si te atreves... ¿Me entiendes? -¿Me entiendes?—gritó apretándole la -garganta y arrojándolo contra la pared—. -¿Me entiendes?</p> - -<p>—Déjame. ¡Demonio de borracho!—dijo -Zosimoff, tratando de soltarse de -las manos de su amigo.</p> - -<p>Cuando Razumikin le soltó, miróle -fijamente y lanzó una carcajada.</p> - -<p>El estudiante permanecía en pie delante -de él con los brazos caídos y la cara -triste.</p> - -<p>—Es verdad, soy un bestia—dijo -con aire sombrío—; pero tú también -lo eres.</p> - -<p>—No, amigo, yo no lo soy. No sueño -con tonterías.</p> - -<p>Continuaron su camino sin decir una -palabra, y únicamente cuando llegaron -cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, -muy preocupado, rompió el silencio:</p> - -<p>—Escucha—dijo a Zosimoff—, tú -eres un buen amigo, pero tienes una variada -colección de vicios; eres un voluptuoso, -un innoble sibarita, te gusta la -comodidad, engordas y de nada te privas. -Te digo, pues, que esto es innoble, -porque conduce derechamente a las mayores -suciedades. Siendo, como eres, afeminado, -no comprendo de qué manera -puedes ser un buen médico, y además -un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones -de plumas (¡un médico!) y se levanta -para ir a visitar a un enfermo! De aquí -a tres años estarían llamando a tu puerta -y no dejarías la cama. Pero no se trata -de esto; lo que yo quiero decirte es lo -siguiente: voy a dormir en la cocina; tú -pasarás la noche en la habitación de la patrona -(he podido, no sin trabajo, obtener -su consentimiento); será una ocasión -para ti de trabar íntimo conocimiento -con ella. No es lo que tú piensas. No hay -ni sombra de lo que sospechas.</p> - -<p>—¡Pero si yo no sospecho!</p> - -<p>—Es, amigo mío, una criatura púdica, -silenciosa, tímida, de una castidad a toda -prueba, y por añadidura, tan sensible, -tan tierna... Líbrame de ella, te lo suplico -por todos los diablos. Es muy agradable... -Pero al presente estoy satisfecho. -Pido un substituto.</p> - -<p>Zosimoff se echó a reír de muy buena -gana.</p> - -<p>—Se conoce que no eres moderado; -no sabes lo que dices. ¿Por qué he de hacerle -la corte?</p> - -<p>—Te aseguro que no te costará trabajo -conquistar sus gracias. Te basta con -charlar con ella de cualquier cosa, con -que te sientes a su lado y la hables. Además, -eres médico: empieza por curarla -de cualquier tontería. Te juro que no -tendrás de que arrepentirte. Tiene un -clavicordio; yo, como sabes, canto algo. -Le he cantado una cancioncilla rusa: -«Mis ojos vierten ardientes lágrimas...»<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span> -Le gustan mucho las melodías sentimentales. -Ese fué mi punto de partida; pero -tú eres un verdadero profesor de piano, -una especie de Rubinstein... Te aseguro -que no te pesará.</p> - -<p>—Pero, ¿a qué viene todo eso?</p> - -<p>—Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, -os conozco perfectamente al uno y al -otro. No es solamente hoy cuando he -pensado en ti. Tú acabarás de ese modo. -¿Qué te importa que sea más pronto o -más tarde? Aquí, amigo mío, tendrás -colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás -el puerto, el refugio; el fin de las -agitaciones, tortas excelentes, sabrosas -blinas<a name="FNanchor_16" id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>, excelentes pasteles de pescado, -el samovar por la tarde, el calentador -por la noche; estarás como muerto, y, -sin embargo, vivirás: doble ventaja; -pero basta de charla, es hora de acostarse. -Escucha: me sucede a veces despertarme -por la noche; en tal caso, iré a ver -cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del -corazón, puedes ir a verle una vez siquiera; -y si adviertes en él algo extraordinario, -corre a despertarme. Creo, sin -embargo, que no será menester.</p> - - -<div class="chapter"><h3>II.</h3></div> - -<p>Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin -se despertó presa de pensamientos -que jamás habían turbado su existencia. -Se acordó de todos los incidentes -de la noche y comprendió que había experimentado -una impresión muy diferente -de cuantas sintiera hasta entonces. -Comprendía, al mismo tiempo, que -el sueño que había acariciado era de todo -punto irrealizable. Aquella quimera le -pareció de tal modo absurda, que tuvo -vergüenza de pensar en ella. Así es que -se apresuró a pasar a otras cuestiones -más prácticas, que en cierto modo le había -legado la maldita jornada precedente.</p> - -<p>Lo que más le entristecía era haberse -presentado el día anterior como un perdido; -no solamente le habían visto ebrio -sino abusando de las ventajas que su posición -de bienhechor le daba sobre una -joven obligada a recurrir a él, y sin conocer -a punto fijo lo que era el tal señor. -¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente -a Pedro Petrovitch? ¿Quién -le preguntaba su opinión? Además, una -persona como Advocia Romanovna, ¿podía -casarse a gusto con un hombre indigno -de ella? Sin duda que Pedro Petrovitch -Ludjin tenía algún mérito. Claro -es que existía la cuestión del alojamiento; -pero, ¿qué motivos tenía Ludjin -para saber lo que era aquella casa? Por -otra parte, las dos señoras se albergaban -allí provisionalmente, mientras se les -preparaba otra vivienda. ¡Oh, qué miserable -era todo aquello! ¿Podría justificarse -alegando su embriaguez? Tan necia -excusa le envilecía más. La verdad -está en el vino, y he aquí que, bajo la -influencia del vino, había revelado toda -la verdad, es decir, la bajeza de un corazón -vulgarmente celoso. ¿Le estaba permitido -tal sueño a Razumikin? ¿Qué era -él comparado con aquella joven, él, el -borracho charlatán y brutal de la víspera? -¿Qué cosa más aborrecible y más -ridícula a la vez que la idea de una aproximación -entre dos seres tan semejantes?</p> - -<p>El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, -se acordó de repente de haber -dicho la noche anterior en la escalera -que le amaba la patrona y que ésta tendría -celos de Advocia Romanovna. Tal -recuerdo le llenó de confusión. Era demasiado. -Descargó un puñetazo sobre el -fogón. Se hizo daño en la mano y rompió -un ladrillo.</p> - -<p>—No hay duda—murmuró al cabo -de un rato con profunda humillación—; -ya está hecho, y no hay medio de borrar -tantas torpezas... Inútil es pensar en -ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré -silenciosamente con mi deber y no -daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado -tarde y el mal está hecho.</p> - -<p>Puso, sin embargo, particular esmero -en arreglarse; no tenía más que un traje, -y aunque hubiese tenido muchos, quizás -se hubiera puesto el de la víspera «a fin -de no parecer que se había arreglado ex -profeso...» Sin embargo, un abandono -cínico hubiese sido de muy mal gusto. -No tenía derecho a herir los sentimientos -ajenos, sobre todo cuando se trataba -de personas que necesitaban de él y que -le habían suplicado que fuese a verlas;<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span> -de consiguiente, cepilló con gran cuidado -la ropa; en cuanto a la interior, Razumikin -no la podía sufrir sucia.</p> - -<p>Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, -se lavó concienzudamente la cabeza, -el cuello, y, particularmente, las manos. -Después de vacilar si se afeitaría o -no (Praskovia Paulovna poseía excelentes -navajas, herencia de su difunto marido -Zarnitzin), resolvió la cuestión negativamente -y con cierta brusca irritación, -dijo para sí: «No, me quedaré como -estoy. Se figurarían quizá que me había -afeitado para... ¡De ninguna manera!»</p> - -<p>Estos monólogos fueron interrumpidos -por la llegada de Zosimoff, el cual -después de haber pasado la noche en casa -de Praskovia Paulovna, entró un instante -en la suya, y venía ahora a visitar -al enfermo. Razumikin le dijo que Raskolnikoff -dormía como un lirón; el médico -prohibió que se le despertara y prometió -volver entre diez y once.</p> - -<p>—¡Con tal que esté en su cuarto cuando -vuelva!—añadió—. Con un cliente -tan dado a las fugas, no se puede contar -con él. ¿Sabes si va a ir a verlas o si vendrán -ellas?</p> - -<p>—Presumo que vendrán—respondió -Razumikin, comprendiendo por qué se -le hacía esta pregunta—; tendrán, sin -duda, que ocuparse en asuntos de familia. -Yo me iré. Tú, en calidad de médico, -tienes, naturalmente, más derecho que yo.</p> - -<p>—Yo no soy confesor. Además, tengo -otras cosas que hacer que no son escuchar -sus secretos; yo también me iré.</p> - -<p>—Me inquieta una cosa—repuso Razumikin -frunciendo el entrecejo—. Ayer -estaba ebrio, y mientras acompañaba -aquí a Rodia no pude contener la lengua: -entre otras tonterías, le dije que temía -en él una predisposición a la locura.</p> - -<p>—Lo mismo le dijiste a las señoras.</p> - -<p>—Sí, una majadería. Pégame si quieres, -pero aquí, entre nosotros, sinceramente, -¿cuál es tu opinión respecto de -mi amigo?</p> - -<p>—¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, -cuando me llevaste a su casa, me lo -presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... -Ayer le encontramos algo -trastornado, y digo que le encontramos, -porque, aunque yo te acompañaba, fuiste -tú el que con tu relato acerca del pintor -decorador, provocaste su exaltación; -¡bonita conversación para sostenerla delante -de un hombre cuyo trastorno intelectual -procede quizá de ese asunto! Si -hubiese tenido yo conocimiento, con -toda clase de pormenores, de la escena -ocurrida en la oficina de policía; si hubiese -sabido yo que Raskolnikoff había -sido blanco de las sospechas de un -miserable, desde la primera palabra te -hubiera impedido que hablases. Estos -monomaníacos convierten el Océano en -una gota de agua; las aberraciones de su -imaginación se les presentan como realidades... -La mitad de lo que le sucede -me lo explico ahora, gracias a lo que Zametoff -nos contó anoche en tu casa. A -propósito de este Zametoff, te diré que -me parece un buen muchacho; pero ayer -anduvo poco acertado en decir lo que dijo. -Es un terrible charlatán.</p> - -<p>—¿Pero, a quién le ha hablado de eso? -A ti y a mí.</p> - -<p>—Y a Porfirio Petrovitch.</p> - -<p>—¿Y qué importa que se lo haya contado -a Porfirio?</p> - -<p>—Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes -alguna influencia con la madre y la -hermana? Harán bien en ser hoy muy -circunspectas con Raskolnikoff.</p> - -<p>—Se lo diré—respondió con aire contrariado -Razumikin.</p> - -<p>—Hasta la vista. Da las gracias de mi -parte a Praskovia Pavlovna por su hospitalidad. -Se encerró en su habitación, -y aunque le di gritando las buenas noches -al través de la puerta, no respondió. -Sin embargo, a las siete de la mañana -ya estaba levantada; he visto en el corredor -que le llevaban el samovar de la -cocina... No se ha dignado admitirme -a su presencia.</p> - -<p>A las nueve en punto Razumikin llegaba -a la casa Bakaleieff. Las dos señoras -le esperaban desde hacía bastante -tiempo con febril impaciencia. Se habían -levantado antes de las siete. Entró -sombrío, saludó sin gracia y se hizo cargo -amargamente de haberse presentado -así. No había contado con la huéspeda. -Pulkeria Alexandrovna corrió inmediatamente -a su encuentro, le tomó las manos -y faltó poco para que se las besase. El<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span> -joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; -pero en lugar de la expresión -burlona y de desdén involuntario y mal -disimulado que esperaba encontrar en -aquel orgulloso semblante, advirtió tal -expresión de reconocimiento y de afectuosa -simpatía, que su confusión no reconoció -límites. Le hubiera contrariado -menos, de seguro, que le hubiese acogido -con reproches. Por fortuna, tenía un asunto -de conversación perfectamente indicado -y se fué a él derecho.</p> - -<p>Cuando supo Pulkeria Alexandrovna -que su hijo no se había despertado aún, -pero que su estado era satisfactorio, indicó -que tenía necesidad de conferenciar -con Razumikin. La madre y la hija preguntaron -en seguida al joven si había -tomado ya el te y le invitaron a que lo -tomase con ellas, porque habían estado -esperando su llegada para ponerlo en la -mesa.</p> - -<p>Advocia Romanovna tiró de la campanilla -y se presentó un criado mal vestido; -se le ordenó que trajese el te, y, en -efecto, lo sirvió, pero de una manera tan -poco conveniente y tan poco limpia, que -las dos señoras no pudieron menos de sentirse -avergonzadas. Razumikin renegó -de semejante zahurda, y después, acordándose -de Ludjin, se calló, perdió la -serenidad y experimentó vivísimo contento -cuando pudo librarse de aquella -situación embarazosa, merced a la granizada -de preguntas que le dirigió Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>Interrogado a cada instante, estuvo -hablando durante tres cuartos de hora, -y contó cuanto sabía concerniente a los -principales hechos que habían llenado -la vida de Raskolnikoff durante un año. -Como es de suponer, pasó en silencio lo -que convenía callar, por ejemplo, la escena -de la comisaría y sus consecuencias. -Las dos señoras le escuchaban con la boca -abierta, y cuando el estudiante creyó -haberles dado todos los pormenores que -podían interesarlas, aun no se dieron por -satisfechas.</p> - -<p>—Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... -¡Ah, usted perdone... no sé todavía -su nombre!...—dijo vivamente Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>—Demetrio Prokofitch.</p> - -<p>—Demetrio Prokofitch, tengo grandes -deseos de saber cómo considera mi hijo -las cosas; o, para expresarme mejor, qué -es lo que ama y lo que aborrece. ¿Sigue -siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, -sus sueños, si usted quiere? ¿Bajo -qué influencia particular se encuentra -ahora?</p> - -<p>—¿Qué quiere usted que yo le diga? -Conozco a Rodia desde hace diez y ocho -meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. -En estos últimos tiempos (pero -quizá esta predisposición existiese en él -desde antigua fecha) se ha vuelto suspicaz -e hipocondríaco. Es bueno y generoso. -No gusta de revelar sus sentimientos, -y prefiere ofender con su reserva a -las personas a mostrarse expansivo con -ellas. Algunas veces, sin embargo, no -parece tan hipocondríaco, sino solamente -frío e insensible hasta la inhumanidad. -Diríase que existen en él dos -caracteres que se manifiestan alternativamente. -En ciertos momentos es por -extremo taciturno: todo le molesta, todo -le desagrada y permanece acurrucado -sin hacer nada. No es burlón, aunque su -espíritu no carece de causticidad, sino -más bien porque desdeña la burla como -un pasatiempo demasiado frívolo. No -escucha con atención lo que se le dice. -Jamás se interesa por las cosas que en un -momento dado interesan a todo el mundo. -Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo -creo que en esto no anda del todo equivocado. -¿Qué más puedo añadir? Creo -que la llegada de ustedes ejercerá sobre -él una acción muy saludable.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Dios lo quiera!—exclamó Pulkeria -Alexandrovna muy preocupada -por estas revelaciones sobre el carácter -de su hijo.</p> - -<p>Por último, Razumikin se atrevió a -mirar un poco más detenidamente a Advocia -Romanovna. Mientras hablaba la -había estado examinando, pero disimuladamente -y volviendo en seguida los -ojos. Por su parte, la joven ora se sentaba -cerca de la mesa y escuchaba atentamente, -ora se levantaba, y, según su costumbre, -se paseaba por la habitación -con los brazos cruzados, cerrados los labios -y haciendo de cuando en cuando alguna -pregunta sin interrumpir su paseo.<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span> -Tenía también la costumbre de no escuchar -hasta el fin lo que se le decía. Llevaba -un traje ligero de tela obscura y -una pañoleta blanca al cuello. Por diversos -indicios, Razumikin comprendió que -las dos mujeres eran muy pobres. Si Advocia -Romanovna hubiese ido vestida -como una reina, probablemente no hubiera -intimidado a Razumikin; mas -quizás por lo mismo que iba vestida muy -pobremente causaba al joven mucho temor -y le hacía pesar con cuidado cada -una de sus palabras y cada uno de sus -gestos, lo que, naturalmente, aumentaba -la cortedad de un hombre ya poco seguro -de sí mismo.</p> - -<p>—Nos ha dado usted muchos pormenores -curiosos acerca de mi hermano y los -ha dado usted imparcialmente. Está bien. -Yo creía que usted le admiraba—dijo -Advocia Romanovna, sonriendo—. Debe -de haber alguna mujer en su existencia—añadió -la joven, pensativa.</p> - -<p>—No he dicho eso; pero puede que tenga -usted razón; sin embargo...</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—No ama a nadie; quizá no amará -jamás—replicó Razumikin.</p> - -<p>—Es decir, que es incapaz de amar.</p> - -<p>—¿Sabe usted, Advocia Romanovna, -que se parece usted mucho a su hermano -bajo todos los aspectos?—dijo aturdidamente -el joven.</p> - -<p>Después se acordó repentinamente del -juicio que acababa de emitir acerca de -Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como -un cangrejo. Dunia no pudo por menos -que reírse.</p> - -<p>—Quizá se engañen ustedes en el modo -de juzgar a mi Rodia—apuntó Pulkeria -Alexandrovna un poco ofendida—. -No me refiero al presente, Dunetchka; lo -que Pedro Petrovitch escribe en esta -carta... y lo que nosotros hemos supuesto, -acaso no sea verdadero; pero no puede -usted imaginarse, Demetrio Prokofitch, -cuán fantástico y caprichoso es. Hasta -cuando tenía quince años su carácter -era para mí una sorpresa continua. Aun -ahora le creo capaz de hacer locuras tales -como no se le ocurrirían a ningún otro -hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted -que hace diez y ocho meses que estuvo -a punto de causar mi muerte, cuando se -decidió a casarse con la hija de esa señora -Zarnitzin, su patrona?</p> - -<p>—¿No sabía usted nada de esos amores?—preguntó -Advocia Romanovna.</p> - -<p>—¿Usted creerá—prosiguió la madre -con animación—que le conmoverían mis -lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, -nuestra miseria y el temor de verme morir? -Pues no, señor; completamente tranquilo, -siguió sus planes, sin detenerse -ante ninguna consideración; y, sin embargo, -¿se puede decir por eso que no nos -quiere?</p> - -<p>—Nada me ha dicho jamás de tal asunto—respondió -con reserva Razumikin—; -pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, -que por cierto no es muy habladora, -y lo que he sabido no deja de ser bastante -extraño.</p> - -<p>—¿Qué es lo que ha sabido usted?—preguntaron -a un tiempo las dos mujeres.</p> - -<p>—¡Oh! A decir verdad, nada de particular. -Todo lo que sé es que ese matrimonio, -que era ya cosa convenida y que -iba a verificarse cuando la novia murió, -desagradaba mucho a la misma señora -Zarnitzin... Tengo entendido, además, -que la joven, no solamente no era bella, -sino que era fea, y, según se dice, muy... -caprichosa. Sin embargo, parece que no -carecía de ciertas buenas cualidades, y -seguramente las tendría; de otro modo, -¿cómo comprender...?</p> - -<p>—Estoy convencida de que esa joven -tenía algún mérito—afirmó lacónicamente -Advocia Romanovna.</p> - -<p>—Que Dios me perdone; pero la verdad -es que me alegré de su muerte. Sin embargo, -no sé para cuál de los dos hubiese -sido más funesto ese matrimonio—dijo -la madre; y luego, tímidamente, tras de -varias vacilaciones y sin apartar los ojos -de Dunia, se puso a interrogar de nuevo -a Razumikin acerca de la escena de la -víspera entre Rodia y Ludjin.</p> - -<p>Este incidente parecía inquietarla sobre -manera...</p> - -<p>El joven volvió a referir minuciosamente -el altercado de que había sido testigo; -pero añadiendo que Raskolnikoff -insultó deliberadamente a Pedro Petrovitch, -y no excusó la conducta de su ami<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span>go -con la enfermedad que éste padecía.</p> - -<p>—Antes de estar malo—dijo—ya lo -tenía premeditado.</p> - -<p>—Así lo creo yo también—replicó Pulkeria -Alexandrovna, con la consternación -pintada en su semblante.</p> - -<p>Pero se sorprendió mucho al ver que -Razumikin hablaba de Pedro Petrovitch -en términos convenientes y aun con cierta -especie de consideración. Esto llamó -la atención de Advocia Romanovna.</p> - -<p>—¿De modo que ésa es la opinión de -usted acerca de Pedro Petrovitch?—no -pudo por menos de preguntar Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>—No puedo tener otra acerca del futuro -esposo de esta señorita—respondió -con tono firme y caluroso Razumikin—. -Y no es por vana cortesía por lo que hablo -de este modo; lo digo porque... porque... -porque... basta que ese hombre -sea la persona que Advocia Romanovna -ha elegido... Si ayer hube de expresarme -en tonos injuriosos respecto de él, fué -porque estaba ebrio, y, además... insensato; -sí, insensato; había perdido la cabeza, -estaba completamente loco, y ahora -me da vergüenza de...</p> - -<p>Se interrumpió poniéndose encendido -como la grana. Las mejillas de Advocia -Romanovna se colorearon; pero guardó -silencio. Desde que empezó a hablar -de Ludjin, no había despegado los labios. -Privada del apoyo de su hija, Pulkeria -Alexandrovna se encontraba visiblemente -cortada.</p> - -<p>Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante -y levantando a cada momento los -ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento -le preocupaba sobre todas las cosas -cierta circunstancia.</p> - -<p>—Vea usted, Demetrio Prokofitch—comenzó -a decir—. Debemos de ser francas -con él, Dunetchka.</p> - -<p>—Sin duda, mamá—respondió, con -tono de autoridad Advocia Romanovna.</p> - -<p>—Verá usted de lo que se trata—se -apresuró a decir la madre, como si el comunicar -su disgusto le quitase una montaña -del pecho—. Esta mañana, a primera -hora, hemos recibido una carta -de Pedro Petrovitch, respondiendo a lo -que nosotros habíamos escrito ayer, dándole -cuenta de nuestra llegada. Vea usted, -debía haber ido a esperarnos a la estación, -como nos había prometido; pero -en su lugar nos hemos encontrado con -un criado que nos ha conducido hasta -aquí, anunciándonos para esta mañana -la visita de su amo. Pero ahora, en vez -de venir él, nos ha escrito esta carta... -(lo mejor será que usted mismo la lea); -hay en ella un párrafo que me pone en -cuidado. Usted verá en seguida de qué -se trata y me dará francamente su opinión, -pues usted, Demetrio Prokofitch, -conoce mejor que nadie el carácter de -Rodia, y está en condiciones de poder -aconsejarme. Prevengo a usted que -desde el primer momento Dunetshka ha -resuelto la cuestión; pero yo no sé qué -hacer, y espero que usted...</p> - -<p>Razumikin abrió la carta, fechada la -víspera.</p> - -<p class="i2 p2">«Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo -el honor de manifestar a usted que -asuntos imprevistos me han impedido -ir a esperar a ustedes a la estación; por -eso me he hecho representar por un hombre -de mi confianza. El Senado, donde he -de entender en una cuestión, me priva -del honor de ver a ustedes por la mañana; -por otra parte, no quiero interrumpir -la entrevista de usted con su hijo ni la -de Advocia Romanovna con su hermano. -A las ocho en punto de la tarde tendré -la satisfacción de saludar a ustedes en su -alojamiento. Encarecidamente les suplico -que me eviten la presencia de Rodión -Romanovitch, el cual me insultó del modo -más grosero en la visita que le hice -ayer. Aparte de esto, debo tener con usted -una explicación personal a propósito -de un punto que acaso no interpretemos -ambos de la misma manera. Tengo el -honor de advertir a usted anticipadamente -que, si a pesar de mi deseo, expresado -formalmente, encontrase en casa de ustedes -a Rodión Romanovitch, me veré -obligado a retirarme en seguida, y usted -solamente podrá atribuir a sí misma la -causa de mi determinación.</p> - -<p class="i2">»Digo a usted esto teniendo motivos -para creer que Rodión Romanovitch, -que parecía tan enfermo cuando yo le -visité, recobró la salud dos horas después, -y puede, por consiguiente, ir a casa de -ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis pro<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>pios -ojos en casa de un borracho que acababa -de ser atropellado por un coche. -So pretesto de costear los funerales, dió -veinticinco rublos a la hija del difunto, -joven de conducta notoriamente equívoca. -Esto me ha causado verdadero estupor, -porque sé con cuánta fatiga se ha -procurado usted ese dinero. Suplico a -usted que tenga la bondad de presentar -mis homenajes más sinceros a la señorita -Advocia Romanovna, y permitir que me -repita de usted obediente servidor.</p> - -<p class="right smcap">»Pedro Petrovitch Ludjin.»</p> - - -<p class="p2">—¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?—preguntó -Pulkeria Alexandrovna, -a quien casi se le saltaban las lágrimas—. -¿Cómo decirle a Rodia que venga? -Ayer insistió tan vivamente para que -se despidiese a Pedro Petrovitch, y ahora -éste pretende que no reciba a mi hijo... -Seguramente que él vendrá ex profeso -en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a suceder -entonces?</p> - -<p>—Siga usted el consejo de Advocia Romanovna—respondió -tranquilamente Razumikin.</p> - -<p>—¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede -imaginarse lo que dice; no acierto -a comprender lo que se propone. Según -ella, es mejor, o, más bien dicho, es -absolutamente indispensable que Rodia -venga esta noche y se encuentre aquí -con Pedro Petrovitch... Yo preferiría -enseñarle la carta a mi hijo, e impedir -hábilmente que viniese, y para conseguir -tal objeto contaba con usted... No comprendo -a qué borracho muerto ni a qué -joven se refiere esta carta, ni me explico -cómo ha dado a esa persona las últimas -monedas de plata que...</p> - -<p>—Que representan para ti tantos sacrificios, -mamá—interrumpió la joven.</p> - -<p>—Ayer no estaba en su estado normal—dijo -con aire pensativo Razumikin—. -¡Si supiese usted a qué pasatiempos -se entregó ayer en un café! Por lo -demás, ha hecho bien. En efecto, me habló -ayer de un muerto y de una joven -mientras que yo le acompañaba a su -casa; pero no comprendí ni una palabra... -Como ayer estaba yo...</p> - -<p>—Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y -yo te aseguro que veremos allí lo que conviene -hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez -dadas!—observó Dunia, mirando un magnífico -reloj de oro esmaltado, que llevaba -suspendido del cuello por una larga -cadena de Venecia y que desentonaba -con el resto de su atavío.</p> - -<p>—Un regalo de su prometido—pensó -Razumikin.</p> - -<p>—Es, efectivamente, hora de salir—dijo -su madre con apresuramiento—. Va -a pensar que le guardamos rencor por la -acogida que nos hizo anoche; a esa causa -atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!</p> - -<p>Hablando así se apresuraba a ponerse -el sombrero y la pañoleta.</p> - -<p>Dunia se preparaba también a salir. -Sus guantes estaban, además de descoloridos, -agujereados, lo cual no pasó inadvertido -a Razumikin; sin embargo, aquel -traje, cuya pobreza saltaba a la vista, -daba a las dos señoras un sello particular -de dignidad, como acontece siempre -a las mujeres que saben llevar humildes -vestidos.</p> - -<p>—Esperen ustedes que me adelante -para ver si está despierto—dijo Razumikin -cuando comenzaron a subir las -escaleras del domicilio de Raskolnikoff.</p> - -<p>Las señoras le siguieron muy despacio. -Cuando llegaron al cuarto piso, advirtieron -que la puerta del departamento -de la patrona estaba abierta, y que por -la estrecha abertura las observaban dos -ojos negros y penetrantes. Las miradas -se encontraron y la puerta se cerró con -tal estrépito, que Pulkeria Alexandrovna -estuvo a punto de lanzar un grito de -espanto.</p> - - -<div class="chapter"><h3>III.</h3></div> - -<p>—¡Va bien, va bien!—exclamó alegremente -Zosimoff viendo entrar a las dos -mujeres.</p> - -<p>El doctor había llegado diez minutos -antes y ocupaba en el sofá el mismo sitio -que la víspera. Raskolnikoff, sentado -en el otro extremo, estaba completamente -vestido; habíase tomado también el -trabajo de lavarse y peinarse, cosas ambas -que no acostumbraba desde hacía -algún tiempo. Aunque con la llegada de -Razumikin y de las dos señoras quedó llena -la habitación, Anastasia logró colocarse -detrás de ellas, y se quedó para es<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span>cuchar -la conversación. Efectivamente -Raskolnikoff estaba bien, pero su palidez -era extrema y parecía absorto en -una triste idea.</p> - -<p>Cuando Pulkeria Alexandrovna entró -con su hija, Zosimoff advirtió con sorpresa -el sentimiento que se reveló en la -fisonomía del enfermo. En vez de alegría -era una especie de estoicismo resignado; -parecía que el joven hacía un llamamiento -a todas sus fuerzas para soportar -durante una hora o dos un tormento -inevitable. Cuando la conversación -se hubo entablado, observó también -el médico que cada palabra abría como -una herida en el alma de su cliente; pero -al mismo tiempo se asombraba de ver a -este último relativamente dueño de sí -mismo. El monomaníaco frenético de la -víspera sabía ahora dominarse hasta -cierto punto y disimular sus impresiones.</p> - -<p>—Sí, veo ahora que estoy casi curado—dijo -Raskolnikoff, besando a su madre -y a su hermana con una cordialidad que -hizo brillar de alegría el rostro de Pulkeria -Alexandrovna—. Y no lo digo como -ayer—añadió dirigiéndose a Razumikin -y estrechándole la mano.</p> - -<p>—También yo estoy asombrado de su -notable mejoría—dijo Zosimoff—. De -aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, -se encontrará como antes, es decir, como -estaba hace uno o dos meses, o quizá -tres, porque esta enfermedad se hallaba -latente desde hace tiempo, ¿eh? -Confiese ahora que tenía usted alguna -parte de culpa—terminó con sonrisa -reprimida el doctor, temeroso de irritar -al enfermo.</p> - -<p>—Es muy posible—replicó fríamente -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Ahora que se puede hablar con usted—prosiguió -Zosimoff—, quisiera convencerle -de que es necesario apartarse -de las causas primeras, a las cuales hay -que atribuir su estado morboso. Si usted -hace eso, se curará; de lo contrario, -se agravará su mal. Ignoro cuáles son -estas causas primeras; pero usted, de seguro, -las conoce. Es usted un hombre -inteligente, y, sin duda, se observa a sí -mismo. Me parece que su salud se ha alterado -desde que salió de la Universidad. -Usted no puede estar sin ocupación. Le -conviene, a mi entender, trabajar, proponerse -un proyecto, y perseguirlo tenazmente.</p> - -<p>—Sí, sí, tiene usted razón; volveré a -la Universidad lo más pronto posible, -y entonces todo marchará como una seda.</p> - -<p>El doctor dió sus sabios consejos con -la intención, en parte, de producir efecto -en las señoras. Cuando hubo acabado, -miró fijamente a su cliente, y se quedó -un poco desconcertado al advertir que -el rostro de éste expresaba franca burla. -Sin embargo, Zosimoff se consoló bien -pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna -se apresuró a darle las gracias -manifestándole, en particular, su reconocimiento -por la visita que les hizo la -noche anterior.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?—preguntó -Raskolnikoff con voz inquieta—. -¿De modo que no habéis descansado -después de un viaje tan penoso?</p> - -<p>—¡Si no eran más que las dos, querido -Rodia, y, en casa, Dunia y yo no nos acostamos -nunca antes de esa hora!</p> - -<p>—No sé cómo darles las gracias—continuó -Raskolnikoff, que de repente frunció -las cejas y bajó la cabeza—. Prescindiendo -de la cuestión de dinero (perdóneme -usted si hago alusión a ella)—dijo -dirigiéndose a Zosimoff—, no me explico -cómo he podido merecer de usted tal -interés. No lo comprendo, y aun diré -que tanta benevolencia me pesa, pues es -ininteligible para mí. Ya ve usted que -soy franco.</p> - -<p>—No se atormente usted—replicó Zosimoff -afectando reírse—; supóngase usted -que es mi primer cliente. Nosotros -los médicos, cuando empezamos, tomamos -tanto cariño a nuestros primeros enfermos -como si fuesen nuestros hijos. -Algunas veces hasta parecemos enamorados -de ellos, y ya sabe usted que mi -clientela no es muy numerosa.</p> - -<p>—Y no digo nada de éste—siguió diciendo -Raskolnikoff, señalando a Razumikin—. -¡No he hecho más que injuriarle -y molestarle sin cesar!</p> - -<p>—¡Qué tonterías dices! Según se ve, -estás hoy muy sentimental—exclamó -Razumikin.</p> - -<p>Si hubiera sido más perspicaz, ha<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span>bría -echado de ver, que, lejos de estar -sentimental, su amigo se encontraba en -situación totalmente distinta. Pero Advocia -Romanovna no se engañaba, y, -muy inquieta, observaba atentamente -a su hermano.</p> - -<p>—De ti, mamá, apenas me atrevo a -hablar—dijo Raskolnikoff, que parecía -recitar una lección aprendida por la mañana—; -hoy solamente he podido comprender -lo que habrás sufrido ayer esperando -que volviera a casa.</p> - -<p>Al decir estas palabras sonrió y tendió -bruscamente la mano a su hermana. Este -gesto no fué acompañado de ninguna palabra, -pero la sonrisa del joven expresaba -un sentimiento verdadero, ahora no -fingía. Gozosa y reconocida, Dunia tomó -la mano que se le tendía y la estrechó -con fuerza. Era la primera satisfacción -que le daba después del altercado de la -víspera. Al ver esta reconciliación muda -y definitiva del hermano con la hermana, -Pulkeria Alexandrovna se puso -radiante de alegría.</p> - -<p>Razumikin se agitó nerviosamente en -su silla.</p> - -<p>—Aunque no fuera más que por esto -le querría—murmuraba con su tendencia -a exagerarlo todo—. Son impulsos -propios de él.</p> - -<p>—¡Qué bien ha estado!—murmuró la -madre para sí—. ¡Qué nobles arranques -los suyos! Este simple hecho de tender -así la mano a su hermana mirándola con -afecto, ¿no es la manera más franca y -más delicada de poner fin al rozamiento -de ayer?—¡Ah, Rodia—añadió en voz -alta apresurándose a responder a la observación -de Raskolnikoff—, no puedes -figurarte lo desgraciadas que nos consideramos -anoche Donetshka y yo! Ahora -que todo ha pasado y que hemos vuelto -a ser felices, puedo decírtelo. Figúrate: -en cuanto nos apeamos del tren corrimos -aquí para abrazarte, y esta joven, -ahí la tienes (buenos días, Anastasia), -nos dijo de repente que habías estado en -cama con fiebre, que delirando te habías -escapado y que se te andaba buscando. -No puedes imaginarte la impresión que -nos hizo esta noticia.</p> - -<p>—Sí, sí... Todo eso es seguramente -muy desagradable—murmuró Raskolnikoff; -pero dió esta respuesta con aire -tan distraído, por no decir indiferente, -que Dunia le miró sorprendida.</p> - -<p>—¿Qué es lo que yo quería deciros?—continuó -esforzándose por coordinar sus -recuerdos—. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, -y a ti, Dunia, que no vayan a creer -que no he querido ir a verlas hoy y que -he esperado en casa a que ustedes vinieran.</p> - -<p>—¿Por qué dices eso, Rodia?—exclamó -Pulkeria Alexandrovna no menos -asombrada que su hija.</p> - -<p>—Cualquiera diría que nos responde -por simple cortesía—pensaba Dunia—; -hace las paces y pide perdón como si llenase -una pura formalidad o recitase una -lección.</p> - -<p>—En cuanto desperté quise ir a ver a -ustedes, pero no tenía ropa que ponerme; -se me olvidó decir ayer a Anastasia que -lavase la sangre... Hasta hace un momento -no me he podido vestir.</p> - -<p>—¿Sangre? ¿Qué sangre?—preguntó -Pulkeria Alexandrovna alarmada.</p> - -<p>—No es nada... No hay que asustarse... -Ayer, durante mi delirio, paseando por -la calle, me tropecé con un hombre que -acababa de ser atropellado. Un funcionario. -Por esta razón tenía manchado de -sangre el traje.</p> - -<p>—¿Mientras estabas delirando? ¡Si -te acuerdas de todo!—interrumpió Razumikin.</p> - -<p>—Es verdad—respondió Raskolnikoff -algo inquieto—, me acuerdo de todo, -hasta de los más insignificantes pormenores; -pero mira qué cosa más extraña: -no logro explicarme por qué he dicho eso, -por qué lo he hecho, por qué he ido a ese -sitio.</p> - -<p>—Es un fenómeno muy conocido—observó -Zosimoff—; se realizan los actos -a veces con una exactitud y con una -habilidad extraordinarias; pero el principio -de que emana ese acto se altera en -el alienado y depende de diversas impresiones -morbosas.</p> - -<p>La palabra «alienado» heló la sangre a -todos; Zosimoff la dejó escapar inadvertidamente, -porque estaba absorto en su -tema favorito. Raskolnikoff, que seguía -meditabundo, pareció no prestar atención -alguna a las palabras del doctor. En sus<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span> -pálidos labios vagaba una extraña sonrisa.</p> - -<p>—Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? -Te he interrumpido hace un -momento—se apresuró a decir a Razumikin.</p> - -<p>—¡Ah, sí!—dijo Raskolnikoff como -despertando de un sueño—. Me manché -de sangre ayudando a transportarle a su -casa... A propósito, mamá; hice ayer una -cosa imperdonable. Verdaderamente estaba -trastornado. Todo el dinero que me -habías enviado lo di a la viuda para el -entierro. La pobre mujer es bien digna -de lástima... Está tísica, le quedan tres -hijos y no tiene con qué alimentarlos... -Tiene también una hija... Quizá tú hubieses -hecho lo mismo que yo si hubieras -visto tanta miseria. Sin embargo, lo reconozco; -yo no tenía el derecho de hacer -eso, sobre todo sabiendo con cuánto -trabajo me habéis procurado ese dinero.</p> - -<p>—No te preocupes por eso, Rodia; estoy -convencida de que todo lo que tú haces -está bien hecho—respondió la madre.</p> - -<p>—No, no estás muy convencida—replicó -él procurando sonreírse.</p> - -<p>La conversación quedó suspendida durante -unos minutos. Palabras, silencio, -reconciliación, perdón, en todo había -algo de forzado y cada cual de los presentes -lo comprendía.</p> - -<p>—¿No sabes que Marfa Petrovna ha -muerto?—dijo de repente Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—¿Qué Marfa Petrovna?</p> - -<p>—Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te -hablé extensamente de ella en mi última -carta.</p> - -<p>—¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo -que ha muerto?—dijo el joven con el estremecimiento -propio del hombre que -despierta—. ¿Es posible que haya muerto? -¿Y de qué?</p> - -<p>—De repente—se apresuró a decir -Pulkeria Alexandrovna, alentada a seguir -por la curiosidad que demostraba -su hijo—. Murió precisamente el mismo -día que yo te escribí. Según parece, aquel -pícaro de hombre ha sido la causa de su -muerte. Se dice que le pegó demasiado.</p> - -<p>—¿Ocurrían con frecuencia esas escenas -en su casa?—preguntó Raskolnikoff -dirigiéndose a su hermana.</p> - -<p>—No, todo lo contrario; siempre se -mostraba muy paciente y hasta cortés -en ella. En muchos casos, daba pruebas -de demasiada indulgencia, y esto durante -siete años. Por lo visto le ha faltado, de -repente, la paciencia.</p> - -<p>—De modo que no era un hombre tan -terrible, puesto que la ha soportado durante -siete años. Parece que le disculpas, -Dunetshka.</p> - -<p>La joven frunció el entrecejo.</p> - -<p>—Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no -puedo representármelo más detestable—respondió -casi temblando, y se quedó -pensativa.</p> - -<p>—Había ocurrido esta escena por la -mañana—continuó Pulkeria Alexandrovna—. -Inmediatamente después Marfa dió -orden de enganchar, porque quería ir -a la ciudad después de comer, según -tenía por costumbre en ocasiones semejantes. -Según se dice, comió con mucho -apetito.</p> - -<p>—¿A pesar de los golpes?</p> - -<p>—Estaba ya acostumbrada a ellos. -Al levantarse de la mesa fué a tomar el -baño para marchar cuanto antes. Se trataba -por la hidroterapia; hay una fuente -en su casa y se bañaba todos los días. -Apenas se metió en el agua, le dió un ataque -de apoplejía.</p> - -<p>—No es extraño—observó Zosimoff.</p> - -<p>—¡Como su marido le había pegado -tanto!</p> - -<p>—¿Qué importa eso?—dijo Advocia -Romanovna.</p> - -<p>—¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me -cuentas semejantes tonterías—dijo Raskolnikoff -con súbita irritación.</p> - -<p>—¡Pero si no sabía de qué hablar!—confesó -cándidamente Alexandrovna.</p> - -<p>—Parece que me tenéis miedo—observó -el joven con amarga sonrisa.</p> - -<p>—Es la verdad—respondió Dunia fijando -en su hermano una mirada severa—. -Cuando subíamos a esta casa, mamá ha -hecho la señal de la cruz; tan asustada -estaba.</p> - -<p>Las facciones del joven se alteraron -de tal modo, que parecía que iba a darle -una convulsión.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, -Rodia, por Dios. ¿Cómo dices -eso, Dunia?—añadió excusándose y cor<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span>tada -Pulkeria Alexandrovna—. En el -tren no he cesado de pensar en la felicidad -de verte y de hablar contigo. Tanta -ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto -el camino, y ahora soy feliz de encontrarme -aquí, querido Rodia.</p> - -<p>—¡Basta, mamá!—murmuró él muy -agitado, y sin mirar a su madre le estrechó -la mano—; tiempo tenemos de hablar.</p> - -<p>Apenas acabó de decir estas palabras -se turbó y se puso pálido; de nuevo sentía -un frío mortal en el fondo de su alma, -de nuevo se confesaba que acababa -de decir una horrible mentira, porque -en adelante no le era permitido hablar -sinceramente ni con su madre. Ni con nadie. -La impresión que le produjo este -cruel pensamiento fué tan viva que, olvidando -la presencia de sus huéspedes, -el joven se adelantó y se dirigió a la -puerta.</p> - -<p>—¿A dónde vas?—gritó Razumikin -asiéndole por un brazo.</p> - -<p>Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió -en silencio una mirada en torno suyo. -Todos le contemplaban con estupor.</p> - -<p>—¡Qué fastidiosos son ustedes!—gritó -de repente—. Digan algo. ¿Por qué están -ahí como mudos? Hablen. Las personas -no se reunen para estar calladas.</p> - -<p>—¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que -iba a darle otro acceso como ayer—dijo -Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal -de la cruz.</p> - -<p>—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?—preguntó -Advocia Romanovna con inquietud.</p> - -<p>—Nada; una tontería que me ha venido -al pensamiento—y Raskolnikoff -se echó a reír.</p> - -<p>—Vamos. Si es una tontería, menos -mal; pero yo temía...—murmuró Zosimoff -levantándose—. Tengo que dejar -a ustedes; procuraré dar más tarde una -vuelta por aquí.</p> - -<p>Saludó y salió.</p> - -<p>—¡Qué buen hombre!—exclamó Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>—Sí. Es un buen hombre, un hombre -de mérito, instruído, inteligente...—dijo -Raskolnikoff pronunciando estas palabras -con desacostumbrada animación—. -No me acuerdo adónde le he visto antes -de mi enfermedad. Tengo idea de que le -conocía... ¡Ese sí que es un hombre excelente!—añadió -señalando con un movimiento -de cabeza a Razumikin, el cual -acababa de levantarse.</p> - -<p>—Es preciso que me vaya...—dijo—. -Tengo que hacer.</p> - -<p>—Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres -dejarnos porque se ha marchado Zosimoff? -No, no te vas; pero, ¿qué hora -es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan bonito tienes, -Dunia! ¿Por qué callan ustedes? -No habla nadie más que yo...</p> - -<p>—Es un regalo de Marfa Petrovna.</p> - -<p>—Y ha costado muy caro—añadió -Pulkeria.</p> - -<p>—Creía que era un obsequio de Ludjin.</p> - -<p>—Aun no ha dado nada a Dunetshka.</p> - -<p>—¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve -enamorado y que quise casarme?—dijo -bruscamente, mirando a su madre, -que se quedó asombrada del giro imprevisto -que tomaba la conversación y del -tono con que su hijo le hablaba.</p> - -<p>—¡Ah! sí—respondió Pulkeria Alexandrovna, -cambiando una mirada con Dunia -y Razumikin.</p> - -<p>—¿Qué te he de decir de esto?; apenas -me acuerdo ya. Era una joven enfermiza -y raquítica—continuó como absorto -y sin levantar los ojos del suelo—. Le -gustaba dar limosna a los pobres y pensaba -entrar en un monasterio. Cierto día -se echó a llorar cuando me hablaba de -estas cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. -Era más bien fea que guapa. La verdad -es que no sé por qué me gustó; quizá -porque estaba siempre enferma. Si además -hubiese sido jorobada o coja, me parece -que la hubiera querido más—añadió -sonriéndose—. Aquello no tenía importancia... -Fué una locura de primavera.</p> - -<p>—No, no era solamente una locura de -primavera—afirmó Dunia con convencimiento.</p> - -<p>Raskolnikoff miró atentamente a su -hermana; pero o no oyó o no comprendió -las palabras de la joven. Después, con -aire melancólico, se levantó, fué a besar a -su madre y volvió a sentarse en su sitio.</p> - -<p>—¿La amas aún?—dijo con voz temblorosa -Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span></p> - -<p>—¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo -eso es para mí como una visión lejana... -muy lejana... y desde hace mucho -tiempo. Y lo cierto es que me causa -la misma impresión cuanto me rodea.</p> - -<p>Raskolnikoff miró atentamente a las -dos mujeres.</p> - -<p>—Están ustedes aquí y me parece que -me encuentro a mil verstas de este sitio. -Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? -¿Por qué preguntarme?—añadió con cólera; -después, silenciosamente, se puso -a morderse las uñas y se quedó como ensimismado.</p> - -<p>—¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; -parece un sepulcro—dijo bruscamente -Pulkeria Alexandrovna para interrumpir -aquel penoso silencio—: segura estoy -de que esta habitación es la causa de tu -hipocondría.</p> - -<p>—¿Esta habitación?—repitió él con -aire distraído—. Sí, ha contribuído mucho... -lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, -mamá, qué ideas tan extrañas acabas -de expresar!—añadió de repente con -sonrisa enigmática.</p> - -<p>Apenas podía soportar Raskolnikoff la -presencia de aquella madre y de aquella -hermana, de las cuales había estado separado -durante tres años y con quienes -comprendía que le era imposible toda conversación. -Había, sin embargo, una cosa -que no admitía dilación; así es que levantándose -pensó que aquello debía ser -resuelto de una manera o de otra. En tal -momento se sintió feliz de encontrar un -medio para salir del paso.</p> - -<p>—Ante todo he de pedirte, Dunia—comenzó -a decir con tono seco—, que me -dispenses por el incidente de ayer; pero -creo que es una obligación en mí recordarte -que sostengo los términos de mi dilema: -o Ludjin o yo. Yo puedo ser un -infame; pero tú no debes serlo. Basta con -uno. Si te casas con Ludjin ceso de considerarte -como a una hermana.</p> - -<p>—Hijo mío, hablas como ayer—exclamó -asustada Pulkeria Alexandrovna—; -¿por qué te tratas siempre de infame? -Yo no puedo soportar que hables así. -Ayer empleabas el mismo lenguaje.</p> - -<p>—Hermano mío—respondió Dunia con -un tono que no cedía en sequedad ni en -violencia al de Raskolnikoff—, la falta -de acuerdo en que nos encontramos, -proviene de un error tuyo. He reflexionado -esta noche y he descubierto en qué -consiste. Tú supones que me sacrifico -por alguien y eso es lo que te engaña. -Yo me caso por mí misma, porque mi -situación personal es difícil. Sin duda podré -entonces ser más útil a mis prójimos; -pero no es ése el motivo principal de mi -resolución.</p> - -<p>—Miente—pensaba Raskolnikoff, que -de cólera se mordía las uñas—. ¡Orgullosa! -No confiesa que quiere ser mi bienhechora. -¡Oh! ¡los caracteres bajos! ¡Su -amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto -a todos!</p> - -<p>—En una palabra—continuó Dunia—, -me caso con Pedro Petrovitch, porque -de dos males elija el menor. Tengo intención -de cumplir lealmente cuanto él -espera de mí. Por consiguiente no le engaño. -¿De qué te ríes?</p> - -<p>Enrojeció repentinamente la joven y -brilló en sus ojos un relámpago de cólera.</p> - -<p>—¿Que lo cumplirás todo?—preguntó -Raskolnikoff sonriendo con amargura.</p> - -<p>—Hasta cierto límite; por la manera -como Pedro Petrovitch ha pedido mi -mano, he comprendido en seguida a lo -que debo atenerme. Acaso tenga una opinión -muy alta de sí mismo; mas espero -que sabrá también apreciarme. ¿Por qué -sigues riéndote?</p> - -<p>—Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? -Mientes, hermana, tú no puedes -estimar a Ludjin: le he visto y he hablado -con él. Te casas por interés; haces en -todo caso una bajeza; por lo menos veo -con gusto que sabes ruborizarte.</p> - -<p>—No es verdad, yo no miento—gritó -la joven perdiendo su sangre fría—. No -me casaré con él sin estar plenamente -convencida de que le estimo. Felizmente -tengo el medio de convencerme de ello -en seguida, y lo que es más, hoy mismo. -Este matrimonio no es una bajeza, como -tú dices; pero aunque tuvieses razón, -aun cuando yo estuviese convencida -de cometer una bajeza, ¿no sería por tu -parte una crueldad hablarme de ese modo? -¿Por qué exigir un heroísmo que tú -no tienes? Eso es una tiranía, una violencia. -Caso de causar algún mal, sólo me<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span> -lo causaré a mí misma. Yo no he matado -todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? -¿Por qué te pones pálido? ¿Qué tienes, -hermano mío?</p> - -<p>—¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú -has sido la causa!—exclamó Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>—No, no es nada, una tontería... Un -ligero mareo... No he llegado a desmayarme -del todo... los desmayos son buenos -para vosotras... ¡hum! sí... ¿Qué es lo que -yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás -hoy mismo de que puedes estimar -a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es -eso lo que decías hace un momento, o -te he entendido yo mal?</p> - -<p>—Mamá, enseña a mi hermano la carta -de Pedro Petrovitch—dijo Dunia.</p> - -<p>Pulkeria Alexandrovna presentó la -carta con mano temblorosa. Raskolnikoff -la leyó atentamente por dos veces. -Todos esperaban algún acceso de furor. -La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. -Después de haberse quedado pensativo -un instante, el joven le devolvió -la carta.</p> - -<p>—No comprendo nada—comenzó a -decir sin dirigirse a nadie—: pronuncia -discursos, es abogado, muy redicho en -su conversación y escribe como un hombre -sin cultura.</p> - -<p>Estas palabras causaron una estupefacción -general. Nadie las esperaba.</p> - -<p>—Por lo menos no escribe muy literariamente; -aunque su estilo no sea del -todo de un iletrado, maneja la pluma como -un hombre de negocios—añadió -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Pedro Petrovitch no oculta que ha -recibido poca instrucción y se enorgullece -de ser hijo de sus obras—dijo Advocia -Romanovna un poco contrariada -del tono con que le hablaba su hermano.</p> - -<p>—Sí; tiene motivo para enorgullecerse, -no digo lo contrario. Parece que te ha -incomodado porque sólo se me ha ocurrido -una observación frívola a propósito -de esta carta, y crees que insisto -sobre semejantes tonterías para molestarte. -Nada de eso; en lo que concierne -al estilo, he hecho una observación que -en el caso presente está muy lejos de carecer -de importancia. Esta frase: «usted -no tendrá que quejarse más que de sí -misma», no deja nada que desear en punto -a claridad. Además, manifiesta la intención -de retirarse sobre la marcha si -yo voy a vuestra casa. Esta amenaza de -irse viene a decir que si no obedecéis, os -plantará a las dos después de haberos -hecho venir a San Petersburgo. ¿En qué -piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras -pueden ofender tanto como podrían -ofender si hubiesen sido escritas -por éste (señaló a Razumikin), por Zosimoff -o por uno de nosotros?</p> - -<p>—No—respondió Dunia—; bien me -hago cargo de que ha expresado demasiado -ingenuamente su pensamiento y de que -quizá no es muy hábil para servirse de -la pluma... Tu observación es muy juiciosa, -hermano mío. Yo no esperaba...</p> - -<p>—Supuesto que escribe como un hombre -de negocios, no podía expresarse de -otro modo, y no hay que echarle en cara -que se haya mostrado grosero. Por lo -demás, debo quitarte una ilusión: en esta -carta hay una frase que contiene una -calumnia contra mí, y una calumnia por -cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, -dinero a una viuda tísica y agobiada -por la desgracia, no a pretexto, como ese -señor escribe, de pagar los funerales, sino -para pagarlos, y ese dinero se lo di a la -viuda misma y no a la hija del difunto, -a esa joven de conducta «notoriamente -equívoca» a quien vi ayer por primera -vez en mi vida. En todo esto descubro -el deseo de pintarme con los más negros -colores e indisponer a vosotras conmigo. -Ha escrito en estilo jurídico, es decir, -que revela muy claramente su objeto -y lo persigue sin pretender disimularlo. -Es inteligente, mas, para conducirse con -discreción, no basta siempre la inteligencia. -Todo lo que te he hecho notar -pinta al hombre... y no creo que te aprecie -mucho. Lo digo por tu bien, que de -todas veras deseo.</p> - -<p>Dunia no respondió; había tomado su -partido y esperaba que llegase la noche.</p> - -<p>—Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?—preguntóle -su madre, cuya inquietud -iba en aumento oyendo discutir -reposadamente a su hijo como un hombre -de negocios.</p> - -<p>—¿Qué quiero decir?</p> - -<p>—Ya ves lo que escribe Pedro Petro<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>vitch; -desea que tú no vengas a nuestro -alojamiento esta noche, y declara que -se irá si te encuentra allí; por eso te pregunto -qué piensas hacer.</p> - -<p>—Yo no soy quien tiene que decirlo. -A ti y a Dunia toca ver si esa exigencia -de Pedro Petrovitch tiene o no algo de -mortificante para vosotras—contestó fríamente -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Dunetshka ha resuelto la cuestión, y -yo estoy de perfecto acuerdo con ella—se -apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—Creo que es indispensable que asistas -a esa entrevista; te suplico, pues, que -no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también -que venga—continuó la joven dirigiéndose -a Razumikin—. Mamá, me permito -hacer esta invitación a Demetrio -Prokofitch.</p> - -<p>—Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo -que vosotros dispongáis—añadió su madre—. -Para mí es un alivio, no me gusta -fingir ni mentir; lo mejor es una explicación -franca. Si Pedro Petrovitch -se enfada, peor para él.</p> - - -<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div> - -<p>En aquel momento se abrió la puerta -sin ruido y entró en la sala una joven -mirando tímidamente en su derredor. -Su aparición causó general sorpresa y todos -los ojos se fijaron en ella con curiosidad. -Al pronto no la conoció Raskolnikoff. -Era Sofía Semenovna Marmeladoff. -El joven la había visto por primera -vez el día antes, en unas circunstancias -y en un traje que le dejaron en la memoria -una imagen distinta. Ahora era una joven -de aspecto modesto, o más bien, pobre, -de maneras corteses y reservadas y -de expresión tímida. Vestía un traje muy -sencillo y llevaba un sombrero pasado -de moda. No conservaba ninguno de los -adornos de la víspera; pero no había prescindido -de la sombrilla. Su confusión al -ver tanta gente que no esperaba encontrar -fué tan grande, que dió un paso hacia -atrás para retirarse.</p> - -<p>—¡Ah! ¿es usted?—dijo Raskolnikoff -en el colmo del asombro, y él también -se quedó turbado.</p> - -<p>Recordó entonces que la carta de Ludjin, -leída un momento antes, contenía -alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente -equívoca», acababa de protestar -contra tal calumnia y de declarar -que había visto a aquélla por primera vez -el día anterior, y he aquí que se presentaba -en su casa. En un abrir y cerrar de -ojos todos estos pensamientos atravesaron -mezclados por su imaginación; mas -al observar más atentamente a la recién -llegada, la vió tan abatida por la vergüenza, -que sintió hacia ella súbita piedad. -En el momento en que, asustada, iba a -retirarse, se verificó en él un repentino -cambio.</p> - -<p>—No esperaba a usted—se apresuró -a decir invitándola con la mirada a que -se quedase—. Haga usted el favor de tomar -asiento. ¿Viene, sin duda, de parte -de Catalina Ivanovna? Permítame usted, -ahí no, siéntese aquí.</p> - -<p>Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba -sentado cerca de la puerta en una de -las tres sillas que había en la habitación, -se medio levantó para dejar paso a la -joven. El primer impulso de Raskolnikoff -fué indicar a Sonia el extremo del -diván que Zosimoff había ocupado un -momento antes; pero, pensando en que -aquel mueble le servía de cama, mostró -a la joven la silla de Razumikin.</p> - -<p>—Tú siéntate aquí—dijo a su amigo -haciéndole sitio a su lado en el sofá.</p> - -<p>Sonia se sentó casi temblando y miró -con timidez a las dos señoras. Era evidente -que ella misma no se daba cuenta de -cómo tenía la audacia de sentarse al lado -de aquellas personas. Este pensamiento -le causó tal impresión, que se levantó -bruscamente y se dirigió, confusa, hacia -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Es cuestión de un minuto. Perdóneme -usted la molestia—dijo con voz trémula—. -Me envía Catalina Ivanovna. -No tenía otra persona a quien mandar... -Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente -que asista mañana a los funerales... -en San Motrifinio, y que venga -después a nuestra casa... es decir, a casa -de ella a tomar un bocado. Catalina Ivanovna -espera que le concederá este honor.</p> - -<p>—Ciertamente... haré lo posible por -complacerla—balbució Raskolnikoff, que<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span> -se había incorporado a medias—. Tenga -usted la bondad de volver a sentarse; -hágame el favor de concederme dos minutos.</p> - -<p>Al mismo tiempo la invitaba con un -gesto a tomar asiento. Sonia obedeció, -y después de dirigir una mirada tímida -a las dos señoras, bajó rápidamente los -ojos. Las facciones de Raskolnikoff se -contrajeron, coloreáronse sus mejillas -y sus ojos lanzaron llamas.</p> - -<p>—Mamá—dijo con voz vibrante—, es -Sofía Semenovna Marmeladoff, la hija -del desgraciado funcionario que murió -ayer atropellado por un coche y del cual -ya te he hablado.</p> - -<p>Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia -y guiñó ligeramente los ojos, pues a pesar -del temor que experimentaba delante -de su hijo, no pudo negarse esta satisfacción. -Dunia se volvió hacia la pobre -joven y se puso a examinarla con gravedad. -Al oírse nombrar por Raskolnikoff, -Sonia, cada vez más cortada, levantó -de nuevo los ojos.</p> - -<p>—Quería preguntar a usted—prosiguió -Rodia—qué ha pasado hoy en su -casa, si las han molestado, si les ha causado -alguna incomodidad la policía...</p> - -<p>—No; no ha ocurrido nada de particular... -La causa de la muerte era tan -evidente... que nos han dejado tranquilas. -Sólo los inquilinos se han incomodado.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Dicen que el cuerpo está demasiado -tiempo en la casa... Como ahora hace -calor, el olor... de modo que hoy se le -conducirá a la capilla del cementerio, -donde permanecerá hasta mañana. Al -pronto se negaba Catalina Ivanovna, -mas acabó por comprender que era preciso -someterse.</p> - -<p>—¿De modo que la conducción del -cadáver es hoy?</p> - -<p>—Catalina Ivanovna espera que nos -hará usted el obsequio de asistir a las -exequias, y que irá usted después a la -comida fúnebre.</p> - -<p>—¿Da una comida?</p> - -<p>—Una modesta colación: me ha encargado -dar a usted mil gracias por el socorro -que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos -podido hacer los gastos del funeral.</p> - -<p>Un temblor repentino agitó los labios -y la barba de la joven; pero logró dominar -su emoción y bajó de nuevo los ojos.</p> - -<p>Durante este breve diálogo Raskolnikoff -la estuvo contemplando atentamente. -Sonia tenía el rostro delgado y pálido; -la nariz y la barbilla eran algo angulosas -y puntiagudas y el conjunto bastante -irregular; no se podía decir que era -una beldad; pero, en cambio, sus ojos -eran tan límpidos, y cuando se animaban -comunicaban a su fisonomía tal expresión -de bondad, que atraía irresistiblemente. -Además se advertía otra particularidad -característica en su rostro como -en su persona: representaba mucha menos -edad de la que tenía, y a pesar de -contar ya diez y ocho años, se la hubiera -tomado por una chiquilla. Esta circunstancia -hacía reír al ver algunos de sus -movimientos.</p> - -<p>—¿Pero es posible que Catalina Ivanovna -pueda atender a esos gastos con -tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone -dar una colación?—preguntó Raskolnikoff.</p> - -<p>—El féretro será muy sencillo... Todo -se hará con mucha modestia, de suerte -que costará muy poco... Catalina y yo -hemos calculado el gasto; después de -pagado todo, quedará algo para dar la -colación... Catalina Ivanovna tiene mucho -interés en darla. No es posible decir -nada en contrario... Además, esto le -sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo -está y cómo es ella.</p> - -<p>—Comprendo, comprendo... ¿Le ha -llamado a usted la atención mi cuarto?... -Mi madre dice también que parece un -sepulcro.</p> - -<p>—Ayer se desprendió usted de todo por -nosotras—respondió Sonia con voz sorda -y rápida, bajando nuevamente los -ojos.</p> - -<p>Sus labios y su barba volvieron a temblar. -Desde su entrada le había impresionado -la pobreza que reinaba en la habitación -de Raskolnikoff y las palabras -que acababa de pronunciar habíansele -escapado a su pesar. Siguióse un cortés -silencio. Las pupilas de Dunia brillaron -y la misma Pulkeria Alexandrovna miró -a Sonia con expresión afable.</p> - -<p>—Rodia—dijo levantándose—, su<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>pongo -que comeremos juntos. Vámonos, -Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, -dar un paseíto, y, después de descansar -un poco, venir a casa lo más pronto posible... -Temo haberte fatigado.</p> - -<p>—Sí, sí, iré—se apresuró a responder, -levantándose también...—Tengo algo que -hacer antes.</p> - -<p>—¡Cuidado con irte a comer a otra parte!—exclamó -Razumikin, mirando con -asombro a Raskolnikoff—. Eso no puedes -hacerlo de ninguna manera.</p> - -<p>—No, no iré con ustedes, les aseguro -que iré... Pero tú quédate un minuto. -De momento no tenéis necesidad de él, -¿verdad?</p> - -<p>—No, puede quedarse por ahora. Le -espero, sin embargo, Demetrio Prokofitch, -a comer con nosotras—dijo Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>—Yo también se lo ruego, venga usted—añadió -Dunia.</p> - -<p>Razumikin se inclinó radiante de alegría. -Durante unos momentos todos experimentaron -un malestar extraño.</p> - -<p>—Adiós, es decir, hasta muy pronto; -no me gusta decir adiós... Adiós, Anastasia... -vamos, ya se me escapó otra vez.</p> - -<p>Pulkeria Alexandrovna tenía intención -de saludar a Sonia; pero, a pesar de toda -su buena voluntad, no pudo resolverse -a ello, y salió precipitadamente de la -habitación.</p> - -<p>No hizo lo mismo Advocia Romanovna, -que parecía haber esperado este momento -con impaciencia. Cuando, después -de su madre, pasó al lado de Sonia, hizo -a ésta un saludo en toda regla. La pobre -muchacha se turbó, se inclinó con tímido -apresuramiento, y en su rostro se -manifestó una impresión dolorosa, como -si la atención de Dunia para con ella le -hubiese afectado penosamente.</p> - -<p>—Dunia, adiós—dijo Raskolnikoff desde -el rellano—; dame la mano.</p> - -<p>—Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?—respondió -la joven, volviéndose hacia -él con aire afable, aunque se sentía contrariada.</p> - -<p>—Bueno, dámela otra vez—y estrechó -de nuevo la mano de su hermana.</p> - -<p>Dunia se sonrió ruborizándose, y en -seguida se apresuró a apartar la mano y -siguió a su madre. También ella se sentía -contenta, sin que podamos decir por qué.</p> - -<p>—¡Ea! Está bien—exclamó Raskolnikoff -volviendo al lado de Sonia, que se -había quedado en el cuarto.</p> - -<p>Al mismo tiempo la miraba con aire -tranquilo.</p> - -<p>La jovencita advirtió, con sorpresa, -que el semblante de su interlocutor se -había esclarecido de repente. Durante -algunos instantes Raskolnikoff la miró -en silencio. Venía ahora a su memoria -lo que Marmeladoff le había contado de -su hija.</p> - -<p>—Oye el asunto de que quería hablarte—prosiguió -el joven tomando del brazo -a Razumikin y llevándoselo a un ángulo -del aposento.</p> - -<p>—¿De modo que puedo decir a Catalina -Ivanovna que irá usted?</p> - -<p>Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.</p> - -<p>—Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; -nosotros no tenemos secretos -y usted no nos molesta. Tengo que decirle -dos palabras.</p> - -<p>E interrumpiéndose bruscamente se -dirigió a Razumikin.</p> - -<p>—¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... -¡Ah, sí, ahora caigo! A Porfirio -Petrovitch.</p> - -<p>—Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por -qué me lo preguntas?—repuso Razumikin.</p> - -<p>—¿No me dijiste ayer que instruía -esa sumaria... del asesinato?</p> - -<p>—Sí, ¿y qué?—insistió Razumikin sorprendido -por el sesgo que tomaba la conversación.</p> - -<p>—Me dijiste también que interrogaba -a las personas que han empeñado alhajas -en casa de la vieja; y como yo he empeñado -alguna cosa, que no merece la -pena de que se hable de ella... una sortija -que me dió mi hermana cuando vine -a San Petersburgo; y un reloj de plata, -que perteneció a mi padre... Esos objetos -no valen cinco rublos, pero tienen para -mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer -ahora? No quiero que se pierdan. -Temblando estaba hace un momento, -temeroso de que mi madre quisiera verlo -cuando se hablaba del reloj de Dunia. -Es la única cosa que habíamos conservado -de mi padre. Si se hubiese perdido, -mi madre tendría un verdadero disgus<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>to, -¡las mujeres! Dime, pues, lo que debo -hacer. Ya sé que es necesario prestar una -declaración ante la policía; pero, ¿no será -mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? -¿Qué te parece? Me corre prisa -arreglar este asunto. Ya verás cómo antes -de comer me preguntará mi madre por -el reloj.</p> - -<p>—No es a la policía a quien hay que -acudir, sino a Porfirio Petrovitch—exclamó -Razumikin extremadamente agitado—. -¡Oh, qué contento estoy! Podemos -ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; -seguro estoy de que le encontraremos.</p> - -<p>—Sea; vamos.</p> - -<p>—Se alegrará mucho de conocerte. Le -he hablado muchas veces de ti. Ayer, -sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que -tú conocías a la vieja? ¡Ah, todo se explica -admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía -Ivanovna.</p> - -<p>—Sofía Semenovna—rectificó Raskolnikoff, -y dirigiéndose a la joven añadió—: -Mi amigo Razumikin, excelente persona.</p> - -<p>—Si usted tiene que salir...—comenzó -a decir Sonia a quien esta presentación -había dejado aún más confusa y que no -se atrevía a levantar los ojos para mirar -a Razumikin.</p> - -<p>—¡Ea, vamos!—dijo Raskolnikoff—: -yo pasaré por su casa, Sofía Semenovna. -Dígame sus señas.</p> - -<p>Pronunció estas palabras no con cortedad, -sino con cierta precipitación y -evitando las miradas de la joven. Esta -dió sus señas no sin ruborizarse. Los tres -salieron juntos.</p> - -<p>—¿No cierras la puerta?—preguntó -Razumikin mientras bajaban la escalera.</p> - -<p>—Nunca... Dos años hace que estoy -pensando comprar una cerradura. ¡Felices -aquellos que no tienen nada que -guardar bajo llave!—añadió alegremente -dirigiéndose a Sonia.</p> - -<p>Se detuvieron en el umbral de la -puerta de la calle.</p> - -<p>—¿Usted va por la derecha, Sofía -Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo -ha podido dar con mi habitación?</p> - -<p>Veíase bien claro que lo que decía no -era lo que quería decir. No se cansaba -de contemplar los dulces y claros ojos de -la joven.</p> - -<p>—¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!</p> - -<p>—¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? -¿Es hermanita de usted? ¿De modo que -le di mis señas?</p> - -<p>—¿Lo había usted olvidado?</p> - -<p>—No... me acuerdo.</p> - -<p>—Yo había oído hablar de usted al -difunto... pero no sabía su nombre... ni -tampoco él lo sabía... Ahora he venido, -y como ya conocía su nombre he preguntado: -¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff? -Adiós... Ya le diré a Catalina -Ivanovna... Ignoraba que ocupaba -usted un cuarto amueblado...</p> - -<p>Muy contenta de poder irse Sonia, se -alejó con paso rápido sin levantar la -vista. Le faltaba tiempo para llegar a la -primera esquina de la calle a la derecha, -a fin de substraerse a las miradas de los -jóvenes y reflexionar sin testigos, sobre -todos los incidentes de esta visita. Jamás -había experimentado nada semejante; -todo un mundo ignorado surgía confusamente -en su alma. Recordó de pronto que -Raskolnikoff le había manifestado espontáneamente -su intención de ir a verla -aquel mismo día, quizá aquella misma -mañana, tal vez dentro de un momento.</p> - -<p>—¡Ah, ojalá no venga hoy!—murmuró -angustiada—. ¡Dios mío! ¡En mi casa! -¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios -mío, Dios mío!</p> - -<p>Estaba demasiado preocupada para -notar que desde su salida de la casa había -sido seguida por un desconocido. En -el momento en que Raskolnikoff, Razumikin -y Sonia se habían detenido en -la acera para hablar breves instantes, -la casualidad hizo que aquel señor pasase -al lado de ellos. Las palabras de la joven: -«He preguntado si vive aquí el señor -Raskolnikoff», llegaron furtivamente -a oídos del desconocido y le hicieron estremecerse. -Miró disimuladamente a los -tres interlocutores y en particular a Raskolnikoff, -a quien Sonia se había dirigido, -y le examinó después la cara para poder -reconocerle en caso de necesidad; -todo esto fué hecho en un abrir y cerrar -de ojos y de un modo que no pudiera infundir -sospechas, después de lo cual el -señor se alejó acortando el paso como si -hubiera seguido a alguien. Era a Sonia -a quien esperaba; bien pronto la vió des<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>pedirse -de los dos jóvenes y encaminarse -a su casa.</p> - -<p>«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara -en alguna parte. Es menester que lo averigüe.»</p> - -<p>Cuando hubo llegado a la esquina de -la calle, pasó a la otra acera, se volvió -y advirtió que la joven marchaba en la -misma dirección que él. Sonia no se -daba cuenta de que la seguían y la observaban. -Cuando llegó a la esquina, la -joven la dobló y el desconocido continuó -siguiéndola, andando por la acera opuesta y -sin perderla de vista. Al cabo de cincuenta -pasos atravesó la calle, alcanzó -a Sonia y marchó detrás de ella a una distancia -de cinco pasos.</p> - -<p>Era un hombre de unos cincuenta -años; pero muy bien conservado y que -representaba mucha menos edad; era alto, -fuerte y algo cargado de espaldas. -Vestido de una manera tan cómoda como -elegante y con guantes nuevos, llevaba -en la mano un buen bastón que hacía -sonar a cada paso sobre la acera. Todo -en su persona delataba un hombre distinguido. -Su ancho rostro era bastante -agradable; al mismo tiempo el brillo de -su tez y sus rojos labios no permitían -tomarle por un petersburgués. Sus cabellos -muy espesos, eran excesivamente -rubios y apenas empezaban a encanecer; -la barba larga, ancha y bien cuidada, -tenía todavía un color más claro que sus -cabellos. La mirada de sus ojos azules -era fría, seria y fija.</p> - -<p>El desconocido tuvo bastante tiempo -para observar que la joven iba distraída -y absorta. Al llegar delante de su casa -franqueó el umbral. El señor que la seguía -continuó detrás de ella un poco -asombrado. Después de entrar en el zaguán, -Sonia tomó por la escalera de la -derecha que conducía a su habitación. -«¡Bah!»—dijo para sí el señor, y subió -también. Entonces fué cuando la joven -advirtió la presencia del desconocido. -Llegó al tercer piso, se entró por un corredor -y llamó en el número nueve, debajo -del cual se leía en la puerta estas dos -palabras escritas con tiza: <i>Kapernumoff, -Sastre</i>. «¡Bah!»—repitió el hombre sorprendido -por aquella coincidencia, y llamó -al lado, en el número ocho. Las dos -puertas estaban a seis pasos la una de la -otra.</p> - -<p>—¿Usted vive en casa de Kapernumoff?—dijo, -riéndose, a Sonia—. Me -arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, -cerca de usted, en el departamento de -la señora Gertrudis Karlovna Reslich, -¡qué casualidad!</p> - -<p>Sonia le miró con atención.</p> - -<p>—Somos vecinos—continuó diciendo -con tono alegre—. Llegué ayer a San -Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el -gusto de volver a verla.</p> - -<p>Sonia no respondió.</p> - -<p>Se abrió la puerta y la joven entró en -su cuarto intimidada y vergonzosa.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Razumikin iba muy animado camino -de la casa de Porfirio en compañía de su -amigo.</p> - -<p>—Perfectamente, querido—repetía -muchas veces—. Estoy encantado, lo -que se dice encantado. No sabía que tuvieses -ninguna cosa empeñada en casa -de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo -que has estado en su casa?</p> - -<p>—¿Que cuándo estuve?—murmuró -Raskolnikoff, como procurando recordar—. -Me parece que fué la antevíspera -de su muerte. Por lo demás, no se trata -de desempeñar ahora esos objetos—se -apresuró a decir como si esta cuestión -le hubiese vivamente preocupado—. No -tengo más que un rublo, gracias a las -locuras que hice ayer bajo la influencia -de ese maldito delirio.</p> - -<p>Y recalcó de una manera particular -la palabra «delirio».</p> - -<p>—Vamos, sí, sí—contestó Razumikin -respondiendo a un pensamiento que se -le había ocurrido en aquel instante—. -¿De modo que por eso tú...? La cosa me -había chocado. Ahora me explico por qué -no cesabas de hablar de sortijas, de cadenas -de oro y de reloj mientras delirabas. -Es claro, ahora todo me lo explico.</p> - -<p>«¡Oh!—pensó Raskolnikoff—esa idea -se la había metido en la cabeza; tengo la -prueba: este hombre, que se haría crucificar -por mí, se considera ahora feliz -al explicarse por qué yo hablaba de sortijas -durante mi delirio. Mi lenguaje ha -debido confirmar a todos en sus sospechas.»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span></p> - -<p>—¿Y qué, le encontraremos?—preguntó -en alta voz.</p> - -<p>—Ya lo creo que le encontraremos—respondió -sin vacilar Razumikin—. Es -un buen muchacho, amigo mío. Un poco -desmadejado, es cierto, pero no dudo de -que carezca de buenos modales, no; es -por otro concepto por lo que lo encuentro -desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy -inteligente; pero tiene un carácter particular... -Es incrédulo... escéptico, cínico; -le gusta burlarse de sus amigos. -A pesar de esto, es fiel al <i>viejo juego</i>, es -decir, no admite más que pruebas materiales... -pero sabe su oficio. El año último -desembrolló todo un proceso de -asesinato en el cual faltaban todos los -indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!</p> - -<p>—¿Y por qué?</p> - -<p>—¡Oh! no es porque... verás. En estos -últimos días, cuando tú estabas malo, -hemos tenido ocasión de hablar a menudo -de ti... Asistía a nuestras conversaciones, -y cuando supo que tú eras estudiante -de Derecho y que te habías visto -obligado a dejar la Universidad, dijo: -«¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... -es decir, yo no me fundo solamente en -esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... -Oyeme, Raskolnikoff; cuando ayer te -acompañaba estaba borracho y hablaba -sin ton ni son; temo que hayas tomado -mis palabras demasiado en serio...</p> - -<p>—¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me -tienen por loco? Acaso tengas razón—respondió -Raskolnikoff con sonrisa forzada.</p> - -<p>Se callaron. Razumikin estaba radiante -de júbilo y Raskolnikoff lo advertía -con cólera. Lo que su amigo acababa de -decirle acerca del juez de instrucción -no dejaba de inquietarle.</p> - -<p>«Lo esencial es saber—pensó Raskolnikoff—si -Porfirio tiene conocimiento de -mi visita ayer a casa de la bruja y de la -pregunta que hice acerca de la sangre. -Es preciso, ante todo, que yo compruebe -esto. Es preciso, desde el primer momento, -desde mi entrada en su despacho, -que lo lea sobre su rostro; de otro modo, -aunque me pierda, seré sincero.»</p> - -<p>—¿Sabes una cosa?—dijo bruscamente -dirigiéndose a Razumikin con maliciosa -sonrisa—. Me parece que desde esta -mañana estás muy agitado. ¿No es verdad?</p> - -<p>—No, de ninguna manera—respondió -Razumikin contrariado.</p> - -<p>—No me engaño, amigo mío. Hace -poco estabas sentado en el borde de una -silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que -te hallabas sobre pinchos; te sobresaltabas -a cada instante. Tu humor variaba -sin cesar. Tan pronto te ponías colérico, -tan pronto dulce como la miel. Hasta te -ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron -a comer, te pusiste del color de -la grana.</p> - -<p>—¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?</p> - -<p>—¿Sabes que tienes timideces de colegial? -¡Demonio! ¿Te pones otra vez colorado?</p> - -<p>—¡Eres insoportable!</p> - -<p>—Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? -Deja hacer; yo lo contaré todo hoy -en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va -a reír mi madre y otra persona!</p> - -<p>—Escucha, escucha, déjate de bromas -y ¡diablo!—murmuró Razumikin helado -de terror—. ¿Qué le vas a contar? -¡di!... ¡Qué puerco eres!</p> - -<p>—Estás hecho una verdadera rosa de -primavera. ¡Y si supieses qué bien te -sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas -y doce verchok! ¡pero, vamos, veo que -te has lavado hoy y te has cortado las -uñas! ¿Cuánto tiempo te has estado arreglando? -¡Calle! ¡Si hasta creo que te has -dado pomada! ¡Baja, baja la cabeza, -para que te huela!</p> - -<p>—¡¡¡Indecente!!!</p> - -<p>Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta -hilaridad que el joven, en apariencia, no -podía dominar, duraba aún cuando llegaron -a casa de Porfirio Petrovitch. -Desde el cuarto podían oírse las risas del -visitante en la antesala. Esto era precisamente -lo que quería Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Si dices una palabra, te reviento!—murmuró -Razumikin furioso, agarrando -por un brazo a su amigo.</p> - - -<div class="chapter"><h3>V.</h3></div> - -<p>Raskolnikoff entró en el despacho del -juez de instrucción con la fisonomía de -un hombre que hace todo lo posible para -estar serio y sólo lo consigue a medias. -Detrás de él entró disgustado Razumikin -y más rojo que un pavo, con el semblante<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span> -alterado por la cólera y por la vergüenza. -La figura desgarbada y la cara mohina -de este mocetón eran bastante chuscas -para justificar la hilaridad de su compañero. -Porfirio Petrovitch, en pie en -medio de la habitación, interrogaba con -la mirada a los dos visitantes. Raskolnikoff -se inclinó ante el dueño de la casa, -cambió con él un fuerte apretón de manos -y fingió hacer un violento esfuerzo -para ahogar su deseo de reír, mientras -que decía su nombre y clase; acababa -de recobrar su sangre fría y de balbucear -algunas palabras, cuando, en medio de la -presentación, sus ojos se encontraron -por casualidad con Razumikin, y entonces -no pudo contentarse y su seriedad se -trocó en una carcajada, tanto más ruidosa -cuanto más comprimida. Razumikin -sirvió a maravilla los propósitos de -su amigo, porque aquel desatinado reír -le hizo montar en cólera, lo que acabó -de dar a toda la escena apariencia de franca -y natural alegría.</p> - -<p>—¡Ah, bribón!—vociferó con tan violento -ademán, que derribó un veladorcito -sobre el cual estaba un vaso que había -contenido te.</p> - -<p>—Señores, ¿por qué me echan ustedes -a perder el mobiliario? Es un perjuicio -que causan ustedes al Estado—exclamó -alegremente Porfirio Petrovitch.</p> - -<p>Raskolnikoff se reía con tantas ganas, -que durante algunos momentos se olvidó -de retirar la mano de la del juez de -instrucción; pero hubiera sido poco natural -dejarla más tiempo; así es que la -separó en el momento oportuno para dar -la mayor verosimilitud posible al papel -que representaba.</p> - -<p>Razumikin, por su parte, se hallaba -más confuso que al principio, a causa -de haber tirado el velador y roto el vaso. -Después de haber contemplado con aire -sombrío las consecuencias de su arrebato, -se dirigió a la ventana, y allí, dando -la espalda al público, se puso a mirar -por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch -se reía por cortesía; pero, evidentemente, -aguardaba explicaciones. En -un rincón, sentado en una silla, estaba -Zametoff. Al entrar los visitantes se había -levantado a medias, tratando de sonreír; -sin embargo, no parecía engañado -por esta escena, y observaba a Raskolnikoff -con curiosidad particular. Este -último no había esperado encontrar allí -al polizonte, y su presencia le causó una -desagradable sorpresa.</p> - -<p>«He ahí una cosa con la que no contaba»—pensó.</p> - -<p>—Perdóneme usted, se lo suplico—dijo -alto, con cortedad fingida, Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Bah! Me proporcionan ustedes un -placer. Han entrado de un modo tan divertido... -Ese no quiere dar los buenos -días—añadió Porfirio Petrovitch, indicando -con un movimiento de cabeza a -Razumikin.</p> - -<p>—No sé por qué se ha enfurecido conmigo. -Le he dicho solamente en la calle -que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... -y no ha pasado más.</p> - -<p>—¡Imbécil!—gritó Razumikin, sin volver -la cabeza.</p> - -<p>—Ha debido de tener motivos más -graves, para tomar tan a mal una burla -insignificante—observó, riendo, Porfirio -Petrovitch.</p> - -<p>—Ya pareció el juez de instrucción... -Siempre investigador. ¡Todos al diablo!—replicó -Razumikin, y echándose a -reír y recobrando súbitamente su buen -humor, se acercó a Porfirio Petrovitch—. -Basta de tonterías, y a nuestro asunto. -Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch -Raskolnikoff, que ha oído hablar -mucho de ti y desea conocerte; tiene, -además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, -Zametoff! ¿Por qué diantre estás aquí? -De modo que os conocíais, ¿y desde -cuándo?</p> - -<p>«¿Qué quiere decir esto?»—se preguntó -con inquietud Raskolnikoff.</p> - -<p>La pregunta de Razumikin pareció -molestar algo a Zametoff; sin embargo, -se repuso en seguida.</p> - -<p>—Fué ayer, en su casa, cuando nos -conocimos—dijo con desenvoltura.</p> - -<p>—¡Vamos! Entonces ha sido la mano de -la Providencia la que ha arreglado todo -esto. Figúrate, Porfirio, que la semana -pasada me había manifestado vivos deseos -de que te lo presentase; pero, según -se ve, no habéis tenido necesidad de mí. -¿Tienes tabaco?</p> - -<p>El juez estaba en traje de la mañana.<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span> -Batín de casa, pantuflas en chancleta -y camisa muy limpias. Era hombre de -treinta y cinco años, más bien bajo que -alto, grueso y ligeramente panzudo. No -llevaba barba ni bigote, y tenía los cabellos -cortados al rape. Su cabeza, gruesa -y redonda, presentaba una redondez -particular en la región de la nuca. Su -rostro gordinflón también redondo y un -poco aplastado, no carecía ni de vivacidad -ni de alegría, aunque la tez, de un -color amarillento obscuro, estaba lejos -de indicar buena salud. Se hubiera podido -encontrar en él hasta cierta candidez, -si no hubiera sido por los ojos que, -velados por pestañas casi blancas, parecían -estar siempre guiñados, como si hicieran -signos de inteligencia a alguien. -La mirada de estos ojos daba un extraño -mentís al resto de la fisonomía. A primera -vista, el físico del juez de instrucción -ofrecía cierta semejanza con el de -un campesino; pero esta ilusión no engañaba -por mucho tiempo al observador -inteligente.</p> - -<p>En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía -que tratar con él de un negocio, Porfirio -Petrovitch le invitó a que se sentase en -el diván, tomando él asiento en el otro -extremo, y poniéndose con gran celo a -su disposición. De ordinario nos sentimos -un poco molestos cuando un hombre, -a quien apenas conocemos, manifiesta -una gran curiosidad por oírnos, y nuestra -cortedad aumenta cuando el objeto -de que vamos a hablarle es a nuestros -propios ojos de poca importancia.</p> - -<p>Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en -cortas y precisas palabras, exponer su -deseo y observar al mismo tiempo, mientras -hablaba, a Porfirio Petrovitch. Este, -por su parte, no le quitaba los ojos -de encima. Razumikin, sentado enfrente -de él, escuchaba con impaciencia, y sus -miradas iban sin cesar de su amigo al -juez de instrucción y viceversa, cosa que -pasaba los linderos de lo natural.</p> - -<p>«¡Ese imbécil!»—decíase interiormente -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Es preciso hacer una declaración a -la policía—respondió con indiferencia -Porfirio Petrovitch—. Expondrá usted -que, informado de tal acontecimiento, -es decir, de ese asesinato, desea manifestar -al juez de instrucción encargado -del proceso, que tales o cuales objetos -le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... -Por lo demás, ya se le escribirá -a usted.</p> - -<p>—Desgraciadamente—replicó Raskolnikoff -con fingida cortedad—no estoy -en fondos... y mis medios no me permiten -desempeñar esas baratijas... ¿Ve -usted?... Quisiera limitarme a declarar -que esos objetos son míos, y que, en cuanto -tenga dinero...</p> - -<p>—Eso no importa—replicó Porfirio -Petrovitch, que acogió fríamente esta -explicación financiera—; por lo demás, -puede usted, si quiere, escribirme directamente, -declarando que, enterado de -lo ocurrido, desea usted decirme que tales -objetos le pertenecen y que...</p> - -<p>—¿Y puedo escribir esa carta en cualquier -papel?—interrumpió Raskolnikoff -afectando siempre no preocuparse de otra -cosa que del aspecto pecuniario de la -cuestión.</p> - -<p>—¡Oh! en cualquier papel.</p> - -<p>Porfirio Petrovitch pronunció estas -palabras con aire francamente burlón, -haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por -lo menos, el joven hubiera jurado que -aquel movimiento de ojos se dirigía a -él y que encubría mal una segunda intención. -Quizás después de todo se engañaba, -porque aquello duró apenas el -espacio de un segundo.</p> - -<p>«Ese lo sabe»—se dijo instantáneamente.</p> - -<p>—Perdóneme usted haberle molestado -por tan poca cosa—añadió bastante -desconcertado—. Esos objetos valen en -junto cinco rublos, pero tienen para -mí especial valor, y confieso que tuve -mucha inquietud cuando supe...</p> - -<p>—Por esto te pusiste tan alterado ayer -al oírme decir a Zosimoff, que Porfirio -Petrovitch interrogaba a los propietarios -de los objetos empeñados—recalcó -con intención evidente Razumikin.</p> - -<p>Era demasiado. Raskolnikoff no pudo -contenerse y lanzó sobre aquel inadvertido -hablador una mirada relampagueante -de cólera; mas, comprendiendo en seguida -que acababa de cometer una imprudencia, -trató de repararla.</p> - -<p>—Parece que te burlas de mí, amigo<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span> -mío—dijo a Razumikin, con aire ofendido—. -Reconozco que me preocupo, quizá -demasiado, de cosas muy insignificantes -a tus ojos; pero esto no es una razón -para mirarme como un hombre egoísta -y avaro; estas miserias pueden tener valor -para mí. Como te decía hace un momento, -ese reloj de plata, que apenas vale -un groch, es lo único que me queda de -mi padre. Búrlate cuanto quieras, pero -mi madre ha venido a verme—y al decir -esto se volvió hacia el juez—, y si supiese—continuó -de nuevo dirigiéndose a -Razumikin poniendo la voz todo lo temblorosa -que pudo—, si supiese que no -tengo el reloj, te aseguro que la pobre -sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las mujeres!</p> - -<p>—¿Pero, qué dices? No me has entendido. -Has interpretado mal mi pensamiento—protestaba -Razumikin todo -acongojado.</p> - -<p>—¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado -demasiado la nota?—se preguntaba ansiosamente -Raskolnikoff—. ¿Por qué habré -dicho yo «las mujeres»?</p> - -<p>—¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?—preguntó -Porfirio Petrovitch.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Cuándo ha llegado?</p> - -<p>—Ayer noche.</p> - -<p>El juez de instrucción se quedó callado -un momento como si reflexionase.</p> - -<p>—Los objetos que le pertenecen no -hubieran podido extraviarse jamás—repuso -con tono tranquilo y frío—. Desde -hace tiempo, esperaba yo la visita de -usted.</p> - -<p>Al decir esto aproximó vivamente el -cenicero a Razumikin que sacudía implacablemente -sobre el tapete su cigarro. -Raskolnikoff se estremeció; pero el -juez de instrucción no pareció advertirlo, -ocupado como estaba en preservar -el tapete.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De -modo que sabías que había empeñado algunas -cosas?</p> - -<p>Sin responder, Porfirio Petrovitch se -dirigió a Raskolnikoff.</p> - -<p>—Las alhajas de usted, una sortija -y un reloj, se encontraban en casa de la -víctima envueltas en un pedazo de papel -en el cual estaba completamente legible, -escrito con lápiz, el nombre de usted -con la indicación del día en que se habían -empeñado esos objetos.</p> - -<p>—¡Qué memoria tiene usted para todas -estas cosas!—dijo Raskolnikoff -con sonrisa forzada, procurando sobre -todo mirar con serenidad al juez de instrucción; -no pudo, sin embargo, contenerse, -y añadió bruscamente—: digo -esto, porque deben de ser muchos, sin -duda, los dueños de objetos empeñados -y debe de costarle a usted, me parece -a mí, mucho trabajo recordarlos a todos... -Pero veo, por el contrario, que no -olvida usted ni a uno... y... y...</p> - -<p>«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad -tenías de añadir esto?»</p> - -<p>—Es que casi todos se han dado ya -a conocer y usted no se había presentado -aún—respondió Porfirio con un dejo -casi imperceptible de burla.</p> - -<p>—No me encontraba muy bien.</p> - -<p>—Lo he oído decir. Se me ha dicho que -estaba usted muy enfermo. Todavía está -usted pálido.</p> - -<p>—No, no estoy pálido... al contrario, -me siento muy bien—respondió Raskolnikoff -con tono brutal y violento.</p> - -<p>Sentía hervir en él una cólera que no -podía dominar.</p> - -<p>«El arrebato va a hacerme cometer -alguna tontería—pensó—. Pero, ¿por qué -me exasperan?»</p> - -<p>—Que no se sentía muy bien, ¡vaya -un eufemismo!—exclamó Razumikin—. -La verdad es que hasta ayer ha estado -casi sin conocimiento. ¿Lo creerías, Porfirio? -Ayer, pudiendo apenas sostenerse -sobre las piernas, aprovechando un momento -en que Zosimoff y yo acabábamos -de dejarle, se vistió, salió de su casa y estuvo -vagando hasta media noche, Dios -sabe por dónde... y estando en completo -delirio; ¿puedes imaginarte una cosa semejante? -Es un caso de los más notables.</p> - -<p>—¡Bah! <i>¿En estado completo de delirio?</i>—dijo -Petrovitch con el movimiento de -cabeza propio de los campesinos rusos.</p> - -<p>—Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, -yo no tengo necesidad de decirle a usted -esto. La convicción de usted está formada—dejó -escapar Raskolnikoff cediendo -a un arrebato de cólera; pero Porfirio Pe<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span>trovitch -no pareció fijarse en estas extrañas -palabras.</p> - -<p>—¿Cómo habías de haber salido tú, -si no hubieses estado delirando?—dijo -exaltándose Razumikin—. ¿Para qué -semejante salida? ¿Con qué objeto? Y -sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? -Has de convenir conmigo en -que tenías perturbadas tus facultades -mentales. Te lo digo así, muy clarito, -ahora que el peligro ha pasado.</p> - -<p>—Me habían fastidiado tanto ayer...—dijo -Raskolnikoff dirigiéndose al juez -de instrucción con una sonrisa que parecía -un desafío—, y queriendo librarme -de ellos salí para alquilar un cuarto en -que no pudiesen descubrirme; había tomado -para este efecto cierta cantidad. -El señor Zametoff me vió el dinero en la -mano; dígame usted, señor Zametoff, si -deliraba yo ayer o si estaba en mi sano -juicio. Sea usted el árbitro de nuestra -disputa.</p> - -<p>En aquel momento de buena gana -hubiera estrangulado al polizonte que le -irritaba por su mutismo y la expresión -de su mirada.</p> - -<p>—Me pareció que hablaba usted muy -sensatamente y con mucha sutileza; pero -le encontré a usted demasiado irascible—declaró -secamente Zametoff.</p> - -<p>—Y hoy—añadió Porfirio—me ha -dicho Nikodim Fomitch que había encontrado -a usted ayer, a hora muy avanzada -de la noche, en casa de un funcionario -que acababa de ser atropellado por un -carruaje...</p> - -<p>—Eso mismo viene en apoyo de lo que -yo decía—dijo Razumikin—. ¿No te has -conducido como un loco en casa de un -funcionario? ¿No te despojaste de todo -tu dinero para pagar el entierro? Comprendo -que quisieses socorrer a la viuda; -pero podías haberle dado quince rublos, -veinte, si quieres, pero siempre reservándote -algo para ti. Por el contrario, lo -diste... te desprendiste de tus veinticinco -rublos.</p> - -<p>—Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado -un tesoro. Ayer estaba yo en -vena de ser generoso... El señor Zametoff, -aquí presente, sabe que he encontrado -un tesoro... Pido a ustedes perdón de -haberles molestado durante media hora -en mi insubstancial palabrería—prosiguió -con los labios temblorosos dirigiéndose -a Porfirio—. He importunado -a ustedes, ¿no es eso?</p> - -<p>—¿Qué dice usted? Todo al contrario; -si usted supiese cuánto me interesa y lo -curioso que resulta oírle... Confieso a -usted que estoy encantado de haber recibido -su visita.</p> - -<p>—¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate -seco—exclamó Razumikin.</p> - -<p>—¡Excelente idea!, pero antes del te -querrás tomar algo más sólido, ¿eh?</p> - -<p>—¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué -esperas?</p> - -<p>Porfirio Petrovitch salió para encargar -el te.</p> - -<p>En el cerebro de Raskolnikoff, hervían -multitud de pensamientos. Estaba por -extremo excitado.</p> - -<p>—Ni siquiera se toman el trabajo de -fingir, no usan muchas precauciones; -este es el punto principal. Puesto que Porfirio -no me conocía, ¿por qué ha hablado -de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan -de ocultar que husmean mis huellas -como traílla de perros. ¡Me escupen en -la cara desfachatadamente!—decía temblando -de rabia—. Id derechamente contra -mí, pero no juguéis conmigo como el -gato con el ratón. Eso es una descortesía, -Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... -Me levantaré y os arrojaré la verdad -a la cara y veréis entonces cuánto -os desprecio.</p> - -<p>Respiró con ansia y continuó pensando:</p> - -<p>—¿Pero si todo esto no existiese más -que en mi imaginación, si fuese un espejismo, -si hubiese interpretado mal las -cosas?... Tratemos de sostener nuestro -feo papel y no vayamos a perdernos como -un imbécil por un arrebato de cólera. -Quizá les atribuyo intenciones que no -tienen. Sus palabras carecen en rigor de -malicia, nada de particular tienen; pero -deben de encerrar una segunda intención. -¿Por qué Zametoff ha observado -que yo le <i>hablé con mucha sutileza</i>? ¿por -qué me han hablado con ese tono? Sí; me -han hablado con un tono particular... -¿Cómo todo esto no le ha chocado a Razumikin? -Ese estúpido no se entera jamás -de nada. Creo que tengo otra vez -fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un poco<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span> -un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? -No pienso más que absurdos; -¿por qué había de guiñarme los ojos? -¿Se proponen irritar mis nervios para -empujarme hasta el fin? todo esto es pura -fantasmagoría o saben... Zametoff ha -estado insolente; tiempo ha tenido desde -ayer de reflexionar. Ya presumía yo que -cambiaría de opinión. Está aquí como -en su casa, y eso que ha venido hoy por -primera vez. Porfirio no le trata como a -un extraño y hasta se sienta volviéndole -la espalda. Estos dos se han hecho -amigos y sin duda por mi causa han comenzado -sus relaciones. Seguro estoy -de que hablaban de mí cuando he llegado. -¿Tienen noticia de mi visita al cuarto -de la vieja? Desearía saberlo... Cuando -he dicho que había salido para alquilar -un cuarto, Porfirio se ha hecho el desentendido... -pero he hecho bien en decirlo; -más tarde me podrá servir; en cuanto -al delirio, el juez de instrucción no -parece darle crédito. «Sabe perfectamente -lo que hice yo aquella noche... Ignoraba -la llegada de mi madre... ¡Y aquella -bruja que había apuntado con lápiz la -fecha del empeño!... No, no, la seguridad -que afectáis no me engaña; hasta ahora -no tenéis hechos; os fundáis solamente -en vagas conjeturas. Citadme un hecho, -si podéis alegar uno solo en contra mía. -La visita que hice a la vieja nada prueba; -se puede explicar por un delirio. Me acuerdo -de lo que dije a los dos obreros y al -<i>dvornik</i>... ¿Saben que estuve allí? No me -iré hasta que me cerciore de que lo saben -o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí -que ahora me encolerizo y esto sí que es -de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después -de todo más vale quizá que sea así: sigo -representando un papel de enfermo. Parece -que va a interrogarme... Esto me -va a hacer vacilar y perder la cabeza. -¿Por qué he venido?»</p> - -<p>Todas estas ideas atravesaron su espíritu -con la rapidez del relámpago. Al -cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. -Parecía de muy buen humor.</p> - -<p>—Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, -no estaba yo muy bien de cabeza—comenzó -a decir dirigiéndose a Razumikin con -una alegría que no había demostrado -hasta entonces—; pero yo estoy bien. -¿Y qué tal? ¿la velada fué interesante? -Os dejé en el momento más animado. -¿Por quién quedó la victoria?</p> - -<p>—Como es natural, por nadie: todos -argumentaron a más y mejor en pro de -sus viejas tesis. Figúrate que la discusión -versaba ayer sobre lo siguiente—agregó, -volviéndose hacia Raskolnikoff—: -¿hay crímenes o no los hay? -¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!</p> - -<p>—¿Qué hay en eso de extraordinario? -Es una cuestión social que ni siquiera -tiene el mérito de la novedad—respondió -distraídamente Raskolnikoff.</p> - -<p>—La cuestión no se planteó en esos -términos—observó el juez.</p> - -<p>—Es verdad, no fué precisamente en -esos términos—repuso Razumikin con -su insistencia de costumbre—. Escucha, -Rodia, y dinos tu opinión. Ayer me hicieron -perder la paciencia; te esperaba -porque me habías prometido tu visita. -Los socialistas comenzaron por exponer -su teoría. Sabido es en qué consiste: el -crimen es una protesta contra un orden -social mal organizado; nada más. Con eso -creen haberlo dicho todo; no admiten -otro móvil para los actos criminales; según -ellos, el hombre es lanzado al crimen -únicamente por el ambiente. Es su -frase favorita.</p> - -<p>—A propósito de crimen y de ambiente—dijo -Porfirio Petrovitch, dirigiéndose -a Raskolnikoff—; recuerdo un trabajo -de usted que me interesó vivamente; -hablo de su artículo sobre el <i>Crimen</i>... no -me acuerdo bien del título. Tuve el gusto -de leerlo hace dos meses en <i>La Palabra -Periódica</i>.</p> - -<p>—¡Un artículo mío en <i>La Palabra Periódica</i>!—exclamó -Raskolnikoff, sorprendido—. -Recuerdo que, hace seis meses, -cuando salí de la Universidad, escribí -un artículo a propósito de un libro; pero -lo llevé a <i>La Palabra Semanal</i> y no a -<i>La Palabra Periódica</i>.</p> - -<p>—Pues fué publicado en esta última.</p> - -<p>—Como <i>La Palabra Semanal</i> suspendió -su publicación, mi artículo no pudo salir.</p> - -<p>—Pero como esa revista se fundió -con <i>La Palabra Periódica</i>, hace dos meses -que apareció en ésta el artículo a que me -refiero. ¿No lo sabía usted?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span></p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues bien, puede usted ir a cobrar -su importe. ¡Qué raro es usted! Ni siquiera -se entera de lo que directamente -le interesa.</p> - -<p>—¡Muy bien, Rodia!—exclamó Razumikin—. -Tampoco yo lo sabía. Hoy mismo -voy a pedir el número en el gabinete -de lectura. ¿Hace dos meses que se publicó? -¿En qué fecha? No importa, lo -encontraré. ¡Y qué callado se lo tenía!</p> - -<p>—¿Cómo ha sabido usted que el artículo -era mío? Yo no lo había firmado.</p> - -<p>—Lo he sabido recientemente por una -mera casualidad. El redactor jefe es amigo -mío, y me descubrió el secreto. Ese -trabajo me interesó sobremanera.</p> - -<p>—Examinaba yo en él, lo recuerdo -perfectamente, el estado psicológico del -delincuente en el momento de cometer -el crimen.</p> - -<p>—Sí, y procuraba usted demostrar -que en ese momento el criminal es un enfermo. -Me parece una teoría muy original; -pero no fué ésa la parte de su artículo -que más me interesó; me fijé especialmente -en un pensamiento que se -encontraba en el mismo, y que, por desgracia, -explicaba usted con demasiada -concisión. En una palabra, como sin duda -recordará usted, parece que quería -dar a entender que existen en la tierra -hombres que pueden, o por mejor decir, -que tienen el derecho absoluto de cometer -todo género de acciones culpables y -criminales; hombres, en fin, para quienes -en cierto modo no rezan las leyes.</p> - -<p>Al oír esta pérfida interpretación de -su pensamiento, Raskolnikoff se sonrió.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? -No; lo que quiso decir es que el criminal -se ve impulsado al delito por la influencia -irresistible del ambiente. ¿No -es eso?—preguntó Razumikin con inquietud.</p> - -<p>—No, no se trata de eso—replicó Porfirio—. -En dicho artículo se clasifica a -los hombres en ordinarios y extraordinarios. -Los primeros deben vivir en la -obediencia y no tienen derecho a violar -la ley; los segundos poseen el derecho de -cometer todos los crímenes y de saltar -por encima de todas las leyes, precisamente -porque son hombres extraordinarios: -si no me engaño, esto es lo que usted -dijo.</p> - -<p>—¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea -eso!—balbució Razumikin estupefacto.</p> - -<p>Raskolnikoff volvió a sonreír. Había -comprendido en seguida que se trataba -de arrancarle una declaración de principios, -y acordándose de su artículo no -vaciló en explicarlo.</p> - -<p>—No es eso—comenzó a decir con tono -sencillo y modesto—. Confieso, no -obstante, que ha reproducido usted con -bastante exactitud mi pensamiento, y -hasta, si usted quiere, diré que con mucha -exactitud (pronunció estas últimas -palabras con cierta satisfacción); lo que -yo no he dicho, como usted me lo hace -decir, es que las personas extraordinarias -tengan absoluto derecho para cometer en -todo caso cualesquiera acciones criminales. -Supongo que la censura no habría -dejado pasar un artículo concebido en -tales términos. He aquí sencillamente -lo que yo me he permitido decir: el hombre -extraordinario tiene el derecho, no -oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar -a su conciencia a franquear ciertos -obstáculos; pero sólo en el caso en que se -lo exija la realización de su idea, la cual -puede ser a veces útil a todo el género -humano. Usted pretende que mi artículo -no es claro y voy a tratar de explicarlo: -quizá no me engañe al suponer -que tal es el deseo de usted. Según mi -parecer, si los inventos de Kleper y de -Newton, a causa de ciertas circunstancias -no hubieran podido darse a conocer -sino mediante el sacrificio de uno, de -diez, de ciento o de un número mayor de -vidas que hubiesen sido obstáculos a -esos descubrimientos, Newton habría tenido -el derecho, más aún, habría tenido -el deber de <i>suprimir</i> a esos diez, a esos -cien hombres, a fin de que sus descubrimientos -fuesen conocidos por el mundo -entero. Esto no quiere decir, como -usted comprenderá, que Newton tuviese -el derecho de asesinar a quien se le antojase -ni de robar a quien le viniese en gana. -En mi artículo insisto, me acuerdo de -ello, sobre esta idea, a saber: que todos -los legisladores y guías de la humanidad, -comenzando por los más antiguos y pasando -por Licurgo, Solón y Mahoma hasta<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> -llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción -han sido delincuentes, porque en el -hecho de dar nuevas leyes han violado -las antiguas, que eran observadas fielmente -por la sociedad y transmitidas a -las generaciones futuras; indudablemente -no retrocedían ellos ante el derramamiento -de sangre en cuanto les podía ser útil. -Es también de notar que todos estos bienhechores -y guías de la humanidad han -sido terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, -no sólo los grandes hombres -sino todos aquellos que se elevan sobre el -nivel común y que son capaces de decir -alguna cosa nueva, deben, en virtud de -su naturaleza propia, ser necesariamente -delincuentes, en mayor o menor grado, -según los casos. De otro modo, sería imposible -salir de la rutina; y quedarse en -ella, es cosa en que no pueden consentir, -pues, a mi manera de ver, su propio deber -se lo prohibe. En resumen, ya ve usted -que aquí no hay nada de particular y -nuevo en mi artículo. Esto ha sido dicho -e impreso mil veces. En cuanto a mi -clasificación de personas en ordinarias y -extraordinarias, reconozco que es un poco -caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión -de cifras, a la que doy poca importancia. -Creo únicamente que en el fondo -mi pensamiento es justo. Este pensamiento -se resume diciendo que la Naturaleza -divide a los hombres en dos categorías: -la una inferior, la de los hombres -ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir -seres semejantes a sí mismos; -la otra, superior, que comprende los hombres -que poseen el don o el talento de -hacer oír una palabra nueva. Claro es -que las subdivisiones son innumerables; -pero las dos categorías presentan rasgos -distintivos bastante determinados. Pertenecen -a la primera, de una manera general, -los conservadores, los hombres -de orden que viven en la obediencia y -que la aman. En mi opinión están obligados -a obedecer, porque tal es su destino, -y porque esto no tiene nada de humillante -para ellos. El segundo grupo se -compone exclusivamente de hombres que -violan la ley o tienden, según sus medios, -a violar; sus delitos son naturalmente -relativos y de una gravedad variable. La -mayor parte reclama la destrucción de lo -que es, en nombre de lo que debe ser. Mas -si por su idea deben verter la sangre y -pasar por encima de cadáveres, pueden -en conciencia hacer ambas cosas en interés -de su idea, por supuesto. En ese -sentido, mi artículo reconocía el derecho -al crimen (¿recuerda usted que nuestro -punto de partida ha sido una cuestión -jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse -mucho; casi siempre la masa -les niega ese derecho, los decapita o los -cuelga, y obrando de esta suerte, cumple -con mucha justicia su misión conservadora -hasta el día, si bien es verdad que -esta misma masa erige estatuas a los supliciados -y los venera alguna que otra vez. -El primer grupo es siempre dueño del -presente, el segundo lo es del porvenir. -El uno conserva el mundo y multiplica -los habitantes; el otro, mueve al mundo -y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos -tienen absolutamente el mismo derecho -a la existencia y ¡viva la guerra eterna! -Hasta la nueva Jerusalén, por supuesto...</p> - -<p>—De modo que usted cree en la nueva -Jerusalén.</p> - -<p>—Sí que creo—respondió enérgicamente -Raskolnikoff, que durante su largo -discurso había tenido los ojos bajos mirando -obstinadamente un punto del -tapete.</p> - -<p>—¿Y cree usted en Dios? Perdóneme -usted esta curiosidad.</p> - -<p>—Sí que creo—repitió el joven mirando -a Porfirio.</p> - -<p>—¿Y en la resurrección de Lázaro?</p> - -<p>—Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?</p> - -<p>—¿Y cree usted al pie de la letra?</p> - -<p>—Al pie de la letra.</p> - -<p>—Dispense usted que le haga estas preguntas, -esto me interesaba; pero, permítame, -vuelvo al asunto de que hablábamos -antes; no se ejecuta siempre a esos -hombres extraordinarios; hay algunos, -por lo contrario, que...</p> - -<p>—¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto -ocurre, y entonces...</p> - -<p>—Son ellos los que llevan al suplicio -a los otros.</p> - -<p>—Cuando es preciso. Y a decir verdad, -ése es el caso más frecuente. En general, -la observación es muy exacta.</p> - -<p>—Muchas gracias. Pero, dígame usted, -¿cómo pueden distinguirse los hom<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>bres -extraordinarios de los ordinarios? -¿Traen al nacer alguna señal? Soy de parecer -que convendría un poco más de -exactitud, una limitación en cierto modo -más clara. Dispense usted esta inquietud -natural en un hombre práctico y bien intencionado; -pero, ¿no podrían llevar un -traje particular, un emblema cualquiera? -Porque, figúrese usted... si se produce -una confusión, si un individuo de una categoría -se figura que es de otra, y se pone, -según la expresión feliz de usted, «a suprimir -todos los obstáculos...»</p> - -<p>—Eso ocurre con mucha frecuencia; -esa observación es más sutil aún que la -primera.</p> - -<p>—Muchas gracias.</p> - -<p>—No hay de qué darlas. Pero considere -usted que el error sólo es posible en la -primera categoría, es decir, en aquellos -que he llamado quizá con impropiedad -«hombres ordinarios». No obstante su -tendencia innata a desobedecer, muchos -de ellos, por efecto de un juego de la Naturaleza, -se consideran hombres de la -vanguardia, «demoledores», y se creen llamados -a hacer oír la palabra «nueva», -y esta ilusión es en ellos muy sincera. Al -mismo tiempo no conocen de ordinario -a los verdaderos innovadores y los desprecian -como a gentes atrasadas y sin -elevación de espíritu. Pero yo creo que -no hay en eso un verdadero peligro y -que no debe usted inquietarse, porque -ellos no van muy lejos; sin duda se podría -azotarlos como castigo a su error -y volverlos de nuevo a su puesto; pero -de todos modos, no hay necesidad de molestar -al ejecutor: ellos mismos se aplican -la disciplina, porque son personas -muy morales y unas veces se prestan los -unos a los otros estos servicios y otras -veces se azotan ellos por sus propias -manos... Ocasiones hay en que ellos -mismos se imponen diversas penitencias -públicas, lo que no deja de ser edificante; -no debe usted preocuparse por ellos.</p> - -<p>—¡Vamos! Por esta parte al menos, me -ha tranquilizado usted; pero hay una -cosa que todavía me preocupa: dígame -usted, si le place, ¿hay muchas personas -«extraordinarias que tienen el derecho de -asesinar a las otras»? Pronto estoy a inclinarme -ante ellas; pero si son muchas, -confiese usted que la cosa será bastante -desagradable.</p> - -<p>—Tampoco por eso se debe usted inquietar—prosiguió -en el mismo tono -Raskolnikoff—. En general, nace un número -muy escaso de hombres con una idea -nueva, ni aun capaces de darse cuenta -de lo que es nuevo. Es evidente que el -reparto de los nacimientos en las diversas -categorías y subdivisiones de la especie -humana, debe de estar estrictamente -determinado por una ley de la Naturaleza. -Claro es que esta ley nos es desconocida; -pero yo creo que existe y que llegará -a descubrirse algún día. Una enorme -masa de gente sólo ha venido a la -tierra para dar al mundo, después de largos -y misteriosos cruzamientos de razas, -un hombre que, entre mil, poseerá alguna -independencia; a medida que va -aumentando el grado de independencia -no se encuentra más que un hombre por -cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras -aproximadas). Se cuenta un genio entre -muchos millones de individuos, y quizá -pasan millares de millones de hombres -sobre la tierra, antes de que surja una de -esas altas inteligencias que renuevan la -faz del mundo. En una palabra, yo no -he ido a mirar en la retorta en que todo -eso se opera; pero hay, debe de haber -una ley fija. En esto no puede existir -el azar.</p> - -<p>—Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando -los dos?—gritó Razumikin—. Esto -es una comedia. ¡Se están divirtiendo el -uno a costa del otro! ¿Hablas con formalidad, -Rodia?</p> - -<p>Sin responderle, Raskolnikoff levantó -hacia él su rostro pálido en el que se pintaba -cierta expresión de sufrimiento. Al -observar la fisonomía tranquila y triste -de su amigo, Razumikin encontró extraño -el tono cáustico, provocador y descortés -que había tomado Porfirio. Luego -dijo:</p> - -<p>—Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... -Sin duda tiene razón al decir que no -es nuevo y que se parece a todo lo que hemos -oído y leído mil veces; pero lo que -hay en ello verdaderamente original y -que te pertenece realmente es, siento decirlo, -eso del derecho de derramar sangre -que concedes o prohibes, perdóname,<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span> -con tanto fanatismo... He aquí, por consiguiente, -el pensamiento principal de tu -artículo. Esa autorización moral de matar -es, a mi entender, más espantosa que lo -sería la autorización legal, oficial...</p> - -<p>—Exacto, más espantosa—afirmó Porfirio.</p> - -<p>—No. La expresión ha ido más allá -de tu pensamiento; no es eso lo que has -querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, -que hablando suele ir uno más lejos -de lo que se proponía. Tú no puedes pensar -tal cosa; yo lo leeré.</p> - -<p>—No hay nada de eso en mi artículo; -apenas he tocado esa cuestión—dijo -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Sí, sí—repuso el juez—; ahora comprendo -sobre poco más o menos la manera -que tiene usted de considerar el crimen; -pero... perdone usted mi insistencia. Si -un joven se imagina ser un Licurgo o un -Mahoma... futuro, no hay que decir que -comenzará por suprimir cuantos obstáculos -le impidan cumplir su misión. Este -tal me diría: «Yo emprendo una larga -campaña, y para una campaña hace falta -dinero...» Esto supuesto, se procuraría -recursos... Ya adivina usted de qué -manera...</p> - -<p>Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, -no sabemos qué, en su rincón. -Raskolnikoff no le miró siquiera.</p> - -<p>—Obligado estoy a reconocer—respondió -éste con calma—que, en efecto, existirán -algunos de estos casos. Eso es un -lazo que el amor propio tiende a los vanidosos -y a los tontos. Los jóvenes, sobre -todo, se dejan cazar con él.</p> - -<p>—¿Lo está usted viendo?</p> - -<p>—¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede -y sucederá siempre. Hace un momento, -este amigo nuestro me reprendía por -autorizar el asesinato—añadió señalando -a Razumikin—; ¿qué importa? ¿Acaso -no está la sociedad suficientemente protegida -por las deportaciones, las cárceles, -los jueces de instrucción y los presidios? -¿Por qué inquietarse? ¡Buscad al ladrón!</p> - -<p>—¿Y si le encontramos?</p> - -<p>—Peor para él.</p> - -<p>—Por lo menos usted es lógico; ¿pero -qué le diría su conciencia?</p> - -<p>—¿Y a usted qué le importa eso?</p> - -<p>—Es una cuestión que interesa al sentimiento -humano.</p> - -<p>—El que tiene conciencia sufre reconociendo -su error; ése es su castigo, independientemente -del presidio.</p> - -<p>—¿De modo—preguntó Razumikin, -frunciendo el entrecejo—, que los hombres -de genio, aquellos a quienes les es -concedido el derecho de matar, no deben -experimentar ningún sufrimiento al derramar -sangre?</p> - -<p>—¿Qué quiere decir eso de «no deben»? -El sufrimiento no se permite ni se prohibe. -Que sufran si tienen piedad de su -víctima... El sufrimiento acompaña siempre -a una conciencia amplia y a un corazón -profundo. Los hombres verdaderamente -grandes, deben, me parece a mí, -experimentar honda tristeza en la tierra—añadió -Raskolnikoff, acometido de súbita -melancolía, que formaba contraste -con la conversación precedente.</p> - -<p>Levantó los ojos, miró a todos los que -estaban en la sala con aire soñador, sonrió -y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, -con la comparación, con la actitud -que tenía cuando entró, y se daba cuenta -de ello.</p> - -<p>Todos se levantaron.</p> - -<p>Porfirio Petrovitch volvió a la carga.</p> - -<p>—Puede usted injuriarme o incomodarse -o no conmigo; pero mi deseo es -más fuerte que yo y es menester que le -dirija todavía una pregunta. Verdaderamente -me avergüenza abusar de usted -de este modo... En tanto que pienso en -esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar -a usted una idea que se me ha ocurrido...</p> - -<p>—¡Bueno!... diga usted su idea—respondió -Raskolnikoff en pie, pálido y serio, -frente al juez de instrucción.</p> - -<p>—Verá usted... verdaderamente no sé -cómo expresarme... es una idea muy extraña, -psicológica... Al escribir su artículo, -es muy probable... que se considerase -usted como uno de esos hombres «extraordinarios» -de quienes hablaba hace poco... -¿No es así?</p> - -<p>—Es muy posible—respondió desdeñosamente -Raskolnikoff.</p> - -<p>Razumikin hizo un movimiento.</p> - -<p>—Si eso fuese así, ¿no estaría usted de<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>cidido, -ya para triunfar de dificultades -materiales, ya para facilitar el progreso -de la humanidad, no se decidiría usted -repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo... -a matar y a robar?</p> - -<p>Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo -y se reía silenciosamente como -antes.</p> - -<p>—Si estuviese decidido a eso, no lo diría -a usted—replicó Raskolnikoff con -acento altanero de desafío.</p> - -<p>—Mi pregunta no tenía más objeto -que el de una curiosidad literaria; la he -hecho únicamente con el fin de penetrar -el sentido del artículo de usted.</p> - -<p>«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia -prendida con alfileres!»—pensó Raskolnikoff -con algo de desprecio.</p> - -<p>—Permítame usted que le diga—respondió -secamente—que yo no me creo -ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún -otro personaje de este género: por -consiguiente, no puedo explicarle a usted -lo que yo haría si estuviese en lugar -de ellos.</p> - -<p>—¿Quién hay ahora en Rusia que no -se crea un Napoleón?—dijo con brusca -familiaridad el juez instructor.</p> - -<p>Esta vez también la entonación de su -voz delataba un segundo fin.</p> - -<p>—¿Será acaso un futuro Napoleón el -que ha matado a Alena Ivanovna esta -semana última?—saltó, de repente, desde -su rincón Zametoff.</p> - -<p>Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff -fijó en Porfirio una mirada fría -y penetrante. Las facciones de Razumikin -se contrajeron. Un rato hacía ya que -parecía dudar de algo. Paseó en torno -suyo una mirada irritada. Durante un -minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff -se dispuso a salir.</p> - -<p>—¿Se marcha usted ya?—dijo cariñosamente -Porfirio tendiendo la mano al -joven con extrema amabilidad—. Estoy -encantado de haberle conocido. En cuanto -a su solicitud, esté usted tranquilo. -Escriba en el sentido que le he dicho. O -más vale que venga usted a verme uno -de estos días... mañana, por ejemplo. -Estaré aquí sin falta a las once. Lo arreglaremos -todo y hablaremos un poco... -Como usted es uno de los últimos que ha -estado <i>allí</i>, podrá quizá decirnos algo—añadió -en tono de campesino el juez de -instrucción.</p> - -<p>—¿Trata usted de interrogarme en -toda regla?—preguntó secamente Raskolnikoff.</p> - -<p>—De ninguna manera. No se trata de -tal cosa en este momento. No me ha comprendido -usted. Yo aprovecho todas las -ocasiones, y... he hablado ya con todos -los que tenían objetos empeñados en casa -de la víctima... Muchos me han suministrado -datos interesantes... y como usted -es el último que estuvo... A propósito—exclamó -con súbita alegría—, es una -suerte que haya pensado... ya se me olvidaba... -(al decir esto se volvió hacia Razumikin); -el otro día me mareaba a propósito -de ese Mikolai... pues mira, estoy -cierto, convencido de su inocencia—prosiguió -dirigiéndose a Raskolnikoff—. Pero, -¿qué hacer? Ha sido preciso también -molestar a Mitka. He aquí lo que yo -quería preguntar a usted: Al subir la escalera -de la casa... permítame usted que -se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho -cuando estuvo allí?</p> - -<p>—Sí—respondió, y en seguida sintió -haber dado esta respuesta, que no tenía -necesidad de dar.</p> - -<p>—Bueno. Al subir la escalera entre siete -y ocho, ¿no vió usted en el segundo -piso, en un cuarto cuya puerta estaba -abierta, ¿no recuerda usted?, a dos obreros, -o por lo menos uno de ellos, que estaba -pintando la habitación? ¿No reparó -usted? Eso es muy importante para los -dos obreros.</p> - -<p>—¿Pintores? No, no los vi...—respondió -lentamente Raskolnikoff, como si tratase -de recordar.</p> - -<p>Durante un segundo, puso en tensión -violenta todos los resortes de su espíritu -para descubrir con claridad qué lazo -ocultaba la pregunta hecha por el juez -de instrucción.</p> - -<p>—No, no los vi ni advertí tampoco -si estaba abierto el cuarto—continuó -muy contento de haber descubierto la -trampa—; de lo que sí me acuerdo es -que del cuarto piso el empleado que vivía -enfrente de Alena Ivanovna estaba de -mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque -tropecé con dos soldados que llevaban -un sofá y tuve necesidad de arrimarme<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span> -a la pared... Pero lo que es pintores, no -recuerdo haberlos visto, ni tampoco de -si alguna puerta estaba abierta. No, no -lo vi...</p> - -<p>—¡Pero qué estás diciendo!—gritó de -repente Razumikin, que hasta entonces -había estado como reflexionando—: Si -fué el mismo día del asesinato cuando los -pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia -estuvo dos días antes en la casa, ¿por -qué le haces esa pregunta?</p> - -<p>—¡Calle! pues es verdad, he confundido -las fechas—exclamó Porfirio dándose -una palmada en la frente—. ¡Qué diablos! -este asunto me hace perder la cabeza—añadió -a modo de excusa dirigiéndose a -Raskolnikoff—. Es tan importante saber -si alguno los ha visto en el cuarto -entre siete y ocho, que sin pararme a -reflexionar he creído obtener de usted -esta aclaración... He confundido los días.</p> - -<p>—Pues convendría fijarse más—gruñó -Razumikin.</p> - -<p>Estas últimas palabras fueron dichas -en la antesala. Porfirio acompañó amablemente -a sus visitantes hasta la puerta. -Estos estaban tristes y sombríos cuando -salieron de la casa y anduvieron muchos -pasos sin cambiar una palabra. Raskolnikoff -respiraba como hombre que acababa -de atravesar por una prueba penosa.</p> - - -<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div> - -<p>—No lo creo. No puedo creerlo—repetía -Razumikin, que hacía toda clase de -esfuerzos para rechazar las conclusiones -de Raskolnikoff.</p> - -<p>Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff -en donde hacía largo tiempo los esperaban -Pulkeria Alexandrovna y Dunia.</p> - -<p>En el calor de la discusión, Razumikin -se detenía a cada instante en medio de la -calle; estaba muy agitado, porque era la -primera vez que los dos jóvenes hablaban -de <i>aquello</i> sin valerse de palabras encubiertas.</p> - -<p>—No lo creas si no quieres—respondió -con fría e indiferente sonrisa Raskolnikoff—. -Tú, según tu costumbre, nada -has advertido; pero yo, yo he pesado cada -palabra.</p> - -<p>—Tú eres desconfiado; por eso descubres -en todas partes segundas intenciones. -¡Hum!... Reconozco, en efecto, que -el tono de Porfirio era bastante extraño -y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... -Tienes razón, se advertía en él no sé qué... -¿pero cómo puede ser esto?</p> - -<p>—Habrá cambiado de opinión desde -ayer.</p> - -<p>—No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida -idea, habrían, por el contrario, puesto -mucho cuidado en disimularla; habrían -ocultado su juego a fin de inspirarte una -engañosa confianza, esperando el momento -oportuno para descubrir sus baterías... -En la hipótesis en que te colocas, su manera -de proceder hoy sería tan torpe como -desvergonzada...</p> - -<p>—Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas -serias o de presunciones un tanto -fundadas, cierto que sin duda se esforzarían -en ocultar su juego con la esperanza -de obtener nuevas ventajas sobre mí. -(Además, habrían hecho un registro en -mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, -ni una sola; todo se reduce a conjeturas -gratuitas, a suposiciones que no se apoyan -en nada real, y por eso proceden descaradamente. -Quizá no haya en todo ello -más que el despecho de Porfirio, que rabia -por no tener pruebas. Puede también -que tenga intenciones... Parece inteligente; -acaso haya querido asustarme... -Por lo demás, es repugnante ocuparse -en estas cosas. Dejémoslas.</p> - -<p>—¡Es odioso, odioso! Te comprendo. -Pero... puesto que tratamos francamente -de este asunto (y creo que hemos hecho -bien), no vacilo en confesarte que desde -hace mucho tiempo había advertido en -ellos esa idea. Cierto que no se atrevían -a formularla, que este pensamiento flotaba -en su espíritu en el estado de duda -vaga; pero demasiado es ya que hayan -podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y -qué es lo que ha podido despertar en ellos -tan abominables sospechas? ¡Si supieras -cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! -Un pobre estudiante agobiado por la miseria -y la hipocondría, en vísperas de enfermedad -grave que existía ya en él; un -joven desconfiado, lleno de amor propio, -que tiene la conciencia de su valer, encerrado -desde hace seis meses en su habitación -sin ver a nadie; que se presen<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>ta -vestido de harapos, calzado con botas -sin suela, ante miserables polizontes, cuya -insolencia soporta, a quien se reclama -a quema ropa el pago de una letra de -cambio protestada, en una sala llena de -gente y en donde hace un calor de treinta -grados Réamur y cuyo aire está impregnado -de olor insoportable de la pintura -reciente... porque el desgraciado se desmaya -al oír hablar de una persona en -cuya casa ha estado la víspera y porque -además tiene el estómago vacío... ¿hay -motivos para sospechar de él? En tales -condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? -¡Y pensar que tales suposiciones -caen sobre este desmayo! Tal es el punto -de partida de la acusación. ¡Váyanse al -diablo! Comprendo que todo esto te será -mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, -me reiría de ellos en sus barbas, o -mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio -en forma de salivazos; de este modo -acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! -¡Es vergonzoso!</p> - -<p>«Se ha despachado, convencido de lo -que dice»—pensó Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. -¡Pero mañana otro interrogatorio!—respondió -tristemente—; será menester -que yo me rebaje hasta dar explicaciones. -Ya consentí ayer en hablar con Zametoff -en el <i>traktir</i>.</p> - -<p>—¡Que se vayan al infierno! Iré a casa -de Porfirio. Es mi pariente, y de esta circunstancia -me aprovecharé para meterle -los dedos en la boca; tendrá que hacerme -su confesión completa. En cuanto a Zametoff... -¡Espera!—gritó Razumikin, -asiendo de repente a su amigo por el brazo—¡espera! -Divagabas hace poco. Después -de reflexionar, estoy convencido de -que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? -¿Dices que la pregunta relativa a los -obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. -Si tú hubieras hecho <i>eso</i>, ¿habrías -sido tan estúpido de decir que habías -visto a los pintores trabajando en el cuarto -del segundo piso? Por el contrario, -aunque los hubieses visto, lo habrías negado. -¿Quién a sabiendas hace confesiones -que pueden comprometerle?</p> - -<p>—Si yo hubiese hecho <i>tal cosa</i>, no habría -dejado de decir que había visto a -los obreros—repuso Raskolnikoff, que -parecía sostener aquella conversación -con violento disgusto.</p> - -<p>—¿Para qué decir cosas perjudiciales -a los propios intereses?</p> - -<p>—Porque solamente los <i>mujiks</i> y las -personas más limitadas lo niegan todo -sistemáticamente. Un acusado, por poco -inteligente que sea, confiesa en lo posible -todos los hechos materiales cuya vanidad -trataría en vano de destruir; se -contrae a explicarlos de otra manera, -modifica su significación y los presenta -bajo un nuevo aspecto. Según todas las -probabilidades, Porfirio contaba con que -yo respondería sí; creía que, para dar mayor -verosimilitud a mis confesiones, declararía -haber visto a los obreros, aunque -explicando en seguida el hecho en un -sentido favorable a mi causa.</p> - -<p>—Pero él hubiera respondido en seguida -que la antevíspera del crimen los obreros -no estaban allí, y que, por consiguiente, -tú habías estado en la casa el día mismo -del asesinato entre seis y siete.</p> - -<p>—Porfirio contaba que yo no tendría -tiempo de reflexionar, y con que obligado -a responder de la manera más verosímil -habría olvidado esa circunstancia: la -imposibilidad de la presencia de los obreros -en la casa dos días antes del crimen.</p> - -<p>—¿Pero, cómo olvidarlo?</p> - -<p>—Nada más fácil. Estos pormenores -son el escollo de los maliciosos; respondiendo -a ellos es como se da un traspiés -en los interrogatorios. Cuanto más agudo -es un hombre, menos sospecha de las preguntas -insignificantes. Porfirio lo sabe. -Es mucho más listo de lo que tú supones.</p> - -<p>—Eso quiere decir que es un pillo.</p> - -<p>Raskolnikoff no pudo menos de reírse; -pero en el mismo instante se asombró -de haber dado la misma explicación con -verdadero placer, él, que hasta entonces -había seguido la conversación a regañadientes -y porque no podía menos.</p> - -<p>«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»—pensaba.</p> - -<p>Pero casi al mismo tiempo sintióse -acometido de súbita inquietud, que bien -pronto llegó a ser intolerable.</p> - -<p>Los dos jóvenes encontrábanse ya a la -puerta de la casa Bakalaieff.</p> - -<p>—Entra solo—dijo bruscamente Raskolnikoff—; -vuelvo en seguida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span></p> - -<p>—¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?</p> - -<p>—Tengo una cosa que hacer... Estaré -aquí dentro de media hora... Tú les dirás...</p> - -<p>—Bueno, te acompaño.</p> - -<p>—¿Pero has jurado también tú perseguirme -hasta la muerte?</p> - -<p>Lanzó esta exclamación con tal acento -de furor y con tono tan desesperado, -que Razumikin no se atrevió a insistir. -Permaneció un rato en el umbral siguiendo -con mirada sombría a Raskolnikoff, -que caminaba aceleradamente en dirección -a su domicilio. Por último, después -de haber rechinado los dientes apretó los -puños y prometiéndose a sí mismo estrujar -aquel mismo día a Porfirio como un -limón, subió a casa de las señoras para -tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, -inquieta ya por tan largo retraso.</p> - -<p>Cuando Raskolnikoff llegó a su casa -tenía las sienes húmedas de sudor, y respiraba -penosamente. Subió los escalones -de cuatro en cuatro, entró en su habitación, -que había quedado abierta y la cerró -con el pestillo. En seguida, todo aterrorizado, -corrió al escondite, metió la -mano bajo la tapicería y exploró el agujero -en todos sentidos. No habiendo encontrado -nada después de registrarlo -cuidadosamente, se levantó y lanzó un -suspiro de satisfacción. Poco antes, en el -momento en que se aproximaba a la casa -Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno -de los objetos robados habría podido -deslizarse en las hendiduras de la pared: -si llegaban a encontrar allí una cadena -de reloj, un gemelo o algunos de los papeles -que envolvían las alhajas y que tenían -anotaciones escritas por mano de la -vieja, ¡qué prueba de convicción entonces -en contra suya!</p> - -<p>Y quedó sumido en un vago sueño, -mientras aparecía en sus labios una sonrisa -extraña y casi estúpida. Al cabo tomó -su gorra y salió sin ruido de la casa. Bajó -pensativo la escalera y llegó a la puerta -de la calle.</p> - -<p>—Ahí lo tiene usted—gritó una voz.</p> - -<p>El joven levantó la cabeza. El portero, -en pie en el umbral de su habitación, señalaba -a Raskolnikoff, mostrándoselo a -un hombre de baja estatura y de aspecto -burgués. Este individuo iba vestido con -una especie de <i>khalat</i> y un chaleco; de -lejos hubiera podido tomársele por un -campesino. Llevaba una gorra muy grasienta -y andaba muy encorvado. A juzgar -por las arrugas de su marchito rostro, -debía de tener más de cincuenta años. -Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.</p> - -<p>—¿Qué es eso?—preguntó acercándose -al <i>dvornik</i>.</p> - -<p>El burgués le miró de soslayo, lo examinó -atentamente sin decir una palabra, -volvió la espalda y se alejó de la casa.</p> - -<p>—Pero, ¿qué significa esto?—gritó -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Es un hombre que ha venido aquí -a ver si vivía un estudiante. Ha dicho el -nombre de usted y ha preguntado qué -cuarto ocupaba usted. En esto ha bajado -usted y le he dicho «ése es» y se ha -ido.</p> - -<p>El <i>dvornik</i> estaba también un poco -asombrado; pero no con exceso. Después -de haber reflexionado un poco, entró -en su cochitril.</p> - -<p>Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas -del burgués. Apenas salió de la casa -tomó el otro lado de la calle. El desconocido -andaba con paso lento y regular, -los ojos bajos y aire pensativo. El joven -hubiera podido alcanzarle en seguida; -pero durante algún tiempo se limitó a ir -al mismo paso que él; al fin se colocó a -su lado y le miró oblicuamente el rostro. -El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió -una rápida ojeada y bajó los ojos; -durante un minuto caminaron juntos de -esta suerte sin decir una palabra.</p> - -<p>—Usted ha preguntado por mí al <i>dvornik</i>...—comenzó -a decir Raskolnikoff sin -levantar la voz.</p> - -<p>El burgués no respondió, ni miró siquiera -al que le hablaba. Hubo un nuevo -silencio.</p> - -<p>—Usted ha venido a preguntar por -mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere decir -esto?—añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: -parecía que las palabras salían -con trabajo de sus labios.</p> - -<p>Esta vez el burgués levantó los ojos y -miró al joven con expresión siniestra.</p> - -<p>—¡Asesino!—dijo bruscamente en voz -baja, pero clara y distinta.</p> - -<p>Raskolnikoff, que marchaba a su lado, -sintió que sus piernas se doblaban y que -un frío estremecimiento le corría por la<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span> -espalda. Durante un segundo su corazón -desfalleció; después se puso a latir con -extraordinaria violencia.</p> - -<p>Los dos hombres anduvieron cosa de un -centenar de pasos, sin proferir una sola -palabra. El burgués no miraba a su compañero.</p> - -<p>—¿Pero qué es lo que usted dice?... -¿quién es un asesino?—balbuceó Raskolnikoff -con voz casi ininteligible.</p> - -<p>—Tú eres el asesino—replicó el otro -recalcando sus palabras con más precisión -y energía que antes, al mismo tiempo -que en sus labios se dibujaba la sonrisa -del odio triunfante y miraba fijamente -el pálido rostro de Raskolnikoff, cuyos -ojos se habían puesto vidriosos.</p> - -<p>Se aproximaban en aquel momento a -una encrucijada. El burgués tomó por -una calle a la derecha y continuó su camino -sin volver la vista atrás.</p> - -<p>Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le -siguió largo tiempo con la mirada. Después -de haber andado cincuenta pasos el -desconocido se volvió para observar al -joven que continuaba como clavado en -el mismo sitio. La distancia no le permitía -ver bien; sin embargo, Raskolnikoff -creyó advertir que aquel individuo le -miraba todavía sonriendo con expresión -de odio frío y triunfante.</p> - -<p>Helado de espanto, con las piernas temblorosas, -volvió como pudo a su casa y -subió a su cuarto. Cuando hubo dejado -la gorra sobre la mesa, permaneció de pie -inmóvil durante diez minutos. Luego, -extenuado, se echó en el sofá y se extendió -lánguidamente lanzando un débil -suspiro. Al cabo de media hora sonaron -pasos apresurados, y al mismo tiempo -Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; -el joven cerró los ojos y se hizo el dormido. -Razumikin abrió la puerta y durante -algunos minutos permaneció irresoluto -en el umbral. En seguida entró suavemente -en la sala y se aproximó con precaución -al sofá.</p> - -<p>—¡No le despiertes! ¡déjale dormir -tranquilo! Comerá más tarde—dijo en -voz baja Anastasia.</p> - -<p>—Tienes razón—respondió Razumikin.</p> - -<p>Salieron andando de puntillas y empujaron -la puerta. Pasó otra media hora, -al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los -ojos, se tendió con brusco movimiento -boca arriba y colocó las manos debajo de -la cabeza.</p> - -<p>—¿Quién es, quién es ese hombre salido -de debajo de la tierra? ¿Dónde estaba -y qué ha visto? Lo ha visto todo, es -indudable. ¿Dónde se encontraba y desde -qué sitio pudo ver aquella escena? -¿Cómo se explica que no haya dado más -pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido -ver...? ¿Es esto posible?—continuó -Raskolnikoff, presa de un frío glacial—. -Y el encontrar Mikolai el estuche debajo -de la puerta, ¿era también cosa que no -podía suponerse?</p> - -<p>Comprendía que las fuerzas le abandonaban -y experimentaba un violento disgusto -de sí mismo.</p> - -<p>—¡Yo debía suponer esto!—pensó con -amarga sonrisa—. ¿Cómo me he atrevido, -conociéndome, previendo lo que ocurriría, -cómo me he atrevido a empuñar -un hacha y a verter sangre? Estaba obligado -a saber de antemano lo que iba a -acontecerme... ¡y lo sabía!...—murmuró -desesperado.</p> - -<p>A veces se detenía ante este pensamiento.</p> - -<p>—No, los hombres extraordinarios no -están hechos como yo: el verdadero <i>amo</i> -a quien le es permitido todo, cañonea a -Tolón, mata en París, olvida un ejército -en Egipto, pierde medio millón de -hombres en la batalla de Moscou y sale -de una situación embarazosa en Vilna -merced a un retruécano; después de su -muerte, se le erigen estatuas en prueba -de que todo le es permitido. No, esas personas -no están hechas de carne sino de -bronce.</p> - -<p>Una idea que se le ocurrió de repente -le hizo casi reír.</p> - -<p>—¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo -y una vieja criada de un registrador de -colegio, una innoble usurera que tiene -un cofre forrado de piel encarnada bajo -la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio Petrovitch -semejante comparación?... La -estética se opone a ello: «¿Por ventura -Napoleón se hubiera metido debajo de -la cama de una vieja?», preguntaría sin -duda. ¡Vaya una tontería!</p> - -<p>De tiempo en tiempo sentía que casi<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span> -deliraba; hallábase en estado de exaltación -febril. Después continuaba, interrumpiéndose -a cada momento:</p> - -<p>—La vieja no significa nada—se decía -en un acceso—. Supongamos que su -muerte sea un error; no se trata de ella. -La vieja no ha sido más que un accidente... -yo quería saltar el obstáculo lo -más pronto posible... no es una criatura -humana lo que yo he matado, es un principio. -¡He matado el principio, pero no -he sabido pasar por encima! Me he quedado -del lado de acá; no he sabido más -que matar. Y tampoco, por lo visto, me -ha resultado bien esto... ¡un principio! -¿Por qué hace poco ese estúpido de Razumikin -atacaba a los socialistas? Son laboriosos, -hombres de negocios, «se ocupan -en el bienestar de la humanidad...» -No, yo no tengo más que una vida, yo -no puedo esperar «la felicidad universal». -Yo quiero vivir también; de otro modo, -mejor es no existir. Yo no quiero pasar al -lado de una madre hambrienta apretando -mi rublo en el bolsillo a pretexto de -que un día todo el mundo será feliz. «Yo -llevo, se dice, mi piedra al edificio universal, -y esto basta para poner mi corazón -en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis -olvidado de mí? Puesto que yo no tengo -más que un período de tiempo para vivir, -quiero en seguida mi parte de felicidad... -yo soy un gusanillo estético nada más, -nada más—añadió riendo de repente como -un loco, y se aferró a esta idea, experimentando -un agrio placer al sondarla -en todos sentidos y a darle vueltas por -todos los lados—. Sí, en efecto, yo soy -un gusanillo, por el hecho solo de que medito -ahora sobre la cuestión de averiguar -lo que soy. Además, porque durante un -mes he estado fastidiando a la divina -Providencia tomándola sin cesar por testigo -de que yo me decidía a esta empresa, -no para procurarme satisfacciones materiales, -sino en vista de un objeto grandioso. -¡Ah! ¡Ah! en tercer lugar, porque en la -ejecución he querido proceder con toda -justicia; entre todos los gusanos he escogido -el más dañino, y al matarle contaba -con tomar nada más que lo preciso -para asegurar mis comienzos en la vida, -ni más ni menos (el resto hubiera ido al -monasterio, al cual había legado la vieja -su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy definitivamente -un gusano—añadió rechinando los -dientes—, porque soy más vil y más innoble -que el gusano que he matado, y -porque <i>presentía</i> que después de haberlo -matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay -algo comparable con semejante terror? -¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo -al Profeta a caballo, con la cimitarra -en la mano! «¡Alá lo quiere! ¡obedece, temblorosa -criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón -el Profeta cuando coloca una tropa -al través de la calle y hiere indistintamente -al justo y al culpable sin dignarse siquiera -dar explicaciones! ¡Obedece, temblorosa -criatura, y <i>guárdate de querer</i>, -porque eso no es cosa tuya!... ¡Oh, jamás! -¡jamás perdonaría yo a la vieja!</p> - -<p>Tenía los cabellos empapados en sudor, -sus labios secos se agitaban y su mirada -inmóvil no se apartaba del techo.</p> - -<p>—¡Cuánto amaba yo a mi madre y a -mi hermana! ¿De qué procede que ahora -las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, -no puedo soportarlas cerca -de mí! Hace poco me he acercado a mi -madre y la he besado, bien me acuerdo; -¡abrazarla pensando que si ella supiese...! -¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo -que si volviera a la vida la mataría otra -vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó -allí la casualidad? Es extraño, sin embargo, -que piense en ella, como si no la -hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres -criaturas de ojos azules!... ¿Por qué no -lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas -resignadas, todo lo aceptan en silencio... -¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!</p> - -<p>Perdió la conciencia de sí mismo y con -gran sorpresa advirtió que estaba en la -calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban -las tinieblas, la luna llena brillaba con -resplandor cada vez más vivo, pero la atmósfera -era sofocante. Había mucha gente -en las calles; los obreros y los hombres -ocupados volvían apresuradamente a sus -casas; los otros se paseaban. Flotaba en -la atmósfera olor de cal, de polvo, de -agua cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado -y preocupado. Recordaba perfectamente -que había salido de su casa -con algún objeto, que tenía que hacer -una cosa urgente; ¿pero cual? La había -olvidado. Bruscamente advirtió que des<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>de -la acera de enfrente un hombre le hacía -señas con la mano; cruzó la calle -para juntarse con él, pero, de repente, -este hombre giró sobre sus talones, y, -como si tal cosa, continuó su marcha -con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer -que llamaba a Raskolnikoff. «¿Me -habré engañado?»—pensó este último, -y se puso a seguirle. Antes de haber andado -diez pasos, lo reconoció de improviso -y se aterró: era el burgués de antes, -encorvado, con el mismo traje. Raskolnikoff, -cuyo corazón latía con fuerza, -marchaba a alguna distancia; entraron -en un <i>pereulok</i>. El hombre no se volvía. -«¿Sabe que le sigo?»—se preguntaba Raskolnikoff. -El burgués franqueó el umbral -de una gran casa. Raskolnikoff avanzó -vivamente hacia la puerta y se puso a -mirar, pensando que quizá aquel misterioso -personaje se volvería para llamarle. -En efecto, cuando el burgués estuvo en -el zaguán, se volvió bruscamente y pareció -llamar con un gesto al joven. Este se -apresuró a entrar en la casa; pero cuando -estuvo en el patio no vió al burgués. Presumiendo -que aquel hombre habría tomado -por la primera escalera, Raskolnikoff -se puso a subir detrás de él. En efecto, -dos pisos más arriba se oían resonar -los pasos lentos y regulares en los peldaños. -Cosa extraña; le parecía reconocer -aquella escalera. He aquí la ventana del -primer piso. La luz de la luna misteriosa -y triste, se filtraba al través del vidrio; -he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este es el -cuarto en que trabajaban los pintores. -¿Cómo no había reconocido en seguida -la casa?» Los pasos del hombre que le -precedía cesaron de oírse. «Se ha detenido -de seguro u ocultado en alguna parte. -He aquí el tercer piso: ¿subiré más arriba? -¡Qué silencio! ¡Este silencio es terrible!» -Sin embargo, siguió subiendo la escalera. -Le daba miedo el rumor de sus propios -pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! -El burgués se ha ocultado seguramente -aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que -daba al rellano estaba abierto de par en -par. Raskolnikoff reflexionó un instante; -después entró. Halló la antesala completamente -vacía y muy obscura. El joven -pasó a la sala marchando de puntillas. -La luz de la luna daba de lleno sobre esta -sala y la iluminaba por completo; el mobiliario -no había cambiado. Raskolnikoff -encontró en sus antiguos puestos las sillas, -el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. -Por la ventana se veía la luna, cuya -enorme faz redonda tenía un color cobrizo. -Largo tiempo esperó en medio de -un profundo silencio. De repente, oyó -un ruido seco, como el de una tabla que -se rompe. Después volvió a quedar todo -en silencio. Una mosca que se había despertado -fué volando a chocar contra el -vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. -En el mismo instante, en un rincón, -entre el armarito y la ventana creyó -notar que había un manto de mujer colgado -en la pared. «¿Por qué está este -manto aquí?—pensó—; antes no estaba.» -Se aproximó cautelosamente sospechando -que tras de aquel vestido debía de -haber alguien oculto. Apartando con -precaución el manto, vió que había allí -una silla, y en esta silla, en el rincón, -estaba la vieja. Estaba doblada y de tal -modo inclinada tenía la cabeza, que el joven -no pudo ver la cara; pero comprendió -que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»—se -dijo Raskolnikoff. Sacó suavemente -el hacha del nudo corredizo y -le dió dos golpes en la coronilla; pero, -cosa extraña, la vieja no vaciló bajo los -golpes: se hubiera dicho que era de madera. -Estupefacto el joven, se inclinó hacia -ella para examinarla, pero la vieja bajó -aún más la cabeza. Entonces él se inclinó -hasta el suelo, la miró de abajo arriba -y al ver su rostro se quedó espantado: -la vieja se reía, sí, reía, con risa silenciosa, -haciendo grandes esfuerzos para que -no se la oyese. De repente le pareció a -Raskolnikoff que la puerta de la alcoba -estaba abierta y que allí también se reían -y hablaban en voz baja. Se puso entonces -rabioso y comenzó a descargar hachazos -con toda su fuerza, sobre la cabeza -de la vieja; pero a cada hachazo las risas -y los cuchicheos de la alcoba se oían más -distintamente; en cuanto a la vieja, -se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda -la antesala se había llenado de gente; la -puerta que daba sobre el descansillo estaba -abierta; en éste y en la escalera había, -desde arriba hasta abajo, multitud -de individuos. Todos miraban, pero sin<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span> -pronunciar palabra. Tenía encogido el -corazón y parecía que se le habían clavado -los pies en el suelo; quiso gritar y se -despertó.</p> - -<p>Respiró con fuerza; pero creía que aun -estaba soñando cuando vió en pie en el -umbral de su puerta, abierta del todo, -a un hombre a quien no conocía y que le -miraba con atención.</p> - -<p>Raskolnikoff no había acabado de -abrir los ojos cuando los volvió a cerrar -en seguida. Tendido como estaba boca -arriba no se movió. «Esta es la continuación -de mi sueño»—pensó mientras abría -casi imperceptiblemente los párpados -para fijar una tímida mirada en el desconocido. -Este, siempre en el mismo puesto, -no cesaba de observarle. Después entró, -cerró la puerta detrás de sí, se aproximó -a la mesa, y después de haber esperado -un minuto, se sentó en una silla -cerca del sofá. Durante todo este tiempo -no había cesado de mirar a Raskolnikoff. -Luego puso el sombrero en el suelo, a su -lado, y apoyó ambas manos en el puño -del bastón y la barba en las manos, -como el que se prepara a una larga espera. -Por lo que Raskolnikoff había podido -juzgar de él en una mirada furtiva, -aquel hombre no era joven; parecía robusto -y tenía la barba espesa, de un -color rubio casi blanco.</p> - -<p>Pasaron así diez minutos. Era aún de -día, pero tarde; en la habitación reinaba -el más profundo silencio; en la escalera -no sonaba tampoco ruido alguno, no se -oía más que el ruido de un moscardón -que al volar había chocado contra la -ventana. Al fin, esta situación se hizo -insoportable; Raskolnikoff no pudo más -y se sentó de pronto en el sofá.</p> - -<p>—Vamos, hable usted; ¿qué es lo que -quiere?</p> - -<p>—Bien sabía que su sueño no era más -que una ficción—respondió el desconocido -con sonrisa tranquila—. Permítame -usted que me presente: Arcadio Ivanovitch -Svidrigailoff...</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span></p> - - - - -<h2>CUARTA PARTE</h2> - - -<h3>I.</h3></div> - -<p>—¿Estoy bien despierto?—pensó de -nuevo Raskolnikoff, mirando desconfiadamente -al inesperado visitante—. ¿Svidrigailoff? -¡No puede ser de ningún modo!—dijo -al cabo en voz alta, no atreviéndose -a dar crédito a sus oídos.</p> - -<p>Esta exclamación pareció no sorprender -a su extraño visitante.</p> - -<p>—He venido a casa de usted por dos -razones: primera, por conocerle personalmente, -porque desde hace mucho -tiempo he oído hablar a menudo y en -términos muy halagadores de usted; y -después, porque espero que no me negará -su concurso en una empresa que tiene -relación directa con los intereses de su -hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin -recomendación, me costaría mucho trabajo -ser recibido por ella, puesto que está -prevenida contra mí; pero, presentado -por usted, la cosa varía.</p> - -<p>—Se engaña usted al contar conmigo—replicó -Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras? -Permita usted que se lo pregunte.</p> - -<p>Raskolnikoff no contestó.</p> - -<p>—Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo -llegué anteayer. Escuche usted, Rodión -Romanovitch, lo que tengo que decirle -a este propósito; creo superfluo justificarme; -pero permítame que le pregunte: -¿Qué hay, en rigor, en todo esto de particularmente -culpable por mi parte, si -se aprecian las cosas con serenidad y sin -prejuicios?</p> - -<p>Raskolnikoff continuaba examinándole -sin despegar los labios.</p> - -<p>—Me dirá usted que he perseguido en -mi casa a una joven sin defensa y que «la -he insultado con proposiciones deshonrosas». -(Quiero adelantarme a la acusación.) -Pero considere usted que soy hombre, <i>el -nihil humanum</i>... en una palabra, que -soy susceptible de ceder a un arrebato, -de enamorarme, cosa independiente de la -voluntad. De esta manera todo se explicará -del modo más natural del mundo. -La cuestión estriba en esto: ¿Soy un -monstruo o una víctima? Ciertamente -soy una víctima. Cuando yo proponía a -mi adorada que huyera conmigo a América -o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona -los más respetuosos sentimientos -y pensaba en asegurar nuestra común felicidad... -La razón es la esclava de la pasión; -yo he sido el principalmente perjudicado.</p> - -<p>—No se trata, en modo alguno, de eso—replicó -Raskolnikoff con sequedad—. -Tenga usted razón o no, me es usted completamente -odioso. No quiero conocer a -usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de -aquí!...</p> - -<p>Svidrigailoff soltó una carcajada.</p> - -<p>—No hay medio de engañar a usted—dijo -con franca alegría—; quería echármelas -de ingenioso, pero con usted no -sirve.</p> - -<p>—¿Todavía quiere usted embromarme?</p> - -<p>—Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?—repitió -su interlocutor, riéndose con toda -su alma—; en buena guerra, como dicen -los franceses, la malicia no tiene nada de -ilícita... Pero usted no me ha dejado aca<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>bar. -Volviendo a lo que hace un momento -decía, nada desagradable ha pasado, sino -el incidente del jardín. Marfa Petrovna...</p> - -<p>—Se dice también que usted ha matado -a su esposa—dijo, interrumpiéndole -brutalmente Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de -eso? Realmente nada tiene de asombroso... -Pues bien, respecto a la pregunta -que usted me hace, no sé, en verdad, qué -decirle, puesto que tengo la conciencia -muy tranquila. No vaya usted a creer -que temo las consecuencias; todas las formalidades -de costumbre se han cumplido -minuciosamente. El informe de los médicos -ha demostrado que mi esposa murió -de un ataque de apoplejía, producido por -un baño tomado inmediatamente después -de una abundante comida, rociada -con una botella de vino; es lo único que -ha podido descubrirse... Por esa parte -nada me inquieta. Muchas veces, sobre -todo cuando venía en el tren, camino de -San Petersburgo, me he preguntado si -habría yo contribuído, moralmente, por -supuesto, a esa... desgracia, sea causando -la desesperación de mi mujer, sea de alguna -otra manera semejante; pero he -acabado por convencerme de que no ha -habido ni sombra de eso.</p> - -<p>Raskolnikoff se echó a reír.</p> - -<p>—¿De modo que esto le divierte...?</p> - -<p>—Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente -le di dos latigazos sin importancia que -no le dejaron señal alguna... No me tenga -usted, se lo ruego, por un hombre cínico; -sé muy bien que eso de los latigazos es -una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro -que mis accesos de brutalidad no -desagradaban del todo a Marfa Petrovna. -Cuando ocurrió lo de su hermana de usted, -mi mujer se fué con el cuento por toda -la ciudad y fastidió a cuantos la conocían -por la famosa carta (ya sabrá usted, -sin duda, que se la leía a todo el mundo); -de modo que los dos latigazos fueron -propinados muy oportunamente.</p> - -<p>A Raskolnikoff le dieron intenciones -de levantarse, y salir, a fin de cortar por -lo sano la conversación; pero cierta curiosidad -y una especie de cálculo le decidieron -a tener un poco de paciencia.</p> - -<p>—¿Le gusta a usted manejar el látigo?—dijo -con aire distraído.</p> - -<p>—No mucho—respondió tranquilamente -Svidrigailoff—. Casi nunca habíamos -reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy -buena armonía, y ella estaba siempre contenta -de mí. Durante siete años de vida -conyugal, no me serví del látigo más que -dos veces (prescindiendo de otra ocasión -que por lo demás fué un caso bastante -ambiguo); la primera, ocurrió dos meses -después de nuestro matrimonio, en el momento -en que acabábamos de instalarnos -en el campo; la segunda, y última, fué -en las circunstancias que recordaba hace -un momento. Usted me consideraba ya -como un monstruo, como un retrógrado, -como un partidario de la servidumbre. -¡Ja, ja, ja!</p> - -<p>Raskolnikoff estaba convencido de -que aquel hombre tenía un plan muy madurado -y que todo aquello era fina astucia.</p> - -<p>—Debe usted haber pasado muchos -días sin hablar con nadie—dijo el joven.</p> - -<p>—Algo de verdad hay en esa suposición; -pero usted se asombra, ¿no es cierto, -de hallarme de tan buen humor?</p> - -<p>—Y hasta me parece demasiado bueno...</p> - -<p>—¿Porque no me he formalizado con -la grosería de las preguntas de usted? -¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? -Como usted me ha preguntado le he respondido—contestó -Svidrigailoff con una -singular expresión de franqueza—. En -verdad, yo no me intereso, digámoslo así, -por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada -me preocupa. Por lo demás, libre es usted -de pensar que abrigo propósitos interesados -para captarme sus simpatías, -tanto más cuanto que tengo ciertas miras -respecto a su hermana, como ya se lo he -declarado. Pero, francamente se lo digo, -¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace -tres días, que tengo intenciones de venir -a ver a usted... No se incomode, Rodión -Romanovitch, me parecía usted muy -raro. En efecto, advierto en usted algo -extraordinario y ahora principalmente, -es decir, no en este mismo momento, sino -desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, -no frunza usted el ceño... No soy tan -oso como usted cree...</p> - -<p>—No lo tengo por oso—dijo Raskolnikoff—; -más aún, me parece que es usted<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span> -un hombre de muy buena sociedad o, -por lo menos, que sabe usted ser, en llegando -la ocasión, <i>comme il faut</i>.</p> - -<p>—Me tiene sin cuidado la opinión de los -demás—contestó Svidrigailoff con tono -seco y ligeramente desdeñoso—; y además, -¿por qué no adoptar las maneras de -un hombre mal educado, especialmente -en un país en que son tan cómodas y, sobre -todo, cuando se tiene para ello propensión -natural?—añadió riendo.</p> - -<p>Raskolnikoff le miraba sombríamente.</p> - -<p>—He oído decir que conoce usted a mucha -gente—le dijo—. No es usted lo que -se llama «un hombre sin relaciones». Siendo -esto así, ¿qué viene usted a hacer a -mi casa, si no tiene objeto determinado?</p> - -<p>—Es verdad, como usted dice, que tengo -aquí muchos conocimientos—repuso -el visitante sin responder a la principal -pregunta que se le había dirigido—; en -los tres días que llevo de corretear por la -capital, me he tropezado con muchos conocidos -y creo que también ellos han reparado -en mí. Visto de una manera conveniente, -y se me clasifica entre los que -nadan en la abundancia: la abolición de -la servidumbre no nos ha arruinado... Sin -embargo, no trato de reanudar mis antiguas -relaciones, porque me eran ya insoportables. -Estoy aquí desde anteayer y -no he querido ver a nadie. No; es menester -que la gente de los círculos y los parroquianos -del restaurant Dugsand se -priven de mi presencia. Por otra parte, -¿qué placer hay en hacer trampas en el -juego?</p> - -<p>—¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego?</p> - -<p>—¡Claro está! Hace ocho años formábamos -una verdadera sociedad (hombres -<i>comme il faut</i>, capitalistas y poetas), que -pasábamos el tiempo jugando a las cartas -y haciendo todas las trampas que podíamos. -¿Ha observado usted que en Rusia -las personas de buen tono son todas tramposas? -Pero en aquella época, un griego -de Niejin, a quien debía ya 70.000 rublos, -me hizo encarcelar por deudas. Entonces -se presentó Marfa Petrovna y mediante -30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor, -obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos -en legítimo matrimonio, y mi esposa se -apresuró a llevarme a sus posesiones para -ocultarme allí como un tesoro. Tenía cinco -años más que yo y me quería mucho. -Durante siete años no me he movido de -la aldea. Advierto a usted que toda su -vida mi señora guardó, a título de precaución -contra mí, la letra de cambio que -me había hecho firmar el griego y que ella -rescató valiéndose de un testaferro; si -hubiera tratado de sacudir el yugo, me -habría metido bonitamente en la cárcel. -A pesar de todo su afecto hacia mí, no -hubiera vacilado un momento; en las mujeres -se observan contradicciones como -ésta.</p> - -<p>—Si no le hubiera tenido así agarrado, -¿la habría dejado usted plantada?</p> - -<p>—No sé qué responderle. Ese documento -no me inquietaba mucho. No deseaba -ir a ninguna parte. Dos veces la -misma Marfa Petrovna, viendo que me -aburría, me animó a hacer un viaje por -el extranjero. Pero yo había visitado ya -a Europa y me había aburrido horriblemente. -Allí, sin duda, solicitan la admiración -los grandes espectáculos de la -Naturaleza; pero mientras contemplamos -un amanecer, el mar, la bahía de -Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio -sin saber por qué. ¿No es mejor estar -entre nosotros? Aquí, por lo menos, se -acusa a los demás de todo y se justifica -uno a sus propios ojos. Ahora haría de -buena gana una expedición al Polo ártico, -porque el vino, que era mi solo recurso, -ha acabado por disgustarme. No -quiero ya beber; he abusado de ello. Pero -se dice que hay una ascensión aerostática -el domingo en el jardín Jussupoff. Berg -intenta, según parece, emprender un -gran viaje aéreo y consiente en admitir -algunos pasajeros mediante cierto precio... -¿No es verdad?</p> - -<p>—¿Desea usted ir en globo?</p> - -<p>—¿Yo? No... sí...—murmuró Svidrigailoff, -que se había quedado pensativo.</p> - -<p>«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba -Raskolnikoff.</p> - -<p>—No, la letra de cambio no me inquietaba—dijo -Svidrigailoff—. Por mi gusto -permanecía en la aldea. Hará próximamente -un año, Marfa Petrovna, con motivo -de mi santo, me devolvió el papel -acompañado de una cantidad importante -a título de regalo. Tenía mucho dinero.<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span> -«Ya ves, Arcadio Ivanovitch, qué confianza -me inspiras», me dijo. Le aseguro -a usted que se expresaba así. ¿No lo cree -usted? He de decirle que yo cumplía muy -bien mis deberes de propietario rural; -era muy conocido en el país. Además, -para entretener mis ocios, encargaba libros. -Al principio, mi mujer aprobaba -mi afición a la lectura; pero más tarde -llegó a temer que me fatigase mi excesiva -aplicación.</p> - -<p>—Dispense usted—replicó molestado -Raskolnikoff—; déjese de todo eso, y dígame, -si quiere, el motivo de su visita, -tengo prisa y voy a salir...</p> - -<p>—Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia -Romanovna, va a casarse con Pedro -Petrovitch Ludjin?</p> - -<p>—Ruego a usted que deje a mi hermana -a un lado en esta entrevista y que -no pronuncie su nombre. Me asombra que -se atreva usted a pronunciarlo en mi presencia.</p> - -<p>—¿Cómo no nombrarla, si he venido -precisamente para hablar a usted de ella?</p> - -<p>—Está bien; haga usted el favor de -terminar cuanto antes.</p> - -<p>—Ese señor Ludjin es algo pariente -mío, por parte de mi difunta esposa. Estoy -seguro de que usted tiene ya formada -opinión acerca de él si es que le ha visto, -aunque no haya sido más que media -hora, o si le ha hablado a usted de él alguna -persona digna de crédito. No es un -partido conveniente para Advocia Romanovna. -Estoy convencido de que su -hermana de usted se sacrifica de una manera -tan magnánima como inconsiderada; -se inmola por... su familia. Después -de lo que he sabido respecto a usted, pensaba -que vería con gusto la ruptura de ese -matrimonio, siempre que no perjudicase -a los intereses de su hermana. Ahora que -le conozco personalmente, no tengo ninguna -duda sobre el particular.</p> - -<p>—Por parte de usted eso es muy -cándido; perdone usted, quería decir muy -desvergonzado—replicó Raskolnikoff.</p> - -<p>—Según eso, Rodión Romanovitch, -me supone usted miras interesadas. Esté -tranquilo: si yo trabajase para mí -ocultaría mejor el juego; no soy tan imbécil. -Voy a este propósito a descubrirle -una particularidad psicológica. Hace poco -me acusaba de haber amado a su hermana -de usted, diciendo que había sido -yo su víctima. Pues bien, al presente -no siento ningún amor por ella, de tal -modo que me asombro de haber estado -seriamente enamorado...</p> - -<p>—Era un capricho de un hombre desocupado -y vicioso...</p> - -<p>—En efecto, soy un hombre desocupado -y vicioso. Por otra parte, su hermana -de usted posee mérito bastante para impresionar -a un libertino como yo; pero -todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente -ahora.</p> - -<p>—¿Y desde cuándo lo ha advertido -usted?</p> - -<p>—Ya lo sospechaba hace algún tiempo -y me he convencido definitivamente de -ello ayer, casi en el momento de llegar a -San Petersburgo. Pero en Moscou todavía -estaba decidido a obtener la mano de -Advocia Romanovna y a disputársela -como rival al señor Ludjin.</p> - -<p>—Perdone usted que le interrumpa. -¿No podría abreviar y decirme en seguida -el objeto de su visita? Le repito que tengo -prisa, que he de hacer varias cosas...</p> - -<p>—Con mucho gusto. Determinado ahora -a emprender cierto viaje, quisiera antes -arreglar varios asuntos. Mis hijos están -en casa de su tía, son ricos y no me -necesitan para nada. Por otra parte, -¿comprende usted que pueda representar -yo como es debido el papel de padre? No -he tomado más dinero que el que Marfa -Petrovna me regaló hace un año; ese -dinero me basta. Dispénseme usted, voy -al grano. Antes de ponerme en camino -quiero acabar con el señor Ludjin. No es -que le deteste precisamente; pero él ha -sido la causa de mi última rencilla con -mi mujer; me incomodé cuando supe que -ella había concertado ese matrimonio. -Ahora me dirijo a usted para poder llegar -a presencia de Advocia Romanovna; usted -puede, si le parece, asistir a nuestra -entrevista. En primer lugar desearía poner -ante los ojos de su hermana todos los -inconvenientes que resultarían para ella -de su enlace con Ludjin. Le suplicaría -después que me perdonase por los disgustos -que le he causado, y le pediría permiso -para ofrecerle 10.000 rublos, lo que la -indemnizaría de una ruptura con el señor<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span> -Ludjin, ruptura que, estoy seguro de ello, -no repugnaría a su hermana de usted si -viera la posibilidad de realizarla.</p> - -<p>—¡Está usted loco, rematadamente loco!—exclamó -Raskolnikoff con más sorpresa -que cólera—. ¿Cómo se atreve a hablar -de esa manera?</p> - -<p>—Sabía perfectamente que iba usted a -ponerse hecho una furia; pero comenzaré -haciéndole observar que, aun no siendo -rico, puedo disponer, sin embargo, de -esos 10.000 rublos; quiero decir, que no -los necesito. Si Advocia Romanovna no -los acepta, sabe Dios el estúpido empleo -que les daría. En segundo lugar, mi conciencia -está completamente tranquila; en -mi ofrecimiento no entra para nada el -cálculo; créanlo o no lo crean, el porvenir -se lo demostrará a usted y a Advocia -Romanovna. En resumen, he molestado -excesivamente a su honradísima hermana -de usted; he experimentado un sincero -pesar por lo ocurrido, y ansío no reparar -por una compensación pecuniaria las contrariedades -que le he ocasionado, sino hacerle -un servicio insignificante, para que -no se diga que sólo la he hecho mal. Si -mi ofrecimiento ocultase alguna segunda -intención, no lo haría tan francamente y -no me limitaría a ofrecer 10.000 rublos, -cuando le ofrecí mucho más hace cinco -semanas. Por otra parte, yo pienso casarme -con una joven dentro de poco, así -que no puede sospecharse que yo quiera -seducir a Advocia Romanovna. En suma, -diré a usted que si se casa con el señor -Ludjin, Advocia Romanovna recibirá -esa misma cantidad, sólo que por otro -conducto... No se incomode, señor Raskolnikoff; -juzgue usted las cosas con calma -y sangre fría.</p> - -<p>Svidrigailoff había pronunciado estas -palabras con extraordinaria calma.</p> - -<p>—Suplico a usted que no siga—repuso -Raskolnikoff—; la proposición de usted -es una insolencia imperdonable.</p> - -<p>—No hay tal cosa. Según eso, el hombre -en este mundo sólo puede hacer mal -a sus semejantes; en cambio no tiene derecho -a hacer el menor bien. Las conveniencias -sociales se oponen a ello. Eso -es absurdo. Si yo, por ejemplo, muriese -y dejase en mi testamento esa cantidad a -su hermana de usted, ¿la rehusaría?</p> - -<p>—Es muy probable.</p> - -<p>—No hablemos más. Sea como quiera, -suplico a usted que transmita mi demanda -a Advocia Romanovna.</p> - -<p>—No lo haré.</p> - -<p>—En ese caso será necesario, Rodión -Romanovitch, que yo trate de encontrarme -frente a frente con ella, lo que no podré -hacer sin inquietarla.</p> - -<p>—Y si yo le comunico su pretensión, -¿no hará usted nada por verla?</p> - -<p>—No sé qué contestarle; deseo vivamente -hablar con ella aunque sea nada -más que una vez.</p> - -<p>—No lo espere usted.</p> - -<p>—Tanto peor. Por lo demás, usted no -me conoce. Quizá se establezcan entre -nosotros relaciones amistosas.</p> - -<p>—¿Usted cree...?</p> - -<p>—¿Por qué no?—dijo sonriendo Svidrigailoff, -y levantándose tomó el sombrero—; -no es que yo quiera imponerme a -usted; aunque he venido aquí, no confiaba -demasiado... Esta mañana me chocó...</p> - -<p>—¿Dónde me ha visto usted esta mañana?—preguntó -Raskolnikoff con inquietud.</p> - -<p>—Le he visto por casualidad. Me parece -que somos dos frutos del mismo árbol.</p> - -<p>—Está bien; permítame usted que le -pregunte si piensa usted emprender pronto -ese viaje.</p> - -<p>—¿Qué viaje?</p> - -<p>—El de que me ha hablado hace un -momento.</p> - -<p>—¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, -en efecto!... ¡Si supiese usted qué cuestión -acaba de plantearme!—añadió con -amarga sonrisa—, quizá en lugar de hacer -ese viaje me casaré. Se está negociando -un matrimonio para mí.</p> - -<p>—¿Aquí?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No ha perdido usted el tiempo desde -su llegada a San Petersburgo.</p> - -<p>—¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. -Diga usted a su hermana que -Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. -Es la pura verdad. Mi mujer hizo testamento -en mi presencia ocho días antes de -su muerte. De aquí a dos o tres semanas, -Advocia Romanovna podrá entrar en posesión -de ese legado.</p> - -<p>—¿Eso es verdad?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span></p> - -<p>—Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. -Vivo muy cerca de aquí.</p> - -<p>Al salir Svidrigailoff se cruzó en el -umbral con Razumikin.</p> - - -<div class="chapter"><h3>II.</h3></div> - -<p>Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron -en seguida en dirección a la casa de -Bakalaieff, deseosos de llegar antes que -Ludjin.</p> - -<p>—¿Quién es ése que salía al entrar yo -en tu cuarto?—preguntó Razumikin -cuando estuvieron en la calle.</p> - -<p>—Svidrigailoff, el propietario en cuya -casa estuvo mi hermana de institutriz y -de donde tuvo que salir porque el dueño -la requería de amores. Marfa Petrovna, -la mujer de ese señor, la puso a la puerta. -Más tarde, esa misma Marfa Petrovna -pidió perdón a Dunia. Esa señora ha -muerto repentinamente hace pocos días; -de ella hablaba mi madre esta tarde. No -sé por qué me da mucho miedo ese hombre. -Es un tipo muy original y, por añadidura, -ha tomado una firme resolución. -Cualquiera diría que sabe algo... Ha llegado -a San Petersburgo en cuanto se celebraron -los funerales de su mujer... Es -preciso proteger a Dunia contra él. Eso es -lo que yo quería decirte, ¿entiendes?</p> - -<p>—¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra -Advocia Romanovna? Te agradezco -que me hayas dicho eso... La protegeremos, -puedes estar tranquilo... ¿Dónde -vive?</p> - -<p>—No lo sé.</p> - -<p>—¿Por qué no se lo has preguntado? -Pero no importa, yo le encontraré.</p> - -<p>—¿Le has visto?—preguntó Raskolnikoff -después de una pausa.</p> - -<p>—Sí, le he examinado de pies a cabeza -y te aseguro que no se me despintará.</p> - -<p>—¿No le confundirás con otro? ¿Le has -visto distintamente?—insistió Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y -le conocería entre mil. Soy buen fisonomista.</p> - -<p>Se callaron de nuevo.</p> - -<p>—¡Hum!—exclamó Raskolnikoff—. Me -parece que soy víctima de alguna alucinación.</p> - -<p>—¿Por qué dices eso?</p> - -<p>—He aquí—prosiguió Raskolnikoff con -una mueca que tendía a ser sonrisa—, -que decís que estoy loco y voy creyendo -que es verdad...</p> - -<p>—Vamos, déjate de tonterías y escucha -lo que he hecho—interrumpió Razumikin—. -Entré en tu cuarto y te encontré -durmiendo. En seguida comimos, después -de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch. -Zametoff estaba todavía en su casa. Quise -hablar en debida forma y no fuí afortunado -en mi exordio. No acertaba a entrar -en materia; parecía que no entendía, pero -me demostraban, por otra parte, la mayor -flema. Llevé a Porfirio cerca de una -ventana y me puse a hablarle; pero tampoco -estuve muy feliz. El miraba de un -lado y yo de otro. Por último, le aproximé -el puño a las narices y le dije que le -iba a reventar. Porfirio se contentó con -mirarme en silencio. Yo escupí y me marché. -Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. -Con Zametoff no cambié ni una palabra. -Me daba a los diablos por mi estúpida -conducta; pero me he consolado con una -reflexión; al bajar la escalera me dije: -¿Vale la pena que tú y yo nos preocupemos -de ese modo? Si algún peligro te -amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué -tienes tú que temer? No eres culpable; -luego no debes inquietarte de lo que piensen -ellos. Más tarde nos burlaremos de su -necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos -el haberse equivocado tan groseramente! -No te preocupes; ya les sentaremos la -mano; mas por el momento, limitémonos -a reír de sus tonterías.</p> - -<p>—Es verdad—respondió Raskolnikoff—. -¿Pero qué dirás tú mañana?—añadió -para si.</p> - -<p>¡Cosa extraña! Hasta entonces no se -le había ocurrido ni una vez preguntarse: -«¿Qué pensará Razumikin cuando sepa -que soy culpable?» Al ocurrírsele esta idea -miró fijamente a su amigo. El relato de -su visita a Porfirio le había interesado -muy poco; otras cosas le preocupaban -en aquel momento.</p> - -<p>En el corredor encontraron a Ludjin -que había llegado a las ocho en punto; -pero había perdido algún tiempo en buscar -el número; de modo que los tres entraron -juntos sin mirarse ni saludarse.<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span> -Los jóvenes se presentaron los primeros. -Pedro Petrovitch, siempre fiel a las conveniencias, -se detuvo un momento en la -antesala para quitarse el gabán. Pulkeria -Alexandrovna se dirigió en seguida a él. -Dunia y Raskolnikoff se estrecharon la -mano.</p> - -<p>Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a -las señoras de manera bastante cortés, -aunque con gravedad extremada. Parecía, -sin embargo, algo desconcertado. -Pulkeria Alexandrovna, que estaba también -algo molesta, se apresuró a hacer -sentar a todo el mundo alrededor de la -mesa, donde estaba colocado el samovar. -Dunia y Ludjin tomaron asiento uno -frente al otro, en los dos extremos de la -mesa. Razumikin y Raskolnikoff se sentaron -también al frente de la mesa: el primero, -al lado de Ludjin; el segundo, cerca -de su hermana.</p> - -<p>Hubo un instante de silencio. Pedro -Petrovitch sacó pausadamente un pañuelo -de batista perfumado y se sonó. -Sus maneras eran, sin duda, las de un -hombre benévolo, pero un poco herido -en su dignidad y firmemente resuelto a -exigir explicaciones. En la antesala, en -el momento de quitarse el gabán, se preguntaba -si no sería el castigo para -las dos señoritas retirarse inmediatamente. -Sin embargo, no había ejecutado esa -idea, porque le gustaban las situaciones -claras; así, pues, existía un punto que -permanecía oculto para él; puesto que se -había desairado abiertamente su prohibición, -debía de haber algún motivo para -ello. Mejor era tirar adelante, poner las -cosas en claro; siempre habría tiempo de -aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado -sería menos seguro.</p> - -<p>—Me alegraré que el viaje de usted -haya sido feliz—dijo por cortesía a Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>—Sí que lo ha sido, gracias a Dios.</p> - -<p>—Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, -¿se ha fatigado?</p> - -<p>—Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; -mas para mamá este viaje ha sido muy -penoso—respondió Dunia.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted? Nuestros caminos -provinciales son muy largos. Rusia -es grande... A pesar de mis deseos, no -pude ir a recibir a ustedes. Espero, sin -embargo, que no se habrán visto en ningún -apuro.</p> - -<p>—¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; -nos hemos encontrado en una situación -muy difícil—dijo con una entonación -particular Pulkeria Alexandrovna—; -y si Dios no nos hubiese deparado -ayer a Demetrio Prokofitch, no sé qué -hubiera sido de nosotras. Permita usted -que le presente a nuestro salvador Demetrio -Prokofitch Razumikin.</p> - -<p>—¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...—balbuceó -Ludjin echando una oblicua y malévola -mirada al joven; después frunció -el entrecejo y calló.</p> - -<p>Pedro Petrovitch era una de esas personas -que se esfuerzan por ser amables y -vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia -de cualquier contrariedad pierden -súbitamente la serenidad, hasta el -punto de parecer más bien sacos de harina -que despejados caballeros. El silencio -volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff -se encerraba en un obstinado mutismo. -Advocia Romanovna juzgaba que -no había llegado para ella el momento de -hablar. Razumikin nada tenía que decir, -de modo que Pulkeria Alexandrovna se -vió en la necesidad penosa de reanudar -otra vez la conversación.</p> - -<p>—¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha -muerto?—dijo.</p> - -<p>—Me lo comunicaron, y puedo, además, -decir a ustedes que inmediatamente después -del entierro de su mujer, Arcadio -Ivanovitch Svidrigailoff se ha venido a -San Petersburgo. Sé de buena tinta esa -noticia.</p> - -<p>—¿En San Petersburgo? ¿Aquí?—preguntó -alarmada Dunia, y cambió una -mirada con su madre.</p> - -<p>—Precisamente, y debe suponerse que -ha venido con alguna intención; la precipitación -de su partida y el conjunto de -circunstancias precedentes lo hacen creer -así.</p> - -<p>—¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí -venga a acosar a Dunetshka?—exclamó -Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—Me parece que ni la una ni la otra -deben ustedes inquietarse mucho de su -presencia en San Petersburgo, en el caso, -por supuesto, de que ustedes quieran evitar -toda especie de relaciones; por mi par<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span>te -estaré con ojo avizor y sabré pronto -dónde se hospeda.</p> - -<p>—¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede -imaginarse hasta qué punto me ha -asustado—repuso Pulkeria Alexandrovna—. -Sólo le he visto dos veces y me pareció -terrible. Segura estoy de que ha -causado la muerte de la pobre Marfa -Petrovna.</p> - -<p>—Las noticias exactas no autorizan a -suponer tal cosa. Por lo demás, no niego -que su mal proceder no haya podido, en -cierto modo y en cierta medida, apresurar -el curso natural de las cosas. En cuanto -a la conducta y en general a la característica -moral del personaje, estoy de -acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico -y lo que su mujer ha podido dejarle: lo -sabré dentro de poco. Lo que tengo por -cierto es que, encontrándose aquí en San -Petersburgo, no tardará en volver a su -antigua vida, aunque tenga muy pocos -medios pecuniarios. Es el hombre más -perdido, vicioso y depravado que existe. -Tengo motivos para creer que Marfa Petrovna, -la cual tuvo la desgracia de enamorarse -de él y que pagó sus deudas hace -ocho años, le ha sido útil también en algún -otro sentido. A fuerza de gestiones -y sacrificios logró que se diese carpetazo -a una causa criminal que podía haber dado -en Siberia con el señor Svidrigailoff. -Se trataba nada menos que de un asesinato -cometido en condiciones particularmente -espantosas y, por decirlo así, fantásticas. -Tal es ese hombre, si ustedes deseaban -saberlo.</p> - -<p>—¡Ah, señor!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>Raskolnikoff escuchaba atentamente.</p> - -<p>—¿Usted habla, dice, según datos ciertos?—preguntó -con tono severo Dunia.</p> - -<p>—Me limito a repetir lo que oí de labios -mismos de Marfa Petrovna. Hay que -advertir que, desde el punto de vista jurídico, -este asunto es muy obscuro. En -aquel tiempo habitaba aquí, y parece que -vive todavía, cierta extranjera llamada -Reslich que prestaba dinero con módico -interés y ejercía otros diversos oficios. -Entre esta mujer y Svidrigailoff existían, -desde hacía largo tiempo, relaciones tan -íntimas como misteriosas. Vivía con ella -una parienta lejana, una sobrina, joven -de quince años o de catorce, que era sordomuda. -La Reslich no podía sufrir a -esta muchacha: le echaba en cara cada -pedazo de pan que la pobre comía y la -maltrataba con inaudita crueldad. Un -día se encontró a la infeliz muchacha -ahorcada en el granero. La sumaria acostumbrada -dió por resultado una comprobación -de suicidio, y todo parecía haber -terminado aquí, cuando la policía recibió -aviso de que la joven había sido violada -por Svidrigailoff. En verdad, todo esto -era obscuro. La denuncia emanaba de -otra alemana, mujer de notoria inmoralidad -y cuyo testimonio no podía ser de -gran crédito. En una palabra: no hubo -proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña, -prodigó el dinero y logró echar tierra -al asunto; pero no dejaron de correr -con aquel motivo los más graves rumores -acerca de Svidrigailoff. En el tiempo en -que usted estuvo en su casa, Advocia -Romanovna, habrá oído contar, sin duda, -la historia de su criado Philipo, muerto -a causa de los malos tratamientos de -su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando -aun existía la servidumbre.</p> - -<p>—Oí decir, por el contrario, que ese -Philipo se había ahorcado.</p> - -<p>—Perfectamente; pero se vió reducido, -o por mejor decir, impulsado a darse la -muerte por las brutalidades incesantes y -los malos tratamientos sistemáticos de -su amo.</p> - -<p>—Lo ignoraba—respondió secamente -Dunia—. Oí, sí, contar acerca de eso una -historia muy extraña. Parece que el tal -Philipo era un hipocondríaco, una especie -de criado filósofo. Sus compañeros -decían que la lectura le había turbado el -entendimiento, y, a creerlos, se había -ahorcado para huir, no de los golpes, sino -de las burlas del señor Svidrigailoff. Le -vi tratar muy humanamente a sus servidores -y era muy amado de ellos, aunque -le imputaban, en efecto, la muerte de -Philipo.</p> - -<p>—Veo, Advocia Romanovna, que tiende -usted a justificarle—repuso Ludjin con -una sonrisa agridulce—. Verdad es que -le tengo por hombre muy hábil para insinuarse -en el corazón de las señoras. La -pobre Marfa Petrovna, que acaba de morir -en circunstancias muy extrañas, es<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span> -una lamentable prueba de ello. Yo sólo -trato de advertírselo a usted y a su mamá -en previsión de las tentativas que de -seguro no dejará de renovar. Por otra -parte, estoy firmemente convencido de -que ese hombre acabará en la prisión por -deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado -en el porvenir de sus hijos para tener -el propósito de asegurar a su marido -una parte importante de su fortuna. Es -de suponer que le habrá dejado lo suficiente -para vivir con decorosa modestia; pero -con sus costumbres disipadas se lo comerá -todo antes de un año.</p> - -<p>—Suplico a usted que no hablemos más -de Svidrigailoff. Eso me es desagradable—dijo -Dunia.</p> - -<p>—Ha estado en mi casa hace un rato—dijo -bruscamente Raskolnikoff, que hasta -entonces no había despegado los labios.</p> - -<p>Todos se volvieron hacia él con exclamaciones -de sorpresa; hasta el mismo Pedro -Petrovitch se quedó algo pasmado.</p> - -<p>—Hace media hora, mientras yo dormía, -entró en mi cuarto, y después de -despertarme se presentó él mismo. Estaba -bastante contento y alegre; espera que -yo he de hacerme amigo suyo, y, entre -otras cosas, solicita una entrevista contigo -para decirte que Marfa Petrovna, -ocho días antes de su muerte, te había -dejado en su testamento tres mil rublos, -cantidad que recibirás en breve plazo.</p> - -<p>—¡Alabado sea Dios!—exclamó Pulkeria -Alexandrovna, e hizo la señal de la -cruz—. ¡Reza por ella, Dunia, reza!</p> - -<p>—El hecho es exacto—no pudo menos -de afirmar Ludjin.</p> - -<p>—¿Y después?—preguntó vivamente -Dunia.</p> - -<p>—Después me dijo que no era rico, -que toda su fortuna pasaba a sus hijos, -los cuales están ahora en casa de su tía. -También me contó que se hospedaba -cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no -se lo he preguntado.</p> - -<p>—¿Qué otra cosa tiene que decir a -Dunia?—preguntó con inquietud Pulkeria -Alexandrovna—. ¿Te lo ha dicho?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y qué?</p> - -<p>—Lo diré luego.</p> - -<p>Después de esta respuesta, Raskolnikoff -se puso a tomar el te.</p> - -<p>Pedro Petrovitch miró el reloj.</p> - -<p>—Un negocio urgente me obliga a dejar -a ustedes, y de este modo no interrumpiré -su conferencia—añadió un poco molesto, -y al decir estas palabras se levantó.</p> - -<p>—Quédese usted, Pedro Petrovitch—dijo -Dunia—. Usted tenía intención de -dedicarnos la velada. Además, nos ha -escrito diciéndonos que deseaba tener una -explicación con mamá.</p> - -<p>—Es verdad, Advocia Romanovna—respondió -con tono punzante Pedro Petrovitch, -que se sentó a medias, conservando -el sombrero en la mano—; deseaba, -en efecto, tener una explicación con -su madre y con usted, sobre algunos puntos -de suma gravedad. Pero como su hermano -no puede explicarse delante de mí -acerca de ciertas proposiciones hechas por -Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme -ante una tercera persona... sobre -ciertos puntos de extrema importancia. -Por otra parte, ya había expresado -en términos formales mi deseo, que no -se ha tenido en cuenta.</p> - -<p>Las facciones de Ludjin tomaron una -expresión dura y altanera.</p> - -<p>—Ha pedido usted, en efecto, que mi -hermano no asistiese a nuestra entrevista, -y si él no ha accedido a su deseo, ha -sido únicamente cediendo a mis instancias. -Usted nos ha escrito que había sido -insultado por nuestro hermano, y yo creo -que debe de haber en esto alguna mala -inteligencia y que tienen ustedes que -reconciliarse. Si verdaderamente Rodia le -ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, -y lo hará.</p> - -<p>Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch -se sintió menos dispuesto que nunca a -hacer concesiones.</p> - -<p>—A pesar de toda la buena voluntad -del mundo, Advocia Romanovna, es imposible -olvidar ciertas injurias. En todo -hay un límite que es peligroso traspasar, -porque una vez que se franquea, no se -puede retroceder.</p> - -<p>—¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, -Pedro Petrovitch—interrumpió -Dunia con voz conmovida—. Sea el hombre -inteligente y noble que yo siempre he -visto en usted y que quiero ver en adelante. -Le he hecho a usted una gran promesa. -Soy la esposa futura de usted. Confíe<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span> -en mí en este asunto y crea que puedo juzgar -con imparcialidad. El papel de árbitro -que me atribuyo en este momento es -una promesa tan grande para mi hermano -como para usted. Cuando hoy, después de -la carta de usted, le he suplicado que asistiera -a nuestra entrevista, no le dije cuáles -eran mis intenciones. Comprenda usted -que si rehusan reconciliarse me veré -forzada a optar por uno excluyendo al -otro. De tal modo se encuentra planteada -la cuestión a causa de ustedes dos. No -quiero ni debo engañarme en mi elección: -para usted es preciso que rompa con mi -hermano; para mi hermano es preciso que -rompa con usted. Menester es que esté -cierta de los sentimientos de ustedes. -Ahora deseo saber, de una parte, si tengo -en Rodia un hermano; de otra, si tengo -en usted un marido que me ama y me estima.</p> - -<p>—Advocia Romanovna—repuso Ludjin -amostazado—: su lenguaje da lugar -a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro -ofensivo, en vista de la situación -que tengo el honor de ocupar respecto de -usted. Prescindiendo de lo que hay de -mortificante para mí al verme colocado -al mismo nivel que un... orgulloso joven, -parece que usted admite como posible -la ruptura del matrimonio convenido entre -nosotros. Dice usted que tiene que -elegir entre su hermano y yo; por esto -mismo se ve lo poco que significo a los -ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa, -dadas nuestras relaciones y dados -nuestros compromisos recíprocos.</p> - -<p>—¡Cómo!—exclamó Dunia enrojeciendo -vivamente—. ¿Conque pongo el interés -de usted en la balanza con todo lo -que yo amo más en la vida, y se queja de -significar poco a mis ojos?</p> - -<p>Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. -Razumikin hizo una mueca; pero la respuesta -de la joven no calmó a Ludjin, -que a cada instante se ponía más pedante -e intratable.</p> - -<p>—El amor por el esposo, por el futuro -compañero de la vida, debe estar por encima -del amor fraternal—declaró sentenciosamente—; -en todo caso yo no puedo -admitir que se me coloque en la misma -línea... Aunque haya dicho hace un momento -que no quería ni podía explicarme -en presencia de su hermano acerca del -principal objeto de mi visita, hay un punto -de suma gravedad para mí que desearía -esclarecer en seguida con su señora -madre. Su hijo de usted—continuó dirigiéndose -a Pulkeria Alexandrovna—, -ayer, delante del señor Razumikin, ¿no -es éste el apellido de usted?, dispénseme -si he olvidado su nombre—dijo a éste -haciéndole un amable saludo—, me ha -ofendido, alterando una frase pronunciada -por mí el día que tomé café en casa de -ustedes. Dije yo que, en mi concepto, una -joven pobre y ya experimentada en la -desgracia ofrecía a un marido más garantías -de moralidad y dicha conyugal que -una persona que hubiese vivido siempre -en la abundancia. Su hijo de usted, con -deliberado propósito, ha dado significado -odioso a mis palabras y presumo que -se ha fundado para ello en alguna carta -de usted. Sería una gran satisfacción para -mí si usted me probase que estaba engañado. -Dígame con exactitud en qué términos -ha reproducido mi pensamiento al -escribir al señor Raskolnikoff.</p> - -<p>—Ya no me acuerdo—respondió algo -confusa Pulkeria Alexandrovna—; le manifesté -el pensamiento de usted, tal como -lo había comprendido. Ignoro cómo ha repetido -Rodia mi frase. Puede que haya -forzado mis términos...</p> - -<p>—No ha podido hacerlo más que inspirándose -en lo que usted haya escrito.</p> - -<p>—Pedro Petrovitch—replicó con dignidad -Pulkeria Alexandrovna—, la prueba -de que Dunia y yo no hemos tomado -a mala parte las palabras de usted, es -que estamos aquí.</p> - -<p>—¡Bien, mamá!—aprobó la joven.</p> - -<p>—¿De modo que soy yo el equivocado?—dijo -resentido Ludjin.</p> - -<p>—¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa -usted a Rodia sin tener en cuenta que en -su carta de hoy le atribuye usted un hecho -falso—prosiguió Pulkeria Alexandrovna, -muy animada por la aprobación que acababa -de manifestarle su hija.</p> - -<p>—No me acuerdo de haber escrito nada -falso.</p> - -<p>—Según la carta de usted—declaró -con tono áspero Raskolnikoff sin volverse -hacia Ludjin—, el dinero que entregué -ayer a la viuda de un hombre atropella<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>do -por un coche se lo había dado a su hija -(a quien veía entonces por primera vez). -Usted ha escrito eso con la intención, sin -duda, de indisponerme con mi familia, y -para conseguirlo mejor, ha calificado de -la manera más innoble la conducta de una -joven a quien usted no conocía. Esto es -una baja difamación.</p> - -<p>—Perdone usted, señor—respondió -Ludjin temblando de cólera—. Si en mi -carta me he extendido en lo que a usted se -refiere, ha sido porque su madre de usted -y su hermana me suplicaron que les dijese -cómo había encontrado a usted y qué -impresión me había usted producido. Por -otra parte, le desafío a que señale una -sola línea mentirosa en el pasaje en que -usted alude. ¿Negará usted, en efecto, -que ha dado su dinero? Y en cuanto a -la desgraciada familia de que se trata, -¿se atrevería usted a responder de la honradez -de todos sus miembros?</p> - -<p>—Toda la honradez de usted no vale -lo que el dedo meñique de la pobre joven -a quien arroja usted la primera piedra.</p> - -<p>—¿De modo que no vacilará usted en -ponerla en contacto con su madre y su -hermana?</p> - -<p>—Si lo desea usted saber, le diré que ya -lo he hecho. La he invitado a tomar asiento -al lado de mi madre y de Dunia.</p> - -<p>—¡Rodia!—exclamó Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>Dunia se ruborizó, Razumikin frunció -el ceño y Ludjin se sonrió despreciativamente.</p> - -<p>—Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, -si el acuerdo es posible. Supongo -que esto es un asunto terminado del -cual no hay más que hablar. Me retiro -para no interrumpir por más tiempo esta -reunión de familia.</p> - -<p>Se levantó y tomó el sombrero.</p> - -<p>—Pero permítanme ustedes que les diga -antes de irme que deseo no verme expuesto -en lo sucesivo a semejantes encuentros. -Es a usted particularmente, mi distinguida -Pulkeria Alexandrovna, a quien -dirijo esta súplica; tanto más, cuanto que -mi carta era para usted y no para otras -personas.</p> - -<p>Pulkeria Alexandrovna se sintió un -tanto irritada.</p> - -<p>—¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro -Petrovitch? Dunia le ha dicho ya por -qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija -no tenía más que buenas intenciones. -Pero, en verdad, usted me escribe en un -estilo muy imperioso, y menester es que -miremos sus deseos como una orden. Diré -a usted, por el contrario, que ahora, sobre -todo, debe tratarnos con consideraciones -y miramientos, puesto que la confianza -en usted nos ha hecho dejarlo todo -para venir aquí, y, por consiguiente, nos -tiene ya a su disposición.</p> - -<p>—Eso no es del todo exacto, Pulkeria -Alexandrovna; sobre todo, desde el momento -que conoce usted el legado hecho -por Marfa Petrovna a Advocia Romanovna. -Estos tres mil rublos llegan muy a -punto, según parece, a juzgar por el nuevo -tono que toma usted conmigo—añadió -agriamente Ludjin.</p> - -<p>—Esa observación haría suponer que -usted había especulado sobre nuestra miseria—observó -Dunia con voz irritada.</p> - -<p>—Ahora, por lo menos, no puedo especular -con ella. Y sobre todo, no quiero -impedir que oiga usted las proposiciones -secretas que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff -ha encargado, para que se las transmita, -a su hermano de usted. Por lo que -veo, esas proposiciones tienen para usted -una importancia capital y quizá también -muy agradable.</p> - -<p>—¡Ah! ¡Dios mío!—exclamó Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>Razumikin se agitaba impacientemente -en su silla.</p> - -<p>—¿No te avergüenza, hermana?—preguntó -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Sí—respondió la joven—. Pedro Petrovitch, -¡salga usted!—añadió pálida de -cólera.</p> - -<p>Este último no esperaba semejante -desenlace. Era demasiado presumido y -contaba con su fuerza y con la impotencia -de sus víctimas. En aquel momento no -daba crédito a sus oídos.</p> - -<p>—Advocia Romanovna—dijo pálido y -con los labios temblorosos—, si salgo ahora -tenga usted por cierto que ya no volveré -jamás. Reflexione usted. Yo no tengo -más que una palabra.</p> - -<p>—¡Qué impudencia!—exclamó Dunia -saltando de su asiento—. ¡Pero si lo que -quiero es perderle de vista para siempre!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p> - -<p>—¿Cómo? ¿Eso dice usted?—vociferó -Ludjin, tanto más desconcertado cuanto -que hasta el último minuto había creído -imposible semejante ruptura—. ¡Ah! ¿Es -así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, -que yo podría protestar?</p> - -<p>—¿Con qué derecho le habla usted así?—dijo -con vehemencia Pulkeria Alexandrovna—. -¿De qué tiene usted que protestar? -¿Cuáles son sus derechos? Sí, sus -derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un -hombre como usted? ¡Váyase en seguida -y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos -pensando, sobre todo yo, para consentir -en una cosa tan indigna?</p> - -<p>—Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna—replicó -Pedro Petrovitch exasperado—, -ustedes me han comprometido, dando -una palabra que ahora retiran... y, por -último, esto... esto... me ha ocasionado -gastos.</p> - -<p>La última recriminación estaba tan -dentro del carácter de Ludjin, que Raskolnikoff, -a pesar del furor que sentía, no -pudo oírla sin soltar la carcajada; pero -no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—¿Gastos? ¿Gastos?—replicó violentamente—. -¿Se trata acaso del cajón que -usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha -obtenido su transporte gratuito! ¿Y pretende -usted que le hemos comprometido? -¿Se pueden invertir los papeles hasta ese -punto? Nosotras somos las que estamos a -merced de usted, y no usted a la nuestra.</p> - -<p>—¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!—dijo -Advocia Romanovna—. Pedro Petrovitch, -tenga usted la bondad de marcharse.</p> - -<p>—Sí, me voy. Una palabra solamente—respondió -casi fuera de sí—. Su mamá de -usted parece haber olvidado completamente -que pedí su mano cuando corrían -acerca de usted muy malos rumores en toda -la comarca. Al desafiar por usted la -opinión pública, y al restablecer su reputación, -tenía derecho a esperar que me lo -agradecería usted; pero esto me hace caer -la venda de los ojos, y veo que mi conducta -ha sido muy inconsiderada y que -quizá he cometido un gran error despreciando -la voz pública...</p> - -<p>—¡Pero este hombre quiere que le rompan -la cabeza!—exclamó Razumikin, que -se había levantado para castigar al insolente.</p> - -<p>—Es usted un malvado—añadió Dunia.</p> - -<p>—Ni una palabra, ni un gesto—agregó -vivamente Raskolnikoff, deteniendo a -Razumikin; y aproximando luego su cara -a la de Ludjin, le dijo en voz baja, pero -perfectamente clara—: ¡Váyase usted! -¡Ni una palabra más! De lo contrario...</p> - -<p>Pedro Petrovitch, con el rostro pálido -y contraído por la cólera, le miró durante -algunos segundos; después giró sobre sus -talones, y desapareció, llevándose en el -corazón un odio mortal contra Raskolnikoff, -a quien imputaba solamente su desgracia. -Mientras descendía la escalera, se -imaginaba, empero, que no estaba perdido -sin remedio, y que no tenía nada de -imposible una reconciliación con las señoras.</p> - - -<div class="chapter"><h3>III.</h3></div> - -<p>Durante cinco minutos todos estuvieron -muy alegres; su satisfacción les hacía -reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía -de vez en cuando al recuerdo de la -escena precedente. Pero de todos, el más -gozoso era Razumikin. Aunque no se -atrevía abiertamente a manifestar su contento, -éste se delataba, a pesar suyo, -en el temblor febril de toda su persona. -Ahora tenía el derecho de dar su vida por -las dos señoras, y de consagrarse a su servicio. -Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos -en lo más profundo de sí mismo, -y temía dar alas a su imaginación. -En cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, -no tomaba parte en la alegría general; -parecía que su espíritu estaba en -otra parte... Después de haber insistido -tanto porque se rompiese con Ludjin, -hubiérase dicho que esa ruptura, ya consumada, -le tenía sin cuidado. Dunia no -pudo menos de pensar que su hermano -estaba aún enojado con ella, y Pulkeria -Alexandrovna le miraba con inquietud.</p> - -<p>—¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?—preguntó -la joven, acercándose a -su hermano.</p> - -<p>—¡Ah! Sí, sí—dijo vivamente Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>Raskolnikoff levantó la cabeza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span></p> - -<p>—Está decidido a regalarte diez mil -rublos, y desea verte, pero en mi presencia.</p> - -<p>—¿Verle? ¡Jamás!—gritó Pulkeria Alexandrovna—. -¿Cómo se atreve a ofrecerle -dinero?</p> - -<p>Raskolnikoff refirió entonces con bastante -sequedad su entrevista con Svidrigailoff.</p> - -<p>A Dunia le preocuparon extraordinariamente -las proposiciones de Svidrigailoff, -y quedó largo tiempo pensativa.</p> - -<p>—Algún terrible designio ha concebido—murmuró -para sí, casi temblando.</p> - -<p>Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.</p> - -<p>—Creo que tendré ocasión de verle más -de una vez—dijo a su hermana.</p> - -<p>—Encontraremos sus huellas—exclamó -enérgicamente Razumikin—. Yo lo descubriré. -No le perderé de vista, ya que -Raskolnikoff me lo permite. El mismo -me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi -hermana». ¿Consiente usted, Advocia Romanovna?</p> - -<p>Dunia sonrió y tendió la mano al joven; -pero seguía preocupada. Pulkeria -Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. -También es cierto que le habían -tranquilizado notablemente los tres mil -rublos. Un cuarto de hora después se hablaba -con animación. El mismo Raskolnikoff, -aunque silencioso, prestó durante -algún tiempo oído a lo que se decía. La -voz cantante la llevaba Razumikin.</p> - -<p>—¿Por qué, pregunto a ustedes, por -qué irse?—gritaba convencido—. ¿Qué -van ustedes a hacer en aquel pueblucho? -Lo que principalmente hay que procurar -aquí es que todos ustedes estén juntos, -puesto que se han de menester los unos -a los otros. No; no deben separarse. Vamos, -quédense ustedes siquiera un tiempo. -Acéptenme ustedes como amigo y -como asociado, y les aseguro que emprenderemos -un excelente negocio. Escúchenme -ustedes. Voy a explicarles minuciosamente -mi proyecto. Se me ocurrió la idea -esta mañana, cuando aun no se sabía nada... -He aquí de qué se trata: Yo tengo -un tío; se lo presentaré a ustedes; es un -viejo muy campechano y muy respetable. -Este tío posee un capital de mil rublos, -que no sabe qué hacer de ellos, porque -cobra una pensión que basta a sus necesidades. -Desde hace dos años no cesa de -ofrecerme esta suma al seis por ciento de -interés. Bien comprendo que es un medio -de que se vale para ayudarme. El año -último, yo no tenía necesidad de dinero; -pero al presente sólo esperaba que llegase -el buen viejo para decirle que aceptaba. -A los mil rublos de mi tío juntan ustedes -mil más y ya está formada la asociación.</p> - -<p>—¿Qué negocio vamos a emprender?</p> - -<p>Entonces Razumikin se puso a desarrollar -su proyecto. Según él, la mayor parte -de los libreros y editores rusos hacen malos -negocios porque conocen mal su oficio; -pero con buenas obras se podía ganar dinero. -El joven, que llevaba ya dos años -trabajando para diversas librerías, estaba -al corriente del asunto y conocía bastante -bien tres lenguas europeas. Seis -días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff, -que no sabía bien el alemán; pero -habló de ese modo para decidir a su amigo -a que colaborase con él en una traducción -que podía proporcionarle algunos rublos. -Raskolnikoff no se dejó engañar por -aquella mentira.</p> - -<p>—¿Por qué, pues, hemos de despreciar -un buen negocio, cuando poseemos uno -de los medios de acción más esenciales, -el dinero?—continuó, animándose, Razumikin—. -Claro es que habrá que trabajar -mucho; pero trabajaremos, pondremos -todos manos a la obra. Usted, Advocia -Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones -que producen al presente excelentes -rendimientos! Tendremos, sobre todo, -la ventaja de conocer lo que conviene -traducir. Seremos a la vez traductores, -editores y profesores. Ahora puedo ser -útil, porque tengo experiencia. Hace dos -años que no salgo de casa de los libreros, -y sé todas las triquiñuelas del oficio; crean -ustedes que lo que propongo no es obra -de romanos. Cuando se ofrece la ocasión -de ganar algún dinero, ¿por qué no aprovecharla? -Podría citar dos o tres libros -extranjeros cuya publicación sería una -mina de oro. Si se lo indicase a uno de -nuestros editores, nada más que por esto -debería yo cobrar quinientos rublos; pero -no lo soy tanto. Por otra parte, capaces -serían los imbéciles de vacilar. En cuanto<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span> -a la parte material de la empresa, impresión, -papel, venta, me encargan ustedes -a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos modestamente; -poco a poco iremos ampliando -el negocio, y en todo caso, seguro estoy -de que conseguiremos los dos objetos.</p> - -<p>A Dunia le brillaban los ojos.</p> - -<p>—Lo que usted propone—dijo—me -gusta mucho, Demetrio Prokofitch.</p> - -<p>—Yo, es claro, no entiendo nada de eso—añadió -Pulkeria Alexandrovna—. Sin -duda, conviene. Nosotras tenemos que -permanecer aquí por algún tiempo—dijo -mirando a Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Qué piensas tú de esto, hermano?—preguntó -Dunia.</p> - -<p>—Encuentro su idea excelente—respondió -el joven—. Cierto es que no se improvisa -de un día a otro una gran librería; -pero hay cinco o seis libros cuyo buen -éxito no me ofrece duda y son los mejores -para comenzar. Conozco uno, sobre todo, -que de seguro se vendería. Además, podéis -tener confianza completa en la capacidad -de Razumikin; sabe lo que se hace... -Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de -esto.</p> - -<p>—¡Bravo!—gritó Razumikin—. Ahora, -escuchen ustedes: hay aquí, en esta misma -casa, un departamento completamente -distinto e independiente del local en que -se encuentran estas habitaciones; no cuesta -caro y está amueblado... tres piezas -pequeñas; aconsejo a ustedes que lo alquilen. -Estarán allí muy bien; tanto más, -cuanto que podrán ustedes vivir todos -juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, -¿a dónde vas, hombre?</p> - -<p>—¡Cómo! ¿te vas ya?—preguntó con -inquietud Pulkeria Alexandrovna.</p> - -<p>—¿En un momento como éste?—gritó -Razumikin.</p> - -<p>Dunia miró a su hermano con sorpresa -y desconfianza. El joven tenía la gorra en -la mano, y se preparaba a salir.</p> - -<p>—Cualquiera diría que se trataba de -una separación eterna—exclamó con aire -extraño.</p> - -<p>Sonreía; ¡pero con qué risa!</p> - -<p>—Después de todo, ¿quién sabe? Acaso -sea ésta la última vez que nos vemos—añadió -de repente.</p> - -<p>Estas palabras brotaron espontáneamente -de sus labios.</p> - -<p>—Pero, ¿qué te pasa?—dijo ansiosamente -la madre—. ¿A dónde vas, Rodia?—le -preguntó dando a su pregunta un -acento particular.</p> - -<p>—Tengo que irme—respondió el joven.</p> - -<p>Su voz era vacilante; pero su pálido -rostro expresaba una firme resolución.</p> - -<p>—Quería deciros al venir aquí... Quería -deciros a ti, mamá, y a ti, Dunia, que debemos -separarnos por algún tiempo. No -me siento bien; tengo necesidad de reposo... -Volveré más tarde. Volveré cuando -me sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, -os amaré... Dejadme, dejadme solo... -Era esa mi intención... Mi resolución era -irrevocable... Ocúrrame lo que quiera, -perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme -completamente. Esto es lo mejor... No -procuréis tener noticias mías... cuando sea -menester, yo vendré a vuestra casa u os -llamaré. Quizá se arregle todo; pero hasta -que esto suceda, si me amáis, renunciad -a verme... De otro modo, os odiaré... comprendo -que os odiaré... ¡Adiós!</p> - -<p>—¡Dios mío! ¡Dios mío!—gimió Pulkeria -Alexandrovna.</p> - -<p>De las dos mujeres, así como de Razumikin, -se apoderó un espanto terrible.</p> - -<p>—¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! -¡Sé lo que siempre fuiste!—gritaba -la pobre madre.</p> - -<p>Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia -la puerta, pero al llegar a ella se le acercó -Dunia.</p> - -<p>—¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte -así con nuestra madre?—murmuró -la joven, cuya mirada llameaba de indignación.</p> - -<p>Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver -los ojos hacia ella.</p> - -<p>—No es nada—musitó como hombre -que no tiene plena conciencia de lo que -dice, y salió de la sala.</p> - -<p>—¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!—gritó -Dunia.</p> - -<p>—¡No es egoísta; es un demente! ¡Está -loco! ¡Le digo a usted que está loco! -¿Es posible que usted no lo haya visto? -¡Usted es la que no tiene piedad en -este caso!—murmuró Razumikin, inclinándose -al oído de la joven, cuya mano -estrechó con fuerza—. Vuelvo en seguida—dijo -a Pulkeria Alexandrovna, que<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span> -estaba desvanecida, y se lanzó fuera del -cuarto.</p> - -<p>Raskolnikoff le esperaba en el corredor.</p> - -<p>—Sabía que correrías detrás de mí—dijo—. -Vuélvete con ellas, y no las dejes... -Acompáñalas también mañana... y siempre. -Yo... yo volveré quizá... si hay medio... -Adiós.</p> - -<p>Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.</p> - -<p>—¿Pero a dónde vas?—balbuceó este -último asombrado—. ¿Qué tienes? ¿Cómo -procedes de ese modo?</p> - -<p>Raskolnikoff se detuvo de nuevo.</p> - -<p>—Una vez para todas: no me interrogues -más; nada he de responderte. No -vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez -aquí. Déjame... Pero a ellas... <i>no las dejes</i>. -¿Me comprendes?</p> - -<p>El corredor estaba obscuro; ambos -amigos se encontraban cerca de una lámpara. -Durante un minuto se miraron en -silencio. Razumikin se acordó toda su vida -de este minuto. La mirada fija e inflamante -de Raskolnikoff parecía que intentaba -penetrar hasta el fondo de su alma. -De repente Razumikin se estremeció -y se puso pálido como un cadáver. Acababa -de comprender la horrible verdad.</p> - -<p>—¿Comprendes ahora?—dijo de repente -Raskolnikoff, cuyas facciones se alteraron -horriblemente—. Vuelve al lado -de ellas—añadió, y con paso rápido salió -de la casa.</p> - -<p>Inútil es describir la escena que se -desarrolló a la entrada de Razumikin en -el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como -se comprende fácilmente, el joven -puso todo su cuidado en tranquilizar a -las dos señoras. Les aseguró que Rodia, -como estaba enfermo, necesitaba de reposo; -les juró que no dejaría de ir a verlas, -que le verían todos los días, que tenía una -preocupación constante, que era preciso -no irritarle; prometió velar por su amigo, -confiarle a los cuidados de un buen médico, -del mejor, y si era necesario, llamaría -a consulta a los príncipes de la -ciencia...</p> - -<p>En una palabra, a partir de este día, -Razumikin sería para ellas un hijo y un -hermano.</p> - - -<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div> - -<p>Raskolnikoff se dirigió derechamente -al domicilio de Sonia.</p> - -<p>La casa, de tres pisos, era un edificio -viejo pintado de verde. El joven encontró, -no sin trabajo, al <i>dvornik</i>, y obtuvo -de él vagas indicaciones acerca del cuarto -del sastre Kapernumoff. Después de haber -descubierto en un rincón del patio la -entrada de una escalera estrecha y sombría, -subió al segundo piso y siguió la -galería que daba frente al patio. Mientras -andaba en la obscuridad, se preguntaba -por dónde se podía entrar en casa de Kapernumoff. -De pronto se abrió una puerta -a tres pasos de él, y el joven tomó una -de las hojas con un movimiento maquinal.</p> - -<p>—¿Quién hay aquí?—preguntó una -voz de mujer.</p> - -<p>—Soy yo. Vengo a ver a usted—replicó -Raskolnikoff, y penetró en una antesalita.</p> - -<p>Allí, sobre una mala mesa, había una -vela, colocada en un estropeado candelero -de cobre.</p> - -<p>—¡Es usted! ¡Dios mío!—dijo débilmente -Sonia, que parecía no tener fuerzas para -moverse de su sitio.</p> - -<p>—¿Es éste su cuarto?—y Raskolnikoff -entró vivamente en la sala, haciendo esfuerzos -para no mirar a la joven.</p> - -<p>Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó -y permaneció en pie delante de él, presa -de una agitación inexplicable. Esta -inesperada visita la turbaba y aun le -daba miedo. De pronto su pálido rostro -se coloreó y se le llenaron los ojos de lágrimas. -Experimentaba una gran angustia, -con la cual se mezclaba cierta dulzura. -Raskolnikoff se volvió con un rápido -movimiento, y se sentó en una silla cerca -de una mesa. En un abrir y cerrar de ojos -pudo inventariar todo lo que había en la -estancia.</p> - -<p>Esta sala grande, pero excesivamente -baja, era la única alquilada por los Kapernumoff. -En el muro de la izquierda -había una puerta que comunicaba con la -vivienda del sastre; del lado opuesto, en -la pared de la derecha, había otra puerta, -siempre cerrada: pertenecía a otro aloja<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>miento. -El cuarto de Sonia parecía un -cobertizo cuadrilátero muy irregular, -cuya forma le daba un aspecto monstruoso. -La pared, con tres ventanas que daban -al canal, la cortaba oblicuamente, -formando así un ángulo extremadamente -agudo, en el fondo del cual nada se veía, -a causa de la débil luz de la vela. Por el -contrario, el otro ángulo era desmesuradamente -obtuso. Esta gran sala apenas -tenía muebles: en el rincón de la derecha -estaba la cama; entre la cama y la puerta, -una silla; del mismo lado, y precisamente -enfrente del alojamiento vecino, una mesa -de madera blanca cubierta con un tapete -azul, y al lado de ella dos sillas de -junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo -agudo, había adosada una cómoda -de madera sin barnizar que parecía perdida -en el vacío. A esto se reducía todo el -mobiliario. El papel, amarillento y viejo, -tenía color obscuro en todos los rincones, -efecto probable de la humedad y del humo -del carbón. Todo aquel local denotaba -pobreza: ni siquiera había cortinas en la -cama.</p> - -<p>Sonia miraba en silencio al visitante, -que examinaba la habitación tan atentamente -y de un modo tan despreocupado, -que al fin la hizo temblar, como si se -hallase delante del árbitro de su destino.</p> - -<p>—Vengo a casa de usted por última -vez—dijo tristemente Raskolnikoff como -si se olvidase que era aquélla la primera -que visitaba a la joven—. Quizás no nos -volveremos a ver.</p> - -<p>—¿Va usted a marcharse?</p> - -<p>—No sé... mañana, todo...</p> - -<p>—¿De modo que no irá usted mañana -a casa de Catalina Ivanovna?—dijo Sonia -con voz temblorosa.</p> - -<p>—No sé. Mañana por la mañana todo... -No se trata de eso. He venido para decirle -dos palabras.</p> - -<p>Levantó su mirada soñadora, y advirtió -de repente que él estaba sentado mientras -que ella permanecía derecha.</p> - -<p>—¿Por qué está usted en pie? Siéntese—dijo -con voz dulce y acariciadora.</p> - -<p>La joven obedeció. Durante un minuto, -Raskolnikoff la contempló con ojos benévolos -y casi enternecidos.</p> - -<p>—¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano -la suya! ¡Se ve la luz al través de ella! ¡Los -dedos parecen los de una muerta!</p> - -<p>Le tomó la mano.</p> - -<p>Sonia se sonrió débilmente.</p> - -<p>—Siempre he sido así—dijo.</p> - -<p>—¿También cuando vivía usted en casa -de sus padres?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Es claro—dijo bruscamente.</p> - -<p>Operóse de nuevo un repentino cambio -en la expresión de su rostro y en el sonido -de su voz.</p> - -<p>Después dirigió una nueva mirada en -derredor suyo.</p> - -<p>—¿Vive usted en casa de Kapernumoff?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Viven ahí, detrás de esa puerta?</p> - -<p>—Sí. Su habitación es completamente -igual a ésta.</p> - -<p>—¿No tienen más que una sala para -todos?</p> - -<p>—Nada más.</p> - -<p>—Yo, en una habitación como ésta, -tendría miedo por la noche—observó el -joven con aire sombrío.</p> - -<p>—Mis patrones son buenas personas, -muy amables—respondió Sonia, que parecía -no haber recobrado aún su presencia -de espíritu—, y todo el mobiliario -les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos -vienen muy a menudo a verme; los pobrecitos -son tartamudos.</p> - -<p>—¿Son tartamudos?</p> - -<p>—Sí; el padre es tartamudo, y, además, -cojo. La madre también. No es precisamente -que tartamudee; pero tiene un defecto -en la lengua. Es una mujer muy buena. -Kapernumoff es un antiguo siervo. -Tiene siete hijos. El mayor es el que tartamudea; -los otros son enfermizos, pero -hablan claro.</p> - -<p>—Lo sabía.</p> - -<p>—¿Que lo sabía usted?—exclamó Sonia -sorprendida.</p> - -<p>—Su padre de usted me lo contó hace -tiempo. Supe por él toda la historia de -usted. Me refirió que usted salió un día -a las seis; que volvió a entrar a las ocho -dadas, y que Catalina Ivanovna se puso -de rodillas delante de la cama de usted.</p> - -<p>Sonia se turbó.</p> - -<p>—Creo haberle visto hoy—dijo titubeando.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span></p> - -<p>—¿A quién?</p> - -<p>—A mi padre. Yo estaba en la calle; -en la esquina cerca de casa, entre nueve -y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera -jurado que era él. Quise ir a decírselo -a Catalina Ivanovna, pero...</p> - -<p>—¿Paseaba usted?</p> - -<p>—Sí...—murmuró Sonia, bajando, -avergonzada, los ojos.</p> - -<p>—¿Catalina Ivanovna solía pegarla -cuando estaba usted en casa de su padre?</p> - -<p>—¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No—exclamó -la joven mirando a Raskolnikoff -con cierto espanto.</p> - -<p>—¿De modo que usted la quiere?</p> - -<p>—¿Cómo no?—repuso Sonia con voz -lenta y plañidera. Después juntó bruscamente -las manos con expresión de piedad—. -¡Ah, si usted...! ¡Si usted la conociese! -Es lo mismo que una niña. Tiene -el juicio extraviado por la desgracia. ¡Pero -es tan inteligente! ¡Es tan buena y generosa! -¡Ah, si usted supiera!</p> - -<p>Sonia dijo estas palabras con un acento -casi desesperado. Su agitación era extraña; -se acongojaba, se retorcía las manos. -Sus pálidas mejillas se habían coloreado -de nuevo y sus ojos revelaban un -gran sufrimiento. Evidentemente acababa -de herírsele una cuerda sensible y no -podía menos de hablar, de disculpar a Catalina -Ivanovna. De repente se manifestó -en todos los rasgos de su fisonomía una -expresión de piedad, por decirlo así, insaciable.</p> - -<p>—¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? -¡Pegarme ella!... Y, aun cuando me -hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! -¡Es tan desgraciada, y, además, está enferma!... -Busca la justicia... Es pura... -cree que en todo puede reinar la justicia, -y clama por ella... La maltrataría usted, -y ella no haría nada de injusto.</p> - -<p>—Y usted, ¿qué va a hacer?</p> - -<p>Sonia le interrogó con la mirada.</p> - -<p>—Ahora han quedado a cargo de usted. -Cierto que antes era lo mismo; el que ha -muerto solía pedirle a usted dinero para -ir a gastárselo a la taberna; pero ahora, -¿qué es lo que va a ocurrir?</p> - -<p>—No sé—respondió la joven tristemente.</p> - -<p>—¿Van a quedarse donde están?</p> - -<p>—No sé. Deben a la patrona, y creo -que ésta ha dicho hoy mismo que quería -ponerlas en la calle. Mi madrastra, por -su parte, dice que no ha de permanecer -un momento más en aquella casa.</p> - -<p>—¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa -vivir a costa de usted?</p> - -<p>—¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre -nosotras no hay mío ni tuyo; nuestros -intereses son los mismos—replicó vivamente -Sonia, cuya irritación en aquel instante -se parecía a la inofensiva cólera de -un pajarillo—. Por otra parte, ¿qué va a -ser de ella?—añadió, animándose cada -vez más—. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene -perturbado el juicio, ¿no lo ha notado usted? -Tan pronto se preocupa febrilmente -por lo que ha de hacer mañana, a fin -de que todo esté bien, la comida y lo demás, -como se retuerce las manos, escupe -sangre, llora y se golpea, desesperada, la -cabeza contra la pared. En seguida se consuela, -pone su esperanza en usted, dice -que será usted su sostén, habla de pedir -dinero prestado en cualquier parte y de -volverse a su ciudad natal conmigo. Allí, -dice, fundará un pensionado de señoritas -de la nobleza y me confiará la dirección -de su establecimiento. «Una vida -completamente nueva, una vida feliz -comenzará para nosotras», me dice besándome. -Estos pensamientos la consuelan. -¡Tiene tanta fe en sus quimeras! -¿Piensa usted que se la puede contradecir? -Ha pasado todo el día de hoy lavando -y arreglando el cuarto hasta que, rendida, -se tuvo que echar en la cama. Luego -fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar -calzado a Poletchka y a Lena, porque -sus zapatos están inservibles. Desgraciadamente -no teníamos bastante dinero; -se necesitaba mucho, ¡y había elegido -unos tan bonitos! Porque tiene muy -buen gusto. ¡Usted no sabe...! Se echó a -llorar allí en la tienda, delante del zapatero, -porque no le alcanzaba el dinero... -¡Ah, qué triste era aquello!</p> - -<p>—Vamos, se comprende después de -esto que usted viva así—dijo Raskolnikoff -con amarga sonrisa.</p> - -<p>—Y usted, ¿no tiene piedad de ella?—exclamó -Sonia—. Usted mismo, lo sé, se -ha despojado por ella de sus últimos recursos, -y, sin embargo, no ha visto usted -nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío!<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span> -¡Cuántas veces, cuántas veces la he hecho -llorar! La semana última, sin ir más lejos, -ocho días antes de la muerte de mi -padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha hecho sufrir -durante todo el día este recuerdo!</p> - -<p>Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos -le eran estos pensamientos.</p> - -<p>—¿Ha sido usted dura con ella?</p> - -<p>—Sí; yo, yo. Fuí a verla—continuó -llorando—y mi padre me dijo: «Sonia, -me duele algo la cabeza... Léeme algo, -ahí tienes un libro.» Era un volumen perteneciente -a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, -el cual solía prestarnos libros -muy divertidos. «Tengo que marcharme», -le respondí yo. No tenía ganas de leer. -Había entrado en la casa para enseñar -a Catalina Ivanovna una compra que -acababa de hacer. Isabel, la revendedora, -me había traído unos cuellos y unos puños -muy bonitos, con ramos, casi nuevos. -Me costaron muy baratos. A Catalina -Ivanovna le gustaron mucho; se los probó, -mirándose al espejo, y los encontró -preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», -me dijo. No los necesitaba para nada, -pero ella es así: se acuerda siempre de los -tiempos felices de su juventud. Se contempla -al espejo, y eso que no tiene ni -vestidos ni nada desde hace no sé cuántos -años. Por lo demás, nunca pide nada -a nadie, porque es orgullosa, y antes que -pedir daría cuanto posee; sin embargo, -me pidió los cuellos casi llorando. A mí -me costaba trabajo dárselos. «¿Para qué -los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo -le hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró -con aire tan afligido, que daba pena -verla... y no era por los cuellos por lo que -se entristecía, no; lo que la afligió fué mi -negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora retirar -todo lo dicho, hacer que todas aquellas -palabras no hubieran sido pronunciadas!... -¡Oh, sí! Pero le estoy contando -a usted lo que no le interesa.</p> - -<p>—¿Conocía usted a la revendedora -Isabel?</p> - -<p>—Sí... ¿La conocía usted también?—preguntó -Sonia un poco asombrada.</p> - -<p>—Catalina Ivanovna está tísica en el -último grado; morirá pronto—dijo Raskolnikoff -después de una pausa, sin responder -a la pregunta.</p> - -<p>—¡Oh, no, no!</p> - -<p>Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, -tomó las dos manos del joven, como si la -suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido -de él.</p> - -<p>—Sería mejor que se muriese.</p> - -<p>—No, no sería mejor. ¡Qué había de -serlo!</p> - -<p>—¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted -de ellos, puesto que no puede tenerlos a -su lado?</p> - -<p>—¡Oh, no sé!—exclamó con acento angustiado -la joven, apretándose la cabeza -con las manos.</p> - -<p>Era evidente que a menudo la había -preocupado este pensamiento.</p> - -<p>—Supongamos que Catalina Ivanovna -viva todavía algún tiempo; pero puede -usted caer enferma, y cuando la conduzcan -al hospital, ¿qué sucederá entonces?—prosiguió -implacablemente Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?</p> - -<p>El espanto demudó por completo el -rostro de Sonia.</p> - -<p>—¿Cree usted que es imposible?—repuso -él con sonrisa sarcástica—. Supongo -que no está usted asegurada contra las -enfermedades. ¿Qué será entonces de -ellos? Toda la familia se encontrará en el -arroyo; la madre pedirá limosna, tosiendo -y dando con la cabeza en las paredes, como -hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna -caerá en medio de la calle, la llevarán -al puesto de policía y de allí al hospital, -y los niños quedarán sin amparo.</p> - -<p>—¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante -horror!—exclamó Sonia con voz ahogada.</p> - -<p>Hasta entonces había escuchado en silencio, -con los ojos fijos en Raskolnikoff -y las manos juntas como en muda plegaria -para conjurar la desgracia que el joven -predecía.</p> - -<p>Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear -por la habitación. Pasó un minuto. -Sonia seguía en pie con los brazos caídos -y la cabeza baja presa de atroz sufrimiento.</p> - -<p>—¿Y usted no puede hacer economías, -ahorrar algún dinero para cuando lleguen -los días tristes?—preguntó deteniéndose -delante de ella.</p> - -<p>—No—murmuró Sonia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span></p> - -<p>—No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado -usted?—añadió con cierta ironía.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, -se comprende. Inútil es preguntarlo.</p> - -<p>Y volvió a pasearse por la habitación.</p> - -<p>—Y... ¿no gana usted dinero todos los -días?—preguntó al cabo de otro minuto -de silencio.</p> - -<p>Sonia se turbó más que nunca y sus -mejillas se arrebolaron.</p> - -<p>—No—respondió en voz baja haciendo -un violento esfuerzo.</p> - -<p>—La suerte de Poletchka será, indudablemente, -la misma de usted—dijo el joven -bruscamente.</p> - -<p>—No, no; ¡eso es imposible!—exclamó -Sonia, herida en el corazón por aquellas -palabras como por una puñalada—. Dios... -Dios no permitirá semejante abominación.</p> - -<p>—Otras permite.</p> - -<p>—No, Dios la protegerá—repitió enfáticamente -Sonia.</p> - -<p>—¿Y si no hay Dios?—replicó con -acento de odio Raskolnikoff, y se echó -a reír mirando a la muchacha.</p> - -<p>La fisonomía de Sonia cambió repentinamente -de expresión. Se le contrajeron -los músculos y fijó en su interlocutor -una mirada preñada de reproches; -quiso hablar, pero no pudo articular palabra -y rompió en sollozos, tapándose la -cara con las manos.</p> - -<p>—¿Dice usted que Catalina Ivanovna -tiene el juicio perturbado? Y el de usted -lo está también—dijo Raskolnikoff después -de una pausa.</p> - -<p>Pasaron cinco minutos. El joven continuaba -paseando por la estancia sin hablar -ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a -ella; tenía los ojos brillantes y los labios -temblorosos; puso ambas manos sobre los -hombros de la joven, fijó su ardiente mirada -en ella, e inclinándose, de repente, -le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, -como si estuviese delante de un loco. -La fisonomía de Raskolnikoff en aquel -momento parecía, en efecto, la de un demente.</p> - -<p>—¿Qué hace usted? ¡A mí!—balbució -Sonia palideciendo y con el corazón dolorosamente -oprimido.</p> - -<p>El joven se levantó en seguida.</p> - -<p>—No es ante ti ante quien yo me prosterno, -sino ante todo el sufrimiento humano—dijo -con extraño acento, y fué -a ponerse de codos en la ventana—. Escucha—prosiguió, -acercándose a ella un momento -después—; hace poco le he dicho -a un insolente que no valía lo que tu dedo -meñique y que yo había hecho a mi hermana -el honor de sentarse a tu lado.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir -eso? ¡y delante de ella!—exclamó Sonia -asombrada—. ¡Sentarse a mi lado un honor! -¡Pero si yo soy una mujer deshonrada!... -¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!</p> - -<p>—Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, -ni en tus faltas, sino en tus sufrimientos. -Sin duda eres culpable—continuó -diciendo Raskolnikoff con emoción -creciente—; pero lo eres, sobre todo, por -haberte inmolado inútilmente. Comprendo -perfectamente que eres muy desgraciada: -vivir en ese fango que tú detestas -y saber al mismo tiempo (puesto que no -puedes hacerte ilusiones sobre el particular) -que tu sacrificio no sirve de nada -y que no aprovechará a nadie... Pero dime—añadió -exaltándose cada vez más—, -¿cómo con las delicadezas de tu alma te -resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor -arrojarse al agua y acabar de una vez!</p> - -<p>—¿Y qué sería de ellos?—preguntó -débilmente Sonia, levantando hasta él -su mirada de mártir; pero al propio tiempo -no parecía en modo alguno asombrada -del consejo que se le daba.</p> - -<p>Raskolnikoff la contempló con singular -curiosidad. Esa sola mirada se lo explicó -todo. Sin duda la joven había pensado -muchas veces en el suicidio; muchas -también, quizá, en el exceso de su desesperación, -había pensado en acabar de una -vez, y de tal manera y tan seriamente se -preocupó con la misma idea, que al presente -no experimentaba ninguna sorpresa -al oír tal solución. No advirtió, sin -embargo, la crueldad que encerraban estas -palabras; escapósele también el sentido -de los reproches del joven. Como ya se habrá -comprendido, el punto de vista desde -el cual consideraba él su deshonor era para -ella letra muerta, y esto lo echó de ver -Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la -torturaba la idea de su situación infamante, -y se preguntaba qué había podi<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span>do -impedir que acabase con su vida. La -única respuesta a tal pregunta era el cariño -de Sonia por aquellos pequeñuelos y -por Catalina Ivanovna, la desgraciada -tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza -contra las paredes. Sin embargo, era -evidente para él que la joven, con su carácter -y educación, no podía permanecer -así definidamente. Veía claramente que -el caso de Sonia era un fenómeno social -excepcional; pero esto, en rigor, era una -razón de más para que la vergüenza la hubiese -matado desde su entrada en un camino -del cual debía alejarla todo su pasado -de honradez, tanto como su cultura -intelectual, relativamente elevada. -¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era -inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente -se había entregado a aquella vida, -el vicio no había penetrado en su alma; -así lo comprendía Raskolnikoff, que -leía como en libro abierto en el corazón de -la joven.</p> - -<p>«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene -delante de sí el canal, el manicomio -o el embrutecimiento.»</p> - -<p>Más que nada le repugnaba admitir la -última probabilidad; pero su escepticismo -le llevaba a considerarla como la -más segura.</p> - -<p>«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. -«¿Es posible que esta criatura, que -conserva todavía la pureza del alma, acabe -por hundirse deliberadamente en el -fango? Ha puesto ya los pies en él, y si -hasta el presente ha podido soportar semejante -vida, ¿es porque para ella el vicio -ha perdido ya su aspecto repugnante? -No, no; es imposible», exclamó para sí, -como antes había exclamado Sonia. «No, -lo que hasta este momento la ha impedido -arrojarse al canal, es el temor de cometer -un pecado y el interés que tiene -por <i>ellos</i>. Si aun no se ha vuelto loca... -¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, -acaso, todas sus facultades? ¿Razonaría -una persona de juicio sano como ella -razona? ¿Se puede afrontar la propia perdición -con esa tranquilidad y sin prestar -oídos a consejos o advertencias? ¿Es un -milagro lo que espera? Sí, sin duda. ¿No -son todos estos signos de enajenación -mental?»</p> - -<p>Se detenía obstinadamente en esta -idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva le -desagradaba menos que cualquiera otra, -y pensando en tales cosas se puso a examinar -atentamente a la joven. De pronto -le preguntó:</p> - -<p>—¿De modo que ruegas mucho a Dios?</p> - -<p>Ella callaba; en pie, a su lado, el joven -esperaba una respuesta.</p> - -<p>—¿Qué sería de mí sin Dios?—dijo en -voz baja, pero enérgica, y dirigiendo a -Raskolnikoff una rápida mirada de sus -ojos brillantes, le estrechó la mano con -fuerza.</p> - -<p>«Vamos», pensó él, «no me engañaba».</p> - -<p>—Pero, ¿qué es lo que Dios hace por -ti?—preguntó, deseoso de esclarecer por -completo sus dudas.</p> - -<p>Sonia permaneció silenciosa, como si no -hubiera podido responder; se le dilataba -el pecho con la emoción.</p> - -<p>—¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No -tiene usted derecho!—exclamó, mirándole -con cólera.</p> - -<p>«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.</p> - -<p>—El lo hace todo—murmuró Sonia rápidamente, -bajando los ojos al suelo.</p> - -<p>«Ya está encontrada la explicación», -afirmó mentalmente Raskolnikoff y miró -a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba -una sensación nueva, extraña, -casi dolorosa, contemplando aquella carita -pálida, angulosa, delgada, con aquellos -ojos tan azules y tan dulces que podían -lanzar tales llamas y expresar una -expresión tan vehemente, y aquel cuerpecito -tembloroso de indignación y de -cólera; todo aquello le parecía cada vez -más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! -¡Está loca!», repetía para sí.</p> - -<p>Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff -habíase fijado en él varias veces -durante sus idas y venidas por la habitación. -Al fin lo tomó para examinarlo. -Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.</p> - -<p>—¿Quién te ha dado esto?—preguntó -a Sonia desde el otro lado de la habitación.</p> - -<p>La joven, que no se había movido de -su sitio, avanzó un paso y dijo:</p> - -<p>—Me lo han prestado.</p> - -<p>—¿Quién?</p> - -<p>—Isabel; se lo pedí yo.</p> - -<p>«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.</p> - -<p>Todo en casa de Sonia tomaba a sus<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span> -ojos un aspecto más extraordinario. Se -aproximó a la luz con el libro y se puso a -hojearlo.</p> - -<p>—¿En qué parte habla de Lázaro?—preguntó -bruscamente.</p> - -<p>Sonia, con los ojos obstinadamente fijos -en el suelo, guardó silencio. Se había -separado un poco de la mesa.</p> - -<p>—¿Dónde está la resurrección de Lázaro? -Búscame ese pasaje, Sonia.</p> - -<p>La joven miró con el rabillo del ojo -a su interlocutor.</p> - -<p>—No está ahí... Está en el cuarto Evangelio—dijo -secamente sin moverse de su -sitio.</p> - -<p>—Busca ese pasaje y léemelo—dijo, y -después se sentó, apoyó los codos en la -mesa y la cabeza en la mano, y mirando -de través con aire sombrío, se dispuso a -escuchar.</p> - -<p>Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse -a la mesa. El extraño deseo manifestado -por Raskolnikoff le parecía poco -sincero. Sin embargo, tomó el libro.</p> - -<p>—¿Acaso no lo ha leído usted nunca?—preguntó, -mirando al joven de soslayo.</p> - -<p>—Sí... en mi niñez.</p> - -<p>—¿No lo ha oído usted en la iglesia?</p> - -<p>—Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a -menudo?</p> - -<p>—No—balbució Sonia.</p> - -<p>Raskolnikoff sonrió.</p> - -<p>—Comprendo... ¿Entonces no asistirás -mañana a las exequias de tu padre?</p> - -<p>—Sí; la semana pasada estuve en la -iglesia. Asistí a una misa de <i>Requiem</i>.</p> - -<p>—¿Por quién?</p> - -<p>—Por Isabel; la mataron a hachazos.</p> - -<p>Los nervios de Raskolnikoff estaban -cada vez más irritados y la cabeza se le -iba.</p> - -<p>—¿Tratabas a Isabel?</p> - -<p>—Sí... Era buena, venía a mi casa... -pero pocas veces, porque no era libre. -Leíamos juntas y hablábamos. Ahora -goza de la vista de Dios.</p> - -<p>Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué -significaban las misteriosas confidencias -de dos idiotas como Sonia e Isabel?</p> - -<p>«Aquí voy a volverme loco yo también. -En esta habitación se respira la locura»—pensó—. -¡Lee!—gritó de repente con acento -irritado.</p> - -<p>Sonia seguía vacilando. Le latía con -fuerza el corazón y parecía que le daba -miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión -casi dolorosa a la pobre «loca».</p> - -<p>—¿Qué le importa a usted eso si usted -no cree?—murmuró con voz ahogada.</p> - -<p>—Quiero que leas—insistió él—; bien -le leías a Isabel...</p> - -<p>Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. -Le temblaban las manos y las palabras se -le atravesaban en la garganta. Dos veces -Sonia trató de leer y no pudo articular la -primera sílaba.</p> - -<p>«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, -estaba enfermo», profirió al fin, -haciendo un esfuerzo; pero de repente, a -la tercera palabra, su voz se hizo sibilante -y se rompió como una cuerda demasiado -tensa. Faltaba el aliento a su pecho oprimido.</p> - -<p>Raskolnikoff se explicaba, en parte, la -vacilación de Sonia para obedecerle, y a -medida que comprendía mejor, reclamaba -más imperiosamente la lectura; comprendía -cuánto costaba a la joven descubrirle, -en cierto modo, su interior. Evidentemente -no podía, sin embargo, resolverse -a hacer a un extraño la confidencia -de los sentimientos que desde su adolescencia -quizá la habían sostenido, que -fueron, sin duda, su viático moral, cuando -entre un padre borracho y una madrastra -loca por la desgracia, en medio de los -niños hambrientos, no oía más que reproches -y clamores injuriosos. Veía todo esto; -pero veía también que, a pesar de su repugnancia, -tenía gran deseo de leer, sobre -todo para él, «ocurriese lo que quisiera». -Los ojos de la joven y la agitación que -sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff... -Por un violento esfuerzo sobre sí -misma, Sonia dominó el espasmo que le -apretaba la garganta, y continuó leyendo -el undécimo capítulo del evangelio -de San Juan, y llegó al versículo 19.</p> - -<p>«Muchos judíos habían venido a Marta -y a María a consolarlas de la muerte de -su hermano. Entonces Marta, como oyó -que Jesús venía, salió a su encuentro; pero -María se estuvo en casa y Marta dijo a -Jesús—: Señor, si hubieses estado aquí -no fuera muerto mi hermano; mas yo -sé ahora que todo lo que pidieres de Dios -te dará Dios.»</p> - -<p>La joven hizo aquí una pausa para<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span> -triunfar de la emoción que hacía temblar -de nuevo su voz...</p> - -<p>«Dícele Jesús—: Tu hermano resucitará. -Marta dijo—: Yo sé que resucitará -en la resurrección en el día postrero. Dícele -Jesús: <i>Yo soy la resurrección y la vida</i>; -el que crea en Mí, aunque esté muerto, -vivirá; y todo aquel que vive y cree en -Mí, no morirá eternamente. ¿Crees tú en -esto? Ella le dijo:»</p> - -<p>(Aunque apenas podía respirar, Sonia -levantó la voz, como si al leer las palabras -de Marta hiciese ella misma su profesión -de fe.)</p> - -<p>«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, -el Hijo de Dios que has venido al mundo.»</p> - -<p>Sonia se interrumpió, levantó los ojos -hasta él; pero los bajó en seguida y prosiguió -la lectura. Raskolnikoff escuchaba -sin pestañear, apoyado de codos sobre la -mesa y mirando de lado. La joven continuó -leyendo hasta el versículo 32.</p> - -<p>«Mas María como vino donde estaba -Jesús, viéndole derribóse a sus pies y le -dijo—: Señor, si Tú hubieras estado aquí -no fuera muerto mi hermano. Jesús entonces -como que la vió llorando y que los -judíos que habían venido con ella lloraban -también, se conmovió en espíritu y -turbóse y dijo—: ¿Dónde le pusisteis? -Ellos le respondieron—: Señor, ven y verás. -Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron -entonces—: Mirad cómo le amaba; y algunos -dijeron—: ¿No podía éste, que -abrió los ojos al ciego, hacer que éste no -muriese?»</p> - -<p>Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo -agitado la miró. Sí, era, efectivamente, lo -que él había pensado. La joven estaba -temblorosa y acometida de verdadera -fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia -se aproximaba al milagroso relato y -se apoderaba de ella un sentimiento de -triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, -tenía sonoridades metálicas. Las líneas -se confundían ante sus ojos ofuscados; -pero sabía de memoria este pasaje. En el -último versículo, «no podía éste, que abrió -los ojos al ciego...» bajó la voz dando un -acento apasionado a la duda, al reproche -de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que -un minuto después iban, como heridos -del rayo, a caer de rodillas sollozando y -creyendo... «Y él, él que es también un -ciego, incrédulo; él también, dentro de -un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... -ahora mismo...», pensaba Sonia -agitada por esta alegre confianza.</p> - -<p>«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí -mismo, vino al sepulcro; era una cueva -la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús—: -Quitad la piedra. Marta, hermana -del muerto, le dice—: Señor, hiede ya, -que es de cuatro días.»</p> - -<p>Sonia subrayó la palabra cuatro.</p> - -<p>«Jesús la respondió—: ¿No te he dicho -que si crees verás la gloria de Dios? Entonces -quitaron la piedra de donde el -muerto había sido puesto, y Jesús, alzando -los ojos al cielo, dijo en voz alta—: -¡Padre mío, gracias te doy porque me has -oído; yo sabía que siempre me oyes, mas -por causa de la compañía que está alrededor -lo dije, para que crean que me has -enviado! Y habiendo dicho estas palabras, -exclamó a gran voz—: ¡Lázaro, ven fuera! -y el que había muerto salió (al leer estas -líneas Sonia temblaba como si hubiese -sido testigo del milagro), con las manos -atadas con vendas y el rostro envuelto en -un sudario. Y dijo Jesús—: Desatadle y -dejadle ir.</p> - -<p>»<i>Entonces, muchos de los judíos que habían -venido a María y habían visto lo que -Jesús acababa de hacer, creyeron en El.</i>»</p> - -<p>La joven no leyó más; le hubiera sido -imposible; cerró el libro y se levantó.</p> - -<p>—Esto es todo lo que se refiere a la -resurrección de Lázaro—dijo en voz baja -y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.</p> - -<p>Parecía que temiese encontrar su mirada. -Su temor febril duraba todavía. El -cabo de vela, que estaba para consumirse, -alumbraba vagamente aquel cuartucho -en que un asesino y una mujer pública -acababan de leer juntos el Santo Libro. -De repente Raskolnikoff se levantó y se -acercó a Sonia.</p> - -<p>—He venido para hablarte de una cosa—dijo -en alta voz, frunciendo el entrecejo.</p> - -<p>La joven levantó los ojos hasta él y vió -que su mirada, de una dureza particular, -expresaba una resolución feroz.</p> - -<p>—Hoy—prosiguió—, he renunciado a -todo género de relaciones con mi madre<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span> -y con mi hermana. Ya no volveré más a -mi casa. La ruptura entre los míos y yo -está ya consumada.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó asombrada Sonia.</p> - -<p>Su encuentro poco antes con Pulkeria -Alexandrovna y Dunia, le había dejado -una impresión extraordinaria, aunque -obscura para ella. Al oír la noticia de que -el joven había roto con su familia, sintió -una especie de terror.</p> - -<p>—Ahora no tengo en el mundo más que -a ti—respondió él—. Partamos juntos. He -venido a proponértelo. Tú y yo somos -malditos; partamos juntos.</p> - -<p>Le relampagueaban los ojos.</p> - -<p>«Parece que está loco», pensó a su vez -Sonia.</p> - -<p>—¿A dónde iremos?—preguntó espantada, -e involuntariamente se interrumpió.</p> - -<p>—¿Cómo he de saberlo? Unicamente -sé que el camino y el fin de él, son los mismos -para ti y para mí; de eso estoy seguro.</p> - -<p>Sonia le miró sin comprender. Una sola -idea se desprendía claramente para ella -de las palabras de Raskolnikoff: que era -inmensamente desgraciado.</p> - -<p>—Nadie te comprenderá si tú le hablas—prosiguió -él—; pero yo te he comprendido. -Tú me eres necesaria; por eso he -venido.</p> - -<p>—No comprendo...—balbució Sonia.</p> - -<p>—Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso -tú no has procedido como yo? Tú también -estás por encima de la regla... Has -tenido ese valor. Has alzado la mano sobre -ti, has destruído una vida, la tuya. -Hubieras podido vivir para un espíritu, -para la razón, y acabarás en el Mercado -del Heno; pero tú no podrás soportarlo, -y si te quedas sola perderás la razón y -yo también la perderé. Ahora ya estás -como loca. Es preciso, pues, que marchemos -juntos; que sigamos el mismo camino. -Partamos.</p> - -<p>—¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?—repuso -Sonia extrañamente turbada por -tal lenguaje.</p> - -<p>—¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte -aquí! Es menester razonar seriamente -y ver las cosas bajo su verdadero -aspecto, en vez de llorar como un niño -y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, -te pregunto yo ahora, si mañana se te -conduce al hospital? Catalina Ivanovna, -casi loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué -será de sus hijos? La perdición de Poletchka, -¿no es cosa segura?</p> - -<p>—¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?—repitió -llorando Sonia y retorciéndose las -manos.</p> - -<p>—¿Qué hacer? Hay que levar el ancla -de una vez para ir adelante, ocurra lo que -quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... -La libertad y el poder, pero -sobre todo el poder, reinan sobre todas las -criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. -He ahí el objeto. Acuérdate de -esto. Ese es el testamento que te dejo. -Quizá te hablo por última vez. Si no vengo -mañana lo sabrás todo, y entonces -acuérdate de lo que te digo. Más tarde, -dentro de algunos años, con la experiencia -de la vida, comprenderás acaso lo que -significan mis palabras. Si vengo mañana, -te diré quién es el que ha matado a Isabel.</p> - -<p>—Pero, ¿es que usted sabe quién la ha -matado?—preguntó la joven helada de -espanto.</p> - -<p>—Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. -Te he elegido. No vendré a pedirte perdón -sino simplemente a decírtelo. Hace -mucho tiempo que te he elegido; desde el -momento que tu padre me habló de ti; -viviendo aún Isabel se me ocurrió esta -idea. Adiós. No me des la mano. Hasta -mañana.</p> - -<p>Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la -impresión de que estaba loco; pero ella -estaba también como loca y se daba cuenta -de su estado; se le iba la cabeza.</p> - -<p>—Señor, ¿cómo sabe quién ha matado -a Isabel? ¿Qué significan sus palabras? -¡Qué extraño es!</p> - -<p>Sin embargo, no tuvo la menor sospecha -de la verdad.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! -Se ha separado de su madre y -de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido -pasarle? ¿Cuáles son sus intenciones? -¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado -el pie diciéndome (sí, de ese modo se ha -expresado), que no podía vivir sin mí... -¡Oh Señor!</p> - -<p>Detrás de la puerta que permanecía -siempre cerrada, había una habitación -sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span> -pertenecía a la casa de Gertrudis Karlovna -Reslich. Esta habitación se alquilaba, -como lo indicaban un rótulo colocado en -el exterior de la puerta grande y los albaranes -colocados en las ventanas que daban -al canal. Sonia sabía que no vivía nadie -allí. Pero, durante toda la escena precedente, -el señor Svidrigailoff, oculto detrás -de la puerta, no había perdido sílaba -de la conversación. Cuando Raskolnikoff -hubo salido, el inquilino de la señora Reslich -reflexionó un momento; después volvió -a entrar sin ruido en su habitación, -que estaba contigua a la pieza desalquilada, -tomó una silla y fué a colocarla junto -a la puerta. Lo que acababa de oír le -interesaba en el más alto grado; así es que -llevaba aquella silla para poder escuchar -la conversación prometida para el día -siguiente, sin verse obligado a permanecer -de pie durante una hora por lo menos.</p> - - -<div class="chapter"><h3>V.</h3></div> - -<p>Cuando al día siguiente, a las once en -punto, Raskolnikoff se presentó en casa -del juez de instrucción, se asombró de -haber tenido que hacer antesala tanto -tiempo. Según sus presunciones, debiera -habérsele recibido en seguida; sin embargo, -pasaron diez minutos antes de ver a -Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, -en que esperó primero, varias personas -iban y venían sin parecer que reparasen -en él. En la habitación siguiente, -que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban -algunos escribientes y saltaba a -la vista que ninguno de ellos sospechaba -en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.</p> - -<p>El joven miró en su derredor con desconfianza. -¿Habría allí algún esbirro, -algún <i>Argos</i> misterioso encargado de vigilarle, -y en el caso oportuno impedir su -fuga? Nada de esto descubría; los escribientes -estaban todos ocupados en sus -tareas y los otros no hacían el menor caso -de él. El visitante se iba tranquilizando.</p> - -<p>—Si, en efecto, aquel misterioso personaje -de ayer, aquel espectro salido de debajo -de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese -visto todo, ¿me dejarían tanto tiempo -libre? ¿No me hubieran detenido ya, -en vez de esperar que viniese aquí por -mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese -hombre no ha hecho ninguna revelación -contra mí, o... sencillamente no sabe nada -y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo -hubiera podido ver? Por consiguiente, -he debido estar alucinado, y lo que ayer -me ocurrió no fué más que una ilusión de -mi imaginación enferma.</p> - -<p>Cada vez encontraba más verosímil esta -explicación, que ya el día antes se le -había ocurrido cuando más inquieto estaba.</p> - -<p>Reflexionando en todo esto y preparándose -para una nueva lucha, Raskolnikoff -advirtió de repente que estaba temblando -y hasta se indignó ante el pensamiento -de que lo que le hacía temblar era el miedo -de una entrevista con el odioso Porfirio -Petrovitch. Lo más terrible para él era -encontrarse de nuevo en presencia de -aquel hombre; le odiaba terriblemente y -hasta temía venderse a causa de aquel -odio. Se apresuró a entrar con aire frío y -tranquilo, y se prometió hablar lo menos -posible, estar siempre alerta y dominar, -en fin, a toda costa, su temperamento -irascible. Pensando en tales cosas, fué -introducido en el despacho de Porfirio -Petrovitch.</p> - -<p>Encontrábase éste solo en su gabinete. -Esta habitación, de no muchas dimensiones, -contenía una gran mesa colocada -frente a un diván forrado de hule, un escritorio, -un armario colocado en un rincón -y varias sillas; todo este mobiliario, -suministrado por el Estado, era de madera -amarilla. En la pared del fondo había -una puerta cerrada, lo que hacía suponer -que había otras habitaciones detrás del -tabique.</p> - -<p>En cuanto Porfirio Petrovitch vió que -Raskolnikoff entraba en su gabinete, fué -a cerrar la puerta por la cual acababa de -entrar el joven, y ambos quedaron frente -a frente. El juez de instrucción dispensó -a su visitante una acogida en la apariencia -por extremo risueña y afable. Al cabo -de algunos minutos advirtió Raskolnikoff -ciertos movimientos que revelaban ligera -contrariedad en el magistrado; parecía -que acababa de interrumpírsele en alguna -ocupación clandestina.</p> - -<p>—¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span> -aquí... en nuestros dominios—comenzó a -decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas -manos—. Vamos, siéntese usted, -<i>batuchka</i>. Pero quizá no le guste a usted -que se le llame respetabilísimo y al mismo -tiempo <i>batuchka</i>, <i>tout court</i>. No lo tome -usted a mal; no es una familiaridad excesiva... -Siéntese... aquí, en el diván.</p> - -<p>Raskolnikoff se sentó, sin apartar los -ojos del juez de instrucción.</p> - -<p>«Estas palabras «en nuestros dominios», -estas excusas por su familiaridad, la expresión -francesa <i>tout court</i>... ¿qué quiere -decir todo esto? Me ha alargado las manos -sin darme ninguna; las ha retirado a tiempo», -pensó Raskolnikoff con desconfianza.</p> - -<p>Ambos se observaban; pero cuando -se encontraban sus miradas, apartaban -el uno del otro los ojos con la rapidez del -relámpago.</p> - -<p>—He venido a traer este papel... con -motivo del reloj... Tome usted. ¿Está bien -así, o hay que escribir otro?</p> - -<p>—¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se -preocupe usted; está bien!—respondió con -precipitación Porfirio, que pronunció estas -palabras aun antes de haber examinado -el papel, y después, cuando hubo echado -una rápida mirada sobre el documento, -añadió—: Sí, está bien; basta con esto—continuó, -hablando siempre de prisa, y -depositó el papel sobre la mesa.</p> - -<p>Un minuto después lo guardó en el escritorio, -hablando de otra cosa.</p> - -<p>—Me parece que ayer me manifestó -usted deseos de interrogarme... en debida -forma, a propósito de mis relaciones con -la... víctima.</p> - -<p>«Vamos, ¿para qué habré dicho yo <i>me -parece</i>?», pensó de repente Raskolnikoff. -«¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he -de inquietar yo por ella?», añadió mentalmente -y casi al mismo tiempo.</p> - -<p>Por el solo hecho de encontrarse en -presencia de Porfirio, con quien apenas -había cambiado dos palabras, su desconfianza -tomaba enormes proporciones, y -advirtió súbitamente que esta disposición -de ánimo era demasiado peligrosa; su -agitación y la exaltación de sus nervios -iban en aumento.</p> - -<p>«Malo, malo; se me va a escapar alguna -tontería.»</p> - -<p>—Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos -tiempo, tenemos tiempo—murmuró Porfirio -Petrovitch, que sin intención alguna -aparente iba y venía por la habitación, -aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, -para acercarse en seguida a la -mesa.</p> - -<p>Algunas veces evitaba las recelosas miradas -de Raskolnikoff; otras se detenía -bruscamente y miraba a su interlocutor -cara a cara.</p> - -<p>Era un espectáculo verdaderamente -extraño el que ofrecía en tal momento -aquel hombrecillo grueso y redondo, que -se movía como una pelota lanzada de una -pared a otra.</p> - -<p>—No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma -usted? Tome un cigarrillo—continuó ofreciendo -un paquete al visitante—. Le recibo -aquí, ¿sabe usted?; pero mi habitación -está ahí, detrás de ese tabique... Es -el Estado quien me la suministra... yo -estoy aquí provisionalmente, porque hay -muchos arreglos que hacer en mi vivienda. -Ahora todo está arreglado o poco menos... -¿Sabe usted que es una gran cosa -que el Estado le dé a uno casa? ¿No le parece -a usted?</p> - -<p>—Sí, una gran cosa—respondió Raskolnikoff -mirándole con aire burlón.</p> - -<p>—Una gran cosa... una gran cosa...—repitió -ocupado en otra parte—. ¡Sí, una -gran cosa!—volvió a decir bruscamente -con voz casi tonante, deteniéndose a dos -pasos de Raskolnikoff, a quien miró de -repente.</p> - -<p>La incesante y necia repetición de esta -frase: «Una habitación suministrada por -el Estado es una gran cosa», contrastaba -por su vacuidad con la mirada seria, profunda, -enigmática, que el juez fijaba ahora -en su visitante.</p> - -<p>La cólera de Raskolnikoff no le impidió -dirigir al juez de instrucción un desafío -burlón y bastante imprudente.</p> - -<p>—¿Sabe usted—comenzó a decir, mirándole -casi con insolencia y complaciéndose -en ello—, que es, según creo, una -regla jurídica, un principio para todos los -jueces de instrucción, ponerse a hablar -de cosas insignificantes o de una cosa seria, -pero ajena a la cuestión, a fin de animar -a aquellos a quienes interrogan, o -más bien a fin de distraerlos aletargando -su prudencia, y después, bruscamente,<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span> -de improviso, descargarles en medio de -la coronilla la más peligrosa pregunta? -¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente -observada en la profesión de -usted?</p> - -<p>—¿De modo que usted supone que si -le he hablado tantas veces de la casa que -me da el Estado, ha sido para...?</p> - -<p>Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó -los ojos y dió a su cara, por un instante, -cierta expresión de alegría maliciosa, se -borraron las leves arrugas de su frente, se -le pusieron los ojos todavía más pequeños -de lo que eran, se dilataron sus facciones, -y mirando fijamente a Raskolnikoff, -se echó a reír de un modo nervioso y prolongado, -que agitó toda su persona. El joven -se echó a reír también, aunque haciendo -un violento esfuerzo. La hilaridad -de Porfirio Petrovitch redobló de tal modo, -que el rostro del juez de instrucción se -puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó -entonces un disgusto que le hizo -olvidar toda prudencia; cesó de reír, -frunció el entrecejo, y durante todo el -tiempo en que siguió riendo Porfirio con -aquella alegría que parecía un poco fingida, -clavó en él unas miradas preñadas -de odio. El juez, por su parte, se cuidaba -muy poco del descontento de Raskolnikoff. -Esta última circunstancia dió mucho -que pensar al joven; creyó comprender -que su llegada no había interrumpido -lo más mínimo al juez de instrucción; era, -por el contrario, él, Raskolnikoff, el que -había caído en una trampa. Evidentemente -había allí algún lazo, alguna emboscada -que él no conocía; la mina estaba cargada -quizá, e iba a reventar de un momento -a otro.</p> - -<p>Yéndose derecho al asunto, se levantó -y tomó su gorra.</p> - -<p>—Porfirio Petrovitch—dijo con tono resuelto, -pero en el que se descubría bastante -irritación—, ayer manifestó usted el deseo -de hacerme sufrir un interrogatorio. -(Subrayó la palabra <i>interrogatorio</i>.) He venido -a ponerme a disposición de usted; si -tiene preguntas que dirigirme, pregúnteme -usted, si no, permítame que me retire. No -puedo perder el tiempo aquí; tengo otra -cosa que hacer. He de asistir al entierro -de ese funcionario que ha sido atropellado -por un coche y de quien ha oído usted -hablar...—añadió, y en seguida se arrepintió -de haber dicho esta frase—. Después—prosiguió -con cólera creciente—, -todo eso me fastidia, ¿entiende usted? -hace mucho tiempo que dura todo esto, -y en parte ha sido causa de mi enfermedad... -En una palabra—continuó con -voz cada vez más irritada porque comprendía -que la frase acerca de su enfermedad -era aún más inoportuna que la -otra—, en una palabra, o me interroga -usted, o permita que me marche ahora -mismo... Pero si usted me interroga, que -sea en la forma establecida por el procedimiento -legal; de otro modo no se lo permitiré -a usted, y hasta entonces, adiós, -puesto que por el momento nada tenemos -que hacer juntos.</p> - -<p>—¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? -¿Acerca de qué he de interrogar a usted?—replicó -el juez de instrucción, que -cesó instantáneamente de reír—; no se -inquiete usted, se lo suplico.</p> - -<p>Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, -en tanto que él iba y venía de un lado a -otro de la habitación.</p> - -<p>—Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y -todo eso carece de importancia. Por el -contrario, estoy tan contento de que haya -usted venido a nuestra casa... Recibo a -usted como a un visitante... En cuanto -a ese maldito reír, <i>batuchka</i> Rodión Romanovitch, -perdóneme usted... soy muy -nervioso y me ha hecho mucha gracia la -agudeza de la observación de usted; a veces, -le aseguro que me pongo a saltar como -una pelota de goma y estoy así durante -media hora... Me gusta reír. Mi -temperamento me hace temer una apoplejía. -Pero siéntese usted, ¿por qué sigue -en pie?... Se lo ruego, <i>batuchka</i>, de lo -contrario creeré que está usted enfadado.</p> - -<p>Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, -se callaba, escuchaba y observaba; sin -embargo, se sentó.</p> - -<p>—Por lo que a mí toca, <i>batuchka</i> Rodión -Romanovitch, diré a usted una cosa -que servirá para explicarle mi carácter—repuso -Porfirio Petrovitch, que continuaba -yendo y viniendo por la habitación, y -seguía evitando el cruzar la mirada con la -del joven—. Yo vivo solo, ¿sabe usted? -No voy a ninguna parte; soy desconocido. -Añada usted que estoy en la decadencia<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> -ya acabado... y... ¿ha advertido usted, -Rodión Romanovitch, que entre nosotros, -es decir, en Rusia, y sobre todo en nuestros -círculos de San Petersburgo, cuando -se encuentran dos hombres inteligentes -que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente -se estiman, como usted y -yo, por ejemplo, en este momento, no -pueden decirse una palabra durante media -hora y permanecen como petrificados, -el uno frente al otro? Todo el mundo -tiene materia de conversación; las señoras, -la gente de mundo, las personas de -alta sociedad... en todos estos ambientes -hay de qué hablar, es de rigor; pero las -personas de la clase media, como nosotros, -son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede -esto, <i>batuchka</i>? ¿No tenemos nosotros -intereses sociales, o es que somos demasiado -honrados para engañarnos unos a -otros? No lo sé. Vamos a ver, ¿cuál es su -opinión? Pero deje la gorra; cualquiera -diría que desea usted irse, y eso me causa -pena... yo, por el contrario, tengo tanto -gusto...</p> - -<p>Raskolnikoff dejó su gorra. No salía -de su mutismo, y con las cejas fruncidas -seguía oyendo la vana charla de Porfirio.</p> - -<p>«Sin duda dice todas estas tonterías -para distraer mi atención.»</p> - -<p>—No le ofrezco a usted café, porque -éste no es lugar para ello; pero, ¿no será -posible pasar cinco minutos con un amigo -para procurarle una distracción?—prosiguió -el inagotable Porfirio—. Ya sabe -usted cuántas son las obligaciones del -servicio. No se enoje usted, <i>batuchka</i>, -porque siga paseándome; perdóneme usted, -sentiría mucho molestarle; ¡pero me -es tan necesario el movimiento!... Estoy -siempre sentado y es para mí un verdadero -placer poder pasearme durante cinco -minutos... padezco de hemorroides. -He tenido siempre intención de tratarme -por la gimnasia; el trapecio es, se dice, -muy provechoso para los consejeros del -Estado, y aun para los consejeros íntimos. -En nuestros días, la gimnástica ha -venido a ser una verdadera ciencia... En -cuanto a los deberes de nuestro cargo, a -estos interrogatorios y todo este formalismo, -usted mismo, <i>batuchka</i>, hablaba hace -poco... ¿Sabe usted, en efecto, <i>batuchka</i> -Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios -despistan más al magistrado que -al reo?... Usted lo ha hecho notar hace -un momento, con tanto ingenio como -exactitud. (Raskolnikoff no había hecho -semejante observación.) Se embrolla uno, -pierde el hilo. En cuanto a nuestras costumbres -jurídicas, estoy plenamente de -acuerdo con usted. ¿Cuál es, dice usted, -el acusado, aunque sea el más obtuso -<i>mujik</i>, que ignore que ha de comenzarse -por hacérsele preguntas extrañas para -aletargarle, según la feliz expresión de -usted, a fin de asestarle después, bruscamente, -un hachazo en medio de la coronilla -(sirviéndome de la feliz metáfora de -usted)? ¡Je, je! De modo que ha pensado -que hablándole de la habitación, yo trataba... -¡je, je! Es usted muy cáustico... -vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra -llama a otra; los pensamientos se atraen -mutuamente. Hace un momento hablaba -usted de la forma en lo que concierne al -magistrado. ¿Pero, qué es la forma? Ya -sabe usted que, en muchos casos, una -simple conversación amistosa conduce -más seguramente a ciertos resultados. La -forma no desaparecerá jamás, permítame -usted que se lo asegure; ¿pero qué es, -en el fondo, la forma? No se puede obligar -al juez de instrucción a que la traiga -siempre a cuestas. La necesidad del investigador -es, en su género, un arte liberal -o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!</p> - -<p>Porfirio Petrovitch se detuvo un instante -para tomar aliento. Hablaba sin -interrupción, tan pronto diciendo tonterías, -como deslizando, en medio de estas -necedades, frasecillas enigmáticas, -después de las cuales comenzaba de nuevo -con sus trivialidades. Su paseo ahora por -la habitación se parecía a una carrera; -movía sus gruesas piernas cada vez con -más viveza y continuaba con los ojos -bajos, la mano derecha metida en el bolsillo, -en tanto que con la izquierda hacía -incesantemente ademanes que no tenían -ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff -advirtió, o creyó advertir, que -al ir y venir por la habitación, el juez se -había detenido dos veces cerca de la puerta -como para escuchar un instante... «Sin -duda espera algo.»</p> - -<p>—Tiene usted completa razón—siguió -diciendo alegremente Porfirio, mirando<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span> -al joven con una candidez que puso a éste -en nueva desconfianza—; nuestras costumbres -jurídicas merecen, en efecto, las -burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos -procedimientos, inspirados, según se pretende, -por una profunda psicología, son -muy ridículos y aun a menudo estériles. -Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos -que yo me encargo de la instrucción -de un proceso; yo sé, o más bien creo -saber, que el culpable es cierto señor... -¿No estaba usted siguiendo la carrera de -Derecho, Rodión Romanovitch?</p> - -<p>—Sí; la estudiaba.</p> - -<p>—Pues bien, he aquí un ejemplo que -podrá servirle a usted más adelante; no -vaya a creer que trato de echármelas de -profesor con usted; no permita Dios que -pretenda yo enseñar una cosa a un hombre -que trata en los periódicos las cuestiones -de criminalidad; no, me tomo solamente -la libertad de citarle un hecho a -título de ejemplo. Supongo, pues, que -he creído descubrir al culpable; dígame -usted ahora: ¿había de inquietarle prematuramente, -aunque poseyera pruebas -contra él? Acaso a otro que no tuviese el -mismo carácter, le haría detener en seguida; -pero a éste, ¿por qué no dejarle que -se pasee un poco por la ciudad? ¡Je, je! -No, veo que usted no me comprende bien; -voy a explicarme más claramente. Si, por -ejemplo, me apresuro a dictar un auto de -prisión contra él, merced a este solo hecho -le suministro, por decirlo así, un punto de -apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff -no pensaba en reírse; tenía los -labios apretados y no apartaba su ardiente -mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) -Sin embargo, así se hace, porque -las personas son muy diversas, aunque, -desgraciadamente, el procedimiento sea -el mismo para todas. Pero desde el momento -que tiene usted pruebas, podrá decirme -usted, ¿para qué todas esas precauciones? -¡Ah, Dios mío! <i>Batuchka</i>, ¿sabe -usted lo que son pruebas? Las tres -cuartas partes de las veces, las pruebas -son armas de dos filos, y, yo, juez de instrucción, -soy hombre y, por consiguiente, -sujeto a error. Así, pues, quisiera dar a -mis investigaciones el rigor absoluto de -una demostración matemática y desearía -que mis conclusiones fuesen tan claras, -tan indiscutibles, como dos y dos son -cuatro. De modo que si yo hago detener -a ese señor antes del tiempo oportuno, -estando bien convencido de que es <i>él</i>, -me privo de los medios ulteriores de establecer -su culpabilidad. ¿Y por qué? -Pues porque le doy, en cierto modo, una -situación definida; al ponerle en la cárcel -le tranquilizo, le coloco en su verdadero -equilibrio psicológico; entonces se me escapa, -se repliega sobre sí mismo, y comprende -que es un detenido. Si por el contrario, -dejo perfectamente tranquilo al -presunto culpable, si no le detengo y si -no le inquieto, pero a todas horas está preocupado -de que lo sé todo, de que no le -pierdo de vista ni de día ni de noche, de -que es objeto por mi parte de una infatigable -vigilancia, ¿qué es lo que sucederá -en semejantes condiciones? Que infaliblemente -se sentirá acometido del vértigo, -vendrá él mismo a mi casa, me suministrará -buen número de armas contra -él, y me pondrá en el caso de dar a las -conclusiones de mi investigación un carácter -de evidencia matemática que no -carece de encantos. Si este procedimiento -puede dar resultados eficaces con un <i>mujik</i> -inculto, es también muy eficaz cuando -se trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, -y en cierto modo distinguido. -Porque lo importante, mi querido amigo, -es adivinar en qué sentido está desarrollado -un hombre. Supongamos que se -trata de uno inteligente, pero que tiene -nervios, nervios que están excitados, que -son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que -no se tiene en cuenta, ¡qué papel, sin embargo, -tan importante desempeña en todas -esas personas! Se lo repito a usted: -hay en esto una verdadera mina de indicios. -¿Qué me importa que se pasee en -libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar -un poco más, seguro de que la presa -no se me escapará. Y, en efecto, ¿a dónde -podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco -huiría al extranjero, pero él no; tanto -más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, -tomadas mis medidas. ¿Se retirará -al interior del país? Allí habitan -<i>mujiks</i> groseros, rusos primitivos, desprovistos -de civilización; este hombre ilustrado -querrá mejor estar preso que vivir -en tal ambiente. ¡Je, je! Por otra parte,<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span> -esto no significa nada todavía; es lo accesorio, -el lado exterior de la cuestión. No -huirá, no solamente porque no sabría -dónde ir, sino porque, y sobre todo, me -pertenece psicológicamente. ¡Je, je, je! -¿Qué le parece a usted de esta expresión? -En virtud de una ley natural, no huirá, -aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted -la mariposa delante de la luz? Pues bien: -él dará sin cesar vueltas en derredor mío, -como ese insecto en torno de la llama. -Para él no tendrá goces la libertad, cada -vez estará más inquieto, cada vez más -trastornado; si le doy tiempo, se entregará -a actos tales que su culpabilidad aparecerá -clara como dos y dos son cuatro... -y siempre, siempre, dará vueltas en derredor -mío, describiendo círculos cada -vez más pequeños, hasta que, por último, -¡paf! se meterá él mismo en la boca y me -lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, -je, je! ¿No le parece a usted?</p> - -<p>Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido -e inmóvil, continuaba observando el -rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo -de atención.</p> - -<p>«La lección es buena—pensaba aterrado—; -no es, como ayer, el gato jugando -con el ratón. Sin duda, al hablarme así, -no es solamente por placer de mostrarme -su fuerza; es demasiado inteligente -para eso. Debe de tener otro objeto. ¿Cuál -es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para -asustarme. No tienes pruebas, y el hombre -de ayer no existe. Tratas sencillamente -de desconcertarme, quieres encolerizarme -y dar el gran golpe cuando me -veas en ese estado; pero te engañas; pierdes -el tiempo y la saliva. Mas, ¿por qué -hablas con palabras encubiertas? Cuentas -con la excitación de mi sistema nervioso... -No, amiguito, no sucederá lo que -tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas -preparado... Ahora veremos qué lazo me -tiendes.»</p> - -<p>Y se dispuso animosamente a afrontar -la terrible catástrofe que preveía. De vez -en cuando sentía deseos de lanzarse sobre -Porfirio y de estrangularle sobre la marcha. -Desde su entrada en el despacho del -juez de instrucción, su principal temor era -el de no poder dominar su cólera. Sentía -los latidos violentos del corazón, se le secaban -los labios y le brotaba espuma de -ellos. Resolvió, sin embargo, callarse -comprendiendo que, en su posición, el -silencio era la mejor táctica. De esta suerte, -en efecto, no sólo no se comprometería, -sino que quizá conseguiría irritar a su -enemigo y arrancarle alguna palabra imprudente. -Por lo menos, tal era la esperanza -de Raskolnikoff.</p> - -<p>—No, bien veo que usted no lo cree. -Supone usted que me burlo—prosiguió -Porfirio, que cada vez estaba más alegre -sin dejar su risita, y había reanudado sus -paseos por la sala—. Tal vez tenga usted -razón; me ha dado Dios una cara que -despierta en los que me ven ideas cómicas; -soy un bufón; pero perdone usted -el lenguaje de un viejo: usted, Rodión Romanovitch, -está en la flor de la juventud, -y, como todos los de su edad, aprecia -sobre todo la inteligencia humana. La -agudeza del ingenio y las deducciones abstractas -de la razón le seducen. Volviendo -al <i>caso particular</i> del que veníamos hablando, -diré a usted que es preciso contar -con la realidad, con la naturaleza. Es una -cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa -muchas veces de la habilidad! ¡Escuche -usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión -Romanovitch—al pronunciar estas -palabras, el juez, que escasamente tenía -treinta y cinco años, parecía, en efecto, -que había envejecido de improviso; en su -persona y hasta en su voz habíase producido -una repentina metamorfosis—. Además, -yo soy muy franco... ¿Qué le parece -a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que -no se puede ser más; le confío a usted -todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. -¡Je, je, je! Pues bien—continuó—: la -agudeza de ingenio es, en mi opinión, -una cosa excelente; es, por decirlo así, -el ornamento de la naturaleza, el consuelo -de la vida, y con ella solamente -parece que se puede echar la zancadilla a -un pobre juez de instrucción, que, por -otra parte, suele ser engañado por su propia -imaginación, porque, en resumidas -cuentas, es hombre. Pero la naturaleza -viene en ayuda del pobre juez. En esto -es en lo que no piensa la juventud, fiando -demasiado en su inteligencia, la juventud -que «salta por encima de todos los -obstáculos», como dijo usted ayer de una -manera tan fina e ingeniosa. En el <i>caso<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span> -particular</i> de que tratamos, el culpable, -yo lo admito, mentirá de una manera -asombrosa; pero cuando crea que no tiene -más que recoger el fruto de su habilidad, -¡paf! se desmayará en el sitio mismo en -que tal accidente ha de ser objeto de mayores -comentarios. Supongamos que puede -explicar su desmayo por hallarse enfermo, -por la atmósfera sofocante de la -sala; eso no obstante, nacerán sospechas. -Ha mentido de una manera asombrosa; -pero no ha sabido tomar precauciones -contra la naturaleza. Ahí tiene usted dónde -está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado -por su carácter burlón, se divertirá -embromando a alguno que sospecha, -y, como por juego, fingirá ser el criminal -a quien busca la policía; pero entrará -demasiado bien en el ánimo de su modelo, -representará su fingida comedia con <i>demasiada -naturalidad</i>, y éste será otro indicio. -De momento, su interlocutor podrá -ser juguete de lo que dice; pero, si este -último no es un zoquete, rectificará al -siguiente día. Nuestro hombre se comprometerá -a cada instante, ¡qué digo! -vendrá por sí mismo donde no ha sido -llamado, se explayará con palabras imprudentes, -se extenderá en alegorías cuyo -sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je, -je! Hasta preguntará por qué no se le ha -detenido aún. ¡Je, je, je! Y esto puede -ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un -psicólogo, a un literato. ¡No hay espejo -tan transparente como la naturaleza! basta -con contemplarla... pero, ¿por qué se -pone usted tan pálido, Rodión Romanovitch? -Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere -usted que abra la ventana?</p> - -<p>—No se moleste usted, se lo ruego—contestó -Raskolnikoff, echándose a reír.</p> - -<p>El juez se detuvo enfrente de él, esperó -un momento, y, de repente, soltó también -una carcajada. Raskolnikoff, cuya -hilaridad habíase calmado súbitamente, -se levantó.</p> - -<p>—Porfirio Petrovitch—dijo con voz -ruda y fuerte, y manteniéndose con dificultad -en pie, a causa del temblor de -sus piernas—, no tengo duda: usted sospecha -que yo he asesinado a esa vieja y -a su hermana Isabel. Por mi parte le declaro -que estoy ya hasta la coronilla. Si -usted cree que tiene el derecho de perseguirme -o de hacerme detener, persígame -usted y métame en la cárcel; pero no permito -que se burle nadie de mí, ni de que -se me martirice.</p> - -<p>De pronto comenzaron a temblarle los -labios, sus ojos despidieron llamas, y su -voz, hasta entonces contenida, alcanzó el -diapasón más elevado.</p> - -<p>—¡No lo permito!—gritó bruscamente, -y dió un vigoroso puñetazo sobre la mesa—. -¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? -¡No lo permito!</p> - -<p>—¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a -usted?—dijo el juez de instrucción en -apariencia muy inquieto—. ¡<i>Batuchka</i>! -Rodión Romanovitch, amigo mío, ¿qué -está usted diciendo?</p> - -<p>—¡No lo permito!—repitió Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡<i>Batuchka</i>, un poco más bajo! Van -a oírle. Vendrán, y, entonces, ¿qué diremos? -Piense usted un poco en ello—murmuró -como asustado Porfirio Petrovitch, -que había acercado su cara a la -del visitante.</p> - -<p>—¡No lo permito! ¡No lo permito!—prosiguió -maquinalmente Raskolnikoff; -pero hablaba bajando el tono, de modo -que sólo podía ser oído por Porfirio.</p> - -<p>Este corrió a abrir la ventana.</p> - -<p>—Es menester airear la sala. ¿Por -qué no bebe usted un poco de agua, querido -amigo? Eso no es más que un acceso -sin importancia.</p> - -<p>Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes -a un criado, cuando vió en un rincón -una jarra de agua.</p> - -<p>—¡Beba usted, <i>batuchka</i>!—murmuró, -aproximándose vivamente al joven con -una jarra—. Esto le sentará a usted muy -bien.</p> - -<p>El susto, y aun la misma solicitud de -Porfirio Petrovitch, parecían tan poco -fingidos, que Raskolnikoff se calló y se -puso a examinarle con tétrica curiosidad; -pero rehusó el agua que se le ofrecía.</p> - -<p>—¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! -¡Si usted continúa así, va a volverse -loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, -aunque sea un sorbo.</p> - -<p>Y le puso casi a la fuerza el vaso en la -mano. Maquinalmente, Raskolnikoff se lo -llevó a los labios; pero de repente mudó<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span> -de parecer, y lo dejó con disgusto sobre -la mesa.</p> - -<p>—Eso no ha sido más que un acceso -insignificante. Tanto hará usted, mi querido -amigo, que acabará por recaer de -nuevo—observó con tono afectuoso el -juez de instrucción, que parecía muy afectado—. -Señor, ¿pero es posible que se -cuide usted tan poco? Lo mismo pasó -con Demetrio Prokofitch, que estuvo -ayer en mi casa. Reconozco que tengo -el genio cáustico, que mi carácter es horrible... -pero, ¡señor! ¿qué significación se -da a mis inofensivas salidas? Vino ayer -después de la visita de usted; íbamos a -ponernos a comer y empezó a hablar. -Me contenté con apartar los brazos: ¡Ah -Dios mío!... Fué usted quien lo envió, -¿verdad? ¡Siéntese usted; <i>batuchka</i>; siéntese -usted, por el amor de Cristo!</p> - -<p>—No, no le mandé yo; pero sabía que -estaba en casa de usted y por qué hacía -esa visita—respondió sarcásticamente -Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Usted lo sabía?</p> - -<p>—Sí. ¿Qué deduce usted de eso?</p> - -<p>—Deduzco, <i>batuchka</i>, que conozco, además, -otros muchos hechos y excursiones -de usted; estoy informado de todo. Sé -que a la caída de la tarde fué usted a alquilar -el <i>cuarto</i>; que se puso a tirar del -cordón de la campanilla; que hizo una -pregunta acerca de la sangre, y que el aspecto -de usted asombró a los obreros y a -los <i>dvorniks</i>. ¡Oh! comprendo la situación -moral en que usted se encontraba entonces; -pero no es menos cierto que todos -estos trastornos acabarán por volverle loco. -En el alma de usted hierve una noble -indignación; tiene usted motivos para -quejarse de su destino, en primer término, -y en segundo, de la policía. Va usted -también de aquí para allá forzando, en -cierto modo, a la gente para que formule -en voz alta sus acusaciones. Estas chismografías -estúpidas le son insoportables, -y quiere usted acabar con todo ello. ¿No -es así? ¿No he adivinado alguno de los -sentimientos a que usted obedece? Pero -el caso es que no se contenta usted con -devanarse los sesos, sino que hace perder -también la cabeza al pobre Razumikin, -y es verdaderamente una lástima volver -loco a tan buen muchacho. Su misma -bondad le expone más que a cualquier -otro a sufrir el contagio de la enfermedad -de usted... Cuando usted se calme, <i>batuchka</i>, -yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por -el amor de Cristo! Se lo suplico. Recobre -sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.</p> - -<p>Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril -agitaba todo su cuerpo. Escuchaba -con sorpresa profunda a Porfirio, que le -prodigaba demostraciones de amistad; -pero no daba ningún crédito a las palabras -del juez de instrucción, aunque sentía -una propensión extraña a creerlas. -Le había impresionado mucho el oír a -Porfirio hablarle de su visita al cuarto de -la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me -lo cuenta él mismo?», pensaba el joven.</p> - -<p>—Sí, se ha producido en nuestra táctica -judiciaria un caso psicológico casi -análogo, un caso morboso—continuó Porfirio—. -Un hombre se acusó de un homicidio -que no había cometido. Contó una -historia completa, una alucinación de que -él había sido juguete; y su relato era tan -verosímil, parecía tan de acuerdo con los -hechos, que desafiaba toda contradicción. -¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido -en él, este individuo había sido, -en parte, causa de un asesinato. Cuando -supo que él había, sin saberlo, facilitado -el crimen, se sobrecogió de tal manera, -que su razón se alteró e imaginó que él -era el verdadero criminal. Al fin y a la -postre, el Senado examinó la causa y -descubrió que el desgraciado era inocente. -Sin el Senado, ¿qué hubiera sido de -este pobre diablo? He aquí lo que se -arriesga, <i>batuchka</i>. Puede uno convertirse -en monomaníaco cuando va por la noche -a tirar de los cordones de las campanillas -y a hacer preguntas acerca de la sangre. -En el ejercicio de mi profesión, he tenido -ocasión de estudiar toda esta psicología. -Es ése de que hablo un atractivo semejante -al que impulsa a un hombre a tirarse -por una ventana de lo alto de una -torre... Usted está enfermo, Rodión Romanovitch, -y hace mal en descuidar tanto -su enfermedad. Debiera usted consultar -un médico experimentado, en vez de hacerse -asistir por ese gordinflón de Zosimoff. -Todo esto es en usted el efecto del -delirio...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span></p> - -<p>Durante un instante, Raskolnikoff creyó -ver que todos los objetos daban vueltas -en derredor suyo. «¿Es posible que -siga mintiendo en este momento?», se -preguntaba; y esforzábase para desechar -esta idea, presintiendo el exceso de rabia -loca a que podía impulsarle.</p> - -<p>—Yo no deliraba. Me encontraba en el -pleno uso de mi razón—gritó, en tanto -que ponía su espíritu en tortura para comprender -el juego de Porfirio—. Era dueño -de todas mis facultades, ¿entiende usted?</p> - -<p>—Sí; comprendo, comprendo. Ya me -dijo usted ayer que no deliraba, e insistió -particularmente sobre este punto. -Comprendo todo lo que puede usted decir. -¡Je, je!... Pero permítame usted que -someta a su juicio una observación, querido -Rodión Romanovitch: Si en efecto, -fuese usted el culpable, o hubiese tomado -parte en ese maldito asunto, yo le pregunto: -¿hubiera sostenido que había hecho -usted todas esas cosas, no delirando, -sino con plena conciencia de sus actos? -Supongo que habría usted hecho todo lo -contrario. Si creyese usted que su causa -estaba prejuzgada, debería precisamente -sostener con tenacidad que obró bajo la -influencia del delirio; ¿no es así?</p> - -<p>El tono de la pregunta hacía sospechar -que se le tendía un lazo. Al pronunciar -estas últimas palabras, el juez se inclinó -hacia Raskolnikoff. Este se recostó en -el diván y miró silenciosamente en la cara -a su interlocutor.</p> - -<p>—Y lo mismo digo respecto de la visita -del señor Razumikin. Si usted fuese -culpable, debería decir que nuestro amigo -vino a mi casa por su propia iniciativa, -y ocultar que había dado este paso por -instigación de usted. Por el contrario, lejos -de ocultarlo, asegura que fué usted -quien lo mandó.</p> - -<p>Raskolnikoff no había afirmado nada -de esto, y sintió, al oírlo, un escalofrío en -la espina dorsal.</p> - -<p>—Usted sigue mintiendo—dijo con voz -lenta y débil, esbozando una sonrisa—. -Quiere usted suponer que lee en mi interior -y que sabe de antemano todas las -respuestas—continuó, comprendiendo -que ya no pesaba sus palabras como debía—; -usted quiere meterme miedo... o -simplemente burlarse de mí.</p> - -<p>Hablando de este modo, Raskolnikoff -no cesaba de mirar fijamente al juez de -instrucción. De repente brillaron de nuevo -en sus ojos relámpagos de cólera violenta.</p> - -<p>—No hace usted más que mentir—gritó—. -Sabe usted perfectamente que la -mejor táctica para un culpable es confesar -lo que no le es posible tener oculto. -Yo no le creo a usted.</p> - -<p>—¡Qué listo es usted para ver las cosas!—dijo -Porfirio sonriéndose—. Pero -en este asunto, <i>batuchka</i>, está engañado; -es el efecto de la monomanía. ¡Ah! ¿Conque -usted no me cree? Pues yo le digo que -me crea un poco, y me arreglaré de manera -que acabe por creerme del todo; porque -yo le quiero a usted sinceramente, y -le miro con singular interés.</p> - -<p>Los labios de Raskolnikoff comenzaron -a temblar.</p> - -<p>—Sí; yo le quiero a usted—prosiguió -Porfirio asiendo amistosamente el brazo -del joven por algo más arriba del codo—; -vuelvo a repetírselo a usted: cuídese su -enfermedad. Además, la familia de usted -se encuentra ahora en San Petersburgo; -piense algo en ella. Debería usted hacer -la felicidad de sus parientes y, por el contrario, -sólo les acarrea inquietudes.</p> - -<p>—Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo -sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla en -mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, -y además, me lo dice?</p> - -<p>—Pero, <i>batuchka</i>. ¡Si es usted mismo -quien me lo ha contado! No advierte que, -en su agitación, habla usted espontáneamente -de sus asuntos a mí y a los demás. -Ayer Razumikin me comunicó también -muchas particularidades interesantes -acerca de usted. Iba a decirle que, a pesar -de todo su genio, ha perdido la vista -exacta de las cosas, a consecuencia de -su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente -del cordón de la campanilla. Ese es -un hecho precioso, un hecho inapreciable -para un magistrado observador; yo se lo -entrego a usted cándidamente; yo, juez -de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted -los ojos? Pero si yo le creyera culpable, -¿hubiera procedido de esa suerte? En -tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente -trazada: hubiera debido, por -el contrario, desviar la atención de usted -hacia otro punto. Después, bruscamente,<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> -le hubiera asestado, según la expresión -de usted, sobre la coronilla, la siguiente -pregunta: «¿Qué fué usted a hacer a tal -hora de la noche al domicilio de la víctima? -¿Por qué tiró usted del cordón de la -campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas -acerca de la sangre? ¿Por qué aturdió -usted a los <i>dvorniks</i> pidiendo que le condujesen -a la oficina de policía?» De esta -manera hubiera procedido si hubiese tenido -alguna sospecha acerca de usted. -Hubiera debido someter a usted a un interrogatorio -en regla, ordenar una investigación -y detenerle. Puesto que he -obrado de otro modo, es señal evidente -de que no sospecho de usted. Ha perdido -el sentido exacto de las cosas, y está ciego, -se lo repito.</p> - -<p>Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo -fácilmente advertir Porfirio Petrovitch.</p> - -<p>—Sigue usted mintiendo—vociferó el -joven—. No sé cuáles son sus intenciones; -pero estoy cierto de que miente... Hace -poco no hablaba usted en ese sentido y -sobre ello no me hago ilusiones... Miente -usted.</p> - -<p>—¿Que miento?—replicó Porfirio con -apariencias de vivacidad. Por lo demás, -el juez de instrucción conservaba su aspecto -jovial, y parecía no dar importancia -alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera -tener de él—. ¿Que miento? ¿Pero -usted no recuerda cómo acabo de tratarle? -Yo, juez de instrucción, le he sugerido -los argumentos psicológicos que usted -podía emplear: «La enfermedad, el delirio, -los sufrimientos del amor propio, la -hipocondría, la afrenta recibida en el despacho -de policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, -je! Verdad es, dicho sea de paso, que estos -medios de defensa no siempre dan el resultado -apetecido; son armas de dos filos -y podría cortarse el que las empleara. -Si usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, -no sabía lo que hacía, no me acuerdo -de nada», podrá respondérsele: «Todo -eso está muy bien, <i>batuchka</i>, pero, ¿cómo -es que el delirio toma siempre en usted el -mismo carácter?» Debería manifestarse en -otras formas, ¿verdad? ¡Je, je, je!</p> - -<p>Raskolnikoff se levantó, y mirándole -despreciativamente, dijo:</p> - -<p>—En resumen: quiero saber de una -manera concreta si sospecha usted o no -de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. -Explíquese usted sin ambages ni rodeos; -y en seguida, al instante.</p> - -<p>—¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los -niños que piden la luna—replicó Porfirio -siempre con su tono zumbón—. ¿Qué -necesidad tiene usted de saber nada, si -se le deja a usted perfectamente tranquilo? -¿Por qué se altera de ese modo? ¿Por -qué viene a mi casa cuando nadie le llama? -¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, -je, je!</p> - -<p>—Le repito—gritó Raskolnikoff furioso—que -ya no me es posible soportar...</p> - -<p>—¿Qué? ¿La incertidumbre?—interrumpió -el juez de instrucción.</p> - -<p>—No me exaspere usted más... No -quiero, digo a usted que no quiero... no -puedo ni quiero... ¿oye usted?—gritó con -voz de trueno Raskolnikoff, descargando -un nuevo puñetazo sobre la mesa.</p> - -<p>—Más bajo, más bajo; van a oírle a -usted, se lo advierto seriamente. Tenga -cuidado—murmuró Porfirio.</p> - -<p>El juez de instrucción no tenía ya aquel -aire de campesino que comunicaba a su -rostro cierta candidez; fruncía las cejas, -hablaba como amo y estaba a punto de -quitarse la careta; pero esta nueva actitud -no duró más que un instante. Aunque -al punto Raskolnikoff se entregó a un -arrebato de cólera, sin embargo, cosa -extraña, esta vez, como antes, aunque -estaba en el colmo de la exasperación, -obedeció la orden de bajar la voz; comprendía, -además, que no podía menos de -hacerlo, y este pensamiento contribuyó -a aumentar su irritación.</p> - -<p>—No me dejaré martirizar—murmuró—; -deténgame usted, regístreme, haga -cuantas investigaciones quiera; pero proceda -usted en debida forma, y no juegue -conmigo. No tenga usted la audacia...</p> - -<p>—No se inquiete usted por la forma—interrumpió -Porfirio con su acento sardónico, -mientras contemplaba a Raskolnikoff -con cierto júbilo—; es familiarmente, -<i>batuchka</i>, como amigo, como he invitado -a usted a que viniera a verme.</p> - -<p>—No quiero la amistad de usted; la -desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora tomo -la gorra y me voy. Usted dirá si tiene -intención de detenerme.</p> - -<p>En el momento en que se acercaba a la<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span> -puerta, Porfirio Petrovitch le asió de nuevo -del brazo, por un poco más arriba del -codo.</p> - -<p>—¿No quiere usted que le dé una pequeña -sorpresa?—dijo, riendo, el juez -de instrucción, que cada vez parecía más -burlón, lo que acabó de poner a Raskolnikoff -fuera de sí.</p> - -<p>—¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere -usted decir?—preguntó el joven, deteniéndose -de repente y mirando con inquietud -a Porfirio.</p> - -<p>—Una pequeña sorpresa que hay detrás -de esa puerta. ¡Je, je, je!—y mostraba -con un dedo la puerta cerrada que -daba acceso a su habitación, situada detrás -del tabique—. Yo mismo la he cerrado -con llave para que no se vaya.</p> - -<p>—¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?</p> - -<p>Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso -abrirla, pero no pudo.</p> - -<p>—Está cerrada. He aquí la llave—y -diciendo esto, el juez de instrucción sacó -la llave del bolsillo y se la enseñó al -joven.</p> - -<p>—¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!—aulló -éste, que ya no era dueño de sí—. ¡Mientes, -maldito pulchinela!</p> - -<p>Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse -sobre Porfirio, el cual se retiró hacia -la puerta, pero sin demostrar ningún -temor.</p> - -<p>—¡Lo comprendo todo!—vociferó Raskolnikoff—. -¡Mientes, mientes para que -yo me venda!...</p> - -<p>—Pero, ¿por qué ha de venderse usted? -¡Vea en qué estado se encuentra, Rodión -Romanovitch! No grite, o llamo.</p> - -<p>—¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu -gente! Sabías que estaba enfermo y has -querido exasperarme, ponerme en el disparador -para arrancarme una confesión; -ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. -Te he comprendido. No tienes pruebas; -no tienes más que suposiciones, las conjeturas -de Zametoff. Conocías mi carácter -y has querido exasperarme, a fin de -hacer en seguida que se presentaran bruscamente -los popes y delegados. Los esperas, -¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? -Hazlos entrar.</p> - -<p>—¿Qué habla usted de delegados, <i>batuchka</i>? -¡Vaya unas ideas! La misma forma -para emplear el mismo lenguaje de usted, -no permite proceder de este modo; usted -conoce el procedimiento, mi querido -amigo... pero será observada la forma, -usted lo verá—murmuró Porfirio, que -se había puesto a escuchar junto a la -puerta.</p> - -<p>Sonaba, en efecto, cierto ruido en la -pieza contigua.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Vienen?—gritó Raskolnikoff—. -¿Los has enviado a buscar? Habías -contado... Pues bien, introdúcelos a -todos, delegados y testigos; haz entrar a -quien quieras. Estoy pronto.</p> - -<p>Pero entonces ocurrió un incidente -muy extraño, tan fuera del curso ordinario -de las cosas, que sin duda Raskolnikoff -ni Porfirio Petrovitch hubieran -podido preverlo.</p> - - -<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div> - -<p>He aquí el recuerdo que esta escena dejó -en el espíritu de Raskolnikoff:</p> - -<p>El ruido que sonaba en la habitación -inmediata aumentó de repente, y la puerta -se entreabrió.</p> - -<p>—¿Qué es eso?—gritó Porfirio Petrovitch -encolerizado.</p> - -<p>No hubo respuesta; pero la causa del -ruido se dejaba adivinar en parte: alguna -persona quería penetrar en el despacho -del juez y trataban de impedírselo.</p> - -<p>—¿Qué es lo que sucede?—repitió -Porfirio.</p> - -<p>—Es el procesado Mikolai, que ha sido -conducido aquí.</p> - -<p>—No tengo necesidad de él. No quiero -verle; llevadle. Esperad un poco. ¿Por -qué le han traído? ¡Qué desorden!—murmuró -Porfirio lanzándose hacia la puerta.</p> - -<p>—El es quien...—replicó la misma voz; -y se detuvo de repente.</p> - -<p>Durante dos minutos se oyó el ruido -de una lucha entre dos hombres; después, -uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y -penetró bruscamente en el despacho.</p> - -<p>El recién venido tenía un aspecto muy -extraño. Parecía no ver a nadie. En sus -ojos llameantes se leía una firme resolución, -y al propio tiempo su rostro estaba -lívido como el de un condenado a quien se -conduce al cadalso. Temblábanle ligeramente -los labios, exangües.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span></p> - -<p>Era un hombre muy joven todavía, delgado, -de mediana estatura y vestido como -un obrero. Tenía el cabello cortado -al rape y sus facciones eran finas y angulosas. -El que acababa de ser rechazado -por él, se lanzó en persecución suya dentro -del gabinete y le agarró por un brazo: -era un gendarme. Mikolai logró de nuevo -soltarse.</p> - -<p>En el umbral se agruparon muchos curiosos, -algunos de los cuales tenían vivos -deseos de entrar. Todo ello había pasado -en menos tiempo del que se tarda en referirlo.</p> - -<p>—¡Vete! Es todavía pronto; espera a -que se te llame... ¿Por qué te han traído -tan pronto?—preguntó Porfirio Petrovitch -tan irritado como sorprendido; pero -de repente Mikolai se puso de rodillas.</p> - -<p>—¿Qué haces?—gritó el juez de instrucción -cada vez más asombrado.</p> - -<p>—¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el -asesino!—dijo bruscamente Mikolai, con -voz bastante fuerte, a pesar de la emoción -que le ahogaba.</p> - -<p>Pasaron diez segundos en un silencio -profundo como si todos los asistentes hubiesen -sido acometidos de un ataque de -catalepsia. El gendarme no trató de sujetar -de nuevo al preso, y dirigiéndose -maquinalmente hacia la puerta, se quedó -inmóvil en el umbral.</p> - -<p>—¿Qué estás diciendo?—exclamó Porfirio -Petrovitch cuando el asombro le -permitió hablar.</p> - -<p>—Yo soy el asesino...—repitió de nuevo -Mikolai.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...?</p> - -<p>El juez de instrucción estaba visiblemente -desconcertado. El preso tardó un -instante en responder.</p> - -<p>—Yo he asesinado... a hachazos... a -Alena Ivanovna y a su hermana Isabel -Ivanovna. Estaba trastornado—añadió -bruscamente.</p> - -<p>Se calló, pero continuaba de rodillas. -Después de haber oído esta respuesta, -Porfirio Petrovitch pareció reflexionar -profundamente, y luego, con un ademán -violento, mandó a los testigos que se retirasen. -Estos obedecieron al punto y la -puerta volvió a cerrarse.</p> - -<p>Raskolnikoff, en pie, contemplaba a -Mikolai con aire extraño. Durante algunos -instantes las miradas del juez de instrucción -fueron del detenido al visitante -y viceversa. Después se dirigió a Mikolai -sin tratar de disimular su cólera.</p> - -<p>—Espera a que se te interrogue antes -de decirme que estabas trastornado. Yo -no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has -matado...?</p> - -<p>—Yo soy el asesino... lo confieso—respondió -Mikolai.</p> - -<p>—¿Oh? ¿Con qué arma has matado?</p> - -<p>—Con una hacha. La llevaba prevenida.</p> - -<p>—¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?</p> - -<p>Mikolai no comprendió la pregunta.</p> - -<p>—¿No tienes cómplices?</p> - -<p>—No. Mitka es inocente. No ha tomado -la menor parte en el crimen.</p> - -<p>—No te apresures tanto para disculpar -a Mitka. ¿Acaso te he preguntado -acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se -explica que los <i>dvorniks</i> os hayan visto -bajar corriendo la escalera?</p> - -<p>—Corrí adrede detrás de Mitka porque -de ese modo pensé evitar sospechas—respondió -el preso.</p> - -<p>—Está bien. Basta—gritó Porfirio encolerizado—; -no dice la verdad—murmuró -en seguida como aparte, y de pronto -sus ojos se encontraron con los de Raskolnikoff, -cuya presencia había evidentemente -olvidado durante este diálogo con Mikolai.</p> - -<p>Al fijarse en su visitante pareció que se -turbaba el juez de instrucción y dirigiéndose -a él le dijo:</p> - -<p>—Rodión Romanovitch, <i>batuchka</i>, perdóneme -usted, se lo suplico... Nada tiene -usted que hacer aquí... yo mismo... ya -ve qué sorpresa...</p> - -<p>Tomó al joven por el brazo y le señaló -la puerta.</p> - -<p>—Según se ve, no esperaba usted tal -cosa—observó Raskolnikoff.</p> - -<p>Naturalmente, lo que acababa de suceder -era para él un enigma. Sin embargo, -había recobrado en gran parte su serenidad.</p> - -<p>—Tampoco usted lo esperaba, <i>batuchka</i>. -Vea usted cómo le tiembla la mano. -¡Je, je, je!</p> - -<p>—También está usted temblando, Porfirio -Petrovitch—observó Raskolnikoff.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span></p> - -<p>—Es verdad... no esperaba esto...</p> - -<p>Se encontraban ya en el umbral de la -puerta. El juez de instrucción tenía prisa -porque se marchase el joven.</p> - -<p>—¿De modo que no me enseña usted -la «pequeña sorpresa» que me tenía preparada?—preguntó -éste bruscamente.</p> - -<p>—Apenas si tiene fuerzas para hablar -y ya se muestra irónico, ¡je, je, je! ¡Ea, -hasta la vista!</p> - -<p>—Creo que sería más propio decir -<i>¡adiós!</i></p> - -<p>—Será lo que Dios quiera—balbuceó -Porfirio con risa forzada.</p> - -<p>Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff -advirtió que muchos de los empleados -le miraban fijamente. En la antesala -reconoció en medio de la gente a los -<i>dvorniks</i> de <i>aquella casa</i>, a los que había -propuesto la tarde de la extraña visita -que le condujesen a la comisaría de policía. -Parecía que estaban esperando allí -algo, pero apenas hubo llegado al rellano -de la escalera, cuando oyó de nuevo la -voz de Porfirio Petrovitch. El joven se -volvió y vió al juez de instrucción que, -todo sofocado, acudía a llamarle.</p> - -<p>—Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. -Dios sabe lo que pasará en -este asunto; pero, para la cuestión de forma, -tengo que pedirle a usted algunos datos, -de modo que nos volveremos a ver -de seguro.</p> - -<p>Porfirio se detuvo sonriendo delante -del joven.</p> - -<p>—De seguro—repitió.</p> - -<p>Parecía que iba a decir alguna otra -cosa; pero nada añadió.</p> - -<p>—Perdone usted mi proceder de antes, -Porfirio Petrovitch... Me he alterado un -poco—comenzó a decir Raskolnikoff, que -había recobrado ya toda su serenidad y -sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.</p> - -<p>—¡Bah! Eso no tiene importancia—replicó -el juez con tono casi jovial—. -También yo tengo un carácter insoportable, -lo reconozco. Ya nos veremos; si -Dios quiere, nos veremos a menudo.</p> - -<p>—Y entonces nos conoceremos a fondo—repuso -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Muy a fondo—repitió como un eco -Porfirio Petrovitch, y guiñando un ojo, -miró con mucha gravedad a su interlocutor—. -¿Y ahora va usted a comer a una -fiesta?</p> - -<p>—A un entierro.</p> - -<p>—¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado -de su salud.</p> - -<p>—Por mi parte, no sé qué votos hacer -por usted—respondió Raskolnikoff, y -comenzó a bajar la escalera; pero de repente -se volvió hacia Porfirio—. ¡Ah! Le -deseo a usted de todo corazón mejor éxito -del que ha conseguido hasta ahora, vea -usted, sin embargo, qué cómicas son sus -funciones.</p> - -<p>Al oír estas palabras, el juez de instrucción, -que se disponía a volver a su despacho, -aguzó el oído.</p> - -<p>—¿Qué es lo que tienen de cómicas?—preguntó.</p> - -<p>—Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; -¡cuánto ha debido usted atormentarle! -¡Cuánto lo habrá usted fatigado para -arrancarle su confesión! Día y noche, sin -duda, le habrá usted repetido en todos -los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el -asesino!» Le habrá usted perseguido sin -tregua, según su método psicológico, y -ahora, cuando él se reconoce culpable, -usted empieza con la cantata en otro tono -de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No -puedes serlo, no dices la verdad!» Pues -bien, después de esto, ¿no tengo derecho -para encontrar cómicas las funciones de -usted?</p> - -<p>—¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado -usted que hace poco rato he hecho observar -a Mikolai que no decía la verdad?</p> - -<p>—¿Cómo no había de observarlo?</p> - -<p>—¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; -nada se le escapa. Además, le da a -usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda -humorística. ¡Je, je, je! Ese era, según -dicen, el rasgo distintivo de Cogol.</p> - -<p>—Sí, de Cogol.</p> - -<p>—En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...</p> - -<p>—Hasta la vista.</p> - -<p>El joven se fué directamente a su casa. -Cuando llegó a su domicilio, se echó en el -diván y durante un cuarto de hora intentó -ordenar algún tanto sus ideas, que -eran muy confusas. No trató siquiera de -explicarse la conducta de Mikolai, comprendiendo -que había allí un misterio -cuya clave buscaría en vano por el momento. -Por lo demás, no se hacía ilu<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>siones -sobre las consecuencias probables -del incidente. No tardaría en comprenderse -que eran mentirosas las confesiones -del obrero, y entonces las sospechas recaerían -de nuevo sobre él. Pero, en tanto, -era libre y podía tomar sus medidas en -previsión del peligro que juzgaba inminente.</p> - -<p>¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? -La situación comenzaba a esclarecerse. -El joven temblaba aún al -acordarse de su reciente entrevista con el -juez de instrucción. No podía penetrar -todas las intenciones de Porfirio, pero lo -que adivinaba era más que suficiente para -hacerle comprender de qué terrible peligro -acababa de escapar. Un poco más y -se hubiera perdido sin remedio. Conociendo -la irritabilidad nerviosa de su visitante, -el juez se había apoyado sólidamente -sobre este dato, y había descubierto con -exceso de atrevimiento su juego; pero jugaba -sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff -se había comprometido demasiado; -sin embargo, las imprudencias de que él -se acusaba no constituían todavía una -prueba en contra suya: esto no tenía más -que un carácter relativo. ¿No se engañaba, -sin embargo, al pensar así? ¿Cuál era -el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado -algo aquel día, y si tenía preparado -un golpe, en qué consistía éste? Sin -la aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo -hubiera acabado esta entrevista?</p> - -<p>Raskolnikoff estaba sentado en el sofá -con los codos apoyados en las rodillas y -la cabeza en las manos. Un temblor nervioso -agitaba todo su cuerpo. Al fin se -levantó, tomó la gorra y después de haber -reflexionado un momento, se dirigió hacia -la puerta.</p> - -<p>—Por hoy, al menos—se dijo—, no -tengo nada que temer.</p> - -<p>De repente experimentó una especie de -alegría y se le ocurrió la idea de dirigirse -lo más pronto posible a casa de Catalina -Ivanovna. Ya era tarde para asistir al -entierro, pero llegaría a tiempo para comer -y allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, -y en sus labios se dibujó una -triste sonrisa.</p> - -<p>«¡Hoy! ¡Hoy!—repitió—. Sí, hoy mismo. -Es preciso.»</p> - -<p>En el momento en que se dirigía a la -puerta, ésta se abrió por sí misma. El joven -retrocedió espantado viendo aparecer -al enigmático personaje de la víspera, -<i>al hombre salido de debajo de la tierra</i>.</p> - -<p>El recién venido se detuvo en el umbral, -y después de haber mirado silenciosamente -a Raskolnikoff, dió un paso en la -habitación. Vestía exactamente como el -día anterior, pero su rostro no era el mismo.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted?—preguntó Raskolnikoff -pálido como un muerto.</p> - -<p>El hombre, en vez de responder, se inclinó -casi hasta el suelo. Por lo menos le -tocó con el anillo que llevaba en la mano -derecha.</p> - -<p>—¿Quién es usted?—preguntó Raskolnikoff.</p> - -<p>—Pido a usted perdón—dijo el hombre -en voz baja.</p> - -<p>—¿De qué?</p> - -<p>—De mis malos pensamientos.</p> - -<p>Los dos hombres se miraron.</p> - -<p>—Estaba ciego de ira. Cuando usted -fué el otro día, teniendo, sin duda, la razón -perturbada por la bebida, hizo preguntas -acerca de la sangre y pidió a los -<i>dvorniks</i> que lo condujesen a la oficina -de policía, vi con disgusto que no hacían -caso de las palabras de usted, tomándole -por un borracho; esto me contrarió -de tal modo, que no pude dormir; -pero me acordaba de las señas de usted -y vine ayer aquí...</p> - -<p>—¿Fué usted quien vino?—interrumpió -Raskolnikoff.</p> - -<p>Comenzaba a comprender.</p> - -<p>—Sí; yo le he insultado a usted.</p> - -<p>—¿Estaba usted en aquella casa?</p> - -<p>—Sí, me encontraba junto a la puerta -cochera cuando la visita de usted. ¿Lo -ha olvidado usted? Vivo allí desde hace -mucho tiempo. Soy peletero...</p> - -<p>Raskolnikoff se acordó súbitamente de -toda la escena de la antevíspera. En efecto: -independientemente de los <i>dvorniks</i> -había en la puerta cochera muchas personas, -hombres y mujeres. Uno de ellos -había propuesto que se le condujese a la -comisaría de policía. No podía acordarse -del rostro del que emitió esta idea; tampoco -le reconoció en este momento; pero -sí se acordaba de haberle respondido algo -y de haberse vuelto a mirarle.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span></p> - -<p>Así se explicaba de la manera más sencilla -del mundo el terrible misterio de la -víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud -que le causaba una circunstancia -tan insignificante, había estado a punto -de perderse! Aquel hombre no podía -contar nada sino que Raskolnikoff se presentó -a alquilar el cuarto de la vieja y -que preguntó acerca de la sangre. Aparte -de esta excursión de un <i>enfermo en -delirio</i>, salvo esa <i>psicología de dos filos</i>, -Porfirio no sabía nada. No tenía ningún -hecho, nada positivo. «Por consiguiente—pensaba -el joven—, si no surgen -nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro -de ello), ¿qué pueden hacerme? Aunque -me detuvieran, ¿cómo demostrarían -definitivamente mi culpabilidad?»</p> - -<p>Otra conclusión se desprendía para -Raskolnikoff de las palabras de su visitante: -hacía muy pocas horas que Porfirio -tuvo noticia de su visita al cuarto -de la víctima.</p> - -<p>—¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio -que estuve yo allí?—preguntó el joven -asaltado por súbita idea.</p> - -<p>—¿A qué Porfirio?</p> - -<p>—Al juez de instrucción.</p> - -<p>—Yo se lo he dicho. Como los <i>dvorniks</i> -no habían ido, fuí yo.</p> - -<p>—¿Hoy?</p> - -<p>—Llegué un minuto antes que usted; -lo he oído todo y sé que le ha hecho pasar -a usted un mal rato.</p> - -<p>—¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?</p> - -<p>—Yo estaba allí, en la pieza contigua -a su gabinete, en donde he permanecido -todo el tiempo que ha durado la entrevista.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿De modo que era usted la -sorpresa? ¿Cómo ha sido eso? Cuéntemelo -usted todo, se lo ruego.</p> - -<p>—Viendo—dijo el menestral—que los -<i>dvorniks</i> rehusaban avisar a la policía, a -pretexto de que era demasiado tarde y -de que encontrarían la oficina cerrada, -experimenté una viva contrariedad y resolví -enterarme por mí mismo; al día siguiente, -es decir, ayer, tomé datos y me -he presentado al juez de instrucción. La -primera vez que estuve en la oficina no -se encontraba allí; volví una hora después -y no fuí recibido; en fin, la última -vez se me hizo entrar. Conté punto por -punto cuanto había pasado; al oírme el -juez saltaba en la habitación y se daba -golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo -cumplís, bribones, con vuestra obligación? -Si yo hubiese sabido esto antes, -le hubiera hecho buscar por la gendarmería.» -En seguida salió precipitadamente, -llamó a no sé quién y estuvo hablando -con él en un rincón; se dirigió otra vez a -mí y se puso de nuevo a interrogarme, -profiriendo fuertes imprecaciones. No le -he ocultado nada; le he dicho que usted -no se atrevió a contestar a mis palabras -de ayer y que no me había reconocido. -Continuaba dándose golpes en el pecho, -vociferando y saltando por la habitación. -Entonces le anunciaron a usted. «Retírese -detrás del tabique—me dijo dándome una -silla—, y estése ahí sin chistar, oiga lo -que oiga; puede que le interrogue otra -vez.» Después cerró la puerta. Cuando -condujeron a Mikolai, despidió a usted -y me hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», -me dijo.</p> - -<p>—¿Preguntó a Mikolai delante de ti?</p> - -<p>—Yo salí inmediatamente después de -usted, y entonces fué cuando comenzó el -interrogatorio de Mikolai.</p> - -<p>Terminado su relato, el menestral se -inclinó de nuevo hasta el suelo.</p> - -<p>—Perdóneme usted por mi denuncia y -por el error en que he incurrido.</p> - -<p>—¡Que Dios te perdone!—respondió -Raskolnikoff.</p> - -<p>«Nada de inculpaciones precisas, nada -más que pruebas de dos filos», pensó Raskolnikoff -renaciendo a la esperanza, y -salió de la habitación. «Todavía podemos -luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras -bajaba la escalera.</p> - -<p>Estaba irritado contra sí mismo y sentíase -humillado.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span></p> - - - - -<h2>QUINTA PARTE</h2> - - -<h3>I.</h3></div> - -<p>Al día siguiente de aquel otro fatal en -que Pedro Petrovitch tuvo su explicación -con las señoras de Raskolnikoff, las -ideas de aquél se esclarecieron y con extremo -disgusto suyo le fué forzoso reconocer -que la ruptura, en la cual no había -querido creer el día antes, era un hecho -consumado. La negra serpiente del amor -propio herido le estuvo mordiendo el -corazón durante toda la noche. Al saltar -de la cama, el primer movimiento de Pedro -Petrovitch fué irse a mirar al espejo, -temiendo que durante la noche le hubiese -invadido la ictericia. Por fortuna esta -aprensión no era fundada. Al contemplar -su rostro pálido y distinguido, llegó hasta -a consolarse por breves instantes ante la -idea de que no le costaría trabajo reemplazar -a Dunia y quién sabe si ventajosamente. -Pero no tardó en desechar esta -esperanza quimérica y lanzó un fuerte -salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente -a su joven amigo y compañero de habitación, -Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.</p> - -<p>Pedro Petrovitch advirtió ese mudo -sarcasmo y lo puso en la cuenta de su -amigo, cuenta que estaba ya bastante -cargada, y redobló su cólera después que -hubo reflexionado que no debía hablar -de esta historia a Andrés Semenovitch. -Fué la segunda tontería que el arrebato -le hizo cometer el día anterior: había cedido -a la necesidad de desahogar el exceso -de su irritación.</p> - -<p>Durante toda la mañana la suerte se -ensañó en perseguir a Ludjin. En el mismo -Senado, el negocio en que se ocupaba -le reservaba un disgusto. Lo que le molestaba -más que nada era la imposibilidad -de hacer entrar en razón al propietario -de la nueva casa que había alquilado -en vista de su próximo enlace. Este -individuo, alemán de origen, era un antiguo -obrero a quien la fortuna había sonreído; -no aceptaba ninguna transacción -y reclamaba el pago entero del alquiler -estipulado en el contrato, aun cuando -Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto -casi restaurado.</p> - -<p>El tapicero no se mostraba más complaciente -que el propietario, y pretendía -quedarse hasta con el último rublo de la -señal recibida por la venta de un mobiliario -de que Pedro Petrovitch «aun no se -había hecho cargo». «Va a ser menester -que me case para recuperar los muebles», -decía rechinando los dientes el desgraciado -Ludjin. Una última esperanza atravesaba -su alma. «¿Era posible que aquel -mal no tuviera remedio?» Tenía clavado -en el corazón, como una espina, el recuerdo -de los encantos de Dunia. Fué -para él aquello un trago muy amargo, y -si hubiera podido, con un simple deseo, -hacer morir a Raskolnikoff, de seguro -que Pedro Petrovitch habría matado al -joven inmediatamente.</p> - -<p>«Otra tontería de mi parte ha sido no -darles dinero», pensaba mientras volvía<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span> -entristecido a casa de Lebeziatnikoff. -«¿Por qué he sido yo tan judío? ¡Fué un -mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente -en la estrechez, yo creía prepararlas -a que vieran en mí una providencia, -y he aquí que se me deslizan entre los -dedos!... No, no. Si yo les hubiera dado -mil quinientos rublos, por ejemplo, para -que comprasen la canastilla en el Almacén -Inglés, mi conducta hubiera sido a la -vez más noble y más hábil y no me habrían -dejado tan fácilmente. Dados sus -principios, se hubieran creído, sin duda, -obligadas a devolverme regalos y dinero; -esta resolución les hubiera sido penosa -y difícil, habría sido para ellas cuestión -de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces -a poner así a la puerta a un hombre que -se había mostrado tan generoso, y tan -delicado?... He hecho una tontería.»</p> - -<p>Pedro Petrovitch volvió de nuevo a -rechinar los dientes y se trató de imbécil, -en su fuero interno, por supuesto. Al llegar -a esta conclusión llevó a su alojamiento -mucho peor humor y disgusto que sacara -de él. Sin embargo, atrajo su curiosidad -hasta cierto punto el barullo producido -en casa de Catalina Ivanovna, a causa -de los preparativos de la comida. Ya -había oído hablar la víspera de este banquete; -es más, recordaba que le habían -invitado; pero sus ocupaciones personales -le hicieron que lo olvidara.</p> - -<p>En ausencia de Catalina Ivanovna (que -a la sazón se hallaba en el cementerio), -la señora Lippevechzel andaba atareada -alrededor de la mesa, que ya estaba puesta. -Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch -supo que se trataba de una verdadera -comida de gala, a la que estaban -invitados casi todos los vecinos de la casa, -y entre ellos muchos que no habían -conocido siquiera al difunto. El propio -Andrés Semenovitch recibió la invitación -correspondiente, a pesar de estar reñido -con Catalina Ivanovna. En fin, se -tendría mucho gusto en que Pedro Petrovitch -honrase aquella comida con su presencia, -puesto que era, entre todos los inquilinos, -el personaje más importante. -La viuda de Marmeladoff, olvidando todos -sus resentimientos con la patrona, -había invitado también a Amalia Ivanovna, -la cual se ocupaba, en aquellos momentos, -con íntima satisfacción, en los -preparativos de la comida. Además, la -señora Lippevechzel habíase vestido de -ceremonia, y aunque su traje era de duelo, -se comprendía que su dueña sentía vivo -placer en exhibir sus galas. Enterado -de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch -tuvo una idea y entró pensativo en -su habitación, o mejor dicho, en la de Andrés -Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa -de saber que Raskolnikoff figuraba en -el número de los invitados.</p> - -<p>Aquel día Andrés Semenovitch había -pasado toda la mañana en su cuarto. -Entre este individuo y Ludjin existían -extrañas relaciones perfectamente explicables. -Pedro Petrovitch le odiaba y -le despreciaba en grado superlativo casi -desde el mismo día que fué a su casa a -pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle -en poco.</p> - -<p>Al llegar a San Petersburgo, Ludjin -fué a casa de Lebeziatnikoff, en primer -lugar y sobre todo por economía, pero -también por otro motivo. En su provincia -había oído hablar de Andrés Semenovitch, -su antiguo pupilo, como de uno -de los progresistas jóvenes más avanzados -de la capital y como hombre que ocupaba -puesto visible en ciertos círculos ya -legendarios. Esta circunstancia tenía mucho -valor para Pedro Petrovitch, el cual -desde hacía tiempo experimentaba un -vago temor respecto a estos círculos poderosos -que lo sabían todo, que no respetaban -a nadie y hacían la guerra a todo -el mundo.</p> - -<p>Huelga añadir que la distancia no le -permitía tener noción exacta de estas cosas. -Como tantos otros, había oído decir -que existían en San Petersburgo progresistas, -nihilistas, enderezadores de entuertos, -etcétera; pero en su espíritu, como -en el de otras muchas personas, estas -palabras tenían una significación exagerada. -Lo que temía principalmente -eran las informaciones dirigidas contra -tal o cual individuo por el partido revolucionario. -Ciertos recuerdos que se remontaban -a los primeros tiempos de su -carrera, no contribuían poco a fortificar -en su ánimo aquel temor, muy vivo ya -desde que acariciaba el sueño de establecerse -en San Petersburgo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span></p> - -<p>Dos personajes de una categoría bastante -elevada y que protegieron los comienzos -de su carrera, fueron objeto de -los ataques de los radicales, que llevaron, -empero, las de perder. He aquí porque -desde su llegada a la capital, Pedro Petrovitch -trataba de enterarse de dónde -soplaba el viento, para, en caso de necesidad, -granjearse las simpatías de <i>nuestras -jóvenes generaciones</i>. Contaba con -Andrés Semenovitch para que le ayudase. -La conversación de Ludjin cuando -visitó a Raskolnikoff nos ha demostrado -ya que había conseguido apropiarse en -parte la fraseología de los reformadores.</p> - -<p>Andrés Semenovitch estaba empleado -en un Ministerio. Pequeño, desmedrado, -escrofuloso, tenía el cabello de un rubio -casi blanco y llevaba patillas en forma de -chuletas con las cuales estaba orgulloso; -casi siempre tenía malos los ojos. Aunque -en el fondo era una bella persona, mostraba -en su lenguaje una presunción a -menudo rayana con la temeridad, lo que -hacía extraño contraste con su aspecto -enfermizo. Se le consideraba, por lo demás, -como uno de los inquilinos <i>comme il -faut</i> porque no se embriagaba y pagaba -con puntualidad su pupilaje. Aparte de -estos méritos, Andrés Semenovitch era -en realidad bastante necio. Un arrebato -irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera -del progreso: era uno de esos numerosos -incautos que se enamoran de las -ideas de moda y desacreditan con sus majaderías -una causa a la cual se han unido -sinceramente.</p> - -<p>No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff -acabó por encontrar insoportable -a su huésped y antiguo tutor. Pedro -Petrovitch, por su parte, correspondíale -con la misma antipatía. A despecho de su -simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba -a advertir que en el fondo Pedro -Petrovitch le despreciaba y que con este -hombre no se podía ir a ninguna parte. -Trató de exponerle el sistema de Fourier -y el de Darwin; pero Ludjin, que en un -principio se contentó con escucharle burlonamente, -no se privaba ahora de decir -palabras mortificantes a su joven catequista. -Lo cierto es que Ludjin acabó por -creer que Lebeziatnikoff era no solamente -un imbécil, sino un charlatán desprovisto -de toda importancia en su propio partido. -Su función especial era la <i>propaganda</i>, -y todavía no debía de estar muy ducho -en ella, porque vacilaba a menudo en -sus explicaciones. Decididamente, ¿qué -tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?</p> - -<p>Notemos de paso que desde su instalación -en casa de Andrés Semenovitch (sobre -todo en los primeros días), Pedro Petrovitch -aceptaba con placer, o por lo menos -sin protesta, los cumplimientos muy -extraños de su huésped cuando éste, -por ejemplo, le manifestaba un gran celo -por el establecimiento de una nueva -<i>commune</i> en la calle de los Burgueses, y -cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente -para enfadarse si su mujer toma -un amante un mes después de su matrimonio; -un hombre ilustrado como usted -no bautizará a sus hijos, etc., etc.» Pedro -Petrovitch no pestañeaba al oír que le -hablaban de tal modo; tan agradables le -eran los elogios, fuesen como fuesen.</p> - -<p>Había negociado algunos títulos por la -mañana, y ahora, sentado delante de la -mesa, recontaba la suma que acababa de -recibir. Andrés Semenovitch casi nunca -tenía dinero y se paseaba por la habitación -afectando no mirar aquellos fajos -de billetes de Banco sino con despreciativa -indiferencia. Ludjin no creía que aquel -desdén fuera sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff -adivinaba, no sin disgusto, -el pensamiento escéptico de su huésped y -pensaba que éste se había puesto a contar -el dinero para humillarle y recordarle -la distancia que la fortuna había establecido -entre ambos.</p> - -<p>Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho -peor dispuesto y desatento que nunca. -Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su -tema favorito, el <i>comunismo</i>, el hombre -de negocios sólo se interrumpía para hacer -de vez en cuando alguna observación -burlona y descortés. Pero Andrés Semenovitch -seguía imperturbable. El mal humor -de Ludjin se explicaba a sus ojos por -el despecho de un enamorado a quien -acababan de dejar compuesto y sin novia. -También intentó buscar este motivo -de conversación con objeto de consolar -a su respetable amigo.</p> - -<p>—Parece que se prepara una comida<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span> -de duelo en casa de esa... viuda—dijo a -quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff -en el punto más interesante -de su peroración.</p> - -<p>—¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé -ayer de eso, y le expuse mi opinión -sobre tales costumbres... Según tengo entendido, -le han invitado a usted. Ayer -mismo habló usted con ella.</p> - -<p>—Jamás hubiera creído que la miseria -en que se encuentra permitiese a esa imbécil -gastar en una comida todo el dinero -que le entregó ese otro imbécil de Raskolnikoff. -Ahora, al entrar, me he quedado -estupefacto viendo todos esos preparativos, -todos esos vinos... Ha invitado -a muchas personas; el diablo sabrá -por qué—continuó Pedro Petrovitch, que -parecía haber provocado con intención -deliberada aquella conversación—. ¿Qué? -¿Dice usted que me ha invitado?—añadió -de repente, levantando la cabeza—. -¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo. De -todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo -que hacer allí? No la conozco más que -por haber hablado un minuto con ella -ayer; le dije que como viuda de empleado -podría obtener un subsidio. ¿Me -habrá invitado por eso?</p> - -<p>—Tampoco yo tengo intención de asistir—repuso -Lebeziatnikoff.</p> - -<p>—¡Pues no faltaba más! Después de -haberle pegado, natural es que tenga usted -escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.</p> - -<p>—¿A quién he pegado yo? ¿De quién -habla usted?—preguntó Lebeziatnikoff -turbado y encendido como la grana.</p> - -<p>—Hablo de Catalina Ivanovna, a quien -pegó usted hará cosa de un mes. Lo supe -ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya -una manera de resolver el problema feminista!</p> - -<p>Después de esta salida, que pareció haberle -aliviado un poco el corazón, Ludjin -se puso a contar de nuevo su dinero.</p> - -<p>—Eso es una barbaridad y una calumnia—replicó -vivamente Lebeziatnikoff, a -quien desagradaba que le recordasen -aquel suceso—. Las cosas no pasaron de -ese modo; lo que le han contado a usted es -completamente falso. En las circunstancias -a que usted alude yo no hice más que -defenderme. Fué Catalina Ivanovna la -que se lanzó sobre mí para arañarme... -Me arrancó una de las patillas. Creo que -todo hombre tiene derecho a defenderse. -Por otra parte, soy enemigo de la violencia, -de dondequiera que proceda, y eso -por principio, porque la violencia tiene -su origen en el despotismo. ¿Qué iba a -hacer yo? ¿Había de dejar que esa señora -me maltratase a su gusto? Me limité -a rechazar una agresión.</p> - -<p>—¡Je, je, je!—continuó en son de burla -Ludjin.</p> - -<p>—Usted me busca querella porque está -de mal humor; pero eso no significa nada -ni tiene relación alguna con la cuestión -feminista. Precisamente yo me he -hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo -que la mujer es igual al hombre -en todo, aun en la fuerza (cosa que se comienza -ya a sostener), debe existir también -la igualdad en esto. Claro es que he -reflexionado inmediatamente que, en rigor, -no hay motivo para que se plantee -esta cuestión, porque en la sociedad futura -no habrá ocasiones de querellas, y, -por consiguiente, nadie pasará a vías de -hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar -de la igualdad en la lucha. No soy tan -tonto... Aunque por lo demás haya riñas... -es decir, que más tarde no las habrá, -aunque por el momento las haya todavía. -¡Ah, diablo, con usted, uno se hace -un lío! ¡No, no es eso lo que me impide -aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! -Si no voy a comer a su casa, es -sencillamente por cuestión de principios, -por no sancionar con mi presencia la estúpida -costumbre de las comidas de duelo. -Por lo demás, yo podría reírme de eso -e ir... Desgraciadamente no habrá allí -<i>popes</i>; si los hubiese, le aseguro a usted -que iría.</p> - -<p>—¿De modo que se sentaría usted a su -mesa para insultar la hospitalidad de esa -mujer?</p> - -<p>—No para insultarla, sino para protestar; -y esto con un objeto útil. Yo puedo -indirectamente ayudar a la propaganda -civilizadora, que es el deber de todo hombre. -Quizá se realiza esta tarea tanto mejor -cuanto menos formalismo se emplea -en ella. Puedo sembrar la idea, el grano... -De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted -que obrando así se falta a las conveniencias? -Al pronto se molestan; pero<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span> -comprenden al punto que se les presta -un gran servicio...</p> - -<p>—¡Vamos, bueno!—interrumpió Pedro -Petrovitch—. Pero, dígame usted ahora, -¿conoce usted a la hija del difunto, a esa -muchacha flacucha? ¿Es verdad lo que -de ella se dice?</p> - -<p>—Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, -es decir, según mi convicción personal, -su situación es la situación normal de la -mujer. ¿Por qué no? Es decir, distingamos. -En la sociedad actual, sin duda, ese -género de vida no es normal, porque es -forzado; pero en la sociedad futura será -perfectamente normal, porque será libre. -Aun ahora mismo tiene el derecho de hacer -lo que hace. Era desgraciada, ¿por -qué no ha de disponer de lo que es su capital? -En la sociedad futura el capital -no tendrá razón de ser; pero el papel de -la mujer galante tendrá otro sentido -y será regulado de una manera racional. -En cuanto a Sofía Semenovna, yo, en el -tiempo presente, considero sus actos como -una enérgica protesta contra la organización -de la sociedad, y a causa precisamente -de eso, la estimo profundamente; -diré más, la contemplo con regocijo.</p> - -<p>—Sin embargo, me han contado que usted -la obligó a abandonar esta casa.</p> - -<p>Lebeziatnikoff se incomodó.</p> - -<p>—¡Eso es también una mentira!—replicó -enérgicamente—. No ha habido tal -cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa -historia de un modo inexacto porque no -la ha comprendido. Yo no he solicitado -jamás los favores de Sofía Semenovna; -me limitaba pura y simplemente a desenvolver -su espíritu, sin ninguna segunda -intención personal, esforzándome por -despertar en ella el sentimiento de protesta... -No he procurado otra cosa; ella -es la que ha comprendido que no podía -permanecer aquí.</p> - -<p>—¿La ha invitado usted a formar parte -de la <i>commune</i>?</p> - -<p>—Sí, actualmente me esfuerzo para -atraerla a la <i>commune</i>. Sólo que ella estará -en otras condiciones que aquí. ¿De -qué se ríe usted? Queremos fundar nuestra -<i>commune</i> sobre bases mucho más amplias -que las precedentes. Vamos más lejos -que nuestros precursores; negamos muchas -cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky -saliesen de sus tumbas, me tendrían por -adversario. En tanto, continúo desarrollando -a Sofía Semenovna. Es una bella, -una bellísima naturaleza.</p> - -<p>—¿Y usted se aprovecha de esa bella -naturaleza? ¡Je, je, je!</p> - -<p>—No, de ninguna manera; todo lo contrario.</p> - -<p>—¿Lo contrario?—dijo Ludjin—. ¡Je, -je, je!</p> - -<p>—Puede usted creerme. ¿Por qué había -de ocultárselo a usted? Al contrario, hay -una cosa que me asombra: conmigo parece -cortada; tiene como cierto tímido pudor.</p> - -<p>—Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, -je, je!... Usted le demuestra que todos -esos pudores son estúpidos.</p> - -<p>—No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, -qué sentido tan grosero y tan tonto, permita -que se lo diga, da usted a la palabra -desarrollo! ¡Oh Dios mío; qué poco avanzado -está usted todavía! ¡Usted no comprende -nada! Nosotros buscamos la libertad -de la mujer, y usted sólo piensa -en bagatelas. Dejando a un lado el pudor -y la castidad femeninos, que no hacen al -caso, yo admito perfectamente su reserva -respecto de mí, puesto que en ello no hace -otra cosa que ejercer su libertad y usar -de su derecho. Seguramente si me dijese -ella misma «yo te quiero», me alegraría -mucho, porque esa mujer me gusta en -extremo; pero en la situación presente -nadie se ha mostrado jamás más cortés -y más conveniente con ella que yo; nadie -ha hecho más justicia a su mérito... Yo -aguardo, espero: eso es todo.</p> - -<p>—¿Por qué no le hace usted un regalito? -Apuesto a que no ha pensado en eso.</p> - -<p>—No comprende usted nada, ya se lo -he dicho. Sin duda su situación autoriza -en cierto modo sus sarcasmos; pero la -cuestión es otra. Usted no tiene más que -desprecios para ella. Fundándose en un -hecho que le parece deshonroso, rehusa -usted considerar con humanidad a una -criatura humana. Usted no sabe qué naturaleza -es la suya.</p> - -<p>—Dígame—replicó Ludjin—, ¿podría -usted... o por mejor decir, está usted bastante -relacionado con esa joven para suplicar -que venga aquí un instante? Deben -de haber vuelto ya del cementerio. Me<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -parece que las he oído subir la escalera. -Quisiera hablar un instante con la muchacha.</p> - -<p>—¿Para qué?—preguntó asombrado -Andrés Semenovitch.</p> - -<p>—Es menester que le hable. Tengo que -irme de aquí hoy o mañana, y necesito -decirle una cosa. Puede usted asistir a -nuestra conferencia, y aun creo que será -mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe -Dios lo que usted pensaría!</p> - -<p>—No pensaría nada... Mi pregunta no -tenía importancia. Si tiene usted algo -que decirle nada es más fácil que hacerla -venir. Voy a buscarla en seguida, y esté -seguro de que no le molestaré.</p> - -<p>Efectivamente; cinco minutos después, -Lebeziatnikoff condujo a Sonia. La joven -llegó extremadamente sorprendida y -avergonzada. En semejantes circunstancias -era siempre muy tímida. Las nuevas -caras le causaban temor. Era esto como -una impresión de su infancia, y la edad -había aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch -se mostró cortés y benévolo. Al -recibir él, hombre serio y respetable, a -una muchacha tan joven y en cierto sentido -tan interesante, se creyó obligado a -acogerla con un ligero tinte de jovial familiaridad. -Se apresuró a tranquilizarla -y la invitó a que tomase asiento frente a -él. Sonia se sentó y miró sucesivamente -a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre -la mesa. Después, de repente, sus ojos -se fijaron en Pedro Petrovitch y no pudieron -apartarse de él; hubiérase dicho -que sufría una especie de fascinación. Lebeziatnikoff -se dirigió a la puerta. Ludjin -se levantó, hizo seña a Sonia para que -se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch -en el momento en que éste iba a -salir.</p> - -<p>—¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?—le -preguntó en voz baja.</p> - -<p>—¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está -ahí. Acaba de llegar. Le he visto... ¿Y -qué?</p> - -<p>—En ese caso suplico a usted encarecidamente -que se quede aquí y no me deje a -solas con esta... señorita. El negocio de -que se trata es insignificante, pero sabe -Dios qué conjeturas podrían hacerse. No -quiero que Raskolnikoff vaya a creer... -¿Comprende usted por qué digo esto?</p> - -<p>—Sí, comprendo, comprendo—respondió -Lebeziatnikoff—. Está usted en su -derecho. Sin duda, en mi convicción personal, -los temores de usted son muy exagerados, -pero... no importa, está usted -en su derecho. Bueno, me quedaré. Voy -a ponerme cerca de la ventana. No les -molestaré; en mi opinión, está usted en -su derecho.</p> - -<p>Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente -de Sonia, y la contempló atentamente. -Después su rostro tomó una expresión -muy grave, casi severa, como si -indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, -cosas que no son». Sonia perdió -por completo su serenidad.</p> - -<p>—Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, -que presente mis excusas a su -respetable mamá. Supongo que no me engaño -al expresarme así. Catalina Ivanovna -hace con usted veces de madre, ¿no es -verdad?—dijo Pedro Petrovitch con tono -muy serio, pero a la vez bastante amable.</p> - -<p>Evidentemente sus intenciones eran -muy amistosas.</p> - -<p>—Sí, en efecto: hace conmigo veces de -madre—se apresuró a responder la pobre -Sonia.</p> - -<p>—Pues bien, dígale usted cuánto siento -que circunstancias independientes de mi -voluntad me impidan aceptar su amable -invitación.</p> - -<p>—Voy a decírselo—y Sonia se levantó -en seguida.</p> - -<p>—No es eso todo—continuó Pedro Petrovitch -sonriendo al ver la candidez de -la joven y su ignorancia de las costumbres -sociales—; usted apenas me conoce, -Sonia Semenovna; comprenderá que, por -un motivo tan fútil y que sólo me interesa -a mí, no me hubiera permitido molestar -a una persona como usted. Tengo otro -objeto.</p> - -<p>A una señal de su interlocutor Sonia se -apresuró a sentarse. Los billetes de Banco -multicolores, colocados sobre la mesa, se -ofrecieron de nuevo ante su vista, pero -volvió vivamente los ojos y los fijó en Pedro -Petrovitch; mirar el dinero ajeno le -parecía cosa por extremo inconveniente, -sobre todo en su posición. La joven reparó -cosa tras cosa: primero, en los lentes -de montura de oro que Pedro Petrovitch -tenía en la mano izquierda; después, en<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span> -el grueso anillo adornado con una piedra -amarilla que el funcionario llevaba en el -dedo del corazón; por último, no sabiendo -qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro -mismo de Ludjin. Este, después de haber -guardado silencio durante algunos instantes, -prosiguió:</p> - -<p>—Ayer me bastó cambiar dos palabras -con la desgraciada Catalina Ivanovna, -para comprender que esa señora se encuentra -en un estado antinatural, por -decirlo así...</p> - -<p>—Sí, antinatural—repitió dócilmente -Sonia.</p> - -<p>—O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, -que se halla enferma.</p> - -<p>—Sí, más sencillamente, más intel... Sí, -está enferma...</p> - -<p>—Cierto. Por un sentimiento de humanidad -y, digámoslo así, de compasión, -quisiera, por mi parte, serle útil, previendo -que inevitablemente va a encontrarse -en una situación muy triste. Ahora, -según parece, esa familia no tiene en el -mundo otro apoyo que usted.</p> - -<p>Sonia se levantó bruscamente.</p> - -<p>—Permítame que le pregunte: ¿no le -ha dicho usted que podría cobrar una -pensión? Ayer me contó que usted se había -encargado de hacer que se la concediesen. -¿Es eso cierto?</p> - -<p>—No, no hay tal cosa. Me limité a decirle -que, como viuda de un funcionario -muerto en el servicio, podría obtener un -recurso temporal si contaba con recomendaciones. -Mas parece que, lejos de -haber servido bastante tiempo para disfrutar -de los derechos pasivos, su padre -no estaba en el servicio cuando murió. En -una palabra: siempre se puede esperar; -pero la esperanza es muy poco fundada, -porque, en rigor, no existe derecho alguno -a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con -una pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo -posible!</p> - -<p>—Sí, soñaba en una pensión. Es crédula -y buena, y su bondad hace que dé crédito -a todo. Y... y... su espíritu es... sí... -Dispénsela usted—dijo Sonia, que se levantó -de nuevo para marcharse.</p> - -<p>—Permítame usted, tengo todavía que -decirle algo más.</p> - -<p>—¿Más aún?—balbuceó la joven.</p> - -<p>—Siéntese usted.</p> - -<p>Sonia, toda confusa, se sentó por tercera -vez.</p> - -<p>—Viéndola en tal situación, con hijos -pequeños, quisiera, como ya le he dicho, -serle útil en la medida de mis medios; -compréndame usted bien: en la medida -de mis medios nada más. Se podría, por -ejemplo, organizar, en beneficio suyo, una -subscripción, una tómbola... o una cosa -análoga, como suelen hacer en caso semejante -las personas que desean ayudar, -bien sea a los parientes, bien a los extraños. -Esto es una cosa posible.</p> - -<p>—Sí, eso está bien... pero ella. Dios...—murmuró -Sonia, con los ojos fijos en Pedro -Petrovitch.</p> - -<p>—Se podría; pero ya hablaremos de -esto más tarde, es decir, se podría comenzar -hoy mismo. Nos veremos esta noche, -hablaremos y echaremos, por decirlo así, -los fundamentos. Venga usted aquí a las -siete. Supongo que Andrés Semenovitch -no tendrá inconveniente en asistir a nuestra -conferencia, pero... hay un punto que -debe de ser previa y cuidadosamente examinado. -Por esta razón me he tomado -la libertad de molestarle suplicándole que -viniese. Según mi opinión, no conviene -entregar en sus propias manos el dinero -a Catalina Ivanovna; es más, sería peligroso -entregárselo; basta como prueba -la comida de hoy. No tiene zapatos; no -sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo -de pan que llevarse a la boca, y compra -ron Jamaica, vino de Madera y café. -Lo he visto al pasar. Mañana toda la -familia volverá a estar a cargo de usted, -y tendrá usted que buscarle hasta el último -pedazo de pan. Por lo tanto, soy de -opinión que debe de organizarse la suscripción -sin que se entere la desgraciada -viuda, y que usted sola sea la que maneje -el dinero. ¿Qué le parece a usted?</p> - -<p>—No sé. Es solamente hoy cuando -ella... Esto no ocurre más que una vez en -la vida... Quería honrar la memoria del -difunto... pero es muy inteligente. Por lo -demás, será lo que usted quiera; yo le -quedaré a usted muy... muy... todas ellas -serán... y Dios... y los huérfanos...</p> - -<p>Sonia no acabó y se echó a llorar.</p> - -<p>—De modo que es cosa convenida. -Ahora dígnese usted aceptar, para la parienta -de usted, esta suma, que represen<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>ta -mi suscripción personal. Deseo vivamente -que mi nombre no se pronuncie -para nada. Siento mucho que, teniendo -yo también apuros pecuniarios, no pueda -hacer más.</p> - -<p>Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un -billete de diez rublos, después de haberlo -desplegado cuidadosamente.</p> - -<p>La joven recibió el billete ruborizándose, -balbuceó algunas palabras ininteligibles -y se apresuró a despedirse. Pedro -Petrovitch la acompañó hasta la puerta. -Al cabo la joven salió de la habitación y -entró en la de Catalina Ivanovna extraordinariamente -agitada.</p> - -<p>Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, -no queriendo interrumpir la -conversación, permaneció cerca de la -ventana. En cuanto salió Sonia, se acercó -a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente -la mano.</p> - -<p>—Lo he oído y lo he visto todo—dijo -subrayando intencionadamente la última -palabra—. Eso es noble, es humano, quiero -decir, porque no admito la palabra -noble. Usted ha querido evitar las gracias, -lo he visto; y aunque, a decir verdad, -soy por principio enemigo de la beneficencia -privada, que, lejos de extirpar -radicalmente la miseria, favorece sus progresos, -no puedo menos de reconocer que -he visto con gusto el acto de usted. Sí, -sí, eso me complace.</p> - -<p>—Lo que he hecho no vale nada—murmuró -Ludjin un poco cortado, y miró a -Lebeziatnikoff con particular atención.</p> - -<p>—Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no -obstante hallarse bajo la impresión de una -afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse -por la desgracia ajena, aunque -proceda en contra de la sana economía -social, no es por eso menos digno de estima. -No esperaba yo semejante cosa de -usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído -está usted por sus antiguas ideas! -¿Por qué turbarse tanto por el asunto de -ayer?—exclamó Andrés Semenovitch, que -experimentaba un retroceso de viva simpatía -hacia Pedro Petrovitch—. ¿Qué -necesidad tiene usted de casarse, de casarse -<i>legalmente</i>, mi noble y muy querido -Pedro Petrovitch? ¿Qué le importa a usted -la unión <i>legal</i>? Pégueme usted, si -quiere; pero yo me regocijo del fracaso -de sus relaciones, contento de pensar que -es usted libre, que no está usted perdido -por la humanidad... Ya ve si soy franco.</p> - -<p>—Me inclino al matrimonio legal, porque -no quiero llevar... nada en la frente -ni educar hijos de los cuales yo no sea el -padre, como ocurre con vuestros matrimonios -libres—respondió, por decir alguna -cosa, Pedro Petrovitch.</p> - -<p>Estaba pensativo, y apenas prestaba -atención a las palabras que decía.</p> - -<p>—¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los -hijos?—dijo Andrés Semenovitch, animándose -de repente como un caballo en -batalla cuando oye el sonido del clarín—; -los hijos son una cuestión social que será -resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo -niegan sin restricción, como todo lo que -concierne a la familia. Hablaremos de -los hijos más tarde. Ahora ocupémonos de -lo otro. Le confieso a usted que es ésa mi -debilidad. Esa palabra baja y grosera, -puesta en circulación por Putskin, para -señalar a los maridos engañados, no figurará -en los diccionarios del porvenir. -En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh, -ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! -Por el contrario, en el matrimonio -libre, el peligro que usted teme no -existirá. Eso no es más que la consecuencia -natural, y, por decirlo así, el correctivo -del matrimonio legal, la protesta -contra un lazo indisoluble; desde este -punto de vista no tiene nada de humillante... -Y si, por acaso, lo que es absurdo, -contrajese yo un matrimonio legal, sería -para mí un encanto llevar <i>eso</i> a que tiene -usted tanto miedo. Yo le diría entonces -a mi mujer: «Hasta el presente, querida -mía, sólo había sentido amor por ti: pero -ahora te estimo, porque has sabido protestar». -¿Se ríe usted? ¡Ah! Es porque -no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. -Comprendo que con la unión legítima -sea desagradable ser engañado; -pero ése es el efecto miserable de una situación -que desagrada a los dos esposos. -Cuando <i>eso</i> se yergue sobre nuestra frente -como en el matrimonio libre, entonces -no existe. Cesan de tener significación y -dejan de llevar el nombre que se les da. -Antes bien, la mujer de usted le prueba -por ello que le estima, puesto que le cree -incapaz de poner obstáculo a su felicidad<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span>, -y demasiado ilustrado es usted para querer -vengarse de un rival. En verdad, pienso -muchas veces que, si llegase a estar -casado (libre o legítimamente, importa -poco), y mi mujer tardase en tomar un -amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. -«Querida mía (le diría entonces), -te amo; pero deseo, sobre todo, que me -estimes.» ¿Tengo o no tengo razón?</p> - -<p>Estas palabras apenas hicieron sonreír -a Pedro Petrovitch. Su pensamiento estaba -en otra parte y se restregaba las manos -muy preocupado. Andrés Semenovitch -había de acordarse más tarde de la -preocupación de su amigo.</p> - - -<div class="chapter"><h3>II.</h3></div> - -<p>Difícil sería decir con exactitud cómo -había nacido en el cerebro desequilibrado -de Catalina Ivanovna la idea de aquella -insensata comida. Gastó, en efecto, en -dicho banquete más de la mitad del dinero -que le había dado Raskolnikoff para -las exequias de Marmeladoff. Tal vez se -creía obligada a honrar «convenientemente» -la memoria de su marido, a fin de demostrar -a todos los inquilinos, y especialmente -a Amalia Ivanovna, que el difunto -valía tanto como ellos, si era que no -valía más. Quizá obedecía a ese orgullo -de los pobres que en determinadas circunstancias -de la vida, como bautizo, -matrimonio, entierro, etc., los impulsa -a sacrificar sus últimos recursos con el -solo objeto de «hacer las cosas tan bien -como los otros». Permitido es suponer -que, en el momento mismo en que se -veía reducida a la más extremada miseria, -Catalina Ivanovna quería mostrar a -toda aquella «gentuza», no solamente -que ella sabía «vivir y recibir», sino que, -hija de un coronel, educada «en una casa -noble y aristocrática», no había nacido -para fregar el suelo con sus propias manos -y lavar por la noche la ropa de sus -hijos.</p> - -<p>Las botellas de vino no eran ni muy -numerosas ni de marcas muy variadas; -faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había -exagerado. Sin embargo, había aguardiente, -ron, Oporto, todo de inferior calidad, -pero en abundancia. El <i>menú</i>, preparado -en la cocina de Amalia Ivanovna, -comprendía, además del <i>kutia</i>, tres o cuatro -platos, principalmente <i>blines</i>; además, -estaban preparados dos samovars -para los convidados que quisieran tomar -te o ponche después de la comida. Catalina -Ivanovna se ocupó por si misma en -las compras, con ayuda de un inquilino -de la casa, un polaco famélico, que habitaba, -sabe Dios en qué condiciones, en -casa de la señora Lippevechzel.</p> - -<p>Desde el primer momento este pobre -hombre se puso a disposición de la viuda, -y durante treinta y seis horas no dejó de -hacer recados con celo que, por otra parte, -el bueno del polaco no perdía ripio -para hacerlo notar. A cada instante, por -la menor futesa, todo presuroso y atareado -acudía a pedir instrucciones a la viuda -Marmeladoff. Después de haber declarado -que sin la solicitud de este «hombre -servicial y magnánimo», no hubiera sabido -qué hacer, Catalina Ivanovna acabó -por encontrarlo absolutamente insoportable. -Era propio de su carácter entusiasmarse -de repente por cualquiera; le -veía con los colores más brillantes y le -atribuía mil méritos que sólo existían en -su imaginación, pero en los cuales creía -con toda buena fe. Después al entusiasmo -sucedía bruscamente la desilusión, y entonces -se desataba en injurias contra -aquel a quien pocas horas antes había -colmado de excesivas alabanzas.</p> - -<p>Amalia Ivanovna tomó también súbita -importancia a los ojos de Catalina Ivanovna; -ésta delegó en ella, cuando se fué -al entierro, todos sus poderes, y la señora -Lippevechzel se mostró digna de esta -confianza. Ella fué, en efecto, quien se -encargó de preparar la mesa y de suministrar -el servicio de la misma. Claro es -que la vajilla, los vasos, las tazas, los tenedores, -los cuchillos, prestados por los -diversos inquilinos, mostraban en su rica -variedad sus diversos orígenes; pero -en aquel momento cada cosa estaba en -su puesto. Cuando volvió a la casa mortuoria, -Catalina Ivanovna pudo advertir -una expresión de triunfo en el rostro de -la patrona. Orgullosa de haber cumplido -tan bien su misión, aquélla se pavoneaba -con su traje de duelo completamente -nuevo, y su gorrito adornado con lazos.<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span> -Este orgullo, por legítimo que fuese, no -agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente -no se hubiera podido poner la -mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito -con sus lazos flamantes también le disgustó: -«¡Vaya con la tonta alemana esta -que no hace más que estorbar!... ¡Se ha -dignado, por bondad de alma! ¡Habráse -visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, -que era coronel, había algunas -veces cuarenta personas a comer, y no -se hubiera recibido ni aun para el servicio, -a una Amalia Ivanovna, o, mejor -dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff -no quiso manifestar entonces -sus sentimientos; pero se prometió no -quedarse con esta impertinencia en el -cuerpo.</p> - -<p>Otra circunstancia contribuyó también -a irritar a Catalina Ivanovna: a excepción -del polaco que fué hasta el cementerio, -casi ninguno de los invitados -acompañó el cadáver hasta su última morada; -por el contrario, cuando se trató -de sentarse a la mesa, se vió llegar todo -lo que había de más pobre y de menos recomendable -entre los inquilinos; algunos -se presentaron en traje más que descuidado. -Los que estaban un poco limpios -se habían dado palabra para no venir -comenzando por Ludjin, el más distinguido -de todos ellos. Sin embargo, el día -anterior, por la noche, Catalina Ivanovna -había cantado las excelencias de él a -todo el mundo, es decir, a la patrona, a -Poletchka, a Sonia y al polaco. Era, según -aseguraban, un hombre muy noble -y muy bueno; además de esto, era inmensamente -rico y estaba muy bien relacionado. -Afirmaba que había sido amigo de -su primer marido, y frecuentado también -en otro tiempo la casa de su padre. Aseguraba, -además, que había prometido -emplear toda su influencia para conseguirle -una pensión importante.</p> - -<p>Raskolnikoff se presentó cuando acababan -de llegar del cementerio. Catalina -Ivanovna quedó encantada al verle, en -primer lugar, porque, de todas las personas -presentes, era el único hombre culto -(lo presentó a todos los invitados, diciendo -que dentro de dos años sería catedrático -de la Universidad de San Petersburgo), -y además, por haberse excusado respetuosamente -de no haber podido, a pesar -de sus deseos, asistir a las exequias. -La viuda se apresuró a hacerle sentar a -su izquierda, teniendo ya a Amalia Ivanovna -sentada a su derecha, y entabló -a media voz con el joven una conversación -tan seguida como se lo permitían -sus deberes de dueña de casa.</p> - -<p>Su enfermedad había tomado desde hacía -dos días un carácter más alarmante -que nunca, y la tos, que le desgarraba el -pecho, le impedía a menudo terminar las -frases. Sin embargo, se consideraba feliz -por tener a quien confiar la indignación -que experimentaba ante aquel concurso -de figuras grotescas. Al principio, su cólera -se manifestaba en las burlas que dirigía -a los invitados y, sobre todo, a la -propietaria.</p> - -<p>—Todo ello es por culpa de esa imbécil. -Ya sabe usted de quién hablo—y -Catalina Ivanovna mostró con un movimiento -de cabeza a la patrona—. Mírela -usted cómo abre los ojos; adivina que -hablamos de ella; pero no puede comprender -lo que decimos; ahí tiene usted por -qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué -coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué idea le ha dado -de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere -hacer creer a todo el mundo que me -honra mucho sentándose a mi mesa. Le -había suplicado que invitase a las personas -más distinguidas, y con preferencia -a aquellas que habían conocido al difunto, -y mire usted qué colección de desharrapados -y de perdidos ha reclutado. Fíjese -usted: aquél no se ha lavado, da asco; -¿y esos desgraciados polacos?... ¡Ah, ah! -¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los -veo por primera vez. Dígame usted: ¿Por -qué han venido? Ahí están como una ristra -de cebollas. ¡Eh!—gritó a uno de -ellos—. ¿Ha tomado usted <i>blines</i>? Tome -usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere -usted aguardiente? Mire, mire, se ha levantado -para saludarme. Son, sin duda, -pobres diablos muertos de hambre. Todo -les es igual con tal de comer. Por lo menos -no hacen ruido; pero yo estoy temblando -por los cubiertos de la patrona—dijo -casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia -Ivanovna—. Si por acaso roban sus cucharas, -le prevengo que yo de nada respondo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span></p> - -<p>Después de esta satisfacción dada a sus -sentimientos, volviéndose hacia Raskolnikoff, -dijo, burlándose y mostrando a la -patrona:</p> - -<p>—¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra; -ahí se está con la boca abierta. Fíjese -usted; es una verdadera lechuza; -una lechuza con lazos de colores. ¡Ja, ja, -ja!</p> - -<p>La risa acabó con un acceso de tos que -duró cinco minutos, se llevó el pañuelo a -los labios y después se lo enseñó silenciosamente -a Raskolnikoff: estaba manchado -de sangre. Gotas de sudor perlaban su -frente; sus pómulos se coloreaban de rojo, -y cada vez respiraba con mayor dificultad; -sin embargo, continuó hablando -en voz baja con animación extraordinaria.</p> - -<p>—Le habían confiado el encargo muy -delicado, es verdad, de invitar a esa señora -y a su hija. Ya sabe usted a quienes -me refiero. Era preciso proceder en esto -con bastante tacto... Pues bien, se ha -arreglado de modo que esa imbécil forastera, -esa provinciana, que ha venido -aquí a solicitar una pensión como viuda -de un mayor, y que, de la mañana a la -noche, anda recorriendo las Cancillerías -con dos dedos de colorete en la cara, -y eso que tiene cincuenta años muy corridos... -esa remilgada ha rehusado mi invitación, -sin excusarse siquiera, como la -más vulgar cortesía exige en un caso como -éste. No acierto a explicarme cómo -es que no haya venido tampoco Pedro -Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia? -¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te -habías metido, Sonia? Es extraño que en -un día como éste hayas sido tan poco -exacta. Rodión Romanovitch, déjela usted -colocarse a su lado, ése es tu sitio, -Sonia; toma lo que quieras. Te recomiendo -el <i>kabial</i>, está bueno. Ahora te traerán -las <i>blines</i>. ¿No se ha dado de ellas a los -niños? Que no se os olvide, Poletchka. -Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú, -Kolia, deja quietecitas las piernas. Eso -es; así debe de estar un niño bien educado. -¿Y qué me cuentas, Sonetchka?</p> - -<p>Sonia se apresuró a decir a su madrastra -las excusas de Pedro Petrovitch, esforzándose -en hablar alto para que todos -pudieran oírle. No contenta con reproducir -las fórmulas corteses de que Ludjin -se había servido, procuró por su parte -amplificarlas. Pedro Petrovitch—añadió—le -había encargado decir a Catalina -Ivanovna que vendría tan pronto -como le fuese posible, para hablar de -<i>negocios</i> y entenderse con ella acerca de la -marcha que debía seguir ulteriormente, -etcétera, etc.</p> - -<p>Sonia sabía que con esto tranquilizaría -a su madrastra, y, sobre todo, que halagaría -su amor propio. La joven se sentó -al lado de Raskolnikoff, a quien saludó -apresuradamente echándole una rápida -y curiosa mirada; pero durante el resto -de la comida evitó mirarle y aun dirigirle -la palabra. Parecía distraída, aunque tenía -los ojos fijos en el rostro de Catalina -Ivanovna para adivinar sus deseos. Después -de haber escuchado con complacencia -el relato de Sonia, la viuda preguntó -con aire de importancia por la salud de -Pedro Petrovitch; en seguida, sin inquietarse -demasiado de que pudieran oírla -los invitados, hizo observar a Raskolnikoff -que un hombre tan respetable y distinguido -hubiese estado fuera de su centro -en semejante reunión. Se explicaba -que no hubiese venido, a pesar de las antiguas -relaciones que le unían a su familia.</p> - -<p>—He aquí por qué, Rodión Romanovitch, -agradezco tanto que no haya usted -desdeñado mi hospitalidad; por lo -demás—añadió—, convencida estoy de -que solamente la amistad de usted con -mi pobre difunto es lo que ha decidido a -cumplirme su palabra.</p> - -<p>Raskolnikoff escuchaba en silencio. -Se encontraba a disgusto. Unicamente -por cortesía y consideración a Catalina -Ivanovna probaba la comida, que la propia -viuda le acercaba a la boca.</p> - -<p>El joven tenía los ojos fijos en Sonia. -Esta, cada vez más pensativa, seguía con -inquietud los progresos de la exasperación -de su madrastra, que había comenzado a -burlarse de sus huéspedes, presintiendo -que la comida acabaría mal, porque, entre -otras cosas, Sonia sabía que era ella -la causa principal de que las dos provincianas -hubieran rehusado la invitación. -Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando -fué a invitar a las dos señoras, la madre, -muy resentida, había exclamado que<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span> -cómo podría permitir ella que su hija se -sentase al lado de aquella... <i>señorita</i>. Sospechaba -la joven que su madrastra tenía -ya noticia de aquel insulto. Esta injuria -a Sonia era para Catalina Ivanovna -peor que una afrenta hecha a ella, a sus -hijos, o a la memoria de su padre; era un -mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina -Ivanovna sólo le importaba en -aquel momento probar a aquellas imbéciles -que ambas eran... Precisamente un -convidado, sentado en el otro extremo -de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos -corazones de migas de pan atravesados -por una flecha. Catalina Ivanovna declaró -en seguida, con voz sonora, que el -autor de aquella burla era, de seguro, un -«asno borracho».</p> - -<p>Acto seguido anunció su propósito de -retirarse en cuanto hubiera obtenido una -pensión, a fundar en T***, su ciudad natal, -una casa de educación para hijas de nobles. -De repente mostró aquel certificado -del cual había hablado Marmeladoff cuando -su encuentro con Rodia en la taberna. -En las circunstancias presentes, tal documento -debía establecer el derecho de -Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; -pero lo había sacado con objeto de -confundir a las dos «presumidas», y si -éstas hubiesen aceptado su invitación, -les hubiera demostrado con pruebas convincentes, -que «la hija de un coronel, la -descendiente de una familia noble y aristocrática, -valía mucho más que las buscadoras -de aventuras, cuyo número -aumenta cada día». El certificado dió -pronto la vuelta en derredor de la mesa; -los convidados, ya a medios pelos, se lo -pasaban de mano en mano, sin que Catalina -Ivanovna se opusiese a ello, porque -aquel papel la designaba, con todas sus -letras, como hija de un consejero de -Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, -a considerarse como hija de un -coronel.</p> - -<p>Extendióse después la viuda en enumerar -los encantos de la existencia feliz -y tranquila que se prometía pasar en -T***. Buscaría el concurso de los profesores -del Gimnasio, entre los cuales se encontraba -un anciano respetable, el señor -Mangot, que le había enseñado en otros -tiempos el francés; este señor no vacilaría -en dar lecciones en su pensionado, y -sería módico en sus honorarios. Por último, -anunció la intención de llevarse a -Sonia a T*** y de confiarle la dirección de -su establecimiento. Al oír estas palabras, -uno de los comensales se echó a reír.</p> - -<p>Catalina Ivanovna fingió no haberlo -oído, pero levantando la voz dijo que Sonia -Semenovna poseía cuantas cualidades -son menester para secundarla en su -tarea. Después de haber elogiado la dulzura -de la joven, su paciencia, su abnegación, -su cultura intelectual y su nobleza -de sentimientos, le dió suavemente -unos golpecitos en la mejilla y la besó -dos veces seguidas con efusión. Sonia -se ruborizó, y Catalina Ivanovna prorrumpió -en llanto.</p> - -<p>—Tengo los nervios muy excitados—dijo -como para excusarse—y estoy muy -fatigada. La comida ha acabado, se va -a servir el te.</p> - -<p>Amalia Ivanovna, muy contrariada -por no haber podido meter baza en la conversación -precedente, eligió aquel momento -para aventurar una nueva tentativa, -e hizo observar muy juiciosamente -a la futura directora de un pensionado, -que «debería conceder mucha atención -a la ropa interior de las pensionistas -e impedir que leyeran novelas durante -la noche». El cansancio y la irritación hacían -a Catalina Ivanovna poco tolerante; -así es que tomó muy a mal aquellos sabios -consejos; a creerla a ella, la patrona -no entendía una palabra de lo que estaba -hablando. «En un pensionado de señoritas -nobles, el cuidado de la ropa blanca -correspondía a la mujer encargada -de ese servicio, y no a la directora del establecimiento. -En cuanto a la observación -relativa a la lectura de las novelas, -era sencillamente una inconveniencia.» -Catalina Ivanovna suplicaba a la patrona -que callase.</p> - -<p>En lugar de acceder a esta súplica, -Amalia Ivanovna respondió con acritud -que «no había hablado más que por su -bien»; que había tenido siempre las mejores -intenciones, y que, desde hacía largo -tiempo, Catalina Ivanovna no le pagaba -un kopek.</p> - -<p>—¡Miente usted hablando de buenas -intenciones!—replicó la viuda—. Ayer,<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span> -sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba -de cuerpo presente, vino usted a armar -un escándalo a propósito de mis atrasos, -y por causa suya no han venido ciertas -señoras...</p> - -<p>Al oír esto la patrona observó con mucha -lógica que ella «había invitado a -aquellas señoras, pero no habían venido -porque eran nobles y no podían ir a casa -de una señora que no lo era». A lo cual -su interlocutora contestó «que una cocinera -no tenía criterio para juzgar de la -verdadera nobleza».</p> - -<p>Herida Amalia Ivanovna en lo vivo -replicó «que su <i>vater</i><a name="FNanchor_17" id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a> era un hombre -muy importante en Berlín que se paseaba -constantemente con las manos en los -bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para -dar una idea más exacta de su <i>vater</i>, la -señora Lippevechzel se levantó, se metió -las manos en los bolsillos e inflando los -carrillos se puso a imitar el ruido de un -fuelle de fragua. Aquello provocó una -carcajada general entre los inquilinos -que, con la esperanza de una batalla entre -las dos mujeres, se complacían en -azuzar a Amalia Ivanovna. La viuda de -Marmeladoff, no pudiendo contenerse -más, declaró en voz muy alta que «Amalia -Ivanovna quizá no había tenido nunca -<i>vater</i>, que era sencillamente una finlandesa -de San Petersburgo, que había debido ser -en otro tiempo cocinera, o tal vez algo -más bajo». Respuesta furiosa de la patrona: -«Acaso era Catalina Ivanovna la -que no había tenido <i>vater</i>. En cuanto a -ella, su padre era un berlinés que usaba -levitas muy largas y que hacía constantemente -¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna -respondió con tono despreciativo que -«su nacimiento era conocido de todo el -mundo, y que aquel mismo certificado -honorífico en caracteres impresos, la designaba -como hija de un coronel, y que, -en cambio, Amalia Ivanovna (en el supuesto -de que hubiese tenido padre conocido), -debía ser hija de algún vendedor -de leche finlandés; pero, según todas las -apariencias, era hospiciana, puesto que -no sabía aún cuál era su nombre patronímico, -si se llamaba Amalia Ivanovna o -Amalia Ludvigovna». La patrona, fuera -de sí, gritó, dando puñetazos sobre la -mesa, «que ella era Ivanovna y no Ludvigovna; -que su padre se llamaba Juan, -y que había sido alcalde, cosa que no fué -nunca el padre de Catalina Ivanovna». -Al oír tales palabras se levantó ésta, y -con voz tranquila, desmentida por la palidez -de su rostro y por la agitación de su -pecho, dijo:</p> - -<p>—Si usted se atreve otra vez a poner -en parangón a su miserable <i>vater</i> con mi -padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.</p> - -<p>Amalia Ivanovna, ante su amenaza, -empezó a correr por la habitación, gritando -con todas sus fuerzas que ella era -la propietaria y que Catalina Ivanovna -se marcharía de su casa al instante. Después -se apresuró a recoger los cubiertos -de plata que estaban sobre la mesa. A -esto siguió una confusión y un barullo indescriptible; -los chiquillos se echaron a -llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra -para impedir que hiciese un disparate, -pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado -en alta voz una alusión a la <i>cartilla -amarilla</i>, Catalina Ivanovna rechazó a -la joven y se fué derecha a la patrona, -decidida a arrancarle el moño.</p> - -<p>Mas en aquel momento se abrió la -puerta y apareció Pedro Petrovitch Ludjin.</p> - -<p>El funcionario dirigió una mirada severa -a todos los presentes y Catalina Ivanovna -corrió hacia él.</p> - - -<div class="chapter"><h3>III.</h3></div> - -<p>—¡Pedro Petrovitch!—gritó—. ¡Protéjame -usted! Haga comprender a esta -imbécil que no tiene derecho para hablar -así a una señora noble y desgraciada; que -eso no está permitido. Me quejaré al gobernador -general... y esa mujer tendrá -que responder ante él de lo que ha dicho. -En nombre de la hospitalidad que usted -recibió de mi padre, venga en ayuda de -mis huérfanos.</p> - -<p>—Permítame usted, señora... permítame -usted—dijo Pedro Petrovitch apartando -con un ademán a la solicitante—. -Como usted sabe muy bien, no he tenido -el honor de conocer a su padre... Permítame -usted, señora (uno de los comensales<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span> -se echó a reír ruidosamente); no pienso -tomar parte en las continuas reyertas -de usted con Amalia Ivanovna... Vengo -aquí por un asunto personal... Deseo tener -inmediatamente una explicación con -su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... -¿no es ése su nombre? Permítame usted -que entre...</p> - -<p>Y apartándose de Catalina Ivanovna, -Pedro Petrovitch se dirigió al rincón de -la sala en que se encontraba Sonia.</p> - -<p>La viuda se quedó como clavada en su -sitio. No podía comprender que Pedro -Petrovitch negase haber sido huésped de -su padre. Aquella hospitalidad, que no -existía más que en su imaginación, se había -convertido para ella en artículo de -fe. Lo que principalmente la impresionó, -fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador -de Ludjin. Al aparecer este último -se restableció el silencio poco a poco. -El pulcro y severo traje del hombre de -leyes formaba contraste con la sordidez -de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna. -Cada uno de ellos se daba cuenta -de que sólo un motivo de gravedad excepcional -podía explicar la presencia de aquel -personaje en semejante sitio; todos, pues, -esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, -que estaba sentado al lado de Sonia, se -levantó para dejar acercarse a Pedro -Petrovitch, y éste pareció no reparar en -el joven.</p> - -<p>Un instante después apareció Lebeziatnikoff; -pero en lugar de entrar en la -habitación permaneció en el umbral escuchando -con curiosidad sin acertar a -comprender al pronto de qué se trataba.</p> - -<p>—Perdónenme ustedes que turbe su -reunión; pero me veo obligado a ello por -un asunto de bastante importancia—dijo -Pedro Petrovitch sin dirigirse a nadie en -particular—; en cuanto a mí, me agrada -poder explicarme delante de una reunión -numerosa. Amalia Ivanovna, ruego a usted -que, como propietaria de esta casa, -preste atención a la conferencia que voy -a celebrar con Sonia Semenovna.</p> - -<p>Después, dirigiéndose a la joven que -estaba extremadamente pálida y bastante -sorprendida, añadió:</p> - -<p>—Sonia Semenovna, inmediatamente -después de la visita de usted, he echado -de menos un billete de Banco de cien rublos, -que había sobre una mesa de la habitación -de mi amigo Andrés Semenovitch -Lebeziatnikoff. Si usted sabe lo que -ha sido de ese billete y me lo dice, doy -a usted, en presencia de todas estas personas, -mi palabra de honor de que este -asunto no tendrá consecuencias; en caso -contrario, me veré obligado a recurrir a -medidas muy serias, y entonces... no tendrá -usted que echar la culpa a nadie sino -a sí misma.</p> - -<p>Un profundo silencio siguió a estas palabras. -Hasta los niños cesaron de llorar. -Sonia, mortalmente pálida, miraba a -Ludjin sin acertar a responder. Parecía -no haber comprendido aún. Así pasaron -algunos segundos.</p> - -<p>—Vamos, ¿qué responde usted?—preguntó -Pedro Petrovitch, mirando atentamente -a la joven.</p> - -<p>—Yo no sé... no sé nada—dijo al cabo -con voz débil.</p> - -<p>—¿No? ¿Usted no sabe nada?—preguntó -Ludjin, y dejó pasar nuevamente -algunos segundos.</p> - -<p>En seguida añadió con tono severo:</p> - -<p>—Piense usted en lo que le digo, señorita; -reflexione usted; quiero darle -tiempo bastante. Si no estuviese completamente -seguro de mi afirmación, me -guardaría muy mucho de lanzar contra -usted una acusación tan grave. Tengo -demasiada experiencia en los negocios -para exponerme a una querella por difamación. -Esta mañana he ido a negociar -unos títulos, que representaban un valor -nominal de 3.000 rublos. De vuelta en -mi alojamiento, me he puesto a contar -el dinero; Andrés Semenovitch es testigo. -Después de haber contado dos mil trescientos -rublos, los he guardado en una -cartera que he metido en el bolsillo del -pecho de la levita. Quedaban sobre la -mesa unos quinientos rublos en billetes -de Banco, entre los cuales había tres de -cien rublos cada uno. Entonces fué cuando, -a invitación mía, vino usted a nuestro -cuarto, y durante todo el tiempo de -su visita ha estado usted extraordinariamente -agitada. Por tres veces se ha levantado -usted para salir, aun cuando -nuestra conversación no había terminado -aún. Andrés Semenovitch puede dar fe -de todo esto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span></p> - -<p>»Usted no negará, así por lo menos lo -creo, que la he hecho llamar por Andrés -Semenovitch con objeto de ocuparme con -usted en la situación desgraciada de su -madrastra (a cuya casa no podía venir -yo a comer), y de la forma de socorrerla -por medio de subscripción, lotería, o cosa -parecida. Usted me dió las gracias con -las lágrimas en los ojos. (Entro en todos -estos pormenores, para probarle que no -he olvidado ninguna circunstancia.) Inmediatamente -he tomado de encima de -la mesa un billete de diez rublos, y se lo -he entregado a usted como primer recurso -para su madrastra. Andrés Semenovitch -lo ha visto todo. Después la he -acompañado hasta la puerta, y usted se -ha retirado con la misma agitación que -antes.</p> - -<p>»Cuando usted salió del cuarto, he estado -hablando durante diez minutos, -aproximadamente, con Andrés Semenovitch. -Por último él se marchó y yo me -acerqué a la mesa para guardar el resto -del dinero, viendo entonces, con gran sorpresa, -que me faltaba un billete de cien -rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo -sospechar de Andrés Semenovitch, ni siquiera -concebir semejante idea. No puedo -tampoco engañarme en mis cuentas, porque, -un momento antes de que usted entrara, -acababa de comprobarlas. Comprenderá -usted que acordándome de su -agitación, de su prontitud en salir y de -que tuvo usted durante algún tiempo las -manos sobre la mesa, y considerando, -finalmente, la posición social de usted, -he debido, a despecho de mi propia voluntad, -dar acogida a una sospecha, cruel, -sin duda, pero legítima.</p> - -<p>»Por convencido que me halle de la culpabilidad -de usted, repito que sé a lo que -me expongo dirigiéndole esta acusación. -Sin embargo, no vacilo en formularla, sobre -todo, señorita, por su negra ingratitud. -¿Cómo? La mando llamar a usted -porque me intereso por su infortunada -madrastra y por sus hermanitos; le doy -un billete de diez rublos ¡y me recompensa -usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está -bien! Le hace falta una lección que le sirva -de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione -usted; se lo propongo amistosamente, -porque en este momento es lo mejor -que puedo hacer en su favor. De lo -contrario, seré inflexible. Vamos, confiese -usted.»</p> - -<p>—Yo nada he tomado—murmuró Sonia -espantada—; usted me ha dado diez rublos; -aquí están, tómelos, se los devuelvo.</p> - -<p>La joven sacó el pañuelo del bolsillo, -deshizo un nudo, tomó el billete de diez -rublos, que estaba allí guardado, y se lo -alargó a Ludjin.</p> - -<p>—¿De modo que insiste usted en negar -el robo de esos cien rublos?—dijo en tono -de reproche Ludjin, sin tomar el billete.</p> - -<p>Sonia dirigió una mirada en torno -suyo, y en todos los rostros de las personas -que la rodeaban sorprendió una expresión -severa, irritada o burlona. La -joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie, -apoyado contra la pared, tenía los brazos -cruzados y sus ojos llameantes fijos en -ella.</p> - -<p>—¡Señor, señor!—gimió la muchacha.</p> - -<p>—Amalia Ivanovna, será menester llamar -a la policía; por lo tanto, suplico a -usted humildemente que haga subir al -<i>dvornik</i>—dijo Ludjin con voz dulce y -hasta cariñosa.</p> - -<p>—<i>Gott der barmherzig!</i> ¡Bien sabía yo -que ésta era una ladrona!—exclamó la -señora Lippevechzel palmoteando.</p> - -<p>—¿Usted lo sabía?—repuso Pedro Petrovitch—; -eso quiere decir que ya ciertos -hechos anteriores autorizan a usted a deducir -esta consecuencia. Suplico a usted, -dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide -las palabras que acaba de pronunciar. -Por lo demás, hay testigos.</p> - -<p>En todos lados se hablaba ruidosamente.</p> - -<p>—¿Cómo?—exclamó Catalina Ivanovna, -saliendo de repente de su estupor, y -con rápido movimiento se precipitó hacia -Ludjin—. ¿Cómo? ¿La acusa usted de robo? -¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde!</p> - -<p>Después se aproximó vivamente a la -joven y la estrechó entre sus brazos descarnados.</p> - -<p>—¿Cómo, Sonia, has podido aceptar -diez rublos de él? ¡Oh, tonta! ¡Dámelos! -¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así!</p> - -<p>Catalina tomó el billete de manos de -Sonia, lo arrugó entre sus dedos y se lo -tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho -una pelota, alcanzó a Pedro Petrovitch<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span> -y rodó en seguida por el suelo. Amalia -Ivanovna se apresuró a levantarlo. El -hombre de negocios se incomodó.</p> - -<p>—Contengan ustedes a esa loca.</p> - -<p>En aquel momento acudieron muchas -personas, que se colocaron en el umbral, -al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban -las dos señoras provincianas.</p> - -<p>—¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?—vociferó -Catalina Ivanovna—. -¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de -negocios, un hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia -haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona? -¡Pero si ella te daría más que vale -ese dinero, imbécil!—y la viuda rompió -a reír de un modo nervioso—. ¿Han visto -ustedes a este imbécil?—añadió, yendo -de uno a otro inquilino y mostrando a -Ludjin a cada uno de ellos.</p> - -<p>De repente vió a Amalia Ivanovna, y -su cólera no tuvo límites.</p> - -<p>—¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú -también, infame prusiana, dices que Sonia -es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible? -¡Si no ha salido de la habitación! -Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a -la mesa con nosotros; todos la han visto -al lado de Rodión Romanovitch... registradla. -Puesto que no ha ido a ninguna -parte, tendrá el dinero encima. ¡Busca, -busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, -querido, tendrás que responder de tu -conducta! ¡Me quejaré al emperador, al -zar misericordioso! ¡Hoy mismo iré a -arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana; me -dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá? -¡Te engañas! Obtendré una audiencia. -¿Porque Sonia es tan dulce pensabas -que no tenías nada que temer? Tú contabas -con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si -ella es tímida, yo, amigo mío, yo no tengo -miedo a nada, y así tus cálculos caen por -tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate!</p> - -<p>Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba -a Ludjin por un brazo y le empujaba -hacia donde estaba Sonia.</p> - -<p>—Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... -pero, tranquilícese usted, señora, cálmese -usted—balbuceaba el funcionario.—Ya -veo que no tiene usted miedo. Esto -debería hacerse en la oficina de policía. -Por lo demás, hay aquí un número más -que suficiente de testigos... Sí, yo estoy -pronto... no obstante, es muy delicado -para un hombre... a causa de su sexo... Si -Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... -Sin embargo, no es así como se -hacen estas cosas.</p> - -<p>—¡Hágala usted registrar por quien -quiera!—gritó Catalina Ivanovna—. Sonia, -enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira, -monstruo, ve cómo están vacíos! ¡Aquí -no hay más que un pañuelo; mira, nada -más que un pañuelo, puedes convencerte -de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves?</p> - -<p>No contenta con vaciar los bolsillos de -Sonia, Catalina los volvió, uno después -del otro, de dentro afuera. Pero en el momento -en que ponía al descubierto el forro -del bolsillo derecho, se escapó de él -un papelillo, que, describiendo una parábola -en el aire, fué a caer a los pies de -Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron -un grito. Pedro Petrovitch se bajó, -tomó el billete con los dedos y lo desplegó -<i>coram populo</i>. Era un billete de cien -rublos, doblado en ocho partes. Pedro Petrovitch -lo enseñó a todos para que no -existiese ninguna duda sobre la culpabilidad -de Sonia.</p> - -<p>—¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía, -la policía!—aulló Amalia Ivanovna—. -¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la -calle!</p> - -<p>De todas partes brotaban exclamaciones. -Raskolnikoff, silencioso, no cesaba -de mirar a Sonia más que para echar de -vez en cuando una mirada rápida sobre -Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía -más bien atontada que sorprendida; -de repente enrojeció y se cubrió el -rostro con las manos.</p> - -<p>—¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado -nada! ¡Yo no sé nada!—gritó con voz desgarradora -y se precipitó hacia Catalina -Ivanovna, que abrió los brazos como un -asilo inviolable para la desgraciada criatura.</p> - -<p>—¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo -que no lo creo!—repetía Catalina Ivanovna, -rebelde a la evidencia. (Estas palabras -iban acompañadas de mil caricias; -besaba a la joven, le tomaba las manos, la -mecía en sus brazos como a un niño.)—¡Tú -haber robado nada! ¡pero qué personas -más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos, -tontos!—gritaba a los circunstantes—. -¡No sabéis lo que es esta criatura!<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span> -¡Robar ella! ¡Ella, que vendería su último -vestido; ella, que iría descalza antes -que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais -necesidad de ellos! ¡Así, así es...! -¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque -mis hijos se morían de hambre... se -vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto; -mi pobre difunto! ¡Dios mío, Dios -mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos, -en vez de estar impasibles! Usted, Rodión -Romanovitch, ¿por qué no la defiende? -¿Usted también la cree culpable? -¡Todos vosotros juntos, no valéis lo que -el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela -tú!</p> - -<p>Las lágrimas, las súplicas, la desesperación -de la pobre Catalina Ivanovna -parecieron causar una gran impresión -en el público. Aquel rostro de tísica, aquellos -labios secos, aquella voz ahogada, expresaban -un sentimiento tan doloroso, -que era difícil no sentirse conmovido ante -tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió -en seguida a expresar los más dulces sentimientos.</p> - -<p>—¡Señora, señora!—dijo con solemnidad—. -Este negocio no concierne a usted -en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla -de culpabilidad; usted misma es la -que ha sacado los bolsillos y ha descubierto -el objeto robado; basta esto para -demostrar la completa inocencia de usted. -Estoy dispuesto a mostrarme indulgente -con un acto a que Sonia Semenovna ha -podido ser impulsada por la miseria. Pero, -¿por qué se niega usted a confesar, señorita? -¿Teme la deshonra? ¿Era éste su -primer hurto? ¿Lo hizo usted trastornada? -La cosa se comprende, se comprende -muy bien; vea usted, sin embargo, a -lo que se exponía. Señores—dijo dirigiéndose -a todos los presentes, mudos -por un sentimiento de piedad—: Estoy -pronto a perdonar, a pesar de las injurias -que se me han dirigido.</p> - -<p>Después añadió:</p> - -<p>—Señorita, que la humillación de hoy -le sirva a usted de lección para el porvenir; -no daré parte; las cosas no pasarán -de aquí.</p> - -<p>Pedro Petrovitch dirigió una mirada -de reojo a Raskolnikoff; sus ojos se encontraron; -los del joven despedían llamas. -En cuanto a Catalina Ivanovna, parecía -no haber oído nada y continuaba -abrazando a Sonia con una especie de -frenesí. A ejemplo de su madre, los niños -estrechaban entre sus bracitos a la joven; -Poletchka, sin comprender lo que pasaba, -sollozaba a más no poder, con su linda -carita apoyada en el hombro de Sonia. -De repente, en el umbral de la puerta una -voz sonora exclamó:</p> - -<p>—¡Qué villanía!</p> - -<p>Pedro Petrovitch se volvió vivamente.</p> - -<p>—¡Qué villanía!—repitió Lebeziatnikoff -mirando fijamente a Ludjin.</p> - -<p>Este último se estremeció. Todos lo -advirtieron (luego se acordaron de esta -circunstancia). Lebeziatnikoff entró en -la sala.</p> - -<p>—¿Y usted se ha atrevido a invocar mi -testimonio?—dijo aproximándose a Pedro -Petrovitch.</p> - -<p>—¿Qué significa esto? ¿De qué habla -usted, Andrés Semenovitch?—preguntó -Ludjin.</p> - -<p>—Esto significa que usted es un... -calumniador. Ya tiene usted explicado el -sentido de mis palabra—replicó arrebatadamente -Lebeziatnikoff.</p> - -<p>Estaba extremadamente colérico y -fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos enfermizos, -que tenían dura e indignada -expresión. Raskolnikoff escuchaba ansiosamente -con la mirada fija en el rostro -del joven socialista.</p> - -<p>Hubo una pausa. En el primer momento, -Pedro Petrovitch quedó casi desconcertado.</p> - -<p>—¿Es a mí a quien...?—murmuró—. -¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en su -juicio?</p> - -<p>—Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un... -mal hombre. ¡Ah! ¡Qué infamia! Lo he -oído todo, y si no he hablado antes, es -porque quería comprender bien; hay algunas -cosas que... lo confieso, no me las -explico. Me gustaría saber por qué ha -hecho usted esto.</p> - -<p>—¿Pero qué es lo que yo he hecho? -¿Acabará de hablar enigmáticamente? -¡Usted está borracho!</p> - -<p>—¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros -está borracho, es usted. Yo jamás bebo -aguardiente, porque esto es contrario a -mis principios. Figúrense ustedes que es -él, él mismo quien, con sus propias manos<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span> -ha dejado el billete de cien rublos a Sonia -Semenovna; yo lo he visto; yo he sido -testigo de ello, y lo declararé bajo la fe -de mi juramento. Es él, él—repetía Lebeziatnikoff -dirigiéndose a todos y a cada -uno.</p> - -<p>—¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!—replicó -violentamente Ludjin—. -Ella misma aquí, hace un momento, ha -afirmado, en presencia de usted y de todo -el mundo, que no había recibido más que -diez rublos... ¿Cómo es, pues, posible -que yo le haya dado más dinero?</p> - -<p>—Yo lo he visto—repitió con energía -Andrés Semenovitch—; y aunque esto -pugna a mis principios, estoy dispuesto a -prestar juramento ante la justicia; le he -visto a usted deslizar ese dinero con mucho -disimulo. Sólo que he sido tan tonto, -que he creído que hablaba usted por -generosidad. Cuando usted le decía adiós -en el umbral de la puerta y le ofrecía usted -la mano derecha, le introdujo disimuladamente -en el bolsillo el papel -que tenía en la izquierda. Yo lo he visto, -yo lo he visto.</p> - -<p>Ludjin palideció.</p> - -<p>—¿Qué es lo que está usted mintiendo?—replicó -insolentemente—. Estando al -lado de la ventana, ¿cómo podía usted -ver eso del billete? Vaya, como está usted -mal de la vista, ha sido usted objeto de -una ilusión.</p> - -<p>—No, yo no he visto visiones. A pesar -de la distancia, lo he visto todo muy bien. -Desde la ventana, en efecto, era difícil -distinguir el billete, en eso tiene usted razón; -mas a causa de esa misma circunstancia, -sé que era precisamente un billete -de cien rublos. Cuando usted dió diez a -Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la -mesa y vi a usted tomar al mismo tiempo -un billete de cien rublos. No he podido -olvidar este detalle, porque en aquel momento -se me ocurrió una idea. Después -de haber plegado el billete, lo guardó usted -en el hueco de la mano, y cuando se -levantó se pasó el papel de la mano derecha -a la izquierda, y estuvo a punto de -dejarlo caer. Me he acordado porque se -me ocurrió la misma idea, a saber: que -usted quería obligar a Sonia Semenovna -sin que yo me enterara; pero no puede usted -imaginarse con qué atención he observado -sus gestos y ademanes. Así es -que he visto meter el billete en el bolsillo -de la joven. Lo he visto, lo he visto, y -lo repetiré donde sea necesario bajo la -fe del juramento.</p> - -<p>Lebeziatnikoff estaba casi sofocado -por la indignación. De todos lados se entrecruzaban -exclamaciones diversas. La -mayor parte expresaban estupor; pero -algunas eran proferidas en son de amenaza. -Todos rodearon a Pedro Petrovitch. -Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff.</p> - -<p>—¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le -conocía a usted! ¡Usted la defiende; solamente -usted se pone de parte de ella! ¡Dios -le envía a usted en socorro de la huérfana! -¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo, -<i>batuchka</i>!</p> - -<p>Y Catalina Ivanovna, sin casi tener -conciencia de lo que hacía, cayó de rodillas -delante del joven.</p> - -<p>—¡Esas son tonterías!—vociferó Ludjin -arrebatado por la cólera—. ¡No dice -usted más que necedades! «Yo he olvidado; -me he acordado: me acuerdo; me -olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo -que si fuera verdad lo que usted dice, -yo le habría deslizado a propósito esos -cien rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto? -¿Qué tengo yo de común con esa...?</p> - -<p>—¿Por qué? Eso es lo que no comprendo; -me limito a referir el hecho tal como -ha pasado, sin pretender explicarlo, y, -dentro de esos límites, garantizo su exactitud... -Tampoco me engaño, malvado, -así como me acuerdo de haberme hecho -esta misma pregunta en el momento en -que felicitaba a usted estrechándole la -mano. Me preguntaba por qué razón había -usted hecho ese regalo en forma clandestina. -Quizá, me dije, ha querido ocultarme -su buena acción, sabiendo que yo, -en virtud de mis principios, soy enemigo -de la caridad privada y la considero como -un vano paliativo. He pensado después -que trataba de dar una sorpresa a Sonia -Semenovna. Hay, en efecto, personas -que se complacen en dar a sus beneficios -el sabor de lo imprevisto. En seguida se -me ocurrió otra idea: que la intención de -usted era poner a prueba a la joven; -que usted quería saber si, cuando ella -encontrara en el bolsillo esos cien rublos,<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span> -vendría a darle las gracias, o acaso quería -usted substraerse a su reconocimiento, -siguiendo el precepto de que la mano derecha -debe ignorar... En una palabra, -Dios sabe las suposiciones que se me ocurrieron. -La conducta de usted me preocupaba -de tal modo, que me proponía -reflexionar más tarde sobre ella detenidamente. -Además, hubiera creído faltar -a la delicadeza, dando a entender que -conocía su secreto. Pensando en estas -cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna, -ignorando la generosidad de usted, -podía perder el billete de Banco. He -aquí por qué me he decidido a venir: -porque quería llamarla aparte y decirle -que le habían puesto cien rublos en el bolsillo; -pero antes he entrado en casa de las -señoras Kobyliatnikoff, para entregarles -un <i>Tratado general sobre el método positivo</i>, -y recomendarles el artículo de Piderit -(el de Vagner no carece de valor). Un -momento después he llegado aquí y he -sido testigo de esta escena. Ahora bien: -¿es posible que yo hubiera podido pensar -en todo esto y hacerme todos estos razonamientos, -si no le hubiera visto a usted -deslizar los cien rublos en el bolsillo de -Sonia Semenovna?</p> - -<p>Cuando Andrés Semenovitch terminó -su discurso, no podía ya más y tenía el -rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso -le costaba trabajo expresarse convenientemente, -aunque, por lo demás, no conocía -ningún otro idioma. Este esfuerzo -oratorio le había agotado. Sus palabras -produjeron, sin embargo, extraordinario -efecto. El acento de sinceridad con que -las había pronunciado llevó el convencimiento -al alma de todos los oyentes. Pedro -Petrovitch comprendió que perdía -terreno.</p> - -<p>—¡Qué me importan a mí las tonterías -que se le han ocurrido a usted!—exclamó—; -eso no es una prueba. Ha podido -usted soñar cuantas necedades quiera. -Le digo que miente. ¡Miente usted, y además -me calumnia para satisfacer sus -rencores! La verdad es que usted me -odia porque me he puesto enfrente del -radicalismo impío, de las doctrinas antisociales -que usted sostiene.</p> - -<p>Pero, lejos de redundar en favor de -Pedro Petrovitch, provocó violentos murmullos -en su derredor.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre -responder? No es muy fuerte su argumento—replicó -Lebeziatnikoff—. ¡Llame a la -policía; prestaré mi juramento! Una sola -cosa queda obscura para mí: el motivo -que le ha impulsado a cometer una acción -tan baja. ¡Oh miserable, cobarde!</p> - -<p>Raskolnikoff avanzó, separándose del -grupo.</p> - -<p>—Yo puedo explicar su conducta, y -si es menester, también prestaré juramento—dijo -con voz firme.</p> - -<p>A primera vista, la tranquila seguridad -del joven probó al público que conocía a -fondo el asunto, y que aquel embrollo -estaba a punto de llegar a su desenlace.</p> - -<p>—Ahora lo comprendo todo—prosiguió -Raskolnikoff dirigiéndose a Lebeziatnikoff—. -Desde el principio de este -accidente había sospechado detrás de esto -alguna innoble intriga. Se fundaban mis -sospechas en ciertas circunstancias solamente -de mí conocidas, y que voy a revelar, -porque presentan las cosas en su -verdadero aspecto. Usted, Andrés Semenovitch, -ha iluminado perfectamente mi -espíritu; suplico a ustedes que me escuchen. -Ese señor—continuó, designando -con un gesto a Pedro Petrovitch—, ha -pedido recientemente la mano de mi hermana -Advocia Romanovna Raskolnikoff. -Llegado hace poco a San Petersburgo, -vino a verme anteayer; pero ya en -nuestra primera entrevista tuvimos un -choque y le eché a la calle, como pueden -declarar dos personas que estaban presentes. -Ese hombre es muy malo... Anteayer -ignoraba yo que viviese con usted, -Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia, -anteayer, es decir, el día mismo -de nuestra cuestión, se encontró presente -aquí en el momento en que, como -amigo del difunto Marmeladoff, le di un -poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna -para atender a los gastos de los -funerales de su marido. Inmediatamente -escribió a mi madre diciéndole que yo había -dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna, -sino a Sonia Semenovna, calificando -al mismo tiempo a esa joven con -los más ultrajantes adjetivos y dando a<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span> -entender que yo tenía con ella relaciones -íntimas. Su objeto, como comprenderán -ustedes, era enemistarme con mi familia, -insinuándole que yo gasto en disipaciones -el dinero de que ella se priva para atender -a mis necesidades. Ayer noche, en una -entrevista con mi madre y mi hermana, -entrevista a la cual asistía él, he restablecido -la verdad de los hechos que este señor -había desnaturalizado. «El dinero—dije—se -lo di a Catalina Ivanovna para -pagar el entierro de su marido, y no a Sonia -Semenovna a quien aquel día había -hablado por primera vez.» Furioso al ver -que sus calumnias no obtenían el resultado -apetecido, insultó groseramente a -mi madre y a mi hermana. Siguióse un -rompimiento definitivo y se le echó a la -calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen -ustedes ahora y comprenderán qué interés -le guiaba, en las circunstancias presentes, -a inculpar a Sonia Semenovna si -lograba hacer pasar a esta joven por ladrona, -y resultaba culpable a los ojos de -mi madre y de mi hermana, puesto que -no tenía temor en comprometer a ésta -poniéndola en relaciones con una ladrona; -él, por el contrario, al atacarme a mí, -salía a la defensa de mi hermana, su futura -esposa. En una palabra, éste era para -él un medio de enemistarme con los míos -y de congraciarse con ellos. Con el mismo -golpe se vengaba también de mí, pensando -que me intereso vivamente por el honor -y la tranquilidad de Sonia Semenovna. -Tal es el cálculo que ha hecho, y de -este modo es como me explico yo su conducta.</p> - -<p>Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente -interrumpido por las exclamaciones -del público, que no perdía -una sola frase. Pero, a despecho de las interrupciones, -su palabra conservó hasta -el fin una calma, una seguridad y una -claridad imperturbables. Su voz vibrante, -su acento convencido y su rostro severo, -conmovieron profundamente al -auditorio.</p> - -<p>—Sí, sí; eso es—se apresuró a reconocer -Lebeziatnikoff—, debe usted tener -razón, porque en el momento mismo en -que entró Sonia Semenovna en nuestro -cuarto, me preguntó si había visto a usted -y si estaba entre los convidados de su madrastra, -llevándome aparte para preguntármelo -en voz baja. Tenía, pues, necesidad -de que estuviese usted aquí. Sí, eso -es.</p> - -<p>Ludjin, mortalmente pálido, permanecía -silencioso y sonreía con aire despreciativo. -Parecía buscar un medio de salir -airosamente de aquel trance. Quizá de -buena gana hubiera hurtado el cuerpo en -seguida; pero en aquel momento la retirada -era casi imposible: irse equivalía a -reconocer implícitamente las acusaciones -que se le dirigían y confesar que había -calumniado a Sonia Semenovna.</p> - -<p>Por otra parte, la actitud de los circunstantes -no era nada tranquilizadora. -La mayoría de ellos estaban borrachos. -Esta escena atrajo a la habitación un -número considerable de inquilinos que -no habían comido en casa de la viuda. -Los polacos, muy excitados, no cesaban -de proferir en sus lenguas mil amenazas -contra Pedro Petrovitch.</p> - -<p>Sonia escuchaba atentamente, pero no -daba señales de haber recobrado su presencia -de ánimo; parecía que acababa de -volver de un desmayo. No apartaba los -ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que -en él estaba todo su apoyo. Catalina Ivanovna -sufría atrozmente: cada vez que -respiraba se escapaba de su pecho un ronco -sonido.</p> - -<p>La figura más estúpida era la de Amalia -Ivanovna, que tenía aspecto de no comprender -nada, y con la boca abierta miraba -como alelada. Tan sólo veía que -Pedro Petrovitch estaba metido en grave -aprieto. Raskolnikoff quiso tomar de -nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar -a ello a causa de que la gritería no hubiera -permitido que le oyeran. De todas partes -llovían injurias y amenazas sobre Ludjin, -en derredor del cual se había formado un -corro tan hostil como compacto. El hombre -de negocios sacó fuerzas de flaqueza, y -haciéndose cargo de que la partida estaba -definitivamente perdida, buscó recursos -en la osadía.</p> - -<p>—Permítanme ustedes, señores, permítanme -ustedes, no me cerquen de este -modo; déjenme pasar—dijo, tratando de -abrirse paso al través del grupo que le -rodeaba—. Aseguro a ustedes que es inútil -tratar de intimidarme con amenazas.<span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span> -No me asusto por tan poca cosa. Por el -contrario, ustedes deben temblar por el -amparo con que encubren un delito. El -robo está más que probado, y yo presentaré -la correspondiente denuncia contra -la autora y sus encubridores. Los jueces -son personas ilustradas y no borrachos, -y recusarán el testimonio de dos impíos, -de dos revolucionarios declarados que -me acusan por un acto de venganza personal, -como ellos han cometido la necedad -de afirmar. Sí, permítanme ustedes.</p> - -<p>—No quiero respirar el mismo aire que -usted, y le suplico que deje mi cuarto; -todo ha acabado entre nosotros—dijo -Lebeziatnikoff—. ¡Cuando pienso que -desde hace quince días vengo sudando -sangre y agua para exponerle...!</p> - -<p>—Antes de ahora, Andrés Semenovitch, -le he anunciado yo mismo mi partida, precisamente -cuando hacía usted instancias -para retenerme; ahora me limito a decirle -que es usted un imbécil. Le deseo que se -cure de los ojos y del entendimiento. Permitan -ustedes, señores.</p> - -<p>Logró abrirse paso; pero uno de los -circunstantes, creyendo que las injurias -no eran castigo suficiente, tomó un vaso -de la mesa y lo lanzó con todas sus fuerzas -contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, -el proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, -que se puso a dar gritos horribles.</p> - -<p>Al lanzar el vaso, el agresor perdió el -equilibrio y cayó pesadamente bajo la -mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, -y una hora después dejó la -casa.</p> - -<p>Naturalmente tímida, Sonia sabía ya -antes de esta aventura que su situación la -exponía a todo género de ataques, y que -cualquiera podía ultrajarla casi impunemente. -Sin embargo, hasta entonces había -esperado desarmar la malevolencia -de los demás, a fuerza de circunspección, -de humildad y de dulzura con todos y -cada uno; pero hasta esta ilusión se disipaba. -Tenía, sin duda, bastante paciencia -para sufrir aún esto con resignación y -casi sin murmurar; pero en aquel momento -la decepción era demasiado cruel. Aunque -su inocencia hubiese triunfado de la -calumnia, y aun cuando su primer terror -hubiera pasado, al darse cuenta de lo ocurrido -se le oprimió dolorosamente el corazón -ante el pensamiento de su abandono -y de su soledad en la vida. La joven tuvo -una crisis nerviosa, y, no pudiendo contenerse -más, salió apresuradamente de -la sala y echó a correr a su casa. Su partida -fué poco después de la de Ludjin.</p> - -<p>El vasazo recibido por Amalia Ivanovna -produjo hilaridad general; pero la patrona -tomó muy a mal la cosa y revolvió -su cólera contra Catalina Ivanovna, la -cual, vencida por el sufrimiento, había -tenido que echarse en su cama.</p> - -<p>—¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! -¡A la calle!</p> - -<p>Mientras pronunciaba estas palabras -con voz irritada, la señora Lippevechzel -tomaba todos los objetos pertenecientes -a su inquilina y los arrojaba en un montón -en medio de la sala. Quebrantada, -casi desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna -saltó de la cama y se lanzó sobre -la patrona. Pero la lucha era demasiado -desigual, y a Amalia Ivanovna no le costó -gran trabajo rechazar este asalto.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado -a Sonia, y esta mujer se revuelve -ahora contra mí? ¿El día en que han -enterrado a mi marido me expulsa; después -de haber recibido mi hospitalidad, -me arroja a la calle con mis hijos? Pero, -¿a dónde voy a ir yo?—sollozaba la infeliz -mujer—. ¡Señor!—exclamó de repente -con los ojos centelleantes—. ¿Es -posible que no haya justicia? ¿A quién -defenderás Tú, Dios mío, si no nos defiendes -a nosotras, pobres huérfanas? Pero -ya veremos. Jueces y tribunales hay en -la tierra; recurriré a ellos; espere un poco, -criatura mía. Poletchka, quédate con los -niños; yo volveré pronto. Si os echan, esperadme -en la calle. ¡Veremos si hay justicia -en la tierra!</p> - -<p>Catalina Ivanovna se puso en la cabeza -aquel mismo pañuelo verde de que habló -Marmeladoff en la taberna, y después, -hendiendo la multitud ebria y ruidosa -de los inquilinos, que continuaban llenando -la sala, con el rostro inundado de -lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase -lo que costase, a buscar justicia en -cualquier parte.</p> - -<p>Poletchka, espantada, estrechó entre -sus brazos a su hermano y a su hermana, -y los tres niños, acurrucados en el rin<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>cón -inmediato al cofre, esperaron temblando -la vuelta de su madre.</p> - -<p>Amalia Ivanovna, semejante a una furia, -iba y venía por la habitación aullando -de rabia y arrojando al suelo cuanto le -venía a las manos.</p> - -<p>Entre los inquilinos, unos comentaban -el acontecimiento, otros disputaban, algunos -entonaban canciones...</p> - -<p>«Ya es tiempo de que me vaya—pensó -Raskolnikoff—. Veremos, Sonia Semenovna, -qué es lo que piensas ahora.»</p> - -<p>Y se encaminó a casa de la joven.</p> - - -<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div> - -<p>Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones -y disgustos, había defendido -valientemente la causa de la joven Sonia -contra Ludjin. Aparte del interés que le -inspiraba la joven, había aprovechado con -gusto, después de los tormentos de por la -mañana, la impresión de sacudir impresiones -que se le hacían insoportables. Por -otro lado, su próxima entrevista con Sonia -le preocupaba y aun le aterraba por -momentos. Tenía que revelarle que había -matado a Isabel, y presintiendo todo lo -que esta confesión tendría de penosa, se -esforzaba por apartar de ella el pensamiento.</p> - -<p>Cuando al salir de casa de Catalina -Ivanovna, había exclamado: «Veremos, -Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», -era el combatiente animado por la lucha, -excitado aún por su victoria sobre Ludjin, -el que había pronunciado aquella frase -de desafío; pero, cosa singular, cuando -llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad -le abandonó de repente, dejando el -puesto al temor. Se detuvo indeciso ante -la puerta y se preguntó: «¿Será preciso -decir que he matado a Isabel?» La pregunta -era extraña, porque en el momento -en que él se la hacía comprendía la imposibilidad, -no solamente de no hacer esta -confesión, sino aun la de diferirla un minuto.</p> - -<p>No sabía por qué era imposible; únicamente -lo sentía y estaba como aplastado -por esta dolorosa conciencia de su debilidad -ante la necesidad. Para ahorrarse -nuevos tormentos, se apresuró a abrir la -puerta, y antes de franquear el umbral -miró a Sonia. La joven estaba sentada, -con los codos apoyados en la mesita y -el rostro oculto entre las manos. Al ver a -Raskolnikoff se levantó en seguida y fué -a su encuentro, como si lo hubiese esperado.</p> - -<p>—¿Qué habría sido de mí sin usted?—dijo -vivamente, en tanto que le hacía pasar -a la sala.</p> - -<p>Parecía que entonces no pensaba más -que en el servicio que le había prestado -el joven, y tenía prisa de darle las gracias. -Después esperó.</p> - -<p>Raskolnikoff se aproximó a la mesa y -se sentó en la silla que la joven acababa -de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos -pasos de él, exactamente como el día anterior.</p> - -<p>—Habrá usted observado—dijo advirtiendo -que le temblaba la voz—que la -acusación no tenía otro fundamento que -la posición social de usted y las costumbres -que ella implica. ¿Lo ha comprendido -usted así?</p> - -<p>El rostro de Sonia se ensombreció.</p> - -<p>—No me hable usted como ayer, le -suplico que no vuelva a empezar. He sufrido -ya bastante...</p> - -<p>Se apresuró a sonreír, temiendo que el -reproche ofendiese al visitante.</p> - -<p>—Hace un momento he venido a casa -como una loca. ¿Qué pasa allí ahora? Yo -quería volver, pero suponía que vendría -usted.</p> - -<p>Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna -acababa de echar de casa a los -Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna -había ido a buscar justicia a cualquier -parte.</p> - -<p>—¡Ah, Dios mío!—exclamó Sonia—. -¡Vamos en seguida!—y tomó apresuradamente -su manteleta.</p> - -<p>—¡Siempre lo mismo!—replicó Raskolnikoff -contrariado—. Usted no piensa -más que en ellos. Quédese usted un momento -conmigo.</p> - -<p>—Pero... Catalina Ivanovna...</p> - -<p>—Catalina Ivanovna vendrá aquí, no -tenga usted duda—respondió con tono -de enfado el joven—. Culpa de usted será -si no la encuentra.</p> - -<p>Sentóse Sonia, presa de cruel perple<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span>jidad. -Raskolnikoff, con los ojos bajos, reflexionaba.</p> - -<p>—Hoy Ludjin quería, simplemente, -desacreditarla a usted; lo concedo—dijo -sin mirar a Sonia—; sí, le hubiera convenido -meterla a usted en la cárcel, y si -no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff -y yo, lo habría hecho. ¿No es así?</p> - -<p>—Sí—dijo la joven con voz débil—. Sí—repitió -maquinalmente, distraída de la -conversación a causa de la inquietud que -experimentaba.</p> - -<p>—Podía, en efecto, no haber estado yo -allí, y si Lebeziatnikoff se encontró fué -por casualidad.</p> - -<p>Sonia guardó silencio.</p> - -<p>—Si la hubieran llevado a usted a la -cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se acuerda -usted de lo que dije ayer?</p> - -<p>Sonia continuó callada, y el joven esperó -un momento su respuesta.</p> - -<p>—Pensaba que iba usted a exclamar: -«¡Ah, no hable usted de eso! ¡No siga usted!»—repuso -Raskolnikoff con risa un -poco forzada—. Vamos, ¿no dice usted -nada?—preguntó al cabo de un minuto—. -Será preciso que sostenga yo solo la conversación. -Ahí tiene usted; tendría curiosidad -por saber cómo resolvería usted -una «cuestión», según dice Lebeziatnikoff -(comenzaba a ser visible su turbación). -No; hablo seriamente. Suponga usted, -Sonia, que estuviese enterada de antemano -de todos los proyectos de Ludjin; -que usted supiese que estos proyectos -iban encaminados a asegurar la pérdida -de Catalina Ivanovna y de sus hijos, sin -contar la de usted (porque usted no hace -caso de sí misma para nada). Suponga -usted, por consiguiente, que Poletchka -fuese condenada a una existencia como -la de usted; siendo esto así, si dependiese -de usted hacer que pereciese Ludjin, o -lo que es lo mismo, salvar a Catalina -Ivanovna y su familia, o dejar vivo a -Ludjin para que cumpliese sus infames -designios; contésteme, ¿por cuál de las -dos cosas se decidiría usted?</p> - -<p>Sonia le miró con inquietud; bajo estas -palabras pronunciadas con voz vacilante, -adivinaba algún pensamiento recóndito.</p> - -<p>—¿Podría yo esperarme alguna pregunta -por el estilo?—dijo la joven interrogándole -con los ojos.</p> - -<p>—Es posible; pero conteste: ¿por quién -se decidiría usted?</p> - -<p>—¿Qué interés tiene usted en saber lo -que haría en un caso que no puede presentarse?—exclamó -Sonia con repugnancia.</p> - -<p>—¿De modo que dejaría vivir a Ludjin -y que cometiese tales infamias? No -tiene usted valor para decirlo con franqueza.</p> - -<p>—No conozco los secretos de la divina -Providencia... ¿por qué me pregunta usted -lo que haría en un caso imposible? -¿A qué vienen esas vanas preguntas? -¿Cómo la existencia de un hombre puede -depender de mi voluntad? ¿Quién me -erige a mí árbitro de la vida y la muerte -de las personas?</p> - -<p>—En el momento en que se hace intervenir -a la divina Providencia, no hay más -que hablar—replicó con tono agrio Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Dígame usted lo que tenga que decirme!—exclamó -Sonia angustiada—. -¿Otra vez con palabras encubiertas?... -¿Ha venido usted sólo a atormentarme?</p> - -<p>No pudo contenerse y se puso a llorar. -Durante cinco minutos el joven la contempló -con expresión sombría.</p> - -<p>—Tienes razón, Sonia—dijo en voz -baja.</p> - -<p>Se había operado en él un brusco cambio; -su fingida serenidad, el tono áspero -que afectaba hacía un momento, había -desaparecido de pronto. Ahora, apenas se -le oía.</p> - -<p>—Te dije ayer que no vendría a pedir -perdón, y casi con excusas he comenzado -mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me -acusaba, Sonia.</p> - -<p>Quiso sonreír; pero, por más que hizo, -su fisonomía permaneció triste. Bajó la -cabeza y se cubrió la cara con las manos. -De repente creyó advertir que detestaba -a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por -tan extraño descubrimiento, levantó súbitamente -la cabeza y contempló de hito -en hito a la joven. Esta fijaba en él una -mirada ansiosa, en la cual había amor. -El odio desapareció instantáneamente del -corazón de Raskolnikoff. No era eso, ha<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>bíase -engañado sobre la naturaleza de -sus sentimientos; aquello sólo significaba -que había llegado el minuto fatal.</p> - -<p>De nuevo ocultó su rostro entre las -manos y bajó la cabeza; palideció, se levantó, -y después de haber mirado a Sonia, -fué maquinalmente a sentarse en el lecho -sin proferir palabra.</p> - -<p>La impresión de Raskolnikoff era entonces -exactamente la misma que había -experimentado en pie, detrás de la vieja, -cuando había sacado el hacha del nudo -corredizo, diciendo: «No hay un instante -que perder».</p> - -<p>—¿Qué tiene usted?—preguntó Sonia -sobrecogida.</p> - -<p>El joven no pudo responder. Había -contado con explicarse en muy otras condiciones -y no comprendía lo que pasaba -por él. Sonia se aproximó suavemente a -Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama, -y esperó sin dejar de mirarlo. El corazón -le latía como si fuera a romperse. -La situación se hacía insoportable. Raskolnikoff -volvió hacia la joven su rostro, -mortalmente pálido, y movió los labios -con esfuerzo para hablar. Sonia estaba -aterrada.</p> - -<p>—¿Qué tiene usted?—repitió apartándose -un poco de él.</p> - -<p>—Nada, Sonia; no te asustes; esto no -vale la pena. Verdaderamente, es una -tontería—murmuró con aire distraído—. -¿Por qué he venido a atormentarte?—añadió -de repente mirando a su interlocutora—. -Sí, ¿por qué? No ceso de hacerme -esta pregunta.</p> - -<p>Se la había hecho quizá un cuarto de -hora antes; pero en aquel momento era -tal su debilidad, que apenas tenía conciencia -de sí mismo; un temblor continuo -agitaba su cuerpo.</p> - -<p>—¡Cuánto sufre usted!—dijo la joven -conmovida fijando los ojos en él.</p> - -<p>—Esto no es nada. He aquí de lo que -se trata, Sonia. (Durante dos segundos -sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo -que te dije ayer?</p> - -<p>Sonia esperaba inquieta.</p> - -<p>—Te dije, al separarme de ti, que quizá -te diría adiós para siempre; pero, que si -venía hoy, sabrías quién fué el que mató -a Isabel.</p> - -<p>La joven se echó a temblar.</p> - -<p>—Pues bien; ya sabes a lo que he venido.</p> - -<p>—En efecto—dijo Sonia con voz temblorosa—; -eso fué lo que me dijo usted -ayer. ¿Cómo sabe usted eso?—añadió -vivamente.</p> - -<p>Sonia respiraba trabajosamente y el -rostro se le ponía cada vez más pálido.</p> - -<p>—Yo lo sé.</p> - -<p>—¿Se <i>le</i> ha encontrado?—preguntó tímidamente -después de un minuto de silencio.</p> - -<p>—No, no se <i>le</i> ha encontrado.</p> - -<p>Siguióse un corto silencio.</p> - -<p>—Entonces, ¿cómo lo sabe usted?—preguntó -con voz casi ininteligible.</p> - -<p>Raskolnikoff se volvió hacia la joven -y la miró con una fijeza singular.</p> - -<p>—Adivina—dijo.</p> - -<p>Sonia se estremeció convulsivamente.</p> - -<p>—¿Por qué me asusta usted de ese modo?—preguntó -con sonrisa infantil.</p> - -<p>—Si yo lo sé es porque estoy íntimamente -relacionado con él—repuso Raskolnikoff, -cuya mirada seguía fija en la -joven, como si no tuviese fuerza para volver -los ojos—. A esa Isabel no quería <i>él</i> -matarla; la mató sin premeditación... quería -asesinar a la vieja cuando estuviese -sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba -en ella, entró Isabel y la mató.</p> - -<p>A estas palabras siguió un silencio lúgubre; -durante un minuto continuaron -mirándose.</p> - -<p>—¿De modo que no adivinas?—preguntó -bruscamente, con la sensación de -un hombre que se arroja de lo alto de un -campanario.</p> - -<p>—No—balbuceó Sonia con voz apenas -distinta.</p> - -<p>—Busca bien.</p> - -<p>Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff -experimentó en el fondo de sí mismo -la impresión de frío glacial que le era -tan conocida; miraba a Sonia y de pronto -le pareció ver a Isabel cuando la desventurada -se echó atrás ante el asesino, que -avanzaba hacia ella con el hacha levantada. -En aquel momento supremo Isabel -levantó el brazo como hacen los niños -pequeños cuando tienen miedo, y, prontos -a echarse a llorar, fijan una mirada -inmóvil en el objeto que les espanta. Del -mismo modo el rostro de Sonia expresaba<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> -un terror indecible; también ella extendió -el brazo hacia adelante, rechazando -ligeramente a Raskolnikoff, y tocándole -el pecho con la mano se apartó -poco a poco de él, sin cesar de mirarle fijamente. -Su terror se comunicó al joven, -que se puso a mirarla asustado.</p> - -<p>—¿Lo has adivinado?—murmuró por -último.</p> - -<p>—¡Dios mío!—exclamó Sonia.</p> - -<p>Después se dejó caer sin fuerzas sobre -el lecho y hundió el rostro en la almohada. -Pero al cabo de un instante se levantó -con rápido movimiento, se aproximó a -él y tomándole las dos manos que sus deditos -estrecharon como tenazas, le miró -largo rato de hito en hito. ¿No se había -engañado? Así lo esperaba, pero apenas -hubo fijado los ojos en su interlocutor, la -sospecha que había atravesado su alma -se trocó en certidumbre.</p> - -<p>—¡Basta, Sonia, basta! Evítame más -explicaciones—suplicó él con voz quejumbrosa.</p> - -<p>Lo que había pasado contrariaba todas -sus previsiones, porque no era ciertamente -así como pensó él hacer la confesión -de su crimen.</p> - -<p>Sonia parecía que estaba fuera de sí. -Saltó de su lecho y se fué al centro de la -habitación retorciéndose las manos; después -volvió bruscamente sobre sus pasos -y se sentó, hombro con hombro, al lado -del joven. De repente se echó a temblar, -lanzó un grito y, sin saber lo que hacía, -cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Está usted perdido!—exclamó con -acento desesperado; y levantándose súbitamente -se arrojó a su cuello, le besó -y le acarició.</p> - -<p>Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola -con triste sonrisa, dijo:</p> - -<p>—No te comprendo, Sonia. Me abrazas -después de haberte contado eso... No tienes -conciencia de lo que haces.</p> - -<p>La joven no oyó esta observación.</p> - -<p>—No, no hay en la tierra un hombre -más desgraciado que tú—exclamó en un -arranque de piedad, y rompió en sollozos.</p> - -<p>Raskolnikoff sintió invadida su alma -por un sentimiento que desde hacía largo -tiempo no había experimentado. No trató -de luchar contra esta impresión; dos -lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron -silenciosas por sus mejillas.</p> - -<p>—¿No me abandonarás, Sonia?—preguntó -con mirada casi suplicante.</p> - -<p>—¡No, no! ¡Jamás, jamás!—gritó—. -Te seguiré, te seguiré a todas partes. ¡Oh -Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... -¿Por qué? ¿por qué no te he conocido -antes? ¿Por qué no habrás venido...?</p> - -<p>—Ya ves que lo he hecho—interrumpió -Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer -ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!—repitió con -una especie de exaltación y se puso a -abrazar al joven—. ¡Iré contigo a presidio!</p> - -<p>Estas últimas palabras produjeron en -Raskolnikoff una sensación penosa y apareció -en sus labios una sonrisa amarga y -casi altanera.</p> - -<p>—Es que yo, malditas las ganas que -tengo de ir a presidio.</p> - -<p>Sonia volvió rápidamente hacia él los -ojos. Hasta entonces había sentido una -inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; -pero lo que acababa de decir -el joven y el tono con que fué pronunciado, -recordaron bruscamente a Sonia que -aquel desgraciado era un asesino. La muchacha -le dirigió una mirada de asombro. -No sabía aún cómo ni por qué había llegado -a convertirse en criminal. En aquel -momento, todas estas cuestiones se presentaban -ante su espíritu y de nuevo -dudó.</p> - -<p>«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»</p> - -<p>—Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?—dijo -como si despertase de un terrible -sueño—. ¿Cómo, siendo usted lo -que es, ha podido resolverse a hacer eso?... -¿Pero por qué lo ha hecho?</p> - -<p>—Por robar. Cesa ya, Sonia—respondió -algo contrariado el joven.</p> - -<p>La muchacha se quedó estupefacta.</p> - -<p>—¿Tenías hambre?—exclamó en seguida—. -¿Era para socorrer a tu madre?... -¿Sí?</p> - -<p>—No, Sonia, no—replicó Raskolnikoff -bajando la cabeza—. Mi miseria no era -tan grande... Quería, en efecto, ayudar a -mi madre... pero no fué ésta la verdadera -razón... No me atormentes, Sonia.</p> - -<p>—¿Pero es posible que esto sea verdad?<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>—gritó -la joven, dando una palmada—. -¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? -¿Ha matado usted para robar? ¡Usted -que se despoja de todo en favor de los -pobres! ¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a -mi madrastra...? ¿Ese dinero...?</p> - -<p>—¡No, Sonia, no!—interrumpió vivamente -Raskolnikoff—. Ese dinero no procedía -de <i>aquello</i>, tranquilízate; me lo envió -mi madre cuando yo estaba enfermo, -por medio de un comerciante, y acababa -de recibirlo cuando lo di... Razumikin lo -vió. Ese dinero me pertenecía.</p> - -<p>Sonia escuchaba perpleja y esforzándose -por comprender.</p> - -<p>—Por lo demás, en cuanto al dinero -de la vieja... yo no sé lo que había—añadió -vacilando—; le quité del cuello una -bolsa de piel que parecía bien repleta... -pero no me enteré del contenido, sin duda -porque me faltó tiempo... Me apoderé -de varias cosas, gemelos, cadenas de reloj... -Esos objetos, lo mismo que la bolsa, -los oculté al día siguiente bajo una -piedra grande en un corral situado en la -perspectiva V***. Todo ello está allí todavía.</p> - -<p>Sonia escuchaba con avidez.</p> - -<p>—Pero, ¿por qué no ha tomado usted -nada, puesto que mató para robar?—replicó -como agarrándose a una última -y muy vaga esperanza.</p> - -<p>—No sé... no he decidido aún sí tomaré -o no ese dinero—respondió Raskolnikoff -con la misma voz vacilante, y luego -sonrió—. ¡Qué historia tan tonta te acabo -de contar!</p> - -<p>«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero -rechazó en seguida esta idea. No, allí -había alguna otra cosa para ella inexplicable; -pero en vano ponía en prensa su -mente.</p> - -<p>—¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?—repuso -él con voz vibrante—. Si únicamente -la necesidad me hubiese impulsado -al asesinato—prosiguió recalcando -cada una de sus palabras, y su mirada -tenía algo de enigmático—, yo sería ahora -<i>feliz</i>. Sábelo. ¿Qué te importa el motivo, -puesto que acabo de confesarte que he -obrado mal?—exclamó tras de una corta -pausa—. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? -¡Ah, Sonia! ¿Es para esto para lo que he -venido a tu casa?</p> - -<p>La joven quiso hablar, pero se calló.</p> - -<p>—Ayer te propuse que vivieses conmigo -porque yo no tengo a nadie sino a ti.</p> - -<p>—¿Por que querías que viviese contigo?—preguntó -tímidamente Sonia.</p> - -<p>—No para robar ni matar, puedes estar -tranquila—contestó Raskolnikoff -riendo sardónicamente—; nosotros no -somos de la misma cepa... Y mira, acabo -de comprender ahora por qué te invité -ayer a venir conmigo. Cuando te dirigía -esta petición, no sabía cuál era su objeto... -lo veo ahora. No tengo nada más que un -deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me -dejarás, Sonia?</p> - -<p>La joven le apretó la mano.</p> - -<p>—¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo -esto? ¿por qué te he hecho esta confesión?—exclamó -Raskolnikoff al cabo de -unos segundos, mirándole con infinita -compasión a la vez que con la desesperación -más profunda—. Veo que esperas -mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de -decirte? Nada comprenderías, y yo no -haría otra cosa que afligirte cada vez -más. Vamos, veo que lloras y que empiezas -de nuevo a abrazarme; ¿por qué me -abrazas? ¿Es porque, falto de valor para -llevar mi cruz, me libro así de este peso, -cargando con él a otra persona; porque -he buscado en el sufrimiento ajeno un -alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar a -semejante cobarde?</p> - -<p>—¿Pero no sufres tú también?—exclamó -Sonia.</p> - -<p>Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.</p> - -<p>—Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... -Esto puede explicar multitud -de cosas. Porque soy malo he venido. -Hay muchos que no lo hubiesen hecho; -pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por -qué he venido? ¡Jamás me lo perdonaré!</p> - -<p>—No, no; has hecho bien en venir—repuso -Sonia—. Vale más que lo sepa todo; -es mucho mejor.</p> - -<p>Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.</p> - -<p>—He querido ser un Napoleón... por -eso he matado. ¿Comprendes ahora?</p> - -<p>—No—respondió cándidamente Sonia -con voz tímida—; pero habla, habla; lo -comprenderé todo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span></p> - -<p>—¿Que lo comprenderás? Está bien; -ya veremos.</p> - -<p>Durante un momento, Raskolnikoff estuvo -pensativo recogiendo sus ideas.</p> - -<p>—El hecho es que cierto día me hice esta -pregunta: Si Napoleón, por ejemplo, hubiese -estado en mi lugar, si no hubiese -tenido para comenzar su carrera ni Tolón -ni Egipto, ni el paso de San Bernardo, -sino que en lugar de estas brillantes empresas -se hubiese encontrado ante la necesidad -de cometer un asesinato para asegurar -su porvenir, ¿hubiera renunciado -a la idea de matar a una vieja y de robarle -tres mil rublos? ¿Hubiera pensado -que tal acción era demasiado innoble -y demasiado criminal? Yo me he devanado -durante algún tiempo los sesos con -esta pregunta, y no he podido menos de -experimentar un sentimiento de vergüenza, -cuando he reconocido, por fin, que -no sólo no hubiera vacilado, sino que -no hubiese comprendido la posibilidad de -una vacilación. No teniendo ninguna otra -salida no se hubiera andado con escrúpulos. -Desde que me hice esta reflexión ya -no tenía que vacilar; la autoridad de Napoleón -me cubría. ¿Encuentras esto risible? -Tienes razón, Sonia.</p> - -<p>La joven no tenía el menor deseo de -reír.</p> - -<p>—Háblame con franqueza, sin ejemplos—dijo -con voz tímida y apenas distinta.</p> - -<p>Raskolnikoff se volvió hacia ella, la -miró con tristeza y le tomó las manos.</p> - -<p>—Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, -carece de sindéresis, no es más que -palabrería... Mira, mi madre, como sabes, -está casi sin recursos. La casualidad quiso -que mi hermana recibiese esmerada educación -y estuviera condenada al oficio de -institutriz. Todas sus esperanzas reposaban -exclusivamente sobre mí. Entré en -la Universidad; pero, falto de medios, -me vi obligado a interrumpir mis estudios. -Supongamos que los hubiese continuado; -yendo bien las cosas, hubiera -podido, en diez o quince años, ser nombrado -profesor de Gimnasio o empleado -con mil rublos de sueldo. (Parecía que -estaba recitando una lección). Pero de -aquí a entonces, los cuidados y los disgustos -habrían destruído la salud de mi -madre y de mi hermana... quizá les hubiera -ocurrido algo peor. Privarse de todo, -dejar a mi madre en la miseria, sufrir -el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? -Y todo ello para llegar, ¿a qué? Después -de haber visto morir a los míos, podría -fundar una familia, dejando, al morir, -a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo -de pan. Pues bien, yo me dije que -con el dinero de la vieja cesaría de ser -una carga para mi madre; que podría -volver a entrar en la Universidad y asegurar -un porvenir. Ahí lo tienes explicado -todo. Claro que he hecho mal en matar -a la vieja... pero, en fin, ¡basta!</p> - -<p>Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y -bajó la cabeza como agobiado.</p> - -<p>—¡Oh, no es eso, no es eso!—gritó Sonia -con voz quejumbrosa—. ¡Esto no es -posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...</p> - -<p>—¡Supones que hay otra causa! Te engañas, -he dicho la verdad.</p> - -<p>—¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!</p> - -<p>—Después de todo, Sonia, yo no he -matado más que a un gusano innoble y -malo.</p> - -<p>—¡Ese gusano era una criatura humana!</p> - -<p>—Ya lo sé que no era un gusano en el -sentido literal de la palabra—replicó -Raskolnikoff mirándola con singular expresión—. -Por otra parte, lo que digo no -tiene sentido común—añadió—; tienes -razón, Sonia, no es eso, son otros motivos -los que me han impulsado. Desde hace -largo tiempo no he hablado con nadie. -Esta conversación me ha dado dolor de -cabeza.</p> - -<p>Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. -El delirio se había casi apoderado de -él y una sonrisa inquieta erraba en sus -labios. Bajo su aparente animación se -adivinaba verdadero cansancio. Sonia -comprendió cuánto sufría. También ella -comenzaba a perder la cabeza. «¡Qué lenguaje -tan extraño! ¡Presentar como plausibles -semejantes explicaciones!» No acertaba -a explicárselo y se retorcía las manos -en el acceso de su desesperación.</p> - -<p>—No, Sonia, no es eso—prosiguió el -joven, levantando de repente la cabeza; -sus ideas habían tomado súbitamente -nuevo rumbo y parecía haber adquirido<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span> -de repente una nueva energía—; no, no -es eso. Cree más bien que te amo con locura, -que soy envidioso, malo, vengativo, -y, además, propenso a la demencia... -Acabo de decirte que tuve que dejar la -Universidad. Pues bien; quizá hubiera -podido seguir asistiendo a ella. Mi madre -habría pagado las matrículas; yo hubiera -ganado con mi trabajo para vestir y -comer y habría quizás llegado... Tenía -lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. -Razumikin trabaja bien; pero yo -estaba exasperado y no quise. Sí, estaba -<i>exasperado</i>, ésa es la palabra. Entonces -me metí en mi casa como la araña en su -rincón. Ya conoces mi tugurio, has estado -en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el alma se -ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? -¡Oh, lo que yo odiaba ese cuartucho! -y, sin embargo, no quería salir de -él; me pasaba allí días enteros, sin querer -trabajar, no cuidándome ni de comer. -«Si Nastachiuska me trae alguna cosa, -comeré—me decía—; si no, me pasaré sin -comer.» Estaba muy irritado para pedir -nada. Había renunciado al estudio y vendido -todos mis libros; una pulgada de -polvo hay sobre mis notas y cuadernos. -Por la noche no tenía luz. Para comprar -una vela me hubiera sido forzoso trabajar -y no quería; prefería fantasear acostado -en mi sofá. Inútil es decirte cuáles -eran mis ocupaciones... Entonces comencé -a pensar... No, no es esto; no cuento las -cosas como son. Yo me preguntaba siempre: -«Puesto que sabes que los demás son -imbéciles, ¿por qué no procuras ser más -inteligente que ellos?» Reconocí entonces, -Sonia, que si se esperaba el momento que -todo el mundo fuese inteligente, sería forzoso -armarse de muy larga paciencia. Más -tarde me convencí de que aquel momento -no llegaría jamás; de que los hombres no -cambiarían y de que se perdía el tiempo -tratando de modificarlos. Sí, así es. Es -su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo -de todos es el que posee una inteligencia -poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene -razón a sus ojos; quien los desafía y -los desprecia, se impone a su respeto. Es -lo que se ha visto y se verá siempre. Es -preciso estar ciego para no advertirlo.</p> - -<p>Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba -a Sonia; pero no se preocupaba por saber -si ella le comprendía. Era presa de una -triste exaltación. Desde largo tiempo no -había hablado con nadie. La joven comprendió -que aquel feroz catecismo eran -su fe y su ley.</p> - -<p>—Entonces me convencí, Sonia—continuó -acalorándose cada vez más—, de -que el poder no se toma más que bajándose. -Todo estriba en esto. Desde el día -en que se me presentó esa verdad clara -como el sol, he querido <i>atreverme</i>, y he -matado. He tratado de hacer un acto de -audacia, Sonia; tal ha sido el móvil de mi -acción.</p> - -<p>—¡Cállese usted! ¡Cállese usted!—exclamó -la joven fuera de sí—. Se ha alejado -usted de Dios, y Dios le ha herido y -le ha entregado al demonio.</p> - -<p>—A propósito, Sonia; cuando todas -estas ideas venían a visitarme en la obscuridad -de mi cuarto, ¿era el demonio -quien me tentaba?</p> - -<p>—Cállese usted, no se ría, impío. No -se ría; usted nada comprende. ¡Oh Dios -mío, no comprende nada!</p> - -<p>—Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy -seguro de que el demonio me ha impulsado. -Cállate, Sonia, cállate—repetía con -sombría insistencia—. Lo sé, lo sé todo. -Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho -yo mil veces cuando estaba acostado -en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores -he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran -estos sueños, y cómo hubiera querido librarme -de ellos para siempre! ¿Crees tú -que yo obré como un aturdido, como un -hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay -tal cosa. Procedí después de madura reflexión, -y eso precisamente es lo que me -ha perdido. Cuando me interrogaba acerca -de si tenía o no derecho yo al poder, -comprendía muy bien que mi derecho -era nulo, por lo mismo que lo ponía en -tela de juicio. Cuando me preguntaba -si una criatura humana era un gusano, -sabía perfectamente que no lo era para -mí, sino para el audaz que no se lo hubiese -preguntado y hubiese seguido el -camino sin atormentarse el espíritu con -semejante reflexión. En fin, el solo hecho -de plantearme este problema: «¿hubiera -Napoleón matado a esa vieja?» -basta para demostrarme que yo no era -un Napoleón. Por último, he renunciado a<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span> -buscar justificaciones sutiles. Quise matar -dejándome de toda casuística; matar -para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no -ha sido para aliviar el infortunio de mi -madre, ni para consagrar al bien de la -humanidad el poder y la riqueza que, a -mi juicio, debían ayudarme a conquistar -este asesinato! No, no; todo eso estaba -lejos de mi espíritu en aquel momento. -El dinero no ha sido para mí el principal -móvil del asesinato; otra razón me determinó -a ello; lo veo ahora claramente. -Compréndeme; si <i>esto</i> estuviese por hacer, -quizá no lo intentaría; pero entonces -me corría prisa saber si era yo un gusano -como los otros, o un hombre en la verdadera -acepción de la palabra, si tenía o -no la fuerza de franquear el obstáculo, si -era yo una criatura tímida o si tenía el -<i>derecho</i>...</p> - -<p>—¿El derecho de matar?—exclamó -Sonia estupefacta.</p> - -<p>—¡Sonia!—dijo el joven con cierta irritación; -tenía una respuesta en la punta -de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente -de formularla—. No me interrumpas, -Sonia. Quería solamente probarte -una cosa: que el diablo me condujo a casa -de la vieja, y en seguida me hizo comprender -que yo no tenía el derecho de ir allí -puesto que soy un gusano, ni más ni menos -que los demás. El demonio se ha burlado -de mí, y por esa razón he venido a -tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te -habría hecho esta visita? Escucha: cuando -fuí a casa de la vieja quería hacer solamente -una <i>experiencia</i>...</p> - -<p>—¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!</p> - -<p>—¿Pero cómo he matado? ¿Es así como -se mata? ¿Se hace lo que yo he hecho -cuando se va a asesinar a una persona? -Ya te contaré alguna vez los pormenores. -¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a -mí a quien he matado, a quien he perdido -sin remedio... En cuanto a la vieja... -ha sido asesinada por el demonio, y no -por mí... ¡Basta, basta, Sonia; basta! ¡Déjame!—exclamó -con voz desgarradora—. -¡Déjame!</p> - -<p>Raskolnikoff apoyó los codos sobre las -rodillas y se oprimió convulsivamente la -cabeza entre las manos.</p> - -<p>—¡Qué sufrimientos!—gimió Sonia.</p> - -<p>—¿Qué hacer ahora? dímelo—preguntó -Raskolnikoff levantando la cabeza.</p> - -<p>Tenía las facciones terriblemente alteradas.</p> - -<p>—¿Qué hacer?—exclamó la joven, y -se lanzó hacia él con ardientes lágrimas -en los ojos, en los cuales brillaba extraño -resplandor—. Levántate (al decir esto -tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven -se incorporó y miró a Sonia sorprendido); -ve en seguida a la próxima encrucijada; -prostérnate y besa la tierra que -has contaminado. Después inclínate a un -lado y a otro, diciendo en alta voz y a -todo el mundo: «Yo he matado». Dios entonces -te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?—le -preguntó la joven temblando y apretándole -las manos con fuerza centuplicada, -mientras fijaba en él sus ojos llameantes.</p> - -<p>La súbita exaltación de Sonia sumió a -Raskolnikoff en un estupor profundo.</p> - -<p>—¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? -¿Es menester que me denuncie? ¿No es -eso?—dijo sombríamente.</p> - -<p>—Debes aceptar la expiación y mediante -ella redimirte.</p> - -<p>—No, no iré a denunciarme, Sonia.</p> - -<p>—¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?—replicó -la joven con fuerza—. ¿Ahora es posible? -¿Cómo podrás sostener la mirada de tu -madre? ¡Oh!, ¿qué será de ellas ahora? -¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a -tu madre y a tu hermana. Por esa razón -has roto los lazos que te unían con tu familia. -¡Oh Dios mío!—exclamó—. ¡El -comprende todo esto! ¿Cómo estar fuera -de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de -ti ahora?</p> - -<p>—Sé razonable, Sonia—dijo dulcemente -Raskolnikoff—. ¿Por qué he de ir a -presentarme a la policía? ¿Qué he de decir -a esa gente? Todo esto no significa nada... -Ellos mismos degüellan a millones de -hombres y se ufanan de ello. Son bribones -y cobardes, Sonia... No iré. ¿Qué tendría -que decirles? ¿Que he cometido un -asesinato, y que, no atreviéndome a aprovecharme -del dinero robado, lo he ocultado -debajo de una piedra?—añadió con -amarga sonrisa—. Se burlarán de mí; me -dirán que soy un imbécil por no haber -hecho uso de lo robado; que soy un imbécil -y un cobarde. Ellos, Sonia, no com<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>prenderán. -Son incapaces de comprenderme; -¿por qué he de ir a entregarme? -No iré, no. Sé razonable, Sonia.</p> - -<p>—¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda -la vida, por toda la vida!</p> - -<p>—Ya me acostumbraré—respondió el -joven con feroz expresión—. Escucha—dijo -un momento después—. Basta de -lloriqueos; tiempo es ya de que hablemos -formalmente. He venido para decirte que -en estos momentos se me busca y van a -detenerme.</p> - -<p>—¡Ah!—exclamó Sonia espantada.</p> - -<p>—¿De qué te asustas? ¿No deseas que -vaya a presidio? ¿De qué, pues, te espantas? -Solamente que aun no me tienen en -su poder. Les he dado mucho quehacer -y al fin de cuentas nada conseguirán. No -tienen indicios positivos. Ayer corrí un -gran peligro y llegué a creer que todo estaba -terminado. Por hoy se ha evitado el -mal. Todas sus pruebas son de dos filos, -es decir, que los cargos formulados contra -mí, pueden ser explicados en favor mío. -¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo, -porque he adquirido experiencia. -Pero de seguro van a meterme en la cárcel. -Sin una circunstancia fortuita, es -muy posible que se me hubiera encerrado -ya, y corro peligro de estar preso antes -de que termine el día. Esto no significa -nada, Sonia; me detendrán, pero se verán -obligados a soltarme, porque no tienen -verdaderas pruebas, y te doy mi palabra -de que no las tendrán. Con simples -presunciones, como son las suyas, no se -puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! -Quería solamente prevenirte. En cuanto -a mi madre y a mi hermana, me arreglaré -de modo que no se inquietarán. Creo -que mi hermana está ahora al abrigo de -la miseria; puedo estar tranquilo en lo que -se refiere a mi madre... Ya lo sabes todo. -Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando -esté preso?</p> - -<p>—¡Oh, sí, sí!</p> - -<p>Estaban sentados uno al lado del otro, -tristes y abatidos como los náufragos -arrojados por la tempestad en una playa -desierta. Contemplando a Sonia, comprendió -Raskolnikoff cuánto le amaba -la joven, y, cosa extraña, aquella ternura -inmensa, de la cual se veía objeto, -le causó de repente una impresión dolorosa. -Había ido a casa de Sonia, pensando -que su sola esperanza, su solo refugio, -era ella; había cedido a la necesidad irresistible -de desahogar su pena, y ahora que -la joven le había dado todo su corazón, -se confesaba que era infinitamente más -desgraciado que antes.</p> - -<p>—Sonia—le dijo—, es mejor que no -vengas a verme mientras esté en la cárcel.</p> - -<p>La joven no respondió. Lloraba. Pasaron -algunos minutos.</p> - -<p>—¿Llevas alguna cruz encima?—preguntó -inopinadamente, como herida de -súbita idea.</p> - -<p>Al pronto el joven no comprendió la -pregunta.</p> - -<p>—No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, -es de madera de ciprés. Yo tengo otra -de cobre, que era de Isabel. Hicimos un -cambio, ella me dió una cruz y yo le di -una imagen. Quiero llevar ahora la cruz -de Isabel y que tú lleves ésta. Tómala... -es la mía—insistió—. Juntos iremos por -el camino de la expiación; juntos llevaremos -la cruz.</p> - -<p>—Dámela—dijo Raskolnikoff para no -disgustarla, y extendió la mano; pero la -retiró casi en seguida—. Ahora no, Sonia; -más tarde será mejor—añadió a manera -de concesión.</p> - -<p>—Sí, sí, más tarde—respondió ella con -calor—; te la daré en el momento de la -expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré -al cuello, diremos una oración y partiremos.</p> - -<p>En el mismo instante sonaron tres golpes -en la puerta.</p> - -<p>—¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?—dijo -una voz afable y muy conocida.</p> - -<p>Sonia, turbada, corrió a abrir. El que -llamaba no era otro que el señor Lebeziatnikoff.</p> - - -<div class="chapter"><h3>V.</h3></div> - -<p>Andrés Semenovitch tenía el rostro -demudado.</p> - -<p>—Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... -perdóneme usted... Esperaba -encontrarle aquí—dijo bruscamente a -Raskolnikoff—. Es decir, nada malo me -imaginaba... no vaya usted a creer... pero<span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span> -precisamente pensaba... Catalina Ivanovna -ha vuelto a su cuarto; está loca—dijo -dirigiéndose de nuevo a Sonia.</p> - -<p>La joven lanzó un grito.</p> - -<p>—Por lo menos así parece. No sabemos -qué hacer con ella. La han echado del sitio -adonde había ido, quizá dándole golpes... -Así lo hace todo suponer. Fué después -al despacho del jefe de Simón Zakharitch, -y no lo encontró. Comía en casa de -uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá -usted creerlo? se fué al domicilio del otro -general, porfiando que quería ver al jefe -de su difunto esposo, que estaba sentado -a la mesa. Como era natural, la echaron a -la calle. Cuentan que la llenaron de injurias -y aun que le tiraron no sé qué cosa a -la cabeza. Es raro que no la hayan detenido. -Expone ahora todos sus proyectos a -todo el mundo, incluso a Amalia Ivanovna; -pero es tanta su agitación, que no -se puede sacar nada en claro de sus palabras. -¡Ah, sí! Dice que como no le queda -ningún recurso, va a dedicarse a tocar el -organillo por las calles, y que sus hijos -cantarán y bailarán para solicitar la caridad -de los transeuntes; que todos los -días irá a colocarse bajo las ventanas de -la casa del general... «Se verá—dice—a los -hijos de una familia noble, pedir limosna -por las calles.» Pega a los niños y les -hace llorar. Enseña la <i>Petit Ferme</i> a Alena, -y al mismo tiempo da lecciones de -baile al niño y a Poletchka... Deshace -sus vestidos para improvisar trajes de -saltimbanquis, y, a falta de organillo, -quiere llevar una cubeta para dar golpes -en ella... No tolera que se le haga ninguna -observación... No puede usted imaginarse -cómo está.</p> - -<p>Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho -más; pero Sonia, que le había escuchado -respirando apenas, tomó el sombrero y -la manteleta, y se lanzó fuera de la sala, -poniéndose estas prendas conforme iba -andando. Los dos jóvenes salieron detrás -de ella.</p> - -<p>—Está positivamente loca—dijo Andrés -Semenovitch a Raskolnikoff—. Para -no asustar a Sonia he dicho solamente que -sólo parecía que lo estaba; pero no hay -duda. Creo que suelen formarse tubérculos -en el cerebro de los tísicos; es una lástima -que yo no sepa Medicina. He tratado -de convencer a Catalina Ivanovna, pero -no hace caso de nadie.</p> - -<p>—¿Le ha hablado usted de tubérculos?</p> - -<p>—No, precisamente de tubérculos, no; -claro es que no me hubiera entendido. -Pero vea usted lo que yo pienso. Si con -el auxilio de la lógica usted persuade a -uno que no tiene motivo para llorar, no -llorará. Esto es claro; ¿por qué había de -continuar llorando?</p> - -<p>—Si así fuese, la vida sería muy fácil—respondió -Raskolnikoff.</p> - -<p>Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff -con un movimiento de cabeza -y subió a su cuarto.</p> - -<p>Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se -dejó caer en el sofá.</p> - -<p>Jamás había experimentado tan terrible -sensación de aislamiento. Sentía de -nuevo que quizá, en efecto, detestaba a -Sonia, y que la detestaba después de haber -contribuído a aumentar su desgracia. -¿Por qué había ido a hacerla llorar? ¿Qué -necesidad tenía de emponzoñar su vida? -¡Oh cobardía!</p> - -<p>«Estaré solo—se dijo resueltamente—, -y ella no vendrá a verme en la cárcel.»</p> - -<p>Cinco minutos después levantó la cabeza, -y una idea que se le ocurrió de repente -le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, -mejor que vaya a presidio», pensaba.</p> - -<p>¿Cuánto tiempo duró este sueño? No -pudo jamás recordarlo. Súbitamente la -puerta se abrió, dando paso a Advocia -Romanovna. La joven le miró como poco -antes había mirado él a Sonia; después -se aproximó y se sentó en una silla frente -a su hermano, en el mismo sitio que la -víspera. Raskolnikoff la miró en silencio -sin que en sus ojos se pudiese leer ninguna -idea.</p> - -<p>—No te incomodes, hermano mío. Sólo -voy a estar un minuto—dijo Dunia.</p> - -<p>Su fisonomía estaba seria, pero no severa, -y su mirada era dulcemente límpida.</p> - -<p>Raskolnikoff comprendió que la mirada -de su hermana era dictada por el -afecto.</p> - -<p>—Hermano mío, lo sé todo. Demetrio -Prokofitch me lo ha contado. Se te persigue, -se te atormenta, eres objeto de sospechas -insensatas como odiosas. Demetrio -Prokofitch asegura que nada tienes<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span> -que temer y que haces mal en preocuparte -hasta ese punto. No soy de su opinión; me -explico perfectamente el desbordamiento -de indignación que se ha producido en ti -y no me sorprendería que tu vida entera -se resienta de ese golpe. Nos ha dejado. -No juzgo tu resolución, no me atrevo a -juzgarla, y te suplico que me perdones los -reproches que te he dirigido. Comprendo -que si estuviera en tu lugar haría lo que -tú haces, me desterraría del mundo. Yo -procuraré que mamá lo ignore; pero le -hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte -que no tardarás en ir a verla. No te inquietes -por ella, yo la tranquilizaré; pero -tú, por tu parte, no le causes disgustos. -Ve, aunque no sea más que una vez. Considera -que es tu madre. Mi solo objeto, -al hacerte esta visita, ha sido el de decirte—acabó -Advocia Romanovna levantándose—, -que si por casualidad tienes necesidad -de mí, sea para lo que fuere, soy -tuya en la vida y en la muerte. Llámame, -y vendré. Adiós.</p> - -<p>Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.</p> - -<p>—¡Dunia!—dijo Raskolnikoff levantándose -y acercándose a su hermana—. -Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un -hombre excelente.</p> - -<p>Dunia se ruborizó.</p> - -<p>—¿Y qué?—preguntó después de un -minuto de espera.</p> - -<p>—Es un hombre activo, laborioso y capaz -de grandes afectos... Adiós, hermana.</p> - -<p>La joven se puso encendida como la -grana; pero en seguida sintió cierto temor.</p> - -<p>—¿Pero es que nos separamos para -siempre, hermano? Tus palabras son una -especie de testamento.</p> - -<p>—No hagas caso. Adiós.</p> - -<p>Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. -La joven esperó un momento; le miró con -inquietud y se retiró conmovida.</p> - -<p>No, no era indiferencia lo que experimentaba -respecto de su hermana. Hubo -un momento, el único, en que sintió violentos -deseos de estrecharla entre sus -brazos, de despedirse de ella y de confesárselo -todo; no se resolvió, sin embargo, -ni aun a tenderle la mano.</p> - -<p>«Más tarde se estremecía con este recuerdo -y pensaría que le he robado un -beso. Y, además, ¿soportaría semejante -confesión?—añadió mentalmente algunos -minutos después—. No, no la soportaría; -<i>estas mujeres</i> no saben soportar nada»—y -su pensamiento se fijó en Sonia.</p> - -<p>Por la ventana entraba agradable fresco; -caía la tarde. Raskolnikoff tomó bruscamente -la gorra y salió.</p> - -<p>Sin duda no quería ni podía ocuparse -de su salud. Pero aquellos terrores, aquellas -angustias continuas, por fuerza habían -de tener consecuencias, y si la fiebre -no se había apoderado de él, era acaso -merced a la fuerza ficticia que le prestaba -momentáneamente su agitación moral.</p> - -<p>Se puso a vagar sin objeto. Se había -puesto el sol. Desde hacía algún tiempo, -Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento -que, sin ser particularmente agudo, -se presentaba con carácter de continuidad. -Entreveía largos años pasados -en mortal angustia, «la eternidad en el -espacio de un pie cuadrado». De ordinario -era por la noche cuando este pensamiento -le preocupaba más. «Con el estúpido -malestar físico que produce la puesta -del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, -no solamente a casa de Sonia, sino a la -de Dunia», murmuraba con voz irritada.</p> - -<p>Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff -corría detrás de él.</p> - -<p>—He ido a su casa de usted; le buscaba. -Ha puesto en ejecución su programa. Se -ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia -Semenovna y a mí nos ha costado -trabajo encontrarlos. Va dando golpes en -una sartén, haciendo bailar a los niños. -Los pobrecillos lloran. Se detienen en las -encrucijadas y a las puertas de las tiendas. -Llevan detrás una caterva de imbéciles. -Vamos aprisa.</p> - -<p>—¿Y Sonia...?—preguntó con inquietud -Rodia, que se apresuró a seguir a Lebeziatnikoff.</p> - -<p>—Ha perdido la cabeza. Es decir, no -es Sonia Semenovna la que ha perdido la -cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo -demás, puede decirse lo mismo de la muchacha. -En cuanto a Catalina Ivanovna, -la locura es completa. Van a llevarla a la -comisaría, y calcule usted el efecto que -esto habrá de producirle. Están ahora -cerca del canal; al lado del puente***, no -lejos de la casa de Sonia Semenovna. -Vamos a llegar en seguida.</p> - -<p>En el canal, a poca distancia del puen<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>te, -había un grupo, compuesto en gran -parte de chiquillos y chiquillas. La voz -ronca de Catalina Ivanovna se oía ya en -el puente. Verdaderamente el espectáculo -era lo bastante extraño para llamar la -atención. Tocada con un mal sombrero -de paja, vestida con su viejo traje, y -echado sobre los hombros un chal de paño, -Catalina Ivanovna justificaba plenamente -las palabras de Lebeziatnikoff. Estaba -quebrantada, jadeante. Su rostro -de tísica manifestaba más sufrimiento -que nunca (los tísicos, al sol y en la calle -tienen siempre peor cara que en su casa); -pero, no obstante su debilidad, estaba -extraordinariamente excitada.</p> - -<p>Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba -con vivacidad. Se ocupaba allí, -delante de todo el mundo, en su educación -coreográfica y musical; les decía por -qué razón era preciso cantar y bailar, y -después, indignada de verlos tan poco -inteligentes, les pegaba furiosamente. Interrumpía -sus ejercicios para dirigirse al -público; veía en el grupo un hombre vestido -con alguna decencia, y se apresuraba -a explicarle a qué extrema miseria estaban -reducidos los hijos de una familia -casi aristocrática. Si alguno se reía o burlaba -de ella, se encaraba al punto con el -insolente y se ponía a disputar con él. El -caso es que muchos se burlaban, otros -movían la cabeza, y todos miraban a -aquella loca rodeada de niños asustados. -Lebeziatnikoff se había engañado al hablar -de la sartén; por lo menos Raskolnikoff -no la vió. Para hacer el acompañamiento, -Catalina Ivanovna llevaba el -compás con las manos, mientras Poletchka -cantaba y Alena y Kolia danzaban. -Algunas veces trataba de cantar ella, pero -desde la segunda nota interrumpíala -un acceso de tos. Entonces se desesperaba, -maldecía su enfermedad y no podía -contener las lágrimas.</p> - -<p>Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, -era el llanto de Alena y Kolia. Según dijo -Lebeziatnikoff, había tratado de vestir -a sus hijos como se visten los cantadores -callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza -una especie de turbante rojo y blanco, -para representar a un turco. Faltándole -tela para hacer un traje a Alena, su -madre se había limitado a ponerle el gorro -de dormir o <i>chapka</i> roja de Marmeladoff. -Este gorro estaba adornado con una -pluma blanca de avestruz que había pertenecido -a la abuela de Catalina, y que -ésta había conservado hasta entonces en -su baúl como precioso recuerdo de familia. -Poletchka llevaba la ropa de todos -los días. No se separaba de su madre, -cuya perturbación intelectual adivinaba, -y mirándola tímidamente trataba de -ocultarle sus lágrimas. La niña estaba -espantada al verse allí, en la calle, en medio -de aquella multitud. Sonia no se apartaba -de Catalina Ivanovna y le suplicaba -llorando que se volviese a su casa; pero -Catalina Ivanovna permanecía inflexible.</p> - -<p>—¡Cállate, Sonia!—vociferaba tosiendo—. -No sabes lo que dices; eres lo mismo -que una chiquilla. Ya te he dicho que -no vuelvo a casa de esa borracha alemana. -Que todo el mundo, que todo San -Petersburgo vea reducidos a la mendicidad -a los hijos de un padre noble que ha -servido lealmente toda su vida y que puede -decirse que ha muerto en el servicio.</p> - -<p>A Catalina Ivanovna se le había metido -esta idea en la cabeza, y hubiera sido imposible -sacársela.</p> - -<p>—¡Que ese pillo de general sea testigo -de nuestra miseria! Pero tú eres tonta, -Sonia. Ya te hemos explotado bastante y -no quiero explotarte más. ¡Ah, Rodión -Romanovitch! ¿es usted?—gritó reparando -en el joven, y se lanzó hacia él—; -haga usted comprender, se lo suplico, a -esa tontuela, que ésta es la mejor vida -que podíamos hacer. ¿No se da limosna -a los que tocan el organillo? No nos costará -trabajo diferenciarnos de ellos. Al -primer golpe de vista se reconocerá en -nosotros una familia noble caída en la -miseria, y ese bribón de general perderá -su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos -los días a ponernos debajo de sus ventanas; -pasará el emperador, y yo me pondré -de rodillas delante de él y le mostraré -a mis hijos. «¡Padre, protégenos!», le -diré. El es el padre de los huérfanos; es -misericordioso; nos protegerá, ya lo verá -usted, y ese infame general... Alena, -ponte derecha; tú, Kolia, vas a empezar -de nuevo este paso. ¿Por qué estás lloriqueando? -¿No acabarás nunca? Vamos a -ver: ¿de qué tienes miedo, imbécil? ¡Dios<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span> -mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted, -Rodión Romanovitch, qué cerrados -son de mollera! No hay medio de que hagan -nada.</p> - -<p>Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo -que no la impedía hablar incesantemente, -mientras mostraba a Raskolnikoff los -niños desconsolados. El joven trató de -persuadirla de que se fuese a su casa, y -creyendo interesar su amor propio, le hizo -observar que no era conveniente andar -rondando por las calles como los organilleros, -siendo así que se proponía -abrir un pensionado para las señoritas -nobles.</p> - -<p>—¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene -gracia!—exclamó Catalina Ivanovna a -quien después de reírse le dió un violento -golpe de tos—; no, Rodión Romanovitch; -ese sueño se ha desvanecido. Todo el -mundo nos ha abandonado y, ¡ese general!... -¿Sabe usted qué le he hecho? Le he -tirado a la cara el tintero que estaba sobre -la mesa de la antesala, al lado del papel -en que los visitantes escriben sus -nombres. Después de haber puesto el mío, -he tirado el tintero y echado a correr. -¡Oh, los cobardes; los cobardes! pero yo -me burlo de ellos. Ahora yo mantendré -a mis hijos y no tendré que humillarme -ante nadie. Ya la hemos martirizado bastante—añadió -dirigiéndose a Sonia—. Poletchka, -¿cuánto dinero hemos recogido? -Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks? -¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan -con seguirnos haciéndonos desgañita... -¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal? -(Señalaba a un hombre del grupo.) La -culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa -de que se burlen de nosotros. ¿Qué quieres, -Poletchka? Háblame en francés. Te -he dado lecciones; sabes algunas frases... -Sin eso, ¿cómo habrá de conocerse que -pertenecéis a una familia noble, que sois -niños bien educados y no vulgares músicos -callejeros? Dejaremos a un lado las -canciones triviales; cantaremos sólo nobles -romanzas... ¡Ah, sí! Manos a la obra; -¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen -siempre y nosotros... vea usted, -Rodión Romanovitch, nos hemos detenido -aquí para elegir nuestro repertorio; -porque, como usted comprenderá, esto -nos ha tomado desprevenidos, no teníamos -nada preparado y nos hace falta un -ensayo previo. Después nos dirigiremos -a la perspectiva Neusky donde hay muchas -más personas de la buena sociedad. -Se nos echará de ver inmediatamente. -Alena sabe <i>la Petite Ferme</i>, sólo que <i>la -Petite Ferme</i> comienza a aburrir; por -todas partes se oye. Es menester una cosa -más distinguida. Pues bien, Poletchka, -dame una idea, ven en ayuda de tu madre; -yo no tengo memoria... ¿No podríamos -cantar <i>El húsar apoyado en su sable</i>? No; -será mejor que cantemos en francés <i>Cinco -sueldos</i>; os lo he enseñado; lo sabéis. Como -es una canción francesa, se verá en -seguida que pertenecéis a la nobleza, y -esto conmoverá al público. Podremos -cantar también <i>Mambrú se fué a la guerra</i>, -tanto más cuanto que esta canción es -absolutamente infantil y se emplea en -todas las casas aristocráticas para dormir -a los niños—. Y dicho esto comenzó a -cantar:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">«Mambrú se fué a la guerra,</div> -<div class="line">no sé cuándo vendrá»;</div> -</div></div></div> - -<p>pero no, es mejor <i>Cinco sueldos</i>. Vamos, -Kolia, ponte la mano en la cadera; vamos, -pronto. Tú, Alena, ponte enfrente -de él. Poletchka y yo haremos el acompañamiento:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">«Cinco sueldos, cinco sueldos</div> -<div class="line">para poner nuestra casa.»</div> -</div></div></div> - -<p>Poletchka, levántate la ropa, que se te -baja de los hombros—advirtió mientras -tosía—. Ahora se trata de que os presentéis -convenientemente y que mostréis -la finura de vuestro pie, para que se vea -que sois hijos de un noble. ¡Otro soldado! -¡Eh! ¿qué es lo que quieres?</p> - -<p>Un vigilante se abrió paso entre la gente, -y al mismo tiempo un señor de unos -cincuenta años y de aspecto grave, que -llevaba bajo el abrigo el uniforme de funcionario, -se aproximó también al grupo. -El recién llegado, cuyo rostro expresaba -sincera compasión, llevaba una condecoración, -circunstancia que causó gran -placer a Catalina Ivanovna, y no dejó de -producir bastante buen efecto en el guardia. -El señor condecorado alargó a Ca<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>talina -Ivanovna un billete de tres rublos. -Al recibir esta dádiva, la pobre loca se -inclinó con la cortesía ceremoniosa de -una dama del gran mundo.</p> - -<p>—Doy a usted las gracias, señor—empezó -a decir en tono lleno de dignidad—. -Las causas que nos han conducido... Toma -el dinero, Poletchka. ¿Lo ves? Hay -hombres generosos y magnánimos, dispuestos -a socorrer a una pobre dama que -ha caído en la desgracia. Los huérfanos -que tiene usted delante, señor, son de linaje -noble. Puede decirse que están emparentados -con la más elevada aristocracia... -y ese general se estaba comiendo -un pollo... Ha dado patadas en el suelo -porque yo me permitía molestarle. «Vuecencia—le -he dicho—ha conocido a Simón -Zakharitch, ampare, pues, a sus -huérfanos. El día de su entierro, su hija -ha sido calumniada por un malvado...» -¿Aún está ahí ese soldado? Protéjame -usted—gritó, dirigiéndose al funcionario—; -¿por qué ese soldado se ensaña -conmigo? Se nos ha echado ya de la -calle de los Burgueses. ¿Qué es lo que -quieres, imbécil?</p> - -<p>—Está prohibido dar escándalo en las -calles. Ruego a usted que guarde más -compostura.</p> - -<p>—Tú sí que no tienes compostura. Estoy -en el mismo caso que los organilleros. -Déjame en paz.</p> - -<p>—Los organilleros deben proveerse de -un permiso que usted no tiene. Es usted -causa de que la gente forme grupos en -las calles. ¿Dónde vive usted?</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Un permiso?—vociferó Catalina -Ivanovna—. Acabo de enterrar a -mi marido; ¿no es ésta una autorización?</p> - -<p>—Señora, señora; cálmese usted—dijo -el funcionario—; venga usted conmigo. -Yo la acompañaré. No es el sitio de usted -entre esta gente. Está usted mal.</p> - -<p>—¡Ah, señor, señor; si usted supiese!—exclamó -Catalina Ivanovna—. Tenemos -que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por -dónde andas, Sonia? También está llorando... -¿Pero qué les pasa a ustedes?... -¡Kolia, Lena! ¿Dónde estáis?—dijo con -repentina inquietud—; ¡tontos de chiquillos! -¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?</p> - -<p>Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, -Kolia y Lena, ya muy aterrados -con la presencia de la multitud y las extravagancias -de su madre, se habían sentido -acometidos de un terror loco. La pobre -Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, -se lanzó en su persecución; Sonia -y Poletchka corrieron tras de ella.</p> - -<p>—Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, -qué hijos tan tontos y tan ingratos!... -Poletchka, alcánzalos; es por vosotros -por lo que yo...</p> - -<p>Conforme corría tropezó en un obstáculo -y cayó.</p> - -<p>—¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!—gritó -Sonia inclinándose sobre su -madrastra.</p> - -<p>No tardó en formarse un numeroso -grupo alrededor de las mujeres, Raskolnikoff -y Lebeziatnikoff, así como del funcionario -y del guardia entre ellos.</p> - -<p>—Retírense ustedes, retírense ustedes—decía -sin cesar este último, tratando de -restablecer la circulación.</p> - -<p>Pero examinando a Catalina Ivanovna, -se veía claramente que no estaba herida, -como había temido Sonia, y que la sangre -con que había manchado el suelo la -había echado por la boca.</p> - -<p>—Sé lo que es esto—murmuró el funcionario -al oído de los dos jóvenes—. Es -efecto de la tisis; la sangre brota de este -modo y produce la asfixia. No hace mucho -tiempo he visto un caso parecido; -una de mis parientas echó también un -jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta señora -se está muriendo.</p> - -<p>—Aquí, aquí a mi casa—suplicó Sonia—; -vivo aquí al lado. La segunda casa; -pronto, pronto. Vayan ustedes por un -médico. ¡Oh Dios mío!—repetía asustada -yendo de un lado para otro.</p> - -<p>Gracias a la activa intervención del -funcionario, se arregló este asunto. El -guardia ayudó a trasportar a Catalina -Ivanovna. Estaba como muerta cuando -se la depositó en la cama de Sonia. Continuó -la hemorragia durante algún tiempo; -pero, poco a poco, la enferma comenzó -a volver en sí. En la habitación entraron, -además, Sonia, Raskolnikoff, Lebeziatnikoff -y el funcionario. El guardia -se reunió a ellos después de haber disper<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>sado -a los curiosos, muchos de los cuales -habían acompañado el triste cortejo hasta -la puerta.</p> - -<p>Poletchka llegó conduciendo a los dos -fugitivos, que temblaban y lloraban. -También acudieron los Kapernumoff, el -sastre cojo y tuerto. Era un tipo extraño, -con el pelo y las patillas de pelos tiesos, -como cerdas de puerco; su mujer parecía -asustada; pero éste era su aspecto ordinario. -El rostro de los chicos sólo expresaba -estúpida sorpresa. Entre los presentes -apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando -que vivía en esta casa y no acordándose -de haberle visto en el grupo, -Raskolnikoff se quedó sorprendido de -verle allí.</p> - -<p>Se habló de llamar a un clérigo y a un -médico. El funcionario juzgaba, en las -actuales circunstancias, inútiles los recursos -de la ciencia, y así se lo dijo por -lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo -todo lo necesario por encontrar un doctor. -Kapernumoff en persona se encargó de ir -a buscarlo.</p> - -<p>En tanto, Catalina Ivanovna estaba un -poco más tranquila y la hemorragia había -cesado momentáneamente. La infeliz -fijó una mirada triste y penetrante en -la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, -le enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, -la enferma pidió que se la incorporase, -y la sentaron en el lecho, sosteniéndola -de uno y otro lado.</p> - -<p>—¿En dónde están los niños?—preguntó -con voz débil—. ¿Los has traído, Poletchka? -¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué -habéis echado a correr?... ¡Oh!</p> - -<p>La sangre cubría sus labios abrasados. -La enferma miró en derredor suyo.</p> - -<p>—¿Es así como vives, Sonia? Ni una -sola vez había venido aquí... Ha sido menester -lo que ha ocurrido para que me -conduzcan a tu casa.</p> - -<p>Al decir esto dirigió a la joven una mirada -de conmiseración.</p> - -<p>—Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, -Lena, Kolia, venid aquí... Ahí -los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los -pongo entre tus manos... yo, yo ya tengo -bastante... el baile ha terminado ya... -¡Soltadme, dejadme morir en paz!</p> - -<p>La obedecieron y la enferma se dejó -caer sobre la almohada.</p> - -<p>—¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad -de él. ¿Tenéis acaso, ganas de tirar -un rublo? Ningún pecado pesa sobre -mi conciencia... y aunque los tuviera, -Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo -he sufrido. Si no me perdona, tanto peor.</p> - -<p>Cada vez se confundían más sus ideas. -De cuando en cuando temblaba, miraba -en derredor suyo y reconocía durante un -minuto a los que la rodeaban; pero en seguida -volvía a apoderarse de ella el delirio. -Respiraba penosamente y se oía como -el ruido de un hervor en su garganta.</p> - -<p>—Ya le he dicho «Excelencia»—gritaba -deteniéndose a cada palabra—; aquella -Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... -la mano en la cadera. ¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! -Llevad el compás con los pies; así, -con gracia.</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">Du hast Diamanten</div> -<div class="line">Und Perlen<a name="FNanchor_18" id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a></div> -</div><div class="stanza"> -<div class="line">Eu hast die schönsten Augen</div> -<div class="line">Mädchen, was willst du mehr<a name="FNanchor_19" id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a></div> -</div><div class="stanza"> -<div class="line">Dans une vallée du Daghestan</div> -<div class="line">Que le soleil brûle de ses feux...</div> -</div></div></div> - -<p>—¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me -gustaba esta romanza, Poletchka!... Deliraba -por ella... Tu padre la cantaba antes -de nuestro matrimonio... ¡Qué días -aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... -¡Oh, sí! ¿Cómo era? Se me ha olvidado, -recordádmelo en seguida.</p> - -<p>Presa de una agitación extraordinaria -pugnaba por incorporarse en el lecho; al -cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, -comenzó, tomando aliento después de -cada palabra, en tanto que su rostro expresaba -un terror creciente:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">Dans une vallée... du Daghestan</div> -<div class="line">Que le soleil... brûle... de ses feux.</div> -<div class="line">Une balle... dans la poitrine...</div> -</div></div></div> - -<p>De pronto, Catalina Ivanovna rompió -a llorar, y, con angustia conmovedora, -exclamó:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span> -—Excelencia... proteja a los huérfanos -aunque no sea más que recordando la -hospitalidad que recibió en casa de Simón -Zaharitch Marmeladoff... una casa -hasta puede decirse aristocrática... ¡Ah!—exclamó -temblando y como tratando de -recordar en dónde se encontraba.</p> - -<p>Miró con angustia a todos los presentes, -y, al reparar en Sonia, pareció sorprendida -de verla allí.</p> - -<p>—¡Sonia! ¡Sonia!—dijo con voz dulce -y tierna—. ¡Sonia querida! ¿Estás aquí?</p> - -<p>La incorporaron de nuevo.</p> - -<p>—¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado -la bestia!—gritó la enferma con -acento de horrible desesperación y reclinó -la cabeza en la almohada.</p> - -<p>Catalina Ivanovna volvió a caer en -profundo sopor pero no fué por mucho -tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento -y descarnado, abrió la boca, extendió -convulsivamente las piernas, lanzó -un suspiro profundo y expiró.</p> - -<p>Sonia, más muerta que viva, se precipitó -sobre el cadáver, lo estrechó entre -sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso -pecho de la difunta. Poletchka se puso, -sollozando, a besar los pies de su madre. -Kolia y Lena, demasiado pequeños para -comprender lo que había ocurrido, no -por eso dejaban de tener el sentimiento de -una terrible catástrofe. Se echaron mutuamente -los brazos al cuello, y, después -de haberse mirado fijamente, comenzaron -a gritar. Los dos chiquillos estaban aún -vestidos de saltimbanquis: el uno tenía -puesto su turbante; la otra su gorro de dormir, -adornado con la pluma de avestruz.</p> - -<p>¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, -al lado de Catalina Ivanovna, el certificado -honorífico? Se hallaba allí, sobre -la almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven -se dirigió a la ventana, y Lebeziatnikoff -se apresuró a juntarse con él.</p> - -<p>—¡Ha muerto!—dijo Andrés Semenovitch.</p> - -<p>Svidrigailoff se aproximó a ellos.</p> - -<p>—Rodión Romanovitch, desearía decirle -a usted dos palabras.</p> - -<p>Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró -discretamente. Sin embargo, Svidrigailoff -creyó conveniente conducir a un -rincón a Raskolnikoff, a quien preocupaban -aquellas precauciones.</p> - -<p>—De todos estos asuntos, es decir, del -entierro y de lo demás, yo me encargo. -Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, -y como ya le he dicho, el que tengo -no lo necesito para nada. A esa Poletchka -y a estos dos pequeños los haré entrar en -un asilo de huérfanos, en donde estarán -bien, e impondré a nombre de cada uno -mil quinientos rublos hasta su mayor -edad, para que Sonia Semenovna no tenga -que ocuparse en sus hermanos. En -cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal -en que se halla, porque es una excelente -muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede -usted decir a Advocia Romanovna qué -empleo he hecho de su dinero.</p> - -<p>—¿Por qué es usted tan generoso?—preguntó -Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Qué escéptico es usted!—dijo Svidrigailoff—. -Le dije que no necesitaba -ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. -¿No lo cree usted acaso? Después -de todo—añadió señalando el rincón en -que reposaba la muerta—, esta mujer no -es un gusano, como cierta mujer usurera. -¿Conviene usted en que sería mejor que -muriese ella y que Ludjin viviese para -cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, -por ejemplo, sería condenada a la -misma existencia que su hermana.</p> - -<p>Su tono, alegremente malicioso, estaba -lleno de reticencias, y cuando hablaba no -apartaba los ojos de Raskolnikoff.</p> - -<p>Este último palideció y empezó a temblar -al oír las frases casi textuales que él -mismo había empleado en su conversación -con Sonia. Así es que se echó bruscamente -hacia atrás, y miró a Svidrigailoff -con expresión de asombro.</p> - -<p>—¿Cómo sabe usted eso?—balbuceó.</p> - -<p>—Porque habito aquí, del otro lado de -la pared, en casa de la señora Reslich, -mi antigua patrona y excelente amiga. -Soy el vecino de Sonia Semenovna.</p> - -<p>—¿Usted?</p> - -<p>—Yo—continuó Svidrigailoff, que se -reía a mandíbula batiente—. Y le doy mi -palabra, querido Rodión Romanovitch, -de que me ha interesado usted extraordinariamente. -Ya le dije que nos encontraríamos. -Tenía el presentimiento de ello. -Pues bien: ya nos hemos encontrado, y -usted verá qué tratable soy. Ya verá usted -cómo se puede vivir conmigo.</p> - -<hr class="chap" /> -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span></p> - - - - -<h2>SEXTA PARTE</h2> - - -<h3>I.</h3></div> - -<p>La situación de Raskolnikoff era muy -extraña; parecía que una especie de niebla -le envolvía y aislaba del resto de los hombres. -Cuando, andando el tiempo, se -acordaba de este período de su vida, adivinaba -que había debido de perder muchas -veces la conciencia de sí mismo y que -tal estado de ánimo hubo de prolongarse -y durar, con ciertos intervalos lúcidos, -hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente -convencido de que había incurrido -en muchos desaciertos: por ejemplo, -el de no haber advertido a menudo la -sucesión cronológica de los acontecimientos. -Por lo menos, cuando más adelante -quiso coordinar sus recuerdos, fuéle forzoso -recurrir a testimonios extraños para -saber muchas particularidades acerca de -sí mismo.</p> - -<p>Confundía marcadamente los hechos, -o consideraba tal incidente como consecuencia -de otro que sólo existía en su imaginación. -A veces sentíase dominado por -un temor morboso que degeneraba en -terror pánico; pero se acordaba también -de que había tenido momentos, horas, y -tal vez días, en los cuales, por el contrario -estuvo sumido en una apatía triste -sólo comparable con la indiferencia de -ciertos moribundos.</p> - -<p>En general, en este último tiempo, lejos -de procurar darse cuenta exacta de su -situación, hacía esfuerzos para no pensar -en ella. Algunos hechos de la vida corriente -que no admitían dilación, se imponían, -a pesar suyo, a su mente; por lo contrario, -se complacía en desdeñar cuestiones -cuyo olvido, en una posición como la suya, -por fuerza había de serle fatal.</p> - -<p>Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. -Desde que este último le había repetido -las palabras por él pronunciadas en -casa de Sonia, los pensamientos de Raskolnikoff -tomaron una dirección nueva. -Pero aunque esta complicación imprevista -le inquietaba mucho, el joven no se -apresuraba a poner las cosas en claro. -A veces, cuando vagaba por algún barrio -lejano y solitario, o cuando se veía solo -sentado a la mesa de un mal cafetín, sin -saber por qué se encontraba allí, pensaba -en Svidrigailoff y se prometía tener lo -más pronto posible una explicación decisiva -con aquel hombre que era para él -una constante pesadilla.</p> - -<p>Cierto día fué casualmente a pasear por -las afueras y se le figuró que había dado -cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra -vez, al despertarse antes de la aurora, -se quedó estupefacto al verse tendido en -tierra, en medio de un bosquecillo. Por -lo demás, durante los dos o tres días que -siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, -Raskolnikoff encontró dos o tres -veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto -de Sonia, y después en el vestíbulo, al lado -de la escalera, del domicilio de la -joven.</p> - -<p>En ambas ocasiones los dos hombres se -limitaron a cambiar algunas palabras -muy breves, absteniéndose de tocar el -punto capital, como si, por acuerdo tá<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>cito, -se hubiesen entendido para dejar -de lado momentáneamente aquella cuestión. -El cadáver de Catalina Ivanovna -estaba todavía insepulto. Svidrigailoff -tomaba las disposiciones relativas a los -funerales. Sonia estaba también ocupadísima. -En el último encuentro, Svidrigailoff -contó a Rodia que sus gestiones en -favor de los hijos de Catalina Ivanovna -habían sido coronadas por el éxito: gracias -a la influencia de ciertos personajes -amigos suyos, pudo, según decía, conseguir -la admisión de los tres niños en muy -buen asilo. Los mil quinientos rublos colocados -a nombre de ellos no habían contribuído -poco a este resultado, porque se -admitían con muchas menos dificultades -a los huérfanos que poseían un capitalito -que a aquellos otros que carecían de recursos. -Añadió algunas palabras a propósito -de Sonia, prometió pasar uno de -aquellos días por casa de Raskolnikoff, y -dió a entender que existían ciertos asuntos -de los que quería tratar reservadamente -con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, -no cesaba de observar a su interlocutor. -De repente se calló; pero después preguntó, -bajando la voz:</p> - -<p>—Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión -Romanovitch? Parece que está distraído, -no escucha, no mira, diríase que no comprende -usted lo que se le habla... Vaya, -recobre ánimos. Será preciso que hablemos -largo y tendido... Desgraciadamente -estoy tan ocupado con mis asuntos como -con los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!—añadió -bruscamente—. A todos -los hombres les hace falta aire, mucho -aire, aire ante todo.</p> - -<p>Se apartó vivamente para dejar pasar -a un clérigo y a un sacristán, que se disponían -a subir la escalera. Iban a rezar -el oficio de difuntos. Svidrigailoff había -cuidado de que esta ceremonia se verificase -regularmente dos veces por día. -Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras un -momento de reflexión, siguió al <i>pope</i> a la -habitación de Sonia. Se quedó, empero, -en el umbral. El oficio comenzó con la -tranquila y triste solemnidad de costumbre. -Desde su infancia, Raskolnikoff -experimentaba una especie de terror místico -ante el aparato de la muerte, y evitaba, -siempre que podía, asistir a las -<i>panikhida</i>. Además, ésta tenía para él -un carácter particularmente conmovedor. -Miró a los niños, que estaban arrodillados -cerca del ataúd. Poletchka lloraba; -detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando -ocultar sus lágrimas. «Durante todos estos -días no ha levantado una sola vez los -ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola -palabra», pensó Raskolnikoff. El sol inundaba -de viva luz la habitación, y el humo -del incienso subía en espesas espirales.</p> - -<p>El sacerdote recitó las preces de ritual: -«Dale, Señor, el reposo eterno.» Raskolnikoff -permaneció allí hasta el fin. Al -echar la bendición y al despedirse, el clérigo -dirigió una mirada de extrañeza en -derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff -se acercó a Sonia. La joven tomó -las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza -sobre su hombro. Aquella demostración -de amistad dejó estupefacto al que -era objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba -la menor aversión ni el menor -horror hacia él, ni le temblaban las manos! -Aquello era el colmo de la abnegación. -Así por lo menos lo juzgó él. La joven -no dijo una palabra. Raskolnikoff le -estrechó la mano y salió.</p> - -<p>Sentía un profundo malestar. Si en -aquel momento le hubiera sido posible -encontrar en alguna parte la soledad, -aunque esta soledad hubiese de durar toda -la vida, se hubiera considerado feliz. -¡Ay! Desde hacía ya algún tiempo, aunque -estuviese casi siempre solo, no podía -decirse que estuviese aislado. Le ocurría -pasearse fuera de la ciudad o irse por una -carretera adelante. Una vez penetró en -lo más intrincado de un bosque; pero -cuanto más solitario era el lugar, más de -cerca sentía Raskolnikoff la presencia de -un ser invisible, que le irritaba más que -le asustaba. Apresurábase a volver a la -ciudad, se mezclaba con la multitud, entraba -en los cafés y en las tabernas, iba -al Tolkutchy o a la Siennia. Allí se encontraba -más a gusto y hasta más solo.</p> - -<p>A la caída de la noche se cantaban canciones -en cierto cafetín. Allí pasó una hora -entera, escuchándolas con placer; pero -en seguida se apoderó de él nuevamente -la inquietud; un pensamiento opresor como -un remordimiento empezó a torturarle.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span></p> - -<p>«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?»</p> - -<p>Adivinaba que no era aquél su único -cuidado. Había una cuestión que era -preciso resolver sin tardanza; pero, aunque -se imponía a su atención, no acertaba -a darle una forma precisa.</p> - -<p>«No; es preferible la lucha, tener enfrente -a Porfirio o a Svidrigailoff. Sí, sí, -es mejor un adversario cualquiera, un -ataque que rechazar.»</p> - -<p>Haciéndose estas reflexiones salió presuroso -del cafetín. De repente, el pensamiento -de su madre y de su hermana le -llenó de terror. Pasó aquella noche en -el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se -despertó antes de la aurora, temblando -de fiebre y se encaminó a su casa a donde -llegó muy temprano. Después de algunas -horas de sueño, desapareció la fiebre, -pero se despertó tarde: a las dos.</p> - -<p>Se acordó de que aquel día era el señalado -para las exequias de Catalina -Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido -a ellas. Anastasia le trajo la comida; -el joven comió y bebió con mucho apetito, -casi con avidez. Tenía la cabeza más -fresca y disfrutaba de una calma que le -era desconocida desde tres días antes. -Hubo un instante en que se asombró de -los accesos de terror pánico que había experimentado.</p> - -<p>La puerta se abrió y entró Razumikin.</p> - -<p>—¡Ah! Comes, luego no estás malo—dijo -el visitante, tomando una silla y sentándose -enfrente de Raskolnikoff.</p> - -<p>Estaba muy agitado, y no trataba de -ocultarlo. Hablaba con cólera visible -pero con apresuramientos, y sin levantar -mucho la voz: se comprendía que su venida -era motivada por alguna causa -grave.</p> - -<p>—Escucha—comenzó a decir en tono -resuelto—; pienso dejar a todos ustedes -en paz, porque veo claramente que el juego -que hacen es indescifrable para mí. -No vayas a creer que vengo a interrogarte; -no trato de sacarte las palabras del -cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras todos -tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría -y me iría. Vengo con el único objeto -de estudiar personalmente tu estado -mental. Hay personas que te creen loco -de remate o en vísperas de estarlo, y te -confieso que me sentía inclinado a participar -de esa opinión, en vista de que tu -proceder es estúpido, bastante feo y completamente -inexplicable. Además, ¿qué -pensar de tu reciente conducta con tu -madre y con tu hermana? ¿Qué hombre, -a menos de ser un canalla o un loco, se -hubiera portado con ellas como te has -portado tú? Luego estás loco.</p> - -<p>—¿Cuándo las has visto?</p> - -<p>—Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, -te lo ruego, ¿dónde has estado metido -todo el día? Tres veces he venido hoy. -Desde ayer, tu madre se encuentra seriamente -enferma. Ha querido venir a verte. -Advocia Romanovna se esforzó por disuadirla, -pero Pulkeria Alexandrovna no -quiso hacer caso de nada... «Si está malo, -si está perturbado—dijo—, ¿quién ha de -cuidarle sino su madre?» Para no dejarla -venir sola, la acompañamos, suplicándole -sin cesar que se tranquilizase. Cuando -llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese -sitio, ha estado sentada por espacio de -diez minutos; nosotros en pie, al lado de -ella, callábamos. «Puesto que sale—dijo -levantándose—, es señal de que no está -enfermo y de que olvida a su madre; no -está bien, por lo tanto, que venga yo a -mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió -a su casa y se metió en la cama. Ahora -tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente—dice—; -le dedica a ella todo el tiempo.» -Supone que Sonia Semenovna es tu -novia o tu amante. Fuí en seguida a casa -de esa joven, porque, amigo mío, me corría -prisa comprobar ese punto. Entro, y -¿qué es lo que veo? un ataúd, niños que -lloran, y a Sonia Semenovna que les -prueba trajes de luto. Tú no estabas allí. -Después de haberte buscado con los ojos, -he dado mis excusas, he salido y he ido a -contar a Advocia Romanovna el resultado -de mis pesquisas. Decididamente -todo esto nada significa. Aquí no se trata -de ningún amorío; resta, pues, como -lo más probable, la hipótesis de la locura. -He aquí que ahora te encuentro con trazas -de comerte un buey cocido, como si -no hubieses tomado nada en cuarenta y -ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide -comer; pero, aunque tú no me hayas -dicho una palabra, no estás loco... pondría -por ello la mano en el fuego. Para mí,<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span> -éste es un punto fuera de discusión. Así, -pues, os envío a todos al diablo, en vista -de que hay aquí un misterio y de que no -tengo la intención de romperme la cabeza -con vuestros secretos. He venido solamente -para decirte cuatro frescas y aliviarme -el corazón. Por lo demás, yo sé lo que -tengo que hacer.</p> - -<p>—¿Qué vas a hacer?</p> - -<p>—¿Qué te importa?</p> - -<p>—¿Vas a dedicarte a la bebida?</p> - -<p>—¿Cómo lo has adivinado?</p> - -<p>—No es muy difícil adivinarlo.</p> - -<p>Razumikin se quedó un momento silencioso.</p> - -<p>—Has sido siempre muy inteligente, y -nunca, nunca has estado loco—observó -luego—. Has dicho la verdad; voy a dedicarme -a la bebida. Adiós.</p> - -<p>Y dió un paso hacia la puerta.</p> - -<p>—Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado -de ti a mi hermana—dijo Raskolnikoff.</p> - -<p>Razumikin se detuvo de repente.</p> - -<p>—¿De mí? ¿Dónde has podido verla -anteayer?—preguntó, poniéndose un tanto -pálido. Estaba agitadísimo.</p> - -<p>—Vino aquí sola. Se ha sentado en este -sitio, y ha hablado conmigo.</p> - -<p>—¿Ella?</p> - -<p>—Sí; ella.</p> - -<p>—¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.</p> - -<p>—Le he dicho que eras un hombre excelente, -honrado y laborioso. No le he dicho -que tú la amabas, porque lo sabe.</p> - -<p>—¿Que ella lo sabe?</p> - -<p>—Claro que sí. Le he dicho también -que, aunque yo me vaya, ocúrrame lo que -me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. -Yo las pongo, por decirlo así, -en tus manos, Razumikin. Te digo esto, -porque sé perfectamente que las amas y -estoy convencido de la pureza de tus sentimientos. -Sé también que ella puede -amarte, si es que ya no te ama. Decide -ahora si debes o no debes darte a la bebida.</p> - -<p>—Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues -bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde vas -a ir? Bueno. Desde el momento que todo -esto es un secreto, no hay que hablar de -ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. -Estoy convencido de que no es una cosa -seria, sino tonterías con las cuales forma -monstruos tu imaginación; tú eres un -hombre excelente. Sí, un hombre excelente.</p> - -<p>—Quería añadir: pero me has interrumpido, -que tenías razón hace un momento, -cuando declarabas que renunciabas a conocer -estos secretos. No te preocupes. Las -cosas se descubrirán a su tiempo, y lo -sabrás todo cuando el momento llegue. -Ayer me dijo una persona que al hombre -le hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en -seguida a preguntarle lo que quieren decir -sus palabras.</p> - -<p>Razumikin reflexionaba, y al cabo se -le ocurrió esta idea:</p> - -<p>«Es, de seguro, un conspirador político -y está en vísperas de una tentativa -audaz; no puede ser de otra manera, y -Dunia lo sabe», pensó de repente.</p> - -<p>—¿De modo que Advocia Romanovna -viene a tu casa—repuso recalcando cada -frase—, y tú tratas de ver a alguno que -dice que es menester más aire? Probable -es que la carta haya sido enviada por ese -hombre.</p> - -<p>—¿Qué carta?</p> - -<p>—Ha recibido una que la ha llenado de -inquietud. He querido hablarle de ti y me -ha suplicado que me callase. Después... -después me dijo que nos separaríamos -dentro de breve plazo, y se ha mostrado -muy reconocida conmigo, tras de lo cual -se encerró en su cuarto.</p> - -<p>—¿Ha recibido una carta?—preguntó -Raskolnikoff intrigado.</p> - -<p>—Sí. ¿No lo sabías?</p> - -<p>Los dos permanecieron callados durante -un minuto.</p> - -<p>—Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto -tiempo... Vamos, adiós... Tengo también -que irme; por lo que hace a darme a -la bebida, no haré tal cosa: es inútil.</p> - -<p>Salió muy de prisa; pero apenas acababa -de cerrar la puerta, cuando volvió -a abrirla de repente, mirando de través.</p> - -<p>—A propósito, ¿te acuerdas de aquel -crimen? ¿del asesinato de aquella vieja? -Pues has de saber que se ha descubierto -el asesino; él mismo se ha reconocido culpable, -y ha suministrado todas las pruebas -necesarias en apoyo de sus afirmaciones. -Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores -a los cuales defendía yo con tanto<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -ardor. ¿Querrás creerlo? La persecución -de los dos obreros, corriendo el uno detrás -del otro en la escalera, mientras subían el -<i>dvornik</i> y los dos testigos, los cachetes -que se daban riendo, todo ello no era -más que una treta imaginada para evitar -sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia -de ánimo en ese tunante! Parece imposible; -pero lo ha explicado todo; ha confesado -por completo. ¡Qué despistado estaba -yo! Tengo a ese hombre por el genio -del disimulo y de la astucia. Después de -esto, no hay ya nada de qué asombrarse. -Fuerza es admitir la existencia de semejantes -individuos. Si no ha sostenido su -papel hasta el fin, si ha entrado en el camino -de las confesiones, me veo obligado -a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y -yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y -he roto lanzas yo por esos dos hombres?</p> - -<p>—Te ruego que me digas cómo lo has -sabido, y por qué te interesa tanto ese -asunto—preguntó Raskolnikoff visiblemente -agitado.</p> - -<p>—¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una -pregunta! En cuanto a la noticia me la -han dado muchas personas, y principalmente -Porfirio. El es quien me lo ha dicho -casi todo.</p> - -<p>—¿Porfirio?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y qué es lo que te ha dicho?—preguntó -Raskolnikoff inquieto.</p> - -<p>—Me lo ha explicado todo a maravilla, -procediendo por el método psicológico, -según su costumbre.</p> - -<p>—¿Y te lo ha explicado él mismo?</p> - -<p>—El mismo; adiós. Algo te diré más -adelante. Ahora tengo necesidad de dejarte... -Hubo un tiempo en que llegué a -creer... vamos, ya te lo contaré otro día... -¿Qué necesidad tengo de beber ahora? -Tus palabras han bastado para embriagarme. -En este momento estoy ebrio, -ebrio sin haber bebido una gota de vino. -Adiós, hasta muy pronto.</p> - -<p>Y salió.</p> - -<p>«Es un conspirador político; sí, de seguro, -de seguro—acabó definitivamente -Razumikin, mientras bajaba la escalera.—Ha -comprometido, sin duda, a su hermana -en esta empresa; esta conjetura es -muy probable, dado el carácter de Advocia -Romanovna. Han celebrado entrevistas... -Ya me lo habían hecho sospechar -ciertas palabras... esas alusiones... sí, eso -es. De otro modo, ¿cómo encontrar una -explicación? ¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, -Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, -había formado un juicio temerario, yo -soy culpable respecto de él. La otra noche, -en el corredor, al observar su rostro -iluminado por la luz de la lámpara, tuve -un minuto de alucinación. ¡Oh, qué -idea tan horrible pude concebir! Mikolai -ha hecho perfectamente en confesar. Sí, -al presente se explica todo lo pasado: la -enfermedad de Rodia, la extrañeza de su -conducta, aquel humor sombrío o feroz -que manifestaba ya cuando era estudiante... -Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de -dónde procede? Algo todavía hay ahí... -Yo sospecho... no tendré reposo hasta -que halle la clave de todo esto.»</p> - -<p>Al pensar en Dunia, sintió que se le -helaba el corazón y se quedó como clavado -en el suelo. Tuvo que hacer un violento -esfuerzo sobre sí mismo.</p> - -<p>En cuanto se hubo marchado Razumikin, -Raskolnikoff se levantó y se acercó -a la ventana; luego se paseó de un rincón -a otro, como si hubiese olvidado las dimensiones -exiguas de su cuartucho. Al -fin, volvió a sentarse en el sofá. Un repentino -cambio habíase operado en él; -tenía aún que luchar; era un recurso.</p> - -<p>Sí, un recurso; un medio de escapar de -su penosa situación y de la angustia que -padecía desde que vió a Mikolai en el despacho -de Porfirio. Después de aquel dramático -incidente, en el mismo día, ocurrió -la escena en casa de Sonia, escena -cuyas peripecias y desenlaces habían engañado -las previsiones de Raskolnikoff. -Se había mostrado débil; había reconocido, -de acuerdo con la joven, y reconocido -sinceramente, que no podía llevar solo -semejante fardo. ¿Y Svidrigailoff? Este -era un enigma que le inquietaba, pero de -otra manera; existía quizá medio de desembarazarse -de Svidrigailoff; pero de -Porfirio era harina de otro costal.</p> - -<p>«¿De modo que el mismo Porfirio es el -que ha explicado a Razumikin la culpabilidad -de Mikolai procediendo por el -método psicológico?—continuaba diciéndose -Raskolnikoff—. De seguro hay aquí -algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio?<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span> -¿Cómo Porfirio ha podido creer durante -un solo minuto culpable a Mikolai, después -de la escena que acababa de pasar -entre nosotros, y que no admite más que -<i>una</i> solución? Durante aquella entrevista, -sus palabras, sus gestos, sus miradas, -el sonido de su voz, todo demostraba en -él una convicción tan invencible que no -ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas -confesiones de Mikolai.</p> - -<p>»Hasta el mismo Razumikin comenzaba -a dudar. El incidente del corredor le -ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a -casa de Porfirio; pero, ¿por qué este último -le ha engañado de este modo? Es -evidente que no ha hecho tal cosa sin ningún -motivo; debe de tener sus intenciones; -pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado -ya bastante tiempo desde aquel día, -y no tengo aún ni rastro de noticias de -Porfirio. Quién sabe, sin embargo, si éste -no será un mal signo...»</p> - -<p>Raskolnikoff tomó la gorra, y, después -de ligera reflexión, se decidió a salir. -Aquel día, por primera vez, después de -muy largo tiempo, se sentía en plena posesión -de sus facultades intelectuales.</p> - -<p>«Es preciso acabar con Svidrigailoff—pensaba—, -y, cueste lo que cueste, terminar -este asunto lo más pronto posible. -Además, parece que espera mi visita.»</p> - -<p>En aquel instante se desbordó el odio -de tal manera en su corazón, que, si hubiese -podido matar al uno o al otro de -aquellos dos seres detestables, Svidrigailoff -o Porfirio, acaso no habría vacilado -en hacerlo.</p> - -<p>Mas apenas había acabado de abrir la -puerta, cuando se encontró cara a cara -con Porfirio en persona. El juez de instrucción -venía a su casa. Al pronto Raskolnikoff -se quedó estupefacto; pero se -repuso en seguida. Cosa extraña: aquella -visita, ni le asombró demasiado, ni le -causó casi ningún terror.</p> - -<p>«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por -qué ha amortiguado el ruido de sus pasos? -Nada he oído. Quizá estaba escuchando -detrás de la puerta.»</p> - -<p>—No esperaba usted mi visita—dijo -alegremente Porfirio Petrovitch—. Tenía -desde hace mucho tiempo el propósito -de venir a verle y, al pasar delante de su -casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. -¿Iba usted a salir? No le detendré. -Cinco minutos solamente, el tiempo de -fumar un cigarrillo...</p> - -<p>—Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, -siéntese usted—dijo Raskolnikoff ofreciendo -una silla al visitante, con un aire -tan afable y satisfecho, que él mismo se -hubiera sorprendido si hubiese podido -verse.</p> - -<p>Habían desaparecido todas las huellas -de sus impresiones precedentes. Acontece -a veces que el hombre que por espacio de -media hora ha estado luchando con un -ladrón experimentando angustias mortales, -no siente ningún temor cuando el puñal -del bandido llega a su garganta.</p> - -<p>El joven se sentó enfrente de Porfirio -y fijó en él una mirada tranquila. El juez -de instrucción guiñó los ojos y comenzó -por encender un cigarrillo.</p> - -<p>«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba -mentalmente Raskolnikoff.</p> - - -<div class="chapter"><h3>II.</h3></div> - -<p>—¡Oh, estos cigarrillos—dijo por fin -Porfirio—son mi muerte, y no puedo renunciar -a ellos! Toso, tengo un principio -de irritación en la garganta, y, además, -soy asmático. No hace mucho que me hice -visitar por Botkin, que emplea para -examinar un enfermo por lo menos media -hora; después de haberme reconocido -atentamente, y auscultado, etc., me dijo, -entre otras cosas: «No le prueba a usted -el tabaco; tiene usted los pulmones dilatados.» -Está bien; pero, ¿cómo dejar de -fumar? ¿cómo substituir una costumbre? -Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia; -¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.</p> - -<p>«He aquí otra vez un preámbulo que -deja traslucir la astucia jurídica», murmuró -aparte Raskolnikoff.</p> - -<p>Se acordó de su reciente entrevista con -el juez de instrucción, y aquel recuerdo -aumentó la cólera de que su alma rebosaba.</p> - -<p>—Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?—continuó -Porfirio Petrovitch, paseando -la mirada en derredor suyo;—estuve en -este mismo cuarto. Halléme como hoy -casualmente en la calle de usted, y se<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> -me ocurrió hacerle una visita. La puerta -estaba abierta, entré, le esperé un momento, -y fuí después, sin decir mi nombre -a la criada. ¿No cierra usted nunca?</p> - -<p>La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía -cada vez más. Porfirio Petrovitch -adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff -estaba pensando.</p> - -<p>—He venido a explicarme, querido -Rodión Romanovitch. Debo a usted una -explicación—prosiguió sonriendo y dando -un golpecito en la rodilla del joven; -pero casi al mismo instante tomó su -cara una expresión seria, hasta triste, -con gran asombro de Raskolnikoff, a -quien el juez de instrucción se mostraba -ahora bajo una fase inesperada—. La -última vez que nos vimos pasó entre -nosotros una extraña escena. Quizá he -cometido con usted grandes errores, y -lo siento. Recordará usted cómo nos separamos. -Ambos teníamos los nervios -muy excitados. Hemos faltado a las más -elementales conveniencias, y, sin embargo, -somos caballeros.</p> - -<p>«¿A dónde va a parar?»—se preguntaba -Raskolnikoff sin apartar los ojos de -Porfirio con inquieta curiosidad.</p> - -<p>—He pensado que haríamos mejor en -adelante en obrar con sinceridad—repuso -el juez de instrucción, bajando un -poco los ojos, como si temiese turbar -por esta vez con sus miradas a su víctima—; -no es preciso que se renueven -semejantes escenas. El otro día, sin la -entrada de Mikolai no se adónde habrían -llegado las cosas. Usted es muy irascible -por temperamento, Rodión Romanovitch, -y sobre esto me apoyé, porque -un hombre muy acalorado deja muchas -veces escapar sus secretos. ¡Si yo pudiese, -me decía, arrancar una prueba cualquiera, -aunque fuese la más insignificante, -pero real, tangible, palpable, otra -cosa distinta, en fin, que todas esas inducciones -psicológicas! Tal es el cálculo -que había yo hecho. Algunas veces este -método da el resultado apetecido; pero -esto no ocurre siempre, como he tenido -ocasión de comprobar. Me hacía muchas -ilusiones respecto del carácter de usted.</p> - -<p>—¿Pero usted, por qué me dice todo -eso?—balbuceó Raskolnikoff, sin acabar -de darse cuenta de la cuestión que se planteaba—. -«¿Me creerá acaso inocente?»—añadió -para sí.</p> - -<p>—¿Por qué digo esto? Considero como -un deber sagrado explicar a usted mi conducta, -porque le he sometido, y lo reconozco, -a una cruel tortura, y no quiero, -Rodión Romanovitch, que me considere -como un monstruo. Voy, pues, para justificarme, -a exponer los antecedentes de -este asunto. Al principio circularon rumores -acerca de cuyo origen y naturaleza -creo superfluo hablar; inútil creo también -decirle a usted en qué ocasión se ha -mezclado en este asunto la persona de -usted. En cuanto a mí, lo que me ha hecho -sospechar, es una circunstancia por -otra parte puramente fortuita, de la cual -no he dicho una palabra. De esos rumores -y de esas circunstancias accidentales -se ha desprendido para mí la misma conclusión. -Lo confieso francamente, porque, -a decir verdad, yo he sido el primero -que ha puesto su nombre sobre el tapete. -Dejo a un lado las anotaciones de los objetos -encontrados en casa de la vieja. Tal -indicio y otros muchos del mismo género -nada significan. Estando en esto, tuve -ocasión de conocer el incidente ocurrido -en el despacho de policía. Aquella escena -me fué referida con todo género de pormenores -por alguno que había desempeñado -su papel a las mil maravillas. Pues -bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse -en cierta dirección? «Cien conejos -no hacen un caballo; cien presunciones -no hacen una prueba», dice el proverbio -inglés; esto también es lo que aconseja -la razón; pero, ¿quién puede luchar -contra las pasiones? El juez de instrucción -es hombre, y, por consiguiente, apasionado. -Me acordé también del trabajo -que publicó usted en una Revista. Me -había gustado mucho como aficionado, -por supuesto, aquel primer ensayo de la -juvenil pluma de usted. Se veía allí una -convicción sincera y un entusiasmo ardiente. -Aquel artículo debió de ser escrito -con mano febril durante una noche de -insomnio. «El autor no se detendrá aquí», -pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, -no relacionar esto con lo que luego se siguió? -La atracción era irresistible. ¡Ah, -señor! ¿Digo algo? ¿Afirmo al presente lo -que esto sea? Me limito a señalar una re<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span>flexión -que me hice entonces. ¿Qué es lo -que pienso ahora? Nada; es decir, poco -menos que nada. Por el momento, tengo -entre las manos a Mikolai y hay hechos -que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le -digo todo esto, es para que no dé usted -torcida interpretación a mi conducta del -otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, -no se hizo un registro en mi casa? Estuve -aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba -usted enfermo, no como magistrado, sin -carácter oficial. El cuarto de usted, desde -las primeras sospechas, fué registrado -minuciosamente, pero sin resultado. Entonces -me dije: «Este hombre vendrá a -mi casa, vendrá él mismo a buscarme, y -dentro de muy poco tiempo; si es culpable, -no puede dejar de venir. Otro no vendría, -pero éste no faltará. ¿Se acuerda -usted de las palabrerías de Razumikin? -Le habíamos comunicado de intento nuestras -conjeturas, con la esperanza de que -él excitaría a usted hasta el punto de hacerle -confesar. El señor Zametoff estaba -asombrado de la audacia de usted, y, -en efecto, mucha se necesitaba para decir -en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente -cosa muy arriesgada. Yo le -esperaba a usted con impaciencia confiada, -y he aquí que Dios le envió. ¡Con -qué fuerza latía mi corazón cuando le vi -a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué -necesidad tenía usted de ir? Sin duda recordará -también que entró riéndose a -carcajadas. Su risa me dió mucho que -pensar; pero si no hubiese estado prevenido, -tal vez no hubiera fijado mi atención -en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir -de la piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra -bajo la cual están ocultos los objetos. -Me parece que la estoy viendo desde aquí, -no sé dónde, en un huerto. ¿No es de un -huerto de lo que usted habló a Zametoff? -Después, cuando hablamos del artículo de -la Revista, creímos ver una segunda intención -detrás de cada una de las palabras -de usted. He aquí cómo, Rodión Romanovitch, -mi convicción se ha ido formando -poco a poco. «Ciertamente esto -puede explicarse de otra manera», solía -decirme yo, y aun podría ser que fuese -más natural; convengo en ello. Mejor sería -una prueba, por pequeña que fuese. -Pero al saber la historia del cordón de la -campanilla, no tuve ya duda alguna; creí -poseer la prueba deseada, y ya no he querido -reflexionar más. En aquel momento -hubiera dado de buena gana mil rublos -de mi bolsillo por verle a usted con mis -propios ojos, andando cien pasos, hombro -con hombro con un burgués que le -había llamado a usted asesino, sin que -usted se atreviese a responderle. Cierto; -no se debe dar gran importancia a los hechos -y gestos de un enfermo que habla -bajo una especie de delirio. Sin embargo, -después de lo sucedido, ¿cómo ha podido -asombrarse usted, Rodión Romanovitch, -de la manera como me he portado? ¿Y por -qué, precisamente en aquel momento, -vino usted a mi casa? El mismo diablo, -sin duda, le impulsó a usted, y si Mikolai -no nos hubiese separado... ¿Se acuerda -usted de la entrada de Mikolai? Aquello -fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice -el menor caso de sus palabras, como -pudo usted advertir. Después que usted -se marchó seguí interrogándole. Me respondió -sobre ciertos puntos de una manera -tan exacta, que me quedé asombrado; -a pesar de esto, sus declaraciones no -lograron destruir mi incredulidad, y me -quedé tan inquebrantable como una roca.»</p> - -<p>—Razumikin acaba de decirme que -estaba usted ya convencido de la culpabilidad -de Mikolai; que usted mismo le -había asegurado que...</p> - -<p>Le faltó el habla y no pudo continuar.</p> - -<p>—¡Ah, Razumikin!—exclamó Porfirio -Petrovitch, que parecía satisfecho de haber -oído, al cabo, que salía una observación -de labios de Raskolnikoff—. ¡Je, je, -je! trataba de verme libre de Razumikin, -que venía a mi casa con aires investigadores -y que nada tiene que ver en este -negocio. Dejémosle a un lado, si a usted -le parece. ¿Quiere usted saber la idea que -tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, -es como un niño; aun no ha llegado a -su mayor edad. Sin ser precisamente una -naturaleza pusilánime, es impresionable -como un artista. No se ría usted si le caracterizo -de ese modo: es cándido, sensible, -fantástico. En su pueblo, canta, baila -y narra cuentos, que van a oír los campesinos -de las aldeas vecinas. Suele beber -hasta perder la razón; no porque sea, -propiamente hablando, lo que se dice un<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span> -borracho, sino porque no sabe resistir -a la influencia del ejemplo cuando se halla -entre amigos. No comprende que ha -cometido un robo apropiándose de un estuche -que ha encontrado. «Puesto que lo -he encontrado en el suelo, dice, tenía perfecto -derecho a tomarlo.» Según los vecinos -de Zaraisk, sus paisanos, era devoto -hasta la exaltación: pasaba las noches -rezando y leía sin cesar libros religiosos -(los viejos, los verdaderos). San Petersburgo -ha influído mucho en él, y una vez -aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, -lo que le ha hecho olvidar la religión. Sé -que uno de nuestros artistas ha comenzado -a darle lecciones. En esto ocurre ese -crimen. El pobre muchacho se asusta, y -se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere -usted? Nuestro pueblo no puede sacudir -de su espíritu el prejuicio de que todo -hombre buscado por la policía es hombre -condenado. En la prisión, Mikolai ha -vuelto al misticismo de sus primeros -años. Ahora tiene sed de expiación, y sólo -por eso se ha confesado culpable. Mi -convicción en este punto está basada en -ciertos hechos que él mismo no conoce. -Por lo demás, acabará por confesarme -toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá -su papel hasta el fin? Espere usted un -poco, y ya verá cómo rectifica sus confesiones. -Además, si logra dar sobre ciertos -puntos un carácter de verosimilitud a su -declaración, en cambio sobre otros se encuentra -en completa contradicción con -los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión -Romanovitch, no; el culpable no es -Mikolai. Nos encontraremos frente a un -hecho fantástico y sombrío; este crimen -tiene la marca del siglo y lleva hondamente -grabado el sello de una época que hace -consistir toda la vida en buscar la comodidad. -El culpable es un tétrico, una víctima -del libro; ha desplegado en su ensayo -mucha audacia; pero esta audacia es -de un género particular: es la de un hombre -que se precipita desde lo alto de una -montaña o de un campanario. Ha olvidado -cerrar la puerta detrás de él y ha -matado a dos personas para poner en -práctica una teoría. Ha matado y no ha -sabido aprovecharse de su dinero; lo que -pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. -No bastándole las angustias pasadas -en la antesala mientras oía los golpes dados -a la puerta y el sonido repetido de la -campanilla, cediendo a una irresistible -necesidad de experimentar la misma emoción, -fué más tarde a visitar el cuarto vacío -y a tirar del cordón de la campanilla. -Atribuyamos esto a la enfermedad, a un -semidelirio, bueno; pero he aquí un punto -digno de notarse; ha matado, y no deja -de considerarse como un hombre honrado, -desprecia a los demás, y se da aires -de ángel pálido. No, no se trata aquí de -Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai -no es culpable.</p> - -<p>Este golpe era tanto más inesperado, -cuanto que llegaba después de la especie -de honrosa disculpa dada por el juez de -instrucción. Raskolnikoff se echó a temblar.</p> - -<p>—Entonces, ¿quién es el que ha matado?—balbuceó -con voz entrecortada.</p> - -<p>El juez de instrucción se recostó en el -respaldo de la silla, como asombrado de -semejante pregunta.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Que quién ha matado?—replicó, -como si no hubiese dado crédito -a sus oídos—. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, -Rodión Romanovitch, usted es el que -ha matado! ¡Sí, usted!...—añadió en voz -baja y en tono de profundo convencimiento.</p> - -<p>Raskolnikoff se levantó bruscamente, -permaneció en pie algunos segundos, y -después se sentó sin decir una sola palabra. -Ligeras convulsiones agitaban los -músculos de su rostro.</p> - -<p>—Le tiemblan a usted las manos como -el otro día—hizo notar con interés Porfirio—. -Por lo que veo, usted no se ha -hecho cargo del objeto de mi visita, Rodión -Romanovitch—prosiguió, después -de una pausa—. De aquí el asombro de -usted. He venido precisamente para decirlo -todo y esclarecer la verdad.</p> - -<p>—¡Yo no he matado!—murmuró el joven, -defendiéndose como lo hace un niño -sorprendido en falta.</p> - -<p>—Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; -ha sido usted, usted solo—replicó -severamente el juez de instrucción.</p> - -<p>Ambos se callaron y, cosa extraña, -este silencio se prolongó por unos diez -minutos.</p> - -<p>Apoyado de codos sobre la mesa, Ras<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>kolnikoff -se metía los dedos entre el cabello. -Porfirio Petrovitch esperaba sin -dar señal alguna de impaciencia. De repente -el joven miró despreciativamente -al magistrado.</p> - -<p>—Vuelve usted a sus antiguas prácticas, -Porfirio Petrovitch. ¡Siempre los -mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian -a usted ya?</p> - -<p>—No se ocupe usted de mis procedimientos. -Otra cosa sería si estuviésemos -en presencia de testigos; pero aquí hablamos -a solas. No he venido para cazarle -y prenderle como un pajarito. Que usted -confiese o no, en este momento me es -igual. En un caso y en otro, mi convicción -está formada.</p> - -<p>—Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?—preguntó -con mal gesto Raskolnikoff—; -le repito la pregunta que ya en -otra ocasión le hice: Si me cree usted culpable, -¿por qué no dicta un auto de prisión -contra mí?</p> - -<p>—¡Vaya una pregunta! Le responderé -a usted punto por punto: en primer lugar, -la detención de usted no me serviría -para nada.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted -de nada? Puesto que está convencido, -debería usted...</p> - -<p>—¿Qué importa mi convicción? Hasta -el presente no descansa más que sobre -nubes. ¿Y para qué había de poner a usted -<i>en reposo</i>? Usted lo comprende, puesto -que pide usted que se le detenga. Supongo -que careado con el burgués, usted -diría: «Tú, de seguro, estabas bebido. -¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente -por lo que eres, por un borracho.» -¿Qué podría yo replicarle entonces, -tanto más, cuanto que la respuesta de -usted sería más verosímil que la declaración -de él, que es de pura psicología, y -porque, además, la apreciación de usted -sería exacta, puesto que ese hombre es -conocido por su afición a los licores? Muchas -veces le he confesado a usted con -franqueza que toda esta psicología tiene -dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el -momento, ninguna prueba tengo contra -usted. Claro es que, al cabo, le detendré, -y he venido aquí para avisárselo, y, sin -embargo, no vacilo en manifestarle que -eso no me servirá de nada. El segundo -objeto de mi venida...</p> - -<p>—¿Cuál es?—preguntó Raskolnikoff -anhelante.</p> - -<p>—... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle -mi conducta, porque no quiero -pasar a los ojos de usted por un monstruo, -y además, porque, créalo o no, mis intenciones -son muy favorables a usted. -En vista, pues, del interés que yo siento -por usted, le propongo francamente vaya -a denunciarse. He venido aquí para darle -este consejo. Es el partido más ventajoso -que puede tomar, ventajoso para usted -y para mí, que me vería desembarazado -de este asunto. ¿Qué le parece a usted? -Soy bastante franco?</p> - -<p>Raskolnikoff reflexionó durante un -minuto.</p> - -<p>—Escuche usted, Porfirio Petrovitch; -según sus propias palabras, no tiene contra -mí más que inducciones psicológicas -y aspira a la evidencia matemática. -¿Quién le dice que no se engaña?</p> - -<p>—No, Rodión Romanovitch, no me engaño. -Tengo una prueba, que encontré -el otro día; Dios me la ha enviado.</p> - -<p>—¿Qué prueba es ésa?</p> - -<p>—No se lo diré a usted; pero, en todo -caso, no tengo el derecho de contemporizar; -voy a hacerle detener. Ahora juzgue -usted. Cualquier resolución que tome -actualmente, poco me importa; cuanto -le he dicho es únicamente en interés suyo. -La mejor solución es la que yo le indico: -créalo usted, Rodión Romanovitch.</p> - -<p>El joven se sonrió con expresión de -cólera.</p> - -<p>—El lenguaje de usted es más que ridículo: -es impudente. Supongamos que -soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): -¿por qué he de ir a denunciarme, -puesto que, como dice usted mismo, -allí, en la cárcel, estaría <i>en reposo</i>?</p> - -<p>—¡Oh Rodión Romanovitch! No tome -usted estas palabras al pie de la letra. -Puede usted encontrar allí reposo, y puede -no encontrarlo. Tengo, es cierto, la -creencia de que la prisión tranquiliza al -culpable; pero esto no es más que una -teoría, y una teoría mía personal. Así, -pues, ¿soy yo una autoridad para usted? -¡Quién sabe si en este momento mismo no<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span> -le oculto alguna cosa! No puede usted -exigir que le entregue todos mis secretos, -¡je, je, je! Lo incontestable es el provecho -que sacará usted haciendo lo que yo le -propongo: irá ganando, puesto que su -condena disminuirá notablemente. Piense -usted un poco en qué momento vendría -a denunciarse: en el que otra persona -ha asumido sobre sí la responsabilidad -del crimen, embrollando, en cierto -modo, el proceso. Por lo que a mí toca, -juro ante Dios dejarle a usted en el -tribunal todas las ventajas de su iniciativa. -Los jueces ignorarán, se lo prometo, -toda esa psicología, todas las sospechas -recaídas sobre usted y su conducta tendrá -a los ojos de aquellos magistrados un -carácter absolutamente espontáneo. En -el crimen de usted no se verá más que el -resultado de una impulsión fatal, y no -otra cosa. Soy un hombre honrado, Rodión -Romanovitch, y mantendré mi palabra.</p> - -<p>Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó -durante largo tiempo; luego sonrióse -de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce -y melancólica.</p> - -<p>—¿Qué me importa?—dijo, sin parecer -que se daba cuenta de que su lenguaje -equivalía casi a una confesión—, ¿qué me -importa la diminución de pena de que usted -me habla? No la necesito para nada.</p> - -<p>—Vamos, lo que yo temía—exclamó, -como a pesar suyo, Porfirio—. Ya me temía -yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.</p> - -<p>Raskolnikoff le miró con expresión -grave y triste.</p> - -<p>—No desprecie usted la vida—continuó -el juez de instrucción—. Todavía es -muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere -una diminución de pena? ¡A fe que no es -usted descontentadizo!</p> - -<p>—¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?</p> - -<p>—La vida. ¿Acaso es usted profeta, -para saber lo que la vida le reserva? Busque -usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba -a usted. Por otra parte, su condena -no será perpetua.</p> - -<p>—¡Obtendré circunstancias atenuantes!...—dijo -riendo Raskolnikoff.</p> - -<p>—¿Es quizá, vergüenza burguesa lo -que le impide a usted confesarse culpable? -¡Es preciso sobreponerse a eso!</p> - -<p>—¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!—murmuró -con tono despreciativo -el joven.</p> - -<p>Hizo ademán de levantarse; pero se -quedó sentado, abatidísimo.</p> - -<p>—Es usted desconfiado, y piensa, sin -duda, que trato de embaucarle groseramente; -pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? -¿qué sabe usted de la existencia? -Ha imaginado usted una teoría que ha -venido a producir en la práctica consecuencias -cuya falta de originalidad le -avergüenza ahora. Ha cometido usted un -crimen, es verdad; pero no es usted, ni -con mucho, un criminal irremisiblemente -perdido. ¿Cuál es mi opinión acerca de usted? -Le considero como uno de esos hombres -que se dejarían arrancar las entrañas -sonriendo a sus verdugos, con tal solamente -de haber encontrado una fe o un -Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y -vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, -desde hace tiempo, de cambiar -de aire. Además, el sufrimiento es una -buena cosa. Sufra usted. Quizá Mikolai -tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que -es usted un escéptico, pero sin razonar, -abandónese usted a la corriente de la vida; -esta corriente le llevará a alguna parte. -¿A dónde? No se preocupe usted; ya -llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, -creo solamente que usted debe vivir -todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa -usted ahora que estoy representando -el papel de juez; pero acaso más tarde se -acuerde usted de mis palabras y saque -provecho de ellas; por eso le hablo así. -Todavía es una ventaja que no haya usted -matado más que a una mala vieja. -Con otra teoría, habría cometido usted -una acción cien mil veces peor. Puede -usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede -saber cuáles son sus altos designios -acerca de usted! Recobre usted su valor, -no retroceda por pusilaminidad ante lo -que exige la justicia. Sé que usted no me -cree; pero con el tiempo volverá a tomar -gusto a la vida. Ahora lo que le hace falta -solamente es aire, aire, aire.</p> - -<p>Raskolnikoff se estremeció.</p> - -<p>—Pero, ¿quién es usted—gritó—para<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span> -hacerme esas profecías? ¿Qué suprema -sabiduría le permite adivinar mi porvenir?</p> - -<p>—¿Que quién soy? Un hombre acabado, -y nada más. Un hombre sensible y -compasivo, a quien la experiencia ha enseñado -quizás algo; pero un hombre completamente -acabado. Usted es otra cosa; -usted se halla al principio de la existencia, -y esta aventura, ¿quién sabe? quizá no -dejará ninguna huella en la vida de usted. -¿Por qué temer tanto el cambio que va a -experimentar en su situación? ¿Son acaso -las comodidades de la vida las que usted -ha de echar de menos? ¿Se aflige usted -pensando que ha de estar largo tiempo -confinado en la obscuridad? De usted -depende que esta obscuridad no sea eterna. -Sea usted un sol, y todo el mundo le -verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa -que éstas son maniobras de juez de instrucción? -Es muy posible, ¡je, je! No le -pido que me crea bajo mi palabra, Rodión -Romanovitch; hago mi oficio, convengo -en ello; pero acuérdese de lo que -le digo. Los acontecimientos le demostrarán -si soy un impostor o un hombre honrado.</p> - -<p>—¿Cuándo piensa usted detenerme?</p> - -<p>—Puedo dejarle a usted aún día y medio -o dos días en libertad. Haga usted sus -reflexiones, amigo mío; ruegue usted a -Dios que le inspire. El consejo que le doy -es bueno, créalo usted.</p> - -<p>—¿Y si me escapase?—preguntó Raskolnikoff -con equívoca sonrisa.</p> - -<p>—No se escapará. Un <i>mujik</i> huiría: un -revolucionario de ahora, esclavo de pensamiento -ajeno, huiría también, porque -tiene un <i>credo</i> ciegamente aceptado para -toda la vida; pero usted no cree en su teoría. -¿Qué quedaría de ella si huyera usted? -Y, por otra parte, ¿puede darse una -existencia más innoble y penosa que la de -un fugitivo? Si huyese usted, volvería -para entregarse espontáneamente... <i>¡Usted -no puede pasarse sin nosotros!</i> Cuando -yo le detuviese al cabo de un mes o dos, -pongamos tres, se acordaría de mis palabras -y confesaría. Vendría usted a parar -a esto insensiblemente, casi sin darse -cuenta de ello. Más aún, estoy persuadido -de que, después de haberlo reflexionado -usted bien, se decidirá usted a aceptar -la expiación. En este momento no lo -cree; pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, -el sufrimiento es una gran -cosa. En boca de un hombre que no se -priva de nada, este lenguaje puede parecer -ridículo. No importa; hay una idea -en el sentimiento. Mikolai tiene razón. -Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.</p> - -<p>Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; -el juez hizo lo mismo.</p> - -<p>—¿Va usted a pasearse? La tarde será -buena; sólo que no hay tormenta. Sería -conveniente, porque refrescaría la temperatura.</p> - -<p>—Porfirio Petrovitch—dijo el joven -con tono seco y breve—, le ruego que no -vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. -Es usted un hombre extraño, y -le he escuchado por pura curiosidad; pero -no he confesado nada... no lo olvide usted.</p> - -<p>—Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo -tiembla! No se inquiete usted, querido: -tomo nota de su recomendación. Pasee -usted un poco; pero no traspase ciertos -límites. En todo caso, tengo un pequeño -encargo que hacer a usted—dijo bajando -la voz—; es algo delicado, pero tiene su -importancia: en el caso, poco probable -según mi creencia, de que durante esas -cuarenta y ocho horas le dé a usted la -humorada de acabar con su vida (perdóneme -esta absurda suposición), deje -usted un billetito, nada más que dos líneas, -indicando el sitio donde está la piedra; -eso será más noble. Ea, hasta la vista; -que Dios le inspire buenos pensamientos.</p> - -<p>Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, -y éste se acercó a la ventana y -esperó con impaciencia el momento en -que, según sus cálculos, el juez de instrucción -debía de estar lejos de la casa. En seguida -salió de ella apresuradamente.</p> - - -<div class="chapter"><h3>III.</h3></div> - -<p>Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba -qué era lo que podía esperar de -aquel hombre que ejercía sobre él un poder -tan misterioso. Desde que Raskolnikoff -se hubo convencido de ello, le devo<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>raba -la inquietud, y al presente no podía -retrasar el momento de una explicación.</p> - -<p>Conforme iba andando le preocupaba, -sobre todo, esta sospecha: ¿habrá ido -Svidrigailoff a casa de Porfirio?</p> - -<p>Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff -no debía haber ido. Raskolnikoff -lo hubiera jurado. Repasando en su -mente todas las circunstancias de las visitas -de Porfirio, llegaba siempre a la misma -conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff -no hubiese ido aún, no quería -decir que no lo haría más tarde.</p> - -<p>Sin embargo, en este punto el joven se -inclinaba también a creer que no iría. -¿Por qué? No habría podido aducir las -razones en que se fundaba, y aunque hubiera -podido explicárselo, no se habría -preocupado demasiado. Todas estas cosas -le atormentaban, y al propio tiempo -le eran casi indiferentes. Cosa extraña, -casi increíble: por crítica que fuese su situación -actual, Raskolnikoff no tenía, a -causa de ella, más que una débil inquietud. -Lo que le ponía en cuidado era una -cuestión mucho más importante, que no -era aquélla. Experimentaba, además, un -inmenso cansancio moral, aunque para -razonar se hallaba en mucho mejor estado -que los días precedentes.</p> - -<p>Después de tantos combates librados, -¿sería menester aún nueva lucha para -triunfar de aquellas miserables dificultades? -¿Convendría, por ejemplo, ir a -poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor -de que fuese a casa del juez de instrucción?</p> - -<p>¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!</p> - -<p>Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio -Ivanovitch. ¿Esperaba de él algo -nuevo, un consejo, un medio de salir de -su situación? Los náufragos se agarran a -una paja. ¿Era el destino o el instinto lo -que empujaba a estos hombres uno hacia -el otro? Quizá Raskolnikoff daba este -paso sencillamente porque no sabía a qué -santo encomendarse; tal vez tenía necesidad -de alguien que no fuese Svidrigailoff, -y tomaba a este último a falta de -otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de -ir a casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar -más? Por otra parte, Sonia le daba espanto. -Esta joven era para él el decreto -irrevocable, la sentencia sin apelación. -En aquel momento no se sentía con fuerzas -para afrontar la vista de la muchacha. -No, era mejor hacer una tentativa -acerca de Svidrigailoff. Se confesaba interiormente -que desde hacía largo tiempo -Arcadio Ivanovitch le era en cierto -modo necesario.</p> - -<p>No obstante, ¿qué podía haber de común -entre ellos? Su criminalidad misma -no era motivo para aproximarlos. Aquel -hombre le desagradaba mucho, pues evidentemente -era muy disipado y quizá -muy malo. Acerca de él corrían siniestras -leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos -de Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía -por qué obraba de este modo? Tratándose -de semejante hombre, había de temer -siempre algún tenebroso designio.</p> - -<p>Desde muchos días antes no cesaba de -inquietarle otro pensamiento, aunque el -joven, por lo penoso que le era, se esforzase -en desecharlo.</p> - -<p>«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas -en derredor mío—se decía—; ha descubierto -mi secreto, tuvo intenciones -acerca de mi hermana... quizá las tiene -todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto -de emplearlo como arma contra -Dunia?»</p> - -<p>Este pensamiento, que solía preocuparle -hasta en sueños, no se había presentado -jamás a su imaginación con tanta claridad -como en aquel momento en que se -dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se le -ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, -lo que cambiaría extraordinariamente -la situación. Pensó después que -haría bien en denunciarse, para prevenir -un paso imprudente por parte de Dunia. -¿Y la carta? Aquella mañana Dunia había -recibido una. ¿Quién, en San Petersburgo, -podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? -En verdad, Razumikin era buen guardián, -pero no sabía nada. «¿No debería yo -contárselo todo a Razumikin?—se preguntó -Raskolnikoff con alivio de corazón—. -En todo caso, es preciso ver cuanto -antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios, los -pormenores importan aquí menos que el -fondo de la cuestión; pero si Svidrigailoff -tiene la audacia de intentar alguna -cosa contra mi hermana, le mataré.»</p> - -<p>Tenía el alma oprimida por un penoso -presentimiento. Se detuvo en medio de<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span> -la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino -había tomado? ¿En dónde estaba? Se -encontraba en la perspectiva***, a treinta -o cuarenta pasos del Mercado del Heno, -que acababa de atravesar. El piso segundo -de la casa a la izquierda estaba ocupado -totalmente por un café; todas las ventanas -se hallaban abiertas. A juzgar por -las cabezas que allí se veían, el café debía -estar lleno de gente. En la sala se cantaba, -se tocaba el violín, el clarinete y el -tambor turco; se oían también gritos de -mujeres. Sorprendido de verse en aquel -sitio, el joven iba a volver sobre sus pasos, -cuando, de pronto, en una de las ventanas -vió a Svidrigailoff con la pipa en la -boca, sentado delante de una mesa de -tomar te. Aquella vista le causó asombro -mezclado de terror. Svidrigailoff le contemplaba -en silencio y, cosa que asombró -aún más a Raskolnikoff, hizo un movimiento -como si tratase de impedir que -le viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió -no verle, y se puso a mirar hacia otro -lado; pero continuaba siguiéndole con -el rabillo del ojo. La inquietud le hacía -latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff -no quería ser visto. Se quitó la pipa -de la boca y quiso retirarse; pero al -levantarse reconoció, sin duda, que era -demasiado tarde. Repitióse sobre poco -más o menos la misma escena que al principio -de la entrevista en la habitación de -Raskolnikoff; cada uno de ellos sabía que -era observado por el otro. Una maliciosa -sonrisa erró en los labios de Svidrigailoff, -el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa -carcajada.</p> - -<p>—¡Pues bien, entre usted, si quiere; -aquí estoy!—gritó desde la ventana.</p> - -<p>El joven subió.</p> - -<p>Encontró a Svidrigailoff en un gabinete -pequeño contiguo a una gran sala, -en la cual había muchos parroquianos: -comerciantes, funcionarios, y otros estaban -tomando te y oyendo a los coristas -que hacían un estruendo espantoso. En -una habitación inmediata se jugaba al billar. -Svidrigailoff tenía delante una botella -de <i>Champagne</i> empezada y un vaso -medio lleno. Le acompañaban dos músicos -callejeros: un organillero y una cantante. -Esta, muchacha de diez y ocho -años, fresca y bien portada, llevaba un -traje a rayas y un sombrero tirolés adornado -de cintas. Acompañada por el organillero -cantaba con voz de contralto, -bastante fuerte, una canción trivial en -medio del ruido que llegaba de la otra -sala.</p> - -<p>—¡Ea, basta!—dijo Svidrigailoff cuando -entró el hermano de Dunia.</p> - -<p>La cantante se detuvo en seguida y esperó -en actitud respetuosa. Antes también, -mientras dejaba oír sus vulgaridades -melódicas, mostraba en su fisonomía -cierta expresión de respeto.</p> - -<p>—¡Eh, Felipe, un vaso!—gritó Svidrigailoff.</p> - -<p>—No bebo vino—dijo Raskolnikoff.</p> - -<p>—Como usted guste. Bebe, Katia. -Ahora no tengo necesidad de ti; puedes -retirarte.</p> - -<p>Sirvió un gran vaso de vino y le dió un -billetito de color amarillo. Katia bebió -el vaso de <i>Champagne</i> a pequeños sorbos -como suelen hacerlo las mujeres, y después -de haber tomado el billete, besó la -mano de Svidrigailoff, que aceptó con -aire grave el testimonio de aquel respeto -servil.</p> - -<p>Aun no hacía ocho días que Arcadio -Ivanovitch había llegado a San Petersburgo, -y ya se le tenía por un antiguo -parroquiano del establecimiento.</p> - -<p>—Iba a casa de usted—dijo Raskolnikoff, -cuando les dejaron solos—; pero, -¿cómo se explica que atravesando el -Mercado del Heno he tomado por la perspectiva***? -Jamás paso por aquí. Tomo -siempre la derecha al salir del Mercado. -Este no es el camino para ir al domicilio -de usted. Apenas he asomado por esta -parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!</p> - -<p>—¿Por qué no añade usted que es un -milagro?</p> - -<p>—Porque quizá no es más que una casualidad.</p> - -<p>—Esa es la salida a que recurren todos—contestó -riendo Svidrigailoff—. Aunque -en el fondo se crea en el milagro, nadie -se atreve a confesarlo. Usted mismo -acaba de decir que esto «quizá» no es más -que una casualidad. No puede usted imaginarse, -Rodión Romanovitch, cuán poco -valor hay aquí para sostener una opinión. -No lo digo por usted, porque sé que -si tiene una opinión personal, no teme<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span> -afirmarla; por eso precisamente ha atraído -usted mi curiosidad.</p> - -<p>—¿Sólo por eso?</p> - -<p>—Me parece que es bastante.</p> - -<p>Svidrigailoff se hallaba en un visible -estado de excitación, aunque no había -bebido más que un vaso de vino espumoso.</p> - -<p>—Creo que cuando usted vino a mi -casa ignoraba todavía si yo tenía o no -eso que llama usted opinión personal—observó -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Entonces era otra cosa. Cada cual -tiene su manera de ver; pero, en cuanto -al milagro, diré que quizá ha estado usted -durmiendo durante todos estos días. Yo -mismo le di las señas de este café, y no -es sorprendente que haya usted venido -derechamente a él. Le indiqué el camino -que se debe seguir para encontrarme. ¿No -se acuerda usted?</p> - -<p>—Lo he olvidado—respondió sorprendido -Raskolnikoff.</p> - -<p>—No lo dudo; por dos veces le he dado -estas indicaciones. La dirección se ha -grabado maquinalmente en la memoria -de usted, y ella le ha guiado a su pesar; -pero he aquí que se me ocurre una cosa: -estoy seguro de que en San Petersburgo -muchas personas andan hablando consigo -mismas. Es una ciudad de semilocos. -Si hubiese en ella sabios, médicos, jurisconsultos -y filósofos, podrían hacer curiosos -estudios, cada cual en su especialidad. -No hay otro lugar en el mundo en -que el alma humana esté sometida a influencias -tan sombrías y tan extrañas; la -acción solamente del clima es ya funesta. -Desgraciadamente, San Petersburgo es -el centro administrativo de la nación, y -su carácter debe reflejarse en toda Rusia. -Mas ahora no se trata de eso; quería decirle -a usted que le he visto pasar muchas -veces por la calle. Al salir de casa llevaba -usted la cabeza alta; después de andar -veinte pasos la baja usted, y cruza los -brazos detrás de la espalda. Mira usted, -pero es evidente que no ve cosa alguna. -Por último, se pone usted a mover los -labios y a hablar consigo mismo; unas veces -gesticula, otras declama, otras se detiene -en medio de la calle, durante más -o menos tiempo. Esto, en rigor, nada significa. -Sin embargo, se fijan en usted varias -personas, como yo, y tal cosa no carece -de peligros. A mí, ¿qué me importa? -No tengo la pretensión de curarle; pero -usted, sin duda, me comprende.</p> - -<p>—¿Sabe usted que se me sigue?—preguntó -Raskolnikoff fijando en Svidrigailoff -una mirada investigadora.</p> - -<p>—No—respondió éste asombrado—; no -sé nada.</p> - -<p>—Bueno, no hablemos de mí—murmuró -Raskolnikoff frunciendo las cejas.</p> - -<p>—Está bien. No hablaremos de usted.</p> - -<p>—Dígame más bien si es verdad que -por dos veces me ha indicado este <i>traktir</i> -como sitio en que podía encontrarle a usted; -¿por qué, hace un momento, cuando -he levantado los ojos a la ventana, se -ha ocultado usted, tratando de que yo no -le viera? Lo he advertido perfectamente.</p> - -<p>—¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, -cuando entré en el cuarto de usted, se -fingió el dormido, aunque estaba despierto? -Lo advertí muy bien.</p> - -<p>—Podía tener razones... usted lo sabe.</p> - -<p>—Y yo, ¿no podía también tener razones, -aunque usted no las conociese?</p> - -<p>Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba -atentamente el rostro de su interlocutor. -Aquella cara le causaba siempre -un nuevo asombro. Aunque bella, -tenía algo que le hacía profundamente -antipática. Parecía una máscara; el color -era demasiado fresco, los labios demasiado -rojos, la barba demasiado rubia, -los cabellos demasiado espesos, los ojos -demasiado azules y la mirada demasiado -fija. Svidrigailoff vestía un elegante traje -de verano y eran irreprochables la -blancura y finura de su camisa. Llevaba -en uno de los dedos un gran anillo con -una piedra de valor.</p> - -<p>—Entre nosotros no sirven las tergiversaciones—dijo -bruscamente el joven—; -aunque esté usted en capacidad de -hacerme mucho mal, si tiene deseos de -molestarme, quiero hablarle franca y -claramente. Sepa usted, pues, que si sigue -con las mismas intenciones acerca de -mi hermana, y si cuenta usted para labrar -su objeto con el secreto que ha sorprendido -últimamente, le mataré a usted -antes de que me hayan metido en la cárcel. -Le doy a usted mi palabra de honor. -En segundo lugar, he creído advertir es<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>tos -días que deseaba usted tener una entrevista -conmigo. Si algo tiene que comunicarme, -despáchese, porque el tiempo es -precioso, y quizá bien pronto será demasiado -tarde.</p> - -<p>—¿Qué es lo que corre a usted tanta -prisa?—preguntó Svidrigailoff, mirándole -con curiosidad.</p> - -<p>—Cada cual tiene sus negocios—dijo -Raskolnikoff con aire sombrío.</p> - -<p>—Acaba usted de invitarme a que sea -franco, y a la primera pregunta rehusa -usted responderme—observó Svidrigailoff—. -Me supone usted siempre algunos -proyectos. En la posición de usted, tal -cosa se comprende perfectamente; pero -aunque tengo el deseo de vivir en buena -armonía con usted, no me tomaré la molestia -de desengañarle. Verdaderamente -no vale la pena; no tengo nada que decirle.</p> - -<p>—¿Por qué está usted siempre dando -vueltas en derredor mío?</p> - -<p>—Sencillamente porque es usted un -sujeto muy digno de ser observado. Ha -excitado usted mi curiosidad por lo fantástico -de su situación. Además, es usted -el hermano de una persona que me interesa -mucho; ella me ha hablado de usted -varias veces, y su lenguaje me ha hecho -pensar que tiene usted una gran influencia -sobre ella. ¿No son bastantes razones -éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso, -la pregunta es para mí compleja, y -me es muy difícil responder a ella. Si usted, -por ejemplo, ha venido a buscarme -ahora, es, no sólo por un negocio, sino en -la esperanza de que yo le diga a usted algo -nuevo; ¿no es verdad? ¿No es verdad?—repitió -con sonrisa equívoca Svidrigailoff—. -Pues bien, figúrese usted que yo -mismo, al volver a San Petersburgo, esperaba -también que me diría usted algo -nuevo y pensaba en tomar algo prestado. -Vea usted cómo somos nosotros los ricos.</p> - -<p>—¿Tomarme algo prestado? ¿El qué?</p> - -<p>—¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué -miserable <i>traktir</i> me paso todo el día—repuso -Svidrigailoff—; no crea que me -divierto; pero en alguna parte he de pasar -el tiempo. Me distraigo con esa pobre -Katia que acaba de salir... Si tuviese la -suerte de ser un glotón, un gastrónomo -de club... pero nada de eso; ahí tiene usted -todo lo que yo puedo comer (señaló -con el dedo una mesita colocada en el rincón, -y en ella un plato de hierro galvanizado, -que contenía los restos de un mal -biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido -usted? En cuanto al vino sólo bebo -<i>Champagne</i>, y un vaso me basta para toda -la noche. Si he pedido esa botella hoy, -es porque tengo que ir a cierta parte y he -querido de antemano preparar un poco -la cabeza. Hace poco me ocultaba como -un colegial, porque temía que la visita -de usted fuera un trastorno para mí; pero -creo que puedo pasar una hora con usted. -Ahora son las cuatro y media—añadió -mirando al reloj—. ¿Querrá usted creer -que hay momentos en que me disgusta -no ser nada; ni fotógrafo, ni periodista...? -Suele ser muy fastidioso no tener ninguna -especialidad. Ciertamente, pensaba -que me diría usted algo nuevo.</p> - -<p>—¿Quién es usted y por qué ha venido -aquí?</p> - -<p>—¿Que quién soy? Lo sabe usted; un -gentilhombre; he servido dos años en Caballería, -después de lo cual me he paseado -por San Petersburgo; más tarde me -casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí -a vivir al campo. Ahí tiene mi biografía.</p> - -<p>—Según parece, es usted jugador.</p> - -<p>—¿Jugador yo? No diga usted eso; diga -usted más bien que soy un tahur.</p> - -<p>—¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Habrá recibido usted alguna vez -bofetadas.</p> - -<p>—Sí, alguna que otra. ¿Por qué me -pregunta usted eso?</p> - -<p>—Pues bien; podría usted batirse en -duelo. Eso produce sensaciones.</p> - -<p>—No tengo ninguna objeción que hacer -a usted. Además, yo estoy poco fuerte -en discusiones fisiológicas. Confieso que -si he venido aquí, es sólo por las mujeres.</p> - -<p>—¿En seguida de haber enterrado a -Marfa Petrovna?</p> - -<p>Svidrigailoff se sonrió.</p> - -<p>—Pues bien, sí—respondió con una -franqueza desconcertante—. Parece que -le escandaliza lo que le digo.</p> - -<p>—¿Se asombra usted de que me escandalice -la disipación?</p> - -<p>—¿Por qué no había de seguir mis in<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>clinaciones? -¿Por qué he de renunciar a -las mujeres, puesto que las amo? Eso es -una ocupación.</p> - -<p>Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto -y se arrepentía de haber venido. -Svidrigailoff le parecía el hombre más -depravado del mundo.</p> - -<p>—¡Eh! Quédese usted un momento; -que le traigan te. Vamos, siéntese. Le -contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera -cómo una mujer emprendió la tarea -de convertirme? Esto será una respuesta -a su primera pregunta, puesto que se trata -de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? -Mataremos el tiempo.</p> - -<p>—Sea; mas espero que usted...</p> - -<p>—No tenga usted miedo. Aun siendo -un hombre tan vicioso, Advocia Romanovna -no puede inspirarme más que profunda -estimación. Creo haberla comprendido, -y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe -usted que cuando no se conoce a las -personas se corre el riesgo de engañarse? -Pues eso es lo que me ha pasado con su -hermana de usted. ¡Lléveme el diablo! -¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la -culpa. En una palabra, esto empezó por -un capricho de libertino. Es preciso decirle -a usted que Marfa Petrovna me concedía -cierta libertad con las campesinas. -Acababa de venir a nuestra casa, procedente -de una aldea vecina, una muchacha, -como camarera, llamada Paratcha. -Era muy linda, pero tonta de capirote: -sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban -toda la casa, ocasionaron un escándalo. -Cierto día, después de comer, Advocia -Romanovna me llamó aparte, y mirándome -con ojos relampagueantes, <i>exigió</i> de -mí que dejase en paz a la pobre Paratcha. -Quizá fué la primera vez que hablamos -a solas. Es claro, me apresuré a deferir -a su demanda. Traté de parecer conmovido -y turbado; en una palabra, representé -mi papel a conciencia. A partir de este -momento tuvimos conferencias secretas, -en las cuales me predicaba moral, me -suplicaba con las lágrimas en los ojos que -cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en -los ojos! Vea usted hasta dónde llega en -algunas jóvenes, la pasión por la propaganda. -Por supuesto, yo imputaba todos -mis errores al destino; me consideraba -como un hombre privado de luz, y, finalmente, -puse en práctica un medio que no -falla jamás con las mujeres: la adulación. -Espero que no se incomodará usted porque -le diga que Advocia Romanovna no -fué en un principio insensible a los elogios -que yo la prodigaba. Por desgracia, -eché a perder todo el negocio por mi impaciencia -y por mi necedad. Al hablar con -ella hubiera debido moderar el brillo de -mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por -parecerle odiosa. Sin entrar en detalles, -bastará con que le diga a usted, que hubo -entre nosotros un rompimiento. Después -hice nuevas tonterías. Me extendí -en groseros sarcasmos a propósito de las -misioneras; Paratcha entró de nuevo en -escena y fué seguida de otras muchas. -¡Oh, si hubiese usted visto entonces, Rodión -Romanovitch, qué relámpagos lanzaban -los ojos de su hermana! Le aseguro -que hasta en sueños me perseguían -sus miradas. Llegué a no poder soportar -el ruido de sus ropas y temí un ataque -de epilepsia. Era de todo punto preciso -que me reconciliase con Advocia Romanovna, -y la reconciliación era imposible. -Imagínese usted lo que hice entonces. ¡A -qué grado de estupidez puede llegar el -hombre despechado! No emprenda usted -nada en ese estado, Rodión Romanovitch. -Pensando que Advocia Romanovna era -una mendiga (perdón, no quería decir -eso; pero la palabra importa poco), que, -en fin, vivía de su trabajo y que tenía a -su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! -¡vuelve usted a fruncir el entrecejo!), -me decidí a ofrecerle toda mi fortuna -(podía reunir entonces 30.000 rublos), -y a proponerla que huyese conmigo a -San Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, -la habría jurado amor eterno, etc., -etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal -modo estaba enamorado de ella en esta -época, que si su hermana de usted me -hubiese dicho: «Asesina o envenena a -Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo -hubiera hecho sin vacilar. Pero todo -acabó por la catástrofe que usted ya conoce, -y no se puede imaginar cómo me -irritaría el saber que mi mujer había -negociado el matrimonio entre Advocia -Romanovna y ese embrollón de Ludjin; -porque, bien mirado, tanto hubiera valido -para su hermana de usted aceptar mis<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span> -ofrecimientos, como dar su mano a un -hombre como ése. ¿No es verdad? ¿No -es verdad? Advierto que me escucha usted -con mucha atención... interesante -joven...</p> - -<p>Svidrigailoff dió un violento puñetazo -sobre la mesa. Estaba sofocado, y aunque -apenas había bebido dos vasos de <i>Champagne</i>, -empezaba a dar señales de embriaguez. -Raskolnikoff lo advirtió y resolvió -aprovecharse de esta circunstancia para -descubrir las intenciones de aquel a quien -consideraba como su más peligroso enemigo.</p> - -<p>—Pues bien, después de esto, no tengo -la menor duda de que usted ha venido -aquí por mi hermana—declaró el joven -con tanto más atrevimiento, cuanto que -quería llevar a su interlocutor a los últimos -extremos.</p> - -<p>Svidrigailoff trató de borrar el efecto -producido por sus palabras.</p> - -<p>—¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... -que su hermana no puede sufrirme?</p> - -<p>—Estoy persuadido; pero no se trata -de eso.</p> - -<p>—¿Está usted persuadido de que ella -no puede sufrirme?—replicó Svidrigailoff -guiñando los ojos y sonriéndose con -aire burlón—. Dice usted bien, no me -ama. Pero no responda usted jamás de -lo que pasa entre un marido y su mujer -o entre dos amantes. Hay siempre un -rinconcillo que queda oculto para todo -el mundo y sólo es conocido de los interesados. -¿Se atrevería usted a afirmar -que Advocia Romanovna me miraba con -repugnancia?</p> - -<p>—Ciertas palabras de su relato me -prueban que todavía tiene usted infames -propósitos acerca de Dunia y que se propone -ejecutarlos lo más pronto posible.</p> - -<p>—¿Cómo han podido escapárseme tales -palabras?—dijo Svidrigailoff poniéndose -de repente muy inquieto; pero sin molestarse -en lo más mínimo por el epíteto con -que se calificaban sus propósitos.</p> - -<p>—Pero en este momento mismo se manifiestan -los pensamientos ocultos de usted. -¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace -ese súbito temor que demuestra?</p> - -<p>—¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, -hombre! Usted sí, amigo, que debe -tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, -ya lo veo; un poco más, y hubiera -cometido una tontería. ¡Váyase al diablo -el vino! ¡mozo, agua!</p> - -<p>Tomó la botella de <i>Champagne</i>, y sin -andarse con miramientos la tiró por la -ventana. Felipe trajo agua.</p> - -<p>—Todo esto es absurdo—dijo Svidrigailoff -humedeciendo una toalla y pasándosela -por la cara—. Yo puedo, con una -palabra, reducir a nada todas las sospechas -de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?</p> - -<p>—Ya me lo había dicho usted.</p> - -<p>—¿Que se lo he dicho? pues me había -olvidado; pero, de todas maneras, cuando -le anuncié mi próximo matrimonio, -podía hablar de él en forma dubitativa, -pues aun no había nada de cierto. Ahora -es cosa hecha, y si en este momento no -tuviese que hacer, le conduciría a casa de -mi futura. Me gustaría saber si usted -aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba, no -cuento más que con diez minutos! Sin -embargo, quiero contarle la historia de -mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... -¿Quiere usted irse aún?</p> - -<p>—No, ahora no le dejo a usted.</p> - -<p>—¿No? Pues adelante, ya lo veremos. -Sin duda, yo le enseñaré a usted mi futura; -pero no ahora, porque tenemos que -separarnos muy pronto. Usted va por la -izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído -usted hablar de cierta señora Reslich, en -cuya casa estoy actualmente de pupilo? -Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te -aburres—me decía—, y esto será para -ti una distracción momentánea.» Yo soy, -en efecto, un hombre melancólico y huraño. -¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, -yo tengo el humor sombrío, pero -no hago mal a nadie. Algunas veces me -paso tres días seguidos en un rincón, sin -hablar una palabra; por otra parte, esa -bribona de Reslich tiene su plan; cuenta -con que me disgustaré pronto con mi mujer, -que la echaré de mi lado y que ella -la lanzará a la circulación. Sé, por ella, -que el padre, antiguo funcionario, está -enfermo. Desde hace tres años no puede -valerse de las piernas y no deja la butaca. -La madre es una señora muy inteligente; -el hijo está empleado en provincias y no -ayuda lo más mínimo a sus padres; la -hija mayor está casada y no da señales<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span> -de vida. Esta pobre gente tiene que mantener -a dos sobrinas de corta edad. La -hija menor ha sido retirada del colegio -antes de haber acabado sus estudios; cumplirá -diez y seis años antes de un mes, y -ésta es la que me destinan... Provisto de -estos datos, me presento a los padres como -un propietario viudo, de buena familia, -que está bien relacionado, y que además -tiene buena fortuna. Mis cincuenta -años no suscitan la más ligera objeción. -Había que verme hablando con el papá -y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido! -Llega la muchacha, vestida con traje corto, -y me saluda, poniéndose del color de -la amapola (sin duda había aprendido la -lección). No conozco el gusto de usted en -punto a rostros femeninos, mas para mí, -esos diez y seis años, esos ojos todavía -infantiles, esa timidez, esas lagrimitas -púdicas, todo ello tiene más encanto que -la belleza; por otra parte, la muchacha es -muy linda, con sus cabellos claros, sus -ricitos caprichosos, sus labios purpurinos -y ligeramente gruesos, unos senos nacientes... -Hemos entablado conocimiento. -Dije que asuntos de familia me obligaban -a apresurar mi matrimonio, y al día -siguiente, es decir, anteayer, éramos prometidos. -Desde entonces, cuando voy a -verla, la tengo sentada sobre mis rodillas -durante todo el tiempo que dura mi visita -y a cada minuto la beso. La chiquilla -se pone como la grana, pero se deja querer. -Su mamá le ha dado, sin duda, a entender -que un futuro esposo puede permitirse -estas libertades. De esta manera -comprendidos los derechos de prometido, -no son menos agradables que los de marido. -Puede decirse que la naturaleza y -la verdad hablan por boca de esta niña. -He conversado dos veces con ella; la chiquilla -no es tonta del todo; tiene una manera -de mirarme disimuladamente, que -incendia todo mi ser... Su fisonomía se -parece mucho a la de la Virgen Sixtina. -¿Ha reparado usted en la expresión fantástica -que Rafael supo dar a esa cabeza -de Virgen? Pues algo semejante hay en el -rostro de la joven. Desde el día siguiente -de nuestros esponsales, la he llevado a -mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: -diamantes, perlas, un neceser de -<i>toilette</i> de plata; la carita de la <i>madonna</i> -resplandecía. Ayer no me privé de sentarla -sobre mis rodillas, y vi en sus ojos -lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron -solos. Entonces me echó un brazo -al cuello, y besándome, me juró que sería -para mí una esposa buena, obediente y -fiel; que me haría feliz, que me consagraría -todos los instantes de su vida y que, -en cambio, no quería de mí más que mi -cariño, nada más: «No tengo necesidad -de regalos», me ha dicho. Oír a un ángel -de diez y seis años, con las mejillas coloreadas -de un pudor virginal, que le hace -a usted esta declaración con lágrimas de -entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. -¡Ah, sí! le llevaré a casa de mi prometida; -pero no puedo enseñársela a usted -en seguida.</p> - -<p>—¿De modo que esa monstruosa diferencia -de edad aguijonea la sensibilidad -de usted? ¿Es posible que piense seriamente -en contraer semejante matrimonio?</p> - -<p>—¡Qué austero moralista!—dijo burlándose -Svidrigailoff—. ¡Dónde va a anidar -la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que -me hacen mucha gracia sus exclamaciones -de indignación?</p> - -<p>Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado -y se levantó.</p> - -<p>—Siento mucho—continuó—no poder -detenerme más tiempo con usted; pero -ya volveremos a vernos... Tenga usted -un poco de paciencia.</p> - -<p>Salió del <i>traktir</i>. Raskolnikoff le siguió. -La embriaguez de Svidrigailoff se disipaba -a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía -muy preocupado, como hombre que está -en vísperas de emprender una cosa muy -importante. Desde hacía algunos instantes -se revelaba en sus movimientos cierta -impaciencia, mientras que su lenguaje se -hacía cáustico y agresivo. Todo ello parecía -justificar una vez más las aprensiones -de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir -los pasos del extraño personaje.</p> - -<p>Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff -dijo:</p> - -<p>—Aquí nos separamos. Usted se va por -la derecha y yo por la izquierda, o al contrario. -Adiós, amigo mío, hasta la vista.</p> - -<p>Y se dirigió hacia el Mercado del Heno.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span></p> - - -<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div> - -<p>Raskolnikoff se puso a seguirle.</p> - -<p>—¿Qué significa esto?—preguntó, volviéndose, -Svidrigailoff—. Creo haberle -dicho a usted...</p> - -<p>—Esto significa que estoy decidido a -acompañarle.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>Los dos se detuvieron, y durante un -minuto se midieron con la vista.</p> - -<p>—En la semiembriaguez de usted—replicó -Raskolnikoff—me ha dicho lo bastante -para convencerme de que, lejos de -haber renunciado a sus odiosos proyectos -contra mi hermana, le interesan más que -nunca. Sé que esta mañana mi hermana -ha recibido una carta. ¡No ha perdido -usted el tiempo desde su llegada a San -Petersburgo! Que en el curso de las idas -y venidas de usted se haya encontrado -una mujer, es cosa posible, pero esto nada -significa, y deseo convencerme por mí -mismo...</p> - -<p>Probablemente Raskolnikoff no hubiera -sabido decir de qué cosa quería convencerse.</p> - -<p>—¿Por lo visto, usted quiere que yo -llame a la policía?</p> - -<p>—Llámela usted.</p> - -<p>Se detuvieron de nuevo uno frente al -otro. Al fin, el rostro de Svidrigailoff cambió -de expresión. Viendo que su amenaza -no intimidaba en lo más mínimo a Raskolnikoff, -tomó de repente un tono más -alegre y amistoso.</p> - -<p>—¡Qué original es usted! A pesar de la -curiosidad bien natural que ha despertado -en mí, no he querido hablarle de su -asunto. Quería dejarlo para ocasión más -oportuna; pero, en verdad, es usted capaz -de hacer perder la paciencia a un muerto... -Bueno, venga usted conmigo; pero le advierto -que sólo entro para tomar algún -dinero; en seguida saldré, montaré en un -coche y me iré a pasar el resto del día a -las Islas... ¿Qué necesidad tiene usted de -seguirme?</p> - -<p>—Tengo que hacer en casa de usted; -pero no es a su cuarto adonde voy, sino -al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme -de no haber asistido a las exequias -de su madrastra.</p> - -<p>—Como usted quiera; pero Sofía Semenovna -no está en casa. Ha ido a llevar -a los tres niños a la casa de una señora -anciana a quien yo conozco hace mucho -tiempo y que se halla al frente de muchos -asilos. He proporcionado un gran placer -a esa señora remitiéndole el dinero para -los chiquillos de Catalina Ivanovna, además -de un donativo pecuniario para sus -establecimientos; le he contado, por último, -la historia de Sofía Semenovna, -sin omitir ningún detalle. Mi relato ha -producido un efecto indescriptible, y ahí -tiene usted por qué ha sido invitada Sofía -a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en -el cual la <i>barinia</i> en cuestión reside provisionalmente -desde su regreso del campo.</p> - -<p>—No importa, de todos modos entraré -en su casa.</p> - -<p>—Haga usted lo que le plazca, pero yo -no he de acompañarle. ¿Para qué? Estoy -seguro de que desconfía de mí, porque he -tenido hasta este momento la discreción -de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina -usted a lo que quiero aludir? Apostaría -cualquier cosa a que mi discreción le -ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted -delicado para que se le recompense de -ese modo!...</p> - -<p>—¿Le parece a usted delicado escuchar -detrás de las puertas?</p> - -<p>—¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no -hubiese usted hecho esta observación—respondió -riendo Svidrigailoff—. Si cree -usted que no está permitido escuchar detrás -de las puertas, pero sí asesinar a mujeres -indefensas, puede acontecer que los -magistrados no sean de ese parecer, y -haría usted bien en marcharse cuanto antes -a América. Parta usted en seguida, -joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo -con toda sinceridad. Si necesita usted -dinero para el viaje yo se lo daré.</p> - -<p>—No pienso en tal cosa—replicó desdeñosamente -Raskolnikoff.</p> - -<p>—Lo comprendo. Usted se pregunta si -ha obrado con arreglo a la moral, como -un buen hombre y como un buen ciudadano. -Debiera haberse planteado esa -cuestión antes, ahora ya es demasiado -tarde. ¡Ja, ja! si usted cree haber cometido -un crimen, levántese la tapa de los sesos<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>, -¿no es eso lo que tiene el propósito de -hacer?</p> - -<p>—Por lo visto trata usted de exasperarme -con la esperanza de que así le libraré -de mi presencia.</p> - -<p>—¡Qué original es usted! Pero hemos -llegado; tómese el trabajo de subir la escalera. -Ahí tiene usted la puerta del cuarto -de Sofía Semenovna. ¿Ve usted? No -hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo -a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. -Aquí está precisamente la señora Kapernumoff. -¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía -Semenovna ha salido? ¿A dónde ha ido? -¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, -y acaso no vendrá hasta muy tarde.» -Vamos, ahora venga usted a mi casa. ¿No -tenía usted intención de hacerme una -visita? Henos aquí en mi cuarto. La señora -Reslich está ausente. Esta mujer -tiene siempre mil negocios entre manos; -pero es una excelente persona, se lo aseguro; -quizá le sería útil si fuese usted más -razonable. ¿Ve usted? Tomo de mi cómoda -un título del 5 por 100 (mire usted -cuántos me quedan todavía); voy a convertirlo -en metálico. ¿Se ha enterado usted? -Nada tengo que hacer aquí; cierro -la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en -la escalera. Si a usted le parece, tomaremos -un coche y nos iremos a las Islas. -¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? -¿Lo ve usted? Ordeno al cochero -que me conduzca a la punta de Elaguin. -¿Rehusa usted? Se ha cansado usted de -acompañarme; vamos, déjese usted tentar. -Va a llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos -la capota.</p> - -<p>Svidrigailoff estaba ya en el coche; por -muy desconfiado que fuese Raskolnikoff, -pensó que no había peligro inminente; -así es que sin responder una palabra, volvió -la espalda y tomó la dirección del -Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la -cabeza, habría podido ver que Svidrigailoff, -después de haber andado cien pasos -en coche, se apeaba y pagaba al cochero. -Pero el joven caminaba sin mirar hacia -atrás. Muy pronto dobló Raskolnikoff la -esquina, y, como siempre, cuando se encontraba -solo no tardó en caer en profunda -abstracción. Llegado al puente se detuvo -en la balaustrada y fijó los ojos en -el canal. En pie, a poca distancia de él, -le observaba Advocia Romanovna. Al -llegar al puente pasó cerca de ella, pero -sin verla. A la vista de su hermano, Dunia -experimentó un sentimiento de sorpresa -y aun de inquietud; durante un -momento dudó si se acercaría o no. De -pronto echó de ver que, por la parte del -Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía -rápidamente hacia ella.</p> - -<p>Este parecía avanzar con prudencia y -misterio. No subió al puente, se quedó en -la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. -Hacía un rato que había reparado -en Dunia y que le hacía señas. La -joven creyó comprender que la llamaba, -indicándole que procurase que su hermano -no le viera. Dócil a esta invitación muda, -Dunia se alejó, sin hacer ruido, de -Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.</p> - -<p>—Vamos más de prisa—le dijo por lo -bajo este último—. Es preciso que Rodión -Romanovitch ignore nuestra entrevista. -Advierto a usted que ha venido a -buscarme, hace poco, a un café que está -cerca de aquí, y que me ha costado trabajo -separarme de él. Sabe que he escrito -a usted una carta y sospecha algo. -Indudablemente no es usted quien le ha -hablado de esto; pero si no es usted, -¿quién ha sido, entonces?</p> - -<p>—Ya hemos dado vuelta a la esquina—interrumpió -Dunia—. Ahora mi hermano -no puede vernos. Advierto a usted que no -pasaré de aquí en su compañía. Dígame -lo que quiera, que todo puede decirse en -medio de la calle.</p> - -<p>—En primer lugar, no es en la vía publica -donde pueden ni deben hacerse ciertas -confidencias. Además, usted debe oír -también a Sofía Semenovna, y en tercer -lugar, es preciso que yo le muestre ciertas -pruebas. En fin, si usted no consiente -en venir a mi casa, renuncio a toda explicación -y me retiro ahora mismo. No -olvide usted tampoco que poseo cierto -secreto muy curioso que interesa a su -querido hermano.</p> - -<p>Dunia se detuvo indecisa y dirigió una -mirada penetrante a Svidrigailoff.</p> - -<p>—¿Qué teme usted?—observó tranquilamente -éste—. La ciudad no es el -campo, y aun en el campo mismo me ha -hecho usted más daño que yo a usted.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span></p> - -<p>—¿Sofía Semenovna está avisada?</p> - -<p>—No, no le he dicho una palabra; ni -siquiera sé si está en su casa. Creo, sin -embargo, que debe de estar, porque hoy -se ha verificado el entierro de su madrastra, -y no es de suponer que en un día como -éste haga visitas. Por el momento no -quiero hablar de eso a nadie, y hasta siento, -en cierto modo, haberme clareado con -usted. En tales casos, la menor palabra -pronunciada a la ligera equivale a una -denuncia. Yo vivo cerca, en esta casa; he -aquí nuestro portero; me conoce muy -bien. ¿Ve usted? me saluda. Ve que vengo -con una señora; sin duda se ha fijado ya -en la fisonomía de usted. Esta circunstancia -debe tranquilizarla si desconfía de -mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. -Vivo aquí, en un cuarto amueblado; -no hay más que un tabique entre el cuarto -de Semenovna y el mío, y todo el piso -está habitado por diferentes vecinos. ¿Por -qué, pues, tiene usted tanto miedo como -un niño? ¿Qué tengo yo de terrible?</p> - -<p>Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, -pero no lo consiguió. Latíale -el corazón con fuerza y tenía oprimido -el pecho. Afectaba levantar la voz -para ocultar la agitación que experimentaba. -Precaución inútil, porque Dunia no -advertía en él nada de particular; las últimas -palabras de su interlocutor habían -irritado demasiado a la orgullosa joven -para que pensase en otra cosa que en la -herida de su amor propio.</p> - -<p>—Aunque sé que es usted un hombre -sin honor, no le temo. Condúzcame usted—dijo -con tono tranquilo que desmentía, -es verdad, la extrema palidez de su semblante.</p> - -<p>Svidrigailoff se detuvo delante del -cuarto de Sonia.</p> - -<p>—Permítame usted que vea si está en -la habitación. No, no está; es una contrariedad; -pero sé que vendrá dentro de -poco. No ha podido salir más que para -ver a una señora que se interesa por los -huérfanos; yo también me he ocupado -en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha -vuelto dentro de diez minutos y usted tiene -necesidad de hablarle, la enviaré a -casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; -se compone de estas dos habitaciones. -Detrás de esa puerta habita mi -patrona, la señora Reslich. Ahora fíjese -usted, voy a mostrarle mis principales -pruebas. Mi alcoba tiene esta puerta que -conduce a un alojamiento de dos piezas, -el cual está enteramente vacío. Entérese -usted; es preciso que tenga un conocimiento -exacto de todos los lugares.</p> - -<p>Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones -bastante grandes. Dunia miraba en derredor -de sí con desconfianza; pero no -descubría nada sospechoso ni en los muebles -ni en la disposición del local. No obstante, -pudo advertir que Svidrigailoff habitaba -entre dos departamentos en cierto -modo inhabitados. Para llegar hasta -el suyo había que atravesar dos aposentos, -puede decirse que vacíos, que formaban -parte de la habitación de su propietaria. -Abriendo la puerta que ponía -en comunicación su alcoba con el departamento -no alquilado, Svidrigailoff mostró -este último a Dunia. La joven se detuvo -en el umbral, sin comprender por -qué se le invitaba a mirar; pero en seguida -le dió Svidrigailoff la explicación.</p> - -<p>—¿Ve usted esa habitación grande, la -segunda? fíjese usted en esa puerta cerrada -con llave. A su lado hay una silla, -la única que se encuentra en las dos habitaciones. -Yo la llevé de mi cuarto para -escuchar más cómodamente. La mesa de -Sofía Semenovna está colocada precisamente -detrás de esta puerta. La joven -estaba sentada ahí y hablaba con Rodión -Romanovitch, mientras que aquí, -en una silla, escuchaba yo su conversación. -He estado sentado en este sitio dos -tardes seguidas, y cada vez dos horas, y -así he podido enterarme de alguna cosa. -¿Qué le parece a usted?</p> - -<p>—Que ha sido un espía.</p> - -<p>—Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. -Aquí no puede uno ni sentarse.</p> - -<p>Condujo a Dunia a la habitación que le -servía de sala, y le ofreció un asiento cerca -de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; -pero le brillaban los ojos con el -mismo fuego que en otro tiempo había -asustado tanto a la joven. Esta estaba -temblando, a pesar de la tranquilidad -que procuraba demostrar, y dirigió en -torno suyo otra mirada de desconfianza. -La situación aislada del alojamiento de -Svidrigailoff, acabó por atraer su aten<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span>ción. -Quiso preguntar si, por lo menos, -estaba en casa la patrona; pero su orgullo -no le permitió hacer esta pregunta. Por -otra parte, la inquietud relativa a su seguridad -personal, no era nada en comparación -de la otra ansiedad que torturaba -su corazón.</p> - -<p>—Aquí tiene usted su carta—comenzó -a decir, depositándola encima de la mesa—. -Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? -Usted me da a entender que mi hermano -ha cometido un crimen; las insinuaciones -de usted son bien claras; no -trate ahora de recurrir a subterfugios. -Sepa usted que antes de sus pretendidas -revelaciones he oído hablar de este cuento -absurdo, del cual no creo una palabra; -eso es aún más ridículo que odioso. Conozco -estas sospechas e ignoro la causa -que las ha hecho nacer. Usted no puede -tener pruebas. Sin embargo, ha prometido -darlas; hable, pues; pero le advierto -que no le creo.</p> - -<p>Dunia pronunció estas palabras con -extrema rapidez, y por un instante la -emoción que experimentaba coloreó de -rojo sus mejillas.</p> - -<p>—Si usted no me creyese, ¿hubiese podido -resolverse a venir sola a mi casa? -¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura -curiosidad?</p> - -<p>—No me atormente más y hable, hable -usted.</p> - -<p>—Hay que convenir que es usted una -joven valiente. Creía verdaderamente -que había usted suplicado al señor Razumikin -que la acompañase; pero he podido -convencerme de que no sólo no ha venido -con usted, sino de que no la ha seguido -a distancia. Es usted una mujer discreta -y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch -y... Por lo demás, en usted todo -es divino. En lo que concierne a su -hermano, ¿qué he de decirle a usted si -acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?</p> - -<p>—¿Y es en eso solamente en lo que -funda usted su acusación?</p> - -<p>—No; no es en eso precisamente, sino -en las propias palabras de Rodión Romanovitch. -Ha venido dos días seguidos a -hablar con Sofía Semenovna. Ya he indicado -a usted dónde estuvieron sentados. -Lo confesó todo a la joven: es un asesino. -Mató a una vieja usurera, en cuya casa -había empeñado algunos objetos. Pocos -momentos después del asesinato, la hermana -de la víctima, una vendedora de -ropa blanca llamada Isabel, entró por -casualidad y también la mató. Se sirvió -para asesinar a las dos mujeres, de un -hacha que llevaba a prevención. Su propósito -era robar y robó; tomó dinero y -diversos objetos; eso es lo que, palabra -por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. -Ella sola conoce el secreto; pero no -es cómplice del asesinato; todo al contrario, -al oírlo referir se quedó tan espantada -como lo está usted ahora. Puede usted -tranquilizarse; no será ella la que denuncie -a su hermano de usted.</p> - -<p>—¡Eso es imposible!—balbuceó Dunia, -jadeante—; no tenía la menor razón ni el -más pequeño motivo para cometer ese -crimen... Eso es una mentira.</p> - -<p>—El robo explica el móvil del asesinato. -Su hermano de usted tomó dinero -y joyas. Es verdad que, según su propia -confesión, ni del uno ni de las otras ha -sacado el menor provecho, y que hubo -de ocultarlo todo bajo una piedra, en -donde está todavía; pero esto es porque -no se ha atrevido a utilizarlo.</p> - -<p>—¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha -podido tener siquiera este pensamiento?—exclamó -Dunia levantándose vivamente—. -¿Usted lo conoce? ¿Le cree usted -capaz de ser ladrón?</p> - -<p>—Esa categoría, Advocia Romanovna, -comprende infinito número de variedades. -En general, los rateros tienen conciencia -de su infamia; he oído hablar, -sin embargo, de un hombre muy noble -que desvalijó un correo. ¿Quién sabe si -su hermano de usted pensaba cumplir una -acción laudable? También yo, como usted, -no hubiera creído esa historia si la -hubiese sabido por un medio indirecto, -pero forzoso me es dar crédito al testimonio -de mis oídos... ¿A dónde va usted, -Advocia Romanovna?</p> - -<p>—Voy a ver a Sofía Semenovna—respondió -con voz débil la joven—. ¿Dónde -está la entrada de su cuarto? Puede que -ya haya vuelto; quiero verla en seguida. -Es menester que ella...</p> - -<p>Advocia Romanovna no pudo acabar, -se ahogaba materialmente.</p> - -<p>—Según todas las apariencias, Sofía<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span> -Semenovna no estará de vuelta hasta la -noche. Su ausencia debía ser muy corta; -pero, puesto que no ha vuelto aún, no regresará -hasta muy tarde.</p> - -<p>—¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo -veo, has mentido... no dices más que mentiras... -no te creo... no te creo—exclamó -Dunia en un arranque de cólera que la -ponía fuera de sí.</p> - -<p>Casi desfallecida, se dejó caer sobre una -silla que Svidrigailoff se apresuró a acercarle.</p> - -<p>—¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? -Tranquilícese; aquí hay agua; beba -usted un poco.</p> - -<p>Le echó agua en la cara; la joven tembló -y volvió en sí.</p> - -<p>«Esto ha producido efecto»—murmuraba -Svidrigailoff para sí frunciendo el entrecejo—. -Cálmese usted, Advocia Romanovna; -sepa usted que Rodión Romanovitch -tiene amigos; le salvaremos; le -sacaremos de este mal paso. ¿Quiere usted -que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo -dinero; de aquí a algunos días habré -realizado todo mi haber. En cuanto al -crimen, su hermano de usted hará una -infinidad de buenas acciones que borrarán -su delito. Quizá llegue a ser todavía -un grande hombre. Vamos, ¿cómo está -usted? ¿Cómo se siente?</p> - -<p>—¡El miserable! ¡Todavía se burla! -¡Déjeme usted!</p> - -<p>—¿A dónde quiere usted ir?</p> - -<p>—A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo -sabe! ¿por qué está cerrada esa puerta? -Por ella hemos entrado y ahora está cerrada -con llave. ¿Cuándo la ha cerrado -usted?</p> - -<p>—No era necesario que toda la casa -nos oyese. En el estado en que usted se -encuentra, ¿para qué quería buscar a su -hermano? ¿Quiere usted causar su perdición? -La conducta de usted le pondrá -furioso, y él mismo irá a denunciarse. Sepa -usted también que se le vigila, y que -la menor imprudencia por parte de usted -le será funesta. Espere un poco. Le he -visto, le he hablado hace un momento; -todavía puede salvarse. Siéntese, vamos -a examinar juntos lo que hay que hacer; -para eso la he invitado a venir a mi casa; -pero siéntese usted.</p> - -<p>Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó -asiento cerca de ella.</p> - -<p>—¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso -eso es posible?</p> - -<p>—Todo depende de usted—comenzó a -decir en voz baja.</p> - -<p>Brillábanle los ojos, y su emoción era -tal, que no podía hablar.</p> - -<p>Dunia, aterrada, retiró un tanto su -silla.</p> - -<p>—Una sola palabra de usted y se salva—continuó -él todo tembloroso—. Yo, yo -le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré -partir inmediatamente para el extranjero; -le proporcionaré un pasaporte. Buscaré -dos: uno para él y otro para mí. Tengo -amigos con cuya fidelidad e inteligencia -puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré -un pasaporte para usted y para su -madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... -Mi amor vale tanto como el -suyo. La amo a usted con toda mi alma... -déjeme besar el borde de su vestido... se -lo ruego. El ruido que hace su falda me -vuelve loco. Mande usted; ejecutaré todas -sus órdenes, cualesquiera que sean; -haré lo imposible; las creencias de usted -serán las mías. ¡Oh, no me mire usted de -ese modo, que me mata!</p> - -<p>Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho -que tenía un ataque de enajenación mental. -Dunia dió un salto hacia la puerta y -empezó a sacudirla con todas sus fuerzas.</p> - -<p>—¡Abrid, abrid!—gritó, creyendo que -la oirían fuera—. ¡Abrid! ¿No hay nadie -en esta casa?</p> - -<p>Svidrigailoff se levantó; había recobrado -ya en parte su sangre fría, y una -sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.</p> - -<p>—No hay nadie aquí—dijo lentamente—. -La patrona ha salido y usted se -equivoca al gritar de ese modo; se toma -usted un trabajo inútil.</p> - -<p>—¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta -en seguida, en seguida, infame!</p> - -<p>—La he perdido y no puedo encontrarla.</p> - -<p>—¿De modo que esto era un lazo?—gritó -Dunia pálida como una muerta, y se -lanzó a un rincón, en donde se parapetó -tras de una mesita.</p> - -<p>Después se calló; pero sin apartar los<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span> -ojos de su enemigo, espiando hasta sus -más pequeños movimientos. En pie, frente -a ella, en el otro extremo de la habitación, -Svidrigailoff no se movía de su sitio. -Exteriormente, por lo menos, había -logrado dominarse. No obstante, su rostro -estaba pálido y continuaba sonriendo -a la joven con aire burlón.</p> - -<p>—Ha pronunciado usted la palabra lazo, -Advocia Romanovna. En efecto, la -he preparado a usted un lazo, y mis medidas -están bien tomadas. Sofía Semenovna -no está en su casa; nos separan -cinco piezas del cuarto de los Kapernumoff. -Además, soy, cuando menos, dos -veces más fuerte que usted, e independientemente -de esto nada tengo que temer, -porque si usted se querella contra -mí, su hermano está perdido. Por otra -parte, nadie la creerá; todas las apariencias -arguyen contra una joven que va sola -a la caja de un hombre; y aunque usted -se decidiese a sacrificar a su hermano, -nada podría usted probar; son muy difíciles -las pruebas de una violación, Advocia -Romanovna.</p> - -<p>—¡Miserable!—dijo la joven en voz baja -pero vibrante de indignación.</p> - -<p>—Sí, miserable; pero advierta usted -que yo he razonado sencillamente desde -el punto de vista de su hipótesis. Personalmente -opino como usted, que la violación -es un delito abominable; cuanto -he dicho ha sido para tranquilizar la conciencia -de usted en el caso en que consintiese, -de buen grado, en salvar a su -hermano como yo se lo he propuesto. -Podrá usted decirse a sí misma que no -ha cedido más que a las circunstancias, -a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra. -Piense que la suerte de su madre y -de su hermano está en sus manos. Seré -esclavo de usted durante toda mi vida. -Voy a esperar aquí.</p> - -<p>Se sentó en el diván a ocho pasos de -Dunia. La joven conocía muy bien a Svidrigailoff; -no tenía la menor duda de que -era inquebrantable su resolución.</p> - -<p>De repente sacó del bolsillo un revólver, -lo montó y lo colocó sobre la mesa, -al alcance de su mano.</p> - -<p>Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa -e hizo un brusco movimiento hacia -adelante.</p> - -<p>—¿Esas tenemos?—dijo con maligna -sonrisa—. La situación cambia por completo; -usted me simplifica singularmente -la tarea; pero, ¿dónde se ha procurado -usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a -usted Razumikin? ¡Calle, si es el mío, lo -reconozco! Lo había buscado en vano... -Las lecciones de tiro que yo tuve el honor -de darle en el campo, no habrán sido inútiles.</p> - -<p>—Ese revólver no era tuyo, sino de -Marfa Petrovna, a quien has matado tú. -¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! -Yo me apoderé de él cuando comencé a -sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das -un solo paso, te juro que te mato!</p> - -<p>Dunia, exasperada, se disponía a poner -en práctica su amenaza, si llegaba el caso.</p> - -<p>—Bueno, ¿y su hermano de usted? Le -hago este pregunta por simple curiosidad—dijo -Svidrigailoff, que continuaba en -pie en el mismo sitio.</p> - -<p>—Denúnciale si quieres. No te acerques, -o disparo. Has envenenado a tu -mujer, lo sé; tú también eres un asesino.</p> - -<p>—¿Está usted bien segura de que yo -he envenenado a Marfa Petrovna?</p> - -<p>—Sí, tú mismo me lo diste a entender; -tú me hablaste de veneno... Sé que te lo -procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, -infame.</p> - -<p>—Aun cuando eso fuese cierto, lo habría -hecho por ti... tú habrías sido la -causa.</p> - -<p>—¡Mientes; yo te he detestado siempre, -siempre!</p> - -<p>—Parece que ha olvidado usted, Advocia -Romanovna, que en su celo por convertirme -se inclinaba hacia mí con lánguidas -miradas... yo leía en los ojos de usted, -¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor -de la luna, mientras cantaba el -ruiseñor.</p> - -<p>—¡Mientes! (la rabia hacía brillar las -pupilas de Dunia). ¡Mientes, calumniador!</p> - -<p>—¿Que miento? Está bien. Miento; he -mentido; las mujeres no gustan que se les -recuerden ciertas cosillas—repuso sonriendo—. -¡Sé que tirarás, precioso monstruo; -pues bien, anda!</p> - -<p>Dunia le apuntó, no esperando más -que un movimiento de él para hacer fuego; -el rostro de la joven estaba cubierto<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -de mortal palidez. Agitábasele el labio -inferior, movido por la cólera, y llameábanle -sus grandes y negros ojos. ¡Jamás -la había visto tan hermosa Svidrigailoff! -Este avanzó un paso, sonó una detonación, -la bala le pasó rozando los cabellos, -y fué a incrustarse en la pared, detrás de -él. Svidrigailoff se detuvo.</p> - -<p>—Una picadura de abeja—dijo riéndose—. -Apunta a la cabeza... ¿Qué es -esto? Tengo sangre.</p> - -<p>Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse -la sangre que le corría a lo largo -de la sien derecha. La bala le había rozado -la piel del cráneo. Dunia bajó el arma -y miró a Svidrigailoff con una especie -de estupor. Parecía no darse cuenta de lo -que acababa de hacer.</p> - -<p>—Pues bien; ha errado usted el tiro. -Dispare otra vez; espero—prosiguió Svidrigailoff, -cuya alegría tenía algo de siniestro—; -si tarda usted en disparar, tendré -tiempo de agarrarla antes de que pueda -usted defenderse.</p> - -<p>Temblorosa Dunia, armó rápidamente -el revólver y amenazó de nuevo a su perseguidor.</p> - -<p>—¡Déjeme usted!—dijo con desesperación—; -¡le juro que voy a disparar otra -vez! ¡Le mataré!</p> - -<p>—A tres pasos, en efecto, es imposible -que usted no haga blanco; pero si no me -mata, entonces...</p> - -<p>En los brillantes ojos de Svidrigailoff se -podía leer el resto de su pensamiento. Dió -dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: -pero falló el tiro.</p> - -<p>—No está bien cargada el arma, no importa, -eso puede repararse. Tiene ésta -aún una cápsula; espero.</p> - -<p>En pie, a dos pasos de la joven fijaba -en ella una mirada ardiente, que expresaba -indomable resolución. Dunia comprendió -que aquel hombre moriría antes que -renunciar a su designio.</p> - -<p>Sin duda le mataría ahora que estaba -solamente a dos pasos de ella.</p> - -<p>De repente la joven tiró el revólver.</p> - -<p>—¡No quiere usted tirar!—dijo Svidrigailoff -asombrado, y respiró libremente.</p> - -<p>No era quizá el temor de la muerte el -peso más grave de que sentía aliviada su -alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse -a sí mismo la naturaleza del alivio -que experimentó.</p> - -<p>Se acercó a Dunia y la tomó suavemente -por el talle. No resistió la joven; pero, -toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. -Quiso hablar él; pero no pudo proferir -ningún sonido.</p> - -<p>—¡Suéltame!—suplicó Dunia.</p> - -<p>Al oírse tutear con una voz que no era -la de antes, Svidrigailoff se echó a temblar.</p> - -<p>—¿De modo que no me amas?—preguntó -en voz baja.</p> - -<p>Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.</p> - -<p>—¿Y no podrás amarme... nunca...?—continuó -él con acento desesperado.</p> - -<p>—¡Nunca!—murmuró la joven.</p> - -<p>Durante pocos instantes se libró una -lucha terrible en el alma de Svidrigailoff. -Tenía fijos los ojos en la joven con una -expresión indecible. De repente apartó -el brazo que había pasado en derredor del -talle de Dunia, y alejándose rápidamente -de ésta, fué a colocarse delante de la ventana.</p> - -<p>—Ahí está la llave—dijo después de -una pausa (la sacó del bolsillo izquierdo -del gabán y la colocó detrás de él en la -mesa sin volverse hacia Dunia)—. Tómela -usted, y váyase pronto.</p> - -<p>Seguía mirando obstinadamente por -la ventana. Dunia se aproximó a la mesa -para tomar la llave.</p> - -<p>—¡Pronto, pronto!—repitió Svidrigailoff.</p> - -<p>No había cambiado de posición, no la -miraba; pero aquella palabra «pronto» había -sido pronunciada de modo tal, que su -significación no dejaba lugar a dudas.</p> - -<p>Dunia tomó la llave, dió un salto hacia -la puerta y salió rápidamente de la habitación; -un instante después corría como -loca a lo largo del canal, en la dirección -del puente***.</p> - -<p>Svidrigailoff permaneció todavía tres -minutos cerca de la ventana. Al cabo -se volvió con lentitud, dirigió una mirada -en derredor suyo, y se pasó la mano por -la frente. Sus facciones, desfiguradas por -una extraña sonrisa, expresaban tremenda -desesperación. Al advertir que tenía -sangre en la mano, la miró con cólera,<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span> -y luego mojó un paño y se lavó la herida. -El revólver arrojado por Dunia había rodado -hasta la puerta. Svidrigailoff lo levantó -y se puso a examinarlo. Era un revólver -pequeño de tres tiros, de antiguo -sistema. Tenía aún dos cápsulas vacías -y una cargada. Después de un momento -de reflexión, guardó el arma en el bolsillo, -tomó el sombrero y salió.</p> - - -<div class="chapter"><h3>V.</h3></div> - -<p>Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch -Svidrigailoff estuvo recorriendo -tabernas y <i>traktirs</i>. Habiendo encontrado -a Katia le pagó las consumaciones que -quiso tomar, y lo mismo al organillero, -a los mozos y a dos dependientes de comercio -con los cuales tenía extraña simpatía. -Había notado que estos dos jóvenes -tenían la nariz ladeada, y que la de -uno miraba a la derecha y la del otro a la -izquierda. Finalmente se dejó llevar por -ellos a un «jardín de recreo», donde pagó -la entrada a todos. Este establecimiento, -que ostentaba pomposamente el nombre -de Waus-Hall, era un café cantante de -ínfima clase. Los dependientes encontraron -allí algunos «colegas» y empezaron a -reñir con ellos; poco faltó para que vinieran -a las manos. Svidrigailoff fué elegido -como árbitro. Después de haber escuchado, -durante un cuarto de hora, las -recriminaciones confusas de los contendientes, -creyó comprender que uno de -ellos había robado una cosa, que había -vendido a un judío, pero sin querer dar -parte a sus camaradas del producto de -aquella operación <i>comercial</i>. Por último, -se averiguó que el objeto robado era una -cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. -La cuchara fué reconocida por los -mozos del establecimiento, y la cosa hubiera -acabado mal si Svidrigailoff no hubiera -indemnizado a los que se quejaban. -Se levantó y salió del jardín. Eran las -diez. Durante toda la noche no había bebido -ni una gota de vino. En el Waus-Hall -se había limitado a pedir te, y eso -porque allí estaba obligado a hacerse servir -alguna cosa. La temperatura era sofocante, -y negras nubes se amontonaban -en el cielo. Próximamente a las diez estalló -una violenta tempestad. Svidrigailoff -llegó a su casa empapado hasta los huesos. -Se encerró en su cuarto, abrió el cajón de -su cómoda, sacó de él todo el dinero y -desgarró dos o tres papeles. Después de -haberse guardado el dinero pensó en mudarse -de ropa; pero, como continuaba lloviendo, -juzgó que no valía la pena; tomó -el sombrero, salió sin cerrar la puerta de -su habitación, y se dirigió al domicilio -de Sonia.</p> - -<p>La joven no estaba sola; tenía en derredor -suyo los cuatro niños de Kapernumoff, -a quienes servía el te. Sonia acogió -respetuosamente al visitante, miró con -sorpresa sus vestidos mojados, pero no -dijo una palabra. A la vista de un extraño -todos los chiquillos huyeron asustados.</p> - -<p>Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e -invitó a Sonia a que se sentase cerca de -él. La joven se preparó tímidamente a -escucharlo.</p> - -<p>—Sofía Semenovna—empezó a decir—, -quizá me vaya a América, y, como según -todas las probabilidades, nos vemos por -última vez, he venido a fin de arreglar -algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde -a casa de esa señora? Sé lo que le ha -dicho usted; es inútil que me lo cuente -(Sofía Semenovna hizo un movimiento -de cabeza y se ruborizó). Esa gente tiene -ciertos prejuicios. Por lo que hace a -las hermanas de usted y a su hermano, -su suerte está asegurada. El dinero que -destinaba yo a cada uno de ellos, ha sido -depositado por mí en manos seguras. -Aquí tiene usted los recibos. Ahora, para -usted, tome estos tres títulos del 5 por 100 -que representan una suma de 3.000 rublos. -Deseo que esto quede entre nosotros -y que nadie sepa nada de ello. El dinero -le es necesario, Sofía Semenovna, porque -no puede usted continuar viviendo de -este modo.</p> - -<p>—Ha tenido usted tantas bondades -con los huérfanos, con la difunta y conmigo—balbuceó -Sonia—, que aunque -apenas le haya dado a usted las gracias -no crea usted que...</p> - -<p>—Bueno, basta; basta...</p> - -<p>—En cuanto a este dinero, Arcadio -Ivanovitch, yo se lo agradezco mucho, -pero no lo necesito ahora. No teniendo -que pensar más que en mí, podré ir sa<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>liendo; -no me considere usted ingrata -porque rehuse su ofrecimiento. Puesto -que es usted tan caritativo, este dinero...</p> - -<p>—Tómelo usted, Sofía Semenovna, se -lo suplico; no me haga usted objeciones; -no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff -se encuentra entre dos alternativas: o -pegarse un tiro o ir a Siberia.</p> - -<p>Al oír estas palabras, Sonia se echó a -temblar y miró aterrada a su interlocutor.</p> - -<p>—No se inquiete usted—prosiguió Svidrigailoff—. -Lo he oído todo de sus propios -labios; no soy hablador y guardaré -el terrible secreto. Ha estado usted inspirada -aconsejándole que vaya a denunciarse. -Es el mejor partido que puede tomar. -Cuando vaya a Siberia, usted le -acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá -usted necesidad de dinero. Le hará -a usted falta para él. ¿Comprende ahora? -La cantidad que le ofrezco se la doy a él -por mediación de usted. Además, usted -ha prometido a Amalia Ivanovna pagar -lo que se le debe. ¿Por qué asume usted -siempre, tan ligeramente, semejantes -compromisos? La deudora de esa alemana -no era usted, sino Catalina Ivanovna; -ha debido usted enviar al diablo a la alemana; -es preciso más cálculo en la vida. -Si mañana, o pasado mañana, le preguntase -alguien por mí, no hable de mi visita, -ni diga a nadie que le he dado dinero. -Y, ahora, hasta la vista (se levantó). Salude -usted de mi parte a Rodión Romanovitch. -A propósito: hará usted muy bien, -por de pronto, confiando el dinero al señor -Razumikin. ¿Conoce usted al señor -Razumikin? Es un buen muchacho. Lléveselo -usted mañana o... cuando tenga -usted ocasión. Pero, de aquí a entonces, -tenga cuidado de que no se lo quiten.</p> - -<p>Sonia se había levantado y fijaba una -mirada inquieta en el visitante. Tenía -grandes deseos de decir alguna cosa, de -hacer alguna pregunta; pero estaba tan -intimidada, que no sabía por dónde empezar.</p> - -<p>—¿De modo... de modo... que va usted -a ponerse en camino con un tiempo -tan malo?</p> - -<p>—Cuando se va a América no se preocupa -uno de la lluvia. Adiós, mi querida -Sofía Semenovna; viva usted, viva usted -largo tiempo; sea usted útil a sus semejantes... -dé usted mis recuerdos al señor -Razumikin; dígale que Arcadio Ivanovitch -Svidrigailoff le saluda. No se olvide -usted.</p> - -<p>Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia -quedóse oprimida por un sentimiento de -temor.</p> - -<p>La misma noche Svidrigailoff hizo una -visita muy singular y muy inesperada. -La lluvia seguía cayendo. A las once y -veinte minutos se presentó, todo calado -en casa de los padres de su futura, que -ocupaban un cuartito en Wasili-Ostroff. -Tuvo que llamar muchas veces antes de -que le abriesen, y su llegada, a una hora -tan intempestiva, causó en el primer momento -gran sorpresa. Creyóse al principio -que aquélla sería una humorada de -hombre ebrio; pero en seguida hubieron -de desechar esta suposición, porque, cuando -se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales -por extremo seductores. La inteligente -madre acercó la butaca del padre -enfermo y entabló la conversación por -medio de diferentes preguntas. Aquella -mujer no iba nunca derecha al asunto; -quería, por ejemplo, saber cuándo le -agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch -el matrimonio, y comenzaba interrogándole -curiosamente acerca de París y sobre -la <i>high-life</i> parisiense, para conducirle -poco a poco a Wasili-Ostroff.</p> - -<p>Otras veces, esta maniobra resultaba -bastante bien; pero en las circunstancias -presentes, Svidrigailoff se mostró más -impaciente que de costumbre, y quiso ver -inmediatamente a su futura, a pesar de -que se le dijo que estaba ya acostada. -Claro es que se apresuraron a satisfacer -su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que -un negocio urgente le obligaba a ausentarse -por algún tiempo de San Petersburgo, -y que le traía 15.000 rublos, suplicándole -que aceptare aquella bagatela, que -desde largo tiempo antes había tenido -intención de regalársela en vísperas del -matrimonio. Apenas si había relación lógica -entre este regalo y el anunciado viaje; -no parecía que fuese necesaria para -ello una visita nocturna mientras llovía -torrencialmente. Sin embargo, por torpes -que pudieran ser estas explicaciones, -aquella familia se deshizo, por el contra<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>rio, -en muestras de gratitud sumamente -calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas -la madre. Svidrigailoff se levantó, -besó a su prometida, le dió suaves golpecitos -en la mejilla, y aseguró que estaría -muy pronto de vuelta. La muchacha -le miraba perpleja; se leía en sus ojos algo -más que una simple curiosidad infantil. -Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, -besó de nuevo a su futura, y se retiró, -pensando con verdadero despecho -que su regalo sería, de seguro, conservado -bajo llave por la más inteligente de las -madres.</p> - -<p>A media noche volvió a entrar en la -ciudad por el puente de***. Había cesado -la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. -Durante cerca de media hora, Svidrigailoff -anduvo por la vasta perspectiva***, -como si buscase alguna cosa. Poco tiempo -antes reparó que al lado derecho de la -perspectiva había un hotel que se llamaba, -si la memoria no le era infiel, hotel -Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un -gran edificio de madera, en el cual, a pesar -de lo avanzado de la noche, se veía -luz. Entró y pidió habitación a un criado -harapiento que encontró en el corredor. -Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, -el criado le condujo a un cuartito -situado al extremo del corredor, debajo -de la escalera; era el único disponible.</p> - -<p>—¿Hay te?—preguntó Svidrigailoff.</p> - -<p>—Puede hacerse.</p> - -<p>—¿Qué hay además?</p> - -<p>—Carne, aguardiente, entremeses.</p> - -<p>—Tráeme carne y te.</p> - -<p>—¿No quiere usted nada más?—preguntó -con algo de vacilación el camarero.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>El hombre harapiento se alejó muy -contrariado.</p> - -<p>«Esa casa debe ser alguna otra cosa -que un hotel—pensó Svidrigailoff—; pero -yo también debo tener el aspecto de un -hombre que vuelve de un café cantante y -que ha tenido una aventura en el camino. -Sin embargo, me gustaría saber qué clase -de gente viene aquí.»</p> - -<p>Encendió la vela y empezó a examinar -detenidamente la habitación. Era tan estrecha -y baja, que un hombre de la estatura -de Svidrigailoff podía apenas estar -de pie. El mobiliario se componía de una -cama muy sucia, de una mesa de madera -barnizada y de una silla. La tapicería -destrozada estaba tan polvorienta, que -con dificultad se adivinaba su primitivo -color. La escalera cortaba diagonalmente -el techo, lo que daba a esta habitación el -aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff -puso la bujía sobre la mesa, se sentó en la -cama y se quedó pensativo; pero un incesante -ruido que se oía en el cuarto inmediato, -acabó por atraer su atención. -Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar -por una hendidura del tabique.</p> - -<p>En una habitación un poco mayor que -la suya vió dos individuos, uno en pie y -otro sentado en una silla. El primero estaba -en mangas de camisa, era rojo, y -tenía el cabello rizado. Reprendía a su -compañero con voz plañidera:</p> - -<p>—Tú no tenías posición, estabas en la -última miseria, te he sacado del fango, -y depende de mí el dejarte caer otra vez -en él.</p> - -<p>El amigo a quien se dirigían estas palabras -tenía el aspecto de un hombre que -quisiese estornudar y no pudiese; de vez -en cuando fijaba una mirada estúpida en -el orador; no comprendía una palabra de -lo que se le decía; quizá tampoco la entendía -el que hablaba. Sobre la mesa en -que la bujía estaba a punto de consumirse, -había un jarro de aguardiente casi vacío, -vasos de diversos tamaños, pan, cohombros -y servicio de te. Después de haber -contemplado atentamente este cuadro, -Svidrigailoff dejó su observatorio y -volvió a sentarse en la cama.</p> - -<p>Al traer el te y la carne, el mozo no pudo -menos de preguntar de nuevo «si el -señor quería otra cosa». Al oír una respuesta -negativa, se retiró definitivamente. -Svidrigailoff se apresuró a beber una -taza de te para entonarse; pero le fué imposible -comer. La fiebre, que comenzaba -a invadirle, le había quitado el apetito. -Despojóse del gabán y el saco, se envolvió -en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.</p> - -<p>«Mejor sería, por esta vez, estar bien»—se -dijo sonriendo.</p> - -<p>La atmósfera era sofocante. La vela -alumbraba débilmente. El viento zumbaba -fuera, se oía el ruido de un ratón y<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span> -llenaba todo el cuarto olor de ratones -y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff -soñaba más bien que pensaba. Sus -ideas se sucedían confusamente, y hubiera -querido fijar en algo su imaginación.</p> - -<p>«Debe de haber un jardín bajo la ventana; -se percibe rumor de hojas y de ramas -de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido -por la noche en medio de la tempestad -y de las tinieblas!»</p> - -<p>Se acordó de que un momento antes, al -pasar junto al parque Petrovsky, había -experimentado la misma penosa impresión. -En seguida pensó en el pequeño -Neva, y se estremeció del mismo modo -que antes, cuando, de pie sobre el puente, -contemplaba el río.</p> - -<p>«En mi vida me ha gustado el agua, ni -aun en los paisajes»—pensó, y de repente -una idea extraña le hizo sonreír.</p> - -<p>«Me parece que ahora debería burlarme -de la estética de las comodidades. Sin -embargo, heme aquí tan vacilante como -el animal que en parecido caso tiene cuidado -de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido -hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad -es que he tenido miedo al frío y a la obscuridad... -¡Je, je! Necesito sensaciones -agradables... Pero, ¿por qué no apagar la -bujía? (la sopló). Mis vecinos están -acostados»—añadió al no ver luz por la -hendidura del tabique... Poco a poco se -irguió ante su imaginación la figura de -Dunia, y súbito temblor agitó sus nervios -al recuerdo de la entrevista que pocas -horas antes había tenido con la joven.</p> - -<p>«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, -yo no he odiado jamás a nadie; jamás -tampoco he experimentado vivos -deseos de vengarme... esto es mal signo, -mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, -ni violento; he aquí otro mal -signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace -poco! ¡Quién sabe adónde habría llegado!»</p> - -<p>Se calló y apretó los dientes. Su imaginación -le mostró a Dunia tal como la había -visto, cuando, después de haber dejado -el revólver incapaz en adelante de -resistencia, fijaba sobre él una mirada -de espanto. Acordóse de la piedad que -había sentido en aquel momento, y de lo -oprimido que tenía el corazón.</p> - -<p>«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No -pensemos más en tal cosa!»</p> - -<p>Iba ya a adormecerse; su temblor febril -había cesado. De pronto le pareció -que por debajo de la colcha corría alguna -cosa a lo largo del brazo y de la pierna. -Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda -un ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» -Por temor al frío no quería destaparse -ni levantarse; pero, de repente, un -contacto desagradable le rozó el pie. Arrojó -la colcha, encendió la vela, y temblando -se incorporó en el lecho y no vió nada. -Sacudió la colcha y saltó un ratón sobre -la sábana. Trató en seguida de pillarlo, -pero sin salir del lecho; el animalito describía -zigzags rapidísimos y se deslizaba -por entre los dedos que querían apresarlo. -Finalmente, el ratón se metió debajo -de la almohada. Svidrigailoff arrojó -al suelo la almohada; pero en el mismo -instante sintió que alguna cosa había saltado -sobre él y que se le paseaba sobre -el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor -nervioso se apoderó de él y se despabiló. -La obscuridad era completa en la -habitación; el seguía echado en la cama, -envuelto en la colcha; el viento continuaba -silbando en el exterior.</p> - -<p>«Esto es insoportable»—se dijo con -cólera.</p> - -<p>Se sentó en el borde del lecho; con la espalda -vuelta hacia la ventana.</p> - -<p>«Más vale no dormir»—se dijo.</p> - -<p>Por la reja entraba un aire húmedo y -frío. Svidrigailoff, sin moverse de su sitio, -atrajo hacia sí la colcha y se envolvió -en ella. No encendió la luz; no pensaba ni -quería pensar en nada; pero sueños e -ideas incoherentes atravesaban confusos -su cerebro. Estaba como sumido en semi-sueño. -¿Era aquello efecto del frío, de las -tinieblas, o del viento que agitaba los -árboles? Lo cierto es que estos desvaríos -tomaban un aspecto fantástico. Le parecía -estar viendo un riente paisaje. Era -el día de la Trinidad, y hacía un tiempo -soberbio... En medio de floridos arriates -aparecía una elegante quinta de gusto -inglés; plantas trepadoras tapizaban el -vestíbulo; a los lados de la escalera, cubierta -de una rica alfombra se erguían -dos jarrones chinescos que contenían flo<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>res -exóticas. En las ventanas había vasos -medio llenos de agua en que hundían sus -tallos ramilletes de jacintos blancos, que -se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. -Aquellos ramilletes atraían -particularmente la atención de Svidrigailoff, -tanto, que no hubiera querido -alejarse de ellos; sin embargo, subió la -escalera y entró en una sala grande y alta; -allí, como en las ventanas, como cerca -de la puerta que daba a la terraza, y en -a terraza misma, había flores; por todas -partes flores. El pavimento estaba cubierto -de hierbas recientemente segadas -y que exhalaban suave olor; por las ventanas -abiertas penetraba en la habitación -una brisa deliciosa, y los pájaros -gorjeaban en los alféizares; pero en medio -de la sala, sobre una mesa cubierta con -un mantel de raso blanco, estaba colocado -un féretro. Le rodeaban guirnaldas -de flores, y el interior estaba forrado -de seda de Nápoles y de encajes blancos; -en aquel ataúd reposaba, sobre un lecho -de flores, una jovencita vestida de blanco. -Tenía los ojos cerrados, y cruzados sobre -el pecho los brazos, que parecían los de -una estatua de mármol. Sus cabellos, de -color rubio claro, estaban despeinados y -húmedos; ceñíale la cabeza una corona -de rosas. El perfil severo y ya rígido del -rostro parecía también de mármol; pero -la sonrisa de sus labios pálidos expresaba -tan amarga tristeza, una desolación tan -grande, que no parecía propia de su edad. -Svidrigailoff conocía a aquella jovencita; -cerca de su ataúd no había imágenes, ni -cirios encendidos, ni oraciones. La difunta -era una suicida; a los catorce años tenía -el corazón herido por un ultraje que -había destrozado su conciencia infantil, -llenado su alma de una inmerecida vergüenza -y arrancado de su pecho un grito -supremo de desesperación, grito ahogado -por los mugidos del viento en medio de -una húmeda y fría noche de deshielo.</p> - -<p>Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y -se aproximó a la ventana. Después de -haber buscado a tientas la falleba, abrió -los cristales, exponiendo la cara y el cuerpo, -apenas protegido por la camisa, al -rigor del viento glacial que penetraba en -la estrecha habitación. Bajo la ventana -debía haber, en efecto, un jardín de recreo; -allí, sin duda, durante el día, se cantaban -canciones y se servía te en mesitas; -pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, -y los objetos se ofrecían como -manchas negras y apenas distintas. Durante -cinco minutos, Svidrigailoff, apoyado -de codos en la ventana, trataba de -horadar la obscuridad con la mirada. En -el silencio de la noche retumbaron dos -cañonazos.</p> - -<p>«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!—pensó—. -Esta madrugada los barrios bajos -de la ciudad van a inundarse; las ratas -se ahogarán en las cuevas; los inquilinos -de los pisos bajos, chorreando de -agua y renegando, tratarán, en medio de -la lluvia y del viento, de salvar sus cachivaches, -transportándolos a los pisos superiores... -pero, ¿qué hora es?»</p> - -<p>En el momento mismo que se hacía -esta pregunta, un reloj vecino dió tres -campanadas.</p> - -<p>«Dentro de una hora será de día. ¿Para -qué esperar? Voy a salir en seguida y a -dirigirme a la isla Petrovsky.»</p> - -<p>Cerró la ventana, encendió la vela y se -vistió; luego, con el candelero en la mano, -salió de la habitación para ir a despertar -al mozo, pagar la cuenta y dejar en seguida -la posada.</p> - -<p>«Es éste el momento más favorable; no -se puede esperar otro mejor.»</p> - -<p>Anduvo mucho tiempo por el corredor -largo y estrecho; y como no encontrara -a nadie, se puso a llamar en alta voz. De -repente, en un rincón sombrío, entre un -armario viejo y una puerta, descubrió un -objeto extraño, una cosa que parecía viviente. -Inclinándose con la luz, reconoció -que aquello era una niña de cinco años; -temblaba y lloraba. Su ropita estaba empapada -como una esponja. La presencia -de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero -fijó en él los ojos con expresión de insensata -sorpresa. Sollozaba a intervalos como -suelen hacerlo los niños que, después -de haber estado llorando largo rato, comienzan -a consolarse. Su rostro era pálido -y demacrado; estaba transida de -frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba -allí?» Sin duda se había ocultado -en aquel rincón y no había dormido en -toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. -Animándose de pronto la ni<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>ña, -comenzó, con voz infantil y tartajosa, -un relato interminable, repitiendo a cada -instante «mamá» «jícara rota». Creyó comprender -Svidrigailoff que era aquélla una -niña poco amada. Su madre, probablemente -una cocinera del hotel, se entregaba, -sin duda, a la bebida. La niña había -roto una jícara, y temiendo el castigo había -huído la noche del día anterior, en -medio de la lluvia. Después de haber estado -mucho tiempo fuera, habría acabado -por entrar furtivamente, ocultándose -detrás del armario, pasando allí -toda la noche, temblorosa, llorando, asustada -de hallarse en la obscuridad, y más -asustada aún ante el temor de que sería -cruelmente maltratada, tanto por la jícara -rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff -la tomó en sus brazos, y habiéndola -depositado en la cama se puso a -desnudarla. La niña no llevaba medias y -tenía agujereados los zapatos, tan húmedos -como si hubiesen estado metidos -toda la noche en un charco. Después la -desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado -en la colcha. La pequeñuela se durmió -en seguida, y después que todo hubo -terminado, Svidrigailoff volvió a caer -otra vez en sus pensamientos sombríos.</p> - -<p>«¿Qué me importa a mí eso?—se dijo -con un movimiento de cólera—.¡Qué tontería!»</p> - -<p>En su irritación tomó la vela y buscó -al mozo para dejar cuanto antes el hotel.</p> - -<p>«¡Bah! ¡una granujilla!»—dijo, lanzando -una blasfemia en el instante en que la -puerta se abría; pero se volvió para echar -una última mirada sobre la niña, a fin de -asegurarse que dormía y cómo dormía. -Levantó con precaución la colcha que -ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía -con un sueño profundo; había entrado en -calor y sus pálidas mejillas se habían coloreado. -Sin embargo, cosa extraña: el -encarnado de su tez era mucho más vivo -que el que se advierte en el estado normal -de los niños.</p> - -<p>«Es el color de la fiebre—pensó Svidrigailoff—. -Cualquiera diría que ha bebido.»</p> - -<p>Sus labios purpurinos parecían arder -de repente; el hombre creyó advertir que -se movían algo las largas pestañas negras -de la pequeña durmiente; bajo los párpados -medio cerrados se adivinaban unas -pupilas maliciosas, cínicas, en modo alguno -infantiles.</p> - -<p>«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá -dormir?»</p> - -<p>En efecto, sus labios sonreían, y temblaban -como cuando se hacen esfuerzos -para no reír, pero he aquí que cesa de -contenerse y prorrumpe en una carcajada; -algo desvergonzado, provocativo, -aparece en aquel rostro que no tiene ya -nada de infantil; es la cara de una prostituta, -de una <i>cocotte</i> francesa. Los ojos -de la niña se abren; envuelven a Svidrigailoff -en una mirada lasciva y apasionada; -le llaman y ríen... Nada más repugnante -que aquella cara de niña cuyas facciones -respiraban lujuria.</p> - -<p>«¡Cómo! ¿a los cinco años?—murmuraba, -preso de un verdadero espanto—. -¿Es posible?»</p> - -<p>Pero he aquí que vuelve hacia él la -cara inflamada, le tiende los brazos.</p> - -<p>«¡Ah, maldita!»—exclamó con horror -Svidrigailoff.</p> - -<p>Levanta la mano sobre ella, y en el mismo -instante se despierta.</p> - -<p>Se encontró acostado en la cama, envuelto -en la manta; la vela no estaba encendida; -amanecía.</p> - -<p>«He tenido una pesadilla.»</p> - -<p>Al incorporarse advirtió con cólera -que estaba cansado y quebrantado. Eran -cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido -demasiado rato. Se levantó; se puso -la ropa, húmeda todavía, y notando -que tenía el revólver en el bolsillo, lo sacó -para asegurarse de si las cápsulas estaban -bien colocadas. Después se sentó, y -en la primera página de su librito de notas -escribió algunas líneas de gruesos caracteres. -Después de haber releído lo escrito, -se apoyó de codos en la mesa y se -absorbió en sus reflexiones. Las moscas -se regalaban con la porción de carne que -había quedado intacta. Las miró durante -largo tiempo y se puso después a darles -caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, -y recobrando de repente la conciencia -de sus actos, salió apresurado de -la habitación: un instante después estaba -en la calle.</p> - -<p>Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff -caminaba en dirección del pe<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>queño -Neva. Mientras andaba por el resbaladizo -suelo de madera, veía con la -imaginación la isla Petrovsky, con sus -senderos, sus céspedes, sus árboles y sus -bosquecillos... Ni un transeunte, ni un -coche en toda la extensión de la perspectiva. -Las casitas amarillas, con las ventanas -cerradas, tenían triste y sucio aspecto. -El frío y la humedad hacían estremecer -al madrugador paseante que se -distraía leyendo casi maquinalmente las -muestras de las tiendas. Llegado al fin -del piso de madera, a la altura de la gran -casa de piedra, vió un perro muy feo -que atravesaba el arroyo apretando la -cola entre las piernas. Un hombre ebrio -yacía tendido en la acera. Svidrigailoff -miró un instante al borracho y siguió adelante. -A la izquierda se ofreció a la vista -una torre.</p> - -<p>«¡Bah!—pensó—; he aquí un buen sitio; -¿para qué ir a la isla Petrovsky? Aquí, -a lo menos, la cosa podrá ser confirmada -por un testigo.»</p> - -<p>Sonriendo ante esta idea, tomó por la -calle***.</p> - -<p>Allí se encontraba el edificio coronado -por la torre. Vió apoyado en la puerta un -hombrecillo envuelto en un capote de soldado -y con un gorro turco, quien, al notar -que se aproximaba Svidrigailoff, le -echó de reojo una mirada huraña. Su fisonomía -tenía esa expresión de arisca tristeza -que es la marca secular de todos los -israelitas. Los dos hombres se examinaron -un momento en silencio. Al fin le pareció -extraño al funcionario que un individuo -que no estaba ebrio se detuviese -así, a tres pasos de él, y le mirase sin decir -una palabra.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted?—preguntó, siempre -arrimado a la puerta.</p> - -<p>—Nada, amigo mío; ¡buenos días!—respondió -Svidrigailoff.</p> - -<p>—Siga usted su camino.</p> - -<p>—Voy al extranjero.</p> - -<p>—¿Cómo al extranjero?</p> - -<p>—A América.</p> - -<p>—¿A América?</p> - -<p>Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. -El soldado arqueó las cejas.</p> - -<p>—¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse -con bromas.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—Porque éste no es sitio.</p> - -<p>—No importa, amigo mío; el lugar es -a propósito. Si te preguntan, di que me -he ido a América.</p> - -<p>Apoyó el cañón del revólver sobre la -sien derecha.</p> - -<p>—¡Aquí no se puede hacer eso!—replicó -el soldado abriendo desmesuradamente -los ojos.</p> - -<p>Svidrigailoff oprimió el gatillo.</p> - - -<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div> - -<p>Aquel mismo día, entre seis y siete de -la tarde, Raskolnikoff se dirigió a casa de -su madre y de su hermana. Las dos mujeres -habitaban ahora en casa Bakalaieff, -en el cuarto de que les había hablado Razumikin. -Al subir la escalera, Raskolnikoff -parecía vacilar aún. Sin embargo, -por nada del mundo se hubiera vuelto -atrás. Estaba resuelto a hacer aquella -visita. «Todavía no saben nada—pensó—y -están acostumbradas a ver en mí un ser -original.»</p> - -<p>Tenía el vestido manchado de lodo y -desgarrado; de otra parte, la fatiga física, -juntamente con la lucha que se libraba -en él desde hacía veinticuatro horas, -le había puesto la cara casi desconocida. -El joven había pasado la noche en vela. -Dios sabe dónde; pero, por lo menos, -su partido estaba tomado.</p> - -<p>Llamó a la puerta, y su madre salió a -abrir. Dunia había salido, y la criada no -estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria -Alexandrovna se quedó muda de -sorpresa y de alegría; después, tomando a -su hijo por la mano, le llevó a la sala.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Estás aquí?—dijo con voz -temblorosa a causa de la emoción—. No -te incomodes, Rodia, porque te recibo -llorando. Es la felicidad la que me hace -verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? -No; estoy alegre, ya lo ves, me río, sólo -que tengo la tonta costumbre de llorar. -Desde la muerte de tu padre, lloro por -cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!</p> - -<p>—¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!—comenzó -a decir Raskolnikoff.</p> - -<p>—Deja eso—interrumpió vivamente -Pulkeria Alexandrovna—. ¿Piensas que -iba a preguntarte con curiosidad de an<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>ciana? -Puedes estar tranquilo; lo comprendo -todo; pues ahora estoy algo iniciada -en las costumbres de San Petersburgo -y, verdaderamente, veo que aquí -la gente tiene más inteligencia que en -nuestras ciudades. Me he dicho, una vez -para todas, que no debo mezclarme en tus -negocios ni pedirte cuentas; mientras -tienes tú quizás el espíritu preocupado -sabe Dios en qué pensamientos, ¿habría -de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... -¡Ah, Dios mío!... ¿Ves, Rodia? -Ahora estaba preparándome a leer, por -tercera vez, el artículo que has publicado -en una Revista. Demetrio Prokofitch me -lo ha traído. Ha sido para mí una verdadera -revelación; desde el primer momento -lo he comprendido todo y he reconocido -lo tonta que he sido. «He aquí lo que le -preocupa, me he dicho; da vueltas en su -cabeza a ideas nuevas y no gusta que se -le aparte de sus reflexiones; todos los -grandes talentos son así.» A pesar de la -atención con que yo lo leo, hay en tu artículo, -hijo mío, muchas cosas que no -entiendo; pero, como soy ignorante, no -me asombra el no comprenderlo todo.</p> - -<p>—Enséñamelo, mamá.</p> - -<p>Raskolnikoff tomó el número de la Revista, -y echó una rápida ojeada sobre su -artículo. Todo autor experimenta siempre -un vivo placer al verse impreso por -la primera vez, sobre todo cuando no tiene -más que veintitrés años. Aunque presa -de las más crueles angustias, nuestro héroe -no pudo substraerse a esta impresión; -pero sólo le duró un instante. Después de -haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo -y sintió que le oprimía el corazón -terrible sufrimiento. Esta lectura le trajo -de repente a la memoria todas las agitaciones -morales de los últimos meses; así -es que arrojó con violenta repulsión el periódico -sobre la mesa.</p> - -<p>—Pero, por tonta que yo sea, Rodia—siguió -la madre—, puedo, sin embargo, -juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás -uno de los primeros puestos, si no el -primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se -han atrevido a suponer que estabas loco! -¡Ah! ¿No sabes que se les había ocurrido -esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo -podrían comprender qué es la inteligencia? -¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, -sí, la misma Dunia no estaba muy -distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace -seis o siete días, Rodia, me acongojaba -ver cómo estabas instalado, vestido, alimentado; -pero ahora reconozco que esto -era una tontería mía; en cuanto tú quieras, -con tu ingenio y tu talento, llegarás -al colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, -no tratas de eso, sino que te ocupas -en cosas más importantes...</p> - -<p>—¿Dunia no está aquí, mamá?</p> - -<p>—No, hijo; sale con mucha frecuencia -y me deja sola. Demetrio Prokofitch tiene -la bondad de venir a verme y me habla -siempre de ti. Te ama y te estima, hijo -mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo -de las pocas consideraciones que me -guarda; tiene su carácter, como yo tengo -el mío. Le agrada que ignore sus cosas; -allá ella. Yo, en cambio, no tengo nada -oculto para mis hijos. Persuadida estoy -de que Dunia es muy inteligente y de que, -además, nos tiene mucho cariño a ti y a -mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. -Siento que no pueda aprovecharse de la -visita que me haces. Cuando vuelva le -diré: «Durante tu ausencia ha venido tu -hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» -Tú, Rodia, no me mimes demasiado; ven -aquí como puedas, sin desatender tus -negocios; no eres libre; no te molestes; -tendré paciencia; me contentaré con saber -que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar -de ti en todas partes, y de vez en -cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo -desear? Ya veo que hoy has venido a -consolar a tu madre.</p> - -<p>Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar -bruscamente.</p> - -<p>—¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy -loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso nada!—gritó -levantándose de pronto—. Hay café, -y no te he ofrecido una taza. ¿Ves qué -grande es el egoísmo de los viejos? Voy -en seguida...</p> - -<p>—No vale la pena, mamá; voy a irme; -no he venido para eso; escúchame, te lo -suplico.</p> - -<p>Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente -a su hijo.</p> - -<p>—Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo -que oigas de mí, ¿me amarás como ahora?—preguntó -de repente.</p> - -<p>Estas palabras brotaron espontáneas<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span> -del fondo de su corazón, aun antes que -hubiera tenido tiempo de medir su alcance.</p> - -<p>—¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo -puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién se -atreverá jamás a hablarme mal de ti? -Si alguien se permitiese semejante cosa, -me negaría a oírle y le arrojaría de mi -presencia.</p> - -<p>—El objeto de mi visita era asegurarte -que te he querido siempre, y ahora me -alegro mucho de que estemos tú y yo solos, -y aun de que no esté aquí Dunia—prosiguió -con el mismo ímpetu—; quizá -seas desgraciada; has de saber que tu hijo -te ama ahora más que a sí mismo y que -te equivocarías si pusieses en duda mi -ternura. Jamás cesaré de quererte... ¡Ea, -basta! He creído que debía, ante todo, -darte esa seguridad.</p> - -<p>Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, -le estrechó contra su pecho y lloró silenciosamente.</p> - -<p>—No sé lo que te pasa, Rodia—dijo—. -Hasta ahora, yo había creído sencillamente -que nuestra presencia te fastidiaba; -mas en este momento me doy cuenta -de que te amenaza una gran desgracia y -que vives en la intranquilidad. Ya lo -sospechaba, Rodia. Perdóname que te -hable de esto; pienso en ello constantemente, -hasta cuando duermo. La noche -pasada, tu hermana deliraba y repetía -constantemente tu nombre. He oído algunas -palabras; pero no he entendido -nada. Desde esta mañana hasta el momento -de tu visita, he estado como el -reo que espera la ejecución; tenía no sé -qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A -dónde vas? Estás a punto de partir, -¿no es verdad?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Lo había adivinado. Pero, si tienes -que partir, yo puedo ir contigo. Dunia nos -acompañará; te quiere mucho. Si es menester, -llevaremos también a Sofía Semenovna. -Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla -por hija. Demetrio Prokofitch nos -ayudará en nuestros preparativos para -el viaje... Pero... ¿a dónde vas?</p> - -<p>—Adiós, mamá.</p> - -<p>—¡Cómo! ¿hoy mismo?—exclamó, como -si se tratase de una separación eterna.</p> - -<p>—No puedo quedarme. Es absolutamente -preciso que te deje.</p> - -<p>—¿Y no puedo ir contigo?...</p> - -<p>—No; pero ponte de rodillas y ruega a -Dios por mí; Dios oirá acaso tu plegaria.</p> - -<p>—¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. -¡Oh Dios mío!</p> - -<p>Sí, estaba contento de que su hermana -no asistiese a aquella entrevista. Para -desahogar su ternura, tenía necesidad de -estar a solas, y un testigo cualquiera, aunque -hubiera sido Dunia, hubiese estorbado. -Cayó a los pies de su madre y los -besó. Pulkeria Alexandrovna y su hijo -se abrazaron llorando; la madre no hizo -ninguna pregunta; había comprendido -que el joven atravesaba una crisis terrible -y que su suerte iba a decidirse en seguida.</p> - -<p>—¡Rodia, mi querido primogénito!—dijo -la madre sollozando—; hete ahora -como eras en tu infancia; de ese modo venías -a hacerme caricias y a darme besos. -En otro tiempo, cuando tu padre vivía, -no teníamos, en medio de nuestra desgracia, -otro consuelo que tu presencia, y después -que hubo muerto, ¡cuántas veces tú -y yo hemos llorado sobre su sepultura -abrazados como ahora! Sí, si lloro desde -hace tiempo, es porque mi corazón maternal -tenía presentimientos siniestros. La -tarde en que llegamos a San Petersburgo, -desde nuestra primera entrevista, tu cara -me lo ha revelado todo; cuando te -abrí la puerta pensé, al verte, que había -llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, -Rodia?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Volverás?</p> - -<p>—Sí, volveré.</p> - -<p>—Hijo, no te enojes; no me atrevo a -preguntarte: ¿Te vas muy lejos?</p> - -<p>—Muy lejos.</p> - -<p>—¿Tendrás allí un empleo, una posición?</p> - -<p>—Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente -por mí.</p> - -<p>Raskolnikoff iba a salir; pero su madre -se agarró a él y le miró con expresión de -desesperado dolor.</p> - -<p>—¡Basta, mamá!—dijo el joven, que -ante aquella angustia desgarradora sentía -profundamente haber venido.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span></p> - -<p>—¿No partes para siempre? ¿No vas a -ponerte en camino en seguida? ¿Vendrás -mañana?</p> - -<p>—Sí, sí; adiós.</p> - -<p>Al fin logró escapar.</p> - -<p>La tarde era calurosa, aunque no sofocante. -Por la mañana, el tiempo había -aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente -a su casa. Quería acabarlo todo -antes de la puesta del sol; por el momento, -cualquier encuentro le hubiese sido -muy desagradable. Al subir a su cuarto -advirtió que Anastasia, ocupada en preparar -el te, había dejado su tarea para -mirarle con curiosidad.</p> - -<p>«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a -pesar suyo, pensó en el odioso Porfirio; -pero, cuando abrió la puerta de la habitación, -vió a Dunia. La joven, pensativa -estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba -a su hermano hacía mucho tiempo. -Raskolnikoff se detuvo en el umbral. Dunia, -estremecida, se levantó vivamente y -le miró con fijeza. En los ojos de la joven -se leía inmensa pesadumbre; una sola -mirada probó a Raskolnikoff que la joven -lo sabía todo.</p> - -<p>—¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?—le -preguntó con voz trémula.</p> - -<p>—He pasado el día esperándote en casa -de Sofía Semenovna; pensábamos verte -allí.</p> - -<p>Raskolnikoff entró en la habitación, y -se dejó caer desfallecido en una silla.</p> - -<p>—Me siento débil, Dunia; estoy muy -fatigado, y en este momento, sobre todo, -tendría necesidad de todas mis fuerzas.</p> - -<p>Fijó en su hermana una mirada de desconfianza.</p> - -<p>—¿Dónde has pasado la última noche?</p> - -<p>—No me acuerdo bien; quería tomar -un partido definitivo, y muchas veces me -he aproximado al Neva; de esto sí me -acuerdo. Mi intención era acabar así; -pero... no he podido resolverme...—dijo -en voz baja, tratando de leer en el rostro -de Dunia la impresión producida por sus -palabras.</p> - -<p>—¡Alabado sea Dios! Era precisamente -lo que temíamos Sofía Semenovna y yo. -¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios!</p> - -<p>Raskolnikoff se sonrió amargamente.</p> - -<p>—No creía en ella; pero hace un momento -he estado en casa de nuestra madre, -y nos hemos abrazado llorando; soy -incrédulo, y, sin embargo, le he pedido -que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que -sucede en este momento! Yo mismo no -sé qué pasa por mí.</p> - -<p>—¿Que has estado en casa de nuestra -madre? ¿Le has hablado?—exclamó Dunia -con espanto—. ¿Es posible que hayas -tenido valor para decirle <i>aquello</i>?</p> - -<p>—No, yo no se lo he dicho, pero sospecha -algo. Te ha oído soñar en voz alta -la última noche, y creo que ha adivinado -la mitad de ese secreto. He cometido un -error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, -Dunia. Soy un hombre bajo...</p> - -<p>—Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar -la expiación. La aceptarás, ¿verdad?</p> - -<p>—Al instante. Para huir de ese deshonor -quería ahogarme, Dunia; pero en el -momento en que iba a arrojarme al agua, -me he dicho que un hombre fuerte no debe -tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, -Dunia?</p> - -<p>—Sí, Rodia.</p> - -<p>Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con -una especie de relámpago. Se consideraba -feliz al pensar que había conservado su -orgullo.</p> - -<p>—¿Verdad que no crees que he tenido -simplemente miedo al agua?—preguntó -sonriendo con tristeza.</p> - -<p>—¡Oh, Rodia, basta!—respondió la joven, -ofendida por tal suposición.</p> - -<p>Ambos guardaron silencio durante diez -minutos. Raskolnikoff tenía los ojos bajos. -Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. -De repente el joven se levantó.</p> - -<p>—La hora avanza. Hay tiempo de partir. -Voy a entregarme; pero no sé por qué -lo hago.</p> - -<p>Por las mejillas de Dunia corrieron -gruesas lágrimas.</p> - -<p>—Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes -tenderme la mano?</p> - -<p>—¿Lo dudabas?</p> - -<p>La joven lo estrechó contra su pecho.</p> - -<p>—¿Acaso aceptando la expiación no -borras la mitad de tu crimen?—exclamó, -al tiempo que abrazaba a su hermano.</p> - -<p>—¡Mi crimen! ¿Qué crimen?—repitió -en un acceso de cólera—; ¿el de haber matado -a un gusano sucio y malo; a una vieja -perversa y perjudicial a todo el mundo; -un vampiro que chupaba la sangre a<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span> -los pobres? Tal asesinato debía servir de -indulgencia para cuarenta pecados. No -pienso en modo alguno en borrarlo, aunque -me griten por todos lados: ¡crimen! -¡crimen! Ahora que me he decidido a -afrontar voluntariamente ese deshonor, -ahora sólo es cuando el absurdo de mi cobarde -determinación se me presenta con -toda claridad. Es tan sólo por bajeza y -por impotencia por lo que me resuelvo a -este acto, a menos que no sea también -por interés, como me lo aconsejaba Porfirio.</p> - -<p>—¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? -¿No te haces cargo de que has -vertido sangre?—exclamó Dunia consternada.</p> - -<p>—¿Y qué? Todo el mundo la vierte—prosiguió -con vehemencia creciente—. -Siempre ha corrido a torrentes sobre la -tierra; las personas que la derramaron como -si fuera <i>Champagne</i> subieron en seguida -al Capitolio y fueron declarados -protectores de la humanidad. Examina -las cosas un poco más cerca para juzgarlas. -También trataba yo de hacer bien a -los hombres; centenares, millares de buenas -acciones hubiesen compensando ampliamente -aquella única tontería, o, mejor -dicho, torpeza, porque la idea no era -tan tonta como lo parece ahora. Cuando -el éxito falta, los designios mejor concertados -parecen estúpidos. Yo tan sólo -trataba de crearme, por medio de aquella -tontería, una situación independiente, -asegurar mis primeros pasos de la vida, -procurarme recursos; después hubiera -levantado el vuelo... Pero he fracasado, -y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado -mi objeto, se me hubieran dedicado -coronas; al presente no sirvo más que -para que se me arroje a los perros.</p> - -<p>—No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, -hermano mío?</p> - -<p>—Es cierto, no he procedido según las -reglas de la estética. No sé por qué ha de -ser más glorioso lanzar bombas sobre una -ciudad sitiada, que asesinar a una persona -a hachazos. El temor de la estética -es el primer signo de la impotencia. -Jamás lo he comprendido tan bien como -ahora, ni nunca he comprendido menos -cuál es mi crimen. Nunca he sido más -fuerte ni he estado más convencido que en -este momento.</p> - -<p>Su pálido y demudado rostro se había -de repente coloreado. Pero cuando acababa -de proferir esta última exclamación, -su mirada se encontró por casualidad con -la de Dunia, y ésta le miraba con tanta -tristeza, que su exaltación cayó de repente, -no pudiendo menos de pensar que en -rigor había hecho la desgracia de aquellas -dos pobres mujeres.</p> - -<p>—Dunia querida: si soy culpable, perdóname, -aunque no merezca ningún perdón, -si es que realmente soy culpable. -Adiós; no disputemos, ya es tiempo de -partir. No me sigas, te lo suplico; tengo -aún una visita que hacer... Ve al instante -a juntarte con nuestra madre, y no te -separes de ella, te lo suplico. Es la última -petición que te dirijo. Cuando me he separado -de ella estaba muy inquieta, y temo -que no pueda soportar su desventura: -o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. -Razumikin no os abandonará; ya le he -hablado... No llores por mí; aunque asesino, -trataré de ser todavía valeroso y -honrado. Quizás oigas hablar de mí alguna -vez. No os deshonraré; ya verás; aun -he de probar... Ahora, adiós—se apresuró -a añadir, advirtiendo, mientras hacía -sus promesas, una extraña expresión en -los ojos de Dunia—. ¿Por qué lloras de -ese modo? No llores; no nos separaremos -para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me olvidaba...</p> - -<p>Tomó de la mesa un grueso libro cubierto -de polvo. Lo abrió y sacó una miniatura, -pintada en marfil. Era el retrato -de la hija de su patrona, la joven a -quien había amado. Durante un instante -contempló aquel rostro expresivo y triste. -Después besó el retrato y se lo dió a -Dunia.</p> - -<p>—Muchas veces he hablado de <i>aquello</i> -con ella—dijo distraídamente—; hice -depositario a su corazón del proyecto que -debía tener tan lamentable resultado. No -te alarmes—continuó, dirigiéndose a Dunia—; -ella experimentó tanta repugnancia -y tanto horror como tú; ahora me alegro -de que haya muerto.</p> - -<p>Después, volviendo al objeto principal -de sus preocupaciones, dijo:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p> - -<p>—Lo esencial ahora es saber si he calculado -bien lo que voy a hacer, y si estoy -pronto a aceptar todas las consecuencias. -Se asegura que me es necesaria esta -prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral -habré adquirido cuando salga del presidio, -quebrantado por veinte años de sufrimiento? -¿Valdrá entonces la pena de -vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar -el peso de semejante existencia! ¡Oh! -Esta mañana, al irme a arrojar al Neva, -he comprendido que era un cobarde.</p> - -<p>Al cabo salieron ambos. Durante esta -penosa entrevista Dunia había estado -sostenida solamente por el amor de su -hermano. Se separaron en la calle. Después -de haber marchado unos cuantos pasos, -la joven se volvió para ver por última -vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado -a la esquina, el joven se volvió también, -pero advirtiendo Raskolnikoff que la mirada -de su hermana estaba fija en él, hizo -un gesto de impaciencia, y aun de cólera, -invitándola a que continuase el camino. -En seguida dió vuelta a la esquina.</p> - - -<div class="chapter"><h3>VII.</h3></div> - -<p>Comenzaba a caer la noche cuando llegaba -a casa de Sonia. Durante la mañana -y la tarde, la joven le había esperado con -ansiedad. Por la mañana había recibido la -visita de Dunia. Esta fué a primera hora, -habiendo sabido la víspera por Svidrigailoff -que Sofía Semenovna lo sabía -todo. No recordaremos minuciosamente -la conversación de las dos mujeres; limitémonos -a decir que lloraron juntas y se -hicieron muy amigas. De esta entrevista -sacó Dunia, por lo menos, el consuelo de -pensar que no estaría solo su hermano. -Era Sonia la primera que había recibido -su confesión; a ella se había dirigido cuando -sintió la necesidad de confiarse a un -ser humano, y ella le acompañaría adondequiera -que se le enviase. Sin haber hecho -preguntas acerca de tales propósitos, -Advocia Romanovna estaba segura de -ello. Consideraba a Sonia con una especie -de veneración que dejaba a la pobre -muchacha toda confusa, porque se creía -indigna de levantar los ojos hasta Dunia. -Después de su visita a casa de Raskolnikoff, -la imagen de la encantadora joven, -que la había saludado tan graciosamente -aquel día, quedó grabada en su alma como -una visión nueva, dulcísima, la más -bella de su vida.</p> - -<p>Al fin, Dunia se decidió a ir a esperar a -su hermano en el domicilio de este último, -pensando que Raskolnikoff no podría -menos de pasar por allí. En cuanto Sonia -se quedó sola, el pensamiento del suicidio -probable de Raskolnikoff le quitó -todo reposo. Este era también el temor -de Dunia; pero al hablar las dos jóvenes -se habían dado la una a la otra todo género -de razones para tranquilizarse, y -lo habían, en parte, conseguido.</p> - -<p>Cuando se separaron, volvió la inquietud -a apoderarse de cada una de ellas. -Sonia se acordó de que Svidrigailoff le -había dicho: «Raskolnikoff sólo tiene la -elección entre dos alternativas: o ir a -Siberia, o...» Además, conocía el orgullo -del joven y su carencia de sentimientos -religiosos. «¿Es posible que se resigne a -vivir solamente por pusilanimidad, por -temor a la muerte?»—pensaba con desesperación. -No dudaba ya que el desgraciado -hubiese puesto fin a sus días, cuando -Raskolnikoff entró en su cuarto.</p> - -<p>La joven dejó escapar un grito de alegría; -pero, cuando hubo observado atentamente -el rostro de Raskolnikoff, palideció -de pronto.</p> - -<p>—Vamos, sí—dijo riendo Raskolnikoff—. -Vengo a buscar tus cruces, Sonia. -Tú has sido quien me ha impulsado a ir -a entregarme; ahora que voy a hacerlo, -¿de qué tienes miedo?</p> - -<p>Sonia le miró con asombro. Aquel tono -le parecía extraño. Todo su cuerpo se estremeció; -pero al cabo de un minuto comprendió -que aquella alegría era fingida. -Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff -miraba a un rincón, y parecía tener -miedo de fijar los ojos en ella.</p> - -<p>—Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso -es lo mejor. Hay una circunstancia... pero -esto sería largo de contar, y no tengo -tiempo. ¿Sabes lo que me irrita? Me pone -furioso pensar que en un instante me van -a rodear todos esos brutos; que todos me -asestarán sus miradas, me dirigirán estúpidas -preguntas, a las cuales tendré -que responder; me señalarán con el dedo...<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span> -No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar -a ese hombre. Prefiero ir a buscar a -mi amigo <i>Pólvora</i>. ¡Lo que va a sorprenderse -éste! Puedo contar de antemano con -un excelente éxito de asombro. Pero me -convendría tener más sangre fría. En este -último tiempo me he hecho muy irritable. -¿Lo creerás? hace un momento -ha faltado muy poco para que amenazase -con el puño a mi hermana, porque se había -vuelto para verme por última vez. -Ya ves lo bajo que he caído. Bueno; ¿dónde -están las cruces?</p> - -<p>El joven no parecía que se hallase en -su estado normal. Ni podía permanecer -un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos -en un objeto; sus ideas se sucedían -sin transición; por mejor decir, deliraba. -Le temblaban ligeramente las -manos.</p> - -<p>Sonia guardaba silencio. Sacó de una -caja de cruces una de madera de ciprés y -otra de cobre; después se santiguó, y -luego de repetir la misma ceremonia en la -persona de Raskolnikoff, le puso al cuello -la cruz de ciprés.</p> - -<p>—¿Es ésta una manera de expresar -que yo cargo con la cruz? ¡Je, je, je! ¡Como -si empezase a sufrir ahora! La cruz -de ciprés es la de los humildes. La cruz de -cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas -para ti; déjamela ver. ¿De modo que la -llevaba... en aquel momento? Conozco -otros dos o tres objetos de piedad: una -cruz de plata y una imagen. Los eché entonces -sobre el pecho de la vieja. Esos -son los que debiera colgarme yo ahora -al cuello. Pero no digo más que tonterías, -y olvido mi asunto. Estoy distraído. He -venido, sobre todo, para prevenirte, a -fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... -no he venido más que para eso. -(¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía -que decirle otra cosa.) Vamos a ver: tú -misma me has exigido que dé este paso. -Voy a entregarme, y tu deseo será satisfecho. -¿Por qué lloras entonces? ¡Tú también! -¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me -es todo esto!</p> - -<p>Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón -del joven. «¿Qué soy yo para ella?—pensaba—. -¿Por qué se interesa por mí -tanto como podría interesarse mi madre -o Dunia?»</p> - -<p>—Haz la señal de la cruz. Di una oración—suplicó -con voz temblorosa la joven.</p> - -<p>—Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena -voluntad, Sonia, de buena voluntad.</p> - -<p>El hizo muchos signos de cruz. Ella se -puso a la cabeza un pañuelo verde, el -mismo, probablemente, de que Marmeladoff -había hablado en la taberna, y que -servía entonces para toda la familia. -Tal pensamiento cruzó por la mente de -Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar -nada a este propósito. Comenzaba -a advertir que tenía distracciones continuas, -y que estaba extremadamente turbado; -esto le inquietaba. De repente advirtió -que Sonia se preparaba a salir con -él.</p> - -<p>—¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate, -quédate!—exclamó con risa irritada -y se dirigió a la puerta—. ¿Qué necesidad -tengo de ir allí con acompañamiento?</p> - -<p>Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo -adiós; se había olvidado de ella, le preocupaba -tan sólo una idea.</p> - -<p>«Realmente, ¿está ya hecho todo?—se -preguntaba al bajar la escalera—. ¿No -habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo -todo... y de no ir allí?»</p> - -<p>Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo -súbitamente que había pasado -la hora de las vacilaciones. En la calle -se acordó de que no había dicho adiós -a Sonia, que se había detenido en medio -de la sala, y de que una orden suya la había -como clavado en el suelo. Se planteó -entonces otra cuestión, que desde hacía -algunos minutos flotaba en su espíritu -sin formularse con claridad.</p> - -<p>«¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le -he dicho que venía para un asunto: ¿qué -asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle -que iba allí? ¡Vaya una necesidad! -¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo de rechazarla -como a un perro! En cuanto a -su cruz, ¿qué necesidad tenía yo de ella? -¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba -eran lágrimas; lo que yo quería era -gozar de los desgarramientos de su corazón. -¡Acaso he buscado, yendo a verla, -ganar tiempo, retardar un momento el -instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar -con altos destinos! ¡Y me he creído -llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan -vil, tan miserable, tan cobarde!»</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span></p> - -<p>Caminaba a lo largo del muelle, y no -tenía que ir más lejos; pero cuando llegó -al puente suspendió un instante su marcha, -y se dirigió después bruscamente -hacia el Mercado del Heno.</p> - -<p>Sus miradas se fijaban con avidez en la -derecha y en la izquierda. Se esforzaba -en examinar cada objeto que encontraba -y en nada podía concentrar su atención.</p> - -<p>«Dentro de ocho días, dentro de un -mes, volveré a pasar por este puente; un -coche celular me llevará yo no sé dónde. -¿Con qué ojos contemplaré este canal? -¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí -está escrita la palabra <i>Compañía</i>. ¿La -leeré yo entonces como la leo ahora? -¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?... -¡Dios mío, qué mezquinas -son todas estas preocupaciones! Sin duda -es curioso esto en su género. ¡Ja, ja, ja! -¡De qué cosas me preocupo! Hago como -los niños: me engaño a mí mismo, porque, -en efecto, debería sonrojarme de mis pensamientos. -¡Qué barullo! Ese hombretón, -un alemán, según todas las apariencias, -que acaba de empujarme, ¿sabe a quién -ha dado con el codo? Esa mujer, que lleva -un niño en la mano y que pide limosna, -me cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente -llevo cinco kopeks en el bolsillo. -Tómalos, <i>matuchka</i>.»</p> - -<p>—Dios te lo pague—dijo la mendiga -con tono plañidero.</p> - -<p>El Mercado del Heno estaba lleno de -gente. Esta circunstancia desagradó mucho -a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió -al sitio en que la multitud era más -compacta. Hubiera comprado la soledad -a cualquier precio; pero se daba cuenta -de que no podría gozar de ella ni un solo -instante. Al llegar en medio de la plaza, -el joven se acordó de repente de las palabras -de Sonia: «Ve a la encrucijada; -besa la tierra que has manchado con tu -delito, y di en voz alta a la faz del mundo: -¡Soy un asesino!»</p> - -<p>Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció. -Las angustias de los días anteriores -de tal modo habían desecado su alma, -que se consideró feliz al encontrarla accesible -a una sensación nueva, y se abandonó -por completo a ella. Se apoderó de él -un enternecimiento dulcísimo y se le llenaron -los ojos de lágrimas.</p> - -<p>Se puso de rodillas en medio de la plaza, -se inclinó hasta el suelo, y besó con -alegría la tierra fangosa. Después de haberse -levantado, se arrodilló de nuevo.</p> - -<p>—He ahí uno que ha empinado el codo -más de lo regular—exclamó un joven -que estaba a su lado.</p> - -<p>Esta observación provocó muchas carcajadas.</p> - -<p>—Es un peregrino que va a Jerusalén, -amigos míos. Se despide de sus hijos, de -su patria; saluda a todo el mundo, y da -el beso de la despedida al suelo de la capital—añadió -un menestral que estaba -ligeramente ebrio.</p> - -<p>—Es todavía muy joven—dijo un tercero.</p> - -<p>—Es un noble—observó gravemente -otro.</p> - -<p>—En la actualidad, no se distingue a -los nobles de los que no lo son.</p> - -<p>Viéndose objeto de la atención general, -Raskolnikoff perdió un poco de su serenidad, -y las palabras «Soy un asesino», -que iban quizá a salir de su boca, expiraron -en sus labios. Las exclamaciones -y los gestos de la multitud le dejaron, por -otra parte, indiferente, y con mucha calma -se encaminó a la comisaría de policía. -Conforme iba andando, una sola visión -atrajo sus miradas; por lo demás, había -esperado encontrarla en la calle, y no se -asombró.</p> - -<p>En el momento en que acababa de prosternarse -en el Mercado del Heno por segunda -vez, vió a Sonia a una distancia de -cincuenta pasos. La joven trató de substraerse -a las miradas de Raskolnikoff, -ocultándose detrás de una de las barracas -de madera que se encuentran en la plaza. -¡Así le acompañaba cuando él subía este -calvario! Desde aquel instante, Raskolnikoff -adquirió la convicción de que Sonia -era suya para siempre, y de que le seguiría -a todas partes, aunque su destino -hubiera de conducirle al fin del mundo.</p> - -<p>Llegó finalmente al sitio fatal. Entró -en el zaguán con paso bastante firme. La -oficina de policía estaba situada en el tercer -piso. «Antes que llegue arriba tengo -tiempo de volverme»—pensaba el joven. -En tanto que nada había confesado, se -complacía en pensar en que podía cambiar -de resolución.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span></p> - -<p>Como en su primera visita, encontró la -escalera cubierta de suciedad, impregnada -de las exhalaciones que vomitaban las -cocinas, abiertas sobre cada descansillo. -Mientras subía, se le doblaban las piernas, -y tuvo que detenerse un instante para tomar -aliento, recobrarse un poco, y preparar -su entrada.</p> - -<p>«Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?—se -preguntó de repente—. Puesto que hay -que apurar el vaso, poco importa cómo -he de beberlo. Más valdrá cuanto más -amargo sea.»</p> - -<p>Después se ofrecieron a su espíritu las -imágenes de Ilia Petrovitch y del oficial -<i>Pólvora</i>. «¿Por qué voy a él? ¿No podría -dirigirme a otro? ¿A Nikodim Fomitch, -por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar -al comisario a su domicilio particular, y -contárselo todo en una conversación privada?... -No, no; hablaré a <i>Pólvora</i>, y esto -se acabará más pronto.»</p> - -<p>Con el rostro inundado de frío sudor y -casi sin darse cuenta de lo que hacía, -Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría. -Esta vez no vió en la antesala más -que a un <i>dvornik</i> y a un hombre del pueblo. -El joven pasó a la otra habitación, -donde trabajaban dos escribientes. Zametoff -no estaba allí ni Nikodim Fomitch -tampoco.</p> - -<p>—¿No hay nadie?—dijo Raskolnikoff, -dirigiéndose a uno de los empleados.</p> - -<p>—¿Por quién pregunta usted?</p> - -<p>—A... a...</p> - -<p>—Al oír sus palabras, sin ver su rostro, -he adivinado la presencia de un ruso... -como se dice en no sé qué cuento. Mis -respetos—gritó bruscamente una voz conocida.</p> - -<p>Raskolnikoff tembló. <i>Pólvora</i> estaba -delante de él; acababa de salir de una -tercera habitación. «El destino lo ha querido»—pensó -el joven.</p> - -<p>—¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?—exclamó -Ilia Petrovitch, que parecía -de muy buen humor y muy animado—. -Si ha venido por algún asunto, es aún demasiado -pronto. Por una casualidad me -encuentro aquí yo... ¿En qué puedo...? -Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su -nombre?... Perdóneme usted.</p> - -<p>—Raskolnikoff.</p> - -<p>—¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted -creer que le había olvidado! Le suplico -que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch, -¿no es eso?</p> - -<p>—Rodión Romanovitch.</p> - -<p>—Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión -Romanovitch; lo tenía en la punta de la -lengua. Confieso a usted que siento sinceramente -la manera que tuvimos de portarnos -con usted hace tiempo. Después -me lo explicaron todo y he sabido que era -usted un escritor, un sabio... He tenido -también noticia de que empezaba usted -la carrera de las letras. ¡Oh Dios mío! -¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en -sus comienzos no ha hecho más o menos -la vida de bohemio? Tanto mi mujer como -yo estimamos la literatura; en mi mujer -es una pasión. Es loca por las letras -y las artes. Excepto el nacimiento, todo -lo demás puede adquirirse por el talento, -el saber, la inteligencia, el genio. Un sombrero, -por ejemplo, ¿qué significa? Un -sombrero lo puedo comprar en casa de -Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, -eso no puedo comprarlo. Confieso -que quería ir a casa de usted a darle explicaciones; -pero, he pensado que quizá -usted... De todos modos, con estas charlas -no le he preguntado el objeto de su -visita. ¿Parece que la familia de usted está -ahora en San Petersburgo?</p> - -<p>—Sí, mi madre y mi hermana.</p> - -<p>—He tenido el honor y el placer de -encontrar a su hermana de usted. Es una -persona tan encantadora como distinguida. -Verdaderamente deploro con toda -mi alma el altercado que tuvimos aquel -día. En cuanto a las conjeturas fundadas -en el desmayo de usted, se ha reconocido -su falsedad. Comprendo la indignación -de usted. Ahora que su familia vive en -San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a -cambiar de domicilio?</p> - -<p>—No, no por el momento. Había venido -a preguntar... Creí encontrar aquí a -Zametoff.</p> - -<p>—¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; -lo he oído decir. Pues bien: Zametoff no -está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido; -nos ha dejado ayer, y antes de su -partida ha habido entre él y nosotros un -fuerte altercado. Es un galopín sin consistencia; -nada más. Había hecho concebir -algunas esperanzas; pero ha tenido<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span> -la desgracia de frecuentar el trato de -nuestra brillante juventud, y se le ha metido -en la cabeza sufrir exámenes, para -poder darse tono y echárselas de sabio. -Hay que advertir que Zametoff no tiene -nada de común con usted, con usted y -con el señor Razumikin. Ustedes han -abrazado la carrera de la ciencia, y los -reveses de la fortuna no les arredran. -Para ustedes los atractivos de la vida no -valen nada; hacen la existencia austera, -ascética, monacal, del hombre de estudio. -Un libro, una pluma detrás de la -oreja, una investigación científica, son -cosas que bastan para la felicidad de ustedes. -Yo mismo, hasta cierto punto... -¿Ha leído usted la correspondencia de -Livingstone?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Yo sí la he leído. Ahora el número de -los nihilistas ha aumentado considerablemente, -lo cual no es asombroso en una -época como la nuestra. De usted para mí... -¿no es usted nihilista? Respóndame francamente.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—No tenga usted temor de ser franco -conmigo, como lo sería consigo mismo. -Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted -creería que iba a decir la <i>amistad</i>?, -pues se engaña. No es la amistad, sino el -sentimiento del hombre y del ciudadano, -el sentimiento de la humanidad y del -amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un -personaje oficial, un funcionario; pero no -por eso debo dejar de sentir en mí el -hombre y el ciudadano. ¿Hablaba usted -de Zametoff? Pues bien, Zametoff es un -muchacho que copia el <i>chic</i> francés, que -da ruido en los sitios sospechosos cuando -ha bebido un vaso de <i>Champagne</i> o -de vino del Don. Ahí tiene usted a Zametoff. -Quizá he sido un poco vivo con él, -pero si mi indignación me ha llevado demasiado -lejos, tuvo su origen en un sentimiento -elevado: el celo por los intereses -del servicio. Por otra parte, yo poseo un -cargo, una posición, cierta importancia -social; soy casado y padre de familia, y -lleno mi deber de hombre y de ciudadano; -en tanto que él, ¿qué es él? Permítame -usted que se lo pregunte. Me dirijo a usted -como a un hombre favorecido con los -beneficios de la educación. Ahí tiene usted; -las profesoras en partos, por ejemplo, -se han multiplicado de un modo extraordinario.</p> - -<p>Raskolnikoff miró al oficial con aire -asombrado. Las palabras de Ilia Petrovitch, -que violentamente acababa de levantarse -de la mesa, produjeron en su -ánimo una impresión que él no se explicaba. -Sin embargo, algo comprendía. En -aquel momento preguntaba con los ojos -a su interlocutor e ignoraba cómo acabaría -todo aquello.</p> - -<p>—Hablo de estas jóvenes que llevan el -cabello corto a lo Tito—continuó el inagotable -Ilia Petrovitch—. Yo las llamo -profesoras en partos, y el nombre me parece -muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen -cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese -enfermo, ¿cree usted que me dejaría -tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je!</p> - -<p>Ilia Petrovitch se echó a reír encantado -de su chiste.</p> - -<p>—Admito la sed de instrucción; pero, -¿no se puede uno instruir sin dar en semejantes -excesos? ¿Por qué ser insolente? -¿Por qué insultar a nobles personalidades, -como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por -qué me ha insultado, le pregunto a usted? -Otra epidemia que hace terribles -progresos, es la del suicidio. Se gasta uno -todo lo que tiene, y en seguida se mata. -Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos -sabido últimamente que un señor recién -llegado aquí acaba de poner fin a sus -días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo -se llama el caballero que se ha matado -esta mañana en la Petersburgskeria?</p> - -<p>—Svidrigailoff—dijo uno que se encontraba -en la habitación inmediata.</p> - -<p>Raskolnikoff tembló.</p> - -<p>—¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado -la tapa de los sesos!</p> - -<p>—¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff?</p> - -<p>—Sí; en efecto, había venido hace poco. -Acababa de perder a su esposa; era -un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones -muy escandalosas. Han encontrado -sobre su cadáver un librito de notas -en que estaban escritas estas palabras: -«Muero en posesión de mis facultades; -que no se acuse a nadie de mi muerte.» -Este hombre tenía, según se dice, dinero. -¿De qué le conocía usted?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span></p> - -<p>—¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz -en su casa.</p> - -<p>—¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar -noticias acerca de él. ¿No tenía usted sospechas -de su proyecto?</p> - -<p>—Le vi ayer. Le encontré bebiendo -vino... Nada sospeché.</p> - -<p>A Raskolnikoff le parecía que tenía -una montaña sobre el pecho.</p> - -<p>—¿Qué es eso? Se pone usted pálido. -¡Está tan cargada la atmósfera de esta -habitación!</p> - -<p>—Sí; ya es tiempo de que me vaya—balbuceó -el joven—. Perdóneme usted si -le he molestado.</p> - -<p>—Nada de eso. Aquí estamos siempre a -su disposición. Me ha causado gran placer -y me complazco en declararlo.</p> - -<p>Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch -tendió la mano al joven.</p> - -<p>—Quería solamente... Tenía un asunto -que tratar con Zametoff.</p> - -<p>—Comprendo, comprendo. Tanto gusto -en haberle visto.</p> - -<p>—También yo lo he tenido... Hasta la -vista—dijo Raskolnikoff sonriendo.</p> - -<p>Salió tambaleándose. Le daba vueltas -la cabeza. Apenas podía tenerse en pie, y, -al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse -en la pared para no caerse. Le pareció -que un <i>dvornik</i>, que se dirigía al despacho -de policía, tropezaba con él al pasar; -que un perro ladraba en una habitación -del primer piso, y que una mujer -gritaba para hacer callar al animal. Llegado -al pie de la escalera, entró en el patio. -Erguida, no lejos de la puerta, Sonia, -pálida como la muerte, le miraba con -asombro. Se detuvo frente a ella. La joven -se retorcía las manos; su fisonomía -expresaba la más terrible desesperación. -Al verla, Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con -qué sonrisa! Un instante después volvía -a entrar en la oficina de policía.</p> - -<p>Ilia Petrovitch estaba ojeando unos -papeles. Delante de él se hallaba el mismo -<i>mujik</i> que un momento antes había tropezado -con Raskolnikoff en la escalera.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le -ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?</p> - -<p>Con los labios descoloridos, fija la mirada, -Raskolnikoff avanzó lentamente -hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con -la mano en la mesa ante la cual estaba -sentado el oficial de policía, quiso hablar, -pero no pudo pronunciar más que sonidos -ininteligibles.</p> - -<p>—¿Está usted enfermo? ¡Una silla! -Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua!</p> - -<p>Raskolnikoff se dejó caer en el asiento -que se le ofrecía; pero sus ojos no se apartaban -de Ilia Petrovitch, cuyo semblante -expresaba una sorpresa muy desagradable. -Durante un minuto ambos se miraron -en silencio. Trajeron agua.</p> - -<p>—Yo soy...—empezó a decir Raskolnikoff.</p> - -<p>—Beba usted.</p> - -<p>El joven rechazó con un ademán el -vaso que le presentaban, y en voz baja -pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas -veces, la siguiente declaración:</p> - -<p>—<i>Yo soy quien asesinó a hachazos, para -robarlas, a la vieja prestamista y a su hermana -Isabel.</i></p> - -<p>Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas -partes.</p> - -<p>Raskolnikoff repitió su confesión.</p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span></p> - - - - -<h2>EPILOGO</h2> - - -<h3>I.</h3></div> - -<p>Siberia. A la orilla de un río ancho y desierto -se levanta una ciudad, uno de los -centros administrativos de Rusia. En la -ciudad hay una fortaleza; en la fortaleza -una prisión. En la prisión está, desde hace -nueve meses, Rodión Romanovitch -Raskolnikoff, condenado a trabajos forzados -(segunda categoría). Cerca de diez -y ocho meses han pasado desde el día -que cometió su crimen.</p> - -<p>En la instrucción de su proceso no hubo -apenas dificultades. El culpable renovó -sus confesiones con tanta fuerza -como claridad y precisión, sin confundir -las circunstancias, sin suavizar el horror, -sin falsear los hechos, sin olvidar el menor -detalle. Hizo una relación completa -del asesinato, esclareció el misterio del -objeto encontrado en manos de la vieja -(se recordará que era un trozo de madera -junto con una placa de hierro), contó cómo -había tomado las llaves del bolsillo -de la víctima, describió estas llaves y -describió también el asesinato de Isabel, -que hasta entonces había sido un enigma. -Contó cómo Koch había venido y llamado -a la puerta, y cómo, después de él, había -llegado un estudiante. Refirió minuciosamente -la conversación habida entre -los dos hombres; cómo, en seguida, el -asesino se había lanzado a la escalera y -había oído los gritos de Mikolai y de Milka, -ocultándose en el cuarto vacío y dirigiéndose -después a su casa. Finalmente, -en cuanto a los objetos robados, manifestó -que los había enterrado debajo de -una piedra en un corral que daba a la -perspectiva Ascensión. Se encontraron -allí, en efecto. En una palabra, todo se esclareció. -Lo que, entre otras cosas, asombraba -a los jueces, fué la circunstancia -de que el asesino, en vez de aprovecharse -de los objetos robados a la víctima, fuese -a ocultarlos bajo una piedra. Todavía -comprendían menos que, no solamente no -se acordase de los objetos robados por -él, sino que hasta se engañase acerca de -su número. Se encontraba, sobre todo, -inverosímil que no hubiera abierto una -sola vez la bolsa, y que ignorase el contenido -de ella. (Encerraba ésta trescientos -diez y siete rublos y tres monedas de -veinte kopeks cada una; a consecuencia -de haber sido enterrados largo tiempo, -los billetes se habían deteriorado considerablemente.) -Se procuró adivinar por -qué únicamente sobre este punto mentía -el acusado, cuando en todo lo demás había -dicho espontáneamente la verdad. En -fin, algunos, principalmente entre los -psicólogos, admitieron como posible que, -en efecto, no hubiera abierto la bolsa; y -que, por consiguiente, se hubiera desembarazado -de ella sin saber lo que contenía; -pero sacaron asimismo la conclusión -de que el crimen había sido necesariamente -cometido bajo la influencia de<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span> -una locura momentánea. El culpable—dijeron—ha -cedido a la monomanía morbosa -del asesinato y del robo, sin objeto -ulterior, sin cálculo interesado. Era aquella -ocasión excelente para sostener la -teoría moderna de la alienación temporal, -teoría con la que se busca actualmente -tan a menudo explicar los actos de -ciertos criminales. Además, numerosos -testigos habían declarado que Raskolnikoff -padecía hipocondría. Estos testigos -eran; el doctor Zosimoff, los antiguos -compañeros del acusado, su patrona, los -criados, etc. Todo esto daba muchos -fundamentos para pensar que Raskolnikoff -no era un asesino vulgar, un -malhechor ordinario, sino que había alguna -otra cosa en aquel proceso. Con gran -despecho de los partidarios de esta opinión, -el culpable no se cuidó de defenderse. -Interrogado acerca de los motivos que -habían podido inducirle al asesinato y al -robo, declaró con brutal franqueza que -había sido impulsado por la miseria. Esperaba—dijo—encontrar -en casa de su -víctima lo menos tres mil rublos, y contaba -con esta suma asegurar sus primeros -pasos en la vida; su carácter ligero y bajo, -agriado por las privaciones y las contrariedades, -había hecho de él un asesino. -Cuando se le preguntó por qué había ido -a denunciarse, respondió redondamente -que había representado la farsa del arrepentimiento. -Todo aquello era casi cínico...</p> - -<p>Sin embargo, la sentencia fué menos -severa de lo que se hubiera podido presumir -en relación con el crimen cometido. -Quizá causó buena impresión que el reo, -lejos de disculparse, procurase, por el -contrario, empeorar su situación. Fueron -tomadas en consideración todas las extrañas -particularidades de la causa. El -estado de enfermedad y estrechez en que -se encontraba el acusado antes de la comisión -de su delito, no dejaba lugar a la -menor duda. Como no se había aprovechado -de los objetos robados, se supuso, -o que los remordimientos se lo habían -impedido, o que sus facultades intelectuales -no estaban intactas cuando cometió -el hecho. El asesinato, en modo alguno -premeditado, de Isabel, suministró -un argumento en apoyo de esta última -hipótesis: un hombre comete dos asesinatos, -y se olvida al mismo tiempo de que -la puerta está abierta. Por último, había -ido a denunciarse en el momento en que -las falsas confesiones de un fanático de espíritu -desequilibrado (Mikolai), acababan -de desviar completamente la instrucción, -y cuando la justicia estaba a cien -leguas de sospechar quién era el verdadero -culpable. (Porfirio Petrovitch cumplió -fielmente su palabra.) Todas estas circunstancias -contribuyeron a suavizar la -severidad del veredicto.</p> - -<p>Por otra parte, los debates dieron a conocer -muchos hechos en favor del acusado. -Documentos facilitados por el antiguo -estudiante Razumikin demostraron -que, estando en la Universidad, Raskolnikoff -había compartido sus escasos -recursos con un compañero pobre y enfermo. -Este último había muerto, dejando -en la miseria a un padre enfermo, del -cual era, desde la edad de trece años, único -sostén. Raskolnikoff había hecho entrar -al viejo en un asilo, y más tarde había -costeado los gastos de su entierro. -El testimonio de la viuda Zarnitzin, fué -también muy favorable al acusado. Declaró -que, en la época en que habitaba -en los Cinco Rincones con su inquilino, -habiéndose declarado un incendio una -noche en cierta casa, Raskolnikoff, con -riesgo de su vida, salvó de las llamas a dos -niños pequeños, sufriendo graves quemaduras -al realizar tal acto de valor. Se -abrió una indagatoria a propósito de este -hecho, y numerosos testigos certificaron -la exactitud de él. En una palabra, el -tribunal, teniendo en cuenta las confesiones -del culpable, así como sus buenos antecedentes, -le condenó tan sólo a ocho -años de trabajos forzados (segunda categoría).</p> - -<p>Desde la apertura de la vista, la madre -de Raskolnikoff estaba mala. Dunia y -Razumikin encontraron medio de alejarla -de San Petersburgo durante todo el -tiempo del proceso. Razumikin eligió -una ciudad de la línea férrea, y a poca -distancia de la capital; así podía seguir -asiduamente las audiencias y ver a Advocia -Romanovna. La enfermedad de -Pulkeria Alexandrovna era una afección -nerviosa bastante extraña, con desarre<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>glo, -a lo menos parcial, de las facultades -mentales. De vuelta en su domicilio, -después de la última entrevista con su -hermano, Dunia había encontrado con -mucha fiebre a su madre, y con delirio. -Aquella misma noche se puso de acuerdo -con Razumikin acerca de lo que había -de responder cuando Pulkeria Alexandrovna -pidiese noticias de Raskolnikoff; -a tal fin inventaron una historia, esto es, -que Rodia había sido enviado muy lejos -a los confines de Rusia, con una misión -que debía reportarle mucho honor y provecho. -Pero, con gran sorpresa de los jóvenes, -ni entonces, ni después, la madre -les preguntó nada acerca de este asunto. -Ella misma se había forjado en la imaginación -una novela, a fin de explicar la -brusca desaparición de su hijo. Contaba -llorando la visita de despedida que éste -le había hecho, con cuyo motivo daba a -entender que ella solamente conocía circunstancias -misteriosas y muy graves; -Rodia se veía obligado a ocultarse, porque -tenía enemigos muy poderosos; por -lo demás, no dudaba de que el porvenir -de su hijo fuese muy brillante, y de que -ciertas dificultades serían vencidas. Aseguraba -a Razumikin que, con el tiempo, -su hijo llegaría a ser un hombre de Estado: -tenía prueba de ello en el artículo -que el joven había escrito, y que denotaba -un talento literario inagotable. Leía -sin cesar este artículo, a veces hasta en -alta voz; podía decirse que dormía con -él; sin embargo, no preguntaba jamás -dónde se encontraba Rodia, aunque el -cuidado mismo que se ponía para evitar -esta conversación hubiese podido parecerle -sospechoso. El extraño silencio de -Pulkeria Alexandrovna sobre ciertos puntos, -acabó por inquietar a Dunia y a Razumikin. -Aquélla no se quejaba de que -su hijo no la escribiese, siendo así, que -antes, en su ciudad natal, esperaba con -impaciencia suma las cartas de su querido -Rodia. Tan inexplicable era esta última -circunstancia, que Dunia llegó a alarmarse. -A la joven le ocurrió la idea de que su -madre tenía el presentimiento de una terrible -desgracia ocurrida a Rodia, y de -que no se atrevía a preguntar, temerosa -de saber todavía alguna cosa peor. De -todos modos, Dunia veía muy claramente -que su madre tenía trastornado el cerebro.</p> - -<p>Dos veces, sin embargo, condujo la -conversación de tal manera, que fué imposible -responderle sin indicar en dónde -se encontraba Rodia. A continuación de -las respuestas necesariamente equívocas -y difíciles que se le dieron, cayó en -profunda tristeza; durante muy largo -tiempo se le vió sombría y taciturna como -nunca había estado. Dunia, al cabo, -llegó a advertir que las mentiras y las -historias inventadas iban contra su propósito, -y que lo mejor era encerrarse en -un silencio absoluto sobre ciertos puntos; -pero llegó a ser cada vez más evidente -para ella que Pulkeria Alexandrovna -sospechaba algo espantoso. Dunia sabía -fijamente (su hermano se lo había contado) -que su madre la oyó hablar en sueños -la noche siguiente a su entrevista con -Svidrigailoff. Las palabras que en el delirio -se le escaparon a la joven, ¿no habrían -derramado una luz siniestra en el -espíritu de la pobre mujer? A menudo, -después de días, y aun de semanas de continuo -mutismo y de lágrimas silenciosas, -se producía en la enferma una especie de -exaltación histérica. Se ponía de repente -a hablar alto, sin interrumpirse, de su -hijo, de sus esperanzas y del porvenir... -sus imaginaciones eran a veces muy extrañas. -Se fingía ser de su opinión (quizá -no era del todo engañoso este sentimiento); -sin embargo, no cesaba de hablar.</p> - -<p>La sentencia fué pronunciada cinco -meses después de la confesión hecha por -el criminal a Ilia Petrovitch. En cuanto -fué posible, Razumikin visitó al condenado -en la cárcel. Sonia le visitó también. -Llegó al fin el momento de la separación. -Dunia juró a su hermano que esta separación -no sería eterna; Razumikin se expresó -del mismo modo. El animoso joven -tenía un proyecto firmemente formado -en su espíritu; cuando ahorrase -algún dinero, durante tres o cuatro años -se trasladaría a Siberia, país en que tantas -riquezas no esperan otra cosa, para -ser puestas en circulación, que capitales -y brazos. Allí se establecería, en la ciudad -en que estuviese Rodia, y juntos comenzarían -una nueva vida. Todos llo<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>raban -al decirse adiós. Desde hacía algunos -días, Raskolnikoff se mostraba -muy preocupado, multiplicaba las preguntas -acerca de su madre, inquietándose -continuamente por ella. Esta excesiva -preocupación de su hermano daba -pena a Dunia. Cuando el joven se hubo -enterado con más detalles del estado enfermizo -de Pulkeria Alexandrovna, se -puso extremadamente sombrío. Con Sonia -estaba siempre taciturno. Provista -del dinero que Svidrigailoff le había entregado, -la joven se hallaba dispuesta, -desde hacía mucho tiempo, a acompañar -el convoy de presos de que había de formar -parte Raskolnikoff. Nunca había -mediado una palabra sobre este particular -entre ella y él; pero ambos sabían -que sería así. En el momento de la última -despedida, el condenado se sonrió de -un modo extraño al oír hablar a su hermana -y a Razumikin del próspero porvenir -que se abriría para ellos después de su salida -del presidio. Preveía que la enfermedad -de su madre no tardaría en conducirla -al sepulcro.</p> - -<p>Dos meses después, Dunia se casó con -Razumikin. Sus bodas fueron tranquilas -y tristes. Entre los invitados se encontraron -Porfirio Petrovitch y Zosimoff. Algún -tiempo después, todo denotaba en Razumikin -una resolución enérgica. Dunia -creía ciegamente que realizaría todos sus -designios, y no podía menos de creerlo, -porque veía en él una voluntad de hierro. -Comenzó por entrar de nuevo en la Universidad -a fin de terminar sus estudios. -Los dos esposos elaboraban sin cesar planes -para el porvenir; tenían uno y otra -la firme resolución de emigrar a Siberia -en un plazo de cinco años. En tanto contaban -con que Sonia los reemplazaría -cerca del condenado...</p> - -<p>Pulkeria Alexandrovna concedió, con -alegría, la mano de su hija a Razumikin; -pero después de este matrimonio, pareció -más triste y preocupada. Para proporcionarle -un momento agradable, Razumikin -le contó la noble conducta de -Raskolnikoff, a propósito del estudiante -y de su anciano padre, y le refirió también -cómo el año anterior Rodia había -expuesto la vida para salvar a dos niños -que estaban a punto de perecer en un incendio. -Estos relatos exaltaron, hasta el -más alto grado, el ya turbado espíritu -de Pulkeria Alexandrovna. Desde entonces -no hablaba más que de ello, y hasta -en la calle refería tales hechos a los transeuntes, -aunque la acompañaba siempre -Dunia. En los ómnibus, en los almacenes, -en todas partes en donde se encontraba -un oyente benévolo, hablaba de su hijo, -del artículo de su hijo, de la caridad de -su hijo con un estudiante, de la valerosa -abnegación de que había dado pruebas -su hijo en un incendio, etc. Dunia no sabía -cómo hacerla callar. Esta morbosa -locuacidad no carecía de peligros: además -de que agotaba las fuerzas de la pobre -mujer, podía ocurrir que alguno, -oyendo alabar de Raskolnikoff, se pusiese -a hablar del proceso. Pulkeria Alexandrovna -averiguó las señas de la mujer -cuyos hijos habían sido salvados por -el suyo, y quiso resueltamente ir a verlos. -Finalmente, su exaltación llegó a los últimos -límites. A veces se echaba de repente -a llorar, y a veces tenía accesos -de fiebre, durante los cuales deliraba. -Una mañana declaró redondamente que, -según sus cálculos, Rodia debía volver -muy pronto, porque cuando se despidió -de ella le había anunciado su vuelta en -un plazo de nueve meses. Comenzó entonces -a prepararlo todo en la casa, en -atención a la próxima llegada de su hijo, -destinándole su propia habitación; quitó -el polvo a los muebles, fregó el suelo, cambió -las cortinas, etc. Dunia estaba desolada, -pero no decía nada, y hasta ayudaba -a su madre en estas diversas ocupaciones. -Después de un día lleno todo él de locas -visiones, de sueños gozosos y de lágrimas, -Pulkeria Alexandrovna se vió acometida -de una fiebre alta y murió al cabo de quince -días. Varias palabras pronunciadas por -la enferma durante su delirio, hicieron -creer que había casi adivinado el terrible -secreto que con tanto trabajo trataron de -ocultarle.</p> - -<p>Por mucho tiempo ignoró Raskolnikoff -la muerte de su madre, aunque por mediación -de Sonia recibiese regularmente -noticias de su familia. Cada mes enviaba -la joven una carta dirigida a Razumikin, -y cada mes se le respondía de San Petersburgo. -Las cartas de Sonia parecie<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span>ron -en un principio, a Dunia y Razumikin, -algo secas e insuficientes; pero más -tarde comprendieron que era imposible -escribirlas mejores, puesto que encontraban -en ellas datos completos y precisos -acerca de la situación de su desgraciado -hermano. Sonia describía, de una manera -muy sencilla y muy clara, la existencia -de Raskolnikoff en la prisión. No hablaba -de ella ni de sus propias esperanzas -ni de sus conjeturas respecto al porvenir, -ni de sus sentimientos personales. -En vez de explicar el estado moral, la -vida interior del condenado, se limitaba -a citar hechos, es decir, las mismas palabras -pronunciadas por él. Daba noticias -detalladas acerca de su salud, decía qué -deseos le había manifestado él, qué preguntas -le había dirigido, qué encargos le -había hecho durante sus entrevistas, etc.</p> - -<p>Pero estos datos, por minuciosos que -fuesen, no eran, empero, en los primeros -tiempos sobre todo, muy consoladores. -Dunia y su marido supieron, por la correspondencia -de Sonia, que su hermano -seguía siempre sombrío y taciturno. -Cuando la joven le comunicaba noticias -recibidas de San Petersburgo, apenas si -prestaba atención; algunas veces se informaba -de su madre, y cuando Sonia, -viendo que el preso adivinaba la verdad, -le hizo saber la muerte de Pulkeria Alexandrovna, -observó con gran sorpresa -que se había quedado poco menos que -impasible. «Aunque parezca absorto en sí -mismo y como extraño a todo lo que le -rodea—escribía, entre otras cosas, Sonia—se -hace cargo de su vida nueva, comprende -muy bien su situación; ni espera -nada mejor de aquí a largo tiempo, ni -acaricia frívolas esperanzas, ni experimenta -casi ningún asombro en este nuevo -medio que tanto difiere del antiguo... -Su salud es satisfactoria. Va al trabajo -sin repugnancia y sin apresuramiento. Es -casi indiferente a la comida; pero, excepto -los domingos y los días de fiesta, esta -nutrición es tan mala, que ha consentido -en aceptar de mí algún dinero para procurársela -todos los días. En cuanto a lo -demás, me suplica que no me inquiete, -porque, según asegura, le es desagradable -que se ocupen de él.» «En la cárcel—se -leía en otra carta—, está instalado con -los otros presos; no he visitado el interior -de la fortaleza, pero tengo motivos -para creer que se está allí muy mal, muy -estrechamente y en condiciones muy insalubres. -Duerme en una cama de campaña, -cubierto con una alfombra de fieltro, -y no quiere otro lecho. Si rehusa hacer -todo lo que podría proporcionarle su -existencia material menos dura y menos -grosera, no es, en lo más mínimo, en virtud -de sus principios ni de una idea preconcebida, -sino, sencillamente, por apatía, -por indiferencia.» Sonia confesaba -que, al principio, sobre todo, sus visitas, -en vez de causar placer a Raskolnikoff, -le producían una especie de irritación; -no salía de su mutismo más que para decir -groserías a la joven. Más tarde, es -verdad, dichas visitas habían llegado a -ser para él una costumbre, casi una necesidad, -hasta el punto de que había estado -muy triste cuando una indisposición -de algunos días obligó a Sonia a interrumpirlas. -Los días de fiesta se veían, -ya en la puerta de la prisión, ya en el -cuerpo de guardia, a donde se enviaba -algunos minutos al prisionero, cuando la -joven le hacía llamar. En tiempo ordinario, -Sonia iba a buscarle al trabajo en -los talleres, en las tejerías, en los tinglados -establecidos a las orillas del Irtych. -En lo tocante a ella, Sonia decía que había -logrado crearse relaciones en su nueva -residencia; que se ocupaba en coser, y -que, no habiendo en la ciudad casi ninguna -modista, se había hecho una buena -clientela. Lo que callaba era que había -atraído sobre Raskolnikoff el interés de -la autoridad, y que, gracias a ella, se le -dispensaba de los trabajos más penosos, -etcétera. En fin, Razumikin y Dunia recibieron -aviso de que Raskolnikoff esquivaba -a todo el mundo; que sus compañeros de -cadena no le querían; que permanecía silencioso -durante horas enteras, y que, -de día en día, su palidez era cada vez -mayor. Dunia había notado ya cierta inquietud -en las últimas cartas de Sonia, -la cual no tardó en escribir diciendo que -el condenado había caído gravemente -enfermo, y que había sido llevado al hospital -de la prisión...</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span></p> - - -<div class="chapter"><h3>II.</h3></div> - -<p>Estaba enfermo desde hacía algún -tiempo; pero lo que había quebrantado -sus fuerzas no era ni el horror de la prisión, -ni el trabajo, ni la mala alimentación, -ni la vergüenza de tener la cabeza -rapada e ir vestido de harapos. ¡Oh! ¿qué -le importaban a él tales tribulaciones y -miserias? Lejos de ello, estaba contento -de tener que trabajar. La fatiga física -le producía algunas horas de sueño agradable, -y, ¿qué significaba para él el rancho, -aquella mala sopa de coles en que -solía encontrar hasta escarabajos? En -otro tiempo, siendo estudiante, se hubiera -dado algunas veces por muy contento -de tener tal comida. Sus vestidos -eran de abrigo y a propósito para aquel -género de vida; en cuanto a la cadena, -apenas si sentía el peso. Quedaba la humillación -de tener la cabeza afeitada y -llevar el uniforme del presidio; pero, -¿ante quién habría de ruborizarse? ¿Ante -Sonia? La joven tenía miedo de él; ¿cómo -había de ruborizarse ante ella?</p> - -<p>Sin embargo, le daba vergüenza de la -misma Sonia; por esta razón se mostraba -brutal y despreciativo en sus relaciones -con la joven. Pero no procedía esta vergüenza -ni de su cabeza rapada, ni de su -cadena. Su orgullo había sido cruelmente -herido, y Raskolnikoff estaba enfermo -de esta herida, ¡Oh, qué feliz habría sido -si hubiera podido acusarse a sí mismo! -Entonces lo hubiera soportado todo, hasta -la vergüenza y el deshonor. Pero en -vano se examinaba severamente; su conciencia -endurecida no encontraba en su -pasado ninguna falta que pudiera ocasionarle -grandes remordimientos. Solamente -se echaba en cara haber fracasado, cosa -que podía ocurrir a todo el mundo. Lo -que le humillaba, era verse él, Raskolnikoff, -perdido tontamente, sin esperanza -de rehabilitación, por una sentencia del -ciego destino, y debía someterse, resignarse -al absurdo de esa sentencia, si quería -encontrar un poco de calma.</p> - -<p>Una inquietud sin objeto y sin fin en el -presente, un sacrificio continuo y estéril -en el porvenir; esto es lo que le quedaba -en la tierra. Vano consuelo para él decirse -que, dentro de ocho años, no tendría más -que treinta y dos, y que, en esta edad, -podría aún recomenzar la vida. ¿Para qué -vivir? ¿Con qué objeto? ¿Con qué fin? ¿Vivir -para existir? En todo momento había -estado pronto a dar su existencia por una -idea, por una esperanza, por un capricho. -Había hecho siempre poco caso de la -existencia pura y sencilla; siempre había -mirado más allá. Quizá la fuerza sólo de -los deseos le había hecho creer en otro -tiempo que era uno de esos hombres a -quienes les está permitido más que a los -otros.</p> - -<p>Menos mal si el destino le hubiese enviado -el arrepentimiento, el punzante -arrepentimiento que rompe el corazón, -que quita el sueño; el arrepentimiento -cuyos tormentos son tales, que el hombre -se ahoga o se ahorca para librarse de ellos. -¡Oh! Los hubiera acogido con felicidad. -Sufrir y llorar es todavía vivir; pero no -se arrepentía de su crimen.</p> - -<p>Por lo menos hubiera podido echarse -en cara su tontería, como se había reprochado -en otro tiempo las acciones estúpidas -y odiosas que le habían conducido a -presidio. Pero ahora, que en el vagar de -la prisión reflexionaba de nuevo sobre toda -su conducta pasada, no la encontraba -tan odiosa ni tan estúpida como le había -parecido en otro tiempo.</p> - -<p>«¿Es que—pensaba—mi idea era más -tonta que las otras ideas y teorías que batallan -en el mundo desde que el mundo -existe? Basta considerar las cosas desde -un punto de vista amplio, independiente, -libre de los prejuicios del día, y, entonces -ciertamente, mi idea no parecerá tan extraña. -¡Oh espíritus sedicentes, libres de -prejuicios, filósofos de cinco kopeks! ¿por -qué os detenéis a la mitad del camino?</p> - -<p>»¿Y por qué les parece tan fea mi conducta?—se -preguntaba—. ¿Por qué es un -crimen? ¿Qué significa la palabra crimen? -Mi conciencia está tranquila. Sin -duda he cometido una acción ilícita, he -violado la letra de la ley y he vertido sangre... -Pues bien, tomad mi cabeza. Cierto -es que, en este caso, aun los bienhechores -de la humanidad, de aquellos a quienes el -poder no ha venido por herencia, sino<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span> -que se han apoderado de él a viva fuerza, -hubieran debido desde sus comienzos -ser entregados al suplicio. Pero estas personas -han ido hasta el fin, y esto es lo que -las justifica, en tanto que yo no he sabido -continuar; por consiguiente, no tenía el -derecho de comenzar.»</p> - -<p>Unicamente se reconocía un error: el de -haber cometido la debilidad de ir a denunciarse.</p> - -<p>Pero un pensamiento le atormentaba -también: ¿por qué no se había matado? -¿Por qué, más bien que arrojarse al agua, -había preferido entregarse a la policía? -¿Es el amor de la vida un sentimiento -tan difícil de vencer? Svidrigailoff, sin -embargo, había triunfado de él.</p> - -<p>Se planteaba dolorosamente esta cuestión -y no podía comprender que, cuando -enfrente del Neva, pensaba en el suicidio, -quizá era que presentía en sí y en sus -convicciones un error profundo. No comprendía -que este pensamiento pudiese -contener en germen un nuevo concepto -de la vida, que pudiese ser el preludio de -una revolución en su existencia, la prenda -de su resurrección.</p> - -<p>Admitía más bien que había cedido entonces -por cobardía y defecto de carácter -a la fuerza brutal del instinto. El espectáculo -ofrecido por sus compañeros de -presidio le asombraba. ¡Cómo amaban -todos ellos la vida! ¡Cómo la apreciaban! -Parecía a Raskolnikoff que este sentimiento -era más vivo en el preso que en el -hombre libre. ¡Qué terribles sufrimientos -padecían aquellos desgraciados, los vagabundos, -por ejemplo! ¿Era posible que -un rayo de sol, un bosque sombrío, una -fuente fresca, tuviesen tanto valor a sus -ojos? A medida que los fué estudiando, -descubrió hechos aún más inexplicables.</p> - -<p>En el penal, en el ambiente que le rodeaba, -se le escapaban, sin duda, muchas -cosas; además, no quería fijar su atención -en nada. Vivía, por decirlo así, sin levantar -jamás los ojos, porque encontraba insoportable -el mirar en su derredor. Pero, -a la larga, muchas circunstancias le chocaron, -e involuntariamente comenzó a -advertir lo que ni siquiera había sospechado -antes. En general, lo que más le asombraba, -era el abismo espantoso, infranqueable, -que existía entre él y toda aquella -gente. Hubiérase dicho que pertenecían -él y ellos a naciones diferentes. Se -miraban con desconfianza y hostilidad -recíprocas. Sabía y comprendía las causas -generales de este fenómeno; pero, hasta -entonces, jamás las había supuesto tan -fuertes ni tan profundas. Además de los -criminales de derecho común, había en -la fortaleza polacos enviados a Siberia -por delitos políticos. Estos últimos consideraban -como brutos a sus compañeros -de cadena, para los cuales no tenían más -que desprecio; pero Raskolnikoff no participaba -de esta manera de ver; advertíase -muy bien que, bajo muchos aspectos, -aquellos brutos eran más inteligentes -que los mismos polacos. Había allí también -rusos (un antiguo oficial y dos seminaristas), -que despreciaban a la plebe de -la prisión. Raskolnikoff advertía igualmente -el error de ellos.</p> - -<p>En cuanto a él, no se le amaba, se le -esquivaba; hasta se acabó por odiarle; -¿por qué? Lo ignoraba. Los malhechores, -cien veces más culpables que él, le -despreciaban y hacíanle objeto de sus -burlas; su crimen era el blanco de sus -sarcasmos.</p> - -<p>—Tú, tú no eres un <i>barin</i>—le decían—. -¿Por qué has asesinado a hachazos? Eso -no es propio de un <i>barin</i>.</p> - -<p>En la segunda semana de la gran Cuaresma, -tuvo que asistir a las funciones -religiosas con todos los de su cuadra. Fué -a la iglesia y oró como los otros. Un día, -sin que se supiese por qué motivo, sus -compañeros estuvieron a punto de hacerle -una mala partida. De repente se vió -asaltado por ellos.</p> - -<p>—Tú eres un ateo.</p> - -<p>—Tú no crees en Dios—gritaban los -forzados.</p> - -<p>—Hay que matarle.</p> - -<p>Jamás él les había hablado ni de Dios, -ni de la religión, y, sin embargo, querían -matarle por ateo. Raskolnikoff no les -respondió ni una palabra. Un forzado, -en el colmo de la exasperación, se lanzó -sobre él; el joven, tranquilo y silencioso, -le esperó sin pestañear, sin que ningún -músculo de su rostro temblase. Un cabo -de varas se interpuso a tiempo entre él y -el asesino. Un instante más, y hubiera -corrido la sangre.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span></p> - -<p>Existía otra cuestión que no acertaba -a resolver: ¿por qué amaban todos tanto -a Sonia? La joven no trataba de ganarse -sus voluntades; no tenían a menudo ocasión -de encontrarla. Sólo la veían alguna -vez que otra en los patios o en el taller, -cuando venía a pasar algunos minutos al -lado del preso. Sin embargo, todos la conocían. -No ignoraban que le había seguido; -sabían cómo vivía y dónde estaba alojada. -La joven no les daba dinero, apenas -les prestaba, propiamente hablando, servicio -alguno; solamente una vez, por Nochebuena, -hizo un regalo a toda la prisión: -pasteles y <i>kalatschi</i><a name="FNanchor_20" id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>; pero, poco -a poco, entre ellos y Sonia se establecieron -ciertas relaciones más íntimas. Escribía, -por encargo de ellos, cartas a sus -familias, y las ponía en el correo. Cuando -sus parientes venían a la ciudad, era en -manos de Sonia en las que, por recomendación -de los mismos forzados, dejaban -los objetos y hasta el dinero destinado a -ellos. Las mujeres y las amantes de los -detenidos la conocían e iban a su casa. -Cuando visitaba a Raskolnikoff en el trabajo, -o en medio de sus compañeros, o -encontraba un grupo de presos que se dirigían -a la obra, todos se quitaban los -gorros y se inclinaban saludándola:</p> - -<p>—<i>Matuchka</i>, Sofía Semenovna, tú eres -nuestra tierna y querida madre—decían -aquellos presidiarios brutales a la pequeña -y débil criatura.</p> - -<p>Ella les saludaba sonriendo, y a todos -les agradaba su sonrisa. Amaban hasta -su manera de andar, y se volvían para -seguirla con los ojos cuando se alejaba. -¡Y qué alabanzas le dirigían! Hasta la -elogiaban por ser pequeñita de cuerpo; no -sabían cómo ensalzarla, y aun la consultaban -en sus enfermedades.</p> - -<p>Raskolnikoff pasó en el hospital todo -el fin de la Cuaresma y la semana de Pascuas. -Al recobrar la salud se acordó de -los sueños que había tenido en su delirio. -Le parecía ver el mundo entero asolado -por un azote terrible y sin precedentes, -que, viniendo del fondo de Asia, había -caído sobre Europa. Todos debían perecer, -excepto un número reducidísimo de -privilegiados. Microbios de una nueva -especie, seres microscópicos, se introducían -en los cuerpos humanos. Pero estos -seres estaban dotados de inteligencia y -de voluntad. Los individuos atacados por -ellos se ponían al instante locos furiosos. -Sin embargo, ¡cosa extraña! nunca hombre -alguno se habría creído tan sabio, tan -seguramente en posesión de la verdad, -como se creían aquellos infortunados. -Jamás nadie había tenido más confianza -en la infalibilidad de sus juicios, en la solidez -de sus conclusiones científicas y de -sus principios morales. Aldeas, ciudades, -pueblos enteros, estaban atacados de este -mal y perdían la razón. Estaban todos -agitados y fuera de estado de comprenderse -entre ellos. Cada cual creía poseer solo -la verdad, y al observar a sus semejantes -se entristecía, se golpeaba el pecho, -lloraba y se retorcía las manos. No podían -entenderse acerca del bien y del mal; -no se sabía qué condenar ni qué absolver. -Los hombres se mataban entre sí, bajo -la impulsión de una cólera ciega. Se reunían -formando grandes ejércitos; pero -una vez comenzada la campaña, la división -aparecía bruscamente en las tropas, -las filas se rompían, los guerreros se degollaban -y se devoraban. En las ciudades -sonaba a todas horas el toque de rebato; -mas, ¿para qué esta alarma? ¿Con qué -propósito? Nadie lo sabía y todo el mundo -estaba inquieto. Se abandonaban los -más ordinarios oficios, porque cada cual -proponía sus ideas, sus reformas, y nadie -se ponía de acuerdo; la agricultura estaba -abandonada; aquí y allá la gente se -reunía en grupos, entendiéndose para -una acción común y jurando no separarse; -pero un instante después olvidaban la -resolución que habían tomado, y comenzaban -a acusarse, a pegarse y a matarse. -Los incendios y el hambre contemplaban -este triste cuadro. Hombres y cosas, todo -perecía. Aquel azote se extendía más y -más. Solamente podían salvarse algunos -hombres puros, predestinados a rehacer el -género humano, a renovar la vida y a purificar -la tierra; pero nadie veía a estos -hombres, nadie oía sus palabras ni su -voz.</p> - -<p>Aquellos sueños absurdos dejaban en -el ánimo de Raskolnikoff una impresión -penosa, que tardó mucho en borrarse.<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span> -Llegó la segunda semana después de Pascuas; -el tiempo era templado, sereno, verdaderamente -primaveral; se abrieron las -ventanas del hospital (ventanas enrejadas, -bajo las cuales se paseaba un centinela). -Durante toda la enfermedad de -Raskolnikoff, Sonia no había podido hacerle -más que dos visitas. Cada vez era -preciso pedir una autorización, difícil de -obtener; pero, a menudo, sobre todo a la -caída de la tarde, se dirigía al patio del -hospital, y durante un minuto estaba allí -mirando a las ventanas. Un día por la -tarde, el recluso, ya casi enteramente curado, -se había dormido; al despertar se -aproximó por casualidad a la reja, y vió -a Sonia que, en pie, cerca de la puerta del -hospital, parecía esperar algo. Al verla -sintió como un golpe en el corazón, estremecióse -convulsivamente y se alejó -rápidamente de la ventana. Al día siguiente -Sonia no vino, al otro tampoco. -Raskolnikoff advirtió que la esperaba -con ansiedad. Finalmente salió del hospital. -Cuando volvió a la prisión, sus compañeros -le dijeron que Sonia estaba mala -y que no podía salir de casa.</p> - -<p>El joven se inquietó sobremanera, y -envió a buscar noticias de la muchacha. -Supo en seguida que la enfermedad no -era peligrosa. Por su parte Sonia, sabiendo -que Raskolnikoff se preocupaba tanto -de su salud, le escribió con lápiz una carta, -en que le informaba que estaba mucho -mejor, que había pescado un ligero enfriamiento, -y que no tardaría en ir a verle -al trabajo. Al leer esta carta, el corazón -de Raskolnikoff latió con violencia.</p> - -<p>El día era sereno y templado. A las seis -de la mañana iba el joven a trabajar a -la orilla del río, en donde se había establecido, -bajo cobertizo, un horno de cocer -alabastro. Unicamente tres obreros -fueron enviados allí. Uno de ellos, acompañado -de un capataz, fué a buscar un -instrumento a la fortaleza; otro comenzó -a calentar el horno. Raskolnikoff salió del -cobertizo, se sentó en un banco de madera, -y se puso a contemplar el río ancho -y desierto. Desde la elevada orilla se descubría -una gran extensión de terreno. A -lo lejos, del otro lado de Irtych, resonaban -cantos cuyos vagos ecos llegaban a -los oídos del presidiario. Allá, en la inmensa -estepa inundada de sol, aparecían -como puntitos negros las tiendas de los -nómadas. Aquello era la libertad; allí -vivían otros hombres, que no se parecían -en nada a los que le rodeaban; allá parecía -que el tiempo no había marchado desde -el tiempo de Abraham y sus rebaños. -Raskolnikoff soñaba con los ojos fijos en -aquella lejana visión; no pensaba en nada, -aunque le oprimía una especie de inquietud.</p> - -<p>De repente se encontró en presencia -de Sonia; la joven se le aproximó sin ruido -y se sentó a su lado. Como empezaba a -dejarse sentir el fresco de la mañana, Sonia -llevaba su pobre y viejo <i>burnus</i> y su -pañuelo verde. Su rostro delgado y pálido -daba testimonio de su reciente enfermedad. -Al acercarse al preso, se sonrió -con expresión amable y alegre, y con -la timidez de costumbre le tendió la mano.</p> - -<p>Siempre se la ofrecía tímidamente y -algunas veces no se atrevía a dársela, como -si temiese verla rechazada; parecíale -que ella se la estrechaba con repugnancia, -y siempre tenía el aire huraño cuando la -joven se acercaba; a veces, ésta no podía -obtener de él una palabra. Había días -en que temblaba ante él y se retiraba profundamente -afligida; pero en esta ocasión -se estrecharon durante largo rato -las manos. Raskolnikoff miró rápidamente -a Sonia. Nada dijo y bajó los ojos. -Estaban solos. El cabo de varas se había -alejado momentáneamente.</p> - -<p>De pronto, y sin que el presidiario supiese -cómo había ocurrido aquello, una -fuerza irresistible le arrojó a los pies de -la joven y lloró abrazándole las rodillas. -En el primer momento, Sonia, asustada, -se puso intensamente pálida, se levantó -con presteza, y temblorosa miró a Raskolnikoff; -pero a él le bastó esta mirada -para comprenderlo todo. En los ojos de -la joven parecía resplandecer una felicidad -inmensa; no había para ella duda de -que Raskolnikoff la amaba con amor infinito. -Había llegado, por fin, este momento...</p> - -<p>Quisieron hablar y no pudieron. Tenían -lágrimas en los ojos. Ambos estaban -pálidos y demacrados; pero sobre -sus rostros enfermizos brillaba ya la aurora -de un renacimiento completo. El amor<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span> -les regeneraba; el corazón del uno encerraba -una inagotable fuente de vida para -el corazón del otro.</p> - -<p>Resolvieron esperar, tener paciencia. -Les quedaban siete años que pasar en Siberia; -¡qué sufrimientos intolerables y -qué infinita felicidad había de llenar para -ellos aquel lapso de tiempo! Pero Raskolnikoff -había resucitado, lo sabía y lo sentía -en todo su ser, y Sonia no vivía más -que para la vida de su amado.</p> - -<p>Por la noche, después que se hubo recogido -a los reclusos, el joven se acostó -en su camastro, y pensó en ella. Hasta le -parecía que aquel día los presos, sus antiguos -enemigos, le habían mirado con otros -ojos. Les había dirigido primero la palabra -y le habían respondido con afabilidad; -se acordaba de esto ahora, le parecía -natural. ¿Acaso no debía cambiar -todo?</p> - -<p>Pensaba en ella. Se acordaba de los -disgustos con que continuamente la había -atormentado; veía con el pensamiento -la carita pálida y delgada de Sonia; pero -estos recuerdos eran un remordimiento -para él. Comprendía con qué amor infinito -iba a rescatar en adelante lo que -había sufrido Sonia.</p> - -<p>Sí. ¿Qué significaban para él todas las -miserias del pasado? En aquel primer día -gozoso, de vuelta a la vida, todo, aun su -crimen y su condena, y su relegación a -Siberia, todo se le presentaba como un hecho -extraño; casi dudaba de que todo -aquello hubiera ocurrido realmente. -Aquella noche se sintió incapaz de reflexionar -detenidamente, de concentrar su -atención en un objeto cualquiera, de -resolver una cuestión con conocimiento -de causa; sólo tenía sensaciones. La vida -había substituído en él al razonamiento.</p> - -<p>Tenía el <i>Evangelio</i> debajo de la almohada -y lo tomó maquinalmente. Aquel -libro pertenecía a Sonia. En él fué donde -la joven le había leído la resurrección de -Lázaro. Al principio de su cautividad esperaba -una verdadera persecución religiosa -por parte de la joven. Creía que le -asediaría constantemente con el <i>Evangelio</i>; -pero, con gran asombro suyo, ni una -sola vez hizo recaer la conversación sobre -este punto, ni una sola vez le ofreció aquel -libro; él mismo fué quien lo pidió poco -antes de su enfermedad, y ella se lo trajo -sin decir una palabra. Raskolnikoff -hasta entonces no lo había abierto.</p> - -<p>Ahora tampoco lo abrió; pero un pensamiento -cruzó por su mente. «Sus convicciones, -¿pueden ser, al presente, las -mías? ¿Puedo, yo, por lo menos, tener -otros sentimientos, otras tendencias que -ella?»</p> - -<p>Durante todo este día Sonia estuvo -también muy agitada, y por la noche tuvo -una recaída en la enfermedad; pero era -tan feliz, y aquella felicidad era para ella -una sorpresa tan grande, que casi le causaba -espanto. ¡Siete años <i>solamente</i>! En -la embriaguez de las primeras horas faltó -poco para que ambos no considerasen -estos siete años como siete días. Raskolnikoff -ignoraba que la nueva vida no -le sería dada de balde y que tendría que -conquistarla al precio de penosos esfuerzos.</p> - -<p>Pero comienza aquí una segunda historia. -La historia de la lenta renovación -de un hombre, de su regeneración progresiva, -de su paso gradual de una vida -a otra... Esto podría ser el asunto de un -nuevo relato; el que hemos querido ofrecer -al lector, está terminado.</p> - - -<p class="p4 center">FIN</p> - -<div class="chapter"> -<div class="footnotes"><h2>FOOTNOTES:</h2> -<div class="footnote"> -<p><a name="Footnote_1" id="Footnote_1" href="#FNanchor_1"><span class="label">[1]</span></a> Es la milla rusa, que equivale poco -más o menos a un kilómetro.</p> - -<p><a name="Footnote_2" id="Footnote_2" href="#FNanchor_2"><span class="label">[2]</span></a> Porteros.</p> - -<p><a name="Footnote_3" id="Footnote_3" href="#FNanchor_3"><span class="label">[3]</span></a> Moneda de diez kopeks equivalente a -cuatro céntimos de franco. El rublo, que vale -unos cuatro francos, se divide en diez kopeks.</p> - -<p><a name="Footnote_4" id="Footnote_4" href="#FNanchor_4"><span class="label">[4]</span></a> Así llaman en Rusia a todos los que -pertenecen de una manera u otra a la administración -pública y constituyen como una -casta especial.</p> - -<p><a name="Footnote_5" id="Footnote_5" href="#FNanchor_5"><span class="label">[5]</span></a> Sonia es la fórmula familiar de Sofía, -y Sonetchka diminuto cariñoso del mismo -nombre.</p> - -<p><a name="Footnote_6" id="Footnote_6" href="#FNanchor_6"><span class="label">[6]</span></a> Diminutivo cariñoso de Dunia.</p> - -<p><a name="Footnote_7" id="Footnote_7" href="#FNanchor_7"><span class="label">[7]</span></a> Carreta de aldeano.</p> - -<p><a name="Footnote_8" id="Footnote_8" href="#FNanchor_8"><span class="label">[8]</span></a> Campesino siervo.</p> - -<p><a name="Footnote_9" id="Footnote_9" href="#FNanchor_9"><span class="label">[9]</span></a> Aproximadamente 1,88 metros.</p> - -<p><a name="Footnote_10" id="Footnote_10" href="#FNanchor_10"><span class="label">[10]</span></a> La piatak es una moneda de cinco kopeks, -equivalente a unos cuatro centavos.</p> - -<p><a name="Footnote_11" id="Footnote_11" href="#FNanchor_11"><span class="label">[11]</span></a> Pasaje.</p> - -<p><a name="Footnote_12" id="Footnote_12" href="#FNanchor_12"><span class="label">[12]</span></a> Cafetucho.</p> - -<p><a name="Footnote_13" id="Footnote_13" href="#FNanchor_13"><span class="label">[13]</span></a> Miembro de una sociedad de obreros o -de empleados.</p> - -<p><a name="Footnote_14" id="Footnote_14" href="#FNanchor_14"><span class="label">[14]</span></a> Medida de capacidad equivalente a -unos 30 centilitros.</p> - -<p><a name="Footnote_15" id="Footnote_15" href="#FNanchor_15"><span class="label">[15]</span></a> Señor.</p> - -<p><a name="Footnote_16" id="Footnote_16" href="#FNanchor_16"><span class="label">[16]</span></a> Especie de galleta.</p> - -<p><a name="Footnote_17" id="Footnote_17" href="#FNanchor_17"><span class="label">[17]</span></a> Padre, en alemán.</p> - -<p><a name="Footnote_18" id="Footnote_18" href="#FNanchor_18"><span class="label">[18]</span></a> Tienes diamantes y perlas.</p> - -<p><a name="Footnote_19" id="Footnote_19" href="#FNanchor_19"><span class="label">[19]</span></a> Tienes los más bellos ojos del mundo, -¿qué más quieres, niña?</p> - -<p><a name="Footnote_20" id="Footnote_20" href="#FNanchor_20"><span class="label">[20]</span></a> Panecillos blancos.</p> -</div></div></div> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO *** - -***** This file should be named 61851-h.htm or 61851-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/1/8/5/61851/ - -Produced by Carlos Colón, the University of Toronto, the -Internet Archive and the Online Distributed Proofreading -Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from -images made available by the HathiTrust Digital Library.) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To SEND -DONATIONS or determine the status of compliance for any particular -state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. To -donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works. - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/61851-h/images/cover.jpg b/old/61851-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 316344c..0000000 --- a/old/61851-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/61851-h/images/illo1.png b/old/61851-h/images/illo1.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 5b01849..0000000 --- a/old/61851-h/images/illo1.png +++ /dev/null |
