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-The Project Gutenberg EBook of El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: El crimen y el castigo
-
-Author: Fyodor Dostoyevsky
-
-Translator: Pedro Pedraza y Paez
-
-Release Date: April 16, 2020 [EBook #61851]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO ***
-
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-
-Produced by Carlos Colón, the University of Toronto, the
-Internet Archive and the Online Distributed Proofreading
-Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from
-images made available by the HathiTrust Digital Library.)
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- Nota del Transcriptor:
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- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
- Ilustraciones han sido eliminadas.
-
-
-
-
- BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS
-
-
- FEDOR DOSTOIEVSKY
-
-
- EL
- CRIMEN Y EL CASTIGO
-
-
- TRADUCCIÓN DE
- PEDRO PEDRAZA Y PAEZ
-
-
- [Ilustración]
-
-
- BARCELONA
- RAMÓN SOPENA, EDITOR
- PROVENZA, 93 A 97
-
-
-
-
- Derechos reservados.
-
-
- Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona
-
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-
-
-EL CRIMEN Y EL CASTIGO
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-
-
-
-I
-
-Una tarde muy calurosa de principios de julio, salió del cuartito que
-ocupaba, junto al techo de una gran casa de cinco pisos, un joven, que,
-lentamente y con aire irresoluto, se dirigió hacia el puente de K***.
-
-Tuvo suerte, al bajar la escalera, de no encontrarse a su patrona
-que habitaba en el piso cuarto, y cuya cocina, que tenía la puerta
-constantemente sin cerrar, daba a la escalera. Cuando salía el joven,
-había de pasar forzosamente bajo el fuego del enemigo, y cada vez que
-esto ocurría experimentaba aquél una molesta sensación de temor que,
-humillándole, le hacía fruncir el entrecejo. Tenía una deuda no pequeña
-con su patrona y le daba vergüenza el encontrarla.
-
-No quiere esto decir que la desgracia le intimidase o abatiese; nada
-de eso; pero la verdad era que, desde hacía algún tiempo, se hallaba
-en cierto estado de irritación nerviosa, rayano con la hipocondría.
-A fuerza de aislarse y de encerrarse en sí mismo, acabó por huir, no
-solamente de su patrona, sino de toda relación con sus semejantes.
-
-La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, dejó de ser sensible a sus
-efectos. Había renunciado completamente a sus ocupaciones cotidianas y,
-en el fondo, se burlaba de su patrona y de las medidas que ésta pudiera
-tomar en contra suya. Pero el verse detenido por ella en la escalera,
-el oír las tonterías que pudiera dirigirle, el sufrir reclamaciones,
-amenazas, lamentos y verse obligado a responder con pretextos y
-mentiras, eran para él cosas insoportables. No; era preferible no ser
-visto de nadie, y deslizarse como un felino por la escalera.
-
-Esta vez él mismo se asombró, cuando estuvo en la calle, del temor de
-encontrar a su acreedora.
-
-«¿Debo asustarme de semejantes simplezas cuando proyecto un golpe tan
-atrevido?--se decía, riendo de un modo extraño--. Sí... el hombre lo
-tiene todo entre las manos y lo deja que se le escape en sus propias
-narices tan sólo a causa de su holgazanería... Es un axioma... Me
-gustaría saber qué es lo que le da más miedo a la gente... Creo que
-temen, sobre todo, lo que les saca de sus costumbres habituales... Pero
-hablo demasiado... Tal vez por el hábito adquirido de monologar con
-exceso no hago nada... Verdad es que con la misma razón podría decir
-que es a causa de no hacer nada por lo que hablo tanto. Un mes completo
-hace que he tomado la costumbre de monologar acurrucado durante días
-enteros en un rincón, con el espíritu ocupado con mil quimeras. Veamos:
-¿por qué me doy esta carrera? ¿Soy capaz de _eso_? ¿Es serio _eso_?
-No, de ningún modo; patrañas que entretienen mi imaginación, puras
-fantasías.»
-
-Hacía en la calle un calor sofocante. La multitud, la vista de la cal,
-de los ladrillos, de los andamios y esta fetidez especial, tan conocida
-de los habitantes de San Petersburgo que no pueden alquilar una casa
-de campo durante el verano, todo contribuía a irritar cada vez más los
-nervios del joven. El insoportable olor de las tabernas y figones, muy
-numerosos en aquellas partes de la ciudad, y los borrachos que a cada
-paso se encontraba, aunque aquel era día laborable, acabaron por dar al
-cuadro un repugnante colorido.
-
-Hubo un momento en que los finos rasgos de la fisonomía de nuestro
-héroe expresaron amargo disgusto. Digamos con este motivo que no
-carecía de ventajas físicas; era alto, enjuto y bien formado; tenía el
-cabello castaño y hermosos ojos de color azul obscuro. Poco después
-cayó en profunda abstracción o más bien en una especie de sopor
-intelectual. Andaba sin reparar en los objetos que encontraba al paso
-y sin querer reparar en ellos. De vez en cuando murmuraba algunas
-palabras; porque, como él reconocía poco antes, tenía por costumbre el
-monologar. En aquel momento echó de ver que se embrollaban sus ideas, y
-que estaba muy débil: puede decirse que había pasado dos días sin comer.
-
-Iba tan miserablemente vestido, que otro que no hubiera sido él habría
-tenido escrúpulos para salir en pleno día con semejantes andrajos. A
-decir verdad, en aquel barrio se podía ir de cualquier modo. En los
-alrededores del Mercado del Heno, en esas calles del centro de San
-Petersburgo habitadas en su mayoría por obreros, a nadie asombra la más
-rara indumentaria. Pero tan arrogante desdén existía en el alma del
-joven, que, a pesar de su vergüenza, algunas veces cándida, no le daba
-ninguna de ostentar en la calle sus harapos.
-
-Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno de sus amigos o antiguos
-camaradas, de cuyo encuentro huía siempre... Sin embargo, se detuvo de
-pronto al notar, merced a esas palabras pronunciadas con voz burlona,
-que atraía la atención de los paseantes: «¡Ah, eh! un sombrero alemán».
-El que acababa de lanzar esta exclamación era un borracho a quien
-conducían, no sabemos dónde ni por qué, en una gran carreta.
-
-Con un movimiento convulsivo, el aludido se quitó el sombrero y se
-puso a examinarlo. Era el tal sombrero de copa alta, comprado en casa
-de Zimmerman, pero ya muy estropeado, raído, agujereado, cubierto de
-abolladuras y de manchas, sin alas: en una palabra, horrible. A pesar
-de todo, lejos de mostrarse herido en su amor propio, el poseedor de
-aquella especie de gorro experimentó más inquietud que humillación.
-
---¡Ya me lo figuraba yo!--murmuró en su turbación--; ¡lo había
-presentido! Pero lo peor es que en una miseria como la mía, una
-tontería insignificante puede echar a perder el negocio. Sí; este
-sombrero produce demasiado efecto, y el efecto nace precisamente de
-que es ridículo. Para llevar estos harapos es indispensable usar
-gorra. Mejor que este mamarracho será una boina vieja. No hay quien
-lleve semejantes sombreros; de seguro que éste llama la atención a una
-versta[1] de distancia. Después lo recordarían y podría ser un indicio;
-lo importante es no llamar la atención de nadie... Las cosas pequeñas
-tienen siempre importancia; por ellas suele ser por las que uno se
-pierde.
-
- [1] Es la milla rusa, que equivale poco más o menos a un
- kilómetro.
-
-No tenía que ir muy lejos; sabía la distancia exacta que separaba su
-casa del sitio adonde se dirigía; setecientos pasos justos. Los había
-contado cuando su proyecto no era más que un vago sueño. En aquella
-época no creía que llegase el día en que se trocara lo imaginado en
-acción; se limitaba a acariciar en su mente una idea espantosa y
-seductora a la vez; pero desde aquel tiempo, un mes hacía, comenzaba
-a considerar las cosas de otro modo. Aunque en todos sus soliloquios
-se reprochase su falta de energía y su irresolución, habíase ido, sin
-embargo, habituando poco a poco e involuntariamente, en cierto modo, a
-mirar como posible la realización de su sueño, no obstante continuar
-dudando de sí mismo. En aquel momento iba a hacer el _ensayo general_
-de su empresa, y a cada paso aumentaba su agitación.
-
-Con el corazón desfallecido y el cuerpo agitado por nervioso temblor,
-se aproximó a una inmensa casa que daba de un lado al canal y del
-otro a la calle... Este edificio, dividido en multitud de cuartitos
-de alquiler, tenía por inquilinos industriales de todas las clases,
-sastres, cerrajeros, cocineras, alemanes de diferentes categorías,
-mujeres públicas y humildes empleados, etc. Un continuo hormiguero
-entraba y salía por las dos puertas. Tres o cuatro _dvorniks_[2]
-prestaban sus servicios en esta casa. Con gran satisfacción suya, el
-joven no encontró a nadie. Después de haber pasado el umbral sin ser
-notado, tomó por la escalera de la derecha.
-
- [2] Porteros.
-
-Conocía ya esta escalera angosta y tenebrosa cuya obscuridad no le
-desagradaba, pues así no eran de temer las miradas curiosas. «Si ahora
-tiemblo, ¿qué será cuando venga en serio?», no pudo menos de pensar
-cuando llegaba al cuarto piso. Allí le cerraron el paso antiguos
-soldados convertidos en mozos de cuerda; mudaban los muebles de uno de
-los cuartos, ocupado, el joven lo sabía, por un funcionario alemán y su
-familia.
-
---Gracias a la marcha del alemán, no habrá durante algún tiempo en ese
-rellano otro inquilino que la vieja. Esto es bueno saberlo... por lo
-que pueda suceder.
-
-Así pensó, y tiró del llamador de la casa de la vieja. Débilmente sonó
-la campanilla, como si fuese de hojalata y no de cobre. Tales son en
-esas casas las campanillas de todos los pisos.
-
-Sin duda había olvidado este detalle; aquel sonido particular debió de
-traerle repentinamente a la memoria algún recuerdo, porque el joven
-se estremeció y se alteraron sus nervios. Al cabo de un instante se
-entreabrió la puerta, y, por la estrecha abertura, la dueña de la casa
-examinó al recién venido con manifiesta desconfianza; brillaban sus
-ojillos como dos puntos luminosos en la obscuridad, pero al advertir
-que había gente en el descansillo se tranquilizó y abrió por completo
-la puerta. El joven entró en un sombrío recibimiento, dividido en dos
-por un tabique, tras del cual estaba la cocina. En pie delante del
-joven, la vieja callaba interrogándole con la vista. Era una mujer de
-sesenta años, pequeñuela y delgada, de nariz puntiaguda y de mirada
-maliciosa.
-
-Tenía la cabeza descubierta, y los cabellos, que comenzaban a
-encanecer, relucían untados de aceite. Llevaba puesto al cuello, que
-era largo y delgado como la pata de una gallina, una tira de franela,
-y, a pesar del calor, habíase echado sobre los hombros un abrigo
-apolillado y amarillento. La vieja tosía a menudo. Debió de mirarla el
-joven de un modo singular, porque los ojos de la anciana recobraron
-bruscamente su expresión de desconfianza.
-
---Raskolnikoff, estudiante. Estuve aquí, en esta casa, hace un mes--se
-apresuró a decir el joven, medio inclinándose, porque había pensado que
-lo mejor era mostrarse afable.
-
---Sí, lo recuerdo, lo recuerdo--respondió la vieja, que no cesaba de
-mirarle con recelo.
-
---Pues bien... Vengo otra vez por un asuntillo del mismo
-género--continuó Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido de la
-desconfianza que inspiraba.
-
-«Quizá esta mujer ha sido siempre lo mismo; pero la otra vez no lo eché
-de ver»--pensó el joven desagradablemente impresionado.
-
-La vieja permaneció algún tiempo silenciosa como si reflexionase. Luego
-señaló la puerta de la sala a su visitante, y le dijo haciéndose a un
-lado para dejarle pasar delante de ella.
-
---Entre usted.
-
-La salita en la cual fué introducido el joven, tenía tapizadas las
-paredes de color amarillo; en las ventanas, con cortinas de muselina,
-había tiestos de geranios; el sol poniente arrojaba sobre aquello
-viva claridad. «¡Sin embargo, _entonces_ brillaba el sol de la misma
-manera!»--dijo Raskolnikoff para su coleto y dirigió rápidamente
-una mirada en torno suyo, para darse cuenta de todos los objetos y
-grabarlos en la memoria. En la habitación no había nada de particular.
-Los muebles, de madera amarilla, eran muy viejos: un sofá con gran
-respaldo vuelto, una mesa de forma oval frente a frente del sofá, un
-lavabo y un espejo entre las dos ventanas, sillas a lo largo de las
-paredes, dos o tres grabados, sin valor, que representaban señoritas
-alemanas con pájaros en las manos; a esto se reducía el mobiliario.
-
-En un rincón, delante de una pequeña imagen, ardía una lámpara; tanto
-los muebles como el suelo relucían de puro limpios.
-
-«Es Isabel la que arregla todo esto»--pensó el joven.
-
-En toda la habitación no se veía un grano de polvo.
-
-«Es preciso venir a las casas de estas malas viejas viudas para
-ver tanta limpieza»--continuó monologando Raskolnikoff, y miró con
-curiosidad la cortina de indiana que ocultaba la puerta correspondiente
-a otra salita; en esta última, en la que jamás había entrado, estaban
-la cama y la cómoda de la vieja.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó secamente la dueña de la casa, que,
-habiendo seguido a su visitante, se colocó frente a él para examinarle
-de cerca.
-
---He venido a empeñar una cosa. Véala usted.
-
-Y sacó del bolsillo un reloj de plata viejo y aplastado, que tenía
-grabado en la tapa un globo. La cadena era de acero.
-
---Aun no me ha devuelto usted la cantidad que le tengo prestada;
-anteayer cumplió el plazo.
-
---Le pagaré aún el interés del otro mes; tenga un poco de paciencia.
-
---Conste, amiguito, que puedo esperar, si quiero, o vender el objeto
-empeñado, si se me antoja...
-
---¿Qué me da por este reloj, Alena Ivanovna?
-
---Lo que trae aquí es una miseria; esto no vale nada. La otra vez le di
-a usted dos billetes pequeños por un anillo que se puede comprar nuevo
-en la joyería por rublo y medio.
-
---Déme usted cuatro rublos y lo desempeñaré. Perteneció a mi padre.
-Pronto recibiré dinero.
-
---Rublo y medio, y he de cobrar el interés por adelantado.
-
---¡Rublo y medio!--exclamó el joven.
-
---Acepta usted, ¿sí o no?
-
-Y dicho esto, la mujer alargó el reloj al visitante. Este lo tomó e
-iba a retirarse, irritado, cuando reflexionó que la prestamista era su
-último recurso; además, había ido allí para otra cosa.
-
---¡Venga el dinero!--dijo con tono brutal.
-
-La vieja buscó las llaves en el bolsillo y entró en la habitación
-contigua. Cuando el joven se quedó solo en la sala, se puso a escuchar,
-entregándose a diversos cálculos. A poco oyó cómo la usurera abría la
-cómoda.
-
-«Debe ser el cajón de arriba--supuso Raskolnikoff--; ahora sé que
-lleva las llaves en el bolsillo derecho, y que están todas reunidas
-en una anilla de acero... Una de ellas es tres veces más gruesa
-que las otras, y tiene las guardas dentadas; esa llave no es de la
-cómoda, seguramente. Por lo tanto, debe haber alguna caja o alguna
-arca de hierro... Es curioso. Las llaves de las arcas de hierro son
-generalmente de esa forma... ¡Pero qué innoble es todo esto!...»
-
-Volvió a entrar la vieja.
-
---Mire usted: como cobro una grivna[3] al mes por cada rublo, y
-empeña usted el reloj en rublo y medio le desquito 15 kopeks y queda
-satisfecho el interés por adelantado. Además, como usted me suplica que
-espere otro mes para devolverme los dos rublos que le tengo prestados,
-me debe usted por este concepto 20 kopeks, que, unidos a los 15 que le
-desquito, componen 35. Tengo, pues, que darle a usted un rublo y 15
-kopeks. Aquí están.
-
- [3] Moneda de diez kopeks equivalente a cuatro céntimos de
- franco. El rublo, que vale unos cuatro francos, se divide en
- diez kopeks.
-
---¡Cómo! ¿De modo que no me da usted ahora más que un rublo y 15 kopeks?
-
---Nada más tengo que darle a usted.
-
-Tomó el joven el dinero sin discutir. Miraba a la vieja sin darse prisa
-a marcharse. Parecía tener intención de hacer algo; pero no sabía con
-precisión lo que deseaba...
-
---Es posible, Alena Ivanovna, que venga pronto con otra cosa... Una
-cigarrera... de plata... muy bonita... en cuanto me la devuelva un
-amigo a quien se la he prestado.
-
-Dijo estas palabras con manifiesto embarazo.
-
---Pues bien, entonces hablaremos.
-
---Adiós... ¿Sigue usted viviendo sola, sin que su hermana le haga
-compañía?--preguntó con el tono más indiferente que le fué posible en
-el momento en que entraba en la antesala.
-
---¿Y qué le importa a usted mi hermana?
-
---Es verdad, se lo preguntaba a usted por decir algo... Adiós, Alena
-Ivanovna.
-
-Raskolnikoff salió muy alterado; al bajar la escalera se detuvo muchas
-veces como rendido por sus emociones.
-
-«¡Dios mío, cómo subleva el corazón todo esto!--exclamó cuando llegó a
-la calle--. ¡Es posible, es posible que yo...!
-
-No, es una tontería, un absurdo--añadió resueltamente--. ¿Y ha podido
-ocurrírseme tan espantosa idea? ¿He de ser yo capaz de tal infamia?
-¡Esto es odioso, innoble, repugnante!... ¿Y por espacio de un mes
-entero yo...?»
-
-Para expresar la agitación que sentía, eran impotentes las
-exclamaciones y palabras. La sensación de inmenso disgusto que comenzó
-a oprimirle poco antes cuando se encaminaba a casa de la vieja,
-alcanzaba ahora intensidad tan grande que el joven no sabía cómo
-substraerse a semejante suplicio... Caminaba por la acera como un
-borracho, sin reparar en los transeuntes y tropezándose con ellos. En
-la calle siguiente volvió a recobrar ánimos y, mirando en torno suyo,
-advirtió que estaba cerca de una taberna; una escalera situada al nivel
-de la acera daba entrada a la cueva del establecimiento. Raskolnikoff
-vió salir en aquel instante a dos borrachos que se apoyaban el uno en
-el otro, injuriándose recíprocamente.
-
-Vaciló el joven un instante, y después bajó la escalera. Nunca había
-entrado en una taberna; pero en aquel momento sentía vahídos, le
-atormentaba ardiente sed. Tenía ganas de beber cerveza fresca, y
-atribuía su debilidad a lo vacío del estómago. Después de sentarse en
-un rincón, sombrío y sucio, ante una mesita mugrienta, pidió cerveza y
-bebió el primer vaso con avidez.
-
-Al punto sintió un gran alivio y se esclarecieron sus ideas.
-
-«Todo esto es absurdo--se dijo ya confortado--. No había motivo para
-turbarse. ¡Es sencillamente efecto de un mal físico; con un vaso de
-cerveza y un bizcocho habría recobrado la fuerza de mi inteligencia,
-la precisión de mis ideas, el vigor de mis resoluciones! ¡Oh, qué
-insignificante es todo ello!»
-
-A pesar de tan desdeñosa conclusión, estaba contento, como si se viese
-libre de un peso enorme, y dirigía miradas amistosas a las personas
-presentes. Pero al mismo tiempo sospechó que fuese ficticio aquel
-retorno a la energía.
-
-Quedaba muy poca gente en la taberna; después de los dos borrachos,
-salió una banda de cinco músicos, y el establecimiento quedó
-silencioso; no había en él más que tres personas: un individuo algo
-ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre de la clase media, estaba
-sentado delante de una botella de cerveza. Cerca de él, tendido en el
-banco, dormitaba un sujeto alto y grueso, de barba blanca, vestido con
-un largo levitón, y en completo estado de embriaguez.
-
-De cuando en cuando parecía despertarse bruscamente; se ponía a hacer
-sonar los dedos, apartando los brazos y moviendo rápidamente el busto,
-sin levantarse del banco sobre el cual estaba echado. Tales gestos y
-ademanes servían de acompañamiento a una canción necia, de la que el
-hombre se esforzaba para recordar los versos:
-
- Durante un año entero
- yo he acariciado.
- Du-ran-te un a-ño en-te-ro
- yo he a-ca-ri-cia-do
- a mi mujer.
-
-O esta otra:
-
- En la Podiatcheshaïa.
- He encontrado a mi vieja...
-
-Nadie hacía caso de la alegría de aquel melómano. Su mismo compañero
-escuchaba todos aquellos gorjeos en silencio y haciendo muecas de
-disgusto. El tercer consumidor parecía un antiguo funcionario. Sentado
-aparte se llevaba de vez en cuando el vaso a los labios, mirando en
-derredor suyo; parecía que también él era presa de cierta agitación.
-
-
-II
-
-Raskolnikoff no estaba habituado a la multitud, y, conforme hemos
-dicho, desde hacía algún tiempo evitaba las compañías de sus
-semejantes; pero de repente se sintió atraído hacia los hombres.
-Cualquiera hubiera dicho que se operaba en él una especie de revolución
-y que el instinto de sociabilidad recobraba sus derechos. Entregado
-durante un mes completo a los sueños morbosos que la soledad engendra,
-tan fatigado estaba nuestro héroe de su aislamiento, que deseaba
-encontrarse, aunque no fuese más que un minuto, en un ambiente humano.
-Así, pues, por innoble que fuese aquella taberna, se sentó ante una de
-las mesas con verdadero placer.
-
-El dueño del establecimiento estaba en otra habitación; pero salía y
-entraba frecuentemente en la sala. Desde el umbral, sus hermosas botas
-de altas y rojas vueltas atraían inmediatamente las miradas; llevaba un
-_paddiovka_ y un chaleco de raso negro horriblemente manchado de grasa
-y no tenía corbata; la cara parecía untada de aceite. Tras el mostrador
-se hallaba un mozo de catorce años, y otro más joven servía a los
-parroquianos. Expuestas en el aparador había varias vituallas, trozos
-de cohombro, galleta negra y bacalao cortado en pedazos; todo exhalaba
-olor a rancio. El calor era tan insoportable y la atmósfera estaba tan
-cargada de vapores alcohólicos, que parecía imposible pasar en aquella
-sala cinco minutos sin emborracharse.
-
-Ocurre a veces que nos encontramos con desconocidos que nos interesan
-por completo a primera vista, antes de cruzar una palabra con ellos.
-Esto fué lo que sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo que tenía
-el aspecto de un antiguo funcionario. Más tarde, al acordarse de esta
-primera impresión, el joven la atribuyó a un presentimiento. No quitaba
-los ojos del desconocido, sin duda porque este último no dejaba tampoco
-de mirarle, y parecía muy deseoso de trabar conversación con él. A
-los demás consumidores, y aun al mismo tabernero, los miraba con aire
-impertinente y altanero; eran, evidentemente, personas que estaban por
-debajo de él en condición social y en educación para que se dignase
-dirigirles la palabra.
-
-Aquel hombre, que había pasado ya de los cincuenta años, era de
-mediana estatura y de complexión robusta. La cabeza, en gran parte
-calva, no conservaba más que algunos cabellos grises. El rostro largo,
-amarillo o casi verde, denunciaba hábitos de incontinencia; bajo los
-gruesos párpados brillaban unos ojillos rojizos, muy vivaces. Lo que
-más impresionaba en su fisonomía era la mirada en que la llama de la
-inteligencia y del entusiasmo se alternaba con no sé qué expresión de
-locura. Este personaje llevaba sobretodo negro, viejo, todo desgarrado,
-y no gustándole, sin duda, llevarle abierto, lo abrochaba correctamente
-con el único botón que el sobretodo tenía. El chaleco, de _nanquin_,
-dejaba ver la pechera de la camisa rota y llena de manchas. La ausencia
-de barba denunciaba en él al funcionario; pero debía haberse afeitado
-en una época bastante remota, porque le azuleaban las mejillas con un
-pelo muy espeso. Notábase en sus maneras cierta gravedad burocrática;
-pero, en aquel momento, parecía conmovido. Se revolvía los cabellos,
-y, de tiempo en tiempo, apoyaba los codos en la mesa pringosa, sin
-temor a mancharse las mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza en las
-dos manos. Por último, comenzó a decir en voz alta y firme, mirando a
-Raskolnikoff.
-
---¿Será una indiscreción por mi parte, señor, hablar con usted?
-Porque es lo cierto que, a pesar de la sencillez de su traje, mi
-experiencia distingue en usted un hombre muy bien educado y no un
-asiduo parroquiano de taberna. Siempre he dado mucha importancia a
-la educación, unida, por supuesto, a las cualidades del corazón.
-Pertenezco al _Tchin_[4]. Permítame usted que me presente: Simón
-Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular. ¿Me es lícito preguntarle si
-ha pertenecido usted a la administración?
-
- [4] Así llaman en Rusia a todos los que pertenecen de una
- manera u otra a la administración pública y constituyen como
- una casta especial.
-
---No, yo soy estudiante--respondió el joven sorprendido de aquel cortés
-lenguaje, y, sin embargo, molesto al ver que un desconocido le dirigía
-la palabra a quema ropa.
-
-Aunque se hallaba en su cuarto de hora de sociabilidad, sintió en aquel
-momento que se le despertara el mal humor que solía experimentar cuando
-un extraño trataba de ponerse en relaciones con él.
-
---¿De modo que es usted estudiante, o lo sigue siendo?--repuso
-vivamente el funcionario--; es precisamente lo que yo pensaba. ¡Tengo
-olfato, señor, un olfato muy fino, gracias a mi larga experiencia!
-
-Se llevó el dedo a la frente, indicando con este gesto la opinión que
-tenía de su capacidad cerebral.
-
---Pero, dispénseme... ¿no ha terminado usted realmente sus estudios?
-
-Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse al lado del joven. A pesar de
-estar ebrio, hablaba distintamente y sin gran incoherencia. Al verle
-arrojarse sobre Raskolnikoff como sobre una presa, se hubiera podido
-suponer que él también, desde hacía un mes, no había despegado los
-labios ni para decir esta boca es mía.
-
---Señor--declaró con cierta solemnidad--, la pobreza no es un vicio,
-seguramente, de la misma manera que la embriaguez no es una virtud.
-Pero la indigencia, señor, la indigencia es un vicio de los peores. En
-la pobreza conserva uno el orgullo nativo de sus sentimientos; en la
-indigencia no se conserva nada, ni siquiera se le echa a uno a palos
-de la sociedad humana, sino a escobazos, que son más humillantes. Y
-hacen bien, porque el indigente está dispuesto a envilecerse y esto es
-lo que explica la taberna. Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff pegó
-a mi mujer. Y dígame, ¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en el punto
-más sensible? ¿Me comprende usted? Permítame que le haga otra pregunta,
-¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva en
-los barcos de heno?
-
---No, jamás--contestó Raskolnikoff--; ¿por qué me lo pregunta usted?
-
---Pues bien, para mí será hoy la quinta vez que dormiré allí.
-
-Llenó el vaso, lo apuró y se quedó pensativo. En efecto, en su traje
-y en sus cabellos se veían algunas briznas de heno. A juzgar por las
-apariencias, lo menos hacía cinco días que no se había desnudado ni
-lavado la cara. Sus gruesas y rojas manos, con las uñas de luto,
-estaban también extremadamente sucias.
-
-La sala entera le escuchaba, aunque, a decir verdad, con bastante
-despreocupación. Los mozos se reían detrás del mostrador. El tabernero
-había bajado también, sin duda para oír a aquel hombre original.
-Sentado a cierta distancia bostezaba con aire importante. Evidentemente
-Marmeladoff era conocido desde hacía algún tiempo en la casa. Según
-todas las probabilidades, debía su notoriedad a la costumbre de hablar
-en la taberna con todos los parroquianos que se ponían a su alcance.
-Tal costumbre se convierte en una necesidad para ciertos borrachos,
-principalmente para aquellos que son tratados con dureza por esposas
-poco tolerantes; tratan de adquirir en la taberna con sus compañeros de
-orgía la consideración que no encuentran en sus hogares.
-
---¡Por vida de...!--dijo en voz fuerte el tabernero--. ¿Por qué no
-trabajas, por qué no vas a la oficina, puesto que eres empleado?
-
---¿Por qué no trabajo, señor?--siguió diciendo Marmeladoff, encarándose
-exclusivamente con Raskolnikoff, como si éste le hubiera dirigido la
-pregunta--. ¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi inutilidad no me
-disgusta? Cuando, hace un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi mujer con
-sus propias manos, mientras yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal
-escena, ¿cree usted que yo no sufría? Permítame usted, joven; ¿le ha
-ocurrido a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar un préstamo sin
-esperanza?
-
---Sí... Es decir, ¿qué entiende usted por eso de sin esperanza?
-
---Quiero decir, sabiendo perfectamente de antemano que no le darán a
-usted nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre de que tal hombre,
-tal ciudadano bien intencionado, no le prestaría un kopek; porque,
-dígame usted, ¿a qué santo había de prestárselo, sabiendo que usted no
-ha de devolvérselo? ¿Por piedad? Ese Lebeziatnikoff es partidario de
-las nuevas ideas y aseguraba el otro día que la compasión, en nuestra
-época, está prohibida hasta por la ciencia, y que tal es la doctrina
-reinante en Inglaterra, en donde florece la economía política. ¿Cómo,
-repito, ese hombre habrá de prestarle a usted dinero? Está usted seguro
-de que no se lo prestará, y, sin embargo, se dirige usted a...
-
---¿Para qué ir en ese caso?--interrumpió Raskolnikoff.
-
---Pues porque es preciso ir a alguna parte; porque no hay otra salida
-y llega un tiempo en que el hombre se decide, de buena o mala gana,
-a tomar cualquier senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir
-en la policía tuve que ir también con ella (porque mi hija tiene
-cartilla)--añadió entre paréntesis, mirando al joven con expresión de
-inquietud--. Le advierto a usted que esto me tiene sin cuidado--se
-apresuró a decir con aparente flema, en tanto que los mozos, detrás del
-mostrador, y hasta el mismo tabernero sonreían--. ¡Poco me importa!
-No me inquietan los movimientos de cabeza, porque estas cosas son
-conocidas de todo el mundo y no hay secreto que no se descubra; no es
-con desprecio sino con resignación, como yo acepto mi suerte. ¡Sea!
-_¡Ecce Homo!_ Permítame, joven, que le pregunte si puede usted, o,
-mejor dicho, si se atrevería usted, fijando los ojos en mí, a afirmar
-que no soy un cerdo.
-
-El joven no respondió.
-
-El orador esperó con aire digno a que terminasen las risas provocadas
-por sus últimas palabras. Después añadió:
-
---Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella es una señora. ¡Llevo impreso
-el sello de la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi esposa, es una
-persona bien educada, hija de un oficial superior. Concedo que soy un
-bufón empedernido; pero mi mujer tiene un gran corazón, sentimientos
-elevados, instrucción... y, sin embargo... ¡Oh! ¡Si tuviese piedad de
-mí! ¡Señores, señores, todos los hombres tienen necesidad de encontrar
-piedad en alguna parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza
-de alma, es injusta... Pues bien, con tal de que yo llegue a comprender
-que cuando me tira de los cabellos, lo hace, en rigor, por interés
-hacia mí... (No me avergüenzo de confesarlo: me tira de los cabellos,
-joven)--insistió, creciendo en dignidad al oír nuevas carcajadas--.
-Sin embargo, Dios mío, aunque no fuese más que una vez... pero no, no;
-dejemos esto; es inútil hablar de ello... Ni una sola vez he obtenido
-lo que deseaba; ni una sola vez se ha tenido compasión de mí... pero
-tal es mi carácter; soy un verdadero bruto...
-
---Lo creo--dijo bostezando el tabernero.
-
-Marmeladoff dió un puñetazo en la mesa.
-
---Tal es mi carácter; ¿querrá usted creer, querrá usted creer, señor,
-que me he bebido hasta sus medias? No digo sus zapatos, porque esto
-se comprendería, hasta cierto punto; pero son sus medias, sus medias,
-las que yo me he bebido. ¡Sus medias! me he bebido también su pañoleta
-de pelo de cabra, un regalo que le habían hecho; un objeto que poseía
-antes de casarse conmigo y que era de su propiedad y no de la mía.
-Habitamos en un cuarto muy frío; este invierno mi mujer ha pescado un
-catarro y tose y escupe sangre. Tenemos tres hijos pequeños, y Catalina
-Ivanovna trabaja de la noche a la mañana. Hace colada y limpia la casa,
-porque desde muy joven está acostumbrada a la limpieza. Por desgracia,
-tiene el pecho delicado, cierta predisposición a la tisis que me
-preocupa. ¿No lo siento, por ventura? Cuando más bebo, más lo siento.
-Es para sentir y sufrir más por lo que me entrego a la bebida; ¡bebo
-porque quiero sufrir doblemente!
-
-E inclinó la cabeza sobre la mesa con aire de desesperación.
-
---Joven--continuó en seguida incorporándose--, me parece leer en su
-semblante cierto disgusto. Desde que entró usted me ha parecido
-advertirlo, y por eso le he dirigido inmediatamente la palabra. Si le
-cuento la historia de mi vida no es para ofrecerme a la burla de esos
-ociosos, que, por otra parte, están enterados de todo, no; es porque
-busco la simpatía de un hombre bien educado. Sepa usted, pues, que
-mi mujer ha sido educada en una pensión aristocrática de provincia,
-y que a su salida del establecimiento bailó en chal delante del
-gobernador y de los otros personajes oficiales; tan contenta estaba
-por haber obtenido una medalla de oro y un diploma. La medalla... la
-hemos vendido hace ya mucho tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma, lo
-conserva mi esposa en un cofre y últimamente aun lo mostraba al ama
-de nuestra casa. Aunque esté a matar con ella, a mi mujer le gusta
-ostentar ante los ojos de cualquiera sus éxitos pasados. No se lo echo
-en cara, porque su única alegría ahora es acordarse de los hermosos
-días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se ha desvanecido! Sí, sí; tiene un
-alma ardiente, orgullosa, intratable. Ella friega el suelo, come pan
-negro; pero no permite que se le escatimen ciertas consideraciones. Así
-es, que no ha tolerado la grosería de Lebeziatnikoff, y cuando, para
-vengarse de haber sido despedido, este último le puso la mano encima,
-mi mujer tuvo que guardar cama, sintiendo más el insulto hecho a su
-dignidad que el dolor de los golpes recibidos.
-
-»Cuando me casé con ella era viuda, con tres niños pequeños. Había
-estado casada en primeras nupcias con un oficial de infantería, con
-quien huyó de casa de sus padres; amaba extremadamente a su marido;
-pero éste se dió al juego, tuvo que entendérselas con la justicia, y
-murió. En los últimos tiempos pegaba a su mujer. Sé de buena tinta
-que no era cariñosa con él, lo que no le impide ahora llorar por el
-difunto y establecer continuamente comparaciones entre él y mi persona,
-comparaciones poco lisonjeras para mi amor propio. Pero no me quejo;
-más bien me complace que se imagine haber sido feliz en otro tiempo.
-
-»Después de la muerte de su marido se encontró sola con tres hijos
-pequeños, en un distrito lejano y salvaje, donde la encontré yo. Su
-miseria era tal, que yo, que de eso he visto tanto, no me siento con
-fuerzas para describirla. Todos sus parientes la habían abandonado; por
-otra parte, su orgullo le hubiera impedido siempre implorar la piedad
-de aquellas personas. Entonces, señor, entonces, yo, que era viudo
-también, y que tenía de mi matrimonio una hija de catorce años, ofrecí
-mi mano a aquella pobre mujer; tanta pena me daba verla sufrir.
-
-»Instruída, bien educada, de buena familia, consintió, sin embargo,
-en casarse conmigo. Esto puede dar a usted una idea de la miseria en
-que la pobre viviría. Acogió mi proposición llorando, sollozando y
-retorciéndose las manos, pero la acogió, porque no tenía dónde ir.
-
-»¿Comprende usted, comprende usted lo que significan estas palabras:
-«No tener ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende todavía!
-
-»Durante un año entero cumplí mi deber honrada y santamente, y sin
-probar una gota de esto (señaló con el dedo la media botella que tenía
-delante); porque no carezco de sentimientos. Pero nada adelanté. A
-poco perdía mi empleo y no por falta mía; reformas administrativas
-determinaban la supresión del que desempeñaba, y entonces fué cuando
-me di a la bebida... Ahora ocupamos una habitación en casa de Amalia
-Ludvigovna Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos y de qué
-vivimos. Hay allí muchos inquilinos además de nosotros; es una ratonera
-aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante este tiempo, creció la hija que
-yo tenía de mi primera mujer. No quiero hablar de lo que su madrastra
-la ha hecho sufrir.
-
-»Aunque de sentimientos nobilísimos, Catalina Ivanovna es una mujer
-irascible e incapaz de contenerse en los arrebatos de su cólera... Sí,
-¡vamos, es inútil hablar de esto! Como puede usted comprender, Sonia no
-ha recibido una gran instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle
-Geografía e Historia Universal; pero como yo no he estado nunca fuerte
-en estas materias, y como además no tenía a mi disposición un buen
-manual, no hizo grandes progresos en sus estudios: nos detuvimos en
-Ciro, rey de Persia. Más tarde, cuando llegó a la edad adulta, leyó
-algunas novelas. Lebeziatnikoff le prestó hace poco la _Fisiología
-de Ludwig_. ¿Conoce usted esa obra? Mi hija la ha encontrado muy
-interesante y aun nos ha leído muchos pasajes en alta voz. A eso se
-limita toda su cultura.
-
-»Ahora, señor, apelo a su sinceridad. ¿Cree usted en conciencia que una
-joven pobre, pero honrada, pueda vivir de su trabajo? Como no tenga una
-habilidad especial, ganará 15 kopeks al día, y para llegar a esa cifra
-tendrá necesidad de no perder un solo minuto. ¡Pero qué digo! Sonia
-hizo media docena de camisas de holanda, para el consejero de Estado
-Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habrá oído hablar de él; pues bien, no
-sólo está esperando aún que se le paguen, sino que la pusieron a la
-puerta llenándola de injurias, so pretexto de que no había tomado bien
-la medida del cuello.
-
-»En tanto los niños se mueren de hambre, Catalina Ivanovna se
-pasea por la habitación retorciéndose las manos, mientras en sus
-mejillas aparecen las manchas rojizas, propias de su enfermedad.
-«Holgazana--decía a mi hija--, ¿no te da vergüenza de vivir sin hacer
-nada? Bebes, comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto ahora: ¿Qué es lo que
-la pobre muchacha podría beber y comer cuando en tres días los niños no
-habían visto siquiera un mendrugo de pan? Yo estaba en aquel momento
-acostado... Vamos, hay que decirlo todo, borracho; pero oí que mi Sonia
-respondía tímidamente con su voz dulce (la pobrecita es rubia, con una
-carita siempre pálida y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna, ¿por qué
-me dice usted esas cosas?»
-
-»Tengo que añadir que ya por tres veces Daría Frantzovna, una mala
-mujer muy conocida de la policía, le había hecho insinuaciones en
-nombre del propietario de la casa. «Vaya--dijo irónicamente Catalina
-Ivanovna--, vaya un tesoro para guardarlo con tanto cuidado.» Pero no
-la acuse usted. No tenía conciencia de lo que decía; estaba agitada,
-enferma, veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo que decía era más
-bien para molestar a Sonia que para excitarla a que se entregara al
-vicio... Catalina Ivanovna es así; cuando oye llorar a sus hijos les
-pega, aunque sabe que lloran de hambre. Eran entonces las cinco y oí
-que Sonia se levantaba, se ponía el chal y salía del cuarto.
-
-»A las ocho volvió. Al llegar, se fué derecha a Catalina Ivanovna,
-y, silenciosamente, sin proferir palabra, depositó treinta rublos de
-plata delante de mi mujer. Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo verde
-(un pañuelo que sirve para toda la familia), se envolvió la cabeza
-y se echó en la cama con la cara vuelta hacia la pared; un continuo
-temblor agitaba sus hombros y su cuerpo... yo continuaba en el mismo
-estado... En aquel momento, joven, vi a Catalina Ivanovna que, también
-silenciosamente, se arrodillaba junto al lecho de Sonia.
-
-»Pasó toda la noche de rodillas, besando los pies de mi hija y
-rehusando levantarse. Después, las dos se durmieron juntas en los
-brazos una de la otra... ¡las dos!... ¡las dos!... sí; y yo continuaba
-lo mismo, sumido en la embriaguez.
-
-Se calló Marmeladoff, como si la voz le hubiera faltado; luego llenó la
-copa, la vació y siguió, después de un corto silencio:
-
---Desde entonces, señor, a consecuencia de una circunstancia
-desgraciada, y con motivo de cierta denuncia de personas perversas
-(Daría Frantzovna tuvo parte principal en este negocio porque quería
-vengarse de una supuesta falta de respeto), desde entonces mi hija
-Sonia[5] Semenovna fué inscrita en el registro de policía y se vió
-obligada a dejarnos. Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible en
-este punto, sin tener en cuenta que ella misma, en cierto modo, había
-favorecido las intrigas de Daría Frantzovna.
-
- [5] Sonia es la fórmula familiar de Sofía, y Sonetchka
- diminuto cariñoso del mismo nombre.
-
-»Lebeziatnikoff se ha unido a ella... ¡hum! y con motivo de lo de Sonia
-fué la cuestión que Catalina Ivanovna tuvo con él. En un principio
-estuvo muy solícito con Sonetchka; pero de repente se sintió herido
-en su amor propio. «¿Cómo un hombre de corazón--dijo--ha de habitar
-en la misma casa que semejante desdichada?» Catalina Ivanovna tomó
-partido por Sonia, y la disputa acabó en golpes... En la actualidad
-mi hija viene a menudo a vernos a la caída de la tarde, y ayuda con
-lo que puede a mi mujer. Vive en casa de Kapernumoff, un sastre cojo
-y tartamudo. Sus hijos, que son varios, tartamudean como él, y hasta
-su mujer tiene no sé qué defecto en la lengua... Todos comen y duermen
-en la misma sala; pero a Sonia le han cedido una habitación, separada
-de la de sus huéspedes por un tabique... ¡hum! sí... Son personas
-muy pobres y tartamudas... Bueno... Una mañana me levanté, me puse
-mis harapos, elevé las manos al cielo y me fuí a ver a Su Excelencia
-Ivan Afanasievitch. ¿Le conoce usted? ¿No? Pues entonces no conoce a
-un santo varón... Es una vela... pero una vela que arde delante del
-altar del Señor. Mi historia, que Su Excelencia se dignó oír hasta el
-fin, le hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón Ivanovitch--me dijo--,
-has defraudado una vez mis esperanzas, pero vuelvo a tomarte, bajo
-mi exclusiva responsabilidad personal.» Así se expresó, añadiendo:
-«Procura acordarte de lo pasado, para no reincidir, y retírate.» Besé
-el polvo de sus botas, mentalmente, por supuesto, porque Su Excelencia
-no hubiera permitido que se las besase de veras; es un hombre muy
-penetrado de las ideas modernas y no le gustan semejantes homenajes.
-¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó cuando anuncié en casa que tenía un
-destino!
-
-De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff a detenerse. En aquel momento
-invadió la taberna un grupo de individuos ya a medios pelos. A la
-puerta del establecimiento sonaba un organillo, y la voz débil de un
-chiquillo cantaba la _Petite Ferme_.
-
-La atmósfera de la sala era pesadísima. El tabernero y los mozos
-se apresuraban a servir a los recién llegados. Sin reparar en este
-incidente, Marmeladoff continuó su relato; el funcionario era cada vez
-más expansivo a causa de los progresos de su borrachera. El recuerdo de
-su reciente reposición iluminaba como un rayo de alegría su semblante.
-Raskolnikoff no perdía ni una sílaba de sus palabras.
-
---Han transcurrido cinco semanas, señor, desde que Catalina Ivanovna
-y Sonetchka supieron la grata noticia. Le aseguro a usted que me
-encontraba como transportado al paraíso. Antes no hacía más que
-abrumarme con palabrotas como estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas desde
-aquel momento andaba de puntillas y hacía callar a los pequeños,
-diciéndoles: «¡Chis! ¡Papá viene cansado del trabajo!» Antes de ir a la
-oficina me daban café con crema, pero no crea, crema verdadera, ¿eh?
-No sé de dónde pudieron sacar el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin
-de arreglarme la ropa. Lo cierto es que ellas me pulieron de pies a
-cabeza; tuve botas, chaleco de magnífico hilo y uniforme, todo en muy
-buen uso: les costó 11 rublos y medio. Seis días ha, cuando entregué
-íntegros mis honorarios, 23 rublos y 40 kopeks, mi mujer me acarició en
-la mejilla, diciéndome: «¡vaya un pez que estás hecho!» Naturalmente,
-esto ocurrió cuando estábamos solos. Dígame usted si no es encantador...
-
-Marmeladoff se interrumpió, trató de sonreír; pero súbito temblor agitó
-su barba. Dominó, sin embargo, en seguida, su emoción. Raskolnikoff
-no sabía qué pensar de aquel borracho, que vagaba al azar desde hacía
-cinco días, durmiendo en los barcos de pesca, y, a pesar de todo,
-sintiendo por su familia profundo cariño. El joven le escuchaba con
-la mayor atención, pero experimentando cierta sensación de malestar.
-Estaba enojado consigo mismo por haber entrado en la taberna.
-
---¡Señor, señor!--dijo el funcionario disculpándose--, quizá halle
-usted, como los demás, risible todo lo que le cuento; acaso le estoy
-fastidiando refiriéndole estos tontos y miserables pormenores de mi
-existencia doméstica; mas para mí no crea usted que son divertidos,
-porque le aseguro que siento todas estas cosas... Durante aquel día
-maldito hice proyectos encantadores; pensé en el medio de organizar
-nuestra vida, de vestir a los niños, de procurar reposo a mi mujer,
-de sacar del fango a mi hija única. ¡Oh, cuántos planes formaba!
-Pues bien, señor (Marmeladoff empezó a temblar de repente; levantó
-la cabeza y miró a la cara a su interlocutor), el mismo día, cinco
-hace hoy, después de haber acariciado todos estos sueños, robé, como
-un ladrón nocturno, la llave a mi mujer y tomé del baúl todo lo que
-quedaba del dinero que yo había llevado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo.
-Mírenme todos: hace cinco días que abandoné mi casa; no se sabe en
-ella qué es de mí; he perdido mi empleo, he dejado mi uniforme en una
-taberna y me han dado este traje en su lugar... Todo, todo ha acabado...
-
-Marmeladoff se dió un puñetazo en la frente, rechinó los dientes y
-cerrando los ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo de un momento
-cambió bruscamente la expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff con
-afectado cinismo y dijo riéndose:
-
---¡He estado hoy en casa de Sonia; he ido a pedirle dinero para beber!
-¡Je, je, je!
-
---¡Y te lo ha dado!--gritó, riéndose, uno de los parroquianos que
-formaba parte del grupo recién llegado a la taberna.
-
---Con su dinero he pagado esta media botella--repuso Marmeladoff
-dirigiéndose exclusivamente a nuestro joven--. Sonia fué a buscar
-treinta kopeks y me los entregó; era cuanto tenía; lo he visto con
-mis propios ojos. No me dijo nada; se limitó a mirarme en silencio,
-una mirada que no pertenece a la tierra, una mirada como deben tener
-los ángeles que lloran sobre los pecados de los hombres pero no los
-condenan. ¡Qué triste es que no le reprendan a uno! Treinta kopeks,
-sí, que de seguro necesitaba. ¿Qué me dice usted, querido señor?
-Ahora tiene ella que ir bien arreglada. La elegancia y los afeites,
-indispensables en su oficio, cuestan dinero; lo comprenderá usted; hay
-que tener pomada, enaguas almidonadas, lindas botitas que hagan bonito
-el pie para lucirlo al saltar los charcos. ¿Comprende usted, comprende
-usted la importancia de esta limpieza y elegancia? Pues bien, yo,
-su padre, según la Naturaleza, ha ido a pedirle esos treinta kopeks
-para bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya están bebidos... vamos, ¿quién ha
-de tener compasión de un hombre como yo? Ahora, señor, ¿puede usted
-compadecerme? Hable usted, señor: ¿tiene usted piedad de mí? ¿Sí o no?
-¡Je, je, je!
-
-Iba a servirse nuevamente, pero echó de ver que la media botella estaba
-vacía.
-
---¿Por qué se ha de tener lástima de ti?--gritó el tabernero.
-
-Estallaron risas mezcladas con injurias. Los que no habían oído las
-palabras del ex funcionario, formaban coro con los otros, solamente al
-ver su catadura.
-
-Marmeladoff, como si no hubiese esperado otra cosa que la interpelación
-del tabernero, para soltar el torrente de su elocuencia, se levantó
-vivamente y, con el brazo extendido hacia delante, replicó con
-exaltación:
-
---¡Por qué tener compasión de mí! ¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es
-verdad, no se me debe compadecer! ¡Hay que crucificarme, ponerme en
-la cruz, no tenerme lástima! ¡Crucifícame, juez, pero, al hacerlo,
-ten piedad de mí! Así iré yo mismo al suplicio, porque no tengo sed
-de alegría, sino de dolor y de lágrimas. ¿Piensas tú, tendero, que tu
-media botella me ha proporcionado placer? Buscaba la tristeza, tristeza
-y lágrimas en el fondo de este frasco, y la he encontrado y saboreado.
-Pero Aquel que ha tenido piedad de todos los hombres, Aquel que todo lo
-comprende, tendrá piedad de nosotros; El es el único juez, El vendrá
-el último día y preguntará: «¿Dónde está la hija que has sacrificado
-por una madrastra odiosa y tísica y por niños que no eran sus hermanos?
-¿Dónde está la joven que ha tenido piedad terrestre y no ha vuelto con
-horror las espaldas a este crapuloso borracho?» Y El dirá entonces:
-«Ven, yo te he perdonado una vez... yo te he perdonado ya una vez...
-ahora, todos tus pecados te son perdonados, porque has amado mucho...»
-Y El perdonará a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo he sentido en
-mi corazón cuando estaba en su casa.... Todos serán juzgados por El
-y El perdonará a todos, a los buenos y a los malos, a los sabios y a
-los pacíficos... y cuando haya acabado con ellos, nos tocará la vez
-a nosotros. «Acercaos también, nos dirá El; acercaos vosotros los
-borrachos, acercaos los cobardes, acercaos los impúdicos», y nos
-aproximaremos todos sin temor y El nos dirá: «¡Sois unos cochinos!
-¡Tenéis sobre vosotros la marca de la bestia, pero venid también!»
-Y los sabios, los inteligentes dirán: «Señor, ¿por qué recibes Tú a
-éstos?» Y El responderá: «Yo los recibo ¡oh sabios! porque ninguno de
-ellos se ha creído digno de este favor...» Y El nos abrirá los brazos y
-nosotros nos precipitaremos en ellos... y nos desharemos en lágrimas...
-y comprenderemos... sí, entonces todo será comprendido por todo el
-mundo, y Catalina Ivanovna también comprenderá... Señor, vénganos el tu
-reino.
-
-Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco sin mirar a nadie, como si
-desde largo rato se hubiese olvidado del lugar en que se hallaba y de
-las personas que le rodeaban, y quedó absorto en la visión de fantasmas
-de ultratumba. Sus palabras produjeron cierta impresión; durante un
-momento cesó el barullo; pero bien pronto volvieron a estallar las
-risas, mezcladas con invectivas:
-
---¡Muy bien hablado!
-
---¡Gruñón!
-
---¡Charlatán!
-
---¡Burócrata!
-
---Vámonos, señor--dijo bruscamente Marmeladoff, levantando la cabeza
-y dirigiéndose a Raskolnikoff--; condúzcame usted al patio de la casa
-Kozel... Ya es tiempo de que vuelva al lado de mi mujer.
-
-Rato hacía ya que el joven deseaba irse y se le había ocurrido ofrecer
-el apoyo de su brazo a Marmeladoff. Este último tenía las piernas aun
-menos firmes que la voz; de modo que iba casi colgado del brazo de su
-compañero. La distancia que tenían que recorrer era de doscientos o
-trescientos pasos. A medida que el borracho se acercaba a su domicilio,
-parecía más inquieto y preocupado.
-
---No es precisamente de Catalina Ivanovna de quien tengo yo ahora
-miedo--balbuceaba conmovido--. Ya sé que empezará por tirarme de los
-cabellos; pero, ¿qué me importa? Me alegro que me tire de ellos. No,
-no es eso lo que me espanta; lo que yo temo son sus ojos, sí, sus
-ojos... Temo también las manchas rojas de sus mejillas, y me da miedo
-además su respiración. ¿Has notado cómo respiran los que padecen esa
-enfermedad... cuando experimentan una emoción violenta? Temo las
-lágrimas de los chicos... porque si Sonia no les ha llevado algo de
-comer, no sé cómo se las habrán arreglado... no lo sé. A los golpes
-no les tengo miedo... sabe, en efecto, que, lejos de hacerme sufrir,
-esos golpes son un gozo para mí... Casi no puedo pasar sin ello... Sí,
-es mejor que me pegue, que alivie de ese modo el corazón... más vale
-así; pero he ahí la casa Kozel. El propietario es un cerrajero alemán,
-hombre rico... ¡Acompáñeme!...
-
-Después de haber atravesado el patio se pusieron a subir al cuarto
-piso. Eran cerca de las once, y, aunque propiamente hablando no había
-aún anochecido en San Petersburgo, a medida que subían más obscura
-encontraban la escalera; en lo alto la obscuridad era completa.
-
-La puertecilla ahumada que daba al descansillo estaba abierta; un cabo
-de vela alumbraba una pobrísima pieza de diez pasos de largo. Esta
-pieza, que desde el umbral se veía por completo, estaba en el mayor
-desorden. Había por todos lados ropas de niños. Una sábana agujereada,
-extendida de manera conveniente, ocultaba uno de los rincones, el
-más distante de la puerta; detrás de este biombo improvisado, había,
-probablemente, una cama. Todo el mobiliario consistía en dos sillas y
-un sofá de gutapercha, que tenía delante una mesa vieja, de madera de
-pino, sin barnizar y sin tapete. Encima de la mesa, en un candelero
-de hierro se consumía el cabo de vela que medio alumbraba la pieza.
-Marmeladoff dormía en el pasillo. La puerta que comunicaba con los
-otros cuartos alquilados de Amalia Ludvigovna estaba entreabierta, y
-se oía ruido de voces; sin duda, en aquel momento jugaban a cartas y
-tomaban te los inquilinos. Se percibían más de lo necesario sus gritos,
-sus carcajadas y sus palabras, por extremo libres y atrevidas.
-
-Raskolnikoff reconoció en seguida a Catalina Ivanovna. Era una mujer
-flaca, bastante alta y bien formada, pero de aspecto muy enfermizo.
-Conservaba aún hermosos cabellos de color castaño y, como había dicho
-Marmeladoff, sus mejillas tenían manchas rojizas. Con los labios
-secos, oprimíase el pecho con ambas manos, y se paseaba de un lado a
-otro de la misérrima habitación. Su respiración era corta y desigual;
-los ojos le brillaban febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil.
-Iluminada por la luz moribunda del cabo de vela, su rostro de tísica
-producía penosa impresión. A Raskolnikoff le pareció que Catalina
-Ivanovna no debía tener arriba de treinta años; era, en efecto, mucho
-más joven que su marido... No advirtió la llegada de los dos hombres;
-parecía que no conservaba la facultad de ver ni la de oír.
-
-Hacía en la habitación un calor sofocante, y subían de la escalera
-emanaciones infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna no se le había
-ocurrido abrir la ventana, ni cerrar la puerta. La del interior,
-solamente entornada, dejaba paso a una espesa humareda de tabaco, que
-hacía toser a la enferma; pero ella no se cuidaba de tal cosa.
-
-La niña más pequeña, de seis años, dormía en el suelo con la cabeza
-apoyada en el sofá; el varoncito, un año mayor que la pequeñuela,
-temblaba llorando en un rincón; probablemente acababan de pegarle. La
-mayor, una muchachilla de nueve años, delgada y crecidita, llevaba una
-camisa toda rota, y echado sobre los hombros desnudos un viejo _burnus_
-señoril que se le debía haber hecho dos años antes, porque al presente
-no le llegaba más que hasta las rodillas.
-
-En pie, en un rincón al lado de su hermanito, había pasado el brazo,
-largo y delgado como una cerilla, alrededor del cuello del niño y le
-hablaba muy quedo, sin duda para hacerle callar. Sus grandes ojos,
-obscuros, abiertos por el terror, parecían aún mayores en aquella
-carita descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar en el aposento, se
-arrodilló en la puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff. La mujer,
-al ver un desconocido, se detuvo distraídamente ante él, tratando de
-explicarse su presencia. «¿Qué se le ha perdido aquí a ese hombre?»--se
-preguntaba. Pero en seguida supuso que el desconocido se dirigía a
-casa de algún otro inquilino, puesto que el cuarto de Marmeladoff era
-un sitio de paso. Así, pues, desentendiéndose de aquel extraño, se
-preparaba a abrir la puerta de comunicación, cuando de repente lanzó un
-grito: acababa de ver a su marido de rodillas en el umbral.
-
---¡Ah! ¿Al fin vuelves?--dijo, con voz en que vibrara la cólera--.
-¡Infame! ¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en los bolsillos? ¿Qué
-traje es éste? ¿Qué has hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero? ¡Habla!
-
-Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer resistencia, Marmeladoff
-apartó ambos brazos para facilitar el registro de los bolsillos. No
-llevaba encima ni un solo kopek.
-
---¿Dónde está el dinero?--gritaba su esposa--. ¡Oh Dios mío! ¿Es
-posible que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos que había en el
-cofre!...
-
-Acometida de un acceso de rabia agarró a su marido por los cabellos y
-lo arrastró violentamente a la sala. No se desmintió la paciencia de
-Marmeladoff: el hombre siguió dócilmente a su mujer arrastrándose de
-rodillas tras de ella.
-
---¡Si me da gusto, si no es un dolor para mí!--gritaba, dirigiéndose
-a su acompañante, mientras Catalina Ivanovna le zarandeaba con fuerza
-la cabeza; una de las veces le hizo dar con la frente un porrazo en el
-suelo.
-
-La niña, que dormía, se despertó, y se echó a llorar. El muchacho,
-de pie en uno de los ángulos de la habitación, no pudo soportar
-este espectáculo, empezó a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia
-su hermana; el espanto casi le produjo convulsiones. La niña mayor
-temblaba como la hoja en el árbol.
-
---¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido todo!--vociferaba Catalina
-Ivanovna en el colmo de la desesperación--. ¡Ni siquiera conserva el
-traje!... ¡Y tienen hambre, tienen hambre!--repetía retorciéndose
-las manos y señalando a los niños--. ¡Oh vida tres veces maldita!
-¿Y a usted cómo no le da vergüenza de venir aquí al salir de la
-taberna?--añadió volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff--. Has
-estado allí bebiendo con él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo con
-él?... ¡Vete, vete!...
-
-El joven no esperó a que se lo repitiesen, y se retiraba sin decir
-una palabra, en el momento que la puerta interior se abría de par en
-par y aparecían en el umbral muchos curiosos de mirada desvergonzada
-y burlona. Llevaban todos el gorro y fumaban unos en pipa y otros
-cigarrillos. Vestían los unos trajes de dormir, e iban otros tan
-ligeros de ropa que rayaba en la indecencia; algunos no habían dejado
-los naipes para salir. Lo que más les divertía era oír a Marmeladoff,
-arrastrado por los cabellos, gritar que aquello le daba gusto.
-
-Empezaban ya los inquilinos a invadir la habitación, cuando de repente
-se oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna en persona que,
-abriéndose paso a través del grupo, venía para restablecer el orden a
-su manera. Por centésima vez manifestó a la pobre mujer que tenía que
-dejar el cuarto al día siguiente.
-
-Como es de suponer, esta despedida fué dada en términos insultantes.
-Raskolnikoff llevaba encima el resto del rublo que había cambiado en la
-taberna. Antes de salir tomó del bolsillo un puñado de cobres y, sin
-ser visto, puso las monedas en la repisa de la ventana; pero antes de
-bajar la escalera se arrepintió de su generosidad, y poco faltó para
-que subiese de nuevo a casa de Marmeladoff.
-
---¡Valiente tontería he hecho!--pensaba--. Ellos cuentan con Sonia,
-pero yo no cuento con nadie--. Reflexionó, sin embargo, que no podía
-recobrar su dinero y que aunque pudiese, no lo haría. Después de esta
-reflexión prosiguió su camino--. Le hace falta pomada a Sonia--continuó
-diciéndose con burlona sonrisa, andando ya por la calle--. La elegancia
-cuesta dinero... ¡Hum! Según se ve Sonia no ha sido muy afortunada hoy.
-La caza del hombre es como la caza de los animales silvestres; se corre
-el peligro de volverse uno a casa de vacío. De seguro que mañana lo
-pasarían mal sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad es que han
-encontrado en ella buena vaca de leche!... Y se aprovechan bien. Esto
-no les preocupaba nada; se han acostumbrado ya a ello. Al principio
-lloriquearon un poco; después se han habituado. ¡El hombre es cobarde y
-se hace a todo!
-
-Raskolnikoff se quedó pensativo.
-
---¡Pues bien; si he mentido--exclamó--, si el hombre no es
-necesariamente un cobarde, debe atropellar todos los temores y todos
-los prejuicios que le detienen!
-
-
-III
-
-Tarde era cuando al día siguiente se despertó tras de un sueño agitado
-que no le devolvió las fuerzas y aumentó, de consiguiente, su mal
-humor. Paseó su mirada por el aposento con ojos irritados. Aquel
-cuartito, de seis pies de largo, ofrecía un aspecto muy lastimoso con
-el empapelado amarillento lleno de polvo y destrozado; además era tan
-bajo, que un hombre de elevada estatura corría peligro de chocar con el
-techo. El mobiliario estaba en armonía con el local; tres sillas viejas
-más o menos desvencijadas; en un rincón, una mesa de madera pintada, en
-la cual había libros y cuadernos cubiertos de polvo, prueba evidente de
-que no se había puesto mano en ellos durante mucho tiempo, y en fin, un
-grande y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.
-
-Este sofá, que ocupaba casi la mitad de la habitación, servía de
-lecho a Raskolnikoff. El joven se acostaba a menudo allí vestido y
-sin mantas; se echaba encima, a guisa de colcha, su viejo capote de
-estudiante, y convertía en almohada un cojín pequeño, bajo el cual
-ponía, para levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia. Delante del sofá
-había una mesita.
-
-La misantropía de Raskolnikoff armonizaba muy bien con el desaseo de
-su tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro humano, que solamente el
-ver la criada encargada de asear el cuarto la exasperaba. Suele ocurrir
-esto a algunos monómanos preocupados por una idea fija.
-
-Quince días hacía que la patrona había cortado los víveres a su pupilo
-y a éste no se le había ocurrido tener una explicación con ella.
-
-En cuanto a Anastasia, cocinera y única sirvienta de la casa, no le
-molestaba ver al pupilo en aquella disposición de ánimo, puesto que así
-éste daba menos que hacer; había cesado por completo de arreglar el
-cuarto de Raskolnikoff y de sacudir el polvo. A lo sumo, venía una vez
-cada ocho días a dar una escobada. En el momento de entrar la criada el
-joven despertó.
-
---Levántate. ¿Qué te pasa para dormir así? Son las nueve; te traigo te,
-¿quieres una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces un cadáver!
-
-El inquilino abrió los ojos, se desperezó y, reconociendo a Anastasia,
-le preguntó, haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.
-
---¿Me lo envía la patrona?
-
---No hay cuidado que se le ocurra semejante cosa.
-
-La sirvienta colocó delante del joven su propia tetera y puso en la
-mesa dos terroncitos de azúcar morena.
-
---Anastasia, toma este dinero--dijo Raskolnikoff sacando del bolsillo
-unas monedas de cobre (también se había acostado vestido)--, y haz el
-favor de ir a buscarme un panecillo blanco. Pásate por la salchichería
-y tráete un poco de embutido barato.
-
---En seguida te traeré el panecillo; pero en lugar de salchicha, ¿no
-sería mejor que tomases un poco de _chatchi_? Se hizo ayer y está muy
-rico. Te guardé un poco... pero como te retiraste tan tarde... Está muy
-bueno.
-
-Fué a buscar el _chatchi_, y cuando Raskolnikoff se puso a comer, la
-sirvienta se sentó a su lado, en el sofá, y empezó a charlar como lo
-que era, como una campesina.
-
---Praskovia Pavlona quiere dar parte a la policía.
-
-El rostro del joven se alteró.
-
---¡A la policía! ¿Por qué?
-
---Porque no le pagas ni quieres irte. Ahí tienes el por qué.
-
---¡Demonio, no me faltaba más que esto!--dijo entre dientes--. No
-podría hacerlo en peor hora para mí... Esa mujer es tonta--añadió en
-alta voz--. Iré a verla y le hablaré.
-
---Como tonta, lo es ella y lo soy yo. Pero tú, que eres inteligente,
-¿por qué te estás así tendido como un asno? ¿Cómo es que no tienes
-nunca dinero? Según he oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por qué
-ahora no haces nada?
-
---Sí que hago--respondió secamente y como a pesar suyo Raskolnikoff.
-
---¿Qué es lo que haces?
-
---Cierto trabajo...
-
---¿Qué trabajo?
-
---Medito--respondió seriamente después de una pausa.
-
-Anastasia se echó a reír.
-
-Tenía el carácter alegre; pero cuando se reía, era con risa estrepitosa
-que sacudía todo su cuerpo y acababa por hacerle daño.
-
---¿Y el pensar te proporciona mucho dinero?--preguntó cuando pudo
-hablar.
-
---No se puede ir a dar lecciones cuando no tiene uno botas que ponerse.
-Además, desprecio ese dinero.
-
---Quizás algún día te pese.
-
---Para lo que se gana dando lecciones... ¿Qué se puede hacer con unos
-cuantos kopeks?--siguió diciendo con tono agrio y dirigiéndose más bien
-a sí mismo que a su interlocutora.
-
---¿De modo que deseas adquirir de golpe la fortuna?
-
-Raskolnikoff la miró con aire extraño, y guardó silencio durante
-algunos momentos.
-
---Sí, una fortuna--dijo luego con energía.
-
---¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible! ¿Voy a buscarte el panecillo?
-
---Como quieras.
-
---¡Oh, se me olvidaba! Han traído una carta para ti.
-
---¡Una carta para mí! ¿De quién?
-
---No sé de quien; le he dado al cartero tres kopeks de mi bolsillo. He
-hecho bien, ¿no es cierto?
-
---¡Tráela, por amor de Dios, tráela!--exclamó Raskolnikoff muy
-agitado--. ¡Señor!
-
-Un minuto después la carta estaba en sus manos.
-
-No se había engañado; era de su madre, y traía el sello del gobierno
-de R... Al recibirla, no pudo menos de palidecer; hacía largo tiempo
-que no tenía noticias de los suyos; otra cosa, además, le oprimía
-violentamente el corazón en aquel momento.
-
---Anastasia, haz el favor de irte; ahí tienes tus tres kopeks; pero,
-¡por amor de Dios!, vete en seguida.
-
-La carta temblaba en sus manos; no quería abrirla en presencia de
-Anastasia, y esperó, para comenzar la lectura, a que la criada se
-marchase. Cuando se quedó solo, llevó vivamente el papel a sus labios
-y lo besó. Después se puso a contemplar atentamente la dirección
-reconociendo los caracteres trazados por una mano querida: era la
-letra fina e inclinada de su madre, la cual habíale enseñado a leer y
-escribir. Vacilaba como si experimentase cierto temor. Al fin rompió el
-sobre, la carta era muy larga: dos hojas de papel comercial escritas
-por ambos lados.
-
- «Mi querido Rodia--decíale su madre--. Dos meses ha que no te
- escribo, y esto me hace sufrir hasta el punto de quitarme el sueño.
- Pero, ¿verdad que tú me perdonas mi silencio involuntario? Tú sabes
- cuánto te quiero. Dunia y yo no tenemos a nadie más que a ti en el
- mundo; tú lo eres todo para nosotras, nuestra esperanza, nuestra
- felicidad en el porvenir. No puedes imaginarte lo que he sufrido
- al saber que, al cabo de muchos meses, has tenido que dejar la
- Universidad, por carecer de medios de existencia, y que no tenías
- ni lecciones, ni recursos de ninguna especie.
-
- »¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte rublos de pensión al año!
- Los quince rublos que te mandé hace cuatro meses, se los pedí
- prestados, como sabes, a un comerciante de nuestra ciudad, a
- Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es un hombre excelente y un amigo
- de tu padre. Pero habiéndole dado poderes para cobrar mi pensión a
- mi nombre, no podía mandarte nada más antes de que se reembolsara
- de lo que me había prestado.
-
- »Ahora, gracias a Dios, creo que podré enviarte algún dinero;
- por lo demás, me apresuro a decirte que estamos en el caso de
- felicitarnos por nuestra fortuna. En primer lugar, una cosa que
- de seguro te sorprenderá: tu hermana vive conmigo desde hace seis
- semanas y ya no se separará de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin
- acabaron sus tormentos; pero procedamos con orden, pues quiero que
- sepas cómo ha pasado todo y lo que hasta aquí te habíamos ocultado.
-
- »Hace dos meses me escribías que habías oído hablar de la
- triste situación en que se hallaba Dunia respecto a la familia
- Svidrigailoff y me pedías noticias sobre este asunto. ¿Qué podía
- responderte yo? Si te hubiese puesto al corriente de los hechos,
- lo habrías dejado todo para venir aquí, aunque hubiera sido a
- pie, porque con tu carácter y tus sentimientos no habrías dejado
- que insultasen a tu hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero qué
- hacer? Tampoco conocía entonces toda la verdad. Lo malo era que
- Dunetchka[6], que entró el año último como institutriz en esta
- casa, había recibido adelantados cien rublos, que había de pagar
- por medio de un descuento mensual sobre sus honorarios; por esta
- razón ha tenido que desempeñar su cargo hasta la extinción de la
- deuda.
-
- [6] Diminutivo cariñoso de Dunia.
-
- »Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo, querido Rodia) se había
- pedido para enviarte los sesenta rublos que tanto necesitabas, y
- que recibiste el año pasado. Te engañamos entonces escribiéndote
- que aquel dinero provenía de antiguas economías reunidas por
- Dunetchka. No era verdad; ahora te lo confieso; porque Dios ha
- permitido que las cosas tomen repentinamente mejor rumbo y también
- para que sepas lo mucho que te quiere Dunia y el hermoso corazón
- que tiene.
-
- »El hecho es que el señor Svidrigailoff comenzó por mostrarse
- grosero con ella; en la mesa no cesaba de molestarla con
- descortesías y sarcasmos... mas, ¿para qué extenderme en penosos
- pormenores, que no servirían más que para irritarte inútilmente,
- puesto que todo ello ha pasado ya? En suma, aunque tratada con
- muchos miramientos y bondad por Marfa Petrovna, la mujer de
- Svidrigailoff, y por las otras personas de la casa, Dunetchka
- sufría mucho, sobre todo cuando Svidrigailoff, que ha adquirido en
- el regimiento la costumbre de beber, estaba bajo la influencia de
- Baco. Menos mal si todo se hubiera limitado a esto... Pero figúrate
- tú que, bajo apariencias de desprecio hacia tu hermana, este
- insensato ocultaba una verdadera pasión por Dunia.
-
- »Al fin se quitó la máscara; quiero decir, que hizo a Dunetchka
- proposiciones deshonrosas: trató de seducirla con diversas
- promesas declarándole que estaba dispuesto a abandonar su familia
- e irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en el extranjero.
- ¡Figúrate los sufrimientos de tu pobre hermana! No solamente la
- cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado, le impedía dejar
- inmediatamente el empleo, sino que además temía, procediendo de
- este modo, despertar las sospechas de Marfa Petrovna e introducir
- la discordia en la familia.
-
- »El desenlace llegó de improviso. Marfa Petrovna sorprendió
- inopinadamente a su marido en el jardín, en el momento en que
- aquél, con sus instancias, asediaba a Dunia, y entendiendo mal
- la situación, atribuyó todo lo que sucedía a la pobre muchacha.
- Hubo entre ellos una escena terrible. La señora Svidrigailoff
- no quiso avenirse a razones; estuvo gritando durante una hora
- contra su supuesta rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla, y,
- finalmente, la envió a mi casa en la carreta de un campesino, sin
- dejarle tiempo aun para hacer la maleta.
-
- »Todos los objetos de Dunia, ropa blanca, vestidos, etc., fueron
- metidos revueltos en la telega[7]. Llovía a cántaros, y, después
- de haber sufrido aquellos insultos, tuvo Dunia que caminar diez y
- siete verstas en compañía de un _mujik_[8], en un carro sin toldo.
- Considera ahora qué había de escribirte, en contestación a la
- carta tuya de hace dos meses. Estaba desesperada; no me atrevía
- a decirte la verdad, porque te habría causado una pena hondísima
- e irritado sobremanera. Además, Dunia me lo había prohibido.
- Escribirte para llenar mi carta de futesas, te aseguro que era cosa
- que no me sentía capaz de hacer, teniendo como tenía el corazón
- angustiado. A continuación de este suceso, fuimos durante un mes
- largo la comidilla del pueblo, hasta el extremo de que Dunia y yo
- no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que, al pasar nosotras,
- murmuraba la gente con aire despreciativo.
-
- [7] Carreta de aldeano.
-
- [8] Campesino siervo.
-
- »Todo ello por culpa de Marfa Petrovna, la cual había ido difamando
- a Dunia por todas partes. Conocía a mucha gente en el pueblo, y
- durante ese mes venía aquí diariamente. Como además es un poco
- charlatana y le gusta tanto hablar mal de su marido, pronto propaló
- la historia, no sólo por el pueblo, sino por todo el distrito. Mi
- salud no resistió; pero Dunetchka se mostró más fuerte: lejos de
- abatirse ante la calumnia, ella era quien me consolaba esforzándose
- en darme valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un ángel!
-
- »La misericordia divina ha puesto fin a nuestros infortunios. El
- señor Svidrigailoff reflexionó, sin duda, y compadecido de la
- joven a quien hubo antes de comprometer, puso ante los ojos de
- Marfa Petrovna pruebas convincentes de la inocencia de Dunia.
- Svidrigailoff conservaba una carta que, antes de la escena del
- jardín, mi hija se vió obligada a escribirle, rehusándole una cita
- que él le había pedido. En esta carta Dunia le echaba en cara la
- indignidad de su conducta respecto a su mujer, le recordaba sus
- deberes de padre y esposo y, por último, le hacía ver la vileza de
- perseguir a una joven desgraciada y sin defensa.
-
- »Con esto no le quedó duda alguna a Marfa Petrovna de la inocencia
- de Dunetchka. Al día siguiente, que era domingo, vino a nuestra
- casa, y después de contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió
- perdón llorando. Después recorrió el pueblo, casa por casa, y en
- todas partes rindió espléndido homenaje a la honradez de Dunetchka
- y a la nobleza de sus sentimientos y conducta. No contentándose
- con esto, enseñaba a todo el mundo y leía en alta voz la carta
- autógrafa de Dunia a Svidrigailoff; hizo además sacar de ella
- muchas copias (lo que ya me parece excesivo). Como ves, ha
- rehabilitado por completo a Dunetchka, mientras el marido de Marfa
- Petrovna sale de esta aventura cubierto de imborrable deshonor. No
- puedo menos de compadecer a ese loco, tan severamente castigado.
-
- »Has de saber, Rodia, que se ha presentado para tu hermana un
- partido, y que ella ha dado su consentimiento, cosa que me
- apresuro a comunicarte. Tú nos perdonarás a Dunia y a mí el haber
- tomado esta resolución sin consultarte, cuando sepas que el asunto
- no admitía dilaciones y que era imposible esperar, para responder,
- a que tú nos contestaras. Por otra parte, no estando aquí, no
- podías juzgar con conocimiento de causa.
-
- »Te diré cómo ha pasado todo. El novio, Pedro Petrovitch Ludjin,
- un consejero de la Corte de Apelación, es pariente lejano de
- Marfa Petrovna, la cual se ha tomado mucho interés por nosotros
- en esta ocasión. Ella fué quien le presentó en nuestra casa. Le
- recibimos convenientemente, tomó café con nosotras, y al otro día
- nos escribió una carta muy cortés pidiéndonos la mano de tu hermana
- y solicitando una respuesta pronta y categórica. Es un hombre muy
- atareado; está en vísperas de regresar a San Petersburgo, de manera
- que no puede perder tiempo.
-
- »Naturalmente, nos quedamos asombradas, puesto que no esperábamos
- un cambio tan brusco en nuestra situación. Un día entero hemos
- estado examinando el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch está en
- buena posición; desempeña dos cargos y posee ya una considerable
- fortuna. Tiene, es cierto, cuarenta y cinco años; pero su aspecto
- es agradable y puede gustar a las mujeres. Es un hombre muy
- bueno; a mí me parece un poco frío y altanero. Sin embargo, estas
- apariencias pueden ser engañosas.
-
- »Ya estás advertido, querido Rodia; cuando le veas en San
- Petersburgo, lo que sucederá pronto, no le juzgues con demasiada
- ligereza, ni le condenes, sin apelación, como tienes por costumbre,
- si por acaso a primera vista te inspira poca simpatía. Te digo
- esto por decírtelo, porque, en rigor, estoy persuadida de que te
- producirá buena impresión. Además, por regla general, para conocer
- a cualquiera es menester haberle tratado largo tiempo y observádole
- con cuidado; de lo contrario se incurre en errores que luego se
- rectifican difícilmente.
-
- »Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch, todo hace creer que es una
- persona muy respetable; ya en su primera visita nos ha manifestado
- que está por lo «positivo». Sin embargo, ha dicho, son sus propias
- palabras: «Participo en gran parte de las ideas de las generaciones
- modernas y soy enemigo de todos los prejuicios». Habló mucho más
- porque, según parece, es un tanto vanidoso y le enamoran sus
- frases; pero esto, en realidad, no constituye un grave defecto.
-
- »Yo, es claro, no he comprendido gran cosa de lo que ha hablado,
- por lo cual me limitaré a comunicarte la opinión de Dunia: «Aunque
- de escasa instrucción--me ha dicho--, es inteligente, y parece
- bueno». Conoces el carácter de tu hermana, Rodia; es una joven
- valerosa, sensata, paciente y magnánima, aunque su corazón sea muy
- apasionado como he podido comprobar. De seguro que no se trata ni
- por parte de él ni de ella de un matrimonio por amor: pero Dunia
- no es tan sólo una muchacha inteligente, su alma es de nobleza
- angelical, su marido procurará hacerla feliz, y ella considerará
- como un deber el corresponderle.
-
- »Hombre de buen entendimiento Pedro Petrovitch, debe comprender que
- la felicidad de su esposa será la mejor garantía de la suya. Por
- ejemplo, me ha parecido un poco seco; pero esto, sin duda, depende
- de su franqueza. En su segunda visita, cuando ya habíamos admitido
- su demanda, nos ha dicho que, aun antes de conocer a Dunia, estaba
- resuelto a no casarse más que con una joven honrada pero sin dote,
- y que supiese qué es la pobreza. Según él, el hombre no debe
- sentirse obligado a su esposa; vale más que ella vea en su marido
- un bienhechor.
-
- »No son estas precisamente sus palabras; reconozco que se ha
- explicado en términos más delicados; pero yo sólo recuerdo el
- sentido de sus frases. Por lo demás, ha hablado sin premeditación;
- evidentemente la frase, se le ha escapado sin intención, y aun ha
- tratado de atenuar su crudeza. Sin embargo, he encontrado un poco
- dura su manera de expresarse, y así se lo he dicho a Dunia. Pero
- ella me ha contestado, con algo de mal humor, que las palabras no
- son más que palabras, y que, en último término, lo que él opina
- es justo. Durante la noche que ha precedido a su determinación,
- Dunetchka no ha podido conciliar el sueño. Creyéndome dormida se
- levantó de la cama para pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por
- último, se puso de rodillas y, después de una larga y ferviente
- plegaria ante la imagen, me declaró al día siguiente por la mañana
- que había tomado su resolución.
-
- »Te he dicho ya que Pedro Petrovitch debía regresar inmediatamente
- a San Petersburgo, donde le llamaban graves intereses y donde
- quiere abrir su estudio de abogado. Desde hace tiempo se ocupa en
- asuntos de abogacía; acaba de ganar una causa importante, y su
- viaje a San Petersburgo es motivado por un negocio de interés que
- se debe tratar en el Senado. En estas condiciones, hijo mío, está
- en camino de servirte mucho, y Dunia y yo hemos pensado que podrás,
- bajo sus auspicios, comenzar tu futura carrera. ¡Ah, si esto se
- realizase!
-
- »Tan ventajoso sería para ti, que habría que atribuirlo a un favor
- especial de la divina Providencia.
-
- »Dunia no piensa en otra cosa. Hemos hecho ya alguna indicación
- a Pedro Petrovitch, que se ha expresado con cierta reserva: «Sin
- duda, ha dicho, como yo tengo necesidad de un secretario, mejor
- le confiaría este puesto a un pariente que a un extraño, con tal
- de que sea capaz de desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz!
- A mí me ha parecido que teme que tus estudios universitarios te
- impidan ocuparte en su bufete. Por esta vez la conversación no
- ha pasado adelante; pero Dunia no tiene otra cosa en la cabeza;
- su imaginación, ya exaltada, te ve trabajando bajo la dirección
- de Pedro Petrovitch, y hasta asociado a sus negocios, tanto más,
- cuanto que sigues la misma carrera suya; yo pienso lo mismo que
- ella, y sus proyectos para tu porvenir me parecen muy realizables.
-
- »A pesar de la respuesta evasiva de Pedro Petrovitch, la cual se
- comprende perfectamente, puesto que no te conoce, Dunia cuenta con
- su legítima influencia de esposa para arreglarlo todo en armonía
- con nuestros comunes deseos. Huelga decir que hemos procurado dar a
- entender a Pedro Petrovitch que tú podrías ser, andando el tiempo,
- su socio. Es un hombre positivo, y acaso no hubiese mirado con
- buenos ojos lo que hasta ahora sólo le habrá parecido un sueño.
-
- »Quiero también decirte una cosa, querido Rodia. Por ciertas
- razones, que nada tienen que ver con Pedro Petrovitch, y que quizá
- no sean más que rarezas de vieja, creo que después de la boda debo
- seguir en mi casa, en vez de irme a vivir con ellos. No dudo que
- Pedro Petrovitch será bastante atento y delicado para instarme a
- que no me separe de mi hija; si hasta ahora no me lo ha insinuado,
- es sin duda porque cree que no se ha de hablar de una cosa que cae
- por su peso; pero yo tengo intención de rehusar.
-
- »Si es posible, me estableceré cerca de vosotros, porque te
- advierto, querido Rodia, que he guardado lo mejor para el final.
- Has de saber, hijo mío, que de aquí a poco tiempo nos veremos,
- y podremos abrazarnos después de tres años de separación. Está
- decidido que Dunia y yo vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo? No lo
- sé a punto fijo; pero será bien pronto, quizá dentro de ocho días.
- Todo depende de Pedro Petrovitch, que nos enviará sus instrucciones
- cuando haya arreglado sus asuntos en ésa y apresurado la boda. A
- ser posible desea que el matrimonio se efectúe el carnaval, o a más
- tardar, después de la cuaresma de la Asunción. ¡Oh, con qué alegría
- te estrecharé entre mis brazos!
-
- »Dunia está enajenada de júbilo ante la idea de volver a verte;
- y me ha dicho una vez bromeando que, aunque no fuese más que
- por esto, se casaría de buena gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un
- ángel! No añade nada a esta carta, porque tendría, según ella,
- demasiadas cosas que contarte, y, siendo esto así, no vale la
- pena de escribirte unas cuantas líneas. Me encarga que te envíe
- cariñosísimos recuerdos de su parte. Aunque estamos en vísperas
- de reunirnos, pienso, sin embargo, remitirte todo el dinero que
- pueda. En cuanto se ha sabido que Dunetchka iba a casarse con Pedro
- Petrovitch, nuestro crédito ha aumentado de un modo considerable,
- y sé, a ciencia cierta, que Anastasio Ivanovitch está dispuesto a
- adelantarme sobre mi pensión hasta 70 rublos.
-
- »Te mandaré, pues, dentro de unos días 25 o 30 rublos. Te mandaría
- de buena gana mayor cantidad si no temiese que llegara a faltarme
- dinero para el viaje. Es verdad que Pedro Petrovitch tiene la
- bondad de encargarse de una parte de nuestros gastos de viaje; a
- sus expensas nos van a proporcionar un gran cajón para empaquetar
- nuestros efectos; pero nosotros tenemos que pagar nuestros
- billetes, hasta San Petersburgo, y no es cosa de que lleguemos a
- esa capital sin ningún kopek.
-
- »Dunia y yo lo hemos calculado todo; el viaje no nos saldrá muy
- caro. Desde nuestra casa al tren no hay más que noventa verstas, y
- hemos ajustado con un campesino, conocido nuestro, que nos lleve en
- su carro a la estación; en seguida nos meteremos muy satisfechas en
- un coche de tercera. En resumen: después de echar mis cuentas, son
- 30 rublos, y no 25, los que voy a tener el placer de remitirte.
-
- »Ahora, mi querido Rodia, te abrazo, esperando nuestra próxima
- entrevista, y te envío mi bendición maternal. Quiere mucho a Dunia,
- a tu hermana. ¡Oh Rodia!, sabe que te quiere infinitamente más que
- a sí misma; págala con el mismo afecto. Ella es un ángel, y tú
- lo eres todo para nosotras, toda nuestra esperanza, toda nuestra
- futura felicidad. Con tal que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.
-
- »Adiós, o más bien, hasta la vista. Te beso mil veces.
-
- »Tuya hasta la muerte.
-
-Durante la lectura de esta carta se le saltaron varias veces las
-lágrimas al joven; pero cuando la hubo terminado se dibujó en su
-rostro, pálido y convulsivo, una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza
-sobre su nauseabundo cojín, permaneció pensativo durante largo tiempo.
-Latíale el corazón con fuerza y sus ideas se confundían. Por último,
-se sintió como sofocado en aquel cuartucho amarillento que parecía un
-armario o un baúl. Su ser físico y moral tenía necesidad de espacio.
-
-Tomó el sombrero y salió, sin temor esta vez a encontrar a nadie en
-la escalera. No pensaba en la patrona. Se dirigió hacia la plaza de
-Basilio Ostroff por la perspectiva V***. Andaba rápidamente como el
-que tiene que atender a muchos negocios importantes a la vez; pero,
-según costumbre, no se fijaba en nadie, murmuraba para sí y aun
-_monologueaba_ en alta voz, lo que asombraba a los paseantes. Algunos
-lo creían borracho.
-
-
-IV
-
-La carta de su madre le había impresionado extraordinariamente; pero
-el asunto principal de ella no le hizo vacilar ni un momento. Desde
-el primer instante, aun antes de acabar de leerla, tenía tomada ya su
-resolución.
-
-«En tanto que yo viva no se celebrará este matrimonio; que se vaya al
-diablo el señor Ludjin.
-
-»¡La cosa está bien clara!--murmuraba sonriendo, con aire de triunfo
-como si tuviese la clave de lo sucedido--. ¡No, madre; no, Dunia! ¡no
-lograréis engañarme!... ¡Y todavía se disculpan de no haberme pedido mi
-opinión, y por haber resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo, suponen
-que no es posible romper la unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos! ¿Y
-qué razón es la que alegan? «Pedro Petrovitch es un hombre tan ocupado,
-que sólo puede casarse a toda prisa.»
-
-»No, Dunetchka, no; lo adivino todo. Sé lo que querías comunicarme,
-sé también lo que pensabas durante toda la noche que has pasado
-paseándote por tu habitación o rezando a Nuestra Señora de Kazán, cuya
-imagen está en la alcoba de nuestra madre. ¡Qué penosa es la subida
-del Gólgota!... ¡Oh!... Está bien combinado; te casas con un hombre de
-negocios, muy práctico y que posee ya un capital (lo cual es de tenerse
-muy en cuenta), que tiene dos empleos y que participa, según mamá,
-de las ideas de las modernas generaciones. Dunetchka misma observa
-que le «parece» bueno; ¡ese _parece_ es muy significativo! Bajo la fe
-de una apariencia, Dunetchka va a casarse con él... ¡Admirable!...
-¡Admirable!...
-
-»Me gustaría saber por qué mi madre ha hablado en su carta de las
-«generaciones modernas». ¿Es sencillamente para caracterizar el
-personaje, o ha sido con objeto de captar mis simpatías para el señor
-Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay una circunstancia que desearía
-esclarecer. ¿Hasta qué punto han sido francas, durante el día y la
-noche que precedieron a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo entre ellas
-una explicación formal, o se comprendieron mutuamente sin tener casi
-necesidad de cambiar sus ideas? A juzgar por la carta, me inclinaría
-más bien hacia esta última suposición: mi madre le ha encontrado un
-poco seco, y en su candidez, ha comunicado su observación a Dunia. Pero
-ésta, naturalmente, se ha enfadado y respondió de _mal humor_.
-
-»¡Lo comprendo! desde el momento en que la decisión estaba tomada, no
-había que volver sobre ella; la advertencia de mi madre era, por lo
-menos, inútil. ¿Y por qué me escribe diciéndome: «quiere a Dunia, ¡oh
-Rodia!, porque ella te quiere más que a sí misma»? ¿Le remordería la
-conciencia por haber sacrificado su hija a su hijo? «Tú eres nuestra
-felicidad en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.» ¡Oh madre
-mía!...
-
-Por instantes aumentaba la indignación de Raskolnikoff, y si entonces
-hubiera encontrado al señor Ludjin, probablemente le habría matado.
-
---Es verdad--continuó, siguiendo el vuelo de los pensamientos que le
-hervían en la cabeza--; «es verdad que, para conocer a cualquiera, es
-preciso haberle tratado largamente y observádole con cuidado.» ¡Pero
-el señor Ludjin no es difícil de descifrar! Ante todo, es un hombre
-de negocios y _parece_ bueno. Aquello de «quiero proporcionaros un
-gran cajón» es verdaderamente chusco. ¿Cómo dudar, en vista de este
-rasgo tan rumboso, de su bondad? Su futura y su suegra van a ponerse
-en camino en el carro de un campesino sin más defensa contra la lluvia
-que un mal toldo... ¡Qué importa! el trayecto hasta la estación no
-es más que de noventa verstas; «en seguida entraremos en un coche de
-tercera», para recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso cortar el
-traje según la tela; pero usted, señor Ludjin, ¿en qué piensa usted?
-Vamos a ver, ¿no se trata de su futura esposa? ¿Y cómo puede usted
-ignorar que para emprender semejante viaje tiene la madre que tomar
-un préstamo sobre su pensión? Sin duda, con el espíritu mercantil que
-usted posee, ha considerado que esta boda es un negocio a medias, y
-que, por consiguiente, cada asociado debe suministrar la parte que le
-corresponde; pero usted ha arrimado demasiado el ascua a su sardina; no
-hay paridad entre lo que cuesta un cajón y lo que cuesta el viaje.
-
-»¿Es que no se hacen cargo de estas cosas, o que fingen no verlo?
-Lo cierto es que parecen contentas. Sin embargo, ¿qué frutos pueden
-esperarse de tales flores? Lo que me irrita en ese extraño sujeto, es
-más la tacañería que su proceder: el amante da señal de lo que será el
-marido. Y mamá, que tira el dinero por la ventana, ¿con qué llegará a
-San Petersburgo? Con tres rublos o tres billetitos, como decía aquella
-vieja... ¡Hum! ¿Con qué recursos cuenta para vivir aquí? Por ciertos
-indicios, ha comprendido que después del matrimonio no podrá vivir con
-Dunia. Alguna palabra se le ha _escapado_ a ese amable señor, que ha
-sido sin duda un rayo de luz para mi madre, aunque ella se esfuerce en
-cerrar los ojos a la evidencia.
-
-«Tengo intención de rehusar»--me dice--; pero entonces, ¿con qué medios
-de existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos de pensión, de los cuales
-será preciso descontar la suma prestada por Anastasio Ivanovitch? Allá
-en nuestro pueblo, mi pobre madre se quema los ojos haciendo toquillas
-de punto de lana y bordando mangas. Pero este trabajo no le da más que
-20 rublos al año. Luego, a pesar de todo, pone su esperanza en los
-sentimientos generosos del señor Ludjin. «Me instará a que no me separe
-de mi hija.» ¡Sí, fíate!
-
-»Pase por mamá; ella es así; es su modo de ser; pero, ¿y Dunia?
-
-»Es posible que no comprenda a ese hombre. ¡Y consiente en casarse con
-él! Yo sé que ama mil veces más la libertad de su alma que el bienestar
-material. Antes que renunciar a ella, comería pan negro con un sorbo
-de agua; no la daría por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más por el
-señor Ludjin. No, la Dunia que yo conozco no es capaz de eso, y de
-seguro no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces? Penoso es vivir en
-casa de los Svidrigailoff, andar rondando de provincia en provincia,
-pasar toda la vida dando lecciones que producen al año 200 rublos;
-eso es muy duro, ciertamente; sin embargo, yo sé que mi hermana iría
-a trabajar a casa de un plantador de América o a la de un alemán de
-Lituania, antes que envilecerse, encadenando por puro interés personal
-su existencia a la de un hombre a quien no estima y con quien no tiene
-nada de común. Cargado de oro puro y de diamantes podría estar el señor
-Ludjin, y mi hermana no consentiría en ser la manceba legítima de ese
-hombre. Y siendo esto así, ¿por qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es
-la clave de este enigma? La cosa es bastante clara; para procurarse a
-sí misma una posición, ni siquiera para librarse de la muerte, no se
-vendería jamás; pero lo hace por un ser querido, adorado. Esta es la
-explicación de todo el misterio: se vende por su madre, se vende por
-su hermano. ¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos nuestro sentimiento
-moral, pongamos en público mercado nuestra libertad, nuestro reposo,
-nuestra misma conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra vida, con
-tal de que los seres queridos sean felices! Hagamos más todavía,
-imitemos la casuística sutil de los jesuítas, transijamos con nuestros
-escrúpulos y persuadámonos de que es preciso proceder de este modo, que
-la excelencia del fin justifica los medios. Ved aquí cómo somos... esto
-es claro como la luz. Es evidente que en el primer término se encuentra
-Rodión Romanovitch Raskolnikoff. Hay que asegurarle la felicidad,
-suministrarle medios para terminar sus estudios universitarios, que
-llegue a ser el socio de Ludjin, que alcance, si es posible, la
-fortuna, el renombre y la gloria. ¿Y la madre? Ella no ve más que a su
-hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de sacrificar su hija a este hijo,
-objeto de sus predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero injustos!
-
-»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que aceptáis... Sonetchka
-Marmeladoff, la eterna Sonetchka, que durará tanto como el mundo.
-¿Habéis medido bien las dos la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes
-tú, Dunetchka, hermana mía, que vivir con el señor Ludjin es ponerse al
-nivel de Sonetchka? «En este matrimonio no puede haber amor», escribe
-mi madre. Pues bien, si no puede haber amor ni estimación, sino, por
-el contrario, disgusto, repulsión y alejamiento, ¿en qué se diferencia
-este enlace del concubinato o de la prostitución? Más disculpable sería
-aún Sonetchka, puesto que ella se ha vendido no para procurarse el
-bienestar, sino porque veía la miseria y el hambre, el hambre verdadera
-llamar a la puerta de su casa.
-
-»Y si llega el momento de que el peso sea superior a vuestras fuerzas,
-si os arrepentís de lo que habéis hecho, ¡qué dolores, qué de
-maldiciones, qué de lágrimas secretamente vertidas, porque vosotras
-no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería de vuestra madre cuando viese
-ciertas cosas que yo preveo? Ahora está inquieta, atormentada, pero,
-¿qué será cuando vea las cosas tal como son en realidad? ¿Y yo? ¿Por
-qué habéis pensado en mí? Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka, no lo
-acepto. Mientras yo viva, no se celebrará esa boda.»
-
-Se detuvo, quedándose como ensimismado.
-
---¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu
-_veto_? ¿Con qué derecho podrías hacerlo? ¿Qué podrías ofrecer por tu
-parte? ¿Les prometerías consagrarles toda tu vida, todo tu porvenir,
-_cuando hayas terminado tus estudios_ y encontrado una colocación? Eso
-es lo futuro, y aquí se trata de hacer algo por el presente. ¿Y qué es
-lo que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas a una a pedir prestado sobre
-una pensión y a la otra a solicitar un anticipo, sobre su sueldo, a
-los Svidrigailoff! So pretexto de que puedes llegar a ser millonario,
-pretendes disponer despóticamente de su suerte; pero, ¿puedes, en la
-actualidad, atender a sus necesidades? Tal vez podrás hacerlo cuando
-hayan transcurrido diez años; pero entonces tu madre habráse quedado
-ciega a fuerza de trabajar y llorar, y las privaciones habrán destruído
-su salud. ¿Y tu hermana? Vamos, Rodión, recapacita sobre los peligros
-que las amenazan durante estos diez años.
-
-Experimentaba cierto punzante placer al hacerse estas dolorosas
-preguntas que, en rigor, no eran nuevas para él. Desde hacía tiempo le
-atormentaban incesantemente exigiéndole con imperio respuestas que él
-no encontraba. La carta de su madre acababa de herirle como un rayo.
-Comprendía que era pasado ya el tiempo de las lamentaciones estériles,
-que no trataba ya de razonar sino de hacer algo inmediatamente, costase
-lo que costase; era preciso tomar una resolución cualquiera.
-
---¡O renunciar a la vida--exclamó--aceptando el destino tal cual es,
-sofocando en mi alma todas mis aspiraciones, abdicando definitivamente
-mi derecho a ser, a vivir, a amar!
-
-Rodión se acordó de repente de las palabras dichas el día antes
-por Marmeladoff: «¿Comprende usted, comprende usted, señor, lo que
-significa esta frase: No tener ya adónde ir?»
-
-Acababa de presentarse ante su espíritu un pensamiento que también se
-le había ocurrido la víspera, y se estremeció. No era el retorno de
-este pensamiento lo que le hacía temblar, pues ya sabía que había de
-volver y lo esperaba, sino que esta idea no era exactamente igual a la
-de la víspera y consistía la diferencia en lo siguiente: lo que un mes
-antes, y aun el día antes, no era más que un sueño, surgía entonces
-bajo una nueva forma espantosa, desconocida. El joven tenía conciencia
-de este cambio... Sentía como un zumbido en el cerebro y una nube le
-cubría los ojos.
-
-Se apresuró a mirar en torno suyo, como si buscase algo. Sentía ganas
-de sentarse, y lo que buscaba era un banco. Se encontraba entonces en
-la avenida de K***. A cien pasos de distancia, en efecto, había un
-banco. Apresuró el paso cuanto pudo, pero durante el breve trayecto le
-ocurrió un incidente, que durante algunos momentos, ocupó por completo
-su atención. En tanto que miraba hacia el banco, reparó en una mujer
-que caminaba a veinte pasos de él. Al pronto no puso más atención en
-ella que en los diferentes objetos que encontró al paso. Le ocurría
-muchas veces volver a su casa sin acordarse del camino recorrido.
-Andaba de ordinario sin ver nada. Pero en aquella mujer se notaba
-algo tan extraño a primera vista, que Raskolnikoff no pudo menos de
-advertirlo.
-
-Poco a poco, a la sorpresa sucedió una curiosidad, contra la cual
-trató al pronto de luchar, pero que acabó por ser más fuerte que su
-voluntad. Le entró de repente el deseo de saber qué era lo que había
-de extraño en la mujer aquella. Según todas las apariencias, debía ser
-muy joven. A pesar del calor, iba sin nada en la cabeza, sin sombrilla
-y sin guantes, moviendo los brazos de una manera ridícula. Llevaba al
-cuello un pañolito pequeño y un vestido ligero, de seda, puesto de una
-manera singular, mal abrochado y desgarrado por detrás, cerca de la
-cintura. Un pedazo flotaba a derecha e izquierda. Para colmo de rareza,
-la joven, muy poco firme, andaba haciendo eses. Este recuerdo acabó de
-excitar toda la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se reunió con la
-joven en el momento que ésta llegaba al banco. La muchacha se tendió
-más bien que se sentó, puso la cabeza en el respaldo y cerró los ojos
-como una persona quebrantada por la fatiga. Al examinarla, comprendió
-Raskolnikoff que estaba embriagada, y la cosa le pareció tan extraña,
-que no podía dar crédito a sus propios ojos. Tenía ante él una carita
-casi infantil que apenas representaba diez y seis años, quizá solamente
-quince. Aquella cara, rodeada de cabellos rubios, era muy linda pero
-estaba como arrebatada y un poco hinchada. Parecía que la joven no
-tenía conciencia de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas una
-sobre la otra en actitud muy poco decorosa, y todos los indicios hacían
-suponer que no se daba cuenta del lugar donde se hallaba.
-
-Raskolnikoff no se sentaba ni quería irse, y permanecía en pie frente
-a ella, sin saber qué resolver. Era más de la una y hacía un calor
-insoportable; así es que la avenida, que a otras horas suele estar
-muy concurrida, estaba casi desierta. Sin embargo, a quince pasos de
-distancia se mantenía apartado, en la cuneta del paseo, un señor que
-evidentemente deseaba aproximarse a la joven con ciertas intenciones.
-También, sin duda, la había visto de lejos y puéstose a seguirla; pero
-la presencia de Raskolnikoff le embarazaba. Echaba, disimuladamente,
-es verdad, miradas irritadas a este último y esperaba con impaciencia
-el momento en que aquel «descamisado» le cediese el puesto. Nada más
-claro. El tal caballero, vestido muy elegantemente, era de unos treinta
-años, grueso, fuerte, de tez rojiza, de labios rosados y fino bigote.
-Raskolnikoff, invadido de violenta cólera, y deseoso de insultarle, se
-apartó un instante de la joven y se aproximó al señor.
-
---¡Eh, Svidrigailoff!--exclamó el joven apretando los puños y riendo
-sardónicamente, lo que hacía que los labios se le cubriesen de espuma.
-
-El elegante frunció las cejas, y su fisonomía tomó un aspecto de
-altanero estupor.
-
---¿Qué significa esto?--continuó con un tono despreciativo.
-
---Esto significa que es preciso que se vaya con la música a otra parte.
-
---¿Cómo te atreves, canalla...?
-
-Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff, con los puños cerrados, se
-lanzó sobre el grueso señor, sin pensar que éste habría dado fácilmente
-cuenta de dos adversarios como él. Mas en aquel momento alguien
-asió por detrás a Raskolnikoff: era un guardia que acertó a pasar
-casualmente junto a ellos.
-
---¡Calma, señores; no se peguen ustedes en la vía pública! ¿Qué le
-pasa a usted? ¿Quién es usted?--preguntó severamente a Raskolnikoff,
-fijándose en su miserable aspecto.
-
-Raskolnikoff miró con atención a quien le hablaba. El guardia, con
-sus bigotes blancos, tenía cara de soldado veterano; parecía, además,
-inteligente.
-
---De usted precisamente tenía necesidad--dijo el joven, y agarró por el
-brazo al guardia--. Soy un antiguo estudiante; me llamo Raskolnikoff.
-Usted puede también oírlo--añadió, dirigiéndose al caballero--; venga
-usted conmigo--y, sin soltar al guardia, le llevó hasta el banco--.
-Mire usted, esa joven se halla en completo estado de embriaguez; hace
-un momento se paseaba por la avenida; es difícil averiguar su posición
-social; pero no parece mujer de vida alegre. Lo más probable es que la
-hayan emborrachado, y abusado de ella después... ¿Comprende usted?...
-Luego, ebria como estaba, la han echado a la calle. Vea usted los
-jirones que tiene el traje; repare usted cómo lo lleva puesto; esta
-joven no se ha vestido por sí misma, la han vestido manos inexpertas,
-seguramente manos de hombre. Fíjese usted. Este buen señor, con quien
-quería agarrarme hace un momento, a quien no conozco, a quien veo por
-primera vez, advirtiendo que esta muchacha está ebria y que no tiene
-conciencia de nada, ha querido aprovecharse de su estado para llevarla
-Dios sabe adónde. Esté usted seguro de que no le engaño; he visto
-cómo la miraba y la seguía; pero como mi presencia le estropeaba la
-combinación esperaba que me marchase... Vea usted cómo se ha separado
-de nosotros, y con qué aire de importancia hace un cigarrillo... ¿Cómo
-libraremos a esta joven de sus insidias? ¿De qué modo hacer que se
-vuelva a su casa? Piense usted un poco en esto...
-
-El guardia se hizo cargo inmediatamente de la situación y se puso a
-reflexionar. No había duda respecto a las intenciones del caballero,
-pero quedaba la muchacha. El soldado se inclinó hacia ella para
-examinarla de cerca, y en su semblante se dibujó verdadera compasión.
-
---¡Ah, qué desgracia!--dijo moviendo la cabeza--. Es todavía una niña.
-De seguro se la ha tendido un lazo. Escuche, señorita; ¿dónde vive
-usted?
-
-La joven levantó pesadamente los párpados y miró a los dos hombres con
-expresión imbécil e hizo un gesto como para rechazarlos.
-
-Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte kopeks.
-
---Tome usted--dijo al guardia--: tome usted un coche y llévela a su
-casa. Sólo falta que nos dé su dirección.
-
---¡Señorita, eh, señorita!--dijo de nuevo el guardia, después de tomar
-el dinero--. Voy a buscar un coche, y yo mismo la conduciré a usted a
-su casa. ¿Adónde hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?
-
---¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!--murmuró la joven con el mismo
-movimiento de antes.
-
---¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!--dijo el soldado, sintiendo a la
-vez piedad e indignación--. ¡Vaya un apuro!--añadió dirigiéndose a
-Raskolnikoff, a quien miró de nuevo de pies a cabeza.
-
-Aquel desharrapado tan dispuesto a dar dinero, le parecía enigmático.
-
---¿La ha encontrado usted muy lejos de aquí?--preguntó.
-
---Ya le he dicho que iba delante de mí, por la avenida, tambaleándose.
-Apenas llegó a este banco, se dejó caer en él.
-
---¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en el mundo, señor! ¡Tan joven... y
-borracha! ¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene la ropa desgarrada!...
-¡Oh, cuánto vicio hay en el día!... Quizá sean sus padres nobles
-arruinados. ¡Hay tantos ahora! Parece una señorita de buena familia.
-
-Acaso el guardia era padre de hijas bien educadas, a las cuales pidiera
-tomarse por muchachas de buena familia.
-
---Lo esencial--dijo Raskolnikoff--es impedir que caiga en las manos
-de ese hombre. De fijo que el bribón no ha desistido de su propósito.
-¡Allí sigue!
-
-Al decir estas palabras, el joven levantó la voz e indicó con un
-ademán al caballero. Este, al oír lo que de él se decía, hizo ademán
-de enfadarse; pero después, pensándolo mejor, se limitó a lanzar a
-su enemigo una mirada despreciativa y se alejó otros diez pasos,
-deteniéndose de nuevo.
-
---No, no se saldrá con la suya ese señor--respondió con aire pensativo
-el guardia--; si dijese dónde vive... pero no sabiéndolo... Señorita,
-¡eh! señorita--añadió dirigiéndose otra vez a la joven.
-
-De repente, la muchacha abrió los ojos y miró atentamente, como si
-un rayo de luz iluminase su espíritu. Se levantó y echó a andar en
-dirección opuesta a la que había llevado.
-
---¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué manera de asediar a una!--dijo
-extendiendo de nuevo el brazo como para apartar a alguien.
-
-Iba de prisa; pero con paso siempre poco seguro. El elegante se puso a
-seguirla, aunque por el otro lado del paseo, sin perderla de vista.
-
---Esté usted tranquilo; repito que no se saldrá con la suya--dijo
-resueltamente el guardia, y partió en seguimiento de la joven--. ¡Ah!
-¡cuánto vicio hay ahora!--repitió, exhalando un suspiro.
-
-En aquel momento debió operarse un cambio tan completo como repentino
-en el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose al guardia gritó:
-
---Escuche usted.
-
-El interpelado se volvió.
-
---¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de mezclar usted en esto? ¡que se
-divierta (y señalaba al elegante) si quiere! A usted, ¿qué más le da?
-
-El soldado no comprendió este lenguaje, y miró asombrado a
-Raskolnikoff, que se echó a reír.
-
---¡Ea!--dijo el guardia agitando el brazo.
-
-Después se alejó detrás del señor elegante y de la muchacha.
-Probablemente habría tomado a Raskolnikoff por un loco o por algo peor.
-
---Se me ha llevado mis veinte kopeks--dijo éste con cólera cuando se
-quedó solo--. Luego el otro le dará también dinero, le abandonará la
-muchacha y asunto concluído... ¡Qué idea me ha dado a mí de echármelas
-de bienhechor! ¿Puedo yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho a ello?
-Que las gentes se devoren unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y por
-qué me he permitido regalarle los veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?
-
-A pesar de sus extrañas palabras, tenía el corazón angustiado. Se sentó
-como anonadado en el banco. Sus pensamientos eran incoherentes. Le
-molestaba en aquel momento pensar en nada. Hubiera querido dormirse
-profundamente, olvidarlo todo, despertarse después y comenzar una nueva
-vida.
-
---¡Pobrecilla!--dijo contemplando el sitio donde poco antes había
-estado sentada la joven--. Cuando vuelva en sí llorará; su madre sabrá
-su aventura. Primero la zarandeará; después la dará latigazos para
-añadir la humillación a su dolor, y quizá la echará de casa... Y aun
-cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna husmeará la casa y la
-pobre muchacha irá rodando de una parte a otra hasta que entre en el
-hospital, lo que no tardará en suceder (siempre pasa lo mismo a las
-muchachas que hacen a escondidas esa vida, porque tienen madres muy
-honradas). Una vez curada, volverá a las andadas; después otra vez
-al hospital... las tabernas... y otra vez al hospital... Al cabo de
-dos o tres años de esta vida, a los diez y ocho o a los diez y nueve
-años, será un andrajo. ¡A cuántas que han comenzado como ésta, he
-visto acabar del mismo modo! Pero, ¡bah! Es necesario, se dice, que
-así suceda; es un tanto por ciento anual, una prima de seguro público
-que debe ser pagada... para garantizar el reposo de las otras. ¡Un
-tanto por ciento! ¡Qué lindas frases! ¡encierran algo científico que
-tranquiliza! Cuando se dice «tanto por ciento», no hay más que hablar;
-ya no hay para qué preocuparse. Con otro nombre la cosa nos preocuparía
-más... ¿Quién sabe si Dunetchka no está comprendida en el «tanto por
-ciento» del año próximo, o quizás en el de este mismo año?
-
-»Pero, ¿a dónde me proponía ir?--pensó de repente--. Es extraño. Al
-salir de casa tenía un propósito. Al acabar de leer la carta salí...
-
-»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza de Basilio Ostroff, a casa de
-Razumikin. Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido la idea de visitar a
-Razumikin?»
-
-No se comprendía él mismo. Razumikin era un condiscípulo suyo de
-Universidad. Es de advertir que, cuando Raskolnikoff asistía a las
-clases de Derecho vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno de
-sus condiscípulos, ni recibía sus visitas. Estos, por su parte, le
-correspondían del mismo modo. Jamás tomaba parte ni en las reuniones
-ni en las bromas de los estudiantes. Se le estimaba por su ejemplar
-aplicación; era muy pobre, muy orgulloso y muy reservado; sus
-compañeros creían que Raskolnikoff los miraba desdeñosamente como
-si fueran chiquillos, o por lo menos seres muy inferiores a él en
-conocimientos, en ideas y en desarrollo intelectual.
-
-No obstante, intimó bastante con Razumikin, o mejor dicho, se mostró
-con él de carácter menos cerrado que con los otros. Verdad es que
-el genio franco e irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible
-confianza. Era este joven en extremo alegre, expansivo y bueno hasta la
-candidez, lo que no impedía que tuviese otras cualidades serias. Sus
-compañeros más inteligentes reconocían su mérito y todos le apreciaban.
-No tenía pelo de tonto, aunque pareciese imbécil. A primera vista,
-llamaba su atención por sus cabellos negros, su rostro siempre mal
-afeitado, su alta estatura y su excesiva delgadez.
-
-Calavera en ocasiones, se le tenía por un Hércules. Una noche que
-recorría las calles de San Petersburgo en compañía de algunos amigos,
-echó a rodar de un solo puñetazo a un guardia municipal que tenía
-dos archines y doce vechoks[9]. Podía hacer los mayores excesos de
-bebida, y observaba, cuando se lo proponía, la más estricta sobriedad.
-Si a veces cometía inexcusables locuras, procedía otras con cordura
-ejemplar. Lo más notable del carácter de Razumikin era que jamás se
-descorazonaba ni se dejaba abatir por las contrariedades. Vivía en
-una guardilla, soportando los horrores del frío y del hambre, sin
-que por ello perdiera un momento su buen humor. Muy pobre, reducido
-a procurarse lo necesario para su subsistencia, encontraba medio de
-ganarse, bien o mal, la vida, porque era sobradamente despreocupado y
-conocía una porción de sitios en que le era posible encontrar dinero,
-por supuesto, trabajando.
-
- [9] Aproximadamente 1,88 metros.
-
-Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba que éste le agradaba
-sobremanera porque se duerme mejor cuando se tiene frío. Ultimamente
-había tenido que dejar la Universidad por falta de recursos; pero
-confiaba en reanudar en breve sus estudios y tampoco se descuidaba en
-mejorar su situación pecuniaria.
-
-Raskolnikoff no había estado en su casa desde hacía cuatro meses, y
-Razumikin ignoraba dónde vivía su amigo. Se habían cruzado en la calle
-dos meses antes; pero Raskolnikoff se pasó a la otra acera para no ser
-visto por Razumikin. Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no queriendo
-molestarle, fingió que no le veía.
-
-
-V
-
---En efecto, no hace mucho que me proponía ir a casa de Razumikin a
-fin de suplicarle que me proporcionase algunas lecciones o cualquier
-otro trabajo...--se decía Raskolnikoff--. Pero ahora, ¿de qué ha de
-servirme? supongamos que puede proporcionarme alguna lección; hasta
-quiero suponer también que hallándose en fondos se quede sin un kopek
-siquiera para facilitarme medios con que comprar unas botas y el traje
-decente que necesita un pasante... Bueno, ¿y después? ¿Qué hago yo con
-unas cuantas piataks[10]? ¿Qué resuelvo con ellos? ¡Bah! sería una
-necedad ir a casa de Razumikin.
-
- [10] La piatak es una moneda de cinco kopeks, equivalente a
- unos cuatro centavos.
-
-La razón de saber por qué se dirigía entonces a casa de su amigo le
-causaba tormento mayor de lo que a sí mismo se confesaba; ansiaba dar
-algún sentido siniestro a esta marcha, en apariencia la más sencilla
-del mundo.
-
---¿Es posible que en mi situación haya puesto mis esperanzas todas en
-Razumikin? ¿Esperaba yo realmente de él remedio?--se preguntaba con
-estupor.
-
-Reflexionaba, se frotaba la frente, y de repente, después de haber
-puesto algún tiempo su espíritu en tortura, brotó en su cerebro una
-extraña idea:
-
---Sí, iré a casa de Razumikin; pero no ahora; iré a verle al día
-siguiente, cuando _aquello_ esté hecho y mis negocios tengan otro
-aspecto...
-
-Apenas hubo pronunciado aquellas palabras, experimentó una brusca
-conmoción.
-
---¡Cuando _aquello_ esté hecho!--exclamó con un sobresalto que le hizo
-levantarse del banco en que estaba sentado--. ¿Sucederá _eso_? ¿Será
-posible?
-
-Dejó el banco y se alejó con apresurado paso. Su primer movimiento
-fué el de dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué? ¡Volver a aquel
-aposento en que acababa de pasar más de un mes premeditando todo
-_aquello_! Al saltarle este pensamiento, se sintió disgustado y se
-puso a marchar a la ventura. Su temblor nervioso tomó un carácter
-febril. Se estremeció convulsivamente y, a pesar de la elevación de la
-temperatura, tenía frío. Casi a su pesar, cediendo a una especie de
-necesidad interior, se esforzaba en fijar su atención en los diversos
-objetos que encontraba, para librarse de la obsesión de una idea que le
-trastornaba. En vano trataba de distraerse; a cada instante caía en su
-preocupación. Cuando levantaba la cabeza dirigía sus miradas en torno
-suyo, y olvidaba durante un minuto lo que venía pensando y aun el lugar
-donde se encontraba. De este modo fué como atravesó toda la plaza de
-Basilio Ostroff, desembocó en el pequeño Neva, pasó el puente y llegó a
-las islas. El verdor y la frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados
-al polvo, a la cal, a los montones de arena y de escombros. Allí nada
-de ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de tabernas.
-
-Pero pronto perdieron estas sensaciones nuevas su encanto y dieron
-lugar a una gran inquietud. A veces el joven se detenía delante de
-alguna quinta que surgía coquetonamente en medio de una vegetación
-riente, miraba por la verja y veía en las terrazas y balcones mujeres
-elegantemente vestidas o niños que correteaban por los jardines. Se
-fijaba principalmente en las flores; era lo que atraía más sus miradas.
-De tiempo en tiempo pasaban al lado de él caballeros y amazonas y
-soberbios carruajes; los seguía con los ojos curiosos y los olvidaba
-antes de que lo hubiese perdido de vista.
-
-Se detuvo para contar el dinero que llevaba en el bolsillo, y se
-encontró dueño, aproximadamente, de treinta kopeks. «He dado veinte al
-guardia y tres a Anastasia por la carta--pensó--; por consiguiente,
-son cuarenta y tres o cincuenta kopeks los que dejé ayer en casa de
-Marmeladoff.»
-
-Había tenido motivo para comprobar el estado de su hacienda; pero un
-instante después ya no se acordaba de la razón por la cual sacó el
-dinero del bolsillo. A poco rato se acordó de comer, al pasar delante
-de un figón: su estómago se lo recordaba.
-
-Entró en la taberna, se echó al cuerpo una copa de aguardiente y
-tomó un bocado. El poco de aguardiente que acababa de tomar le hizo
-inmediatamente efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño. Quiso
-volverse a su casa, pero al llegar a Petrovsky Ostroff comprendió que
-no podía dar un paso más. Dejó, pues, el camino, penetró en el soto y
-se echó en la hierba, durmiéndose en seguida.
-
-Cuando se está algo enfermo, los sueños suelen distinguirse por su
-relieve extraordinario y por su asombrosa semejanza con la realidad.
-El cuadro es a veces monstruoso; pero la _mise en scéne_ y todo lo que
-pertenece a la _representación_, son, sin embargo, tan verosímiles, los
-detalles tan minuciosos, y ofrecen por lo imprevisto una combinación
-tan ingeniosa, que el soñador, aunque sea un artista como Pushkin o
-Turgueneff, sería incapaz, despierto, de inventarlos tan bien. Estos
-sueños morbosos dejan siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente
-el organismo, ya quebrantado, del individuo.
-
-Raskolnikoff tuvo un sueño horrible. Se veía niño en la pequeña
-ciudad en que vivía entonces con su familia. Era un día festivo, y al
-anochecer, se paseaba _extramuros_ acompañado de su padre. El tiempo
-era gris, la atmósfera pesada; los lugares exactamente tales como su
-memoria los recordaba; en su sueño advirtió más de un detalle de que
-despierto no se acordaba. Veía todo el pueblo; en los alrededores ni
-un solo sauce blanco; allá, muy lejos, en el confín del horizonte,
-un bosquecillo formaba una mancha negra. A algunos pasos del último
-jardín del pueblo había una gran taberna, delante de la cual no podía
-pasar con su padre ni una sola vez sin experimentar una desagradable
-impresión y un sentimiento de miedo. Siempre estaba llena de multitud
-de personas que charlaban, reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban
-con voz ronca cosas repugnantes; por los alrededores siempre se veían
-hombres borrachos. Al aproximarse Rodión se arrimaba a su padre y
-temblaba de pies a cabeza. El camino que conducía a la taberna estaba
-lleno de polvo negro. A trescientos pasos de allí, este camino formaba
-un recodo y daba vuelta al cementerio de la ciudad. En medio del
-cementerio se alzaba una iglesia de piedra, cubierta de una cúpula
-verde, adonde iba el niño dos veces al año a oír misa con su padre
-y su madre cuando se celebraba el funeral por el eterno descanso de
-su abuela, muerta hacía mucho tiempo, y a quien no había conocido.
-Llevaban un pastel de arroz con una cruz encima hecha con pasas. El
-niño amaba esta iglesia, con sus viejas imágenes, en su mayor parte
-desprovistas de adornos, y su anciano capellán de cabeza temblona. Al
-lado de la piedra que marcaba el sitio donde reposaban los restos de
-la anciana, había una tumba pequeña, la del hermano mayor de Rodión,
-muerto a los seis meses. Tampoco le había conocido, pero se le había
-dicho que había tenido un hermanito; así es que cada vez que visitaba
-el cementerio, hacía piadosamente la señal de la cruz encima de la
-tumba pequeña, e inclinándose con respeto la besaba.
-
-He aquí ahora su sueño: va con su padre por el camino del campo santo;
-pasan delante de la taberna; él va asido de la mano de su padre y
-dirige miradas tenebrosas a la odiosa casa, donde reina mayor animación
-que de costumbre. Hay allí muchedumbre de campesinas y de mujeres
-de la clase media, vestidas con sus trajes domingueros, acompañadas
-de sus maridos y de la hez del pueblo. Todos están ebrios y todos
-cantan. Delante de la puerta de la taberna hay una de esas enormes
-carretas que se emplean de ordinario para el transporte de mercancías
-y toneles de vino, a las que se suelen enganchar vigorosos caballos de
-gruesas patas y largas crines. A Raskolnikoff le divertía contemplar
-aquellos robustos animales que arrastraban pesos enormes sin la
-menor fatiga. Pero ahora a esa pesada carreta estaba enganchado un
-caballejo flaquísimo, uno de esos escuálidos rocines que los _mujiks_
-acostumbran enganchar a grandes carros de madera o de heno y a los que
-muelen a palos, llegando hasta pegarles en los ojos y en los befos
-cuando las pobres bestias hacen esfuerzos para arrastrar el vehículo
-atascado. Este espectáculo, visto varias veces por Raskolnikoff, le
-llenaba los ojos de lágrimas, y su madre, en tales casos, le apartaba
-siempre de la ventana. De repente se promueve un gran alboroto; de la
-taberna salen gritando, cantando y tocando la guitarra varios _mujiks_
-completamente ebrios; llevan blusas rojas y azules, y los capottes
-echados negligentemente sobre los hombros.
-
---¡Subid, subid todos!--grita todavía un hombre, de robusto cuello y de
-rostro carnoso, color de zanahoria--. ¡Os llevo a todos, subid!
-
-Estas palabras provocan risas y exclamaciones.
-
-¡Hacer el camino con semejante penco!
-
---Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a quién se le ocurre enganchar ese
-jamelgo a semejante carro?
-
---De seguro que este rocín tiene más de veinte años.
-
---Subid, os llevo a todos--grita de nuevo Mikolka, subiendo al primer
-carro, y, poniéndose de pie en el pescante del vehículo, aferra las
-riendas--. El caballo bayo se lo llevó Madviei y este animalucho,
-amigos míos, es una condenación para mí, debería matarlo: no gana lo
-que come. Os digo que subáis, ya veréis cómo lo hago galopar. ¡Vaya si
-galopará!
-
-Y al decir esto, toma el látigo, gozoso con la idea de fustigar al
-pobre jaco.
-
---¡Ea, subamos, puesto que dice que vamos a ir al galope!--dijeron,
-burlándose, los del grupo.
-
---Apuesto a que hace diez años que no galopa.
-
---¡Buena marcha llevará!
-
---No tengáis miedo, amigos míos; tomad cada uno una vara, ¡y duro!
-
---¡Eso, eso, se le arreará!
-
-Trepan todos al carro de Mikolka riendo y burlándose. Han subido ya
-seis hombres y queda sitio todavía. Con los que han montado va una
-gruesa campesina, de rostro rubicundo, vestida con un traje de algodón
-rojo, en la cabeza una especie de gorro adornado con abalorios y va
-partiendo avellanas y se ríe de tiempo en tiempo. También se ríe la
-gente que rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse ante la idea de
-que semejante penco lleve al galope a tantas personas? Dos de los que
-están en el carro toman látigos para ayudar a Mikolka.
-
---¡Andando!--grita este último.
-
-El caballo tira con todas sus fuerzas; pero, lejos de galopar, apenas
-si puede avanzar un paso: patalea, gime y encoge los lomos bajo los
-golpes copiosos como el granizo que los tres látigos le descargan.
-Redoblan las risas en el carro y en el grupo; pero Mikolka se incomoda
-y golpea al jaco con más fuerza como si, en efecto, esperase hacerle
-galopar.
-
---Dejadme subir a mí también, amigos míos--grita entre los espectadores
-un joven que arde en deseos de mezclarse con la alegre pandilla.
-
---Sube--respondió Mikolka--. Subid todos, que yo le haré correr.
-
-Y sigue, sigue golpeando, y en su furor no sabe ya con qué pegarle al
-animal.
-
---Papá, papá--dice el niño a su padre--, ¿qué están haciendo? ¡Pegan al
-pobre caballejo!
-
---Vamos, vamos--dice el padre--; son borrachos que se divierten a su
-modo. ¡Imbéciles! No les hagas caso.
-
-Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende de las manos paternales, y
-sin hacer caso de nada se acerca corriendo al caballo. El desgraciado
-cuadrúpedo no puede ya más. Resuella fatigosamente, trata de tirar, y
-poco falta para que no se caiga.
-
---¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!--aúlla Mikolka--. Eso es lo que
-hay que hacer. Yo os ayudaré.
-
---¡Tú no eres cristiano, sino lobo!--grita un viejo del grupo.
-
---¿A quién se le ocurre que un animalejo tan pequeño pueda arrastrar un
-armatoste como éste?--grita otro.
-
---¡Bribón!--vocifera un tercero.
-
---No es tuyo, es mío; hago lo que quiero. ¡Subid aún! ¡Es preciso que
-galope!
-
-De repente la voz de Mikolka queda ahogada por las carcajadas de la
-gente; el animal, atormentado por los palos, acaba por perder la
-paciencia, y a pesar de su debilidad, empieza a tirar coces. Hasta el
-mismo viejo se echa a reír. Y había, en efecto, motivos de risa: ¡un
-caballo que no puede sostenerse en pie y que, sin embargo, cocea!
-
-Dos campesinos se destacan del grupo, y armados de látigos la emprenden
-a palos con el animal. Uno por la derecha y otro por la izquierda.
-
---¡Dadle en los morros, en los ojos, sí, en los ojos!--vociferaba
-Mikolka.
-
---¡Una canción, amigos!--grita uno del corro, e inmediatamente toda la
-pandilla entona una canción soez al son de una pandereta.
-
-La campesina sigue partiendo avellanas y se ríe.
-
-Rodión se acerca al caballo y ve que le pegan en los ojos, ¡sí, en los
-ojos! El niño llora; se le subleva el corazón y corren sus lágrimas.
-Uno de los verdugos le toca el rostro con el látigo, pero él no lo
-siente. Se retuerce las manos y grita. Después se dirige al viejo de
-la barba y cabellos blancos, que mueve la cabeza y condena aquellas
-demasías.
-
-Una mujer toma al niño de la mano y quiere apartarlo de esta escena;
-pero él se escapa y corre otra vez hacia el caballo. Este, ya casi sin
-fuerzas, intenta aún cocear.
-
---¡Ah, maldito!--exclama Mikolka, deja el látigo, se baja, toma del
-fondo del carro un largo y pesado garrote y lo blande con fuerza con
-las dos manos sobre el pobre caballo.
-
---¡Lo va a matar!--gritaban en derredor suyo.
-
---¡Lo matará!
-
---¡Es mío!--grita Mikolka, y el garrote, manejado por dos brazos
-vigorosos, cae con estrépito sobre el lomo del animal.
-
---¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?--gritan varias voces en el grupo.
-
-De nuevo el garrote se levanta y cae sobre el espinazo de la pobre
-bestia. Bajo la violencia del golpe, el caballejo está a punto de
-caerse. Sin embargo, hace un supremo esfuerzo con todas las fuerzas
-que le quedan; tira, tira en diversos sentidos para escapar de aquel
-suplicio, mas por todas partes encuentra los seis látigos de sus
-perseguidores. Mikolka una vez y otra vez golpea a su víctima con el
-garrote. Está furioso por no poder matarlo de un solo golpe.
-
---¡No quiere morir!--gritan los del grupo.
-
---¡No le queda mucho de vida!--observa uno de los que contemplan
-regocijados el bárbaro espectáculo--. Se acerca su último momento.
-
---Dale con un hacha; es el medio de acabar con él--apunta un tercero.
-
---Dejadme--dice Mikolka, y suelta el garrote; busca de nuevo en el
-carro, y toma una barra de hierro--. ¡Fuera!--grita, y asesta un
-violento golpe al pobre caballo.
-
-El penco se tambalea; quiere aún tirar, pero un segundo golpe
-con la barra le tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado
-instantáneamente los cuatro miembros.
-
---¡Acabemos!--aúlla Mikolka, que, fuera de sí, salta del carro.
-
-Algunos mocetones, rojos y avinados, agarran cada cual lo que tienen
-más a mano, látigos, palos, el garrote, y corren al caballo expirante.
-Mikolka, en pie, al lado de la bestia, la golpea sin cesar con la barra
-de hierro. El caballo extiende la cabeza y muere.
-
---¡Ha muerto!--gritan en el grupo.
-
---¿Por qué no quería galopar?
-
---¡Era mío!--gritó Mikolka, teniendo siempre en la mano la barra.
-
-Tenía los ojos inyectados de sangre. Parecía enfurecido porque la
-muerte le hubiese quitado su víctima.
-
---¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!--gritan indignados algunos
-asistentes.
-
-El pobre niño está fuera de sí. Dando voces se abre paso por entre
-el grupo que rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada del
-cadáver, le besa en el hocico y en los ojos... Después, en un repentino
-arrebato de cólera, cierra los puños y se arroja sobre Mikolka. En
-aquel momento su padre, que desde hace un rato le buscaba, lo encuentra
-al fin y le aparta de la gente.
-
---¡Vámonos, vámonos!--le dijo--. Volvamos a casa.
-
---¡Papá! ¿por qué han matado al pobre caballo?--solloza el niño; pero
-le falta la respiración; de su garganta salen roncos sonidos.
-
---¡Son barbaridades de gente ebria! ¡Nada tenemos que ver con
-ellos!--dice el padre.
-
-Rodión le oprime entre sus brazos; pero siente tal fatiga... quiere
-respirar, grita, y se despierta.
-
-Raskolnikoff se despertó jadeando, con el cuerpo húmedo y los cabellos
-empapados de sudor; se sentó bajo un árbol y respiró con fuerza.
-
---¡Gracias a Dios, no ha sido más que un sueño!--dijo--. ¡Cómo! ¿Iré a
-tener fiebre? No sería extraño, después de un sueño tan horroroso.
-
-Tenía quebrantados los miembros, y el alma llena de obscuridad y de
-confusión. Apoyó los codos en las rodillas y dejó caer la cabeza entre
-las manos.
-
---¡Dios mío!--exclamó--. ¿Será posible, en efecto, que yo tome un
-hacha y parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será posible que yo ande
-por encima de sangre tibia y viscosa, que fuerce la cerradura, robe y
-me oculte, temblando, ensangrentado, con el hacha?... ¡Señor! ¿Será
-posible?
-
-Al decir esto temblaba como la hoja en el árbol.
-
---Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?--continuó con profunda
-sorpresa--. Veamos; sé muy bien que no soy capaz de ello; ¿por qué,
-pues, me atormenta esa idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer el
-_ensayo_, comprendí perfectamente que _aquello_ era superior a mis
-fuerzas. ¿De dónde procede que siga dando vueltas a la misma idea?
-Ayer, al bajar la escalera, iba diciendo que era innoble, odioso,
-repugnante... Solamente pensar en tal cosa me aterraba.
-
-»No, no me atreveré; esto es superior a mis fuerzas. Aunque todos mis
-razonamientos no dejasen lugar a duda, aunque todas las conclusiones a
-que he llegado durante un mes fuesen claras como el día, exactas como
-la Aritmética, no podría decidirme a dar este paso. ¡No soy capaz! ¿Por
-qué pues, por qué ahora...?
-
-Se levantó, miró en torno suyo, como si se sorprendiese de estar allí,
-y se encaminó hacia el puente T***. Estaba pálido y le brillaban los
-ojos. Todo su ser mostraba decaimiento; pero comenzaba a respirar con
-más libertad. Se sentía ya libre del horrible peso que durante largo
-tiempo le había oprimido, y su alma recobraba la paz.
-
---¡Señor!--exclamó--; ¡muéstrame mi camino y renunciaré a este designio
-maldito!
-
-Al atravesar el puente miró tranquilamente el río, y contempló la
-resplandeciente puesta de sol. A pesar de su debilidad, no se sentía
-cansado. Se hubiera dicho que acababa de recobrar repentinamente la
-salud de su espíritu. Ahora es libre. Estaba roto el encanto. Había
-cesado de influir sobre él el horrible maleficio.
-
-Más tarde, Raskolnikoff se acordó, minuto por minuto, del empleo de su
-tiempo durante aquellos días de crisis; entre otras circunstancias,
-venía a menudo a su pensamiento una que, aun cuando en rigor no tenía
-nada de extraordinario, le preocupaba como una especie de terror
-supersticioso, a causa de la acción decisiva que había ejercido sobre
-su destino.
-
-He aquí el hecho que constituía para él siempre un enigma. ¿Por qué
-cuando cansado, exhausto, hubiera debido, como era natural, volver a su
-casa por el camino más corto y más directo, se le había ocurrido pasar
-por el Mercado de Heno en donde nada, absolutamente nada le llamaba?
-Verdad era que este rodeo no alargaba mucho su camino; pero resultaba
-completamente inútil. Se le había ocurrido mil veces volverse a su casa
-sin fijarse en el itinerario recorrido.
-
---¿Pero por qué, pues--se preguntaba siempre--, por qué aquel encuentro
-tan importante, tan decisivo para mí, al mismo tiempo tan fortuito,
-que tuve en el Mercado del Heno (adonde no tenía para qué ir), se
-verificó en el momento mismo en que, dadas las disposiciones en que
-me encontraba, había de tener para mí las más graves y terribles
-consecuencias?
-
-Tentado estaba de ver en esta fatal coincidencia el efecto de una
-predestinación.
-
-Cerca eran de las nueve cuando el joven llegó al Mercado del Heno. Los
-tenderos cerraban sus establecimientos; los vendedores ambulantes se
-preparaban, lo mismo que los tratantes, a volver a su casa. Obreros
-y desharrapados de toda especie bullían en los alrededores de los
-bodegones y tabernas que en el Mercado del Heno ocupaban el piso bajo
-de la mayor parte de los edificios. Esta plaza y los _pereuloks_[11]
-de sus inmediaciones eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba
-de mejor gana cuando salía sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus
-harapos no llamaban la atención a nadie y podía, él como cualquiera,
-pasearse vestido como tuviera por conveniente. En la esquina del
-_pereulok_ de K***, un mercader que, como los demás, se disponía a
-volver a su casa, hablaba con su mujer y con una conocida que acababa
-de aproximarse a ellos. Esta última era Isabel Ivanovna, hermana de
-Alena Ivanovna, la usurera en cuya casa Raskolnikoff había entrado la
-víspera a empeñar su reloj y a hacer el _ensayo_.
-
- [11] Pasaje.
-
-De tiempo atrás sabía algo acerca de esta Isabel; ella también le
-conocía. Era alta y desgarbada solterona de treinta y cinco años,
-tímida, dulce y casi idiota. Temblaba ante su hermana, que la trataba
-como esclava, la hacía trabajar día y noche y hasta le pegaba.
-
-En aquel momento su fisonomía expresaba indecisión, en tanto que en
-pie, con un paquete en la mano, escuchaba atentamente lo que le decían
-el vendedor y su mujer.
-
-Estos hablaban de algo importante, a juzgar por el calor que ponían en
-sus palabras.
-
-Cuando Raskolnikoff vió de repente a Isabel, experimentó una sensación
-extraña parecida a profunda sorpresa, aunque este encuentro no tuviese
-nada de asombroso.
-
---Es preciso que esté usted aquí para tratar del negocio, Isabel
-Ivanovna--dijo con fuerza el vendedor--. Venga usted mañana de seis a
-siete. También vendrán los otros.
-
---¿Mañana?--dijo vacilante Isabel, que parecía temerosa de decidirse.
-
---¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?--dijo vivamente la vendedora,
-que era una mujerona enérgica--. No la perderé de vista, porque usted
-es como una niña. ¿Será posible que se deje usted dominar hasta
-ese punto por una persona que no es, después de todo, más que su
-hermanastra?
-
---No diga usted ahora nada a Alena Ivanovna--dijo el marido--. Se lo
-aconsejo; venga usted a casa sin consultarla. Se trata de un negocio
-ventajoso; su hermana se convencerá de ello en seguida.
-
---¿De modo que tengo que venir?
-
---Mañana entre seis y siete vendrán también los demás; es preciso que
-esté usted presente para decidir el asunto.
-
---Le ofreceremos una taza de te--añadió la vendedora.
-
---Está bien, vendré--respondió Isabel pensativa, y se dispuso a
-marcharse.
-
-Raskolnikoff había pasado ya del grupo formado por las tres personas
-y no oyó más. Había prudentemente acortado el paso, esforzándose por
-no perder palabra de la conversación. A la sorpresa del primer momento
-había sucedido en él un vivo terror. Una casualidad imprevista le
-acababa de dar a conocer que al día siguiente, a las siete de la tarde,
-Isabel, la hermana, la única compañera de la vieja, estaría fuera, y
-que, por lo tanto, al día siguiente, a las siete en punto, la vieja _se
-encontraría sola en su casa_.
-
-El joven estaba a algunos pasos de su domicilio. Entró en su casa como
-si lo hubiesen condenado a muerte. No pensó en nada, ni estaba en
-disposición de pensar; sintió súbitamente en todo su ser que no tenía
-ni voluntad, ni libre albedrío, y que todo estaba definitivamente
-resuelto. Ciertamente, hubiera podido esperar años enteros sin una
-ocasión favorable, aun tratando de hacerla nacer como aquella que
-acababa de ofrecérsele. En todo caso le habría sido difícil saber
-la víspera a ciencia cierta y sin correr el menor riesgo, sin
-comprometerse con preguntas imprudentes, que mañana a tal hora, tal
-vieja, a quien él quería matar, estaría sola en su casa.
-
-
-VI
-
-Raskolnikoff supo después por qué el vendedor y su mujer habían
-invitado a Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima: una
-familia extranjera que, encontrándose muy apurada, quería deshacerse de
-algunos efectos, que consistían en vestidos y en ropa interior usada de
-mujer. Estas personas deseaban ponerse en relación con la vendedora.
-Isabel ejercía este oficio, y tenía una numerosa clientela, porque era
-muy formal y decía siempre el último precio. Con ella no había regateo;
-en general hablaba poco, y, como hemos dicho, era muy tímida.
-
-Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff se había hecho supersticioso
-y, por consiguiente, cuando reflexionaba, sobre todo este asunto,
-se inclinaba siempre a ver en él la acción de causas extrañas y
-misteriosas. El invierno último, un estudiante conocido suyo,
-Pokorieff, a punto de volverse a Kharkoff, le había dado, al
-despedirse, la dirección de la vieja Alena Ivanovna, para caso de que
-tuviera necesidad de algún préstamo sobre prendas. Pasó mucho tiempo
-sin ir a casa de la vieja, porque el producto de sus lecciones le
-permitía ir viviendo. Seis semanas antes de los acontecimientos que
-vamos refiriendo, se acordó de las señas; poseía dos objetos por los
-cuales podía prestársele algo: un reloj de plata que conservaba de su
-padre, y un anillo pequeño de oro con tres piedrecitas rojas, que su
-hermana le había dado como recuerdo en el momento de separarse.
-
-Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija a casa de Alena Ivanovna.
-Desde el primer momento, y antes de que él supiera nada de particular
-acerca de ella, la vieja le inspiró una violenta aversión. Después de
-haber recibido el dinero entró en un mal _taklir_[12] que encontró al
-paso. Allí pidió te, se sentó y púsose a reflexionar. Una idea extraña,
-todavía en estado embrionario en su espíritu, le ocupaba por completo.
-
- [12] Cafetucho.
-
-Ante una mesa vecina a la suya, un estudiante, a quien no se acordaba
-de haber visto jamás, estaba sentado con un oficial.
-
-Los dos jóvenes acababan de jugar al billar y se disponían ahora a
-tomar el te. De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante que daba al
-oficial la dirección de Alena Ivanovna, viuda de un secretario de
-colegio y prestamista sobre prendas.
-
-Esto sólo pareció ya un poco extraño a nuestro héroe: se hablaba de una
-persona de cuya casa acababa él de salir. Sin duda, todo ello era pura
-casualidad; pero en aquel momento hallábase bajo una impresión que no
-podía dominar, y he aquí que, precisamente en aquel momento, alguien
-venía a fortificar en él esta impresión. El estudiante comunicaba, en
-efecto, a su amigo, diversos pormenores acerca de Alena Ivanovna.
-
---Es un famoso recurso--decía--; siempre hay medio de procurarse dinero
-en su casa. Rica como un judío, puede prestar cinco mil rublos de una
-vez, y, sin embargo, acepta objetos que no valen más que un rublo. Es
-una providencia para muchos de nosotros. Pero, ¡qué horrible arpía!
-
-Se puso a contar que era mala, caprichosa; que no concedía siquiera
-veinticuatro horas de prórroga, y que toda prenda no retirada en el
-día fijo, era irrevocablemente perdida por el deudor; prestaba sobre
-un objeto la cuarta parte de su valor y cobraba el cinco y el seis
-por ciento de interés mensual, etc. El estudiante, que estaba en vena
-de hablar hasta por los codos, añadió que esta horrible vieja era
-pequeñuela, lo que no le impedía pegar a menudo y tener en completa
-dependencia a su hermana Isabel, que medía, por lo menos, dos archines
-y ocho verchoks de estatura.
-
---¡Es un fenómeno!--exclamó, y se echó a reír.
-
-La conversación recayó en seguida sobre Isabel.
-
-El estudiante hablaba de ella con marcado placer y siempre sonriendo.
-El oficial escuchaba a su amigo con mucho interés y le suplicó que le
-enviase a aquella Isabel para que le repasase la ropa.
-
-Raskolnikoff no perdió una palabra de esta conversación y supo de esta
-suerte una multitud de cosas. Más joven que Alena Ivanovna, de la
-cual no era más que media hermana, Isabel tenía treinta y cinco años
-y trabajaba día y noche para la vieja. Además de los quehaceres de la
-cocina, era lavandera, hacía labores de costura, que luego vendía, iba
-a fregar los suelos a las casas, y todo lo que ganaba se lo entregaba a
-su hermanastra. No se atrevía a aceptar ningún encargo ni trabajo sin
-consultar a la usurera, la cual, como Isabel sabía muy bien, había
-otorgado ya testamento en el cual no dejaba a su hermana más que el
-mobiliario. Deseosa de tener a perpetuidad sufragios por el eterno
-descanso de su alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio. Isabel
-pertenecía a la clase media y no al _tchin_. Era una estantigua, con
-pies muy grandes y calzados siempre con anchos zapatos; pero, por otra
-parte, iba limpia como una patena. Lo que particularmente asombraba y
-hacía reír al estudiante, era que Isabel estaba siempre en cinta.
-
---¿Pero no dices que es un monstruo?--preguntóle el oficial.
-
---Realmente, es demasiado trigueña; parece un soldado vestido de
-mujer; pero de eso a que sea un monstruo, hay mucha diferencia. Su
-fisonomía revela tanta bondad y tienen sus ojos una expresión tan
-simpática que... La prueba es que ella agrada a muchas personas. Es
-tan tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene un carácter tan bueno y,
-además, su sonrisa es tan bondadosa...
-
---¿Estás enamorado de ella?--interrogóle, sonriendo, el oficial.
-
---Hombre, tanto como eso, no; pero me gusta, precisamente por lo rara
-que es. En cambio, a esa maldita vieja te aseguro que la mataría y la
-despojaría de todo lo que posee sin escrúpulo de conciencia--añadió
-vivamente el estudiante.
-
-El oficial lanzó una carcajada; pero Raskolnikoff se estremeció. Las
-palabras que oía encontraban extraño eco en sus propios pensamientos.
-
---Vamos a ver--prosiguió el estudiante--. Hace un momento me burlaba,
-pero ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado una vieja enfermiza,
-necia, un ser que no es útil a nadie, y que, por el contrario,
-perjudica a muchos, que no sabe ella misma por qué vive y que morirá
-mañana de muerte natural. ¿Comprendes?
-
---Comprendo--repuso el oficial mirando atentamente a su interlocutor.
-
---Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes, frescas, que se quebrantan,
-se pierden, faltas de sostén, y esto a millares, por todas partes. Cien
-mil obras útiles se podrían acometer o mejorar con el dinero legado
-por esa vieja a un monasterio; centenares de existencias, millones
-quizá, puestas en el buen camino; docenas de familias salvadas de la
-miseria, de la disolución, de la ruina, del vicio, de los hospitales...
-y todo ello con el dinero de esa mujer. Si se la matase y se destinase
-su fortuna al bien de la humanidad, ¿crees tú que el crimen, si eso
-fuese un crimen, no estaría largamente compensado por millares de
-buenas acciones? Por una sola vida, millares de vidas arrancadas a
-la perdición; por una persona suprimida, cien personas devueltas a
-la existencia. Se trata de una cuestión aritmética. ¿Qué pesa en las
-balanzas sociales la vida de una vieja necia y mala? Poco más que la
-vida de una hormiga o de un escarabajo; me atrevo a decir que menos,
-porque esta vieja es una criatura perversa. Hace poco, en un acceso de
-rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco estuvo que no se lo cortase
-con los dientes.
-
---Cierto que es indigna de vivir--respondió el oficial--; ¿pero qué
-quieres? la Naturaleza...
-
---Amigo mío, a la Naturaleza se la corrige, se la endereza; de lo
-contrario, viviríamos enterrados en prejuicios, no habría un solo
-grande hombre. Se habla del deber, de la conciencia. No quiero decir
-que esté mal, pero, ¿qué sentido damos a estas palabras? Escucha, voy a
-plantearte otra cuestión.
-
---No, chico, ahora me toca a mí. Te voy a preguntar una cosa.
-
---Conforme.
-
---Verás: tú estás ahora perorando con gran elocuencia; pero, dime:
-¿Matarías tú, con tus propias manos, a esa vieja?
-
---¡Claro que no! pero yo considero esto desde el punto de vista de la
-justicia... No se trata de mí...
-
---Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber mi opinión? Vas a oírlo: Puesto
-que no te decidirías a matarla, opino que la cosa no es justa. Vamos a
-echar otra partida.
-
-Raskolnikoff era presa de una agitación extraordinaria. En rigor,
-esta conversación no tenía nada de asombroso. Muchas veces había oído
-a los jóvenes cambiar entre sí análogas ideas; lo único que difería
-era el tema; mas, ¿por qué el estudiante expresaba precisamente los
-mismos pensamientos que en aquel instante bullían en el cerebro de
-Raskolnikoff? ¿Y por qué casualidad éste, al salir de la casa de la
-vieja, oía hablar de ella? Tal coincidencia le pareció extraña: estaba
-escrito que esta insignificante conversación de café tuviese en su
-destino decisiva influencia.
-
- * * * * *
-
-Al volver a su domicilio, se dejó caer en el sofá y permaneció sentado
-en él, sin moverse, durante una hora entera. La obscuridad era
-completa; en la habitación no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó
-que era necesaria. No hubiera podido precisar si en esta hora había
-pensado algo. Por último, le entraron escalofríos febriles, y pensó con
-satisfacción que podía echarse del todo en el sofá... No tardó en caer
-en pesado y profundo sueño.
-
-Durmió mucho más tiempo que de costumbre y sin soñar. A Anastasia,
-que entró en su habitación al día siguiente a las diez, le costó gran
-trabajo despertarle. La criada le traía pan, y, como la víspera, algo
-del te que ella acostumbraba a tomar.
-
---¡Aun no se ha levantado!--exclamó indignada--. ¿Es posible dormir así?
-
-Raskolnikoff se incorporó con dificultad. Le dolía la cabeza. Se puso
-en pie, dió una vuelta por la habitación y después se dejó caer de
-nuevo en el sofá.
-
---¡Otra vez!--gritó Anastasia--. ¿Estás malo?
-
-El joven no respondió.
-
---¿Quieres tomar te?
-
---Más tarde--contestó penosamente, y luego cerró los ojos y se volvió
-del lado de la pared.
-
-Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló durante algún tiempo.
-
---Indudablemente está enfermo--dijo antes de retirarse.
-
-A las dos volvió con la sopa. Encontró a Raskolnikoff acostado aún en
-el sofá. No había probado el te. La criada se incomodó y se puso a
-sacudir con fuerza al joven.
-
---¿Qué te pasa para dormir tanto?--gruñó, mirándole con desprecio.
-
-Raskolnikoff se incorporó, pero no respondió una palabra ni levantó los
-ojos del suelo.
-
---¿Estás malo o no lo estás?
-
-Esta pregunta no obtuvo más respuesta que la primera.
-
---Deberías salir--dijo ella después de una pausa--. El aire libre te
-sentaría bien. Vas a comer, ¿no es verdad?
-
---Más tarde--respondió con voz débil--; ¡vete!--y la despidió con un
-ademán.
-
-La criada se detuvo un momento, miró compasivamente al joven y se
-marchó.
-
-Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff levantó los ojos, examinó
-detenidamente el te y la sopa, y se puso a comer.
-
-Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito, casi maquinalmente. El
-dolor de cabeza se le había calmado algo, y cuando hubo terminado su
-frugal comida se echó de nuevo en el sofá; pero, aunque no pudo dormir,
-permaneció inmóvil, con la cara hundida en la almohada. La imaginación
-le presentaba, sucediéndose sin cesar, los cuadros más extraños.
-Figurábase a veces estar en Africa; formaba parte de una caravana
-detenida en un oasis; altas palmeras rodeaban el campamento; los
-camellos reposaban de sus fatigas; los viajeros se disponían a comer.
-El, por su parte, apagaba la sed en el chorro de una cristalina fuente;
-el agua azulada y deliciosamente fresca dejaba ver en el fondo del
-riachuelo piedrezuelas de diversos colores y arenas de dorados reflejos.
-
-De repente hirió sus oídos el sonido de la campana de un reloj; aquel
-ruido le hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente el sentimiento de
-la realidad, se levantó de un salto, después de mirar a la ventana y
-calcular la hora que podría ser. Anduvo en seguida de puntillas, se
-aproximó a la puerta, la abrió suavemente y se puso a escuchar.
-
-El corazón le latía con violencia. La escalera estaba silenciosa,
-parecía que todo dormía en la casa.
-
---¿Cómo me he dejado vencer en el momento decisivo? ¿Cómo desde ayer
-no he hecho nada, ni preparado nada?--se preguntaba a sí mismo, no
-comprendiendo su negligencia; y, sin embargo, eran quizá las seis las
-que acababan de dar.
-
-A su inercia y entorpecimiento siguió bruscamente febril y
-extraordinaria actividad. Por otra parte, los preparativos no exigían
-mucho tiempo. Hacía esfuerzos para pensar en todo y no olvidarse de
-nada, y su corazón latía con tal fuerza que dificultaba la respiración.
-Primero tenía que hacer un nudo corredizo, y adaptarlo a su gabán;
-aquello era cosa de un minuto; buscó en la ropa que tenía debajo de
-la almohada una camisa vieja, sucia e inservible. Después, con trozos
-arrancados a esta camisa, hizo una especie de trenza de un verchot de
-ancha y ocho de larga. La dobló en dos partes, se quitó el gabán de
-verano, que era de una espesa y fuerte tela de algodón (único sobretodo
-que poseía), y se puso a coser interiormente, bajo el sobaco izquierdo,
-los dos extremos de la trenza. Al ejecutar este trabajo, le temblaban
-las manos; pero le quedó tan bien, que cuando volvió a ponerse el gabán
-no se veía el cosido por la parte de afuera. Se había proporcionado
-mucho tiempo antes la aguja y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas
-cosas del cajón de su mesa.
-
-En cuanto al nudo corredizo para colgar el hacha, se le había ocurrido
-un medio muy ingenioso, ya ideado quince días antes. Ir por la calle
-con un hacha en la mano, era imposible; por otra parte, ocultar el arma
-bajo el gabán, le obligaba a llevar continuamente la mano debajo, y
-esto podría llamar la atención, en tanto que con el nudo corredizo le
-bastaba poner en él el hierro del hacha, y quedaba suspendida bajo el
-sobaco todo el tiempo de la marcha, sin peligro de que cayera. Podía
-también impedir que se moviese sin más que oprimir la extremidad del
-mango con la mano metida en el bolsillo del gabán. Este era muy ancho,
-un verdadero saco, y la maniobra no podría ser advertida.
-
-Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo bajo la otomana e introduciendo
-los dedos en una hendidura del suelo, sacó de aquel escondrijo
-el objeto empeñable de que había tenido cuidado de proveerse con
-anticipación. Este objeto no era más que una tableta de madera
-acepillada, del tamaño que suelen tener las cigarreras de plata. En
-uno de sus paseos el joven había encontrado por casualidad este trozo
-de madera en el corral de un taller de carpintería. Tomó, además, una
-plaquita de hierro delgada y pulimentada, pero de menos dimensiones,
-que había encontrado también en la calle, y después de juntar una cosa
-con la otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente con un hilo, y
-lo envolvió todo en un trozo de papel blanco.
-
-Este paquetito, al cual el joven había tratado de dar un aspecto todo
-lo elegante que le fué posible, quedó atado de manera que era muy
-difícil desatarlo.
-
-Por tal medio se ocuparía momentáneamente la atención de la vieja;
-mientras ésta estuviese procurando deshacer el nudo, Raskolnikoff
-podría elegir el momento oportuno. Había juntado con la tabla la placa
-de hierro para que el supuesto objeto de empeño pesase más, a fin de
-que en el primer momento, por lo menos, la usurera no sospechase que se
-le pedía dinero a cambio de un pedazo de madera. Apenas Raskolnikoff
-acababa de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando oyó una voz que le
-decía en la escalera:
-
---Ya hace mucho que han dado las seis.
-
---¡Dios mío! ¿Mucho?
-
-Se dirigió a la puerta, aplicó el oído y se puso a bajar los treinta
-escalones sin hacer más ruido que un gato. Quedaba lo más importante:
-ir a la cocina a recoger el hacha con que se había determinado a
-cometer el crimen. Ya hacía tiempo que tenía pensado valerse de un
-hacha. Había en su casa una especie de hoz, pero este instrumento
-no le inspiraba confianza, y además desconfiaba de su destreza para
-manejarla; así fué que se decidió definitivamente por el hacha.
-Advirtamos a propósito de esto una particularidad singular; a medida
-que sus resoluciones tomaban un carácter determinado, más absurdas y
-horribles le parecían al joven. A pesar de la lucha desesperada que se
-libraba en su interior, no llegaba a admitir ni por un solo instante
-que acabaría por no poner en ejecución su sanguinario proyecto.
-
-Si todos los obstáculos hubieran sido vencidos, todas las dudas
-disipadas, todas las dificultades allanadas, probablemente habría
-renunciado a su designio por absurdo, monstruoso e imposible. Pero
-le quedaba todavía multitud de puntos que esclarecer y de problemas
-que resolver. Lo de hacerse con el hacha no inquietaba en modo alguno
-a Raskolnikoff, porque esto era muy fácil. Anastasia no estaba casi
-nunca por la tarde en casa; acostumbraba salir para chismorrear con sus
-amigas o en las tiendas, y éste solía ser el motivo de las reprimendas
-de su ama.
-
-No había más que entrar cautelosamente en la cocina cuando llegase el
-momento oportuno, tomar el hacha y ponerla en el mismo sitio una hora
-después cuando todo hubiese terminado.
-
-Dudaba, empero, que saliese todo a medida de sus deseos.
-
---Supongamos--pensaba el joven--que dentro de una hora, cuando yo
-vuelva a dejar el hacha, haya regresado Anastasia. Naturalmente, en
-tal caso tendré que aguardar para entrar en la cocina a que salga la
-criada; ¿pero y si durante este tiempo echa de menos el hacha y se
-pone a buscarla? Si no la encuentra refunfuñará, y ¡quién sabe! armará
-un alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia que podría ser
-funesta.
-
-Sin embargo, no quería pensar en tales pormenores; además, no tenía
-tiempo para ello. Se preocupaba de lo más importante, decidido a
-desdeñar lo accesorio hasta que hubiese tomado una determinación sobre
-lo esencial. Esto último, empero, le parecía irrealizable. No podía
-imaginar que en un momento dado cesaría de pensar, se levantaría e
-iría allí derechamente... Aun en su reciente _ensayo_ (es decir, en la
-visita que había hecho para tantear el terreno), había faltado poco
-para que el joven hubiese ensayado seriamente. Actor sin convicción, no
-pudo sostener su papel y huyó indignado contra sí mismo.
-
-No obstante, desde el punto de vista moral, la cuestión estaba
-resuelta. La casuística del joven, afilada como una navaja de afeitar,
-había cortado todas las objeciones; pero no encontrándolas en su mente
-se esforzaba en buscarlas fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado por
-una potencia ciega, irresistible, sobrehumana, trataba desesperadamente
-de encontrar un punto fijo a que agarrarse. Los imprevistos accidentes
-de la víspera influían sobre él de una manera automática del mismo modo
-que el hombre a quien el engranaje de la rueda de una máquina le agarra
-una parte de su traje acaba por ser despedazado por la misma máquina.
-
-La primera cuestión que le preocupaba sobremanera y en la cual había
-pensado muchas veces, era esta: ¿por qué se descubren tan fácilmente
-todos los crímenes y por qué se encuentran con tanta facilidad las
-huellas de casi todos los culpables?
-
-Poco a poco llegó a diversas conclusiones muy curiosas. Según él la
-principal razón del hecho consistía menos en la imposibilidad material
-de ocultar el crimen que en la personalidad misma del criminal. Este
-último experimentaba en el momento de cometer el delito una diminución
-de la voluntad y de la inteligencia; por esta razón solía proceder con
-aturdimiento infantil, con ligereza fenomenal, precisamente cuando la
-circunspección y la prudencia le eran más necesarias.
-
-Raskolnikoff comparaba este eclipse del juicio y este desfallecimiento
-de la voluntad, a una afección morbosa que se desarrolla por grados,
-que llega al máximum de intensidad poco antes de la perpetración del
-crimen, que subsistía en la misma forma durante la comisión de él y aun
-algunos momentos después (más o menos tiempo según los individuos) para
-cesar luego como cesan todas las enfermedades. Un punto no esclarecido
-era el de saber si la enfermedad determina el crimen o si el crimen,
-por su naturaleza propia, va acompañado siempre de algún fenómeno
-morboso; pero el joven no se sentía capaz de resolver esta cuestión.
-
-Razonando de esta manera llegó a persuadirse de que él personalmente
-estaba al abrigo de semejantes trastornos morales, y de que conservaría
-la plenitud de su inteligencia y de su voluntad, durante la empresa,
-sencillamente porque «su empresa no era un crimen...» No referiremos
-la serie de argumentos que le habían conducido a esta última
-conclusión. Nos limitamos a decir que en sus preocupaciones, al lado
-práctico, las dificultades puramente materiales de ejecución, quedaban
-en el segundo término. «Que conserve yo mi presencia de espíritu, mi
-fuerza de voluntad, y cuando llegue el momento triunfaré de todos los
-obstáculos...» Pero no ponía manos a la obra. Menos que nunca creía
-en la persistencia final de sus resoluciones, y al sonar la hora se
-despertó como de un sueño.
-
-No estaba aún al pie de la escalera cuando una circunstancia
-insignificante vino a desconcertarle. Llegado al descansillo en que
-estaba el cuarto de su patrona, encontró, como siempre, abierta de par
-en par la puerta de la cocina, y miró discretamente: estando ausente
-Anastasia, ¿no era posible que estuviese allí la patrona? Y aunque
-no se hallase en la cocina, ¿tendría bien cerrada la puerta de su
-habitación? ¿No podría verle cuando entrase por el hacha? Era necesario
-cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería su estupor al ver que Anastasia,
-contra su costumbre, estaba en la cocina! Más todavía: que andaba muy
-atareada, sacando ropa del cesto y tendiéndola en unas cuerdas. Al
-aparecer el joven, la criada, interrumpiendo su trabajo, se volvió
-hacia él y no dejó de mirarle hasta que se hubo alejado.
-
-Raskolnikoff volvió los ojos y pasó como si no se hubiera fijado
-en nada; pero aquélla era cosa concluída: no tenía hacha. Esta
-circunstancia fué para él un golpe terrible.
-
---¿De dónde había sacado yo--pensaba al bajar los últimos peldaños de
-la escalera--que precisamente en este momento había salido Anastasia?
-¿Por qué se me habrá metido tal cosa en la cabeza?
-
-Sentíase como aplastado, como anonadado. Su despecho le impulsaba a
-burlarse de sí mismo. Hervía en todo su ser una cólera salvaje.
-
-Se detuvo indeciso en la puerta cochera; vagar por las calles, salir
-sin objeto, no le apetecía; pero aun le era más desagradable volver
-a subir. «¡Y pensar que he perdido para siempre tan buena ocasión!»,
-murmuró enfrente del cuarto del _dvornik_, cuarto que estaba también
-abierto.
-
-De repente se echó a temblar. En la garita del portero, a dos pasos de
-Raskolnikoff, debajo del banco, brillaba un hacha... El joven miró en
-derredor suyo. Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil, bajó dos
-escaloncitos y llamó con voz débil al _dvornik_: «Vamos, no está en su
-casa; pero no debe de andar lejos, porque no ha cerrado la puerta.»
-De pronto, como un rayo, se lanzó hacia el hacha y la sacó de debajo
-del banco donde estaba entre dos troncos. En seguida pasó el arma
-por el nudo corredizo, se metió las manos en los bolsillos y salió.
-Nadie le vió. «No es la inteligencia la que me ayuda, es el diablo»,
-pensó, sonriéndose de un modo extraño. Aquella casualidad contribuyó
-poderosamente a darle valor.
-
-Caminaba lenta, gravemente, temeroso de despertar sospechas. Apenas
-miraba a los transeuntes a fin de atraer lo menos posible la atención.
-De repente pensó en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer tenía dinero y
-hubiera podido comprarme una gorra!» Del fondo de su alma brotó una
-imprecación. Una ojeada que por casualidad dirigió a una tienda donde
-había un reloj colgado de la pared, le hizo saber que eran ya las siete
-y diez. Urgía el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar un rodeo para
-que no se le viese llegar de aquel lado a la casa.
-
-Entretanto se verificaba en él un extraño fenómeno; en contra de lo
-que se figuraba, no sentía miedo alguno; así, en vez de preocuparse
-por el crimen que se disponía a cometer, otros sentimientos ajenos a
-su empresa ocupaban su espíritu. Al pasar por delante del jardín de
-Jussupoff pensaba que sería conveniente establecer en todas las plazas
-públicas fuentes monumentales que refrescasen la atmósfera. Luego, por
-una serie de transiciones insensibles, comenzó a fantasear que si al
-jardín de Verano se le diese toda la extensión del campo de Marte y se
-le añadiese el jardín del palacio Miguel, San Petersburgo ganaría con
-ello higiénica y artísticamente considerado.
-
-«Del mismo modo, sin duda, las personas que son conducidas al suplicio
-se fijan en todos los objetos que encuentran en el camino.» Se le
-ocurrió esta idea; pero se apresuró a desecharla. En tanto se aproximó:
-vió la casa, vió la puerta. De repente oyó que un reloj daba una sola
-campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete y media? ¡Imposible! Ese reloj
-adelanta.»
-
-También esta vez la casualidad sirvió a Raskolnikoff. Como si lo
-hubiera hecho a propósito, en el momento mismo en que llegaba frente a
-la casa, entraba por la puerta cochera una enorme carreta cargada de
-heno. El joven pudo franquear el umbral sin ser visto, deslizándose por
-el espacio que quedaba entre la carreta y la pared. Cuando estuvo en
-el patio, tomó rápidamente por la derecha. Del otro lado de la carreta
-disputaban algunos hombres. Raskolnikoff les oía gritar pero ninguno se
-fijó en él ni él por su parte encontró a nadie. Muchas de las ventanas
-que daban a aquel inmenso patio cuadrado estaban abiertas: sin embargo,
-no levantó la cabeza. Su primer movimiento fué ganar la escalera de la
-vieja que era la de la derecha.
-
-Conteniendo la respiración y con la mano apoyada en el corazón para
-comprimir sus latidos, se puso a subir los peldaños, cerciorándose
-antes de que el hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo. A cada
-minuto se paraba a escuchar; pero la escalera estaba completamente
-desierta y todas las puertas cerradas. En el segundo piso había un
-cuarto desalquilado, que estaba abierto, y en donde trabajaban algunos
-pintores; pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que se detuvo un
-instante para reflexionar, y luego continuó subiendo. «Mejor hubiera
-sido que no estuviesen; pero por encima de ellos, hay todavía dos
-pisos.»
-
-Llegó al cuarto piso sin encontrarse con nadie, y se halló ante la
-puerta de Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse para reflexionar.
-El cuarto de enfrente estaba desocupado. En el tercero, la habitación
-situada precisamente por debajo de la de la vieja, se hallaba también
-vacía, según todas las apariencias: la tarjeta que antes había en la
-puerta, no estaba: los inquilinos se habían ido... Raskolnikoff se
-ahogaba. Vaciló un momento. «¿No sería mejor que me fuera?» Pero sin
-responder a esa pregunta, se puso a escuchar; no oyó ningún ruido en
-casa de la vieja; en la escalera el mismo silencio. Después de haber
-estado escuchando largo rato, el joven echó una mirada en torno suyo y
-tentó nuevamente su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?--pensó--. ¿No
-se notará mi agitación? Esa mujer es muy desconfiada. Debiera esperar a
-que se calmase mi emoción.»
-
-Pero, lejos de calmarse, eran cada vez más violentas las pulsaciones
-del corazón del joven. No pudo contenerse más, y extendiendo lentamente
-la mano hacia el cordón de la campanilla, tiró de él. Al cabo de medio
-minuto llamó de nuevo, con más fuerza. Ninguna respuesta; llamar
-violentamente hubiera sido inútil y hasta imprudente. La vieja de
-seguro estaba en su casa; pero como era desconfiada, debía serlo más en
-este momento en que se encontraba sola. Raskolnikoff conocía en parte
-las costumbres de Alena Ivanovna. De nuevo aplicó el oído a la puerta.
-Su excitación desarrollaba en él una agudeza particular de sensaciones
-(lo que en general es difícil de admitir), o en rigor el ruido era
-fácilmente perceptible.
-
-Sea como fuere, le pareció oír que una mano se apoyaba con precaución
-en la cerradura, escuchaba, esforzándose por disimular su presencia.
-No queriendo parecer que se ocultaba, el joven llamó por tercera vez
-pero suavemente para no denunciar su impaciencia. Aquel instante dejó
-a Raskolnikoff un recuerdo imborrable. Cuando después pensaba en ello,
-no acertaba a explicarse cómo había podido desplegar tanta astucia
-precisamente en el momento en que su emoción era tal que le quitaba el
-uso de sus facultades intelectuales y físicas. Al cabo de un instante
-oyó que descorrían el cerrojo.
-
-
-VII
-
-Lo mismo que en su visita anterior, Raskolnikoff vió entreabrirse la
-puerta lentamente y por la estrecha abertura dos ojos muy brillantes
-que se fijaban en él con expresión de desconfianza. Entonces le
-abandonó su sangre fría y cometió una falta que hubiera podido dar al
-traste con todo.
-
-Temiendo que Alena Ivanovna tuviese miedo de encontrarse sola con
-un visitante de aspecto poco tranquilizador, tiró de la puerta con
-violencia hacia sí para que la vieja no procurase cerrarla. La usurera
-no intentó siquiera hacerlo, pero no quitó la mano de la cerradura,
-de manera que faltó poco para que cayera de bruces en el descansillo,
-hacia donde se abría la puerta. Como Alena Ivanovna permanecía de pie
-en el umbral para no dejar el paso libre, el joven avanzó hacia ella.
-Aterrada la vieja dió un salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar una
-palabra y miró a Raskolnikoff abriendo los ojos desmesuradamente.
-
---Buenas tardes, Alena Ivanovna--dijo él con el tono más natural
-que pudo; pero en vano trataba de fingir; su voz era entrecortada y
-temblorosa--; traigo un objeto, pero entremos: para examinarlo hay que
-verlo a la luz...
-
-Y sin esperar a que se le dijera que pasase, penetró en la habitación.
-La vieja se le acercó vivamente; ya se le había desanudado la lengua.
-
---¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién es usted, qué se le ofrece?
-
---¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me conoce muy bien... Raskolnikoff;
-tenga usted paciencia. Vengo a empeñar esta alhaja de la que le hablé
-el otro día--y le alargó el paquete.
-
-Alena Ivanovna iba a examinarlo, cuando de repente cambió de idea,
-y levantando los ojos dirigió una mirada penetrante, irritada y
-desconfiada sobre aquel importuno que se le metía en casa con tan poca
-ceremonia. Raskolnikoff hasta creyó advertir cierta especie de burla en
-los ojos de la vieja, como si ésta lo hubiese adivinado todo. Se daba
-cuenta el joven de que perdía la serenidad, de que tenía casi miedo, de
-que si aquella muda investigación se prolongaba medio minuto, iba, sin
-duda, a echar a correr.
-
---¿Por qué me mira usted de ese modo, como si no me conociese?--dijo
-irritándose a su vez--. Si usted quiere eso, lo toma, si no, lo deja;
-iré a otra parte con ello; es inútil que me haga usted perder el tiempo.
-
-Se le escaparon estas palabras sin que las hubiera premeditado.
-
-El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó a la usurera.
-
---¿Qué prisa hay, _batuchka_? ¿Qué es eso?--preguntó mirando el paquete.
-
---Una cigarrera de plata; ya se lo dije a usted la otra tarde.
-
-La vieja extendió la mano.
-
---¡Qué pálido está usted! ¿Está usted malo, _batuchka_?
-
---Tengo fiebre--respondió con voz brusca--. ¿Cómo no he de estar
-pálido?... Cuando uno no tiene que comer...--acabó de decir, no sin
-esfuerzo--, le abandonan las fuerzas de nuevo.
-
-La respuesta parecía verosímil; la vieja tomó el paquete.
-
---¿Qué es esto?--preguntó por segunda vez, y tanteando el peso de la
-prenda, miró fijamente a su interlocutor.
-
---Una petaca de plata... mírela usted.
-
---Cualquiera diría que no es plata... ¡Oh, cómo la han atado!
-
-En tanto que Alena Ivanovna hacía esfuerzos por desatar el hilo, se
-había aproximado a la luz. (Todas las ventanas estaban cerradas, a
-pesar del calor sofocante que hacía.) En esta posición daba la espalda
-a Raskolnikoff, y durante algunos segundos no se ocupó en él. El joven
-se desabrochó el gabán y separó el hacha del nudo corredizo; pero
-sin sacarla todavía, se limitó a tenerla con la mano derecha debajo
-del sobretodo. Sentía una terrible debilidad en todos sus miembros.
-Comprendía que cada instante que pasaba su debilidad iba en aumento;
-temía que se le escapase el hacha de la mano, y le parecía que todo le
-daba vueltas en su derredor.
-
---¿Pero qué hay aquí dentro?--gritó coléricamente Alena Ivanovna, e
-hizo un movimiento en dirección a Raskolnikoff.
-
-No había tiempo que perder. Sacó el joven el hacha de debajo del gabán,
-la levantó con las dos manos casi maquinalmente, porque no tenía
-fuerzas, y la dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De repente, en
-cuanto hubo dado el golpe, sintió Raskolnikoff que recobraba toda su
-energía física.
-
-Alena Ivanovna, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza.
-Sus cabellos, grises y escasos, y, como siempre, untados de aceite,
-recogíalos, formando trenzas en la nuca con un trozo de peineta de
-cuerno. El golpe dió precisamente en la coronilla, a lo cual contribuyó
-la escasa estatura de la víctima. La usurera lanzó un grito débil y
-cayó desplomada teniendo, sin embargo, todavía fuerzas para llevarse
-los brazos a la cabeza. En una de las manos conservaba la «prenda».
-Entonces Raskolnikoff que, como hemos dicho, había recobrado todo su
-vigor, asestó dos nuevos hachazos en el occipucio de la vieja. La
-sangre brotó a chorros y el cuerpo quedó exánime. El joven se echó
-hacia atrás y en cuanto vió a la anciana sin movimiento se inclinó para
-mirarla: estaba muerta; los ojos, desmesuradamente abiertos, parecían
-salirse de las órbitas, y las convulsiones de la agonía daban a su
-rostro la expresión de una horrible mueca.
-
-El asesino dejó el hacha en el suelo e inmediatamente se puso a
-registrar el cadáver, tomando todo género de precauciones para no
-mancharse de sangre. Se acordaba de haber visto la última vez a Alena
-Ivanovna buscar las llaves en el bolsillo derecho de su vestido. Se
-hallaba en plena posesión de su inteligencia. No experimentaba ni
-aturdimiento ni vértigos; pero seguían temblándole las manos. Más
-tarde recordó que había sido muy prudente, y que había puesto mucho
-cuidado en no mancharse. No tardó en encontrar las llaves. Como el día
-anterior, estaban todas reunidas en una anilla de acero.
-
-Después de haberse apoderado de ellas, Raskolnikoff entró en la alcoba.
-Era ésta muy pequeña, y había en ella un estante lleno de imágenes
-piadosa; en el otro lado una gran cama muy limpia con una colcha de
-seda almohadillada y hecha de pedazos cosidos. En la otra pared una
-cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado el joven a servirse de
-las llaves para abrir este mueble, le recorrió todo el cuerpo un
-escalofrío. Estuvo tentado de renunciar a todo y marcharse; pero esta
-idea duró sólo un momento; era demasiado tarde para retroceder.
-
-Hasta llegó a sonreírse de haber podido pensarlo, cuando, de repente,
-sintió una terrible inquietud: ¿Si por acaso la vieja no estuviera
-muerta y recobrase el sentido? Dejando las llaves en la cómoda, acudió
-vivamente cerca del cuerpo, tomó el hacha y se dispuso a dar otro golpe
-a su víctima; pero el arma, ya levantada, no cayó; no había duda de
-que Alena Ivanovna estaba muerta. Inclinándose de nuevo sobre ella
-para examinarla más de cerca, Raskolnikoff se convenció de que la
-mujer tenía el cráneo partido. En el sucio se había formado un lago de
-sangre. Viendo de improviso que la vieja tenía un cordón al cuello, el
-joven tiró de él violentamente; pero el cordón ensangrentado era recio
-y no se rompió.
-
-El asesino trató entonces de quitárselo, haciendo que se deslizase
-a lo largo del cuerpo; pero no fué más afortunado en esta segunda
-tentativa; el cordón encontró un obstáculo y no pasaba. Impaciente
-Raskolnikoff, blandió el hacha, pronto a descargarla sobre el cadáver
-para cortar con el mismo golpe aquel maldito cordón. Sin embargo, no
-pudo resolverse a proceder con aquella brutalidad. Al cabo, después de
-dos minutos de esfuerzos que le pusieron rojas las manos, logró cortar
-el cordón con el filo del hacha, sin herir el cuerpo de la muerta.
-Como había supuesto, lo que la vieja llevaba al cuello era una bolsa.
-También estaban sujetas al cordón una medallita esmaltada y dos cruces,
-la una de madera de ciprés, la otra de cobre. La bolsa, grasienta (un
-saquito de piel de camello), estaba completamente llena. Raskolnikoff
-se la metió en el bolsillo sin mirar lo que contenía; arrojó las cruces
-sobre el pecho de la vieja, y tomando el hacha volvió a entrar con ella
-apresuradamente en la alcoba.
-
-La impaciencia le devoraba, y puso mano a la obra de desvalijamiento;
-pero sus tentativas para abrir la cómoda eran infructuosas, no tanto
-por el temblor de las manos, como por sus continuas torpezas. Veía,
-por ejemplo, que tal llave no era de la cerradura y se obstinaba, sin
-embargo, en hacerla entrar.
-
-De pronto se acordó de una conjetura que había hecho en su anterior
-visita: aquella gruesa llave que estaba con las otras pequeñas en la
-anilla de acero, debía de ser no de la cómoda, sino de alguna caja en
-que acaso la vieja tenía encerrados todos sus valores. Sin ocuparse
-más en la cómoda, miró bajo la cama, sabiendo que los viejos tienen
-la costumbre de ocultar en ese sitio sus tesoros. En efecto, había
-allí un cofre de poco más de una archina de largo y cubierto de cuero
-rojo. La llave dentellada entraba perfectamente en la cerradura. Cuando
-Raskolnikoff levantó la tapa, vió colocados sobre un trapo blanco
-un abrigo forrado de piel de liebre con guarnición roja, debajo del
-abrigo una falda de seda y después un chal; el fondo parecía contener
-solamente trapos. El joven comenzó por secarse las manos ensangrentadas
-en la guarnición roja. «Sobre lo rojo, la sangre se conocerá menos.» De
-pronto pareció como que volvía en sí: «¡Señor! ¿Me habré vuelto loco?»,
-murmuró con terror.
-
-Pero apenas empezó a registrar aquellas ropas, cuando de debajo de la
-piel se deslizó un reloj de oro. En vista de esto, revolvió de arriba
-abajo el contenido del cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos
-de oro, sin duda depositados como empeños, en manos de la usurera,
-brazaletes, cadenas, pendientes, alfileres de corbata, etc.; los unos
-encerrados en sus estuches, los otros anudados con una cinta en un
-pedazo de periódico doblado en dos partes.
-
-Raskolnikoff no vaciló; metió mano a todas estas alhajas y se llenó los
-bolsillos del pantalón y del gabán sin abrir los estuches ni deshacer
-los paquetes; pero de pronto fué interrumpido en esta maniobra. En
-la habitación donde estaba la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado
-de terror. Pero el ruido había cesado, el joven empezaba a creer que
-había sido engañado por una alucinación de su oído, cuando de súbito
-percibió, distintamente, un ligero grito o más bien un gemido débil y
-entrecortado. Al cabo de uno o dos minutos, todo volvió a quedar en un
-silencio de muerte. Raskolnikoff, sentado en el suelo cerca del cofre,
-esperaba respirando apenas. De repente dió un salto, tomó el hacha y se
-lanzó fuera de la alcoba.
-
-En medio de la sala, Isabel, con un gran bulto en las manos,
-contemplaba aterrorizada el cadáver de su hermana, y, pálida como la
-cera, parecía no tener fuerzas para gritar ante la brusca aparición del
-asesino. Comenzó a temblar, trató de levantar el brazo, de abrir la
-boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando hacia atrás lentamente
-con la mirada fija en Raskolnikoff, fué a refugiarse en un rincón de
-la sala. La pobre mujer hizo esto sin gritar, como si le faltase el
-aliento. El asesino se lanzó sobre ella con el hacha levantada; los
-labios de la infeliz tomaron la expresión lastimera que suelen tomar
-los de los niños pequeños cuando están espantados.
-
-Tal horror sentía la desdichada, que aunque vió que el hacha se
-levantaba sobre ella, no pensó ni aun en defender la cara, llevándose
-las manos a la cabeza con un movimiento maquinal que sugiere en
-semejantes casos el instinto de conservación. Apenas si levantó el
-brazo izquierdo extendiéndolo lentamente en dirección del agresor, que
-descargó sobre Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha penetró
-en el cráneo, hendió toda la parte superior de la frente y llegó casi
-hasta el occipucio: Isabel cayó rígida, muerta. Sin saber lo que hacía,
-Raskolnikoff tomó el paquete que la víctima tenía en la mano; después
-lo tiró y salió al recibimiento.
-
-Estaba aterrado a causa de aquel nuevo asesinato que no había sido
-premeditado por él. Quería desaparecer cuanto antes. «Si hubiese
-podido darse mejor cuenta de las cosas; si hubiese calculado todas las
-dificultades de su posición, si la hubiera previsto tan desesperada,
-tan horrible, tan absurda, como era; si hubiera comprendido bien los
-obstáculos que quedaban por vencer, quizá los crímenes que tendría
-que perpetrar para huir de aquella casa y entrar en la suya...
-probablemente habría renunciado a la lucha para correr a denunciarse,
-y no por cobardía, sino por horror de lo que había hecho.» Esta
-impresión le iba dominando. Por nada del mundo se habría aproximado a
-la caja ni entrado en la alcoba.
-
-Poco a poco, sin embargo, comenzaron a surgir en su espíritu otros
-pensamientos, y cayó en una especie de delirio. Por momentos el asesino
-parecía olvidarse de sí mismo, o más bien, de olvidar lo principal,
-para fijarse en lo insignificante. Una mirada dirigida a la cocina le
-hizo descubrir un cubo medio lleno de agua, y se le ocurrió lavarse
-las manos y limpiar el hacha. A causa de la sangre tenía pegajosas
-las manos. Después de haber metido el hierro del arma en el agua,
-tomó un pedazo de jabón que había en el poyo de la ventana y comenzó
-a refregarse las manos. Cuando se las hubo lavado, enjugó el hierro
-del hacha y en seguida empleó tres minutos en jabonar el mango, para
-hacer desaparecer las salpicaduras de sangre. Después lo secó todo con
-un paño de cocina que estaba colgado en una cuerda. Hecho esto, se
-aproximó a la ventana, con objeto de examinar atenta y detenidamente el
-hacha. Las huellas acusadoras habían desaparecido; pero el mango estaba
-húmedo. Raskolnikoff ocultó cuidadosamente el arma bajo su gabán,
-colocándola en el nudo corredizo; después hizo una inspección minuciosa
-de sus vestidos con todo el cuidado que le permitía la débil luz que
-iluminaba la cocina. A primera vista el pantalón y el gabán no tenían
-nada de sospechoso; pero en los zapatos observó algunas manchas. El
-joven las limpió con un trapo humedecido en agua.
-
-No obstante, estas precauciones no le tranquilizaban más que a medias,
-porque veía mal y comprendía que podían pasarse inadvertidas algunas
-manchas. Permaneció irresoluto en medio de la sala bajo la influencia
-de un pensamiento sombrío y angustioso: el pensamiento de que se volvía
-loco, de que en aquel momento era incapaz de tomar una determinación ni
-de velar por su seguridad y de que su manera de proceder no era la que
-convenía en las circunstancias presentes...
-
---¡Dios mío, debo irme; irme en seguida!--murmuró y se lanzó al
-recibimiento, en donde le esperaba un susto mayor de los que hasta
-entonces había experimentado. Se quedó inmóvil, no atreviéndose a
-dar crédito a sus ojos: la puerta del cuarto, la puerta exterior que
-daba al descansillo, la misma en que él había llamado hacía poco,
-por la cual había entrado, estaba abierta: hasta este momento había
-permanecido entreabierta: acaso por precaución, la vieja, ni había dado
-vuelta a la llave ni echado el cerrojo. ¡Pero Dios mío! el joven había
-visto en seguida a Isabel. ¿Cómo no se le ocurrió que la vendedora
-había entrado por la puerta? No había podido penetrar en el cuarto a
-través de la pared.
-
-Cerró la puerta y echó el cerrojo.
-
---Pero no; no es eso lo que debo hacer. Es menester partir, huir
-inmediatamente.
-
-Descorrió el cerrojo, y después de haber abierto la puerta, se puso a
-escuchar largo rato en la escalera. Abajo, probablemente en la puerta
-cochera, dos voces ruidosas se insultaban. Esperó pacientemente. Por
-último, callaron las voces; los dos alborotadores se habían ido cada
-cual por su lado. Iba ya el joven a salir cuando en el piso inferior
-se abrió con estrépito una puerta y alguien empezó a bajar tarareando
-una canción. ¿Qué les pasaba a esta gente para armar tanto ruido? Cerró
-de nuevo la puerta, esperando otra vez dentro del cuarto. Finalmente
-se restableció el silencio; pero en el instante en que Raskolnikoff se
-disponía a bajar, percibió un nuevo rumor.
-
-Eran pasos todavía distantes, que resonaban en los primeros peldaños
-de la escalera; sin embargo, en cuanto empezó a oírlos, adivinó la
-verdad--: Vienen _aquí_, al cuarto piso, a casa de la vieja.
-
-¿De dónde provenía aquel presentimiento? ¿Qué tenía de significativo el
-ruido de aquellos pasos? Eran pesados, regulares, y más bien lentos que
-ligeros...
-
---Ya _él_ ha llegado al primer piso... se le oye cada vez mejor...
-resuella como un asmático... ya llega al tercer piso... ¡aquí!
-
-Y Raskolnikoff experimentó súbitamente una parálisis general, como
-ocurre en una pesadilla cuando uno se cree perseguido por varios
-enemigos: están a punto de alcanzaros, os van a matar y os quedáis como
-clavados en el suelo imposibilitados de moveros.
-
-El desconocido comenzaba a subir el tramo del cuarto piso.
-
-Raskolnikoff, a quien el espanto había tenido inmóvil en el
-descansillo, pudo, por último, sacudir su estupor y entrando
-apresuradamente en el cuarto cerró la puerta y corrió el cerrojo,
-teniendo cuidado de hacer el menor ruido posible. El instinto, más bien
-que el razonamiento, le guió en estas circunstancias.
-
-Armóse después del hacha, se arrimó a la puerta y se puso a escuchar,
-sin atreverse a esperar siquiera. Ya el visitante estaba en el
-descansillo.
-
-No había entre los dos hombres más que el espesor de una tabla. El
-desconocido se encontraba frente a frente de Raskolnikoff en la
-situación en que éste se había encontrado respecto de la vieja.
-
-El visitante respiró varias veces con fatiga.
-
-«Debe ser grueso y alto», pensó el joven, apretando con la mano el
-mango del hacha. Todo aquello parecía un sueño. Al cabo de un momento,
-el visitante dió un fuerte campanillazo. Creyó percibir cierto ruido en
-la sala. Durante algunos segundos escuchó atentamente; llamó después
-de nuevo, esperó todavía un poco, y de pronto, perdida la paciencia,
-se puso a sacudir la puerta con todas sus fuerzas. Raskolnikoff
-contemplaba con terror el cerrojo que temblaba en su ajuste; temía
-verlo saltar de un momento a otro. Pensó sujetar el cerrojo con la
-mano; pero el hombre hubiera podido desconfiar. La cabeza comenzaba
-a írsele de nuevo. «¡Estoy perdido!», se dijo; sin embargo, recobró
-súbitamente ánimos, cuando el desconocido rompió el silencio.
-
---¿Estarán durmiendo o las habrán estrangulado? ¡Malditas
-mujeres!--murmuraba en voz baja el visitante--. ¡Eh, Alena Ivanovna,
-vieja bruja! ¡Isabel Ivanovna, belleza indescriptible! ¡Abrid!
-
-Exasperado, llamó diez veces seguidas todo lo más fuerte que pudo. Sin
-duda aquel hombre tenía confianza en la casa y dictaba en ella la ley.
-
-Así pensaba Raskolnikoff cuando, de improviso, sonaron en la escalera
-pasos ligeros y rápidos. Era, sin duda, otro que subía al cuarto piso.
-El joven no se enteró al pronto de la llegada del recién venido.
-
---¿Es posible que no haya nadie?--dijo una voz sonora y alegre,
-dirigiéndose al primer visitante, que continuaba tirando de la
-campanilla--. ¡Buenas tardes, Koch!
-
-Por el timbre de la voz comprendió Raskolnikoff que era un jovenzuelo.
-
---¡El demonio lo sabe; poco ha faltado para que haya saltado la
-cerradura!--respondió Koch--; ¿pero usted, cómo me conoce?
-
---¡Vaya una pregunta! ¿No le gané a usted anteayer en el café Gambrinus
-tres partidas seguidas de billar?
-
---¡Ah!
-
---¿De modo que no están? Es extraño, y además estúpido. ¿A dónde habrá
-ido la vieja? Tenía que hablarle.
-
---Yo también.
-
---¿De modo que no hay más remedio que marcharse? ¿Qué hacer? ¡Y yo que
-venía a pedirle dinero prestado!--exclamó el joven.
-
---En efecto; no hay más remedio que marcharse. Pero no comprendo por
-qué no está la bruja en casa habiéndome dado una cita. ¡Pues hay una
-buena caminata de aquí a mi casa! ¿Y a dónde demonios habrá ido? Esta
-bruja no se mueve en todo el año, puede decirse que echa raíces en su
-casa, tiene malas las piernas... ¡y de repente se va de parranda!
-
---Podíamos preguntarle al portero.
-
---¿Para qué?
-
---¡Toma! para saber a dónde ha ido y cuándo volverá.
-
---¡Hum... preguntar!... ¡pero si no sale nunca!--y tiró del cordón de
-la campanilla--. ¡Vaya, es inútil, hay que marcharse!
-
---¡Espere usted!--gritó de repente el joven--. Fíjese, vea usted cómo
-resiste la puerta cuando se tira de ella.
-
---¿Y qué?
-
---Esto prueba que no está cerrada con llave, sino con cerrojo. ¡Mire
-usted, mire usted cómo suena!
-
---¿Y qué?
-
---¿Pero no comprende usted todavía? Eso prueba que una, por lo menos,
-está en casa. Si las dos hubieran salido, habrían cerrado la puerta por
-fuera con llave, y claro es que no hubieran podido echar el cerrojo por
-dentro. Repare usted el ruido que hace. Es evidente que para pasar el
-cerrojo tiene que estar en casa. ¿Comprende usted? De modo, que están
-dentro y no quieren abrir.
-
---¡Pues es verdad!--exclamó Koch asombrado--. ¿De manera que están ahí?
-
-Y se puso a sacudir furiosamente la puerta.
-
---No siga usted--dijo el joven--; aquí pasa algo extraordinario...
-Usted ha llamado... ha sacudido la puerta con todas sus fuerzas y ellas
-no abren; luego, o están desmayadas o..
-
---¿Qué?
-
---Hay que llamar al _dvornik_ para que las despierte.
-
---¡Buena idea!
-
-Los dos empezaron a bajar.
-
---Espere usted, quédese aquí; iré yo a buscar al _dvornik_.
-
---¿Para qué me he de quedar?
-
---¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?
-
---Está bien.
-
---Verá usted; yo me dispongo a ser juez de instrucción. Aquí hay algo
-que no está claro; esto es evidente, evidentísimo.
-
-Y así diciendo el joven bajó de cuatro en cuatro los peldaños de la
-escalera.
-
-Cuando se quedó solo, Koch llamó otra vez, pero suavemente; después
-se puso con aire distraído a empujar el botón de la cerradura para
-cerciorarse de que la puerta estaba cerrada nada más que con cerrojo.
-Luego, resoplando como un fuelle, se bajó para mirar por el ojo de la
-llave, pero ésta estaba puesta por dentro, de modo que no pudo ver nada.
-
-En pie, del otro lado de la puerta, estaba Raskolnikoff con el hacha
-en la mano y dispuesto a deshacer el cráneo al primero que osara
-asomar la cabeza. Más de una vez, oyendo a los dos curiosos hurgar
-en la puerta y concertarse entre sí, estuvo a punto de acabar de una
-vez y de interpelarlos, pero sin abrir. Por momentos sentía deseos de
-injuriarlos, de insultarlos, de abrir la puerta para hacerles entrar y
-matarlos a ambos. «Mejor será que acabe cuanto antes»--pensaba.
-
---¡Qué diablo! ¡No sube nadie!--se dijo Koch, comenzando a perder la
-paciencia--. ¡Qué diablo!--volvió a decir, y fastidiado de esperar
-abandonó su puesto para bajar en busca del joven.
-
-Poco a poco dejó de oírse el ruido de sus botas, que resonaban
-pesadamente en la escalera.
-
---¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?
-
-Raskolnikoff descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. Tranquilizado
-por el silencio que reinaba en la casa, y, por otra parte, incapaz de
-reflexionar en aquel momento, salió, cerró detrás de sí lo mejor que
-pudo, y empezó a bajar la escalera.
-
-Había descendido ya muchos escalones, cuando se produjo abajo un gran
-estrépito. ¿Dónde ocultarse? No había medio de esconderse en ninguna
-parte, y volvió a subir apresuradamente.
-
---¡Eh, pardiez, espera, aguarda!
-
-El que lanzaba estas voces acababa de salir de un cuarto situado en los
-pisos inferiores y bajaba a saltos gritando:
-
---¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡El demonio se lleve a ese loco!
-
-La distancia no permitió oír más. El hombre que profería aquellas
-exclamaciones estaba ya lejos de la casa. El silencio se restableció;
-pero apenas había cesado esta alarma cuando le sucedió otra. Varios
-individuos que hablaban entre sí en voz alta subían tumultuosamente la
-escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff reconoció la voz chillona
-del joven estudiante.
-
---Son ellos--se dijo, y sin procurar ya escapar, se fué derechamente
-a su encuentro--. Ocurra lo que quiera--añadió. Si me detienen, todo
-ha terminado; y si me dejan escapar, también, porque se acordarán de
-haberme visto en la escalera.
-
-Iba ya a reunirse con ellos, pues sólo les separaba un piso, cuando
-de repente vió la salvación. A pocos escalones delante de él, a la
-derecha, había un cuarto desalquilado, completamente abierto, el mismo
-donde trabajaban los pintores; pero, como si lo hubieran hecho adrede,
-éstos acababan de dejarlo.
-
-Eran, sin duda, los que un momento antes habían salido vociferando. Se
-veía que la pintura estaba todavía fresca; en medio de la sala habían
-dejado los obreros sus útiles, una cubeta, un cacharro con color y
-una brocha. En un abrir y cerrar de ojos Raskolnikoff se escurrió en
-el cuarto desalquilado y se arrimó cuanto pudo a la pared. Ya era
-tiempo: sus perseguidores llegaban al descansillo; pero, sin detenerse,
-subieron al cuarto piso, hablando ruidosamente. Después de cerciorarse
-de que se habían alejado un poco, el asesino salió de puntillas y
-descendió precipitadamente. Nadie en la escalera, nadie en el patio.
-Atravesó rápidamente el umbral, y una vez en la calle dobló la esquina
-de la izquierda.
-
-Comprendía perfectamente que los que le buscaban habían llegado
-en aquel momento a la puerta del cuarto de la vieja, quedándose
-estupefactos al verla abierta.
-
---Indudablemente están examinando los cadáveres--se decía--; sin duda
-les bastará un minuto para adivinar que el asesino ha logrado escapar;
-sospecharán, quizá, que se ha escondido en el cuarto desalquilado del
-segundo piso cuando ellos subían al de la usurera.
-
-Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones, no se atrevía a apresurar
-el paso, aunque estaba aún lejos de la primera esquina.
-
---¿Si me deslizara en un portal, en alguna calle extraviada y esperase
-allí un momento? No, malo. ¿Si fuese a arrojar el hacha a cualquier
-parte? ¿si tomara un coche? ¡Malo, malo!
-
-Al cabo se ofreció ante sus ojos un _pereulok_ y se metió en él más
-muerto que vivo. Allí estaba casi en salvo; así lo comprendió. Era
-difícil que las sospechas recayeran sobre él. Por otra parte, era fácil
-no llamar la atención en medio de los paseantes; pero de tal manera
-aquellas angustias le habían debilitado, que apenas podía sostenerse en
-pie. Por la cara le corrían gruesas gotas de sudor y tenía empapado el
-cuello.
-
---¡Buena la has tomado!--le gritó, al desembocar el canal, uno que le
-creyó borracho.
-
-No se daba cuenta de nada; cuanto más andaba, más se obscurecían sus
-ideas. No obstante, cuando llegó al muelle del Neva, se asustó de
-ver tan poca gente, y temiendo que reparasen en él en un lugar tan
-solitario, se volvió otra vez al _pereulok_; y aunque apenas tenía
-fuerzas para andar, dió un largo rodeo para volver a su domicilio.
-
-Al franquear el umbral no había recobrado aún su presencia de espíritu;
-a lo menos, hasta que llegó a mitad de la escalera no se acordó de que
-llevaba todavía el hacha. La cuestión que tenía que resolver era muy
-grave: se trataba de dejar el hacha donde la había tomado, sin llamar
-en lo más mínimo la atención. Si hubiera estado más tranquilo habría
-comprendido, de seguro, que en vez de dejar el arma en su antiguo
-puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojándola en
-cualquier corral. Sin embargo, todo le resultó a maravilla: la puerta
-del _dvornik_ estaba cerrada, pero sin llave, lo cual hacía suponer
-que el portero no se había ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz en
-aquel instante de discurrir ni de combinar un plan, se fué derecho a la
-puerta y la abrió. Si el portero le hubiese preguntado: «¿Qué quiere
-usted?», quizá el joven le habría entregado sencillamente el hacha;
-pero esta vez, como la anterior, el _dvornik_ había salido, lo que dió
-facilidad a Raskolnikoff para colocar el hacha debajo del banco, en el
-sitio donde la había encontrado. En seguida subió la escalera y llegó
-a su habitación sin tropezarse con nadie: la puerta del cuarto de la
-patrona estaba cerrada. Cuando entró en su aposento se echó vestido
-en el diván, y aunque no se durmió, quedó en estado inconsciente.
-Si hubiese entrado alguien en su habitación, habríase levantado
-bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban
-en el cerebro.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-
-I
-
-Raskolnikoff estuvo mucho tiempo acostado. A veces salía de su
-somnolencia y observaba que la noche estaba muy avanzada; pero no se
-le ocurría la idea de levantarse. Luego notó que empezaba a amanecer.
-Echado boca arriba en el sofá, no había podido recobrarse de la especie
-de letargo en que se hallaba sumido. De pronto oyó gritos terribles y
-desesperados que sonaban en la calle: eran las mismas voces que daba
-todas las noches a las dos, bajo sus ventanas, la gente que salía de
-las tabernas.
-
-Aquel ruido le despertó.
-
---¡Ah, son borrachos!--pensó--. Las dos--y sintió un brusco sobresalto,
-como si le hubiesen levantado con violencia del sofá--. ¡Cómo! ¡Las dos
-ya!--Se sentó en el diván y lo recordó todo.
-
-En el primer momento creyó que se volvía loco. Sentía mucho frío, que
-procedía, sin duda, de la fiebre que le había asaltado durante el
-sueño. Ahora tiritaba de tal modo que le castañeteaban los dientes.
-Abrió la puerta y se puso a escuchar; todo dormía en la casa. Echó
-una mirada sobre su persona y en derredor suyo. ¿Cómo, el día antes,
-al entrar en su habitación, se le olvidó de cerrar la puerta con
-el pestillo? ¿Por qué se había echado en el sofá, no solamente sin
-desnudarse, sino hasta con el sombrero puesto? Este había rodado por
-el suelo. «Si alguno entrase aquí, qué pensaría? De seguro me creería
-borracho; pero...»
-
-Se acercó a la ventana. Era ya día claro. El joven se examinó de
-pies a cabeza para ver si tenía alguna mancha en la ropa; pero no se
-podía fiar de una inspección hecha de aquel modo; siempre temblando,
-se desnudó y miró de nuevo su ropa con el mayor cuidado. Por exceso
-de precaución repitió este examen tres veces seguidas. No descubrió
-nada, excepto algunas gotas de sangre coagulada en la parte baja del
-pantalón, cuyos bordes estaban rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo,
-y doblando los bordes de aquella prenda hizo dos tiras. De repente se
-acordó de que la bolsa y los objetos que había tomado del cofre de la
-vieja seguían en sus bolsillos. No había pensado en sacarlos ni en
-ocultarlos en cualquier parte. No se le ocurrió tampoco momentos antes
-cuando examinaba su ropa. «¡Si parece imposible!»
-
-En un abrir y cerrar de ojos se vació los bolsillos y puso su contenido
-sobre la mesa. Después de haberlos registrado bien, a fin de asegurarse
-de que no quedaba nada en ellos, lo llevó todo a un rincón del cuarto.
-En aquel sitio, la tapicería destrozada se destacaba de la pared, y
-allí fué, bajo el papel, donde metió las alhajas y la bolsa.
-
---Así, ni visto ni conocido--pensó con alegría, medio incorporándose;
-y, mirando como atontado el ángulo en que la tapicería estaba
-desgarrada, bostezaba más aún.
-
-De pronto, el terror agitó sus miembros.
-
---¡Dios mío!--murmuró con desesperación--. ¿Qué es lo que me pasa?
-¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se esconden estas cosas?
-
-A la verdad, no era aquél el botín de que había esperado apoderarse; su
-intento era apropiarse del dinero de la vieja; así es que la necesidad
-de ocultar las alhajas le pillaba desprevenido.
-
---¿Pero ahora tengo yo motivos para alegrarme?--se decía--. ¿Es éste el
-modo de ocultar lo robado? Creo que me abandona la razón.
-
-Falto de fuerzas, extenuado, se sentó en el diván, acometido de fuerte
-temblor.
-
-Maquinalmente tomó un gabán viejo de invierno hecho jirones, que se
-encontraba en una silla, y se tapó con él; le invadió inmediatamente un
-sueño mezclado de delirio y perdió la conciencia de sí mismo.
-
-Cinco minutos después se despertó sobresaltado, y su primer movimiento
-fué examinar de nuevo sus vestidos.
-
---¿Cómo he podido volver a dormirme sin haber hecho nada?; el nudo
-corredizo está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no haber pensado en
-ello! ¡Semejante pieza de convicción!
-
-Arrancó la venda de tela, la redujo a trozos pequeños y los confundió
-con la ropa que tenía debajo de la almohada.
-
---Me parece que estos trapos no pueden en caso ninguno despertar
-sospechas; por lo menos así lo creo--repetía en pie, en medio de la
-sala, con una atención que el esfuerzo hacía dolorosa, y miraba en
-derredor suyo para cerciorarse de que no había olvidado nada.
-
-Le atormentaba cruelmente el convencimiento de que todo, la razón,
-hasta la más elemental prudencia, le abandonaba.
-
---¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí, sí... así es, en efecto.
-
-Los hilachos que había cortado del pantalón estaban en el suelo en
-medio de la sala, expuestos a la vista del primero que llegase.
-
---¿Pero dónde tengo yo la cabeza?--exclamó como anonadado.
-
-Entonces le asaltó una idea extraña; pensó que su traje estaba todo
-ensangrentado, y que, a causa de la debilidad de sus facultades, no se
-había enterado de las manchas.
-
-De repente se acordó de que la bolsa estaba también manchada de sangre.
-
-Debe de haberse manchado el bolsillo, porque la bolsa estaba húmeda
-cuando la guardé.
-
-En seguida dió la vuelta al bolsillo, y en efecto, encontró manchas en
-el forro.
-
---La razón no me ha abandonado por completo; soy capaz todavía de
-reflexionar, puesto que he podido hacer esta observación--pensó gozoso,
-lanzando un suspiro de satisfacción--; todo ello ha sido un instante de
-fiebre que me ha privado momentáneamente del juicio.
-
-Arrancó inmediatamente todo el forro del bolsillo izquierdo del
-pantalón. En aquel momento un rayo de sol fué a dar en la punta
-de la bota izquierda: al joven le pareció que había allí indicios
-reveladores. Se descalzó.
-
---¡En efecto, son indicios! Toda la punta de la bota está llena de
-sangre. Sin duda puse imprudentemente el pie en aquel charco... ¿Pero
-qué hacer ahora de tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta bota, de estos
-trapajos y del forro del bolsillo?
-
-Estaba en pie en medio de la sala, teniendo en la mano aquellos objetos
-que le denunciaban y le comprometían.
-
---Si los echase en la chimenea... Pero precisamente donde registrarán
-primero será en la chimenea. Si los quemase... ¿pero con qué? No tengo
-ni cerillas. Es mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí, lo mejor
-será tirarlo--repetía sentándose nuevamente en el diván--; pero en
-seguida, sin pérdida de tiempo.
-
-Mas en vez de ejecutar esta resolución dejó caer la cabeza en las
-manos; empezó de nuevo el temblor, pero transido de frío se envolvió
-en su gabán de invierno. Durante muchas horas, esta misma idea estuvo
-presente en su espíritu: «Es preciso arrojar esto cuanto antes en
-cualquier parte». Varias veces se agitó bajo el gabán, quiso levantarse
-y no pudo conseguirlo. Al cabo de un rato, varios golpes violentos
-dados a la puerta le sacaron de su abstracción. Era Anastasia quien
-llamaba.
-
---¡Abre si no te has muerto!--gritó la criada--. ¡Se pasa la vida
-durmiendo, tendido como un perro! ¡Sí, como un perro! ¡Abreme, te
-digo; son ya las diez dadas!
-
---Puede que no esté--dijo una voz de hombre.
-
---Es la voz del _dvornik_...--se dijo Raskolnikoff, y temblando se
-sentó en el sofá.
-
-Le latía el corazón hasta hacerle daño.
-
---¿Por qué habrá cerrado la puerta con el pestillo?--dijo Anastasia--.
-Se cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso que alguien se lo lleve.
-Abre, despiértate...
-
---¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido el _dvornik_? Todo se ha
-descubierto. ¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos sean!
-
-Se medio incorporó, inclinóse hacia adelante y quitó el picaporte. La
-habitación era tan pequeña, que el joven podía abrir la puerta sin
-levantarse del sofá. Anastasia y el _dvornik_ aparecieron en el umbral.
-La criada contempló a Raskolnikoff con extrañeza. Por su parte el joven
-miró con audacia desesperada al portero, que silenciosamente le alargó
-un papel ceniciento plegado en dos partes y sellado con cera basta.
-
---Es una citación. Procede de la comisaría--dijo el _dvornik_.
-
---¿De qué comisaría?
-
---¡De cuál ha de ser! De la de policía.
-
---¿Se me llama ante la policía?... ¿Por qué?
-
---¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama a usted, pues obedezca y punto en
-boca.
-
-El portero examinó atentamente al inquilino, después miró en derredor
-suyo y se dispuso a retirarse.
-
---Parece que estás peor--observó Anastasia, que no separaba los ojos de
-Raskolnikoff.
-
-El _dvornik_ volvió la cabeza.
-
---Desde ayer tiene fiebre--añadió la criada.
-
-El joven no respondió, seguía con el pliego en la mano sin abrirlo.
-
---Quédate acostado--prosiguió la sirvienta compadecida de él al ver
-que se disponía a levantarse--. Estás enfermo, no vayas. No es cosa
-urgente. ¿Qué tienes en las manos?
-
-El joven miró: tenía en la derecha las tiras del pantalón, la bota, y
-el forro de bolsillo. Se había dormido con aquellos objetos. Más tarde,
-tratando de explicarse el hecho, se acordó de que medio despierto,
-en un acceso febril, apretó fuertemente todo aquello contra su pecho
-quedándose luego dormido sin aflojar los dedos.
-
---¡Ha tomado esos andrajos y se duerme con ellos como si fueran un
-tesoro!...
-
-Al decir estas palabras, Anastasia se retorcía con la risa nerviosa que
-le era habitual.
-
-Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo su abrigo todo lo que tenía en
-las manos y fijó una penetrante mirada en la criada. Aunque no se
-encontraba en estado de reflexionar, comprendía que no se busca así a
-un hombre cuando se intenta prenderle. «¿Pero la policía?»
-
---¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo traiga? Queda algo...
-
---No, voy allá, voy en seguida--balbuceó.
-
---¿Pero podrás bajar la escalera?
-
---Quiero ir.
-
---Allá tú.
-
-Anastasia salió detrás del _dvornik_. Raskolnikoff se puso en seguida
-a examinar a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas, pero no son muy
-visibles; el barro y el roce han hecho desaparecer el color. El que no
-sospeche no advertirá nada; por consiguiente, Anastasia, desde el sitio
-donde estaba, no ha podido notar nada, ¡gracias a Dios!»
-
-Después, con mano temblorosa, abrió el pliego y comenzó a leer; pero
-tuvo que leerlo varias veces antes de darse cuenta del contenido. Era
-una citación redactada en la forma ordinaria. El comisario de policía
-del distrito invitaba a Raskolnikoff a presentarse en su oficina a las
-nueve y media de aquel mismo día.
-
---¿Para qué se me cita? Yo no tengo que ver nada con la policía... ¡Y
-hoy precisamente!--se dijo, presa de la más viva ansiedad--. ¡Señor,
-haced que esto acabe lo más pronto posible!
-
-En el momento en que iba a arrodillarse para rezar, se echó a reír, no
-de la oración, sino de sí mismo, y empezó a vestirse rápidamente.
-
---Voy yo mismo a meterme en la boca del lobo... Pues bien, tanto peor,
-me es igual... me pondré esta bota... La verdad es que, gracias al
-polvo de la calle, se advertirán menos las manchas.
-
-Pero apenas se la hubo calzado se la quitó de repente con temor y
-disgusto. Después reflexionó que no tenía otra y se la volvió a poner
-riéndose otra vez.
-
---Todo esto es circunstancial, todo relativo; lo único que puede haber
-son conjeturas, suposiciones y nada más.
-
-Esta idea, a la cual se aferraba con convicción, no le impedía temblar.
-
---¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado por hacerlo.
-
-Al abatimiento siga la hilaridad.
-
---No, esto es superior a mis fuerzas... las piernas se me doblan...
-¡Esto es miedo!
-
-Le dolía la cabeza a causa del calor.
-
---Es un lazo que se me tiende, lo sé. Se valen de la astucia
-para atraerme, y cuando esté allí descubrirán de repente sus
-baterías--continuaba diciéndose al tiempo que se aproximaba a la
-escalera--. Lo peor es que estoy como loco y puedo cometer alguna
-tontería.
-
-Ya en la escalera pensó que los objetos robados en casa de la usurera
-estaban mal ocultos en el sitio que los había puesto.
-
---Quizá me llamen con objeto de hacer un registro durante mi ausencia.
-
-Pero tan desesperado estaba, aceptaba su perdición, por decir así, con
-tal cinismo, que esta preocupación le detuvo apenas un minuto.
-
---¡Con tal de que se acabe pronto!
-
-Al llegar a la esquina de la calle que había doblado la víspera,
-dirigió furtivamente una mirada inquieta a _la casa_; pero al punto
-volvió la vista.
-
---Si me interrogan quizá confiese--pensaba al aproximarse a la oficina.
-
-Desde poco tiempo antes, estaba instalada la comisaría en el cuarto
-piso de una casa situada a corta distancia de la de Raskolnikoff. Antes
-de que la policía se hubiese trasladado a este nuevo local, el joven
-había sido llamado por ella; pero entonces se trataba de una cosa sin
-importancia, y de esto había transcurrido ya mucho tiempo. Al entrar
-en el patio vió a un _mujick_ con un libro en la mano, que bajaba una
-escalera situada a la derecha.
-
---Debe de ser un _dvornik_; por consiguiente, es aquí donde se
-encuentra la oficina.
-
-Subió al azar; no quería preguntar a nadie.
-
---Entraré, me pondré de rodillas y lo confesaré todo--pensaba mientras
-subía al cuarto piso.
-
-La escalera era estrecha, empinada y rezumaba por todas partes agua
-sucia. En los cuatro pisos las cocinas de todos los cuartos daban a la
-escalera y estaban abiertas de par en par casi todo el día, lo cual
-hacía que el calor fuera sofocante. Subían y bajaban los _dvorniks_ con
-sus cuadernos debajo del brazo, varios agentes de policía e individuos
-de uno u otro sexo, que sin duda tenían asuntos en la oficina. La
-puerta de la comisaría estaba también abierta de par en par.
-
-Raskolnikoff entró y se detuvo en la antesala donde esperaban algunos
-_mujicks_. Allí, como en la escalera, el calor era asfixiante. Además,
-el local, recientemente pintado, exhalaba un olor a aceite de linaza
-que daba náuseas. Después de una corta espera decidióse a entrar en el
-departamento contiguo, compuesto de una serie de habitaciones pequeñas
-y bajas. El joven estaba cada vez más impaciente por saber a qué
-atenerse. Nadie hacía caso de él. En la segunda habitación trabajaban
-varios escribientes, vestidos poco más o menos como él estaba. Todos
-tenían extraño aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de ellos.
-
---¿Qué se le ofrece?
-
-El joven mostró la citación enviada por la comisaría.
-
---¿Es usted estudiante?--preguntó el escribiente después de haber
-ojeado el papel.
-
---Sí, antiguo estudiante.
-
-El empleado examinó a su interlocutor sin ninguna curiosidad. Era un
-hombre de cabellos rizados que parecía dominado por una idea fija.
-
---De éste nada he de saber, porque todo le es igual--pensó Raskolnikoff.
-
---Diríjase usted al jefe de la Cancillería--añadió el escribiente
-señalando con la mano la última dependencia.
-
-Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho, el cuarto, era estrecho y
-estaba lleno de gente que vestía algo mejor que las otras personas que
-acababa de ver. Entre ellas había dos señoras. Una, vestida de luto,
-denotaba pobreza. Sentada delante del jefe de la Cancillería escribía
-lo que este funcionario le dictaba.
-
-La otra señora tenía formas exuberantes, la cara roja, un
-tocado elegante y llevaba en el pecho un broche de dimensiones
-extraordinarias. Permanecía en pie, un poco separada, en actitud
-expectante.
-
-Raskolnikoff entregó el papel al jefe de la Cancillería, el cual echó
-sobre él una rápida ojeada y dijo:
-
---Espere usted un poco--y siguió dictando a la señora de luto.
-
-El joven respiró con más libertad.
-
---Indudablemente no se me llama para _aquello_. Poco a poco recobraba
-valor; por lo menos hacía todo lo posible para recobrarlo.
-
---La menor tontería, la más pequeña imprudencia, puede perderme...
-es un mal que no haya aire aquí--añadió--; se ahoga uno y mi razón
-vacila...
-
-Sentía un malestar indefinible en todo su ser, y temía que le faltara
-la serenidad en presencia de aquel funcionario. Trataba de buscar
-algún objeto en que fijar su atención, pero no podía conseguirlo. Toda
-su atención estaba concentrada en el jefe de la Cancillería; hacía
-esfuerzos para descifrar la fisonomía de este empleado. Era un joven
-de veintidós años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba más edad;
-vestía con la elegancia peculiar del lechuguino y llevaba el pelo
-partido con una raya artísticamente hecha. Ostentaba en las manos, muy
-cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba por el chaleco una cadena
-de oro. Dijo a un extranjero que se encontraba allí dos palabrejas en
-francés y se quedó tan satisfecho.
-
---Tome usted asiento, Luisa Ivanovna--dijo a la señora lujosa, que
-permanecía en pie, sin atreverse a sentarse, aunque tenía una silla al
-lado.
-
---_Itch danke_--respondió la señora sentándose y ahuecando con un
-ligero roce sus faldas impregnadas de perfume.
-
-Desplegado en derredor de la silla su traje de seda azul claro,
-guarnecido de encajes blancos, ocupaba más de la mitad del despacho;
-pero a la señora parecía que le daba vergüenza oler tan bien y ocupar
-tanto sitio. Sonreía de una manera a la vez temblorosa y descarada;
-sin embargo, era visible su inquietud. Una vez terminado su asunto, la
-señora de luto se levantó. En aquel momento entró haciendo ruido un
-oficial de modales muy desenvueltos, que puso sobre la mesa su gorra
-galoneada y se sentó en una butaca.
-
-Al verle, la señora lujosamente vestida se levantó con prontitud e
-inclinóse con mucho respeto ante el oficial, pero éste no hizo el menor
-caso de ella y la mujer no se atrevió a volver a sentarse.
-
-Era este personaje el ayudante del comisario de policía; tenía largos
-bigotes rojizos y retorcidos y facciones extremadamente finas, pero
-no expresivas y que denotaban cierta impudencia. Miró a Raskolnikoff
-de reojo y con algo de indignación; porque aunque era muy modesto el
-aspecto de nuestro héroe, su actitud contrastaba con la pobreza de su
-traje. Olvidando toda prudencia, el joven sostuvo tan atrevidamente la
-mirada del oficial, que éste se ofendió.
-
---¿Qué se te ofrece?--dijo, asombrado, sin duda, al ver que semejante
-desharrapado no bajaba los ojos ante su centelleante mirada.
-
---Se me ha hecho venir... He sido citado--balbució Raskolnikoff.
-
---Es el estudiante a quien se le reclama el pago de una deuda--se
-apresuró a decir el jefe de la Cancillería, dejando por un momento sus
-papelotes--. Entérese usted--y presentó un cuaderno a Raskolnikoff
-señalándole una parte de lo escrito--. Lea usted.
-
---¿Dinero? ¿Qué dinero?--pensó el joven sorprendido y alegre al mismo
-tiempo--. ¿De modo que no es por aquello por lo que me han hecho venir
-aquí?
-
-Experimentaba un alivio inmenso, inexpresable...
-
---¿A qué hora, señor mío, se le ha mandado a usted venir?--le preguntó
-el ayudante, cuyo mal humor iba en aumento--. Se le cita a usted a las
-nueve y son más de las once.
-
---Me han entregado ese papel hace un cuarto de hora--replicó vivamente
-Raskolnikoff, invadido también de repentina cólera, a la cual se
-abandonaba con placer--; estoy enfermo, tengo fiebre, y sin embargo,
-aquí me tienen ustedes.
-
---¡No grite usted!
-
---No grito, hablo con naturalidad; usted es quien levanta la voz. Soy
-estudiante y no permito que se me hable de este modo.
-
-Esta respuesta irritó de tal manera al oficial, que en el primer
-momento no pudo articular ni una sola frase, dejando en cambio escapar
-de sus labios sonidos inarticulados. De repente dió un salto en su
-asiento y dijo:
-
---¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala de audiencia! ¡no sea usted
-insolente!
-
---También lo está usted--replicó Raskolnikoff con violencia--, y no
-contento con gritar, está usted fumando; por consiguiente, nos falta
-usted a todos al respeto.
-
-Pronunció estas palabras con indecible satisfacción.
-
-El jefe de la Cancillería miraba sonriendo a los dos interlocutores. El
-fogoso ayudante se quedó con la boca abierta.
-
---Eso no le importa a usted--respondió levantando aún más la voz a
-fin de ocultar su cortedad--; preste la declaración que se le pide.
-Dígaselo usted, Alejandro Grigorievitch. Hay queja contra usted, porque
-no paga sus deudas. ¡He aquí un viejo zorro!
-
-Raskolnikoff no le escuchaba; había tomado vivamente el papel,
-impaciente para descubrir la clave de este enigma. Lo leyó, una, dos
-veces, sin comprender nada.
-
---¿Qué es esto?--preguntó al jefe de la Cancillería.
-
---Es un documento en que se le reclama el pago de una deuda: tiene
-usted que saldarlo con todas las costas, o declarar por escrito en qué
-fecha podrá usted pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que se comprometa
-usted a no abandonar la capital y a no vender ni ocultar lo que usted
-posea, hasta que haya liquidado su deuda. En cuanto al acreedor, es
-libre de vender los bienes de usted y tratarle según el rigor de las
-leyes.
-
---¡Si no debo nada a nadie!
-
---Eso no es cuenta nuestra. Se nos presenta una letra de cambio,
-protestada, de ciento quince rublos, que usted firmó hace nueve meses a
-la señora Zarnitzin, viuda de un asesor de colegio, letra que la viuda
-Zarnitzin ha traspasado al consejero Tchebaroff, y hemos llamado a
-usted para tomarle declaración.
-
---Pero desde el momento que se trata de mi patrona...
-
---¿Qué importa que sea la patrona de usted?
-
-El jefe de la Cancillería contemplaba con cierta sonrisa de indulgente
-piedad, y al mismo tiempo de triunfo, a aquel novato que iba a aprender
-a sus expensas el procedimiento que suele emplearse con los deudores.
-¿Pero qué le importa ahora a Raskolnikoff la letra de cambio? La
-reclamación de su patrona le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la pena
-de inquietarse ni de fijar siquiera la atención en semejantes futesas?
-Estaba allí leyendo, escuchando, respondiendo algunas veces, pero todo
-ello lo hacía maquinalmente. La felicidad de sentirse a salvo, la
-satisfacción de haber escapado a un peligro inminente, llenaba en aquel
-momento todo su ser.
-
-En aquel instante habíanse desvanecido todas sus preocupaciones y
-cuidados; fué para Raskolnikoff un momento de alegría absoluta,
-inmediata, puramente instintiva.
-
-De improviso estalló una tempestad en el despacho de la comisaría.
-El ayudante, que no había podido digerir aún la afrenta hecha a su
-prestigio y a su amor propio, buscaba evidentemente el desquite; así
-es que se puso a apostrofar rudamente a la lujosa señora que, desde
-la entrada del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo con estúpida
-sonrisa.
-
---Y di tú, bribona--gritó el ayudante (la señora de luto se había
-retirado ya)--, ¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la noche pasada?
-¡Otra vez escandalizando al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras!
-¡Estás empeñada en dar con tus huesos en la cárcel! Te he advertido ya
-diez veces, y a la undécima va la vencida. ¡Eres incorregible y se me
-agota la paciencia!
-
-El mismo Raskolnikoff dejó caer el papel que tenía en las manos y
-miró con asombro a la elegante señora que era tratada con tan poca
-consideración. No tardó, empero, en comprender de lo que se trataba,
-y prestó atención a aquella escena que le divertía hasta el punto que
-tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos para no soltar el trapo a reír.
-
---Ilia Petrovitch--comenzó a decir el jefe de la Cancillería; pero
-comprendiendo en seguida que su intervención en aquel momento sería
-inoportuna, se detuvo.
-
-Sabía por experiencia que cuando el fogoso oficial se disparaba nada
-podía contenerlo.
-
-En cuanto a la señora, la tempestad que se había desencadenado sobre
-su cabeza le hizo temblar en el primer momento; pero, cosa extraña,
-a medida que aumentaban los insultos a ella dirigidos, tomaba una
-expresión más amable y ponía más seducción en las sonrisas y en
-las miradas en que envolvía al terrible ayudante. Hacía continuas
-reverencias y esperaba que se la dejase hablar.
-
---En mi casa no hay escándalos ni riñas, ni borracheras, señor
-capitán--se apresuró a decir en cuanto le permitieron meter baza (se
-expresaba en ruso pero con marcado acento alemán)--. No, señor, no
-hubo ningún escándalo. Aquel hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres
-botellas y en seguida se puso a tocar el piano con los pies, cosa que,
-como usted comprende, no se había de permitir en una casa como la
-mía. No contento con esto, rompió las cuerdas. Le hice observar que
-no era aquel el modo conveniente de conducirse; pero él, sin hacer
-caso, tomó una botella y comenzó a pegar a todos. Llamé a Carlos, el
-_dvornick_, y pegó a Carlos una bofetada; lo mismo hizo con Enriqueta,
-y tampoco yo escapé a sus bofetones. Es innoble portarse de esa manera
-en una casa respetable, señor capitán. Pido socorro, y el hombre se
-acerca a la ventana que da al canal y se pone a gritar como un loco.
-¿No es eso vergonzoso? ¿Le parece a usted que está bien asomarse a la
-ventana y ponerse a imitar el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él por
-detrás para quitarle de la ventana, y a fuerza de tirar, es verdad, le
-desgarró el gabán, y ahora reclama quince rublos en indemnización del
-daño causado a su ropa. Le entregué de mi propio bolsillo cinco rublos,
-señor capitán. Ese visitante mal educado, señor capitán, es el que ha
-armado todo el escándalo.
-
---¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo a repetir...
-
---¡Ilia Petrovitch!--volvió a decir en tono significativo el jefe de la
-Cancillería.
-
-El oficial echó sobre él una rápida mirada y le vió mover ligeramente
-la cabeza.
-
---Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha mi última palabra,
-respetable Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve a armarse otro
-escándalo en tu respetable casa, te meto en chirona, como se dice
-en estilo elevado. ¿Me entiendes? Ahora, lárgate cuanto antes, y no
-olvides que te tengo echada la vista. ¡Mucho ojo!
-
-Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna saludó a un lado y otro;
-pero en tanto que se dirigía a la puerta andando hacia atrás haciendo
-reverencias, dió un golpe con la espalda a un apuesto oficial de rostro
-fresco y abierto y de magníficas patillas rubias muy espesas y bien
-cuidadas. Era el comisario de policía Nikodim Fomitch en persona. Luisa
-Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta el suelo y salió del despacho
-dando saltitos.
-
---¡Siempre el trueno, la tempestad, el rayo, los relámpagos, la tromba,
-el huracán!--dijo, en tono amistoso, el recién llegado, dirigiéndose a
-su ayudante--. Se te ha alborotado la bilis y, como de costumbre, te
-has disparado. Te he oído desde la escalera.
-
---¿Y quién no se sulfura con lo que pasa?--repuso negligentemente
-Ilia Petrovitch, trasladándose con sus papeles a otra mesa--. Ese
-caballerito, ese estudiante, o, mejor dicho, ex estudiante, que no paga
-sus deudas, que firma letras de cambio y rehusa dejar su habitación, es
-citado ante el comisario y se escandaliza porque enciendo un cigarro
-en su presencia. Antes de advertir que se le falta al respeto, debería
-respetarse más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele. A la vista está.
-¿Le parece a usted que su aspecto puede inspirar consideración alguna?
-
---Pobreza no es vicio, amigo mío--replicó Nikodim Fomitch--. Sabemos
-perfectamente que la pólvora se inflama con facilidad. Sin duda le
-habrá chocado a usted algo de su manera de ser y usted tampoco ha
-podido contenerse--prosiguió, volviéndose hacia Raskolnikoff--; pero
-se ha equivocado usted: el señor oficial es un hombre excelente, se lo
-aseguro; tiene un carácter arrebatado, se excita, se exalta, pero en
-cuanto se le pasa el mal humor es un corazón de oro. En el regimiento
-le llamábamos «el oficial pólvora...»
-
---¡Qué regimiento aquél!--exclamó Ilia Fomitch lisonjeado por las
-delicadas adulaciones de su superior, pero todavía enfurruñado.
-
-Raskolnikoff quiso súbitamente decir algo muy agradable para todos.
-
---Perdóneme usted, capitán--comenzó a decir en tono melifluo,
-dirigiéndose a Nikodim Fomitch--. Póngase usted en mi lugar. Estoy
-pronto a darle mis excusas a este señor, si es que por mi parte he
-cometido alguna falta. Soy un estudiante enfermo, pobre, agobiado por
-la miseria; he tenido que dejar la Universidad, porque carezco de
-medios de subsistencia, pero voy a recibir dinero... Mi madre y mi
-hermana viven en la provincia de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi
-patrona es una buena mujer; pero como desde hace cuatro meses no doy
-lecciones, no le pago y se incomoda y hasta rehusa darme de comer. La
-verdad es que no comprendo... Ahora exige que yo le pague esa letra de
-cambio; ¿pero cómo podré hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.
-
---Eso no es de mi incumbencia--observó de nuevo el jefe de la
-Cancillería.
-
---Es verdad; pero permítanme ustedes que les explique--...replicó
-Raskolnikoff, dirigiéndose siempre a Nikodim Fomitch y no a su
-interruptor, procurando atraer también la atención de Ilia Petrovitch,
-aunque éste afectase desdeñosamente no escucharle, como si estuviera
-absorto en sus papeles--. Permítanme ustedes que les diga que vivo en
-casa de esa mujer desde que vine de mi país, y que entonces... ¿por
-qué no he de decirlo?... me comprometí a casarme con su hija; hice mi
-promesa verbalmente... Era una muchacha joven, me gustaba, aunque no
-estuviese enamorado de ella... En una palabra: soy joven, mi patrona me
-abrió crédito... Hice una vida... Vamos, he sido algo ligero.
-
---No se le pide a usted que entre en esos pormenores íntimos, que no
-tenemos tiempo de escuchar--interrumpió groseramente Ilia Petrovitch;
-pero Raskolnikoff prosiguió con calor, aunque le costaba mucho trabajo
-hablar.
-
---Permítanme ustedes, sin embargo, que les cuente cómo han pasado las
-cosas, aunque comprenda que es completamente inútil que lo refiera a
-ustedes. Hace un año, la señorita de que he hablado, murió del tifus;
-yo seguía a pupilo en casa de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona
-se trasladó a la casa en que hoy vive, me dijo amistosamente que tenía
-confianza en mí; pero que, sin embargo, deseaba que le firmase un
-pagaré de ciento quince rublos, cantidad en que calculaba el importe
-de mi deuda. Me aseguró que, una vez en posesión de ese documento,
-continuaría concediéndome tanto crédito como me fuese necesario, y que
-jamás, jamás (tales fueron sus propias palabras), sacaría a relucir ese
-documento. ¡Y ahora que he perdido mis lecciones, ahora que no tengo
-un pedazo de pan que llevarme a la boca, me exige el pago de esa suma!
-¿Qué les parece a ustedes?
-
---Todos esos pormenores patéticos no nos interesan--replicó con
-insolencia Ilia Petrovitch--. Tiene usted que prestar la declaración
-y firmar el compromiso que se le pide. En cuanto a la historia de sus
-amores y a todos esos trágicos lugares comunes, nada tenemos que ver
-con ellos.
-
---¡Oh, qué cruel eres!--murmuró Nikodim Fomitch, que se había sentado
-delante de su escritorio y se ocupaba en firmar papelotes. Parecía
-avergonzado.
-
---Escriba usted--dijo a Raskolnikoff el jefe de la Cancillería.
-
---¿Qué es lo que tengo que escribir?--preguntó el joven brutalmente.
-
---Lo que yo le dicte.
-
-Raskolnikoff creyó advertir, que, después de su confesión, el jefe de
-la Cancillería le trataba con mayor desprecio; pero, ¡cosa extraña! se
-sentía indiferente a la opinión que podía tenerse de él, cambio que se
-había apoderado en su espíritu instantáneamente.
-
-Si hubiese podido reflexionar un poco, habríase asombrado de que un
-minuto antes hubiera podido hablar de aquel modo con los funcionarios
-de policía y aun obligarles a oír sus confidencias. Ahora, por el
-contrario, si en lugar de estar lleno de agentes el despacho se hubiese
-ocupado de repente con sus más queridos amigos, no habría encontrado
-probablemente una sola palabra cortés que decirles; de tal manera se
-había vaciado su corazón.
-
-Experimentaba la dolorosa impresión de un inmenso aislamiento; no
-era la confusión de haber hecho a Ilia Petrovitch testigo de sus
-expansiones, ni tampoco era la insolencia del oficial lo que había
-producido tal revolución en su alma. ¡Oh! ¿Qué le importaba su propia
-bajeza? ¿Qué le importaban las altanerías de los oficiales, los
-pagarés, los despachos de policía, etc., etc.? Si en aquel momento lo
-hubiesen condenado a ser quemado vivo, ni siquiera hubiese pestañeado.
-Apenas habría oído su sentencia hasta el fin.
-
-Se realizaba en él un fenómeno completamente nuevo, sin precedentes
-hasta entonces. Comprendía, o más bien, cosa cien veces peor, sentía
-que en lo sucesivo estaría separado para siempre de la comunión humana,
-que toda expansión sentimental como la que había tenido un momento
-antes, más todavía, que toda la conversación le estaba prohibida, no
-sólo con los empleados de la comisaría, sino hasta con los parientes
-más próximos. Jamás había experimentado sensación tan cruel.
-
-El jefe de la Cancillería comenzó a dictarle la fórmula de la
-declaración acostumbrada en tales casos: «No puedo pagar, liquidaré mi
-deuda en tal fecha, no saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo que
-poseo, etc.»
-
---No puede usted escribir, le tiembla la mano--dijo el jefe de la
-Cancillería mirando con curiosidad a Raskolnikoff--. ¿Está usted
-enfermo?
-
---Sí; se me va la cabeza. Siga usted.
-
---Ya está todo; firme usted.
-
-El jefe de la Cancillería tomó el papel y se dirigió a otros visitantes.
-
-Raskolnikoff dejó la pluma, pero en lugar de irse se puso de codos en
-la mesa y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale que le hincaban un
-clavo en el cerebro. En aquel momento recordó los dos asesinatos que
-había cometido y se le ocurrió la extraña idea de acercarse a Nikodim
-Fomitch, y contarle el crimen hasta en sus ínfimos detalles y llevarle
-en seguida a su casa y mostrarle los objetos ocultos en el agujero de
-la tapicería. De tal modo se apoderó esta idea de su espíritu, que
-hasta llegó a levantarse para ponerlo en práctica.
-
---¿No sería mejor reflexionar un instante?--pensó--. No, más vale
-dejarse llevar de la inspiración, sacudir lo más pronto posible esta
-carga.
-
-Pero, de repente, se quedó como clavado en su sitio: entre Nikodim
-Fomitch e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar una conversación
-animada que llegaba hasta los oídos de Raskolnikoff.
-
---¡No es posible! soltarán a los dos por falta de pruebas. Si hubiesen
-cometido ellos el delito, ¿habrían llamado al _dvornick_ para
-denunciarse a sí mismos? ¿Se puede considerar esto como un ardid? No,
-eso hubiera sido demasiada astucia. Además, los dos _dvorniks_ y una
-vecina vieron al estudiante Pestriakoff cerca de la puerta cochera
-en el momento en que éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban
-tres amigos que le dejaron en la puerta, y éstos, antes de alejarse
-le oyeron preguntar a los _dvorniks_ dónde vivía la vieja. ¿Hubiera
-hecho tal pregunta de haber ido con el propósito de cometer un doble
-asesinato? Kosch, por su parte, estuvo durante media hora en casa del
-platero del piso bajo antes de subir a casa de la pobre vieja Alena
-Ivanovna; eran justamente las ocho menos cuarto cuando subió a las
-habitaciones de las víctimas. Además, se ha de tener en cuenta...
-
---Perdone usted; hay en sus declaraciones algo que no se explica.
-Afirman que llamaron y que la puerta estaba cerrada; tres minutos
-después, cuando volvieron con el _dvornik_, estaba abierta.
-
---Ahí está el _busilis_; es indudable que el asesino se encontraba en
-el cuarto de la vieja cuando ellos llegaron; y que había echado el
-cerrojo: de seguro que no se habría escapado a no cometer Kosch la
-simpleza de bajar en busca del _dvornik_. Sin duda el asesino aprovechó
-ese momento para deslizarse por la escalera dejándolos con un palmo de
-narices. Kosch no cesa de santiguarse diciendo: «¡Si llego a quedarme
-allí, de fijo sale de repente el criminal y me mata de un hachazo!»
-Quiere mandar que canten un _Te Deum_. ¡Je, je, je!
-
---¿Y nadie vió al asesino?
-
---¿Cómo habían de verle si aquella casa es el arca de Noé?--dijo el
-jefe de la Cancillería, que escuchaba desde su puesto la conversación.
-
---La cosa es clara, la cosa es clara--repitió vivamente Nikodim Fomitch.
-
---Antes digo yo que es muy obscura--repitió Ilia Petrovitch.
-
-Raskolnikoff tomó su sombrero y se dirigió a la puerta; pero al llegar
-a ella cayó desvanecido. Cuando recobró el sentido, estaba sentado en
-una silla. Uno le sostenía por la derecha; otro, por la izquierda, le
-ofrecía un vaso amarillo, lleno de un licor también amarillo. Nikodim
-Fomitch, en pie, delante del joven, le miraba atentamente. Raskolnikoff
-se levantó.
-
---¿Está usted enfermo?--le preguntó con tono bastante seco el comisario
-de policía.
-
---Hace poco, cuando extendió su declaración, apenas podía sostener la
-pluma--dijo el jefe de la Cancillería volviendo a sentarse delante de
-su escritorio y poniéndose de nuevo a examinar sus papelotes.
-
---¿Hace mucho tiempo que está usted malo?--dijo desde su sitio Ilia
-Petrovitch.
-
---Desde ayer--balbució el joven.
-
---¿Ayer salió usted de casa?
-
---Sí.
-
---¿A qué hora?
-
---Entre siete y ocho de la tarde.
-
---¿Y a dónde fué usted?
-
---A la calle.
-
-Breve y compendioso, pálido como la cera, Raskolnikoff dió
-nerviosamente las anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados ojos
-ante la mirada del oficial.
-
---Puede apenas tenerse en pie, y tú...--empezó a decir Nikodim Fomitch.
-
---No importa--respondió enigmáticamente Ilia Petrovitch.
-
-El comisario de policía quiso replicar algo; pero al dirigir los ojos
-al jefe de la Cancillería, encontró la mirada del funcionario fija en
-él y guardó silencio.
-
---Está bien--dijo Ilia Petrovitch--; puede usted retirarse.
-
-Raskolnikoff salió, pero aun no estaba en la sala inmediata cuando
-ya habían reanudado su conversación los dos funcionarios de policía
-con mayor animación y viveza. Por encima de todas las otras voces se
-elevaba la de Nikodim Fomitch como preguntando...
-
-En la calle, el joven recobró todos sus ánimos.
-
---Sin duda van a hacer una indagatoria, una indagatoria sin pérdida
-de tiempo--repetía, dirigiéndose a buen paso hacia su casa--. ¡Los
-bribones! ¡Sospechan!
-
-Volvió a asaltarle el terror.
-
-
-II
-
---¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria? ¿Si al entrar los
-encontrase en mi casa? He aquí mi habitación. Todo está en orden, nadie
-ha venido. Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero, Señor, ¿cómo he
-podido dejar todos aquellos objetos en semejante escondite?
-
-Corrió al rincón, e introduciendo la mano bajo la tapicería, sacó las
-alhajas, que en junto eran ocho.
-
-Dos estuches contenían pendientes o algo parecido, no sabía qué; había
-además cuatro estuches pequeños de piel. Envuelta en un trozo de
-periódico una cadena de reloj; en otro papel un objeto que debía de ser
-una condecoración. Raskolnikoff se metió todo aquello en los bolsillos
-procurando que no hiciese mucho bulto; tomó también la bolsa y salió,
-dejando la puerta abierta de par en par.
-
-Andaba con paso rápido y firme, y aunque se sentía quebrantado, no le
-faltó la serenidad. Temía que se le persiguiese, y que antes de media
-hora, de quince minutos quizá, se abriese un sumario contra él; por
-consiguiente era preciso que desaparecieran en seguida las piezas de
-convicción. Debía despachar cuanto antes, aprovechando la poca fuerza y
-sangre fría que le quedaba... ¿Pero a dónde ir?
-
-Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo hacía. «Lo tiraré todo al
-canal, y con ello irá también mi secreto al agua.» Así lo había
-decidido la noche precedente en los momentos de delirio, durante los
-cuales muchas veces sintió impulsos de levantarse y de ir a arrojarlo
-todo en seguida. Mas no era de fácil ejecución este proyecto.
-
-Durante media hora, o acaso más, anduvo vagando a lo largo del canal
-Catalina, examinando, a medida que llegaba a ellas, las diversas
-escaleras que terminaban al borde del agua. Desgraciadamente, siempre
-se oponía algún obstáculo a la realización de su proyecto; aquí un
-barco de lavanderas, allí lanchas amarradas a la orilla. Por otra
-parte, el muelle estaba lleno de paseantes, que no hubieran podido
-menos de notar un hecho tan insólito; no era posible, sin infundir
-sospechas, descender expresamente hasta el nivel de la corriente para
-arrojar un objeto al canal. ¿Y si, como era de suponer, los estuches
-sobrenadaban en vez de desaparecer bajo el agua? Cualquiera de los
-paseantes los vería. Aun sin que esto ocurriese, Raskolnikoff creía
-que era objeto de la atención general; le parecía que todo el mundo se
-ocupaba en él.
-
-Por último, el joven pensó que quizá sería lo mejor tirar todos
-aquellos objetos al Neva: en sus orillas era menos numerosa la
-concurrencia, menor el peligro de llamar la atención, y, consideración
-importante, estaría más lejos de su barrio.
-
---¿En qué consiste--se preguntó, con asombro Raskolnikoff--, que desde
-hace media hora vago ansiosamente por lugares peligrosos para mí? Estas
-objeciones que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas antes? Si he perdido
-media hora en un proyecto tan sensato, es sin duda porque tomé mi
-resolución en un momento de delirio.
-
-Sentíase singularmente distraído y olvidadizo. Decididamente era
-preciso apresurarse.
-
-Se dirigió al Neva por la perspectiva de V***; pero, conforme iba
-andando, se le ocurrió otra idea.
-
---¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar estos objetos al agua? ¿No
-sería mejor ir a cualquier parte, muy lejos, a una isla, por ejemplo?
-Buscaría un paraje solitario, un bosque, y enterraría las joyas al
-pie de un árbol, teniendo cuidado de señalarlo bien, a fin de poder
-reconocerlo más tarde.
-
-Aunque comprendía que no se encontraba en estado de tomar una
-determinación juiciosa, le pareció práctica su última idea, y resolvió
-llevarla a cabo.
-
-Pero la casualidad lo dispuso de otro modo. Al desembocar, por la
-perspectiva V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió a la izquierda la
-entrada de un corral rodeado por todas partes de altas paredes y cuyo
-suelo estaba cubierto de polvo negro. En el fondo había un cobertizo
-que pertenecía, sin duda, a un taller cualquiera.
-
-No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff franqueó el umbral, y
-después de haber mirado atentamente en derredor suyo, pensó que ningún
-otro lugar ofrecería más facilidades para la realización de su plan.
-Precisamente, al pie del muro, o más bien de la valla de madera que
-lindaba con la calle, había adosada una piedra enorme, sin labrar, que
-lo menos pesaría sesenta libras.
-
-Del otro lado de la cerca estaba la acera y el joven oía las voces de
-los transeuntes, siempre bastante numerosos en este sitio; pero desde
-fuera nadie podía verle; para ello hubiera sido necesario penetrar
-en el corral, cosa que, a la verdad, nada tenía de imposible. Por
-consiguiente, le convenía apresurarse.
-
-Se inclinó sobre la piedra; la aferró con ambas manos por arriba, y,
-reuniendo todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta. El suelo ocupado
-por el sillar estaba algo hundido; echó en el agujero todo lo que
-llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa encima de las alhajas; sin
-embargo, el agujero no quedó completamente lleno. En seguida levantó
-la piedra y consiguió colocarla en el mismo sitio en que estaba antes;
-lo más que podía advertirse, fijándose mucho, era que estaba un poco
-removida; pero apisonó con el pie la tierra alrededor de los bordes y
-nada podía notarse.
-
-Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como poco antes en el despacho de
-policía, se apoderó de él por un momento una alegría intensa, casi
-imposible de soportar.
-
---Las piezas de convicción están enterradas. ¿A quién se le podría
-ocurrir la idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra? Está, sin duda,
-ahí desde que se construyó la casa inmediata y Dios sabe cuándo la
-quitarán. Y aun cuando alguien las encontrase, ¿quién podría sospechar
-que soy yo el que las ha ocultado? ¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!
-
-Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde que había atravesado la plaza
-riendo con risa nerviosa, muda y prolongada. Pero cuando llegó a la
-avenida de K*** su hilaridad cesó súbitamente.
-
-Todos sus pensamientos giraban alrededor de otro principal, de cuya
-importancia se daba él exacta cuenta. Comprendía que por la primera
-vez, después de dos meses, se encontraba en presencia de esta cuestión.
-
---¡Vaya al diablo todo ello!--se dijo en un repentino acceso de
-cólera--. ¡Ea, el baile ha comenzado y es preciso danzar! ¡Malhaya sea
-la nueva vida! ¡Qué tonto es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido
-y cuántas bajezas he tenido que cometer hoy! ¡Cuántas vergonzosas
-tonterías para captarme poco ha la benevolencia de ese estúpido Ilia
-Petrovitch! ¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos ellos y de mis
-simplezas! ¡No se trata de esto! ¡No, en modo alguno!
-
-Se detuvo de repente, despistado, absorbido por una nueva cuestión
-hasta entonces inesperada y excesivamente simple.
-
---Si realmente has obrado en este asunto como hombre inteligente y
-no como un imbécil; si tenías trazado un fin y lo has perseguido
-derechamente, ¿cómo se explica que no hayas mirado siquiera lo que
-contenía la bolsa? ¿Cómo ignoras todavía lo que te ha aprovechado un
-acto, por el cual no has temido arrostrar peligros e infamias? ¿No
-querías, hace un momento, arrojar al agua esas alhajas y esa bolsa, a
-las cuales apenas si has echado una ojeada? ¿Qué significa esto?
-
-Al llegar al muelle del pequeño Neva, en la plaza de Basilio Ostroff,
-se detuvo cerca del puente.
-
---¿Qué es esto? No parece sino que las piernas me han conducido por
-sí mismas al alojamiento de Razumikin. ¡La misma historia que el otro
-día! ¡Es curioso!... Marchaba sin objeto, y el azar me conduce aquí. No
-importa. ¿No decía yo anteayer que iría a verle al día siguiente del
-golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No podré hacer ahora yo ni una visita?
-
-Y subió al quinto piso en que vivía su amigo.
-
-Estaba éste en una habitación muy reducida y se disponía a escribir; él
-mismo abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían visto desde hacía
-cuatro meses. Envuelto en una bata toda desgarrada y mugrienta, en
-zapatillas y sin calcetines, con los cabellos enmarañados, Razumikin
-estaba sin afeitar y sin lavar. En su rostro se pintó el más vivo
-estupor.
-
---¡Caramba! ¿Tú por aquí?--exclamó, mirándole de pies a cabeza,
-e interrumpiéndose empezó a silbar--. ¿Es posible que tan mal
-vayan los negocios? La verdad es que aventajas en elegancia a este
-servidor--continuó después de haber echado una ojeada sobre los harapos
-de su compañero--. Vamos, siéntate, pues observo que estás cansado.
-
-Cuando Raskolnikoff se hubo dejado caer en un diván más estropeado que
-el suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza de su amigo.
-
---¿Sabes que estás enfermo de verdad?
-
-Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff apartó vivamente la mano.
-
---Es inútil--dijo--. He venido porque... no tengo lecciones... y
-quisiera... ¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?
-
---¿Sabes una cosa? Que estás disparatando--observó Razumikin mirando
-atentamente a su amigo.
-
---No, no disparato--repuso levantándose Raskolnikoff.
-
-Cuando subía a casa de Razumikin no había pensado en que iba a
-encontrarse frente a frente con su compañero. Una entrevista, con
-quienquiera que fuese, le repugnaba, y rebosando de hiel, estaba a
-punto de estallar de cólera contra sí mismo desde que hubo franqueado
-el umbral de Razumikin.
-
---¡Adiós!--dijo bruscamente, y se dirigió hacia la puerta.
-
---¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado que eres raro!
-
---Es inútil--replicó el otro, retirando la mano que su amigo le había
-tomado.
-
---Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has perdido la cabeza? Esto es casi
-una ofensa y no te dejaré marchar.
-
---Pues bien, escucha. He venido a tu casa porque no conozco a nadie más
-que a ti que pueda ayudarme a comenzar... Pero ahora veo que no me hace
-falta nada, ¿entiendes?, absolutamente nada... No tengo necesidad de
-los servicios ni de las simpatías de nadie; me basto a mí mismo. ¡Que
-me dejen en paz es lo que deseo!
-
---¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás que escucharme mal que te
-pese. Tampoco yo tengo lecciones, ni las quiero; pero en cambio he
-descubierto un editor, Kheruvimoff, que, en su género, es toda una
-lección. No lo cambiaría por cinco lecciones en casas de comerciantes.
-Publica libritos sobre ciencias naturales, que se pelea la gente por
-comprarlos. El toque está en encontrar los títulos. Tú solías decir
-que yo era tonto; pues ahí tienes, hay quien es más tonto que yo. Mi
-editor, que no conoce siquiera el silabario, se ha puesto al tono del
-día. Por supuesto que yo le animo... Aquí tienes estas dos hojas y
-media de una revista alemana; me parecen de la charlatanería más necia
-que puedas imaginarte. El autor estudia la cuestión de averiguar si
-la mujer es un hombre, y claro está, se decide por la afirmación y la
-demuestra de una manera incontestable. Estoy traduciendo este folleto
-para Kheruvimoff, que lo juzga de actualidad ahora que tan en boga
-está la cuestión feminista. Publicaremos seis hojas con las dos hojas
-y media del original alemán, le pondremos un título rimbombante que
-ocupará media página, y lo venderemos a cincuenta kopeks. ¡Será un
-éxito! La traducción se me paga a razón de seis rublos por hoja, lo que
-hace un total de quince rublos; he cobrado seis por adelantado. Vamos a
-ver, ¿quieres traducir la segunda hoja? Si quieres, toma el original,
-pluma y papel, todo ello corre de cuenta del Estado, y permíteme que te
-ofrezca tres rublos. Como yo he recibido seis, por la primera y segunda
-hoja, te corresponden tres, y cobrarás otros tantos cuando hayas
-terminado la traducción. No me lo agradezcas. En cuanto te he visto
-he pensado en utilizarte. En primer lugar, yo no estoy muy fuerte en
-ortografía y además conozco muy superficialmente el alemán; de modo que
-a menudo todo lo que escribo es de mi cosecha. Me consuelo con la idea
-de que de ese modo añado bellezas al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me
-hago ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?
-
-Raskolnikoff tomó en silencio las hojas del folleto alemán y los tres
-rublos y salió sin decir palabra. Razumikin le siguió con una mirada de
-asombro; pero apenas Raskolnikoff hubo llegado a la primera esquina,
-volvió sobre sus pasos, subió a casa de su amigo, depositó en la mesa
-las páginas del folleto y los tres rublos y salió de nuevo sin despegar
-los labios.
-
---¡Tú estás loco!--vociferó Razumikin, ya colérico--. ¿Qué comedia
-estás representando? ¡Me haces salir de mis casillas! ¿A qué demonios
-has venido?
-
---No tengo necesidad de traducciones--murmuró Raskolnikoff empezando ya
-a bajar la escalera.
-
---Entonces, ¿de qué tienes necesidad?--le gritó Razumikin desde el
-rellano de su puerta.
-
-El otro, callado, siguió bajando.
-
---Dime siquiera dónde vives.
-
-Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.
-
---¡Ea! ¡vete a freír espárragos!
-
-Raskolnikoff estaba ya en la calle.
-
-El joven llegó a su casa al anochecer, sin que pudiera recordar por
-dónde había ido. Temblando como un caballo fatigado se desnudó, se echó
-en el diván y después de haberse cubierto con el sobretodo se quedó
-dormido...
-
-Era ya completa la obscuridad cuando le despertó un estrépito horrible.
-¡Qué escena tan espantosa debía desarrollarse cerca de él! Eran
-gritos, gemidos, rechinar de dientes, lágrimas, golpes, injurias como
-nunca había oído. Asustado, se sentó en el lecho; su terror crecía
-por momentos, porque a cada instante el ruido de los porrazos, las
-quejas, los insultos, llegaban más distintamente a sus oídos. Con
-extraordinaria sorpresa reconoció la voz de su patrona.
-
-La pobre mujer gemía, suplicaba con tono doliente. ¡Imposible
-comprender lo que decía, pero sin duda suplicaba que no le pegasen más!
-La estaban maltratando implacablemente en la escalera. El hombre brutal
-que le pegaba gritaba de tal modo, con voz sibilante entrecortada
-por la cólera, que sus palabras eran ininteligibles. De repente,
-Raskolnikoff empezó a temblar como la hoja en el árbol; acababa de
-reconocer aquella voz; era la de Ilia Petrovitch.
-
---¡Ilia Petrovitch ha venido y está pegando a la patrona! ¡Le da
-puntapiés y coscorrones contra los peldaños de la escalera! Es seguro,
-no me engaño; el ruido de los golpes, los gritos de la víctima lo
-indican bien a las claras, dicen lo que está pasando; pero, ¿por qué?
-El mundo está revuelto.
-
-De todos los pisos acudían a la escalera; se oían voces y
-exclamaciones. La gente subía, las puertas se abrían violentamente o se
-cerraban con estrépito.
-
---Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?--decía creyendo seriamente que
-la locura tomaba posesión de su cerebro.
-
-Mas no, percibía distintamente aquellos ruidos...
-
---Si es así, van a venir a mi casa, porque todo ello seguramente es por
-lo de ayer... ¡Oh Señor!
-
-Intentó echar el picaporte, pero no tuvo fuerzas para levantar el
-brazo; por otra parte, comprendía que de nada le serviría cerrar la
-puerta; el terror le helaba el alma...
-
-Al cabo de diez minutos cesó poco a poco el estrépito: la patrona
-gemía, Ilia Petrovitch continuaba vomitando injurias y amenazas.
-Finalmente, se calló también y no se oyó más.
-
---¿Se había marchado? Sí. También se va la patrona; todavía llora, pero
-la puerta de su habitación se cierra violentamente... Los inquilinos
-dejan la escalera para retirarse a sus respectivos cuartos; lanzan
-exclamaciones; se llaman unos a otros; tan pronto gritan como hablan
-en voz baja. Debían de ser muchos... Han tenido que acudir todos los
-vecinos. Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible? ¿Por qué, por qué ha
-venido aquí ese hombre?
-
-Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas en el diván, pero ya no pudo
-dormir; durante media hora se sintió acometido de un espanto como
-nunca lo había sentido. De pronto, viva luz iluminó su estancia.
-Anastasia entraba con una bujía y un plato de sopa. La criada le miró
-atentamente, y convencida de que no dormía, colocó la luz sobre la mesa
-y fué poniendo en ésta, pan, sal, un plato y una cuchara.
-
---Creo que no has comido desde ayer. Andas vagando por esas calles de
-Dios a pesar de la fiebre...
-
---Anastasia, ¿por qué han pegado a la patrona?
-
-La criada le miró fijamente.
-
---¿Que han pegado a la patrona?
-
---Hace poco... cosa de media hora. Ilia Petrovitch, el ayudante del
-comisario de policía le ha pegado, en la escalera... ¿Por qué la ha
-maltratado de este modo? ¿Por qué ha venido?
-
-Anastasia frunció el entrecejo, y sin decir palabra contempló durante
-largo rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva el joven se quedó
-turbado.
-
---Anastasia, ¿por qué no me contestas?--preguntó tímida y débilmente.
-
---Es la sangre--murmuró la sirvienta como hablando consigo misma.
-
---¡La sangre!... ¿Qué sangre?--balbució Raskolnikoff poniéndose más
-pálido aún de lo que estaba y andando hacia atrás hasta la pared.
-
-Anastasia continuaba observándole sin despegar los labios.
-
---Nadie ha pegado a la patrona--dijo, al fin, con sequedad.
-
-El joven la miró, respirando apenas.
-
---Si lo he oído... Si no dormía... Estaba sentado en el diván--repuso
-con voz más temblorosa aún--. He escuchado durante largo rato... Ha
-venido el ayudante de policía. Ha salido la gente de todos los cuartos
-a la escalera...
-
---Nadie ha venido. Es la sangre la que grita en ti. Cuando no tiene
-salida se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones... ¿Vas a comer?
-
-El joven no respondió, y Anastasia, sin salir de la habitación, le
-miraba con ojos furiosos.
-
---Dame agua.
-
-La sirvienta bajó, y dos minutos después volvía a subir con un jarro
-lleno de agua. A partir de este momento se interrumpieron los recuerdos
-de Raskolnikoff. Se acordaba únicamente de que había bebido un buche de
-agua fría desmayándose en seguida.
-
-
-III
-
-Sin embargo, todo el tiempo que duró su enfermedad, nunca estuvo
-privado por completo del sentido: hallábase en un estado febril
-semi-inconsciente y solía delirar. Más tarde se acordó de muchas cosas:
-ora le parecía que varios individuos estaban reunidos en torno suyo;
-querían apoderarse de él y llevarle a alguna parte, y con este motivo
-disputaban vivamente; ora se veía de repente solo en su habitación;
-todo el mundo se había marchado, tenían miedo de él. De vez en cuando
-la puerta se abría, y le miraban disimuladamente, le amenazaban, reían
-y se consultaban, y él se ponía colérico, se daba cuenta a menudo de
-la presencia de Anastasia a su cabecera; veía también a un hombre
-que debía de serle muy conocido, pero, ¿quién era? Jamás conseguía
-dar un nombre a aquella figura, y esto le entristecía hasta el punto
-de arrancarle lágrimas. A veces se figuraba que estaba en cama hacía
-un mes; en otros momentos le parecía que todos los incidentes de su
-enfermedad habían ocurrido en un solo día; pero _aquello_, _aquello_
-lo había olvidado por completo. Cierto que a cada instante pensaba
-que se había olvidado de algo de que hubiera debido acordarse, y se
-atormentaba, hacía penosos esfuerzos de memoria, gemía, se ponía
-furioso o sentía un terror invencible. Entonces se incorporaba en su
-lecho, quería huir, pero alguien le retenía a la fuerza. Estas crisis
-le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento. Al fin recobró por
-completo el uso de sus sentidos.
-
-Eran las diez de la mañana. Cuando hacía buen tiempo, el sol entraba
-en la habitación a esa hora, proyectando una ancha faja de luz por el
-muro de la derecha alumbrando el rincón próximo a la puerta. Anastasia
-se hallaba delante del lecho del enfermo, acompañada de un individuo a
-quien él no conocía, y que le observaba con mucha curiosidad. Era un
-joven de barba naciente, vestido con un caftán, y que parecía ser un
-_artelchtchit_[13].
-
- [13] Miembro de una sociedad de obreros o de empleados.
-
-Por la puerta entreabierta miraba la patrona. Raskolnikoff se incorporó
-un poco.
-
---¿Quién es, Anastasia?--preguntó, señalando al joven.
-
---¡Ha vuelto en sí!--dijo la criada.
-
---¡Ha vuelto en sí!--repitió el _artelchtchit_.
-
-Al oír estas palabras, la patrona cerró la puerta y desapareció. A
-causa de su timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones.
-Aquella mujer, que contaba ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros,
-curvas muy pronunciadas, y el conjunto de su persona resultaba bastante
-agradable. Buena como suelen ser las personas gruesas y perezosas, era,
-además, excesivamente pudorosa.
-
---¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff dirigiéndose al
-_artelchtchit_.
-
-En aquel momento se abrió la puerta, dando paso a Razumikin, que
-penetró en la habitación, inclinándose un poco a causa de su alta
-estatura.
-
---¡Vaya un camarote de barco!--exclamó al entrar--. Siempre doy con la
-cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una habitación! ¡Vamos, amigo
-mío, has recobrado ya el sentido, según me acaban de decir!
-
---Sí, ha recobrado el sentido--repitió como un eco el dependiente,
-sonriéndose.
-
---¿Quién es usted?--interrogó bruscamente Razumikin--. Yo me llamo
-Razumikin, soy estudiante, hijo de noble familia; el señor es amigo
-mío. ¡Vamos, ahora dígame usted quién es!
-
---Estoy empleado en casa del comerciante Chelopaief, y vengo aquí para
-cierto asunto...
-
---Siéntese usted en esta silla--dijo Razumikin ocupando él otra
-al lado opuesto de la mesa--. Has hecho muy bien en recobrar el
-conocimiento--añadió, volviéndose hacia Raskolnikoff--. Cuatro días
-hace, puede decirse, que no has comido ni bebido nada; apenas tomabas
-un poco de te, que te daban a cucharaditas. He traído aquí dos veces a
-Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te ha examinado muy atentamente,
-y ha dicho que no tenías nada. Afirma que tu enfermedad es una simple
-debilidad nerviosa, resultado de la mala alimentación, pero no reviste
-gravedad ninguna.
-
---¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas asombrosas! Pero no quiero
-abusar de su tiempo--añadió Razumikin, dirigiéndose de nuevo al
-empleado--. ¿Quiere usted decirnos el motivo de su visita? Advierte,
-Rodia, que es la segunda vez que vienen ya de esa casa; pero no fué el
-señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo el otro día?
-
---El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch, también empleado de la
-casa.
-
---Tiene la lengua más expedita que usted, ¿verdad?
-
---Sí. Es un hombre de más capacidad.
-
---¡Modestia digna de elogio! Vamos, siga usted.
-
---Pues bien; por orden de la madre de usted, Anastasio Ivanovitch
-Vakruchin, de quien, sin duda, habrá oído hablar más de una vez, envía
-a usted dinero que nuestra casa tiene el encargo de entregarle--dijo
-el empleado encarándose ya directamente con Raskolnikoff--. Si posee
-usted la cédula de reconocimiento, hágase usted cargo de estos treinta
-y cinco rublos que Semenovitch ha recibido para usted de Anastasio
-Ivanovitch, por orden de su madre. Ha debido usted tener aviso del
-envío de esa cantidad.
-
---Sí; me acuerdo... Vakruchin...--dijo Raskolnikoff, procurando hacer
-memoria.
-
---¿Quiere usted firmarme el recibo?
-
---Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí su libro?--dijo Razumikin.
-
---Sí, aquí está.
-
---Démelo usted. Vamos, Rodia; un esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te
-sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu nombre; en nuestros tiempos, el
-dinero es la miel de la humanidad.
-
---Yo no tengo necesidad de dinero--dijo Raskolnikoff, rechazando la
-pluma.
-
---¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de dinero?
-
---No firmo.
-
---¡Pero si tienes que dar un recibo!
-
---No tengo necesidad de dinero.
-
---¿No tienes necesidad de dinero?--repitió Razumikin--. Amigo mío,
-faltas a la verdad, doy fe. No se impaciente usted, se lo ruego; no
-sabe lo que dice... Está todavía en el país de los sueños... Cierto
-es, sin embargo, que suele ocurrirle lo mismo cuando está despierto...
-Usted es un hombre de buen sentido; le llevaremos la mano y firmará.
-Vamos, ayúdeme usted.
-
---No; puedo volver otra vez.
-
---De ningún modo. ¿Por qué se ha de molestar? Usted es un hombre
-razonable... Ea, Raskolnikoff, no detengas por más tiempo a este
-señor... ya ves que te espera.
-
-Y Razumikin se dispuso a llevar la mano a Raskolnikoff.
-
---Deja; lo haré yo solo--dijo éste.
-
-Tomó la pluma, y firmó en el libro. El dependiente entregó el dinero y
-se marchó.
-
---¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres comer?
-
---Sí--respondió Raskolnikoff.
-
---¿Hay sopa?
-
---Algo queda de ayer--respondió Anastasia que no había salido de la
-habitación durante toda esta escena.
-
---¿Sopa de arroz con patatas?
-
---Sí.
-
---Estaba seguro de ello. Ve a buscar la sopa, y danos también te.
-
---Bueno.
-
-Raskolnikoff miraba a su amigo con profunda sorpresa y terror estúpido.
-Resolvió callarse y esperar.
-
---Me parece que no deliro--pensaba--; todo esto es muy real.
-
-Al cabo de diez minutos Anastasia volvía con la sopa y anunció que
-serviría después el te. Trajo también dos cucharas, dos platos y el
-servicio correspondiente de mesa: sal, mostaza para tomarla con la
-carne, etc.; nunca había estado tan bien puesta la mesa desde hacía
-largo tiempo; hasta el mantel era limpio.
-
---Anastasia--dijo Razumikin--, Praskovia Pavlovna no haría mal en
-enviarnos un par de botellas de cerveza. Asegúrale que no quedará ni
-gota.
-
---De nada te privas--murmuró la criada y fué a hacer el encargo.
-
-El enfermo continuaba observándolo todo con inquieta atención.
-Razumikin se sentó a su lado en el diván. Con la gracia de un oso
-sostenía, apoyada en el brazo izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff, que
-no tenía ninguna necesidad de este auxilio, y con la mano derecha le
-llevaba a la boca cucharadas de sopa, después de soplarlas muchas veces
-para que su amigo no se quemase al tragarlas, a pesar de que la sopa
-estaba bastante fría. Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas;
-pero Razumikin suspendió bruscamente la comida de su amigo, declarando
-que para tomarla era preciso consultar con Zosimoff.
-
-En aquel momento entró Anastasia llevando las dos botellas de cerveza.
-
---¿Quieres te?
-
---Sí.
-
---Ve en seguida a buscar te, Anastasia, porque en lo tocante a esta
-infusión, opino que no hace falta el permiso de la Facultad. Aquí está
-la cerveza.
-
-Se volvió a sentar en su silla, se acercó la sopera y la carne y se
-puso a devorar con tanto apetito como si no hubiese comido en tres días.
-
---Ahora, amigo Rodia, como todos los días en esta casa--murmuró con la
-boca llena--. Praskovia, tu amable patrona, me trata a cuerpo de rey;
-me tiene mucha consideración, y, es claro, yo me dejo querer. ¿Para
-qué protestar? Aquí está Anastasia con el te. Es lista esta muchacha.
-Anastasia, ¿quieres cerveza?
-
---¿Te burlas de mí?
-
---¿Pero un poco de te sí tomarás?
-
---Eso sí.
-
---Sírvete, o más bien, no, espera; yo te serviré. Siéntate a la mesa.
-
-Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente dos tazas, después dejó
-su almuerzo y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo mismo que
-cuando la sopa, Razumikin empleó todo género de atenciones delicadas
-para que Raskolnikoff tomara el te. Este último se dejaba mimar sin
-decir palabra, aunque se sentía en estado de permanecer sentado en
-el diván sin el auxilio de nadie, de tener en la mano la taza y la
-cuchara y hasta de andar; pero con cierto maquiavelismo extraño y casi
-instintivo, se había decidido súbitamente a fingirse débil y simular
-cierta imbecilidad, teniendo, sin embargo, los ojos y los oídos en
-acecho. Al cabo, su disgusto fué más fuerte que su resolución; después
-de haber tomado diez cucharadas de te, el enfermo apartó la cabeza con
-un brusco movimiento, rechazó caprichosamente la cuchara y se dejó caer
-sobre la almohada. Esta palabra no era ya una metáfora. Raskolnikoff
-tenía ahora bajo la cabeza una buena almohada de plumas, con una funda
-muy limpia. Este detalle habíalo advertido el joven y no dejaba de
-preocuparle.
-
---Es preciso que Praskovia nos envíe conserva de frambuesa para
-preparar la bebida a Raskolnikoff--dijo Razumikin volviendo a sentarse
-en su sitio y reanudando su interrumpido almuerzo.
-
---¿Y dónde va a buscar la frambuesa?--preguntó Anastasia que, teniendo
-el platillo entre sus dedos separados, tomaba sorbos de te «al través
-del azúcar».
-
---Querida, tu ama la comprará en una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha
-pasado aquí toda una historia. Cuando te escapaste de mi casa como
-un ladrón sin decirme dónde vivías, me incomodé tanto, que resolví
-encontrarte para tomar de ti una venganza ejemplar. Aquel mismo día
-me puse en campaña. ¡Lo que tuve que correr y preguntar! Se me habían
-olvidado tus nuevas señas, por la sencilla razón de que no las había
-sabido nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento, sólo me acordaba de
-que habitabas en los Cinco Rincones, en casa de Kharlamoff. Me lancé
-sobre esta pista, descubrí la casa de Kharlamoff, que no es la casa de
-Kharlamoff sino la de Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla uno con los
-nombres propios. Estaba furioso; al día siguiente, fuí a la oficina de
-Direcciones, sin confiar nada en el resultado de esta diligencia. Pues
-bien, figúrate mi asombro cuando en dos minutos me dieron la indicación
-de tu domicilio. Estás inscrito allí.
-
---¿Que estoy inscrito?
-
---¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron dar las señas del general
-Kobeleff a uno que las pedía. Apenas llegué aquí cuando me enteré de
-todos tus asuntos, sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo; Anastasia te lo
-dirá: he trabado conocimiento con Nikodim Fomitch; he sido presentado
-a Ilia Petrovitch, he entrado en relaciones con el _dvornik_, con
-Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe de la Cancillería, y, en fin,
-con la misma Pashenka; ése ha sido el golpe final. Pregúntaselo a
-Anastasia.
-
---Por fuerza la has embrujado--murmuró la criada con una sonrisa
-maliciosa.
-
---Fué una lástima, querido amigo, que desde el principio no te
-entendieses con ella. No debías haber procedido de este modo con
-Pashenka. Tiene un carácter muy extraño... pero ya hablaremos otro día
-de su carácter. Dime, ¿qué hiciste para que te cortase los víveres?
-¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco cuando lo firmaste. ¡Y el
-proyecto de matrimonio cuando vivía su hija Natalia Egorovna!... Estoy
-al corriente de todo. Pero veo que toco una cuerda muy delicada y que
-soy un burro. Perdóname. Mas, a propósito de tonterías, ¿no te parece
-que Praskovia Pavlovna es menos tonta de lo que a primera vista parece?
-
---Sí--balbuceó, mirándole de reojo, Raskolnikoff.
-
-No comprendía que hubiera sido mejor seguir la conversación.
-
---¿Verdad que sí?--exclamó Razumikin--. ¿No es una mujer muy
-inteligente? Es un tipo muy original. Te aseguro, querido Rodia, que
-no la entiendo. Ha entrado ya en los cuarenta y no confiesa más que
-treinta y seis... Cosa que puede hacer sin temor a que la desmientan.
-Te aseguro que sólo puedo juzgarla desde el punto de vista intelectual,
-porque nuestras relaciones son las más singulares que puedes
-imaginarte. Repito que no la entiendo. Volviendo a nuestro asunto, ha
-sabido que dejaste de ir a la Universidad y que estás sin lecciones
-ni vestidos. Además, desde la muerte de su hija no había motivo para
-que te considerase como de su familia; en tales condiciones le ha
-asaltado cierta inquietud. Tú, por tu parte, en lugar de conservar con
-ella las relaciones de otro tiempo, vivías retirado en tu rincón, y,
-naturalmente, quería que te marchases. Pensaba desde hacía tiempo en
-eso; pero como le habías firmado un pagaré, asegurándole, además, que
-tu madre pagaría...
-
---He cometido una bajeza al decirle tal cosa... Mi madre está en la
-miseria. Yo mentía para que me siguiesen dando hospedaje y comida--dijo
-Raskolnikoff con voz entrecortada y vibrante.
-
---Tenías razón al hablar como hablaste; pero la intervención de
-Tchebaroff, curial y hombre de negocios, lo ha echado todo a rodar.
-Si no hubiera sido por éste, Pashenka no hubiera emprendido nada
-contra ti. Es demasiado tímida para hacer eso. En cambio, el hombre
-de negocios no es tímido y en seguida ha entablado la demanda. ¿El
-firmante de la letra es persona solvente? Respuesta: sí, porque su
-madre, aunque no posee más que una pensión de ciento veinticinco
-rublos, se quedaría sin comer con tal de sacar a Rodión de semejante
-apuro, y tiene además una hermana que se vendería como esclava por
-su hermano. El señor Tchebaroff se ha fundado en este cálculo. ¿Por
-qué te agitas? Adivino, amigo mío, lo que estás pensando; no tenías
-inconveniente en refugiarte en el seno de Pashenka cuando podía ver
-en ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto que el hombre honrado
-y sensible se abandona a las confidencias, el hombre de negocios
-las recoge y hace su agosto. En suma; le entregó la letra a ese
-Tchebaroff, que no se ha andado por las ramas. Cuando lo supe, quise,
-para la tranquilidad de mi conciencia, tratar también al hombre de
-negocios por la electricidad; pero, entretanto, se ha establecido
-perfecta armonía entre Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento
-respondiendo de tu deuda. ¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador
-por ti. He hecho venir a Tchebaroff, se le ha tapado la boca con diez
-rublos y ha devuelto el papel que tengo el honor de presentarte. Ahora,
-no eres más que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.
-
---¿Eres tú a quien no conocía cuando deliraba?--preguntó Raskolnikoff,
-después de una pausa.
-
---Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado alguna crisis violenta, sobre
-todo cuando he venido con Zametoff.
-
---¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?... ¿Por qué lo has traído?...
-
-Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff cambiaba de posición y fijó
-los ojos en Razumikin.
-
---¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras? Deseaba conocerte y quiso venir
-porque habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo, de otra manera, hubiera
-sabido yo tantas cosas acerca de ti? Es un buen muchacho, amigo mío;
-maravilloso, claro que en su género; ahora somos amigos; nos vemos
-todos los días porque acabo de transportar mis penates a ese barrio.
-¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente. He ido dos veces con él
-a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa? Luisa Ivanovna...
-
---¿He disparatado mucho durante mi delirio?
-
---Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.
-
---¿Qué es lo que decía?
-
---¿Que qué decías? Ya se sabe lo que puede decir un hombre que no está
-en sus cabales... Pero no estamos aquí para perder el tiempo, sino para
-ocuparnos en nuestros asuntos.
-
-Y así diciendo se levantó tomando su gorra.
-
---¿Qué es lo que decía?
-
---¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes haber dejado escapar algún secreto?
-tranquilízate; de tus labios no ha salido ninguna palabra acerca de la
-cuestión, pero has hablado mucho de un _bulldog_, de pendientes, de
-cadenas de reloj, de la isla de Krestovsky, de un _dvornik_... ¡qué sé
-yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch, el ayudante, salían a relucir
-en tu delirio. Además hablabas mucho de una de tus botas, no cesabas
-de decir llorando: ¡dámela! Zametoff la estuvo buscando por todos
-los rincones, y cuando encontró esa alhaja, no tuvo inconveniente en
-tomarla con sus blancas manos cubiertas de sortijas y tan perfumadas...
-Entonces fué cuando te calmaste, no soltándola durante veinticuatro
-horas. Imposible quitártela. Aun debe estar ahí, debajo de la
-colcha. También pedías las tiras del pantalón, ¡y con qué lágrimas!
-Hubiéramos deseado saber qué interés tenían para ti esas tiras; pero no
-entendíamos ni una sola de tus palabras. Ahora vamos a nuestro asunto.
-Aquí tienes treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro de dos horas
-volveré y te daré cuenta del empleo que habré hecho de ellos. De paso
-entraré en casa de Zosimoff; ya debería estar aquí, porque son las once
-dadas. Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia, de que a éste no le
-falte nada y procura prepararle algo para beber... Ahora voy a dar por
-mí mismo instrucciones a Pashenka. Hasta la vista.
-
---¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto un bribón como ése?--dijo la
-sirvienta cuando el joven, girando sobre sus talones, abandonó el
-cuarto, y saliendo también ella, se puso a escuchar detrás de la
-puerta; pero al cabo de un instante no pudo permanecer allí y descendió
-muy apresuradamente, deseosa de saber qué hablaba Razumikin con la
-patrona. Era evidente que Anastasia sentía verdadera admiración por el
-estudiante.
-
-Apenas la criada había cerrado la puerta, el enfermo, echando a un lado
-la colcha, saltó del lecho como loco. Había esperado con impaciencia
-febril para poner mano a la obra. ¿A qué obra? Era el caso que, en
-aquel instante, no se acordaba de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente una
-cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran? Quizá ya estén enterados,
-pero fingen ignorarlo, porque me ven enfermo. Esperarán a que esté
-restablecido para quitarse la máscara: me dirán entonces que lo sabían
-todo desde hace largo tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que hacer
-ahora? Si era una cosa urgente... la he olvidado y pensaba en ella hace
-un minuto.»
-
-Estaba en pie en medio de la habitación, presa de dolorosa perplejidad.
-Se acercó a la puerta, la abrió y aplicó el oído; mas, ¿para qué? De
-repente pareció que recobraba la memoria; acudió al rincón en que la
-tapicería estaba desgarrada, introdujo la mano en el agujero y lo
-escudriñó. Mas no era tampoco aquello de lo que quería acordarse; abrió
-la estufa y estuvo escarbando las cenizas; los bordes cortados del
-pantalón y el forro del bolsillo se encontraban allí, conforme los echó
-antes el joven; de modo que nadie había hurgado en la estufa. Se acordó
-entonces de la bota, de la que le había hablado Razumikin. La bota
-estaba en el sofá, bajo la colcha, pero, desde el crimen había sufrido
-tantos frotamientos y manchádose con tanto lodo, que sin duda Zametoff
-no había podido notar nada.
-
---¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de policía! Pero, ¿por qué se
-me cita a esa oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah, sí, estoy
-confundido! Fué el otro día cuando se me hizo ir; examiné entonces
-también la bota; pero ahora, ahora he estado enfermo. Mas, ¿por qué
-ha venido aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído Razumikin?--murmuraba
-Raskolnikoff, sentándose fatigado en el sofá--. ¿Qué pasa? ¿Estoy
-delirando, o veo las cosas como son? Me parece que no sueño. ¡Oh! ahora
-recuerdo... Es preciso partir, partir en seguida; no hay más remedio
-que alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde está mi ropa? No tengo botas.
-Se las han llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo. Aquí está mi
-gabán. No se han fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa! ¡Gracias
-a Dios! La letra de cambio aquí también... Voy a tomarlo y a salir.
-Alquilaré otro cuarto y no me encontrarán... Pero, ¿y la oficina de
-Direcciones? Acabarán por descubrirme... Sí... Razumikin sabrá dar
-conmigo. Mejor será expatriarme, irme lejos, a América: allí me reiré
-de ellos. Tengo que llevarme la letra de cambio... Me servirá. ¿Que más
-necesito? Me creen enfermo, piensan que no me encuentro en estado de
-andar, ¡ja, ja! He leído en sus ojos que lo saben todo. No tengo más
-que bajar la escalera. Pero, ¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo
-me encontrase con los agentes de policía?... ¿Qué es esto?... ¿Te...?
-También ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.
-
-Tomó la botella que aun contenía lo bastante para llenar un gran vaso
-y lo vació de un trago con verdadero placer, porque tenía ardiendo el
-estómago. Pero un minuto después prodújole la cerveza zumbidos en las
-sienes y un ligero escalofrío no del todo desagradable en la espina
-dorsal. Se acostó y tapó con la colcha. Sus ideas vagas e incoherentes
-se embrollaban cada vez más. Bien pronto sintió gran pesadez en los
-párpados, apoyó con placer la cabeza en la almohada, se tapó muy bien
-con la blanca colcha que había reemplazado y su harapiento gabán y se
-quedó profundamente dormido.
-
-Se despertó al oír ruido de pasos y vió a Razumikin que acababa de
-abrir la puerta, pero que dudaba si penetrar o no en la habitación y
-permanecía de pie en el umbral.
-
-Raskolnikoff se levantó vivamente y miró a su amigo con la expresión de
-un hombre que trata de recordar algo.
-
---Puesto que no duermes, aquí me tienes. Anastasia, sube el
-paquete--gritó Razumikin a la criada que estaba abajo--; voy a darte
-mis cuentas.
-
---¿Qué hora es?--preguntó el enfermo, dirigiendo en torno suyo una
-mirada inquieta.
-
---¡Buena siesta, amigo mío! Van a dar las seis y eran las doce cuando
-te dormiste. Así, tu sueño ha durado seis horas.
-
---¡Señor! ¡Cómo he podido dormir tanto rato!
-
---¿De qué te quejas? Este sueño te sentará bien. ¿Tenías algún negocio
-urgente? ¿Una cita quizás? Ahora todo el tiempo nos pertenece. Tres
-horas hace que esperaba a que te despertases. Dos veces he entrado y
-tú duerme que duerme. Otras dos veces he estado en casa de Zametoff;
-había salido; pero no importa, vendrá. Además he tenido que ocuparme
-en mis asuntos. He cambiado hoy de domicilio y he mudado todos mis
-trastos, incluso mi tío, porque te advierto que tengo al presente a un
-tío en mi casa... Pero basta, volvamos a nuestro asunto. Trae acá el
-paquete, Anastasia. Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo estás?
-
---Me siento bien, ya no estoy enfermo. ¿Hace mucho tiempo que estás
-aquí, Razumikin?
-
---Acabo de decirte que he estado tres horas esperando a que te
-despertases.
-
---No hablo de ahora sino de antes.
-
---¿Cómo de antes?
-
---¿Desde cuándo vienes a esta casa?
-
---Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?
-
-Raskolnikoff hizo un llamamiento a su memoria. Se le presentaban los
-incidentes de aquel día como si los hubiera soñado, y viendo que en
-vano pretendía recordar, interrogó con una mirada a Razumikin.
-
---¡Hum!--dijo éste--; lo has olvidado. Ya me hacía yo cargo de que, la
-otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora el sueño te ha sentado bien.
-Tienes mucho mejor cara. Ya recobrarás la memoria. Ahora, mira, querido
-amigo--y se puso a deshacer el paquete, que era evidentemente el objeto
-de todas sus preocupaciones--. Esto, amigo mío, es lo que más me
-interesaba. Hay que hacer de ti un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos por
-arriba. ¿Ves esta gorra?--dijo, sacando del envoltorio una muy decente,
-aunque ordinaria y de poco valor--. ¿Me dejas que te la pruebe?
-
---No, ahora no, más tarde--contestó Raskolnikoff rechazando a su amigo
-con un gesto de impaciencia.
-
---Tiene que ser ahora mismo, amigo Rodia; tú déjame a mí. Después
-sería demasiado tarde. Además, la inquietud me tendría en vela toda la
-noche, porque he comprado estas prendas al buen tun tun, sin tener la
-medida. ¡Te está perfectamente!--exclamó con aire de triunfo después de
-haberle probado la gorra--. Cualquiera diría que te la han hecho a la
-medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska, lo que me ha costado?--dijo
-encarándose con la criada, viendo que su amigo guardaba silencio.
-
---¿Dos grivnas?--respondió Anastasia.
-
---¡Dos grivnas! ¿Estás loca?--gritó Razumikin--. Ahora por dos grivnas
-no se podría comprar siquiera tu personita. ¡Ocho grivnas y eso porque
-está usada! Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto que estoy
-orgulloso de él--y presentó a Raskolnikoff un pantalón de color ceniza
-de ligera tela de verano--. Ni un agujero, ni una mancha, y todavía
-muy llevable, aunque esté ya usado. El chaleco es del mismo color que
-el pantalón, como lo exige la moda. Por lo demás, estas prendas son
-mejores que nuevas, porque con el uso han adquirido suavidad, son más
-flexibles. Soy de parecer, amigo Rodia, de que para andar por el mundo
-es preciso arreglarse según la estación: las personas razonables no
-comen espárragos en el mes de enero; en mis compras, he seguido ese
-principio... Como estamos en verano, he comprado un vestido de verano.
-Que viene el otoño, te harán falta vestidos de más abrigo y abandonarás
-éstos... con tanta más razón, cuanto que de aquí allá habrán tenido
-tiempo de estropearse... Bueno, a ver si aciertas lo que han costado.
-¿Cuánto te parece? Dos rublos y veinticinco kopeks. Ahora hablemos
-de las botas. ¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad, pero
-desempeñarán muy bien su papel durante dos meses; han sido hechas en
-el extranjero; eran de un secretario de la embajada británica que las
-vendió la semana pasada y que no las ha llevado más que seis días; sin
-duda andaría mal de dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks: son de
-balde.
-
---Pero acaso no le vengan--observó Anastasia.
-
---¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve esto, entonces?--replicó
-Razumikin, sacando del bolsillo una bota vieja de Raskolnikoff, sucia y
-agujereada--. Había tomado mis precauciones. Todo ello se ha hecho muy
-concienzudamente. En cuanto a la ropa blanca ha habido mucho regateo
-con la revendedora; en fin, aquí tienes tres camisas con la pechera de
-moda. Y ahora recapitulemos: gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco,
-dos rublos y veinticinco kopeks; ropa blanca, cinco rublos; botas, un
-rublo cincuenta kopeks. Tengo que devolverte cuarenta y cinco kopeks.
-Toma, guárdalos; de esta suerte cátate ya emperifollado, porque, según
-mi juicio, tu paletó, no solamente puede servir aún, sino que conserva
-mucha distinción: se ve que ha sido hecho en casa de Charmer; en cuanto
-a los calcetines, etc... te dejo el cuidado de que los compres tú. Nos
-quedan veinticinco rublos y no tienes que inquietarte, ni de Pashenka
-ni del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho: se te ha abierto un
-crédito ilimitado, y ahora es necesario que te mudes de ropa blanca,
-porque tu enfermedad está en tu camisa...
-
---Déjame, no quiero--respondió rechazándole Raskolnikoff, cuyo rostro
-había permanecido triste durante el festivo relato de Razumikin.
-
---Es preciso, amigo mío; ¿por qué me he destalonado yo por esas calles?
-Natachiuska, no te la eches de vergonzosa, ayúdame--y a pesar de la
-resistencia de Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.
-
-El enfermo se dejó caer sobre la almohada y no dijo una palabra durante
-dos minutos.
-
---¿No me dejarán tranquilo?--pensaba--. ¿Y con qué dinero se ha
-comprado todo esto?--preguntó en seguida, mirando a la pared.
-
---¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero ha de haber sido? Con el tuyo. Tu
-madre te ha enviado por medio de Vakruchin treinta y cinco rublos que
-te trajeron hace poco. ¿Lo has olvidado, quizá?
-
---Sí, ya me acuerdo--dijo Raskolnikoff después de haberse quedado
-pensativo y sombrío.
-
-Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba con inquietud. Se abrió la
-puerta y entró en la habitación un hombre de alta estatura. Su manera
-de presentarse indicaba la costumbre de visitar la casa de Raskolnikoff.
-
---¡Zosimoff! ¡Por fin!--gritó alegremente Razumikin.
-
-
-IV
-
-El recién venido era un mocetón de veintisiete años, alto y grueso,
-de rostro un poco abotargado, pálido y afeitado cuidadosamente. Tenía
-el cabello de color rubio, casi blanco y cortado en forma de cepillo.
-Usaba lentes y en el índice de su carnosa mano brillaba un grueso
-anillo de oro. Se comprendía que le gustaba usar cómodos vestidos que
-no carecían de cierta elegancia. Llevaba un ancho gabán de verano y
-pantalón claro. La pechera, los puños y cuello eran irreprochables,
-y brillaba sobre su chaleco pesada cadena de oro. Sus modales tenían
-algo de lentos y de flemáticos, aunque hacía esfuerzos para darse aire
-de desenvuelto. Por lo demás, a despecho de su cuidado, se advertía
-en sus maneras algo de afectación. Cuantos le conocían le encontraban
-insoportable; pero le tenían en grande estima como médico.
-
-He estado dos veces en tu casa... ¿Lo estás viendo? Ha recobrado ya los
-sentidos.
-
---Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos hoy?--preguntó Zosimoff a
-Raskolnikoff, mirándole atentamente.
-
-Y al mismo tiempo se sentaba en el extremo del sofá, a los pies del
-enfermo, esforzándose por encontrar un sitio para su enorme persona.
-
---¡Siempre hipocondríaco!--continuó Razumikin--; hace poco, cuando le
-hemos mudado de ropa interior, casi se ha echado a llorar.
-
---Se comprende, lo mismo hubiera sido mudarle luego; no era necesario
-contrariarle... El pulso es excelente, seguimos con un poco de dolor de
-cabeza, ¿no es verdad?
-
---Estoy perfectamente--dijo Raskolnikoff irritado.
-
-Y al pronunciar estas palabras se incorporó de repente en el sofá
-y brillaron sus ojos. Pero un instante después se dejó caer sobre
-la almohada, volviéndose del lado de la pared. Zosimoff le miraba
-atentamente.
-
---¡Muy bien! Nada de particular--dijo con cierta indiferencia--. ¿Has
-tomado algo?
-
-Se le dijo lo que había comido el enfermo y se le preguntó qué podía
-dársele.
-
---Puede tomar lo que quiera, sopa, te... Claro es que quedan prohibidos
-los cohombros y las setas; no conviene tampoco que coma carne... aunque
-esta advertencia es ociosa.
-
-Cambió una mirada con Razumikin y prosiguió:
-
---Nada de pociones ni medicamentos; mañana veremos... Hoy se hubiera
-podido... de todos modos está bien.
-
---Mañana por la tarde le sacaré a dar un paseo--dijo Razumikin--,
-iremos juntos al jardín Yusupoff y después al Palacio de Cristal.
-
---Mañana sería demasiado pronto; pero un paseíto corto... En fin,
-mañana veremos.
-
---Lo que siento es que precisamente hoy inauguro mi nueva vivienda, que
-está a dos pasos de aquí, y desearía que fuese uno de los nuestros,
-aunque tuviese que estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?--preguntó
-Razumikin al doctor--; lo has prometido, no faltes a tu palabra.
-
---Bueno, no podré ir hasta bastante tarde. ¿Das un convite?
-
---¡Nada de convite! Te, aguardiente, arenques y pastas... Una reunión
-de amigos.
-
---¿Y quiénes son tus huéspedes?
-
---Compañeros jóvenes y mi tío, un viejo que ha venido a no sé qué
-negocios a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos vemos una vez cada
-cinco años.
-
---¿En qué se ocupa?
-
---En vegetar en un distrito. Es maestro de postas, cobra una
-pensioncilla y tiene sesenta y cinco años. No hablemos más de él,
-aunque le quiero. Estará también Porfirio Petrovitch, juez de
-instrucción del distrito... un notable jurisconsulto. Tú le conoces.
-
---¿Es también pariente tuyo?
-
---Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas el entrecejo? ¿Crees que porque un
-día tuvisteis no sé qué disputa estás en el caso de no venir?
-
---¡Oh! ¡Me río de él!
-
---Es lo más cuerdo que puedes hacer. Habrá también estudiantes, un
-profesor, un empleado, un músico y un oficial, Zametoff.
-
---Dime, te lo ruego, lo que tú o éste--Zosimoff señaló con un
-movimiento de cabeza a Raskolnikoff--tenéis de común con ese Zametoff.
-
---Pues bien, ya que quieres que te lo diga, entre Zametoff y yo hay
-algo común; traemos cierto negocio entre manos.
-
---Me gustaría saber qué negocio es ése.
-
---A propósito del pintor decorador. Trabajamos porque se le ponga en
-libertad. Creo que lo conseguiremos. El asunto es perfectamente claro;
-nuestra intervención tiene por único objeto apresurar el desenlace.
-
---¿A qué pintor te refieres?
-
---¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es verdad. No te he contado más que
-el principio... Se trata del asesinato de la vieja prestamista sobre
-prendas. Pues bien, el pintor fué detenido como autor del doble crimen.
-
---Sí, antes que me contaras todo eso ya había oído yo hablar de esos
-asesinatos, y, a decir verdad, la cosa me interesa hasta cierto
-punto... He leído algo en los periódicos.
-
---También mataron a Isabel--dijo, de pronto Anastasia, dirigiéndose a
-Raskolnikoff.
-
---¡Isabel!--murmuró el enfermo con voz casi ininteligible.
-
---Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la conocías? Venía a casa de la
-patrona. Por cierto que te hizo una camisa.
-
-Raskolnikoff se volvió del lado de la pared y se puso a contemplar con
-gran atención una de las florecillas blancas de que estaba sembrado
-el papel que tapizaba su habitación. Sentía que se le entumecían los
-miembros, pero no se atrevía a moverse y continuaba con la mirada fija
-en la florecilla de papel.
-
---¿Luego resultan cargos contra ese pintor?--preguntó Zosimoff
-interrumpiendo con manifiesto enojo a la criada, que suspiró y guardó
-silencio.
-
---Sí; pero esos cargos, en rigor, no son tales, y eso es precisamente
-lo que se trata de demostrar. La policía sigue una pista falsa, como
-la siguió al principio cuando sospechó de Koch y Pestriakoff. Por poco
-interés que se tenga en la cuestión, se siente uno indignado al ver
-una sumaria tan neciamente conducida. Pestriakoff vendrá probablemente
-esta noche a mi casa; y, a propósito, Rodia, tú tienes noticia de
-ese crimen; ocurrió el día antes que cayeras enfermo, la víspera de
-tu desmayo en la oficina de policía, precisamente cuando se estaba
-hablando de él.
-
-El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.
-
---Será preciso que yo no te quite el ojo de encima, Razumikin--le
-dijo--; te interesas demasiado por un asunto que no te va ni te viene.
-
---Es posible, pero no importa. Arrancaremos a ese desgraciado de las
-garras de la justicia--exclamó Razumikin, descargando un puñetazo sobre
-la mesa--. Mas no son los errores de esa gente lo que me irritan;
-cualquiera se equivoca. Además, el error es cosa excusable, puesto
-que por medio de él se llega a la verdad; no, lo que me molesta es
-que estando engañados continúan creyéndose infalibles. Yo estimo a
-Porfirio; pero... ¿Sabes lo que en un principio los ha despistado? La
-puerta estaba cerrada; y cuando Koch y Pestriakoff subieron con el
-portero estaba abierta: luego Koch y Pestriakoff son los asesinos.
-¡Vaya una lógica que me gastan!
-
---No te acalores. Los han detenido porque no tenían más remedio que
-detenerlos. Y a propósito, he visto de nuevo a Koch; creo que estaba en
-relaciones de negocios con la vieja. ¿Le compraba los objetos empeñados
-después del vencimiento?
-
---Sí, es un camastrón. Negocia también letras de cambio. El mal
-rato que ha pasado no me importa un comino. Pero me sublevo contra
-los sistemas estúpidos de un procedimiento anticuado... Tiempo es
-ya de emprender un nuevo camino y de renunciar a viejas rutinas.
-Unicamente los datos psicológicos pueden arrojar luz en estos procesos.
-«Tenemos hechos», dicen; pero los hechos no son todo; la manera de
-interpretarlos contribuye por lo menos en una mitad al éxito de un
-sumario.
-
---¿Sabes tú interpretar los hechos?
-
---Mira, es imposible callarse cuando se siente, cuando se tiene la
-íntima convicción de que se puede contribuir al descubrimiento de la
-verdad... ¿Conoces los pormenores de ese asunto?
-
---Me habías hablado no sé qué de un pintor decorador, pero no me has
-contado el suceso.
-
---Pues bien, oye. Dos días después de cometido el asesinato, por la
-mañana, en tanto que la policía procedía contra Koch y Pestriakoff,
-a pesar de las explicaciones perfectamente categóricas dadas por
-ellos, surgió un incidente completamente inesperado. Cierto Dutchkin,
-campesino que tiene una taberna enfrente de la casa del crimen, llevó
-a la comisaría un estuche que encerraba unos pendientes de oro, y
-con tal motivo contó su historia: «Anteayer tarde, poco después de
-las ocho (fíjate en esta coincidencia), Mikolai, un obrero pintor,
-parroquiano de mi establecimiento, fué a suplicarme que le prestase
-dos rublos por los pendientes que contenía el estuche. A mi pregunta:
-«¿Dónde has encontrado esto?», me respondió que en la calle. No le
-pregunté más (es Dutchkin quien habla), y le di un billetito, es decir,
-un rublo, porque dije para mis adentros: si no tomo este objeto lo
-tomará otro, y mejor es que esté en mis manos; si lo reclaman y sé
-que ha sido robado, iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado, al
-hablar de este modo--prosiguió Razumikin--, mentía descaradamente;
-conozco a ese Dutchkin, es un encubridor, y cuando tomó de Mikolai una
-alhaja que valía treinta rublos, no tenía intención de entregarla a la
-policía. Se decidió a ello bajo la influencia del miedo. Pero dejemos a
-Dutchkin continuar su relato: «Desde niño conozco a ese campesino que
-se llama Mikolai Dementieff; es, como yo, del gobierno de Riazan y del
-distrito de Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas veces demasiado.
-Sabíamos que estaban trabajando con Mitrey, que es de su país. Después
-de haber recibido el billetito, Mikolai apuró dos copas, cambió su
-rublo para pagar y se marchó, llevándose el cambio de la moneda. No
-vi a Mitrey con él. Al día siguiente, oímos decir que habían matado
-a hachazos a Alena Ivanovna y a su hermana Isabel Ivanovna. Nosotros
-las conocíamos y entonces nacieron nuestras sospechas a propósito de
-los pendientes, porque sabíamos que la vieja prestaba dinero sobre
-alhajas. Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa de las interfectas
-haciéndome el ignorante, y lo primero que hice fué averiguar si estaba
-allí Mikolai. Mitrey me dijo que su camarada andaba de picos pardos,
-Mikolai entró borracho en su casa por la mañana temprano y diez minutos
-después salió de ella. Desde entonces Mitrey no le había vuelto a ver,
-y, como es consiguiente, trabajaba solo. La escalera que conduce a la
-habitación de las víctimas, es también la del cuarto en que trabajan
-los dos obreros; este cuarto está situado en el segundo piso. Habiendo
-sabido esto, no dije palabra a nadie (es Dutchkin el que habla); pero
-recogí muchas noticias acerca del asesinato y me volví a mi casa
-preocupado siempre con la misma duda. Esta mañana, a las ocho (es
-decir, a las dos horas del crimen, ¿comprendes?), he visto a Mikolai
-entrar en mi establecimiento. Estaba algo bebido, pero no del todo
-borracho, de modo que podía comprender lo que se le dijera. El hombre
-se sentó silenciosamente en un banco. Cuando llegó Mikolai no había
-en la taberna más que un parroquiano que dormía en otro banco; sin
-contar, por supuesto, los dos mozos. «¿Has visto a Mitrey?», pregunté a
-Mikolai. «No, dijo, no le he visto.» «¿Y no has ido a trabajar?» «No he
-ido desde anteayer», respondióme. «¿En dónde has dormido esta noche?»
-«En las Arenas, en casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde has sacado los
-pendientes que me trajiste el otro día?» «Los encontré en la acera»,
-dijo con aire sospechoso, evitando mirarme. «¿Has oído decir que esa
-misma tarde y a la misma hora ha ocurrido algo en el edificio en que
-trabajas?» «No, me contestó, nada sé.» Le cuento todo el suceso, y él
-me escucha abriendo desmesuradamente los ojos. De repente, se pone más
-blanco que la pared, toma la gorra y se levanta. Traté entonces de
-detenerle. «Espera un poco, Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al mismo
-tiempo hago señas a uno de los mozos para que se ponga delante de la
-puerta, mientras yo me aparto del mostrador. Pero adivinando, sin duda,
-mis intenciones, se lanza fuera de la casa, echa a correr y desaparece
-por una bocacalle. Desde aquel momento no tengo la menor duda de que es
-el culpable.
-
---¡Ya lo creo!--dijo Zosimoff.
-
---Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente, la policía se puso a
-buscar por todas partes a Mikolai. Detuvo a Dutchkin y Mitrey e hizo
-varios registros en sus casas; pero hasta anteayer no se ha logrado
-capturar a Mitka, a quien se encontró en una posada del arrabal de***,
-en circunstancias bastante raras. Una vez en esa posada, se quitó su
-cruz que era de plata, la entregó al posadero y pidió un _shkalik_[14]
-de aguardiente. Minutos después, una campesina que acababa de ordeñar
-las vacas, mirando por la rendija del establo, vió al pobre hombre
-haciendo preparativos para ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo a
-su cinturón, lo había atado a una viga del techo; y, subido en una pila
-de madera, trataba de echarse al cuello la lazada. A los gritos de la
-mujer acudió la gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!» «Conducidme,
-dijo, a la oficina de policía; lo confesaré todo.» Se accedió a su
-demanda, y con todos los honores debidos a su clase, se le condujo
-a la comisaría de nuestro barrio, donde se le sometió a un detenido
-interrogatorio. «¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?» «Veintidós años,
-etc.» Pregunta: «Mientras estabas trabajando con Mitrey, ¿no vieron
-ustedes a nadie en la escalera entre tal y cual hora?» Respuesta:
-«Quizá pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y no oyeron ustedes nada?»
-«Nada.» «¿Y tú, Mikolai, no supiste que aquel día y a tal hora habían
-asesinado y robado a la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente
-sabía de eso; tuve la primera noticia anteayer, en la taberna; me la
-dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde encontraste los pendientes?» «En
-la calle.» «¿Por qué al día siguiente no fuiste a trabajar con Mitrey?»
-«Porque quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En diferentes sitios.»
-«¿Por qué escapaste de casa de Dutchkin?» «Porque tenía miedo.» «¿De
-que tenías miedo?» «De la justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la
-justicia no siendo culpable de nada?»
-
- [14] Medida de capacidad equivalente a unos 30 centilitros.
-
-»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás, Zosimoff; pero la cuestión
-se ha planteado literalmente en los términos que te he dicho, lo sé de
-cierto porque se me ha repetido palabra por palabra el interrogatorio.
-¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?
-
---Pero, en fin, ¿hay pruebas?
-
---No se trata ahora de pruebas, sino de las preguntas hechas a Mikolai
-y de la manera que tiene la gente de policía de entender la naturaleza
-humana. Bueno, dejemos esto. Para abreviar: de tal manera atormentaron
-a ese infeliz, que acabó por confesar que no fué en la calle donde
-encontró los pendientes, sino en el cuarto en que trabajaba con Mitrey.
-«¿Cómo los has encontrado?», le preguntan. Y él contesta: «Mitrey y yo
-estuvimos pintando todo el día; eran las ocho e íbamos a marcharnos,
-cuando Mitrey tomó un pincel, me lo pasó por la cara y echó a correr,
-después de haberme untado. Me lancé en su persecución, bajé los
-escalones de cuatro en cuatro gritando como un loco, y en el momento en
-que llegaba abajo con toda la velocidad de mis piernas, di un empujón
-al portero y a unos cuantos señores que se encontraban allí también,
-no recuerdo cuántos. Entonces el portero me injurió, otro portero le
-hizo coro, la mujer del primer piso salió de la portería, donde se
-hallaba, y añadió sus insultos a los que los otros me dirigían. En fin,
-un señor, que entraba en la casa con una señora, nos reprendió, a Mitka
-y a mí, porque estábamos derribados en el suelo delante de la puerta e
-impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka por los cabellos y le pegaba
-puñetazos. El también me tenía agarrado por el pelo y me daba cuantos
-golpes podía, aunque estaba debajo de mí. Hacíamos esto sin reñir, en
-broma, riendo a carcajadas. Luego Mitka logró escapar de mis manos y se
-escurrió a la calle; yo corrí tras él, pero no pude alcanzarle y volví
-solo al cuarto en que trabajábamos para recoger los útiles del oficio.
-Mientras los arreglaba, esperando a Mitka, pues estaba seguro de que
-volvería, vi en un rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta
-en un papel. Quité el papel y encontré un estuche que contenía unos
-pendientes...»
-
---¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás de la puerta, detrás de la
-puerta?--repitió Raskolnikoff mirando espantado a Razumikin y haciendo
-esfuerzos para incorporarse en el sofá.
-
---Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones así?--dijo Razumikin, saltando de
-su asiento.
-
---No, no es nada--respondió Raskolnikoff con voz débil, dejándose caer
-de nuevo sobre la almohada y poniéndose de cara a la pared.
-
-Reinó un silencio de algunos minutos.
-
---Estaba, sin duda, adormilado--dijo Razumikin, interrogando con la
-mirada a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un leve movimiento negativo.
-
---Continúa--dijo el doctor--; ¿y después?
-
---Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo los pendientes no pensó ni en sus
-útiles del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y se fué en seguida a la
-taberna de Dutchkin. Como ya te he dicho, hizo que éste le diera un
-rublo, diciéndole que había encontrado el estuche en la calle, y en
-seguida se fué de holgorio. Mas en lo concerniente al asesinato, su
-lenguaje no varía: «No sé nada, repite constantemente. No tuve noticias
-del crimen hasta el día después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido
-durante todo ese tiempo?» «Porque temía que me vieran.» «¿Y por qué
-querías ahorcarte?» «Porque tenía miedo.» «¿De qué tenías miedo?» «De
-que me procesaran.» Esta es la historia. Ahora bien, ¿qué dirás que
-sacan en conclusión de todo ello?
-
---¿Qué quieres que diga? Existe una presunción, discutible, quizá, pero
-no deja de ser una presunción. ¿Crees tú que debían poner en libertad a
-ese pintor decorador?
-
---Sí, pero es el caso que están convencidos de que es el autor del
-crimen.
-
---Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas de los pendientes. El
-mismo día, pocos instantes después de haberse cometido el crimen,
-los pendientes, que sin duda se hallaban en el baúl de la víctima,
-estaban en manos de Mikolai: has de convenir conmigo en que es preciso
-averiguar cómo llegaron a su poder; es éste un punto que el juez
-instructor no puede por menos que aclarar.
-
---¿Que cómo llegaron a su poder?--exclamó Razumikin--. ¿Que cómo
-llegaron a su poder? Ante todo, doctor, por tu condición de médico
-has tenido ocasión de estudiar al hombre y profundizar la naturaleza
-humana. Siendo esto así, ¿es posible que no veas cuál es la de
-ese Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo _a priori_ de que todas las
-declaraciones prestadas por él en el curso de los interrogatorios son
-verdaderas? Los pendientes llegaron a sus manos exactamente como él
-dice: tropezó con el estuche y lo recogió.
-
---¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo ha confesado que mintió en su
-primera declaración.
-
---Escúchame, escúchame atentamente: el portero, la mujer de éste, Koch.
-Pestriakoff, el otro portero, la inquilina del primer piso que se
-hallaba a la sazón en la portería, el consejero Krukoff, que en aquel
-mismo instante acababa de apearse del coche y entraba en la casa con
-una señora del brazo; todos, es decir, ocho o diez testigos, declaran
-unánimemente que Mikolai tiró a Mitrey al suelo y que, conforme le
-tenía debajo, le daba puñetazos, mientras el otro agarraba a su
-compañero del pelo y procuraba devolverle los golpes recibidos. Estaban
-tirados delante de la puerta, interceptando el paso; los injurian, y
-ellos «lo mismo que chiquillos» (es la expresión de los testigos),
-gritan, se maltratan, lanzan carcajadas y se persiguen en la calle
-como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora fíjate en esto: arriba yacen
-dos cadáveres que no se han enfriado todavía, pues estaban calientes
-aún cuando los descubrieron. Si hubiesen cometido el crimen los dos
-obreros o solamente Mikolai, permíteme que te pregunte: ¿Se comprende
-tal descuido, tal serenidad en personas que acaban de cometer dos
-asesinatos seguidos de robo? ¿No existe verdadera incompatibilidad
-entre esos gritos, esas risas, esa lucha infantil y el estado de ánimo
-en que debieran encontrarse los asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez
-segundos de haber matado (porque, lo repito, se han encontrado todavía
-calientes los cadáveres), se van sin cerrar la puerta del cuarto en
-que yacen sus víctimas, y sabiendo que sube gente al cuarto en donde
-se ha perpetrado el delito, retozan en el umbral de la puerta cochera,
-y en lugar de huir apresuradamente interceptan el paso, ríen, atraen
-la atención de la gente, hasta el punto de que hay diez testigos que
-declaran unánimemente!
-
---Es verdad; eso es extraño; parece imposible; pero...
-
---No hay _pero_ que valga, amigo mío. Reconozco que los pendientes
-encontrados en poder de Mikolai, poco después de cometido el crimen,
-constituyen en contra del pintor un hecho grave, hecho por otra parte,
-explicado de manera plausible por el acusado, y en consecuencia,
-sujeto a discusión; pero hay que tener también en cuenta los hechos
-justificativos, tanto más cuanto que éstos están fuera de discusión.
-Desgraciadamente, dado el espíritu de nuestras leyes, los magistrados
-son incapaces de admitir que un hecho justificativo, fundado en una
-pura posibilidad psicológica, pueda destruir cualesquiera cargos
-materiales. No, no los admitirán, por la única razón de que ha
-encontrado el estuche y de que el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en
-que no habría pensado si no hubiese sido culpable». Tal es la cuestión
-capital, y por esta razón me exalto. ¿Comprendes?
-
---Sí. Veo que te exaltas. Espera un poco. Hay una cosa que me había
-olvidado preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche de los pendientes haya
-sido robado de casa de la vieja?
-
---Eso está probado--replicó entre dientes Razumikin--. Koch ha
-reconocido el objeto y ha indicado la persona que lo había empeñado.
-Por su parte, esta última persona ha demostrado evidentemente que el
-estuche le pertenecía.
-
---Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha visto nadie a Mikolai cuando Koch
-y Pestriakoff subían al cuarto piso, y, por consiguiente, no puede
-probarse la coartada?
-
---El hecho es que nadie le ha visto--respondió con tono malhumorado
-Razumikin--. Esto es lo que hay de malo. Ni Koch ni Pestriakoff vieron
-a los pintores al subir la escalera; por otra parte su testimonio no
-significará gran cosa. «Vimos--dicen--que el cuarto estaba abierto y
-que sin duda había gente trabajando en él; pero pasamos de largo sin
-fijarnos, y no podemos asegurar si en aquel momento había allí o no
-obreros.»
-
---De modo que toda la justificación de Mikolai descansa sobre la risa y
-puñetazos que cambiaba con su compañero. Bueno, es una prueba en apoyo
-de su inocencia; pero permíteme que te pregunte cómo te explicas el
-hecho: siendo verdadera la versión del acusado, ¿cómo te explicas el
-hallazgo de los pendientes?
-
---¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay que explicar aquí? La cosa es clara
-como la luz meridiana, o a lo menos así se desprende del sumario. El
-mismo estuche nos da la clave de lo sucedido. El verdadero culpable
-dejó caer los pendientes. Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff
-empujaban la puerta, y se había encerrado por dentro con el cerrojo.
-Koch cometió la insigne torpeza de bajar; entonces el asesino salió
-del cuarto y empezó a descender, supuesto que no tenía otro medio
-de escapar. Ya en la escalera, esquivó las miradas de Koch, de
-Pestriakoff y del portero, refugiándose en la habitación del segundo
-piso precisamente en el momento en que los obreros acababan de salir.
-El criminal se ocultó detrás de la puerta en tanto que el portero y
-los otros subían a casa de las víctimas; esperó a que el ruido de los
-pasos cesase de oírse y llegó tranquilamente al pie de la escalera
-en el instante mismo en que Mitrey y Mikolai salían corriendo a la
-calle. Como todo el mundo se había dispersado, no encontró a nadie en
-la puerta cochera. Puede que alguien le haya visto; pero nadie se fijó
-en él: ¿quién se fija en las personas que entran o salen de una casa?
-El estuche debió de caérsele del bolsillo cuando estaba detrás de la
-puerta, y no lo advirtió, porque tenía entonces otras muchas cosas en
-que pensar. El estuche demuestra claramente que el asesino se ocultó en
-el cuarto desalquilado del segundo piso... Ahí tienes explicado todo el
-misterio.
-
---¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso! Ese relato hace honor a tu
-imaginación.
-
---Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver en esto mi imaginación? ¿Por qué
-dices que es ingenioso mi relato?
-
---Porque todos los detalles están muy bien calculados y todas las
-circunstancias se presentan con demasiada oportunidad... Ni más ni
-menos que en el teatro.
-
-Razumikin iba a protestar de nuevo, cuando la puerta se abrió de
-repente y los tres jóvenes vieron aparecer un visitante a quien ninguno
-de los tres conocía.
-
-
-V
-
-Era ya de cierta edad, majestuoso, de modales acompasados y de
-fisonomía reservada y severa. Se detuvo en el umbral dirigiendo
-miradas a todas partes con sorpresa que no trataba de disimular y que
-era bastante desagradable. Parecía que se preguntaba: «¿A dónde he
-venido a meterme?» Contemplaba la habitación estrecha y baja en que
-se encontraba con desconfianza y con cierta afectación de temor. Su
-mirada conservó la misma expresión de estupor cuando se posó sobre
-Raskolnikoff. El joven, con un traje bastante descuidado, estaba
-tendido en su miserable sofá, y sin hacer movimiento alguno se puso
-a su vez a contemplar al visitante. Después este último, conservando
-su aspecto altanero, examinó la inculta barba y los rizados cabellos
-de Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse de su sitio le seguía
-mirando con impertinente curiosidad. Durante un minuto reinó un
-silencio molesto para todos. Finalmente, comprendiendo, sin duda, que
-su arrogancia no imponía a nadie, el buen señor se humanizó un poco, y
-cortésmente, aunque con cierta sequedad, se dirigió a Zosimoff.
-
---¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff, un joven que es o ha sido
-estudiante?--preguntó recalcando cada sílaba.
-
-El médico se levantó lentamente y hubiera respondido, si Razumikin,
-a quien no iba dirigida la pregunta, no se hubiera apresurado a
-contestar.
-
---Ahí está en el sofá; ¿pero a usted qué se le ocurre?
-
-El desenfado de estas palabras molestó al caballero de aspecto solemne,
-que hizo ademán de arrojarse sobre Razumikin, pero se contuvo y
-volvióse vivamente hacia Zosimoff.
-
---El señor es Raskolnikoff--dijo negligentemente el doctor, mostrando
-al enfermo con un ligero movimiento de cabeza.
-
-Después bostezó casi hasta desquijararse, sacó del bolsillo del chaleco
-un enorme reloj de oro, lo miró, y lo volvió a guardar.
-
-Raskolnikoff, que continuaba echado boca arriba, no apartaba los
-ojos del recién venido; pero ningún pensamiento reflejaba su mirada
-después que hubo dejado de contemplar la florecilla del papel, y su
-rostro, excesivamente pálido, expresó un extraordinario sufrimiento.
-Hubiérase dicho que el joven acababa de soportar una dolorosa operación
-quirúrgica o de ser sometido al tormento. Poco a poco, sin embargo,
-la presencia del visitante despertó en él creciente interés: primero,
-sorpresa; después, curiosidad, y, finalmente, cierta especie de temor.
-Cuando el doctor le señaló diciendo: «El señor es Raskolnikoff»,
-nuestro héroe se levantó de repente, se sentó en el sofá, y con voz
-débil y entrecortada, pero que sonaba a desafío, dijo:
-
---Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere usted?
-
-El señor de aire importante le contempló atentamente y respondió con
-tono digno:
-
---Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo motivo para creer que mi nombre no
-le es del todo desconocido.
-
-Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin duda, otra cosa, se contentó con
-mirar a su interlocutor silenciosamente y como si el nombre de Pedro
-Petrovitch hubiese sonado por primera vez en sus oídos.
-
---¿Cómo? ¿Es posible que no haya usted oído hablar de mí?--preguntó
-Ludjin un tanto desconcertado.
-
-Por toda respuesta Raskolnikoff se echó lentamente sobre la almohada,
-se puso las manos bajo la cabeza y fijó los ojos en el techo. Ludjin
-estaba perplejo. Zosimoff y Razumikin le miraban con curiosidad cada
-vez mayor, lo que acabó de desconcertarle por completo.
-
---Pensaba... creía...--balbució--que una carta puesta en el correo hace
-ocho días o acaso quince...
-
---Oiga usted; ¿por qué permanece ahí en la puerta?--interrumpió
-bruscamente Razumikin--. Si tiene algo que decir, siéntese usted.
-Anastasia y usted no caben los dos en el hueco de la puerta. Es
-demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate y deja pasar a ese señor.
-Entre usted. Aquí hay una silla. Vamos, venga usted.
-
-Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño espacio libre entre ésta y
-sus rodillas y esperó en una posición bastante impertinente a que el
-visitante se le acercase. Pedro Petrovitch se deslizó no sin trabajo
-hasta la silla, y, después de sentarse, miró con aire de desconfianza a
-Razumikin.
-
---Por lo demás, no se incomode usted--dijo el estudiante con voz
-fuerte--. Rodia hace cinco días que se encuentra enfermo. Durante
-tres ha estado delirando; ahora ha recobrado el conocimiento y hasta
-ha comido con apetito; este señor es su médico, y yo un compañero
-de Rodia, antiguo estudiante como él, y hago las veces de enfermero
-suyo: no haga usted, pues, caso de nosotros, y hable con él como si no
-estuviéramos aquí.
-
---Muchas gracias. Pero mi presencia y mi conversación, ¿no fatigarán al
-enfermo?--preguntó Pedro Petrovitch dirigiéndose a Zosimoff.
-
---No, al contrario, así se distraerá--respondió con tono indiferente el
-médico y volvió a bostezar.
-
---¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades hace ya un buen rato,
-desde esta mañana--añadió Razumikin, cuya familiaridad revelaba tan
-honrada franqueza, que Pedro Petrovitch comenzó a sentirse menos
-molesto. Además, aquel hombre incivil y mal vestido se recomendaba por
-su calidad de estudiante.
-
---Su madre de usted...
-
---¡Hum!--exclamó estrepitosamente Razumikin.
-
-Ludjin le miró sorprendido
-
---No, no es nada, una mala costumbre mía; coutinúe usted.
-
-Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:
-
---Su madre de usted tenía empezada una carta para usted antes de mi
-partida. Llegado aquí, he diferido de intento mi visita algunos días, a
-fin de estar bien seguro de que estaba usted perfectamente enterado de
-todo. Pero ahora veo con asombro que...
-
---Ya sé, ya sé--interrumpió bruscamente Raskolnikoff, cuyo rostro
-expresó violenta irritación--. ¿Usted es el futuro...? Está bien, ya lo
-sé. No hablemos más de eso.
-
-Este lenguaje algo grosero hirió en lo vivo a Ludjin, pero guardó
-silencio, preguntándose lo que aquello significaba. La conversación se
-interrumpió momentáneamente.
-
-En tanto, Raskolnikoff, que para responderle se había vuelto un poco
-hacia él, se puso a contemplarle con marcada atención, como si antes
-no le hubiese visto o como si le hubiese chocado alguna cosa en el
-visitante. Se incorporó para mirarle mejor, y la verdad es que el
-exterior de Ludjin ofrecía no sé qué aspecto particular que justificaba
-el apelativo de _futuro_ tan caballerescamente aplicado poco antes a
-aquel personaje.
-
-Desde luego se veía, y quizá se veía demasiado, que Pedro Petrovitch
-se había apresurado a aprovechar su estancia en San Petersburgo
-para «embellecerse», en previsión de la próxima llegada de su
-prometida. Esto, en rigor, era disculpable. Tal vez dejaba adivinar la
-satisfacción que sentía por haber logrado su propósito; pero también
-esta debilidad podía ser perdonada a un pretendiente. Iba enteramente
-vestido de nuevo, y su elegancia no ofrecía a la crítica más que un
-punto flaco: el de que la ropa estaba demasiado flamante y denunciaba
-un propósito determinado. ¡De qué respetuosos cuidados rodeaba el
-elegante sombrero que acababa de comprar! ¡qué miramientos tenía con
-sus guantes Jouvin, que no se había atrevido a calzarse, contentándose
-con tenerlos en la mano para muestra! En su traje dominaban los colores
-claros. Llevaba una graciosa americana de color café claro; pantalón
-de un color muy delicado y chaleco de la misma tela que el pantalón.
-La pechera, cuellos y puños eran muy pulcros y finos, y la corbata
-de batista a listas de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo,
-presentaba buen aspecto con estos vestidos, parecía mucho más joven de
-lo que era en realidad.
-
-Su rostro muy fresco y no desprovisto de distinción, ostentaba espesas
-patillas que hacían resaltar la deslumbrante blancura de una barbilla
-cuidadosamente afeitada. Tenía pocas canas y su peluquero había logrado
-rizarle el cabello sin ponerle, como casi siempre sucede, la cabeza tan
-ridícula como la de un desposado alemán. Si es verdad que en aquella
-fisonomía seria y bastante bella había algo desagradable y antipático,
-era por otras causas. Después de haber tratado descortésmente al señor
-Ludjin, Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó otra vez la cabeza
-en la almohada y se puso a contemplar el techo. Pero el señor Ludjin
-había resuelto no incomodarse por nada, y fingió no reparar en lo
-extraño de aquel recibimiento. Hasta hizo un esfuerzo para reanudar la
-conversación.
-
---Siento muchísimo encontrar a usted en este estado. Si hubiera sabido
-que se hallaba usted enfermo, habría venido antes; pero ya sabe usted,
-estoy tan ocupado... Se me ha encargado de un proceso muy importante en
-el Senado. Esto sin contar con los preparativos y preocupaciones que
-usted adivinará sin duda. Aguardo de un momento a otro a su familia, es
-decir, a su madre de usted y a su hermana.
-
-Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro expresó cierta agitación.
-Pedro Petrovitch se detuvo un instante; espero, pero viendo que el
-joven guardaba silencio continuó diciendo:
-
---De un momento a otro. En previsión de su próxima llegada les he
-buscado hospedaje...
-
---¿Dónde?--preguntó con voz débil Raskolnikoff.
-
---Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...
-
---Sí, en el _pereulok_ Vosnesenshy--interrumpió Razumikin--; hay dos
-pisos amueblados, que los alquila el comerciante Utchin. He estado allí.
-
---En efecto, en esa casa hay dos cuartos para alquilar. Es aquello un
-agujero innoblemente sucio y, además, de muy mala fama. Han ocurrido
-allí sucesos nada limpios... Ni el mismo diablo sabe la gente que la
-habita. Yo mismo presencié allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro!
-¡Las habitaciones esas cuestan baratas!
-
---Como usted comprenderá, yo no podía saber esas cosas, puesto que
-acababa de llegar de provincias--replicó Ludjin un tanto picado--. De
-todos modos, las dos habitaciones que he tomado están muy limpias, y
-como son para tan poco tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro futuro
-alojamiento--añadió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Lo están arreglando.
-Ahora estoy también a pupilo. Vivo a dos pasos de aquí, en casa de la
-señora Lippevechzel, en el departamento de un joven amigo mío, Andrés
-Semenitch Lebeziatnikoff, que es quien me ha indicado la casa de
-Bakalieff.
-
---Lebeziatnikoff--pronunció lentamente Rodia, como si este nombre le
-hubiese recordado alguna cosa.
-
---Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, que es empleado en un
-ministerio. ¿Usted le conoce?
-
---Sí, es decir, no--respondió Raskolnikoff.
-
---Perdone usted. Su pregunta me ha hecho suponer que no le era
-desconocido su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor; es un joven muy
-agradable y que profesa ideas muy avanzadas. Yo trato con gusto a los
-jóvenes: por ellos se sabe lo que hay de nuevo.
-
-Al acabar de decir estas palabras, Pedro Petrovitch miró a sus oyentes
-con la esperanza de encontrar en su fisonomía algún signo de aprobación.
-
---¿Desde qué punto de vista?--preguntó Razumikin.
-
---Desde un punto de vista muy serio; quiero decir, desde el punto de
-vista de la actividad social--respondió Ludjin encantado de que se le
-hiciese tal pregunta--. Yo no había estado en San Petersburgo desde
-hace diez años. Todas estas novedades, todas estas reformas, todas
-estas ideas han llegado hasta nosotros los provincianos; mas para verlo
-todo claramente, es preciso venir a San Petersburgo. Observando las
-nuevas generaciones es como se las conoce mejor. Lo confieso, estoy
-contentísimo.
-
---¿De qué?
-
---La pregunta de usted es complicada. Puedo engañarme, pero creo
-haber notado puntos de vista más concretos, un espíritu crítico, una
-actividad más razonada.
-
---Es verdad--dijo negligentemente Zosimoff.
-
---¿Verdad que sí?--dijo Pedro Petrovitch que recompensó al médico con
-una amable mirada--. Convendrá usted conmigo--prosiguió dirigiéndose a
-Razumikin--en que hay progreso, por lo menos en el orden científico y
-en el económico.
-
---¡Lugares comunes!
-
---No, no son lugares comunes. Si a mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a
-tus semejantes», y pongo este consejo en práctica, ¿qué resultará?--se
-apresuró a responder Ludjin con demasiado calor--. Rasgaría mi capa y
-daría la mitad a mi prójimo, y los dos nos quedaríamos medio desnudos.
-Como dice el proverbio ruso: «Si levantáis muchas liebres a la vez,
-no cazaréis ninguna». La ciencia me ordena no amar a nadie más que a
-mí, supuesto que todo en el mundo está fundado en el interés personal.
-Si usted no ama más que a sí mismo, hará usted de un modo conveniente
-sus negocios y su capa quedará entera. Añade la Economía política
-que cuantas más fortunas privadas surgen en una sociedad, o en otros
-términos, cuantas más capas enteras hay, más sólida y felizmente
-está organizada esa sociedad. Así, pues, al trabajar únicamente
-para mí, trabajo también para todo el mundo; y resulta en último
-extremo que mi prójimo recibe un poco más de la mitad de una capa y
-no solamente gracias a las liberalidades privadas e individuales,
-sino como consecuencia del progreso general. La idea es sencilla;
-desgraciadamente ha necesitado mucho tiempo para hacer su camino y para
-triunfar de la quimera y del sueño. Sin embargo, no es preciso, me
-parece a mí, mucho ingenio para comprender...
-
---¡Perdón! pertenezco a la categoría de los imbéciles--interrumpió
-Razumikin--. No se hable más de eso. Yo tenía un objeto al empezar esta
-conversación; pero desde hace tres años me zumban los oídos ya con
-toda esta palabrería y con todas estas vulgaridades, y me da vergüenza
-hablar y aun oír hablar de ellas. Naturalmente, usted se ha apresurado
-a darnos a conocer sus teorías... Es cosa muy disculpable y no se la
-censuro. Solamente deseaba saber quién era usted, porque ya se le
-alcanza que en estos tiempos hay una porción de embaucadores que han
-caído sobre los negocios públicos, y, no buscando más que su propio
-medro, han echado a perder cuanto han tocado con sus manos... y... ¡ea,
-basta!
-
---¡Señor!--replicó Ludjin, herido en lo vivo--, ¿eso es decir que yo
-también...?
-
---¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo había yo de...? No se hable más--dijo
-Razumikin, y sin hacer caso del visitante reanudó con Zosimoff la
-conversación interrumpida con la llegada de Pedro Petrovitch.
-
-Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar sin protesta la explicación del
-estudiante. Tenía, además, la intención de irse en seguida.
-
---Ahora que ya nos conocemos--dijo, dirigiéndose a Raskolnikoff--,
-espero que nuestras relaciones continuarán en cuanto se ponga
-usted bueno del todo, y serán cada vez más íntimas, merced a las
-circunstancias que ya conoce... Le deseo un pronto restablecimiento.
-
-Raskolnikoff hizo como si no le hubiera entendido. Pedro Petrovitch se
-levantó.
-
---De seguro es uno de sus deudores quien ha matado a la vieja--afirmó
-Zosimoff.
-
---Seguramente--repitió Razumikin--. Porfirio no dice lo que piensa,
-pero interroga a los que habían empeñado alhajas en casa de la usurera.
-
---¿Que los interroga?--preguntó con voz fuerte Raskolnikoff.
-
---Sí, ¿y qué?
-
---Nada.
-
---¿Y cómo los conoce?--preguntó Zosimoff.
-
---Koch ha designado alguno; se han encontrado los nombres de otros
-muchos en los papeles que envolvían los objetos. En fin, otros se han
-presentado en cuanto han tenido noticia del hecho.
-
---El pillo que ha dado el golpe debe de ser un mozo experimentado. ¡Qué
-decisión, que audacia!
-
---No hay tal cosa--replicó Razumikin--. Eso es precisamente lo que te
-engaña y lo que engaña a todos. Sostengo que el asesino no es ni hábil
-ni experimentado; ese crimen ha sido probablemente el primero que ha
-cometido. En la hipótesis de que el criminal fuese un asesino consumado
-nada explicaría todo un cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el
-contrario, le suponemos novato, habrá que admitir que la casualidad
-solamente ha sido causa de que pudiera escapar. ¿Quién sabe? Quizá ni
-ha previsto los obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa? Asesina a
-dos personas, toma luego alhajas de diez o veinte rublos, y se llena
-con ellas los bolsillos; revuelve el cofre en que la vieja guardaba sus
-trapos, no toca el cajón de la cómoda en donde se ha encontrado una
-cajita que contenía mil quinientos rublos en metálico sin contar los
-billetes. No, no ha sabido robar, sólo ha sabido matar. Lo repito, es
-principiante; se aturdió en el momento de cometer el crimen. Si no le
-han detenido ya, debe dar más gracias al azar que a su destreza.
-
-Pedro Petrovitch iba ya a marcharse, pero antes de salir quiso
-pronunciar algunas frases profundas. Deseaba dejar buena impresión, y
-la vanidad le privó de tacto.
-
---¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato recientemente perpetrado en
-la persona de una anciana, viuda de un secretario de colegio?--preguntó
-dirigiéndose a Zosimoff.
-
---Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese crimen?
-
---¿Cómo no? Si se habla de él en todas partes.
-
---¿Conoce usted los pormenores?
-
---No todos; pero este asunto me interesa por la cuestión de carácter
-general que plantea. No me refiero al aumento de crímenes en la clase
-baja durante estos cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión no
-interrumpida de robos y de incendios. Lo que más me preocupa es que en
-las clases elevadas la criminalidad sigue una progresión en cierto modo
-paralela.
-
---Pero, ¿de qué se preocupa usted?--dijo bruscamente Raskolnikoff--.
-Todo eso es el resultado práctico de la teoría de ustedes.
-
---¿Cómo de nuestra teoría?
-
---Es la deducción lógica del principio que usted acaba de sentar. Según
-usted, es lícito matar al prójimo.
-
---¿Cómo? ¡Yo!--exclamó Ludjin.
-
---No, no es eso--observó Zosimoff.
-
-Raskolnikoff se puso pálido y respiraba fatigosamente; cierto
-estremecimiento agitaba su labio superior.
-
---Todo consiste en los justos medios--prosiguió con tono altanero Pedro
-Petrovitch--; la idea económica no es aún, que yo sepa, una excitación
-al asesinato, y de lo que yo he expuesto al principio...
-
---¿Es verdad--saltó Raskolnikoff con voz temblorosa de cólera--, es
-verdad que usted dijo a su futura esposa... cuando aceptó la petición
-de usted, que lo que más le agradaba de ella era su pobreza... porque
-es mejor casarse con una mujer para dominarla y echarle en cara los
-beneficios de que se ha colmado?
-
---¡Caballero!--exclamó Ludjin--, rugiendo de furor--. ¡Caballero!
-¡Eso es desnaturalizar mi pensamiento! Dispense usted que le diga que
-los rumores que han llegado a su conocimiento, o mejor dicho, que han
-sido puestos en su conocimiento, no tienen ni sombra de fundamento y
-sospecho que... en una palabra... Ese dardo... en una palabra, que su
-madre de usted... Ya me había parecido a mí, que, a pesar de sus buenas
-cualidades, era un poco exaltada y novelesca; sin embargo, estaba a
-mil leguas de imaginar que pudiese desnaturalizar hasta ese punto el
-sentido de mis palabras y citarlas alterándolas de tal suerte... En
-fin...
-
---¿Sabe usted lo que le digo?--gritó el joven incorporándose y echando
-lumbre por los ojos--. ¿Sabe usted lo que le digo?
-
---¿Qué?
-
-Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin y esperó con aire de desafío.
-
-Hubo algunos momentos de silencio.
-
---Pues bien, que si usted se permite decir una sola palabra más de mi
-madre, le tiro de cabeza por la ventana.
-
---¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?--exclamó Razumikin.
-
---¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!
-
-Ludjin palideció y se mordió los labios. Se ahogaba de rabia, aunque
-hacía esfuerzos inauditos para contenerse.
-
---Escuche usted, caballero--dijo después de una pausa--. La manera como
-usted me recibió cuando entré, no me dejó ninguna duda acerca de su
-enemistad; sin embargo, he prolongado mi visita por exceso de cortesía.
-Hubiera podido perdonar a un enfermo y a un pariente, pero ahora...
-¡jamás! ¡jamás!
-
---¡Yo no estoy enfermo!--gritó Raskolnikoff.
-
---¡Tanto peor!
-
---¡Váyase usted al infierno!
-
-Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta invitación para marcharse. Se
-apresuró a salir sin mirar a nadie y sin saludar a Zosimoff, que
-durante un rato estuvo haciéndole señas de que dejase en reposo al
-enfermo.
-
---¿Ese es el modo de portarse?--dijo Razumikin, moviendo la cabeza.
-
---¡Dejadme! ¡Dejadme todos!--exclamó colérico Raskolnikoff--. ¿Me
-dejaréis en paz, verdugos? ¡No tengo miedo de vosotros! ¡No temo a
-nadie, a nadie! Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo, solo, solo!
-
---Vámonos--dijo Zosimoff haciendo una seña con la cabeza a Razumikin.
-
---Pero, ¿le vamos a dejar así?
-
---¡Vámonos!--insistió el médico.
-
-Razumikin reflexionó un instante y se decidió a seguir al doctor, que
-ya había salido.
-
---Nuestra resistencia a sus deseos le hubiera sido perjudicial--dijo
-Zosimoff a su amigo ya en la escalera--. No conviene irritarle.
-
---¿Qué le pasa?
-
---Una sacudida que le sacase de sus preocupaciones le haría mucho
-provecho. Alguna idea fija le atormenta... Eso es lo que más me
-inquieta.
-
---El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá algo que ver en esto? Según la
-conversación que acaban de sostener, parece que ese individuo va a
-casarle con una hermana de Rodia, y que nuestro amigo ha recibido una
-carta acerca de este asunto muy pocos días antes de su enfermedad.
-
---El diablo, sin duda, es quien ha traído de visita a ese señor, que ha
-podido echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado en que sólo una cosa
-hace salir al enfermo de su apatía y mutismo? ¡Cómo se excita cuando se
-habla de ese asesinato!
-
---Sí, sí, lo he advertido--respondió Razumikin--; presta más atención,
-se inquieta. Es, sin duda, porque el mismo día que se puso malo le
-asustaron en la oficina de policía y se desmayó.
-
---Ya me lo contarás circunstanciadamente en otra ocasión, y a mi vez te
-diré algo... Me interesa mucho, muchísimo. Dentro de media hora volveré
-a ver cómo sigue. No es de temer le inflamación...
-
---Gracias a ti. Ahora voy a entrar un momento en casa de Pashenka, y
-haré que le cuide Anastasia.
-
-Cuando se quedó solo, Raskolnikoff miró a la criada con impaciencia y
-disgusto; pero ésta vacilaba antes de irse.
-
---¿Tomarás ahora el te?--preguntóle la sirvienta.
-
---Más tarde; quiero dormir. Déjame.
-
-El joven se volvió con un movimiento convulsivo hacia la pared, y la
-criada salió del aposento.
-
-
-VI
-
-Pero en cuanto la criada hubo salido, Raskolnikoff se levantó, cerró la
-puerta con el picaporte y se puso las prendas que Razumikin le había
-llevado. Cosa extraña. De repente se trocó en tranquilidad completa el
-frenesí de antes y el terror pánico que el joven había sentido en los
-últimos días. Era aquel el primer momento de una tranquilidad extraña
-y repentina. Precisos y sin vacilación los movimientos del joven,
-denotaban una resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy mismo», murmuraba.
-Comprendía, sin embargo, que estaba aún débil; pero la extrema tensión
-moral a que debía su calma, le daban seguridad y confianza; no quería
-caerse en la calle. Después de haberse vestido por completo, miró el
-dinero colocado sobre la mesa, reflexionó un poco y se lo metió en el
-bolsillo.
-
-La cantidad subía a veinticinco rublos. Tomó también todas las monedas
-de cobre que quedaban de los diez rublos gastados por Razumikin, abrió
-suavemente la puerta, salió de su habitación y bajó la escalera. Al
-pasar por delante de la cocina, cuya puerta estaba abierta de par en
-par, echó una ojeada. Anastasia estaba vuelta de espaldas, ocupada en
-soplar el samovar de la patrona y no le vió. Por otra parte, ¿quién
-hubiera podido prever esta fuga? Un instante después estaba en la calle.
-
-Eran las ocho y se había puesto el sol. Aunque la atmósfera era
-sofocante como el día anterior, Raskolnikoff respiraba con avidez el
-aire polvoriento emponzoñado por las exhalaciones mefíticas de la
-gran ciudad. Sentía algunos ligeros vahídos; sus ojos inflamados, su
-rostro delgado y lívido expresaban salvaje energía. No sabía dónde ir
-ni tampoco le preocupaba; sabía solamente que era preciso acabar con
-«aquella historia»; pero de repente y en seguida; que de otro modo no
-entraría en su casa. «Porque no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No lo
-sabía y hacía esfuerzos para desechar esta pregunta que le atormentaba.
-Sólo comprendía que era menester cambiase todo de una manera o de otra,
-«cueste lo que cueste», repetía con desesperada resolución.
-
-Siguiendo una antigua costumbre se dirigió al Mercado del Heno.
-Antes de llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla, a un
-organillero joven, de cabellos negros, que tocaba una melodía muy
-sentimental. El músico acompañaba con su instrumento a una joven de
-quince años, que estaba de pie en la acera. La muchacha, vestida como
-una señorita, llevaba crinolina, manteleta, guantes, chal y sombrero
-de paja, adornado con una pluma encarnada, todo viejo y arrugado. Con
-voz cascada, pero bastante fuerte y agradable, cantaba una romanza,
-esperando que en la tienda le diesen un par de kopeks. Dos o tres
-personas se habían detenido; Raskolnikoff hizo como ellas, y después de
-haber escuchado un momento, sacó del bolsillo un piatak y lo puso en
-la mano de la joven. La muchacha cortó en seco su canto en la nota más
-alta y conmovedora--. ¡Basta!--gritó la cantora a su compañero y ambos
-se dirigieron a la tienda de al lado.
-
---¿Le gustan a usted las canciones de las calles?--preguntó bruscamente
-Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta edad, que había estado
-oyendo a su lado a los músicos callejeros y que parecía un paseante
-desocupado.
-
-El interrogado miró con sorpresa al que le dirigía esta pregunta.
-
---Yo--prosiguió Raskolnikoff (al verle se hubiera creído que hablaba de
-otra cosa que de la música de las calles)--, yo gusto de oír cantar al
-compás del organillo, sobre todo en una tarde fría, sombría y húmeda de
-otoño, principalmente húmeda, cuando todos los transeuntes tienen cara
-verdosa o enfermiza, o mejor aún, cuando la nieve cae verticalmente,
-sin que el viento le desparrame y cuando las luces brillan al través de
-las nubes...
-
---Yo no sé. Usted me dispense--balbuceó el señor, aterrado de la
-pregunta y del extraño aspecto de Raskolnikoff y se pasó a la otra
-acera.
-
-El joven continuó su camino y llegó al Mercado del Heno, al sitio mismo
-en que días antes cierto tendero y su mujer hablaban con Isabel; pero
-no estaban allí. Reconociendo el lugar, se detuvo, miró en derredor
-suyo y se dirigió a un mozo de camisa roja que bostezaba a la puerta de
-un almacén de harinas.
-
---¿Es aquí en este rincón, donde cierto tendero y su mujer se ponen a
-vender?
-
---Todo el mundo vende--respondió el mozo, mirando con desdén a
-Raskolnikoff.
-
---¿Cómo le llaman?
-
---Le llaman por su nombre.
-
---Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia eres?
-
-El mozo miró de nuevo a su interlocutor.
-
---Alteza, nosotros no somos de una provincia, sino de un distrito. Mi
-hermano ha partido, y yo me he quedado en la casa, de manera que no sé
-nada. Perdóneme Vuestra Alteza.
-
---¿Hay arriba un bodegón?
-
---Es un _traktir_ y un billar. Hasta princesas van ahí... se ve muy
-favorecido.
-
-Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo de la plaza, en donde había
-un grupo compacto, exclusivamente compuesto de _mujiks_. Se metió
-entre la gente, mirando a todas las personas y deseoso de hablar con
-todo el mundo. Pero los campesinos no fijaban la atención en él, y
-formando grupos pequeños hablaban en voz alta de sus asuntos. Después
-de un momento de reflexión, dejó el Mercado del Heno y se entró en el
-_pereulok_.
-
-En otras varias ocasiones había pasado por esta callejuela, que
-forma un recodo y une el mercado con la Sadovia. Desde hace algún
-tiempo, gustábale ir a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba
-a aburrirse... «a fin de aburrirse todavía más». Ahora iba allí sin
-propósito algo determinado. Se encuentra en esta callejuela una gran
-casa, cuya planta baja está ocupada por tabernas y figones de los que
-salían continuamente mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente
-vestidas. Se agrupaban en dos o tres sitios de la acera, principalmente
-cerca de las escaleras por las que se baja a una especie de cafetines
-de mala fama. En uno de ellos, sonaba alegre estrépito: cantaban
-dentro, tocaban la guitarra y el ruido se extendía de un extremo a
-otro de la calle. La mayor parte de las mujeres se habían reunido en
-la puerta de aquel antro; unas estaban sentadas en las escaleras, las
-otras en la acera, las otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado
-borracho, con el cigarrillo en la boca, golpeaba el suelo profiriendo
-imprecaciones: hubiérase dicho que quería entrar en alguna parte, pero
-que no sabía dónde. Dos individuos desharrapados se insultaban. Un
-hombre completamente ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio de
-la calle. Raskolnikoff se detuvo cerca del principal grupo de mujeres.
-Hablaban a voces, todas llevaban vestidos de indiana, calzado de piel
-de cabra y la cabeza descubierta. Muchas habían pasado ya de los
-cuarenta años; otras no representaban más de diez y siete. Casi todas
-tenían amoratadas las orejas.
-
-Los cantos y el ruido que salían de la zahurda, llamaron la atención
-de Raskolnikoff. En medio de las carcajadas y del barullo, una agria
-voz de falsete cantaba al son de una guitarra y una persona danzaba
-furiosamente marcando el compás con los tacones. El joven, inclinado
-hacia la entrada de la escalera, escuchaba sombrío y pensativo.
-
- _Hombrecito de mi alma_
- _No me pegues sin razón._
-
-cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff no hubiera querido perder
-palabra de aquella canción, como si el oírla hubiese sido para él cosa
-de grandísima importancia.
-
-«Si entrase...»--pensaba--. «Se ríen, están borrachos.»
-
---¿No entras, buen mozo?--le preguntó una de las mujeres con voz
-bastante bien timbrada y que conservaba aún cierta frescura.
-
-Era una muchacha joven, y la única en el grupo que no daba náuseas.
-
---¡Oh, bonita muchacha!--respondió el joven levantando la cabeza y
-mirándola.
-
-Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.
-
---También tú eres muy guapo.
-
---¡Guapo un tipo semejante!--gruñó en voz baja otra mujer--; de seguro
-que acaba de salir del hospital.
-
-Bruscamente se aproximó un _mujik_, medio ebrio, con el capote
-desabrochado y el rostro resplandeciente de maliciosa alegría.
-
---Parece que son hijas de generales, lo que no les impide ser
-chatas--dijo el _mujik_--. ¡Oh, qué hermosuras!
-
---Entra, puesto que has venido.
-
---Entraré, preciosa--y descendió al cafetín.
-
-Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.
-
---Escuche usted, _barin_[15]--le gritó la joven cuando nuestro héroe
-volvía ya la espalda.
-
- [15] Señor.
-
---¿Qué?
-
---Querido _barin_, tendré mucho gusto en pasar una hora con usted; pero
-en este momento me siento cortada en su presencia. Déme seis kopeks
-para echar un trago, amable caballero.
-
-Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó tres piataks.
-
---¡Ah! ¡Qué bueno es usted!
-
---¿Cómo te llamas?
-
---Pregunte usted por Duklida.
-
---¡Qué desfachatez!--dijo bruscamente una de las mujeres que se
-encontraban en el grupo, señalando a Duklida, con un movimiento de
-cabeza--. ¡No sé cómo hay personas que pidan de ese modo! Yo no me
-atrevería jamás... Creo que antes me moriría de vergüenza.
-
-Raskolnikoff sintió curiosidad por ver a la mujer que hablaba de aquel
-modo. Era una moza de treinta años, toda llena de equimosis y el labio
-superior hinchado. Había lanzado su sentencia con toda calma y seriedad.
-
-«¿En dónde he leído yo--pensaba Raskolnikoff alejándose--, que se
-concede no sé qué a un condenado a muerte una hora antes de su
-ejecución? Aunque él tuviese que vivir sobre una cima escarpada, en
-una roca perdida en medio del Océano, donde no hubiese más que el
-sitio suficiente para colocar los pies, aunque tuviese que pasar así
-toda su existencia, mil años... una eternidad, derecho en el espacio
-de un pie cuadrado, solo en las tinieblas, expuesto a todas las
-intemperies... preferiría aquella vida a la muerte. Vivir, no importa
-cómo, pero vivir. ¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad es! ¡Qué
-cobarde es el hombre y qué cobarde también aquel que por ello le llama
-cobarde!»--añadió al cabo de un instante.
-
-Hacía largo tiempo que andaba al azar, cuando le llamó la atención la
-muestra de un café: «¡Hola! _El Palacio de Cristal_. Poco ha me habló
-de él Razumikin. Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer aquí? ¡Ah! Sí,
-leer. Zosimoff dice que había leído en los periódicos...»
-
---¿Tienen ustedes periódicos?--preguntó entrando en un salón muy
-espacioso y bastante bien decorado, donde había poca gente.
-
-Dos o tres parroquianos tomaban te. En una sala distante, cuatro
-personas, sentadas a una mesa, bebían _Champagne_. Raskolnikoff creyó
-reconocer entre ellos a Zametoff, pero la distancia no le permitía
-distinguirlo bien.
-
-«Después de todo, ¿qué me importa?» se dijo.
-
---¿Quiere usted aguardiente?--preguntó el mozo.
-
---Sírveme te y tráeme también los periódicos, los de los últimos cinco
-días, te daré buena propina.
-
---Bueno, aquí tiene usted los de hoy. ¿Quiere usted también aguardiente?
-
-Cuando le sirvieron el te y le dieron los periódicos, Raskolnikoff se
-puso a buscar.
-
---Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas. Bartola. Máximo. Los Aztekas.
-Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los sucesos: una mujer se ha
-caído por una escalera... Un comerciante trastornado por el vino. El
-incendio de las Arenas. El incendio de la Petersburgskaia. Otra vez el
-incendio de la Petersburgskaia. Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo...
-¡Ah! Aquí está.
-
-Cuando encontró lo que buscaba, comenzó la lectura; danzaban las letras
-delante de sus ojos. Pudo, sin embargo, leer «los sucesos» hasta el
-fin y se puso a buscar ávidamente los «nuevos detalles» en los otros
-números.
-
-Impaciencia febril le hacía temblar las manos conforme ojeaba los
-periódicos. De repente se sentó a su lado uno. Raskolnikoff miró. Era
-Zametoff. Zametoff en persona y con el mismo traje que llevaba en el
-despacho de policía con sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos
-rizados y llenos de cosmético, separados elegantemente en medio de la
-cabeza, con su elegante chaleco, su levita algo usada y algo arrugada
-la camisa.
-
-El jefe de la Cancillería estaba alegre; por lo menos se sonreía con
-satisfacción y franqueza. Por efecto del _Champagne_ que había bebido,
-tenía el moreno rostro bastante enrojecido.
-
---¡Cómo! ¿Usted aquí?--exclamó con asombro y con el tono que hubiera
-usado para saludar a un antiguo camarada--. ¡Si ayer mismo Razumikin me
-dijo que seguía usted sin conocimiento!... Es extraño. He estado en su
-casa...
-
-Raskolnikoff no creía que el jefe de la Cancillería vendría a hablar
-con él. Apartó los periódicos y se volvió hacia Zametoff con una
-sonrisa por la cual se transparentaba viva irritación.
-
---Me han hablado de su visita--contestó--; usted buscó mi bota.
-Razumikin está loco con usted. Han ido ustedes juntos, según parece, a
-casa de Luisa Ivanovna, a quien usted trató de defender el otro día.
-¿No se acuerda? Usted hacía señas al ayudante _Pólvora_, y él no hacía
-caso de sus guiños. Sin embargo, no era necesaria mucha penetración
-para comprenderlos. La cosa es clara, ¿eh?
-
---Es más charlatán...
-
---¿Quién? _¿Pólvora?_
-
---No, Razumikin...
-
---Pero usted se lleva la mejor vida, señor Zametoff. Tiene usted
-entrada gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha regalado a usted
-el _Champagne_?
-
---¿Por qué me lo habían de regalar?
-
---A título de honorarios. Usted saca partido de todo--dijo con sorna
-Raskolnikoff--. No se incomode usted, querido amigo--añadió dando un
-golpecito en el hombro a Zametoff--. Lo que le digo a usted es sin
-malicia, en broma, como decía, a propósito de los puñetazos dados por
-él a Mitka, el obrero detenido por el asunto de la vieja.
-
---Pero, ¿usted cómo sabe eso?
-
---Lo sé quizá mejor que usted.
-
---¡Qué original es usted!... Verdaderamente está algo enfermo. Ha hecho
-mal en salir...
-
---¿Me encuentra usted raro?
-
---Sí. ¿Qué es lo que usted leía?
-
---Periódicos.
-
---Ha habido estos días muchos incendios.
-
---No me importan los incendios--repuso Raskolnikoff mirando a Zametoff
-con aire singular y con sonrisa burlona--. No, no son los incendios lo
-que me interesa--continuó guiñando los ojos--. Pero confiese usted,
-querido joven, que tiene grandes deseos de saber lo que yo leía.
-
---No, no tengo ninguno; se lo preguntaba a usted por decir algo. ¿Es
-que no le puedo preguntar a usted...? Porque siempre...
-
---Escuche. Usted es un hombre instruído, letrado, ¿no es cierto?
-
---He seguido mis estudios en el Gimnasio hasta el sexto curso
-inclusive--respondió con cierto orgullo Zametoff.
-
---Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro! Tiene buena raya y sortijas. Es un
-hombre rico y muy guapo.
-
-Al decir esto, Raskolnikoff se echó a reír en las barbas mismas de su
-interlocutor. Este se retiró un poco; no ofendido, precisamente, pero
-sí sorprendido.
-
---¡Qué original es usted!--repitió con tono muy serio Zametoff--. Me
-parece que sigue usted delirando.
-
---¿Que deliro? Te burlas, amiguito... ¿Conque soy original, eh? Es
-decir que parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad? ¿Que excito la
-curiosidad?
-
---Sí.
-
---¿Usted deseaba saber lo que leía, lo que buscaba en los periódicos?
-Vea usted cuántos números me han traído. Esto da mucho en que pensar,
-¿no es eso?
-
---Vamos, diga usted.
-
---Usted cree haber levantado la liebre.
-
---¿Qué liebre?
-
---Luego se lo diré a usted; ahora, querido amigo, le declaro... o más
-bien, «confieso»... no, no es eso: presto una declaración y usted toma
-nota de ella. Pues bien, yo declaro que he leído, que tenía curiosidad
-de leer, que he buscado y que he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó
-los ojos y esperó), por eso he venido aquí para saber los detalles
-relativos al asesinato de la vieja prestamista.
-
-Al pronunciar estas palabras bajó la voz y arrimó la cara a la de
-Zametoff. Este le miró fijamente sin pestañear y sin apartar la cabeza.
-Al jefe de la Cancillería le pareció muy extraño que durante un minuto
-se estuviesen mirando sin decir palabra.
-
---¿Sabe usted?--continuó en voz baja Raskolnikoff sin hacer caso de la
-exclamación de Zametoff--se trata de aquella misma vieja de la cual
-se hablaba en el despacho de policía cuando yo me desmayé. ¿Comprende
-usted ahora?
-
---¿Qué quiere decir con eso de comprende usted?--dijo Zametoff casi
-asustado.
-
-El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff cambió repentinamente de
-expresión y se echó a reír de un modo nervioso como si no pudiera
-contenerse. Experimentaba idéntica sensación que el día del asesinato
-cuando, sitiado en el cuarto de sus víctimas por Koch y Pestriakoff, le
-había dado ganas de insultarlos, provocarlos y reírse de ellos en sus
-propias barbas.
-
---O usted está loco, o...--comenzó a decir Zametoff y se detuvo como si
-cruzara por su mente una idea repentina.
-
---O ¿qué? ¿qué iba usted a decir? Acabe la frase.
-
---No--replicó Zametoff--; todo eso es absurdo.
-
-Ambos guardaron silencio. Después de un súbito acceso de hilaridad,
-Raskolnikoff se quedó sombrío y pensativo.
-
-De codos en la mesa, con la cabeza entre las manos, parecía haber
-olvidado por completo la presencia de Zametoff.
-
---¿Por qué no toma usted el te?--dijo, al fin éste--. Va a enfriarse.
-
---¿Qué?... ¿el te?... Bueno.
-
-Raskolnikoff se llevó la taza a los labios, comió un bocado de pan, y
-fijando los ojos en Zametoff recobró su fisonomía la expresión burlona
-que tenía antes y continuó tomando el te.
-
---Los delitos de todo género son ahora muy numerosos--apuntó
-Zametoff--. Precisamente hace poco leí en la _Moskovskia Viedomosti_
-que había sido detenida en Moscou una cuadrilla de monederos falsos,
-toda una sociedad que se dedicaba a la fabricación y expendición de
-billetes del Banco.
-
---¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes que lo he leído!--respondió
-flemáticamente Raskolnikoff--. ¿De modo que usted supone que son
-estafadores?
-
---¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?
-
---¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices, y no estafadores. ¡Se reunen
-cincuenta para ese objeto! ¿A quién se le ocurre? En semejante caso,
-tres son ya mucho, y aun es menester que cada miembro de la asociación
-esté más seguro de sus asociados que de sí mismo. Basta que a uno de
-ellos un poco bebido se le escape una palabra, y todo se derrumba. ¡Son
-novatos! Envían a personas de las cuales no pueden responder a cambiar
-sus billetes en las casas de banca. ¿Es discreto encargar al primero
-que se presenta de una comisión semejante? Supongamos que, a pesar
-de todo, hayan conseguido su propósito; supongamos que el negocio ha
-producido un millón a cada uno de ellos. Helos durante toda la vida en
-dependencia los unos de los otros. Mejor es ahorcarse que vivir así.
-Pero no han sabido representar su papel: uno de sus agentes se presenta
-a este efecto en una oficina, se le entregan cinco mil rublos y sus
-manos tiemblan. Cuenta los cuatro primeros miles, el quinto lo guarda
-sin recontarlo; tanto deseo tenía de escapar. De este modo, despierta
-sospechas y todo el negocio se echa a perder por la falta de un solo
-imbécil. Esto es verdaderamente inconcebible.
-
---¿Que le tiemblan las manos?--replicó Zametoff--. Pues me parece muy
-natural. En ciertos casos, no es uno dueño de sí mismo. Ahí tiene
-usted, sin ir más lejos, una prueba reciente. El asesino de esa vieja
-debe ser un bribón muy resuelto para no haber vacilado en cometer su
-crimen en pleno día y en las condiciones más peligrosas. Milagro es que
-ya no esté preso. Pues bien, a pesar de esto, sus manos temblaban: no
-ha sabido robar: le ha faltado la serenidad, como los hechos demuestran
-claramente.
-
-Aquel lenguaje hirió en lo más vivo a Raskolnikoff.
-
---¿Usted cree? Pues bien, échele usted el guante, descúbralo usted
-ahora--exclamó el joven experimentando maligno placer al mortificar al
-jefe de la Cancillería.
-
---No tenga usted cuidado, se le descubrirá.
-
---¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle? Perderá usted el tiempo y
-el trabajo. Para ustedes toda la cuestión es saber si un hombre hace o
-no hace gastos. Uno que no poseía nada tira el dinero por la ventana;
-luego es culpable. Ajustándose a esta regla, un chiquillo, si quisiese,
-escaparía a las investigaciones de ustedes.
-
---El hecho es que todos se conducen del mismo modo--respondió
-Zametoff--. Después de haber desplegado a menudo mucha habilidad
-y astucia en la perpetración del asesinato, se dejan pescar en la
-taberna. Los denuncian sus gastos, no son tan astutos como usted.
-Usted, es claro, no iría a la taberna.
-
-Raskolnikoff frunció las cejas y miró fijamente a Zametoff.
-
---¿Usted quiere saber cómo obraría yo, en caso semejante?--preguntó con
-tono malhumorado.
-
---Sí--replicó con energía el jefe de la Cancillería.
-
---¿Tiene usted mucho empeño?
-
---Sí.
-
---Pues bien, he aquí lo que yo haría--comenzó a decir Raskolnikoff,
-bajando de repente la voz y aproximando de nuevo la cara a la de su
-interlocutor, a quien miró fijamente. Por esta vez no pudo menos de
-temblar--. He aquí lo que haría yo. Tomaría el dinero y las joyas, y
-después, al salir de la casa, iría, sin un minuto de retraso, a un
-paraje cerrado y solitario, a un corral o un huerto, por ejemplo.
-Me aseguraría antes de que en un rincón de este corral, al lado de
-una valla, hubiese una piedra de cuarenta o sesenta libras de peso,
-levantaría esta piedra, bajo la cual el suelo debía de estar deprimido,
-y depositaría en el hueco el dinero y las alhajas. Hecho esto volvería
-a poner la piedra y me iría. Durante uno, dos, o tres años, dejaría
-allí los objetos robados, y ya podrían ustedes buscarlos.
-
---Usted está loco--respondió Zametoff.
-
-Sin que podamos decir por qué, pronunció estas palabras en voz baja y
-se apartó bruscamente de Raskolnikoff. Los ojos de éste relampagueaban.
-Había palidecido de un modo horrible y un temblor convulsivo agitaba
-su labio superior. Se inclinó lo más posible hacia el rostro del
-funcionario y se puso a mover los labios sin proferir una sola palabra.
-Así pasó medio minuto. Nuestro héroe no se daba cuenta de lo que hacía,
-pero no podía contenerse. Estaba a punto de escapársele su espantosa
-confesión.
-
---¿Y si fuese yo el asesino de la vieja y de Isabel?--dijo de repente;
-pero se contuvo ante el sentimiento del peligro.
-
-Zametoff le miró con aire extraño y se puso tan blanco como la
-servilleta, en tanto que en su rostro se dibujaba una forzada sonrisa.
-
---Pero, ¿es eso posible?--dijo con voz que apenas podía ser entendida.
-
-Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.
-
---Confiese usted que lo ha creído. ¿A que sí? ¿A que lo ha creído usted?
-
---No, de ninguna manera--se apresuró a decir Zametoff--. Usted me ha
-asustado para sugerirme esa idea.
-
---¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces, de qué se pusieron a hablar
-el otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué el ayudante _Pólvora_
-me interrogó después de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?--gritó al mozo
-levantándose y tomando la gorra.
-
---Treinta kopeks--respondió éste, acudiendo a la llamada del
-parroquiano.
-
---Toma, además, veinte kopeks de propina. Vea usted cuánto dinero
-tengo--, prosiguió, mostrando a Zametoff unos cuantos billetes--: ¿los
-ve usted? Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De dónde procede este
-dinero? ¿Cómo, además, tengo ropa nueva? Usted sabe, en efecto, que yo
-no tenía ni un kopek. Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado usted
-a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante hemos hablado! Hasta la vista.
-
-Salió tan agitado con cierta extraña sensación, a la cual se unía un
-acre placer. Estaba, además, sombrío y terriblemente cansado. Semejaba
-su rostro convulsivo el de un hombre que acababa de sufrir un ataque de
-apoplejía. Poco antes, bajo la acción de sus emociones, sentía fuerzas;
-pero cuando aquel estimulante hubo cesado, invadíale intensa emoción.
-
-Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció aún largo tiempo sentado
-en el mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía pensativo.
-Raskolnikoff acababa de trastornarle inopinadamente todas sus ideas
-sobre «cierto punto»; estaba despistado.
-
---Ilia Petrovitch es un imbécil--dijo por último.
-
-Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de la calle, se encontró frente
-a frente en el vestíbulo con Razumikin que entraba. A un paso de
-distancia los dos jóvenes no se habían visto y poco faltó para que
-chocasen uno contra otro. Durante un momento se midieron con la mirada.
-Razumikin se quedó atónito; pero de repente brilláronle en los ojos
-llamaradas verdaderas de cólera.
-
---¿De modo que has venido aquí?--dijo con voz tonante--. ¡Pues no se
-ha escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado hasta debajo del sofá!
-¡Hasta el granero se ha revuelto para ver si se daba contigo! Por
-causa tuya ha faltado poco para que le pegase a Anastasia... ¡Y vea
-usted dónde estaba metido! ¿Qué significa esto, Rodia? Di la verdad.
-Confiesa...
-
---Esto significa que me fastidiáis todos horrorosamente y que quiero
-estar solo--respondió fríamente Raskolnikoff.
-
---¡Solo, cuando no puedes aún ni andar, cuando estás pálido como la
-cera; cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué has venido a hacer al
-_Palacio de Cristal_? Confiésamelo en seguida.
-
---Déjame pasar--replicó Raskolnikoff, y trató de alejarse.
-
-Esto acabó de poner a Razumikin fuera de sí, y asiendo violentamente a
-su amigo por el brazo, le dijo:
-
---¿Y te atreves a decirme que te deje pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes
-lo que voy a hacer ahora mismo? A tomarte debajo del brazo, a llevarte
-a tu casa, como se lleva un envoltorio y encerrarte allí bajo llave.
-
---Escucha, Razumikin--dijo sin levantar la voz y con tono en la
-apariencia muy tranquilo--; ¿qué he de hacer para que comprendas
-que no necesito de tus beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las
-personas, en contra de su expresa voluntad! ¿Por qué viniste cuando caí
-enfermo a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes tú si yo hubiera sido
-feliz muriéndome? ¿No te he manifestado hoy con toda claridad que me
-martirizabas, que me eras insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar
-a la gente? Te juro que todo esto impide mi curación, teniéndome en
-una irritación continua. Ya has visto que Zosimoff se marchó para no
-martirizarme. ¡Déjame tú también, por amor de Dios!...
-
-Razumikin se quedó un momento pensativo y después soltó el brazo de su
-amigo.
-
---Bueno. ¡Vete, con mil diablos!--dijo con voz que no había perdido
-toda vehemencia.
-
-Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff, con extraordinario arrebato
-gritó Razumikin:
-
---¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy daré una comida; quizá hayan
-llegado ya mis convidados; pero he dejado ya allí a mi tío para que los
-reciba. Si tú no fueses un imbécil, un imbécil rematado, un imbécil
-incorregible... Escucha, Rodia; reconozco que no te falta inteligencia,
-pero eres un imbécil. Digo, pues, que si tú no fueses un imbécil,
-vendrías a pasar la noche en mi casa en vez de estropearte las botas
-vagando sin objeto por las calles. Puesto que has salido, mejor es que
-aceptes mi invitación. Haré que te suban un cómodo sofá. Mis patrones
-lo tienen. Tomarás una taza de te y estarás acompañado. Si no quieres
-un sofá, te echarás en el catre... Al menos estarás con nosotros; irá
-Zosimoff... ¿vendrás?
-
---No.
-
---Pero esto es absurdo--replicó vivamente Razumikin--. ¿Qué sabes
-tú? Tú no puedes responder a ti mismo; yo también he escupido mil
-veces sobre la sociedad, y después de haberme apartado de ella no he
-tenido más remedio que volver a buscarla. Llega un momento en que se
-avergüenza uno de su misantropía y procura reunirse con los hombres.
-Acuérdate, en casa de Potchinkoff, tercer piso.
-
---No iré, Razumikin--contestó Raskolnikoff alejándose.
-
---Apuesto que vendrás; de lo contrario, como si no te conociese--le
-gritó su amigo--. Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?
-
---Sí.
-
---¿Te ha visto?
-
---Sí.
-
---¿Te ha hablado?
-
---Sí.
-
---¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas si no quieres decirlo. Casa de
-Potchinkoff, núm. 47, habitación de Babusckin. Acuérdate.
-
-Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló la esquina. Después de haberle
-seguido con la mirada, Razumikin se decidió a entrar en el café, pero
-en medio de la escalera se detuvo.
-
---¡Por vida de...!--continuó casi en voz alta--. Habla con lucidez
-y como... ¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan siempre?
-Zosimoff, por lo que a mí me parece, también teme como yo--y se llevó
-el dedo a la frente--. ¿Cómo abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a
-ahogarse!... He hecho una tontería. No hay que vacilar--y echó a correr
-en busca de Raskolnikoff.
-
-Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso volverse a grandes pasos al
-_Palacio de Cristal_ para interrogar cuanto antes a Zametoff.
-
-Raskolnikoff se fué derecho al puente***, y deteniéndose en medio de
-él, se puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo dejado a Razumikin, su
-debilidad había aumentado, hasta el punto que solamente a duras penas
-pudo llegar a aquel sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse en
-cualquier parte, aunque fuese en la calle. Inclinado sobre el agua,
-contemplaba con mirada distraída los últimos rayos del sol poniente y
-la fila de casas que la noche velaba poco a poco con sus tinieblas.
-
---Sea, pues--dijo, alejándose del puente y tomando la dirección de la
-oficina de policía.
-
-Tenía el corazón como vacío: no quería pensar, ni siquiera sentía
-angustia. Una completa apatía había sucedido a la energía que
-experimentara cuando salió de casa resuelto «a acabar con todo».
-
---Después de todo, lo mismo da una solución que otra--pensaba avanzando
-lentamente por el muelle del canal--. Por lo menos, el desenlace
-depende de mi voluntad... ¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible que sea
-esto el fin? ¿Confesaré o no confesaré?... ¡pero si no puedo más!;
-quisiera acostarme o sentarme en alguna parte. Lo que me causa más
-vergüenza es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos, es preciso que
-esto acabe! ¡Qué ideas tan tontas tiene uno algunas veces!...
-
-Para ir a la comisaría, le era preciso seguir todo derecho y tomar por
-la segunda calle de la izquierda. Una vez allí, estaba a dos pasos
-del despacho de policía; pero al llegar al primer recodo se detuvo,
-reflexionó un instante y entró en el _pereulok_. Después anduvo sin
-rumbo por otras dos calles, sin duda para ganar un minuto y dar tiempo
-a sus reflexiones. Andaba con los ojos fijos en tierra. De repente, le
-parecía que alguien le murmuraba alguna cosa al oído. Levantó la cabeza
-y advirtió que estaba en la puerta de _aquella casa_. No había pasado
-por allí desde el día del crimen.
-
-Cediendo a un deseo tan irresistible como inexplicable, Raskolnikoff
-entró en ella, se dirigió a la escalera de la derecha y se dispuso
-a subir al cuarto piso. La empinada y estrecha escalera estaba
-muy obscura. El joven se detenía en cada descansillo y miraba con
-curiosidad en torno suyo. En el del primer piso habían puesto un
-vidrio en la ventana. «Ese vidrio no estaba la otra vez»--pensó el
-joven--. «He aquí el segundo piso en que trabajaban Mikolai y Mitrey:
-está cerrado y la puerta recién pintada. Sin duda han alquilado la
-habitación... He aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es». Tuvo un
-momento de vacilación: la puerta de la casa de la vieja estaba abierta
-de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban dentro. No había previsto
-aquello; sin embargo, tomó en seguida una resolución: subió los últimos
-escalones y entró.
-
-Varios obreros lo estaban restaurando, lo que causó un asombro grande
-a Raskolnikoff. Creyó encontrar el cuarto tal como lo había dejado él;
-quizá se figuró que yacerían los cadáveres en el suelo. Ahora, con gran
-sorpresa suya, vió que estaban desnudas las paredes. Se aproximó a la
-ventana y se sentó en el poyo.
-
-No había más que dos obreros, dos jóvenes, de los cuales uno era
-bastante mayor que el otro. Se ocupaban en cambiar la antigua tapicería
-amarilla, que estaba muy usada, por otra blanca sembrada de violetas.
-Esta circunstancia (ignoramos por qué) desagradó mucho a Raskolnikoff,
-el cual miraba colérico el papel nuevo, como si le contrariasen en
-extremo tales variaciones.
-
-Los papelistas se disponían a marcharse, y, sin hacer caso del
-visitante, continuaron su conversación.
-
-Raskolnikoff se levantó y pasó a la otra habitación, que contenía ante
-el cofre, la cama y la cómoda; este gabinete sin muebles le pareció
-muy pequeño. La tapicería no había sido cambiada; se podía señalar
-aún en el rincón el lugar que ocupaba en otro tiempo el armario de
-las sagradas imágenes. Después de haber satisfecho su curiosidad,
-Raskolnikoff volvió a sentarse en el poyo de la ventana.
-
-El mayor de los dos obreros le miró de reojo, y de repente,
-dirigiéndose a él, le dijo:
-
---¿Qué hace usted ahí?
-
-En vez de responder, Raskolnikoff se levantó, fué al descansillo y se
-puso a tirar del cordón. Era la misma campanilla, el mismo sonido.
-Llamó por segunda y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo
-sus recuerdos. La impresión terrible que sintiera ante la puerta de la
-vieja se produjo con vivacidad y lucidez crecientes; temblaba a cada
-campanillazo y sentía a cada golpe un placer cada vez mayor.
-
---¿Qué busca usted aquí? ¿quién es usted?--gritó el obrero encarándose
-con él.
-
-Raskolnikoff volvió a entrar en el cuarto.
-
---Quiero alquilar una habitación y he venido a mirar ésta--respondió.
-
---No se va por la noche a ver cuartos, y además debiera usted haber
-subido acompañado del _dvornik_.
-
---Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?--prosiguió Raskolnikoff--. ¿No
-hay sangre?
-
---¿Cómo sangre?
-
---Aquí fueron asesinadas la vieja y su hermana; había un verdadero mar
-de sangre.
-
---¿Quién eres tú?--gritó el obrero asustado.
-
---¿Yo?
-
---Sí.
-
---¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría y allí te lo diré.
-
-Los dos papelistas le miraron estupefactos.
-
---Ya es hora de marcharnos. Vamos, Aleshka. Hay que cerrar--dijo el de
-más edad a su compañero.
-
---Pues bien, vamos--replicó con tono indiferente Raskolnikoff, y
-saliendo él primero, precediendo a los dos operarios, bajó lentamente
-la escalera--. ¡Eh, _dvornik_!--gritó al llegar a la puerta de la calle
-donde había reunidas varias personas mirando pasar a la gente: dos
-porteros, un campesino, un ciudadano en traje de casa y algunos otros
-individuos.
-
-Raskolnikoff se fué derecho a ellos.
-
---¿Qué se le ofrece a usted?--preguntóle un portero.
-
---¿Has estado en la oficina de policía?
-
---De allí vengo.
-
---¿Están allí todavía?
-
---Sí.
-
---¿El ayudante del comisario también está?
-
---Estaba hace un momento. ¿Qué es lo que usted desea?
-
-Raskolnikoff no contestó y se quedó pensativo.
-
---Ha venido a ver el cuarto--dijo uno de los operarios.
-
---¿Qué cuarto?
-
---En el que trabajábamos. «¿Por qué se ha lavado la sangre?», nos ha
-dicho. «Aquí se ha cometido un asesinato y vengo para alquilar el
-cuarto.» Se puso a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina de
-policía», añadió después; «allí lo diré todo».
-
-El portero, preocupado, contempló a Raskolnikoff frunciendo las cejas.
-
---¿Quién es usted?--preguntó, levantando la voz con acento de amenaza.
-
---Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff, antiguo estudiante y vivo
-cerca de aquí, en el _pereulok_ inmediato, casa de Chill, departamento
-número 14. Pregunta al portero; me conoce.
-
-Raskolnikoff dijo todo esto con aire indiferente y tranquilo, mirando
-obstinadamente a la calle y sin fijar la vista una sola vez en su
-interlocutor.
-
---¿Y qué ha venido usted a hacer aquí?
-
---He venido a ver la casa.
-
---¿Y qué se le ha perdido a usted en ella?
-
---¿No sería mejor detenerle y conducirle a la comisaría?--propuso de
-repente el burgués.
-
-Raskolnikoff le miró con atención por encima del hombro.
-
---Vamos allá--dijo el joven con indiferencia.
-
---Sí. Es preciso llevarle a la comisaría--siguió diciendo y con mayor
-seguridad el burgués--. Cuando ha venido aquí, es que algo le pesa en
-la conciencia.
-
---¡Dios sabe si estará borracho!--murmuró un obrero.
-
---¿Pero qué es lo que quieres?--gritó de nuevo el portero, que empezaba
-a incomodarse de verdad--. ¿Por qué vienes a molestarnos?
-
---¿Te da miedo ir a la comisaría?--dijo con tono burlón Raskolnikoff.
-
---¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes que nos estás fastidiando?
-
---Es un granuja--dijo una campesina.
-
---¿Para qué disputar con él?--apuntó a su vez el otro portero, un
-_mujick_ enorme que llevaba un gabán desabrochado y un manojo de llaves
-pendientes de la cintura--. De seguro es un granuja. ¡Ea! ¡Lárgate en
-seguida!
-
-Y agarrando a Raskolnikoff por un brazo lo lanzó en medio del arroyo.
-
-El joven estuvo a punto de caer al suelo; sin embargo, pudo sostenerse
-en pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio, miró silenciosamente a
-todos los espectadores y se alejó silenciosamente.
-
---¡Vaya un tipo!--observó un obrero.
-
---Todo el mundo se ha vuelto ahora muy extravagante--dijo la campesina.
-
---Lo que usted quiera y mucho más--añadió el burgués--; pero hubiera
-sido conveniente llevarle a la comisaría.
-
---¿Iré o no iré?--pensaba Raskolnikoff deteniéndose en medio de una
-encrucijada y mirando en torno suyo, como si hubiese estado esperando
-un consejo de alguien.
-
-Pero su pregunta no obtuvo respuesta; todo estaba sordo y sin vida,
-como las piedras de las calles... De pronto, a doscientos pasos de
-él, distinguió, a través de la obscuridad, un grupo de gente del que
-partían gritos y palabras animadas... El grupo rodeaba un coche. En el
-suelo brillaba una débil luz.
-
---¿Qué pasa ahí?
-
-Raskolnikoff volvió a la derecha y fué a mezclarse con la multitud.
-Parecía querer aferrarse al menor incidente, y esta pueril
-predisposición le hacía sonreír, porque ya había tomado su partido y
-decía para sus adentros:
-
---De un momento a otro acabará todo esto.
-
-
-VII
-
-Detenido en medio de la calle había un elegante coche particular,
-tirado por dos sudorosos caballos tordos. En el interior no había nadie
-y el cochero se había bajado del pescante y sujetaba a los caballos
-por el bocado. En torno del carruaje se apiñaba la multitud, contenida
-por los agentes de policía. Uno de éstos tenía una linterna pequeña
-en la mano e inclinado hacia el suelo alumbrado algo que yacía en el
-arroyo cerca de las ruedas. Todo el mundo hablaba, gritaba y parecía
-consternado; por su parte, el cochero, aturdido, no cesaba de repetir:
-
---¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!
-
-Raskolnikoff se abrió paso a fuerza de codazos al través de los
-curiosos y logró ver lo que había sido causa de que la gente se
-reuniese. En medio de la calle yacía ensangrentado y privado del
-conocimiento un individuo que acababa de ser atropellado por los
-caballos. Aunque estaba muy mal vestido, su aspecto no era el de un
-hombre vulgar. Tenía el cráneo y el rostro cubiertos de horribles
-heridas, por las cuales salía la sangre a borbotones. No se trataba de
-un incidente sin importancia.
-
---¡Dios mío!--decía el cochero--; no he podido impedir esta desgracia.
-Si yo hubiese llevado los caballos al galope, o si no lo hubiese visto
-y avisado, bueno que se me echase la culpa. Pero no; el coche iba
-despacio como todo el mundo ha podido ver. Desgraciadamente, sabido es
-que un borracho no se fija en nada... Le veo atravesar la calle una
-vez, dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh! ¡cuidado!» Refreno
-los caballos; pero él se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo hacía
-adrede! Los animales son jóvenes y fogosos, se lanzaron... el hombre
-gritó y sus gritos los excitaron más... así ha ocurrido esa desgracia.
-
---Sí, de ese modo ha pasado--afirmó uno que había sido testigo de la
-escena.
-
---En efecto--dijo otro--; por tres veces le avisó el cochero.
-
---Sí, por tres veces, todos le hemos oído--añadió uno del grupo.
-
-Por su parte, el cochero no parecía muy inquieto por las consecuencias
-de aquel suceso; evidentemente, el propietario del carruaje era un
-personaje poderoso que esperaba la llegada de su coche. Esta última
-circunstancia despertaba la cuidadosa solicitud de los agentes de
-policía. Era, sin embargo, preciso llevar al herido al hospital. Nadie
-sabía su nombre.
-
-Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos, logró aproximarse al herido. De
-pronto un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado, y el joven lo
-reconoció.
-
---Le reconozco, le reconozco--gritó empujando a los que le rodeaban y
-colocándose en la primera fila del grupo--; es un antiguo funcionario,
-el consejero titular Marmeladoff. Vive aquí cerca, en casa de Kozel...
-¡Pronto! ¡un médico! ¡yo pago!
-
-Sacó dinero del bolsillo y lo mostró a un agente de policía. Revelaba
-extraordinaria agitación.
-
-Los agentes se alegraron de saber quién había sido el atropellado.
-Raskolnikoff dió su nombre y dirección e insistió con empeño para
-que se transportase el herido a su domicilio. Aunque la víctima del
-accidente hubiese sido su padre, no habría mostrado el joven mayor
-solicitud.
-
---Es ahí, tres casas más allá donde vive; en la de Kozel, un alemán
-rico... Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco... Es un
-borracho... Vive ahí con su familia, tiene mujer e hijos. Antes de
-llevarle al hospital, es menester que le vea un médico; alguno habrá
-por aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré; su estado exige una
-cura inmediata. Si no se le socorre en seguida, morirá antes de llegar
-al hospital.
-
-Raskolnikoff puso disimuladamente algunas monedas en la mano de un
-agente de policía. Por otra parte, lo que el joven le mandaba era
-perfectamente lógico, se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff y
-algunos voluntarios se ofrecieron a transportarle a su casa. La de
-Kozel estaba situada a treinta pasos del lugar en que había ocurrido el
-accidente. Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con precaución la cabeza
-del herido, y enseñando el camino.
-
---¡Aquí, aquí! En la escalera, tened cuidado de que no vaya la cabeza
-baja: dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas gracias--murmuraba.
-
-En aquel momento Catalina Ivanovna, como de costumbre, cuando tenía un
-minuto libre, paseaba de un lado a otro de su reducida sala, yendo de
-la ventana a la chimenea y viceversa, con los brazos cruzados sobre el
-pecho, charlando sola y tosiendo. Desde algún tiempo hablaba cada vez
-de mejor gana con su hija mayor Polenka. Aunque esta niña, de diez años
-de edad, no comprendía aún muchas cosas, se daba, sin embargo, cuenta
-de la necesidad que su madre tenía de ella, de modo que fijaba siempre
-sus grandes e inteligentes ojos en Catalina Ivanovna, y en cuanto ésta
-le dirigía la palabra, la niña hacía todos los esfuerzos imaginables
-para comprender, o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.
-
-Ahora Polenka desnudaba a su hermanito que había estado durante todo
-el día enfermo y que iba a acostarse. Esperando a que le quitasen la
-camisa para lavarla por la noche, el niño, con aspecto serio, estaba
-sentado en una silla silencioso e inmóvil y escuchaba, abriendo mucho
-los ojos, lo que su mamá decía a su hermana. La niña más pequeña, Lida
-(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos, esperaba a su vez en pie,
-cerca de la mampara. La puerta que daba al descansillo estaba abierta,
-a fin de que saliera el humo del tabaco que llegaba de la habitación
-contigua, y que, a cada instante, hacía toser a la pobre tísica.
-Catalina Ivanovna estaba peor desde hacía ocho días, y las siniestras
-manchas de sus mejillas tenían un color más vivo que nunca.
-
---No puedes imaginarte, Polenka--decía paseándose por la habitación--,
-qué alegre y brillante vida era la que hacíamos en casa de papá y cuán
-desgraciados somos todos a causa de este borracho. Papá tenía en el
-servicio civil un empleo equivalente al grado de coronel. Era casi
-gobernador y no le faltaba más que un paso para llegar a este puesto;
-así es que todo el mundo le decía: «Consideramos a usted ya, Ivan
-Mikhailtch, como gobernador.»
-
-La interrumpió un golpe de tos.
-
---¡Oh condenada vida!
-
-Escupió y se apretó el pecho con las manos.
-
---¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa y las medias, Lida--añadió,
-dirigiéndose a la chiquita--. Esta noche dormirás sin camisa. Pon las
-medias al lado... Se lavará todo al mismo tiempo... ¡Y ese borracho
-sin venir!... Quisiera lavar también su camisa con todo lo demás, para
-no tener que fatigarme dos noches seguidas. ¡Señor, Señor!--volvió a
-toser--. ¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?--exclamó al ver que el vestíbulo
-se llenaba de gente, la cual penetraba en la sala con una especie de
-fardo--. ¿Qué es eso? ¿Qué es lo que traen? ¡Dios mío!
-
---¿Dónde hay que ponerlo?--preguntó un agente de policía mirando en
-derredor suyo mientras introducían en la habitación a Marmeladoff
-ensangrentado y exánime.
-
---En el sofá. Extenderle en el sofá... La cabeza aquí--indicó
-Raskolnikoff.
-
---Es un borracho que ha sido atropellado en la calle--gritó uno desde
-la puerta.
-
-Catalina Ivanovna, intensamente pálida, respiraba con dificultad. La
-pequeña Lida corrió gritando hacia su hermana mayor, y toda temblorosa
-la estrechó en sus brazos.
-
-Después de haber ayudado a colocar a Marmeladoff en el sofá,
-Raskolnikoff se acercó a Catalina Ivanovna.
-
---Por el amor de Dios, tranquilícese, cálmese, no se asuste tanto--dijo
-el joven vivamente--. Atravesaba la calle y un coche le ha atropellado;
-no se alarme usted, va a recobrar el conocimiento. He mandado que
-le traigan aquí. Yo ya he venido a esta casa otra vez. Quizá no se
-acuerde usted. Volverá en si. Yo pagaré...
-
---No volverá en si, no volverá en si--dijo con desesperación Catalina
-Ivanovna y se precipitó hacia su marido.
-
-Raskolnikoff echó de ver en seguida que esta mujer no era propensa
-a desmayos. En un instante colocó una almohada debajo de la cabeza
-del herido, cosa en que nadie había pensado. Catalina Ivanovna se
-puso a desnudar a Marmeladoff, a examinar sus heridas y a prodigarle
-inteligentes cuidados. La emoción no le quitaba la presencia de ánimo;
-se olvidaba de sí misma, mordíase los labios temblorosos y contenía en
-su pecho los gritos prontos a escaparse.
-
-Durante este tiempo, Raskolnikoff mandó por un médico que vivía en la
-vecindad.
-
---He mandado a buscar un médico--dijo a Catalina Ivanovna--. No se
-preocupe usted, yo pagaré. ¿No tiene usted agua? Déme una toalla,
-una servilleta, cualquier cosa, en seguida. No podemos juzgar de la
-gravedad de las heridas... está herido, pero no muerto; convénzase
-usted. Ya veremos lo que dice el doctor.
-
-Catalina Ivanovna corrió a la ventana; colocada sobre una mala silla
-había una cubeta con agua, preparada para lavar durante la noche la
-ropa del marido y de sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer este
-lavado nocturno con sus propias manos, dos veces por semana, cuando
-no más a menudo, porque los Marmeladoff habían llegado a tal extremo
-de miseria, que les faltaba casi en absoluto ropa para mudarse: cada
-miembro de la familia no tenía más camisa que la que llevaba puesta, y
-como Catalina Ivanovna no podía sufrir la suciedad, prefería la pobre
-tísica, antes que verla reinar en su casa, fatigarse por las noches
-lavando la ropa de los suyos, para que ellos la encontrasen limpia y
-repasada al día siguiente al despertar.
-
-Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la cubeta y se la llevó al joven, pero
-faltó poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff logró encontrar
-una toalla, la empapó de agua y lavó con ella el rostro ensangrentado
-de Marmeladoff. Catalina Ivanovna, en pie a su lado, respiraba con
-dificultad y se apretaba el pecho con las manos.
-
-No hubieran estado de más para ella los cuidados facultativos.
-
---Quizá he hecho mal en traer el herido a su casa--pensaba Raskolnikoff.
-
-El guardia no sabía qué decidir.
-
---¡Polia!--gritó Catalina Ivanovna--, ve corriendo a casa de Sonia;
-pronto, dile que su padre ha sido atropellado por un coche, que venga
-en seguida. Si no la encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff
-para que le den el recado en cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda,
-ponte ese pañuelo en la cabeza!
-
-En tanto, la sala se había llenado de tal modo de gente, que no cabía
-ya ni un alfiler. Los agentes de policía se retiraron; uno solo se
-quedó momentáneamente y trató de desalojar algo el aposento. Mientras
-que ocurría esto, por la puerta de comunicación interior penetraron en
-la sala casi todos los inquilinos de la señora Lippevechzel: primero
-se detuvieron en el umbral, pero bien pronto invadieron la habitación.
-Catalina Ivanovna se puso furiosa.
-
---Deberíais al menos dejarle morir en paz--gritaba a los asaltantes--.
-Venís aquí como a un espectáculo--y se interrumpió para toser--. Y
-entráis con el sombrero puesto; marchaos, tened por lo menos respeto a
-la muerte.
-
-La tos que la ahogaba la impidió seguir; pero su severa admonición
-produjo efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna inspiraba cierto temor.
-
-Los inquilinos fueron unos tras otros desfilando hacia la puerta,
-llevándose en sus corazones ese extraño sentimiento de satisfacción
-que hasta los hombres más compasivos experimentan a la vista de la
-desgracia ajena. Después que hubieron salido se oyeron las voces del
-otro lado de la puerta: decían en alta voz que era preciso enviar el
-herido al hospital, pues no había derecho para turbar la tranquilidad
-de la casa.
-
---Ese es el inconveniente de morirse--vociferó Catalina Ivanovna, y ya
-se preparaba a desahogar en ellos su indignación, cuando se abrió la
-puerta y apareció la señora Lippevechzel en persona.
-
-La patrona acababa de saber la desgracia y venía a restablecer el
-orden. Era una alemana intrigante y mal educada.
-
---¡Ah, Dios mío!--dijo juntando las manos--, ¡su marido de usted, que
-estaba borracho, se ha dejado aplastar por un coche! Hay que llevarle
-al hospital, yo soy la propietaria.
-
---Amalia Ludvigovna, suplico a usted que piense lo que habla--comenzó a
-decir con tono arrogante Catalina Ivanovna. (Siempre que hablaba a la
-patrona empleaba el mismo tono para recordarle la debida compostura;
-y aun en aquel momento no pudo resistir a semejante placer.)--Amalia
-Ludvigovna.
-
---Ya se lo he dicho a usted de una vez para siempre, no quiero que se
-me llame Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.
-
---Usted no es Amalia Ivanovna sino Amalia Ludvigovna, y como yo no
-pertenezco al grupo de viles aduladores de usted, tal como el señor
-Lebeziatnikoff que se está riendo ahora detrás de la puerta. (Ahora se
-agarran ji, ji--decía en efecto una voz burlona en la pieza inmediata),
-yo la llamaré a usted siempre Amalia Ludvigovna, aunque no puedo
-comprender por qué le molesta este nombre. Ya ve usted lo que acaba de
-ocurrirle a Simón Zakharovitch: está muriéndose. Suplico a usted que
-cierre la puerta y que no deje entrar nadie aquí. Déjele, al menos, que
-muera en paz. De lo contrario le juro a usted que mañana mismo daré
-parte al gobernador general. El príncipe me conoce desde mi juventud
-y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch, a quien más de una vez
-ha hecho algún favor. Todo el mundo sabe que mi marido tenía muchos
-amigos y protectores; como se daba cuenta de su desgraciado vicio, cesó
-de tratarse con ellos por un sentimiento noble de delicadeza; pero
-ahora--añadió señalando a Raskolnikoff--hemos encontrado apoyo en este
-magnánimo joven que es rico, tiene muy buenas relaciones y es amigo
-desde la infancia de Simón Zakharovitch. Téngalo usted presente, Amalia
-Ludvigovna.
-
-Todo este discurso fué pronunciado con creciente rapidez, pero la
-tos interrumpió la elocuencia de Catalina Ivanovna En aquel momento,
-Marmeladoff, volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina se acercó
-solícita a su esposo. Este, sin darse aún cuenta de nada, miraba a
-Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su respiración era débil y penosa,
-tenía sangre en las comisuras de los labios y la frente empapada en
-sudor. No reconociendo a Raskolnikoff le miraba con cierta inquietud.
-Catalina Ivanovna fijó en el herido una mirada afligida, pero severa.
-Después la pobre mujer rompió a llorar.
-
---¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado! ¡Cuánta sangre!--decía
-acongojada--. Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un poco, si puedes,
-Marmeladoff!
-
-Marmeladoff la reconoció.
-
---¡Un sacerdote!--dijo con voz ronca.
-
-Catalina Ivanovna se aproximó a la ventana y apoyando la frente en el
-marco gritó con desesperación:
-
---¡Oh vida, mil veces maldita!
-
---¡Un sacerdote!--repitió el moribundo después de una pausa.
-
---¡Silencio!--le gritó Catalina Ivanovna.
-
-El herido obedeció y calló. Buscaba a su mujer con ojos tímidos y
-ansiosos. Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera; Marmeladoff
-se tranquilizó, pero no por largo tiempo. De repente vió en el rincón
-a la pequeña Lida (su predilecta), que temblaba como si le fuese a dar
-una convulsión y que le miraba con ojos enormemente abiertos de niño
-asombrado.
-
---¡Ah, ah!--dijo con gran agitación señalando a la chiquilla.
-
-Se comprendía que trataba de decir algo.
-
---¿Qué?--gritó Catalina Ivanovna.
-
---¡No tiene calzado!--y sus ojos, como de loco, no se apartaban de los
-pies desnudos de la niña.
-
---¡Cállate!--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--: demasiado
-sabes que no tiene calzado...
-
---¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!--dijo gozosamente Raskolnikoff.
-
-Entró un viejecillo alemán de modales acompasados, que miraba con
-desconfianza en derredor suyo. Se aproximó al herido, le tomó el
-pulso, examinó atentamente la cabeza, y después, ayudado por Catalina
-Ivanovna, desabrochó la camisa, toda ensangrentada, y dejó el pecho
-al descubierto, que estaba magullado; varias costillas de la derecha
-rotas, a la izquierda, al lado del corazón, se veía una gran mancha
-negruzca y amarillenta marcada por una violenta pisada de caballo. El
-doctor frunció el entrecejo. El agente de policía acababa de contarle
-que el herido había sido atropellado en una calle y arrastrado en una
-extensión de treinta pasos.
-
---Es asombroso que esté todavía vivo--murmuró en voz baja el doctor
-dirigiéndose a Raskolnikoff.
-
---¿Qué le parece a usted?--preguntó este último.
-
---Caso perdido.
-
---¿No hay esperanza?
-
---Ninguna. Va a exhalar el último suspiro... Tiene una herida muy
-peligrosa en la cabeza. Podría sangrársele... pero sería inútil: morirá
-de seguro dentro de cinco a seis minutos.
-
---Sángrele usted, sin embargo.
-
---Sea; pero le advierto que la sangría no servirá absolutamente de nada.
-
-Estando en esto se oyó otra vez ruido de pasos. La multitud, que se
-agrupaba en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico de cabellos
-blancos. Traía la Extremaunción para el moribundo. El doctor cedió
-el puesto al sacerdote, con el cual cambió una significativa mirada.
-Raskolnikoff suplicó al médico que se quedase un momento todavía. El
-médico accedió encogiéndose de hombros.
-
-Todos se apartaron. La confesión duró muy poco tiempo. Marmeladoff
-no se hallaba en estado de discurrir. Sólo podía lanzar sonidos
-entrecortados e ininteligibles. Catalina Ivanovna fué a arrodillarse
-en el rincón inmediato a la chimenea, e hizo que se arrodillasen
-delante de ella los dos niños. Lidotshka no hacía más que temblar.
-El pequeñuelo, de rodillas, imitaba los grandes signos de cruz que
-hacía su madre y se prosternaba dando en el suelo con la frente, lo
-que parecía divertirle. Catalina Ivanovna se mordía los labios y
-contenía las lágrimas. Rezaba arreglando al mismo tiempo la camisa del
-pequeñuelo, sin interrumpir su oración, y sin levantarse consiguió
-sacar de la cómoda un pañuelo del cuello que echó sobre los hombros
-desnudos de la niña. En tanto la puerta de comunicación había sido
-abierta de nuevo por los curiosos vecinos. En el descansillo había
-también aumentado el grupo de espectadores. Se encontraban en él todos
-los inquilinos de los diversos pisos; pero sin franquear el umbral de
-la estancia. Toda esta escena estaba alumbrada por un cabo de vela.
-
-En aquel momento, Polenka, que había ido a buscar a su hermana,
-atravesó vivamente el grupo formado en el corredor y entró, pudiendo
-apenas respirar a causa de lo que había ocurrido. Después de quitarse
-el pañuelo, buscó con los ojos a su madre, y acercándose a ella le dijo:
-
---Ahí viene; la he encontrado por la calle.
-
-Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse a su lado. Sonia se abrió
-paso tímidamente, y sin ruido, por en medio de la gente. En aquella
-habitación, que era la imagen de la miseria, de la desesperación y
-de la muerte, su entrada repentina produjo extraño efecto. Aunque
-muy pobremente vestida, iba muy ataviada con ese aire llamativo que
-distingue a las pobres mujerzuelas del arroyo. Al llegar a la entrada
-del aposento, la joven se detuvo en el umbral y echó al interior una
-mirada de asombro. Parecía que no tenía conciencia de nada; no se
-cuidaba de su falda de seda, comprada de lance, cuyo color chillón y
-cuya cola desmesuradamente larga eran muy impropias de aquel lugar
-lo mismo que su inmenso miriñaque que ocupaba toda la anchura de la
-puerta, sus botas provocadoras, la sombrilla que tenía en la mano,
-aunque no tuviese necesidad de ella, y, en fin, su ridículo sombrero de
-paja, adornado con una pluma brillantemente roja.
-
-Bajo aquel sombrero picarescamente ladeado, se veía una carita
-enfermiza, pálida y asustada con la boca abierta e inmóviles de
-terror los ojos. Sonia tenía diez y ocho años, era rubia, bajita y
-delgada, pero bastante linda. Llamaban la atención sus ojos claros.
-Tenía la mirada fija en el lecho y en el sacerdote. Como Polenka,
-estaba sofocada por lo de prisa que había venido. Por último, algunas
-palabras, murmuradas por la gente, llegaron sin duda a sus oídos.
-Bajando la cabeza franqueó el umbral y penetró en la sala, pero se
-quedó cerca de la puerta.
-
-Cuando el moribundo hubo recibido los Santos Sacramentos, su mujer se
-acercó a él. Antes de retirarse, el sacerdote creyó de su deber dirigir
-algunas palabras de consuelo a Catalina Ivanovna.
-
---¡Qué va a ser de ellos!--interrumpió la mujer con amargura mostrando
-sus hijos.
-
---Dios es misericordioso; confíe usted en el socorro del
-Altísimo--replicó el eclesiástico.
-
---¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!
-
---Eso es un pecado, señora, un pecado--observó el sacerdote moviendo la
-cabeza.
-
---¿Y esto no es un pecado?--replicó vivamente Catalina Ivanovna
-mostrando al moribundo.
-
---Los que le han privado involuntariamente de su sostén le ofrecerán
-quizá una indemnización para reparar al menos el perjuicio material.
-
---Usted no me comprende--replicó con tono irritado Catalina Ivanovna--.
-¿De qué hay que indemnizarme si ha sido él mismo que, borracho como
-estaba, se ha arrojado a los pies de los caballos? ¡El mi sostén! ¡Si
-ha sido siempre para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía todo! ¡Si
-nos despojaba para ir a gastarse el dinero de la casa en la taberna!
-¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto es un verdadero alivio para
-nosotras!
-
---Hay que perdonar a un moribundo; esos sentimientos son un pecado,
-señora, un gran pecado.
-
-Mientras hablaba con el sacerdote, Catalina Ivanovna no cesaba de
-ocuparse del herido: le daba agua, le enjugaba el sudor y la sangre
-de su cabeza y arreglaba las almohadas. Las últimas palabras del
-eclesiástico la pusieron hecha una furia.
-
---¡Eh, _batuchka_! ¡Esas no son más que palabras! ¡Perdonar! Si hoy no
-le hubiesen aplastado los caballos, habría entrado en casa, como de
-costumbre, borracho. Como no tiene más camisa que la que lleva puesta,
-hubiera tenido yo que lavársela mientras él durmiese, así como la ropa
-de los niños. Después hubiera necesitado secarlo todo, para repasarlo
-a la madrugada. Tal es el empleo de mis noches. ¡Y me habla usted de
-perdón! Además, le he perdonado.
-
-Un violento acceso de tos le impidió seguir adelante. Escupió en un
-pañuelo y lo extendió ante los ojos del eclesiástico, mientras con
-la mano izquierda apretaba dolorosamente su pecho. El pañuelo estaba
-ensangrentado.
-
-El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.
-
-Marmeladoff estaba en la agonía; no apartaba los ojos de su mujer, que
-de nuevo se había inclinado sobre él. Tenía deseos de decirle algo,
-trataba de hablar, movía los labios con esfuerzo, pero no conseguía
-otra cosa que prorrumpir en sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna,
-comprendiendo que su marido quería pedirle perdón, le gritó con tono
-imperioso:
-
---Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres decir...
-
-El herido se calló, pero en aquel instante sus miradas se dirigieron a
-la puerta y vió a Sonia...
-
-Hasta entonces no había reparado en el rincón sombrío en que la joven
-se encontraba.
-
---¿Quién está allí? ¿Quién está allí?--dijo de repente con voz ronca y
-ahogada mostrando al mismo tiempo con los ojos, que expresaban un gran
-terror, la puerta frente a la cual estaba en pie su hija.
-
-Marmeladoff trató de incorporarse.
-
---¡Sigue echado! ¡No te muevas!--gritó Catalina Ivanovna.
-
-Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró sentarse en el sofá.
-Durante algún tiempo contempló a su hija con aire extraño; parecía no
-reconocerla; era también la vez primera que la veía en aquel traje.
-Tímida, humillada y avergonzada bajo sus oropeles de mujer pública, la
-infeliz esperaba humildemente que se le permitiese dar el último beso
-a su padre. De pronto, éste la reconoció y se pintó en su rostro un
-sufrimiento inmenso.
-
---¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!--gritó.
-
-Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo su punto de apoyo rodó
-pesadamente por el suelo. Se apresuraron a levantarle y le pusieron en
-el sofá; pero ya todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse,
-lanzó un débil grito, corrió hacia su padre y le besó. El desdichado
-expiró en los brazos de su hija.
-
---¡Ha muerto!--exclamó Catalina Ivanovna ante el cadáver de su
-marido--. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro? ¿Cómo daré de
-comer mañana a mis hijos?
-
-Raskolnikoff se aproximó a la viuda.
-
---Catalina Ivanovna--le dijo--, la semana pasada me contó su marido
-toda la vida de usted sin omitir detalle... Puede estar segura de que
-me habló de usted con verdadero entusiasmo. Desde aquella tarde, al
-ver cuánto la estimaba, cuánto amaba y honraba a usted, a pesar de
-su malhadada debilidad, desde aquella tarde, repito, soy su amigo...
-Permítame, pues, que le ayude a cumplir sus últimos deberes con el
-difunto. Aquí tiene usted veinte rublos, y si mi presencia puede serle
-de alguna utilidad... Yo vendré a verla a usted muy pronto... ¡Adiós!
-
-Y salió precipitadamente de la sala; pero al atravesar el descansillo
-encontró entre el grupo de curiosos a Nikodim Fomitch, que había
-tenido noticia del accidente e iba a cumplir con los deberes de su
-cargo llenando las formalidades propias del caso. Desde la escena
-ocurrida en la oficina de policía, el comisario no había vuelto a ver a
-Raskolnikoff. Sin embargo, le reconoció en seguida.
-
---¡Ah! ¿Es usted?--le preguntó.
-
---Ha muerto--contestó Raskolnikoff--. Le han asistido un médico y un
-sacerdote; nada le ha faltado. No moleste usted a la pobre viuda; está
-tísica y su nueva desgracia le será funesta. Consuélela usted... Sé
-que usted es un hombre muy bueno--añadió sonriendo y mirando frente a
-frente al comisario.
-
---Está usted manchado de sangre--dijo Nikodim Fomitch, que acababa de
-ver algunas manchas recientes en el chaleco de su interlocutor.
-
---Sí, me ha caído encima... Estoy empapado en sangre--agregó el joven
-con extraño acento; después, sonrióse, saludó al comisario con un
-movimiento de cabeza y se alejó.
-
-Bajó la escalera sin apresuramiento. Una especie de fiebre agitaba
-todo su ser: sentía que una vida potente y nueva brotaba de repente en
-él. Podía compararse esta sensación a la de un condenado a muerte que
-recibe a última hora el inesperado indulto. En medio de la escalera se
-hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote que volvía a su domicilio.
-Lo dos hombres cambiaron un silencioso saludo. Cuando Raskolnikoff
-bajaba los últimos escalones, oyó pasos presurosos detrás de sí.
-Alguien trataba de alcanzarle. En efecto, Polenka corría en pos de él
-gritándole:
-
---¡Oiga usted, caballero, oiga usted!
-
-Raskolnikoff se volvió. La niña descendió apresuradamente el último
-tramo y se detuvo enfrente del joven en un escalón por encima de él.
-Un débil resplandor provenía del patio. Raskolnikoff examinó el rostro
-demacrado de la niña; Polenka le miraba con alegría infantil que hacía
-resaltar su delicada belleza. Se le había confiado una misión que,
-evidentemente, le agradaba mucho.
-
---Oiga usted, ¿cómo se llama usted?... ¡Ah! ¿Dónde vive
-usted?--preguntó precipitadamente.
-
-Raskolnikoff le puso las manos en los hombros y la contempló con una
-especie de felicidad. ¿Por qué experimentaba tal placer mirando a la
-niña? Ni él mismo lo sabía.
-
---¿Quién te manda?
-
---Mi hermana Sonia--respondió la niña sonriendo aún más alegremente.
-
---Ya suponía yo que venías de parte de tu hermana.
-
---Sonia me envió primero; pero en seguida mamá me dijo: «Ve corriendo,
-Polenka.»
-
---¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?
-
---La quiero más que... a todo el mundo--afirmó con singular energía
-Polenka, y su sonrisa tomó de repente una expresión seria.
-
---¿Y a mí me querrás?
-
-En lugar de responder la niña, aproximó la cara a la del joven y
-presentó cándidamente la boca para besarle. De repente, con sus
-bracitos delgados como cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff,
-e inclinando la cabeza en el hombro del joven se puso a llorar en
-silencio.
-
---¡Pobre papá!--dijo al cabo de un momento, levantando la cabeza
-y enjugándose las lágrimas con la mano--. Ahora no se ven más que
-desgracias--añadió sentenciosamente, con esa gravedad particular que
-afectan los niños cuando quieren hablar como las personas mayores.
-
---¿Te quería tu papá?
-
---Quería más a Lidotshka--respondió en el mismo tono serio (su sonrisa
-había desaparecido),--sentía predilección por ella, porque es la más
-pequeña y porque está delicada; siempre le traía cosas. Nos enseñaba
-a leer; me daba lecciones de gramática y doctrina--añadió la niña con
-dignidad--. Mamá no decía nada; pero nosotros sabíamos que esto le daba
-gusto y papá también lo sabía. Mamá quiere enseñarme el francés, porque
-ya es tiempo de comenzar mi educación.
-
---¿Sabes rezar?
-
---¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho tiempo! Yo, como soy la mayor,
-rezo sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones en voz alta con
-mamá. Recitan primero las letanías de la Santísima Virgen, luego otra
-oración: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestra hermana
-Sonia», y luego: «¡Señor! Concede tu perdón y tu bendición a nuestro
-otro papá», porque no le he dicho a usted que nuestro antiguo papá hace
-tiempo que murió; éste era otro; pero nosotros rezamos también por el
-primero.
-
---Polenka, me llamo Rodión Romanovitch; nómbrame también alguna vez en
-tus oraciones: «perdona a tu siervo Rodión» y nada más.
-
---Siempre, siempre rezaré por usted--respondió calurosamente la niña; y
-echándose a reír, besó de nuevo al joven con ternura.
-
-Raskolnikoff le repitió su nombre, le dió las señas y le prometió
-volver al otro día sin falta. La niña se separó de él encantada. Eran
-las diez dadas cuando salía de la casa.
-
-No le costó trabajo encontrar la habitación de Razumikin; en casa de
-Potchinkoff conocían a su nuevo inquilino y el _dvornik_ indicó en
-seguida a Raskolnikoff el cuarto de su amigo. Hasta la mitad de la
-escalera llegaba la algazara de la reunión que debía ser numerosa y
-animada. La puerta estaba abierta y se oía el ruido de las voces.
-
-La estancia de Razumikin era bastante grande; la reunión se componía
-de unas quince personas. Raskolnikoff se detuvo en la antesala; detrás
-del tabique había dos grandes samovars, botellas, platos y fuentes
-cargados de pastas; dos criados de la patrona se agitaban en medio
-de todo aquello. Raskolnikoff hizo que llamasen a Razumikin. Este se
-presentó muy contento. A la primera ojeada se adivinaba que había
-bebido con exceso; y aunque en general a Razumikin le fuese imposible
-emborracharse, por esta vez probaba su exterior que no había podido
-contenerse.
-
---Escucha--comenzó a decir Raskolnikoff--, he venido con el solo objeto
-de decirte que, en efecto, has ganado la apuesta y que nadie sabe lo
-que puede pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy muy débil; apenas
-si puedo tenerme en pie. De modo que, buenas noches, y adiós. Mañana
-pásate por mi casa.
-
---¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte. Según tu propia confesión,
-estás débil.
-
---¿Y tus invitados? ¿Quién es ese hombre de cabello rizado que acaba de
-entreabrir la puerta?
-
---¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser un amigo de mi tío o acaso un señor
-cualquiera que ha venido sin invitación... Los dejaré con mi tío; es un
-hombre inapreciable; siento que no puedas trabar conocimiento con él.
-Por lo demás, que el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer ahora
-con ellos; necesito tomar el aire, de modo que has llegado a propósito,
-amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera caído sobre ellos. ¡Dicen
-tales majaderías! No puedes imaginarte de qué divagaciones suelen
-algunos hombres ser capaces. Digo, si puedes imaginártelo. ¿Acaso
-nosotros no divagamos también? ¡Ea! dejémosles decir necedades; no
-siempre tendrán ocasión de colocarlas... Espera un momentito; voy a
-traer a Zosimoff.
-
-El doctor acudió con extraordinario apresuramiento a ver a
-Raskolnikoff. Al echar la vista encima a su cliente se manifestó en su
-rostro una gran curiosidad que bien pronto se desvaneció.
-
---Es menester que se acueste usted en seguida--dijo al enfermo--; y
-tome un calmante para procurarse un sueño apacible. Aquí tiene usted
-esos polvos que yo he preparado hace poco. ¿Los tomará usted?
-
---Ciertamente--respondió Raskolnikoff.
-
---Harás bien en acompañarle--dijo Zosimoff dirigiéndose a Razumikin--;
-veremos mañana cómo está; hoy no va mal. Ha cambiado mucho en poco
-tiempo. Cada día se aprende una cosa nueva.
-
---¿Sabes lo que Zosimoff me decía hace un momento por lo bajo?--comenzó
-a decir con voz pastosa Razumikin, cuando los dos amigos estuvieron en
-la calle--. Me recomendaba que hablase contigo en el camino, que te
-hiciera hablar y que le contase en seguida tus palabras, porque se le
-ha metido entre ceja y ceja que estás loco o que te encuentras a punto
-de estarlo. ¿Qué te parece? En primer lugar, tú eres tres veces más
-inteligente que él. En segundo lugar, puesto que no estás loco puedes
-burlarte de su estúpida opinión, y en tercer lugar, ese hombrón, cuya
-especialidad es la cirugía, sólo tiene en la cabeza, desde hace algún
-tiempo, enfermedades mentales; pero la conversación que has tenido tú
-hoy con Zametoff, ha modificado por completo sus apreciaciones sobre tu
-persona.
-
---¿Zametoff te lo ha contado todo?
-
---Todo y ha hecho muy bien. He comprendido ahora toda la historia
-y Zametoff también. ¡Vamos! Sí, en una palabra, Rodia... El hecho
-es que... En este momento me encuentro un poco alegre... pero no
-importa... El hecho es que aquel pensamiento... ¿Comprendes? Aquel
-pensamiento había nacido, en efecto, en su espíritu; es decir, ninguno
-de ellos se atrevía a formularlo en alta voz, porque era una cosa
-demasiado absurda, sobre todo desde que ha sido detenido ese pintor de
-brocha gorda, todo se ha desvanecido para siempre. Pero, ¿cómo son tan
-imbéciles? Aquí para entre nosotros, he tenido un choque con Zametoff;
-te suplico que no te des por entendido; he notado que es susceptible.
-Ese incidente ocurrió en casa de Luisa... Pero actualmente todo está
-esclarecido. Fué principalmente ese Ilia Petrovitch quien se fundaba en
-tu desvanecimiento en la comisaría; pero a él mismo le dió vergüenza
-luego de semejante suposición; yo sé...
-
-Raskolnikoff escuchaba con avidez. Bajo la influencia de la bebida,
-Razumikin hablaba sin tino.
-
---Yo me desvanecí entonces porque hacía demasiado calor en la sala y
-porque el olor de la pintura me trastornó--contestó.
-
---El busca una explicación, pero no hay otra que la de la pintura:
-la inflamación estaba latente desde hacía un mes. Ahí está Zosimoff
-para decirlo. No puedes figurarte lo confuso que se siente ahora ese
-tonto de Zametoff: «Yo no valgo--dice--ni lo que el dedo pequeño de
-ese hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas veces tienen buenos
-sentimientos; pero la lección que le has dado hoy en el _Palacio
-de Cristal_ es el colmo de la perfección: has comenzado por hacer
-que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste pensar de nuevo en esa
-monstruosa tontería, y de repente le has mostrado que te burlabas de
-él. ¡Se ha quedado con un palmo de narices! Perfectamente. Ahora está
-aplastado, anonadado. Verdaderamente eres un maestro y le hacía falta
-lo que has hecho. Siento no haber estado allí. Zametoff está ahora en
-casa y hubiera querido verte. También desea verte Porfirio Petrovitch.
-
---¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué se me considera como un loco?
-
---Como un loco precisamente, no. Amigo mío, yo creo que me he ido un
-poco de la lengua contigo. Lo que supongo que le ha preocupado más
-que nada es que sólo _eso_ te interesa, y ahora comprende por qué te
-interesa: conociendo todas las circunstancias... sabiendo qué especie
-de enervamiento te ha causado eso y como tal cosa se relaciona con
-tu enfermedad... Estoy algo chispo, amigo mío; cuanto puedo decirte
-es que él tiene su idea... te lo repito, no sueña más que con sus
-enfermedades mentales; no, no tienes por qué inquietarte.
-
-Durante medio minuto ambos guardaron silencio.
-
---Escucha, Razumikin--dijo Raskolnikoff--. Quiero hablarte con
-franqueza: vengo de casa de un muerto; el difunto era un funcionario...
-He dado allí todo mi dinero... y además de eso hace un instante he sido
-besado por una criatura que, aun cuando yo hubiese matado a alguien...
-en una palabra, he visto allí también a una joven... con una pluma
-color de fuego, pero divago; estoy muy débil, sostenme... Aquí está la
-escalera.
-
---¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Razumikin alarmado.
-
---La cabeza que me da vueltas; pero esto no es nada; lo malo es que
-estoy tan triste... como una mujer. Mira: ¿qué es aquello? mira, mira...
-
---¿Qué he de mirar?
-
---¿No ves? Hay luz en mi cuarto, ¿no lo estás viendo por la rendija?
-
-Estaban en el último rellano de la escalera, cerca de la puerta de
-la patrona, desde donde se podía advertir, que, en efecto, en la
-habitación de Raskolnikoff había luz.
-
---Es extraño.
-
---Estará quizá en ella Anastasia--observó Razumikin.
-
---No viene nunca a mi cuarto a esa hora. Además, se acuesta muy
-temprano; pero, ¿qué importa? Adiós.
-
---¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos a subir juntos.
-
---Sí que subiremos juntos; pero quiero estrecharte la mano y decirte
-adiós aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.
-
---¿Qué te pasa, Rodia?
-
---Nada. Subamos y tú serás testigo...
-
-Mientras subían la escalera se le ocurrió a Razumikin que Zosimoff
-tenía quizás razón.
-
---Sin duda le he perturbado el espíritu con mi charla--dijo para sí.
-
-Cuando se acercaban a la puerta oyeron voces en la habitación.
-
---¿Qué es esto?--exclamó Razumikin.
-
-Raskolnikoff tiró de la puerta y la abrió de par en par, quedándose en
-el umbral como petrificado.
-
-Su madre y su hermana, sentadas en el sofá, le esperaban hacía media
-hora.
-
-La aparición de Raskolnikoff fué saludada con gritos de alegría. Su
-madre y su hermana corrieron hacia él; pero el joven quedó inmóvil, y
-casi privado de sentido; había como helado todo su ser un pensamiento
-súbito e insoportable. Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos.
-Las dos mujeres le estrecharon contra su pecho, le cubrieron de besos,
-llorando y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff dió un paso, se
-tambaleó y cayó desvanecido al suelo.
-
-Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin, que se había quedado en
-el umbral, se precipitó en la sala, tomó al enfermo en sus vigorosos
-brazos y en un abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.
-
---No es nada, no es nada--dijo a la madre y a la hermana--. Esto es un
-desvanecimiento, no tiene importancia. El médico decía hace un momento
-que va mucho mejor, que estaba casi restablecido. ¡Un poco de agua!
-Vamos, ya recobra el conocimiento; miren ustedes, ya vuelve en sí.
-
-Y al decir esto apretaba con inconsciente rudeza el brazo de Dunia
-obligándola a inclinarse sobre el sofá para comprobar que, en efecto,
-su hermano volvía en sí.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-
-I
-
-Raskolnikoff se incorporó y se sentó en el diván, e invitando con una
-leve seña a Razumikin a que suspendiese el curso de su elocuencia
-consoladora, tomó la mano a su hermana y a su madre y las contempló
-alternativamente durante dos minutos, sin proferir palabra. Había en
-su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad, algo de fijo y de
-insensato. Pulkeria Alexandrovna, asustada, se echó a llorar.
-
-Advocia Romanovna estaba pálida y le temblaba la mano que tenía entre
-las de su hermano.
-
---Vuélvete a casa con él--dijo Rodia con voz entrecortada, señalando a
-Razumikin--. Mañana, mañana... todo. ¿Cuándo habéis llegado?
-
---Esta noche--respondió Pulkeria Alexandrovna--. El tren traía mucho
-retraso. Pero ahora, Rodia, por nada del mundo consentiría en separarme
-de ti. Pasaré la noche a tu lado...
-
---¡No me atormentéis!--replicó Raskolnikoff con cierta irritación.
-
---Yo me quedaré aquí con él--saltó vivamente Razumikin--; no le
-dejaré ni un minuto, y que se vayan al diablo mis convidados. Que se
-incomoden, si quieren. Además, allí está mi tío para hacer el papel de
-anfitrión.
-
---¡Cómo agradecérselo a usted!--empezó a decir Pulkeria Alexandrovna,
-estrechando de nuevo las manos de Razumikin; pero su hijo le atajó la
-palabra.
-
---No puedo, no puedo...--repitió con tono irritado--; no me atormentéis
-más. Basta, idos; ¡no puedo!...
-
---Retirémonos, mamá--indicó en voz baja Dunia, inquieta--; salgamos
-de la habitación, por lo menos, un instante; está visto que nuestra
-presencia le atormenta.
-
---¿Será posible que no pueda estar un momento con él, después de tres
-años de separación?--gimió Pulkeria Alexandrovna.
-
---Esperad un poco--dijo Raskolnikoff--. Me interrumpís y pierdo el hilo
-de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?
-
---No, Rodia; pero ya tiene noticias de nuestra llegada. Sabemos que
-ha tenido la bondad de venir a verte hoy--añadió con cierta timidez
-Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia, le dije a Ludjin que iba a tirarle
-por la escalera...
-
---¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?... No es posible--comenzó a decir
-la madre asustada; pero una mirada de Dunia le impidió continuar.
-
-Advocia Romanovna, con los ojos fijos en su hermano, esperaba que
-éste se explicase con mayor claridad. Informadas de la querella por
-Anastasia, que se la había contado a su manera y según la entendió, las
-dos señoras se encontraban perplejas.
-
---Dunia--prosiguió, haciendo un esfuerzo, Raskolnikoff--, yo me opongo
-a ese enlace; por consiguiente, despide mañana a Ludjin y que no se
-vuelva a hablar más de él.
-
---¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
---Hermano mío, piensa un poco en lo que dices--observó con vehemencia
-Dunia; pero en seguida se contuvo--. No te encuentras ahora en tu
-estado normal: estás fatigado--añadió con tono cariñoso.
-
---Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas; quieres casarte con Ludjin
-por mí, pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues, mañana le escribes
-una carta rompiendo tu compromiso, me la lees a primera hora, la
-mandas, y asunto concluído.
-
---Yo no puedo hacer eso--exclamó la joven, un tanto mortificada--. ¿Con
-qué derecho...?
-
---Dunia, tú también te exaltas. Hasta mañana... ¿Pero no estás
-viendo?--balbuceó la madre con temor, dirigiéndose a su hija--. Vamos,
-vamos; será lo mejor.
-
---No sabe lo que se dice--exclamó Razumikin con voz que denunciaba
-su embriaguez--; de lo contrario, no se permitiría... Mañana será
-razonable... Hoy, en efecto, ha echado con cajas destempladas a ese
-sujeto; el buen señor se ha incomodado. Estuvo aquí perorando en pro de
-sus teorías. Después se marchó con las orejas gachas.
-
---¿De modo que es verdad?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
---Hasta mañana, hermano--dijo con tono compasivo Dunia--. Vámonos,
-mamá... Adiós, Rodia.
-
-El joven hizo un último esfuerzo para dirigirle algunas palabras.
-
---Oyeme; no deliro. Ese casamiento sería una infamia. Pase que yo sea
-un infame... pero tú, tú no debes serlo... Basta con uno... Mas, por
-miserable que yo sea, renegaría de ti, si contrajeses esa unión. O yo,
-o Ludjin. Marchaos.
-
---Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres un déspota!--gritó Razumikin.
-
-Raskolnikoff no respondió; quizá no se hallaba en estado de hacerlo.
-Agotadas sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose del lado
-de la pared. Advocia Romanovna miró a Razumikin con ojos brillantes
-que revelaban curiosidad. El estudiante tembló ante aquella mirada.
-Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.
-
---No me resuelvo a irme--murmuró trémula, al oído de Razumikin--; me
-quedaré aquí en cualquier parte... Acompañe usted a Dunia.
-
---Lo echarán ustedes a perder todo--respondió, también en voz baja,
-Razumikin--. Salgamos, a lo menos, de este cuarto. Anastasia,
-alúmbranos. Juro a ustedes--continuó en voz queda cuando estuvieron en
-la escalera--que hace poco rato estuvo a punto de pegarnos al médico y
-a mí. Figúrese usted, ¡al médico! Por otra parte, es imposible que deje
-usted sola a Advocia Romanovna en el cuarto de alquiler que han tomado
-ustedes. ¡Si supieran ustedes en qué casita se han alojado! Ese pillo
-de Pedro Petrovitch, ¿no podía haber encontrado una más decente?...
-Yo, es cierto, estoy algo chispo, y ahí tiene usted por qué son mis
-expresiones bastante vivas. No hagan ustedes caso.
-
---Pues bien--replicó Pulkeria Alexandrovna--. Voy a ver a la patrona de
-mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar la noche en cualquier rincón.
-No puedo abandonarle en tal estado, no puedo...
-
-Hablaban en el rellano de la escalera correspondiente a la habitación
-de la patrona. Anastasia estaba en el último escalón, con la luz en
-la mano. Razumikin se hallaba extraordinariamente animado. Un poco
-antes, cuando acompañó a Raskolnikoff a su casa, se había ido de la
-lengua como él mismo había reconocido; pero tenía la cabeza fuerte y
-despejada, no obstante la excesiva cantidad de vino que acababa de
-beber. Ahora estaba sumido en una especie de éxtasis, y la influencia
-excitante del alcohol obraba doblemente sobre él. Había tomado a las
-dos señoras a cada una por una mano, las arengaba con un lenguaje de
-una desenvoltura asombrosa, y, sin duda, para convencerlas mejor,
-apoyaba cada una de sus palabras con formidable presión de las falanges
-de sus interlocutoras. Al propio tiempo, con el mayor descaro devoraba
-con los ojos a Advocia Romanovna.
-
-A veces, vencidas por el dolor, las pobres señoras trataban de separar
-sus dedos aprisionados en aquellas manos gruesas y huesosas; pero él
-no hacía caso, y continuaba apretando sin cuidarse de que les hacía
-daño. Si le hubieran pedido que se tirase de cabeza por la escalera,
-no habría vacilado un segundo en obedecerlas. Pulkeria Alexandrovna se
-hacía cargo de que Razumikin era muy original, y, sobre todo, de que
-tenía unos puños terribles; pero, con el pensamiento puesto en su hijo,
-cerraba los ojos ante las extrañas maneras del joven, que era en aquel
-momento una Providencia para ellas.
-
-Por su parte, Advocia Romanovna, aunque participaba de las
-preocupaciones de su madre, y no fuese de natural tímido, miraba con
-sorpresa y aun con algo de inquietud, las ardientes ojeadas que le
-dirigía el amigo de su hermano. A no ser por la confianza sin límites
-que los relatos de Anastasia le habían inspirado a propósito de aquel
-hombre singular, no hubiera resistido a la tentación de echar a correr,
-llevándose a su madre con ella. Comprendía, empero, también que en
-aquel momento el joven les hacía mucha falta. Esto no obstante, la
-joven se sintió tranquila al cabo de diez minutos; cualquiera que fuese
-la disposición de ánimo en que se encontraba Razumikin, una de las
-propiedades de su carácter era la de revelarse por completo a primera
-vista, de suerte que en seguida sabía uno a qué atenerse respecto de él.
-
---Usted no puede solicitar eso de la patrona; sería el colmo de lo
-absurdo--contestó vivamente a Pulkeria Alexandrovna--. De nada le
-valdría ser la madre de Rodión; si usted se queda, va a exasperarle,
-y sabe Dios lo que puede ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les
-propongo: Anastasia va a quedarse ahora con él, y las acompañaré a
-ustedes a su casa, porque en San Petersburgo es una imprudencia que
-anden dos mujeres solas por las calles. Después de haber yo acompañado
-a ustedes, volveré aquí de dos zancadas, y un cuarto de hora después
-doy a ustedes mi palabra de honor de que iré allí de nuevo y les
-contaré todo: cómo está, si duerme, etc. En seguida, escuchen ustedes,
-en seguida, echo a correr a mi casa; hay mucha gente en ella. Mis
-invitados están ebrios. Echaré el guante a Zosimoff que es el médico
-que asiste a Rodia y se halla ahora en mi casa; pero no está borracho
-porque es abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y de allí a casa de
-ustedes. En el espacio de una hora recibirán ustedes, por consiguiente,
-noticias de su hijo; primero, por mí, y después, por el mismo doctor,
-que es hombre serio. Si Rodia está mal, juro a usted que la traeré otra
-vez aquí; si está bien se acostará usted. Yo pasaré toda la noche en
-el vestíbulo, él no lo sabrá. Haré que Zosimoff se acueste en casa de
-la patrona, para tenerle a mano, si fuese necesario. Creo que en estos
-momentos la presencia del médico puede ser más útil a Raskolnikoff que
-la de usted. Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo, pero ustedes,
-no, no consentiría en dar a ustedes posada, porque... porque es tonta.
-Si lo quieren ustedes saber, está enamorada de mí, tendría celos de
-Advocia Romanovna, y de usted también; pero, de seguro, de Advocia
-Romanovna. Es un carácter muy extraño. Yo también soy un imbécil.
-Vamos, vengan ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad? ¿La tienen
-ustedes? Sí, o no.
-
---Vamos, mamá--dijo Advocia Romanovna--; lo que promete, lo hará
-seguramente. A sus cuidados debe mi hermano la vida; y si el doctor
-consiente, en efecto, en pasar aquí la noche, ¿qué más podemos desear?
-
---Usted me comprende, porque es usted un ángel--dijo Razumikin con
-exaltación--. Vamos, Anastasia, sube en seguida con la luz, y quédate a
-su lado. Vuelvo dentro de un cuarto de hora.
-
-Aunque no estuviese completamente convencida, Pulkeria Alexandrovna no
-hizo ninguna objeción.
-
-Razumikin tomó a cada una de las dos señoras por un brazo y, en parte
-de grado, y en parte por fuerza, las obligó a bajar la escalera.
-
-La madre no dejaba de estar inquieta.
-
-«Seguramente sabe lo que hace; está bien dispuesto con nosotras; pero,
-¿podremos confiar en sus promesas en el estado en que se encuentra?»
-
-El joven adivinó aquel pensamiento.
-
---¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo la influencia del vino--dijo
-andando a grandes pasos por la acera, sin advertir que apenas podían
-seguirle las dos señoras--. Esto no significa nada... he bebido como
-un bruto; pero no se trata de tal cosa. No es el vino lo que me
-embriaga. En cuanto he visto a ustedes, he recibido como un golpe en
-la cabeza.... No me hagan ustedes caso, no digo más que tonterías,
-soy indigno de ustedes. En extremo indigno... En cuanto las lleve a
-ustedes a su casa, iré al canal que hay aquí cerca y me echaré un cubo
-de agua por la cabeza. Si supiesen lo que yo las quiero a ustedes...
-No se rían, ni se incomoden... Enfádense ustedes con todo el mundo
-menos conmigo. Yo soy amigo de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de
-ustedes. Presentía el año pasado lo que ahora está sucediendo; hubo un
-momento... Pero no, yo no presentía nada de esto, puesto que ustedes,
-por decirlo así, han caído del cielo; mas no dormiré en toda la
-noche... Zosimoff temía hace poco que se volviese loco. He aquí por qué
-no conviene irritarle.
-
---¿Qué dice usted?--exclamó la madre.
-
---¿Es posible que el doctor haya dicho eso?--preguntó Advocia Romanovna
-asustada.
-
---Eso ha dicho, pero se engaña, se engaña de medio a medio. Le ha
-recetado un medicamento, unos polvos, pero, ya hemos llegado...
-Hubieran ustedes hecho mejor en venir mañana. Hemos hecho bien
-retirándonos. Dentro de una hora Zosimoff vendrá a darle a usted
-noticias de su salud. No está ebrio; yo tampoco lo estaré. Pero, ¿por
-qué estoy tan excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto esos malditos!
-Había jurado no tomar parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas
-majaderías! Un poco más y me agarro con ellos. He dejado allí a mi tío
-para que presida la reunión... ¿Creerán ustedes que son partidarios de
-la impersonalidad completa? Para ellos el supremo progreso es parecerse
-lo menos posible a sí mismo. A los rusos nos ha complacido vivir de
-ideas ajenas; ya estamos saturados de ellas. ¿Es verdad, es verdad lo
-que digo?--gritó Razumikin apretando las manos de las dos señoras.
-
---¡Oh Dios mío, yo no sé!--dijo la pobre Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo con ustedes, en líneas
-generales--añadió con tono grave Advocia Romanovna.
-
-Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando lanzó un grito de
-dolor provocado por un enérgico apretón de manos de Razumikin.
-
---¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien, usted es, usted es--vociferó
-el joven entusiasmado--; usted es una fuente de bondad, de pureza, de
-razón y de perfección. Déme usted las manos... déme usted también la
-suya; quiero besar las manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida, de
-rodillas.
-
-Se arrodilló en medio de la calle, que por fortuna estaba desierta en
-aquel momento.
-
---¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?--exclamó Pulkeria Alexandrovna
-alarmada ante la actitud del estudiante.
-
---¡Levántese usted, levántese usted!--dijo Dunia, que, aunque se reía,
-no dejaba de estar inquieta.
-
---¡De ninguna manera, si no me dan ustedes las manos! Así. Ahora
-continuemos. Soy un desgraciado imbécil indigno de ustedes, y en este
-momento trastornado por la bebida... Me avergüenzo... Soy indigno de
-amar a ustedes... pero inclinarse, prosternarse delante de ustedes,
-es el deber de cualquiera que no sea un bruto completo. Por eso me he
-prosternado yo... Esta es la casa. Aunque no sea más que por esto ha
-hecho bien Rodia en poner en la calle el otro día a Pedro Petrovitch.
-¡Cómo se ha atrevido a traer a ustedes aquí! Esto es escandaloso.
-¿Saben ustedes qué clase de gente vive aquí? ¿Y usted es su prometida?
-¿Sí? Pues bien. Después de esto declaro que su futuro esposo de usted
-es un canalla.
-
---Escuche usted, señor Razumikin--comenzó a decir Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado--dijo excusándose
-el joven--, pero... pero usted no puede guardarme rencor por mis
-palabras. He hablado así, porque soy franco y no porque... ¡hum!...
-sería innoble; en una palabra, no es porque a usted yo... ¡hum!... no
-me atrevo a acabar... Pero antes, cuando su visita, hemos comprendido
-todos que ese hombre no era de nuestro mundo. ¡Vamos! ¡Basta!,
-todo está perdonado. ¿No es cierto que usted me ha perdonado? ¡Ea!
-¡adelante! Conozco este corredor. He estado aquí ya; ahí en el número
-tres hubo una vez un escándalo... ¿Cuál es el cuarto de ustedes? ¿Qué
-número? ¿Ocho? Entonces harán ustedes muy bien encerrándose en su
-habitación por la noche, y no dejando entrar a nadie. Dentro de quince
-minutos, traeré noticias, y media hora después me verán ustedes volver
-con Zosimoff; escapo.
-
---¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a ocurrir?--dijo ansiosamente Pulkeria
-Alexandrovna a su hija.
-
---Tranquilízate, mamá--respondió Dunia, quitándose el chal y el
-sombrero--. Dios mismo nos ha enviado a ese señor; aunque venga de una
-orgía se puede contar con él. Te lo aseguro... y lo que ha hecho por mi
-hermano...
-
---¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá! ¡Cómo he podido resolverme
-a dejar a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba encontrarle! ¡Qué
-acogida nos ha hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba nuestra
-llegada!
-
-En sus ojos brillaban las lágrimas.
-
---No, no es eso, mamá, no lo has visto bien, estás llorando siempre.
-Acaba de sufrir una grave enfermedad y ésa es la causa de todo.
-
---¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará de todo eso! ¡Cómo te ha
-hablado, Dunia!--siguió diciendo la madre, procurando tímidamente
-leer en los ojos de la joven, y sintiéndose casi consolada porque
-Dunia tomaba la defensa de su hermano, y por consiguiente, le había
-perdonado--. Bien sé que mañana será de otra opinión--añadió, queriendo
-hacer hablar a su hija.
-
---Pues yo estoy cierta de que mañana dirá lo mismo, respecto de este
-asunto...--replicó Advocia Romanovna.
-
-La cuestión era tan delicada, que Pulkeria Alexandrovna no se atrevió
-a proseguir la conversación. Dunia fué a besar a su madre. Esta, sin
-decir nada, la estrechó fuertemente en sus brazos. Después se sentó
-y esperó con cruel impaciencia la llegada de Razumikin, mirando
-tímidamente a su hija, que, pensativa y con los brazos cruzados,
-se paseaba de un lado a otro de la habitación. Era una costumbre
-en Advocia Romanovna pasearse así cuando tenía una preocupación, y
-en tales casos, su madre se guardaba muy bien de interrumpir sus
-reflexiones.
-
-Razumikin, embriagado y enamorándose repentinamente de Advocia
-Romanovna, se prestaba ciertamente al ridículo. Sin embargo,
-contemplando a la joven, sobre todo ahora que, pensativa y triste, se
-paseaba por la habitación con los brazos cruzados, quizá muchos habrían
-disculpado al estudiante, sin necesidad de invocar en descargo suyo
-la circunstancia atenuante de la embriaguez. El exterior de Advocia
-Romanovna merecía atraer la atención: alta, fuerte, notablemente bien
-formada, demostraba en cada uno de sus ademanes una confianza en sí
-misma que en otra parte no quitaba nada a su gracia y delicadeza. Se
-parecía a su hermano, pero de ella podía decirse que era una beldad.
-Tenía el cabello castaño, algo más claro que los de Rodia; sus ojos,
-negros, denotaban orgullo; pero en ocasiones demostraban extraordinaria
-bondad. Era pálida, pero su palidez no tenía nada de enfermizo; su
-rostro resplandecía de frescura y de salud. Tenía la boca bastante
-pequeña, y el labio inferior de subido color rojo avanzaba, un poco, lo
-mismo que la barbilla. Esta irregularidad, la única que se notaba en
-su hermoso rostro, le daba una expresión particular de firmeza y casi
-altanería. Su fisonomía era de ordinario más bien grave y pensativa
-que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella cara habitualmente seria
-cuando venía a animarla una risa alegre y juvenil!
-
-Razumikin no había visto jamás nada semejante; era ardiente, sincero,
-honrado, un poco candoroso. Además, fuerte como un caballero antiguo
-y entonces exaltado por el vino. En estas condiciones se explica
-perfectamente el _coup de foudre_. Además, quiso la suerte que viese
-por primera vez a Dunia en un momento en que la ternura y la alegría
-de volver a ver a Raskolnikoff habían en cierto modo transfigurado el
-semblante de la joven. La vió, después, soberbia de indignación ante
-las insolentes órdenes de su hermano y no pudo contenerse.
-
-Por lo demás, había dicho verdad cuando en su charla de borracho dejó
-traslucir que la extravagante patrona de Raskolnikoff, Praskovia
-Pavlovna, tendría celos, no sólo de Advocia Romanovna, sino de la
-misma Pulkeria Alexandrovna. Aunque ésta tenía cuarenta y tres años,
-conservaba restos de su antigua belleza, y parecía además mucho más
-joven de lo que era en realidad; particularidad que se observa en las
-mujeres que han conservado en los linderos de la vejez la claridad
-de su espíritu, la frescura de las impresiones, el puro y honrado
-calor del corazón. Comenzaban ya a blanquearle los cabellos y aun a
-faltarle; advertíanse ya, desde hacía algún tiempo, algunas arrugas en
-derredor de los ojos; los cuidados y los disgustos habían demacrado sus
-mejillas; mas, a pesar de todo, su rostro era bello. Era el rostro de
-Dunia con veinte años más y sin lo prominente del labio inferior que
-caracterizaba la fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna tenía
-alma sensible; pero sin llegar a la sensiblería. Naturalmente tímida y
-dispuesta a ceder, sabía, sin embargo, detenerse en el camino de las
-concesiones, siempre que su honradez, sus principios y sus convicciones
-arraigadas se lo exigían.
-
-A los veinte minutos justos de salir Razumikin, sonaron en la puerta
-dos leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.
-
---No entraré, no tengo tiempo--se apresuró a decir en cuanto
-abrieron--. Duerme como un bienaventurado, su sueño es muy tranquilo,
-y quiera Dios que se pase así durmiendo diez horas seguidas. Anastasia
-está a su lado; tiene orden de permanecer allí hasta que yo vuelva.
-Ahora voy a buscar a Zosimoff, vendrá a dar a ustedes sus informes, y
-en seguida a acostarse, porque bien veo que están ustedes extenuadas.
-
-Apenas hubo acabado de decir estas palabras, echó a correr por el
-corredor.
-
---¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!--exclamó Pulkeria
-Alexandrovna muy alegre.
-
---Parece que es de muy buen carácter--contestó Dunia, y comenzó a
-pasearse de nuevo por la habitación.
-
-Cerca de una hora después, volvieron a sonar pasos en el corredor y
-llamaron de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres esperaban con
-entera confianza el cumplimiento de la promesa que les había hecho
-Razumikin. Volvió éste, en efecto, acompañado de Zosimoff. El médico no
-había vacilado en dejar inmediatamente el banquete para ir a visitar
-a Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió a ir a casa de las
-señoras, porque apenas daba crédito a las palabras de su amigo, que le
-parecía haber dejado una parte de su razón en el fondo de los vasos.
-Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho y aun halagado en su amor
-propio de doctor. Zosimoff comprendió que era, en efecto, escuchado
-como un oráculo.
-
-Durante diez minutos que duró la visita, logró tranquilizar por
-completo a Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran interés por el
-enfermo, expresándose con reserva y seriedad extremadas como conviene a
-un médico de veintisiete años en circunstancias graves. No se permitió
-la más leve digresión fuera de su asunto ni manifestó el menor deseo
-de entablar más relaciones familiares con sus interlocutoras. Habiendo
-advertido desde que entró la belleza de Advocia, se esforzaba en no
-prestar ninguna atención a la joven, dirigiéndose exclusivamente a
-Pulkeria Alexandrovna.
-
-Todo esto le producía un indecible contento interior. En lo
-concerniente a Raskolnikoff, declaró que le encontraba en un estado
-muy satisfactorio. Según su opinión, la enfermedad de su cliente
-dependía, en parte, de las malas condiciones en que éste había vivido
-durante algunos meses; pero era originada también por otras causas de
-carácter moral. «Era, por decirlo así, producto complejo de influencias
-múltiples, bien físicas, bien psicológicas, tales como preocupaciones,
-cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo advertido, sin
-manifestarlo, que Advocia Romanovna le escuchaba con marcada atención,
-Zosimoff desarrolló con gusto este tema.
-
-Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase con voz tímida e inquieta
-si había advertido algún síntoma de locura en su hijo, Zosimoff
-le respondió con calma y franca sonrisa, que se había exagerado
-el alcance de sus palabras, que sin duda, había echado de ver en
-el enfermo una idea fija, algo así como monomanía, cuanto que él,
-Zosimoff, estudiaba ahora de una manera especial esta rama tan
-interesante de la Medicina.
-
---Pero--añadió--, es menester considerar que hasta hoy el enfermo ha
-estado delirando constantemente, y de seguro la llegada de su familia
-será para él una distracción, contribuirá a devolverle las fuerzas y
-ejercerá sobre él una acción saludable... Si se pueden evitar nuevas
-emociones--terminó diciendo con tono significativo.
-
-Levantándose después, y saludando a la vez ceremonioso y cordial,
-salió seguido de acciones de gracias, de bendiciones y de efusiones de
-reconocimiento. Advocia Romanovna le tendió su linda mano que el médico
-no había tratado de estrechar. En una palabra, el doctor se retiró
-encantado de sí mismo, y más encantado todavía de su visita.
-
---Mañana hablaremos. Ahora acuéstense ustedes en seguida; ya es tiempo
-de que descansen--ordenó Razumikin, saliendo con Zosimoff--. Mañana a
-primera hora vendré a dar a ustedes noticias del enfermo.
-
---¡Qué encantadora joven es esta Advocia Romanovna!--observó con acento
-sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron en la calle.
-
---¿Encantadora? ¿Encantadora has dicho?--rugió Razumikin lanzándose
-sobre el doctor y agarrándole por el cuello--. Si te atreves... ¿Me
-entiendes? ¿Me entiendes?--gritó apretándole la garganta y arrojándolo
-contra la pared--. ¿Me entiendes?
-
---Déjame. ¡Demonio de borracho!--dijo Zosimoff, tratando de soltarse de
-las manos de su amigo.
-
-Cuando Razumikin le soltó, miróle fijamente y lanzó una carcajada.
-
-El estudiante permanecía en pie delante de él con los brazos caídos y
-la cara triste.
-
---Es verdad, soy un bestia--dijo con aire sombrío--; pero tú también lo
-eres.
-
---No, amigo, yo no lo soy. No sueño con tonterías.
-
-Continuaron su camino sin decir una palabra, y únicamente cuando
-llegaron cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin, muy preocupado,
-rompió el silencio:
-
---Escucha--dijo a Zosimoff--, tú eres un buen amigo, pero tienes una
-variada colección de vicios; eres un voluptuoso, un innoble sibarita,
-te gusta la comodidad, engordas y de nada te privas. Te digo, pues, que
-esto es innoble, porque conduce derechamente a las mayores suciedades.
-Siendo, como eres, afeminado, no comprendo de qué manera puedes ser
-un buen médico, y además un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones de
-plumas (¡un médico!) y se levanta para ir a visitar a un enfermo! De
-aquí a tres años estarían llamando a tu puerta y no dejarías la cama.
-Pero no se trata de esto; lo que yo quiero decirte es lo siguiente:
-voy a dormir en la cocina; tú pasarás la noche en la habitación de la
-patrona (he podido, no sin trabajo, obtener su consentimiento); será
-una ocasión para ti de trabar íntimo conocimiento con ella. No es lo
-que tú piensas. No hay ni sombra de lo que sospechas.
-
---¡Pero si yo no sospecho!
-
---Es, amigo mío, una criatura púdica, silenciosa, tímida, de una
-castidad a toda prueba, y por añadidura, tan sensible, tan tierna...
-Líbrame de ella, te lo suplico por todos los diablos. Es muy
-agradable... Pero al presente estoy satisfecho. Pido un substituto.
-
-Zosimoff se echó a reír de muy buena gana.
-
---Se conoce que no eres moderado; no sabes lo que dices. ¿Por qué he de
-hacerle la corte?
-
---Te aseguro que no te costará trabajo conquistar sus gracias. Te basta
-con charlar con ella de cualquier cosa, con que te sientes a su lado
-y la hables. Además, eres médico: empieza por curarla de cualquier
-tontería. Te juro que no tendrás de que arrepentirte. Tiene un
-clavicordio; yo, como sabes, canto algo. Le he cantado una cancioncilla
-rusa: «Mis ojos vierten ardientes lágrimas...» Le gustan mucho las
-melodías sentimentales. Ese fué mi punto de partida; pero tú eres un
-verdadero profesor de piano, una especie de Rubinstein... Te aseguro
-que no te pesará.
-
---Pero, ¿a qué viene todo eso?
-
---Por lo visto yo no sé explicarme. Mira, os conozco perfectamente
-al uno y al otro. No es solamente hoy cuando he pensado en ti. Tú
-acabarás de ese modo. ¿Qué te importa que sea más pronto o más tarde?
-Aquí, amigo mío, tendrás colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás
-el puerto, el refugio; el fin de las agitaciones, tortas excelentes,
-sabrosas blinas[16], excelentes pasteles de pescado, el samovar por la
-tarde, el calentador por la noche; estarás como muerto, y, sin embargo,
-vivirás: doble ventaja; pero basta de charla, es hora de acostarse.
-Escucha: me sucede a veces despertarme por la noche; en tal caso, iré a
-ver cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del corazón, puedes ir a verle
-una vez siquiera; y si adviertes en él algo extraordinario, corre a
-despertarme. Creo, sin embargo, que no será menester.
-
- [16] Especie de galleta.
-
-
-II
-
-Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin se despertó presa de
-pensamientos que jamás habían turbado su existencia. Se acordó de todos
-los incidentes de la noche y comprendió que había experimentado una
-impresión muy diferente de cuantas sintiera hasta entonces. Comprendía,
-al mismo tiempo, que el sueño que había acariciado era de todo punto
-irrealizable. Aquella quimera le pareció de tal modo absurda, que tuvo
-vergüenza de pensar en ella. Así es que se apresuró a pasar a otras
-cuestiones más prácticas, que en cierto modo le había legado la maldita
-jornada precedente.
-
-Lo que más le entristecía era haberse presentado el día anterior como
-un perdido; no solamente le habían visto ebrio sino abusando de las
-ventajas que su posición de bienhechor le daba sobre una joven obligada
-a recurrir a él, y sin conocer a punto fijo lo que era el tal señor.
-¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente a Pedro Petrovitch? ¿Quién
-le preguntaba su opinión? Además, una persona como Advocia Romanovna,
-¿podía casarse a gusto con un hombre indigno de ella? Sin duda que
-Pedro Petrovitch Ludjin tenía algún mérito. Claro es que existía la
-cuestión del alojamiento; pero, ¿qué motivos tenía Ludjin para saber
-lo que era aquella casa? Por otra parte, las dos señoras se albergaban
-allí provisionalmente, mientras se les preparaba otra vivienda.
-¡Oh, qué miserable era todo aquello! ¿Podría justificarse alegando
-su embriaguez? Tan necia excusa le envilecía más. La verdad está en
-el vino, y he aquí que, bajo la influencia del vino, había revelado
-toda la verdad, es decir, la bajeza de un corazón vulgarmente celoso.
-¿Le estaba permitido tal sueño a Razumikin? ¿Qué era él comparado
-con aquella joven, él, el borracho charlatán y brutal de la víspera?
-¿Qué cosa más aborrecible y más ridícula a la vez que la idea de una
-aproximación entre dos seres tan semejantes?
-
-El joven, avergonzado de tan loco pensamiento, se acordó de repente de
-haber dicho la noche anterior en la escalera que le amaba la patrona y
-que ésta tendría celos de Advocia Romanovna. Tal recuerdo le llenó de
-confusión. Era demasiado. Descargó un puñetazo sobre el fogón. Se hizo
-daño en la mano y rompió un ladrillo.
-
---No hay duda--murmuró al cabo de un rato con profunda humillación--;
-ya está hecho, y no hay medio de borrar tantas torpezas... Inútil es
-pensar en ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré silenciosamente
-con mi deber y no daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado tarde y
-el mal está hecho.
-
-Puso, sin embargo, particular esmero en arreglarse; no tenía más que un
-traje, y aunque hubiese tenido muchos, quizás se hubiera puesto el de
-la víspera «a fin de no parecer que se había arreglado ex profeso...»
-Sin embargo, un abandono cínico hubiese sido de muy mal gusto. No tenía
-derecho a herir los sentimientos ajenos, sobre todo cuando se trataba
-de personas que necesitaban de él y que le habían suplicado que fuese a
-verlas; de consiguiente, cepilló con gran cuidado la ropa; en cuanto a
-la interior, Razumikin no la podía sufrir sucia.
-
-Habiendo encontrado el jabón de Anastasia, se lavó concienzudamente
-la cabeza, el cuello, y, particularmente, las manos. Después de
-vacilar si se afeitaría o no (Praskovia Paulovna poseía excelentes
-navajas, herencia de su difunto marido Zarnitzin), resolvió la cuestión
-negativamente y con cierta brusca irritación, dijo para sí: «No, me
-quedaré como estoy. Se figurarían quizá que me había afeitado para...
-¡De ninguna manera!»
-
-Estos monólogos fueron interrumpidos por la llegada de Zosimoff, el
-cual después de haber pasado la noche en casa de Praskovia Paulovna,
-entró un instante en la suya, y venía ahora a visitar al enfermo.
-Razumikin le dijo que Raskolnikoff dormía como un lirón; el médico
-prohibió que se le despertara y prometió volver entre diez y once.
-
---¡Con tal que esté en su cuarto cuando vuelva!--añadió--. Con un
-cliente tan dado a las fugas, no se puede contar con él. ¿Sabes si va a
-ir a verlas o si vendrán ellas?
-
---Presumo que vendrán--respondió Razumikin, comprendiendo por qué se le
-hacía esta pregunta--; tendrán, sin duda, que ocuparse en asuntos de
-familia. Yo me iré. Tú, en calidad de médico, tienes, naturalmente, más
-derecho que yo.
-
---Yo no soy confesor. Además, tengo otras cosas que hacer que no son
-escuchar sus secretos; yo también me iré.
-
---Me inquieta una cosa--repuso Razumikin frunciendo el entrecejo--.
-Ayer estaba ebrio, y mientras acompañaba aquí a Rodia no pude contener
-la lengua: entre otras tonterías, le dije que temía en él una
-predisposición a la locura.
-
---Lo mismo le dijiste a las señoras.
-
---Sí, una majadería. Pégame si quieres, pero aquí, entre nosotros,
-sinceramente, ¿cuál es tu opinión respecto de mi amigo?
-
---¿Qué quieres que te diga? Tú mismo, cuando me llevaste a su casa,
-me lo presentaste, diciéndome que era un monomaníaco... Ayer le
-encontramos algo trastornado, y digo que le encontramos, porque,
-aunque yo te acompañaba, fuiste tú el que con tu relato acerca del
-pintor decorador, provocaste su exaltación; ¡bonita conversación para
-sostenerla delante de un hombre cuyo trastorno intelectual procede
-quizá de ese asunto! Si hubiese tenido yo conocimiento, con toda clase
-de pormenores, de la escena ocurrida en la oficina de policía; si
-hubiese sabido yo que Raskolnikoff había sido blanco de las sospechas
-de un miserable, desde la primera palabra te hubiera impedido que
-hablases. Estos monomaníacos convierten el Océano en una gota de agua;
-las aberraciones de su imaginación se les presentan como realidades...
-La mitad de lo que le sucede me lo explico ahora, gracias a lo que
-Zametoff nos contó anoche en tu casa. A propósito de este Zametoff, te
-diré que me parece un buen muchacho; pero ayer anduvo poco acertado en
-decir lo que dijo. Es un terrible charlatán.
-
---¿Pero, a quién le ha hablado de eso? A ti y a mí.
-
---Y a Porfirio Petrovitch.
-
---¿Y qué importa que se lo haya contado a Porfirio?
-
---Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes alguna influencia con la madre y
-la hermana? Harán bien en ser hoy muy circunspectas con Raskolnikoff.
-
---Se lo diré--respondió con aire contrariado Razumikin.
-
---Hasta la vista. Da las gracias de mi parte a Praskovia Pavlovna por
-su hospitalidad. Se encerró en su habitación, y aunque le di gritando
-las buenas noches al través de la puerta, no respondió. Sin embargo, a
-las siete de la mañana ya estaba levantada; he visto en el corredor que
-le llevaban el samovar de la cocina... No se ha dignado admitirme a su
-presencia.
-
-A las nueve en punto Razumikin llegaba a la casa Bakaleieff. Las
-dos señoras le esperaban desde hacía bastante tiempo con febril
-impaciencia. Se habían levantado antes de las siete. Entró sombrío,
-saludó sin gracia y se hizo cargo amargamente de haberse presentado
-así. No había contado con la huéspeda. Pulkeria Alexandrovna corrió
-inmediatamente a su encuentro, le tomó las manos y faltó poco para que
-se las besase. El joven miró tímidamente a Advocia Romanovna; pero en
-lugar de la expresión burlona y de desdén involuntario y mal disimulado
-que esperaba encontrar en aquel orgulloso semblante, advirtió tal
-expresión de reconocimiento y de afectuosa simpatía, que su confusión
-no reconoció límites. Le hubiera contrariado menos, de seguro, que
-le hubiese acogido con reproches. Por fortuna, tenía un asunto de
-conversación perfectamente indicado y se fué a él derecho.
-
-Cuando supo Pulkeria Alexandrovna que su hijo no se había despertado
-aún, pero que su estado era satisfactorio, indicó que tenía necesidad
-de conferenciar con Razumikin. La madre y la hija preguntaron en
-seguida al joven si había tomado ya el te y le invitaron a que lo
-tomase con ellas, porque habían estado esperando su llegada para
-ponerlo en la mesa.
-
-Advocia Romanovna tiró de la campanilla y se presentó un criado mal
-vestido; se le ordenó que trajese el te, y, en efecto, lo sirvió, pero
-de una manera tan poco conveniente y tan poco limpia, que las dos
-señoras no pudieron menos de sentirse avergonzadas. Razumikin renegó de
-semejante zahurda, y después, acordándose de Ludjin, se calló, perdió
-la serenidad y experimentó vivísimo contento cuando pudo librarse de
-aquella situación embarazosa, merced a la granizada de preguntas que le
-dirigió Pulkeria Alexandrovna.
-
-Interrogado a cada instante, estuvo hablando durante tres cuartos
-de hora, y contó cuanto sabía concerniente a los principales hechos
-que habían llenado la vida de Raskolnikoff durante un año. Como es
-de suponer, pasó en silencio lo que convenía callar, por ejemplo,
-la escena de la comisaría y sus consecuencias. Las dos señoras le
-escuchaban con la boca abierta, y cuando el estudiante creyó haberles
-dado todos los pormenores que podían interesarlas, aun no se dieron por
-satisfechas.
-
---Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?... ¡Ah, usted perdone... no sé
-todavía su nombre!...--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
-
---Demetrio Prokofitch.
-
---Demetrio Prokofitch, tengo grandes deseos de saber cómo considera
-mi hijo las cosas; o, para expresarme mejor, qué es lo que ama y lo
-que aborrece. ¿Sigue siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos, sus
-sueños, si usted quiere? ¿Bajo qué influencia particular se encuentra
-ahora?
-
---¿Qué quiere usted que yo le diga? Conozco a Rodia desde hace diez y
-ocho meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero. En estos últimos
-tiempos (pero quizá esta predisposición existiese en él desde antigua
-fecha) se ha vuelto suspicaz e hipocondríaco. Es bueno y generoso. No
-gusta de revelar sus sentimientos, y prefiere ofender con su reserva
-a las personas a mostrarse expansivo con ellas. Algunas veces, sin
-embargo, no parece tan hipocondríaco, sino solamente frío e insensible
-hasta la inhumanidad. Diríase que existen en él dos caracteres que
-se manifiestan alternativamente. En ciertos momentos es por extremo
-taciturno: todo le molesta, todo le desagrada y permanece acurrucado
-sin hacer nada. No es burlón, aunque su espíritu no carece de
-causticidad, sino más bien porque desdeña la burla como un pasatiempo
-demasiado frívolo. No escucha con atención lo que se le dice. Jamás
-se interesa por las cosas que en un momento dado interesan a todo el
-mundo. Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo creo que en esto no
-anda del todo equivocado. ¿Qué más puedo añadir? Creo que la llegada de
-ustedes ejercerá sobre él una acción muy saludable.
-
---¡Ah! ¡Dios lo quiera!--exclamó Pulkeria Alexandrovna muy preocupada
-por estas revelaciones sobre el carácter de su hijo.
-
-Por último, Razumikin se atrevió a mirar un poco más detenidamente a
-Advocia Romanovna. Mientras hablaba la había estado examinando, pero
-disimuladamente y volviendo en seguida los ojos. Por su parte, la
-joven ora se sentaba cerca de la mesa y escuchaba atentamente, ora se
-levantaba, y, según su costumbre, se paseaba por la habitación con los
-brazos cruzados, cerrados los labios y haciendo de cuando en cuando
-alguna pregunta sin interrumpir su paseo. Tenía también la costumbre
-de no escuchar hasta el fin lo que se le decía. Llevaba un traje
-ligero de tela obscura y una pañoleta blanca al cuello. Por diversos
-indicios, Razumikin comprendió que las dos mujeres eran muy pobres. Si
-Advocia Romanovna hubiese ido vestida como una reina, probablemente
-no hubiera intimidado a Razumikin; mas quizás por lo mismo que iba
-vestida muy pobremente causaba al joven mucho temor y le hacía pesar
-con cuidado cada una de sus palabras y cada uno de sus gestos, lo que,
-naturalmente, aumentaba la cortedad de un hombre ya poco seguro de sí
-mismo.
-
---Nos ha dado usted muchos pormenores curiosos acerca de mi hermano
-y los ha dado usted imparcialmente. Está bien. Yo creía que usted le
-admiraba--dijo Advocia Romanovna, sonriendo--. Debe de haber alguna
-mujer en su existencia--añadió la joven, pensativa.
-
---No he dicho eso; pero puede que tenga usted razón; sin embargo...
-
---¿Qué?
-
---No ama a nadie; quizá no amará jamás--replicó Razumikin.
-
---Es decir, que es incapaz de amar.
-
---¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que se parece usted mucho a su
-hermano bajo todos los aspectos?--dijo aturdidamente el joven.
-
-Después se acordó repentinamente del juicio que acababa de emitir
-acerca de Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como un cangrejo. Dunia
-no pudo por menos que reírse.
-
---Quizá se engañen ustedes en el modo de juzgar a mi Rodia--apuntó
-Pulkeria Alexandrovna un poco ofendida--. No me refiero al presente,
-Dunetchka; lo que Pedro Petrovitch escribe en esta carta... y lo que
-nosotros hemos supuesto, acaso no sea verdadero; pero no puede usted
-imaginarse, Demetrio Prokofitch, cuán fantástico y caprichoso es. Hasta
-cuando tenía quince años su carácter era para mí una sorpresa continua.
-Aun ahora le creo capaz de hacer locuras tales como no se le ocurrirían
-a ningún otro hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted que hace diez y
-ocho meses que estuvo a punto de causar mi muerte, cuando se decidió a
-casarse con la hija de esa señora Zarnitzin, su patrona?
-
---¿No sabía usted nada de esos amores?--preguntó Advocia Romanovna.
-
---¿Usted creerá--prosiguió la madre con animación--que le conmoverían
-mis lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad, nuestra miseria y el temor
-de verme morir? Pues no, señor; completamente tranquilo, siguió sus
-planes, sin detenerse ante ninguna consideración; y, sin embargo, ¿se
-puede decir por eso que no nos quiere?
-
---Nada me ha dicho jamás de tal asunto--respondió con reserva
-Razumikin--; pero algo he sabido por la señora Zarnitzin, que por
-cierto no es muy habladora, y lo que he sabido no deja de ser bastante
-extraño.
-
---¿Qué es lo que ha sabido usted?--preguntaron a un tiempo las dos
-mujeres.
-
---¡Oh! A decir verdad, nada de particular. Todo lo que sé es que ese
-matrimonio, que era ya cosa convenida y que iba a verificarse cuando
-la novia murió, desagradaba mucho a la misma señora Zarnitzin... Tengo
-entendido, además, que la joven, no solamente no era bella, sino que
-era fea, y, según se dice, muy... caprichosa. Sin embargo, parece que
-no carecía de ciertas buenas cualidades, y seguramente las tendría; de
-otro modo, ¿cómo comprender...?
-
---Estoy convencida de que esa joven tenía algún mérito--afirmó
-lacónicamente Advocia Romanovna.
-
---Que Dios me perdone; pero la verdad es que me alegré de su muerte.
-Sin embargo, no sé para cuál de los dos hubiese sido más funesto
-ese matrimonio--dijo la madre; y luego, tímidamente, tras de varias
-vacilaciones y sin apartar los ojos de Dunia, se puso a interrogar
-de nuevo a Razumikin acerca de la escena de la víspera entre Rodia y
-Ludjin.
-
-Este incidente parecía inquietarla sobre manera...
-
-El joven volvió a referir minuciosamente el altercado de que había
-sido testigo; pero añadiendo que Raskolnikoff insultó deliberadamente
-a Pedro Petrovitch, y no excusó la conducta de su amigo con la
-enfermedad que éste padecía.
-
---Antes de estar malo--dijo--ya lo tenía premeditado.
-
---Así lo creo yo también--replicó Pulkeria Alexandrovna, con la
-consternación pintada en su semblante.
-
-Pero se sorprendió mucho al ver que Razumikin hablaba de Pedro
-Petrovitch en términos convenientes y aun con cierta especie de
-consideración. Esto llamó la atención de Advocia Romanovna.
-
---¿De modo que ésa es la opinión de usted acerca de Pedro
-Petrovitch?--no pudo por menos de preguntar Pulkeria Alexandrovna.
-
---No puedo tener otra acerca del futuro esposo de esta
-señorita--respondió con tono firme y caluroso Razumikin--. Y no es
-por vana cortesía por lo que hablo de este modo; lo digo porque...
-porque... porque... basta que ese hombre sea la persona que Advocia
-Romanovna ha elegido... Si ayer hube de expresarme en tonos injuriosos
-respecto de él, fué porque estaba ebrio, y, además... insensato; sí,
-insensato; había perdido la cabeza, estaba completamente loco, y ahora
-me da vergüenza de...
-
-Se interrumpió poniéndose encendido como la grana. Las mejillas de
-Advocia Romanovna se colorearon; pero guardó silencio. Desde que empezó
-a hablar de Ludjin, no había despegado los labios. Privada del apoyo de
-su hija, Pulkeria Alexandrovna se encontraba visiblemente cortada.
-
-Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante y levantando a cada
-momento los ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento le preocupaba
-sobre todas las cosas cierta circunstancia.
-
---Vea usted, Demetrio Prokofitch--comenzó a decir--. Debemos de ser
-francas con él, Dunetchka.
-
---Sin duda, mamá--respondió, con tono de autoridad Advocia Romanovna.
-
---Verá usted de lo que se trata--se apresuró a decir la madre, como
-si el comunicar su disgusto le quitase una montaña del pecho--. Esta
-mañana, a primera hora, hemos recibido una carta de Pedro Petrovitch,
-respondiendo a lo que nosotros habíamos escrito ayer, dándole cuenta de
-nuestra llegada. Vea usted, debía haber ido a esperarnos a la estación,
-como nos había prometido; pero en su lugar nos hemos encontrado con un
-criado que nos ha conducido hasta aquí, anunciándonos para esta mañana
-la visita de su amo. Pero ahora, en vez de venir él, nos ha escrito
-esta carta... (lo mejor será que usted mismo la lea); hay en ella un
-párrafo que me pone en cuidado. Usted verá en seguida de qué se trata y
-me dará francamente su opinión, pues usted, Demetrio Prokofitch, conoce
-mejor que nadie el carácter de Rodia, y está en condiciones de poder
-aconsejarme. Prevengo a usted que desde el primer momento Dunetshka ha
-resuelto la cuestión; pero yo no sé qué hacer, y espero que usted...
-
-Razumikin abrió la carta, fechada la víspera.
-
- «Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo el honor de manifestar a usted
- que asuntos imprevistos me han impedido ir a esperar a ustedes a
- la estación; por eso me he hecho representar por un hombre de mi
- confianza. El Senado, donde he de entender en una cuestión, me
- priva del honor de ver a ustedes por la mañana; por otra parte,
- no quiero interrumpir la entrevista de usted con su hijo ni la de
- Advocia Romanovna con su hermano. A las ocho en punto de la tarde
- tendré la satisfacción de saludar a ustedes en su alojamiento.
- Encarecidamente les suplico que me eviten la presencia de Rodión
- Romanovitch, el cual me insultó del modo más grosero en la
- visita que le hice ayer. Aparte de esto, debo tener con usted
- una explicación personal a propósito de un punto que acaso no
- interpretemos ambos de la misma manera. Tengo el honor de advertir
- a usted anticipadamente que, si a pesar de mi deseo, expresado
- formalmente, encontrase en casa de ustedes a Rodión Romanovitch,
- me veré obligado a retirarme en seguida, y usted solamente podrá
- atribuir a sí misma la causa de mi determinación.
-
- »Digo a usted esto teniendo motivos para creer que Rodión
- Romanovitch, que parecía tan enfermo cuando yo le visité, recobró
- la salud dos horas después, y puede, por consiguiente, ir a casa
- de ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis propios ojos en casa
- de un borracho que acababa de ser atropellado por un coche. So
- pretesto de costear los funerales, dió veinticinco rublos a la
- hija del difunto, joven de conducta notoriamente equívoca. Esto me
- ha causado verdadero estupor, porque sé con cuánta fatiga se ha
- procurado usted ese dinero. Suplico a usted que tenga la bondad
- de presentar mis homenajes más sinceros a la señorita Advocia
- Romanovna, y permitir que me repita de usted obediente servidor.
-
- »PEDRO PETROVITCH LUDJIN.»
-
-
---¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?--preguntó Pulkeria
-Alexandrovna, a quien casi se le saltaban las lágrimas--. ¿Cómo decirle
-a Rodia que venga? Ayer insistió tan vivamente para que se despidiese
-a Pedro Petrovitch, y ahora éste pretende que no reciba a mi hijo...
-Seguramente que él vendrá ex profeso en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a
-suceder entonces?
-
---Siga usted el consejo de Advocia Romanovna--respondió tranquilamente
-Razumikin.
-
---¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede imaginarse lo que dice; no
-acierto a comprender lo que se propone. Según ella, es mejor, o, más
-bien dicho, es absolutamente indispensable que Rodia venga esta noche
-y se encuentre aquí con Pedro Petrovitch... Yo preferiría enseñarle la
-carta a mi hijo, e impedir hábilmente que viniese, y para conseguir tal
-objeto contaba con usted... No comprendo a qué borracho muerto ni a qué
-joven se refiere esta carta, ni me explico cómo ha dado a esa persona
-las últimas monedas de plata que...
-
---Que representan para ti tantos sacrificios, mamá--interrumpió la
-joven.
-
---Ayer no estaba en su estado normal--dijo con aire pensativo
-Razumikin--. ¡Si supiese usted a qué pasatiempos se entregó ayer en
-un café! Por lo demás, ha hecho bien. En efecto, me habló ayer de un
-muerto y de una joven mientras que yo le acompañaba a su casa; pero no
-comprendí ni una palabra... Como ayer estaba yo...
-
---Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y yo te aseguro que veremos allí lo
-que conviene hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez dadas!--observó Dunia,
-mirando un magnífico reloj de oro esmaltado, que llevaba suspendido del
-cuello por una larga cadena de Venecia y que desentonaba con el resto
-de su atavío.
-
---Un regalo de su prometido--pensó Razumikin.
-
---Es, efectivamente, hora de salir--dijo su madre con apresuramiento--.
-Va a pensar que le guardamos rencor por la acogida que nos hizo anoche;
-a esa causa atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!
-
-Hablando así se apresuraba a ponerse el sombrero y la pañoleta.
-
-Dunia se preparaba también a salir. Sus guantes estaban, además de
-descoloridos, agujereados, lo cual no pasó inadvertido a Razumikin; sin
-embargo, aquel traje, cuya pobreza saltaba a la vista, daba a las dos
-señoras un sello particular de dignidad, como acontece siempre a las
-mujeres que saben llevar humildes vestidos.
-
---Esperen ustedes que me adelante para ver si está despierto--dijo
-Razumikin cuando comenzaron a subir las escaleras del domicilio de
-Raskolnikoff.
-
-Las señoras le siguieron muy despacio. Cuando llegaron al cuarto
-piso, advirtieron que la puerta del departamento de la patrona estaba
-abierta, y que por la estrecha abertura las observaban dos ojos negros
-y penetrantes. Las miradas se encontraron y la puerta se cerró con tal
-estrépito, que Pulkeria Alexandrovna estuvo a punto de lanzar un grito
-de espanto.
-
-
-III
-
---¡Va bien, va bien!--exclamó alegremente Zosimoff viendo entrar a las
-dos mujeres.
-
-El doctor había llegado diez minutos antes y ocupaba en el sofá el
-mismo sitio que la víspera. Raskolnikoff, sentado en el otro extremo,
-estaba completamente vestido; habíase tomado también el trabajo de
-lavarse y peinarse, cosas ambas que no acostumbraba desde hacía algún
-tiempo. Aunque con la llegada de Razumikin y de las dos señoras quedó
-llena la habitación, Anastasia logró colocarse detrás de ellas, y se
-quedó para escuchar la conversación. Efectivamente Raskolnikoff estaba
-bien, pero su palidez era extrema y parecía absorto en una triste idea.
-
-Cuando Pulkeria Alexandrovna entró con su hija, Zosimoff advirtió con
-sorpresa el sentimiento que se reveló en la fisonomía del enfermo. En
-vez de alegría era una especie de estoicismo resignado; parecía que el
-joven hacía un llamamiento a todas sus fuerzas para soportar durante
-una hora o dos un tormento inevitable. Cuando la conversación se hubo
-entablado, observó también el médico que cada palabra abría como una
-herida en el alma de su cliente; pero al mismo tiempo se asombraba
-de ver a este último relativamente dueño de sí mismo. El monomaníaco
-frenético de la víspera sabía ahora dominarse hasta cierto punto y
-disimular sus impresiones.
-
---Sí, veo ahora que estoy casi curado--dijo Raskolnikoff, besando a su
-madre y a su hermana con una cordialidad que hizo brillar de alegría
-el rostro de Pulkeria Alexandrovna--. Y no lo digo como ayer--añadió
-dirigiéndose a Razumikin y estrechándole la mano.
-
---También yo estoy asombrado de su notable mejoría--dijo Zosimoff--. De
-aquí a tres o cuatro días, si esto continúa, se encontrará como antes,
-es decir, como estaba hace uno o dos meses, o quizá tres, porque esta
-enfermedad se hallaba latente desde hace tiempo, ¿eh? Confiese ahora
-que tenía usted alguna parte de culpa--terminó con sonrisa reprimida el
-doctor, temeroso de irritar al enfermo.
-
---Es muy posible--replicó fríamente Raskolnikoff.
-
---Ahora que se puede hablar con usted--prosiguió Zosimoff--, quisiera
-convencerle de que es necesario apartarse de las causas primeras, a
-las cuales hay que atribuir su estado morboso. Si usted hace eso, se
-curará; de lo contrario, se agravará su mal. Ignoro cuáles son estas
-causas primeras; pero usted, de seguro, las conoce. Es usted un hombre
-inteligente, y, sin duda, se observa a sí mismo. Me parece que su salud
-se ha alterado desde que salió de la Universidad. Usted no puede estar
-sin ocupación. Le conviene, a mi entender, trabajar, proponerse un
-proyecto, y perseguirlo tenazmente.
-
---Sí, sí, tiene usted razón; volveré a la Universidad lo más pronto
-posible, y entonces todo marchará como una seda.
-
-El doctor dió sus sabios consejos con la intención, en parte, de
-producir efecto en las señoras. Cuando hubo acabado, miró fijamente a
-su cliente, y se quedó un poco desconcertado al advertir que el rostro
-de éste expresaba franca burla. Sin embargo, Zosimoff se consoló bien
-pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna se apresuró a darle las
-gracias manifestándole, en particular, su reconocimiento por la visita
-que les hizo la noche anterior.
-
---¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?--preguntó Raskolnikoff con voz
-inquieta--. ¿De modo que no habéis descansado después de un viaje tan
-penoso?
-
---¡Si no eran más que las dos, querido Rodia, y, en casa, Dunia y yo no
-nos acostamos nunca antes de esa hora!
-
---No sé cómo darles las gracias--continuó Raskolnikoff, que de repente
-frunció las cejas y bajó la cabeza--. Prescindiendo de la cuestión de
-dinero (perdóneme usted si hago alusión a ella)--dijo dirigiéndose a
-Zosimoff--, no me explico cómo he podido merecer de usted tal interés.
-No lo comprendo, y aun diré que tanta benevolencia me pesa, pues es
-ininteligible para mí. Ya ve usted que soy franco.
-
---No se atormente usted--replicó Zosimoff afectando reírse--; supóngase
-usted que es mi primer cliente. Nosotros los médicos, cuando empezamos,
-tomamos tanto cariño a nuestros primeros enfermos como si fuesen
-nuestros hijos. Algunas veces hasta parecemos enamorados de ellos, y ya
-sabe usted que mi clientela no es muy numerosa.
-
---Y no digo nada de éste--siguió diciendo Raskolnikoff, señalando a
-Razumikin--. ¡No he hecho más que injuriarle y molestarle sin cesar!
-
---¡Qué tonterías dices! Según se ve, estás hoy muy sentimental--exclamó
-Razumikin.
-
-Si hubiera sido más perspicaz, habría echado de ver, que, lejos de
-estar sentimental, su amigo se encontraba en situación totalmente
-distinta. Pero Advocia Romanovna no se engañaba, y, muy inquieta,
-observaba atentamente a su hermano.
-
---De ti, mamá, apenas me atrevo a hablar--dijo Raskolnikoff, que
-parecía recitar una lección aprendida por la mañana--; hoy solamente he
-podido comprender lo que habrás sufrido ayer esperando que volviera a
-casa.
-
-Al decir estas palabras sonrió y tendió bruscamente la mano a su
-hermana. Este gesto no fué acompañado de ninguna palabra, pero la
-sonrisa del joven expresaba un sentimiento verdadero, ahora no fingía.
-Gozosa y reconocida, Dunia tomó la mano que se le tendía y la estrechó
-con fuerza. Era la primera satisfacción que le daba después del
-altercado de la víspera. Al ver esta reconciliación muda y definitiva
-del hermano con la hermana, Pulkeria Alexandrovna se puso radiante de
-alegría.
-
-Razumikin se agitó nerviosamente en su silla.
-
---Aunque no fuera más que por esto le querría--murmuraba con su
-tendencia a exagerarlo todo--. Son impulsos propios de él.
-
---¡Qué bien ha estado!--murmuró la madre para sí--. ¡Qué nobles
-arranques los suyos! Este simple hecho de tender así la mano a su
-hermana mirándola con afecto, ¿no es la manera más franca y más
-delicada de poner fin al rozamiento de ayer?--¡Ah, Rodia--añadió en voz
-alta apresurándose a responder a la observación de Raskolnikoff--, no
-puedes figurarte lo desgraciadas que nos consideramos anoche Donetshka
-y yo! Ahora que todo ha pasado y que hemos vuelto a ser felices, puedo
-decírtelo. Figúrate: en cuanto nos apeamos del tren corrimos aquí para
-abrazarte, y esta joven, ahí la tienes (buenos días, Anastasia), nos
-dijo de repente que habías estado en cama con fiebre, que delirando te
-habías escapado y que se te andaba buscando. No puedes imaginarte la
-impresión que nos hizo esta noticia.
-
---Sí, sí... Todo eso es seguramente muy desagradable--murmuró
-Raskolnikoff; pero dió esta respuesta con aire tan distraído, por no
-decir indiferente, que Dunia le miró sorprendida.
-
---¿Qué es lo que yo quería deciros?--continuó esforzándose por
-coordinar sus recuerdos--. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá, y a ti,
-Dunia, que no vayan a creer que no he querido ir a verlas hoy y que he
-esperado en casa a que ustedes vinieran.
-
---¿Por qué dices eso, Rodia?--exclamó Pulkeria Alexandrovna no menos
-asombrada que su hija.
-
---Cualquiera diría que nos responde por simple cortesía--pensaba
-Dunia--; hace las paces y pide perdón como si llenase una pura
-formalidad o recitase una lección.
-
---En cuanto desperté quise ir a ver a ustedes, pero no tenía ropa que
-ponerme; se me olvidó decir ayer a Anastasia que lavase la sangre...
-Hasta hace un momento no me he podido vestir.
-
---¿Sangre? ¿Qué sangre?--preguntó Pulkeria Alexandrovna alarmada.
-
---No es nada... No hay que asustarse... Ayer, durante mi delirio,
-paseando por la calle, me tropecé con un hombre que acababa de ser
-atropellado. Un funcionario. Por esta razón tenía manchado de sangre el
-traje.
-
---¿Mientras estabas delirando? ¡Si te acuerdas de todo!--interrumpió
-Razumikin.
-
---Es verdad--respondió Raskolnikoff algo inquieto--, me acuerdo de
-todo, hasta de los más insignificantes pormenores; pero mira qué cosa
-más extraña: no logro explicarme por qué he dicho eso, por qué lo he
-hecho, por qué he ido a ese sitio.
-
---Es un fenómeno muy conocido--observó Zosimoff--; se realizan los
-actos a veces con una exactitud y con una habilidad extraordinarias;
-pero el principio de que emana ese acto se altera en el alienado y
-depende de diversas impresiones morbosas.
-
-La palabra «alienado» heló la sangre a todos; Zosimoff la dejó
-escapar inadvertidamente, porque estaba absorto en su tema favorito.
-Raskolnikoff, que seguía meditabundo, pareció no prestar atención
-alguna a las palabras del doctor. En sus pálidos labios vagaba una
-extraña sonrisa.
-
---Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...? Te he interrumpido
-hace un momento--se apresuró a decir a Razumikin.
-
---¡Ah, sí!--dijo Raskolnikoff como despertando de un sueño--. Me manché
-de sangre ayudando a transportarle a su casa... A propósito, mamá; hice
-ayer una cosa imperdonable. Verdaderamente estaba trastornado. Todo
-el dinero que me habías enviado lo di a la viuda para el entierro. La
-pobre mujer es bien digna de lástima... Está tísica, le quedan tres
-hijos y no tiene con qué alimentarlos... Tiene también una hija...
-Quizá tú hubieses hecho lo mismo que yo si hubieras visto tanta
-miseria. Sin embargo, lo reconozco; yo no tenía el derecho de hacer
-eso, sobre todo sabiendo con cuánto trabajo me habéis procurado ese
-dinero.
-
---No te preocupes por eso, Rodia; estoy convencida de que todo lo que
-tú haces está bien hecho--respondió la madre.
-
---No, no estás muy convencida--replicó él procurando sonreírse.
-
-La conversación quedó suspendida durante unos minutos. Palabras,
-silencio, reconciliación, perdón, en todo había algo de forzado y cada
-cual de los presentes lo comprendía.
-
---¿No sabes que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo de repente Pulkeria
-Alexandrovna.
-
---¿Qué Marfa Petrovna?
-
---Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te hablé extensamente de ella en mi
-última carta.
-
---¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo que ha muerto?--dijo el joven con
-el estremecimiento propio del hombre que despierta--. ¿Es posible que
-haya muerto? ¿Y de qué?
-
---De repente--se apresuró a decir Pulkeria Alexandrovna, alentada a
-seguir por la curiosidad que demostraba su hijo--. Murió precisamente
-el mismo día que yo te escribí. Según parece, aquel pícaro de hombre ha
-sido la causa de su muerte. Se dice que le pegó demasiado.
-
---¿Ocurrían con frecuencia esas escenas en su casa?--preguntó
-Raskolnikoff dirigiéndose a su hermana.
-
---No, todo lo contrario; siempre se mostraba muy paciente y hasta
-cortés en ella. En muchos casos, daba pruebas de demasiada indulgencia,
-y esto durante siete años. Por lo visto le ha faltado, de repente, la
-paciencia.
-
---De modo que no era un hombre tan terrible, puesto que la ha soportado
-durante siete años. Parece que le disculpas, Dunetshka.
-
-La joven frunció el entrecejo.
-
---Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no puedo representármelo más
-detestable--respondió casi temblando, y se quedó pensativa.
-
---Había ocurrido esta escena por la mañana--continuó Pulkeria
-Alexandrovna--. Inmediatamente después Marfa dió orden de enganchar,
-porque quería ir a la ciudad después de comer, según tenía por
-costumbre en ocasiones semejantes. Según se dice, comió con mucho
-apetito.
-
---¿A pesar de los golpes?
-
---Estaba ya acostumbrada a ellos. Al levantarse de la mesa fué a tomar
-el baño para marchar cuanto antes. Se trataba por la hidroterapia; hay
-una fuente en su casa y se bañaba todos los días. Apenas se metió en el
-agua, le dió un ataque de apoplejía.
-
---No es extraño--observó Zosimoff.
-
---¡Como su marido le había pegado tanto!
-
---¿Qué importa eso?--dijo Advocia Romanovna.
-
---¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me cuentas semejantes tonterías--dijo
-Raskolnikoff con súbita irritación.
-
---¡Pero si no sabía de qué hablar!--confesó cándidamente Alexandrovna.
-
---Parece que me tenéis miedo--observó el joven con amarga sonrisa.
-
---Es la verdad--respondió Dunia fijando en su hermano una mirada
-severa--. Cuando subíamos a esta casa, mamá ha hecho la señal de la
-cruz; tan asustada estaba.
-
-Las facciones del joven se alteraron de tal modo, que parecía que iba a
-darle una convulsión.
-
---¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes, Rodia, por Dios. ¿Cómo dices
-eso, Dunia?--añadió excusándose y cortada Pulkeria Alexandrovna--. En
-el tren no he cesado de pensar en la felicidad de verte y de hablar
-contigo. Tanta ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto el camino, y
-ahora soy feliz de encontrarme aquí, querido Rodia.
-
---¡Basta, mamá!--murmuró él muy agitado, y sin mirar a su madre le
-estrechó la mano--; tiempo tenemos de hablar.
-
-Apenas acabó de decir estas palabras se turbó y se puso pálido; de
-nuevo sentía un frío mortal en el fondo de su alma, de nuevo se
-confesaba que acababa de decir una horrible mentira, porque en adelante
-no le era permitido hablar sinceramente ni con su madre. Ni con nadie.
-La impresión que le produjo este cruel pensamiento fué tan viva que,
-olvidando la presencia de sus huéspedes, el joven se adelantó y se
-dirigió a la puerta.
-
---¿A dónde vas?--gritó Razumikin asiéndole por un brazo.
-
-Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió en silencio una mirada en
-torno suyo. Todos le contemplaban con estupor.
-
---¡Qué fastidiosos son ustedes!--gritó de repente--. Digan algo. ¿Por
-qué están ahí como mudos? Hablen. Las personas no se reunen para estar
-calladas.
-
---¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que iba a darle otro acceso como
-ayer--dijo Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal de la cruz.
-
---¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?--preguntó Advocia Romanovna con inquietud.
-
---Nada; una tontería que me ha venido al pensamiento--y Raskolnikoff se
-echó a reír.
-
---Vamos. Si es una tontería, menos mal; pero yo temía...--murmuró
-Zosimoff levantándose--. Tengo que dejar a ustedes; procuraré dar más
-tarde una vuelta por aquí.
-
-Saludó y salió.
-
---¡Qué buen hombre!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí. Es un buen hombre, un hombre de mérito, instruído,
-inteligente...--dijo Raskolnikoff pronunciando estas palabras con
-desacostumbrada animación--. No me acuerdo adónde le he visto antes de
-mi enfermedad. Tengo idea de que le conocía... ¡Ese sí que es un hombre
-excelente!--añadió señalando con un movimiento de cabeza a Razumikin,
-el cual acababa de levantarse.
-
---Es preciso que me vaya...--dijo--. Tengo que hacer.
-
---Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres dejarnos porque se ha marchado
-Zosimoff? No, no te vas; pero, ¿qué hora es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan
-bonito tienes, Dunia! ¿Por qué callan ustedes? No habla nadie más que
-yo...
-
---Es un regalo de Marfa Petrovna.
-
---Y ha costado muy caro--añadió Pulkeria.
-
---Creía que era un obsequio de Ludjin.
-
---Aun no ha dado nada a Dunetshka.
-
---¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve enamorado y que quise
-casarme?--dijo bruscamente, mirando a su madre, que se quedó asombrada
-del giro imprevisto que tomaba la conversación y del tono con que su
-hijo le hablaba.
-
---¡Ah! sí--respondió Pulkeria Alexandrovna, cambiando una mirada con
-Dunia y Razumikin.
-
---¿Qué te he de decir de esto?; apenas me acuerdo ya. Era una joven
-enfermiza y raquítica--continuó como absorto y sin levantar los ojos
-del suelo--. Le gustaba dar limosna a los pobres y pensaba entrar en
-un monasterio. Cierto día se echó a llorar cuando me hablaba de estas
-cosas... Sí, sí, bien me acuerdo. Era más bien fea que guapa. La verdad
-es que no sé por qué me gustó; quizá porque estaba siempre enferma. Si
-además hubiese sido jorobada o coja, me parece que la hubiera querido
-más--añadió sonriéndose--. Aquello no tenía importancia... Fué una
-locura de primavera.
-
---No, no era solamente una locura de primavera--afirmó Dunia con
-convencimiento.
-
-Raskolnikoff miró atentamente a su hermana; pero o no oyó o no
-comprendió las palabras de la joven. Después, con aire melancólico, se
-levantó, fué a besar a su madre y volvió a sentarse en su sitio.
-
---¿La amas aún?--dijo con voz temblorosa Pulkeria Alexandrovna.
-
---¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo eso es para mí como una visión
-lejana... muy lejana... y desde hace mucho tiempo. Y lo cierto es que
-me causa la misma impresión cuanto me rodea.
-
-Raskolnikoff miró atentamente a las dos mujeres.
-
---Están ustedes aquí y me parece que me encuentro a mil verstas
-de este sitio. Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas? ¿Por qué
-preguntarme?--añadió con cólera; después, silenciosamente, se puso a
-morderse las uñas y se quedó como ensimismado.
-
---¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!; parece un sepulcro--dijo
-bruscamente Pulkeria Alexandrovna para interrumpir aquel penoso
-silencio--: segura estoy de que esta habitación es la causa de tu
-hipocondría.
-
---¿Esta habitación?--repitió él con aire distraído--. Sí, ha
-contribuído mucho... lo mismo he pensado yo; ¡si supieses, mamá, qué
-ideas tan extrañas acabas de expresar!--añadió de repente con sonrisa
-enigmática.
-
-Apenas podía soportar Raskolnikoff la presencia de aquella madre y de
-aquella hermana, de las cuales había estado separado durante tres años
-y con quienes comprendía que le era imposible toda conversación. Había,
-sin embargo, una cosa que no admitía dilación; así es que levantándose
-pensó que aquello debía ser resuelto de una manera o de otra. En tal
-momento se sintió feliz de encontrar un medio para salir del paso.
-
---Ante todo he de pedirte, Dunia--comenzó a decir con tono seco--, que
-me dispenses por el incidente de ayer; pero creo que es una obligación
-en mí recordarte que sostengo los términos de mi dilema: o Ludjin o yo.
-Yo puedo ser un infame; pero tú no debes serlo. Basta con uno. Si te
-casas con Ludjin ceso de considerarte como a una hermana.
-
---Hijo mío, hablas como ayer--exclamó asustada Pulkeria Alexandrovna--;
-¿por qué te tratas siempre de infame? Yo no puedo soportar que hables
-así. Ayer empleabas el mismo lenguaje.
-
---Hermano mío--respondió Dunia con un tono que no cedía en sequedad
-ni en violencia al de Raskolnikoff--, la falta de acuerdo en que nos
-encontramos, proviene de un error tuyo. He reflexionado esta noche
-y he descubierto en qué consiste. Tú supones que me sacrifico por
-alguien y eso es lo que te engaña. Yo me caso por mí misma, porque mi
-situación personal es difícil. Sin duda podré entonces ser más útil a
-mis prójimos; pero no es ése el motivo principal de mi resolución.
-
---Miente--pensaba Raskolnikoff, que de cólera se mordía las uñas--.
-¡Orgullosa! No confiesa que quiere ser mi bienhechora. ¡Oh! ¡los
-caracteres bajos! ¡Su amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto a
-todos!
-
---En una palabra--continuó Dunia--, me caso con Pedro Petrovitch,
-porque de dos males elija el menor. Tengo intención de cumplir
-lealmente cuanto él espera de mí. Por consiguiente no le engaño. ¿De
-qué te ríes?
-
-Enrojeció repentinamente la joven y brilló en sus ojos un relámpago de
-cólera.
-
---¿Que lo cumplirás todo?--preguntó Raskolnikoff sonriendo con amargura.
-
---Hasta cierto límite; por la manera como Pedro Petrovitch ha pedido mi
-mano, he comprendido en seguida a lo que debo atenerme. Acaso tenga una
-opinión muy alta de sí mismo; mas espero que sabrá también apreciarme.
-¿Por qué sigues riéndote?
-
---Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada? Mientes, hermana, tú no
-puedes estimar a Ludjin: le he visto y he hablado con él. Te casas por
-interés; haces en todo caso una bajeza; por lo menos veo con gusto que
-sabes ruborizarte.
-
---No es verdad, yo no miento--gritó la joven perdiendo su sangre
-fría--. No me casaré con él sin estar plenamente convencida de que le
-estimo. Felizmente tengo el medio de convencerme de ello en seguida,
-y lo que es más, hoy mismo. Este matrimonio no es una bajeza, como tú
-dices; pero aunque tuvieses razón, aun cuando yo estuviese convencida
-de cometer una bajeza, ¿no sería por tu parte una crueldad hablarme
-de ese modo? ¿Por qué exigir un heroísmo que tú no tienes? Eso es una
-tiranía, una violencia. Caso de causar algún mal, sólo me lo causaré a
-mí misma. Yo no he matado todavía a nadie. ¿Por qué me miras así? ¿Por
-qué te pones pálido? ¿Qué tienes, hermano mío?
-
---¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú has sido la causa!--exclamó
-Pulkeria Alexandrovna.
-
---No, no es nada, una tontería... Un ligero mareo... No he llegado a
-desmayarme del todo... los desmayos son buenos para vosotras... ¡hum!
-sí... ¿Qué es lo que yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás hoy
-mismo de que puedes estimar a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es eso
-lo que decías hace un momento, o te he entendido yo mal?
-
---Mamá, enseña a mi hermano la carta de Pedro Petrovitch--dijo Dunia.
-
-Pulkeria Alexandrovna presentó la carta con mano temblorosa.
-Raskolnikoff la leyó atentamente por dos veces. Todos esperaban algún
-acceso de furor. La madre, sobre todo, estaba muy inquieta. Después de
-haberse quedado pensativo un instante, el joven le devolvió la carta.
-
---No comprendo nada--comenzó a decir sin dirigirse a nadie--: pronuncia
-discursos, es abogado, muy redicho en su conversación y escribe como un
-hombre sin cultura.
-
-Estas palabras causaron una estupefacción general. Nadie las esperaba.
-
---Por lo menos no escribe muy literariamente; aunque su estilo no
-sea del todo de un iletrado, maneja la pluma como un hombre de
-negocios--añadió Raskolnikoff.
-
---Pedro Petrovitch no oculta que ha recibido poca instrucción y se
-enorgullece de ser hijo de sus obras--dijo Advocia Romanovna un poco
-contrariada del tono con que le hablaba su hermano.
-
---Sí; tiene motivo para enorgullecerse, no digo lo contrario. Parece
-que te ha incomodado porque sólo se me ha ocurrido una observación
-frívola a propósito de esta carta, y crees que insisto sobre semejantes
-tonterías para molestarte. Nada de eso; en lo que concierne al estilo,
-he hecho una observación que en el caso presente está muy lejos de
-carecer de importancia. Esta frase: «usted no tendrá que quejarse más
-que de sí misma», no deja nada que desear en punto a claridad. Además,
-manifiesta la intención de retirarse sobre la marcha si yo voy a
-vuestra casa. Esta amenaza de irse viene a decir que si no obedecéis,
-os plantará a las dos después de haberos hecho venir a San Petersburgo.
-¿En qué piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras pueden ofender
-tanto como podrían ofender si hubiesen sido escritas por éste (señaló a
-Razumikin), por Zosimoff o por uno de nosotros?
-
---No--respondió Dunia--; bien me hago cargo de que ha expresado
-demasiado ingenuamente su pensamiento y de que quizá no es muy hábil
-para servirse de la pluma... Tu observación es muy juiciosa, hermano
-mío. Yo no esperaba...
-
---Supuesto que escribe como un hombre de negocios, no podía expresarse
-de otro modo, y no hay que echarle en cara que se haya mostrado
-grosero. Por lo demás, debo quitarte una ilusión: en esta carta hay
-una frase que contiene una calumnia contra mí, y una calumnia por
-cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto, dinero a una viuda tísica
-y agobiada por la desgracia, no a pretexto, como ese señor escribe,
-de pagar los funerales, sino para pagarlos, y ese dinero se lo di a
-la viuda misma y no a la hija del difunto, a esa joven de conducta
-«notoriamente equívoca» a quien vi ayer por primera vez en mi vida.
-En todo esto descubro el deseo de pintarme con los más negros colores
-e indisponer a vosotras conmigo. Ha escrito en estilo jurídico, es
-decir, que revela muy claramente su objeto y lo persigue sin pretender
-disimularlo. Es inteligente, mas, para conducirse con discreción, no
-basta siempre la inteligencia. Todo lo que te he hecho notar pinta al
-hombre... y no creo que te aprecie mucho. Lo digo por tu bien, que de
-todas veras deseo.
-
-Dunia no respondió; había tomado su partido y esperaba que llegase la
-noche.
-
---Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?--preguntóle su madre, cuya
-inquietud iba en aumento oyendo discutir reposadamente a su hijo como
-un hombre de negocios.
-
---¿Qué quiero decir?
-
---Ya ves lo que escribe Pedro Petrovitch; desea que tú no vengas a
-nuestro alojamiento esta noche, y declara que se irá si te encuentra
-allí; por eso te pregunto qué piensas hacer.
-
---Yo no soy quien tiene que decirlo. A ti y a Dunia toca ver si esa
-exigencia de Pedro Petrovitch tiene o no algo de mortificante para
-vosotras--contestó fríamente Raskolnikoff.
-
---Dunetshka ha resuelto la cuestión, y yo estoy de perfecto acuerdo con
-ella--se apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.
-
---Creo que es indispensable que asistas a esa entrevista; te
-suplico, pues, que no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también que
-venga--continuó la joven dirigiéndose a Razumikin--. Mamá, me permito
-hacer esta invitación a Demetrio Prokofitch.
-
---Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo que vosotros dispongáis--añadió su
-madre--. Para mí es un alivio, no me gusta fingir ni mentir; lo mejor
-es una explicación franca. Si Pedro Petrovitch se enfada, peor para él.
-
-
-IV
-
-En aquel momento se abrió la puerta sin ruido y entró en la sala una
-joven mirando tímidamente en su derredor. Su aparición causó general
-sorpresa y todos los ojos se fijaron en ella con curiosidad. Al pronto
-no la conoció Raskolnikoff. Era Sofía Semenovna Marmeladoff. El joven
-la había visto por primera vez el día antes, en unas circunstancias y
-en un traje que le dejaron en la memoria una imagen distinta. Ahora era
-una joven de aspecto modesto, o más bien, pobre, de maneras corteses
-y reservadas y de expresión tímida. Vestía un traje muy sencillo y
-llevaba un sombrero pasado de moda. No conservaba ninguno de los
-adornos de la víspera; pero no había prescindido de la sombrilla. Su
-confusión al ver tanta gente que no esperaba encontrar fué tan grande,
-que dió un paso hacia atrás para retirarse.
-
---¡Ah! ¿es usted?--dijo Raskolnikoff en el colmo del asombro, y él
-también se quedó turbado.
-
-Recordó entonces que la carta de Ludjin, leída un momento antes,
-contenía alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente equívoca»,
-acababa de protestar contra tal calumnia y de declarar que había visto
-a aquélla por primera vez el día anterior, y he aquí que se presentaba
-en su casa. En un abrir y cerrar de ojos todos estos pensamientos
-atravesaron mezclados por su imaginación; mas al observar más
-atentamente a la recién llegada, la vió tan abatida por la vergüenza,
-que sintió hacia ella súbita piedad. En el momento en que, asustada,
-iba a retirarse, se verificó en él un repentino cambio.
-
---No esperaba a usted--se apresuró a decir invitándola con la mirada
-a que se quedase--. Haga usted el favor de tomar asiento. ¿Viene, sin
-duda, de parte de Catalina Ivanovna? Permítame usted, ahí no, siéntese
-aquí.
-
-Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba sentado cerca de la puerta en
-una de las tres sillas que había en la habitación, se medio levantó
-para dejar paso a la joven. El primer impulso de Raskolnikoff fué
-indicar a Sonia el extremo del diván que Zosimoff había ocupado un
-momento antes; pero, pensando en que aquel mueble le servía de cama,
-mostró a la joven la silla de Razumikin.
-
---Tú siéntate aquí--dijo a su amigo haciéndole sitio a su lado en el
-sofá.
-
-Sonia se sentó casi temblando y miró con timidez a las dos señoras.
-Era evidente que ella misma no se daba cuenta de cómo tenía la audacia
-de sentarse al lado de aquellas personas. Este pensamiento le causó
-tal impresión, que se levantó bruscamente y se dirigió, confusa, hacia
-Raskolnikoff.
-
---Es cuestión de un minuto. Perdóneme usted la molestia--dijo con voz
-trémula--. Me envía Catalina Ivanovna. No tenía otra persona a quien
-mandar... Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente que asista
-mañana a los funerales... en San Motrifinio, y que venga después a
-nuestra casa... es decir, a casa de ella a tomar un bocado. Catalina
-Ivanovna espera que le concederá este honor.
-
---Ciertamente... haré lo posible por complacerla--balbució
-Raskolnikoff, que se había incorporado a medias--. Tenga usted la
-bondad de volver a sentarse; hágame el favor de concederme dos minutos.
-
-Al mismo tiempo la invitaba con un gesto a tomar asiento. Sonia
-obedeció, y después de dirigir una mirada tímida a las dos señoras,
-bajó rápidamente los ojos. Las facciones de Raskolnikoff se
-contrajeron, coloreáronse sus mejillas y sus ojos lanzaron llamas.
-
---Mamá--dijo con voz vibrante--, es Sofía Semenovna Marmeladoff, la
-hija del desgraciado funcionario que murió ayer atropellado por un
-coche y del cual ya te he hablado.
-
-Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia y guiñó ligeramente los ojos, pues a
-pesar del temor que experimentaba delante de su hijo, no pudo negarse
-esta satisfacción. Dunia se volvió hacia la pobre joven y se puso a
-examinarla con gravedad. Al oírse nombrar por Raskolnikoff, Sonia, cada
-vez más cortada, levantó de nuevo los ojos.
-
---Quería preguntar a usted--prosiguió Rodia--qué ha pasado hoy en su
-casa, si las han molestado, si les ha causado alguna incomodidad la
-policía...
-
---No; no ha ocurrido nada de particular... La causa de la muerte era
-tan evidente... que nos han dejado tranquilas. Sólo los inquilinos se
-han incomodado.
-
---¿Por qué?
-
---Dicen que el cuerpo está demasiado tiempo en la casa... Como ahora
-hace calor, el olor... de modo que hoy se le conducirá a la capilla
-del cementerio, donde permanecerá hasta mañana. Al pronto se negaba
-Catalina Ivanovna, mas acabó por comprender que era preciso someterse.
-
---¿De modo que la conducción del cadáver es hoy?
-
---Catalina Ivanovna espera que nos hará usted el obsequio de asistir a
-las exequias, y que irá usted después a la comida fúnebre.
-
---¿Da una comida?
-
---Una modesta colación: me ha encargado dar a usted mil gracias por el
-socorro que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos podido hacer
-los gastos del funeral.
-
-Un temblor repentino agitó los labios y la barba de la joven; pero
-logró dominar su emoción y bajó de nuevo los ojos.
-
-Durante este breve diálogo Raskolnikoff la estuvo contemplando
-atentamente. Sonia tenía el rostro delgado y pálido; la nariz y la
-barbilla eran algo angulosas y puntiagudas y el conjunto bastante
-irregular; no se podía decir que era una beldad; pero, en cambio, sus
-ojos eran tan límpidos, y cuando se animaban comunicaban a su fisonomía
-tal expresión de bondad, que atraía irresistiblemente. Además se
-advertía otra particularidad característica en su rostro como en su
-persona: representaba mucha menos edad de la que tenía, y a pesar de
-contar ya diez y ocho años, se la hubiera tomado por una chiquilla.
-Esta circunstancia hacía reír al ver algunos de sus movimientos.
-
---¿Pero es posible que Catalina Ivanovna pueda atender a esos
-gastos con tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone dar una
-colación?--preguntó Raskolnikoff.
-
---El féretro será muy sencillo... Todo se hará con mucha modestia, de
-suerte que costará muy poco... Catalina y yo hemos calculado el gasto;
-después de pagado todo, quedará algo para dar la colación... Catalina
-Ivanovna tiene mucho interés en darla. No es posible decir nada en
-contrario... Además, esto le sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo
-está y cómo es ella.
-
---Comprendo, comprendo... ¿Le ha llamado a usted la atención mi
-cuarto?... Mi madre dice también que parece un sepulcro.
-
---Ayer se desprendió usted de todo por nosotras--respondió Sonia con
-voz sorda y rápida, bajando nuevamente los ojos.
-
-Sus labios y su barba volvieron a temblar. Desde su entrada le había
-impresionado la pobreza que reinaba en la habitación de Raskolnikoff y
-las palabras que acababa de pronunciar habíansele escapado a su pesar.
-Siguióse un cortés silencio. Las pupilas de Dunia brillaron y la misma
-Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia con expresión afable.
-
---Rodia--dijo levantándose--, supongo que comeremos juntos. Vámonos,
-Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia, dar un paseíto, y, después de
-descansar un poco, venir a casa lo más pronto posible... Temo haberte
-fatigado.
-
---Sí, sí, iré--se apresuró a responder, levantándose también...--Tengo
-algo que hacer antes.
-
---¡Cuidado con irte a comer a otra parte!--exclamó Razumikin, mirando
-con asombro a Raskolnikoff--. Eso no puedes hacerlo de ninguna manera.
-
---No, no iré con ustedes, les aseguro que iré... Pero tú quédate un
-minuto. De momento no tenéis necesidad de él, ¿verdad?
-
---No, puede quedarse por ahora. Le espero, sin embargo, Demetrio
-Prokofitch, a comer con nosotras--dijo Pulkeria Alexandrovna.
-
---Yo también se lo ruego, venga usted--añadió Dunia.
-
-Razumikin se inclinó radiante de alegría. Durante unos momentos todos
-experimentaron un malestar extraño.
-
---Adiós, es decir, hasta muy pronto; no me gusta decir adiós... Adiós,
-Anastasia... vamos, ya se me escapó otra vez.
-
-Pulkeria Alexandrovna tenía intención de saludar a Sonia; pero, a
-pesar de toda su buena voluntad, no pudo resolverse a ello, y salió
-precipitadamente de la habitación.
-
-No hizo lo mismo Advocia Romanovna, que parecía haber esperado este
-momento con impaciencia. Cuando, después de su madre, pasó al lado de
-Sonia, hizo a ésta un saludo en toda regla. La pobre muchacha se turbó,
-se inclinó con tímido apresuramiento, y en su rostro se manifestó una
-impresión dolorosa, como si la atención de Dunia para con ella le
-hubiese afectado penosamente.
-
---Dunia, adiós--dijo Raskolnikoff desde el rellano--; dame la mano.
-
---Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?--respondió la joven, volviéndose
-hacia él con aire afable, aunque se sentía contrariada.
-
---Bueno, dámela otra vez--y estrechó de nuevo la mano de su hermana.
-
-Dunia se sonrió ruborizándose, y en seguida se apresuró a apartar la
-mano y siguió a su madre. También ella se sentía contenta, sin que
-podamos decir por qué.
-
---¡Ea! Está bien--exclamó Raskolnikoff volviendo al lado de Sonia, que
-se había quedado en el cuarto.
-
-Al mismo tiempo la miraba con aire tranquilo.
-
-La jovencita advirtió, con sorpresa, que el semblante de su
-interlocutor se había esclarecido de repente. Durante algunos instantes
-Raskolnikoff la miró en silencio. Venía ahora a su memoria lo que
-Marmeladoff le había contado de su hija.
-
---Oye el asunto de que quería hablarte--prosiguió el joven tomando del
-brazo a Razumikin y llevándoselo a un ángulo del aposento.
-
---¿De modo que puedo decir a Catalina Ivanovna que irá usted?
-
-Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.
-
---Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna; nosotros no tenemos
-secretos y usted no nos molesta. Tengo que decirle dos palabras.
-
-E interrumpiéndose bruscamente se dirigió a Razumikin.
-
---¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?... ¡Ah, sí, ahora caigo! A
-Porfirio Petrovitch.
-
---Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por qué me lo preguntas?--repuso
-Razumikin.
-
---¿No me dijiste ayer que instruía esa sumaria... del asesinato?
-
---Sí, ¿y qué?--insistió Razumikin sorprendido por el sesgo que tomaba
-la conversación.
-
---Me dijiste también que interrogaba a las personas que han empeñado
-alhajas en casa de la vieja; y como yo he empeñado alguna cosa, que
-no merece la pena de que se hable de ella... una sortija que me dió
-mi hermana cuando vine a San Petersburgo; y un reloj de plata, que
-perteneció a mi padre... Esos objetos no valen cinco rublos, pero
-tienen para mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer ahora? No quiero
-que se pierdan. Temblando estaba hace un momento, temeroso de que mi
-madre quisiera verlo cuando se hablaba del reloj de Dunia. Es la única
-cosa que habíamos conservado de mi padre. Si se hubiese perdido, mi
-madre tendría un verdadero disgusto, ¡las mujeres! Dime, pues, lo que
-debo hacer. Ya sé que es necesario prestar una declaración ante la
-policía; pero, ¿no será mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch? ¿Qué
-te parece? Me corre prisa arreglar este asunto. Ya verás cómo antes de
-comer me preguntará mi madre por el reloj.
-
---No es a la policía a quien hay que acudir, sino a Porfirio
-Petrovitch--exclamó Razumikin extremadamente agitado--. ¡Oh, qué
-contento estoy! Podemos ir en seguida; vive a dos pasos de aquí; seguro
-estoy de que le encontraremos.
-
---Sea; vamos.
-
---Se alegrará mucho de conocerte. Le he hablado muchas veces de ti.
-Ayer, sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que tú conocías a la vieja?
-¡Ah, todo se explica admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía Ivanovna.
-
---Sofía Semenovna--rectificó Raskolnikoff, y dirigiéndose a la joven
-añadió--: Mi amigo Razumikin, excelente persona.
-
---Si usted tiene que salir...--comenzó a decir Sonia a quien esta
-presentación había dejado aún más confusa y que no se atrevía a
-levantar los ojos para mirar a Razumikin.
-
---¡Ea, vamos!--dijo Raskolnikoff--: yo pasaré por su casa, Sofía
-Semenovna. Dígame sus señas.
-
-Pronunció estas palabras no con cortedad, sino con cierta precipitación
-y evitando las miradas de la joven. Esta dió sus señas no sin
-ruborizarse. Los tres salieron juntos.
-
---¿No cierras la puerta?--preguntó Razumikin mientras bajaban la
-escalera.
-
---Nunca... Dos años hace que estoy pensando comprar una cerradura.
-¡Felices aquellos que no tienen nada que guardar bajo llave!--añadió
-alegremente dirigiéndose a Sonia.
-
-Se detuvieron en el umbral de la puerta de la calle.
-
---¿Usted va por la derecha, Sofía Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo
-ha podido dar con mi habitación?
-
-Veíase bien claro que lo que decía no era lo que quería decir. No se
-cansaba de contemplar los dulces y claros ojos de la joven.
-
---¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!
-
---¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña? ¿Es hermanita de usted? ¿De modo que
-le di mis señas?
-
---¿Lo había usted olvidado?
-
---No... me acuerdo.
-
---Yo había oído hablar de usted al difunto... pero no sabía su
-nombre... ni tampoco él lo sabía... Ahora he venido, y como ya conocía
-su nombre he preguntado: ¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff?
-Adiós... Ya le diré a Catalina Ivanovna... Ignoraba que ocupaba usted
-un cuarto amueblado...
-
-Muy contenta de poder irse Sonia, se alejó con paso rápido sin levantar
-la vista. Le faltaba tiempo para llegar a la primera esquina de la
-calle a la derecha, a fin de substraerse a las miradas de los jóvenes
-y reflexionar sin testigos, sobre todos los incidentes de esta visita.
-Jamás había experimentado nada semejante; todo un mundo ignorado surgía
-confusamente en su alma. Recordó de pronto que Raskolnikoff le había
-manifestado espontáneamente su intención de ir a verla aquel mismo día,
-quizá aquella misma mañana, tal vez dentro de un momento.
-
---¡Ah, ojalá no venga hoy!--murmuró angustiada--. ¡Dios mío! ¡En mi
-casa! ¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios mío, Dios mío!
-
-Estaba demasiado preocupada para notar que desde su salida de la
-casa había sido seguida por un desconocido. En el momento en que
-Raskolnikoff, Razumikin y Sonia se habían detenido en la acera para
-hablar breves instantes, la casualidad hizo que aquel señor pasase al
-lado de ellos. Las palabras de la joven: «He preguntado si vive aquí el
-señor Raskolnikoff», llegaron furtivamente a oídos del desconocido y le
-hicieron estremecerse. Miró disimuladamente a los tres interlocutores
-y en particular a Raskolnikoff, a quien Sonia se había dirigido, y le
-examinó después la cara para poder reconocerle en caso de necesidad;
-todo esto fué hecho en un abrir y cerrar de ojos y de un modo que
-no pudiera infundir sospechas, después de lo cual el señor se alejó
-acortando el paso como si hubiera seguido a alguien. Era a Sonia a
-quien esperaba; bien pronto la vió despedirse de los dos jóvenes y
-encaminarse a su casa.
-
-«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara en alguna parte. Es menester que lo
-averigüe.»
-
-Cuando hubo llegado a la esquina de la calle, pasó a la otra acera, se
-volvió y advirtió que la joven marchaba en la misma dirección que él.
-Sonia no se daba cuenta de que la seguían y la observaban. Cuando llegó
-a la esquina, la joven la dobló y el desconocido continuó siguiéndola,
-andando por la acera opuesta y sin perderla de vista. Al cabo de
-cincuenta pasos atravesó la calle, alcanzó a Sonia y marchó detrás de
-ella a una distancia de cinco pasos.
-
-Era un hombre de unos cincuenta años; pero muy bien conservado y que
-representaba mucha menos edad; era alto, fuerte y algo cargado de
-espaldas. Vestido de una manera tan cómoda como elegante y con guantes
-nuevos, llevaba en la mano un buen bastón que hacía sonar a cada paso
-sobre la acera. Todo en su persona delataba un hombre distinguido. Su
-ancho rostro era bastante agradable; al mismo tiempo el brillo de su
-tez y sus rojos labios no permitían tomarle por un petersburgués. Sus
-cabellos muy espesos, eran excesivamente rubios y apenas empezaban a
-encanecer; la barba larga, ancha y bien cuidada, tenía todavía un color
-más claro que sus cabellos. La mirada de sus ojos azules era fría,
-seria y fija.
-
-El desconocido tuvo bastante tiempo para observar que la joven iba
-distraída y absorta. Al llegar delante de su casa franqueó el umbral.
-El señor que la seguía continuó detrás de ella un poco asombrado.
-Después de entrar en el zaguán, Sonia tomó por la escalera de la
-derecha que conducía a su habitación. «¡Bah!»--dijo para sí el señor, y
-subió también. Entonces fué cuando la joven advirtió la presencia del
-desconocido. Llegó al tercer piso, se entró por un corredor y llamó
-en el número nueve, debajo del cual se leía en la puerta estas dos
-palabras escritas con tiza: _Kapernumoff, Sastre_. «¡Bah!»--repitió el
-hombre sorprendido por aquella coincidencia, y llamó al lado, en el
-número ocho. Las dos puertas estaban a seis pasos la una de la otra.
-
---¿Usted vive en casa de Kapernumoff?--dijo, riéndose, a Sonia--.
-Me arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí, cerca de usted, en el
-departamento de la señora Gertrudis Karlovna Reslich, ¡qué casualidad!
-
-Sonia le miró con atención.
-
---Somos vecinos--continuó diciendo con tono alegre--. Llegué ayer a San
-Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el gusto de volver a verla.
-
-Sonia no respondió.
-
-Se abrió la puerta y la joven entró en su cuarto intimidada y
-vergonzosa.
-
- * * * * *
-
-Razumikin iba muy animado camino de la casa de Porfirio en compañía de
-su amigo.
-
---Perfectamente, querido--repetía muchas veces--. Estoy encantado, lo
-que se dice encantado. No sabía que tuvieses ninguna cosa empeñada en
-casa de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo que has estado en su casa?
-
---¿Que cuándo estuve?--murmuró Raskolnikoff, como procurando
-recordar--. Me parece que fué la antevíspera de su muerte. Por lo
-demás, no se trata de desempeñar ahora esos objetos--se apresuró a
-decir como si esta cuestión le hubiese vivamente preocupado--. No
-tengo más que un rublo, gracias a las locuras que hice ayer bajo la
-influencia de ese maldito delirio.
-
-Y recalcó de una manera particular la palabra «delirio».
-
---Vamos, sí, sí--contestó Razumikin respondiendo a un pensamiento que
-se le había ocurrido en aquel instante--. ¿De modo que por eso tú...?
-La cosa me había chocado. Ahora me explico por qué no cesabas de hablar
-de sortijas, de cadenas de oro y de reloj mientras delirabas. Es claro,
-ahora todo me lo explico.
-
-«¡Oh!--pensó Raskolnikoff--esa idea se la había metido en la cabeza;
-tengo la prueba: este hombre, que se haría crucificar por mí, se
-considera ahora feliz al explicarse por qué yo hablaba de sortijas
-durante mi delirio. Mi lenguaje ha debido confirmar a todos en sus
-sospechas.»
-
---¿Y qué, le encontraremos?--preguntó en alta voz.
-
---Ya lo creo que le encontraremos--respondió sin vacilar Razumikin--.
-Es un buen muchacho, amigo mío. Un poco desmadejado, es cierto, pero no
-dudo de que carezca de buenos modales, no; es por otro concepto por lo
-que lo encuentro desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy inteligente;
-pero tiene un carácter particular... Es incrédulo... escéptico, cínico;
-le gusta burlarse de sus amigos. A pesar de esto, es fiel al _viejo
-juego_, es decir, no admite más que pruebas materiales... pero sabe su
-oficio. El año último desembrolló todo un proceso de asesinato en el
-cual faltaban todos los indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!
-
---¿Y por qué?
-
---¡Oh! no es porque... verás. En estos últimos días, cuando tú estabas
-malo, hemos tenido ocasión de hablar a menudo de ti... Asistía a
-nuestras conversaciones, y cuando supo que tú eras estudiante de
-Derecho y que te habías visto obligado a dejar la Universidad, dijo:
-«¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí... es decir, yo no me fundo
-solamente en esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff... Oyeme,
-Raskolnikoff; cuando ayer te acompañaba estaba borracho y hablaba sin
-ton ni son; temo que hayas tomado mis palabras demasiado en serio...
-
---¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me tienen por loco? Acaso tengas
-razón--respondió Raskolnikoff con sonrisa forzada.
-
-Se callaron. Razumikin estaba radiante de júbilo y Raskolnikoff lo
-advertía con cólera. Lo que su amigo acababa de decirle acerca del juez
-de instrucción no dejaba de inquietarle.
-
-«Lo esencial es saber--pensó Raskolnikoff--si Porfirio tiene
-conocimiento de mi visita ayer a casa de la bruja y de la pregunta que
-hice acerca de la sangre. Es preciso, ante todo, que yo compruebe esto.
-Es preciso, desde el primer momento, desde mi entrada en su despacho,
-que lo lea sobre su rostro; de otro modo, aunque me pierda, seré
-sincero.»
-
---¿Sabes una cosa?--dijo bruscamente dirigiéndose a Razumikin con
-maliciosa sonrisa--. Me parece que desde esta mañana estás muy agitado.
-¿No es verdad?
-
---No, de ninguna manera--respondió Razumikin contrariado.
-
---No me engaño, amigo mío. Hace poco estabas sentado en el borde de una
-silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que te hallabas sobre pinchos;
-te sobresaltabas a cada instante. Tu humor variaba sin cesar. Tan
-pronto te ponías colérico, tan pronto dulce como la miel. Hasta te
-ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron a comer, te pusiste del
-color de la grana.
-
---¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?
-
---¿Sabes que tienes timideces de colegial? ¡Demonio! ¿Te pones otra vez
-colorado?
-
---¡Eres insoportable!
-
---Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo? Deja hacer; yo lo contaré todo
-hoy en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va a reír mi madre y otra
-persona!
-
---Escucha, escucha, déjate de bromas y ¡diablo!--murmuró Razumikin
-helado de terror--. ¿Qué le vas a contar? ¡di!... ¡Qué puerco eres!
-
---Estás hecho una verdadera rosa de primavera. ¡Y si supieses qué bien
-te sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas y doce verchok! ¡pero, vamos,
-veo que te has lavado hoy y te has cortado las uñas! ¿Cuánto tiempo te
-has estado arreglando? ¡Calle! ¡Si hasta creo que te has dado pomada!
-¡Baja, baja la cabeza, para que te huela!
-
---¡¡¡Indecente!!!
-
-Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta hilaridad que el joven, en
-apariencia, no podía dominar, duraba aún cuando llegaron a casa
-de Porfirio Petrovitch. Desde el cuarto podían oírse las risas
-del visitante en la antesala. Esto era precisamente lo que quería
-Raskolnikoff.
-
---¡Si dices una palabra, te reviento!--murmuró Razumikin furioso,
-agarrando por un brazo a su amigo.
-
-
-V
-
-Raskolnikoff entró en el despacho del juez de instrucción con la
-fisonomía de un hombre que hace todo lo posible para estar serio y sólo
-lo consigue a medias. Detrás de él entró disgustado Razumikin y más
-rojo que un pavo, con el semblante alterado por la cólera y por la
-vergüenza. La figura desgarbada y la cara mohina de este mocetón eran
-bastante chuscas para justificar la hilaridad de su compañero. Porfirio
-Petrovitch, en pie en medio de la habitación, interrogaba con la mirada
-a los dos visitantes. Raskolnikoff se inclinó ante el dueño de la casa,
-cambió con él un fuerte apretón de manos y fingió hacer un violento
-esfuerzo para ahogar su deseo de reír, mientras que decía su nombre
-y clase; acababa de recobrar su sangre fría y de balbucear algunas
-palabras, cuando, en medio de la presentación, sus ojos se encontraron
-por casualidad con Razumikin, y entonces no pudo contentarse y su
-seriedad se trocó en una carcajada, tanto más ruidosa cuanto más
-comprimida. Razumikin sirvió a maravilla los propósitos de su amigo,
-porque aquel desatinado reír le hizo montar en cólera, lo que acabó de
-dar a toda la escena apariencia de franca y natural alegría.
-
---¡Ah, bribón!--vociferó con tan violento ademán, que derribó un
-veladorcito sobre el cual estaba un vaso que había contenido te.
-
---Señores, ¿por qué me echan ustedes a perder el mobiliario? Es un
-perjuicio que causan ustedes al Estado--exclamó alegremente Porfirio
-Petrovitch.
-
-Raskolnikoff se reía con tantas ganas, que durante algunos momentos se
-olvidó de retirar la mano de la del juez de instrucción; pero hubiera
-sido poco natural dejarla más tiempo; así es que la separó en el
-momento oportuno para dar la mayor verosimilitud posible al papel que
-representaba.
-
-Razumikin, por su parte, se hallaba más confuso que al principio, a
-causa de haber tirado el velador y roto el vaso. Después de haber
-contemplado con aire sombrío las consecuencias de su arrebato, se
-dirigió a la ventana, y allí, dando la espalda al público, se puso
-a mirar por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch se reía por
-cortesía; pero, evidentemente, aguardaba explicaciones. En un rincón,
-sentado en una silla, estaba Zametoff. Al entrar los visitantes se
-había levantado a medias, tratando de sonreír; sin embargo, no parecía
-engañado por esta escena, y observaba a Raskolnikoff con curiosidad
-particular. Este último no había esperado encontrar allí al polizonte,
-y su presencia le causó una desagradable sorpresa.
-
-«He ahí una cosa con la que no contaba»--pensó.
-
---Perdóneme usted, se lo suplico--dijo alto, con cortedad fingida,
-Raskolnikoff.
-
---¡Bah! Me proporcionan ustedes un placer. Han entrado de un modo
-tan divertido... Ese no quiere dar los buenos días--añadió Porfirio
-Petrovitch, indicando con un movimiento de cabeza a Razumikin.
-
---No sé por qué se ha enfurecido conmigo. Le he dicho solamente en la
-calle que se parecía a Romeo... se lo he demostrado... y no ha pasado
-más.
-
---¡Imbécil!--gritó Razumikin, sin volver la cabeza.
-
---Ha debido de tener motivos más graves, para tomar tan a mal una burla
-insignificante--observó, riendo, Porfirio Petrovitch.
-
---Ya pareció el juez de instrucción... Siempre investigador. ¡Todos al
-diablo!--replicó Razumikin, y echándose a reír y recobrando súbitamente
-su buen humor, se acercó a Porfirio Petrovitch--. Basta de tonterías,
-y a nuestro asunto. Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch
-Raskolnikoff, que ha oído hablar mucho de ti y desea conocerte; tiene,
-además, que hablarte de una cosa. ¡Eh, Zametoff! ¿Por qué diantre estás
-aquí? De modo que os conocíais, ¿y desde cuándo?
-
-«¿Qué quiere decir esto?»--se preguntó con inquietud Raskolnikoff.
-
-La pregunta de Razumikin pareció molestar algo a Zametoff; sin embargo,
-se repuso en seguida.
-
---Fué ayer, en su casa, cuando nos conocimos--dijo con desenvoltura.
-
---¡Vamos! Entonces ha sido la mano de la Providencia la que ha
-arreglado todo esto. Figúrate, Porfirio, que la semana pasada me había
-manifestado vivos deseos de que te lo presentase; pero, según se ve, no
-habéis tenido necesidad de mí. ¿Tienes tabaco?
-
-El juez estaba en traje de la mañana. Batín de casa, pantuflas en
-chancleta y camisa muy limpias. Era hombre de treinta y cinco años,
-más bien bajo que alto, grueso y ligeramente panzudo. No llevaba
-barba ni bigote, y tenía los cabellos cortados al rape. Su cabeza,
-gruesa y redonda, presentaba una redondez particular en la región de
-la nuca. Su rostro gordinflón también redondo y un poco aplastado,
-no carecía ni de vivacidad ni de alegría, aunque la tez, de un color
-amarillento obscuro, estaba lejos de indicar buena salud. Se hubiera
-podido encontrar en él hasta cierta candidez, si no hubiera sido
-por los ojos que, velados por pestañas casi blancas, parecían estar
-siempre guiñados, como si hicieran signos de inteligencia a alguien. La
-mirada de estos ojos daba un extraño mentís al resto de la fisonomía.
-A primera vista, el físico del juez de instrucción ofrecía cierta
-semejanza con el de un campesino; pero esta ilusión no engañaba por
-mucho tiempo al observador inteligente.
-
-En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía que tratar con él de un negocio,
-Porfirio Petrovitch le invitó a que se sentase en el diván, tomando
-él asiento en el otro extremo, y poniéndose con gran celo a su
-disposición. De ordinario nos sentimos un poco molestos cuando un
-hombre, a quien apenas conocemos, manifiesta una gran curiosidad por
-oírnos, y nuestra cortedad aumenta cuando el objeto de que vamos a
-hablarle es a nuestros propios ojos de poca importancia.
-
-Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en cortas y precisas palabras, exponer
-su deseo y observar al mismo tiempo, mientras hablaba, a Porfirio
-Petrovitch. Este, por su parte, no le quitaba los ojos de encima.
-Razumikin, sentado enfrente de él, escuchaba con impaciencia, y sus
-miradas iban sin cesar de su amigo al juez de instrucción y viceversa,
-cosa que pasaba los linderos de lo natural.
-
-«¡Ese imbécil!»--decíase interiormente Raskolnikoff.
-
---Es preciso hacer una declaración a la policía--respondió con
-indiferencia Porfirio Petrovitch--. Expondrá usted que, informado de
-tal acontecimiento, es decir, de ese asesinato, desea manifestar al
-juez de instrucción encargado del proceso, que tales o cuales objetos
-le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos... Por lo demás, ya
-se le escribirá a usted.
-
---Desgraciadamente--replicó Raskolnikoff con fingida cortedad--no estoy
-en fondos... y mis medios no me permiten desempeñar esas baratijas...
-¿Ve usted?... Quisiera limitarme a declarar que esos objetos son míos,
-y que, en cuanto tenga dinero...
-
---Eso no importa--replicó Porfirio Petrovitch, que acogió fríamente
-esta explicación financiera--; por lo demás, puede usted, si quiere,
-escribirme directamente, declarando que, enterado de lo ocurrido, desea
-usted decirme que tales objetos le pertenecen y que...
-
---¿Y puedo escribir esa carta en cualquier papel?--interrumpió
-Raskolnikoff afectando siempre no preocuparse de otra cosa que del
-aspecto pecuniario de la cuestión.
-
---¡Oh! en cualquier papel.
-
-Porfirio Petrovitch pronunció estas palabras con aire francamente
-burlón, haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por lo menos, el joven
-hubiera jurado que aquel movimiento de ojos se dirigía a él y que
-encubría mal una segunda intención. Quizás después de todo se engañaba,
-porque aquello duró apenas el espacio de un segundo.
-
-«Ese lo sabe»--se dijo instantáneamente.
-
---Perdóneme usted haberle molestado por tan poca cosa--añadió bastante
-desconcertado--. Esos objetos valen en junto cinco rublos, pero tienen
-para mí especial valor, y confieso que tuve mucha inquietud cuando
-supe...
-
---Por esto te pusiste tan alterado ayer al oírme decir a Zosimoff,
-que Porfirio Petrovitch interrogaba a los propietarios de los objetos
-empeñados--recalcó con intención evidente Razumikin.
-
-Era demasiado. Raskolnikoff no pudo contenerse y lanzó sobre aquel
-inadvertido hablador una mirada relampagueante de cólera; mas,
-comprendiendo en seguida que acababa de cometer una imprudencia, trató
-de repararla.
-
---Parece que te burlas de mí, amigo mío--dijo a Razumikin, con aire
-ofendido--. Reconozco que me preocupo, quizá demasiado, de cosas muy
-insignificantes a tus ojos; pero esto no es una razón para mirarme como
-un hombre egoísta y avaro; estas miserias pueden tener valor para mí.
-Como te decía hace un momento, ese reloj de plata, que apenas vale un
-groch, es lo único que me queda de mi padre. Búrlate cuanto quieras,
-pero mi madre ha venido a verme--y al decir esto se volvió hacia el
-juez--, y si supiese--continuó de nuevo dirigiéndose a Razumikin
-poniendo la voz todo lo temblorosa que pudo--, si supiese que no tengo
-el reloj, te aseguro que la pobre sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las
-mujeres!
-
---¿Pero, qué dices? No me has entendido. Has interpretado mal mi
-pensamiento--protestaba Razumikin todo acongojado.
-
---¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado demasiado la nota?--se preguntaba
-ansiosamente Raskolnikoff--. ¿Por qué habré dicho yo «las mujeres»?
-
---¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?--preguntó Porfirio Petrovitch.
-
---Sí.
-
---¿Cuándo ha llegado?
-
---Ayer noche.
-
-El juez de instrucción se quedó callado un momento como si reflexionase.
-
---Los objetos que le pertenecen no hubieran podido extraviarse
-jamás--repuso con tono tranquilo y frío--. Desde hace tiempo, esperaba
-yo la visita de usted.
-
-Al decir esto aproximó vivamente el cenicero a Razumikin que sacudía
-implacablemente sobre el tapete su cigarro. Raskolnikoff se estremeció;
-pero el juez de instrucción no pareció advertirlo, ocupado como estaba
-en preservar el tapete.
-
---¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De modo que sabías que había empeñado
-algunas cosas?
-
-Sin responder, Porfirio Petrovitch se dirigió a Raskolnikoff.
-
---Las alhajas de usted, una sortija y un reloj, se encontraban en
-casa de la víctima envueltas en un pedazo de papel en el cual estaba
-completamente legible, escrito con lápiz, el nombre de usted con la
-indicación del día en que se habían empeñado esos objetos.
-
---¡Qué memoria tiene usted para todas estas cosas!--dijo Raskolnikoff
-con sonrisa forzada, procurando sobre todo mirar con serenidad al
-juez de instrucción; no pudo, sin embargo, contenerse, y añadió
-bruscamente--: digo esto, porque deben de ser muchos, sin duda, los
-dueños de objetos empeñados y debe de costarle a usted, me parece a mí,
-mucho trabajo recordarlos a todos... Pero veo, por el contrario, que no
-olvida usted ni a uno... y... y...
-
-«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad tenías de añadir esto?»
-
---Es que casi todos se han dado ya a conocer y usted no se había
-presentado aún--respondió Porfirio con un dejo casi imperceptible de
-burla.
-
---No me encontraba muy bien.
-
---Lo he oído decir. Se me ha dicho que estaba usted muy enfermo.
-Todavía está usted pálido.
-
---No, no estoy pálido... al contrario, me siento muy bien--respondió
-Raskolnikoff con tono brutal y violento.
-
-Sentía hervir en él una cólera que no podía dominar.
-
-«El arrebato va a hacerme cometer alguna tontería--pensó--. Pero, ¿por
-qué me exasperan?»
-
---Que no se sentía muy bien, ¡vaya un eufemismo!--exclamó Razumikin--.
-La verdad es que hasta ayer ha estado casi sin conocimiento. ¿Lo
-creerías, Porfirio? Ayer, pudiendo apenas sostenerse sobre las piernas,
-aprovechando un momento en que Zosimoff y yo acabábamos de dejarle, se
-vistió, salió de su casa y estuvo vagando hasta media noche, Dios sabe
-por dónde... y estando en completo delirio; ¿puedes imaginarte una cosa
-semejante? Es un caso de los más notables.
-
---¡Bah! _¿En estado completo de delirio?_--dijo Petrovitch con el
-movimiento de cabeza propio de los campesinos rusos.
-
---Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás, yo no tengo necesidad de
-decirle a usted esto. La convicción de usted está formada--dejó
-escapar Raskolnikoff cediendo a un arrebato de cólera; pero Porfirio
-Petrovitch no pareció fijarse en estas extrañas palabras.
-
---¿Cómo habías de haber salido tú, si no hubieses estado
-delirando?--dijo exaltándose Razumikin--. ¿Para qué semejante salida?
-¿Con qué objeto? Y sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote? Has
-de convenir conmigo en que tenías perturbadas tus facultades mentales.
-Te lo digo así, muy clarito, ahora que el peligro ha pasado.
-
---Me habían fastidiado tanto ayer...--dijo Raskolnikoff dirigiéndose
-al juez de instrucción con una sonrisa que parecía un desafío--, y
-queriendo librarme de ellos salí para alquilar un cuarto en que no
-pudiesen descubrirme; había tomado para este efecto cierta cantidad.
-El señor Zametoff me vió el dinero en la mano; dígame usted, señor
-Zametoff, si deliraba yo ayer o si estaba en mi sano juicio. Sea usted
-el árbitro de nuestra disputa.
-
-En aquel momento de buena gana hubiera estrangulado al polizonte que le
-irritaba por su mutismo y la expresión de su mirada.
-
---Me pareció que hablaba usted muy sensatamente y con mucha sutileza;
-pero le encontré a usted demasiado irascible--declaró secamente
-Zametoff.
-
---Y hoy--añadió Porfirio--me ha dicho Nikodim Fomitch que había
-encontrado a usted ayer, a hora muy avanzada de la noche, en casa de un
-funcionario que acababa de ser atropellado por un carruaje...
-
---Eso mismo viene en apoyo de lo que yo decía--dijo Razumikin--. ¿No te
-has conducido como un loco en casa de un funcionario? ¿No te despojaste
-de todo tu dinero para pagar el entierro? Comprendo que quisieses
-socorrer a la viuda; pero podías haberle dado quince rublos, veinte, si
-quieres, pero siempre reservándote algo para ti. Por el contrario, lo
-diste... te desprendiste de tus veinticinco rublos.
-
---Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado un tesoro. Ayer estaba yo
-en vena de ser generoso... El señor Zametoff, aquí presente, sabe que
-he encontrado un tesoro... Pido a ustedes perdón de haberles molestado
-durante media hora en mi insubstancial palabrería--prosiguió con los
-labios temblorosos dirigiéndose a Porfirio--. He importunado a ustedes,
-¿no es eso?
-
---¿Qué dice usted? Todo al contrario; si usted supiese cuánto me
-interesa y lo curioso que resulta oírle... Confieso a usted que estoy
-encantado de haber recibido su visita.
-
---¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate seco--exclamó Razumikin.
-
---¡Excelente idea!, pero antes del te querrás tomar algo más sólido,
-¿eh?
-
---¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué esperas?
-
-Porfirio Petrovitch salió para encargar el te.
-
-En el cerebro de Raskolnikoff, hervían multitud de pensamientos. Estaba
-por extremo excitado.
-
---Ni siquiera se toman el trabajo de fingir, no usan muchas
-precauciones; este es el punto principal. Puesto que Porfirio no me
-conocía, ¿por qué ha hablado de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan de
-ocultar que husmean mis huellas como traílla de perros. ¡Me escupen en
-la cara desfachatadamente!--decía temblando de rabia--. Id derechamente
-contra mí, pero no juguéis conmigo como el gato con el ratón. Eso es
-una descortesía, Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero... Me levantaré
-y os arrojaré la verdad a la cara y veréis entonces cuánto os desprecio.
-
-Respiró con ansia y continuó pensando:
-
---¿Pero si todo esto no existiese más que en mi imaginación, si fuese
-un espejismo, si hubiese interpretado mal las cosas?... Tratemos de
-sostener nuestro feo papel y no vayamos a perdernos como un imbécil por
-un arrebato de cólera. Quizá les atribuyo intenciones que no tienen.
-Sus palabras carecen en rigor de malicia, nada de particular tienen;
-pero deben de encerrar una segunda intención. ¿Por qué Zametoff ha
-observado que yo le _hablé con mucha sutileza_? ¿por qué me han hablado
-con ese tono? Sí; me han hablado con un tono particular... ¿Cómo todo
-esto no le ha chocado a Razumikin? Ese estúpido no se entera jamás
-de nada. Creo que tengo otra vez fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un
-poco un guiño con los ojos, o acaso me he engañado? No pienso más que
-absurdos; ¿por qué había de guiñarme los ojos? ¿Se proponen irritar mis
-nervios para empujarme hasta el fin? todo esto es pura fantasmagoría
-o saben... Zametoff ha estado insolente; tiempo ha tenido desde ayer
-de reflexionar. Ya presumía yo que cambiaría de opinión. Está aquí
-como en su casa, y eso que ha venido hoy por primera vez. Porfirio no
-le trata como a un extraño y hasta se sienta volviéndole la espalda.
-Estos dos se han hecho amigos y sin duda por mi causa han comenzado
-sus relaciones. Seguro estoy de que hablaban de mí cuando he llegado.
-¿Tienen noticia de mi visita al cuarto de la vieja? Desearía saberlo...
-Cuando he dicho que había salido para alquilar un cuarto, Porfirio se
-ha hecho el desentendido... pero he hecho bien en decirlo; más tarde me
-podrá servir; en cuanto al delirio, el juez de instrucción no parece
-darle crédito. «Sabe perfectamente lo que hice yo aquella noche...
-Ignoraba la llegada de mi madre... ¡Y aquella bruja que había apuntado
-con lápiz la fecha del empeño!... No, no, la seguridad que afectáis no
-me engaña; hasta ahora no tenéis hechos; os fundáis solamente en vagas
-conjeturas. Citadme un hecho, si podéis alegar uno solo en contra mía.
-La visita que hice a la vieja nada prueba; se puede explicar por un
-delirio. Me acuerdo de lo que dije a los dos obreros y al _dvornik_...
-¿Saben que estuve allí? No me iré hasta que me cerciore de que lo saben
-o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí que ahora me encolerizo y esto
-sí que es de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después de todo más vale
-quizá que sea así: sigo representando un papel de enfermo. Parece que
-va a interrogarme... Esto me va a hacer vacilar y perder la cabeza.
-¿Por qué he venido?»
-
-Todas estas ideas atravesaron su espíritu con la rapidez del relámpago.
-Al cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch. Parecía de muy buen
-humor.
-
---Ayer, al salir de tu casa, amigo mío, no estaba yo muy bien de
-cabeza--comenzó a decir dirigiéndose a Razumikin con una alegría que no
-había demostrado hasta entonces--; pero yo estoy bien. ¿Y qué tal? ¿la
-velada fué interesante? Os dejé en el momento más animado. ¿Por quién
-quedó la victoria?
-
---Como es natural, por nadie: todos argumentaron a más y mejor en pro
-de sus viejas tesis. Figúrate que la discusión versaba ayer sobre lo
-siguiente--agregó, volviéndose hacia Raskolnikoff--: ¿hay crímenes o no
-los hay? ¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!
-
---¿Qué hay en eso de extraordinario? Es una cuestión social que ni
-siquiera tiene el mérito de la novedad--respondió distraídamente
-Raskolnikoff.
-
---La cuestión no se planteó en esos términos--observó el juez.
-
---Es verdad, no fué precisamente en esos términos--repuso Razumikin con
-su insistencia de costumbre--. Escucha, Rodia, y dinos tu opinión. Ayer
-me hicieron perder la paciencia; te esperaba porque me habías prometido
-tu visita. Los socialistas comenzaron por exponer su teoría. Sabido es
-en qué consiste: el crimen es una protesta contra un orden social mal
-organizado; nada más. Con eso creen haberlo dicho todo; no admiten otro
-móvil para los actos criminales; según ellos, el hombre es lanzado al
-crimen únicamente por el ambiente. Es su frase favorita.
-
---A propósito de crimen y de ambiente--dijo Porfirio Petrovitch,
-dirigiéndose a Raskolnikoff--; recuerdo un trabajo de usted que me
-interesó vivamente; hablo de su artículo sobre el _Crimen_... no me
-acuerdo bien del título. Tuve el gusto de leerlo hace dos meses en _La
-Palabra Periódica_.
-
---¡Un artículo mío en _La Palabra Periódica_!--exclamó Raskolnikoff,
-sorprendido--. Recuerdo que, hace seis meses, cuando salí de la
-Universidad, escribí un artículo a propósito de un libro; pero lo llevé
-a _La Palabra Semanal_ y no a _La Palabra Periódica_.
-
---Pues fué publicado en esta última.
-
---Como _La Palabra Semanal_ suspendió su publicación, mi artículo no
-pudo salir.
-
---Pero como esa revista se fundió con _La Palabra Periódica_, hace dos
-meses que apareció en ésta el artículo a que me refiero. ¿No lo sabía
-usted?
-
---No.
-
---Pues bien, puede usted ir a cobrar su importe. ¡Qué raro es usted! Ni
-siquiera se entera de lo que directamente le interesa.
-
---¡Muy bien, Rodia!--exclamó Razumikin--. Tampoco yo lo sabía. Hoy
-mismo voy a pedir el número en el gabinete de lectura. ¿Hace dos meses
-que se publicó? ¿En qué fecha? No importa, lo encontraré. ¡Y qué
-callado se lo tenía!
-
---¿Cómo ha sabido usted que el artículo era mío? Yo no lo había firmado.
-
---Lo he sabido recientemente por una mera casualidad. El redactor
-jefe es amigo mío, y me descubrió el secreto. Ese trabajo me interesó
-sobremanera.
-
---Examinaba yo en él, lo recuerdo perfectamente, el estado psicológico
-del delincuente en el momento de cometer el crimen.
-
---Sí, y procuraba usted demostrar que en ese momento el criminal es
-un enfermo. Me parece una teoría muy original; pero no fué ésa la
-parte de su artículo que más me interesó; me fijé especialmente en
-un pensamiento que se encontraba en el mismo, y que, por desgracia,
-explicaba usted con demasiada concisión. En una palabra, como sin duda
-recordará usted, parece que quería dar a entender que existen en la
-tierra hombres que pueden, o por mejor decir, que tienen el derecho
-absoluto de cometer todo género de acciones culpables y criminales;
-hombres, en fin, para quienes en cierto modo no rezan las leyes.
-
-Al oír esta pérfida interpretación de su pensamiento, Raskolnikoff se
-sonrió.
-
---¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen? No; lo que quiso decir es que el
-criminal se ve impulsado al delito por la influencia irresistible del
-ambiente. ¿No es eso?--preguntó Razumikin con inquietud.
-
---No, no se trata de eso--replicó Porfirio--. En dicho artículo se
-clasifica a los hombres en ordinarios y extraordinarios. Los primeros
-deben vivir en la obediencia y no tienen derecho a violar la ley;
-los segundos poseen el derecho de cometer todos los crímenes y de
-saltar por encima de todas las leyes, precisamente porque son hombres
-extraordinarios: si no me engaño, esto es lo que usted dijo.
-
---¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea eso!--balbució Razumikin
-estupefacto.
-
-Raskolnikoff volvió a sonreír. Había comprendido en seguida que se
-trataba de arrancarle una declaración de principios, y acordándose de
-su artículo no vaciló en explicarlo.
-
---No es eso--comenzó a decir con tono sencillo y modesto--. Confieso,
-no obstante, que ha reproducido usted con bastante exactitud mi
-pensamiento, y hasta, si usted quiere, diré que con mucha exactitud
-(pronunció estas últimas palabras con cierta satisfacción); lo que
-yo no he dicho, como usted me lo hace decir, es que las personas
-extraordinarias tengan absoluto derecho para cometer en todo caso
-cualesquiera acciones criminales. Supongo que la censura no habría
-dejado pasar un artículo concebido en tales términos. He aquí
-sencillamente lo que yo me he permitido decir: el hombre extraordinario
-tiene el derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar a
-su conciencia a franquear ciertos obstáculos; pero sólo en el caso en
-que se lo exija la realización de su idea, la cual puede ser a veces
-útil a todo el género humano. Usted pretende que mi artículo no es
-claro y voy a tratar de explicarlo: quizá no me engañe al suponer
-que tal es el deseo de usted. Según mi parecer, si los inventos de
-Kleper y de Newton, a causa de ciertas circunstancias no hubieran
-podido darse a conocer sino mediante el sacrificio de uno, de diez, de
-ciento o de un número mayor de vidas que hubiesen sido obstáculos a
-esos descubrimientos, Newton habría tenido el derecho, más aún, habría
-tenido el deber de _suprimir_ a esos diez, a esos cien hombres, a fin
-de que sus descubrimientos fuesen conocidos por el mundo entero. Esto
-no quiere decir, como usted comprenderá, que Newton tuviese el derecho
-de asesinar a quien se le antojase ni de robar a quien le viniese en
-gana. En mi artículo insisto, me acuerdo de ello, sobre esta idea, a
-saber: que todos los legisladores y guías de la humanidad, comenzando
-por los más antiguos y pasando por Licurgo, Solón y Mahoma hasta
-llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción han sido delincuentes,
-porque en el hecho de dar nuevas leyes han violado las antiguas,
-que eran observadas fielmente por la sociedad y transmitidas a las
-generaciones futuras; indudablemente no retrocedían ellos ante el
-derramamiento de sangre en cuanto les podía ser útil. Es también de
-notar que todos estos bienhechores y guías de la humanidad han sido
-terriblemente sanguinarios. Por consiguiente, no sólo los grandes
-hombres sino todos aquellos que se elevan sobre el nivel común y
-que son capaces de decir alguna cosa nueva, deben, en virtud de su
-naturaleza propia, ser necesariamente delincuentes, en mayor o menor
-grado, según los casos. De otro modo, sería imposible salir de la
-rutina; y quedarse en ella, es cosa en que no pueden consentir, pues,
-a mi manera de ver, su propio deber se lo prohibe. En resumen, ya ve
-usted que aquí no hay nada de particular y nuevo en mi artículo. Esto
-ha sido dicho e impreso mil veces. En cuanto a mi clasificación de
-personas en ordinarias y extraordinarias, reconozco que es un poco
-caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión de cifras, a la que doy
-poca importancia. Creo únicamente que en el fondo mi pensamiento es
-justo. Este pensamiento se resume diciendo que la Naturaleza divide
-a los hombres en dos categorías: la una inferior, la de los hombres
-ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir seres semejantes a
-sí mismos; la otra, superior, que comprende los hombres que poseen
-el don o el talento de hacer oír una palabra nueva. Claro es que las
-subdivisiones son innumerables; pero las dos categorías presentan
-rasgos distintivos bastante determinados. Pertenecen a la primera,
-de una manera general, los conservadores, los hombres de orden que
-viven en la obediencia y que la aman. En mi opinión están obligados
-a obedecer, porque tal es su destino, y porque esto no tiene nada de
-humillante para ellos. El segundo grupo se compone exclusivamente
-de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violar;
-sus delitos son naturalmente relativos y de una gravedad variable.
-La mayor parte reclama la destrucción de lo que es, en nombre de lo
-que debe ser. Mas si por su idea deben verter la sangre y pasar por
-encima de cadáveres, pueden en conciencia hacer ambas cosas en interés
-de su idea, por supuesto. En ese sentido, mi artículo reconocía el
-derecho al crimen (¿recuerda usted que nuestro punto de partida ha
-sido una cuestión jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse
-mucho; casi siempre la masa les niega ese derecho, los decapita o los
-cuelga, y obrando de esta suerte, cumple con mucha justicia su misión
-conservadora hasta el día, si bien es verdad que esta misma masa erige
-estatuas a los supliciados y los venera alguna que otra vez. El primer
-grupo es siempre dueño del presente, el segundo lo es del porvenir. El
-uno conserva el mundo y multiplica los habitantes; el otro, mueve al
-mundo y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos tienen absolutamente
-el mismo derecho a la existencia y ¡viva la guerra eterna! Hasta la
-nueva Jerusalén, por supuesto...
-
---De modo que usted cree en la nueva Jerusalén.
-
---Sí que creo--respondió enérgicamente Raskolnikoff, que durante su
-largo discurso había tenido los ojos bajos mirando obstinadamente un
-punto del tapete.
-
---¿Y cree usted en Dios? Perdóneme usted esta curiosidad.
-
---Sí que creo--repitió el joven mirando a Porfirio.
-
---¿Y en la resurrección de Lázaro?
-
---Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?
-
---¿Y cree usted al pie de la letra?
-
---Al pie de la letra.
-
---Dispense usted que le haga estas preguntas, esto me interesaba; pero,
-permítame, vuelvo al asunto de que hablábamos antes; no se ejecuta
-siempre a esos hombres extraordinarios; hay algunos, por lo contrario,
-que...
-
---¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto ocurre, y entonces...
-
---Son ellos los que llevan al suplicio a los otros.
-
---Cuando es preciso. Y a decir verdad, ése es el caso más frecuente. En
-general, la observación es muy exacta.
-
---Muchas gracias. Pero, dígame usted, ¿cómo pueden distinguirse los
-hombres extraordinarios de los ordinarios? ¿Traen al nacer alguna
-señal? Soy de parecer que convendría un poco más de exactitud, una
-limitación en cierto modo más clara. Dispense usted esta inquietud
-natural en un hombre práctico y bien intencionado; pero, ¿no podrían
-llevar un traje particular, un emblema cualquiera? Porque, figúrese
-usted... si se produce una confusión, si un individuo de una categoría
-se figura que es de otra, y se pone, según la expresión feliz de usted,
-«a suprimir todos los obstáculos...»
-
---Eso ocurre con mucha frecuencia; esa observación es más sutil aún que
-la primera.
-
---Muchas gracias.
-
---No hay de qué darlas. Pero considere usted que el error sólo es
-posible en la primera categoría, es decir, en aquellos que he llamado
-quizá con impropiedad «hombres ordinarios». No obstante su tendencia
-innata a desobedecer, muchos de ellos, por efecto de un juego de la
-Naturaleza, se consideran hombres de la vanguardia, «demoledores»,
-y se creen llamados a hacer oír la palabra «nueva», y esta ilusión
-es en ellos muy sincera. Al mismo tiempo no conocen de ordinario a
-los verdaderos innovadores y los desprecian como a gentes atrasadas
-y sin elevación de espíritu. Pero yo creo que no hay en eso un
-verdadero peligro y que no debe usted inquietarse, porque ellos no
-van muy lejos; sin duda se podría azotarlos como castigo a su error y
-volverlos de nuevo a su puesto; pero de todos modos, no hay necesidad
-de molestar al ejecutor: ellos mismos se aplican la disciplina, porque
-son personas muy morales y unas veces se prestan los unos a los otros
-estos servicios y otras veces se azotan ellos por sus propias manos...
-Ocasiones hay en que ellos mismos se imponen diversas penitencias
-públicas, lo que no deja de ser edificante; no debe usted preocuparse
-por ellos.
-
---¡Vamos! Por esta parte al menos, me ha tranquilizado usted; pero
-hay una cosa que todavía me preocupa: dígame usted, si le place, ¿hay
-muchas personas «extraordinarias que tienen el derecho de asesinar a
-las otras»? Pronto estoy a inclinarme ante ellas; pero si son muchas,
-confiese usted que la cosa será bastante desagradable.
-
---Tampoco por eso se debe usted inquietar--prosiguió en el mismo tono
-Raskolnikoff--. En general, nace un número muy escaso de hombres con
-una idea nueva, ni aun capaces de darse cuenta de lo que es nuevo. Es
-evidente que el reparto de los nacimientos en las diversas categorías
-y subdivisiones de la especie humana, debe de estar estrictamente
-determinado por una ley de la Naturaleza. Claro es que esta ley nos
-es desconocida; pero yo creo que existe y que llegará a descubrirse
-algún día. Una enorme masa de gente sólo ha venido a la tierra para
-dar al mundo, después de largos y misteriosos cruzamientos de razas,
-un hombre que, entre mil, poseerá alguna independencia; a medida que
-va aumentando el grado de independencia no se encuentra más que un
-hombre por cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras aproximadas).
-Se cuenta un genio entre muchos millones de individuos, y quizá pasan
-millares de millones de hombres sobre la tierra, antes de que surja
-una de esas altas inteligencias que renuevan la faz del mundo. En una
-palabra, yo no he ido a mirar en la retorta en que todo eso se opera;
-pero hay, debe de haber una ley fija. En esto no puede existir el azar.
-
---Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando los dos?--gritó Razumikin--.
-Esto es una comedia. ¡Se están divirtiendo el uno a costa del otro!
-¿Hablas con formalidad, Rodia?
-
-Sin responderle, Raskolnikoff levantó hacia él su rostro pálido en
-el que se pintaba cierta expresión de sufrimiento. Al observar la
-fisonomía tranquila y triste de su amigo, Razumikin encontró extraño el
-tono cáustico, provocador y descortés que había tomado Porfirio. Luego
-dijo:
-
---Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio... Sin duda tiene razón al
-decir que no es nuevo y que se parece a todo lo que hemos oído y leído
-mil veces; pero lo que hay en ello verdaderamente original y que te
-pertenece realmente es, siento decirlo, eso del derecho de derramar
-sangre que concedes o prohibes, perdóname, con tanto fanatismo... He
-aquí, por consiguiente, el pensamiento principal de tu artículo. Esa
-autorización moral de matar es, a mi entender, más espantosa que lo
-sería la autorización legal, oficial...
-
---Exacto, más espantosa--afirmó Porfirio.
-
---No. La expresión ha ido más allá de tu pensamiento; no es eso lo que
-has querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede, que hablando suele ir
-uno más lejos de lo que se proponía. Tú no puedes pensar tal cosa; yo
-lo leeré.
-
---No hay nada de eso en mi artículo; apenas he tocado esa
-cuestión--dijo Raskolnikoff.
-
---Sí, sí--repuso el juez--; ahora comprendo sobre poco más o menos la
-manera que tiene usted de considerar el crimen; pero... perdone usted
-mi insistencia. Si un joven se imagina ser un Licurgo o un Mahoma...
-futuro, no hay que decir que comenzará por suprimir cuantos obstáculos
-le impidan cumplir su misión. Este tal me diría: «Yo emprendo una larga
-campaña, y para una campaña hace falta dinero...» Esto supuesto, se
-procuraría recursos... Ya adivina usted de qué manera...
-
-Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó, no sabemos qué, en su
-rincón. Raskolnikoff no le miró siquiera.
-
---Obligado estoy a reconocer--respondió éste con calma--que, en efecto,
-existirán algunos de estos casos. Eso es un lazo que el amor propio
-tiende a los vanidosos y a los tontos. Los jóvenes, sobre todo, se
-dejan cazar con él.
-
---¿Lo está usted viendo?
-
---¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede y sucederá siempre. Hace
-un momento, este amigo nuestro me reprendía por autorizar el
-asesinato--añadió señalando a Razumikin--; ¿qué importa? ¿Acaso no
-está la sociedad suficientemente protegida por las deportaciones,
-las cárceles, los jueces de instrucción y los presidios? ¿Por qué
-inquietarse? ¡Buscad al ladrón!
-
---¿Y si le encontramos?
-
---Peor para él.
-
---Por lo menos usted es lógico; ¿pero qué le diría su conciencia?
-
---¿Y a usted qué le importa eso?
-
---Es una cuestión que interesa al sentimiento humano.
-
---El que tiene conciencia sufre reconociendo su error; ése es su
-castigo, independientemente del presidio.
-
---¿De modo--preguntó Razumikin, frunciendo el entrecejo--, que los
-hombres de genio, aquellos a quienes les es concedido el derecho de
-matar, no deben experimentar ningún sufrimiento al derramar sangre?
-
---¿Qué quiere decir eso de «no deben»? El sufrimiento no se permite ni
-se prohibe. Que sufran si tienen piedad de su víctima... El sufrimiento
-acompaña siempre a una conciencia amplia y a un corazón profundo. Los
-hombres verdaderamente grandes, deben, me parece a mí, experimentar
-honda tristeza en la tierra--añadió Raskolnikoff, acometido de súbita
-melancolía, que formaba contraste con la conversación precedente.
-
-Levantó los ojos, miró a todos los que estaban en la sala con aire
-soñador, sonrió y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo, con la
-comparación, con la actitud que tenía cuando entró, y se daba cuenta de
-ello.
-
-Todos se levantaron.
-
-Porfirio Petrovitch volvió a la carga.
-
---Puede usted injuriarme o incomodarse o no conmigo; pero mi deseo es
-más fuerte que yo y es menester que le dirija todavía una pregunta.
-Verdaderamente me avergüenza abusar de usted de este modo... En tanto
-que pienso en esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar a usted una
-idea que se me ha ocurrido...
-
---¡Bueno!... diga usted su idea--respondió Raskolnikoff en pie, pálido
-y serio, frente al juez de instrucción.
-
---Verá usted... verdaderamente no sé cómo expresarme... es una idea muy
-extraña, psicológica... Al escribir su artículo, es muy probable...
-que se considerase usted como uno de esos hombres «extraordinarios» de
-quienes hablaba hace poco... ¿No es así?
-
---Es muy posible--respondió desdeñosamente Raskolnikoff.
-
-Razumikin hizo un movimiento.
-
---Si eso fuese así, ¿no estaría usted decidido, ya para triunfar de
-dificultades materiales, ya para facilitar el progreso de la humanidad,
-no se decidiría usted repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo...
-a matar y a robar?
-
-Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo y se reía silenciosamente como
-antes.
-
---Si estuviese decidido a eso, no lo diría a usted--replicó
-Raskolnikoff con acento altanero de desafío.
-
---Mi pregunta no tenía más objeto que el de una curiosidad literaria;
-la he hecho únicamente con el fin de penetrar el sentido del artículo
-de usted.
-
-«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia prendida con alfileres!»--pensó
-Raskolnikoff con algo de desprecio.
-
---Permítame usted que le diga--respondió secamente--que yo no me creo
-ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún otro personaje de este género:
-por consiguiente, no puedo explicarle a usted lo que yo haría si
-estuviese en lugar de ellos.
-
---¿Quién hay ahora en Rusia que no se crea un Napoleón?--dijo con
-brusca familiaridad el juez instructor.
-
-Esta vez también la entonación de su voz delataba un segundo fin.
-
---¿Será acaso un futuro Napoleón el que ha matado a Alena Ivanovna esta
-semana última?--saltó, de repente, desde su rincón Zametoff.
-
-Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff fijó en Porfirio una mirada
-fría y penetrante. Las facciones de Razumikin se contrajeron. Un rato
-hacía ya que parecía dudar de algo. Paseó en torno suyo una mirada
-irritada. Durante un minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff se
-dispuso a salir.
-
---¿Se marcha usted ya?--dijo cariñosamente Porfirio tendiendo la
-mano al joven con extrema amabilidad--. Estoy encantado de haberle
-conocido. En cuanto a su solicitud, esté usted tranquilo. Escriba en
-el sentido que le he dicho. O más vale que venga usted a verme uno de
-estos días... mañana, por ejemplo. Estaré aquí sin falta a las once.
-Lo arreglaremos todo y hablaremos un poco... Como usted es uno de los
-últimos que ha estado _allí_, podrá quizá decirnos algo--añadió en tono
-de campesino el juez de instrucción.
-
---¿Trata usted de interrogarme en toda regla?--preguntó secamente
-Raskolnikoff.
-
---De ninguna manera. No se trata de tal cosa en este momento. No
-me ha comprendido usted. Yo aprovecho todas las ocasiones, y... he
-hablado ya con todos los que tenían objetos empeñados en casa de la
-víctima... Muchos me han suministrado datos interesantes... y como
-usted es el último que estuvo... A propósito--exclamó con súbita
-alegría--, es una suerte que haya pensado... ya se me olvidaba...
-(al decir esto se volvió hacia Razumikin); el otro día me mareaba a
-propósito de ese Mikolai... pues mira, estoy cierto, convencido de su
-inocencia--prosiguió dirigiéndose a Raskolnikoff--. Pero, ¿qué hacer?
-Ha sido preciso también molestar a Mitka. He aquí lo que yo quería
-preguntar a usted: Al subir la escalera de la casa... permítame usted
-que se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho cuando estuvo allí?
-
---Sí--respondió, y en seguida sintió haber dado esta respuesta, que no
-tenía necesidad de dar.
-
---Bueno. Al subir la escalera entre siete y ocho, ¿no vió usted en el
-segundo piso, en un cuarto cuya puerta estaba abierta, ¿no recuerda
-usted?, a dos obreros, o por lo menos uno de ellos, que estaba pintando
-la habitación? ¿No reparó usted? Eso es muy importante para los dos
-obreros.
-
---¿Pintores? No, no los vi...--respondió lentamente Raskolnikoff, como
-si tratase de recordar.
-
-Durante un segundo, puso en tensión violenta todos los resortes de su
-espíritu para descubrir con claridad qué lazo ocultaba la pregunta
-hecha por el juez de instrucción.
-
---No, no los vi ni advertí tampoco si estaba abierto el
-cuarto--continuó muy contento de haber descubierto la trampa--; de lo
-que sí me acuerdo es que del cuarto piso el empleado que vivía enfrente
-de Alena Ivanovna estaba de mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque
-tropecé con dos soldados que llevaban un sofá y tuve necesidad de
-arrimarme a la pared... Pero lo que es pintores, no recuerdo haberlos
-visto, ni tampoco de si alguna puerta estaba abierta. No, no lo vi...
-
---¡Pero qué estás diciendo!--gritó de repente Razumikin, que hasta
-entonces había estado como reflexionando--: Si fué el mismo día del
-asesinato cuando los pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia estuvo
-dos días antes en la casa, ¿por qué le haces esa pregunta?
-
---¡Calle! pues es verdad, he confundido las fechas--exclamó Porfirio
-dándose una palmada en la frente--. ¡Qué diablos! este asunto me
-hace perder la cabeza--añadió a modo de excusa dirigiéndose a
-Raskolnikoff--. Es tan importante saber si alguno los ha visto en el
-cuarto entre siete y ocho, que sin pararme a reflexionar he creído
-obtener de usted esta aclaración... He confundido los días.
-
---Pues convendría fijarse más--gruñó Razumikin.
-
-Estas últimas palabras fueron dichas en la antesala. Porfirio acompañó
-amablemente a sus visitantes hasta la puerta. Estos estaban tristes
-y sombríos cuando salieron de la casa y anduvieron muchos pasos sin
-cambiar una palabra. Raskolnikoff respiraba como hombre que acababa de
-atravesar por una prueba penosa.
-
-
-VI
-
---No lo creo. No puedo creerlo--repetía Razumikin, que hacía toda clase
-de esfuerzos para rechazar las conclusiones de Raskolnikoff.
-
-Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff en donde hacía largo tiempo los
-esperaban Pulkeria Alexandrovna y Dunia.
-
-En el calor de la discusión, Razumikin se detenía a cada instante
-en medio de la calle; estaba muy agitado, porque era la primera vez
-que los dos jóvenes hablaban de _aquello_ sin valerse de palabras
-encubiertas.
-
---No lo creas si no quieres--respondió con fría e indiferente sonrisa
-Raskolnikoff--. Tú, según tu costumbre, nada has advertido; pero yo, yo
-he pesado cada palabra.
-
---Tú eres desconfiado; por eso descubres en todas partes segundas
-intenciones. ¡Hum!... Reconozco, en efecto, que el tono de Porfirio era
-bastante extraño y sobre todo el de ese bribón de Zametoff... Tienes
-razón, se advertía en él no sé qué... ¿pero cómo puede ser esto?
-
---Habrá cambiado de opinión desde ayer.
-
---No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida idea, habrían, por el
-contrario, puesto mucho cuidado en disimularla; habrían ocultado su
-juego a fin de inspirarte una engañosa confianza, esperando el momento
-oportuno para descubrir sus baterías... En la hipótesis en que te
-colocas, su manera de proceder hoy sería tan torpe como desvergonzada...
-
---Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas serias o de presunciones un
-tanto fundadas, cierto que sin duda se esforzarían en ocultar su juego
-con la esperanza de obtener nuevas ventajas sobre mí. (Además, habrían
-hecho un registro en mi domicilio.) Pero no tienen pruebas, ni una
-sola; todo se reduce a conjeturas gratuitas, a suposiciones que no se
-apoyan en nada real, y por eso proceden descaradamente. Quizá no haya
-en todo ello más que el despecho de Porfirio, que rabia por no tener
-pruebas. Puede también que tenga intenciones... Parece inteligente;
-acaso haya querido asustarme... Por lo demás, es repugnante ocuparse en
-estas cosas. Dejémoslas.
-
---¡Es odioso, odioso! Te comprendo. Pero... puesto que tratamos
-francamente de este asunto (y creo que hemos hecho bien), no vacilo en
-confesarte que desde hace mucho tiempo había advertido en ellos esa
-idea. Cierto que no se atrevían a formularla, que este pensamiento
-flotaba en su espíritu en el estado de duda vaga; pero demasiado es
-ya que hayan podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y qué es lo que
-ha podido despertar en ellos tan abominables sospechas? ¡Si supieras
-cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo! Un pobre estudiante agobiado
-por la miseria y la hipocondría, en vísperas de enfermedad grave que
-existía ya en él; un joven desconfiado, lleno de amor propio, que
-tiene la conciencia de su valer, encerrado desde hace seis meses en
-su habitación sin ver a nadie; que se presenta vestido de harapos,
-calzado con botas sin suela, ante miserables polizontes, cuya
-insolencia soporta, a quien se reclama a quema ropa el pago de una
-letra de cambio protestada, en una sala llena de gente y en donde hace
-un calor de treinta grados Réamur y cuyo aire está impregnado de olor
-insoportable de la pintura reciente... porque el desgraciado se desmaya
-al oír hablar de una persona en cuya casa ha estado la víspera y porque
-además tiene el estómago vacío... ¿hay motivos para sospechar de él?
-En tales condiciones, ¿cómo no había de desmayarse? ¡Y pensar que
-tales suposiciones caen sobre este desmayo! Tal es el punto de partida
-de la acusación. ¡Váyanse al diablo! Comprendo que todo esto te será
-mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia, me reiría de ellos en sus
-barbas, o mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio en forma de
-salivazos; de este modo acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles! ¡Es
-vergonzoso!
-
-«Se ha despachado, convencido de lo que dice»--pensó Raskolnikoff.
-
---¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo. ¡Pero mañana otro
-interrogatorio!--respondió tristemente--; será menester que yo me
-rebaje hasta dar explicaciones. Ya consentí ayer en hablar con Zametoff
-en el _traktir_.
-
---¡Que se vayan al infierno! Iré a casa de Porfirio. Es mi pariente,
-y de esta circunstancia me aprovecharé para meterle los dedos en la
-boca; tendrá que hacerme su confesión completa. En cuanto a Zametoff...
-¡Espera!--gritó Razumikin, asiendo de repente a su amigo por el
-brazo--¡espera! Divagabas hace poco. Después de reflexionar, estoy
-convencido de que divagabas. ¿En dónde ves la astucia? ¿Dices que la
-pregunta relativa a los obreros ocultaba un lazo? Razona un poco. Si tú
-hubieras hecho _eso_, ¿habrías sido tan estúpido de decir que habías
-visto a los pintores trabajando en el cuarto del segundo piso? Por
-el contrario, aunque los hubieses visto, lo habrías negado. ¿Quién a
-sabiendas hace confesiones que pueden comprometerle?
-
---Si yo hubiese hecho _tal cosa_, no habría dejado de decir que había
-visto a los obreros--repuso Raskolnikoff, que parecía sostener aquella
-conversación con violento disgusto.
-
---¿Para qué decir cosas perjudiciales a los propios intereses?
-
---Porque solamente los _mujiks_ y las personas más limitadas lo
-niegan todo sistemáticamente. Un acusado, por poco inteligente que
-sea, confiesa en lo posible todos los hechos materiales cuya vanidad
-trataría en vano de destruir; se contrae a explicarlos de otra manera,
-modifica su significación y los presenta bajo un nuevo aspecto. Según
-todas las probabilidades, Porfirio contaba con que yo respondería sí;
-creía que, para dar mayor verosimilitud a mis confesiones, declararía
-haber visto a los obreros, aunque explicando en seguida el hecho en un
-sentido favorable a mi causa.
-
---Pero él hubiera respondido en seguida que la antevíspera del crimen
-los obreros no estaban allí, y que, por consiguiente, tú habías estado
-en la casa el día mismo del asesinato entre seis y siete.
-
---Porfirio contaba que yo no tendría tiempo de reflexionar, y con que
-obligado a responder de la manera más verosímil habría olvidado esa
-circunstancia: la imposibilidad de la presencia de los obreros en la
-casa dos días antes del crimen.
-
---¿Pero, cómo olvidarlo?
-
---Nada más fácil. Estos pormenores son el escollo de los maliciosos;
-respondiendo a ellos es como se da un traspiés en los interrogatorios.
-Cuanto más agudo es un hombre, menos sospecha de las preguntas
-insignificantes. Porfirio lo sabe. Es mucho más listo de lo que tú
-supones.
-
---Eso quiere decir que es un pillo.
-
-Raskolnikoff no pudo menos de reírse; pero en el mismo instante se
-asombró de haber dado la misma explicación con verdadero placer, él,
-que hasta entonces había seguido la conversación a regañadientes y
-porque no podía menos.
-
-«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»--pensaba.
-
-Pero casi al mismo tiempo sintióse acometido de súbita inquietud, que
-bien pronto llegó a ser intolerable.
-
-Los dos jóvenes encontrábanse ya a la puerta de la casa Bakalaieff.
-
---Entra solo--dijo bruscamente Raskolnikoff--; vuelvo en seguida.
-
---¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?
-
---Tengo una cosa que hacer... Estaré aquí dentro de media hora... Tú
-les dirás...
-
---Bueno, te acompaño.
-
---¿Pero has jurado también tú perseguirme hasta la muerte?
-
-Lanzó esta exclamación con tal acento de furor y con tono tan
-desesperado, que Razumikin no se atrevió a insistir. Permaneció un rato
-en el umbral siguiendo con mirada sombría a Raskolnikoff, que caminaba
-aceleradamente en dirección a su domicilio. Por último, después de
-haber rechinado los dientes apretó los puños y prometiéndose a sí mismo
-estrujar aquel mismo día a Porfirio como un limón, subió a casa de las
-señoras para tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna, inquieta ya por tan
-largo retraso.
-
-Cuando Raskolnikoff llegó a su casa tenía las sienes húmedas de sudor,
-y respiraba penosamente. Subió los escalones de cuatro en cuatro, entró
-en su habitación, que había quedado abierta y la cerró con el pestillo.
-En seguida, todo aterrorizado, corrió al escondite, metió la mano
-bajo la tapicería y exploró el agujero en todos sentidos. No habiendo
-encontrado nada después de registrarlo cuidadosamente, se levantó y
-lanzó un suspiro de satisfacción. Poco antes, en el momento en que se
-aproximaba a la casa Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno de los
-objetos robados habría podido deslizarse en las hendiduras de la pared:
-si llegaban a encontrar allí una cadena de reloj, un gemelo o algunos
-de los papeles que envolvían las alhajas y que tenían anotaciones
-escritas por mano de la vieja, ¡qué prueba de convicción entonces en
-contra suya!
-
-Y quedó sumido en un vago sueño, mientras aparecía en sus labios una
-sonrisa extraña y casi estúpida. Al cabo tomó su gorra y salió sin
-ruido de la casa. Bajó pensativo la escalera y llegó a la puerta de la
-calle.
-
---Ahí lo tiene usted--gritó una voz.
-
-El joven levantó la cabeza. El portero, en pie en el umbral de su
-habitación, señalaba a Raskolnikoff, mostrándoselo a un hombre de baja
-estatura y de aspecto burgués. Este individuo iba vestido con una
-especie de _khalat_ y un chaleco; de lejos hubiera podido tomársele por
-un campesino. Llevaba una gorra muy grasienta y andaba muy encorvado.
-A juzgar por las arrugas de su marchito rostro, debía de tener más de
-cincuenta años. Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.
-
---¿Qué es eso?--preguntó acercándose al _dvornik_.
-
-El burgués le miró de soslayo, lo examinó atentamente sin decir una
-palabra, volvió la espalda y se alejó de la casa.
-
---Pero, ¿qué significa esto?--gritó Raskolnikoff.
-
---Es un hombre que ha venido aquí a ver si vivía un estudiante. Ha
-dicho el nombre de usted y ha preguntado qué cuarto ocupaba usted. En
-esto ha bajado usted y le he dicho «ése es» y se ha ido.
-
-El _dvornik_ estaba también un poco asombrado; pero no con exceso.
-Después de haber reflexionado un poco, entró en su cochitril.
-
-Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas del burgués. Apenas salió de
-la casa tomó el otro lado de la calle. El desconocido andaba con paso
-lento y regular, los ojos bajos y aire pensativo. El joven hubiera
-podido alcanzarle en seguida; pero durante algún tiempo se limitó a ir
-al mismo paso que él; al fin se colocó a su lado y le miró oblicuamente
-el rostro. El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió una rápida
-ojeada y bajó los ojos; durante un minuto caminaron juntos de esta
-suerte sin decir una palabra.
-
---Usted ha preguntado por mí al _dvornik_...--comenzó a decir
-Raskolnikoff sin levantar la voz.
-
-El burgués no respondió, ni miró siquiera al que le hablaba. Hubo un
-nuevo silencio.
-
---Usted ha venido a preguntar por mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere
-decir esto?--añadió Raskolnikoff con voz entrecortada: parecía que las
-palabras salían con trabajo de sus labios.
-
-Esta vez el burgués levantó los ojos y miró al joven con expresión
-siniestra.
-
---¡Asesino!--dijo bruscamente en voz baja, pero clara y distinta.
-
-Raskolnikoff, que marchaba a su lado, sintió que sus piernas se
-doblaban y que un frío estremecimiento le corría por la espalda.
-Durante un segundo su corazón desfalleció; después se puso a latir con
-extraordinaria violencia.
-
-Los dos hombres anduvieron cosa de un centenar de pasos, sin proferir
-una sola palabra. El burgués no miraba a su compañero.
-
---¿Pero qué es lo que usted dice?... ¿quién es un asesino?--balbuceó
-Raskolnikoff con voz casi ininteligible.
-
---Tú eres el asesino--replicó el otro recalcando sus palabras con más
-precisión y energía que antes, al mismo tiempo que en sus labios se
-dibujaba la sonrisa del odio triunfante y miraba fijamente el pálido
-rostro de Raskolnikoff, cuyos ojos se habían puesto vidriosos.
-
-Se aproximaban en aquel momento a una encrucijada. El burgués tomó por
-una calle a la derecha y continuó su camino sin volver la vista atrás.
-
-Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le siguió largo tiempo con la
-mirada. Después de haber andado cincuenta pasos el desconocido se
-volvió para observar al joven que continuaba como clavado en el mismo
-sitio. La distancia no le permitía ver bien; sin embargo, Raskolnikoff
-creyó advertir que aquel individuo le miraba todavía sonriendo con
-expresión de odio frío y triunfante.
-
-Helado de espanto, con las piernas temblorosas, volvió como pudo a su
-casa y subió a su cuarto. Cuando hubo dejado la gorra sobre la mesa,
-permaneció de pie inmóvil durante diez minutos. Luego, extenuado, se
-echó en el sofá y se extendió lánguidamente lanzando un débil suspiro.
-Al cabo de media hora sonaron pasos apresurados, y al mismo tiempo
-Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin; el joven cerró los ojos y se
-hizo el dormido. Razumikin abrió la puerta y durante algunos minutos
-permaneció irresoluto en el umbral. En seguida entró suavemente en la
-sala y se aproximó con precaución al sofá.
-
---¡No le despiertes! ¡déjale dormir tranquilo! Comerá más tarde--dijo
-en voz baja Anastasia.
-
---Tienes razón--respondió Razumikin.
-
-Salieron andando de puntillas y empujaron la puerta. Pasó otra media
-hora, al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los ojos, se tendió con
-brusco movimiento boca arriba y colocó las manos debajo de la cabeza.
-
---¿Quién es, quién es ese hombre salido de debajo de la tierra? ¿Dónde
-estaba y qué ha visto? Lo ha visto todo, es indudable. ¿Dónde se
-encontraba y desde qué sitio pudo ver aquella escena? ¿Cómo se explica
-que no haya dado más pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido ver...?
-¿Es esto posible?--continuó Raskolnikoff, presa de un frío glacial--. Y
-el encontrar Mikolai el estuche debajo de la puerta, ¿era también cosa
-que no podía suponerse?
-
-Comprendía que las fuerzas le abandonaban y experimentaba un violento
-disgusto de sí mismo.
-
---¡Yo debía suponer esto!--pensó con amarga sonrisa--. ¿Cómo me
-he atrevido, conociéndome, previendo lo que ocurriría, cómo me he
-atrevido a empuñar un hacha y a verter sangre? Estaba obligado a saber
-de antemano lo que iba a acontecerme... ¡y lo sabía!...--murmuró
-desesperado.
-
-A veces se detenía ante este pensamiento.
-
---No, los hombres extraordinarios no están hechos como yo: el verdadero
-_amo_ a quien le es permitido todo, cañonea a Tolón, mata en París,
-olvida un ejército en Egipto, pierde medio millón de hombres en la
-batalla de Moscou y sale de una situación embarazosa en Vilna merced a
-un retruécano; después de su muerte, se le erigen estatuas en prueba de
-que todo le es permitido. No, esas personas no están hechas de carne
-sino de bronce.
-
-Una idea que se le ocurrió de repente le hizo casi reír.
-
---¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo y una vieja criada de un
-registrador de colegio, una innoble usurera que tiene un cofre
-forrado de piel encarnada bajo la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio
-Petrovitch semejante comparación?... La estética se opone a ello: «¿Por
-ventura Napoleón se hubiera metido debajo de la cama de una vieja?»,
-preguntaría sin duda. ¡Vaya una tontería!
-
-De tiempo en tiempo sentía que casi deliraba; hallábase en estado de
-exaltación febril. Después continuaba, interrumpiéndose a cada momento:
-
---La vieja no significa nada--se decía en un acceso--. Supongamos
-que su muerte sea un error; no se trata de ella. La vieja no ha sido
-más que un accidente... yo quería saltar el obstáculo lo más pronto
-posible... no es una criatura humana lo que yo he matado, es un
-principio. ¡He matado el principio, pero no he sabido pasar por encima!
-Me he quedado del lado de acá; no he sabido más que matar. Y tampoco,
-por lo visto, me ha resultado bien esto... ¡un principio! ¿Por qué
-hace poco ese estúpido de Razumikin atacaba a los socialistas? Son
-laboriosos, hombres de negocios, «se ocupan en el bienestar de la
-humanidad...» No, yo no tengo más que una vida, yo no puedo esperar
-«la felicidad universal». Yo quiero vivir también; de otro modo, mejor
-es no existir. Yo no quiero pasar al lado de una madre hambrienta
-apretando mi rublo en el bolsillo a pretexto de que un día todo el
-mundo será feliz. «Yo llevo, se dice, mi piedra al edificio universal,
-y esto basta para poner mi corazón en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis
-olvidado de mí? Puesto que yo no tengo más que un período de tiempo
-para vivir, quiero en seguida mi parte de felicidad... yo soy un
-gusanillo estético nada más, nada más--añadió riendo de repente como
-un loco, y se aferró a esta idea, experimentando un agrio placer al
-sondarla en todos sentidos y a darle vueltas por todos los lados--. Sí,
-en efecto, yo soy un gusanillo, por el hecho solo de que medito ahora
-sobre la cuestión de averiguar lo que soy. Además, porque durante un
-mes he estado fastidiando a la divina Providencia tomándola sin cesar
-por testigo de que yo me decidía a esta empresa, no para procurarme
-satisfacciones materiales, sino en vista de un objeto grandioso. ¡Ah!
-¡Ah! en tercer lugar, porque en la ejecución he querido proceder con
-toda justicia; entre todos los gusanos he escogido el más dañino, y
-al matarle contaba con tomar nada más que lo preciso para asegurar
-mis comienzos en la vida, ni más ni menos (el resto hubiera ido al
-monasterio, al cual había legado la vieja su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy
-definitivamente un gusano--añadió rechinando los dientes--, porque soy
-más vil y más innoble que el gusano que he matado, y porque _presentía_
-que después de haberlo matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay algo
-comparable con semejante terror? ¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo
-al Profeta a caballo, con la cimitarra en la mano! «¡Alá lo quiere!
-¡obedece, temblorosa criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón el Profeta
-cuando coloca una tropa al través de la calle y hiere indistintamente
-al justo y al culpable sin dignarse siquiera dar explicaciones!
-¡Obedece, temblorosa criatura, y _guárdate de querer_, porque eso no es
-cosa tuya!... ¡Oh, jamás! ¡jamás perdonaría yo a la vieja!
-
-Tenía los cabellos empapados en sudor, sus labios secos se agitaban y
-su mirada inmóvil no se apartaba del techo.
-
---¡Cuánto amaba yo a mi madre y a mi hermana! ¿De qué procede que
-ahora las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente, no puedo
-soportarlas cerca de mí! Hace poco me he acercado a mi madre y la he
-besado, bien me acuerdo; ¡abrazarla pensando que si ella supiese...!
-¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo que si volviera a la vida
-la mataría otra vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó allí la
-casualidad? Es extraño, sin embargo, que piense en ella, como si no la
-hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres criaturas de ojos azules!...
-¿Por qué no lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas resignadas, todo lo
-aceptan en silencio... ¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!
-
-Perdió la conciencia de sí mismo y con gran sorpresa advirtió que
-estaba en la calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban las tinieblas,
-la luna llena brillaba con resplandor cada vez más vivo, pero la
-atmósfera era sofocante. Había mucha gente en las calles; los obreros
-y los hombres ocupados volvían apresuradamente a sus casas; los otros
-se paseaban. Flotaba en la atmósfera olor de cal, de polvo, de agua
-cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado y preocupado. Recordaba
-perfectamente que había salido de su casa con algún objeto, que
-tenía que hacer una cosa urgente; ¿pero cual? La había olvidado.
-Bruscamente advirtió que desde la acera de enfrente un hombre le
-hacía señas con la mano; cruzó la calle para juntarse con él, pero,
-de repente, este hombre giró sobre sus talones, y, como si tal cosa,
-continuó su marcha con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer que
-llamaba a Raskolnikoff. «¿Me habré engañado?»--pensó este último, y
-se puso a seguirle. Antes de haber andado diez pasos, lo reconoció
-de improviso y se aterró: era el burgués de antes, encorvado, con el
-mismo traje. Raskolnikoff, cuyo corazón latía con fuerza, marchaba a
-alguna distancia; entraron en un _pereulok_. El hombre no se volvía.
-«¿Sabe que le sigo?»--se preguntaba Raskolnikoff. El burgués franqueó
-el umbral de una gran casa. Raskolnikoff avanzó vivamente hacia la
-puerta y se puso a mirar, pensando que quizá aquel misterioso personaje
-se volvería para llamarle. En efecto, cuando el burgués estuvo en el
-zaguán, se volvió bruscamente y pareció llamar con un gesto al joven.
-Este se apresuró a entrar en la casa; pero cuando estuvo en el patio
-no vió al burgués. Presumiendo que aquel hombre habría tomado por la
-primera escalera, Raskolnikoff se puso a subir detrás de él. En efecto,
-dos pisos más arriba se oían resonar los pasos lentos y regulares en
-los peldaños. Cosa extraña; le parecía reconocer aquella escalera. He
-aquí la ventana del primer piso. La luz de la luna misteriosa y triste,
-se filtraba al través del vidrio; he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este
-es el cuarto en que trabajaban los pintores. ¿Cómo no había reconocido
-en seguida la casa?» Los pasos del hombre que le precedía cesaron de
-oírse. «Se ha detenido de seguro u ocultado en alguna parte. He aquí
-el tercer piso: ¿subiré más arriba? ¡Qué silencio! ¡Este silencio es
-terrible!» Sin embargo, siguió subiendo la escalera. Le daba miedo el
-rumor de sus propios pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está! El burgués
-se ha ocultado seguramente aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que daba
-al rellano estaba abierto de par en par. Raskolnikoff reflexionó un
-instante; después entró. Halló la antesala completamente vacía y muy
-obscura. El joven pasó a la sala marchando de puntillas. La luz de la
-luna daba de lleno sobre esta sala y la iluminaba por completo; el
-mobiliario no había cambiado. Raskolnikoff encontró en sus antiguos
-puestos las sillas, el espejo, el sofá amarillo y los cuadros. Por
-la ventana se veía la luna, cuya enorme faz redonda tenía un color
-cobrizo. Largo tiempo esperó en medio de un profundo silencio. De
-repente, oyó un ruido seco, como el de una tabla que se rompe. Después
-volvió a quedar todo en silencio. Una mosca que se había despertado fué
-volando a chocar contra el vidrio y se puso a zumbar lastimeramente. En
-el mismo instante, en un rincón, entre el armarito y la ventana creyó
-notar que había un manto de mujer colgado en la pared. «¿Por qué está
-este manto aquí?--pensó--; antes no estaba.» Se aproximó cautelosamente
-sospechando que tras de aquel vestido debía de haber alguien oculto.
-Apartando con precaución el manto, vió que había allí una silla, y en
-esta silla, en el rincón, estaba la vieja. Estaba doblada y de tal
-modo inclinada tenía la cabeza, que el joven no pudo ver la cara;
-pero comprendió que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»--se dijo
-Raskolnikoff. Sacó suavemente el hacha del nudo corredizo y le dió
-dos golpes en la coronilla; pero, cosa extraña, la vieja no vaciló
-bajo los golpes: se hubiera dicho que era de madera. Estupefacto el
-joven, se inclinó hacia ella para examinarla, pero la vieja bajó aún
-más la cabeza. Entonces él se inclinó hasta el suelo, la miró de abajo
-arriba y al ver su rostro se quedó espantado: la vieja se reía, sí,
-reía, con risa silenciosa, haciendo grandes esfuerzos para que no se
-la oyese. De repente le pareció a Raskolnikoff que la puerta de la
-alcoba estaba abierta y que allí también se reían y hablaban en voz
-baja. Se puso entonces rabioso y comenzó a descargar hachazos con toda
-su fuerza, sobre la cabeza de la vieja; pero a cada hachazo las risas
-y los cuchicheos de la alcoba se oían más distintamente; en cuanto a
-la vieja, se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda la antesala se
-había llenado de gente; la puerta que daba sobre el descansillo estaba
-abierta; en éste y en la escalera había, desde arriba hasta abajo,
-multitud de individuos. Todos miraban, pero sin pronunciar palabra.
-Tenía encogido el corazón y parecía que se le habían clavado los pies
-en el suelo; quiso gritar y se despertó.
-
-Respiró con fuerza; pero creía que aun estaba soñando cuando vió en pie
-en el umbral de su puerta, abierta del todo, a un hombre a quien no
-conocía y que le miraba con atención.
-
-Raskolnikoff no había acabado de abrir los ojos cuando los volvió
-a cerrar en seguida. Tendido como estaba boca arriba no se movió.
-«Esta es la continuación de mi sueño»--pensó mientras abría casi
-imperceptiblemente los párpados para fijar una tímida mirada en el
-desconocido. Este, siempre en el mismo puesto, no cesaba de observarle.
-Después entró, cerró la puerta detrás de sí, se aproximó a la mesa, y
-después de haber esperado un minuto, se sentó en una silla cerca del
-sofá. Durante todo este tiempo no había cesado de mirar a Raskolnikoff.
-Luego puso el sombrero en el suelo, a su lado, y apoyó ambas manos en
-el puño del bastón y la barba en las manos, como el que se prepara a
-una larga espera. Por lo que Raskolnikoff había podido juzgar de él en
-una mirada furtiva, aquel hombre no era joven; parecía robusto y tenía
-la barba espesa, de un color rubio casi blanco.
-
-Pasaron así diez minutos. Era aún de día, pero tarde; en la habitación
-reinaba el más profundo silencio; en la escalera no sonaba tampoco
-ruido alguno, no se oía más que el ruido de un moscardón que al volar
-había chocado contra la ventana. Al fin, esta situación se hizo
-insoportable; Raskolnikoff no pudo más y se sentó de pronto en el sofá.
-
---Vamos, hable usted; ¿qué es lo que quiere?
-
---Bien sabía que su sueño no era más que una ficción--respondió el
-desconocido con sonrisa tranquila--. Permítame usted que me presente:
-Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff...
-
-
-
-
-CUARTA PARTE
-
-
-I
-
---¿Estoy bien despierto?--pensó de nuevo Raskolnikoff, mirando
-desconfiadamente al inesperado visitante--. ¿Svidrigailoff? ¡No puede
-ser de ningún modo!--dijo al cabo en voz alta, no atreviéndose a dar
-crédito a sus oídos.
-
-Esta exclamación pareció no sorprender a su extraño visitante.
-
---He venido a casa de usted por dos razones: primera, por conocerle
-personalmente, porque desde hace mucho tiempo he oído hablar a menudo y
-en términos muy halagadores de usted; y después, porque espero que no
-me negará su concurso en una empresa que tiene relación directa con los
-intereses de su hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin recomendación, me
-costaría mucho trabajo ser recibido por ella, puesto que está prevenida
-contra mí; pero, presentado por usted, la cosa varía.
-
---Se engaña usted al contar conmigo--replicó Raskolnikoff.
-
---¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras? Permita usted que se lo
-pregunte.
-
-Raskolnikoff no contestó.
-
---Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo llegué anteayer. Escuche usted,
-Rodión Romanovitch, lo que tengo que decirle a este propósito; creo
-superfluo justificarme; pero permítame que le pregunte: ¿Qué hay, en
-rigor, en todo esto de particularmente culpable por mi parte, si se
-aprecian las cosas con serenidad y sin prejuicios?
-
-Raskolnikoff continuaba examinándole sin despegar los labios.
-
---Me dirá usted que he perseguido en mi casa a una joven sin defensa
-y que «la he insultado con proposiciones deshonrosas». (Quiero
-adelantarme a la acusación.) Pero considere usted que soy hombre, _el
-nihil humanum_... en una palabra, que soy susceptible de ceder a un
-arrebato, de enamorarme, cosa independiente de la voluntad. De esta
-manera todo se explicará del modo más natural del mundo. La cuestión
-estriba en esto: ¿Soy un monstruo o una víctima? Ciertamente soy
-una víctima. Cuando yo proponía a mi adorada que huyera conmigo a
-América o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona los más respetuosos
-sentimientos y pensaba en asegurar nuestra común felicidad... La razón
-es la esclava de la pasión; yo he sido el principalmente perjudicado.
-
---No se trata, en modo alguno, de eso--replicó Raskolnikoff con
-sequedad--. Tenga usted razón o no, me es usted completamente odioso.
-No quiero conocer a usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de aquí!...
-
-Svidrigailoff soltó una carcajada.
-
---No hay medio de engañar a usted--dijo con franca alegría--; quería
-echármelas de ingenioso, pero con usted no sirve.
-
---¿Todavía quiere usted embromarme?
-
---Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?--repitió su interlocutor, riéndose
-con toda su alma--; en buena guerra, como dicen los franceses, la
-malicia no tiene nada de ilícita... Pero usted no me ha dejado acabar.
-Volviendo a lo que hace un momento decía, nada desagradable ha pasado,
-sino el incidente del jardín. Marfa Petrovna...
-
---Se dice también que usted ha matado a su esposa--dijo,
-interrumpiéndole brutalmente Raskolnikoff.
-
---¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de eso? Realmente nada tiene de
-asombroso... Pues bien, respecto a la pregunta que usted me hace,
-no sé, en verdad, qué decirle, puesto que tengo la conciencia muy
-tranquila. No vaya usted a creer que temo las consecuencias; todas las
-formalidades de costumbre se han cumplido minuciosamente. El informe
-de los médicos ha demostrado que mi esposa murió de un ataque de
-apoplejía, producido por un baño tomado inmediatamente después de una
-abundante comida, rociada con una botella de vino; es lo único que ha
-podido descubrirse... Por esa parte nada me inquieta. Muchas veces,
-sobre todo cuando venía en el tren, camino de San Petersburgo, me he
-preguntado si habría yo contribuído, moralmente, por supuesto, a esa...
-desgracia, sea causando la desesperación de mi mujer, sea de alguna
-otra manera semejante; pero he acabado por convencerme de que no ha
-habido ni sombra de eso.
-
-Raskolnikoff se echó a reír.
-
---¿De modo que esto le divierte...?
-
---Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente le di dos latigazos sin
-importancia que no le dejaron señal alguna... No me tenga usted, se
-lo ruego, por un hombre cínico; sé muy bien que eso de los latigazos
-es una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro que mis accesos de
-brutalidad no desagradaban del todo a Marfa Petrovna. Cuando ocurrió
-lo de su hermana de usted, mi mujer se fué con el cuento por toda la
-ciudad y fastidió a cuantos la conocían por la famosa carta (ya sabrá
-usted, sin duda, que se la leía a todo el mundo); de modo que los dos
-latigazos fueron propinados muy oportunamente.
-
-A Raskolnikoff le dieron intenciones de levantarse, y salir, a fin
-de cortar por lo sano la conversación; pero cierta curiosidad y una
-especie de cálculo le decidieron a tener un poco de paciencia.
-
---¿Le gusta a usted manejar el látigo?--dijo con aire distraído.
-
---No mucho--respondió tranquilamente Svidrigailoff--. Casi nunca
-habíamos reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy buena armonía, y ella
-estaba siempre contenta de mí. Durante siete años de vida conyugal,
-no me serví del látigo más que dos veces (prescindiendo de otra
-ocasión que por lo demás fué un caso bastante ambiguo); la primera,
-ocurrió dos meses después de nuestro matrimonio, en el momento en que
-acabábamos de instalarnos en el campo; la segunda, y última, fué en
-las circunstancias que recordaba hace un momento. Usted me consideraba
-ya como un monstruo, como un retrógrado, como un partidario de la
-servidumbre. ¡Ja, ja, ja!
-
-Raskolnikoff estaba convencido de que aquel hombre tenía un plan muy
-madurado y que todo aquello era fina astucia.
-
---Debe usted haber pasado muchos días sin hablar con nadie--dijo el
-joven.
-
---Algo de verdad hay en esa suposición; pero usted se asombra, ¿no es
-cierto, de hallarme de tan buen humor?
-
---Y hasta me parece demasiado bueno...
-
---¿Porque no me he formalizado con la grosería de las preguntas
-de usted? ¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme? Como usted me ha
-preguntado le he respondido--contestó Svidrigailoff con una singular
-expresión de franqueza--. En verdad, yo no me intereso, digámoslo
-así, por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada me preocupa. Por lo
-demás, libre es usted de pensar que abrigo propósitos interesados
-para captarme sus simpatías, tanto más cuanto que tengo ciertas miras
-respecto a su hermana, como ya se lo he declarado. Pero, francamente
-se lo digo, ¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace tres días, que
-tengo intenciones de venir a ver a usted... No se incomode, Rodión
-Romanovitch, me parecía usted muy raro. En efecto, advierto en usted
-algo extraordinario y ahora principalmente, es decir, no en este mismo
-momento, sino desde hace algún tiempo. Vamos, me callo, no frunza usted
-el ceño... No soy tan oso como usted cree...
-
---No lo tengo por oso--dijo Raskolnikoff--; más aún, me parece que es
-usted un hombre de muy buena sociedad o, por lo menos, que sabe usted
-ser, en llegando la ocasión, _comme il faut_.
-
---Me tiene sin cuidado la opinión de los demás--contestó Svidrigailoff
-con tono seco y ligeramente desdeñoso--; y además, ¿por qué no adoptar
-las maneras de un hombre mal educado, especialmente en un país en que
-son tan cómodas y, sobre todo, cuando se tiene para ello propensión
-natural?--añadió riendo.
-
-Raskolnikoff le miraba sombríamente.
-
---He oído decir que conoce usted a mucha gente--le dijo--. No es usted
-lo que se llama «un hombre sin relaciones». Siendo esto así, ¿qué viene
-usted a hacer a mi casa, si no tiene objeto determinado?
-
---Es verdad, como usted dice, que tengo aquí muchos
-conocimientos--repuso el visitante sin responder a la principal
-pregunta que se le había dirigido--; en los tres días que llevo de
-corretear por la capital, me he tropezado con muchos conocidos y creo
-que también ellos han reparado en mí. Visto de una manera conveniente,
-y se me clasifica entre los que nadan en la abundancia: la abolición
-de la servidumbre no nos ha arruinado... Sin embargo, no trato de
-reanudar mis antiguas relaciones, porque me eran ya insoportables.
-Estoy aquí desde anteayer y no he querido ver a nadie. No; es menester
-que la gente de los círculos y los parroquianos del restaurant Dugsand
-se priven de mi presencia. Por otra parte, ¿qué placer hay en hacer
-trampas en el juego?
-
---¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego?
-
---¡Claro está! Hace ocho años formábamos una verdadera sociedad
-(hombres _comme il faut_, capitalistas y poetas), que pasábamos el
-tiempo jugando a las cartas y haciendo todas las trampas que podíamos.
-¿Ha observado usted que en Rusia las personas de buen tono son todas
-tramposas? Pero en aquella época, un griego de Niejin, a quien debía
-ya 70.000 rublos, me hizo encarcelar por deudas. Entonces se presentó
-Marfa Petrovna y mediante 30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor,
-obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos en legítimo matrimonio, y mi
-esposa se apresuró a llevarme a sus posesiones para ocultarme allí como
-un tesoro. Tenía cinco años más que yo y me quería mucho. Durante siete
-años no me he movido de la aldea. Advierto a usted que toda su vida mi
-señora guardó, a título de precaución contra mí, la letra de cambio
-que me había hecho firmar el griego y que ella rescató valiéndose de
-un testaferro; si hubiera tratado de sacudir el yugo, me habría metido
-bonitamente en la cárcel. A pesar de todo su afecto hacia mí, no
-hubiera vacilado un momento; en las mujeres se observan contradicciones
-como ésta.
-
---Si no le hubiera tenido así agarrado, ¿la habría dejado usted
-plantada?
-
---No sé qué responderle. Ese documento no me inquietaba mucho. No
-deseaba ir a ninguna parte. Dos veces la misma Marfa Petrovna, viendo
-que me aburría, me animó a hacer un viaje por el extranjero. Pero yo
-había visitado ya a Europa y me había aburrido horriblemente. Allí,
-sin duda, solicitan la admiración los grandes espectáculos de la
-Naturaleza; pero mientras contemplamos un amanecer, el mar, la bahía de
-Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio sin saber por qué. ¿No es
-mejor estar entre nosotros? Aquí, por lo menos, se acusa a los demás de
-todo y se justifica uno a sus propios ojos. Ahora haría de buena gana
-una expedición al Polo ártico, porque el vino, que era mi solo recurso,
-ha acabado por disgustarme. No quiero ya beber; he abusado de ello.
-Pero se dice que hay una ascensión aerostática el domingo en el jardín
-Jussupoff. Berg intenta, según parece, emprender un gran viaje aéreo y
-consiente en admitir algunos pasajeros mediante cierto precio... ¿No es
-verdad?
-
---¿Desea usted ir en globo?
-
---¿Yo? No... sí...--murmuró Svidrigailoff, que se había quedado
-pensativo.
-
-«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba Raskolnikoff.
-
---No, la letra de cambio no me inquietaba--dijo Svidrigailoff--. Por mi
-gusto permanecía en la aldea. Hará próximamente un año, Marfa Petrovna,
-con motivo de mi santo, me devolvió el papel acompañado de una cantidad
-importante a título de regalo. Tenía mucho dinero. «Ya ves, Arcadio
-Ivanovitch, qué confianza me inspiras», me dijo. Le aseguro a usted que
-se expresaba así. ¿No lo cree usted? He de decirle que yo cumplía muy
-bien mis deberes de propietario rural; era muy conocido en el país.
-Además, para entretener mis ocios, encargaba libros. Al principio, mi
-mujer aprobaba mi afición a la lectura; pero más tarde llegó a temer
-que me fatigase mi excesiva aplicación.
-
---Dispense usted--replicó molestado Raskolnikoff--; déjese de todo
-eso, y dígame, si quiere, el motivo de su visita, tengo prisa y voy a
-salir...
-
---Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia Romanovna, va a casarse con
-Pedro Petrovitch Ludjin?
-
---Ruego a usted que deje a mi hermana a un lado en esta entrevista
-y que no pronuncie su nombre. Me asombra que se atreva usted a
-pronunciarlo en mi presencia.
-
---¿Cómo no nombrarla, si he venido precisamente para hablar a usted de
-ella?
-
---Está bien; haga usted el favor de terminar cuanto antes.
-
---Ese señor Ludjin es algo pariente mío, por parte de mi difunta
-esposa. Estoy seguro de que usted tiene ya formada opinión acerca de
-él si es que le ha visto, aunque no haya sido más que media hora, o
-si le ha hablado a usted de él alguna persona digna de crédito. No
-es un partido conveniente para Advocia Romanovna. Estoy convencido
-de que su hermana de usted se sacrifica de una manera tan magnánima
-como inconsiderada; se inmola por... su familia. Después de lo que he
-sabido respecto a usted, pensaba que vería con gusto la ruptura de ese
-matrimonio, siempre que no perjudicase a los intereses de su hermana.
-Ahora que le conozco personalmente, no tengo ninguna duda sobre el
-particular.
-
---Por parte de usted eso es muy cándido; perdone usted, quería decir
-muy desvergonzado--replicó Raskolnikoff.
-
---Según eso, Rodión Romanovitch, me supone usted miras interesadas.
-Esté tranquilo: si yo trabajase para mí ocultaría mejor el juego; no
-soy tan imbécil. Voy a este propósito a descubrirle una particularidad
-psicológica. Hace poco me acusaba de haber amado a su hermana de usted,
-diciendo que había sido yo su víctima. Pues bien, al presente no siento
-ningún amor por ella, de tal modo que me asombro de haber estado
-seriamente enamorado...
-
---Era un capricho de un hombre desocupado y vicioso...
-
---En efecto, soy un hombre desocupado y vicioso. Por otra parte, su
-hermana de usted posee mérito bastante para impresionar a un libertino
-como yo; pero todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente ahora.
-
---¿Y desde cuándo lo ha advertido usted?
-
---Ya lo sospechaba hace algún tiempo y me he convencido definitivamente
-de ello ayer, casi en el momento de llegar a San Petersburgo. Pero en
-Moscou todavía estaba decidido a obtener la mano de Advocia Romanovna y
-a disputársela como rival al señor Ludjin.
-
---Perdone usted que le interrumpa. ¿No podría abreviar y decirme en
-seguida el objeto de su visita? Le repito que tengo prisa, que he de
-hacer varias cosas...
-
---Con mucho gusto. Determinado ahora a emprender cierto viaje, quisiera
-antes arreglar varios asuntos. Mis hijos están en casa de su tía,
-son ricos y no me necesitan para nada. Por otra parte, ¿comprende
-usted que pueda representar yo como es debido el papel de padre? No
-he tomado más dinero que el que Marfa Petrovna me regaló hace un
-año; ese dinero me basta. Dispénseme usted, voy al grano. Antes de
-ponerme en camino quiero acabar con el señor Ludjin. No es que le
-deteste precisamente; pero él ha sido la causa de mi última rencilla
-con mi mujer; me incomodé cuando supe que ella había concertado ese
-matrimonio. Ahora me dirijo a usted para poder llegar a presencia
-de Advocia Romanovna; usted puede, si le parece, asistir a nuestra
-entrevista. En primer lugar desearía poner ante los ojos de su hermana
-todos los inconvenientes que resultarían para ella de su enlace con
-Ludjin. Le suplicaría después que me perdonase por los disgustos que
-le he causado, y le pediría permiso para ofrecerle 10.000 rublos, lo
-que la indemnizaría de una ruptura con el señor Ludjin, ruptura que,
-estoy seguro de ello, no repugnaría a su hermana de usted si viera la
-posibilidad de realizarla.
-
---¡Está usted loco, rematadamente loco!--exclamó Raskolnikoff con más
-sorpresa que cólera--. ¿Cómo se atreve a hablar de esa manera?
-
---Sabía perfectamente que iba usted a ponerse hecho una furia; pero
-comenzaré haciéndole observar que, aun no siendo rico, puedo disponer,
-sin embargo, de esos 10.000 rublos; quiero decir, que no los necesito.
-Si Advocia Romanovna no los acepta, sabe Dios el estúpido empleo
-que les daría. En segundo lugar, mi conciencia está completamente
-tranquila; en mi ofrecimiento no entra para nada el cálculo; créanlo
-o no lo crean, el porvenir se lo demostrará a usted y a Advocia
-Romanovna. En resumen, he molestado excesivamente a su honradísima
-hermana de usted; he experimentado un sincero pesar por lo ocurrido,
-y ansío no reparar por una compensación pecuniaria las contrariedades
-que le he ocasionado, sino hacerle un servicio insignificante, para
-que no se diga que sólo la he hecho mal. Si mi ofrecimiento ocultase
-alguna segunda intención, no lo haría tan francamente y no me limitaría
-a ofrecer 10.000 rublos, cuando le ofrecí mucho más hace cinco semanas.
-Por otra parte, yo pienso casarme con una joven dentro de poco, así
-que no puede sospecharse que yo quiera seducir a Advocia Romanovna.
-En suma, diré a usted que si se casa con el señor Ludjin, Advocia
-Romanovna recibirá esa misma cantidad, sólo que por otro conducto...
-No se incomode, señor Raskolnikoff; juzgue usted las cosas con calma y
-sangre fría.
-
-Svidrigailoff había pronunciado estas palabras con extraordinaria calma.
-
---Suplico a usted que no siga--repuso Raskolnikoff--; la proposición de
-usted es una insolencia imperdonable.
-
---No hay tal cosa. Según eso, el hombre en este mundo sólo puede hacer
-mal a sus semejantes; en cambio no tiene derecho a hacer el menor bien.
-Las conveniencias sociales se oponen a ello. Eso es absurdo. Si yo, por
-ejemplo, muriese y dejase en mi testamento esa cantidad a su hermana de
-usted, ¿la rehusaría?
-
---Es muy probable.
-
---No hablemos más. Sea como quiera, suplico a usted que transmita mi
-demanda a Advocia Romanovna.
-
---No lo haré.
-
---En ese caso será necesario, Rodión Romanovitch, que yo trate de
-encontrarme frente a frente con ella, lo que no podré hacer sin
-inquietarla.
-
---Y si yo le comunico su pretensión, ¿no hará usted nada por verla?
-
---No sé qué contestarle; deseo vivamente hablar con ella aunque sea
-nada más que una vez.
-
---No lo espere usted.
-
---Tanto peor. Por lo demás, usted no me conoce. Quizá se establezcan
-entre nosotros relaciones amistosas.
-
---¿Usted cree...?
-
---¿Por qué no?--dijo sonriendo Svidrigailoff, y levantándose tomó el
-sombrero--; no es que yo quiera imponerme a usted; aunque he venido
-aquí, no confiaba demasiado... Esta mañana me chocó...
-
---¿Dónde me ha visto usted esta mañana?--preguntó Raskolnikoff con
-inquietud.
-
---Le he visto por casualidad. Me parece que somos dos frutos del mismo
-árbol.
-
---Está bien; permítame usted que le pregunte si piensa usted emprender
-pronto ese viaje.
-
---¿Qué viaje?
-
---El de que me ha hablado hace un momento.
-
---¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí, en efecto!... ¡Si supiese usted
-qué cuestión acaba de plantearme!--añadió con amarga sonrisa--, quizá
-en lugar de hacer ese viaje me casaré. Se está negociando un matrimonio
-para mí.
-
---¿Aquí?
-
---Sí.
-
---No ha perdido usted el tiempo desde su llegada a San Petersburgo.
-
---¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba. Diga usted a su hermana
-que Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos. Es la pura verdad. Mi
-mujer hizo testamento en mi presencia ocho días antes de su muerte. De
-aquí a dos o tres semanas, Advocia Romanovna podrá entrar en posesión
-de ese legado.
-
---¿Eso es verdad?
-
---Sí; puede usted comunicárselo. Servidor. Vivo muy cerca de aquí.
-
-Al salir Svidrigailoff se cruzó en el umbral con Razumikin.
-
-
-II
-
-Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron en seguida en dirección a la
-casa de Bakalaieff, deseosos de llegar antes que Ludjin.
-
---¿Quién es ése que salía al entrar yo en tu cuarto?--preguntó
-Razumikin cuando estuvieron en la calle.
-
---Svidrigailoff, el propietario en cuya casa estuvo mi hermana de
-institutriz y de donde tuvo que salir porque el dueño la requería de
-amores. Marfa Petrovna, la mujer de ese señor, la puso a la puerta.
-Más tarde, esa misma Marfa Petrovna pidió perdón a Dunia. Esa señora
-ha muerto repentinamente hace pocos días; de ella hablaba mi madre
-esta tarde. No sé por qué me da mucho miedo ese hombre. Es un tipo muy
-original y, por añadidura, ha tomado una firme resolución. Cualquiera
-diría que sabe algo... Ha llegado a San Petersburgo en cuanto se
-celebraron los funerales de su mujer... Es preciso proteger a Dunia
-contra él. Eso es lo que yo quería decirte, ¿entiendes?
-
---¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra Advocia Romanovna? Te agradezco
-que me hayas dicho eso... La protegeremos, puedes estar tranquilo...
-¿Dónde vive?
-
---No lo sé.
-
---¿Por qué no se lo has preguntado? Pero no importa, yo le encontraré.
-
---¿Le has visto?--preguntó Raskolnikoff después de una pausa.
-
---Sí, le he examinado de pies a cabeza y te aseguro que no se me
-despintará.
-
---¿No le confundirás con otro? ¿Le has visto distintamente?--insistió
-Raskolnikoff.
-
---¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y le conocería entre mil. Soy buen
-fisonomista.
-
-Se callaron de nuevo.
-
---¡Hum!--exclamó Raskolnikoff--. Me parece que soy víctima de alguna
-alucinación.
-
---¿Por qué dices eso?
-
---He aquí--prosiguió Raskolnikoff con una mueca que tendía a ser
-sonrisa--, que decís que estoy loco y voy creyendo que es verdad...
-
---Vamos, déjate de tonterías y escucha lo que he hecho--interrumpió
-Razumikin--. Entré en tu cuarto y te encontré durmiendo. En seguida
-comimos, después de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch. Zametoff
-estaba todavía en su casa. Quise hablar en debida forma y no fuí
-afortunado en mi exordio. No acertaba a entrar en materia; parecía que
-no entendía, pero me demostraban, por otra parte, la mayor flema. Llevé
-a Porfirio cerca de una ventana y me puse a hablarle; pero tampoco
-estuve muy feliz. El miraba de un lado y yo de otro. Por último,
-le aproximé el puño a las narices y le dije que le iba a reventar.
-Porfirio se contentó con mirarme en silencio. Yo escupí y me marché.
-Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto. Con Zametoff no cambié ni una
-palabra. Me daba a los diablos por mi estúpida conducta; pero me he
-consolado con una reflexión; al bajar la escalera me dije: ¿Vale la
-pena que tú y yo nos preocupemos de ese modo? Si algún peligro te
-amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué tienes tú que temer? No eres
-culpable; luego no debes inquietarte de lo que piensen ellos. Más tarde
-nos burlaremos de su necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos el haberse
-equivocado tan groseramente! No te preocupes; ya les sentaremos la
-mano; mas por el momento, limitémonos a reír de sus tonterías.
-
---Es verdad--respondió Raskolnikoff--. ¿Pero qué dirás tú
-mañana?--añadió para si.
-
-¡Cosa extraña! Hasta entonces no se le había ocurrido ni una vez
-preguntarse: «¿Qué pensará Razumikin cuando sepa que soy culpable?» Al
-ocurrírsele esta idea miró fijamente a su amigo. El relato de su visita
-a Porfirio le había interesado muy poco; otras cosas le preocupaban en
-aquel momento.
-
-En el corredor encontraron a Ludjin que había llegado a las ocho en
-punto; pero había perdido algún tiempo en buscar el número; de modo
-que los tres entraron juntos sin mirarse ni saludarse. Los jóvenes
-se presentaron los primeros. Pedro Petrovitch, siempre fiel a las
-conveniencias, se detuvo un momento en la antesala para quitarse el
-gabán. Pulkeria Alexandrovna se dirigió en seguida a él. Dunia y
-Raskolnikoff se estrecharon la mano.
-
-Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a las señoras de manera bastante
-cortés, aunque con gravedad extremada. Parecía, sin embargo, algo
-desconcertado. Pulkeria Alexandrovna, que estaba también algo molesta,
-se apresuró a hacer sentar a todo el mundo alrededor de la mesa, donde
-estaba colocado el samovar. Dunia y Ludjin tomaron asiento uno frente
-al otro, en los dos extremos de la mesa. Razumikin y Raskolnikoff se
-sentaron también al frente de la mesa: el primero, al lado de Ludjin;
-el segundo, cerca de su hermana.
-
-Hubo un instante de silencio. Pedro Petrovitch sacó pausadamente un
-pañuelo de batista perfumado y se sonó. Sus maneras eran, sin duda, las
-de un hombre benévolo, pero un poco herido en su dignidad y firmemente
-resuelto a exigir explicaciones. En la antesala, en el momento de
-quitarse el gabán, se preguntaba si no sería el castigo para las dos
-señoritas retirarse inmediatamente. Sin embargo, no había ejecutado esa
-idea, porque le gustaban las situaciones claras; así, pues, existía
-un punto que permanecía oculto para él; puesto que se había desairado
-abiertamente su prohibición, debía de haber algún motivo para ello.
-Mejor era tirar adelante, poner las cosas en claro; siempre habría
-tiempo de aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado sería menos
-seguro.
-
---Me alegraré que el viaje de usted haya sido feliz--dijo por cortesía
-a Pulkeria Alexandrovna.
-
---Sí que lo ha sido, gracias a Dios.
-
---Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna, ¿se ha fatigado?
-
---Yo soy joven y fuerte, no me fatigo; mas para mamá este viaje ha sido
-muy penoso--respondió Dunia.
-
---¿Qué quiere usted? Nuestros caminos provinciales son muy largos.
-Rusia es grande... A pesar de mis deseos, no pude ir a recibir a
-ustedes. Espero, sin embargo, que no se habrán visto en ningún apuro.
-
---¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch; nos hemos encontrado en una
-situación muy difícil--dijo con una entonación particular Pulkeria
-Alexandrovna--; y si Dios no nos hubiese deparado ayer a Demetrio
-Prokofitch, no sé qué hubiera sido de nosotras. Permita usted que le
-presente a nuestro salvador Demetrio Prokofitch Razumikin.
-
---¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...--balbuceó Ludjin echando una oblicua
-y malévola mirada al joven; después frunció el entrecejo y calló.
-
-Pedro Petrovitch era una de esas personas que se esfuerzan por ser
-amables y vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia de cualquier
-contrariedad pierden súbitamente la serenidad, hasta el punto de
-parecer más bien sacos de harina que despejados caballeros. El silencio
-volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff se encerraba en un obstinado
-mutismo. Advocia Romanovna juzgaba que no había llegado para ella el
-momento de hablar. Razumikin nada tenía que decir, de modo que Pulkeria
-Alexandrovna se vió en la necesidad penosa de reanudar otra vez la
-conversación.
-
---¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha muerto?--dijo.
-
---Me lo comunicaron, y puedo, además, decir a ustedes que
-inmediatamente después del entierro de su mujer, Arcadio Ivanovitch
-Svidrigailoff se ha venido a San Petersburgo. Sé de buena tinta esa
-noticia.
-
---¿En San Petersburgo? ¿Aquí?--preguntó alarmada Dunia, y cambió una
-mirada con su madre.
-
---Precisamente, y debe suponerse que ha venido con alguna intención; la
-precipitación de su partida y el conjunto de circunstancias precedentes
-lo hacen creer así.
-
---¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí venga a acosar a
-Dunetshka?--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
---Me parece que ni la una ni la otra deben ustedes inquietarse mucho
-de su presencia en San Petersburgo, en el caso, por supuesto, de que
-ustedes quieran evitar toda especie de relaciones; por mi parte estaré
-con ojo avizor y sabré pronto dónde se hospeda.
-
---¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede imaginarse hasta qué punto me
-ha asustado--repuso Pulkeria Alexandrovna--. Sólo le he visto dos veces
-y me pareció terrible. Segura estoy de que ha causado la muerte de la
-pobre Marfa Petrovna.
-
---Las noticias exactas no autorizan a suponer tal cosa. Por lo demás,
-no niego que su mal proceder no haya podido, en cierto modo y en
-cierta medida, apresurar el curso natural de las cosas. En cuanto a
-la conducta y en general a la característica moral del personaje,
-estoy de acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico y lo que su mujer
-ha podido dejarle: lo sabré dentro de poco. Lo que tengo por cierto
-es que, encontrándose aquí en San Petersburgo, no tardará en volver
-a su antigua vida, aunque tenga muy pocos medios pecuniarios. Es el
-hombre más perdido, vicioso y depravado que existe. Tengo motivos para
-creer que Marfa Petrovna, la cual tuvo la desgracia de enamorarse de
-él y que pagó sus deudas hace ocho años, le ha sido útil también en
-algún otro sentido. A fuerza de gestiones y sacrificios logró que se
-diese carpetazo a una causa criminal que podía haber dado en Siberia
-con el señor Svidrigailoff. Se trataba nada menos que de un asesinato
-cometido en condiciones particularmente espantosas y, por decirlo así,
-fantásticas. Tal es ese hombre, si ustedes deseaban saberlo.
-
---¡Ah, señor!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
-Raskolnikoff escuchaba atentamente.
-
---¿Usted habla, dice, según datos ciertos?--preguntó con tono severo
-Dunia.
-
---Me limito a repetir lo que oí de labios mismos de Marfa Petrovna.
-Hay que advertir que, desde el punto de vista jurídico, este asunto
-es muy obscuro. En aquel tiempo habitaba aquí, y parece que vive
-todavía, cierta extranjera llamada Reslich que prestaba dinero con
-módico interés y ejercía otros diversos oficios. Entre esta mujer
-y Svidrigailoff existían, desde hacía largo tiempo, relaciones tan
-íntimas como misteriosas. Vivía con ella una parienta lejana, una
-sobrina, joven de quince años o de catorce, que era sordomuda. La
-Reslich no podía sufrir a esta muchacha: le echaba en cara cada pedazo
-de pan que la pobre comía y la maltrataba con inaudita crueldad. Un día
-se encontró a la infeliz muchacha ahorcada en el granero. La sumaria
-acostumbrada dió por resultado una comprobación de suicidio, y todo
-parecía haber terminado aquí, cuando la policía recibió aviso de que
-la joven había sido violada por Svidrigailoff. En verdad, todo esto
-era obscuro. La denuncia emanaba de otra alemana, mujer de notoria
-inmoralidad y cuyo testimonio no podía ser de gran crédito. En una
-palabra: no hubo proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña, prodigó
-el dinero y logró echar tierra al asunto; pero no dejaron de correr
-con aquel motivo los más graves rumores acerca de Svidrigailoff. En el
-tiempo en que usted estuvo en su casa, Advocia Romanovna, habrá oído
-contar, sin duda, la historia de su criado Philipo, muerto a causa de
-los malos tratamientos de su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando
-aun existía la servidumbre.
-
---Oí decir, por el contrario, que ese Philipo se había ahorcado.
-
---Perfectamente; pero se vió reducido, o por mejor decir, impulsado
-a darse la muerte por las brutalidades incesantes y los malos
-tratamientos sistemáticos de su amo.
-
---Lo ignoraba--respondió secamente Dunia--. Oí, sí, contar acerca
-de eso una historia muy extraña. Parece que el tal Philipo era un
-hipocondríaco, una especie de criado filósofo. Sus compañeros decían
-que la lectura le había turbado el entendimiento, y, a creerlos, se
-había ahorcado para huir, no de los golpes, sino de las burlas del
-señor Svidrigailoff. Le vi tratar muy humanamente a sus servidores y
-era muy amado de ellos, aunque le imputaban, en efecto, la muerte de
-Philipo.
-
---Veo, Advocia Romanovna, que tiende usted a justificarle--repuso
-Ludjin con una sonrisa agridulce--. Verdad es que le tengo por hombre
-muy hábil para insinuarse en el corazón de las señoras. La pobre Marfa
-Petrovna, que acaba de morir en circunstancias muy extrañas, es una
-lamentable prueba de ello. Yo sólo trato de advertírselo a usted y a su
-mamá en previsión de las tentativas que de seguro no dejará de renovar.
-Por otra parte, estoy firmemente convencido de que ese hombre acabará
-en la prisión por deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado en el
-porvenir de sus hijos para tener el propósito de asegurar a su marido
-una parte importante de su fortuna. Es de suponer que le habrá dejado
-lo suficiente para vivir con decorosa modestia; pero con sus costumbres
-disipadas se lo comerá todo antes de un año.
-
---Suplico a usted que no hablemos más de Svidrigailoff. Eso me es
-desagradable--dijo Dunia.
-
---Ha estado en mi casa hace un rato--dijo bruscamente Raskolnikoff, que
-hasta entonces no había despegado los labios.
-
-Todos se volvieron hacia él con exclamaciones de sorpresa; hasta el
-mismo Pedro Petrovitch se quedó algo pasmado.
-
---Hace media hora, mientras yo dormía, entró en mi cuarto, y después de
-despertarme se presentó él mismo. Estaba bastante contento y alegre;
-espera que yo he de hacerme amigo suyo, y, entre otras cosas, solicita
-una entrevista contigo para decirte que Marfa Petrovna, ocho días
-antes de su muerte, te había dejado en su testamento tres mil rublos,
-cantidad que recibirás en breve plazo.
-
---¡Alabado sea Dios!--exclamó Pulkeria Alexandrovna, e hizo la señal de
-la cruz--. ¡Reza por ella, Dunia, reza!
-
---El hecho es exacto--no pudo menos de afirmar Ludjin.
-
---¿Y después?--preguntó vivamente Dunia.
-
---Después me dijo que no era rico, que toda su fortuna pasaba a sus
-hijos, los cuales están ahora en casa de su tía. También me contó
-que se hospedaba cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no se lo he
-preguntado.
-
---¿Qué otra cosa tiene que decir a Dunia?--preguntó con inquietud
-Pulkeria Alexandrovna--. ¿Te lo ha dicho?
-
---Sí.
-
---¿Y qué?
-
---Lo diré luego.
-
-Después de esta respuesta, Raskolnikoff se puso a tomar el te.
-
-Pedro Petrovitch miró el reloj.
-
---Un negocio urgente me obliga a dejar a ustedes, y de este modo no
-interrumpiré su conferencia--añadió un poco molesto, y al decir estas
-palabras se levantó.
-
---Quédese usted, Pedro Petrovitch--dijo Dunia--. Usted tenía intención
-de dedicarnos la velada. Además, nos ha escrito diciéndonos que deseaba
-tener una explicación con mamá.
-
---Es verdad, Advocia Romanovna--respondió con tono punzante Pedro
-Petrovitch, que se sentó a medias, conservando el sombrero en la
-mano--; deseaba, en efecto, tener una explicación con su madre y con
-usted, sobre algunos puntos de suma gravedad. Pero como su hermano no
-puede explicarse delante de mí acerca de ciertas proposiciones hechas
-por Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme ante una tercera
-persona... sobre ciertos puntos de extrema importancia. Por otra parte,
-ya había expresado en términos formales mi deseo, que no se ha tenido
-en cuenta.
-
-Las facciones de Ludjin tomaron una expresión dura y altanera.
-
---Ha pedido usted, en efecto, que mi hermano no asistiese a nuestra
-entrevista, y si él no ha accedido a su deseo, ha sido únicamente
-cediendo a mis instancias. Usted nos ha escrito que había sido
-insultado por nuestro hermano, y yo creo que debe de haber en esto
-alguna mala inteligencia y que tienen ustedes que reconciliarse. Si
-verdaderamente Rodia le ha ofendido a usted, debe darle sus excusas, y
-lo hará.
-
-Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch se sintió menos dispuesto que
-nunca a hacer concesiones.
-
---A pesar de toda la buena voluntad del mundo, Advocia Romanovna,
-es imposible olvidar ciertas injurias. En todo hay un límite que es
-peligroso traspasar, porque una vez que se franquea, no se puede
-retroceder.
-
---¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad, Pedro
-Petrovitch--interrumpió Dunia con voz conmovida--. Sea el hombre
-inteligente y noble que yo siempre he visto en usted y que quiero ver
-en adelante. Le he hecho a usted una gran promesa. Soy la esposa futura
-de usted. Confíe en mí en este asunto y crea que puedo juzgar con
-imparcialidad. El papel de árbitro que me atribuyo en este momento es
-una promesa tan grande para mi hermano como para usted. Cuando hoy,
-después de la carta de usted, le he suplicado que asistiera a nuestra
-entrevista, no le dije cuáles eran mis intenciones. Comprenda usted que
-si rehusan reconciliarse me veré forzada a optar por uno excluyendo
-al otro. De tal modo se encuentra planteada la cuestión a causa de
-ustedes dos. No quiero ni debo engañarme en mi elección: para usted es
-preciso que rompa con mi hermano; para mi hermano es preciso que rompa
-con usted. Menester es que esté cierta de los sentimientos de ustedes.
-Ahora deseo saber, de una parte, si tengo en Rodia un hermano; de otra,
-si tengo en usted un marido que me ama y me estima.
-
---Advocia Romanovna--repuso Ludjin amostazado--: su lenguaje da lugar
-a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro ofensivo, en vista
-de la situación que tengo el honor de ocupar respecto de usted.
-Prescindiendo de lo que hay de mortificante para mí al verme colocado
-al mismo nivel que un... orgulloso joven, parece que usted admite como
-posible la ruptura del matrimonio convenido entre nosotros. Dice usted
-que tiene que elegir entre su hermano y yo; por esto mismo se ve lo
-poco que significo a los ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa,
-dadas nuestras relaciones y dados nuestros compromisos recíprocos.
-
---¡Cómo!--exclamó Dunia enrojeciendo vivamente--. ¿Conque pongo el
-interés de usted en la balanza con todo lo que yo amo más en la vida, y
-se queja de significar poco a mis ojos?
-
-Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente. Razumikin hizo una mueca; pero
-la respuesta de la joven no calmó a Ludjin, que a cada instante se
-ponía más pedante e intratable.
-
---El amor por el esposo, por el futuro compañero de la vida, debe
-estar por encima del amor fraternal--declaró sentenciosamente--; en
-todo caso yo no puedo admitir que se me coloque en la misma línea...
-Aunque haya dicho hace un momento que no quería ni podía explicarme en
-presencia de su hermano acerca del principal objeto de mi visita, hay
-un punto de suma gravedad para mí que desearía esclarecer en seguida
-con su señora madre. Su hijo de usted--continuó dirigiéndose a Pulkeria
-Alexandrovna--, ayer, delante del señor Razumikin, ¿no es éste el
-apellido de usted?, dispénseme si he olvidado su nombre--dijo a éste
-haciéndole un amable saludo--, me ha ofendido, alterando una frase
-pronunciada por mí el día que tomé café en casa de ustedes. Dije yo
-que, en mi concepto, una joven pobre y ya experimentada en la desgracia
-ofrecía a un marido más garantías de moralidad y dicha conyugal que una
-persona que hubiese vivido siempre en la abundancia. Su hijo de usted,
-con deliberado propósito, ha dado significado odioso a mis palabras y
-presumo que se ha fundado para ello en alguna carta de usted. Sería
-una gran satisfacción para mí si usted me probase que estaba engañado.
-Dígame con exactitud en qué términos ha reproducido mi pensamiento al
-escribir al señor Raskolnikoff.
-
---Ya no me acuerdo--respondió algo confusa Pulkeria Alexandrovna--;
-le manifesté el pensamiento de usted, tal como lo había comprendido.
-Ignoro cómo ha repetido Rodia mi frase. Puede que haya forzado mis
-términos...
-
---No ha podido hacerlo más que inspirándose en lo que usted haya
-escrito.
-
---Pedro Petrovitch--replicó con dignidad Pulkeria Alexandrovna--, la
-prueba de que Dunia y yo no hemos tomado a mala parte las palabras de
-usted, es que estamos aquí.
-
---¡Bien, mamá!--aprobó la joven.
-
---¿De modo que soy yo el equivocado?--dijo resentido Ludjin.
-
---¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa usted a Rodia sin tener en cuenta
-que en su carta de hoy le atribuye usted un hecho falso--prosiguió
-Pulkeria Alexandrovna, muy animada por la aprobación que acababa de
-manifestarle su hija.
-
---No me acuerdo de haber escrito nada falso.
-
---Según la carta de usted--declaró con tono áspero Raskolnikoff sin
-volverse hacia Ludjin--, el dinero que entregué ayer a la viuda de un
-hombre atropellado por un coche se lo había dado a su hija (a quien
-veía entonces por primera vez). Usted ha escrito eso con la intención,
-sin duda, de indisponerme con mi familia, y para conseguirlo mejor, ha
-calificado de la manera más innoble la conducta de una joven a quien
-usted no conocía. Esto es una baja difamación.
-
---Perdone usted, señor--respondió Ludjin temblando de cólera--. Si en
-mi carta me he extendido en lo que a usted se refiere, ha sido porque
-su madre de usted y su hermana me suplicaron que les dijese cómo había
-encontrado a usted y qué impresión me había usted producido. Por otra
-parte, le desafío a que señale una sola línea mentirosa en el pasaje en
-que usted alude. ¿Negará usted, en efecto, que ha dado su dinero? Y en
-cuanto a la desgraciada familia de que se trata, ¿se atrevería usted a
-responder de la honradez de todos sus miembros?
-
---Toda la honradez de usted no vale lo que el dedo meñique de la pobre
-joven a quien arroja usted la primera piedra.
-
---¿De modo que no vacilará usted en ponerla en contacto con su madre y
-su hermana?
-
---Si lo desea usted saber, le diré que ya lo he hecho. La he invitado a
-tomar asiento al lado de mi madre y de Dunia.
-
---¡Rodia!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
-Dunia se ruborizó, Razumikin frunció el ceño y Ludjin se sonrió
-despreciativamente.
-
---Juzgue usted misma, Advocia Romanovna, si el acuerdo es posible.
-Supongo que esto es un asunto terminado del cual no hay más que hablar.
-Me retiro para no interrumpir por más tiempo esta reunión de familia.
-
-Se levantó y tomó el sombrero.
-
---Pero permítanme ustedes que les diga antes de irme que deseo no
-verme expuesto en lo sucesivo a semejantes encuentros. Es a usted
-particularmente, mi distinguida Pulkeria Alexandrovna, a quien dirijo
-esta súplica; tanto más, cuanto que mi carta era para usted y no para
-otras personas.
-
-Pulkeria Alexandrovna se sintió un tanto irritada.
-
---¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro Petrovitch? Dunia le ha dicho
-ya por qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija no tenía más que
-buenas intenciones. Pero, en verdad, usted me escribe en un estilo muy
-imperioso, y menester es que miremos sus deseos como una orden. Diré
-a usted, por el contrario, que ahora, sobre todo, debe tratarnos con
-consideraciones y miramientos, puesto que la confianza en usted nos ha
-hecho dejarlo todo para venir aquí, y, por consiguiente, nos tiene ya a
-su disposición.
-
---Eso no es del todo exacto, Pulkeria Alexandrovna; sobre todo, desde
-el momento que conoce usted el legado hecho por Marfa Petrovna a
-Advocia Romanovna. Estos tres mil rublos llegan muy a punto, según
-parece, a juzgar por el nuevo tono que toma usted conmigo--añadió
-agriamente Ludjin.
-
---Esa observación haría suponer que usted había especulado sobre
-nuestra miseria--observó Dunia con voz irritada.
-
---Ahora, por lo menos, no puedo especular con ella. Y sobre todo, no
-quiero impedir que oiga usted las proposiciones secretas que Arcadio
-Ivanovitch Svidrigailoff ha encargado, para que se las transmita, a su
-hermano de usted. Por lo que veo, esas proposiciones tienen para usted
-una importancia capital y quizá también muy agradable.
-
---¡Ah! ¡Dios mío!--exclamó Pulkeria Alexandrovna.
-
-Razumikin se agitaba impacientemente en su silla.
-
---¿No te avergüenza, hermana?--preguntó Raskolnikoff.
-
---Sí--respondió la joven--. Pedro Petrovitch, ¡salga usted!--añadió
-pálida de cólera.
-
-Este último no esperaba semejante desenlace. Era demasiado presumido
-y contaba con su fuerza y con la impotencia de sus víctimas. En aquel
-momento no daba crédito a sus oídos.
-
---Advocia Romanovna--dijo pálido y con los labios temblorosos--, si
-salgo ahora tenga usted por cierto que ya no volveré jamás. Reflexione
-usted. Yo no tengo más que una palabra.
-
---¡Qué impudencia!--exclamó Dunia saltando de su asiento--. ¡Pero si lo
-que quiero es perderle de vista para siempre!
-
---¿Cómo? ¿Eso dice usted?--vociferó Ludjin, tanto más desconcertado
-cuanto que hasta el último minuto había creído imposible semejante
-ruptura--. ¡Ah! ¿Es así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna, que yo podría
-protestar?
-
---¿Con qué derecho le habla usted así?--dijo con vehemencia Pulkeria
-Alexandrovna--. ¿De qué tiene usted que protestar? ¿Cuáles son sus
-derechos? Sí, sus derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un hombre como
-usted? ¡Váyase en seguida y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos
-pensando, sobre todo yo, para consentir en una cosa tan indigna?
-
---Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna--replicó Pedro Petrovitch
-exasperado--, ustedes me han comprometido, dando una palabra que ahora
-retiran... y, por último, esto... esto... me ha ocasionado gastos.
-
-La última recriminación estaba tan dentro del carácter de Ludjin, que
-Raskolnikoff, a pesar del furor que sentía, no pudo oírla sin soltar la
-carcajada; pero no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.
-
---¿Gastos? ¿Gastos?--replicó violentamente--. ¿Se trata acaso del cajón
-que usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha obtenido su transporte
-gratuito! ¿Y pretende usted que le hemos comprometido? ¿Se pueden
-invertir los papeles hasta ese punto? Nosotras somos las que estamos a
-merced de usted, y no usted a la nuestra.
-
---¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!--dijo Advocia Romanovna--. Pedro
-Petrovitch, tenga usted la bondad de marcharse.
-
---Sí, me voy. Una palabra solamente--respondió casi fuera de sí--. Su
-mamá de usted parece haber olvidado completamente que pedí su mano
-cuando corrían acerca de usted muy malos rumores en toda la comarca. Al
-desafiar por usted la opinión pública, y al restablecer su reputación,
-tenía derecho a esperar que me lo agradecería usted; pero esto me
-hace caer la venda de los ojos, y veo que mi conducta ha sido muy
-inconsiderada y que quizá he cometido un gran error despreciando la voz
-pública...
-
---¡Pero este hombre quiere que le rompan la cabeza!--exclamó Razumikin,
-que se había levantado para castigar al insolente.
-
---Es usted un malvado--añadió Dunia.
-
---Ni una palabra, ni un gesto--agregó vivamente Raskolnikoff,
-deteniendo a Razumikin; y aproximando luego su cara a la de Ludjin, le
-dijo en voz baja, pero perfectamente clara--: ¡Váyase usted! ¡Ni una
-palabra más! De lo contrario...
-
-Pedro Petrovitch, con el rostro pálido y contraído por la cólera,
-le miró durante algunos segundos; después giró sobre sus talones,
-y desapareció, llevándose en el corazón un odio mortal contra
-Raskolnikoff, a quien imputaba solamente su desgracia. Mientras
-descendía la escalera, se imaginaba, empero, que no estaba perdido sin
-remedio, y que no tenía nada de imposible una reconciliación con las
-señoras.
-
-
-III
-
-Durante cinco minutos todos estuvieron muy alegres; su satisfacción
-les hacía reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía de vez en cuando
-al recuerdo de la escena precedente. Pero de todos, el más gozoso era
-Razumikin. Aunque no se atrevía abiertamente a manifestar su contento,
-éste se delataba, a pesar suyo, en el temblor febril de toda su
-persona. Ahora tenía el derecho de dar su vida por las dos señoras, y
-de consagrarse a su servicio. Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos
-en lo más profundo de sí mismo, y temía dar alas a su imaginación. En
-cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño, no tomaba parte en la alegría
-general; parecía que su espíritu estaba en otra parte... Después de
-haber insistido tanto porque se rompiese con Ludjin, hubiérase dicho
-que esa ruptura, ya consumada, le tenía sin cuidado. Dunia no pudo
-menos de pensar que su hermano estaba aún enojado con ella, y Pulkeria
-Alexandrovna le miraba con inquietud.
-
---¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?--preguntó la joven,
-acercándose a su hermano.
-
---¡Ah! Sí, sí--dijo vivamente Pulkeria Alexandrovna.
-
-Raskolnikoff levantó la cabeza.
-
---Está decidido a regalarte diez mil rublos, y desea verte, pero en mi
-presencia.
-
---¿Verle? ¡Jamás!--gritó Pulkeria Alexandrovna--. ¿Cómo se atreve a
-ofrecerle dinero?
-
-Raskolnikoff refirió entonces con bastante sequedad su entrevista con
-Svidrigailoff.
-
-A Dunia le preocuparon extraordinariamente las proposiciones de
-Svidrigailoff, y quedó largo tiempo pensativa.
-
---Algún terrible designio ha concebido--murmuró para sí, casi temblando.
-
-Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.
-
---Creo que tendré ocasión de verle más de una vez--dijo a su hermana.
-
---Encontraremos sus huellas--exclamó enérgicamente Razumikin--. Yo lo
-descubriré. No le perderé de vista, ya que Raskolnikoff me lo permite.
-El mismo me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi hermana». ¿Consiente
-usted, Advocia Romanovna?
-
-Dunia sonrió y tendió la mano al joven; pero seguía preocupada.
-Pulkeria Alexandrovna le dirigió una tímida mirada. También es cierto
-que le habían tranquilizado notablemente los tres mil rublos. Un cuarto
-de hora después se hablaba con animación. El mismo Raskolnikoff, aunque
-silencioso, prestó durante algún tiempo oído a lo que se decía. La voz
-cantante la llevaba Razumikin.
-
---¿Por qué, pregunto a ustedes, por qué irse?--gritaba convencido--.
-¿Qué van ustedes a hacer en aquel pueblucho? Lo que principalmente hay
-que procurar aquí es que todos ustedes estén juntos, puesto que se
-han de menester los unos a los otros. No; no deben separarse. Vamos,
-quédense ustedes siquiera un tiempo. Acéptenme ustedes como amigo y
-como asociado, y les aseguro que emprenderemos un excelente negocio.
-Escúchenme ustedes. Voy a explicarles minuciosamente mi proyecto. Se
-me ocurrió la idea esta mañana, cuando aun no se sabía nada... He aquí
-de qué se trata: Yo tengo un tío; se lo presentaré a ustedes; es un
-viejo muy campechano y muy respetable. Este tío posee un capital de
-mil rublos, que no sabe qué hacer de ellos, porque cobra una pensión
-que basta a sus necesidades. Desde hace dos años no cesa de ofrecerme
-esta suma al seis por ciento de interés. Bien comprendo que es un medio
-de que se vale para ayudarme. El año último, yo no tenía necesidad de
-dinero; pero al presente sólo esperaba que llegase el buen viejo para
-decirle que aceptaba. A los mil rublos de mi tío juntan ustedes mil más
-y ya está formada la asociación.
-
---¿Qué negocio vamos a emprender?
-
-Entonces Razumikin se puso a desarrollar su proyecto. Según él, la
-mayor parte de los libreros y editores rusos hacen malos negocios
-porque conocen mal su oficio; pero con buenas obras se podía ganar
-dinero. El joven, que llevaba ya dos años trabajando para diversas
-librerías, estaba al corriente del asunto y conocía bastante bien tres
-lenguas europeas. Seis días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff,
-que no sabía bien el alemán; pero habló de ese modo para decidir
-a su amigo a que colaborase con él en una traducción que podía
-proporcionarle algunos rublos. Raskolnikoff no se dejó engañar por
-aquella mentira.
-
---¿Por qué, pues, hemos de despreciar un buen negocio, cuando poseemos
-uno de los medios de acción más esenciales, el dinero?--continuó,
-animándose, Razumikin--. Claro es que habrá que trabajar mucho;
-pero trabajaremos, pondremos todos manos a la obra. Usted, Advocia
-Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones que producen al presente
-excelentes rendimientos! Tendremos, sobre todo, la ventaja de conocer
-lo que conviene traducir. Seremos a la vez traductores, editores y
-profesores. Ahora puedo ser útil, porque tengo experiencia. Hace
-dos años que no salgo de casa de los libreros, y sé todas las
-triquiñuelas del oficio; crean ustedes que lo que propongo no es obra
-de romanos. Cuando se ofrece la ocasión de ganar algún dinero, ¿por
-qué no aprovecharla? Podría citar dos o tres libros extranjeros cuya
-publicación sería una mina de oro. Si se lo indicase a uno de nuestros
-editores, nada más que por esto debería yo cobrar quinientos rublos;
-pero no lo soy tanto. Por otra parte, capaces serían los imbéciles
-de vacilar. En cuanto a la parte material de la empresa, impresión,
-papel, venta, me encargan ustedes a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos
-modestamente; poco a poco iremos ampliando el negocio, y en todo caso,
-seguro estoy de que conseguiremos los dos objetos.
-
-A Dunia le brillaban los ojos.
-
---Lo que usted propone--dijo--me gusta mucho, Demetrio Prokofitch.
-
---Yo, es claro, no entiendo nada de eso--añadió Pulkeria
-Alexandrovna--. Sin duda, conviene. Nosotras tenemos que permanecer
-aquí por algún tiempo--dijo mirando a Raskolnikoff.
-
---¿Qué piensas tú de esto, hermano?--preguntó Dunia.
-
---Encuentro su idea excelente--respondió el joven--. Cierto es que
-no se improvisa de un día a otro una gran librería; pero hay cinco o
-seis libros cuyo buen éxito no me ofrece duda y son los mejores para
-comenzar. Conozco uno, sobre todo, que de seguro se vendería. Además,
-podéis tener confianza completa en la capacidad de Razumikin; sabe lo
-que se hace... Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de esto.
-
---¡Bravo!--gritó Razumikin--. Ahora, escuchen ustedes: hay aquí, en
-esta misma casa, un departamento completamente distinto e independiente
-del local en que se encuentran estas habitaciones; no cuesta caro y
-está amueblado... tres piezas pequeñas; aconsejo a ustedes que lo
-alquilen. Estarán allí muy bien; tanto más, cuanto que podrán ustedes
-vivir todos juntos; por supuesto, con Rodia... Pero, ¿a dónde vas,
-hombre?
-
---¡Cómo! ¿te vas ya?--preguntó con inquietud Pulkeria Alexandrovna.
-
---¿En un momento como éste?--gritó Razumikin.
-
-Dunia miró a su hermano con sorpresa y desconfianza. El joven tenía la
-gorra en la mano, y se preparaba a salir.
-
---Cualquiera diría que se trataba de una separación eterna--exclamó con
-aire extraño.
-
-Sonreía; ¡pero con qué risa!
-
---Después de todo, ¿quién sabe? Acaso sea ésta la última vez que nos
-vemos--añadió de repente.
-
-Estas palabras brotaron espontáneamente de sus labios.
-
---Pero, ¿qué te pasa?--dijo ansiosamente la madre--. ¿A dónde vas,
-Rodia?--le preguntó dando a su pregunta un acento particular.
-
---Tengo que irme--respondió el joven.
-
-Su voz era vacilante; pero su pálido rostro expresaba una firme
-resolución.
-
---Quería deciros al venir aquí... Quería deciros a ti, mamá, y a ti,
-Dunia, que debemos separarnos por algún tiempo. No me siento bien;
-tengo necesidad de reposo... Volveré más tarde. Volveré cuando me
-sea posible. Guardaré vuestro recuerdo, os amaré... Dejadme, dejadme
-solo... Era esa mi intención... Mi resolución era irrevocable...
-Ocúrrame lo que quiera, perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme
-completamente. Esto es lo mejor... No procuréis tener noticias mías...
-cuando sea menester, yo vendré a vuestra casa u os llamaré. Quizá se
-arregle todo; pero hasta que esto suceda, si me amáis, renunciad a
-verme... De otro modo, os odiaré... comprendo que os odiaré... ¡Adiós!
-
---¡Dios mío! ¡Dios mío!--gimió Pulkeria Alexandrovna.
-
-De las dos mujeres, así como de Razumikin, se apoderó un espanto
-terrible.
-
---¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras! ¡Sé lo que siempre
-fuiste!--gritaba la pobre madre.
-
-Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia la puerta, pero al llegar a
-ella se le acercó Dunia.
-
---¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte así con nuestra madre?--murmuró
-la joven, cuya mirada llameaba de indignación.
-
-Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver los ojos hacia ella.
-
---No es nada--musitó como hombre que no tiene plena conciencia de lo
-que dice, y salió de la sala.
-
---¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!--gritó Dunia.
-
---¡No es egoísta; es un demente! ¡Está loco! ¡Le digo a usted que está
-loco! ¿Es posible que usted no lo haya visto? ¡Usted es la que no
-tiene piedad en este caso!--murmuró Razumikin, inclinándose al oído de
-la joven, cuya mano estrechó con fuerza--. Vuelvo en seguida--dijo a
-Pulkeria Alexandrovna, que estaba desvanecida, y se lanzó fuera del
-cuarto.
-
-Raskolnikoff le esperaba en el corredor.
-
---Sabía que correrías detrás de mí--dijo--. Vuélvete con ellas, y no
-las dejes... Acompáñalas también mañana... y siempre. Yo... yo volveré
-quizá... si hay medio... Adiós.
-
-Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.
-
---¿Pero a dónde vas?--balbuceó este último asombrado--. ¿Qué tienes?
-¿Cómo procedes de ese modo?
-
-Raskolnikoff se detuvo de nuevo.
-
---Una vez para todas: no me interrogues más; nada he de responderte.
-No vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez aquí. Déjame... Pero a
-ellas... _no las dejes_. ¿Me comprendes?
-
-El corredor estaba obscuro; ambos amigos se encontraban cerca de
-una lámpara. Durante un minuto se miraron en silencio. Razumikin se
-acordó toda su vida de este minuto. La mirada fija e inflamante de
-Raskolnikoff parecía que intentaba penetrar hasta el fondo de su alma.
-De repente Razumikin se estremeció y se puso pálido como un cadáver.
-Acababa de comprender la horrible verdad.
-
---¿Comprendes ahora?--dijo de repente Raskolnikoff, cuyas facciones se
-alteraron horriblemente--. Vuelve al lado de ellas--añadió, y con paso
-rápido salió de la casa.
-
-Inútil es describir la escena que se desarrolló a la entrada de
-Razumikin en el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como se comprende
-fácilmente, el joven puso todo su cuidado en tranquilizar a las dos
-señoras. Les aseguró que Rodia, como estaba enfermo, necesitaba de
-reposo; les juró que no dejaría de ir a verlas, que le verían todos
-los días, que tenía una preocupación constante, que era preciso no
-irritarle; prometió velar por su amigo, confiarle a los cuidados de un
-buen médico, del mejor, y si era necesario, llamaría a consulta a los
-príncipes de la ciencia...
-
-En una palabra, a partir de este día, Razumikin sería para ellas un
-hijo y un hermano.
-
-
-IV
-
-Raskolnikoff se dirigió derechamente al domicilio de Sonia.
-
-La casa, de tres pisos, era un edificio viejo pintado de verde. El
-joven encontró, no sin trabajo, al _dvornik_, y obtuvo de él vagas
-indicaciones acerca del cuarto del sastre Kapernumoff. Después de haber
-descubierto en un rincón del patio la entrada de una escalera estrecha
-y sombría, subió al segundo piso y siguió la galería que daba frente
-al patio. Mientras andaba en la obscuridad, se preguntaba por dónde se
-podía entrar en casa de Kapernumoff. De pronto se abrió una puerta a
-tres pasos de él, y el joven tomó una de las hojas con un movimiento
-maquinal.
-
---¿Quién hay aquí?--preguntó una voz de mujer.
-
---Soy yo. Vengo a ver a usted--replicó Raskolnikoff, y penetró en una
-antesalita.
-
-Allí, sobre una mala mesa, había una vela, colocada en un estropeado
-candelero de cobre.
-
---¡Es usted! ¡Dios mío!--dijo débilmente Sonia, que parecía no tener
-fuerzas para moverse de su sitio.
-
---¿Es éste su cuarto?--y Raskolnikoff entró vivamente en la sala,
-haciendo esfuerzos para no mirar a la joven.
-
-Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó y permaneció en pie delante
-de él, presa de una agitación inexplicable. Esta inesperada visita la
-turbaba y aun le daba miedo. De pronto su pálido rostro se coloreó y
-se le llenaron los ojos de lágrimas. Experimentaba una gran angustia,
-con la cual se mezclaba cierta dulzura. Raskolnikoff se volvió con
-un rápido movimiento, y se sentó en una silla cerca de una mesa. En
-un abrir y cerrar de ojos pudo inventariar todo lo que había en la
-estancia.
-
-Esta sala grande, pero excesivamente baja, era la única alquilada
-por los Kapernumoff. En el muro de la izquierda había una puerta que
-comunicaba con la vivienda del sastre; del lado opuesto, en la pared
-de la derecha, había otra puerta, siempre cerrada: pertenecía a otro
-alojamiento. El cuarto de Sonia parecía un cobertizo cuadrilátero muy
-irregular, cuya forma le daba un aspecto monstruoso. La pared, con
-tres ventanas que daban al canal, la cortaba oblicuamente, formando
-así un ángulo extremadamente agudo, en el fondo del cual nada se veía,
-a causa de la débil luz de la vela. Por el contrario, el otro ángulo
-era desmesuradamente obtuso. Esta gran sala apenas tenía muebles: en
-el rincón de la derecha estaba la cama; entre la cama y la puerta, una
-silla; del mismo lado, y precisamente enfrente del alojamiento vecino,
-una mesa de madera blanca cubierta con un tapete azul, y al lado de
-ella dos sillas de junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo agudo,
-había adosada una cómoda de madera sin barnizar que parecía perdida en
-el vacío. A esto se reducía todo el mobiliario. El papel, amarillento
-y viejo, tenía color obscuro en todos los rincones, efecto probable de
-la humedad y del humo del carbón. Todo aquel local denotaba pobreza: ni
-siquiera había cortinas en la cama.
-
-Sonia miraba en silencio al visitante, que examinaba la habitación tan
-atentamente y de un modo tan despreocupado, que al fin la hizo temblar,
-como si se hallase delante del árbitro de su destino.
-
---Vengo a casa de usted por última vez--dijo tristemente Raskolnikoff
-como si se olvidase que era aquélla la primera que visitaba a la
-joven--. Quizás no nos volveremos a ver.
-
---¿Va usted a marcharse?
-
---No sé... mañana, todo...
-
---¿De modo que no irá usted mañana a casa de Catalina Ivanovna?--dijo
-Sonia con voz temblorosa.
-
---No sé. Mañana por la mañana todo... No se trata de eso. He venido
-para decirle dos palabras.
-
-Levantó su mirada soñadora, y advirtió de repente que él estaba sentado
-mientras que ella permanecía derecha.
-
---¿Por qué está usted en pie? Siéntese--dijo con voz dulce y
-acariciadora.
-
-La joven obedeció. Durante un minuto, Raskolnikoff la contempló con
-ojos benévolos y casi enternecidos.
-
---¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano la suya! ¡Se ve la luz al través
-de ella! ¡Los dedos parecen los de una muerta!
-
-Le tomó la mano.
-
-Sonia se sonrió débilmente.
-
---Siempre he sido así--dijo.
-
---¿También cuando vivía usted en casa de sus padres?
-
---Sí.
-
---Es claro--dijo bruscamente.
-
-Operóse de nuevo un repentino cambio en la expresión de su rostro y en
-el sonido de su voz.
-
-Después dirigió una nueva mirada en derredor suyo.
-
---¿Vive usted en casa de Kapernumoff?
-
---Sí.
-
---¿Viven ahí, detrás de esa puerta?
-
---Sí. Su habitación es completamente igual a ésta.
-
---¿No tienen más que una sala para todos?
-
---Nada más.
-
---Yo, en una habitación como ésta, tendría miedo por la noche--observó
-el joven con aire sombrío.
-
---Mis patrones son buenas personas, muy amables--respondió Sonia, que
-parecía no haber recobrado aún su presencia de espíritu--, y todo el
-mobiliario les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos vienen muy a menudo
-a verme; los pobrecitos son tartamudos.
-
---¿Son tartamudos?
-
---Sí; el padre es tartamudo, y, además, cojo. La madre también. No es
-precisamente que tartamudee; pero tiene un defecto en la lengua. Es una
-mujer muy buena. Kapernumoff es un antiguo siervo. Tiene siete hijos.
-El mayor es el que tartamudea; los otros son enfermizos, pero hablan
-claro.
-
---Lo sabía.
-
---¿Que lo sabía usted?--exclamó Sonia sorprendida.
-
---Su padre de usted me lo contó hace tiempo. Supe por él toda la
-historia de usted. Me refirió que usted salió un día a las seis; que
-volvió a entrar a las ocho dadas, y que Catalina Ivanovna se puso de
-rodillas delante de la cama de usted.
-
-Sonia se turbó.
-
---Creo haberle visto hoy--dijo titubeando.
-
---¿A quién?
-
---A mi padre. Yo estaba en la calle; en la esquina cerca de casa, entre
-nueve y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera jurado que era él.
-Quise ir a decírselo a Catalina Ivanovna, pero...
-
---¿Paseaba usted?
-
---Sí...--murmuró Sonia, bajando, avergonzada, los ojos.
-
---¿Catalina Ivanovna solía pegarla cuando estaba usted en casa de su
-padre?
-
---¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No--exclamó la joven mirando a
-Raskolnikoff con cierto espanto.
-
---¿De modo que usted la quiere?
-
---¿Cómo no?--repuso Sonia con voz lenta y plañidera. Después juntó
-bruscamente las manos con expresión de piedad--. ¡Ah, si usted...!
-¡Si usted la conociese! Es lo mismo que una niña. Tiene el juicio
-extraviado por la desgracia. ¡Pero es tan inteligente! ¡Es tan buena y
-generosa! ¡Ah, si usted supiera!
-
-Sonia dijo estas palabras con un acento casi desesperado. Su agitación
-era extraña; se acongojaba, se retorcía las manos. Sus pálidas mejillas
-se habían coloreado de nuevo y sus ojos revelaban un gran sufrimiento.
-Evidentemente acababa de herírsele una cuerda sensible y no podía menos
-de hablar, de disculpar a Catalina Ivanovna. De repente se manifestó en
-todos los rasgos de su fisonomía una expresión de piedad, por decirlo
-así, insaciable.
-
---¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor? ¡Pegarme ella!... Y, aun
-cuando me hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese! ¡Es tan desgraciada,
-y, además, está enferma!... Busca la justicia... Es pura... cree que
-en todo puede reinar la justicia, y clama por ella... La maltrataría
-usted, y ella no haría nada de injusto.
-
---Y usted, ¿qué va a hacer?
-
-Sonia le interrogó con la mirada.
-
---Ahora han quedado a cargo de usted. Cierto que antes era lo mismo; el
-que ha muerto solía pedirle a usted dinero para ir a gastárselo a la
-taberna; pero ahora, ¿qué es lo que va a ocurrir?
-
---No sé--respondió la joven tristemente.
-
---¿Van a quedarse donde están?
-
---No sé. Deben a la patrona, y creo que ésta ha dicho hoy mismo que
-quería ponerlas en la calle. Mi madrastra, por su parte, dice que no ha
-de permanecer un momento más en aquella casa.
-
---¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa vivir a costa de usted?
-
---¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre nosotras no hay mío ni tuyo;
-nuestros intereses son los mismos--replicó vivamente Sonia, cuya
-irritación en aquel instante se parecía a la inofensiva cólera de un
-pajarillo--. Por otra parte, ¿qué va a ser de ella?--añadió, animándose
-cada vez más--. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene perturbado el juicio,
-¿no lo ha notado usted? Tan pronto se preocupa febrilmente por lo
-que ha de hacer mañana, a fin de que todo esté bien, la comida y lo
-demás, como se retuerce las manos, escupe sangre, llora y se golpea,
-desesperada, la cabeza contra la pared. En seguida se consuela, pone
-su esperanza en usted, dice que será usted su sostén, habla de pedir
-dinero prestado en cualquier parte y de volverse a su ciudad natal
-conmigo. Allí, dice, fundará un pensionado de señoritas de la nobleza y
-me confiará la dirección de su establecimiento. «Una vida completamente
-nueva, una vida feliz comenzará para nosotras», me dice besándome.
-Estos pensamientos la consuelan. ¡Tiene tanta fe en sus quimeras!
-¿Piensa usted que se la puede contradecir? Ha pasado todo el día de
-hoy lavando y arreglando el cuarto hasta que, rendida, se tuvo que
-echar en la cama. Luego fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar
-calzado a Poletchka y a Lena, porque sus zapatos están inservibles.
-Desgraciadamente no teníamos bastante dinero; se necesitaba mucho, ¡y
-había elegido unos tan bonitos! Porque tiene muy buen gusto. ¡Usted
-no sabe...! Se echó a llorar allí en la tienda, delante del zapatero,
-porque no le alcanzaba el dinero... ¡Ah, qué triste era aquello!
-
---Vamos, se comprende después de esto que usted viva así--dijo
-Raskolnikoff con amarga sonrisa.
-
---Y usted, ¿no tiene piedad de ella?--exclamó Sonia--. Usted mismo, lo
-sé, se ha despojado por ella de sus últimos recursos, y, sin embargo,
-no ha visto usted nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío! ¡Cuántas
-veces, cuántas veces la he hecho llorar! La semana última, sin ir más
-lejos, ocho días antes de la muerte de mi padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha
-hecho sufrir durante todo el día este recuerdo!
-
-Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos le eran estos pensamientos.
-
---¿Ha sido usted dura con ella?
-
---Sí; yo, yo. Fuí a verla--continuó llorando--y mi padre me dijo:
-«Sonia, me duele algo la cabeza... Léeme algo, ahí tienes un libro.»
-Era un volumen perteneciente a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff, el
-cual solía prestarnos libros muy divertidos. «Tengo que marcharme»,
-le respondí yo. No tenía ganas de leer. Había entrado en la casa para
-enseñar a Catalina Ivanovna una compra que acababa de hacer. Isabel,
-la revendedora, me había traído unos cuellos y unos puños muy bonitos,
-con ramos, casi nuevos. Me costaron muy baratos. A Catalina Ivanovna
-le gustaron mucho; se los probó, mirándose al espejo, y los encontró
-preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos», me dijo. No los necesitaba
-para nada, pero ella es así: se acuerda siempre de los tiempos felices
-de su juventud. Se contempla al espejo, y eso que no tiene ni vestidos
-ni nada desde hace no sé cuántos años. Por lo demás, nunca pide nada a
-nadie, porque es orgullosa, y antes que pedir daría cuanto posee; sin
-embargo, me pidió los cuellos casi llorando. A mí me costaba trabajo
-dárselos. «¿Para qué los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo le
-hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró con aire tan afligido, que
-daba pena verla... y no era por los cuellos por lo que se entristecía,
-no; lo que la afligió fué mi negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora
-retirar todo lo dicho, hacer que todas aquellas palabras no hubieran
-sido pronunciadas!... ¡Oh, sí! Pero le estoy contando a usted lo que no
-le interesa.
-
---¿Conocía usted a la revendedora Isabel?
-
---Sí... ¿La conocía usted también?--preguntó Sonia un poco asombrada.
-
---Catalina Ivanovna está tísica en el último grado; morirá pronto--dijo
-Raskolnikoff después de una pausa, sin responder a la pregunta.
-
---¡Oh, no, no!
-
-Y Sonia, inconsciente de lo que hacía, tomó las dos manos del joven,
-como si la suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido de él.
-
---Sería mejor que se muriese.
-
---No, no sería mejor. ¡Qué había de serlo!
-
---¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted de ellos, puesto que no puede
-tenerlos a su lado?
-
---¡Oh, no sé!--exclamó con acento angustiado la joven, apretándose la
-cabeza con las manos.
-
-Era evidente que a menudo la había preocupado este pensamiento.
-
---Supongamos que Catalina Ivanovna viva todavía algún tiempo; pero
-puede usted caer enferma, y cuando la conduzcan al hospital, ¿qué
-sucederá entonces?--prosiguió implacablemente Raskolnikoff.
-
---¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?
-
-El espanto demudó por completo el rostro de Sonia.
-
---¿Cree usted que es imposible?--repuso él con sonrisa sarcástica--.
-Supongo que no está usted asegurada contra las enfermedades. ¿Qué será
-entonces de ellos? Toda la familia se encontrará en el arroyo; la madre
-pedirá limosna, tosiendo y dando con la cabeza en las paredes, como
-hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna caerá en medio de la calle,
-la llevarán al puesto de policía y de allí al hospital, y los niños
-quedarán sin amparo.
-
---¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante horror!--exclamó Sonia con voz
-ahogada.
-
-Hasta entonces había escuchado en silencio, con los ojos fijos en
-Raskolnikoff y las manos juntas como en muda plegaria para conjurar la
-desgracia que el joven predecía.
-
-Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear por la habitación. Pasó un
-minuto. Sonia seguía en pie con los brazos caídos y la cabeza baja
-presa de atroz sufrimiento.
-
---¿Y usted no puede hacer economías, ahorrar algún dinero para cuando
-lleguen los días tristes?--preguntó deteniéndose delante de ella.
-
---No--murmuró Sonia.
-
---No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado usted?--añadió con cierta
-ironía.
-
---Sí.
-
---¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí, se comprende. Inútil es
-preguntarlo.
-
-Y volvió a pasearse por la habitación.
-
---Y... ¿no gana usted dinero todos los días?--preguntó al cabo de otro
-minuto de silencio.
-
-Sonia se turbó más que nunca y sus mejillas se arrebolaron.
-
---No--respondió en voz baja haciendo un violento esfuerzo.
-
---La suerte de Poletchka será, indudablemente, la misma de usted--dijo
-el joven bruscamente.
-
---No, no; ¡eso es imposible!--exclamó Sonia, herida en el corazón por
-aquellas palabras como por una puñalada--. Dios... Dios no permitirá
-semejante abominación.
-
---Otras permite.
-
---No, Dios la protegerá--repitió enfáticamente Sonia.
-
---¿Y si no hay Dios?--replicó con acento de odio Raskolnikoff, y se
-echó a reír mirando a la muchacha.
-
-La fisonomía de Sonia cambió repentinamente de expresión. Se le
-contrajeron los músculos y fijó en su interlocutor una mirada preñada
-de reproches; quiso hablar, pero no pudo articular palabra y rompió en
-sollozos, tapándose la cara con las manos.
-
---¿Dice usted que Catalina Ivanovna tiene el juicio perturbado? Y el de
-usted lo está también--dijo Raskolnikoff después de una pausa.
-
-Pasaron cinco minutos. El joven continuaba paseando por la estancia
-sin hablar ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a ella; tenía los ojos
-brillantes y los labios temblorosos; puso ambas manos sobre los
-hombros de la joven, fijó su ardiente mirada en ella, e inclinándose,
-de repente, le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada, como si
-estuviese delante de un loco. La fisonomía de Raskolnikoff en aquel
-momento parecía, en efecto, la de un demente.
-
---¿Qué hace usted? ¡A mí!--balbució Sonia palideciendo y con el corazón
-dolorosamente oprimido.
-
-El joven se levantó en seguida.
-
---No es ante ti ante quien yo me prosterno, sino ante todo el
-sufrimiento humano--dijo con extraño acento, y fué a ponerse de codos
-en la ventana--. Escucha--prosiguió, acercándose a ella un momento
-después--; hace poco le he dicho a un insolente que no valía lo que tu
-dedo meñique y que yo había hecho a mi hermana el honor de sentarse a
-tu lado.
-
---¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir eso? ¡y delante de ella!--exclamó
-Sonia asombrada--. ¡Sentarse a mi lado un honor! ¡Pero si yo soy una
-mujer deshonrada!... ¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!
-
---Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor, ni en tus faltas,
-sino en tus sufrimientos. Sin duda eres culpable--continuó diciendo
-Raskolnikoff con emoción creciente--; pero lo eres, sobre todo, por
-haberte inmolado inútilmente. Comprendo perfectamente que eres muy
-desgraciada: vivir en ese fango que tú detestas y saber al mismo tiempo
-(puesto que no puedes hacerte ilusiones sobre el particular) que tu
-sacrificio no sirve de nada y que no aprovechará a nadie... Pero
-dime--añadió exaltándose cada vez más--, ¿cómo con las delicadezas de
-tu alma te resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor arrojarse al agua
-y acabar de una vez!
-
---¿Y qué sería de ellos?--preguntó débilmente Sonia, levantando hasta
-él su mirada de mártir; pero al propio tiempo no parecía en modo alguno
-asombrada del consejo que se le daba.
-
-Raskolnikoff la contempló con singular curiosidad. Esa sola mirada se
-lo explicó todo. Sin duda la joven había pensado muchas veces en el
-suicidio; muchas también, quizá, en el exceso de su desesperación,
-había pensado en acabar de una vez, y de tal manera y tan seriamente se
-preocupó con la misma idea, que al presente no experimentaba ninguna
-sorpresa al oír tal solución. No advirtió, sin embargo, la crueldad
-que encerraban estas palabras; escapósele también el sentido de los
-reproches del joven. Como ya se habrá comprendido, el punto de vista
-desde el cual consideraba él su deshonor era para ella letra muerta, y
-esto lo echó de ver Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la torturaba
-la idea de su situación infamante, y se preguntaba qué había podido
-impedir que acabase con su vida. La única respuesta a tal pregunta era
-el cariño de Sonia por aquellos pequeñuelos y por Catalina Ivanovna,
-la desgraciada tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza contra
-las paredes. Sin embargo, era evidente para él que la joven, con su
-carácter y educación, no podía permanecer así definidamente. Veía
-claramente que el caso de Sonia era un fenómeno social excepcional;
-pero esto, en rigor, era una razón de más para que la vergüenza la
-hubiese matado desde su entrada en un camino del cual debía alejarla
-todo su pasado de honradez, tanto como su cultura intelectual,
-relativamente elevada. ¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era
-inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente se había entregado a
-aquella vida, el vicio no había penetrado en su alma; así lo comprendía
-Raskolnikoff, que leía como en libro abierto en el corazón de la joven.
-
-«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene delante de sí el canal, el
-manicomio o el embrutecimiento.»
-
-Más que nada le repugnaba admitir la última probabilidad; pero su
-escepticismo le llevaba a considerarla como la más segura.
-
-«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba. «¿Es posible que esta
-criatura, que conserva todavía la pureza del alma, acabe por hundirse
-deliberadamente en el fango? Ha puesto ya los pies en él, y si hasta
-el presente ha podido soportar semejante vida, ¿es porque para ella
-el vicio ha perdido ya su aspecto repugnante? No, no; es imposible»,
-exclamó para sí, como antes había exclamado Sonia. «No, lo que hasta
-este momento la ha impedido arrojarse al canal, es el temor de cometer
-un pecado y el interés que tiene por _ellos_. Si aun no se ha vuelto
-loca... ¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee, acaso, todas sus
-facultades? ¿Razonaría una persona de juicio sano como ella razona? ¿Se
-puede afrontar la propia perdición con esa tranquilidad y sin prestar
-oídos a consejos o advertencias? ¿Es un milagro lo que espera? Sí, sin
-duda. ¿No son todos estos signos de enajenación mental?»
-
-Se detenía obstinadamente en esta idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva
-le desagradaba menos que cualquiera otra, y pensando en tales cosas se
-puso a examinar atentamente a la joven. De pronto le preguntó:
-
---¿De modo que ruegas mucho a Dios?
-
-Ella callaba; en pie, a su lado, el joven esperaba una respuesta.
-
---¿Qué sería de mí sin Dios?--dijo en voz baja, pero enérgica, y
-dirigiendo a Raskolnikoff una rápida mirada de sus ojos brillantes, le
-estrechó la mano con fuerza.
-
-«Vamos», pensó él, «no me engañaba».
-
---Pero, ¿qué es lo que Dios hace por ti?--preguntó, deseoso de
-esclarecer por completo sus dudas.
-
-Sonia permaneció silenciosa, como si no hubiera podido responder; se le
-dilataba el pecho con la emoción.
-
---¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No tiene usted derecho!--exclamó,
-mirándole con cólera.
-
-«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.
-
---El lo hace todo--murmuró Sonia rápidamente, bajando los ojos al suelo.
-
-«Ya está encontrada la explicación», afirmó mentalmente Raskolnikoff
-y miró a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba una sensación
-nueva, extraña, casi dolorosa, contemplando aquella carita pálida,
-angulosa, delgada, con aquellos ojos tan azules y tan dulces que
-podían lanzar tales llamas y expresar una expresión tan vehemente, y
-aquel cuerpecito tembloroso de indignación y de cólera; todo aquello
-le parecía cada vez más extraño, casi fantástico. «¡Está loca! ¡Está
-loca!», repetía para sí.
-
-Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff habíase fijado en él
-varias veces durante sus idas y venidas por la habitación. Al fin lo
-tomó para examinarlo. Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.
-
---¿Quién te ha dado esto?--preguntó a Sonia desde el otro lado de la
-habitación.
-
-La joven, que no se había movido de su sitio, avanzó un paso y dijo:
-
---Me lo han prestado.
-
---¿Quién?
-
---Isabel; se lo pedí yo.
-
-«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.
-
-Todo en casa de Sonia tomaba a sus ojos un aspecto más extraordinario.
-Se aproximó a la luz con el libro y se puso a hojearlo.
-
---¿En qué parte habla de Lázaro?--preguntó bruscamente.
-
-Sonia, con los ojos obstinadamente fijos en el suelo, guardó silencio.
-Se había separado un poco de la mesa.
-
---¿Dónde está la resurrección de Lázaro? Búscame ese pasaje, Sonia.
-
-La joven miró con el rabillo del ojo a su interlocutor.
-
---No está ahí... Está en el cuarto Evangelio--dijo secamente sin
-moverse de su sitio.
-
---Busca ese pasaje y léemelo--dijo, y después se sentó, apoyó los
-codos en la mesa y la cabeza en la mano, y mirando de través con aire
-sombrío, se dispuso a escuchar.
-
-Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse a la mesa. El extraño deseo
-manifestado por Raskolnikoff le parecía poco sincero. Sin embargo, tomó
-el libro.
-
---¿Acaso no lo ha leído usted nunca?--preguntó, mirando al joven de
-soslayo.
-
---Sí... en mi niñez.
-
---¿No lo ha oído usted en la iglesia?
-
---Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a menudo?
-
---No--balbució Sonia.
-
-Raskolnikoff sonrió.
-
---Comprendo... ¿Entonces no asistirás mañana a las exequias de tu padre?
-
---Sí; la semana pasada estuve en la iglesia. Asistí a una misa de
-_Requiem_.
-
---¿Por quién?
-
---Por Isabel; la mataron a hachazos.
-
-Los nervios de Raskolnikoff estaban cada vez más irritados y la cabeza
-se le iba.
-
---¿Tratabas a Isabel?
-
---Sí... Era buena, venía a mi casa... pero pocas veces, porque no era
-libre. Leíamos juntas y hablábamos. Ahora goza de la vista de Dios.
-
-Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué significaban las misteriosas
-confidencias de dos idiotas como Sonia e Isabel?
-
-«Aquí voy a volverme loco yo también. En esta habitación se respira la
-locura»--pensó--. ¡Lee!--gritó de repente con acento irritado.
-
-Sonia seguía vacilando. Le latía con fuerza el corazón y parecía que
-le daba miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión casi dolorosa a la
-pobre «loca».
-
---¿Qué le importa a usted eso si usted no cree?--murmuró con voz
-ahogada.
-
---Quiero que leas--insistió él--; bien le leías a Isabel...
-
-Sonia abrió el libro y buscó el pasaje. Le temblaban las manos y las
-palabras se le atravesaban en la garganta. Dos veces Sonia trató de
-leer y no pudo articular la primera sílaba.
-
-«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania, estaba enfermo», profirió al
-fin, haciendo un esfuerzo; pero de repente, a la tercera palabra, su
-voz se hizo sibilante y se rompió como una cuerda demasiado tensa.
-Faltaba el aliento a su pecho oprimido.
-
-Raskolnikoff se explicaba, en parte, la vacilación de Sonia
-para obedecerle, y a medida que comprendía mejor, reclamaba más
-imperiosamente la lectura; comprendía cuánto costaba a la joven
-descubrirle, en cierto modo, su interior. Evidentemente no podía,
-sin embargo, resolverse a hacer a un extraño la confidencia de los
-sentimientos que desde su adolescencia quizá la habían sostenido, que
-fueron, sin duda, su viático moral, cuando entre un padre borracho y
-una madrastra loca por la desgracia, en medio de los niños hambrientos,
-no oía más que reproches y clamores injuriosos. Veía todo esto; pero
-veía también que, a pesar de su repugnancia, tenía gran deseo de leer,
-sobre todo para él, «ocurriese lo que quisiera». Los ojos de la joven
-y la agitación que sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff...
-Por un violento esfuerzo sobre sí misma, Sonia dominó el espasmo que
-le apretaba la garganta, y continuó leyendo el undécimo capítulo del
-evangelio de San Juan, y llegó al versículo 19.
-
-«Muchos judíos habían venido a Marta y a María a consolarlas de la
-muerte de su hermano. Entonces Marta, como oyó que Jesús venía, salió
-a su encuentro; pero María se estuvo en casa y Marta dijo a Jesús--:
-Señor, si hubieses estado aquí no fuera muerto mi hermano; mas yo sé
-ahora que todo lo que pidieres de Dios te dará Dios.»
-
-La joven hizo aquí una pausa para triunfar de la emoción que hacía
-temblar de nuevo su voz...
-
-«Dícele Jesús--: Tu hermano resucitará. Marta dijo--: Yo sé que
-resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: _Yo
-soy la resurrección y la vida_; el que crea en Mí, aunque esté muerto,
-vivirá; y todo aquel que vive y cree en Mí, no morirá eternamente.
-¿Crees tú en esto? Ella le dijo:»
-
-(Aunque apenas podía respirar, Sonia levantó la voz, como si al leer
-las palabras de Marta hiciese ella misma su profesión de fe.)
-
-«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que has
-venido al mundo.»
-
-Sonia se interrumpió, levantó los ojos hasta él; pero los bajó en
-seguida y prosiguió la lectura. Raskolnikoff escuchaba sin pestañear,
-apoyado de codos sobre la mesa y mirando de lado. La joven continuó
-leyendo hasta el versículo 32.
-
-«Mas María como vino donde estaba Jesús, viéndole derribóse a sus
-pies y le dijo--: Señor, si Tú hubieras estado aquí no fuera muerto
-mi hermano. Jesús entonces como que la vió llorando y que los judíos
-que habían venido con ella lloraban también, se conmovió en espíritu y
-turbóse y dijo--: ¿Dónde le pusisteis? Ellos le respondieron--: Señor,
-ven y verás. Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron entonces--: Mirad cómo
-le amaba; y algunos dijeron--: ¿No podía éste, que abrió los ojos al
-ciego, hacer que éste no muriese?»
-
-Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo agitado la miró. Sí, era,
-efectivamente, lo que él había pensado. La joven estaba temblorosa y
-acometida de verdadera fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia se
-aproximaba al milagroso relato y se apoderaba de ella un sentimiento
-de triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría, tenía sonoridades
-metálicas. Las líneas se confundían ante sus ojos ofuscados; pero sabía
-de memoria este pasaje. En el último versículo, «no podía éste, que
-abrió los ojos al ciego...» bajó la voz dando un acento apasionado a la
-duda, al reproche de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que un minuto
-después iban, como heridos del rayo, a caer de rodillas sollozando y
-creyendo... «Y él, él que es también un ciego, incrédulo; él también,
-dentro de un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida... ahora
-mismo...», pensaba Sonia agitada por esta alegre confianza.
-
-«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí mismo, vino al sepulcro; era una
-cueva la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús--: Quitad la piedra.
-Marta, hermana del muerto, le dice--: Señor, hiede ya, que es de cuatro
-días.»
-
-Sonia subrayó la palabra cuatro.
-
-«Jesús la respondió--: ¿No te he dicho que si crees verás la gloria de
-Dios? Entonces quitaron la piedra de donde el muerto había sido puesto,
-y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo en voz alta--: ¡Padre mío,
-gracias te doy porque me has oído; yo sabía que siempre me oyes, mas
-por causa de la compañía que está alrededor lo dije, para que crean que
-me has enviado! Y habiendo dicho estas palabras, exclamó a gran voz--:
-¡Lázaro, ven fuera! y el que había muerto salió (al leer estas líneas
-Sonia temblaba como si hubiese sido testigo del milagro), con las manos
-atadas con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Y dijo Jesús--:
-Desatadle y dejadle ir.
-
-»_Entonces, muchos de los judíos que habían venido a María y habían
-visto lo que Jesús acababa de hacer, creyeron en El._»
-
-La joven no leyó más; le hubiera sido imposible; cerró el libro y se
-levantó.
-
---Esto es todo lo que se refiere a la resurrección de Lázaro--dijo en
-voz baja y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.
-
-Parecía que temiese encontrar su mirada. Su temor febril duraba
-todavía. El cabo de vela, que estaba para consumirse, alumbraba
-vagamente aquel cuartucho en que un asesino y una mujer pública
-acababan de leer juntos el Santo Libro. De repente Raskolnikoff se
-levantó y se acercó a Sonia.
-
---He venido para hablarte de una cosa--dijo en alta voz, frunciendo el
-entrecejo.
-
-La joven levantó los ojos hasta él y vió que su mirada, de una dureza
-particular, expresaba una resolución feroz.
-
---Hoy--prosiguió--, he renunciado a todo género de relaciones con mi
-madre y con mi hermana. Ya no volveré más a mi casa. La ruptura entre
-los míos y yo está ya consumada.
-
---¿Por qué?--preguntó asombrada Sonia.
-
-Su encuentro poco antes con Pulkeria Alexandrovna y Dunia, le había
-dejado una impresión extraordinaria, aunque obscura para ella. Al
-oír la noticia de que el joven había roto con su familia, sintió una
-especie de terror.
-
---Ahora no tengo en el mundo más que a ti--respondió él--. Partamos
-juntos. He venido a proponértelo. Tú y yo somos malditos; partamos
-juntos.
-
-Le relampagueaban los ojos.
-
-«Parece que está loco», pensó a su vez Sonia.
-
---¿A dónde iremos?--preguntó espantada, e involuntariamente se
-interrumpió.
-
---¿Cómo he de saberlo? Unicamente sé que el camino y el fin de él, son
-los mismos para ti y para mí; de eso estoy seguro.
-
-Sonia le miró sin comprender. Una sola idea se desprendía claramente
-para ella de las palabras de Raskolnikoff: que era inmensamente
-desgraciado.
-
---Nadie te comprenderá si tú le hablas--prosiguió él--; pero yo te he
-comprendido. Tú me eres necesaria; por eso he venido.
-
---No comprendo...--balbució Sonia.
-
---Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso tú no has procedido como yo? Tú
-también estás por encima de la regla... Has tenido ese valor. Has
-alzado la mano sobre ti, has destruído una vida, la tuya. Hubieras
-podido vivir para un espíritu, para la razón, y acabarás en el Mercado
-del Heno; pero tú no podrás soportarlo, y si te quedas sola perderás la
-razón y yo también la perderé. Ahora ya estás como loca. Es preciso,
-pues, que marchemos juntos; que sigamos el mismo camino. Partamos.
-
---¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?--repuso Sonia extrañamente turbada
-por tal lenguaje.
-
---¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte aquí! Es menester razonar
-seriamente y ver las cosas bajo su verdadero aspecto, en vez de llorar
-como un niño y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá, te pregunto yo
-ahora, si mañana se te conduce al hospital? Catalina Ivanovna, casi
-loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué será de sus hijos? La perdición de
-Poletchka, ¿no es cosa segura?
-
---¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?--repitió llorando Sonia y retorciéndose
-las manos.
-
---¿Qué hacer? Hay que levar el ancla de una vez para ir adelante,
-ocurra lo que quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás... La
-libertad y el poder, pero sobre todo el poder, reinan sobre todas las
-criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero. He ahí el objeto.
-Acuérdate de esto. Ese es el testamento que te dejo. Quizá te hablo por
-última vez. Si no vengo mañana lo sabrás todo, y entonces acuérdate de
-lo que te digo. Más tarde, dentro de algunos años, con la experiencia
-de la vida, comprenderás acaso lo que significan mis palabras. Si vengo
-mañana, te diré quién es el que ha matado a Isabel.
-
---Pero, ¿es que usted sabe quién la ha matado?--preguntó la joven
-helada de espanto.
-
---Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola. Te he elegido. No vendré a
-pedirte perdón sino simplemente a decírtelo. Hace mucho tiempo que te
-he elegido; desde el momento que tu padre me habló de ti; viviendo aún
-Isabel se me ocurrió esta idea. Adiós. No me des la mano. Hasta mañana.
-
-Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la impresión de que estaba loco;
-pero ella estaba también como loca y se daba cuenta de su estado; se le
-iba la cabeza.
-
---Señor, ¿cómo sabe quién ha matado a Isabel? ¿Qué significan sus
-palabras? ¡Qué extraño es!
-
-Sin embargo, no tuvo la menor sospecha de la verdad.
-
---¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado! Se ha separado de su
-madre y de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido pasarle? ¿Cuáles son
-sus intenciones? ¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado el pie
-diciéndome (sí, de ese modo se ha expresado), que no podía vivir sin
-mí... ¡Oh Señor!
-
-Detrás de la puerta que permanecía siempre cerrada, había una
-habitación sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que pertenecía a la
-casa de Gertrudis Karlovna Reslich. Esta habitación se alquilaba, como
-lo indicaban un rótulo colocado en el exterior de la puerta grande
-y los albaranes colocados en las ventanas que daban al canal. Sonia
-sabía que no vivía nadie allí. Pero, durante toda la escena precedente,
-el señor Svidrigailoff, oculto detrás de la puerta, no había perdido
-sílaba de la conversación. Cuando Raskolnikoff hubo salido, el
-inquilino de la señora Reslich reflexionó un momento; después volvió
-a entrar sin ruido en su habitación, que estaba contigua a la pieza
-desalquilada, tomó una silla y fué a colocarla junto a la puerta. Lo
-que acababa de oír le interesaba en el más alto grado; así es que
-llevaba aquella silla para poder escuchar la conversación prometida
-para el día siguiente, sin verse obligado a permanecer de pie durante
-una hora por lo menos.
-
-
-V
-
-Cuando al día siguiente, a las once en punto, Raskolnikoff se presentó
-en casa del juez de instrucción, se asombró de haber tenido que hacer
-antesala tanto tiempo. Según sus presunciones, debiera habérsele
-recibido en seguida; sin embargo, pasaron diez minutos antes de ver
-a Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada, en que esperó primero,
-varias personas iban y venían sin parecer que reparasen en él. En la
-habitación siguiente, que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban
-algunos escribientes y saltaba a la vista que ninguno de ellos
-sospechaba en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.
-
-El joven miró en su derredor con desconfianza. ¿Habría allí algún
-esbirro, algún _Argos_ misterioso encargado de vigilarle, y en el caso
-oportuno impedir su fuga? Nada de esto descubría; los escribientes
-estaban todos ocupados en sus tareas y los otros no hacían el menor
-caso de él. El visitante se iba tranquilizando.
-
---Si, en efecto, aquel misterioso personaje de ayer, aquel espectro
-salido de debajo de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese visto todo,
-¿me dejarían tanto tiempo libre? ¿No me hubieran detenido ya, en vez de
-esperar que viniese aquí por mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese
-hombre no ha hecho ninguna revelación contra mí, o... sencillamente no
-sabe nada y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo hubiera podido ver?
-Por consiguiente, he debido estar alucinado, y lo que ayer me ocurrió
-no fué más que una ilusión de mi imaginación enferma.
-
-Cada vez encontraba más verosímil esta explicación, que ya el día antes
-se le había ocurrido cuando más inquieto estaba.
-
-Reflexionando en todo esto y preparándose para una nueva lucha,
-Raskolnikoff advirtió de repente que estaba temblando y hasta se
-indignó ante el pensamiento de que lo que le hacía temblar era el miedo
-de una entrevista con el odioso Porfirio Petrovitch. Lo más terrible
-para él era encontrarse de nuevo en presencia de aquel hombre; le
-odiaba terriblemente y hasta temía venderse a causa de aquel odio. Se
-apresuró a entrar con aire frío y tranquilo, y se prometió hablar lo
-menos posible, estar siempre alerta y dominar, en fin, a toda costa, su
-temperamento irascible. Pensando en tales cosas, fué introducido en el
-despacho de Porfirio Petrovitch.
-
-Encontrábase éste solo en su gabinete. Esta habitación, de no muchas
-dimensiones, contenía una gran mesa colocada frente a un diván forrado
-de hule, un escritorio, un armario colocado en un rincón y varias
-sillas; todo este mobiliario, suministrado por el Estado, era de madera
-amarilla. En la pared del fondo había una puerta cerrada, lo que hacía
-suponer que había otras habitaciones detrás del tabique.
-
-En cuanto Porfirio Petrovitch vió que Raskolnikoff entraba en su
-gabinete, fué a cerrar la puerta por la cual acababa de entrar el
-joven, y ambos quedaron frente a frente. El juez de instrucción
-dispensó a su visitante una acogida en la apariencia por extremo
-risueña y afable. Al cabo de algunos minutos advirtió Raskolnikoff
-ciertos movimientos que revelaban ligera contrariedad en el magistrado;
-parecía que acababa de interrumpírsele en alguna ocupación clandestina.
-
---¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted aquí... en nuestros
-dominios--comenzó a decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas
-manos--. Vamos, siéntese usted, _batuchka_. Pero quizá no le guste a
-usted que se le llame respetabilísimo y al mismo tiempo _batuchka_,
-_tout court_. No lo tome usted a mal; no es una familiaridad
-excesiva... Siéntese... aquí, en el diván.
-
-Raskolnikoff se sentó, sin apartar los ojos del juez de instrucción.
-
-«Estas palabras «en nuestros dominios», estas excusas por su
-familiaridad, la expresión francesa _tout court_... ¿qué quiere decir
-todo esto? Me ha alargado las manos sin darme ninguna; las ha retirado
-a tiempo», pensó Raskolnikoff con desconfianza.
-
-Ambos se observaban; pero cuando se encontraban sus miradas, apartaban
-el uno del otro los ojos con la rapidez del relámpago.
-
---He venido a traer este papel... con motivo del reloj... Tome usted.
-¿Está bien así, o hay que escribir otro?
-
---¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se preocupe usted; está
-bien!--respondió con precipitación Porfirio, que pronunció estas
-palabras aun antes de haber examinado el papel, y después, cuando hubo
-echado una rápida mirada sobre el documento, añadió--: Sí, está bien;
-basta con esto--continuó, hablando siempre de prisa, y depositó el
-papel sobre la mesa.
-
-Un minuto después lo guardó en el escritorio, hablando de otra cosa.
-
---Me parece que ayer me manifestó usted deseos de interrogarme... en
-debida forma, a propósito de mis relaciones con la... víctima.
-
-«Vamos, ¿para qué habré dicho yo _me parece_?», pensó de repente
-Raskolnikoff. «¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he de inquietar yo
-por ella?», añadió mentalmente y casi al mismo tiempo.
-
-Por el solo hecho de encontrarse en presencia de Porfirio, con quien
-apenas había cambiado dos palabras, su desconfianza tomaba enormes
-proporciones, y advirtió súbitamente que esta disposición de ánimo era
-demasiado peligrosa; su agitación y la exaltación de sus nervios iban
-en aumento.
-
-«Malo, malo; se me va a escapar alguna tontería.»
-
---Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos tiempo, tenemos tiempo--murmuró
-Porfirio Petrovitch, que sin intención alguna aparente iba y venía por
-la habitación, aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio, para
-acercarse en seguida a la mesa.
-
-Algunas veces evitaba las recelosas miradas de Raskolnikoff; otras se
-detenía bruscamente y miraba a su interlocutor cara a cara.
-
-Era un espectáculo verdaderamente extraño el que ofrecía en tal momento
-aquel hombrecillo grueso y redondo, que se movía como una pelota
-lanzada de una pared a otra.
-
---No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma usted? Tome un cigarrillo--continuó
-ofreciendo un paquete al visitante--. Le recibo aquí, ¿sabe usted?;
-pero mi habitación está ahí, detrás de ese tabique... Es el Estado
-quien me la suministra... yo estoy aquí provisionalmente, porque hay
-muchos arreglos que hacer en mi vivienda. Ahora todo está arreglado o
-poco menos... ¿Sabe usted que es una gran cosa que el Estado le dé a
-uno casa? ¿No le parece a usted?
-
---Sí, una gran cosa--respondió Raskolnikoff mirándole con aire burlón.
-
---Una gran cosa... una gran cosa...--repitió ocupado en otra parte--.
-¡Sí, una gran cosa!--volvió a decir bruscamente con voz casi tonante,
-deteniéndose a dos pasos de Raskolnikoff, a quien miró de repente.
-
-La incesante y necia repetición de esta frase: «Una habitación
-suministrada por el Estado es una gran cosa», contrastaba por su
-vacuidad con la mirada seria, profunda, enigmática, que el juez fijaba
-ahora en su visitante.
-
-La cólera de Raskolnikoff no le impidió dirigir al juez de instrucción
-un desafío burlón y bastante imprudente.
-
---¿Sabe usted--comenzó a decir, mirándole casi con insolencia y
-complaciéndose en ello--, que es, según creo, una regla jurídica, un
-principio para todos los jueces de instrucción, ponerse a hablar de
-cosas insignificantes o de una cosa seria, pero ajena a la cuestión,
-a fin de animar a aquellos a quienes interrogan, o más bien a fin de
-distraerlos aletargando su prudencia, y después, bruscamente, de
-improviso, descargarles en medio de la coronilla la más peligrosa
-pregunta? ¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente observada en
-la profesión de usted?
-
---¿De modo que usted supone que si le he hablado tantas veces de la
-casa que me da el Estado, ha sido para...?
-
-Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó los ojos y dió a su cara,
-por un instante, cierta expresión de alegría maliciosa, se borraron
-las leves arrugas de su frente, se le pusieron los ojos todavía
-más pequeños de lo que eran, se dilataron sus facciones, y mirando
-fijamente a Raskolnikoff, se echó a reír de un modo nervioso y
-prolongado, que agitó toda su persona. El joven se echó a reír también,
-aunque haciendo un violento esfuerzo. La hilaridad de Porfirio
-Petrovitch redobló de tal modo, que el rostro del juez de instrucción
-se puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó entonces un disgusto
-que le hizo olvidar toda prudencia; cesó de reír, frunció el entrecejo,
-y durante todo el tiempo en que siguió riendo Porfirio con aquella
-alegría que parecía un poco fingida, clavó en él unas miradas preñadas
-de odio. El juez, por su parte, se cuidaba muy poco del descontento de
-Raskolnikoff. Esta última circunstancia dió mucho que pensar al joven;
-creyó comprender que su llegada no había interrumpido lo más mínimo al
-juez de instrucción; era, por el contrario, él, Raskolnikoff, el que
-había caído en una trampa. Evidentemente había allí algún lazo, alguna
-emboscada que él no conocía; la mina estaba cargada quizá, e iba a
-reventar de un momento a otro.
-
-Yéndose derecho al asunto, se levantó y tomó su gorra.
-
---Porfirio Petrovitch--dijo con tono resuelto, pero en el que
-se descubría bastante irritación--, ayer manifestó usted el
-deseo de hacerme sufrir un interrogatorio. (Subrayó la palabra
-_interrogatorio_.) He venido a ponerme a disposición de usted; si tiene
-preguntas que dirigirme, pregúnteme usted, si no, permítame que me
-retire. No puedo perder el tiempo aquí; tengo otra cosa que hacer. He
-de asistir al entierro de ese funcionario que ha sido atropellado por
-un coche y de quien ha oído usted hablar...--añadió, y en seguida se
-arrepintió de haber dicho esta frase--. Después--prosiguió con cólera
-creciente--, todo eso me fastidia, ¿entiende usted? hace mucho tiempo
-que dura todo esto, y en parte ha sido causa de mi enfermedad... En una
-palabra--continuó con voz cada vez más irritada porque comprendía que
-la frase acerca de su enfermedad era aún más inoportuna que la otra--,
-en una palabra, o me interroga usted, o permita que me marche ahora
-mismo... Pero si usted me interroga, que sea en la forma establecida
-por el procedimiento legal; de otro modo no se lo permitiré a usted, y
-hasta entonces, adiós, puesto que por el momento nada tenemos que hacer
-juntos.
-
---¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo? ¿Acerca de qué he de
-interrogar a usted?--replicó el juez de instrucción, que cesó
-instantáneamente de reír--; no se inquiete usted, se lo suplico.
-
-Incitó a Raskolnikoff a que se sentara, en tanto que él iba y venía de
-un lado a otro de la habitación.
-
---Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y todo eso carece de importancia.
-Por el contrario, estoy tan contento de que haya usted venido a
-nuestra casa... Recibo a usted como a un visitante... En cuanto a ese
-maldito reír, _batuchka_ Rodión Romanovitch, perdóneme usted... soy
-muy nervioso y me ha hecho mucha gracia la agudeza de la observación
-de usted; a veces, le aseguro que me pongo a saltar como una pelota de
-goma y estoy así durante media hora... Me gusta reír. Mi temperamento
-me hace temer una apoplejía. Pero siéntese usted, ¿por qué sigue en
-pie?... Se lo ruego, _batuchka_, de lo contrario creeré que está usted
-enfadado.
-
-Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido, se callaba, escuchaba y
-observaba; sin embargo, se sentó.
-
---Por lo que a mí toca, _batuchka_ Rodión Romanovitch, diré a usted
-una cosa que servirá para explicarle mi carácter--repuso Porfirio
-Petrovitch, que continuaba yendo y viniendo por la habitación, y
-seguía evitando el cruzar la mirada con la del joven--. Yo vivo solo,
-¿sabe usted? No voy a ninguna parte; soy desconocido. Añada usted que
-estoy en la decadencia ya acabado... y... ¿ha advertido usted, Rodión
-Romanovitch, que entre nosotros, es decir, en Rusia, y sobre todo en
-nuestros círculos de San Petersburgo, cuando se encuentran dos hombres
-inteligentes que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente se
-estiman, como usted y yo, por ejemplo, en este momento, no pueden
-decirse una palabra durante media hora y permanecen como petrificados,
-el uno frente al otro? Todo el mundo tiene materia de conversación; las
-señoras, la gente de mundo, las personas de alta sociedad... en todos
-estos ambientes hay de qué hablar, es de rigor; pero las personas de la
-clase media, como nosotros, son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede
-esto, _batuchka_? ¿No tenemos nosotros intereses sociales, o es que
-somos demasiado honrados para engañarnos unos a otros? No lo sé. Vamos
-a ver, ¿cuál es su opinión? Pero deje la gorra; cualquiera diría que
-desea usted irse, y eso me causa pena... yo, por el contrario, tengo
-tanto gusto...
-
-Raskolnikoff dejó su gorra. No salía de su mutismo, y con las cejas
-fruncidas seguía oyendo la vana charla de Porfirio.
-
-«Sin duda dice todas estas tonterías para distraer mi atención.»
-
---No le ofrezco a usted café, porque éste no es lugar para ello; pero,
-¿no será posible pasar cinco minutos con un amigo para procurarle una
-distracción?--prosiguió el inagotable Porfirio--. Ya sabe usted cuántas
-son las obligaciones del servicio. No se enoje usted, _batuchka_,
-porque siga paseándome; perdóneme usted, sentiría mucho molestarle;
-¡pero me es tan necesario el movimiento!... Estoy siempre sentado y es
-para mí un verdadero placer poder pasearme durante cinco minutos...
-padezco de hemorroides. He tenido siempre intención de tratarme por la
-gimnasia; el trapecio es, se dice, muy provechoso para los consejeros
-del Estado, y aun para los consejeros íntimos. En nuestros días,
-la gimnástica ha venido a ser una verdadera ciencia... En cuanto a
-los deberes de nuestro cargo, a estos interrogatorios y todo este
-formalismo, usted mismo, _batuchka_, hablaba hace poco... ¿Sabe usted,
-en efecto, _batuchka_ Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios
-despistan más al magistrado que al reo?... Usted lo ha hecho notar
-hace un momento, con tanto ingenio como exactitud. (Raskolnikoff no
-había hecho semejante observación.) Se embrolla uno, pierde el hilo.
-En cuanto a nuestras costumbres jurídicas, estoy plenamente de acuerdo
-con usted. ¿Cuál es, dice usted, el acusado, aunque sea el más obtuso
-_mujik_, que ignore que ha de comenzarse por hacérsele preguntas
-extrañas para aletargarle, según la feliz expresión de usted, a fin de
-asestarle después, bruscamente, un hachazo en medio de la coronilla
-(sirviéndome de la feliz metáfora de usted)? ¡Je, je! De modo que ha
-pensado que hablándole de la habitación, yo trataba... ¡je, je! Es
-usted muy cáustico... vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra llama
-a otra; los pensamientos se atraen mutuamente. Hace un momento hablaba
-usted de la forma en lo que concierne al magistrado. ¿Pero, qué es la
-forma? Ya sabe usted que, en muchos casos, una simple conversación
-amistosa conduce más seguramente a ciertos resultados. La forma no
-desaparecerá jamás, permítame usted que se lo asegure; ¿pero qué es, en
-el fondo, la forma? No se puede obligar al juez de instrucción a que
-la traiga siempre a cuestas. La necesidad del investigador es, en su
-género, un arte liberal o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!
-
-Porfirio Petrovitch se detuvo un instante para tomar aliento. Hablaba
-sin interrupción, tan pronto diciendo tonterías, como deslizando, en
-medio de estas necedades, frasecillas enigmáticas, después de las
-cuales comenzaba de nuevo con sus trivialidades. Su paseo ahora por la
-habitación se parecía a una carrera; movía sus gruesas piernas cada vez
-con más viveza y continuaba con los ojos bajos, la mano derecha metida
-en el bolsillo, en tanto que con la izquierda hacía incesantemente
-ademanes que no tenían ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff
-advirtió, o creyó advertir, que al ir y venir por la habitación, el
-juez se había detenido dos veces cerca de la puerta como para escuchar
-un instante... «Sin duda espera algo.»
-
---Tiene usted completa razón--siguió diciendo alegremente Porfirio,
-mirando al joven con una candidez que puso a éste en nueva
-desconfianza--; nuestras costumbres jurídicas merecen, en efecto, las
-burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos procedimientos, inspirados,
-según se pretende, por una profunda psicología, son muy ridículos y
-aun a menudo estériles. Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos que
-yo me encargo de la instrucción de un proceso; yo sé, o más bien creo
-saber, que el culpable es cierto señor... ¿No estaba usted siguiendo la
-carrera de Derecho, Rodión Romanovitch?
-
---Sí; la estudiaba.
-
---Pues bien, he aquí un ejemplo que podrá servirle a usted más
-adelante; no vaya a creer que trato de echármelas de profesor con
-usted; no permita Dios que pretenda yo enseñar una cosa a un hombre que
-trata en los periódicos las cuestiones de criminalidad; no, me tomo
-solamente la libertad de citarle un hecho a título de ejemplo. Supongo,
-pues, que he creído descubrir al culpable; dígame usted ahora: ¿había
-de inquietarle prematuramente, aunque poseyera pruebas contra él? Acaso
-a otro que no tuviese el mismo carácter, le haría detener en seguida;
-pero a éste, ¿por qué no dejarle que se pasee un poco por la ciudad?
-¡Je, je! No, veo que usted no me comprende bien; voy a explicarme más
-claramente. Si, por ejemplo, me apresuro a dictar un auto de prisión
-contra él, merced a este solo hecho le suministro, por decirlo así,
-un punto de apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff no
-pensaba en reírse; tenía los labios apretados y no apartaba su ardiente
-mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.) Sin embargo, así se hace,
-porque las personas son muy diversas, aunque, desgraciadamente, el
-procedimiento sea el mismo para todas. Pero desde el momento que tiene
-usted pruebas, podrá decirme usted, ¿para qué todas esas precauciones?
-¡Ah, Dios mío! _Batuchka_, ¿sabe usted lo que son pruebas? Las tres
-cuartas partes de las veces, las pruebas son armas de dos filos, y,
-yo, juez de instrucción, soy hombre y, por consiguiente, sujeto a
-error. Así, pues, quisiera dar a mis investigaciones el rigor absoluto
-de una demostración matemática y desearía que mis conclusiones fuesen
-tan claras, tan indiscutibles, como dos y dos son cuatro. De modo que
-si yo hago detener a ese señor antes del tiempo oportuno, estando
-bien convencido de que es _él_, me privo de los medios ulteriores de
-establecer su culpabilidad. ¿Y por qué? Pues porque le doy, en cierto
-modo, una situación definida; al ponerle en la cárcel le tranquilizo,
-le coloco en su verdadero equilibrio psicológico; entonces se me
-escapa, se repliega sobre sí mismo, y comprende que es un detenido. Si
-por el contrario, dejo perfectamente tranquilo al presunto culpable, si
-no le detengo y si no le inquieto, pero a todas horas está preocupado
-de que lo sé todo, de que no le pierdo de vista ni de día ni de noche,
-de que es objeto por mi parte de una infatigable vigilancia, ¿qué es lo
-que sucederá en semejantes condiciones? Que infaliblemente se sentirá
-acometido del vértigo, vendrá él mismo a mi casa, me suministrará
-buen número de armas contra él, y me pondrá en el caso de dar a las
-conclusiones de mi investigación un carácter de evidencia matemática
-que no carece de encantos. Si este procedimiento puede dar resultados
-eficaces con un _mujik_ inculto, es también muy eficaz cuando se
-trata de un hombre muy ilustrado, inteligente, y en cierto modo
-distinguido. Porque lo importante, mi querido amigo, es adivinar en qué
-sentido está desarrollado un hombre. Supongamos que se trata de uno
-inteligente, pero que tiene nervios, nervios que están excitados, que
-son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que no se tiene en cuenta, ¡qué
-papel, sin embargo, tan importante desempeña en todas esas personas! Se
-lo repito a usted: hay en esto una verdadera mina de indicios. ¿Qué me
-importa que se pasee en libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar un
-poco más, seguro de que la presa no se me escapará. Y, en efecto, ¿a
-dónde podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco huiría al extranjero, pero
-él no; tanto más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente, tomadas
-mis medidas. ¿Se retirará al interior del país? Allí habitan _mujiks_
-groseros, rusos primitivos, desprovistos de civilización; este hombre
-ilustrado querrá mejor estar preso que vivir en tal ambiente. ¡Je, je!
-Por otra parte, esto no significa nada todavía; es lo accesorio, el
-lado exterior de la cuestión. No huirá, no solamente porque no sabría
-dónde ir, sino porque, y sobre todo, me pertenece psicológicamente.
-¡Je, je, je! ¿Qué le parece a usted de esta expresión? En virtud de
-una ley natural, no huirá, aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted la
-mariposa delante de la luz? Pues bien: él dará sin cesar vueltas
-en derredor mío, como ese insecto en torno de la llama. Para él no
-tendrá goces la libertad, cada vez estará más inquieto, cada vez más
-trastornado; si le doy tiempo, se entregará a actos tales que su
-culpabilidad aparecerá clara como dos y dos son cuatro... y siempre,
-siempre, dará vueltas en derredor mío, describiendo círculos cada vez
-más pequeños, hasta que, por último, ¡paf! se meterá él mismo en la
-boca y me lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je, je, je! ¿No le parece
-a usted?
-
-Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido e inmóvil, continuaba observando
-el rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo de atención.
-
-«La lección es buena--pensaba aterrado--; no es, como ayer, el gato
-jugando con el ratón. Sin duda, al hablarme así, no es solamente por
-placer de mostrarme su fuerza; es demasiado inteligente para eso. Debe
-de tener otro objeto. ¿Cuál es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para
-asustarme. No tienes pruebas, y el hombre de ayer no existe. Tratas
-sencillamente de desconcertarme, quieres encolerizarme y dar el gran
-golpe cuando me veas en ese estado; pero te engañas; pierdes el tiempo
-y la saliva. Mas, ¿por qué hablas con palabras encubiertas? Cuentas
-con la excitación de mi sistema nervioso... No, amiguito, no sucederá
-lo que tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas preparado... Ahora
-veremos qué lazo me tiendes.»
-
-Y se dispuso animosamente a afrontar la terrible catástrofe que
-preveía. De vez en cuando sentía deseos de lanzarse sobre Porfirio y
-de estrangularle sobre la marcha. Desde su entrada en el despacho del
-juez de instrucción, su principal temor era el de no poder dominar su
-cólera. Sentía los latidos violentos del corazón, se le secaban los
-labios y le brotaba espuma de ellos. Resolvió, sin embargo, callarse
-comprendiendo que, en su posición, el silencio era la mejor táctica.
-De esta suerte, en efecto, no sólo no se comprometería, sino que
-quizá conseguiría irritar a su enemigo y arrancarle alguna palabra
-imprudente. Por lo menos, tal era la esperanza de Raskolnikoff.
-
---No, bien veo que usted no lo cree. Supone usted que me
-burlo--prosiguió Porfirio, que cada vez estaba más alegre sin dejar
-su risita, y había reanudado sus paseos por la sala--. Tal vez tenga
-usted razón; me ha dado Dios una cara que despierta en los que me
-ven ideas cómicas; soy un bufón; pero perdone usted el lenguaje de
-un viejo: usted, Rodión Romanovitch, está en la flor de la juventud,
-y, como todos los de su edad, aprecia sobre todo la inteligencia
-humana. La agudeza del ingenio y las deducciones abstractas de la
-razón le seducen. Volviendo al _caso particular_ del que veníamos
-hablando, diré a usted que es preciso contar con la realidad, con la
-naturaleza. Es una cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa muchas veces
-de la habilidad! ¡Escuche usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión
-Romanovitch--al pronunciar estas palabras, el juez, que escasamente
-tenía treinta y cinco años, parecía, en efecto, que había envejecido
-de improviso; en su persona y hasta en su voz habíase producido una
-repentina metamorfosis--. Además, yo soy muy franco... ¿Qué le parece
-a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que no se puede ser más; le confío
-a usted todas estas cosas sin pedirle nada en cambio. ¡Je, je, je!
-Pues bien--continuó--: la agudeza de ingenio es, en mi opinión, una
-cosa excelente; es, por decirlo así, el ornamento de la naturaleza, el
-consuelo de la vida, y con ella solamente parece que se puede echar la
-zancadilla a un pobre juez de instrucción, que, por otra parte, suele
-ser engañado por su propia imaginación, porque, en resumidas cuentas,
-es hombre. Pero la naturaleza viene en ayuda del pobre juez. En esto es
-en lo que no piensa la juventud, fiando demasiado en su inteligencia,
-la juventud que «salta por encima de todos los obstáculos», como dijo
-usted ayer de una manera tan fina e ingeniosa. En el _caso particular_
-de que tratamos, el culpable, yo lo admito, mentirá de una manera
-asombrosa; pero cuando crea que no tiene más que recoger el fruto de su
-habilidad, ¡paf! se desmayará en el sitio mismo en que tal accidente
-ha de ser objeto de mayores comentarios. Supongamos que puede explicar
-su desmayo por hallarse enfermo, por la atmósfera sofocante de la
-sala; eso no obstante, nacerán sospechas. Ha mentido de una manera
-asombrosa; pero no ha sabido tomar precauciones contra la naturaleza.
-Ahí tiene usted dónde está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado por
-su carácter burlón, se divertirá embromando a alguno que sospecha,
-y, como por juego, fingirá ser el criminal a quien busca la policía;
-pero entrará demasiado bien en el ánimo de su modelo, representará su
-fingida comedia con _demasiada naturalidad_, y éste será otro indicio.
-De momento, su interlocutor podrá ser juguete de lo que dice; pero, si
-este último no es un zoquete, rectificará al siguiente día. Nuestro
-hombre se comprometerá a cada instante, ¡qué digo! vendrá por sí mismo
-donde no ha sido llamado, se explayará con palabras imprudentes, se
-extenderá en alegorías cuyo sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je,
-je! Hasta preguntará por qué no se le ha detenido aún. ¡Je, je, je!
-Y esto puede ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un psicólogo, a un
-literato. ¡No hay espejo tan transparente como la naturaleza! basta
-con contemplarla... pero, ¿por qué se pone usted tan pálido, Rodión
-Romanovitch? Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere usted que abra la
-ventana?
-
---No se moleste usted, se lo ruego--contestó Raskolnikoff, echándose a
-reír.
-
-El juez se detuvo enfrente de él, esperó un momento, y, de repente,
-soltó también una carcajada. Raskolnikoff, cuya hilaridad habíase
-calmado súbitamente, se levantó.
-
---Porfirio Petrovitch--dijo con voz ruda y fuerte, y manteniéndose con
-dificultad en pie, a causa del temblor de sus piernas--, no tengo duda:
-usted sospecha que yo he asesinado a esa vieja y a su hermana Isabel.
-Por mi parte le declaro que estoy ya hasta la coronilla. Si usted cree
-que tiene el derecho de perseguirme o de hacerme detener, persígame
-usted y métame en la cárcel; pero no permito que se burle nadie de mí,
-ni de que se me martirice.
-
-De pronto comenzaron a temblarle los labios, sus ojos despidieron
-llamas, y su voz, hasta entonces contenida, alcanzó el diapasón más
-elevado.
-
---¡No lo permito!--gritó bruscamente, y dió un vigoroso puñetazo sobre
-la mesa--. ¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch? ¡No lo permito!
-
---¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a usted?--dijo el juez de
-instrucción en apariencia muy inquieto--. ¡_Batuchka_! Rodión
-Romanovitch, amigo mío, ¿qué está usted diciendo?
-
---¡No lo permito!--repitió Raskolnikoff.
-
---¡_Batuchka_, un poco más bajo! Van a oírle. Vendrán, y, entonces,
-¿qué diremos? Piense usted un poco en ello--murmuró como asustado
-Porfirio Petrovitch, que había acercado su cara a la del visitante.
-
---¡No lo permito! ¡No lo permito!--prosiguió maquinalmente
-Raskolnikoff; pero hablaba bajando el tono, de modo que sólo podía ser
-oído por Porfirio.
-
-Este corrió a abrir la ventana.
-
---Es menester airear la sala. ¿Por qué no bebe usted un poco de agua,
-querido amigo? Eso no es más que un acceso sin importancia.
-
-Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes a un criado, cuando vió en
-un rincón una jarra de agua.
-
---¡Beba usted, _batuchka_!--murmuró, aproximándose vivamente al joven
-con una jarra--. Esto le sentará a usted muy bien.
-
-El susto, y aun la misma solicitud de Porfirio Petrovitch, parecían tan
-poco fingidos, que Raskolnikoff se calló y se puso a examinarle con
-tétrica curiosidad; pero rehusó el agua que se le ofrecía.
-
---¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo! ¡Si usted continúa así, va a
-volverse loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted, aunque sea un
-sorbo.
-
-Y le puso casi a la fuerza el vaso en la mano. Maquinalmente,
-Raskolnikoff se lo llevó a los labios; pero de repente mudó de
-parecer, y lo dejó con disgusto sobre la mesa.
-
---Eso no ha sido más que un acceso insignificante. Tanto hará usted,
-mi querido amigo, que acabará por recaer de nuevo--observó con tono
-afectuoso el juez de instrucción, que parecía muy afectado--. Señor,
-¿pero es posible que se cuide usted tan poco? Lo mismo pasó con
-Demetrio Prokofitch, que estuvo ayer en mi casa. Reconozco que tengo
-el genio cáustico, que mi carácter es horrible... pero, ¡señor! ¿qué
-significación se da a mis inofensivas salidas? Vino ayer después de
-la visita de usted; íbamos a ponernos a comer y empezó a hablar. Me
-contenté con apartar los brazos: ¡Ah Dios mío!... Fué usted quien lo
-envió, ¿verdad? ¡Siéntese usted; _batuchka_; siéntese usted, por el
-amor de Cristo!
-
---No, no le mandé yo; pero sabía que estaba en casa de usted y por qué
-hacía esa visita--respondió sarcásticamente Raskolnikoff.
-
---¿Usted lo sabía?
-
---Sí. ¿Qué deduce usted de eso?
-
---Deduzco, _batuchka_, que conozco, además, otros muchos hechos y
-excursiones de usted; estoy informado de todo. Sé que a la caída de
-la tarde fué usted a alquilar el _cuarto_; que se puso a tirar del
-cordón de la campanilla; que hizo una pregunta acerca de la sangre, y
-que el aspecto de usted asombró a los obreros y a los _dvorniks_. ¡Oh!
-comprendo la situación moral en que usted se encontraba entonces; pero
-no es menos cierto que todos estos trastornos acabarán por volverle
-loco. En el alma de usted hierve una noble indignación; tiene usted
-motivos para quejarse de su destino, en primer término, y en segundo,
-de la policía. Va usted también de aquí para allá forzando, en cierto
-modo, a la gente para que formule en voz alta sus acusaciones. Estas
-chismografías estúpidas le son insoportables, y quiere usted acabar
-con todo ello. ¿No es así? ¿No he adivinado alguno de los sentimientos
-a que usted obedece? Pero el caso es que no se contenta usted con
-devanarse los sesos, sino que hace perder también la cabeza al pobre
-Razumikin, y es verdaderamente una lástima volver loco a tan buen
-muchacho. Su misma bondad le expone más que a cualquier otro a sufrir
-el contagio de la enfermedad de usted... Cuando usted se calme,
-_batuchka_, yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por el amor de Cristo! Se
-lo suplico. Recobre sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.
-
-Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril agitaba todo su cuerpo.
-Escuchaba con sorpresa profunda a Porfirio, que le prodigaba
-demostraciones de amistad; pero no daba ningún crédito a las palabras
-del juez de instrucción, aunque sentía una propensión extraña a
-creerlas. Le había impresionado mucho el oír a Porfirio hablarle de su
-visita al cuarto de la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me lo cuenta
-él mismo?», pensaba el joven.
-
---Sí, se ha producido en nuestra táctica judiciaria un caso psicológico
-casi análogo, un caso morboso--continuó Porfirio--. Un hombre se acusó
-de un homicidio que no había cometido. Contó una historia completa,
-una alucinación de que él había sido juguete; y su relato era tan
-verosímil, parecía tan de acuerdo con los hechos, que desafiaba toda
-contradicción. ¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido en él,
-este individuo había sido, en parte, causa de un asesinato. Cuando
-supo que él había, sin saberlo, facilitado el crimen, se sobrecogió de
-tal manera, que su razón se alteró e imaginó que él era el verdadero
-criminal. Al fin y a la postre, el Senado examinó la causa y descubrió
-que el desgraciado era inocente. Sin el Senado, ¿qué hubiera sido
-de este pobre diablo? He aquí lo que se arriesga, _batuchka_. Puede
-uno convertirse en monomaníaco cuando va por la noche a tirar de los
-cordones de las campanillas y a hacer preguntas acerca de la sangre. En
-el ejercicio de mi profesión, he tenido ocasión de estudiar toda esta
-psicología. Es ése de que hablo un atractivo semejante al que impulsa
-a un hombre a tirarse por una ventana de lo alto de una torre... Usted
-está enfermo, Rodión Romanovitch, y hace mal en descuidar tanto su
-enfermedad. Debiera usted consultar un médico experimentado, en vez de
-hacerse asistir por ese gordinflón de Zosimoff. Todo esto es en usted
-el efecto del delirio...
-
-Durante un instante, Raskolnikoff creyó ver que todos los objetos
-daban vueltas en derredor suyo. «¿Es posible que siga mintiendo en
-este momento?», se preguntaba; y esforzábase para desechar esta idea,
-presintiendo el exceso de rabia loca a que podía impulsarle.
-
---Yo no deliraba. Me encontraba en el pleno uso de mi razón--gritó,
-en tanto que ponía su espíritu en tortura para comprender el juego de
-Porfirio--. Era dueño de todas mis facultades, ¿entiende usted?
-
---Sí; comprendo, comprendo. Ya me dijo usted ayer que no deliraba,
-e insistió particularmente sobre este punto. Comprendo todo lo que
-puede usted decir. ¡Je, je!... Pero permítame usted que someta a su
-juicio una observación, querido Rodión Romanovitch: Si en efecto, fuese
-usted el culpable, o hubiese tomado parte en ese maldito asunto, yo le
-pregunto: ¿hubiera sostenido que había hecho usted todas esas cosas, no
-delirando, sino con plena conciencia de sus actos? Supongo que habría
-usted hecho todo lo contrario. Si creyese usted que su causa estaba
-prejuzgada, debería precisamente sostener con tenacidad que obró bajo
-la influencia del delirio; ¿no es así?
-
-El tono de la pregunta hacía sospechar que se le tendía un lazo.
-Al pronunciar estas últimas palabras, el juez se inclinó hacia
-Raskolnikoff. Este se recostó en el diván y miró silenciosamente en la
-cara a su interlocutor.
-
---Y lo mismo digo respecto de la visita del señor Razumikin. Si usted
-fuese culpable, debería decir que nuestro amigo vino a mi casa por su
-propia iniciativa, y ocultar que había dado este paso por instigación
-de usted. Por el contrario, lejos de ocultarlo, asegura que fué usted
-quien lo mandó.
-
-Raskolnikoff no había afirmado nada de esto, y sintió, al oírlo, un
-escalofrío en la espina dorsal.
-
---Usted sigue mintiendo--dijo con voz lenta y débil, esbozando una
-sonrisa--. Quiere usted suponer que lee en mi interior y que sabe de
-antemano todas las respuestas--continuó, comprendiendo que ya no pesaba
-sus palabras como debía--; usted quiere meterme miedo... o simplemente
-burlarse de mí.
-
-Hablando de este modo, Raskolnikoff no cesaba de mirar fijamente
-al juez de instrucción. De repente brillaron de nuevo en sus ojos
-relámpagos de cólera violenta.
-
---No hace usted más que mentir--gritó--. Sabe usted perfectamente que
-la mejor táctica para un culpable es confesar lo que no le es posible
-tener oculto. Yo no le creo a usted.
-
---¡Qué listo es usted para ver las cosas!--dijo Porfirio sonriéndose--.
-Pero en este asunto, _batuchka_, está engañado; es el efecto de la
-monomanía. ¡Ah! ¿Conque usted no me cree? Pues yo le digo que me crea
-un poco, y me arreglaré de manera que acabe por creerme del todo;
-porque yo le quiero a usted sinceramente, y le miro con singular
-interés.
-
-Los labios de Raskolnikoff comenzaron a temblar.
-
---Sí; yo le quiero a usted--prosiguió Porfirio asiendo amistosamente el
-brazo del joven por algo más arriba del codo--; vuelvo a repetírselo a
-usted: cuídese su enfermedad. Además, la familia de usted se encuentra
-ahora en San Petersburgo; piense algo en ella. Debería usted hacer
-la felicidad de sus parientes y, por el contrario, sólo les acarrea
-inquietudes.
-
---Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla
-en mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila, y además, me lo dice?
-
---Pero, _batuchka_. ¡Si es usted mismo quien me lo ha contado! No
-advierte que, en su agitación, habla usted espontáneamente de sus
-asuntos a mí y a los demás. Ayer Razumikin me comunicó también muchas
-particularidades interesantes acerca de usted. Iba a decirle que,
-a pesar de todo su genio, ha perdido la vista exacta de las cosas,
-a consecuencia de su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente
-del cordón de la campanilla. Ese es un hecho precioso, un hecho
-inapreciable para un magistrado observador; yo se lo entrego a usted
-cándidamente; yo, juez de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted los
-ojos? Pero si yo le creyera culpable, ¿hubiera procedido de esa suerte?
-En tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente trazada: hubiera
-debido, por el contrario, desviar la atención de usted hacia otro
-punto. Después, bruscamente, le hubiera asestado, según la expresión
-de usted, sobre la coronilla, la siguiente pregunta: «¿Qué fué usted a
-hacer a tal hora de la noche al domicilio de la víctima? ¿Por qué tiró
-usted del cordón de la campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas acerca
-de la sangre? ¿Por qué aturdió usted a los _dvorniks_ pidiendo que le
-condujesen a la oficina de policía?» De esta manera hubiera procedido
-si hubiese tenido alguna sospecha acerca de usted. Hubiera debido
-someter a usted a un interrogatorio en regla, ordenar una investigación
-y detenerle. Puesto que he obrado de otro modo, es señal evidente de
-que no sospecho de usted. Ha perdido el sentido exacto de las cosas, y
-está ciego, se lo repito.
-
-Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo fácilmente advertir Porfirio
-Petrovitch.
-
---Sigue usted mintiendo--vociferó el joven--. No sé cuáles son sus
-intenciones; pero estoy cierto de que miente... Hace poco no hablaba
-usted en ese sentido y sobre ello no me hago ilusiones... Miente usted.
-
---¿Que miento?--replicó Porfirio con apariencias de vivacidad. Por lo
-demás, el juez de instrucción conservaba su aspecto jovial, y parecía
-no dar importancia alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera tener
-de él--. ¿Que miento? ¿Pero usted no recuerda cómo acabo de tratarle?
-Yo, juez de instrucción, le he sugerido los argumentos psicológicos
-que usted podía emplear: «La enfermedad, el delirio, los sufrimientos
-del amor propio, la hipocondría, la afrenta recibida en el despacho de
-policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je, je! Verdad es, dicho sea de paso,
-que estos medios de defensa no siempre dan el resultado apetecido;
-son armas de dos filos y podría cortarse el que las empleara. Si
-usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba, no sabía lo que hacía,
-no me acuerdo de nada», podrá respondérsele: «Todo eso está muy bien,
-_batuchka_, pero, ¿cómo es que el delirio toma siempre en usted el
-mismo carácter?» Debería manifestarse en otras formas, ¿verdad? ¡Je,
-je, je!
-
-Raskolnikoff se levantó, y mirándole despreciativamente, dijo:
-
---En resumen: quiero saber de una manera concreta si sospecha usted
-o no de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch. Explíquese usted sin
-ambages ni rodeos; y en seguida, al instante.
-
---¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los niños que piden la luna--replicó
-Porfirio siempre con su tono zumbón--. ¿Qué necesidad tiene usted de
-saber nada, si se le deja a usted perfectamente tranquilo? ¿Por qué se
-altera de ese modo? ¿Por qué viene a mi casa cuando nadie le llama?
-¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je, je, je!
-
---Le repito--gritó Raskolnikoff furioso--que ya no me es posible
-soportar...
-
---¿Qué? ¿La incertidumbre?--interrumpió el juez de instrucción.
-
---No me exaspere usted más... No quiero, digo a usted que no
-quiero... no puedo ni quiero... ¿oye usted?--gritó con voz de trueno
-Raskolnikoff, descargando un nuevo puñetazo sobre la mesa.
-
---Más bajo, más bajo; van a oírle a usted, se lo advierto seriamente.
-Tenga cuidado--murmuró Porfirio.
-
-El juez de instrucción no tenía ya aquel aire de campesino que
-comunicaba a su rostro cierta candidez; fruncía las cejas, hablaba como
-amo y estaba a punto de quitarse la careta; pero esta nueva actitud no
-duró más que un instante. Aunque al punto Raskolnikoff se entregó a un
-arrebato de cólera, sin embargo, cosa extraña, esta vez, como antes,
-aunque estaba en el colmo de la exasperación, obedeció la orden de
-bajar la voz; comprendía, además, que no podía menos de hacerlo, y este
-pensamiento contribuyó a aumentar su irritación.
-
---No me dejaré martirizar--murmuró--; deténgame usted, regístreme, haga
-cuantas investigaciones quiera; pero proceda usted en debida forma, y
-no juegue conmigo. No tenga usted la audacia...
-
---No se inquiete usted por la forma--interrumpió Porfirio con su acento
-sardónico, mientras contemplaba a Raskolnikoff con cierto júbilo--; es
-familiarmente, _batuchka_, como amigo, como he invitado a usted a que
-viniera a verme.
-
---No quiero la amistad de usted; la desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora
-tomo la gorra y me voy. Usted dirá si tiene intención de detenerme.
-
-En el momento en que se acercaba a la puerta, Porfirio Petrovitch le
-asió de nuevo del brazo, por un poco más arriba del codo.
-
---¿No quiere usted que le dé una pequeña sorpresa?--dijo, riendo, el
-juez de instrucción, que cada vez parecía más burlón, lo que acabó de
-poner a Raskolnikoff fuera de sí.
-
---¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere usted decir?--preguntó el joven,
-deteniéndose de repente y mirando con inquietud a Porfirio.
-
---Una pequeña sorpresa que hay detrás de esa puerta. ¡Je, je, je!--y
-mostraba con un dedo la puerta cerrada que daba acceso a su habitación,
-situada detrás del tabique--. Yo mismo la he cerrado con llave para que
-no se vaya.
-
---¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?
-
-Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso abrirla, pero no pudo.
-
---Está cerrada. He aquí la llave--y diciendo esto, el juez de
-instrucción sacó la llave del bolsillo y se la enseñó al joven.
-
---¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!--aulló éste, que ya no era dueño de
-sí--. ¡Mientes, maldito pulchinela!
-
-Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse sobre Porfirio, el cual se
-retiró hacia la puerta, pero sin demostrar ningún temor.
-
---¡Lo comprendo todo!--vociferó Raskolnikoff--. ¡Mientes, mientes para
-que yo me venda!...
-
---Pero, ¿por qué ha de venderse usted? ¡Vea en qué estado se encuentra,
-Rodión Romanovitch! No grite, o llamo.
-
---¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu gente! Sabías que estaba enfermo y
-has querido exasperarme, ponerme en el disparador para arrancarme una
-confesión; ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas. Te he comprendido.
-No tienes pruebas; no tienes más que suposiciones, las conjeturas de
-Zametoff. Conocías mi carácter y has querido exasperarme, a fin de
-hacer en seguida que se presentaran bruscamente los popes y delegados.
-Los esperas, ¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos? Hazlos entrar.
-
---¿Qué habla usted de delegados, _batuchka_? ¡Vaya unas ideas! La misma
-forma para emplear el mismo lenguaje de usted, no permite proceder de
-este modo; usted conoce el procedimiento, mi querido amigo... pero
-será observada la forma, usted lo verá--murmuró Porfirio, que se había
-puesto a escuchar junto a la puerta.
-
-Sonaba, en efecto, cierto ruido en la pieza contigua.
-
---¡Ah! ¿Vienen?--gritó Raskolnikoff--. ¿Los has enviado a buscar?
-Habías contado... Pues bien, introdúcelos a todos, delegados y
-testigos; haz entrar a quien quieras. Estoy pronto.
-
-Pero entonces ocurrió un incidente muy extraño, tan fuera del curso
-ordinario de las cosas, que sin duda Raskolnikoff ni Porfirio
-Petrovitch hubieran podido preverlo.
-
-
-VI
-
-He aquí el recuerdo que esta escena dejó en el espíritu de Raskolnikoff:
-
-El ruido que sonaba en la habitación inmediata aumentó de repente, y la
-puerta se entreabrió.
-
---¿Qué es eso?--gritó Porfirio Petrovitch encolerizado.
-
-No hubo respuesta; pero la causa del ruido se dejaba adivinar en parte:
-alguna persona quería penetrar en el despacho del juez y trataban de
-impedírselo.
-
---¿Qué es lo que sucede?--repitió Porfirio.
-
---Es el procesado Mikolai, que ha sido conducido aquí.
-
---No tengo necesidad de él. No quiero verle; llevadle. Esperad un poco.
-¿Por qué le han traído? ¡Qué desorden!--murmuró Porfirio lanzándose
-hacia la puerta.
-
---El es quien...--replicó la misma voz; y se detuvo de repente.
-
-Durante dos minutos se oyó el ruido de una lucha entre dos hombres;
-después, uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y penetró bruscamente
-en el despacho.
-
-El recién venido tenía un aspecto muy extraño. Parecía no ver a nadie.
-En sus ojos llameantes se leía una firme resolución, y al propio tiempo
-su rostro estaba lívido como el de un condenado a quien se conduce al
-cadalso. Temblábanle ligeramente los labios, exangües.
-
-Era un hombre muy joven todavía, delgado, de mediana estatura y vestido
-como un obrero. Tenía el cabello cortado al rape y sus facciones eran
-finas y angulosas. El que acababa de ser rechazado por él, se lanzó en
-persecución suya dentro del gabinete y le agarró por un brazo: era un
-gendarme. Mikolai logró de nuevo soltarse.
-
-En el umbral se agruparon muchos curiosos, algunos de los cuales tenían
-vivos deseos de entrar. Todo ello había pasado en menos tiempo del que
-se tarda en referirlo.
-
---¡Vete! Es todavía pronto; espera a que se te llame... ¿Por qué te
-han traído tan pronto?--preguntó Porfirio Petrovitch tan irritado como
-sorprendido; pero de repente Mikolai se puso de rodillas.
-
---¿Qué haces?--gritó el juez de instrucción cada vez más asombrado.
-
---¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el asesino!--dijo bruscamente
-Mikolai, con voz bastante fuerte, a pesar de la emoción que le ahogaba.
-
-Pasaron diez segundos en un silencio profundo como si todos los
-asistentes hubiesen sido acometidos de un ataque de catalepsia.
-El gendarme no trató de sujetar de nuevo al preso, y dirigiéndose
-maquinalmente hacia la puerta, se quedó inmóvil en el umbral.
-
---¿Qué estás diciendo?--exclamó Porfirio Petrovitch cuando el asombro
-le permitió hablar.
-
---Yo soy el asesino...--repitió de nuevo Mikolai.
-
---¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...?
-
-El juez de instrucción estaba visiblemente desconcertado. El preso
-tardó un instante en responder.
-
---Yo he asesinado... a hachazos... a Alena Ivanovna y a su hermana
-Isabel Ivanovna. Estaba trastornado--añadió bruscamente.
-
-Se calló, pero continuaba de rodillas. Después de haber oído esta
-respuesta, Porfirio Petrovitch pareció reflexionar profundamente, y
-luego, con un ademán violento, mandó a los testigos que se retirasen.
-Estos obedecieron al punto y la puerta volvió a cerrarse.
-
-Raskolnikoff, en pie, contemplaba a Mikolai con aire extraño. Durante
-algunos instantes las miradas del juez de instrucción fueron del
-detenido al visitante y viceversa. Después se dirigió a Mikolai sin
-tratar de disimular su cólera.
-
---Espera a que se te interrogue antes de decirme que estabas
-trastornado. Yo no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has matado...?
-
---Yo soy el asesino... lo confieso--respondió Mikolai.
-
---¿Oh? ¿Con qué arma has matado?
-
---Con una hacha. La llevaba prevenida.
-
---¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?
-
-Mikolai no comprendió la pregunta.
-
---¿No tienes cómplices?
-
---No. Mitka es inocente. No ha tomado la menor parte en el crimen.
-
---No te apresures tanto para disculpar a Mitka. ¿Acaso te he preguntado
-acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se explica que los _dvorniks_ os
-hayan visto bajar corriendo la escalera?
-
---Corrí adrede detrás de Mitka porque de ese modo pensé evitar
-sospechas--respondió el preso.
-
---Está bien. Basta--gritó Porfirio encolerizado--; no dice la
-verdad--murmuró en seguida como aparte, y de pronto sus ojos se
-encontraron con los de Raskolnikoff, cuya presencia había evidentemente
-olvidado durante este diálogo con Mikolai.
-
-Al fijarse en su visitante pareció que se turbaba el juez de
-instrucción y dirigiéndose a él le dijo:
-
---Rodión Romanovitch, _batuchka_, perdóneme usted, se lo suplico...
-Nada tiene usted que hacer aquí... yo mismo... ya ve qué sorpresa...
-
-Tomó al joven por el brazo y le señaló la puerta.
-
---Según se ve, no esperaba usted tal cosa--observó Raskolnikoff.
-
-Naturalmente, lo que acababa de suceder era para él un enigma. Sin
-embargo, había recobrado en gran parte su serenidad.
-
---Tampoco usted lo esperaba, _batuchka_. Vea usted cómo le tiembla la
-mano. ¡Je, je, je!
-
---También está usted temblando, Porfirio Petrovitch--observó
-Raskolnikoff.
-
---Es verdad... no esperaba esto...
-
-Se encontraban ya en el umbral de la puerta. El juez de instrucción
-tenía prisa porque se marchase el joven.
-
---¿De modo que no me enseña usted la «pequeña sorpresa» que me tenía
-preparada?--preguntó éste bruscamente.
-
---Apenas si tiene fuerzas para hablar y ya se muestra irónico, ¡je, je,
-je! ¡Ea, hasta la vista!
-
---Creo que sería más propio decir _¡adiós!_
-
---Será lo que Dios quiera--balbuceó Porfirio con risa forzada.
-
-Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff advirtió que muchos de los
-empleados le miraban fijamente. En la antesala reconoció en medio de la
-gente a los _dvorniks_ de _aquella casa_, a los que había propuesto la
-tarde de la extraña visita que le condujesen a la comisaría de policía.
-Parecía que estaban esperando allí algo, pero apenas hubo llegado
-al rellano de la escalera, cuando oyó de nuevo la voz de Porfirio
-Petrovitch. El joven se volvió y vió al juez de instrucción que, todo
-sofocado, acudía a llamarle.
-
---Una palabra todavía, Rodión Romanovitch. Dios sabe lo que pasará en
-este asunto; pero, para la cuestión de forma, tengo que pedirle a usted
-algunos datos, de modo que nos volveremos a ver de seguro.
-
-Porfirio se detuvo sonriendo delante del joven.
-
---De seguro--repitió.
-
-Parecía que iba a decir alguna otra cosa; pero nada añadió.
-
---Perdone usted mi proceder de antes, Porfirio Petrovitch... Me he
-alterado un poco--comenzó a decir Raskolnikoff, que había recobrado ya
-toda su serenidad y sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.
-
---¡Bah! Eso no tiene importancia--replicó el juez con tono casi
-jovial--. También yo tengo un carácter insoportable, lo reconozco. Ya
-nos veremos; si Dios quiere, nos veremos a menudo.
-
---Y entonces nos conoceremos a fondo--repuso Raskolnikoff.
-
---Muy a fondo--repitió como un eco Porfirio Petrovitch, y guiñando un
-ojo, miró con mucha gravedad a su interlocutor--. ¿Y ahora va usted a
-comer a una fiesta?
-
---A un entierro.
-
---¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado de su salud.
-
---Por mi parte, no sé qué votos hacer por usted--respondió
-Raskolnikoff, y comenzó a bajar la escalera; pero de repente se volvió
-hacia Porfirio--. ¡Ah! Le deseo a usted de todo corazón mejor éxito del
-que ha conseguido hasta ahora, vea usted, sin embargo, qué cómicas son
-sus funciones.
-
-Al oír estas palabras, el juez de instrucción, que se disponía a volver
-a su despacho, aguzó el oído.
-
---¿Qué es lo que tienen de cómicas?--preguntó.
-
---Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai; ¡cuánto ha debido usted
-atormentarle! ¡Cuánto lo habrá usted fatigado para arrancarle su
-confesión! Día y noche, sin duda, le habrá usted repetido en todos
-los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el asesino!» Le habrá usted
-perseguido sin tregua, según su método psicológico, y ahora, cuando
-él se reconoce culpable, usted empieza con la cantata en otro tono
-de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No puedes serlo, no dices la
-verdad!» Pues bien, después de esto, ¿no tengo derecho para encontrar
-cómicas las funciones de usted?
-
---¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado usted que hace poco rato he
-hecho observar a Mikolai que no decía la verdad?
-
---¿Cómo no había de observarlo?
-
---¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio; nada se le escapa. Además, le
-da a usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda humorística. ¡Je, je,
-je! Ese era, según dicen, el rasgo distintivo de Cogol.
-
---Sí, de Cogol.
-
---En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...
-
---Hasta la vista.
-
-El joven se fué directamente a su casa. Cuando llegó a su domicilio,
-se echó en el diván y durante un cuarto de hora intentó ordenar algún
-tanto sus ideas, que eran muy confusas. No trató siquiera de explicarse
-la conducta de Mikolai, comprendiendo que había allí un misterio cuya
-clave buscaría en vano por el momento. Por lo demás, no se hacía
-ilusiones sobre las consecuencias probables del incidente. No tardaría
-en comprenderse que eran mentirosas las confesiones del obrero, y
-entonces las sospechas recaerían de nuevo sobre él. Pero, en tanto, era
-libre y podía tomar sus medidas en previsión del peligro que juzgaba
-inminente.
-
-¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado? La situación comenzaba
-a esclarecerse. El joven temblaba aún al acordarse de su reciente
-entrevista con el juez de instrucción. No podía penetrar todas las
-intenciones de Porfirio, pero lo que adivinaba era más que suficiente
-para hacerle comprender de qué terrible peligro acababa de escapar. Un
-poco más y se hubiera perdido sin remedio. Conociendo la irritabilidad
-nerviosa de su visitante, el juez se había apoyado sólidamente
-sobre este dato, y había descubierto con exceso de atrevimiento su
-juego; pero jugaba sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff se había
-comprometido demasiado; sin embargo, las imprudencias de que él se
-acusaba no constituían todavía una prueba en contra suya: esto no tenía
-más que un carácter relativo. ¿No se engañaba, sin embargo, al pensar
-así? ¿Cuál era el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado algo
-aquel día, y si tenía preparado un golpe, en qué consistía éste? Sin la
-aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo hubiera acabado esta entrevista?
-
-Raskolnikoff estaba sentado en el sofá con los codos apoyados en
-las rodillas y la cabeza en las manos. Un temblor nervioso agitaba
-todo su cuerpo. Al fin se levantó, tomó la gorra y después de haber
-reflexionado un momento, se dirigió hacia la puerta.
-
---Por hoy, al menos--se dijo--, no tengo nada que temer.
-
-De repente experimentó una especie de alegría y se le ocurrió la idea
-de dirigirse lo más pronto posible a casa de Catalina Ivanovna. Ya era
-tarde para asistir al entierro, pero llegaría a tiempo para comer y
-allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó, y en sus labios se dibujó
-una triste sonrisa.
-
-«¡Hoy! ¡Hoy!--repitió--. Sí, hoy mismo. Es preciso.»
-
-En el momento en que se dirigía a la puerta, ésta se abrió por sí
-misma. El joven retrocedió espantado viendo aparecer al enigmático
-personaje de la víspera, _al hombre salido de debajo de la tierra_.
-
-El recién venido se detuvo en el umbral, y después de haber mirado
-silenciosamente a Raskolnikoff, dió un paso en la habitación. Vestía
-exactamente como el día anterior, pero su rostro no era el mismo.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó Raskolnikoff pálido como un muerto.
-
-El hombre, en vez de responder, se inclinó casi hasta el suelo. Por lo
-menos le tocó con el anillo que llevaba en la mano derecha.
-
---¿Quién es usted?--preguntó Raskolnikoff.
-
---Pido a usted perdón--dijo el hombre en voz baja.
-
---¿De qué?
-
---De mis malos pensamientos.
-
-Los dos hombres se miraron.
-
---Estaba ciego de ira. Cuando usted fué el otro día, teniendo, sin
-duda, la razón perturbada por la bebida, hizo preguntas acerca de la
-sangre y pidió a los _dvorniks_ que lo condujesen a la oficina de
-policía, vi con disgusto que no hacían caso de las palabras de usted,
-tomándole por un borracho; esto me contrarió de tal modo, que no pude
-dormir; pero me acordaba de las señas de usted y vine ayer aquí...
-
---¿Fué usted quien vino?--interrumpió Raskolnikoff.
-
-Comenzaba a comprender.
-
---Sí; yo le he insultado a usted.
-
---¿Estaba usted en aquella casa?
-
---Sí, me encontraba junto a la puerta cochera cuando la visita de
-usted. ¿Lo ha olvidado usted? Vivo allí desde hace mucho tiempo. Soy
-peletero...
-
-Raskolnikoff se acordó súbitamente de toda la escena de la antevíspera.
-En efecto: independientemente de los _dvorniks_ había en la puerta
-cochera muchas personas, hombres y mujeres. Uno de ellos había
-propuesto que se le condujese a la comisaría de policía. No podía
-acordarse del rostro del que emitió esta idea; tampoco le reconoció
-en este momento; pero sí se acordaba de haberle respondido algo y de
-haberse vuelto a mirarle.
-
-Así se explicaba de la manera más sencilla del mundo el terrible
-misterio de la víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud que le
-causaba una circunstancia tan insignificante, había estado a punto de
-perderse! Aquel hombre no podía contar nada sino que Raskolnikoff se
-presentó a alquilar el cuarto de la vieja y que preguntó acerca de la
-sangre. Aparte de esta excursión de un _enfermo en delirio_, salvo esa
-_psicología de dos filos_, Porfirio no sabía nada. No tenía ningún
-hecho, nada positivo. «Por consiguiente--pensaba el joven--, si no
-surgen nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro de ello), ¿qué pueden
-hacerme? Aunque me detuvieran, ¿cómo demostrarían definitivamente mi
-culpabilidad?»
-
-Otra conclusión se desprendía para Raskolnikoff de las palabras de su
-visitante: hacía muy pocas horas que Porfirio tuvo noticia de su visita
-al cuarto de la víctima.
-
---¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio que estuve yo allí?--preguntó el
-joven asaltado por súbita idea.
-
---¿A qué Porfirio?
-
---Al juez de instrucción.
-
---Yo se lo he dicho. Como los _dvorniks_ no habían ido, fuí yo.
-
---¿Hoy?
-
---Llegué un minuto antes que usted; lo he oído todo y sé que le ha
-hecho pasar a usted un mal rato.
-
---¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?
-
---Yo estaba allí, en la pieza contigua a su gabinete, en donde he
-permanecido todo el tiempo que ha durado la entrevista.
-
---¿Cómo? ¿De modo que era usted la sorpresa? ¿Cómo ha sido eso?
-Cuéntemelo usted todo, se lo ruego.
-
---Viendo--dijo el menestral--que los _dvorniks_ rehusaban avisar a la
-policía, a pretexto de que era demasiado tarde y de que encontrarían
-la oficina cerrada, experimenté una viva contrariedad y resolví
-enterarme por mí mismo; al día siguiente, es decir, ayer, tomé datos
-y me he presentado al juez de instrucción. La primera vez que estuve
-en la oficina no se encontraba allí; volví una hora después y no fuí
-recibido; en fin, la última vez se me hizo entrar. Conté punto por
-punto cuanto había pasado; al oírme el juez saltaba en la habitación y
-se daba golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo cumplís, bribones,
-con vuestra obligación? Si yo hubiese sabido esto antes, le hubiera
-hecho buscar por la gendarmería.» En seguida salió precipitadamente,
-llamó a no sé quién y estuvo hablando con él en un rincón; se dirigió
-otra vez a mí y se puso de nuevo a interrogarme, profiriendo fuertes
-imprecaciones. No le he ocultado nada; le he dicho que usted no
-se atrevió a contestar a mis palabras de ayer y que no me había
-reconocido. Continuaba dándose golpes en el pecho, vociferando y
-saltando por la habitación. Entonces le anunciaron a usted. «Retírese
-detrás del tabique--me dijo dándome una silla--, y estése ahí sin
-chistar, oiga lo que oiga; puede que le interrogue otra vez.» Después
-cerró la puerta. Cuando condujeron a Mikolai, despidió a usted y me
-hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle», me dijo.
-
---¿Preguntó a Mikolai delante de ti?
-
---Yo salí inmediatamente después de usted, y entonces fué cuando
-comenzó el interrogatorio de Mikolai.
-
-Terminado su relato, el menestral se inclinó de nuevo hasta el suelo.
-
---Perdóneme usted por mi denuncia y por el error en que he incurrido.
-
---¡Que Dios te perdone!--respondió Raskolnikoff.
-
-«Nada de inculpaciones precisas, nada más que pruebas de dos filos»,
-pensó Raskolnikoff renaciendo a la esperanza, y salió de la habitación.
-«Todavía podemos luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras bajaba
-la escalera.
-
-Estaba irritado contra sí mismo y sentíase humillado.
-
-
-
-
-QUINTA PARTE
-
-
-I
-
-Al día siguiente de aquel otro fatal en que Pedro Petrovitch tuvo su
-explicación con las señoras de Raskolnikoff, las ideas de aquél se
-esclarecieron y con extremo disgusto suyo le fué forzoso reconocer que
-la ruptura, en la cual no había querido creer el día antes, era un
-hecho consumado. La negra serpiente del amor propio herido le estuvo
-mordiendo el corazón durante toda la noche. Al saltar de la cama, el
-primer movimiento de Pedro Petrovitch fué irse a mirar al espejo,
-temiendo que durante la noche le hubiese invadido la ictericia. Por
-fortuna esta aprensión no era fundada. Al contemplar su rostro pálido
-y distinguido, llegó hasta a consolarse por breves instantes ante la
-idea de que no le costaría trabajo reemplazar a Dunia y quién sabe si
-ventajosamente. Pero no tardó en desechar esta esperanza quimérica y
-lanzó un fuerte salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente a su joven
-amigo y compañero de habitación, Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.
-
-Pedro Petrovitch advirtió ese mudo sarcasmo y lo puso en la cuenta de
-su amigo, cuenta que estaba ya bastante cargada, y redobló su cólera
-después que hubo reflexionado que no debía hablar de esta historia a
-Andrés Semenovitch. Fué la segunda tontería que el arrebato le hizo
-cometer el día anterior: había cedido a la necesidad de desahogar el
-exceso de su irritación.
-
-Durante toda la mañana la suerte se ensañó en perseguir a Ludjin. En el
-mismo Senado, el negocio en que se ocupaba le reservaba un disgusto.
-Lo que le molestaba más que nada era la imposibilidad de hacer entrar
-en razón al propietario de la nueva casa que había alquilado en
-vista de su próximo enlace. Este individuo, alemán de origen, era un
-antiguo obrero a quien la fortuna había sonreído; no aceptaba ninguna
-transacción y reclamaba el pago entero del alquiler estipulado en
-el contrato, aun cuando Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto casi
-restaurado.
-
-El tapicero no se mostraba más complaciente que el propietario, y
-pretendía quedarse hasta con el último rublo de la señal recibida
-por la venta de un mobiliario de que Pedro Petrovitch «aun no se
-había hecho cargo». «Va a ser menester que me case para recuperar
-los muebles», decía rechinando los dientes el desgraciado Ludjin.
-Una última esperanza atravesaba su alma. «¿Era posible que aquel mal
-no tuviera remedio?» Tenía clavado en el corazón, como una espina,
-el recuerdo de los encantos de Dunia. Fué para él aquello un trago
-muy amargo, y si hubiera podido, con un simple deseo, hacer morir a
-Raskolnikoff, de seguro que Pedro Petrovitch habría matado al joven
-inmediatamente.
-
-«Otra tontería de mi parte ha sido no darles dinero», pensaba mientras
-volvía entristecido a casa de Lebeziatnikoff. «¿Por qué he sido yo
-tan judío? ¡Fué un mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente en la
-estrechez, yo creía prepararlas a que vieran en mí una providencia,
-y he aquí que se me deslizan entre los dedos!... No, no. Si yo les
-hubiera dado mil quinientos rublos, por ejemplo, para que comprasen
-la canastilla en el Almacén Inglés, mi conducta hubiera sido a la vez
-más noble y más hábil y no me habrían dejado tan fácilmente. Dados
-sus principios, se hubieran creído, sin duda, obligadas a devolverme
-regalos y dinero; esta resolución les hubiera sido penosa y difícil,
-habría sido para ellas cuestión de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces
-a poner así a la puerta a un hombre que se había mostrado tan generoso,
-y tan delicado?... He hecho una tontería.»
-
-Pedro Petrovitch volvió de nuevo a rechinar los dientes y se trató de
-imbécil, en su fuero interno, por supuesto. Al llegar a esta conclusión
-llevó a su alojamiento mucho peor humor y disgusto que sacara de
-él. Sin embargo, atrajo su curiosidad hasta cierto punto el barullo
-producido en casa de Catalina Ivanovna, a causa de los preparativos de
-la comida. Ya había oído hablar la víspera de este banquete; es más,
-recordaba que le habían invitado; pero sus ocupaciones personales le
-hicieron que lo olvidara.
-
-En ausencia de Catalina Ivanovna (que a la sazón se hallaba en el
-cementerio), la señora Lippevechzel andaba atareada alrededor de la
-mesa, que ya estaba puesta. Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch
-supo que se trataba de una verdadera comida de gala, a la que estaban
-invitados casi todos los vecinos de la casa, y entre ellos muchos que
-no habían conocido siquiera al difunto. El propio Andrés Semenovitch
-recibió la invitación correspondiente, a pesar de estar reñido con
-Catalina Ivanovna. En fin, se tendría mucho gusto en que Pedro
-Petrovitch honrase aquella comida con su presencia, puesto que era,
-entre todos los inquilinos, el personaje más importante. La viuda de
-Marmeladoff, olvidando todos sus resentimientos con la patrona, había
-invitado también a Amalia Ivanovna, la cual se ocupaba, en aquellos
-momentos, con íntima satisfacción, en los preparativos de la comida.
-Además, la señora Lippevechzel habíase vestido de ceremonia, y aunque
-su traje era de duelo, se comprendía que su dueña sentía vivo placer en
-exhibir sus galas. Enterado de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch
-tuvo una idea y entró pensativo en su habitación, o mejor dicho, en la
-de Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa de saber que Raskolnikoff
-figuraba en el número de los invitados.
-
-Aquel día Andrés Semenovitch había pasado toda la mañana en su
-cuarto. Entre este individuo y Ludjin existían extrañas relaciones
-perfectamente explicables. Pedro Petrovitch le odiaba y le despreciaba
-en grado superlativo casi desde el mismo día que fué a su casa a
-pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle en poco.
-
-Al llegar a San Petersburgo, Ludjin fué a casa de Lebeziatnikoff,
-en primer lugar y sobre todo por economía, pero también por otro
-motivo. En su provincia había oído hablar de Andrés Semenovitch, su
-antiguo pupilo, como de uno de los progresistas jóvenes más avanzados
-de la capital y como hombre que ocupaba puesto visible en ciertos
-círculos ya legendarios. Esta circunstancia tenía mucho valor para
-Pedro Petrovitch, el cual desde hacía tiempo experimentaba un vago
-temor respecto a estos círculos poderosos que lo sabían todo, que no
-respetaban a nadie y hacían la guerra a todo el mundo.
-
-Huelga añadir que la distancia no le permitía tener noción exacta de
-estas cosas. Como tantos otros, había oído decir que existían en San
-Petersburgo progresistas, nihilistas, enderezadores de entuertos,
-etcétera; pero en su espíritu, como en el de otras muchas personas,
-estas palabras tenían una significación exagerada. Lo que temía
-principalmente eran las informaciones dirigidas contra tal o cual
-individuo por el partido revolucionario. Ciertos recuerdos que se
-remontaban a los primeros tiempos de su carrera, no contribuían poco a
-fortificar en su ánimo aquel temor, muy vivo ya desde que acariciaba el
-sueño de establecerse en San Petersburgo.
-
-Dos personajes de una categoría bastante elevada y que protegieron los
-comienzos de su carrera, fueron objeto de los ataques de los radicales,
-que llevaron, empero, las de perder. He aquí porque desde su llegada
-a la capital, Pedro Petrovitch trataba de enterarse de dónde soplaba
-el viento, para, en caso de necesidad, granjearse las simpatías de
-_nuestras jóvenes generaciones_. Contaba con Andrés Semenovitch para
-que le ayudase. La conversación de Ludjin cuando visitó a Raskolnikoff
-nos ha demostrado ya que había conseguido apropiarse en parte la
-fraseología de los reformadores.
-
-Andrés Semenovitch estaba empleado en un Ministerio. Pequeño,
-desmedrado, escrofuloso, tenía el cabello de un rubio casi blanco y
-llevaba patillas en forma de chuletas con las cuales estaba orgulloso;
-casi siempre tenía malos los ojos. Aunque en el fondo era una bella
-persona, mostraba en su lenguaje una presunción a menudo rayana con la
-temeridad, lo que hacía extraño contraste con su aspecto enfermizo.
-Se le consideraba, por lo demás, como uno de los inquilinos _comme il
-faut_ porque no se embriagaba y pagaba con puntualidad su pupilaje.
-Aparte de estos méritos, Andrés Semenovitch era en realidad bastante
-necio. Un arrebato irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera del
-progreso: era uno de esos numerosos incautos que se enamoran de las
-ideas de moda y desacreditan con sus majaderías una causa a la cual se
-han unido sinceramente.
-
-No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff acabó por encontrar
-insoportable a su huésped y antiguo tutor. Pedro Petrovitch, por
-su parte, correspondíale con la misma antipatía. A despecho de su
-simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba a advertir que en el fondo
-Pedro Petrovitch le despreciaba y que con este hombre no se podía ir
-a ninguna parte. Trató de exponerle el sistema de Fourier y el de
-Darwin; pero Ludjin, que en un principio se contentó con escucharle
-burlonamente, no se privaba ahora de decir palabras mortificantes
-a su joven catequista. Lo cierto es que Ludjin acabó por creer
-que Lebeziatnikoff era no solamente un imbécil, sino un charlatán
-desprovisto de toda importancia en su propio partido. Su función
-especial era la _propaganda_, y todavía no debía de estar muy ducho en
-ella, porque vacilaba a menudo en sus explicaciones. Decididamente,
-¿qué tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?
-
-Notemos de paso que desde su instalación en casa de Andrés Semenovitch
-(sobre todo en los primeros días), Pedro Petrovitch aceptaba con
-placer, o por lo menos sin protesta, los cumplimientos muy extraños
-de su huésped cuando éste, por ejemplo, le manifestaba un gran celo
-por el establecimiento de una nueva _commune_ en la calle de los
-Burgueses, y cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente para
-enfadarse si su mujer toma un amante un mes después de su matrimonio;
-un hombre ilustrado como usted no bautizará a sus hijos, etc., etc.»
-Pedro Petrovitch no pestañeaba al oír que le hablaban de tal modo; tan
-agradables le eran los elogios, fuesen como fuesen.
-
-Había negociado algunos títulos por la mañana, y ahora, sentado
-delante de la mesa, recontaba la suma que acababa de recibir. Andrés
-Semenovitch casi nunca tenía dinero y se paseaba por la habitación
-afectando no mirar aquellos fajos de billetes de Banco sino con
-despreciativa indiferencia. Ludjin no creía que aquel desdén fuera
-sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff adivinaba, no sin disgusto, el
-pensamiento escéptico de su huésped y pensaba que éste se había puesto
-a contar el dinero para humillarle y recordarle la distancia que la
-fortuna había establecido entre ambos.
-
-Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho peor dispuesto y desatento que
-nunca. Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su tema favorito, el
-_comunismo_, el hombre de negocios sólo se interrumpía para hacer de
-vez en cuando alguna observación burlona y descortés. Pero Andrés
-Semenovitch seguía imperturbable. El mal humor de Ludjin se explicaba
-a sus ojos por el despecho de un enamorado a quien acababan de
-dejar compuesto y sin novia. También intentó buscar este motivo de
-conversación con objeto de consolar a su respetable amigo.
-
---Parece que se prepara una comida de duelo en casa de esa...
-viuda--dijo a quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff en el
-punto más interesante de su peroración.
-
---¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé ayer de eso, y le expuse
-mi opinión sobre tales costumbres... Según tengo entendido, le han
-invitado a usted. Ayer mismo habló usted con ella.
-
---Jamás hubiera creído que la miseria en que se encuentra permitiese a
-esa imbécil gastar en una comida todo el dinero que le entregó ese otro
-imbécil de Raskolnikoff. Ahora, al entrar, me he quedado estupefacto
-viendo todos esos preparativos, todos esos vinos... Ha invitado a
-muchas personas; el diablo sabrá por qué--continuó Pedro Petrovitch,
-que parecía haber provocado con intención deliberada aquella
-conversación--. ¿Qué? ¿Dice usted que me ha invitado?--añadió de
-repente, levantando la cabeza--. ¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo.
-De todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo que hacer allí? No la
-conozco más que por haber hablado un minuto con ella ayer; le dije que
-como viuda de empleado podría obtener un subsidio. ¿Me habrá invitado
-por eso?
-
---Tampoco yo tengo intención de asistir--repuso Lebeziatnikoff.
-
---¡Pues no faltaba más! Después de haberle pegado, natural es que tenga
-usted escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.
-
---¿A quién he pegado yo? ¿De quién habla usted?--preguntó
-Lebeziatnikoff turbado y encendido como la grana.
-
---Hablo de Catalina Ivanovna, a quien pegó usted hará cosa de un mes.
-Lo supe ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya una manera de
-resolver el problema feminista!
-
-Después de esta salida, que pareció haberle aliviado un poco el
-corazón, Ludjin se puso a contar de nuevo su dinero.
-
---Eso es una barbaridad y una calumnia--replicó vivamente
-Lebeziatnikoff, a quien desagradaba que le recordasen aquel suceso--.
-Las cosas no pasaron de ese modo; lo que le han contado a usted es
-completamente falso. En las circunstancias a que usted alude yo no hice
-más que defenderme. Fué Catalina Ivanovna la que se lanzó sobre mí para
-arañarme... Me arrancó una de las patillas. Creo que todo hombre tiene
-derecho a defenderse. Por otra parte, soy enemigo de la violencia, de
-dondequiera que proceda, y eso por principio, porque la violencia tiene
-su origen en el despotismo. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Había de dejar que
-esa señora me maltratase a su gusto? Me limité a rechazar una agresión.
-
---¡Je, je, je!--continuó en son de burla Ludjin.
-
---Usted me busca querella porque está de mal humor; pero eso no
-significa nada ni tiene relación alguna con la cuestión feminista.
-Precisamente yo me he hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo
-que la mujer es igual al hombre en todo, aun en la fuerza (cosa que
-se comienza ya a sostener), debe existir también la igualdad en esto.
-Claro es que he reflexionado inmediatamente que, en rigor, no hay
-motivo para que se plantee esta cuestión, porque en la sociedad futura
-no habrá ocasiones de querellas, y, por consiguiente, nadie pasará a
-vías de hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar de la igualdad en la
-lucha. No soy tan tonto... Aunque por lo demás haya riñas... es decir,
-que más tarde no las habrá, aunque por el momento las haya todavía.
-¡Ah, diablo, con usted, uno se hace un lío! ¡No, no es eso lo que me
-impide aceptar la invitación de Catalina Ivanovna! Si no voy a comer a
-su casa, es sencillamente por cuestión de principios, por no sancionar
-con mi presencia la estúpida costumbre de las comidas de duelo. Por lo
-demás, yo podría reírme de eso e ir... Desgraciadamente no habrá allí
-_popes_; si los hubiese, le aseguro a usted que iría.
-
---¿De modo que se sentaría usted a su mesa para insultar la
-hospitalidad de esa mujer?
-
---No para insultarla, sino para protestar; y esto con un objeto útil.
-Yo puedo indirectamente ayudar a la propaganda civilizadora, que es el
-deber de todo hombre. Quizá se realiza esta tarea tanto mejor cuanto
-menos formalismo se emplea en ella. Puedo sembrar la idea, el grano...
-De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted que obrando así se falta a
-las conveniencias? Al pronto se molestan; pero comprenden al punto que
-se les presta un gran servicio...
-
---¡Vamos, bueno!--interrumpió Pedro Petrovitch--. Pero, dígame usted
-ahora, ¿conoce usted a la hija del difunto, a esa muchacha flacucha?
-¿Es verdad lo que de ella se dice?
-
---Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión, es decir, según mi convicción
-personal, su situación es la situación normal de la mujer. ¿Por qué
-no? Es decir, distingamos. En la sociedad actual, sin duda, ese género
-de vida no es normal, porque es forzado; pero en la sociedad futura
-será perfectamente normal, porque será libre. Aun ahora mismo tiene
-el derecho de hacer lo que hace. Era desgraciada, ¿por qué no ha de
-disponer de lo que es su capital? En la sociedad futura el capital no
-tendrá razón de ser; pero el papel de la mujer galante tendrá otro
-sentido y será regulado de una manera racional. En cuanto a Sofía
-Semenovna, yo, en el tiempo presente, considero sus actos como una
-enérgica protesta contra la organización de la sociedad, y a causa
-precisamente de eso, la estimo profundamente; diré más, la contemplo
-con regocijo.
-
---Sin embargo, me han contado que usted la obligó a abandonar esta casa.
-
-Lebeziatnikoff se incomodó.
-
---¡Eso es también una mentira!--replicó enérgicamente--. No ha habido
-tal cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa historia de un modo inexacto
-porque no la ha comprendido. Yo no he solicitado jamás los favores
-de Sofía Semenovna; me limitaba pura y simplemente a desenvolver su
-espíritu, sin ninguna segunda intención personal, esforzándome por
-despertar en ella el sentimiento de protesta... No he procurado otra
-cosa; ella es la que ha comprendido que no podía permanecer aquí.
-
---¿La ha invitado usted a formar parte de la _commune_?
-
---Sí, actualmente me esfuerzo para atraerla a la _commune_. Sólo que
-ella estará en otras condiciones que aquí. ¿De qué se ríe usted?
-Queremos fundar nuestra _commune_ sobre bases mucho más amplias que las
-precedentes. Vamos más lejos que nuestros precursores; negamos muchas
-cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky saliesen de sus tumbas, me tendrían
-por adversario. En tanto, continúo desarrollando a Sofía Semenovna. Es
-una bella, una bellísima naturaleza.
-
---¿Y usted se aprovecha de esa bella naturaleza? ¡Je, je, je!
-
---No, de ninguna manera; todo lo contrario.
-
---¿Lo contrario?--dijo Ludjin--. ¡Je, je, je!
-
---Puede usted creerme. ¿Por qué había de ocultárselo a usted? Al
-contrario, hay una cosa que me asombra: conmigo parece cortada; tiene
-como cierto tímido pudor.
-
---Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je, je, je!... Usted le demuestra
-que todos esos pudores son estúpidos.
-
---No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh, qué sentido tan grosero y tan
-tonto, permita que se lo diga, da usted a la palabra desarrollo! ¡Oh
-Dios mío; qué poco avanzado está usted todavía! ¡Usted no comprende
-nada! Nosotros buscamos la libertad de la mujer, y usted sólo piensa
-en bagatelas. Dejando a un lado el pudor y la castidad femeninos, que
-no hacen al caso, yo admito perfectamente su reserva respecto de mí,
-puesto que en ello no hace otra cosa que ejercer su libertad y usar
-de su derecho. Seguramente si me dijese ella misma «yo te quiero»,
-me alegraría mucho, porque esa mujer me gusta en extremo; pero en
-la situación presente nadie se ha mostrado jamás más cortés y más
-conveniente con ella que yo; nadie ha hecho más justicia a su mérito...
-Yo aguardo, espero: eso es todo.
-
---¿Por qué no le hace usted un regalito? Apuesto a que no ha pensado en
-eso.
-
---No comprende usted nada, ya se lo he dicho. Sin duda su situación
-autoriza en cierto modo sus sarcasmos; pero la cuestión es otra. Usted
-no tiene más que desprecios para ella. Fundándose en un hecho que le
-parece deshonroso, rehusa usted considerar con humanidad a una criatura
-humana. Usted no sabe qué naturaleza es la suya.
-
---Dígame--replicó Ludjin--, ¿podría usted... o por mejor decir, está
-usted bastante relacionado con esa joven para suplicar que venga aquí
-un instante? Deben de haber vuelto ya del cementerio. Me parece que
-las he oído subir la escalera. Quisiera hablar un instante con la
-muchacha.
-
---¿Para qué?--preguntó asombrado Andrés Semenovitch.
-
---Es menester que le hable. Tengo que irme de aquí hoy o mañana, y
-necesito decirle una cosa. Puede usted asistir a nuestra conferencia, y
-aun creo que será mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe Dios lo que
-usted pensaría!
-
---No pensaría nada... Mi pregunta no tenía importancia. Si tiene usted
-algo que decirle nada es más fácil que hacerla venir. Voy a buscarla en
-seguida, y esté seguro de que no le molestaré.
-
-Efectivamente; cinco minutos después, Lebeziatnikoff condujo a Sonia.
-La joven llegó extremadamente sorprendida y avergonzada. En semejantes
-circunstancias era siempre muy tímida. Las nuevas caras le causaban
-temor. Era esto como una impresión de su infancia, y la edad había
-aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch se mostró cortés y benévolo.
-Al recibir él, hombre serio y respetable, a una muchacha tan joven y
-en cierto sentido tan interesante, se creyó obligado a acogerla con
-un ligero tinte de jovial familiaridad. Se apresuró a tranquilizarla
-y la invitó a que tomase asiento frente a él. Sonia se sentó y miró
-sucesivamente a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre la mesa.
-Después, de repente, sus ojos se fijaron en Pedro Petrovitch y no
-pudieron apartarse de él; hubiérase dicho que sufría una especie de
-fascinación. Lebeziatnikoff se dirigió a la puerta. Ludjin se levantó,
-hizo seña a Sonia para que se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch en
-el momento en que éste iba a salir.
-
---¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?--le preguntó en voz baja.
-
---¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está ahí. Acaba de llegar. Le he
-visto... ¿Y qué?
-
---En ese caso suplico a usted encarecidamente que se quede aquí y no
-me deje a solas con esta... señorita. El negocio de que se trata es
-insignificante, pero sabe Dios qué conjeturas podrían hacerse. No
-quiero que Raskolnikoff vaya a creer... ¿Comprende usted por qué digo
-esto?
-
---Sí, comprendo, comprendo--respondió Lebeziatnikoff--. Está usted en
-su derecho. Sin duda, en mi convicción personal, los temores de usted
-son muy exagerados, pero... no importa, está usted en su derecho.
-Bueno, me quedaré. Voy a ponerme cerca de la ventana. No les molestaré;
-en mi opinión, está usted en su derecho.
-
-Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente de Sonia, y la contempló
-atentamente. Después su rostro tomó una expresión muy grave, casi
-severa, como si indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita, cosas
-que no son». Sonia perdió por completo su serenidad.
-
---Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna, que presente mis excusas
-a su respetable mamá. Supongo que no me engaño al expresarme así.
-Catalina Ivanovna hace con usted veces de madre, ¿no es verdad?--dijo
-Pedro Petrovitch con tono muy serio, pero a la vez bastante amable.
-
-Evidentemente sus intenciones eran muy amistosas.
-
---Sí, en efecto: hace conmigo veces de madre--se apresuró a responder
-la pobre Sonia.
-
---Pues bien, dígale usted cuánto siento que circunstancias
-independientes de mi voluntad me impidan aceptar su amable invitación.
-
---Voy a decírselo--y Sonia se levantó en seguida.
-
---No es eso todo--continuó Pedro Petrovitch sonriendo al ver la
-candidez de la joven y su ignorancia de las costumbres sociales--;
-usted apenas me conoce, Sonia Semenovna; comprenderá que, por un motivo
-tan fútil y que sólo me interesa a mí, no me hubiera permitido molestar
-a una persona como usted. Tengo otro objeto.
-
-A una señal de su interlocutor Sonia se apresuró a sentarse. Los
-billetes de Banco multicolores, colocados sobre la mesa, se ofrecieron
-de nuevo ante su vista, pero volvió vivamente los ojos y los fijó en
-Pedro Petrovitch; mirar el dinero ajeno le parecía cosa por extremo
-inconveniente, sobre todo en su posición. La joven reparó cosa tras
-cosa: primero, en los lentes de montura de oro que Pedro Petrovitch
-tenía en la mano izquierda; después, en el grueso anillo adornado con
-una piedra amarilla que el funcionario llevaba en el dedo del corazón;
-por último, no sabiendo qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro
-mismo de Ludjin. Este, después de haber guardado silencio durante
-algunos instantes, prosiguió:
-
---Ayer me bastó cambiar dos palabras con la desgraciada Catalina
-Ivanovna, para comprender que esa señora se encuentra en un estado
-antinatural, por decirlo así...
-
---Sí, antinatural--repitió dócilmente Sonia.
-
---O, para hablar más sencilla e inteligiblemente, que se halla enferma.
-
---Sí, más sencillamente, más intel... Sí, está enferma...
-
---Cierto. Por un sentimiento de humanidad y, digámoslo así, de
-compasión, quisiera, por mi parte, serle útil, previendo que
-inevitablemente va a encontrarse en una situación muy triste. Ahora,
-según parece, esa familia no tiene en el mundo otro apoyo que usted.
-
-Sonia se levantó bruscamente.
-
---Permítame que le pregunte: ¿no le ha dicho usted que podría cobrar
-una pensión? Ayer me contó que usted se había encargado de hacer que se
-la concediesen. ¿Es eso cierto?
-
---No, no hay tal cosa. Me limité a decirle que, como viuda de un
-funcionario muerto en el servicio, podría obtener un recurso temporal
-si contaba con recomendaciones. Mas parece que, lejos de haber servido
-bastante tiempo para disfrutar de los derechos pasivos, su padre no
-estaba en el servicio cuando murió. En una palabra: siempre se puede
-esperar; pero la esperanza es muy poco fundada, porque, en rigor, no
-existe derecho alguno a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con una
-pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo posible!
-
---Sí, soñaba en una pensión. Es crédula y buena, y su bondad hace
-que dé crédito a todo. Y... y... su espíritu es... sí... Dispénsela
-usted--dijo Sonia, que se levantó de nuevo para marcharse.
-
---Permítame usted, tengo todavía que decirle algo más.
-
---¿Más aún?--balbuceó la joven.
-
---Siéntese usted.
-
-Sonia, toda confusa, se sentó por tercera vez.
-
---Viéndola en tal situación, con hijos pequeños, quisiera, como ya le
-he dicho, serle útil en la medida de mis medios; compréndame usted
-bien: en la medida de mis medios nada más. Se podría, por ejemplo,
-organizar, en beneficio suyo, una subscripción, una tómbola... o una
-cosa análoga, como suelen hacer en caso semejante las personas que
-desean ayudar, bien sea a los parientes, bien a los extraños. Esto es
-una cosa posible.
-
---Sí, eso está bien... pero ella. Dios...--murmuró Sonia, con los ojos
-fijos en Pedro Petrovitch.
-
---Se podría; pero ya hablaremos de esto más tarde, es decir, se podría
-comenzar hoy mismo. Nos veremos esta noche, hablaremos y echaremos,
-por decirlo así, los fundamentos. Venga usted aquí a las siete.
-Supongo que Andrés Semenovitch no tendrá inconveniente en asistir a
-nuestra conferencia, pero... hay un punto que debe de ser previa y
-cuidadosamente examinado. Por esta razón me he tomado la libertad de
-molestarle suplicándole que viniese. Según mi opinión, no conviene
-entregar en sus propias manos el dinero a Catalina Ivanovna; es más,
-sería peligroso entregárselo; basta como prueba la comida de hoy. No
-tiene zapatos; no sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo de pan
-que llevarse a la boca, y compra ron Jamaica, vino de Madera y café. Lo
-he visto al pasar. Mañana toda la familia volverá a estar a cargo de
-usted, y tendrá usted que buscarle hasta el último pedazo de pan. Por
-lo tanto, soy de opinión que debe de organizarse la suscripción sin que
-se entere la desgraciada viuda, y que usted sola sea la que maneje el
-dinero. ¿Qué le parece a usted?
-
---No sé. Es solamente hoy cuando ella... Esto no ocurre más que una
-vez en la vida... Quería honrar la memoria del difunto... pero es muy
-inteligente. Por lo demás, será lo que usted quiera; yo le quedaré a
-usted muy... muy... todas ellas serán... y Dios... y los huérfanos...
-
-Sonia no acabó y se echó a llorar.
-
---De modo que es cosa convenida. Ahora dígnese usted aceptar, para la
-parienta de usted, esta suma, que representa mi suscripción personal.
-Deseo vivamente que mi nombre no se pronuncie para nada. Siento mucho
-que, teniendo yo también apuros pecuniarios, no pueda hacer más.
-
-Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un billete de diez rublos, después de
-haberlo desplegado cuidadosamente.
-
-La joven recibió el billete ruborizándose, balbuceó algunas palabras
-ininteligibles y se apresuró a despedirse. Pedro Petrovitch la acompañó
-hasta la puerta. Al cabo la joven salió de la habitación y entró en la
-de Catalina Ivanovna extraordinariamente agitada.
-
-Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch, no queriendo interrumpir
-la conversación, permaneció cerca de la ventana. En cuanto salió Sonia,
-se acercó a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente la mano.
-
---Lo he oído y lo he visto todo--dijo subrayando intencionadamente
-la última palabra--. Eso es noble, es humano, quiero decir, porque
-no admito la palabra noble. Usted ha querido evitar las gracias, lo
-he visto; y aunque, a decir verdad, soy por principio enemigo de la
-beneficencia privada, que, lejos de extirpar radicalmente la miseria,
-favorece sus progresos, no puedo menos de reconocer que he visto con
-gusto el acto de usted. Sí, sí, eso me complace.
-
---Lo que he hecho no vale nada--murmuró Ludjin un poco cortado, y miró
-a Lebeziatnikoff con particular atención.
-
---Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no obstante hallarse bajo la
-impresión de una afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse
-por la desgracia ajena, aunque proceda en contra de la sana economía
-social, no es por eso menos digno de estima. No esperaba yo semejante
-cosa de usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído está usted por sus
-antiguas ideas! ¿Por qué turbarse tanto por el asunto de ayer?--exclamó
-Andrés Semenovitch, que experimentaba un retroceso de viva simpatía
-hacia Pedro Petrovitch--. ¿Qué necesidad tiene usted de casarse, de
-casarse _legalmente_, mi noble y muy querido Pedro Petrovitch? ¿Qué le
-importa a usted la unión _legal_? Pégueme usted, si quiere; pero yo
-me regocijo del fracaso de sus relaciones, contento de pensar que es
-usted libre, que no está usted perdido por la humanidad... Ya ve si soy
-franco.
-
---Me inclino al matrimonio legal, porque no quiero llevar... nada en la
-frente ni educar hijos de los cuales yo no sea el padre, como ocurre
-con vuestros matrimonios libres--respondió, por decir alguna cosa,
-Pedro Petrovitch.
-
-Estaba pensativo, y apenas prestaba atención a las palabras que decía.
-
---¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los hijos?--dijo Andrés
-Semenovitch, animándose de repente como un caballo en batalla cuando
-oye el sonido del clarín--; los hijos son una cuestión social que
-será resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo niegan sin restricción,
-como todo lo que concierne a la familia. Hablaremos de los hijos más
-tarde. Ahora ocupémonos de lo otro. Le confieso a usted que es ésa
-mi debilidad. Esa palabra baja y grosera, puesta en circulación por
-Putskin, para señalar a los maridos engañados, no figurará en los
-diccionarios del porvenir. En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh,
-ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante! Por el contrario, en
-el matrimonio libre, el peligro que usted teme no existirá. Eso no es
-más que la consecuencia natural, y, por decirlo así, el correctivo del
-matrimonio legal, la protesta contra un lazo indisoluble; desde este
-punto de vista no tiene nada de humillante... Y si, por acaso, lo que
-es absurdo, contrajese yo un matrimonio legal, sería para mí un encanto
-llevar _eso_ a que tiene usted tanto miedo. Yo le diría entonces a mi
-mujer: «Hasta el presente, querida mía, sólo había sentido amor por ti:
-pero ahora te estimo, porque has sabido protestar». ¿Se ríe usted? ¡Ah!
-Es porque no tiene fuerzas para romper con los prejuicios. Comprendo
-que con la unión legítima sea desagradable ser engañado; pero ése es
-el efecto miserable de una situación que desagrada a los dos esposos.
-Cuando _eso_ se yergue sobre nuestra frente como en el matrimonio
-libre, entonces no existe. Cesan de tener significación y dejan de
-llevar el nombre que se les da. Antes bien, la mujer de usted le prueba
-por ello que le estima, puesto que le cree incapaz de poner obstáculo a
-su felicidad, y demasiado ilustrado es usted para querer vengarse de
-un rival. En verdad, pienso muchas veces que, si llegase a estar casado
-(libre o legítimamente, importa poco), y mi mujer tardase en tomar un
-amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría. «Querida mía (le diría
-entonces), te amo; pero deseo, sobre todo, que me estimes.» ¿Tengo o no
-tengo razón?
-
-Estas palabras apenas hicieron sonreír a Pedro Petrovitch. Su
-pensamiento estaba en otra parte y se restregaba las manos muy
-preocupado. Andrés Semenovitch había de acordarse más tarde de la
-preocupación de su amigo.
-
-
-II
-
-Difícil sería decir con exactitud cómo había nacido en el cerebro
-desequilibrado de Catalina Ivanovna la idea de aquella insensata
-comida. Gastó, en efecto, en dicho banquete más de la mitad del dinero
-que le había dado Raskolnikoff para las exequias de Marmeladoff. Tal
-vez se creía obligada a honrar «convenientemente» la memoria de su
-marido, a fin de demostrar a todos los inquilinos, y especialmente
-a Amalia Ivanovna, que el difunto valía tanto como ellos, si era
-que no valía más. Quizá obedecía a ese orgullo de los pobres que en
-determinadas circunstancias de la vida, como bautizo, matrimonio,
-entierro, etc., los impulsa a sacrificar sus últimos recursos con el
-solo objeto de «hacer las cosas tan bien como los otros». Permitido
-es suponer que, en el momento mismo en que se veía reducida a la más
-extremada miseria, Catalina Ivanovna quería mostrar a toda aquella
-«gentuza», no solamente que ella sabía «vivir y recibir», sino que,
-hija de un coronel, educada «en una casa noble y aristocrática», no
-había nacido para fregar el suelo con sus propias manos y lavar por la
-noche la ropa de sus hijos.
-
-Las botellas de vino no eran ni muy numerosas ni de marcas muy
-variadas; faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había exagerado. Sin
-embargo, había aguardiente, ron, Oporto, todo de inferior calidad, pero
-en abundancia. El _menú_, preparado en la cocina de Amalia Ivanovna,
-comprendía, además del _kutia_, tres o cuatro platos, principalmente
-_blines_; además, estaban preparados dos samovars para los convidados
-que quisieran tomar te o ponche después de la comida. Catalina Ivanovna
-se ocupó por si misma en las compras, con ayuda de un inquilino de la
-casa, un polaco famélico, que habitaba, sabe Dios en qué condiciones,
-en casa de la señora Lippevechzel.
-
-Desde el primer momento este pobre hombre se puso a disposición de la
-viuda, y durante treinta y seis horas no dejó de hacer recados con celo
-que, por otra parte, el bueno del polaco no perdía ripio para hacerlo
-notar. A cada instante, por la menor futesa, todo presuroso y atareado
-acudía a pedir instrucciones a la viuda Marmeladoff. Después de haber
-declarado que sin la solicitud de este «hombre servicial y magnánimo»,
-no hubiera sabido qué hacer, Catalina Ivanovna acabó por encontrarlo
-absolutamente insoportable. Era propio de su carácter entusiasmarse
-de repente por cualquiera; le veía con los colores más brillantes y
-le atribuía mil méritos que sólo existían en su imaginación, pero en
-los cuales creía con toda buena fe. Después al entusiasmo sucedía
-bruscamente la desilusión, y entonces se desataba en injurias contra
-aquel a quien pocas horas antes había colmado de excesivas alabanzas.
-
-Amalia Ivanovna tomó también súbita importancia a los ojos de
-Catalina Ivanovna; ésta delegó en ella, cuando se fué al entierro,
-todos sus poderes, y la señora Lippevechzel se mostró digna de esta
-confianza. Ella fué, en efecto, quien se encargó de preparar la mesa
-y de suministrar el servicio de la misma. Claro es que la vajilla,
-los vasos, las tazas, los tenedores, los cuchillos, prestados por
-los diversos inquilinos, mostraban en su rica variedad sus diversos
-orígenes; pero en aquel momento cada cosa estaba en su puesto. Cuando
-volvió a la casa mortuoria, Catalina Ivanovna pudo advertir una
-expresión de triunfo en el rostro de la patrona. Orgullosa de haber
-cumplido tan bien su misión, aquélla se pavoneaba con su traje de duelo
-completamente nuevo, y su gorrito adornado con lazos. Este orgullo,
-por legítimo que fuese, no agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente
-no se hubiera podido poner la mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito con
-sus lazos flamantes también le disgustó: «¡Vaya con la tonta alemana
-esta que no hace más que estorbar!... ¡Se ha dignado, por bondad de
-alma! ¡Habráse visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna, que
-era coronel, había algunas veces cuarenta personas a comer, y no se
-hubiera recibido ni aun para el servicio, a una Amalia Ivanovna, o,
-mejor dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff no quiso manifestar
-entonces sus sentimientos; pero se prometió no quedarse con esta
-impertinencia en el cuerpo.
-
-Otra circunstancia contribuyó también a irritar a Catalina Ivanovna: a
-excepción del polaco que fué hasta el cementerio, casi ninguno de los
-invitados acompañó el cadáver hasta su última morada; por el contrario,
-cuando se trató de sentarse a la mesa, se vió llegar todo lo que había
-de más pobre y de menos recomendable entre los inquilinos; algunos
-se presentaron en traje más que descuidado. Los que estaban un poco
-limpios se habían dado palabra para no venir comenzando por Ludjin, el
-más distinguido de todos ellos. Sin embargo, el día anterior, por la
-noche, Catalina Ivanovna había cantado las excelencias de él a todo el
-mundo, es decir, a la patrona, a Poletchka, a Sonia y al polaco. Era,
-según aseguraban, un hombre muy noble y muy bueno; además de esto, era
-inmensamente rico y estaba muy bien relacionado. Afirmaba que había
-sido amigo de su primer marido, y frecuentado también en otro tiempo la
-casa de su padre. Aseguraba, además, que había prometido emplear toda
-su influencia para conseguirle una pensión importante.
-
-Raskolnikoff se presentó cuando acababan de llegar del cementerio.
-Catalina Ivanovna quedó encantada al verle, en primer lugar, porque, de
-todas las personas presentes, era el único hombre culto (lo presentó a
-todos los invitados, diciendo que dentro de dos años sería catedrático
-de la Universidad de San Petersburgo), y además, por haberse excusado
-respetuosamente de no haber podido, a pesar de sus deseos, asistir a
-las exequias. La viuda se apresuró a hacerle sentar a su izquierda,
-teniendo ya a Amalia Ivanovna sentada a su derecha, y entabló a media
-voz con el joven una conversación tan seguida como se lo permitían sus
-deberes de dueña de casa.
-
-Su enfermedad había tomado desde hacía dos días un carácter más
-alarmante que nunca, y la tos, que le desgarraba el pecho, le impedía a
-menudo terminar las frases. Sin embargo, se consideraba feliz por tener
-a quien confiar la indignación que experimentaba ante aquel concurso de
-figuras grotescas. Al principio, su cólera se manifestaba en las burlas
-que dirigía a los invitados y, sobre todo, a la propietaria.
-
---Todo ello es por culpa de esa imbécil. Ya sabe usted de quién
-hablo--y Catalina Ivanovna mostró con un movimiento de cabeza a la
-patrona--. Mírela usted cómo abre los ojos; adivina que hablamos de
-ella; pero no puede comprender lo que decimos; ahí tiene usted por
-qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué
-idea le ha dado de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere hacer
-creer a todo el mundo que me honra mucho sentándose a mi mesa. Le
-había suplicado que invitase a las personas más distinguidas, y con
-preferencia a aquellas que habían conocido al difunto, y mire usted
-qué colección de desharrapados y de perdidos ha reclutado. Fíjese
-usted: aquél no se ha lavado, da asco; ¿y esos desgraciados polacos?...
-¡Ah, ah! ¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los veo por primera
-vez. Dígame usted: ¿Por qué han venido? Ahí están como una ristra de
-cebollas. ¡Eh!--gritó a uno de ellos--. ¿Ha tomado usted _blines_? Tome
-usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere usted aguardiente? Mire, mire,
-se ha levantado para saludarme. Son, sin duda, pobres diablos muertos
-de hambre. Todo les es igual con tal de comer. Por lo menos no hacen
-ruido; pero yo estoy temblando por los cubiertos de la patrona--dijo
-casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia Ivanovna--. Si por acaso roban
-sus cucharas, le prevengo que yo de nada respondo.
-
-Después de esta satisfacción dada a sus sentimientos, volviéndose hacia
-Raskolnikoff, dijo, burlándose y mostrando a la patrona:
-
---¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra; ahí se está con la boca
-abierta. Fíjese usted; es una verdadera lechuza; una lechuza con lazos
-de colores. ¡Ja, ja, ja!
-
-La risa acabó con un acceso de tos que duró cinco minutos, se llevó
-el pañuelo a los labios y después se lo enseñó silenciosamente a
-Raskolnikoff: estaba manchado de sangre. Gotas de sudor perlaban su
-frente; sus pómulos se coloreaban de rojo, y cada vez respiraba con
-mayor dificultad; sin embargo, continuó hablando en voz baja con
-animación extraordinaria.
-
---Le habían confiado el encargo muy delicado, es verdad, de invitar a
-esa señora y a su hija. Ya sabe usted a quienes me refiero. Era preciso
-proceder en esto con bastante tacto... Pues bien, se ha arreglado de
-modo que esa imbécil forastera, esa provinciana, que ha venido aquí a
-solicitar una pensión como viuda de un mayor, y que, de la mañana a la
-noche, anda recorriendo las Cancillerías con dos dedos de colorete en
-la cara, y eso que tiene cincuenta años muy corridos... esa remilgada
-ha rehusado mi invitación, sin excusarse siquiera, como la más vulgar
-cortesía exige en un caso como éste. No acierto a explicarme cómo es
-que no haya venido tampoco Pedro Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia?
-¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te habías metido, Sonia? Es
-extraño que en un día como éste hayas sido tan poco exacta. Rodión
-Romanovitch, déjela usted colocarse a su lado, ése es tu sitio, Sonia;
-toma lo que quieras. Te recomiendo el _kabial_, está bueno. Ahora te
-traerán las _blines_. ¿No se ha dado de ellas a los niños? Que no se
-os olvide, Poletchka. Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú, Kolia,
-deja quietecitas las piernas. Eso es; así debe de estar un niño bien
-educado. ¿Y qué me cuentas, Sonetchka?
-
-Sonia se apresuró a decir a su madrastra las excusas de Pedro
-Petrovitch, esforzándose en hablar alto para que todos pudieran
-oírle. No contenta con reproducir las fórmulas corteses de que
-Ludjin se había servido, procuró por su parte amplificarlas. Pedro
-Petrovitch--añadió--le había encargado decir a Catalina Ivanovna que
-vendría tan pronto como le fuese posible, para hablar de _negocios_ y
-entenderse con ella acerca de la marcha que debía seguir ulteriormente,
-etcétera, etc.
-
-Sonia sabía que con esto tranquilizaría a su madrastra, y, sobre
-todo, que halagaría su amor propio. La joven se sentó al lado de
-Raskolnikoff, a quien saludó apresuradamente echándole una rápida y
-curiosa mirada; pero durante el resto de la comida evitó mirarle y aun
-dirigirle la palabra. Parecía distraída, aunque tenía los ojos fijos
-en el rostro de Catalina Ivanovna para adivinar sus deseos. Después de
-haber escuchado con complacencia el relato de Sonia, la viuda preguntó
-con aire de importancia por la salud de Pedro Petrovitch; en seguida,
-sin inquietarse demasiado de que pudieran oírla los invitados, hizo
-observar a Raskolnikoff que un hombre tan respetable y distinguido
-hubiese estado fuera de su centro en semejante reunión. Se explicaba
-que no hubiese venido, a pesar de las antiguas relaciones que le unían
-a su familia.
-
---He aquí por qué, Rodión Romanovitch, agradezco tanto que no haya
-usted desdeñado mi hospitalidad; por lo demás--añadió--, convencida
-estoy de que solamente la amistad de usted con mi pobre difunto es lo
-que ha decidido a cumplirme su palabra.
-
-Raskolnikoff escuchaba en silencio. Se encontraba a disgusto.
-Unicamente por cortesía y consideración a Catalina Ivanovna probaba la
-comida, que la propia viuda le acercaba a la boca.
-
-El joven tenía los ojos fijos en Sonia. Esta, cada vez más pensativa,
-seguía con inquietud los progresos de la exasperación de su madrastra,
-que había comenzado a burlarse de sus huéspedes, presintiendo que la
-comida acabaría mal, porque, entre otras cosas, Sonia sabía que era
-ella la causa principal de que las dos provincianas hubieran rehusado
-la invitación. Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando fué a invitar
-a las dos señoras, la madre, muy resentida, había exclamado que cómo
-podría permitir ella que su hija se sentase al lado de aquella...
-_señorita_. Sospechaba la joven que su madrastra tenía ya noticia
-de aquel insulto. Esta injuria a Sonia era para Catalina Ivanovna
-peor que una afrenta hecha a ella, a sus hijos, o a la memoria de su
-padre; era un mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina Ivanovna
-sólo le importaba en aquel momento probar a aquellas imbéciles que
-ambas eran... Precisamente un convidado, sentado en el otro extremo
-de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos corazones de migas de pan
-atravesados por una flecha. Catalina Ivanovna declaró en seguida, con
-voz sonora, que el autor de aquella burla era, de seguro, un «asno
-borracho».
-
-Acto seguido anunció su propósito de retirarse en cuanto hubiera
-obtenido una pensión, a fundar en T***, su ciudad natal, una casa de
-educación para hijas de nobles. De repente mostró aquel certificado
-del cual había hablado Marmeladoff cuando su encuentro con Rodia en
-la taberna. En las circunstancias presentes, tal documento debía
-establecer el derecho de Catalina Ivanovna a abrir un pensionado; pero
-lo había sacado con objeto de confundir a las dos «presumidas», y si
-éstas hubiesen aceptado su invitación, les hubiera demostrado con
-pruebas convincentes, que «la hija de un coronel, la descendiente de
-una familia noble y aristocrática, valía mucho más que las buscadoras
-de aventuras, cuyo número aumenta cada día». El certificado dió pronto
-la vuelta en derredor de la mesa; los convidados, ya a medios pelos,
-se lo pasaban de mano en mano, sin que Catalina Ivanovna se opusiese
-a ello, porque aquel papel la designaba, con todas sus letras, como
-hija de un consejero de Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente, a
-considerarse como hija de un coronel.
-
-Extendióse después la viuda en enumerar los encantos de la existencia
-feliz y tranquila que se prometía pasar en T***. Buscaría el concurso
-de los profesores del Gimnasio, entre los cuales se encontraba un
-anciano respetable, el señor Mangot, que le había enseñado en otros
-tiempos el francés; este señor no vacilaría en dar lecciones en su
-pensionado, y sería módico en sus honorarios. Por último, anunció la
-intención de llevarse a Sonia a T*** y de confiarle la dirección de su
-establecimiento. Al oír estas palabras, uno de los comensales se echó a
-reír.
-
-Catalina Ivanovna fingió no haberlo oído, pero levantando la voz
-dijo que Sonia Semenovna poseía cuantas cualidades son menester para
-secundarla en su tarea. Después de haber elogiado la dulzura de la
-joven, su paciencia, su abnegación, su cultura intelectual y su nobleza
-de sentimientos, le dió suavemente unos golpecitos en la mejilla y la
-besó dos veces seguidas con efusión. Sonia se ruborizó, y Catalina
-Ivanovna prorrumpió en llanto.
-
---Tengo los nervios muy excitados--dijo como para excusarse--y estoy
-muy fatigada. La comida ha acabado, se va a servir el te.
-
-Amalia Ivanovna, muy contrariada por no haber podido meter baza en la
-conversación precedente, eligió aquel momento para aventurar una nueva
-tentativa, e hizo observar muy juiciosamente a la futura directora
-de un pensionado, que «debería conceder mucha atención a la ropa
-interior de las pensionistas e impedir que leyeran novelas durante
-la noche». El cansancio y la irritación hacían a Catalina Ivanovna
-poco tolerante; así es que tomó muy a mal aquellos sabios consejos; a
-creerla a ella, la patrona no entendía una palabra de lo que estaba
-hablando. «En un pensionado de señoritas nobles, el cuidado de la ropa
-blanca correspondía a la mujer encargada de ese servicio, y no a la
-directora del establecimiento. En cuanto a la observación relativa a la
-lectura de las novelas, era sencillamente una inconveniencia.» Catalina
-Ivanovna suplicaba a la patrona que callase.
-
-En lugar de acceder a esta súplica, Amalia Ivanovna respondió con
-acritud que «no había hablado más que por su bien»; que había tenido
-siempre las mejores intenciones, y que, desde hacía largo tiempo,
-Catalina Ivanovna no le pagaba un kopek.
-
---¡Miente usted hablando de buenas intenciones!--replicó la viuda--.
-Ayer, sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba de cuerpo presente,
-vino usted a armar un escándalo a propósito de mis atrasos, y por causa
-suya no han venido ciertas señoras...
-
-Al oír esto la patrona observó con mucha lógica que ella «había
-invitado a aquellas señoras, pero no habían venido porque eran nobles
-y no podían ir a casa de una señora que no lo era». A lo cual su
-interlocutora contestó «que una cocinera no tenía criterio para juzgar
-de la verdadera nobleza».
-
-Herida Amalia Ivanovna en lo vivo replicó «que su _vater_[17] era un
-hombre muy importante en Berlín que se paseaba constantemente con
-las manos en los bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para dar una
-idea más exacta de su _vater_, la señora Lippevechzel se levantó, se
-metió las manos en los bolsillos e inflando los carrillos se puso a
-imitar el ruido de un fuelle de fragua. Aquello provocó una carcajada
-general entre los inquilinos que, con la esperanza de una batalla
-entre las dos mujeres, se complacían en azuzar a Amalia Ivanovna. La
-viuda de Marmeladoff, no pudiendo contenerse más, declaró en voz muy
-alta que «Amalia Ivanovna quizá no había tenido nunca _vater_, que era
-sencillamente una finlandesa de San Petersburgo, que había debido ser
-en otro tiempo cocinera, o tal vez algo más bajo». Respuesta furiosa
-de la patrona: «Acaso era Catalina Ivanovna la que no había tenido
-_vater_. En cuanto a ella, su padre era un berlinés que usaba levitas
-muy largas y que hacía constantemente ¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna
-respondió con tono despreciativo que «su nacimiento era conocido de
-todo el mundo, y que aquel mismo certificado honorífico en caracteres
-impresos, la designaba como hija de un coronel, y que, en cambio,
-Amalia Ivanovna (en el supuesto de que hubiese tenido padre conocido),
-debía ser hija de algún vendedor de leche finlandés; pero, según todas
-las apariencias, era hospiciana, puesto que no sabía aún cuál era su
-nombre patronímico, si se llamaba Amalia Ivanovna o Amalia Ludvigovna».
-La patrona, fuera de sí, gritó, dando puñetazos sobre la mesa, «que
-ella era Ivanovna y no Ludvigovna; que su padre se llamaba Juan, y
-que había sido alcalde, cosa que no fué nunca el padre de Catalina
-Ivanovna». Al oír tales palabras se levantó ésta, y con voz tranquila,
-desmentida por la palidez de su rostro y por la agitación de su pecho,
-dijo:
-
- [17] Padre, en alemán.
-
---Si usted se atreve otra vez a poner en parangón a su miserable
-_vater_ con mi padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.
-
-Amalia Ivanovna, ante su amenaza, empezó a correr por la habitación,
-gritando con todas sus fuerzas que ella era la propietaria y que
-Catalina Ivanovna se marcharía de su casa al instante. Después se
-apresuró a recoger los cubiertos de plata que estaban sobre la mesa. A
-esto siguió una confusión y un barullo indescriptible; los chiquillos
-se echaron a llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra para impedir que
-hiciese un disparate, pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado en alta
-voz una alusión a la _cartilla amarilla_, Catalina Ivanovna rechazó a
-la joven y se fué derecha a la patrona, decidida a arrancarle el moño.
-
-Mas en aquel momento se abrió la puerta y apareció Pedro Petrovitch
-Ludjin.
-
-El funcionario dirigió una mirada severa a todos los presentes y
-Catalina Ivanovna corrió hacia él.
-
-
-III
-
---¡Pedro Petrovitch!--gritó--. ¡Protéjame usted! Haga comprender a
-esta imbécil que no tiene derecho para hablar así a una señora noble
-y desgraciada; que eso no está permitido. Me quejaré al gobernador
-general... y esa mujer tendrá que responder ante él de lo que ha dicho.
-En nombre de la hospitalidad que usted recibió de mi padre, venga en
-ayuda de mis huérfanos.
-
---Permítame usted, señora... permítame usted--dijo Pedro Petrovitch
-apartando con un ademán a la solicitante--. Como usted sabe muy bien,
-no he tenido el honor de conocer a su padre... Permítame usted, señora
-(uno de los comensales se echó a reír ruidosamente); no pienso tomar
-parte en las continuas reyertas de usted con Amalia Ivanovna...
-Vengo aquí por un asunto personal... Deseo tener inmediatamente una
-explicación con su hijastra de usted, Sonia... Semenovna... ¿no es ése
-su nombre? Permítame usted que entre...
-
-Y apartándose de Catalina Ivanovna, Pedro Petrovitch se dirigió al
-rincón de la sala en que se encontraba Sonia.
-
-La viuda se quedó como clavada en su sitio. No podía comprender que
-Pedro Petrovitch negase haber sido huésped de su padre. Aquella
-hospitalidad, que no existía más que en su imaginación, se había
-convertido para ella en artículo de fe. Lo que principalmente la
-impresionó, fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador de Ludjin.
-Al aparecer este último se restableció el silencio poco a poco. El
-pulcro y severo traje del hombre de leyes formaba contraste con la
-sordidez de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna. Cada uno de ellos
-se daba cuenta de que sólo un motivo de gravedad excepcional podía
-explicar la presencia de aquel personaje en semejante sitio; todos,
-pues, esperaban que pasase algo. Raskolnikoff, que estaba sentado al
-lado de Sonia, se levantó para dejar acercarse a Pedro Petrovitch, y
-éste pareció no reparar en el joven.
-
-Un instante después apareció Lebeziatnikoff; pero en lugar de entrar
-en la habitación permaneció en el umbral escuchando con curiosidad sin
-acertar a comprender al pronto de qué se trataba.
-
---Perdónenme ustedes que turbe su reunión; pero me veo obligado a
-ello por un asunto de bastante importancia--dijo Pedro Petrovitch sin
-dirigirse a nadie en particular--; en cuanto a mí, me agrada poder
-explicarme delante de una reunión numerosa. Amalia Ivanovna, ruego
-a usted que, como propietaria de esta casa, preste atención a la
-conferencia que voy a celebrar con Sonia Semenovna.
-
-Después, dirigiéndose a la joven que estaba extremadamente pálida y
-bastante sorprendida, añadió:
-
---Sonia Semenovna, inmediatamente después de la visita de usted, he
-echado de menos un billete de Banco de cien rublos, que había sobre una
-mesa de la habitación de mi amigo Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.
-Si usted sabe lo que ha sido de ese billete y me lo dice, doy a usted,
-en presencia de todas estas personas, mi palabra de honor de que este
-asunto no tendrá consecuencias; en caso contrario, me veré obligado a
-recurrir a medidas muy serias, y entonces... no tendrá usted que echar
-la culpa a nadie sino a sí misma.
-
-Un profundo silencio siguió a estas palabras. Hasta los niños cesaron
-de llorar. Sonia, mortalmente pálida, miraba a Ludjin sin acertar
-a responder. Parecía no haber comprendido aún. Así pasaron algunos
-segundos.
-
---Vamos, ¿qué responde usted?--preguntó Pedro Petrovitch, mirando
-atentamente a la joven.
-
---Yo no sé... no sé nada--dijo al cabo con voz débil.
-
---¿No? ¿Usted no sabe nada?--preguntó Ludjin, y dejó pasar nuevamente
-algunos segundos.
-
-En seguida añadió con tono severo:
-
---Piense usted en lo que le digo, señorita; reflexione usted; quiero
-darle tiempo bastante. Si no estuviese completamente seguro de mi
-afirmación, me guardaría muy mucho de lanzar contra usted una acusación
-tan grave. Tengo demasiada experiencia en los negocios para exponerme
-a una querella por difamación. Esta mañana he ido a negociar unos
-títulos, que representaban un valor nominal de 3.000 rublos. De vuelta
-en mi alojamiento, me he puesto a contar el dinero; Andrés Semenovitch
-es testigo. Después de haber contado dos mil trescientos rublos, los he
-guardado en una cartera que he metido en el bolsillo del pecho de la
-levita. Quedaban sobre la mesa unos quinientos rublos en billetes de
-Banco, entre los cuales había tres de cien rublos cada uno. Entonces
-fué cuando, a invitación mía, vino usted a nuestro cuarto, y durante
-todo el tiempo de su visita ha estado usted extraordinariamente
-agitada. Por tres veces se ha levantado usted para salir, aun cuando
-nuestra conversación no había terminado aún. Andrés Semenovitch puede
-dar fe de todo esto.
-
-»Usted no negará, así por lo menos lo creo, que la he hecho llamar por
-Andrés Semenovitch con objeto de ocuparme con usted en la situación
-desgraciada de su madrastra (a cuya casa no podía venir yo a comer),
-y de la forma de socorrerla por medio de subscripción, lotería, o
-cosa parecida. Usted me dió las gracias con las lágrimas en los ojos.
-(Entro en todos estos pormenores, para probarle que no he olvidado
-ninguna circunstancia.) Inmediatamente he tomado de encima de la mesa
-un billete de diez rublos, y se lo he entregado a usted como primer
-recurso para su madrastra. Andrés Semenovitch lo ha visto todo. Después
-la he acompañado hasta la puerta, y usted se ha retirado con la misma
-agitación que antes.
-
-»Cuando usted salió del cuarto, he estado hablando durante diez
-minutos, aproximadamente, con Andrés Semenovitch. Por último él se
-marchó y yo me acerqué a la mesa para guardar el resto del dinero,
-viendo entonces, con gran sorpresa, que me faltaba un billete de
-cien rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo sospechar de Andrés
-Semenovitch, ni siquiera concebir semejante idea. No puedo tampoco
-engañarme en mis cuentas, porque, un momento antes de que usted
-entrara, acababa de comprobarlas. Comprenderá usted que acordándome
-de su agitación, de su prontitud en salir y de que tuvo usted durante
-algún tiempo las manos sobre la mesa, y considerando, finalmente, la
-posición social de usted, he debido, a despecho de mi propia voluntad,
-dar acogida a una sospecha, cruel, sin duda, pero legítima.
-
-»Por convencido que me halle de la culpabilidad de usted, repito que sé
-a lo que me expongo dirigiéndole esta acusación. Sin embargo, no vacilo
-en formularla, sobre todo, señorita, por su negra ingratitud. ¿Cómo? La
-mando llamar a usted porque me intereso por su infortunada madrastra y
-por sus hermanitos; le doy un billete de diez rublos ¡y me recompensa
-usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está bien! Le hace falta una lección
-que le sirva de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione usted; se lo
-propongo amistosamente, porque en este momento es lo mejor que puedo
-hacer en su favor. De lo contrario, seré inflexible. Vamos, confiese
-usted.»
-
---Yo nada he tomado--murmuró Sonia espantada--; usted me ha dado diez
-rublos; aquí están, tómelos, se los devuelvo.
-
-La joven sacó el pañuelo del bolsillo, deshizo un nudo, tomó el billete
-de diez rublos, que estaba allí guardado, y se lo alargó a Ludjin.
-
---¿De modo que insiste usted en negar el robo de esos cien
-rublos?--dijo en tono de reproche Ludjin, sin tomar el billete.
-
-Sonia dirigió una mirada en torno suyo, y en todos los rostros de las
-personas que la rodeaban sorprendió una expresión severa, irritada o
-burlona. La joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie, apoyado contra la
-pared, tenía los brazos cruzados y sus ojos llameantes fijos en ella.
-
---¡Señor, señor!--gimió la muchacha.
-
---Amalia Ivanovna, será menester llamar a la policía; por lo tanto,
-suplico a usted humildemente que haga subir al _dvornik_--dijo Ludjin
-con voz dulce y hasta cariñosa.
-
---_Gott der barmherzig!_ ¡Bien sabía yo que ésta era una
-ladrona!--exclamó la señora Lippevechzel palmoteando.
-
---¿Usted lo sabía?--repuso Pedro Petrovitch--; eso quiere decir
-que ya ciertos hechos anteriores autorizan a usted a deducir esta
-consecuencia. Suplico a usted, dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide
-las palabras que acaba de pronunciar. Por lo demás, hay testigos.
-
-En todos lados se hablaba ruidosamente.
-
---¿Cómo?--exclamó Catalina Ivanovna, saliendo de repente de su estupor,
-y con rápido movimiento se precipitó hacia Ludjin--. ¿Cómo? ¿La acusa
-usted de robo? ¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde!
-
-Después se aproximó vivamente a la joven y la estrechó entre sus brazos
-descarnados.
-
---¿Cómo, Sonia, has podido aceptar diez rublos de él? ¡Oh, tonta!
-¡Dámelos! ¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así!
-
-Catalina tomó el billete de manos de Sonia, lo arrugó entre sus dedos
-y se lo tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho una pelota, alcanzó a
-Pedro Petrovitch y rodó en seguida por el suelo. Amalia Ivanovna se
-apresuró a levantarlo. El hombre de negocios se incomodó.
-
---Contengan ustedes a esa loca.
-
-En aquel momento acudieron muchas personas, que se colocaron en el
-umbral, al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban las dos señoras
-provincianas.
-
---¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?--vociferó Catalina
-Ivanovna--. ¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de negocios, un
-hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona?
-¡Pero si ella te daría más que vale ese dinero, imbécil!--y la viuda
-rompió a reír de un modo nervioso--. ¿Han visto ustedes a este
-imbécil?--añadió, yendo de uno a otro inquilino y mostrando a Ludjin a
-cada uno de ellos.
-
-De repente vió a Amalia Ivanovna, y su cólera no tuvo límites.
-
---¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú también, infame prusiana, dices
-que Sonia es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible? ¡Si no ha salido
-de la habitación! Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a la mesa
-con nosotros; todos la han visto al lado de Rodión Romanovitch...
-registradla. Puesto que no ha ido a ninguna parte, tendrá el dinero
-encima. ¡Busca, busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras, querido,
-tendrás que responder de tu conducta! ¡Me quejaré al emperador, al zar
-misericordioso! ¡Hoy mismo iré a arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana;
-me dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá? ¡Te engañas! Obtendré una
-audiencia. ¿Porque Sonia es tan dulce pensabas que no tenías nada que
-temer? Tú contabas con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si ella es tímida,
-yo, amigo mío, yo no tengo miedo a nada, y así tus cálculos caen por
-tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate!
-
-Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba a Ludjin por un brazo y le
-empujaba hacia donde estaba Sonia.
-
---Si estoy pronto, si no deseo otra cosa... pero, tranquilícese usted,
-señora, cálmese usted--balbuceaba el funcionario.--Ya veo que no tiene
-usted miedo. Esto debería hacerse en la oficina de policía. Por lo
-demás, hay aquí un número más que suficiente de testigos... Sí, yo
-estoy pronto... no obstante, es muy delicado para un hombre... a causa
-de su sexo... Si Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso... Sin
-embargo, no es así como se hacen estas cosas.
-
---¡Hágala usted registrar por quien quiera!--gritó Catalina Ivanovna--.
-Sonia, enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira, monstruo, ve cómo están
-vacíos! ¡Aquí no hay más que un pañuelo; mira, nada más que un pañuelo,
-puedes convencerte de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves?
-
-No contenta con vaciar los bolsillos de Sonia, Catalina los volvió,
-uno después del otro, de dentro afuera. Pero en el momento en que
-ponía al descubierto el forro del bolsillo derecho, se escapó de él
-un papelillo, que, describiendo una parábola en el aire, fué a caer a
-los pies de Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron un grito. Pedro
-Petrovitch se bajó, tomó el billete con los dedos y lo desplegó _coram
-populo_. Era un billete de cien rublos, doblado en ocho partes. Pedro
-Petrovitch lo enseñó a todos para que no existiese ninguna duda sobre
-la culpabilidad de Sonia.
-
---¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía, la policía!--aulló Amalia
-Ivanovna--. ¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la calle!
-
-De todas partes brotaban exclamaciones. Raskolnikoff, silencioso, no
-cesaba de mirar a Sonia más que para echar de vez en cuando una mirada
-rápida sobre Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía más bien
-atontada que sorprendida; de repente enrojeció y se cubrió el rostro
-con las manos.
-
---¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado nada! ¡Yo no sé nada!--gritó con
-voz desgarradora y se precipitó hacia Catalina Ivanovna, que abrió los
-brazos como un asilo inviolable para la desgraciada criatura.
-
---¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo que no lo creo!--repetía Catalina
-Ivanovna, rebelde a la evidencia. (Estas palabras iban acompañadas
-de mil caricias; besaba a la joven, le tomaba las manos, la mecía
-en sus brazos como a un niño.)--¡Tú haber robado nada! ¡pero qué
-personas más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos, tontos!--gritaba a
-los circunstantes--. ¡No sabéis lo que es esta criatura! ¡Robar ella!
-¡Ella, que vendería su último vestido; ella, que iría descalza antes
-que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais necesidad de ellos!
-¡Así, así es...! ¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque mis hijos se
-morían de hambre... se vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto; mi
-pobre difunto! ¡Dios mío, Dios mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos,
-en vez de estar impasibles! Usted, Rodión Romanovitch, ¿por qué no la
-defiende? ¿Usted también la cree culpable? ¡Todos vosotros juntos, no
-valéis lo que el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela tú!
-
-Las lágrimas, las súplicas, la desesperación de la pobre Catalina
-Ivanovna parecieron causar una gran impresión en el público. Aquel
-rostro de tísica, aquellos labios secos, aquella voz ahogada,
-expresaban un sentimiento tan doloroso, que era difícil no sentirse
-conmovido ante tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió en seguida a
-expresar los más dulces sentimientos.
-
---¡Señora, señora!--dijo con solemnidad--. Este negocio no concierne a
-usted en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla de culpabilidad; usted
-misma es la que ha sacado los bolsillos y ha descubierto el objeto
-robado; basta esto para demostrar la completa inocencia de usted. Estoy
-dispuesto a mostrarme indulgente con un acto a que Sonia Semenovna ha
-podido ser impulsada por la miseria. Pero, ¿por qué se niega usted a
-confesar, señorita? ¿Teme la deshonra? ¿Era éste su primer hurto? ¿Lo
-hizo usted trastornada? La cosa se comprende, se comprende muy bien;
-vea usted, sin embargo, a lo que se exponía. Señores--dijo dirigiéndose
-a todos los presentes, mudos por un sentimiento de piedad--: Estoy
-pronto a perdonar, a pesar de las injurias que se me han dirigido.
-
-Después añadió:
-
---Señorita, que la humillación de hoy le sirva a usted de lección para
-el porvenir; no daré parte; las cosas no pasarán de aquí.
-
-Pedro Petrovitch dirigió una mirada de reojo a Raskolnikoff; sus ojos
-se encontraron; los del joven despedían llamas. En cuanto a Catalina
-Ivanovna, parecía no haber oído nada y continuaba abrazando a Sonia con
-una especie de frenesí. A ejemplo de su madre, los niños estrechaban
-entre sus bracitos a la joven; Poletchka, sin comprender lo que pasaba,
-sollozaba a más no poder, con su linda carita apoyada en el hombro de
-Sonia. De repente, en el umbral de la puerta una voz sonora exclamó:
-
---¡Qué villanía!
-
-Pedro Petrovitch se volvió vivamente.
-
---¡Qué villanía!--repitió Lebeziatnikoff mirando fijamente a Ludjin.
-
-Este último se estremeció. Todos lo advirtieron (luego se acordaron de
-esta circunstancia). Lebeziatnikoff entró en la sala.
-
---¿Y usted se ha atrevido a invocar mi testimonio?--dijo aproximándose
-a Pedro Petrovitch.
-
---¿Qué significa esto? ¿De qué habla usted, Andrés
-Semenovitch?--preguntó Ludjin.
-
---Esto significa que usted es un... calumniador. Ya tiene usted
-explicado el sentido de mis palabra--replicó arrebatadamente
-Lebeziatnikoff.
-
-Estaba extremadamente colérico y fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos
-enfermizos, que tenían dura e indignada expresión. Raskolnikoff
-escuchaba ansiosamente con la mirada fija en el rostro del joven
-socialista.
-
-Hubo una pausa. En el primer momento, Pedro Petrovitch quedó casi
-desconcertado.
-
---¿Es a mí a quien...?--murmuró--. ¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en
-su juicio?
-
---Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un... mal hombre. ¡Ah! ¡Qué
-infamia! Lo he oído todo, y si no he hablado antes, es porque quería
-comprender bien; hay algunas cosas que... lo confieso, no me las
-explico. Me gustaría saber por qué ha hecho usted esto.
-
---¿Pero qué es lo que yo he hecho? ¿Acabará de hablar enigmáticamente?
-¡Usted está borracho!
-
---¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros está borracho, es usted. Yo jamás
-bebo aguardiente, porque esto es contrario a mis principios. Figúrense
-ustedes que es él, él mismo quien, con sus propias manos ha dejado el
-billete de cien rublos a Sonia Semenovna; yo lo he visto; yo he sido
-testigo de ello, y lo declararé bajo la fe de mi juramento. Es él,
-él--repetía Lebeziatnikoff dirigiéndose a todos y a cada uno.
-
---¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!--replicó violentamente
-Ludjin--. Ella misma aquí, hace un momento, ha afirmado, en presencia
-de usted y de todo el mundo, que no había recibido más que diez
-rublos... ¿Cómo es, pues, posible que yo le haya dado más dinero?
-
---Yo lo he visto--repitió con energía Andrés Semenovitch--; y aunque
-esto pugna a mis principios, estoy dispuesto a prestar juramento
-ante la justicia; le he visto a usted deslizar ese dinero con mucho
-disimulo. Sólo que he sido tan tonto, que he creído que hablaba usted
-por generosidad. Cuando usted le decía adiós en el umbral de la puerta
-y le ofrecía usted la mano derecha, le introdujo disimuladamente en el
-bolsillo el papel que tenía en la izquierda. Yo lo he visto, yo lo he
-visto.
-
-Ludjin palideció.
-
---¿Qué es lo que está usted mintiendo?--replicó insolentemente--.
-Estando al lado de la ventana, ¿cómo podía usted ver eso del billete?
-Vaya, como está usted mal de la vista, ha sido usted objeto de una
-ilusión.
-
---No, yo no he visto visiones. A pesar de la distancia, lo he visto
-todo muy bien. Desde la ventana, en efecto, era difícil distinguir
-el billete, en eso tiene usted razón; mas a causa de esa misma
-circunstancia, sé que era precisamente un billete de cien rublos.
-Cuando usted dió diez a Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la mesa
-y vi a usted tomar al mismo tiempo un billete de cien rublos. No he
-podido olvidar este detalle, porque en aquel momento se me ocurrió una
-idea. Después de haber plegado el billete, lo guardó usted en el hueco
-de la mano, y cuando se levantó se pasó el papel de la mano derecha a
-la izquierda, y estuvo a punto de dejarlo caer. Me he acordado porque
-se me ocurrió la misma idea, a saber: que usted quería obligar a Sonia
-Semenovna sin que yo me enterara; pero no puede usted imaginarse con
-qué atención he observado sus gestos y ademanes. Así es que he visto
-meter el billete en el bolsillo de la joven. Lo he visto, lo he visto,
-y lo repetiré donde sea necesario bajo la fe del juramento.
-
-Lebeziatnikoff estaba casi sofocado por la indignación. De todos lados
-se entrecruzaban exclamaciones diversas. La mayor parte expresaban
-estupor; pero algunas eran proferidas en son de amenaza. Todos rodearon
-a Pedro Petrovitch. Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff.
-
---¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le conocía a usted! ¡Usted la defiende;
-solamente usted se pone de parte de ella! ¡Dios le envía a usted
-en socorro de la huérfana! ¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo,
-_batuchka_!
-
-Y Catalina Ivanovna, sin casi tener conciencia de lo que hacía, cayó de
-rodillas delante del joven.
-
---¡Esas son tonterías!--vociferó Ludjin arrebatado por la cólera--.
-¡No dice usted más que necedades! «Yo he olvidado; me he acordado: me
-acuerdo; me olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo que si fuera
-verdad lo que usted dice, yo le habría deslizado a propósito esos cien
-rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto? ¿Qué tengo yo de común con
-esa...?
-
---¿Por qué? Eso es lo que no comprendo; me limito a referir el hecho
-tal como ha pasado, sin pretender explicarlo, y, dentro de esos
-límites, garantizo su exactitud... Tampoco me engaño, malvado, así como
-me acuerdo de haberme hecho esta misma pregunta en el momento en que
-felicitaba a usted estrechándole la mano. Me preguntaba por qué razón
-había usted hecho ese regalo en forma clandestina. Quizá, me dije, ha
-querido ocultarme su buena acción, sabiendo que yo, en virtud de mis
-principios, soy enemigo de la caridad privada y la considero como un
-vano paliativo. He pensado después que trataba de dar una sorpresa a
-Sonia Semenovna. Hay, en efecto, personas que se complacen en dar a
-sus beneficios el sabor de lo imprevisto. En seguida se me ocurrió
-otra idea: que la intención de usted era poner a prueba a la joven;
-que usted quería saber si, cuando ella encontrara en el bolsillo
-esos cien rublos, vendría a darle las gracias, o acaso quería usted
-substraerse a su reconocimiento, siguiendo el precepto de que la mano
-derecha debe ignorar... En una palabra, Dios sabe las suposiciones que
-se me ocurrieron. La conducta de usted me preocupaba de tal modo, que
-me proponía reflexionar más tarde sobre ella detenidamente. Además,
-hubiera creído faltar a la delicadeza, dando a entender que conocía su
-secreto. Pensando en estas cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna,
-ignorando la generosidad de usted, podía perder el billete de Banco.
-He aquí por qué me he decidido a venir: porque quería llamarla aparte
-y decirle que le habían puesto cien rublos en el bolsillo; pero antes
-he entrado en casa de las señoras Kobyliatnikoff, para entregarles un
-_Tratado general sobre el método positivo_, y recomendarles el artículo
-de Piderit (el de Vagner no carece de valor). Un momento después he
-llegado aquí y he sido testigo de esta escena. Ahora bien: ¿es posible
-que yo hubiera podido pensar en todo esto y hacerme todos estos
-razonamientos, si no le hubiera visto a usted deslizar los cien rublos
-en el bolsillo de Sonia Semenovna?
-
-Cuando Andrés Semenovitch terminó su discurso, no podía ya más y
-tenía el rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso le costaba trabajo
-expresarse convenientemente, aunque, por lo demás, no conocía ningún
-otro idioma. Este esfuerzo oratorio le había agotado. Sus palabras
-produjeron, sin embargo, extraordinario efecto. El acento de sinceridad
-con que las había pronunciado llevó el convencimiento al alma de todos
-los oyentes. Pedro Petrovitch comprendió que perdía terreno.
-
---¡Qué me importan a mí las tonterías que se le han ocurrido a
-usted!--exclamó--; eso no es una prueba. Ha podido usted soñar cuantas
-necedades quiera. Le digo que miente. ¡Miente usted, y además me
-calumnia para satisfacer sus rencores! La verdad es que usted me odia
-porque me he puesto enfrente del radicalismo impío, de las doctrinas
-antisociales que usted sostiene.
-
-Pero, lejos de redundar en favor de Pedro Petrovitch, provocó violentos
-murmullos en su derredor.
-
---¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre responder? No es muy fuerte su
-argumento--replicó Lebeziatnikoff--. ¡Llame a la policía; prestaré mi
-juramento! Una sola cosa queda obscura para mí: el motivo que le ha
-impulsado a cometer una acción tan baja. ¡Oh miserable, cobarde!
-
-Raskolnikoff avanzó, separándose del grupo.
-
---Yo puedo explicar su conducta, y si es menester, también prestaré
-juramento--dijo con voz firme.
-
-A primera vista, la tranquila seguridad del joven probó al público
-que conocía a fondo el asunto, y que aquel embrollo estaba a punto de
-llegar a su desenlace.
-
---Ahora lo comprendo todo--prosiguió Raskolnikoff dirigiéndose a
-Lebeziatnikoff--. Desde el principio de este accidente había sospechado
-detrás de esto alguna innoble intriga. Se fundaban mis sospechas en
-ciertas circunstancias solamente de mí conocidas, y que voy a revelar,
-porque presentan las cosas en su verdadero aspecto. Usted, Andrés
-Semenovitch, ha iluminado perfectamente mi espíritu; suplico a ustedes
-que me escuchen. Ese señor--continuó, designando con un gesto a Pedro
-Petrovitch--, ha pedido recientemente la mano de mi hermana Advocia
-Romanovna Raskolnikoff. Llegado hace poco a San Petersburgo, vino
-a verme anteayer; pero ya en nuestra primera entrevista tuvimos un
-choque y le eché a la calle, como pueden declarar dos personas que
-estaban presentes. Ese hombre es muy malo... Anteayer ignoraba yo que
-viviese con usted, Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia,
-anteayer, es decir, el día mismo de nuestra cuestión, se encontró
-presente aquí en el momento en que, como amigo del difunto Marmeladoff,
-le di un poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna para atender a
-los gastos de los funerales de su marido. Inmediatamente escribió a mi
-madre diciéndole que yo había dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna,
-sino a Sonia Semenovna, calificando al mismo tiempo a esa joven con
-los más ultrajantes adjetivos y dando a entender que yo tenía con
-ella relaciones íntimas. Su objeto, como comprenderán ustedes, era
-enemistarme con mi familia, insinuándole que yo gasto en disipaciones
-el dinero de que ella se priva para atender a mis necesidades. Ayer
-noche, en una entrevista con mi madre y mi hermana, entrevista a la
-cual asistía él, he restablecido la verdad de los hechos que este
-señor había desnaturalizado. «El dinero--dije--se lo di a Catalina
-Ivanovna para pagar el entierro de su marido, y no a Sonia Semenovna
-a quien aquel día había hablado por primera vez.» Furioso al ver que
-sus calumnias no obtenían el resultado apetecido, insultó groseramente
-a mi madre y a mi hermana. Siguióse un rompimiento definitivo y se le
-echó a la calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen ustedes ahora y
-comprenderán qué interés le guiaba, en las circunstancias presentes,
-a inculpar a Sonia Semenovna si lograba hacer pasar a esta joven
-por ladrona, y resultaba culpable a los ojos de mi madre y de mi
-hermana, puesto que no tenía temor en comprometer a ésta poniéndola en
-relaciones con una ladrona; él, por el contrario, al atacarme a mí,
-salía a la defensa de mi hermana, su futura esposa. En una palabra,
-éste era para él un medio de enemistarme con los míos y de congraciarse
-con ellos. Con el mismo golpe se vengaba también de mí, pensando que me
-intereso vivamente por el honor y la tranquilidad de Sonia Semenovna.
-Tal es el cálculo que ha hecho, y de este modo es como me explico yo su
-conducta.
-
-Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente interrumpido por
-las exclamaciones del público, que no perdía una sola frase. Pero, a
-despecho de las interrupciones, su palabra conservó hasta el fin una
-calma, una seguridad y una claridad imperturbables. Su voz vibrante,
-su acento convencido y su rostro severo, conmovieron profundamente al
-auditorio.
-
---Sí, sí; eso es--se apresuró a reconocer Lebeziatnikoff--, debe usted
-tener razón, porque en el momento mismo en que entró Sonia Semenovna en
-nuestro cuarto, me preguntó si había visto a usted y si estaba entre
-los convidados de su madrastra, llevándome aparte para preguntármelo en
-voz baja. Tenía, pues, necesidad de que estuviese usted aquí. Sí, eso
-es.
-
-Ludjin, mortalmente pálido, permanecía silencioso y sonreía con aire
-despreciativo. Parecía buscar un medio de salir airosamente de aquel
-trance. Quizá de buena gana hubiera hurtado el cuerpo en seguida; pero
-en aquel momento la retirada era casi imposible: irse equivalía a
-reconocer implícitamente las acusaciones que se le dirigían y confesar
-que había calumniado a Sonia Semenovna.
-
-Por otra parte, la actitud de los circunstantes no era nada
-tranquilizadora. La mayoría de ellos estaban borrachos. Esta escena
-atrajo a la habitación un número considerable de inquilinos que no
-habían comido en casa de la viuda. Los polacos, muy excitados, no
-cesaban de proferir en sus lenguas mil amenazas contra Pedro Petrovitch.
-
-Sonia escuchaba atentamente, pero no daba señales de haber recobrado
-su presencia de ánimo; parecía que acababa de volver de un desmayo. No
-apartaba los ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que en él estaba todo
-su apoyo. Catalina Ivanovna sufría atrozmente: cada vez que respiraba
-se escapaba de su pecho un ronco sonido.
-
-La figura más estúpida era la de Amalia Ivanovna, que tenía aspecto de
-no comprender nada, y con la boca abierta miraba como alelada. Tan sólo
-veía que Pedro Petrovitch estaba metido en grave aprieto. Raskolnikoff
-quiso tomar de nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar a ello a causa
-de que la gritería no hubiera permitido que le oyeran. De todas partes
-llovían injurias y amenazas sobre Ludjin, en derredor del cual se
-había formado un corro tan hostil como compacto. El hombre de negocios
-sacó fuerzas de flaqueza, y haciéndose cargo de que la partida estaba
-definitivamente perdida, buscó recursos en la osadía.
-
---Permítanme ustedes, señores, permítanme ustedes, no me cerquen
-de este modo; déjenme pasar--dijo, tratando de abrirse paso al
-través del grupo que le rodeaba--. Aseguro a ustedes que es inútil
-tratar de intimidarme con amenazas. No me asusto por tan poca
-cosa. Por el contrario, ustedes deben temblar por el amparo con que
-encubren un delito. El robo está más que probado, y yo presentaré
-la correspondiente denuncia contra la autora y sus encubridores.
-Los jueces son personas ilustradas y no borrachos, y recusarán el
-testimonio de dos impíos, de dos revolucionarios declarados que me
-acusan por un acto de venganza personal, como ellos han cometido la
-necedad de afirmar. Sí, permítanme ustedes.
-
---No quiero respirar el mismo aire que usted, y le suplico que deje mi
-cuarto; todo ha acabado entre nosotros--dijo Lebeziatnikoff--. ¡Cuando
-pienso que desde hace quince días vengo sudando sangre y agua para
-exponerle...!
-
---Antes de ahora, Andrés Semenovitch, le he anunciado yo mismo mi
-partida, precisamente cuando hacía usted instancias para retenerme;
-ahora me limito a decirle que es usted un imbécil. Le deseo que se cure
-de los ojos y del entendimiento. Permitan ustedes, señores.
-
-Logró abrirse paso; pero uno de los circunstantes, creyendo que las
-injurias no eran castigo suficiente, tomó un vaso de la mesa y lo
-lanzó con todas sus fuerzas contra Pedro Petrovitch. Por desgracia, el
-proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna, que se puso a dar gritos horribles.
-
-Al lanzar el vaso, el agresor perdió el equilibrio y cayó pesadamente
-bajo la mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff, y una hora
-después dejó la casa.
-
-Naturalmente tímida, Sonia sabía ya antes de esta aventura que su
-situación la exponía a todo género de ataques, y que cualquiera podía
-ultrajarla casi impunemente. Sin embargo, hasta entonces había esperado
-desarmar la malevolencia de los demás, a fuerza de circunspección, de
-humildad y de dulzura con todos y cada uno; pero hasta esta ilusión se
-disipaba. Tenía, sin duda, bastante paciencia para sufrir aún esto con
-resignación y casi sin murmurar; pero en aquel momento la decepción era
-demasiado cruel. Aunque su inocencia hubiese triunfado de la calumnia,
-y aun cuando su primer terror hubiera pasado, al darse cuenta de lo
-ocurrido se le oprimió dolorosamente el corazón ante el pensamiento
-de su abandono y de su soledad en la vida. La joven tuvo una crisis
-nerviosa, y, no pudiendo contenerse más, salió apresuradamente de la
-sala y echó a correr a su casa. Su partida fué poco después de la de
-Ludjin.
-
-El vasazo recibido por Amalia Ivanovna produjo hilaridad general; pero
-la patrona tomó muy a mal la cosa y revolvió su cólera contra Catalina
-Ivanovna, la cual, vencida por el sufrimiento, había tenido que echarse
-en su cama.
-
---¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea! ¡A la calle!
-
-Mientras pronunciaba estas palabras con voz irritada, la señora
-Lippevechzel tomaba todos los objetos pertenecientes a su inquilina
-y los arrojaba en un montón en medio de la sala. Quebrantada, casi
-desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna saltó de la cama y se lanzó
-sobre la patrona. Pero la lucha era demasiado desigual, y a Amalia
-Ivanovna no le costó gran trabajo rechazar este asalto.
-
---¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado a Sonia, y esta mujer se
-revuelve ahora contra mí? ¿El día en que han enterrado a mi marido me
-expulsa; después de haber recibido mi hospitalidad, me arroja a la
-calle con mis hijos? Pero, ¿a dónde voy a ir yo?--sollozaba la infeliz
-mujer--. ¡Señor!--exclamó de repente con los ojos centelleantes--. ¿Es
-posible que no haya justicia? ¿A quién defenderás Tú, Dios mío, si no
-nos defiendes a nosotras, pobres huérfanas? Pero ya veremos. Jueces
-y tribunales hay en la tierra; recurriré a ellos; espere un poco,
-criatura mía. Poletchka, quédate con los niños; yo volveré pronto. Si
-os echan, esperadme en la calle. ¡Veremos si hay justicia en la tierra!
-
-Catalina Ivanovna se puso en la cabeza aquel mismo pañuelo verde de que
-habló Marmeladoff en la taberna, y después, hendiendo la multitud ebria
-y ruidosa de los inquilinos, que continuaban llenando la sala, con el
-rostro inundado de lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase lo
-que costase, a buscar justicia en cualquier parte.
-
-Poletchka, espantada, estrechó entre sus brazos a su hermano y a su
-hermana, y los tres niños, acurrucados en el rincón inmediato al
-cofre, esperaron temblando la vuelta de su madre.
-
-Amalia Ivanovna, semejante a una furia, iba y venía por la habitación
-aullando de rabia y arrojando al suelo cuanto le venía a las manos.
-
-Entre los inquilinos, unos comentaban el acontecimiento, otros
-disputaban, algunos entonaban canciones...
-
-«Ya es tiempo de que me vaya--pensó Raskolnikoff--. Veremos, Sonia
-Semenovna, qué es lo que piensas ahora.»
-
-Y se encaminó a casa de la joven.
-
-
-IV
-
-Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones y disgustos, había
-defendido valientemente la causa de la joven Sonia contra Ludjin.
-Aparte del interés que le inspiraba la joven, había aprovechado con
-gusto, después de los tormentos de por la mañana, la impresión de
-sacudir impresiones que se le hacían insoportables. Por otro lado,
-su próxima entrevista con Sonia le preocupaba y aun le aterraba por
-momentos. Tenía que revelarle que había matado a Isabel, y presintiendo
-todo lo que esta confesión tendría de penosa, se esforzaba por apartar
-de ella el pensamiento.
-
-Cuando al salir de casa de Catalina Ivanovna, había exclamado:
-«Veremos, Sonia Semenovna, lo que piensas ahora», era el combatiente
-animado por la lucha, excitado aún por su victoria sobre Ludjin, el que
-había pronunciado aquella frase de desafío; pero, cosa singular, cuando
-llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad le abandonó de repente,
-dejando el puesto al temor. Se detuvo indeciso ante la puerta y se
-preguntó: «¿Será preciso decir que he matado a Isabel?» La pregunta
-era extraña, porque en el momento en que él se la hacía comprendía la
-imposibilidad, no solamente de no hacer esta confesión, sino aun la de
-diferirla un minuto.
-
-No sabía por qué era imposible; únicamente lo sentía y estaba como
-aplastado por esta dolorosa conciencia de su debilidad ante la
-necesidad. Para ahorrarse nuevos tormentos, se apresuró a abrir la
-puerta, y antes de franquear el umbral miró a Sonia. La joven estaba
-sentada, con los codos apoyados en la mesita y el rostro oculto entre
-las manos. Al ver a Raskolnikoff se levantó en seguida y fué a su
-encuentro, como si lo hubiese esperado.
-
---¿Qué habría sido de mí sin usted?--dijo vivamente, en tanto que le
-hacía pasar a la sala.
-
-Parecía que entonces no pensaba más que en el servicio que le había
-prestado el joven, y tenía prisa de darle las gracias. Después esperó.
-
-Raskolnikoff se aproximó a la mesa y se sentó en la silla que la
-joven acababa de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos pasos de él,
-exactamente como el día anterior.
-
---Habrá usted observado--dijo advirtiendo que le temblaba la voz--que
-la acusación no tenía otro fundamento que la posición social de usted y
-las costumbres que ella implica. ¿Lo ha comprendido usted así?
-
-El rostro de Sonia se ensombreció.
-
---No me hable usted como ayer, le suplico que no vuelva a empezar. He
-sufrido ya bastante...
-
-Se apresuró a sonreír, temiendo que el reproche ofendiese al visitante.
-
---Hace un momento he venido a casa como una loca. ¿Qué pasa allí ahora?
-Yo quería volver, pero suponía que vendría usted.
-
-Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna acababa de echar de casa a
-los Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna había ido a buscar justicia a
-cualquier parte.
-
---¡Ah, Dios mío!--exclamó Sonia--. ¡Vamos en seguida!--y tomó
-apresuradamente su manteleta.
-
---¡Siempre lo mismo!--replicó Raskolnikoff contrariado--. Usted no
-piensa más que en ellos. Quédese usted un momento conmigo.
-
---Pero... Catalina Ivanovna...
-
---Catalina Ivanovna vendrá aquí, no tenga usted duda--respondió con
-tono de enfado el joven--. Culpa de usted será si no la encuentra.
-
-Sentóse Sonia, presa de cruel perplejidad. Raskolnikoff, con los ojos
-bajos, reflexionaba.
-
---Hoy Ludjin quería, simplemente, desacreditarla a usted; lo
-concedo--dijo sin mirar a Sonia--; sí, le hubiera convenido meterla a
-usted en la cárcel, y si no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff y yo,
-lo habría hecho. ¿No es así?
-
---Sí--dijo la joven con voz débil--. Sí--repitió maquinalmente,
-distraída de la conversación a causa de la inquietud que experimentaba.
-
---Podía, en efecto, no haber estado yo allí, y si Lebeziatnikoff se
-encontró fué por casualidad.
-
-Sonia guardó silencio.
-
---Si la hubieran llevado a usted a la cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se
-acuerda usted de lo que dije ayer?
-
-Sonia continuó callada, y el joven esperó un momento su respuesta.
-
---Pensaba que iba usted a exclamar: «¡Ah, no hable usted de eso!
-¡No siga usted!»--repuso Raskolnikoff con risa un poco forzada--.
-Vamos, ¿no dice usted nada?--preguntó al cabo de un minuto--. Será
-preciso que sostenga yo solo la conversación. Ahí tiene usted;
-tendría curiosidad por saber cómo resolvería usted una «cuestión»,
-según dice Lebeziatnikoff (comenzaba a ser visible su turbación). No;
-hablo seriamente. Suponga usted, Sonia, que estuviese enterada de
-antemano de todos los proyectos de Ludjin; que usted supiese que estos
-proyectos iban encaminados a asegurar la pérdida de Catalina Ivanovna
-y de sus hijos, sin contar la de usted (porque usted no hace caso de
-sí misma para nada). Suponga usted, por consiguiente, que Poletchka
-fuese condenada a una existencia como la de usted; siendo esto así, si
-dependiese de usted hacer que pereciese Ludjin, o lo que es lo mismo,
-salvar a Catalina Ivanovna y su familia, o dejar vivo a Ludjin para que
-cumpliese sus infames designios; contésteme, ¿por cuál de las dos cosas
-se decidiría usted?
-
-Sonia le miró con inquietud; bajo estas palabras pronunciadas con voz
-vacilante, adivinaba algún pensamiento recóndito.
-
---¿Podría yo esperarme alguna pregunta por el estilo?--dijo la joven
-interrogándole con los ojos.
-
---Es posible; pero conteste: ¿por quién se decidiría usted?
-
---¿Qué interés tiene usted en saber lo que haría en un caso que no
-puede presentarse?--exclamó Sonia con repugnancia.
-
---¿De modo que dejaría vivir a Ludjin y que cometiese tales infamias?
-No tiene usted valor para decirlo con franqueza.
-
---No conozco los secretos de la divina Providencia... ¿por qué me
-pregunta usted lo que haría en un caso imposible? ¿A qué vienen esas
-vanas preguntas? ¿Cómo la existencia de un hombre puede depender de mi
-voluntad? ¿Quién me erige a mí árbitro de la vida y la muerte de las
-personas?
-
---En el momento en que se hace intervenir a la divina Providencia, no
-hay más que hablar--replicó con tono agrio Raskolnikoff.
-
---¡Dígame usted lo que tenga que decirme!--exclamó Sonia angustiada--.
-¿Otra vez con palabras encubiertas?... ¿Ha venido usted sólo a
-atormentarme?
-
-No pudo contenerse y se puso a llorar. Durante cinco minutos el joven
-la contempló con expresión sombría.
-
---Tienes razón, Sonia--dijo en voz baja.
-
-Se había operado en él un brusco cambio; su fingida serenidad, el tono
-áspero que afectaba hacía un momento, había desaparecido de pronto.
-Ahora, apenas se le oía.
-
---Te dije ayer que no vendría a pedir perdón, y casi con excusas he
-comenzado mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me acusaba, Sonia.
-
-Quiso sonreír; pero, por más que hizo, su fisonomía permaneció triste.
-Bajó la cabeza y se cubrió la cara con las manos. De repente creyó
-advertir que detestaba a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por tan
-extraño descubrimiento, levantó súbitamente la cabeza y contempló de
-hito en hito a la joven. Esta fijaba en él una mirada ansiosa, en la
-cual había amor. El odio desapareció instantáneamente del corazón de
-Raskolnikoff. No era eso, habíase engañado sobre la naturaleza de sus
-sentimientos; aquello sólo significaba que había llegado el minuto
-fatal.
-
-De nuevo ocultó su rostro entre las manos y bajó la cabeza; palideció,
-se levantó, y después de haber mirado a Sonia, fué maquinalmente a
-sentarse en el lecho sin proferir palabra.
-
-La impresión de Raskolnikoff era entonces exactamente la misma que
-había experimentado en pie, detrás de la vieja, cuando había sacado el
-hacha del nudo corredizo, diciendo: «No hay un instante que perder».
-
---¿Qué tiene usted?--preguntó Sonia sobrecogida.
-
-El joven no pudo responder. Había contado con explicarse en muy otras
-condiciones y no comprendía lo que pasaba por él. Sonia se aproximó
-suavemente a Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama, y esperó sin
-dejar de mirarlo. El corazón le latía como si fuera a romperse. La
-situación se hacía insoportable. Raskolnikoff volvió hacia la joven
-su rostro, mortalmente pálido, y movió los labios con esfuerzo para
-hablar. Sonia estaba aterrada.
-
---¿Qué tiene usted?--repitió apartándose un poco de él.
-
---Nada, Sonia; no te asustes; esto no vale la pena. Verdaderamente,
-es una tontería--murmuró con aire distraído--. ¿Por qué he venido a
-atormentarte?--añadió de repente mirando a su interlocutora--. Sí, ¿por
-qué? No ceso de hacerme esta pregunta.
-
-Se la había hecho quizá un cuarto de hora antes; pero en aquel momento
-era tal su debilidad, que apenas tenía conciencia de sí mismo; un
-temblor continuo agitaba su cuerpo.
-
---¡Cuánto sufre usted!--dijo la joven conmovida fijando los ojos en él.
-
---Esto no es nada. He aquí de lo que se trata, Sonia. (Durante dos
-segundos sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo que te dije ayer?
-
-Sonia esperaba inquieta.
-
---Te dije, al separarme de ti, que quizá te diría adiós para siempre;
-pero, que si venía hoy, sabrías quién fué el que mató a Isabel.
-
-La joven se echó a temblar.
-
---Pues bien; ya sabes a lo que he venido.
-
---En efecto--dijo Sonia con voz temblorosa--; eso fué lo que me dijo
-usted ayer. ¿Cómo sabe usted eso?--añadió vivamente.
-
-Sonia respiraba trabajosamente y el rostro se le ponía cada vez más
-pálido.
-
---Yo lo sé.
-
---¿Se _le_ ha encontrado?--preguntó tímidamente después de un minuto de
-silencio.
-
---No, no se _le_ ha encontrado.
-
-Siguióse un corto silencio.
-
---Entonces, ¿cómo lo sabe usted?--preguntó con voz casi ininteligible.
-
-Raskolnikoff se volvió hacia la joven y la miró con una fijeza singular.
-
---Adivina--dijo.
-
-Sonia se estremeció convulsivamente.
-
---¿Por qué me asusta usted de ese modo?--preguntó con sonrisa infantil.
-
---Si yo lo sé es porque estoy íntimamente relacionado con él--repuso
-Raskolnikoff, cuya mirada seguía fija en la joven, como si no tuviese
-fuerza para volver los ojos--. A esa Isabel no quería _él_ matarla; la
-mató sin premeditación... quería asesinar a la vieja cuando estuviese
-sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba en ella, entró Isabel y la
-mató.
-
-A estas palabras siguió un silencio lúgubre; durante un minuto
-continuaron mirándose.
-
---¿De modo que no adivinas?--preguntó bruscamente, con la sensación de
-un hombre que se arroja de lo alto de un campanario.
-
---No--balbuceó Sonia con voz apenas distinta.
-
---Busca bien.
-
-Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff experimentó en el fondo de
-sí mismo la impresión de frío glacial que le era tan conocida; miraba
-a Sonia y de pronto le pareció ver a Isabel cuando la desventurada
-se echó atrás ante el asesino, que avanzaba hacia ella con el hacha
-levantada. En aquel momento supremo Isabel levantó el brazo como
-hacen los niños pequeños cuando tienen miedo, y, prontos a echarse a
-llorar, fijan una mirada inmóvil en el objeto que les espanta. Del
-mismo modo el rostro de Sonia expresaba un terror indecible; también
-ella extendió el brazo hacia adelante, rechazando ligeramente a
-Raskolnikoff, y tocándole el pecho con la mano se apartó poco a poco de
-él, sin cesar de mirarle fijamente. Su terror se comunicó al joven, que
-se puso a mirarla asustado.
-
---¿Lo has adivinado?--murmuró por último.
-
---¡Dios mío!--exclamó Sonia.
-
-Después se dejó caer sin fuerzas sobre el lecho y hundió el rostro
-en la almohada. Pero al cabo de un instante se levantó con rápido
-movimiento, se aproximó a él y tomándole las dos manos que sus deditos
-estrecharon como tenazas, le miró largo rato de hito en hito. ¿No se
-había engañado? Así lo esperaba, pero apenas hubo fijado los ojos en
-su interlocutor, la sospecha que había atravesado su alma se trocó en
-certidumbre.
-
---¡Basta, Sonia, basta! Evítame más explicaciones--suplicó él con voz
-quejumbrosa.
-
-Lo que había pasado contrariaba todas sus previsiones, porque no era
-ciertamente así como pensó él hacer la confesión de su crimen.
-
-Sonia parecía que estaba fuera de sí. Saltó de su lecho y se fué
-al centro de la habitación retorciéndose las manos; después volvió
-bruscamente sobre sus pasos y se sentó, hombro con hombro, al lado del
-joven. De repente se echó a temblar, lanzó un grito y, sin saber lo que
-hacía, cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.
-
---¡Está usted perdido!--exclamó con acento desesperado; y levantándose
-súbitamente se arrojó a su cuello, le besó y le acarició.
-
-Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola con triste sonrisa,
-dijo:
-
---No te comprendo, Sonia. Me abrazas después de haberte contado eso...
-No tienes conciencia de lo que haces.
-
-La joven no oyó esta observación.
-
---No, no hay en la tierra un hombre más desgraciado que tú--exclamó en
-un arranque de piedad, y rompió en sollozos.
-
-Raskolnikoff sintió invadida su alma por un sentimiento que desde hacía
-largo tiempo no había experimentado. No trató de luchar contra esta
-impresión; dos lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron silenciosas por
-sus mejillas.
-
---¿No me abandonarás, Sonia?--preguntó con mirada casi suplicante.
-
---¡No, no! ¡Jamás, jamás!--gritó--. Te seguiré, te seguiré a todas
-partes. ¡Oh Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!... ¿Por qué? ¿por
-qué no te he conocido antes? ¿Por qué no habrás venido...?
-
---Ya ves que lo he hecho--interrumpió Raskolnikoff.
-
---¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!--repitió
-con una especie de exaltación y se puso a abrazar al joven--. ¡Iré
-contigo a presidio!
-
-Estas últimas palabras produjeron en Raskolnikoff una sensación penosa
-y apareció en sus labios una sonrisa amarga y casi altanera.
-
---Es que yo, malditas las ganas que tengo de ir a presidio.
-
-Sonia volvió rápidamente hacia él los ojos. Hasta entonces había
-sentido una inmensa piedad por aquel hombre desgraciado; pero lo que
-acababa de decir el joven y el tono con que fué pronunciado, recordaron
-bruscamente a Sonia que aquel desgraciado era un asesino. La muchacha
-le dirigió una mirada de asombro. No sabía aún cómo ni por qué había
-llegado a convertirse en criminal. En aquel momento, todas estas
-cuestiones se presentaban ante su espíritu y de nuevo dudó.
-
-«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»
-
---Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?--dijo como si despertase de un
-terrible sueño--. ¿Cómo, siendo usted lo que es, ha podido resolverse a
-hacer eso?... ¿Pero por qué lo ha hecho?
-
---Por robar. Cesa ya, Sonia--respondió algo contrariado el joven.
-
-La muchacha se quedó estupefacta.
-
---¿Tenías hambre?--exclamó en seguida--. ¿Era para socorrer a tu
-madre?... ¿Sí?
-
---No, Sonia, no--replicó Raskolnikoff bajando la cabeza--. Mi miseria
-no era tan grande... Quería, en efecto, ayudar a mi madre... pero no
-fué ésta la verdadera razón... No me atormentes, Sonia.
-
---¿Pero es posible que esto sea verdad?--gritó la joven, dando una
-palmada--. ¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo? ¿Ha matado usted
-para robar? ¡Usted que se despoja de todo en favor de los pobres!
-¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a mi madrastra...? ¿Ese dinero...?
-
---¡No, Sonia, no!--interrumpió vivamente Raskolnikoff--. Ese dinero no
-procedía de _aquello_, tranquilízate; me lo envió mi madre cuando yo
-estaba enfermo, por medio de un comerciante, y acababa de recibirlo
-cuando lo di... Razumikin lo vió. Ese dinero me pertenecía.
-
-Sonia escuchaba perpleja y esforzándose por comprender.
-
---Por lo demás, en cuanto al dinero de la vieja... yo no sé lo que
-había--añadió vacilando--; le quité del cuello una bolsa de piel que
-parecía bien repleta... pero no me enteré del contenido, sin duda
-porque me faltó tiempo... Me apoderé de varias cosas, gemelos, cadenas
-de reloj... Esos objetos, lo mismo que la bolsa, los oculté al día
-siguiente bajo una piedra grande en un corral situado en la perspectiva
-V***. Todo ello está allí todavía.
-
-Sonia escuchaba con avidez.
-
---Pero, ¿por qué no ha tomado usted nada, puesto que mató para
-robar?--replicó como agarrándose a una última y muy vaga esperanza.
-
---No sé... no he decidido aún sí tomaré o no ese dinero--respondió
-Raskolnikoff con la misma voz vacilante, y luego sonrió--. ¡Qué
-historia tan tonta te acabo de contar!
-
-«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero rechazó en seguida esta idea.
-No, allí había alguna otra cosa para ella inexplicable; pero en vano
-ponía en prensa su mente.
-
---¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?--repuso él con voz vibrante--.
-Si únicamente la necesidad me hubiese impulsado al asesinato--prosiguió
-recalcando cada una de sus palabras, y su mirada tenía algo de
-enigmático--, yo sería ahora _feliz_. Sábelo. ¿Qué te importa el
-motivo, puesto que acabo de confesarte que he obrado mal?--exclamó tras
-de una corta pausa--. ¿Para qué ese triunfo sobre mí? ¡Ah, Sonia! ¿Es
-para esto para lo que he venido a tu casa?
-
-La joven quiso hablar, pero se calló.
-
---Ayer te propuse que vivieses conmigo porque yo no tengo a nadie sino
-a ti.
-
---¿Por que querías que viviese contigo?--preguntó tímidamente Sonia.
-
---No para robar ni matar, puedes estar tranquila--contestó Raskolnikoff
-riendo sardónicamente--; nosotros no somos de la misma cepa... Y mira,
-acabo de comprender ahora por qué te invité ayer a venir conmigo.
-Cuando te dirigía esta petición, no sabía cuál era su objeto... lo veo
-ahora. No tengo nada más que un deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me
-dejarás, Sonia?
-
-La joven le apretó la mano.
-
---¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo esto? ¿por qué te he hecho
-esta confesión?--exclamó Raskolnikoff al cabo de unos segundos,
-mirándole con infinita compasión a la vez que con la desesperación más
-profunda--. Veo que esperas mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de
-decirte? Nada comprenderías, y yo no haría otra cosa que afligirte cada
-vez más. Vamos, veo que lloras y que empiezas de nuevo a abrazarme;
-¿por qué me abrazas? ¿Es porque, falto de valor para llevar mi cruz,
-me libro así de este peso, cargando con él a otra persona; porque he
-buscado en el sufrimiento ajeno un alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar
-a semejante cobarde?
-
---¿Pero no sufres tú también?--exclamó Sonia.
-
-Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.
-
---Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita... Esto puede explicar
-multitud de cosas. Porque soy malo he venido. Hay muchos que no lo
-hubiesen hecho; pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por qué he venido?
-¡Jamás me lo perdonaré!
-
---No, no; has hecho bien en venir--repuso Sonia--. Vale más que lo sepa
-todo; es mucho mejor.
-
-Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.
-
---He querido ser un Napoleón... por eso he matado. ¿Comprendes ahora?
-
---No--respondió cándidamente Sonia con voz tímida--; pero habla, habla;
-lo comprenderé todo.
-
---¿Que lo comprenderás? Está bien; ya veremos.
-
-Durante un momento, Raskolnikoff estuvo pensativo recogiendo sus ideas.
-
---El hecho es que cierto día me hice esta pregunta: Si Napoleón,
-por ejemplo, hubiese estado en mi lugar, si no hubiese tenido para
-comenzar su carrera ni Tolón ni Egipto, ni el paso de San Bernardo,
-sino que en lugar de estas brillantes empresas se hubiese encontrado
-ante la necesidad de cometer un asesinato para asegurar su porvenir,
-¿hubiera renunciado a la idea de matar a una vieja y de robarle tres
-mil rublos? ¿Hubiera pensado que tal acción era demasiado innoble y
-demasiado criminal? Yo me he devanado durante algún tiempo los sesos
-con esta pregunta, y no he podido menos de experimentar un sentimiento
-de vergüenza, cuando he reconocido, por fin, que no sólo no hubiera
-vacilado, sino que no hubiese comprendido la posibilidad de una
-vacilación. No teniendo ninguna otra salida no se hubiera andado con
-escrúpulos. Desde que me hice esta reflexión ya no tenía que vacilar;
-la autoridad de Napoleón me cubría. ¿Encuentras esto risible? Tienes
-razón, Sonia.
-
-La joven no tenía el menor deseo de reír.
-
---Háblame con franqueza, sin ejemplos--dijo con voz tímida y apenas
-distinta.
-
-Raskolnikoff se volvió hacia ella, la miró con tristeza y le tomó las
-manos.
-
---Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo, carece de sindéresis,
-no es más que palabrería... Mira, mi madre, como sabes, está casi
-sin recursos. La casualidad quiso que mi hermana recibiese esmerada
-educación y estuviera condenada al oficio de institutriz. Todas sus
-esperanzas reposaban exclusivamente sobre mí. Entré en la Universidad;
-pero, falto de medios, me vi obligado a interrumpir mis estudios.
-Supongamos que los hubiese continuado; yendo bien las cosas, hubiera
-podido, en diez o quince años, ser nombrado profesor de Gimnasio o
-empleado con mil rublos de sueldo. (Parecía que estaba recitando una
-lección). Pero de aquí a entonces, los cuidados y los disgustos habrían
-destruído la salud de mi madre y de mi hermana... quizá les hubiera
-ocurrido algo peor. Privarse de todo, dejar a mi madre en la miseria,
-sufrir el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir? Y todo ello para
-llegar, ¿a qué? Después de haber visto morir a los míos, podría fundar
-una familia, dejando, al morir, a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo
-de pan. Pues bien, yo me dije que con el dinero de la vieja cesaría
-de ser una carga para mi madre; que podría volver a entrar en la
-Universidad y asegurar un porvenir. Ahí lo tienes explicado todo. Claro
-que he hecho mal en matar a la vieja... pero, en fin, ¡basta!
-
-Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y bajó la cabeza como agobiado.
-
---¡Oh, no es eso, no es eso!--gritó Sonia con voz quejumbrosa--. ¡Esto
-no es posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...
-
---¡Supones que hay otra causa! Te engañas, he dicho la verdad.
-
---¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!
-
---Después de todo, Sonia, yo no he matado más que a un gusano innoble y
-malo.
-
---¡Ese gusano era una criatura humana!
-
---Ya lo sé que no era un gusano en el sentido literal de la
-palabra--replicó Raskolnikoff mirándola con singular expresión--. Por
-otra parte, lo que digo no tiene sentido común--añadió--; tienes razón,
-Sonia, no es eso, son otros motivos los que me han impulsado. Desde
-hace largo tiempo no he hablado con nadie. Esta conversación me ha dado
-dolor de cabeza.
-
-Los ojos le brillaban a causa de la fiebre. El delirio se había
-casi apoderado de él y una sonrisa inquieta erraba en sus labios.
-Bajo su aparente animación se adivinaba verdadero cansancio. Sonia
-comprendió cuánto sufría. También ella comenzaba a perder la cabeza.
-«¡Qué lenguaje tan extraño! ¡Presentar como plausibles semejantes
-explicaciones!» No acertaba a explicárselo y se retorcía las manos en
-el acceso de su desesperación.
-
---No, Sonia, no es eso--prosiguió el joven, levantando de repente la
-cabeza; sus ideas habían tomado súbitamente nuevo rumbo y parecía
-haber adquirido de repente una nueva energía--; no, no es eso. Cree
-más bien que te amo con locura, que soy envidioso, malo, vengativo, y,
-además, propenso a la demencia... Acabo de decirte que tuve que dejar
-la Universidad. Pues bien; quizá hubiera podido seguir asistiendo
-a ella. Mi madre habría pagado las matrículas; yo hubiera ganado
-con mi trabajo para vestir y comer y habría quizás llegado... Tenía
-lecciones retribuídas con cincuenta kopeks. Razumikin trabaja bien;
-pero yo estaba exasperado y no quise. Sí, estaba _exasperado_, ésa es
-la palabra. Entonces me metí en mi casa como la araña en su rincón.
-Ya conoces mi tugurio, has estado en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el
-alma se ahoga en las habitaciones bajas y estrechas? ¡Oh, lo que yo
-odiaba ese cuartucho! y, sin embargo, no quería salir de él; me pasaba
-allí días enteros, sin querer trabajar, no cuidándome ni de comer. «Si
-Nastachiuska me trae alguna cosa, comeré--me decía--; si no, me pasaré
-sin comer.» Estaba muy irritado para pedir nada. Había renunciado al
-estudio y vendido todos mis libros; una pulgada de polvo hay sobre mis
-notas y cuadernos. Por la noche no tenía luz. Para comprar una vela me
-hubiera sido forzoso trabajar y no quería; prefería fantasear acostado
-en mi sofá. Inútil es decirte cuáles eran mis ocupaciones... Entonces
-comencé a pensar... No, no es esto; no cuento las cosas como son. Yo
-me preguntaba siempre: «Puesto que sabes que los demás son imbéciles,
-¿por qué no procuras ser más inteligente que ellos?» Reconocí
-entonces, Sonia, que si se esperaba el momento que todo el mundo fuese
-inteligente, sería forzoso armarse de muy larga paciencia. Más tarde me
-convencí de que aquel momento no llegaría jamás; de que los hombres no
-cambiarían y de que se perdía el tiempo tratando de modificarlos. Sí,
-así es. Es su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo de todos es el que
-posee una inteligencia poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene razón
-a sus ojos; quien los desafía y los desprecia, se impone a su respeto.
-Es lo que se ha visto y se verá siempre. Es preciso estar ciego para no
-advertirlo.
-
-Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba a Sonia; pero no se preocupaba
-por saber si ella le comprendía. Era presa de una triste exaltación.
-Desde largo tiempo no había hablado con nadie. La joven comprendió que
-aquel feroz catecismo eran su fe y su ley.
-
---Entonces me convencí, Sonia--continuó acalorándose cada vez más--, de
-que el poder no se toma más que bajándose. Todo estriba en esto. Desde
-el día en que se me presentó esa verdad clara como el sol, he querido
-_atreverme_, y he matado. He tratado de hacer un acto de audacia,
-Sonia; tal ha sido el móvil de mi acción.
-
---¡Cállese usted! ¡Cállese usted!--exclamó la joven fuera de sí--. Se
-ha alejado usted de Dios, y Dios le ha herido y le ha entregado al
-demonio.
-
---A propósito, Sonia; cuando todas estas ideas venían a visitarme en la
-obscuridad de mi cuarto, ¿era el demonio quien me tentaba?
-
---Cállese usted, no se ría, impío. No se ría; usted nada comprende. ¡Oh
-Dios mío, no comprende nada!
-
---Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy seguro de que el demonio me ha
-impulsado. Cállate, Sonia, cállate--repetía con sombría insistencia--.
-Lo sé, lo sé todo. Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho yo mil
-veces cuando estaba acostado en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores
-he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran estos sueños, y cómo hubiera
-querido librarme de ellos para siempre! ¿Crees tú que yo obré como un
-aturdido, como un hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay tal cosa.
-Procedí después de madura reflexión, y eso precisamente es lo que me ha
-perdido. Cuando me interrogaba acerca de si tenía o no derecho yo al
-poder, comprendía muy bien que mi derecho era nulo, por lo mismo que lo
-ponía en tela de juicio. Cuando me preguntaba si una criatura humana
-era un gusano, sabía perfectamente que no lo era para mí, sino para el
-audaz que no se lo hubiese preguntado y hubiese seguido el camino sin
-atormentarse el espíritu con semejante reflexión. En fin, el solo hecho
-de plantearme este problema: «¿hubiera Napoleón matado a esa vieja?»
-basta para demostrarme que yo no era un Napoleón. Por último, he
-renunciado a buscar justificaciones sutiles. Quise matar dejándome de
-toda casuística; matar para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no ha sido
-para aliviar el infortunio de mi madre, ni para consagrar al bien de
-la humanidad el poder y la riqueza que, a mi juicio, debían ayudarme a
-conquistar este asesinato! No, no; todo eso estaba lejos de mi espíritu
-en aquel momento. El dinero no ha sido para mí el principal móvil del
-asesinato; otra razón me determinó a ello; lo veo ahora claramente.
-Compréndeme; si _esto_ estuviese por hacer, quizá no lo intentaría;
-pero entonces me corría prisa saber si era yo un gusano como los otros,
-o un hombre en la verdadera acepción de la palabra, si tenía o no la
-fuerza de franquear el obstáculo, si era yo una criatura tímida o si
-tenía el _derecho_...
-
---¿El derecho de matar?--exclamó Sonia estupefacta.
-
---¡Sonia!--dijo el joven con cierta irritación; tenía una respuesta en
-la punta de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente de formularla--.
-No me interrumpas, Sonia. Quería solamente probarte una cosa: que el
-diablo me condujo a casa de la vieja, y en seguida me hizo comprender
-que yo no tenía el derecho de ir allí puesto que soy un gusano, ni más
-ni menos que los demás. El demonio se ha burlado de mí, y por esa razón
-he venido a tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te habría hecho esta
-visita? Escucha: cuando fuí a casa de la vieja quería hacer solamente
-una _experiencia_...
-
---¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!
-
---¿Pero cómo he matado? ¿Es así como se mata? ¿Se hace lo que yo he
-hecho cuando se va a asesinar a una persona? Ya te contaré alguna vez
-los pormenores. ¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a mí a quien he
-matado, a quien he perdido sin remedio... En cuanto a la vieja... ha
-sido asesinada por el demonio, y no por mí... ¡Basta, basta, Sonia;
-basta! ¡Déjame!--exclamó con voz desgarradora--. ¡Déjame!
-
-Raskolnikoff apoyó los codos sobre las rodillas y se oprimió
-convulsivamente la cabeza entre las manos.
-
---¡Qué sufrimientos!--gimió Sonia.
-
---¿Qué hacer ahora? dímelo--preguntó Raskolnikoff levantando la cabeza.
-
-Tenía las facciones terriblemente alteradas.
-
---¿Qué hacer?--exclamó la joven, y se lanzó hacia él con ardientes
-lágrimas en los ojos, en los cuales brillaba extraño resplandor--.
-Levántate (al decir esto tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven
-se incorporó y miró a Sonia sorprendido); ve en seguida a la próxima
-encrucijada; prostérnate y besa la tierra que has contaminado. Después
-inclínate a un lado y a otro, diciendo en alta voz y a todo el mundo:
-«Yo he matado». Dios entonces te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?--le
-preguntó la joven temblando y apretándole las manos con fuerza
-centuplicada, mientras fijaba en él sus ojos llameantes.
-
-La súbita exaltación de Sonia sumió a Raskolnikoff en un estupor
-profundo.
-
---¿Quieres que vaya a presidio, Sonia? ¿Es menester que me denuncie?
-¿No es eso?--dijo sombríamente.
-
---Debes aceptar la expiación y mediante ella redimirte.
-
---No, no iré a denunciarme, Sonia.
-
---¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?--replicó la joven con fuerza--. ¿Ahora es
-posible? ¿Cómo podrás sostener la mirada de tu madre? ¡Oh!, ¿qué será
-de ellas ahora? ¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a tu madre y
-a tu hermana. Por esa razón has roto los lazos que te unían con tu
-familia. ¡Oh Dios mío!--exclamó--. ¡El comprende todo esto! ¿Cómo estar
-fuera de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de ti ahora?
-
---Sé razonable, Sonia--dijo dulcemente Raskolnikoff--. ¿Por qué he
-de ir a presentarme a la policía? ¿Qué he de decir a esa gente?
-Todo esto no significa nada... Ellos mismos degüellan a millones de
-hombres y se ufanan de ello. Son bribones y cobardes, Sonia... No iré.
-¿Qué tendría que decirles? ¿Que he cometido un asesinato, y que, no
-atreviéndome a aprovecharme del dinero robado, lo he ocultado debajo de
-una piedra?--añadió con amarga sonrisa--. Se burlarán de mí; me dirán
-que soy un imbécil por no haber hecho uso de lo robado; que soy un
-imbécil y un cobarde. Ellos, Sonia, no comprenderán. Son incapaces de
-comprenderme; ¿por qué he de ir a entregarme? No iré, no. Sé razonable,
-Sonia.
-
---¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda la vida, por toda la vida!
-
---Ya me acostumbraré--respondió el joven con feroz expresión--.
-Escucha--dijo un momento después--. Basta de lloriqueos; tiempo es
-ya de que hablemos formalmente. He venido para decirte que en estos
-momentos se me busca y van a detenerme.
-
---¡Ah!--exclamó Sonia espantada.
-
---¿De qué te asustas? ¿No deseas que vaya a presidio? ¿De qué, pues,
-te espantas? Solamente que aun no me tienen en su poder. Les he dado
-mucho quehacer y al fin de cuentas nada conseguirán. No tienen indicios
-positivos. Ayer corrí un gran peligro y llegué a creer que todo estaba
-terminado. Por hoy se ha evitado el mal. Todas sus pruebas son de
-dos filos, es decir, que los cargos formulados contra mí, pueden ser
-explicados en favor mío. ¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo,
-porque he adquirido experiencia. Pero de seguro van a meterme en la
-cárcel. Sin una circunstancia fortuita, es muy posible que se me
-hubiera encerrado ya, y corro peligro de estar preso antes de que
-termine el día. Esto no significa nada, Sonia; me detendrán, pero se
-verán obligados a soltarme, porque no tienen verdaderas pruebas, y te
-doy mi palabra de que no las tendrán. Con simples presunciones, como
-son las suyas, no se puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta! Quería
-solamente prevenirte. En cuanto a mi madre y a mi hermana, me arreglaré
-de modo que no se inquietarán. Creo que mi hermana está ahora al abrigo
-de la miseria; puedo estar tranquilo en lo que se refiere a mi madre...
-Ya lo sabes todo. Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando esté preso?
-
---¡Oh, sí, sí!
-
-Estaban sentados uno al lado del otro, tristes y abatidos como
-los náufragos arrojados por la tempestad en una playa desierta.
-Contemplando a Sonia, comprendió Raskolnikoff cuánto le amaba la joven,
-y, cosa extraña, aquella ternura inmensa, de la cual se veía objeto,
-le causó de repente una impresión dolorosa. Había ido a casa de Sonia,
-pensando que su sola esperanza, su solo refugio, era ella; había cedido
-a la necesidad irresistible de desahogar su pena, y ahora que la joven
-le había dado todo su corazón, se confesaba que era infinitamente más
-desgraciado que antes.
-
---Sonia--le dijo--, es mejor que no vengas a verme mientras esté en la
-cárcel.
-
-La joven no respondió. Lloraba. Pasaron algunos minutos.
-
---¿Llevas alguna cruz encima?--preguntó inopinadamente, como herida de
-súbita idea.
-
-Al pronto el joven no comprendió la pregunta.
-
---No, no la tienes. Pues bien, toma ésta, es de madera de ciprés. Yo
-tengo otra de cobre, que era de Isabel. Hicimos un cambio, ella me dió
-una cruz y yo le di una imagen. Quiero llevar ahora la cruz de Isabel y
-que tú lleves ésta. Tómala... es la mía--insistió--. Juntos iremos por
-el camino de la expiación; juntos llevaremos la cruz.
-
---Dámela--dijo Raskolnikoff para no disgustarla, y extendió la mano;
-pero la retiró casi en seguida--. Ahora no, Sonia; más tarde será
-mejor--añadió a manera de concesión.
-
---Sí, sí, más tarde--respondió ella con calor--; te la daré en el
-momento de la expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré al cuello,
-diremos una oración y partiremos.
-
-En el mismo instante sonaron tres golpes en la puerta.
-
---¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?--dijo una voz afable y muy conocida.
-
-Sonia, turbada, corrió a abrir. El que llamaba no era otro que el señor
-Lebeziatnikoff.
-
-
-V
-
-Andrés Semenovitch tenía el rostro demudado.
-
---Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna... perdóneme usted...
-Esperaba encontrarle aquí--dijo bruscamente a Raskolnikoff--. Es decir,
-nada malo me imaginaba... no vaya usted a creer... pero precisamente
-pensaba... Catalina Ivanovna ha vuelto a su cuarto; está loca--dijo
-dirigiéndose de nuevo a Sonia.
-
-La joven lanzó un grito.
-
---Por lo menos así parece. No sabemos qué hacer con ella. La han echado
-del sitio adonde había ido, quizá dándole golpes... Así lo hace todo
-suponer. Fué después al despacho del jefe de Simón Zakharitch, y no
-lo encontró. Comía en casa de uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá
-usted creerlo? se fué al domicilio del otro general, porfiando que
-quería ver al jefe de su difunto esposo, que estaba sentado a la mesa.
-Como era natural, la echaron a la calle. Cuentan que la llenaron de
-injurias y aun que le tiraron no sé qué cosa a la cabeza. Es raro que
-no la hayan detenido. Expone ahora todos sus proyectos a todo el mundo,
-incluso a Amalia Ivanovna; pero es tanta su agitación, que no se puede
-sacar nada en claro de sus palabras. ¡Ah, sí! Dice que como no le queda
-ningún recurso, va a dedicarse a tocar el organillo por las calles,
-y que sus hijos cantarán y bailarán para solicitar la caridad de los
-transeuntes; que todos los días irá a colocarse bajo las ventanas de la
-casa del general... «Se verá--dice--a los hijos de una familia noble,
-pedir limosna por las calles.» Pega a los niños y les hace llorar.
-Enseña la _Petit Ferme_ a Alena, y al mismo tiempo da lecciones de
-baile al niño y a Poletchka... Deshace sus vestidos para improvisar
-trajes de saltimbanquis, y, a falta de organillo, quiere llevar una
-cubeta para dar golpes en ella... No tolera que se le haga ninguna
-observación... No puede usted imaginarse cómo está.
-
-Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho más; pero Sonia, que le había
-escuchado respirando apenas, tomó el sombrero y la manteleta, y se
-lanzó fuera de la sala, poniéndose estas prendas conforme iba andando.
-Los dos jóvenes salieron detrás de ella.
-
---Está positivamente loca--dijo Andrés Semenovitch a Raskolnikoff--.
-Para no asustar a Sonia he dicho solamente que sólo parecía que lo
-estaba; pero no hay duda. Creo que suelen formarse tubérculos en el
-cerebro de los tísicos; es una lástima que yo no sepa Medicina. He
-tratado de convencer a Catalina Ivanovna, pero no hace caso de nadie.
-
---¿Le ha hablado usted de tubérculos?
-
---No, precisamente de tubérculos, no; claro es que no me hubiera
-entendido. Pero vea usted lo que yo pienso. Si con el auxilio de
-la lógica usted persuade a uno que no tiene motivo para llorar, no
-llorará. Esto es claro; ¿por qué había de continuar llorando?
-
---Si así fuese, la vida sería muy fácil--respondió Raskolnikoff.
-
-Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff con un movimiento de
-cabeza y subió a su cuarto.
-
-Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se dejó caer en el sofá.
-
-Jamás había experimentado tan terrible sensación de aislamiento. Sentía
-de nuevo que quizá, en efecto, detestaba a Sonia, y que la detestaba
-después de haber contribuído a aumentar su desgracia. ¿Por qué había
-ido a hacerla llorar? ¿Qué necesidad tenía de emponzoñar su vida? ¡Oh
-cobardía!
-
-«Estaré solo--se dijo resueltamente--, y ella no vendrá a verme en la
-cárcel.»
-
-Cinco minutos después levantó la cabeza, y una idea que se le ocurrió
-de repente le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto, mejor que vaya a
-presidio», pensaba.
-
-¿Cuánto tiempo duró este sueño? No pudo jamás recordarlo. Súbitamente
-la puerta se abrió, dando paso a Advocia Romanovna. La joven le miró
-como poco antes había mirado él a Sonia; después se aproximó y se sentó
-en una silla frente a su hermano, en el mismo sitio que la víspera.
-Raskolnikoff la miró en silencio sin que en sus ojos se pudiese leer
-ninguna idea.
-
---No te incomodes, hermano mío. Sólo voy a estar un minuto--dijo Dunia.
-
-Su fisonomía estaba seria, pero no severa, y su mirada era dulcemente
-límpida.
-
-Raskolnikoff comprendió que la mirada de su hermana era dictada por el
-afecto.
-
---Hermano mío, lo sé todo. Demetrio Prokofitch me lo ha contado. Se
-te persigue, se te atormenta, eres objeto de sospechas insensatas
-como odiosas. Demetrio Prokofitch asegura que nada tienes que temer
-y que haces mal en preocuparte hasta ese punto. No soy de su opinión;
-me explico perfectamente el desbordamiento de indignación que se ha
-producido en ti y no me sorprendería que tu vida entera se resienta
-de ese golpe. Nos ha dejado. No juzgo tu resolución, no me atrevo
-a juzgarla, y te suplico que me perdones los reproches que te he
-dirigido. Comprendo que si estuviera en tu lugar haría lo que tú haces,
-me desterraría del mundo. Yo procuraré que mamá lo ignore; pero le
-hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte que no tardarás en ir
-a verla. No te inquietes por ella, yo la tranquilizaré; pero tú, por
-tu parte, no le causes disgustos. Ve, aunque no sea más que una vez.
-Considera que es tu madre. Mi solo objeto, al hacerte esta visita, ha
-sido el de decirte--acabó Advocia Romanovna levantándose--, que si por
-casualidad tienes necesidad de mí, sea para lo que fuere, soy tuya en
-la vida y en la muerte. Llámame, y vendré. Adiós.
-
-Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.
-
---¡Dunia!--dijo Raskolnikoff levantándose y acercándose a su hermana--.
-Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un hombre excelente.
-
-Dunia se ruborizó.
-
---¿Y qué?--preguntó después de un minuto de espera.
-
---Es un hombre activo, laborioso y capaz de grandes afectos... Adiós,
-hermana.
-
-La joven se puso encendida como la grana; pero en seguida sintió cierto
-temor.
-
---¿Pero es que nos separamos para siempre, hermano? Tus palabras son
-una especie de testamento.
-
---No hagas caso. Adiós.
-
-Se alejó de ella y se dirigió a la ventana. La joven esperó un momento;
-le miró con inquietud y se retiró conmovida.
-
-No, no era indiferencia lo que experimentaba respecto de su hermana.
-Hubo un momento, el único, en que sintió violentos deseos de
-estrecharla entre sus brazos, de despedirse de ella y de confesárselo
-todo; no se resolvió, sin embargo, ni aun a tenderle la mano.
-
-«Más tarde se estremecía con este recuerdo y pensaría que le he
-robado un beso. Y, además, ¿soportaría semejante confesión?--añadió
-mentalmente algunos minutos después--. No, no la soportaría; _estas
-mujeres_ no saben soportar nada»--y su pensamiento se fijó en Sonia.
-
-Por la ventana entraba agradable fresco; caía la tarde. Raskolnikoff
-tomó bruscamente la gorra y salió.
-
-Sin duda no quería ni podía ocuparse de su salud. Pero aquellos
-terrores, aquellas angustias continuas, por fuerza habían de tener
-consecuencias, y si la fiebre no se había apoderado de él, era acaso
-merced a la fuerza ficticia que le prestaba momentáneamente su
-agitación moral.
-
-Se puso a vagar sin objeto. Se había puesto el sol. Desde hacía
-algún tiempo, Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento que, sin ser
-particularmente agudo, se presentaba con carácter de continuidad.
-Entreveía largos años pasados en mortal angustia, «la eternidad en el
-espacio de un pie cuadrado». De ordinario era por la noche cuando este
-pensamiento le preocupaba más. «Con el estúpido malestar físico que
-produce la puesta del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré, no solamente
-a casa de Sonia, sino a la de Dunia», murmuraba con voz irritada.
-
-Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff corría detrás de él.
-
---He ido a su casa de usted; le buscaba. Ha puesto en ejecución su
-programa. Se ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia Semenovna y a
-mí nos ha costado trabajo encontrarlos. Va dando golpes en una sartén,
-haciendo bailar a los niños. Los pobrecillos lloran. Se detienen en las
-encrucijadas y a las puertas de las tiendas. Llevan detrás una caterva
-de imbéciles. Vamos aprisa.
-
---¿Y Sonia...?--preguntó con inquietud Rodia, que se apresuró a seguir
-a Lebeziatnikoff.
-
---Ha perdido la cabeza. Es decir, no es Sonia Semenovna la que ha
-perdido la cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo demás, puede decirse
-lo mismo de la muchacha. En cuanto a Catalina Ivanovna, la locura es
-completa. Van a llevarla a la comisaría, y calcule usted el efecto que
-esto habrá de producirle. Están ahora cerca del canal; al lado del
-puente***, no lejos de la casa de Sonia Semenovna. Vamos a llegar en
-seguida.
-
-En el canal, a poca distancia del puente, había un grupo, compuesto
-en gran parte de chiquillos y chiquillas. La voz ronca de Catalina
-Ivanovna se oía ya en el puente. Verdaderamente el espectáculo era lo
-bastante extraño para llamar la atención. Tocada con un mal sombrero
-de paja, vestida con su viejo traje, y echado sobre los hombros un
-chal de paño, Catalina Ivanovna justificaba plenamente las palabras
-de Lebeziatnikoff. Estaba quebrantada, jadeante. Su rostro de tísica
-manifestaba más sufrimiento que nunca (los tísicos, al sol y en la
-calle tienen siempre peor cara que en su casa); pero, no obstante su
-debilidad, estaba extraordinariamente excitada.
-
-Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba con vivacidad. Se ocupaba
-allí, delante de todo el mundo, en su educación coreográfica y musical;
-les decía por qué razón era preciso cantar y bailar, y después,
-indignada de verlos tan poco inteligentes, les pegaba furiosamente.
-Interrumpía sus ejercicios para dirigirse al público; veía en el grupo
-un hombre vestido con alguna decencia, y se apresuraba a explicarle a
-qué extrema miseria estaban reducidos los hijos de una familia casi
-aristocrática. Si alguno se reía o burlaba de ella, se encaraba al
-punto con el insolente y se ponía a disputar con él. El caso es que
-muchos se burlaban, otros movían la cabeza, y todos miraban a aquella
-loca rodeada de niños asustados. Lebeziatnikoff se había engañado al
-hablar de la sartén; por lo menos Raskolnikoff no la vió. Para hacer
-el acompañamiento, Catalina Ivanovna llevaba el compás con las manos,
-mientras Poletchka cantaba y Alena y Kolia danzaban. Algunas veces
-trataba de cantar ella, pero desde la segunda nota interrumpíala un
-acceso de tos. Entonces se desesperaba, maldecía su enfermedad y no
-podía contener las lágrimas.
-
-Lo que sobre todo la ponía fuera de sí, era el llanto de Alena y Kolia.
-Según dijo Lebeziatnikoff, había tratado de vestir a sus hijos como se
-visten los cantadores callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza
-una especie de turbante rojo y blanco, para representar a un turco.
-Faltándole tela para hacer un traje a Alena, su madre se había limitado
-a ponerle el gorro de dormir o _chapka_ roja de Marmeladoff. Este gorro
-estaba adornado con una pluma blanca de avestruz que había pertenecido
-a la abuela de Catalina, y que ésta había conservado hasta entonces
-en su baúl como precioso recuerdo de familia. Poletchka llevaba la
-ropa de todos los días. No se separaba de su madre, cuya perturbación
-intelectual adivinaba, y mirándola tímidamente trataba de ocultarle
-sus lágrimas. La niña estaba espantada al verse allí, en la calle, en
-medio de aquella multitud. Sonia no se apartaba de Catalina Ivanovna y
-le suplicaba llorando que se volviese a su casa; pero Catalina Ivanovna
-permanecía inflexible.
-
---¡Cállate, Sonia!--vociferaba tosiendo--. No sabes lo que dices; eres
-lo mismo que una chiquilla. Ya te he dicho que no vuelvo a casa de
-esa borracha alemana. Que todo el mundo, que todo San Petersburgo vea
-reducidos a la mendicidad a los hijos de un padre noble que ha servido
-lealmente toda su vida y que puede decirse que ha muerto en el servicio.
-
-A Catalina Ivanovna se le había metido esta idea en la cabeza, y
-hubiera sido imposible sacársela.
-
---¡Que ese pillo de general sea testigo de nuestra miseria! Pero
-tú eres tonta, Sonia. Ya te hemos explotado bastante y no quiero
-explotarte más. ¡Ah, Rodión Romanovitch! ¿es usted?--gritó reparando
-en el joven, y se lanzó hacia él--; haga usted comprender, se lo
-suplico, a esa tontuela, que ésta es la mejor vida que podíamos hacer.
-¿No se da limosna a los que tocan el organillo? No nos costará trabajo
-diferenciarnos de ellos. Al primer golpe de vista se reconocerá en
-nosotros una familia noble caída en la miseria, y ese bribón de general
-perderá su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos los días a ponernos
-debajo de sus ventanas; pasará el emperador, y yo me pondré de rodillas
-delante de él y le mostraré a mis hijos. «¡Padre, protégenos!»,
-le diré. El es el padre de los huérfanos; es misericordioso; nos
-protegerá, ya lo verá usted, y ese infame general... Alena, ponte
-derecha; tú, Kolia, vas a empezar de nuevo este paso. ¿Por qué estás
-lloriqueando? ¿No acabarás nunca? Vamos a ver: ¿de qué tienes miedo,
-imbécil? ¡Dios mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted, Rodión
-Romanovitch, qué cerrados son de mollera! No hay medio de que hagan
-nada.
-
-Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo que no la impedía hablar
-incesantemente, mientras mostraba a Raskolnikoff los niños
-desconsolados. El joven trató de persuadirla de que se fuese a su
-casa, y creyendo interesar su amor propio, le hizo observar que no era
-conveniente andar rondando por las calles como los organilleros, siendo
-así que se proponía abrir un pensionado para las señoritas nobles.
-
---¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene gracia!--exclamó Catalina
-Ivanovna a quien después de reírse le dió un violento golpe de tos--;
-no, Rodión Romanovitch; ese sueño se ha desvanecido. Todo el mundo nos
-ha abandonado y, ¡ese general!... ¿Sabe usted qué le he hecho? Le he
-tirado a la cara el tintero que estaba sobre la mesa de la antesala,
-al lado del papel en que los visitantes escriben sus nombres. Después
-de haber puesto el mío, he tirado el tintero y echado a correr. ¡Oh,
-los cobardes; los cobardes! pero yo me burlo de ellos. Ahora yo
-mantendré a mis hijos y no tendré que humillarme ante nadie. Ya la
-hemos martirizado bastante--añadió dirigiéndose a Sonia--. Poletchka,
-¿cuánto dinero hemos recogido? Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks?
-¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan con seguirnos haciéndonos
-desgañita... ¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal? (Señalaba a un hombre
-del grupo.) La culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa de que se
-burlen de nosotros. ¿Qué quieres, Poletchka? Háblame en francés. Te
-he dado lecciones; sabes algunas frases... Sin eso, ¿cómo habrá de
-conocerse que pertenecéis a una familia noble, que sois niños bien
-educados y no vulgares músicos callejeros? Dejaremos a un lado las
-canciones triviales; cantaremos sólo nobles romanzas... ¡Ah, sí!
-Manos a la obra; ¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen siempre
-y nosotros... vea usted, Rodión Romanovitch, nos hemos detenido aquí
-para elegir nuestro repertorio; porque, como usted comprenderá, esto
-nos ha tomado desprevenidos, no teníamos nada preparado y nos hace
-falta un ensayo previo. Después nos dirigiremos a la perspectiva Neusky
-donde hay muchas más personas de la buena sociedad. Se nos echará de
-ver inmediatamente. Alena sabe _la Petite Ferme_, sólo que _la Petite
-Ferme_ comienza a aburrir; por todas partes se oye. Es menester una
-cosa más distinguida. Pues bien, Poletchka, dame una idea, ven en ayuda
-de tu madre; yo no tengo memoria... ¿No podríamos cantar _El húsar
-apoyado en su sable_? No; será mejor que cantemos en francés _Cinco
-sueldos_; os lo he enseñado; lo sabéis. Como es una canción francesa,
-se verá en seguida que pertenecéis a la nobleza, y esto conmoverá al
-público. Podremos cantar también _Mambrú se fué a la guerra_, tanto
-más cuanto que esta canción es absolutamente infantil y se emplea en
-todas las casas aristocráticas para dormir a los niños--. Y dicho esto
-comenzó a cantar:
-
- «Mambrú se fué a la guerra,
- no sé cuándo vendrá»;
-
-pero no, es mejor _Cinco sueldos_. Vamos, Kolia, ponte la mano en la
-cadera; vamos, pronto. Tú, Alena, ponte enfrente de él. Poletchka y yo
-haremos el acompañamiento:
-
- «Cinco sueldos, cinco sueldos
- para poner nuestra casa.»
-
-Poletchka, levántate la ropa, que se te baja de los hombros--advirtió
-mientras tosía--. Ahora se trata de que os presentéis convenientemente
-y que mostréis la finura de vuestro pie, para que se vea que sois hijos
-de un noble. ¡Otro soldado! ¡Eh! ¿qué es lo que quieres?
-
-Un vigilante se abrió paso entre la gente, y al mismo tiempo un
-señor de unos cincuenta años y de aspecto grave, que llevaba bajo el
-abrigo el uniforme de funcionario, se aproximó también al grupo. El
-recién llegado, cuyo rostro expresaba sincera compasión, llevaba una
-condecoración, circunstancia que causó gran placer a Catalina Ivanovna,
-y no dejó de producir bastante buen efecto en el guardia. El señor
-condecorado alargó a Catalina Ivanovna un billete de tres rublos.
-Al recibir esta dádiva, la pobre loca se inclinó con la cortesía
-ceremoniosa de una dama del gran mundo.
-
---Doy a usted las gracias, señor--empezó a decir en tono lleno de
-dignidad--. Las causas que nos han conducido... Toma el dinero,
-Poletchka. ¿Lo ves? Hay hombres generosos y magnánimos, dispuestos a
-socorrer a una pobre dama que ha caído en la desgracia. Los huérfanos
-que tiene usted delante, señor, son de linaje noble. Puede decirse que
-están emparentados con la más elevada aristocracia... y ese general
-se estaba comiendo un pollo... Ha dado patadas en el suelo porque yo
-me permitía molestarle. «Vuecencia--le he dicho--ha conocido a Simón
-Zakharitch, ampare, pues, a sus huérfanos. El día de su entierro, su
-hija ha sido calumniada por un malvado...» ¿Aún está ahí ese soldado?
-Protéjame usted--gritó, dirigiéndose al funcionario--; ¿por qué ese
-soldado se ensaña conmigo? Se nos ha echado ya de la calle de los
-Burgueses. ¿Qué es lo que quieres, imbécil?
-
---Está prohibido dar escándalo en las calles. Ruego a usted que guarde
-más compostura.
-
---Tú sí que no tienes compostura. Estoy en el mismo caso que los
-organilleros. Déjame en paz.
-
---Los organilleros deben proveerse de un permiso que usted no tiene.
-Es usted causa de que la gente forme grupos en las calles. ¿Dónde vive
-usted?
-
---¿Cómo? ¿Un permiso?--vociferó Catalina Ivanovna--. Acabo de enterrar
-a mi marido; ¿no es ésta una autorización?
-
---Señora, señora; cálmese usted--dijo el funcionario--; venga usted
-conmigo. Yo la acompañaré. No es el sitio de usted entre esta gente.
-Está usted mal.
-
---¡Ah, señor, señor; si usted supiese!--exclamó Catalina Ivanovna--.
-Tenemos que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por dónde andas, Sonia?
-También está llorando... ¿Pero qué les pasa a ustedes?... ¡Kolia, Lena!
-¿Dónde estáis?--dijo con repentina inquietud--; ¡tontos de chiquillos!
-¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?
-
-Viendo a un guardia que trataba de detenerlos, Kolia y Lena, ya muy
-aterrados con la presencia de la multitud y las extravagancias de
-su madre, se habían sentido acometidos de un terror loco. La pobre
-Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo, se lanzó en su persecución;
-Sonia y Poletchka corrieron tras de ella.
-
---Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh, qué hijos tan tontos y tan
-ingratos!... Poletchka, alcánzalos; es por vosotros por lo que yo...
-
-Conforme corría tropezó en un obstáculo y cayó.
-
---¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!--gritó Sonia inclinándose
-sobre su madrastra.
-
-No tardó en formarse un numeroso grupo alrededor de las mujeres,
-Raskolnikoff y Lebeziatnikoff, así como del funcionario y del guardia
-entre ellos.
-
---Retírense ustedes, retírense ustedes--decía sin cesar este último,
-tratando de restablecer la circulación.
-
-Pero examinando a Catalina Ivanovna, se veía claramente que no estaba
-herida, como había temido Sonia, y que la sangre con que había manchado
-el suelo la había echado por la boca.
-
---Sé lo que es esto--murmuró el funcionario al oído de los dos
-jóvenes--. Es efecto de la tisis; la sangre brota de este modo y
-produce la asfixia. No hace mucho tiempo he visto un caso parecido; una
-de mis parientas echó también un jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta
-señora se está muriendo.
-
---Aquí, aquí a mi casa--suplicó Sonia--; vivo aquí al lado. La
-segunda casa; pronto, pronto. Vayan ustedes por un médico. ¡Oh Dios
-mío!--repetía asustada yendo de un lado para otro.
-
-Gracias a la activa intervención del funcionario, se arregló este
-asunto. El guardia ayudó a trasportar a Catalina Ivanovna. Estaba
-como muerta cuando se la depositó en la cama de Sonia. Continuó la
-hemorragia durante algún tiempo; pero, poco a poco, la enferma comenzó
-a volver en sí. En la habitación entraron, además, Sonia, Raskolnikoff,
-Lebeziatnikoff y el funcionario. El guardia se reunió a ellos después
-de haber dispersado a los curiosos, muchos de los cuales habían
-acompañado el triste cortejo hasta la puerta.
-
-Poletchka llegó conduciendo a los dos fugitivos, que temblaban y
-lloraban. También acudieron los Kapernumoff, el sastre cojo y tuerto.
-Era un tipo extraño, con el pelo y las patillas de pelos tiesos, como
-cerdas de puerco; su mujer parecía asustada; pero éste era su aspecto
-ordinario. El rostro de los chicos sólo expresaba estúpida sorpresa.
-Entre los presentes apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando que
-vivía en esta casa y no acordándose de haberle visto en el grupo,
-Raskolnikoff se quedó sorprendido de verle allí.
-
-Se habló de llamar a un clérigo y a un médico. El funcionario juzgaba,
-en las actuales circunstancias, inútiles los recursos de la ciencia, y
-así se lo dijo por lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo todo lo
-necesario por encontrar un doctor. Kapernumoff en persona se encargó de
-ir a buscarlo.
-
-En tanto, Catalina Ivanovna estaba un poco más tranquila y la
-hemorragia había cesado momentáneamente. La infeliz fijó una mirada
-triste y penetrante en la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa, le
-enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente, la enferma pidió que se
-la incorporase, y la sentaron en el lecho, sosteniéndola de uno y otro
-lado.
-
---¿En dónde están los niños?--preguntó con voz débil--. ¿Los has
-traído, Poletchka? ¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué habéis echado a
-correr?... ¡Oh!
-
-La sangre cubría sus labios abrasados. La enferma miró en derredor suyo.
-
---¿Es así como vives, Sonia? Ni una sola vez había venido aquí... Ha
-sido menester lo que ha ocurrido para que me conduzcan a tu casa.
-
-Al decir esto dirigió a la joven una mirada de conmiseración.
-
---Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka, Lena, Kolia, venid aquí...
-Ahí los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los pongo entre tus manos...
-yo, yo ya tengo bastante... el baile ha terminado ya... ¡Soltadme,
-dejadme morir en paz!
-
-La obedecieron y la enferma se dejó caer sobre la almohada.
-
---¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad de él. ¿Tenéis acaso,
-ganas de tirar un rublo? Ningún pecado pesa sobre mi conciencia... y
-aunque los tuviera, Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo he sufrido.
-Si no me perdona, tanto peor.
-
-Cada vez se confundían más sus ideas. De cuando en cuando temblaba,
-miraba en derredor suyo y reconocía durante un minuto a los que la
-rodeaban; pero en seguida volvía a apoderarse de ella el delirio.
-Respiraba penosamente y se oía como el ruido de un hervor en su
-garganta.
-
---Ya le he dicho «Excelencia»--gritaba deteniéndose a cada palabra--;
-aquella Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia... la mano en la cadera.
-¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos! Llevad el compás con los pies; así, con gracia.
-
- Du hast Diamanten
- Und Perlen[18]
-
- Eu hast die schönsten Augen
- Mädchen, was willst du mehr[19]
-
- Dans une vallée du Daghestan
- Que le soleil brûle de ses feux...
-
- [18] Tienes diamantes y perlas.
-
- [19] Tienes los más bellos ojos del mundo, ¿qué más quieres,
- niña?
-
---¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me gustaba esta romanza, Poletchka!...
-Deliraba por ella... Tu padre la cantaba antes de nuestro matrimonio...
-¡Qué días aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar... ¡Oh, sí!
-¿Cómo era? Se me ha olvidado, recordádmelo en seguida.
-
-Presa de una agitación extraordinaria pugnaba por incorporarse en el
-lecho; al cabo, con voz ronca, cascada, siniestra, comenzó, tomando
-aliento después de cada palabra, en tanto que su rostro expresaba un
-terror creciente:
-
- Dans une vallée... du Daghestan
- Que le soleil... brûle... de ses feux.
- Une balle... dans la poitrine...
-
-De pronto, Catalina Ivanovna rompió a llorar, y, con angustia
-conmovedora, exclamó:
-
---Excelencia... proteja a los huérfanos aunque no sea más que
-recordando la hospitalidad que recibió en casa de Simón Zaharitch
-Marmeladoff... una casa hasta puede decirse aristocrática...
-¡Ah!--exclamó temblando y como tratando de recordar en dónde se
-encontraba.
-
-Miró con angustia a todos los presentes, y, al reparar en Sonia,
-pareció sorprendida de verla allí.
-
---¡Sonia! ¡Sonia!--dijo con voz dulce y tierna--. ¡Sonia querida!
-¿Estás aquí?
-
-La incorporaron de nuevo.
-
---¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado la bestia!--gritó la enferma
-con acento de horrible desesperación y reclinó la cabeza en la almohada.
-
-Catalina Ivanovna volvió a caer en profundo sopor pero no fué por mucho
-tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento y descarnado, abrió la
-boca, extendió convulsivamente las piernas, lanzó un suspiro profundo y
-expiró.
-
-Sonia, más muerta que viva, se precipitó sobre el cadáver, lo estrechó
-entre sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso pecho de la difunta.
-Poletchka se puso, sollozando, a besar los pies de su madre. Kolia y
-Lena, demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido, no por
-eso dejaban de tener el sentimiento de una terrible catástrofe. Se
-echaron mutuamente los brazos al cuello, y, después de haberse mirado
-fijamente, comenzaron a gritar. Los dos chiquillos estaban aún vestidos
-de saltimbanquis: el uno tenía puesto su turbante; la otra su gorro de
-dormir, adornado con la pluma de avestruz.
-
-¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho, al lado de Catalina
-Ivanovna, el certificado honorífico? Se hallaba allí, sobre la
-almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven se dirigió a la ventana, y
-Lebeziatnikoff se apresuró a juntarse con él.
-
---¡Ha muerto!--dijo Andrés Semenovitch.
-
-Svidrigailoff se aproximó a ellos.
-
---Rodión Romanovitch, desearía decirle a usted dos palabras.
-
-Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró discretamente. Sin embargo,
-Svidrigailoff creyó conveniente conducir a un rincón a Raskolnikoff, a
-quien preocupaban aquellas precauciones.
-
---De todos estos asuntos, es decir, del entierro y de lo demás, yo me
-encargo. Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero, y como ya le
-he dicho, el que tengo no lo necesito para nada. A esa Poletchka y a
-estos dos pequeños los haré entrar en un asilo de huérfanos, en donde
-estarán bien, e impondré a nombre de cada uno mil quinientos rublos
-hasta su mayor edad, para que Sonia Semenovna no tenga que ocuparse en
-sus hermanos. En cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal en que se
-halla, porque es una excelente muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede
-usted decir a Advocia Romanovna qué empleo he hecho de su dinero.
-
---¿Por qué es usted tan generoso?--preguntó Raskolnikoff.
-
---¡Qué escéptico es usted!--dijo Svidrigailoff--. Le dije que no
-necesitaba ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad. ¿No lo cree
-usted acaso? Después de todo--añadió señalando el rincón en que
-reposaba la muerta--, esta mujer no es un gusano, como cierta mujer
-usurera. ¿Conviene usted en que sería mejor que muriese ella y que
-Ludjin viviese para cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka, por
-ejemplo, sería condenada a la misma existencia que su hermana.
-
-Su tono, alegremente malicioso, estaba lleno de reticencias, y cuando
-hablaba no apartaba los ojos de Raskolnikoff.
-
-Este último palideció y empezó a temblar al oír las frases casi
-textuales que él mismo había empleado en su conversación con Sonia.
-Así es que se echó bruscamente hacia atrás, y miró a Svidrigailoff con
-expresión de asombro.
-
---¿Cómo sabe usted eso?--balbuceó.
-
---Porque habito aquí, del otro lado de la pared, en casa de la señora
-Reslich, mi antigua patrona y excelente amiga. Soy el vecino de Sonia
-Semenovna.
-
---¿Usted?
-
---Yo--continuó Svidrigailoff, que se reía a mandíbula batiente--. Y le
-doy mi palabra, querido Rodión Romanovitch, de que me ha interesado
-usted extraordinariamente. Ya le dije que nos encontraríamos. Tenía el
-presentimiento de ello. Pues bien: ya nos hemos encontrado, y usted
-verá qué tratable soy. Ya verá usted cómo se puede vivir conmigo.
-
-
-
-
-SEXTA PARTE
-
-
-I
-
-La situación de Raskolnikoff era muy extraña; parecía que una especie
-de niebla le envolvía y aislaba del resto de los hombres. Cuando,
-andando el tiempo, se acordaba de este período de su vida, adivinaba
-que había debido de perder muchas veces la conciencia de sí mismo y que
-tal estado de ánimo hubo de prolongarse y durar, con ciertos intervalos
-lúcidos, hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente
-convencido de que había incurrido en muchos desaciertos: por ejemplo,
-el de no haber advertido a menudo la sucesión cronológica de los
-acontecimientos. Por lo menos, cuando más adelante quiso coordinar sus
-recuerdos, fuéle forzoso recurrir a testimonios extraños para saber
-muchas particularidades acerca de sí mismo.
-
-Confundía marcadamente los hechos, o consideraba tal incidente como
-consecuencia de otro que sólo existía en su imaginación. A veces
-sentíase dominado por un temor morboso que degeneraba en terror pánico;
-pero se acordaba también de que había tenido momentos, horas, y tal
-vez días, en los cuales, por el contrario estuvo sumido en una apatía
-triste sólo comparable con la indiferencia de ciertos moribundos.
-
-En general, en este último tiempo, lejos de procurar darse cuenta
-exacta de su situación, hacía esfuerzos para no pensar en ella. Algunos
-hechos de la vida corriente que no admitían dilación, se imponían, a
-pesar suyo, a su mente; por lo contrario, se complacía en desdeñar
-cuestiones cuyo olvido, en una posición como la suya, por fuerza había
-de serle fatal.
-
-Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff. Desde que este último le
-había repetido las palabras por él pronunciadas en casa de Sonia, los
-pensamientos de Raskolnikoff tomaron una dirección nueva. Pero aunque
-esta complicación imprevista le inquietaba mucho, el joven no se
-apresuraba a poner las cosas en claro. A veces, cuando vagaba por algún
-barrio lejano y solitario, o cuando se veía solo sentado a la mesa
-de un mal cafetín, sin saber por qué se encontraba allí, pensaba en
-Svidrigailoff y se prometía tener lo más pronto posible una explicación
-decisiva con aquel hombre que era para él una constante pesadilla.
-
-Cierto día fué casualmente a pasear por las afueras y se le figuró
-que había dado cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra vez, al
-despertarse antes de la aurora, se quedó estupefacto al verse tendido
-en tierra, en medio de un bosquecillo. Por lo demás, durante los dos o
-tres días que siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna, Raskolnikoff
-encontró dos o tres veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto de
-Sonia, y después en el vestíbulo, al lado de la escalera, del domicilio
-de la joven.
-
-En ambas ocasiones los dos hombres se limitaron a cambiar algunas
-palabras muy breves, absteniéndose de tocar el punto capital, como
-si, por acuerdo tácito, se hubiesen entendido para dejar de lado
-momentáneamente aquella cuestión. El cadáver de Catalina Ivanovna
-estaba todavía insepulto. Svidrigailoff tomaba las disposiciones
-relativas a los funerales. Sonia estaba también ocupadísima. En el
-último encuentro, Svidrigailoff contó a Rodia que sus gestiones en
-favor de los hijos de Catalina Ivanovna habían sido coronadas por el
-éxito: gracias a la influencia de ciertos personajes amigos suyos,
-pudo, según decía, conseguir la admisión de los tres niños en muy buen
-asilo. Los mil quinientos rublos colocados a nombre de ellos no habían
-contribuído poco a este resultado, porque se admitían con muchas menos
-dificultades a los huérfanos que poseían un capitalito que a aquellos
-otros que carecían de recursos. Añadió algunas palabras a propósito de
-Sonia, prometió pasar uno de aquellos días por casa de Raskolnikoff, y
-dió a entender que existían ciertos asuntos de los que quería tratar
-reservadamente con él. Mientras hablaba Svidrigailoff, no cesaba de
-observar a su interlocutor. De repente se calló; pero después preguntó,
-bajando la voz:
-
---Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión Romanovitch? Parece que está
-distraído, no escucha, no mira, diríase que no comprende usted lo que
-se le habla... Vaya, recobre ánimos. Será preciso que hablemos largo y
-tendido... Desgraciadamente estoy tan ocupado con mis asuntos como con
-los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!--añadió bruscamente--. A todos
-los hombres les hace falta aire, mucho aire, aire ante todo.
-
-Se apartó vivamente para dejar pasar a un clérigo y a un sacristán, que
-se disponían a subir la escalera. Iban a rezar el oficio de difuntos.
-Svidrigailoff había cuidado de que esta ceremonia se verificase
-regularmente dos veces por día. Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras
-un momento de reflexión, siguió al _pope_ a la habitación de Sonia.
-Se quedó, empero, en el umbral. El oficio comenzó con la tranquila
-y triste solemnidad de costumbre. Desde su infancia, Raskolnikoff
-experimentaba una especie de terror místico ante el aparato de la
-muerte, y evitaba, siempre que podía, asistir a las _panikhida_.
-Además, ésta tenía para él un carácter particularmente conmovedor.
-Miró a los niños, que estaban arrodillados cerca del ataúd. Poletchka
-lloraba; detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando ocultar sus
-lágrimas. «Durante todos estos días no ha levantado una sola vez los
-ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola palabra», pensó Raskolnikoff. El
-sol inundaba de viva luz la habitación, y el humo del incienso subía en
-espesas espirales.
-
-El sacerdote recitó las preces de ritual: «Dale, Señor, el reposo
-eterno.» Raskolnikoff permaneció allí hasta el fin. Al echar la
-bendición y al despedirse, el clérigo dirigió una mirada de extrañeza
-en derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff se acercó a Sonia.
-La joven tomó las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza sobre su
-hombro. Aquella demostración de amistad dejó estupefacto al que era
-objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba la menor aversión ni el
-menor horror hacia él, ni le temblaban las manos! Aquello era el colmo
-de la abnegación. Así por lo menos lo juzgó él. La joven no dijo una
-palabra. Raskolnikoff le estrechó la mano y salió.
-
-Sentía un profundo malestar. Si en aquel momento le hubiera sido
-posible encontrar en alguna parte la soledad, aunque esta soledad
-hubiese de durar toda la vida, se hubiera considerado feliz. ¡Ay! Desde
-hacía ya algún tiempo, aunque estuviese casi siempre solo, no podía
-decirse que estuviese aislado. Le ocurría pasearse fuera de la ciudad o
-irse por una carretera adelante. Una vez penetró en lo más intrincado
-de un bosque; pero cuanto más solitario era el lugar, más de cerca
-sentía Raskolnikoff la presencia de un ser invisible, que le irritaba
-más que le asustaba. Apresurábase a volver a la ciudad, se mezclaba con
-la multitud, entraba en los cafés y en las tabernas, iba al Tolkutchy o
-a la Siennia. Allí se encontraba más a gusto y hasta más solo.
-
-A la caída de la noche se cantaban canciones en cierto cafetín. Allí
-pasó una hora entera, escuchándolas con placer; pero en seguida se
-apoderó de él nuevamente la inquietud; un pensamiento opresor como un
-remordimiento empezó a torturarle.
-
-«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?»
-
-Adivinaba que no era aquél su único cuidado. Había una cuestión que era
-preciso resolver sin tardanza; pero, aunque se imponía a su atención,
-no acertaba a darle una forma precisa.
-
-«No; es preferible la lucha, tener enfrente a Porfirio o a
-Svidrigailoff. Sí, sí, es mejor un adversario cualquiera, un ataque que
-rechazar.»
-
-Haciéndose estas reflexiones salió presuroso del cafetín. De repente,
-el pensamiento de su madre y de su hermana le llenó de terror. Pasó
-aquella noche en el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se despertó antes
-de la aurora, temblando de fiebre y se encaminó a su casa a donde llegó
-muy temprano. Después de algunas horas de sueño, desapareció la fiebre,
-pero se despertó tarde: a las dos.
-
-Se acordó de que aquel día era el señalado para las exequias de
-Catalina Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido a ellas.
-Anastasia le trajo la comida; el joven comió y bebió con mucho apetito,
-casi con avidez. Tenía la cabeza más fresca y disfrutaba de una calma
-que le era desconocida desde tres días antes. Hubo un instante en que
-se asombró de los accesos de terror pánico que había experimentado.
-
-La puerta se abrió y entró Razumikin.
-
---¡Ah! Comes, luego no estás malo--dijo el visitante, tomando una silla
-y sentándose enfrente de Raskolnikoff.
-
-Estaba muy agitado, y no trataba de ocultarlo. Hablaba con cólera
-visible pero con apresuramientos, y sin levantar mucho la voz: se
-comprendía que su venida era motivada por alguna causa grave.
-
---Escucha--comenzó a decir en tono resuelto--; pienso dejar a todos
-ustedes en paz, porque veo claramente que el juego que hacen es
-indescifrable para mí. No vayas a creer que vengo a interrogarte; no
-trato de sacarte las palabras del cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras
-todos tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría y me iría. Vengo
-con el único objeto de estudiar personalmente tu estado mental. Hay
-personas que te creen loco de remate o en vísperas de estarlo, y te
-confieso que me sentía inclinado a participar de esa opinión, en
-vista de que tu proceder es estúpido, bastante feo y completamente
-inexplicable. Además, ¿qué pensar de tu reciente conducta con tu madre
-y con tu hermana? ¿Qué hombre, a menos de ser un canalla o un loco, se
-hubiera portado con ellas como te has portado tú? Luego estás loco.
-
---¿Cuándo las has visto?
-
---Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime, te lo ruego, ¿dónde has estado
-metido todo el día? Tres veces he venido hoy. Desde ayer, tu madre
-se encuentra seriamente enferma. Ha querido venir a verte. Advocia
-Romanovna se esforzó por disuadirla, pero Pulkeria Alexandrovna no
-quiso hacer caso de nada... «Si está malo, si está perturbado--dijo--,
-¿quién ha de cuidarle sino su madre?» Para no dejarla venir sola,
-la acompañamos, suplicándole sin cesar que se tranquilizase. Cuando
-llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese sitio, ha estado sentada por
-espacio de diez minutos; nosotros en pie, al lado de ella, callábamos.
-«Puesto que sale--dijo levantándose--, es señal de que no está enfermo
-y de que olvida a su madre; no está bien, por lo tanto, que venga yo a
-mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió a su casa y se metió en
-la cama. Ahora tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente--dice--; le
-dedica a ella todo el tiempo.» Supone que Sonia Semenovna es tu novia
-o tu amante. Fuí en seguida a casa de esa joven, porque, amigo mío,
-me corría prisa comprobar ese punto. Entro, y ¿qué es lo que veo? un
-ataúd, niños que lloran, y a Sonia Semenovna que les prueba trajes de
-luto. Tú no estabas allí. Después de haberte buscado con los ojos, he
-dado mis excusas, he salido y he ido a contar a Advocia Romanovna el
-resultado de mis pesquisas. Decididamente todo esto nada significa.
-Aquí no se trata de ningún amorío; resta, pues, como lo más probable,
-la hipótesis de la locura. He aquí que ahora te encuentro con trazas de
-comerte un buey cocido, como si no hubieses tomado nada en cuarenta y
-ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide comer; pero, aunque tú no
-me hayas dicho una palabra, no estás loco... pondría por ello la mano
-en el fuego. Para mí, éste es un punto fuera de discusión. Así, pues,
-os envío a todos al diablo, en vista de que hay aquí un misterio y de
-que no tengo la intención de romperme la cabeza con vuestros secretos.
-He venido solamente para decirte cuatro frescas y aliviarme el corazón.
-Por lo demás, yo sé lo que tengo que hacer.
-
---¿Qué vas a hacer?
-
---¿Qué te importa?
-
---¿Vas a dedicarte a la bebida?
-
---¿Cómo lo has adivinado?
-
---No es muy difícil adivinarlo.
-
-Razumikin se quedó un momento silencioso.
-
---Has sido siempre muy inteligente, y nunca, nunca has estado
-loco--observó luego--. Has dicho la verdad; voy a dedicarme a la
-bebida. Adiós.
-
-Y dió un paso hacia la puerta.
-
---Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado de ti a mi hermana--dijo
-Raskolnikoff.
-
-Razumikin se detuvo de repente.
-
---¿De mí? ¿Dónde has podido verla anteayer?--preguntó, poniéndose un
-tanto pálido. Estaba agitadísimo.
-
---Vino aquí sola. Se ha sentado en este sitio, y ha hablado conmigo.
-
---¿Ella?
-
---Sí; ella.
-
---¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.
-
---Le he dicho que eras un hombre excelente, honrado y laborioso. No le
-he dicho que tú la amabas, porque lo sabe.
-
---¿Que ella lo sabe?
-
---Claro que sí. Le he dicho también que, aunque yo me vaya, ocúrrame
-lo que me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia. Yo las pongo,
-por decirlo así, en tus manos, Razumikin. Te digo esto, porque sé
-perfectamente que las amas y estoy convencido de la pureza de tus
-sentimientos. Sé también que ella puede amarte, si es que ya no te ama.
-Decide ahora si debes o no debes darte a la bebida.
-
---Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde
-vas a ir? Bueno. Desde el momento que todo esto es un secreto, no
-hay que hablar de ello; pero yo... yo sabré de qué se trata. Estoy
-convencido de que no es una cosa seria, sino tonterías con las cuales
-forma monstruos tu imaginación; tú eres un hombre excelente. Sí, un
-hombre excelente.
-
---Quería añadir: pero me has interrumpido, que tenías razón hace un
-momento, cuando declarabas que renunciabas a conocer estos secretos. No
-te preocupes. Las cosas se descubrirán a su tiempo, y lo sabrás todo
-cuando el momento llegue. Ayer me dijo una persona que al hombre le
-hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en seguida a preguntarle lo que
-quieren decir sus palabras.
-
-Razumikin reflexionaba, y al cabo se le ocurrió esta idea:
-
-«Es, de seguro, un conspirador político y está en vísperas de una
-tentativa audaz; no puede ser de otra manera, y Dunia lo sabe», pensó
-de repente.
-
---¿De modo que Advocia Romanovna viene a tu casa--repuso recalcando
-cada frase--, y tú tratas de ver a alguno que dice que es menester más
-aire? Probable es que la carta haya sido enviada por ese hombre.
-
---¿Qué carta?
-
---Ha recibido una que la ha llenado de inquietud. He querido hablarle
-de ti y me ha suplicado que me callase. Después... después me dijo que
-nos separaríamos dentro de breve plazo, y se ha mostrado muy reconocida
-conmigo, tras de lo cual se encerró en su cuarto.
-
---¿Ha recibido una carta?--preguntó Raskolnikoff intrigado.
-
---Sí. ¿No lo sabías?
-
-Los dos permanecieron callados durante un minuto.
-
---Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto tiempo... Vamos, adiós... Tengo
-también que irme; por lo que hace a darme a la bebida, no haré tal
-cosa: es inútil.
-
-Salió muy de prisa; pero apenas acababa de cerrar la puerta, cuando
-volvió a abrirla de repente, mirando de través.
-
---A propósito, ¿te acuerdas de aquel crimen? ¿del asesinato de aquella
-vieja? Pues has de saber que se ha descubierto el asesino; él mismo se
-ha reconocido culpable, y ha suministrado todas las pruebas necesarias
-en apoyo de sus afirmaciones. Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores
-a los cuales defendía yo con tanto ardor. ¿Querrás creerlo? La
-persecución de los dos obreros, corriendo el uno detrás del otro en la
-escalera, mientras subían el _dvornik_ y los dos testigos, los cachetes
-que se daban riendo, todo ello no era más que una treta imaginada para
-evitar sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia de ánimo en ese tunante!
-Parece imposible; pero lo ha explicado todo; ha confesado por completo.
-¡Qué despistado estaba yo! Tengo a ese hombre por el genio del disimulo
-y de la astucia. Después de esto, no hay ya nada de qué asombrarse.
-Fuerza es admitir la existencia de semejantes individuos. Si no ha
-sostenido su papel hasta el fin, si ha entrado en el camino de las
-confesiones, me veo obligado a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y
-yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y he roto lanzas yo por esos dos
-hombres?
-
---Te ruego que me digas cómo lo has sabido, y por qué te interesa tanto
-ese asunto--preguntó Raskolnikoff visiblemente agitado.
-
---¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una pregunta! En cuanto a la noticia
-me la han dado muchas personas, y principalmente Porfirio. El es quien
-me lo ha dicho casi todo.
-
---¿Porfirio?
-
---Sí.
-
---¿Y qué es lo que te ha dicho?--preguntó Raskolnikoff inquieto.
-
---Me lo ha explicado todo a maravilla, procediendo por el método
-psicológico, según su costumbre.
-
---¿Y te lo ha explicado él mismo?
-
---El mismo; adiós. Algo te diré más adelante. Ahora tengo necesidad
-de dejarte... Hubo un tiempo en que llegué a creer... vamos, ya te lo
-contaré otro día... ¿Qué necesidad tengo de beber ahora? Tus palabras
-han bastado para embriagarme. En este momento estoy ebrio, ebrio sin
-haber bebido una gota de vino. Adiós, hasta muy pronto.
-
-Y salió.
-
-«Es un conspirador político; sí, de seguro, de seguro--acabó
-definitivamente Razumikin, mientras bajaba la escalera.--Ha
-comprometido, sin duda, a su hermana en esta empresa; esta conjetura
-es muy probable, dado el carácter de Advocia Romanovna. Han celebrado
-entrevistas... Ya me lo habían hecho sospechar ciertas palabras... esas
-alusiones... sí, eso es. De otro modo, ¿cómo encontrar una explicación?
-¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh, Dios mío, que cosa había imaginado! Sí, había
-formado un juicio temerario, yo soy culpable respecto de él. La otra
-noche, en el corredor, al observar su rostro iluminado por la luz de la
-lámpara, tuve un minuto de alucinación. ¡Oh, qué idea tan horrible pude
-concebir! Mikolai ha hecho perfectamente en confesar. Sí, al presente
-se explica todo lo pasado: la enfermedad de Rodia, la extrañeza de su
-conducta, aquel humor sombrío o feroz que manifestaba ya cuando era
-estudiante... Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de dónde procede? Algo
-todavía hay ahí... Yo sospecho... no tendré reposo hasta que halle la
-clave de todo esto.»
-
-Al pensar en Dunia, sintió que se le helaba el corazón y se quedó como
-clavado en el suelo. Tuvo que hacer un violento esfuerzo sobre sí mismo.
-
-En cuanto se hubo marchado Razumikin, Raskolnikoff se levantó y se
-acercó a la ventana; luego se paseó de un rincón a otro, como si
-hubiese olvidado las dimensiones exiguas de su cuartucho. Al fin,
-volvió a sentarse en el sofá. Un repentino cambio habíase operado en
-él; tenía aún que luchar; era un recurso.
-
-Sí, un recurso; un medio de escapar de su penosa situación y de
-la angustia que padecía desde que vió a Mikolai en el despacho
-de Porfirio. Después de aquel dramático incidente, en el mismo
-día, ocurrió la escena en casa de Sonia, escena cuyas peripecias
-y desenlaces habían engañado las previsiones de Raskolnikoff. Se
-había mostrado débil; había reconocido, de acuerdo con la joven, y
-reconocido sinceramente, que no podía llevar solo semejante fardo.
-¿Y Svidrigailoff? Este era un enigma que le inquietaba, pero de otra
-manera; existía quizá medio de desembarazarse de Svidrigailoff; pero de
-Porfirio era harina de otro costal.
-
-«¿De modo que el mismo Porfirio es el que ha explicado a
-Razumikin la culpabilidad de Mikolai procediendo por el método
-psicológico?--continuaba diciéndose Raskolnikoff--. De seguro hay aquí
-algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio? ¿Cómo Porfirio ha podido
-creer durante un solo minuto culpable a Mikolai, después de la escena
-que acababa de pasar entre nosotros, y que no admite más que _una_
-solución? Durante aquella entrevista, sus palabras, sus gestos, sus
-miradas, el sonido de su voz, todo demostraba en él una convicción
-tan invencible que no ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas
-confesiones de Mikolai.
-
-»Hasta el mismo Razumikin comenzaba a dudar. El incidente del corredor
-le ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a casa de Porfirio; pero,
-¿por qué este último le ha engañado de este modo? Es evidente que no
-ha hecho tal cosa sin ningún motivo; debe de tener sus intenciones;
-pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado ya bastante tiempo desde aquel
-día, y no tengo aún ni rastro de noticias de Porfirio. Quién sabe, sin
-embargo, si éste no será un mal signo...»
-
-Raskolnikoff tomó la gorra, y, después de ligera reflexión, se decidió
-a salir. Aquel día, por primera vez, después de muy largo tiempo, se
-sentía en plena posesión de sus facultades intelectuales.
-
-«Es preciso acabar con Svidrigailoff--pensaba--, y, cueste lo que
-cueste, terminar este asunto lo más pronto posible. Además, parece que
-espera mi visita.»
-
-En aquel instante se desbordó el odio de tal manera en su corazón,
-que, si hubiese podido matar al uno o al otro de aquellos dos seres
-detestables, Svidrigailoff o Porfirio, acaso no habría vacilado en
-hacerlo.
-
-Mas apenas había acabado de abrir la puerta, cuando se encontró cara a
-cara con Porfirio en persona. El juez de instrucción venía a su casa.
-Al pronto Raskolnikoff se quedó estupefacto; pero se repuso en seguida.
-Cosa extraña: aquella visita, ni le asombró demasiado, ni le causó casi
-ningún terror.
-
-«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por qué ha amortiguado el ruido de
-sus pasos? Nada he oído. Quizá estaba escuchando detrás de la puerta.»
-
---No esperaba usted mi visita--dijo alegremente Porfirio Petrovitch--.
-Tenía desde hace mucho tiempo el propósito de venir a verle y, al pasar
-delante de su casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle. ¿Iba usted a
-salir? No le detendré. Cinco minutos solamente, el tiempo de fumar un
-cigarrillo...
-
---Siéntese usted, Porfirio Petrovitch, siéntese usted--dijo
-Raskolnikoff ofreciendo una silla al visitante, con un aire tan afable
-y satisfecho, que él mismo se hubiera sorprendido si hubiese podido
-verse.
-
-Habían desaparecido todas las huellas de sus impresiones precedentes.
-Acontece a veces que el hombre que por espacio de media hora ha estado
-luchando con un ladrón experimentando angustias mortales, no siente
-ningún temor cuando el puñal del bandido llega a su garganta.
-
-El joven se sentó enfrente de Porfirio y fijó en él una mirada
-tranquila. El juez de instrucción guiñó los ojos y comenzó por encender
-un cigarrillo.
-
-«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba mentalmente Raskolnikoff.
-
-
-II
-
---¡Oh, estos cigarrillos--dijo por fin Porfirio--son mi muerte, y no
-puedo renunciar a ellos! Toso, tengo un principio de irritación en la
-garganta, y, además, soy asmático. No hace mucho que me hice visitar
-por Botkin, que emplea para examinar un enfermo por lo menos media
-hora; después de haberme reconocido atentamente, y auscultado, etc., me
-dijo, entre otras cosas: «No le prueba a usted el tabaco; tiene usted
-los pulmones dilatados.» Está bien; pero, ¿cómo dejar de fumar? ¿cómo
-substituir una costumbre? Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia;
-¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.
-
-«He aquí otra vez un preámbulo que deja traslucir la astucia jurídica»,
-murmuró aparte Raskolnikoff.
-
-Se acordó de su reciente entrevista con el juez de instrucción, y aquel
-recuerdo aumentó la cólera de que su alma rebosaba.
-
---Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?--continuó Porfirio Petrovitch,
-paseando la mirada en derredor suyo;--estuve en este mismo cuarto.
-Halléme como hoy casualmente en la calle de usted, y se me ocurrió
-hacerle una visita. La puerta estaba abierta, entré, le esperé un
-momento, y fuí después, sin decir mi nombre a la criada. ¿No cierra
-usted nunca?
-
-La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía cada vez más. Porfirio
-Petrovitch adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff estaba pensando.
-
---He venido a explicarme, querido Rodión Romanovitch. Debo a usted una
-explicación--prosiguió sonriendo y dando un golpecito en la rodilla del
-joven; pero casi al mismo instante tomó su cara una expresión seria,
-hasta triste, con gran asombro de Raskolnikoff, a quien el juez de
-instrucción se mostraba ahora bajo una fase inesperada--. La última
-vez que nos vimos pasó entre nosotros una extraña escena. Quizá he
-cometido con usted grandes errores, y lo siento. Recordará usted cómo
-nos separamos. Ambos teníamos los nervios muy excitados. Hemos faltado
-a las más elementales conveniencias, y, sin embargo, somos caballeros.
-
-«¿A dónde va a parar?»--se preguntaba Raskolnikoff sin apartar los ojos
-de Porfirio con inquieta curiosidad.
-
---He pensado que haríamos mejor en adelante en obrar con
-sinceridad--repuso el juez de instrucción, bajando un poco los ojos,
-como si temiese turbar por esta vez con sus miradas a su víctima--;
-no es preciso que se renueven semejantes escenas. El otro día, sin la
-entrada de Mikolai no se adónde habrían llegado las cosas. Usted es muy
-irascible por temperamento, Rodión Romanovitch, y sobre esto me apoyé,
-porque un hombre muy acalorado deja muchas veces escapar sus secretos.
-¡Si yo pudiese, me decía, arrancar una prueba cualquiera, aunque
-fuese la más insignificante, pero real, tangible, palpable, otra cosa
-distinta, en fin, que todas esas inducciones psicológicas! Tal es el
-cálculo que había yo hecho. Algunas veces este método da el resultado
-apetecido; pero esto no ocurre siempre, como he tenido ocasión de
-comprobar. Me hacía muchas ilusiones respecto del carácter de usted.
-
---¿Pero usted, por qué me dice todo eso?--balbuceó Raskolnikoff, sin
-acabar de darse cuenta de la cuestión que se planteaba--. «¿Me creerá
-acaso inocente?»--añadió para sí.
-
---¿Por qué digo esto? Considero como un deber sagrado explicar a
-usted mi conducta, porque le he sometido, y lo reconozco, a una cruel
-tortura, y no quiero, Rodión Romanovitch, que me considere como un
-monstruo. Voy, pues, para justificarme, a exponer los antecedentes de
-este asunto. Al principio circularon rumores acerca de cuyo origen y
-naturaleza creo superfluo hablar; inútil creo también decirle a usted
-en qué ocasión se ha mezclado en este asunto la persona de usted. En
-cuanto a mí, lo que me ha hecho sospechar, es una circunstancia por
-otra parte puramente fortuita, de la cual no he dicho una palabra. De
-esos rumores y de esas circunstancias accidentales se ha desprendido
-para mí la misma conclusión. Lo confieso francamente, porque, a decir
-verdad, yo he sido el primero que ha puesto su nombre sobre el tapete.
-Dejo a un lado las anotaciones de los objetos encontrados en casa de
-la vieja. Tal indicio y otros muchos del mismo género nada significan.
-Estando en esto, tuve ocasión de conocer el incidente ocurrido en el
-despacho de policía. Aquella escena me fué referida con todo género
-de pormenores por alguno que había desempeñado su papel a las mil
-maravillas. Pues bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse en
-cierta dirección? «Cien conejos no hacen un caballo; cien presunciones
-no hacen una prueba», dice el proverbio inglés; esto también es lo
-que aconseja la razón; pero, ¿quién puede luchar contra las pasiones?
-El juez de instrucción es hombre, y, por consiguiente, apasionado. Me
-acordé también del trabajo que publicó usted en una Revista. Me había
-gustado mucho como aficionado, por supuesto, aquel primer ensayo de
-la juvenil pluma de usted. Se veía allí una convicción sincera y un
-entusiasmo ardiente. Aquel artículo debió de ser escrito con mano
-febril durante una noche de insomnio. «El autor no se detendrá aquí»,
-pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted, no relacionar esto con lo
-que luego se siguió? La atracción era irresistible. ¡Ah, señor! ¿Digo
-algo? ¿Afirmo al presente lo que esto sea? Me limito a señalar una
-reflexión que me hice entonces. ¿Qué es lo que pienso ahora? Nada;
-es decir, poco menos que nada. Por el momento, tengo entre las manos
-a Mikolai y hay hechos que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le digo
-todo esto, es para que no dé usted torcida interpretación a mi conducta
-del otro día. ¿Por qué, me preguntará usted, no se hizo un registro
-en mi casa? Estuve aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba usted
-enfermo, no como magistrado, sin carácter oficial. El cuarto de usted,
-desde las primeras sospechas, fué registrado minuciosamente, pero sin
-resultado. Entonces me dije: «Este hombre vendrá a mi casa, vendrá
-él mismo a buscarme, y dentro de muy poco tiempo; si es culpable,
-no puede dejar de venir. Otro no vendría, pero éste no faltará. ¿Se
-acuerda usted de las palabrerías de Razumikin? Le habíamos comunicado
-de intento nuestras conjeturas, con la esperanza de que él excitaría
-a usted hasta el punto de hacerle confesar. El señor Zametoff estaba
-asombrado de la audacia de usted, y, en efecto, mucha se necesitaba
-para decir en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente cosa
-muy arriesgada. Yo le esperaba a usted con impaciencia confiada, y he
-aquí que Dios le envió. ¡Con qué fuerza latía mi corazón cuando le vi
-a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué necesidad tenía usted de ir?
-Sin duda recordará también que entró riéndose a carcajadas. Su risa me
-dió mucho que pensar; pero si no hubiese estado prevenido, tal vez no
-hubiera fijado mi atención en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir de la
-piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra bajo la cual están ocultos los
-objetos. Me parece que la estoy viendo desde aquí, no sé dónde, en un
-huerto. ¿No es de un huerto de lo que usted habló a Zametoff? Después,
-cuando hablamos del artículo de la Revista, creímos ver una segunda
-intención detrás de cada una de las palabras de usted. He aquí cómo,
-Rodión Romanovitch, mi convicción se ha ido formando poco a poco.
-«Ciertamente esto puede explicarse de otra manera», solía decirme yo, y
-aun podría ser que fuese más natural; convengo en ello. Mejor sería una
-prueba, por pequeña que fuese. Pero al saber la historia del cordón de
-la campanilla, no tuve ya duda alguna; creí poseer la prueba deseada,
-y ya no he querido reflexionar más. En aquel momento hubiera dado de
-buena gana mil rublos de mi bolsillo por verle a usted con mis propios
-ojos, andando cien pasos, hombro con hombro con un burgués que le había
-llamado a usted asesino, sin que usted se atreviese a responderle.
-Cierto; no se debe dar gran importancia a los hechos y gestos de un
-enfermo que habla bajo una especie de delirio. Sin embargo, después
-de lo sucedido, ¿cómo ha podido asombrarse usted, Rodión Romanovitch,
-de la manera como me he portado? ¿Y por qué, precisamente en aquel
-momento, vino usted a mi casa? El mismo diablo, sin duda, le impulsó a
-usted, y si Mikolai no nos hubiese separado... ¿Se acuerda usted de la
-entrada de Mikolai? Aquello fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice
-el menor caso de sus palabras, como pudo usted advertir. Después que
-usted se marchó seguí interrogándole. Me respondió sobre ciertos puntos
-de una manera tan exacta, que me quedé asombrado; a pesar de esto, sus
-declaraciones no lograron destruir mi incredulidad, y me quedé tan
-inquebrantable como una roca.»
-
---Razumikin acaba de decirme que estaba usted ya convencido de la
-culpabilidad de Mikolai; que usted mismo le había asegurado que...
-
-Le faltó el habla y no pudo continuar.
-
---¡Ah, Razumikin!--exclamó Porfirio Petrovitch, que parecía satisfecho
-de haber oído, al cabo, que salía una observación de labios de
-Raskolnikoff--. ¡Je, je, je! trataba de verme libre de Razumikin, que
-venía a mi casa con aires investigadores y que nada tiene que ver en
-este negocio. Dejémosle a un lado, si a usted le parece. ¿Quiere usted
-saber la idea que tengo yo formada de Mikolai? Ante todo, es como un
-niño; aun no ha llegado a su mayor edad. Sin ser precisamente una
-naturaleza pusilánime, es impresionable como un artista. No se ría
-usted si le caracterizo de ese modo: es cándido, sensible, fantástico.
-En su pueblo, canta, baila y narra cuentos, que van a oír los
-campesinos de las aldeas vecinas. Suele beber hasta perder la razón;
-no porque sea, propiamente hablando, lo que se dice un borracho,
-sino porque no sabe resistir a la influencia del ejemplo cuando se
-halla entre amigos. No comprende que ha cometido un robo apropiándose
-de un estuche que ha encontrado. «Puesto que lo he encontrado en el
-suelo, dice, tenía perfecto derecho a tomarlo.» Según los vecinos
-de Zaraisk, sus paisanos, era devoto hasta la exaltación: pasaba
-las noches rezando y leía sin cesar libros religiosos (los viejos,
-los verdaderos). San Petersburgo ha influído mucho en él, y una vez
-aquí, se ha dado al vino y a las mujeres, lo que le ha hecho olvidar
-la religión. Sé que uno de nuestros artistas ha comenzado a darle
-lecciones. En esto ocurre ese crimen. El pobre muchacho se asusta, y
-se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere usted? Nuestro pueblo no
-puede sacudir de su espíritu el prejuicio de que todo hombre buscado
-por la policía es hombre condenado. En la prisión, Mikolai ha vuelto
-al misticismo de sus primeros años. Ahora tiene sed de expiación, y
-sólo por eso se ha confesado culpable. Mi convicción en este punto
-está basada en ciertos hechos que él mismo no conoce. Por lo demás,
-acabará por confesarme toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá su
-papel hasta el fin? Espere usted un poco, y ya verá cómo rectifica sus
-confesiones. Además, si logra dar sobre ciertos puntos un carácter de
-verosimilitud a su declaración, en cambio sobre otros se encuentra en
-completa contradicción con los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión
-Romanovitch, no; el culpable no es Mikolai. Nos encontraremos frente
-a un hecho fantástico y sombrío; este crimen tiene la marca del siglo
-y lleva hondamente grabado el sello de una época que hace consistir
-toda la vida en buscar la comodidad. El culpable es un tétrico, una
-víctima del libro; ha desplegado en su ensayo mucha audacia; pero esta
-audacia es de un género particular: es la de un hombre que se precipita
-desde lo alto de una montaña o de un campanario. Ha olvidado cerrar la
-puerta detrás de él y ha matado a dos personas para poner en práctica
-una teoría. Ha matado y no ha sabido aprovecharse de su dinero; lo que
-pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra. No bastándole las angustias
-pasadas en la antesala mientras oía los golpes dados a la puerta y el
-sonido repetido de la campanilla, cediendo a una irresistible necesidad
-de experimentar la misma emoción, fué más tarde a visitar el cuarto
-vacío y a tirar del cordón de la campanilla. Atribuyamos esto a la
-enfermedad, a un semidelirio, bueno; pero he aquí un punto digno de
-notarse; ha matado, y no deja de considerarse como un hombre honrado,
-desprecia a los demás, y se da aires de ángel pálido. No, no se trata
-aquí de Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai no es culpable.
-
-Este golpe era tanto más inesperado, cuanto que llegaba después de
-la especie de honrosa disculpa dada por el juez de instrucción.
-Raskolnikoff se echó a temblar.
-
---Entonces, ¿quién es el que ha matado?--balbuceó con voz entrecortada.
-
-El juez de instrucción se recostó en el respaldo de la silla, como
-asombrado de semejante pregunta.
-
---¿Cómo? ¿Que quién ha matado?--replicó, como si no hubiese dado
-crédito a sus oídos--. ¿Quién ha de ser? ¡Usted, Rodión Romanovitch,
-usted es el que ha matado! ¡Sí, usted!...--añadió en voz baja y en tono
-de profundo convencimiento.
-
-Raskolnikoff se levantó bruscamente, permaneció en pie algunos
-segundos, y después se sentó sin decir una sola palabra. Ligeras
-convulsiones agitaban los músculos de su rostro.
-
---Le tiemblan a usted las manos como el otro día--hizo notar con
-interés Porfirio--. Por lo que veo, usted no se ha hecho cargo del
-objeto de mi visita, Rodión Romanovitch--prosiguió, después de una
-pausa--. De aquí el asombro de usted. He venido precisamente para
-decirlo todo y esclarecer la verdad.
-
---¡Yo no he matado!--murmuró el joven, defendiéndose como lo hace un
-niño sorprendido en falta.
-
---Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch; ha sido usted, usted
-solo--replicó severamente el juez de instrucción.
-
-Ambos se callaron y, cosa extraña, este silencio se prolongó por unos
-diez minutos.
-
-Apoyado de codos sobre la mesa, Raskolnikoff se metía los dedos entre
-el cabello. Porfirio Petrovitch esperaba sin dar señal alguna de
-impaciencia. De repente el joven miró despreciativamente al magistrado.
-
---Vuelve usted a sus antiguas prácticas, Porfirio Petrovitch. ¡Siempre
-los mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian a usted ya?
-
---No se ocupe usted de mis procedimientos. Otra cosa sería si
-estuviésemos en presencia de testigos; pero aquí hablamos a solas. No
-he venido para cazarle y prenderle como un pajarito. Que usted confiese
-o no, en este momento me es igual. En un caso y en otro, mi convicción
-está formada.
-
---Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?--preguntó con mal gesto
-Raskolnikoff--; le repito la pregunta que ya en otra ocasión le hice:
-Si me cree usted culpable, ¿por qué no dicta un auto de prisión contra
-mí?
-
---¡Vaya una pregunta! Le responderé a usted punto por punto: en primer
-lugar, la detención de usted no me serviría para nada.
-
---¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted de nada? Puesto que está
-convencido, debería usted...
-
---¿Qué importa mi convicción? Hasta el presente no descansa más que
-sobre nubes. ¿Y para qué había de poner a usted _en reposo_? Usted
-lo comprende, puesto que pide usted que se le detenga. Supongo que
-careado con el burgués, usted diría: «Tú, de seguro, estabas bebido.
-¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente por lo que eres, por
-un borracho.» ¿Qué podría yo replicarle entonces, tanto más, cuanto
-que la respuesta de usted sería más verosímil que la declaración de
-él, que es de pura psicología, y porque, además, la apreciación de
-usted sería exacta, puesto que ese hombre es conocido por su afición
-a los licores? Muchas veces le he confesado a usted con franqueza que
-toda esta psicología tiene dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el
-momento, ninguna prueba tengo contra usted. Claro es que, al cabo, le
-detendré, y he venido aquí para avisárselo, y, sin embargo, no vacilo
-en manifestarle que eso no me servirá de nada. El segundo objeto de mi
-venida...
-
---¿Cuál es?--preguntó Raskolnikoff anhelante.
-
---... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle mi conducta, porque no
-quiero pasar a los ojos de usted por un monstruo, y además, porque,
-créalo o no, mis intenciones son muy favorables a usted. En vista,
-pues, del interés que yo siento por usted, le propongo francamente vaya
-a denunciarse. He venido aquí para darle este consejo. Es el partido
-más ventajoso que puede tomar, ventajoso para usted y para mí, que
-me vería desembarazado de este asunto. ¿Qué le parece a usted? Soy
-bastante franco?
-
-Raskolnikoff reflexionó durante un minuto.
-
---Escuche usted, Porfirio Petrovitch; según sus propias palabras,
-no tiene contra mí más que inducciones psicológicas y aspira a la
-evidencia matemática. ¿Quién le dice que no se engaña?
-
---No, Rodión Romanovitch, no me engaño. Tengo una prueba, que encontré
-el otro día; Dios me la ha enviado.
-
---¿Qué prueba es ésa?
-
---No se lo diré a usted; pero, en todo caso, no tengo el derecho de
-contemporizar; voy a hacerle detener. Ahora juzgue usted. Cualquier
-resolución que tome actualmente, poco me importa; cuanto le he dicho es
-únicamente en interés suyo. La mejor solución es la que yo le indico:
-créalo usted, Rodión Romanovitch.
-
-El joven se sonrió con expresión de cólera.
-
---El lenguaje de usted es más que ridículo: es impudente. Supongamos
-que soy culpable (lo que en modo alguno reconozco): ¿por qué he de ir
-a denunciarme, puesto que, como dice usted mismo, allí, en la cárcel,
-estaría _en reposo_?
-
---¡Oh Rodión Romanovitch! No tome usted estas palabras al pie de la
-letra. Puede usted encontrar allí reposo, y puede no encontrarlo.
-Tengo, es cierto, la creencia de que la prisión tranquiliza al
-culpable; pero esto no es más que una teoría, y una teoría mía
-personal. Así, pues, ¿soy yo una autoridad para usted? ¡Quién sabe si
-en este momento mismo no le oculto alguna cosa! No puede usted exigir
-que le entregue todos mis secretos, ¡je, je, je! Lo incontestable es el
-provecho que sacará usted haciendo lo que yo le propongo: irá ganando,
-puesto que su condena disminuirá notablemente. Piense usted un poco en
-qué momento vendría a denunciarse: en el que otra persona ha asumido
-sobre sí la responsabilidad del crimen, embrollando, en cierto modo,
-el proceso. Por lo que a mí toca, juro ante Dios dejarle a usted en el
-tribunal todas las ventajas de su iniciativa. Los jueces ignorarán, se
-lo prometo, toda esa psicología, todas las sospechas recaídas sobre
-usted y su conducta tendrá a los ojos de aquellos magistrados un
-carácter absolutamente espontáneo. En el crimen de usted no se verá más
-que el resultado de una impulsión fatal, y no otra cosa. Soy un hombre
-honrado, Rodión Romanovitch, y mantendré mi palabra.
-
-Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó durante largo tiempo; luego
-sonrióse de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce y melancólica.
-
---¿Qué me importa?--dijo, sin parecer que se daba cuenta de que
-su lenguaje equivalía casi a una confesión--, ¿qué me importa la
-diminución de pena de que usted me habla? No la necesito para nada.
-
---Vamos, lo que yo temía--exclamó, como a pesar suyo, Porfirio--. Ya me
-temía yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.
-
-Raskolnikoff le miró con expresión grave y triste.
-
---No desprecie usted la vida--continuó el juez de instrucción--.
-Todavía es muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere una diminución de
-pena? ¡A fe que no es usted descontentadizo!
-
---¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?
-
---La vida. ¿Acaso es usted profeta, para saber lo que la vida le
-reserva? Busque usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba a usted. Por
-otra parte, su condena no será perpetua.
-
---¡Obtendré circunstancias atenuantes!...--dijo riendo Raskolnikoff.
-
---¿Es quizá, vergüenza burguesa lo que le impide a usted confesarse
-culpable? ¡Es preciso sobreponerse a eso!
-
---¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!--murmuró con tono
-despreciativo el joven.
-
-Hizo ademán de levantarse; pero se quedó sentado, abatidísimo.
-
---Es usted desconfiado, y piensa, sin duda, que trato de embaucarle
-groseramente; pero, ¿acaso ha vivido usted mucho? ¿qué sabe usted de
-la existencia? Ha imaginado usted una teoría que ha venido a producir
-en la práctica consecuencias cuya falta de originalidad le avergüenza
-ahora. Ha cometido usted un crimen, es verdad; pero no es usted, ni
-con mucho, un criminal irremisiblemente perdido. ¿Cuál es mi opinión
-acerca de usted? Le considero como uno de esos hombres que se dejarían
-arrancar las entrañas sonriendo a sus verdugos, con tal solamente de
-haber encontrado una fe o un Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y
-vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad, desde hace tiempo,
-de cambiar de aire. Además, el sufrimiento es una buena cosa. Sufra
-usted. Quizá Mikolai tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que es
-usted un escéptico, pero sin razonar, abandónese usted a la corriente
-de la vida; esta corriente le llevará a alguna parte. ¿A dónde? No se
-preocupe usted; ya llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro, creo
-solamente que usted debe vivir todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa
-usted ahora que estoy representando el papel de juez; pero acaso más
-tarde se acuerde usted de mis palabras y saque provecho de ellas; por
-eso le hablo así. Todavía es una ventaja que no haya usted matado más
-que a una mala vieja. Con otra teoría, habría cometido usted una acción
-cien mil veces peor. Puede usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede
-saber cuáles son sus altos designios acerca de usted! Recobre usted su
-valor, no retroceda por pusilaminidad ante lo que exige la justicia.
-Sé que usted no me cree; pero con el tiempo volverá a tomar gusto a la
-vida. Ahora lo que le hace falta solamente es aire, aire, aire.
-
-Raskolnikoff se estremeció.
-
---Pero, ¿quién es usted--gritó--para hacerme esas profecías? ¿Qué
-suprema sabiduría le permite adivinar mi porvenir?
-
---¿Que quién soy? Un hombre acabado, y nada más. Un hombre sensible
-y compasivo, a quien la experiencia ha enseñado quizás algo; pero
-un hombre completamente acabado. Usted es otra cosa; usted se halla
-al principio de la existencia, y esta aventura, ¿quién sabe? quizá
-no dejará ninguna huella en la vida de usted. ¿Por qué temer tanto
-el cambio que va a experimentar en su situación? ¿Son acaso las
-comodidades de la vida las que usted ha de echar de menos? ¿Se aflige
-usted pensando que ha de estar largo tiempo confinado en la obscuridad?
-De usted depende que esta obscuridad no sea eterna. Sea usted un sol,
-y todo el mundo le verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa que éstas
-son maniobras de juez de instrucción? Es muy posible, ¡je, je! No le
-pido que me crea bajo mi palabra, Rodión Romanovitch; hago mi oficio,
-convengo en ello; pero acuérdese de lo que le digo. Los acontecimientos
-le demostrarán si soy un impostor o un hombre honrado.
-
---¿Cuándo piensa usted detenerme?
-
---Puedo dejarle a usted aún día y medio o dos días en libertad. Haga
-usted sus reflexiones, amigo mío; ruegue usted a Dios que le inspire.
-El consejo que le doy es bueno, créalo usted.
-
---¿Y si me escapase?--preguntó Raskolnikoff con equívoca sonrisa.
-
---No se escapará. Un _mujik_ huiría: un revolucionario de ahora,
-esclavo de pensamiento ajeno, huiría también, porque tiene un _credo_
-ciegamente aceptado para toda la vida; pero usted no cree en su teoría.
-¿Qué quedaría de ella si huyera usted? Y, por otra parte, ¿puede darse
-una existencia más innoble y penosa que la de un fugitivo? Si huyese
-usted, volvería para entregarse espontáneamente... _¡Usted no puede
-pasarse sin nosotros!_ Cuando yo le detuviese al cabo de un mes o dos,
-pongamos tres, se acordaría de mis palabras y confesaría. Vendría usted
-a parar a esto insensiblemente, casi sin darse cuenta de ello. Más aún,
-estoy persuadido de que, después de haberlo reflexionado usted bien,
-se decidirá usted a aceptar la expiación. En este momento no lo cree;
-pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch, el sufrimiento es una gran
-cosa. En boca de un hombre que no se priva de nada, este lenguaje puede
-parecer ridículo. No importa; hay una idea en el sentimiento. Mikolai
-tiene razón. Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.
-
-Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra; el juez hizo lo mismo.
-
---¿Va usted a pasearse? La tarde será buena; sólo que no hay tormenta.
-Sería conveniente, porque refrescaría la temperatura.
-
---Porfirio Petrovitch--dijo el joven con tono seco y breve--, le ruego
-que no vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones. Es usted un
-hombre extraño, y le he escuchado por pura curiosidad; pero no he
-confesado nada... no lo olvide usted.
-
---Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo tiembla! No se inquiete usted,
-querido: tomo nota de su recomendación. Pasee usted un poco; pero
-no traspase ciertos límites. En todo caso, tengo un pequeño encargo
-que hacer a usted--dijo bajando la voz--; es algo delicado, pero
-tiene su importancia: en el caso, poco probable según mi creencia, de
-que durante esas cuarenta y ocho horas le dé a usted la humorada de
-acabar con su vida (perdóneme esta absurda suposición), deje usted un
-billetito, nada más que dos líneas, indicando el sitio donde está la
-piedra; eso será más noble. Ea, hasta la vista; que Dios le inspire
-buenos pensamientos.
-
-Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff, y éste se acercó
-a la ventana y esperó con impaciencia el momento en que, según sus
-cálculos, el juez de instrucción debía de estar lejos de la casa. En
-seguida salió de ella apresuradamente.
-
-
-III
-
-Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba qué era lo que podía
-esperar de aquel hombre que ejercía sobre él un poder tan misterioso.
-Desde que Raskolnikoff se hubo convencido de ello, le devoraba
-la inquietud, y al presente no podía retrasar el momento de una
-explicación.
-
-Conforme iba andando le preocupaba, sobre todo, esta sospecha: ¿habrá
-ido Svidrigailoff a casa de Porfirio?
-
-Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff no debía haber ido.
-Raskolnikoff lo hubiera jurado. Repasando en su mente todas las
-circunstancias de las visitas de Porfirio, llegaba siempre a la misma
-conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff no hubiese ido aún, no
-quería decir que no lo haría más tarde.
-
-Sin embargo, en este punto el joven se inclinaba también a creer que
-no iría. ¿Por qué? No habría podido aducir las razones en que se
-fundaba, y aunque hubiera podido explicárselo, no se habría preocupado
-demasiado. Todas estas cosas le atormentaban, y al propio tiempo le
-eran casi indiferentes. Cosa extraña, casi increíble: por crítica que
-fuese su situación actual, Raskolnikoff no tenía, a causa de ella, más
-que una débil inquietud. Lo que le ponía en cuidado era una cuestión
-mucho más importante, que no era aquélla. Experimentaba, además, un
-inmenso cansancio moral, aunque para razonar se hallaba en mucho mejor
-estado que los días precedentes.
-
-Después de tantos combates librados, ¿sería menester aún nueva lucha
-para triunfar de aquellas miserables dificultades? ¿Convendría, por
-ejemplo, ir a poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor de que fuese a
-casa del juez de instrucción?
-
-¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!
-
-Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio Ivanovitch. ¿Esperaba de
-él algo nuevo, un consejo, un medio de salir de su situación? Los
-náufragos se agarran a una paja. ¿Era el destino o el instinto lo que
-empujaba a estos hombres uno hacia el otro? Quizá Raskolnikoff daba
-este paso sencillamente porque no sabía a qué santo encomendarse; tal
-vez tenía necesidad de alguien que no fuese Svidrigailoff, y tomaba
-a este último a falta de otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de ir a
-casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar más? Por otra parte, Sonia le daba
-espanto. Esta joven era para él el decreto irrevocable, la sentencia
-sin apelación. En aquel momento no se sentía con fuerzas para afrontar
-la vista de la muchacha. No, era mejor hacer una tentativa acerca de
-Svidrigailoff. Se confesaba interiormente que desde hacía largo tiempo
-Arcadio Ivanovitch le era en cierto modo necesario.
-
-No obstante, ¿qué podía haber de común entre ellos? Su criminalidad
-misma no era motivo para aproximarlos. Aquel hombre le desagradaba
-mucho, pues evidentemente era muy disipado y quizá muy malo. Acerca de
-él corrían siniestras leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos de
-Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía por qué obraba de este modo? Tratándose
-de semejante hombre, había de temer siempre algún tenebroso designio.
-
-Desde muchos días antes no cesaba de inquietarle otro pensamiento,
-aunque el joven, por lo penoso que le era, se esforzase en desecharlo.
-
-«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas en derredor mío--se decía--;
-ha descubierto mi secreto, tuvo intenciones acerca de mi hermana...
-quizá las tiene todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto de
-emplearlo como arma contra Dunia?»
-
-Este pensamiento, que solía preocuparle hasta en sueños, no se
-había presentado jamás a su imaginación con tanta claridad como en
-aquel momento en que se dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se
-le ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana, lo que cambiaría
-extraordinariamente la situación. Pensó después que haría bien en
-denunciarse, para prevenir un paso imprudente por parte de Dunia. ¿Y
-la carta? Aquella mañana Dunia había recibido una. ¿Quién, en San
-Petersburgo, podía escribirle? ¿Acaso Ludjin? En verdad, Razumikin era
-buen guardián, pero no sabía nada. «¿No debería yo contárselo todo a
-Razumikin?--se preguntó Raskolnikoff con alivio de corazón--. En todo
-caso, es preciso ver cuanto antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios,
-los pormenores importan aquí menos que el fondo de la cuestión; pero
-si Svidrigailoff tiene la audacia de intentar alguna cosa contra mi
-hermana, le mataré.»
-
-Tenía el alma oprimida por un penoso presentimiento. Se detuvo en medio
-de la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino había tomado? ¿En
-dónde estaba? Se encontraba en la perspectiva***, a treinta o cuarenta
-pasos del Mercado del Heno, que acababa de atravesar. El piso segundo
-de la casa a la izquierda estaba ocupado totalmente por un café; todas
-las ventanas se hallaban abiertas. A juzgar por las cabezas que allí
-se veían, el café debía estar lleno de gente. En la sala se cantaba,
-se tocaba el violín, el clarinete y el tambor turco; se oían también
-gritos de mujeres. Sorprendido de verse en aquel sitio, el joven iba
-a volver sobre sus pasos, cuando, de pronto, en una de las ventanas
-vió a Svidrigailoff con la pipa en la boca, sentado delante de una
-mesa de tomar te. Aquella vista le causó asombro mezclado de terror.
-Svidrigailoff le contemplaba en silencio y, cosa que asombró aún más
-a Raskolnikoff, hizo un movimiento como si tratase de impedir que le
-viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió no verle, y se puso a mirar
-hacia otro lado; pero continuaba siguiéndole con el rabillo del ojo.
-La inquietud le hacía latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff
-no quería ser visto. Se quitó la pipa de la boca y quiso retirarse;
-pero al levantarse reconoció, sin duda, que era demasiado tarde.
-Repitióse sobre poco más o menos la misma escena que al principio de
-la entrevista en la habitación de Raskolnikoff; cada uno de ellos
-sabía que era observado por el otro. Una maliciosa sonrisa erró en los
-labios de Svidrigailoff, el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa
-carcajada.
-
---¡Pues bien, entre usted, si quiere; aquí estoy!--gritó desde la
-ventana.
-
-El joven subió.
-
-Encontró a Svidrigailoff en un gabinete pequeño contiguo a una gran
-sala, en la cual había muchos parroquianos: comerciantes, funcionarios,
-y otros estaban tomando te y oyendo a los coristas que hacían un
-estruendo espantoso. En una habitación inmediata se jugaba al billar.
-Svidrigailoff tenía delante una botella de _Champagne_ empezada y un
-vaso medio lleno. Le acompañaban dos músicos callejeros: un organillero
-y una cantante. Esta, muchacha de diez y ocho años, fresca y bien
-portada, llevaba un traje a rayas y un sombrero tirolés adornado de
-cintas. Acompañada por el organillero cantaba con voz de contralto,
-bastante fuerte, una canción trivial en medio del ruido que llegaba de
-la otra sala.
-
---¡Ea, basta!--dijo Svidrigailoff cuando entró el hermano de Dunia.
-
-La cantante se detuvo en seguida y esperó en actitud respetuosa. Antes
-también, mientras dejaba oír sus vulgaridades melódicas, mostraba en su
-fisonomía cierta expresión de respeto.
-
---¡Eh, Felipe, un vaso!--gritó Svidrigailoff.
-
---No bebo vino--dijo Raskolnikoff.
-
---Como usted guste. Bebe, Katia. Ahora no tengo necesidad de ti; puedes
-retirarte.
-
-Sirvió un gran vaso de vino y le dió un billetito de color amarillo.
-Katia bebió el vaso de _Champagne_ a pequeños sorbos como suelen
-hacerlo las mujeres, y después de haber tomado el billete, besó la mano
-de Svidrigailoff, que aceptó con aire grave el testimonio de aquel
-respeto servil.
-
-Aun no hacía ocho días que Arcadio Ivanovitch había llegado a
-San Petersburgo, y ya se le tenía por un antiguo parroquiano del
-establecimiento.
-
---Iba a casa de usted--dijo Raskolnikoff, cuando les dejaron solos--;
-pero, ¿cómo se explica que atravesando el Mercado del Heno he tomado
-por la perspectiva***? Jamás paso por aquí. Tomo siempre la derecha al
-salir del Mercado. Este no es el camino para ir al domicilio de usted.
-Apenas he asomado por esta parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!
-
---¿Por qué no añade usted que es un milagro?
-
---Porque quizá no es más que una casualidad.
-
---Esa es la salida a que recurren todos--contestó riendo
-Svidrigailoff--. Aunque en el fondo se crea en el milagro, nadie se
-atreve a confesarlo. Usted mismo acaba de decir que esto «quizá» no es
-más que una casualidad. No puede usted imaginarse, Rodión Romanovitch,
-cuán poco valor hay aquí para sostener una opinión. No lo digo por
-usted, porque sé que si tiene una opinión personal, no teme afirmarla;
-por eso precisamente ha atraído usted mi curiosidad.
-
---¿Sólo por eso?
-
---Me parece que es bastante.
-
-Svidrigailoff se hallaba en un visible estado de excitación, aunque no
-había bebido más que un vaso de vino espumoso.
-
---Creo que cuando usted vino a mi casa ignoraba todavía si yo tenía o
-no eso que llama usted opinión personal--observó Raskolnikoff.
-
---Entonces era otra cosa. Cada cual tiene su manera de ver; pero, en
-cuanto al milagro, diré que quizá ha estado usted durmiendo durante
-todos estos días. Yo mismo le di las señas de este café, y no es
-sorprendente que haya usted venido derechamente a él. Le indiqué el
-camino que se debe seguir para encontrarme. ¿No se acuerda usted?
-
---Lo he olvidado--respondió sorprendido Raskolnikoff.
-
---No lo dudo; por dos veces le he dado estas indicaciones. La dirección
-se ha grabado maquinalmente en la memoria de usted, y ella le ha guiado
-a su pesar; pero he aquí que se me ocurre una cosa: estoy seguro de
-que en San Petersburgo muchas personas andan hablando consigo mismas.
-Es una ciudad de semilocos. Si hubiese en ella sabios, médicos,
-jurisconsultos y filósofos, podrían hacer curiosos estudios, cada cual
-en su especialidad. No hay otro lugar en el mundo en que el alma humana
-esté sometida a influencias tan sombrías y tan extrañas; la acción
-solamente del clima es ya funesta. Desgraciadamente, San Petersburgo es
-el centro administrativo de la nación, y su carácter debe reflejarse en
-toda Rusia. Mas ahora no se trata de eso; quería decirle a usted que
-le he visto pasar muchas veces por la calle. Al salir de casa llevaba
-usted la cabeza alta; después de andar veinte pasos la baja usted, y
-cruza los brazos detrás de la espalda. Mira usted, pero es evidente
-que no ve cosa alguna. Por último, se pone usted a mover los labios
-y a hablar consigo mismo; unas veces gesticula, otras declama, otras
-se detiene en medio de la calle, durante más o menos tiempo. Esto, en
-rigor, nada significa. Sin embargo, se fijan en usted varias personas,
-como yo, y tal cosa no carece de peligros. A mí, ¿qué me importa? No
-tengo la pretensión de curarle; pero usted, sin duda, me comprende.
-
---¿Sabe usted que se me sigue?--preguntó Raskolnikoff fijando en
-Svidrigailoff una mirada investigadora.
-
---No--respondió éste asombrado--; no sé nada.
-
---Bueno, no hablemos de mí--murmuró Raskolnikoff frunciendo las cejas.
-
---Está bien. No hablaremos de usted.
-
---Dígame más bien si es verdad que por dos veces me ha indicado este
-_traktir_ como sitio en que podía encontrarle a usted; ¿por qué, hace
-un momento, cuando he levantado los ojos a la ventana, se ha ocultado
-usted, tratando de que yo no le viera? Lo he advertido perfectamente.
-
---¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día, cuando entré en el cuarto de
-usted, se fingió el dormido, aunque estaba despierto? Lo advertí muy
-bien.
-
---Podía tener razones... usted lo sabe.
-
---Y yo, ¿no podía también tener razones, aunque usted no las conociese?
-
-Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba atentamente el rostro de
-su interlocutor. Aquella cara le causaba siempre un nuevo asombro.
-Aunque bella, tenía algo que le hacía profundamente antipática. Parecía
-una máscara; el color era demasiado fresco, los labios demasiado rojos,
-la barba demasiado rubia, los cabellos demasiado espesos, los ojos
-demasiado azules y la mirada demasiado fija. Svidrigailoff vestía un
-elegante traje de verano y eran irreprochables la blancura y finura de
-su camisa. Llevaba en uno de los dedos un gran anillo con una piedra de
-valor.
-
---Entre nosotros no sirven las tergiversaciones--dijo bruscamente el
-joven--; aunque esté usted en capacidad de hacerme mucho mal, si tiene
-deseos de molestarme, quiero hablarle franca y claramente. Sepa usted,
-pues, que si sigue con las mismas intenciones acerca de mi hermana, y
-si cuenta usted para labrar su objeto con el secreto que ha sorprendido
-últimamente, le mataré a usted antes de que me hayan metido en la
-cárcel. Le doy a usted mi palabra de honor. En segundo lugar, he creído
-advertir estos días que deseaba usted tener una entrevista conmigo. Si
-algo tiene que comunicarme, despáchese, porque el tiempo es precioso, y
-quizá bien pronto será demasiado tarde.
-
---¿Qué es lo que corre a usted tanta prisa?--preguntó Svidrigailoff,
-mirándole con curiosidad.
-
---Cada cual tiene sus negocios--dijo Raskolnikoff con aire sombrío.
-
---Acaba usted de invitarme a que sea franco, y a la primera pregunta
-rehusa usted responderme--observó Svidrigailoff--. Me supone usted
-siempre algunos proyectos. En la posición de usted, tal cosa se
-comprende perfectamente; pero aunque tengo el deseo de vivir en
-buena armonía con usted, no me tomaré la molestia de desengañarle.
-Verdaderamente no vale la pena; no tengo nada que decirle.
-
---¿Por qué está usted siempre dando vueltas en derredor mío?
-
---Sencillamente porque es usted un sujeto muy digno de ser observado.
-Ha excitado usted mi curiosidad por lo fantástico de su situación.
-Además, es usted el hermano de una persona que me interesa mucho; ella
-me ha hablado de usted varias veces, y su lenguaje me ha hecho pensar
-que tiene usted una gran influencia sobre ella. ¿No son bastantes
-razones éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso, la pregunta
-es para mí compleja, y me es muy difícil responder a ella. Si usted,
-por ejemplo, ha venido a buscarme ahora, es, no sólo por un negocio,
-sino en la esperanza de que yo le diga a usted algo nuevo; ¿no es
-verdad? ¿No es verdad?--repitió con sonrisa equívoca Svidrigailoff--.
-Pues bien, figúrese usted que yo mismo, al volver a San Petersburgo,
-esperaba también que me diría usted algo nuevo y pensaba en tomar algo
-prestado. Vea usted cómo somos nosotros los ricos.
-
---¿Tomarme algo prestado? ¿El qué?
-
---¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué miserable _traktir_ me paso
-todo el día--repuso Svidrigailoff--; no crea que me divierto; pero
-en alguna parte he de pasar el tiempo. Me distraigo con esa pobre
-Katia que acaba de salir... Si tuviese la suerte de ser un glotón, un
-gastrónomo de club... pero nada de eso; ahí tiene usted todo lo que
-yo puedo comer (señaló con el dedo una mesita colocada en el rincón,
-y en ella un plato de hierro galvanizado, que contenía los restos de
-un mal biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido usted? En cuanto
-al vino sólo bebo _Champagne_, y un vaso me basta para toda la noche.
-Si he pedido esa botella hoy, es porque tengo que ir a cierta parte
-y he querido de antemano preparar un poco la cabeza. Hace poco me
-ocultaba como un colegial, porque temía que la visita de usted fuera
-un trastorno para mí; pero creo que puedo pasar una hora con usted.
-Ahora son las cuatro y media--añadió mirando al reloj--. ¿Querrá usted
-creer que hay momentos en que me disgusta no ser nada; ni fotógrafo, ni
-periodista...? Suele ser muy fastidioso no tener ninguna especialidad.
-Ciertamente, pensaba que me diría usted algo nuevo.
-
---¿Quién es usted y por qué ha venido aquí?
-
---¿Que quién soy? Lo sabe usted; un gentilhombre; he servido dos años
-en Caballería, después de lo cual me he paseado por San Petersburgo;
-más tarde me casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí a vivir al campo.
-Ahí tiene mi biografía.
-
---Según parece, es usted jugador.
-
---¿Jugador yo? No diga usted eso; diga usted más bien que soy un tahur.
-
---¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego?
-
---Sí.
-
---Habrá recibido usted alguna vez bofetadas.
-
---Sí, alguna que otra. ¿Por qué me pregunta usted eso?
-
---Pues bien; podría usted batirse en duelo. Eso produce sensaciones.
-
---No tengo ninguna objeción que hacer a usted. Además, yo estoy poco
-fuerte en discusiones fisiológicas. Confieso que si he venido aquí, es
-sólo por las mujeres.
-
---¿En seguida de haber enterrado a Marfa Petrovna?
-
-Svidrigailoff se sonrió.
-
---Pues bien, sí--respondió con una franqueza desconcertante--. Parece
-que le escandaliza lo que le digo.
-
---¿Se asombra usted de que me escandalice la disipación?
-
---¿Por qué no había de seguir mis inclinaciones? ¿Por qué he de
-renunciar a las mujeres, puesto que las amo? Eso es una ocupación.
-
-Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto y se arrepentía de haber
-venido. Svidrigailoff le parecía el hombre más depravado del mundo.
-
---¡Eh! Quédese usted un momento; que le traigan te. Vamos, siéntese. Le
-contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera cómo una mujer emprendió la
-tarea de convertirme? Esto será una respuesta a su primera pregunta,
-puesto que se trata de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo? Mataremos
-el tiempo.
-
---Sea; mas espero que usted...
-
---No tenga usted miedo. Aun siendo un hombre tan vicioso, Advocia
-Romanovna no puede inspirarme más que profunda estimación. Creo haberla
-comprendido, y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe usted que cuando
-no se conoce a las personas se corre el riesgo de engañarse? Pues eso
-es lo que me ha pasado con su hermana de usted. ¡Lléveme el diablo!
-¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la culpa. En una palabra, esto
-empezó por un capricho de libertino. Es preciso decirle a usted que
-Marfa Petrovna me concedía cierta libertad con las campesinas. Acababa
-de venir a nuestra casa, procedente de una aldea vecina, una muchacha,
-como camarera, llamada Paratcha. Era muy linda, pero tonta de capirote:
-sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban toda la casa, ocasionaron
-un escándalo. Cierto día, después de comer, Advocia Romanovna me
-llamó aparte, y mirándome con ojos relampagueantes, _exigió_ de mí
-que dejase en paz a la pobre Paratcha. Quizá fué la primera vez que
-hablamos a solas. Es claro, me apresuré a deferir a su demanda. Traté
-de parecer conmovido y turbado; en una palabra, representé mi papel a
-conciencia. A partir de este momento tuvimos conferencias secretas,
-en las cuales me predicaba moral, me suplicaba con las lágrimas en
-los ojos que cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en los ojos!
-Vea usted hasta dónde llega en algunas jóvenes, la pasión por la
-propaganda. Por supuesto, yo imputaba todos mis errores al destino;
-me consideraba como un hombre privado de luz, y, finalmente, puse en
-práctica un medio que no falla jamás con las mujeres: la adulación.
-Espero que no se incomodará usted porque le diga que Advocia Romanovna
-no fué en un principio insensible a los elogios que yo la prodigaba.
-Por desgracia, eché a perder todo el negocio por mi impaciencia y
-por mi necedad. Al hablar con ella hubiera debido moderar el brillo
-de mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por parecerle odiosa. Sin
-entrar en detalles, bastará con que le diga a usted, que hubo entre
-nosotros un rompimiento. Después hice nuevas tonterías. Me extendí
-en groseros sarcasmos a propósito de las misioneras; Paratcha entró
-de nuevo en escena y fué seguida de otras muchas. ¡Oh, si hubiese
-usted visto entonces, Rodión Romanovitch, qué relámpagos lanzaban los
-ojos de su hermana! Le aseguro que hasta en sueños me perseguían sus
-miradas. Llegué a no poder soportar el ruido de sus ropas y temí un
-ataque de epilepsia. Era de todo punto preciso que me reconciliase con
-Advocia Romanovna, y la reconciliación era imposible. Imagínese usted
-lo que hice entonces. ¡A qué grado de estupidez puede llegar el hombre
-despechado! No emprenda usted nada en ese estado, Rodión Romanovitch.
-Pensando que Advocia Romanovna era una mendiga (perdón, no quería decir
-eso; pero la palabra importa poco), que, en fin, vivía de su trabajo y
-que tenía a su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba! ¡vuelve usted
-a fruncir el entrecejo!), me decidí a ofrecerle toda mi fortuna (podía
-reunir entonces 30.000 rublos), y a proponerla que huyese conmigo a San
-Petersburgo. Una vez aquí por supuesto, la habría jurado amor eterno,
-etc., etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal modo estaba enamorado
-de ella en esta época, que si su hermana de usted me hubiese dicho:
-«Asesina o envenena a Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo hubiera
-hecho sin vacilar. Pero todo acabó por la catástrofe que usted ya
-conoce, y no se puede imaginar cómo me irritaría el saber que mi mujer
-había negociado el matrimonio entre Advocia Romanovna y ese embrollón
-de Ludjin; porque, bien mirado, tanto hubiera valido para su hermana
-de usted aceptar mis ofrecimientos, como dar su mano a un hombre como
-ése. ¿No es verdad? ¿No es verdad? Advierto que me escucha usted con
-mucha atención... interesante joven...
-
-Svidrigailoff dió un violento puñetazo sobre la mesa. Estaba sofocado,
-y aunque apenas había bebido dos vasos de _Champagne_, empezaba a dar
-señales de embriaguez. Raskolnikoff lo advirtió y resolvió aprovecharse
-de esta circunstancia para descubrir las intenciones de aquel a quien
-consideraba como su más peligroso enemigo.
-
---Pues bien, después de esto, no tengo la menor duda de que usted
-ha venido aquí por mi hermana--declaró el joven con tanto más
-atrevimiento, cuanto que quería llevar a su interlocutor a los últimos
-extremos.
-
-Svidrigailoff trató de borrar el efecto producido por sus palabras.
-
---¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho... que su hermana no puede sufrirme?
-
---Estoy persuadido; pero no se trata de eso.
-
---¿Está usted persuadido de que ella no puede sufrirme?--replicó
-Svidrigailoff guiñando los ojos y sonriéndose con aire burlón--.
-Dice usted bien, no me ama. Pero no responda usted jamás de lo que
-pasa entre un marido y su mujer o entre dos amantes. Hay siempre un
-rinconcillo que queda oculto para todo el mundo y sólo es conocido de
-los interesados. ¿Se atrevería usted a afirmar que Advocia Romanovna me
-miraba con repugnancia?
-
---Ciertas palabras de su relato me prueban que todavía tiene usted
-infames propósitos acerca de Dunia y que se propone ejecutarlos lo más
-pronto posible.
-
---¿Cómo han podido escapárseme tales palabras?--dijo Svidrigailoff
-poniéndose de repente muy inquieto; pero sin molestarse en lo más
-mínimo por el epíteto con que se calificaban sus propósitos.
-
---Pero en este momento mismo se manifiestan los pensamientos ocultos
-de usted. ¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace ese súbito temor que
-demuestra?
-
---¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos, hombre! Usted sí, amigo, que
-debe tener miedo... Por lo demás, estoy borracho, ya lo veo; un poco
-más, y hubiera cometido una tontería. ¡Váyase al diablo el vino! ¡mozo,
-agua!
-
-Tomó la botella de _Champagne_, y sin andarse con miramientos la tiró
-por la ventana. Felipe trajo agua.
-
---Todo esto es absurdo--dijo Svidrigailoff humedeciendo una toalla y
-pasándosela por la cara--. Yo puedo, con una palabra, reducir a nada
-todas las sospechas de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?
-
---Ya me lo había dicho usted.
-
---¿Que se lo he dicho? pues me había olvidado; pero, de todas maneras,
-cuando le anuncié mi próximo matrimonio, podía hablar de él en forma
-dubitativa, pues aun no había nada de cierto. Ahora es cosa hecha, y
-si en este momento no tuviese que hacer, le conduciría a casa de mi
-futura. Me gustaría saber si usted aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba,
-no cuento más que con diez minutos! Sin embargo, quiero contarle la
-historia de mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno... ¿Quiere usted
-irse aún?
-
---No, ahora no le dejo a usted.
-
---¿No? Pues adelante, ya lo veremos. Sin duda, yo le enseñaré a usted
-mi futura; pero no ahora, porque tenemos que separarnos muy pronto.
-Usted va por la izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído usted hablar
-de cierta señora Reslich, en cuya casa estoy actualmente de pupilo?
-Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te aburres--me decía--, y esto
-será para ti una distracción momentánea.» Yo soy, en efecto, un hombre
-melancólico y huraño. ¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese, yo tengo
-el humor sombrío, pero no hago mal a nadie. Algunas veces me paso tres
-días seguidos en un rincón, sin hablar una palabra; por otra parte,
-esa bribona de Reslich tiene su plan; cuenta con que me disgustaré
-pronto con mi mujer, que la echaré de mi lado y que ella la lanzará a
-la circulación. Sé, por ella, que el padre, antiguo funcionario, está
-enfermo. Desde hace tres años no puede valerse de las piernas y no
-deja la butaca. La madre es una señora muy inteligente; el hijo está
-empleado en provincias y no ayuda lo más mínimo a sus padres; la hija
-mayor está casada y no da señales de vida. Esta pobre gente tiene que
-mantener a dos sobrinas de corta edad. La hija menor ha sido retirada
-del colegio antes de haber acabado sus estudios; cumplirá diez y seis
-años antes de un mes, y ésta es la que me destinan... Provisto de estos
-datos, me presento a los padres como un propietario viudo, de buena
-familia, que está bien relacionado, y que además tiene buena fortuna.
-Mis cincuenta años no suscitan la más ligera objeción. Había que
-verme hablando con el papá y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido!
-Llega la muchacha, vestida con traje corto, y me saluda, poniéndose
-del color de la amapola (sin duda había aprendido la lección). No
-conozco el gusto de usted en punto a rostros femeninos, mas para mí,
-esos diez y seis años, esos ojos todavía infantiles, esa timidez, esas
-lagrimitas púdicas, todo ello tiene más encanto que la belleza; por
-otra parte, la muchacha es muy linda, con sus cabellos claros, sus
-ricitos caprichosos, sus labios purpurinos y ligeramente gruesos, unos
-senos nacientes... Hemos entablado conocimiento. Dije que asuntos de
-familia me obligaban a apresurar mi matrimonio, y al día siguiente,
-es decir, anteayer, éramos prometidos. Desde entonces, cuando voy a
-verla, la tengo sentada sobre mis rodillas durante todo el tiempo que
-dura mi visita y a cada minuto la beso. La chiquilla se pone como la
-grana, pero se deja querer. Su mamá le ha dado, sin duda, a entender
-que un futuro esposo puede permitirse estas libertades. De esta manera
-comprendidos los derechos de prometido, no son menos agradables que
-los de marido. Puede decirse que la naturaleza y la verdad hablan por
-boca de esta niña. He conversado dos veces con ella; la chiquilla no
-es tonta del todo; tiene una manera de mirarme disimuladamente, que
-incendia todo mi ser... Su fisonomía se parece mucho a la de la Virgen
-Sixtina. ¿Ha reparado usted en la expresión fantástica que Rafael supo
-dar a esa cabeza de Virgen? Pues algo semejante hay en el rostro de la
-joven. Desde el día siguiente de nuestros esponsales, la he llevado
-a mi futura regalos por valor de 1.500 rublos: diamantes, perlas, un
-neceser de _toilette_ de plata; la carita de la _madonna_ resplandecía.
-Ayer no me privé de sentarla sobre mis rodillas, y vi en sus ojos
-lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron solos. Entonces me echó
-un brazo al cuello, y besándome, me juró que sería para mí una esposa
-buena, obediente y fiel; que me haría feliz, que me consagraría todos
-los instantes de su vida y que, en cambio, no quería de mí más que
-mi cariño, nada más: «No tengo necesidad de regalos», me ha dicho.
-Oír a un ángel de diez y seis años, con las mejillas coloreadas de un
-pudor virginal, que le hace a usted esta declaración con lágrimas de
-entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso. ¡Ah, sí! le llevaré a casa
-de mi prometida; pero no puedo enseñársela a usted en seguida.
-
---¿De modo que esa monstruosa diferencia de edad aguijonea la
-sensibilidad de usted? ¿Es posible que piense seriamente en contraer
-semejante matrimonio?
-
---¡Qué austero moralista!--dijo burlándose Svidrigailoff--. ¡Dónde va
-a anidar la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que me hacen mucha gracia
-sus exclamaciones de indignación?
-
-Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado y se levantó.
-
---Siento mucho--continuó--no poder detenerme más tiempo con usted; pero
-ya volveremos a vernos... Tenga usted un poco de paciencia.
-
-Salió del _traktir_. Raskolnikoff le siguió. La embriaguez de
-Svidrigailoff se disipaba a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía
-muy preocupado, como hombre que está en vísperas de emprender una
-cosa muy importante. Desde hacía algunos instantes se revelaba en sus
-movimientos cierta impaciencia, mientras que su lenguaje se hacía
-cáustico y agresivo. Todo ello parecía justificar una vez más las
-aprensiones de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir los pasos del
-extraño personaje.
-
-Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff dijo:
-
---Aquí nos separamos. Usted se va por la derecha y yo por la izquierda,
-o al contrario. Adiós, amigo mío, hasta la vista.
-
-Y se dirigió hacia el Mercado del Heno.
-
-
-IV
-
-Raskolnikoff se puso a seguirle.
-
---¿Qué significa esto?--preguntó, volviéndose, Svidrigailoff--. Creo
-haberle dicho a usted...
-
---Esto significa que estoy decidido a acompañarle.
-
---¿Qué?
-
-Los dos se detuvieron, y durante un minuto se midieron con la vista.
-
---En la semiembriaguez de usted--replicó Raskolnikoff--me ha dicho
-lo bastante para convencerme de que, lejos de haber renunciado a sus
-odiosos proyectos contra mi hermana, le interesan más que nunca. Sé que
-esta mañana mi hermana ha recibido una carta. ¡No ha perdido usted el
-tiempo desde su llegada a San Petersburgo! Que en el curso de las idas
-y venidas de usted se haya encontrado una mujer, es cosa posible, pero
-esto nada significa, y deseo convencerme por mí mismo...
-
-Probablemente Raskolnikoff no hubiera sabido decir de qué cosa quería
-convencerse.
-
---¿Por lo visto, usted quiere que yo llame a la policía?
-
---Llámela usted.
-
-Se detuvieron de nuevo uno frente al otro. Al fin, el rostro de
-Svidrigailoff cambió de expresión. Viendo que su amenaza no intimidaba
-en lo más mínimo a Raskolnikoff, tomó de repente un tono más alegre y
-amistoso.
-
---¡Qué original es usted! A pesar de la curiosidad bien natural que ha
-despertado en mí, no he querido hablarle de su asunto. Quería dejarlo
-para ocasión más oportuna; pero, en verdad, es usted capaz de hacer
-perder la paciencia a un muerto... Bueno, venga usted conmigo; pero le
-advierto que sólo entro para tomar algún dinero; en seguida saldré,
-montaré en un coche y me iré a pasar el resto del día a las Islas...
-¿Qué necesidad tiene usted de seguirme?
-
---Tengo que hacer en casa de usted; pero no es a su cuarto adonde voy,
-sino al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme de no haber asistido
-a las exequias de su madrastra.
-
---Como usted quiera; pero Sofía Semenovna no está en casa. Ha ido a
-llevar a los tres niños a la casa de una señora anciana a quien yo
-conozco hace mucho tiempo y que se halla al frente de muchos asilos. He
-proporcionado un gran placer a esa señora remitiéndole el dinero para
-los chiquillos de Catalina Ivanovna, además de un donativo pecuniario
-para sus establecimientos; le he contado, por último, la historia de
-Sofía Semenovna, sin omitir ningún detalle. Mi relato ha producido
-un efecto indescriptible, y ahí tiene usted por qué ha sido invitada
-Sofía a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en el cual la _barinia_ en
-cuestión reside provisionalmente desde su regreso del campo.
-
---No importa, de todos modos entraré en su casa.
-
---Haga usted lo que le plazca, pero yo no he de acompañarle. ¿Para
-qué? Estoy seguro de que desconfía de mí, porque he tenido hasta este
-momento la discreción de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina usted
-a lo que quiero aludir? Apostaría cualquier cosa a que mi discreción
-le ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted delicado para que se le
-recompense de ese modo!...
-
---¿Le parece a usted delicado escuchar detrás de las puertas?
-
---¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no hubiese usted hecho esta
-observación--respondió riendo Svidrigailoff--. Si cree usted que no
-está permitido escuchar detrás de las puertas, pero sí asesinar a
-mujeres indefensas, puede acontecer que los magistrados no sean de ese
-parecer, y haría usted bien en marcharse cuanto antes a América. Parta
-usted en seguida, joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo con toda
-sinceridad. Si necesita usted dinero para el viaje yo se lo daré.
-
---No pienso en tal cosa--replicó desdeñosamente Raskolnikoff.
-
---Lo comprendo. Usted se pregunta si ha obrado con arreglo a la moral,
-como un buen hombre y como un buen ciudadano. Debiera haberse planteado
-esa cuestión antes, ahora ya es demasiado tarde. ¡Ja, ja! si usted cree
-haber cometido un crimen, levántese la tapa de los sesos, ¿no es eso
-lo que tiene el propósito de hacer?
-
---Por lo visto trata usted de exasperarme con la esperanza de que así
-le libraré de mi presencia.
-
---¡Qué original es usted! Pero hemos llegado; tómese el trabajo de
-subir la escalera. Ahí tiene usted la puerta del cuarto de Sofía
-Semenovna. ¿Ve usted? No hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo
-a los Kapernumoff, ellos tienen la llave. Aquí está precisamente la
-señora Kapernumoff. ¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía Semenovna ha
-salido? ¿A dónde ha ido? ¿Está usted en lo que digo? «No está aquí, y
-acaso no vendrá hasta muy tarde.» Vamos, ahora venga usted a mi casa.
-¿No tenía usted intención de hacerme una visita? Henos aquí en mi
-cuarto. La señora Reslich está ausente. Esta mujer tiene siempre mil
-negocios entre manos; pero es una excelente persona, se lo aseguro;
-quizá le sería útil si fuese usted más razonable. ¿Ve usted? Tomo
-de mi cómoda un título del 5 por 100 (mire usted cuántos me quedan
-todavía); voy a convertirlo en metálico. ¿Se ha enterado usted? Nada
-tengo que hacer aquí; cierro la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en
-la escalera. Si a usted le parece, tomaremos un coche y nos iremos a
-las Islas. ¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje? ¿Lo ve usted?
-Ordeno al cochero que me conduzca a la punta de Elaguin. ¿Rehusa usted?
-Se ha cansado usted de acompañarme; vamos, déjese usted tentar. Va a
-llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos la capota.
-
-Svidrigailoff estaba ya en el coche; por muy desconfiado que fuese
-Raskolnikoff, pensó que no había peligro inminente; así es que sin
-responder una palabra, volvió la espalda y tomó la dirección del
-Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la cabeza, habría podido ver que
-Svidrigailoff, después de haber andado cien pasos en coche, se apeaba
-y pagaba al cochero. Pero el joven caminaba sin mirar hacia atrás.
-Muy pronto dobló Raskolnikoff la esquina, y, como siempre, cuando se
-encontraba solo no tardó en caer en profunda abstracción. Llegado al
-puente se detuvo en la balaustrada y fijó los ojos en el canal. En pie,
-a poca distancia de él, le observaba Advocia Romanovna. Al llegar al
-puente pasó cerca de ella, pero sin verla. A la vista de su hermano,
-Dunia experimentó un sentimiento de sorpresa y aun de inquietud;
-durante un momento dudó si se acercaría o no. De pronto echó de ver
-que, por la parte del Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía
-rápidamente hacia ella.
-
-Este parecía avanzar con prudencia y misterio. No subió al puente, se
-quedó en la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff. Hacía un
-rato que había reparado en Dunia y que le hacía señas. La joven creyó
-comprender que la llamaba, indicándole que procurase que su hermano
-no le viera. Dócil a esta invitación muda, Dunia se alejó, sin hacer
-ruido, de Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.
-
---Vamos más de prisa--le dijo por lo bajo este último--. Es preciso que
-Rodión Romanovitch ignore nuestra entrevista. Advierto a usted que ha
-venido a buscarme, hace poco, a un café que está cerca de aquí, y que
-me ha costado trabajo separarme de él. Sabe que he escrito a usted una
-carta y sospecha algo. Indudablemente no es usted quien le ha hablado
-de esto; pero si no es usted, ¿quién ha sido, entonces?
-
---Ya hemos dado vuelta a la esquina--interrumpió Dunia--. Ahora mi
-hermano no puede vernos. Advierto a usted que no pasaré de aquí en su
-compañía. Dígame lo que quiera, que todo puede decirse en medio de la
-calle.
-
---En primer lugar, no es en la vía publica donde pueden ni deben
-hacerse ciertas confidencias. Además, usted debe oír también a Sofía
-Semenovna, y en tercer lugar, es preciso que yo le muestre ciertas
-pruebas. En fin, si usted no consiente en venir a mi casa, renuncio a
-toda explicación y me retiro ahora mismo. No olvide usted tampoco que
-poseo cierto secreto muy curioso que interesa a su querido hermano.
-
-Dunia se detuvo indecisa y dirigió una mirada penetrante a
-Svidrigailoff.
-
---¿Qué teme usted?--observó tranquilamente éste--. La ciudad no es el
-campo, y aun en el campo mismo me ha hecho usted más daño que yo a
-usted.
-
---¿Sofía Semenovna está avisada?
-
---No, no le he dicho una palabra; ni siquiera sé si está en su casa.
-Creo, sin embargo, que debe de estar, porque hoy se ha verificado el
-entierro de su madrastra, y no es de suponer que en un día como éste
-haga visitas. Por el momento no quiero hablar de eso a nadie, y hasta
-siento, en cierto modo, haberme clareado con usted. En tales casos, la
-menor palabra pronunciada a la ligera equivale a una denuncia. Yo vivo
-cerca, en esta casa; he aquí nuestro portero; me conoce muy bien. ¿Ve
-usted? me saluda. Ve que vengo con una señora; sin duda se ha fijado
-ya en la fisonomía de usted. Esta circunstancia debe tranquilizarla
-si desconfía de mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente. Vivo aquí,
-en un cuarto amueblado; no hay más que un tabique entre el cuarto
-de Semenovna y el mío, y todo el piso está habitado por diferentes
-vecinos. ¿Por qué, pues, tiene usted tanto miedo como un niño? ¿Qué
-tengo yo de terrible?
-
-Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente, pero no lo consiguió.
-Latíale el corazón con fuerza y tenía oprimido el pecho. Afectaba
-levantar la voz para ocultar la agitación que experimentaba. Precaución
-inútil, porque Dunia no advertía en él nada de particular; las últimas
-palabras de su interlocutor habían irritado demasiado a la orgullosa
-joven para que pensase en otra cosa que en la herida de su amor propio.
-
---Aunque sé que es usted un hombre sin honor, no le temo. Condúzcame
-usted--dijo con tono tranquilo que desmentía, es verdad, la extrema
-palidez de su semblante.
-
-Svidrigailoff se detuvo delante del cuarto de Sonia.
-
---Permítame usted que vea si está en la habitación. No, no está; es una
-contrariedad; pero sé que vendrá dentro de poco. No ha podido salir
-más que para ver a una señora que se interesa por los huérfanos; yo
-también me he ocupado en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha vuelto
-dentro de diez minutos y usted tiene necesidad de hablarle, la enviaré
-a casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento; se compone de estas
-dos habitaciones. Detrás de esa puerta habita mi patrona, la señora
-Reslich. Ahora fíjese usted, voy a mostrarle mis principales pruebas.
-Mi alcoba tiene esta puerta que conduce a un alojamiento de dos piezas,
-el cual está enteramente vacío. Entérese usted; es preciso que tenga un
-conocimiento exacto de todos los lugares.
-
-Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones bastante grandes. Dunia miraba
-en derredor de sí con desconfianza; pero no descubría nada sospechoso
-ni en los muebles ni en la disposición del local. No obstante, pudo
-advertir que Svidrigailoff habitaba entre dos departamentos en cierto
-modo inhabitados. Para llegar hasta el suyo había que atravesar
-dos aposentos, puede decirse que vacíos, que formaban parte de
-la habitación de su propietaria. Abriendo la puerta que ponía en
-comunicación su alcoba con el departamento no alquilado, Svidrigailoff
-mostró este último a Dunia. La joven se detuvo en el umbral, sin
-comprender por qué se le invitaba a mirar; pero en seguida le dió
-Svidrigailoff la explicación.
-
---¿Ve usted esa habitación grande, la segunda? fíjese usted en esa
-puerta cerrada con llave. A su lado hay una silla, la única que se
-encuentra en las dos habitaciones. Yo la llevé de mi cuarto para
-escuchar más cómodamente. La mesa de Sofía Semenovna está colocada
-precisamente detrás de esta puerta. La joven estaba sentada ahí y
-hablaba con Rodión Romanovitch, mientras que aquí, en una silla,
-escuchaba yo su conversación. He estado sentado en este sitio dos
-tardes seguidas, y cada vez dos horas, y así he podido enterarme de
-alguna cosa. ¿Qué le parece a usted?
-
---Que ha sido un espía.
-
---Sí. Ahora entraremos en mi cuarto. Aquí no puede uno ni sentarse.
-
-Condujo a Dunia a la habitación que le servía de sala, y le ofreció un
-asiento cerca de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa; pero le
-brillaban los ojos con el mismo fuego que en otro tiempo había asustado
-tanto a la joven. Esta estaba temblando, a pesar de la tranquilidad
-que procuraba demostrar, y dirigió en torno suyo otra mirada de
-desconfianza. La situación aislada del alojamiento de Svidrigailoff,
-acabó por atraer su atención. Quiso preguntar si, por lo menos, estaba
-en casa la patrona; pero su orgullo no le permitió hacer esta pregunta.
-Por otra parte, la inquietud relativa a su seguridad personal, no era
-nada en comparación de la otra ansiedad que torturaba su corazón.
-
---Aquí tiene usted su carta--comenzó a decir, depositándola encima
-de la mesa--. Lo que usted me ha escrito, ¿es posible? Usted me da a
-entender que mi hermano ha cometido un crimen; las insinuaciones de
-usted son bien claras; no trate ahora de recurrir a subterfugios. Sepa
-usted que antes de sus pretendidas revelaciones he oído hablar de este
-cuento absurdo, del cual no creo una palabra; eso es aún más ridículo
-que odioso. Conozco estas sospechas e ignoro la causa que las ha hecho
-nacer. Usted no puede tener pruebas. Sin embargo, ha prometido darlas;
-hable, pues; pero le advierto que no le creo.
-
-Dunia pronunció estas palabras con extrema rapidez, y por un instante
-la emoción que experimentaba coloreó de rojo sus mejillas.
-
---Si usted no me creyese, ¿hubiese podido resolverse a venir sola a mi
-casa? ¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura curiosidad?
-
---No me atormente más y hable, hable usted.
-
---Hay que convenir que es usted una joven valiente. Creía
-verdaderamente que había usted suplicado al señor Razumikin que la
-acompañase; pero he podido convencerme de que no sólo no ha venido con
-usted, sino de que no la ha seguido a distancia. Es usted una mujer
-discreta y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch y... Por lo
-demás, en usted todo es divino. En lo que concierne a su hermano, ¿qué
-he de decirle a usted si acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?
-
---¿Y es en eso solamente en lo que funda usted su acusación?
-
---No; no es en eso precisamente, sino en las propias palabras de Rodión
-Romanovitch. Ha venido dos días seguidos a hablar con Sofía Semenovna.
-Ya he indicado a usted dónde estuvieron sentados. Lo confesó todo a
-la joven: es un asesino. Mató a una vieja usurera, en cuya casa había
-empeñado algunos objetos. Pocos momentos después del asesinato, la
-hermana de la víctima, una vendedora de ropa blanca llamada Isabel,
-entró por casualidad y también la mató. Se sirvió para asesinar a
-las dos mujeres, de un hacha que llevaba a prevención. Su propósito
-era robar y robó; tomó dinero y diversos objetos; eso es lo que,
-palabra por palabra, ha contado a Sofía Semenovna. Ella sola conoce el
-secreto; pero no es cómplice del asesinato; todo al contrario, al oírlo
-referir se quedó tan espantada como lo está usted ahora. Puede usted
-tranquilizarse; no será ella la que denuncie a su hermano de usted.
-
---¡Eso es imposible!--balbuceó Dunia, jadeante--; no tenía la menor
-razón ni el más pequeño motivo para cometer ese crimen... Eso es una
-mentira.
-
---El robo explica el móvil del asesinato. Su hermano de usted tomó
-dinero y joyas. Es verdad que, según su propia confesión, ni del uno ni
-de las otras ha sacado el menor provecho, y que hubo de ocultarlo todo
-bajo una piedra, en donde está todavía; pero esto es porque no se ha
-atrevido a utilizarlo.
-
---¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha podido tener siquiera este
-pensamiento?--exclamó Dunia levantándose vivamente--. ¿Usted lo conoce?
-¿Le cree usted capaz de ser ladrón?
-
---Esa categoría, Advocia Romanovna, comprende infinito número de
-variedades. En general, los rateros tienen conciencia de su infamia;
-he oído hablar, sin embargo, de un hombre muy noble que desvalijó un
-correo. ¿Quién sabe si su hermano de usted pensaba cumplir una acción
-laudable? También yo, como usted, no hubiera creído esa historia si la
-hubiese sabido por un medio indirecto, pero forzoso me es dar crédito
-al testimonio de mis oídos... ¿A dónde va usted, Advocia Romanovna?
-
---Voy a ver a Sofía Semenovna--respondió con voz débil la joven--.
-¿Dónde está la entrada de su cuarto? Puede que ya haya vuelto; quiero
-verla en seguida. Es menester que ella...
-
-Advocia Romanovna no pudo acabar, se ahogaba materialmente.
-
---Según todas las apariencias, Sofía Semenovna no estará de vuelta
-hasta la noche. Su ausencia debía ser muy corta; pero, puesto que no ha
-vuelto aún, no regresará hasta muy tarde.
-
---¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo veo, has mentido... no dices más que
-mentiras... no te creo... no te creo--exclamó Dunia en un arranque de
-cólera que la ponía fuera de sí.
-
-Casi desfallecida, se dejó caer sobre una silla que Svidrigailoff se
-apresuró a acercarle.
-
---¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna? Tranquilícese; aquí hay agua;
-beba usted un poco.
-
-Le echó agua en la cara; la joven tembló y volvió en sí.
-
-«Esto ha producido efecto»--murmuraba Svidrigailoff para sí frunciendo
-el entrecejo--. Cálmese usted, Advocia Romanovna; sepa usted que Rodión
-Romanovitch tiene amigos; le salvaremos; le sacaremos de este mal paso.
-¿Quiere usted que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo dinero; de
-aquí a algunos días habré realizado todo mi haber. En cuanto al crimen,
-su hermano de usted hará una infinidad de buenas acciones que borrarán
-su delito. Quizá llegue a ser todavía un grande hombre. Vamos, ¿cómo
-está usted? ¿Cómo se siente?
-
---¡El miserable! ¡Todavía se burla! ¡Déjeme usted!
-
---¿A dónde quiere usted ir?
-
---A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo sabe! ¿por qué está cerrada esa
-puerta? Por ella hemos entrado y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo
-la ha cerrado usted?
-
---No era necesario que toda la casa nos oyese. En el estado en que
-usted se encuentra, ¿para qué quería buscar a su hermano? ¿Quiere usted
-causar su perdición? La conducta de usted le pondrá furioso, y él mismo
-irá a denunciarse. Sepa usted también que se le vigila, y que la menor
-imprudencia por parte de usted le será funesta. Espere un poco. Le he
-visto, le he hablado hace un momento; todavía puede salvarse. Siéntese,
-vamos a examinar juntos lo que hay que hacer; para eso la he invitado a
-venir a mi casa; pero siéntese usted.
-
-Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó asiento cerca de ella.
-
---¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso eso es posible?
-
---Todo depende de usted--comenzó a decir en voz baja.
-
-Brillábanle los ojos, y su emoción era tal, que no podía hablar.
-
-Dunia, aterrada, retiró un tanto su silla.
-
---Una sola palabra de usted y se salva--continuó él todo tembloroso--.
-Yo, yo le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré partir inmediatamente
-para el extranjero; le proporcionaré un pasaporte. Buscaré dos: uno
-para él y otro para mí. Tengo amigos con cuya fidelidad e inteligencia
-puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré un pasaporte para usted y para su
-madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?... Mi amor vale tanto como
-el suyo. La amo a usted con toda mi alma... déjeme besar el borde de
-su vestido... se lo ruego. El ruido que hace su falda me vuelve loco.
-Mande usted; ejecutaré todas sus órdenes, cualesquiera que sean; haré
-lo imposible; las creencias de usted serán las mías. ¡Oh, no me mire
-usted de ese modo, que me mata!
-
-Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho que tenía un ataque de
-enajenación mental. Dunia dió un salto hacia la puerta y empezó a
-sacudirla con todas sus fuerzas.
-
---¡Abrid, abrid!--gritó, creyendo que la oirían fuera--. ¡Abrid! ¿No
-hay nadie en esta casa?
-
-Svidrigailoff se levantó; había recobrado ya en parte su sangre fría, y
-una sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.
-
---No hay nadie aquí--dijo lentamente--. La patrona ha salido y usted se
-equivoca al gritar de ese modo; se toma usted un trabajo inútil.
-
---¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta en seguida, en seguida, infame!
-
---La he perdido y no puedo encontrarla.
-
---¿De modo que esto era un lazo?--gritó Dunia pálida como una muerta, y
-se lanzó a un rincón, en donde se parapetó tras de una mesita.
-
-Después se calló; pero sin apartar los ojos de su enemigo, espiando
-hasta sus más pequeños movimientos. En pie, frente a ella, en el otro
-extremo de la habitación, Svidrigailoff no se movía de su sitio.
-Exteriormente, por lo menos, había logrado dominarse. No obstante, su
-rostro estaba pálido y continuaba sonriendo a la joven con aire burlón.
-
---Ha pronunciado usted la palabra lazo, Advocia Romanovna. En efecto,
-la he preparado a usted un lazo, y mis medidas están bien tomadas.
-Sofía Semenovna no está en su casa; nos separan cinco piezas del cuarto
-de los Kapernumoff. Además, soy, cuando menos, dos veces más fuerte que
-usted, e independientemente de esto nada tengo que temer, porque si
-usted se querella contra mí, su hermano está perdido. Por otra parte,
-nadie la creerá; todas las apariencias arguyen contra una joven que va
-sola a la caja de un hombre; y aunque usted se decidiese a sacrificar a
-su hermano, nada podría usted probar; son muy difíciles las pruebas de
-una violación, Advocia Romanovna.
-
---¡Miserable!--dijo la joven en voz baja pero vibrante de indignación.
-
---Sí, miserable; pero advierta usted que yo he razonado sencillamente
-desde el punto de vista de su hipótesis. Personalmente opino como
-usted, que la violación es un delito abominable; cuanto he dicho
-ha sido para tranquilizar la conciencia de usted en el caso en que
-consintiese, de buen grado, en salvar a su hermano como yo se lo he
-propuesto. Podrá usted decirse a sí misma que no ha cedido más que a
-las circunstancias, a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra.
-Piense que la suerte de su madre y de su hermano está en sus manos.
-Seré esclavo de usted durante toda mi vida. Voy a esperar aquí.
-
-Se sentó en el diván a ocho pasos de Dunia. La joven conocía muy bien
-a Svidrigailoff; no tenía la menor duda de que era inquebrantable su
-resolución.
-
-De repente sacó del bolsillo un revólver, lo montó y lo colocó sobre la
-mesa, al alcance de su mano.
-
-Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa e hizo un brusco movimiento
-hacia adelante.
-
---¿Esas tenemos?--dijo con maligna sonrisa--. La situación cambia por
-completo; usted me simplifica singularmente la tarea; pero, ¿dónde se
-ha procurado usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a usted Razumikin?
-¡Calle, si es el mío, lo reconozco! Lo había buscado en vano... Las
-lecciones de tiro que yo tuve el honor de darle en el campo, no habrán
-sido inútiles.
-
---Ese revólver no era tuyo, sino de Marfa Petrovna, a quien has matado
-tú. ¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa! Yo me apoderé de él
-cuando comencé a sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das un solo paso,
-te juro que te mato!
-
-Dunia, exasperada, se disponía a poner en práctica su amenaza, si
-llegaba el caso.
-
---Bueno, ¿y su hermano de usted? Le hago este pregunta por simple
-curiosidad--dijo Svidrigailoff, que continuaba en pie en el mismo sitio.
-
---Denúnciale si quieres. No te acerques, o disparo. Has envenenado a tu
-mujer, lo sé; tú también eres un asesino.
-
---¿Está usted bien segura de que yo he envenenado a Marfa Petrovna?
-
---Sí, tú mismo me lo diste a entender; tú me hablaste de veneno... Sé
-que te lo procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste, infame.
-
---Aun cuando eso fuese cierto, lo habría hecho por ti... tú habrías
-sido la causa.
-
---¡Mientes; yo te he detestado siempre, siempre!
-
---Parece que ha olvidado usted, Advocia Romanovna, que en su celo por
-convertirme se inclinaba hacia mí con lánguidas miradas... yo leía en
-los ojos de usted, ¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor de la
-luna, mientras cantaba el ruiseñor.
-
---¡Mientes! (la rabia hacía brillar las pupilas de Dunia). ¡Mientes,
-calumniador!
-
---¿Que miento? Está bien. Miento; he mentido; las mujeres no gustan que
-se les recuerden ciertas cosillas--repuso sonriendo--. ¡Sé que tirarás,
-precioso monstruo; pues bien, anda!
-
-Dunia le apuntó, no esperando más que un movimiento de él para hacer
-fuego; el rostro de la joven estaba cubierto de mortal palidez.
-Agitábasele el labio inferior, movido por la cólera, y llameábanle sus
-grandes y negros ojos. ¡Jamás la había visto tan hermosa Svidrigailoff!
-Este avanzó un paso, sonó una detonación, la bala le pasó rozando los
-cabellos, y fué a incrustarse en la pared, detrás de él. Svidrigailoff
-se detuvo.
-
---Una picadura de abeja--dijo riéndose--. Apunta a la cabeza... ¿Qué es
-esto? Tengo sangre.
-
-Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse la sangre que le corría
-a lo largo de la sien derecha. La bala le había rozado la piel del
-cráneo. Dunia bajó el arma y miró a Svidrigailoff con una especie de
-estupor. Parecía no darse cuenta de lo que acababa de hacer.
-
---Pues bien; ha errado usted el tiro. Dispare otra vez;
-espero--prosiguió Svidrigailoff, cuya alegría tenía algo de
-siniestro--; si tarda usted en disparar, tendré tiempo de agarrarla
-antes de que pueda usted defenderse.
-
-Temblorosa Dunia, armó rápidamente el revólver y amenazó de nuevo a su
-perseguidor.
-
---¡Déjeme usted!--dijo con desesperación--; ¡le juro que voy a disparar
-otra vez! ¡Le mataré!
-
---A tres pasos, en efecto, es imposible que usted no haga blanco; pero
-si no me mata, entonces...
-
-En los brillantes ojos de Svidrigailoff se podía leer el resto de su
-pensamiento. Dió dos pasos hacia adelante. Dunia disparó: pero falló el
-tiro.
-
---No está bien cargada el arma, no importa, eso puede repararse. Tiene
-ésta aún una cápsula; espero.
-
-En pie, a dos pasos de la joven fijaba en ella una mirada ardiente,
-que expresaba indomable resolución. Dunia comprendió que aquel hombre
-moriría antes que renunciar a su designio.
-
-Sin duda le mataría ahora que estaba solamente a dos pasos de ella.
-
-De repente la joven tiró el revólver.
-
---¡No quiere usted tirar!--dijo Svidrigailoff asombrado, y respiró
-libremente.
-
-No era quizá el temor de la muerte el peso más grave de que sentía
-aliviada su alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse a sí mismo
-la naturaleza del alivio que experimentó.
-
-Se acercó a Dunia y la tomó suavemente por el talle. No resistió la
-joven; pero, toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes. Quiso
-hablar él; pero no pudo proferir ningún sonido.
-
---¡Suéltame!--suplicó Dunia.
-
-Al oírse tutear con una voz que no era la de antes, Svidrigailoff se
-echó a temblar.
-
---¿De modo que no me amas?--preguntó en voz baja.
-
-Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.
-
---¿Y no podrás amarme... nunca...?--continuó él con acento desesperado.
-
---¡Nunca!--murmuró la joven.
-
-Durante pocos instantes se libró una lucha terrible en el alma de
-Svidrigailoff. Tenía fijos los ojos en la joven con una expresión
-indecible. De repente apartó el brazo que había pasado en derredor
-del talle de Dunia, y alejándose rápidamente de ésta, fué a colocarse
-delante de la ventana.
-
---Ahí está la llave--dijo después de una pausa (la sacó del bolsillo
-izquierdo del gabán y la colocó detrás de él en la mesa sin volverse
-hacia Dunia)--. Tómela usted, y váyase pronto.
-
-Seguía mirando obstinadamente por la ventana. Dunia se aproximó a la
-mesa para tomar la llave.
-
---¡Pronto, pronto!--repitió Svidrigailoff.
-
-No había cambiado de posición, no la miraba; pero aquella palabra
-«pronto» había sido pronunciada de modo tal, que su significación no
-dejaba lugar a dudas.
-
-Dunia tomó la llave, dió un salto hacia la puerta y salió rápidamente
-de la habitación; un instante después corría como loca a lo largo del
-canal, en la dirección del puente***.
-
-Svidrigailoff permaneció todavía tres minutos cerca de la ventana. Al
-cabo se volvió con lentitud, dirigió una mirada en derredor suyo, y se
-pasó la mano por la frente. Sus facciones, desfiguradas por una extraña
-sonrisa, expresaban tremenda desesperación. Al advertir que tenía
-sangre en la mano, la miró con cólera, y luego mojó un paño y se lavó
-la herida. El revólver arrojado por Dunia había rodado hasta la puerta.
-Svidrigailoff lo levantó y se puso a examinarlo. Era un revólver
-pequeño de tres tiros, de antiguo sistema. Tenía aún dos cápsulas
-vacías y una cargada. Después de un momento de reflexión, guardó el
-arma en el bolsillo, tomó el sombrero y salió.
-
-
-V
-
-Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff estuvo
-recorriendo tabernas y _traktirs_. Habiendo encontrado a Katia le pagó
-las consumaciones que quiso tomar, y lo mismo al organillero, a los
-mozos y a dos dependientes de comercio con los cuales tenía extraña
-simpatía. Había notado que estos dos jóvenes tenían la nariz ladeada,
-y que la de uno miraba a la derecha y la del otro a la izquierda.
-Finalmente se dejó llevar por ellos a un «jardín de recreo», donde pagó
-la entrada a todos. Este establecimiento, que ostentaba pomposamente
-el nombre de Waus-Hall, era un café cantante de ínfima clase. Los
-dependientes encontraron allí algunos «colegas» y empezaron a reñir
-con ellos; poco faltó para que vinieran a las manos. Svidrigailoff fué
-elegido como árbitro. Después de haber escuchado, durante un cuarto
-de hora, las recriminaciones confusas de los contendientes, creyó
-comprender que uno de ellos había robado una cosa, que había vendido
-a un judío, pero sin querer dar parte a sus camaradas del producto
-de aquella operación _comercial_. Por último, se averiguó que el
-objeto robado era una cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall. La
-cuchara fué reconocida por los mozos del establecimiento, y la cosa
-hubiera acabado mal si Svidrigailoff no hubiera indemnizado a los que
-se quejaban. Se levantó y salió del jardín. Eran las diez. Durante
-toda la noche no había bebido ni una gota de vino. En el Waus-Hall se
-había limitado a pedir te, y eso porque allí estaba obligado a hacerse
-servir alguna cosa. La temperatura era sofocante, y negras nubes se
-amontonaban en el cielo. Próximamente a las diez estalló una violenta
-tempestad. Svidrigailoff llegó a su casa empapado hasta los huesos. Se
-encerró en su cuarto, abrió el cajón de su cómoda, sacó de él todo el
-dinero y desgarró dos o tres papeles. Después de haberse guardado el
-dinero pensó en mudarse de ropa; pero, como continuaba lloviendo, juzgó
-que no valía la pena; tomó el sombrero, salió sin cerrar la puerta de
-su habitación, y se dirigió al domicilio de Sonia.
-
-La joven no estaba sola; tenía en derredor suyo los cuatro niños de
-Kapernumoff, a quienes servía el te. Sonia acogió respetuosamente
-al visitante, miró con sorpresa sus vestidos mojados, pero no dijo
-una palabra. A la vista de un extraño todos los chiquillos huyeron
-asustados.
-
-Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e invitó a Sonia a que se
-sentase cerca de él. La joven se preparó tímidamente a escucharlo.
-
---Sofía Semenovna--empezó a decir--, quizá me vaya a América, y, como
-según todas las probabilidades, nos vemos por última vez, he venido a
-fin de arreglar algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde a casa de
-esa señora? Sé lo que le ha dicho usted; es inútil que me lo cuente
-(Sofía Semenovna hizo un movimiento de cabeza y se ruborizó). Esa gente
-tiene ciertos prejuicios. Por lo que hace a las hermanas de usted y
-a su hermano, su suerte está asegurada. El dinero que destinaba yo a
-cada uno de ellos, ha sido depositado por mí en manos seguras. Aquí
-tiene usted los recibos. Ahora, para usted, tome estos tres títulos
-del 5 por 100 que representan una suma de 3.000 rublos. Deseo que esto
-quede entre nosotros y que nadie sepa nada de ello. El dinero le es
-necesario, Sofía Semenovna, porque no puede usted continuar viviendo de
-este modo.
-
---Ha tenido usted tantas bondades con los huérfanos, con la difunta y
-conmigo--balbuceó Sonia--, que aunque apenas le haya dado a usted las
-gracias no crea usted que...
-
---Bueno, basta; basta...
-
---En cuanto a este dinero, Arcadio Ivanovitch, yo se lo agradezco
-mucho, pero no lo necesito ahora. No teniendo que pensar más que en
-mí, podré ir saliendo; no me considere usted ingrata porque rehuse su
-ofrecimiento. Puesto que es usted tan caritativo, este dinero...
-
---Tómelo usted, Sofía Semenovna, se lo suplico; no me haga usted
-objeciones; no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff se encuentra entre
-dos alternativas: o pegarse un tiro o ir a Siberia.
-
-Al oír estas palabras, Sonia se echó a temblar y miró aterrada a su
-interlocutor.
-
---No se inquiete usted--prosiguió Svidrigailoff--. Lo he oído todo de
-sus propios labios; no soy hablador y guardaré el terrible secreto.
-Ha estado usted inspirada aconsejándole que vaya a denunciarse. Es
-el mejor partido que puede tomar. Cuando vaya a Siberia, usted le
-acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá usted necesidad de dinero.
-Le hará a usted falta para él. ¿Comprende ahora? La cantidad que
-le ofrezco se la doy a él por mediación de usted. Además, usted ha
-prometido a Amalia Ivanovna pagar lo que se le debe. ¿Por qué asume
-usted siempre, tan ligeramente, semejantes compromisos? La deudora
-de esa alemana no era usted, sino Catalina Ivanovna; ha debido usted
-enviar al diablo a la alemana; es preciso más cálculo en la vida. Si
-mañana, o pasado mañana, le preguntase alguien por mí, no hable de
-mi visita, ni diga a nadie que le he dado dinero. Y, ahora, hasta la
-vista (se levantó). Salude usted de mi parte a Rodión Romanovitch. A
-propósito: hará usted muy bien, por de pronto, confiando el dinero al
-señor Razumikin. ¿Conoce usted al señor Razumikin? Es un buen muchacho.
-Lléveselo usted mañana o... cuando tenga usted ocasión. Pero, de aquí a
-entonces, tenga cuidado de que no se lo quiten.
-
-Sonia se había levantado y fijaba una mirada inquieta en el visitante.
-Tenía grandes deseos de decir alguna cosa, de hacer alguna pregunta;
-pero estaba tan intimidada, que no sabía por dónde empezar.
-
---¿De modo... de modo... que va usted a ponerse en camino con un tiempo
-tan malo?
-
---Cuando se va a América no se preocupa uno de la lluvia. Adiós, mi
-querida Sofía Semenovna; viva usted, viva usted largo tiempo; sea usted
-útil a sus semejantes... dé usted mis recuerdos al señor Razumikin;
-dígale que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff le saluda. No se olvide
-usted.
-
-Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia quedóse oprimida por un
-sentimiento de temor.
-
-La misma noche Svidrigailoff hizo una visita muy singular y muy
-inesperada. La lluvia seguía cayendo. A las once y veinte minutos se
-presentó, todo calado en casa de los padres de su futura, que ocupaban
-un cuartito en Wasili-Ostroff. Tuvo que llamar muchas veces antes de
-que le abriesen, y su llegada, a una hora tan intempestiva, causó en el
-primer momento gran sorpresa. Creyóse al principio que aquélla sería
-una humorada de hombre ebrio; pero en seguida hubieron de desechar esta
-suposición, porque, cuando se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales
-por extremo seductores. La inteligente madre acercó la butaca del padre
-enfermo y entabló la conversación por medio de diferentes preguntas.
-Aquella mujer no iba nunca derecha al asunto; quería, por ejemplo,
-saber cuándo le agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch el matrimonio,
-y comenzaba interrogándole curiosamente acerca de París y sobre la
-_high-life_ parisiense, para conducirle poco a poco a Wasili-Ostroff.
-
-Otras veces, esta maniobra resultaba bastante bien; pero en las
-circunstancias presentes, Svidrigailoff se mostró más impaciente que de
-costumbre, y quiso ver inmediatamente a su futura, a pesar de que se le
-dijo que estaba ya acostada. Claro es que se apresuraron a satisfacer
-su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que un negocio urgente le
-obligaba a ausentarse por algún tiempo de San Petersburgo, y que le
-traía 15.000 rublos, suplicándole que aceptare aquella bagatela, que
-desde largo tiempo antes había tenido intención de regalársela en
-vísperas del matrimonio. Apenas si había relación lógica entre este
-regalo y el anunciado viaje; no parecía que fuese necesaria para ello
-una visita nocturna mientras llovía torrencialmente. Sin embargo,
-por torpes que pudieran ser estas explicaciones, aquella familia
-se deshizo, por el contrario, en muestras de gratitud sumamente
-calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas la madre. Svidrigailoff se
-levantó, besó a su prometida, le dió suaves golpecitos en la mejilla,
-y aseguró que estaría muy pronto de vuelta. La muchacha le miraba
-perpleja; se leía en sus ojos algo más que una simple curiosidad
-infantil. Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada, besó de nuevo a su
-futura, y se retiró, pensando con verdadero despecho que su regalo
-sería, de seguro, conservado bajo llave por la más inteligente de las
-madres.
-
-A media noche volvió a entrar en la ciudad por el puente de***. Había
-cesado la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza. Durante cerca de
-media hora, Svidrigailoff anduvo por la vasta perspectiva***, como si
-buscase alguna cosa. Poco tiempo antes reparó que al lado derecho de
-la perspectiva había un hotel que se llamaba, si la memoria no le era
-infiel, hotel Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un gran edificio de
-madera, en el cual, a pesar de lo avanzado de la noche, se veía luz.
-Entró y pidió habitación a un criado harapiento que encontró en el
-corredor. Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff, el criado
-le condujo a un cuartito situado al extremo del corredor, debajo de la
-escalera; era el único disponible.
-
---¿Hay te?--preguntó Svidrigailoff.
-
---Puede hacerse.
-
---¿Qué hay además?
-
---Carne, aguardiente, entremeses.
-
---Tráeme carne y te.
-
---¿No quiere usted nada más?--preguntó con algo de vacilación el
-camarero.
-
---No.
-
-El hombre harapiento se alejó muy contrariado.
-
-«Esa casa debe ser alguna otra cosa que un hotel--pensó
-Svidrigailoff--; pero yo también debo tener el aspecto de un hombre que
-vuelve de un café cantante y que ha tenido una aventura en el camino.
-Sin embargo, me gustaría saber qué clase de gente viene aquí.»
-
-Encendió la vela y empezó a examinar detenidamente la habitación. Era
-tan estrecha y baja, que un hombre de la estatura de Svidrigailoff
-podía apenas estar de pie. El mobiliario se componía de una cama muy
-sucia, de una mesa de madera barnizada y de una silla. La tapicería
-destrozada estaba tan polvorienta, que con dificultad se adivinaba su
-primitivo color. La escalera cortaba diagonalmente el techo, lo que
-daba a esta habitación el aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff puso
-la bujía sobre la mesa, se sentó en la cama y se quedó pensativo; pero
-un incesante ruido que se oía en el cuarto inmediato, acabó por atraer
-su atención. Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar por una hendidura
-del tabique.
-
-En una habitación un poco mayor que la suya vió dos individuos, uno en
-pie y otro sentado en una silla. El primero estaba en mangas de camisa,
-era rojo, y tenía el cabello rizado. Reprendía a su compañero con voz
-plañidera:
-
---Tú no tenías posición, estabas en la última miseria, te he sacado del
-fango, y depende de mí el dejarte caer otra vez en él.
-
-El amigo a quien se dirigían estas palabras tenía el aspecto de un
-hombre que quisiese estornudar y no pudiese; de vez en cuando fijaba
-una mirada estúpida en el orador; no comprendía una palabra de lo
-que se le decía; quizá tampoco la entendía el que hablaba. Sobre la
-mesa en que la bujía estaba a punto de consumirse, había un jarro de
-aguardiente casi vacío, vasos de diversos tamaños, pan, cohombros y
-servicio de te. Después de haber contemplado atentamente este cuadro,
-Svidrigailoff dejó su observatorio y volvió a sentarse en la cama.
-
-Al traer el te y la carne, el mozo no pudo menos de preguntar de nuevo
-«si el señor quería otra cosa». Al oír una respuesta negativa, se
-retiró definitivamente. Svidrigailoff se apresuró a beber una taza
-de te para entonarse; pero le fué imposible comer. La fiebre, que
-comenzaba a invadirle, le había quitado el apetito. Despojóse del gabán
-y el saco, se envolvió en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.
-
-«Mejor sería, por esta vez, estar bien»--se dijo sonriendo.
-
-La atmósfera era sofocante. La vela alumbraba débilmente. El viento
-zumbaba fuera, se oía el ruido de un ratón y llenaba todo el cuarto
-olor de ratones y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff soñaba
-más bien que pensaba. Sus ideas se sucedían confusamente, y hubiera
-querido fijar en algo su imaginación.
-
-«Debe de haber un jardín bajo la ventana; se percibe rumor de hojas y
-de ramas de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido por la noche en medio
-de la tempestad y de las tinieblas!»
-
-Se acordó de que un momento antes, al pasar junto al parque Petrovsky,
-había experimentado la misma penosa impresión. En seguida pensó en el
-pequeño Neva, y se estremeció del mismo modo que antes, cuando, de pie
-sobre el puente, contemplaba el río.
-
-«En mi vida me ha gustado el agua, ni aun en los paisajes»--pensó, y de
-repente una idea extraña le hizo sonreír.
-
-«Me parece que ahora debería burlarme de la estética de las
-comodidades. Sin embargo, heme aquí tan vacilante como el animal que
-en parecido caso tiene cuidado de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido
-hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad es que he tenido miedo al
-frío y a la obscuridad... ¡Je, je! Necesito sensaciones agradables...
-Pero, ¿por qué no apagar la bujía? (la sopló). Mis vecinos están
-acostados»--añadió al no ver luz por la hendidura del tabique... Poco a
-poco se irguió ante su imaginación la figura de Dunia, y súbito temblor
-agitó sus nervios al recuerdo de la entrevista que pocas horas antes
-había tenido con la joven.
-
-«No, no pensemos en esto. Cosa extraña, yo no he odiado jamás a nadie;
-jamás tampoco he experimentado vivos deseos de vengarme... esto es mal
-signo, mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero, ni violento; he
-aquí otro mal signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace poco! ¡Quién sabe
-adónde habría llegado!»
-
-Se calló y apretó los dientes. Su imaginación le mostró a Dunia tal
-como la había visto, cuando, después de haber dejado el revólver
-incapaz en adelante de resistencia, fijaba sobre él una mirada de
-espanto. Acordóse de la piedad que había sentido en aquel momento, y de
-lo oprimido que tenía el corazón.
-
-«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No pensemos más en tal cosa!»
-
-Iba ya a adormecerse; su temblor febril había cesado. De pronto le
-pareció que por debajo de la colcha corría alguna cosa a lo largo
-del brazo y de la pierna. Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda un
-ratón! He dejado la carne sobre la mesa.» Por temor al frío no quería
-destaparse ni levantarse; pero, de repente, un contacto desagradable
-le rozó el pie. Arrojó la colcha, encendió la vela, y temblando se
-incorporó en el lecho y no vió nada. Sacudió la colcha y saltó un ratón
-sobre la sábana. Trató en seguida de pillarlo, pero sin salir del
-lecho; el animalito describía zigzags rapidísimos y se deslizaba por
-entre los dedos que querían apresarlo. Finalmente, el ratón se metió
-debajo de la almohada. Svidrigailoff arrojó al suelo la almohada; pero
-en el mismo instante sintió que alguna cosa había saltado sobre él
-y que se le paseaba sobre el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor
-nervioso se apoderó de él y se despabiló. La obscuridad era completa en
-la habitación; el seguía echado en la cama, envuelto en la colcha; el
-viento continuaba silbando en el exterior.
-
-«Esto es insoportable»--se dijo con cólera.
-
-Se sentó en el borde del lecho; con la espalda vuelta hacia la ventana.
-
-«Más vale no dormir»--se dijo.
-
-Por la reja entraba un aire húmedo y frío. Svidrigailoff, sin moverse
-de su sitio, atrajo hacia sí la colcha y se envolvió en ella. No
-encendió la luz; no pensaba ni quería pensar en nada; pero sueños e
-ideas incoherentes atravesaban confusos su cerebro. Estaba como sumido
-en semi-sueño. ¿Era aquello efecto del frío, de las tinieblas, o del
-viento que agitaba los árboles? Lo cierto es que estos desvaríos
-tomaban un aspecto fantástico. Le parecía estar viendo un riente
-paisaje. Era el día de la Trinidad, y hacía un tiempo soberbio...
-En medio de floridos arriates aparecía una elegante quinta de gusto
-inglés; plantas trepadoras tapizaban el vestíbulo; a los lados de
-la escalera, cubierta de una rica alfombra se erguían dos jarrones
-chinescos que contenían flores exóticas. En las ventanas había vasos
-medio llenos de agua en que hundían sus tallos ramilletes de jacintos
-blancos, que se inclinaban esparciendo un perfume embriagador. Aquellos
-ramilletes atraían particularmente la atención de Svidrigailoff,
-tanto, que no hubiera querido alejarse de ellos; sin embargo, subió la
-escalera y entró en una sala grande y alta; allí, como en las ventanas,
-como cerca de la puerta que daba a la terraza, y en a terraza misma,
-había flores; por todas partes flores. El pavimento estaba cubierto
-de hierbas recientemente segadas y que exhalaban suave olor; por las
-ventanas abiertas penetraba en la habitación una brisa deliciosa, y los
-pájaros gorjeaban en los alféizares; pero en medio de la sala, sobre
-una mesa cubierta con un mantel de raso blanco, estaba colocado un
-féretro. Le rodeaban guirnaldas de flores, y el interior estaba forrado
-de seda de Nápoles y de encajes blancos; en aquel ataúd reposaba,
-sobre un lecho de flores, una jovencita vestida de blanco. Tenía los
-ojos cerrados, y cruzados sobre el pecho los brazos, que parecían los
-de una estatua de mármol. Sus cabellos, de color rubio claro, estaban
-despeinados y húmedos; ceñíale la cabeza una corona de rosas. El
-perfil severo y ya rígido del rostro parecía también de mármol; pero
-la sonrisa de sus labios pálidos expresaba tan amarga tristeza, una
-desolación tan grande, que no parecía propia de su edad. Svidrigailoff
-conocía a aquella jovencita; cerca de su ataúd no había imágenes,
-ni cirios encendidos, ni oraciones. La difunta era una suicida; a
-los catorce años tenía el corazón herido por un ultraje que había
-destrozado su conciencia infantil, llenado su alma de una inmerecida
-vergüenza y arrancado de su pecho un grito supremo de desesperación,
-grito ahogado por los mugidos del viento en medio de una húmeda y fría
-noche de deshielo.
-
-Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y se aproximó a la ventana.
-Después de haber buscado a tientas la falleba, abrió los cristales,
-exponiendo la cara y el cuerpo, apenas protegido por la camisa, al
-rigor del viento glacial que penetraba en la estrecha habitación. Bajo
-la ventana debía haber, en efecto, un jardín de recreo; allí, sin
-duda, durante el día, se cantaban canciones y se servía te en mesitas;
-pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas, y los objetos se
-ofrecían como manchas negras y apenas distintas. Durante cinco minutos,
-Svidrigailoff, apoyado de codos en la ventana, trataba de horadar la
-obscuridad con la mirada. En el silencio de la noche retumbaron dos
-cañonazos.
-
-«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!--pensó--. Esta madrugada los
-barrios bajos de la ciudad van a inundarse; las ratas se ahogarán en
-las cuevas; los inquilinos de los pisos bajos, chorreando de agua y
-renegando, tratarán, en medio de la lluvia y del viento, de salvar sus
-cachivaches, transportándolos a los pisos superiores... pero, ¿qué hora
-es?»
-
-En el momento mismo que se hacía esta pregunta, un reloj vecino dió
-tres campanadas.
-
-«Dentro de una hora será de día. ¿Para qué esperar? Voy a salir en
-seguida y a dirigirme a la isla Petrovsky.»
-
-Cerró la ventana, encendió la vela y se vistió; luego, con el candelero
-en la mano, salió de la habitación para ir a despertar al mozo, pagar
-la cuenta y dejar en seguida la posada.
-
-«Es éste el momento más favorable; no se puede esperar otro mejor.»
-
-Anduvo mucho tiempo por el corredor largo y estrecho; y como no
-encontrara a nadie, se puso a llamar en alta voz. De repente, en un
-rincón sombrío, entre un armario viejo y una puerta, descubrió un
-objeto extraño, una cosa que parecía viviente. Inclinándose con la
-luz, reconoció que aquello era una niña de cinco años; temblaba y
-lloraba. Su ropita estaba empapada como una esponja. La presencia
-de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero fijó en él los ojos con
-expresión de insensata sorpresa. Sollozaba a intervalos como suelen
-hacerlo los niños que, después de haber estado llorando largo rato,
-comienzan a consolarse. Su rostro era pálido y demacrado; estaba
-transida de frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba allí?»
-Sin duda se había ocultado en aquel rincón y no había dormido en
-toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla. Animándose de
-pronto la niña, comenzó, con voz infantil y tartajosa, un relato
-interminable, repitiendo a cada instante «mamá» «jícara rota».
-Creyó comprender Svidrigailoff que era aquélla una niña poco amada.
-Su madre, probablemente una cocinera del hotel, se entregaba, sin
-duda, a la bebida. La niña había roto una jícara, y temiendo el
-castigo había huído la noche del día anterior, en medio de la lluvia.
-Después de haber estado mucho tiempo fuera, habría acabado por entrar
-furtivamente, ocultándose detrás del armario, pasando allí toda la
-noche, temblorosa, llorando, asustada de hallarse en la obscuridad,
-y más asustada aún ante el temor de que sería cruelmente maltratada,
-tanto por la jícara rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff la
-tomó en sus brazos, y habiéndola depositado en la cama se puso a
-desnudarla. La niña no llevaba medias y tenía agujereados los zapatos,
-tan húmedos como si hubiesen estado metidos toda la noche en un charco.
-Después la desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado en la colcha.
-La pequeñuela se durmió en seguida, y después que todo hubo terminado,
-Svidrigailoff volvió a caer otra vez en sus pensamientos sombríos.
-
-«¿Qué me importa a mí eso?--se dijo con un movimiento de cólera--.¡Qué
-tontería!»
-
-En su irritación tomó la vela y buscó al mozo para dejar cuanto antes
-el hotel.
-
-«¡Bah! ¡una granujilla!»--dijo, lanzando una blasfemia en el instante
-en que la puerta se abría; pero se volvió para echar una última mirada
-sobre la niña, a fin de asegurarse que dormía y cómo dormía. Levantó
-con precaución la colcha que ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía
-con un sueño profundo; había entrado en calor y sus pálidas mejillas se
-habían coloreado. Sin embargo, cosa extraña: el encarnado de su tez era
-mucho más vivo que el que se advierte en el estado normal de los niños.
-
-«Es el color de la fiebre--pensó Svidrigailoff--. Cualquiera diría que
-ha bebido.»
-
-Sus labios purpurinos parecían arder de repente; el hombre creyó
-advertir que se movían algo las largas pestañas negras de la pequeña
-durmiente; bajo los párpados medio cerrados se adivinaban unas pupilas
-maliciosas, cínicas, en modo alguno infantiles.
-
-«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá dormir?»
-
-En efecto, sus labios sonreían, y temblaban como cuando se hacen
-esfuerzos para no reír, pero he aquí que cesa de contenerse y prorrumpe
-en una carcajada; algo desvergonzado, provocativo, aparece en aquel
-rostro que no tiene ya nada de infantil; es la cara de una prostituta,
-de una _cocotte_ francesa. Los ojos de la niña se abren; envuelven a
-Svidrigailoff en una mirada lasciva y apasionada; le llaman y ríen...
-Nada más repugnante que aquella cara de niña cuyas facciones respiraban
-lujuria.
-
-«¡Cómo! ¿a los cinco años?--murmuraba, preso de un verdadero espanto--.
-¿Es posible?»
-
-Pero he aquí que vuelve hacia él la cara inflamada, le tiende los
-brazos.
-
-«¡Ah, maldita!»--exclamó con horror Svidrigailoff.
-
-Levanta la mano sobre ella, y en el mismo instante se despierta.
-
-Se encontró acostado en la cama, envuelto en la manta; la vela no
-estaba encendida; amanecía.
-
-«He tenido una pesadilla.»
-
-Al incorporarse advirtió con cólera que estaba cansado y quebrantado.
-Eran cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido demasiado rato.
-Se levantó; se puso la ropa, húmeda todavía, y notando que tenía el
-revólver en el bolsillo, lo sacó para asegurarse de si las cápsulas
-estaban bien colocadas. Después se sentó, y en la primera página de su
-librito de notas escribió algunas líneas de gruesos caracteres. Después
-de haber releído lo escrito, se apoyó de codos en la mesa y se absorbió
-en sus reflexiones. Las moscas se regalaban con la porción de carne que
-había quedado intacta. Las miró durante largo tiempo y se puso después
-a darles caza. Al fin se asombró de aquella ocupación, y recobrando de
-repente la conciencia de sus actos, salió apresurado de la habitación:
-un instante después estaba en la calle.
-
-Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff caminaba en dirección
-del pequeño Neva. Mientras andaba por el resbaladizo suelo de madera,
-veía con la imaginación la isla Petrovsky, con sus senderos, sus
-céspedes, sus árboles y sus bosquecillos... Ni un transeunte, ni un
-coche en toda la extensión de la perspectiva. Las casitas amarillas,
-con las ventanas cerradas, tenían triste y sucio aspecto. El frío y
-la humedad hacían estremecer al madrugador paseante que se distraía
-leyendo casi maquinalmente las muestras de las tiendas. Llegado al fin
-del piso de madera, a la altura de la gran casa de piedra, vió un perro
-muy feo que atravesaba el arroyo apretando la cola entre las piernas.
-Un hombre ebrio yacía tendido en la acera. Svidrigailoff miró un
-instante al borracho y siguió adelante. A la izquierda se ofreció a la
-vista una torre.
-
-«¡Bah!--pensó--; he aquí un buen sitio; ¿para qué ir a la isla
-Petrovsky? Aquí, a lo menos, la cosa podrá ser confirmada por un
-testigo.»
-
-Sonriendo ante esta idea, tomó por la calle***.
-
-Allí se encontraba el edificio coronado por la torre. Vió apoyado en
-la puerta un hombrecillo envuelto en un capote de soldado y con un
-gorro turco, quien, al notar que se aproximaba Svidrigailoff, le echó
-de reojo una mirada huraña. Su fisonomía tenía esa expresión de arisca
-tristeza que es la marca secular de todos los israelitas. Los dos
-hombres se examinaron un momento en silencio. Al fin le pareció extraño
-al funcionario que un individuo que no estaba ebrio se detuviese así, a
-tres pasos de él, y le mirase sin decir una palabra.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó, siempre arrimado a la puerta.
-
---Nada, amigo mío; ¡buenos días!--respondió Svidrigailoff.
-
---Siga usted su camino.
-
---Voy al extranjero.
-
---¿Cómo al extranjero?
-
---A América.
-
---¿A América?
-
-Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó. El soldado arqueó las cejas.
-
---¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse con bromas.
-
---¿Por qué no?
-
---Porque éste no es sitio.
-
---No importa, amigo mío; el lugar es a propósito. Si te preguntan, di
-que me he ido a América.
-
-Apoyó el cañón del revólver sobre la sien derecha.
-
---¡Aquí no se puede hacer eso!--replicó el soldado abriendo
-desmesuradamente los ojos.
-
-Svidrigailoff oprimió el gatillo.
-
-
-VI
-
-Aquel mismo día, entre seis y siete de la tarde, Raskolnikoff se
-dirigió a casa de su madre y de su hermana. Las dos mujeres habitaban
-ahora en casa Bakalaieff, en el cuarto de que les había hablado
-Razumikin. Al subir la escalera, Raskolnikoff parecía vacilar aún.
-Sin embargo, por nada del mundo se hubiera vuelto atrás. Estaba
-resuelto a hacer aquella visita. «Todavía no saben nada--pensó--y están
-acostumbradas a ver en mí un ser original.»
-
-Tenía el vestido manchado de lodo y desgarrado; de otra parte, la
-fatiga física, juntamente con la lucha que se libraba en él desde hacía
-veinticuatro horas, le había puesto la cara casi desconocida. El joven
-había pasado la noche en vela. Dios sabe dónde; pero, por lo menos, su
-partido estaba tomado.
-
-Llamó a la puerta, y su madre salió a abrir. Dunia había salido, y la
-criada no estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria Alexandrovna se
-quedó muda de sorpresa y de alegría; después, tomando a su hijo por la
-mano, le llevó a la sala.
-
---¡Ah! ¿Estás aquí?--dijo con voz temblorosa a causa de la emoción--.
-No te incomodes, Rodia, porque te recibo llorando. Es la felicidad la
-que me hace verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste? No; estoy alegre,
-ya lo ves, me río, sólo que tengo la tonta costumbre de llorar. Desde
-la muerte de tu padre, lloro por cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!
-
---¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!--comenzó a decir Raskolnikoff.
-
---Deja eso--interrumpió vivamente Pulkeria Alexandrovna--. ¿Piensas que
-iba a preguntarte con curiosidad de anciana? Puedes estar tranquilo;
-lo comprendo todo; pues ahora estoy algo iniciada en las costumbres
-de San Petersburgo y, verdaderamente, veo que aquí la gente tiene más
-inteligencia que en nuestras ciudades. Me he dicho, una vez para todas,
-que no debo mezclarme en tus negocios ni pedirte cuentas; mientras
-tienes tú quizás el espíritu preocupado sabe Dios en qué pensamientos,
-¿habría de ir a distraerte con preguntas inoportunas?... ¡Ah, Dios
-mío!... ¿Ves, Rodia? Ahora estaba preparándome a leer, por tercera vez,
-el artículo que has publicado en una Revista. Demetrio Prokofitch me lo
-ha traído. Ha sido para mí una verdadera revelación; desde el primer
-momento lo he comprendido todo y he reconocido lo tonta que he sido.
-«He aquí lo que le preocupa, me he dicho; da vueltas en su cabeza a
-ideas nuevas y no gusta que se le aparte de sus reflexiones; todos los
-grandes talentos son así.» A pesar de la atención con que yo lo leo,
-hay en tu artículo, hijo mío, muchas cosas que no entiendo; pero, como
-soy ignorante, no me asombra el no comprenderlo todo.
-
---Enséñamelo, mamá.
-
-Raskolnikoff tomó el número de la Revista, y echó una rápida ojeada
-sobre su artículo. Todo autor experimenta siempre un vivo placer al
-verse impreso por la primera vez, sobre todo cuando no tiene más que
-veintitrés años. Aunque presa de las más crueles angustias, nuestro
-héroe no pudo substraerse a esta impresión; pero sólo le duró un
-instante. Después de haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo
-y sintió que le oprimía el corazón terrible sufrimiento. Esta lectura
-le trajo de repente a la memoria todas las agitaciones morales de los
-últimos meses; así es que arrojó con violenta repulsión el periódico
-sobre la mesa.
-
---Pero, por tonta que yo sea, Rodia--siguió la madre--, puedo, sin
-embargo, juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás uno de los primeros
-puestos, si no el primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se han
-atrevido a suponer que estabas loco! ¡Ah! ¿No sabes que se les había
-ocurrido esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo podrían comprender
-qué es la inteligencia? ¡Pero decir, sin embargo, que Dunia, sí, la
-misma Dunia no estaba muy distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace
-seis o siete días, Rodia, me acongojaba ver cómo estabas instalado,
-vestido, alimentado; pero ahora reconozco que esto era una tontería
-mía; en cuanto tú quieras, con tu ingenio y tu talento, llegarás al
-colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda, no tratas de eso, sino que te
-ocupas en cosas más importantes...
-
---¿Dunia no está aquí, mamá?
-
---No, hijo; sale con mucha frecuencia y me deja sola. Demetrio
-Prokofitch tiene la bondad de venir a verme y me habla siempre de ti.
-Te ama y te estima, hijo mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo
-de las pocas consideraciones que me guarda; tiene su carácter, como
-yo tengo el mío. Le agrada que ignore sus cosas; allá ella. Yo, en
-cambio, no tengo nada oculto para mis hijos. Persuadida estoy de que
-Dunia es muy inteligente y de que, además, nos tiene mucho cariño a ti
-y a mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso. Siento que no pueda
-aprovecharse de la visita que me haces. Cuando vuelva le diré: «Durante
-tu ausencia ha venido tu hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?» Tú,
-Rodia, no me mimes demasiado; ven aquí como puedas, sin desatender
-tus negocios; no eres libre; no te molestes; tendré paciencia; me
-contentaré con saber que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar de ti
-en todas partes, y de vez en cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo
-desear? Ya veo que hoy has venido a consolar a tu madre.
-
-Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar bruscamente.
-
---¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso
-nada!--gritó levantándose de pronto--. Hay café, y no te he ofrecido
-una taza. ¿Ves qué grande es el egoísmo de los viejos? Voy en seguida...
-
---No vale la pena, mamá; voy a irme; no he venido para eso; escúchame,
-te lo suplico.
-
-Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente a su hijo.
-
---Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas de mí, ¿me amarás como
-ahora?--preguntó de repente.
-
-Estas palabras brotaron espontáneas del fondo de su corazón, aun antes
-que hubiera tenido tiempo de medir su alcance.
-
---¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién
-se atreverá jamás a hablarme mal de ti? Si alguien se permitiese
-semejante cosa, me negaría a oírle y le arrojaría de mi presencia.
-
---El objeto de mi visita era asegurarte que te he querido siempre,
-y ahora me alegro mucho de que estemos tú y yo solos, y aun de que
-no esté aquí Dunia--prosiguió con el mismo ímpetu--; quizá seas
-desgraciada; has de saber que tu hijo te ama ahora más que a sí mismo
-y que te equivocarías si pusieses en duda mi ternura. Jamás cesaré
-de quererte... ¡Ea, basta! He creído que debía, ante todo, darte esa
-seguridad.
-
-Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo, le estrechó contra su pecho y
-lloró silenciosamente.
-
---No sé lo que te pasa, Rodia--dijo--. Hasta ahora, yo había creído
-sencillamente que nuestra presencia te fastidiaba; mas en este momento
-me doy cuenta de que te amenaza una gran desgracia y que vives en la
-intranquilidad. Ya lo sospechaba, Rodia. Perdóname que te hable de
-esto; pienso en ello constantemente, hasta cuando duermo. La noche
-pasada, tu hermana deliraba y repetía constantemente tu nombre. He oído
-algunas palabras; pero no he entendido nada. Desde esta mañana hasta el
-momento de tu visita, he estado como el reo que espera la ejecución;
-tenía no sé qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A dónde vas? Estás a
-punto de partir, ¿no es verdad?
-
---Sí.
-
---Lo había adivinado. Pero, si tienes que partir, yo puedo ir contigo.
-Dunia nos acompañará; te quiere mucho. Si es menester, llevaremos
-también a Sofía Semenovna. Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla por
-hija. Demetrio Prokofitch nos ayudará en nuestros preparativos para el
-viaje... Pero... ¿a dónde vas?
-
---Adiós, mamá.
-
---¡Cómo! ¿hoy mismo?--exclamó, como si se tratase de una separación
-eterna.
-
---No puedo quedarme. Es absolutamente preciso que te deje.
-
---¿Y no puedo ir contigo?...
-
---No; pero ponte de rodillas y ruega a Dios por mí; Dios oirá acaso tu
-plegaria.
-
---¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición. ¡Oh Dios mío!
-
-Sí, estaba contento de que su hermana no asistiese a aquella
-entrevista. Para desahogar su ternura, tenía necesidad de estar
-a solas, y un testigo cualquiera, aunque hubiera sido Dunia,
-hubiese estorbado. Cayó a los pies de su madre y los besó. Pulkeria
-Alexandrovna y su hijo se abrazaron llorando; la madre no hizo ninguna
-pregunta; había comprendido que el joven atravesaba una crisis terrible
-y que su suerte iba a decidirse en seguida.
-
---¡Rodia, mi querido primogénito!--dijo la madre sollozando--; hete
-ahora como eras en tu infancia; de ese modo venías a hacerme caricias
-y a darme besos. En otro tiempo, cuando tu padre vivía, no teníamos,
-en medio de nuestra desgracia, otro consuelo que tu presencia, y
-después que hubo muerto, ¡cuántas veces tú y yo hemos llorado sobre
-su sepultura abrazados como ahora! Sí, si lloro desde hace tiempo, es
-porque mi corazón maternal tenía presentimientos siniestros. La tarde
-en que llegamos a San Petersburgo, desde nuestra primera entrevista, tu
-cara me lo ha revelado todo; cuando te abrí la puerta pensé, al verte,
-que había llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida, Rodia?
-
---No.
-
---¿Volverás?
-
---Sí, volveré.
-
---Hijo, no te enojes; no me atrevo a preguntarte: ¿Te vas muy lejos?
-
---Muy lejos.
-
---¿Tendrás allí un empleo, una posición?
-
---Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente por mí.
-
-Raskolnikoff iba a salir; pero su madre se agarró a él y le miró con
-expresión de desesperado dolor.
-
---¡Basta, mamá!--dijo el joven, que ante aquella angustia desgarradora
-sentía profundamente haber venido.
-
---¿No partes para siempre? ¿No vas a ponerte en camino en seguida?
-¿Vendrás mañana?
-
---Sí, sí; adiós.
-
-Al fin logró escapar.
-
-La tarde era calurosa, aunque no sofocante. Por la mañana, el tiempo
-había aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente a su casa. Quería
-acabarlo todo antes de la puesta del sol; por el momento, cualquier
-encuentro le hubiese sido muy desagradable. Al subir a su cuarto
-advirtió que Anastasia, ocupada en preparar el te, había dejado su
-tarea para mirarle con curiosidad.
-
-«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a pesar suyo, pensó en el odioso
-Porfirio; pero, cuando abrió la puerta de la habitación, vió a Dunia.
-La joven, pensativa estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba a
-su hermano hacía mucho tiempo. Raskolnikoff se detuvo en el umbral.
-Dunia, estremecida, se levantó vivamente y le miró con fijeza. En los
-ojos de la joven se leía inmensa pesadumbre; una sola mirada probó a
-Raskolnikoff que la joven lo sabía todo.
-
---¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?--le preguntó con voz trémula.
-
---He pasado el día esperándote en casa de Sofía Semenovna; pensábamos
-verte allí.
-
-Raskolnikoff entró en la habitación, y se dejó caer desfallecido en una
-silla.
-
---Me siento débil, Dunia; estoy muy fatigado, y en este momento, sobre
-todo, tendría necesidad de todas mis fuerzas.
-
-Fijó en su hermana una mirada de desconfianza.
-
---¿Dónde has pasado la última noche?
-
---No me acuerdo bien; quería tomar un partido definitivo, y muchas
-veces me he aproximado al Neva; de esto sí me acuerdo. Mi intención
-era acabar así; pero... no he podido resolverme...--dijo en voz baja,
-tratando de leer en el rostro de Dunia la impresión producida por sus
-palabras.
-
---¡Alabado sea Dios! Era precisamente lo que temíamos Sofía Semenovna y
-yo. ¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios!
-
-Raskolnikoff se sonrió amargamente.
-
---No creía en ella; pero hace un momento he estado en casa de nuestra
-madre, y nos hemos abrazado llorando; soy incrédulo, y, sin embargo,
-le he pedido que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que sucede en este
-momento! Yo mismo no sé qué pasa por mí.
-
---¿Que has estado en casa de nuestra madre? ¿Le has hablado?--exclamó
-Dunia con espanto--. ¿Es posible que hayas tenido valor para decirle
-_aquello_?
-
---No, yo no se lo he dicho, pero sospecha algo. Te ha oído soñar en voz
-alta la última noche, y creo que ha adivinado la mitad de ese secreto.
-He cometido un error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho, Dunia.
-Soy un hombre bajo...
-
---Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar la expiación. La aceptarás,
-¿verdad?
-
---Al instante. Para huir de ese deshonor quería ahogarme, Dunia; pero
-en el momento en que iba a arrojarme al agua, me he dicho que un hombre
-fuerte no debe tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo, Dunia?
-
---Sí, Rodia.
-
-Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con una especie de relámpago. Se
-consideraba feliz al pensar que había conservado su orgullo.
-
---¿Verdad que no crees que he tenido simplemente miedo al
-agua?--preguntó sonriendo con tristeza.
-
---¡Oh, Rodia, basta!--respondió la joven, ofendida por tal suposición.
-
-Ambos guardaron silencio durante diez minutos. Raskolnikoff tenía los
-ojos bajos. Dunia le miraba con expresión de sufrimiento. De repente el
-joven se levantó.
-
---La hora avanza. Hay tiempo de partir. Voy a entregarme; pero no sé
-por qué lo hago.
-
-Por las mejillas de Dunia corrieron gruesas lágrimas.
-
---Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes tenderme la mano?
-
---¿Lo dudabas?
-
-La joven lo estrechó contra su pecho.
-
---¿Acaso aceptando la expiación no borras la mitad de tu
-crimen?--exclamó, al tiempo que abrazaba a su hermano.
-
---¡Mi crimen! ¿Qué crimen?--repitió en un acceso de cólera--; ¿el
-de haber matado a un gusano sucio y malo; a una vieja perversa y
-perjudicial a todo el mundo; un vampiro que chupaba la sangre a
-los pobres? Tal asesinato debía servir de indulgencia para cuarenta
-pecados. No pienso en modo alguno en borrarlo, aunque me griten por
-todos lados: ¡crimen! ¡crimen! Ahora que me he decidido a afrontar
-voluntariamente ese deshonor, ahora sólo es cuando el absurdo de mi
-cobarde determinación se me presenta con toda claridad. Es tan sólo por
-bajeza y por impotencia por lo que me resuelvo a este acto, a menos que
-no sea también por interés, como me lo aconsejaba Porfirio.
-
---¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo? ¿No te haces cargo de que has
-vertido sangre?--exclamó Dunia consternada.
-
---¿Y qué? Todo el mundo la vierte--prosiguió con vehemencia
-creciente--. Siempre ha corrido a torrentes sobre la tierra; las
-personas que la derramaron como si fuera _Champagne_ subieron en
-seguida al Capitolio y fueron declarados protectores de la humanidad.
-Examina las cosas un poco más cerca para juzgarlas. También trataba
-yo de hacer bien a los hombres; centenares, millares de buenas
-acciones hubiesen compensando ampliamente aquella única tontería, o,
-mejor dicho, torpeza, porque la idea no era tan tonta como lo parece
-ahora. Cuando el éxito falta, los designios mejor concertados parecen
-estúpidos. Yo tan sólo trataba de crearme, por medio de aquella
-tontería, una situación independiente, asegurar mis primeros pasos de
-la vida, procurarme recursos; después hubiera levantado el vuelo...
-Pero he fracasado, y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado mi
-objeto, se me hubieran dedicado coronas; al presente no sirvo más que
-para que se me arroje a los perros.
-
---No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo, hermano mío?
-
---Es cierto, no he procedido según las reglas de la estética. No sé por
-qué ha de ser más glorioso lanzar bombas sobre una ciudad sitiada, que
-asesinar a una persona a hachazos. El temor de la estética es el primer
-signo de la impotencia. Jamás lo he comprendido tan bien como ahora, ni
-nunca he comprendido menos cuál es mi crimen. Nunca he sido más fuerte
-ni he estado más convencido que en este momento.
-
-Su pálido y demudado rostro se había de repente coloreado. Pero cuando
-acababa de proferir esta última exclamación, su mirada se encontró por
-casualidad con la de Dunia, y ésta le miraba con tanta tristeza, que su
-exaltación cayó de repente, no pudiendo menos de pensar que en rigor
-había hecho la desgracia de aquellas dos pobres mujeres.
-
---Dunia querida: si soy culpable, perdóname, aunque no merezca ningún
-perdón, si es que realmente soy culpable. Adiós; no disputemos, ya es
-tiempo de partir. No me sigas, te lo suplico; tengo aún una visita que
-hacer... Ve al instante a juntarte con nuestra madre, y no te separes
-de ella, te lo suplico. Es la última petición que te dirijo. Cuando me
-he separado de ella estaba muy inquieta, y temo que no pueda soportar
-su desventura: o morirá, o se volverá loca. Vela por ella. Razumikin no
-os abandonará; ya le he hablado... No llores por mí; aunque asesino,
-trataré de ser todavía valeroso y honrado. Quizás oigas hablar de mí
-alguna vez. No os deshonraré; ya verás; aun he de probar... Ahora,
-adiós--se apresuró a añadir, advirtiendo, mientras hacía sus promesas,
-una extraña expresión en los ojos de Dunia--. ¿Por qué lloras de ese
-modo? No llores; no nos separaremos para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me
-olvidaba...
-
-Tomó de la mesa un grueso libro cubierto de polvo. Lo abrió y sacó una
-miniatura, pintada en marfil. Era el retrato de la hija de su patrona,
-la joven a quien había amado. Durante un instante contempló aquel
-rostro expresivo y triste. Después besó el retrato y se lo dió a Dunia.
-
---Muchas veces he hablado de _aquello_ con ella--dijo distraídamente--;
-hice depositario a su corazón del proyecto que debía tener tan
-lamentable resultado. No te alarmes--continuó, dirigiéndose a Dunia--;
-ella experimentó tanta repugnancia y tanto horror como tú; ahora me
-alegro de que haya muerto.
-
-Después, volviendo al objeto principal de sus preocupaciones, dijo:
-
---Lo esencial ahora es saber si he calculado bien lo que voy a hacer,
-y si estoy pronto a aceptar todas las consecuencias. Se asegura que me
-es necesaria esta prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral habré adquirido
-cuando salga del presidio, quebrantado por veinte años de sufrimiento?
-¿Valdrá entonces la pena de vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar
-el peso de semejante existencia! ¡Oh! Esta mañana, al irme a arrojar al
-Neva, he comprendido que era un cobarde.
-
-Al cabo salieron ambos. Durante esta penosa entrevista Dunia había
-estado sostenida solamente por el amor de su hermano. Se separaron en
-la calle. Después de haber marchado unos cuantos pasos, la joven se
-volvió para ver por última vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado a
-la esquina, el joven se volvió también, pero advirtiendo Raskolnikoff
-que la mirada de su hermana estaba fija en él, hizo un gesto de
-impaciencia, y aun de cólera, invitándola a que continuase el camino.
-En seguida dió vuelta a la esquina.
-
-
-VII
-
-Comenzaba a caer la noche cuando llegaba a casa de Sonia. Durante la
-mañana y la tarde, la joven le había esperado con ansiedad. Por la
-mañana había recibido la visita de Dunia. Esta fué a primera hora,
-habiendo sabido la víspera por Svidrigailoff que Sofía Semenovna lo
-sabía todo. No recordaremos minuciosamente la conversación de las
-dos mujeres; limitémonos a decir que lloraron juntas y se hicieron
-muy amigas. De esta entrevista sacó Dunia, por lo menos, el consuelo
-de pensar que no estaría solo su hermano. Era Sonia la primera que
-había recibido su confesión; a ella se había dirigido cuando sintió
-la necesidad de confiarse a un ser humano, y ella le acompañaría
-adondequiera que se le enviase. Sin haber hecho preguntas acerca de
-tales propósitos, Advocia Romanovna estaba segura de ello. Consideraba
-a Sonia con una especie de veneración que dejaba a la pobre muchacha
-toda confusa, porque se creía indigna de levantar los ojos hasta
-Dunia. Después de su visita a casa de Raskolnikoff, la imagen de la
-encantadora joven, que la había saludado tan graciosamente aquel día,
-quedó grabada en su alma como una visión nueva, dulcísima, la más bella
-de su vida.
-
-Al fin, Dunia se decidió a ir a esperar a su hermano en el domicilio
-de este último, pensando que Raskolnikoff no podría menos de pasar
-por allí. En cuanto Sonia se quedó sola, el pensamiento del suicidio
-probable de Raskolnikoff le quitó todo reposo. Este era también el
-temor de Dunia; pero al hablar las dos jóvenes se habían dado la una
-a la otra todo género de razones para tranquilizarse, y lo habían, en
-parte, conseguido.
-
-Cuando se separaron, volvió la inquietud a apoderarse de cada una
-de ellas. Sonia se acordó de que Svidrigailoff le había dicho:
-«Raskolnikoff sólo tiene la elección entre dos alternativas: o ir a
-Siberia, o...» Además, conocía el orgullo del joven y su carencia de
-sentimientos religiosos. «¿Es posible que se resigne a vivir solamente
-por pusilanimidad, por temor a la muerte?»--pensaba con desesperación.
-No dudaba ya que el desgraciado hubiese puesto fin a sus días, cuando
-Raskolnikoff entró en su cuarto.
-
-La joven dejó escapar un grito de alegría; pero, cuando hubo observado
-atentamente el rostro de Raskolnikoff, palideció de pronto.
-
---Vamos, sí--dijo riendo Raskolnikoff--. Vengo a buscar tus cruces,
-Sonia. Tú has sido quien me ha impulsado a ir a entregarme; ahora que
-voy a hacerlo, ¿de qué tienes miedo?
-
-Sonia le miró con asombro. Aquel tono le parecía extraño. Todo su
-cuerpo se estremeció; pero al cabo de un minuto comprendió que aquella
-alegría era fingida. Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff miraba a
-un rincón, y parecía tener miedo de fijar los ojos en ella.
-
---Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso es lo mejor. Hay una
-circunstancia... pero esto sería largo de contar, y no tengo tiempo.
-¿Sabes lo que me irrita? Me pone furioso pensar que en un instante me
-van a rodear todos esos brutos; que todos me asestarán sus miradas, me
-dirigirán estúpidas preguntas, a las cuales tendré que responder; me
-señalarán con el dedo... No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar
-a ese hombre. Prefiero ir a buscar a mi amigo _Pólvora_. ¡Lo que va
-a sorprenderse éste! Puedo contar de antemano con un excelente éxito
-de asombro. Pero me convendría tener más sangre fría. En este último
-tiempo me he hecho muy irritable. ¿Lo creerás? hace un momento ha
-faltado muy poco para que amenazase con el puño a mi hermana, porque se
-había vuelto para verme por última vez. Ya ves lo bajo que he caído.
-Bueno; ¿dónde están las cruces?
-
-El joven no parecía que se hallase en su estado normal. Ni podía
-permanecer un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos en
-un objeto; sus ideas se sucedían sin transición; por mejor decir,
-deliraba. Le temblaban ligeramente las manos.
-
-Sonia guardaba silencio. Sacó de una caja de cruces una de madera de
-ciprés y otra de cobre; después se santiguó, y luego de repetir la
-misma ceremonia en la persona de Raskolnikoff, le puso al cuello la
-cruz de ciprés.
-
---¿Es ésta una manera de expresar que yo cargo con la cruz? ¡Je, je,
-je! ¡Como si empezase a sufrir ahora! La cruz de ciprés es la de los
-humildes. La cruz de cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas para ti;
-déjamela ver. ¿De modo que la llevaba... en aquel momento? Conozco
-otros dos o tres objetos de piedad: una cruz de plata y una imagen.
-Los eché entonces sobre el pecho de la vieja. Esos son los que debiera
-colgarme yo ahora al cuello. Pero no digo más que tonterías, y olvido
-mi asunto. Estoy distraído. He venido, sobre todo, para prevenirte,
-a fin de que sepas... Pues bien; esto es todo... no he venido más
-que para eso. (¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía que decirle otra
-cosa.) Vamos a ver: tú misma me has exigido que dé este paso. Voy a
-entregarme, y tu deseo será satisfecho. ¿Por qué lloras entonces? ¡Tú
-también! ¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me es todo esto!
-
-Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón del joven. «¿Qué soy yo
-para ella?--pensaba--. ¿Por qué se interesa por mí tanto como podría
-interesarse mi madre o Dunia?»
-
---Haz la señal de la cruz. Di una oración--suplicó con voz temblorosa
-la joven.
-
---Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena voluntad, Sonia, de buena
-voluntad.
-
-El hizo muchos signos de cruz. Ella se puso a la cabeza un pañuelo
-verde, el mismo, probablemente, de que Marmeladoff había hablado en la
-taberna, y que servía entonces para toda la familia. Tal pensamiento
-cruzó por la mente de Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar nada a
-este propósito. Comenzaba a advertir que tenía distracciones continuas,
-y que estaba extremadamente turbado; esto le inquietaba. De repente
-advirtió que Sonia se preparaba a salir con él.
-
---¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate, quédate!--exclamó con risa
-irritada y se dirigió a la puerta--. ¿Qué necesidad tengo de ir allí
-con acompañamiento?
-
-Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo adiós; se había olvidado de
-ella, le preocupaba tan sólo una idea.
-
-«Realmente, ¿está ya hecho todo?--se preguntaba al bajar la escalera--.
-¿No habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo todo... y de no ir
-allí?»
-
-Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo súbitamente que había
-pasado la hora de las vacilaciones. En la calle se acordó de que no
-había dicho adiós a Sonia, que se había detenido en medio de la sala,
-y de que una orden suya la había como clavado en el suelo. Se planteó
-entonces otra cuestión, que desde hacía algunos minutos flotaba en su
-espíritu sin formularse con claridad.
-
-«¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le he dicho que venía para
-un asunto: ¿qué asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle que
-iba allí? ¡Vaya una necesidad! ¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo
-de rechazarla como a un perro! En cuanto a su cruz, ¿qué necesidad
-tenía yo de ella? ¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba eran
-lágrimas; lo que yo quería era gozar de los desgarramientos de su
-corazón. ¡Acaso he buscado, yendo a verla, ganar tiempo, retardar
-un momento el instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar con altos
-destinos! ¡Y me he creído llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan vil,
-tan miserable, tan cobarde!»
-
-Caminaba a lo largo del muelle, y no tenía que ir más lejos; pero
-cuando llegó al puente suspendió un instante su marcha, y se dirigió
-después bruscamente hacia el Mercado del Heno.
-
-Sus miradas se fijaban con avidez en la derecha y en la izquierda.
-Se esforzaba en examinar cada objeto que encontraba y en nada podía
-concentrar su atención.
-
-«Dentro de ocho días, dentro de un mes, volveré a pasar por este
-puente; un coche celular me llevará yo no sé dónde. ¿Con qué ojos
-contemplaré este canal? ¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí está
-escrita la palabra _Compañía_. ¿La leeré yo entonces como la leo ahora?
-¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?... ¡Dios mío, qué
-mezquinas son todas estas preocupaciones! Sin duda es curioso esto
-en su género. ¡Ja, ja, ja! ¡De qué cosas me preocupo! Hago como los
-niños: me engaño a mí mismo, porque, en efecto, debería sonrojarme de
-mis pensamientos. ¡Qué barullo! Ese hombretón, un alemán, según todas
-las apariencias, que acaba de empujarme, ¿sabe a quién ha dado con el
-codo? Esa mujer, que lleva un niño en la mano y que pide limosna, me
-cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente llevo cinco kopeks en el
-bolsillo. Tómalos, _matuchka_.»
-
---Dios te lo pague--dijo la mendiga con tono plañidero.
-
-El Mercado del Heno estaba lleno de gente. Esta circunstancia desagradó
-mucho a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió al sitio en que la
-multitud era más compacta. Hubiera comprado la soledad a cualquier
-precio; pero se daba cuenta de que no podría gozar de ella ni un solo
-instante. Al llegar en medio de la plaza, el joven se acordó de repente
-de las palabras de Sonia: «Ve a la encrucijada; besa la tierra que has
-manchado con tu delito, y di en voz alta a la faz del mundo: ¡Soy un
-asesino!»
-
-Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció. Las angustias de los días
-anteriores de tal modo habían desecado su alma, que se consideró feliz
-al encontrarla accesible a una sensación nueva, y se abandonó por
-completo a ella. Se apoderó de él un enternecimiento dulcísimo y se le
-llenaron los ojos de lágrimas.
-
-Se puso de rodillas en medio de la plaza, se inclinó hasta el suelo, y
-besó con alegría la tierra fangosa. Después de haberse levantado, se
-arrodilló de nuevo.
-
---He ahí uno que ha empinado el codo más de lo regular--exclamó un
-joven que estaba a su lado.
-
-Esta observación provocó muchas carcajadas.
-
---Es un peregrino que va a Jerusalén, amigos míos. Se despide de
-sus hijos, de su patria; saluda a todo el mundo, y da el beso de la
-despedida al suelo de la capital--añadió un menestral que estaba
-ligeramente ebrio.
-
---Es todavía muy joven--dijo un tercero.
-
---Es un noble--observó gravemente otro.
-
---En la actualidad, no se distingue a los nobles de los que no lo son.
-
-Viéndose objeto de la atención general, Raskolnikoff perdió un poco de
-su serenidad, y las palabras «Soy un asesino», que iban quizá a salir
-de su boca, expiraron en sus labios. Las exclamaciones y los gestos de
-la multitud le dejaron, por otra parte, indiferente, y con mucha calma
-se encaminó a la comisaría de policía. Conforme iba andando, una sola
-visión atrajo sus miradas; por lo demás, había esperado encontrarla en
-la calle, y no se asombró.
-
-En el momento en que acababa de prosternarse en el Mercado del Heno
-por segunda vez, vió a Sonia a una distancia de cincuenta pasos. La
-joven trató de substraerse a las miradas de Raskolnikoff, ocultándose
-detrás de una de las barracas de madera que se encuentran en la plaza.
-¡Así le acompañaba cuando él subía este calvario! Desde aquel instante,
-Raskolnikoff adquirió la convicción de que Sonia era suya para siempre,
-y de que le seguiría a todas partes, aunque su destino hubiera de
-conducirle al fin del mundo.
-
-Llegó finalmente al sitio fatal. Entró en el zaguán con paso bastante
-firme. La oficina de policía estaba situada en el tercer piso. «Antes
-que llegue arriba tengo tiempo de volverme»--pensaba el joven. En tanto
-que nada había confesado, se complacía en pensar en que podía cambiar
-de resolución.
-
-Como en su primera visita, encontró la escalera cubierta de suciedad,
-impregnada de las exhalaciones que vomitaban las cocinas, abiertas
-sobre cada descansillo. Mientras subía, se le doblaban las piernas, y
-tuvo que detenerse un instante para tomar aliento, recobrarse un poco,
-y preparar su entrada.
-
-«Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?--se preguntó de repente--. Puesto
-que hay que apurar el vaso, poco importa cómo he de beberlo. Más valdrá
-cuanto más amargo sea.»
-
-Después se ofrecieron a su espíritu las imágenes de Ilia Petrovitch
-y del oficial _Pólvora_. «¿Por qué voy a él? ¿No podría dirigirme a
-otro? ¿A Nikodim Fomitch, por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar
-al comisario a su domicilio particular, y contárselo todo en una
-conversación privada?... No, no; hablaré a _Pólvora_, y esto se acabará
-más pronto.»
-
-Con el rostro inundado de frío sudor y casi sin darse cuenta de lo que
-hacía, Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría. Esta vez no vió en
-la antesala más que a un _dvornik_ y a un hombre del pueblo. El joven
-pasó a la otra habitación, donde trabajaban dos escribientes. Zametoff
-no estaba allí ni Nikodim Fomitch tampoco.
-
---¿No hay nadie?--dijo Raskolnikoff, dirigiéndose a uno de los
-empleados.
-
---¿Por quién pregunta usted?
-
---A... a...
-
---Al oír sus palabras, sin ver su rostro, he adivinado la presencia
-de un ruso... como se dice en no sé qué cuento. Mis respetos--gritó
-bruscamente una voz conocida.
-
-Raskolnikoff tembló. _Pólvora_ estaba delante de él; acababa de salir
-de una tercera habitación. «El destino lo ha querido»--pensó el joven.
-
---¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?--exclamó Ilia Petrovitch, que
-parecía de muy buen humor y muy animado--. Si ha venido por algún
-asunto, es aún demasiado pronto. Por una casualidad me encuentro
-aquí yo... ¿En qué puedo...? Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su
-nombre?... Perdóneme usted.
-
---Raskolnikoff.
-
---¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted creer que le había olvidado!
-Le suplico que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch, ¿no es eso?
-
---Rodión Romanovitch.
-
---Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión Romanovitch; lo tenía en la
-punta de la lengua. Confieso a usted que siento sinceramente la
-manera que tuvimos de portarnos con usted hace tiempo. Después me lo
-explicaron todo y he sabido que era usted un escritor, un sabio...
-He tenido también noticia de que empezaba usted la carrera de las
-letras. ¡Oh Dios mío! ¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en
-sus comienzos no ha hecho más o menos la vida de bohemio? Tanto mi
-mujer como yo estimamos la literatura; en mi mujer es una pasión.
-Es loca por las letras y las artes. Excepto el nacimiento, todo lo
-demás puede adquirirse por el talento, el saber, la inteligencia, el
-genio. Un sombrero, por ejemplo, ¿qué significa? Un sombrero lo puedo
-comprar en casa de Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero, eso
-no puedo comprarlo. Confieso que quería ir a casa de usted a darle
-explicaciones; pero, he pensado que quizá usted... De todos modos, con
-estas charlas no le he preguntado el objeto de su visita. ¿Parece que
-la familia de usted está ahora en San Petersburgo?
-
---Sí, mi madre y mi hermana.
-
---He tenido el honor y el placer de encontrar a su hermana de usted. Es
-una persona tan encantadora como distinguida. Verdaderamente deploro
-con toda mi alma el altercado que tuvimos aquel día. En cuanto a
-las conjeturas fundadas en el desmayo de usted, se ha reconocido su
-falsedad. Comprendo la indignación de usted. Ahora que su familia vive
-en San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a cambiar de domicilio?
-
---No, no por el momento. Había venido a preguntar... Creí encontrar
-aquí a Zametoff.
-
---¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo; lo he oído decir. Pues bien:
-Zametoff no está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido; nos ha dejado
-ayer, y antes de su partida ha habido entre él y nosotros un fuerte
-altercado. Es un galopín sin consistencia; nada más. Había hecho
-concebir algunas esperanzas; pero ha tenido la desgracia de frecuentar
-el trato de nuestra brillante juventud, y se le ha metido en la
-cabeza sufrir exámenes, para poder darse tono y echárselas de sabio.
-Hay que advertir que Zametoff no tiene nada de común con usted, con
-usted y con el señor Razumikin. Ustedes han abrazado la carrera de la
-ciencia, y los reveses de la fortuna no les arredran. Para ustedes
-los atractivos de la vida no valen nada; hacen la existencia austera,
-ascética, monacal, del hombre de estudio. Un libro, una pluma detrás de
-la oreja, una investigación científica, son cosas que bastan para la
-felicidad de ustedes. Yo mismo, hasta cierto punto... ¿Ha leído usted
-la correspondencia de Livingstone?
-
---No.
-
---Yo sí la he leído. Ahora el número de los nihilistas ha aumentado
-considerablemente, lo cual no es asombroso en una época como la
-nuestra. De usted para mí... ¿no es usted nihilista? Respóndame
-francamente.
-
---No.
-
---No tenga usted temor de ser franco conmigo, como lo sería consigo
-mismo. Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted creería que iba
-a decir la _amistad_?, pues se engaña. No es la amistad, sino el
-sentimiento del hombre y del ciudadano, el sentimiento de la humanidad
-y del amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un personaje oficial, un
-funcionario; pero no por eso debo dejar de sentir en mí el hombre
-y el ciudadano. ¿Hablaba usted de Zametoff? Pues bien, Zametoff es
-un muchacho que copia el _chic_ francés, que da ruido en los sitios
-sospechosos cuando ha bebido un vaso de _Champagne_ o de vino del Don.
-Ahí tiene usted a Zametoff. Quizá he sido un poco vivo con él, pero
-si mi indignación me ha llevado demasiado lejos, tuvo su origen en un
-sentimiento elevado: el celo por los intereses del servicio. Por otra
-parte, yo poseo un cargo, una posición, cierta importancia social; soy
-casado y padre de familia, y lleno mi deber de hombre y de ciudadano;
-en tanto que él, ¿qué es él? Permítame usted que se lo pregunte. Me
-dirijo a usted como a un hombre favorecido con los beneficios de la
-educación. Ahí tiene usted; las profesoras en partos, por ejemplo, se
-han multiplicado de un modo extraordinario.
-
-Raskolnikoff miró al oficial con aire asombrado. Las palabras de
-Ilia Petrovitch, que violentamente acababa de levantarse de la mesa,
-produjeron en su ánimo una impresión que él no se explicaba. Sin
-embargo, algo comprendía. En aquel momento preguntaba con los ojos a su
-interlocutor e ignoraba cómo acabaría todo aquello.
-
---Hablo de estas jóvenes que llevan el cabello corto a lo
-Tito--continuó el inagotable Ilia Petrovitch--. Yo las llamo profesoras
-en partos, y el nombre me parece muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen
-cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese enfermo, ¿cree usted que me
-dejaría tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je!
-
-Ilia Petrovitch se echó a reír encantado de su chiste.
-
---Admito la sed de instrucción; pero, ¿no se puede uno instruir sin
-dar en semejantes excesos? ¿Por qué ser insolente? ¿Por qué insultar
-a nobles personalidades, como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por qué
-me ha insultado, le pregunto a usted? Otra epidemia que hace terribles
-progresos, es la del suicidio. Se gasta uno todo lo que tiene, y
-en seguida se mata. Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos sabido
-últimamente que un señor recién llegado aquí acaba de poner fin a sus
-días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo se llama el caballero que
-se ha matado esta mañana en la Petersburgskeria?
-
---Svidrigailoff--dijo uno que se encontraba en la habitación inmediata.
-
-Raskolnikoff tembló.
-
---¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado la tapa de los sesos!
-
---¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff?
-
---Sí; en efecto, había venido hace poco. Acababa de perder a su esposa;
-era un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones muy escandalosas.
-Han encontrado sobre su cadáver un librito de notas en que estaban
-escritas estas palabras: «Muero en posesión de mis facultades; que
-no se acuse a nadie de mi muerte.» Este hombre tenía, según se dice,
-dinero. ¿De qué le conocía usted?
-
---¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz en su casa.
-
---¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar noticias acerca de él. ¿No tenía
-usted sospechas de su proyecto?
-
---Le vi ayer. Le encontré bebiendo vino... Nada sospeché.
-
-A Raskolnikoff le parecía que tenía una montaña sobre el pecho.
-
---¿Qué es eso? Se pone usted pálido. ¡Está tan cargada la atmósfera de
-esta habitación!
-
---Sí; ya es tiempo de que me vaya--balbuceó el joven--. Perdóneme usted
-si le he molestado.
-
---Nada de eso. Aquí estamos siempre a su disposición. Me ha causado
-gran placer y me complazco en declararlo.
-
-Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch tendió la mano al joven.
-
---Quería solamente... Tenía un asunto que tratar con Zametoff.
-
---Comprendo, comprendo. Tanto gusto en haberle visto.
-
---También yo lo he tenido... Hasta la vista--dijo Raskolnikoff
-sonriendo.
-
-Salió tambaleándose. Le daba vueltas la cabeza. Apenas podía tenerse
-en pie, y, al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse en la pared
-para no caerse. Le pareció que un _dvornik_, que se dirigía al despacho
-de policía, tropezaba con él al pasar; que un perro ladraba en una
-habitación del primer piso, y que una mujer gritaba para hacer callar
-al animal. Llegado al pie de la escalera, entró en el patio. Erguida,
-no lejos de la puerta, Sonia, pálida como la muerte, le miraba con
-asombro. Se detuvo frente a ella. La joven se retorcía las manos;
-su fisonomía expresaba la más terrible desesperación. Al verla,
-Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con qué sonrisa! Un instante después volvía
-a entrar en la oficina de policía.
-
-Ilia Petrovitch estaba ojeando unos papeles. Delante de él se hallaba
-el mismo _mujik_ que un momento antes había tropezado con Raskolnikoff
-en la escalera.
-
---¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?
-
-Con los labios descoloridos, fija la mirada, Raskolnikoff avanzó
-lentamente hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con la mano en la mesa
-ante la cual estaba sentado el oficial de policía, quiso hablar, pero
-no pudo pronunciar más que sonidos ininteligibles.
-
---¿Está usted enfermo? ¡Una silla! Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua!
-
-Raskolnikoff se dejó caer en el asiento que se le ofrecía; pero sus
-ojos no se apartaban de Ilia Petrovitch, cuyo semblante expresaba
-una sorpresa muy desagradable. Durante un minuto ambos se miraron en
-silencio. Trajeron agua.
-
---Yo soy...--empezó a decir Raskolnikoff.
-
---Beba usted.
-
-El joven rechazó con un ademán el vaso que le presentaban, y en voz
-baja pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas veces, la siguiente
-declaración:
-
---_Yo soy quien asesinó a hachazos, para robarlas, a la vieja
-prestamista y a su hermana Isabel._
-
-Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas partes.
-
-Raskolnikoff repitió su confesión.
-
-
-
-
-EPILOGO
-
-
-I
-
-Siberia. A la orilla de un río ancho y desierto se levanta una ciudad,
-uno de los centros administrativos de Rusia. En la ciudad hay una
-fortaleza; en la fortaleza una prisión. En la prisión está, desde hace
-nueve meses, Rodión Romanovitch Raskolnikoff, condenado a trabajos
-forzados (segunda categoría). Cerca de diez y ocho meses han pasado
-desde el día que cometió su crimen.
-
-En la instrucción de su proceso no hubo apenas dificultades. El
-culpable renovó sus confesiones con tanta fuerza como claridad y
-precisión, sin confundir las circunstancias, sin suavizar el horror,
-sin falsear los hechos, sin olvidar el menor detalle. Hizo una relación
-completa del asesinato, esclareció el misterio del objeto encontrado en
-manos de la vieja (se recordará que era un trozo de madera junto con
-una placa de hierro), contó cómo había tomado las llaves del bolsillo
-de la víctima, describió estas llaves y describió también el asesinato
-de Isabel, que hasta entonces había sido un enigma. Contó cómo Koch
-había venido y llamado a la puerta, y cómo, después de él, había
-llegado un estudiante. Refirió minuciosamente la conversación habida
-entre los dos hombres; cómo, en seguida, el asesino se había lanzado a
-la escalera y había oído los gritos de Mikolai y de Milka, ocultándose
-en el cuarto vacío y dirigiéndose después a su casa. Finalmente, en
-cuanto a los objetos robados, manifestó que los había enterrado debajo
-de una piedra en un corral que daba a la perspectiva Ascensión. Se
-encontraron allí, en efecto. En una palabra, todo se esclareció. Lo
-que, entre otras cosas, asombraba a los jueces, fué la circunstancia
-de que el asesino, en vez de aprovecharse de los objetos robados a
-la víctima, fuese a ocultarlos bajo una piedra. Todavía comprendían
-menos que, no solamente no se acordase de los objetos robados por él,
-sino que hasta se engañase acerca de su número. Se encontraba, sobre
-todo, inverosímil que no hubiera abierto una sola vez la bolsa, y que
-ignorase el contenido de ella. (Encerraba ésta trescientos diez y siete
-rublos y tres monedas de veinte kopeks cada una; a consecuencia de
-haber sido enterrados largo tiempo, los billetes se habían deteriorado
-considerablemente.) Se procuró adivinar por qué únicamente sobre
-este punto mentía el acusado, cuando en todo lo demás había dicho
-espontáneamente la verdad. En fin, algunos, principalmente entre los
-psicólogos, admitieron como posible que, en efecto, no hubiera abierto
-la bolsa; y que, por consiguiente, se hubiera desembarazado de ella
-sin saber lo que contenía; pero sacaron asimismo la conclusión de
-que el crimen había sido necesariamente cometido bajo la influencia
-de una locura momentánea. El culpable--dijeron--ha cedido a la
-monomanía morbosa del asesinato y del robo, sin objeto ulterior, sin
-cálculo interesado. Era aquella ocasión excelente para sostener la
-teoría moderna de la alienación temporal, teoría con la que se busca
-actualmente tan a menudo explicar los actos de ciertos criminales.
-Además, numerosos testigos habían declarado que Raskolnikoff padecía
-hipocondría. Estos testigos eran; el doctor Zosimoff, los antiguos
-compañeros del acusado, su patrona, los criados, etc. Todo esto
-daba muchos fundamentos para pensar que Raskolnikoff no era un
-asesino vulgar, un malhechor ordinario, sino que había alguna otra
-cosa en aquel proceso. Con gran despecho de los partidarios de esta
-opinión, el culpable no se cuidó de defenderse. Interrogado acerca
-de los motivos que habían podido inducirle al asesinato y al robo,
-declaró con brutal franqueza que había sido impulsado por la miseria.
-Esperaba--dijo--encontrar en casa de su víctima lo menos tres mil
-rublos, y contaba con esta suma asegurar sus primeros pasos en la
-vida; su carácter ligero y bajo, agriado por las privaciones y las
-contrariedades, había hecho de él un asesino. Cuando se le preguntó
-por qué había ido a denunciarse, respondió redondamente que había
-representado la farsa del arrepentimiento. Todo aquello era casi
-cínico...
-
-Sin embargo, la sentencia fué menos severa de lo que se hubiera
-podido presumir en relación con el crimen cometido. Quizá causó
-buena impresión que el reo, lejos de disculparse, procurase, por el
-contrario, empeorar su situación. Fueron tomadas en consideración todas
-las extrañas particularidades de la causa. El estado de enfermedad y
-estrechez en que se encontraba el acusado antes de la comisión de su
-delito, no dejaba lugar a la menor duda. Como no se había aprovechado
-de los objetos robados, se supuso, o que los remordimientos se lo
-habían impedido, o que sus facultades intelectuales no estaban intactas
-cuando cometió el hecho. El asesinato, en modo alguno premeditado, de
-Isabel, suministró un argumento en apoyo de esta última hipótesis: un
-hombre comete dos asesinatos, y se olvida al mismo tiempo de que la
-puerta está abierta. Por último, había ido a denunciarse en el momento
-en que las falsas confesiones de un fanático de espíritu desequilibrado
-(Mikolai), acababan de desviar completamente la instrucción, y cuando
-la justicia estaba a cien leguas de sospechar quién era el verdadero
-culpable. (Porfirio Petrovitch cumplió fielmente su palabra.) Todas
-estas circunstancias contribuyeron a suavizar la severidad del
-veredicto.
-
-Por otra parte, los debates dieron a conocer muchos hechos en favor del
-acusado. Documentos facilitados por el antiguo estudiante Razumikin
-demostraron que, estando en la Universidad, Raskolnikoff había
-compartido sus escasos recursos con un compañero pobre y enfermo.
-Este último había muerto, dejando en la miseria a un padre enfermo,
-del cual era, desde la edad de trece años, único sostén. Raskolnikoff
-había hecho entrar al viejo en un asilo, y más tarde había costeado los
-gastos de su entierro. El testimonio de la viuda Zarnitzin, fué también
-muy favorable al acusado. Declaró que, en la época en que habitaba en
-los Cinco Rincones con su inquilino, habiéndose declarado un incendio
-una noche en cierta casa, Raskolnikoff, con riesgo de su vida, salvó
-de las llamas a dos niños pequeños, sufriendo graves quemaduras al
-realizar tal acto de valor. Se abrió una indagatoria a propósito de
-este hecho, y numerosos testigos certificaron la exactitud de él.
-En una palabra, el tribunal, teniendo en cuenta las confesiones del
-culpable, así como sus buenos antecedentes, le condenó tan sólo a ocho
-años de trabajos forzados (segunda categoría).
-
-Desde la apertura de la vista, la madre de Raskolnikoff estaba mala.
-Dunia y Razumikin encontraron medio de alejarla de San Petersburgo
-durante todo el tiempo del proceso. Razumikin eligió una ciudad de
-la línea férrea, y a poca distancia de la capital; así podía seguir
-asiduamente las audiencias y ver a Advocia Romanovna. La enfermedad
-de Pulkeria Alexandrovna era una afección nerviosa bastante extraña,
-con desarreglo, a lo menos parcial, de las facultades mentales. De
-vuelta en su domicilio, después de la última entrevista con su hermano,
-Dunia había encontrado con mucha fiebre a su madre, y con delirio.
-Aquella misma noche se puso de acuerdo con Razumikin acerca de lo que
-había de responder cuando Pulkeria Alexandrovna pidiese noticias de
-Raskolnikoff; a tal fin inventaron una historia, esto es, que Rodia
-había sido enviado muy lejos a los confines de Rusia, con una misión
-que debía reportarle mucho honor y provecho. Pero, con gran sorpresa
-de los jóvenes, ni entonces, ni después, la madre les preguntó nada
-acerca de este asunto. Ella misma se había forjado en la imaginación
-una novela, a fin de explicar la brusca desaparición de su hijo.
-Contaba llorando la visita de despedida que éste le había hecho, con
-cuyo motivo daba a entender que ella solamente conocía circunstancias
-misteriosas y muy graves; Rodia se veía obligado a ocultarse, porque
-tenía enemigos muy poderosos; por lo demás, no dudaba de que el
-porvenir de su hijo fuese muy brillante, y de que ciertas dificultades
-serían vencidas. Aseguraba a Razumikin que, con el tiempo, su hijo
-llegaría a ser un hombre de Estado: tenía prueba de ello en el artículo
-que el joven había escrito, y que denotaba un talento literario
-inagotable. Leía sin cesar este artículo, a veces hasta en alta voz;
-podía decirse que dormía con él; sin embargo, no preguntaba jamás dónde
-se encontraba Rodia, aunque el cuidado mismo que se ponía para evitar
-esta conversación hubiese podido parecerle sospechoso. El extraño
-silencio de Pulkeria Alexandrovna sobre ciertos puntos, acabó por
-inquietar a Dunia y a Razumikin. Aquélla no se quejaba de que su hijo
-no la escribiese, siendo así, que antes, en su ciudad natal, esperaba
-con impaciencia suma las cartas de su querido Rodia. Tan inexplicable
-era esta última circunstancia, que Dunia llegó a alarmarse. A la
-joven le ocurrió la idea de que su madre tenía el presentimiento de
-una terrible desgracia ocurrida a Rodia, y de que no se atrevía a
-preguntar, temerosa de saber todavía alguna cosa peor. De todos modos,
-Dunia veía muy claramente que su madre tenía trastornado el cerebro.
-
-Dos veces, sin embargo, condujo la conversación de tal manera, que
-fué imposible responderle sin indicar en dónde se encontraba Rodia. A
-continuación de las respuestas necesariamente equívocas y difíciles que
-se le dieron, cayó en profunda tristeza; durante muy largo tiempo se le
-vió sombría y taciturna como nunca había estado. Dunia, al cabo, llegó
-a advertir que las mentiras y las historias inventadas iban contra su
-propósito, y que lo mejor era encerrarse en un silencio absoluto sobre
-ciertos puntos; pero llegó a ser cada vez más evidente para ella que
-Pulkeria Alexandrovna sospechaba algo espantoso. Dunia sabía fijamente
-(su hermano se lo había contado) que su madre la oyó hablar en sueños
-la noche siguiente a su entrevista con Svidrigailoff. Las palabras que
-en el delirio se le escaparon a la joven, ¿no habrían derramado una
-luz siniestra en el espíritu de la pobre mujer? A menudo, después de
-días, y aun de semanas de continuo mutismo y de lágrimas silenciosas,
-se producía en la enferma una especie de exaltación histérica. Se
-ponía de repente a hablar alto, sin interrumpirse, de su hijo, de
-sus esperanzas y del porvenir... sus imaginaciones eran a veces muy
-extrañas. Se fingía ser de su opinión (quizá no era del todo engañoso
-este sentimiento); sin embargo, no cesaba de hablar.
-
-La sentencia fué pronunciada cinco meses después de la confesión hecha
-por el criminal a Ilia Petrovitch. En cuanto fué posible, Razumikin
-visitó al condenado en la cárcel. Sonia le visitó también. Llegó al
-fin el momento de la separación. Dunia juró a su hermano que esta
-separación no sería eterna; Razumikin se expresó del mismo modo. El
-animoso joven tenía un proyecto firmemente formado en su espíritu;
-cuando ahorrase algún dinero, durante tres o cuatro años se trasladaría
-a Siberia, país en que tantas riquezas no esperan otra cosa, para ser
-puestas en circulación, que capitales y brazos. Allí se establecería,
-en la ciudad en que estuviese Rodia, y juntos comenzarían una nueva
-vida. Todos lloraban al decirse adiós. Desde hacía algunos días,
-Raskolnikoff se mostraba muy preocupado, multiplicaba las preguntas
-acerca de su madre, inquietándose continuamente por ella. Esta
-excesiva preocupación de su hermano daba pena a Dunia. Cuando el joven
-se hubo enterado con más detalles del estado enfermizo de Pulkeria
-Alexandrovna, se puso extremadamente sombrío. Con Sonia estaba siempre
-taciturno. Provista del dinero que Svidrigailoff le había entregado,
-la joven se hallaba dispuesta, desde hacía mucho tiempo, a acompañar
-el convoy de presos de que había de formar parte Raskolnikoff. Nunca
-había mediado una palabra sobre este particular entre ella y él; pero
-ambos sabían que sería así. En el momento de la última despedida, el
-condenado se sonrió de un modo extraño al oír hablar a su hermana y a
-Razumikin del próspero porvenir que se abriría para ellos después de su
-salida del presidio. Preveía que la enfermedad de su madre no tardaría
-en conducirla al sepulcro.
-
-Dos meses después, Dunia se casó con Razumikin. Sus bodas fueron
-tranquilas y tristes. Entre los invitados se encontraron Porfirio
-Petrovitch y Zosimoff. Algún tiempo después, todo denotaba en Razumikin
-una resolución enérgica. Dunia creía ciegamente que realizaría todos
-sus designios, y no podía menos de creerlo, porque veía en él una
-voluntad de hierro. Comenzó por entrar de nuevo en la Universidad a fin
-de terminar sus estudios. Los dos esposos elaboraban sin cesar planes
-para el porvenir; tenían uno y otra la firme resolución de emigrar a
-Siberia en un plazo de cinco años. En tanto contaban con que Sonia los
-reemplazaría cerca del condenado...
-
-Pulkeria Alexandrovna concedió, con alegría, la mano de su hija a
-Razumikin; pero después de este matrimonio, pareció más triste y
-preocupada. Para proporcionarle un momento agradable, Razumikin le
-contó la noble conducta de Raskolnikoff, a propósito del estudiante y
-de su anciano padre, y le refirió también cómo el año anterior Rodia
-había expuesto la vida para salvar a dos niños que estaban a punto de
-perecer en un incendio. Estos relatos exaltaron, hasta el más alto
-grado, el ya turbado espíritu de Pulkeria Alexandrovna. Desde entonces
-no hablaba más que de ello, y hasta en la calle refería tales hechos a
-los transeuntes, aunque la acompañaba siempre Dunia. En los ómnibus,
-en los almacenes, en todas partes en donde se encontraba un oyente
-benévolo, hablaba de su hijo, del artículo de su hijo, de la caridad
-de su hijo con un estudiante, de la valerosa abnegación de que había
-dado pruebas su hijo en un incendio, etc. Dunia no sabía cómo hacerla
-callar. Esta morbosa locuacidad no carecía de peligros: además de que
-agotaba las fuerzas de la pobre mujer, podía ocurrir que alguno, oyendo
-alabar de Raskolnikoff, se pusiese a hablar del proceso. Pulkeria
-Alexandrovna averiguó las señas de la mujer cuyos hijos habían sido
-salvados por el suyo, y quiso resueltamente ir a verlos. Finalmente, su
-exaltación llegó a los últimos límites. A veces se echaba de repente a
-llorar, y a veces tenía accesos de fiebre, durante los cuales deliraba.
-Una mañana declaró redondamente que, según sus cálculos, Rodia debía
-volver muy pronto, porque cuando se despidió de ella le había anunciado
-su vuelta en un plazo de nueve meses. Comenzó entonces a prepararlo
-todo en la casa, en atención a la próxima llegada de su hijo,
-destinándole su propia habitación; quitó el polvo a los muebles, fregó
-el suelo, cambió las cortinas, etc. Dunia estaba desolada, pero no
-decía nada, y hasta ayudaba a su madre en estas diversas ocupaciones.
-Después de un día lleno todo él de locas visiones, de sueños gozosos y
-de lágrimas, Pulkeria Alexandrovna se vió acometida de una fiebre alta
-y murió al cabo de quince días. Varias palabras pronunciadas por la
-enferma durante su delirio, hicieron creer que había casi adivinado el
-terrible secreto que con tanto trabajo trataron de ocultarle.
-
-Por mucho tiempo ignoró Raskolnikoff la muerte de su madre, aunque
-por mediación de Sonia recibiese regularmente noticias de su familia.
-Cada mes enviaba la joven una carta dirigida a Razumikin, y cada mes
-se le respondía de San Petersburgo. Las cartas de Sonia parecieron
-en un principio, a Dunia y Razumikin, algo secas e insuficientes;
-pero más tarde comprendieron que era imposible escribirlas mejores,
-puesto que encontraban en ellas datos completos y precisos acerca de
-la situación de su desgraciado hermano. Sonia describía, de una manera
-muy sencilla y muy clara, la existencia de Raskolnikoff en la prisión.
-No hablaba de ella ni de sus propias esperanzas ni de sus conjeturas
-respecto al porvenir, ni de sus sentimientos personales. En vez de
-explicar el estado moral, la vida interior del condenado, se limitaba
-a citar hechos, es decir, las mismas palabras pronunciadas por él.
-Daba noticias detalladas acerca de su salud, decía qué deseos le había
-manifestado él, qué preguntas le había dirigido, qué encargos le había
-hecho durante sus entrevistas, etc.
-
-Pero estos datos, por minuciosos que fuesen, no eran, empero, en los
-primeros tiempos sobre todo, muy consoladores. Dunia y su marido
-supieron, por la correspondencia de Sonia, que su hermano seguía
-siempre sombrío y taciturno. Cuando la joven le comunicaba noticias
-recibidas de San Petersburgo, apenas si prestaba atención; algunas
-veces se informaba de su madre, y cuando Sonia, viendo que el preso
-adivinaba la verdad, le hizo saber la muerte de Pulkeria Alexandrovna,
-observó con gran sorpresa que se había quedado poco menos que
-impasible. «Aunque parezca absorto en sí mismo y como extraño a todo
-lo que le rodea--escribía, entre otras cosas, Sonia--se hace cargo
-de su vida nueva, comprende muy bien su situación; ni espera nada
-mejor de aquí a largo tiempo, ni acaricia frívolas esperanzas, ni
-experimenta casi ningún asombro en este nuevo medio que tanto difiere
-del antiguo... Su salud es satisfactoria. Va al trabajo sin repugnancia
-y sin apresuramiento. Es casi indiferente a la comida; pero, excepto
-los domingos y los días de fiesta, esta nutrición es tan mala, que ha
-consentido en aceptar de mí algún dinero para procurársela todos los
-días. En cuanto a lo demás, me suplica que no me inquiete, porque,
-según asegura, le es desagradable que se ocupen de él.» «En la
-cárcel--se leía en otra carta--, está instalado con los otros presos;
-no he visitado el interior de la fortaleza, pero tengo motivos para
-creer que se está allí muy mal, muy estrechamente y en condiciones muy
-insalubres. Duerme en una cama de campaña, cubierto con una alfombra
-de fieltro, y no quiere otro lecho. Si rehusa hacer todo lo que podría
-proporcionarle su existencia material menos dura y menos grosera,
-no es, en lo más mínimo, en virtud de sus principios ni de una idea
-preconcebida, sino, sencillamente, por apatía, por indiferencia.» Sonia
-confesaba que, al principio, sobre todo, sus visitas, en vez de causar
-placer a Raskolnikoff, le producían una especie de irritación; no salía
-de su mutismo más que para decir groserías a la joven. Más tarde, es
-verdad, dichas visitas habían llegado a ser para él una costumbre, casi
-una necesidad, hasta el punto de que había estado muy triste cuando
-una indisposición de algunos días obligó a Sonia a interrumpirlas. Los
-días de fiesta se veían, ya en la puerta de la prisión, ya en el cuerpo
-de guardia, a donde se enviaba algunos minutos al prisionero, cuando
-la joven le hacía llamar. En tiempo ordinario, Sonia iba a buscarle al
-trabajo en los talleres, en las tejerías, en los tinglados establecidos
-a las orillas del Irtych. En lo tocante a ella, Sonia decía que había
-logrado crearse relaciones en su nueva residencia; que se ocupaba en
-coser, y que, no habiendo en la ciudad casi ninguna modista, se había
-hecho una buena clientela. Lo que callaba era que había atraído sobre
-Raskolnikoff el interés de la autoridad, y que, gracias a ella, se le
-dispensaba de los trabajos más penosos, etcétera. En fin, Razumikin y
-Dunia recibieron aviso de que Raskolnikoff esquivaba a todo el mundo;
-que sus compañeros de cadena no le querían; que permanecía silencioso
-durante horas enteras, y que, de día en día, su palidez era cada vez
-mayor. Dunia había notado ya cierta inquietud en las últimas cartas de
-Sonia, la cual no tardó en escribir diciendo que el condenado había
-caído gravemente enfermo, y que había sido llevado al hospital de la
-prisión...
-
-
-II
-
-Estaba enfermo desde hacía algún tiempo; pero lo que había quebrantado
-sus fuerzas no era ni el horror de la prisión, ni el trabajo, ni la
-mala alimentación, ni la vergüenza de tener la cabeza rapada e ir
-vestido de harapos. ¡Oh! ¿qué le importaban a él tales tribulaciones
-y miserias? Lejos de ello, estaba contento de tener que trabajar. La
-fatiga física le producía algunas horas de sueño agradable, y, ¿qué
-significaba para él el rancho, aquella mala sopa de coles en que solía
-encontrar hasta escarabajos? En otro tiempo, siendo estudiante, se
-hubiera dado algunas veces por muy contento de tener tal comida. Sus
-vestidos eran de abrigo y a propósito para aquel género de vida; en
-cuanto a la cadena, apenas si sentía el peso. Quedaba la humillación de
-tener la cabeza afeitada y llevar el uniforme del presidio; pero, ¿ante
-quién habría de ruborizarse? ¿Ante Sonia? La joven tenía miedo de él;
-¿cómo había de ruborizarse ante ella?
-
-Sin embargo, le daba vergüenza de la misma Sonia; por esta razón se
-mostraba brutal y despreciativo en sus relaciones con la joven. Pero
-no procedía esta vergüenza ni de su cabeza rapada, ni de su cadena. Su
-orgullo había sido cruelmente herido, y Raskolnikoff estaba enfermo
-de esta herida, ¡Oh, qué feliz habría sido si hubiera podido acusarse
-a sí mismo! Entonces lo hubiera soportado todo, hasta la vergüenza
-y el deshonor. Pero en vano se examinaba severamente; su conciencia
-endurecida no encontraba en su pasado ninguna falta que pudiera
-ocasionarle grandes remordimientos. Solamente se echaba en cara haber
-fracasado, cosa que podía ocurrir a todo el mundo. Lo que le humillaba,
-era verse él, Raskolnikoff, perdido tontamente, sin esperanza de
-rehabilitación, por una sentencia del ciego destino, y debía someterse,
-resignarse al absurdo de esa sentencia, si quería encontrar un poco de
-calma.
-
-Una inquietud sin objeto y sin fin en el presente, un sacrificio
-continuo y estéril en el porvenir; esto es lo que le quedaba en la
-tierra. Vano consuelo para él decirse que, dentro de ocho años,
-no tendría más que treinta y dos, y que, en esta edad, podría aún
-recomenzar la vida. ¿Para qué vivir? ¿Con qué objeto? ¿Con qué fin?
-¿Vivir para existir? En todo momento había estado pronto a dar su
-existencia por una idea, por una esperanza, por un capricho. Había
-hecho siempre poco caso de la existencia pura y sencilla; siempre había
-mirado más allá. Quizá la fuerza sólo de los deseos le había hecho
-creer en otro tiempo que era uno de esos hombres a quienes les está
-permitido más que a los otros.
-
-Menos mal si el destino le hubiese enviado el arrepentimiento, el
-punzante arrepentimiento que rompe el corazón, que quita el sueño; el
-arrepentimiento cuyos tormentos son tales, que el hombre se ahoga o se
-ahorca para librarse de ellos. ¡Oh! Los hubiera acogido con felicidad.
-Sufrir y llorar es todavía vivir; pero no se arrepentía de su crimen.
-
-Por lo menos hubiera podido echarse en cara su tontería, como se había
-reprochado en otro tiempo las acciones estúpidas y odiosas que le
-habían conducido a presidio. Pero ahora, que en el vagar de la prisión
-reflexionaba de nuevo sobre toda su conducta pasada, no la encontraba
-tan odiosa ni tan estúpida como le había parecido en otro tiempo.
-
-«¿Es que--pensaba--mi idea era más tonta que las otras ideas y teorías
-que batallan en el mundo desde que el mundo existe? Basta considerar
-las cosas desde un punto de vista amplio, independiente, libre de los
-prejuicios del día, y, entonces ciertamente, mi idea no parecerá tan
-extraña. ¡Oh espíritus sedicentes, libres de prejuicios, filósofos de
-cinco kopeks! ¿por qué os detenéis a la mitad del camino?
-
-»¿Y por qué les parece tan fea mi conducta?--se preguntaba--. ¿Por
-qué es un crimen? ¿Qué significa la palabra crimen? Mi conciencia
-está tranquila. Sin duda he cometido una acción ilícita, he violado
-la letra de la ley y he vertido sangre... Pues bien, tomad mi cabeza.
-Cierto es que, en este caso, aun los bienhechores de la humanidad, de
-aquellos a quienes el poder no ha venido por herencia, sino que se han
-apoderado de él a viva fuerza, hubieran debido desde sus comienzos ser
-entregados al suplicio. Pero estas personas han ido hasta el fin, y
-esto es lo que las justifica, en tanto que yo no he sabido continuar;
-por consiguiente, no tenía el derecho de comenzar.»
-
-Unicamente se reconocía un error: el de haber cometido la debilidad de
-ir a denunciarse.
-
-Pero un pensamiento le atormentaba también: ¿por qué no se había
-matado? ¿Por qué, más bien que arrojarse al agua, había preferido
-entregarse a la policía? ¿Es el amor de la vida un sentimiento tan
-difícil de vencer? Svidrigailoff, sin embargo, había triunfado de él.
-
-Se planteaba dolorosamente esta cuestión y no podía comprender que,
-cuando enfrente del Neva, pensaba en el suicidio, quizá era que
-presentía en sí y en sus convicciones un error profundo. No comprendía
-que este pensamiento pudiese contener en germen un nuevo concepto de la
-vida, que pudiese ser el preludio de una revolución en su existencia,
-la prenda de su resurrección.
-
-Admitía más bien que había cedido entonces por cobardía y defecto de
-carácter a la fuerza brutal del instinto. El espectáculo ofrecido
-por sus compañeros de presidio le asombraba. ¡Cómo amaban todos
-ellos la vida! ¡Cómo la apreciaban! Parecía a Raskolnikoff que este
-sentimiento era más vivo en el preso que en el hombre libre. ¡Qué
-terribles sufrimientos padecían aquellos desgraciados, los vagabundos,
-por ejemplo! ¿Era posible que un rayo de sol, un bosque sombrío, una
-fuente fresca, tuviesen tanto valor a sus ojos? A medida que los fué
-estudiando, descubrió hechos aún más inexplicables.
-
-En el penal, en el ambiente que le rodeaba, se le escapaban, sin
-duda, muchas cosas; además, no quería fijar su atención en nada.
-Vivía, por decirlo así, sin levantar jamás los ojos, porque encontraba
-insoportable el mirar en su derredor. Pero, a la larga, muchas
-circunstancias le chocaron, e involuntariamente comenzó a advertir
-lo que ni siquiera había sospechado antes. En general, lo que más
-le asombraba, era el abismo espantoso, infranqueable, que existía
-entre él y toda aquella gente. Hubiérase dicho que pertenecían él y
-ellos a naciones diferentes. Se miraban con desconfianza y hostilidad
-recíprocas. Sabía y comprendía las causas generales de este fenómeno;
-pero, hasta entonces, jamás las había supuesto tan fuertes ni tan
-profundas. Además de los criminales de derecho común, había en la
-fortaleza polacos enviados a Siberia por delitos políticos. Estos
-últimos consideraban como brutos a sus compañeros de cadena, para los
-cuales no tenían más que desprecio; pero Raskolnikoff no participaba
-de esta manera de ver; advertíase muy bien que, bajo muchos aspectos,
-aquellos brutos eran más inteligentes que los mismos polacos. Había
-allí también rusos (un antiguo oficial y dos seminaristas), que
-despreciaban a la plebe de la prisión. Raskolnikoff advertía igualmente
-el error de ellos.
-
-En cuanto a él, no se le amaba, se le esquivaba; hasta se acabó por
-odiarle; ¿por qué? Lo ignoraba. Los malhechores, cien veces más
-culpables que él, le despreciaban y hacíanle objeto de sus burlas; su
-crimen era el blanco de sus sarcasmos.
-
---Tú, tú no eres un _barin_--le decían--. ¿Por qué has asesinado a
-hachazos? Eso no es propio de un _barin_.
-
-En la segunda semana de la gran Cuaresma, tuvo que asistir a las
-funciones religiosas con todos los de su cuadra. Fué a la iglesia y
-oró como los otros. Un día, sin que se supiese por qué motivo, sus
-compañeros estuvieron a punto de hacerle una mala partida. De repente
-se vió asaltado por ellos.
-
---Tú eres un ateo.
-
---Tú no crees en Dios--gritaban los forzados.
-
---Hay que matarle.
-
-Jamás él les había hablado ni de Dios, ni de la religión, y, sin
-embargo, querían matarle por ateo. Raskolnikoff no les respondió ni una
-palabra. Un forzado, en el colmo de la exasperación, se lanzó sobre
-él; el joven, tranquilo y silencioso, le esperó sin pestañear, sin que
-ningún músculo de su rostro temblase. Un cabo de varas se interpuso a
-tiempo entre él y el asesino. Un instante más, y hubiera corrido la
-sangre.
-
-Existía otra cuestión que no acertaba a resolver: ¿por qué amaban todos
-tanto a Sonia? La joven no trataba de ganarse sus voluntades; no tenían
-a menudo ocasión de encontrarla. Sólo la veían alguna vez que otra en
-los patios o en el taller, cuando venía a pasar algunos minutos al lado
-del preso. Sin embargo, todos la conocían. No ignoraban que le había
-seguido; sabían cómo vivía y dónde estaba alojada. La joven no les daba
-dinero, apenas les prestaba, propiamente hablando, servicio alguno;
-solamente una vez, por Nochebuena, hizo un regalo a toda la prisión:
-pasteles y _kalatschi_[20]; pero, poco a poco, entre ellos y Sonia se
-establecieron ciertas relaciones más íntimas. Escribía, por encargo
-de ellos, cartas a sus familias, y las ponía en el correo. Cuando sus
-parientes venían a la ciudad, era en manos de Sonia en las que, por
-recomendación de los mismos forzados, dejaban los objetos y hasta el
-dinero destinado a ellos. Las mujeres y las amantes de los detenidos
-la conocían e iban a su casa. Cuando visitaba a Raskolnikoff en el
-trabajo, o en medio de sus compañeros, o encontraba un grupo de presos
-que se dirigían a la obra, todos se quitaban los gorros y se inclinaban
-saludándola:
-
- [20] Panecillos blancos.
-
---_Matuchka_, Sofía Semenovna, tú eres nuestra tierna y querida
-madre--decían aquellos presidiarios brutales a la pequeña y débil
-criatura.
-
-Ella les saludaba sonriendo, y a todos les agradaba su sonrisa. Amaban
-hasta su manera de andar, y se volvían para seguirla con los ojos
-cuando se alejaba. ¡Y qué alabanzas le dirigían! Hasta la elogiaban
-por ser pequeñita de cuerpo; no sabían cómo ensalzarla, y aun la
-consultaban en sus enfermedades.
-
-Raskolnikoff pasó en el hospital todo el fin de la Cuaresma y la
-semana de Pascuas. Al recobrar la salud se acordó de los sueños que
-había tenido en su delirio. Le parecía ver el mundo entero asolado
-por un azote terrible y sin precedentes, que, viniendo del fondo
-de Asia, había caído sobre Europa. Todos debían perecer, excepto
-un número reducidísimo de privilegiados. Microbios de una nueva
-especie, seres microscópicos, se introducían en los cuerpos humanos.
-Pero estos seres estaban dotados de inteligencia y de voluntad. Los
-individuos atacados por ellos se ponían al instante locos furiosos.
-Sin embargo, ¡cosa extraña! nunca hombre alguno se habría creído
-tan sabio, tan seguramente en posesión de la verdad, como se creían
-aquellos infortunados. Jamás nadie había tenido más confianza en
-la infalibilidad de sus juicios, en la solidez de sus conclusiones
-científicas y de sus principios morales. Aldeas, ciudades, pueblos
-enteros, estaban atacados de este mal y perdían la razón. Estaban
-todos agitados y fuera de estado de comprenderse entre ellos. Cada
-cual creía poseer solo la verdad, y al observar a sus semejantes se
-entristecía, se golpeaba el pecho, lloraba y se retorcía las manos. No
-podían entenderse acerca del bien y del mal; no se sabía qué condenar
-ni qué absolver. Los hombres se mataban entre sí, bajo la impulsión de
-una cólera ciega. Se reunían formando grandes ejércitos; pero una vez
-comenzada la campaña, la división aparecía bruscamente en las tropas,
-las filas se rompían, los guerreros se degollaban y se devoraban. En
-las ciudades sonaba a todas horas el toque de rebato; mas, ¿para qué
-esta alarma? ¿Con qué propósito? Nadie lo sabía y todo el mundo estaba
-inquieto. Se abandonaban los más ordinarios oficios, porque cada
-cual proponía sus ideas, sus reformas, y nadie se ponía de acuerdo;
-la agricultura estaba abandonada; aquí y allá la gente se reunía en
-grupos, entendiéndose para una acción común y jurando no separarse;
-pero un instante después olvidaban la resolución que habían tomado, y
-comenzaban a acusarse, a pegarse y a matarse. Los incendios y el hambre
-contemplaban este triste cuadro. Hombres y cosas, todo perecía. Aquel
-azote se extendía más y más. Solamente podían salvarse algunos hombres
-puros, predestinados a rehacer el género humano, a renovar la vida y
-a purificar la tierra; pero nadie veía a estos hombres, nadie oía sus
-palabras ni su voz.
-
-Aquellos sueños absurdos dejaban en el ánimo de Raskolnikoff una
-impresión penosa, que tardó mucho en borrarse. Llegó la segunda semana
-después de Pascuas; el tiempo era templado, sereno, verdaderamente
-primaveral; se abrieron las ventanas del hospital (ventanas enrejadas,
-bajo las cuales se paseaba un centinela). Durante toda la enfermedad
-de Raskolnikoff, Sonia no había podido hacerle más que dos visitas.
-Cada vez era preciso pedir una autorización, difícil de obtener; pero,
-a menudo, sobre todo a la caída de la tarde, se dirigía al patio del
-hospital, y durante un minuto estaba allí mirando a las ventanas. Un
-día por la tarde, el recluso, ya casi enteramente curado, se había
-dormido; al despertar se aproximó por casualidad a la reja, y vió a
-Sonia que, en pie, cerca de la puerta del hospital, parecía esperar
-algo. Al verla sintió como un golpe en el corazón, estremecióse
-convulsivamente y se alejó rápidamente de la ventana. Al día siguiente
-Sonia no vino, al otro tampoco. Raskolnikoff advirtió que la esperaba
-con ansiedad. Finalmente salió del hospital. Cuando volvió a la
-prisión, sus compañeros le dijeron que Sonia estaba mala y que no podía
-salir de casa.
-
-El joven se inquietó sobremanera, y envió a buscar noticias de la
-muchacha. Supo en seguida que la enfermedad no era peligrosa. Por su
-parte Sonia, sabiendo que Raskolnikoff se preocupaba tanto de su salud,
-le escribió con lápiz una carta, en que le informaba que estaba mucho
-mejor, que había pescado un ligero enfriamiento, y que no tardaría en
-ir a verle al trabajo. Al leer esta carta, el corazón de Raskolnikoff
-latió con violencia.
-
-El día era sereno y templado. A las seis de la mañana iba el joven
-a trabajar a la orilla del río, en donde se había establecido, bajo
-cobertizo, un horno de cocer alabastro. Unicamente tres obreros fueron
-enviados allí. Uno de ellos, acompañado de un capataz, fué a buscar
-un instrumento a la fortaleza; otro comenzó a calentar el horno.
-Raskolnikoff salió del cobertizo, se sentó en un banco de madera, y
-se puso a contemplar el río ancho y desierto. Desde la elevada orilla
-se descubría una gran extensión de terreno. A lo lejos, del otro lado
-de Irtych, resonaban cantos cuyos vagos ecos llegaban a los oídos del
-presidiario. Allá, en la inmensa estepa inundada de sol, aparecían como
-puntitos negros las tiendas de los nómadas. Aquello era la libertad;
-allí vivían otros hombres, que no se parecían en nada a los que le
-rodeaban; allá parecía que el tiempo no había marchado desde el tiempo
-de Abraham y sus rebaños. Raskolnikoff soñaba con los ojos fijos en
-aquella lejana visión; no pensaba en nada, aunque le oprimía una
-especie de inquietud.
-
-De repente se encontró en presencia de Sonia; la joven se le aproximó
-sin ruido y se sentó a su lado. Como empezaba a dejarse sentir el
-fresco de la mañana, Sonia llevaba su pobre y viejo _burnus_ y su
-pañuelo verde. Su rostro delgado y pálido daba testimonio de su
-reciente enfermedad. Al acercarse al preso, se sonrió con expresión
-amable y alegre, y con la timidez de costumbre le tendió la mano.
-
-Siempre se la ofrecía tímidamente y algunas veces no se atrevía a
-dársela, como si temiese verla rechazada; parecíale que ella se la
-estrechaba con repugnancia, y siempre tenía el aire huraño cuando la
-joven se acercaba; a veces, ésta no podía obtener de él una palabra.
-Había días en que temblaba ante él y se retiraba profundamente
-afligida; pero en esta ocasión se estrecharon durante largo rato las
-manos. Raskolnikoff miró rápidamente a Sonia. Nada dijo y bajó los
-ojos. Estaban solos. El cabo de varas se había alejado momentáneamente.
-
-De pronto, y sin que el presidiario supiese cómo había ocurrido
-aquello, una fuerza irresistible le arrojó a los pies de la joven y
-lloró abrazándole las rodillas. En el primer momento, Sonia, asustada,
-se puso intensamente pálida, se levantó con presteza, y temblorosa miró
-a Raskolnikoff; pero a él le bastó esta mirada para comprenderlo todo.
-En los ojos de la joven parecía resplandecer una felicidad inmensa; no
-había para ella duda de que Raskolnikoff la amaba con amor infinito.
-Había llegado, por fin, este momento...
-
-Quisieron hablar y no pudieron. Tenían lágrimas en los ojos. Ambos
-estaban pálidos y demacrados; pero sobre sus rostros enfermizos
-brillaba ya la aurora de un renacimiento completo. El amor les
-regeneraba; el corazón del uno encerraba una inagotable fuente de vida
-para el corazón del otro.
-
-Resolvieron esperar, tener paciencia. Les quedaban siete años que pasar
-en Siberia; ¡qué sufrimientos intolerables y qué infinita felicidad
-había de llenar para ellos aquel lapso de tiempo! Pero Raskolnikoff
-había resucitado, lo sabía y lo sentía en todo su ser, y Sonia no vivía
-más que para la vida de su amado.
-
-Por la noche, después que se hubo recogido a los reclusos, el joven
-se acostó en su camastro, y pensó en ella. Hasta le parecía que aquel
-día los presos, sus antiguos enemigos, le habían mirado con otros
-ojos. Les había dirigido primero la palabra y le habían respondido con
-afabilidad; se acordaba de esto ahora, le parecía natural. ¿Acaso no
-debía cambiar todo?
-
-Pensaba en ella. Se acordaba de los disgustos con que continuamente
-la había atormentado; veía con el pensamiento la carita pálida y
-delgada de Sonia; pero estos recuerdos eran un remordimiento para él.
-Comprendía con qué amor infinito iba a rescatar en adelante lo que
-había sufrido Sonia.
-
-Sí. ¿Qué significaban para él todas las miserias del pasado? En aquel
-primer día gozoso, de vuelta a la vida, todo, aun su crimen y su
-condena, y su relegación a Siberia, todo se le presentaba como un hecho
-extraño; casi dudaba de que todo aquello hubiera ocurrido realmente.
-Aquella noche se sintió incapaz de reflexionar detenidamente, de
-concentrar su atención en un objeto cualquiera, de resolver una
-cuestión con conocimiento de causa; sólo tenía sensaciones. La vida
-había substituído en él al razonamiento.
-
-Tenía el _Evangelio_ debajo de la almohada y lo tomó maquinalmente.
-Aquel libro pertenecía a Sonia. En él fué donde la joven le había leído
-la resurrección de Lázaro. Al principio de su cautividad esperaba una
-verdadera persecución religiosa por parte de la joven. Creía que le
-asediaría constantemente con el _Evangelio_; pero, con gran asombro
-suyo, ni una sola vez hizo recaer la conversación sobre este punto,
-ni una sola vez le ofreció aquel libro; él mismo fué quien lo pidió
-poco antes de su enfermedad, y ella se lo trajo sin decir una palabra.
-Raskolnikoff hasta entonces no lo había abierto.
-
-Ahora tampoco lo abrió; pero un pensamiento cruzó por su mente. «Sus
-convicciones, ¿pueden ser, al presente, las mías? ¿Puedo, yo, por lo
-menos, tener otros sentimientos, otras tendencias que ella?»
-
-Durante todo este día Sonia estuvo también muy agitada, y por la noche
-tuvo una recaída en la enfermedad; pero era tan feliz, y aquella
-felicidad era para ella una sorpresa tan grande, que casi le causaba
-espanto. ¡Siete años _solamente_! En la embriaguez de las primeras
-horas faltó poco para que ambos no considerasen estos siete años como
-siete días. Raskolnikoff ignoraba que la nueva vida no le sería dada de
-balde y que tendría que conquistarla al precio de penosos esfuerzos.
-
-Pero comienza aquí una segunda historia. La historia de la lenta
-renovación de un hombre, de su regeneración progresiva, de su paso
-gradual de una vida a otra... Esto podría ser el asunto de un nuevo
-relato; el que hemos querido ofrecer al lector, está terminado.
-
-
- FIN
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO ***
-
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- The Project Gutenberg eBook of El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky.
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- </head>
-<body>
-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-Title: El crimen y el castigo
-
-Author: Fyodor Dostoyevsky
-
-Translator: Pedro Pedraza y Paez
-
-Release Date: April 16, 2020 [EBook #61851]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, the University of Toronto, the
-Internet Archive and the Online Distributed Proofreading
-Team at https://www.pgdp.net (This book was produced from
-images made available by the HathiTrust Digital Library.)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p></div>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-
-<p class="p6 center large">BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS</p>
-
-<p class="p4 center">FEDOR DOSTOIEVSKY</p>
-
-<h1>EL CRIMEN Y EL CASTIGO</h1>
-
-<p class="center">TRADUCCIÓN DE<br />
-PEDRO PEDRAZA Y PAEZ</p>
-
-<div class="figcenter2em"><img src="images/illo1.png" width="125"
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-</div>
-
-
-<p class="p2 center">BARCELONA<br />
-RAMÓN SOPENA, <span class="smcap">Editor</span><br />
-PROVENZA, 93 A 97</p><hr class="chap" /></div>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p class="right p6">Derechos reservados.</p>
-
-<p class="center p4">Ramón Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.&mdash;Barcelona</p>
-
-<hr class="chap" /></div>
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_3" id="Page_3">[3]</a></span></p>
-
-
-
-
-<p class="p6 center large">EL CRIMEN Y EL CASTIGO</p>
-
-
-
-
-<h2>PRIMERA PARTE</h2>
-
-
-
-<h3>I.</h3></div>
-
-<p>Una tarde muy calurosa de principios
-de julio, salió del cuartito que ocupaba,
-junto al techo de una gran casa de cinco
-pisos, un joven, que, lentamente y con aire
-irresoluto, se dirigió hacia el puente
-de K***.</p>
-
-<p>Tuvo suerte, al bajar la escalera, de
-no encontrarse a su patrona que habitaba
-en el piso cuarto, y cuya cocina, que
-tenía la puerta constantemente sin cerrar,
-daba a la escalera. Cuando salía el
-joven, había de pasar forzosamente bajo
-el fuego del enemigo, y cada vez que esto
-ocurría experimentaba aquél una molesta
-sensación de temor que, humillándole,
-le hacía fruncir el entrecejo. Tenía
-una deuda no pequeña con su patrona
-y le daba vergüenza el encontrarla.</p>
-
-<p>No quiere esto decir que la desgracia
-le intimidase o abatiese; nada de eso;
-pero la verdad era que, desde hacía algún
-tiempo, se hallaba en cierto estado
-de irritación nerviosa, rayano con la
-hipocondría. A fuerza de aislarse y de encerrarse
-en sí mismo, acabó por huir, no
-solamente de su patrona, sino de toda
-relación con sus semejantes.</p>
-
-<p>La pobreza le aniquilaba y, sin embargo,
-dejó de ser sensible a sus efectos. Había
-renunciado completamente a sus ocupaciones
-cotidianas y, en el fondo, se
-burlaba de su patrona y de las medidas
-que ésta pudiera tomar en contra suya.
-Pero el verse detenido por ella en la escalera,
-el oír las tonterías que pudiera
-dirigirle, el sufrir reclamaciones, amenazas,
-lamentos y verse obligado a responder
-con pretextos y mentiras, eran para
-él cosas insoportables. No; era preferible
-no ser visto de nadie, y deslizarse
-como un felino por la escalera.</p>
-
-<p>Esta vez él mismo se asombró, cuando
-estuvo en la calle, del temor de encontrar
-a su acreedora.</p>
-
-<p>«¿Debo asustarme de semejantes simplezas
-cuando proyecto un golpe tan atrevido?&mdash;se
-decía, riendo de un modo extraño&mdash;.
-Sí... el hombre lo tiene todo entre
-las manos y lo deja que se le escape
-en sus propias narices tan sólo a causa de
-su holgazanería... Es un axioma... Me
-gustaría saber qué es lo que le da más miedo
-a la gente... Creo que temen, sobre todo,
-lo que les saca de sus costumbres habituales...
-Pero hablo demasiado... Tal
-vez por el hábito adquirido de monologar
-con exceso no hago nada... Verdad
-es que con la misma razón podría decir
-que es a causa de no hacer nada por lo
-que hablo tanto. Un mes completo hace
-que he tomado la costumbre de monologar
-acurrucado durante días enteros
-en un rincón, con el espíritu ocupado
-con mil quimeras. Veamos: ¿por qué me
-doy esta carrera? ¿Soy capaz de <i>eso</i>? ¿Es
-serio <i>eso</i>? No, de ningún modo; patrañas<span class="pagenum"><a name="Page_4" id="Page_4">[4]</a></span>
-que entretienen mi imaginación, puras
-fantasías.»</p>
-
-<p>Hacía en la calle un calor sofocante.
-La multitud, la vista de la cal, de los ladrillos,
-de los andamios y esta fetidez especial,
-tan conocida de los habitantes
-de San Petersburgo que no pueden alquilar
-una casa de campo durante el verano,
-todo contribuía a irritar cada vez
-más los nervios del joven. El insoportable
-olor de las tabernas y figones, muy
-numerosos en aquellas partes de la ciudad,
-y los borrachos que a cada paso se
-encontraba, aunque aquel era día laborable,
-acabaron por dar al cuadro un repugnante
-colorido.</p>
-
-<p>Hubo un momento en que los finos
-rasgos de la fisonomía de nuestro héroe
-expresaron amargo disgusto. Digamos
-con este motivo que no carecía de ventajas
-físicas; era alto, enjuto y bien formado;
-tenía el cabello castaño y hermosos
-ojos de color azul obscuro. Poco después
-cayó en profunda abstracción o más bien
-en una especie de sopor intelectual. Andaba
-sin reparar en los objetos que encontraba
-al paso y sin querer reparar en ellos.
-De vez en cuando murmuraba algunas
-palabras; porque, como él reconocía poco
-antes, tenía por costumbre el monologar.
-En aquel momento echó de ver que se
-embrollaban sus ideas, y que estaba muy
-débil: puede decirse que había pasado
-dos días sin comer.</p>
-
-<p>Iba tan miserablemente vestido, que
-otro que no hubiera sido él habría tenido
-escrúpulos para salir en pleno día con
-semejantes andrajos. A decir verdad,
-en aquel barrio se podía ir de cualquier
-modo. En los alrededores del Mercado del
-Heno, en esas calles del centro de San
-Petersburgo habitadas en su mayoría
-por obreros, a nadie asombra la más
-rara indumentaria. Pero tan arrogante
-desdén existía en el alma del joven, que,
-a pesar de su vergüenza, algunas veces
-cándida, no le daba ninguna de ostentar
-en la calle sus harapos.</p>
-
-<p>Otra cosa hubiera sido de tropezar alguno
-de sus amigos o antiguos camaradas,
-de cuyo encuentro huía siempre... Sin
-embargo, se detuvo de pronto al notar,
-merced a esas palabras pronunciadas
-con voz burlona, que atraía la atención
-de los paseantes: «¡Ah, eh! un sombrero
-alemán». El que acababa de lanzar esta
-exclamación era un borracho a quien
-conducían, no sabemos dónde ni por qué,
-en una gran carreta.</p>
-
-<p>Con un movimiento convulsivo, el aludido
-se quitó el sombrero y se puso a examinarlo.
-Era el tal sombrero de copa alta,
-comprado en casa de Zimmerman, pero
-ya muy estropeado, raído, agujereado,
-cubierto de abolladuras y de manchas,
-sin alas: en una palabra, horrible. A pesar
-de todo, lejos de mostrarse herido en
-su amor propio, el poseedor de aquella
-especie de gorro experimentó más inquietud
-que humillación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya me lo figuraba yo!&mdash;murmuró
-en su turbación&mdash;; ¡lo había presentido!
-Pero lo peor es que en una miseria como
-la mía, una tontería insignificante puede
-echar a perder el negocio. Sí; este sombrero
-produce demasiado efecto, y el
-efecto nace precisamente de que es ridículo.
-Para llevar estos harapos es indispensable
-usar gorra. Mejor que este mamarracho
-será una boina vieja. No hay
-quien lleve semejantes sombreros; de seguro
-que éste llama la atención a una
-versta<a name="FNanchor_1" id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a> de distancia. Después lo recordarían
-y podría ser un indicio; lo importante
-es no llamar la atención de nadie...
-Las cosas pequeñas tienen siempre importancia;
-por ellas suele ser por las que
-uno se pierde.</p>
-
-<p>No tenía que ir muy lejos; sabía la distancia
-exacta que separaba su casa del
-sitio adonde se dirigía; setecientos pasos
-justos. Los había contado cuando su
-proyecto no era más que un vago sueño.
-En aquella época no creía que llegase
-el día en que se trocara lo imaginado en
-acción; se limitaba a acariciar en su mente
-una idea espantosa y seductora a la
-vez; pero desde aquel tiempo, un mes hacía,
-comenzaba a considerar las cosas de
-otro modo. Aunque en todos sus soliloquios
-se reprochase su falta de energía
-y su irresolución, habíase ido, sin embargo,
-habituando poco a poco e involuntariamente,
-en cierto modo, a mirar como
-posible la realización de su sueño, no<span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5">[5]</a></span>
-obstante continuar dudando de sí mismo.
-En aquel momento iba a hacer el <i>ensayo
-general</i> de su empresa, y a cada paso aumentaba
-su agitación.</p>
-
-<p>Con el corazón desfallecido y el cuerpo
-agitado por nervioso temblor, se aproximó
-a una inmensa casa que daba de un
-lado al canal y del otro a la calle... Este
-edificio, dividido en multitud de cuartitos
-de alquiler, tenía por inquilinos industriales
-de todas las clases, sastres, cerrajeros,
-cocineras, alemanes de diferentes
-categorías, mujeres públicas y humildes
-empleados, etc. Un continuo hormiguero
-entraba y salía por las dos puertas.
-Tres o cuatro <i>dvorniks</i><a name="FNanchor_2" id="FNanchor_2" href="#Footnote_2" class="fnanchor">[2]</a> prestaban
-sus servicios en esta casa. Con gran satisfacción
-suya, el joven no encontró a
-nadie. Después de haber pasado el umbral
-sin ser notado, tomó por la escalera
-de la derecha.</p>
-
-<p>Conocía ya esta escalera angosta y tenebrosa
-cuya obscuridad no le desagradaba,
-pues así no eran de temer las miradas
-curiosas. «Si ahora tiemblo, ¿qué
-será cuando venga en serio?», no pudo
-menos de pensar cuando llegaba al cuarto
-piso. Allí le cerraron el paso antiguos
-soldados convertidos en mozos de cuerda;
-mudaban los muebles de uno de los
-cuartos, ocupado, el joven lo sabía, por
-un funcionario alemán y su familia.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias a la marcha del alemán, no
-habrá durante algún tiempo en ese rellano
-otro inquilino que la vieja. Esto es
-bueno saberlo... por lo que pueda suceder.</p>
-
-<p>Así pensó, y tiró del llamador de la
-casa de la vieja. Débilmente sonó la campanilla,
-como si fuese de hojalata y no
-de cobre. Tales son en esas casas las campanillas
-de todos los pisos.</p>
-
-<p>Sin duda había olvidado este detalle;
-aquel sonido particular debió de traerle
-repentinamente a la memoria algún
-recuerdo, porque el joven se estremeció
-y se alteraron sus nervios. Al cabo de un
-instante se entreabrió la puerta, y, por
-la estrecha abertura, la dueña de la casa
-examinó al recién venido con manifiesta
-desconfianza; brillaban sus ojillos como
-dos puntos luminosos en la obscuridad,
-pero al advertir que había gente en el
-descansillo se tranquilizó y abrió por completo
-la puerta. El joven entró en un sombrío
-recibimiento, dividido en dos por un
-tabique, tras del cual estaba la cocina.
-En pie delante del joven, la vieja callaba
-interrogándole con la vista. Era una mujer
-de sesenta años, pequeñuela y delgada,
-de nariz puntiaguda y de mirada maliciosa.</p>
-
-<p>Tenía la cabeza descubierta, y los cabellos,
-que comenzaban a encanecer, relucían
-untados de aceite. Llevaba puesto
-al cuello, que era largo y delgado como la
-pata de una gallina, una tira de franela,
-y, a pesar del calor, habíase echado sobre
-los hombros un abrigo apolillado y
-amarillento. La vieja tosía a menudo.
-Debió de mirarla el joven de un modo
-singular, porque los ojos de la anciana
-recobraron bruscamente su expresión
-de desconfianza.</p>
-
-<p>&mdash;Raskolnikoff, estudiante. Estuve
-aquí, en esta casa, hace un mes&mdash;se apresuró
-a decir el joven, medio inclinándose,
-porque había pensado que lo mejor era
-mostrarse afable.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, lo recuerdo, lo recuerdo&mdash;respondió
-la vieja, que no cesaba de mirarle
-con recelo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien... Vengo otra vez por un
-asuntillo del mismo género&mdash;continuó
-Raskolnikoff algo desconcertado y sorprendido
-de la desconfianza que inspiraba.</p>
-
-<p>«Quizá esta mujer ha sido siempre lo
-mismo; pero la otra vez no lo eché de
-ver»&mdash;pensó el joven desagradablemente
-impresionado.</p>
-
-<p>La vieja permaneció algún tiempo silenciosa
-como si reflexionase. Luego señaló
-la puerta de la sala a su visitante,
-y le dijo haciéndose a un lado para dejarle
-pasar delante de ella.</p>
-
-<p>&mdash;Entre usted.</p>
-
-<p>La salita en la cual fué introducido el
-joven, tenía tapizadas las paredes de color
-amarillo; en las ventanas, con cortinas
-de muselina, había tiestos de geranios;
-el sol poniente arrojaba sobre aquello
-viva claridad. «¡Sin embargo, <i>entonces</i>
-brillaba el sol de la misma manera!»&mdash;dijo
-Raskolnikoff para su coleto y dirigió
-rápidamente una mirada en torno<span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6">[6]</a></span>
-suyo, para darse cuenta de todos los objetos
-y grabarlos en la memoria. En
-la habitación no había nada de particular.
-Los muebles, de madera amarilla,
-eran muy viejos: un sofá con gran respaldo
-vuelto, una mesa de forma oval
-frente a frente del sofá, un lavabo y un
-espejo entre las dos ventanas, sillas a lo
-largo de las paredes, dos o tres grabados,
-sin valor, que representaban señoritas
-alemanas con pájaros en las manos; a
-esto se reducía el mobiliario.</p>
-
-<p>En un rincón, delante de una pequeña
-imagen, ardía una lámpara; tanto los
-muebles como el suelo relucían de puro
-limpios.</p>
-
-<p>«Es Isabel la que arregla todo esto»&mdash;pensó
-el joven.</p>
-
-<p>En toda la habitación no se veía un
-grano de polvo.</p>
-
-<p>«Es preciso venir a las casas de estas
-malas viejas viudas para ver tanta limpieza»&mdash;continuó
-monologando Raskolnikoff,
-y miró con curiosidad la cortina
-de indiana que ocultaba la puerta correspondiente
-a otra salita; en esta última,
-en la que jamás había entrado, estaban
-la cama y la cómoda de la vieja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?&mdash;preguntó secamente
-la dueña de la casa, que, habiendo
-seguido a su visitante, se colocó frente
-a él para examinarle de cerca.</p>
-
-<p>&mdash;He venido a empeñar una cosa.
-Véala usted.</p>
-
-<p>Y sacó del bolsillo un reloj de plata viejo
-y aplastado, que tenía grabado en la
-tapa un globo. La cadena era de acero.</p>
-
-<p>&mdash;Aun no me ha devuelto usted la cantidad
-que le tengo prestada; anteayer
-cumplió el plazo.</p>
-
-<p>&mdash;Le pagaré aún el interés del otro mes;
-tenga un poco de paciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Conste, amiguito, que puedo esperar,
-si quiero, o vender el objeto empeñado,
-si se me antoja...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me da por este reloj, Alena
-Ivanovna?</p>
-
-<p>&mdash;Lo que trae aquí es una miseria; esto
-no vale nada. La otra vez le di a usted
-dos billetes pequeños por un anillo que
-se puede comprar nuevo en la joyería
-por rublo y medio.</p>
-
-<p>&mdash;Déme usted cuatro rublos y lo desempeñaré.
-Perteneció a mi padre. Pronto
-recibiré dinero.</p>
-
-<p>&mdash;Rublo y medio, y he de cobrar el
-interés por adelantado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rublo y medio!&mdash;exclamó el joven.</p>
-
-<p>&mdash;Acepta usted, ¿sí o no?</p>
-
-<p>Y dicho esto, la mujer alargó el reloj
-al visitante. Este lo tomó e iba a retirarse,
-irritado, cuando reflexionó que
-la prestamista era su último recurso; además,
-había ido allí para otra cosa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Venga el dinero!&mdash;dijo con tono
-brutal.</p>
-
-<p>La vieja buscó las llaves en el bolsillo
-y entró en la habitación contigua. Cuando
-el joven se quedó solo en la sala, se
-puso a escuchar, entregándose a diversos
-cálculos. A poco oyó cómo la usurera
-abría la cómoda.</p>
-
-<p>«Debe ser el cajón de arriba&mdash;supuso
-Raskolnikoff&mdash;; ahora sé que lleva las
-llaves en el bolsillo derecho, y que están
-todas reunidas en una anilla de acero...
-Una de ellas es tres veces más gruesa
-que las otras, y tiene las guardas dentadas;
-esa llave no es de la cómoda, seguramente.
-Por lo tanto, debe haber alguna
-caja o alguna arca de hierro... Es curioso.
-Las llaves de las arcas de hierro son generalmente
-de esa forma... ¡Pero qué innoble
-es todo esto!...»</p>
-
-<p>Volvió a entrar la vieja.</p>
-
-<p>&mdash;Mire usted: como cobro una grivna<a name="FNanchor_3" id="FNanchor_3" href="#Footnote_3" class="fnanchor">[3]</a>
-al mes por cada rublo, y empeña usted
-el reloj en rublo y medio le desquito 15
-kopeks y queda satisfecho el interés por
-adelantado. Además, como usted me suplica
-que espere otro mes para devolverme
-los dos rublos que le tengo prestados,
-me debe usted por este concepto 20 kopeks,
-que, unidos a los 15 que le desquito,
-componen 35. Tengo, pues, que darle
-a usted un rublo y 15 kopeks. Aquí están.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿De modo que no me da usted
-ahora más que un rublo y 15 kopeks?</p>
-
-<p>&mdash;Nada más tengo que darle a usted.</p>
-
-<p>Tomó el joven el dinero sin discutir.
-Miraba a la vieja sin darse prisa a marcharse.
-Parecía tener intención de hacer<span class="pagenum"><a name="Page_7" id="Page_7">[7]</a></span>
-algo; pero no sabía con precisión lo que
-deseaba...</p>
-
-<p>&mdash;Es posible, Alena Ivanovna, que venga
-pronto con otra cosa... Una cigarrera...
-de plata... muy bonita... en cuanto me la
-devuelva un amigo a quien se la he prestado.</p>
-
-<p>Dijo estas palabras con manifiesto
-embarazo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, entonces hablaremos.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós... ¿Sigue usted viviendo sola,
-sin que su hermana le haga compañía?&mdash;preguntó
-con el tono más indiferente
-que le fué posible en el momento en que
-entraba en la antesala.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué le importa a usted mi hermana?</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, se lo preguntaba a usted
-por decir algo... Adiós, Alena Ivanovna.</p>
-
-<p>Raskolnikoff salió muy alterado; al bajar
-la escalera se detuvo muchas veces
-como rendido por sus emociones.</p>
-
-<p>«¡Dios mío, cómo subleva el corazón
-todo esto!&mdash;exclamó cuando llegó a la
-calle&mdash;. ¡Es posible, es posible que yo...!</p>
-
-<p>No, es una tontería, un absurdo&mdash;añadió
-resueltamente&mdash;. ¿Y ha podido ocurrírseme
-tan espantosa idea? ¿He de ser
-yo capaz de tal infamia? ¡Esto es odioso,
-innoble, repugnante!... ¿Y por espacio
-de un mes entero yo...?»</p>
-
-<p>Para expresar la agitación que sentía,
-eran impotentes las exclamaciones y palabras.
-La sensación de inmenso disgusto
-que comenzó a oprimirle poco antes
-cuando se encaminaba a casa de la vieja,
-alcanzaba ahora intensidad tan grande
-que el joven no sabía cómo substraerse
-a semejante suplicio... Caminaba por la
-acera como un borracho, sin reparar en
-los transeuntes y tropezándose con ellos.
-En la calle siguiente volvió a recobrar
-ánimos y, mirando en torno suyo, advirtió
-que estaba cerca de una taberna; una
-escalera situada al nivel de la acera daba
-entrada a la cueva del establecimiento.
-Raskolnikoff vió salir en aquel instante
-a dos borrachos que se apoyaban el uno
-en el otro, injuriándose recíprocamente.</p>
-
-<p>Vaciló el joven un instante, y después
-bajó la escalera. Nunca había entrado
-en una taberna; pero en aquel momento
-sentía vahídos, le atormentaba ardiente
-sed. Tenía ganas de beber cerveza fresca,
-y atribuía su debilidad a lo vacío del
-estómago. Después de sentarse en un rincón,
-sombrío y sucio, ante una mesita mugrienta,
-pidió cerveza y bebió el primer
-vaso con avidez.</p>
-
-<p>Al punto sintió un gran alivio y se esclarecieron
-sus ideas.</p>
-
-<p>«Todo esto es absurdo&mdash;se dijo ya confortado&mdash;.
-No había motivo para turbarse.
-¡Es sencillamente efecto de un mal
-físico; con un vaso de cerveza y un bizcocho
-habría recobrado la fuerza de mi
-inteligencia, la precisión de mis ideas, el
-vigor de mis resoluciones! ¡Oh, qué insignificante
-es todo ello!»</p>
-
-<p>A pesar de tan desdeñosa conclusión,
-estaba contento, como si se viese libre
-de un peso enorme, y dirigía miradas
-amistosas a las personas presentes. Pero
-al mismo tiempo sospechó que fuese ficticio
-aquel retorno a la energía.</p>
-
-<p>Quedaba muy poca gente en la taberna;
-después de los dos borrachos, salió
-una banda de cinco músicos, y el establecimiento
-quedó silencioso; no había en él
-más que tres personas: un individuo algo
-ebrio, cuyo exterior indicaba un hombre
-de la clase media, estaba sentado delante
-de una botella de cerveza. Cerca de él,
-tendido en el banco, dormitaba un sujeto
-alto y grueso, de barba blanca, vestido
-con un largo levitón, y en completo
-estado de embriaguez.</p>
-
-<p>De cuando en cuando parecía despertarse
-bruscamente; se ponía a hacer sonar
-los dedos, apartando los brazos y moviendo
-rápidamente el busto, sin levantarse
-del banco sobre el cual estaba echado.
-Tales gestos y ademanes servían de acompañamiento
-a una canción necia, de la
-que el hombre se esforzaba para recordar
-los versos:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">Durante un año entero</div>
-<div class="line">yo he acariciado.</div>
-<div class="line">Du-ran-te un a-ño en-te-ro</div>
-<div class="line">yo he a-ca-ri-cia-do</div>
-<div class="line">a mi mujer.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>O esta otra:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">En la Podiatcheshaïa.</div>
-<div class="line">He encontrado a mi vieja...</div>
-</div></div></div>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span>
-Nadie hacía caso de la alegría de aquel
-melómano. Su mismo compañero escuchaba
-todos aquellos gorjeos en silencio
-y haciendo muecas de disgusto. El tercer
-consumidor parecía un antiguo funcionario.
-Sentado aparte se llevaba de vez
-en cuando el vaso a los labios, mirando
-en derredor suyo; parecía que también
-él era presa de cierta agitación.</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3>II.</h3></div>
-
-<p>Raskolnikoff no estaba habituado a la
-multitud, y, conforme hemos dicho, desde
-hacía algún tiempo evitaba las compañías
-de sus semejantes; pero de repente
-se sintió atraído hacia los hombres.
-Cualquiera hubiera dicho que se operaba
-en él una especie de revolución y que el
-instinto de sociabilidad recobraba sus
-derechos. Entregado durante un mes
-completo a los sueños morbosos que
-la soledad engendra, tan fatigado estaba
-nuestro héroe de su aislamiento,
-que deseaba encontrarse, aunque no fuese
-más que un minuto, en un ambiente
-humano. Así, pues, por innoble que fuese
-aquella taberna, se sentó ante una de las
-mesas con verdadero placer.</p>
-
-<p>El dueño del establecimiento estaba en
-otra habitación; pero salía y entraba frecuentemente
-en la sala. Desde el umbral,
-sus hermosas botas de altas y rojas vueltas
-atraían inmediatamente las miradas;
-llevaba un <i>paddiovka</i> y un chaleco de
-raso negro horriblemente manchado de
-grasa y no tenía corbata; la cara parecía
-untada de aceite. Tras el mostrador se
-hallaba un mozo de catorce años, y otro
-más joven servía a los parroquianos. Expuestas
-en el aparador había varias vituallas,
-trozos de cohombro, galleta negra
-y bacalao cortado en pedazos; todo
-exhalaba olor a rancio. El calor era tan
-insoportable y la atmósfera estaba tan
-cargada de vapores alcohólicos, que parecía
-imposible pasar en aquella sala cinco
-minutos sin emborracharse.</p>
-
-<p>Ocurre a veces que nos encontramos
-con desconocidos que nos interesan por
-completo a primera vista, antes de cruzar
-una palabra con ellos. Esto fué lo que
-sucedió a Raskolnikoff respecto al individuo
-que tenía el aspecto de un antiguo
-funcionario. Más tarde, al acordarse de
-esta primera impresión, el joven la atribuyó
-a un presentimiento. No quitaba los
-ojos del desconocido, sin duda porque
-este último no dejaba tampoco de mirarle,
-y parecía muy deseoso de trabar conversación
-con él. A los demás consumidores,
-y aun al mismo tabernero, los miraba
-con aire impertinente y altanero;
-eran, evidentemente, personas que estaban
-por debajo de él en condición social
-y en educación para que se dignase dirigirles
-la palabra.</p>
-
-<p>Aquel hombre, que había pasado ya
-de los cincuenta años, era de mediana
-estatura y de complexión robusta. La
-cabeza, en gran parte calva, no conservaba
-más que algunos cabellos grises. El
-rostro largo, amarillo o casi verde, denunciaba
-hábitos de incontinencia; bajo
-los gruesos párpados brillaban unos ojillos
-rojizos, muy vivaces. Lo que más impresionaba
-en su fisonomía era la mirada
-en que la llama de la inteligencia y del
-entusiasmo se alternaba con no sé qué
-expresión de locura. Este personaje llevaba
-sobretodo negro, viejo, todo desgarrado,
-y no gustándole, sin duda, llevarle
-abierto, lo abrochaba correctamente
-con el único botón que el sobretodo
-tenía. El chaleco, de <i>nanquin</i>, dejaba ver
-la pechera de la camisa rota y llena de
-manchas. La ausencia de barba denunciaba
-en él al funcionario; pero debía haberse
-afeitado en una época bastante remota,
-porque le azuleaban las mejillas con un
-pelo muy espeso. Notábase en sus maneras
-cierta gravedad burocrática; pero,
-en aquel momento, parecía conmovido.
-Se revolvía los cabellos, y, de tiempo en
-tiempo, apoyaba los codos en la mesa
-pringosa, sin temor a mancharse las
-mangas agujereadas, y reclinaba la cabeza
-en las dos manos. Por último, comenzó
-a decir en voz alta y firme, mirando
-a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será una indiscreción por mi parte,
-señor, hablar con usted? Porque es lo
-cierto que, a pesar de la sencillez de su
-traje, mi experiencia distingue en usted
-un hombre muy bien educado y no un
-asiduo parroquiano de taberna. Siempre
-he dado mucha importancia a la educación,
-unida, por supuesto, a las cualida<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span>des
-del corazón. Pertenezco al <i>Tchin</i><a name="FNanchor_4" id="FNanchor_4" href="#Footnote_4" class="fnanchor">[4]</a>.
-Permítame usted que me presente: Simón
-Ivanovitch Marmeladoff, consejero titular.
-¿Me es lícito preguntarle si ha pertenecido
-usted a la administración?</p>
-
-<p>&mdash;No, yo soy estudiante&mdash;respondió el
-joven sorprendido de aquel cortés lenguaje,
-y, sin embargo, molesto al ver que
-un desconocido le dirigía la palabra a
-quema ropa.</p>
-
-<p>Aunque se hallaba en su cuarto de
-hora de sociabilidad, sintió en aquel momento
-que se le despertara el mal humor
-que solía experimentar cuando un extraño
-trataba de ponerse en relaciones
-con él.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que es usted estudiante,
-o lo sigue siendo?&mdash;repuso vivamente el
-funcionario&mdash;; es precisamente lo que yo
-pensaba. ¡Tengo olfato, señor, un olfato
-muy fino, gracias a mi larga experiencia!</p>
-
-<p>Se llevó el dedo a la frente, indicando
-con este gesto la opinión que tenía de su
-capacidad cerebral.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, dispénseme... ¿no ha terminado
-usted realmente sus estudios?</p>
-
-<p>Se levantó, tomó su vaso y fué a sentarse
-al lado del joven. A pesar de estar
-ebrio, hablaba distintamente y sin gran
-incoherencia. Al verle arrojarse sobre
-Raskolnikoff como sobre una presa, se
-hubiera podido suponer que él también,
-desde hacía un mes, no había despegado
-los labios ni para decir esta boca es mía.</p>
-
-<p>&mdash;Señor&mdash;declaró con cierta solemnidad&mdash;,
-la pobreza no es un vicio, seguramente,
-de la misma manera que la
-embriaguez no es una virtud. Pero la
-indigencia, señor, la indigencia es un vicio
-de los peores. En la pobreza conserva
-uno el orgullo nativo de sus sentimientos;
-en la indigencia no se conserva nada,
-ni siquiera se le echa a uno a palos de la
-sociedad humana, sino a escobazos, que
-son más humillantes. Y hacen bien, porque
-el indigente está dispuesto a envilecerse
-y esto es lo que explica la taberna.
-Señor, hace un mes que Lebeziatnikoff
-pegó a mi mujer. Y dígame,
-¿pegar a mi mujer no es herirme a mí en
-el punto más sensible? ¿Me comprende
-usted? Permítame que le haga otra pregunta,
-¡oh! por simple curiosidad: ¿Ha
-pasado usted alguna noche en el Neva en
-los barcos de heno?</p>
-
-<p>&mdash;No, jamás&mdash;contestó Raskolnikoff&mdash;;
-¿por qué me lo pregunta usted?</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, para mí será hoy la quinta
-vez que dormiré allí.</p>
-
-<p>Llenó el vaso, lo apuró y se quedó
-pensativo. En efecto, en su traje y en sus
-cabellos se veían algunas briznas de heno.
-A juzgar por las apariencias, lo menos
-hacía cinco días que no se había desnudado
-ni lavado la cara. Sus gruesas y rojas
-manos, con las uñas de luto, estaban
-también extremadamente sucias.</p>
-
-<p>La sala entera le escuchaba, aunque,
-a decir verdad, con bastante despreocupación.
-Los mozos se reían detrás del mostrador.
-El tabernero había bajado también,
-sin duda para oír a aquel hombre
-original. Sentado a cierta distancia bostezaba
-con aire importante. Evidentemente
-Marmeladoff era conocido desde
-hacía algún tiempo en la casa. Según todas
-las probabilidades, debía su notoriedad
-a la costumbre de hablar en la taberna
-con todos los parroquianos que se ponían
-a su alcance. Tal costumbre se convierte
-en una necesidad para ciertos borrachos,
-principalmente para aquellos
-que son tratados con dureza por esposas
-poco tolerantes; tratan de adquirir en la
-taberna con sus compañeros de orgía la
-consideración que no encuentran en sus
-hogares.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por vida de...!&mdash;dijo en voz fuerte
-el tabernero&mdash;. ¿Por qué no trabajas,
-por qué no vas a la oficina, puesto que
-eres empleado?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no trabajo, señor?&mdash;siguió
-diciendo Marmeladoff, encarándose exclusivamente
-con Raskolnikoff, como si
-éste le hubiera dirigido la pregunta&mdash;.
-¿Por qué no trabajo? ¿Cree usted que mi
-inutilidad no me disgusta? Cuando, hace
-un mes, Lebeziatnikoff maltrató a mi
-mujer con sus propias manos, mientras
-yo asistía, ebrio y medio muerto, a tal
-escena, ¿cree usted que yo no sufría?
-Permítame usted, joven; ¿le ha ocurrido
-a usted... ¡hum!... le ha ocurrido solicitar
-un préstamo sin esperanza?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí... Es decir, ¿qué entiende usted
-por eso de sin esperanza?</p>
-
-<p>&mdash;Quiero decir, sabiendo perfectamente
-de antemano que no le darán a usted
-nada. Por ejemplo, usted tiene la certidumbre
-de que tal hombre, tal ciudadano
-bien intencionado, no le prestaría un
-kopek; porque, dígame usted, ¿a qué santo
-había de prestárselo, sabiendo que usted
-no ha de devolvérselo? ¿Por piedad?
-Ese Lebeziatnikoff es partidario de las
-nuevas ideas y aseguraba el otro día que
-la compasión, en nuestra época, está prohibida
-hasta por la ciencia, y que tal es
-la doctrina reinante en Inglaterra, en
-donde florece la economía política. ¿Cómo,
-repito, ese hombre habrá de prestarle
-a usted dinero? Está usted seguro de
-que no se lo prestará, y, sin embargo, se
-dirige usted a...</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué ir en ese caso?&mdash;interrumpió
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Pues porque es preciso ir a alguna
-parte; porque no hay otra salida y llega
-un tiempo en que el hombre se decide,
-de buena o mala gana, a tomar cualquier
-senda. Cuando mi hija única se fué a inscribir
-en la policía tuve que ir también
-con ella (porque mi hija tiene cartilla)&mdash;añadió
-entre paréntesis, mirando al
-joven con expresión de inquietud&mdash;. Le
-advierto a usted que esto me tiene sin
-cuidado&mdash;se apresuró a decir con aparente
-flema, en tanto que los mozos, detrás
-del mostrador, y hasta el mismo tabernero
-sonreían&mdash;. ¡Poco me importa! No me
-inquietan los movimientos de cabeza, porque
-estas cosas son conocidas de todo el
-mundo y no hay secreto que no se descubra;
-no es con desprecio sino con resignación,
-como yo acepto mi suerte. ¡Sea!
-<i>¡Ecce Homo!</i> Permítame, joven, que le
-pregunte si puede usted, o, mejor dicho,
-si se atrevería usted, fijando los ojos en
-mí, a afirmar que no soy un cerdo.</p>
-
-<p>El joven no respondió.</p>
-
-<p>El orador esperó con aire digno a que
-terminasen las risas provocadas por
-sus últimas palabras. Después añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad; yo soy un cerdo; pero ella
-es una señora. ¡Llevo impreso el sello de
-la bestia! Pero Catalina Ivanovna, mi
-esposa, es una persona bien educada,
-hija de un oficial superior. Concedo que
-soy un bufón empedernido; pero mi mujer
-tiene un gran corazón, sentimientos
-elevados, instrucción... y, sin embargo...
-¡Oh! ¡Si tuviese piedad de mí! ¡Señores,
-señores, todos los hombres tienen necesidad
-de encontrar piedad en alguna
-parte! Pero Catalina Ivanovna, a pesar
-de su grandeza de alma, es injusta... Pues
-bien, con tal de que yo llegue a comprender
-que cuando me tira de los cabellos,
-lo hace, en rigor, por interés hacia mí...
-(No me avergüenzo de confesarlo: me
-tira de los cabellos, joven)&mdash;insistió, creciendo
-en dignidad al oír nuevas carcajadas&mdash;.
-Sin embargo, Dios mío, aunque
-no fuese más que una vez... pero no, no;
-dejemos esto; es inútil hablar de ello...
-Ni una sola vez he obtenido lo que deseaba;
-ni una sola vez se ha tenido compasión
-de mí... pero tal es mi carácter; soy
-un verdadero bruto...</p>
-
-<p>&mdash;Lo creo&mdash;dijo bostezando el tabernero.</p>
-
-<p>Marmeladoff dió un puñetazo en la
-mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Tal es mi carácter; ¿querrá usted
-creer, querrá usted creer, señor, que me
-he bebido hasta sus medias? No digo sus
-zapatos, porque esto se comprendería,
-hasta cierto punto; pero son sus medias,
-sus medias, las que yo me he bebido.
-¡Sus medias! me he bebido también su
-pañoleta de pelo de cabra, un regalo que
-le habían hecho; un objeto que poseía
-antes de casarse conmigo y que era de
-su propiedad y no de la mía. Habitamos
-en un cuarto muy frío; este invierno mi
-mujer ha pescado un catarro y tose y escupe
-sangre. Tenemos tres hijos pequeños,
-y Catalina Ivanovna trabaja de la
-noche a la mañana. Hace colada y limpia
-la casa, porque desde muy joven está
-acostumbrada a la limpieza. Por desgracia,
-tiene el pecho delicado, cierta predisposición
-a la tisis que me preocupa.
-¿No lo siento, por ventura? Cuando más
-bebo, más lo siento. Es para sentir y sufrir
-más por lo que me entrego a la bebida;
-¡bebo porque quiero sufrir doblemente!</p>
-
-<p>E inclinó la cabeza sobre la mesa con
-aire de desesperación.</p>
-
-<p>&mdash;Joven&mdash;continuó en seguida incorporándose&mdash;,
-me parece leer en su sem<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span>blante
-cierto disgusto. Desde que entró
-usted me ha parecido advertirlo, y por
-eso le he dirigido inmediatamente la palabra.
-Si le cuento la historia de mi vida
-no es para ofrecerme a la burla de esos
-ociosos, que, por otra parte, están enterados
-de todo, no; es porque busco la
-simpatía de un hombre bien educado.
-Sepa usted, pues, que mi mujer ha sido
-educada en una pensión aristocrática de
-provincia, y que a su salida del establecimiento
-bailó en chal delante del gobernador
-y de los otros personajes oficiales;
-tan contenta estaba por haber obtenido
-una medalla de oro y un diploma. La medalla...
-la hemos vendido hace ya mucho
-tiempo, ¡hum!... En cuanto al diploma,
-lo conserva mi esposa en un cofre y últimamente
-aun lo mostraba al ama de
-nuestra casa. Aunque esté a matar con
-ella, a mi mujer le gusta ostentar ante los
-ojos de cualquiera sus éxitos pasados.
-No se lo echo en cara, porque su única alegría
-ahora es acordarse de los hermosos
-días de otro tiempo. ¡Todo lo demás se
-ha desvanecido! Sí, sí; tiene un alma ardiente,
-orgullosa, intratable. Ella friega
-el suelo, come pan negro; pero no permite
-que se le escatimen ciertas consideraciones.
-Así es, que no ha tolerado la grosería
-de Lebeziatnikoff, y cuando, para
-vengarse de haber sido despedido, este
-último le puso la mano encima, mi mujer
-tuvo que guardar cama, sintiendo más
-el insulto hecho a su dignidad que el dolor
-de los golpes recibidos.</p>
-
-<p>»Cuando me casé con ella era viuda,
-con tres niños pequeños. Había estado
-casada en primeras nupcias con un oficial
-de infantería, con quien huyó de casa
-de sus padres; amaba extremadamente
-a su marido; pero éste se dió al juego,
-tuvo que entendérselas con la justicia,
-y murió. En los últimos tiempos pegaba
-a su mujer. Sé de buena tinta que no
-era cariñosa con él, lo que no le impide
-ahora llorar por el difunto y establecer
-continuamente comparaciones entre él
-y mi persona, comparaciones poco lisonjeras
-para mi amor propio. Pero no
-me quejo; más bien me complace que se
-imagine haber sido feliz en otro tiempo.</p>
-
-<p>»Después de la muerte de su marido
-se encontró sola con tres hijos pequeños,
-en un distrito lejano y salvaje, donde la
-encontré yo. Su miseria era tal, que yo,
-que de eso he visto tanto, no me siento
-con fuerzas para describirla. Todos sus
-parientes la habían abandonado; por otra
-parte, su orgullo le hubiera impedido
-siempre implorar la piedad de aquellas
-personas. Entonces, señor, entonces, yo,
-que era viudo también, y que tenía de mi
-matrimonio una hija de catorce años,
-ofrecí mi mano a aquella pobre mujer;
-tanta pena me daba verla sufrir.</p>
-
-<p>»Instruída, bien educada, de buena
-familia, consintió, sin embargo, en casarse
-conmigo. Esto puede dar a usted una
-idea de la miseria en que la pobre viviría.
-Acogió mi proposición llorando, sollozando
-y retorciéndose las manos, pero
-la acogió, porque no tenía dónde ir.</p>
-
-<p>»¿Comprende usted, comprende usted
-lo que significan estas palabras: «No tener
-ya adónde ir»? ¡Usted no lo comprende
-todavía!</p>
-
-<p>»Durante un año entero cumplí mi deber
-honrada y santamente, y sin probar
-una gota de esto (señaló con el dedo la
-media botella que tenía delante); porque
-no carezco de sentimientos. Pero nada
-adelanté. A poco perdía mi empleo y no
-por falta mía; reformas administrativas
-determinaban la supresión del que desempeñaba,
-y entonces fué cuando me di
-a la bebida... Ahora ocupamos una habitación
-en casa de Amalia Ludvigovna
-Lippevechzel; pero ignoro con qué le pagamos
-y de qué vivimos. Hay allí muchos
-inquilinos además de nosotros; es una ratonera
-aquella casa... ¡hum!... Sí... Durante
-este tiempo, creció la hija que yo tenía
-de mi primera mujer. No quiero hablar
-de lo que su madrastra la ha hecho
-sufrir.</p>
-
-<p>»Aunque de sentimientos nobilísimos,
-Catalina Ivanovna es una mujer irascible
-e incapaz de contenerse en los arrebatos
-de su cólera... Sí, ¡vamos, es inútil
-hablar de esto! Como puede usted comprender,
-Sonia no ha recibido una gran
-instrucción. Hace cuatro años traté de enseñarle
-Geografía e Historia Universal;
-pero como yo no he estado nunca fuerte
-en estas materias, y como además no tenía
-a mi disposición un buen manual, no
-hizo grandes progresos en sus estudios:<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>
-nos detuvimos en Ciro, rey de Persia.
-Más tarde, cuando llegó a la edad adulta,
-leyó algunas novelas. Lebeziatnikoff le
-prestó hace poco la <i>Fisiología de Ludwig</i>.
-¿Conoce usted esa obra? Mi hija la
-ha encontrado muy interesante y aun nos
-ha leído muchos pasajes en alta voz. A
-eso se limita toda su cultura.</p>
-
-<p>»Ahora, señor, apelo a su sinceridad.
-¿Cree usted en conciencia que una joven
-pobre, pero honrada, pueda vivir de su
-trabajo? Como no tenga una habilidad
-especial, ganará 15 kopeks al día, y para
-llegar a esa cifra tendrá necesidad de no
-perder un solo minuto. ¡Pero qué digo!
-Sonia hizo media docena de camisas de
-holanda, para el consejero de Estado
-Ivan Ivanovitch Klopstok; usted habrá
-oído hablar de él; pues bien, no sólo está
-esperando aún que se le paguen, sino que
-la pusieron a la puerta llenándola de injurias,
-so pretexto de que no había tomado
-bien la medida del cuello.</p>
-
-<p>»En tanto los niños se mueren de hambre,
-Catalina Ivanovna se pasea por la
-habitación retorciéndose las manos, mientras
-en sus mejillas aparecen las manchas
-rojizas, propias de su enfermedad. «Holgazana&mdash;decía
-a mi hija&mdash;, ¿no te da vergüenza
-de vivir sin hacer nada? Bebes,
-comes, tienes lumbre.» Y yo pregunto
-ahora: ¿Qué es lo que la pobre muchacha
-podría beber y comer cuando en tres días
-los niños no habían visto siquiera un mendrugo
-de pan? Yo estaba en aquel momento
-acostado... Vamos, hay que decirlo
-todo, borracho; pero oí que mi Sonia respondía
-tímidamente con su voz dulce (la
-pobrecita es rubia, con una carita siempre
-pálida y resignada): «Pero, Catalina Ivanovna,
-¿por qué me dice usted esas cosas?»</p>
-
-<p>»Tengo que añadir que ya por tres veces
-Daría Frantzovna, una mala mujer
-muy conocida de la policía, le había hecho
-insinuaciones en nombre del propietario
-de la casa. «Vaya&mdash;dijo irónicamente
-Catalina Ivanovna&mdash;, vaya un tesoro
-para guardarlo con tanto cuidado.» Pero
-no la acuse usted. No tenía conciencia
-de lo que decía; estaba agitada, enferma,
-veía llorar a sus hijos hambrientos, y lo
-que decía era más bien para molestar a
-Sonia que para excitarla a que se entregara
-al vicio... Catalina Ivanovna es así;
-cuando oye llorar a sus hijos les pega,
-aunque sabe que lloran de hambre. Eran
-entonces las cinco y oí que Sonia se levantaba,
-se ponía el chal y salía del cuarto.</p>
-
-<p>»A las ocho volvió. Al llegar, se fué derecha
-a Catalina Ivanovna, y, silenciosamente,
-sin proferir palabra, depositó
-treinta rublos de plata delante de mi mujer.
-Hecho eso, tomó nuestro gran pañuelo
-verde (un pañuelo que sirve para
-toda la familia), se envolvió la cabeza
-y se echó en la cama con la cara vuelta
-hacia la pared; un continuo temblor agitaba
-sus hombros y su cuerpo... yo continuaba
-en el mismo estado... En aquel
-momento, joven, vi a Catalina Ivanovna
-que, también silenciosamente, se arrodillaba
-junto al lecho de Sonia.</p>
-
-<p>»Pasó toda la noche de rodillas, besando
-los pies de mi hija y rehusando levantarse.
-Después, las dos se durmieron juntas
-en los brazos una de la otra... ¡las
-dos!... ¡las dos!... sí; y yo continuaba lo
-mismo, sumido en la embriaguez.</p>
-
-<p>Se calló Marmeladoff, como si la voz
-le hubiera faltado; luego llenó la copa, la
-vació y siguió, después de un corto silencio:</p>
-
-<p>&mdash;Desde entonces, señor, a consecuencia
-de una circunstancia desgraciada, y
-con motivo de cierta denuncia de personas
-perversas (Daría Frantzovna tuvo
-parte principal en este negocio porque
-quería vengarse de una supuesta falta de
-respeto), desde entonces mi hija Sonia<a name="FNanchor_5" id="FNanchor_5" href="#Footnote_5" class="fnanchor">[5]</a>
-Semenovna fué inscrita en el registro
-de policía y se vió obligada a dejarnos.
-Amalia Ludvigovna se ha mostrado inflexible
-en este punto, sin tener en cuenta
-que ella misma, en cierto modo, había
-favorecido las intrigas de Daría
-Frantzovna.</p>
-
-<p>»Lebeziatnikoff se ha unido a ella...
-¡hum! y con motivo de lo de Sonia fué la
-cuestión que Catalina Ivanovna tuvo
-con él. En un principio estuvo muy solícito
-con Sonetchka; pero de repente se
-sintió herido en su amor propio. «¿Cómo
-un hombre de corazón&mdash;dijo&mdash;ha de ha<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>bitar
-en la misma casa que semejante desdichada?»
-Catalina Ivanovna tomó partido
-por Sonia, y la disputa acabó en golpes...
-En la actualidad mi hija viene a
-menudo a vernos a la caída de la tarde, y
-ayuda con lo que puede a mi mujer. Vive
-en casa de Kapernumoff, un sastre cojo
-y tartamudo. Sus hijos, que son varios,
-tartamudean como él, y hasta su mujer
-tiene no sé qué defecto en la lengua...
-Todos comen y duermen en la misma sala;
-pero a Sonia le han cedido una habitación,
-separada de la de sus huéspedes
-por un tabique... ¡hum! sí... Son personas
-muy pobres y tartamudas... Bueno...
-Una mañana me levanté, me puse mis
-harapos, elevé las manos al cielo y me
-fuí a ver a Su Excelencia Ivan Afanasievitch.
-¿Le conoce usted? ¿No? Pues
-entonces no conoce a un santo varón...
-Es una vela... pero una vela que arde delante
-del altar del Señor. Mi historia, que
-Su Excelencia se dignó oír hasta el fin, le
-hizo saltar las lágrimas. «Vamos, Simón
-Ivanovitch&mdash;me dijo&mdash;, has defraudado
-una vez mis esperanzas, pero vuelvo
-a tomarte, bajo mi exclusiva responsabilidad
-personal.» Así se expresó, añadiendo:
-«Procura acordarte de lo pasado, para
-no reincidir, y retírate.» Besé el polvo de
-sus botas, mentalmente, por supuesto,
-porque Su Excelencia no hubiera permitido
-que se las besase de veras; es un hombre
-muy penetrado de las ideas modernas
-y no le gustan semejantes homenajes.
-¡Pero, Dios mío, cómo se me festejó
-cuando anuncié en casa que tenía un destino!</p>
-
-<p>De nuevo la emoción obligó a Marmeladoff
-a detenerse. En aquel momento invadió
-la taberna un grupo de individuos
-ya a medios pelos. A la puerta del establecimiento
-sonaba un organillo, y la voz
-débil de un chiquillo cantaba la <i>Petite
-Ferme</i>.</p>
-
-<p>La atmósfera de la sala era pesadísima.
-El tabernero y los mozos se apresuraban
-a servir a los recién llegados. Sin
-reparar en este incidente, Marmeladoff
-continuó su relato; el funcionario era
-cada vez más expansivo a causa de los
-progresos de su borrachera. El recuerdo
-de su reciente reposición iluminaba como
-un rayo de alegría su semblante. Raskolnikoff
-no perdía ni una sílaba de sus palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Han transcurrido cinco semanas,
-señor, desde que Catalina Ivanovna y
-Sonetchka supieron la grata noticia. Le
-aseguro a usted que me encontraba como
-transportado al paraíso. Antes no hacía
-más que abrumarme con palabrotas como
-estas: «¡Acuéstate, bruto!» Mas desde
-aquel momento andaba de puntillas y
-hacía callar a los pequeños, diciéndoles:
-«¡Chis! ¡Papá viene cansado del trabajo!»
-Antes de ir a la oficina me daban café
-con crema, pero no crea, crema verdadera,
-¿eh? No sé de dónde pudieron sacar
-el dinero, 11 rublos y 50 kopeks, a fin
-de arreglarme la ropa. Lo cierto es que
-ellas me pulieron de pies a cabeza; tuve
-botas, chaleco de magnífico hilo y uniforme,
-todo en muy buen uso: les costó
-11 rublos y medio. Seis días ha, cuando
-entregué íntegros mis honorarios, 23 rublos
-y 40 kopeks, mi mujer me acarició
-en la mejilla, diciéndome: «¡vaya un pez
-que estás hecho!» Naturalmente, esto
-ocurrió cuando estábamos solos. Dígame
-usted si no es encantador...</p>
-
-<p>Marmeladoff se interrumpió, trató de
-sonreír; pero súbito temblor agitó su
-barba. Dominó, sin embargo, en seguida,
-su emoción. Raskolnikoff no sabía qué
-pensar de aquel borracho, que vagaba
-al azar desde hacía cinco días, durmiendo
-en los barcos de pesca, y, a pesar de todo,
-sintiendo por su familia profundo cariño.
-El joven le escuchaba con la mayor
-atención, pero experimentando cierta
-sensación de malestar. Estaba enojado
-consigo mismo por haber entrado en la
-taberna.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor, señor!&mdash;dijo el funcionario
-disculpándose&mdash;, quizá halle usted, como
-los demás, risible todo lo que le cuento;
-acaso le estoy fastidiando refiriéndole estos
-tontos y miserables pormenores de
-mi existencia doméstica; mas para mí
-no crea usted que son divertidos, porque
-le aseguro que siento todas estas cosas...
-Durante aquel día maldito hice proyectos
-encantadores; pensé en el medio de
-organizar nuestra vida, de vestir a los
-niños, de procurar reposo a mi mujer, de
-sacar del fango a mi hija única. ¡Oh, cuántos
-planes formaba! Pues bien, señor<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span>
-(Marmeladoff empezó a temblar de repente;
-levantó la cabeza y miró a la cara
-a su interlocutor), el mismo día, cinco
-hace hoy, después de haber acariciado
-todos estos sueños, robé, como un ladrón
-nocturno, la llave a mi mujer y tomé del
-baúl todo lo que quedaba del dinero
-que yo había llevado. ¿Cuánto había?
-No lo recuerdo. Mírenme todos: hace
-cinco días que abandoné mi casa; no se
-sabe en ella qué es de mí; he perdido
-mi empleo, he dejado mi uniforme en una
-taberna y me han dado este traje en su
-lugar... Todo, todo ha acabado...</p>
-
-<p>Marmeladoff se dió un puñetazo en la
-frente, rechinó los dientes y cerrando los
-ojos se puso de codos en la mesa... Al cabo
-de un momento cambió bruscamente
-la expresión de su rostro, miró a Raskolnikoff
-con afectado cinismo y dijo riéndose:</p>
-
-<p>&mdash;¡He estado hoy en casa de Sonia;
-he ido a pedirle dinero para beber! ¡Je,
-je, je!</p>
-
-<p>&mdash;¡Y te lo ha dado!&mdash;gritó, riéndose,
-uno de los parroquianos que formaba
-parte del grupo recién llegado a la taberna.</p>
-
-<p>&mdash;Con su dinero he pagado esta media
-botella&mdash;repuso Marmeladoff dirigiéndose
-exclusivamente a nuestro joven&mdash;.
-Sonia fué a buscar treinta kopeks y me
-los entregó; era cuanto tenía; lo he visto
-con mis propios ojos. No me dijo nada;
-se limitó a mirarme en silencio, una mirada
-que no pertenece a la tierra, una mirada
-como deben tener los ángeles que
-lloran sobre los pecados de los hombres
-pero no los condenan. ¡Qué triste es que
-no le reprendan a uno! Treinta kopeks,
-sí, que de seguro necesitaba. ¿Qué me
-dice usted, querido señor? Ahora tiene
-ella que ir bien arreglada. La elegancia
-y los afeites, indispensables en su oficio,
-cuestan dinero; lo comprenderá usted;
-hay que tener pomada, enaguas almidonadas,
-lindas botitas que hagan bonito
-el pie para lucirlo al saltar los charcos.
-¿Comprende usted, comprende usted la
-importancia de esta limpieza y elegancia?
-Pues bien, yo, su padre, según la Naturaleza,
-ha ido a pedirle esos treinta kopeks
-para bebérmelos. ¡Y me los bebo! Ya
-están bebidos... vamos, ¿quién ha de
-tener compasión de un hombre como yo?
-Ahora, señor, ¿puede usted compadecerme?
-Hable usted, señor: ¿tiene usted
-piedad de mí? ¿Sí o no? ¡Je, je, je!</p>
-
-<p>Iba a servirse nuevamente, pero echó
-de ver que la media botella estaba vacía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué se ha de tener lástima de
-ti?&mdash;gritó el tabernero.</p>
-
-<p>Estallaron risas mezcladas con injurias.
-Los que no habían oído las palabras
-del ex funcionario, formaban coro con
-los otros, solamente al ver su catadura.</p>
-
-<p>Marmeladoff, como si no hubiese esperado
-otra cosa que la interpelación del
-tabernero, para soltar el torrente de su
-elocuencia, se levantó vivamente y, con
-el brazo extendido hacia delante, replicó
-con exaltación:</p>
-
-<p>&mdash;¡Por qué tener compasión de mí!
-¡Por qué tener compasión de mí! ¡Es verdad,
-no se me debe compadecer! ¡Hay que
-crucificarme, ponerme en la cruz, no tenerme
-lástima! ¡Crucifícame, juez, pero,
-al hacerlo, ten piedad de mí! Así iré yo
-mismo al suplicio, porque no tengo sed
-de alegría, sino de dolor y de lágrimas.
-¿Piensas tú, tendero, que tu media botella
-me ha proporcionado placer? Buscaba
-la tristeza, tristeza y lágrimas en el
-fondo de este frasco, y la he encontrado
-y saboreado. Pero Aquel que ha tenido
-piedad de todos los hombres, Aquel que
-todo lo comprende, tendrá piedad de nosotros;
-El es el único juez, El vendrá el
-último día y preguntará: «¿Dónde está
-la hija que has sacrificado por una madrastra
-odiosa y tísica y por niños que
-no eran sus hermanos? ¿Dónde está la
-joven que ha tenido piedad terrestre y no
-ha vuelto con horror las espaldas a este
-crapuloso borracho?» Y El dirá entonces:
-«Ven, yo te he perdonado una vez... yo
-te he perdonado ya una vez... ahora, todos
-tus pecados te son perdonados, porque
-has amado mucho...» Y El perdonará
-a mi Sonia, la perdonará, yo lo sé, lo he
-sentido en mi corazón cuando estaba en
-su casa.... Todos serán juzgados por El
-y El perdonará a todos, a los buenos y
-a los malos, a los sabios y a los pacíficos...
-y cuando haya acabado con ellos, nos
-tocará la vez a nosotros. «Acercaos también,
-nos dirá El; acercaos vosotros los
-borrachos, acercaos los cobardes, acer<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span>caos
-los impúdicos», y nos aproximaremos
-todos sin temor y El nos dirá: «¡Sois
-unos cochinos! ¡Tenéis sobre vosotros la
-marca de la bestia, pero venid también!»
-Y los sabios, los inteligentes dirán: «Señor,
-¿por qué recibes Tú a éstos?» Y El
-responderá: «Yo los recibo ¡oh sabios!
-porque ninguno de ellos se ha creído digno
-de este favor...» Y El nos abrirá los
-brazos y nosotros nos precipitaremos en
-ellos... y nos desharemos en lágrimas...
-y comprenderemos... sí, entonces todo
-será comprendido por todo el mundo, y
-Catalina Ivanovna también comprenderá...
-Señor, vénganos el tu reino.</p>
-
-<p>Falto de fuerzas, se dejó caer en el banco
-sin mirar a nadie, como si desde largo
-rato se hubiese olvidado del lugar en
-que se hallaba y de las personas que le
-rodeaban, y quedó absorto en la visión
-de fantasmas de ultratumba. Sus palabras
-produjeron cierta impresión; durante
-un momento cesó el barullo; pero bien
-pronto volvieron a estallar las risas, mezcladas
-con invectivas:</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien hablado!</p>
-
-<p>&mdash;¡Gruñón!</p>
-
-<p>&mdash;¡Charlatán!</p>
-
-<p>&mdash;¡Burócrata!</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos, señor&mdash;dijo bruscamente
-Marmeladoff, levantando la cabeza y dirigiéndose
-a Raskolnikoff&mdash;; condúzcame
-usted al patio de la casa Kozel... Ya
-es tiempo de que vuelva al lado de mi
-mujer.</p>
-
-<p>Rato hacía ya que el joven deseaba
-irse y se le había ocurrido ofrecer el apoyo
-de su brazo a Marmeladoff. Este último
-tenía las piernas aun menos firmes
-que la voz; de modo que iba casi colgado
-del brazo de su compañero. La distancia
-que tenían que recorrer era de
-doscientos o trescientos pasos. A medida
-que el borracho se acercaba a su domicilio,
-parecía más inquieto y preocupado.</p>
-
-<p>&mdash;No es precisamente de Catalina Ivanovna
-de quien tengo yo ahora miedo&mdash;balbuceaba
-conmovido&mdash;. Ya sé que empezará
-por tirarme de los cabellos; pero,
-¿qué me importa? Me alegro que me tire
-de ellos. No, no es eso lo que me espanta;
-lo que yo temo son sus ojos, sí, sus ojos...
-Temo también las manchas rojas de sus
-mejillas, y me da miedo además su respiración.
-¿Has notado cómo respiran
-los que padecen esa enfermedad... cuando
-experimentan una emoción violenta? Temo
-las lágrimas de los chicos... porque
-si Sonia no les ha llevado algo de comer,
-no sé cómo se las habrán arreglado... no
-lo sé. A los golpes no les tengo miedo...
-sabe, en efecto, que, lejos de hacerme
-sufrir, esos golpes son un gozo para mí...
-Casi no puedo pasar sin ello... Sí, es mejor
-que me pegue, que alivie de ese modo
-el corazón... más vale así; pero he ahí
-la casa Kozel. El propietario es un cerrajero
-alemán, hombre rico... ¡Acompáñeme!...</p>
-
-<p>Después de haber atravesado el patio
-se pusieron a subir al cuarto piso. Eran
-cerca de las once, y, aunque propiamente
-hablando no había aún anochecido
-en San Petersburgo, a medida que subían
-más obscura encontraban la escalera;
-en lo alto la obscuridad era completa.</p>
-
-<p>La puertecilla ahumada que daba al
-descansillo estaba abierta; un cabo de
-vela alumbraba una pobrísima pieza de
-diez pasos de largo. Esta pieza, que desde
-el umbral se veía por completo, estaba en
-el mayor desorden. Había por todos lados
-ropas de niños. Una sábana agujereada,
-extendida de manera conveniente, ocultaba
-uno de los rincones, el más distante
-de la puerta; detrás de este biombo improvisado,
-había, probablemente, una
-cama. Todo el mobiliario consistía en dos
-sillas y un sofá de gutapercha, que tenía
-delante una mesa vieja, de madera de
-pino, sin barnizar y sin tapete. Encima
-de la mesa, en un candelero de hierro se
-consumía el cabo de vela que medio alumbraba
-la pieza. Marmeladoff dormía en
-el pasillo. La puerta que comunicaba con
-los otros cuartos alquilados de Amalia
-Ludvigovna estaba entreabierta, y se
-oía ruido de voces; sin duda, en aquel
-momento jugaban a cartas y tomaban
-te los inquilinos. Se percibían más de lo
-necesario sus gritos, sus carcajadas y sus
-palabras, por extremo libres y atrevidas.</p>
-
-<p>Raskolnikoff reconoció en seguida a
-Catalina Ivanovna. Era una mujer flaca,
-bastante alta y bien formada, pero de
-aspecto muy enfermizo. Conservaba aún
-hermosos cabellos de color castaño y,
-como había dicho Marmeladoff, sus me<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>jillas
-tenían manchas rojizas. Con los
-labios secos, oprimíase el pecho con ambas
-manos, y se paseaba de un lado a otro de
-la misérrima habitación. Su respiración
-era corta y desigual; los ojos le brillaban
-febrilmente y tenía la mirada dura e inmóvil.
-Iluminada por la luz moribunda
-del cabo de vela, su rostro de tísica producía
-penosa impresión. A Raskolnikoff le
-pareció que Catalina Ivanovna no debía
-tener arriba de treinta años; era, en efecto,
-mucho más joven que su marido...
-No advirtió la llegada de los dos hombres;
-parecía que no conservaba la facultad
-de ver ni la de oír.</p>
-
-<p>Hacía en la habitación un calor sofocante,
-y subían de la escalera emanaciones
-infectas; sin embargo, a Catalina Ivanovna
-no se le había ocurrido abrir la
-ventana, ni cerrar la puerta. La del interior,
-solamente entornada, dejaba paso
-a una espesa humareda de tabaco, que
-hacía toser a la enferma; pero ella no se
-cuidaba de tal cosa.</p>
-
-<p>La niña más pequeña, de seis años,
-dormía en el suelo con la cabeza apoyada
-en el sofá; el varoncito, un año mayor
-que la pequeñuela, temblaba llorando
-en un rincón; probablemente acababan de
-pegarle. La mayor, una muchachilla de
-nueve años, delgada y crecidita, llevaba
-una camisa toda rota, y echado sobre los
-hombros desnudos un viejo <i>burnus</i> señoril
-que se le debía haber hecho dos años antes,
-porque al presente no le llegaba más
-que hasta las rodillas.</p>
-
-<p>En pie, en un rincón al lado de su hermanito,
-había pasado el brazo, largo y
-delgado como una cerilla, alrededor del
-cuello del niño y le hablaba muy quedo,
-sin duda para hacerle callar. Sus grandes
-ojos, obscuros, abiertos por el terror, parecían
-aún mayores en aquella carita
-descarnada. Marmeladoff, en vez de entrar
-en el aposento, se arrodilló en la
-puerta; pero invitó a pasar a Raskolnikoff.
-La mujer, al ver un desconocido,
-se detuvo distraídamente ante él, tratando
-de explicarse su presencia. «¿Qué
-se le ha perdido aquí a ese hombre?»&mdash;se
-preguntaba. Pero en seguida supuso
-que el desconocido se dirigía a casa de
-algún otro inquilino, puesto que el cuarto
-de Marmeladoff era un sitio de paso.
-Así, pues, desentendiéndose de aquel
-extraño, se preparaba a abrir la puerta de
-comunicación, cuando de repente lanzó
-un grito: acababa de ver a su marido de
-rodillas en el umbral.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Al fin vuelves?&mdash;dijo, con voz
-en que vibrara la cólera&mdash;. ¡Infame!
-¡Monstruo! A ver, ¿qué dinero llevas en
-los bolsillos? ¿Qué traje es éste? ¿Qué has
-hecho del tuyo? ¿Qué es del dinero?
-¡Habla!</p>
-
-<p>Se apresuró a registrarle. Lejos de oponer
-resistencia, Marmeladoff apartó ambos
-brazos para facilitar el registro de
-los bolsillos. No llevaba encima ni un
-solo kopek.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está el dinero?&mdash;gritaba su
-esposa&mdash;. ¡Oh Dios mío! ¿Es posible
-que se lo haya bebido todo? ¡Doce rublos
-que había en el cofre!...</p>
-
-<p>Acometida de un acceso de rabia agarró
-a su marido por los cabellos y lo arrastró
-violentamente a la sala. No se desmintió
-la paciencia de Marmeladoff: el hombre
-siguió dócilmente a su mujer arrastrándose
-de rodillas tras de ella.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si me da gusto, si no es un dolor
-para mí!&mdash;gritaba, dirigiéndose a su
-acompañante, mientras Catalina Ivanovna
-le zarandeaba con fuerza la cabeza;
-una de las veces le hizo dar con la frente
-un porrazo en el suelo.</p>
-
-<p>La niña, que dormía, se despertó, y se
-echó a llorar. El muchacho, de pie en
-uno de los ángulos de la habitación, no
-pudo soportar este espectáculo, empezó
-a temblar y a dar gritos y se lanzó hacia
-su hermana; el espanto casi le produjo
-convulsiones. La niña mayor temblaba
-como la hoja en el árbol.</p>
-
-<p>&mdash;¡Se lo ha bebido todo; se lo ha bebido
-todo!&mdash;vociferaba Catalina Ivanovna
-en el colmo de la desesperación&mdash;.
-¡Ni siquiera conserva el traje!... ¡Y tienen
-hambre, tienen hambre!&mdash;repetía
-retorciéndose las manos y señalando a
-los niños&mdash;. ¡Oh vida tres veces maldita!
-¿Y a usted cómo no le da vergüenza de
-venir aquí al salir de la taberna?&mdash;añadió
-volviéndose bruscamente hacia Raskolnikoff&mdash;.
-Has estado allí bebiendo con
-él, ¿no es eso? ¿Has estado allí bebiendo
-con él?... ¡Vete, vete!...</p>
-
-<p>El joven no esperó a que se lo repitie<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>sen,
-y se retiraba sin decir una palabra,
-en el momento que la puerta interior se
-abría de par en par y aparecían en el umbral
-muchos curiosos de mirada desvergonzada
-y burlona. Llevaban todos el
-gorro y fumaban unos en pipa y otros cigarrillos.
-Vestían los unos trajes de dormir,
-e iban otros tan ligeros de ropa que
-rayaba en la indecencia; algunos no habían
-dejado los naipes para salir. Lo que
-más les divertía era oír a Marmeladoff,
-arrastrado por los cabellos, gritar que
-aquello le daba gusto.</p>
-
-<p>Empezaban ya los inquilinos a invadir
-la habitación, cuando de repente se
-oyó una voz irritada; era Amalia Ludvigovna
-en persona que, abriéndose paso
-a través del grupo, venía para restablecer
-el orden a su manera. Por centésima
-vez manifestó a la pobre mujer que tenía
-que dejar el cuarto al día siguiente.</p>
-
-<p>Como es de suponer, esta despedida
-fué dada en términos insultantes. Raskolnikoff
-llevaba encima el resto del rublo
-que había cambiado en la taberna. Antes
-de salir tomó del bolsillo un puñado de
-cobres y, sin ser visto, puso las monedas
-en la repisa de la ventana; pero antes de
-bajar la escalera se arrepintió de su generosidad,
-y poco faltó para que subiese
-de nuevo a casa de Marmeladoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Valiente tontería he hecho!&mdash;pensaba&mdash;.
-Ellos cuentan con Sonia, pero yo
-no cuento con nadie&mdash;. Reflexionó, sin
-embargo, que no podía recobrar su dinero
-y que aunque pudiese, no lo haría.
-Después de esta reflexión prosiguió su
-camino&mdash;. Le hace falta pomada a Sonia&mdash;continuó
-diciéndose con burlona
-sonrisa, andando ya por la calle&mdash;. La
-elegancia cuesta dinero... ¡Hum! Según
-se ve Sonia no ha sido muy afortunada
-hoy. La caza del hombre es como la caza
-de los animales silvestres; se corre el
-peligro de volverse uno a casa de vacío.
-De seguro que mañana lo pasarían mal
-sin mi dinero... ¡Ah! ¡Sí, Sonia! ¡La verdad
-es que han encontrado en ella buena
-vaca de leche!... Y se aprovechan bien.
-Esto no les preocupaba nada; se han
-acostumbrado ya a ello. Al principio lloriquearon
-un poco; después se han habituado.
-¡El hombre es cobarde y se hace a
-todo!</p>
-
-<p>Raskolnikoff se quedó pensativo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues bien; si he mentido&mdash;exclamó&mdash;,
-si el hombre no es necesariamente
-un cobarde, debe atropellar todos los
-temores y todos los prejuicios que le detienen!</p>
-
-<div class="chapter">
-<h3>III.</h3></div>
-
-<p>Tarde era cuando al día siguiente se
-despertó tras de un sueño agitado que
-no le devolvió las fuerzas y aumentó, de
-consiguiente, su mal humor. Paseó su mirada
-por el aposento con ojos irritados.
-Aquel cuartito, de seis pies de largo,
-ofrecía un aspecto muy lastimoso con el
-empapelado amarillento lleno de polvo
-y destrozado; además era tan bajo, que
-un hombre de elevada estatura corría
-peligro de chocar con el techo. El mobiliario
-estaba en armonía con el local; tres
-sillas viejas más o menos desvencijadas;
-en un rincón, una mesa de madera pintada,
-en la cual había libros y cuadernos
-cubiertos de polvo, prueba evidente de
-que no se había puesto mano en ellos durante
-mucho tiempo, y en fin, un grande
-y feísimo sofá, cuya tela estaba hecha pedazos.</p>
-
-<p>Este sofá, que ocupaba casi la mitad
-de la habitación, servía de lecho a Raskolnikoff.
-El joven se acostaba a menudo
-allí vestido y sin mantas; se echaba encima,
-a guisa de colcha, su viejo capote
-de estudiante, y convertía en almohada
-un cojín pequeño, bajo el cual ponía, para
-levantarlo, toda su ropa, limpia o sucia.
-Delante del sofá había una mesita.</p>
-
-<p>La misantropía de Raskolnikoff armonizaba
-muy bien con el desaseo de su
-tugurio. Sentía tal aversión a todo rostro
-humano, que solamente el ver la criada
-encargada de asear el cuarto la exasperaba.
-Suele ocurrir esto a algunos monómanos
-preocupados por una idea fija.</p>
-
-<p>Quince días hacía que la patrona había
-cortado los víveres a su pupilo y a
-éste no se le había ocurrido tener una
-explicación con ella.</p>
-
-<p>En cuanto a Anastasia, cocinera y única
-sirvienta de la casa, no le molestaba
-ver al pupilo en aquella disposición de
-ánimo, puesto que así éste daba menos
-que hacer; había cesado por completo de<span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span>
-arreglar el cuarto de Raskolnikoff y de
-sacudir el polvo. A lo sumo, venía una
-vez cada ocho días a dar una escobada.
-En el momento de entrar la criada el joven
-despertó.</p>
-
-<p>&mdash;Levántate. ¿Qué te pasa para dormir
-así? Son las nueve; te traigo te, ¿quieres
-una taza? ¡Huy qué cara! ¡Pareces
-un cadáver!</p>
-
-<p>El inquilino abrió los ojos, se desperezó
-y, reconociendo a Anastasia, le preguntó,
-haciendo un penoso esfuerzo para levantarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me lo envía la patrona?</p>
-
-<p>&mdash;No hay cuidado que se le ocurra semejante
-cosa.</p>
-
-<p>La sirvienta colocó delante del joven
-su propia tetera y puso en la mesa dos
-terroncitos de azúcar morena.</p>
-
-<p>&mdash;Anastasia, toma este dinero&mdash;dijo
-Raskolnikoff sacando del bolsillo unas
-monedas de cobre (también se había acostado
-vestido)&mdash;, y haz el favor de ir a
-buscarme un panecillo blanco. Pásate
-por la salchichería y tráete un poco de
-embutido barato.</p>
-
-<p>&mdash;En seguida te traeré el panecillo; pero
-en lugar de salchicha, ¿no sería mejor
-que tomases un poco de <i>chatchi</i>? Se
-hizo ayer y está muy rico. Te guardé un
-poco... pero como te retiraste tan tarde...
-Está muy bueno.</p>
-
-<p>Fué a buscar el <i>chatchi</i>, y cuando Raskolnikoff
-se puso a comer, la sirvienta
-se sentó a su lado, en el sofá, y empezó
-a charlar como lo que era, como una campesina.</p>
-
-<p>&mdash;Praskovia Pavlona quiere dar parte
-a la policía.</p>
-
-<p>El rostro del joven se alteró.</p>
-
-<p>&mdash;¡A la policía! ¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no le pagas ni quieres irte.
-Ahí tienes el por qué.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio, no me faltaba más que
-esto!&mdash;dijo entre dientes&mdash;. No podría hacerlo
-en peor hora para mí... Esa mujer
-es tonta&mdash;añadió en alta voz&mdash;. Iré a
-verla y le hablaré.</p>
-
-<p>&mdash;Como tonta, lo es ella y lo soy yo.
-Pero tú, que eres inteligente, ¿por qué te
-estás así tendido como un asno? ¿Cómo
-es que no tienes nunca dinero? Según he
-oído decir, antes dabas lecciones. ¿Por
-qué ahora no haces nada?</p>
-
-<p>&mdash;Sí que hago&mdash;respondió secamente
-y como a pesar suyo Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que haces?</p>
-
-<p>&mdash;Cierto trabajo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué trabajo?</p>
-
-<p>&mdash;Medito&mdash;respondió seriamente después
-de una pausa.</p>
-
-<p>Anastasia se echó a reír.</p>
-
-<p>Tenía el carácter alegre; pero cuando
-se reía, era con risa estrepitosa que sacudía
-todo su cuerpo y acababa por hacerle
-daño.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el pensar te proporciona mucho
-dinero?&mdash;preguntó cuando pudo hablar.</p>
-
-<p>&mdash;No se puede ir a dar lecciones cuando
-no tiene uno botas que ponerse. Además,
-desprecio ese dinero.</p>
-
-<p>&mdash;Quizás algún día te pese.</p>
-
-<p>&mdash;Para lo que se gana dando lecciones...
-¿Qué se puede hacer con unos
-cuantos kopeks?&mdash;siguió diciendo con
-tono agrio y dirigiéndose más bien a sí
-mismo que a su interlocutora.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que deseas adquirir de
-golpe la fortuna?</p>
-
-<p>Raskolnikoff la miró con aire extraño,
-y guardó silencio durante algunos momentos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, una fortuna&mdash;dijo luego con energía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes que me das miedo? ¡Eres terrible!
-¿Voy a buscarte el panecillo?</p>
-
-<p>&mdash;Como quieras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, se me olvidaba! Han traído
-una carta para ti.</p>
-
-<p>&mdash;¡Una carta para mí! ¿De quién?</p>
-
-<p>&mdash;No sé de quien; le he dado al cartero
-tres kopeks de mi bolsillo. He hecho
-bien, ¿no es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;¡Tráela, por amor de Dios, tráela!&mdash;exclamó
-Raskolnikoff muy agitado&mdash;.
-¡Señor!</p>
-
-<p>Un minuto después la carta estaba en
-sus manos.</p>
-
-<p>No se había engañado; era de su madre,
-y traía el sello del gobierno de R... Al recibirla,
-no pudo menos de palidecer; hacía
-largo tiempo que no tenía noticias
-de los suyos; otra cosa, además, le oprimía
-violentamente el corazón en aquel
-momento.</p>
-
-<p>&mdash;Anastasia, haz el favor de irte; ahí
-tienes tus tres kopeks; pero, ¡por amor
-de Dios!, vete en seguida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>
-La carta temblaba en sus manos; no
-quería abrirla en presencia de Anastasia,
-y esperó, para comenzar la lectura, a
-que la criada se marchase. Cuando se
-quedó solo, llevó vivamente el papel a
-sus labios y lo besó. Después se puso a
-contemplar atentamente la dirección reconociendo
-los caracteres trazados por
-una mano querida: era la letra fina e inclinada
-de su madre, la cual habíale enseñado
-a leer y escribir. Vacilaba como
-si experimentase cierto temor. Al fin rompió
-el sobre, la carta era muy larga: dos
-hojas de papel comercial escritas por ambos
-lados.</p>
-
-<p class="i2 p2">«Mi querido Rodia&mdash;decíale su madre&mdash;.
-Dos meses ha que no te escribo,
-y esto me hace sufrir hasta el punto de
-quitarme el sueño. Pero, ¿verdad que tú
-me perdonas mi silencio involuntario?
-Tú sabes cuánto te quiero. Dunia y yo
-no tenemos a nadie más que a ti en el
-mundo; tú lo eres todo para nosotras,
-nuestra esperanza, nuestra felicidad en
-el porvenir. No puedes imaginarte lo
-que he sufrido al saber que, al cabo de
-muchos meses, has tenido que dejar la
-Universidad, por carecer de medios de
-existencia, y que no tenías ni lecciones,
-ni recursos de ninguna especie.</p>
-
-<p class="i2">»¡Cómo ayudarte con mis ciento veinte
-rublos de pensión al año! Los quince
-rublos que te mandé hace cuatro meses,
-se los pedí prestados, como sabes,
-a un comerciante de nuestra ciudad, a
-Anastasio Ivanovitch Vakrutchin. Es
-un hombre excelente y un amigo de tu
-padre. Pero habiéndole dado poderes
-para cobrar mi pensión a mi nombre, no
-podía mandarte nada más antes de que
-se reembolsara de lo que me había prestado.</p>
-
-<p class="i2">»Ahora, gracias a Dios, creo que podré
-enviarte algún dinero; por lo demás, me
-apresuro a decirte que estamos en el caso
-de felicitarnos por nuestra fortuna. En
-primer lugar, una cosa que de seguro te
-sorprenderá: tu hermana vive conmigo
-desde hace seis semanas y ya no se separará
-de mi lado. ¡Pobre hija mía! al fin
-acabaron sus tormentos; pero procedamos
-con orden, pues quiero que sepas cómo
-ha pasado todo y lo que hasta aquí te
-habíamos ocultado.</p>
-
-<p class="i2">»Hace dos meses me escribías que habías
-oído hablar de la triste situación en
-que se hallaba Dunia respecto a la familia
-Svidrigailoff y me pedías noticias
-sobre este asunto. ¿Qué podía responderte
-yo? Si te hubiese puesto al corriente
-de los hechos, lo habrías dejado todo para
-venir aquí, aunque hubiera sido a pie,
-porque con tu carácter y tus sentimientos
-no habrías dejado que insultasen a tu
-hermana. Yo estaba desesperada; ¿pero
-qué hacer? Tampoco conocía entonces
-toda la verdad. Lo malo era que Dunetchka<a name="FNanchor_6" id="FNanchor_6" href="#Footnote_6" class="fnanchor">[6]</a>,
-que entró el año último como institutriz
-en esta casa, había recibido adelantados
-cien rublos, que había de pagar
-por medio de un descuento mensual sobre
-sus honorarios; por esta razón ha
-tenido que desempeñar su cargo hasta
-la extinción de la deuda.</p>
-
-<p class="i2">»Esta cantidad (ahora puedo ya decírtelo,
-querido Rodia) se había pedido
-para enviarte los sesenta rublos que tanto
-necesitabas, y que recibiste el año pasado.
-Te engañamos entonces escribiéndote
-que aquel dinero provenía de antiguas
-economías reunidas por Dunetchka.
-No era verdad; ahora te lo confieso; porque
-Dios ha permitido que las cosas tomen
-repentinamente mejor rumbo y también
-para que sepas lo mucho que te
-quiere Dunia y el hermoso corazón que
-tiene.</p>
-
-<p class="i2">»El hecho es que el señor Svidrigailoff
-comenzó por mostrarse grosero con ella;
-en la mesa no cesaba de molestarla con
-descortesías y sarcasmos... mas, ¿para
-qué extenderme en penosos pormenores,
-que no servirían más que para irritarte
-inútilmente, puesto que todo ello ha pasado
-ya? En suma, aunque tratada con
-muchos miramientos y bondad por Marfa
-Petrovna, la mujer de Svidrigailoff,
-y por las otras personas de la casa, Dunetchka
-sufría mucho, sobre todo cuando
-Svidrigailoff, que ha adquirido en el regimiento
-la costumbre de beber, estaba
-bajo la influencia de Baco. Menos mal si
-todo se hubiera limitado a esto... Pero
-figúrate tú que, bajo apariencias de desprecio
-hacia tu hermana, este insensato
-ocultaba una verdadera pasión por Dunia.</p>
-
-<p class="i2"><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>
-»Al fin se quitó la máscara; quiero decir,
-que hizo a Dunetchka proposiciones
-deshonrosas: trató de seducirla con diversas
-promesas declarándole que estaba
-dispuesto a abandonar su familia e
-irse a vivir con Dunia en otra ciudad o en
-el extranjero. ¡Figúrate los sufrimientos
-de tu pobre hermana! No solamente la
-cuestión pecuniaria, de la cual te he hablado,
-le impedía dejar inmediatamente
-el empleo, sino que además temía, procediendo
-de este modo, despertar las sospechas
-de Marfa Petrovna e introducir
-la discordia en la familia.</p>
-
-<p class="i2">»El desenlace llegó de improviso. Marfa
-Petrovna sorprendió inopinadamente
-a su marido en el jardín, en el momento
-en que aquél, con sus instancias, asediaba
-a Dunia, y entendiendo mal la situación,
-atribuyó todo lo que sucedía a la
-pobre muchacha. Hubo entre ellos una
-escena terrible. La señora Svidrigailoff no
-quiso avenirse a razones; estuvo gritando
-durante una hora contra su supuesta
-rival; se olvidó de sí misma, hasta pegarla,
-y, finalmente, la envió a mi casa
-en la carreta de un campesino, sin dejarle
-tiempo aun para hacer la maleta.</p>
-
-<p class="i2">»Todos los objetos de Dunia, ropa
-blanca, vestidos, etc., fueron metidos
-revueltos en la telega<a name="FNanchor_7" id="FNanchor_7" href="#Footnote_7" class="fnanchor">[7]</a>. Llovía a cántaros,
-y, después de haber sufrido aquellos
-insultos, tuvo Dunia que caminar
-diez y siete verstas en compañía de un
-<i>mujik</i><a name="FNanchor_8" id="FNanchor_8" href="#Footnote_8" class="fnanchor">[8]</a>, en un carro sin toldo. Considera
-ahora qué había de escribirte, en
-contestación a la carta tuya de hace dos
-meses. Estaba desesperada; no me atrevía
-a decirte la verdad, porque te habría
-causado una pena hondísima e irritado
-sobremanera. Además, Dunia me lo había
-prohibido. Escribirte para llenar mi
-carta de futesas, te aseguro que era cosa
-que no me sentía capaz de hacer, teniendo
-como tenía el corazón angustiado. A
-continuación de este suceso, fuimos durante
-un mes largo la comidilla del pueblo,
-hasta el extremo de que Dunia y yo
-no podíamos ir a la iglesia sin oír lo que,
-al pasar nosotras, murmuraba la gente
-con aire despreciativo.</p>
-
-<p class="i2">»Todo ello por culpa de Marfa Petrovna,
-la cual había ido difamando a Dunia
-por todas partes. Conocía a mucha gente
-en el pueblo, y durante ese mes venía
-aquí diariamente. Como además es un
-poco charlatana y le gusta tanto hablar
-mal de su marido, pronto propaló la historia,
-no sólo por el pueblo, sino por todo
-el distrito. Mi salud no resistió; pero
-Dunetchka se mostró más fuerte: lejos
-de abatirse ante la calumnia, ella era
-quien me consolaba esforzándose en darme
-valor. ¡Si la hubieses visto! ¡Es un
-ángel!</p>
-
-<p class="i2">»La misericordia divina ha puesto fin
-a nuestros infortunios. El señor Svidrigailoff
-reflexionó, sin duda, y compadecido
-de la joven a quien hubo antes de
-comprometer, puso ante los ojos de Marfa
-Petrovna pruebas convincentes de la inocencia
-de Dunia. Svidrigailoff conservaba
-una carta que, antes de la escena del
-jardín, mi hija se vió obligada a escribirle,
-rehusándole una cita que él le había
-pedido. En esta carta Dunia le echaba
-en cara la indignidad de su conducta
-respecto a su mujer, le recordaba sus deberes
-de padre y esposo y, por último, le
-hacía ver la vileza de perseguir a una joven
-desgraciada y sin defensa.</p>
-
-<p class="i2">»Con esto no le quedó duda alguna a
-Marfa Petrovna de la inocencia de Dunetchka.
-Al día siguiente, que era domingo,
-vino a nuestra casa, y después de
-contárselo todo, abrazó a Dunia y le pidió
-perdón llorando. Después recorrió
-el pueblo, casa por casa, y en todas partes
-rindió espléndido homenaje a la honradez
-de Dunetchka y a la nobleza de
-sus sentimientos y conducta. No contentándose
-con esto, enseñaba a todo el
-mundo y leía en alta voz la carta autógrafa
-de Dunia a Svidrigailoff; hizo además
-sacar de ella muchas copias (lo que
-ya me parece excesivo). Como ves, ha
-rehabilitado por completo a Dunetchka,
-mientras el marido de Marfa Petrovna
-sale de esta aventura cubierto de imborrable
-deshonor. No puedo menos de
-compadecer a ese loco, tan severamente
-castigado.</p>
-
-<p class="i2">»Has de saber, Rodia, que se ha presentado
-para tu hermana un partido, y
-que ella ha dado su consentimiento, cosa<span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span>
-que me apresuro a comunicarte. Tú nos
-perdonarás a Dunia y a mí el haber tomado
-esta resolución sin consultarte,
-cuando sepas que el asunto no admitía
-dilaciones y que era imposible esperar,
-para responder, a que tú nos contestaras.
-Por otra parte, no estando aquí, no podías
-juzgar con conocimiento de causa.</p>
-
-<p class="i2">»Te diré cómo ha pasado todo. El novio,
-Pedro Petrovitch Ludjin, un consejero
-de la Corte de Apelación, es pariente lejano
-de Marfa Petrovna, la cual se ha tomado
-mucho interés por nosotros en esta
-ocasión. Ella fué quien le presentó en
-nuestra casa. Le recibimos convenientemente,
-tomó café con nosotras, y al otro
-día nos escribió una carta muy cortés
-pidiéndonos la mano de tu hermana y solicitando
-una respuesta pronta y categórica.
-Es un hombre muy atareado; está
-en vísperas de regresar a San Petersburgo,
-de manera que no puede perder
-tiempo.</p>
-
-<p class="i2">»Naturalmente, nos quedamos asombradas,
-puesto que no esperábamos un
-cambio tan brusco en nuestra situación.
-Un día entero hemos estado examinando
-el caso tu hermana y yo. Pedro Petrovitch
-está en buena posición; desempeña dos
-cargos y posee ya una considerable fortuna.
-Tiene, es cierto, cuarenta y cinco
-años; pero su aspecto es agradable y
-puede gustar a las mujeres. Es un hombre
-muy bueno; a mí me parece un poco
-frío y altanero. Sin embargo, estas apariencias
-pueden ser engañosas.</p>
-
-<p class="i2">»Ya estás advertido, querido Rodia;
-cuando le veas en San Petersburgo, lo
-que sucederá pronto, no le juzgues con
-demasiada ligereza, ni le condenes, sin
-apelación, como tienes por costumbre,
-si por acaso a primera vista te inspira
-poca simpatía. Te digo esto por decírtelo,
-porque, en rigor, estoy persuadida de que
-te producirá buena impresión. Además,
-por regla general, para conocer a cualquiera
-es menester haberle tratado largo tiempo
-y observádole con cuidado; de lo contrario
-se incurre en errores que luego se
-rectifican difícilmente.</p>
-
-<p class="i2">»Pero en lo tocante a Pedro Petrovitch,
-todo hace creer que es una persona
-muy respetable; ya en su primera visita
-nos ha manifestado que está por lo
-«positivo». Sin embargo, ha dicho, son
-sus propias palabras: «Participo en gran
-parte de las ideas de las generaciones
-modernas y soy enemigo de todos los
-prejuicios». Habló mucho más porque,
-según parece, es un tanto vanidoso y le
-enamoran sus frases; pero esto, en realidad,
-no constituye un grave defecto.</p>
-
-<p class="i2">»Yo, es claro, no he comprendido gran
-cosa de lo que ha hablado, por lo cual
-me limitaré a comunicarte la opinión de
-Dunia: «Aunque de escasa instrucción&mdash;me
-ha dicho&mdash;, es inteligente, y parece
-bueno». Conoces el carácter de tu hermana,
-Rodia; es una joven valerosa, sensata,
-paciente y magnánima, aunque su
-corazón sea muy apasionado como he podido
-comprobar. De seguro que no se
-trata ni por parte de él ni de ella de un
-matrimonio por amor: pero Dunia no es
-tan sólo una muchacha inteligente, su
-alma es de nobleza angelical, su marido
-procurará hacerla feliz, y ella considerará
-como un deber el corresponderle.</p>
-
-<p class="i2">»Hombre de buen entendimiento Pedro
-Petrovitch, debe comprender que la
-felicidad de su esposa será la mejor garantía
-de la suya. Por ejemplo, me ha parecido
-un poco seco; pero esto, sin duda,
-depende de su franqueza. En su segunda
-visita, cuando ya habíamos admitido su
-demanda, nos ha dicho que, aun antes
-de conocer a Dunia, estaba resuelto a no
-casarse más que con una joven honrada
-pero sin dote, y que supiese qué es la pobreza.
-Según él, el hombre no debe sentirse
-obligado a su esposa; vale más que
-ella vea en su marido un bienhechor.</p>
-
-<p class="i2">»No son estas precisamente sus palabras;
-reconozco que se ha explicado en
-términos más delicados; pero yo sólo recuerdo
-el sentido de sus frases. Por lo demás,
-ha hablado sin premeditación; evidentemente
-la frase, se le ha escapado sin
-intención, y aun ha tratado de atenuar
-su crudeza. Sin embargo, he encontrado
-un poco dura su manera de expresarse,
-y así se lo he dicho a Dunia. Pero ella me
-ha contestado, con algo de mal humor,
-que las palabras no son más que palabras,
-y que, en último término, lo que él opina
-es justo. Durante la noche que ha precedido
-a su determinación, Dunetchka
-no ha podido conciliar el sueño. Creyén<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>dome
-dormida se levantó de la cama para
-pasearse arriba y abajo de la alcoba. Por
-último, se puso de rodillas y, después de
-una larga y ferviente plegaria ante la
-imagen, me declaró al día siguiente por
-la mañana que había tomado su resolución.</p>
-
-<p class="i2">»Te he dicho ya que Pedro Petrovitch
-debía regresar inmediatamente a San
-Petersburgo, donde le llamaban graves
-intereses y donde quiere abrir su estudio
-de abogado. Desde hace tiempo se ocupa
-en asuntos de abogacía; acaba de ganar
-una causa importante, y su viaje a
-San Petersburgo es motivado por un negocio
-de interés que se debe tratar en el
-Senado. En estas condiciones, hijo mío,
-está en camino de servirte mucho, y Dunia
-y yo hemos pensado que podrás, bajo
-sus auspicios, comenzar tu futura carrera.
-¡Ah, si esto se realizase!</p>
-
-<p class="i2">»Tan ventajoso sería para ti, que habría
-que atribuirlo a un favor especial
-de la divina Providencia.</p>
-
-<p class="i2">»Dunia no piensa en otra cosa. Hemos
-hecho ya alguna indicación a Pedro Petrovitch,
-que se ha expresado con cierta
-reserva: «Sin duda, ha dicho, como yo
-tengo necesidad de un secretario, mejor
-le confiaría este puesto a un pariente que
-a un extraño, con tal de que sea capaz de
-desempeñarlo.» ¡Figúrate si serás tú capaz!
-A mí me ha parecido que teme que
-tus estudios universitarios te impidan
-ocuparte en su bufete. Por esta vez la
-conversación no ha pasado adelante; pero
-Dunia no tiene otra cosa en la cabeza; su
-imaginación, ya exaltada, te ve trabajando
-bajo la dirección de Pedro Petrovitch,
-y hasta asociado a sus negocios,
-tanto más, cuanto que sigues la misma
-carrera suya; yo pienso lo mismo que ella,
-y sus proyectos para tu porvenir me parecen
-muy realizables.</p>
-
-<p class="i2">»A pesar de la respuesta evasiva de
-Pedro Petrovitch, la cual se comprende
-perfectamente, puesto que no te conoce,
-Dunia cuenta con su legítima influencia
-de esposa para arreglarlo todo en armonía
-con nuestros comunes deseos. Huelga
-decir que hemos procurado dar a entender
-a Pedro Petrovitch que tú podrías
-ser, andando el tiempo, su socio. Es un
-hombre positivo, y acaso no hubiese mirado
-con buenos ojos lo que hasta ahora
-sólo le habrá parecido un sueño.</p>
-
-<p class="i2">»Quiero también decirte una cosa, querido
-Rodia. Por ciertas razones, que nada
-tienen que ver con Pedro Petrovitch, y
-que quizá no sean más que rarezas de
-vieja, creo que después de la boda debo
-seguir en mi casa, en vez de irme a vivir
-con ellos. No dudo que Pedro Petrovitch
-será bastante atento y delicado para instarme
-a que no me separe de mi hija; si
-hasta ahora no me lo ha insinuado, es
-sin duda porque cree que no se ha de hablar
-de una cosa que cae por su peso;
-pero yo tengo intención de rehusar.</p>
-
-<p class="i2">»Si es posible, me estableceré cerca de
-vosotros, porque te advierto, querido
-Rodia, que he guardado lo mejor para el
-final. Has de saber, hijo mío, que de aquí
-a poco tiempo nos veremos, y podremos
-abrazarnos después de tres años de separación.
-Está decidido que Dunia y yo
-vayamos a San Petersburgo. ¿Cuándo?
-No lo sé a punto fijo; pero será bien pronto,
-quizá dentro de ocho días. Todo depende
-de Pedro Petrovitch, que nos enviará
-sus instrucciones cuando haya arreglado
-sus asuntos en ésa y apresurado
-la boda. A ser posible desea que el matrimonio
-se efectúe el carnaval, o a más
-tardar, después de la cuaresma de la
-Asunción. ¡Oh, con qué alegría te estrecharé
-entre mis brazos!</p>
-
-<p class="i2">»Dunia está enajenada de júbilo ante
-la idea de volver a verte; y me ha dicho
-una vez bromeando que, aunque no fuese
-más que por esto, se casaría de buena
-gana con Pedro Petrovitch. ¡Es un ángel!
-No añade nada a esta carta, porque tendría,
-según ella, demasiadas cosas que
-contarte, y, siendo esto así, no vale la pena
-de escribirte unas cuantas líneas. Me
-encarga que te envíe cariñosísimos recuerdos
-de su parte. Aunque estamos en
-vísperas de reunirnos, pienso, sin embargo,
-remitirte todo el dinero que pueda.
-En cuanto se ha sabido que Dunetchka
-iba a casarse con Pedro Petrovitch, nuestro
-crédito ha aumentado de un modo
-considerable, y sé, a ciencia cierta, que
-Anastasio Ivanovitch está dispuesto a
-adelantarme sobre mi pensión hasta 70
-rublos.</p>
-
-<p class="i2">»Te mandaré, pues, dentro de unos<span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span>
-días 25 o 30 rublos. Te mandaría de buena
-gana mayor cantidad si no temiese
-que llegara a faltarme dinero para el viaje.
-Es verdad que Pedro Petrovitch
-tiene la bondad de encargarse de una
-parte de nuestros gastos de viaje; a
-sus expensas nos van a proporcionar
-un gran cajón para empaquetar nuestros
-efectos; pero nosotros tenemos que
-pagar nuestros billetes, hasta San Petersburgo,
-y no es cosa de que lleguemos
-a esa capital sin ningún kopek.</p>
-
-<p class="i2">»Dunia y yo lo hemos calculado todo;
-el viaje no nos saldrá muy caro. Desde
-nuestra casa al tren no hay más que noventa
-verstas, y hemos ajustado con un
-campesino, conocido nuestro, que nos
-lleve en su carro a la estación; en seguida
-nos meteremos muy satisfechas en un
-coche de tercera. En resumen: después
-de echar mis cuentas, son 30 rublos, y
-no 25, los que voy a tener el placer de
-remitirte.</p>
-
-<p class="i2">»Ahora, mi querido Rodia, te abrazo,
-esperando nuestra próxima entrevista,
-y te envío mi bendición maternal. Quiere
-mucho a Dunia, a tu hermana. ¡Oh
-Rodia!, sabe que te quiere infinitamente
-más que a sí misma; págala con el mismo
-afecto. Ella es un ángel, y tú lo eres todo
-para nosotras, toda nuestra esperanza,
-toda nuestra futura felicidad. Con tal
-que tú seas dichoso, lo seremos nosotras.</p>
-
-<p class="i2">»Adiós, o más bien, hasta la vista. Te
-beso mil veces.</p>
-
-<p class="i2">»Tuya hasta la muerte.</p>
-
-<p class="p2">Durante la lectura de esta carta se le
-saltaron varias veces las lágrimas al joven;
-pero cuando la hubo terminado se
-dibujó en su rostro, pálido y convulsivo,
-una amarga sonrisa. Apoyando la cabeza
-sobre su nauseabundo cojín, permaneció
-pensativo durante largo tiempo. Latíale
-el corazón con fuerza y sus ideas se
-confundían. Por último, se sintió como sofocado
-en aquel cuartucho amarillento
-que parecía un armario o un baúl. Su
-ser físico y moral tenía necesidad de
-espacio.</p>
-
-<p>Tomó el sombrero y salió, sin temor
-esta vez a encontrar a nadie en la escalera.
-No pensaba en la patrona. Se dirigió
-hacia la plaza de Basilio Ostroff por
-la perspectiva V***. Andaba rápidamente
-como el que tiene que atender a muchos
-negocios importantes a la vez; pero,
-según costumbre, no se fijaba en nadie,
-murmuraba para sí y aun <i>monologueaba</i>
-en alta voz, lo que asombraba a los paseantes.
-Algunos lo creían borracho.</p>
-
-
-<div class="chapter">
-<h3>IV.</h3></div>
-
-<p>La carta de su madre le había impresionado
-extraordinariamente; pero el asunto
-principal de ella no le hizo vacilar ni
-un momento. Desde el primer instante,
-aun antes de acabar de leerla, tenía tomada
-ya su resolución.</p>
-
-<p>«En tanto que yo viva no se celebrará
-este matrimonio; que se vaya al diablo
-el señor Ludjin.</p>
-
-<p>»¡La cosa está bien clara!&mdash;murmuraba
-sonriendo, con aire de triunfo como
-si tuviese la clave de lo sucedido&mdash;. ¡No,
-madre; no, Dunia! ¡no lograréis engañarme!...
-¡Y todavía se disculpan de no haberme
-pedido mi opinión, y por haber
-resuelto el asunto sin mí! ¡Ya lo creo,
-suponen que no es posible romper la
-unión proyectada! ¡Eso ya lo veremos!
-¿Y qué razón es la que alegan? «Pedro
-Petrovitch es un hombre tan ocupado,
-que sólo puede casarse a toda prisa.»</p>
-
-<p>»No, Dunetchka, no; lo adivino todo.
-Sé lo que querías comunicarme, sé también
-lo que pensabas durante toda la noche
-que has pasado paseándote por tu habitación
-o rezando a Nuestra Señora de Kazán,
-cuya imagen está en la alcoba de nuestra
-madre. ¡Qué penosa es la subida del Gólgota!...
-¡Oh!... Está bien combinado; te
-casas con un hombre de negocios, muy
-práctico y que posee ya un capital (lo
-cual es de tenerse muy en cuenta), que
-tiene dos empleos y que participa, según
-mamá, de las ideas de las modernas generaciones.
-Dunetchka misma observa
-que le «parece» bueno; ¡ese <i>parece</i> es muy
-significativo! Bajo la fe de una apariencia,
-Dunetchka va a casarse con él...
-¡Admirable!... ¡Admirable!...</p>
-
-<p>»Me gustaría saber por qué mi madre
-ha hablado en su carta de las «generaciones
-modernas». ¿Es sencillamente para
-caracterizar el personaje, o ha sido con ob<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>jeto
-de captar mis simpatías para el señor
-Ludjin? ¡Vaya una estratagema! Hay
-una circunstancia que desearía esclarecer.
-¿Hasta qué punto han sido francas,
-durante el día y la noche que precedieron
-a la resolución de Dunetchka? ¿Hubo
-entre ellas una explicación formal, o se
-comprendieron mutuamente sin tener
-casi necesidad de cambiar sus ideas? A
-juzgar por la carta, me inclinaría más bien
-hacia esta última suposición: mi madre le
-ha encontrado un poco seco, y en su candidez,
-ha comunicado su observación a
-Dunia. Pero ésta, naturalmente, se ha
-enfadado y respondió de <i>mal humor</i>.</p>
-
-<p>»¡Lo comprendo! desde el momento en
-que la decisión estaba tomada, no había
-que volver sobre ella; la advertencia de
-mi madre era, por lo menos, inútil. ¿Y
-por qué me escribe diciéndome: «quiere
-a Dunia, ¡oh Rodia!, porque ella te quiere
-más que a sí misma»? ¿Le remordería
-la conciencia por haber sacrificado su
-hija a su hijo? «Tú eres nuestra felicidad
-en el porvenir, tú lo eres todo para nosotras.»
-¡Oh madre mía!...</p>
-
-<p>Por instantes aumentaba la indignación
-de Raskolnikoff, y si entonces hubiera
-encontrado al señor Ludjin, probablemente
-le habría matado.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;continuó, siguiendo el
-vuelo de los pensamientos que le hervían
-en la cabeza&mdash;; «es verdad que, para
-conocer a cualquiera, es preciso haberle
-tratado largamente y observádole con
-cuidado.» ¡Pero el señor Ludjin no es difícil
-de descifrar! Ante todo, es un hombre
-de negocios y <i>parece</i> bueno. Aquello
-de «quiero proporcionaros un gran cajón»
-es verdaderamente chusco. ¿Cómo
-dudar, en vista de este rasgo tan rumboso,
-de su bondad? Su futura y su suegra
-van a ponerse en camino en el carro de
-un campesino sin más defensa contra la
-lluvia que un mal toldo... ¡Qué importa!
-el trayecto hasta la estación no es más
-que de noventa verstas; «en seguida entraremos
-en un coche de tercera», para
-recorrer mil verstas; tiene razón; es preciso
-cortar el traje según la tela; pero usted,
-señor Ludjin, ¿en qué piensa usted?
-Vamos a ver, ¿no se trata de su futura
-esposa? ¿Y cómo puede usted ignorar
-que para emprender semejante viaje
-tiene la madre que tomar un préstamo sobre
-su pensión? Sin duda, con el espíritu
-mercantil que usted posee, ha considerado
-que esta boda es un negocio a
-medias, y que, por consiguiente, cada
-asociado debe suministrar la parte que le
-corresponde; pero usted ha arrimado demasiado
-el ascua a su sardina; no hay paridad
-entre lo que cuesta un cajón y lo
-que cuesta el viaje.</p>
-
-<p>»¿Es que no se hacen cargo de estas
-cosas, o que fingen no verlo? Lo cierto
-es que parecen contentas. Sin embargo,
-¿qué frutos pueden esperarse de tales
-flores? Lo que me irrita en ese extraño
-sujeto, es más la tacañería que su proceder:
-el amante da señal de lo que será el
-marido. Y mamá, que tira el dinero por
-la ventana, ¿con qué llegará a San Petersburgo?
-Con tres rublos o tres billetitos,
-como decía aquella vieja... ¡Hum!
-¿Con qué recursos cuenta para vivir
-aquí? Por ciertos indicios, ha comprendido
-que después del matrimonio no podrá
-vivir con Dunia. Alguna palabra se
-le ha <i>escapado</i> a ese amable señor, que
-ha sido sin duda un rayo de luz para mi
-madre, aunque ella se esfuerce en cerrar
-los ojos a la evidencia.</p>
-
-<p>«Tengo intención de rehusar»&mdash;me dice&mdash;;
-pero entonces, ¿con qué medios de
-existencia cuenta? ¿Con los 120 rublos
-de pensión, de los cuales será preciso descontar
-la suma prestada por Anastasio
-Ivanovitch? Allá en nuestro pueblo, mi
-pobre madre se quema los ojos haciendo
-toquillas de punto de lana y bordando
-mangas. Pero este trabajo no le da más
-que 20 rublos al año. Luego, a pesar de
-todo, pone su esperanza en los sentimientos
-generosos del señor Ludjin. «Me
-instará a que no me separe de mi hija.»
-¡Sí, fíate!</p>
-
-<p>»Pase por mamá; ella es así; es su modo
-de ser; pero, ¿y Dunia?</p>
-
-<p>»Es posible que no comprenda a ese
-hombre. ¡Y consiente en casarse con él!
-Yo sé que ama mil veces más la libertad
-de su alma que el bienestar material.
-Antes que renunciar a ella, comería pan
-negro con un sorbo de agua; no la daría
-por todo el Slesvig-Holstein, cuanto más
-por el señor Ludjin. No, la Dunia que yo
-conozco no es capaz de eso, y de seguro<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>
-no ha cambiado. ¿Qué quiere decir entonces?
-Penoso es vivir en casa de los
-Svidrigailoff, andar rondando de provincia
-en provincia, pasar toda la vida dando
-lecciones que producen al año 200 rublos;
-eso es muy duro, ciertamente; sin
-embargo, yo sé que mi hermana iría a
-trabajar a casa de un plantador de América
-o a la de un alemán de Lituania, antes
-que envilecerse, encadenando por puro
-interés personal su existencia a la de
-un hombre a quien no estima y con
-quien no tiene nada de común. Cargado
-de oro puro y de diamantes podría
-estar el señor Ludjin, y mi hermana no
-consentiría en ser la manceba legítima
-de ese hombre. Y siendo esto así, ¿por
-qué se ha resuelto a casarse? ¿Cuál es la
-clave de este enigma? La cosa es bastante
-clara; para procurarse a sí misma una
-posición, ni siquiera para librarse de la
-muerte, no se vendería jamás; pero lo
-hace por un ser querido, adorado. Esta
-es la explicación de todo el misterio: se
-vende por su madre, se vende por su hermano.
-¡Y lo vende todo! Eso es, violentemos
-nuestro sentimiento moral, pongamos
-en público mercado nuestra libertad,
-nuestro reposo, nuestra misma
-conciencia, todo, todo... ¡Perezca nuestra
-vida, con tal de que los seres queridos
-sean felices! Hagamos más todavía, imitemos
-la casuística sutil de los jesuítas,
-transijamos con nuestros escrúpulos y
-persuadámonos de que es preciso proceder
-de este modo, que la excelencia del
-fin justifica los medios. Ved aquí cómo
-somos... esto es claro como la luz. Es evidente
-que en el primer término se encuentra
-Rodión Romanovitch Raskolnikoff.
-Hay que asegurarle la felicidad,
-suministrarle medios para terminar sus
-estudios universitarios, que llegue a ser
-el socio de Ludjin, que alcance, si es posible,
-la fortuna, el renombre y la gloria.
-¿Y la madre? Ella no ve más que a su
-hijo, a su primogénito. ¿Cómo no ha de
-sacrificar su hija a este hijo, objeto de sus
-predilecciones? ¡Corazones tiernos, pero
-injustos!</p>
-
-<p>»¡Oh! es la suerte de Sonetchka la que
-aceptáis... Sonetchka Marmeladoff, la
-eterna Sonetchka, que durará tanto como
-el mundo. ¿Habéis medido bien las dos
-la extensión de vuestro sacrificio? ¿Sabes
-tú, Dunetchka, hermana mía, que
-vivir con el señor Ludjin es ponerse al
-nivel de Sonetchka? «En este matrimonio
-no puede haber amor», escribe mi
-madre. Pues bien, si no puede haber
-amor ni estimación, sino, por el contrario,
-disgusto, repulsión y alejamiento,
-¿en qué se diferencia este enlace del
-concubinato o de la prostitución? Más
-disculpable sería aún Sonetchka, puesto
-que ella se ha vendido no para procurarse
-el bienestar, sino porque veía
-la miseria y el hambre, el hambre verdadera
-llamar a la puerta de su casa.</p>
-
-<p>»Y si llega el momento de que el peso
-sea superior a vuestras fuerzas, si os arrepentís
-de lo que habéis hecho, ¡qué dolores,
-qué de maldiciones, qué de lágrimas
-secretamente vertidas, porque vosotras
-no sois como Marfa Petrovna! ¿Qué sería
-de vuestra madre cuando viese ciertas
-cosas que yo preveo? Ahora está inquieta,
-atormentada, pero, ¿qué será cuando
-vea las cosas tal como son en realidad?
-¿Y yo? ¿Por qué habéis pensado en mí?
-Yo no acepto tu sacrificio, Dunetchka,
-no lo acepto. Mientras yo viva, no se celebrará
-esa boda.»</p>
-
-<p>Se detuvo, quedándose como ensimismado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que no se celebrará! ¿Qué puedes
-hacer tú para impedirlo? ¿Oponer tu
-<i>veto</i>? ¿Con qué derecho podrías hacerlo?
-¿Qué podrías ofrecer por tu parte? ¿Les
-prometerías consagrarles toda tu vida,
-todo tu porvenir, <i>cuando hayas terminado
-tus estudios</i> y encontrado una colocación?
-Eso es lo futuro, y aquí se trata de
-hacer algo por el presente. ¿Y qué es lo
-que ahora haces? ¡Arruinarlas! ¡Obligas
-a una a pedir prestado sobre una pensión
-y a la otra a solicitar un anticipo,
-sobre su sueldo, a los Svidrigailoff! So
-pretexto de que puedes llegar a ser millonario,
-pretendes disponer despóticamente
-de su suerte; pero, ¿puedes, en la
-actualidad, atender a sus necesidades?
-Tal vez podrás hacerlo cuando hayan
-transcurrido diez años; pero entonces
-tu madre habráse quedado ciega a fuerza
-de trabajar y llorar, y las privaciones
-habrán destruído su salud. ¿Y tu hermana?
-Vamos, Rodión, recapacita sobre los<span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span>
-peligros que las amenazan durante estos
-diez años.</p>
-
-<p>Experimentaba cierto punzante placer
-al hacerse estas dolorosas preguntas
-que, en rigor, no eran nuevas para él.
-Desde hacía tiempo le atormentaban incesantemente
-exigiéndole con imperio
-respuestas que él no encontraba. La carta
-de su madre acababa de herirle como
-un rayo. Comprendía que era pasado ya
-el tiempo de las lamentaciones estériles,
-que no trataba ya de razonar sino de hacer
-algo inmediatamente, costase lo que
-costase; era preciso tomar una resolución
-cualquiera.</p>
-
-<p>&mdash;¡O renunciar a la vida&mdash;exclamó&mdash;aceptando
-el destino tal cual es, sofocando
-en mi alma todas mis aspiraciones,
-abdicando definitivamente mi derecho
-a ser, a vivir, a amar!</p>
-
-<p>Rodión se acordó de repente de las
-palabras dichas el día antes por Marmeladoff:
-«¿Comprende usted, comprende
-usted, señor, lo que significa esta frase:
-No tener ya adónde ir?»</p>
-
-<p>Acababa de presentarse ante su espíritu
-un pensamiento que también se le
-había ocurrido la víspera, y se estremeció.
-No era el retorno de este pensamiento lo
-que le hacía temblar, pues ya sabía que
-había de volver y lo esperaba, sino que
-esta idea no era exactamente igual a la
-de la víspera y consistía la diferencia
-en lo siguiente: lo que un mes antes, y
-aun el día antes, no era más que un sueño,
-surgía entonces bajo una nueva forma
-espantosa, desconocida. El joven tenía
-conciencia de este cambio... Sentía como
-un zumbido en el cerebro y una nube le
-cubría los ojos.</p>
-
-<p>Se apresuró a mirar en torno suyo,
-como si buscase algo. Sentía ganas de
-sentarse, y lo que buscaba era un banco.
-Se encontraba entonces en la avenida de
-K***. A cien pasos de distancia, en efecto,
-había un banco. Apresuró el paso
-cuanto pudo, pero durante el breve trayecto
-le ocurrió un incidente, que durante
-algunos momentos, ocupó por completo
-su atención. En tanto que miraba hacia
-el banco, reparó en una mujer que caminaba
-a veinte pasos de él. Al pronto
-no puso más atención en ella que en los
-diferentes objetos que encontró al paso.
-Le ocurría muchas veces volver a su casa
-sin acordarse del camino recorrido.
-Andaba de ordinario sin ver nada. Pero
-en aquella mujer se notaba algo tan extraño
-a primera vista, que Raskolnikoff
-no pudo menos de advertirlo.</p>
-
-<p>Poco a poco, a la sorpresa sucedió una
-curiosidad, contra la cual trató al pronto
-de luchar, pero que acabó por ser más
-fuerte que su voluntad. Le entró de repente
-el deseo de saber qué era lo que había
-de extraño en la mujer aquella. Según
-todas las apariencias, debía ser muy
-joven. A pesar del calor, iba sin nada en
-la cabeza, sin sombrilla y sin guantes,
-moviendo los brazos de una manera ridícula.
-Llevaba al cuello un pañolito pequeño
-y un vestido ligero, de seda, puesto
-de una manera singular, mal abrochado
-y desgarrado por detrás, cerca de la
-cintura. Un pedazo flotaba a derecha e
-izquierda. Para colmo de rareza, la joven,
-muy poco firme, andaba haciendo
-eses. Este recuerdo acabó de excitar toda
-la curiosidad de Raskolnikoff, el cual se
-reunió con la joven en el momento que
-ésta llegaba al banco. La muchacha se
-tendió más bien que se sentó, puso la cabeza
-en el respaldo y cerró los ojos como
-una persona quebrantada por la fatiga.
-Al examinarla, comprendió Raskolnikoff
-que estaba embriagada, y la cosa
-le pareció tan extraña, que no podía dar
-crédito a sus propios ojos. Tenía ante él
-una carita casi infantil que apenas representaba
-diez y seis años, quizá solamente
-quince. Aquella cara, rodeada de
-cabellos rubios, era muy linda pero estaba
-como arrebatada y un poco hinchada.
-Parecía que la joven no tenía conciencia
-de sus actos. Estaba con las piernas cruzadas
-una sobre la otra en actitud muy
-poco decorosa, y todos los indicios hacían
-suponer que no se daba cuenta del
-lugar donde se hallaba.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no se sentaba ni quería
-irse, y permanecía en pie frente a ella,
-sin saber qué resolver. Era más de la una
-y hacía un calor insoportable; así es que
-la avenida, que a otras horas suele estar
-muy concurrida, estaba casi desierta.
-Sin embargo, a quince pasos de distancia
-se mantenía apartado, en la cuneta del
-paseo, un señor que evidentemente desea<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>ba
-aproximarse a la joven con ciertas
-intenciones. También, sin duda, la había
-visto de lejos y puéstose a seguirla; pero
-la presencia de Raskolnikoff le embarazaba.
-Echaba, disimuladamente, es verdad,
-miradas irritadas a este último y
-esperaba con impaciencia el momento
-en que aquel «descamisado» le cediese
-el puesto. Nada más claro. El tal caballero,
-vestido muy elegantemente, era
-de unos treinta años, grueso, fuerte, de
-tez rojiza, de labios rosados y fino bigote.
-Raskolnikoff, invadido de violenta
-cólera, y deseoso de insultarle, se apartó
-un instante de la joven y se aproximó
-al señor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, Svidrigailoff!&mdash;exclamó el joven
-apretando los puños y riendo sardónicamente,
-lo que hacía que los labios
-se le cubriesen de espuma.</p>
-
-<p>El elegante frunció las cejas, y su fisonomía
-tomó un aspecto de altanero estupor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significa esto?&mdash;continuó con
-un tono despreciativo.</p>
-
-<p>&mdash;Esto significa que es preciso que se
-vaya con la música a otra parte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo te atreves, canalla...?</p>
-
-<p>Y levantó el bastón; pero Raskolnikoff,
-con los puños cerrados, se lanzó sobre
-el grueso señor, sin pensar que éste
-habría dado fácilmente cuenta de dos
-adversarios como él. Mas en aquel momento
-alguien asió por detrás a Raskolnikoff:
-era un guardia que acertó a pasar
-casualmente junto a ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calma, señores; no se peguen ustedes
-en la vía pública! ¿Qué le pasa a
-usted? ¿Quién es usted?&mdash;preguntó severamente
-a Raskolnikoff, fijándose en
-su miserable aspecto.</p>
-
-<p>Raskolnikoff miró con atención a quien
-le hablaba. El guardia, con sus bigotes
-blancos, tenía cara de soldado veterano;
-parecía, además, inteligente.</p>
-
-<p>&mdash;De usted precisamente tenía necesidad&mdash;dijo
-el joven, y agarró por el brazo
-al guardia&mdash;. Soy un antiguo estudiante;
-me llamo Raskolnikoff. Usted puede
-también oírlo&mdash;añadió, dirigiéndose al
-caballero&mdash;; venga usted conmigo&mdash;y,
-sin soltar al guardia, le llevó hasta el
-banco&mdash;. Mire usted, esa joven se halla
-en completo estado de embriaguez; hace
-un momento se paseaba por la avenida;
-es difícil averiguar su posición social;
-pero no parece mujer de vida alegre.
-Lo más probable es que la hayan
-emborrachado, y abusado de ella después...
-¿Comprende usted?... Luego, ebria
-como estaba, la han echado a la calle.
-Vea usted los jirones que tiene el traje;
-repare usted cómo lo lleva puesto; esta
-joven no se ha vestido por sí misma, la
-han vestido manos inexpertas, seguramente
-manos de hombre. Fíjese usted.
-Este buen señor, con quien quería agarrarme
-hace un momento, a quien no
-conozco, a quien veo por primera vez,
-advirtiendo que esta muchacha está
-ebria y que no tiene conciencia de nada,
-ha querido aprovecharse de su estado para
-llevarla Dios sabe adónde. Esté usted
-seguro de que no le engaño; he visto cómo
-la miraba y la seguía; pero como
-mi presencia le estropeaba la combinación
-esperaba que me marchase... Vea
-usted cómo se ha separado de nosotros,
-y con qué aire de importancia hace un
-cigarrillo... ¿Cómo libraremos a esta joven
-de sus insidias? ¿De qué modo hacer
-que se vuelva a su casa? Piense usted
-un poco en esto...</p>
-
-<p>El guardia se hizo cargo inmediatamente
-de la situación y se puso a reflexionar.
-No había duda respecto a las intenciones
-del caballero, pero quedaba
-la muchacha. El soldado se inclinó hacia
-ella para examinarla de cerca, y en su
-semblante se dibujó verdadera compasión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, qué desgracia!&mdash;dijo moviendo
-la cabeza&mdash;. Es todavía una niña. De
-seguro se la ha tendido un lazo. Escuche,
-señorita; ¿dónde vive usted?</p>
-
-<p>La joven levantó pesadamente los párpados
-y miró a los dos hombres con expresión
-imbécil e hizo un gesto como
-para rechazarlos.</p>
-
-<p>Raskolnikoff sacó del bolsillo veinte
-kopeks.</p>
-
-<p>&mdash;Tome usted&mdash;dijo al guardia&mdash;: tome
-usted un coche y llévela a su casa. Sólo
-falta que nos dé su dirección.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señorita, eh, señorita!&mdash;dijo de nuevo
-el guardia, después de tomar el dinero&mdash;.
-Voy a buscar un coche, y yo mismo
-la conduciré a usted a su casa. ¿Adón<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>de
-hay que llevarla? ¿Dónde vive usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh Dios mío!... ¡Me prenden!&mdash;murmuró
-la joven con el mismo movimiento
-de antes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Qué ignominia! ¡Qué infamia!&mdash;dijo
-el soldado, sintiendo a la vez piedad
-e indignación&mdash;. ¡Vaya un apuro!&mdash;añadió
-dirigiéndose a Raskolnikoff, a
-quien miró de nuevo de pies a cabeza.</p>
-
-<p>Aquel desharrapado tan dispuesto a
-dar dinero, le parecía enigmático.</p>
-
-<p>&mdash;¿La ha encontrado usted muy lejos
-de aquí?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Ya le he dicho que iba delante de
-mí, por la avenida, tambaleándose. Apenas
-llegó a este banco, se dejó caer en él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Qué infamias se cometen en
-el mundo, señor! ¡Tan joven... y borracha!
-¡La han engañado, de seguro! ¡Tiene
-la ropa desgarrada!... ¡Oh, cuánto vicio
-hay en el día!... Quizá sean sus padres
-nobles arruinados. ¡Hay tantos ahora!
-Parece una señorita de buena familia.</p>
-
-<p>Acaso el guardia era padre de hijas
-bien educadas, a las cuales pidiera tomarse
-por muchachas de buena familia.</p>
-
-<p>&mdash;Lo esencial&mdash;dijo Raskolnikoff&mdash;es
-impedir que caiga en las manos de ese
-hombre. De fijo que el bribón no ha desistido
-de su propósito. ¡Allí sigue!</p>
-
-<p>Al decir estas palabras, el joven levantó
-la voz e indicó con un ademán al
-caballero. Este, al oír lo que de él se decía,
-hizo ademán de enfadarse; pero después,
-pensándolo mejor, se limitó a lanzar
-a su enemigo una mirada despreciativa
-y se alejó otros diez pasos, deteniéndose
-de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no se saldrá con la suya ese señor&mdash;respondió
-con aire pensativo el
-guardia&mdash;; si dijese dónde vive... pero
-no sabiéndolo... Señorita, ¡eh! señorita&mdash;añadió
-dirigiéndose otra vez a la joven.</p>
-
-<p>De repente, la muchacha abrió los
-ojos y miró atentamente, como si un rayo
-de luz iluminase su espíritu. Se levantó
-y echó a andar en dirección opuesta
-a la que había llevado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya con los sinvergüenzas! ¡qué
-manera de asediar a una!&mdash;dijo extendiendo
-de nuevo el brazo como para
-apartar a alguien.</p>
-
-<p>Iba de prisa; pero con paso siempre
-poco seguro. El elegante se puso a seguirla,
-aunque por el otro lado del paseo,
-sin perderla de vista.</p>
-
-<p>&mdash;Esté usted tranquilo; repito que no
-se saldrá con la suya&mdash;dijo resueltamente
-el guardia, y partió en seguimiento de
-la joven&mdash;. ¡Ah! ¡cuánto vicio hay ahora!&mdash;repitió,
-exhalando un suspiro.</p>
-
-<p>En aquel momento debió operarse un
-cambio tan completo como repentino en
-el ánimo de Raskolnikoff, porque dirigiéndose
-al guardia gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Escuche usted.</p>
-
-<p>El interpelado se volvió.</p>
-
-<p>&mdash;¡Déjela usted! ¿Por qué se ha de
-mezclar usted en esto? ¡que se divierta
-(y señalaba al elegante) si quiere! A usted,
-¿qué más le da?</p>
-
-<p>El soldado no comprendió este lenguaje,
-y miró asombrado a Raskolnikoff,
-que se echó a reír.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea!&mdash;dijo el guardia agitando el
-brazo.</p>
-
-<p>Después se alejó detrás del señor elegante
-y de la muchacha. Probablemente
-habría tomado a Raskolnikoff por un
-loco o por algo peor.</p>
-
-<p>&mdash;Se me ha llevado mis veinte kopeks&mdash;dijo
-éste con cólera cuando se quedó
-solo&mdash;. Luego el otro le dará también dinero,
-le abandonará la muchacha y asunto
-concluído... ¡Qué idea me ha dado a
-mí de echármelas de bienhechor! ¿Puedo
-yo acaso ayudar a nadie? ¿Tengo derecho
-a ello? Que las gentes se devoren
-unas a otras, ¿qué debe importarme? ¿Y
-por qué me he permitido regalarle los
-veinte kopeks? ¿Acaso eran míos?</p>
-
-<p>A pesar de sus extrañas palabras,
-tenía el corazón angustiado. Se sentó
-como anonadado en el banco. Sus pensamientos
-eran incoherentes. Le molestaba
-en aquel momento pensar en nada.
-Hubiera querido dormirse profundamente,
-olvidarlo todo, despertarse después
-y comenzar una nueva vida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobrecilla!&mdash;dijo contemplando el
-sitio donde poco antes había estado sentada
-la joven&mdash;. Cuando vuelva en sí llorará;
-su madre sabrá su aventura. Primero
-la zarandeará; después la dará latigazos
-para añadir la humillación a su
-dolor, y quizá la echará de casa... Y aun
-cuando no la eche, cualquier Daría Frantzovna
-husmeará la casa y la pobre mucha<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span>cha
-irá rodando de una parte a otra hasta
-que entre en el hospital, lo que no tardará
-en suceder (siempre pasa lo mismo
-a las muchachas que hacen a escondidas
-esa vida, porque tienen madres muy honradas).
-Una vez curada, volverá a las
-andadas; después otra vez al hospital...
-las tabernas... y otra vez al hospital... Al
-cabo de dos o tres años de esta vida, a
-los diez y ocho o a los diez y nueve
-años, será un andrajo. ¡A cuántas que
-han comenzado como ésta, he visto acabar
-del mismo modo! Pero, ¡bah! Es
-necesario, se dice, que así suceda; es un
-tanto por ciento anual, una prima de
-seguro público que debe ser pagada...
-para garantizar el reposo de las otras.
-¡Un tanto por ciento! ¡Qué lindas frases!
-¡encierran algo científico que tranquiliza!
-Cuando se dice «tanto por ciento»,
-no hay más que hablar; ya no hay para
-qué preocuparse. Con otro nombre la
-cosa nos preocuparía más... ¿Quién sabe
-si Dunetchka no está comprendida en el
-«tanto por ciento» del año próximo, o
-quizás en el de este mismo año?</p>
-
-<p>»Pero, ¿a dónde me proponía ir?&mdash;pensó
-de repente&mdash;. Es extraño. Al salir de
-casa tenía un propósito. Al acabar de
-leer la carta salí...</p>
-
-<p>»¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Iba a la plaza
-de Basilio Ostroff, a casa de Razumikin.
-Mas, ¿para qué? ¿Cómo se me ha ocurrido
-la idea de visitar a Razumikin?»</p>
-
-<p>No se comprendía él mismo. Razumikin
-era un condiscípulo suyo de Universidad.
-Es de advertir que, cuando Raskolnikoff
-asistía a las clases de Derecho
-vivía muy aislado; no iba a casa de ninguno
-de sus condiscípulos, ni recibía sus
-visitas. Estos, por su parte, le correspondían
-del mismo modo. Jamás tomaba
-parte ni en las reuniones ni en las bromas
-de los estudiantes. Se le estimaba por su
-ejemplar aplicación; era muy pobre, muy
-orgulloso y muy reservado; sus compañeros
-creían que Raskolnikoff los miraba
-desdeñosamente como si fueran chiquillos,
-o por lo menos seres muy inferiores
-a él en conocimientos, en ideas y en
-desarrollo intelectual.</p>
-
-<p>No obstante, intimó bastante con Razumikin,
-o mejor dicho, se mostró con
-él de carácter menos cerrado que con los
-otros. Verdad es que el genio franco e
-irreflexivo de Razumikin inspiraba irresistible
-confianza. Era este joven en extremo
-alegre, expansivo y bueno hasta
-la candidez, lo que no impedía que tuviese
-otras cualidades serias. Sus compañeros
-más inteligentes reconocían su mérito
-y todos le apreciaban. No tenía pelo
-de tonto, aunque pareciese imbécil. A
-primera vista, llamaba su atención por
-sus cabellos negros, su rostro siempre
-mal afeitado, su alta estatura y su excesiva
-delgadez.</p>
-
-<p>Calavera en ocasiones, se le tenía por
-un Hércules. Una noche que recorría las
-calles de San Petersburgo en compañía
-de algunos amigos, echó a rodar de un
-solo puñetazo a un guardia municipal
-que tenía dos archines y doce vechoks<a name="FNanchor_9" id="FNanchor_9" href="#Footnote_9" class="fnanchor">[9]</a>.
-Podía hacer los mayores excesos de bebida,
-y observaba, cuando se lo proponía,
-la más estricta sobriedad. Si a veces
-cometía inexcusables locuras, procedía
-otras con cordura ejemplar. Lo más notable
-del carácter de Razumikin era que
-jamás se descorazonaba ni se dejaba abatir
-por las contrariedades. Vivía en una
-guardilla, soportando los horrores del
-frío y del hambre, sin que por ello perdiera
-un momento su buen humor. Muy
-pobre, reducido a procurarse lo necesario
-para su subsistencia, encontraba medio de
-ganarse, bien o mal, la vida, porque era
-sobradamente despreocupado y conocía
-una porción de sitios en que le era posible
-encontrar dinero, por supuesto, trabajando.</p>
-
-<p>Pasó todo un invierno sin fuego; aseguraba
-que éste le agradaba sobremanera
-porque se duerme mejor cuando se tiene
-frío. Ultimamente había tenido que dejar
-la Universidad por falta de recursos; pero
-confiaba en reanudar en breve sus estudios
-y tampoco se descuidaba en mejorar
-su situación pecuniaria.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no había estado en su casa
-desde hacía cuatro meses, y Razumikin
-ignoraba dónde vivía su amigo. Se
-habían cruzado en la calle dos meses antes;
-pero Raskolnikoff se pasó a la otra<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span>
-acera para no ser visto por Razumikin.
-Este reconoció a Raskolnikoff; pero, no
-queriendo molestarle, fingió que no le
-veía.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>V.</h3></div>
-
-<p>&mdash;En efecto, no hace mucho que me
-proponía ir a casa de Razumikin a fin
-de suplicarle que me proporcionase algunas
-lecciones o cualquier otro trabajo...&mdash;se
-decía Raskolnikoff&mdash;. Pero ahora,
-¿de qué ha de servirme? supongamos
-que puede proporcionarme alguna lección;
-hasta quiero suponer también que
-hallándose en fondos se quede sin un kopek
-siquiera para facilitarme medios con
-que comprar unas botas y el traje decente
-que necesita un pasante... Bueno,
-¿y después? ¿Qué hago yo con unas cuantas
-piataks<a name="FNanchor_10" id="FNanchor_10" href="#Footnote_10" class="fnanchor">[10]</a>? ¿Qué resuelvo con ellos?
-¡Bah! sería una necedad ir a casa de Razumikin.</p>
-
-<p>La razón de saber por qué se dirigía entonces
-a casa de su amigo le causaba tormento
-mayor de lo que a sí mismo se confesaba;
-ansiaba dar algún sentido siniestro
-a esta marcha, en apariencia la más sencilla
-del mundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es posible que en mi situación haya
-puesto mis esperanzas todas en Razumikin?
-¿Esperaba yo realmente de él
-remedio?&mdash;se preguntaba con estupor.</p>
-
-<p>Reflexionaba, se frotaba la frente, y de
-repente, después de haber puesto algún
-tiempo su espíritu en tortura, brotó en su
-cerebro una extraña idea:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, iré a casa de Razumikin; pero no
-ahora; iré a verle al día siguiente, cuando
-<i>aquello</i> esté hecho y mis negocios tengan
-otro aspecto...</p>
-
-<p>Apenas hubo pronunciado aquellas
-palabras, experimentó una brusca conmoción.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuando <i>aquello</i> esté hecho!&mdash;exclamó
-con un sobresalto que le hizo levantarse
-del banco en que estaba sentado&mdash;.
-¿Sucederá <i>eso</i>? ¿Será posible?</p>
-
-<p>Dejó el banco y se alejó con apresurado
-paso. Su primer movimiento fué el de
-dirigirse a su domicilio; mas, ¿para qué?
-¡Volver a aquel aposento en que acababa
-de pasar más de un mes premeditando
-todo <i>aquello</i>! Al saltarle este pensamiento,
-se sintió disgustado y se puso a marchar
-a la ventura. Su temblor nervioso
-tomó un carácter febril. Se estremeció
-convulsivamente y, a pesar de la elevación
-de la temperatura, tenía frío. Casi
-a su pesar, cediendo a una especie de necesidad
-interior, se esforzaba en fijar su
-atención en los diversos objetos que encontraba,
-para librarse de la obsesión de
-una idea que le trastornaba. En vano
-trataba de distraerse; a cada instante
-caía en su preocupación. Cuando levantaba
-la cabeza dirigía sus miradas en torno
-suyo, y olvidaba durante un minuto
-lo que venía pensando y aun el lugar donde
-se encontraba. De este modo fué como
-atravesó toda la plaza de Basilio Ostroff,
-desembocó en el pequeño Neva, pasó el
-puente y llegó a las islas. El verdor y la
-frescura regocijaron sus ojos, acostumbrados
-al polvo, a la cal, a los montones
-de arena y de escombros. Allí nada de
-ahogo, de exhalaciones metíficas, ni de
-tabernas.</p>
-
-<p>Pero pronto perdieron estas sensaciones
-nuevas su encanto y dieron lugar a
-una gran inquietud. A veces el joven se
-detenía delante de alguna quinta que surgía
-coquetonamente en medio de una vegetación
-riente, miraba por la verja y
-veía en las terrazas y balcones mujeres
-elegantemente vestidas o niños que correteaban
-por los jardines. Se fijaba principalmente
-en las flores; era lo que atraía
-más sus miradas. De tiempo en tiempo
-pasaban al lado de él caballeros y amazonas
-y soberbios carruajes; los seguía
-con los ojos curiosos y los olvidaba antes
-de que lo hubiese perdido de vista.</p>
-
-<p>Se detuvo para contar el dinero que
-llevaba en el bolsillo, y se encontró dueño,
-aproximadamente, de treinta kopeks.
-«He dado veinte al guardia y tres a
-Anastasia por la carta&mdash;pensó&mdash;; por consiguiente,
-son cuarenta y tres o cincuenta
-kopeks los que dejé ayer en casa de
-Marmeladoff.»</p>
-
-<p>Había tenido motivo para comprobar
-el estado de su hacienda; pero un instante
-después ya no se acordaba de la razón
-por la cual sacó el dinero del bolsillo. A<span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span>
-poco rato se acordó de comer, al pasar
-delante de un figón: su estómago se lo recordaba.</p>
-
-<p>Entró en la taberna, se echó al cuerpo
-una copa de aguardiente y tomó un bocado.
-El poco de aguardiente que acababa
-de tomar le hizo inmediatamente
-efecto; le pesaban las piernas y le dió sueño.
-Quiso volverse a su casa, pero al llegar
-a Petrovsky Ostroff comprendió que
-no podía dar un paso más. Dejó, pues,
-el camino, penetró en el soto y se echó
-en la hierba, durmiéndose en seguida.</p>
-
-<p>Cuando se está algo enfermo, los sueños
-suelen distinguirse por su relieve
-extraordinario y por su asombrosa semejanza
-con la realidad. El cuadro es a
-veces monstruoso; pero la <i>mise en scéne</i>
-y todo lo que pertenece a la <i>representación</i>,
-son, sin embargo, tan verosímiles,
-los detalles tan minuciosos, y ofrecen por
-lo imprevisto una combinación tan ingeniosa,
-que el soñador, aunque sea un
-artista como Pushkin o Turgueneff, sería
-incapaz, despierto, de inventarlos
-tan bien. Estos sueños morbosos dejan
-siempre un gran recuerdo, y afectan profundamente
-el organismo, ya quebrantado,
-del individuo.</p>
-
-<p>Raskolnikoff tuvo un sueño horrible.
-Se veía niño en la pequeña ciudad en que
-vivía entonces con su familia. Era un
-día festivo, y al anochecer, se paseaba
-<i>extramuros</i> acompañado de su padre. El
-tiempo era gris, la atmósfera pesada; los
-lugares exactamente tales como su memoria
-los recordaba; en su sueño advirtió
-más de un detalle de que despierto no
-se acordaba. Veía todo el pueblo; en los
-alrededores ni un solo sauce blanco; allá,
-muy lejos, en el confín del horizonte, un
-bosquecillo formaba una mancha negra.
-A algunos pasos del último jardín
-del pueblo había una gran taberna,
-delante de la cual no podía pasar con
-su padre ni una sola vez sin experimentar
-una desagradable impresión y un sentimiento
-de miedo. Siempre estaba llena
-de multitud de personas que charlaban,
-reían, se injuriaban, se pegaban o cantaban
-con voz ronca cosas repugnantes;
-por los alrededores siempre se veían hombres
-borrachos. Al aproximarse Rodión
-se arrimaba a su padre y temblaba de
-pies a cabeza. El camino que conducía
-a la taberna estaba lleno de polvo negro.
-A trescientos pasos de allí, este camino
-formaba un recodo y daba vuelta
-al cementerio de la ciudad. En medio del
-cementerio se alzaba una iglesia de piedra,
-cubierta de una cúpula verde, adonde
-iba el niño dos veces al año a oír misa
-con su padre y su madre cuando se celebraba
-el funeral por el eterno descanso
-de su abuela, muerta hacía mucho tiempo,
-y a quien no había conocido. Llevaban
-un pastel de arroz con una cruz encima
-hecha con pasas. El niño amaba esta
-iglesia, con sus viejas imágenes, en
-su mayor parte desprovistas de adornos,
-y su anciano capellán de cabeza temblona.
-Al lado de la piedra que marcaba el
-sitio donde reposaban los restos de la
-anciana, había una tumba pequeña, la
-del hermano mayor de Rodión, muerto
-a los seis meses. Tampoco le había conocido,
-pero se le había dicho que había tenido
-un hermanito; así es que cada vez
-que visitaba el cementerio, hacía piadosamente
-la señal de la cruz encima de la
-tumba pequeña, e inclinándose con respeto
-la besaba.</p>
-
-<p>He aquí ahora su sueño: va con su padre
-por el camino del campo santo; pasan
-delante de la taberna; él va asido de
-la mano de su padre y dirige miradas
-tenebrosas a la odiosa casa, donde reina
-mayor animación que de costumbre. Hay
-allí muchedumbre de campesinas y de
-mujeres de la clase media, vestidas con
-sus trajes domingueros, acompañadas de
-sus maridos y de la hez del pueblo. Todos
-están ebrios y todos cantan. Delante de
-la puerta de la taberna hay una de esas
-enormes carretas que se emplean de ordinario
-para el transporte de mercancías
-y toneles de vino, a las que se suelen enganchar
-vigorosos caballos de gruesas
-patas y largas crines. A Raskolnikoff le
-divertía contemplar aquellos robustos
-animales que arrastraban pesos enormes
-sin la menor fatiga. Pero ahora a esa pesada
-carreta estaba enganchado un caballejo
-flaquísimo, uno de esos escuálidos
-rocines que los <i>mujiks</i> acostumbran
-enganchar a grandes carros de madera
-o de heno y a los que muelen a palos, llegando
-hasta pegarles en los ojos y en los<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>
-befos cuando las pobres bestias hacen
-esfuerzos para arrastrar el vehículo atascado.
-Este espectáculo, visto varias veces
-por Raskolnikoff, le llenaba los ojos
-de lágrimas, y su madre, en tales casos,
-le apartaba siempre de la ventana. De
-repente se promueve un gran alboroto;
-de la taberna salen gritando, cantando
-y tocando la guitarra varios <i>mujiks</i>
-completamente ebrios; llevan blusas rojas
-y azules, y los capottes echados negligentemente
-sobre los hombros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Subid, subid todos!&mdash;grita todavía
-un hombre, de robusto cuello y de rostro
-carnoso, color de zanahoria&mdash;. ¡Os
-llevo a todos, subid!</p>
-
-<p>Estas palabras provocan risas y exclamaciones.</p>
-
-<p>¡Hacer el camino con semejante penco!</p>
-
-<p>&mdash;Has perdido el juicio, Mikolka; ¿a
-quién se le ocurre enganchar ese jamelgo
-a semejante carro?</p>
-
-<p>&mdash;De seguro que este rocín tiene más
-de veinte años.</p>
-
-<p>&mdash;Subid, os llevo a todos&mdash;grita de nuevo
-Mikolka, subiendo al primer carro, y,
-poniéndose de pie en el pescante del vehículo,
-aferra las riendas&mdash;. El caballo
-bayo se lo llevó Madviei y este animalucho,
-amigos míos, es una condenación
-para mí, debería matarlo: no gana lo
-que come. Os digo que subáis, ya veréis
-cómo lo hago galopar. ¡Vaya si galopará!</p>
-
-<p>Y al decir esto, toma el látigo, gozoso
-con la idea de fustigar al pobre jaco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea, subamos, puesto que dice que
-vamos a ir al galope!&mdash;dijeron, burlándose,
-los del grupo.</p>
-
-<p>&mdash;Apuesto a que hace diez años que
-no galopa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena marcha llevará!</p>
-
-<p>&mdash;No tengáis miedo, amigos míos; tomad
-cada uno una vara, ¡y duro!</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso, eso, se le arreará!</p>
-
-<p>Trepan todos al carro de Mikolka riendo
-y burlándose. Han subido ya seis hombres
-y queda sitio todavía. Con los que
-han montado va una gruesa campesina,
-de rostro rubicundo, vestida con un traje
-de algodón rojo, en la cabeza una especie
-de gorro adornado con abalorios y
-va partiendo avellanas y se ríe de tiempo
-en tiempo. También se ríe la gente que
-rodea el carro, y en efecto, ¿cómo no reírse
-ante la idea de que semejante penco
-lleve al galope a tantas personas? Dos
-de los que están en el carro toman látigos
-para ayudar a Mikolka.</p>
-
-<p>&mdash;¡Andando!&mdash;grita este último.</p>
-
-<p>El caballo tira con todas sus fuerzas;
-pero, lejos de galopar, apenas si puede
-avanzar un paso: patalea, gime y encoge
-los lomos bajo los golpes copiosos como
-el granizo que los tres látigos le descargan.
-Redoblan las risas en el carro y en
-el grupo; pero Mikolka se incomoda y
-golpea al jaco con más fuerza como si,
-en efecto, esperase hacerle galopar.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadme subir a mí también, amigos
-míos&mdash;grita entre los espectadores
-un joven que arde en deseos de mezclarse
-con la alegre pandilla.</p>
-
-<p>&mdash;Sube&mdash;respondió Mikolka&mdash;. Subid
-todos, que yo le haré correr.</p>
-
-<p>Y sigue, sigue golpeando, y en su furor
-no sabe ya con qué pegarle al animal.</p>
-
-<p>&mdash;Papá, papá&mdash;dice el niño a su padre&mdash;,
-¿qué están haciendo? ¡Pegan al
-pobre caballejo!</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, vamos&mdash;dice el padre&mdash;; son
-borrachos que se divierten a su modo.
-¡Imbéciles! No les hagas caso.</p>
-
-<p>Quiere llevárselo; pero Rodión se desprende
-de las manos paternales, y sin hacer
-caso de nada se acerca corriendo al
-caballo. El desgraciado cuadrúpedo no
-puede ya más. Resuella fatigosamente,
-trata de tirar, y poco falta para que no
-se caiga.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pegadle, pegadle hasta que reviente!&mdash;aúlla
-Mikolka&mdash;. Eso es lo que hay
-que hacer. Yo os ayudaré.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú no eres cristiano, sino lobo!&mdash;grita
-un viejo del grupo.</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién se le ocurre que un animalejo
-tan pequeño pueda arrastrar un armatoste
-como éste?&mdash;grita otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bribón!&mdash;vocifera un tercero.</p>
-
-<p>&mdash;No es tuyo, es mío; hago lo que quiero.
-¡Subid aún! ¡Es preciso que galope!</p>
-
-<p>De repente la voz de Mikolka queda
-ahogada por las carcajadas de la gente;
-el animal, atormentado por los palos,
-acaba por perder la paciencia, y a pesar
-de su debilidad, empieza a tirar coces.
-Hasta el mismo viejo se echa a reír. Y
-había, en efecto, motivos de risa: ¡un ca<span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span>ballo
-que no puede sostenerse en pie y
-que, sin embargo, cocea!</p>
-
-<p>Dos campesinos se destacan del grupo,
-y armados de látigos la emprenden a palos
-con el animal. Uno por la derecha y
-otro por la izquierda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dadle en los morros, en los ojos, sí,
-en los ojos!&mdash;vociferaba Mikolka.</p>
-
-<p>&mdash;¡Una canción, amigos!&mdash;grita uno
-del corro, e inmediatamente toda la pandilla
-entona una canción soez al son de
-una pandereta.</p>
-
-<p>La campesina sigue partiendo avellanas
-y se ríe.</p>
-
-<p>Rodión se acerca al caballo y ve que
-le pegan en los ojos, ¡sí, en los ojos! El
-niño llora; se le subleva el corazón y corren
-sus lágrimas. Uno de los verdugos
-le toca el rostro con el látigo, pero él no
-lo siente. Se retuerce las manos y grita.
-Después se dirige al viejo de la barba y
-cabellos blancos, que mueve la cabeza
-y condena aquellas demasías.</p>
-
-<p>Una mujer toma al niño de la mano y
-quiere apartarlo de esta escena; pero él
-se escapa y corre otra vez hacia el caballo.
-Este, ya casi sin fuerzas, intenta aún cocear.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, maldito!&mdash;exclama Mikolka, deja
-el látigo, se baja, toma del fondo del
-carro un largo y pesado garrote y lo
-blande con fuerza con las dos manos sobre
-el pobre caballo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo va a matar!&mdash;gritaban en derredor
-suyo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo matará!</p>
-
-<p>&mdash;¡Es mío!&mdash;grita Mikolka, y el garrote,
-manejado por dos brazos vigorosos,
-cae con estrépito sobre el lomo del animal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fustígalo! ¿Por qué te detienes?&mdash;gritan
-varias voces en el grupo.</p>
-
-<p>De nuevo el garrote se levanta y cae
-sobre el espinazo de la pobre bestia. Bajo
-la violencia del golpe, el caballejo está
-a punto de caerse. Sin embargo, hace un
-supremo esfuerzo con todas las fuerzas
-que le quedan; tira, tira en diversos sentidos
-para escapar de aquel suplicio, mas
-por todas partes encuentra los seis látigos
-de sus perseguidores. Mikolka una
-vez y otra vez golpea a su víctima con
-el garrote. Está furioso por no poder matarlo
-de un solo golpe.</p>
-
-<p>&mdash;¡No quiere morir!&mdash;gritan los del
-grupo.</p>
-
-<p>&mdash;¡No le queda mucho de vida!&mdash;observa
-uno de los que contemplan regocijados
-el bárbaro espectáculo&mdash;. Se acerca
-su último momento.</p>
-
-<p>&mdash;Dale con un hacha; es el medio de
-acabar con él&mdash;apunta un tercero.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadme&mdash;dice Mikolka, y suelta el
-garrote; busca de nuevo en el carro, y
-toma una barra de hierro&mdash;. ¡Fuera!&mdash;grita,
-y asesta un violento golpe al pobre
-caballo.</p>
-
-<p>El penco se tambalea; quiere aún tirar,
-pero un segundo golpe con la barra le
-tiende en el suelo, como si le hubiesen cortado
-instantáneamente los cuatro miembros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Acabemos!&mdash;aúlla Mikolka, que,
-fuera de sí, salta del carro.</p>
-
-<p>Algunos mocetones, rojos y avinados,
-agarran cada cual lo que tienen más a
-mano, látigos, palos, el garrote, y corren
-al caballo expirante. Mikolka, en pie, al
-lado de la bestia, la golpea sin cesar con
-la barra de hierro. El caballo extiende la
-cabeza y muere.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ha muerto!&mdash;gritan en el grupo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no quería galopar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Era mío!&mdash;gritó Mikolka, teniendo
-siempre en la mano la barra.</p>
-
-<p>Tenía los ojos inyectados de sangre.
-Parecía enfurecido porque la muerte le
-hubiese quitado su víctima.</p>
-
-<p>&mdash;¡La verdad! ¡Tú no eres cristiano!&mdash;gritan
-indignados algunos asistentes.</p>
-
-<p>El pobre niño está fuera de sí. Dando
-voces se abre paso por entre el grupo que
-rodea al caballo, levanta la cabeza ensangrentada
-del cadáver, le besa en el
-hocico y en los ojos... Después, en un repentino
-arrebato de cólera, cierra los puños
-y se arroja sobre Mikolka. En aquel
-momento su padre, que desde hace un
-rato le buscaba, lo encuentra al fin y le
-aparta de la gente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vámonos, vámonos!&mdash;le dijo&mdash;. Volvamos
-a casa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Papá! ¿por qué han matado al pobre
-caballo?&mdash;solloza el niño; pero le
-falta la respiración; de su garganta salen
-roncos sonidos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Son barbaridades de gente ebria!
-¡Nada tenemos que ver con ellos!&mdash;dice
-el padre.</p>
-
-<p>Rodión le oprime entre sus brazos; pero<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span>
-siente tal fatiga... quiere respirar, grita,
-y se despierta.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se despertó jadeando,
-con el cuerpo húmedo y los cabellos empapados
-de sudor; se sentó bajo un árbol
-y respiró con fuerza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias a Dios, no ha sido más que
-un sueño!&mdash;dijo&mdash;. ¡Cómo! ¿Iré a tener
-fiebre? No sería extraño, después de un
-sueño tan horroroso.</p>
-
-<p>Tenía quebrantados los miembros, y
-el alma llena de obscuridad y de confusión.
-Apoyó los codos en las rodillas y dejó
-caer la cabeza entre las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío!&mdash;exclamó&mdash;. ¿Será posible,
-en efecto, que yo tome un hacha y
-parta el cráneo de aquella mujer?... ¿Será
-posible que yo ande por encima de sangre
-tibia y viscosa, que fuerce la cerradura,
-robe y me oculte, temblando, ensangrentado,
-con el hacha?... ¡Señor! ¿Será posible?</p>
-
-<p>Al decir esto temblaba como la hoja
-en el árbol.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿por qué pienso en esas cosas?&mdash;continuó
-con profunda sorpresa&mdash;.
-Veamos; sé muy bien que no soy capaz
-de ello; ¿por qué, pues, me atormenta esa
-idea? Ayer, ayer ya, cuando fuí a hacer
-el <i>ensayo</i>, comprendí perfectamente que
-<i>aquello</i> era superior a mis fuerzas. ¿De
-dónde procede que siga dando vueltas
-a la misma idea? Ayer, al bajar la escalera,
-iba diciendo que era innoble, odioso,
-repugnante... Solamente pensar en tal
-cosa me aterraba.</p>
-
-<p>»No, no me atreveré; esto es superior
-a mis fuerzas. Aunque todos mis razonamientos
-no dejasen lugar a duda, aunque
-todas las conclusiones a que he llegado
-durante un mes fuesen claras como el
-día, exactas como la Aritmética, no podría
-decidirme a dar este paso. ¡No soy
-capaz! ¿Por qué pues, por qué ahora...?</p>
-
-<p>Se levantó, miró en torno suyo, como
-si se sorprendiese de estar allí, y se encaminó
-hacia el puente T***. Estaba pálido
-y le brillaban los ojos. Todo su ser
-mostraba decaimiento; pero comenzaba
-a respirar con más libertad. Se sentía
-ya libre del horrible peso que durante
-largo tiempo le había oprimido, y su alma
-recobraba la paz.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor!&mdash;exclamó&mdash;; ¡muéstrame
-mi camino y renunciaré a este designio
-maldito!</p>
-
-<p>Al atravesar el puente miró tranquilamente
-el río, y contempló la resplandeciente
-puesta de sol. A pesar de su debilidad,
-no se sentía cansado. Se hubiera
-dicho que acababa de recobrar repentinamente
-la salud de su espíritu. Ahora
-es libre. Estaba roto el encanto. Había
-cesado de influir sobre él el horrible
-maleficio.</p>
-
-<p>Más tarde, Raskolnikoff se acordó,
-minuto por minuto, del empleo de su
-tiempo durante aquellos días de crisis;
-entre otras circunstancias, venía a menudo
-a su pensamiento una que, aun
-cuando en rigor no tenía nada de extraordinario,
-le preocupaba como una especie
-de terror supersticioso, a causa de
-la acción decisiva que había ejercido sobre
-su destino.</p>
-
-<p>He aquí el hecho que constituía para
-él siempre un enigma. ¿Por qué cuando
-cansado, exhausto, hubiera debido, como
-era natural, volver a su casa por el camino
-más corto y más directo, se le había
-ocurrido pasar por el Mercado de Heno en
-donde nada, absolutamente nada le llamaba?
-Verdad era que este rodeo no alargaba
-mucho su camino; pero resultaba
-completamente inútil. Se le había ocurrido
-mil veces volverse a su casa sin fijarse
-en el itinerario recorrido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero por qué, pues&mdash;se preguntaba
-siempre&mdash;, por qué aquel encuentro tan
-importante, tan decisivo para mí, al mismo
-tiempo tan fortuito, que tuve en el
-Mercado del Heno (adonde no tenía para
-qué ir), se verificó en el momento mismo
-en que, dadas las disposiciones en que me
-encontraba, había de tener para mí las
-más graves y terribles consecuencias?</p>
-
-<p>Tentado estaba de ver en esta fatal
-coincidencia el efecto de una predestinación.</p>
-
-<p>Cerca eran de las nueve cuando el joven
-llegó al Mercado del Heno. Los tenderos
-cerraban sus establecimientos; los
-vendedores ambulantes se preparaban,
-lo mismo que los tratantes, a volver a
-su casa. Obreros y desharrapados de toda
-especie bullían en los alrededores de los
-bodegones y tabernas que en el Mercado
-del Heno ocupaban el piso bajo de la<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span>
-mayor parte de los edificios. Esta plaza
-y los <i>pereuloks</i><a name="FNanchor_11" id="FNanchor_11" href="#Footnote_11" class="fnanchor">[11]</a> de sus inmediaciones
-eran los lugares que Raskolnikoff frecuentaba
-de mejor gana cuando salía
-sin saber adónde ir. Allá, en efecto, sus
-harapos no llamaban la atención a nadie
-y podía, él como cualquiera, pasearse
-vestido como tuviera por conveniente.
-En la esquina del <i>pereulok</i> de K***, un
-mercader que, como los demás, se disponía
-a volver a su casa, hablaba con su mujer
-y con una conocida que acababa de
-aproximarse a ellos. Esta última era Isabel
-Ivanovna, hermana de Alena Ivanovna,
-la usurera en cuya casa Raskolnikoff
-había entrado la víspera a empeñar
-su reloj y a hacer el <i>ensayo</i>.</p>
-
-<p>De tiempo atrás sabía algo acerca de
-esta Isabel; ella también le conocía. Era
-alta y desgarbada solterona de treinta
-y cinco años, tímida, dulce y casi idiota.
-Temblaba ante su hermana, que la trataba
-como esclava, la hacía trabajar día
-y noche y hasta le pegaba.</p>
-
-<p>En aquel momento su fisonomía expresaba
-indecisión, en tanto que en pie,
-con un paquete en la mano, escuchaba
-atentamente lo que le decían el vendedor
-y su mujer.</p>
-
-<p>Estos hablaban de algo importante, a
-juzgar por el calor que ponían en sus palabras.</p>
-
-<p>Cuando Raskolnikoff vió de repente
-a Isabel, experimentó una sensación extraña
-parecida a profunda sorpresa, aunque
-este encuentro no tuviese nada de
-asombroso.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso que esté usted aquí para
-tratar del negocio, Isabel Ivanovna&mdash;dijo
-con fuerza el vendedor&mdash;. Venga usted
-mañana de seis a siete. También vendrán
-los otros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Mañana?&mdash;dijo vacilante Isabel,
-que parecía temerosa de decidirse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted miedo a Alena Ivanovna?&mdash;dijo
-vivamente la vendedora, que
-era una mujerona enérgica&mdash;. No la perderé
-de vista, porque usted es como una
-niña. ¿Será posible que se deje usted dominar
-hasta ese punto por una persona
-que no es, después de todo, más que su
-hermanastra?</p>
-
-<p>&mdash;No diga usted ahora nada a Alena
-Ivanovna&mdash;dijo el marido&mdash;. Se lo aconsejo;
-venga usted a casa sin consultarla.
-Se trata de un negocio ventajoso; su hermana
-se convencerá de ello en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que tengo que venir?</p>
-
-<p>&mdash;Mañana entre seis y siete vendrán
-también los demás; es preciso que esté
-usted presente para decidir el asunto.</p>
-
-<p>&mdash;Le ofreceremos una taza de te&mdash;añadió
-la vendedora.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien, vendré&mdash;respondió Isabel
-pensativa, y se dispuso a marcharse.</p>
-
-<p>Raskolnikoff había pasado ya del grupo
-formado por las tres personas y no oyó
-más. Había prudentemente acortado el
-paso, esforzándose por no perder palabra
-de la conversación. A la sorpresa del primer
-momento había sucedido en él un
-vivo terror. Una casualidad imprevista
-le acababa de dar a conocer que al día
-siguiente, a las siete de la tarde, Isabel,
-la hermana, la única compañera de la
-vieja, estaría fuera, y que, por lo tanto, al
-día siguiente, a las siete en punto, la vieja
-<i>se encontraría sola en su casa</i>.</p>
-
-<p>El joven estaba a algunos pasos de su
-domicilio. Entró en su casa como si lo
-hubiesen condenado a muerte. No pensó
-en nada, ni estaba en disposición de pensar;
-sintió súbitamente en todo su ser
-que no tenía ni voluntad, ni libre albedrío,
-y que todo estaba definitivamente
-resuelto. Ciertamente, hubiera podido
-esperar años enteros sin una ocasión favorable,
-aun tratando de hacerla nacer
-como aquella que acababa de ofrecérsele.
-En todo caso le habría sido difícil saber
-la víspera a ciencia cierta y sin correr el
-menor riesgo, sin comprometerse con preguntas
-imprudentes, que mañana a tal
-hora, tal vieja, a quien él quería matar,
-estaría sola en su casa.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div>
-
-<p>Raskolnikoff supo después por qué el
-vendedor y su mujer habían invitado a
-Isabel a venir a su casa. La cosa era sencillísima:
-una familia extranjera que, encontrándose
-muy apurada, quería deshacerse
-de algunos efectos, que consistían
-en vestidos y en ropa interior usada
-de mujer. Estas personas deseaban po<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>nerse
-en relación con la vendedora. Isabel
-ejercía este oficio, y tenía una numerosa
-clientela, porque era muy formal y
-decía siempre el último precio. Con ella
-no había regateo; en general hablaba
-poco, y, como hemos dicho, era muy
-tímida.</p>
-
-<p>Desde hacía algún tiempo Raskolnikoff
-se había hecho supersticioso y, por
-consiguiente, cuando reflexionaba, sobre
-todo este asunto, se inclinaba siempre a
-ver en él la acción de causas extrañas
-y misteriosas. El invierno último, un estudiante
-conocido suyo, Pokorieff, a punto
-de volverse a Kharkoff, le había dado,
-al despedirse, la dirección de la vieja Alena
-Ivanovna, para caso de que tuviera
-necesidad de algún préstamo sobre prendas.
-Pasó mucho tiempo sin ir a casa de
-la vieja, porque el producto de sus lecciones
-le permitía ir viviendo. Seis semanas
-antes de los acontecimientos que vamos
-refiriendo, se acordó de las señas; poseía
-dos objetos por los cuales podía prestársele
-algo: un reloj de plata que conservaba
-de su padre, y un anillo pequeño de
-oro con tres piedrecitas rojas, que su hermana
-le había dado como recuerdo en el
-momento de separarse.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se decidió a llevar la sortija
-a casa de Alena Ivanovna. Desde
-el primer momento, y antes de
-que él supiera nada de particular acerca
-de ella, la vieja le inspiró una violenta
-aversión. Después de haber recibido el
-dinero entró en un mal <i>taklir</i><a name="FNanchor_12" id="FNanchor_12" href="#Footnote_12" class="fnanchor">[12]</a> que encontró
-al paso. Allí pidió te, se sentó y
-púsose a reflexionar. Una idea extraña,
-todavía en estado embrionario en su espíritu,
-le ocupaba por completo.</p>
-
-<p>Ante una mesa vecina a la suya, un
-estudiante, a quien no se acordaba de haber
-visto jamás, estaba sentado con un
-oficial.</p>
-
-<p>Los dos jóvenes acababan de jugar al
-billar y se disponían ahora a tomar el te.
-De repente, Raskolnikoff oyó al estudiante
-que daba al oficial la dirección de
-Alena Ivanovna, viuda de un secretario
-de colegio y prestamista sobre prendas.</p>
-
-<p>Esto sólo pareció ya un poco extraño
-a nuestro héroe: se hablaba de una persona
-de cuya casa acababa él de salir.
-Sin duda, todo ello era pura casualidad;
-pero en aquel momento hallábase bajo
-una impresión que no podía dominar, y
-he aquí que, precisamente en aquel momento,
-alguien venía a fortificar en él
-esta impresión. El estudiante comunicaba,
-en efecto, a su amigo, diversos pormenores
-acerca de Alena Ivanovna.</p>
-
-<p>&mdash;Es un famoso recurso&mdash;decía&mdash;;
-siempre hay medio de procurarse dinero
-en su casa. Rica como un judío, puede
-prestar cinco mil rublos de una vez, y,
-sin embargo, acepta objetos que no valen
-más que un rublo. Es una providencia
-para muchos de nosotros. Pero, ¡qué
-horrible arpía!</p>
-
-<p>Se puso a contar que era mala, caprichosa;
-que no concedía siquiera veinticuatro
-horas de prórroga, y que toda
-prenda no retirada en el día fijo, era irrevocablemente
-perdida por el deudor; prestaba
-sobre un objeto la cuarta parte de
-su valor y cobraba el cinco y el seis por
-ciento de interés mensual, etc. El estudiante,
-que estaba en vena de hablar
-hasta por los codos, añadió que esta horrible
-vieja era pequeñuela, lo que no le
-impedía pegar a menudo y tener en completa
-dependencia a su hermana Isabel,
-que medía, por lo menos, dos archines
-y ocho verchoks de estatura.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es un fenómeno!&mdash;exclamó, y se
-echó a reír.</p>
-
-<p>La conversación recayó en seguida
-sobre Isabel.</p>
-
-<p>El estudiante hablaba de ella con marcado
-placer y siempre sonriendo. El oficial
-escuchaba a su amigo con mucho interés
-y le suplicó que le enviase a aquella
-Isabel para que le repasase la ropa.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no perdió una palabra de
-esta conversación y supo de esta suerte
-una multitud de cosas. Más joven que
-Alena Ivanovna, de la cual no era más
-que media hermana, Isabel tenía treinta
-y cinco años y trabajaba día y noche para
-la vieja. Además de los quehaceres de
-la cocina, era lavandera, hacía labores
-de costura, que luego vendía, iba a fregar
-los suelos a las casas, y todo lo que ganaba
-se lo entregaba a su hermanastra.
-No se atrevía a aceptar ningún encargo
-ni trabajo sin consultar a la usurera, la<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
-cual, como Isabel sabía muy bien, había
-otorgado ya testamento en el cual
-no dejaba a su hermana más que el mobiliario.
-Deseosa de tener a perpetuidad
-sufragios por el eterno descanso de su
-alma, dejaba toda su fortuna a un monasterio.
-Isabel pertenecía a la clase media
-y no al <i>tchin</i>. Era una estantigua, con
-pies muy grandes y calzados siempre
-con anchos zapatos; pero, por otra parte,
-iba limpia como una patena. Lo que particularmente
-asombraba y hacía reír al
-estudiante, era que Isabel estaba siempre
-en cinta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no dices que es un monstruo?&mdash;preguntóle
-el oficial.</p>
-
-<p>&mdash;Realmente, es demasiado trigueña;
-parece un soldado vestido de mujer; pero
-de eso a que sea un monstruo, hay mucha
-diferencia. Su fisonomía revela tanta
-bondad y tienen sus ojos una expresión
-tan simpática que... La prueba es que
-ella agrada a muchas personas. Es tan
-tranquila, tan dulce, tan paciente, tiene
-un carácter tan bueno y, además, su sonrisa
-es tan bondadosa...</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás enamorado de ella?&mdash;interrogóle,
-sonriendo, el oficial.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, tanto como eso, no; pero
-me gusta, precisamente por lo rara que
-es. En cambio, a esa maldita vieja te
-aseguro que la mataría y la despojaría
-de todo lo que posee sin escrúpulo de
-conciencia&mdash;añadió vivamente el estudiante.</p>
-
-<p>El oficial lanzó una carcajada; pero
-Raskolnikoff se estremeció. Las palabras
-que oía encontraban extraño eco
-en sus propios pensamientos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver&mdash;prosiguió el estudiante&mdash;.
-Hace un momento me burlaba, pero
-ahora hablo en serio. Fíjate: de un lado
-una vieja enfermiza, necia, un ser que no
-es útil a nadie, y que, por el contrario,
-perjudica a muchos, que no sabe ella
-misma por qué vive y que morirá mañana
-de muerte natural. ¿Comprendes?</p>
-
-<p>&mdash;Comprendo&mdash;repuso el oficial mirando
-atentamente a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;Prosigo. Del otro lado, fuerzas jóvenes,
-frescas, que se quebrantan, se
-pierden, faltas de sostén, y esto a millares,
-por todas partes. Cien mil obras útiles
-se podrían acometer o mejorar con
-el dinero legado por esa vieja a un monasterio;
-centenares de existencias, millones
-quizá, puestas en el buen camino;
-docenas de familias salvadas de la miseria,
-de la disolución, de la ruina, del
-vicio, de los hospitales... y todo ello con
-el dinero de esa mujer. Si se la matase y se
-destinase su fortuna al bien de la humanidad,
-¿crees tú que el crimen, si eso fuese
-un crimen, no estaría largamente compensado
-por millares de buenas acciones?
-Por una sola vida, millares de vidas
-arrancadas a la perdición; por una persona
-suprimida, cien personas devueltas
-a la existencia. Se trata de una cuestión
-aritmética. ¿Qué pesa en las balanzas
-sociales la vida de una vieja necia y mala?
-Poco más que la vida de una hormiga o
-de un escarabajo; me atrevo a decir que
-menos, porque esta vieja es una criatura
-perversa. Hace poco, en un acceso de
-rabia, mordió un dedo a Isabel, y en poco
-estuvo que no se lo cortase con los dientes.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto que es indigna de vivir&mdash;respondió
-el oficial&mdash;; ¿pero qué quieres? la
-Naturaleza...</p>
-
-<p>&mdash;Amigo mío, a la Naturaleza se la
-corrige, se la endereza; de lo contrario,
-viviríamos enterrados en prejuicios, no
-habría un solo grande hombre. Se habla
-del deber, de la conciencia. No quiero
-decir que esté mal, pero, ¿qué sentido
-damos a estas palabras? Escucha, voy
-a plantearte otra cuestión.</p>
-
-<p>&mdash;No, chico, ahora me toca a mí. Te
-voy a preguntar una cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Conforme.</p>
-
-<p>&mdash;Verás: tú estás ahora perorando con
-gran elocuencia; pero, dime: ¿Matarías
-tú, con tus propias manos, a esa vieja?</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro que no! pero yo considero esto
-desde el punto de vista de la justicia...
-No se trata de mí...</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, amigo mío, ¿quieres saber
-mi opinión? Vas a oírlo: Puesto que
-no te decidirías a matarla, opino que la
-cosa no es justa. Vamos a echar otra partida.</p>
-
-<p>Raskolnikoff era presa de una agitación
-extraordinaria. En rigor, esta conversación
-no tenía nada de asombroso.
-Muchas veces había oído a los jóvenes
-cambiar entre sí análogas ideas; lo único
-que difería era el tema; mas, ¿por qué el<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>
-estudiante expresaba precisamente los
-mismos pensamientos que en aquel instante
-bullían en el cerebro de Raskolnikoff?
-¿Y por qué casualidad éste, al salir
-de la casa de la vieja, oía hablar de ella?
-Tal coincidencia le pareció extraña: estaba
-escrito que esta insignificante conversación
-de café tuviese en su destino
-decisiva influencia.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Al volver a su domicilio, se dejó caer
-en el sofá y permaneció sentado en él,
-sin moverse, durante una hora entera. La
-obscuridad era completa; en la habitación
-no había ni vela, ni Raskolnikoff pensó
-que era necesaria. No hubiera podido
-precisar si en esta hora había pensado
-algo. Por último, le entraron escalofríos
-febriles, y pensó con satisfacción que podía
-echarse del todo en el sofá... No tardó
-en caer en pesado y profundo sueño.</p>
-
-<p>Durmió mucho más tiempo que de costumbre
-y sin soñar. A Anastasia, que entró
-en su habitación al día siguiente a
-las diez, le costó gran trabajo despertarle.
-La criada le traía pan, y, como la víspera,
-algo del te que ella acostumbraba
-a tomar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aun no se ha levantado!&mdash;exclamó
-indignada&mdash;. ¿Es posible dormir así?</p>
-
-<p>Raskolnikoff se incorporó con dificultad.
-Le dolía la cabeza. Se puso en pie,
-dió una vuelta por la habitación y después
-se dejó caer de nuevo en el sofá.</p>
-
-<p>&mdash;¡Otra vez!&mdash;gritó Anastasia&mdash;. ¿Estás
-malo?</p>
-
-<p>El joven no respondió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres tomar te?</p>
-
-<p>&mdash;Más tarde&mdash;contestó penosamente,
-y luego cerró los ojos y se volvió del lado
-de la pared.</p>
-
-<p>Anastasia, en pie, cerca de él, le contempló
-durante algún tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Indudablemente está enfermo&mdash;dijo
-antes de retirarse.</p>
-
-<p>A las dos volvió con la sopa. Encontró
-a Raskolnikoff acostado aún en el sofá.
-No había probado el te. La criada se incomodó
-y se puso a sacudir con fuerza
-al joven.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te pasa para dormir tanto?&mdash;gruñó,
-mirándole con desprecio.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se incorporó, pero no
-respondió una palabra ni levantó los ojos
-del suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás malo o no lo estás?</p>
-
-<p>Esta pregunta no obtuvo más respuesta
-que la primera.</p>
-
-<p>&mdash;Deberías salir&mdash;dijo ella después de
-una pausa&mdash;. El aire libre te sentaría
-bien. Vas a comer, ¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Más tarde&mdash;respondió con voz débil&mdash;;
-¡vete!&mdash;y la despidió con un ademán.</p>
-
-<p>La criada se detuvo un momento, miró
-compasivamente al joven y se marchó.</p>
-
-<p>Al cabo de algunos minutos, Raskolnikoff
-levantó los ojos, examinó detenidamente
-el te y la sopa, y se puso a comer.</p>
-
-<p>Tomó tres o cuatro cucharadas sin apetito,
-casi maquinalmente. El dolor de
-cabeza se le había calmado algo, y cuando
-hubo terminado su frugal comida se
-echó de nuevo en el sofá; pero, aunque
-no pudo dormir, permaneció inmóvil,
-con la cara hundida en la almohada. La
-imaginación le presentaba, sucediéndose
-sin cesar, los cuadros más extraños.
-Figurábase a veces estar en Africa; formaba
-parte de una caravana detenida
-en un oasis; altas palmeras rodeaban el
-campamento; los camellos reposaban de
-sus fatigas; los viajeros se disponían a
-comer. El, por su parte, apagaba la sed
-en el chorro de una cristalina fuente; el
-agua azulada y deliciosamente fresca
-dejaba ver en el fondo del riachuelo piedrezuelas
-de diversos colores y arenas de
-dorados reflejos.</p>
-
-<p>De repente hirió sus oídos el sonido de
-la campana de un reloj; aquel ruido le
-hizo temblar, y, adquiriendo nuevamente
-el sentimiento de la realidad, se levantó
-de un salto, después de mirar a la ventana
-y calcular la hora que podría ser. Anduvo
-en seguida de puntillas, se aproximó
-a la puerta, la abrió suavemente y
-se puso a escuchar.</p>
-
-<p>El corazón le latía con violencia. La
-escalera estaba silenciosa, parecía que
-todo dormía en la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo me he dejado vencer en el
-momento decisivo? ¿Cómo desde ayer
-no he hecho nada, ni preparado nada?&mdash;se
-preguntaba a sí mismo, no comprendiendo<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>
-su negligencia; y, sin embargo, eran quizá
-las seis las que acababan de dar.</p>
-
-<p>A su inercia y entorpecimiento siguió
-bruscamente febril y extraordinaria actividad.
-Por otra parte, los preparativos
-no exigían mucho tiempo. Hacía esfuerzos
-para pensar en todo y no olvidarse de
-nada, y su corazón latía con tal fuerza
-que dificultaba la respiración. Primero
-tenía que hacer un nudo corredizo, y
-adaptarlo a su gabán; aquello era cosa
-de un minuto; buscó en la ropa que tenía
-debajo de la almohada una camisa vieja,
-sucia e inservible. Después, con trozos
-arrancados a esta camisa, hizo una especie
-de trenza de un verchot de ancha y
-ocho de larga. La dobló en dos partes, se
-quitó el gabán de verano, que era de una
-espesa y fuerte tela de algodón (único
-sobretodo que poseía), y se puso a coser
-interiormente, bajo el sobaco izquierdo,
-los dos extremos de la trenza. Al ejecutar
-este trabajo, le temblaban las manos;
-pero le quedó tan bien, que cuando volvió
-a ponerse el gabán no se veía el cosido
-por la parte de afuera. Se había proporcionado
-mucho tiempo antes la aguja
-y el hilo, y no tuvo más que sacar ambas
-cosas del cajón de su mesa.</p>
-
-<p>En cuanto al nudo corredizo para colgar
-el hacha, se le había ocurrido un medio
-muy ingenioso, ya ideado quince días
-antes. Ir por la calle con un hacha en la
-mano, era imposible; por otra parte,
-ocultar el arma bajo el gabán, le obligaba
-a llevar continuamente la mano debajo,
-y esto podría llamar la atención, en tanto
-que con el nudo corredizo le bastaba
-poner en él el hierro del hacha, y quedaba
-suspendida bajo el sobaco todo el tiempo
-de la marcha, sin peligro de que cayera.
-Podía también impedir que se moviese
-sin más que oprimir la extremidad del
-mango con la mano metida en el bolsillo
-del gabán. Este era muy ancho, un
-verdadero saco, y la maniobra no podría
-ser advertida.</p>
-
-<p>Hecho esto, Raskolnikoff metió el brazo
-bajo la otomana e introduciendo los
-dedos en una hendidura del suelo, sacó
-de aquel escondrijo el objeto empeñable
-de que había tenido cuidado de proveerse
-con anticipación. Este objeto no
-era más que una tableta de madera acepillada,
-del tamaño que suelen tener las
-cigarreras de plata. En uno de sus paseos
-el joven había encontrado por casualidad
-este trozo de madera en el corral de
-un taller de carpintería. Tomó, además,
-una plaquita de hierro delgada y pulimentada,
-pero de menos dimensiones,
-que había encontrado también en la calle,
-y después de juntar una cosa con la
-otra (la tabla y la placa), las ató fuertemente
-con un hilo, y lo envolvió todo en
-un trozo de papel blanco.</p>
-
-<p>Este paquetito, al cual el joven había
-tratado de dar un aspecto todo lo elegante
-que le fué posible, quedó atado de
-manera que era muy difícil desatarlo.</p>
-
-<p>Por tal medio se ocuparía momentáneamente
-la atención de la vieja; mientras
-ésta estuviese procurando deshacer el
-nudo, Raskolnikoff podría elegir el momento
-oportuno. Había juntado con la
-tabla la placa de hierro para que el supuesto
-objeto de empeño pesase más,
-a fin de que en el primer momento, por
-lo menos, la usurera no sospechase que
-se le pedía dinero a cambio de un pedazo
-de madera. Apenas Raskolnikoff acababa
-de guardarse el hacha en el bolsillo, cuando
-oyó una voz que le decía en la escalera:</p>
-
-<p>&mdash;Ya hace mucho que han dado las
-seis.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío! ¿Mucho?</p>
-
-<p>Se dirigió a la puerta, aplicó el oído
-y se puso a bajar los treinta escalones
-sin hacer más ruido que un gato. Quedaba
-lo más importante: ir a la cocina a
-recoger el hacha con que se había determinado
-a cometer el crimen. Ya hacía
-tiempo que tenía pensado valerse de un
-hacha. Había en su casa una especie de
-hoz, pero este instrumento no le inspiraba
-confianza, y además desconfiaba de su
-destreza para manejarla; así fué que se
-decidió definitivamente por el hacha.
-Advirtamos a propósito de esto una particularidad
-singular; a medida que sus
-resoluciones tomaban un carácter determinado,
-más absurdas y horribles le
-parecían al joven. A pesar de la lucha
-desesperada que se libraba en su interior,
-no llegaba a admitir ni por un solo instante
-que acabaría por no poner en ejecución
-su sanguinario proyecto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p>
-
-<p>Si todos los obstáculos hubieran sido
-vencidos, todas las dudas disipadas, todas
-las dificultades allanadas, probablemente
-habría renunciado a su designio por absurdo,
-monstruoso e imposible. Pero le
-quedaba todavía multitud de puntos
-que esclarecer y de problemas que resolver.
-Lo de hacerse con el hacha no inquietaba
-en modo alguno a Raskolnikoff,
-porque esto era muy fácil. Anastasia
-no estaba casi nunca por la tarde en
-casa; acostumbraba salir para chismorrear
-con sus amigas o en las tiendas,
-y éste solía ser el motivo de las reprimendas
-de su ama.</p>
-
-<p>No había más que entrar cautelosamente
-en la cocina cuando llegase el
-momento oportuno, tomar el hacha y ponerla
-en el mismo sitio una hora después
-cuando todo hubiese terminado.</p>
-
-<p>Dudaba, empero, que saliese todo a
-medida de sus deseos.</p>
-
-<p>&mdash;Supongamos&mdash;pensaba el joven&mdash;que
-dentro de una hora, cuando yo vuelva
-a dejar el hacha, haya regresado Anastasia.
-Naturalmente, en tal caso tendré
-que aguardar para entrar en la cocina a
-que salga la criada; ¿pero y si durante
-este tiempo echa de menos el hacha y
-se pone a buscarla? Si no la encuentra
-refunfuñará, y ¡quién sabe! armará un
-alboroto en la casa. Esto sería una circunstancia
-que podría ser funesta.</p>
-
-<p>Sin embargo, no quería pensar en tales
-pormenores; además, no tenía tiempo
-para ello. Se preocupaba de lo más importante,
-decidido a desdeñar lo accesorio
-hasta que hubiese tomado una determinación
-sobre lo esencial. Esto último,
-empero, le parecía irrealizable. No podía
-imaginar que en un momento dado cesaría
-de pensar, se levantaría e iría allí
-derechamente... Aun en su reciente <i>ensayo</i>
-(es decir, en la visita que había hecho
-para tantear el terreno), había faltado
-poco para que el joven hubiese ensayado
-seriamente. Actor sin convicción,
-no pudo sostener su papel y huyó
-indignado contra sí mismo.</p>
-
-<p>No obstante, desde el punto de vista
-moral, la cuestión estaba resuelta. La
-casuística del joven, afilada como una
-navaja de afeitar, había cortado todas
-las objeciones; pero no encontrándolas
-en su mente se esforzaba en buscarlas
-fuera. Hubiérase dicho que, arrastrado
-por una potencia ciega, irresistible, sobrehumana,
-trataba desesperadamente
-de encontrar un punto fijo a que agarrarse.
-Los imprevistos accidentes de la víspera
-influían sobre él de una manera automática
-del mismo modo que el hombre
-a quien el engranaje de la rueda de
-una máquina le agarra una parte de su
-traje acaba por ser despedazado por la
-misma máquina.</p>
-
-<p>La primera cuestión que le preocupaba
-sobremanera y en la cual había pensado
-muchas veces, era esta: ¿por qué se
-descubren tan fácilmente todos los crímenes
-y por qué se encuentran con tanta
-facilidad las huellas de casi todos los
-culpables?</p>
-
-<p>Poco a poco llegó a diversas conclusiones
-muy curiosas. Según él la principal
-razón del hecho consistía menos en la imposibilidad
-material de ocultar el crimen
-que en la personalidad misma del criminal.
-Este último experimentaba en el
-momento de cometer el delito una diminución
-de la voluntad y de la inteligencia;
-por esta razón solía proceder con aturdimiento
-infantil, con ligereza fenomenal,
-precisamente cuando la circunspección
-y la prudencia le eran más necesarias.</p>
-
-<p>Raskolnikoff comparaba este eclipse
-del juicio y este desfallecimiento de la
-voluntad, a una afección morbosa que se
-desarrolla por grados, que llega al máximum
-de intensidad poco antes de la perpetración
-del crimen, que subsistía en la
-misma forma durante la comisión de él
-y aun algunos momentos después (más
-o menos tiempo según los individuos)
-para cesar luego como cesan todas las
-enfermedades. Un punto no esclarecido
-era el de saber si la enfermedad determina
-el crimen o si el crimen, por su naturaleza
-propia, va acompañado siempre de
-algún fenómeno morboso; pero el joven
-no se sentía capaz de resolver esta cuestión.</p>
-
-<p>Razonando de esta manera llegó a
-persuadirse de que él personalmente estaba
-al abrigo de semejantes trastornos
-morales, y de que conservaría la plenitud
-de su inteligencia y de su voluntad,
-durante la empresa, sencillamente porque<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span>
-«su empresa no era un crimen...» No
-referiremos la serie de argumentos que le
-habían conducido a esta última conclusión.
-Nos limitamos a decir que en sus
-preocupaciones, al lado práctico, las dificultades
-puramente materiales de ejecución,
-quedaban en el segundo término.
-«Que conserve yo mi presencia de espíritu,
-mi fuerza de voluntad, y cuando
-llegue el momento triunfaré de todos los
-obstáculos...» Pero no ponía manos a la
-obra. Menos que nunca creía en la persistencia
-final de sus resoluciones, y al sonar
-la hora se despertó como de un sueño.</p>
-
-<p>No estaba aún al pie de la escalera
-cuando una circunstancia insignificante
-vino a desconcertarle. Llegado al descansillo
-en que estaba el cuarto de su patrona,
-encontró, como siempre, abierta
-de par en par la puerta de la cocina, y
-miró discretamente: estando ausente
-Anastasia, ¿no era posible que estuviese
-allí la patrona? Y aunque no se hallase
-en la cocina, ¿tendría bien cerrada la
-puerta de su habitación? ¿No podría
-verle cuando entrase por el hacha? Era
-necesario cerciorarse. Pero, ¡cuál no sería
-su estupor al ver que Anastasia, contra
-su costumbre, estaba en la cocina! Más
-todavía: que andaba muy atareada, sacando
-ropa del cesto y tendiéndola en
-unas cuerdas. Al aparecer el joven, la
-criada, interrumpiendo su trabajo, se
-volvió hacia él y no dejó de mirarle hasta
-que se hubo alejado.</p>
-
-<p>Raskolnikoff volvió los ojos y pasó
-como si no se hubiera fijado en nada;
-pero aquélla era cosa concluída: no tenía
-hacha. Esta circunstancia fué para
-él un golpe terrible.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde había sacado yo&mdash;pensaba
-al bajar los últimos peldaños de la escalera&mdash;que
-precisamente en este momento
-había salido Anastasia? ¿Por qué se
-me habrá metido tal cosa en la cabeza?</p>
-
-<p>Sentíase como aplastado, como anonadado.
-Su despecho le impulsaba a burlarse
-de sí mismo. Hervía en todo su ser
-una cólera salvaje.</p>
-
-<p>Se detuvo indeciso en la puerta cochera;
-vagar por las calles, salir sin objeto,
-no le apetecía; pero aun le era más desagradable
-volver a subir. «¡Y pensar
-que he perdido para siempre tan buena
-ocasión!», murmuró enfrente del cuarto
-del <i>dvornik</i>, cuarto que estaba también
-abierto.</p>
-
-<p>De repente se echó a temblar. En la
-garita del portero, a dos pasos de Raskolnikoff,
-debajo del banco, brillaba un
-hacha... El joven miró en derredor suyo.
-Nadie. Se aproximó suavemente al chiribitil,
-bajó dos escaloncitos y llamó con
-voz débil al <i>dvornik</i>: «Vamos, no está
-en su casa; pero no debe de andar lejos,
-porque no ha cerrado la puerta.» De pronto,
-como un rayo, se lanzó hacia el hacha
-y la sacó de debajo del banco donde estaba
-entre dos troncos. En seguida pasó
-el arma por el nudo corredizo, se metió
-las manos en los bolsillos y salió. Nadie
-le vió. «No es la inteligencia la que me
-ayuda, es el diablo», pensó, sonriéndose
-de un modo extraño. Aquella casualidad
-contribuyó poderosamente a darle valor.</p>
-
-<p>Caminaba lenta, gravemente, temeroso
-de despertar sospechas. Apenas miraba
-a los transeuntes a fin de atraer lo menos
-posible la atención. De repente pensó
-en su sombrero. «¡Dios mío! ¡Anteayer
-tenía dinero y hubiera podido comprarme
-una gorra!» Del fondo de su alma brotó
-una imprecación. Una ojeada que por
-casualidad dirigió a una tienda donde había
-un reloj colgado de la pared, le hizo
-saber que eran ya las siete y diez. Urgía
-el tiempo, y, sin embargo, tenía que dar
-un rodeo para que no se le viese llegar
-de aquel lado a la casa.</p>
-
-<p>Entretanto se verificaba en él un extraño
-fenómeno; en contra de lo que se
-figuraba, no sentía miedo alguno; así,
-en vez de preocuparse por el crimen que
-se disponía a cometer, otros sentimientos
-ajenos a su empresa ocupaban su espíritu.
-Al pasar por delante del jardín de
-Jussupoff pensaba que sería conveniente
-establecer en todas las plazas públicas
-fuentes monumentales que refrescasen
-la atmósfera. Luego, por una serie de
-transiciones insensibles, comenzó a fantasear
-que si al jardín de Verano se le
-diese toda la extensión del campo de
-Marte y se le añadiese el jardín del palacio
-Miguel, San Petersburgo ganaría con
-ello higiénica y artísticamente considerado.</p>
-
-<p>«Del mismo modo, sin duda, las perso<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>nas
-que son conducidas al suplicio se fijan
-en todos los objetos que encuentran en el
-camino.» Se le ocurrió esta idea; pero se
-apresuró a desecharla. En tanto se aproximó:
-vió la casa, vió la puerta. De repente
-oyó que un reloj daba una sola
-campanada. «¡Cómo! ¿Serán ya las siete
-y media? ¡Imposible! Ese reloj adelanta.»</p>
-
-<p>También esta vez la casualidad sirvió
-a Raskolnikoff. Como si lo hubiera
-hecho a propósito, en el momento mismo
-en que llegaba frente a la casa,
-entraba por la puerta cochera una enorme
-carreta cargada de heno. El joven
-pudo franquear el umbral sin ser visto,
-deslizándose por el espacio que quedaba
-entre la carreta y la pared. Cuando estuvo
-en el patio, tomó rápidamente por
-la derecha. Del otro lado de la carreta
-disputaban algunos hombres. Raskolnikoff
-les oía gritar pero ninguno se fijó en
-él ni él por su parte encontró a nadie.
-Muchas de las ventanas que daban a aquel
-inmenso patio cuadrado estaban abiertas:
-sin embargo, no levantó la cabeza.
-Su primer movimiento fué ganar la escalera
-de la vieja que era la de la derecha.</p>
-
-<p>Conteniendo la respiración y con la
-mano apoyada en el corazón para comprimir
-sus latidos, se puso a subir los
-peldaños, cerciorándose antes de que el
-hacha estaba bien sujeta por el nudo corredizo.
-A cada minuto se paraba a escuchar;
-pero la escalera estaba completamente
-desierta y todas las puertas cerradas.
-En el segundo piso había un cuarto
-desalquilado, que estaba abierto, y
-en donde trabajaban algunos pintores;
-pero éstos no vieron a Raskolnikoff, que
-se detuvo un instante para reflexionar, y
-luego continuó subiendo. «Mejor hubiera
-sido que no estuviesen; pero por encima
-de ellos, hay todavía dos pisos.»</p>
-
-<p>Llegó al cuarto piso sin encontrarse
-con nadie, y se halló ante la puerta de
-Alena Ivanovna, donde volvió a detenerse
-para reflexionar. El cuarto de enfrente
-estaba desocupado. En el tercero,
-la habitación situada precisamente por
-debajo de la de la vieja, se hallaba también
-vacía, según todas las apariencias:
-la tarjeta que antes había en la puerta,
-no estaba: los inquilinos se habían ido...
-Raskolnikoff se ahogaba. Vaciló un momento.
-«¿No sería mejor que me fuera?»
-Pero sin responder a esa pregunta, se
-puso a escuchar; no oyó ningún ruido
-en casa de la vieja; en la escalera el mismo
-silencio. Después de haber estado escuchando
-largo rato, el joven echó una
-mirada en torno suyo y tentó nuevamente
-su hacha. «¿No estaré demasiado pálido?&mdash;pensó&mdash;.
-¿No se notará mi agitación?
-Esa mujer es muy desconfiada.
-Debiera esperar a que se calmase mi
-emoción.»</p>
-
-<p>Pero, lejos de calmarse, eran cada vez
-más violentas las pulsaciones del corazón
-del joven. No pudo contenerse más, y
-extendiendo lentamente la mano hacia
-el cordón de la campanilla, tiró de él.
-Al cabo de medio minuto llamó de nuevo,
-con más fuerza. Ninguna respuesta;
-llamar violentamente hubiera sido inútil
-y hasta imprudente. La vieja de seguro
-estaba en su casa; pero como era desconfiada,
-debía serlo más en este momento
-en que se encontraba sola. Raskolnikoff
-conocía en parte las costumbres de Alena
-Ivanovna. De nuevo aplicó el oído
-a la puerta. Su excitación desarrollaba
-en él una agudeza particular de sensaciones
-(lo que en general es difícil de admitir),
-o en rigor el ruido era fácilmente
-perceptible.</p>
-
-<p>Sea como fuere, le pareció oír que una
-mano se apoyaba con precaución en la
-cerradura, escuchaba, esforzándose por
-disimular su presencia. No queriendo parecer
-que se ocultaba, el joven llamó por
-tercera vez pero suavemente para no denunciar
-su impaciencia. Aquel instante
-dejó a Raskolnikoff un recuerdo imborrable.
-Cuando después pensaba en ello,
-no acertaba a explicarse cómo había podido
-desplegar tanta astucia precisamente
-en el momento en que su emoción era
-tal que le quitaba el uso de sus facultades
-intelectuales y físicas. Al cabo de un
-instante oyó que descorrían el cerrojo.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>VII.</h3></div>
-
-<p>Lo mismo que en su visita anterior,
-Raskolnikoff vió entreabrirse la puerta
-lentamente y por la estrecha abertura
-dos ojos muy brillantes que se fijaban<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>
-en él con expresión de desconfianza. Entonces
-le abandonó su sangre fría y cometió
-una falta que hubiera podido dar
-al traste con todo.</p>
-
-<p>Temiendo que Alena Ivanovna tuviese
-miedo de encontrarse sola con un visitante
-de aspecto poco tranquilizador,
-tiró de la puerta con violencia hacia sí
-para que la vieja no procurase cerrarla.
-La usurera no intentó siquiera hacerlo,
-pero no quitó la mano de la cerradura,
-de manera que faltó poco para que cayera
-de bruces en el descansillo, hacia donde
-se abría la puerta. Como Alena Ivanovna
-permanecía de pie en el umbral
-para no dejar el paso libre, el joven avanzó
-hacia ella. Aterrada la vieja dió un
-salto hacia atrás; pero no pudo pronunciar
-una palabra y miró a Raskolnikoff
-abriendo los ojos desmesuradamente.</p>
-
-<p>&mdash;Buenas tardes, Alena Ivanovna&mdash;dijo
-él con el tono más natural que pudo;
-pero en vano trataba de fingir; su voz
-era entrecortada y temblorosa&mdash;; traigo
-un objeto, pero entremos: para examinarlo
-hay que verlo a la luz...</p>
-
-<p>Y sin esperar a que se le dijera que pasase,
-penetró en la habitación. La vieja
-se le acercó vivamente; ya se le había
-desanudado la lengua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor!... ¿Qué quiere usted, quién
-es usted, qué se le ofrece?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, Alena Ivanovna!; usted me
-conoce muy bien... Raskolnikoff; tenga
-usted paciencia. Vengo a empeñar esta
-alhaja de la que le hablé el otro día&mdash;y
-le alargó el paquete.</p>
-
-<p>Alena Ivanovna iba a examinarlo,
-cuando de repente cambió de idea, y levantando
-los ojos dirigió una mirada penetrante,
-irritada y desconfiada sobre
-aquel importuno que se le metía en casa
-con tan poca ceremonia. Raskolnikoff
-hasta creyó advertir cierta especie de burla
-en los ojos de la vieja, como si ésta lo
-hubiese adivinado todo. Se daba cuenta
-el joven de que perdía la serenidad, de
-que tenía casi miedo, de que si aquella
-muda investigación se prolongaba medio
-minuto, iba, sin duda, a echar a correr.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me mira usted de ese modo,
-como si no me conociese?&mdash;dijo irritándose
-a su vez&mdash;. Si usted quiere eso, lo
-toma, si no, lo deja; iré a otra parte con
-ello; es inútil que me haga usted perder
-el tiempo.</p>
-
-<p>Se le escaparon estas palabras sin que
-las hubiera premeditado.</p>
-
-<p>El lenguaje resuelto del visitante tranquilizó
-a la usurera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué prisa hay, <i>batuchka</i>? ¿Qué es
-eso?&mdash;preguntó mirando el paquete.</p>
-
-<p>&mdash;Una cigarrera de plata; ya se lo dije
-a usted la otra tarde.</p>
-
-<p>La vieja extendió la mano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué pálido está usted! ¿Está usted
-malo, <i>batuchka</i>?</p>
-
-<p>&mdash;Tengo fiebre&mdash;respondió con voz
-brusca&mdash;. ¿Cómo no he de estar pálido?...
-Cuando uno no tiene que comer...&mdash;acabó
-de decir, no sin esfuerzo&mdash;, le abandonan
-las fuerzas de nuevo.</p>
-
-<p>La respuesta parecía verosímil; la vieja
-tomó el paquete.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto?&mdash;preguntó por segunda
-vez, y tanteando el peso de la
-prenda, miró fijamente a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;Una petaca de plata... mírela usted.</p>
-
-<p>&mdash;Cualquiera diría que no es plata...
-¡Oh, cómo la han atado!</p>
-
-<p>En tanto que Alena Ivanovna hacía
-esfuerzos por desatar el hilo, se había
-aproximado a la luz. (Todas las ventanas
-estaban cerradas, a pesar del calor sofocante
-que hacía.) En esta posición daba
-la espalda a Raskolnikoff, y durante algunos
-segundos no se ocupó en él. El joven
-se desabrochó el gabán y separó el
-hacha del nudo corredizo; pero sin sacarla
-todavía, se limitó a tenerla con la
-mano derecha debajo del sobretodo. Sentía
-una terrible debilidad en todos sus
-miembros. Comprendía que cada instante
-que pasaba su debilidad iba en aumento;
-temía que se le escapase el hacha
-de la mano, y le parecía que todo le daba
-vueltas en su derredor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué hay aquí dentro?&mdash;gritó
-coléricamente Alena Ivanovna, e hizo
-un movimiento en dirección a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>No había tiempo que perder. Sacó el
-joven el hacha de debajo del gabán, la
-levantó con las dos manos casi maquinalmente,
-porque no tenía fuerzas, y la
-dejó caer sobre la cabeza de la vieja. De<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>
-repente, en cuanto hubo dado el golpe,
-sintió Raskolnikoff que recobraba toda
-su energía física.</p>
-
-<p>Alena Ivanovna, como de costumbre,
-no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos,
-grises y escasos, y, como siempre,
-untados de aceite, recogíalos, formando
-trenzas en la nuca con un trozo de peineta
-de cuerno. El golpe dió precisamente
-en la coronilla, a lo cual contribuyó la
-escasa estatura de la víctima. La usurera
-lanzó un grito débil y cayó desplomada
-teniendo, sin embargo, todavía fuerzas
-para llevarse los brazos a la cabeza. En
-una de las manos conservaba la «prenda».
-Entonces Raskolnikoff que, como hemos
-dicho, había recobrado todo su vigor,
-asestó dos nuevos hachazos en el occipucio
-de la vieja. La sangre brotó a chorros
-y el cuerpo quedó exánime. El joven se
-echó hacia atrás y en cuanto vió a la anciana
-sin movimiento se inclinó para mirarla:
-estaba muerta; los ojos, desmesuradamente
-abiertos, parecían salirse de las
-órbitas, y las convulsiones de la agonía
-daban a su rostro la expresión de una horrible
-mueca.</p>
-
-<p>El asesino dejó el hacha en el suelo e
-inmediatamente se puso a registrar el
-cadáver, tomando todo género de precauciones
-para no mancharse de sangre.
-Se acordaba de haber visto la última vez
-a Alena Ivanovna buscar las llaves en el
-bolsillo derecho de su vestido. Se hallaba
-en plena posesión de su inteligencia. No
-experimentaba ni aturdimiento ni vértigos;
-pero seguían temblándole las manos.
-Más tarde recordó que había sido
-muy prudente, y que había puesto mucho
-cuidado en no mancharse. No tardó en
-encontrar las llaves. Como el día anterior,
-estaban todas reunidas en una anilla de
-acero.</p>
-
-<p>Después de haberse apoderado de ellas,
-Raskolnikoff entró en la alcoba. Era
-ésta muy pequeña, y había en ella un estante
-lleno de imágenes piadosa; en el
-otro lado una gran cama muy limpia con
-una colcha de seda almohadillada y hecha
-de pedazos cosidos. En la otra pared una
-cómoda. Cosa extraña; apenas hubo comenzado
-el joven a servirse de las llaves
-para abrir este mueble, le recorrió
-todo el cuerpo un escalofrío. Estuvo tentado
-de renunciar a todo y marcharse;
-pero esta idea duró sólo un momento;
-era demasiado tarde para retroceder.</p>
-
-<p>Hasta llegó a sonreírse de haber podido
-pensarlo, cuando, de repente, sintió
-una terrible inquietud: ¿Si por acaso la
-vieja no estuviera muerta y recobrase el
-sentido? Dejando las llaves en la cómoda,
-acudió vivamente cerca del cuerpo, tomó
-el hacha y se dispuso a dar otro golpe
-a su víctima; pero el arma, ya levantada,
-no cayó; no había duda de que Alena Ivanovna
-estaba muerta. Inclinándose de
-nuevo sobre ella para examinarla más
-de cerca, Raskolnikoff se convenció de
-que la mujer tenía el cráneo partido. En
-el sucio se había formado un lago de sangre.
-Viendo de improviso que la vieja tenía
-un cordón al cuello, el joven tiró de
-él violentamente; pero el cordón ensangrentado
-era recio y no se rompió.</p>
-
-<p>El asesino trató entonces de quitárselo,
-haciendo que se deslizase a lo largo
-del cuerpo; pero no fué más afortunado
-en esta segunda tentativa; el cordón
-encontró un obstáculo y no pasaba. Impaciente
-Raskolnikoff, blandió el hacha,
-pronto a descargarla sobre el cadáver
-para cortar con el mismo golpe aquel
-maldito cordón. Sin embargo, no pudo
-resolverse a proceder con aquella brutalidad.
-Al cabo, después de dos minutos
-de esfuerzos que le pusieron rojas las manos,
-logró cortar el cordón con el filo del
-hacha, sin herir el cuerpo de la muerta.
-Como había supuesto, lo que la vieja llevaba
-al cuello era una bolsa. También
-estaban sujetas al cordón una medallita
-esmaltada y dos cruces, la una de madera
-de ciprés, la otra de cobre. La bolsa,
-grasienta (un saquito de piel de camello),
-estaba completamente llena. Raskolnikoff
-se la metió en el bolsillo sin mirar
-lo que contenía; arrojó las cruces sobre
-el pecho de la vieja, y tomando el hacha
-volvió a entrar con ella apresuradamente
-en la alcoba.</p>
-
-<p>La impaciencia le devoraba, y puso mano
-a la obra de desvalijamiento; pero sus
-tentativas para abrir la cómoda eran infructuosas,
-no tanto por el temblor de
-las manos, como por sus continuas tor<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>pezas.
-Veía, por ejemplo, que tal llave
-no era de la cerradura y se obstinaba,
-sin embargo, en hacerla entrar.</p>
-
-<p>De pronto se acordó de una conjetura
-que había hecho en su anterior visita:
-aquella gruesa llave que estaba con las
-otras pequeñas en la anilla de acero,
-debía de ser no de la cómoda, sino de alguna
-caja en que acaso la vieja tenía encerrados
-todos sus valores. Sin ocuparse
-más en la cómoda, miró bajo la cama,
-sabiendo que los viejos tienen la costumbre
-de ocultar en ese sitio sus tesoros.
-En efecto, había allí un cofre de poco más
-de una archina de largo y cubierto de
-cuero rojo. La llave dentellada entraba
-perfectamente en la cerradura. Cuando
-Raskolnikoff levantó la tapa, vió
-colocados sobre un trapo blanco un
-abrigo forrado de piel de liebre con
-guarnición roja, debajo del abrigo una
-falda de seda y después un chal; el fondo
-parecía contener solamente trapos. El
-joven comenzó por secarse las manos ensangrentadas
-en la guarnición roja. «Sobre
-lo rojo, la sangre se conocerá menos.»
-De pronto pareció como que volvía en
-sí: «¡Señor! ¿Me habré vuelto loco?»,
-murmuró con terror.</p>
-
-<p>Pero apenas empezó a registrar aquellas
-ropas, cuando de debajo de la piel se
-deslizó un reloj de oro. En vista de esto,
-revolvió de arriba abajo el contenido del
-cofre. Entre los vestidos se hallaban objetos
-de oro, sin duda depositados como
-empeños, en manos de la usurera, brazaletes,
-cadenas, pendientes, alfileres de
-corbata, etc.; los unos encerrados en sus
-estuches, los otros anudados con una cinta
-en un pedazo de periódico doblado en
-dos partes.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no vaciló; metió mano a
-todas estas alhajas y se llenó los bolsillos
-del pantalón y del gabán sin abrir
-los estuches ni deshacer los paquetes;
-pero de pronto fué interrumpido en esta
-maniobra. En la habitación donde estaba
-la vieja sonaron pasos. Se detuvo helado
-de terror. Pero el ruido había cesado,
-el joven empezaba a creer que había
-sido engañado por una alucinación de
-su oído, cuando de súbito percibió, distintamente,
-un ligero grito o más bien
-un gemido débil y entrecortado. Al cabo
-de uno o dos minutos, todo volvió a quedar
-en un silencio de muerte. Raskolnikoff,
-sentado en el suelo cerca del cofre,
-esperaba respirando apenas. De repente
-dió un salto, tomó el hacha y se lanzó
-fuera de la alcoba.</p>
-
-<p>En medio de la sala, Isabel, con un
-gran bulto en las manos, contemplaba
-aterrorizada el cadáver de su hermana,
-y, pálida como la cera, parecía no tener
-fuerzas para gritar ante la brusca aparición
-del asesino. Comenzó a temblar,
-trató de levantar el brazo, de abrir la
-boca; pero no pudo dar ni un grito, y andando
-hacia atrás lentamente con la mirada
-fija en Raskolnikoff, fué a refugiarse
-en un rincón de la sala. La pobre mujer
-hizo esto sin gritar, como si le faltase
-el aliento. El asesino se lanzó sobre ella
-con el hacha levantada; los labios de la
-infeliz tomaron la expresión lastimera que
-suelen tomar los de los niños pequeños
-cuando están espantados.</p>
-
-<p>Tal horror sentía la desdichada, que
-aunque vió que el hacha se levantaba
-sobre ella, no pensó ni aun en defender
-la cara, llevándose las manos a la cabeza
-con un movimiento maquinal que sugiere
-en semejantes casos el instinto de conservación.
-Apenas si levantó el brazo izquierdo
-extendiéndolo lentamente en dirección
-del agresor, que descargó sobre
-Isabel un golpe terrible. El hierro del hacha
-penetró en el cráneo, hendió toda la
-parte superior de la frente y llegó casi
-hasta el occipucio: Isabel cayó rígida,
-muerta. Sin saber lo que hacía, Raskolnikoff
-tomó el paquete que la víctima tenía
-en la mano; después lo tiró y salió
-al recibimiento.</p>
-
-<p>Estaba aterrado a causa de aquel nuevo
-asesinato que no había sido premeditado
-por él. Quería desaparecer cuanto
-antes. «Si hubiese podido darse mejor
-cuenta de las cosas; si hubiese calculado
-todas las dificultades de su posición, si
-la hubiera previsto tan desesperada, tan
-horrible, tan absurda, como era; si hubiera
-comprendido bien los obstáculos
-que quedaban por vencer, quizá los crímenes
-que tendría que perpetrar para
-huir de aquella casa y entrar en la
-suya... probablemente habría renunciado
-a la lucha para correr a denunciarse, y<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>
-no por cobardía, sino por horror de lo
-que había hecho.» Esta impresión le iba
-dominando. Por nada del mundo se habría
-aproximado a la caja ni entrado
-en la alcoba.</p>
-
-<p>Poco a poco, sin embargo, comenzaron
-a surgir en su espíritu otros pensamientos,
-y cayó en una especie de delirio.
-Por momentos el asesino parecía olvidarse
-de sí mismo, o más bien, de olvidar
-lo principal, para fijarse en lo insignificante.
-Una mirada dirigida a la cocina
-le hizo descubrir un cubo medio lleno
-de agua, y se le ocurrió lavarse las manos
-y limpiar el hacha. A causa de la sangre
-tenía pegajosas las manos. Después de
-haber metido el hierro del arma en el
-agua, tomó un pedazo de jabón que había
-en el poyo de la ventana y comenzó a
-refregarse las manos. Cuando se las hubo
-lavado, enjugó el hierro del hacha y en
-seguida empleó tres minutos en jabonar
-el mango, para hacer desaparecer las salpicaduras
-de sangre. Después lo secó todo
-con un paño de cocina que estaba colgado
-en una cuerda. Hecho esto, se aproximó
-a la ventana, con objeto de examinar
-atenta y detenidamente el hacha. Las
-huellas acusadoras habían desaparecido;
-pero el mango estaba húmedo. Raskolnikoff
-ocultó cuidadosamente el arma bajo
-su gabán, colocándola en el nudo corredizo;
-después hizo una inspección minuciosa
-de sus vestidos con todo el cuidado
-que le permitía la débil luz que iluminaba
-la cocina. A primera vista el pantalón
-y el gabán no tenían nada de sospechoso;
-pero en los zapatos observó algunas
-manchas. El joven las limpió con un
-trapo humedecido en agua.</p>
-
-<p>No obstante, estas precauciones no le
-tranquilizaban más que a medias, porque
-veía mal y comprendía que podían pasarse
-inadvertidas algunas manchas. Permaneció
-irresoluto en medio de la sala
-bajo la influencia de un pensamiento
-sombrío y angustioso: el pensamiento de
-que se volvía loco, de que en aquel momento
-era incapaz de tomar una determinación
-ni de velar por su seguridad y
-de que su manera de proceder no era la
-que convenía en las circunstancias presentes...</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío, debo irme; irme en seguida!&mdash;murmuró
-y se lanzó al recibimiento,
-en donde le esperaba un susto
-mayor de los que hasta entonces había
-experimentado. Se quedó inmóvil, no
-atreviéndose a dar crédito a sus ojos: la
-puerta del cuarto, la puerta exterior que
-daba al descansillo, la misma en que él
-había llamado hacía poco, por la cual
-había entrado, estaba abierta: hasta este
-momento había permanecido entreabierta:
-acaso por precaución, la vieja, ni había
-dado vuelta a la llave ni echado el cerrojo.
-¡Pero Dios mío! el joven había visto en
-seguida a Isabel. ¿Cómo no se le ocurrió
-que la vendedora había entrado por la
-puerta? No había podido penetrar en el
-cuarto a través de la pared.</p>
-
-<p>Cerró la puerta y echó el cerrojo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero no; no es eso lo que debo hacer.
-Es menester partir, huir inmediatamente.</p>
-
-<p>Descorrió el cerrojo, y después de haber
-abierto la puerta, se puso a escuchar
-largo rato en la escalera. Abajo, probablemente
-en la puerta cochera, dos voces
-ruidosas se insultaban. Esperó pacientemente.
-Por último, callaron las voces; los
-dos alborotadores se habían ido cada
-cual por su lado. Iba ya el joven a salir
-cuando en el piso inferior se abrió con estrépito
-una puerta y alguien empezó a
-bajar tarareando una canción. ¿Qué les
-pasaba a esta gente para armar tanto
-ruido? Cerró de nuevo la puerta, esperando
-otra vez dentro del cuarto. Finalmente
-se restableció el silencio; pero en el
-instante en que Raskolnikoff se disponía
-a bajar, percibió un nuevo rumor.</p>
-
-<p>Eran pasos todavía distantes, que resonaban
-en los primeros peldaños de la
-escalera; sin embargo, en cuanto empezó
-a oírlos, adivinó la verdad&mdash;: Vienen
-<i>aquí</i>, al cuarto piso, a casa de la vieja.</p>
-
-<p>¿De dónde provenía aquel presentimiento?
-¿Qué tenía de significativo el
-ruido de aquellos pasos? Eran pesados,
-regulares, y más bien lentos que ligeros...</p>
-
-<p>&mdash;Ya <i>él</i> ha llegado al primer piso...
-se le oye cada vez mejor... resuella como
-un asmático... ya llega al tercer piso...
-¡aquí!</p>
-
-<p>Y Raskolnikoff experimentó súbitamente
-una parálisis general, como ocurre
-en una pesadilla cuando uno se cree<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span>
-perseguido por varios enemigos: están
-a punto de alcanzaros, os van a matar
-y os quedáis como clavados en el suelo
-imposibilitados de moveros.</p>
-
-<p>El desconocido comenzaba a subir el
-tramo del cuarto piso.</p>
-
-<p>Raskolnikoff, a quien el espanto había
-tenido inmóvil en el descansillo, pudo,
-por último, sacudir su estupor y entrando
-apresuradamente en el cuarto cerró la
-puerta y corrió el cerrojo, teniendo cuidado
-de hacer el menor ruido posible. El
-instinto, más bien que el razonamiento,
-le guió en estas circunstancias.</p>
-
-<p>Armóse después del hacha, se arrimó a
-la puerta y se puso a escuchar, sin atreverse
-a esperar siquiera. Ya el visitante
-estaba en el descansillo.</p>
-
-<p>No había entre los dos hombres más
-que el espesor de una tabla. El desconocido
-se encontraba frente a frente de Raskolnikoff
-en la situación en que éste se
-había encontrado respecto de la vieja.</p>
-
-<p>El visitante respiró varias veces con
-fatiga.</p>
-
-<p>«Debe ser grueso y alto», pensó el joven,
-apretando con la mano el mango
-del hacha. Todo aquello parecía un sueño.
-Al cabo de un momento, el visitante
-dió un fuerte campanillazo. Creyó percibir
-cierto ruido en la sala. Durante algunos
-segundos escuchó atentamente;
-llamó después de nuevo, esperó todavía
-un poco, y de pronto, perdida la paciencia,
-se puso a sacudir la puerta con todas
-sus fuerzas. Raskolnikoff contemplaba
-con terror el cerrojo que temblaba en
-su ajuste; temía verlo saltar de un momento
-a otro. Pensó sujetar el cerrojo
-con la mano; pero el hombre hubiera
-podido desconfiar. La cabeza comenzaba
-a írsele de nuevo. «¡Estoy perdido!»,
-se dijo; sin embargo, recobró súbitamente
-ánimos, cuando el desconocido rompió
-el silencio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estarán durmiendo o las habrán
-estrangulado? ¡Malditas mujeres!&mdash;murmuraba
-en voz baja el visitante&mdash;. ¡Eh,
-Alena Ivanovna, vieja bruja! ¡Isabel Ivanovna,
-belleza indescriptible! ¡Abrid!</p>
-
-<p>Exasperado, llamó diez veces seguidas
-todo lo más fuerte que pudo. Sin duda
-aquel hombre tenía confianza en la casa
-y dictaba en ella la ley.</p>
-
-<p>Así pensaba Raskolnikoff cuando, de
-improviso, sonaron en la escalera pasos
-ligeros y rápidos. Era, sin duda, otro que
-subía al cuarto piso. El joven no se enteró
-al pronto de la llegada del recién venido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es posible que no haya nadie?&mdash;dijo
-una voz sonora y alegre, dirigiéndose
-al primer visitante, que continuaba
-tirando de la campanilla&mdash;. ¡Buenas
-tardes, Koch!</p>
-
-<p>Por el timbre de la voz comprendió
-Raskolnikoff que era un jovenzuelo.</p>
-
-<p>&mdash;¡El demonio lo sabe; poco ha faltado
-para que haya saltado la cerradura!&mdash;respondió
-Koch&mdash;; ¿pero usted, cómo me
-conoce?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya una pregunta! ¿No le gané a
-usted anteayer en el café Gambrinus tres
-partidas seguidas de billar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que no están? Es extraño,
-y además estúpido. ¿A dónde habrá ido
-la vieja? Tenía que hablarle.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que no hay más remedio
-que marcharse? ¿Qué hacer? ¡Y yo que
-venía a pedirle dinero prestado!&mdash;exclamó
-el joven.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto; no hay más remedio que
-marcharse. Pero no comprendo por qué
-no está la bruja en casa habiéndome dado
-una cita. ¡Pues hay una buena caminata
-de aquí a mi casa! ¿Y a dónde demonios
-habrá ido? Esta bruja no se mueve en todo
-el año, puede decirse que echa raíces
-en su casa, tiene malas las piernas... ¡y
-de repente se va de parranda!</p>
-
-<p>&mdash;Podíamos preguntarle al portero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;¡Toma! para saber a dónde ha ido
-y cuándo volverá.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hum... preguntar!... ¡pero si no
-sale nunca!&mdash;y tiró del cordón de la campanilla&mdash;.
-¡Vaya, es inútil, hay que marcharse!</p>
-
-<p>&mdash;¡Espere usted!&mdash;gritó de repente el
-joven&mdash;. Fíjese, vea usted cómo resiste
-la puerta cuando se tira de ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?</p>
-
-<p>&mdash;Esto prueba que no está cerrada con
-llave, sino con cerrojo. ¡Mire usted, mire
-usted cómo suena!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no comprende usted todavía?
-Eso prueba que una, por lo menos, está
-en casa. Si las dos hubieran salido, habrían
-cerrado la puerta por fuera con llave,
-y claro es que no hubieran podido
-echar el cerrojo por dentro. Repare usted
-el ruido que hace. Es evidente que
-para pasar el cerrojo tiene que estar en
-casa. ¿Comprende usted? De modo, que
-están dentro y no quieren abrir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues es verdad!&mdash;exclamó Koch
-asombrado&mdash;. ¿De manera que están
-ahí?</p>
-
-<p>Y se puso a sacudir furiosamente la
-puerta.</p>
-
-<p>&mdash;No siga usted&mdash;dijo el joven&mdash;; aquí
-pasa algo extraordinario... Usted ha llamado...
-ha sacudido la puerta con todas
-sus fuerzas y ellas no abren; luego, o están
-desmayadas o..</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Hay que llamar al <i>dvornik</i> para que
-las despierte.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena idea!</p>
-
-<p>Los dos empezaron a bajar.</p>
-
-<p>&mdash;Espere usted, quédese aquí; iré yo
-a buscar al <i>dvornik</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué me he de quedar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¿Quién sabe lo que puede ocurrir?</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;Verá usted; yo me dispongo a ser
-juez de instrucción. Aquí hay algo que
-no está claro; esto es evidente, evidentísimo.</p>
-
-<p>Y así diciendo el joven bajó de cuatro
-en cuatro los peldaños de la escalera.</p>
-
-<p>Cuando se quedó solo, Koch llamó otra
-vez, pero suavemente; después se puso
-con aire distraído a empujar el botón de
-la cerradura para cerciorarse de que la
-puerta estaba cerrada nada más que con
-cerrojo. Luego, resoplando como un fuelle,
-se bajó para mirar por el ojo de la
-llave, pero ésta estaba puesta por dentro,
-de modo que no pudo ver nada.</p>
-
-<p>En pie, del otro lado de la puerta, estaba
-Raskolnikoff con el hacha en la mano
-y dispuesto a deshacer el cráneo al
-primero que osara asomar la cabeza. Más
-de una vez, oyendo a los dos curiosos
-hurgar en la puerta y concertarse entre
-sí, estuvo a punto de acabar de una vez
-y de interpelarlos, pero sin abrir. Por
-momentos sentía deseos de injuriarlos,
-de insultarlos, de abrir la puerta para
-hacerles entrar y matarlos a ambos.
-«Mejor será que acabe cuanto antes»&mdash;pensaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué diablo! ¡No sube nadie!&mdash;se dijo
-Koch, comenzando a perder la paciencia&mdash;.
-¡Qué diablo!&mdash;volvió a decir, y
-fastidiado de esperar abandonó su puesto
-para bajar en busca del joven.</p>
-
-<p>Poco a poco dejó de oírse el ruido de
-sus botas, que resonaban pesadamente
-en la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?</p>
-
-<p>Raskolnikoff descorrió el cerrojo y entreabrió
-la puerta. Tranquilizado por el
-silencio que reinaba en la casa, y, por otra
-parte, incapaz de reflexionar en aquel
-momento, salió, cerró detrás de sí lo mejor
-que pudo, y empezó a bajar la escalera.</p>
-
-<p>Había descendido ya muchos escalones,
-cuando se produjo abajo un gran estrépito.
-¿Dónde ocultarse? No había medio
-de esconderse en ninguna parte, y
-volvió a subir apresuradamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, pardiez, espera, aguarda!</p>
-
-<p>El que lanzaba estas voces acababa de
-salir de un cuarto situado en los pisos inferiores
-y bajaba a saltos gritando:</p>
-
-<p>&mdash;¡Mitka! ¡Mitka! ¡Mitka! ¡El demonio
-se lleve a ese loco!</p>
-
-<p>La distancia no permitió oír más. El
-hombre que profería aquellas exclamaciones
-estaba ya lejos de la casa. El silencio
-se restableció; pero apenas había
-cesado esta alarma cuando le sucedió
-otra. Varios individuos que hablaban entre
-sí en voz alta subían tumultuosamente
-la escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikoff
-reconoció la voz chillona del joven
-estudiante.</p>
-
-<p>&mdash;Son ellos&mdash;se dijo, y sin procurar
-ya escapar, se fué derechamente a su encuentro&mdash;.
-Ocurra lo que quiera&mdash;añadió.
-Si me detienen, todo ha terminado; y
-si me dejan escapar, también, porque se
-acordarán de haberme visto en la escalera.</p>
-
-<p>Iba ya a reunirse con ellos, pues sólo
-les separaba un piso, cuando de repente
-vió la salvación. A pocos escalones delante
-de él, a la derecha, había un cuarto
-desalquilado, completamente abierto, el<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span>
-mismo donde trabajaban los pintores;
-pero, como si lo hubieran hecho adrede,
-éstos acababan de dejarlo.</p>
-
-<p>Eran, sin duda, los que un momento
-antes habían salido vociferando. Se veía
-que la pintura estaba todavía fresca; en
-medio de la sala habían dejado los obreros
-sus útiles, una cubeta, un cacharro
-con color y una brocha. En un abrir y cerrar
-de ojos Raskolnikoff se escurrió en
-el cuarto desalquilado y se arrimó cuanto
-pudo a la pared. Ya era tiempo: sus perseguidores
-llegaban al descansillo; pero,
-sin detenerse, subieron al cuarto piso, hablando
-ruidosamente. Después de cerciorarse
-de que se habían alejado un poco,
-el asesino salió de puntillas y descendió
-precipitadamente. Nadie en la escalera,
-nadie en el patio. Atravesó rápidamente
-el umbral, y una vez en la calle dobló la
-esquina de la izquierda.</p>
-
-<p>Comprendía perfectamente que los que
-le buscaban habían llegado en aquel momento
-a la puerta del cuarto de la vieja,
-quedándose estupefactos al verla
-abierta.</p>
-
-<p>&mdash;Indudablemente están examinando
-los cadáveres&mdash;se decía&mdash;; sin duda les
-bastará un minuto para adivinar que el
-asesino ha logrado escapar; sospecharán,
-quizá, que se ha escondido en el cuarto
-desalquilado del segundo piso cuando
-ellos subían al de la usurera.</p>
-
-<p>Pero, a pesar de hacerse estas reflexiones,
-no se atrevía a apresurar el paso,
-aunque estaba aún lejos de la primera
-esquina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Si me deslizara en un portal, en
-alguna calle extraviada y esperase allí
-un momento? No, malo. ¿Si fuese a arrojar
-el hacha a cualquier parte? ¿si tomara
-un coche? ¡Malo, malo!</p>
-
-<p>Al cabo se ofreció ante sus ojos un <i>pereulok</i>
-y se metió en él más muerto que
-vivo. Allí estaba casi en salvo; así lo
-comprendió. Era difícil que las sospechas
-recayeran sobre él. Por otra parte, era fácil
-no llamar la atención en medio de los
-paseantes; pero de tal manera aquellas
-angustias le habían debilitado, que apenas
-podía sostenerse en pie. Por la cara
-le corrían gruesas gotas de sudor y tenía
-empapado el cuello.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena la has tomado!&mdash;le gritó,
-al desembocar el canal, uno que le creyó
-borracho.</p>
-
-<p>No se daba cuenta de nada; cuanto más
-andaba, más se obscurecían sus ideas. No
-obstante, cuando llegó al muelle del Neva,
-se asustó de ver tan poca gente, y
-temiendo que reparasen en él en un lugar
-tan solitario, se volvió otra vez al
-<i>pereulok</i>; y aunque apenas tenía fuerzas
-para andar, dió un largo rodeo para volver
-a su domicilio.</p>
-
-<p>Al franquear el umbral no había recobrado
-aún su presencia de espíritu; a lo
-menos, hasta que llegó a mitad de la escalera
-no se acordó de que llevaba todavía
-el hacha. La cuestión que tenía que
-resolver era muy grave: se trataba de dejar
-el hacha donde la había tomado, sin
-llamar en lo más mínimo la atención. Si
-hubiera estado más tranquilo habría comprendido,
-de seguro, que en vez de dejar
-el arma en su antiguo puesto, hubiera sido
-mucho mejor deshacerse de ella arrojándola
-en cualquier corral. Sin embargo,
-todo le resultó a maravilla: la puerta del
-<i>dvornik</i> estaba cerrada, pero sin llave,
-lo cual hacía suponer que el portero no se
-había ausentado; pero Raskolnikoff, incapaz
-en aquel instante de discurrir ni de
-combinar un plan, se fué derecho a la
-puerta y la abrió. Si el portero le hubiese
-preguntado: «¿Qué quiere usted?»,
-quizá el joven le habría entregado sencillamente
-el hacha; pero esta vez, como
-la anterior, el <i>dvornik</i> había salido, lo
-que dió facilidad a Raskolnikoff para colocar
-el hacha debajo del banco, en el sitio
-donde la había encontrado. En seguida
-subió la escalera y llegó a su habitación
-sin tropezarse con nadie: la puerta
-del cuarto de la patrona estaba cerrada.
-Cuando entró en su aposento se echó
-vestido en el diván, y aunque no se durmió,
-quedó en estado inconsciente. Si
-hubiese entrado alguien en su habitación,
-habríase levantado bruscamente
-gritando despavorido. Mil ideas distintas
-le hormigueaban en el cerebro.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>SEGUNDA PARTE</h2>
-
-
-<h3>I.</h3></div>
-
-<p>Raskolnikoff estuvo mucho tiempo
-acostado. A veces salía de su somnolencia
-y observaba que la noche estaba muy
-avanzada; pero no se le ocurría la idea
-de levantarse. Luego notó que empezaba
-a amanecer. Echado boca arriba en el
-sofá, no había podido recobrarse de la especie
-de letargo en que se hallaba sumido.
-De pronto oyó gritos terribles y desesperados
-que sonaban en la calle: eran
-las mismas voces que daba todas las noches
-a las dos, bajo sus ventanas, la gente
-que salía de las tabernas.</p>
-
-<p>Aquel ruido le despertó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, son borrachos!&mdash;pensó&mdash;. Las
-dos&mdash;y sintió un brusco sobresalto, como
-si le hubiesen levantado con violencia
-del sofá&mdash;. ¡Cómo! ¡Las dos ya!&mdash;Se
-sentó en el diván y lo recordó todo.</p>
-
-<p>En el primer momento creyó que se
-volvía loco. Sentía mucho frío, que procedía,
-sin duda, de la fiebre que le había
-asaltado durante el sueño. Ahora tiritaba
-de tal modo que le castañeteaban
-los dientes. Abrió la puerta y se puso a
-escuchar; todo dormía en la casa. Echó
-una mirada sobre su persona y en derredor
-suyo. ¿Cómo, el día antes, al entrar
-en su habitación, se le olvidó de cerrar
-la puerta con el pestillo? ¿Por qué se había
-echado en el sofá, no solamente sin
-desnudarse, sino hasta con el sombrero
-puesto? Este había rodado por el suelo.
-«Si alguno entrase aquí, qué pensaría?
-De seguro me creería borracho; pero...»</p>
-
-<p>Se acercó a la ventana. Era ya día claro.
-El joven se examinó de pies a cabeza
-para ver si tenía alguna mancha en la ropa;
-pero no se podía fiar de una inspección
-hecha de aquel modo; siempre temblando,
-se desnudó y miró de nuevo su ropa con
-el mayor cuidado. Por exceso de precaución
-repitió este examen tres veces seguidas.
-No descubrió nada, excepto algunas
-gotas de sangre coagulada en la parte
-baja del pantalón, cuyos bordes estaban
-rotos y deshilachados. Tomó un cuchillo,
-y doblando los bordes de aquella
-prenda hizo dos tiras. De repente se acordó
-de que la bolsa y los objetos que había
-tomado del cofre de la vieja seguían en sus
-bolsillos. No había pensado en sacarlos
-ni en ocultarlos en cualquier parte. No se
-le ocurrió tampoco momentos antes
-cuando examinaba su ropa. «¡Si parece
-imposible!»</p>
-
-<p>En un abrir y cerrar de ojos se vació
-los bolsillos y puso su contenido sobre la
-mesa. Después de haberlos registrado
-bien, a fin de asegurarse de que no quedaba
-nada en ellos, lo llevó todo a un rincón
-del cuarto. En aquel sitio, la tapicería destrozada
-se destacaba de la pared, y allí
-fué, bajo el papel, donde metió las alhajas
-y la bolsa.</p>
-
-<p>&mdash;Así, ni visto ni conocido&mdash;pensó con
-alegría, medio incorporándose; y, mirando
-como atontado el ángulo en que la
-tapicería estaba desgarrada, bostezaba
-más aún.</p>
-
-<p>De pronto, el terror agitó sus miembros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío!&mdash;murmuró con desesperación&mdash;.
-¿Qué es lo que me pasa?<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>
-¿Está eso bien oculto? ¿Es así como se
-esconden estas cosas?</p>
-
-<p>A la verdad, no era aquél el botín de
-que había esperado apoderarse; su intento
-era apropiarse del dinero de la vieja;
-así es que la necesidad de ocultar las alhajas
-le pillaba desprevenido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero ahora tengo yo motivos para
-alegrarme?&mdash;se decía&mdash;. ¿Es éste el modo
-de ocultar lo robado? Creo que me abandona
-la razón.</p>
-
-<p>Falto de fuerzas, extenuado, se sentó
-en el diván, acometido de fuerte temblor.</p>
-
-<p>Maquinalmente tomó un gabán viejo
-de invierno hecho jirones, que se encontraba
-en una silla, y se tapó con él;
-le invadió inmediatamente un sueño
-mezclado de delirio y perdió la conciencia
-de sí mismo.</p>
-
-<p>Cinco minutos después se despertó sobresaltado,
-y su primer movimiento fué
-examinar de nuevo sus vestidos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo he podido volver a dormirme
-sin haber hecho nada?; el nudo corredizo
-está en el sitio en que yo lo cosí. ¡Y no
-haber pensado en ello! ¡Semejante pieza
-de convicción!</p>
-
-<p>Arrancó la venda de tela, la redujo
-a trozos pequeños y los confundió con
-la ropa que tenía debajo de la almohada.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que estos trapos no pueden
-en caso ninguno despertar sospechas;
-por lo menos así lo creo&mdash;repetía
-en pie, en medio de la sala, con una atención
-que el esfuerzo hacía dolorosa, y
-miraba en derredor suyo para cerciorarse
-de que no había olvidado nada.</p>
-
-<p>Le atormentaba cruelmente el convencimiento
-de que todo, la razón, hasta la
-más elemental prudencia, le abandonaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿Comienza ya el castigo? Sí,
-sí... así es, en efecto.</p>
-
-<p>Los hilachos que había cortado del
-pantalón estaban en el suelo en medio
-de la sala, expuestos a la vista del primero
-que llegase.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero dónde tengo yo la cabeza?&mdash;exclamó
-como anonadado.</p>
-
-<p>Entonces le asaltó una idea extraña;
-pensó que su traje estaba todo ensangrentado,
-y que, a causa de la debilidad de sus
-facultades, no se había enterado de las
-manchas.</p>
-
-<p>De repente se acordó de que la bolsa
-estaba también manchada de sangre.</p>
-
-<p>Debe de haberse manchado el bolsillo,
-porque la bolsa estaba húmeda cuando
-la guardé.</p>
-
-<p>En seguida dió la vuelta al bolsillo, y
-en efecto, encontró manchas en el forro.</p>
-
-<p>&mdash;La razón no me ha abandonado por
-completo; soy capaz todavía de reflexionar,
-puesto que he podido hacer esta
-observación&mdash;pensó gozoso, lanzando un
-suspiro de satisfacción&mdash;; todo ello ha sido
-un instante de fiebre que me ha privado
-momentáneamente del juicio.</p>
-
-<p>Arrancó inmediatamente todo el forro
-del bolsillo izquierdo del pantalón. En
-aquel momento un rayo de sol fué a dar
-en la punta de la bota izquierda: al joven
-le pareció que había allí indicios reveladores.
-Se descalzó.</p>
-
-<p>&mdash;¡En efecto, son indicios! Toda la punta
-de la bota está llena de sangre. Sin
-duda puse imprudentemente el pie en
-aquel charco... ¿Pero qué hacer ahora de
-tales cosas? ¿Cómo deshacerme de esta
-bota, de estos trapajos y del forro del
-bolsillo?</p>
-
-<p>Estaba en pie en medio de la sala, teniendo
-en la mano aquellos objetos que le
-denunciaban y le comprometían.</p>
-
-<p>&mdash;Si los echase en la chimenea... Pero
-precisamente donde registrarán primero
-será en la chimenea. Si los quemase...
-¿pero con qué? No tengo ni cerillas. Es
-mejor tirarlo todo en cualquier parte. Sí,
-lo mejor será tirarlo&mdash;repetía sentándose
-nuevamente en el diván&mdash;; pero en seguida,
-sin pérdida de tiempo.</p>
-
-<p>Mas en vez de ejecutar esta resolución
-dejó caer la cabeza en las manos; empezó
-de nuevo el temblor, pero transido de
-frío se envolvió en su gabán de invierno.
-Durante muchas horas, esta misma idea
-estuvo presente en su espíritu: «Es preciso
-arrojar esto cuanto antes en cualquier
-parte». Varias veces se agitó bajo el gabán,
-quiso levantarse y no pudo conseguirlo.
-Al cabo de un rato, varios golpes
-violentos dados a la puerta le sacaron de
-su abstracción. Era Anastasia quien
-llamaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Abre si no te has muerto!&mdash;gritó
-la criada&mdash;. ¡Se pasa la vida durmiendo,<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>
-tendido como un perro! ¡Sí, como un perro!
-¡Abreme, te digo; son ya las diez
-dadas!</p>
-
-<p>&mdash;Puede que no esté&mdash;dijo una voz
-de hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Es la voz del <i>dvornik</i>...&mdash;se dijo
-Raskolnikoff, y temblando se sentó en el
-sofá.</p>
-
-<p>Le latía el corazón hasta hacerle daño.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué habrá cerrado la puerta
-con el pestillo?&mdash;dijo Anastasia&mdash;. Se
-cree, sin duda, un bicho raro y teme acaso
-que alguien se lo lleve. Abre, despiértate...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué querrán? ¿Por qué habrá subido
-el <i>dvornik</i>? Todo se ha descubierto.
-¿Debo resistir o abrir desde luego? ¡Malditos
-sean!</p>
-
-<p>Se medio incorporó, inclinóse hacia
-adelante y quitó el picaporte. La habitación
-era tan pequeña, que el joven podía
-abrir la puerta sin levantarse del sofá.
-Anastasia y el <i>dvornik</i> aparecieron en
-el umbral. La criada contempló a Raskolnikoff
-con extrañeza. Por su parte
-el joven miró con audacia desesperada
-al portero, que silenciosamente le alargó
-un papel ceniciento plegado en dos
-partes y sellado con cera basta.</p>
-
-<p>&mdash;Es una citación. Procede de la comisaría&mdash;dijo
-el <i>dvornik</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué comisaría?</p>
-
-<p>&mdash;¡De cuál ha de ser! De la de policía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se me llama ante la policía?... ¿Por
-qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo he de saberlo yo? Se le llama
-a usted, pues obedezca y punto en boca.</p>
-
-<p>El portero examinó atentamente al
-inquilino, después miró en derredor suyo
-y se dispuso a retirarse.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que estás peor&mdash;observó Anastasia,
-que no separaba los ojos de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>El <i>dvornik</i> volvió la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Desde ayer tiene fiebre&mdash;añadió la
-criada.</p>
-
-<p>El joven no respondió, seguía con el
-pliego en la mano sin abrirlo.</p>
-
-<p>&mdash;Quédate acostado&mdash;prosiguió la sirvienta
-compadecida de él al ver que se
-disponía a levantarse&mdash;. Estás enfermo,
-no vayas. No es cosa urgente. ¿Qué tienes
-en las manos?</p>
-
-<p>El joven miró: tenía en la derecha las
-tiras del pantalón, la bota, y el forro de
-bolsillo. Se había dormido con aquellos
-objetos. Más tarde, tratando de explicarse
-el hecho, se acordó de que medio
-despierto, en un acceso febril, apretó
-fuertemente todo aquello contra su pecho
-quedándose luego dormido sin aflojar
-los dedos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ha tomado esos andrajos y se duerme
-con ellos como si fueran un tesoro!...</p>
-
-<p>Al decir estas palabras, Anastasia se
-retorcía con la risa nerviosa que le era
-habitual.</p>
-
-<p>Raskolnikoff ocultó rápidamente bajo
-su abrigo todo lo que tenía en las manos
-y fijó una penetrante mirada en la
-criada. Aunque no se encontraba en estado
-de reflexionar, comprendía que no
-se busca así a un hombre cuando se
-intenta prenderle. «¿Pero la policía?»</p>
-
-<p>&mdash;¿Tomarás te?, ¿quieres que te lo
-traiga? Queda algo...</p>
-
-<p>&mdash;No, voy allá, voy en seguida&mdash;balbuceó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero podrás bajar la escalera?</p>
-
-<p>&mdash;Quiero ir.</p>
-
-<p>&mdash;Allá tú.</p>
-
-<p>Anastasia salió detrás del <i>dvornik</i>.
-Raskolnikoff se puso en seguida a examinar
-a la luz la bota y las tiras. «Hay manchas,
-pero no son muy visibles; el barro
-y el roce han hecho desaparecer el color.
-El que no sospeche no advertirá nada; por
-consiguiente, Anastasia, desde el sitio
-donde estaba, no ha podido notar nada,
-¡gracias a Dios!»</p>
-
-<p>Después, con mano temblorosa, abrió
-el pliego y comenzó a leer; pero tuvo que
-leerlo varias veces antes de darse cuenta
-del contenido. Era una citación redactada
-en la forma ordinaria. El comisario
-de policía del distrito invitaba a Raskolnikoff
-a presentarse en su oficina a
-las nueve y media de aquel mismo día.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué se me cita? Yo no tengo
-que ver nada con la policía... ¡Y hoy precisamente!&mdash;se
-dijo, presa de la más
-viva ansiedad&mdash;. ¡Señor, haced que esto
-acabe lo más pronto posible!</p>
-
-<p>En el momento en que iba a arrodillarse
-para rezar, se echó a reír, no de la oración,
-sino de sí mismo, y empezó a vestirse
-rápidamente.</p>
-
-<p>&mdash;Voy yo mismo a meterme en la bo<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>ca
-del lobo... Pues bien, tanto peor, me
-es igual... me pondré esta bota... La verdad
-es que, gracias al polvo de la calle,
-se advertirán menos las manchas.</p>
-
-<p>Pero apenas se la hubo calzado se la
-quitó de repente con temor y disgusto.
-Después reflexionó que no tenía otra y se
-la volvió a poner riéndose otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;Todo esto es circunstancial, todo relativo;
-lo único que puede haber son conjeturas,
-suposiciones y nada más.</p>
-
-<p>Esta idea, a la cual se aferraba con convicción,
-no le impedía temblar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos! Ya estoy calzado; he acabado
-por hacerlo.</p>
-
-<p>Al abatimiento siga la hilaridad.</p>
-
-<p>&mdash;No, esto es superior a mis fuerzas...
-las piernas se me doblan... ¡Esto es miedo!</p>
-
-<p>Le dolía la cabeza a causa del calor.</p>
-
-<p>&mdash;Es un lazo que se me tiende, lo sé.
-Se valen de la astucia para atraerme, y
-cuando esté allí descubrirán de repente
-sus baterías&mdash;continuaba diciéndose al
-tiempo que se aproximaba a la escalera&mdash;.
-Lo peor es que estoy como loco y puedo
-cometer alguna tontería.</p>
-
-<p>Ya en la escalera pensó que los objetos
-robados en casa de la usurera estaban
-mal ocultos en el sitio que los había
-puesto.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá me llamen con objeto de hacer
-un registro durante mi ausencia.</p>
-
-<p>Pero tan desesperado estaba, aceptaba
-su perdición, por decir así, con tal cinismo,
-que esta preocupación le detuvo
-apenas un minuto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Con tal de que se acabe pronto!</p>
-
-<p>Al llegar a la esquina de la calle que
-había doblado la víspera, dirigió furtivamente
-una mirada inquieta a <i>la casa</i>;
-pero al punto volvió la vista.</p>
-
-<p>&mdash;Si me interrogan quizá confiese&mdash;pensaba
-al aproximarse a la oficina.</p>
-
-<p>Desde poco tiempo antes, estaba instalada
-la comisaría en el cuarto piso de
-una casa situada a corta distancia de la
-de Raskolnikoff. Antes de que la policía
-se hubiese trasladado a este nuevo local,
-el joven había sido llamado por ella; pero
-entonces se trataba de una cosa sin importancia,
-y de esto había transcurrido
-ya mucho tiempo. Al entrar en el patio
-vió a un <i>mujick</i> con un libro en la mano,
-que bajaba una escalera situada a la
-derecha.</p>
-
-<p>&mdash;Debe de ser un <i>dvornik</i>; por consiguiente,
-es aquí donde se encuentra la
-oficina.</p>
-
-<p>Subió al azar; no quería preguntar a
-nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Entraré, me pondré de rodillas y lo
-confesaré todo&mdash;pensaba mientras subía
-al cuarto piso.</p>
-
-<p>La escalera era estrecha, empinada y
-rezumaba por todas partes agua sucia.
-En los cuatro pisos las cocinas de todos
-los cuartos daban a la escalera y estaban
-abiertas de par en par casi todo el día,
-lo cual hacía que el calor fuera sofocante.
-Subían y bajaban los <i>dvorniks</i> con sus
-cuadernos debajo del brazo, varios agentes
-de policía e individuos de uno u otro
-sexo, que sin duda tenían asuntos en la
-oficina. La puerta de la comisaría estaba
-también abierta de par en par.</p>
-
-<p>Raskolnikoff entró y se detuvo en la
-antesala donde esperaban algunos <i>mujicks</i>.
-Allí, como en la escalera, el calor
-era asfixiante. Además, el local, recientemente
-pintado, exhalaba un olor a
-aceite de linaza que daba náuseas. Después
-de una corta espera decidióse a entrar
-en el departamento contiguo, compuesto
-de una serie de habitaciones pequeñas
-y bajas. El joven estaba cada
-vez más impaciente por saber a qué atenerse.
-Nadie hacía caso de él. En la segunda
-habitación trabajaban varios escribientes,
-vestidos poco más o menos
-como él estaba. Todos tenían extraño
-aspecto. Raskolnikoff se dirigió a uno de
-ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué se le ofrece?</p>
-
-<p>El joven mostró la citación enviada
-por la comisaría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted estudiante?&mdash;preguntó el
-escribiente después de haber ojeado el
-papel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, antiguo estudiante.</p>
-
-<p>El empleado examinó a su interlocutor
-sin ninguna curiosidad. Era un hombre
-de cabellos rizados que parecía dominado
-por una idea fija.</p>
-
-<p>&mdash;De éste nada he de saber, porque
-todo le es igual&mdash;pensó Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Diríjase usted al jefe de la Cancille<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>ría&mdash;añadió
-el escribiente señalando con
-la mano la última dependencia.</p>
-
-<p>Raskolnikoff entró en ella. Aquel despacho,
-el cuarto, era estrecho y estaba
-lleno de gente que vestía algo mejor que
-las otras personas que acababa de ver.
-Entre ellas había dos señoras. Una, vestida
-de luto, denotaba pobreza. Sentada
-delante del jefe de la Cancillería escribía
-lo que este funcionario le dictaba.</p>
-
-<p>La otra señora tenía formas exuberantes,
-la cara roja, un tocado elegante y
-llevaba en el pecho un broche de dimensiones
-extraordinarias. Permanecía en
-pie, un poco separada, en actitud expectante.</p>
-
-<p>Raskolnikoff entregó el papel al jefe
-de la Cancillería, el cual echó sobre él una
-rápida ojeada y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Espere usted un poco&mdash;y siguió dictando
-a la señora de luto.</p>
-
-<p>El joven respiró con más libertad.</p>
-
-<p>&mdash;Indudablemente no se me llama para
-<i>aquello</i>. Poco a poco recobraba valor;
-por lo menos hacía todo lo posible
-para recobrarlo.</p>
-
-<p>&mdash;La menor tontería, la más pequeña
-imprudencia, puede perderme... es
-un mal que no haya aire aquí&mdash;añadió&mdash;;
-se ahoga uno y mi razón vacila...</p>
-
-<p>Sentía un malestar indefinible en todo
-su ser, y temía que le faltara la serenidad
-en presencia de aquel funcionario.
-Trataba de buscar algún objeto en que
-fijar su atención, pero no podía conseguirlo.
-Toda su atención estaba concentrada
-en el jefe de la Cancillería; hacía esfuerzos
-para descifrar la fisonomía de este
-empleado. Era un joven de veintidós
-años, cuyo rostro, moreno y móvil, representaba
-más edad; vestía con la elegancia
-peculiar del lechuguino y llevaba
-el pelo partido con una raya artísticamente
-hecha. Ostentaba en las manos,
-muy cuidadas, muchas sortijas y le serpenteaba
-por el chaleco una cadena de
-oro. Dijo a un extranjero que se encontraba
-allí dos palabrejas en francés y se
-quedó tan satisfecho.</p>
-
-<p>&mdash;Tome usted asiento, Luisa Ivanovna&mdash;dijo
-a la señora lujosa, que permanecía
-en pie, sin atreverse a sentarse, aunque
-tenía una silla al lado.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Itch danke</i>&mdash;respondió la señora sentándose
-y ahuecando con un ligero roce
-sus faldas impregnadas de perfume.</p>
-
-<p>Desplegado en derredor de la silla su
-traje de seda azul claro, guarnecido de
-encajes blancos, ocupaba más de la mitad
-del despacho; pero a la señora parecía
-que le daba vergüenza oler tan bien
-y ocupar tanto sitio. Sonreía de una manera
-a la vez temblorosa y descarada; sin embargo,
-era visible su inquietud. Una vez
-terminado su asunto, la señora de luto
-se levantó. En aquel momento entró haciendo
-ruido un oficial de modales muy
-desenvueltos, que puso sobre la mesa
-su gorra galoneada y se sentó en una butaca.</p>
-
-<p>Al verle, la señora lujosamente vestida
-se levantó con prontitud e inclinóse
-con mucho respeto ante el oficial, pero
-éste no hizo el menor caso de ella y la mujer
-no se atrevió a volver a sentarse.</p>
-
-<p>Era este personaje el ayudante del comisario
-de policía; tenía largos bigotes
-rojizos y retorcidos y facciones extremadamente
-finas, pero no expresivas y que
-denotaban cierta impudencia. Miró a
-Raskolnikoff de reojo y con algo de indignación;
-porque aunque era muy modesto
-el aspecto de nuestro héroe, su
-actitud contrastaba con la pobreza de su
-traje. Olvidando toda prudencia, el joven
-sostuvo tan atrevidamente la mirada
-del oficial, que éste se ofendió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué se te ofrece?&mdash;dijo, asombrado,
-sin duda, al ver que semejante desharrapado
-no bajaba los ojos ante su centelleante
-mirada.</p>
-
-<p>&mdash;Se me ha hecho venir... He sido citado&mdash;balbució
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Es el estudiante a quien se le reclama
-el pago de una deuda&mdash;se apresuró a
-decir el jefe de la Cancillería, dejando
-por un momento sus papelotes&mdash;. Entérese
-usted&mdash;y presentó un cuaderno a
-Raskolnikoff señalándole una parte de
-lo escrito&mdash;. Lea usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dinero? ¿Qué dinero?&mdash;pensó el
-joven sorprendido y alegre al mismo
-tiempo&mdash;. ¿De modo que no es por aquello
-por lo que me han hecho venir aquí?</p>
-
-<p>Experimentaba un alivio inmenso,
-inexpresable...</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora, señor mío, se le ha
-mandado a usted venir?&mdash;le preguntó el<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span>
-ayudante, cuyo mal humor iba en aumento&mdash;.
-Se le cita a usted a las nueve
-y son más de las once.</p>
-
-<p>&mdash;Me han entregado ese papel hace
-un cuarto de hora&mdash;replicó vivamente
-Raskolnikoff, invadido también de repentina
-cólera, a la cual se abandonaba
-con placer&mdash;; estoy enfermo, tengo fiebre,
-y sin embargo, aquí me tienen ustedes.</p>
-
-<p>&mdash;¡No grite usted!</p>
-
-<p>&mdash;No grito, hablo con naturalidad;
-usted es quien levanta la voz. Soy estudiante
-y no permito que se me hable
-de este modo.</p>
-
-<p>Esta respuesta irritó de tal manera al
-oficial, que en el primer momento no
-pudo articular ni una sola frase, dejando
-en cambio escapar de sus labios sonidos
-inarticulados. De repente dió un salto
-en su asiento y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállese usted! ¡Está usted en la sala
-de audiencia! ¡no sea usted insolente!</p>
-
-<p>&mdash;También lo está usted&mdash;replicó Raskolnikoff
-con violencia&mdash;, y no contento
-con gritar, está usted fumando; por consiguiente,
-nos falta usted a todos al respeto.</p>
-
-<p>Pronunció estas palabras con indecible
-satisfacción.</p>
-
-<p>El jefe de la Cancillería miraba sonriendo
-a los dos interlocutores. El fogoso
-ayudante se quedó con la boca abierta.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no le importa a usted&mdash;respondió
-levantando aún más la voz a fin de
-ocultar su cortedad&mdash;; preste la declaración
-que se le pide. Dígaselo usted, Alejandro
-Grigorievitch. Hay queja contra
-usted, porque no paga sus deudas. ¡He
-aquí un viejo zorro!</p>
-
-<p>Raskolnikoff no le escuchaba; había
-tomado vivamente el papel, impaciente
-para descubrir la clave de este enigma.
-Lo leyó, una, dos veces, sin comprender
-nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto?&mdash;preguntó al jefe de
-la Cancillería.</p>
-
-<p>&mdash;Es un documento en que se le reclama
-el pago de una deuda: tiene usted
-que saldarlo con todas las costas, o declarar
-por escrito en qué fecha podrá usted
-pagar. Es preciso, al mismo tiempo, que
-se comprometa usted a no abandonar la
-capital y a no vender ni ocultar lo que
-usted posea, hasta que haya liquidado
-su deuda. En cuanto al acreedor, es libre
-de vender los bienes de usted y tratarle
-según el rigor de las leyes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si no debo nada a nadie!</p>
-
-<p>&mdash;Eso no es cuenta nuestra. Se nos
-presenta una letra de cambio, protestada,
-de ciento quince rublos, que usted
-firmó hace nueve meses a la señora Zarnitzin,
-viuda de un asesor de colegio, letra
-que la viuda Zarnitzin ha traspasado
-al consejero Tchebaroff, y hemos llamado
-a usted para tomarle declaración.</p>
-
-<p>&mdash;Pero desde el momento que se trata
-de mi patrona...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué importa que sea la patrona de
-usted?</p>
-
-<p>El jefe de la Cancillería contemplaba
-con cierta sonrisa de indulgente piedad,
-y al mismo tiempo de triunfo, a
-aquel novato que iba a aprender a sus
-expensas el procedimiento que suele emplearse
-con los deudores. ¿Pero qué le
-importa ahora a Raskolnikoff la letra de
-cambio? La reclamación de su patrona
-le tenía sin cuidado. ¿Valía aquello la
-pena de inquietarse ni de fijar siquiera
-la atención en semejantes futesas? Estaba
-allí leyendo, escuchando, respondiendo
-algunas veces, pero todo ello lo hacía
-maquinalmente. La felicidad de sentirse
-a salvo, la satisfacción de haber escapado
-a un peligro inminente, llenaba en
-aquel momento todo su ser.</p>
-
-<p>En aquel instante habíanse desvanecido
-todas sus preocupaciones y cuidados;
-fué para Raskolnikoff un momento
-de alegría absoluta, inmediata, puramente
-instintiva.</p>
-
-<p>De improviso estalló una tempestad en
-el despacho de la comisaría. El ayudante,
-que no había podido digerir aún la afrenta
-hecha a su prestigio y a su amor propio,
-buscaba evidentemente el desquite;
-así es que se puso a apostrofar rudamente
-a la lujosa señora que, desde la entrada
-del oficial, no cesaba de mirarle, sonriendo
-con estúpida sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;Y di tú, bribona&mdash;gritó el ayudante
-(la señora de luto se había retirado ya)&mdash;,
-¿qué es lo que ha sucedido en tu casa la
-noche pasada? ¡Otra vez escandalizando
-al barrio! ¡Siempre riñas y borracheras!
-¡Estás empeñada en dar con tus huesos<span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span>
-en la cárcel! Te he advertido ya diez veces,
-y a la undécima va la vencida. ¡Eres
-incorregible y se me agota la paciencia!</p>
-
-<p>El mismo Raskolnikoff dejó caer el
-papel que tenía en las manos y miró
-con asombro a la elegante señora que era
-tratada con tan poca consideración. No
-tardó, empero, en comprender de lo que
-se trataba, y prestó atención a aquella
-escena que le divertía hasta el punto que
-tenía que hacer sobrehumanos esfuerzos
-para no soltar el trapo a reír.</p>
-
-<p>&mdash;Ilia Petrovitch&mdash;comenzó a decir el
-jefe de la Cancillería; pero comprendiendo
-en seguida que su intervención en
-aquel momento sería inoportuna, se detuvo.</p>
-
-<p>Sabía por experiencia que cuando el
-fogoso oficial se disparaba nada podía
-contenerlo.</p>
-
-<p>En cuanto a la señora, la tempestad
-que se había desencadenado sobre su cabeza
-le hizo temblar en el primer momento;
-pero, cosa extraña, a medida que aumentaban
-los insultos a ella dirigidos, tomaba
-una expresión más amable y ponía
-más seducción en las sonrisas y en las
-miradas en que envolvía al terrible ayudante.
-Hacía continuas reverencias y esperaba
-que se la dejase hablar.</p>
-
-<p>&mdash;En mi casa no hay escándalos ni
-riñas, ni borracheras, señor capitán&mdash;se
-apresuró a decir en cuanto le permitieron
-meter baza (se expresaba en ruso
-pero con marcado acento alemán)&mdash;. No,
-señor, no hubo ningún escándalo. Aquel
-hombre entró en mi casa ebrio, pidió tres
-botellas y en seguida se puso a tocar el
-piano con los pies, cosa que, como usted
-comprende, no se había de permitir en
-una casa como la mía. No contento con
-esto, rompió las cuerdas. Le hice observar
-que no era aquel el modo conveniente
-de conducirse; pero él, sin hacer caso,
-tomó una botella y comenzó a pegar a
-todos. Llamé a Carlos, el <i>dvornick</i>, y pegó
-a Carlos una bofetada; lo mismo hizo
-con Enriqueta, y tampoco yo escapé a sus
-bofetones. Es innoble portarse de esa manera
-en una casa respetable, señor capitán.
-Pido socorro, y el hombre se acerca
-a la ventana que da al canal y se pone a
-gritar como un loco. ¿No es eso vergonzoso?
-¿Le parece a usted que está bien
-asomarse a la ventana y ponerse a imitar
-el gruñido del cerdo? Carlos tiró de él
-por detrás para quitarle de la ventana,
-y a fuerza de tirar, es verdad, le desgarró
-el gabán, y ahora reclama quince rublos
-en indemnización del daño causado a su
-ropa. Le entregué de mi propio bolsillo
-cinco rublos, señor capitán. Ese visitante
-mal educado, señor capitán, es el que
-ha armado todo el escándalo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea, basta! Te tengo dicho y vuelvo
-a repetir...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ilia Petrovitch!&mdash;volvió a decir en
-tono significativo el jefe de la Cancillería.</p>
-
-<p>El oficial echó sobre él una rápida mirada
-y le vió mover ligeramente la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, en lo que a ti se refiere, escucha
-mi última palabra, respetable
-Luisa Ivanovna: si en lo sucesivo vuelve
-a armarse otro escándalo en tu respetable
-casa, te meto en chirona, como se dice
-en estilo elevado. ¿Me entiendes?
-Ahora, lárgate cuanto antes, y no olvides
-que te tengo echada la vista. ¡Mucho
-ojo!</p>
-
-<p>Con exagerada amabilidad, Luisa Ivanovna
-saludó a un lado y otro; pero en
-tanto que se dirigía a la puerta andando
-hacia atrás haciendo reverencias, dió
-un golpe con la espalda a un apuesto
-oficial de rostro fresco y abierto y de magníficas
-patillas rubias muy espesas y
-bien cuidadas. Era el comisario de policía
-Nikodim Fomitch en persona. Luisa
-Ivanovna se apresuró a inclinarse hasta
-el suelo y salió del despacho dando saltitos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Siempre el trueno, la tempestad, el
-rayo, los relámpagos, la tromba, el huracán!&mdash;dijo,
-en tono amistoso, el recién
-llegado, dirigiéndose a su ayudante&mdash;.
-Se te ha alborotado la bilis y, como de
-costumbre, te has disparado. Te he oído
-desde la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién no se sulfura con lo que
-pasa?&mdash;repuso negligentemente Ilia Petrovitch,
-trasladándose con sus papeles
-a otra mesa&mdash;. Ese caballerito, ese estudiante,
-o, mejor dicho, ex estudiante,
-que no paga sus deudas, que firma letras
-de cambio y rehusa dejar su habitación,
-es citado ante el comisario y se<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>
-escandaliza porque enciendo un cigarro
-en su presencia. Antes de advertir que
-se le falta al respeto, debería respetarse
-más a sí mismo. Ahí le tiene usted, mírele.
-A la vista está. ¿Le parece a usted
-que su aspecto puede inspirar consideración
-alguna?</p>
-
-<p>&mdash;Pobreza no es vicio, amigo mío&mdash;replicó
-Nikodim Fomitch&mdash;. Sabemos
-perfectamente que la pólvora se inflama
-con facilidad. Sin duda le habrá chocado
-a usted algo de su manera de ser y usted
-tampoco ha podido contenerse&mdash;prosiguió,
-volviéndose hacia Raskolnikoff&mdash;;
-pero se ha equivocado usted: el señor
-oficial es un hombre excelente, se lo aseguro;
-tiene un carácter arrebatado, se
-excita, se exalta, pero en cuanto se le
-pasa el mal humor es un corazón de oro.
-En el regimiento le llamábamos «el oficial
-pólvora...»</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué regimiento aquél!&mdash;exclamó Ilia
-Fomitch lisonjeado por las delicadas adulaciones
-de su superior, pero todavía
-enfurruñado.</p>
-
-<p>Raskolnikoff quiso súbitamente decir
-algo muy agradable para todos.</p>
-
-<p>&mdash;Perdóneme usted, capitán&mdash;comenzó
-a decir en tono melifluo, dirigiéndose a
-Nikodim Fomitch&mdash;. Póngase usted en
-mi lugar. Estoy pronto a darle mis excusas
-a este señor, si es que por mi parte
-he cometido alguna falta. Soy un estudiante
-enfermo, pobre, agobiado por la
-miseria; he tenido que dejar la Universidad,
-porque carezco de medios de subsistencia,
-pero voy a recibir dinero... Mi madre
-y mi hermana viven en la provincia
-de***. Me envían fondos, y pagaré. Mi patrona
-es una buena mujer; pero como desde
-hace cuatro meses no doy lecciones, no
-le pago y se incomoda y hasta rehusa darme
-de comer. La verdad es que no comprendo...
-Ahora exige que yo le pague
-esa letra de cambio; ¿pero cómo podré
-hacerlo? Juzgue usted por sí mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no es de mi incumbencia&mdash;observó
-de nuevo el jefe de la Cancillería.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad; pero permítanme ustedes
-que les explique&mdash;...replicó Raskolnikoff,
-dirigiéndose siempre a Nikodim
-Fomitch y no a su interruptor, procurando
-atraer también la atención de Ilia
-Petrovitch, aunque éste afectase desdeñosamente
-no escucharle, como si estuviera
-absorto en sus papeles&mdash;. Permítanme
-ustedes que les diga que vivo en
-casa de esa mujer desde que vine de mi
-país, y que entonces... ¿por qué no he de
-decirlo?... me comprometí a casarme con
-su hija; hice mi promesa verbalmente...
-Era una muchacha joven, me gustaba,
-aunque no estuviese enamorado de ella...
-En una palabra: soy joven, mi patrona
-me abrió crédito... Hice una vida... Vamos,
-he sido algo ligero.</p>
-
-<p>&mdash;No se le pide a usted que entre en
-esos pormenores íntimos, que no tenemos
-tiempo de escuchar&mdash;interrumpió groseramente
-Ilia Petrovitch; pero Raskolnikoff
-prosiguió con calor, aunque le costaba
-mucho trabajo hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Permítanme ustedes, sin embargo,
-que les cuente cómo han pasado las cosas,
-aunque comprenda que es completamente
-inútil que lo refiera a ustedes. Hace
-un año, la señorita de que he hablado,
-murió del tifus; yo seguía a pupilo en casa
-de la señora Zarnitzin, y cuando mi patrona
-se trasladó a la casa en que hoy
-vive, me dijo amistosamente que tenía
-confianza en mí; pero que, sin embargo,
-deseaba que le firmase un pagaré de ciento
-quince rublos, cantidad en que calculaba
-el importe de mi deuda. Me aseguró
-que, una vez en posesión de ese documento,
-continuaría concediéndome tanto
-crédito como me fuese necesario, y que
-jamás, jamás (tales fueron sus propias
-palabras), sacaría a relucir ese documento.
-¡Y ahora que he perdido mis lecciones,
-ahora que no tengo un pedazo de pan que
-llevarme a la boca, me exige el pago de
-esa suma! ¿Qué les parece a ustedes?</p>
-
-<p>&mdash;Todos esos pormenores patéticos
-no nos interesan&mdash;replicó con insolencia
-Ilia Petrovitch&mdash;. Tiene usted que prestar
-la declaración y firmar el compromiso
-que se le pide. En cuanto a la historia
-de sus amores y a todos esos trágicos lugares
-comunes, nada tenemos que ver
-con ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, qué cruel eres!&mdash;murmuró Nikodim
-Fomitch, que se había sentado
-delante de su escritorio y se ocupaba en
-firmar papelotes. Parecía avergonzado.</p>
-
-<p>&mdash;Escriba usted&mdash;dijo a Raskolnikoff
-el jefe de la Cancillería.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que tengo que escribir?&mdash;preguntó
-el joven brutalmente.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que yo le dicte.</p>
-
-<p>Raskolnikoff creyó advertir, que, después
-de su confesión, el jefe de la Cancillería
-le trataba con mayor desprecio;
-pero, ¡cosa extraña! se sentía indiferente
-a la opinión que podía tenerse de él, cambio
-que se había apoderado en su espíritu
-instantáneamente.</p>
-
-<p>Si hubiese podido reflexionar un poco,
-habríase asombrado de que un minuto
-antes hubiera podido hablar de aquel
-modo con los funcionarios de policía y
-aun obligarles a oír sus confidencias.
-Ahora, por el contrario, si en lugar de
-estar lleno de agentes el despacho se hubiese
-ocupado de repente con sus más
-queridos amigos, no habría encontrado
-probablemente una sola palabra cortés
-que decirles; de tal manera se había vaciado
-su corazón.</p>
-
-<p>Experimentaba la dolorosa impresión
-de un inmenso aislamiento; no era la confusión
-de haber hecho a Ilia Petrovitch
-testigo de sus expansiones, ni tampoco
-era la insolencia del oficial lo que había
-producido tal revolución en su alma.
-¡Oh! ¿Qué le importaba su propia bajeza?
-¿Qué le importaban las altanerías
-de los oficiales, los pagarés, los despachos
-de policía, etc., etc.? Si en aquel momento
-lo hubiesen condenado a ser quemado
-vivo, ni siquiera hubiese pestañeado.
-Apenas habría oído su sentencia hasta
-el fin.</p>
-
-<p>Se realizaba en él un fenómeno completamente
-nuevo, sin precedentes hasta
-entonces. Comprendía, o más bien, cosa
-cien veces peor, sentía que en lo sucesivo
-estaría separado para siempre de la
-comunión humana, que toda expansión
-sentimental como la que había tenido
-un momento antes, más todavía, que toda
-la conversación le estaba prohibida,
-no sólo con los empleados de la comisaría,
-sino hasta con los parientes más próximos.
-Jamás había experimentado sensación
-tan cruel.</p>
-
-<p>El jefe de la Cancillería comenzó a
-dictarle la fórmula de la declaración acostumbrada
-en tales casos: «No puedo pagar,
-liquidaré mi deuda en tal fecha, no
-saldré de la ciudad, ni haré cesión de lo
-que poseo, etc.»</p>
-
-<p>&mdash;No puede usted escribir, le tiembla
-la mano&mdash;dijo el jefe de la Cancillería
-mirando con curiosidad a Raskolnikoff&mdash;.
-¿Está usted enfermo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; se me va la cabeza. Siga usted.</p>
-
-<p>&mdash;Ya está todo; firme usted.</p>
-
-<p>El jefe de la Cancillería tomó el papel
-y se dirigió a otros visitantes.</p>
-
-<p>Raskolnikoff dejó la pluma, pero en
-lugar de irse se puso de codos en la mesa
-y apoyó la cabeza en las manos. Parecíale
-que le hincaban un clavo en el cerebro.
-En aquel momento recordó los dos
-asesinatos que había cometido y se le
-ocurrió la extraña idea de acercarse a
-Nikodim Fomitch, y contarle el crimen
-hasta en sus ínfimos detalles y llevarle en
-seguida a su casa y mostrarle los objetos
-ocultos en el agujero de la tapicería.
-De tal modo se apoderó esta idea de su
-espíritu, que hasta llegó a levantarse para
-ponerlo en práctica.</p>
-
-<p>&mdash;¿No sería mejor reflexionar un instante?&mdash;pensó&mdash;.
-No, más vale dejarse
-llevar de la inspiración, sacudir lo más
-pronto posible esta carga.</p>
-
-<p>Pero, de repente, se quedó como clavado
-en su sitio: entre Nikodim Fomitch
-e Ilia Petrovitch, se acababa de entablar
-una conversación animada que llegaba
-hasta los oídos de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡No es posible! soltarán a los dos por
-falta de pruebas. Si hubiesen cometido
-ellos el delito, ¿habrían llamado al <i>dvornick</i>
-para denunciarse a sí mismos? ¿Se
-puede considerar esto como un ardid? No,
-eso hubiera sido demasiada astucia.
-Además, los dos <i>dvorniks</i> y una vecina
-vieron al estudiante Pestriakoff cerca de
-la puerta cochera en el momento en que
-éste iba a entrar en la casa. Le acompañaban
-tres amigos que le dejaron en la puerta,
-y éstos, antes de alejarse le oyeron
-preguntar a los <i>dvorniks</i> dónde vivía la
-vieja. ¿Hubiera hecho tal pregunta de
-haber ido con el propósito de cometer
-un doble asesinato? Kosch, por su parte,
-estuvo durante media hora en casa del
-platero del piso bajo antes de subir a
-casa de la pobre vieja Alena Ivanovna;
-eran justamente las ocho menos cuarto<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>
-cuando subió a las habitaciones de las
-víctimas. Además, se ha de tener en
-cuenta...</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted; hay en sus declaraciones
-algo que no se explica. Afirman que
-llamaron y que la puerta estaba cerrada;
-tres minutos después, cuando volvieron
-con el <i>dvornik</i>, estaba abierta.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está el <i>busilis</i>; es indudable
-que el asesino se encontraba en el cuarto
-de la vieja cuando ellos llegaron; y que
-había echado el cerrojo: de seguro que
-no se habría escapado a no cometer Kosch
-la simpleza de bajar en busca del <i>dvornik</i>.
-Sin duda el asesino aprovechó ese
-momento para deslizarse por la escalera
-dejándolos con un palmo de narices.
-Kosch no cesa de santiguarse diciendo:
-«¡Si llego a quedarme allí, de fijo sale de
-repente el criminal y me mata de un hachazo!»
-Quiere mandar que canten un <i>Te
-Deum</i>. ¡Je, je, je!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y nadie vió al asesino?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo habían de verle si aquella
-casa es el arca de Noé?&mdash;dijo el jefe de la
-Cancillería, que escuchaba desde su puesto
-la conversación.</p>
-
-<p>&mdash;La cosa es clara, la cosa es clara&mdash;repitió
-vivamente Nikodim Fomitch.</p>
-
-<p>&mdash;Antes digo yo que es muy obscura&mdash;repitió
-Ilia Petrovitch.</p>
-
-<p>Raskolnikoff tomó su sombrero y se
-dirigió a la puerta; pero al llegar a ella
-cayó desvanecido. Cuando recobró el
-sentido, estaba sentado en una silla. Uno
-le sostenía por la derecha; otro, por la
-izquierda, le ofrecía un vaso amarillo,
-lleno de un licor también amarillo. Nikodim
-Fomitch, en pie, delante del joven,
-le miraba atentamente. Raskolnikoff
-se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted enfermo?&mdash;le preguntó
-con tono bastante seco el comisario de
-policía.</p>
-
-<p>&mdash;Hace poco, cuando extendió su declaración,
-apenas podía sostener la pluma&mdash;dijo
-el jefe de la Cancillería volviendo
-a sentarse delante de su escritorio
-y poniéndose de nuevo a examinar sus
-papelotes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hace mucho tiempo que está usted
-malo?&mdash;dijo desde su sitio Ilia Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;Desde ayer&mdash;balbució el joven.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ayer salió usted de casa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora?</p>
-
-<p>&mdash;Entre siete y ocho de la tarde.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a dónde fué usted?</p>
-
-<p>&mdash;A la calle.</p>
-
-<p>Breve y compendioso, pálido como la
-cera, Raskolnikoff dió nerviosamente las
-anteriores respuestas, sin bajar sus inflamados
-ojos ante la mirada del oficial.</p>
-
-<p>&mdash;Puede apenas tenerse en pie, y tú...&mdash;empezó
-a decir Nikodim Fomitch.</p>
-
-<p>&mdash;No importa&mdash;respondió enigmáticamente
-Ilia Petrovitch.</p>
-
-<p>El comisario de policía quiso replicar
-algo; pero al dirigir los ojos al jefe de la
-Cancillería, encontró la mirada del funcionario
-fija en él y guardó silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo Ilia Petrovitch&mdash;;
-puede usted retirarse.</p>
-
-<p>Raskolnikoff salió, pero aun no estaba
-en la sala inmediata cuando ya habían
-reanudado su conversación los dos funcionarios
-de policía con mayor animación
-y viveza. Por encima de todas las otras
-voces se elevaba la de Nikodim Fomitch
-como preguntando...</p>
-
-<p>En la calle, el joven recobró todos sus
-ánimos.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda van a hacer una indagatoria,
-una indagatoria sin pérdida de tiempo&mdash;repetía,
-dirigiéndose a buen paso
-hacia su casa&mdash;. ¡Los bribones! ¡Sospechan!</p>
-
-<p>Volvió a asaltarle el terror.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>II.</h3></div>
-
-<p>&mdash;¿Y si hubiesen empezado ya la indagatoria?
-¿Si al entrar los encontrase
-en mi casa? He aquí mi habitación.
-Todo está en orden, nadie ha venido.
-Anastasia tampoco ha tocado nada. Pero,
-Señor, ¿cómo he podido dejar todos aquellos
-objetos en semejante escondite?</p>
-
-<p>Corrió al rincón, e introduciendo la
-mano bajo la tapicería, sacó las alhajas,
-que en junto eran ocho.</p>
-
-<p>Dos estuches contenían pendientes o
-algo parecido, no sabía qué; había además
-cuatro estuches pequeños de piel.
-Envuelta en un trozo de periódico una
-cadena de reloj; en otro papel un objeto
-que debía de ser una condecoración.<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>
-Raskolnikoff se metió todo aquello
-en los bolsillos procurando que no hiciese
-mucho bulto; tomó también la bolsa
-y salió, dejando la puerta abierta de par
-en par.</p>
-
-<p>Andaba con paso rápido y firme, y
-aunque se sentía quebrantado, no le faltó
-la serenidad. Temía que se le persiguiese,
-y que antes de media hora, de
-quince minutos quizá, se abriese un sumario
-contra él; por consiguiente era preciso
-que desaparecieran en seguida las
-piezas de convicción. Debía despachar
-cuanto antes, aprovechando la poca fuerza
-y sangre fría que le quedaba... ¿Pero a
-dónde ir?</p>
-
-<p>Esta cuestión estaba ya resuelta tiempo
-hacía. «Lo tiraré todo al canal, y con
-ello irá también mi secreto al agua.»
-Así lo había decidido la noche precedente
-en los momentos de delirio, durante
-los cuales muchas veces sintió impulsos
-de levantarse y de ir a arrojarlo todo en
-seguida. Mas no era de fácil ejecución
-este proyecto.</p>
-
-<p>Durante media hora, o acaso más, anduvo
-vagando a lo largo del canal Catalina,
-examinando, a medida que llegaba a
-ellas, las diversas escaleras que terminaban
-al borde del agua. Desgraciadamente,
-siempre se oponía algún obstáculo a
-la realización de su proyecto; aquí un
-barco de lavanderas, allí lanchas amarradas
-a la orilla. Por otra parte, el muelle
-estaba lleno de paseantes, que no hubieran
-podido menos de notar un hecho tan
-insólito; no era posible, sin infundir sospechas,
-descender expresamente hasta el
-nivel de la corriente para arrojar un objeto
-al canal. ¿Y si, como era de suponer,
-los estuches sobrenadaban en vez de desaparecer
-bajo el agua? Cualquiera de los
-paseantes los vería. Aun sin que esto
-ocurriese, Raskolnikoff creía que era objeto
-de la atención general; le parecía
-que todo el mundo se ocupaba en él.</p>
-
-<p>Por último, el joven pensó que quizá
-sería lo mejor tirar todos aquellos objetos
-al Neva: en sus orillas era menos numerosa
-la concurrencia, menor el peligro
-de llamar la atención, y, consideración
-importante, estaría más lejos de su barrio.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué consiste&mdash;se preguntó, con
-asombro Raskolnikoff&mdash;, que desde hace
-media hora vago ansiosamente por lugares
-peligrosos para mí? Estas objeciones
-que ahora me hago, ¿no pude hacérmelas
-antes? Si he perdido media hora en un
-proyecto tan sensato, es sin duda porque
-tomé mi resolución en un momento de
-delirio.</p>
-
-<p>Sentíase singularmente distraído y olvidadizo.
-Decididamente era preciso apresurarse.</p>
-
-<p>Se dirigió al Neva por la perspectiva
-de V***; pero, conforme iba andando,
-se le ocurrió otra idea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué ir al Neva? ¿Por qué arrojar
-estos objetos al agua? ¿No sería mejor
-ir a cualquier parte, muy lejos, a una
-isla, por ejemplo? Buscaría un paraje solitario,
-un bosque, y enterraría las joyas
-al pie de un árbol, teniendo cuidado de
-señalarlo bien, a fin de poder reconocerlo
-más tarde.</p>
-
-<p>Aunque comprendía que no se encontraba
-en estado de tomar una determinación
-juiciosa, le pareció práctica su
-última idea, y resolvió llevarla a cabo.</p>
-
-<p>Pero la casualidad lo dispuso de otro
-modo. Al desembocar, por la perspectiva
-V***, en la plaza, Raskolnikoff advirtió
-a la izquierda la entrada de un corral
-rodeado por todas partes de altas
-paredes y cuyo suelo estaba cubierto de
-polvo negro. En el fondo había un cobertizo
-que pertenecía, sin duda, a un taller
-cualquiera.</p>
-
-<p>No viendo a nadie en el corral, Raskolnikoff
-franqueó el umbral, y después de
-haber mirado atentamente en derredor
-suyo, pensó que ningún otro lugar ofrecería
-más facilidades para la realización
-de su plan. Precisamente, al pie del
-muro, o más bien de la valla de madera
-que lindaba con la calle, había adosada
-una piedra enorme, sin labrar, que lo
-menos pesaría sesenta libras.</p>
-
-<p>Del otro lado de la cerca estaba la
-acera y el joven oía las voces de los transeuntes,
-siempre bastante numerosos en
-este sitio; pero desde fuera nadie podía
-verle; para ello hubiera sido necesario
-penetrar en el corral, cosa que, a la verdad,
-nada tenía de imposible. Por consiguiente,
-le convenía apresurarse.</p>
-
-<p>Se inclinó sobre la piedra; la aferró<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>
-con ambas manos por arriba, y, reuniendo
-todas sus fuerzas, consiguió darle vuelta.
-El suelo ocupado por el sillar estaba algo
-hundido; echó en el agujero todo lo que
-llevaba en los bolsillos, y colocó la bolsa
-encima de las alhajas; sin embargo, el
-agujero no quedó completamente lleno.
-En seguida levantó la piedra y consiguió
-colocarla en el mismo sitio en que estaba
-antes; lo más que podía advertirse, fijándose
-mucho, era que estaba un poco removida;
-pero apisonó con el pie la tierra
-alrededor de los bordes y nada podía
-notarse.</p>
-
-<p>Hecho esto, se dirigió a la plaza. Como
-poco antes en el despacho de policía, se
-apoderó de él por un momento una alegría
-intensa, casi imposible de soportar.</p>
-
-<p>&mdash;Las piezas de convicción están enterradas.
-¿A quién se le podría ocurrir la
-idea de ir a buscarlas bajo aquella piedra?
-Está, sin duda, ahí desde que se
-construyó la casa inmediata y Dios sabe
-cuándo la quitarán. Y aun cuando alguien
-las encontrase, ¿quién podría sospechar
-que soy yo el que las ha ocultado?
-¡Todo acabó! ¡No hay pruebas!</p>
-
-<p>Y se echó a reír. Sí, se acordó más tarde
-que había atravesado la plaza riendo
-con risa nerviosa, muda y prolongada.
-Pero cuando llegó a la avenida de K***
-su hilaridad cesó súbitamente.</p>
-
-<p>Todos sus pensamientos giraban alrededor
-de otro principal, de cuya importancia
-se daba él exacta cuenta. Comprendía
-que por la primera vez, después de
-dos meses, se encontraba en presencia
-de esta cuestión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya al diablo todo ello!&mdash;se dijo
-en un repentino acceso de cólera&mdash;. ¡Ea,
-el baile ha comenzado y es preciso danzar!
-¡Malhaya sea la nueva vida! ¡Qué tonto
-es todo esto, Señor!... ¡Cuánto he mentido
-y cuántas bajezas he tenido que cometer
-hoy! ¡Cuántas vergonzosas tonterías
-para captarme poco ha la benevolencia
-de ese estúpido Ilia Petrovitch!
-¿Pero qué me importa? ¡Me burlo de todos
-ellos y de mis simplezas! ¡No se trata
-de esto! ¡No, en modo alguno!</p>
-
-<p>Se detuvo de repente, despistado, absorbido
-por una nueva cuestión hasta
-entonces inesperada y excesivamente
-simple.</p>
-
-<p>&mdash;Si realmente has obrado en este
-asunto como hombre inteligente y no
-como un imbécil; si tenías trazado un
-fin y lo has perseguido derechamente,
-¿cómo se explica que no hayas mirado
-siquiera lo que contenía la bolsa? ¿Cómo
-ignoras todavía lo que te ha aprovechado
-un acto, por el cual no has temido arrostrar
-peligros e infamias? ¿No querías,
-hace un momento, arrojar al agua esas
-alhajas y esa bolsa, a las cuales apenas
-si has echado una ojeada? ¿Qué significa
-esto?</p>
-
-<p>Al llegar al muelle del pequeño Neva,
-en la plaza de Basilio Ostroff, se detuvo
-cerca del puente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto? No parece sino que las
-piernas me han conducido por sí mismas
-al alojamiento de Razumikin. ¡La misma
-historia que el otro día! ¡Es curioso!...
-Marchaba sin objeto, y el azar me conduce
-aquí. No importa. ¿No decía yo
-anteayer que iría a verle al día siguiente
-del golpe? Pues bien, voy a verle. ¿No
-podré hacer ahora yo ni una visita?</p>
-
-<p>Y subió al quinto piso en que vivía
-su amigo.</p>
-
-<p>Estaba éste en una habitación muy reducida
-y se disponía a escribir; él mismo
-abrió la puerta; los dos jóvenes no se habían
-visto desde hacía cuatro meses.
-Envuelto en una bata toda desgarrada
-y mugrienta, en zapatillas y sin calcetines,
-con los cabellos enmarañados, Razumikin
-estaba sin afeitar y sin lavar.
-En su rostro se pintó el más vivo estupor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Caramba! ¿Tú por aquí?&mdash;exclamó,
-mirándole de pies a cabeza, e interrumpiéndose
-empezó a silbar&mdash;. ¿Es posible
-que tan mal vayan los negocios? La
-verdad es que aventajas en elegancia
-a este servidor&mdash;continuó después de
-haber echado una ojeada sobre los harapos
-de su compañero&mdash;. Vamos, siéntate,
-pues observo que estás cansado.</p>
-
-<p>Cuando Raskolnikoff se hubo dejado
-caer en un diván más estropeado que el
-suyo, Razumikin se hizo cargo de la tristeza
-de su amigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes que estás enfermo de verdad?</p>
-
-<p>Quiso tomarle el pulso, pero Raskolnikoff
-apartó vivamente la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Es inútil&mdash;dijo&mdash;. He venido porque...
-no tengo lecciones... y quisiera...<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>
-¿Pero qué necesidad tengo yo de lecciones?</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes una cosa? Que estás disparatando&mdash;observó
-Razumikin mirando
-atentamente a su amigo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no disparato&mdash;repuso levantándose
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Cuando subía a casa de Razumikin
-no había pensado en que iba a encontrarse
-frente a frente con su compañero. Una
-entrevista, con quienquiera que fuese, le
-repugnaba, y rebosando de hiel, estaba
-a punto de estallar de cólera contra sí
-mismo desde que hubo franqueado el
-umbral de Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós!&mdash;dijo bruscamente, y se dirigió
-hacia la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero, ven acá, hombre! ¡Cuidado
-que eres raro!</p>
-
-<p>&mdash;Es inútil&mdash;replicó el otro, retirando
-la mano que su amigo le había tomado.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿por qué has venido? ¿Has
-perdido la cabeza? Esto es casi una ofensa
-y no te dejaré marchar.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, escucha. He venido a tu
-casa porque no conozco a nadie más que
-a ti que pueda ayudarme a comenzar...
-Pero ahora veo que no me hace falta nada,
-¿entiendes?, absolutamente nada...
-No tengo necesidad de los servicios ni de
-las simpatías de nadie; me basto a mí
-mismo. ¡Que me dejen en paz es lo que
-deseo!</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero ven acá, loco de atar! Tendrás
-que escucharme mal que te pese. Tampoco
-yo tengo lecciones, ni las quiero; pero
-en cambio he descubierto un editor,
-Kheruvimoff, que, en su género, es toda
-una lección. No lo cambiaría por cinco
-lecciones en casas de comerciantes. Publica
-libritos sobre ciencias naturales,
-que se pelea la gente por comprarlos. El
-toque está en encontrar los títulos. Tú
-solías decir que yo era tonto; pues ahí
-tienes, hay quien es más tonto que yo.
-Mi editor, que no conoce siquiera el silabario,
-se ha puesto al tono del día. Por
-supuesto que yo le animo... Aquí tienes
-estas dos hojas y media de una revista
-alemana; me parecen de la charlatanería
-más necia que puedas imaginarte. El autor
-estudia la cuestión de averiguar si la
-mujer es un hombre, y claro está, se decide
-por la afirmación y la demuestra de
-una manera incontestable. Estoy traduciendo
-este folleto para Kheruvimoff,
-que lo juzga de actualidad ahora que tan
-en boga está la cuestión feminista. Publicaremos
-seis hojas con las dos hojas y
-media del original alemán, le pondremos
-un título rimbombante que ocupará media
-página, y lo venderemos a cincuenta
-kopeks. ¡Será un éxito! La traducción se
-me paga a razón de seis rublos por hoja,
-lo que hace un total de quince rublos;
-he cobrado seis por adelantado. Vamos
-a ver, ¿quieres traducir la segunda hoja?
-Si quieres, toma el original, pluma y
-papel, todo ello corre de cuenta del Estado,
-y permíteme que te ofrezca tres rublos.
-Como yo he recibido seis, por la primera
-y segunda hoja, te corresponden tres,
-y cobrarás otros tantos cuando hayas terminado
-la traducción. No me lo agradezcas.
-En cuanto te he visto he pensado en
-utilizarte. En primer lugar, yo no estoy
-muy fuerte en ortografía y además conozco
-muy superficialmente el alemán;
-de modo que a menudo todo lo que escribo
-es de mi cosecha. Me consuelo con
-la idea de que de ese modo añado bellezas
-al texto; pero, ¿quién sabe? quizá me hago
-ilusiones. Vamos a ver, ¿aceptas?</p>
-
-<p>Raskolnikoff tomó en silencio las hojas
-del folleto alemán y los tres rublos y
-salió sin decir palabra. Razumikin le siguió
-con una mirada de asombro; pero
-apenas Raskolnikoff hubo llegado a la
-primera esquina, volvió sobre sus pasos,
-subió a casa de su amigo, depositó en la
-mesa las páginas del folleto y los tres rublos
-y salió de nuevo sin despegar los
-labios.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú estás loco!&mdash;vociferó Razumikin,
-ya colérico&mdash;. ¿Qué comedia estás representando?
-¡Me haces salir de mis casillas!
-¿A qué demonios has venido?</p>
-
-<p>&mdash;No tengo necesidad de traducciones&mdash;murmuró
-Raskolnikoff empezando
-ya a bajar la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿de qué tienes necesidad?&mdash;le
-gritó Razumikin desde el rellano de
-su puerta.</p>
-
-<p>El otro, callado, siguió bajando.</p>
-
-<p>&mdash;Dime siquiera dónde vives.</p>
-
-<p>Tampoco esta pregunta obtuvo respuesta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea! ¡vete a freír espárragos!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span></p>
-
-<p>Raskolnikoff estaba ya en la calle.</p>
-
-<p>El joven llegó a su casa al anochecer,
-sin que pudiera recordar por dónde había
-ido. Temblando como un caballo fatigado
-se desnudó, se echó en el diván
-y después de haberse cubierto con el
-sobretodo se quedó dormido...</p>
-
-<p>Era ya completa la obscuridad cuando
-le despertó un estrépito horrible. ¡Qué
-escena tan espantosa debía desarrollarse
-cerca de él! Eran gritos, gemidos, rechinar
-de dientes, lágrimas, golpes, injurias
-como nunca había oído. Asustado,
-se sentó en el lecho; su terror crecía por
-momentos, porque a cada instante el
-ruido de los porrazos, las quejas, los insultos,
-llegaban más distintamente a sus
-oídos. Con extraordinaria sorpresa reconoció
-la voz de su patrona.</p>
-
-<p>La pobre mujer gemía, suplicaba con
-tono doliente. ¡Imposible comprender
-lo que decía, pero sin duda suplicaba que
-no le pegasen más! La estaban maltratando
-implacablemente en la escalera.
-El hombre brutal que le pegaba gritaba
-de tal modo, con voz sibilante entrecortada
-por la cólera, que sus palabras eran
-ininteligibles. De repente, Raskolnikoff
-empezó a temblar como la hoja en el
-árbol; acababa de reconocer aquella voz;
-era la de Ilia Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ilia Petrovitch ha venido y está
-pegando a la patrona! ¡Le da puntapiés
-y coscorrones contra los peldaños de la
-escalera! Es seguro, no me engaño; el
-ruido de los golpes, los gritos de la víctima
-lo indican bien a las claras, dicen
-lo que está pasando; pero, ¿por qué? El
-mundo está revuelto.</p>
-
-<p>De todos los pisos acudían a la escalera;
-se oían voces y exclamaciones. La
-gente subía, las puertas se abrían violentamente
-o se cerraban con estrépito.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué pasa? ¿Cómo es posible...?&mdash;decía
-creyendo seriamente que la locura
-tomaba posesión de su cerebro.</p>
-
-<p>Mas no, percibía distintamente aquellos
-ruidos...</p>
-
-<p>&mdash;Si es así, van a venir a mi casa, porque
-todo ello seguramente es por lo de
-ayer... ¡Oh Señor!</p>
-
-<p>Intentó echar el picaporte, pero no
-tuvo fuerzas para levantar el brazo; por
-otra parte, comprendía que de nada le
-serviría cerrar la puerta; el terror le helaba
-el alma...</p>
-
-<p>Al cabo de diez minutos cesó poco a
-poco el estrépito: la patrona gemía, Ilia
-Petrovitch continuaba vomitando injurias
-y amenazas. Finalmente, se calló
-también y no se oyó más.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se había marchado? Sí. También se
-va la patrona; todavía llora, pero la puerta
-de su habitación se cierra violentamente...
-Los inquilinos dejan la escalera
-para retirarse a sus respectivos cuartos;
-lanzan exclamaciones; se llaman unos a
-otros; tan pronto gritan como hablan
-en voz baja. Debían de ser muchos...
-Han tenido que acudir todos los vecinos.
-Pero, Dios mío, ¿es todo esto posible?
-¿Por qué, por qué ha venido aquí ese
-hombre?</p>
-
-<p>Raskolnikoff se dejó caer sin fuerzas
-en el diván, pero ya no pudo dormir; durante
-media hora se sintió acometido
-de un espanto como nunca lo había sentido.
-De pronto, viva luz iluminó su estancia.
-Anastasia entraba con una bujía
-y un plato de sopa. La criada le miró
-atentamente, y convencida de que no
-dormía, colocó la luz sobre la mesa y fué
-poniendo en ésta, pan, sal, un plato y
-una cuchara.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que no has comido desde ayer.
-Andas vagando por esas calles de Dios
-a pesar de la fiebre...</p>
-
-<p>&mdash;Anastasia, ¿por qué han pegado a la
-patrona?</p>
-
-<p>La criada le miró fijamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que han pegado a la patrona?</p>
-
-<p>&mdash;Hace poco... cosa de media hora.
-Ilia Petrovitch, el ayudante del comisario
-de policía le ha pegado, en la escalera...
-¿Por qué la ha maltratado de este
-modo? ¿Por qué ha venido?</p>
-
-<p>Anastasia frunció el entrecejo, y sin
-decir palabra contempló durante largo
-rato al pupilo. Ante aquella mirada inquisitiva
-el joven se quedó turbado.</p>
-
-<p>&mdash;Anastasia, ¿por qué no me contestas?&mdash;preguntó
-tímida y débilmente.</p>
-
-<p>&mdash;Es la sangre&mdash;murmuró la sirvienta
-como hablando consigo misma.</p>
-
-<p>&mdash;¡La sangre!... ¿Qué sangre?&mdash;balbució
-Raskolnikoff poniéndose más pálido
-aún de lo que estaba y andando hacia
-atrás hasta la pared.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span></p>
-
-<p>Anastasia continuaba observándole sin
-despegar los labios.</p>
-
-<p>&mdash;Nadie ha pegado a la patrona&mdash;dijo,
-al fin, con sequedad.</p>
-
-<p>El joven la miró, respirando apenas.</p>
-
-<p>&mdash;Si lo he oído... Si no dormía... Estaba
-sentado en el diván&mdash;repuso con voz
-más temblorosa aún&mdash;. He escuchado
-durante largo rato... Ha venido el ayudante
-de policía. Ha salido la gente de
-todos los cuartos a la escalera...</p>
-
-<p>&mdash;Nadie ha venido. Es la sangre la
-que grita en ti. Cuando no tiene salida
-se cuaja y uno delira, tiene alucinaciones...
-¿Vas a comer?</p>
-
-<p>El joven no respondió, y Anastasia, sin
-salir de la habitación, le miraba con ojos
-furiosos.</p>
-
-<p>&mdash;Dame agua.</p>
-
-<p>La sirvienta bajó, y dos minutos después
-volvía a subir con un jarro lleno de
-agua. A partir de este momento se interrumpieron
-los recuerdos de Raskolnikoff.
-Se acordaba únicamente de que había
-bebido un buche de agua fría desmayándose
-en seguida.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>III.</h3></div>
-
-<p>Sin embargo, todo el tiempo que duró
-su enfermedad, nunca estuvo privado
-por completo del sentido: hallábase en
-un estado febril semi-inconsciente y solía
-delirar. Más tarde se acordó de muchas
-cosas: ora le parecía que varios individuos
-estaban reunidos en torno suyo; querían
-apoderarse de él y llevarle a alguna parte,
-y con este motivo disputaban vivamente;
-ora se veía de repente solo en su habitación;
-todo el mundo se había marchado,
-tenían miedo de él. De vez en cuando la
-puerta se abría, y le miraban disimuladamente,
-le amenazaban, reían y se consultaban,
-y él se ponía colérico, se daba cuenta
-a menudo de la presencia de Anastasia
-a su cabecera; veía también a un hombre
-que debía de serle muy conocido, pero,
-¿quién era? Jamás conseguía dar un
-nombre a aquella figura, y esto le entristecía
-hasta el punto de arrancarle lágrimas.
-A veces se figuraba que estaba en
-cama hacía un mes; en otros momentos
-le parecía que todos los incidentes de su
-enfermedad habían ocurrido en un solo
-día; pero <i>aquello</i>, <i>aquello</i> lo había olvidado
-por completo. Cierto que a cada instante
-pensaba que se había olvidado de
-algo de que hubiera debido acordarse, y
-se atormentaba, hacía penosos esfuerzos de
-memoria, gemía, se ponía furioso o sentía
-un terror invencible. Entonces se incorporaba
-en su lecho, quería huir, pero alguien
-le retenía a la fuerza. Estas crisis
-le debilitaban y terminaban en un desvanecimiento.
-Al fin recobró por completo
-el uso de sus sentidos.</p>
-
-<p>Eran las diez de la mañana. Cuando
-hacía buen tiempo, el sol entraba en la
-habitación a esa hora, proyectando una
-ancha faja de luz por el muro de la derecha
-alumbrando el rincón próximo a
-la puerta. Anastasia se hallaba delante
-del lecho del enfermo, acompañada de
-un individuo a quien él no conocía, y
-que le observaba con mucha curiosidad.
-Era un joven de barba naciente, vestido
-con un caftán, y que parecía ser un <i>artelchtchit</i><a name="FNanchor_13" id="FNanchor_13" href="#Footnote_13" class="fnanchor">[13]</a>.</p>
-
-<p>Por la puerta entreabierta miraba la
-patrona. Raskolnikoff se incorporó un
-poco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es, Anastasia?&mdash;preguntó,
-señalando al joven.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ha vuelto en sí!&mdash;dijo la criada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ha vuelto en sí!&mdash;repitió el <i>artelchtchit</i>.</p>
-
-<p>Al oír estas palabras, la patrona cerró
-la puerta y desapareció. A causa de su
-timidez, evitaba siempre entrevistas y explicaciones.
-Aquella mujer, que contaba
-ya cuarenta años, tenía cejas y ojos negros,
-curvas muy pronunciadas, y el conjunto
-de su persona resultaba bastante
-agradable. Buena como suelen ser las
-personas gruesas y perezosas, era, además,
-excesivamente pudorosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es usted?&mdash;preguntó Raskolnikoff
-dirigiéndose al <i>artelchtchit</i>.</p>
-
-<p>En aquel momento se abrió la puerta,
-dando paso a Razumikin, que penetró
-en la habitación, inclinándose un poco
-a causa de su alta estatura.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya un camarote de barco!&mdash;exclamó
-al entrar&mdash;. Siempre doy con la
-cabeza en el techo. ¡Y a esto se llama una<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>
-habitación! ¡Vamos, amigo mío, has recobrado
-ya el sentido, según me acaban
-de decir!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ha recobrado el sentido&mdash;repitió
-como un eco el dependiente, sonriéndose.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es usted?&mdash;interrogó bruscamente
-Razumikin&mdash;. Yo me llamo
-Razumikin, soy estudiante, hijo de noble
-familia; el señor es amigo mío. ¡Vamos,
-ahora dígame usted quién es!</p>
-
-<p>&mdash;Estoy empleado en casa del comerciante
-Chelopaief, y vengo aquí para cierto
-asunto...</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese usted en esta silla&mdash;dijo
-Razumikin ocupando él otra al lado
-opuesto de la mesa&mdash;. Has hecho muy
-bien en recobrar el conocimiento&mdash;añadió,
-volviéndose hacia Raskolnikoff&mdash;.
-Cuatro días hace, puede decirse, que no
-has comido ni bebido nada; apenas tomabas
-un poco de te, que te daban a cucharaditas.
-He traído aquí dos veces a
-Zosimoff. ¿Te acuerdas de Zosimoff? Te
-ha examinado muy atentamente, y ha
-dicho que no tenías nada. Afirma que tu
-enfermedad es una simple debilidad nerviosa,
-resultado de la mala alimentación,
-pero no reviste gravedad ninguna.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es famoso ese Zosimoff! ¡Hace curas
-asombrosas! Pero no quiero abusar
-de su tiempo&mdash;añadió Razumikin, dirigiéndose
-de nuevo al empleado&mdash;. ¿Quiere
-usted decirnos el motivo de su visita?
-Advierte, Rodia, que es la segunda vez
-que vienen ya de esa casa; pero no fué
-el señor el que vino. ¿Quién es el que estuvo
-el otro día?</p>
-
-<p>&mdash;El que vino anteayer fué Alejo Semenovitch,
-también empleado de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene la lengua más expedita que
-usted, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Es un hombre de más capacidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Modestia digna de elogio! Vamos,
-siga usted.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien; por orden de la madre de
-usted, Anastasio Ivanovitch Vakruchin,
-de quien, sin duda, habrá oído hablar
-más de una vez, envía a usted dinero
-que nuestra casa tiene el encargo de entregarle&mdash;dijo
-el empleado encarándose ya
-directamente con Raskolnikoff&mdash;. Si posee
-usted la cédula de reconocimiento, hágase
-usted cargo de estos treinta y cinco
-rublos que Semenovitch ha recibido
-para usted de Anastasio Ivanovitch,
-por orden de su madre. Ha debido usted
-tener aviso del envío de esa cantidad.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; me acuerdo... Vakruchin...&mdash;dijo
-Raskolnikoff, procurando hacer memoria.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted firmarme el recibo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, va a firmar. ¿Tiene usted ahí
-su libro?&mdash;dijo Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, aquí está.</p>
-
-<p>&mdash;Démelo usted. Vamos, Rodia; un
-esfuerzo, trata de incorporarte. Yo te
-sostendré; toma la pluma, y pon aquí tu
-nombre; en nuestros tiempos, el dinero
-es la miel de la humanidad.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo necesidad de dinero&mdash;dijo
-Raskolnikoff, rechazando la pluma.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿Que no tienes necesidad de
-dinero?</p>
-
-<p>&mdash;No firmo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si tienes que dar un recibo!</p>
-
-<p>&mdash;No tengo necesidad de dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tienes necesidad de dinero?&mdash;repitió
-Razumikin&mdash;. Amigo mío, faltas
-a la verdad, doy fe. No se impaciente
-usted, se lo ruego; no sabe lo que dice...
-Está todavía en el país de los sueños...
-Cierto es, sin embargo, que suele ocurrirle
-lo mismo cuando está despierto... Usted
-es un hombre de buen sentido; le llevaremos
-la mano y firmará. Vamos, ayúdeme
-usted.</p>
-
-<p>&mdash;No; puedo volver otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;De ningún modo. ¿Por qué se ha de
-molestar? Usted es un hombre razonable...
-Ea, Raskolnikoff, no detengas por más
-tiempo a este señor... ya ves que te espera.</p>
-
-<p>Y Razumikin se dispuso a llevar la
-mano a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Deja; lo haré yo solo&mdash;dijo éste.</p>
-
-<p>Tomó la pluma, y firmó en el libro. El
-dependiente entregó el dinero y se marchó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bravo! Y ahora, amigo mío, ¿quieres
-comer?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;respondió Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay sopa?</p>
-
-<p>&mdash;Algo queda de ayer&mdash;respondió
-Anastasia que no había salido de la habitación
-durante toda esta escena.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sopa de arroz con patatas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba seguro de ello. Ve a buscar
-la sopa, y danos también te.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Raskolnikoff miraba a su amigo con
-profunda sorpresa y terror estúpido. Resolvió
-callarse y esperar.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que no deliro&mdash;pensaba&mdash;;
-todo esto es muy real.</p>
-
-<p>Al cabo de diez minutos Anastasia volvía
-con la sopa y anunció que serviría
-después el te. Trajo también dos cucharas,
-dos platos y el servicio correspondiente
-de mesa: sal, mostaza para tomarla
-con la carne, etc.; nunca había estado tan
-bien puesta la mesa desde hacía largo
-tiempo; hasta el mantel era limpio.</p>
-
-<p>&mdash;Anastasia&mdash;dijo Razumikin&mdash;,
-Praskovia Pavlovna no haría mal en
-enviarnos un par de botellas de cerveza.
-Asegúrale que no quedará ni gota.</p>
-
-<p>&mdash;De nada te privas&mdash;murmuró la
-criada y fué a hacer el encargo.</p>
-
-<p>El enfermo continuaba observándolo
-todo con inquieta atención. Razumikin
-se sentó a su lado en el diván. Con la gracia
-de un oso sostenía, apoyada en el brazo
-izquierdo, la cabeza de Raskolnikoff,
-que no tenía ninguna necesidad de este
-auxilio, y con la mano derecha le llevaba
-a la boca cucharadas de sopa, después
-de soplarlas muchas veces para que su
-amigo no se quemase al tragarlas, a pesar
-de que la sopa estaba bastante fría.
-Raskolnikoff tomó con avidez tres cucharadas;
-pero Razumikin suspendió bruscamente
-la comida de su amigo, declarando
-que para tomarla era preciso consultar
-con Zosimoff.</p>
-
-<p>En aquel momento entró Anastasia
-llevando las dos botellas de cerveza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres te?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Ve en seguida a buscar te, Anastasia,
-porque en lo tocante a esta infusión,
-opino que no hace falta el permiso de
-la Facultad. Aquí está la cerveza.</p>
-
-<p>Se volvió a sentar en su silla, se acercó
-la sopera y la carne y se puso a devorar
-con tanto apetito como si no hubiese
-comido en tres días.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, amigo Rodia, como todos
-los días en esta casa&mdash;murmuró con la
-boca llena&mdash;. Praskovia, tu amable patrona,
-me trata a cuerpo de rey; me tiene
-mucha consideración, y, es claro, yo
-me dejo querer. ¿Para qué protestar?
-Aquí está Anastasia con el te. Es lista
-esta muchacha. Anastasia, ¿quieres cerveza?</p>
-
-<p>&mdash;¿Te burlas de mí?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero un poco de te sí tomarás?</p>
-
-<p>&mdash;Eso sí.</p>
-
-<p>&mdash;Sírvete, o más bien, no, espera; yo
-te serviré. Siéntate a la mesa.</p>
-
-<p>Haciendo de anfitrión, llenó sucesivamente
-dos tazas, después dejó su almuerzo
-y fué a sentarse otra vez en el sofá. Lo
-mismo que cuando la sopa, Razumikin
-empleó todo género de atenciones delicadas
-para que Raskolnikoff tomara el te.
-Este último se dejaba mimar sin decir
-palabra, aunque se sentía en estado de
-permanecer sentado en el diván sin el
-auxilio de nadie, de tener en la mano la
-taza y la cuchara y hasta de andar; pero
-con cierto maquiavelismo extraño y casi
-instintivo, se había decidido súbitamente
-a fingirse débil y simular cierta imbecilidad,
-teniendo, sin embargo, los ojos
-y los oídos en acecho. Al cabo, su disgusto
-fué más fuerte que su resolución; después
-de haber tomado diez cucharadas
-de te, el enfermo apartó la cabeza con
-un brusco movimiento, rechazó caprichosamente
-la cuchara y se dejó caer sobre
-la almohada. Esta palabra no era ya
-una metáfora. Raskolnikoff tenía ahora
-bajo la cabeza una buena almohada de
-plumas, con una funda muy limpia. Este
-detalle habíalo advertido el joven y
-no dejaba de preocuparle.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso que Praskovia nos envíe
-conserva de frambuesa para preparar la
-bebida a Raskolnikoff&mdash;dijo Razumikin
-volviendo a sentarse en su sitio y reanudando
-su interrumpido almuerzo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde va a buscar la frambuesa?&mdash;preguntó
-Anastasia que, teniendo el
-platillo entre sus dedos separados, tomaba
-sorbos de te «al través del azúcar».</p>
-
-<p>&mdash;Querida, tu ama la comprará en
-una tienda. Tú no sabes, Rodia: ha pasado
-aquí toda una historia. Cuando te
-escapaste de mi casa como un ladrón
-sin decirme dónde vivías, me incomodé
-tanto, que resolví encontrarte para tomar
-de ti una venganza ejemplar. Aquel
-mismo día me puse en campaña. ¡Lo que
-tuve que correr y preguntar! Se me
-habían olvidado tus nuevas señas, por<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>
-la sencilla razón de que no las había sabido
-nunca. En cuanto a tu antiguo alojamiento,
-sólo me acordaba de que habitabas
-en los Cinco Rincones, en casa de
-Kharlamoff. Me lancé sobre esta pista,
-descubrí la casa de Kharlamoff, que no
-es la casa de Kharlamoff sino la de
-Bukh. Y ahí tienes cómo se embrolla
-uno con los nombres propios. Estaba furioso;
-al día siguiente, fuí a la oficina
-de Direcciones, sin confiar nada en el
-resultado de esta diligencia. Pues bien,
-figúrate mi asombro cuando en dos minutos
-me dieron la indicación de tu
-domicilio. Estás inscrito allí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que estoy inscrito?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo! Y, sin embargo, no pudieron
-dar las señas del general Kobeleff
-a uno que las pedía. Apenas llegué
-aquí cuando me enteré de todos tus asuntos,
-sí, amigo mío, de todos. Lo sé todo;
-Anastasia te lo dirá: he trabado conocimiento
-con Nikodim Fomitch; he sido
-presentado a Ilia Petrovitch, he entrado
-en relaciones con el <i>dvornik</i>, con
-Alejandro Grigorievitch Zametoff, jefe
-de la Cancillería, y, en fin, con la misma
-Pashenka; ése ha sido el golpe final.
-Pregúntaselo a Anastasia.</p>
-
-<p>&mdash;Por fuerza la has embrujado&mdash;murmuró
-la criada con una sonrisa maliciosa.</p>
-
-<p>&mdash;Fué una lástima, querido amigo,
-que desde el principio no te entendieses
-con ella. No debías haber procedido de
-este modo con Pashenka. Tiene un carácter
-muy extraño... pero ya hablaremos
-otro día de su carácter. Dime, ¿qué
-hiciste para que te cortase los víveres?
-¿y eso del pagaré? Por fuerza estabas loco
-cuando lo firmaste. ¡Y el proyecto
-de matrimonio cuando vivía su hija Natalia
-Egorovna!... Estoy al corriente de
-todo. Pero veo que toco una cuerda muy
-delicada y que soy un burro. Perdóname.
-Mas, a propósito de tonterías, ¿no
-te parece que Praskovia Pavlovna es menos
-tonta de lo que a primera vista parece?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;balbuceó, mirándole de reojo,
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>No comprendía que hubiera sido mejor
-seguir la conversación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdad que sí?&mdash;exclamó Razumikin&mdash;.
-¿No es una mujer muy inteligente?
-Es un tipo muy original. Te aseguro,
-querido Rodia, que no la entiendo. Ha
-entrado ya en los cuarenta y no confiesa
-más que treinta y seis... Cosa que puede
-hacer sin temor a que la desmientan. Te
-aseguro que sólo puedo juzgarla desde
-el punto de vista intelectual, porque nuestras
-relaciones son las más singulares
-que puedes imaginarte. Repito que no
-la entiendo. Volviendo a nuestro asunto,
-ha sabido que dejaste de ir a la Universidad
-y que estás sin lecciones ni vestidos.
-Además, desde la muerte de su hija
-no había motivo para que te considerase
-como de su familia; en tales condiciones
-le ha asaltado cierta inquietud. Tú,
-por tu parte, en lugar de conservar con
-ella las relaciones de otro tiempo, vivías
-retirado en tu rincón, y, naturalmente,
-quería que te marchases. Pensaba desde
-hacía tiempo en eso; pero como le habías
-firmado un pagaré, asegurándole, además,
-que tu madre pagaría...</p>
-
-<p>&mdash;He cometido una bajeza al decirle
-tal cosa... Mi madre está en la miseria.
-Yo mentía para que me siguiesen dando
-hospedaje y comida&mdash;dijo Raskolnikoff
-con voz entrecortada y vibrante.</p>
-
-<p>&mdash;Tenías razón al hablar como hablaste;
-pero la intervención de Tchebaroff,
-curial y hombre de negocios, lo ha echado
-todo a rodar. Si no hubiera sido por
-éste, Pashenka no hubiera emprendido
-nada contra ti. Es demasiado tímida para
-hacer eso. En cambio, el hombre de
-negocios no es tímido y en seguida ha
-entablado la demanda. ¿El firmante de
-la letra es persona solvente? Respuesta:
-sí, porque su madre, aunque no posee
-más que una pensión de ciento veinticinco
-rublos, se quedaría sin comer con
-tal de sacar a Rodión de semejante apuro,
-y tiene además una hermana que se
-vendería como esclava por su hermano.
-El señor Tchebaroff se ha fundado en este
-cálculo. ¿Por qué te agitas? Adivino,
-amigo mío, lo que estás pensando; no
-tenías inconveniente en refugiarte en el
-seno de Pashenka cuando podía ver en
-ti un futuro yerno; pero, ¡ay!, en tanto
-que el hombre honrado y sensible se
-abandona a las confidencias, el hombre
-de negocios las recoge y hace su agosto.
-En suma; le entregó la letra a ese<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>
-Tchebaroff, que no se ha andado por
-las ramas. Cuando lo supe, quise, para
-la tranquilidad de mi conciencia,
-tratar también al hombre de negocios
-por la electricidad; pero, entretanto, se
-ha establecido perfecta armonía entre
-Pashenka y yo, y he suspendido el procedimiento
-respondiendo de tu deuda.
-¿Te enteras, amigo mío? He salido fiador
-por ti. He hecho venir a Tchebaroff,
-se le ha tapado la boca con diez rublos
-y ha devuelto el papel que tengo el honor
-de presentarte. Ahora, no eres más
-que un deudor bajo tu palabra. Tómalo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eres tú a quien no conocía cuando
-deliraba?&mdash;preguntó Raskolnikoff, después
-de una pausa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, y aun mi presencia te ha ocasionado
-alguna crisis violenta, sobre todo
-cuando he venido con Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Zametoff! ¿El jefe de la Cancillería?...
-¿Por qué lo has traído?...</p>
-
-<p>Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff
-cambiaba de posición y fijó los
-ojos en Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te pasa? ¿Por qué te alteras?
-Deseaba conocerte y quiso venir porque
-habíamos hablado mucho de ti. ¿Cómo,
-de otra manera, hubiera sabido yo tantas
-cosas acerca de ti? Es un buen muchacho,
-amigo mío; maravilloso, claro que
-en su género; ahora somos amigos; nos
-vemos todos los días porque acabo de
-transportar mis penates a ese barrio.
-¿Aun no lo sabías? Me he mudado recientemente.
-He ido dos veces con él
-a casa de Luisa. ¿Te acuerdas de Luisa?
-Luisa Ivanovna...</p>
-
-<p>&mdash;¿He disparatado mucho durante
-mi delirio?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo. No te lo puedes imaginar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que decía?</p>
-
-<p>&mdash;¿Que qué decías? Ya se sabe lo que
-puede decir un hombre que no está en
-sus cabales... Pero no estamos aquí para
-perder el tiempo, sino para ocuparnos
-en nuestros asuntos.</p>
-
-<p>Y así diciendo se levantó tomando su
-gorra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que decía?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres que te lo cuente? ¿Temes
-haber dejado escapar algún secreto?
-tranquilízate; de tus labios no ha salido
-ninguna palabra acerca de la cuestión,
-pero has hablado mucho de un <i>bulldog</i>,
-de pendientes, de cadenas de reloj, de la
-isla de Krestovsky, de un <i>dvornik</i>... ¡qué
-sé yo! Nikodim Fomitch e Ilia Petrovitch,
-el ayudante, salían a relucir en tu delirio.
-Además hablabas mucho de una de tus
-botas, no cesabas de decir llorando: ¡dámela!
-Zametoff la estuvo buscando por
-todos los rincones, y cuando encontró
-esa alhaja, no tuvo inconveniente en
-tomarla con sus blancas manos cubiertas
-de sortijas y tan perfumadas... Entonces
-fué cuando te calmaste, no soltándola
-durante veinticuatro horas. Imposible
-quitártela. Aun debe estar ahí, debajo
-de la colcha. También pedías las tiras
-del pantalón, ¡y con qué lágrimas! Hubiéramos
-deseado saber qué interés tenían
-para ti esas tiras; pero no entendíamos
-ni una sola de tus palabras. Ahora
-vamos a nuestro asunto. Aquí tienes
-treinta y cinco rublos; tomo diez y dentro
-de dos horas volveré y te daré cuenta del
-empleo que habré hecho de ellos. De paso
-entraré en casa de Zosimoff; ya debería
-estar aquí, porque son las once dadas.
-Durante mi ausencia, cuida tú, Anastasia,
-de que a éste no le falte nada y procura
-prepararle algo para beber... Ahora voy
-a dar por mí mismo instrucciones a
-Pashenka. Hasta la vista.</p>
-
-<p>&mdash;¡La llama Pashenka! ¿Habráse visto
-un bribón como ése?&mdash;dijo la sirvienta
-cuando el joven, girando sobre sus
-talones, abandonó el cuarto, y saliendo
-también ella, se puso a escuchar detrás
-de la puerta; pero al cabo de un instante
-no pudo permanecer allí y descendió
-muy apresuradamente, deseosa de saber
-qué hablaba Razumikin con la patrona.
-Era evidente que Anastasia sentía
-verdadera admiración por el estudiante.</p>
-
-<p>Apenas la criada había cerrado la
-puerta, el enfermo, echando a un lado la
-colcha, saltó del lecho como loco. Había
-esperado con impaciencia febril para poner
-mano a la obra. ¿A qué obra? Era el
-caso que, en aquel instante, no se acordaba
-de nada. «¡Señor! ¡Dime solamente
-una cosa! ¿Lo saben todo, o aun lo ignoran?
-Quizá ya estén enterados, pero fingen
-ignorarlo, porque me ven enfermo.
-Esperarán a que esté restablecido para<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>
-quitarse la máscara: me dirán entonces
-que lo sabían todo desde hace largo
-tiempo... Pero, ¿qué es lo que tengo que
-hacer ahora? Si era una cosa urgente...
-la he olvidado y pensaba en ella hace
-un minuto.»</p>
-
-<p>Estaba en pie en medio de la habitación,
-presa de dolorosa perplejidad. Se
-acercó a la puerta, la abrió y aplicó el
-oído; mas, ¿para qué? De repente pareció
-que recobraba la memoria; acudió al
-rincón en que la tapicería estaba desgarrada,
-introdujo la mano en el agujero
-y lo escudriñó. Mas no era tampoco aquello
-de lo que quería acordarse; abrió la
-estufa y estuvo escarbando las cenizas;
-los bordes cortados del pantalón y el forro
-del bolsillo se encontraban allí, conforme
-los echó antes el joven; de modo
-que nadie había hurgado en la estufa.
-Se acordó entonces de la bota, de la que
-le había hablado Razumikin. La bota
-estaba en el sofá, bajo la colcha, pero,
-desde el crimen había sufrido tantos
-frotamientos y manchádose con tanto
-lodo, que sin duda Zametoff no había
-podido notar nada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!... ¡Zametoff!... ¡La oficina de
-policía! Pero, ¿por qué se me cita a esa
-oficina? ¿Dónde está la citación?... ¡Ah,
-sí, estoy confundido! Fué el otro día
-cuando se me hizo ir; examiné entonces
-también la bota; pero ahora, ahora he
-estado enfermo. Mas, ¿por qué ha venido
-aquí Zametoff? ¿Por qué lo ha traído
-Razumikin?&mdash;murmuraba Raskolnikoff,
-sentándose fatigado en el sofá&mdash;. ¿Qué
-pasa? ¿Estoy delirando, o veo las cosas
-como son? Me parece que no sueño. ¡Oh!
-ahora recuerdo... Es preciso partir, partir
-en seguida; no hay más remedio que
-alejarse. Pero ¿a dónde ir? ¿Y dónde
-está mi ropa? No tengo botas. Se las han
-llevado o las han escondido. ¡Ah! Comprendo.
-Aquí está mi gabán. No se han
-fijado en él. ¡Dinero aquí, sobre la mesa!
-¡Gracias a Dios! La letra de cambio aquí
-también... Voy a tomarlo y a salir. Alquilaré
-otro cuarto y no me encontrarán...
-Pero, ¿y la oficina de Direcciones? Acabarán
-por descubrirme... Sí... Razumikin
-sabrá dar conmigo. Mejor será expatriarme,
-irme lejos, a América: allí me
-reiré de ellos. Tengo que llevarme la letra
-de cambio... Me servirá. ¿Que más necesito?
-Me creen enfermo, piensan que
-no me encuentro en estado de andar, ¡ja,
-ja! He leído en sus ojos que lo saben todo.
-No tengo más que bajar la escalera. Pero,
-¿y si la casa estuviese vigilada, si abajo
-me encontrase con los agentes de policía?...
-¿Qué es esto?... ¿Te...? También
-ha quedado algo de cerveza. Esto me refrescará.</p>
-
-<p>Tomó la botella que aun contenía lo
-bastante para llenar un gran vaso y lo
-vació de un trago con verdadero placer,
-porque tenía ardiendo el estómago. Pero
-un minuto después prodújole la cerveza
-zumbidos en las sienes y un ligero escalofrío
-no del todo desagradable en la
-espina dorsal. Se acostó y tapó con la
-colcha. Sus ideas vagas e incoherentes se
-embrollaban cada vez más. Bien pronto
-sintió gran pesadez en los párpados, apoyó
-con placer la cabeza en la almohada,
-se tapó muy bien con la blanca colcha
-que había reemplazado y su harapiento
-gabán y se quedó profundamente dormido.</p>
-
-<p>Se despertó al oír ruido de pasos y vió
-a Razumikin que acababa de abrir la
-puerta, pero que dudaba si penetrar o
-no en la habitación y permanecía de pie
-en el umbral.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se levantó vivamente y
-miró a su amigo con la expresión de un
-hombre que trata de recordar algo.</p>
-
-<p>&mdash;Puesto que no duermes, aquí me
-tienes. Anastasia, sube el paquete&mdash;gritó
-Razumikin a la criada que estaba
-abajo&mdash;; voy a darte mis cuentas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora es?&mdash;preguntó el enfermo,
-dirigiendo en torno suyo una mirada
-inquieta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Buena siesta, amigo mío! Van a
-dar las seis y eran las doce cuando te
-dormiste. Así, tu sueño ha durado seis
-horas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor! ¡Cómo he podido dormir
-tanto rato!</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué te quejas? Este sueño te
-sentará bien. ¿Tenías algún negocio urgente?
-¿Una cita quizás? Ahora todo el
-tiempo nos pertenece. Tres horas hace
-que esperaba a que te despertases. Dos
-veces he entrado y tú duerme que duerme.
-Otras dos veces he estado en casa<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>
-de Zametoff; había salido; pero no importa,
-vendrá. Además he tenido que
-ocuparme en mis asuntos. He cambiado
-hoy de domicilio y he mudado todos mis
-trastos, incluso mi tío, porque te advierto
-que tengo al presente a un tío en mi
-casa... Pero basta, volvamos a nuestro
-asunto. Trae acá el paquete, Anastasia.
-Vamos en seguida a... Ante todo, ¿cómo
-estás?</p>
-
-<p>&mdash;Me siento bien, ya no estoy enfermo.
-¿Hace mucho tiempo que estás aquí,
-Razumikin?</p>
-
-<p>&mdash;Acabo de decirte que he estado tres
-horas esperando a que te despertases.</p>
-
-<p>&mdash;No hablo de ahora sino de antes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo de antes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Desde cuándo vienes a esta casa?</p>
-
-<p>&mdash;Ya te lo dije otra vez. ¿No te acuerdas?</p>
-
-<p>Raskolnikoff hizo un llamamiento a
-su memoria. Se le presentaban los incidentes
-de aquel día como si los hubiera
-soñado, y viendo que en vano pretendía
-recordar, interrogó con una mirada a
-Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hum!&mdash;dijo éste&mdash;; lo has olvidado.
-Ya me hacía yo cargo de que, la
-otra vez, no estabas en tu juicio. Ahora
-el sueño te ha sentado bien. Tienes mucho
-mejor cara. Ya recobrarás la memoria.
-Ahora, mira, querido amigo&mdash;y se
-puso a deshacer el paquete, que era evidentemente
-el objeto de todas sus preocupaciones&mdash;.
-Esto, amigo mío, es lo que
-más me interesaba. Hay que hacer de ti
-un hombre. ¡Vamos a ver! Comencemos
-por arriba. ¿Ves esta gorra?&mdash;dijo, sacando
-del envoltorio una muy decente,
-aunque ordinaria y de poco valor&mdash;. ¿Me
-dejas que te la pruebe?</p>
-
-<p>&mdash;No, ahora no, más tarde&mdash;contestó
-Raskolnikoff rechazando a su amigo con
-un gesto de impaciencia.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene que ser ahora mismo, amigo
-Rodia; tú déjame a mí. Después sería
-demasiado tarde. Además, la inquietud
-me tendría en vela toda la noche, porque
-he comprado estas prendas al buen tun
-tun, sin tener la medida. ¡Te está perfectamente!&mdash;exclamó
-con aire de triunfo
-después de haberle probado la gorra&mdash;.
-Cualquiera diría que te la han hecho a
-la medida. ¿A que no aciertas, Nastachiuska,
-lo que me ha costado?&mdash;dijo encarándose
-con la criada, viendo que su
-amigo guardaba silencio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dos grivnas?&mdash;respondió Anastasia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dos grivnas! ¿Estás loca?&mdash;gritó
-Razumikin&mdash;. Ahora por dos grivnas no
-se podría comprar siquiera tu personita.
-¡Ocho grivnas y eso porque está usada!
-Vamos a ver ahora el pantalón; te advierto
-que estoy orgulloso de él&mdash;y presentó
-a Raskolnikoff un pantalón de color
-ceniza de ligera tela de verano&mdash;. Ni un
-agujero, ni una mancha, y todavía muy
-llevable, aunque esté ya usado. El chaleco
-es del mismo color que el pantalón,
-como lo exige la moda. Por lo demás, estas
-prendas son mejores que nuevas,
-porque con el uso han adquirido suavidad,
-son más flexibles. Soy de parecer,
-amigo Rodia, de que para andar por el
-mundo es preciso arreglarse según la estación:
-las personas razonables no comen
-espárragos en el mes de enero; en mis compras,
-he seguido ese principio... Como estamos
-en verano, he comprado un vestido
-de verano. Que viene el otoño, te
-harán falta vestidos de más abrigo y
-abandonarás éstos... con tanta más razón,
-cuanto que de aquí allá habrán tenido
-tiempo de estropearse... Bueno, a
-ver si aciertas lo que han costado. ¿Cuánto
-te parece? Dos rublos y veinticinco
-kopeks. Ahora hablemos de las botas.
-¿Qué tal? se ve que están usadas, es verdad,
-pero desempeñarán muy bien su papel
-durante dos meses; han sido hechas en
-el extranjero; eran de un secretario de la
-embajada británica que las vendió la semana
-pasada y que no las ha llevado más
-que seis días; sin duda andaría mal de
-dinero. Precio: un rublo y cincuenta kopeks:
-son de balde.</p>
-
-<p>&mdash;Pero acaso no le vengan&mdash;observó
-Anastasia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no le vendrán? ¿Para qué sirve
-esto, entonces?&mdash;replicó Razumikin,
-sacando del bolsillo una bota vieja de
-Raskolnikoff, sucia y agujereada&mdash;. Había
-tomado mis precauciones. Todo ello
-se ha hecho muy concienzudamente.
-En cuanto a la ropa blanca ha habido
-mucho regateo con la revendedora; en
-fin, aquí tienes tres camisas con la pe<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>chera
-de moda. Y ahora recapitulemos:
-gorra, ocho grivnas; pantalón y chaleco,
-dos rublos y veinticinco kopeks; ropa
-blanca, cinco rublos; botas, un rublo
-cincuenta kopeks. Tengo que devolverte
-cuarenta y cinco kopeks. Toma, guárdalos;
-de esta suerte cátate ya emperifollado,
-porque, según mi juicio, tu paletó,
-no solamente puede servir aún,
-sino que conserva mucha distinción: se
-ve que ha sido hecho en casa de Charmer;
-en cuanto a los calcetines, etc...
-te dejo el cuidado de que los compres tú.
-Nos quedan veinticinco rublos y no tienes
-que inquietarte, ni de Pashenka ni
-del pago de inquilinato. Ya te lo he dicho:
-se te ha abierto un crédito ilimitado,
-y ahora es necesario que te mudes de
-ropa blanca, porque tu enfermedad está
-en tu camisa...</p>
-
-<p>&mdash;Déjame, no quiero&mdash;respondió rechazándole
-Raskolnikoff, cuyo rostro había
-permanecido triste durante el festivo
-relato de Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso, amigo mío; ¿por qué me
-he destalonado yo por esas calles? Natachiuska,
-no te la eches de vergonzosa,
-ayúdame&mdash;y a pesar de la resistencia de
-Raskolnikoff, logró mudarle de ropa interior.</p>
-
-<p>El enfermo se dejó caer sobre la almohada
-y no dijo una palabra durante
-dos minutos.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me dejarán tranquilo?&mdash;pensaba&mdash;.
-¿Y con qué dinero se ha comprado
-todo esto?&mdash;preguntó en seguida, mirando
-a la pared.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya una pregunta! ¿Con qué dinero
-ha de haber sido? Con el tuyo. Tu
-madre te ha enviado por medio de Vakruchin
-treinta y cinco rublos que te trajeron
-hace poco. ¿Lo has olvidado,
-quizá?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya me acuerdo&mdash;dijo Raskolnikoff
-después de haberse quedado pensativo
-y sombrío.</p>
-
-<p>Razumikin, fruncidas las cejas, le miraba
-con inquietud. Se abrió la puerta
-y entró en la habitación un hombre de
-alta estatura. Su manera de presentarse
-indicaba la costumbre de visitar la casa
-de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Zosimoff! ¡Por fin!&mdash;gritó alegremente
-Razumikin.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div>
-
-<p>El recién venido era un mocetón de
-veintisiete años, alto y grueso, de rostro
-un poco abotargado, pálido y afeitado
-cuidadosamente. Tenía el cabello de color
-rubio, casi blanco y cortado en forma
-de cepillo. Usaba lentes y en el índice
-de su carnosa mano brillaba un grueso
-anillo de oro. Se comprendía que le gustaba
-usar cómodos vestidos que no carecían
-de cierta elegancia. Llevaba un
-ancho gabán de verano y pantalón claro.
-La pechera, los puños y cuello eran
-irreprochables, y brillaba sobre su chaleco
-pesada cadena de oro. Sus modales
-tenían algo de lentos y de flemáticos,
-aunque hacía esfuerzos para darse aire
-de desenvuelto. Por lo demás, a despecho
-de su cuidado, se advertía en sus maneras
-algo de afectación. Cuantos le conocían
-le encontraban insoportable; pero le
-tenían en grande estima como médico.</p>
-
-<p>He estado dos veces en tu casa... ¿Lo
-estás viendo? Ha recobrado ya los sentidos.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veo, ya veo; ¿cómo nos sentimos
-hoy?&mdash;preguntó Zosimoff a Raskolnikoff,
-mirándole atentamente.</p>
-
-<p>Y al mismo tiempo se sentaba en el
-extremo del sofá, a los pies del enfermo,
-esforzándose por encontrar un sitio para
-su enorme persona.</p>
-
-<p>&mdash;¡Siempre hipocondríaco!&mdash;continuó
-Razumikin&mdash;; hace poco, cuando le
-hemos mudado de ropa interior, casi
-se ha echado a llorar.</p>
-
-<p>&mdash;Se comprende, lo mismo hubiera sido
-mudarle luego; no era necesario contrariarle...
-El pulso es excelente, seguimos
-con un poco de dolor de cabeza, ¿no
-es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy perfectamente&mdash;dijo Raskolnikoff
-irritado.</p>
-
-<p>Y al pronunciar estas palabras se incorporó
-de repente en el sofá y brillaron
-sus ojos. Pero un instante después se dejó
-caer sobre la almohada, volviéndose del
-lado de la pared. Zosimoff le miraba atentamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien! Nada de particular&mdash;dijo
-con cierta indiferencia&mdash;. ¿Has tomado
-algo?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p>
-
-<p>Se le dijo lo que había comido el enfermo
-y se le preguntó qué podía dársele.</p>
-
-<p>&mdash;Puede tomar lo que quiera, sopa, te...
-Claro es que quedan prohibidos los cohombros
-y las setas; no conviene tampoco
-que coma carne... aunque esta advertencia
-es ociosa.</p>
-
-<p>Cambió una mirada con Razumikin y
-prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Nada de pociones ni medicamentos;
-mañana veremos... Hoy se hubiera podido...
-de todos modos está bien.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana por la tarde le sacaré a dar
-un paseo&mdash;dijo Razumikin&mdash;, iremos
-juntos al jardín Yusupoff y después al
-Palacio de Cristal.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana sería demasiado pronto;
-pero un paseíto corto... En fin, mañana
-veremos.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que siento es que precisamente
-hoy inauguro mi nueva vivienda, que está
-a dos pasos de aquí, y desearía que fuese
-uno de los nuestros, aunque tuviese que
-estar tendido en un sofá. ¿Vendrás tú?&mdash;preguntó
-Razumikin al doctor&mdash;; lo has
-prometido, no faltes a tu palabra.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, no podré ir hasta bastante
-tarde. ¿Das un convite?</p>
-
-<p>&mdash;¡Nada de convite! Te, aguardiente,
-arenques y pastas... Una reunión de amigos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quiénes son tus huéspedes?</p>
-
-<p>&mdash;Compañeros jóvenes y mi tío, un
-viejo que ha venido a no sé qué negocios
-a San Petersburgo; llegó ayer. Sólo nos
-vemos una vez cada cinco años.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué se ocupa?</p>
-
-<p>&mdash;En vegetar en un distrito. Es maestro
-de postas, cobra una pensioncilla y
-tiene sesenta y cinco años. No hablemos
-más de él, aunque le quiero. Estará también
-Porfirio Petrovitch, juez de instrucción
-del distrito... un notable jurisconsulto.
-Tú le conoces.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es también pariente tuyo?</p>
-
-<p>&mdash;Muy lejano. Mas, ¿por qué arrugas
-el entrecejo? ¿Crees que porque un día
-tuvisteis no sé qué disputa estás en el
-caso de no venir?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Me río de él!</p>
-
-<p>&mdash;Es lo más cuerdo que puedes hacer.
-Habrá también estudiantes, un profesor,
-un empleado, un músico y un oficial,
-Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;Dime, te lo ruego, lo que tú o éste&mdash;Zosimoff
-señaló con un movimiento de
-cabeza a Raskolnikoff&mdash;tenéis de común
-con ese Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, ya que quieres que te lo
-diga, entre Zametoff y yo hay algo común;
-traemos cierto negocio entre manos.</p>
-
-<p>&mdash;Me gustaría saber qué negocio es
-ése.</p>
-
-<p>&mdash;A propósito del pintor decorador.
-Trabajamos porque se le ponga en libertad.
-Creo que lo conseguiremos. El
-asunto es perfectamente claro; nuestra
-intervención tiene por único objeto apresurar
-el desenlace.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué pintor te refieres?</p>
-
-<p>&mdash;¿No te he hablado ya de él? ¡Ah! es
-verdad. No te he contado más que el
-principio... Se trata del asesinato de la
-vieja prestamista sobre prendas. Pues
-bien, el pintor fué detenido como autor
-del doble crimen.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, antes que me contaras todo eso
-ya había oído yo hablar de esos asesinatos,
-y, a decir verdad, la cosa me interesa
-hasta cierto punto... He leído algo
-en los periódicos.</p>
-
-<p>&mdash;También mataron a Isabel&mdash;dijo,
-de pronto Anastasia, dirigiéndose a
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Isabel!&mdash;murmuró el enfermo con
-voz casi ininteligible.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, Isabel, la revendedora. ¿No la
-conocías? Venía a casa de la patrona.
-Por cierto que te hizo una camisa.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se volvió del lado de la
-pared y se puso a contemplar con gran
-atención una de las florecillas blancas
-de que estaba sembrado el papel que tapizaba
-su habitación. Sentía que se le
-entumecían los miembros, pero no se
-atrevía a moverse y continuaba con la
-mirada fija en la florecilla de papel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Luego resultan cargos contra ese
-pintor?&mdash;preguntó Zosimoff interrumpiendo
-con manifiesto enojo a la criada, que
-suspiró y guardó silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero esos cargos, en rigor, no son
-tales, y eso es precisamente lo que se
-trata de demostrar. La policía sigue una
-pista falsa, como la siguió al principio
-cuando sospechó de Koch y Pestriakoff.
-Por poco interés que se tenga en la
-cuestión, se siente uno indignado al ver<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span>
-una sumaria tan neciamente conducida.
-Pestriakoff vendrá probablemente esta
-noche a mi casa; y, a propósito, Rodia,
-tú tienes noticia de ese crimen; ocurrió
-el día antes que cayeras enfermo, la víspera
-de tu desmayo en la oficina de policía,
-precisamente cuando se estaba hablando
-de él.</p>
-
-<p>El médico miró curiosamente a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Será preciso que yo no te quite el
-ojo de encima, Razumikin&mdash;le dijo&mdash;;
-te interesas demasiado por un asunto
-que no te va ni te viene.</p>
-
-<p>&mdash;Es posible, pero no importa. Arrancaremos
-a ese desgraciado de las garras
-de la justicia&mdash;exclamó Razumikin, descargando
-un puñetazo sobre la mesa&mdash;.
-Mas no son los errores de esa gente lo
-que me irritan; cualquiera se equivoca.
-Además, el error es cosa excusable, puesto
-que por medio de él se llega a la verdad;
-no, lo que me molesta es que estando
-engañados continúan creyéndose infalibles.
-Yo estimo a Porfirio; pero...
-¿Sabes lo que en un principio los ha despistado?
-La puerta estaba cerrada; y
-cuando Koch y Pestriakoff subieron con
-el portero estaba abierta: luego Koch y
-Pestriakoff son los asesinos. ¡Vaya una
-lógica que me gastan!</p>
-
-<p>&mdash;No te acalores. Los han detenido
-porque no tenían más remedio que detenerlos.
-Y a propósito, he visto de nuevo
-a Koch; creo que estaba en relaciones
-de negocios con la vieja. ¿Le compraba
-los objetos empeñados después del
-vencimiento?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es un camastrón. Negocia también
-letras de cambio. El mal rato que ha
-pasado no me importa un comino. Pero
-me sublevo contra los sistemas estúpidos
-de un procedimiento anticuado...
-Tiempo es ya de emprender un nuevo
-camino y de renunciar a viejas rutinas.
-Unicamente los datos psicológicos pueden
-arrojar luz en estos procesos. «Tenemos
-hechos», dicen; pero los hechos
-no son todo; la manera de interpretarlos
-contribuye por lo menos en una mitad
-al éxito de un sumario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes tú interpretar los hechos?</p>
-
-<p>&mdash;Mira, es imposible callarse cuando
-se siente, cuando se tiene la íntima convicción
-de que se puede contribuir al descubrimiento
-de la verdad... ¿Conoces los
-pormenores de ese asunto?</p>
-
-<p>&mdash;Me habías hablado no sé qué de un
-pintor decorador, pero no me has contado
-el suceso.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, oye. Dos días después
-de cometido el asesinato, por la mañana,
-en tanto que la policía procedía contra
-Koch y Pestriakoff, a pesar de las explicaciones
-perfectamente categóricas dadas
-por ellos, surgió un incidente completamente
-inesperado. Cierto Dutchkin,
-campesino que tiene una taberna enfrente
-de la casa del crimen, llevó a la comisaría
-un estuche que encerraba unos pendientes
-de oro, y con tal motivo contó
-su historia: «Anteayer tarde, poco después
-de las ocho (fíjate en esta coincidencia),
-Mikolai, un obrero pintor, parroquiano
-de mi establecimiento, fué a
-suplicarme que le prestase dos rublos
-por los pendientes que contenía el estuche.
-A mi pregunta: «¿Dónde has encontrado
-esto?», me respondió que en la
-calle. No le pregunté más (es Dutchkin
-quien habla), y le di un billetito, es decir,
-un rublo, porque dije para mis adentros:
-si no tomo este objeto lo tomará
-otro, y mejor es que esté en mis manos;
-si lo reclaman y sé que ha sido robado,
-iré a entregarlo a la policía.» Bien mirado,
-al hablar de este modo&mdash;prosiguió
-Razumikin&mdash;, mentía descaradamente;
-conozco a ese Dutchkin, es un encubridor,
-y cuando tomó de Mikolai una alhaja
-que valía treinta rublos, no tenía intención
-de entregarla a la policía. Se decidió
-a ello bajo la influencia del miedo. Pero
-dejemos a Dutchkin continuar su relato:
-«Desde niño conozco a ese campesino que
-se llama Mikolai Dementieff; es, como yo,
-del gobierno de Riazan y del distrito de
-Zaraisk. Sin ser un borracho, bebe algunas
-veces demasiado. Sabíamos que estaban
-trabajando con Mitrey, que es de su país.
-Después de haber recibido el billetito,
-Mikolai apuró dos copas, cambió su rublo
-para pagar y se marchó, llevándose el
-cambio de la moneda. No vi a Mitrey con
-él. Al día siguiente, oímos decir que habían
-matado a hachazos a Alena Ivanovna
-y a su hermana Isabel Ivanovna.
-Nosotros las conocíamos y entonces na<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>cieron
-nuestras sospechas a propósito
-de los pendientes, porque sabíamos que
-la vieja prestaba dinero sobre alhajas.
-Para aclarar mis dudas, me dirigí a casa
-de las interfectas haciéndome el ignorante,
-y lo primero que hice fué averiguar
-si estaba allí Mikolai. Mitrey me dijo
-que su camarada andaba de picos pardos,
-Mikolai entró borracho en su casa
-por la mañana temprano y diez minutos
-después salió de ella. Desde entonces
-Mitrey no le había vuelto a ver, y, como
-es consiguiente, trabajaba solo. La escalera
-que conduce a la habitación de las
-víctimas, es también la del cuarto en
-que trabajan los dos obreros; este cuarto
-está situado en el segundo piso. Habiendo
-sabido esto, no dije palabra a nadie
-(es Dutchkin el que habla); pero recogí
-muchas noticias acerca del asesinato y
-me volví a mi casa preocupado siempre
-con la misma duda. Esta mañana, a las
-ocho (es decir, a las dos horas del crimen,
-¿comprendes?), he visto a Mikolai entrar
-en mi establecimiento. Estaba algo
-bebido, pero no del todo borracho, de
-modo que podía comprender lo que se le
-dijera. El hombre se sentó silenciosamente
-en un banco. Cuando llegó Mikolai
-no había en la taberna más que un parroquiano
-que dormía en otro banco;
-sin contar, por supuesto, los dos mozos.
-«¿Has visto a Mitrey?», pregunté a Mikolai.
-«No, dijo, no le he visto.» «¿Y no
-has ido a trabajar?» «No he ido desde anteayer»,
-respondióme. «¿En dónde has
-dormido esta noche?» «En las Arenas, en
-casa de los Kolomensky.» «¿Y de dónde
-has sacado los pendientes que me trajiste
-el otro día?» «Los encontré en la
-acera», dijo con aire sospechoso, evitando
-mirarme. «¿Has oído decir que esa misma
-tarde y a la misma hora ha ocurrido
-algo en el edificio en que trabajas?»
-«No, me contestó, nada sé.» Le cuento
-todo el suceso, y él me escucha abriendo
-desmesuradamente los ojos. De
-repente, se pone más blanco que la
-pared, toma la gorra y se levanta. Traté
-entonces de detenerle. «Espera un poco,
-Mitchka, le digo. Echa otra copa». Al
-mismo tiempo hago señas a uno de los
-mozos para que se ponga delante de la
-puerta, mientras yo me aparto del mostrador.
-Pero adivinando, sin duda, mis
-intenciones, se lanza fuera de la casa,
-echa a correr y desaparece por una bocacalle.
-Desde aquel momento no tengo la
-menor duda de que es el culpable.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo!&mdash;dijo Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;Espera. Escucha hasta el fin. Naturalmente,
-la policía se puso a buscar
-por todas partes a Mikolai. Detuvo a
-Dutchkin y Mitrey e hizo varios registros
-en sus casas; pero hasta anteayer
-no se ha logrado capturar a Mitka, a
-quien se encontró en una posada del
-arrabal de***, en circunstancias bastante
-raras. Una vez en esa posada, se quitó
-su cruz que era de plata, la entregó al
-posadero y pidió un <i>shkalik</i><a name="FNanchor_14" id="FNanchor_14" href="#Footnote_14" class="fnanchor">[14]</a> de aguardiente.
-Minutos después, una campesina
-que acababa de ordeñar las vacas, mirando
-por la rendija del establo, vió al
-pobre hombre haciendo preparativos para
-ahorcarse. Tenía hecho un nudo corredizo
-a su cinturón, lo había atado a una
-viga del techo; y, subido en una pila de
-madera, trataba de echarse al cuello la
-lazada. A los gritos de la mujer acudió la
-gente: «¡Vaya un entretenimiento el tuyo!»
-«Conducidme, dijo, a la oficina de
-policía; lo confesaré todo.» Se accedió
-a su demanda, y con todos los honores
-debidos a su clase, se le condujo a la comisaría
-de nuestro barrio, donde se le
-sometió a un detenido interrogatorio.
-«¿Quién eres tú? ¿Qué edad tienes?»
-«Veintidós años, etc.» Pregunta: «Mientras
-estabas trabajando con Mitrey, ¿no
-vieron ustedes a nadie en la escalera entre
-tal y cual hora?» Respuesta: «Quizá
-pasó alguien, pero no reparamos.» «¿Y
-no oyeron ustedes nada?» «Nada.» «¿Y
-tú, Mikolai, no supiste que aquel día y
-a tal hora habían asesinado y robado a
-la vieja y a su hermana?» «Nada absolutamente
-sabía de eso; tuve la primera
-noticia anteayer, en la taberna; me la
-dió Atanasio Papritch.» «¿Y en dónde
-encontraste los pendientes?» «En la
-calle.» «¿Por qué al día siguiente no
-fuiste a trabajar con Mitrey?» «Porque
-quise holgar.» «¿En dónde estuviste?» «En
-diferentes sitios.» «¿Por qué escapaste<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span>
-de casa de Dutchkin?» «Porque tenía
-miedo.» «¿De que tenías miedo?» «De la
-justicia.» «¿Y por qué tenías miedo de la
-justicia no siendo culpable de nada?»</p>
-
-<p>»Pues bien, tú lo creerás o no lo creerás,
-Zosimoff; pero la cuestión se ha planteado
-literalmente en los términos que
-te he dicho, lo sé de cierto porque se me
-ha repetido palabra por palabra el interrogatorio.
-¿Eh? ¿qué tal? ¿Qué te parece?</p>
-
-<p>&mdash;Pero, en fin, ¿hay pruebas?</p>
-
-<p>&mdash;No se trata ahora de pruebas, sino
-de las preguntas hechas a Mikolai y de la
-manera que tiene la gente de policía de
-entender la naturaleza humana. Bueno,
-dejemos esto. Para abreviar: de tal manera
-atormentaron a ese infeliz, que acabó
-por confesar que no fué en la calle
-donde encontró los pendientes, sino en el
-cuarto en que trabajaba con Mitrey. «¿Cómo
-los has encontrado?», le preguntan.
-Y él contesta: «Mitrey y yo estuvimos
-pintando todo el día; eran las ocho e íbamos
-a marcharnos, cuando Mitrey tomó
-un pincel, me lo pasó por la cara y echó
-a correr, después de haberme untado.
-Me lancé en su persecución, bajé los escalones
-de cuatro en cuatro gritando como
-un loco, y en el momento en que llegaba
-abajo con toda la velocidad de mis piernas,
-di un empujón al portero y a unos
-cuantos señores que se encontraban allí
-también, no recuerdo cuántos. Entonces
-el portero me injurió, otro portero le
-hizo coro, la mujer del primer piso salió
-de la portería, donde se hallaba, y añadió
-sus insultos a los que los otros me dirigían.
-En fin, un señor, que entraba en
-la casa con una señora, nos reprendió, a
-Mitka y a mí, porque estábamos derribados
-en el suelo delante de la puerta e
-impedíamos el paso; yo tenía asido a Mitka
-por los cabellos y le pegaba puñetazos.
-El también me tenía agarrado por
-el pelo y me daba cuantos golpes podía,
-aunque estaba debajo de mí. Hacíamos
-esto sin reñir, en broma, riendo a carcajadas.
-Luego Mitka logró escapar de mis
-manos y se escurrió a la calle; yo corrí
-tras él, pero no pude alcanzarle y volví
-solo al cuarto en que trabajábamos para
-recoger los útiles del oficio. Mientras
-los arreglaba, esperando a Mitka, pues
-estaba seguro de que volvería, vi en un
-rincón, al lado de la puerta, una cosa envuelta
-en un papel. Quité el papel y encontré
-un estuche que contenía unos pendientes...»</p>
-
-<p>&mdash;¿Detrás de la puerta? ¿Estaba detrás
-de la puerta, detrás de la puerta?&mdash;repitió
-Raskolnikoff mirando espantado
-a Razumikin y haciendo esfuerzos para
-incorporarse en el sofá.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Qué te pasa? ¿Por qué te pones
-así?&mdash;dijo Razumikin, saltando de su
-asiento.</p>
-
-<p>&mdash;No, no es nada&mdash;respondió Raskolnikoff
-con voz débil, dejándose caer de
-nuevo sobre la almohada y poniéndose
-de cara a la pared.</p>
-
-<p>Reinó un silencio de algunos minutos.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba, sin duda, adormilado&mdash;dijo
-Razumikin, interrogando con la mirada
-a Zosimoff, quien hizo con la cabeza un
-leve movimiento negativo.</p>
-
-<p>&mdash;Continúa&mdash;dijo el doctor&mdash;; ¿y
-después?</p>
-
-<p>&mdash;Ya sabes lo demás. En cuanto tuvo
-los pendientes no pensó ni en sus útiles
-del oficio ni en Mitrey; tomó la gorra y
-se fué en seguida a la taberna de Dutchkin.
-Como ya te he dicho, hizo que éste
-le diera un rublo, diciéndole que había
-encontrado el estuche en la calle, y en seguida
-se fué de holgorio. Mas en lo concerniente
-al asesinato, su lenguaje no varía:
-«No sé nada, repite constantemente.
-No tuve noticias del crimen hasta el día
-después.» «Pero, ¿por qué has desaparecido
-durante todo ese tiempo?» «Porque
-temía que me vieran.» «¿Y por qué querías
-ahorcarte?» «Porque tenía miedo.»
-«¿De qué tenías miedo?» «De que me procesaran.»
-Esta es la historia. Ahora bien,
-¿qué dirás que sacan en conclusión de
-todo ello?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieres que diga? Existe una
-presunción, discutible, quizá, pero no
-deja de ser una presunción. ¿Crees tú
-que debían poner en libertad a ese pintor
-decorador?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero es el caso que están convencidos
-de que es el autor del crimen.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver, y no te exaltes. Te olvidas
-de los pendientes. El mismo día,
-pocos instantes después de haberse co<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>metido
-el crimen, los pendientes, que sin
-duda se hallaban en el baúl de la víctima,
-estaban en manos de Mikolai: has
-de convenir conmigo en que es preciso
-averiguar cómo llegaron a su poder; es
-éste un punto que el juez instructor no
-puede por menos que aclarar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que cómo llegaron a su poder?&mdash;exclamó
-Razumikin&mdash;. ¿Que cómo llegaron
-a su poder? Ante todo, doctor, por
-tu condición de médico has tenido ocasión
-de estudiar al hombre y profundizar
-la naturaleza humana. Siendo esto así,
-¿es posible que no veas cuál es la de ese
-Mikolai? ¿Cómo no te haces cargo <i>a
-priori</i> de que todas las declaraciones
-prestadas por él en el curso de los interrogatorios
-son verdaderas? Los pendientes
-llegaron a sus manos exactamente como
-él dice: tropezó con el estuche y lo
-recogió.</p>
-
-<p>&mdash;¡Verdaderas!... Sin embargo, él mismo
-ha confesado que mintió en su primera
-declaración.</p>
-
-<p>&mdash;Escúchame, escúchame atentamente:
-el portero, la mujer de éste, Koch.
-Pestriakoff, el otro portero, la inquilina
-del primer piso que se hallaba a la sazón
-en la portería, el consejero Krukoff, que
-en aquel mismo instante acababa de apearse
-del coche y entraba en la casa con
-una señora del brazo; todos, es decir,
-ocho o diez testigos, declaran unánimemente
-que Mikolai tiró a Mitrey al suelo
-y que, conforme le tenía debajo, le
-daba puñetazos, mientras el otro agarraba
-a su compañero del pelo y procuraba
-devolverle los golpes recibidos. Estaban
-tirados delante de la puerta, interceptando
-el paso; los injurian, y ellos
-«lo mismo que chiquillos» (es la expresión
-de los testigos), gritan, se maltratan, lanzan
-carcajadas y se persiguen en la calle
-como dos pilluelos. ¿Comprendes? Ahora
-fíjate en esto: arriba yacen dos cadáveres
-que no se han enfriado todavía, pues estaban
-calientes aún cuando los descubrieron.
-Si hubiesen cometido el crimen los
-dos obreros o solamente Mikolai, permíteme
-que te pregunte: ¿Se comprende
-tal descuido, tal serenidad en personas
-que acaban de cometer dos asesinatos
-seguidos de robo? ¿No existe verdadera
-incompatibilidad entre esos gritos, esas
-risas, esa lucha infantil y el estado de
-ánimo en que debieran encontrarse los
-asesinos? ¡Cómo! ¡A los cinco o diez
-segundos de haber matado (porque, lo
-repito, se han encontrado todavía calientes
-los cadáveres), se van sin cerrar
-la puerta del cuarto en que yacen sus
-víctimas, y sabiendo que sube gente al
-cuarto en donde se ha perpetrado el delito,
-retozan en el umbral de la puerta
-cochera, y en lugar de huir apresuradamente
-interceptan el paso, ríen, atraen
-la atención de la gente, hasta el punto
-de que hay diez testigos que declaran
-unánimemente!</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad; eso es extraño; parece
-imposible; pero...</p>
-
-<p>&mdash;No hay <i>pero</i> que valga, amigo mío.
-Reconozco que los pendientes encontrados
-en poder de Mikolai, poco después de
-cometido el crimen, constituyen en contra
-del pintor un hecho grave, hecho
-por otra parte, explicado de manera plausible
-por el acusado, y en consecuencia,
-sujeto a discusión; pero hay que tener
-también en cuenta los hechos justificativos,
-tanto más cuanto que éstos están
-fuera de discusión. Desgraciadamente,
-dado el espíritu de nuestras leyes, los
-magistrados son incapaces de admitir
-que un hecho justificativo, fundado en
-una pura posibilidad psicológica, pueda
-destruir cualesquiera cargos materiales.
-No, no los admitirán, por la única razón
-de que ha encontrado el estuche y de que
-el hombre ha querido ahorcarse, «cosa en
-que no habría pensado si no hubiese sido
-culpable». Tal es la cuestión capital, y por
-esta razón me exalto. ¿Comprendes?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Veo que te exaltas. Espera un
-poco. Hay una cosa que me había olvidado
-preguntarte: ¿Qué prueba que el estuche
-de los pendientes haya sido robado
-de casa de la vieja?</p>
-
-<p>&mdash;Eso está probado&mdash;replicó entre
-dientes Razumikin&mdash;. Koch ha reconocido
-el objeto y ha indicado la persona
-que lo había empeñado. Por su parte,
-esta última persona ha demostrado evidentemente
-que el estuche le pertenecía.</p>
-
-<p>&mdash;Tanto peor. Otra pregunta: ¿No ha
-visto nadie a Mikolai cuando Koch y Pestriakoff
-subían al cuarto piso, y, por consiguiente,
-no puede probarse la coartada?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;El hecho es que nadie le ha visto&mdash;respondió
-con tono malhumorado Razumikin&mdash;.
-Esto es lo que hay de malo.
-Ni Koch ni Pestriakoff vieron a los pintores
-al subir la escalera; por otra parte
-su testimonio no significará gran cosa.
-«Vimos&mdash;dicen&mdash;que el cuarto estaba
-abierto y que sin duda había gente trabajando
-en él; pero pasamos de largo
-sin fijarnos, y no podemos asegurar si
-en aquel momento había allí o no obreros.»</p>
-
-<p>&mdash;De modo que toda la justificación
-de Mikolai descansa sobre la risa y puñetazos
-que cambiaba con su compañero.
-Bueno, es una prueba en apoyo de su
-inocencia; pero permíteme que te pregunte
-cómo te explicas el hecho: siendo
-verdadera la versión del acusado, ¿cómo
-te explicas el hallazgo de los pendientes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Que cómo me lo explico? ¿Qué hay
-que explicar aquí? La cosa es clara como
-la luz meridiana, o a lo menos así se desprende
-del sumario. El mismo estuche
-nos da la clave de lo sucedido. El verdadero
-culpable dejó caer los pendientes.
-Estaba arriba cuando Koch y Pestriakoff
-empujaban la puerta, y se había encerrado
-por dentro con el cerrojo. Koch
-cometió la insigne torpeza de bajar; entonces
-el asesino salió del cuarto y empezó
-a descender, supuesto que no tenía
-otro medio de escapar. Ya en la escalera,
-esquivó las miradas de Koch, de Pestriakoff
-y del portero, refugiándose en la habitación
-del segundo piso precisamente en
-el momento en que los obreros acababan
-de salir. El criminal se ocultó detrás de
-la puerta en tanto que el portero y los
-otros subían a casa de las víctimas; esperó
-a que el ruido de los pasos cesase de
-oírse y llegó tranquilamente al pie de la
-escalera en el instante mismo en que Mitrey
-y Mikolai salían corriendo a la calle.
-Como todo el mundo se había dispersado,
-no encontró a nadie en la puerta cochera.
-Puede que alguien le haya visto; pero nadie
-se fijó en él: ¿quién se fija en las personas
-que entran o salen de una casa?
-El estuche debió de caérsele del bolsillo
-cuando estaba detrás de la puerta, y no
-lo advirtió, porque tenía entonces otras
-muchas cosas en que pensar. El estuche
-demuestra claramente que el asesino se
-ocultó en el cuarto desalquilado del segundo
-piso... Ahí tienes explicado todo
-el misterio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ingenioso, amigo mío, muy ingenioso!
-Ese relato hace honor a tu imaginación.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿por qué? ¿Qué tiene que ver
-en esto mi imaginación? ¿Por qué dices
-que es ingenioso mi relato?</p>
-
-<p>&mdash;Porque todos los detalles están muy
-bien calculados y todas las circunstancias
-se presentan con demasiada oportunidad...
-Ni más ni menos que en el teatro.</p>
-
-<p>Razumikin iba a protestar de nuevo,
-cuando la puerta se abrió de repente y
-los tres jóvenes vieron aparecer un visitante
-a quien ninguno de los tres conocía.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>V.</h3></div>
-
-<p>Era ya de cierta edad, majestuoso, de
-modales acompasados y de fisonomía reservada
-y severa. Se detuvo en el umbral
-dirigiendo miradas a todas partes con
-sorpresa que no trataba de disimular
-y que era bastante desagradable. Parecía
-que se preguntaba: «¿A dónde he venido
-a meterme?» Contemplaba la habitación
-estrecha y baja en que se encontraba con
-desconfianza y con cierta afectación de
-temor. Su mirada conservó la misma expresión
-de estupor cuando se posó sobre
-Raskolnikoff. El joven, con un traje
-bastante descuidado, estaba tendido en
-su miserable sofá, y sin hacer movimiento
-alguno se puso a su vez a contemplar
-al visitante. Después este último, conservando
-su aspecto altanero, examinó la
-inculta barba y los rizados cabellos de
-Razumikin, el cual, a su vez, sin moverse
-de su sitio le seguía mirando con impertinente
-curiosidad. Durante un minuto
-reinó un silencio molesto para todos.
-Finalmente, comprendiendo, sin duda,
-que su arrogancia no imponía a nadie,
-el buen señor se humanizó un poco, y
-cortésmente, aunque con cierta sequedad,
-se dirigió a Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿El señor Rodión Romanovitch Raskolnikoff,
-un joven que es o ha sido estudiante?&mdash;preguntó
-recalcando cada sílaba.</p>
-
-<p>El médico se levantó lentamente y hubiera
-respondido, si Razumikin, a quien<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span>
-no iba dirigida la pregunta, no se hubiera
-apresurado a contestar.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está en el sofá; ¿pero a usted
-qué se le ocurre?</p>
-
-<p>El desenfado de estas palabras molestó
-al caballero de aspecto solemne, que hizo
-ademán de arrojarse sobre Razumikin,
-pero se contuvo y volvióse vivamente hacia
-Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;El señor es Raskolnikoff&mdash;dijo negligentemente
-el doctor, mostrando al enfermo
-con un ligero movimiento de cabeza.</p>
-
-<p>Después bostezó casi hasta desquijararse,
-sacó del bolsillo del chaleco un enorme
-reloj de oro, lo miró, y lo volvió a
-guardar.</p>
-
-<p>Raskolnikoff, que continuaba echado
-boca arriba, no apartaba los ojos del recién
-venido; pero ningún pensamiento
-reflejaba su mirada después que hubo
-dejado de contemplar la florecilla del papel,
-y su rostro, excesivamente pálido,
-expresó un extraordinario sufrimiento.
-Hubiérase dicho que el joven acababa de
-soportar una dolorosa operación quirúrgica
-o de ser sometido al tormento. Poco
-a poco, sin embargo, la presencia del visitante
-despertó en él creciente interés:
-primero, sorpresa; después, curiosidad,
-y, finalmente, cierta especie de temor.
-Cuando el doctor le señaló diciendo: «El
-señor es Raskolnikoff», nuestro héroe se
-levantó de repente, se sentó en el sofá, y
-con voz débil y entrecortada, pero que
-sonaba a desafío, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, yo soy Raskolnikoff. ¿Qué quiere
-usted?</p>
-
-<p>El señor de aire importante le contempló
-atentamente y respondió con tono
-digno:</p>
-
-<p>&mdash;Soy Pedro Petrovitch Ludjin; tengo
-motivo para creer que mi nombre no
-le es del todo desconocido.</p>
-
-<p>Pero Raskolnikoff, que esperaba, sin
-duda, otra cosa, se contentó con mirar
-a su interlocutor silenciosamente y como
-si el nombre de Pedro Petrovitch hubiese
-sonado por primera vez en sus oídos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Es posible que no haya
-usted oído hablar de mí?&mdash;preguntó
-Ludjin un tanto desconcertado.</p>
-
-<p>Por toda respuesta Raskolnikoff se
-echó lentamente sobre la almohada, se
-puso las manos bajo la cabeza y fijó los
-ojos en el techo. Ludjin estaba perplejo.
-Zosimoff y Razumikin le miraban con
-curiosidad cada vez mayor, lo que acabó
-de desconcertarle por completo.</p>
-
-<p>&mdash;Pensaba... creía...&mdash;balbució&mdash;que
-una carta puesta en el correo hace
-ocho días o acaso quince...</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted; ¿por qué permanece ahí
-en la puerta?&mdash;interrumpió bruscamente
-Razumikin&mdash;. Si tiene algo que decir,
-siéntese usted. Anastasia y usted no caben
-los dos en el hueco de la puerta. Es
-demasiado estrecha. Nastachiuska, apártate
-y deja pasar a ese señor. Entre usted.
-Aquí hay una silla. Vamos, venga
-usted.</p>
-
-<p>Apartó su silla de la mesa, dejó un pequeño
-espacio libre entre ésta y sus rodillas
-y esperó en una posición bastante
-impertinente a que el visitante se le acercase.
-Pedro Petrovitch se deslizó no sin
-trabajo hasta la silla, y, después de sentarse,
-miró con aire de desconfianza a
-Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo demás, no se incomode usted&mdash;dijo
-el estudiante con voz fuerte&mdash;.
-Rodia hace cinco días que se encuentra
-enfermo. Durante tres ha estado delirando;
-ahora ha recobrado el conocimiento
-y hasta ha comido con apetito; este
-señor es su médico, y yo un compañero
-de Rodia, antiguo estudiante como él,
-y hago las veces de enfermero suyo: no
-haga usted, pues, caso de nosotros, y hable
-con él como si no estuviéramos aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias. Pero mi presencia
-y mi conversación, ¿no fatigarán al enfermo?&mdash;preguntó
-Pedro Petrovitch dirigiéndose
-a Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;No, al contrario, así se distraerá&mdash;respondió
-con tono indiferente el médico
-y volvió a bostezar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Ha recobrado el uso de sus facultades
-hace ya un buen rato, desde esta
-mañana&mdash;añadió Razumikin, cuya familiaridad
-revelaba tan honrada franqueza,
-que Pedro Petrovitch comenzó
-a sentirse menos molesto. Además, aquel
-hombre incivil y mal vestido se recomendaba
-por su calidad de estudiante.</p>
-
-<p>&mdash;Su madre de usted...</p>
-
-<p>&mdash;¡Hum!&mdash;exclamó estrepitosamente
-Razumikin.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span></p>
-
-<p>Ludjin le miró sorprendido</p>
-
-<p>&mdash;No, no es nada, una mala costumbre
-mía; coutinúe usted.</p>
-
-<p>Ludjin se encogió de hombros y prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Su madre de usted tenía empezada
-una carta para usted antes de mi partida.
-Llegado aquí, he diferido de intento
-mi visita algunos días, a fin de estar
-bien seguro de que estaba usted perfectamente
-enterado de todo. Pero ahora
-veo con asombro que...</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé, ya sé&mdash;interrumpió bruscamente
-Raskolnikoff, cuyo rostro expresó
-violenta irritación&mdash;. ¿Usted es el
-futuro...? Está bien, ya lo sé. No hablemos
-más de eso.</p>
-
-<p>Este lenguaje algo grosero hirió en lo
-vivo a Ludjin, pero guardó silencio, preguntándose
-lo que aquello significaba. La
-conversación se interrumpió momentáneamente.</p>
-
-<p>En tanto, Raskolnikoff, que para responderle
-se había vuelto un poco hacia
-él, se puso a contemplarle con marcada
-atención, como si antes no le hubiese
-visto o como si le hubiese chocado alguna
-cosa en el visitante. Se incorporó
-para mirarle mejor, y la verdad es que
-el exterior de Ludjin ofrecía no sé qué
-aspecto particular que justificaba el apelativo
-de <i>futuro</i> tan caballerescamente
-aplicado poco antes a aquel personaje.</p>
-
-<p>Desde luego se veía, y quizá se veía
-demasiado, que Pedro Petrovitch se había
-apresurado a aprovechar su estancia
-en San Petersburgo para «embellecerse»,
-en previsión de la próxima llegada de su
-prometida. Esto, en rigor, era disculpable.
-Tal vez dejaba adivinar la satisfacción
-que sentía por haber logrado su propósito;
-pero también esta debilidad podía
-ser perdonada a un pretendiente.
-Iba enteramente vestido de nuevo, y su
-elegancia no ofrecía a la crítica más que
-un punto flaco: el de que la ropa estaba
-demasiado flamante y denunciaba un
-propósito determinado. ¡De qué respetuosos
-cuidados rodeaba el elegante sombrero
-que acababa de comprar! ¡qué miramientos
-tenía con sus guantes Jouvin,
-que no se había atrevido a calzarse,
-contentándose con tenerlos en la mano
-para muestra! En su traje dominaban
-los colores claros. Llevaba una graciosa
-americana de color café claro; pantalón
-de un color muy delicado y chaleco de
-la misma tela que el pantalón. La pechera,
-cuellos y puños eran muy pulcros y
-finos, y la corbata de batista a listas
-de color de rosa. Pedro Petrovitch, repitámoslo,
-presentaba buen aspecto con
-estos vestidos, parecía mucho más joven
-de lo que era en realidad.</p>
-
-<p>Su rostro muy fresco y no desprovisto
-de distinción, ostentaba espesas patillas
-que hacían resaltar la deslumbrante
-blancura de una barbilla cuidadosamente
-afeitada. Tenía pocas canas y su
-peluquero había logrado rizarle el cabello
-sin ponerle, como casi siempre sucede,
-la cabeza tan ridícula como la de un desposado
-alemán. Si es verdad que en aquella
-fisonomía seria y bastante bella había
-algo desagradable y antipático, era
-por otras causas. Después de haber tratado
-descortésmente al señor Ludjin,
-Raskolnikoff sonrió burlonamente, apoyó
-otra vez la cabeza en la almohada y
-se puso a contemplar el techo. Pero el
-señor Ludjin había resuelto no incomodarse
-por nada, y fingió no reparar en lo
-extraño de aquel recibimiento. Hasta
-hizo un esfuerzo para reanudar la conversación.</p>
-
-<p>&mdash;Siento muchísimo encontrar a usted
-en este estado. Si hubiera sabido que
-se hallaba usted enfermo, habría venido
-antes; pero ya sabe usted, estoy tan ocupado...
-Se me ha encargado de un proceso
-muy importante en el Senado. Esto
-sin contar con los preparativos y preocupaciones
-que usted adivinará sin duda.
-Aguardo de un momento a otro a su familia,
-es decir, a su madre de usted y a
-su hermana.</p>
-
-<p>Raskolnikoff quiso decir algo. Su rostro
-expresó cierta agitación. Pedro Petrovitch
-se detuvo un instante; espero,
-pero viendo que el joven guardaba silencio
-continuó diciendo:</p>
-
-<p>&mdash;De un momento a otro. En previsión
-de su próxima llegada les he buscado
-hospedaje...</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde?&mdash;preguntó con voz débil
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Cerca de aquí, en casa de Bakalieff...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, en el <i>pereulok</i> Vosnesenshy&mdash;interrumpió
-Razumikin&mdash;; hay dos pisos
-amueblados, que los alquila el comerciante
-Utchin. He estado allí.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto, en esa casa hay dos cuartos
-para alquilar. Es aquello un agujero
-innoblemente sucio y, además, de muy
-mala fama. Han ocurrido allí sucesos
-nada limpios... Ni el mismo diablo sabe
-la gente que la habita. Yo mismo presencié
-allí cierta aventura escandalosa. ¡Claro!
-¡Las habitaciones esas cuestan baratas!</p>
-
-<p>&mdash;Como usted comprenderá, yo no
-podía saber esas cosas, puesto que acababa
-de llegar de provincias&mdash;replicó Ludjin
-un tanto picado&mdash;. De todos modos, las
-dos habitaciones que he tomado están
-muy limpias, y como son para tan poco
-tiempo... Tengo ya apalabrado nuestro
-futuro alojamiento&mdash;añadió dirigiéndose a
-Raskolnikoff&mdash;. Lo están arreglando.
-Ahora estoy también a pupilo. Vivo a
-dos pasos de aquí, en casa de la señora
-Lippevechzel, en el departamento de un
-joven amigo mío, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff,
-que es quien me ha indicado
-la casa de Bakalieff.</p>
-
-<p>&mdash;Lebeziatnikoff&mdash;pronunció lentamente
-Rodia, como si este nombre le
-hubiese recordado alguna cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, Andrés Semenitch Lebeziatnikoff,
-que es empleado en un ministerio.
-¿Usted le conoce?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es decir, no&mdash;respondió Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted. Su pregunta me ha
-hecho suponer que no le era desconocido
-su nombre. Fuí en otro tiempo su tutor;
-es un joven muy agradable y que profesa
-ideas muy avanzadas. Yo trato con
-gusto a los jóvenes: por ellos se sabe lo
-que hay de nuevo.</p>
-
-<p>Al acabar de decir estas palabras,
-Pedro Petrovitch miró a sus oyentes con
-la esperanza de encontrar en su fisonomía
-algún signo de aprobación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Desde qué punto de vista?&mdash;preguntó
-Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Desde un punto de vista muy serio;
-quiero decir, desde el punto de vista de
-la actividad social&mdash;respondió Ludjin
-encantado de que se le hiciese tal pregunta&mdash;.
-Yo no había estado en San Petersburgo
-desde hace diez años. Todas estas
-novedades, todas estas reformas, todas
-estas ideas han llegado hasta nosotros
-los provincianos; mas para verlo todo
-claramente, es preciso venir a San Petersburgo.
-Observando las nuevas generaciones
-es como se las conoce mejor.
-Lo confieso, estoy contentísimo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué?</p>
-
-<p>&mdash;La pregunta de usted es complicada.
-Puedo engañarme, pero creo haber notado
-puntos de vista más concretos, un
-espíritu crítico, una actividad más razonada.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;dijo negligentemente
-Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdad que sí?&mdash;dijo Pedro Petrovitch
-que recompensó al médico con
-una amable mirada&mdash;. Convendrá usted
-conmigo&mdash;prosiguió dirigiéndose a
-Razumikin&mdash;en que hay progreso, por
-lo menos en el orden científico y en el
-económico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lugares comunes!</p>
-
-<p>&mdash;No, no son lugares comunes. Si a
-mí, por ejemplo, se me dice: «Ama a tus
-semejantes», y pongo este consejo en
-práctica, ¿qué resultará?&mdash;se apresuró a
-responder Ludjin con demasiado calor&mdash;.
-Rasgaría mi capa y daría la mitad a mi
-prójimo, y los dos nos quedaríamos medio
-desnudos. Como dice el proverbio
-ruso: «Si levantáis muchas liebres a la
-vez, no cazaréis ninguna». La ciencia me
-ordena no amar a nadie más que a mí,
-supuesto que todo en el mundo está fundado
-en el interés personal. Si usted no
-ama más que a sí mismo, hará usted de
-un modo conveniente sus negocios y su
-capa quedará entera. Añade la Economía
-política que cuantas más fortunas
-privadas surgen en una sociedad, o en
-otros términos, cuantas más capas enteras
-hay, más sólida y felizmente está
-organizada esa sociedad. Así, pues, al
-trabajar únicamente para mí, trabajo
-también para todo el mundo; y resulta
-en último extremo que mi prójimo recibe
-un poco más de la mitad de una capa
-y no solamente gracias a las liberalidades
-privadas e individuales, sino como consecuencia
-del progreso general. La idea
-es sencilla; desgraciadamente ha necesitado
-mucho tiempo para hacer su camino
-y para triunfar de la quimera y del<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span>
-sueño. Sin embargo, no es preciso, me
-parece a mí, mucho ingenio para comprender...</p>
-
-<p>&mdash;¡Perdón! pertenezco a la categoría
-de los imbéciles&mdash;interrumpió Razumikin&mdash;.
-No se hable más de eso. Yo tenía
-un objeto al empezar esta conversación;
-pero desde hace tres años me zumban los
-oídos ya con toda esta palabrería y con
-todas estas vulgaridades, y me da vergüenza
-hablar y aun oír hablar de ellas.
-Naturalmente, usted se ha apresurado
-a darnos a conocer sus teorías... Es cosa
-muy disculpable y no se la censuro. Solamente
-deseaba saber quién era usted,
-porque ya se le alcanza que en estos tiempos
-hay una porción de embaucadores
-que han caído sobre los negocios públicos,
-y, no buscando más que su propio
-medro, han echado a perder cuanto han
-tocado con sus manos... y... ¡ea, basta!</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor!&mdash;replicó Ludjin, herido
-en lo vivo&mdash;, ¿eso es decir que yo también...?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! de ninguna manera. ¿Cómo
-había yo de...? No se hable más&mdash;dijo
-Razumikin, y sin hacer caso del visitante
-reanudó con Zosimoff la conversación
-interrumpida con la llegada de Pedro
-Petrovitch.</p>
-
-<p>Adoptó éste el buen acuerdo de aceptar
-sin protesta la explicación del estudiante.
-Tenía, además, la intención de
-irse en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que ya nos conocemos&mdash;dijo,
-dirigiéndose a Raskolnikoff&mdash;, espero
-que nuestras relaciones continuarán en
-cuanto se ponga usted bueno del todo,
-y serán cada vez más íntimas, merced
-a las circunstancias que ya conoce... Le
-deseo un pronto restablecimiento.</p>
-
-<p>Raskolnikoff hizo como si no le hubiera
-entendido. Pedro Petrovitch se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;De seguro es uno de sus deudores
-quien ha matado a la vieja&mdash;afirmó Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente&mdash;repitió Razumikin&mdash;.
-Porfirio no dice lo que piensa, pero interroga
-a los que habían empeñado alhajas
-en casa de la usurera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que los interroga?&mdash;preguntó con
-voz fuerte Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ¿y qué?</p>
-
-<p>&mdash;Nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo los conoce?&mdash;preguntó Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;Koch ha designado alguno; se han
-encontrado los nombres de otros muchos
-en los papeles que envolvían los objetos.
-En fin, otros se han presentado en cuanto
-han tenido noticia del hecho.</p>
-
-<p>&mdash;El pillo que ha dado el golpe debe
-de ser un mozo experimentado. ¡Qué
-decisión, que audacia!</p>
-
-<p>&mdash;No hay tal cosa&mdash;replicó Razumikin&mdash;.
-Eso es precisamente lo que te
-engaña y lo que engaña a todos. Sostengo
-que el asesino no es ni hábil ni experimentado;
-ese crimen ha sido probablemente
-el primero que ha cometido. En la
-hipótesis de que el criminal fuese un asesino
-consumado nada explicaría todo un
-cúmulo de inverosimilitudes... Si, por el
-contrario, le suponemos novato, habrá
-que admitir que la casualidad solamente
-ha sido causa de que pudiera escapar.
-¿Quién sabe? Quizá ni ha previsto los
-obstáculos. ¿Cómo lleva a cabo su empresa?
-Asesina a dos personas, toma luego
-alhajas de diez o veinte rublos, y se
-llena con ellas los bolsillos; revuelve el
-cofre en que la vieja guardaba sus trapos,
-no toca el cajón de la cómoda en donde se
-ha encontrado una cajita que contenía mil
-quinientos rublos en metálico sin contar
-los billetes. No, no ha sabido robar,
-sólo ha sabido matar. Lo repito, es principiante;
-se aturdió en el momento de
-cometer el crimen. Si no le han detenido
-ya, debe dar más gracias al azar que a su
-destreza.</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch iba ya a marcharse,
-pero antes de salir quiso pronunciar algunas
-frases profundas. Deseaba dejar
-buena impresión, y la vanidad le privó de
-tacto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hablan ustedes, sin duda, del asesinato
-recientemente perpetrado en la
-persona de una anciana, viuda de un secretario
-de colegio?&mdash;preguntó dirigiéndose
-a Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Usted ha oído hablar de ese
-crimen?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo no? Si se habla de él en todas
-partes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conoce usted los pormenores?</p>
-
-<p>&mdash;No todos; pero este asunto me interesa
-por la cuestión de carácter gene<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>ral
-que plantea. No me refiero al aumento
-de crímenes en la clase baja durante estos
-cinco últimos años; dejo a un lado la sucesión
-no interrumpida de robos y de incendios.
-Lo que más me preocupa es que
-en las clases elevadas la criminalidad
-sigue una progresión en cierto modo paralela.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿de qué se preocupa usted?&mdash;dijo
-bruscamente Raskolnikoff&mdash;. Todo
-eso es el resultado práctico de la teoría
-de ustedes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo de nuestra teoría?</p>
-
-<p>&mdash;Es la deducción lógica del principio
-que usted acaba de sentar. Según usted,
-es lícito matar al prójimo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¡Yo!&mdash;exclamó Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;No, no es eso&mdash;observó Zosimoff.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se puso pálido y respiraba
-fatigosamente; cierto estremecimiento
-agitaba su labio superior.</p>
-
-<p>&mdash;Todo consiste en los justos medios&mdash;prosiguió
-con tono altanero Pedro Petrovitch&mdash;;
-la idea económica no es aún,
-que yo sepa, una excitación al asesinato,
-y de lo que yo he expuesto al principio...</p>
-
-<p>&mdash;¿Es verdad&mdash;saltó Raskolnikoff con
-voz temblorosa de cólera&mdash;, es verdad
-que usted dijo a su futura esposa... cuando
-aceptó la petición de usted, que lo
-que más le agradaba de ella era su pobreza...
-porque es mejor casarse con una
-mujer para dominarla y echarle en cara
-los beneficios de que se ha colmado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Caballero!&mdash;exclamó Ludjin&mdash;, rugiendo
-de furor&mdash;. ¡Caballero! ¡Eso es
-desnaturalizar mi pensamiento! Dispense
-usted que le diga que los rumores que han
-llegado a su conocimiento, o mejor dicho,
-que han sido puestos en su conocimiento,
-no tienen ni sombra de fundamento
-y sospecho que... en una palabra...
-Ese dardo... en una palabra, que
-su madre de usted... Ya me había parecido
-a mí, que, a pesar de sus buenas cualidades,
-era un poco exaltada y novelesca;
-sin embargo, estaba a mil leguas de
-imaginar que pudiese desnaturalizar hasta
-ese punto el sentido de mis palabras y
-citarlas alterándolas de tal suerte... En
-fin...</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted lo que le digo?&mdash;gritó el
-joven incorporándose y echando lumbre
-por los ojos&mdash;. ¿Sabe usted lo que le digo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>Y al decir esta palabra se detuvo Ludjin
-y esperó con aire de desafío.</p>
-
-<p>Hubo algunos momentos de silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, que si usted se permite
-decir una sola palabra más de mi madre,
-le tiro de cabeza por la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te pasa? ¿Qué arrebato es ése?&mdash;exclamó
-Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Lo haré como lo digo!</p>
-
-<p>Ludjin palideció y se mordió los labios.
-Se ahogaba de rabia, aunque hacía
-esfuerzos inauditos para contenerse.</p>
-
-<p>&mdash;Escuche usted, caballero&mdash;dijo después
-de una pausa&mdash;. La manera como
-usted me recibió cuando entré, no me dejó
-ninguna duda acerca de su enemistad;
-sin embargo, he prolongado mi visita por
-exceso de cortesía. Hubiera podido perdonar
-a un enfermo y a un pariente,
-pero ahora... ¡jamás! ¡jamás!</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo no estoy enfermo!&mdash;gritó Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tanto peor!</p>
-
-<p>&mdash;¡Váyase usted al infierno!</p>
-
-<p>Pero Ludjin no tuvo necesidad de esta
-invitación para marcharse. Se apresuró
-a salir sin mirar a nadie y sin saludar a
-Zosimoff, que durante un rato estuvo
-haciéndole señas de que dejase en reposo
-al enfermo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ese es el modo de portarse?&mdash;dijo
-Razumikin, moviendo la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dejadme! ¡Dejadme todos!&mdash;exclamó
-colérico Raskolnikoff&mdash;. ¿Me dejaréis
-en paz, verdugos? ¡No tengo miedo
-de vosotros! ¡No temo a nadie, a nadie!
-Ahora, marchaos. ¡Quiero estar solo,
-solo, solo!</p>
-
-<p>&mdash;Vámonos&mdash;dijo Zosimoff haciendo
-una seña con la cabeza a Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿le vamos a dejar así?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vámonos!&mdash;insistió el médico.</p>
-
-<p>Razumikin reflexionó un instante y se
-decidió a seguir al doctor, que ya había
-salido.</p>
-
-<p>&mdash;Nuestra resistencia a sus deseos le
-hubiera sido perjudicial&mdash;dijo Zosimoff
-a su amigo ya en la escalera&mdash;. No conviene
-irritarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Una sacudida que le sacase de sus
-preocupaciones le haría mucho provecho.<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span>
-Alguna idea fija le atormenta... Eso es
-lo que más me inquieta.</p>
-
-<p>&mdash;El señor Pedro Petrovitch, ¿tendrá
-algo que ver en esto? Según la conversación
-que acaban de sostener, parece
-que ese individuo va a casarle con una
-hermana de Rodia, y que nuestro amigo
-ha recibido una carta acerca de este
-asunto muy pocos días antes de su enfermedad.</p>
-
-<p>&mdash;El diablo, sin duda, es quien ha traído
-de visita a ese señor, que ha podido
-echarlo todo a perder. Pero, ¿has reparado
-en que sólo una cosa hace salir al enfermo
-de su apatía y mutismo? ¡Cómo
-se excita cuando se habla de ese asesinato!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, lo he advertido&mdash;respondió
-Razumikin&mdash;; presta más atención, se
-inquieta. Es, sin duda, porque el mismo
-día que se puso malo le asustaron en la
-oficina de policía y se desmayó.</p>
-
-<p>&mdash;Ya me lo contarás circunstanciadamente
-en otra ocasión, y a mi vez te diré
-algo... Me interesa mucho, muchísimo.
-Dentro de media hora volveré a ver cómo
-sigue. No es de temer le inflamación...</p>
-
-<p>&mdash;Gracias a ti. Ahora voy a entrar un
-momento en casa de Pashenka, y haré
-que le cuide Anastasia.</p>
-
-<p>Cuando se quedó solo, Raskolnikoff
-miró a la criada con impaciencia y disgusto;
-pero ésta vacilaba antes de irse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tomarás ahora el te?&mdash;preguntóle
-la sirvienta.</p>
-
-<p>&mdash;Más tarde; quiero dormir. Déjame.</p>
-
-<p>El joven se volvió con un movimiento
-convulsivo hacia la pared, y la criada
-salió del aposento.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div>
-
-<p>Pero en cuanto la criada hubo salido,
-Raskolnikoff se levantó, cerró la puerta
-con el picaporte y se puso las prendas
-que Razumikin le había llevado. Cosa
-extraña. De repente se trocó en tranquilidad
-completa el frenesí de antes y el
-terror pánico que el joven había sentido
-en los últimos días. Era aquel el primer
-momento de una tranquilidad extraña
-y repentina. Precisos y sin vacilación los
-movimientos del joven, denotaban una
-resolución enérgica. «Hoy mismo, hoy
-mismo», murmuraba. Comprendía, sin
-embargo, que estaba aún débil; pero la
-extrema tensión moral a que debía su
-calma, le daban seguridad y confianza;
-no quería caerse en la calle. Después de
-haberse vestido por completo, miró el
-dinero colocado sobre la mesa, reflexionó
-un poco y se lo metió en el bolsillo.</p>
-
-<p>La cantidad subía a veinticinco rublos.
-Tomó también todas las monedas
-de cobre que quedaban de los diez rublos
-gastados por Razumikin, abrió suavemente
-la puerta, salió de su habitación
-y bajó la escalera. Al pasar por delante
-de la cocina, cuya puerta estaba
-abierta de par en par, echó una ojeada.
-Anastasia estaba vuelta de espaldas,
-ocupada en soplar el samovar de la patrona
-y no le vió. Por otra parte, ¿quién
-hubiera podido prever esta fuga? Un instante
-después estaba en la calle.</p>
-
-<p>Eran las ocho y se había puesto el sol.
-Aunque la atmósfera era sofocante como
-el día anterior, Raskolnikoff respiraba
-con avidez el aire polvoriento emponzoñado
-por las exhalaciones mefíticas de
-la gran ciudad. Sentía algunos ligeros
-vahídos; sus ojos inflamados, su rostro
-delgado y lívido expresaban salvaje
-energía. No sabía dónde ir ni tampoco
-le preocupaba; sabía solamente que era
-preciso acabar con «aquella historia»;
-pero de repente y en seguida; que de otro
-modo no entraría en su casa. «Porque
-no quería vivir así.» ¿Cómo acabar? No
-lo sabía y hacía esfuerzos para desechar
-esta pregunta que le atormentaba. Sólo
-comprendía que era menester cambiase
-todo de una manera o de otra, «cueste
-lo que cueste», repetía con desesperada
-resolución.</p>
-
-<p>Siguiendo una antigua costumbre se
-dirigió al Mercado del Heno. Antes de
-llegar vió en la calzada, frente a una tiendecilla,
-a un organillero joven, de cabellos
-negros, que tocaba una melodía muy
-sentimental. El músico acompañaba con
-su instrumento a una joven de quince
-años, que estaba de pie en la acera. La
-muchacha, vestida como una señorita,
-llevaba crinolina, manteleta, guantes,
-chal y sombrero de paja, adornado con
-una pluma encarnada, todo viejo y arrugado.
-Con voz cascada, pero bastante<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span>
-fuerte y agradable, cantaba una romanza,
-esperando que en la tienda le diesen un
-par de kopeks. Dos o tres personas se
-habían detenido; Raskolnikoff hizo como
-ellas, y después de haber escuchado un
-momento, sacó del bolsillo un piatak y
-lo puso en la mano de la joven. La muchacha
-cortó en seco su canto en la nota más
-alta y conmovedora&mdash;. ¡Basta!&mdash;gritó
-la cantora a su compañero y ambos se
-dirigieron a la tienda de al lado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le gustan a usted las canciones
-de las calles?&mdash;preguntó bruscamente
-Raskolnikoff a un transeunte, ya de cierta
-edad, que había estado oyendo a su
-lado a los músicos callejeros y que parecía
-un paseante desocupado.</p>
-
-<p>El interrogado miró con sorpresa al
-que le dirigía esta pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;prosiguió Raskolnikoff (al verle
-se hubiera creído que hablaba de otra
-cosa que de la música de las calles)&mdash;, yo
-gusto de oír cantar al compás del organillo,
-sobre todo en una tarde fría, sombría
-y húmeda de otoño, principalmente húmeda,
-cuando todos los transeuntes tienen
-cara verdosa o enfermiza, o mejor
-aún, cuando la nieve cae verticalmente,
-sin que el viento le desparrame y cuando
-las luces brillan al través de las nubes...</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé. Usted me dispense&mdash;balbuceó
-el señor, aterrado de la pregunta
-y del extraño aspecto de Raskolnikoff
-y se pasó a la otra acera.</p>
-
-<p>El joven continuó su camino y llegó
-al Mercado del Heno, al sitio mismo en
-que días antes cierto tendero y su mujer
-hablaban con Isabel; pero no estaban
-allí. Reconociendo el lugar, se detuvo,
-miró en derredor suyo y se dirigió a un
-mozo de camisa roja que bostezaba a la
-puerta de un almacén de harinas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es aquí en este rincón, donde cierto
-tendero y su mujer se ponen a vender?</p>
-
-<p>&mdash;Todo el mundo vende&mdash;respondió
-el mozo, mirando con desdén a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo le llaman?</p>
-
-<p>&mdash;Le llaman por su nombre.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no eres de Zaraisk. ¿De qué provincia
-eres?</p>
-
-<p>El mozo miró de nuevo a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;Alteza, nosotros no somos de una provincia,
-sino de un distrito. Mi hermano
-ha partido, y yo me he quedado en la casa,
-de manera que no sé nada. Perdóneme
-Vuestra Alteza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay arriba un bodegón?</p>
-
-<p>&mdash;Es un <i>traktir</i> y un billar. Hasta
-princesas van ahí... se ve muy favorecido.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se dirigió a otro ángulo
-de la plaza, en donde había un grupo
-compacto, exclusivamente compuesto de
-<i>mujiks</i>. Se metió entre la gente, mirando
-a todas las personas y deseoso de hablar
-con todo el mundo. Pero los campesinos
-no fijaban la atención en él, y formando
-grupos pequeños hablaban en voz alta
-de sus asuntos. Después de un momento
-de reflexión, dejó el Mercado del Heno
-y se entró en el <i>pereulok</i>.</p>
-
-<p>En otras varias ocasiones había pasado
-por esta callejuela, que forma un recodo
-y une el mercado con la Sadovia.
-Desde hace algún tiempo, gustábale ir
-a pasear por aquellos sitios, cuando comenzaba
-a aburrirse... «a fin de aburrirse
-todavía más». Ahora iba allí sin propósito
-algo determinado. Se encuentra
-en esta callejuela una gran casa, cuya
-planta baja está ocupada por tabernas y
-figones de los que salían continuamente
-mujeres, sin nada a la cabeza y descuidadamente
-vestidas. Se agrupaban en dos
-o tres sitios de la acera, principalmente
-cerca de las escaleras por las que se baja
-a una especie de cafetines de mala fama.
-En uno de ellos, sonaba alegre estrépito:
-cantaban dentro, tocaban la guitarra
-y el ruido se extendía de un extremo
-a otro de la calle. La mayor parte de
-las mujeres se habían reunido en la puerta
-de aquel antro; unas estaban sentadas
-en las escaleras, las otras en la acera, las
-otras, en fin, hablaban en pie. Un soldado
-borracho, con el cigarrillo en la boca,
-golpeaba el suelo profiriendo imprecaciones:
-hubiérase dicho que quería entrar
-en alguna parte, pero que no sabía dónde.
-Dos individuos desharrapados se insultaban.
-Un hombre completamente
-ebrio yacía tirado, cuan largo era, en medio
-de la calle. Raskolnikoff se detuvo
-cerca del principal grupo de mujeres.
-Hablaban a voces, todas llevaban vestidos
-de indiana, calzado de piel de ca<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span>bra
-y la cabeza descubierta. Muchas habían
-pasado ya de los cuarenta años;
-otras no representaban más de diez y
-siete. Casi todas tenían amoratadas las
-orejas.</p>
-
-<p>Los cantos y el ruido que salían de la
-zahurda, llamaron la atención de Raskolnikoff.
-En medio de las carcajadas y del
-barullo, una agria voz de falsete cantaba
-al son de una guitarra y una persona danzaba
-furiosamente marcando el compás
-con los tacones. El joven, inclinado hacia
-la entrada de la escalera, escuchaba
-sombrío y pensativo.</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line"><i>Hombrecito de mi alma</i></div>
-<div class="line"><i>No me pegues sin razón.</i></div>
-</div></div></div>
-
-<p>cantaba la voz de falsete. Raskolnikoff
-no hubiera querido perder palabra de
-aquella canción, como si el oírla hubiese
-sido para él cosa de grandísima importancia.</p>
-
-<p>«Si entrase...»&mdash;pensaba&mdash;. «Se ríen,
-están borrachos.»</p>
-
-<p>&mdash;¿No entras, buen mozo?&mdash;le preguntó
-una de las mujeres con voz bastante
-bien timbrada y que conservaba aún
-cierta frescura.</p>
-
-<p>Era una muchacha joven, y la única
-en el grupo que no daba náuseas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, bonita muchacha!&mdash;respondió
-el joven levantando la cabeza y mirándola.</p>
-
-<p>Sonrióse la moza, lisonjeada con el requiebro.</p>
-
-<p>&mdash;También tú eres muy guapo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Guapo un tipo semejante!&mdash;gruñó
-en voz baja otra mujer&mdash;; de seguro que
-acaba de salir del hospital.</p>
-
-<p>Bruscamente se aproximó un <i>mujik</i>,
-medio ebrio, con el capote desabrochado
-y el rostro resplandeciente de maliciosa
-alegría.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que son hijas de generales,
-lo que no les impide ser chatas&mdash;dijo el
-<i>mujik</i>&mdash;. ¡Oh, qué hermosuras!</p>
-
-<p>&mdash;Entra, puesto que has venido.</p>
-
-<p>&mdash;Entraré, preciosa&mdash;y descendió al
-cafetín.</p>
-
-<p>Raskolnikoff hizo ademán de alejarse.</p>
-
-<p>&mdash;Escuche usted, <i>barin</i><a name="FNanchor_15" id="FNanchor_15" href="#Footnote_15" class="fnanchor">[15]</a>&mdash;le gritó
-la joven cuando nuestro héroe volvía
-ya la espalda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Querido <i>barin</i>, tendré mucho gusto
-en pasar una hora con usted; pero en este
-momento me siento cortada en su presencia.
-Déme seis kopeks para echar un
-trago, amable caballero.</p>
-
-<p>Raskolnikoff buscó en el bolsillo y sacó
-tres piataks.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Qué bueno es usted!</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo te llamas?</p>
-
-<p>&mdash;Pregunte usted por Duklida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué desfachatez!&mdash;dijo bruscamente
-una de las mujeres que se encontraban
-en el grupo, señalando a Duklida, con un
-movimiento de cabeza&mdash;. ¡No sé cómo
-hay personas que pidan de ese modo!
-Yo no me atrevería jamás... Creo que antes
-me moriría de vergüenza.</p>
-
-<p>Raskolnikoff sintió curiosidad por ver
-a la mujer que hablaba de aquel modo.
-Era una moza de treinta años, toda llena
-de equimosis y el labio superior hinchado.
-Había lanzado su sentencia con
-toda calma y seriedad.</p>
-
-<p>«¿En dónde he leído yo&mdash;pensaba Raskolnikoff
-alejándose&mdash;, que se concede
-no sé qué a un condenado a muerte una
-hora antes de su ejecución? Aunque él
-tuviese que vivir sobre una cima escarpada,
-en una roca perdida en medio del
-Océano, donde no hubiese más que el
-sitio suficiente para colocar los pies, aunque
-tuviese que pasar así toda su existencia,
-mil años... una eternidad, derecho
-en el espacio de un pie cuadrado, solo en
-las tinieblas, expuesto a todas las intemperies...
-preferiría aquella vida a la muerte.
-Vivir, no importa cómo, pero vivir.
-¡Qué verdad es, Dios mío, qué verdad
-es! ¡Qué cobarde es el hombre y qué cobarde
-también aquel que por ello le llama
-cobarde!»&mdash;añadió al cabo de un instante.</p>
-
-<p>Hacía largo tiempo que andaba al
-azar, cuando le llamó la atención la muestra
-de un café: «¡Hola! <i>El Palacio de Cristal</i>.
-Poco ha me habló de él Razumikin.
-Pero, ¿qué es lo que yo quiero hacer
-aquí? ¡Ah! Sí, leer. Zosimoff dice que había
-leído en los periódicos...»</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienen ustedes periódicos?&mdash;preguntó
-entrando en un salón muy espacio<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>so
-y bastante bien decorado, donde había
-poca gente.</p>
-
-<p>Dos o tres parroquianos tomaban te.
-En una sala distante, cuatro personas,
-sentadas a una mesa, bebían <i>Champagne</i>.
-Raskolnikoff creyó reconocer entre ellos
-a Zametoff, pero la distancia no le permitía
-distinguirlo bien.</p>
-
-<p>«Después de todo, ¿qué me importa?»
-se dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted aguardiente?&mdash;preguntó
-el mozo.</p>
-
-<p>&mdash;Sírveme te y tráeme también los
-periódicos, los de los últimos cinco días,
-te daré buena propina.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, aquí tiene usted los de hoy.
-¿Quiere usted también aguardiente?</p>
-
-<p>Cuando le sirvieron el te y le dieron los
-periódicos, Raskolnikoff se puso a buscar.</p>
-
-<p>&mdash;Izler. Izler. Los Aztekas. Los Aztekas.
-Bartola. Máximo. Los Aztekas.
-Izler... ¡Oh, qué lío! ¡Ah! Aquí están los
-sucesos: una mujer se ha caído por una
-escalera... Un comerciante trastornado
-por el vino. El incendio de las Arenas. El
-incendio de la Petersburgskaia. Otra
-vez el incendio de la Petersburgskaia.
-Izler. Izler. Izler. Izler. Máximo... ¡Ah!
-Aquí está.</p>
-
-<p>Cuando encontró lo que buscaba, comenzó
-la lectura; danzaban las letras
-delante de sus ojos. Pudo, sin embargo,
-leer «los sucesos» hasta el fin y se puso a
-buscar ávidamente los «nuevos detalles»
-en los otros números.</p>
-
-<p>Impaciencia febril le hacía temblar
-las manos conforme ojeaba los periódicos.
-De repente se sentó a su lado uno.
-Raskolnikoff miró. Era Zametoff. Zametoff
-en persona y con el mismo traje
-que llevaba en el despacho de policía con
-sus sortijas, sus cadenas, los negros cabellos
-rizados y llenos de cosmético, separados
-elegantemente en medio de la cabeza,
-con su elegante chaleco, su levita
-algo usada y algo arrugada la camisa.</p>
-
-<p>El jefe de la Cancillería estaba alegre;
-por lo menos se sonreía con satisfacción
-y franqueza. Por efecto del <i>Champagne</i>
-que había bebido, tenía el moreno rostro
-bastante enrojecido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿Usted aquí?&mdash;exclamó con
-asombro y con el tono que hubiera usado
-para saludar a un antiguo camarada&mdash;.
-¡Si ayer mismo Razumikin me dijo que
-seguía usted sin conocimiento!... Es extraño.
-He estado en su casa...</p>
-
-<p>Raskolnikoff no creía que el jefe de la
-Cancillería vendría a hablar con él. Apartó
-los periódicos y se volvió hacia Zametoff
-con una sonrisa por la cual se transparentaba
-viva irritación.</p>
-
-<p>&mdash;Me han hablado de su visita&mdash;contestó&mdash;;
-usted buscó mi bota. Razumikin
-está loco con usted. Han ido ustedes juntos,
-según parece, a casa de Luisa Ivanovna,
-a quien usted trató de defender
-el otro día. ¿No se acuerda? Usted hacía
-señas al ayudante <i>Pólvora</i>, y él no hacía
-caso de sus guiños. Sin embargo, no era
-necesaria mucha penetración para comprenderlos.
-La cosa es clara, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Es más charlatán...</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién? <i>¿Pólvora?</i></p>
-
-<p>&mdash;No, Razumikin...</p>
-
-<p>&mdash;Pero usted se lleva la mejor vida,
-señor Zametoff. Tiene usted entrada
-gratuita en lugares encantadores. ¿Quién
-le ha regalado a usted el <i>Champagne</i>?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me lo habían de regalar?</p>
-
-<p>&mdash;A título de honorarios. Usted saca
-partido de todo&mdash;dijo con sorna Raskolnikoff&mdash;.
-No se incomode usted, querido
-amigo&mdash;añadió dando un golpecito en
-el hombro a Zametoff&mdash;. Lo que le digo
-a usted es sin malicia, en broma, como
-decía, a propósito de los puñetazos dados
-por él a Mitka, el obrero detenido por el
-asunto de la vieja.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿usted cómo sabe eso?</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé quizá mejor que usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué original es usted!... Verdaderamente
-está algo enfermo. Ha hecho
-mal en salir...</p>
-
-<p>&mdash;¿Me encuentra usted raro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Qué es lo que usted leía?</p>
-
-<p>&mdash;Periódicos.</p>
-
-<p>&mdash;Ha habido estos días muchos incendios.</p>
-
-<p>&mdash;No me importan los incendios&mdash;repuso
-Raskolnikoff mirando a Zametoff
-con aire singular y con sonrisa burlona&mdash;.
-No, no son los incendios lo que me interesa&mdash;continuó
-guiñando los ojos&mdash;.
-Pero confiese usted, querido joven, que
-tiene grandes deseos de saber lo que yo
-leía.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No, no tengo ninguno; se lo preguntaba
-a usted por decir algo. ¿Es que no
-le puedo preguntar a usted...? Porque
-siempre...</p>
-
-<p>&mdash;Escuche. Usted es un hombre instruído,
-letrado, ¿no es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;He seguido mis estudios en el Gimnasio
-hasta el sexto curso inclusive&mdash;respondió
-con cierto orgullo Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta el sexto curso. ¡Ah, pícaro!
-Tiene buena raya y sortijas. Es un hombre
-rico y muy guapo.</p>
-
-<p>Al decir esto, Raskolnikoff se echó a
-reír en las barbas mismas de su interlocutor.
-Este se retiró un poco; no ofendido,
-precisamente, pero sí sorprendido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué original es usted!&mdash;repitió con
-tono muy serio Zametoff&mdash;. Me parece
-que sigue usted delirando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que deliro? Te burlas, amiguito...
-¿Conque soy original, eh? Es decir que
-parezco un bicho raro, ¿eh? raro, ¿verdad?
-¿Que excito la curiosidad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted deseaba saber lo que leía,
-lo que buscaba en los periódicos? Vea
-usted cuántos números me han traído.
-Esto da mucho en que pensar, ¿no es
-eso?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, diga usted.</p>
-
-<p>&mdash;Usted cree haber levantado la liebre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué liebre?</p>
-
-<p>&mdash;Luego se lo diré a usted; ahora, querido
-amigo, le declaro... o más bien,
-«confieso»... no, no es eso: presto una declaración
-y usted toma nota de ella. Pues
-bien, yo declaro que he leído, que tenía
-curiosidad de leer, que he buscado y que
-he encontrado.... (Raskolnikoff guiñó
-los ojos y esperó), por eso he venido aquí
-para saber los detalles relativos al asesinato
-de la vieja prestamista.</p>
-
-<p>Al pronunciar estas palabras bajó la
-voz y arrimó la cara a la de Zametoff.
-Este le miró fijamente sin pestañear y
-sin apartar la cabeza. Al jefe de la Cancillería
-le pareció muy extraño que durante
-un minuto se estuviesen mirando
-sin decir palabra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted?&mdash;continuó en voz baja
-Raskolnikoff sin hacer caso de la exclamación
-de Zametoff&mdash;se trata de aquella
-misma vieja de la cual se hablaba en el
-despacho de policía cuando yo me desmayé.
-¿Comprende usted ahora?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere decir con eso de comprende
-usted?&mdash;dijo Zametoff casi asustado.</p>
-
-<p>El rostro inmóvil y serio de Raskolnikoff
-cambió repentinamente de expresión
-y se echó a reír de un modo nervioso
-como si no pudiera contenerse. Experimentaba
-idéntica sensación que el día
-del asesinato cuando, sitiado en el cuarto
-de sus víctimas por Koch y Pestriakoff,
-le había dado ganas de insultarlos, provocarlos
-y reírse de ellos en sus propias
-barbas.</p>
-
-<p>&mdash;O usted está loco, o...&mdash;comenzó
-a decir Zametoff y se detuvo como si
-cruzara por su mente una idea repentina.</p>
-
-<p>&mdash;O ¿qué? ¿qué iba usted a decir?
-Acabe la frase.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;replicó Zametoff&mdash;; todo
-eso es absurdo.</p>
-
-<p>Ambos guardaron silencio. Después
-de un súbito acceso de hilaridad, Raskolnikoff
-se quedó sombrío y pensativo.</p>
-
-<p>De codos en la mesa, con la cabeza entre
-las manos, parecía haber olvidado
-por completo la presencia de Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no toma usted el te?&mdash;dijo,
-al fin éste&mdash;. Va a enfriarse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?... ¿el te?... Bueno.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se llevó la taza a los labios,
-comió un bocado de pan, y fijando
-los ojos en Zametoff recobró su fisonomía
-la expresión burlona que tenía antes
-y continuó tomando el te.</p>
-
-<p>&mdash;Los delitos de todo género son ahora
-muy numerosos&mdash;apuntó Zametoff&mdash;.
-Precisamente hace poco leí en la <i>Moskovskia
-Viedomosti</i> que había sido detenida
-en Moscou una cuadrilla de monederos
-falsos, toda una sociedad que se dedicaba
-a la fabricación y expendición de
-billetes del Banco.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Eso es ya viejo! ¡Hace un mes
-que lo he leído!&mdash;respondió flemáticamente
-Raskolnikoff&mdash;. ¿De modo que
-usted supone que son estafadores?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Cree usted que no lo son?</p>
-
-<p>&mdash;¿Ellos? Chiquillos, novatos infelices,
-y no estafadores. ¡Se reunen cincuenta
-para ese objeto! ¿A quién se le ocurre?
-En semejante caso, tres son ya mucho, y
-aun es menester que cada miembro de la<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>
-asociación esté más seguro de sus asociados
-que de sí mismo. Basta que a uno
-de ellos un poco bebido se le escape una
-palabra, y todo se derrumba. ¡Son novatos!
-Envían a personas de las cuales
-no pueden responder a cambiar sus billetes
-en las casas de banca. ¿Es discreto
-encargar al primero que se presenta
-de una comisión semejante? Supongamos
-que, a pesar de todo, hayan conseguido
-su propósito; supongamos que el
-negocio ha producido un millón a cada
-uno de ellos. Helos durante toda la vida
-en dependencia los unos de los otros.
-Mejor es ahorcarse que vivir así. Pero no
-han sabido representar su papel: uno de
-sus agentes se presenta a este efecto en
-una oficina, se le entregan cinco mil rublos
-y sus manos tiemblan. Cuenta los
-cuatro primeros miles, el quinto lo guarda
-sin recontarlo; tanto deseo tenía de
-escapar. De este modo, despierta sospechas
-y todo el negocio se echa a perder
-por la falta de un solo imbécil. Esto es
-verdaderamente inconcebible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que le tiemblan las manos?&mdash;replicó
-Zametoff&mdash;. Pues me parece muy natural.
-En ciertos casos, no es uno dueño
-de sí mismo. Ahí tiene usted, sin ir más
-lejos, una prueba reciente. El asesino
-de esa vieja debe ser un bribón muy resuelto
-para no haber vacilado en cometer
-su crimen en pleno día y en las condiciones
-más peligrosas. Milagro es que ya
-no esté preso. Pues bien, a pesar de esto,
-sus manos temblaban: no ha sabido robar:
-le ha faltado la serenidad, como los
-hechos demuestran claramente.</p>
-
-<p>Aquel lenguaje hirió en lo más vivo
-a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree? Pues bien, échele usted
-el guante, descúbralo usted ahora&mdash;exclamó
-el joven experimentando maligno
-placer al mortificar al jefe de la Cancillería.</p>
-
-<p>&mdash;No tenga usted cuidado, se le descubrirá.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién? ¿Usted? ¿Usted va a descubrirle?
-Perderá usted el tiempo y el
-trabajo. Para ustedes toda la cuestión es
-saber si un hombre hace o no hace gastos.
-Uno que no poseía nada tira el dinero
-por la ventana; luego es culpable.
-Ajustándose a esta regla, un chiquillo,
-si quisiese, escaparía a las investigaciones
-de ustedes.</p>
-
-<p>&mdash;El hecho es que todos se conducen
-del mismo modo&mdash;respondió Zametoff&mdash;.
-Después de haber desplegado a menudo
-mucha habilidad y astucia en la perpetración
-del asesinato, se dejan pescar
-en la taberna. Los denuncian sus gastos,
-no son tan astutos como usted. Usted, es
-claro, no iría a la taberna.</p>
-
-<p>Raskolnikoff frunció las cejas y miró
-fijamente a Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted quiere saber cómo obraría
-yo, en caso semejante?&mdash;preguntó con
-tono malhumorado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;replicó con energía el jefe de la
-Cancillería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted mucho empeño?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, he aquí lo que yo haría&mdash;comenzó
-a decir Raskolnikoff, bajando
-de repente la voz y aproximando de nuevo
-la cara a la de su interlocutor, a quien
-miró fijamente. Por esta vez no pudo menos
-de temblar&mdash;. He aquí lo que haría
-yo. Tomaría el dinero y las joyas, y después,
-al salir de la casa, iría, sin un minuto
-de retraso, a un paraje cerrado y solitario,
-a un corral o un huerto, por ejemplo.
-Me aseguraría antes de que en un
-rincón de este corral, al lado de una valla,
-hubiese una piedra de cuarenta o
-sesenta libras de peso, levantaría esta
-piedra, bajo la cual el suelo debía de estar
-deprimido, y depositaría en el hueco el
-dinero y las alhajas. Hecho esto volvería
-a poner la piedra y me iría. Durante uno,
-dos, o tres años, dejaría allí los objetos
-robados, y ya podrían ustedes buscarlos.</p>
-
-<p>&mdash;Usted está loco&mdash;respondió Zametoff.</p>
-
-<p>Sin que podamos decir por qué, pronunció
-estas palabras en voz baja y se
-apartó bruscamente de Raskolnikoff.
-Los ojos de éste relampagueaban. Había
-palidecido de un modo horrible y un temblor
-convulsivo agitaba su labio superior.
-Se inclinó lo más posible hacia el rostro
-del funcionario y se puso a mover los labios
-sin proferir una sola palabra. Así
-pasó medio minuto. Nuestro héroe no
-se daba cuenta de lo que hacía, pero no
-podía contenerse. Estaba a punto de escapársele
-su espantosa confesión.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y si fuese yo el asesino de la vieja
-y de Isabel?&mdash;dijo de repente; pero se
-contuvo ante el sentimiento del peligro.</p>
-
-<p>Zametoff le miró con aire extraño y se
-puso tan blanco como la servilleta, en
-tanto que en su rostro se dibujaba una
-forzada sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿es eso posible?&mdash;dijo con voz
-que apenas podía ser entendida.</p>
-
-<p>Raskolnikoff fijó en él una mirada maliciosa.</p>
-
-<p>&mdash;Confiese usted que lo ha creído. ¿A
-que sí? ¿A que lo ha creído usted?</p>
-
-<p>&mdash;No, de ninguna manera&mdash;se apresuró
-a decir Zametoff&mdash;. Usted me ha asustado
-para sugerirme esa idea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Según eso, usted no lo cree? ¿Entonces,
-de qué se pusieron a hablar el
-otro día al salir yo de la oficina? ¿Por qué
-el ayudante <i>Pólvora</i> me interrogó después
-de mi desmayo? ¡Eh! ¿Cuánto debo?&mdash;gritó
-al mozo levantándose y tomando
-la gorra.</p>
-
-<p>&mdash;Treinta kopeks&mdash;respondió éste, acudiendo
-a la llamada del parroquiano.</p>
-
-<p>&mdash;Toma, además, veinte kopeks de
-propina. Vea usted cuánto dinero tengo&mdash;,
-prosiguió, mostrando a Zametoff
-unos cuantos billetes&mdash;: ¿los ve usted?
-Rojos, azules, veinticinco rublos. ¿De
-dónde procede este dinero? ¿Cómo, además,
-tengo ropa nueva? Usted sabe, en
-efecto, que yo no tenía ni un kopek.
-Apuesto cualquier cosa a que ha preguntado
-usted a mi patrona... ¡Ea! ¡Bastante
-hemos hablado! Hasta la vista.</p>
-
-<p>Salió tan agitado con cierta extraña
-sensación, a la cual se unía un acre placer.
-Estaba, además, sombrío y terriblemente
-cansado. Semejaba su rostro convulsivo
-el de un hombre que acababa de
-sufrir un ataque de apoplejía. Poco antes,
-bajo la acción de sus emociones, sentía
-fuerzas; pero cuando aquel estimulante
-hubo cesado, invadíale intensa
-emoción.</p>
-
-<p>Cuando se quedó solo, Zametoff permaneció
-aún largo tiempo sentado en el
-mismo sitio. El jefe de la Cancillería parecía
-pensativo. Raskolnikoff acababa de
-trastornarle inopinadamente todas sus
-ideas sobre «cierto punto»; estaba despistado.</p>
-
-<p>&mdash;Ilia Petrovitch es un imbécil&mdash;dijo
-por último.</p>
-
-<p>Apenas Raskolnikoff abrió la puerta de
-la calle, se encontró frente a frente en el
-vestíbulo con Razumikin que entraba. A
-un paso de distancia los dos jóvenes no
-se habían visto y poco faltó para que chocasen
-uno contra otro. Durante un momento
-se midieron con la mirada. Razumikin
-se quedó atónito; pero de repente
-brilláronle en los ojos llamaradas verdaderas
-de cólera.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que has venido aquí?&mdash;dijo
-con voz tonante&mdash;. ¡Pues no se ha
-escapado de la cama! ¡Y yo que le he buscado
-hasta debajo del sofá! ¡Hasta el granero
-se ha revuelto para ver si se daba contigo!
-Por causa tuya ha faltado poco para
-que le pegase a Anastasia... ¡Y vea usted
-dónde estaba metido! ¿Qué significa esto,
-Rodia? Di la verdad. Confiesa...</p>
-
-<p>&mdash;Esto significa que me fastidiáis todos
-horrorosamente y que quiero estar
-solo&mdash;respondió fríamente Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Solo, cuando no puedes aún ni andar,
-cuando estás pálido como la cera;
-cuando te falta el aliento! ¡imbécil! ¿Qué
-has venido a hacer al <i>Palacio de Cristal</i>?
-Confiésamelo en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Déjame pasar&mdash;replicó Raskolnikoff,
-y trató de alejarse.</p>
-
-<p>Esto acabó de poner a Razumikin fuera
-de sí, y asiendo violentamente a su amigo
-por el brazo, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y te atreves a decirme que te deje
-pasar? ¿Que te deje pasar? ¿Sabes lo
-que voy a hacer ahora mismo? A tomarte
-debajo del brazo, a llevarte a tu casa,
-como se lleva un envoltorio y encerrarte
-allí bajo llave.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha, Razumikin&mdash;dijo sin levantar
-la voz y con tono en la apariencia
-muy tranquilo&mdash;; ¿qué he de hacer para
-que comprendas que no necesito de tus
-beneficios? ¡Qué manía de hacer bien a las
-personas, en contra de su expresa voluntad!
-¿Por qué viniste cuando caí enfermo
-a instalarte a mi cabecera? ¿Qué sabes
-tú si yo hubiera sido feliz muriéndome?
-¿No te he manifestado hoy con toda claridad
-que me martirizabas, que me eras
-insoportable? ¿Qué gusto sacas en mortificar
-a la gente? Te juro que todo esto<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>
-impide mi curación, teniéndome en una
-irritación continua. Ya has visto que Zosimoff
-se marchó para no martirizarme.
-¡Déjame tú también, por amor de Dios!...</p>
-
-<p>Razumikin se quedó un momento pensativo
-y después soltó el brazo de su amigo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. ¡Vete, con mil diablos!&mdash;dijo
-con voz que no había perdido toda
-vehemencia.</p>
-
-<p>Pero en cuanto dió un paso Raskolnikoff,
-con extraordinario arrebato gritó
-Razumikin:</p>
-
-<p>&mdash;¡Espera, escucha! Ya sabes que hoy
-daré una comida; quizá hayan llegado ya
-mis convidados; pero he dejado ya allí
-a mi tío para que los reciba. Si tú no fueses
-un imbécil, un imbécil rematado, un
-imbécil incorregible... Escucha, Rodia;
-reconozco que no te falta inteligencia,
-pero eres un imbécil. Digo, pues, que si
-tú no fueses un imbécil, vendrías a pasar
-la noche en mi casa en vez de estropearte
-las botas vagando sin objeto por las calles.
-Puesto que has salido, mejor es que
-aceptes mi invitación. Haré que te suban
-un cómodo sofá. Mis patrones lo tienen.
-Tomarás una taza de te y estarás acompañado.
-Si no quieres un sofá, te echarás
-en el catre... Al menos estarás con nosotros;
-irá Zosimoff... ¿vendrás?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pero esto es absurdo&mdash;replicó vivamente
-Razumikin&mdash;. ¿Qué sabes tú? Tú
-no puedes responder a ti mismo; yo también
-he escupido mil veces sobre la sociedad,
-y después de haberme apartado de
-ella no he tenido más remedio que volver
-a buscarla. Llega un momento en que se
-avergüenza uno de su misantropía y procura
-reunirse con los hombres. Acuérdate,
-en casa de Potchinkoff, tercer piso.</p>
-
-<p>&mdash;No iré, Razumikin&mdash;contestó Raskolnikoff
-alejándose.</p>
-
-<p>&mdash;Apuesto que vendrás; de lo contrario,
-como si no te conociese&mdash;le gritó su amigo&mdash;.
-Espera un poco. ¿Está aquí Zametoff?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te ha visto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te ha hablado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué? Vamos, bueno; no lo digas
-si no quieres decirlo. Casa de Potchinkoff,
-núm. 47, habitación de Babusckin.
-Acuérdate.</p>
-
-<p>Raskolnikoff llegó a la Sadovia y dobló
-la esquina. Después de haberle seguido
-con la mirada, Razumikin se decidió a
-entrar en el café, pero en medio de la escalera
-se detuvo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por vida de...!&mdash;continuó casi en
-voz alta&mdash;. Habla con lucidez y como...
-¡qué imbécil soy!... ¿Acaso los locos disparatan
-siempre? Zosimoff, por lo que a
-mí me parece, también teme como yo&mdash;y
-se llevó el dedo a la frente&mdash;. ¿Cómo
-abandonarle ahora? ¡Puede que vaya a
-ahogarse!... He hecho una tontería. No
-hay que vacilar&mdash;y echó a correr en busca
-de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Pero no pudo encontrarle y le fué forzoso
-volverse a grandes pasos al <i>Palacio
-de Cristal</i> para interrogar cuanto antes
-a Zametoff.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se fué derecho al puente***,
-y deteniéndose en medio de él, se
-puso a mirar a lo lejos. Desde que hubo
-dejado a Razumikin, su debilidad había
-aumentado, hasta el punto que solamente
-a duras penas pudo llegar a aquel
-sitio. Hubiera querido sentarse o acostarse
-en cualquier parte, aunque fuese en la
-calle. Inclinado sobre el agua, contemplaba
-con mirada distraída los últimos
-rayos del sol poniente y la fila de casas
-que la noche velaba poco a poco con sus
-tinieblas.</p>
-
-<p>&mdash;Sea, pues&mdash;dijo, alejándose del puente
-y tomando la dirección de la oficina
-de policía.</p>
-
-<p>Tenía el corazón como vacío: no quería
-pensar, ni siquiera sentía angustia.
-Una completa apatía había sucedido a
-la energía que experimentara cuando
-salió de casa resuelto «a acabar con todo».</p>
-
-<p>&mdash;Después de todo, lo mismo da una
-solución que otra&mdash;pensaba avanzando
-lentamente por el muelle del canal&mdash;. Por
-lo menos, el desenlace depende de mi voluntad...
-¡Qué fin, sin embargo! ¿Es posible
-que sea esto el fin? ¿Confesaré o no
-confesaré?... ¡pero si no puedo más!; quisiera
-acostarme o sentarme en alguna
-parte. Lo que me causa más vergüenza
-es la tontería de lo que he hecho. ¡Vamos,
-es preciso que esto acabe! ¡Qué ideas tan
-tontas tiene uno algunas veces!...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span></p>
-
-<p>Para ir a la comisaría, le era preciso
-seguir todo derecho y tomar por la segunda
-calle de la izquierda. Una vez
-allí, estaba a dos pasos del despacho de
-policía; pero al llegar al primer recodo
-se detuvo, reflexionó un instante y entró
-en el <i>pereulok</i>. Después anduvo sin rumbo
-por otras dos calles, sin duda para ganar
-un minuto y dar tiempo a sus reflexiones.
-Andaba con los ojos fijos en tierra. De
-repente, le parecía que alguien le murmuraba
-alguna cosa al oído. Levantó
-la cabeza y advirtió que estaba en la
-puerta de <i>aquella casa</i>. No había pasado
-por allí desde el día del crimen.</p>
-
-<p>Cediendo a un deseo tan irresistible
-como inexplicable, Raskolnikoff entró
-en ella, se dirigió a la escalera de la derecha
-y se dispuso a subir al cuarto piso.
-La empinada y estrecha escalera estaba
-muy obscura. El joven se detenía en cada
-descansillo y miraba con curiosidad en
-torno suyo. En el del primer piso habían
-puesto un vidrio en la ventana. «Ese
-vidrio no estaba la otra vez»&mdash;pensó
-el joven&mdash;. «He aquí el segundo piso en
-que trabajaban Mikolai y Mitrey: está
-cerrado y la puerta recién pintada. Sin
-duda han alquilado la habitación... He
-aquí el tercero... y el cuarto. Aquí es».
-Tuvo un momento de vacilación: la puerta
-de la casa de la vieja estaba abierta
-de par en par. Raskolnikoff oía que hablaban
-dentro. No había previsto aquello;
-sin embargo, tomó en seguida una resolución:
-subió los últimos escalones y entró.</p>
-
-<p>Varios obreros lo estaban restaurando,
-lo que causó un asombro grande a Raskolnikoff.
-Creyó encontrar el cuarto tal
-como lo había dejado él; quizá se figuró
-que yacerían los cadáveres en el suelo.
-Ahora, con gran sorpresa suya, vió que
-estaban desnudas las paredes. Se aproximó
-a la ventana y se sentó en el poyo.</p>
-
-<p>No había más que dos obreros, dos jóvenes,
-de los cuales uno era bastante mayor
-que el otro. Se ocupaban en cambiar
-la antigua tapicería amarilla, que
-estaba muy usada, por otra blanca sembrada
-de violetas. Esta circunstancia
-(ignoramos por qué) desagradó mucho a
-Raskolnikoff, el cual miraba colérico el
-papel nuevo, como si le contrariasen en
-extremo tales variaciones.</p>
-
-<p>Los papelistas se disponían a marcharse,
-y, sin hacer caso del visitante, continuaron
-su conversación.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se levantó y pasó a la
-otra habitación, que contenía ante el
-cofre, la cama y la cómoda; este gabinete
-sin muebles le pareció muy pequeño. La
-tapicería no había sido cambiada; se podía
-señalar aún en el rincón el lugar que
-ocupaba en otro tiempo el armario de las
-sagradas imágenes. Después de haber satisfecho
-su curiosidad, Raskolnikoff volvió
-a sentarse en el poyo de la ventana.</p>
-
-<p>El mayor de los dos obreros le miró
-de reojo, y de repente, dirigiéndose a él,
-le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace usted ahí?</p>
-
-<p>En vez de responder, Raskolnikoff
-se levantó, fué al descansillo y se puso a
-tirar del cordón. Era la misma campanilla,
-el mismo sonido. Llamó por segunda
-y tercera vez, aplicando el oído, reconstituyendo
-sus recuerdos. La impresión
-terrible que sintiera ante la puerta de la
-vieja se produjo con vivacidad y lucidez
-crecientes; temblaba a cada campanillazo
-y sentía a cada golpe un placer cada
-vez mayor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué busca usted aquí? ¿quién es
-usted?&mdash;gritó el obrero encarándose
-con él.</p>
-
-<p>Raskolnikoff volvió a entrar en el
-cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;Quiero alquilar una habitación y he
-venido a mirar ésta&mdash;respondió.</p>
-
-<p>&mdash;No se va por la noche a ver cuartos,
-y además debiera usted haber subido
-acompañado del <i>dvornik</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Han fregado el suelo; ¿van a pintarlo?&mdash;prosiguió
-Raskolnikoff&mdash;. ¿No
-hay sangre?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo sangre?</p>
-
-<p>&mdash;Aquí fueron asesinadas la vieja y su
-hermana; había un verdadero mar de
-sangre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién eres tú?&mdash;gritó el obrero asustado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres saberlo? Vamos a la comisaría
-y allí te lo diré.</p>
-
-<p>Los dos papelistas le miraron estupefactos.</p>
-
-<p>&mdash;Ya es hora de marcharnos. Vamos,<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>
-Aleshka. Hay que cerrar&mdash;dijo el de más
-edad a su compañero.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, vamos&mdash;replicó con tono
-indiferente Raskolnikoff, y saliendo él
-primero, precediendo a los dos operarios,
-bajó lentamente la escalera&mdash;. ¡Eh, <i>dvornik</i>!&mdash;gritó
-al llegar a la puerta de la calle
-donde había reunidas varias personas
-mirando pasar a la gente: dos porteros,
-un campesino, un ciudadano en traje
-de casa y algunos otros individuos.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se fué derecho a ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué se le ofrece a usted?&mdash;preguntóle
-un portero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has estado en la oficina de policía?</p>
-
-<p>&mdash;De allí vengo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Están allí todavía?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿El ayudante del comisario también
-está?</p>
-
-<p>&mdash;Estaba hace un momento. ¿Qué es
-lo que usted desea?</p>
-
-<p>Raskolnikoff no contestó y se quedó
-pensativo.</p>
-
-<p>&mdash;Ha venido a ver el cuarto&mdash;dijo
-uno de los operarios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué cuarto?</p>
-
-<p>&mdash;En el que trabajábamos. «¿Por qué
-se ha lavado la sangre?», nos ha dicho.
-«Aquí se ha cometido un asesinato y
-vengo para alquilar el cuarto.» Se puso
-a tirar de la campanilla. «Vamos a la oficina
-de policía», añadió después; «allí
-lo diré todo».</p>
-
-<p>El portero, preocupado, contempló a
-Raskolnikoff frunciendo las cejas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es usted?&mdash;preguntó, levantando
-la voz con acento de amenaza.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy Rodión Romanovitch Raskolnikoff,
-antiguo estudiante y vivo
-cerca de aquí, en el <i>pereulok</i> inmediato,
-casa de Chill, departamento número 14.
-Pregunta al portero; me conoce.</p>
-
-<p>Raskolnikoff dijo todo esto con aire
-indiferente y tranquilo, mirando obstinadamente
-a la calle y sin fijar la vista
-una sola vez en su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué ha venido usted a hacer
-aquí?</p>
-
-<p>&mdash;He venido a ver la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué se le ha perdido a usted en
-ella?</p>
-
-<p>&mdash;¿No sería mejor detenerle y conducirle
-a la comisaría?&mdash;propuso de repente
-el burgués.</p>
-
-<p>Raskolnikoff le miró con atención por
-encima del hombro.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos allá&mdash;dijo el joven con indiferencia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Es preciso llevarle a la comisaría&mdash;siguió
-diciendo y con mayor seguridad
-el burgués&mdash;. Cuando ha venido aquí,
-es que algo le pesa en la conciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios sabe si estará borracho!&mdash;murmuró
-un obrero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué es lo que quieres?&mdash;gritó
-de nuevo el portero, que empezaba a incomodarse
-de verdad&mdash;. ¿Por qué vienes
-a molestarnos?</p>
-
-<p>&mdash;¿Te da miedo ir a la comisaría?&mdash;dijo
-con tono burlón Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué he de tener miedo? ¿Sabes
-que nos estás fastidiando?</p>
-
-<p>&mdash;Es un granuja&mdash;dijo una campesina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué disputar con él?&mdash;apuntó
-a su vez el otro portero, un <i>mujick</i> enorme
-que llevaba un gabán desabrochado
-y un manojo de llaves pendientes de la
-cintura&mdash;. De seguro es un granuja. ¡Ea!
-¡Lárgate en seguida!</p>
-
-<p>Y agarrando a Raskolnikoff por un
-brazo lo lanzó en medio del arroyo.</p>
-
-<p>El joven estuvo a punto de caer al
-suelo; sin embargo, pudo sostenerse en
-pie. Cuando hubo recobrado el equilibrio,
-miró silenciosamente a todos los
-espectadores y se alejó silenciosamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya un tipo!&mdash;observó un obrero.</p>
-
-<p>&mdash;Todo el mundo se ha vuelto ahora
-muy extravagante&mdash;dijo la campesina.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que usted quiera y mucho más&mdash;añadió
-el burgués&mdash;; pero hubiera sido
-conveniente llevarle a la comisaría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Iré o no iré?&mdash;pensaba Raskolnikoff
-deteniéndose en medio de una encrucijada
-y mirando en torno suyo, como si
-hubiese estado esperando un consejo de
-alguien.</p>
-
-<p>Pero su pregunta no obtuvo respuesta;
-todo estaba sordo y sin vida, como las
-piedras de las calles... De pronto, a doscientos
-pasos de él, distinguió, a través
-de la obscuridad, un grupo de gente del
-que partían gritos y palabras animadas...
-El grupo rodeaba un coche. En el suelo
-brillaba una débil luz.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa ahí?</p>
-
-<p>Raskolnikoff volvió a la derecha y fué
-a mezclarse con la multitud. Parecía querer
-aferrarse al menor incidente, y esta
-pueril predisposición le hacía sonreír,
-porque ya había tomado su partido y decía
-para sus adentros:</p>
-
-<p>&mdash;De un momento a otro acabará todo
-esto.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>VII.</h3></div>
-
-<p>Detenido en medio de la calle había un
-elegante coche particular, tirado por dos
-sudorosos caballos tordos. En el interior
-no había nadie y el cochero se había bajado
-del pescante y sujetaba a los caballos
-por el bocado. En torno del carruaje
-se apiñaba la multitud, contenida por
-los agentes de policía. Uno de éstos tenía
-una linterna pequeña en la mano e
-inclinado hacia el suelo alumbrado algo
-que yacía en el arroyo cerca de las ruedas.
-Todo el mundo hablaba, gritaba y
-parecía consternado; por su parte, el
-cochero, aturdido, no cesaba de repetir:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué desgracia, Señor! ¡Qué desgracia!</p>
-
-<p>Raskolnikoff se abrió paso a fuerza
-de codazos al través de los curiosos y logró
-ver lo que había sido causa de que
-la gente se reuniese. En medio de la calle
-yacía ensangrentado y privado del
-conocimiento un individuo que acababa
-de ser atropellado por los caballos. Aunque
-estaba muy mal vestido, su aspecto
-no era el de un hombre vulgar. Tenía
-el cráneo y el rostro cubiertos de horribles
-heridas, por las cuales salía la sangre
-a borbotones. No se trataba de un incidente
-sin importancia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío!&mdash;decía el cochero&mdash;; no
-he podido impedir esta desgracia. Si yo
-hubiese llevado los caballos al galope,
-o si no lo hubiese visto y avisado, bueno
-que se me echase la culpa. Pero no; el
-coche iba despacio como todo el mundo
-ha podido ver. Desgraciadamente, sabido
-es que un borracho no se fija en nada...
-Le veo atravesar la calle una vez,
-dos y tres haciendo eses, y le grito: «¡Eh!
-¡cuidado!» Refreno los caballos; pero él
-se va derecho a ellos. ¡Si parecía que lo
-hacía adrede! Los animales son jóvenes
-y fogosos, se lanzaron... el hombre gritó
-y sus gritos los excitaron más... así ha
-ocurrido esa desgracia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, de ese modo ha pasado&mdash;afirmó
-uno que había sido testigo de la escena.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto&mdash;dijo otro&mdash;; por tres
-veces le avisó el cochero.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, por tres veces, todos le hemos
-oído&mdash;añadió uno del grupo.</p>
-
-<p>Por su parte, el cochero no parecía
-muy inquieto por las consecuencias de
-aquel suceso; evidentemente, el propietario
-del carruaje era un personaje poderoso
-que esperaba la llegada de su coche.
-Esta última circunstancia despertaba
-la cuidadosa solicitud de los agentes
-de policía. Era, sin embargo, preciso llevar
-al herido al hospital. Nadie sabía
-su nombre.</p>
-
-<p>Raskolnikoff, a fuerza de dar codazos,
-logró aproximarse al herido. De pronto
-un rayo de luz iluminó el rostro del desgraciado,
-y el joven lo reconoció.</p>
-
-<p>&mdash;Le reconozco, le reconozco&mdash;gritó
-empujando a los que le rodeaban y colocándose
-en la primera fila del grupo&mdash;;
-es un antiguo funcionario, el consejero
-titular Marmeladoff. Vive aquí cerca,
-en casa de Kozel... ¡Pronto! ¡un médico!
-¡yo pago!</p>
-
-<p>Sacó dinero del bolsillo y lo mostró
-a un agente de policía. Revelaba extraordinaria
-agitación.</p>
-
-<p>Los agentes se alegraron de saber quién
-había sido el atropellado. Raskolnikoff
-dió su nombre y dirección e insistió con
-empeño para que se transportase el herido
-a su domicilio. Aunque la víctima del
-accidente hubiese sido su padre, no habría
-mostrado el joven mayor solicitud.</p>
-
-<p>&mdash;Es ahí, tres casas más allá donde
-vive; en la de Kozel, un alemán rico...
-Sin duda se retiraba embriagado. Le reconozco...
-Es un borracho... Vive ahí
-con su familia, tiene mujer e hijos. Antes
-de llevarle al hospital, es menester
-que le vea un médico; alguno habrá por
-aquí cerca; yo pagaré lo que sea, lo pagaré;
-su estado exige una cura inmediata.
-Si no se le socorre en seguida, morirá antes
-de llegar al hospital.</p>
-
-<p>Raskolnikoff puso disimuladamente algunas
-monedas en la mano de un agente
-de policía. Por otra parte, lo que el joven<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>
-le mandaba era perfectamente lógico,
-se explicaba bien. Levantaron a Marmeladoff
-y algunos voluntarios se ofrecieron
-a transportarle a su casa. La de Kozel
-estaba situada a treinta pasos del
-lugar en que había ocurrido el accidente.
-Raskolnikoff iba detrás sosteniendo con
-precaución la cabeza del herido, y enseñando
-el camino.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí, aquí! En la escalera, tened
-cuidado de que no vaya la cabeza baja:
-dad la vuelta... eso es, yo pago. Muchas
-gracias&mdash;murmuraba.</p>
-
-<p>En aquel momento Catalina Ivanovna,
-como de costumbre, cuando tenía un
-minuto libre, paseaba de un lado a otro
-de su reducida sala, yendo de la ventana
-a la chimenea y viceversa, con los brazos
-cruzados sobre el pecho, charlando
-sola y tosiendo. Desde algún tiempo
-hablaba cada vez de mejor gana con su
-hija mayor Polenka. Aunque esta niña,
-de diez años de edad, no comprendía aún
-muchas cosas, se daba, sin embargo,
-cuenta de la necesidad que su madre tenía
-de ella, de modo que fijaba siempre
-sus grandes e inteligentes ojos en Catalina
-Ivanovna, y en cuanto ésta le dirigía
-la palabra, la niña hacía todos los
-esfuerzos imaginables para comprender,
-o, por lo menos, para hacer ver que comprendía.</p>
-
-<p>Ahora Polenka desnudaba a su hermanito
-que había estado durante todo el día
-enfermo y que iba a acostarse. Esperando
-a que le quitasen la camisa para lavarla
-por la noche, el niño, con aspecto
-serio, estaba sentado en una silla silencioso
-e inmóvil y escuchaba, abriendo
-mucho los ojos, lo que su mamá decía a
-su hermana. La niña más pequeña, Lida
-(Lidotshka), vestida con verdaderos harapos,
-esperaba a su vez en pie, cerca de
-la mampara. La puerta que daba al descansillo
-estaba abierta, a fin de que saliera
-el humo del tabaco que llegaba de la
-habitación contigua, y que, a cada instante,
-hacía toser a la pobre tísica. Catalina
-Ivanovna estaba peor desde hacía
-ocho días, y las siniestras manchas
-de sus mejillas tenían un color más vivo
-que nunca.</p>
-
-<p>&mdash;No puedes imaginarte, Polenka&mdash;decía
-paseándose por la habitación&mdash;,
-qué alegre y brillante vida era la que hacíamos
-en casa de papá y cuán desgraciados
-somos todos a causa de este borracho.
-Papá tenía en el servicio civil un empleo
-equivalente al grado de coronel.
-Era casi gobernador y no le faltaba más
-que un paso para llegar a este puesto; así
-es que todo el mundo le decía: «Consideramos
-a usted ya, Ivan Mikhailtch, como
-gobernador.»</p>
-
-<p>La interrumpió un golpe de tos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh condenada vida!</p>
-
-<p>Escupió y se apretó el pecho con las
-manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está ya el agua? ¡Ea! dame la camisa
-y las medias, Lida&mdash;añadió, dirigiéndose
-a la chiquita&mdash;. Esta noche
-dormirás sin camisa. Pon las medias al
-lado... Se lavará todo al mismo tiempo...
-¡Y ese borracho sin venir!... Quisiera lavar
-también su camisa con todo lo demás,
-para no tener que fatigarme dos noches
-seguidas. ¡Señor, Señor!&mdash;volvió a toser&mdash;.
-¡Otra vez! ¿Eh? ¿Qué es eso?&mdash;exclamó
-al ver que el vestíbulo se llenaba de gente,
-la cual penetraba en la sala con una
-especie de fardo&mdash;. ¿Qué es eso? ¿Qué es
-lo que traen? ¡Dios mío!</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde hay que ponerlo?&mdash;preguntó
-un agente de policía mirando en derredor
-suyo mientras introducían en la habitación
-a Marmeladoff ensangrentado y
-exánime.</p>
-
-<p>&mdash;En el sofá. Extenderle en el sofá...
-La cabeza aquí&mdash;indicó Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Es un borracho que ha sido atropellado
-en la calle&mdash;gritó uno desde la
-puerta.</p>
-
-<p>Catalina Ivanovna, intensamente pálida,
-respiraba con dificultad. La pequeña
-Lida corrió gritando hacia su hermana
-mayor, y toda temblorosa la estrechó
-en sus brazos.</p>
-
-<p>Después de haber ayudado a colocar
-a Marmeladoff en el sofá, Raskolnikoff
-se acercó a Catalina Ivanovna.</p>
-
-<p>&mdash;Por el amor de Dios, tranquilícese,
-cálmese, no se asuste tanto&mdash;dijo el joven
-vivamente&mdash;. Atravesaba la calle
-y un coche le ha atropellado; no se alarme
-usted, va a recobrar el conocimiento.
-He mandado que le traigan aquí. Yo ya<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>
-he venido a esta casa otra vez. Quizá
-no se acuerde usted. Volverá en si. Yo
-pagaré...</p>
-
-<p>&mdash;No volverá en si, no volverá en si&mdash;dijo
-con desesperación Catalina Ivanovna
-y se precipitó hacia su marido.</p>
-
-<p>Raskolnikoff echó de ver en seguida
-que esta mujer no era propensa a desmayos.
-En un instante colocó una almohada
-debajo de la cabeza del herido, cosa en
-que nadie había pensado. Catalina Ivanovna
-se puso a desnudar a Marmeladoff,
-a examinar sus heridas y a prodigarle inteligentes
-cuidados. La emoción no le
-quitaba la presencia de ánimo; se olvidaba
-de sí misma, mordíase los labios
-temblorosos y contenía en su pecho los
-gritos prontos a escaparse.</p>
-
-<p>Durante este tiempo, Raskolnikoff
-mandó por un médico que vivía en la vecindad.</p>
-
-<p>&mdash;He mandado a buscar un médico&mdash;dijo
-a Catalina Ivanovna&mdash;. No se preocupe
-usted, yo pagaré. ¿No tiene usted
-agua? Déme una toalla, una servilleta,
-cualquier cosa, en seguida. No podemos
-juzgar de la gravedad de las heridas...
-está herido, pero no muerto; convénzase
-usted. Ya veremos lo que dice el doctor.</p>
-
-<p>Catalina Ivanovna corrió a la ventana;
-colocada sobre una mala silla había una
-cubeta con agua, preparada para lavar
-durante la noche la ropa del marido y de
-sus hijos. Catalina Ivanovna solía hacer
-este lavado nocturno con sus propias
-manos, dos veces por semana, cuando no
-más a menudo, porque los Marmeladoff
-habían llegado a tal extremo de miseria,
-que les faltaba casi en absoluto ropa para
-mudarse: cada miembro de la familia
-no tenía más camisa que la que llevaba
-puesta, y como Catalina Ivanovna no
-podía sufrir la suciedad, prefería la pobre
-tísica, antes que verla reinar en su casa,
-fatigarse por las noches lavando la ropa
-de los suyos, para que ellos la encontrasen
-limpia y repasada al día siguiente al
-despertar.</p>
-
-<p>Obedeciendo a Raskolnikoff, tomó la
-cubeta y se la llevó al joven, pero faltó
-poco para que se cayese con ella. Raskolnikoff
-logró encontrar una toalla, la empapó
-de agua y lavó con ella el rostro
-ensangrentado de Marmeladoff. Catalina
-Ivanovna, en pie a su lado, respiraba
-con dificultad y se apretaba el pecho con
-las manos.</p>
-
-<p>No hubieran estado de más para ella
-los cuidados facultativos.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá he hecho mal en traer el herido
-a su casa&mdash;pensaba Raskolnikoff.</p>
-
-<p>El guardia no sabía qué decidir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Polia!&mdash;gritó Catalina Ivanovna&mdash;,
-ve corriendo a casa de Sonia; pronto, dile
-que su padre ha sido atropellado por un
-coche, que venga en seguida. Si no la
-encuentras en casa, se lo dices a los Kapernumoff
-para que le den el recado en
-cuanto vaya. ¡Despáchate, Polia; anda,
-ponte ese pañuelo en la cabeza!</p>
-
-<p>En tanto, la sala se había llenado de
-tal modo de gente, que no cabía ya ni
-un alfiler. Los agentes de policía se retiraron;
-uno solo se quedó momentáneamente
-y trató de desalojar algo el aposento.
-Mientras que ocurría esto, por la
-puerta de comunicación interior penetraron
-en la sala casi todos los inquilinos
-de la señora Lippevechzel: primero se
-detuvieron en el umbral, pero bien pronto
-invadieron la habitación. Catalina
-Ivanovna se puso furiosa.</p>
-
-<p>&mdash;Deberíais al menos dejarle morir
-en paz&mdash;gritaba a los asaltantes&mdash;. Venís
-aquí como a un espectáculo&mdash;y se interrumpió
-para toser&mdash;. Y entráis con el
-sombrero puesto; marchaos, tened por lo
-menos respeto a la muerte.</p>
-
-<p>La tos que la ahogaba la impidió seguir;
-pero su severa admonición produjo
-efecto. Evidentemente, Catalina Ivanovna
-inspiraba cierto temor.</p>
-
-<p>Los inquilinos fueron unos tras otros
-desfilando hacia la puerta, llevándose en
-sus corazones ese extraño sentimiento
-de satisfacción que hasta los hombres más
-compasivos experimentan a la vista de
-la desgracia ajena. Después que hubieron
-salido se oyeron las voces del otro lado
-de la puerta: decían en alta voz que
-era preciso enviar el herido al hospital,
-pues no había derecho para turbar la
-tranquilidad de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Ese es el inconveniente de morirse&mdash;vociferó
-Catalina Ivanovna, y ya se preparaba
-a desahogar en ellos su indignación,
-cuando se abrió la puerta y apareció
-la señora Lippevechzel en persona.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p>
-
-<p>La patrona acababa de saber la desgracia
-y venía a restablecer el orden. Era
-una alemana intrigante y mal educada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Dios mío!&mdash;dijo juntando las
-manos&mdash;, ¡su marido de usted, que estaba
-borracho, se ha dejado aplastar por un
-coche! Hay que llevarle al hospital, yo
-soy la propietaria.</p>
-
-<p>&mdash;Amalia Ludvigovna, suplico a usted
-que piense lo que habla&mdash;comenzó a
-decir con tono arrogante Catalina Ivanovna.
-(Siempre que hablaba a la patrona
-empleaba el mismo tono para recordarle
-la debida compostura; y aun en
-aquel momento no pudo resistir a semejante
-placer.)&mdash;Amalia Ludvigovna.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se lo he dicho a usted de una vez
-para siempre, no quiero que se me llame
-Amalia Ludvigovna; yo soy Amalia Ivanovna.</p>
-
-<p>&mdash;Usted no es Amalia Ivanovna sino
-Amalia Ludvigovna, y como yo no pertenezco
-al grupo de viles aduladores de
-usted, tal como el señor Lebeziatnikoff
-que se está riendo ahora detrás de la
-puerta. (Ahora se agarran ji, ji&mdash;decía
-en efecto una voz burlona en la pieza
-inmediata), yo la llamaré a usted siempre
-Amalia Ludvigovna, aunque no puedo
-comprender por qué le molesta este
-nombre. Ya ve usted lo que acaba de
-ocurrirle a Simón Zakharovitch: está
-muriéndose. Suplico a usted que cierre
-la puerta y que no deje entrar nadie aquí.
-Déjele, al menos, que muera en paz. De
-lo contrario le juro a usted que mañana
-mismo daré parte al gobernador general.
-El príncipe me conoce desde mi juventud
-y se acuerda muy bien de Simón Zakharovitch,
-a quien más de una vez ha hecho
-algún favor. Todo el mundo sabe que mi
-marido tenía muchos amigos y protectores;
-como se daba cuenta de su desgraciado
-vicio, cesó de tratarse con ellos por
-un sentimiento noble de delicadeza; pero
-ahora&mdash;añadió señalando a Raskolnikoff&mdash;hemos
-encontrado apoyo en este
-magnánimo joven que es rico, tiene muy
-buenas relaciones y es amigo desde la infancia
-de Simón Zakharovitch. Téngalo
-usted presente, Amalia Ludvigovna.</p>
-
-<p>Todo este discurso fué pronunciado
-con creciente rapidez, pero la tos interrumpió
-la elocuencia de Catalina Ivanovna
-En aquel momento, Marmeladoff,
-volviendo en sí, lanzó un gemido. Catalina
-se acercó solícita a su esposo. Este,
-sin darse aún cuenta de nada, miraba a
-Raskolnikoff, en pie a su cabecera. Su
-respiración era débil y penosa, tenía sangre
-en las comisuras de los labios y la
-frente empapada en sudor. No reconociendo
-a Raskolnikoff le miraba con cierta
-inquietud. Catalina Ivanovna fijó en
-el herido una mirada afligida, pero severa.
-Después la pobre mujer rompió a
-llorar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío! ¡Tiene el pecho aplastado!
-¡Cuánta sangre!&mdash;decía acongojada&mdash;.
-Hay que quitarle la ropa. ¡Vuélvete un
-poco, si puedes, Marmeladoff!</p>
-
-<p>Marmeladoff la reconoció.</p>
-
-<p>&mdash;¡Un sacerdote!&mdash;dijo con voz ronca.</p>
-
-<p>Catalina Ivanovna se aproximó a la
-ventana y apoyando la frente en el marco
-gritó con desesperación:</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh vida, mil veces maldita!</p>
-
-<p>&mdash;¡Un sacerdote!&mdash;repitió el moribundo
-después de una pausa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Silencio!&mdash;le gritó Catalina Ivanovna.</p>
-
-<p>El herido obedeció y calló. Buscaba a
-su mujer con ojos tímidos y ansiosos.
-Catalina fué de nuevo a situarse a su cabecera;
-Marmeladoff se tranquilizó, pero
-no por largo tiempo. De repente vió en
-el rincón a la pequeña Lida (su predilecta),
-que temblaba como si le fuese a dar
-una convulsión y que le miraba con ojos
-enormemente abiertos de niño asombrado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, ah!&mdash;dijo con gran agitación
-señalando a la chiquilla.</p>
-
-<p>Se comprendía que trataba de decir
-algo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;gritó Catalina Ivanovna.</p>
-
-<p>&mdash;¡No tiene calzado!&mdash;y sus ojos, como
-de loco, no se apartaban de los pies
-desnudos de la niña.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállate!&mdash;replicó con tono irritado
-Catalina Ivanovna&mdash;: demasiado sabes
-que no tiene calzado...</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias a Dios! ¡Aquí está el médico!&mdash;dijo
-gozosamente Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Entró un viejecillo alemán de modales
-acompasados, que miraba con desconfianza
-en derredor suyo. Se aproximó
-al herido, le tomó el pulso, examinó atentamente
-la cabeza, y después, ayudado<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>
-por Catalina Ivanovna, desabrochó la
-camisa, toda ensangrentada, y dejó el
-pecho al descubierto, que estaba magullado;
-varias costillas de la derecha rotas,
-a la izquierda, al lado del corazón,
-se veía una gran mancha negruzca y amarillenta
-marcada por una violenta pisada
-de caballo. El doctor frunció el entrecejo.
-El agente de policía acababa de contarle
-que el herido había sido atropellado
-en una calle y arrastrado en una extensión
-de treinta pasos.</p>
-
-<p>&mdash;Es asombroso que esté todavía vivo&mdash;murmuró
-en voz baja el doctor dirigiéndose
-a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece a usted?&mdash;preguntó
-este último.</p>
-
-<p>&mdash;Caso perdido.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay esperanza?</p>
-
-<p>&mdash;Ninguna. Va a exhalar el último
-suspiro... Tiene una herida muy peligrosa
-en la cabeza. Podría sangrársele...
-pero sería inútil: morirá de seguro dentro
-de cinco a seis minutos.</p>
-
-<p>&mdash;Sángrele usted, sin embargo.</p>
-
-<p>&mdash;Sea; pero le advierto que la sangría
-no servirá absolutamente de nada.</p>
-
-<p>Estando en esto se oyó otra vez ruido
-de pasos. La multitud, que se agrupaba
-en el umbral, se abrió, y apareció un eclesiástico
-de cabellos blancos. Traía la Extremaunción
-para el moribundo. El doctor
-cedió el puesto al sacerdote, con el
-cual cambió una significativa mirada.
-Raskolnikoff suplicó al médico que se
-quedase un momento todavía. El médico
-accedió encogiéndose de hombros.</p>
-
-<p>Todos se apartaron. La confesión duró
-muy poco tiempo. Marmeladoff no se hallaba
-en estado de discurrir. Sólo podía
-lanzar sonidos entrecortados e ininteligibles.
-Catalina Ivanovna fué a arrodillarse
-en el rincón inmediato a la chimenea,
-e hizo que se arrodillasen delante
-de ella los dos niños. Lidotshka no hacía
-más que temblar. El pequeñuelo, de rodillas,
-imitaba los grandes signos de cruz
-que hacía su madre y se prosternaba dando
-en el suelo con la frente, lo que parecía
-divertirle. Catalina Ivanovna se mordía
-los labios y contenía las lágrimas. Rezaba
-arreglando al mismo tiempo la camisa
-del pequeñuelo, sin interrumpir su
-oración, y sin levantarse consiguió sacar
-de la cómoda un pañuelo del cuello que
-echó sobre los hombros desnudos de la niña.
-En tanto la puerta de comunicación
-había sido abierta de nuevo por los curiosos
-vecinos. En el descansillo había también
-aumentado el grupo de espectadores.
-Se encontraban en él todos los inquilinos
-de los diversos pisos; pero sin franquear
-el umbral de la estancia. Toda esta
-escena estaba alumbrada por un cabo
-de vela.</p>
-
-<p>En aquel momento, Polenka, que había
-ido a buscar a su hermana, atravesó
-vivamente el grupo formado en el corredor
-y entró, pudiendo apenas respirar
-a causa de lo que había ocurrido. Después
-de quitarse el pañuelo, buscó con los ojos
-a su madre, y acercándose a ella le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ahí viene; la he encontrado por la
-calle.</p>
-
-<p>Catalina Ivanovna la hizo arrodillarse
-a su lado. Sonia se abrió paso tímidamente,
-y sin ruido, por en medio de la gente.
-En aquella habitación, que era la imagen
-de la miseria, de la desesperación y de la
-muerte, su entrada repentina produjo
-extraño efecto. Aunque muy pobremente
-vestida, iba muy ataviada con ese aire
-llamativo que distingue a las pobres mujerzuelas
-del arroyo. Al llegar a la entrada
-del aposento, la joven se detuvo en el
-umbral y echó al interior una mirada de
-asombro. Parecía que no tenía conciencia
-de nada; no se cuidaba de su falda
-de seda, comprada de lance, cuyo color
-chillón y cuya cola desmesuradamente
-larga eran muy impropias de aquel lugar
-lo mismo que su inmenso miriñaque que
-ocupaba toda la anchura de la puerta,
-sus botas provocadoras, la sombrilla que
-tenía en la mano, aunque no tuviese necesidad
-de ella, y, en fin, su ridículo sombrero
-de paja, adornado con una pluma
-brillantemente roja.</p>
-
-<p>Bajo aquel sombrero picarescamente
-ladeado, se veía una carita enfermiza,
-pálida y asustada con la boca abierta e
-inmóviles de terror los ojos. Sonia tenía
-diez y ocho años, era rubia, bajita y delgada,
-pero bastante linda. Llamaban la
-atención sus ojos claros. Tenía la mirada
-fija en el lecho y en el sacerdote. Como
-Polenka, estaba sofocada por lo de prisa
-que había venido. Por último, algunas pa<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>labras,
-murmuradas por la gente, llegaron
-sin duda a sus oídos. Bajando la cabeza
-franqueó el umbral y penetró en la
-sala, pero se quedó cerca de la puerta.</p>
-
-<p>Cuando el moribundo hubo recibido
-los Santos Sacramentos, su mujer se acercó
-a él. Antes de retirarse, el sacerdote
-creyó de su deber dirigir algunas palabras
-de consuelo a Catalina Ivanovna.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué va a ser de ellos!&mdash;interrumpió
-la mujer con amargura mostrando sus
-hijos.</p>
-
-<p>&mdash;Dios es misericordioso; confíe usted
-en el socorro del Altísimo&mdash;replicó el
-eclesiástico.</p>
-
-<p>&mdash;¡Misericordioso, sí; pero no para nosotros!</p>
-
-<p>&mdash;Eso es un pecado, señora, un pecado&mdash;observó
-el sacerdote moviendo la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y esto no es un pecado?&mdash;replicó
-vivamente Catalina Ivanovna mostrando
-al moribundo.</p>
-
-<p>&mdash;Los que le han privado involuntariamente
-de su sostén le ofrecerán quizá
-una indemnización para reparar al menos
-el perjuicio material.</p>
-
-<p>&mdash;Usted no me comprende&mdash;replicó
-con tono irritado Catalina Ivanovna&mdash;.
-¿De qué hay que indemnizarme si ha
-sido él mismo que, borracho como estaba,
-se ha arrojado a los pies de los caballos?
-¡El mi sostén! ¡Si ha sido siempre
-para mí causa de disgusto! ¡Si se lo bebía
-todo! ¡Si nos despojaba para ir a gastarse
-el dinero de la casa en la taberna!
-¡Dios ha hecho bien llevándoselo! ¡Esto
-es un verdadero alivio para nosotras!</p>
-
-<p>&mdash;Hay que perdonar a un moribundo;
-esos sentimientos son un pecado, señora,
-un gran pecado.</p>
-
-<p>Mientras hablaba con el sacerdote,
-Catalina Ivanovna no cesaba de ocuparse
-del herido: le daba agua, le enjugaba
-el sudor y la sangre de su cabeza y arreglaba
-las almohadas. Las últimas palabras
-del eclesiástico la pusieron hecha
-una furia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, <i>batuchka</i>! ¡Esas no son más que
-palabras! ¡Perdonar! Si hoy no le hubiesen
-aplastado los caballos, habría entrado
-en casa, como de costumbre, borracho.
-Como no tiene más camisa que la
-que lleva puesta, hubiera tenido yo que
-lavársela mientras él durmiese, así como
-la ropa de los niños. Después hubiera
-necesitado secarlo todo, para repasarlo
-a la madrugada. Tal es el empleo de mis
-noches. ¡Y me habla usted de perdón!
-Además, le he perdonado.</p>
-
-<p>Un violento acceso de tos le impidió
-seguir adelante. Escupió en un pañuelo
-y lo extendió ante los ojos del eclesiástico,
-mientras con la mano izquierda apretaba
-dolorosamente su pecho. El pañuelo
-estaba ensangrentado.</p>
-
-<p>El pope bajó la cabeza y no dijo palabra.</p>
-
-<p>Marmeladoff estaba en la agonía; no
-apartaba los ojos de su mujer, que de
-nuevo se había inclinado sobre él. Tenía
-deseos de decirle algo, trataba de hablar,
-movía los labios con esfuerzo, pero no
-conseguía otra cosa que prorrumpir en
-sonidos inarticulados. Catalina Ivanovna,
-comprendiendo que su marido quería pedirle
-perdón, le gritó con tono imperioso:</p>
-
-<p>&mdash;Cállate. Es inútil... Sé lo que quieres
-decir...</p>
-
-<p>El herido se calló, pero en aquel instante
-sus miradas se dirigieron a la puerta
-y vió a Sonia...</p>
-
-<p>Hasta entonces no había reparado en
-el rincón sombrío en que la joven se encontraba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién está allí? ¿Quién está allí?&mdash;dijo
-de repente con voz ronca y ahogada
-mostrando al mismo tiempo con los ojos,
-que expresaban un gran terror, la puerta
-frente a la cual estaba en pie su hija.</p>
-
-<p>Marmeladoff trató de incorporarse.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sigue echado! ¡No te muevas!&mdash;gritó
-Catalina Ivanovna.</p>
-
-<p>Pero, merced a un esfuerzo sobrehumano,
-logró sentarse en el sofá. Durante
-algún tiempo contempló a su hija con aire
-extraño; parecía no reconocerla; era
-también la vez primera que la veía en
-aquel traje. Tímida, humillada y avergonzada
-bajo sus oropeles de mujer
-pública, la infeliz esperaba humildemente
-que se le permitiese dar el último
-beso a su padre. De pronto, éste la reconoció
-y se pintó en su rostro un sufrimiento
-inmenso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sonia! ¡hija mía!... ¡perdóname!&mdash;gritó.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span></p>
-
-<p>Quiso tender hacia ella la mano, y perdiendo
-su punto de apoyo rodó pesadamente
-por el suelo. Se apresuraron a levantarle
-y le pusieron en el sofá; pero ya
-todo era inútil. Sonia, casi sin poder sostenerse,
-lanzó un débil grito, corrió hacia
-su padre y le besó. El desdichado expiró
-en los brazos de su hija.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ha muerto!&mdash;exclamó Catalina Ivanovna
-ante el cadáver de su marido&mdash;.
-¿Qué hacer ahora? ¿Cómo pagaré el entierro?
-¿Cómo daré de comer mañana a
-mis hijos?</p>
-
-<p>Raskolnikoff se aproximó a la viuda.</p>
-
-<p>&mdash;Catalina Ivanovna&mdash;le dijo&mdash;, la
-semana pasada me contó su marido toda
-la vida de usted sin omitir detalle... Puede
-estar segura de que me habló de usted
-con verdadero entusiasmo. Desde
-aquella tarde, al ver cuánto la estimaba,
-cuánto amaba y honraba a usted, a pesar
-de su malhadada debilidad, desde
-aquella tarde, repito, soy su amigo...
-Permítame, pues, que le ayude a cumplir
-sus últimos deberes con el difunto. Aquí
-tiene usted veinte rublos, y si mi presencia
-puede serle de alguna utilidad... Yo
-vendré a verla a usted muy pronto...
-¡Adiós!</p>
-
-<p>Y salió precipitadamente de la sala;
-pero al atravesar el descansillo encontró
-entre el grupo de curiosos a Nikodim
-Fomitch, que había tenido noticia del
-accidente e iba a cumplir con los deberes
-de su cargo llenando las formalidades
-propias del caso. Desde la escena ocurrida
-en la oficina de policía, el comisario
-no había vuelto a ver a Raskolnikoff.
-Sin embargo, le reconoció en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Es usted?&mdash;le preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Ha muerto&mdash;contestó Raskolnikoff&mdash;.
-Le han asistido un médico y un
-sacerdote; nada le ha faltado. No moleste
-usted a la pobre viuda; está tísica y
-su nueva desgracia le será funesta. Consuélela
-usted... Sé que usted es un hombre
-muy bueno&mdash;añadió sonriendo y mirando
-frente a frente al comisario.</p>
-
-<p>&mdash;Está usted manchado de sangre&mdash;dijo
-Nikodim Fomitch, que acababa de
-ver algunas manchas recientes en el chaleco
-de su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me ha caído encima... Estoy empapado
-en sangre&mdash;agregó el joven con
-extraño acento; después, sonrióse, saludó
-al comisario con un movimiento de
-cabeza y se alejó.</p>
-
-<p>Bajó la escalera sin apresuramiento.
-Una especie de fiebre agitaba todo su
-ser: sentía que una vida potente y nueva
-brotaba de repente en él. Podía compararse
-esta sensación a la de un condenado
-a muerte que recibe a última hora el inesperado
-indulto. En medio de la escalera
-se hizo a un lado para dejar pasar al sacerdote
-que volvía a su domicilio. Lo dos
-hombres cambiaron un silencioso saludo.
-Cuando Raskolnikoff bajaba los últimos
-escalones, oyó pasos presurosos detrás
-de sí. Alguien trataba de alcanzarle. En
-efecto, Polenka corría en pos de él gritándole:</p>
-
-<p>&mdash;¡Oiga usted, caballero, oiga usted!</p>
-
-<p>Raskolnikoff se volvió. La niña descendió
-apresuradamente el último tramo
-y se detuvo enfrente del joven en un escalón
-por encima de él. Un débil resplandor
-provenía del patio. Raskolnikoff
-examinó el rostro demacrado de la niña;
-Polenka le miraba con alegría infantil
-que hacía resaltar su delicada belleza.
-Se le había confiado una misión que, evidentemente,
-le agradaba mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted, ¿cómo se llama usted?...
-¡Ah! ¿Dónde vive usted?&mdash;preguntó precipitadamente.</p>
-
-<p>Raskolnikoff le puso las manos en los
-hombros y la contempló con una especie
-de felicidad. ¿Por qué experimentaba
-tal placer mirando a la niña? Ni él mismo
-lo sabía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién te manda?</p>
-
-<p>&mdash;Mi hermana Sonia&mdash;respondió la
-niña sonriendo aún más alegremente.</p>
-
-<p>&mdash;Ya suponía yo que venías de parte
-de tu hermana.</p>
-
-<p>&mdash;Sonia me envió primero; pero en seguida
-mamá me dijo: «Ve corriendo, Polenka.»</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres mucho a tu hermana Sonia?</p>
-
-<p>&mdash;La quiero más que... a todo el mundo&mdash;afirmó
-con singular energía Polenka,
-y su sonrisa tomó de repente una expresión
-seria.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a mí me querrás?</p>
-
-<p>En lugar de responder la niña, aproximó
-la cara a la del joven y presentó<span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span>
-cándidamente la boca para besarle. De
-repente, con sus bracitos delgados como
-cerillas, estrechó fuertemente a Raskolnikoff,
-e inclinando la cabeza en el hombro
-del joven se puso a llorar en silencio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre papá!&mdash;dijo al cabo de un momento,
-levantando la cabeza y enjugándose
-las lágrimas con la mano&mdash;. Ahora
-no se ven más que desgracias&mdash;añadió
-sentenciosamente, con esa gravedad particular
-que afectan los niños cuando
-quieren hablar como las personas mayores.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te quería tu papá?</p>
-
-<p>&mdash;Quería más a Lidotshka&mdash;respondió
-en el mismo tono serio (su sonrisa
-había desaparecido),&mdash;sentía predilección
-por ella, porque es la más pequeña
-y porque está delicada; siempre le traía
-cosas. Nos enseñaba a leer; me daba lecciones
-de gramática y doctrina&mdash;añadió
-la niña con dignidad&mdash;. Mamá no decía
-nada; pero nosotros sabíamos que esto
-le daba gusto y papá también lo sabía.
-Mamá quiere enseñarme el francés, porque
-ya es tiempo de comenzar mi educación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes rezar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya si sabemos! ¡Desde hace mucho
-tiempo! Yo, como soy la mayor, rezo
-sola; Kolia y Lidotshka dicen sus oraciones
-en voz alta con mamá. Recitan
-primero las letanías de la Santísima Virgen,
-luego otra oración: «¡Señor! Concede
-tu perdón y tu bendición a nuestra hermana
-Sonia», y luego: «¡Señor! Concede
-tu perdón y tu bendición a nuestro otro
-papá», porque no le he dicho a usted
-que nuestro antiguo papá hace tiempo
-que murió; éste era otro; pero nosotros
-rezamos también por el primero.</p>
-
-<p>&mdash;Polenka, me llamo Rodión Romanovitch;
-nómbrame también alguna vez
-en tus oraciones: «perdona a tu siervo
-Rodión» y nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre, siempre rezaré por usted&mdash;respondió
-calurosamente la niña; y echándose
-a reír, besó de nuevo al joven con
-ternura.</p>
-
-<p>Raskolnikoff le repitió su nombre, le
-dió las señas y le prometió volver al otro
-día sin falta. La niña se separó de él encantada.
-Eran las diez dadas cuando salía
-de la casa.</p>
-
-<p>No le costó trabajo encontrar la habitación
-de Razumikin; en casa de Potchinkoff
-conocían a su nuevo inquilino
-y el <i>dvornik</i> indicó en seguida a Raskolnikoff
-el cuarto de su amigo. Hasta la
-mitad de la escalera llegaba la algazara
-de la reunión que debía ser numerosa y
-animada. La puerta estaba abierta y se
-oía el ruido de las voces.</p>
-
-<p>La estancia de Razumikin era bastante
-grande; la reunión se componía de
-unas quince personas. Raskolnikoff se
-detuvo en la antesala; detrás del tabique
-había dos grandes samovars, botellas,
-platos y fuentes cargados de pastas; dos
-criados de la patrona se agitaban en medio
-de todo aquello. Raskolnikoff hizo
-que llamasen a Razumikin. Este se presentó
-muy contento. A la primera ojeada
-se adivinaba que había bebido con
-exceso; y aunque en general a Razumikin
-le fuese imposible emborracharse, por
-esta vez probaba su exterior que no había
-podido contenerse.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha&mdash;comenzó a decir Raskolnikoff&mdash;,
-he venido con el solo objeto
-de decirte que, en efecto, has ganado
-la apuesta y que nadie sabe lo que puede
-pasar. En cuanto a entrar ahí, no; estoy
-muy débil; apenas si puedo tenerme en
-pie. De modo que, buenas noches, y
-adiós. Mañana pásate por mi casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes tú lo que voy a hacer? Acompañarte.
-Según tu propia confesión, estás
-débil.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tus invitados? ¿Quién es ese
-hombre de cabello rizado que acaba de
-entreabrir la puerta?</p>
-
-<p>&mdash;¿Ese? ¿Quién lo sabe? Debe de ser
-un amigo de mi tío o acaso un señor cualquiera
-que ha venido sin invitación...
-Los dejaré con mi tío; es un hombre inapreciable;
-siento que no puedas trabar
-conocimiento con él. Por lo demás, que
-el diablo se los lleve. Nada tengo que hacer
-ahora con ellos; necesito tomar el
-aire, de modo que has llegado a propósito,
-amigo mío: dos minutos más tarde, hubiera
-caído sobre ellos. ¡Dicen tales majaderías!
-No puedes imaginarte de qué divagaciones
-suelen algunos hombres ser
-capaces. Digo, si puedes imaginártelo.
-¿Acaso nosotros no divagamos también?
-¡Ea! dejémosles decir necedades; no siem<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>pre
-tendrán ocasión de colocarlas... Espera
-un momentito; voy a traer a Zosimoff.</p>
-
-<p>El doctor acudió con extraordinario
-apresuramiento a ver a Raskolnikoff. Al
-echar la vista encima a su cliente se manifestó
-en su rostro una gran curiosidad
-que bien pronto se desvaneció.</p>
-
-<p>&mdash;Es menester que se acueste usted en
-seguida&mdash;dijo al enfermo&mdash;; y tome un
-calmante para procurarse un sueño apacible.
-Aquí tiene usted esos polvos que
-yo he preparado hace poco. ¿Los tomará
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;Ciertamente&mdash;respondió Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Harás bien en acompañarle&mdash;dijo
-Zosimoff dirigiéndose a Razumikin&mdash;;
-veremos mañana cómo está; hoy no va
-mal. Ha cambiado mucho en poco tiempo.
-Cada día se aprende una cosa nueva.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes lo que Zosimoff me decía
-hace un momento por lo bajo?&mdash;comenzó
-a decir con voz pastosa Razumikin, cuando
-los dos amigos estuvieron en la calle&mdash;.
-Me recomendaba que hablase contigo
-en el camino, que te hiciera hablar y que
-le contase en seguida tus palabras, porque
-se le ha metido entre ceja y ceja
-que estás loco o que te encuentras a punto
-de estarlo. ¿Qué te parece? En primer
-lugar, tú eres tres veces más inteligente
-que él. En segundo lugar, puesto que
-no estás loco puedes burlarte de su estúpida
-opinión, y en tercer lugar, ese
-hombrón, cuya especialidad es la cirugía,
-sólo tiene en la cabeza, desde hace algún
-tiempo, enfermedades mentales; pero la
-conversación que has tenido tú hoy con
-Zametoff, ha modificado por completo
-sus apreciaciones sobre tu persona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Zametoff te lo ha contado todo?</p>
-
-<p>&mdash;Todo y ha hecho muy bien. He comprendido
-ahora toda la historia y Zametoff
-también. ¡Vamos! Sí, en una palabra,
-Rodia... El hecho es que... En este momento
-me encuentro un poco alegre...
-pero no importa... El hecho es que aquel
-pensamiento... ¿Comprendes? Aquel pensamiento
-había nacido, en efecto, en su
-espíritu; es decir, ninguno de ellos se
-atrevía a formularlo en alta voz, porque
-era una cosa demasiado absurda, sobre
-todo desde que ha sido detenido ese pintor
-de brocha gorda, todo se ha desvanecido
-para siempre. Pero, ¿cómo son tan imbéciles?
-Aquí para entre nosotros, he tenido
-un choque con Zametoff; te suplico
-que no te des por entendido; he notado
-que es susceptible. Ese incidente ocurrió
-en casa de Luisa... Pero actualmente todo
-está esclarecido. Fué principalmente ese
-Ilia Petrovitch quien se fundaba en tu
-desvanecimiento en la comisaría; pero
-a él mismo le dió vergüenza luego de semejante
-suposición; yo sé...</p>
-
-<p>Raskolnikoff escuchaba con avidez.
-Bajo la influencia de la bebida, Razumikin
-hablaba sin tino.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me desvanecí entonces porque
-hacía demasiado calor en la sala y porque
-el olor de la pintura me trastornó&mdash;contestó.</p>
-
-<p>&mdash;El busca una explicación, pero no
-hay otra que la de la pintura: la inflamación
-estaba latente desde hacía un mes.
-Ahí está Zosimoff para decirlo. No puedes
-figurarte lo confuso que se siente ahora
-ese tonto de Zametoff: «Yo no valgo&mdash;dice&mdash;ni
-lo que el dedo pequeño de ese
-hombre». Así habla refiriéndose a ti. Algunas
-veces tienen buenos sentimientos;
-pero la lección que le has dado hoy
-en el <i>Palacio de Cristal</i> es el colmo de la
-perfección: has comenzado por hacer
-que tuviese miedo, que temblase. Le hiciste
-pensar de nuevo en esa monstruosa
-tontería, y de repente le has mostrado
-que te burlabas de él. ¡Se ha quedado con
-un palmo de narices! Perfectamente.
-Ahora está aplastado, anonadado. Verdaderamente
-eres un maestro y le hacía
-falta lo que has hecho. Siento no haber
-estado allí. Zametoff está ahora en casa
-y hubiera querido verte. También desea
-verte Porfirio Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Ese también? Pero, ¿por qué
-se me considera como un loco?</p>
-
-<p>&mdash;Como un loco precisamente, no.
-Amigo mío, yo creo que me he ido un
-poco de la lengua contigo. Lo que supongo
-que le ha preocupado más que nada
-es que sólo <i>eso</i> te interesa, y ahora comprende
-por qué te interesa: conociendo
-todas las circunstancias... sabiendo qué
-especie de enervamiento te ha causado
-eso y como tal cosa se relaciona con tu
-enfermedad... Estoy algo chispo, amigo<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span>
-mío; cuanto puedo decirte es que él tiene
-su idea... te lo repito, no sueña más que
-con sus enfermedades mentales; no, no
-tienes por qué inquietarte.</p>
-
-<p>Durante medio minuto ambos guardaron
-silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha, Razumikin&mdash;dijo Raskolnikoff&mdash;.
-Quiero hablarte con franqueza:
-vengo de casa de un muerto; el difunto
-era un funcionario... He dado allí todo
-mi dinero... y además de eso hace un instante
-he sido besado por una criatura
-que, aun cuando yo hubiese matado a
-alguien... en una palabra, he visto allí
-también a una joven... con una pluma
-color de fuego, pero divago; estoy muy
-débil, sostenme... Aquí está la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?&mdash;preguntó
-Razumikin alarmado.</p>
-
-<p>&mdash;La cabeza que me da vueltas; pero
-esto no es nada; lo malo es que estoy tan
-triste... como una mujer. Mira: ¿qué es
-aquello? mira, mira...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué he de mirar?</p>
-
-<p>&mdash;¿No ves? Hay luz en mi cuarto,
-¿no lo estás viendo por la rendija?</p>
-
-<p>Estaban en el último rellano de la escalera,
-cerca de la puerta de la patrona,
-desde donde se podía advertir, que, en
-efecto, en la habitación de Raskolnikoff
-había luz.</p>
-
-<p>&mdash;Es extraño.</p>
-
-<p>&mdash;Estará quizá en ella Anastasia&mdash;observó
-Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;No viene nunca a mi cuarto a esa
-hora. Además, se acuesta muy temprano;
-pero, ¿qué importa? Adiós.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¿qué dices? Te acompaño, vamos
-a subir juntos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí que subiremos juntos; pero quiero
-estrecharte la mano y decirte adiós
-aquí. Vamos, dame la mano. Adiós.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te pasa, Rodia?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Subamos y tú serás testigo...</p>
-
-<p>Mientras subían la escalera se le ocurrió
-a Razumikin que Zosimoff tenía quizás
-razón.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda le he perturbado el espíritu
-con mi charla&mdash;dijo para sí.</p>
-
-<p>Cuando se acercaban a la puerta oyeron
-voces en la habitación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto?&mdash;exclamó Razumikin.</p>
-
-<p>Raskolnikoff tiró de la puerta y la
-abrió de par en par, quedándose en el
-umbral como petrificado.</p>
-
-<p>Su madre y su hermana, sentadas en el
-sofá, le esperaban hacía media hora.</p>
-
-<p>La aparición de Raskolnikoff fué saludada
-con gritos de alegría. Su madre
-y su hermana corrieron hacia él; pero el
-joven quedó inmóvil, y casi privado de
-sentido; había como helado todo su ser
-un pensamiento súbito e insoportable.
-Ni siquiera tuvo fuerza para abrir los brazos.
-Las dos mujeres le estrecharon contra
-su pecho, le cubrieron de besos, llorando
-y riendo al mismo tiempo; Raskolnikoff
-dió un paso, se tambaleó y cayó
-desvanecido al suelo.</p>
-
-<p>Alarma, gritos de terror, gemidos. Razumikin,
-que se había quedado en el umbral,
-se precipitó en la sala, tomó al enfermo
-en sus vigorosos brazos y en un
-abrir y cerrar de ojos le echó en el diván.</p>
-
-<p>&mdash;No es nada, no es nada&mdash;dijo a la
-madre y a la hermana&mdash;. Esto es un desvanecimiento,
-no tiene importancia. El
-médico decía hace un momento que va
-mucho mejor, que estaba casi restablecido.
-¡Un poco de agua! Vamos, ya recobra
-el conocimiento; miren ustedes, ya
-vuelve en sí.</p>
-
-<p>Y al decir esto apretaba con inconsciente
-rudeza el brazo de Dunia obligándola
-a inclinarse sobre el sofá para comprobar
-que, en efecto, su hermano volvía
-en sí.</p>
-
-<hr class="chap" />
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>TERCERA PARTE</h2>
-
-
-<h3>I.</h3></div>
-
-<p>Raskolnikoff se incorporó y se sentó
-en el diván, e invitando con una leve seña
-a Razumikin a que suspendiese el curso
-de su elocuencia consoladora, tomó la
-mano a su hermana y a su madre y las
-contempló alternativamente durante dos
-minutos, sin proferir palabra. Había en
-su mirada, impregnada de dolorosa sensibilidad,
-algo de fijo y de insensato.
-Pulkeria Alexandrovna, asustada, se
-echó a llorar.</p>
-
-<p>Advocia Romanovna estaba pálida
-y le temblaba la mano que tenía entre
-las de su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;Vuélvete a casa con él&mdash;dijo Rodia
-con voz entrecortada, señalando a Razumikin&mdash;.
-Mañana, mañana... todo.
-¿Cuándo habéis llegado?</p>
-
-<p>&mdash;Esta noche&mdash;respondió Pulkeria Alexandrovna&mdash;.
-El tren traía mucho retraso.
-Pero ahora, Rodia, por nada del mundo
-consentiría en separarme de ti. Pasaré
-la noche a tu lado...</p>
-
-<p>&mdash;¡No me atormentéis!&mdash;replicó Raskolnikoff
-con cierta irritación.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me quedaré aquí con él&mdash;saltó
-vivamente Razumikin&mdash;; no le dejaré
-ni un minuto, y que se vayan al diablo
-mis convidados. Que se incomoden, si
-quieren. Además, allí está mi tío para hacer
-el papel de anfitrión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo agradecérselo a usted!&mdash;empezó
-a decir Pulkeria Alexandrovna, estrechando
-de nuevo las manos de Razumikin;
-pero su hijo le atajó la palabra.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo, no puedo...&mdash;repitió con
-tono irritado&mdash;; no me atormentéis más.
-Basta, idos; ¡no puedo!...</p>
-
-<p>&mdash;Retirémonos, mamá&mdash;indicó en voz
-baja Dunia, inquieta&mdash;; salgamos de la
-habitación, por lo menos, un instante;
-está visto que nuestra presencia le atormenta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será posible que no pueda estar
-un momento con él, después de tres años
-de separación?&mdash;gimió Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Esperad un poco&mdash;dijo Raskolnikoff&mdash;.
-Me interrumpís y pierdo el hilo
-de mis ideas... ¿Habéis visto a Ludjin?</p>
-
-<p>&mdash;No, Rodia; pero ya tiene noticias
-de nuestra llegada. Sabemos que ha tenido
-la bondad de venir a verte hoy&mdash;añadió
-con cierta timidez Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Ha tenido esa bondad... Dunia,
-le dije a Ludjin que iba a tirarle por la
-escalera...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dices, hijo? Pero, ¿tú? ¿Tú?...
-No es posible&mdash;comenzó a decir la madre
-asustada; pero una mirada de Dunia le
-impidió continuar.</p>
-
-<p>Advocia Romanovna, con los ojos fijos
-en su hermano, esperaba que éste se explicase
-con mayor claridad. Informadas
-de la querella por Anastasia, que se la
-había contado a su manera y según la
-entendió, las dos señoras se encontraban
-perplejas.</p>
-
-<p>&mdash;Dunia&mdash;prosiguió, haciendo un esfuerzo,
-Raskolnikoff&mdash;, yo me opongo a
-ese enlace; por consiguiente, despide mañana
-a Ludjin y que no se vuelva a hablar
-más de él.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío!&mdash;exclamó Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano mío, piensa un poco en lo
-que dices&mdash;observó con vehemencia Dunia;
-pero en seguida se contuvo&mdash;. No
-te encuentras ahora en tu estado normal:
-estás fatigado&mdash;añadió con tono cariñoso.</p>
-
-<p>&mdash;Que deliro, ¿no es eso? No... te engañas;
-quieres casarte con Ludjin por mí,
-pero yo rehuso ese sacrificio. Así, pues,
-mañana le escribes una carta rompiendo
-tu compromiso, me la lees a primera
-hora, la mandas, y asunto concluído.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no puedo hacer eso&mdash;exclamó la
-joven, un tanto mortificada&mdash;. ¿Con qué
-derecho...?</p>
-
-<p>&mdash;Dunia, tú también te exaltas. Hasta
-mañana... ¿Pero no estás viendo?&mdash;balbuceó
-la madre con temor, dirigiéndose
-a su hija&mdash;. Vamos, vamos; será lo
-mejor.</p>
-
-<p>&mdash;No sabe lo que se dice&mdash;exclamó Razumikin
-con voz que denunciaba su embriaguez&mdash;;
-de lo contrario, no se permitiría...
-Mañana será razonable... Hoy, en
-efecto, ha echado con cajas destempladas
-a ese sujeto; el buen señor se ha incomodado.
-Estuvo aquí perorando en pro de
-sus teorías. Después se marchó con las
-orejas gachas.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que es verdad?&mdash;exclamó
-Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta mañana, hermano&mdash;dijo con
-tono compasivo Dunia&mdash;. Vámonos, mamá...
-Adiós, Rodia.</p>
-
-<p>El joven hizo un último esfuerzo para
-dirigirle algunas palabras.</p>
-
-<p>&mdash;Oyeme; no deliro. Ese casamiento
-sería una infamia. Pase que yo sea un infame...
-pero tú, tú no debes serlo... Basta
-con uno... Mas, por miserable que yo
-sea, renegaría de ti, si contrajeses esa
-unión. O yo, o Ludjin. Marchaos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿has perdido el juicio? ¡Eres
-un déspota!&mdash;gritó Razumikin.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no respondió; quizá no
-se hallaba en estado de hacerlo. Agotadas
-sus fuerzas, se tendió en el diván, volviéndose
-del lado de la pared. Advocia
-Romanovna miró a Razumikin con ojos
-brillantes que revelaban curiosidad. El
-estudiante tembló ante aquella mirada.
-Pulkeria Alexandrovna parecía consternada.</p>
-
-<p>&mdash;No me resuelvo a irme&mdash;murmuró
-trémula, al oído de Razumikin&mdash;; me quedaré
-aquí en cualquier parte... Acompañe
-usted a Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;Lo echarán ustedes a perder todo&mdash;respondió,
-también en voz baja, Razumikin&mdash;.
-Salgamos, a lo menos, de este
-cuarto. Anastasia, alúmbranos. Juro a
-ustedes&mdash;continuó en voz queda cuando
-estuvieron en la escalera&mdash;que hace poco
-rato estuvo a punto de pegarnos al médico
-y a mí. Figúrese usted, ¡al médico!
-Por otra parte, es imposible que deje usted
-sola a Advocia Romanovna en el
-cuarto de alquiler que han tomado ustedes.
-¡Si supieran ustedes en qué casita
-se han alojado! Ese pillo de Pedro Petrovitch,
-¿no podía haber encontrado una
-más decente?... Yo, es cierto, estoy algo
-chispo, y ahí tiene usted por qué son mis
-expresiones bastante vivas. No hagan
-ustedes caso.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien&mdash;replicó Pulkeria Alexandrovna&mdash;.
-Voy a ver a la patrona de
-mi hijo y a suplicarle que nos deje pasar
-la noche en cualquier rincón. No puedo
-abandonarle en tal estado, no puedo...</p>
-
-<p>Hablaban en el rellano de la escalera
-correspondiente a la habitación de la patrona.
-Anastasia estaba en el último escalón,
-con la luz en la mano. Razumikin
-se hallaba extraordinariamente animado.
-Un poco antes, cuando acompañó a Raskolnikoff
-a su casa, se había ido de la lengua
-como él mismo había reconocido;
-pero tenía la cabeza fuerte y despejada,
-no obstante la excesiva cantidad de vino
-que acababa de beber. Ahora estaba sumido
-en una especie de éxtasis, y la influencia
-excitante del alcohol obraba doblemente
-sobre él. Había tomado a las
-dos señoras a cada una por una mano,
-las arengaba con un lenguaje de una desenvoltura
-asombrosa, y, sin duda, para
-convencerlas mejor, apoyaba cada una
-de sus palabras con formidable presión
-de las falanges de sus interlocutoras. Al
-propio tiempo, con el mayor descaro devoraba
-con los ojos a Advocia Romanovna.</p>
-
-<p>A veces, vencidas por el dolor, las pobres
-señoras trataban de separar sus dedos
-aprisionados en aquellas manos gruesas
-y huesosas; pero él no hacía caso, y<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span>
-continuaba apretando sin cuidarse de
-que les hacía daño. Si le hubieran pedido
-que se tirase de cabeza por la escalera, no
-habría vacilado un segundo en obedecerlas.
-Pulkeria Alexandrovna se hacía cargo
-de que Razumikin era muy original,
-y, sobre todo, de que tenía unos puños terribles;
-pero, con el pensamiento puesto
-en su hijo, cerraba los ojos ante las extrañas
-maneras del joven, que era en
-aquel momento una Providencia para
-ellas.</p>
-
-<p>Por su parte, Advocia Romanovna,
-aunque participaba de las preocupaciones
-de su madre, y no fuese de natural
-tímido, miraba con sorpresa y aun con
-algo de inquietud, las ardientes ojeadas
-que le dirigía el amigo de su hermano.
-A no ser por la confianza sin límites que
-los relatos de Anastasia le habían inspirado
-a propósito de aquel hombre singular,
-no hubiera resistido a la tentación
-de echar a correr, llevándose a su madre
-con ella. Comprendía, empero, también
-que en aquel momento el joven les hacía
-mucha falta. Esto no obstante, la joven
-se sintió tranquila al cabo de diez
-minutos; cualquiera que fuese la disposición
-de ánimo en que se encontraba
-Razumikin, una de las propiedades de su
-carácter era la de revelarse por completo
-a primera vista, de suerte que en seguida
-sabía uno a qué atenerse respecto de él.</p>
-
-<p>&mdash;Usted no puede solicitar eso de la
-patrona; sería el colmo de lo absurdo&mdash;contestó
-vivamente a Pulkeria Alexandrovna&mdash;.
-De nada le valdría ser la madre
-de Rodión; si usted se queda, va a
-exasperarle, y sabe Dios lo que puede
-ocurrir. Escuchen ustedes lo que yo les
-propongo: Anastasia va a quedarse ahora
-con él, y las acompañaré a ustedes a
-su casa, porque en San Petersburgo es
-una imprudencia que anden dos mujeres
-solas por las calles. Después de haber yo
-acompañado a ustedes, volveré aquí de
-dos zancadas, y un cuarto de hora después
-doy a ustedes mi palabra de honor
-de que iré allí de nuevo y les contaré todo:
-cómo está, si duerme, etc. En seguida,
-escuchen ustedes, en seguida, echo a correr
-a mi casa; hay mucha gente en ella.
-Mis invitados están ebrios. Echaré el
-guante a Zosimoff que es el médico
-que asiste a Rodia y se halla ahora en mi
-casa; pero no está borracho porque es
-abstemio; lo llevaré a ver el enfermo, y
-de allí a casa de ustedes. En el espacio
-de una hora recibirán ustedes, por consiguiente,
-noticias de su hijo; primero,
-por mí, y después, por el mismo doctor,
-que es hombre serio. Si Rodia está mal,
-juro a usted que la traeré otra vez aquí;
-si está bien se acostará usted. Yo pasaré
-toda la noche en el vestíbulo, él no lo sabrá.
-Haré que Zosimoff se acueste en
-casa de la patrona, para tenerle a mano,
-si fuese necesario. Creo que en estos momentos
-la presencia del médico puede ser
-más útil a Raskolnikoff que la de usted.
-Por lo tanto, vamos a su casa. Yo puedo,
-pero ustedes, no, no consentiría en
-dar a ustedes posada, porque... porque
-es tonta. Si lo quieren ustedes saber, está
-enamorada de mí, tendría celos de Advocia
-Romanovna, y de usted también;
-pero, de seguro, de Advocia Romanovna.
-Es un carácter muy extraño. Yo
-también soy un imbécil. Vamos, vengan
-ustedes. Tienen confianza en mí, ¿verdad?
-¿La tienen ustedes? Sí, o no.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, mamá&mdash;dijo Advocia Romanovna&mdash;;
-lo que promete, lo hará
-seguramente. A sus cuidados debe mi
-hermano la vida; y si el doctor consiente,
-en efecto, en pasar aquí la noche,
-¿qué más podemos desear?</p>
-
-<p>&mdash;Usted me comprende, porque es usted
-un ángel&mdash;dijo Razumikin con exaltación&mdash;.
-Vamos, Anastasia, sube en seguida
-con la luz, y quédate a su lado.
-Vuelvo dentro de un cuarto de hora.</p>
-
-<p>Aunque no estuviese completamente
-convencida, Pulkeria Alexandrovna no
-hizo ninguna objeción.</p>
-
-<p>Razumikin tomó a cada una de las dos
-señoras por un brazo y, en parte de grado,
-y en parte por fuerza, las obligó a bajar
-la escalera.</p>
-
-<p>La madre no dejaba de estar inquieta.</p>
-
-<p>«Seguramente sabe lo que hace; está
-bien dispuesto con nosotras; pero, ¿podremos
-confiar en sus promesas en el estado
-en que se encuentra?»</p>
-
-<p>El joven adivinó aquel pensamiento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Comprendo. Usted me cree bajo
-la influencia del vino&mdash;dijo andando
-a grandes pasos por la acera, sin adver<span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span>tir
-que apenas podían seguirle las dos señoras&mdash;.
-Esto no significa nada... he bebido
-como un bruto; pero no se trata de
-tal cosa. No es el vino lo que me embriaga.
-En cuanto he visto a ustedes, he recibido
-como un golpe en la cabeza.... No
-me hagan ustedes caso, no digo más que
-tonterías, soy indigno de ustedes. En extremo
-indigno... En cuanto las lleve a
-ustedes a su casa, iré al canal que hay
-aquí cerca y me echaré un cubo de agua
-por la cabeza. Si supiesen lo que yo las
-quiero a ustedes... No se rían, ni se incomoden...
-Enfádense ustedes con todo el
-mundo menos conmigo. Yo soy amigo
-de Raskolnikoff, y, por consiguiente, de
-ustedes. Presentía el año pasado lo que
-ahora está sucediendo; hubo un momento...
-Pero no, yo no presentía nada de
-esto, puesto que ustedes, por decirlo así,
-han caído del cielo; mas no dormiré en
-toda la noche... Zosimoff temía hace poco
-que se volviese loco. He aquí por qué
-no conviene irritarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice usted?&mdash;exclamó la madre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es posible que el doctor haya dicho
-eso?&mdash;preguntó Advocia Romanovna
-asustada.</p>
-
-<p>&mdash;Eso ha dicho, pero se engaña, se
-engaña de medio a medio. Le ha recetado
-un medicamento, unos polvos, pero,
-ya hemos llegado... Hubieran ustedes
-hecho mejor en venir mañana. Hemos
-hecho bien retirándonos. Dentro de una
-hora Zosimoff vendrá a darle a usted noticias
-de su salud. No está ebrio; yo tampoco
-lo estaré. Pero, ¿por qué estoy tan
-excitado? ¡Me han hecho discurrir tanto
-esos malditos! Había jurado no tomar
-parte en esas discusiones. ¡Dicen tantas
-majaderías! Un poco más y me agarro
-con ellos. He dejado allí a mi tío para que
-presida la reunión... ¿Creerán ustedes que
-son partidarios de la impersonalidad completa?
-Para ellos el supremo progreso es
-parecerse lo menos posible a sí mismo.
-A los rusos nos ha complacido vivir de
-ideas ajenas; ya estamos saturados de
-ellas. ¿Es verdad, es verdad lo que digo?&mdash;gritó
-Razumikin apretando las manos
-de las dos señoras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh Dios mío, yo no sé!&mdash;dijo la pobre
-Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, aunque yo no estoy de acuerdo
-con ustedes, en líneas generales&mdash;añadió
-con tono grave Advocia Romanovna.</p>
-
-<p>Apenas acababa de pronunciar estas
-palabras, cuando lanzó un grito de dolor
-provocado por un enérgico apretón de
-manos de Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí? ¿usted, dice que sí? Pues bien,
-usted es, usted es&mdash;vociferó el joven entusiasmado&mdash;;
-usted es una fuente de
-bondad, de pureza, de razón y de perfección.
-Déme usted las manos... déme
-usted también la suya; quiero besar las
-manos a ustedes. Aquí mismo, en seguida,
-de rodillas.</p>
-
-<p>Se arrodilló en medio de la calle, que
-por fortuna estaba desierta en aquel momento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta! ¡Por Dios! ¿qué hace usted?&mdash;exclamó
-Pulkeria Alexandrovna alarmada
-ante la actitud del estudiante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Levántese usted, levántese usted!&mdash;dijo
-Dunia, que, aunque se reía, no dejaba
-de estar inquieta.</p>
-
-<p>&mdash;¡De ninguna manera, si no me dan
-ustedes las manos! Así. Ahora continuemos.
-Soy un desgraciado imbécil indigno
-de ustedes, y en este momento trastornado
-por la bebida... Me avergüenzo...
-Soy indigno de amar a ustedes... pero inclinarse,
-prosternarse delante de ustedes,
-es el deber de cualquiera que no sea un
-bruto completo. Por eso me he prosternado
-yo... Esta es la casa. Aunque no
-sea más que por esto ha hecho bien Rodia
-en poner en la calle el otro día a Pedro
-Petrovitch. ¡Cómo se ha atrevido a traer
-a ustedes aquí! Esto es escandaloso. ¿Saben
-ustedes qué clase de gente vive aquí?
-¿Y usted es su prometida? ¿Sí? Pues bien.
-Después de esto declaro que su futuro
-esposo de usted es un canalla.</p>
-
-<p>&mdash;Escuche usted, señor Razumikin&mdash;comenzó
-a decir Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, tiene usted razón. Yo me he olvidado&mdash;dijo
-excusándose el joven&mdash;,
-pero... pero usted no puede guardarme
-rencor por mis palabras. He hablado
-así, porque soy franco y no porque...
-¡hum!... sería innoble; en una palabra,
-no es porque a usted yo... ¡hum!... no me
-atrevo a acabar... Pero antes, cuando su
-visita, hemos comprendido todos que ese
-hombre no era de nuestro mundo. ¡Va<span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span>mos!
-¡Basta!, todo está perdonado. ¿No
-es cierto que usted me ha perdonado?
-¡Ea! ¡adelante! Conozco este corredor. He
-estado aquí ya; ahí en el número tres hubo
-una vez un escándalo... ¿Cuál es el
-cuarto de ustedes? ¿Qué número? ¿Ocho?
-Entonces harán ustedes muy bien encerrándose
-en su habitación por la noche,
-y no dejando entrar a nadie. Dentro de
-quince minutos, traeré noticias, y media
-hora después me verán ustedes volver
-con Zosimoff; escapo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío! Dunetshka, ¿qué va a
-ocurrir?&mdash;dijo ansiosamente Pulkeria Alexandrovna
-a su hija.</p>
-
-<p>&mdash;Tranquilízate, mamá&mdash;respondió
-Dunia, quitándose el chal y el sombrero&mdash;.
-Dios mismo nos ha enviado a ese
-señor; aunque venga de una orgía se puede
-contar con él. Te lo aseguro... y lo
-que ha hecho por mi hermano...</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Dunetchka! ¡Dios sabe si volverá!
-¡Cómo he podido resolverme a dejar
-a Rodia!... ¡Cuán de otra manera pensaba
-encontrarle! ¡Qué acogida nos ha
-hecho! ¡Cualquiera diría que le disgustaba
-nuestra llegada!</p>
-
-<p>En sus ojos brillaban las lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;No, no es eso, mamá, no lo has visto
-bien, estás llorando siempre. Acaba de
-sufrir una grave enfermedad y ésa es la
-causa de todo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Esa enfermedad! ¡Qué resultará
-de todo eso! ¡Cómo te ha hablado,
-Dunia!&mdash;siguió diciendo la madre, procurando
-tímidamente leer en los ojos
-de la joven, y sintiéndose casi consolada
-porque Dunia tomaba la defensa de
-su hermano, y por consiguiente, le había
-perdonado&mdash;. Bien sé que mañana será
-de otra opinión&mdash;añadió, queriendo hacer
-hablar a su hija.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo estoy cierta de que mañana
-dirá lo mismo, respecto de este asunto...&mdash;replicó
-Advocia Romanovna.</p>
-
-<p>La cuestión era tan delicada, que Pulkeria
-Alexandrovna no se atrevió a proseguir
-la conversación. Dunia fué a besar
-a su madre. Esta, sin decir nada, la estrechó
-fuertemente en sus brazos. Después
-se sentó y esperó con cruel impaciencia
-la llegada de Razumikin, mirando tímidamente
-a su hija, que, pensativa y
-con los brazos cruzados, se paseaba de
-un lado a otro de la habitación. Era una
-costumbre en Advocia Romanovna pasearse
-así cuando tenía una preocupación,
-y en tales casos, su madre se guardaba
-muy bien de interrumpir sus reflexiones.</p>
-
-<p>Razumikin, embriagado y enamorándose
-repentinamente de Advocia Romanovna,
-se prestaba ciertamente al ridículo.
-Sin embargo, contemplando a la joven,
-sobre todo ahora que, pensativa y
-triste, se paseaba por la habitación con
-los brazos cruzados, quizá muchos habrían
-disculpado al estudiante, sin necesidad
-de invocar en descargo suyo la
-circunstancia atenuante de la embriaguez.
-El exterior de Advocia Romanovna
-merecía atraer la atención: alta, fuerte,
-notablemente bien formada, demostraba
-en cada uno de sus ademanes una confianza
-en sí misma que en otra parte no
-quitaba nada a su gracia y delicadeza.
-Se parecía a su hermano, pero de ella podía
-decirse que era una beldad. Tenía
-el cabello castaño, algo más claro que los
-de Rodia; sus ojos, negros, denotaban
-orgullo; pero en ocasiones demostraban
-extraordinaria bondad. Era pálida, pero
-su palidez no tenía nada de enfermizo;
-su rostro resplandecía de frescura y de
-salud. Tenía la boca bastante pequeña,
-y el labio inferior de subido color rojo
-avanzaba, un poco, lo mismo que la
-barbilla. Esta irregularidad, la única
-que se notaba en su hermoso rostro, le
-daba una expresión particular de firmeza
-y casi altanería. Su fisonomía era de
-ordinario más bien grave y pensativa
-que alegre; pero, ¡qué encanto el de aquella
-cara habitualmente seria cuando venía
-a animarla una risa alegre y juvenil!</p>
-
-<p>Razumikin no había visto jamás nada
-semejante; era ardiente, sincero, honrado,
-un poco candoroso. Además, fuerte como
-un caballero antiguo y entonces exaltado
-por el vino. En estas condiciones se explica
-perfectamente el <i>coup de foudre</i>.
-Además, quiso la suerte que viese por
-primera vez a Dunia en un momento en
-que la ternura y la alegría de volver a
-ver a Raskolnikoff habían en cierto modo
-transfigurado el semblante de la joven.
-La vió, después, soberbia de indignación
-ante las insolentes órdenes de su hermano
-y no pudo contenerse.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span></p>
-
-<p>Por lo demás, había dicho verdad cuando
-en su charla de borracho dejó traslucir
-que la extravagante patrona de Raskolnikoff,
-Praskovia Pavlovna, tendría
-celos, no sólo de Advocia Romanovna,
-sino de la misma Pulkeria Alexandrovna.
-Aunque ésta tenía cuarenta y tres años,
-conservaba restos de su antigua belleza,
-y parecía además mucho más joven de
-lo que era en realidad; particularidad
-que se observa en las mujeres que han
-conservado en los linderos de la vejez
-la claridad de su espíritu, la frescura de
-las impresiones, el puro y honrado calor
-del corazón. Comenzaban ya a blanquearle
-los cabellos y aun a faltarle; advertíanse
-ya, desde hacía algún tiempo, algunas
-arrugas en derredor de los ojos;
-los cuidados y los disgustos habían demacrado
-sus mejillas; mas, a pesar de todo,
-su rostro era bello. Era el rostro de Dunia
-con veinte años más y sin lo prominente
-del labio inferior que caracterizaba la
-fisonomía de la joven. Pulkeria Alexandrovna
-tenía alma sensible; pero sin llegar
-a la sensiblería. Naturalmente tímida
-y dispuesta a ceder, sabía, sin embargo,
-detenerse en el camino de las concesiones,
-siempre que su honradez, sus principios
-y sus convicciones arraigadas se lo
-exigían.</p>
-
-<p>A los veinte minutos justos de salir
-Razumikin, sonaron en la puerta dos
-leves golpes: el joven estaba ya de vuelta.</p>
-
-<p>&mdash;No entraré, no tengo tiempo&mdash;se
-apresuró a decir en cuanto abrieron&mdash;.
-Duerme como un bienaventurado, su
-sueño es muy tranquilo, y quiera Dios
-que se pase así durmiendo diez horas
-seguidas. Anastasia está a su lado; tiene
-orden de permanecer allí hasta que yo
-vuelva. Ahora voy a buscar a Zosimoff,
-vendrá a dar a ustedes sus informes, y en
-seguida a acostarse, porque bien veo que
-están ustedes extenuadas.</p>
-
-<p>Apenas hubo acabado de decir estas
-palabras, echó a correr por el corredor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué joven tan simpático y tan cariñoso!&mdash;exclamó
-Pulkeria Alexandrovna
-muy alegre.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que es de muy buen carácter&mdash;contestó
-Dunia, y comenzó a pasearse
-de nuevo por la habitación.</p>
-
-<p>Cerca de una hora después, volvieron
-a sonar pasos en el corredor y llamaron
-de nuevo a la puerta. Ahora las dos mujeres
-esperaban con entera confianza el
-cumplimiento de la promesa que les había
-hecho Razumikin. Volvió éste, en
-efecto, acompañado de Zosimoff. El médico
-no había vacilado en dejar inmediatamente
-el banquete para ir a visitar a
-Raskolnikoff; pero no sin trabajo se decidió
-a ir a casa de las señoras, porque apenas
-daba crédito a las palabras de su
-amigo, que le parecía haber dejado una
-parte de su razón en el fondo de los vasos.
-Sin embargo, muy pronto se sintió satisfecho
-y aun halagado en su amor propio
-de doctor. Zosimoff comprendió que
-era, en efecto, escuchado como un
-oráculo.</p>
-
-<p>Durante diez minutos que duró la visita,
-logró tranquilizar por completo a
-Pulkeria Alexandrovna. Manifestó gran
-interés por el enfermo, expresándose con
-reserva y seriedad extremadas como conviene
-a un médico de veintisiete años
-en circunstancias graves. No se permitió
-la más leve digresión fuera de su asunto
-ni manifestó el menor deseo de entablar
-más relaciones familiares con sus interlocutoras.
-Habiendo advertido desde que
-entró la belleza de Advocia, se esforzaba
-en no prestar ninguna atención a la joven,
-dirigiéndose exclusivamente a Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>Todo esto le producía un indecible
-contento interior. En lo concerniente a
-Raskolnikoff, declaró que le encontraba
-en un estado muy satisfactorio. Según su
-opinión, la enfermedad de su cliente dependía,
-en parte, de las malas condiciones
-en que éste había vivido durante algunos
-meses; pero era originada también
-por otras causas de carácter moral. «Era,
-por decirlo así, producto complejo de
-influencias múltiples, bien físicas, bien
-psicológicas, tales como preocupaciones,
-cuidados, temores, inquietudes, etc.» Habiendo
-advertido, sin manifestarlo, que
-Advocia Romanovna le escuchaba con
-marcada atención, Zosimoff desarrolló
-con gusto este tema.</p>
-
-<p>Como Pulkeria Alexandrovna le preguntase
-con voz tímida e inquieta si había
-advertido algún síntoma de locura
-en su hijo, Zosimoff le respondió con cal<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>ma
-y franca sonrisa, que se había exagerado
-el alcance de sus palabras, que
-sin duda, había echado de ver en el enfermo
-una idea fija, algo así como monomanía,
-cuanto que él, Zosimoff, estudiaba
-ahora de una manera especial esta
-rama tan interesante de la Medicina.</p>
-
-<p>&mdash;Pero&mdash;añadió&mdash;, es menester considerar
-que hasta hoy el enfermo ha estado
-delirando constantemente, y de seguro
-la llegada de su familia será para él
-una distracción, contribuirá a devolverle
-las fuerzas y ejercerá sobre él una acción
-saludable... Si se pueden evitar nuevas
-emociones&mdash;terminó diciendo con
-tono significativo.</p>
-
-<p>Levantándose después, y saludando a
-la vez ceremonioso y cordial, salió seguido
-de acciones de gracias, de bendiciones
-y de efusiones de reconocimiento.
-Advocia Romanovna le tendió su linda
-mano que el médico no había tratado de
-estrechar. En una palabra, el doctor se
-retiró encantado de sí mismo, y más encantado
-todavía de su visita.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana hablaremos. Ahora acuéstense
-ustedes en seguida; ya es tiempo
-de que descansen&mdash;ordenó Razumikin,
-saliendo con Zosimoff&mdash;. Mañana a primera
-hora vendré a dar a ustedes noticias
-del enfermo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué encantadora joven es esta Advocia
-Romanovna!&mdash;observó con acento
-sincero Zosimoff cuando ambos estuvieron
-en la calle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Encantadora? ¿Encantadora has
-dicho?&mdash;rugió Razumikin lanzándose sobre
-el doctor y agarrándole por el cuello&mdash;.
-Si te atreves... ¿Me entiendes?
-¿Me entiendes?&mdash;gritó apretándole la
-garganta y arrojándolo contra la pared&mdash;.
-¿Me entiendes?</p>
-
-<p>&mdash;Déjame. ¡Demonio de borracho!&mdash;dijo
-Zosimoff, tratando de soltarse de
-las manos de su amigo.</p>
-
-<p>Cuando Razumikin le soltó, miróle
-fijamente y lanzó una carcajada.</p>
-
-<p>El estudiante permanecía en pie delante
-de él con los brazos caídos y la cara
-triste.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, soy un bestia&mdash;dijo
-con aire sombrío&mdash;; pero tú también
-lo eres.</p>
-
-<p>&mdash;No, amigo, yo no lo soy. No sueño
-con tonterías.</p>
-
-<p>Continuaron su camino sin decir una
-palabra, y únicamente cuando llegaron
-cerca de la casa de Raskolnikoff, Razumikin,
-muy preocupado, rompió el silencio:</p>
-
-<p>&mdash;Escucha&mdash;dijo a Zosimoff&mdash;, tú
-eres un buen amigo, pero tienes una variada
-colección de vicios; eres un voluptuoso,
-un innoble sibarita, te gusta la
-comodidad, engordas y de nada te privas.
-Te digo, pues, que esto es innoble,
-porque conduce derechamente a las mayores
-suciedades. Siendo, como eres, afeminado,
-no comprendo de qué manera
-puedes ser un buen médico, y además
-un médico celoso. ¡Duerme sobre colchones
-de plumas (¡un médico!) y se levanta
-para ir a visitar a un enfermo! De aquí
-a tres años estarían llamando a tu puerta
-y no dejarías la cama. Pero no se trata
-de esto; lo que yo quiero decirte es lo
-siguiente: voy a dormir en la cocina; tú
-pasarás la noche en la habitación de la patrona
-(he podido, no sin trabajo, obtener
-su consentimiento); será una ocasión
-para ti de trabar íntimo conocimiento
-con ella. No es lo que tú piensas. No hay
-ni sombra de lo que sospechas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si yo no sospecho!</p>
-
-<p>&mdash;Es, amigo mío, una criatura púdica,
-silenciosa, tímida, de una castidad a toda
-prueba, y por añadidura, tan sensible,
-tan tierna... Líbrame de ella, te lo suplico
-por todos los diablos. Es muy agradable...
-Pero al presente estoy satisfecho.
-Pido un substituto.</p>
-
-<p>Zosimoff se echó a reír de muy buena
-gana.</p>
-
-<p>&mdash;Se conoce que no eres moderado;
-no sabes lo que dices. ¿Por qué he de hacerle
-la corte?</p>
-
-<p>&mdash;Te aseguro que no te costará trabajo
-conquistar sus gracias. Te basta con
-charlar con ella de cualquier cosa, con
-que te sientes a su lado y la hables. Además,
-eres médico: empieza por curarla
-de cualquier tontería. Te juro que no
-tendrás de que arrepentirte. Tiene un
-clavicordio; yo, como sabes, canto algo.
-Le he cantado una cancioncilla rusa:
-«Mis ojos vierten ardientes lágrimas...»<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span>
-Le gustan mucho las melodías sentimentales.
-Ese fué mi punto de partida; pero
-tú eres un verdadero profesor de piano,
-una especie de Rubinstein... Te aseguro
-que no te pesará.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿a qué viene todo eso?</p>
-
-<p>&mdash;Por lo visto yo no sé explicarme. Mira,
-os conozco perfectamente al uno y al
-otro. No es solamente hoy cuando he
-pensado en ti. Tú acabarás de ese modo.
-¿Qué te importa que sea más pronto o
-más tarde? Aquí, amigo mío, tendrás
-colchón de pluma y algo mejor. Encontrarás
-el puerto, el refugio; el fin de las
-agitaciones, tortas excelentes, sabrosas
-blinas<a name="FNanchor_16" id="FNanchor_16" href="#Footnote_16" class="fnanchor">[16]</a>, excelentes pasteles de pescado,
-el samovar por la tarde, el calentador
-por la noche; estarás como muerto, y,
-sin embargo, vivirás: doble ventaja;
-pero basta de charla, es hora de acostarse.
-Escucha: me sucede a veces despertarme
-por la noche; en tal caso, iré a ver
-cómo sigue Raskolnikoff. Si te sale del
-corazón, puedes ir a verle una vez siquiera;
-y si adviertes en él algo extraordinario,
-corre a despertarme. Creo, sin
-embargo, que no será menester.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>II.</h3></div>
-
-<p>Al día siguiente, a las siete dadas, Razumikin
-se despertó presa de pensamientos
-que jamás habían turbado su existencia.
-Se acordó de todos los incidentes
-de la noche y comprendió que había experimentado
-una impresión muy diferente
-de cuantas sintiera hasta entonces.
-Comprendía, al mismo tiempo, que
-el sueño que había acariciado era de todo
-punto irrealizable. Aquella quimera le
-pareció de tal modo absurda, que tuvo
-vergüenza de pensar en ella. Así es que
-se apresuró a pasar a otras cuestiones
-más prácticas, que en cierto modo le había
-legado la maldita jornada precedente.</p>
-
-<p>Lo que más le entristecía era haberse
-presentado el día anterior como un perdido;
-no solamente le habían visto ebrio
-sino abusando de las ventajas que su posición
-de bienhechor le daba sobre una
-joven obligada a recurrir a él, y sin conocer
-a punto fijo lo que era el tal señor.
-¿Con qué derecho juzgaba tan temeriamente
-a Pedro Petrovitch? ¿Quién
-le preguntaba su opinión? Además, una
-persona como Advocia Romanovna, ¿podía
-casarse a gusto con un hombre indigno
-de ella? Sin duda que Pedro Petrovitch
-Ludjin tenía algún mérito. Claro
-es que existía la cuestión del alojamiento;
-pero, ¿qué motivos tenía Ludjin
-para saber lo que era aquella casa? Por
-otra parte, las dos señoras se albergaban
-allí provisionalmente, mientras se les
-preparaba otra vivienda. ¡Oh, qué miserable
-era todo aquello! ¿Podría justificarse
-alegando su embriaguez? Tan necia
-excusa le envilecía más. La verdad
-está en el vino, y he aquí que, bajo la
-influencia del vino, había revelado toda
-la verdad, es decir, la bajeza de un corazón
-vulgarmente celoso. ¿Le estaba permitido
-tal sueño a Razumikin? ¿Qué era
-él comparado con aquella joven, él, el
-borracho charlatán y brutal de la víspera?
-¿Qué cosa más aborrecible y más
-ridícula a la vez que la idea de una aproximación
-entre dos seres tan semejantes?</p>
-
-<p>El joven, avergonzado de tan loco pensamiento,
-se acordó de repente de haber
-dicho la noche anterior en la escalera
-que le amaba la patrona y que ésta tendría
-celos de Advocia Romanovna. Tal
-recuerdo le llenó de confusión. Era demasiado.
-Descargó un puñetazo sobre el
-fogón. Se hizo daño en la mano y rompió
-un ladrillo.</p>
-
-<p>&mdash;No hay duda&mdash;murmuró al cabo
-de un rato con profunda humillación&mdash;;
-ya está hecho, y no hay medio de borrar
-tantas torpezas... Inútil es pensar en
-ellas; me presentaré sin decir nada, cumpliré
-silenciosamente con mi deber y no
-daré excusas, me callaré. Ahora es demasiado
-tarde y el mal está hecho.</p>
-
-<p>Puso, sin embargo, particular esmero
-en arreglarse; no tenía más que un traje,
-y aunque hubiese tenido muchos, quizás
-se hubiera puesto el de la víspera «a fin
-de no parecer que se había arreglado ex
-profeso...» Sin embargo, un abandono
-cínico hubiese sido de muy mal gusto.
-No tenía derecho a herir los sentimientos
-ajenos, sobre todo cuando se trataba
-de personas que necesitaban de él y que
-le habían suplicado que fuese a verlas;<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span>
-de consiguiente, cepilló con gran cuidado
-la ropa; en cuanto a la interior, Razumikin
-no la podía sufrir sucia.</p>
-
-<p>Habiendo encontrado el jabón de Anastasia,
-se lavó concienzudamente la cabeza,
-el cuello, y, particularmente, las manos.
-Después de vacilar si se afeitaría o
-no (Praskovia Paulovna poseía excelentes
-navajas, herencia de su difunto marido
-Zarnitzin), resolvió la cuestión negativamente
-y con cierta brusca irritación,
-dijo para sí: «No, me quedaré como
-estoy. Se figurarían quizá que me había
-afeitado para... ¡De ninguna manera!»</p>
-
-<p>Estos monólogos fueron interrumpidos
-por la llegada de Zosimoff, el cual
-después de haber pasado la noche en casa
-de Praskovia Paulovna, entró un instante
-en la suya, y venía ahora a visitar
-al enfermo. Razumikin le dijo que Raskolnikoff
-dormía como un lirón; el médico
-prohibió que se le despertara y prometió
-volver entre diez y once.</p>
-
-<p>&mdash;¡Con tal que esté en su cuarto cuando
-vuelva!&mdash;añadió&mdash;. Con un cliente
-tan dado a las fugas, no se puede contar
-con él. ¿Sabes si va a ir a verlas o si vendrán
-ellas?</p>
-
-<p>&mdash;Presumo que vendrán&mdash;respondió
-Razumikin, comprendiendo por qué se
-le hacía esta pregunta&mdash;; tendrán, sin
-duda, que ocuparse en asuntos de familia.
-Yo me iré. Tú, en calidad de médico,
-tienes, naturalmente, más derecho que yo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no soy confesor. Además, tengo
-otras cosas que hacer que no son escuchar
-sus secretos; yo también me iré.</p>
-
-<p>&mdash;Me inquieta una cosa&mdash;repuso Razumikin
-frunciendo el entrecejo&mdash;. Ayer
-estaba ebrio, y mientras acompañaba
-aquí a Rodia no pude contener la lengua:
-entre otras tonterías, le dije que temía
-en él una predisposición a la locura.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mismo le dijiste a las señoras.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, una majadería. Pégame si quieres,
-pero aquí, entre nosotros, sinceramente,
-¿cuál es tu opinión respecto de
-mi amigo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quieres que te diga? Tú mismo,
-cuando me llevaste a su casa, me lo
-presentaste, diciéndome que era un monomaníaco...
-Ayer le encontramos algo
-trastornado, y digo que le encontramos,
-porque, aunque yo te acompañaba, fuiste
-tú el que con tu relato acerca del pintor
-decorador, provocaste su exaltación;
-¡bonita conversación para sostenerla delante
-de un hombre cuyo trastorno intelectual
-procede quizá de ese asunto! Si
-hubiese tenido yo conocimiento, con
-toda clase de pormenores, de la escena
-ocurrida en la oficina de policía; si hubiese
-sabido yo que Raskolnikoff había
-sido blanco de las sospechas de un
-miserable, desde la primera palabra te
-hubiera impedido que hablases. Estos
-monomaníacos convierten el Océano en
-una gota de agua; las aberraciones de su
-imaginación se les presentan como realidades...
-La mitad de lo que le sucede
-me lo explico ahora, gracias a lo que Zametoff
-nos contó anoche en tu casa. A
-propósito de este Zametoff, te diré que
-me parece un buen muchacho; pero ayer
-anduvo poco acertado en decir lo que dijo.
-Es un terrible charlatán.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, a quién le ha hablado de eso?
-A ti y a mí.</p>
-
-<p>&mdash;Y a Porfirio Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué importa que se lo haya contado
-a Porfirio?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, ya hablaremos de eso. ¿Tienes
-alguna influencia con la madre y la
-hermana? Harán bien en ser hoy muy
-circunspectas con Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Se lo diré&mdash;respondió con aire contrariado
-Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta la vista. Da las gracias de mi
-parte a Praskovia Pavlovna por su hospitalidad.
-Se encerró en su habitación,
-y aunque le di gritando las buenas noches
-al través de la puerta, no respondió.
-Sin embargo, a las siete de la mañana
-ya estaba levantada; he visto en el corredor
-que le llevaban el samovar de la
-cocina... No se ha dignado admitirme
-a su presencia.</p>
-
-<p>A las nueve en punto Razumikin llegaba
-a la casa Bakaleieff. Las dos señoras
-le esperaban desde hacía bastante
-tiempo con febril impaciencia. Se habían
-levantado antes de las siete. Entró
-sombrío, saludó sin gracia y se hizo cargo
-amargamente de haberse presentado
-así. No había contado con la huéspeda.
-Pulkeria Alexandrovna corrió inmediatamente
-a su encuentro, le tomó las manos
-y faltó poco para que se las besase. El<span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span>
-joven miró tímidamente a Advocia Romanovna;
-pero en lugar de la expresión
-burlona y de desdén involuntario y mal
-disimulado que esperaba encontrar en
-aquel orgulloso semblante, advirtió tal
-expresión de reconocimiento y de afectuosa
-simpatía, que su confusión no reconoció
-límites. Le hubiera contrariado
-menos, de seguro, que le hubiese acogido
-con reproches. Por fortuna, tenía un asunto
-de conversación perfectamente indicado
-y se fué a él derecho.</p>
-
-<p>Cuando supo Pulkeria Alexandrovna
-que su hijo no se había despertado aún,
-pero que su estado era satisfactorio, indicó
-que tenía necesidad de conferenciar
-con Razumikin. La madre y la hija preguntaron
-en seguida al joven si había
-tomado ya el te y le invitaron a que lo
-tomase con ellas, porque habían estado
-esperando su llegada para ponerlo en la
-mesa.</p>
-
-<p>Advocia Romanovna tiró de la campanilla
-y se presentó un criado mal vestido;
-se le ordenó que trajese el te, y, en
-efecto, lo sirvió, pero de una manera tan
-poco conveniente y tan poco limpia, que
-las dos señoras no pudieron menos de sentirse
-avergonzadas. Razumikin renegó
-de semejante zahurda, y después, acordándose
-de Ludjin, se calló, perdió la
-serenidad y experimentó vivísimo contento
-cuando pudo librarse de aquella
-situación embarazosa, merced a la granizada
-de preguntas que le dirigió Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>Interrogado a cada instante, estuvo
-hablando durante tres cuartos de hora,
-y contó cuanto sabía concerniente a los
-principales hechos que habían llenado
-la vida de Raskolnikoff durante un año.
-Como es de suponer, pasó en silencio lo
-que convenía callar, por ejemplo, la escena
-de la comisaría y sus consecuencias.
-Las dos señoras le escuchaban con la boca
-abierta, y cuando el estudiante creyó
-haberles dado todos los pormenores que
-podían interesarlas, aun no se dieron por
-satisfechas.</p>
-
-<p>&mdash;Dígame, dígame, ¿qué piensa usted?...
-¡Ah, usted perdone... no sé todavía
-su nombre!...&mdash;dijo vivamente Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Demetrio Prokofitch.</p>
-
-<p>&mdash;Demetrio Prokofitch, tengo grandes
-deseos de saber cómo considera mi hijo
-las cosas; o, para expresarme mejor, qué
-es lo que ama y lo que aborrece. ¿Sigue
-siendo tan irritable? ¿Cuáles son sus deseos,
-sus sueños, si usted quiere? ¿Bajo
-qué influencia particular se encuentra
-ahora?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted que yo le diga?
-Conozco a Rodia desde hace diez y ocho
-meses; es triste, sombrío, orgulloso y altanero.
-En estos últimos tiempos (pero
-quizá esta predisposición existiese en él
-desde antigua fecha) se ha vuelto suspicaz
-e hipocondríaco. Es bueno y generoso.
-No gusta de revelar sus sentimientos,
-y prefiere ofender con su reserva a
-las personas a mostrarse expansivo con
-ellas. Algunas veces, sin embargo, no
-parece tan hipocondríaco, sino solamente
-frío e insensible hasta la inhumanidad.
-Diríase que existen en él dos
-caracteres que se manifiestan alternativamente.
-En ciertos momentos es por
-extremo taciturno: todo le molesta, todo
-le desagrada y permanece acurrucado
-sin hacer nada. No es burlón, aunque su
-espíritu no carece de causticidad, sino
-más bien porque desdeña la burla como
-un pasatiempo demasiado frívolo. No
-escucha con atención lo que se le dice.
-Jamás se interesa por las cosas que en un
-momento dado interesan a todo el mundo.
-Tiene una alta opinión de sí mismo, y yo
-creo que en esto no anda del todo equivocado.
-¿Qué más puedo añadir? Creo
-que la llegada de ustedes ejercerá sobre
-él una acción muy saludable.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Dios lo quiera!&mdash;exclamó Pulkeria
-Alexandrovna muy preocupada
-por estas revelaciones sobre el carácter
-de su hijo.</p>
-
-<p>Por último, Razumikin se atrevió a
-mirar un poco más detenidamente a Advocia
-Romanovna. Mientras hablaba la
-había estado examinando, pero disimuladamente
-y volviendo en seguida los
-ojos. Por su parte, la joven ora se sentaba
-cerca de la mesa y escuchaba atentamente,
-ora se levantaba, y, según su costumbre,
-se paseaba por la habitación
-con los brazos cruzados, cerrados los labios
-y haciendo de cuando en cuando alguna
-pregunta sin interrumpir su paseo.<span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span>
-Tenía también la costumbre de no escuchar
-hasta el fin lo que se le decía. Llevaba
-un traje ligero de tela obscura y
-una pañoleta blanca al cuello. Por diversos
-indicios, Razumikin comprendió que
-las dos mujeres eran muy pobres. Si Advocia
-Romanovna hubiese ido vestida
-como una reina, probablemente no hubiera
-intimidado a Razumikin; mas
-quizás por lo mismo que iba vestida muy
-pobremente causaba al joven mucho temor
-y le hacía pesar con cuidado cada
-una de sus palabras y cada uno de sus
-gestos, lo que, naturalmente, aumentaba
-la cortedad de un hombre ya poco seguro
-de sí mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Nos ha dado usted muchos pormenores
-curiosos acerca de mi hermano y los
-ha dado usted imparcialmente. Está bien.
-Yo creía que usted le admiraba&mdash;dijo
-Advocia Romanovna, sonriendo&mdash;. Debe
-de haber alguna mujer en su existencia&mdash;añadió
-la joven, pensativa.</p>
-
-<p>&mdash;No he dicho eso; pero puede que tenga
-usted razón; sin embargo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;No ama a nadie; quizá no amará
-jamás&mdash;replicó Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Es decir, que es incapaz de amar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted, Advocia Romanovna,
-que se parece usted mucho a su hermano
-bajo todos los aspectos?&mdash;dijo aturdidamente
-el joven.</p>
-
-<p>Después se acordó repentinamente del
-juicio que acababa de emitir acerca de
-Raskolnikoff, se turbó y se puso rojo como
-un cangrejo. Dunia no pudo por menos
-que reírse.</p>
-
-<p>&mdash;Quizá se engañen ustedes en el modo
-de juzgar a mi Rodia&mdash;apuntó Pulkeria
-Alexandrovna un poco ofendida&mdash;.
-No me refiero al presente, Dunetchka; lo
-que Pedro Petrovitch escribe en esta
-carta... y lo que nosotros hemos supuesto,
-acaso no sea verdadero; pero no puede
-usted imaginarse, Demetrio Prokofitch,
-cuán fantástico y caprichoso es. Hasta
-cuando tenía quince años su carácter
-era para mí una sorpresa continua. Aun
-ahora le creo capaz de hacer locuras tales
-como no se le ocurrirían a ningún otro
-hombre... Sin ir más lejos, ¿sabe usted
-que hace diez y ocho meses que estuvo
-a punto de causar mi muerte, cuando se
-decidió a casarse con la hija de esa señora
-Zarnitzin, su patrona?</p>
-
-<p>&mdash;¿No sabía usted nada de esos amores?&mdash;preguntó
-Advocia Romanovna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted creerá&mdash;prosiguió la madre
-con animación&mdash;que le conmoverían mis
-lágrimas, mis súplicas, mi enfermedad,
-nuestra miseria y el temor de verme morir?
-Pues no, señor; completamente tranquilo,
-siguió sus planes, sin detenerse
-ante ninguna consideración; y, sin embargo,
-¿se puede decir por eso que no nos
-quiere?</p>
-
-<p>&mdash;Nada me ha dicho jamás de tal asunto&mdash;respondió
-con reserva Razumikin&mdash;;
-pero algo he sabido por la señora Zarnitzin,
-que por cierto no es muy habladora,
-y lo que he sabido no deja de ser bastante
-extraño.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que ha sabido usted?&mdash;preguntaron
-a un tiempo las dos mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! A decir verdad, nada de particular.
-Todo lo que sé es que ese matrimonio,
-que era ya cosa convenida y que
-iba a verificarse cuando la novia murió,
-desagradaba mucho a la misma señora
-Zarnitzin... Tengo entendido, además,
-que la joven, no solamente no era bella,
-sino que era fea, y, según se dice, muy...
-caprichosa. Sin embargo, parece que no
-carecía de ciertas buenas cualidades, y
-seguramente las tendría; de otro modo,
-¿cómo comprender...?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy convencida de que esa joven
-tenía algún mérito&mdash;afirmó lacónicamente
-Advocia Romanovna.</p>
-
-<p>&mdash;Que Dios me perdone; pero la verdad
-es que me alegré de su muerte. Sin embargo,
-no sé para cuál de los dos hubiese
-sido más funesto ese matrimonio&mdash;dijo
-la madre; y luego, tímidamente, tras de
-varias vacilaciones y sin apartar los ojos
-de Dunia, se puso a interrogar de nuevo
-a Razumikin acerca de la escena de la
-víspera entre Rodia y Ludjin.</p>
-
-<p>Este incidente parecía inquietarla sobre
-manera...</p>
-
-<p>El joven volvió a referir minuciosamente
-el altercado de que había sido testigo;
-pero añadiendo que Raskolnikoff
-insultó deliberadamente a Pedro Petrovitch,
-y no excusó la conducta de su ami<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span>go
-con la enfermedad que éste padecía.</p>
-
-<p>&mdash;Antes de estar malo&mdash;dijo&mdash;ya lo
-tenía premeditado.</p>
-
-<p>&mdash;Así lo creo yo también&mdash;replicó Pulkeria
-Alexandrovna, con la consternación
-pintada en su semblante.</p>
-
-<p>Pero se sorprendió mucho al ver que
-Razumikin hablaba de Pedro Petrovitch
-en términos convenientes y aun con cierta
-especie de consideración. Esto llamó
-la atención de Advocia Romanovna.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que ésa es la opinión de
-usted acerca de Pedro Petrovitch?&mdash;no
-pudo por menos de preguntar Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo tener otra acerca del futuro
-esposo de esta señorita&mdash;respondió
-con tono firme y caluroso Razumikin&mdash;.
-Y no es por vana cortesía por lo que hablo
-de este modo; lo digo porque... porque...
-porque... basta que ese hombre
-sea la persona que Advocia Romanovna
-ha elegido... Si ayer hube de expresarme
-en tonos injuriosos respecto de él, fué
-porque estaba ebrio, y, además... insensato;
-sí, insensato; había perdido la cabeza,
-estaba completamente loco, y ahora
-me da vergüenza de...</p>
-
-<p>Se interrumpió poniéndose encendido
-como la grana. Las mejillas de Advocia
-Romanovna se colorearon; pero guardó
-silencio. Desde que empezó a hablar
-de Ludjin, no había despegado los labios.
-Privada del apoyo de su hija, Pulkeria
-Alexandrovna se encontraba visiblemente
-cortada.</p>
-
-<p>Al fin tomó la palabra, y, con voz vacilante
-y levantando a cada momento los
-ojos hacia Dunia, dijo que en aquel momento
-le preocupaba sobre todas las cosas
-cierta circunstancia.</p>
-
-<p>&mdash;Vea usted, Demetrio Prokofitch&mdash;comenzó
-a decir&mdash;. Debemos de ser francas
-con él, Dunetchka.</p>
-
-<p>&mdash;Sin duda, mamá&mdash;respondió, con
-tono de autoridad Advocia Romanovna.</p>
-
-<p>&mdash;Verá usted de lo que se trata&mdash;se
-apresuró a decir la madre, como si el comunicar
-su disgusto le quitase una montaña
-del pecho&mdash;. Esta mañana, a primera
-hora, hemos recibido una carta
-de Pedro Petrovitch, respondiendo a lo
-que nosotros habíamos escrito ayer, dándole
-cuenta de nuestra llegada. Vea usted,
-debía haber ido a esperarnos a la estación,
-como nos había prometido; pero
-en su lugar nos hemos encontrado con
-un criado que nos ha conducido hasta
-aquí, anunciándonos para esta mañana
-la visita de su amo. Pero ahora, en vez
-de venir él, nos ha escrito esta carta...
-(lo mejor será que usted mismo la lea);
-hay en ella un párrafo que me pone en
-cuidado. Usted verá en seguida de qué
-se trata y me dará francamente su opinión,
-pues usted, Demetrio Prokofitch,
-conoce mejor que nadie el carácter de
-Rodia, y está en condiciones de poder
-aconsejarme. Prevengo a usted que
-desde el primer momento Dunetshka ha
-resuelto la cuestión; pero yo no sé qué
-hacer, y espero que usted...</p>
-
-<p>Razumikin abrió la carta, fechada la
-víspera.</p>
-
-<p class="i2 p2">«Señora Pulkeria Alexandrovna: Tengo
-el honor de manifestar a usted que
-asuntos imprevistos me han impedido
-ir a esperar a ustedes a la estación; por
-eso me he hecho representar por un hombre
-de mi confianza. El Senado, donde he
-de entender en una cuestión, me priva
-del honor de ver a ustedes por la mañana;
-por otra parte, no quiero interrumpir
-la entrevista de usted con su hijo ni la
-de Advocia Romanovna con su hermano.
-A las ocho en punto de la tarde tendré
-la satisfacción de saludar a ustedes en su
-alojamiento. Encarecidamente les suplico
-que me eviten la presencia de Rodión
-Romanovitch, el cual me insultó del modo
-más grosero en la visita que le hice
-ayer. Aparte de esto, debo tener con usted
-una explicación personal a propósito
-de un punto que acaso no interpretemos
-ambos de la misma manera. Tengo el
-honor de advertir a usted anticipadamente
-que, si a pesar de mi deseo, expresado
-formalmente, encontrase en casa de ustedes
-a Rodión Romanovitch, me veré
-obligado a retirarme en seguida, y usted
-solamente podrá atribuir a sí misma la
-causa de mi determinación.</p>
-
-<p class="i2">»Digo a usted esto teniendo motivos
-para creer que Rodión Romanovitch,
-que parecía tan enfermo cuando yo le
-visité, recobró la salud dos horas después,
-y puede, por consiguiente, ir a casa de
-ustedes. Ayer, en efecto, le vi con mis pro<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>pios
-ojos en casa de un borracho que acababa
-de ser atropellado por un coche.
-So pretesto de costear los funerales, dió
-veinticinco rublos a la hija del difunto,
-joven de conducta notoriamente equívoca.
-Esto me ha causado verdadero estupor,
-porque sé con cuánta fatiga se ha
-procurado usted ese dinero. Suplico a
-usted que tenga la bondad de presentar
-mis homenajes más sinceros a la señorita
-Advocia Romanovna, y permitir que me
-repita de usted obediente servidor.</p>
-
-<p class="right smcap">»Pedro Petrovitch Ludjin.»</p>
-
-
-<p class="p2">&mdash;¿Qué hacer ahora, Demetrio Prokofitch?&mdash;preguntó
-Pulkeria Alexandrovna,
-a quien casi se le saltaban las lágrimas&mdash;.
-¿Cómo decirle a Rodia que venga?
-Ayer insistió tan vivamente para que
-se despidiese a Pedro Petrovitch, y ahora
-éste pretende que no reciba a mi hijo...
-Seguramente que él vendrá ex profeso
-en cuanto sepa esto; y, ¿qué va a suceder
-entonces?</p>
-
-<p>&mdash;Siga usted el consejo de Advocia Romanovna&mdash;respondió
-tranquilamente Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Dios mío!... Ella dice... no puede
-imaginarse lo que dice; no acierto
-a comprender lo que se propone. Según
-ella, es mejor, o, más bien dicho, es
-absolutamente indispensable que Rodia
-venga esta noche y se encuentre aquí
-con Pedro Petrovitch... Yo preferiría
-enseñarle la carta a mi hijo, e impedir
-hábilmente que viniese, y para conseguir
-tal objeto contaba con usted... No comprendo
-a qué borracho muerto ni a qué
-joven se refiere esta carta, ni me explico
-cómo ha dado a esa persona las últimas
-monedas de plata que...</p>
-
-<p>&mdash;Que representan para ti tantos sacrificios,
-mamá&mdash;interrumpió la joven.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer no estaba en su estado normal&mdash;dijo
-con aire pensativo Razumikin&mdash;.
-¡Si supiese usted a qué pasatiempos
-se entregó ayer en un café! Por lo
-demás, ha hecho bien. En efecto, me habló
-ayer de un muerto y de una joven
-mientras que yo le acompañaba a su
-casa; pero no comprendí ni una palabra...
-Como ayer estaba yo...</p>
-
-<p>&mdash;Lo mejor es, mamá, ir a su casa, y
-yo te aseguro que veremos allí lo que conviene
-hacer. ¡Qué tarde es ya! ¡Las diez
-dadas!&mdash;observó Dunia, mirando un magnífico
-reloj de oro esmaltado, que llevaba
-suspendido del cuello por una larga
-cadena de Venecia y que desentonaba
-con el resto de su atavío.</p>
-
-<p>&mdash;Un regalo de su prometido&mdash;pensó
-Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Es, efectivamente, hora de salir&mdash;dijo
-su madre con apresuramiento&mdash;. Va
-a pensar que le guardamos rencor por la
-acogida que nos hizo anoche; a esa causa
-atribuirá nuestro retraso. ¡Ah, Dios mío!</p>
-
-<p>Hablando así se apresuraba a ponerse
-el sombrero y la pañoleta.</p>
-
-<p>Dunia se preparaba también a salir.
-Sus guantes estaban, además de descoloridos,
-agujereados, lo cual no pasó inadvertido
-a Razumikin; sin embargo, aquel
-traje, cuya pobreza saltaba a la vista,
-daba a las dos señoras un sello particular
-de dignidad, como acontece siempre
-a las mujeres que saben llevar humildes
-vestidos.</p>
-
-<p>&mdash;Esperen ustedes que me adelante
-para ver si está despierto&mdash;dijo Razumikin
-cuando comenzaron a subir las
-escaleras del domicilio de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Las señoras le siguieron muy despacio.
-Cuando llegaron al cuarto piso, advirtieron
-que la puerta del departamento
-de la patrona estaba abierta, y que por
-la estrecha abertura las observaban dos
-ojos negros y penetrantes. Las miradas
-se encontraron y la puerta se cerró con
-tal estrépito, que Pulkeria Alexandrovna
-estuvo a punto de lanzar un grito de
-espanto.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>III.</h3></div>
-
-<p>&mdash;¡Va bien, va bien!&mdash;exclamó alegremente
-Zosimoff viendo entrar a las dos
-mujeres.</p>
-
-<p>El doctor había llegado diez minutos
-antes y ocupaba en el sofá el mismo sitio
-que la víspera. Raskolnikoff, sentado
-en el otro extremo, estaba completamente
-vestido; habíase tomado también el
-trabajo de lavarse y peinarse, cosas ambas
-que no acostumbraba desde hacía
-algún tiempo. Aunque con la llegada de
-Razumikin y de las dos señoras quedó llena
-la habitación, Anastasia logró colocarse
-detrás de ellas, y se quedó para es<span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span>cuchar
-la conversación. Efectivamente
-Raskolnikoff estaba bien, pero su palidez
-era extrema y parecía absorto en
-una triste idea.</p>
-
-<p>Cuando Pulkeria Alexandrovna entró
-con su hija, Zosimoff advirtió con sorpresa
-el sentimiento que se reveló en la
-fisonomía del enfermo. En vez de alegría
-era una especie de estoicismo resignado;
-parecía que el joven hacía un llamamiento
-a todas sus fuerzas para soportar
-durante una hora o dos un tormento
-inevitable. Cuando la conversación
-se hubo entablado, observó también
-el médico que cada palabra abría como
-una herida en el alma de su cliente; pero
-al mismo tiempo se asombraba de ver a
-este último relativamente dueño de sí
-mismo. El monomaníaco frenético de la
-víspera sabía ahora dominarse hasta
-cierto punto y disimular sus impresiones.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, veo ahora que estoy casi curado&mdash;dijo
-Raskolnikoff, besando a su madre
-y a su hermana con una cordialidad que
-hizo brillar de alegría el rostro de Pulkeria
-Alexandrovna&mdash;. Y no lo digo como
-ayer&mdash;añadió dirigiéndose a Razumikin
-y estrechándole la mano.</p>
-
-<p>&mdash;También yo estoy asombrado de su
-notable mejoría&mdash;dijo Zosimoff&mdash;. De
-aquí a tres o cuatro días, si esto continúa,
-se encontrará como antes, es decir, como
-estaba hace uno o dos meses, o quizá
-tres, porque esta enfermedad se hallaba
-latente desde hace tiempo, ¿eh?
-Confiese ahora que tenía usted alguna
-parte de culpa&mdash;terminó con sonrisa
-reprimida el doctor, temeroso de irritar
-al enfermo.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy posible&mdash;replicó fríamente
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que se puede hablar con usted&mdash;prosiguió
-Zosimoff&mdash;, quisiera convencerle
-de que es necesario apartarse
-de las causas primeras, a las cuales hay
-que atribuir su estado morboso. Si usted
-hace eso, se curará; de lo contrario,
-se agravará su mal. Ignoro cuáles son
-estas causas primeras; pero usted, de seguro,
-las conoce. Es usted un hombre
-inteligente, y, sin duda, se observa a sí
-mismo. Me parece que su salud se ha alterado
-desde que salió de la Universidad.
-Usted no puede estar sin ocupación. Le
-conviene, a mi entender, trabajar, proponerse
-un proyecto, y perseguirlo tenazmente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, tiene usted razón; volveré a
-la Universidad lo más pronto posible,
-y entonces todo marchará como una seda.</p>
-
-<p>El doctor dió sus sabios consejos con
-la intención, en parte, de producir efecto
-en las señoras. Cuando hubo acabado,
-miró fijamente a su cliente, y se quedó
-un poco desconcertado al advertir que
-el rostro de éste expresaba franca burla.
-Sin embargo, Zosimoff se consoló bien
-pronto de su decepción, Pulkeria Alexandrovna
-se apresuró a darle las gracias
-manifestándole, en particular, su reconocimiento
-por la visita que les hizo la
-noche anterior.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿Fué a ver a ustedes anoche?&mdash;preguntó
-Raskolnikoff con voz inquieta&mdash;.
-¿De modo que no habéis descansado
-después de un viaje tan penoso?</p>
-
-<p>&mdash;¡Si no eran más que las dos, querido
-Rodia, y, en casa, Dunia y yo no nos acostamos
-nunca antes de esa hora!</p>
-
-<p>&mdash;No sé cómo darles las gracias&mdash;continuó
-Raskolnikoff, que de repente frunció
-las cejas y bajó la cabeza&mdash;. Prescindiendo
-de la cuestión de dinero (perdóneme
-usted si hago alusión a ella)&mdash;dijo
-dirigiéndose a Zosimoff&mdash;, no me explico
-cómo he podido merecer de usted tal
-interés. No lo comprendo, y aun diré
-que tanta benevolencia me pesa, pues es
-ininteligible para mí. Ya ve usted que
-soy franco.</p>
-
-<p>&mdash;No se atormente usted&mdash;replicó Zosimoff
-afectando reírse&mdash;; supóngase usted
-que es mi primer cliente. Nosotros
-los médicos, cuando empezamos, tomamos
-tanto cariño a nuestros primeros enfermos
-como si fuesen nuestros hijos.
-Algunas veces hasta parecemos enamorados
-de ellos, y ya sabe usted que mi
-clientela no es muy numerosa.</p>
-
-<p>&mdash;Y no digo nada de éste&mdash;siguió diciendo
-Raskolnikoff, señalando a Razumikin&mdash;.
-¡No he hecho más que injuriarle
-y molestarle sin cesar!</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué tonterías dices! Según se ve,
-estás hoy muy sentimental&mdash;exclamó
-Razumikin.</p>
-
-<p>Si hubiera sido más perspicaz, ha<span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span>bría
-echado de ver, que, lejos de estar
-sentimental, su amigo se encontraba en
-situación totalmente distinta. Pero Advocia
-Romanovna no se engañaba, y,
-muy inquieta, observaba atentamente
-a su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;De ti, mamá, apenas me atrevo a
-hablar&mdash;dijo Raskolnikoff, que parecía
-recitar una lección aprendida por la mañana&mdash;;
-hoy solamente he podido comprender
-lo que habrás sufrido ayer esperando
-que volviera a casa.</p>
-
-<p>Al decir estas palabras sonrió y tendió
-bruscamente la mano a su hermana. Este
-gesto no fué acompañado de ninguna palabra,
-pero la sonrisa del joven expresaba
-un sentimiento verdadero, ahora no
-fingía. Gozosa y reconocida, Dunia tomó
-la mano que se le tendía y la estrechó
-con fuerza. Era la primera satisfacción
-que le daba después del altercado de la
-víspera. Al ver esta reconciliación muda
-y definitiva del hermano con la hermana,
-Pulkeria Alexandrovna se puso
-radiante de alegría.</p>
-
-<p>Razumikin se agitó nerviosamente en
-su silla.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque no fuera más que por esto
-le querría&mdash;murmuraba con su tendencia
-a exagerarlo todo&mdash;. Son impulsos
-propios de él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bien ha estado!&mdash;murmuró la
-madre para sí&mdash;. ¡Qué nobles arranques
-los suyos! Este simple hecho de tender
-así la mano a su hermana mirándola con
-afecto, ¿no es la manera más franca y
-más delicada de poner fin al rozamiento
-de ayer?&mdash;¡Ah, Rodia&mdash;añadió en voz
-alta apresurándose a responder a la observación
-de Raskolnikoff&mdash;, no puedes
-figurarte lo desgraciadas que nos consideramos
-anoche Donetshka y yo! Ahora
-que todo ha pasado y que hemos vuelto
-a ser felices, puedo decírtelo. Figúrate:
-en cuanto nos apeamos del tren corrimos
-aquí para abrazarte, y esta joven,
-ahí la tienes (buenos días, Anastasia),
-nos dijo de repente que habías estado en
-cama con fiebre, que delirando te habías
-escapado y que se te andaba buscando.
-No puedes imaginarte la impresión que
-nos hizo esta noticia.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí... Todo eso es seguramente
-muy desagradable&mdash;murmuró Raskolnikoff;
-pero dió esta respuesta con aire
-tan distraído, por no decir indiferente,
-que Dunia le miró sorprendida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que yo quería deciros?&mdash;continuó
-esforzándose por coordinar sus
-recuerdos&mdash;. ¡Ah! Sí, os suplico a ti, mamá,
-y a ti, Dunia, que no vayan a creer
-que no he querido ir a verlas hoy y que
-he esperado en casa a que ustedes vinieran.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué dices eso, Rodia?&mdash;exclamó
-Pulkeria Alexandrovna no menos
-asombrada que su hija.</p>
-
-<p>&mdash;Cualquiera diría que nos responde
-por simple cortesía&mdash;pensaba Dunia&mdash;;
-hace las paces y pide perdón como si llenase
-una pura formalidad o recitase una
-lección.</p>
-
-<p>&mdash;En cuanto desperté quise ir a ver a
-ustedes, pero no tenía ropa que ponerme;
-se me olvidó decir ayer a Anastasia que
-lavase la sangre... Hasta hace un momento
-no me he podido vestir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sangre? ¿Qué sangre?&mdash;preguntó
-Pulkeria Alexandrovna alarmada.</p>
-
-<p>&mdash;No es nada... No hay que asustarse...
-Ayer, durante mi delirio, paseando por
-la calle, me tropecé con un hombre que
-acababa de ser atropellado. Un funcionario.
-Por esta razón tenía manchado de
-sangre el traje.</p>
-
-<p>&mdash;¿Mientras estabas delirando? ¡Si
-te acuerdas de todo!&mdash;interrumpió Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;respondió Raskolnikoff
-algo inquieto&mdash;, me acuerdo de todo,
-hasta de los más insignificantes pormenores;
-pero mira qué cosa más extraña:
-no logro explicarme por qué he dicho eso,
-por qué lo he hecho, por qué he ido a ese
-sitio.</p>
-
-<p>&mdash;Es un fenómeno muy conocido&mdash;observó
-Zosimoff&mdash;; se realizan los actos
-a veces con una exactitud y con una
-habilidad extraordinarias; pero el principio
-de que emana ese acto se altera en
-el alienado y depende de diversas impresiones
-morbosas.</p>
-
-<p>La palabra «alienado» heló la sangre a
-todos; Zosimoff la dejó escapar inadvertidamente,
-porque estaba absorto en su
-tema favorito. Raskolnikoff, que seguía
-meditabundo, pareció no prestar atención
-alguna a las palabras del doctor. En sus<span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span>
-pálidos labios vagaba una extraña sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, vamos a ver, ¿ese hombre atropellado...?
-Te he interrumpido hace un
-momento&mdash;se apresuró a decir a Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sí!&mdash;dijo Raskolnikoff como
-despertando de un sueño&mdash;. Me manché
-de sangre ayudando a transportarle a su
-casa... A propósito, mamá; hice ayer una
-cosa imperdonable. Verdaderamente estaba
-trastornado. Todo el dinero que me
-habías enviado lo di a la viuda para el
-entierro. La pobre mujer es bien digna
-de lástima... Está tísica, le quedan tres
-hijos y no tiene con qué alimentarlos...
-Tiene también una hija... Quizá tú hubieses
-hecho lo mismo que yo si hubieras
-visto tanta miseria. Sin embargo, lo reconozco;
-yo no tenía el derecho de hacer
-eso, sobre todo sabiendo con cuánto
-trabajo me habéis procurado ese dinero.</p>
-
-<p>&mdash;No te preocupes por eso, Rodia; estoy
-convencida de que todo lo que tú haces
-está bien hecho&mdash;respondió la madre.</p>
-
-<p>&mdash;No, no estás muy convencida&mdash;replicó
-él procurando sonreírse.</p>
-
-<p>La conversación quedó suspendida durante
-unos minutos. Palabras, silencio,
-reconciliación, perdón, en todo había
-algo de forzado y cada cual de los presentes
-lo comprendía.</p>
-
-<p>&mdash;¿No sabes que Marfa Petrovna ha
-muerto?&mdash;dijo de repente Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué Marfa Petrovna?</p>
-
-<p>&mdash;Marfa Petrovna Svidrigailoff. Te
-hablé extensamente de ella en mi última
-carta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Sí, ya me acuerdo... ¿De modo
-que ha muerto?&mdash;dijo el joven con el estremecimiento
-propio del hombre que
-despierta&mdash;. ¿Es posible que haya muerto?
-¿Y de qué?</p>
-
-<p>&mdash;De repente&mdash;se apresuró a decir
-Pulkeria Alexandrovna, alentada a seguir
-por la curiosidad que demostraba
-su hijo&mdash;. Murió precisamente el mismo
-día que yo te escribí. Según parece, aquel
-pícaro de hombre ha sido la causa de su
-muerte. Se dice que le pegó demasiado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ocurrían con frecuencia esas escenas
-en su casa?&mdash;preguntó Raskolnikoff
-dirigiéndose a su hermana.</p>
-
-<p>&mdash;No, todo lo contrario; siempre se
-mostraba muy paciente y hasta cortés
-en ella. En muchos casos, daba pruebas
-de demasiada indulgencia, y esto durante
-siete años. Por lo visto le ha faltado, de
-repente, la paciencia.</p>
-
-<p>&mdash;De modo que no era un hombre tan
-terrible, puesto que la ha soportado durante
-siete años. Parece que le disculpas,
-Dunetshka.</p>
-
-<p>La joven frunció el entrecejo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, es un hombre terrible. Yo no
-puedo representármelo más detestable&mdash;respondió
-casi temblando, y se quedó
-pensativa.</p>
-
-<p>&mdash;Había ocurrido esta escena por la
-mañana&mdash;continuó Pulkeria Alexandrovna&mdash;.
-Inmediatamente después Marfa dió
-orden de enganchar, porque quería ir
-a la ciudad después de comer, según
-tenía por costumbre en ocasiones semejantes.
-Según se dice, comió con mucho
-apetito.</p>
-
-<p>&mdash;¿A pesar de los golpes?</p>
-
-<p>&mdash;Estaba ya acostumbrada a ellos.
-Al levantarse de la mesa fué a tomar el
-baño para marchar cuanto antes. Se trataba
-por la hidroterapia; hay una fuente
-en su casa y se bañaba todos los días.
-Apenas se metió en el agua, le dió un ataque
-de apoplejía.</p>
-
-<p>&mdash;No es extraño&mdash;observó Zosimoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Como su marido le había pegado
-tanto!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué importa eso?&mdash;dijo Advocia
-Romanovna.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hum! Yo no sé, mamá, por qué me
-cuentas semejantes tonterías&mdash;dijo Raskolnikoff
-con súbita irritación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si no sabía de qué hablar!&mdash;confesó
-cándidamente Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que me tenéis miedo&mdash;observó
-el joven con amarga sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;Es la verdad&mdash;respondió Dunia fijando
-en su hermano una mirada severa&mdash;.
-Cuando subíamos a esta casa, mamá ha
-hecho la señal de la cruz; tan asustada
-estaba.</p>
-
-<p>Las facciones del joven se alteraron
-de tal modo, que parecía que iba a darle
-una convulsión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Qué dices, hija? No te incomodes,
-Rodia, por Dios. ¿Cómo dices
-eso, Dunia?&mdash;añadió excusándose y cor<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span>tada
-Pulkeria Alexandrovna&mdash;. En el
-tren no he cesado de pensar en la felicidad
-de verte y de hablar contigo. Tanta
-ilusión tenía, que se me ha hecho muy corto
-el camino, y ahora soy feliz de encontrarme
-aquí, querido Rodia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta, mamá!&mdash;murmuró él muy
-agitado, y sin mirar a su madre le estrechó
-la mano&mdash;; tiempo tenemos de hablar.</p>
-
-<p>Apenas acabó de decir estas palabras
-se turbó y se puso pálido; de nuevo sentía
-un frío mortal en el fondo de su alma,
-de nuevo se confesaba que acababa
-de decir una horrible mentira, porque
-en adelante no le era permitido hablar
-sinceramente ni con su madre. Ni con nadie.
-La impresión que le produjo este
-cruel pensamiento fué tan viva que, olvidando
-la presencia de sus huéspedes,
-el joven se adelantó y se dirigió a la
-puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde vas?&mdash;gritó Razumikin
-asiéndole por un brazo.</p>
-
-<p>Raskolnikoff volvió a sentarse y dirigió
-en silencio una mirada en torno suyo.
-Todos le contemplaban con estupor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué fastidiosos son ustedes!&mdash;gritó
-de repente&mdash;. Digan algo. ¿Por qué están
-ahí como mudos? Hablen. Las personas
-no se reunen para estar calladas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bendito sea Dios! Yo pensaba que
-iba a darle otro acceso como ayer&mdash;dijo
-Pulkeria Alexandrovna haciendo la señal
-de la cruz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?&mdash;preguntó
-Advocia Romanovna con inquietud.</p>
-
-<p>&mdash;Nada; una tontería que me ha venido
-al pensamiento&mdash;y Raskolnikoff
-se echó a reír.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos. Si es una tontería, menos
-mal; pero yo temía...&mdash;murmuró Zosimoff
-levantándose&mdash;. Tengo que dejar
-a ustedes; procuraré dar más tarde una
-vuelta por aquí.</p>
-
-<p>Saludó y salió.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué buen hombre!&mdash;exclamó Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Es un buen hombre, un hombre
-de mérito, instruído, inteligente...&mdash;dijo
-Raskolnikoff pronunciando estas palabras
-con desacostumbrada animación&mdash;.
-No me acuerdo adónde le he visto antes
-de mi enfermedad. Tengo idea de que le
-conocía... ¡Ese sí que es un hombre excelente!&mdash;añadió
-señalando con un movimiento
-de cabeza a Razumikin, el cual
-acababa de levantarse.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso que me vaya...&mdash;dijo&mdash;.
-Tengo que hacer.</p>
-
-<p>&mdash;Nada tienes que hacer ahora; ¿quieres
-dejarnos porque se ha marchado Zosimoff?
-No, no te vas; pero, ¿qué hora
-es? ¿las doce? ¡Qué reloj tan bonito tienes,
-Dunia! ¿Por qué callan ustedes?
-No habla nadie más que yo...</p>
-
-<p>&mdash;Es un regalo de Marfa Petrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Y ha costado muy caro&mdash;añadió
-Pulkeria.</p>
-
-<p>&mdash;Creía que era un obsequio de Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;Aun no ha dado nada a Dunetshka.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, mamá! ¿No te acuerdas que estuve
-enamorado y que quise casarme?&mdash;dijo
-bruscamente, mirando a su madre,
-que se quedó asombrada del giro imprevisto
-que tomaba la conversación y del
-tono con que su hijo le hablaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! sí&mdash;respondió Pulkeria Alexandrovna,
-cambiando una mirada con Dunia
-y Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te he de decir de esto?; apenas
-me acuerdo ya. Era una joven enfermiza
-y raquítica&mdash;continuó como absorto
-y sin levantar los ojos del suelo&mdash;. Le
-gustaba dar limosna a los pobres y pensaba
-entrar en un monasterio. Cierto día
-se echó a llorar cuando me hablaba de
-estas cosas... Sí, sí, bien me acuerdo.
-Era más bien fea que guapa. La verdad
-es que no sé por qué me gustó; quizá
-porque estaba siempre enferma. Si además
-hubiese sido jorobada o coja, me parece
-que la hubiera querido más&mdash;añadió
-sonriéndose&mdash;. Aquello no tenía importancia...
-Fué una locura de primavera.</p>
-
-<p>&mdash;No, no era solamente una locura de
-primavera&mdash;afirmó Dunia con convencimiento.</p>
-
-<p>Raskolnikoff miró atentamente a su
-hermana; pero o no oyó o no comprendió
-las palabras de la joven. Después, con
-aire melancólico, se levantó, fué a besar a
-su madre y volvió a sentarse en su sitio.</p>
-
-<p>&mdash;¿La amas aún?&mdash;dijo con voz temblorosa
-Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Todavía? ¿Habláis de ella? No. Todo
-eso es para mí como una visión lejana...
-muy lejana... y desde hace mucho
-tiempo. Y lo cierto es que me causa
-la misma impresión cuanto me rodea.</p>
-
-<p>Raskolnikoff miró atentamente a las
-dos mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;Están ustedes aquí y me parece que
-me encuentro a mil verstas de este sitio.
-Pero, ¿por qué hablamos de estas cosas?
-¿Por qué preguntarme?&mdash;añadió con cólera;
-después, silenciosamente, se puso
-a morderse las uñas y se quedó como ensimismado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué mal alojamiento tienes, Rodia!;
-parece un sepulcro&mdash;dijo bruscamente
-Pulkeria Alexandrovna para interrumpir
-aquel penoso silencio&mdash;: segura estoy
-de que esta habitación es la causa de tu
-hipocondría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Esta habitación?&mdash;repitió él con
-aire distraído&mdash;. Sí, ha contribuído mucho...
-lo mismo he pensado yo; ¡si supieses,
-mamá, qué ideas tan extrañas acabas
-de expresar!&mdash;añadió de repente con
-sonrisa enigmática.</p>
-
-<p>Apenas podía soportar Raskolnikoff la
-presencia de aquella madre y de aquella
-hermana, de las cuales había estado separado
-durante tres años y con quienes
-comprendía que le era imposible toda conversación.
-Había, sin embargo, una cosa
-que no admitía dilación; así es que levantándose
-pensó que aquello debía ser
-resuelto de una manera o de otra. En tal
-momento se sintió feliz de encontrar un
-medio para salir del paso.</p>
-
-<p>&mdash;Ante todo he de pedirte, Dunia&mdash;comenzó
-a decir con tono seco&mdash;, que me
-dispenses por el incidente de ayer; pero
-creo que es una obligación en mí recordarte
-que sostengo los términos de mi dilema:
-o Ludjin o yo. Yo puedo ser un
-infame; pero tú no debes serlo. Basta con
-uno. Si te casas con Ludjin ceso de considerarte
-como a una hermana.</p>
-
-<p>&mdash;Hijo mío, hablas como ayer&mdash;exclamó
-asustada Pulkeria Alexandrovna&mdash;;
-¿por qué te tratas siempre de infame?
-Yo no puedo soportar que hables así.
-Ayer empleabas el mismo lenguaje.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano mío&mdash;respondió Dunia con
-un tono que no cedía en sequedad ni en
-violencia al de Raskolnikoff&mdash;, la falta
-de acuerdo en que nos encontramos,
-proviene de un error tuyo. He reflexionado
-esta noche y he descubierto en qué
-consiste. Tú supones que me sacrifico
-por alguien y eso es lo que te engaña.
-Yo me caso por mí misma, porque mi
-situación personal es difícil. Sin duda podré
-entonces ser más útil a mis prójimos;
-pero no es ése el motivo principal de mi
-resolución.</p>
-
-<p>&mdash;Miente&mdash;pensaba Raskolnikoff, que
-de cólera se mordía las uñas&mdash;. ¡Orgullosa!
-No confiesa que quiere ser mi bienhechora.
-¡Oh! ¡los caracteres bajos! ¡Su
-amor se parece al odio! ¡Oh, cuánto detesto
-a todos!</p>
-
-<p>&mdash;En una palabra&mdash;continuó Dunia&mdash;,
-me caso con Pedro Petrovitch, porque
-de dos males elija el menor. Tengo intención
-de cumplir lealmente cuanto él
-espera de mí. Por consiguiente no le engaño.
-¿De qué te ríes?</p>
-
-<p>Enrojeció repentinamente la joven y
-brilló en sus ojos un relámpago de cólera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que lo cumplirás todo?&mdash;preguntó
-Raskolnikoff sonriendo con amargura.</p>
-
-<p>&mdash;Hasta cierto límite; por la manera
-como Pedro Petrovitch ha pedido mi
-mano, he comprendido en seguida a lo
-que debo atenerme. Acaso tenga una opinión
-muy alta de sí mismo; mas espero
-que sabrá también apreciarme. ¿Por qué
-sigues riéndote?</p>
-
-<p>&mdash;Y tú, ¿por qué te pones otra vez colorada?
-Mientes, hermana, tú no puedes
-estimar a Ludjin: le he visto y he hablado
-con él. Te casas por interés; haces en
-todo caso una bajeza; por lo menos veo
-con gusto que sabes ruborizarte.</p>
-
-<p>&mdash;No es verdad, yo no miento&mdash;gritó
-la joven perdiendo su sangre fría&mdash;. No
-me casaré con él sin estar plenamente
-convencida de que le estimo. Felizmente
-tengo el medio de convencerme de ello
-en seguida, y lo que es más, hoy mismo.
-Este matrimonio no es una bajeza, como
-tú dices; pero aunque tuvieses razón,
-aun cuando yo estuviese convencida
-de cometer una bajeza, ¿no sería por tu
-parte una crueldad hablarme de ese modo?
-¿Por qué exigir un heroísmo que tú
-no tienes? Eso es una tiranía, una violencia.
-Caso de causar algún mal, sólo me<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>
-lo causaré a mí misma. Yo no he matado
-todavía a nadie. ¿Por qué me miras así?
-¿Por qué te pones pálido? ¿Qué tienes,
-hermano mío?</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío, se ha desmayado! ¡Y tú
-has sido la causa!&mdash;exclamó Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;No, no es nada, una tontería... Un
-ligero mareo... No he llegado a desmayarme
-del todo... los desmayos son buenos
-para vosotras... ¡hum! sí... ¿Qué es lo que
-yo quería decir? ¡Ah! ¿Cómo te convencerás
-hoy mismo de que puedes estimar
-a Ludjin y de que él te aprecia? ¿No es
-eso lo que decías hace un momento, o
-te he entendido yo mal?</p>
-
-<p>&mdash;Mamá, enseña a mi hermano la carta
-de Pedro Petrovitch&mdash;dijo Dunia.</p>
-
-<p>Pulkeria Alexandrovna presentó la
-carta con mano temblorosa. Raskolnikoff
-la leyó atentamente por dos veces.
-Todos esperaban algún acceso de furor.
-La madre, sobre todo, estaba muy inquieta.
-Después de haberse quedado pensativo
-un instante, el joven le devolvió
-la carta.</p>
-
-<p>&mdash;No comprendo nada&mdash;comenzó a
-decir sin dirigirse a nadie&mdash;: pronuncia
-discursos, es abogado, muy redicho en
-su conversación y escribe como un hombre
-sin cultura.</p>
-
-<p>Estas palabras causaron una estupefacción
-general. Nadie las esperaba.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos no escribe muy literariamente;
-aunque su estilo no sea del
-todo de un iletrado, maneja la pluma como
-un hombre de negocios&mdash;añadió
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Pedro Petrovitch no oculta que ha
-recibido poca instrucción y se enorgullece
-de ser hijo de sus obras&mdash;dijo Advocia
-Romanovna un poco contrariada
-del tono con que le hablaba su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; tiene motivo para enorgullecerse,
-no digo lo contrario. Parece que te ha
-incomodado porque sólo se me ha ocurrido
-una observación frívola a propósito
-de esta carta, y crees que insisto
-sobre semejantes tonterías para molestarte.
-Nada de eso; en lo que concierne
-al estilo, he hecho una observación que
-en el caso presente está muy lejos de carecer
-de importancia. Esta frase: «usted
-no tendrá que quejarse más que de sí
-misma», no deja nada que desear en punto
-a claridad. Además, manifiesta la intención
-de retirarse sobre la marcha si
-yo voy a vuestra casa. Esta amenaza de
-irse viene a decir que si no obedecéis, os
-plantará a las dos después de haberos
-hecho venir a San Petersburgo. ¿En qué
-piensas? Viniendo de Ludjin, ¿estas palabras
-pueden ofender tanto como podrían
-ofender si hubiesen sido escritas
-por éste (señaló a Razumikin), por Zosimoff
-o por uno de nosotros?</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;respondió Dunia&mdash;; bien me
-hago cargo de que ha expresado demasiado
-ingenuamente su pensamiento y de que
-quizá no es muy hábil para servirse de
-la pluma... Tu observación es muy juiciosa,
-hermano mío. Yo no esperaba...</p>
-
-<p>&mdash;Supuesto que escribe como un hombre
-de negocios, no podía expresarse de
-otro modo, y no hay que echarle en cara
-que se haya mostrado grosero. Por lo
-demás, debo quitarte una ilusión: en esta
-carta hay una frase que contiene una
-calumnia contra mí, y una calumnia por
-cierto bastante vil. Yo di ayer, en efecto,
-dinero a una viuda tísica y agobiada
-por la desgracia, no a pretexto, como ese
-señor escribe, de pagar los funerales, sino
-para pagarlos, y ese dinero se lo di a la
-viuda misma y no a la hija del difunto,
-a esa joven de conducta «notoriamente
-equívoca» a quien vi ayer por primera
-vez en mi vida. En todo esto descubro
-el deseo de pintarme con los más negros
-colores e indisponer a vosotras conmigo.
-Ha escrito en estilo jurídico, es decir,
-que revela muy claramente su objeto
-y lo persigue sin pretender disimularlo.
-Es inteligente, mas, para conducirse con
-discreción, no basta siempre la inteligencia.
-Todo lo que te he hecho notar
-pinta al hombre... y no creo que te aprecie
-mucho. Lo digo por tu bien, que de
-todas veras deseo.</p>
-
-<p>Dunia no respondió; había tomado su
-partido y esperaba que llegase la noche.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien, Rodia; ¿pero tú, qué decides?&mdash;preguntóle
-su madre, cuya inquietud
-iba en aumento oyendo discutir
-reposadamente a su hijo como un hombre
-de negocios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiero decir?</p>
-
-<p>&mdash;Ya ves lo que escribe Pedro Petro<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>vitch;
-desea que tú no vengas a nuestro
-alojamiento esta noche, y declara que
-se irá si te encuentra allí; por eso te pregunto
-qué piensas hacer.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no soy quien tiene que decirlo.
-A ti y a Dunia toca ver si esa exigencia
-de Pedro Petrovitch tiene o no algo de
-mortificante para vosotras&mdash;contestó fríamente
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Dunetshka ha resuelto la cuestión, y
-yo estoy de perfecto acuerdo con ella&mdash;se
-apresuró a contestar Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que es indispensable que asistas
-a esa entrevista; te suplico, pues, que
-no faltes. ¿Vendrás? Suplico a usted también
-que venga&mdash;continuó la joven dirigiéndose
-a Razumikin&mdash;. Mamá, me permito
-hacer esta invitación a Demetrio
-Prokofitch.</p>
-
-<p>&mdash;Y lo apruebo, hija mía. Hágase lo
-que vosotros dispongáis&mdash;añadió su madre&mdash;.
-Para mí es un alivio, no me gusta
-fingir ni mentir; lo mejor es una explicación
-franca. Si Pedro Petrovitch
-se enfada, peor para él.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div>
-
-<p>En aquel momento se abrió la puerta
-sin ruido y entró en la sala una joven
-mirando tímidamente en su derredor.
-Su aparición causó general sorpresa y todos
-los ojos se fijaron en ella con curiosidad.
-Al pronto no la conoció Raskolnikoff.
-Era Sofía Semenovna Marmeladoff.
-El joven la había visto por primera
-vez el día antes, en unas circunstancias
-y en un traje que le dejaron en la memoria
-una imagen distinta. Ahora era una joven
-de aspecto modesto, o más bien, pobre,
-de maneras corteses y reservadas y
-de expresión tímida. Vestía un traje muy
-sencillo y llevaba un sombrero pasado
-de moda. No conservaba ninguno de los
-adornos de la víspera; pero no había prescindido
-de la sombrilla. Su confusión al
-ver tanta gente que no esperaba encontrar
-fué tan grande, que dió un paso hacia
-atrás para retirarse.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿es usted?&mdash;dijo Raskolnikoff
-en el colmo del asombro, y él también
-se quedó turbado.</p>
-
-<p>Recordó entonces que la carta de Ludjin,
-leída un momento antes, contenía
-alusiones a cierta joven de conducta «notoriamente
-equívoca», acababa de protestar
-contra tal calumnia y de declarar
-que había visto a aquélla por primera vez
-el día anterior, y he aquí que se presentaba
-en su casa. En un abrir y cerrar de
-ojos todos estos pensamientos atravesaron
-mezclados por su imaginación; mas
-al observar más atentamente a la recién
-llegada, la vió tan abatida por la vergüenza,
-que sintió hacia ella súbita piedad.
-En el momento en que, asustada, iba a
-retirarse, se verificó en él un repentino
-cambio.</p>
-
-<p>&mdash;No esperaba a usted&mdash;se apresuró
-a decir invitándola con la mirada a que
-se quedase&mdash;. Haga usted el favor de tomar
-asiento. ¿Viene, sin duda, de parte
-de Catalina Ivanovna? Permítame usted,
-ahí no, siéntese aquí.</p>
-
-<p>Al entrar Sonia, Razumikin, que estaba
-sentado cerca de la puerta en una de
-las tres sillas que había en la habitación,
-se medio levantó para dejar paso a la
-joven. El primer impulso de Raskolnikoff
-fué indicar a Sonia el extremo del
-diván que Zosimoff había ocupado un
-momento antes; pero, pensando en que
-aquel mueble le servía de cama, mostró
-a la joven la silla de Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;Tú siéntate aquí&mdash;dijo a su amigo
-haciéndole sitio a su lado en el sofá.</p>
-
-<p>Sonia se sentó casi temblando y miró
-con timidez a las dos señoras. Era evidente
-que ella misma no se daba cuenta de
-cómo tenía la audacia de sentarse al lado
-de aquellas personas. Este pensamiento
-le causó tal impresión, que se levantó
-bruscamente y se dirigió, confusa, hacia
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Es cuestión de un minuto. Perdóneme
-usted la molestia&mdash;dijo con voz trémula&mdash;.
-Me envía Catalina Ivanovna.
-No tenía otra persona a quien mandar...
-Catalina Ivanovna suplica a usted encarecidamente
-que asista mañana a los funerales...
-en San Motrifinio, y que venga
-después a nuestra casa... es decir, a casa
-de ella a tomar un bocado. Catalina Ivanovna
-espera que le concederá este honor.</p>
-
-<p>&mdash;Ciertamente... haré lo posible por
-complacerla&mdash;balbució Raskolnikoff, que<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>
-se había incorporado a medias&mdash;. Tenga
-usted la bondad de volver a sentarse;
-hágame el favor de concederme dos minutos.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo la invitaba con un
-gesto a tomar asiento. Sonia obedeció,
-y después de dirigir una mirada tímida
-a las dos señoras, bajó rápidamente los
-ojos. Las facciones de Raskolnikoff se
-contrajeron, coloreáronse sus mejillas
-y sus ojos lanzaron llamas.</p>
-
-<p>&mdash;Mamá&mdash;dijo con voz vibrante&mdash;, es
-Sofía Semenovna Marmeladoff, la hija
-del desgraciado funcionario que murió
-ayer atropellado por un coche y del cual
-ya te he hablado.</p>
-
-<p>Pulkeria Alexandrovna miró a Sonia
-y guiñó ligeramente los ojos, pues a pesar
-del temor que experimentaba delante
-de su hijo, no pudo negarse esta satisfacción.
-Dunia se volvió hacia la pobre
-joven y se puso a examinarla con gravedad.
-Al oírse nombrar por Raskolnikoff,
-Sonia, cada vez más cortada, levantó
-de nuevo los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Quería preguntar a usted&mdash;prosiguió
-Rodia&mdash;qué ha pasado hoy en su
-casa, si las han molestado, si les ha causado
-alguna incomodidad la policía...</p>
-
-<p>&mdash;No; no ha ocurrido nada de particular...
-La causa de la muerte era tan
-evidente... que nos han dejado tranquilas.
-Sólo los inquilinos se han incomodado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Dicen que el cuerpo está demasiado
-tiempo en la casa... Como ahora hace
-calor, el olor... de modo que hoy se le
-conducirá a la capilla del cementerio,
-donde permanecerá hasta mañana. Al
-pronto se negaba Catalina Ivanovna,
-mas acabó por comprender que era preciso
-someterse.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que la conducción del
-cadáver es hoy?</p>
-
-<p>&mdash;Catalina Ivanovna espera que nos
-hará usted el obsequio de asistir a las
-exequias, y que irá usted después a la
-comida fúnebre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Da una comida?</p>
-
-<p>&mdash;Una modesta colación: me ha encargado
-dar a usted mil gracias por el socorro
-que nos entregó ayer... Sin usted, no hubiéramos
-podido hacer los gastos del funeral.</p>
-
-<p>Un temblor repentino agitó los labios
-y la barba de la joven; pero logró dominar
-su emoción y bajó de nuevo los ojos.</p>
-
-<p>Durante este breve diálogo Raskolnikoff
-la estuvo contemplando atentamente.
-Sonia tenía el rostro delgado y pálido;
-la nariz y la barbilla eran algo angulosas
-y puntiagudas y el conjunto bastante
-irregular; no se podía decir que era
-una beldad; pero, en cambio, sus ojos
-eran tan límpidos, y cuando se animaban
-comunicaban a su fisonomía tal expresión
-de bondad, que atraía irresistiblemente.
-Además se advertía otra particularidad
-característica en su rostro como
-en su persona: representaba mucha menos
-edad de la que tenía, y a pesar de
-contar ya diez y ocho años, se la hubiera
-tomado por una chiquilla. Esta circunstancia
-hacía reír al ver algunos de sus
-movimientos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es posible que Catalina Ivanovna
-pueda atender a esos gastos con
-tan escasos recursos? ¿Y todavía se propone
-dar una colación?&mdash;preguntó Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;El féretro será muy sencillo... Todo
-se hará con mucha modestia, de suerte
-que costará muy poco... Catalina y yo
-hemos calculado el gasto; después de
-pagado todo, quedará algo para dar la
-colación... Catalina Ivanovna tiene mucho
-interés en darla. No es posible decir
-nada en contrario... Además, esto le
-sirve de consuelo, y ya sabe usted cómo
-está y cómo es ella.</p>
-
-<p>&mdash;Comprendo, comprendo... ¿Le ha
-llamado a usted la atención mi cuarto?...
-Mi madre dice también que parece un
-sepulcro.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer se desprendió usted de todo por
-nosotras&mdash;respondió Sonia con voz sorda
-y rápida, bajando nuevamente los
-ojos.</p>
-
-<p>Sus labios y su barba volvieron a temblar.
-Desde su entrada le había impresionado
-la pobreza que reinaba en la habitación
-de Raskolnikoff y las palabras
-que acababa de pronunciar habíansele
-escapado a su pesar. Siguióse un cortés
-silencio. Las pupilas de Dunia brillaron
-y la misma Pulkeria Alexandrovna miró
-a Sonia con expresión afable.</p>
-
-<p>&mdash;Rodia&mdash;dijo levantándose&mdash;, su<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>pongo
-que comeremos juntos. Vámonos,
-Dunetshka... Tú deberías salir, Rodia,
-dar un paseíto, y, después de descansar
-un poco, venir a casa lo más pronto posible...
-Temo haberte fatigado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, iré&mdash;se apresuró a responder,
-levantándose también...&mdash;Tengo algo que
-hacer antes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuidado con irte a comer a otra parte!&mdash;exclamó
-Razumikin, mirando con
-asombro a Raskolnikoff&mdash;. Eso no puedes
-hacerlo de ninguna manera.</p>
-
-<p>&mdash;No, no iré con ustedes, les aseguro
-que iré... Pero tú quédate un minuto.
-De momento no tenéis necesidad de él,
-¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No, puede quedarse por ahora. Le
-espero, sin embargo, Demetrio Prokofitch,
-a comer con nosotras&mdash;dijo Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también se lo ruego, venga usted&mdash;añadió
-Dunia.</p>
-
-<p>Razumikin se inclinó radiante de alegría.
-Durante unos momentos todos experimentaron
-un malestar extraño.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, es decir, hasta muy pronto;
-no me gusta decir adiós... Adiós, Anastasia...
-vamos, ya se me escapó otra vez.</p>
-
-<p>Pulkeria Alexandrovna tenía intención
-de saludar a Sonia; pero, a pesar de toda
-su buena voluntad, no pudo resolverse
-a ello, y salió precipitadamente de la
-habitación.</p>
-
-<p>No hizo lo mismo Advocia Romanovna,
-que parecía haber esperado este momento
-con impaciencia. Cuando, después
-de su madre, pasó al lado de Sonia, hizo
-a ésta un saludo en toda regla. La pobre
-muchacha se turbó, se inclinó con tímido
-apresuramiento, y en su rostro se
-manifestó una impresión dolorosa, como
-si la atención de Dunia para con ella le
-hubiese afectado penosamente.</p>
-
-<p>&mdash;Dunia, adiós&mdash;dijo Raskolnikoff desde
-el rellano&mdash;; dame la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Ya te la he dado. ¿No te acuerdas?&mdash;respondió
-la joven, volviéndose hacia
-él con aire afable, aunque se sentía contrariada.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, dámela otra vez&mdash;y estrechó
-de nuevo la mano de su hermana.</p>
-
-<p>Dunia se sonrió ruborizándose, y en
-seguida se apresuró a apartar la mano y
-siguió a su madre. También ella se sentía
-contenta, sin que podamos decir por qué.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea! Está bien&mdash;exclamó Raskolnikoff
-volviendo al lado de Sonia, que se
-había quedado en el cuarto.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo la miraba con aire
-tranquilo.</p>
-
-<p>La jovencita advirtió, con sorpresa,
-que el semblante de su interlocutor se
-había esclarecido de repente. Durante
-algunos instantes Raskolnikoff la miró
-en silencio. Venía ahora a su memoria
-lo que Marmeladoff le había contado de
-su hija.</p>
-
-<p>&mdash;Oye el asunto de que quería hablarte&mdash;prosiguió
-el joven tomando del brazo
-a Razumikin y llevándoselo a un ángulo
-del aposento.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que puedo decir a Catalina
-Ivanovna que irá usted?</p>
-
-<p>Al decir esto, Sonia se dispuso a salir.</p>
-
-<p>&mdash;Soy con usted en seguida, Sofía Semenovna;
-nosotros no tenemos secretos
-y usted no nos molesta. Tengo que decirle
-dos palabras.</p>
-
-<p>E interrumpiéndose bruscamente se
-dirigió a Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú conoces a ése...? ¿Cómo se llama?...
-¡Ah, sí, ahora caigo! A Porfirio
-Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, le conozco; es pariente mío. ¿Por
-qué me lo preguntas?&mdash;repuso Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me dijiste ayer que instruía
-esa sumaria... del asesinato?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ¿y qué?&mdash;insistió Razumikin sorprendido
-por el sesgo que tomaba la conversación.</p>
-
-<p>&mdash;Me dijiste también que interrogaba
-a las personas que han empeñado alhajas
-en casa de la vieja; y como yo he empeñado
-alguna cosa, que no merece la
-pena de que se hable de ella... una sortija
-que me dió mi hermana cuando vine
-a San Petersburgo; y un reloj de plata,
-que perteneció a mi padre... Esos objetos
-no valen cinco rublos, pero tienen para
-mí el valor del recuerdo. ¿Qué debo hacer
-ahora? No quiero que se pierdan.
-Temblando estaba hace un momento,
-temeroso de que mi madre quisiera verlo
-cuando se hablaba del reloj de Dunia.
-Es la única cosa que habíamos conservado
-de mi padre. Si se hubiese perdido,
-mi madre tendría un verdadero disgus<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>to,
-¡las mujeres! Dime, pues, lo que debo
-hacer. Ya sé que es necesario prestar una
-declaración ante la policía; pero, ¿no será
-mejor que me dirija a Porfirio Petrovitch?
-¿Qué te parece? Me corre prisa
-arreglar este asunto. Ya verás cómo antes
-de comer me preguntará mi madre por
-el reloj.</p>
-
-<p>&mdash;No es a la policía a quien hay que
-acudir, sino a Porfirio Petrovitch&mdash;exclamó
-Razumikin extremadamente agitado&mdash;.
-¡Oh, qué contento estoy! Podemos
-ir en seguida; vive a dos pasos de aquí;
-seguro estoy de que le encontraremos.</p>
-
-<p>&mdash;Sea; vamos.</p>
-
-<p>&mdash;Se alegrará mucho de conocerte. Le
-he hablado muchas veces de ti. Ayer,
-sin ir más lejos. Vamos. ¿De modo que
-tú conocías a la vieja? ¡Ah, todo se explica
-admirablemente! ¡Ah! sí... Sofía
-Ivanovna.</p>
-
-<p>&mdash;Sofía Semenovna&mdash;rectificó Raskolnikoff,
-y dirigiéndose a la joven añadió&mdash;:
-Mi amigo Razumikin, excelente persona.</p>
-
-<p>&mdash;Si usted tiene que salir...&mdash;comenzó
-a decir Sonia a quien esta presentación
-había dejado aún más confusa y que no
-se atrevía a levantar los ojos para mirar
-a Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea, vamos!&mdash;dijo Raskolnikoff&mdash;:
-yo pasaré por su casa, Sofía Semenovna.
-Dígame sus señas.</p>
-
-<p>Pronunció estas palabras no con cortedad,
-sino con cierta precipitación y
-evitando las miradas de la joven. Esta
-dió sus señas no sin ruborizarse. Los tres
-salieron juntos.</p>
-
-<p>&mdash;¿No cierras la puerta?&mdash;preguntó
-Razumikin mientras bajaban la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;Nunca... Dos años hace que estoy
-pensando comprar una cerradura. ¡Felices
-aquellos que no tienen nada que
-guardar bajo llave!&mdash;añadió alegremente
-dirigiéndose a Sonia.</p>
-
-<p>Se detuvieron en el umbral de la
-puerta de la calle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted va por la derecha, Sofía
-Semenovna? ¡Ah! dígame usted: ¿Cómo
-ha podido dar con mi habitación?</p>
-
-<p>Veíase bien claro que lo que decía no
-era lo que quería decir. No se cansaba
-de contemplar los dulces y claros ojos de
-la joven.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si dió usted sus señas a Polenka!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué Polenka? ¡Ah! Sí. ¿La niña?
-¿Es hermanita de usted? ¿De modo que
-le di mis señas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo había usted olvidado?</p>
-
-<p>&mdash;No... me acuerdo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo había oído hablar de usted al
-difunto... pero no sabía su nombre... ni
-tampoco él lo sabía... Ahora he venido,
-y como ya conocía su nombre he preguntado:
-¿es aquí donde vive el señor Raskolnikoff?
-Adiós... Ya le diré a Catalina
-Ivanovna... Ignoraba que ocupaba
-usted un cuarto amueblado...</p>
-
-<p>Muy contenta de poder irse Sonia, se
-alejó con paso rápido sin levantar la
-vista. Le faltaba tiempo para llegar a la
-primera esquina de la calle a la derecha,
-a fin de substraerse a las miradas de los
-jóvenes y reflexionar sin testigos, sobre
-todos los incidentes de esta visita. Jamás
-había experimentado nada semejante;
-todo un mundo ignorado surgía confusamente
-en su alma. Recordó de pronto que
-Raskolnikoff le había manifestado espontáneamente
-su intención de ir a verla
-aquel mismo día, quizá aquella misma
-mañana, tal vez dentro de un momento.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, ojalá no venga hoy!&mdash;murmuró
-angustiada&mdash;. ¡Dios mío! ¡En mi casa!
-¡En aquella habitación...! y vería... ¡Dios
-mío, Dios mío!</p>
-
-<p>Estaba demasiado preocupada para
-notar que desde su salida de la casa había
-sido seguida por un desconocido. En
-el momento en que Raskolnikoff, Razumikin
-y Sonia se habían detenido en
-la acera para hablar breves instantes,
-la casualidad hizo que aquel señor pasase
-al lado de ellos. Las palabras de la joven:
-«He preguntado si vive aquí el señor
-Raskolnikoff», llegaron furtivamente
-a oídos del desconocido y le hicieron estremecerse.
-Miró disimuladamente a los
-tres interlocutores y en particular a Raskolnikoff,
-a quien Sonia se había dirigido,
-y le examinó después la cara para poder
-reconocerle en caso de necesidad;
-todo esto fué hecho en un abrir y cerrar
-de ojos y de un modo que no pudiera infundir
-sospechas, después de lo cual el
-señor se alejó acortando el paso como si
-hubiera seguido a alguien. Era a Sonia
-a quien esperaba; bien pronto la vió des<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>pedirse
-de los dos jóvenes y encaminarse
-a su casa.</p>
-
-<p>«¿Dónde vive? Yo he visto esta cara
-en alguna parte. Es menester que lo averigüe.»</p>
-
-<p>Cuando hubo llegado a la esquina de
-la calle, pasó a la otra acera, se volvió
-y advirtió que la joven marchaba en la
-misma dirección que él. Sonia no se
-daba cuenta de que la seguían y la observaban.
-Cuando llegó a la esquina, la
-joven la dobló y el desconocido continuó
-siguiéndola, andando por la acera opuesta y
-sin perderla de vista. Al cabo de cincuenta
-pasos atravesó la calle, alcanzó
-a Sonia y marchó detrás de ella a una distancia
-de cinco pasos.</p>
-
-<p>Era un hombre de unos cincuenta
-años; pero muy bien conservado y que
-representaba mucha menos edad; era alto,
-fuerte y algo cargado de espaldas.
-Vestido de una manera tan cómoda como
-elegante y con guantes nuevos, llevaba
-en la mano un buen bastón que hacía
-sonar a cada paso sobre la acera. Todo
-en su persona delataba un hombre distinguido.
-Su ancho rostro era bastante
-agradable; al mismo tiempo el brillo de
-su tez y sus rojos labios no permitían
-tomarle por un petersburgués. Sus cabellos
-muy espesos, eran excesivamente
-rubios y apenas empezaban a encanecer;
-la barba larga, ancha y bien cuidada,
-tenía todavía un color más claro que sus
-cabellos. La mirada de sus ojos azules
-era fría, seria y fija.</p>
-
-<p>El desconocido tuvo bastante tiempo
-para observar que la joven iba distraída
-y absorta. Al llegar delante de su casa
-franqueó el umbral. El señor que la seguía
-continuó detrás de ella un poco
-asombrado. Después de entrar en el zaguán,
-Sonia tomó por la escalera de la
-derecha que conducía a su habitación.
-«¡Bah!»&mdash;dijo para sí el señor, y subió
-también. Entonces fué cuando la joven
-advirtió la presencia del desconocido.
-Llegó al tercer piso, se entró por un corredor
-y llamó en el número nueve, debajo
-del cual se leía en la puerta estas dos
-palabras escritas con tiza: <i>Kapernumoff,
-Sastre</i>. «¡Bah!»&mdash;repitió el hombre sorprendido
-por aquella coincidencia, y llamó
-al lado, en el número ocho. Las dos
-puertas estaban a seis pasos la una de la
-otra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted vive en casa de Kapernumoff?&mdash;dijo,
-riéndose, a Sonia&mdash;. Me
-arregló ayer un chaleco. Yo vivo aquí,
-cerca de usted, en el departamento de
-la señora Gertrudis Karlovna Reslich,
-¡qué casualidad!</p>
-
-<p>Sonia le miró con atención.</p>
-
-<p>&mdash;Somos vecinos&mdash;continuó diciendo
-con tono alegre&mdash;. Llegué ayer a San
-Petersburgo. Vamos, hasta que tenga el
-gusto de volver a verla.</p>
-
-<p>Sonia no respondió.</p>
-
-<p>Se abrió la puerta y la joven entró en
-su cuarto intimidada y vergonzosa.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Razumikin iba muy animado camino
-de la casa de Porfirio en compañía de su
-amigo.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente, querido&mdash;repetía
-muchas veces&mdash;. Estoy encantado, lo
-que se dice encantado. No sabía que tuvieses
-ninguna cosa empeñada en casa
-de la vieja y... y... ¿hace mucho tiempo
-que has estado en su casa?</p>
-
-<p>&mdash;¿Que cuándo estuve?&mdash;murmuró
-Raskolnikoff, como procurando recordar&mdash;.
-Me parece que fué la antevíspera
-de su muerte. Por lo demás, no se trata
-de desempeñar ahora esos objetos&mdash;se
-apresuró a decir como si esta cuestión
-le hubiese vivamente preocupado&mdash;. No
-tengo más que un rublo, gracias a las
-locuras que hice ayer bajo la influencia
-de ese maldito delirio.</p>
-
-<p>Y recalcó de una manera particular
-la palabra «delirio».</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, sí, sí&mdash;contestó Razumikin
-respondiendo a un pensamiento que se
-le había ocurrido en aquel instante&mdash;.
-¿De modo que por eso tú...? La cosa me
-había chocado. Ahora me explico por qué
-no cesabas de hablar de sortijas, de cadenas
-de oro y de reloj mientras delirabas.
-Es claro, ahora todo me lo explico.</p>
-
-<p>«¡Oh!&mdash;pensó Raskolnikoff&mdash;esa idea
-se la había metido en la cabeza; tengo la
-prueba: este hombre, que se haría crucificar
-por mí, se considera ahora feliz
-al explicarse por qué yo hablaba de sortijas
-durante mi delirio. Mi lenguaje ha
-debido confirmar a todos en sus sospechas.»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué, le encontraremos?&mdash;preguntó
-en alta voz.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo que le encontraremos&mdash;respondió
-sin vacilar Razumikin&mdash;. Es
-un buen muchacho, amigo mío. Un poco
-desmadejado, es cierto, pero no dudo de
-que carezca de buenos modales, no; es
-por otro concepto por lo que lo encuentro
-desmadejado. Lejos de ser tonto, es muy
-inteligente; pero tiene un carácter particular...
-Es incrédulo... escéptico, cínico;
-le gusta burlarse de sus amigos.
-A pesar de esto, es fiel al <i>viejo juego</i>, es
-decir, no admite más que pruebas materiales...
-pero sabe su oficio. El año último
-desembrolló todo un proceso de
-asesinato en el cual faltaban todos los
-indicios. ¡Tiene tantos deseos de conocerte!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! no es porque... verás. En estos
-últimos días, cuando tú estabas malo,
-hemos tenido ocasión de hablar a menudo
-de ti... Asistía a nuestras conversaciones,
-y cuando supo que tú eras estudiante
-de Derecho y que te habías visto
-obligado a dejar la Universidad, dijo:
-«¡Qué lástima!» Yo he deducido de aquí...
-es decir, yo no me fundo solamente en
-esto, sino en otras cosas. Ayer, Zametoff...
-Oyeme, Raskolnikoff; cuando ayer te
-acompañaba estaba borracho y hablaba
-sin ton ni son; temo que hayas tomado
-mis palabras demasiado en serio...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que me dijiste? ¿Que me
-tienen por loco? Acaso tengas razón&mdash;respondió
-Raskolnikoff con sonrisa forzada.</p>
-
-<p>Se callaron. Razumikin estaba radiante
-de júbilo y Raskolnikoff lo advertía
-con cólera. Lo que su amigo acababa de
-decirle acerca del juez de instrucción
-no dejaba de inquietarle.</p>
-
-<p>«Lo esencial es saber&mdash;pensó Raskolnikoff&mdash;si
-Porfirio tiene conocimiento de
-mi visita ayer a casa de la bruja y de la
-pregunta que hice acerca de la sangre.
-Es preciso, ante todo, que yo compruebe
-esto. Es preciso, desde el primer momento,
-desde mi entrada en su despacho,
-que lo lea sobre su rostro; de otro modo,
-aunque me pierda, seré sincero.»</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes una cosa?&mdash;dijo bruscamente
-dirigiéndose a Razumikin con maliciosa
-sonrisa&mdash;. Me parece que desde esta
-mañana estás muy agitado. ¿No es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;No, de ninguna manera&mdash;respondió
-Razumikin contrariado.</p>
-
-<p>&mdash;No me engaño, amigo mío. Hace
-poco estabas sentado en el borde de una
-silla, lo que nunca te ocurre. Parecía que
-te hallabas sobre pinchos; te sobresaltabas
-a cada instante. Tu humor variaba
-sin cesar. Tan pronto te ponías colérico,
-tan pronto dulce como la miel. Hasta te
-ruborizabas. Sobre todo, cuando te invitaron
-a comer, te pusiste del color de
-la grana.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué absurdo! ¿Por qué dices eso?</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes que tienes timideces de colegial?
-¡Demonio! ¿Te pones otra vez colorado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Eres insoportable!</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿por qué esa confusión, Romeo?
-Deja hacer; yo lo contaré todo hoy
-en alguna parte, ¡ja, ja, ja! ¡cómo se va
-a reír mi madre y otra persona!</p>
-
-<p>&mdash;Escucha, escucha, déjate de bromas
-y ¡diablo!&mdash;murmuró Razumikin helado
-de terror&mdash;. ¿Qué le vas a contar?
-¡di!... ¡Qué puerco eres!</p>
-
-<p>&mdash;Estás hecho una verdadera rosa de
-primavera. ¡Y si supieses qué bien te
-sienta eso! ¡Un Romeo de dos archinas
-y doce verchok! ¡pero, vamos, veo que
-te has lavado hoy y te has cortado las
-uñas! ¿Cuánto tiempo te has estado arreglando?
-¡Calle! ¡Si hasta creo que te has
-dado pomada! ¡Baja, baja la cabeza,
-para que te huela!</p>
-
-<p>&mdash;¡¡¡Indecente!!!</p>
-
-<p>Raskolnikoff soltó la carcajada, y esta
-hilaridad que el joven, en apariencia, no
-podía dominar, duraba aún cuando llegaron
-a casa de Porfirio Petrovitch.
-Desde el cuarto podían oírse las risas del
-visitante en la antesala. Esto era precisamente
-lo que quería Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si dices una palabra, te reviento!&mdash;murmuró
-Razumikin furioso, agarrando
-por un brazo a su amigo.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>V.</h3></div>
-
-<p>Raskolnikoff entró en el despacho del
-juez de instrucción con la fisonomía de
-un hombre que hace todo lo posible para
-estar serio y sólo lo consigue a medias.
-Detrás de él entró disgustado Razumikin
-y más rojo que un pavo, con el semblante<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span>
-alterado por la cólera y por la vergüenza.
-La figura desgarbada y la cara mohina
-de este mocetón eran bastante chuscas
-para justificar la hilaridad de su compañero.
-Porfirio Petrovitch, en pie en
-medio de la habitación, interrogaba con
-la mirada a los dos visitantes. Raskolnikoff
-se inclinó ante el dueño de la casa,
-cambió con él un fuerte apretón de manos
-y fingió hacer un violento esfuerzo
-para ahogar su deseo de reír, mientras
-que decía su nombre y clase; acababa
-de recobrar su sangre fría y de balbucear
-algunas palabras, cuando, en medio de la
-presentación, sus ojos se encontraron
-por casualidad con Razumikin, y entonces
-no pudo contentarse y su seriedad se
-trocó en una carcajada, tanto más ruidosa
-cuanto más comprimida. Razumikin
-sirvió a maravilla los propósitos de
-su amigo, porque aquel desatinado reír
-le hizo montar en cólera, lo que acabó
-de dar a toda la escena apariencia de franca
-y natural alegría.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, bribón!&mdash;vociferó con tan violento
-ademán, que derribó un veladorcito
-sobre el cual estaba un vaso que había
-contenido te.</p>
-
-<p>&mdash;Señores, ¿por qué me echan ustedes
-a perder el mobiliario? Es un perjuicio
-que causan ustedes al Estado&mdash;exclamó
-alegremente Porfirio Petrovitch.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se reía con tantas ganas,
-que durante algunos momentos se olvidó
-de retirar la mano de la del juez de
-instrucción; pero hubiera sido poco natural
-dejarla más tiempo; así es que la
-separó en el momento oportuno para dar
-la mayor verosimilitud posible al papel
-que representaba.</p>
-
-<p>Razumikin, por su parte, se hallaba
-más confuso que al principio, a causa
-de haber tirado el velador y roto el vaso.
-Después de haber contemplado con aire
-sombrío las consecuencias de su arrebato,
-se dirigió a la ventana, y allí, dando
-la espalda al público, se puso a mirar
-por ella, mas sin ver nada. Porfirio Petrovitch
-se reía por cortesía; pero, evidentemente,
-aguardaba explicaciones. En
-un rincón, sentado en una silla, estaba
-Zametoff. Al entrar los visitantes se había
-levantado a medias, tratando de sonreír;
-sin embargo, no parecía engañado
-por esta escena, y observaba a Raskolnikoff
-con curiosidad particular. Este
-último no había esperado encontrar allí
-al polizonte, y su presencia le causó una
-desagradable sorpresa.</p>
-
-<p>«He ahí una cosa con la que no contaba»&mdash;pensó.</p>
-
-<p>&mdash;Perdóneme usted, se lo suplico&mdash;dijo
-alto, con cortedad fingida, Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Me proporcionan ustedes un
-placer. Han entrado de un modo tan divertido...
-Ese no quiere dar los buenos
-días&mdash;añadió Porfirio Petrovitch, indicando
-con un movimiento de cabeza a
-Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;No sé por qué se ha enfurecido conmigo.
-Le he dicho solamente en la calle
-que se parecía a Romeo... se lo he demostrado...
-y no ha pasado más.</p>
-
-<p>&mdash;¡Imbécil!&mdash;gritó Razumikin, sin volver
-la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Ha debido de tener motivos más
-graves, para tomar tan a mal una burla
-insignificante&mdash;observó, riendo, Porfirio
-Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;Ya pareció el juez de instrucción...
-Siempre investigador. ¡Todos al diablo!&mdash;replicó
-Razumikin, y echándose a
-reír y recobrando súbitamente su buen
-humor, se acercó a Porfirio Petrovitch&mdash;.
-Basta de tonterías, y a nuestro asunto.
-Te presento a mi amigo Rodión Romanovitch
-Raskolnikoff, que ha oído hablar
-mucho de ti y desea conocerte; tiene,
-además, que hablarte de una cosa. ¡Eh,
-Zametoff! ¿Por qué diantre estás aquí?
-De modo que os conocíais, ¿y desde
-cuándo?</p>
-
-<p>«¿Qué quiere decir esto?»&mdash;se preguntó
-con inquietud Raskolnikoff.</p>
-
-<p>La pregunta de Razumikin pareció
-molestar algo a Zametoff; sin embargo,
-se repuso en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Fué ayer, en su casa, cuando nos
-conocimos&mdash;dijo con desenvoltura.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos! Entonces ha sido la mano de
-la Providencia la que ha arreglado todo
-esto. Figúrate, Porfirio, que la semana
-pasada me había manifestado vivos deseos
-de que te lo presentase; pero, según
-se ve, no habéis tenido necesidad de mí.
-¿Tienes tabaco?</p>
-
-<p>El juez estaba en traje de la mañana.<span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span>
-Batín de casa, pantuflas en chancleta
-y camisa muy limpias. Era hombre de
-treinta y cinco años, más bien bajo que
-alto, grueso y ligeramente panzudo. No
-llevaba barba ni bigote, y tenía los cabellos
-cortados al rape. Su cabeza, gruesa
-y redonda, presentaba una redondez
-particular en la región de la nuca. Su
-rostro gordinflón también redondo y un
-poco aplastado, no carecía ni de vivacidad
-ni de alegría, aunque la tez, de un
-color amarillento obscuro, estaba lejos
-de indicar buena salud. Se hubiera podido
-encontrar en él hasta cierta candidez,
-si no hubiera sido por los ojos que,
-velados por pestañas casi blancas, parecían
-estar siempre guiñados, como si hicieran
-signos de inteligencia a alguien.
-La mirada de estos ojos daba un extraño
-mentís al resto de la fisonomía. A primera
-vista, el físico del juez de instrucción
-ofrecía cierta semejanza con el de
-un campesino; pero esta ilusión no engañaba
-por mucho tiempo al observador
-inteligente.</p>
-
-<p>En cuanto oyó que Raskolnikoff tenía
-que tratar con él de un negocio, Porfirio
-Petrovitch le invitó a que se sentase en
-el diván, tomando él asiento en el otro
-extremo, y poniéndose con gran celo a
-su disposición. De ordinario nos sentimos
-un poco molestos cuando un hombre,
-a quien apenas conocemos, manifiesta
-una gran curiosidad por oírnos, y nuestra
-cortedad aumenta cuando el objeto
-de que vamos a hablarle es a nuestros
-propios ojos de poca importancia.</p>
-
-<p>Sin embargo, Raskolnikoff pudo, en
-cortas y precisas palabras, exponer su
-deseo y observar al mismo tiempo, mientras
-hablaba, a Porfirio Petrovitch. Este,
-por su parte, no le quitaba los ojos
-de encima. Razumikin, sentado enfrente
-de él, escuchaba con impaciencia, y sus
-miradas iban sin cesar de su amigo al
-juez de instrucción y viceversa, cosa que
-pasaba los linderos de lo natural.</p>
-
-<p>«¡Ese imbécil!»&mdash;decíase interiormente
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Es preciso hacer una declaración a
-la policía&mdash;respondió con indiferencia
-Porfirio Petrovitch&mdash;. Expondrá usted
-que, informado de tal acontecimiento,
-es decir, de ese asesinato, desea manifestar
-al juez de instrucción encargado
-del proceso, que tales o cuales objetos
-le pertenecen a usted, y que quiere desempeñarlos...
-Por lo demás, ya se le escribirá
-a usted.</p>
-
-<p>&mdash;Desgraciadamente&mdash;replicó Raskolnikoff
-con fingida cortedad&mdash;no estoy
-en fondos... y mis medios no me permiten
-desempeñar esas baratijas... ¿Ve
-usted?... Quisiera limitarme a declarar
-que esos objetos son míos, y que, en cuanto
-tenga dinero...</p>
-
-<p>&mdash;Eso no importa&mdash;replicó Porfirio
-Petrovitch, que acogió fríamente esta
-explicación financiera&mdash;; por lo demás,
-puede usted, si quiere, escribirme directamente,
-declarando que, enterado de
-lo ocurrido, desea usted decirme que tales
-objetos le pertenecen y que...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y puedo escribir esa carta en cualquier
-papel?&mdash;interrumpió Raskolnikoff
-afectando siempre no preocuparse de otra
-cosa que del aspecto pecuniario de la
-cuestión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! en cualquier papel.</p>
-
-<p>Porfirio Petrovitch pronunció estas
-palabras con aire francamente burlón,
-haciendo un guiño a Raskolnikoff. Por
-lo menos, el joven hubiera jurado que
-aquel movimiento de ojos se dirigía a
-él y que encubría mal una segunda intención.
-Quizás después de todo se engañaba,
-porque aquello duró apenas el
-espacio de un segundo.</p>
-
-<p>«Ese lo sabe»&mdash;se dijo instantáneamente.</p>
-
-<p>&mdash;Perdóneme usted haberle molestado
-por tan poca cosa&mdash;añadió bastante
-desconcertado&mdash;. Esos objetos valen en
-junto cinco rublos, pero tienen para
-mí especial valor, y confieso que tuve
-mucha inquietud cuando supe...</p>
-
-<p>&mdash;Por esto te pusiste tan alterado ayer
-al oírme decir a Zosimoff, que Porfirio
-Petrovitch interrogaba a los propietarios
-de los objetos empeñados&mdash;recalcó
-con intención evidente Razumikin.</p>
-
-<p>Era demasiado. Raskolnikoff no pudo
-contenerse y lanzó sobre aquel inadvertido
-hablador una mirada relampagueante
-de cólera; mas, comprendiendo en seguida
-que acababa de cometer una imprudencia,
-trató de repararla.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que te burlas de mí, amigo<span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span>
-mío&mdash;dijo a Razumikin, con aire ofendido&mdash;.
-Reconozco que me preocupo, quizá
-demasiado, de cosas muy insignificantes
-a tus ojos; pero esto no es una razón
-para mirarme como un hombre egoísta
-y avaro; estas miserias pueden tener valor
-para mí. Como te decía hace un momento,
-ese reloj de plata, que apenas vale
-un groch, es lo único que me queda de
-mi padre. Búrlate cuanto quieras, pero
-mi madre ha venido a verme&mdash;y al decir
-esto se volvió hacia el juez&mdash;, y si supiese&mdash;continuó
-de nuevo dirigiéndose a
-Razumikin poniendo la voz todo lo temblorosa
-que pudo&mdash;, si supiese que no
-tengo el reloj, te aseguro que la pobre
-sentiría un nuevo disgusto. ¡Oh, las mujeres!</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, qué dices? No me has entendido.
-Has interpretado mal mi pensamiento&mdash;protestaba
-Razumikin todo
-acongojado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habré hecho bien? ¿Habré forzado
-demasiado la nota?&mdash;se preguntaba ansiosamente
-Raskolnikoff&mdash;. ¿Por qué habré
-dicho yo «las mujeres»?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Ha venido su madre de usted?&mdash;preguntó
-Porfirio Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo ha llegado?</p>
-
-<p>&mdash;Ayer noche.</p>
-
-<p>El juez de instrucción se quedó callado
-un momento como si reflexionase.</p>
-
-<p>&mdash;Los objetos que le pertenecen no
-hubieran podido extraviarse jamás&mdash;repuso
-con tono tranquilo y frío&mdash;. Desde
-hace tiempo, esperaba yo la visita de
-usted.</p>
-
-<p>Al decir esto aproximó vivamente el
-cenicero a Razumikin que sacudía implacablemente
-sobre el tapete su cigarro.
-Raskolnikoff se estremeció; pero el
-juez de instrucción no pareció advertirlo,
-ocupado como estaba en preservar
-el tapete.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Esperabas su visita? ¿De
-modo que sabías que había empeñado algunas
-cosas?</p>
-
-<p>Sin responder, Porfirio Petrovitch se
-dirigió a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Las alhajas de usted, una sortija
-y un reloj, se encontraban en casa de la
-víctima envueltas en un pedazo de papel
-en el cual estaba completamente legible,
-escrito con lápiz, el nombre de usted
-con la indicación del día en que se habían
-empeñado esos objetos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué memoria tiene usted para todas
-estas cosas!&mdash;dijo Raskolnikoff
-con sonrisa forzada, procurando sobre
-todo mirar con serenidad al juez de instrucción;
-no pudo, sin embargo, contenerse,
-y añadió bruscamente&mdash;: digo
-esto, porque deben de ser muchos, sin
-duda, los dueños de objetos empeñados
-y debe de costarle a usted, me parece
-a mí, mucho trabajo recordarlos a todos...
-Pero veo, por el contrario, que no
-olvida usted ni a uno... y... y...</p>
-
-<p>«¡Estúpido! ¡Idiota! ¿qué necesidad
-tenías de añadir esto?»</p>
-
-<p>&mdash;Es que casi todos se han dado ya
-a conocer y usted no se había presentado
-aún&mdash;respondió Porfirio con un dejo
-casi imperceptible de burla.</p>
-
-<p>&mdash;No me encontraba muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Lo he oído decir. Se me ha dicho que
-estaba usted muy enfermo. Todavía está
-usted pálido.</p>
-
-<p>&mdash;No, no estoy pálido... al contrario,
-me siento muy bien&mdash;respondió Raskolnikoff
-con tono brutal y violento.</p>
-
-<p>Sentía hervir en él una cólera que no
-podía dominar.</p>
-
-<p>«El arrebato va a hacerme cometer
-alguna tontería&mdash;pensó&mdash;. Pero, ¿por qué
-me exasperan?»</p>
-
-<p>&mdash;Que no se sentía muy bien, ¡vaya
-un eufemismo!&mdash;exclamó Razumikin&mdash;.
-La verdad es que hasta ayer ha estado
-casi sin conocimiento. ¿Lo creerías, Porfirio?
-Ayer, pudiendo apenas sostenerse
-sobre las piernas, aprovechando un momento
-en que Zosimoff y yo acabábamos
-de dejarle, se vistió, salió de su casa y estuvo
-vagando hasta media noche, Dios
-sabe por dónde... y estando en completo
-delirio; ¿puedes imaginarte una cosa semejante?
-Es un caso de los más notables.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! <i>¿En estado completo de delirio?</i>&mdash;dijo
-Petrovitch con el movimiento de
-cabeza propio de los campesinos rusos.</p>
-
-<p>&mdash;Es absurdo, ¿verdad? Por lo demás,
-yo no tengo necesidad de decirle a usted
-esto. La convicción de usted está formada&mdash;dejó
-escapar Raskolnikoff cediendo
-a un arrebato de cólera; pero Porfirio Pe<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span>trovitch
-no pareció fijarse en estas extrañas
-palabras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo habías de haber salido tú,
-si no hubieses estado delirando?&mdash;dijo
-exaltándose Razumikin&mdash;. ¿Para qué
-semejante salida? ¿Con qué objeto? Y
-sobre todo, ¿por qué escapar así, ocultándote?
-Has de convenir conmigo en
-que tenías perturbadas tus facultades
-mentales. Te lo digo así, muy clarito,
-ahora que el peligro ha pasado.</p>
-
-<p>&mdash;Me habían fastidiado tanto ayer...&mdash;dijo
-Raskolnikoff dirigiéndose al juez
-de instrucción con una sonrisa que parecía
-un desafío&mdash;, y queriendo librarme
-de ellos salí para alquilar un cuarto en
-que no pudiesen descubrirme; había tomado
-para este efecto cierta cantidad.
-El señor Zametoff me vió el dinero en la
-mano; dígame usted, señor Zametoff, si
-deliraba yo ayer o si estaba en mi sano
-juicio. Sea usted el árbitro de nuestra
-disputa.</p>
-
-<p>En aquel momento de buena gana
-hubiera estrangulado al polizonte que le
-irritaba por su mutismo y la expresión
-de su mirada.</p>
-
-<p>&mdash;Me pareció que hablaba usted muy
-sensatamente y con mucha sutileza; pero
-le encontré a usted demasiado irascible&mdash;declaró
-secamente Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;Y hoy&mdash;añadió Porfirio&mdash;me ha
-dicho Nikodim Fomitch que había encontrado
-a usted ayer, a hora muy avanzada
-de la noche, en casa de un funcionario
-que acababa de ser atropellado por un
-carruaje...</p>
-
-<p>&mdash;Eso mismo viene en apoyo de lo que
-yo decía&mdash;dijo Razumikin&mdash;. ¿No te has
-conducido como un loco en casa de un
-funcionario? ¿No te despojaste de todo
-tu dinero para pagar el entierro? Comprendo
-que quisieses socorrer a la viuda;
-pero podías haberle dado quince rublos,
-veinte, si quieres, pero siempre reservándote
-algo para ti. Por el contrario, lo
-diste... te desprendiste de tus veinticinco
-rublos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué sabes tú? Tal vez he encontrado
-un tesoro. Ayer estaba yo en
-vena de ser generoso... El señor Zametoff,
-aquí presente, sabe que he encontrado
-un tesoro... Pido a ustedes perdón de
-haberles molestado durante media hora
-en mi insubstancial palabrería&mdash;prosiguió
-con los labios temblorosos dirigiéndose
-a Porfirio&mdash;. He importunado
-a ustedes, ¿no es eso?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué dice usted? Todo al contrario;
-si usted supiese cuánto me interesa y lo
-curioso que resulta oírle... Confieso a
-usted que estoy encantado de haber recibido
-su visita.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, danos te! Tenemos el gaznate
-seco&mdash;exclamó Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Excelente idea!, pero antes del te
-querrás tomar algo más sólido, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;¡Caracoles! ¡Algo más sólido! ¿A qué
-esperas?</p>
-
-<p>Porfirio Petrovitch salió para encargar
-el te.</p>
-
-<p>En el cerebro de Raskolnikoff, hervían
-multitud de pensamientos. Estaba por
-extremo excitado.</p>
-
-<p>&mdash;Ni siquiera se toman el trabajo de
-fingir, no usan muchas precauciones;
-este es el punto principal. Puesto que Porfirio
-no me conocía, ¿por qué ha hablado
-de mí con Nikodim Fomitch? No se cuidan
-de ocultar que husmean mis huellas
-como traílla de perros. ¡Me escupen en
-la cara desfachatadamente!&mdash;decía temblando
-de rabia&mdash;. Id derechamente contra
-mí, pero no juguéis conmigo como el
-gato con el ratón. Eso es una descortesía,
-Porfirio Petrovitch, y yo no lo tolero...
-Me levantaré y os arrojaré la verdad
-a la cara y veréis entonces cuánto
-os desprecio.</p>
-
-<p>Respiró con ansia y continuó pensando:</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero si todo esto no existiese más
-que en mi imaginación, si fuese un espejismo,
-si hubiese interpretado mal las
-cosas?... Tratemos de sostener nuestro
-feo papel y no vayamos a perdernos como
-un imbécil por un arrebato de cólera.
-Quizá les atribuyo intenciones que no
-tienen. Sus palabras carecen en rigor de
-malicia, nada de particular tienen; pero
-deben de encerrar una segunda intención.
-¿Por qué Zametoff ha observado
-que yo le <i>hablé con mucha sutileza</i>? ¿por
-qué me han hablado con ese tono? Sí; me
-han hablado con un tono particular...
-¿Cómo todo esto no le ha chocado a Razumikin?
-Ese estúpido no se entera jamás
-de nada. Creo que tengo otra vez
-fiebre. ¿Me hizo Porfirio hace un poco<span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span>
-un guiño con los ojos, o acaso me he engañado?
-No pienso más que absurdos;
-¿por qué había de guiñarme los ojos?
-¿Se proponen irritar mis nervios para
-empujarme hasta el fin? todo esto es pura
-fantasmagoría o saben... Zametoff ha
-estado insolente; tiempo ha tenido desde
-ayer de reflexionar. Ya presumía yo que
-cambiaría de opinión. Está aquí como
-en su casa, y eso que ha venido hoy por
-primera vez. Porfirio no le trata como a
-un extraño y hasta se sienta volviéndole
-la espalda. Estos dos se han hecho
-amigos y sin duda por mi causa han comenzado
-sus relaciones. Seguro estoy
-de que hablaban de mí cuando he llegado.
-¿Tienen noticia de mi visita al cuarto
-de la vieja? Desearía saberlo... Cuando
-he dicho que había salido para alquilar
-un cuarto, Porfirio se ha hecho el desentendido...
-pero he hecho bien en decirlo;
-más tarde me podrá servir; en cuanto
-al delirio, el juez de instrucción no
-parece darle crédito. «Sabe perfectamente
-lo que hice yo aquella noche... Ignoraba
-la llegada de mi madre... ¡Y aquella
-bruja que había apuntado con lápiz la
-fecha del empeño!... No, no, la seguridad
-que afectáis no me engaña; hasta ahora
-no tenéis hechos; os fundáis solamente
-en vagas conjeturas. Citadme un hecho,
-si podéis alegar uno solo en contra mía.
-La visita que hice a la vieja nada prueba;
-se puede explicar por un delirio. Me acuerdo
-de lo que dije a los dos obreros y al
-<i>dvornik</i>... ¿Saben que estuve allí? No me
-iré hasta que me cerciore de que lo saben
-o no. ¿Por qué he venido? Pero he aquí
-que ahora me encolerizo y esto sí que es
-de temer. ¡Ah, qué irritable soy! Después
-de todo más vale quizá que sea así: sigo
-representando un papel de enfermo. Parece
-que va a interrogarme... Esto me
-va a hacer vacilar y perder la cabeza.
-¿Por qué he venido?»</p>
-
-<p>Todas estas ideas atravesaron su espíritu
-con la rapidez del relámpago. Al
-cabo de un instante volvió Porfirio Petrovitch.
-Parecía de muy buen humor.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer, al salir de tu casa, amigo mío,
-no estaba yo muy bien de cabeza&mdash;comenzó
-a decir dirigiéndose a Razumikin con
-una alegría que no había demostrado
-hasta entonces&mdash;; pero yo estoy bien.
-¿Y qué tal? ¿la velada fué interesante?
-Os dejé en el momento más animado.
-¿Por quién quedó la victoria?</p>
-
-<p>&mdash;Como es natural, por nadie: todos
-argumentaron a más y mejor en pro de
-sus viejas tesis. Figúrate que la discusión
-versaba ayer sobre lo siguiente&mdash;agregó,
-volviéndose hacia Raskolnikoff&mdash;:
-¿hay crímenes o no los hay?
-¡Cuántas tonterías dijeron con tal motivo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay en eso de extraordinario?
-Es una cuestión social que ni siquiera
-tiene el mérito de la novedad&mdash;respondió
-distraídamente Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;La cuestión no se planteó en esos
-términos&mdash;observó el juez.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, no fué precisamente en
-esos términos&mdash;repuso Razumikin con
-su insistencia de costumbre&mdash;. Escucha,
-Rodia, y dinos tu opinión. Ayer me hicieron
-perder la paciencia; te esperaba
-porque me habías prometido tu visita.
-Los socialistas comenzaron por exponer
-su teoría. Sabido es en qué consiste: el
-crimen es una protesta contra un orden
-social mal organizado; nada más. Con eso
-creen haberlo dicho todo; no admiten
-otro móvil para los actos criminales; según
-ellos, el hombre es lanzado al crimen
-únicamente por el ambiente. Es su
-frase favorita.</p>
-
-<p>&mdash;A propósito de crimen y de ambiente&mdash;dijo
-Porfirio Petrovitch, dirigiéndose
-a Raskolnikoff&mdash;; recuerdo un trabajo
-de usted que me interesó vivamente;
-hablo de su artículo sobre el <i>Crimen</i>... no
-me acuerdo bien del título. Tuve el gusto
-de leerlo hace dos meses en <i>La Palabra
-Periódica</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Un artículo mío en <i>La Palabra Periódica</i>!&mdash;exclamó
-Raskolnikoff, sorprendido&mdash;.
-Recuerdo que, hace seis meses,
-cuando salí de la Universidad, escribí
-un artículo a propósito de un libro; pero
-lo llevé a <i>La Palabra Semanal</i> y no a
-<i>La Palabra Periódica</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Pues fué publicado en esta última.</p>
-
-<p>&mdash;Como <i>La Palabra Semanal</i> suspendió
-su publicación, mi artículo no pudo salir.</p>
-
-<p>&mdash;Pero como esa revista se fundió
-con <i>La Palabra Periódica</i>, hace dos meses
-que apareció en ésta el artículo a que me
-refiero. ¿No lo sabía usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, puede usted ir a cobrar
-su importe. ¡Qué raro es usted! Ni siquiera
-se entera de lo que directamente
-le interesa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Muy bien, Rodia!&mdash;exclamó Razumikin&mdash;.
-Tampoco yo lo sabía. Hoy mismo
-voy a pedir el número en el gabinete
-de lectura. ¿Hace dos meses que se publicó?
-¿En qué fecha? No importa, lo
-encontraré. ¡Y qué callado se lo tenía!</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo ha sabido usted que el artículo
-era mío? Yo no lo había firmado.</p>
-
-<p>&mdash;Lo he sabido recientemente por una
-mera casualidad. El redactor jefe es amigo
-mío, y me descubrió el secreto. Ese
-trabajo me interesó sobremanera.</p>
-
-<p>&mdash;Examinaba yo en él, lo recuerdo
-perfectamente, el estado psicológico del
-delincuente en el momento de cometer
-el crimen.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, y procuraba usted demostrar
-que en ese momento el criminal es un enfermo.
-Me parece una teoría muy original;
-pero no fué ésa la parte de su artículo
-que más me interesó; me fijé especialmente
-en un pensamiento que se
-encontraba en el mismo, y que, por desgracia,
-explicaba usted con demasiada
-concisión. En una palabra, como sin duda
-recordará usted, parece que quería
-dar a entender que existen en la tierra
-hombres que pueden, o por mejor decir,
-que tienen el derecho absoluto de cometer
-todo género de acciones culpables y
-criminales; hombres, en fin, para quienes
-en cierto modo no rezan las leyes.</p>
-
-<p>Al oír esta pérfida interpretación de
-su pensamiento, Raskolnikoff se sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Qué? ¿El derecho al crimen?
-No; lo que quiso decir es que el criminal
-se ve impulsado al delito por la influencia
-irresistible del ambiente. ¿No
-es eso?&mdash;preguntó Razumikin con inquietud.</p>
-
-<p>&mdash;No, no se trata de eso&mdash;replicó Porfirio&mdash;.
-En dicho artículo se clasifica a
-los hombres en ordinarios y extraordinarios.
-Los primeros deben vivir en la
-obediencia y no tienen derecho a violar
-la ley; los segundos poseen el derecho de
-cometer todos los crímenes y de saltar
-por encima de todas las leyes, precisamente
-porque son hombres extraordinarios:
-si no me engaño, esto es lo que usted
-dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¿Como? ¡Es imposible que sea
-eso!&mdash;balbució Razumikin estupefacto.</p>
-
-<p>Raskolnikoff volvió a sonreír. Había
-comprendido en seguida que se trataba
-de arrancarle una declaración de principios,
-y acordándose de su artículo no
-vaciló en explicarlo.</p>
-
-<p>&mdash;No es eso&mdash;comenzó a decir con tono
-sencillo y modesto&mdash;. Confieso, no
-obstante, que ha reproducido usted con
-bastante exactitud mi pensamiento, y
-hasta, si usted quiere, diré que con mucha
-exactitud (pronunció estas últimas
-palabras con cierta satisfacción); lo que
-yo no he dicho, como usted me lo hace
-decir, es que las personas extraordinarias
-tengan absoluto derecho para cometer en
-todo caso cualesquiera acciones criminales.
-Supongo que la censura no habría
-dejado pasar un artículo concebido en
-tales términos. He aquí sencillamente
-lo que yo me he permitido decir: el hombre
-extraordinario tiene el derecho, no
-oficialmente, sino por sí mismo, de autorizar
-a su conciencia a franquear ciertos
-obstáculos; pero sólo en el caso en que se
-lo exija la realización de su idea, la cual
-puede ser a veces útil a todo el género
-humano. Usted pretende que mi artículo
-no es claro y voy a tratar de explicarlo:
-quizá no me engañe al suponer
-que tal es el deseo de usted. Según mi
-parecer, si los inventos de Kleper y de
-Newton, a causa de ciertas circunstancias
-no hubieran podido darse a conocer
-sino mediante el sacrificio de uno, de
-diez, de ciento o de un número mayor de
-vidas que hubiesen sido obstáculos a
-esos descubrimientos, Newton habría tenido
-el derecho, más aún, habría tenido
-el deber de <i>suprimir</i> a esos diez, a esos
-cien hombres, a fin de que sus descubrimientos
-fuesen conocidos por el mundo
-entero. Esto no quiere decir, como
-usted comprenderá, que Newton tuviese
-el derecho de asesinar a quien se le antojase
-ni de robar a quien le viniese en gana.
-En mi artículo insisto, me acuerdo de
-ello, sobre esta idea, a saber: que todos
-los legisladores y guías de la humanidad,
-comenzando por los más antiguos y pasando
-por Licurgo, Solón y Mahoma hasta<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>
-llegar a Napoleón, etc., todos sin excepción
-han sido delincuentes, porque en el
-hecho de dar nuevas leyes han violado
-las antiguas, que eran observadas fielmente
-por la sociedad y transmitidas a
-las generaciones futuras; indudablemente
-no retrocedían ellos ante el derramamiento
-de sangre en cuanto les podía ser útil.
-Es también de notar que todos estos bienhechores
-y guías de la humanidad han
-sido terriblemente sanguinarios. Por consiguiente,
-no sólo los grandes hombres
-sino todos aquellos que se elevan sobre el
-nivel común y que son capaces de decir
-alguna cosa nueva, deben, en virtud de
-su naturaleza propia, ser necesariamente
-delincuentes, en mayor o menor grado,
-según los casos. De otro modo, sería imposible
-salir de la rutina; y quedarse en
-ella, es cosa en que no pueden consentir,
-pues, a mi manera de ver, su propio deber
-se lo prohibe. En resumen, ya ve usted
-que aquí no hay nada de particular y
-nuevo en mi artículo. Esto ha sido dicho
-e impreso mil veces. En cuanto a mi
-clasificación de personas en ordinarias y
-extraordinarias, reconozco que es un poco
-caprichosa, pero dejo a un lado la cuestión
-de cifras, a la que doy poca importancia.
-Creo únicamente que en el fondo
-mi pensamiento es justo. Este pensamiento
-se resume diciendo que la Naturaleza
-divide a los hombres en dos categorías:
-la una inferior, la de los hombres
-ordinarios, cuya sola misión es la de reproducir
-seres semejantes a sí mismos;
-la otra, superior, que comprende los hombres
-que poseen el don o el talento de
-hacer oír una palabra nueva. Claro es
-que las subdivisiones son innumerables;
-pero las dos categorías presentan rasgos
-distintivos bastante determinados. Pertenecen
-a la primera, de una manera general,
-los conservadores, los hombres
-de orden que viven en la obediencia y
-que la aman. En mi opinión están obligados
-a obedecer, porque tal es su destino,
-y porque esto no tiene nada de humillante
-para ellos. El segundo grupo se
-compone exclusivamente de hombres que
-violan la ley o tienden, según sus medios,
-a violar; sus delitos son naturalmente
-relativos y de una gravedad variable. La
-mayor parte reclama la destrucción de lo
-que es, en nombre de lo que debe ser. Mas
-si por su idea deben verter la sangre y
-pasar por encima de cadáveres, pueden
-en conciencia hacer ambas cosas en interés
-de su idea, por supuesto. En ese
-sentido, mi artículo reconocía el derecho
-al crimen (¿recuerda usted que nuestro
-punto de partida ha sido una cuestión
-jurídica?). Por otra parte, no hay que inquietarse
-mucho; casi siempre la masa
-les niega ese derecho, los decapita o los
-cuelga, y obrando de esta suerte, cumple
-con mucha justicia su misión conservadora
-hasta el día, si bien es verdad que
-esta misma masa erige estatuas a los supliciados
-y los venera alguna que otra vez.
-El primer grupo es siempre dueño del
-presente, el segundo lo es del porvenir.
-El uno conserva el mundo y multiplica
-los habitantes; el otro, mueve al mundo
-y lo conduce a su objeto. Estos y aquéllos
-tienen absolutamente el mismo derecho
-a la existencia y ¡viva la guerra eterna!
-Hasta la nueva Jerusalén, por supuesto...</p>
-
-<p>&mdash;De modo que usted cree en la nueva
-Jerusalén.</p>
-
-<p>&mdash;Sí que creo&mdash;respondió enérgicamente
-Raskolnikoff, que durante su largo
-discurso había tenido los ojos bajos mirando
-obstinadamente un punto del
-tapete.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cree usted en Dios? Perdóneme
-usted esta curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;Sí que creo&mdash;repitió el joven mirando
-a Porfirio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y en la resurrección de Lázaro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Por qué me lo pregunta usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cree usted al pie de la letra?</p>
-
-<p>&mdash;Al pie de la letra.</p>
-
-<p>&mdash;Dispense usted que le haga estas preguntas,
-esto me interesaba; pero, permítame,
-vuelvo al asunto de que hablábamos
-antes; no se ejecuta siempre a esos
-hombres extraordinarios; hay algunos,
-por lo contrario, que...</p>
-
-<p>&mdash;¿Que triunfan en vida? ¡Oh, sí! esto
-ocurre, y entonces...</p>
-
-<p>&mdash;Son ellos los que llevan al suplicio
-a los otros.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando es preciso. Y a decir verdad,
-ése es el caso más frecuente. En general,
-la observación es muy exacta.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias. Pero, dígame usted,
-¿cómo pueden distinguirse los hom<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>bres
-extraordinarios de los ordinarios?
-¿Traen al nacer alguna señal? Soy de parecer
-que convendría un poco más de
-exactitud, una limitación en cierto modo
-más clara. Dispense usted esta inquietud
-natural en un hombre práctico y bien intencionado;
-pero, ¿no podrían llevar un
-traje particular, un emblema cualquiera?
-Porque, figúrese usted... si se produce
-una confusión, si un individuo de una categoría
-se figura que es de otra, y se pone,
-según la expresión feliz de usted, «a suprimir
-todos los obstáculos...»</p>
-
-<p>&mdash;Eso ocurre con mucha frecuencia;
-esa observación es más sutil aún que la
-primera.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias.</p>
-
-<p>&mdash;No hay de qué darlas. Pero considere
-usted que el error sólo es posible en la
-primera categoría, es decir, en aquellos
-que he llamado quizá con impropiedad
-«hombres ordinarios». No obstante su
-tendencia innata a desobedecer, muchos
-de ellos, por efecto de un juego de la Naturaleza,
-se consideran hombres de la
-vanguardia, «demoledores», y se creen llamados
-a hacer oír la palabra «nueva»,
-y esta ilusión es en ellos muy sincera. Al
-mismo tiempo no conocen de ordinario
-a los verdaderos innovadores y los desprecian
-como a gentes atrasadas y sin
-elevación de espíritu. Pero yo creo que
-no hay en eso un verdadero peligro y
-que no debe usted inquietarse, porque
-ellos no van muy lejos; sin duda se podría
-azotarlos como castigo a su error
-y volverlos de nuevo a su puesto; pero
-de todos modos, no hay necesidad de molestar
-al ejecutor: ellos mismos se aplican
-la disciplina, porque son personas
-muy morales y unas veces se prestan los
-unos a los otros estos servicios y otras
-veces se azotan ellos por sus propias
-manos... Ocasiones hay en que ellos
-mismos se imponen diversas penitencias
-públicas, lo que no deja de ser edificante;
-no debe usted preocuparse por ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos! Por esta parte al menos, me
-ha tranquilizado usted; pero hay una
-cosa que todavía me preocupa: dígame
-usted, si le place, ¿hay muchas personas
-«extraordinarias que tienen el derecho de
-asesinar a las otras»? Pronto estoy a inclinarme
-ante ellas; pero si son muchas,
-confiese usted que la cosa será bastante
-desagradable.</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco por eso se debe usted inquietar&mdash;prosiguió
-en el mismo tono
-Raskolnikoff&mdash;. En general, nace un número
-muy escaso de hombres con una idea
-nueva, ni aun capaces de darse cuenta
-de lo que es nuevo. Es evidente que el
-reparto de los nacimientos en las diversas
-categorías y subdivisiones de la especie
-humana, debe de estar estrictamente
-determinado por una ley de la Naturaleza.
-Claro es que esta ley nos es desconocida;
-pero yo creo que existe y que llegará
-a descubrirse algún día. Una enorme
-masa de gente sólo ha venido a la
-tierra para dar al mundo, después de largos
-y misteriosos cruzamientos de razas,
-un hombre que, entre mil, poseerá alguna
-independencia; a medida que va
-aumentando el grado de independencia
-no se encuentra más que un hombre por
-cada diez mil, o por cada cien mil (son cifras
-aproximadas). Se cuenta un genio entre
-muchos millones de individuos, y quizá
-pasan millares de millones de hombres
-sobre la tierra, antes de que surja una de
-esas altas inteligencias que renuevan la
-faz del mundo. En una palabra, yo no
-he ido a mirar en la retorta en que todo
-eso se opera; pero hay, debe de haber
-una ley fija. En esto no puede existir
-el azar.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué es eso? ¿Os estáis burlando
-los dos?&mdash;gritó Razumikin&mdash;. Esto
-es una comedia. ¡Se están divirtiendo el
-uno a costa del otro! ¿Hablas con formalidad,
-Rodia?</p>
-
-<p>Sin responderle, Raskolnikoff levantó
-hacia él su rostro pálido en el que se pintaba
-cierta expresión de sufrimiento. Al
-observar la fisonomía tranquila y triste
-de su amigo, Razumikin encontró extraño
-el tono cáustico, provocador y descortés
-que había tomado Porfirio. Luego
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Sí, amigo mío, en efecto, esto es serio...
-Sin duda tiene razón al decir que no
-es nuevo y que se parece a todo lo que hemos
-oído y leído mil veces; pero lo que
-hay en ello verdaderamente original y
-que te pertenece realmente es, siento decirlo,
-eso del derecho de derramar sangre
-que concedes o prohibes, perdóname,<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
-con tanto fanatismo... He aquí, por consiguiente,
-el pensamiento principal de tu
-artículo. Esa autorización moral de matar
-es, a mi entender, más espantosa que lo
-sería la autorización legal, oficial...</p>
-
-<p>&mdash;Exacto, más espantosa&mdash;afirmó Porfirio.</p>
-
-<p>&mdash;No. La expresión ha ido más allá
-de tu pensamiento; no es eso lo que has
-querido decir; yo leeré tu artículo. Sucede,
-que hablando suele ir uno más lejos
-de lo que se proponía. Tú no puedes pensar
-tal cosa; yo lo leeré.</p>
-
-<p>&mdash;No hay nada de eso en mi artículo;
-apenas he tocado esa cuestión&mdash;dijo
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí&mdash;repuso el juez&mdash;; ahora comprendo
-sobre poco más o menos la manera
-que tiene usted de considerar el crimen;
-pero... perdone usted mi insistencia. Si
-un joven se imagina ser un Licurgo o un
-Mahoma... futuro, no hay que decir que
-comenzará por suprimir cuantos obstáculos
-le impidan cumplir su misión. Este
-tal me diría: «Yo emprendo una larga
-campaña, y para una campaña hace falta
-dinero...» Esto supuesto, se procuraría
-recursos... Ya adivina usted de qué
-manera...</p>
-
-<p>Al oír estas palabras, Zametoff refunfuñó,
-no sabemos qué, en su rincón.
-Raskolnikoff no le miró siquiera.</p>
-
-<p>&mdash;Obligado estoy a reconocer&mdash;respondió
-éste con calma&mdash;que, en efecto, existirán
-algunos de estos casos. Eso es un
-lazo que el amor propio tiende a los vanidosos
-y a los tontos. Los jóvenes, sobre
-todo, se dejan cazar con él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo está usted viendo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? Yo no tengo la culpa: sucede
-y sucederá siempre. Hace un momento,
-este amigo nuestro me reprendía por
-autorizar el asesinato&mdash;añadió señalando
-a Razumikin&mdash;; ¿qué importa? ¿Acaso
-no está la sociedad suficientemente protegida
-por las deportaciones, las cárceles,
-los jueces de instrucción y los presidios?
-¿Por qué inquietarse? ¡Buscad al ladrón!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si le encontramos?</p>
-
-<p>&mdash;Peor para él.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos usted es lógico; ¿pero
-qué le diría su conciencia?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y a usted qué le importa eso?</p>
-
-<p>&mdash;Es una cuestión que interesa al sentimiento
-humano.</p>
-
-<p>&mdash;El que tiene conciencia sufre reconociendo
-su error; ése es su castigo, independientemente
-del presidio.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo&mdash;preguntó Razumikin,
-frunciendo el entrecejo&mdash;, que los hombres
-de genio, aquellos a quienes les es
-concedido el derecho de matar, no deben
-experimentar ningún sufrimiento al derramar
-sangre?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere decir eso de «no deben»?
-El sufrimiento no se permite ni se prohibe.
-Que sufran si tienen piedad de su
-víctima... El sufrimiento acompaña siempre
-a una conciencia amplia y a un corazón
-profundo. Los hombres verdaderamente
-grandes, deben, me parece a mí,
-experimentar honda tristeza en la tierra&mdash;añadió
-Raskolnikoff, acometido de súbita
-melancolía, que formaba contraste
-con la conversación precedente.</p>
-
-<p>Levantó los ojos, miró a todos los que
-estaban en la sala con aire soñador, sonrió
-y tomó su gorra. Estaba muy tranquilo,
-con la comparación, con la actitud
-que tenía cuando entró, y se daba cuenta
-de ello.</p>
-
-<p>Todos se levantaron.</p>
-
-<p>Porfirio Petrovitch volvió a la carga.</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted injuriarme o incomodarse
-o no conmigo; pero mi deseo es
-más fuerte que yo y es menester que le
-dirija todavía una pregunta. Verdaderamente
-me avergüenza abusar de usted
-de este modo... En tanto que pienso en
-esto, y para no olvidarla, quisiera comunicar
-a usted una idea que se me ha ocurrido...</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno!... diga usted su idea&mdash;respondió
-Raskolnikoff en pie, pálido y serio,
-frente al juez de instrucción.</p>
-
-<p>&mdash;Verá usted... verdaderamente no sé
-cómo expresarme... es una idea muy extraña,
-psicológica... Al escribir su artículo,
-es muy probable... que se considerase
-usted como uno de esos hombres «extraordinarios»
-de quienes hablaba hace poco...
-¿No es así?</p>
-
-<p>&mdash;Es muy posible&mdash;respondió desdeñosamente
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Razumikin hizo un movimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Si eso fuese así, ¿no estaría usted de<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>cidido,
-ya para triunfar de dificultades
-materiales, ya para facilitar el progreso
-de la humanidad, no se decidiría usted
-repito, a franquear el obstáculo, por ejemplo...
-a matar y a robar?</p>
-
-<p>Al mismo tiempo guiñaba el ojo izquierdo
-y se reía silenciosamente como
-antes.</p>
-
-<p>&mdash;Si estuviese decidido a eso, no lo diría
-a usted&mdash;replicó Raskolnikoff con
-acento altanero de desafío.</p>
-
-<p>&mdash;Mi pregunta no tenía más objeto
-que el de una curiosidad literaria; la he
-hecho únicamente con el fin de penetrar
-el sentido del artículo de usted.</p>
-
-<p>«¡Oh qué lazo tan grosero! ¡Qué malicia
-prendida con alfileres!»&mdash;pensó Raskolnikoff
-con algo de desprecio.</p>
-
-<p>&mdash;Permítame usted que le diga&mdash;respondió
-secamente&mdash;que yo no me creo
-ni un Mahoma, ni un Napoleón, ni ningún
-otro personaje de este género: por
-consiguiente, no puedo explicarle a usted
-lo que yo haría si estuviese en lugar
-de ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién hay ahora en Rusia que no
-se crea un Napoleón?&mdash;dijo con brusca
-familiaridad el juez instructor.</p>
-
-<p>Esta vez también la entonación de su
-voz delataba un segundo fin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será acaso un futuro Napoleón el
-que ha matado a Alena Ivanovna esta
-semana última?&mdash;saltó, de repente, desde
-su rincón Zametoff.</p>
-
-<p>Sin pronunciar una palabra, Raskolnikoff
-fijó en Porfirio una mirada fría
-y penetrante. Las facciones de Razumikin
-se contrajeron. Un rato hacía ya que
-parecía dudar de algo. Paseó en torno
-suyo una mirada irritada. Durante un
-minuto reinó sombrío silencio. Raskolnikoff
-se dispuso a salir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se marcha usted ya?&mdash;dijo cariñosamente
-Porfirio tendiendo la mano al
-joven con extrema amabilidad&mdash;. Estoy
-encantado de haberle conocido. En cuanto
-a su solicitud, esté usted tranquilo.
-Escriba en el sentido que le he dicho. O
-más vale que venga usted a verme uno
-de estos días... mañana, por ejemplo.
-Estaré aquí sin falta a las once. Lo arreglaremos
-todo y hablaremos un poco...
-Como usted es uno de los últimos que ha
-estado <i>allí</i>, podrá quizá decirnos algo&mdash;añadió
-en tono de campesino el juez de
-instrucción.</p>
-
-<p>&mdash;¿Trata usted de interrogarme en
-toda regla?&mdash;preguntó secamente Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;De ninguna manera. No se trata de
-tal cosa en este momento. No me ha comprendido
-usted. Yo aprovecho todas las
-ocasiones, y... he hablado ya con todos
-los que tenían objetos empeñados en casa
-de la víctima... Muchos me han suministrado
-datos interesantes... y como usted
-es el último que estuvo... A propósito&mdash;exclamó
-con súbita alegría&mdash;, es una
-suerte que haya pensado... ya se me olvidaba...
-(al decir esto se volvió hacia Razumikin);
-el otro día me mareaba a propósito
-de ese Mikolai... pues mira, estoy
-cierto, convencido de su inocencia&mdash;prosiguió
-dirigiéndose a Raskolnikoff&mdash;. Pero,
-¿qué hacer? Ha sido preciso también
-molestar a Mitka. He aquí lo que yo
-quería preguntar a usted: Al subir la escalera
-de la casa... permítame usted que
-se lo pregunte, ¿era entre siete y ocho
-cuando estuvo allí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;respondió, y en seguida sintió
-haber dado esta respuesta, que no tenía
-necesidad de dar.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Al subir la escalera entre siete
-y ocho, ¿no vió usted en el segundo
-piso, en un cuarto cuya puerta estaba
-abierta, ¿no recuerda usted?, a dos obreros,
-o por lo menos uno de ellos, que estaba
-pintando la habitación? ¿No reparó
-usted? Eso es muy importante para los
-dos obreros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pintores? No, no los vi...&mdash;respondió
-lentamente Raskolnikoff, como si tratase
-de recordar.</p>
-
-<p>Durante un segundo, puso en tensión
-violenta todos los resortes de su espíritu
-para descubrir con claridad qué lazo
-ocultaba la pregunta hecha por el juez
-de instrucción.</p>
-
-<p>&mdash;No, no los vi ni advertí tampoco
-si estaba abierto el cuarto&mdash;continuó
-muy contento de haber descubierto la
-trampa&mdash;; de lo que sí me acuerdo es
-que del cuarto piso el empleado que vivía
-enfrente de Alena Ivanovna estaba de
-mudanza. Lo recuerdo muy bien, porque
-tropecé con dos soldados que llevaban
-un sofá y tuve necesidad de arrimarme<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>
-a la pared... Pero lo que es pintores, no
-recuerdo haberlos visto, ni tampoco de
-si alguna puerta estaba abierta. No, no
-lo vi...</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero qué estás diciendo!&mdash;gritó de
-repente Razumikin, que hasta entonces
-había estado como reflexionando&mdash;: Si
-fué el mismo día del asesinato cuando los
-pintores trabajaban en ese cuarto y Rodia
-estuvo dos días antes en la casa, ¿por
-qué le haces esa pregunta?</p>
-
-<p>&mdash;¡Calle! pues es verdad, he confundido
-las fechas&mdash;exclamó Porfirio dándose
-una palmada en la frente&mdash;. ¡Qué diablos!
-este asunto me hace perder la cabeza&mdash;añadió
-a modo de excusa dirigiéndose a
-Raskolnikoff&mdash;. Es tan importante saber
-si alguno los ha visto en el cuarto
-entre siete y ocho, que sin pararme a
-reflexionar he creído obtener de usted
-esta aclaración... He confundido los días.</p>
-
-<p>&mdash;Pues convendría fijarse más&mdash;gruñó
-Razumikin.</p>
-
-<p>Estas últimas palabras fueron dichas
-en la antesala. Porfirio acompañó amablemente
-a sus visitantes hasta la puerta.
-Estos estaban tristes y sombríos cuando
-salieron de la casa y anduvieron muchos
-pasos sin cambiar una palabra. Raskolnikoff
-respiraba como hombre que acababa
-de atravesar por una prueba penosa.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div>
-
-<p>&mdash;No lo creo. No puedo creerlo&mdash;repetía
-Razumikin, que hacía toda clase de
-esfuerzos para rechazar las conclusiones
-de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Estaban ya cerca de la casa Bakalaieff
-en donde hacía largo tiempo los esperaban
-Pulkeria Alexandrovna y Dunia.</p>
-
-<p>En el calor de la discusión, Razumikin
-se detenía a cada instante en medio de la
-calle; estaba muy agitado, porque era la
-primera vez que los dos jóvenes hablaban
-de <i>aquello</i> sin valerse de palabras encubiertas.</p>
-
-<p>&mdash;No lo creas si no quieres&mdash;respondió
-con fría e indiferente sonrisa Raskolnikoff&mdash;.
-Tú, según tu costumbre, nada
-has advertido; pero yo, yo he pesado cada
-palabra.</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres desconfiado; por eso descubres
-en todas partes segundas intenciones.
-¡Hum!... Reconozco, en efecto, que
-el tono de Porfirio era bastante extraño
-y sobre todo el de ese bribón de Zametoff...
-Tienes razón, se advertía en él no sé qué...
-¿pero cómo puede ser esto?</p>
-
-<p>&mdash;Habrá cambiado de opinión desde
-ayer.</p>
-
-<p>&mdash;No, te engañas. Si tuviesen tan estúpida
-idea, habrían, por el contrario, puesto
-mucho cuidado en disimularla; habrían
-ocultado su juego a fin de inspirarte una
-engañosa confianza, esperando el momento
-oportuno para descubrir sus baterías...
-En la hipótesis en que te colocas, su manera
-de proceder hoy sería tan torpe como
-desvergonzada...</p>
-
-<p>&mdash;Si tuviesen pruebas, hablo de pruebas
-serias o de presunciones un tanto
-fundadas, cierto que sin duda se esforzarían
-en ocultar su juego con la esperanza
-de obtener nuevas ventajas sobre mí.
-(Además, habrían hecho un registro en
-mi domicilio.) Pero no tienen pruebas,
-ni una sola; todo se reduce a conjeturas
-gratuitas, a suposiciones que no se apoyan
-en nada real, y por eso proceden descaradamente.
-Quizá no haya en todo ello
-más que el despecho de Porfirio, que rabia
-por no tener pruebas. Puede también
-que tenga intenciones... Parece inteligente;
-acaso haya querido asustarme...
-Por lo demás, es repugnante ocuparse
-en estas cosas. Dejémoslas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es odioso, odioso! Te comprendo.
-Pero... puesto que tratamos francamente
-de este asunto (y creo que hemos hecho
-bien), no vacilo en confesarte que desde
-hace mucho tiempo había advertido en
-ellos esa idea. Cierto que no se atrevían
-a formularla, que este pensamiento flotaba
-en su espíritu en el estado de duda
-vaga; pero demasiado es ya que hayan
-podido acogerla, aun bajo tal forma. ¿Y
-qué es lo que ha podido despertar en ellos
-tan abominables sospechas? ¡Si supieras
-cuánto furor me han hecho sentir! ¡Cómo!
-Un pobre estudiante agobiado por la miseria
-y la hipocondría, en vísperas de enfermedad
-grave que existía ya en él; un
-joven desconfiado, lleno de amor propio,
-que tiene la conciencia de su valer, encerrado
-desde hace seis meses en su habitación
-sin ver a nadie; que se presen<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>ta
-vestido de harapos, calzado con botas
-sin suela, ante miserables polizontes, cuya
-insolencia soporta, a quien se reclama
-a quema ropa el pago de una letra de
-cambio protestada, en una sala llena de
-gente y en donde hace un calor de treinta
-grados Réamur y cuyo aire está impregnado
-de olor insoportable de la pintura
-reciente... porque el desgraciado se desmaya
-al oír hablar de una persona en
-cuya casa ha estado la víspera y porque
-además tiene el estómago vacío... ¿hay
-motivos para sospechar de él? En tales
-condiciones, ¿cómo no había de desmayarse?
-¡Y pensar que tales suposiciones
-caen sobre este desmayo! Tal es el punto
-de partida de la acusación. ¡Váyanse al
-diablo! Comprendo que todo esto te será
-mortificante; pero yo, en tu lugar, Rodia,
-me reiría de ellos en sus barbas, o
-mejor aún, les lanzaría al rostro mi desprecio
-en forma de salivazos; de este modo
-acabaría yo con ellos. ¡Valor! ¡Escúpeles!
-¡Es vergonzoso!</p>
-
-<p>«Se ha despachado, convencido de lo
-que dice»&mdash;pensó Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Escupirles al rostro!... Es fácil decirlo.
-¡Pero mañana otro interrogatorio!&mdash;respondió
-tristemente&mdash;; será menester
-que yo me rebaje hasta dar explicaciones.
-Ya consentí ayer en hablar con Zametoff
-en el <i>traktir</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que se vayan al infierno! Iré a casa
-de Porfirio. Es mi pariente, y de esta circunstancia
-me aprovecharé para meterle
-los dedos en la boca; tendrá que hacerme
-su confesión completa. En cuanto a Zametoff...
-¡Espera!&mdash;gritó Razumikin,
-asiendo de repente a su amigo por el brazo&mdash;¡espera!
-Divagabas hace poco. Después
-de reflexionar, estoy convencido de
-que divagabas. ¿En dónde ves la astucia?
-¿Dices que la pregunta relativa a los
-obreros ocultaba un lazo? Razona un poco.
-Si tú hubieras hecho <i>eso</i>, ¿habrías
-sido tan estúpido de decir que habías
-visto a los pintores trabajando en el cuarto
-del segundo piso? Por el contrario,
-aunque los hubieses visto, lo habrías negado.
-¿Quién a sabiendas hace confesiones
-que pueden comprometerle?</p>
-
-<p>&mdash;Si yo hubiese hecho <i>tal cosa</i>, no habría
-dejado de decir que había visto a
-los obreros&mdash;repuso Raskolnikoff, que
-parecía sostener aquella conversación
-con violento disgusto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué decir cosas perjudiciales
-a los propios intereses?</p>
-
-<p>&mdash;Porque solamente los <i>mujiks</i> y las
-personas más limitadas lo niegan todo
-sistemáticamente. Un acusado, por poco
-inteligente que sea, confiesa en lo posible
-todos los hechos materiales cuya vanidad
-trataría en vano de destruir; se
-contrae a explicarlos de otra manera,
-modifica su significación y los presenta
-bajo un nuevo aspecto. Según todas las
-probabilidades, Porfirio contaba con que
-yo respondería sí; creía que, para dar mayor
-verosimilitud a mis confesiones, declararía
-haber visto a los obreros, aunque
-explicando en seguida el hecho en un
-sentido favorable a mi causa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero él hubiera respondido en seguida
-que la antevíspera del crimen los obreros
-no estaban allí, y que, por consiguiente,
-tú habías estado en la casa el día mismo
-del asesinato entre seis y siete.</p>
-
-<p>&mdash;Porfirio contaba que yo no tendría
-tiempo de reflexionar, y con que obligado
-a responder de la manera más verosímil
-habría olvidado esa circunstancia: la
-imposibilidad de la presencia de los obreros
-en la casa dos días antes del crimen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, cómo olvidarlo?</p>
-
-<p>&mdash;Nada más fácil. Estos pormenores
-son el escollo de los maliciosos; respondiendo
-a ellos es como se da un traspiés
-en los interrogatorios. Cuanto más agudo
-es un hombre, menos sospecha de las preguntas
-insignificantes. Porfirio lo sabe.
-Es mucho más listo de lo que tú supones.</p>
-
-<p>&mdash;Eso quiere decir que es un pillo.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no pudo menos de reírse;
-pero en el mismo instante se asombró
-de haber dado la misma explicación con
-verdadero placer, él, que hasta entonces
-había seguido la conversación a regañadientes
-y porque no podía menos.</p>
-
-<p>«¿Habré tomado yo gusto a estas cuestiones?»&mdash;pensaba.</p>
-
-<p>Pero casi al mismo tiempo sintióse
-acometido de súbita inquietud, que bien
-pronto llegó a ser intolerable.</p>
-
-<p>Los dos jóvenes encontrábanse ya a la
-puerta de la casa Bakalaieff.</p>
-
-<p>&mdash;Entra solo&mdash;dijo bruscamente Raskolnikoff&mdash;;
-vuelvo en seguida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde vas? ¿Hemos llegado ya?</p>
-
-<p>&mdash;Tengo una cosa que hacer... Estaré
-aquí dentro de media hora... Tú les dirás...</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, te acompaño.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero has jurado también tú perseguirme
-hasta la muerte?</p>
-
-<p>Lanzó esta exclamación con tal acento
-de furor y con tono tan desesperado,
-que Razumikin no se atrevió a insistir.
-Permaneció un rato en el umbral siguiendo
-con mirada sombría a Raskolnikoff,
-que caminaba aceleradamente en dirección
-a su domicilio. Por último, después
-de haber rechinado los dientes apretó los
-puños y prometiéndose a sí mismo estrujar
-aquel mismo día a Porfirio como un
-limón, subió a casa de las señoras para
-tranquilizar a Pulkeria Alexandrovna,
-inquieta ya por tan largo retraso.</p>
-
-<p>Cuando Raskolnikoff llegó a su casa
-tenía las sienes húmedas de sudor, y respiraba
-penosamente. Subió los escalones
-de cuatro en cuatro, entró en su habitación,
-que había quedado abierta y la cerró
-con el pestillo. En seguida, todo aterrorizado,
-corrió al escondite, metió la
-mano bajo la tapicería y exploró el agujero
-en todos sentidos. No habiendo encontrado
-nada después de registrarlo
-cuidadosamente, se levantó y lanzó un
-suspiro de satisfacción. Poco antes, en el
-momento en que se aproximaba a la casa
-Bakalaieff, le asaltó la idea de que alguno
-de los objetos robados habría podido
-deslizarse en las hendiduras de la pared:
-si llegaban a encontrar allí una cadena
-de reloj, un gemelo o algunos de los papeles
-que envolvían las alhajas y que tenían
-anotaciones escritas por mano de la
-vieja, ¡qué prueba de convicción entonces
-en contra suya!</p>
-
-<p>Y quedó sumido en un vago sueño,
-mientras aparecía en sus labios una sonrisa
-extraña y casi estúpida. Al cabo tomó
-su gorra y salió sin ruido de la casa. Bajó
-pensativo la escalera y llegó a la puerta
-de la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí lo tiene usted&mdash;gritó una voz.</p>
-
-<p>El joven levantó la cabeza. El portero,
-en pie en el umbral de su habitación, señalaba
-a Raskolnikoff, mostrándoselo a
-un hombre de baja estatura y de aspecto
-burgués. Este individuo iba vestido con
-una especie de <i>khalat</i> y un chaleco; de
-lejos hubiera podido tomársele por un
-campesino. Llevaba una gorra muy grasienta
-y andaba muy encorvado. A juzgar
-por las arrugas de su marchito rostro,
-debía de tener más de cincuenta años.
-Sus ojillos expresaban dureza y disgusto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;preguntó acercándose
-al <i>dvornik</i>.</p>
-
-<p>El burgués le miró de soslayo, lo examinó
-atentamente sin decir una palabra,
-volvió la espalda y se alejó de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué significa esto?&mdash;gritó
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Es un hombre que ha venido aquí
-a ver si vivía un estudiante. Ha dicho el
-nombre de usted y ha preguntado qué
-cuarto ocupaba usted. En esto ha bajado
-usted y le he dicho «ése es» y se ha
-ido.</p>
-
-<p>El <i>dvornik</i> estaba también un poco
-asombrado; pero no con exceso. Después
-de haber reflexionado un poco, entró
-en su cochitril.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se lanzó tras de las huellas
-del burgués. Apenas salió de la casa
-tomó el otro lado de la calle. El desconocido
-andaba con paso lento y regular,
-los ojos bajos y aire pensativo. El joven
-hubiera podido alcanzarle en seguida;
-pero durante algún tiempo se limitó a ir
-al mismo paso que él; al fin se colocó a
-su lado y le miró oblicuamente el rostro.
-El burgués lo advirtió en seguida, le dirigió
-una rápida ojeada y bajó los ojos;
-durante un minuto caminaron juntos de
-esta suerte sin decir una palabra.</p>
-
-<p>&mdash;Usted ha preguntado por mí al <i>dvornik</i>...&mdash;comenzó
-a decir Raskolnikoff sin
-levantar la voz.</p>
-
-<p>El burgués no respondió, ni miró siquiera
-al que le hablaba. Hubo un nuevo
-silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Usted ha venido a preguntar por
-mí... y ahora se calla. ¿Qué quiere decir
-esto?&mdash;añadió Raskolnikoff con voz entrecortada:
-parecía que las palabras salían
-con trabajo de sus labios.</p>
-
-<p>Esta vez el burgués levantó los ojos y
-miró al joven con expresión siniestra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Asesino!&mdash;dijo bruscamente en voz
-baja, pero clara y distinta.</p>
-
-<p>Raskolnikoff, que marchaba a su lado,
-sintió que sus piernas se doblaban y que
-un frío estremecimiento le corría por la<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span>
-espalda. Durante un segundo su corazón
-desfalleció; después se puso a latir con
-extraordinaria violencia.</p>
-
-<p>Los dos hombres anduvieron cosa de un
-centenar de pasos, sin proferir una sola
-palabra. El burgués no miraba a su compañero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué es lo que usted dice?...
-¿quién es un asesino?&mdash;balbuceó Raskolnikoff
-con voz casi ininteligible.</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres el asesino&mdash;replicó el otro
-recalcando sus palabras con más precisión
-y energía que antes, al mismo tiempo
-que en sus labios se dibujaba la sonrisa
-del odio triunfante y miraba fijamente
-el pálido rostro de Raskolnikoff, cuyos
-ojos se habían puesto vidriosos.</p>
-
-<p>Se aproximaban en aquel momento a
-una encrucijada. El burgués tomó por
-una calle a la derecha y continuó su camino
-sin volver la vista atrás.</p>
-
-<p>Raskolnikoff le dejó alejarse, pero le
-siguió largo tiempo con la mirada. Después
-de haber andado cincuenta pasos el
-desconocido se volvió para observar al
-joven que continuaba como clavado en
-el mismo sitio. La distancia no le permitía
-ver bien; sin embargo, Raskolnikoff
-creyó advertir que aquel individuo le
-miraba todavía sonriendo con expresión
-de odio frío y triunfante.</p>
-
-<p>Helado de espanto, con las piernas temblorosas,
-volvió como pudo a su casa y
-subió a su cuarto. Cuando hubo dejado
-la gorra sobre la mesa, permaneció de pie
-inmóvil durante diez minutos. Luego,
-extenuado, se echó en el sofá y se extendió
-lánguidamente lanzando un débil
-suspiro. Al cabo de media hora sonaron
-pasos apresurados, y al mismo tiempo
-Raskolnikoff oyó la voz de Razumikin;
-el joven cerró los ojos y se hizo el dormido.
-Razumikin abrió la puerta y durante
-algunos minutos permaneció irresoluto
-en el umbral. En seguida entró suavemente
-en la sala y se aproximó con precaución
-al sofá.</p>
-
-<p>&mdash;¡No le despiertes! ¡déjale dormir
-tranquilo! Comerá más tarde&mdash;dijo en
-voz baja Anastasia.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón&mdash;respondió Razumikin.</p>
-
-<p>Salieron andando de puntillas y empujaron
-la puerta. Pasó otra media hora,
-al cabo de la cual Raskolnikoff abrió los
-ojos, se tendió con brusco movimiento
-boca arriba y colocó las manos debajo de
-la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es, quién es ese hombre salido
-de debajo de la tierra? ¿Dónde estaba
-y qué ha visto? Lo ha visto todo, es
-indudable. ¿Dónde se encontraba y desde
-qué sitio pudo ver aquella escena?
-¿Cómo se explica que no haya dado más
-pronto señales de vida? ¿Cómo ha podido
-ver...? ¿Es esto posible?&mdash;continuó
-Raskolnikoff, presa de un frío glacial&mdash;.
-Y el encontrar Mikolai el estuche debajo
-de la puerta, ¿era también cosa que no
-podía suponerse?</p>
-
-<p>Comprendía que las fuerzas le abandonaban
-y experimentaba un violento disgusto
-de sí mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo debía suponer esto!&mdash;pensó con
-amarga sonrisa&mdash;. ¿Cómo me he atrevido,
-conociéndome, previendo lo que ocurriría,
-cómo me he atrevido a empuñar
-un hacha y a verter sangre? Estaba obligado
-a saber de antemano lo que iba a
-acontecerme... ¡y lo sabía!...&mdash;murmuró
-desesperado.</p>
-
-<p>A veces se detenía ante este pensamiento.</p>
-
-<p>&mdash;No, los hombres extraordinarios no
-están hechos como yo: el verdadero <i>amo</i>
-a quien le es permitido todo, cañonea a
-Tolón, mata en París, olvida un ejército
-en Egipto, pierde medio millón de
-hombres en la batalla de Moscou y sale
-de una situación embarazosa en Vilna
-merced a un retruécano; después de su
-muerte, se le erigen estatuas en prueba
-de que todo le es permitido. No, esas personas
-no están hechas de carne sino de
-bronce.</p>
-
-<p>Una idea que se le ocurrió de repente
-le hizo casi reír.</p>
-
-<p>&mdash;¡Napoleón, las Pirámides, Waterloo
-y una vieja criada de un registrador de
-colegio, una innoble usurera que tiene
-un cofre forrado de piel encarnada bajo
-la cama!... ¿Cómo digeriría Porfirio Petrovitch
-semejante comparación?... La
-estética se opone a ello: «¿Por ventura
-Napoleón se hubiera metido debajo de
-la cama de una vieja?», preguntaría sin
-duda. ¡Vaya una tontería!</p>
-
-<p>De tiempo en tiempo sentía que casi<span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span>
-deliraba; hallábase en estado de exaltación
-febril. Después continuaba, interrumpiéndose
-a cada momento:</p>
-
-<p>&mdash;La vieja no significa nada&mdash;se decía
-en un acceso&mdash;. Supongamos que su
-muerte sea un error; no se trata de ella.
-La vieja no ha sido más que un accidente...
-yo quería saltar el obstáculo lo
-más pronto posible... no es una criatura
-humana lo que yo he matado, es un principio.
-¡He matado el principio, pero no
-he sabido pasar por encima! Me he quedado
-del lado de acá; no he sabido más
-que matar. Y tampoco, por lo visto, me
-ha resultado bien esto... ¡un principio!
-¿Por qué hace poco ese estúpido de Razumikin
-atacaba a los socialistas? Son laboriosos,
-hombres de negocios, «se ocupan
-en el bienestar de la humanidad...»
-No, yo no tengo más que una vida, yo
-no puedo esperar «la felicidad universal».
-Yo quiero vivir también; de otro modo,
-mejor es no existir. Yo no quiero pasar al
-lado de una madre hambrienta apretando
-mi rublo en el bolsillo a pretexto de
-que un día todo el mundo será feliz. «Yo
-llevo, se dice, mi piedra al edificio universal,
-y esto basta para poner mi corazón
-en paz.» ¡Ah, ah! ¿por qué os habéis
-olvidado de mí? Puesto que yo no tengo
-más que un período de tiempo para vivir,
-quiero en seguida mi parte de felicidad...
-yo soy un gusanillo estético nada más,
-nada más&mdash;añadió riendo de repente como
-un loco, y se aferró a esta idea, experimentando
-un agrio placer al sondarla
-en todos sentidos y a darle vueltas por
-todos los lados&mdash;. Sí, en efecto, yo soy
-un gusanillo, por el hecho solo de que medito
-ahora sobre la cuestión de averiguar
-lo que soy. Además, porque durante un
-mes he estado fastidiando a la divina
-Providencia tomándola sin cesar por testigo
-de que yo me decidía a esta empresa,
-no para procurarme satisfacciones materiales,
-sino en vista de un objeto grandioso.
-¡Ah! ¡Ah! en tercer lugar, porque en la
-ejecución he querido proceder con toda
-justicia; entre todos los gusanos he escogido
-el más dañino, y al matarle contaba
-con tomar nada más que lo preciso
-para asegurar mis comienzos en la vida,
-ni más ni menos (el resto hubiera ido al
-monasterio, al cual había legado la vieja
-su fortuna). ¡Ah! ¡Ah!... Soy definitivamente
-un gusano&mdash;añadió rechinando los
-dientes&mdash;, porque soy más vil y más innoble
-que el gusano que he matado, y
-porque <i>presentía</i> que después de haberlo
-matado, diría lo que estoy diciendo. ¿Hay
-algo comparable con semejante terror?
-¡Oh necedad, oh necedad!... ¡Comprendo
-al Profeta a caballo, con la cimitarra
-en la mano! «¡Alá lo quiere! ¡obedece, temblorosa
-criatura!» ¡Tiene razón, tiene razón
-el Profeta cuando coloca una tropa
-al través de la calle y hiere indistintamente
-al justo y al culpable sin dignarse siquiera
-dar explicaciones! ¡Obedece, temblorosa
-criatura, y <i>guárdate de querer</i>,
-porque eso no es cosa tuya!... ¡Oh, jamás!
-¡jamás perdonaría yo a la vieja!</p>
-
-<p>Tenía los cabellos empapados en sudor,
-sus labios secos se agitaban y su mirada
-inmóvil no se apartaba del techo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuánto amaba yo a mi madre y a
-mi hermana! ¿De qué procede que ahora
-las deteste? ¡Sí, las detesto, las odio físicamente,
-no puedo soportarlas cerca
-de mí! Hace poco me he acercado a mi
-madre y la he besado, bien me acuerdo;
-¡abrazarla pensando que si ella supiese...!
-¡Oh, cuánto odio ahora a la vieja! ¡Creo
-que si volviera a la vida la mataría otra
-vez!... ¡Pobre Isabel!, ¿por qué la llevó
-allí la casualidad? Es extraño, sin embargo,
-que piense en ella, como si no la
-hubiese matado... ¡Isabel! ¡Sonia! ¡Pobres
-criaturas de ojos azules!... ¿Por qué no
-lloran? ¿Por qué no gimen?... Víctimas
-resignadas, todo lo aceptan en silencio...
-¡Sonia, Sonia, dulce Sonia!</p>
-
-<p>Perdió la conciencia de sí mismo y con
-gran sorpresa advirtió que estaba en la
-calle. Era ya entrada la noche. Aumentaban
-las tinieblas, la luna llena brillaba con
-resplandor cada vez más vivo, pero la atmósfera
-era sofocante. Había mucha gente
-en las calles; los obreros y los hombres
-ocupados volvían apresuradamente a sus
-casas; los otros se paseaban. Flotaba en
-la atmósfera olor de cal, de polvo, de
-agua cenagosa. Raskolnikoff andaba disgustado
-y preocupado. Recordaba perfectamente
-que había salido de su casa
-con algún objeto, que tenía que hacer
-una cosa urgente; ¿pero cual? La había
-olvidado. Bruscamente advirtió que des<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>de
-la acera de enfrente un hombre le hacía
-señas con la mano; cruzó la calle
-para juntarse con él, pero, de repente,
-este hombre giró sobre sus talones, y,
-como si tal cosa, continuó su marcha
-con la cabeza baja, sin volverse, sin parecer
-que llamaba a Raskolnikoff. «¿Me
-habré engañado?»&mdash;pensó este último,
-y se puso a seguirle. Antes de haber andado
-diez pasos, lo reconoció de improviso
-y se aterró: era el burgués de antes,
-encorvado, con el mismo traje. Raskolnikoff,
-cuyo corazón latía con fuerza,
-marchaba a alguna distancia; entraron
-en un <i>pereulok</i>. El hombre no se volvía.
-«¿Sabe que le sigo?»&mdash;se preguntaba Raskolnikoff.
-El burgués franqueó el umbral
-de una gran casa. Raskolnikoff avanzó
-vivamente hacia la puerta y se puso a
-mirar, pensando que quizá aquel misterioso
-personaje se volvería para llamarle.
-En efecto, cuando el burgués estuvo en
-el zaguán, se volvió bruscamente y pareció
-llamar con un gesto al joven. Este se
-apresuró a entrar en la casa; pero cuando
-estuvo en el patio no vió al burgués. Presumiendo
-que aquel hombre habría tomado
-por la primera escalera, Raskolnikoff
-se puso a subir detrás de él. En efecto,
-dos pisos más arriba se oían resonar
-los pasos lentos y regulares en los peldaños.
-Cosa extraña; le parecía reconocer
-aquella escalera. He aquí la ventana del
-primer piso. La luz de la luna misteriosa
-y triste, se filtraba al través del vidrio;
-he aquí el segundo piso. «¡Bah! Este es el
-cuarto en que trabajaban los pintores.
-¿Cómo no había reconocido en seguida
-la casa?» Los pasos del hombre que le
-precedía cesaron de oírse. «Se ha detenido
-de seguro u ocultado en alguna parte.
-He aquí el tercer piso: ¿subiré más arriba?
-¡Qué silencio! ¡Este silencio es terrible!»
-Sin embargo, siguió subiendo la escalera.
-Le daba miedo el rumor de sus propios
-pasos. «¡Dios mío! ¡Qué obscuro está!
-El burgués se ha ocultado seguramente
-aquí en un rincón. ¡Ah!» El cuarto que
-daba al rellano estaba abierto de par en
-par. Raskolnikoff reflexionó un instante;
-después entró. Halló la antesala completamente
-vacía y muy obscura. El joven
-pasó a la sala marchando de puntillas.
-La luz de la luna daba de lleno sobre esta
-sala y la iluminaba por completo; el mobiliario
-no había cambiado. Raskolnikoff
-encontró en sus antiguos puestos las sillas,
-el espejo, el sofá amarillo y los cuadros.
-Por la ventana se veía la luna, cuya
-enorme faz redonda tenía un color cobrizo.
-Largo tiempo esperó en medio de
-un profundo silencio. De repente, oyó
-un ruido seco, como el de una tabla que
-se rompe. Después volvió a quedar todo
-en silencio. Una mosca que se había despertado
-fué volando a chocar contra el
-vidrio y se puso a zumbar lastimeramente.
-En el mismo instante, en un rincón,
-entre el armarito y la ventana creyó
-notar que había un manto de mujer colgado
-en la pared. «¿Por qué está este
-manto aquí?&mdash;pensó&mdash;; antes no estaba.»
-Se aproximó cautelosamente sospechando
-que tras de aquel vestido debía de
-haber alguien oculto. Apartando con
-precaución el manto, vió que había allí
-una silla, y en esta silla, en el rincón,
-estaba la vieja. Estaba doblada y de tal
-modo inclinada tenía la cabeza, que el joven
-no pudo ver la cara; pero comprendió
-que era Alena Ivanovna. «¡Tiene miedo!»&mdash;se
-dijo Raskolnikoff. Sacó suavemente
-el hacha del nudo corredizo y
-le dió dos golpes en la coronilla; pero,
-cosa extraña, la vieja no vaciló bajo los
-golpes: se hubiera dicho que era de madera.
-Estupefacto el joven, se inclinó hacia
-ella para examinarla, pero la vieja bajó
-aún más la cabeza. Entonces él se inclinó
-hasta el suelo, la miró de abajo arriba
-y al ver su rostro se quedó espantado:
-la vieja se reía, sí, reía, con risa silenciosa,
-haciendo grandes esfuerzos para que
-no se la oyese. De repente le pareció a
-Raskolnikoff que la puerta de la alcoba
-estaba abierta y que allí también se reían
-y hablaban en voz baja. Se puso entonces
-rabioso y comenzó a descargar hachazos
-con toda su fuerza, sobre la cabeza
-de la vieja; pero a cada hachazo las risas
-y los cuchicheos de la alcoba se oían más
-distintamente; en cuanto a la vieja,
-se retorcía de risa. Quiso huir, mas toda
-la antesala se había llenado de gente; la
-puerta que daba sobre el descansillo estaba
-abierta; en éste y en la escalera había,
-desde arriba hasta abajo, multitud
-de individuos. Todos miraban, pero sin<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span>
-pronunciar palabra. Tenía encogido el
-corazón y parecía que se le habían clavado
-los pies en el suelo; quiso gritar y se
-despertó.</p>
-
-<p>Respiró con fuerza; pero creía que aun
-estaba soñando cuando vió en pie en el
-umbral de su puerta, abierta del todo,
-a un hombre a quien no conocía y que le
-miraba con atención.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no había acabado de
-abrir los ojos cuando los volvió a cerrar
-en seguida. Tendido como estaba boca
-arriba no se movió. «Esta es la continuación
-de mi sueño»&mdash;pensó mientras abría
-casi imperceptiblemente los párpados
-para fijar una tímida mirada en el desconocido.
-Este, siempre en el mismo puesto,
-no cesaba de observarle. Después entró,
-cerró la puerta detrás de sí, se aproximó
-a la mesa, y después de haber esperado
-un minuto, se sentó en una silla
-cerca del sofá. Durante todo este tiempo
-no había cesado de mirar a Raskolnikoff.
-Luego puso el sombrero en el suelo, a su
-lado, y apoyó ambas manos en el puño
-del bastón y la barba en las manos,
-como el que se prepara a una larga espera.
-Por lo que Raskolnikoff había podido
-juzgar de él en una mirada furtiva,
-aquel hombre no era joven; parecía robusto
-y tenía la barba espesa, de un
-color rubio casi blanco.</p>
-
-<p>Pasaron así diez minutos. Era aún de
-día, pero tarde; en la habitación reinaba
-el más profundo silencio; en la escalera
-no sonaba tampoco ruido alguno, no se
-oía más que el ruido de un moscardón
-que al volar había chocado contra la
-ventana. Al fin, esta situación se hizo
-insoportable; Raskolnikoff no pudo más
-y se sentó de pronto en el sofá.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, hable usted; ¿qué es lo que
-quiere?</p>
-
-<p>&mdash;Bien sabía que su sueño no era más
-que una ficción&mdash;respondió el desconocido
-con sonrisa tranquila&mdash;. Permítame
-usted que me presente: Arcadio Ivanovitch
-Svidrigailoff...</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>CUARTA PARTE</h2>
-
-
-<h3>I.</h3></div>
-
-<p>&mdash;¿Estoy bien despierto?&mdash;pensó de
-nuevo Raskolnikoff, mirando desconfiadamente
-al inesperado visitante&mdash;. ¿Svidrigailoff?
-¡No puede ser de ningún modo!&mdash;dijo
-al cabo en voz alta, no atreviéndose
-a dar crédito a sus oídos.</p>
-
-<p>Esta exclamación pareció no sorprender
-a su extraño visitante.</p>
-
-<p>&mdash;He venido a casa de usted por dos
-razones: primera, por conocerle personalmente,
-porque desde hace mucho
-tiempo he oído hablar a menudo y en
-términos muy halagadores de usted; y
-después, porque espero que no me negará
-su concurso en una empresa que tiene
-relación directa con los intereses de su
-hermana, Advocia Romanovna. Sólo, sin
-recomendación, me costaría mucho trabajo
-ser recibido por ella, puesto que está
-prevenida contra mí; pero, presentado
-por usted, la cosa varía.</p>
-
-<p>&mdash;Se engaña usted al contar conmigo&mdash;replicó
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Fué ayer cuando llegaron esas señoras?
-Permita usted que se lo pregunte.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no contestó.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, fué ayer, lo sé positivamente. Yo
-llegué anteayer. Escuche usted, Rodión
-Romanovitch, lo que tengo que decirle
-a este propósito; creo superfluo justificarme;
-pero permítame que le pregunte:
-¿Qué hay, en rigor, en todo esto de particularmente
-culpable por mi parte, si
-se aprecian las cosas con serenidad y sin
-prejuicios?</p>
-
-<p>Raskolnikoff continuaba examinándole
-sin despegar los labios.</p>
-
-<p>&mdash;Me dirá usted que he perseguido en
-mi casa a una joven sin defensa y que «la
-he insultado con proposiciones deshonrosas».
-(Quiero adelantarme a la acusación.)
-Pero considere usted que soy hombre, <i>el
-nihil humanum</i>... en una palabra, que
-soy susceptible de ceder a un arrebato,
-de enamorarme, cosa independiente de la
-voluntad. De esta manera todo se explicará
-del modo más natural del mundo.
-La cuestión estriba en esto: ¿Soy un
-monstruo o una víctima? Ciertamente
-soy una víctima. Cuando yo proponía a
-mi adorada que huyera conmigo a América
-o a Suiza, abrigaba respecto a esa persona
-los más respetuosos sentimientos
-y pensaba en asegurar nuestra común felicidad...
-La razón es la esclava de la pasión;
-yo he sido el principalmente perjudicado.</p>
-
-<p>&mdash;No se trata, en modo alguno, de eso&mdash;replicó
-Raskolnikoff con sequedad&mdash;.
-Tenga usted razón o no, me es usted completamente
-odioso. No quiero conocer a
-usted, y le echo de mi casa. ¡Salga de
-aquí!...</p>
-
-<p>Svidrigailoff soltó una carcajada.</p>
-
-<p>&mdash;No hay medio de engañar a usted&mdash;dijo
-con franca alegría&mdash;; quería echármelas
-de ingenioso, pero con usted no
-sirve.</p>
-
-<p>&mdash;¿Todavía quiere usted embromarme?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, ¿y qué? ¿Qué le sorprende?&mdash;repitió
-su interlocutor, riéndose con toda
-su alma&mdash;; en buena guerra, como dicen
-los franceses, la malicia no tiene nada de
-ilícita... Pero usted no me ha dejado aca<span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>bar.
-Volviendo a lo que hace un momento
-decía, nada desagradable ha pasado, sino
-el incidente del jardín. Marfa Petrovna...</p>
-
-<p>&mdash;Se dice también que usted ha matado
-a su esposa&mdash;dijo, interrumpiéndole
-brutalmente Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Ya le han hablado a usted de
-eso? Realmente nada tiene de asombroso...
-Pues bien, respecto a la pregunta
-que usted me hace, no sé, en verdad, qué
-decirle, puesto que tengo la conciencia
-muy tranquila. No vaya usted a creer
-que temo las consecuencias; todas las formalidades
-de costumbre se han cumplido
-minuciosamente. El informe de los médicos
-ha demostrado que mi esposa murió
-de un ataque de apoplejía, producido por
-un baño tomado inmediatamente después
-de una abundante comida, rociada
-con una botella de vino; es lo único que
-ha podido descubrirse... Por esa parte
-nada me inquieta. Muchas veces, sobre
-todo cuando venía en el tren, camino de
-San Petersburgo, me he preguntado si
-habría yo contribuído, moralmente, por
-supuesto, a esa... desgracia, sea causando
-la desesperación de mi mujer, sea de alguna
-otra manera semejante; pero he
-acabado por convencerme de que no ha
-habido ni sombra de eso.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se echó a reír.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que esto le divierte...?</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, ¿de qué se ríe? Solamente
-le di dos latigazos sin importancia que
-no le dejaron señal alguna... No me tenga
-usted, se lo ruego, por un hombre cínico;
-sé muy bien que eso de los latigazos es
-una cosa innoble, etc.; pero tampoco ignoro
-que mis accesos de brutalidad no
-desagradaban del todo a Marfa Petrovna.
-Cuando ocurrió lo de su hermana de usted,
-mi mujer se fué con el cuento por toda
-la ciudad y fastidió a cuantos la conocían
-por la famosa carta (ya sabrá usted,
-sin duda, que se la leía a todo el mundo);
-de modo que los dos latigazos fueron
-propinados muy oportunamente.</p>
-
-<p>A Raskolnikoff le dieron intenciones
-de levantarse, y salir, a fin de cortar por
-lo sano la conversación; pero cierta curiosidad
-y una especie de cálculo le decidieron
-a tener un poco de paciencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le gusta a usted manejar el látigo?&mdash;dijo
-con aire distraído.</p>
-
-<p>&mdash;No mucho&mdash;respondió tranquilamente
-Svidrigailoff&mdash;. Casi nunca habíamos
-reñido mi mujer y yo. Vivíamos en muy
-buena armonía, y ella estaba siempre contenta
-de mí. Durante siete años de vida
-conyugal, no me serví del látigo más que
-dos veces (prescindiendo de otra ocasión
-que por lo demás fué un caso bastante
-ambiguo); la primera, ocurrió dos meses
-después de nuestro matrimonio, en el momento
-en que acabábamos de instalarnos
-en el campo; la segunda, y última, fué
-en las circunstancias que recordaba hace
-un momento. Usted me consideraba ya
-como un monstruo, como un retrógrado,
-como un partidario de la servidumbre.
-¡Ja, ja, ja!</p>
-
-<p>Raskolnikoff estaba convencido de
-que aquel hombre tenía un plan muy madurado
-y que todo aquello era fina astucia.</p>
-
-<p>&mdash;Debe usted haber pasado muchos
-días sin hablar con nadie&mdash;dijo el joven.</p>
-
-<p>&mdash;Algo de verdad hay en esa suposición;
-pero usted se asombra, ¿no es cierto,
-de hallarme de tan buen humor?</p>
-
-<p>&mdash;Y hasta me parece demasiado bueno...</p>
-
-<p>&mdash;¿Porque no me he formalizado con
-la grosería de las preguntas de usted?
-¿Y qué? ¿Por qué había de ofenderme?
-Como usted me ha preguntado le he respondido&mdash;contestó
-Svidrigailoff con una
-singular expresión de franqueza&mdash;. En
-verdad, yo no me intereso, digámoslo así,
-por cosa alguna. Ahora, sobre todo, nada
-me preocupa. Por lo demás, libre es usted
-de pensar que abrigo propósitos interesados
-para captarme sus simpatías,
-tanto más cuanto que tengo ciertas miras
-respecto a su hermana, como ya se lo he
-declarado. Pero, francamente se lo digo,
-¡me fastidio mucho! Sobre todo desde hace
-tres días, que tengo intenciones de venir
-a ver a usted... No se incomode, Rodión
-Romanovitch, me parecía usted muy
-raro. En efecto, advierto en usted algo
-extraordinario y ahora principalmente,
-es decir, no en este mismo momento, sino
-desde hace algún tiempo. Vamos, me callo,
-no frunza usted el ceño... No soy tan
-oso como usted cree...</p>
-
-<p>&mdash;No lo tengo por oso&mdash;dijo Raskolnikoff&mdash;;
-más aún, me parece que es usted<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>
-un hombre de muy buena sociedad o,
-por lo menos, que sabe usted ser, en llegando
-la ocasión, <i>comme il faut</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Me tiene sin cuidado la opinión de los
-demás&mdash;contestó Svidrigailoff con tono
-seco y ligeramente desdeñoso&mdash;; y además,
-¿por qué no adoptar las maneras de
-un hombre mal educado, especialmente
-en un país en que son tan cómodas y, sobre
-todo, cuando se tiene para ello propensión
-natural?&mdash;añadió riendo.</p>
-
-<p>Raskolnikoff le miraba sombríamente.</p>
-
-<p>&mdash;He oído decir que conoce usted a mucha
-gente&mdash;le dijo&mdash;. No es usted lo que
-se llama «un hombre sin relaciones». Siendo
-esto así, ¿qué viene usted a hacer a
-mi casa, si no tiene objeto determinado?</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, como usted dice, que tengo
-aquí muchos conocimientos&mdash;repuso
-el visitante sin responder a la principal
-pregunta que se le había dirigido&mdash;; en
-los tres días que llevo de corretear por la
-capital, me he tropezado con muchos conocidos
-y creo que también ellos han reparado
-en mí. Visto de una manera conveniente,
-y se me clasifica entre los que
-nadan en la abundancia: la abolición de
-la servidumbre no nos ha arruinado... Sin
-embargo, no trato de reanudar mis antiguas
-relaciones, porque me eran ya insoportables.
-Estoy aquí desde anteayer y
-no he querido ver a nadie. No; es menester
-que la gente de los círculos y los parroquianos
-del restaurant Dugsand se
-priven de mi presencia. Por otra parte,
-¿qué placer hay en hacer trampas en el
-juego?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Hace usted trampas en el juego?</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro está! Hace ocho años formábamos
-una verdadera sociedad (hombres
-<i>comme il faut</i>, capitalistas y poetas), que
-pasábamos el tiempo jugando a las cartas
-y haciendo todas las trampas que podíamos.
-¿Ha observado usted que en Rusia
-las personas de buen tono son todas tramposas?
-Pero en aquella época, un griego
-de Niejin, a quien debía ya 70.000 rublos,
-me hizo encarcelar por deudas. Entonces
-se presentó Marfa Petrovna y mediante
-30.000 rublos que ella pagó a mi acreedor,
-obtuvo mi libertad. Entonces nos unimos
-en legítimo matrimonio, y mi esposa se
-apresuró a llevarme a sus posesiones para
-ocultarme allí como un tesoro. Tenía cinco
-años más que yo y me quería mucho.
-Durante siete años no me he movido de
-la aldea. Advierto a usted que toda su
-vida mi señora guardó, a título de precaución
-contra mí, la letra de cambio que
-me había hecho firmar el griego y que ella
-rescató valiéndose de un testaferro; si
-hubiera tratado de sacudir el yugo, me
-habría metido bonitamente en la cárcel.
-A pesar de todo su afecto hacia mí, no
-hubiera vacilado un momento; en las mujeres
-se observan contradicciones como
-ésta.</p>
-
-<p>&mdash;Si no le hubiera tenido así agarrado,
-¿la habría dejado usted plantada?</p>
-
-<p>&mdash;No sé qué responderle. Ese documento
-no me inquietaba mucho. No deseaba
-ir a ninguna parte. Dos veces la
-misma Marfa Petrovna, viendo que me
-aburría, me animó a hacer un viaje por
-el extranjero. Pero yo había visitado ya
-a Europa y me había aburrido horriblemente.
-Allí, sin duda, solicitan la admiración
-los grandes espectáculos de la
-Naturaleza; pero mientras contemplamos
-un amanecer, el mar, la bahía de
-Nápoles... sentimos tristeza y hasta tedio
-sin saber por qué. ¿No es mejor estar
-entre nosotros? Aquí, por lo menos, se
-acusa a los demás de todo y se justifica
-uno a sus propios ojos. Ahora haría de
-buena gana una expedición al Polo ártico,
-porque el vino, que era mi solo recurso,
-ha acabado por disgustarme. No
-quiero ya beber; he abusado de ello. Pero
-se dice que hay una ascensión aerostática
-el domingo en el jardín Jussupoff. Berg
-intenta, según parece, emprender un
-gran viaje aéreo y consiente en admitir
-algunos pasajeros mediante cierto precio...
-¿No es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;¿Desea usted ir en globo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? No... sí...&mdash;murmuró Svidrigailoff,
-que se había quedado pensativo.</p>
-
-<p>«¿Qué clase de hombre es éste?», se preguntaba
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;No, la letra de cambio no me inquietaba&mdash;dijo
-Svidrigailoff&mdash;. Por mi gusto
-permanecía en la aldea. Hará próximamente
-un año, Marfa Petrovna, con motivo
-de mi santo, me devolvió el papel
-acompañado de una cantidad importante
-a título de regalo. Tenía mucho dinero.<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>
-«Ya ves, Arcadio Ivanovitch, qué confianza
-me inspiras», me dijo. Le aseguro
-a usted que se expresaba así. ¿No lo cree
-usted? He de decirle que yo cumplía muy
-bien mis deberes de propietario rural;
-era muy conocido en el país. Además,
-para entretener mis ocios, encargaba libros.
-Al principio, mi mujer aprobaba
-mi afición a la lectura; pero más tarde
-llegó a temer que me fatigase mi excesiva
-aplicación.</p>
-
-<p>&mdash;Dispense usted&mdash;replicó molestado
-Raskolnikoff&mdash;; déjese de todo eso, y dígame,
-si quiere, el motivo de su visita,
-tengo prisa y voy a salir...</p>
-
-<p>&mdash;Bueno: ¿Su hermana de usted, Advocia
-Romanovna, va a casarse con Pedro
-Petrovitch Ludjin?</p>
-
-<p>&mdash;Ruego a usted que deje a mi hermana
-a un lado en esta entrevista y que
-no pronuncie su nombre. Me asombra que
-se atreva usted a pronunciarlo en mi presencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo no nombrarla, si he venido
-precisamente para hablar a usted de ella?</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; haga usted el favor de
-terminar cuanto antes.</p>
-
-<p>&mdash;Ese señor Ludjin es algo pariente
-mío, por parte de mi difunta esposa. Estoy
-seguro de que usted tiene ya formada
-opinión acerca de él si es que le ha visto,
-aunque no haya sido más que media
-hora, o si le ha hablado a usted de él alguna
-persona digna de crédito. No es un
-partido conveniente para Advocia Romanovna.
-Estoy convencido de que su
-hermana de usted se sacrifica de una manera
-tan magnánima como inconsiderada;
-se inmola por... su familia. Después
-de lo que he sabido respecto a usted, pensaba
-que vería con gusto la ruptura de ese
-matrimonio, siempre que no perjudicase
-a los intereses de su hermana. Ahora que
-le conozco personalmente, no tengo ninguna
-duda sobre el particular.</p>
-
-<p>&mdash;Por parte de usted eso es muy
-cándido; perdone usted, quería decir muy
-desvergonzado&mdash;replicó Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Según eso, Rodión Romanovitch,
-me supone usted miras interesadas. Esté
-tranquilo: si yo trabajase para mí
-ocultaría mejor el juego; no soy tan imbécil.
-Voy a este propósito a descubrirle
-una particularidad psicológica. Hace poco
-me acusaba de haber amado a su hermana
-de usted, diciendo que había sido
-yo su víctima. Pues bien, al presente
-no siento ningún amor por ella, de tal
-modo que me asombro de haber estado
-seriamente enamorado...</p>
-
-<p>&mdash;Era un capricho de un hombre desocupado
-y vicioso...</p>
-
-<p>&mdash;En efecto, soy un hombre desocupado
-y vicioso. Por otra parte, su hermana
-de usted posee mérito bastante para impresionar
-a un libertino como yo; pero
-todo ello era fuego fatuo, lo veo claramente
-ahora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y desde cuándo lo ha advertido
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sospechaba hace algún tiempo
-y me he convencido definitivamente de
-ello ayer, casi en el momento de llegar a
-San Petersburgo. Pero en Moscou todavía
-estaba decidido a obtener la mano de
-Advocia Romanovna y a disputársela
-como rival al señor Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted que le interrumpa.
-¿No podría abreviar y decirme en seguida
-el objeto de su visita? Le repito que tengo
-prisa, que he de hacer varias cosas...</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto. Determinado ahora
-a emprender cierto viaje, quisiera antes
-arreglar varios asuntos. Mis hijos están
-en casa de su tía, son ricos y no me
-necesitan para nada. Por otra parte,
-¿comprende usted que pueda representar
-yo como es debido el papel de padre? No
-he tomado más dinero que el que Marfa
-Petrovna me regaló hace un año; ese
-dinero me basta. Dispénseme usted, voy
-al grano. Antes de ponerme en camino
-quiero acabar con el señor Ludjin. No es
-que le deteste precisamente; pero él ha
-sido la causa de mi última rencilla con
-mi mujer; me incomodé cuando supe que
-ella había concertado ese matrimonio.
-Ahora me dirijo a usted para poder llegar
-a presencia de Advocia Romanovna; usted
-puede, si le parece, asistir a nuestra
-entrevista. En primer lugar desearía poner
-ante los ojos de su hermana todos los
-inconvenientes que resultarían para ella
-de su enlace con Ludjin. Le suplicaría
-después que me perdonase por los disgustos
-que le he causado, y le pediría permiso
-para ofrecerle 10.000 rublos, lo que la
-indemnizaría de una ruptura con el señor<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span>
-Ludjin, ruptura que, estoy seguro de ello,
-no repugnaría a su hermana de usted si
-viera la posibilidad de realizarla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Está usted loco, rematadamente loco!&mdash;exclamó
-Raskolnikoff con más sorpresa
-que cólera&mdash;. ¿Cómo se atreve a hablar
-de esa manera?</p>
-
-<p>&mdash;Sabía perfectamente que iba usted a
-ponerse hecho una furia; pero comenzaré
-haciéndole observar que, aun no siendo
-rico, puedo disponer, sin embargo, de
-esos 10.000 rublos; quiero decir, que no
-los necesito. Si Advocia Romanovna no
-los acepta, sabe Dios el estúpido empleo
-que les daría. En segundo lugar, mi conciencia
-está completamente tranquila; en
-mi ofrecimiento no entra para nada el
-cálculo; créanlo o no lo crean, el porvenir
-se lo demostrará a usted y a Advocia
-Romanovna. En resumen, he molestado
-excesivamente a su honradísima hermana
-de usted; he experimentado un sincero
-pesar por lo ocurrido, y ansío no reparar
-por una compensación pecuniaria las contrariedades
-que le he ocasionado, sino hacerle
-un servicio insignificante, para que
-no se diga que sólo la he hecho mal. Si
-mi ofrecimiento ocultase alguna segunda
-intención, no lo haría tan francamente y
-no me limitaría a ofrecer 10.000 rublos,
-cuando le ofrecí mucho más hace cinco
-semanas. Por otra parte, yo pienso casarme
-con una joven dentro de poco, así
-que no puede sospecharse que yo quiera
-seducir a Advocia Romanovna. En suma,
-diré a usted que si se casa con el señor
-Ludjin, Advocia Romanovna recibirá
-esa misma cantidad, sólo que por otro
-conducto... No se incomode, señor Raskolnikoff;
-juzgue usted las cosas con calma
-y sangre fría.</p>
-
-<p>Svidrigailoff había pronunciado estas
-palabras con extraordinaria calma.</p>
-
-<p>&mdash;Suplico a usted que no siga&mdash;repuso
-Raskolnikoff&mdash;; la proposición de usted
-es una insolencia imperdonable.</p>
-
-<p>&mdash;No hay tal cosa. Según eso, el hombre
-en este mundo sólo puede hacer mal
-a sus semejantes; en cambio no tiene derecho
-a hacer el menor bien. Las conveniencias
-sociales se oponen a ello. Eso
-es absurdo. Si yo, por ejemplo, muriese
-y dejase en mi testamento esa cantidad a
-su hermana de usted, ¿la rehusaría?</p>
-
-<p>&mdash;Es muy probable.</p>
-
-<p>&mdash;No hablemos más. Sea como quiera,
-suplico a usted que transmita mi demanda
-a Advocia Romanovna.</p>
-
-<p>&mdash;No lo haré.</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso será necesario, Rodión
-Romanovitch, que yo trate de encontrarme
-frente a frente con ella, lo que no podré
-hacer sin inquietarla.</p>
-
-<p>&mdash;Y si yo le comunico su pretensión,
-¿no hará usted nada por verla?</p>
-
-<p>&mdash;No sé qué contestarle; deseo vivamente
-hablar con ella aunque sea nada
-más que una vez.</p>
-
-<p>&mdash;No lo espere usted.</p>
-
-<p>&mdash;Tanto peor. Por lo demás, usted no
-me conoce. Quizá se establezcan entre
-nosotros relaciones amistosas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree...?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?&mdash;dijo sonriendo Svidrigailoff,
-y levantándose tomó el sombrero&mdash;;
-no es que yo quiera imponerme a
-usted; aunque he venido aquí, no confiaba
-demasiado... Esta mañana me chocó...</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde me ha visto usted esta mañana?&mdash;preguntó
-Raskolnikoff con inquietud.</p>
-
-<p>&mdash;Le he visto por casualidad. Me parece
-que somos dos frutos del mismo árbol.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; permítame usted que le
-pregunte si piensa usted emprender pronto
-ese viaje.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué viaje?</p>
-
-<p>&mdash;El de que me ha hablado hace un
-momento.</p>
-
-<p>&mdash;¿He hablado de un viaje? ¡Ah! ¡Sí,
-en efecto!... ¡Si supiese usted qué cuestión
-acaba de plantearme!&mdash;añadió con
-amarga sonrisa&mdash;, quizá en lugar de hacer
-ese viaje me casaré. Se está negociando
-un matrimonio para mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;No ha perdido usted el tiempo desde
-su llegada a San Petersburgo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea! ¡Hasta la vista!... ¡Ah! se me olvidaba.
-Diga usted a su hermana que
-Marfa Petrovna le ha legado 3.000 rublos.
-Es la pura verdad. Mi mujer hizo testamento
-en mi presencia ocho días antes de
-su muerte. De aquí a dos o tres semanas,
-Advocia Romanovna podrá entrar en posesión
-de ese legado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eso es verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí; puede usted comunicárselo. Servidor.
-Vivo muy cerca de aquí.</p>
-
-<p>Al salir Svidrigailoff se cruzó en el
-umbral con Razumikin.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>II.</h3></div>
-
-<p>Eran las ocho. Los dos jóvenes salieron
-en seguida en dirección a la casa de
-Bakalaieff, deseosos de llegar antes que
-Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es ése que salía al entrar yo
-en tu cuarto?&mdash;preguntó Razumikin
-cuando estuvieron en la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Svidrigailoff, el propietario en cuya
-casa estuvo mi hermana de institutriz y
-de donde tuvo que salir porque el dueño
-la requería de amores. Marfa Petrovna,
-la mujer de ese señor, la puso a la puerta.
-Más tarde, esa misma Marfa Petrovna
-pidió perdón a Dunia. Esa señora ha
-muerto repentinamente hace pocos días;
-de ella hablaba mi madre esta tarde. No
-sé por qué me da mucho miedo ese hombre.
-Es un tipo muy original y, por añadidura,
-ha tomado una firme resolución.
-Cualquiera diría que sabe algo... Ha llegado
-a San Petersburgo en cuanto se celebraron
-los funerales de su mujer... Es
-preciso proteger a Dunia contra él. Eso es
-lo que yo quería decirte, ¿entiendes?</p>
-
-<p>&mdash;¡Protegerla! ¿Qué puede hacer contra
-Advocia Romanovna? Te agradezco
-que me hayas dicho eso... La protegeremos,
-puedes estar tranquilo... ¿Dónde
-vive?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no se lo has preguntado?
-Pero no importa, yo le encontraré.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le has visto?&mdash;preguntó Raskolnikoff
-después de una pausa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, le he examinado de pies a cabeza
-y te aseguro que no se me despintará.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le confundirás con otro? ¿Le has
-visto distintamente?&mdash;insistió Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya lo creo! Me acuerdo de su cara y
-le conocería entre mil. Soy buen fisonomista.</p>
-
-<p>Se callaron de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hum!&mdash;exclamó Raskolnikoff&mdash;. Me
-parece que soy víctima de alguna alucinación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué dices eso?</p>
-
-<p>&mdash;He aquí&mdash;prosiguió Raskolnikoff con
-una mueca que tendía a ser sonrisa&mdash;,
-que decís que estoy loco y voy creyendo
-que es verdad...</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, déjate de tonterías y escucha
-lo que he hecho&mdash;interrumpió Razumikin&mdash;.
-Entré en tu cuarto y te encontré
-durmiendo. En seguida comimos, después
-de lo cual fuí a ver a Porfirio Petrovitch.
-Zametoff estaba todavía en su casa. Quise
-hablar en debida forma y no fuí afortunado
-en mi exordio. No acertaba a entrar
-en materia; parecía que no entendía, pero
-me demostraban, por otra parte, la mayor
-flema. Llevé a Porfirio cerca de una
-ventana y me puse a hablarle; pero tampoco
-estuve muy feliz. El miraba de un
-lado y yo de otro. Por último, le aproximé
-el puño a las narices y le dije que le
-iba a reventar. Porfirio se contentó con
-mirarme en silencio. Yo escupí y me marché.
-Ya lo sabes todo. Esto es muy tonto.
-Con Zametoff no cambié ni una palabra.
-Me daba a los diablos por mi estúpida
-conducta; pero me he consolado con una
-reflexión; al bajar la escalera me dije:
-¿Vale la pena que tú y yo nos preocupemos
-de ese modo? Si algún peligro te
-amenazase sería otra cosa; pero, ¿qué
-tienes tú que temer? No eres culpable;
-luego no debes inquietarte de lo que piensen
-ellos. Más tarde nos burlaremos de su
-necedad. ¡Qué vergüenza será para ellos
-el haberse equivocado tan groseramente!
-No te preocupes; ya les sentaremos la
-mano; mas por el momento, limitémonos
-a reír de sus tonterías.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad&mdash;respondió Raskolnikoff&mdash;.
-¿Pero qué dirás tú mañana?&mdash;añadió
-para si.</p>
-
-<p>¡Cosa extraña! Hasta entonces no se
-le había ocurrido ni una vez preguntarse:
-«¿Qué pensará Razumikin cuando sepa
-que soy culpable?» Al ocurrírsele esta idea
-miró fijamente a su amigo. El relato de
-su visita a Porfirio le había interesado
-muy poco; otras cosas le preocupaban
-en aquel momento.</p>
-
-<p>En el corredor encontraron a Ludjin
-que había llegado a las ocho en punto;
-pero había perdido algún tiempo en buscar
-el número; de modo que los tres entraron
-juntos sin mirarse ni saludarse.<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>
-Los jóvenes se presentaron los primeros.
-Pedro Petrovitch, siempre fiel a las conveniencias,
-se detuvo un momento en la
-antesala para quitarse el gabán. Pulkeria
-Alexandrovna se dirigió en seguida a él.
-Dunia y Raskolnikoff se estrecharon la
-mano.</p>
-
-<p>Al entrar, Pedro Petrovitch saludó a
-las señoras de manera bastante cortés,
-aunque con gravedad extremada. Parecía,
-sin embargo, algo desconcertado.
-Pulkeria Alexandrovna, que estaba también
-algo molesta, se apresuró a hacer
-sentar a todo el mundo alrededor de la
-mesa, donde estaba colocado el samovar.
-Dunia y Ludjin tomaron asiento uno
-frente al otro, en los dos extremos de la
-mesa. Razumikin y Raskolnikoff se sentaron
-también al frente de la mesa: el primero,
-al lado de Ludjin; el segundo, cerca
-de su hermana.</p>
-
-<p>Hubo un instante de silencio. Pedro
-Petrovitch sacó pausadamente un pañuelo
-de batista perfumado y se sonó.
-Sus maneras eran, sin duda, las de un
-hombre benévolo, pero un poco herido
-en su dignidad y firmemente resuelto a
-exigir explicaciones. En la antesala, en
-el momento de quitarse el gabán, se preguntaba
-si no sería el castigo para
-las dos señoritas retirarse inmediatamente.
-Sin embargo, no había ejecutado esa
-idea, porque le gustaban las situaciones
-claras; así, pues, existía un punto que
-permanecía oculto para él; puesto que se
-había desairado abiertamente su prohibición,
-debía de haber algún motivo para
-ello. Mejor era tirar adelante, poner las
-cosas en claro; siempre habría tiempo de
-aplicar el castigo, y éste no por ser retrasado
-sería menos seguro.</p>
-
-<p>&mdash;Me alegraré que el viaje de usted
-haya sido feliz&mdash;dijo por cortesía a Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Sí que lo ha sido, gracias a Dios.</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro mucho. Y Advocia Romanovna,
-¿se ha fatigado?</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy joven y fuerte, no me fatigo;
-mas para mamá este viaje ha sido muy
-penoso&mdash;respondió Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted? Nuestros caminos
-provinciales son muy largos. Rusia
-es grande... A pesar de mis deseos, no
-pude ir a recibir a ustedes. Espero, sin
-embargo, que no se habrán visto en ningún
-apuro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Por el contrario, Pedro Petrovitch;
-nos hemos encontrado en una situación
-muy difícil&mdash;dijo con una entonación
-particular Pulkeria Alexandrovna&mdash;;
-y si Dios no nos hubiese deparado
-ayer a Demetrio Prokofitch, no sé qué
-hubiera sido de nosotras. Permita usted
-que le presente a nuestro salvador Demetrio
-Prokofitch Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Sí, ayer tuve el placer...&mdash;balbuceó
-Ludjin echando una oblicua y malévola
-mirada al joven; después frunció
-el entrecejo y calló.</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch era una de esas personas
-que se esfuerzan por ser amables y
-vivaces en sociedad, pero que bajo la influencia
-de cualquier contrariedad pierden
-súbitamente la serenidad, hasta el
-punto de parecer más bien sacos de harina
-que despejados caballeros. El silencio
-volvió a reinar de nuevo; Raskolnikoff
-se encerraba en un obstinado mutismo.
-Advocia Romanovna juzgaba que
-no había llegado para ella el momento de
-hablar. Razumikin nada tenía que decir,
-de modo que Pulkeria Alexandrovna se
-vió en la necesidad penosa de reanudar
-otra vez la conversación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted que Marfa Petrovna ha
-muerto?&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Me lo comunicaron, y puedo, además,
-decir a ustedes que inmediatamente después
-del entierro de su mujer, Arcadio
-Ivanovitch Svidrigailoff se ha venido a
-San Petersburgo. Sé de buena tinta esa
-noticia.</p>
-
-<p>&mdash;¿En San Petersburgo? ¿Aquí?&mdash;preguntó
-alarmada Dunia, y cambió una
-mirada con su madre.</p>
-
-<p>&mdash;Precisamente, y debe suponerse que
-ha venido con alguna intención; la precipitación
-de su partida y el conjunto de
-circunstancias precedentes lo hacen creer
-así.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor! ¿Es posible que, hasta aquí
-venga a acosar a Dunetshka?&mdash;exclamó
-Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que ni la una ni la otra
-deben ustedes inquietarse mucho de su
-presencia en San Petersburgo, en el caso,
-por supuesto, de que ustedes quieran evitar
-toda especie de relaciones; por mi par<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span>te
-estaré con ojo avizor y sabré pronto
-dónde se hospeda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay! Pedro Petrovitch, usted no puede
-imaginarse hasta qué punto me ha
-asustado&mdash;repuso Pulkeria Alexandrovna&mdash;.
-Sólo le he visto dos veces y me pareció
-terrible. Segura estoy de que ha
-causado la muerte de la pobre Marfa
-Petrovna.</p>
-
-<p>&mdash;Las noticias exactas no autorizan a
-suponer tal cosa. Por lo demás, no niego
-que su mal proceder no haya podido, en
-cierto modo y en cierta medida, apresurar
-el curso natural de las cosas. En cuanto
-a la conducta y en general a la característica
-moral del personaje, estoy de
-acuerdo con usted. Ignoro si ahora es rico
-y lo que su mujer ha podido dejarle: lo
-sabré dentro de poco. Lo que tengo por
-cierto es que, encontrándose aquí en San
-Petersburgo, no tardará en volver a su
-antigua vida, aunque tenga muy pocos
-medios pecuniarios. Es el hombre más
-perdido, vicioso y depravado que existe.
-Tengo motivos para creer que Marfa Petrovna,
-la cual tuvo la desgracia de enamorarse
-de él y que pagó sus deudas hace
-ocho años, le ha sido útil también en algún
-otro sentido. A fuerza de gestiones
-y sacrificios logró que se diese carpetazo
-a una causa criminal que podía haber dado
-en Siberia con el señor Svidrigailoff.
-Se trataba nada menos que de un asesinato
-cometido en condiciones particularmente
-espantosas y, por decirlo así, fantásticas.
-Tal es ese hombre, si ustedes deseaban
-saberlo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, señor!&mdash;exclamó Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>Raskolnikoff escuchaba atentamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted habla, dice, según datos ciertos?&mdash;preguntó
-con tono severo Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;Me limito a repetir lo que oí de labios
-mismos de Marfa Petrovna. Hay que
-advertir que, desde el punto de vista jurídico,
-este asunto es muy obscuro. En
-aquel tiempo habitaba aquí, y parece que
-vive todavía, cierta extranjera llamada
-Reslich que prestaba dinero con módico
-interés y ejercía otros diversos oficios.
-Entre esta mujer y Svidrigailoff existían,
-desde hacía largo tiempo, relaciones tan
-íntimas como misteriosas. Vivía con ella
-una parienta lejana, una sobrina, joven
-de quince años o de catorce, que era sordomuda.
-La Reslich no podía sufrir a
-esta muchacha: le echaba en cara cada
-pedazo de pan que la pobre comía y la
-maltrataba con inaudita crueldad. Un
-día se encontró a la infeliz muchacha
-ahorcada en el granero. La sumaria acostumbrada
-dió por resultado una comprobación
-de suicidio, y todo parecía haber
-terminado aquí, cuando la policía recibió
-aviso de que la joven había sido violada
-por Svidrigailoff. En verdad, todo esto
-era obscuro. La denuncia emanaba de
-otra alemana, mujer de notoria inmoralidad
-y cuyo testimonio no podía ser de
-gran crédito. En una palabra: no hubo
-proceso. Marfa Petrovna se puso en campaña,
-prodigó el dinero y logró echar tierra
-al asunto; pero no dejaron de correr
-con aquel motivo los más graves rumores
-acerca de Svidrigailoff. En el tiempo en
-que usted estuvo en su casa, Advocia
-Romanovna, habrá oído contar, sin duda,
-la historia de su criado Philipo, muerto
-a causa de los malos tratamientos de
-su amo. Esto ocurrió hace seis años, cuando
-aun existía la servidumbre.</p>
-
-<p>&mdash;Oí decir, por el contrario, que ese
-Philipo se había ahorcado.</p>
-
-<p>&mdash;Perfectamente; pero se vió reducido,
-o por mejor decir, impulsado a darse la
-muerte por las brutalidades incesantes y
-los malos tratamientos sistemáticos de
-su amo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo ignoraba&mdash;respondió secamente
-Dunia&mdash;. Oí, sí, contar acerca de eso una
-historia muy extraña. Parece que el tal
-Philipo era un hipocondríaco, una especie
-de criado filósofo. Sus compañeros
-decían que la lectura le había turbado el
-entendimiento, y, a creerlos, se había
-ahorcado para huir, no de los golpes, sino
-de las burlas del señor Svidrigailoff. Le
-vi tratar muy humanamente a sus servidores
-y era muy amado de ellos, aunque
-le imputaban, en efecto, la muerte de
-Philipo.</p>
-
-<p>&mdash;Veo, Advocia Romanovna, que tiende
-usted a justificarle&mdash;repuso Ludjin con
-una sonrisa agridulce&mdash;. Verdad es que
-le tengo por hombre muy hábil para insinuarse
-en el corazón de las señoras. La
-pobre Marfa Petrovna, que acaba de morir
-en circunstancias muy extrañas, es<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>
-una lamentable prueba de ello. Yo sólo
-trato de advertírselo a usted y a su mamá
-en previsión de las tentativas que de
-seguro no dejará de renovar. Por otra
-parte, estoy firmemente convencido de
-que ese hombre acabará en la prisión por
-deudas. Marfa Petrovna pensaba demasiado
-en el porvenir de sus hijos para tener
-el propósito de asegurar a su marido
-una parte importante de su fortuna. Es
-de suponer que le habrá dejado lo suficiente
-para vivir con decorosa modestia; pero
-con sus costumbres disipadas se lo comerá
-todo antes de un año.</p>
-
-<p>&mdash;Suplico a usted que no hablemos más
-de Svidrigailoff. Eso me es desagradable&mdash;dijo
-Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;Ha estado en mi casa hace un rato&mdash;dijo
-bruscamente Raskolnikoff, que hasta
-entonces no había despegado los labios.</p>
-
-<p>Todos se volvieron hacia él con exclamaciones
-de sorpresa; hasta el mismo Pedro
-Petrovitch se quedó algo pasmado.</p>
-
-<p>&mdash;Hace media hora, mientras yo dormía,
-entró en mi cuarto, y después de
-despertarme se presentó él mismo. Estaba
-bastante contento y alegre; espera que
-yo he de hacerme amigo suyo, y, entre
-otras cosas, solicita una entrevista contigo
-para decirte que Marfa Petrovna,
-ocho días antes de su muerte, te había
-dejado en su testamento tres mil rublos,
-cantidad que recibirás en breve plazo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Alabado sea Dios!&mdash;exclamó Pulkeria
-Alexandrovna, e hizo la señal de la
-cruz&mdash;. ¡Reza por ella, Dunia, reza!</p>
-
-<p>&mdash;El hecho es exacto&mdash;no pudo menos
-de afirmar Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y después?&mdash;preguntó vivamente
-Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;Después me dijo que no era rico,
-que toda su fortuna pasaba a sus hijos,
-los cuales están ahora en casa de su tía.
-También me contó que se hospedaba
-cerca de mi casa; ¿dónde?, no lo sé; no
-se lo he preguntado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué otra cosa tiene que decir a
-Dunia?&mdash;preguntó con inquietud Pulkeria
-Alexandrovna&mdash;. ¿Te lo ha dicho?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?</p>
-
-<p>&mdash;Lo diré luego.</p>
-
-<p>Después de esta respuesta, Raskolnikoff
-se puso a tomar el te.</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch miró el reloj.</p>
-
-<p>&mdash;Un negocio urgente me obliga a dejar
-a ustedes, y de este modo no interrumpiré
-su conferencia&mdash;añadió un poco molesto,
-y al decir estas palabras se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;Quédese usted, Pedro Petrovitch&mdash;dijo
-Dunia&mdash;. Usted tenía intención de
-dedicarnos la velada. Además, nos ha
-escrito diciéndonos que deseaba tener una
-explicación con mamá.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad, Advocia Romanovna&mdash;respondió
-con tono punzante Pedro Petrovitch,
-que se sentó a medias, conservando
-el sombrero en la mano&mdash;; deseaba,
-en efecto, tener una explicación con
-su madre y con usted, sobre algunos puntos
-de suma gravedad. Pero como su hermano
-no puede explicarse delante de mí
-acerca de ciertas proposiciones hechas por
-Svidrigailoff, yo no quiero ni puedo explicarme
-ante una tercera persona... sobre
-ciertos puntos de extrema importancia.
-Por otra parte, ya había expresado
-en términos formales mi deseo, que no
-se ha tenido en cuenta.</p>
-
-<p>Las facciones de Ludjin tomaron una
-expresión dura y altanera.</p>
-
-<p>&mdash;Ha pedido usted, en efecto, que mi
-hermano no asistiese a nuestra entrevista,
-y si él no ha accedido a su deseo, ha
-sido únicamente cediendo a mis instancias.
-Usted nos ha escrito que había sido
-insultado por nuestro hermano, y yo creo
-que debe de haber en esto alguna mala
-inteligencia y que tienen ustedes que
-reconciliarse. Si verdaderamente Rodia le
-ha ofendido a usted, debe darle sus excusas,
-y lo hará.</p>
-
-<p>Al oír estas palabras, Pedro Petrovitch
-se sintió menos dispuesto que nunca a
-hacer concesiones.</p>
-
-<p>&mdash;A pesar de toda la buena voluntad
-del mundo, Advocia Romanovna, es imposible
-olvidar ciertas injurias. En todo
-hay un límite que es peligroso traspasar,
-porque una vez que se franquea, no se
-puede retroceder.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! deseche usted esa vana susceptibilidad,
-Pedro Petrovitch&mdash;interrumpió
-Dunia con voz conmovida&mdash;. Sea el hombre
-inteligente y noble que yo siempre he
-visto en usted y que quiero ver en adelante.
-Le he hecho a usted una gran promesa.
-Soy la esposa futura de usted. Confíe<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>
-en mí en este asunto y crea que puedo juzgar
-con imparcialidad. El papel de árbitro
-que me atribuyo en este momento es
-una promesa tan grande para mi hermano
-como para usted. Cuando hoy, después de
-la carta de usted, le he suplicado que asistiera
-a nuestra entrevista, no le dije cuáles
-eran mis intenciones. Comprenda usted
-que si rehusan reconciliarse me veré
-forzada a optar por uno excluyendo al
-otro. De tal modo se encuentra planteada
-la cuestión a causa de ustedes dos. No
-quiero ni debo engañarme en mi elección:
-para usted es preciso que rompa con mi
-hermano; para mi hermano es preciso que
-rompa con usted. Menester es que esté
-cierta de los sentimientos de ustedes.
-Ahora deseo saber, de una parte, si tengo
-en Rodia un hermano; de otra, si tengo
-en usted un marido que me ama y me estima.</p>
-
-<p>&mdash;Advocia Romanovna&mdash;repuso Ludjin
-amostazado&mdash;: su lenguaje da lugar
-a interpretaciones diversas; es más, lo encuentro
-ofensivo, en vista de la situación
-que tengo el honor de ocupar respecto de
-usted. Prescindiendo de lo que hay de
-mortificante para mí al verme colocado
-al mismo nivel que un... orgulloso joven,
-parece que usted admite como posible
-la ruptura del matrimonio convenido entre
-nosotros. Dice usted que tiene que
-elegir entre su hermano y yo; por esto
-mismo se ve lo poco que significo a los
-ojos de usted... No puedo aceptar tal cosa,
-dadas nuestras relaciones y dados
-nuestros compromisos recíprocos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo!&mdash;exclamó Dunia enrojeciendo
-vivamente&mdash;. ¿Conque pongo el interés
-de usted en la balanza con todo lo
-que yo amo más en la vida, y se queja de
-significar poco a mis ojos?</p>
-
-<p>Raskolnikoff se sonrió sarcásticamente.
-Razumikin hizo una mueca; pero la respuesta
-de la joven no calmó a Ludjin,
-que a cada instante se ponía más pedante
-e intratable.</p>
-
-<p>&mdash;El amor por el esposo, por el futuro
-compañero de la vida, debe estar por encima
-del amor fraternal&mdash;declaró sentenciosamente&mdash;;
-en todo caso yo no puedo
-admitir que se me coloque en la misma
-línea... Aunque haya dicho hace un momento
-que no quería ni podía explicarme
-en presencia de su hermano acerca del
-principal objeto de mi visita, hay un punto
-de suma gravedad para mí que desearía
-esclarecer en seguida con su señora
-madre. Su hijo de usted&mdash;continuó dirigiéndose
-a Pulkeria Alexandrovna&mdash;,
-ayer, delante del señor Razumikin, ¿no
-es éste el apellido de usted?, dispénseme
-si he olvidado su nombre&mdash;dijo a éste
-haciéndole un amable saludo&mdash;, me ha
-ofendido, alterando una frase pronunciada
-por mí el día que tomé café en casa de
-ustedes. Dije yo que, en mi concepto, una
-joven pobre y ya experimentada en la
-desgracia ofrecía a un marido más garantías
-de moralidad y dicha conyugal que
-una persona que hubiese vivido siempre
-en la abundancia. Su hijo de usted, con
-deliberado propósito, ha dado significado
-odioso a mis palabras y presumo que
-se ha fundado para ello en alguna carta
-de usted. Sería una gran satisfacción para
-mí si usted me probase que estaba engañado.
-Dígame con exactitud en qué términos
-ha reproducido mi pensamiento al
-escribir al señor Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no me acuerdo&mdash;respondió algo
-confusa Pulkeria Alexandrovna&mdash;; le manifesté
-el pensamiento de usted, tal como
-lo había comprendido. Ignoro cómo ha repetido
-Rodia mi frase. Puede que haya
-forzado mis términos...</p>
-
-<p>&mdash;No ha podido hacerlo más que inspirándose
-en lo que usted haya escrito.</p>
-
-<p>&mdash;Pedro Petrovitch&mdash;replicó con dignidad
-Pulkeria Alexandrovna&mdash;, la prueba
-de que Dunia y yo no hemos tomado
-a mala parte las palabras de usted, es
-que estamos aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bien, mamá!&mdash;aprobó la joven.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que soy yo el equivocado?&mdash;dijo
-resentido Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ve usted, Pedro Petrovitch? Acusa
-usted a Rodia sin tener en cuenta que en
-su carta de hoy le atribuye usted un hecho
-falso&mdash;prosiguió Pulkeria Alexandrovna,
-muy animada por la aprobación que acababa
-de manifestarle su hija.</p>
-
-<p>&mdash;No me acuerdo de haber escrito nada
-falso.</p>
-
-<p>&mdash;Según la carta de usted&mdash;declaró
-con tono áspero Raskolnikoff sin volverse
-hacia Ludjin&mdash;, el dinero que entregué
-ayer a la viuda de un hombre atropella<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>do
-por un coche se lo había dado a su hija
-(a quien veía entonces por primera vez).
-Usted ha escrito eso con la intención, sin
-duda, de indisponerme con mi familia, y
-para conseguirlo mejor, ha calificado de
-la manera más innoble la conducta de una
-joven a quien usted no conocía. Esto es
-una baja difamación.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted, señor&mdash;respondió
-Ludjin temblando de cólera&mdash;. Si en mi
-carta me he extendido en lo que a usted se
-refiere, ha sido porque su madre de usted
-y su hermana me suplicaron que les dijese
-cómo había encontrado a usted y qué
-impresión me había usted producido. Por
-otra parte, le desafío a que señale una
-sola línea mentirosa en el pasaje en que
-usted alude. ¿Negará usted, en efecto,
-que ha dado su dinero? Y en cuanto a
-la desgraciada familia de que se trata,
-¿se atrevería usted a responder de la honradez
-de todos sus miembros?</p>
-
-<p>&mdash;Toda la honradez de usted no vale
-lo que el dedo meñique de la pobre joven
-a quien arroja usted la primera piedra.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que no vacilará usted en
-ponerla en contacto con su madre y su
-hermana?</p>
-
-<p>&mdash;Si lo desea usted saber, le diré que ya
-lo he hecho. La he invitado a tomar asiento
-al lado de mi madre y de Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rodia!&mdash;exclamó Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>Dunia se ruborizó, Razumikin frunció
-el ceño y Ludjin se sonrió despreciativamente.</p>
-
-<p>&mdash;Juzgue usted misma, Advocia Romanovna,
-si el acuerdo es posible. Supongo
-que esto es un asunto terminado del
-cual no hay más que hablar. Me retiro
-para no interrumpir por más tiempo esta
-reunión de familia.</p>
-
-<p>Se levantó y tomó el sombrero.</p>
-
-<p>&mdash;Pero permítanme ustedes que les diga
-antes de irme que deseo no verme expuesto
-en lo sucesivo a semejantes encuentros.
-Es a usted particularmente, mi distinguida
-Pulkeria Alexandrovna, a quien
-dirijo esta súplica; tanto más, cuanto que
-mi carta era para usted y no para otras
-personas.</p>
-
-<p>Pulkeria Alexandrovna se sintió un
-tanto irritada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que es nuestro amo, Pedro
-Petrovitch? Dunia le ha dicho ya por
-qué no ha sido satisfecho su deseo; mi hija
-no tenía más que buenas intenciones.
-Pero, en verdad, usted me escribe en un
-estilo muy imperioso, y menester es que
-miremos sus deseos como una orden. Diré
-a usted, por el contrario, que ahora, sobre
-todo, debe tratarnos con consideraciones
-y miramientos, puesto que la confianza
-en usted nos ha hecho dejarlo todo
-para venir aquí, y, por consiguiente, nos
-tiene ya a su disposición.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no es del todo exacto, Pulkeria
-Alexandrovna; sobre todo, desde el momento
-que conoce usted el legado hecho
-por Marfa Petrovna a Advocia Romanovna.
-Estos tres mil rublos llegan muy a
-punto, según parece, a juzgar por el nuevo
-tono que toma usted conmigo&mdash;añadió
-agriamente Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;Esa observación haría suponer que
-usted había especulado sobre nuestra miseria&mdash;observó
-Dunia con voz irritada.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, por lo menos, no puedo especular
-con ella. Y sobre todo, no quiero
-impedir que oiga usted las proposiciones
-secretas que Arcadio Ivanovitch Svidrigailoff
-ha encargado, para que se las transmita,
-a su hermano de usted. Por lo que
-veo, esas proposiciones tienen para usted
-una importancia capital y quizá también
-muy agradable.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Dios mío!&mdash;exclamó Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>Razumikin se agitaba impacientemente
-en su silla.</p>
-
-<p>&mdash;¿No te avergüenza, hermana?&mdash;preguntó
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;respondió la joven&mdash;. Pedro Petrovitch,
-¡salga usted!&mdash;añadió pálida de
-cólera.</p>
-
-<p>Este último no esperaba semejante
-desenlace. Era demasiado presumido y
-contaba con su fuerza y con la impotencia
-de sus víctimas. En aquel momento no
-daba crédito a sus oídos.</p>
-
-<p>&mdash;Advocia Romanovna&mdash;dijo pálido y
-con los labios temblorosos&mdash;, si salgo ahora
-tenga usted por cierto que ya no volveré
-jamás. Reflexione usted. Yo no tengo
-más que una palabra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué impudencia!&mdash;exclamó Dunia
-saltando de su asiento&mdash;. ¡Pero si lo que
-quiero es perderle de vista para siempre!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Eso dice usted?&mdash;vociferó
-Ludjin, tanto más desconcertado cuanto
-que hasta el último minuto había creído
-imposible semejante ruptura&mdash;. ¡Ah! ¿Es
-así? ¿Sabe usted, Advocia Romanovna,
-que yo podría protestar?</p>
-
-<p>&mdash;¿Con qué derecho le habla usted así?&mdash;dijo
-con vehemencia Pulkeria Alexandrovna&mdash;.
-¿De qué tiene usted que protestar?
-¿Cuáles son sus derechos? Sí, sus
-derechos. ¿Iría yo a dar a mi Dunia a un
-hombre como usted? ¡Váyase en seguida
-y déjenos tranquilas! ¿En qué estábamos
-pensando, sobre todo yo, para consentir
-en una cosa tan indigna?</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, Pulkeria Alexandrovna&mdash;replicó
-Pedro Petrovitch exasperado&mdash;,
-ustedes me han comprometido, dando
-una palabra que ahora retiran... y, por
-último, esto... esto... me ha ocasionado
-gastos.</p>
-
-<p>La última recriminación estaba tan
-dentro del carácter de Ludjin, que Raskolnikoff,
-a pesar del furor que sentía, no
-pudo oírla sin soltar la carcajada; pero
-no le sucedió lo mismo a Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Gastos? ¿Gastos?&mdash;replicó violentamente&mdash;.
-¿Se trata acaso del cajón que
-usted nos ha mandado? ¡Pero si usted ha
-obtenido su transporte gratuito! ¿Y pretende
-usted que le hemos comprometido?
-¿Se pueden invertir los papeles hasta ese
-punto? Nosotras somos las que estamos a
-merced de usted, y no usted a la nuestra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta, mamá, basta, te lo suplico!&mdash;dijo
-Advocia Romanovna&mdash;. Pedro Petrovitch,
-tenga usted la bondad de marcharse.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me voy. Una palabra solamente&mdash;respondió
-casi fuera de sí&mdash;. Su mamá de
-usted parece haber olvidado completamente
-que pedí su mano cuando corrían
-acerca de usted muy malos rumores en toda
-la comarca. Al desafiar por usted la
-opinión pública, y al restablecer su reputación,
-tenía derecho a esperar que me lo
-agradecería usted; pero esto me hace caer
-la venda de los ojos, y veo que mi conducta
-ha sido muy inconsiderada y que
-quizá he cometido un gran error despreciando
-la voz pública...</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero este hombre quiere que le rompan
-la cabeza!&mdash;exclamó Razumikin, que
-se había levantado para castigar al insolente.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted un malvado&mdash;añadió Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;Ni una palabra, ni un gesto&mdash;agregó
-vivamente Raskolnikoff, deteniendo a
-Razumikin; y aproximando luego su cara
-a la de Ludjin, le dijo en voz baja, pero
-perfectamente clara&mdash;: ¡Váyase usted!
-¡Ni una palabra más! De lo contrario...</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch, con el rostro pálido
-y contraído por la cólera, le miró durante
-algunos segundos; después giró sobre sus
-talones, y desapareció, llevándose en el
-corazón un odio mortal contra Raskolnikoff,
-a quien imputaba solamente su desgracia.
-Mientras descendía la escalera, se
-imaginaba, empero, que no estaba perdido
-sin remedio, y que no tenía nada de
-imposible una reconciliación con las señoras.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>III.</h3></div>
-
-<p>Durante cinco minutos todos estuvieron
-muy alegres; su satisfacción les hacía
-reír estrepitosamente. Sólo Dunia palidecía
-de vez en cuando al recuerdo de la
-escena precedente. Pero de todos, el más
-gozoso era Razumikin. Aunque no se
-atrevía abiertamente a manifestar su contento,
-éste se delataba, a pesar suyo,
-en el temblor febril de toda su persona.
-Ahora tenía el derecho de dar su vida por
-las dos señoras, y de consagrarse a su servicio.
-Ocultaba, sin embargo, estos pensamientos
-en lo más profundo de sí mismo,
-y temía dar alas a su imaginación.
-En cuanto a Raskolnikoff, inmóvil y huraño,
-no tomaba parte en la alegría general;
-parecía que su espíritu estaba en
-otra parte... Después de haber insistido
-tanto porque se rompiese con Ludjin,
-hubiérase dicho que esa ruptura, ya consumada,
-le tenía sin cuidado. Dunia no
-pudo menos de pensar que su hermano
-estaba aún enojado con ella, y Pulkeria
-Alexandrovna le miraba con inquietud.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que te ha dicho Svidrigailoff?&mdash;preguntó
-la joven, acercándose a
-su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Sí, sí&mdash;dijo vivamente Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>Raskolnikoff levantó la cabeza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Está decidido a regalarte diez mil
-rublos, y desea verte, pero en mi presencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Verle? ¡Jamás!&mdash;gritó Pulkeria Alexandrovna&mdash;.
-¿Cómo se atreve a ofrecerle
-dinero?</p>
-
-<p>Raskolnikoff refirió entonces con bastante
-sequedad su entrevista con Svidrigailoff.</p>
-
-<p>A Dunia le preocuparon extraordinariamente
-las proposiciones de Svidrigailoff,
-y quedó largo tiempo pensativa.</p>
-
-<p>&mdash;Algún terrible designio ha concebido&mdash;murmuró
-para sí, casi temblando.</p>
-
-<p>Raskolnikoff advirtió este terror excesivo.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que tendré ocasión de verle más
-de una vez&mdash;dijo a su hermana.</p>
-
-<p>&mdash;Encontraremos sus huellas&mdash;exclamó
-enérgicamente Razumikin&mdash;. Yo lo descubriré.
-No le perderé de vista, ya que
-Raskolnikoff me lo permite. El mismo
-me lo ha dicho hace poco: «Vela por mi
-hermana». ¿Consiente usted, Advocia Romanovna?</p>
-
-<p>Dunia sonrió y tendió la mano al joven;
-pero seguía preocupada. Pulkeria
-Alexandrovna le dirigió una tímida mirada.
-También es cierto que le habían
-tranquilizado notablemente los tres mil
-rublos. Un cuarto de hora después se hablaba
-con animación. El mismo Raskolnikoff,
-aunque silencioso, prestó durante
-algún tiempo oído a lo que se decía. La
-voz cantante la llevaba Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué, pregunto a ustedes, por
-qué irse?&mdash;gritaba convencido&mdash;. ¿Qué
-van ustedes a hacer en aquel pueblucho?
-Lo que principalmente hay que procurar
-aquí es que todos ustedes estén juntos,
-puesto que se han de menester los unos
-a los otros. No; no deben separarse. Vamos,
-quédense ustedes siquiera un tiempo.
-Acéptenme ustedes como amigo y
-como asociado, y les aseguro que emprenderemos
-un excelente negocio. Escúchenme
-ustedes. Voy a explicarles minuciosamente
-mi proyecto. Se me ocurrió la idea
-esta mañana, cuando aun no se sabía nada...
-He aquí de qué se trata: Yo tengo
-un tío; se lo presentaré a ustedes; es un
-viejo muy campechano y muy respetable.
-Este tío posee un capital de mil rublos,
-que no sabe qué hacer de ellos, porque
-cobra una pensión que basta a sus necesidades.
-Desde hace dos años no cesa de
-ofrecerme esta suma al seis por ciento de
-interés. Bien comprendo que es un medio
-de que se vale para ayudarme. El año
-último, yo no tenía necesidad de dinero;
-pero al presente sólo esperaba que llegase
-el buen viejo para decirle que aceptaba.
-A los mil rublos de mi tío juntan ustedes
-mil más y ya está formada la asociación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué negocio vamos a emprender?</p>
-
-<p>Entonces Razumikin se puso a desarrollar
-su proyecto. Según él, la mayor parte
-de los libreros y editores rusos hacen malos
-negocios porque conocen mal su oficio;
-pero con buenas obras se podía ganar dinero.
-El joven, que llevaba ya dos años
-trabajando para diversas librerías, estaba
-al corriente del asunto y conocía bastante
-bien tres lenguas europeas. Seis
-días antes le dijo, es cierto, a Raskolnikoff,
-que no sabía bien el alemán; pero
-habló de ese modo para decidir a su amigo
-a que colaborase con él en una traducción
-que podía proporcionarle algunos rublos.
-Raskolnikoff no se dejó engañar por
-aquella mentira.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué, pues, hemos de despreciar
-un buen negocio, cuando poseemos uno
-de los medios de acción más esenciales,
-el dinero?&mdash;continuó, animándose, Razumikin&mdash;.
-Claro es que habrá que trabajar
-mucho; pero trabajaremos, pondremos
-todos manos a la obra. Usted, Advocia
-Romanovna, yo, Rodia... ¡Hay publicaciones
-que producen al presente excelentes
-rendimientos! Tendremos, sobre todo,
-la ventaja de conocer lo que conviene
-traducir. Seremos a la vez traductores,
-editores y profesores. Ahora puedo ser
-útil, porque tengo experiencia. Hace dos
-años que no salgo de casa de los libreros,
-y sé todas las triquiñuelas del oficio; crean
-ustedes que lo que propongo no es obra
-de romanos. Cuando se ofrece la ocasión
-de ganar algún dinero, ¿por qué no aprovecharla?
-Podría citar dos o tres libros
-extranjeros cuya publicación sería una
-mina de oro. Si se lo indicase a uno de
-nuestros editores, nada más que por esto
-debería yo cobrar quinientos rublos; pero
-no lo soy tanto. Por otra parte, capaces
-serían los imbéciles de vacilar. En cuanto<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>
-a la parte material de la empresa, impresión,
-papel, venta, me encargan ustedes
-a mí; eso lo entiendo. Comenzaremos modestamente;
-poco a poco iremos ampliando
-el negocio, y en todo caso, seguro estoy
-de que conseguiremos los dos objetos.</p>
-
-<p>A Dunia le brillaban los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que usted propone&mdash;dijo&mdash;me
-gusta mucho, Demetrio Prokofitch.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, es claro, no entiendo nada de eso&mdash;añadió
-Pulkeria Alexandrovna&mdash;. Sin
-duda, conviene. Nosotras tenemos que
-permanecer aquí por algún tiempo&mdash;dijo
-mirando a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué piensas tú de esto, hermano?&mdash;preguntó
-Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;Encuentro su idea excelente&mdash;respondió
-el joven&mdash;. Cierto es que no se improvisa
-de un día a otro una gran librería;
-pero hay cinco o seis libros cuyo buen
-éxito no me ofrece duda y son los mejores
-para comenzar. Conozco uno, sobre todo,
-que de seguro se vendería. Además, podéis
-tener confianza completa en la capacidad
-de Razumikin; sabe lo que se hace...
-Por lo demás, tiempo tenéis de hablar de
-esto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bravo!&mdash;gritó Razumikin&mdash;. Ahora,
-escuchen ustedes: hay aquí, en esta misma
-casa, un departamento completamente
-distinto e independiente del local en que
-se encuentran estas habitaciones; no cuesta
-caro y está amueblado... tres piezas
-pequeñas; aconsejo a ustedes que lo alquilen.
-Estarán allí muy bien; tanto más,
-cuanto que podrán ustedes vivir todos
-juntos; por supuesto, con Rodia... Pero,
-¿a dónde vas, hombre?</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿te vas ya?&mdash;preguntó con
-inquietud Pulkeria Alexandrovna.</p>
-
-<p>&mdash;¿En un momento como éste?&mdash;gritó
-Razumikin.</p>
-
-<p>Dunia miró a su hermano con sorpresa
-y desconfianza. El joven tenía la gorra en
-la mano, y se preparaba a salir.</p>
-
-<p>&mdash;Cualquiera diría que se trataba de
-una separación eterna&mdash;exclamó con aire
-extraño.</p>
-
-<p>Sonreía; ¡pero con qué risa!</p>
-
-<p>&mdash;Después de todo, ¿quién sabe? Acaso
-sea ésta la última vez que nos vemos&mdash;añadió
-de repente.</p>
-
-<p>Estas palabras brotaron espontáneamente
-de sus labios.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué te pasa?&mdash;dijo ansiosamente
-la madre&mdash;. ¿A dónde vas, Rodia?&mdash;le
-preguntó dando a su pregunta un
-acento particular.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo que irme&mdash;respondió el joven.</p>
-
-<p>Su voz era vacilante; pero su pálido
-rostro expresaba una firme resolución.</p>
-
-<p>&mdash;Quería deciros al venir aquí... Quería
-deciros a ti, mamá, y a ti, Dunia, que debemos
-separarnos por algún tiempo. No
-me siento bien; tengo necesidad de reposo...
-Volveré más tarde. Volveré cuando
-me sea posible. Guardaré vuestro recuerdo,
-os amaré... Dejadme, dejadme solo...
-Era esa mi intención... Mi resolución era
-irrevocable... Ocúrrame lo que quiera,
-perdido o no, deseo estar solo. Olvidadme
-completamente. Esto es lo mejor... No
-procuréis tener noticias mías... cuando sea
-menester, yo vendré a vuestra casa u os
-llamaré. Quizá se arregle todo; pero hasta
-que esto suceda, si me amáis, renunciad
-a verme... De otro modo, os odiaré... comprendo
-que os odiaré... ¡Adiós!</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío! ¡Dios mío!&mdash;gimió Pulkeria
-Alexandrovna.</p>
-
-<p>De las dos mujeres, así como de Razumikin,
-se apoderó un espanto terrible.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rodia, Rodia! ¡Reconcíliate con nosotras!
-¡Sé lo que siempre fuiste!&mdash;gritaba
-la pobre madre.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se dirigió lentamente hacia
-la puerta, pero al llegar a ella se le acercó
-Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hermano mío! ¿Cómo puedes portarte
-así con nuestra madre?&mdash;murmuró
-la joven, cuya mirada llameaba de indignación.</p>
-
-<p>Raskolnikoff hizo un esfuerzo para volver
-los ojos hacia ella.</p>
-
-<p>&mdash;No es nada&mdash;musitó como hombre
-que no tiene plena conciencia de lo que
-dice, y salió de la sala.</p>
-
-<p>&mdash;¡Egoísta! ¡Corazón duro y sin piedad!&mdash;gritó
-Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;¡No es egoísta; es un demente! ¡Está
-loco! ¡Le digo a usted que está loco!
-¿Es posible que usted no lo haya visto?
-¡Usted es la que no tiene piedad en
-este caso!&mdash;murmuró Razumikin, inclinándose
-al oído de la joven, cuya mano
-estrechó con fuerza&mdash;. Vuelvo en seguida&mdash;dijo
-a Pulkeria Alexandrovna, que<span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span>
-estaba desvanecida, y se lanzó fuera del
-cuarto.</p>
-
-<p>Raskolnikoff le esperaba en el corredor.</p>
-
-<p>&mdash;Sabía que correrías detrás de mí&mdash;dijo&mdash;.
-Vuélvete con ellas, y no las dejes...
-Acompáñalas también mañana... y siempre.
-Yo... yo volveré quizá... si hay medio...
-Adiós.</p>
-
-<p>Iba a alejarse sin dar la mano a Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero a dónde vas?&mdash;balbuceó este
-último asombrado&mdash;. ¿Qué tienes? ¿Cómo
-procedes de ese modo?</p>
-
-<p>Raskolnikoff se detuvo de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;Una vez para todas: no me interrogues
-más; nada he de responderte. No
-vuelvo a mi casa. Quizá venga alguna vez
-aquí. Déjame... Pero a ellas... <i>no las dejes</i>.
-¿Me comprendes?</p>
-
-<p>El corredor estaba obscuro; ambos
-amigos se encontraban cerca de una lámpara.
-Durante un minuto se miraron en
-silencio. Razumikin se acordó toda su vida
-de este minuto. La mirada fija e inflamante
-de Raskolnikoff parecía que intentaba
-penetrar hasta el fondo de su alma.
-De repente Razumikin se estremeció
-y se puso pálido como un cadáver. Acababa
-de comprender la horrible verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Comprendes ahora?&mdash;dijo de repente
-Raskolnikoff, cuyas facciones se alteraron
-horriblemente&mdash;. Vuelve al lado
-de ellas&mdash;añadió, y con paso rápido salió
-de la casa.</p>
-
-<p>Inútil es describir la escena que se
-desarrolló a la entrada de Razumikin en
-el cuarto de Pulkeria Alexandrovna. Como
-se comprende fácilmente, el joven
-puso todo su cuidado en tranquilizar a
-las dos señoras. Les aseguró que Rodia,
-como estaba enfermo, necesitaba de reposo;
-les juró que no dejaría de ir a verlas,
-que le verían todos los días, que tenía una
-preocupación constante, que era preciso
-no irritarle; prometió velar por su amigo,
-confiarle a los cuidados de un buen médico,
-del mejor, y si era necesario, llamaría
-a consulta a los príncipes de la
-ciencia...</p>
-
-<p>En una palabra, a partir de este día,
-Razumikin sería para ellas un hijo y un
-hermano.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div>
-
-<p>Raskolnikoff se dirigió derechamente
-al domicilio de Sonia.</p>
-
-<p>La casa, de tres pisos, era un edificio
-viejo pintado de verde. El joven encontró,
-no sin trabajo, al <i>dvornik</i>, y obtuvo
-de él vagas indicaciones acerca del cuarto
-del sastre Kapernumoff. Después de haber
-descubierto en un rincón del patio la
-entrada de una escalera estrecha y sombría,
-subió al segundo piso y siguió la
-galería que daba frente al patio. Mientras
-andaba en la obscuridad, se preguntaba
-por dónde se podía entrar en casa de Kapernumoff.
-De pronto se abrió una puerta
-a tres pasos de él, y el joven tomó una
-de las hojas con un movimiento maquinal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién hay aquí?&mdash;preguntó una
-voz de mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Soy yo. Vengo a ver a usted&mdash;replicó
-Raskolnikoff, y penetró en una antesalita.</p>
-
-<p>Allí, sobre una mala mesa, había una
-vela, colocada en un estropeado candelero
-de cobre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Es usted! ¡Dios mío!&mdash;dijo débilmente
-Sonia, que parecía no tener fuerzas para
-moverse de su sitio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es éste su cuarto?&mdash;y Raskolnikoff
-entró vivamente en la sala, haciendo esfuerzos
-para no mirar a la joven.</p>
-
-<p>Al cabo de un minuto, Sonia se le acercó
-y permaneció en pie delante de él, presa
-de una agitación inexplicable. Esta
-inesperada visita la turbaba y aun le
-daba miedo. De pronto su pálido rostro
-se coloreó y se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Experimentaba una gran angustia,
-con la cual se mezclaba cierta dulzura.
-Raskolnikoff se volvió con un rápido
-movimiento, y se sentó en una silla cerca
-de una mesa. En un abrir y cerrar de ojos
-pudo inventariar todo lo que había en la
-estancia.</p>
-
-<p>Esta sala grande, pero excesivamente
-baja, era la única alquilada por los Kapernumoff.
-En el muro de la izquierda
-había una puerta que comunicaba con la
-vivienda del sastre; del lado opuesto, en
-la pared de la derecha, había otra puerta,
-siempre cerrada: pertenecía a otro aloja<span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span>miento.
-El cuarto de Sonia parecía un
-cobertizo cuadrilátero muy irregular,
-cuya forma le daba un aspecto monstruoso.
-La pared, con tres ventanas que daban
-al canal, la cortaba oblicuamente,
-formando así un ángulo extremadamente
-agudo, en el fondo del cual nada se veía,
-a causa de la débil luz de la vela. Por el
-contrario, el otro ángulo era desmesuradamente
-obtuso. Esta gran sala apenas
-tenía muebles: en el rincón de la derecha
-estaba la cama; entre la cama y la puerta,
-una silla; del mismo lado, y precisamente
-enfrente del alojamiento vecino, una mesa
-de madera blanca cubierta con un tapete
-azul, y al lado de ella dos sillas de
-junco. En la pared opuesta, cerca del ángulo
-agudo, había adosada una cómoda
-de madera sin barnizar que parecía perdida
-en el vacío. A esto se reducía todo el
-mobiliario. El papel, amarillento y viejo,
-tenía color obscuro en todos los rincones,
-efecto probable de la humedad y del humo
-del carbón. Todo aquel local denotaba
-pobreza: ni siquiera había cortinas en la
-cama.</p>
-
-<p>Sonia miraba en silencio al visitante,
-que examinaba la habitación tan atentamente
-y de un modo tan despreocupado,
-que al fin la hizo temblar, como si se
-hallase delante del árbitro de su destino.</p>
-
-<p>&mdash;Vengo a casa de usted por última
-vez&mdash;dijo tristemente Raskolnikoff como
-si se olvidase que era aquélla la primera
-que visitaba a la joven&mdash;. Quizás no nos
-volveremos a ver.</p>
-
-<p>&mdash;¿Va usted a marcharse?</p>
-
-<p>&mdash;No sé... mañana, todo...</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que no irá usted mañana
-a casa de Catalina Ivanovna?&mdash;dijo Sonia
-con voz temblorosa.</p>
-
-<p>&mdash;No sé. Mañana por la mañana todo...
-No se trata de eso. He venido para decirle
-dos palabras.</p>
-
-<p>Levantó su mirada soñadora, y advirtió
-de repente que él estaba sentado mientras
-que ella permanecía derecha.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué está usted en pie? Siéntese&mdash;dijo
-con voz dulce y acariciadora.</p>
-
-<p>La joven obedeció. Durante un minuto,
-Raskolnikoff la contempló con ojos benévolos
-y casi enternecidos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué delgada está usted! ¡Qué mano
-la suya! ¡Se ve la luz al través de ella! ¡Los
-dedos parecen los de una muerta!</p>
-
-<p>Le tomó la mano.</p>
-
-<p>Sonia se sonrió débilmente.</p>
-
-<p>&mdash;Siempre he sido así&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿También cuando vivía usted en casa
-de sus padres?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Es claro&mdash;dijo bruscamente.</p>
-
-<p>Operóse de nuevo un repentino cambio
-en la expresión de su rostro y en el sonido
-de su voz.</p>
-
-<p>Después dirigió una nueva mirada en
-derredor suyo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vive usted en casa de Kapernumoff?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Viven ahí, detrás de esa puerta?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Su habitación es completamente
-igual a ésta.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tienen más que una sala para
-todos?</p>
-
-<p>&mdash;Nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, en una habitación como ésta,
-tendría miedo por la noche&mdash;observó el
-joven con aire sombrío.</p>
-
-<p>&mdash;Mis patrones son buenas personas,
-muy amables&mdash;respondió Sonia, que parecía
-no haber recobrado aún su presencia
-de espíritu&mdash;, y todo el mobiliario
-les pertenece. Son muy buenos. Sus hijos
-vienen muy a menudo a verme; los pobrecitos
-son tartamudos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Son tartamudos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; el padre es tartamudo, y, además,
-cojo. La madre también. No es precisamente
-que tartamudee; pero tiene un defecto
-en la lengua. Es una mujer muy buena.
-Kapernumoff es un antiguo siervo.
-Tiene siete hijos. El mayor es el que tartamudea;
-los otros son enfermizos, pero
-hablan claro.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sabía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que lo sabía usted?&mdash;exclamó Sonia
-sorprendida.</p>
-
-<p>&mdash;Su padre de usted me lo contó hace
-tiempo. Supe por él toda la historia de
-usted. Me refirió que usted salió un día
-a las seis; que volvió a entrar a las ocho
-dadas, y que Catalina Ivanovna se puso
-de rodillas delante de la cama de usted.</p>
-
-<p>Sonia se turbó.</p>
-
-<p>&mdash;Creo haberle visto hoy&mdash;dijo titubeando.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿A quién?</p>
-
-<p>&mdash;A mi padre. Yo estaba en la calle;
-en la esquina cerca de casa, entre nueve
-y diez. Parecía andar delante de mí. Hubiera
-jurado que era él. Quise ir a decírselo
-a Catalina Ivanovna, pero...</p>
-
-<p>&mdash;¿Paseaba usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí...&mdash;murmuró Sonia, bajando,
-avergonzada, los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Catalina Ivanovna solía pegarla
-cuando estaba usted en casa de su padre?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, no! ¿Cómo dice usted eso? No&mdash;exclamó
-la joven mirando a Raskolnikoff
-con cierto espanto.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que usted la quiere?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo no?&mdash;repuso Sonia con voz
-lenta y plañidera. Después juntó bruscamente
-las manos con expresión de piedad&mdash;.
-¡Ah, si usted...! ¡Si usted la conociese!
-Es lo mismo que una niña. Tiene
-el juicio extraviado por la desgracia. ¡Pero
-es tan inteligente! ¡Es tan buena y generosa!
-¡Ah, si usted supiera!</p>
-
-<p>Sonia dijo estas palabras con un acento
-casi desesperado. Su agitación era extraña;
-se acongojaba, se retorcía las manos.
-Sus pálidas mejillas se habían coloreado
-de nuevo y sus ojos revelaban un
-gran sufrimiento. Evidentemente acababa
-de herírsele una cuerda sensible y no
-podía menos de hablar, de disculpar a Catalina
-Ivanovna. De repente se manifestó
-en todos los rasgos de su fisonomía una
-expresión de piedad, por decirlo así, insaciable.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pegarme ella! ¿Qué dice usted, señor?
-¡Pegarme ella!... Y, aun cuando me
-hubiera pegado, ¿qué? ¡si usted supiese!
-¡Es tan desgraciada, y, además, está enferma!...
-Busca la justicia... Es pura...
-cree que en todo puede reinar la justicia,
-y clama por ella... La maltrataría usted,
-y ella no haría nada de injusto.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, ¿qué va a hacer?</p>
-
-<p>Sonia le interrogó con la mirada.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora han quedado a cargo de usted.
-Cierto que antes era lo mismo; el que ha
-muerto solía pedirle a usted dinero para
-ir a gastárselo a la taberna; pero ahora,
-¿qué es lo que va a ocurrir?</p>
-
-<p>&mdash;No sé&mdash;respondió la joven tristemente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Van a quedarse donde están?</p>
-
-<p>&mdash;No sé. Deben a la patrona, y creo
-que ésta ha dicho hoy mismo que quería
-ponerlas en la calle. Mi madrastra, por
-su parte, dice que no ha de permanecer
-un momento más en aquella casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué funda esa seguridad? ¿Piensa
-vivir a costa de usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, no! ¡no diga usted eso! Entre
-nosotras no hay mío ni tuyo; nuestros
-intereses son los mismos&mdash;replicó vivamente
-Sonia, cuya irritación en aquel instante
-se parecía a la inofensiva cólera de
-un pajarillo&mdash;. Por otra parte, ¿qué va a
-ser de ella?&mdash;añadió, animándose cada
-vez más&mdash;. ¡Cuánto ha llorado hoy! Tiene
-perturbado el juicio, ¿no lo ha notado usted?
-Tan pronto se preocupa febrilmente
-por lo que ha de hacer mañana, a fin
-de que todo esté bien, la comida y lo demás,
-como se retuerce las manos, escupe
-sangre, llora y se golpea, desesperada, la
-cabeza contra la pared. En seguida se consuela,
-pone su esperanza en usted, dice
-que será usted su sostén, habla de pedir
-dinero prestado en cualquier parte y de
-volverse a su ciudad natal conmigo. Allí,
-dice, fundará un pensionado de señoritas
-de la nobleza y me confiará la dirección
-de su establecimiento. «Una vida
-completamente nueva, una vida feliz
-comenzará para nosotras», me dice besándome.
-Estos pensamientos la consuelan.
-¡Tiene tanta fe en sus quimeras!
-¿Piensa usted que se la puede contradecir?
-Ha pasado todo el día de hoy lavando
-y arreglando el cuarto hasta que, rendida,
-se tuvo que echar en la cama. Luego
-fuimos de tiendas juntas; queríamos comprar
-calzado a Poletchka y a Lena, porque
-sus zapatos están inservibles. Desgraciadamente
-no teníamos bastante dinero;
-se necesitaba mucho, ¡y había elegido
-unos tan bonitos! Porque tiene muy
-buen gusto. ¡Usted no sabe...! Se echó a
-llorar allí en la tienda, delante del zapatero,
-porque no le alcanzaba el dinero...
-¡Ah, qué triste era aquello!</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, se comprende después de
-esto que usted viva así&mdash;dijo Raskolnikoff
-con amarga sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, ¿no tiene piedad de ella?&mdash;exclamó
-Sonia&mdash;. Usted mismo, lo sé, se
-ha despojado por ella de sus últimos recursos,
-y, sin embargo, no ha visto usted
-nada. ¡Si lo hubiera visto todo! ¡Dios mío!<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span>
-¡Cuántas veces, cuántas veces la he hecho
-llorar! La semana última, sin ir más lejos,
-ocho días antes de la muerte de mi
-padre... ¡Oh! ¡Cuánto me ha hecho sufrir
-durante todo el día este recuerdo!</p>
-
-<p>Sonia se retorcía las manos; tan dolorosos
-le eran estos pensamientos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha sido usted dura con ella?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; yo, yo. Fuí a verla&mdash;continuó
-llorando&mdash;y mi padre me dijo: «Sonia,
-me duele algo la cabeza... Léeme algo,
-ahí tienes un libro.» Era un volumen perteneciente
-a Andrés Semenitch Lebeziatnikoff,
-el cual solía prestarnos libros
-muy divertidos. «Tengo que marcharme»,
-le respondí yo. No tenía ganas de leer.
-Había entrado en la casa para enseñar
-a Catalina Ivanovna una compra que
-acababa de hacer. Isabel, la revendedora,
-me había traído unos cuellos y unos puños
-muy bonitos, con ramos, casi nuevos.
-Me costaron muy baratos. A Catalina
-Ivanovna le gustaron mucho; se los probó,
-mirándose al espejo, y los encontró
-preciosos. «Dámelos, Sonia; anda, dámelos»,
-me dijo. No los necesitaba para nada,
-pero ella es así: se acuerda siempre de los
-tiempos felices de su juventud. Se contempla
-al espejo, y eso que no tiene ni
-vestidos ni nada desde hace no sé cuántos
-años. Por lo demás, nunca pide nada
-a nadie, porque es orgullosa, y antes que
-pedir daría cuanto posee; sin embargo,
-me pidió los cuellos casi llorando. A mí
-me costaba trabajo dárselos. «¿Para qué
-los quiere usted?», le dije. Sí, de ese modo
-le hablé. No debí decirle tal cosa. Me miró
-con aire tan afligido, que daba pena
-verla... y no era por los cuellos por lo que
-se entristecía, no; lo que la afligió fué mi
-negativa... ¡Ah, si yo pudiese ahora retirar
-todo lo dicho, hacer que todas aquellas
-palabras no hubieran sido pronunciadas!...
-¡Oh, sí! Pero le estoy contando
-a usted lo que no le interesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conocía usted a la revendedora
-Isabel?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... ¿La conocía usted también?&mdash;preguntó
-Sonia un poco asombrada.</p>
-
-<p>&mdash;Catalina Ivanovna está tísica en el
-último grado; morirá pronto&mdash;dijo Raskolnikoff
-después de una pausa, sin responder
-a la pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, no, no!</p>
-
-<p>Y Sonia, inconsciente de lo que hacía,
-tomó las dos manos del joven, como si la
-suerte de Catalina Ivanovna hubiese dependido
-de él.</p>
-
-<p>&mdash;Sería mejor que se muriese.</p>
-
-<p>&mdash;No, no sería mejor. ¡Qué había de
-serlo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los niños? ¿Qué va a hacer usted
-de ellos, puesto que no puede tenerlos a
-su lado?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, no sé!&mdash;exclamó con acento angustiado
-la joven, apretándose la cabeza
-con las manos.</p>
-
-<p>Era evidente que a menudo la había
-preocupado este pensamiento.</p>
-
-<p>&mdash;Supongamos que Catalina Ivanovna
-viva todavía algún tiempo; pero puede
-usted caer enferma, y cuando la conduzcan
-al hospital, ¿qué sucederá entonces?&mdash;prosiguió
-implacablemente Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Qué dice usted? ¿Qué dice usted?</p>
-
-<p>El espanto demudó por completo el
-rostro de Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que es imposible?&mdash;repuso
-él con sonrisa sarcástica&mdash;. Supongo
-que no está usted asegurada contra las
-enfermedades. ¿Qué será entonces de
-ellos? Toda la familia se encontrará en el
-arroyo; la madre pedirá limosna, tosiendo
-y dando con la cabeza en las paredes, como
-hoy; los niños llorarán, Catalina Ivanovna
-caerá en medio de la calle, la llevarán
-al puesto de policía y de allí al hospital,
-y los niños quedarán sin amparo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, no! ¡Dios no permitirá semejante
-horror!&mdash;exclamó Sonia con voz ahogada.</p>
-
-<p>Hasta entonces había escuchado en silencio,
-con los ojos fijos en Raskolnikoff
-y las manos juntas como en muda plegaria
-para conjurar la desgracia que el joven
-predecía.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se levantó y se puso a pasear
-por la habitación. Pasó un minuto.
-Sonia seguía en pie con los brazos caídos
-y la cabeza baja presa de atroz sufrimiento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted no puede hacer economías,
-ahorrar algún dinero para cuando lleguen
-los días tristes?&mdash;preguntó deteniéndose
-delante de ella.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;murmuró Sonia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No, naturalmente. ¿Pero lo ha procurado
-usted?&mdash;añadió con cierta ironía.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no lo ha conseguido? Es claro, sí,
-se comprende. Inútil es preguntarlo.</p>
-
-<p>Y volvió a pasearse por la habitación.</p>
-
-<p>&mdash;Y... ¿no gana usted dinero todos los
-días?&mdash;preguntó al cabo de otro minuto
-de silencio.</p>
-
-<p>Sonia se turbó más que nunca y sus
-mejillas se arrebolaron.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;respondió en voz baja haciendo
-un violento esfuerzo.</p>
-
-<p>&mdash;La suerte de Poletchka será, indudablemente,
-la misma de usted&mdash;dijo el joven
-bruscamente.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; ¡eso es imposible!&mdash;exclamó
-Sonia, herida en el corazón por aquellas
-palabras como por una puñalada&mdash;. Dios...
-Dios no permitirá semejante abominación.</p>
-
-<p>&mdash;Otras permite.</p>
-
-<p>&mdash;No, Dios la protegerá&mdash;repitió enfáticamente
-Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si no hay Dios?&mdash;replicó con
-acento de odio Raskolnikoff, y se echó
-a reír mirando a la muchacha.</p>
-
-<p>La fisonomía de Sonia cambió repentinamente
-de expresión. Se le contrajeron
-los músculos y fijó en su interlocutor
-una mirada preñada de reproches;
-quiso hablar, pero no pudo articular palabra
-y rompió en sollozos, tapándose la
-cara con las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dice usted que Catalina Ivanovna
-tiene el juicio perturbado? Y el de usted
-lo está también&mdash;dijo Raskolnikoff después
-de una pausa.</p>
-
-<p>Pasaron cinco minutos. El joven continuaba
-paseando por la estancia sin hablar
-ni mirar a Sonia. Al fin se acercó a
-ella; tenía los ojos brillantes y los labios
-temblorosos; puso ambas manos sobre los
-hombros de la joven, fijó su ardiente mirada
-en ella, e inclinándose, de repente,
-le besó los pies. Sonia se echó atrás aterrada,
-como si estuviese delante de un loco.
-La fisonomía de Raskolnikoff en aquel
-momento parecía, en efecto, la de un demente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace usted? ¡A mí!&mdash;balbució
-Sonia palideciendo y con el corazón dolorosamente
-oprimido.</p>
-
-<p>El joven se levantó en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;No es ante ti ante quien yo me prosterno,
-sino ante todo el sufrimiento humano&mdash;dijo
-con extraño acento, y fué
-a ponerse de codos en la ventana&mdash;. Escucha&mdash;prosiguió,
-acercándose a ella un momento
-después&mdash;; hace poco le he dicho
-a un insolente que no valía lo que tu dedo
-meñique y que yo había hecho a mi hermana
-el honor de sentarse a tu lado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Cómo ha podido usted decir
-eso? ¡y delante de ella!&mdash;exclamó Sonia
-asombrada&mdash;. ¡Sentarse a mi lado un honor!
-¡Pero si yo soy una mujer deshonrada!...
-¡Ah! ¡Por qué ha dicho usted eso!</p>
-
-<p>&mdash;Al hablar así, no pensaba ni en tu deshonor,
-ni en tus faltas, sino en tus sufrimientos.
-Sin duda eres culpable&mdash;continuó
-diciendo Raskolnikoff con emoción
-creciente&mdash;; pero lo eres, sobre todo, por
-haberte inmolado inútilmente. Comprendo
-perfectamente que eres muy desgraciada:
-vivir en ese fango que tú detestas
-y saber al mismo tiempo (puesto que no
-puedes hacerte ilusiones sobre el particular)
-que tu sacrificio no sirve de nada
-y que no aprovechará a nadie... Pero dime&mdash;añadió
-exaltándose cada vez más&mdash;,
-¿cómo con las delicadezas de tu alma te
-resignas a semejante oprobio? ¡Sería mejor
-arrojarse al agua y acabar de una vez!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué sería de ellos?&mdash;preguntó
-débilmente Sonia, levantando hasta él
-su mirada de mártir; pero al propio tiempo
-no parecía en modo alguno asombrada
-del consejo que se le daba.</p>
-
-<p>Raskolnikoff la contempló con singular
-curiosidad. Esa sola mirada se lo explicó
-todo. Sin duda la joven había pensado
-muchas veces en el suicidio; muchas
-también, quizá, en el exceso de su desesperación,
-había pensado en acabar de una
-vez, y de tal manera y tan seriamente se
-preocupó con la misma idea, que al presente
-no experimentaba ninguna sorpresa
-al oír tal solución. No advirtió, sin
-embargo, la crueldad que encerraban estas
-palabras; escapósele también el sentido
-de los reproches del joven. Como ya se habrá
-comprendido, el punto de vista desde
-el cual consideraba él su deshonor era para
-ella letra muerta, y esto lo echó de ver
-Raskolnikoff. Se hacía cargo de cómo la
-torturaba la idea de su situación infamante,
-y se preguntaba qué había podi<span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span>do
-impedir que acabase con su vida. La
-única respuesta a tal pregunta era el cariño
-de Sonia por aquellos pequeñuelos y
-por Catalina Ivanovna, la desgraciada
-tísica y medio loca que se golpeaba la cabeza
-contra las paredes. Sin embargo, era
-evidente para él que la joven, con su carácter
-y educación, no podía permanecer
-así definidamente. Veía claramente que
-el caso de Sonia era un fenómeno social
-excepcional; pero esto, en rigor, era una
-razón de más para que la vergüenza la hubiese
-matado desde su entrada en un camino
-del cual debía alejarla todo su pasado
-de honradez, tanto como su cultura
-intelectual, relativamente elevada.
-¿Qué era, pues, lo que la sostenía? ¿Era
-inclinación al vicio? No, su cuerpo únicamente
-se había entregado a aquella vida,
-el vicio no había penetrado en su alma;
-así lo comprendía Raskolnikoff, que
-leía como en libro abierto en el corazón de
-la joven.</p>
-
-<p>«Su suerte está echada», pensaba. «Tiene
-delante de sí el canal, el manicomio
-o el embrutecimiento.»</p>
-
-<p>Más que nada le repugnaba admitir la
-última probabilidad; pero su escepticismo
-le llevaba a considerarla como la
-más segura.</p>
-
-<p>«¿Habrá de suceder así?», se preguntaba.
-«¿Es posible que esta criatura, que
-conserva todavía la pureza del alma, acabe
-por hundirse deliberadamente en el
-fango? Ha puesto ya los pies en él, y si
-hasta el presente ha podido soportar semejante
-vida, ¿es porque para ella el vicio
-ha perdido ya su aspecto repugnante?
-No, no; es imposible», exclamó para sí,
-como antes había exclamado Sonia. «No,
-lo que hasta este momento la ha impedido
-arrojarse al canal, es el temor de cometer
-un pecado y el interés que tiene
-por <i>ellos</i>. Si aun no se ha vuelto loca...
-¿pero quién dice que no lo está? ¿Posee,
-acaso, todas sus facultades? ¿Razonaría
-una persona de juicio sano como ella
-razona? ¿Se puede afrontar la propia perdición
-con esa tranquilidad y sin prestar
-oídos a consejos o advertencias? ¿Es un
-milagro lo que espera? Sí, sin duda. ¿No
-son todos estos signos de enajenación
-mental?»</p>
-
-<p>Se detenía obstinadamente en esta
-idea: «¡Sonia loca!» Esta perspectiva le
-desagradaba menos que cualquiera otra,
-y pensando en tales cosas se puso a examinar
-atentamente a la joven. De pronto
-le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que ruegas mucho a Dios?</p>
-
-<p>Ella callaba; en pie, a su lado, el joven
-esperaba una respuesta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sería de mí sin Dios?&mdash;dijo en
-voz baja, pero enérgica, y dirigiendo a
-Raskolnikoff una rápida mirada de sus
-ojos brillantes, le estrechó la mano con
-fuerza.</p>
-
-<p>«Vamos», pensó él, «no me engañaba».</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué es lo que Dios hace por
-ti?&mdash;preguntó, deseoso de esclarecer por
-completo sus dudas.</p>
-
-<p>Sonia permaneció silenciosa, como si no
-hubiera podido responder; se le dilataba
-el pecho con la emoción.</p>
-
-<p>&mdash;¡Calle usted, no me lo pregunte! ¡No
-tiene usted derecho!&mdash;exclamó, mirándole
-con cólera.</p>
-
-<p>«Eso es, sí; eso es», pensó el joven.</p>
-
-<p>&mdash;El lo hace todo&mdash;murmuró Sonia rápidamente,
-bajando los ojos al suelo.</p>
-
-<p>«Ya está encontrada la explicación»,
-afirmó mentalmente Raskolnikoff y miró
-a la joven con ávida curiosidad. Experimentaba
-una sensación nueva, extraña,
-casi dolorosa, contemplando aquella carita
-pálida, angulosa, delgada, con aquellos
-ojos tan azules y tan dulces que podían
-lanzar tales llamas y expresar una
-expresión tan vehemente, y aquel cuerpecito
-tembloroso de indignación y de
-cólera; todo aquello le parecía cada vez
-más extraño, casi fantástico. «¡Está loca!
-¡Está loca!», repetía para sí.</p>
-
-<p>Había un libro sobre la cómoda. Raskolnikoff
-habíase fijado en él varias veces
-durante sus idas y venidas por la habitación.
-Al fin lo tomó para examinarlo.
-Era una traducción rusa del Nuevo Testamento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién te ha dado esto?&mdash;preguntó
-a Sonia desde el otro lado de la habitación.</p>
-
-<p>La joven, que no se había movido de
-su sitio, avanzó un paso y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Me lo han prestado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién?</p>
-
-<p>&mdash;Isabel; se lo pedí yo.</p>
-
-<p>«¿Isabel? ¡Es extraño!», pensó él.</p>
-
-<p>Todo en casa de Sonia tomaba a sus<span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span>
-ojos un aspecto más extraordinario. Se
-aproximó a la luz con el libro y se puso a
-hojearlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué parte habla de Lázaro?&mdash;preguntó
-bruscamente.</p>
-
-<p>Sonia, con los ojos obstinadamente fijos
-en el suelo, guardó silencio. Se había
-separado un poco de la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está la resurrección de Lázaro?
-Búscame ese pasaje, Sonia.</p>
-
-<p>La joven miró con el rabillo del ojo
-a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;No está ahí... Está en el cuarto Evangelio&mdash;dijo
-secamente sin moverse de su
-sitio.</p>
-
-<p>&mdash;Busca ese pasaje y léemelo&mdash;dijo, y
-después se sentó, apoyó los codos en la
-mesa y la cabeza en la mano, y mirando
-de través con aire sombrío, se dispuso a
-escuchar.</p>
-
-<p>Sonia vaciló al pronto dudando aproximarse
-a la mesa. El extraño deseo manifestado
-por Raskolnikoff le parecía poco
-sincero. Sin embargo, tomó el libro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Acaso no lo ha leído usted nunca?&mdash;preguntó,
-mirando al joven de soslayo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí... en mi niñez.</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo ha oído usted en la iglesia?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no voy a la iglesia. Y tú, ¿vas a
-menudo?</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;balbució Sonia.</p>
-
-<p>Raskolnikoff sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;Comprendo... ¿Entonces no asistirás
-mañana a las exequias de tu padre?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; la semana pasada estuve en la
-iglesia. Asistí a una misa de <i>Requiem</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por quién?</p>
-
-<p>&mdash;Por Isabel; la mataron a hachazos.</p>
-
-<p>Los nervios de Raskolnikoff estaban
-cada vez más irritados y la cabeza se le
-iba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tratabas a Isabel?</p>
-
-<p>&mdash;Sí... Era buena, venía a mi casa...
-pero pocas veces, porque no era libre.
-Leíamos juntas y hablábamos. Ahora
-goza de la vista de Dios.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se quedó pensativo. ¿Qué
-significaban las misteriosas confidencias
-de dos idiotas como Sonia e Isabel?</p>
-
-<p>«Aquí voy a volverme loco yo también.
-En esta habitación se respira la locura»&mdash;pensó&mdash;.
-¡Lee!&mdash;gritó de repente con acento
-irritado.</p>
-
-<p>Sonia seguía vacilando. Le latía con
-fuerza el corazón y parecía que le daba
-miedo leer. Raskolnikoff miró con expresión
-casi dolorosa a la pobre «loca».</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le importa a usted eso si usted
-no cree?&mdash;murmuró con voz ahogada.</p>
-
-<p>&mdash;Quiero que leas&mdash;insistió él&mdash;; bien
-le leías a Isabel...</p>
-
-<p>Sonia abrió el libro y buscó el pasaje.
-Le temblaban las manos y las palabras se
-le atravesaban en la garganta. Dos veces
-Sonia trató de leer y no pudo articular la
-primera sílaba.</p>
-
-<p>«Un hombre llamado Lázaro, de Bethania,
-estaba enfermo», profirió al fin,
-haciendo un esfuerzo; pero de repente, a
-la tercera palabra, su voz se hizo sibilante
-y se rompió como una cuerda demasiado
-tensa. Faltaba el aliento a su pecho oprimido.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se explicaba, en parte, la
-vacilación de Sonia para obedecerle, y a
-medida que comprendía mejor, reclamaba
-más imperiosamente la lectura; comprendía
-cuánto costaba a la joven descubrirle,
-en cierto modo, su interior. Evidentemente
-no podía, sin embargo, resolverse
-a hacer a un extraño la confidencia
-de los sentimientos que desde su adolescencia
-quizá la habían sostenido, que
-fueron, sin duda, su viático moral, cuando
-entre un padre borracho y una madrastra
-loca por la desgracia, en medio de los
-niños hambrientos, no oía más que reproches
-y clamores injuriosos. Veía todo esto;
-pero veía también que, a pesar de su repugnancia,
-tenía gran deseo de leer, sobre
-todo para él, «ocurriese lo que quisiera».
-Los ojos de la joven y la agitación que
-sentía, se lo dieron a conocer a Raskolnikoff...
-Por un violento esfuerzo sobre sí
-misma, Sonia dominó el espasmo que le
-apretaba la garganta, y continuó leyendo
-el undécimo capítulo del evangelio
-de San Juan, y llegó al versículo 19.</p>
-
-<p>«Muchos judíos habían venido a Marta
-y a María a consolarlas de la muerte de
-su hermano. Entonces Marta, como oyó
-que Jesús venía, salió a su encuentro; pero
-María se estuvo en casa y Marta dijo a
-Jesús&mdash;: Señor, si hubieses estado aquí
-no fuera muerto mi hermano; mas yo
-sé ahora que todo lo que pidieres de Dios
-te dará Dios.»</p>
-
-<p>La joven hizo aquí una pausa para<span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span>
-triunfar de la emoción que hacía temblar
-de nuevo su voz...</p>
-
-<p>«Dícele Jesús&mdash;: Tu hermano resucitará.
-Marta dijo&mdash;: Yo sé que resucitará
-en la resurrección en el día postrero. Dícele
-Jesús: <i>Yo soy la resurrección y la vida</i>;
-el que crea en Mí, aunque esté muerto,
-vivirá; y todo aquel que vive y cree en
-Mí, no morirá eternamente. ¿Crees tú en
-esto? Ella le dijo:»</p>
-
-<p>(Aunque apenas podía respirar, Sonia
-levantó la voz, como si al leer las palabras
-de Marta hiciese ella misma su profesión
-de fe.)</p>
-
-<p>«Sí, Señor; yo creo que Tú eres el Cristo,
-el Hijo de Dios que has venido al mundo.»</p>
-
-<p>Sonia se interrumpió, levantó los ojos
-hasta él; pero los bajó en seguida y prosiguió
-la lectura. Raskolnikoff escuchaba
-sin pestañear, apoyado de codos sobre la
-mesa y mirando de lado. La joven continuó
-leyendo hasta el versículo 32.</p>
-
-<p>«Mas María como vino donde estaba
-Jesús, viéndole derribóse a sus pies y le
-dijo&mdash;: Señor, si Tú hubieras estado aquí
-no fuera muerto mi hermano. Jesús entonces
-como que la vió llorando y que los
-judíos que habían venido con ella lloraban
-también, se conmovió en espíritu y
-turbóse y dijo&mdash;: ¿Dónde le pusisteis?
-Ellos le respondieron&mdash;: Señor, ven y verás.
-Y lloró Jesús. Y los judíos dijeron
-entonces&mdash;: Mirad cómo le amaba; y algunos
-dijeron&mdash;: ¿No podía éste, que
-abrió los ojos al ciego, hacer que éste no
-muriese?»</p>
-
-<p>Raskolnikoff se volvió hacia ella y todo
-agitado la miró. Sí, era, efectivamente, lo
-que él había pensado. La joven estaba
-temblorosa y acometida de verdadera
-fiebre. Raskolnikoff lo había previsto. Sonia
-se aproximaba al milagroso relato y
-se apoderaba de ella un sentimiento de
-triunfo. Su voz, fortalecida por la alegría,
-tenía sonoridades metálicas. Las líneas
-se confundían ante sus ojos ofuscados;
-pero sabía de memoria este pasaje. En el
-último versículo, «no podía éste, que abrió
-los ojos al ciego...» bajó la voz dando un
-acento apasionado a la duda, al reproche
-de aquellos judíos incrédulos y ciegos, que
-un minuto después iban, como heridos
-del rayo, a caer de rodillas sollozando y
-creyendo... «Y él, él que es también un
-ciego, incrédulo; él también, dentro de
-un instante, oirá, creerá; sí... sí... en seguida...
-ahora mismo...», pensaba Sonia
-agitada por esta alegre confianza.</p>
-
-<p>«Jesús, conmoviéndose otra vez en sí
-mismo, vino al sepulcro; era una cueva
-la cual tenía una piedra encima. Dice Jesús&mdash;:
-Quitad la piedra. Marta, hermana
-del muerto, le dice&mdash;: Señor, hiede ya,
-que es de cuatro días.»</p>
-
-<p>Sonia subrayó la palabra cuatro.</p>
-
-<p>«Jesús la respondió&mdash;: ¿No te he dicho
-que si crees verás la gloria de Dios? Entonces
-quitaron la piedra de donde el
-muerto había sido puesto, y Jesús, alzando
-los ojos al cielo, dijo en voz alta&mdash;:
-¡Padre mío, gracias te doy porque me has
-oído; yo sabía que siempre me oyes, mas
-por causa de la compañía que está alrededor
-lo dije, para que crean que me has
-enviado! Y habiendo dicho estas palabras,
-exclamó a gran voz&mdash;: ¡Lázaro, ven fuera!
-y el que había muerto salió (al leer estas
-líneas Sonia temblaba como si hubiese
-sido testigo del milagro), con las manos
-atadas con vendas y el rostro envuelto en
-un sudario. Y dijo Jesús&mdash;: Desatadle y
-dejadle ir.</p>
-
-<p>»<i>Entonces, muchos de los judíos que habían
-venido a María y habían visto lo que
-Jesús acababa de hacer, creyeron en El.</i>»</p>
-
-<p>La joven no leyó más; le hubiera sido
-imposible; cerró el libro y se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es todo lo que se refiere a la
-resurrección de Lázaro&mdash;dijo en voz baja
-y nerviosa sin volverse a Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Parecía que temiese encontrar su mirada.
-Su temor febril duraba todavía. El
-cabo de vela, que estaba para consumirse,
-alumbraba vagamente aquel cuartucho
-en que un asesino y una mujer pública
-acababan de leer juntos el Santo Libro.
-De repente Raskolnikoff se levantó y se
-acercó a Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;He venido para hablarte de una cosa&mdash;dijo
-en alta voz, frunciendo el entrecejo.</p>
-
-<p>La joven levantó los ojos hasta él y vió
-que su mirada, de una dureza particular,
-expresaba una resolución feroz.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy&mdash;prosiguió&mdash;, he renunciado a
-todo género de relaciones con mi madre<span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span>
-y con mi hermana. Ya no volveré más a
-mi casa. La ruptura entre los míos y yo
-está ya consumada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó asombrada Sonia.</p>
-
-<p>Su encuentro poco antes con Pulkeria
-Alexandrovna y Dunia, le había dejado
-una impresión extraordinaria, aunque
-obscura para ella. Al oír la noticia de que
-el joven había roto con su familia, sintió
-una especie de terror.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora no tengo en el mundo más que
-a ti&mdash;respondió él&mdash;. Partamos juntos. He
-venido a proponértelo. Tú y yo somos
-malditos; partamos juntos.</p>
-
-<p>Le relampagueaban los ojos.</p>
-
-<p>«Parece que está loco», pensó a su vez
-Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde iremos?&mdash;preguntó espantada,
-e involuntariamente se interrumpió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo he de saberlo? Unicamente
-sé que el camino y el fin de él, son los mismos
-para ti y para mí; de eso estoy seguro.</p>
-
-<p>Sonia le miró sin comprender. Una sola
-idea se desprendía claramente para ella
-de las palabras de Raskolnikoff: que era
-inmensamente desgraciado.</p>
-
-<p>&mdash;Nadie te comprenderá si tú le hablas&mdash;prosiguió
-él&mdash;; pero yo te he comprendido.
-Tú me eres necesaria; por eso he
-venido.</p>
-
-<p>&mdash;No comprendo...&mdash;balbució Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;Ya comprenderás más tarde. ¿Acaso
-tú no has procedido como yo? Tú también
-estás por encima de la regla... Has
-tenido ese valor. Has alzado la mano sobre
-ti, has destruído una vida, la tuya.
-Hubieras podido vivir para un espíritu,
-para la razón, y acabarás en el Mercado
-del Heno; pero tú no podrás soportarlo,
-y si te quedas sola perderás la razón y
-yo también la perderé. Ahora ya estás
-como loca. Es preciso, pues, que marchemos
-juntos; que sigamos el mismo camino.
-Partamos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? ¿Por qué dice usted eso?&mdash;repuso
-Sonia extrañamente turbada por
-tal lenguaje.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? ¡Porque tú no puedes quedarte
-aquí! Es menester razonar seriamente
-y ver las cosas bajo su verdadero
-aspecto, en vez de llorar como un niño
-y de confiarlo todo a Dios. ¿Qué ocurrirá,
-te pregunto yo ahora, si mañana se te
-conduce al hospital? Catalina Ivanovna,
-casi loca y tísica, morirá pronto. ¿Qué
-será de sus hijos? La perdición de Poletchka,
-¿no es cosa segura?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacer, pues? ¿Qué hacer?&mdash;repitió
-llorando Sonia y retorciéndose las
-manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacer? Hay que levar el ancla
-de una vez para ir adelante, ocurra lo que
-quiera. ¿No comprendes? Más tarde comprenderás...
-La libertad y el poder, pero
-sobre todo el poder, reinan sobre todas las
-criaturas temblorosas, sobre todo el hormiguero.
-He ahí el objeto. Acuérdate de
-esto. Ese es el testamento que te dejo.
-Quizá te hablo por última vez. Si no vengo
-mañana lo sabrás todo, y entonces
-acuérdate de lo que te digo. Más tarde,
-dentro de algunos años, con la experiencia
-de la vida, comprenderás acaso lo que
-significan mis palabras. Si vengo mañana,
-te diré quién es el que ha matado a Isabel.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿es que usted sabe quién la ha
-matado?&mdash;preguntó la joven helada de
-espanto.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé y lo diré... pero a ti, a ti sola.
-Te he elegido. No vendré a pedirte perdón
-sino simplemente a decírtelo. Hace
-mucho tiempo que te he elegido; desde el
-momento que tu padre me habló de ti;
-viviendo aún Isabel se me ocurrió esta
-idea. Adiós. No me des la mano. Hasta
-mañana.</p>
-
-<p>Raskolnikoff salió, dejando a Sonia la
-impresión de que estaba loco; pero ella
-estaba también como loca y se daba cuenta
-de su estado; se le iba la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Señor, ¿cómo sabe quién ha matado
-a Isabel? ¿Qué significan sus palabras?
-¡Qué extraño es!</p>
-
-<p>Sin embargo, no tuvo la menor sospecha
-de la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Debe de ser inmensamente desgraciado!
-Se ha separado de su madre y
-de su hermana; ¿por qué? ¿qué ha podido
-pasarle? ¿Cuáles son sus intenciones?
-¿Qué es lo que me ha dicho? Me ha besado
-el pie diciéndome (sí, de ese modo se ha
-expresado), que no podía vivir sin mí...
-¡Oh Señor!</p>
-
-<p>Detrás de la puerta que permanecía
-siempre cerrada, había una habitación
-sin ocupar, desde hacía largo tiempo, que<span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span>
-pertenecía a la casa de Gertrudis Karlovna
-Reslich. Esta habitación se alquilaba,
-como lo indicaban un rótulo colocado en
-el exterior de la puerta grande y los albaranes
-colocados en las ventanas que daban
-al canal. Sonia sabía que no vivía nadie
-allí. Pero, durante toda la escena precedente,
-el señor Svidrigailoff, oculto detrás
-de la puerta, no había perdido sílaba
-de la conversación. Cuando Raskolnikoff
-hubo salido, el inquilino de la señora Reslich
-reflexionó un momento; después volvió
-a entrar sin ruido en su habitación,
-que estaba contigua a la pieza desalquilada,
-tomó una silla y fué a colocarla junto
-a la puerta. Lo que acababa de oír le
-interesaba en el más alto grado; así es que
-llevaba aquella silla para poder escuchar
-la conversación prometida para el día
-siguiente, sin verse obligado a permanecer
-de pie durante una hora por lo menos.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>V.</h3></div>
-
-<p>Cuando al día siguiente, a las once en
-punto, Raskolnikoff se presentó en casa
-del juez de instrucción, se asombró de
-haber tenido que hacer antesala tanto
-tiempo. Según sus presunciones, debiera
-habérsele recibido en seguida; sin embargo,
-pasaron diez minutos antes de ver a
-Porfirio Petrovitch. En la sala de entrada,
-en que esperó primero, varias personas
-iban y venían sin parecer que reparasen
-en él. En la habitación siguiente,
-que se asemejaba a una Cancillería, trabajaban
-algunos escribientes y saltaba a
-la vista que ninguno de ellos sospechaba
-en lo más mínimo lo que pudiera ser Raskolnikoff.</p>
-
-<p>El joven miró en su derredor con desconfianza.
-¿Habría allí algún esbirro,
-algún <i>Argos</i> misterioso encargado de vigilarle,
-y en el caso oportuno impedir su
-fuga? Nada de esto descubría; los escribientes
-estaban todos ocupados en sus
-tareas y los otros no hacían el menor caso
-de él. El visitante se iba tranquilizando.</p>
-
-<p>&mdash;Si, en efecto, aquel misterioso personaje
-de ayer, aquel espectro salido de debajo
-de la tierra, lo supiese todo y lo hubiese
-visto todo, ¿me dejarían tanto tiempo
-libre? ¿No me hubieran detenido ya,
-en vez de esperar que viniese aquí por
-mi propia voluntad? Siendo esto así, o ese
-hombre no ha hecho ninguna revelación
-contra mí, o... sencillamente no sabe nada
-y no ha visto nada... Y, en rigor, ¿cómo
-hubiera podido ver? Por consiguiente,
-he debido estar alucinado, y lo que ayer
-me ocurrió no fué más que una ilusión de
-mi imaginación enferma.</p>
-
-<p>Cada vez encontraba más verosímil esta
-explicación, que ya el día antes se le
-había ocurrido cuando más inquieto estaba.</p>
-
-<p>Reflexionando en todo esto y preparándose
-para una nueva lucha, Raskolnikoff
-advirtió de repente que estaba temblando
-y hasta se indignó ante el pensamiento
-de que lo que le hacía temblar era el miedo
-de una entrevista con el odioso Porfirio
-Petrovitch. Lo más terrible para él era
-encontrarse de nuevo en presencia de
-aquel hombre; le odiaba terriblemente y
-hasta temía venderse a causa de aquel
-odio. Se apresuró a entrar con aire frío y
-tranquilo, y se prometió hablar lo menos
-posible, estar siempre alerta y dominar,
-en fin, a toda costa, su temperamento
-irascible. Pensando en tales cosas, fué
-introducido en el despacho de Porfirio
-Petrovitch.</p>
-
-<p>Encontrábase éste solo en su gabinete.
-Esta habitación, de no muchas dimensiones,
-contenía una gran mesa colocada
-frente a un diván forrado de hule, un escritorio,
-un armario colocado en un rincón
-y varias sillas; todo este mobiliario,
-suministrado por el Estado, era de madera
-amarilla. En la pared del fondo había
-una puerta cerrada, lo que hacía suponer
-que había otras habitaciones detrás del
-tabique.</p>
-
-<p>En cuanto Porfirio Petrovitch vió que
-Raskolnikoff entraba en su gabinete, fué
-a cerrar la puerta por la cual acababa de
-entrar el joven, y ambos quedaron frente
-a frente. El juez de instrucción dispensó
-a su visitante una acogida en la apariencia
-por extremo risueña y afable. Al cabo
-de algunos minutos advirtió Raskolnikoff
-ciertos movimientos que revelaban ligera
-contrariedad en el magistrado; parecía
-que acababa de interrumpírsele en alguna
-ocupación clandestina.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, respetabilísimo! Ya está usted<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span>
-aquí... en nuestros dominios&mdash;comenzó a
-decir Porfirio Petrovitch tendiéndole ambas
-manos&mdash;. Vamos, siéntese usted,
-<i>batuchka</i>. Pero quizá no le guste a usted
-que se le llame respetabilísimo y al mismo
-tiempo <i>batuchka</i>, <i>tout court</i>. No lo tome
-usted a mal; no es una familiaridad excesiva...
-Siéntese... aquí, en el diván.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se sentó, sin apartar los
-ojos del juez de instrucción.</p>
-
-<p>«Estas palabras «en nuestros dominios»,
-estas excusas por su familiaridad, la expresión
-francesa <i>tout court</i>... ¿qué quiere
-decir todo esto? Me ha alargado las manos
-sin darme ninguna; las ha retirado a tiempo»,
-pensó Raskolnikoff con desconfianza.</p>
-
-<p>Ambos se observaban; pero cuando
-se encontraban sus miradas, apartaban
-el uno del otro los ojos con la rapidez del
-relámpago.</p>
-
-<p>&mdash;He venido a traer este papel... con
-motivo del reloj... Tome usted. ¿Está bien
-así, o hay que escribir otro?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? ¿Qué papel? ¡Ah, sí!... ¡No se
-preocupe usted; está bien!&mdash;respondió con
-precipitación Porfirio, que pronunció estas
-palabras aun antes de haber examinado
-el papel, y después, cuando hubo echado
-una rápida mirada sobre el documento,
-añadió&mdash;: Sí, está bien; basta con esto&mdash;continuó,
-hablando siempre de prisa, y
-depositó el papel sobre la mesa.</p>
-
-<p>Un minuto después lo guardó en el escritorio,
-hablando de otra cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que ayer me manifestó
-usted deseos de interrogarme... en debida
-forma, a propósito de mis relaciones con
-la... víctima.</p>
-
-<p>«Vamos, ¿para qué habré dicho yo <i>me
-parece</i>?», pensó de repente Raskolnikoff.
-«¿Qué importa esa frase? ¿Por qué me he
-de inquietar yo por ella?», añadió mentalmente
-y casi al mismo tiempo.</p>
-
-<p>Por el solo hecho de encontrarse en
-presencia de Porfirio, con quien apenas
-había cambiado dos palabras, su desconfianza
-tomaba enormes proporciones, y
-advirtió súbitamente que esta disposición
-de ánimo era demasiado peligrosa; su
-agitación y la exaltación de sus nervios
-iban en aumento.</p>
-
-<p>«Malo, malo; se me va a escapar alguna
-tontería.»</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; no se inquiete usted, tenemos
-tiempo, tenemos tiempo&mdash;murmuró Porfirio
-Petrovitch, que sin intención alguna
-aparente iba y venía por la habitación,
-aproximándose, ya a la ventana, ya al escritorio,
-para acercarse en seguida a la
-mesa.</p>
-
-<p>Algunas veces evitaba las recelosas miradas
-de Raskolnikoff; otras se detenía
-bruscamente y miraba a su interlocutor
-cara a cara.</p>
-
-<p>Era un espectáculo verdaderamente
-extraño el que ofrecía en tal momento
-aquel hombrecillo grueso y redondo, que
-se movía como una pelota lanzada de una
-pared a otra.</p>
-
-<p>&mdash;No hay prisa, no hay prisa. ¿Fuma
-usted? Tome un cigarrillo&mdash;continuó ofreciendo
-un paquete al visitante&mdash;. Le recibo
-aquí, ¿sabe usted?; pero mi habitación
-está ahí, detrás de ese tabique... Es
-el Estado quien me la suministra... yo
-estoy aquí provisionalmente, porque hay
-muchos arreglos que hacer en mi vivienda.
-Ahora todo está arreglado o poco menos...
-¿Sabe usted que es una gran cosa
-que el Estado le dé a uno casa? ¿No le parece
-a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, una gran cosa&mdash;respondió Raskolnikoff
-mirándole con aire burlón.</p>
-
-<p>&mdash;Una gran cosa... una gran cosa...&mdash;repitió
-ocupado en otra parte&mdash;. ¡Sí, una
-gran cosa!&mdash;volvió a decir bruscamente
-con voz casi tonante, deteniéndose a dos
-pasos de Raskolnikoff, a quien miró de
-repente.</p>
-
-<p>La incesante y necia repetición de esta
-frase: «Una habitación suministrada por
-el Estado es una gran cosa», contrastaba
-por su vacuidad con la mirada seria, profunda,
-enigmática, que el juez fijaba ahora
-en su visitante.</p>
-
-<p>La cólera de Raskolnikoff no le impidió
-dirigir al juez de instrucción un desafío
-burlón y bastante imprudente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted&mdash;comenzó a decir, mirándole
-casi con insolencia y complaciéndose
-en ello&mdash;, que es, según creo, una
-regla jurídica, un principio para todos los
-jueces de instrucción, ponerse a hablar
-de cosas insignificantes o de una cosa seria,
-pero ajena a la cuestión, a fin de animar
-a aquellos a quienes interrogan, o
-más bien a fin de distraerlos aletargando
-su prudencia, y después, bruscamente,<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>
-de improviso, descargarles en medio de
-la coronilla la más peligrosa pregunta?
-¿No es así? ¿No es una costumbre religiosamente
-observada en la profesión de
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que usted supone que si
-le he hablado tantas veces de la casa que
-me da el Estado, ha sido para...?</p>
-
-<p>Al decir esto, Porfirio Petrovitch guiñó
-los ojos y dió a su cara, por un instante,
-cierta expresión de alegría maliciosa, se
-borraron las leves arrugas de su frente, se
-le pusieron los ojos todavía más pequeños
-de lo que eran, se dilataron sus facciones,
-y mirando fijamente a Raskolnikoff,
-se echó a reír de un modo nervioso y prolongado,
-que agitó toda su persona. El joven
-se echó a reír también, aunque haciendo
-un violento esfuerzo. La hilaridad
-de Porfirio Petrovitch redobló de tal modo,
-que el rostro del juez de instrucción se
-puso de color carmesí. Raskolnikoff experimentó
-entonces un disgusto que le hizo
-olvidar toda prudencia; cesó de reír,
-frunció el entrecejo, y durante todo el
-tiempo en que siguió riendo Porfirio con
-aquella alegría que parecía un poco fingida,
-clavó en él unas miradas preñadas
-de odio. El juez, por su parte, se cuidaba
-muy poco del descontento de Raskolnikoff.
-Esta última circunstancia dió mucho
-que pensar al joven; creyó comprender
-que su llegada no había interrumpido
-lo más mínimo al juez de instrucción; era,
-por el contrario, él, Raskolnikoff, el que
-había caído en una trampa. Evidentemente
-había allí algún lazo, alguna emboscada
-que él no conocía; la mina estaba cargada
-quizá, e iba a reventar de un momento
-a otro.</p>
-
-<p>Yéndose derecho al asunto, se levantó
-y tomó su gorra.</p>
-
-<p>&mdash;Porfirio Petrovitch&mdash;dijo con tono resuelto,
-pero en el que se descubría bastante
-irritación&mdash;, ayer manifestó usted el deseo
-de hacerme sufrir un interrogatorio.
-(Subrayó la palabra <i>interrogatorio</i>.) He venido
-a ponerme a disposición de usted; si
-tiene preguntas que dirigirme, pregúnteme
-usted, si no, permítame que me retire. No
-puedo perder el tiempo aquí; tengo otra
-cosa que hacer. He de asistir al entierro
-de ese funcionario que ha sido atropellado
-por un coche y de quien ha oído usted
-hablar...&mdash;añadió, y en seguida se arrepintió
-de haber dicho esta frase&mdash;. Después&mdash;prosiguió
-con cólera creciente&mdash;,
-todo eso me fastidia, ¿entiende usted?
-hace mucho tiempo que dura todo esto,
-y en parte ha sido causa de mi enfermedad...
-En una palabra&mdash;continuó con
-voz cada vez más irritada porque comprendía
-que la frase acerca de su enfermedad
-era aún más inoportuna que la
-otra&mdash;, en una palabra, o me interroga
-usted, o permita que me marche ahora
-mismo... Pero si usted me interroga, que
-sea en la forma establecida por el procedimiento
-legal; de otro modo no se lo permitiré
-a usted, y hasta entonces, adiós,
-puesto que por el momento nada tenemos
-que hacer juntos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor! ¿Pero, qué está usted diciendo?
-¿Acerca de qué he de interrogar a usted?&mdash;replicó
-el juez de instrucción, que
-cesó instantáneamente de reír&mdash;; no se
-inquiete usted, se lo suplico.</p>
-
-<p>Incitó a Raskolnikoff a que se sentara,
-en tanto que él iba y venía de un lado a
-otro de la habitación.</p>
-
-<p>&mdash;Tenemos tiempo, tenemos tiempo, y
-todo eso carece de importancia. Por el
-contrario, estoy tan contento de que haya
-usted venido a nuestra casa... Recibo a
-usted como a un visitante... En cuanto
-a ese maldito reír, <i>batuchka</i> Rodión Romanovitch,
-perdóneme usted... soy muy
-nervioso y me ha hecho mucha gracia la
-agudeza de la observación de usted; a veces,
-le aseguro que me pongo a saltar como
-una pelota de goma y estoy así durante
-media hora... Me gusta reír. Mi
-temperamento me hace temer una apoplejía.
-Pero siéntese usted, ¿por qué sigue
-en pie?... Se lo ruego, <i>batuchka</i>, de lo
-contrario creeré que está usted enfadado.</p>
-
-<p>Raskolnikoff, con el entrecejo fruncido,
-se callaba, escuchaba y observaba; sin
-embargo, se sentó.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo que a mí toca, <i>batuchka</i> Rodión
-Romanovitch, diré a usted una cosa
-que servirá para explicarle mi carácter&mdash;repuso
-Porfirio Petrovitch, que continuaba
-yendo y viniendo por la habitación, y
-seguía evitando el cruzar la mirada con la
-del joven&mdash;. Yo vivo solo, ¿sabe usted?
-No voy a ninguna parte; soy desconocido.
-Añada usted que estoy en la decadencia<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>
-ya acabado... y... ¿ha advertido usted,
-Rodión Romanovitch, que entre nosotros,
-es decir, en Rusia, y sobre todo en nuestros
-círculos de San Petersburgo, cuando
-se encuentran dos hombres inteligentes
-que no se conocen aún bien, pero que recíprocamente
-se estiman, como usted y
-yo, por ejemplo, en este momento, no
-pueden decirse una palabra durante media
-hora y permanecen como petrificados,
-el uno frente al otro? Todo el mundo
-tiene materia de conversación; las señoras,
-la gente de mundo, las personas de
-alta sociedad... en todos estos ambientes
-hay de qué hablar, es de rigor; pero las
-personas de la clase media, como nosotros,
-son hurañas y taciturnas. ¿De qué procede
-esto, <i>batuchka</i>? ¿No tenemos nosotros
-intereses sociales, o es que somos demasiado
-honrados para engañarnos unos a
-otros? No lo sé. Vamos a ver, ¿cuál es su
-opinión? Pero deje la gorra; cualquiera
-diría que desea usted irse, y eso me causa
-pena... yo, por el contrario, tengo tanto
-gusto...</p>
-
-<p>Raskolnikoff dejó su gorra. No salía
-de su mutismo, y con las cejas fruncidas
-seguía oyendo la vana charla de Porfirio.</p>
-
-<p>«Sin duda dice todas estas tonterías
-para distraer mi atención.»</p>
-
-<p>&mdash;No le ofrezco a usted café, porque
-éste no es lugar para ello; pero, ¿no será
-posible pasar cinco minutos con un amigo
-para procurarle una distracción?&mdash;prosiguió
-el inagotable Porfirio&mdash;. Ya sabe
-usted cuántas son las obligaciones del
-servicio. No se enoje usted, <i>batuchka</i>,
-porque siga paseándome; perdóneme usted,
-sentiría mucho molestarle; ¡pero me
-es tan necesario el movimiento!... Estoy
-siempre sentado y es para mí un verdadero
-placer poder pasearme durante cinco
-minutos... padezco de hemorroides.
-He tenido siempre intención de tratarme
-por la gimnasia; el trapecio es, se dice,
-muy provechoso para los consejeros del
-Estado, y aun para los consejeros íntimos.
-En nuestros días, la gimnástica ha
-venido a ser una verdadera ciencia... En
-cuanto a los deberes de nuestro cargo, a
-estos interrogatorios y todo este formalismo,
-usted mismo, <i>batuchka</i>, hablaba hace
-poco... ¿Sabe usted, en efecto, <i>batuchka</i>
-Rodión Romanovitch, que estos interrogatorios
-despistan más al magistrado que
-al reo?... Usted lo ha hecho notar hace
-un momento, con tanto ingenio como
-exactitud. (Raskolnikoff no había hecho
-semejante observación.) Se embrolla uno,
-pierde el hilo. En cuanto a nuestras costumbres
-jurídicas, estoy plenamente de
-acuerdo con usted. ¿Cuál es, dice usted,
-el acusado, aunque sea el más obtuso
-<i>mujik</i>, que ignore que ha de comenzarse
-por hacérsele preguntas extrañas para
-aletargarle, según la feliz expresión de
-usted, a fin de asestarle después, bruscamente,
-un hachazo en medio de la coronilla
-(sirviéndome de la feliz metáfora de
-usted)? ¡Je, je! De modo que ha pensado
-que hablándole de la habitación, yo trataba...
-¡je, je! Es usted muy cáustico...
-vamos, ya no insisto. ¡Ah! Sí, una palabra
-llama a otra; los pensamientos se atraen
-mutuamente. Hace un momento hablaba
-usted de la forma en lo que concierne al
-magistrado. ¿Pero, qué es la forma? Ya
-sabe usted que, en muchos casos, una
-simple conversación amistosa conduce
-más seguramente a ciertos resultados. La
-forma no desaparecerá jamás, permítame
-usted que se lo asegure; ¿pero qué es,
-en el fondo, la forma? No se puede obligar
-al juez de instrucción a que la traiga
-siempre a cuestas. La necesidad del investigador
-es, en su género, un arte liberal
-o alguna cosa por el estilo. ¡Je, je!</p>
-
-<p>Porfirio Petrovitch se detuvo un instante
-para tomar aliento. Hablaba sin
-interrupción, tan pronto diciendo tonterías,
-como deslizando, en medio de estas
-necedades, frasecillas enigmáticas,
-después de las cuales comenzaba de nuevo
-con sus trivialidades. Su paseo ahora por
-la habitación se parecía a una carrera;
-movía sus gruesas piernas cada vez con
-más viveza y continuaba con los ojos
-bajos, la mano derecha metida en el bolsillo,
-en tanto que con la izquierda hacía
-incesantemente ademanes que no tenían
-ninguna relación con sus palabras. Raskolnikoff
-advirtió, o creyó advertir, que
-al ir y venir por la habitación, el juez se
-había detenido dos veces cerca de la puerta
-como para escuchar un instante... «Sin
-duda espera algo.»</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted completa razón&mdash;siguió
-diciendo alegremente Porfirio, mirando<span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span>
-al joven con una candidez que puso a éste
-en nueva desconfianza&mdash;; nuestras costumbres
-jurídicas merecen, en efecto, las
-burlas ingeniosas de usted. ¡Je, je! Estos
-procedimientos, inspirados, según se pretende,
-por una profunda psicología, son
-muy ridículos y aun a menudo estériles.
-Volviendo de nuevo a la forma: Supongamos
-que yo me encargo de la instrucción
-de un proceso; yo sé, o más bien creo
-saber, que el culpable es cierto señor...
-¿No estaba usted siguiendo la carrera de
-Derecho, Rodión Romanovitch?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; la estudiaba.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, he aquí un ejemplo que
-podrá servirle a usted más adelante; no
-vaya a creer que trato de echármelas de
-profesor con usted; no permita Dios que
-pretenda yo enseñar una cosa a un hombre
-que trata en los periódicos las cuestiones
-de criminalidad; no, me tomo solamente
-la libertad de citarle un hecho a
-título de ejemplo. Supongo, pues, que
-he creído descubrir al culpable; dígame
-usted ahora: ¿había de inquietarle prematuramente,
-aunque poseyera pruebas
-contra él? Acaso a otro que no tuviese el
-mismo carácter, le haría detener en seguida;
-pero a éste, ¿por qué no dejarle que
-se pasee un poco por la ciudad? ¡Je, je!
-No, veo que usted no me comprende bien;
-voy a explicarme más claramente. Si, por
-ejemplo, me apresuro a dictar un auto de
-prisión contra él, merced a este solo hecho
-le suministro, por decirlo así, un punto de
-apoyo moral. ¡Je, je! ¿Se ríe usted? (Raskolnikoff
-no pensaba en reírse; tenía los
-labios apretados y no apartaba su ardiente
-mirada de los ojos de Porfirio Petrovitch.)
-Sin embargo, así se hace, porque
-las personas son muy diversas, aunque,
-desgraciadamente, el procedimiento sea
-el mismo para todas. Pero desde el momento
-que tiene usted pruebas, podrá decirme
-usted, ¿para qué todas esas precauciones?
-¡Ah, Dios mío! <i>Batuchka</i>, ¿sabe
-usted lo que son pruebas? Las tres
-cuartas partes de las veces, las pruebas
-son armas de dos filos, y, yo, juez de instrucción,
-soy hombre y, por consiguiente,
-sujeto a error. Así, pues, quisiera dar a
-mis investigaciones el rigor absoluto de
-una demostración matemática y desearía
-que mis conclusiones fuesen tan claras,
-tan indiscutibles, como dos y dos son
-cuatro. De modo que si yo hago detener
-a ese señor antes del tiempo oportuno,
-estando bien convencido de que es <i>él</i>,
-me privo de los medios ulteriores de establecer
-su culpabilidad. ¿Y por qué?
-Pues porque le doy, en cierto modo, una
-situación definida; al ponerle en la cárcel
-le tranquilizo, le coloco en su verdadero
-equilibrio psicológico; entonces se me escapa,
-se repliega sobre sí mismo, y comprende
-que es un detenido. Si por el contrario,
-dejo perfectamente tranquilo al
-presunto culpable, si no le detengo y si
-no le inquieto, pero a todas horas está preocupado
-de que lo sé todo, de que no le
-pierdo de vista ni de día ni de noche, de
-que es objeto por mi parte de una infatigable
-vigilancia, ¿qué es lo que sucederá
-en semejantes condiciones? Que infaliblemente
-se sentirá acometido del vértigo,
-vendrá él mismo a mi casa, me suministrará
-buen número de armas contra
-él, y me pondrá en el caso de dar a las
-conclusiones de mi investigación un carácter
-de evidencia matemática que no
-carece de encantos. Si este procedimiento
-puede dar resultados eficaces con un <i>mujik</i>
-inculto, es también muy eficaz cuando
-se trata de un hombre muy ilustrado, inteligente,
-y en cierto modo distinguido.
-Porque lo importante, mi querido amigo,
-es adivinar en qué sentido está desarrollado
-un hombre. Supongamos que se
-trata de uno inteligente, pero que tiene
-nervios, nervios que están excitados, que
-son enfermizos... ¡Y la bilis! La bilis que
-no se tiene en cuenta, ¡qué papel, sin embargo,
-tan importante desempeña en todas
-esas personas! Se lo repito a usted:
-hay en esto una verdadera mina de indicios.
-¿Qué me importa que se pasee en
-libertad por la ciudad? Puedo dejarle gozar
-un poco más, seguro de que la presa
-no se me escapará. Y, en efecto, ¿a dónde
-podría ir? ¿Al extranjero? Un polaco
-huiría al extranjero, pero él no; tanto
-más, que yo le vigilo, y tengo, por consiguiente,
-tomadas mis medidas. ¿Se retirará
-al interior del país? Allí habitan
-<i>mujiks</i> groseros, rusos primitivos, desprovistos
-de civilización; este hombre ilustrado
-querrá mejor estar preso que vivir
-en tal ambiente. ¡Je, je! Por otra parte,<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>
-esto no significa nada todavía; es lo accesorio,
-el lado exterior de la cuestión. No
-huirá, no solamente porque no sabría
-dónde ir, sino porque, y sobre todo, me
-pertenece psicológicamente. ¡Je, je, je!
-¿Qué le parece a usted de esta expresión?
-En virtud de una ley natural, no huirá,
-aunque pueda hacerlo. ¿Ha visto usted
-la mariposa delante de la luz? Pues bien:
-él dará sin cesar vueltas en derredor mío,
-como ese insecto en torno de la llama.
-Para él no tendrá goces la libertad, cada
-vez estará más inquieto, cada vez más
-trastornado; si le doy tiempo, se entregará
-a actos tales que su culpabilidad aparecerá
-clara como dos y dos son cuatro...
-y siempre, siempre, dará vueltas en derredor
-mío, describiendo círculos cada
-vez más pequeños, hasta que, por último,
-¡paf! se meterá él mismo en la boca y me
-lo tragaré. Es esto muy divertido. ¡Je,
-je, je! ¿No le parece a usted?</p>
-
-<p>Raskolnikoff guardaba silencio. Pálido
-e inmóvil, continuaba observando el
-rostro de Porfirio con un penoso esfuerzo
-de atención.</p>
-
-<p>«La lección es buena&mdash;pensaba aterrado&mdash;;
-no es, como ayer, el gato jugando
-con el ratón. Sin duda, al hablarme así,
-no es solamente por placer de mostrarme
-su fuerza; es demasiado inteligente
-para eso. Debe de tener otro objeto. ¿Cuál
-es? ¡Bah! amigo mío, cuanto dices es para
-asustarme. No tienes pruebas, y el hombre
-de ayer no existe. Tratas sencillamente
-de desconcertarme, quieres encolerizarme
-y dar el gran golpe cuando me
-veas en ese estado; pero te engañas; pierdes
-el tiempo y la saliva. Mas, ¿por qué
-hablas con palabras encubiertas? Cuentas
-con la excitación de mi sistema nervioso...
-No, amiguito, no sucederá lo que
-tú piensas; sea lo que quiera lo que hayas
-preparado... Ahora veremos qué lazo me
-tiendes.»</p>
-
-<p>Y se dispuso animosamente a afrontar
-la terrible catástrofe que preveía. De vez
-en cuando sentía deseos de lanzarse sobre
-Porfirio y de estrangularle sobre la marcha.
-Desde su entrada en el despacho del
-juez de instrucción, su principal temor era
-el de no poder dominar su cólera. Sentía
-los latidos violentos del corazón, se le secaban
-los labios y le brotaba espuma de
-ellos. Resolvió, sin embargo, callarse
-comprendiendo que, en su posición, el
-silencio era la mejor táctica. De esta suerte,
-en efecto, no sólo no se comprometería,
-sino que quizá conseguiría irritar a su
-enemigo y arrancarle alguna palabra imprudente.
-Por lo menos, tal era la esperanza
-de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;No, bien veo que usted no lo cree.
-Supone usted que me burlo&mdash;prosiguió
-Porfirio, que cada vez estaba más alegre
-sin dejar su risita, y había reanudado sus
-paseos por la sala&mdash;. Tal vez tenga usted
-razón; me ha dado Dios una cara que
-despierta en los que me ven ideas cómicas;
-soy un bufón; pero perdone usted
-el lenguaje de un viejo: usted, Rodión Romanovitch,
-está en la flor de la juventud,
-y, como todos los de su edad, aprecia
-sobre todo la inteligencia humana. La
-agudeza del ingenio y las deducciones abstractas
-de la razón le seducen. Volviendo
-al <i>caso particular</i> del que veníamos hablando,
-diré a usted que es preciso contar
-con la realidad, con la naturaleza. Es una
-cosa muy importante. ¡Oh! ¡Cómo triunfa
-muchas veces de la habilidad! ¡Escuche
-usted a un viejo! Hablo seriamente, Rodión
-Romanovitch&mdash;al pronunciar estas
-palabras, el juez, que escasamente tenía
-treinta y cinco años, parecía, en efecto,
-que había envejecido de improviso; en su
-persona y hasta en su voz habíase producido
-una repentina metamorfosis&mdash;. Además,
-yo soy muy franco... ¿Qué le parece
-a usted? ¿soy o no soy franco? Creo que
-no se puede ser más; le confío a usted
-todas estas cosas sin pedirle nada en cambio.
-¡Je, je, je! Pues bien&mdash;continuó&mdash;: la
-agudeza de ingenio es, en mi opinión,
-una cosa excelente; es, por decirlo así,
-el ornamento de la naturaleza, el consuelo
-de la vida, y con ella solamente
-parece que se puede echar la zancadilla a
-un pobre juez de instrucción, que, por
-otra parte, suele ser engañado por su propia
-imaginación, porque, en resumidas
-cuentas, es hombre. Pero la naturaleza
-viene en ayuda del pobre juez. En esto
-es en lo que no piensa la juventud, fiando
-demasiado en su inteligencia, la juventud
-que «salta por encima de todos los
-obstáculos», como dijo usted ayer de una
-manera tan fina e ingeniosa. En el <i>caso<span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span>
-particular</i> de que tratamos, el culpable,
-yo lo admito, mentirá de una manera
-asombrosa; pero cuando crea que no tiene
-más que recoger el fruto de su habilidad,
-¡paf! se desmayará en el sitio mismo en
-que tal accidente ha de ser objeto de mayores
-comentarios. Supongamos que puede
-explicar su desmayo por hallarse enfermo,
-por la atmósfera sofocante de la
-sala; eso no obstante, nacerán sospechas.
-Ha mentido de una manera asombrosa;
-pero no ha sabido tomar precauciones
-contra la naturaleza. Ahí tiene usted dónde
-está el verdadero lazo. Otra vez, impulsado
-por su carácter burlón, se divertirá
-embromando a alguno que sospecha,
-y, como por juego, fingirá ser el criminal
-a quien busca la policía; pero entrará
-demasiado bien en el ánimo de su modelo,
-representará su fingida comedia con <i>demasiada
-naturalidad</i>, y éste será otro indicio.
-De momento, su interlocutor podrá
-ser juguete de lo que dice; pero, si este
-último no es un zoquete, rectificará al
-siguiente día. Nuestro hombre se comprometerá
-a cada instante, ¡qué digo!
-vendrá por sí mismo donde no ha sido
-llamado, se explayará con palabras imprudentes,
-se extenderá en alegorías cuyo
-sentido no se escapará a nadie... ¡Je, je,
-je! Hasta preguntará por qué no se le ha
-detenido aún. ¡Je, je, je! Y esto puede
-ocurrir a un hombre muy suspicaz, a un
-psicólogo, a un literato. ¡No hay espejo
-tan transparente como la naturaleza! basta
-con contemplarla... pero, ¿por qué se
-pone usted tan pálido, Rodión Romanovitch?
-Quizá hace demasiado calor. ¿Quiere
-usted que abra la ventana?</p>
-
-<p>&mdash;No se moleste usted, se lo ruego&mdash;contestó
-Raskolnikoff, echándose a reír.</p>
-
-<p>El juez se detuvo enfrente de él, esperó
-un momento, y, de repente, soltó también
-una carcajada. Raskolnikoff, cuya
-hilaridad habíase calmado súbitamente,
-se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;Porfirio Petrovitch&mdash;dijo con voz
-ruda y fuerte, y manteniéndose con dificultad
-en pie, a causa del temblor de
-sus piernas&mdash;, no tengo duda: usted sospecha
-que yo he asesinado a esa vieja y
-a su hermana Isabel. Por mi parte le declaro
-que estoy ya hasta la coronilla. Si
-usted cree que tiene el derecho de perseguirme
-o de hacerme detener, persígame
-usted y métame en la cárcel; pero no permito
-que se burle nadie de mí, ni de que
-se me martirice.</p>
-
-<p>De pronto comenzaron a temblarle los
-labios, sus ojos despidieron llamas, y su
-voz, hasta entonces contenida, alcanzó el
-diapasón más elevado.</p>
-
-<p>&mdash;¡No lo permito!&mdash;gritó bruscamente,
-y dió un vigoroso puñetazo sobre la mesa&mdash;.
-¿Lo ha oído usted, Porfirio Petrovitch?
-¡No lo permito!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡Dios mío! ¿Pero qué le pasa a
-usted?&mdash;dijo el juez de instrucción en
-apariencia muy inquieto&mdash;. ¡<i>Batuchka</i>!
-Rodión Romanovitch, amigo mío, ¿qué
-está usted diciendo?</p>
-
-<p>&mdash;¡No lo permito!&mdash;repitió Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡<i>Batuchka</i>, un poco más bajo! Van
-a oírle. Vendrán, y, entonces, ¿qué diremos?
-Piense usted un poco en ello&mdash;murmuró
-como asustado Porfirio Petrovitch,
-que había acercado su cara a la
-del visitante.</p>
-
-<p>&mdash;¡No lo permito! ¡No lo permito!&mdash;prosiguió
-maquinalmente Raskolnikoff;
-pero hablaba bajando el tono, de modo
-que sólo podía ser oído por Porfirio.</p>
-
-<p>Este corrió a abrir la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;Es menester airear la sala. ¿Por
-qué no bebe usted un poco de agua, querido
-amigo? Eso no es más que un acceso
-sin importancia.</p>
-
-<p>Se dirigía ya a la puerta para dar órdenes
-a un criado, cuando vió en un rincón
-una jarra de agua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Beba usted, <i>batuchka</i>!&mdash;murmuró,
-aproximándose vivamente al joven con
-una jarra&mdash;. Esto le sentará a usted muy
-bien.</p>
-
-<p>El susto, y aun la misma solicitud de
-Porfirio Petrovitch, parecían tan poco
-fingidos, que Raskolnikoff se calló y se
-puso a examinarle con tétrica curiosidad;
-pero rehusó el agua que se le ofrecía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rodión Romanovitch! ¡querido amigo!
-¡Si usted continúa así, va a volverse
-loco, se lo aseguro! Beba usted, beba usted,
-aunque sea un sorbo.</p>
-
-<p>Y le puso casi a la fuerza el vaso en la
-mano. Maquinalmente, Raskolnikoff se lo
-llevó a los labios; pero de repente mudó<span class="pagenum"><a name="Page_175" id="Page_175">[175]</a></span>
-de parecer, y lo dejó con disgusto sobre
-la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no ha sido más que un acceso
-insignificante. Tanto hará usted, mi querido
-amigo, que acabará por recaer de
-nuevo&mdash;observó con tono afectuoso el
-juez de instrucción, que parecía muy afectado&mdash;.
-Señor, ¿pero es posible que se
-cuide usted tan poco? Lo mismo pasó
-con Demetrio Prokofitch, que estuvo
-ayer en mi casa. Reconozco que tengo
-el genio cáustico, que mi carácter es horrible...
-pero, ¡señor! ¿qué significación se
-da a mis inofensivas salidas? Vino ayer
-después de la visita de usted; íbamos a
-ponernos a comer y empezó a hablar.
-Me contenté con apartar los brazos: ¡Ah
-Dios mío!... Fué usted quien lo envió,
-¿verdad? ¡Siéntese usted; <i>batuchka</i>; siéntese
-usted, por el amor de Cristo!</p>
-
-<p>&mdash;No, no le mandé yo; pero sabía que
-estaba en casa de usted y por qué hacía
-esa visita&mdash;respondió sarcásticamente
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted lo sabía?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Qué deduce usted de eso?</p>
-
-<p>&mdash;Deduzco, <i>batuchka</i>, que conozco, además,
-otros muchos hechos y excursiones
-de usted; estoy informado de todo. Sé
-que a la caída de la tarde fué usted a alquilar
-el <i>cuarto</i>; que se puso a tirar del
-cordón de la campanilla; que hizo una
-pregunta acerca de la sangre, y que el aspecto
-de usted asombró a los obreros y a
-los <i>dvorniks</i>. ¡Oh! comprendo la situación
-moral en que usted se encontraba entonces;
-pero no es menos cierto que todos
-estos trastornos acabarán por volverle loco.
-En el alma de usted hierve una noble
-indignación; tiene usted motivos para
-quejarse de su destino, en primer término,
-y en segundo, de la policía. Va usted
-también de aquí para allá forzando, en
-cierto modo, a la gente para que formule
-en voz alta sus acusaciones. Estas chismografías
-estúpidas le son insoportables,
-y quiere usted acabar con todo ello. ¿No
-es así? ¿No he adivinado alguno de los
-sentimientos a que usted obedece? Pero
-el caso es que no se contenta usted con
-devanarse los sesos, sino que hace perder
-también la cabeza al pobre Razumikin,
-y es verdaderamente una lástima volver
-loco a tan buen muchacho. Su misma
-bondad le expone más que a cualquier
-otro a sufrir el contagio de la enfermedad
-de usted... Cuando usted se calme, <i>batuchka</i>,
-yo le contaré... Pero, siéntese, ¡por
-el amor de Cristo! Se lo suplico. Recobre
-sus ánimos; está usted trastornado; siéntese.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se sentó. Un temblor febril
-agitaba todo su cuerpo. Escuchaba
-con sorpresa profunda a Porfirio, que le
-prodigaba demostraciones de amistad;
-pero no daba ningún crédito a las palabras
-del juez de instrucción, aunque sentía
-una propensión extraña a creerlas.
-Le había impresionado mucho el oír a
-Porfirio hablarle de su visita al cuarto de
-la vieja. «¿Cómo sabe esto, y por qué me
-lo cuenta él mismo?», pensaba el joven.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, se ha producido en nuestra táctica
-judiciaria un caso psicológico casi
-análogo, un caso morboso&mdash;continuó Porfirio&mdash;.
-Un hombre se acusó de un homicidio
-que no había cometido. Contó una
-historia completa, una alucinación de que
-él había sido juguete; y su relato era tan
-verosímil, parecía tan de acuerdo con los
-hechos, que desafiaba toda contradicción.
-¿Cómo explicarse esto? Sin haber intervenido
-en él, este individuo había sido,
-en parte, causa de un asesinato. Cuando
-supo que él había, sin saberlo, facilitado
-el crimen, se sobrecogió de tal manera,
-que su razón se alteró e imaginó que él
-era el verdadero criminal. Al fin y a la
-postre, el Senado examinó la causa y
-descubrió que el desgraciado era inocente.
-Sin el Senado, ¿qué hubiera sido de
-este pobre diablo? He aquí lo que se
-arriesga, <i>batuchka</i>. Puede uno convertirse
-en monomaníaco cuando va por la noche
-a tirar de los cordones de las campanillas
-y a hacer preguntas acerca de la sangre.
-En el ejercicio de mi profesión, he tenido
-ocasión de estudiar toda esta psicología.
-Es ése de que hablo un atractivo semejante
-al que impulsa a un hombre a tirarse
-por una ventana de lo alto de una
-torre... Usted está enfermo, Rodión Romanovitch,
-y hace mal en descuidar tanto
-su enfermedad. Debiera usted consultar
-un médico experimentado, en vez de hacerse
-asistir por ese gordinflón de Zosimoff.
-Todo esto es en usted el efecto del
-delirio...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span></p>
-
-<p>Durante un instante, Raskolnikoff creyó
-ver que todos los objetos daban vueltas
-en derredor suyo. «¿Es posible que
-siga mintiendo en este momento?», se
-preguntaba; y esforzábase para desechar
-esta idea, presintiendo el exceso de rabia
-loca a que podía impulsarle.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no deliraba. Me encontraba en el
-pleno uso de mi razón&mdash;gritó, en tanto
-que ponía su espíritu en tortura para comprender
-el juego de Porfirio&mdash;. Era dueño
-de todas mis facultades, ¿entiende usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; comprendo, comprendo. Ya me
-dijo usted ayer que no deliraba, e insistió
-particularmente sobre este punto.
-Comprendo todo lo que puede usted decir.
-¡Je, je!... Pero permítame usted que
-someta a su juicio una observación, querido
-Rodión Romanovitch: Si en efecto,
-fuese usted el culpable, o hubiese tomado
-parte en ese maldito asunto, yo le pregunto:
-¿hubiera sostenido que había hecho
-usted todas esas cosas, no delirando,
-sino con plena conciencia de sus actos?
-Supongo que habría usted hecho todo lo
-contrario. Si creyese usted que su causa
-estaba prejuzgada, debería precisamente
-sostener con tenacidad que obró bajo la
-influencia del delirio; ¿no es así?</p>
-
-<p>El tono de la pregunta hacía sospechar
-que se le tendía un lazo. Al pronunciar
-estas últimas palabras, el juez se inclinó
-hacia Raskolnikoff. Este se recostó en
-el diván y miró silenciosamente en la cara
-a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;Y lo mismo digo respecto de la visita
-del señor Razumikin. Si usted fuese
-culpable, debería decir que nuestro amigo
-vino a mi casa por su propia iniciativa,
-y ocultar que había dado este paso por
-instigación de usted. Por el contrario, lejos
-de ocultarlo, asegura que fué usted
-quien lo mandó.</p>
-
-<p>Raskolnikoff no había afirmado nada
-de esto, y sintió, al oírlo, un escalofrío en
-la espina dorsal.</p>
-
-<p>&mdash;Usted sigue mintiendo&mdash;dijo con voz
-lenta y débil, esbozando una sonrisa&mdash;.
-Quiere usted suponer que lee en mi interior
-y que sabe de antemano todas las
-respuestas&mdash;continuó, comprendiendo
-que ya no pesaba sus palabras como debía&mdash;;
-usted quiere meterme miedo... o
-simplemente burlarse de mí.</p>
-
-<p>Hablando de este modo, Raskolnikoff
-no cesaba de mirar fijamente al juez de
-instrucción. De repente brillaron de nuevo
-en sus ojos relámpagos de cólera violenta.</p>
-
-<p>&mdash;No hace usted más que mentir&mdash;gritó&mdash;.
-Sabe usted perfectamente que la
-mejor táctica para un culpable es confesar
-lo que no le es posible tener oculto.
-Yo no le creo a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué listo es usted para ver las cosas!&mdash;dijo
-Porfirio sonriéndose&mdash;. Pero
-en este asunto, <i>batuchka</i>, está engañado;
-es el efecto de la monomanía. ¡Ah! ¿Conque
-usted no me cree? Pues yo le digo que
-me crea un poco, y me arreglaré de manera
-que acabe por creerme del todo; porque
-yo le quiero a usted sinceramente, y
-le miro con singular interés.</p>
-
-<p>Los labios de Raskolnikoff comenzaron
-a temblar.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; yo le quiero a usted&mdash;prosiguió
-Porfirio asiendo amistosamente el brazo
-del joven por algo más arriba del codo&mdash;;
-vuelvo a repetírselo a usted: cuídese su
-enfermedad. Además, la familia de usted
-se encuentra ahora en San Petersburgo;
-piense algo en ella. Debería usted hacer
-la felicidad de sus parientes y, por el contrario,
-sólo les acarrea inquietudes.</p>
-
-<p>&mdash;Y a usted, ¿qué le importa? ¿Cómo
-sabe usted eso? ¿Por qué se mezcla en
-mis asuntos? ¿De modo que usted me vigila,
-y además, me lo dice?</p>
-
-<p>&mdash;Pero, <i>batuchka</i>. ¡Si es usted mismo
-quien me lo ha contado! No advierte que,
-en su agitación, habla usted espontáneamente
-de sus asuntos a mí y a los demás.
-Ayer Razumikin me comunicó también
-muchas particularidades interesantes
-acerca de usted. Iba a decirle que, a pesar
-de todo su genio, ha perdido la vista
-exacta de las cosas, a consecuencia de
-su carácter suspicaz. Vea usted, el incidente
-del cordón de la campanilla. Ese es
-un hecho precioso, un hecho inapreciable
-para un magistrado observador; yo se lo
-entrego a usted cándidamente; yo, juez
-de instrucción. Y esto, ¿no le abre a usted
-los ojos? Pero si yo le creyera culpable,
-¿hubiera procedido de esa suerte? En
-tal caso, mi línea de conducta estaba perfectamente
-trazada: hubiera debido, por
-el contrario, desviar la atención de usted
-hacia otro punto. Después, bruscamente,<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
-le hubiera asestado, según la expresión
-de usted, sobre la coronilla, la siguiente
-pregunta: «¿Qué fué usted a hacer a tal
-hora de la noche al domicilio de la víctima?
-¿Por qué tiró usted del cordón de la
-campanilla? ¿Por qué hizo usted preguntas
-acerca de la sangre? ¿Por qué aturdió
-usted a los <i>dvorniks</i> pidiendo que le condujesen
-a la oficina de policía?» De esta
-manera hubiera procedido si hubiese tenido
-alguna sospecha acerca de usted.
-Hubiera debido someter a usted a un interrogatorio
-en regla, ordenar una investigación
-y detenerle. Puesto que he
-obrado de otro modo, es señal evidente
-de que no sospecho de usted. Ha perdido
-el sentido exacto de las cosas, y está ciego,
-se lo repito.</p>
-
-<p>Raskolnikoff temblaba, lo cual pudo
-fácilmente advertir Porfirio Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;Sigue usted mintiendo&mdash;vociferó el
-joven&mdash;. No sé cuáles son sus intenciones;
-pero estoy cierto de que miente... Hace
-poco no hablaba usted en ese sentido y
-sobre ello no me hago ilusiones... Miente
-usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que miento?&mdash;replicó Porfirio con
-apariencias de vivacidad. Por lo demás,
-el juez de instrucción conservaba su aspecto
-jovial, y parecía no dar importancia
-alguna a la opinión que Raskolnikoff pudiera
-tener de él&mdash;. ¿Que miento? ¿Pero
-usted no recuerda cómo acabo de tratarle?
-Yo, juez de instrucción, le he sugerido
-los argumentos psicológicos que usted
-podía emplear: «La enfermedad, el delirio,
-los sufrimientos del amor propio, la
-hipocondría, la afrenta recibida en el despacho
-de policía», etc. ¿No es así? ¡Je, je,
-je! Verdad es, dicho sea de paso, que estos
-medios de defensa no siempre dan el resultado
-apetecido; son armas de dos filos
-y podría cortarse el que las empleara.
-Si usted dice: «Yo estaba enfermo, yo deliraba,
-no sabía lo que hacía, no me acuerdo
-de nada», podrá respondérsele: «Todo
-eso está muy bien, <i>batuchka</i>, pero, ¿cómo
-es que el delirio toma siempre en usted el
-mismo carácter?» Debería manifestarse en
-otras formas, ¿verdad? ¡Je, je, je!</p>
-
-<p>Raskolnikoff se levantó, y mirándole
-despreciativamente, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;En resumen: quiero saber de una
-manera concreta si sospecha usted o no
-de mí. Hable usted, Porfirio Petrovitch.
-Explíquese usted sin ambages ni rodeos;
-y en seguida, al instante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Dios mío! Se parece usted a los
-niños que piden la luna&mdash;replicó Porfirio
-siempre con su tono zumbón&mdash;. ¿Qué
-necesidad tiene usted de saber nada, si
-se le deja a usted perfectamente tranquilo?
-¿Por qué se altera de ese modo? ¿Por
-qué viene a mi casa cuando nadie le llama?
-¿Cuáles son las razones de usted? ¡Je,
-je, je!</p>
-
-<p>&mdash;Le repito&mdash;gritó Raskolnikoff furioso&mdash;que
-ya no me es posible soportar...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? ¿La incertidumbre?&mdash;interrumpió
-el juez de instrucción.</p>
-
-<p>&mdash;No me exaspere usted más... No
-quiero, digo a usted que no quiero... no
-puedo ni quiero... ¿oye usted?&mdash;gritó con
-voz de trueno Raskolnikoff, descargando
-un nuevo puñetazo sobre la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Más bajo, más bajo; van a oírle a
-usted, se lo advierto seriamente. Tenga
-cuidado&mdash;murmuró Porfirio.</p>
-
-<p>El juez de instrucción no tenía ya aquel
-aire de campesino que comunicaba a su
-rostro cierta candidez; fruncía las cejas,
-hablaba como amo y estaba a punto de
-quitarse la careta; pero esta nueva actitud
-no duró más que un instante. Aunque
-al punto Raskolnikoff se entregó a un
-arrebato de cólera, sin embargo, cosa
-extraña, esta vez, como antes, aunque
-estaba en el colmo de la exasperación,
-obedeció la orden de bajar la voz; comprendía,
-además, que no podía menos de
-hacerlo, y este pensamiento contribuyó
-a aumentar su irritación.</p>
-
-<p>&mdash;No me dejaré martirizar&mdash;murmuró&mdash;;
-deténgame usted, regístreme, haga
-cuantas investigaciones quiera; pero proceda
-usted en debida forma, y no juegue
-conmigo. No tenga usted la audacia...</p>
-
-<p>&mdash;No se inquiete usted por la forma&mdash;interrumpió
-Porfirio con su acento sardónico,
-mientras contemplaba a Raskolnikoff
-con cierto júbilo&mdash;; es familiarmente,
-<i>batuchka</i>, como amigo, como he invitado
-a usted a que viniera a verme.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero la amistad de usted; la
-desprecio. ¿Entiende usted? Y ahora tomo
-la gorra y me voy. Usted dirá si tiene
-intención de detenerme.</p>
-
-<p>En el momento en que se acercaba a la<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>
-puerta, Porfirio Petrovitch le asió de nuevo
-del brazo, por un poco más arriba del
-codo.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quiere usted que le dé una pequeña
-sorpresa?&mdash;dijo, riendo, el juez
-de instrucción, que cada vez parecía más
-burlón, lo que acabó de poner a Raskolnikoff
-fuera de sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pequeña sorpresa? ¿Qué quiere
-usted decir?&mdash;preguntó el joven, deteniéndose
-de repente y mirando con inquietud
-a Porfirio.</p>
-
-<p>&mdash;Una pequeña sorpresa que hay detrás
-de esa puerta. ¡Je, je, je!&mdash;y mostraba
-con un dedo la puerta cerrada que
-daba acceso a su habitación, situada detrás
-del tabique&mdash;. Yo mismo la he cerrado
-con llave para que no se vaya.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es? ¿qué es? ¿Qué hay?</p>
-
-<p>Raskolnikoff se acercó a la puerta; quiso
-abrirla, pero no pudo.</p>
-
-<p>&mdash;Está cerrada. He aquí la llave&mdash;y
-diciendo esto, el juez de instrucción sacó
-la llave del bolsillo y se la enseñó al
-joven.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mientes! ¡Sigues mintiendo!&mdash;aulló
-éste, que ya no era dueño de sí&mdash;. ¡Mientes,
-maldito pulchinela!</p>
-
-<p>Al mismo tiempo hizo ademán de arrojarse
-sobre Porfirio, el cual se retiró hacia
-la puerta, pero sin demostrar ningún
-temor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lo comprendo todo!&mdash;vociferó Raskolnikoff&mdash;.
-¡Mientes, mientes para que
-yo me venda!...</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿por qué ha de venderse usted?
-¡Vea en qué estado se encuentra, Rodión
-Romanovitch! No grite, o llamo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mientes, no hay nada! ¡Llama a tu
-gente! Sabías que estaba enfermo y has
-querido exasperarme, ponerme en el disparador
-para arrancarme una confesión;
-ése era tu objeto. Exhibe tus pruebas.
-Te he comprendido. No tienes pruebas;
-no tienes más que suposiciones, las conjeturas
-de Zametoff. Conocías mi carácter
-y has querido exasperarme, a fin de
-hacer en seguida que se presentaran bruscamente
-los popes y delegados. Los esperas,
-¿eh? ¿A quién esperas? ¿A ellos?
-Hazlos entrar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué habla usted de delegados, <i>batuchka</i>?
-¡Vaya unas ideas! La misma forma
-para emplear el mismo lenguaje de usted,
-no permite proceder de este modo; usted
-conoce el procedimiento, mi querido
-amigo... pero será observada la forma,
-usted lo verá&mdash;murmuró Porfirio, que
-se había puesto a escuchar junto a la
-puerta.</p>
-
-<p>Sonaba, en efecto, cierto ruido en la
-pieza contigua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Vienen?&mdash;gritó Raskolnikoff&mdash;.
-¿Los has enviado a buscar? Habías
-contado... Pues bien, introdúcelos a
-todos, delegados y testigos; haz entrar a
-quien quieras. Estoy pronto.</p>
-
-<p>Pero entonces ocurrió un incidente
-muy extraño, tan fuera del curso ordinario
-de las cosas, que sin duda Raskolnikoff
-ni Porfirio Petrovitch hubieran
-podido preverlo.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div>
-
-<p>He aquí el recuerdo que esta escena dejó
-en el espíritu de Raskolnikoff:</p>
-
-<p>El ruido que sonaba en la habitación
-inmediata aumentó de repente, y la puerta
-se entreabrió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso?&mdash;gritó Porfirio Petrovitch
-encolerizado.</p>
-
-<p>No hubo respuesta; pero la causa del
-ruido se dejaba adivinar en parte: alguna
-persona quería penetrar en el despacho
-del juez y trataban de impedírselo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que sucede?&mdash;repitió
-Porfirio.</p>
-
-<p>&mdash;Es el procesado Mikolai, que ha sido
-conducido aquí.</p>
-
-<p>&mdash;No tengo necesidad de él. No quiero
-verle; llevadle. Esperad un poco. ¿Por
-qué le han traído? ¡Qué desorden!&mdash;murmuró
-Porfirio lanzándose hacia la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;El es quien...&mdash;replicó la misma voz;
-y se detuvo de repente.</p>
-
-<p>Durante dos minutos se oyó el ruido
-de una lucha entre dos hombres; después,
-uno de ellos rechazó al otro con fuerza, y
-penetró bruscamente en el despacho.</p>
-
-<p>El recién venido tenía un aspecto muy
-extraño. Parecía no ver a nadie. En sus
-ojos llameantes se leía una firme resolución,
-y al propio tiempo su rostro estaba
-lívido como el de un condenado a quien se
-conduce al cadalso. Temblábanle ligeramente
-los labios, exangües.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span></p>
-
-<p>Era un hombre muy joven todavía, delgado,
-de mediana estatura y vestido como
-un obrero. Tenía el cabello cortado
-al rape y sus facciones eran finas y angulosas.
-El que acababa de ser rechazado
-por él, se lanzó en persecución suya dentro
-del gabinete y le agarró por un brazo:
-era un gendarme. Mikolai logró de nuevo
-soltarse.</p>
-
-<p>En el umbral se agruparon muchos curiosos,
-algunos de los cuales tenían vivos
-deseos de entrar. Todo ello había pasado
-en menos tiempo del que se tarda en referirlo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vete! Es todavía pronto; espera a
-que se te llame... ¿Por qué te han traído
-tan pronto?&mdash;preguntó Porfirio Petrovitch
-tan irritado como sorprendido; pero
-de repente Mikolai se puso de rodillas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces?&mdash;gritó el juez de instrucción
-cada vez más asombrado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Perdón! ¡Soy culpable! ¡Yo soy el
-asesino!&mdash;dijo bruscamente Mikolai, con
-voz bastante fuerte, a pesar de la emoción
-que le ahogaba.</p>
-
-<p>Pasaron diez segundos en un silencio
-profundo como si todos los asistentes hubiesen
-sido acometidos de un ataque de
-catalepsia. El gendarme no trató de sujetar
-de nuevo al preso, y dirigiéndose
-maquinalmente hacia la puerta, se quedó
-inmóvil en el umbral.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué estás diciendo?&mdash;exclamó Porfirio
-Petrovitch cuando el asombro le
-permitió hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy el asesino...&mdash;repitió de nuevo
-Mikolai.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Qué? ¿Que tú has asesinado...?</p>
-
-<p>El juez de instrucción estaba visiblemente
-desconcertado. El preso tardó un
-instante en responder.</p>
-
-<p>&mdash;Yo he asesinado... a hachazos... a
-Alena Ivanovna y a su hermana Isabel
-Ivanovna. Estaba trastornado&mdash;añadió
-bruscamente.</p>
-
-<p>Se calló, pero continuaba de rodillas.
-Después de haber oído esta respuesta,
-Porfirio Petrovitch pareció reflexionar
-profundamente, y luego, con un ademán
-violento, mandó a los testigos que se retirasen.
-Estos obedecieron al punto y la
-puerta volvió a cerrarse.</p>
-
-<p>Raskolnikoff, en pie, contemplaba a
-Mikolai con aire extraño. Durante algunos
-instantes las miradas del juez de instrucción
-fueron del detenido al visitante
-y viceversa. Después se dirigió a Mikolai
-sin tratar de disimular su cólera.</p>
-
-<p>&mdash;Espera a que se te interrogue antes
-de decirme que estabas trastornado. Yo
-no te preguntaba eso. Habla ahora: ¿Has
-matado...?</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy el asesino... lo confieso&mdash;respondió
-Mikolai.</p>
-
-<p>&mdash;¿Oh? ¿Con qué arma has matado?</p>
-
-<p>&mdash;Con una hacha. La llevaba prevenida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, qué apresuramiento! ¿Solo?</p>
-
-<p>Mikolai no comprendió la pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tienes cómplices?</p>
-
-<p>&mdash;No. Mitka es inocente. No ha tomado
-la menor parte en el crimen.</p>
-
-<p>&mdash;No te apresures tanto para disculpar
-a Mitka. ¿Acaso te he preguntado
-acerca de él?... Sin embargo, ¿cómo se
-explica que los <i>dvorniks</i> os hayan visto
-bajar corriendo la escalera?</p>
-
-<p>&mdash;Corrí adrede detrás de Mitka porque
-de ese modo pensé evitar sospechas&mdash;respondió
-el preso.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien. Basta&mdash;gritó Porfirio encolerizado&mdash;;
-no dice la verdad&mdash;murmuró
-en seguida como aparte, y de pronto
-sus ojos se encontraron con los de Raskolnikoff,
-cuya presencia había evidentemente
-olvidado durante este diálogo con Mikolai.</p>
-
-<p>Al fijarse en su visitante pareció que se
-turbaba el juez de instrucción y dirigiéndose
-a él le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Rodión Romanovitch, <i>batuchka</i>, perdóneme
-usted, se lo suplico... Nada tiene
-usted que hacer aquí... yo mismo... ya
-ve qué sorpresa...</p>
-
-<p>Tomó al joven por el brazo y le señaló
-la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Según se ve, no esperaba usted tal
-cosa&mdash;observó Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Naturalmente, lo que acababa de suceder
-era para él un enigma. Sin embargo,
-había recobrado en gran parte su serenidad.</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco usted lo esperaba, <i>batuchka</i>.
-Vea usted cómo le tiembla la mano.
-¡Je, je, je!</p>
-
-<p>&mdash;También está usted temblando, Porfirio
-Petrovitch&mdash;observó Raskolnikoff.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Es verdad... no esperaba esto...</p>
-
-<p>Se encontraban ya en el umbral de la
-puerta. El juez de instrucción tenía prisa
-porque se marchase el joven.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que no me enseña usted
-la «pequeña sorpresa» que me tenía preparada?&mdash;preguntó
-éste bruscamente.</p>
-
-<p>&mdash;Apenas si tiene fuerzas para hablar
-y ya se muestra irónico, ¡je, je, je! ¡Ea,
-hasta la vista!</p>
-
-<p>&mdash;Creo que sería más propio decir
-<i>¡adiós!</i></p>
-
-<p>&mdash;Será lo que Dios quiera&mdash;balbuceó
-Porfirio con risa forzada.</p>
-
-<p>Al atravesar la Cancillería, Raskolnikoff
-advirtió que muchos de los empleados
-le miraban fijamente. En la antesala
-reconoció en medio de la gente a los
-<i>dvorniks</i> de <i>aquella casa</i>, a los que había
-propuesto la tarde de la extraña visita
-que le condujesen a la comisaría de policía.
-Parecía que estaban esperando allí
-algo, pero apenas hubo llegado al rellano
-de la escalera, cuando oyó de nuevo la
-voz de Porfirio Petrovitch. El joven se
-volvió y vió al juez de instrucción que,
-todo sofocado, acudía a llamarle.</p>
-
-<p>&mdash;Una palabra todavía, Rodión Romanovitch.
-Dios sabe lo que pasará en
-este asunto; pero, para la cuestión de forma,
-tengo que pedirle a usted algunos datos,
-de modo que nos volveremos a ver
-de seguro.</p>
-
-<p>Porfirio se detuvo sonriendo delante
-del joven.</p>
-
-<p>&mdash;De seguro&mdash;repitió.</p>
-
-<p>Parecía que iba a decir alguna otra
-cosa; pero nada añadió.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted mi proceder de antes,
-Porfirio Petrovitch... Me he alterado un
-poco&mdash;comenzó a decir Raskolnikoff, que
-había recobrado ya toda su serenidad y
-sentía grandes deseos de burlarse del magistrado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Eso no tiene importancia&mdash;replicó
-el juez con tono casi jovial&mdash;.
-También yo tengo un carácter insoportable,
-lo reconozco. Ya nos veremos; si
-Dios quiere, nos veremos a menudo.</p>
-
-<p>&mdash;Y entonces nos conoceremos a fondo&mdash;repuso
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Muy a fondo&mdash;repitió como un eco
-Porfirio Petrovitch, y guiñando un ojo,
-miró con mucha gravedad a su interlocutor&mdash;.
-¿Y ahora va usted a comer a una
-fiesta?</p>
-
-<p>&mdash;A un entierro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Está bien. Tenga usted cuidado
-de su salud.</p>
-
-<p>&mdash;Por mi parte, no sé qué votos hacer
-por usted&mdash;respondió Raskolnikoff, y
-comenzó a bajar la escalera; pero de repente
-se volvió hacia Porfirio&mdash;. ¡Ah! Le
-deseo a usted de todo corazón mejor éxito
-del que ha conseguido hasta ahora, vea
-usted, sin embargo, qué cómicas son sus
-funciones.</p>
-
-<p>Al oír estas palabras, el juez de instrucción,
-que se disponía a volver a su despacho,
-aguzó el oído.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que tienen de cómicas?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Mucho. Ahí tiene a ese pobre Mikolai;
-¡cuánto ha debido usted atormentarle!
-¡Cuánto lo habrá usted fatigado para
-arrancarle su confesión! Día y noche, sin
-duda, le habrá usted repetido en todos
-los tonos: «¡Tú eres el asesino, tú eres el
-asesino!» Le habrá usted perseguido sin
-tregua, según su método psicológico, y
-ahora, cuando él se reconoce culpable,
-usted empieza con la cantata en otro tono
-de «¡Mientes! ¡Tú no eres el asesino! ¡No
-puedes serlo, no dices la verdad!» Pues
-bien, después de esto, ¿no tengo derecho
-para encontrar cómicas las funciones de
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡Je, je, je! ¿De modo que ha reparado
-usted que hace poco rato he hecho observar
-a Mikolai que no decía la verdad?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo no había de observarlo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Je, je, je! Tiene usted mucho ingenio;
-nada se le escapa. Además, le da a
-usted por lo chistoso. Posee usted la cuerda
-humorística. ¡Je, je, je! Ese era, según
-dicen, el rasgo distintivo de Cogol.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, de Cogol.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto, de Cogol, ¡Hasta la vista!...</p>
-
-<p>&mdash;Hasta la vista.</p>
-
-<p>El joven se fué directamente a su casa.
-Cuando llegó a su domicilio, se echó en el
-diván y durante un cuarto de hora intentó
-ordenar algún tanto sus ideas, que
-eran muy confusas. No trató siquiera de
-explicarse la conducta de Mikolai, comprendiendo
-que había allí un misterio
-cuya clave buscaría en vano por el momento.
-Por lo demás, no se hacía ilu<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>siones
-sobre las consecuencias probables
-del incidente. No tardaría en comprenderse
-que eran mentirosas las confesiones
-del obrero, y entonces las sospechas recaerían
-de nuevo sobre él. Pero, en tanto,
-era libre y podía tomar sus medidas en
-previsión del peligro que juzgaba inminente.</p>
-
-<p>¿Hasta qué punto, empero, estaba amenazado?
-La situación comenzaba a esclarecerse.
-El joven temblaba aún al
-acordarse de su reciente entrevista con el
-juez de instrucción. No podía penetrar
-todas las intenciones de Porfirio, pero lo
-que adivinaba era más que suficiente para
-hacerle comprender de qué terrible peligro
-acababa de escapar. Un poco más y
-se hubiera perdido sin remedio. Conociendo
-la irritabilidad nerviosa de su visitante,
-el juez se había apoyado sólidamente
-sobre este dato, y había descubierto con
-exceso de atrevimiento su juego; pero jugaba
-sobre seguro. Ciertamente, Raskolnikoff
-se había comprometido demasiado;
-sin embargo, las imprudencias de que él
-se acusaba no constituían todavía una
-prueba en contra suya: esto no tenía más
-que un carácter relativo. ¿No se engañaba,
-sin embargo, al pensar así? ¿Cuál era
-el proyecto de Porfirio? ¿Habría éste maquinado
-algo aquel día, y si tenía preparado
-un golpe, en qué consistía éste? Sin
-la aparición inesperada de Mikolai, ¿cómo
-hubiera acabado esta entrevista?</p>
-
-<p>Raskolnikoff estaba sentado en el sofá
-con los codos apoyados en las rodillas y
-la cabeza en las manos. Un temblor nervioso
-agitaba todo su cuerpo. Al fin se
-levantó, tomó la gorra y después de haber
-reflexionado un momento, se dirigió hacia
-la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Por hoy, al menos&mdash;se dijo&mdash;, no
-tengo nada que temer.</p>
-
-<p>De repente experimentó una especie de
-alegría y se le ocurrió la idea de dirigirse
-lo más pronto posible a casa de Catalina
-Ivanovna. Ya era tarde para asistir al
-entierro, pero llegaría a tiempo para comer
-y allí vería a Sonia. Se detuvo, reflexionó,
-y en sus labios se dibujó una
-triste sonrisa.</p>
-
-<p>«¡Hoy! ¡Hoy!&mdash;repitió&mdash;. Sí, hoy mismo.
-Es preciso.»</p>
-
-<p>En el momento en que se dirigía a la
-puerta, ésta se abrió por sí misma. El joven
-retrocedió espantado viendo aparecer
-al enigmático personaje de la víspera,
-<i>al hombre salido de debajo de la tierra</i>.</p>
-
-<p>El recién venido se detuvo en el umbral,
-y después de haber mirado silenciosamente
-a Raskolnikoff, dió un paso en la
-habitación. Vestía exactamente como el
-día anterior, pero su rostro no era el mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?&mdash;preguntó Raskolnikoff
-pálido como un muerto.</p>
-
-<p>El hombre, en vez de responder, se inclinó
-casi hasta el suelo. Por lo menos le
-tocó con el anillo que llevaba en la mano
-derecha.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es usted?&mdash;preguntó Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Pido a usted perdón&mdash;dijo el hombre
-en voz baja.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué?</p>
-
-<p>&mdash;De mis malos pensamientos.</p>
-
-<p>Los dos hombres se miraron.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba ciego de ira. Cuando usted
-fué el otro día, teniendo, sin duda, la razón
-perturbada por la bebida, hizo preguntas
-acerca de la sangre y pidió a los
-<i>dvorniks</i> que lo condujesen a la oficina
-de policía, vi con disgusto que no hacían
-caso de las palabras de usted, tomándole
-por un borracho; esto me contrarió
-de tal modo, que no pude dormir;
-pero me acordaba de las señas de usted
-y vine ayer aquí...</p>
-
-<p>&mdash;¿Fué usted quien vino?&mdash;interrumpió
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Comenzaba a comprender.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; yo le he insultado a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estaba usted en aquella casa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me encontraba junto a la puerta
-cochera cuando la visita de usted. ¿Lo
-ha olvidado usted? Vivo allí desde hace
-mucho tiempo. Soy peletero...</p>
-
-<p>Raskolnikoff se acordó súbitamente de
-toda la escena de la antevíspera. En efecto:
-independientemente de los <i>dvorniks</i>
-había en la puerta cochera muchas personas,
-hombres y mujeres. Uno de ellos
-había propuesto que se le condujese a la
-comisaría de policía. No podía acordarse
-del rostro del que emitió esta idea; tampoco
-le reconoció en este momento; pero
-sí se acordaba de haberle respondido algo
-y de haberse vuelto a mirarle.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span></p>
-
-<p>Así se explicaba de la manera más sencilla
-del mundo el terrible misterio de la
-víspera. ¡Y bajo la impresión de la inquietud
-que le causaba una circunstancia
-tan insignificante, había estado a punto
-de perderse! Aquel hombre no podía
-contar nada sino que Raskolnikoff se presentó
-a alquilar el cuarto de la vieja y
-que preguntó acerca de la sangre. Aparte
-de esta excursión de un <i>enfermo en
-delirio</i>, salvo esa <i>psicología de dos filos</i>,
-Porfirio no sabía nada. No tenía ningún
-hecho, nada positivo. «Por consiguiente&mdash;pensaba
-el joven&mdash;, si no surgen
-nuevos cargos (y no surgirán, estoy seguro
-de ello), ¿qué pueden hacerme? Aunque
-me detuvieran, ¿cómo demostrarían
-definitivamente mi culpabilidad?»</p>
-
-<p>Otra conclusión se desprendía para
-Raskolnikoff de las palabras de su visitante:
-hacía muy pocas horas que Porfirio
-tuvo noticia de su visita al cuarto
-de la víctima.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted le ha dicho hoy a Porfirio
-que estuve yo allí?&mdash;preguntó el joven
-asaltado por súbita idea.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué Porfirio?</p>
-
-<p>&mdash;Al juez de instrucción.</p>
-
-<p>&mdash;Yo se lo he dicho. Como los <i>dvorniks</i>
-no habían ido, fuí yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hoy?</p>
-
-<p>&mdash;Llegué un minuto antes que usted;
-lo he oído todo y sé que le ha hecho pasar
-a usted un mal rato.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde? ¿Qué? ¿Cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;Yo estaba allí, en la pieza contigua
-a su gabinete, en donde he permanecido
-todo el tiempo que ha durado la entrevista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿De modo que era usted la
-sorpresa? ¿Cómo ha sido eso? Cuéntemelo
-usted todo, se lo ruego.</p>
-
-<p>&mdash;Viendo&mdash;dijo el menestral&mdash;que los
-<i>dvorniks</i> rehusaban avisar a la policía, a
-pretexto de que era demasiado tarde y
-de que encontrarían la oficina cerrada,
-experimenté una viva contrariedad y resolví
-enterarme por mí mismo; al día siguiente,
-es decir, ayer, tomé datos y me
-he presentado al juez de instrucción. La
-primera vez que estuve en la oficina no
-se encontraba allí; volví una hora después
-y no fuí recibido; en fin, la última
-vez se me hizo entrar. Conté punto por
-punto cuanto había pasado; al oírme el
-juez saltaba en la habitación y se daba
-golpes en el pecho diciendo: «¿De ese modo
-cumplís, bribones, con vuestra obligación?
-Si yo hubiese sabido esto antes,
-le hubiera hecho buscar por la gendarmería.»
-En seguida salió precipitadamente,
-llamó a no sé quién y estuvo hablando
-con él en un rincón; se dirigió otra vez a
-mí y se puso de nuevo a interrogarme,
-profiriendo fuertes imprecaciones. No le
-he ocultado nada; le he dicho que usted
-no se atrevió a contestar a mis palabras
-de ayer y que no me había reconocido.
-Continuaba dándose golpes en el pecho,
-vociferando y saltando por la habitación.
-Entonces le anunciaron a usted. «Retírese
-detrás del tabique&mdash;me dijo dándome una
-silla&mdash;, y estése ahí sin chistar, oiga lo
-que oiga; puede que le interrogue otra
-vez.» Después cerró la puerta. Cuando
-condujeron a Mikolai, despidió a usted
-y me hizo salir a mí. «Tendré aún que interrogarle»,
-me dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Preguntó a Mikolai delante de ti?</p>
-
-<p>&mdash;Yo salí inmediatamente después de
-usted, y entonces fué cuando comenzó el
-interrogatorio de Mikolai.</p>
-
-<p>Terminado su relato, el menestral se
-inclinó de nuevo hasta el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;Perdóneme usted por mi denuncia y
-por el error en que he incurrido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que Dios te perdone!&mdash;respondió
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>«Nada de inculpaciones precisas, nada
-más que pruebas de dos filos», pensó Raskolnikoff
-renaciendo a la esperanza, y
-salió de la habitación. «Todavía podemos
-luchar», se dijo con sonrisa colérica, mientras
-bajaba la escalera.</p>
-
-<p>Estaba irritado contra sí mismo y sentíase
-humillado.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>QUINTA PARTE</h2>
-
-
-<h3>I.</h3></div>
-
-<p>Al día siguiente de aquel otro fatal en
-que Pedro Petrovitch tuvo su explicación
-con las señoras de Raskolnikoff, las
-ideas de aquél se esclarecieron y con extremo
-disgusto suyo le fué forzoso reconocer
-que la ruptura, en la cual no había
-querido creer el día antes, era un hecho
-consumado. La negra serpiente del amor
-propio herido le estuvo mordiendo el
-corazón durante toda la noche. Al saltar
-de la cama, el primer movimiento de Pedro
-Petrovitch fué irse a mirar al espejo,
-temiendo que durante la noche le hubiese
-invadido la ictericia. Por fortuna esta
-aprensión no era fundada. Al contemplar
-su rostro pálido y distinguido, llegó hasta
-a consolarse por breves instantes ante la
-idea de que no le costaría trabajo reemplazar
-a Dunia y quién sabe si ventajosamente.
-Pero no tardó en desechar esta
-esperanza quimérica y lanzó un fuerte
-salivazo, lo que hizo sonreír burlonamente
-a su joven amigo y compañero de habitación,
-Andrés Semenovitch Lebeziatnikoff.</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch advirtió ese mudo
-sarcasmo y lo puso en la cuenta de su
-amigo, cuenta que estaba ya bastante
-cargada, y redobló su cólera después que
-hubo reflexionado que no debía hablar
-de esta historia a Andrés Semenovitch.
-Fué la segunda tontería que el arrebato
-le hizo cometer el día anterior: había cedido
-a la necesidad de desahogar el exceso
-de su irritación.</p>
-
-<p>Durante toda la mañana la suerte se
-ensañó en perseguir a Ludjin. En el mismo
-Senado, el negocio en que se ocupaba
-le reservaba un disgusto. Lo que le molestaba
-más que nada era la imposibilidad
-de hacer entrar en razón al propietario
-de la nueva casa que había alquilado
-en vista de su próximo enlace. Este
-individuo, alemán de origen, era un antiguo
-obrero a quien la fortuna había sonreído;
-no aceptaba ninguna transacción
-y reclamaba el pago entero del alquiler
-estipulado en el contrato, aun cuando
-Pedro Petrovitch le devolvía el cuarto
-casi restaurado.</p>
-
-<p>El tapicero no se mostraba más complaciente
-que el propietario, y pretendía
-quedarse hasta con el último rublo de la
-señal recibida por la venta de un mobiliario
-de que Pedro Petrovitch «aun no se
-había hecho cargo». «Va a ser menester
-que me case para recuperar los muebles»,
-decía rechinando los dientes el desgraciado
-Ludjin. Una última esperanza atravesaba
-su alma. «¿Era posible que aquel
-mal no tuviera remedio?» Tenía clavado
-en el corazón, como una espina, el recuerdo
-de los encantos de Dunia. Fué
-para él aquello un trago muy amargo, y
-si hubiera podido, con un simple deseo,
-hacer morir a Raskolnikoff, de seguro
-que Pedro Petrovitch habría matado al
-joven inmediatamente.</p>
-
-<p>«Otra tontería de mi parte ha sido no
-darles dinero», pensaba mientras volvía<span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span>
-entristecido a casa de Lebeziatnikoff.
-«¿Por qué he sido yo tan judío? ¡Fué un
-mal cálculo!... ¡Dejándolas momentáneamente
-en la estrechez, yo creía prepararlas
-a que vieran en mí una providencia,
-y he aquí que se me deslizan entre los
-dedos!... No, no. Si yo les hubiera dado
-mil quinientos rublos, por ejemplo, para
-que comprasen la canastilla en el Almacén
-Inglés, mi conducta hubiera sido a la
-vez más noble y más hábil y no me habrían
-dejado tan fácilmente. Dados sus
-principios, se hubieran creído, sin duda,
-obligadas a devolverme regalos y dinero;
-esta resolución les hubiera sido penosa
-y difícil, habría sido para ellas cuestión
-de conciencia. ¿Cómo atreverse entonces
-a poner así a la puerta a un hombre que
-se había mostrado tan generoso, y tan
-delicado?... He hecho una tontería.»</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch volvió de nuevo a
-rechinar los dientes y se trató de imbécil,
-en su fuero interno, por supuesto. Al llegar
-a esta conclusión llevó a su alojamiento
-mucho peor humor y disgusto que sacara
-de él. Sin embargo, atrajo su curiosidad
-hasta cierto punto el barullo producido
-en casa de Catalina Ivanovna, a causa
-de los preparativos de la comida. Ya
-había oído hablar la víspera de este banquete;
-es más, recordaba que le habían
-invitado; pero sus ocupaciones personales
-le hicieron que lo olvidara.</p>
-
-<p>En ausencia de Catalina Ivanovna (que
-a la sazón se hallaba en el cementerio),
-la señora Lippevechzel andaba atareada
-alrededor de la mesa, que ya estaba puesta.
-Hablando con la patrona, Pedro Petrovitch
-supo que se trataba de una verdadera
-comida de gala, a la que estaban
-invitados casi todos los vecinos de la casa,
-y entre ellos muchos que no habían
-conocido siquiera al difunto. El propio
-Andrés Semenovitch recibió la invitación
-correspondiente, a pesar de estar reñido
-con Catalina Ivanovna. En fin, se
-tendría mucho gusto en que Pedro Petrovitch
-honrase aquella comida con su presencia,
-puesto que era, entre todos los inquilinos,
-el personaje más importante.
-La viuda de Marmeladoff, olvidando todos
-sus resentimientos con la patrona,
-había invitado también a Amalia Ivanovna,
-la cual se ocupaba, en aquellos momentos,
-con íntima satisfacción, en los
-preparativos de la comida. Además, la
-señora Lippevechzel habíase vestido de
-ceremonia, y aunque su traje era de duelo,
-se comprendía que su dueña sentía vivo
-placer en exhibir sus galas. Enterado
-de todos estos pormenores, Pedro Petrovitch
-tuvo una idea y entró pensativo en
-su habitación, o mejor dicho, en la de Andrés
-Semenovitch Lebeziatnikoff: acababa
-de saber que Raskolnikoff figuraba en
-el número de los invitados.</p>
-
-<p>Aquel día Andrés Semenovitch había
-pasado toda la mañana en su cuarto.
-Entre este individuo y Ludjin existían
-extrañas relaciones perfectamente explicables.
-Pedro Petrovitch le odiaba y
-le despreciaba en grado superlativo casi
-desde el mismo día que fué a su casa a
-pedirle hospitalidad; además, parecía tenerle
-en poco.</p>
-
-<p>Al llegar a San Petersburgo, Ludjin
-fué a casa de Lebeziatnikoff, en primer
-lugar y sobre todo por economía, pero
-también por otro motivo. En su provincia
-había oído hablar de Andrés Semenovitch,
-su antiguo pupilo, como de uno
-de los progresistas jóvenes más avanzados
-de la capital y como hombre que ocupaba
-puesto visible en ciertos círculos ya
-legendarios. Esta circunstancia tenía mucho
-valor para Pedro Petrovitch, el cual
-desde hacía tiempo experimentaba un
-vago temor respecto a estos círculos poderosos
-que lo sabían todo, que no respetaban
-a nadie y hacían la guerra a todo
-el mundo.</p>
-
-<p>Huelga añadir que la distancia no le
-permitía tener noción exacta de estas cosas.
-Como tantos otros, había oído decir
-que existían en San Petersburgo progresistas,
-nihilistas, enderezadores de entuertos,
-etcétera; pero en su espíritu, como
-en el de otras muchas personas, estas
-palabras tenían una significación exagerada.
-Lo que temía principalmente
-eran las informaciones dirigidas contra
-tal o cual individuo por el partido revolucionario.
-Ciertos recuerdos que se remontaban
-a los primeros tiempos de su
-carrera, no contribuían poco a fortificar
-en su ánimo aquel temor, muy vivo ya
-desde que acariciaba el sueño de establecerse
-en San Petersburgo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span></p>
-
-<p>Dos personajes de una categoría bastante
-elevada y que protegieron los comienzos
-de su carrera, fueron objeto de
-los ataques de los radicales, que llevaron,
-empero, las de perder. He aquí porque
-desde su llegada a la capital, Pedro Petrovitch
-trataba de enterarse de dónde
-soplaba el viento, para, en caso de necesidad,
-granjearse las simpatías de <i>nuestras
-jóvenes generaciones</i>. Contaba con
-Andrés Semenovitch para que le ayudase.
-La conversación de Ludjin cuando
-visitó a Raskolnikoff nos ha demostrado
-ya que había conseguido apropiarse en
-parte la fraseología de los reformadores.</p>
-
-<p>Andrés Semenovitch estaba empleado
-en un Ministerio. Pequeño, desmedrado,
-escrofuloso, tenía el cabello de un rubio
-casi blanco y llevaba patillas en forma de
-chuletas con las cuales estaba orgulloso;
-casi siempre tenía malos los ojos. Aunque
-en el fondo era una bella persona, mostraba
-en su lenguaje una presunción a
-menudo rayana con la temeridad, lo que
-hacía extraño contraste con su aspecto
-enfermizo. Se le consideraba, por lo demás,
-como uno de los inquilinos <i>comme il
-faut</i> porque no se embriagaba y pagaba
-con puntualidad su pupilaje. Aparte de
-estos méritos, Andrés Semenovitch era
-en realidad bastante necio. Un arrebato
-irreflexivo le llevó a afiliarse bajo la bandera
-del progreso: era uno de esos numerosos
-incautos que se enamoran de las
-ideas de moda y desacreditan con sus majaderías
-una causa a la cual se han unido
-sinceramente.</p>
-
-<p>No obstante su buen carácter, Lebeziatnikoff
-acabó por encontrar insoportable
-a su huésped y antiguo tutor. Pedro
-Petrovitch, por su parte, correspondíale
-con la misma antipatía. A despecho de su
-simplicidad, Andrés Semenovitch comenzaba
-a advertir que en el fondo Pedro
-Petrovitch le despreciaba y que con este
-hombre no se podía ir a ninguna parte.
-Trató de exponerle el sistema de Fourier
-y el de Darwin; pero Ludjin, que en un
-principio se contentó con escucharle burlonamente,
-no se privaba ahora de decir
-palabras mortificantes a su joven catequista.
-Lo cierto es que Ludjin acabó por
-creer que Lebeziatnikoff era no solamente
-un imbécil, sino un charlatán desprovisto
-de toda importancia en su propio partido.
-Su función especial era la <i>propaganda</i>,
-y todavía no debía de estar muy ducho
-en ella, porque vacilaba a menudo en
-sus explicaciones. Decididamente, ¿qué
-tenía que temer Ludjin de semejante sujeto?</p>
-
-<p>Notemos de paso que desde su instalación
-en casa de Andrés Semenovitch (sobre
-todo en los primeros días), Pedro Petrovitch
-aceptaba con placer, o por lo menos
-sin protesta, los cumplimientos muy
-extraños de su huésped cuando éste,
-por ejemplo, le manifestaba un gran celo
-por el establecimiento de una nueva
-<i>commune</i> en la calle de los Burgueses, y
-cuando le decía: «Es usted demasiado inteligente
-para enfadarse si su mujer toma
-un amante un mes después de su matrimonio;
-un hombre ilustrado como usted
-no bautizará a sus hijos, etc., etc.» Pedro
-Petrovitch no pestañeaba al oír que le
-hablaban de tal modo; tan agradables le
-eran los elogios, fuesen como fuesen.</p>
-
-<p>Había negociado algunos títulos por la
-mañana, y ahora, sentado delante de la
-mesa, recontaba la suma que acababa de
-recibir. Andrés Semenovitch casi nunca
-tenía dinero y se paseaba por la habitación
-afectando no mirar aquellos fajos
-de billetes de Banco sino con despreciativa
-indiferencia. Ludjin no creía que aquel
-desdén fuera sincero. Por su parte, Lebeziatnikoff
-adivinaba, no sin disgusto,
-el pensamiento escéptico de su huésped y
-pensaba que éste se había puesto a contar
-el dinero para humillarle y recordarle
-la distancia que la fortuna había establecido
-entre ambos.</p>
-
-<p>Ahora Pedro Petrovitch estaba mucho
-peor dispuesto y desatento que nunca.
-Aunque Lebeziatnikoff desarrollaba su
-tema favorito, el <i>comunismo</i>, el hombre
-de negocios sólo se interrumpía para hacer
-de vez en cuando alguna observación
-burlona y descortés. Pero Andrés Semenovitch
-seguía imperturbable. El mal humor
-de Ludjin se explicaba a sus ojos por
-el despecho de un enamorado a quien
-acababan de dejar compuesto y sin novia.
-También intentó buscar este motivo
-de conversación con objeto de consolar
-a su respetable amigo.</p>
-
-<p>&mdash;Parece que se prepara una comida<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>
-de duelo en casa de esa... viuda&mdash;dijo a
-quema ropa Ludjin interrumpiendo a Lebeziatnikoff
-en el punto más interesante
-de su peroración.</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo sabía usted, acaso? Ya le hablé
-ayer de eso, y le expuse mi opinión
-sobre tales costumbres... Según tengo entendido,
-le han invitado a usted. Ayer
-mismo habló usted con ella.</p>
-
-<p>&mdash;Jamás hubiera creído que la miseria
-en que se encuentra permitiese a esa imbécil
-gastar en una comida todo el dinero
-que le entregó ese otro imbécil de Raskolnikoff.
-Ahora, al entrar, me he quedado
-estupefacto viendo todos esos preparativos,
-todos esos vinos... Ha invitado
-a muchas personas; el diablo sabrá
-por qué&mdash;continuó Pedro Petrovitch, que
-parecía haber provocado con intención
-deliberada aquella conversación&mdash;. ¿Qué?
-¿Dice usted que me ha invitado?&mdash;añadió
-de repente, levantando la cabeza&mdash;.
-¿Cuándo ha sido eso? No lo recuerdo. De
-todas maneras, no pienso ir. ¿Qué tengo
-que hacer allí? No la conozco más que
-por haber hablado un minuto con ella
-ayer; le dije que como viuda de empleado
-podría obtener un subsidio. ¿Me
-habrá invitado por eso?</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco yo tengo intención de asistir&mdash;repuso
-Lebeziatnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues no faltaba más! Después de
-haberle pegado, natural es que tenga usted
-escrúpulo de ir a sentarse a su mesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién he pegado yo? ¿De quién
-habla usted?&mdash;preguntó Lebeziatnikoff
-turbado y encendido como la grana.</p>
-
-<p>&mdash;Hablo de Catalina Ivanovna, a quien
-pegó usted hará cosa de un mes. Lo supe
-ayer; ¡ésas son sus convicciones!... ¡Vaya
-una manera de resolver el problema feminista!</p>
-
-<p>Después de esta salida, que pareció haberle
-aliviado un poco el corazón, Ludjin
-se puso a contar de nuevo su dinero.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es una barbaridad y una calumnia&mdash;replicó
-vivamente Lebeziatnikoff, a
-quien desagradaba que le recordasen
-aquel suceso&mdash;. Las cosas no pasaron de
-ese modo; lo que le han contado a usted es
-completamente falso. En las circunstancias
-a que usted alude yo no hice más que
-defenderme. Fué Catalina Ivanovna la
-que se lanzó sobre mí para arañarme...
-Me arrancó una de las patillas. Creo que
-todo hombre tiene derecho a defenderse.
-Por otra parte, soy enemigo de la violencia,
-de dondequiera que proceda, y eso
-por principio, porque la violencia tiene
-su origen en el despotismo. ¿Qué iba a
-hacer yo? ¿Había de dejar que esa señora
-me maltratase a su gusto? Me limité
-a rechazar una agresión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je, je, je!&mdash;continuó en son de burla
-Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;Usted me busca querella porque está
-de mal humor; pero eso no significa nada
-ni tiene relación alguna con la cuestión
-feminista. Precisamente yo me he
-hecho a mí mismo este razonamiento: admitiendo
-que la mujer es igual al hombre
-en todo, aun en la fuerza (cosa que se comienza
-ya a sostener), debe existir también
-la igualdad en esto. Claro es que he
-reflexionado inmediatamente que, en rigor,
-no hay motivo para que se plantee
-esta cuestión, porque en la sociedad futura
-no habrá ocasiones de querellas, y,
-por consiguiente, nadie pasará a vías de
-hecho... Es, por lo tanto, absurdo hablar
-de la igualdad en la lucha. No soy tan
-tonto... Aunque por lo demás haya riñas...
-es decir, que más tarde no las habrá,
-aunque por el momento las haya todavía.
-¡Ah, diablo, con usted, uno se hace
-un lío! ¡No, no es eso lo que me impide
-aceptar la invitación de Catalina Ivanovna!
-Si no voy a comer a su casa, es
-sencillamente por cuestión de principios,
-por no sancionar con mi presencia la estúpida
-costumbre de las comidas de duelo.
-Por lo demás, yo podría reírme de eso
-e ir... Desgraciadamente no habrá allí
-<i>popes</i>; si los hubiese, le aseguro a usted
-que iría.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que se sentaría usted a su
-mesa para insultar la hospitalidad de esa
-mujer?</p>
-
-<p>&mdash;No para insultarla, sino para protestar;
-y esto con un objeto útil. Yo puedo
-indirectamente ayudar a la propaganda
-civilizadora, que es el deber de todo hombre.
-Quizá se realiza esta tarea tanto mejor
-cuanto menos formalismo se emplea
-en ella. Puedo sembrar la idea, el grano...
-De ese grano nacerá un hecho. ¿Cree usted
-que obrando así se falta a las conveniencias?
-Al pronto se molestan; pero<span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span>
-comprenden al punto que se les presta
-un gran servicio...</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos, bueno!&mdash;interrumpió Pedro
-Petrovitch&mdash;. Pero, dígame usted ahora,
-¿conoce usted a la hija del difunto, a esa
-muchacha flacucha? ¿Es verdad lo que
-de ella se dice?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor; ¿y qué? Según mi opinión,
-es decir, según mi convicción personal,
-su situación es la situación normal de la
-mujer. ¿Por qué no? Es decir, distingamos.
-En la sociedad actual, sin duda, ese
-género de vida no es normal, porque es
-forzado; pero en la sociedad futura será
-perfectamente normal, porque será libre.
-Aun ahora mismo tiene el derecho de hacer
-lo que hace. Era desgraciada, ¿por
-qué no ha de disponer de lo que es su capital?
-En la sociedad futura el capital
-no tendrá razón de ser; pero el papel de
-la mujer galante tendrá otro sentido
-y será regulado de una manera racional.
-En cuanto a Sofía Semenovna, yo, en el
-tiempo presente, considero sus actos como
-una enérgica protesta contra la organización
-de la sociedad, y a causa precisamente
-de eso, la estimo profundamente;
-diré más, la contemplo con regocijo.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, me han contado que usted
-la obligó a abandonar esta casa.</p>
-
-<p>Lebeziatnikoff se incomodó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso es también una mentira!&mdash;replicó
-enérgicamente&mdash;. No ha habido tal
-cosa. Catalina Ivanovna ha contado esa
-historia de un modo inexacto porque no
-la ha comprendido. Yo no he solicitado
-jamás los favores de Sofía Semenovna;
-me limitaba pura y simplemente a desenvolver
-su espíritu, sin ninguna segunda
-intención personal, esforzándome por
-despertar en ella el sentimiento de protesta...
-No he procurado otra cosa; ella
-es la que ha comprendido que no podía
-permanecer aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿La ha invitado usted a formar parte
-de la <i>commune</i>?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, actualmente me esfuerzo para
-atraerla a la <i>commune</i>. Sólo que ella estará
-en otras condiciones que aquí. ¿De
-qué se ríe usted? Queremos fundar nuestra
-<i>commune</i> sobre bases mucho más amplias
-que las precedentes. Vamos más lejos
-que nuestros precursores; negamos muchas
-cosas. Si Dobroliuboff y Bielinsky
-saliesen de sus tumbas, me tendrían por
-adversario. En tanto, continúo desarrollando
-a Sofía Semenovna. Es una bella,
-una bellísima naturaleza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted se aprovecha de esa bella
-naturaleza? ¡Je, je, je!</p>
-
-<p>&mdash;No, de ninguna manera; todo lo contrario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo contrario?&mdash;dijo Ludjin&mdash;. ¡Je,
-je, je!</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted creerme. ¿Por qué había
-de ocultárselo a usted? Al contrario, hay
-una cosa que me asombra: conmigo parece
-cortada; tiene como cierto tímido pudor.</p>
-
-<p>&mdash;Y, es claro, usted la desarrolla. ¡Je,
-je, je!... Usted le demuestra que todos
-esos pudores son estúpidos.</p>
-
-<p>&mdash;No hay tal cosa, no hay tal cosa. ¡Oh,
-qué sentido tan grosero y tan tonto, permita
-que se lo diga, da usted a la palabra
-desarrollo! ¡Oh Dios mío; qué poco avanzado
-está usted todavía! ¡Usted no comprende
-nada! Nosotros buscamos la libertad
-de la mujer, y usted sólo piensa
-en bagatelas. Dejando a un lado el pudor
-y la castidad femeninos, que no hacen al
-caso, yo admito perfectamente su reserva
-respecto de mí, puesto que en ello no hace
-otra cosa que ejercer su libertad y usar
-de su derecho. Seguramente si me dijese
-ella misma «yo te quiero», me alegraría
-mucho, porque esa mujer me gusta en
-extremo; pero en la situación presente
-nadie se ha mostrado jamás más cortés
-y más conveniente con ella que yo; nadie
-ha hecho más justicia a su mérito... Yo
-aguardo, espero: eso es todo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no le hace usted un regalito?
-Apuesto a que no ha pensado en eso.</p>
-
-<p>&mdash;No comprende usted nada, ya se lo
-he dicho. Sin duda su situación autoriza
-en cierto modo sus sarcasmos; pero la
-cuestión es otra. Usted no tiene más que
-desprecios para ella. Fundándose en un
-hecho que le parece deshonroso, rehusa
-usted considerar con humanidad a una
-criatura humana. Usted no sabe qué naturaleza
-es la suya.</p>
-
-<p>&mdash;Dígame&mdash;replicó Ludjin&mdash;, ¿podría
-usted... o por mejor decir, está usted bastante
-relacionado con esa joven para suplicar
-que venga aquí un instante? Deben
-de haber vuelto ya del cementerio. Me<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-parece que las he oído subir la escalera.
-Quisiera hablar un instante con la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?&mdash;preguntó asombrado
-Andrés Semenovitch.</p>
-
-<p>&mdash;Es menester que le hable. Tengo que
-irme de aquí hoy o mañana, y necesito
-decirle una cosa. Puede usted asistir a
-nuestra conferencia, y aun creo que será
-mejor que asista. De lo contrario, ¡sabe
-Dios lo que usted pensaría!</p>
-
-<p>&mdash;No pensaría nada... Mi pregunta no
-tenía importancia. Si tiene usted algo
-que decirle nada es más fácil que hacerla
-venir. Voy a buscarla en seguida, y esté
-seguro de que no le molestaré.</p>
-
-<p>Efectivamente; cinco minutos después,
-Lebeziatnikoff condujo a Sonia. La joven
-llegó extremadamente sorprendida y
-avergonzada. En semejantes circunstancias
-era siempre muy tímida. Las nuevas
-caras le causaban temor. Era esto como
-una impresión de su infancia, y la edad
-había aumentado su salvajez... Pedro Petrovitch
-se mostró cortés y benévolo. Al
-recibir él, hombre serio y respetable, a
-una muchacha tan joven y en cierto sentido
-tan interesante, se creyó obligado a
-acogerla con un ligero tinte de jovial familiaridad.
-Se apresuró a tranquilizarla
-y la invitó a que tomase asiento frente a
-él. Sonia se sentó y miró sucesivamente
-a Lebeziatnikoff y el dinero colocado sobre
-la mesa. Después, de repente, sus ojos
-se fijaron en Pedro Petrovitch y no pudieron
-apartarse de él; hubiérase dicho
-que sufría una especie de fascinación. Lebeziatnikoff
-se dirigió a la puerta. Ludjin
-se levantó, hizo seña a Sonia para que
-se sentase, y detuvo a Andrés Semenovitch
-en el momento en que éste iba a
-salir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Raskolnikoff está ahí? ¿Ha venido?&mdash;le
-preguntó en voz baja.</p>
-
-<p>&mdash;¿Raskolnikoff? Sí. ¿Y qué? Sí, está
-ahí. Acaba de llegar. Le he visto... ¿Y
-qué?</p>
-
-<p>&mdash;En ese caso suplico a usted encarecidamente
-que se quede aquí y no me deje a
-solas con esta... señorita. El negocio de
-que se trata es insignificante, pero sabe
-Dios qué conjeturas podrían hacerse. No
-quiero que Raskolnikoff vaya a creer...
-¿Comprende usted por qué digo esto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, comprendo, comprendo&mdash;respondió
-Lebeziatnikoff&mdash;. Está usted en su
-derecho. Sin duda, en mi convicción personal,
-los temores de usted son muy exagerados,
-pero... no importa, está usted
-en su derecho. Bueno, me quedaré. Voy
-a ponerme cerca de la ventana. No les
-molestaré; en mi opinión, está usted en
-su derecho.</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch volvió a sentarse enfrente
-de Sonia, y la contempló atentamente.
-Después su rostro tomó una expresión
-muy grave, casi severa, como si
-indicase: «No vaya usted a figurarse, señorita,
-cosas que no son». Sonia perdió
-por completo su serenidad.</p>
-
-<p>&mdash;Ante todo suplico a usted, Sonia Semenovna,
-que presente mis excusas a su
-respetable mamá. Supongo que no me engaño
-al expresarme así. Catalina Ivanovna
-hace con usted veces de madre, ¿no es
-verdad?&mdash;dijo Pedro Petrovitch con tono
-muy serio, pero a la vez bastante amable.</p>
-
-<p>Evidentemente sus intenciones eran
-muy amistosas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, en efecto: hace conmigo veces de
-madre&mdash;se apresuró a responder la pobre
-Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, dígale usted cuánto siento
-que circunstancias independientes de mi
-voluntad me impidan aceptar su amable
-invitación.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a decírselo&mdash;y Sonia se levantó
-en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;No es eso todo&mdash;continuó Pedro Petrovitch
-sonriendo al ver la candidez de
-la joven y su ignorancia de las costumbres
-sociales&mdash;; usted apenas me conoce,
-Sonia Semenovna; comprenderá que, por
-un motivo tan fútil y que sólo me interesa
-a mí, no me hubiera permitido molestar
-a una persona como usted. Tengo otro
-objeto.</p>
-
-<p>A una señal de su interlocutor Sonia se
-apresuró a sentarse. Los billetes de Banco
-multicolores, colocados sobre la mesa, se
-ofrecieron de nuevo ante su vista, pero
-volvió vivamente los ojos y los fijó en Pedro
-Petrovitch; mirar el dinero ajeno le
-parecía cosa por extremo inconveniente,
-sobre todo en su posición. La joven reparó
-cosa tras cosa: primero, en los lentes
-de montura de oro que Pedro Petrovitch
-tenía en la mano izquierda; después, en<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>
-el grueso anillo adornado con una piedra
-amarilla que el funcionario llevaba en el
-dedo del corazón; por último, no sabiendo
-qué hacer de sus ojos, los fijó en el rostro
-mismo de Ludjin. Este, después de haber
-guardado silencio durante algunos instantes,
-prosiguió:</p>
-
-<p>&mdash;Ayer me bastó cambiar dos palabras
-con la desgraciada Catalina Ivanovna,
-para comprender que esa señora se encuentra
-en un estado antinatural, por
-decirlo así...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, antinatural&mdash;repitió dócilmente
-Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;O, para hablar más sencilla e inteligiblemente,
-que se halla enferma.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, más sencillamente, más intel... Sí,
-está enferma...</p>
-
-<p>&mdash;Cierto. Por un sentimiento de humanidad
-y, digámoslo así, de compasión,
-quisiera, por mi parte, serle útil, previendo
-que inevitablemente va a encontrarse
-en una situación muy triste. Ahora,
-según parece, esa familia no tiene en el
-mundo otro apoyo que usted.</p>
-
-<p>Sonia se levantó bruscamente.</p>
-
-<p>&mdash;Permítame que le pregunte: ¿no le
-ha dicho usted que podría cobrar una
-pensión? Ayer me contó que usted se había
-encargado de hacer que se la concediesen.
-¿Es eso cierto?</p>
-
-<p>&mdash;No, no hay tal cosa. Me limité a decirle
-que, como viuda de un funcionario
-muerto en el servicio, podría obtener un
-recurso temporal si contaba con recomendaciones.
-Mas parece que, lejos de
-haber servido bastante tiempo para disfrutar
-de los derechos pasivos, su padre
-no estaba en el servicio cuando murió. En
-una palabra: siempre se puede esperar;
-pero la esperanza es muy poco fundada,
-porque, en rigor, no existe derecho alguno
-a pensión; al contrario... ¡Ah, soñaba con
-una pensión! ¡Oh, esa señora lo cree todo
-posible!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, soñaba en una pensión. Es crédula
-y buena, y su bondad hace que dé crédito
-a todo. Y... y... su espíritu es... sí...
-Dispénsela usted&mdash;dijo Sonia, que se levantó
-de nuevo para marcharse.</p>
-
-<p>&mdash;Permítame usted, tengo todavía que
-decirle algo más.</p>
-
-<p>&mdash;¿Más aún?&mdash;balbuceó la joven.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese usted.</p>
-
-<p>Sonia, toda confusa, se sentó por tercera
-vez.</p>
-
-<p>&mdash;Viéndola en tal situación, con hijos
-pequeños, quisiera, como ya le he dicho,
-serle útil en la medida de mis medios;
-compréndame usted bien: en la medida
-de mis medios nada más. Se podría, por
-ejemplo, organizar, en beneficio suyo, una
-subscripción, una tómbola... o una cosa
-análoga, como suelen hacer en caso semejante
-las personas que desean ayudar,
-bien sea a los parientes, bien a los extraños.
-Esto es una cosa posible.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, eso está bien... pero ella. Dios...&mdash;murmuró
-Sonia, con los ojos fijos en Pedro
-Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;Se podría; pero ya hablaremos de
-esto más tarde, es decir, se podría comenzar
-hoy mismo. Nos veremos esta noche,
-hablaremos y echaremos, por decirlo así,
-los fundamentos. Venga usted aquí a las
-siete. Supongo que Andrés Semenovitch
-no tendrá inconveniente en asistir a nuestra
-conferencia, pero... hay un punto que
-debe de ser previa y cuidadosamente examinado.
-Por esta razón me he tomado
-la libertad de molestarle suplicándole que
-viniese. Según mi opinión, no conviene
-entregar en sus propias manos el dinero
-a Catalina Ivanovna; es más, sería peligroso
-entregárselo; basta como prueba
-la comida de hoy. No tiene zapatos; no
-sabe si dentro de dos días tendrá un pedazo
-de pan que llevarse a la boca, y compra
-ron Jamaica, vino de Madera y café.
-Lo he visto al pasar. Mañana toda la
-familia volverá a estar a cargo de usted,
-y tendrá usted que buscarle hasta el último
-pedazo de pan. Por lo tanto, soy de
-opinión que debe de organizarse la suscripción
-sin que se entere la desgraciada
-viuda, y que usted sola sea la que maneje
-el dinero. ¿Qué le parece a usted?</p>
-
-<p>&mdash;No sé. Es solamente hoy cuando
-ella... Esto no ocurre más que una vez en
-la vida... Quería honrar la memoria del
-difunto... pero es muy inteligente. Por lo
-demás, será lo que usted quiera; yo le
-quedaré a usted muy... muy... todas ellas
-serán... y Dios... y los huérfanos...</p>
-
-<p>Sonia no acabó y se echó a llorar.</p>
-
-<p>&mdash;De modo que es cosa convenida.
-Ahora dígnese usted aceptar, para la parienta
-de usted, esta suma, que represen<span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span>ta
-mi suscripción personal. Deseo vivamente
-que mi nombre no se pronuncie
-para nada. Siento mucho que, teniendo
-yo también apuros pecuniarios, no pueda
-hacer más.</p>
-
-<p>Y Pedro Petrovitch alargó a Sonia un
-billete de diez rublos, después de haberlo
-desplegado cuidadosamente.</p>
-
-<p>La joven recibió el billete ruborizándose,
-balbuceó algunas palabras ininteligibles
-y se apresuró a despedirse. Pedro
-Petrovitch la acompañó hasta la puerta.
-Al cabo la joven salió de la habitación y
-entró en la de Catalina Ivanovna extraordinariamente
-agitada.</p>
-
-<p>Durante toda esta escena, Andrés Semenovitch,
-no queriendo interrumpir la
-conversación, permaneció cerca de la
-ventana. En cuanto salió Sonia, se acercó
-a Pedro Petrovitch y le tendió solemnemente
-la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Lo he oído y lo he visto todo&mdash;dijo
-subrayando intencionadamente la última
-palabra&mdash;. Eso es noble, es humano, quiero
-decir, porque no admito la palabra
-noble. Usted ha querido evitar las gracias,
-lo he visto; y aunque, a decir verdad,
-soy por principio enemigo de la beneficencia
-privada, que, lejos de extirpar
-radicalmente la miseria, favorece sus progresos,
-no puedo menos de reconocer que
-he visto con gusto el acto de usted. Sí,
-sí, eso me complace.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que he hecho no vale nada&mdash;murmuró
-Ludjin un poco cortado, y miró a
-Lebeziatnikoff con particular atención.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, vale, sí vale. Un hombre que, no
-obstante hallarse bajo la impresión de una
-afrenta recibida, es capaz todavía de interesarse
-por la desgracia ajena, aunque
-proceda en contra de la sana economía
-social, no es por eso menos digno de estima.
-No esperaba yo semejante cosa de
-usted, Pedro Petrovitch... ¡Oh, qué influído
-está usted por sus antiguas ideas!
-¿Por qué turbarse tanto por el asunto de
-ayer?&mdash;exclamó Andrés Semenovitch, que
-experimentaba un retroceso de viva simpatía
-hacia Pedro Petrovitch&mdash;. ¿Qué
-necesidad tiene usted de casarse, de casarse
-<i>legalmente</i>, mi noble y muy querido
-Pedro Petrovitch? ¿Qué le importa a usted
-la unión <i>legal</i>? Pégueme usted, si
-quiere; pero yo me regocijo del fracaso
-de sus relaciones, contento de pensar que
-es usted libre, que no está usted perdido
-por la humanidad... Ya ve si soy franco.</p>
-
-<p>&mdash;Me inclino al matrimonio legal, porque
-no quiero llevar... nada en la frente
-ni educar hijos de los cuales yo no sea el
-padre, como ocurre con vuestros matrimonios
-libres&mdash;respondió, por decir alguna
-cosa, Pedro Petrovitch.</p>
-
-<p>Estaba pensativo, y apenas prestaba
-atención a las palabras que decía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Los hijos? ¿Usted hace alusión a los
-hijos?&mdash;dijo Andrés Semenovitch, animándose
-de repente como un caballo en
-batalla cuando oye el sonido del clarín&mdash;;
-los hijos son una cuestión social que será
-resuelta ulteriormente. Muchos hasta lo
-niegan sin restricción, como todo lo que
-concierne a la familia. Hablaremos de
-los hijos más tarde. Ahora ocupémonos de
-lo otro. Le confieso a usted que es ésa mi
-debilidad. Esa palabra baja y grosera,
-puesta en circulación por Putskin, para
-señalar a los maridos engañados, no figurará
-en los diccionarios del porvenir.
-En resumen: ¿qué viene a ser eso? ¡Oh,
-ridículo espanto! ¡Qué cosa tan insignificante!
-Por el contrario, en el matrimonio
-libre, el peligro que usted teme no
-existirá. Eso no es más que la consecuencia
-natural, y, por decirlo así, el correctivo
-del matrimonio legal, la protesta
-contra un lazo indisoluble; desde este
-punto de vista no tiene nada de humillante...
-Y si, por acaso, lo que es absurdo,
-contrajese yo un matrimonio legal, sería
-para mí un encanto llevar <i>eso</i> a que tiene
-usted tanto miedo. Yo le diría entonces
-a mi mujer: «Hasta el presente, querida
-mía, sólo había sentido amor por ti: pero
-ahora te estimo, porque has sabido protestar».
-¿Se ríe usted? ¡Ah! Es porque
-no tiene fuerzas para romper con los prejuicios.
-Comprendo que con la unión legítima
-sea desagradable ser engañado;
-pero ése es el efecto miserable de una situación
-que desagrada a los dos esposos.
-Cuando <i>eso</i> se yergue sobre nuestra frente
-como en el matrimonio libre, entonces
-no existe. Cesan de tener significación y
-dejan de llevar el nombre que se les da.
-Antes bien, la mujer de usted le prueba
-por ello que le estima, puesto que le cree
-incapaz de poner obstáculo a su felicidad<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span>,
-y demasiado ilustrado es usted para querer
-vengarse de un rival. En verdad, pienso
-muchas veces que, si llegase a estar
-casado (libre o legítimamente, importa
-poco), y mi mujer tardase en tomar un
-amante, yo, por mí mismo, se lo proporcionaría.
-«Querida mía (le diría entonces),
-te amo; pero deseo, sobre todo, que me
-estimes.» ¿Tengo o no tengo razón?</p>
-
-<p>Estas palabras apenas hicieron sonreír
-a Pedro Petrovitch. Su pensamiento estaba
-en otra parte y se restregaba las manos
-muy preocupado. Andrés Semenovitch
-había de acordarse más tarde de la
-preocupación de su amigo.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>II.</h3></div>
-
-<p>Difícil sería decir con exactitud cómo
-había nacido en el cerebro desequilibrado
-de Catalina Ivanovna la idea de aquella
-insensata comida. Gastó, en efecto, en
-dicho banquete más de la mitad del dinero
-que le había dado Raskolnikoff para
-las exequias de Marmeladoff. Tal vez se
-creía obligada a honrar «convenientemente»
-la memoria de su marido, a fin de demostrar
-a todos los inquilinos, y especialmente
-a Amalia Ivanovna, que el difunto
-valía tanto como ellos, si era que no
-valía más. Quizá obedecía a ese orgullo
-de los pobres que en determinadas circunstancias
-de la vida, como bautizo,
-matrimonio, entierro, etc., los impulsa
-a sacrificar sus últimos recursos con el
-solo objeto de «hacer las cosas tan bien
-como los otros». Permitido es suponer
-que, en el momento mismo en que se
-veía reducida a la más extremada miseria,
-Catalina Ivanovna quería mostrar a
-toda aquella «gentuza», no solamente
-que ella sabía «vivir y recibir», sino que,
-hija de un coronel, educada «en una casa
-noble y aristocrática», no había nacido
-para fregar el suelo con sus propias manos
-y lavar por la noche la ropa de sus
-hijos.</p>
-
-<p>Las botellas de vino no eran ni muy
-numerosas ni de marcas muy variadas;
-faltaba el Madera. Pedro Petrovitch había
-exagerado. Sin embargo, había aguardiente,
-ron, Oporto, todo de inferior calidad,
-pero en abundancia. El <i>menú</i>, preparado
-en la cocina de Amalia Ivanovna,
-comprendía, además del <i>kutia</i>, tres o cuatro
-platos, principalmente <i>blines</i>; además,
-estaban preparados dos samovars
-para los convidados que quisieran tomar
-te o ponche después de la comida. Catalina
-Ivanovna se ocupó por si misma en
-las compras, con ayuda de un inquilino
-de la casa, un polaco famélico, que habitaba,
-sabe Dios en qué condiciones, en
-casa de la señora Lippevechzel.</p>
-
-<p>Desde el primer momento este pobre
-hombre se puso a disposición de la viuda,
-y durante treinta y seis horas no dejó de
-hacer recados con celo que, por otra parte,
-el bueno del polaco no perdía ripio
-para hacerlo notar. A cada instante, por
-la menor futesa, todo presuroso y atareado
-acudía a pedir instrucciones a la viuda
-Marmeladoff. Después de haber declarado
-que sin la solicitud de este «hombre
-servicial y magnánimo», no hubiera sabido
-qué hacer, Catalina Ivanovna acabó
-por encontrarlo absolutamente insoportable.
-Era propio de su carácter entusiasmarse
-de repente por cualquiera; le
-veía con los colores más brillantes y le
-atribuía mil méritos que sólo existían en
-su imaginación, pero en los cuales creía
-con toda buena fe. Después al entusiasmo
-sucedía bruscamente la desilusión, y entonces
-se desataba en injurias contra
-aquel a quien pocas horas antes había
-colmado de excesivas alabanzas.</p>
-
-<p>Amalia Ivanovna tomó también súbita
-importancia a los ojos de Catalina Ivanovna;
-ésta delegó en ella, cuando se fué
-al entierro, todos sus poderes, y la señora
-Lippevechzel se mostró digna de esta
-confianza. Ella fué, en efecto, quien se
-encargó de preparar la mesa y de suministrar
-el servicio de la misma. Claro es
-que la vajilla, los vasos, las tazas, los tenedores,
-los cuchillos, prestados por los
-diversos inquilinos, mostraban en su rica
-variedad sus diversos orígenes; pero
-en aquel momento cada cosa estaba en
-su puesto. Cuando volvió a la casa mortuoria,
-Catalina Ivanovna pudo advertir
-una expresión de triunfo en el rostro de
-la patrona. Orgullosa de haber cumplido
-tan bien su misión, aquélla se pavoneaba
-con su traje de duelo completamente
-nuevo, y su gorrito adornado con lazos.<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>
-Este orgullo, por legítimo que fuese, no
-agradó a la viuda: «¡Como si verdaderamente
-no se hubiera podido poner la
-mesa sin Amalia Ivanovna!» El gorrito
-con sus lazos flamantes también le disgustó:
-«¡Vaya con la tonta alemana esta
-que no hace más que estorbar!... ¡Se ha
-dignado, por bondad de alma! ¡Habráse
-visto! En casa del padre de Catalina Ivanovna,
-que era coronel, había algunas
-veces cuarenta personas a comer, y no
-se hubiera recibido ni aun para el servicio,
-a una Amalia Ivanovna, o, mejor
-dicho, Ludvigovna.» La viuda de Marmeladoff
-no quiso manifestar entonces
-sus sentimientos; pero se prometió no
-quedarse con esta impertinencia en el
-cuerpo.</p>
-
-<p>Otra circunstancia contribuyó también
-a irritar a Catalina Ivanovna: a excepción
-del polaco que fué hasta el cementerio,
-casi ninguno de los invitados
-acompañó el cadáver hasta su última morada;
-por el contrario, cuando se trató
-de sentarse a la mesa, se vió llegar todo
-lo que había de más pobre y de menos recomendable
-entre los inquilinos; algunos
-se presentaron en traje más que descuidado.
-Los que estaban un poco limpios
-se habían dado palabra para no venir
-comenzando por Ludjin, el más distinguido
-de todos ellos. Sin embargo, el día
-anterior, por la noche, Catalina Ivanovna
-había cantado las excelencias de él a
-todo el mundo, es decir, a la patrona, a
-Poletchka, a Sonia y al polaco. Era, según
-aseguraban, un hombre muy noble
-y muy bueno; además de esto, era inmensamente
-rico y estaba muy bien relacionado.
-Afirmaba que había sido amigo de
-su primer marido, y frecuentado también
-en otro tiempo la casa de su padre. Aseguraba,
-además, que había prometido
-emplear toda su influencia para conseguirle
-una pensión importante.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se presentó cuando acababan
-de llegar del cementerio. Catalina
-Ivanovna quedó encantada al verle, en
-primer lugar, porque, de todas las personas
-presentes, era el único hombre culto
-(lo presentó a todos los invitados, diciendo
-que dentro de dos años sería catedrático
-de la Universidad de San Petersburgo),
-y además, por haberse excusado respetuosamente
-de no haber podido, a pesar
-de sus deseos, asistir a las exequias.
-La viuda se apresuró a hacerle sentar a
-su izquierda, teniendo ya a Amalia Ivanovna
-sentada a su derecha, y entabló
-a media voz con el joven una conversación
-tan seguida como se lo permitían
-sus deberes de dueña de casa.</p>
-
-<p>Su enfermedad había tomado desde hacía
-dos días un carácter más alarmante
-que nunca, y la tos, que le desgarraba el
-pecho, le impedía a menudo terminar las
-frases. Sin embargo, se consideraba feliz
-por tener a quien confiar la indignación
-que experimentaba ante aquel concurso
-de figuras grotescas. Al principio, su cólera
-se manifestaba en las burlas que dirigía
-a los invitados y, sobre todo, a la
-propietaria.</p>
-
-<p>&mdash;Todo ello es por culpa de esa imbécil.
-Ya sabe usted de quién hablo&mdash;y
-Catalina Ivanovna mostró con un movimiento
-de cabeza a la patrona&mdash;. Mírela
-usted cómo abre los ojos; adivina que
-hablamos de ella; pero no puede comprender
-lo que decimos; ahí tiene usted por
-qué pone esos ojos de besugo. ¡Ah, qué
-coqueta!... ¡Ja, ja, ja! ¿Qué idea le ha dado
-de ponerse ese bonete? ¡Ja, ja, ja! Quiere
-hacer creer a todo el mundo que me
-honra mucho sentándose a mi mesa. Le
-había suplicado que invitase a las personas
-más distinguidas, y con preferencia
-a aquellas que habían conocido al difunto,
-y mire usted qué colección de desharrapados
-y de perdidos ha reclutado. Fíjese
-usted: aquél no se ha lavado, da asco;
-¿y esos desgraciados polacos?... ¡Ah, ah!
-¡Je, je, je! Aquí nadie los conoce, y yo los
-veo por primera vez. Dígame usted: ¿Por
-qué han venido? Ahí están como una ristra
-de cebollas. ¡Eh!&mdash;gritó a uno de
-ellos&mdash;. ¿Ha tomado usted <i>blines</i>? Tome
-usted más; beba usted cerveza. ¿Quiere
-usted aguardiente? Mire, mire, se ha levantado
-para saludarme. Son, sin duda,
-pobres diablos muertos de hambre. Todo
-les es igual con tal de comer. Por lo menos
-no hacen ruido; pero yo estoy temblando
-por los cubiertos de la patrona&mdash;dijo
-casi en voz alta, dirigiéndose a Amalia
-Ivanovna&mdash;. Si por acaso roban sus cucharas,
-le prevengo que yo de nada respondo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span></p>
-
-<p>Después de esta satisfacción dada a sus
-sentimientos, volviéndose hacia Raskolnikoff,
-dijo, burlándose y mostrando a la
-patrona:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, ah, ah! No entiende una palabra;
-ahí se está con la boca abierta. Fíjese
-usted; es una verdadera lechuza;
-una lechuza con lazos de colores. ¡Ja, ja,
-ja!</p>
-
-<p>La risa acabó con un acceso de tos que
-duró cinco minutos, se llevó el pañuelo a
-los labios y después se lo enseñó silenciosamente
-a Raskolnikoff: estaba manchado
-de sangre. Gotas de sudor perlaban su
-frente; sus pómulos se coloreaban de rojo,
-y cada vez respiraba con mayor dificultad;
-sin embargo, continuó hablando
-en voz baja con animación extraordinaria.</p>
-
-<p>&mdash;Le habían confiado el encargo muy
-delicado, es verdad, de invitar a esa señora
-y a su hija. Ya sabe usted a quienes
-me refiero. Era preciso proceder en esto
-con bastante tacto... Pues bien, se ha
-arreglado de modo que esa imbécil forastera,
-esa provinciana, que ha venido
-aquí a solicitar una pensión como viuda
-de un mayor, y que, de la mañana a la
-noche, anda recorriendo las Cancillerías
-con dos dedos de colorete en la cara,
-y eso que tiene cincuenta años muy corridos...
-esa remilgada ha rehusado mi invitación,
-sin excusarse siquiera, como la
-más vulgar cortesía exige en un caso como
-éste. No acierto a explicarme cómo
-es que no haya venido tampoco Pedro
-Petrovitch. Pero, ¿dónde está Sonia?
-¿qué es de ella? ¡Ah! Ahí está. ¿Dónde te
-habías metido, Sonia? Es extraño que en
-un día como éste hayas sido tan poco
-exacta. Rodión Romanovitch, déjela usted
-colocarse a su lado, ése es tu sitio,
-Sonia; toma lo que quieras. Te recomiendo
-el <i>kabial</i>, está bueno. Ahora te traerán
-las <i>blines</i>. ¿No se ha dado de ellas a los
-niños? Que no se os olvide, Poletchka.
-Vamos, está bien. Sé formal, Lena; y tú,
-Kolia, deja quietecitas las piernas. Eso
-es; así debe de estar un niño bien educado.
-¿Y qué me cuentas, Sonetchka?</p>
-
-<p>Sonia se apresuró a decir a su madrastra
-las excusas de Pedro Petrovitch, esforzándose
-en hablar alto para que todos
-pudieran oírle. No contenta con reproducir
-las fórmulas corteses de que Ludjin
-se había servido, procuró por su parte
-amplificarlas. Pedro Petrovitch&mdash;añadió&mdash;le
-había encargado decir a Catalina
-Ivanovna que vendría tan pronto
-como le fuese posible, para hablar de
-<i>negocios</i> y entenderse con ella acerca de la
-marcha que debía seguir ulteriormente,
-etcétera, etc.</p>
-
-<p>Sonia sabía que con esto tranquilizaría
-a su madrastra, y, sobre todo, que halagaría
-su amor propio. La joven se sentó
-al lado de Raskolnikoff, a quien saludó
-apresuradamente echándole una rápida
-y curiosa mirada; pero durante el resto
-de la comida evitó mirarle y aun dirigirle
-la palabra. Parecía distraída, aunque tenía
-los ojos fijos en el rostro de Catalina
-Ivanovna para adivinar sus deseos. Después
-de haber escuchado con complacencia
-el relato de Sonia, la viuda preguntó
-con aire de importancia por la salud de
-Pedro Petrovitch; en seguida, sin inquietarse
-demasiado de que pudieran oírla
-los invitados, hizo observar a Raskolnikoff
-que un hombre tan respetable y distinguido
-hubiese estado fuera de su centro
-en semejante reunión. Se explicaba
-que no hubiese venido, a pesar de las antiguas
-relaciones que le unían a su familia.</p>
-
-<p>&mdash;He aquí por qué, Rodión Romanovitch,
-agradezco tanto que no haya usted
-desdeñado mi hospitalidad; por lo
-demás&mdash;añadió&mdash;, convencida estoy de
-que solamente la amistad de usted con
-mi pobre difunto es lo que ha decidido a
-cumplirme su palabra.</p>
-
-<p>Raskolnikoff escuchaba en silencio.
-Se encontraba a disgusto. Unicamente
-por cortesía y consideración a Catalina
-Ivanovna probaba la comida, que la propia
-viuda le acercaba a la boca.</p>
-
-<p>El joven tenía los ojos fijos en Sonia.
-Esta, cada vez más pensativa, seguía con
-inquietud los progresos de la exasperación
-de su madrastra, que había comenzado a
-burlarse de sus huéspedes, presintiendo
-que la comida acabaría mal, porque, entre
-otras cosas, Sonia sabía que era ella
-la causa principal de que las dos provincianas
-hubieran rehusado la invitación.
-Amalia Ivanovna habíale dicho que cuando
-fué a invitar a las dos señoras, la madre,
-muy resentida, había exclamado que<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span>
-cómo podría permitir ella que su hija se
-sentase al lado de aquella... <i>señorita</i>. Sospechaba
-la joven que su madrastra tenía
-ya noticia de aquel insulto. Esta injuria
-a Sonia era para Catalina Ivanovna
-peor que una afrenta hecha a ella, a sus
-hijos, o a la memoria de su padre; era un
-mortal ultraje. Sonia adivinaba que a Catalina
-Ivanovna sólo le importaba en
-aquel momento probar a aquellas imbéciles
-que ambas eran... Precisamente un
-convidado, sentado en el otro extremo
-de la mesa, dió a Sonia un plato, con dos
-corazones de migas de pan atravesados
-por una flecha. Catalina Ivanovna declaró
-en seguida, con voz sonora, que el
-autor de aquella burla era, de seguro, un
-«asno borracho».</p>
-
-<p>Acto seguido anunció su propósito de
-retirarse en cuanto hubiera obtenido una
-pensión, a fundar en T***, su ciudad natal,
-una casa de educación para hijas de nobles.
-De repente mostró aquel certificado
-del cual había hablado Marmeladoff cuando
-su encuentro con Rodia en la taberna.
-En las circunstancias presentes, tal documento
-debía establecer el derecho de
-Catalina Ivanovna a abrir un pensionado;
-pero lo había sacado con objeto de
-confundir a las dos «presumidas», y si
-éstas hubiesen aceptado su invitación,
-les hubiera demostrado con pruebas convincentes,
-que «la hija de un coronel, la
-descendiente de una familia noble y aristocrática,
-valía mucho más que las buscadoras
-de aventuras, cuyo número
-aumenta cada día». El certificado dió
-pronto la vuelta en derredor de la mesa;
-los convidados, ya a medios pelos, se lo
-pasaban de mano en mano, sin que Catalina
-Ivanovna se opusiese a ello, porque
-aquel papel la designaba, con todas sus
-letras, como hija de un consejero de
-Corte, lo que la autorizaba, aproximadamente,
-a considerarse como hija de un
-coronel.</p>
-
-<p>Extendióse después la viuda en enumerar
-los encantos de la existencia feliz
-y tranquila que se prometía pasar en
-T***. Buscaría el concurso de los profesores
-del Gimnasio, entre los cuales se encontraba
-un anciano respetable, el señor
-Mangot, que le había enseñado en otros
-tiempos el francés; este señor no vacilaría
-en dar lecciones en su pensionado, y
-sería módico en sus honorarios. Por último,
-anunció la intención de llevarse a
-Sonia a T*** y de confiarle la dirección de
-su establecimiento. Al oír estas palabras,
-uno de los comensales se echó a reír.</p>
-
-<p>Catalina Ivanovna fingió no haberlo
-oído, pero levantando la voz dijo que Sonia
-Semenovna poseía cuantas cualidades
-son menester para secundarla en su
-tarea. Después de haber elogiado la dulzura
-de la joven, su paciencia, su abnegación,
-su cultura intelectual y su nobleza
-de sentimientos, le dió suavemente
-unos golpecitos en la mejilla y la besó
-dos veces seguidas con efusión. Sonia
-se ruborizó, y Catalina Ivanovna prorrumpió
-en llanto.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo los nervios muy excitados&mdash;dijo
-como para excusarse&mdash;y estoy muy
-fatigada. La comida ha acabado, se va
-a servir el te.</p>
-
-<p>Amalia Ivanovna, muy contrariada
-por no haber podido meter baza en la conversación
-precedente, eligió aquel momento
-para aventurar una nueva tentativa,
-e hizo observar muy juiciosamente
-a la futura directora de un pensionado,
-que «debería conceder mucha atención
-a la ropa interior de las pensionistas
-e impedir que leyeran novelas durante
-la noche». El cansancio y la irritación hacían
-a Catalina Ivanovna poco tolerante;
-así es que tomó muy a mal aquellos sabios
-consejos; a creerla a ella, la patrona
-no entendía una palabra de lo que estaba
-hablando. «En un pensionado de señoritas
-nobles, el cuidado de la ropa blanca
-correspondía a la mujer encargada
-de ese servicio, y no a la directora del establecimiento.
-En cuanto a la observación
-relativa a la lectura de las novelas,
-era sencillamente una inconveniencia.»
-Catalina Ivanovna suplicaba a la patrona
-que callase.</p>
-
-<p>En lugar de acceder a esta súplica,
-Amalia Ivanovna respondió con acritud
-que «no había hablado más que por su
-bien»; que había tenido siempre las mejores
-intenciones, y que, desde hacía largo
-tiempo, Catalina Ivanovna no le pagaba
-un kopek.</p>
-
-<p>&mdash;¡Miente usted hablando de buenas
-intenciones!&mdash;replicó la viuda&mdash;. Ayer,<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span>
-sin ir más lejos, cuando mi esposo estaba
-de cuerpo presente, vino usted a armar
-un escándalo a propósito de mis atrasos,
-y por causa suya no han venido ciertas
-señoras...</p>
-
-<p>Al oír esto la patrona observó con mucha
-lógica que ella «había invitado a
-aquellas señoras, pero no habían venido
-porque eran nobles y no podían ir a casa
-de una señora que no lo era». A lo cual
-su interlocutora contestó «que una cocinera
-no tenía criterio para juzgar de la
-verdadera nobleza».</p>
-
-<p>Herida Amalia Ivanovna en lo vivo
-replicó «que su <i>vater</i><a name="FNanchor_17" id="FNanchor_17" href="#Footnote_17" class="fnanchor">[17]</a> era un hombre
-muy importante en Berlín que se paseaba
-constantemente con las manos en los
-bolsillos y hacía siempre ¡puf! ¡puf!» Para
-dar una idea más exacta de su <i>vater</i>, la
-señora Lippevechzel se levantó, se metió
-las manos en los bolsillos e inflando los
-carrillos se puso a imitar el ruido de un
-fuelle de fragua. Aquello provocó una
-carcajada general entre los inquilinos
-que, con la esperanza de una batalla entre
-las dos mujeres, se complacían en
-azuzar a Amalia Ivanovna. La viuda de
-Marmeladoff, no pudiendo contenerse
-más, declaró en voz muy alta que «Amalia
-Ivanovna quizá no había tenido nunca
-<i>vater</i>, que era sencillamente una finlandesa
-de San Petersburgo, que había debido ser
-en otro tiempo cocinera, o tal vez algo
-más bajo». Respuesta furiosa de la patrona:
-«Acaso era Catalina Ivanovna la
-que no había tenido <i>vater</i>. En cuanto a
-ella, su padre era un berlinés que usaba
-levitas muy largas y que hacía constantemente
-¡puf! ¡puf!» Catalina Ivanovna
-respondió con tono despreciativo que
-«su nacimiento era conocido de todo el
-mundo, y que aquel mismo certificado
-honorífico en caracteres impresos, la designaba
-como hija de un coronel, y que,
-en cambio, Amalia Ivanovna (en el supuesto
-de que hubiese tenido padre conocido),
-debía ser hija de algún vendedor
-de leche finlandés; pero, según todas las
-apariencias, era hospiciana, puesto que
-no sabía aún cuál era su nombre patronímico,
-si se llamaba Amalia Ivanovna o
-Amalia Ludvigovna». La patrona, fuera
-de sí, gritó, dando puñetazos sobre la
-mesa, «que ella era Ivanovna y no Ludvigovna;
-que su padre se llamaba Juan,
-y que había sido alcalde, cosa que no fué
-nunca el padre de Catalina Ivanovna».
-Al oír tales palabras se levantó ésta, y
-con voz tranquila, desmentida por la palidez
-de su rostro y por la agitación de su
-pecho, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Si usted se atreve otra vez a poner
-en parangón a su miserable <i>vater</i> con mi
-padre, le arranco el gorro y lo pisoteo.</p>
-
-<p>Amalia Ivanovna, ante su amenaza,
-empezó a correr por la habitación, gritando
-con todas sus fuerzas que ella era
-la propietaria y que Catalina Ivanovna
-se marcharía de su casa al instante. Después
-se apresuró a recoger los cubiertos
-de plata que estaban sobre la mesa. A
-esto siguió una confusión y un barullo indescriptible;
-los chiquillos se echaron a
-llorar; Sonia se abalanzó a su madrastra
-para impedir que hiciese un disparate,
-pero como Amalia Ivanovna hubiese lanzado
-en alta voz una alusión a la <i>cartilla
-amarilla</i>, Catalina Ivanovna rechazó a
-la joven y se fué derecha a la patrona,
-decidida a arrancarle el moño.</p>
-
-<p>Mas en aquel momento se abrió la
-puerta y apareció Pedro Petrovitch Ludjin.</p>
-
-<p>El funcionario dirigió una mirada severa
-a todos los presentes y Catalina Ivanovna
-corrió hacia él.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>III.</h3></div>
-
-<p>&mdash;¡Pedro Petrovitch!&mdash;gritó&mdash;. ¡Protéjame
-usted! Haga comprender a esta
-imbécil que no tiene derecho para hablar
-así a una señora noble y desgraciada; que
-eso no está permitido. Me quejaré al gobernador
-general... y esa mujer tendrá
-que responder ante él de lo que ha dicho.
-En nombre de la hospitalidad que usted
-recibió de mi padre, venga en ayuda de
-mis huérfanos.</p>
-
-<p>&mdash;Permítame usted, señora... permítame
-usted&mdash;dijo Pedro Petrovitch apartando
-con un ademán a la solicitante&mdash;.
-Como usted sabe muy bien, no he tenido
-el honor de conocer a su padre... Permítame
-usted, señora (uno de los comensales<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span>
-se echó a reír ruidosamente); no pienso
-tomar parte en las continuas reyertas
-de usted con Amalia Ivanovna... Vengo
-aquí por un asunto personal... Deseo tener
-inmediatamente una explicación con
-su hijastra de usted, Sonia... Semenovna...
-¿no es ése su nombre? Permítame usted
-que entre...</p>
-
-<p>Y apartándose de Catalina Ivanovna,
-Pedro Petrovitch se dirigió al rincón de
-la sala en que se encontraba Sonia.</p>
-
-<p>La viuda se quedó como clavada en su
-sitio. No podía comprender que Pedro
-Petrovitch negase haber sido huésped de
-su padre. Aquella hospitalidad, que no
-existía más que en su imaginación, se había
-convertido para ella en artículo de
-fe. Lo que principalmente la impresionó,
-fué el tono seco, altanero, y hasta amenazador
-de Ludjin. Al aparecer este último
-se restableció el silencio poco a poco.
-El pulcro y severo traje del hombre de
-leyes formaba contraste con la sordidez
-de los demás inquilinos de Amalia Ivanovna.
-Cada uno de ellos se daba cuenta
-de que sólo un motivo de gravedad excepcional
-podía explicar la presencia de aquel
-personaje en semejante sitio; todos, pues,
-esperaban que pasase algo. Raskolnikoff,
-que estaba sentado al lado de Sonia, se
-levantó para dejar acercarse a Pedro
-Petrovitch, y éste pareció no reparar en
-el joven.</p>
-
-<p>Un instante después apareció Lebeziatnikoff;
-pero en lugar de entrar en la
-habitación permaneció en el umbral escuchando
-con curiosidad sin acertar a
-comprender al pronto de qué se trataba.</p>
-
-<p>&mdash;Perdónenme ustedes que turbe su
-reunión; pero me veo obligado a ello por
-un asunto de bastante importancia&mdash;dijo
-Pedro Petrovitch sin dirigirse a nadie en
-particular&mdash;; en cuanto a mí, me agrada
-poder explicarme delante de una reunión
-numerosa. Amalia Ivanovna, ruego a usted
-que, como propietaria de esta casa,
-preste atención a la conferencia que voy
-a celebrar con Sonia Semenovna.</p>
-
-<p>Después, dirigiéndose a la joven que
-estaba extremadamente pálida y bastante
-sorprendida, añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Sonia Semenovna, inmediatamente
-después de la visita de usted, he echado
-de menos un billete de Banco de cien rublos,
-que había sobre una mesa de la habitación
-de mi amigo Andrés Semenovitch
-Lebeziatnikoff. Si usted sabe lo que
-ha sido de ese billete y me lo dice, doy
-a usted, en presencia de todas estas personas,
-mi palabra de honor de que este
-asunto no tendrá consecuencias; en caso
-contrario, me veré obligado a recurrir a
-medidas muy serias, y entonces... no tendrá
-usted que echar la culpa a nadie sino
-a sí misma.</p>
-
-<p>Un profundo silencio siguió a estas palabras.
-Hasta los niños cesaron de llorar.
-Sonia, mortalmente pálida, miraba a
-Ludjin sin acertar a responder. Parecía
-no haber comprendido aún. Así pasaron
-algunos segundos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, ¿qué responde usted?&mdash;preguntó
-Pedro Petrovitch, mirando atentamente
-a la joven.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sé... no sé nada&mdash;dijo al cabo
-con voz débil.</p>
-
-<p>&mdash;¿No? ¿Usted no sabe nada?&mdash;preguntó
-Ludjin, y dejó pasar nuevamente
-algunos segundos.</p>
-
-<p>En seguida añadió con tono severo:</p>
-
-<p>&mdash;Piense usted en lo que le digo, señorita;
-reflexione usted; quiero darle
-tiempo bastante. Si no estuviese completamente
-seguro de mi afirmación, me
-guardaría muy mucho de lanzar contra
-usted una acusación tan grave. Tengo
-demasiada experiencia en los negocios
-para exponerme a una querella por difamación.
-Esta mañana he ido a negociar
-unos títulos, que representaban un valor
-nominal de 3.000 rublos. De vuelta en
-mi alojamiento, me he puesto a contar
-el dinero; Andrés Semenovitch es testigo.
-Después de haber contado dos mil trescientos
-rublos, los he guardado en una
-cartera que he metido en el bolsillo del
-pecho de la levita. Quedaban sobre la
-mesa unos quinientos rublos en billetes
-de Banco, entre los cuales había tres de
-cien rublos cada uno. Entonces fué cuando,
-a invitación mía, vino usted a nuestro
-cuarto, y durante todo el tiempo de
-su visita ha estado usted extraordinariamente
-agitada. Por tres veces se ha levantado
-usted para salir, aun cuando
-nuestra conversación no había terminado
-aún. Andrés Semenovitch puede dar fe
-de todo esto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span></p>
-
-<p>»Usted no negará, así por lo menos lo
-creo, que la he hecho llamar por Andrés
-Semenovitch con objeto de ocuparme con
-usted en la situación desgraciada de su
-madrastra (a cuya casa no podía venir
-yo a comer), y de la forma de socorrerla
-por medio de subscripción, lotería, o cosa
-parecida. Usted me dió las gracias con
-las lágrimas en los ojos. (Entro en todos
-estos pormenores, para probarle que no
-he olvidado ninguna circunstancia.) Inmediatamente
-he tomado de encima de
-la mesa un billete de diez rublos, y se lo
-he entregado a usted como primer recurso
-para su madrastra. Andrés Semenovitch
-lo ha visto todo. Después la he
-acompañado hasta la puerta, y usted se
-ha retirado con la misma agitación que
-antes.</p>
-
-<p>»Cuando usted salió del cuarto, he estado
-hablando durante diez minutos,
-aproximadamente, con Andrés Semenovitch.
-Por último él se marchó y yo me
-acerqué a la mesa para guardar el resto
-del dinero, viendo entonces, con gran sorpresa,
-que me faltaba un billete de cien
-rublos. Ahora juzgue usted. Yo no puedo
-sospechar de Andrés Semenovitch, ni siquiera
-concebir semejante idea. No puedo
-tampoco engañarme en mis cuentas, porque,
-un momento antes de que usted entrara,
-acababa de comprobarlas. Comprenderá
-usted que acordándome de su
-agitación, de su prontitud en salir y de
-que tuvo usted durante algún tiempo las
-manos sobre la mesa, y considerando,
-finalmente, la posición social de usted,
-he debido, a despecho de mi propia voluntad,
-dar acogida a una sospecha, cruel,
-sin duda, pero legítima.</p>
-
-<p>»Por convencido que me halle de la culpabilidad
-de usted, repito que sé a lo que
-me expongo dirigiéndole esta acusación.
-Sin embargo, no vacilo en formularla, sobre
-todo, señorita, por su negra ingratitud.
-¿Cómo? La mando llamar a usted
-porque me intereso por su infortunada
-madrastra y por sus hermanitos; le doy
-un billete de diez rublos ¡y me recompensa
-usted de esa manera! ¡No! ¡Eso no está
-bien! Le hace falta una lección que le sirva
-de escarmiento para lo sucesivo. Reflexione
-usted; se lo propongo amistosamente,
-porque en este momento es lo mejor
-que puedo hacer en su favor. De lo
-contrario, seré inflexible. Vamos, confiese
-usted.»</p>
-
-<p>&mdash;Yo nada he tomado&mdash;murmuró Sonia
-espantada&mdash;; usted me ha dado diez rublos;
-aquí están, tómelos, se los devuelvo.</p>
-
-<p>La joven sacó el pañuelo del bolsillo,
-deshizo un nudo, tomó el billete de diez
-rublos, que estaba allí guardado, y se lo
-alargó a Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que insiste usted en negar
-el robo de esos cien rublos?&mdash;dijo en tono
-de reproche Ludjin, sin tomar el billete.</p>
-
-<p>Sonia dirigió una mirada en torno
-suyo, y en todos los rostros de las personas
-que la rodeaban sorprendió una expresión
-severa, irritada o burlona. La
-joven miró a Raskolnikoff. Este, en pie,
-apoyado contra la pared, tenía los brazos
-cruzados y sus ojos llameantes fijos en
-ella.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor, señor!&mdash;gimió la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;Amalia Ivanovna, será menester llamar
-a la policía; por lo tanto, suplico a
-usted humildemente que haga subir al
-<i>dvornik</i>&mdash;dijo Ludjin con voz dulce y
-hasta cariñosa.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Gott der barmherzig!</i> ¡Bien sabía yo
-que ésta era una ladrona!&mdash;exclamó la
-señora Lippevechzel palmoteando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted lo sabía?&mdash;repuso Pedro Petrovitch&mdash;;
-eso quiere decir que ya ciertos
-hechos anteriores autorizan a usted a deducir
-esta consecuencia. Suplico a usted,
-dignísima Amalia Ivanovna, que no olvide
-las palabras que acaba de pronunciar.
-Por lo demás, hay testigos.</p>
-
-<p>En todos lados se hablaba ruidosamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?&mdash;exclamó Catalina Ivanovna,
-saliendo de repente de su estupor, y
-con rápido movimiento se precipitó hacia
-Ludjin&mdash;. ¿Cómo? ¿La acusa usted de robo?
-¿A ella? ¿A Sonia? ¡Oh, cobarde!</p>
-
-<p>Después se aproximó vivamente a la
-joven y la estrechó entre sus brazos descarnados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo, Sonia, has podido aceptar
-diez rublos de él? ¡Oh, tonta! ¡Dámelos!
-¡Dame en seguida ese dinero! ¡Así!</p>
-
-<p>Catalina tomó el billete de manos de
-Sonia, lo arrugó entre sus dedos y se lo
-tiró a Ludjin a la cara. El papel, hecho
-una pelota, alcanzó a Pedro Petrovitch<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>
-y rodó en seguida por el suelo. Amalia
-Ivanovna se apresuró a levantarlo. El
-hombre de negocios se incomodó.</p>
-
-<p>&mdash;Contengan ustedes a esa loca.</p>
-
-<p>En aquel momento acudieron muchas
-personas, que se colocaron en el umbral,
-al lado de Lebeziatnikoff. Entre ellas estaban
-las dos señoras provincianas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Loca dices? ¿Me tratas de loca, imbécil?&mdash;vociferó
-Catalina Ivanovna&mdash;.
-¡Tú, tú eres un imbécil, un vil agente de
-negocios, un hombre bajo! ¡Sonia! ¿Sonia
-haber robado dinero? ¿Sonia una ladrona?
-¡Pero si ella te daría más que vale
-ese dinero, imbécil!&mdash;y la viuda rompió
-a reír de un modo nervioso&mdash;. ¿Han visto
-ustedes a este imbécil?&mdash;añadió, yendo
-de uno a otro inquilino y mostrando a
-Ludjin a cada uno de ellos.</p>
-
-<p>De repente vió a Amalia Ivanovna, y
-su cólera no tuvo límites.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo, tú también, choricera? ¿Tú
-también, infame prusiana, dices que Sonia
-es una ladrona? ¡Ah! ¿Pero esto es posible?
-¡Si no ha salido de la habitación!
-Al venir de tu casa ¡granuja! se puso a
-la mesa con nosotros; todos la han visto
-al lado de Rodión Romanovitch... registradla.
-Puesto que no ha ido a ninguna
-parte, tendrá el dinero encima. ¡Busca,
-busca, busca! ¡Pero si no lo encuentras,
-querido, tendrás que responder de tu
-conducta! ¡Me quejaré al emperador, al
-zar misericordioso! ¡Hoy mismo iré a
-arrojarme a sus pies! ¡Soy huérfana; me
-dejarán entrar! ¿Crees que no me recibirá?
-¡Te engañas! Obtendré una audiencia.
-¿Porque Sonia es tan dulce pensabas
-que no tenías nada que temer? Tú contabas
-con su timidez, ¿verdad? ¡Pero si
-ella es tímida, yo, amigo mío, yo no tengo
-miedo a nada, y así tus cálculos caen por
-tierra! ¡Busca! ¡Vamos, despáchate!</p>
-
-<p>Y al decir esto, Catalina Ivanovna agarraba
-a Ludjin por un brazo y le empujaba
-hacia donde estaba Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;Si estoy pronto, si no deseo otra cosa...
-pero, tranquilícese usted, señora, cálmese
-usted&mdash;balbuceaba el funcionario.&mdash;Ya
-veo que no tiene usted miedo. Esto
-debería hacerse en la oficina de policía.
-Por lo demás, hay aquí un número más
-que suficiente de testigos... Sí, yo estoy
-pronto... no obstante, es muy delicado
-para un hombre... a causa de su sexo... Si
-Amalia Ivanovna quisiese prestar su concurso...
-Sin embargo, no es así como se
-hacen estas cosas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hágala usted registrar por quien
-quiera!&mdash;gritó Catalina Ivanovna&mdash;. Sonia,
-enséñale los bolsillos. ¡Mira, mira,
-monstruo, ve cómo están vacíos! ¡Aquí
-no hay más que un pañuelo; mira, nada
-más que un pañuelo, puedes convencerte
-de ello! Ahora el otro bolsillo. ¿Ves? ¿ves?</p>
-
-<p>No contenta con vaciar los bolsillos de
-Sonia, Catalina los volvió, uno después
-del otro, de dentro afuera. Pero en el momento
-en que ponía al descubierto el forro
-del bolsillo derecho, se escapó de él
-un papelillo, que, describiendo una parábola
-en el aire, fué a caer a los pies de
-Ludjin. Todos lo vieron; muchos lanzaron
-un grito. Pedro Petrovitch se bajó,
-tomó el billete con los dedos y lo desplegó
-<i>coram populo</i>. Era un billete de cien
-rublos, doblado en ocho partes. Pedro Petrovitch
-lo enseñó a todos para que no
-existiese ninguna duda sobre la culpabilidad
-de Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ladrona, fuera de aquí! ¡La policía,
-la policía!&mdash;aulló Amalia Ivanovna&mdash;.
-¡Es preciso que la lleven a Siberia! ¡A la
-calle!</p>
-
-<p>De todas partes brotaban exclamaciones.
-Raskolnikoff, silencioso, no cesaba
-de mirar a Sonia más que para echar de
-vez en cuando una mirada rápida sobre
-Ludjin. La joven, inmóvil en su sitio, parecía
-más bien atontada que sorprendida;
-de repente enrojeció y se cubrió el
-rostro con las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¡No! ¡Yo no soy! ¡Yo no he robado
-nada! ¡Yo no sé nada!&mdash;gritó con voz desgarradora
-y se precipitó hacia Catalina
-Ivanovna, que abrió los brazos como un
-asilo inviolable para la desgraciada criatura.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sonia, Sonia! ¡No lo creo; te digo
-que no lo creo!&mdash;repetía Catalina Ivanovna,
-rebelde a la evidencia. (Estas palabras
-iban acompañadas de mil caricias;
-besaba a la joven, le tomaba las manos, la
-mecía en sus brazos como a un niño.)&mdash;¡Tú
-haber robado nada! ¡pero qué personas
-más estúpidas! ¡Oh señor! ¡Sois tontos,
-tontos!&mdash;gritaba a los circunstantes&mdash;.
-¡No sabéis lo que es esta criatura!<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span>
-¡Robar ella! ¡Ella, que vendería su último
-vestido; ella, que iría descalza antes
-que dejarnos sin recursos; antes que tuvierais
-necesidad de ellos! ¡Así, así es...!
-¡Ha llegado hasta tomar cartilla, porque
-mis hijos se morían de hambre... se
-vendió por nosotros! ¡Ah, mi pobre difunto;
-mi pobre difunto! ¡Dios mío, Dios
-mío! Pero, ¡defendedla vosotros todos,
-en vez de estar impasibles! Usted, Rodión
-Romanovitch, ¿por qué no la defiende?
-¿Usted también la cree culpable?
-¡Todos vosotros juntos, no valéis lo que
-el dedo meñique de ella! ¡Dios mío, defiéndela
-tú!</p>
-
-<p>Las lágrimas, las súplicas, la desesperación
-de la pobre Catalina Ivanovna
-parecieron causar una gran impresión
-en el público. Aquel rostro de tísica, aquellos
-labios secos, aquella voz ahogada, expresaban
-un sentimiento tan doloroso,
-que era difícil no sentirse conmovido ante
-tanta desolación. Pedro Petrovitch volvió
-en seguida a expresar los más dulces sentimientos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señora, señora!&mdash;dijo con solemnidad&mdash;.
-Este negocio no concierne a usted
-en lo más mínimo. Nadie piensa en acusarla
-de culpabilidad; usted misma es la
-que ha sacado los bolsillos y ha descubierto
-el objeto robado; basta esto para
-demostrar la completa inocencia de usted.
-Estoy dispuesto a mostrarme indulgente
-con un acto a que Sonia Semenovna ha
-podido ser impulsada por la miseria. Pero,
-¿por qué se niega usted a confesar, señorita?
-¿Teme la deshonra? ¿Era éste su
-primer hurto? ¿Lo hizo usted trastornada?
-La cosa se comprende, se comprende
-muy bien; vea usted, sin embargo, a
-lo que se exponía. Señores&mdash;dijo dirigiéndose
-a todos los presentes, mudos
-por un sentimiento de piedad&mdash;: Estoy
-pronto a perdonar, a pesar de las injurias
-que se me han dirigido.</p>
-
-<p>Después añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Señorita, que la humillación de hoy
-le sirva a usted de lección para el porvenir;
-no daré parte; las cosas no pasarán
-de aquí.</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch dirigió una mirada
-de reojo a Raskolnikoff; sus ojos se encontraron;
-los del joven despedían llamas.
-En cuanto a Catalina Ivanovna, parecía
-no haber oído nada y continuaba
-abrazando a Sonia con una especie de
-frenesí. A ejemplo de su madre, los niños
-estrechaban entre sus bracitos a la joven;
-Poletchka, sin comprender lo que pasaba,
-sollozaba a más no poder, con su linda
-carita apoyada en el hombro de Sonia.
-De repente, en el umbral de la puerta una
-voz sonora exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué villanía!</p>
-
-<p>Pedro Petrovitch se volvió vivamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué villanía!&mdash;repitió Lebeziatnikoff
-mirando fijamente a Ludjin.</p>
-
-<p>Este último se estremeció. Todos lo
-advirtieron (luego se acordaron de esta
-circunstancia). Lebeziatnikoff entró en
-la sala.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted se ha atrevido a invocar mi
-testimonio?&mdash;dijo aproximándose a Pedro
-Petrovitch.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significa esto? ¿De qué habla
-usted, Andrés Semenovitch?&mdash;preguntó
-Ludjin.</p>
-
-<p>&mdash;Esto significa que usted es un...
-calumniador. Ya tiene usted explicado el
-sentido de mis palabra&mdash;replicó arrebatadamente
-Lebeziatnikoff.</p>
-
-<p>Estaba extremadamente colérico y
-fijaba en Pedro Petrovitch sus ojillos enfermizos,
-que tenían dura e indignada
-expresión. Raskolnikoff escuchaba ansiosamente
-con la mirada fija en el rostro
-del joven socialista.</p>
-
-<p>Hubo una pausa. En el primer momento,
-Pedro Petrovitch quedó casi desconcertado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es a mí a quien...?&mdash;murmuró&mdash;.
-¿Pero qué dice usted? ¿Está usted en su
-juicio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Estoy en mi juicio, y usted es un...
-mal hombre. ¡Ah! ¡Qué infamia! Lo he
-oído todo, y si no he hablado antes, es
-porque quería comprender bien; hay algunas
-cosas que... lo confieso, no me las
-explico. Me gustaría saber por qué ha
-hecho usted esto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué es lo que yo he hecho?
-¿Acabará de hablar enigmáticamente?
-¡Usted está borracho!</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre ruin! Si alguno de nosotros
-está borracho, es usted. Yo jamás bebo
-aguardiente, porque esto es contrario a
-mis principios. Figúrense ustedes que es
-él, él mismo quien, con sus propias manos<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>
-ha dejado el billete de cien rublos a Sonia
-Semenovna; yo lo he visto; yo he sido
-testigo de ello, y lo declararé bajo la fe
-de mi juramento. Es él, él&mdash;repetía Lebeziatnikoff
-dirigiéndose a todos y a cada
-uno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted loco? ¿Sí, o no? ¡Mentecato!&mdash;replicó
-violentamente Ludjin&mdash;.
-Ella misma aquí, hace un momento, ha
-afirmado, en presencia de usted y de todo
-el mundo, que no había recibido más que
-diez rublos... ¿Cómo es, pues, posible
-que yo le haya dado más dinero?</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo he visto&mdash;repitió con energía
-Andrés Semenovitch&mdash;; y aunque esto
-pugna a mis principios, estoy dispuesto a
-prestar juramento ante la justicia; le he
-visto a usted deslizar ese dinero con mucho
-disimulo. Sólo que he sido tan tonto,
-que he creído que hablaba usted por
-generosidad. Cuando usted le decía adiós
-en el umbral de la puerta y le ofrecía usted
-la mano derecha, le introdujo disimuladamente
-en el bolsillo el papel
-que tenía en la izquierda. Yo lo he visto,
-yo lo he visto.</p>
-
-<p>Ludjin palideció.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que está usted mintiendo?&mdash;replicó
-insolentemente&mdash;. Estando al
-lado de la ventana, ¿cómo podía usted
-ver eso del billete? Vaya, como está usted
-mal de la vista, ha sido usted objeto de
-una ilusión.</p>
-
-<p>&mdash;No, yo no he visto visiones. A pesar
-de la distancia, lo he visto todo muy bien.
-Desde la ventana, en efecto, era difícil
-distinguir el billete, en eso tiene usted razón;
-mas a causa de esa misma circunstancia,
-sé que era precisamente un billete
-de cien rublos. Cuando usted dió diez a
-Sonia Semenovna, yo estaba cerca de la
-mesa y vi a usted tomar al mismo tiempo
-un billete de cien rublos. No he podido
-olvidar este detalle, porque en aquel momento
-se me ocurrió una idea. Después
-de haber plegado el billete, lo guardó usted
-en el hueco de la mano, y cuando se
-levantó se pasó el papel de la mano derecha
-a la izquierda, y estuvo a punto de
-dejarlo caer. Me he acordado porque se
-me ocurrió la misma idea, a saber: que
-usted quería obligar a Sonia Semenovna
-sin que yo me enterara; pero no puede usted
-imaginarse con qué atención he observado
-sus gestos y ademanes. Así es
-que he visto meter el billete en el bolsillo
-de la joven. Lo he visto, lo he visto, y
-lo repetiré donde sea necesario bajo la
-fe del juramento.</p>
-
-<p>Lebeziatnikoff estaba casi sofocado
-por la indignación. De todos lados se entrecruzaban
-exclamaciones diversas. La
-mayor parte expresaban estupor; pero
-algunas eran proferidas en son de amenaza.
-Todos rodearon a Pedro Petrovitch.
-Catalina Ivanovna se lanzó hacia Lebeziatnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Andrés Semenovitch! ¡Yo no le
-conocía a usted! ¡Usted la defiende; solamente
-usted se pone de parte de ella! ¡Dios
-le envía a usted en socorro de la huérfana!
-¡Andrés Semenovitch, mi querido amigo,
-<i>batuchka</i>!</p>
-
-<p>Y Catalina Ivanovna, sin casi tener
-conciencia de lo que hacía, cayó de rodillas
-delante del joven.</p>
-
-<p>&mdash;¡Esas son tonterías!&mdash;vociferó Ludjin
-arrebatado por la cólera&mdash;. ¡No dice
-usted más que necedades! «Yo he olvidado;
-me he acordado: me acuerdo; me
-olvido.» ¿Qué significa todo esto? De modo
-que si fuera verdad lo que usted dice,
-yo le habría deslizado a propósito esos
-cien rublos en el bolsillo. ¿Con qué objeto?
-¿Qué tengo yo de común con esa...?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? Eso es lo que no comprendo;
-me limito a referir el hecho tal como
-ha pasado, sin pretender explicarlo, y,
-dentro de esos límites, garantizo su exactitud...
-Tampoco me engaño, malvado,
-así como me acuerdo de haberme hecho
-esta misma pregunta en el momento en
-que felicitaba a usted estrechándole la
-mano. Me preguntaba por qué razón había
-usted hecho ese regalo en forma clandestina.
-Quizá, me dije, ha querido ocultarme
-su buena acción, sabiendo que yo,
-en virtud de mis principios, soy enemigo
-de la caridad privada y la considero como
-un vano paliativo. He pensado después
-que trataba de dar una sorpresa a Sonia
-Semenovna. Hay, en efecto, personas
-que se complacen en dar a sus beneficios
-el sabor de lo imprevisto. En seguida se
-me ocurrió otra idea: que la intención de
-usted era poner a prueba a la joven;
-que usted quería saber si, cuando ella
-encontrara en el bolsillo esos cien rublos,<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>
-vendría a darle las gracias, o acaso quería
-usted substraerse a su reconocimiento,
-siguiendo el precepto de que la mano derecha
-debe ignorar... En una palabra,
-Dios sabe las suposiciones que se me ocurrieron.
-La conducta de usted me preocupaba
-de tal modo, que me proponía
-reflexionar más tarde sobre ella detenidamente.
-Además, hubiera creído faltar
-a la delicadeza, dando a entender que
-conocía su secreto. Pensando en estas
-cosas me asaltó un temor. Sonia Semenovna,
-ignorando la generosidad de usted,
-podía perder el billete de Banco. He
-aquí por qué me he decidido a venir:
-porque quería llamarla aparte y decirle
-que le habían puesto cien rublos en el bolsillo;
-pero antes he entrado en casa de las
-señoras Kobyliatnikoff, para entregarles
-un <i>Tratado general sobre el método positivo</i>,
-y recomendarles el artículo de Piderit
-(el de Vagner no carece de valor). Un
-momento después he llegado aquí y he
-sido testigo de esta escena. Ahora bien:
-¿es posible que yo hubiera podido pensar
-en todo esto y hacerme todos estos razonamientos,
-si no le hubiera visto a usted
-deslizar los cien rublos en el bolsillo de
-Sonia Semenovna?</p>
-
-<p>Cuando Andrés Semenovitch terminó
-su discurso, no podía ya más y tenía el
-rostro bañado de sudor. ¡Ah! Aun en ruso
-le costaba trabajo expresarse convenientemente,
-aunque, por lo demás, no conocía
-ningún otro idioma. Este esfuerzo
-oratorio le había agotado. Sus palabras
-produjeron, sin embargo, extraordinario
-efecto. El acento de sinceridad con que
-las había pronunciado llevó el convencimiento
-al alma de todos los oyentes. Pedro
-Petrovitch comprendió que perdía
-terreno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué me importan a mí las tonterías
-que se le han ocurrido a usted!&mdash;exclamó&mdash;;
-eso no es una prueba. Ha podido
-usted soñar cuantas necedades quiera.
-Le digo que miente. ¡Miente usted, y además
-me calumnia para satisfacer sus
-rencores! La verdad es que usted me
-odia porque me he puesto enfrente del
-radicalismo impío, de las doctrinas antisociales
-que usted sostiene.</p>
-
-<p>Pero, lejos de redundar en favor de
-Pedro Petrovitch, provocó violentos murmullos
-en su derredor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Eso es todo lo que se le ocurre
-responder? No es muy fuerte su argumento&mdash;replicó
-Lebeziatnikoff&mdash;. ¡Llame a la
-policía; prestaré mi juramento! Una sola
-cosa queda obscura para mí: el motivo
-que le ha impulsado a cometer una acción
-tan baja. ¡Oh miserable, cobarde!</p>
-
-<p>Raskolnikoff avanzó, separándose del
-grupo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo puedo explicar su conducta, y
-si es menester, también prestaré juramento&mdash;dijo
-con voz firme.</p>
-
-<p>A primera vista, la tranquila seguridad
-del joven probó al público que conocía a
-fondo el asunto, y que aquel embrollo
-estaba a punto de llegar a su desenlace.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora lo comprendo todo&mdash;prosiguió
-Raskolnikoff dirigiéndose a Lebeziatnikoff&mdash;.
-Desde el principio de este
-accidente había sospechado detrás de esto
-alguna innoble intriga. Se fundaban mis
-sospechas en ciertas circunstancias solamente
-de mí conocidas, y que voy a revelar,
-porque presentan las cosas en su
-verdadero aspecto. Usted, Andrés Semenovitch,
-ha iluminado perfectamente mi
-espíritu; suplico a ustedes que me escuchen.
-Ese señor&mdash;continuó, designando
-con un gesto a Pedro Petrovitch&mdash;, ha
-pedido recientemente la mano de mi hermana
-Advocia Romanovna Raskolnikoff.
-Llegado hace poco a San Petersburgo,
-vino a verme anteayer; pero ya en
-nuestra primera entrevista tuvimos un
-choque y le eché a la calle, como pueden
-declarar dos personas que estaban presentes.
-Ese hombre es muy malo... Anteayer
-ignoraba yo que viviese con usted,
-Andrés Semenovitch. Gracias a esta circunstancia,
-anteayer, es decir, el día mismo
-de nuestra cuestión, se encontró presente
-aquí en el momento en que, como
-amigo del difunto Marmeladoff, le di un
-poco de dinero a su viuda Catalina Ivanovna
-para atender a los gastos de los
-funerales de su marido. Inmediatamente
-escribió a mi madre diciéndole que yo había
-dado mi dinero, no a Catalina Ivanovna,
-sino a Sonia Semenovna, calificando
-al mismo tiempo a esa joven con
-los más ultrajantes adjetivos y dando a<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span>
-entender que yo tenía con ella relaciones
-íntimas. Su objeto, como comprenderán
-ustedes, era enemistarme con mi familia,
-insinuándole que yo gasto en disipaciones
-el dinero de que ella se priva para atender
-a mis necesidades. Ayer noche, en una
-entrevista con mi madre y mi hermana,
-entrevista a la cual asistía él, he restablecido
-la verdad de los hechos que este señor
-había desnaturalizado. «El dinero&mdash;dije&mdash;se
-lo di a Catalina Ivanovna para
-pagar el entierro de su marido, y no a Sonia
-Semenovna a quien aquel día había
-hablado por primera vez.» Furioso al ver
-que sus calumnias no obtenían el resultado
-apetecido, insultó groseramente a
-mi madre y a mi hermana. Siguióse un
-rompimiento definitivo y se le echó a la
-calle. Todo ello pasó anoche. Reflexionen
-ustedes ahora y comprenderán qué interés
-le guiaba, en las circunstancias presentes,
-a inculpar a Sonia Semenovna si
-lograba hacer pasar a esta joven por ladrona,
-y resultaba culpable a los ojos de
-mi madre y de mi hermana, puesto que
-no tenía temor en comprometer a ésta
-poniéndola en relaciones con una ladrona;
-él, por el contrario, al atacarme a mí,
-salía a la defensa de mi hermana, su futura
-esposa. En una palabra, éste era para
-él un medio de enemistarme con los míos
-y de congraciarse con ellos. Con el mismo
-golpe se vengaba también de mí, pensando
-que me intereso vivamente por el honor
-y la tranquilidad de Sonia Semenovna.
-Tal es el cálculo que ha hecho, y de
-este modo es como me explico yo su conducta.</p>
-
-<p>Raskolnikoff terminó su discurso, frecuentemente
-interrumpido por las exclamaciones
-del público, que no perdía
-una sola frase. Pero, a despecho de las interrupciones,
-su palabra conservó hasta
-el fin una calma, una seguridad y una
-claridad imperturbables. Su voz vibrante,
-su acento convencido y su rostro severo,
-conmovieron profundamente al
-auditorio.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; eso es&mdash;se apresuró a reconocer
-Lebeziatnikoff&mdash;, debe usted tener
-razón, porque en el momento mismo en
-que entró Sonia Semenovna en nuestro
-cuarto, me preguntó si había visto a usted
-y si estaba entre los convidados de su madrastra,
-llevándome aparte para preguntármelo
-en voz baja. Tenía, pues, necesidad
-de que estuviese usted aquí. Sí, eso
-es.</p>
-
-<p>Ludjin, mortalmente pálido, permanecía
-silencioso y sonreía con aire despreciativo.
-Parecía buscar un medio de salir
-airosamente de aquel trance. Quizá de
-buena gana hubiera hurtado el cuerpo en
-seguida; pero en aquel momento la retirada
-era casi imposible: irse equivalía a
-reconocer implícitamente las acusaciones
-que se le dirigían y confesar que había
-calumniado a Sonia Semenovna.</p>
-
-<p>Por otra parte, la actitud de los circunstantes
-no era nada tranquilizadora.
-La mayoría de ellos estaban borrachos.
-Esta escena atrajo a la habitación un
-número considerable de inquilinos que
-no habían comido en casa de la viuda.
-Los polacos, muy excitados, no cesaban
-de proferir en sus lenguas mil amenazas
-contra Pedro Petrovitch.</p>
-
-<p>Sonia escuchaba atentamente, pero no
-daba señales de haber recobrado su presencia
-de ánimo; parecía que acababa de
-volver de un desmayo. No apartaba los
-ojos de Raskolnikoff, comprendiendo que
-en él estaba todo su apoyo. Catalina Ivanovna
-sufría atrozmente: cada vez que
-respiraba se escapaba de su pecho un ronco
-sonido.</p>
-
-<p>La figura más estúpida era la de Amalia
-Ivanovna, que tenía aspecto de no comprender
-nada, y con la boca abierta miraba
-como alelada. Tan sólo veía que
-Pedro Petrovitch estaba metido en grave
-aprieto. Raskolnikoff quiso tomar de
-nuevo la palabra, pero tuvo que renunciar
-a ello a causa de que la gritería no hubiera
-permitido que le oyeran. De todas partes
-llovían injurias y amenazas sobre Ludjin,
-en derredor del cual se había formado un
-corro tan hostil como compacto. El hombre
-de negocios sacó fuerzas de flaqueza, y
-haciéndose cargo de que la partida estaba
-definitivamente perdida, buscó recursos
-en la osadía.</p>
-
-<p>&mdash;Permítanme ustedes, señores, permítanme
-ustedes, no me cerquen de este
-modo; déjenme pasar&mdash;dijo, tratando de
-abrirse paso al través del grupo que le
-rodeaba&mdash;. Aseguro a ustedes que es inútil
-tratar de intimidarme con amenazas.<span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span>
-No me asusto por tan poca cosa. Por el
-contrario, ustedes deben temblar por el
-amparo con que encubren un delito. El
-robo está más que probado, y yo presentaré
-la correspondiente denuncia contra
-la autora y sus encubridores. Los jueces
-son personas ilustradas y no borrachos,
-y recusarán el testimonio de dos impíos,
-de dos revolucionarios declarados que
-me acusan por un acto de venganza personal,
-como ellos han cometido la necedad
-de afirmar. Sí, permítanme ustedes.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero respirar el mismo aire que
-usted, y le suplico que deje mi cuarto;
-todo ha acabado entre nosotros&mdash;dijo
-Lebeziatnikoff&mdash;. ¡Cuando pienso que
-desde hace quince días vengo sudando
-sangre y agua para exponerle...!</p>
-
-<p>&mdash;Antes de ahora, Andrés Semenovitch,
-le he anunciado yo mismo mi partida, precisamente
-cuando hacía usted instancias
-para retenerme; ahora me limito a decirle
-que es usted un imbécil. Le deseo que se
-cure de los ojos y del entendimiento. Permitan
-ustedes, señores.</p>
-
-<p>Logró abrirse paso; pero uno de los
-circunstantes, creyendo que las injurias
-no eran castigo suficiente, tomó un vaso
-de la mesa y lo lanzó con todas sus fuerzas
-contra Pedro Petrovitch. Por desgracia,
-el proyectil alcanzó a Amalia Ivanovna,
-que se puso a dar gritos horribles.</p>
-
-<p>Al lanzar el vaso, el agresor perdió el
-equilibrio y cayó pesadamente bajo la
-mesa. Ludjin entró en el cuarto de Lebeziatnikoff,
-y una hora después dejó la
-casa.</p>
-
-<p>Naturalmente tímida, Sonia sabía ya
-antes de esta aventura que su situación la
-exponía a todo género de ataques, y que
-cualquiera podía ultrajarla casi impunemente.
-Sin embargo, hasta entonces había
-esperado desarmar la malevolencia
-de los demás, a fuerza de circunspección,
-de humildad y de dulzura con todos y
-cada uno; pero hasta esta ilusión se disipaba.
-Tenía, sin duda, bastante paciencia
-para sufrir aún esto con resignación y
-casi sin murmurar; pero en aquel momento
-la decepción era demasiado cruel. Aunque
-su inocencia hubiese triunfado de la
-calumnia, y aun cuando su primer terror
-hubiera pasado, al darse cuenta de lo ocurrido
-se le oprimió dolorosamente el corazón
-ante el pensamiento de su abandono
-y de su soledad en la vida. La joven tuvo
-una crisis nerviosa, y, no pudiendo contenerse
-más, salió apresuradamente de
-la sala y echó a correr a su casa. Su partida
-fué poco después de la de Ludjin.</p>
-
-<p>El vasazo recibido por Amalia Ivanovna
-produjo hilaridad general; pero la patrona
-tomó muy a mal la cosa y revolvió
-su cólera contra Catalina Ivanovna, la
-cual, vencida por el sufrimiento, había
-tenido que echarse en su cama.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fuera de aquí! ¡En seguida! ¡Ea!
-¡A la calle!</p>
-
-<p>Mientras pronunciaba estas palabras
-con voz irritada, la señora Lippevechzel
-tomaba todos los objetos pertenecientes
-a su inquilina y los arrojaba en un montón
-en medio de la sala. Quebrantada,
-casi desfallecida, la pobre Catalina Ivanovna
-saltó de la cama y se lanzó sobre
-la patrona. Pero la lucha era demasiado
-desigual, y a Amalia Ivanovna no le costó
-gran trabajo rechazar este asalto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿No es bastante haber calumniado
-a Sonia, y esta mujer se revuelve
-ahora contra mí? ¿El día en que han
-enterrado a mi marido me expulsa; después
-de haber recibido mi hospitalidad,
-me arroja a la calle con mis hijos? Pero,
-¿a dónde voy a ir yo?&mdash;sollozaba la infeliz
-mujer&mdash;. ¡Señor!&mdash;exclamó de repente
-con los ojos centelleantes&mdash;. ¿Es
-posible que no haya justicia? ¿A quién
-defenderás Tú, Dios mío, si no nos defiendes
-a nosotras, pobres huérfanas? Pero
-ya veremos. Jueces y tribunales hay en
-la tierra; recurriré a ellos; espere un poco,
-criatura mía. Poletchka, quédate con los
-niños; yo volveré pronto. Si os echan, esperadme
-en la calle. ¡Veremos si hay justicia
-en la tierra!</p>
-
-<p>Catalina Ivanovna se puso en la cabeza
-aquel mismo pañuelo verde de que habló
-Marmeladoff en la taberna, y después,
-hendiendo la multitud ebria y ruidosa
-de los inquilinos, que continuaban llenando
-la sala, con el rostro inundado de
-lágrimas bajó a la calle resuelta a ir, costase
-lo que costase, a buscar justicia en
-cualquier parte.</p>
-
-<p>Poletchka, espantada, estrechó entre
-sus brazos a su hermano y a su hermana,
-y los tres niños, acurrucados en el rin<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>cón
-inmediato al cofre, esperaron temblando
-la vuelta de su madre.</p>
-
-<p>Amalia Ivanovna, semejante a una furia,
-iba y venía por la habitación aullando
-de rabia y arrojando al suelo cuanto le
-venía a las manos.</p>
-
-<p>Entre los inquilinos, unos comentaban
-el acontecimiento, otros disputaban, algunos
-entonaban canciones...</p>
-
-<p>«Ya es tiempo de que me vaya&mdash;pensó
-Raskolnikoff&mdash;. Veremos, Sonia Semenovna,
-qué es lo que piensas ahora.»</p>
-
-<p>Y se encaminó a casa de la joven.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div>
-
-<p>Aunque Raskolnikoff tenía sus preocupaciones
-y disgustos, había defendido
-valientemente la causa de la joven Sonia
-contra Ludjin. Aparte del interés que le
-inspiraba la joven, había aprovechado con
-gusto, después de los tormentos de por la
-mañana, la impresión de sacudir impresiones
-que se le hacían insoportables. Por
-otro lado, su próxima entrevista con Sonia
-le preocupaba y aun le aterraba por
-momentos. Tenía que revelarle que había
-matado a Isabel, y presintiendo todo lo
-que esta confesión tendría de penosa, se
-esforzaba por apartar de ella el pensamiento.</p>
-
-<p>Cuando al salir de casa de Catalina
-Ivanovna, había exclamado: «Veremos,
-Sonia Semenovna, lo que piensas ahora»,
-era el combatiente animado por la lucha,
-excitado aún por su victoria sobre Ludjin,
-el que había pronunciado aquella frase
-de desafío; pero, cosa singular, cuando
-llegó a la casa de Kapernumoff, su seguridad
-le abandonó de repente, dejando el
-puesto al temor. Se detuvo indeciso ante
-la puerta y se preguntó: «¿Será preciso
-decir que he matado a Isabel?» La pregunta
-era extraña, porque en el momento
-en que él se la hacía comprendía la imposibilidad,
-no solamente de no hacer esta
-confesión, sino aun la de diferirla un minuto.</p>
-
-<p>No sabía por qué era imposible; únicamente
-lo sentía y estaba como aplastado
-por esta dolorosa conciencia de su debilidad
-ante la necesidad. Para ahorrarse
-nuevos tormentos, se apresuró a abrir la
-puerta, y antes de franquear el umbral
-miró a Sonia. La joven estaba sentada,
-con los codos apoyados en la mesita y
-el rostro oculto entre las manos. Al ver a
-Raskolnikoff se levantó en seguida y fué
-a su encuentro, como si lo hubiese esperado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué habría sido de mí sin usted?&mdash;dijo
-vivamente, en tanto que le hacía pasar
-a la sala.</p>
-
-<p>Parecía que entonces no pensaba más
-que en el servicio que le había prestado
-el joven, y tenía prisa de darle las gracias.
-Después esperó.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se aproximó a la mesa y
-se sentó en la silla que la joven acababa
-de dejar. Sonia permaneció en pie, a dos
-pasos de él, exactamente como el día anterior.</p>
-
-<p>&mdash;Habrá usted observado&mdash;dijo advirtiendo
-que le temblaba la voz&mdash;que la
-acusación no tenía otro fundamento que
-la posición social de usted y las costumbres
-que ella implica. ¿Lo ha comprendido
-usted así?</p>
-
-<p>El rostro de Sonia se ensombreció.</p>
-
-<p>&mdash;No me hable usted como ayer, le
-suplico que no vuelva a empezar. He sufrido
-ya bastante...</p>
-
-<p>Se apresuró a sonreír, temiendo que el
-reproche ofendiese al visitante.</p>
-
-<p>&mdash;Hace un momento he venido a casa
-como una loca. ¿Qué pasa allí ahora? Yo
-quería volver, pero suponía que vendría
-usted.</p>
-
-<p>Raskolnikoff le contó que Amalia Ivanovna
-acababa de echar de casa a los
-Marmeladoff, y que Catalina Ivanovna
-había ido a buscar justicia a cualquier
-parte.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Dios mío!&mdash;exclamó Sonia&mdash;.
-¡Vamos en seguida!&mdash;y tomó apresuradamente
-su manteleta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Siempre lo mismo!&mdash;replicó Raskolnikoff
-contrariado&mdash;. Usted no piensa
-más que en ellos. Quédese usted un momento
-conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero... Catalina Ivanovna...</p>
-
-<p>&mdash;Catalina Ivanovna vendrá aquí, no
-tenga usted duda&mdash;respondió con tono
-de enfado el joven&mdash;. Culpa de usted será
-si no la encuentra.</p>
-
-<p>Sentóse Sonia, presa de cruel perple<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span>jidad.
-Raskolnikoff, con los ojos bajos, reflexionaba.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy Ludjin quería, simplemente,
-desacreditarla a usted; lo concedo&mdash;dijo
-sin mirar a Sonia&mdash;; sí, le hubiera convenido
-meterla a usted en la cárcel, y si
-no hubiéramos estado allí Lebeziatnikoff
-y yo, lo habría hecho. ¿No es así?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo la joven con voz débil&mdash;. Sí&mdash;repitió
-maquinalmente, distraída de la
-conversación a causa de la inquietud que
-experimentaba.</p>
-
-<p>&mdash;Podía, en efecto, no haber estado yo
-allí, y si Lebeziatnikoff se encontró fué
-por casualidad.</p>
-
-<p>Sonia guardó silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Si la hubieran llevado a usted a la
-cárcel, ¿qué habría sucedido? ¿Se acuerda
-usted de lo que dije ayer?</p>
-
-<p>Sonia continuó callada, y el joven esperó
-un momento su respuesta.</p>
-
-<p>&mdash;Pensaba que iba usted a exclamar:
-«¡Ah, no hable usted de eso! ¡No siga usted!»&mdash;repuso
-Raskolnikoff con risa un
-poco forzada&mdash;. Vamos, ¿no dice usted
-nada?&mdash;preguntó al cabo de un minuto&mdash;.
-Será preciso que sostenga yo solo la conversación.
-Ahí tiene usted; tendría curiosidad
-por saber cómo resolvería usted
-una «cuestión», según dice Lebeziatnikoff
-(comenzaba a ser visible su turbación).
-No; hablo seriamente. Suponga usted,
-Sonia, que estuviese enterada de antemano
-de todos los proyectos de Ludjin;
-que usted supiese que estos proyectos
-iban encaminados a asegurar la pérdida
-de Catalina Ivanovna y de sus hijos, sin
-contar la de usted (porque usted no hace
-caso de sí misma para nada). Suponga
-usted, por consiguiente, que Poletchka
-fuese condenada a una existencia como
-la de usted; siendo esto así, si dependiese
-de usted hacer que pereciese Ludjin, o
-lo que es lo mismo, salvar a Catalina
-Ivanovna y su familia, o dejar vivo a
-Ludjin para que cumpliese sus infames
-designios; contésteme, ¿por cuál de las
-dos cosas se decidiría usted?</p>
-
-<p>Sonia le miró con inquietud; bajo estas
-palabras pronunciadas con voz vacilante,
-adivinaba algún pensamiento recóndito.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podría yo esperarme alguna pregunta
-por el estilo?&mdash;dijo la joven interrogándole
-con los ojos.</p>
-
-<p>&mdash;Es posible; pero conteste: ¿por quién
-se decidiría usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué interés tiene usted en saber lo
-que haría en un caso que no puede presentarse?&mdash;exclamó
-Sonia con repugnancia.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que dejaría vivir a Ludjin
-y que cometiese tales infamias? No
-tiene usted valor para decirlo con franqueza.</p>
-
-<p>&mdash;No conozco los secretos de la divina
-Providencia... ¿por qué me pregunta usted
-lo que haría en un caso imposible?
-¿A qué vienen esas vanas preguntas?
-¿Cómo la existencia de un hombre puede
-depender de mi voluntad? ¿Quién me
-erige a mí árbitro de la vida y la muerte
-de las personas?</p>
-
-<p>&mdash;En el momento en que se hace intervenir
-a la divina Providencia, no hay más
-que hablar&mdash;replicó con tono agrio Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dígame usted lo que tenga que decirme!&mdash;exclamó
-Sonia angustiada&mdash;.
-¿Otra vez con palabras encubiertas?...
-¿Ha venido usted sólo a atormentarme?</p>
-
-<p>No pudo contenerse y se puso a llorar.
-Durante cinco minutos el joven la contempló
-con expresión sombría.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón, Sonia&mdash;dijo en voz
-baja.</p>
-
-<p>Se había operado en él un brusco cambio;
-su fingida serenidad, el tono áspero
-que afectaba hacía un momento, había
-desaparecido de pronto. Ahora, apenas se
-le oía.</p>
-
-<p>&mdash;Te dije ayer que no vendría a pedir
-perdón, y casi con excusas he comenzado
-mi entrevista. Al hablarte de Ludjin me
-acusaba, Sonia.</p>
-
-<p>Quiso sonreír; pero, por más que hizo,
-su fisonomía permaneció triste. Bajó la
-cabeza y se cubrió la cara con las manos.
-De repente creyó advertir que detestaba
-a Sonia. Sorprendido y hasta aterrado por
-tan extraño descubrimiento, levantó súbitamente
-la cabeza y contempló de hito
-en hito a la joven. Esta fijaba en él una
-mirada ansiosa, en la cual había amor.
-El odio desapareció instantáneamente del
-corazón de Raskolnikoff. No era eso, ha<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>bíase
-engañado sobre la naturaleza de
-sus sentimientos; aquello sólo significaba
-que había llegado el minuto fatal.</p>
-
-<p>De nuevo ocultó su rostro entre las
-manos y bajó la cabeza; palideció, se levantó,
-y después de haber mirado a Sonia,
-fué maquinalmente a sentarse en el lecho
-sin proferir palabra.</p>
-
-<p>La impresión de Raskolnikoff era entonces
-exactamente la misma que había
-experimentado en pie, detrás de la vieja,
-cuando había sacado el hacha del nudo
-corredizo, diciendo: «No hay un instante
-que perder».</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene usted?&mdash;preguntó Sonia
-sobrecogida.</p>
-
-<p>El joven no pudo responder. Había
-contado con explicarse en muy otras condiciones
-y no comprendía lo que pasaba
-por él. Sonia se aproximó suavemente a
-Raskolnikoff; se sentó a su lado en la cama,
-y esperó sin dejar de mirarlo. El corazón
-le latía como si fuera a romperse.
-La situación se hacía insoportable. Raskolnikoff
-volvió hacia la joven su rostro,
-mortalmente pálido, y movió los labios
-con esfuerzo para hablar. Sonia estaba
-aterrada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene usted?&mdash;repitió apartándose
-un poco de él.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, Sonia; no te asustes; esto no
-vale la pena. Verdaderamente, es una
-tontería&mdash;murmuró con aire distraído&mdash;.
-¿Por qué he venido a atormentarte?&mdash;añadió
-de repente mirando a su interlocutora&mdash;.
-Sí, ¿por qué? No ceso de hacerme
-esta pregunta.</p>
-
-<p>Se la había hecho quizá un cuarto de
-hora antes; pero en aquel momento era
-tal su debilidad, que apenas tenía conciencia
-de sí mismo; un temblor continuo
-agitaba su cuerpo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuánto sufre usted!&mdash;dijo la joven
-conmovida fijando los ojos en él.</p>
-
-<p>&mdash;Esto no es nada. He aquí de lo que
-se trata, Sonia. (Durante dos segundos
-sonrió tristemente.) ¿Te acuerdas de lo
-que te dije ayer?</p>
-
-<p>Sonia esperaba inquieta.</p>
-
-<p>&mdash;Te dije, al separarme de ti, que quizá
-te diría adiós para siempre; pero, que si
-venía hoy, sabrías quién fué el que mató
-a Isabel.</p>
-
-<p>La joven se echó a temblar.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien; ya sabes a lo que he venido.</p>
-
-<p>&mdash;En efecto&mdash;dijo Sonia con voz temblorosa&mdash;;
-eso fué lo que me dijo usted
-ayer. ¿Cómo sabe usted eso?&mdash;añadió
-vivamente.</p>
-
-<p>Sonia respiraba trabajosamente y el
-rostro se le ponía cada vez más pálido.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se <i>le</i> ha encontrado?&mdash;preguntó tímidamente
-después de un minuto de silencio.</p>
-
-<p>&mdash;No, no se <i>le</i> ha encontrado.</p>
-
-<p>Siguióse un corto silencio.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿cómo lo sabe usted?&mdash;preguntó
-con voz casi ininteligible.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se volvió hacia la joven
-y la miró con una fijeza singular.</p>
-
-<p>&mdash;Adivina&mdash;dijo.</p>
-
-<p>Sonia se estremeció convulsivamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me asusta usted de ese modo?&mdash;preguntó
-con sonrisa infantil.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo lo sé es porque estoy íntimamente
-relacionado con él&mdash;repuso Raskolnikoff,
-cuya mirada seguía fija en la
-joven, como si no tuviese fuerza para volver
-los ojos&mdash;. A esa Isabel no quería <i>él</i>
-matarla; la mató sin premeditación... quería
-asesinar a la vieja cuando estuviese
-sola... Fué a su casa; pero, cuando estaba
-en ella, entró Isabel y la mató.</p>
-
-<p>A estas palabras siguió un silencio lúgubre;
-durante un minuto continuaron
-mirándose.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que no adivinas?&mdash;preguntó
-bruscamente, con la sensación de
-un hombre que se arroja de lo alto de un
-campanario.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;balbuceó Sonia con voz apenas
-distinta.</p>
-
-<p>&mdash;Busca bien.</p>
-
-<p>Al pronunciar estas palabras, Raskolnikoff
-experimentó en el fondo de sí mismo
-la impresión de frío glacial que le era
-tan conocida; miraba a Sonia y de pronto
-le pareció ver a Isabel cuando la desventurada
-se echó atrás ante el asesino, que
-avanzaba hacia ella con el hacha levantada.
-En aquel momento supremo Isabel
-levantó el brazo como hacen los niños
-pequeños cuando tienen miedo, y, prontos
-a echarse a llorar, fijan una mirada
-inmóvil en el objeto que les espanta. Del
-mismo modo el rostro de Sonia expresaba<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span>
-un terror indecible; también ella extendió
-el brazo hacia adelante, rechazando
-ligeramente a Raskolnikoff, y tocándole
-el pecho con la mano se apartó
-poco a poco de él, sin cesar de mirarle fijamente.
-Su terror se comunicó al joven,
-que se puso a mirarla asustado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo has adivinado?&mdash;murmuró por
-último.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios mío!&mdash;exclamó Sonia.</p>
-
-<p>Después se dejó caer sin fuerzas sobre
-el lecho y hundió el rostro en la almohada.
-Pero al cabo de un instante se levantó
-con rápido movimiento, se aproximó a
-él y tomándole las dos manos que sus deditos
-estrecharon como tenazas, le miró
-largo rato de hito en hito. ¿No se había
-engañado? Así lo esperaba, pero apenas
-hubo fijado los ojos en su interlocutor, la
-sospecha que había atravesado su alma
-se trocó en certidumbre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta, Sonia, basta! Evítame más
-explicaciones&mdash;suplicó él con voz quejumbrosa.</p>
-
-<p>Lo que había pasado contrariaba todas
-sus previsiones, porque no era ciertamente
-así como pensó él hacer la confesión
-de su crimen.</p>
-
-<p>Sonia parecía que estaba fuera de sí.
-Saltó de su lecho y se fué al centro de la
-habitación retorciéndose las manos; después
-volvió bruscamente sobre sus pasos
-y se sentó, hombro con hombro, al lado
-del joven. De repente se echó a temblar,
-lanzó un grito y, sin saber lo que hacía,
-cayó de rodillas delante de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Está usted perdido!&mdash;exclamó con
-acento desesperado; y levantándose súbitamente
-se arrojó a su cuello, le besó
-y le acarició.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se separó de ella, y contemplándola
-con triste sonrisa, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;No te comprendo, Sonia. Me abrazas
-después de haberte contado eso... No tienes
-conciencia de lo que haces.</p>
-
-<p>La joven no oyó esta observación.</p>
-
-<p>&mdash;No, no hay en la tierra un hombre
-más desgraciado que tú&mdash;exclamó en un
-arranque de piedad, y rompió en sollozos.</p>
-
-<p>Raskolnikoff sintió invadida su alma
-por un sentimiento que desde hacía largo
-tiempo no había experimentado. No trató
-de luchar contra esta impresión; dos
-lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron
-silenciosas por sus mejillas.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me abandonarás, Sonia?&mdash;preguntó
-con mirada casi suplicante.</p>
-
-<p>&mdash;¡No, no! ¡Jamás, jamás!&mdash;gritó&mdash;.
-Te seguiré, te seguiré a todas partes. ¡Oh
-Dios mío!... ¡Oh, qué desgraciada soy!...
-¿Por qué? ¿por qué no te he conocido
-antes? ¿Por qué no habrás venido...?</p>
-
-<p>&mdash;Ya ves que lo he hecho&mdash;interrumpió
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahora! ¡Oh! ¿Qué podemos hacer
-ahora?... ¡Juntos! ¡Juntos!&mdash;repitió con
-una especie de exaltación y se puso a
-abrazar al joven&mdash;. ¡Iré contigo a presidio!</p>
-
-<p>Estas últimas palabras produjeron en
-Raskolnikoff una sensación penosa y apareció
-en sus labios una sonrisa amarga y
-casi altanera.</p>
-
-<p>&mdash;Es que yo, malditas las ganas que
-tengo de ir a presidio.</p>
-
-<p>Sonia volvió rápidamente hacia él los
-ojos. Hasta entonces había sentido una
-inmensa piedad por aquel hombre desgraciado;
-pero lo que acababa de decir
-el joven y el tono con que fué pronunciado,
-recordaron bruscamente a Sonia que
-aquel desgraciado era un asesino. La muchacha
-le dirigió una mirada de asombro.
-No sabía aún cómo ni por qué había llegado
-a convertirse en criminal. En aquel
-momento, todas estas cuestiones se presentaban
-ante su espíritu y de nuevo
-dudó.</p>
-
-<p>«¡El, él un asesino! ¿Es posible?»</p>
-
-<p>&mdash;Pero esto no es verdad; ¿dónde estoy?&mdash;dijo
-como si despertase de un terrible
-sueño&mdash;. ¿Cómo, siendo usted lo
-que es, ha podido resolverse a hacer eso?...
-¿Pero por qué lo ha hecho?</p>
-
-<p>&mdash;Por robar. Cesa ya, Sonia&mdash;respondió
-algo contrariado el joven.</p>
-
-<p>La muchacha se quedó estupefacta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tenías hambre?&mdash;exclamó en seguida&mdash;.
-¿Era para socorrer a tu madre?...
-¿Sí?</p>
-
-<p>&mdash;No, Sonia, no&mdash;replicó Raskolnikoff
-bajando la cabeza&mdash;. Mi miseria no era
-tan grande... Quería, en efecto, ayudar a
-mi madre... pero no fué ésta la verdadera
-razón... No me atormentes, Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es posible que esto sea verdad?<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>&mdash;gritó
-la joven, dando una palmada&mdash;.
-¿Es esto posible? ¿Hay medio de creerlo?
-¿Ha matado usted para robar? ¡Usted
-que se despoja de todo en favor de los
-pobres! ¡Ah!... ¿El dinero que usted dió a
-mi madrastra...? ¿Ese dinero...?</p>
-
-<p>&mdash;¡No, Sonia, no!&mdash;interrumpió vivamente
-Raskolnikoff&mdash;. Ese dinero no procedía
-de <i>aquello</i>, tranquilízate; me lo envió
-mi madre cuando yo estaba enfermo,
-por medio de un comerciante, y acababa
-de recibirlo cuando lo di... Razumikin lo
-vió. Ese dinero me pertenecía.</p>
-
-<p>Sonia escuchaba perpleja y esforzándose
-por comprender.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo demás, en cuanto al dinero
-de la vieja... yo no sé lo que había&mdash;añadió
-vacilando&mdash;; le quité del cuello una
-bolsa de piel que parecía bien repleta...
-pero no me enteré del contenido, sin duda
-porque me faltó tiempo... Me apoderé
-de varias cosas, gemelos, cadenas de reloj...
-Esos objetos, lo mismo que la bolsa,
-los oculté al día siguiente bajo una
-piedra grande en un corral situado en la
-perspectiva V***. Todo ello está allí todavía.</p>
-
-<p>Sonia escuchaba con avidez.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿por qué no ha tomado usted
-nada, puesto que mató para robar?&mdash;replicó
-como agarrándose a una última
-y muy vaga esperanza.</p>
-
-<p>&mdash;No sé... no he decidido aún sí tomaré
-o no ese dinero&mdash;respondió Raskolnikoff
-con la misma voz vacilante, y luego
-sonrió&mdash;. ¡Qué historia tan tonta te acabo
-de contar!</p>
-
-<p>«¿Estará loco?», se preguntó Sonia; pero
-rechazó en seguida esta idea. No, allí
-había alguna otra cosa para ella inexplicable;
-pero en vano ponía en prensa su
-mente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes lo que quiero decirte, Sonia?&mdash;repuso
-él con voz vibrante&mdash;. Si únicamente
-la necesidad me hubiese impulsado
-al asesinato&mdash;prosiguió recalcando
-cada una de sus palabras, y su mirada
-tenía algo de enigmático&mdash;, yo sería ahora
-<i>feliz</i>. Sábelo. ¿Qué te importa el motivo,
-puesto que acabo de confesarte que he
-obrado mal?&mdash;exclamó tras de una corta
-pausa&mdash;. ¿Para qué ese triunfo sobre mí?
-¡Ah, Sonia! ¿Es para esto para lo que he
-venido a tu casa?</p>
-
-<p>La joven quiso hablar, pero se calló.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer te propuse que vivieses conmigo
-porque yo no tengo a nadie sino a ti.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por que querías que viviese contigo?&mdash;preguntó
-tímidamente Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;No para robar ni matar, puedes estar
-tranquila&mdash;contestó Raskolnikoff
-riendo sardónicamente&mdash;; nosotros no
-somos de la misma cepa... Y mira, acabo
-de comprender ahora por qué te invité
-ayer a venir conmigo. Cuando te dirigía
-esta petición, no sabía cuál era su objeto...
-lo veo ahora. No tengo nada más que un
-deseo: ¡Que no me abandones! ¿No me
-dejarás, Sonia?</p>
-
-<p>La joven le apretó la mano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué? ¿Por qué te he dicho yo
-esto? ¿por qué te he hecho esta confesión?&mdash;exclamó
-Raskolnikoff al cabo de
-unos segundos, mirándole con infinita
-compasión a la vez que con la desesperación
-más profunda&mdash;. Veo que esperas
-mis explicaciones, Sonia; pero, ¿qué he de
-decirte? Nada comprenderías, y yo no
-haría otra cosa que afligirte cada vez
-más. Vamos, veo que lloras y que empiezas
-de nuevo a abrazarme; ¿por qué me
-abrazas? ¿Es porque, falto de valor para
-llevar mi cruz, me libro así de este peso,
-cargando con él a otra persona; porque
-he buscado en el sufrimiento ajeno un
-alivio a mis pesares? ¿Y puedes amar a
-semejante cobarde?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no sufres tú también?&mdash;exclamó
-Sonia.</p>
-
-<p>Hubo de nuevo un acceso de sensibilidad.</p>
-
-<p>&mdash;Sonia, tengo el corazón enfermo, recapacita...
-Esto puede explicar multitud
-de cosas. Porque soy malo he venido.
-Hay muchos que no lo hubiesen hecho;
-pero yo soy cobarde y miserable. ¿Por
-qué he venido? ¡Jamás me lo perdonaré!</p>
-
-<p>&mdash;No, no; has hecho bien en venir&mdash;repuso
-Sonia&mdash;. Vale más que lo sepa todo;
-es mucho mejor.</p>
-
-<p>Raskolnikoff la miró con expresión dolorosa.</p>
-
-<p>&mdash;He querido ser un Napoleón... por
-eso he matado. ¿Comprendes ahora?</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;respondió cándidamente Sonia
-con voz tímida&mdash;; pero habla, habla; lo
-comprenderé todo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Que lo comprenderás? Está bien;
-ya veremos.</p>
-
-<p>Durante un momento, Raskolnikoff estuvo
-pensativo recogiendo sus ideas.</p>
-
-<p>&mdash;El hecho es que cierto día me hice esta
-pregunta: Si Napoleón, por ejemplo, hubiese
-estado en mi lugar, si no hubiese
-tenido para comenzar su carrera ni Tolón
-ni Egipto, ni el paso de San Bernardo,
-sino que en lugar de estas brillantes empresas
-se hubiese encontrado ante la necesidad
-de cometer un asesinato para asegurar
-su porvenir, ¿hubiera renunciado
-a la idea de matar a una vieja y de robarle
-tres mil rublos? ¿Hubiera pensado
-que tal acción era demasiado innoble
-y demasiado criminal? Yo me he devanado
-durante algún tiempo los sesos con
-esta pregunta, y no he podido menos de
-experimentar un sentimiento de vergüenza,
-cuando he reconocido, por fin, que
-no sólo no hubiera vacilado, sino que
-no hubiese comprendido la posibilidad de
-una vacilación. No teniendo ninguna otra
-salida no se hubiera andado con escrúpulos.
-Desde que me hice esta reflexión ya
-no tenía que vacilar; la autoridad de Napoleón
-me cubría. ¿Encuentras esto risible?
-Tienes razón, Sonia.</p>
-
-<p>La joven no tenía el menor deseo de
-reír.</p>
-
-<p>&mdash;Háblame con franqueza, sin ejemplos&mdash;dijo
-con voz tímida y apenas distinta.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se volvió hacia ella, la
-miró con tristeza y le tomó las manos.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes razón, Sonia. Todo esto es absurdo,
-carece de sindéresis, no es más que
-palabrería... Mira, mi madre, como sabes,
-está casi sin recursos. La casualidad quiso
-que mi hermana recibiese esmerada educación
-y estuviera condenada al oficio de
-institutriz. Todas sus esperanzas reposaban
-exclusivamente sobre mí. Entré en
-la Universidad; pero, falto de medios,
-me vi obligado a interrumpir mis estudios.
-Supongamos que los hubiese continuado;
-yendo bien las cosas, hubiera
-podido, en diez o quince años, ser nombrado
-profesor de Gimnasio o empleado
-con mil rublos de sueldo. (Parecía que
-estaba recitando una lección). Pero de
-aquí a entonces, los cuidados y los disgustos
-habrían destruído la salud de mi
-madre y de mi hermana... quizá les hubiera
-ocurrido algo peor. Privarse de todo,
-dejar a mi madre en la miseria, sufrir
-el deshonor de mi hermana... ¿es esto vivir?
-Y todo ello para llegar, ¿a qué? Después
-de haber visto morir a los míos, podría
-fundar una familia, dejando, al morir,
-a mi mujer y a mis hijos sin un pedazo
-de pan. Pues bien, yo me dije que
-con el dinero de la vieja cesaría de ser
-una carga para mi madre; que podría
-volver a entrar en la Universidad y asegurar
-un porvenir. Ahí lo tienes explicado
-todo. Claro que he hecho mal en matar
-a la vieja... pero, en fin, ¡basta!</p>
-
-<p>Raskolnikoff no tenía ya fuerzas, y
-bajó la cabeza como agobiado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, no es eso, no es eso!&mdash;gritó Sonia
-con voz quejumbrosa&mdash;. ¡Esto no es
-posible!... ¡No, no; hay alguna otra causa!...</p>
-
-<p>&mdash;¡Supones que hay otra causa! Te engañas,
-he dicho la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¡La verdad! ¡Oh, Dios mío!</p>
-
-<p>&mdash;Después de todo, Sonia, yo no he
-matado más que a un gusano innoble y
-malo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ese gusano era una criatura humana!</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé que no era un gusano en el
-sentido literal de la palabra&mdash;replicó
-Raskolnikoff mirándola con singular expresión&mdash;.
-Por otra parte, lo que digo no
-tiene sentido común&mdash;añadió&mdash;; tienes
-razón, Sonia, no es eso, son otros motivos
-los que me han impulsado. Desde hace
-largo tiempo no he hablado con nadie.
-Esta conversación me ha dado dolor de
-cabeza.</p>
-
-<p>Los ojos le brillaban a causa de la fiebre.
-El delirio se había casi apoderado de
-él y una sonrisa inquieta erraba en sus
-labios. Bajo su aparente animación se
-adivinaba verdadero cansancio. Sonia
-comprendió cuánto sufría. También ella
-comenzaba a perder la cabeza. «¡Qué lenguaje
-tan extraño! ¡Presentar como plausibles
-semejantes explicaciones!» No acertaba
-a explicárselo y se retorcía las manos
-en el acceso de su desesperación.</p>
-
-<p>&mdash;No, Sonia, no es eso&mdash;prosiguió el
-joven, levantando de repente la cabeza;
-sus ideas habían tomado súbitamente
-nuevo rumbo y parecía haber adquirido<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span>
-de repente una nueva energía&mdash;; no, no
-es eso. Cree más bien que te amo con locura,
-que soy envidioso, malo, vengativo,
-y, además, propenso a la demencia...
-Acabo de decirte que tuve que dejar la
-Universidad. Pues bien; quizá hubiera
-podido seguir asistiendo a ella. Mi madre
-habría pagado las matrículas; yo hubiera
-ganado con mi trabajo para vestir y
-comer y habría quizás llegado... Tenía
-lecciones retribuídas con cincuenta kopeks.
-Razumikin trabaja bien; pero yo
-estaba exasperado y no quise. Sí, estaba
-<i>exasperado</i>, ésa es la palabra. Entonces
-me metí en mi casa como la araña en su
-rincón. Ya conoces mi tugurio, has estado
-en él... ¿Sabes tú, Sonia, que el alma se
-ahoga en las habitaciones bajas y estrechas?
-¡Oh, lo que yo odiaba ese cuartucho!
-y, sin embargo, no quería salir de
-él; me pasaba allí días enteros, sin querer
-trabajar, no cuidándome ni de comer.
-«Si Nastachiuska me trae alguna cosa,
-comeré&mdash;me decía&mdash;; si no, me pasaré sin
-comer.» Estaba muy irritado para pedir
-nada. Había renunciado al estudio y vendido
-todos mis libros; una pulgada de
-polvo hay sobre mis notas y cuadernos.
-Por la noche no tenía luz. Para comprar
-una vela me hubiera sido forzoso trabajar
-y no quería; prefería fantasear acostado
-en mi sofá. Inútil es decirte cuáles
-eran mis ocupaciones... Entonces comencé
-a pensar... No, no es esto; no cuento las
-cosas como son. Yo me preguntaba siempre:
-«Puesto que sabes que los demás son
-imbéciles, ¿por qué no procuras ser más
-inteligente que ellos?» Reconocí entonces,
-Sonia, que si se esperaba el momento que
-todo el mundo fuese inteligente, sería forzoso
-armarse de muy larga paciencia. Más
-tarde me convencí de que aquel momento
-no llegaría jamás; de que los hombres no
-cambiarían y de que se perdía el tiempo
-tratando de modificarlos. Sí, así es. Es
-su ley... Yo sé ahora, Sonia, que el amo
-de todos es el que posee una inteligencia
-poderosa. Quien se atreve a mucho, tiene
-razón a sus ojos; quien los desafía y
-los desprecia, se impone a su respeto. Es
-lo que se ha visto y se verá siempre. Es
-preciso estar ciego para no advertirlo.</p>
-
-<p>Mientras hablaba, Raskolnikoff miraba
-a Sonia; pero no se preocupaba por saber
-si ella le comprendía. Era presa de una
-triste exaltación. Desde largo tiempo no
-había hablado con nadie. La joven comprendió
-que aquel feroz catecismo eran
-su fe y su ley.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces me convencí, Sonia&mdash;continuó
-acalorándose cada vez más&mdash;, de
-que el poder no se toma más que bajándose.
-Todo estriba en esto. Desde el día
-en que se me presentó esa verdad clara
-como el sol, he querido <i>atreverme</i>, y he
-matado. He tratado de hacer un acto de
-audacia, Sonia; tal ha sido el móvil de mi
-acción.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállese usted! ¡Cállese usted!&mdash;exclamó
-la joven fuera de sí&mdash;. Se ha alejado
-usted de Dios, y Dios le ha herido y
-le ha entregado al demonio.</p>
-
-<p>&mdash;A propósito, Sonia; cuando todas
-estas ideas venían a visitarme en la obscuridad
-de mi cuarto, ¿era el demonio
-quien me tentaba?</p>
-
-<p>&mdash;Cállese usted, no se ría, impío. No
-se ría; usted nada comprende. ¡Oh Dios
-mío, no comprende nada!</p>
-
-<p>&mdash;Cállate, Sonia. Ya no me río. Estoy
-seguro de que el demonio me ha impulsado.
-Cállate, Sonia, cállate&mdash;repetía con
-sombría insistencia&mdash;. Lo sé, lo sé todo.
-Cuanto tú pudieras decirme, me lo he dicho
-yo mil veces cuando estaba acostado
-en la obscuridad. ¡Qué luchas interiores
-he sufrido! ¡Cuán insoportables me eran
-estos sueños, y cómo hubiera querido librarme
-de ellos para siempre! ¿Crees tú
-que yo obré como un aturdido, como un
-hombre sin seso? No hay tal cosa; no hay
-tal cosa. Procedí después de madura reflexión,
-y eso precisamente es lo que me
-ha perdido. Cuando me interrogaba acerca
-de si tenía o no derecho yo al poder,
-comprendía muy bien que mi derecho
-era nulo, por lo mismo que lo ponía en
-tela de juicio. Cuando me preguntaba
-si una criatura humana era un gusano,
-sabía perfectamente que no lo era para
-mí, sino para el audaz que no se lo hubiese
-preguntado y hubiese seguido el
-camino sin atormentarse el espíritu con
-semejante reflexión. En fin, el solo hecho
-de plantearme este problema: «¿hubiera
-Napoleón matado a esa vieja?»
-basta para demostrarme que yo no era
-un Napoleón. Por último, he renunciado a<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>
-buscar justificaciones sutiles. Quise matar
-dejándome de toda casuística; matar
-para mí, para mí solo. ¡Si he matado, no
-ha sido para aliviar el infortunio de mi
-madre, ni para consagrar al bien de la
-humanidad el poder y la riqueza que, a
-mi juicio, debían ayudarme a conquistar
-este asesinato! No, no; todo eso estaba
-lejos de mi espíritu en aquel momento.
-El dinero no ha sido para mí el principal
-móvil del asesinato; otra razón me determinó
-a ello; lo veo ahora claramente.
-Compréndeme; si <i>esto</i> estuviese por hacer,
-quizá no lo intentaría; pero entonces
-me corría prisa saber si era yo un gusano
-como los otros, o un hombre en la verdadera
-acepción de la palabra, si tenía o
-no la fuerza de franquear el obstáculo, si
-era yo una criatura tímida o si tenía el
-<i>derecho</i>...</p>
-
-<p>&mdash;¿El derecho de matar?&mdash;exclamó
-Sonia estupefacta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sonia!&mdash;dijo el joven con cierta irritación;
-tenía una respuesta en la punta
-de la lengua; pero se abstuvo desdeñosamente
-de formularla&mdash;. No me interrumpas,
-Sonia. Quería solamente probarte
-una cosa: que el diablo me condujo a casa
-de la vieja, y en seguida me hizo comprender
-que yo no tenía el derecho de ir allí
-puesto que soy un gusano, ni más ni menos
-que los demás. El demonio se ha burlado
-de mí, y por esa razón he venido a
-tu casa. Si yo no fuese un gusano, ¿te
-habría hecho esta visita? Escucha: cuando
-fuí a casa de la vieja quería hacer solamente
-una <i>experiencia</i>...</p>
-
-<p>&mdash;¡Y ha matado usted...! ¡Y ha matado!</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero cómo he matado? ¿Es así como
-se mata? ¿Se hace lo que yo he hecho
-cuando se va a asesinar a una persona?
-Ya te contaré alguna vez los pormenores.
-¿Acaso he matado yo a la vieja? No; es a
-mí a quien he matado, a quien he perdido
-sin remedio... En cuanto a la vieja...
-ha sido asesinada por el demonio, y no
-por mí... ¡Basta, basta, Sonia; basta! ¡Déjame!&mdash;exclamó
-con voz desgarradora&mdash;.
-¡Déjame!</p>
-
-<p>Raskolnikoff apoyó los codos sobre las
-rodillas y se oprimió convulsivamente la
-cabeza entre las manos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué sufrimientos!&mdash;gimió Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacer ahora? dímelo&mdash;preguntó
-Raskolnikoff levantando la cabeza.</p>
-
-<p>Tenía las facciones terriblemente alteradas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacer?&mdash;exclamó la joven, y
-se lanzó hacia él con ardientes lágrimas
-en los ojos, en los cuales brillaba extraño
-resplandor&mdash;. Levántate (al decir esto
-tomó a Raskolnikoff por el brazo; el joven
-se incorporó y miró a Sonia sorprendido);
-ve en seguida a la próxima encrucijada;
-prostérnate y besa la tierra que
-has contaminado. Después inclínate a un
-lado y a otro, diciendo en alta voz y a
-todo el mundo: «Yo he matado». Dios entonces
-te devolverá la vida. ¿Irás? ¿Irás?&mdash;le
-preguntó la joven temblando y apretándole
-las manos con fuerza centuplicada,
-mientras fijaba en él sus ojos llameantes.</p>
-
-<p>La súbita exaltación de Sonia sumió a
-Raskolnikoff en un estupor profundo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres que vaya a presidio, Sonia?
-¿Es menester que me denuncie? ¿No es
-eso?&mdash;dijo sombríamente.</p>
-
-<p>&mdash;Debes aceptar la expiación y mediante
-ella redimirte.</p>
-
-<p>&mdash;No, no iré a denunciarme, Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y vivir? ¿Cómo vivirás?&mdash;replicó
-la joven con fuerza&mdash;. ¿Ahora es posible?
-¿Cómo podrás sostener la mirada de tu
-madre? ¡Oh!, ¿qué será de ellas ahora?
-¿Pero qué es lo que digo? Has dejado ya a
-tu madre y a tu hermana. Por esa razón
-has roto los lazos que te unían con tu familia.
-¡Oh Dios mío!&mdash;exclamó&mdash;. ¡El
-comprende todo esto! ¿Cómo estar fuera
-de la sociedad humana? ¿Qué va a ser de
-ti ahora?</p>
-
-<p>&mdash;Sé razonable, Sonia&mdash;dijo dulcemente
-Raskolnikoff&mdash;. ¿Por qué he de ir a
-presentarme a la policía? ¿Qué he de decir
-a esa gente? Todo esto no significa nada...
-Ellos mismos degüellan a millones de
-hombres y se ufanan de ello. Son bribones
-y cobardes, Sonia... No iré. ¿Qué tendría
-que decirles? ¿Que he cometido un
-asesinato, y que, no atreviéndome a aprovecharme
-del dinero robado, lo he ocultado
-debajo de una piedra?&mdash;añadió con
-amarga sonrisa&mdash;. Se burlarán de mí; me
-dirán que soy un imbécil por no haber
-hecho uso de lo robado; que soy un imbécil
-y un cobarde. Ellos, Sonia, no com<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>prenderán.
-Son incapaces de comprenderme;
-¿por qué he de ir a entregarme?
-No iré, no. Sé razonable, Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Soportar semejante peso! ¡Y por toda
-la vida, por toda la vida!</p>
-
-<p>&mdash;Ya me acostumbraré&mdash;respondió el
-joven con feroz expresión&mdash;. Escucha&mdash;dijo
-un momento después&mdash;. Basta de
-lloriqueos; tiempo es ya de que hablemos
-formalmente. He venido para decirte que
-en estos momentos se me busca y van a
-detenerme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!&mdash;exclamó Sonia espantada.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué te asustas? ¿No deseas que
-vaya a presidio? ¿De qué, pues, te espantas?
-Solamente que aun no me tienen en
-su poder. Les he dado mucho quehacer
-y al fin de cuentas nada conseguirán. No
-tienen indicios positivos. Ayer corrí un
-gran peligro y llegué a creer que todo estaba
-terminado. Por hoy se ha evitado el
-mal. Todas sus pruebas son de dos filos,
-es decir, que los cargos formulados contra
-mí, pueden ser explicados en favor mío.
-¿Me comprendes? No me será difícil hacerlo,
-porque he adquirido experiencia.
-Pero de seguro van a meterme en la cárcel.
-Sin una circunstancia fortuita, es
-muy posible que se me hubiera encerrado
-ya, y corro peligro de estar preso antes
-de que termine el día. Esto no significa
-nada, Sonia; me detendrán, pero se verán
-obligados a soltarme, porque no tienen
-verdaderas pruebas, y te doy mi palabra
-de que no las tendrán. Con simples
-presunciones, como son las suyas, no se
-puede condenar a un hombre. ¡Ea, basta!
-Quería solamente prevenirte. En cuanto
-a mi madre y a mi hermana, me arreglaré
-de modo que no se inquietarán. Creo
-que mi hermana está ahora al abrigo de
-la miseria; puedo estar tranquilo en lo que
-se refiere a mi madre... Ya lo sabes todo.
-Sé prudente. ¿Vendrás a verme cuando
-esté preso?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, sí, sí!</p>
-
-<p>Estaban sentados uno al lado del otro,
-tristes y abatidos como los náufragos
-arrojados por la tempestad en una playa
-desierta. Contemplando a Sonia, comprendió
-Raskolnikoff cuánto le amaba
-la joven, y, cosa extraña, aquella ternura
-inmensa, de la cual se veía objeto,
-le causó de repente una impresión dolorosa.
-Había ido a casa de Sonia, pensando
-que su sola esperanza, su solo refugio,
-era ella; había cedido a la necesidad irresistible
-de desahogar su pena, y ahora que
-la joven le había dado todo su corazón,
-se confesaba que era infinitamente más
-desgraciado que antes.</p>
-
-<p>&mdash;Sonia&mdash;le dijo&mdash;, es mejor que no
-vengas a verme mientras esté en la cárcel.</p>
-
-<p>La joven no respondió. Lloraba. Pasaron
-algunos minutos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Llevas alguna cruz encima?&mdash;preguntó
-inopinadamente, como herida de
-súbita idea.</p>
-
-<p>Al pronto el joven no comprendió la
-pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;No, no la tienes. Pues bien, toma ésta,
-es de madera de ciprés. Yo tengo otra
-de cobre, que era de Isabel. Hicimos un
-cambio, ella me dió una cruz y yo le di
-una imagen. Quiero llevar ahora la cruz
-de Isabel y que tú lleves ésta. Tómala...
-es la mía&mdash;insistió&mdash;. Juntos iremos por
-el camino de la expiación; juntos llevaremos
-la cruz.</p>
-
-<p>&mdash;Dámela&mdash;dijo Raskolnikoff para no
-disgustarla, y extendió la mano; pero la
-retiró casi en seguida&mdash;. Ahora no, Sonia;
-más tarde será mejor&mdash;añadió a manera
-de concesión.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, más tarde&mdash;respondió ella con
-calor&mdash;; te la daré en el momento de la
-expiación. Vendrás a mi casa, te la pondré
-al cuello, diremos una oración y partiremos.</p>
-
-<p>En el mismo instante sonaron tres golpes
-en la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Puedo entrar, Sonia Semenovna?&mdash;dijo
-una voz afable y muy conocida.</p>
-
-<p>Sonia, turbada, corrió a abrir. El que
-llamaba no era otro que el señor Lebeziatnikoff.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>V.</h3></div>
-
-<p>Andrés Semenovitch tenía el rostro
-demudado.</p>
-
-<p>&mdash;Vengo a buscar a usted, Sonia Semenovna...
-perdóneme usted... Esperaba
-encontrarle aquí&mdash;dijo bruscamente a
-Raskolnikoff&mdash;. Es decir, nada malo me
-imaginaba... no vaya usted a creer... pero<span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span>
-precisamente pensaba... Catalina Ivanovna
-ha vuelto a su cuarto; está loca&mdash;dijo
-dirigiéndose de nuevo a Sonia.</p>
-
-<p>La joven lanzó un grito.</p>
-
-<p>&mdash;Por lo menos así parece. No sabemos
-qué hacer con ella. La han echado del sitio
-adonde había ido, quizá dándole golpes...
-Así lo hace todo suponer. Fué después
-al despacho del jefe de Simón Zakharitch,
-y no lo encontró. Comía en casa de
-uno de sus colegas. En seguida, ¿querrá
-usted creerlo? se fué al domicilio del otro
-general, porfiando que quería ver al jefe
-de su difunto esposo, que estaba sentado
-a la mesa. Como era natural, la echaron a
-la calle. Cuentan que la llenaron de injurias
-y aun que le tiraron no sé qué cosa a
-la cabeza. Es raro que no la hayan detenido.
-Expone ahora todos sus proyectos a
-todo el mundo, incluso a Amalia Ivanovna;
-pero es tanta su agitación, que no
-se puede sacar nada en claro de sus palabras.
-¡Ah, sí! Dice que como no le queda
-ningún recurso, va a dedicarse a tocar el
-organillo por las calles, y que sus hijos
-cantarán y bailarán para solicitar la caridad
-de los transeuntes; que todos los
-días irá a colocarse bajo las ventanas de
-la casa del general... «Se verá&mdash;dice&mdash;a los
-hijos de una familia noble, pedir limosna
-por las calles.» Pega a los niños y les
-hace llorar. Enseña la <i>Petit Ferme</i> a Alena,
-y al mismo tiempo da lecciones de
-baile al niño y a Poletchka... Deshace
-sus vestidos para improvisar trajes de
-saltimbanquis, y, a falta de organillo,
-quiere llevar una cubeta para dar golpes
-en ella... No tolera que se le haga ninguna
-observación... No puede usted imaginarse
-cómo está.</p>
-
-<p>Lebeziatnikoff hubiese hablado mucho
-más; pero Sonia, que le había escuchado
-respirando apenas, tomó el sombrero y
-la manteleta, y se lanzó fuera de la sala,
-poniéndose estas prendas conforme iba
-andando. Los dos jóvenes salieron detrás
-de ella.</p>
-
-<p>&mdash;Está positivamente loca&mdash;dijo Andrés
-Semenovitch a Raskolnikoff&mdash;. Para
-no asustar a Sonia he dicho solamente que
-sólo parecía que lo estaba; pero no hay
-duda. Creo que suelen formarse tubérculos
-en el cerebro de los tísicos; es una lástima
-que yo no sepa Medicina. He tratado
-de convencer a Catalina Ivanovna, pero
-no hace caso de nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le ha hablado usted de tubérculos?</p>
-
-<p>&mdash;No, precisamente de tubérculos, no;
-claro es que no me hubiera entendido.
-Pero vea usted lo que yo pienso. Si con
-el auxilio de la lógica usted persuade a
-uno que no tiene motivo para llorar, no
-llorará. Esto es claro; ¿por qué había de
-continuar llorando?</p>
-
-<p>&mdash;Si así fuese, la vida sería muy fácil&mdash;respondió
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Al llegar cerca de su casa saludó a Lebeziatnikoff
-con un movimiento de cabeza
-y subió a su cuarto.</p>
-
-<p>Cuando estuvo en él, Raskolnikoff se
-dejó caer en el sofá.</p>
-
-<p>Jamás había experimentado tan terrible
-sensación de aislamiento. Sentía de
-nuevo que quizá, en efecto, detestaba a
-Sonia, y que la detestaba después de haber
-contribuído a aumentar su desgracia.
-¿Por qué había ido a hacerla llorar? ¿Qué
-necesidad tenía de emponzoñar su vida?
-¡Oh cobardía!</p>
-
-<p>«Estaré solo&mdash;se dijo resueltamente&mdash;,
-y ella no vendrá a verme en la cárcel.»</p>
-
-<p>Cinco minutos después levantó la cabeza,
-y una idea que se le ocurrió de repente
-le hizo sonreír: «Quizá sea, en efecto,
-mejor que vaya a presidio», pensaba.</p>
-
-<p>¿Cuánto tiempo duró este sueño? No
-pudo jamás recordarlo. Súbitamente la
-puerta se abrió, dando paso a Advocia
-Romanovna. La joven le miró como poco
-antes había mirado él a Sonia; después
-se aproximó y se sentó en una silla frente
-a su hermano, en el mismo sitio que la
-víspera. Raskolnikoff la miró en silencio
-sin que en sus ojos se pudiese leer ninguna
-idea.</p>
-
-<p>&mdash;No te incomodes, hermano mío. Sólo
-voy a estar un minuto&mdash;dijo Dunia.</p>
-
-<p>Su fisonomía estaba seria, pero no severa,
-y su mirada era dulcemente límpida.</p>
-
-<p>Raskolnikoff comprendió que la mirada
-de su hermana era dictada por el
-afecto.</p>
-
-<p>&mdash;Hermano mío, lo sé todo. Demetrio
-Prokofitch me lo ha contado. Se te persigue,
-se te atormenta, eres objeto de sospechas
-insensatas como odiosas. Demetrio
-Prokofitch asegura que nada tienes<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-que temer y que haces mal en preocuparte
-hasta ese punto. No soy de su opinión; me
-explico perfectamente el desbordamiento
-de indignación que se ha producido en ti
-y no me sorprendería que tu vida entera
-se resienta de ese golpe. Nos ha dejado.
-No juzgo tu resolución, no me atrevo a
-juzgarla, y te suplico que me perdones los
-reproches que te he dirigido. Comprendo
-que si estuviera en tu lugar haría lo que
-tú haces, me desterraría del mundo. Yo
-procuraré que mamá lo ignore; pero le
-hablaré sin cesar de ti, y le diré de tu parte
-que no tardarás en ir a verla. No te inquietes
-por ella, yo la tranquilizaré; pero
-tú, por tu parte, no le causes disgustos.
-Ve, aunque no sea más que una vez. Considera
-que es tu madre. Mi solo objeto,
-al hacerte esta visita, ha sido el de decirte&mdash;acabó
-Advocia Romanovna levantándose&mdash;,
-que si por casualidad tienes necesidad
-de mí, sea para lo que fuere, soy
-tuya en la vida y en la muerte. Llámame,
-y vendré. Adiós.</p>
-
-<p>Volvió la espalda y se dirigió a la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dunia!&mdash;dijo Raskolnikoff levantándose
-y acercándose a su hermana&mdash;.
-Razumikin, Demetrio Prokofitch, es un
-hombre excelente.</p>
-
-<p>Dunia se ruborizó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;preguntó después de un
-minuto de espera.</p>
-
-<p>&mdash;Es un hombre activo, laborioso y capaz
-de grandes afectos... Adiós, hermana.</p>
-
-<p>La joven se puso encendida como la
-grana; pero en seguida sintió cierto temor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero es que nos separamos para
-siempre, hermano? Tus palabras son una
-especie de testamento.</p>
-
-<p>&mdash;No hagas caso. Adiós.</p>
-
-<p>Se alejó de ella y se dirigió a la ventana.
-La joven esperó un momento; le miró con
-inquietud y se retiró conmovida.</p>
-
-<p>No, no era indiferencia lo que experimentaba
-respecto de su hermana. Hubo
-un momento, el único, en que sintió violentos
-deseos de estrecharla entre sus
-brazos, de despedirse de ella y de confesárselo
-todo; no se resolvió, sin embargo,
-ni aun a tenderle la mano.</p>
-
-<p>«Más tarde se estremecía con este recuerdo
-y pensaría que le he robado un
-beso. Y, además, ¿soportaría semejante
-confesión?&mdash;añadió mentalmente algunos
-minutos después&mdash;. No, no la soportaría;
-<i>estas mujeres</i> no saben soportar nada»&mdash;y
-su pensamiento se fijó en Sonia.</p>
-
-<p>Por la ventana entraba agradable fresco;
-caía la tarde. Raskolnikoff tomó bruscamente
-la gorra y salió.</p>
-
-<p>Sin duda no quería ni podía ocuparse
-de su salud. Pero aquellos terrores, aquellas
-angustias continuas, por fuerza habían
-de tener consecuencias, y si la fiebre
-no se había apoderado de él, era acaso
-merced a la fuerza ficticia que le prestaba
-momentáneamente su agitación moral.</p>
-
-<p>Se puso a vagar sin objeto. Se había
-puesto el sol. Desde hacía algún tiempo,
-Raskolnikoff experimentaba un sufrimiento
-que, sin ser particularmente agudo,
-se presentaba con carácter de continuidad.
-Entreveía largos años pasados
-en mortal angustia, «la eternidad en el
-espacio de un pie cuadrado». De ordinario
-era por la noche cuando este pensamiento
-le preocupaba más. «Con el estúpido
-malestar físico que produce la puesta
-del sol, ¿cómo no hacer tonterías? Iré,
-no solamente a casa de Sonia, sino a la
-de Dunia», murmuraba con voz irritada.</p>
-
-<p>Oyó que le llamaban y se volvió. Lebeziatnikoff
-corría detrás de él.</p>
-
-<p>&mdash;He ido a su casa de usted; le buscaba.
-Ha puesto en ejecución su programa. Se
-ha echado a la calle con sus hijos; a Sonia
-Semenovna y a mí nos ha costado
-trabajo encontrarlos. Va dando golpes en
-una sartén, haciendo bailar a los niños.
-Los pobrecillos lloran. Se detienen en las
-encrucijadas y a las puertas de las tiendas.
-Llevan detrás una caterva de imbéciles.
-Vamos aprisa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Sonia...?&mdash;preguntó con inquietud
-Rodia, que se apresuró a seguir a Lebeziatnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Ha perdido la cabeza. Es decir, no
-es Sonia Semenovna la que ha perdido la
-cabeza, sino Catalina Ivanovna. Por lo
-demás, puede decirse lo mismo de la muchacha.
-En cuanto a Catalina Ivanovna,
-la locura es completa. Van a llevarla a la
-comisaría, y calcule usted el efecto que
-esto habrá de producirle. Están ahora
-cerca del canal; al lado del puente***, no
-lejos de la casa de Sonia Semenovna.
-Vamos a llegar en seguida.</p>
-
-<p>En el canal, a poca distancia del puen<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>te,
-había un grupo, compuesto en gran
-parte de chiquillos y chiquillas. La voz
-ronca de Catalina Ivanovna se oía ya en
-el puente. Verdaderamente el espectáculo
-era lo bastante extraño para llamar la
-atención. Tocada con un mal sombrero
-de paja, vestida con su viejo traje, y
-echado sobre los hombros un chal de paño,
-Catalina Ivanovna justificaba plenamente
-las palabras de Lebeziatnikoff. Estaba
-quebrantada, jadeante. Su rostro
-de tísica manifestaba más sufrimiento
-que nunca (los tísicos, al sol y en la calle
-tienen siempre peor cara que en su casa);
-pero, no obstante su debilidad, estaba
-extraordinariamente excitada.</p>
-
-<p>Se lanzaba sobre sus hijos y los zarandeaba
-con vivacidad. Se ocupaba allí,
-delante de todo el mundo, en su educación
-coreográfica y musical; les decía por
-qué razón era preciso cantar y bailar, y
-después, indignada de verlos tan poco
-inteligentes, les pegaba furiosamente. Interrumpía
-sus ejercicios para dirigirse al
-público; veía en el grupo un hombre vestido
-con alguna decencia, y se apresuraba
-a explicarle a qué extrema miseria estaban
-reducidos los hijos de una familia
-casi aristocrática. Si alguno se reía o burlaba
-de ella, se encaraba al punto con el
-insolente y se ponía a disputar con él. El
-caso es que muchos se burlaban, otros
-movían la cabeza, y todos miraban a
-aquella loca rodeada de niños asustados.
-Lebeziatnikoff se había engañado al hablar
-de la sartén; por lo menos Raskolnikoff
-no la vió. Para hacer el acompañamiento,
-Catalina Ivanovna llevaba el
-compás con las manos, mientras Poletchka
-cantaba y Alena y Kolia danzaban.
-Algunas veces trataba de cantar ella, pero
-desde la segunda nota interrumpíala
-un acceso de tos. Entonces se desesperaba,
-maldecía su enfermedad y no podía
-contener las lágrimas.</p>
-
-<p>Lo que sobre todo la ponía fuera de sí,
-era el llanto de Alena y Kolia. Según dijo
-Lebeziatnikoff, había tratado de vestir
-a sus hijos como se visten los cantadores
-callejeros. El chiquillo llevaba en la cabeza
-una especie de turbante rojo y blanco,
-para representar a un turco. Faltándole
-tela para hacer un traje a Alena, su
-madre se había limitado a ponerle el gorro
-de dormir o <i>chapka</i> roja de Marmeladoff.
-Este gorro estaba adornado con una
-pluma blanca de avestruz que había pertenecido
-a la abuela de Catalina, y que
-ésta había conservado hasta entonces en
-su baúl como precioso recuerdo de familia.
-Poletchka llevaba la ropa de todos
-los días. No se separaba de su madre,
-cuya perturbación intelectual adivinaba,
-y mirándola tímidamente trataba de
-ocultarle sus lágrimas. La niña estaba
-espantada al verse allí, en la calle, en medio
-de aquella multitud. Sonia no se apartaba
-de Catalina Ivanovna y le suplicaba
-llorando que se volviese a su casa; pero
-Catalina Ivanovna permanecía inflexible.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cállate, Sonia!&mdash;vociferaba tosiendo&mdash;.
-No sabes lo que dices; eres lo mismo
-que una chiquilla. Ya te he dicho que
-no vuelvo a casa de esa borracha alemana.
-Que todo el mundo, que todo San
-Petersburgo vea reducidos a la mendicidad
-a los hijos de un padre noble que ha
-servido lealmente toda su vida y que puede
-decirse que ha muerto en el servicio.</p>
-
-<p>A Catalina Ivanovna se le había metido
-esta idea en la cabeza, y hubiera sido imposible
-sacársela.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que ese pillo de general sea testigo
-de nuestra miseria! Pero tú eres tonta,
-Sonia. Ya te hemos explotado bastante y
-no quiero explotarte más. ¡Ah, Rodión
-Romanovitch! ¿es usted?&mdash;gritó reparando
-en el joven, y se lanzó hacia él&mdash;;
-haga usted comprender, se lo suplico, a
-esa tontuela, que ésta es la mejor vida
-que podíamos hacer. ¿No se da limosna
-a los que tocan el organillo? No nos costará
-trabajo diferenciarnos de ellos. Al
-primer golpe de vista se reconocerá en
-nosotros una familia noble caída en la
-miseria, y ese bribón de general perderá
-su puesto; ya lo verá usted. Iremos todos
-los días a ponernos debajo de sus ventanas;
-pasará el emperador, y yo me pondré
-de rodillas delante de él y le mostraré
-a mis hijos. «¡Padre, protégenos!», le
-diré. El es el padre de los huérfanos; es
-misericordioso; nos protegerá, ya lo verá
-usted, y ese infame general... Alena,
-ponte derecha; tú, Kolia, vas a empezar
-de nuevo este paso. ¿Por qué estás lloriqueando?
-¿No acabarás nunca? Vamos a
-ver: ¿de qué tienes miedo, imbécil? ¡Dios<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span>
-mío! ¿Qué hacer con ellos? ¡Si supiese usted,
-Rodión Romanovitch, qué cerrados
-son de mollera! No hay medio de que hagan
-nada.</p>
-
-<p>Tenía casi las lágrimas en los ojos, lo
-que no la impedía hablar incesantemente,
-mientras mostraba a Raskolnikoff los
-niños desconsolados. El joven trató de
-persuadirla de que se fuese a su casa, y
-creyendo interesar su amor propio, le hizo
-observar que no era conveniente andar
-rondando por las calles como los organilleros,
-siendo así que se proponía
-abrir un pensionado para las señoritas
-nobles.</p>
-
-<p>&mdash;¡Un pensionado! ¡Ja, ja, ja! ¡Tiene
-gracia!&mdash;exclamó Catalina Ivanovna a
-quien después de reírse le dió un violento
-golpe de tos&mdash;; no, Rodión Romanovitch;
-ese sueño se ha desvanecido. Todo el
-mundo nos ha abandonado y, ¡ese general!...
-¿Sabe usted qué le he hecho? Le he
-tirado a la cara el tintero que estaba sobre
-la mesa de la antesala, al lado del papel
-en que los visitantes escriben sus
-nombres. Después de haber puesto el mío,
-he tirado el tintero y echado a correr.
-¡Oh, los cobardes; los cobardes! pero yo
-me burlo de ellos. Ahora yo mantendré
-a mis hijos y no tendré que humillarme
-ante nadie. Ya la hemos martirizado bastante&mdash;añadió
-dirigiéndose a Sonia&mdash;. Poletchka,
-¿cuánto dinero hemos recogido?
-Enséñamelo. ¡Cómo! ¿En junto dos kopeks?
-¡Ladrones! Nada, nada, y se contentan
-con seguirnos haciéndonos desgañita...
-¡Oiga! ¿De qué se ríe ese animal?
-(Señalaba a un hombre del grupo.) La
-culpa la tiene Kolia; su torpeza es causa
-de que se burlen de nosotros. ¿Qué quieres,
-Poletchka? Háblame en francés. Te
-he dado lecciones; sabes algunas frases...
-Sin eso, ¿cómo habrá de conocerse que
-pertenecéis a una familia noble, que sois
-niños bien educados y no vulgares músicos
-callejeros? Dejaremos a un lado las
-canciones triviales; cantaremos sólo nobles
-romanzas... ¡Ah, sí! Manos a la obra;
-¿qué vamos a cantar? Ustedes me interrumpen
-siempre y nosotros... vea usted,
-Rodión Romanovitch, nos hemos detenido
-aquí para elegir nuestro repertorio;
-porque, como usted comprenderá, esto
-nos ha tomado desprevenidos, no teníamos
-nada preparado y nos hace falta un
-ensayo previo. Después nos dirigiremos
-a la perspectiva Neusky donde hay muchas
-más personas de la buena sociedad.
-Se nos echará de ver inmediatamente.
-Alena sabe <i>la Petite Ferme</i>, sólo que <i>la
-Petite Ferme</i> comienza a aburrir; por
-todas partes se oye. Es menester una cosa
-más distinguida. Pues bien, Poletchka,
-dame una idea, ven en ayuda de tu madre;
-yo no tengo memoria... ¿No podríamos
-cantar <i>El húsar apoyado en su sable</i>? No;
-será mejor que cantemos en francés <i>Cinco
-sueldos</i>; os lo he enseñado; lo sabéis. Como
-es una canción francesa, se verá en
-seguida que pertenecéis a la nobleza, y
-esto conmoverá al público. Podremos
-cantar también <i>Mambrú se fué a la guerra</i>,
-tanto más cuanto que esta canción es
-absolutamente infantil y se emplea en
-todas las casas aristocráticas para dormir
-a los niños&mdash;. Y dicho esto comenzó a
-cantar:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">«Mambrú se fué a la guerra,</div>
-<div class="line">no sé cuándo vendrá»;</div>
-</div></div></div>
-
-<p>pero no, es mejor <i>Cinco sueldos</i>. Vamos,
-Kolia, ponte la mano en la cadera; vamos,
-pronto. Tú, Alena, ponte enfrente
-de él. Poletchka y yo haremos el acompañamiento:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">«Cinco sueldos, cinco sueldos</div>
-<div class="line">para poner nuestra casa.»</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Poletchka, levántate la ropa, que se te
-baja de los hombros&mdash;advirtió mientras
-tosía&mdash;. Ahora se trata de que os presentéis
-convenientemente y que mostréis
-la finura de vuestro pie, para que se vea
-que sois hijos de un noble. ¡Otro soldado!
-¡Eh! ¿qué es lo que quieres?</p>
-
-<p>Un vigilante se abrió paso entre la gente,
-y al mismo tiempo un señor de unos
-cincuenta años y de aspecto grave, que
-llevaba bajo el abrigo el uniforme de funcionario,
-se aproximó también al grupo.
-El recién llegado, cuyo rostro expresaba
-sincera compasión, llevaba una condecoración,
-circunstancia que causó gran
-placer a Catalina Ivanovna, y no dejó de
-producir bastante buen efecto en el guardia.
-El señor condecorado alargó a Ca<span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217">[217]</a></span>talina
-Ivanovna un billete de tres rublos.
-Al recibir esta dádiva, la pobre loca se
-inclinó con la cortesía ceremoniosa de
-una dama del gran mundo.</p>
-
-<p>&mdash;Doy a usted las gracias, señor&mdash;empezó
-a decir en tono lleno de dignidad&mdash;.
-Las causas que nos han conducido... Toma
-el dinero, Poletchka. ¿Lo ves? Hay
-hombres generosos y magnánimos, dispuestos
-a socorrer a una pobre dama que
-ha caído en la desgracia. Los huérfanos
-que tiene usted delante, señor, son de linaje
-noble. Puede decirse que están emparentados
-con la más elevada aristocracia...
-y ese general se estaba comiendo
-un pollo... Ha dado patadas en el suelo
-porque yo me permitía molestarle. «Vuecencia&mdash;le
-he dicho&mdash;ha conocido a Simón
-Zakharitch, ampare, pues, a sus
-huérfanos. El día de su entierro, su hija
-ha sido calumniada por un malvado...»
-¿Aún está ahí ese soldado? Protéjame
-usted&mdash;gritó, dirigiéndose al funcionario&mdash;;
-¿por qué ese soldado se ensaña
-conmigo? Se nos ha echado ya de la
-calle de los Burgueses. ¿Qué es lo que
-quieres, imbécil?</p>
-
-<p>&mdash;Está prohibido dar escándalo en las
-calles. Ruego a usted que guarde más
-compostura.</p>
-
-<p>&mdash;Tú sí que no tienes compostura. Estoy
-en el mismo caso que los organilleros.
-Déjame en paz.</p>
-
-<p>&mdash;Los organilleros deben proveerse de
-un permiso que usted no tiene. Es usted
-causa de que la gente forme grupos en
-las calles. ¿Dónde vive usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Un permiso?&mdash;vociferó Catalina
-Ivanovna&mdash;. Acabo de enterrar a
-mi marido; ¿no es ésta una autorización?</p>
-
-<p>&mdash;Señora, señora; cálmese usted&mdash;dijo
-el funcionario&mdash;; venga usted conmigo.
-Yo la acompañaré. No es el sitio de usted
-entre esta gente. Está usted mal.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, señor, señor; si usted supiese!&mdash;exclamó
-Catalina Ivanovna&mdash;. Tenemos
-que ir a la perspectiva Neusky. ¿Por
-dónde andas, Sonia? También está llorando...
-¿Pero qué les pasa a ustedes?...
-¡Kolia, Lena! ¿Dónde estáis?&mdash;dijo con
-repentina inquietud&mdash;; ¡tontos de chiquillos!
-¡Kolia, Lena! ¿Eh dónde se han metido?</p>
-
-<p>Viendo a un guardia que trataba de detenerlos,
-Kolia y Lena, ya muy aterrados
-con la presencia de la multitud y las extravagancias
-de su madre, se habían sentido
-acometidos de un terror loco. La pobre
-Catalina Ivanovna, llorando y gimiendo,
-se lanzó en su persecución; Sonia
-y Poletchka corrieron tras de ella.</p>
-
-<p>&mdash;Hazlos volver, Sonia; llámalos. ¡Oh,
-qué hijos tan tontos y tan ingratos!...
-Poletchka, alcánzalos; es por vosotros
-por lo que yo...</p>
-
-<p>Conforme corría tropezó en un obstáculo
-y cayó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Se ha herido! ¡Está bañada en sangre!&mdash;gritó
-Sonia inclinándose sobre su
-madrastra.</p>
-
-<p>No tardó en formarse un numeroso
-grupo alrededor de las mujeres, Raskolnikoff
-y Lebeziatnikoff, así como del funcionario
-y del guardia entre ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Retírense ustedes, retírense ustedes&mdash;decía
-sin cesar este último, tratando de
-restablecer la circulación.</p>
-
-<p>Pero examinando a Catalina Ivanovna,
-se veía claramente que no estaba herida,
-como había temido Sonia, y que la sangre
-con que había manchado el suelo la
-había echado por la boca.</p>
-
-<p>&mdash;Sé lo que es esto&mdash;murmuró el funcionario
-al oído de los dos jóvenes&mdash;. Es
-efecto de la tisis; la sangre brota de este
-modo y produce la asfixia. No hace mucho
-tiempo he visto un caso parecido;
-una de mis parientas echó también un
-jarro de sangre... ¿Qué hacer? Esta señora
-se está muriendo.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí, aquí a mi casa&mdash;suplicó Sonia&mdash;;
-vivo aquí al lado. La segunda casa;
-pronto, pronto. Vayan ustedes por un
-médico. ¡Oh Dios mío!&mdash;repetía asustada
-yendo de un lado para otro.</p>
-
-<p>Gracias a la activa intervención del
-funcionario, se arregló este asunto. El
-guardia ayudó a trasportar a Catalina
-Ivanovna. Estaba como muerta cuando
-se la depositó en la cama de Sonia. Continuó
-la hemorragia durante algún tiempo;
-pero, poco a poco, la enferma comenzó
-a volver en sí. En la habitación entraron,
-además, Sonia, Raskolnikoff, Lebeziatnikoff
-y el funcionario. El guardia
-se reunió a ellos después de haber disper<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>sado
-a los curiosos, muchos de los cuales
-habían acompañado el triste cortejo hasta
-la puerta.</p>
-
-<p>Poletchka llegó conduciendo a los dos
-fugitivos, que temblaban y lloraban.
-También acudieron los Kapernumoff, el
-sastre cojo y tuerto. Era un tipo extraño,
-con el pelo y las patillas de pelos tiesos,
-como cerdas de puerco; su mujer parecía
-asustada; pero éste era su aspecto ordinario.
-El rostro de los chicos sólo expresaba
-estúpida sorpresa. Entre los presentes
-apareció rápidamente Svidrigailoff. Ignorando
-que vivía en esta casa y no acordándose
-de haberle visto en el grupo,
-Raskolnikoff se quedó sorprendido de
-verle allí.</p>
-
-<p>Se habló de llamar a un clérigo y a un
-médico. El funcionario juzgaba, en las
-actuales circunstancias, inútiles los recursos
-de la ciencia, y así se lo dijo por
-lo bajo a Raskolnikoff; sin embargo, hizo
-todo lo necesario por encontrar un doctor.
-Kapernumoff en persona se encargó de ir
-a buscarlo.</p>
-
-<p>En tanto, Catalina Ivanovna estaba un
-poco más tranquila y la hemorragia había
-cesado momentáneamente. La infeliz
-fijó una mirada triste y penetrante en
-la pobre Sonia, que, pálida y, temblorosa,
-le enjugaba la frente con un pañuelo. Finalmente,
-la enferma pidió que se la incorporase,
-y la sentaron en el lecho, sosteniéndola
-de uno y otro lado.</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde están los niños?&mdash;preguntó
-con voz débil&mdash;. ¿Los has traído, Poletchka?
-¡Oh, imbéciles! Decid, ¿por qué
-habéis echado a correr?... ¡Oh!</p>
-
-<p>La sangre cubría sus labios abrasados.
-La enferma miró en derredor suyo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es así como vives, Sonia? Ni una
-sola vez había venido aquí... Ha sido menester
-lo que ha ocurrido para que me
-conduzcan a tu casa.</p>
-
-<p>Al decir esto dirigió a la joven una mirada
-de conmiseración.</p>
-
-<p>&mdash;Te hemos comido viva, Sonia... Poletchka,
-Lena, Kolia, venid aquí... Ahí
-los tienes, Sonia, tómalos a todos. Los
-pongo entre tus manos... yo, yo ya tengo
-bastante... el baile ha terminado ya...
-¡Soltadme, dejadme morir en paz!</p>
-
-<p>La obedecieron y la enferma se dejó
-caer sobre la almohada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo un clérigo?... Yo no tengo necesidad
-de él. ¿Tenéis acaso, ganas de tirar
-un rublo? Ningún pecado pesa sobre
-mi conciencia... y aunque los tuviera,
-Dios debe perdonarme. El sabe lo que yo
-he sufrido. Si no me perdona, tanto peor.</p>
-
-<p>Cada vez se confundían más sus ideas.
-De cuando en cuando temblaba, miraba
-en derredor suyo y reconocía durante un
-minuto a los que la rodeaban; pero en seguida
-volvía a apoderarse de ella el delirio.
-Respiraba penosamente y se oía como
-el ruido de un hervor en su garganta.</p>
-
-<p>&mdash;Ya le he dicho «Excelencia»&mdash;gritaba
-deteniéndose a cada palabra&mdash;; aquella
-Amalia Ludvigovna... ¡Ah! Lena, Kolia...
-la mano en la cadera. ¡Vivo, vivo! ¡Deslizaos!
-Llevad el compás con los pies; así,
-con gracia.</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">Du hast Diamanten</div>
-<div class="line">Und Perlen<a name="FNanchor_18" id="FNanchor_18" href="#Footnote_18" class="fnanchor">[18]</a></div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line">Eu hast die schönsten Augen</div>
-<div class="line">Mädchen, was willst du mehr<a name="FNanchor_19" id="FNanchor_19" href="#Footnote_19" class="fnanchor">[19]</a></div>
-</div><div class="stanza">
-<div class="line">Dans une vallée du Daghestan</div>
-<div class="line">Que le soleil brûle de ses feux...</div>
-</div></div></div>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Cómo me gustaba; cómo me
-gustaba esta romanza, Poletchka!... Deliraba
-por ella... Tu padre la cantaba antes
-de nuestro matrimonio... ¡Qué días
-aquellos!... Eso es lo que deberíamos cantar...
-¡Oh, sí! ¿Cómo era? Se me ha olvidado,
-recordádmelo en seguida.</p>
-
-<p>Presa de una agitación extraordinaria
-pugnaba por incorporarse en el lecho; al
-cabo, con voz ronca, cascada, siniestra,
-comenzó, tomando aliento después de
-cada palabra, en tanto que su rostro expresaba
-un terror creciente:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">Dans une vallée... du Daghestan</div>
-<div class="line">Que le soleil... brûle... de ses feux.</div>
-<div class="line">Une balle... dans la poitrine...</div>
-</div></div></div>
-
-<p>De pronto, Catalina Ivanovna rompió
-a llorar, y, con angustia conmovedora,
-exclamó:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span>
-&mdash;Excelencia... proteja a los huérfanos
-aunque no sea más que recordando la
-hospitalidad que recibió en casa de Simón
-Zaharitch Marmeladoff... una casa
-hasta puede decirse aristocrática... ¡Ah!&mdash;exclamó
-temblando y como tratando de
-recordar en dónde se encontraba.</p>
-
-<p>Miró con angustia a todos los presentes,
-y, al reparar en Sonia, pareció sorprendida
-de verla allí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sonia! ¡Sonia!&mdash;dijo con voz dulce
-y tierna&mdash;. ¡Sonia querida! ¿Estás aquí?</p>
-
-<p>La incorporaron de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta, todo ha terminado! ¡Ha reventado
-la bestia!&mdash;gritó la enferma con
-acento de horrible desesperación y reclinó
-la cabeza en la almohada.</p>
-
-<p>Catalina Ivanovna volvió a caer en
-profundo sopor pero no fué por mucho
-tiempo. Echó hacia atrás su rostro amarillento
-y descarnado, abrió la boca, extendió
-convulsivamente las piernas, lanzó
-un suspiro profundo y expiró.</p>
-
-<p>Sonia, más muerta que viva, se precipitó
-sobre el cadáver, lo estrechó entre
-sus brazos, y apoyó la cabeza en el liso
-pecho de la difunta. Poletchka se puso,
-sollozando, a besar los pies de su madre.
-Kolia y Lena, demasiado pequeños para
-comprender lo que había ocurrido, no
-por eso dejaban de tener el sentimiento de
-una terrible catástrofe. Se echaron mutuamente
-los brazos al cuello, y, después
-de haberse mirado fijamente, comenzaron
-a gritar. Los dos chiquillos estaban aún
-vestidos de saltimbanquis: el uno tenía
-puesto su turbante; la otra su gorro de dormir,
-adornado con la pluma de avestruz.</p>
-
-<p>¿Por qué casualidad estaba sobre el lecho,
-al lado de Catalina Ivanovna, el certificado
-honorífico? Se hallaba allí, sobre
-la almohada; Raskolnikoff lo vió. El joven
-se dirigió a la ventana, y Lebeziatnikoff
-se apresuró a juntarse con él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ha muerto!&mdash;dijo Andrés Semenovitch.</p>
-
-<p>Svidrigailoff se aproximó a ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Rodión Romanovitch, desearía decirle
-a usted dos palabras.</p>
-
-<p>Lebeziatnikoff cedió el puesto, y se retiró
-discretamente. Sin embargo, Svidrigailoff
-creyó conveniente conducir a un
-rincón a Raskolnikoff, a quien preocupaban
-aquellas precauciones.</p>
-
-<p>&mdash;De todos estos asuntos, es decir, del
-entierro y de lo demás, yo me encargo.
-Ya sabe que todo esto es cuestión de dinero,
-y como ya le he dicho, el que tengo
-no lo necesito para nada. A esa Poletchka
-y a estos dos pequeños los haré entrar en
-un asilo de huérfanos, en donde estarán
-bien, e impondré a nombre de cada uno
-mil quinientos rublos hasta su mayor
-edad, para que Sonia Semenovna no tenga
-que ocuparse en sus hermanos. En
-cuanto a esa joven, la retiraré del cenagal
-en que se halla, porque es una excelente
-muchacha, ¿no es verdad? Bueno, puede
-usted decir a Advocia Romanovna qué
-empleo he hecho de su dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué es usted tan generoso?&mdash;preguntó
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué escéptico es usted!&mdash;dijo Svidrigailoff&mdash;.
-Le dije que no necesitaba
-ese dinero. Pues bien: lo hago por humanidad.
-¿No lo cree usted acaso? Después
-de todo&mdash;añadió señalando el rincón en
-que reposaba la muerta&mdash;, esta mujer no
-es un gusano, como cierta mujer usurera.
-¿Conviene usted en que sería mejor que
-muriese ella y que Ludjin viviese para
-cometer infamias? Sin mi ayuda, Poletchka,
-por ejemplo, sería condenada a la
-misma existencia que su hermana.</p>
-
-<p>Su tono, alegremente malicioso, estaba
-lleno de reticencias, y cuando hablaba no
-apartaba los ojos de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Este último palideció y empezó a temblar
-al oír las frases casi textuales que él
-mismo había empleado en su conversación
-con Sonia. Así es que se echó bruscamente
-hacia atrás, y miró a Svidrigailoff
-con expresión de asombro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo sabe usted eso?&mdash;balbuceó.</p>
-
-<p>&mdash;Porque habito aquí, del otro lado de
-la pared, en casa de la señora Reslich,
-mi antigua patrona y excelente amiga.
-Soy el vecino de Sonia Semenovna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted?</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;continuó Svidrigailoff, que se
-reía a mandíbula batiente&mdash;. Y le doy mi
-palabra, querido Rodión Romanovitch,
-de que me ha interesado usted extraordinariamente.
-Ya le dije que nos encontraríamos.
-Tenía el presentimiento de ello.
-Pues bien: ya nos hemos encontrado, y
-usted verá qué tratable soy. Ya verá usted
-cómo se puede vivir conmigo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>SEXTA PARTE</h2>
-
-
-<h3>I.</h3></div>
-
-<p>La situación de Raskolnikoff era muy
-extraña; parecía que una especie de niebla
-le envolvía y aislaba del resto de los hombres.
-Cuando, andando el tiempo, se
-acordaba de este período de su vida, adivinaba
-que había debido de perder muchas
-veces la conciencia de sí mismo y que
-tal estado de ánimo hubo de prolongarse
-y durar, con ciertos intervalos lúcidos,
-hasta la catástrofe definitiva. Estaba positivamente
-convencido de que había incurrido
-en muchos desaciertos: por ejemplo,
-el de no haber advertido a menudo la
-sucesión cronológica de los acontecimientos.
-Por lo menos, cuando más adelante
-quiso coordinar sus recuerdos, fuéle forzoso
-recurrir a testimonios extraños para
-saber muchas particularidades acerca de
-sí mismo.</p>
-
-<p>Confundía marcadamente los hechos,
-o consideraba tal incidente como consecuencia
-de otro que sólo existía en su imaginación.
-A veces sentíase dominado por
-un temor morboso que degeneraba en
-terror pánico; pero se acordaba también
-de que había tenido momentos, horas, y
-tal vez días, en los cuales, por el contrario
-estuvo sumido en una apatía triste
-sólo comparable con la indiferencia de
-ciertos moribundos.</p>
-
-<p>En general, en este último tiempo, lejos
-de procurar darse cuenta exacta de su
-situación, hacía esfuerzos para no pensar
-en ella. Algunos hechos de la vida corriente
-que no admitían dilación, se imponían,
-a pesar suyo, a su mente; por lo contrario,
-se complacía en desdeñar cuestiones
-cuyo olvido, en una posición como la suya,
-por fuerza había de serle fatal.</p>
-
-<p>Tenía, sobre todo, miedo a Svidrigailoff.
-Desde que este último le había repetido
-las palabras por él pronunciadas en
-casa de Sonia, los pensamientos de Raskolnikoff
-tomaron una dirección nueva.
-Pero aunque esta complicación imprevista
-le inquietaba mucho, el joven no se
-apresuraba a poner las cosas en claro.
-A veces, cuando vagaba por algún barrio
-lejano y solitario, o cuando se veía solo
-sentado a la mesa de un mal cafetín, sin
-saber por qué se encontraba allí, pensaba
-en Svidrigailoff y se prometía tener lo
-más pronto posible una explicación decisiva
-con aquel hombre que era para él
-una constante pesadilla.</p>
-
-<p>Cierto día fué casualmente a pasear por
-las afueras y se le figuró que había dado
-cita a Svidrigailoff en aquel lugar. Otra
-vez, al despertarse antes de la aurora,
-se quedó estupefacto al verse tendido en
-tierra, en medio de un bosquecillo. Por
-lo demás, durante los dos o tres días que
-siguieron a la muerte de Catalina Ivanovna,
-Raskolnikoff encontró dos o tres
-veces a Svidrigailoff, primero en el cuarto
-de Sonia, y después en el vestíbulo, al lado
-de la escalera, del domicilio de la
-joven.</p>
-
-<p>En ambas ocasiones los dos hombres se
-limitaron a cambiar algunas palabras
-muy breves, absteniéndose de tocar el
-punto capital, como si, por acuerdo tá<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>cito,
-se hubiesen entendido para dejar
-de lado momentáneamente aquella cuestión.
-El cadáver de Catalina Ivanovna
-estaba todavía insepulto. Svidrigailoff
-tomaba las disposiciones relativas a los
-funerales. Sonia estaba también ocupadísima.
-En el último encuentro, Svidrigailoff
-contó a Rodia que sus gestiones en
-favor de los hijos de Catalina Ivanovna
-habían sido coronadas por el éxito: gracias
-a la influencia de ciertos personajes
-amigos suyos, pudo, según decía, conseguir
-la admisión de los tres niños en muy
-buen asilo. Los mil quinientos rublos colocados
-a nombre de ellos no habían contribuído
-poco a este resultado, porque se
-admitían con muchas menos dificultades
-a los huérfanos que poseían un capitalito
-que a aquellos otros que carecían de recursos.
-Añadió algunas palabras a propósito
-de Sonia, prometió pasar uno de
-aquellos días por casa de Raskolnikoff, y
-dió a entender que existían ciertos asuntos
-de los que quería tratar reservadamente
-con él. Mientras hablaba Svidrigailoff,
-no cesaba de observar a su interlocutor.
-De repente se calló; pero después preguntó,
-bajando la voz:</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué le pasa a usted, Rodión
-Romanovitch? Parece que está distraído,
-no escucha, no mira, diríase que no comprende
-usted lo que se le habla... Vaya,
-recobre ánimos. Será preciso que hablemos
-largo y tendido... Desgraciadamente
-estoy tan ocupado con mis asuntos como
-con los ajenos... ¡Eh, Rodión Romanovitch!&mdash;añadió
-bruscamente&mdash;. A todos
-los hombres les hace falta aire, mucho
-aire, aire ante todo.</p>
-
-<p>Se apartó vivamente para dejar pasar
-a un clérigo y a un sacristán, que se disponían
-a subir la escalera. Iban a rezar
-el oficio de difuntos. Svidrigailoff había
-cuidado de que esta ceremonia se verificase
-regularmente dos veces por día.
-Se alejó luego, y Raskolnikoff, tras un
-momento de reflexión, siguió al <i>pope</i> a la
-habitación de Sonia. Se quedó, empero,
-en el umbral. El oficio comenzó con la
-tranquila y triste solemnidad de costumbre.
-Desde su infancia, Raskolnikoff
-experimentaba una especie de terror místico
-ante el aparato de la muerte, y evitaba,
-siempre que podía, asistir a las
-<i>panikhida</i>. Además, ésta tenía para él
-un carácter particularmente conmovedor.
-Miró a los niños, que estaban arrodillados
-cerca del ataúd. Poletchka lloraba;
-detrás de ellos, Sonia rezaba, procurando
-ocultar sus lágrimas. «Durante todos estos
-días no ha levantado una sola vez los
-ojos hasta mí, ni me ha dicho una sola
-palabra», pensó Raskolnikoff. El sol inundaba
-de viva luz la habitación, y el humo
-del incienso subía en espesas espirales.</p>
-
-<p>El sacerdote recitó las preces de ritual:
-«Dale, Señor, el reposo eterno.» Raskolnikoff
-permaneció allí hasta el fin. Al
-echar la bendición y al despedirse, el clérigo
-dirigió una mirada de extrañeza en
-derredor suyo. Después del oficio, Raskolnikoff
-se acercó a Sonia. La joven tomó
-las dos manos de Rodia, y reclinó la cabeza
-sobre su hombro. Aquella demostración
-de amistad dejó estupefacto al que
-era objeto de ella. ¿Cómo? ¡Sonia no manifestaba
-la menor aversión ni el menor
-horror hacia él, ni le temblaban las manos!
-Aquello era el colmo de la abnegación.
-Así por lo menos lo juzgó él. La joven
-no dijo una palabra. Raskolnikoff le
-estrechó la mano y salió.</p>
-
-<p>Sentía un profundo malestar. Si en
-aquel momento le hubiera sido posible
-encontrar en alguna parte la soledad,
-aunque esta soledad hubiese de durar toda
-la vida, se hubiera considerado feliz.
-¡Ay! Desde hacía ya algún tiempo, aunque
-estuviese casi siempre solo, no podía
-decirse que estuviese aislado. Le ocurría
-pasearse fuera de la ciudad o irse por una
-carretera adelante. Una vez penetró en
-lo más intrincado de un bosque; pero
-cuanto más solitario era el lugar, más de
-cerca sentía Raskolnikoff la presencia de
-un ser invisible, que le irritaba más que
-le asustaba. Apresurábase a volver a la
-ciudad, se mezclaba con la multitud, entraba
-en los cafés y en las tabernas, iba
-al Tolkutchy o a la Siennia. Allí se encontraba
-más a gusto y hasta más solo.</p>
-
-<p>A la caída de la noche se cantaban canciones
-en cierto cafetín. Allí pasó una hora
-entera, escuchándolas con placer; pero
-en seguida se apoderó de él nuevamente
-la inquietud; un pensamiento opresor como
-un remordimiento empezó a torturarle.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span></p>
-
-<p>«¿Debo estarme aquí oyendo canciones?»</p>
-
-<p>Adivinaba que no era aquél su único
-cuidado. Había una cuestión que era
-preciso resolver sin tardanza; pero, aunque
-se imponía a su atención, no acertaba
-a darle una forma precisa.</p>
-
-<p>«No; es preferible la lucha, tener enfrente
-a Porfirio o a Svidrigailoff. Sí, sí,
-es mejor un adversario cualquiera, un
-ataque que rechazar.»</p>
-
-<p>Haciéndose estas reflexiones salió presuroso
-del cafetín. De repente, el pensamiento
-de su madre y de su hermana le
-llenó de terror. Pasó aquella noche en
-el bosque de Krestorevesy-Ostroff; se
-despertó antes de la aurora, temblando
-de fiebre y se encaminó a su casa a donde
-llegó muy temprano. Después de algunas
-horas de sueño, desapareció la fiebre,
-pero se despertó tarde: a las dos.</p>
-
-<p>Se acordó de que aquel día era el señalado
-para las exequias de Catalina
-Ivanovna, y se felicitó de no haber asistido
-a ellas. Anastasia le trajo la comida;
-el joven comió y bebió con mucho apetito,
-casi con avidez. Tenía la cabeza más
-fresca y disfrutaba de una calma que le
-era desconocida desde tres días antes.
-Hubo un instante en que se asombró de
-los accesos de terror pánico que había experimentado.</p>
-
-<p>La puerta se abrió y entró Razumikin.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Comes, luego no estás malo&mdash;dijo
-el visitante, tomando una silla y sentándose
-enfrente de Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Estaba muy agitado, y no trataba de
-ocultarlo. Hablaba con cólera visible
-pero con apresuramientos, y sin levantar
-mucho la voz: se comprendía que su venida
-era motivada por alguna causa
-grave.</p>
-
-<p>&mdash;Escucha&mdash;comenzó a decir en tono
-resuelto&mdash;; pienso dejar a todos ustedes
-en paz, porque veo claramente que el juego
-que hacen es indescifrable para mí.
-No vayas a creer que vengo a interrogarte;
-no trato de sacarte las palabras del
-cuerpo. Aunque tú mismo me dijeras todos
-tus secretos, me negaría a oírlos; escupiría
-y me iría. Vengo con el único objeto
-de estudiar personalmente tu estado
-mental. Hay personas que te creen loco
-de remate o en vísperas de estarlo, y te
-confieso que me sentía inclinado a participar
-de esa opinión, en vista de que tu
-proceder es estúpido, bastante feo y completamente
-inexplicable. Además, ¿qué
-pensar de tu reciente conducta con tu
-madre y con tu hermana? ¿Qué hombre,
-a menos de ser un canalla o un loco, se
-hubiera portado con ellas como te has
-portado tú? Luego estás loco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo las has visto?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo. Y tú, ¿no las ves? Dime,
-te lo ruego, ¿dónde has estado metido
-todo el día? Tres veces he venido hoy.
-Desde ayer, tu madre se encuentra seriamente
-enferma. Ha querido venir a verte.
-Advocia Romanovna se esforzó por disuadirla,
-pero Pulkeria Alexandrovna no
-quiso hacer caso de nada... «Si está malo,
-si está perturbado&mdash;dijo&mdash;, ¿quién ha de
-cuidarle sino su madre?» Para no dejarla
-venir sola, la acompañamos, suplicándole
-sin cesar que se tranquilizase. Cuando
-llegamos, no estabas aquí. Ahí, en ese
-sitio, ha estado sentada por espacio de
-diez minutos; nosotros en pie, al lado de
-ella, callábamos. «Puesto que sale&mdash;dijo
-levantándose&mdash;, es señal de que no está
-enfermo y de que olvida a su madre; no
-está bien, por lo tanto, que venga yo a
-mendigar las caricias de mi hijo.» Se volvió
-a su casa y se metió en la cama. Ahora
-tiene fiebre. «Lo comprendo perfectamente&mdash;dice&mdash;;
-le dedica a ella todo el tiempo.»
-Supone que Sonia Semenovna es tu
-novia o tu amante. Fuí en seguida a casa
-de esa joven, porque, amigo mío, me corría
-prisa comprobar ese punto. Entro, y
-¿qué es lo que veo? un ataúd, niños que
-lloran, y a Sonia Semenovna que les
-prueba trajes de luto. Tú no estabas allí.
-Después de haberte buscado con los ojos,
-he dado mis excusas, he salido y he ido a
-contar a Advocia Romanovna el resultado
-de mis pesquisas. Decididamente
-todo esto nada significa. Aquí no se trata
-de ningún amorío; resta, pues, como
-lo más probable, la hipótesis de la locura.
-He aquí que ahora te encuentro con trazas
-de comerte un buey cocido, como si
-no hubieses tomado nada en cuarenta y
-ocho horas. Sin duda, el estar loco no impide
-comer; pero, aunque tú no me hayas
-dicho una palabra, no estás loco... pondría
-por ello la mano en el fuego. Para mí,<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span>
-éste es un punto fuera de discusión. Así,
-pues, os envío a todos al diablo, en vista
-de que hay aquí un misterio y de que no
-tengo la intención de romperme la cabeza
-con vuestros secretos. He venido solamente
-para decirte cuatro frescas y aliviarme
-el corazón. Por lo demás, yo sé lo que
-tengo que hacer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué vas a hacer?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te importa?</p>
-
-<p>&mdash;¿Vas a dedicarte a la bebida?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo lo has adivinado?</p>
-
-<p>&mdash;No es muy difícil adivinarlo.</p>
-
-<p>Razumikin se quedó un momento silencioso.</p>
-
-<p>&mdash;Has sido siempre muy inteligente, y
-nunca, nunca has estado loco&mdash;observó
-luego&mdash;. Has dicho la verdad; voy a dedicarme
-a la bebida. Adiós.</p>
-
-<p>Y dió un paso hacia la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Anteayer, si mal no recuerdo, he hablado
-de ti a mi hermana&mdash;dijo Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Razumikin se detuvo de repente.</p>
-
-<p>&mdash;¿De mí? ¿Dónde has podido verla
-anteayer?&mdash;preguntó, poniéndose un tanto
-pálido. Estaba agitadísimo.</p>
-
-<p>&mdash;Vino aquí sola. Se ha sentado en este
-sitio, y ha hablado conmigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ella?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué le has dicho?... de mí, por supuesto.</p>
-
-<p>&mdash;Le he dicho que eras un hombre excelente,
-honrado y laborioso. No le he dicho
-que tú la amabas, porque lo sabe.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que ella lo sabe?</p>
-
-<p>&mdash;Claro que sí. Le he dicho también
-que, aunque yo me vaya, ocúrrame lo que
-me ocurra, tú debes ser siempre su Providencia.
-Yo las pongo, por decirlo así,
-en tus manos, Razumikin. Te digo esto,
-porque sé perfectamente que las amas y
-estoy convencido de la pureza de tus sentimientos.
-Sé también que ella puede
-amarte, si es que ya no te ama. Decide
-ahora si debes o no debes darte a la bebida.</p>
-
-<p>&mdash;Rodia... ¿Lo estás viendo?... Pues
-bien... ¡Demonio! Pero tú, ¿dónde vas
-a ir? Bueno. Desde el momento que todo
-esto es un secreto, no hay que hablar de
-ello; pero yo... yo sabré de qué se trata.
-Estoy convencido de que no es una cosa
-seria, sino tonterías con las cuales forma
-monstruos tu imaginación; tú eres un
-hombre excelente. Sí, un hombre excelente.</p>
-
-<p>&mdash;Quería añadir: pero me has interrumpido,
-que tenías razón hace un momento,
-cuando declarabas que renunciabas a conocer
-estos secretos. No te preocupes. Las
-cosas se descubrirán a su tiempo, y lo
-sabrás todo cuando el momento llegue.
-Ayer me dijo una persona que al hombre
-le hacía falta aire, aire, aire. Voy a ir en
-seguida a preguntarle lo que quieren decir
-sus palabras.</p>
-
-<p>Razumikin reflexionaba, y al cabo se
-le ocurrió esta idea:</p>
-
-<p>«Es, de seguro, un conspirador político
-y está en vísperas de una tentativa
-audaz; no puede ser de otra manera, y
-Dunia lo sabe», pensó de repente.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que Advocia Romanovna
-viene a tu casa&mdash;repuso recalcando cada
-frase&mdash;, y tú tratas de ver a alguno que
-dice que es menester más aire? Probable
-es que la carta haya sido enviada por ese
-hombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué carta?</p>
-
-<p>&mdash;Ha recibido una que la ha llenado de
-inquietud. He querido hablarle de ti y me
-ha suplicado que me callase. Después...
-después me dijo que nos separaríamos
-dentro de breve plazo, y se ha mostrado
-muy reconocida conmigo, tras de lo cual
-se encerró en su cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha recibido una carta?&mdash;preguntó
-Raskolnikoff intrigado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿No lo sabías?</p>
-
-<p>Los dos permanecieron callados durante
-un minuto.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Rodia, amigo mío... En cierto
-tiempo... Vamos, adiós... Tengo también
-que irme; por lo que hace a darme a
-la bebida, no haré tal cosa: es inútil.</p>
-
-<p>Salió muy de prisa; pero apenas acababa
-de cerrar la puerta, cuando volvió
-a abrirla de repente, mirando de través.</p>
-
-<p>&mdash;A propósito, ¿te acuerdas de aquel
-crimen? ¿del asesinato de aquella vieja?
-Pues has de saber que se ha descubierto
-el asesino; él mismo se ha reconocido culpable,
-y ha suministrado todas las pruebas
-necesarias en apoyo de sus afirmaciones.
-Es... ¡pásmate! uno de aquellos pintores
-a los cuales defendía yo con tanto<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-ardor. ¿Querrás creerlo? La persecución
-de los dos obreros, corriendo el uno detrás
-del otro en la escalera, mientras subían el
-<i>dvornik</i> y los dos testigos, los cachetes
-que se daban riendo, todo ello no era
-más que una treta imaginada para evitar
-sospechas. ¡Qué astucia! ¡Qué presencia
-de ánimo en ese tunante! Parece imposible;
-pero lo ha explicado todo; ha confesado
-por completo. ¡Qué despistado estaba
-yo! Tengo a ese hombre por el genio
-del disimulo y de la astucia. Después de
-esto, no hay ya nada de qué asombrarse.
-Fuerza es admitir la existencia de semejantes
-individuos. Si no ha sostenido su
-papel hasta el fin, si ha entrado en el camino
-de las confesiones, me veo obligado
-a admitir la verdad de lo que él dice. ¿Y
-yo he estado ciego hasta este punto? ¿Y
-he roto lanzas yo por esos dos hombres?</p>
-
-<p>&mdash;Te ruego que me digas cómo lo has
-sabido, y por qué te interesa tanto ese
-asunto&mdash;preguntó Raskolnikoff visiblemente
-agitado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que por qué me interesa? ¡Vaya una
-pregunta! En cuanto a la noticia me la
-han dado muchas personas, y principalmente
-Porfirio. El es quien me lo ha dicho
-casi todo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Porfirio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué es lo que te ha dicho?&mdash;preguntó
-Raskolnikoff inquieto.</p>
-
-<p>&mdash;Me lo ha explicado todo a maravilla,
-procediendo por el método psicológico,
-según su costumbre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y te lo ha explicado él mismo?</p>
-
-<p>&mdash;El mismo; adiós. Algo te diré más
-adelante. Ahora tengo necesidad de dejarte...
-Hubo un tiempo en que llegué a
-creer... vamos, ya te lo contaré otro día...
-¿Qué necesidad tengo de beber ahora?
-Tus palabras han bastado para embriagarme.
-En este momento estoy ebrio,
-ebrio sin haber bebido una gota de vino.
-Adiós, hasta muy pronto.</p>
-
-<p>Y salió.</p>
-
-<p>«Es un conspirador político; sí, de seguro,
-de seguro&mdash;acabó definitivamente
-Razumikin, mientras bajaba la escalera.&mdash;Ha
-comprometido, sin duda, a su hermana
-en esta empresa; esta conjetura es
-muy probable, dado el carácter de Advocia
-Romanovna. Han celebrado entrevistas...
-Ya me lo habían hecho sospechar
-ciertas palabras... esas alusiones... sí, eso
-es. De otro modo, ¿cómo encontrar una
-explicación? ¿Y pudo ocurrírseme? ¡Oh,
-Dios mío, que cosa había imaginado! Sí,
-había formado un juicio temerario, yo
-soy culpable respecto de él. La otra noche,
-en el corredor, al observar su rostro
-iluminado por la luz de la lámpara, tuve
-un minuto de alucinación. ¡Oh, qué
-idea tan horrible pude concebir! Mikolai
-ha hecho perfectamente en confesar. Sí,
-al presente se explica todo lo pasado: la
-enfermedad de Rodia, la extrañeza de su
-conducta, aquel humor sombrío o feroz
-que manifestaba ya cuando era estudiante...
-Pero, ¿qué significa esta carta? ¿de
-dónde procede? Algo todavía hay ahí...
-Yo sospecho... no tendré reposo hasta
-que halle la clave de todo esto.»</p>
-
-<p>Al pensar en Dunia, sintió que se le
-helaba el corazón y se quedó como clavado
-en el suelo. Tuvo que hacer un violento
-esfuerzo sobre sí mismo.</p>
-
-<p>En cuanto se hubo marchado Razumikin,
-Raskolnikoff se levantó y se acercó
-a la ventana; luego se paseó de un rincón
-a otro, como si hubiese olvidado las dimensiones
-exiguas de su cuartucho. Al
-fin, volvió a sentarse en el sofá. Un repentino
-cambio habíase operado en él;
-tenía aún que luchar; era un recurso.</p>
-
-<p>Sí, un recurso; un medio de escapar de
-su penosa situación y de la angustia que
-padecía desde que vió a Mikolai en el despacho
-de Porfirio. Después de aquel dramático
-incidente, en el mismo día, ocurrió
-la escena en casa de Sonia, escena
-cuyas peripecias y desenlaces habían engañado
-las previsiones de Raskolnikoff.
-Se había mostrado débil; había reconocido,
-de acuerdo con la joven, y reconocido
-sinceramente, que no podía llevar solo
-semejante fardo. ¿Y Svidrigailoff? Este
-era un enigma que le inquietaba, pero de
-otra manera; existía quizá medio de desembarazarse
-de Svidrigailoff; pero de
-Porfirio era harina de otro costal.</p>
-
-<p>«¿De modo que el mismo Porfirio es el
-que ha explicado a Razumikin la culpabilidad
-de Mikolai procediendo por el
-método psicológico?&mdash;continuaba diciéndose
-Raskolnikoff&mdash;. De seguro hay aquí
-algo de esa maldita psicología. ¿Porfirio?<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span>
-¿Cómo Porfirio ha podido creer durante
-un solo minuto culpable a Mikolai, después
-de la escena que acababa de pasar
-entre nosotros, y que no admite más que
-<i>una</i> solución? Durante aquella entrevista,
-sus palabras, sus gestos, sus miradas,
-el sonido de su voz, todo demostraba en
-él una convicción tan invencible que no
-ha podido quebrantar ninguna de las pretendidas
-confesiones de Mikolai.</p>
-
-<p>»Hasta el mismo Razumikin comenzaba
-a dudar. El incidente del corredor le
-ha hecho reflexionar, sin duda. Corrió a
-casa de Porfirio; pero, ¿por qué este último
-le ha engañado de este modo? Es
-evidente que no ha hecho tal cosa sin ningún
-motivo; debe de tener sus intenciones;
-pero, ¿cuáles son? En verdad, ha pasado
-ya bastante tiempo desde aquel día,
-y no tengo aún ni rastro de noticias de
-Porfirio. Quién sabe, sin embargo, si éste
-no será un mal signo...»</p>
-
-<p>Raskolnikoff tomó la gorra, y, después
-de ligera reflexión, se decidió a salir.
-Aquel día, por primera vez, después de
-muy largo tiempo, se sentía en plena posesión
-de sus facultades intelectuales.</p>
-
-<p>«Es preciso acabar con Svidrigailoff&mdash;pensaba&mdash;,
-y, cueste lo que cueste, terminar
-este asunto lo más pronto posible.
-Además, parece que espera mi visita.»</p>
-
-<p>En aquel instante se desbordó el odio
-de tal manera en su corazón, que, si hubiese
-podido matar al uno o al otro de
-aquellos dos seres detestables, Svidrigailoff
-o Porfirio, acaso no habría vacilado
-en hacerlo.</p>
-
-<p>Mas apenas había acabado de abrir la
-puerta, cuando se encontró cara a cara
-con Porfirio en persona. El juez de instrucción
-venía a su casa. Al pronto Raskolnikoff
-se quedó estupefacto; pero se
-repuso en seguida. Cosa extraña: aquella
-visita, ni le asombró demasiado, ni le
-causó casi ningún terror.</p>
-
-<p>«Esto es, acaso, el desenlace; mas, ¿por
-qué ha amortiguado el ruido de sus pasos?
-Nada he oído. Quizá estaba escuchando
-detrás de la puerta.»</p>
-
-<p>&mdash;No esperaba usted mi visita&mdash;dijo
-alegremente Porfirio Petrovitch&mdash;. Tenía
-desde hace mucho tiempo el propósito
-de venir a verle y, al pasar delante de su
-casa, se me ha ocurrido entrar a saludarle.
-¿Iba usted a salir? No le detendré.
-Cinco minutos solamente, el tiempo de
-fumar un cigarrillo...</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese usted, Porfirio Petrovitch,
-siéntese usted&mdash;dijo Raskolnikoff ofreciendo
-una silla al visitante, con un aire
-tan afable y satisfecho, que él mismo se
-hubiera sorprendido si hubiese podido
-verse.</p>
-
-<p>Habían desaparecido todas las huellas
-de sus impresiones precedentes. Acontece
-a veces que el hombre que por espacio de
-media hora ha estado luchando con un
-ladrón experimentando angustias mortales,
-no siente ningún temor cuando el puñal
-del bandido llega a su garganta.</p>
-
-<p>El joven se sentó enfrente de Porfirio
-y fijó en él una mirada tranquila. El juez
-de instrucción guiñó los ojos y comenzó
-por encender un cigarrillo.</p>
-
-<p>«¡Ah! ¡Vamos, habla, habla ya!», le gritaba
-mentalmente Raskolnikoff.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>II.</h3></div>
-
-<p>&mdash;¡Oh, estos cigarrillos&mdash;dijo por fin
-Porfirio&mdash;son mi muerte, y no puedo renunciar
-a ellos! Toso, tengo un principio
-de irritación en la garganta, y, además,
-soy asmático. No hace mucho que me hice
-visitar por Botkin, que emplea para
-examinar un enfermo por lo menos media
-hora; después de haberme reconocido
-atentamente, y auscultado, etc., me dijo,
-entre otras cosas: «No le prueba a usted
-el tabaco; tiene usted los pulmones dilatados.»
-Está bien; pero, ¿cómo dejar de
-fumar? ¿cómo substituir una costumbre?
-Yo no bebo. Ahí tiene usted la desgracia;
-¡je, je, je! Todo es relativo, señor Raskolnikoff.</p>
-
-<p>«He aquí otra vez un preámbulo que
-deja traslucir la astucia jurídica», murmuró
-aparte Raskolnikoff.</p>
-
-<p>Se acordó de su reciente entrevista con
-el juez de instrucción, y aquel recuerdo
-aumentó la cólera de que su alma rebosaba.</p>
-
-<p>&mdash;Estuve ayer aquí, ¿no lo sabía?&mdash;continuó
-Porfirio Petrovitch, paseando
-la mirada en derredor suyo;&mdash;estuve en
-este mismo cuarto. Halléme como hoy
-casualmente en la calle de usted, y se<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span>
-me ocurrió hacerle una visita. La puerta
-estaba abierta, entré, le esperé un momento,
-y fuí después, sin decir mi nombre
-a la criada. ¿No cierra usted nunca?</p>
-
-<p>La fisonomía de Raskolnikoff se obscurecía
-cada vez más. Porfirio Petrovitch
-adivinó, sin duda, lo que Raskolnikoff
-estaba pensando.</p>
-
-<p>&mdash;He venido a explicarme, querido
-Rodión Romanovitch. Debo a usted una
-explicación&mdash;prosiguió sonriendo y dando
-un golpecito en la rodilla del joven;
-pero casi al mismo instante tomó su
-cara una expresión seria, hasta triste,
-con gran asombro de Raskolnikoff, a
-quien el juez de instrucción se mostraba
-ahora bajo una fase inesperada&mdash;. La
-última vez que nos vimos pasó entre
-nosotros una extraña escena. Quizá he
-cometido con usted grandes errores, y
-lo siento. Recordará usted cómo nos separamos.
-Ambos teníamos los nervios
-muy excitados. Hemos faltado a las más
-elementales conveniencias, y, sin embargo,
-somos caballeros.</p>
-
-<p>«¿A dónde va a parar?»&mdash;se preguntaba
-Raskolnikoff sin apartar los ojos de
-Porfirio con inquieta curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;He pensado que haríamos mejor en
-adelante en obrar con sinceridad&mdash;repuso
-el juez de instrucción, bajando un
-poco los ojos, como si temiese turbar
-por esta vez con sus miradas a su víctima&mdash;;
-no es preciso que se renueven
-semejantes escenas. El otro día, sin la
-entrada de Mikolai no se adónde habrían
-llegado las cosas. Usted es muy irascible
-por temperamento, Rodión Romanovitch,
-y sobre esto me apoyé, porque
-un hombre muy acalorado deja muchas
-veces escapar sus secretos. ¡Si yo pudiese,
-me decía, arrancar una prueba cualquiera,
-aunque fuese la más insignificante,
-pero real, tangible, palpable, otra
-cosa distinta, en fin, que todas esas inducciones
-psicológicas! Tal es el cálculo
-que había yo hecho. Algunas veces este
-método da el resultado apetecido; pero
-esto no ocurre siempre, como he tenido
-ocasión de comprobar. Me hacía muchas
-ilusiones respecto del carácter de usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted, por qué me dice todo
-eso?&mdash;balbuceó Raskolnikoff, sin acabar
-de darse cuenta de la cuestión que se planteaba&mdash;.
-«¿Me creerá acaso inocente?»&mdash;añadió
-para sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué digo esto? Considero como
-un deber sagrado explicar a usted mi conducta,
-porque le he sometido, y lo reconozco,
-a una cruel tortura, y no quiero,
-Rodión Romanovitch, que me considere
-como un monstruo. Voy, pues, para justificarme,
-a exponer los antecedentes de
-este asunto. Al principio circularon rumores
-acerca de cuyo origen y naturaleza
-creo superfluo hablar; inútil creo también
-decirle a usted en qué ocasión se ha
-mezclado en este asunto la persona de
-usted. En cuanto a mí, lo que me ha hecho
-sospechar, es una circunstancia por
-otra parte puramente fortuita, de la cual
-no he dicho una palabra. De esos rumores
-y de esas circunstancias accidentales
-se ha desprendido para mí la misma conclusión.
-Lo confieso francamente, porque,
-a decir verdad, yo he sido el primero
-que ha puesto su nombre sobre el tapete.
-Dejo a un lado las anotaciones de los objetos
-encontrados en casa de la vieja. Tal
-indicio y otros muchos del mismo género
-nada significan. Estando en esto, tuve
-ocasión de conocer el incidente ocurrido
-en el despacho de policía. Aquella escena
-me fué referida con todo género de pormenores
-por alguno que había desempeñado
-su papel a las mil maravillas. Pues
-bien; en tales condiciones, ¿cómo no inclinarse
-en cierta dirección? «Cien conejos
-no hacen un caballo; cien presunciones
-no hacen una prueba», dice el proverbio
-inglés; esto también es lo que aconseja
-la razón; pero, ¿quién puede luchar
-contra las pasiones? El juez de instrucción
-es hombre, y, por consiguiente, apasionado.
-Me acordé también del trabajo
-que publicó usted en una Revista. Me
-había gustado mucho como aficionado,
-por supuesto, aquel primer ensayo de la
-juvenil pluma de usted. Se veía allí una
-convicción sincera y un entusiasmo ardiente.
-Aquel artículo debió de ser escrito
-con mano febril durante una noche de
-insomnio. «El autor no se detendrá aquí»,
-pensé yo al leerlo. ¿Cómo, dígame usted,
-no relacionar esto con lo que luego se siguió?
-La atracción era irresistible. ¡Ah,
-señor! ¿Digo algo? ¿Afirmo al presente lo
-que esto sea? Me limito a señalar una re<span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span>flexión
-que me hice entonces. ¿Qué es lo
-que pienso ahora? Nada; es decir, poco
-menos que nada. Por el momento, tengo
-entre las manos a Mikolai y hay hechos
-que le acusan... ¡Valientes hechos! Si le
-digo todo esto, es para que no dé usted
-torcida interpretación a mi conducta del
-otro día. ¿Por qué, me preguntará usted,
-no se hizo un registro en mi casa? Estuve
-aquí. ¡Je, je! Estuve cuando se hallaba
-usted enfermo, no como magistrado, sin
-carácter oficial. El cuarto de usted, desde
-las primeras sospechas, fué registrado
-minuciosamente, pero sin resultado. Entonces
-me dije: «Este hombre vendrá a
-mi casa, vendrá él mismo a buscarme, y
-dentro de muy poco tiempo; si es culpable,
-no puede dejar de venir. Otro no vendría,
-pero éste no faltará. ¿Se acuerda
-usted de las palabrerías de Razumikin?
-Le habíamos comunicado de intento nuestras
-conjeturas, con la esperanza de que
-él excitaría a usted hasta el punto de hacerle
-confesar. El señor Zametoff estaba
-asombrado de la audacia de usted, y,
-en efecto, mucha se necesitaba para decir
-en pleno café «yo he matado». Era eso verdaderamente
-cosa muy arriesgada. Yo le
-esperaba a usted con impaciencia confiada,
-y he aquí que Dios le envió. ¡Con
-qué fuerza latía mi corazón cuando le vi
-a usted presentarse! Vamos a ver, ¿qué
-necesidad tenía usted de ir? Sin duda recordará
-también que entró riéndose a
-carcajadas. Su risa me dió mucho que
-pensar; pero si no hubiese estado prevenido,
-tal vez no hubiera fijado mi atención
-en ello. ¡Y Razumikin! ¿Y qué decir
-de la piedra? ¿Se acuerda usted? La piedra
-bajo la cual están ocultos los objetos.
-Me parece que la estoy viendo desde aquí,
-no sé dónde, en un huerto. ¿No es de un
-huerto de lo que usted habló a Zametoff?
-Después, cuando hablamos del artículo de
-la Revista, creímos ver una segunda intención
-detrás de cada una de las palabras
-de usted. He aquí cómo, Rodión Romanovitch,
-mi convicción se ha ido formando
-poco a poco. «Ciertamente esto
-puede explicarse de otra manera», solía
-decirme yo, y aun podría ser que fuese
-más natural; convengo en ello. Mejor sería
-una prueba, por pequeña que fuese.
-Pero al saber la historia del cordón de la
-campanilla, no tuve ya duda alguna; creí
-poseer la prueba deseada, y ya no he querido
-reflexionar más. En aquel momento
-hubiera dado de buena gana mil rublos
-de mi bolsillo por verle a usted con mis
-propios ojos, andando cien pasos, hombro
-con hombro con un burgués que le
-había llamado a usted asesino, sin que
-usted se atreviese a responderle. Cierto;
-no se debe dar gran importancia a los hechos
-y gestos de un enfermo que habla
-bajo una especie de delirio. Sin embargo,
-después de lo sucedido, ¿cómo ha podido
-asombrarse usted, Rodión Romanovitch,
-de la manera como me he portado? ¿Y por
-qué, precisamente en aquel momento,
-vino usted a mi casa? El mismo diablo,
-sin duda, le impulsó a usted, y si Mikolai
-no nos hubiese separado... ¿Se acuerda
-usted de la entrada de Mikolai? Aquello
-fué como un rayo. ¡Cómo lo recibí! No hice
-el menor caso de sus palabras, como
-pudo usted advertir. Después que usted
-se marchó seguí interrogándole. Me respondió
-sobre ciertos puntos de una manera
-tan exacta, que me quedé asombrado;
-a pesar de esto, sus declaraciones no
-lograron destruir mi incredulidad, y me
-quedé tan inquebrantable como una roca.»</p>
-
-<p>&mdash;Razumikin acaba de decirme que
-estaba usted ya convencido de la culpabilidad
-de Mikolai; que usted mismo le
-había asegurado que...</p>
-
-<p>Le faltó el habla y no pudo continuar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Razumikin!&mdash;exclamó Porfirio
-Petrovitch, que parecía satisfecho de haber
-oído, al cabo, que salía una observación
-de labios de Raskolnikoff&mdash;. ¡Je, je,
-je! trataba de verme libre de Razumikin,
-que venía a mi casa con aires investigadores
-y que nada tiene que ver en este
-negocio. Dejémosle a un lado, si a usted
-le parece. ¿Quiere usted saber la idea que
-tengo yo formada de Mikolai? Ante todo,
-es como un niño; aun no ha llegado a
-su mayor edad. Sin ser precisamente una
-naturaleza pusilánime, es impresionable
-como un artista. No se ría usted si le caracterizo
-de ese modo: es cándido, sensible,
-fantástico. En su pueblo, canta, baila
-y narra cuentos, que van a oír los campesinos
-de las aldeas vecinas. Suele beber
-hasta perder la razón; no porque sea,
-propiamente hablando, lo que se dice un<span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span>
-borracho, sino porque no sabe resistir
-a la influencia del ejemplo cuando se halla
-entre amigos. No comprende que ha
-cometido un robo apropiándose de un estuche
-que ha encontrado. «Puesto que lo
-he encontrado en el suelo, dice, tenía perfecto
-derecho a tomarlo.» Según los vecinos
-de Zaraisk, sus paisanos, era devoto
-hasta la exaltación: pasaba las noches
-rezando y leía sin cesar libros religiosos
-(los viejos, los verdaderos). San Petersburgo
-ha influído mucho en él, y una vez
-aquí, se ha dado al vino y a las mujeres,
-lo que le ha hecho olvidar la religión. Sé
-que uno de nuestros artistas ha comenzado
-a darle lecciones. En esto ocurre ese
-crimen. El pobre muchacho se asusta, y
-se echa una cuerda al cuello. ¿Qué quiere
-usted? Nuestro pueblo no puede sacudir
-de su espíritu el prejuicio de que todo
-hombre buscado por la policía es hombre
-condenado. En la prisión, Mikolai ha
-vuelto al misticismo de sus primeros
-años. Ahora tiene sed de expiación, y sólo
-por eso se ha confesado culpable. Mi
-convicción en este punto está basada en
-ciertos hechos que él mismo no conoce.
-Por lo demás, acabará por confesarme
-toda la verdad. ¿Cree usted que sostendrá
-su papel hasta el fin? Espere usted un
-poco, y ya verá cómo rectifica sus confesiones.
-Además, si logra dar sobre ciertos
-puntos un carácter de verosimilitud a su
-declaración, en cambio sobre otros se encuentra
-en completa contradicción con
-los hechos, y nada sabe de ellos. No, Rodión
-Romanovitch, no; el culpable no es
-Mikolai. Nos encontraremos frente a un
-hecho fantástico y sombrío; este crimen
-tiene la marca del siglo y lleva hondamente
-grabado el sello de una época que hace
-consistir toda la vida en buscar la comodidad.
-El culpable es un tétrico, una víctima
-del libro; ha desplegado en su ensayo
-mucha audacia; pero esta audacia es
-de un género particular: es la de un hombre
-que se precipita desde lo alto de una
-montaña o de un campanario. Ha olvidado
-cerrar la puerta detrás de él y ha
-matado a dos personas para poner en
-práctica una teoría. Ha matado y no ha
-sabido aprovecharse de su dinero; lo que
-pudo tomar fué a ocultarlo bajo una piedra.
-No bastándole las angustias pasadas
-en la antesala mientras oía los golpes dados
-a la puerta y el sonido repetido de la
-campanilla, cediendo a una irresistible
-necesidad de experimentar la misma emoción,
-fué más tarde a visitar el cuarto vacío
-y a tirar del cordón de la campanilla.
-Atribuyamos esto a la enfermedad, a un
-semidelirio, bueno; pero he aquí un punto
-digno de notarse; ha matado, y no deja
-de considerarse como un hombre honrado,
-desprecia a los demás, y se da aires
-de ángel pálido. No, no se trata aquí de
-Mikolai, Rodión Romanovitch. Mikolai
-no es culpable.</p>
-
-<p>Este golpe era tanto más inesperado,
-cuanto que llegaba después de la especie
-de honrosa disculpa dada por el juez de
-instrucción. Raskolnikoff se echó a temblar.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿quién es el que ha matado?&mdash;balbuceó
-con voz entrecortada.</p>
-
-<p>El juez de instrucción se recostó en el
-respaldo de la silla, como asombrado de
-semejante pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Que quién ha matado?&mdash;replicó,
-como si no hubiese dado crédito
-a sus oídos&mdash;. ¿Quién ha de ser? ¡Usted,
-Rodión Romanovitch, usted es el que
-ha matado! ¡Sí, usted!...&mdash;añadió en voz
-baja y en tono de profundo convencimiento.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se levantó bruscamente,
-permaneció en pie algunos segundos, y
-después se sentó sin decir una sola palabra.
-Ligeras convulsiones agitaban los
-músculos de su rostro.</p>
-
-<p>&mdash;Le tiemblan a usted las manos como
-el otro día&mdash;hizo notar con interés Porfirio&mdash;.
-Por lo que veo, usted no se ha
-hecho cargo del objeto de mi visita, Rodión
-Romanovitch&mdash;prosiguió, después
-de una pausa&mdash;. De aquí el asombro de
-usted. He venido precisamente para decirlo
-todo y esclarecer la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo no he matado!&mdash;murmuró el joven,
-defendiéndose como lo hace un niño
-sorprendido en falta.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ha sido usted, Rodión Romanovitch;
-ha sido usted, usted solo&mdash;replicó
-severamente el juez de instrucción.</p>
-
-<p>Ambos se callaron y, cosa extraña,
-este silencio se prolongó por unos diez
-minutos.</p>
-
-<p>Apoyado de codos sobre la mesa, Ras<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>kolnikoff
-se metía los dedos entre el cabello.
-Porfirio Petrovitch esperaba sin
-dar señal alguna de impaciencia. De repente
-el joven miró despreciativamente
-al magistrado.</p>
-
-<p>&mdash;Vuelve usted a sus antiguas prácticas,
-Porfirio Petrovitch. ¡Siempre los
-mismos procedimientos! ¿Cómo no le fastidian
-a usted ya?</p>
-
-<p>&mdash;No se ocupe usted de mis procedimientos.
-Otra cosa sería si estuviésemos
-en presencia de testigos; pero aquí hablamos
-a solas. No he venido para cazarle
-y prenderle como un pajarito. Que usted
-confiese o no, en este momento me es
-igual. En un caso y en otro, mi convicción
-está formada.</p>
-
-<p>&mdash;Si eso es así, ¿por qué ha venido usted?&mdash;preguntó
-con mal gesto Raskolnikoff&mdash;;
-le repito la pregunta que ya en
-otra ocasión le hice: Si me cree usted culpable,
-¿por qué no dicta un auto de prisión
-contra mí?</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya una pregunta! Le responderé
-a usted punto por punto: en primer lugar,
-la detención de usted no me serviría
-para nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Que no le serviría a usted
-de nada? Puesto que está convencido,
-debería usted...</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué importa mi convicción? Hasta
-el presente no descansa más que sobre
-nubes. ¿Y para qué había de poner a usted
-<i>en reposo</i>? Usted lo comprende, puesto
-que pide usted que se le detenga. Supongo
-que careado con el burgués, usted
-diría: «Tú, de seguro, estabas bebido.
-¿Quién me ha visto contigo? Te tomé sencillamente
-por lo que eres, por un borracho.»
-¿Qué podría yo replicarle entonces,
-tanto más, cuanto que la respuesta de
-usted sería más verosímil que la declaración
-de él, que es de pura psicología, y
-porque, además, la apreciación de usted
-sería exacta, puesto que ese hombre es
-conocido por su afición a los licores? Muchas
-veces le he confesado a usted con
-franqueza que toda esta psicología tiene
-dos filos, y que, fuera de eso, yo, por el
-momento, ninguna prueba tengo contra
-usted. Claro es que, al cabo, le detendré,
-y he venido aquí para avisárselo, y, sin
-embargo, no vacilo en manifestarle que
-eso no me servirá de nada. El segundo
-objeto de mi venida...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál es?&mdash;preguntó Raskolnikoff
-anhelante.</p>
-
-<p>&mdash;... Ya se lo he dicho. Tenía que explicarle
-mi conducta, porque no quiero
-pasar a los ojos de usted por un monstruo,
-y además, porque, créalo o no, mis intenciones
-son muy favorables a usted.
-En vista, pues, del interés que yo siento
-por usted, le propongo francamente vaya
-a denunciarse. He venido aquí para darle
-este consejo. Es el partido más ventajoso
-que puede tomar, ventajoso para usted
-y para mí, que me vería desembarazado
-de este asunto. ¿Qué le parece a usted?
-Soy bastante franco?</p>
-
-<p>Raskolnikoff reflexionó durante un
-minuto.</p>
-
-<p>&mdash;Escuche usted, Porfirio Petrovitch;
-según sus propias palabras, no tiene contra
-mí más que inducciones psicológicas
-y aspira a la evidencia matemática.
-¿Quién le dice que no se engaña?</p>
-
-<p>&mdash;No, Rodión Romanovitch, no me engaño.
-Tengo una prueba, que encontré
-el otro día; Dios me la ha enviado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué prueba es ésa?</p>
-
-<p>&mdash;No se lo diré a usted; pero, en todo
-caso, no tengo el derecho de contemporizar;
-voy a hacerle detener. Ahora juzgue
-usted. Cualquier resolución que tome
-actualmente, poco me importa; cuanto
-le he dicho es únicamente en interés suyo.
-La mejor solución es la que yo le indico:
-créalo usted, Rodión Romanovitch.</p>
-
-<p>El joven se sonrió con expresión de
-cólera.</p>
-
-<p>&mdash;El lenguaje de usted es más que ridículo:
-es impudente. Supongamos que
-soy culpable (lo que en modo alguno reconozco):
-¿por qué he de ir a denunciarme,
-puesto que, como dice usted mismo,
-allí, en la cárcel, estaría <i>en reposo</i>?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh Rodión Romanovitch! No tome
-usted estas palabras al pie de la letra.
-Puede usted encontrar allí reposo, y puede
-no encontrarlo. Tengo, es cierto, la
-creencia de que la prisión tranquiliza al
-culpable; pero esto no es más que una
-teoría, y una teoría mía personal. Así,
-pues, ¿soy yo una autoridad para usted?
-¡Quién sabe si en este momento mismo no<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>
-le oculto alguna cosa! No puede usted
-exigir que le entregue todos mis secretos,
-¡je, je, je! Lo incontestable es el provecho
-que sacará usted haciendo lo que yo le
-propongo: irá ganando, puesto que su
-condena disminuirá notablemente. Piense
-usted un poco en qué momento vendría
-a denunciarse: en el que otra persona
-ha asumido sobre sí la responsabilidad
-del crimen, embrollando, en cierto
-modo, el proceso. Por lo que a mí toca,
-juro ante Dios dejarle a usted en el
-tribunal todas las ventajas de su iniciativa.
-Los jueces ignorarán, se lo prometo,
-toda esa psicología, todas las sospechas
-recaídas sobre usted y su conducta tendrá
-a los ojos de aquellos magistrados un
-carácter absolutamente espontáneo. En
-el crimen de usted no se verá más que el
-resultado de una impulsión fatal, y no
-otra cosa. Soy un hombre honrado, Rodión
-Romanovitch, y mantendré mi palabra.</p>
-
-<p>Raskolnikoff bajó la cabeza y reflexionó
-durante largo tiempo; luego sonrióse
-de nuevo; pero esta vez su sonrisa era dulce
-y melancólica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me importa?&mdash;dijo, sin parecer
-que se daba cuenta de que su lenguaje
-equivalía casi a una confesión&mdash;, ¿qué me
-importa la diminución de pena de que usted
-me habla? No la necesito para nada.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, lo que yo temía&mdash;exclamó,
-como a pesar suyo, Porfirio&mdash;. Ya me temía
-yo que desdeñaría usted nuestra indulgencia.</p>
-
-<p>Raskolnikoff le miró con expresión
-grave y triste.</p>
-
-<p>&mdash;No desprecie usted la vida&mdash;continuó
-el juez de instrucción&mdash;. Todavía es
-muy larga para usted. ¿Cómo? ¿No quiere
-una diminución de pena? ¡A fe que no es
-usted descontentadizo!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tendría yo en adelante en perspectiva?</p>
-
-<p>&mdash;La vida. ¿Acaso es usted profeta,
-para saber lo que la vida le reserva? Busque
-usted, y encontrará. Quizá Dios esperaba
-a usted. Por otra parte, su condena
-no será perpetua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Obtendré circunstancias atenuantes!...&mdash;dijo
-riendo Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es quizá, vergüenza burguesa lo
-que le impide a usted confesarse culpable?
-¡Es preciso sobreponerse a eso!</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¡Yo me burlo de esa preocupación!&mdash;murmuró
-con tono despreciativo
-el joven.</p>
-
-<p>Hizo ademán de levantarse; pero se
-quedó sentado, abatidísimo.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted desconfiado, y piensa, sin
-duda, que trato de embaucarle groseramente;
-pero, ¿acaso ha vivido usted mucho?
-¿qué sabe usted de la existencia?
-Ha imaginado usted una teoría que ha
-venido a producir en la práctica consecuencias
-cuya falta de originalidad le
-avergüenza ahora. Ha cometido usted un
-crimen, es verdad; pero no es usted, ni
-con mucho, un criminal irremisiblemente
-perdido. ¿Cuál es mi opinión acerca de usted?
-Le considero como uno de esos hombres
-que se dejarían arrancar las entrañas
-sonriendo a sus verdugos, con tal solamente
-de haber encontrado una fe o un
-Dios. Pues bien: encuéntrelos usted, y
-vivirá. En primer lugar, tiene usted necesidad,
-desde hace tiempo, de cambiar
-de aire. Además, el sufrimiento es una
-buena cosa. Sufra usted. Quizá Mikolai
-tiene razón al querer sufrir. Ya sé yo que
-es usted un escéptico, pero sin razonar,
-abandónese usted a la corriente de la vida;
-esta corriente le llevará a alguna parte.
-¿A dónde? No se preocupe usted; ya
-llegará a alguna orilla. ¿Cuál? Lo ignoro,
-creo solamente que usted debe vivir
-todavía mucho tiempo. Sin duda, piensa
-usted ahora que estoy representando
-el papel de juez; pero acaso más tarde se
-acuerde usted de mis palabras y saque
-provecho de ellas; por eso le hablo así.
-Todavía es una ventaja que no haya usted
-matado más que a una mala vieja.
-Con otra teoría, habría cometido usted
-una acción cien mil veces peor. Puede
-usted aun dar gracias a Dios. ¡Quién puede
-saber cuáles son sus altos designios
-acerca de usted! Recobre usted su valor,
-no retroceda por pusilaminidad ante lo
-que exige la justicia. Sé que usted no me
-cree; pero con el tiempo volverá a tomar
-gusto a la vida. Ahora lo que le hace falta
-solamente es aire, aire, aire.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se estremeció.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿quién es usted&mdash;gritó&mdash;para<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>
-hacerme esas profecías? ¿Qué suprema
-sabiduría le permite adivinar mi porvenir?</p>
-
-<p>&mdash;¿Que quién soy? Un hombre acabado,
-y nada más. Un hombre sensible y
-compasivo, a quien la experiencia ha enseñado
-quizás algo; pero un hombre completamente
-acabado. Usted es otra cosa;
-usted se halla al principio de la existencia,
-y esta aventura, ¿quién sabe? quizá no
-dejará ninguna huella en la vida de usted.
-¿Por qué temer tanto el cambio que va a
-experimentar en su situación? ¿Son acaso
-las comodidades de la vida las que usted
-ha de echar de menos? ¿Se aflige usted
-pensando que ha de estar largo tiempo
-confinado en la obscuridad? De usted
-depende que esta obscuridad no sea eterna.
-Sea usted un sol, y todo el mundo le
-verá. ¿Por qué se sonríe usted? ¿Piensa
-que éstas son maniobras de juez de instrucción?
-Es muy posible, ¡je, je! No le
-pido que me crea bajo mi palabra, Rodión
-Romanovitch; hago mi oficio, convengo
-en ello; pero acuérdese de lo que
-le digo. Los acontecimientos le demostrarán
-si soy un impostor o un hombre honrado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo piensa usted detenerme?</p>
-
-<p>&mdash;Puedo dejarle a usted aún día y medio
-o dos días en libertad. Haga usted sus
-reflexiones, amigo mío; ruegue usted a
-Dios que le inspire. El consejo que le doy
-es bueno, créalo usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si me escapase?&mdash;preguntó Raskolnikoff
-con equívoca sonrisa.</p>
-
-<p>&mdash;No se escapará. Un <i>mujik</i> huiría: un
-revolucionario de ahora, esclavo de pensamiento
-ajeno, huiría también, porque
-tiene un <i>credo</i> ciegamente aceptado para
-toda la vida; pero usted no cree en su teoría.
-¿Qué quedaría de ella si huyera usted?
-Y, por otra parte, ¿puede darse una
-existencia más innoble y penosa que la de
-un fugitivo? Si huyese usted, volvería
-para entregarse espontáneamente... <i>¡Usted
-no puede pasarse sin nosotros!</i> Cuando
-yo le detuviese al cabo de un mes o dos,
-pongamos tres, se acordaría de mis palabras
-y confesaría. Vendría usted a parar
-a esto insensiblemente, casi sin darse
-cuenta de ello. Más aún, estoy persuadido
-de que, después de haberlo reflexionado
-usted bien, se decidirá usted a aceptar
-la expiación. En este momento no lo
-cree; pero ya verá. En efecto, Rodión Romanovitch,
-el sufrimiento es una gran
-cosa. En boca de un hombre que no se
-priva de nada, este lenguaje puede parecer
-ridículo. No importa; hay una idea
-en el sentimiento. Mikolai tiene razón.
-Usted no emprenderá la fuga, Rodión Romanovitch.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se levantó y tomó la gorra;
-el juez hizo lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Va usted a pasearse? La tarde será
-buena; sólo que no hay tormenta. Sería
-conveniente, porque refrescaría la temperatura.</p>
-
-<p>&mdash;Porfirio Petrovitch&mdash;dijo el joven
-con tono seco y breve&mdash;, le ruego que no
-vaya a figurarse que le he hecho hoy confesiones.
-Es usted un hombre extraño, y
-le he escuchado por pura curiosidad; pero
-no he confesado nada... no lo olvide usted.</p>
-
-<p>&mdash;Basta, no lo olvidaré. ¡Oh, cómo
-tiembla! No se inquiete usted, querido:
-tomo nota de su recomendación. Pasee
-usted un poco; pero no traspase ciertos
-límites. En todo caso, tengo un pequeño
-encargo que hacer a usted&mdash;dijo bajando
-la voz&mdash;; es algo delicado, pero tiene su
-importancia: en el caso, poco probable
-según mi creencia, de que durante esas
-cuarenta y ocho horas le dé a usted la
-humorada de acabar con su vida (perdóneme
-esta absurda suposición), deje
-usted un billetito, nada más que dos líneas,
-indicando el sitio donde está la piedra;
-eso será más noble. Ea, hasta la vista;
-que Dios le inspire buenos pensamientos.</p>
-
-<p>Porfirio se retiró, evitando mirar a Raskolnikoff,
-y éste se acercó a la ventana y
-esperó con impaciencia el momento en
-que, según sus cálculos, el juez de instrucción
-debía de estar lejos de la casa. En seguida
-salió de ella apresuradamente.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>III.</h3></div>
-
-<p>Tenía prisa de ver a Svidrigailoff. Ignoraba
-qué era lo que podía esperar de
-aquel hombre que ejercía sobre él un poder
-tan misterioso. Desde que Raskolnikoff
-se hubo convencido de ello, le devo<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>raba
-la inquietud, y al presente no podía
-retrasar el momento de una explicación.</p>
-
-<p>Conforme iba andando le preocupaba,
-sobre todo, esta sospecha: ¿habrá ido
-Svidrigailoff a casa de Porfirio?</p>
-
-<p>Pero a lo que él se le alcanzaba, Svidrigailoff
-no debía haber ido. Raskolnikoff
-lo hubiera jurado. Repasando en su
-mente todas las circunstancias de las visitas
-de Porfirio, llegaba siempre a la misma
-conclusión negativa. Pero el que Svidrigailoff
-no hubiese ido aún, no quería
-decir que no lo haría más tarde.</p>
-
-<p>Sin embargo, en este punto el joven se
-inclinaba también a creer que no iría.
-¿Por qué? No habría podido aducir las
-razones en que se fundaba, y aunque hubiera
-podido explicárselo, no se habría
-preocupado demasiado. Todas estas cosas
-le atormentaban, y al propio tiempo
-le eran casi indiferentes. Cosa extraña,
-casi increíble: por crítica que fuese su situación
-actual, Raskolnikoff no tenía, a
-causa de ella, más que una débil inquietud.
-Lo que le ponía en cuidado era una
-cuestión mucho más importante, que no
-era aquélla. Experimentaba, además, un
-inmenso cansancio moral, aunque para
-razonar se hallaba en mucho mejor estado
-que los días precedentes.</p>
-
-<p>Después de tantos combates librados,
-¿sería menester aún nueva lucha para
-triunfar de aquellas miserables dificultades?
-¿Convendría, por ejemplo, ir a
-poner sitio a Svidrigailoff, ante el temor
-de que fuese a casa del juez de instrucción?</p>
-
-<p>¡Oh, cuánto le enervaba todo aquello!</p>
-
-<p>Sin embargo, tenía prisa de ver a Arcadio
-Ivanovitch. ¿Esperaba de él algo
-nuevo, un consejo, un medio de salir de
-su situación? Los náufragos se agarran a
-una paja. ¿Era el destino o el instinto lo
-que empujaba a estos hombres uno hacia
-el otro? Quizá Raskolnikoff daba este
-paso sencillamente porque no sabía a qué
-santo encomendarse; tal vez tenía necesidad
-de alguien que no fuese Svidrigailoff,
-y tomaba a este último a falta de
-otro mejor. ¿Sonia? ¿Para qué había de
-ir a casa de Sonia? ¿Para hacerla llorar
-más? Por otra parte, Sonia le daba espanto.
-Esta joven era para él el decreto
-irrevocable, la sentencia sin apelación.
-En aquel momento no se sentía con fuerzas
-para afrontar la vista de la muchacha.
-No, era mejor hacer una tentativa
-acerca de Svidrigailoff. Se confesaba interiormente
-que desde hacía largo tiempo
-Arcadio Ivanovitch le era en cierto
-modo necesario.</p>
-
-<p>No obstante, ¿qué podía haber de común
-entre ellos? Su criminalidad misma
-no era motivo para aproximarlos. Aquel
-hombre le desagradaba mucho, pues evidentemente
-era muy disipado y quizá
-muy malo. Acerca de él corrían siniestras
-leyendas. Cierto que protegía a los huérfanos
-de Catalina Ivanovna; pero, ¿sabía
-por qué obraba de este modo? Tratándose
-de semejante hombre, había de temer
-siempre algún tenebroso designio.</p>
-
-<p>Desde muchos días antes no cesaba de
-inquietarle otro pensamiento, aunque el
-joven, por lo penoso que le era, se esforzase
-en desecharlo.</p>
-
-<p>«Svidrigailoff anda siempre dando vueltas
-en derredor mío&mdash;se decía&mdash;; ha descubierto
-mi secreto, tuvo intenciones
-acerca de mi hermana... quizá las tiene
-todavía. ¿Tratará ahora que posee mi secreto
-de emplearlo como arma contra
-Dunia?»</p>
-
-<p>Este pensamiento, que solía preocuparle
-hasta en sueños, no se había presentado
-jamás a su imaginación con tanta claridad
-como en aquel momento en que se
-dirigía al domicilio de Svidrigailoff. Se le
-ocurrió la idea de decírselo todo a su hermana,
-lo que cambiaría extraordinariamente
-la situación. Pensó después que
-haría bien en denunciarse, para prevenir
-un paso imprudente por parte de Dunia.
-¿Y la carta? Aquella mañana Dunia había
-recibido una. ¿Quién, en San Petersburgo,
-podía escribirle? ¿Acaso Ludjin?
-En verdad, Razumikin era buen guardián,
-pero no sabía nada. «¿No debería yo
-contárselo todo a Razumikin?&mdash;se preguntó
-Raskolnikoff con alivio de corazón&mdash;.
-En todo caso, es preciso ver cuanto
-antes a Svidrigailoff. Gracias a Dios, los
-pormenores importan aquí menos que el
-fondo de la cuestión; pero si Svidrigailoff
-tiene la audacia de intentar alguna
-cosa contra mi hermana, le mataré.»</p>
-
-<p>Tenía el alma oprimida por un penoso
-presentimiento. Se detuvo en medio de<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span>
-la calle y miró en derredor suyo. ¿Qué camino
-había tomado? ¿En dónde estaba? Se
-encontraba en la perspectiva***, a treinta
-o cuarenta pasos del Mercado del Heno,
-que acababa de atravesar. El piso segundo
-de la casa a la izquierda estaba ocupado
-totalmente por un café; todas las ventanas
-se hallaban abiertas. A juzgar por
-las cabezas que allí se veían, el café debía
-estar lleno de gente. En la sala se cantaba,
-se tocaba el violín, el clarinete y el
-tambor turco; se oían también gritos de
-mujeres. Sorprendido de verse en aquel
-sitio, el joven iba a volver sobre sus pasos,
-cuando, de pronto, en una de las ventanas
-vió a Svidrigailoff con la pipa en la
-boca, sentado delante de una mesa de
-tomar te. Aquella vista le causó asombro
-mezclado de terror. Svidrigailoff le contemplaba
-en silencio y, cosa que asombró
-aún más a Raskolnikoff, hizo un movimiento
-como si tratase de impedir que
-le viesen. Por su parte Raskolnikoff fingió
-no verle, y se puso a mirar hacia otro
-lado; pero continuaba siguiéndole con
-el rabillo del ojo. La inquietud le hacía
-latir el corazón. Evidentemente Svidrigailoff
-no quería ser visto. Se quitó la pipa
-de la boca y quiso retirarse; pero al
-levantarse reconoció, sin duda, que era
-demasiado tarde. Repitióse sobre poco
-más o menos la misma escena que al principio
-de la entrevista en la habitación de
-Raskolnikoff; cada uno de ellos sabía que
-era observado por el otro. Una maliciosa
-sonrisa erró en los labios de Svidrigailoff,
-el cual prorrumpió, al fin, en una estrepitosa
-carcajada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues bien, entre usted, si quiere;
-aquí estoy!&mdash;gritó desde la ventana.</p>
-
-<p>El joven subió.</p>
-
-<p>Encontró a Svidrigailoff en un gabinete
-pequeño contiguo a una gran sala,
-en la cual había muchos parroquianos:
-comerciantes, funcionarios, y otros estaban
-tomando te y oyendo a los coristas
-que hacían un estruendo espantoso. En
-una habitación inmediata se jugaba al billar.
-Svidrigailoff tenía delante una botella
-de <i>Champagne</i> empezada y un vaso
-medio lleno. Le acompañaban dos músicos
-callejeros: un organillero y una cantante.
-Esta, muchacha de diez y ocho
-años, fresca y bien portada, llevaba un
-traje a rayas y un sombrero tirolés adornado
-de cintas. Acompañada por el organillero
-cantaba con voz de contralto,
-bastante fuerte, una canción trivial en
-medio del ruido que llegaba de la otra
-sala.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ea, basta!&mdash;dijo Svidrigailoff cuando
-entró el hermano de Dunia.</p>
-
-<p>La cantante se detuvo en seguida y esperó
-en actitud respetuosa. Antes también,
-mientras dejaba oír sus vulgaridades
-melódicas, mostraba en su fisonomía
-cierta expresión de respeto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, Felipe, un vaso!&mdash;gritó Svidrigailoff.</p>
-
-<p>&mdash;No bebo vino&mdash;dijo Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Como usted guste. Bebe, Katia.
-Ahora no tengo necesidad de ti; puedes
-retirarte.</p>
-
-<p>Sirvió un gran vaso de vino y le dió un
-billetito de color amarillo. Katia bebió
-el vaso de <i>Champagne</i> a pequeños sorbos
-como suelen hacerlo las mujeres, y después
-de haber tomado el billete, besó la
-mano de Svidrigailoff, que aceptó con
-aire grave el testimonio de aquel respeto
-servil.</p>
-
-<p>Aun no hacía ocho días que Arcadio
-Ivanovitch había llegado a San Petersburgo,
-y ya se le tenía por un antiguo
-parroquiano del establecimiento.</p>
-
-<p>&mdash;Iba a casa de usted&mdash;dijo Raskolnikoff,
-cuando les dejaron solos&mdash;; pero,
-¿cómo se explica que atravesando el
-Mercado del Heno he tomado por la perspectiva***?
-Jamás paso por aquí. Tomo
-siempre la derecha al salir del Mercado.
-Este no es el camino para ir al domicilio
-de usted. Apenas he asomado por esta
-parte, cuando le he visto... ¡Es extraño!</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no añade usted que es un
-milagro?</p>
-
-<p>&mdash;Porque quizá no es más que una casualidad.</p>
-
-<p>&mdash;Esa es la salida a que recurren todos&mdash;contestó
-riendo Svidrigailoff&mdash;. Aunque
-en el fondo se crea en el milagro, nadie
-se atreve a confesarlo. Usted mismo
-acaba de decir que esto «quizá» no es más
-que una casualidad. No puede usted imaginarse,
-Rodión Romanovitch, cuán poco
-valor hay aquí para sostener una opinión.
-No lo digo por usted, porque sé que
-si tiene una opinión personal, no teme<span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span>
-afirmarla; por eso precisamente ha atraído
-usted mi curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sólo por eso?</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que es bastante.</p>
-
-<p>Svidrigailoff se hallaba en un visible
-estado de excitación, aunque no había
-bebido más que un vaso de vino espumoso.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que cuando usted vino a mi
-casa ignoraba todavía si yo tenía o no
-eso que llama usted opinión personal&mdash;observó
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces era otra cosa. Cada cual
-tiene su manera de ver; pero, en cuanto
-al milagro, diré que quizá ha estado usted
-durmiendo durante todos estos días. Yo
-mismo le di las señas de este café, y no
-es sorprendente que haya usted venido
-derechamente a él. Le indiqué el camino
-que se debe seguir para encontrarme. ¿No
-se acuerda usted?</p>
-
-<p>&mdash;Lo he olvidado&mdash;respondió sorprendido
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;No lo dudo; por dos veces le he dado
-estas indicaciones. La dirección se ha
-grabado maquinalmente en la memoria
-de usted, y ella le ha guiado a su pesar;
-pero he aquí que se me ocurre una cosa:
-estoy seguro de que en San Petersburgo
-muchas personas andan hablando consigo
-mismas. Es una ciudad de semilocos.
-Si hubiese en ella sabios, médicos, jurisconsultos
-y filósofos, podrían hacer curiosos
-estudios, cada cual en su especialidad.
-No hay otro lugar en el mundo en
-que el alma humana esté sometida a influencias
-tan sombrías y tan extrañas; la
-acción solamente del clima es ya funesta.
-Desgraciadamente, San Petersburgo es
-el centro administrativo de la nación, y
-su carácter debe reflejarse en toda Rusia.
-Mas ahora no se trata de eso; quería decirle
-a usted que le he visto pasar muchas
-veces por la calle. Al salir de casa llevaba
-usted la cabeza alta; después de andar
-veinte pasos la baja usted, y cruza los
-brazos detrás de la espalda. Mira usted,
-pero es evidente que no ve cosa alguna.
-Por último, se pone usted a mover los
-labios y a hablar consigo mismo; unas veces
-gesticula, otras declama, otras se detiene
-en medio de la calle, durante más
-o menos tiempo. Esto, en rigor, nada significa.
-Sin embargo, se fijan en usted varias
-personas, como yo, y tal cosa no carece
-de peligros. A mí, ¿qué me importa?
-No tengo la pretensión de curarle; pero
-usted, sin duda, me comprende.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted que se me sigue?&mdash;preguntó
-Raskolnikoff fijando en Svidrigailoff
-una mirada investigadora.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;respondió éste asombrado&mdash;; no
-sé nada.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, no hablemos de mí&mdash;murmuró
-Raskolnikoff frunciendo las cejas.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien. No hablaremos de usted.</p>
-
-<p>&mdash;Dígame más bien si es verdad que
-por dos veces me ha indicado este <i>traktir</i>
-como sitio en que podía encontrarle a usted;
-¿por qué, hace un momento, cuando
-he levantado los ojos a la ventana, se
-ha ocultado usted, tratando de que yo no
-le viera? Lo he advertido perfectamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Je, je, je! ¿Y por qué el otro día,
-cuando entré en el cuarto de usted, se
-fingió el dormido, aunque estaba despierto?
-Lo advertí muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Podía tener razones... usted lo sabe.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo, ¿no podía también tener razones,
-aunque usted no las conociese?</p>
-
-<p>Hacía un minuto que Raskolnikoff contemplaba
-atentamente el rostro de su interlocutor.
-Aquella cara le causaba siempre
-un nuevo asombro. Aunque bella,
-tenía algo que le hacía profundamente
-antipática. Parecía una máscara; el color
-era demasiado fresco, los labios demasiado
-rojos, la barba demasiado rubia,
-los cabellos demasiado espesos, los ojos
-demasiado azules y la mirada demasiado
-fija. Svidrigailoff vestía un elegante traje
-de verano y eran irreprochables la
-blancura y finura de su camisa. Llevaba
-en uno de los dedos un gran anillo con
-una piedra de valor.</p>
-
-<p>&mdash;Entre nosotros no sirven las tergiversaciones&mdash;dijo
-bruscamente el joven&mdash;;
-aunque esté usted en capacidad de
-hacerme mucho mal, si tiene deseos de
-molestarme, quiero hablarle franca y
-claramente. Sepa usted, pues, que si sigue
-con las mismas intenciones acerca de
-mi hermana, y si cuenta usted para labrar
-su objeto con el secreto que ha sorprendido
-últimamente, le mataré a usted
-antes de que me hayan metido en la cárcel.
-Le doy a usted mi palabra de honor.
-En segundo lugar, he creído advertir es<span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235">[235]</a></span>tos
-días que deseaba usted tener una entrevista
-conmigo. Si algo tiene que comunicarme,
-despáchese, porque el tiempo es
-precioso, y quizá bien pronto será demasiado
-tarde.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es lo que corre a usted tanta
-prisa?&mdash;preguntó Svidrigailoff, mirándole
-con curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;Cada cual tiene sus negocios&mdash;dijo
-Raskolnikoff con aire sombrío.</p>
-
-<p>&mdash;Acaba usted de invitarme a que sea
-franco, y a la primera pregunta rehusa
-usted responderme&mdash;observó Svidrigailoff&mdash;.
-Me supone usted siempre algunos
-proyectos. En la posición de usted, tal
-cosa se comprende perfectamente; pero
-aunque tengo el deseo de vivir en buena
-armonía con usted, no me tomaré la molestia
-de desengañarle. Verdaderamente
-no vale la pena; no tengo nada que decirle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué está usted siempre dando
-vueltas en derredor mío?</p>
-
-<p>&mdash;Sencillamente porque es usted un
-sujeto muy digno de ser observado. Ha
-excitado usted mi curiosidad por lo fantástico
-de su situación. Además, es usted
-el hermano de una persona que me interesa
-mucho; ella me ha hablado de usted
-varias veces, y su lenguaje me ha hecho
-pensar que tiene usted una gran influencia
-sobre ella. ¿No son bastantes razones
-éstas? ¡Je, je, je! Por lo demás, lo confieso,
-la pregunta es para mí compleja, y
-me es muy difícil responder a ella. Si usted,
-por ejemplo, ha venido a buscarme
-ahora, es, no sólo por un negocio, sino en
-la esperanza de que yo le diga a usted algo
-nuevo; ¿no es verdad? ¿No es verdad?&mdash;repitió
-con sonrisa equívoca Svidrigailoff&mdash;.
-Pues bien, figúrese usted que yo
-mismo, al volver a San Petersburgo, esperaba
-también que me diría usted algo
-nuevo y pensaba en tomar algo prestado.
-Vea usted cómo somos nosotros los ricos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tomarme algo prestado? ¿El qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Acaso lo sé yo? Ya ve usted en qué
-miserable <i>traktir</i> me paso todo el día&mdash;repuso
-Svidrigailoff&mdash;; no crea que me
-divierto; pero en alguna parte he de pasar
-el tiempo. Me distraigo con esa pobre
-Katia que acaba de salir... Si tuviese la
-suerte de ser un glotón, un gastrónomo
-de club... pero nada de eso; ahí tiene usted
-todo lo que yo puedo comer (señaló
-con el dedo una mesita colocada en el rincón,
-y en ella un plato de hierro galvanizado,
-que contenía los restos de un mal
-biftec con patatas). A propósito, ¿ha comido
-usted? En cuanto al vino sólo bebo
-<i>Champagne</i>, y un vaso me basta para toda
-la noche. Si he pedido esa botella hoy,
-es porque tengo que ir a cierta parte y he
-querido de antemano preparar un poco
-la cabeza. Hace poco me ocultaba como
-un colegial, porque temía que la visita
-de usted fuera un trastorno para mí; pero
-creo que puedo pasar una hora con usted.
-Ahora son las cuatro y media&mdash;añadió
-mirando al reloj&mdash;. ¿Querrá usted creer
-que hay momentos en que me disgusta
-no ser nada; ni fotógrafo, ni periodista...?
-Suele ser muy fastidioso no tener ninguna
-especialidad. Ciertamente, pensaba
-que me diría usted algo nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es usted y por qué ha venido
-aquí?</p>
-
-<p>&mdash;¿Que quién soy? Lo sabe usted; un
-gentilhombre; he servido dos años en Caballería,
-después de lo cual me he paseado
-por San Petersburgo; más tarde me
-casé con Marfa Petrovna, y luego me fuí
-a vivir al campo. Ahí tiene mi biografía.</p>
-
-<p>&mdash;Según parece, es usted jugador.</p>
-
-<p>&mdash;¿Jugador yo? No diga usted eso; diga
-usted más bien que soy un tahur.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿usted hace trampas en el juego?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Habrá recibido usted alguna vez
-bofetadas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, alguna que otra. ¿Por qué me
-pregunta usted eso?</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien; podría usted batirse en
-duelo. Eso produce sensaciones.</p>
-
-<p>&mdash;No tengo ninguna objeción que hacer
-a usted. Además, yo estoy poco fuerte
-en discusiones fisiológicas. Confieso que
-si he venido aquí, es sólo por las mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;¿En seguida de haber enterrado a
-Marfa Petrovna?</p>
-
-<p>Svidrigailoff se sonrió.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, sí&mdash;respondió con una
-franqueza desconcertante&mdash;. Parece que
-le escandaliza lo que le digo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se asombra usted de que me escandalice
-la disipación?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no había de seguir mis in<span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>clinaciones?
-¿Por qué he de renunciar a
-las mujeres, puesto que las amo? Eso es
-una ocupación.</p>
-
-<p>Raskolnikoff se levantó. Sentíase a disgusto
-y se arrepentía de haber venido.
-Svidrigailoff le parecía el hombre más
-depravado del mundo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! Quédese usted un momento;
-que le traigan te. Vamos, siéntese. Le
-contaré alguna cosa. ¿Quiere que le refiera
-cómo una mujer emprendió la tarea
-de convertirme? Esto será una respuesta
-a su primera pregunta, puesto que se trata
-de la hermana de usted. ¿Puedo contarlo?
-Mataremos el tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Sea; mas espero que usted...</p>
-
-<p>&mdash;No tenga usted miedo. Aun siendo
-un hombre tan vicioso, Advocia Romanovna
-no puede inspirarme más que profunda
-estimación. Creo haberla comprendido,
-y de ello me enorgullezco. Pero, ¿sabe
-usted que cuando no se conoce a las
-personas se corre el riesgo de engañarse?
-Pues eso es lo que me ha pasado con su
-hermana de usted. ¡Lléveme el diablo!
-¿por qué es tan hermosa? Yo no tengo la
-culpa. En una palabra, esto empezó por
-un capricho de libertino. Es preciso decirle
-a usted que Marfa Petrovna me concedía
-cierta libertad con las campesinas.
-Acababa de venir a nuestra casa, procedente
-de una aldea vecina, una muchacha,
-como camarera, llamada Paratcha.
-Era muy linda, pero tonta de capirote:
-sus lágrimas y sus gritos, que alborotaban
-toda la casa, ocasionaron un escándalo.
-Cierto día, después de comer, Advocia
-Romanovna me llamó aparte, y mirándome
-con ojos relampagueantes, <i>exigió</i> de
-mí que dejase en paz a la pobre Paratcha.
-Quizá fué la primera vez que hablamos
-a solas. Es claro, me apresuré a deferir
-a su demanda. Traté de parecer conmovido
-y turbado; en una palabra, representé
-mi papel a conciencia. A partir de este
-momento tuvimos conferencias secretas,
-en las cuales me predicaba moral, me
-suplicaba con las lágrimas en los ojos que
-cambiase de vida, ¡sí, con las lágrimas en
-los ojos! Vea usted hasta dónde llega en
-algunas jóvenes, la pasión por la propaganda.
-Por supuesto, yo imputaba todos
-mis errores al destino; me consideraba
-como un hombre privado de luz, y, finalmente,
-puse en práctica un medio que no
-falla jamás con las mujeres: la adulación.
-Espero que no se incomodará usted porque
-le diga que Advocia Romanovna no
-fué en un principio insensible a los elogios
-que yo la prodigaba. Por desgracia,
-eché a perder todo el negocio por mi impaciencia
-y por mi necedad. Al hablar con
-ella hubiera debido moderar el brillo de
-mis ojos. Su llama le inquietó, y acabó por
-parecerle odiosa. Sin entrar en detalles,
-bastará con que le diga a usted, que hubo
-entre nosotros un rompimiento. Después
-hice nuevas tonterías. Me extendí
-en groseros sarcasmos a propósito de las
-misioneras; Paratcha entró de nuevo en
-escena y fué seguida de otras muchas.
-¡Oh, si hubiese usted visto entonces, Rodión
-Romanovitch, qué relámpagos lanzaban
-los ojos de su hermana! Le aseguro
-que hasta en sueños me perseguían
-sus miradas. Llegué a no poder soportar
-el ruido de sus ropas y temí un ataque
-de epilepsia. Era de todo punto preciso
-que me reconciliase con Advocia Romanovna,
-y la reconciliación era imposible.
-Imagínese usted lo que hice entonces. ¡A
-qué grado de estupidez puede llegar el
-hombre despechado! No emprenda usted
-nada en ese estado, Rodión Romanovitch.
-Pensando que Advocia Romanovna era
-una mendiga (perdón, no quería decir
-eso; pero la palabra importa poco), que,
-en fin, vivía de su trabajo y que tenía a
-su cargo a su madre y a usted (¡ah, caramba!
-¡vuelve usted a fruncir el entrecejo!),
-me decidí a ofrecerle toda mi fortuna
-(podía reunir entonces 30.000 rublos),
-y a proponerla que huyese conmigo a
-San Petersburgo. Una vez aquí por supuesto,
-la habría jurado amor eterno, etc.,
-etcétera. ¿Querrá usted creerlo? De tal
-modo estaba enamorado de ella en esta
-época, que si su hermana de usted me
-hubiese dicho: «Asesina o envenena a
-Marfa Petrovna, y cásate conmigo», lo
-hubiera hecho sin vacilar. Pero todo
-acabó por la catástrofe que usted ya conoce,
-y no se puede imaginar cómo me
-irritaría el saber que mi mujer había
-negociado el matrimonio entre Advocia
-Romanovna y ese embrollón de Ludjin;
-porque, bien mirado, tanto hubiera valido
-para su hermana de usted aceptar mis<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>
-ofrecimientos, como dar su mano a un
-hombre como ése. ¿No es verdad? ¿No
-es verdad? Advierto que me escucha usted
-con mucha atención... interesante
-joven...</p>
-
-<p>Svidrigailoff dió un violento puñetazo
-sobre la mesa. Estaba sofocado, y aunque
-apenas había bebido dos vasos de <i>Champagne</i>,
-empezaba a dar señales de embriaguez.
-Raskolnikoff lo advirtió y resolvió
-aprovecharse de esta circunstancia para
-descubrir las intenciones de aquel a quien
-consideraba como su más peligroso enemigo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien, después de esto, no tengo
-la menor duda de que usted ha venido
-aquí por mi hermana&mdash;declaró el joven
-con tanto más atrevimiento, cuanto que
-quería llevar a su interlocutor a los últimos
-extremos.</p>
-
-<p>Svidrigailoff trató de borrar el efecto
-producido por sus palabras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, deje usted! ¿No le he dicho...
-que su hermana no puede sufrirme?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy persuadido; pero no se trata
-de eso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted persuadido de que ella
-no puede sufrirme?&mdash;replicó Svidrigailoff
-guiñando los ojos y sonriéndose con
-aire burlón&mdash;. Dice usted bien, no me
-ama. Pero no responda usted jamás de
-lo que pasa entre un marido y su mujer
-o entre dos amantes. Hay siempre un
-rinconcillo que queda oculto para todo
-el mundo y sólo es conocido de los interesados.
-¿Se atrevería usted a afirmar
-que Advocia Romanovna me miraba con
-repugnancia?</p>
-
-<p>&mdash;Ciertas palabras de su relato me
-prueban que todavía tiene usted infames
-propósitos acerca de Dunia y que se propone
-ejecutarlos lo más pronto posible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo han podido escapárseme tales
-palabras?&mdash;dijo Svidrigailoff poniéndose
-de repente muy inquieto; pero sin molestarse
-en lo más mínimo por el epíteto con
-que se calificaban sus propósitos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero en este momento mismo se manifiestan
-los pensamientos ocultos de usted.
-¿Por qué tiene miedo? ¿De qué nace
-ese súbito temor que demuestra?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo, miedo? ¿Miedo de usted? ¡Vamos,
-hombre! Usted sí, amigo, que debe
-tener miedo... Por lo demás, estoy borracho,
-ya lo veo; un poco más, y hubiera
-cometido una tontería. ¡Váyase al diablo
-el vino! ¡mozo, agua!</p>
-
-<p>Tomó la botella de <i>Champagne</i>, y sin
-andarse con miramientos la tiró por la
-ventana. Felipe trajo agua.</p>
-
-<p>&mdash;Todo esto es absurdo&mdash;dijo Svidrigailoff
-humedeciendo una toalla y pasándosela
-por la cara&mdash;. Yo puedo, con una
-palabra, reducir a nada todas las sospechas
-de usted. ¿Sabe usted que voy a casarme?</p>
-
-<p>&mdash;Ya me lo había dicho usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que se lo he dicho? pues me había
-olvidado; pero, de todas maneras, cuando
-le anuncié mi próximo matrimonio,
-podía hablar de él en forma dubitativa,
-pues aun no había nada de cierto. Ahora
-es cosa hecha, y si en este momento no
-tuviese que hacer, le conduciría a casa de
-mi futura. Me gustaría saber si usted
-aprueba mi decisión. ¡Ah, caramba, no
-cuento más que con diez minutos! Sin
-embargo, quiero contarle la historia de
-mi matrimonio; es bastante curiosa. Bueno...
-¿Quiere usted irse aún?</p>
-
-<p>&mdash;No, ahora no le dejo a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿No? Pues adelante, ya lo veremos.
-Sin duda, yo le enseñaré a usted mi futura;
-pero no ahora, porque tenemos que
-separarnos muy pronto. Usted va por la
-izquierda y yo por la derecha. ¿Ha oído
-usted hablar de cierta señora Reslich, en
-cuya casa estoy actualmente de pupilo?
-Pues ella es quien cuida de todo. «Tú te
-aburres&mdash;me decía&mdash;, y esto será para
-ti una distracción momentánea.» Yo soy,
-en efecto, un hombre melancólico y huraño.
-¿Usted cree que soy alegre? Desengáñese,
-yo tengo el humor sombrío, pero
-no hago mal a nadie. Algunas veces me
-paso tres días seguidos en un rincón, sin
-hablar una palabra; por otra parte, esa
-bribona de Reslich tiene su plan; cuenta
-con que me disgustaré pronto con mi mujer,
-que la echaré de mi lado y que ella
-la lanzará a la circulación. Sé, por ella,
-que el padre, antiguo funcionario, está
-enfermo. Desde hace tres años no puede
-valerse de las piernas y no deja la butaca.
-La madre es una señora muy inteligente;
-el hijo está empleado en provincias y no
-ayuda lo más mínimo a sus padres; la
-hija mayor está casada y no da señales<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span>
-de vida. Esta pobre gente tiene que mantener
-a dos sobrinas de corta edad. La
-hija menor ha sido retirada del colegio
-antes de haber acabado sus estudios; cumplirá
-diez y seis años antes de un mes, y
-ésta es la que me destinan... Provisto de
-estos datos, me presento a los padres como
-un propietario viudo, de buena familia,
-que está bien relacionado, y que además
-tiene buena fortuna. Mis cincuenta
-años no suscitan la más ligera objeción.
-Había que verme hablando con el papá
-y la mamá. ¡Fué aquello lo más divertido!
-Llega la muchacha, vestida con traje corto,
-y me saluda, poniéndose del color de
-la amapola (sin duda había aprendido la
-lección). No conozco el gusto de usted en
-punto a rostros femeninos, mas para mí,
-esos diez y seis años, esos ojos todavía
-infantiles, esa timidez, esas lagrimitas
-púdicas, todo ello tiene más encanto que
-la belleza; por otra parte, la muchacha es
-muy linda, con sus cabellos claros, sus
-ricitos caprichosos, sus labios purpurinos
-y ligeramente gruesos, unos senos nacientes...
-Hemos entablado conocimiento.
-Dije que asuntos de familia me obligaban
-a apresurar mi matrimonio, y al día
-siguiente, es decir, anteayer, éramos prometidos.
-Desde entonces, cuando voy a
-verla, la tengo sentada sobre mis rodillas
-durante todo el tiempo que dura mi visita
-y a cada minuto la beso. La chiquilla
-se pone como la grana, pero se deja querer.
-Su mamá le ha dado, sin duda, a entender
-que un futuro esposo puede permitirse
-estas libertades. De esta manera
-comprendidos los derechos de prometido,
-no son menos agradables que los de marido.
-Puede decirse que la naturaleza y
-la verdad hablan por boca de esta niña.
-He conversado dos veces con ella; la chiquilla
-no es tonta del todo; tiene una manera
-de mirarme disimuladamente, que
-incendia todo mi ser... Su fisonomía se
-parece mucho a la de la Virgen Sixtina.
-¿Ha reparado usted en la expresión fantástica
-que Rafael supo dar a esa cabeza
-de Virgen? Pues algo semejante hay en el
-rostro de la joven. Desde el día siguiente
-de nuestros esponsales, la he llevado a
-mi futura regalos por valor de 1.500 rublos:
-diamantes, perlas, un neceser de
-<i>toilette</i> de plata; la carita de la <i>madonna</i>
-resplandecía. Ayer no me privé de sentarla
-sobre mis rodillas, y vi en sus ojos
-lágrimas que trataba de ocultar. Nos dejaron
-solos. Entonces me echó un brazo
-al cuello, y besándome, me juró que sería
-para mí una esposa buena, obediente y
-fiel; que me haría feliz, que me consagraría
-todos los instantes de su vida y que,
-en cambio, no quería de mí más que mi
-cariño, nada más: «No tengo necesidad
-de regalos», me ha dicho. Oír a un ángel
-de diez y seis años, con las mejillas coloreadas
-de un pudor virginal, que le hace
-a usted esta declaración con lágrimas de
-entusiasmo en los ojos... Esto es delicioso.
-¡Ah, sí! le llevaré a casa de mi prometida;
-pero no puedo enseñársela a usted
-en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que esa monstruosa diferencia
-de edad aguijonea la sensibilidad
-de usted? ¿Es posible que piense seriamente
-en contraer semejante matrimonio?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué austero moralista!&mdash;dijo burlándose
-Svidrigailoff&mdash;. ¡Dónde va a anidar
-la virtud! ¡Ja, ja, ja! ¿Sabe usted que
-me hacen mucha gracia sus exclamaciones
-de indignación?</p>
-
-<p>Llamó a Felipe, pagó lo que había tomado
-y se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;Siento mucho&mdash;continuó&mdash;no poder
-detenerme más tiempo con usted; pero
-ya volveremos a vernos... Tenga usted
-un poco de paciencia.</p>
-
-<p>Salió del <i>traktir</i>. Raskolnikoff le siguió.
-La embriaguez de Svidrigailoff se disipaba
-a ojos vistas. Fruncía el ceño y parecía
-muy preocupado, como hombre que está
-en vísperas de emprender una cosa muy
-importante. Desde hacía algunos instantes
-se revelaba en sus movimientos cierta
-impaciencia, mientras que su lenguaje se
-hacía cáustico y agresivo. Todo ello parecía
-justificar una vez más las aprensiones
-de Raskolnikoff, el cual resolvió seguir
-los pasos del extraño personaje.</p>
-
-<p>Cuando estuvieron en la calle, Svidrigailoff
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí nos separamos. Usted se va por
-la derecha y yo por la izquierda, o al contrario.
-Adiós, amigo mío, hasta la vista.</p>
-
-<p>Y se dirigió hacia el Mercado del Heno.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>IV.</h3></div>
-
-<p>Raskolnikoff se puso a seguirle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué significa esto?&mdash;preguntó, volviéndose,
-Svidrigailoff&mdash;. Creo haberle
-dicho a usted...</p>
-
-<p>&mdash;Esto significa que estoy decidido a
-acompañarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>Los dos se detuvieron, y durante un
-minuto se midieron con la vista.</p>
-
-<p>&mdash;En la semiembriaguez de usted&mdash;replicó
-Raskolnikoff&mdash;me ha dicho lo bastante
-para convencerme de que, lejos de
-haber renunciado a sus odiosos proyectos
-contra mi hermana, le interesan más que
-nunca. Sé que esta mañana mi hermana
-ha recibido una carta. ¡No ha perdido
-usted el tiempo desde su llegada a San
-Petersburgo! Que en el curso de las idas
-y venidas de usted se haya encontrado
-una mujer, es cosa posible, pero esto nada
-significa, y deseo convencerme por mí
-mismo...</p>
-
-<p>Probablemente Raskolnikoff no hubiera
-sabido decir de qué cosa quería convencerse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por lo visto, usted quiere que yo
-llame a la policía?</p>
-
-<p>&mdash;Llámela usted.</p>
-
-<p>Se detuvieron de nuevo uno frente al
-otro. Al fin, el rostro de Svidrigailoff cambió
-de expresión. Viendo que su amenaza
-no intimidaba en lo más mínimo a Raskolnikoff,
-tomó de repente un tono más
-alegre y amistoso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué original es usted! A pesar de la
-curiosidad bien natural que ha despertado
-en mí, no he querido hablarle de su
-asunto. Quería dejarlo para ocasión más
-oportuna; pero, en verdad, es usted capaz
-de hacer perder la paciencia a un muerto...
-Bueno, venga usted conmigo; pero le advierto
-que sólo entro para tomar algún
-dinero; en seguida saldré, montaré en un
-coche y me iré a pasar el resto del día a
-las Islas... ¿Qué necesidad tiene usted de
-seguirme?</p>
-
-<p>&mdash;Tengo que hacer en casa de usted;
-pero no es a su cuarto adonde voy, sino
-al de Sofía Semenovna; tengo que disculparme
-de no haber asistido a las exequias
-de su madrastra.</p>
-
-<p>&mdash;Como usted quiera; pero Sofía Semenovna
-no está en casa. Ha ido a llevar
-a los tres niños a la casa de una señora
-anciana a quien yo conozco hace mucho
-tiempo y que se halla al frente de muchos
-asilos. He proporcionado un gran placer
-a esa señora remitiéndole el dinero para
-los chiquillos de Catalina Ivanovna, además
-de un donativo pecuniario para sus
-establecimientos; le he contado, por último,
-la historia de Sofía Semenovna,
-sin omitir ningún detalle. Mi relato ha
-producido un efecto indescriptible, y ahí
-tiene usted por qué ha sido invitada Sofía
-a dirigirse hoy mismo al hotel X***, en
-el cual la <i>barinia</i> en cuestión reside provisionalmente
-desde su regreso del campo.</p>
-
-<p>&mdash;No importa, de todos modos entraré
-en su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Haga usted lo que le plazca, pero yo
-no he de acompañarle. ¿Para qué? Estoy
-seguro de que desconfía de mí, porque he
-tenido hasta este momento la discreción
-de evitarle preguntas escabrosas. ¿Adivina
-usted a lo que quiero aludir? Apostaría
-cualquier cosa a que mi discreción le
-ha parecido extraordinaria. ¡Sea usted
-delicado para que se le recompense de
-ese modo!...</p>
-
-<p>&mdash;¿Le parece a usted delicado escuchar
-detrás de las puertas?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ja, ja, ja! Ya me sorprendía que no
-hubiese usted hecho esta observación&mdash;respondió
-riendo Svidrigailoff&mdash;. Si cree
-usted que no está permitido escuchar detrás
-de las puertas, pero sí asesinar a mujeres
-indefensas, puede acontecer que los
-magistrados no sean de ese parecer, y
-haría usted bien en marcharse cuanto antes
-a América. Parta usted en seguida,
-joven. Quizá sea todavía tiempo. Le hablo
-con toda sinceridad. Si necesita usted
-dinero para el viaje yo se lo daré.</p>
-
-<p>&mdash;No pienso en tal cosa&mdash;replicó desdeñosamente
-Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Lo comprendo. Usted se pregunta si
-ha obrado con arreglo a la moral, como
-un buen hombre y como un buen ciudadano.
-Debiera haberse planteado esa
-cuestión antes, ahora ya es demasiado
-tarde. ¡Ja, ja! si usted cree haber cometido
-un crimen, levántese la tapa de los sesos<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>,
-¿no es eso lo que tiene el propósito de
-hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Por lo visto trata usted de exasperarme
-con la esperanza de que así le libraré
-de mi presencia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué original es usted! Pero hemos
-llegado; tómese el trabajo de subir la escalera.
-Ahí tiene usted la puerta del cuarto
-de Sofía Semenovna. ¿Ve usted? No
-hay nadie. ¿No lo cree usted? Pregúnteselo
-a los Kapernumoff, ellos tienen la llave.
-Aquí está precisamente la señora Kapernumoff.
-¡Eh! (es un poco sorda). ¿Sofía
-Semenovna ha salido? ¿A dónde ha ido?
-¿Está usted en lo que digo? «No está aquí,
-y acaso no vendrá hasta muy tarde.»
-Vamos, ahora venga usted a mi casa. ¿No
-tenía usted intención de hacerme una
-visita? Henos aquí en mi cuarto. La señora
-Reslich está ausente. Esta mujer
-tiene siempre mil negocios entre manos;
-pero es una excelente persona, se lo aseguro;
-quizá le sería útil si fuese usted más
-razonable. ¿Ve usted? Tomo de mi cómoda
-un título del 5 por 100 (mire usted
-cuántos me quedan todavía); voy a convertirlo
-en metálico. ¿Se ha enterado usted?
-Nada tengo que hacer aquí; cierro
-la cómoda, cierro el cuarto y hétenos en
-la escalera. Si a usted le parece, tomaremos
-un coche y nos iremos a las Islas.
-¿No le gusta a usted un paseíto en carruaje?
-¿Lo ve usted? Ordeno al cochero
-que me conduzca a la punta de Elaguin.
-¿Rehusa usted? Se ha cansado usted de
-acompañarme; vamos, déjese usted tentar.
-Va a llover; pero, ¿qué importa? Levantaremos
-la capota.</p>
-
-<p>Svidrigailoff estaba ya en el coche; por
-muy desconfiado que fuese Raskolnikoff,
-pensó que no había peligro inminente;
-así es que sin responder una palabra, volvió
-la espalda y tomó la dirección del
-Mercado del Heno. Si hubiese vuelto la
-cabeza, habría podido ver que Svidrigailoff,
-después de haber andado cien pasos
-en coche, se apeaba y pagaba al cochero.
-Pero el joven caminaba sin mirar hacia
-atrás. Muy pronto dobló Raskolnikoff la
-esquina, y, como siempre, cuando se encontraba
-solo no tardó en caer en profunda
-abstracción. Llegado al puente se detuvo
-en la balaustrada y fijó los ojos en
-el canal. En pie, a poca distancia de él,
-le observaba Advocia Romanovna. Al
-llegar al puente pasó cerca de ella, pero
-sin verla. A la vista de su hermano, Dunia
-experimentó un sentimiento de sorpresa
-y aun de inquietud; durante un
-momento dudó si se acercaría o no. De
-pronto echó de ver que, por la parte del
-Mercado del Heno, Svidrigailoff se dirigía
-rápidamente hacia ella.</p>
-
-<p>Este parecía avanzar con prudencia y
-misterio. No subió al puente, se quedó en
-la acera, procurando no ser visto por Raskolnikoff.
-Hacía un rato que había reparado
-en Dunia y que le hacía señas. La
-joven creyó comprender que la llamaba,
-indicándole que procurase que su hermano
-no le viera. Dócil a esta invitación muda,
-Dunia se alejó, sin hacer ruido, de
-Raskolnikoff, y se juntó con Svidrigailoff.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos más de prisa&mdash;le dijo por lo
-bajo este último&mdash;. Es preciso que Rodión
-Romanovitch ignore nuestra entrevista.
-Advierto a usted que ha venido a
-buscarme, hace poco, a un café que está
-cerca de aquí, y que me ha costado trabajo
-separarme de él. Sabe que he escrito
-a usted una carta y sospecha algo.
-Indudablemente no es usted quien le ha
-hablado de esto; pero si no es usted,
-¿quién ha sido, entonces?</p>
-
-<p>&mdash;Ya hemos dado vuelta a la esquina&mdash;interrumpió
-Dunia&mdash;. Ahora mi hermano
-no puede vernos. Advierto a usted que no
-pasaré de aquí en su compañía. Dígame
-lo que quiera, que todo puede decirse en
-medio de la calle.</p>
-
-<p>&mdash;En primer lugar, no es en la vía publica
-donde pueden ni deben hacerse ciertas
-confidencias. Además, usted debe oír
-también a Sofía Semenovna, y en tercer
-lugar, es preciso que yo le muestre ciertas
-pruebas. En fin, si usted no consiente
-en venir a mi casa, renuncio a toda explicación
-y me retiro ahora mismo. No
-olvide usted tampoco que poseo cierto
-secreto muy curioso que interesa a su
-querido hermano.</p>
-
-<p>Dunia se detuvo indecisa y dirigió una
-mirada penetrante a Svidrigailoff.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué teme usted?&mdash;observó tranquilamente
-éste&mdash;. La ciudad no es el
-campo, y aun en el campo mismo me ha
-hecho usted más daño que yo a usted.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Sofía Semenovna está avisada?</p>
-
-<p>&mdash;No, no le he dicho una palabra; ni
-siquiera sé si está en su casa. Creo, sin
-embargo, que debe de estar, porque hoy
-se ha verificado el entierro de su madrastra,
-y no es de suponer que en un día como
-éste haga visitas. Por el momento no
-quiero hablar de eso a nadie, y hasta siento,
-en cierto modo, haberme clareado con
-usted. En tales casos, la menor palabra
-pronunciada a la ligera equivale a una
-denuncia. Yo vivo cerca, en esta casa; he
-aquí nuestro portero; me conoce muy
-bien. ¿Ve usted? me saluda. Ve que vengo
-con una señora; sin duda se ha fijado ya
-en la fisonomía de usted. Esta circunstancia
-debe tranquilizarla si desconfía de
-mí. Perdóneme si le hablo tan crudamente.
-Vivo aquí, en un cuarto amueblado;
-no hay más que un tabique entre el cuarto
-de Semenovna y el mío, y todo el piso
-está habitado por diferentes vecinos. ¿Por
-qué, pues, tiene usted tanto miedo como
-un niño? ¿Qué tengo yo de terrible?</p>
-
-<p>Svidrigailoff trató de sonreírse bondadosamente,
-pero no lo consiguió. Latíale
-el corazón con fuerza y tenía oprimido
-el pecho. Afectaba levantar la voz
-para ocultar la agitación que experimentaba.
-Precaución inútil, porque Dunia no
-advertía en él nada de particular; las últimas
-palabras de su interlocutor habían
-irritado demasiado a la orgullosa joven
-para que pensase en otra cosa que en la
-herida de su amor propio.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque sé que es usted un hombre
-sin honor, no le temo. Condúzcame usted&mdash;dijo
-con tono tranquilo que desmentía,
-es verdad, la extrema palidez de su semblante.</p>
-
-<p>Svidrigailoff se detuvo delante del
-cuarto de Sonia.</p>
-
-<p>&mdash;Permítame usted que vea si está en
-la habitación. No, no está; es una contrariedad;
-pero sé que vendrá dentro de
-poco. No ha podido salir más que para
-ver a una señora que se interesa por los
-huérfanos; yo también me he ocupado
-en ese asunto. Si Sofía Semenovna no ha
-vuelto dentro de diez minutos y usted tiene
-necesidad de hablarle, la enviaré a
-casa de usted hoy mismo. Este es mi alojamiento;
-se compone de estas dos habitaciones.
-Detrás de esa puerta habita mi
-patrona, la señora Reslich. Ahora fíjese
-usted, voy a mostrarle mis principales
-pruebas. Mi alcoba tiene esta puerta que
-conduce a un alojamiento de dos piezas,
-el cual está enteramente vacío. Entérese
-usted; es preciso que tenga un conocimiento
-exacto de todos los lugares.</p>
-
-<p>Svidrigailoff ocupaba dos habitaciones
-bastante grandes. Dunia miraba en derredor
-de sí con desconfianza; pero no
-descubría nada sospechoso ni en los muebles
-ni en la disposición del local. No obstante,
-pudo advertir que Svidrigailoff habitaba
-entre dos departamentos en cierto
-modo inhabitados. Para llegar hasta
-el suyo había que atravesar dos aposentos,
-puede decirse que vacíos, que formaban
-parte de la habitación de su propietaria.
-Abriendo la puerta que ponía
-en comunicación su alcoba con el departamento
-no alquilado, Svidrigailoff mostró
-este último a Dunia. La joven se detuvo
-en el umbral, sin comprender por
-qué se le invitaba a mirar; pero en seguida
-le dió Svidrigailoff la explicación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ve usted esa habitación grande, la
-segunda? fíjese usted en esa puerta cerrada
-con llave. A su lado hay una silla,
-la única que se encuentra en las dos habitaciones.
-Yo la llevé de mi cuarto para
-escuchar más cómodamente. La mesa de
-Sofía Semenovna está colocada precisamente
-detrás de esta puerta. La joven
-estaba sentada ahí y hablaba con Rodión
-Romanovitch, mientras que aquí,
-en una silla, escuchaba yo su conversación.
-He estado sentado en este sitio dos
-tardes seguidas, y cada vez dos horas, y
-así he podido enterarme de alguna cosa.
-¿Qué le parece a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Que ha sido un espía.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Ahora entraremos en mi cuarto.
-Aquí no puede uno ni sentarse.</p>
-
-<p>Condujo a Dunia a la habitación que le
-servía de sala, y le ofreció un asiento cerca
-de la mesa. El se sentó a distancia respetuosa;
-pero le brillaban los ojos con el
-mismo fuego que en otro tiempo había
-asustado tanto a la joven. Esta estaba
-temblando, a pesar de la tranquilidad
-que procuraba demostrar, y dirigió en
-torno suyo otra mirada de desconfianza.
-La situación aislada del alojamiento de
-Svidrigailoff, acabó por atraer su aten<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span>ción.
-Quiso preguntar si, por lo menos,
-estaba en casa la patrona; pero su orgullo
-no le permitió hacer esta pregunta. Por
-otra parte, la inquietud relativa a su seguridad
-personal, no era nada en comparación
-de la otra ansiedad que torturaba
-su corazón.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí tiene usted su carta&mdash;comenzó
-a decir, depositándola encima de la mesa&mdash;.
-Lo que usted me ha escrito, ¿es posible?
-Usted me da a entender que mi hermano
-ha cometido un crimen; las insinuaciones
-de usted son bien claras; no
-trate ahora de recurrir a subterfugios.
-Sepa usted que antes de sus pretendidas
-revelaciones he oído hablar de este cuento
-absurdo, del cual no creo una palabra;
-eso es aún más ridículo que odioso. Conozco
-estas sospechas e ignoro la causa
-que las ha hecho nacer. Usted no puede
-tener pruebas. Sin embargo, ha prometido
-darlas; hable, pues; pero le advierto
-que no le creo.</p>
-
-<p>Dunia pronunció estas palabras con
-extrema rapidez, y por un instante la
-emoción que experimentaba coloreó de
-rojo sus mejillas.</p>
-
-<p>&mdash;Si usted no me creyese, ¿hubiese podido
-resolverse a venir sola a mi casa?
-¿Por qué, pues, ha venido? ¿Por pura
-curiosidad?</p>
-
-<p>&mdash;No me atormente más y hable, hable
-usted.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que convenir que es usted una
-joven valiente. Creía verdaderamente
-que había usted suplicado al señor Razumikin
-que la acompañase; pero he podido
-convencerme de que no sólo no ha venido
-con usted, sino de que no la ha seguido
-a distancia. Es usted una mujer discreta
-y valerosa. Ha pensado en Rodión Romanovitch
-y... Por lo demás, en usted todo
-es divino. En lo que concierne a su
-hermano, ¿qué he de decirle a usted si
-acaba de verle? ¿Cómo le encuentra?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y es en eso solamente en lo que
-funda usted su acusación?</p>
-
-<p>&mdash;No; no es en eso precisamente, sino
-en las propias palabras de Rodión Romanovitch.
-Ha venido dos días seguidos a
-hablar con Sofía Semenovna. Ya he indicado
-a usted dónde estuvieron sentados.
-Lo confesó todo a la joven: es un asesino.
-Mató a una vieja usurera, en cuya casa
-había empeñado algunos objetos. Pocos
-momentos después del asesinato, la hermana
-de la víctima, una vendedora de
-ropa blanca llamada Isabel, entró por
-casualidad y también la mató. Se sirvió
-para asesinar a las dos mujeres, de un
-hacha que llevaba a prevención. Su propósito
-era robar y robó; tomó dinero y
-diversos objetos; eso es lo que, palabra
-por palabra, ha contado a Sofía Semenovna.
-Ella sola conoce el secreto; pero no
-es cómplice del asesinato; todo al contrario,
-al oírlo referir se quedó tan espantada
-como lo está usted ahora. Puede usted
-tranquilizarse; no será ella la que denuncie
-a su hermano de usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso es imposible!&mdash;balbuceó Dunia,
-jadeante&mdash;; no tenía la menor razón ni el
-más pequeño motivo para cometer ese
-crimen... Eso es una mentira.</p>
-
-<p>&mdash;El robo explica el móvil del asesinato.
-Su hermano de usted tomó dinero
-y joyas. Es verdad que, según su propia
-confesión, ni del uno ni de las otras ha
-sacado el menor provecho, y que hubo
-de ocultarlo todo bajo una piedra, en
-donde está todavía; pero esto es porque
-no se ha atrevido a utilizarlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es verosímil que haya robado? ¿Ha
-podido tener siquiera este pensamiento?&mdash;exclamó
-Dunia levantándose vivamente&mdash;.
-¿Usted lo conoce? ¿Le cree usted
-capaz de ser ladrón?</p>
-
-<p>&mdash;Esa categoría, Advocia Romanovna,
-comprende infinito número de variedades.
-En general, los rateros tienen conciencia
-de su infamia; he oído hablar,
-sin embargo, de un hombre muy noble
-que desvalijó un correo. ¿Quién sabe si
-su hermano de usted pensaba cumplir una
-acción laudable? También yo, como usted,
-no hubiera creído esa historia si la
-hubiese sabido por un medio indirecto,
-pero forzoso me es dar crédito al testimonio
-de mis oídos... ¿A dónde va usted,
-Advocia Romanovna?</p>
-
-<p>&mdash;Voy a ver a Sofía Semenovna&mdash;respondió
-con voz débil la joven&mdash;. ¿Dónde
-está la entrada de su cuarto? Puede que
-ya haya vuelto; quiero verla en seguida.
-Es menester que ella...</p>
-
-<p>Advocia Romanovna no pudo acabar,
-se ahogaba materialmente.</p>
-
-<p>&mdash;Según todas las apariencias, Sofía<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>
-Semenovna no estará de vuelta hasta la
-noche. Su ausencia debía ser muy corta;
-pero, puesto que no ha vuelto aún, no regresará
-hasta muy tarde.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿De ese modo mientes? Ya lo
-veo, has mentido... no dices más que mentiras...
-no te creo... no te creo&mdash;exclamó
-Dunia en un arranque de cólera que la
-ponía fuera de sí.</p>
-
-<p>Casi desfallecida, se dejó caer sobre una
-silla que Svidrigailoff se apresuró a acercarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene usted, Advocia Romanovna?
-Tranquilícese; aquí hay agua; beba
-usted un poco.</p>
-
-<p>Le echó agua en la cara; la joven tembló
-y volvió en sí.</p>
-
-<p>«Esto ha producido efecto»&mdash;murmuraba
-Svidrigailoff para sí frunciendo el entrecejo&mdash;.
-Cálmese usted, Advocia Romanovna;
-sepa usted que Rodión Romanovitch
-tiene amigos; le salvaremos; le
-sacaremos de este mal paso. ¿Quiere usted
-que le lleve yo mismo al extranjero? Tengo
-dinero; de aquí a algunos días habré
-realizado todo mi haber. En cuanto al
-crimen, su hermano de usted hará una
-infinidad de buenas acciones que borrarán
-su delito. Quizá llegue a ser todavía
-un grande hombre. Vamos, ¿cómo está
-usted? ¿Cómo se siente?</p>
-
-<p>&mdash;¡El miserable! ¡Todavía se burla!
-¡Déjeme usted!</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde quiere usted ir?</p>
-
-<p>&mdash;A su lado. ¿En dónde está? ¡Usted lo
-sabe! ¿por qué está cerrada esa puerta?
-Por ella hemos entrado y ahora está cerrada
-con llave. ¿Cuándo la ha cerrado
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;No era necesario que toda la casa
-nos oyese. En el estado en que usted se
-encuentra, ¿para qué quería buscar a su
-hermano? ¿Quiere usted causar su perdición?
-La conducta de usted le pondrá
-furioso, y él mismo irá a denunciarse. Sepa
-usted también que se le vigila, y que
-la menor imprudencia por parte de usted
-le será funesta. Espere un poco. Le he
-visto, le he hablado hace un momento;
-todavía puede salvarse. Siéntese, vamos
-a examinar juntos lo que hay que hacer;
-para eso la he invitado a venir a mi casa;
-pero siéntese usted.</p>
-
-<p>Dunia se sentó. Svidrigailoff tomó
-asiento cerca de ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo podría usted salvarle? ¿Acaso
-eso es posible?</p>
-
-<p>&mdash;Todo depende de usted&mdash;comenzó a
-decir en voz baja.</p>
-
-<p>Brillábanle los ojos, y su emoción era
-tal, que no podía hablar.</p>
-
-<p>Dunia, aterrada, retiró un tanto su
-silla.</p>
-
-<p>&mdash;Una sola palabra de usted y se salva&mdash;continuó
-él todo tembloroso&mdash;. Yo, yo
-le salvaré; tengo dinero y amigos. Le haré
-partir inmediatamente para el extranjero;
-le proporcionaré un pasaporte. Buscaré
-dos: uno para él y otro para mí. Tengo
-amigos con cuya fidelidad e inteligencia
-puedo contar... ¿Quiere usted? Tomaré
-un pasaporte para usted y para su
-madre... ¿Qué le importa a usted Razumikin?...
-Mi amor vale tanto como el
-suyo. La amo a usted con toda mi alma...
-déjeme besar el borde de su vestido... se
-lo ruego. El ruido que hace su falda me
-vuelve loco. Mande usted; ejecutaré todas
-sus órdenes, cualesquiera que sean;
-haré lo imposible; las creencias de usted
-serán las mías. ¡Oh, no me mire usted de
-ese modo, que me mata!</p>
-
-<p>Comenzaba a delirar. Se hubiera dicho
-que tenía un ataque de enajenación mental.
-Dunia dió un salto hacia la puerta y
-empezó a sacudirla con todas sus fuerzas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Abrid, abrid!&mdash;gritó, creyendo que
-la oirían fuera&mdash;. ¡Abrid! ¿No hay nadie
-en esta casa?</p>
-
-<p>Svidrigailoff se levantó; había recobrado
-ya en parte su sangre fría, y una
-sonrisa amarga erraba en sus labios temblorosos.</p>
-
-<p>&mdash;No hay nadie aquí&mdash;dijo lentamente&mdash;.
-La patrona ha salido y usted se
-equivoca al gritar de ese modo; se toma
-usted un trabajo inútil.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde está la llave? ¡Abre la puerta
-en seguida, en seguida, infame!</p>
-
-<p>&mdash;La he perdido y no puedo encontrarla.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que esto era un lazo?&mdash;gritó
-Dunia pálida como una muerta, y se
-lanzó a un rincón, en donde se parapetó
-tras de una mesita.</p>
-
-<p>Después se calló; pero sin apartar los<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>
-ojos de su enemigo, espiando hasta sus
-más pequeños movimientos. En pie, frente
-a ella, en el otro extremo de la habitación,
-Svidrigailoff no se movía de su sitio.
-Exteriormente, por lo menos, había
-logrado dominarse. No obstante, su rostro
-estaba pálido y continuaba sonriendo
-a la joven con aire burlón.</p>
-
-<p>&mdash;Ha pronunciado usted la palabra lazo,
-Advocia Romanovna. En efecto, la
-he preparado a usted un lazo, y mis medidas
-están bien tomadas. Sofía Semenovna
-no está en su casa; nos separan
-cinco piezas del cuarto de los Kapernumoff.
-Además, soy, cuando menos, dos
-veces más fuerte que usted, e independientemente
-de esto nada tengo que temer,
-porque si usted se querella contra
-mí, su hermano está perdido. Por otra
-parte, nadie la creerá; todas las apariencias
-arguyen contra una joven que va sola
-a la caja de un hombre; y aunque usted
-se decidiese a sacrificar a su hermano,
-nada podría usted probar; son muy difíciles
-las pruebas de una violación, Advocia
-Romanovna.</p>
-
-<p>&mdash;¡Miserable!&mdash;dijo la joven en voz baja
-pero vibrante de indignación.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, miserable; pero advierta usted
-que yo he razonado sencillamente desde
-el punto de vista de su hipótesis. Personalmente
-opino como usted, que la violación
-es un delito abominable; cuanto
-he dicho ha sido para tranquilizar la conciencia
-de usted en el caso en que consintiese,
-de buen grado, en salvar a su
-hermano como yo se lo he propuesto.
-Podrá usted decirse a sí misma que no
-ha cedido más que a las circunstancias,
-a la fuerza, si es preciso emplear esta palabra.
-Piense que la suerte de su madre y
-de su hermano está en sus manos. Seré
-esclavo de usted durante toda mi vida.
-Voy a esperar aquí.</p>
-
-<p>Se sentó en el diván a ocho pasos de
-Dunia. La joven conocía muy bien a Svidrigailoff;
-no tenía la menor duda de que
-era inquebrantable su resolución.</p>
-
-<p>De repente sacó del bolsillo un revólver,
-lo montó y lo colocó sobre la mesa,
-al alcance de su mano.</p>
-
-<p>Svidrigailoff lanzó un gritó de sorpresa
-e hizo un brusco movimiento hacia
-adelante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Esas tenemos?&mdash;dijo con maligna
-sonrisa&mdash;. La situación cambia por completo;
-usted me simplifica singularmente
-la tarea; pero, ¿dónde se ha procurado
-usted ese revólver? ¿Se lo ha prestado a
-usted Razumikin? ¡Calle, si es el mío, lo
-reconozco! Lo había buscado en vano...
-Las lecciones de tiro que yo tuve el honor
-de darle en el campo, no habrán sido inútiles.</p>
-
-<p>&mdash;Ese revólver no era tuyo, sino de
-Marfa Petrovna, a quien has matado tú.
-¡Asesino! ¡Nada te pertenecía en su casa!
-Yo me apoderé de él cuando comencé a
-sospechar de lo que eras capaz. ¡Si das
-un solo paso, te juro que te mato!</p>
-
-<p>Dunia, exasperada, se disponía a poner
-en práctica su amenaza, si llegaba el caso.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, ¿y su hermano de usted? Le
-hago este pregunta por simple curiosidad&mdash;dijo
-Svidrigailoff, que continuaba en
-pie en el mismo sitio.</p>
-
-<p>&mdash;Denúnciale si quieres. No te acerques,
-o disparo. Has envenenado a tu
-mujer, lo sé; tú también eres un asesino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted bien segura de que yo
-he envenenado a Marfa Petrovna?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, tú mismo me lo diste a entender;
-tú me hablaste de veneno... Sé que te lo
-procuraste... tú, tú, ciertamente, fuiste,
-infame.</p>
-
-<p>&mdash;Aun cuando eso fuese cierto, lo habría
-hecho por ti... tú habrías sido la
-causa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mientes; yo te he detestado siempre,
-siempre!</p>
-
-<p>&mdash;Parece que ha olvidado usted, Advocia
-Romanovna, que en su celo por convertirme
-se inclinaba hacia mí con lánguidas
-miradas... yo leía en los ojos de usted,
-¿no se acuerda?, por la noche, al resplandor
-de la luna, mientras cantaba el
-ruiseñor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mientes! (la rabia hacía brillar las
-pupilas de Dunia). ¡Mientes, calumniador!</p>
-
-<p>&mdash;¿Que miento? Está bien. Miento; he
-mentido; las mujeres no gustan que se les
-recuerden ciertas cosillas&mdash;repuso sonriendo&mdash;.
-¡Sé que tirarás, precioso monstruo;
-pues bien, anda!</p>
-
-<p>Dunia le apuntó, no esperando más
-que un movimiento de él para hacer fuego;
-el rostro de la joven estaba cubierto<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-de mortal palidez. Agitábasele el labio
-inferior, movido por la cólera, y llameábanle
-sus grandes y negros ojos. ¡Jamás
-la había visto tan hermosa Svidrigailoff!
-Este avanzó un paso, sonó una detonación,
-la bala le pasó rozando los cabellos,
-y fué a incrustarse en la pared, detrás de
-él. Svidrigailoff se detuvo.</p>
-
-<p>&mdash;Una picadura de abeja&mdash;dijo riéndose&mdash;.
-Apunta a la cabeza... ¿Qué es
-esto? Tengo sangre.</p>
-
-<p>Sacó un pañuelo del bolsillo para enjugarse
-la sangre que le corría a lo largo
-de la sien derecha. La bala le había rozado
-la piel del cráneo. Dunia bajó el arma
-y miró a Svidrigailoff con una especie
-de estupor. Parecía no darse cuenta de lo
-que acababa de hacer.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien; ha errado usted el tiro.
-Dispare otra vez; espero&mdash;prosiguió Svidrigailoff,
-cuya alegría tenía algo de siniestro&mdash;;
-si tarda usted en disparar, tendré
-tiempo de agarrarla antes de que pueda
-usted defenderse.</p>
-
-<p>Temblorosa Dunia, armó rápidamente
-el revólver y amenazó de nuevo a su perseguidor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Déjeme usted!&mdash;dijo con desesperación&mdash;;
-¡le juro que voy a disparar otra
-vez! ¡Le mataré!</p>
-
-<p>&mdash;A tres pasos, en efecto, es imposible
-que usted no haga blanco; pero si no me
-mata, entonces...</p>
-
-<p>En los brillantes ojos de Svidrigailoff se
-podía leer el resto de su pensamiento. Dió
-dos pasos hacia adelante. Dunia disparó:
-pero falló el tiro.</p>
-
-<p>&mdash;No está bien cargada el arma, no importa,
-eso puede repararse. Tiene ésta
-aún una cápsula; espero.</p>
-
-<p>En pie, a dos pasos de la joven fijaba
-en ella una mirada ardiente, que expresaba
-indomable resolución. Dunia comprendió
-que aquel hombre moriría antes que
-renunciar a su designio.</p>
-
-<p>Sin duda le mataría ahora que estaba
-solamente a dos pasos de ella.</p>
-
-<p>De repente la joven tiró el revólver.</p>
-
-<p>&mdash;¡No quiere usted tirar!&mdash;dijo Svidrigailoff
-asombrado, y respiró libremente.</p>
-
-<p>No era quizá el temor de la muerte el
-peso más grave de que sentía aliviada su
-alma; sin embargo, no hubiera podido explicarse
-a sí mismo la naturaleza del alivio
-que experimentó.</p>
-
-<p>Se acercó a Dunia y la tomó suavemente
-por el talle. No resistió la joven; pero,
-toda temblorosa, le miró con ojos suplicantes.
-Quiso hablar él; pero no pudo proferir
-ningún sonido.</p>
-
-<p>&mdash;¡Suéltame!&mdash;suplicó Dunia.</p>
-
-<p>Al oírse tutear con una voz que no era
-la de antes, Svidrigailoff se echó a temblar.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que no me amas?&mdash;preguntó
-en voz baja.</p>
-
-<p>Dunia hizo con la cabeza un signo negativo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no podrás amarme... nunca...?&mdash;continuó
-él con acento desesperado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Nunca!&mdash;murmuró la joven.</p>
-
-<p>Durante pocos instantes se libró una
-lucha terrible en el alma de Svidrigailoff.
-Tenía fijos los ojos en la joven con una
-expresión indecible. De repente apartó
-el brazo que había pasado en derredor del
-talle de Dunia, y alejándose rápidamente
-de ésta, fué a colocarse delante de la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está la llave&mdash;dijo después de
-una pausa (la sacó del bolsillo izquierdo
-del gabán y la colocó detrás de él en la
-mesa sin volverse hacia Dunia)&mdash;. Tómela
-usted, y váyase pronto.</p>
-
-<p>Seguía mirando obstinadamente por
-la ventana. Dunia se aproximó a la mesa
-para tomar la llave.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pronto, pronto!&mdash;repitió Svidrigailoff.</p>
-
-<p>No había cambiado de posición, no la
-miraba; pero aquella palabra «pronto» había
-sido pronunciada de modo tal, que su
-significación no dejaba lugar a dudas.</p>
-
-<p>Dunia tomó la llave, dió un salto hacia
-la puerta y salió rápidamente de la habitación;
-un instante después corría como
-loca a lo largo del canal, en la dirección
-del puente***.</p>
-
-<p>Svidrigailoff permaneció todavía tres
-minutos cerca de la ventana. Al cabo
-se volvió con lentitud, dirigió una mirada
-en derredor suyo, y se pasó la mano por
-la frente. Sus facciones, desfiguradas por
-una extraña sonrisa, expresaban tremenda
-desesperación. Al advertir que tenía
-sangre en la mano, la miró con cólera,<span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span>
-y luego mojó un paño y se lavó la herida.
-El revólver arrojado por Dunia había rodado
-hasta la puerta. Svidrigailoff lo levantó
-y se puso a examinarlo. Era un revólver
-pequeño de tres tiros, de antiguo
-sistema. Tenía aún dos cápsulas vacías
-y una cargada. Después de un momento
-de reflexión, guardó el arma en el bolsillo,
-tomó el sombrero y salió.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>V.</h3></div>
-
-<p>Hasta las diez de la noche Arcadio Ivanovitch
-Svidrigailoff estuvo recorriendo
-tabernas y <i>traktirs</i>. Habiendo encontrado
-a Katia le pagó las consumaciones que
-quiso tomar, y lo mismo al organillero,
-a los mozos y a dos dependientes de comercio
-con los cuales tenía extraña simpatía.
-Había notado que estos dos jóvenes
-tenían la nariz ladeada, y que la de
-uno miraba a la derecha y la del otro a la
-izquierda. Finalmente se dejó llevar por
-ellos a un «jardín de recreo», donde pagó
-la entrada a todos. Este establecimiento,
-que ostentaba pomposamente el nombre
-de Waus-Hall, era un café cantante de
-ínfima clase. Los dependientes encontraron
-allí algunos «colegas» y empezaron a
-reñir con ellos; poco faltó para que vinieran
-a las manos. Svidrigailoff fué elegido
-como árbitro. Después de haber escuchado,
-durante un cuarto de hora, las
-recriminaciones confusas de los contendientes,
-creyó comprender que uno de
-ellos había robado una cosa, que había
-vendido a un judío, pero sin querer dar
-parte a sus camaradas del producto de
-aquella operación <i>comercial</i>. Por último,
-se averiguó que el objeto robado era una
-cucharilla de te perteneciente al Waus-Hall.
-La cuchara fué reconocida por los
-mozos del establecimiento, y la cosa hubiera
-acabado mal si Svidrigailoff no hubiera
-indemnizado a los que se quejaban.
-Se levantó y salió del jardín. Eran las
-diez. Durante toda la noche no había bebido
-ni una gota de vino. En el Waus-Hall
-se había limitado a pedir te, y eso
-porque allí estaba obligado a hacerse servir
-alguna cosa. La temperatura era sofocante,
-y negras nubes se amontonaban
-en el cielo. Próximamente a las diez estalló
-una violenta tempestad. Svidrigailoff
-llegó a su casa empapado hasta los huesos.
-Se encerró en su cuarto, abrió el cajón de
-su cómoda, sacó de él todo el dinero y
-desgarró dos o tres papeles. Después de
-haberse guardado el dinero pensó en mudarse
-de ropa; pero, como continuaba lloviendo,
-juzgó que no valía la pena; tomó
-el sombrero, salió sin cerrar la puerta de
-su habitación, y se dirigió al domicilio
-de Sonia.</p>
-
-<p>La joven no estaba sola; tenía en derredor
-suyo los cuatro niños de Kapernumoff,
-a quienes servía el te. Sonia acogió
-respetuosamente al visitante, miró con
-sorpresa sus vestidos mojados, pero no
-dijo una palabra. A la vista de un extraño
-todos los chiquillos huyeron asustados.</p>
-
-<p>Svidrigailoff se sentó cerca de la mesa e
-invitó a Sonia a que se sentase cerca de
-él. La joven se preparó tímidamente a
-escucharlo.</p>
-
-<p>&mdash;Sofía Semenovna&mdash;empezó a decir&mdash;,
-quizá me vaya a América, y, como según
-todas las probabilidades, nos vemos por
-última vez, he venido a fin de arreglar
-algunos asuntos. ¿Ha ido usted esta tarde
-a casa de esa señora? Sé lo que le ha
-dicho usted; es inútil que me lo cuente
-(Sofía Semenovna hizo un movimiento
-de cabeza y se ruborizó). Esa gente tiene
-ciertos prejuicios. Por lo que hace a
-las hermanas de usted y a su hermano,
-su suerte está asegurada. El dinero que
-destinaba yo a cada uno de ellos, ha sido
-depositado por mí en manos seguras.
-Aquí tiene usted los recibos. Ahora, para
-usted, tome estos tres títulos del 5 por 100
-que representan una suma de 3.000 rublos.
-Deseo que esto quede entre nosotros
-y que nadie sepa nada de ello. El dinero
-le es necesario, Sofía Semenovna, porque
-no puede usted continuar viviendo de
-este modo.</p>
-
-<p>&mdash;Ha tenido usted tantas bondades
-con los huérfanos, con la difunta y conmigo&mdash;balbuceó
-Sonia&mdash;, que aunque
-apenas le haya dado a usted las gracias
-no crea usted que...</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, basta; basta...</p>
-
-<p>&mdash;En cuanto a este dinero, Arcadio
-Ivanovitch, yo se lo agradezco mucho,
-pero no lo necesito ahora. No teniendo
-que pensar más que en mí, podré ir sa<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>liendo;
-no me considere usted ingrata
-porque rehuse su ofrecimiento. Puesto
-que es usted tan caritativo, este dinero...</p>
-
-<p>&mdash;Tómelo usted, Sofía Semenovna, se
-lo suplico; no me haga usted objeciones;
-no tengo tiempo de oírlas. Raskolnikoff
-se encuentra entre dos alternativas: o
-pegarse un tiro o ir a Siberia.</p>
-
-<p>Al oír estas palabras, Sonia se echó a
-temblar y miró aterrada a su interlocutor.</p>
-
-<p>&mdash;No se inquiete usted&mdash;prosiguió Svidrigailoff&mdash;.
-Lo he oído todo de sus propios
-labios; no soy hablador y guardaré
-el terrible secreto. Ha estado usted inspirada
-aconsejándole que vaya a denunciarse.
-Es el mejor partido que puede tomar.
-Cuando vaya a Siberia, usted le
-acompañará, ¿no es eso? En tal caso, tendrá
-usted necesidad de dinero. Le hará
-a usted falta para él. ¿Comprende ahora?
-La cantidad que le ofrezco se la doy a él
-por mediación de usted. Además, usted
-ha prometido a Amalia Ivanovna pagar
-lo que se le debe. ¿Por qué asume usted
-siempre, tan ligeramente, semejantes
-compromisos? La deudora de esa alemana
-no era usted, sino Catalina Ivanovna;
-ha debido usted enviar al diablo a la alemana;
-es preciso más cálculo en la vida.
-Si mañana, o pasado mañana, le preguntase
-alguien por mí, no hable de mi visita,
-ni diga a nadie que le he dado dinero.
-Y, ahora, hasta la vista (se levantó). Salude
-usted de mi parte a Rodión Romanovitch.
-A propósito: hará usted muy bien,
-por de pronto, confiando el dinero al señor
-Razumikin. ¿Conoce usted al señor
-Razumikin? Es un buen muchacho. Lléveselo
-usted mañana o... cuando tenga
-usted ocasión. Pero, de aquí a entonces,
-tenga cuidado de que no se lo quiten.</p>
-
-<p>Sonia se había levantado y fijaba una
-mirada inquieta en el visitante. Tenía
-grandes deseos de decir alguna cosa, de
-hacer alguna pregunta; pero estaba tan
-intimidada, que no sabía por dónde empezar.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo... de modo... que va usted
-a ponerse en camino con un tiempo
-tan malo?</p>
-
-<p>&mdash;Cuando se va a América no se preocupa
-uno de la lluvia. Adiós, mi querida
-Sofía Semenovna; viva usted, viva usted
-largo tiempo; sea usted útil a sus semejantes...
-dé usted mis recuerdos al señor
-Razumikin; dígale que Arcadio Ivanovitch
-Svidrigailoff le saluda. No se olvide
-usted.</p>
-
-<p>Cuando hubo salido Svidrigailoff, Sonia
-quedóse oprimida por un sentimiento de
-temor.</p>
-
-<p>La misma noche Svidrigailoff hizo una
-visita muy singular y muy inesperada.
-La lluvia seguía cayendo. A las once y
-veinte minutos se presentó, todo calado
-en casa de los padres de su futura, que
-ocupaban un cuartito en Wasili-Ostroff.
-Tuvo que llamar muchas veces antes de
-que le abriesen, y su llegada, a una hora
-tan intempestiva, causó en el primer momento
-gran sorpresa. Creyóse al principio
-que aquélla sería una humorada de
-hombre ebrio; pero en seguida hubieron
-de desechar esta suposición, porque, cuando
-se lo proponía, Svidrigailoff tenía modales
-por extremo seductores. La inteligente
-madre acercó la butaca del padre
-enfermo y entabló la conversación por
-medio de diferentes preguntas. Aquella
-mujer no iba nunca derecha al asunto;
-quería, por ejemplo, saber cuándo le
-agradaría celebrar a Arcadio Ivanovitch
-el matrimonio, y comenzaba interrogándole
-curiosamente acerca de París y sobre
-la <i>high-life</i> parisiense, para conducirle
-poco a poco a Wasili-Ostroff.</p>
-
-<p>Otras veces, esta maniobra resultaba
-bastante bien; pero en las circunstancias
-presentes, Svidrigailoff se mostró más
-impaciente que de costumbre, y quiso ver
-inmediatamente a su futura, a pesar de
-que se le dijo que estaba ya acostada.
-Claro es que se apresuraron a satisfacer
-su deseo. Svidrigailoff dijo a la joven que
-un negocio urgente le obligaba a ausentarse
-por algún tiempo de San Petersburgo,
-y que le traía 15.000 rublos, suplicándole
-que aceptare aquella bagatela, que
-desde largo tiempo antes había tenido
-intención de regalársela en vísperas del
-matrimonio. Apenas si había relación lógica
-entre este regalo y el anunciado viaje;
-no parecía que fuese necesaria para
-ello una visita nocturna mientras llovía
-torrencialmente. Sin embargo, por torpes
-que pudieran ser estas explicaciones,
-aquella familia se deshizo, por el contra<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>rio,
-en muestras de gratitud sumamente
-calurosas, a las cuales mezcló sus lágrimas
-la madre. Svidrigailoff se levantó,
-besó a su prometida, le dió suaves golpecitos
-en la mejilla, y aseguró que estaría
-muy pronto de vuelta. La muchacha
-le miraba perpleja; se leía en sus ojos algo
-más que una simple curiosidad infantil.
-Arcadio Ivanovitch notó aquella mirada,
-besó de nuevo a su futura, y se retiró,
-pensando con verdadero despecho
-que su regalo sería, de seguro, conservado
-bajo llave por la más inteligente de las
-madres.</p>
-
-<p>A media noche volvió a entrar en la
-ciudad por el puente de***. Había cesado
-la lluvia; pero el viento soplaba con fuerza.
-Durante cerca de media hora, Svidrigailoff
-anduvo por la vasta perspectiva***,
-como si buscase alguna cosa. Poco tiempo
-antes reparó que al lado derecho de la
-perspectiva había un hotel que se llamaba,
-si la memoria no le era infiel, hotel
-Andrinópolis. Al fin lo encontró. Era un
-gran edificio de madera, en el cual, a pesar
-de lo avanzado de la noche, se veía
-luz. Entró y pidió habitación a un criado
-harapiento que encontró en el corredor.
-Después de echar una mirada sobre Svidrigailoff,
-el criado le condujo a un cuartito
-situado al extremo del corredor, debajo
-de la escalera; era el único disponible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay te?&mdash;preguntó Svidrigailoff.</p>
-
-<p>&mdash;Puede hacerse.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay además?</p>
-
-<p>&mdash;Carne, aguardiente, entremeses.</p>
-
-<p>&mdash;Tráeme carne y te.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quiere usted nada más?&mdash;preguntó
-con algo de vacilación el camarero.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>El hombre harapiento se alejó muy
-contrariado.</p>
-
-<p>«Esa casa debe ser alguna otra cosa
-que un hotel&mdash;pensó Svidrigailoff&mdash;; pero
-yo también debo tener el aspecto de un
-hombre que vuelve de un café cantante y
-que ha tenido una aventura en el camino.
-Sin embargo, me gustaría saber qué clase
-de gente viene aquí.»</p>
-
-<p>Encendió la vela y empezó a examinar
-detenidamente la habitación. Era tan estrecha
-y baja, que un hombre de la estatura
-de Svidrigailoff podía apenas estar
-de pie. El mobiliario se componía de una
-cama muy sucia, de una mesa de madera
-barnizada y de una silla. La tapicería
-destrozada estaba tan polvorienta, que
-con dificultad se adivinaba su primitivo
-color. La escalera cortaba diagonalmente
-el techo, lo que daba a esta habitación el
-aspecto de una buhardilla. Svidrigailoff
-puso la bujía sobre la mesa, se sentó en la
-cama y se quedó pensativo; pero un incesante
-ruido que se oía en el cuarto inmediato,
-acabó por atraer su atención.
-Se levantó, tomó la vela, y fué a mirar
-por una hendidura del tabique.</p>
-
-<p>En una habitación un poco mayor que
-la suya vió dos individuos, uno en pie y
-otro sentado en una silla. El primero estaba
-en mangas de camisa, era rojo, y
-tenía el cabello rizado. Reprendía a su
-compañero con voz plañidera:</p>
-
-<p>&mdash;Tú no tenías posición, estabas en la
-última miseria, te he sacado del fango,
-y depende de mí el dejarte caer otra vez
-en él.</p>
-
-<p>El amigo a quien se dirigían estas palabras
-tenía el aspecto de un hombre que
-quisiese estornudar y no pudiese; de vez
-en cuando fijaba una mirada estúpida en
-el orador; no comprendía una palabra de
-lo que se le decía; quizá tampoco la entendía
-el que hablaba. Sobre la mesa en
-que la bujía estaba a punto de consumirse,
-había un jarro de aguardiente casi vacío,
-vasos de diversos tamaños, pan, cohombros
-y servicio de te. Después de haber
-contemplado atentamente este cuadro,
-Svidrigailoff dejó su observatorio y
-volvió a sentarse en la cama.</p>
-
-<p>Al traer el te y la carne, el mozo no pudo
-menos de preguntar de nuevo «si el
-señor quería otra cosa». Al oír una respuesta
-negativa, se retiró definitivamente.
-Svidrigailoff se apresuró a beber una
-taza de te para entonarse; pero le fué imposible
-comer. La fiebre, que comenzaba
-a invadirle, le había quitado el apetito.
-Despojóse del gabán y el saco, se envolvió
-en la colcha, y se acostó; estaba quebrantado.</p>
-
-<p>«Mejor sería, por esta vez, estar bien»&mdash;se
-dijo sonriendo.</p>
-
-<p>La atmósfera era sofocante. La vela
-alumbraba débilmente. El viento zumbaba
-fuera, se oía el ruido de un ratón y<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>
-llenaba todo el cuarto olor de ratones
-y de cuero. Tendido en el lecho, Svidrigailoff
-soñaba más bien que pensaba. Sus
-ideas se sucedían confusamente, y hubiera
-querido fijar en algo su imaginación.</p>
-
-<p>«Debe de haber un jardín bajo la ventana;
-se percibe rumor de hojas y de ramas
-de árboles. ¡Cuánto detesto este ruido
-por la noche en medio de la tempestad
-y de las tinieblas!»</p>
-
-<p>Se acordó de que un momento antes, al
-pasar junto al parque Petrovsky, había
-experimentado la misma penosa impresión.
-En seguida pensó en el pequeño
-Neva, y se estremeció del mismo modo
-que antes, cuando, de pie sobre el puente,
-contemplaba el río.</p>
-
-<p>«En mi vida me ha gustado el agua, ni
-aun en los paisajes»&mdash;pensó, y de repente
-una idea extraña le hizo sonreír.</p>
-
-<p>«Me parece que ahora debería burlarme
-de la estética de las comodidades. Sin
-embargo, heme aquí tan vacilante como
-el animal que en parecido caso tiene cuidado
-de elegir su sitio. ¿Si yo hubiese ido
-hace poco a Petrovsky-Ostroff? La verdad
-es que he tenido miedo al frío y a la obscuridad...
-¡Je, je! Necesito sensaciones
-agradables... Pero, ¿por qué no apagar la
-bujía? (la sopló). Mis vecinos están
-acostados»&mdash;añadió al no ver luz por la
-hendidura del tabique... Poco a poco se
-irguió ante su imaginación la figura de
-Dunia, y súbito temblor agitó sus nervios
-al recuerdo de la entrevista que pocas
-horas antes había tenido con la joven.</p>
-
-<p>«No, no pensemos en esto. Cosa extraña,
-yo no he odiado jamás a nadie; jamás
-tampoco he experimentado vivos
-deseos de vengarme... esto es mal signo,
-mal signo. Jamás he sido tampoco ni pendenciero,
-ni violento; he aquí otro mal
-signo. ¡Pero qué promesas he hecho hace
-poco! ¡Quién sabe adónde habría llegado!»</p>
-
-<p>Se calló y apretó los dientes. Su imaginación
-le mostró a Dunia tal como la había
-visto, cuando, después de haber dejado
-el revólver incapaz en adelante de
-resistencia, fijaba sobre él una mirada
-de espanto. Acordóse de la piedad que
-había sentido en aquel momento, y de lo
-oprimido que tenía el corazón.</p>
-
-<p>«¡Vayan al diablo tales ideas!... ¡No
-pensemos más en tal cosa!»</p>
-
-<p>Iba ya a adormecerse; su temblor febril
-había cesado. De pronto le pareció
-que por debajo de la colcha corría alguna
-cosa a lo largo del brazo y de la pierna.
-Se estremeció. «¡Caramba! ¡Es sin duda
-un ratón! He dejado la carne sobre la mesa.»
-Por temor al frío no quería destaparse
-ni levantarse; pero, de repente, un
-contacto desagradable le rozó el pie. Arrojó
-la colcha, encendió la vela, y temblando
-se incorporó en el lecho y no vió nada.
-Sacudió la colcha y saltó un ratón sobre
-la sábana. Trató en seguida de pillarlo,
-pero sin salir del lecho; el animalito describía
-zigzags rapidísimos y se deslizaba
-por entre los dedos que querían apresarlo.
-Finalmente, el ratón se metió debajo
-de la almohada. Svidrigailoff arrojó
-al suelo la almohada; pero en el mismo
-instante sintió que alguna cosa había saltado
-sobre él y que se le paseaba sobre
-el cuerpo debajo de la camisa. Un temblor
-nervioso se apoderó de él y se despabiló.
-La obscuridad era completa en la
-habitación; el seguía echado en la cama,
-envuelto en la colcha; el viento continuaba
-silbando en el exterior.</p>
-
-<p>«Esto es insoportable»&mdash;se dijo con
-cólera.</p>
-
-<p>Se sentó en el borde del lecho; con la espalda
-vuelta hacia la ventana.</p>
-
-<p>«Más vale no dormir»&mdash;se dijo.</p>
-
-<p>Por la reja entraba un aire húmedo y
-frío. Svidrigailoff, sin moverse de su sitio,
-atrajo hacia sí la colcha y se envolvió
-en ella. No encendió la luz; no pensaba ni
-quería pensar en nada; pero sueños e
-ideas incoherentes atravesaban confusos
-su cerebro. Estaba como sumido en semi-sueño.
-¿Era aquello efecto del frío, de las
-tinieblas, o del viento que agitaba los
-árboles? Lo cierto es que estos desvaríos
-tomaban un aspecto fantástico. Le parecía
-estar viendo un riente paisaje. Era
-el día de la Trinidad, y hacía un tiempo
-soberbio... En medio de floridos arriates
-aparecía una elegante quinta de gusto
-inglés; plantas trepadoras tapizaban el
-vestíbulo; a los lados de la escalera, cubierta
-de una rica alfombra se erguían
-dos jarrones chinescos que contenían flo<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>res
-exóticas. En las ventanas había vasos
-medio llenos de agua en que hundían sus
-tallos ramilletes de jacintos blancos, que
-se inclinaban esparciendo un perfume embriagador.
-Aquellos ramilletes atraían
-particularmente la atención de Svidrigailoff,
-tanto, que no hubiera querido
-alejarse de ellos; sin embargo, subió la
-escalera y entró en una sala grande y alta;
-allí, como en las ventanas, como cerca
-de la puerta que daba a la terraza, y en
-a terraza misma, había flores; por todas
-partes flores. El pavimento estaba cubierto
-de hierbas recientemente segadas
-y que exhalaban suave olor; por las ventanas
-abiertas penetraba en la habitación
-una brisa deliciosa, y los pájaros
-gorjeaban en los alféizares; pero en medio
-de la sala, sobre una mesa cubierta con
-un mantel de raso blanco, estaba colocado
-un féretro. Le rodeaban guirnaldas
-de flores, y el interior estaba forrado
-de seda de Nápoles y de encajes blancos;
-en aquel ataúd reposaba, sobre un lecho
-de flores, una jovencita vestida de blanco.
-Tenía los ojos cerrados, y cruzados sobre
-el pecho los brazos, que parecían los de
-una estatua de mármol. Sus cabellos, de
-color rubio claro, estaban despeinados y
-húmedos; ceñíale la cabeza una corona
-de rosas. El perfil severo y ya rígido del
-rostro parecía también de mármol; pero
-la sonrisa de sus labios pálidos expresaba
-tan amarga tristeza, una desolación tan
-grande, que no parecía propia de su edad.
-Svidrigailoff conocía a aquella jovencita;
-cerca de su ataúd no había imágenes, ni
-cirios encendidos, ni oraciones. La difunta
-era una suicida; a los catorce años tenía
-el corazón herido por un ultraje que
-había destrozado su conciencia infantil,
-llenado su alma de una inmerecida vergüenza
-y arrancado de su pecho un grito
-supremo de desesperación, grito ahogado
-por los mugidos del viento en medio de
-una húmeda y fría noche de deshielo.</p>
-
-<p>Svidrigailoff se levantó, dejó el lecho y
-se aproximó a la ventana. Después de
-haber buscado a tientas la falleba, abrió
-los cristales, exponiendo la cara y el cuerpo,
-apenas protegido por la camisa, al
-rigor del viento glacial que penetraba en
-la estrecha habitación. Bajo la ventana
-debía haber, en efecto, un jardín de recreo;
-allí, sin duda, durante el día, se cantaban
-canciones y se servía te en mesitas;
-pero ahora todo estaba sumido en las tinieblas,
-y los objetos se ofrecían como
-manchas negras y apenas distintas. Durante
-cinco minutos, Svidrigailoff, apoyado
-de codos en la ventana, trataba de
-horadar la obscuridad con la mirada. En
-el silencio de la noche retumbaron dos
-cañonazos.</p>
-
-<p>«¡Ah! ¡es una señal! ¡El Neva sube!&mdash;pensó&mdash;.
-Esta madrugada los barrios bajos
-de la ciudad van a inundarse; las ratas
-se ahogarán en las cuevas; los inquilinos
-de los pisos bajos, chorreando de
-agua y renegando, tratarán, en medio de
-la lluvia y del viento, de salvar sus cachivaches,
-transportándolos a los pisos superiores...
-pero, ¿qué hora es?»</p>
-
-<p>En el momento mismo que se hacía
-esta pregunta, un reloj vecino dió tres
-campanadas.</p>
-
-<p>«Dentro de una hora será de día. ¿Para
-qué esperar? Voy a salir en seguida y a
-dirigirme a la isla Petrovsky.»</p>
-
-<p>Cerró la ventana, encendió la vela y se
-vistió; luego, con el candelero en la mano,
-salió de la habitación para ir a despertar
-al mozo, pagar la cuenta y dejar en seguida
-la posada.</p>
-
-<p>«Es éste el momento más favorable; no
-se puede esperar otro mejor.»</p>
-
-<p>Anduvo mucho tiempo por el corredor
-largo y estrecho; y como no encontrara
-a nadie, se puso a llamar en alta voz. De
-repente, en un rincón sombrío, entre un
-armario viejo y una puerta, descubrió un
-objeto extraño, una cosa que parecía viviente.
-Inclinándose con la luz, reconoció
-que aquello era una niña de cinco años;
-temblaba y lloraba. Su ropita estaba empapada
-como una esponja. La presencia
-de Svidrigailoff no pareció asustarla; pero
-fijó en él los ojos con expresión de insensata
-sorpresa. Sollozaba a intervalos como
-suelen hacerlo los niños que, después
-de haber estado llorando largo rato, comienzan
-a consolarse. Su rostro era pálido
-y demacrado; estaba transida de
-frío; mas, «¿por qué casualidad se encontraba
-allí?» Sin duda se había ocultado
-en aquel rincón y no había dormido en
-toda la noche. Svidrigailoff se puso a interrogarla.
-Animándose de pronto la ni<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>ña,
-comenzó, con voz infantil y tartajosa,
-un relato interminable, repitiendo a cada
-instante «mamá» «jícara rota». Creyó comprender
-Svidrigailoff que era aquélla una
-niña poco amada. Su madre, probablemente
-una cocinera del hotel, se entregaba,
-sin duda, a la bebida. La niña había
-roto una jícara, y temiendo el castigo había
-huído la noche del día anterior, en
-medio de la lluvia. Después de haber estado
-mucho tiempo fuera, habría acabado
-por entrar furtivamente, ocultándose
-detrás del armario, pasando allí
-toda la noche, temblorosa, llorando, asustada
-de hallarse en la obscuridad, y más
-asustada aún ante el temor de que sería
-cruelmente maltratada, tanto por la jícara
-rota, como por la escapatoria. Svidrigailoff
-la tomó en sus brazos, y habiéndola
-depositado en la cama se puso a
-desnudarla. La niña no llevaba medias y
-tenía agujereados los zapatos, tan húmedos
-como si hubiesen estado metidos
-toda la noche en un charco. Después la
-desnudó, la acostó y la envolvió con cuidado
-en la colcha. La pequeñuela se durmió
-en seguida, y después que todo hubo
-terminado, Svidrigailoff volvió a caer
-otra vez en sus pensamientos sombríos.</p>
-
-<p>«¿Qué me importa a mí eso?&mdash;se dijo
-con un movimiento de cólera&mdash;.¡Qué tontería!»</p>
-
-<p>En su irritación tomó la vela y buscó
-al mozo para dejar cuanto antes el hotel.</p>
-
-<p>«¡Bah! ¡una granujilla!»&mdash;dijo, lanzando
-una blasfemia en el instante en que la
-puerta se abría; pero se volvió para echar
-una última mirada sobre la niña, a fin de
-asegurarse que dormía y cómo dormía.
-Levantó con precaución la colcha que
-ocultaba la cabeza. La chiquilla dormía
-con un sueño profundo; había entrado en
-calor y sus pálidas mejillas se habían coloreado.
-Sin embargo, cosa extraña: el
-encarnado de su tez era mucho más vivo
-que el que se advierte en el estado normal
-de los niños.</p>
-
-<p>«Es el color de la fiebre&mdash;pensó Svidrigailoff&mdash;.
-Cualquiera diría que ha bebido.»</p>
-
-<p>Sus labios purpurinos parecían arder
-de repente; el hombre creyó advertir que
-se movían algo las largas pestañas negras
-de la pequeña durmiente; bajo los párpados
-medio cerrados se adivinaban unas
-pupilas maliciosas, cínicas, en modo alguno
-infantiles.</p>
-
-<p>«¿Estará despierta esta chiquilla y fingirá
-dormir?»</p>
-
-<p>En efecto, sus labios sonreían, y temblaban
-como cuando se hacen esfuerzos
-para no reír, pero he aquí que cesa de
-contenerse y prorrumpe en una carcajada;
-algo desvergonzado, provocativo,
-aparece en aquel rostro que no tiene ya
-nada de infantil; es la cara de una prostituta,
-de una <i>cocotte</i> francesa. Los ojos
-de la niña se abren; envuelven a Svidrigailoff
-en una mirada lasciva y apasionada;
-le llaman y ríen... Nada más repugnante
-que aquella cara de niña cuyas facciones
-respiraban lujuria.</p>
-
-<p>«¡Cómo! ¿a los cinco años?&mdash;murmuraba,
-preso de un verdadero espanto&mdash;.
-¿Es posible?»</p>
-
-<p>Pero he aquí que vuelve hacia él la
-cara inflamada, le tiende los brazos.</p>
-
-<p>«¡Ah, maldita!»&mdash;exclamó con horror
-Svidrigailoff.</p>
-
-<p>Levanta la mano sobre ella, y en el mismo
-instante se despierta.</p>
-
-<p>Se encontró acostado en la cama, envuelto
-en la manta; la vela no estaba encendida;
-amanecía.</p>
-
-<p>«He tenido una pesadilla.»</p>
-
-<p>Al incorporarse advirtió con cólera
-que estaba cansado y quebrantado. Eran
-cerca de las cinco; Svidrigailoff había dormido
-demasiado rato. Se levantó; se puso
-la ropa, húmeda todavía, y notando
-que tenía el revólver en el bolsillo, lo sacó
-para asegurarse de si las cápsulas estaban
-bien colocadas. Después se sentó, y
-en la primera página de su librito de notas
-escribió algunas líneas de gruesos caracteres.
-Después de haber releído lo escrito,
-se apoyó de codos en la mesa y se
-absorbió en sus reflexiones. Las moscas
-se regalaban con la porción de carne que
-había quedado intacta. Las miró durante
-largo tiempo y se puso después a darles
-caza. Al fin se asombró de aquella ocupación,
-y recobrando de repente la conciencia
-de sus actos, salió apresurado de
-la habitación: un instante después estaba
-en la calle.</p>
-
-<p>Espesa niebla envolvía la ciudad. Svidrigailoff
-caminaba en dirección del pe<span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>queño
-Neva. Mientras andaba por el resbaladizo
-suelo de madera, veía con la
-imaginación la isla Petrovsky, con sus
-senderos, sus céspedes, sus árboles y sus
-bosquecillos... Ni un transeunte, ni un
-coche en toda la extensión de la perspectiva.
-Las casitas amarillas, con las ventanas
-cerradas, tenían triste y sucio aspecto.
-El frío y la humedad hacían estremecer
-al madrugador paseante que se
-distraía leyendo casi maquinalmente las
-muestras de las tiendas. Llegado al fin
-del piso de madera, a la altura de la gran
-casa de piedra, vió un perro muy feo
-que atravesaba el arroyo apretando la
-cola entre las piernas. Un hombre ebrio
-yacía tendido en la acera. Svidrigailoff
-miró un instante al borracho y siguió adelante.
-A la izquierda se ofreció a la vista
-una torre.</p>
-
-<p>«¡Bah!&mdash;pensó&mdash;; he aquí un buen sitio;
-¿para qué ir a la isla Petrovsky? Aquí,
-a lo menos, la cosa podrá ser confirmada
-por un testigo.»</p>
-
-<p>Sonriendo ante esta idea, tomó por la
-calle***.</p>
-
-<p>Allí se encontraba el edificio coronado
-por la torre. Vió apoyado en la puerta un
-hombrecillo envuelto en un capote de soldado
-y con un gorro turco, quien, al notar
-que se aproximaba Svidrigailoff, le
-echó de reojo una mirada huraña. Su fisonomía
-tenía esa expresión de arisca tristeza
-que es la marca secular de todos los
-israelitas. Los dos hombres se examinaron
-un momento en silencio. Al fin le pareció
-extraño al funcionario que un individuo
-que no estaba ebrio se detuviese
-así, a tres pasos de él, y le mirase sin decir
-una palabra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?&mdash;preguntó, siempre
-arrimado a la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, amigo mío; ¡buenos días!&mdash;respondió
-Svidrigailoff.</p>
-
-<p>&mdash;Siga usted su camino.</p>
-
-<p>&mdash;Voy al extranjero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo al extranjero?</p>
-
-<p>&mdash;A América.</p>
-
-<p>&mdash;¿A América?</p>
-
-<p>Svidrigailoff sacó el revólver y lo montó.
-El soldado arqueó las cejas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oiga usted! Este no es sitio de andarse
-con bromas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Porque éste no es sitio.</p>
-
-<p>&mdash;No importa, amigo mío; el lugar es
-a propósito. Si te preguntan, di que me
-he ido a América.</p>
-
-<p>Apoyó el cañón del revólver sobre la
-sien derecha.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aquí no se puede hacer eso!&mdash;replicó
-el soldado abriendo desmesuradamente
-los ojos.</p>
-
-<p>Svidrigailoff oprimió el gatillo.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>VI.</h3></div>
-
-<p>Aquel mismo día, entre seis y siete de
-la tarde, Raskolnikoff se dirigió a casa de
-su madre y de su hermana. Las dos mujeres
-habitaban ahora en casa Bakalaieff,
-en el cuarto de que les había hablado Razumikin.
-Al subir la escalera, Raskolnikoff
-parecía vacilar aún. Sin embargo,
-por nada del mundo se hubiera vuelto
-atrás. Estaba resuelto a hacer aquella
-visita. «Todavía no saben nada&mdash;pensó&mdash;y
-están acostumbradas a ver en mí un ser
-original.»</p>
-
-<p>Tenía el vestido manchado de lodo y
-desgarrado; de otra parte, la fatiga física,
-juntamente con la lucha que se libraba
-en él desde hacía veinticuatro horas,
-le había puesto la cara casi desconocida.
-El joven había pasado la noche en vela.
-Dios sabe dónde; pero, por lo menos,
-su partido estaba tomado.</p>
-
-<p>Llamó a la puerta, y su madre salió a
-abrir. Dunia había salido, y la criada no
-estaba en aquel momento en la casa. Pulkeria
-Alexandrovna se quedó muda de
-sorpresa y de alegría; después, tomando a
-su hijo por la mano, le llevó a la sala.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Estás aquí?&mdash;dijo con voz
-temblorosa a causa de la emoción&mdash;. No
-te incomodes, Rodia, porque te recibo
-llorando. Es la felicidad la que me hace
-verter lágrimas. ¿Crees que estoy triste?
-No; estoy alegre, ya lo ves, me río, sólo
-que tengo la tonta costumbre de llorar.
-Desde la muerte de tu padre, lloro por
-cualquier cosa. ¡Ah, qué sucio estás!</p>
-
-<p>&mdash;¡Me cayó ayer tanta lluvia encima!&mdash;comenzó
-a decir Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Deja eso&mdash;interrumpió vivamente
-Pulkeria Alexandrovna&mdash;. ¿Piensas que
-iba a preguntarte con curiosidad de an<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>ciana?
-Puedes estar tranquilo; lo comprendo
-todo; pues ahora estoy algo iniciada
-en las costumbres de San Petersburgo
-y, verdaderamente, veo que aquí
-la gente tiene más inteligencia que en
-nuestras ciudades. Me he dicho, una vez
-para todas, que no debo mezclarme en tus
-negocios ni pedirte cuentas; mientras
-tienes tú quizás el espíritu preocupado
-sabe Dios en qué pensamientos, ¿habría
-de ir a distraerte con preguntas inoportunas?...
-¡Ah, Dios mío!... ¿Ves, Rodia?
-Ahora estaba preparándome a leer, por
-tercera vez, el artículo que has publicado
-en una Revista. Demetrio Prokofitch me
-lo ha traído. Ha sido para mí una verdadera
-revelación; desde el primer momento
-lo he comprendido todo y he reconocido
-lo tonta que he sido. «He aquí lo que le
-preocupa, me he dicho; da vueltas en su
-cabeza a ideas nuevas y no gusta que se
-le aparte de sus reflexiones; todos los
-grandes talentos son así.» A pesar de la
-atención con que yo lo leo, hay en tu artículo,
-hijo mío, muchas cosas que no
-entiendo; pero, como soy ignorante, no
-me asombra el no comprenderlo todo.</p>
-
-<p>&mdash;Enséñamelo, mamá.</p>
-
-<p>Raskolnikoff tomó el número de la Revista,
-y echó una rápida ojeada sobre su
-artículo. Todo autor experimenta siempre
-un vivo placer al verse impreso por
-la primera vez, sobre todo cuando no tiene
-más que veintitrés años. Aunque presa
-de las más crueles angustias, nuestro héroe
-no pudo substraerse a esta impresión;
-pero sólo le duró un instante. Después de
-haber leído algunas líneas, frunció el entrecejo
-y sintió que le oprimía el corazón
-terrible sufrimiento. Esta lectura le trajo
-de repente a la memoria todas las agitaciones
-morales de los últimos meses; así
-es que arrojó con violenta repulsión el periódico
-sobre la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, por tonta que yo sea, Rodia&mdash;siguió
-la madre&mdash;, puedo, sin embargo,
-juzgar que de aquí a poco tiempo ocuparás
-uno de los primeros puestos, si no el
-primero, en el mundo de la ciencia. ¡Y se
-han atrevido a suponer que estabas loco!
-¡Ah! ¿No sabes que se les había ocurrido
-esa idea? ¡Pobre gente! Por lo demás, ¿cómo
-podrían comprender qué es la inteligencia?
-¡Pero decir, sin embargo, que Dunia,
-sí, la misma Dunia no estaba muy
-distante de creerlo! ¿Es esto posible? Hace
-seis o siete días, Rodia, me acongojaba
-ver cómo estabas instalado, vestido, alimentado;
-pero ahora reconozco que esto
-era una tontería mía; en cuanto tú quieras,
-con tu ingenio y tu talento, llegarás
-al colmo de la fortuna. Por ahora, sin duda,
-no tratas de eso, sino que te ocupas
-en cosas más importantes...</p>
-
-<p>&mdash;¿Dunia no está aquí, mamá?</p>
-
-<p>&mdash;No, hijo; sale con mucha frecuencia
-y me deja sola. Demetrio Prokofitch tiene
-la bondad de venir a verme y me habla
-siempre de ti. Te ama y te estima, hijo
-mío. En cuanto a tu hermana, no me quejo
-de las pocas consideraciones que me
-guarda; tiene su carácter, como yo tengo
-el mío. Le agrada que ignore sus cosas;
-allá ella. Yo, en cambio, no tengo nada
-oculto para mis hijos. Persuadida estoy
-de que Dunia es muy inteligente y de que,
-además, nos tiene mucho cariño a ti y a
-mí; pero no sé en qué irá a parar todo eso.
-Siento que no pueda aprovecharse de la
-visita que me haces. Cuando vuelva le
-diré: «Durante tu ausencia ha venido tu
-hermano; ¿dónde estabas tú en tanto?»
-Tú, Rodia, no me mimes demasiado; ven
-aquí como puedas, sin desatender tus
-negocios; no eres libre; no te molestes;
-tendré paciencia; me contentaré con saber
-que me quieres. Leeré tus obras; oiré hablar
-de ti en todas partes, y de vez en
-cuando recibiré tu visita; ¿qué más puedo
-desear? Ya veo que hoy has venido a
-consolar a tu madre.</p>
-
-<p>Pulkeria Alexandrovna se echó a llorar
-bruscamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Otra vez! ¡No me hagas caso; estoy
-loca! ¡Ah, Dios mío! ¡No pienso nada!&mdash;gritó
-levantándose de pronto&mdash;. Hay café,
-y no te he ofrecido una taza. ¿Ves qué
-grande es el egoísmo de los viejos? Voy
-en seguida...</p>
-
-<p>&mdash;No vale la pena, mamá; voy a irme;
-no he venido para eso; escúchame, te lo
-suplico.</p>
-
-<p>Pulkeria Alexandrovna se aproximó tímidamente
-a su hijo.</p>
-
-<p>&mdash;Mamá, ocurra lo que ocurra, oigas lo
-que oigas de mí, ¿me amarás como ahora?&mdash;preguntó
-de repente.</p>
-
-<p>Estas palabras brotaron espontáneas<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span>
-del fondo de su corazón, aun antes que
-hubiera tenido tiempo de medir su alcance.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rodia, Rodia! ¿qué tienes? ¿Cómo
-puedes hacerme esa pregunta? ¿Quién se
-atreverá jamás a hablarme mal de ti?
-Si alguien se permitiese semejante cosa,
-me negaría a oírle y le arrojaría de mi
-presencia.</p>
-
-<p>&mdash;El objeto de mi visita era asegurarte
-que te he querido siempre, y ahora me
-alegro mucho de que estemos tú y yo solos,
-y aun de que no esté aquí Dunia&mdash;prosiguió
-con el mismo ímpetu&mdash;; quizá
-seas desgraciada; has de saber que tu hijo
-te ama ahora más que a sí mismo y que
-te equivocarías si pusieses en duda mi
-ternura. Jamás cesaré de quererte... ¡Ea,
-basta! He creído que debía, ante todo,
-darte esa seguridad.</p>
-
-<p>Pulkeria Alexandrovna besó a su hijo,
-le estrechó contra su pecho y lloró silenciosamente.</p>
-
-<p>&mdash;No sé lo que te pasa, Rodia&mdash;dijo&mdash;.
-Hasta ahora, yo había creído sencillamente
-que nuestra presencia te fastidiaba;
-mas en este momento me doy cuenta
-de que te amenaza una gran desgracia y
-que vives en la intranquilidad. Ya lo
-sospechaba, Rodia. Perdóname que te
-hable de esto; pienso en ello constantemente,
-hasta cuando duermo. La noche
-pasada, tu hermana deliraba y repetía
-constantemente tu nombre. He oído algunas
-palabras; pero no he entendido
-nada. Desde esta mañana hasta el momento
-de tu visita, he estado como el
-reo que espera la ejecución; tenía no sé
-qué presentimiento. ¡Rodia, Rodia! ¿A
-dónde vas? Estás a punto de partir,
-¿no es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Lo había adivinado. Pero, si tienes
-que partir, yo puedo ir contigo. Dunia nos
-acompañará; te quiere mucho. Si es menester,
-llevaremos también a Sofía Semenovna.
-Ya lo ves, estoy pronta a aceptarla
-por hija. Demetrio Prokofitch nos
-ayudará en nuestros preparativos para
-el viaje... Pero... ¿a dónde vas?</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, mamá.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿hoy mismo?&mdash;exclamó, como
-si se tratase de una separación eterna.</p>
-
-<p>&mdash;No puedo quedarme. Es absolutamente
-preciso que te deje.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no puedo ir contigo?...</p>
-
-<p>&mdash;No; pero ponte de rodillas y ruega a
-Dios por mí; Dios oirá acaso tu plegaria.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ojalá me oiga! Te echaré mi bendición.
-¡Oh Dios mío!</p>
-
-<p>Sí, estaba contento de que su hermana
-no asistiese a aquella entrevista. Para
-desahogar su ternura, tenía necesidad de
-estar a solas, y un testigo cualquiera, aunque
-hubiera sido Dunia, hubiese estorbado.
-Cayó a los pies de su madre y los
-besó. Pulkeria Alexandrovna y su hijo
-se abrazaron llorando; la madre no hizo
-ninguna pregunta; había comprendido
-que el joven atravesaba una crisis terrible
-y que su suerte iba a decidirse en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rodia, mi querido primogénito!&mdash;dijo
-la madre sollozando&mdash;; hete ahora
-como eras en tu infancia; de ese modo venías
-a hacerme caricias y a darme besos.
-En otro tiempo, cuando tu padre vivía,
-no teníamos, en medio de nuestra desgracia,
-otro consuelo que tu presencia, y después
-que hubo muerto, ¡cuántas veces tú
-y yo hemos llorado sobre su sepultura
-abrazados como ahora! Sí, si lloro desde
-hace tiempo, es porque mi corazón maternal
-tenía presentimientos siniestros. La
-tarde en que llegamos a San Petersburgo,
-desde nuestra primera entrevista, tu cara
-me lo ha revelado todo; cuando te
-abrí la puerta pensé, al verte, que había
-llegado la hora fatal. ¿No te vas en seguida,
-Rodia?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Volverás?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, volveré.</p>
-
-<p>&mdash;Hijo, no te enojes; no me atrevo a
-preguntarte: ¿Te vas muy lejos?</p>
-
-<p>&mdash;Muy lejos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tendrás allí un empleo, una posición?</p>
-
-<p>&mdash;Tendré lo que Dios quiera; ruega solamente
-por mí.</p>
-
-<p>Raskolnikoff iba a salir; pero su madre
-se agarró a él y le miró con expresión de
-desesperado dolor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Basta, mamá!&mdash;dijo el joven, que
-ante aquella angustia desgarradora sentía
-profundamente haber venido.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿No partes para siempre? ¿No vas a
-ponerte en camino en seguida? ¿Vendrás
-mañana?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; adiós.</p>
-
-<p>Al fin logró escapar.</p>
-
-<p>La tarde era calurosa, aunque no sofocante.
-Por la mañana, el tiempo había
-aclarado. Raskolnikoff volvió apresuradamente
-a su casa. Quería acabarlo todo
-antes de la puesta del sol; por el momento,
-cualquier encuentro le hubiese sido
-muy desagradable. Al subir a su cuarto
-advirtió que Anastasia, ocupada en preparar
-el te, había dejado su tarea para
-mirarle con curiosidad.</p>
-
-<p>«¿Habrá alguien en mi cuarto?» Y, a
-pesar suyo, pensó en el odioso Porfirio;
-pero, cuando abrió la puerta de la habitación,
-vió a Dunia. La joven, pensativa
-estaba sentada en el sofá. Sin duda esperaba
-a su hermano hacía mucho tiempo.
-Raskolnikoff se detuvo en el umbral. Dunia,
-estremecida, se levantó vivamente y
-le miró con fijeza. En los ojos de la joven
-se leía inmensa pesadumbre; una sola
-mirada probó a Raskolnikoff que la joven
-lo sabía todo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Puedo acercarme a ti, o debo retirarme?&mdash;le
-preguntó con voz trémula.</p>
-
-<p>&mdash;He pasado el día esperándote en casa
-de Sofía Semenovna; pensábamos verte
-allí.</p>
-
-<p>Raskolnikoff entró en la habitación, y
-se dejó caer desfallecido en una silla.</p>
-
-<p>&mdash;Me siento débil, Dunia; estoy muy
-fatigado, y en este momento, sobre todo,
-tendría necesidad de todas mis fuerzas.</p>
-
-<p>Fijó en su hermana una mirada de desconfianza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde has pasado la última noche?</p>
-
-<p>&mdash;No me acuerdo bien; quería tomar
-un partido definitivo, y muchas veces me
-he aproximado al Neva; de esto sí me
-acuerdo. Mi intención era acabar así;
-pero... no he podido resolverme...&mdash;dijo
-en voz baja, tratando de leer en el rostro
-de Dunia la impresión producida por sus
-palabras.</p>
-
-<p>&mdash;¡Alabado sea Dios! Era precisamente
-lo que temíamos Sofía Semenovna y yo.
-¿Crees en la vida? ¡Alabado sea Dios!</p>
-
-<p>Raskolnikoff se sonrió amargamente.</p>
-
-<p>&mdash;No creía en ella; pero hace un momento
-he estado en casa de nuestra madre,
-y nos hemos abrazado llorando; soy
-incrédulo, y, sin embargo, le he pedido
-que orase por mí. ¡Sólo Dios sabe lo que
-sucede en este momento! Yo mismo no
-sé qué pasa por mí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que has estado en casa de nuestra
-madre? ¿Le has hablado?&mdash;exclamó Dunia
-con espanto&mdash;. ¿Es posible que hayas
-tenido valor para decirle <i>aquello</i>?</p>
-
-<p>&mdash;No, yo no se lo he dicho, pero sospecha
-algo. Te ha oído soñar en voz alta
-la última noche, y creo que ha adivinado
-la mitad de ese secreto. He cometido un
-error al ir a verla; no sé por qué lo he hecho,
-Dunia. Soy un hombre bajo...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero un hombre dispuesto a aceptar
-la expiación. La aceptarás, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Al instante. Para huir de ese deshonor
-quería ahogarme, Dunia; pero en el
-momento en que iba a arrojarme al agua,
-me he dicho que un hombre fuerte no debe
-tener miedo al oprobio. ¿Es esto orgullo,
-Dunia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, Rodia.</p>
-
-<p>Le brillaron los ojos a Raskolnikoff con
-una especie de relámpago. Se consideraba
-feliz al pensar que había conservado su
-orgullo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdad que no crees que he tenido
-simplemente miedo al agua?&mdash;preguntó
-sonriendo con tristeza.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, Rodia, basta!&mdash;respondió la joven,
-ofendida por tal suposición.</p>
-
-<p>Ambos guardaron silencio durante diez
-minutos. Raskolnikoff tenía los ojos bajos.
-Dunia le miraba con expresión de sufrimiento.
-De repente el joven se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;La hora avanza. Hay tiempo de partir.
-Voy a entregarme; pero no sé por qué
-lo hago.</p>
-
-<p>Por las mejillas de Dunia corrieron
-gruesas lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;Lloras, hermana mía; pero, ¿puedes
-tenderme la mano?</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo dudabas?</p>
-
-<p>La joven lo estrechó contra su pecho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Acaso aceptando la expiación no
-borras la mitad de tu crimen?&mdash;exclamó,
-al tiempo que abrazaba a su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mi crimen! ¿Qué crimen?&mdash;repitió
-en un acceso de cólera&mdash;; ¿el de haber matado
-a un gusano sucio y malo; a una vieja
-perversa y perjudicial a todo el mundo;
-un vampiro que chupaba la sangre a<span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span>
-los pobres? Tal asesinato debía servir de
-indulgencia para cuarenta pecados. No
-pienso en modo alguno en borrarlo, aunque
-me griten por todos lados: ¡crimen!
-¡crimen! Ahora que me he decidido a
-afrontar voluntariamente ese deshonor,
-ahora sólo es cuando el absurdo de mi cobarde
-determinación se me presenta con
-toda claridad. Es tan sólo por bajeza y
-por impotencia por lo que me resuelvo a
-este acto, a menos que no sea también
-por interés, como me lo aconsejaba Porfirio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hermano, hermano! ¿qué estás diciendo?
-¿No te haces cargo de que has
-vertido sangre?&mdash;exclamó Dunia consternada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? Todo el mundo la vierte&mdash;prosiguió
-con vehemencia creciente&mdash;.
-Siempre ha corrido a torrentes sobre la
-tierra; las personas que la derramaron como
-si fuera <i>Champagne</i> subieron en seguida
-al Capitolio y fueron declarados
-protectores de la humanidad. Examina
-las cosas un poco más cerca para juzgarlas.
-También trataba yo de hacer bien a
-los hombres; centenares, millares de buenas
-acciones hubiesen compensando ampliamente
-aquella única tontería, o, mejor
-dicho, torpeza, porque la idea no era
-tan tonta como lo parece ahora. Cuando
-el éxito falta, los designios mejor concertados
-parecen estúpidos. Yo tan sólo
-trataba de crearme, por medio de aquella
-tontería, una situación independiente,
-asegurar mis primeros pasos de la vida,
-procurarme recursos; después hubiera
-levantado el vuelo... Pero he fracasado,
-y por eso soy un miserable. Si hubiese logrado
-mi objeto, se me hubieran dedicado
-coronas; al presente no sirvo más que
-para que se me arroje a los perros.</p>
-
-<p>&mdash;No se trata de eso. ¿Qué estás diciendo,
-hermano mío?</p>
-
-<p>&mdash;Es cierto, no he procedido según las
-reglas de la estética. No sé por qué ha de
-ser más glorioso lanzar bombas sobre una
-ciudad sitiada, que asesinar a una persona
-a hachazos. El temor de la estética
-es el primer signo de la impotencia.
-Jamás lo he comprendido tan bien como
-ahora, ni nunca he comprendido menos
-cuál es mi crimen. Nunca he sido más
-fuerte ni he estado más convencido que en
-este momento.</p>
-
-<p>Su pálido y demudado rostro se había
-de repente coloreado. Pero cuando acababa
-de proferir esta última exclamación,
-su mirada se encontró por casualidad con
-la de Dunia, y ésta le miraba con tanta
-tristeza, que su exaltación cayó de repente,
-no pudiendo menos de pensar que en
-rigor había hecho la desgracia de aquellas
-dos pobres mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;Dunia querida: si soy culpable, perdóname,
-aunque no merezca ningún perdón,
-si es que realmente soy culpable.
-Adiós; no disputemos, ya es tiempo de
-partir. No me sigas, te lo suplico; tengo
-aún una visita que hacer... Ve al instante
-a juntarte con nuestra madre, y no te
-separes de ella, te lo suplico. Es la última
-petición que te dirijo. Cuando me he separado
-de ella estaba muy inquieta, y temo
-que no pueda soportar su desventura:
-o morirá, o se volverá loca. Vela por ella.
-Razumikin no os abandonará; ya le he
-hablado... No llores por mí; aunque asesino,
-trataré de ser todavía valeroso y
-honrado. Quizás oigas hablar de mí alguna
-vez. No os deshonraré; ya verás; aun
-he de probar... Ahora, adiós&mdash;se apresuró
-a añadir, advirtiendo, mientras hacía
-sus promesas, una extraña expresión en
-los ojos de Dunia&mdash;. ¿Por qué lloras de
-ese modo? No llores; no nos separaremos
-para siempre... ¡Ah, sí! Espera; me olvidaba...</p>
-
-<p>Tomó de la mesa un grueso libro cubierto
-de polvo. Lo abrió y sacó una miniatura,
-pintada en marfil. Era el retrato
-de la hija de su patrona, la joven a
-quien había amado. Durante un instante
-contempló aquel rostro expresivo y triste.
-Después besó el retrato y se lo dió a
-Dunia.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas veces he hablado de <i>aquello</i>
-con ella&mdash;dijo distraídamente&mdash;; hice
-depositario a su corazón del proyecto que
-debía tener tan lamentable resultado. No
-te alarmes&mdash;continuó, dirigiéndose a Dunia&mdash;;
-ella experimentó tanta repugnancia
-y tanto horror como tú; ahora me alegro
-de que haya muerto.</p>
-
-<p>Después, volviendo al objeto principal
-de sus preocupaciones, dijo:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Lo esencial ahora es saber si he calculado
-bien lo que voy a hacer, y si estoy
-pronto a aceptar todas las consecuencias.
-Se asegura que me es necesaria esta
-prueba. ¿Es cierto? ¿Qué fuerza moral
-habré adquirido cuando salga del presidio,
-quebrantado por veinte años de sufrimiento?
-¿Valdrá entonces la pena de
-vivir? ¡Y yo he consentido en sobrellevar
-el peso de semejante existencia! ¡Oh!
-Esta mañana, al irme a arrojar al Neva,
-he comprendido que era un cobarde.</p>
-
-<p>Al cabo salieron ambos. Durante esta
-penosa entrevista Dunia había estado
-sostenida solamente por el amor de su
-hermano. Se separaron en la calle. Después
-de haber marchado unos cuantos pasos,
-la joven se volvió para ver por última
-vez a Raskolnikoff. Cuando hubo llegado
-a la esquina, el joven se volvió también,
-pero advirtiendo Raskolnikoff que la mirada
-de su hermana estaba fija en él, hizo
-un gesto de impaciencia, y aun de cólera,
-invitándola a que continuase el camino.
-En seguida dió vuelta a la esquina.</p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>VII.</h3></div>
-
-<p>Comenzaba a caer la noche cuando llegaba
-a casa de Sonia. Durante la mañana
-y la tarde, la joven le había esperado con
-ansiedad. Por la mañana había recibido la
-visita de Dunia. Esta fué a primera hora,
-habiendo sabido la víspera por Svidrigailoff
-que Sofía Semenovna lo sabía
-todo. No recordaremos minuciosamente
-la conversación de las dos mujeres; limitémonos
-a decir que lloraron juntas y se
-hicieron muy amigas. De esta entrevista
-sacó Dunia, por lo menos, el consuelo de
-pensar que no estaría solo su hermano.
-Era Sonia la primera que había recibido
-su confesión; a ella se había dirigido cuando
-sintió la necesidad de confiarse a un
-ser humano, y ella le acompañaría adondequiera
-que se le enviase. Sin haber hecho
-preguntas acerca de tales propósitos,
-Advocia Romanovna estaba segura de
-ello. Consideraba a Sonia con una especie
-de veneración que dejaba a la pobre
-muchacha toda confusa, porque se creía
-indigna de levantar los ojos hasta Dunia.
-Después de su visita a casa de Raskolnikoff,
-la imagen de la encantadora joven,
-que la había saludado tan graciosamente
-aquel día, quedó grabada en su alma como
-una visión nueva, dulcísima, la más
-bella de su vida.</p>
-
-<p>Al fin, Dunia se decidió a ir a esperar a
-su hermano en el domicilio de este último,
-pensando que Raskolnikoff no podría
-menos de pasar por allí. En cuanto Sonia
-se quedó sola, el pensamiento del suicidio
-probable de Raskolnikoff le quitó
-todo reposo. Este era también el temor
-de Dunia; pero al hablar las dos jóvenes
-se habían dado la una a la otra todo género
-de razones para tranquilizarse, y
-lo habían, en parte, conseguido.</p>
-
-<p>Cuando se separaron, volvió la inquietud
-a apoderarse de cada una de ellas.
-Sonia se acordó de que Svidrigailoff le
-había dicho: «Raskolnikoff sólo tiene la
-elección entre dos alternativas: o ir a
-Siberia, o...» Además, conocía el orgullo
-del joven y su carencia de sentimientos
-religiosos. «¿Es posible que se resigne a
-vivir solamente por pusilanimidad, por
-temor a la muerte?»&mdash;pensaba con desesperación.
-No dudaba ya que el desgraciado
-hubiese puesto fin a sus días, cuando
-Raskolnikoff entró en su cuarto.</p>
-
-<p>La joven dejó escapar un grito de alegría;
-pero, cuando hubo observado atentamente
-el rostro de Raskolnikoff, palideció
-de pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, sí&mdash;dijo riendo Raskolnikoff&mdash;.
-Vengo a buscar tus cruces, Sonia.
-Tú has sido quien me ha impulsado a ir
-a entregarme; ahora que voy a hacerlo,
-¿de qué tienes miedo?</p>
-
-<p>Sonia le miró con asombro. Aquel tono
-le parecía extraño. Todo su cuerpo se estremeció;
-pero al cabo de un minuto comprendió
-que aquella alegría era fingida.
-Conforme la estaba hablando, Raskolnikoff
-miraba a un rincón, y parecía tener
-miedo de fijar los ojos en ella.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo ves, Sonia; he pensado que eso
-es lo mejor. Hay una circunstancia... pero
-esto sería largo de contar, y no tengo
-tiempo. ¿Sabes lo que me irrita? Me pone
-furioso pensar que en un instante me van
-a rodear todos esos brutos; que todos me
-asestarán sus miradas, me dirigirán estúpidas
-preguntas, a las cuales tendré
-que responder; me señalarán con el dedo...<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span>
-No iré a casa de Porfirio; no puedo aguantar
-a ese hombre. Prefiero ir a buscar a
-mi amigo <i>Pólvora</i>. ¡Lo que va a sorprenderse
-éste! Puedo contar de antemano con
-un excelente éxito de asombro. Pero me
-convendría tener más sangre fría. En este
-último tiempo me he hecho muy irritable.
-¿Lo creerás? hace un momento
-ha faltado muy poco para que amenazase
-con el puño a mi hermana, porque se había
-vuelto para verme por última vez.
-Ya ves lo bajo que he caído. Bueno; ¿dónde
-están las cruces?</p>
-
-<p>El joven no parecía que se hallase en
-su estado normal. Ni podía permanecer
-un minuto en su puesto, ni fijar sus pensamientos
-en un objeto; sus ideas se sucedían
-sin transición; por mejor decir, deliraba.
-Le temblaban ligeramente las
-manos.</p>
-
-<p>Sonia guardaba silencio. Sacó de una
-caja de cruces una de madera de ciprés y
-otra de cobre; después se santiguó, y
-luego de repetir la misma ceremonia en la
-persona de Raskolnikoff, le puso al cuello
-la cruz de ciprés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es ésta una manera de expresar
-que yo cargo con la cruz? ¡Je, je, je! ¡Como
-si empezase a sufrir ahora! La cruz
-de ciprés es la de los humildes. La cruz de
-cobre perteneció a Isabel. Tú la guardas
-para ti; déjamela ver. ¿De modo que la
-llevaba... en aquel momento? Conozco
-otros dos o tres objetos de piedad: una
-cruz de plata y una imagen. Los eché entonces
-sobre el pecho de la vieja. Esos
-son los que debiera colgarme yo ahora
-al cuello. Pero no digo más que tonterías,
-y olvido mi asunto. Estoy distraído. He
-venido, sobre todo, para prevenirte, a
-fin de que sepas... Pues bien; esto es todo...
-no he venido más que para eso.
-(¡Hum! Creía, sin embargo, que tenía
-que decirle otra cosa.) Vamos a ver: tú
-misma me has exigido que dé este paso.
-Voy a entregarme, y tu deseo será satisfecho.
-¿Por qué lloras entonces? ¡Tú también!
-¡Basta, basta! ¡Oh, qué penoso me
-es todo esto!</p>
-
-<p>Al ver llorar a Sonia, se angustió el corazón
-del joven. «¿Qué soy yo para ella?&mdash;pensaba&mdash;.
-¿Por qué se interesa por mí
-tanto como podría interesarse mi madre
-o Dunia?»</p>
-
-<p>&mdash;Haz la señal de la cruz. Di una oración&mdash;suplicó
-con voz temblorosa la joven.</p>
-
-<p>&mdash;Sea. Rezaré cuanto quieras y de buena
-voluntad, Sonia, de buena voluntad.</p>
-
-<p>El hizo muchos signos de cruz. Ella se
-puso a la cabeza un pañuelo verde, el
-mismo, probablemente, de que Marmeladoff
-había hablado en la taberna, y que
-servía entonces para toda la familia.
-Tal pensamiento cruzó por la mente de
-Raskolnikoff; pero se abstuvo de preguntar
-nada a este propósito. Comenzaba
-a advertir que tenía distracciones continuas,
-y que estaba extremadamente turbado;
-esto le inquietaba. De repente advirtió
-que Sonia se preparaba a salir con
-él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces? ¿A dónde vas? ¡Quédate,
-quédate!&mdash;exclamó con risa irritada
-y se dirigió a la puerta&mdash;. ¿Qué necesidad
-tengo de ir allí con acompañamiento?</p>
-
-<p>Sonia no insistió. El, ni siquiera le dijo
-adiós; se había olvidado de ella, le preocupaba
-tan sólo una idea.</p>
-
-<p>«Realmente, ¿está ya hecho todo?&mdash;se
-preguntaba al bajar la escalera&mdash;. ¿No
-habrá medio de volverse atrás, de arreglarlo
-todo... y de no ir allí?»</p>
-
-<p>Sin embargo, siguió su camino, comprendiendo
-súbitamente que había pasado
-la hora de las vacilaciones. En la calle
-se acordó de que no había dicho adiós
-a Sonia, que se había detenido en medio
-de la sala, y de que una orden suya la había
-como clavado en el suelo. Se planteó
-entonces otra cuestión, que desde hacía
-algunos minutos flotaba en su espíritu
-sin formularse con claridad.</p>
-
-<p>«¿Por qué le he hecho yo esta visita? Le
-he dicho que venía para un asunto: ¿qué
-asunto? Ninguno tenía con ella. ¿Para decirle
-que iba allí? ¡Vaya una necesidad!
-¿Para decirle que la amo? ¡Si acabo de rechazarla
-como a un perro! En cuanto a
-su cruz, ¿qué necesidad tenía yo de ella?
-¡Oh, qué bajo he caído! No; lo que yo buscaba
-eran lágrimas; lo que yo quería era
-gozar de los desgarramientos de su corazón.
-¡Acaso he buscado, yendo a verla,
-ganar tiempo, retardar un momento el
-instante fatal! ¡Y me he atrevido a soñar
-con altos destinos! ¡Y me he creído
-llamado a hacer grandes cosas! ¡Yo, tan
-vil, tan miserable, tan cobarde!»</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span></p>
-
-<p>Caminaba a lo largo del muelle, y no
-tenía que ir más lejos; pero cuando llegó
-al puente suspendió un instante su marcha,
-y se dirigió después bruscamente
-hacia el Mercado del Heno.</p>
-
-<p>Sus miradas se fijaban con avidez en la
-derecha y en la izquierda. Se esforzaba
-en examinar cada objeto que encontraba
-y en nada podía concentrar su atención.</p>
-
-<p>«Dentro de ocho días, dentro de un
-mes, volveré a pasar por este puente; un
-coche celular me llevará yo no sé dónde.
-¿Con qué ojos contemplaré este canal?
-¿Me fijaré entonces en esa muestra? Ahí
-está escrita la palabra <i>Compañía</i>. ¿La
-leeré yo entonces como la leo ahora?
-¿Cuáles serán mis sensaciones y mis pensamientos?...
-¡Dios mío, qué mezquinas
-son todas estas preocupaciones! Sin duda
-es curioso esto en su género. ¡Ja, ja, ja!
-¡De qué cosas me preocupo! Hago como
-los niños: me engaño a mí mismo, porque,
-en efecto, debería sonrojarme de mis pensamientos.
-¡Qué barullo! Ese hombretón,
-un alemán, según todas las apariencias,
-que acaba de empujarme, ¿sabe a quién
-ha dado con el codo? Esa mujer, que lleva
-un niño en la mano y que pide limosna,
-me cree, quizá, más feliz que ella. Casualmente
-llevo cinco kopeks en el bolsillo.
-Tómalos, <i>matuchka</i>.»</p>
-
-<p>&mdash;Dios te lo pague&mdash;dijo la mendiga
-con tono plañidero.</p>
-
-<p>El Mercado del Heno estaba lleno de
-gente. Esta circunstancia desagradó mucho
-a Raskolnikoff; sin embargo, se dirigió
-al sitio en que la multitud era más
-compacta. Hubiera comprado la soledad
-a cualquier precio; pero se daba cuenta
-de que no podría gozar de ella ni un solo
-instante. Al llegar en medio de la plaza,
-el joven se acordó de repente de las palabras
-de Sonia: «Ve a la encrucijada;
-besa la tierra que has manchado con tu
-delito, y di en voz alta a la faz del mundo:
-¡Soy un asesino!»</p>
-
-<p>Al recordarlo, todo su cuerpo se estremeció.
-Las angustias de los días anteriores
-de tal modo habían desecado su alma,
-que se consideró feliz al encontrarla accesible
-a una sensación nueva, y se abandonó
-por completo a ella. Se apoderó de él
-un enternecimiento dulcísimo y se le llenaron
-los ojos de lágrimas.</p>
-
-<p>Se puso de rodillas en medio de la plaza,
-se inclinó hasta el suelo, y besó con
-alegría la tierra fangosa. Después de haberse
-levantado, se arrodilló de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;He ahí uno que ha empinado el codo
-más de lo regular&mdash;exclamó un joven
-que estaba a su lado.</p>
-
-<p>Esta observación provocó muchas carcajadas.</p>
-
-<p>&mdash;Es un peregrino que va a Jerusalén,
-amigos míos. Se despide de sus hijos, de
-su patria; saluda a todo el mundo, y da
-el beso de la despedida al suelo de la capital&mdash;añadió
-un menestral que estaba
-ligeramente ebrio.</p>
-
-<p>&mdash;Es todavía muy joven&mdash;dijo un tercero.</p>
-
-<p>&mdash;Es un noble&mdash;observó gravemente
-otro.</p>
-
-<p>&mdash;En la actualidad, no se distingue a
-los nobles de los que no lo son.</p>
-
-<p>Viéndose objeto de la atención general,
-Raskolnikoff perdió un poco de su serenidad,
-y las palabras «Soy un asesino»,
-que iban quizá a salir de su boca, expiraron
-en sus labios. Las exclamaciones
-y los gestos de la multitud le dejaron, por
-otra parte, indiferente, y con mucha calma
-se encaminó a la comisaría de policía.
-Conforme iba andando, una sola visión
-atrajo sus miradas; por lo demás, había
-esperado encontrarla en la calle, y no se
-asombró.</p>
-
-<p>En el momento en que acababa de prosternarse
-en el Mercado del Heno por segunda
-vez, vió a Sonia a una distancia de
-cincuenta pasos. La joven trató de substraerse
-a las miradas de Raskolnikoff,
-ocultándose detrás de una de las barracas
-de madera que se encuentran en la plaza.
-¡Así le acompañaba cuando él subía este
-calvario! Desde aquel instante, Raskolnikoff
-adquirió la convicción de que Sonia
-era suya para siempre, y de que le seguiría
-a todas partes, aunque su destino
-hubiera de conducirle al fin del mundo.</p>
-
-<p>Llegó finalmente al sitio fatal. Entró
-en el zaguán con paso bastante firme. La
-oficina de policía estaba situada en el tercer
-piso. «Antes que llegue arriba tengo
-tiempo de volverme»&mdash;pensaba el joven.
-En tanto que nada había confesado, se
-complacía en pensar en que podía cambiar
-de resolución.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span></p>
-
-<p>Como en su primera visita, encontró la
-escalera cubierta de suciedad, impregnada
-de las exhalaciones que vomitaban las
-cocinas, abiertas sobre cada descansillo.
-Mientras subía, se le doblaban las piernas,
-y tuvo que detenerse un instante para tomar
-aliento, recobrarse un poco, y preparar
-su entrada.</p>
-
-<p>«Pero, ¿a qué viene eso? ¿Para qué?&mdash;se
-preguntó de repente&mdash;. Puesto que hay
-que apurar el vaso, poco importa cómo
-he de beberlo. Más valdrá cuanto más
-amargo sea.»</p>
-
-<p>Después se ofrecieron a su espíritu las
-imágenes de Ilia Petrovitch y del oficial
-<i>Pólvora</i>. «¿Por qué voy a él? ¿No podría
-dirigirme a otro? ¿A Nikodim Fomitch,
-por ejemplo? ¿No sería mejor ir a buscar
-al comisario a su domicilio particular, y
-contárselo todo en una conversación privada?...
-No, no; hablaré a <i>Pólvora</i>, y esto
-se acabará más pronto.»</p>
-
-<p>Con el rostro inundado de frío sudor y
-casi sin darse cuenta de lo que hacía,
-Raskolnikoff abrió la puerta de la comisaría.
-Esta vez no vió en la antesala más
-que a un <i>dvornik</i> y a un hombre del pueblo.
-El joven pasó a la otra habitación,
-donde trabajaban dos escribientes. Zametoff
-no estaba allí ni Nikodim Fomitch
-tampoco.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay nadie?&mdash;dijo Raskolnikoff,
-dirigiéndose a uno de los empleados.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por quién pregunta usted?</p>
-
-<p>&mdash;A... a...</p>
-
-<p>&mdash;Al oír sus palabras, sin ver su rostro,
-he adivinado la presencia de un ruso...
-como se dice en no sé qué cuento. Mis
-respetos&mdash;gritó bruscamente una voz conocida.</p>
-
-<p>Raskolnikoff tembló. <i>Pólvora</i> estaba
-delante de él; acababa de salir de una
-tercera habitación. «El destino lo ha querido»&mdash;pensó
-el joven.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted por aquí? ¿Con qué motivo?&mdash;exclamó
-Ilia Petrovitch, que parecía
-de muy buen humor y muy animado&mdash;.
-Si ha venido por algún asunto, es aún demasiado
-pronto. Por una casualidad me
-encuentro aquí yo... ¿En qué puedo...?
-Confieso que no le... ¿Cómo, cómo es su
-nombre?... Perdóneme usted.</p>
-
-<p>&mdash;Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Sí; Raskolnikoff. ¡Ha podido usted
-creer que le había olvidado! Le suplico
-que no me crea tan... Rodión Ra... Radionitch,
-¿no es eso?</p>
-
-<p>&mdash;Rodión Romanovitch.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; Rodión Radiovitch, Rodión
-Romanovitch; lo tenía en la punta de la
-lengua. Confieso a usted que siento sinceramente
-la manera que tuvimos de portarnos
-con usted hace tiempo. Después
-me lo explicaron todo y he sabido que era
-usted un escritor, un sabio... He tenido
-también noticia de que empezaba usted
-la carrera de las letras. ¡Oh Dios mío!
-¿Cuál es el literato, cuál es el sabio que en
-sus comienzos no ha hecho más o menos
-la vida de bohemio? Tanto mi mujer como
-yo estimamos la literatura; en mi mujer
-es una pasión. Es loca por las letras
-y las artes. Excepto el nacimiento, todo
-lo demás puede adquirirse por el talento,
-el saber, la inteligencia, el genio. Un sombrero,
-por ejemplo, ¿qué significa? Un
-sombrero lo puedo comprar en casa de
-Zimmermann; pero lo que abriga el sombrero,
-eso no puedo comprarlo. Confieso
-que quería ir a casa de usted a darle explicaciones;
-pero, he pensado que quizá
-usted... De todos modos, con estas charlas
-no le he preguntado el objeto de su
-visita. ¿Parece que la familia de usted está
-ahora en San Petersburgo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, mi madre y mi hermana.</p>
-
-<p>&mdash;He tenido el honor y el placer de
-encontrar a su hermana de usted. Es una
-persona tan encantadora como distinguida.
-Verdaderamente deploro con toda
-mi alma el altercado que tuvimos aquel
-día. En cuanto a las conjeturas fundadas
-en el desmayo de usted, se ha reconocido
-su falsedad. Comprendo la indignación
-de usted. Ahora que su familia vive en
-San Petersburgo, ¿va usted, acaso, a
-cambiar de domicilio?</p>
-
-<p>&mdash;No, no por el momento. Había venido
-a preguntar... Creí encontrar aquí a
-Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Es verdad. Usted es amigo suyo;
-lo he oído decir. Pues bien: Zametoff no
-está ya con nosotros. Sí, lo hemos perdido;
-nos ha dejado ayer, y antes de su
-partida ha habido entre él y nosotros un
-fuerte altercado. Es un galopín sin consistencia;
-nada más. Había hecho concebir
-algunas esperanzas; pero ha tenido<span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span>
-la desgracia de frecuentar el trato de
-nuestra brillante juventud, y se le ha metido
-en la cabeza sufrir exámenes, para
-poder darse tono y echárselas de sabio.
-Hay que advertir que Zametoff no tiene
-nada de común con usted, con usted y
-con el señor Razumikin. Ustedes han
-abrazado la carrera de la ciencia, y los
-reveses de la fortuna no les arredran.
-Para ustedes los atractivos de la vida no
-valen nada; hacen la existencia austera,
-ascética, monacal, del hombre de estudio.
-Un libro, una pluma detrás de la
-oreja, una investigación científica, son
-cosas que bastan para la felicidad de ustedes.
-Yo mismo, hasta cierto punto...
-¿Ha leído usted la correspondencia de
-Livingstone?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sí la he leído. Ahora el número de
-los nihilistas ha aumentado considerablemente,
-lo cual no es asombroso en una
-época como la nuestra. De usted para mí...
-¿no es usted nihilista? Respóndame francamente.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;No tenga usted temor de ser franco
-conmigo, como lo sería consigo mismo.
-Una cosa es el servicio y otra cosa... ¿Usted
-creería que iba a decir la <i>amistad</i>?,
-pues se engaña. No es la amistad, sino el
-sentimiento del hombre y del ciudadano,
-el sentimiento de la humanidad y del
-amor hacia el Omnipotente. Puedo ser un
-personaje oficial, un funcionario; pero no
-por eso debo dejar de sentir en mí el
-hombre y el ciudadano. ¿Hablaba usted
-de Zametoff? Pues bien, Zametoff es un
-muchacho que copia el <i>chic</i> francés, que
-da ruido en los sitios sospechosos cuando
-ha bebido un vaso de <i>Champagne</i> o
-de vino del Don. Ahí tiene usted a Zametoff.
-Quizá he sido un poco vivo con él,
-pero si mi indignación me ha llevado demasiado
-lejos, tuvo su origen en un sentimiento
-elevado: el celo por los intereses
-del servicio. Por otra parte, yo poseo un
-cargo, una posición, cierta importancia
-social; soy casado y padre de familia, y
-lleno mi deber de hombre y de ciudadano;
-en tanto que él, ¿qué es él? Permítame
-usted que se lo pregunte. Me dirijo a usted
-como a un hombre favorecido con los
-beneficios de la educación. Ahí tiene usted;
-las profesoras en partos, por ejemplo,
-se han multiplicado de un modo extraordinario.</p>
-
-<p>Raskolnikoff miró al oficial con aire
-asombrado. Las palabras de Ilia Petrovitch,
-que violentamente acababa de levantarse
-de la mesa, produjeron en su
-ánimo una impresión que él no se explicaba.
-Sin embargo, algo comprendía. En
-aquel momento preguntaba con los ojos
-a su interlocutor e ignoraba cómo acabaría
-todo aquello.</p>
-
-<p>&mdash;Hablo de estas jóvenes que llevan el
-cabello corto a lo Tito&mdash;continuó el inagotable
-Ilia Petrovitch&mdash;. Yo las llamo
-profesoras en partos, y el nombre me parece
-muy bien aplicado. ¡Je, je! Siguen
-cursos de anatomía. Dígame, si me pusiese
-enfermo, ¿cree usted que me dejaría
-tratar por una de esas señoritas? ¡Je, je!</p>
-
-<p>Ilia Petrovitch se echó a reír encantado
-de su chiste.</p>
-
-<p>&mdash;Admito la sed de instrucción; pero,
-¿no se puede uno instruir sin dar en semejantes
-excesos? ¿Por qué ser insolente?
-¿Por qué insultar a nobles personalidades,
-como lo hace ese necio de Zametoff? ¿Por
-qué me ha insultado, le pregunto a usted?
-Otra epidemia que hace terribles
-progresos, es la del suicidio. Se gasta uno
-todo lo que tiene, y en seguida se mata.
-Muchachas, jovenzuelos, viejos. Hemos
-sabido últimamente que un señor recién
-llegado aquí acaba de poner fin a sus
-días. ¡Nil Pavlitch, eh, Nil Pavlitch! ¿cómo
-se llama el caballero que se ha matado
-esta mañana en la Petersburgskeria?</p>
-
-<p>&mdash;Svidrigailoff&mdash;dijo uno que se encontraba
-en la habitación inmediata.</p>
-
-<p>Raskolnikoff tembló.</p>
-
-<p>&mdash;¡Svidrigailoff! ¡Svidrigailoff se ha levantado
-la tapa de los sesos!</p>
-
-<p>&mdash;¡Cómo! ¿Usted conocía a Svidrigailoff?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; en efecto, había venido hace poco.
-Acababa de perder a su esposa; era
-un libertino. Se ha pegado el tiro en condiciones
-muy escandalosas. Han encontrado
-sobre su cadáver un librito de notas
-en que estaban escritas estas palabras:
-«Muero en posesión de mis facultades;
-que no se acuse a nadie de mi muerte.»
-Este hombre tenía, según se dice, dinero.
-¿De qué le conocía usted?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Yo...? Había sido mi hermana institutriz
-en su casa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, ah!... Entonces puede usted dar
-noticias acerca de él. ¿No tenía usted sospechas
-de su proyecto?</p>
-
-<p>&mdash;Le vi ayer. Le encontré bebiendo
-vino... Nada sospeché.</p>
-
-<p>A Raskolnikoff le parecía que tenía
-una montaña sobre el pecho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es eso? Se pone usted pálido.
-¡Está tan cargada la atmósfera de esta
-habitación!</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ya es tiempo de que me vaya&mdash;balbuceó
-el joven&mdash;. Perdóneme usted si
-le he molestado.</p>
-
-<p>&mdash;Nada de eso. Aquí estamos siempre a
-su disposición. Me ha causado gran placer
-y me complazco en declararlo.</p>
-
-<p>Al pronunciar estas palabras, Ilia Petrovitch
-tendió la mano al joven.</p>
-
-<p>&mdash;Quería solamente... Tenía un asunto
-que tratar con Zametoff.</p>
-
-<p>&mdash;Comprendo, comprendo. Tanto gusto
-en haberle visto.</p>
-
-<p>&mdash;También yo lo he tenido... Hasta la
-vista&mdash;dijo Raskolnikoff sonriendo.</p>
-
-<p>Salió tambaleándose. Le daba vueltas
-la cabeza. Apenas podía tenerse en pie, y,
-al bajar la escalera, le fué forzoso apoyarse
-en la pared para no caerse. Le pareció
-que un <i>dvornik</i>, que se dirigía al despacho
-de policía, tropezaba con él al pasar;
-que un perro ladraba en una habitación
-del primer piso, y que una mujer
-gritaba para hacer callar al animal. Llegado
-al pie de la escalera, entró en el patio.
-Erguida, no lejos de la puerta, Sonia,
-pálida como la muerte, le miraba con
-asombro. Se detuvo frente a ella. La joven
-se retorcía las manos; su fisonomía
-expresaba la más terrible desesperación.
-Al verla, Raskolnikoff sonrió; pero, ¡con
-qué sonrisa! Un instante después volvía
-a entrar en la oficina de policía.</p>
-
-<p>Ilia Petrovitch estaba ojeando unos
-papeles. Delante de él se hallaba el mismo
-<i>mujik</i> que un momento antes había tropezado
-con Raskolnikoff en la escalera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Usted aquí otra vez? ¿Se le
-ha olvidado algo? ¿Qué le pasa?</p>
-
-<p>Con los labios descoloridos, fija la mirada,
-Raskolnikoff avanzó lentamente
-hacia Ilia Petrovitch y, apoyándose con
-la mano en la mesa ante la cual estaba
-sentado el oficial de policía, quiso hablar,
-pero no pudo pronunciar más que sonidos
-ininteligibles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted enfermo? ¡Una silla!
-Aquí está. Siéntese usted. ¡Agua!</p>
-
-<p>Raskolnikoff se dejó caer en el asiento
-que se le ofrecía; pero sus ojos no se apartaban
-de Ilia Petrovitch, cuyo semblante
-expresaba una sorpresa muy desagradable.
-Durante un minuto ambos se miraron
-en silencio. Trajeron agua.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy...&mdash;empezó a decir Raskolnikoff.</p>
-
-<p>&mdash;Beba usted.</p>
-
-<p>El joven rechazó con un ademán el
-vaso que le presentaban, y en voz baja
-pero clara, hizo, interrumpiéndose muchas
-veces, la siguiente declaración:</p>
-
-<p>&mdash;<i>Yo soy quien asesinó a hachazos, para
-robarlas, a la vieja prestamista y a su hermana
-Isabel.</i></p>
-
-<p>Ilia Petrovitch llamó; acudieron de todas
-partes.</p>
-
-<p>Raskolnikoff repitió su confesión.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="p6"><span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>EPILOGO</h2>
-
-
-<h3>I.</h3></div>
-
-<p>Siberia. A la orilla de un río ancho y desierto
-se levanta una ciudad, uno de los
-centros administrativos de Rusia. En la
-ciudad hay una fortaleza; en la fortaleza
-una prisión. En la prisión está, desde hace
-nueve meses, Rodión Romanovitch
-Raskolnikoff, condenado a trabajos forzados
-(segunda categoría). Cerca de diez
-y ocho meses han pasado desde el día
-que cometió su crimen.</p>
-
-<p>En la instrucción de su proceso no hubo
-apenas dificultades. El culpable renovó
-sus confesiones con tanta fuerza
-como claridad y precisión, sin confundir
-las circunstancias, sin suavizar el horror,
-sin falsear los hechos, sin olvidar el menor
-detalle. Hizo una relación completa
-del asesinato, esclareció el misterio del
-objeto encontrado en manos de la vieja
-(se recordará que era un trozo de madera
-junto con una placa de hierro), contó cómo
-había tomado las llaves del bolsillo
-de la víctima, describió estas llaves y
-describió también el asesinato de Isabel,
-que hasta entonces había sido un enigma.
-Contó cómo Koch había venido y llamado
-a la puerta, y cómo, después de él, había
-llegado un estudiante. Refirió minuciosamente
-la conversación habida entre
-los dos hombres; cómo, en seguida, el
-asesino se había lanzado a la escalera y
-había oído los gritos de Mikolai y de Milka,
-ocultándose en el cuarto vacío y dirigiéndose
-después a su casa. Finalmente,
-en cuanto a los objetos robados, manifestó
-que los había enterrado debajo de
-una piedra en un corral que daba a la
-perspectiva Ascensión. Se encontraron
-allí, en efecto. En una palabra, todo se esclareció.
-Lo que, entre otras cosas, asombraba
-a los jueces, fué la circunstancia
-de que el asesino, en vez de aprovecharse
-de los objetos robados a la víctima, fuese
-a ocultarlos bajo una piedra. Todavía
-comprendían menos que, no solamente no
-se acordase de los objetos robados por
-él, sino que hasta se engañase acerca de
-su número. Se encontraba, sobre todo,
-inverosímil que no hubiera abierto una
-sola vez la bolsa, y que ignorase el contenido
-de ella. (Encerraba ésta trescientos
-diez y siete rublos y tres monedas de
-veinte kopeks cada una; a consecuencia
-de haber sido enterrados largo tiempo,
-los billetes se habían deteriorado considerablemente.)
-Se procuró adivinar por
-qué únicamente sobre este punto mentía
-el acusado, cuando en todo lo demás había
-dicho espontáneamente la verdad. En
-fin, algunos, principalmente entre los
-psicólogos, admitieron como posible que,
-en efecto, no hubiera abierto la bolsa; y
-que, por consiguiente, se hubiera desembarazado
-de ella sin saber lo que contenía;
-pero sacaron asimismo la conclusión
-de que el crimen había sido necesariamente
-cometido bajo la influencia de<span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span>
-una locura momentánea. El culpable&mdash;dijeron&mdash;ha
-cedido a la monomanía morbosa
-del asesinato y del robo, sin objeto
-ulterior, sin cálculo interesado. Era aquella
-ocasión excelente para sostener la
-teoría moderna de la alienación temporal,
-teoría con la que se busca actualmente
-tan a menudo explicar los actos de
-ciertos criminales. Además, numerosos
-testigos habían declarado que Raskolnikoff
-padecía hipocondría. Estos testigos
-eran; el doctor Zosimoff, los antiguos
-compañeros del acusado, su patrona, los
-criados, etc. Todo esto daba muchos
-fundamentos para pensar que Raskolnikoff
-no era un asesino vulgar, un
-malhechor ordinario, sino que había alguna
-otra cosa en aquel proceso. Con gran
-despecho de los partidarios de esta opinión,
-el culpable no se cuidó de defenderse.
-Interrogado acerca de los motivos que
-habían podido inducirle al asesinato y al
-robo, declaró con brutal franqueza que
-había sido impulsado por la miseria. Esperaba&mdash;dijo&mdash;encontrar
-en casa de su
-víctima lo menos tres mil rublos, y contaba
-con esta suma asegurar sus primeros
-pasos en la vida; su carácter ligero y bajo,
-agriado por las privaciones y las contrariedades,
-había hecho de él un asesino.
-Cuando se le preguntó por qué había ido
-a denunciarse, respondió redondamente
-que había representado la farsa del arrepentimiento.
-Todo aquello era casi cínico...</p>
-
-<p>Sin embargo, la sentencia fué menos
-severa de lo que se hubiera podido presumir
-en relación con el crimen cometido.
-Quizá causó buena impresión que el reo,
-lejos de disculparse, procurase, por el
-contrario, empeorar su situación. Fueron
-tomadas en consideración todas las extrañas
-particularidades de la causa. El
-estado de enfermedad y estrechez en que
-se encontraba el acusado antes de la comisión
-de su delito, no dejaba lugar a la
-menor duda. Como no se había aprovechado
-de los objetos robados, se supuso,
-o que los remordimientos se lo habían
-impedido, o que sus facultades intelectuales
-no estaban intactas cuando cometió
-el hecho. El asesinato, en modo alguno
-premeditado, de Isabel, suministró
-un argumento en apoyo de esta última
-hipótesis: un hombre comete dos asesinatos,
-y se olvida al mismo tiempo de que
-la puerta está abierta. Por último, había
-ido a denunciarse en el momento en que
-las falsas confesiones de un fanático de espíritu
-desequilibrado (Mikolai), acababan
-de desviar completamente la instrucción,
-y cuando la justicia estaba a cien
-leguas de sospechar quién era el verdadero
-culpable. (Porfirio Petrovitch cumplió
-fielmente su palabra.) Todas estas circunstancias
-contribuyeron a suavizar la
-severidad del veredicto.</p>
-
-<p>Por otra parte, los debates dieron a conocer
-muchos hechos en favor del acusado.
-Documentos facilitados por el antiguo
-estudiante Razumikin demostraron
-que, estando en la Universidad, Raskolnikoff
-había compartido sus escasos
-recursos con un compañero pobre y enfermo.
-Este último había muerto, dejando
-en la miseria a un padre enfermo, del
-cual era, desde la edad de trece años, único
-sostén. Raskolnikoff había hecho entrar
-al viejo en un asilo, y más tarde había
-costeado los gastos de su entierro.
-El testimonio de la viuda Zarnitzin, fué
-también muy favorable al acusado. Declaró
-que, en la época en que habitaba
-en los Cinco Rincones con su inquilino,
-habiéndose declarado un incendio una
-noche en cierta casa, Raskolnikoff, con
-riesgo de su vida, salvó de las llamas a dos
-niños pequeños, sufriendo graves quemaduras
-al realizar tal acto de valor. Se
-abrió una indagatoria a propósito de este
-hecho, y numerosos testigos certificaron
-la exactitud de él. En una palabra, el
-tribunal, teniendo en cuenta las confesiones
-del culpable, así como sus buenos antecedentes,
-le condenó tan sólo a ocho
-años de trabajos forzados (segunda categoría).</p>
-
-<p>Desde la apertura de la vista, la madre
-de Raskolnikoff estaba mala. Dunia y
-Razumikin encontraron medio de alejarla
-de San Petersburgo durante todo el
-tiempo del proceso. Razumikin eligió
-una ciudad de la línea férrea, y a poca
-distancia de la capital; así podía seguir
-asiduamente las audiencias y ver a Advocia
-Romanovna. La enfermedad de
-Pulkeria Alexandrovna era una afección
-nerviosa bastante extraña, con desarre<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>glo,
-a lo menos parcial, de las facultades
-mentales. De vuelta en su domicilio,
-después de la última entrevista con su
-hermano, Dunia había encontrado con
-mucha fiebre a su madre, y con delirio.
-Aquella misma noche se puso de acuerdo
-con Razumikin acerca de lo que había
-de responder cuando Pulkeria Alexandrovna
-pidiese noticias de Raskolnikoff;
-a tal fin inventaron una historia, esto es,
-que Rodia había sido enviado muy lejos
-a los confines de Rusia, con una misión
-que debía reportarle mucho honor y provecho.
-Pero, con gran sorpresa de los jóvenes,
-ni entonces, ni después, la madre
-les preguntó nada acerca de este asunto.
-Ella misma se había forjado en la imaginación
-una novela, a fin de explicar la
-brusca desaparición de su hijo. Contaba
-llorando la visita de despedida que éste
-le había hecho, con cuyo motivo daba a
-entender que ella solamente conocía circunstancias
-misteriosas y muy graves;
-Rodia se veía obligado a ocultarse, porque
-tenía enemigos muy poderosos; por
-lo demás, no dudaba de que el porvenir
-de su hijo fuese muy brillante, y de que
-ciertas dificultades serían vencidas. Aseguraba
-a Razumikin que, con el tiempo,
-su hijo llegaría a ser un hombre de Estado:
-tenía prueba de ello en el artículo
-que el joven había escrito, y que denotaba
-un talento literario inagotable. Leía
-sin cesar este artículo, a veces hasta en
-alta voz; podía decirse que dormía con
-él; sin embargo, no preguntaba jamás
-dónde se encontraba Rodia, aunque el
-cuidado mismo que se ponía para evitar
-esta conversación hubiese podido parecerle
-sospechoso. El extraño silencio de
-Pulkeria Alexandrovna sobre ciertos puntos,
-acabó por inquietar a Dunia y a Razumikin.
-Aquélla no se quejaba de que
-su hijo no la escribiese, siendo así, que
-antes, en su ciudad natal, esperaba con
-impaciencia suma las cartas de su querido
-Rodia. Tan inexplicable era esta última
-circunstancia, que Dunia llegó a alarmarse.
-A la joven le ocurrió la idea de que su
-madre tenía el presentimiento de una terrible
-desgracia ocurrida a Rodia, y de
-que no se atrevía a preguntar, temerosa
-de saber todavía alguna cosa peor. De
-todos modos, Dunia veía muy claramente
-que su madre tenía trastornado el cerebro.</p>
-
-<p>Dos veces, sin embargo, condujo la
-conversación de tal manera, que fué imposible
-responderle sin indicar en dónde
-se encontraba Rodia. A continuación de
-las respuestas necesariamente equívocas
-y difíciles que se le dieron, cayó en
-profunda tristeza; durante muy largo
-tiempo se le vió sombría y taciturna como
-nunca había estado. Dunia, al cabo,
-llegó a advertir que las mentiras y las
-historias inventadas iban contra su propósito,
-y que lo mejor era encerrarse en
-un silencio absoluto sobre ciertos puntos;
-pero llegó a ser cada vez más evidente
-para ella que Pulkeria Alexandrovna
-sospechaba algo espantoso. Dunia sabía
-fijamente (su hermano se lo había contado)
-que su madre la oyó hablar en sueños
-la noche siguiente a su entrevista con
-Svidrigailoff. Las palabras que en el delirio
-se le escaparon a la joven, ¿no habrían
-derramado una luz siniestra en el
-espíritu de la pobre mujer? A menudo,
-después de días, y aun de semanas de continuo
-mutismo y de lágrimas silenciosas,
-se producía en la enferma una especie de
-exaltación histérica. Se ponía de repente
-a hablar alto, sin interrumpirse, de su
-hijo, de sus esperanzas y del porvenir...
-sus imaginaciones eran a veces muy extrañas.
-Se fingía ser de su opinión (quizá
-no era del todo engañoso este sentimiento);
-sin embargo, no cesaba de hablar.</p>
-
-<p>La sentencia fué pronunciada cinco
-meses después de la confesión hecha por
-el criminal a Ilia Petrovitch. En cuanto
-fué posible, Razumikin visitó al condenado
-en la cárcel. Sonia le visitó también.
-Llegó al fin el momento de la separación.
-Dunia juró a su hermano que esta separación
-no sería eterna; Razumikin se expresó
-del mismo modo. El animoso joven
-tenía un proyecto firmemente formado
-en su espíritu; cuando ahorrase
-algún dinero, durante tres o cuatro años
-se trasladaría a Siberia, país en que tantas
-riquezas no esperan otra cosa, para
-ser puestas en circulación, que capitales
-y brazos. Allí se establecería, en la ciudad
-en que estuviese Rodia, y juntos comenzarían
-una nueva vida. Todos llo<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>raban
-al decirse adiós. Desde hacía algunos
-días, Raskolnikoff se mostraba
-muy preocupado, multiplicaba las preguntas
-acerca de su madre, inquietándose
-continuamente por ella. Esta excesiva
-preocupación de su hermano daba
-pena a Dunia. Cuando el joven se hubo
-enterado con más detalles del estado enfermizo
-de Pulkeria Alexandrovna, se
-puso extremadamente sombrío. Con Sonia
-estaba siempre taciturno. Provista
-del dinero que Svidrigailoff le había entregado,
-la joven se hallaba dispuesta,
-desde hacía mucho tiempo, a acompañar
-el convoy de presos de que había de formar
-parte Raskolnikoff. Nunca había
-mediado una palabra sobre este particular
-entre ella y él; pero ambos sabían
-que sería así. En el momento de la última
-despedida, el condenado se sonrió de
-un modo extraño al oír hablar a su hermana
-y a Razumikin del próspero porvenir
-que se abriría para ellos después de su salida
-del presidio. Preveía que la enfermedad
-de su madre no tardaría en conducirla
-al sepulcro.</p>
-
-<p>Dos meses después, Dunia se casó con
-Razumikin. Sus bodas fueron tranquilas
-y tristes. Entre los invitados se encontraron
-Porfirio Petrovitch y Zosimoff. Algún
-tiempo después, todo denotaba en Razumikin
-una resolución enérgica. Dunia
-creía ciegamente que realizaría todos sus
-designios, y no podía menos de creerlo,
-porque veía en él una voluntad de hierro.
-Comenzó por entrar de nuevo en la Universidad
-a fin de terminar sus estudios.
-Los dos esposos elaboraban sin cesar planes
-para el porvenir; tenían uno y otra
-la firme resolución de emigrar a Siberia
-en un plazo de cinco años. En tanto contaban
-con que Sonia los reemplazaría
-cerca del condenado...</p>
-
-<p>Pulkeria Alexandrovna concedió, con
-alegría, la mano de su hija a Razumikin;
-pero después de este matrimonio, pareció
-más triste y preocupada. Para proporcionarle
-un momento agradable, Razumikin
-le contó la noble conducta de
-Raskolnikoff, a propósito del estudiante
-y de su anciano padre, y le refirió también
-cómo el año anterior Rodia había
-expuesto la vida para salvar a dos niños
-que estaban a punto de perecer en un incendio.
-Estos relatos exaltaron, hasta el
-más alto grado, el ya turbado espíritu
-de Pulkeria Alexandrovna. Desde entonces
-no hablaba más que de ello, y hasta
-en la calle refería tales hechos a los transeuntes,
-aunque la acompañaba siempre
-Dunia. En los ómnibus, en los almacenes,
-en todas partes en donde se encontraba
-un oyente benévolo, hablaba de su hijo,
-del artículo de su hijo, de la caridad de
-su hijo con un estudiante, de la valerosa
-abnegación de que había dado pruebas
-su hijo en un incendio, etc. Dunia no sabía
-cómo hacerla callar. Esta morbosa
-locuacidad no carecía de peligros: además
-de que agotaba las fuerzas de la pobre
-mujer, podía ocurrir que alguno,
-oyendo alabar de Raskolnikoff, se pusiese
-a hablar del proceso. Pulkeria Alexandrovna
-averiguó las señas de la mujer
-cuyos hijos habían sido salvados por
-el suyo, y quiso resueltamente ir a verlos.
-Finalmente, su exaltación llegó a los últimos
-límites. A veces se echaba de repente
-a llorar, y a veces tenía accesos
-de fiebre, durante los cuales deliraba.
-Una mañana declaró redondamente que,
-según sus cálculos, Rodia debía volver
-muy pronto, porque cuando se despidió
-de ella le había anunciado su vuelta en
-un plazo de nueve meses. Comenzó entonces
-a prepararlo todo en la casa, en
-atención a la próxima llegada de su hijo,
-destinándole su propia habitación; quitó
-el polvo a los muebles, fregó el suelo, cambió
-las cortinas, etc. Dunia estaba desolada,
-pero no decía nada, y hasta ayudaba
-a su madre en estas diversas ocupaciones.
-Después de un día lleno todo él de locas
-visiones, de sueños gozosos y de lágrimas,
-Pulkeria Alexandrovna se vió acometida
-de una fiebre alta y murió al cabo de quince
-días. Varias palabras pronunciadas por
-la enferma durante su delirio, hicieron
-creer que había casi adivinado el terrible
-secreto que con tanto trabajo trataron de
-ocultarle.</p>
-
-<p>Por mucho tiempo ignoró Raskolnikoff
-la muerte de su madre, aunque por mediación
-de Sonia recibiese regularmente
-noticias de su familia. Cada mes enviaba
-la joven una carta dirigida a Razumikin,
-y cada mes se le respondía de San Petersburgo.
-Las cartas de Sonia parecie<span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267">[267]</a></span>ron
-en un principio, a Dunia y Razumikin,
-algo secas e insuficientes; pero más
-tarde comprendieron que era imposible
-escribirlas mejores, puesto que encontraban
-en ellas datos completos y precisos
-acerca de la situación de su desgraciado
-hermano. Sonia describía, de una manera
-muy sencilla y muy clara, la existencia
-de Raskolnikoff en la prisión. No hablaba
-de ella ni de sus propias esperanzas
-ni de sus conjeturas respecto al porvenir,
-ni de sus sentimientos personales.
-En vez de explicar el estado moral, la
-vida interior del condenado, se limitaba
-a citar hechos, es decir, las mismas palabras
-pronunciadas por él. Daba noticias
-detalladas acerca de su salud, decía qué
-deseos le había manifestado él, qué preguntas
-le había dirigido, qué encargos le
-había hecho durante sus entrevistas, etc.</p>
-
-<p>Pero estos datos, por minuciosos que
-fuesen, no eran, empero, en los primeros
-tiempos sobre todo, muy consoladores.
-Dunia y su marido supieron, por la correspondencia
-de Sonia, que su hermano
-seguía siempre sombrío y taciturno.
-Cuando la joven le comunicaba noticias
-recibidas de San Petersburgo, apenas si
-prestaba atención; algunas veces se informaba
-de su madre, y cuando Sonia,
-viendo que el preso adivinaba la verdad,
-le hizo saber la muerte de Pulkeria Alexandrovna,
-observó con gran sorpresa
-que se había quedado poco menos que
-impasible. «Aunque parezca absorto en sí
-mismo y como extraño a todo lo que le
-rodea&mdash;escribía, entre otras cosas, Sonia&mdash;se
-hace cargo de su vida nueva, comprende
-muy bien su situación; ni espera
-nada mejor de aquí a largo tiempo, ni
-acaricia frívolas esperanzas, ni experimenta
-casi ningún asombro en este nuevo
-medio que tanto difiere del antiguo...
-Su salud es satisfactoria. Va al trabajo
-sin repugnancia y sin apresuramiento. Es
-casi indiferente a la comida; pero, excepto
-los domingos y los días de fiesta, esta
-nutrición es tan mala, que ha consentido
-en aceptar de mí algún dinero para procurársela
-todos los días. En cuanto a lo
-demás, me suplica que no me inquiete,
-porque, según asegura, le es desagradable
-que se ocupen de él.» «En la cárcel&mdash;se
-leía en otra carta&mdash;, está instalado con
-los otros presos; no he visitado el interior
-de la fortaleza, pero tengo motivos
-para creer que se está allí muy mal, muy
-estrechamente y en condiciones muy insalubres.
-Duerme en una cama de campaña,
-cubierto con una alfombra de fieltro,
-y no quiere otro lecho. Si rehusa hacer
-todo lo que podría proporcionarle su
-existencia material menos dura y menos
-grosera, no es, en lo más mínimo, en virtud
-de sus principios ni de una idea preconcebida,
-sino, sencillamente, por apatía,
-por indiferencia.» Sonia confesaba
-que, al principio, sobre todo, sus visitas,
-en vez de causar placer a Raskolnikoff,
-le producían una especie de irritación;
-no salía de su mutismo más que para decir
-groserías a la joven. Más tarde, es
-verdad, dichas visitas habían llegado a
-ser para él una costumbre, casi una necesidad,
-hasta el punto de que había estado
-muy triste cuando una indisposición
-de algunos días obligó a Sonia a interrumpirlas.
-Los días de fiesta se veían,
-ya en la puerta de la prisión, ya en el
-cuerpo de guardia, a donde se enviaba
-algunos minutos al prisionero, cuando la
-joven le hacía llamar. En tiempo ordinario,
-Sonia iba a buscarle al trabajo en
-los talleres, en las tejerías, en los tinglados
-establecidos a las orillas del Irtych.
-En lo tocante a ella, Sonia decía que había
-logrado crearse relaciones en su nueva
-residencia; que se ocupaba en coser, y
-que, no habiendo en la ciudad casi ninguna
-modista, se había hecho una buena
-clientela. Lo que callaba era que había
-atraído sobre Raskolnikoff el interés de
-la autoridad, y que, gracias a ella, se le
-dispensaba de los trabajos más penosos,
-etcétera. En fin, Razumikin y Dunia recibieron
-aviso de que Raskolnikoff esquivaba
-a todo el mundo; que sus compañeros de
-cadena no le querían; que permanecía silencioso
-durante horas enteras, y que,
-de día en día, su palidez era cada vez
-mayor. Dunia había notado ya cierta inquietud
-en las últimas cartas de Sonia,
-la cual no tardó en escribir diciendo que
-el condenado había caído gravemente
-enfermo, y que había sido llevado al hospital
-de la prisión...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span></p>
-
-
-<div class="chapter"><h3>II.</h3></div>
-
-<p>Estaba enfermo desde hacía algún
-tiempo; pero lo que había quebrantado
-sus fuerzas no era ni el horror de la prisión,
-ni el trabajo, ni la mala alimentación,
-ni la vergüenza de tener la cabeza
-rapada e ir vestido de harapos. ¡Oh! ¿qué
-le importaban a él tales tribulaciones y
-miserias? Lejos de ello, estaba contento
-de tener que trabajar. La fatiga física
-le producía algunas horas de sueño agradable,
-y, ¿qué significaba para él el rancho,
-aquella mala sopa de coles en que
-solía encontrar hasta escarabajos? En
-otro tiempo, siendo estudiante, se hubiera
-dado algunas veces por muy contento
-de tener tal comida. Sus vestidos
-eran de abrigo y a propósito para aquel
-género de vida; en cuanto a la cadena,
-apenas si sentía el peso. Quedaba la humillación
-de tener la cabeza afeitada y
-llevar el uniforme del presidio; pero,
-¿ante quién habría de ruborizarse? ¿Ante
-Sonia? La joven tenía miedo de él; ¿cómo
-había de ruborizarse ante ella?</p>
-
-<p>Sin embargo, le daba vergüenza de la
-misma Sonia; por esta razón se mostraba
-brutal y despreciativo en sus relaciones
-con la joven. Pero no procedía esta vergüenza
-ni de su cabeza rapada, ni de su
-cadena. Su orgullo había sido cruelmente
-herido, y Raskolnikoff estaba enfermo
-de esta herida, ¡Oh, qué feliz habría sido
-si hubiera podido acusarse a sí mismo!
-Entonces lo hubiera soportado todo, hasta
-la vergüenza y el deshonor. Pero en
-vano se examinaba severamente; su conciencia
-endurecida no encontraba en su
-pasado ninguna falta que pudiera ocasionarle
-grandes remordimientos. Solamente
-se echaba en cara haber fracasado, cosa
-que podía ocurrir a todo el mundo. Lo
-que le humillaba, era verse él, Raskolnikoff,
-perdido tontamente, sin esperanza
-de rehabilitación, por una sentencia del
-ciego destino, y debía someterse, resignarse
-al absurdo de esa sentencia, si quería
-encontrar un poco de calma.</p>
-
-<p>Una inquietud sin objeto y sin fin en el
-presente, un sacrificio continuo y estéril
-en el porvenir; esto es lo que le quedaba
-en la tierra. Vano consuelo para él decirse
-que, dentro de ocho años, no tendría más
-que treinta y dos, y que, en esta edad,
-podría aún recomenzar la vida. ¿Para qué
-vivir? ¿Con qué objeto? ¿Con qué fin? ¿Vivir
-para existir? En todo momento había
-estado pronto a dar su existencia por una
-idea, por una esperanza, por un capricho.
-Había hecho siempre poco caso de la
-existencia pura y sencilla; siempre había
-mirado más allá. Quizá la fuerza sólo de
-los deseos le había hecho creer en otro
-tiempo que era uno de esos hombres a
-quienes les está permitido más que a los
-otros.</p>
-
-<p>Menos mal si el destino le hubiese enviado
-el arrepentimiento, el punzante
-arrepentimiento que rompe el corazón,
-que quita el sueño; el arrepentimiento
-cuyos tormentos son tales, que el hombre
-se ahoga o se ahorca para librarse de ellos.
-¡Oh! Los hubiera acogido con felicidad.
-Sufrir y llorar es todavía vivir; pero no
-se arrepentía de su crimen.</p>
-
-<p>Por lo menos hubiera podido echarse
-en cara su tontería, como se había reprochado
-en otro tiempo las acciones estúpidas
-y odiosas que le habían conducido a
-presidio. Pero ahora, que en el vagar de
-la prisión reflexionaba de nuevo sobre toda
-su conducta pasada, no la encontraba
-tan odiosa ni tan estúpida como le había
-parecido en otro tiempo.</p>
-
-<p>«¿Es que&mdash;pensaba&mdash;mi idea era más
-tonta que las otras ideas y teorías que batallan
-en el mundo desde que el mundo
-existe? Basta considerar las cosas desde
-un punto de vista amplio, independiente,
-libre de los prejuicios del día, y, entonces
-ciertamente, mi idea no parecerá tan extraña.
-¡Oh espíritus sedicentes, libres de
-prejuicios, filósofos de cinco kopeks! ¿por
-qué os detenéis a la mitad del camino?</p>
-
-<p>»¿Y por qué les parece tan fea mi conducta?&mdash;se
-preguntaba&mdash;. ¿Por qué es un
-crimen? ¿Qué significa la palabra crimen?
-Mi conciencia está tranquila. Sin
-duda he cometido una acción ilícita, he
-violado la letra de la ley y he vertido sangre...
-Pues bien, tomad mi cabeza. Cierto
-es que, en este caso, aun los bienhechores
-de la humanidad, de aquellos a quienes el
-poder no ha venido por herencia, sino<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span>
-que se han apoderado de él a viva fuerza,
-hubieran debido desde sus comienzos
-ser entregados al suplicio. Pero estas personas
-han ido hasta el fin, y esto es lo que
-las justifica, en tanto que yo no he sabido
-continuar; por consiguiente, no tenía el
-derecho de comenzar.»</p>
-
-<p>Unicamente se reconocía un error: el de
-haber cometido la debilidad de ir a denunciarse.</p>
-
-<p>Pero un pensamiento le atormentaba
-también: ¿por qué no se había matado?
-¿Por qué, más bien que arrojarse al agua,
-había preferido entregarse a la policía?
-¿Es el amor de la vida un sentimiento
-tan difícil de vencer? Svidrigailoff, sin
-embargo, había triunfado de él.</p>
-
-<p>Se planteaba dolorosamente esta cuestión
-y no podía comprender que, cuando
-enfrente del Neva, pensaba en el suicidio,
-quizá era que presentía en sí y en sus
-convicciones un error profundo. No comprendía
-que este pensamiento pudiese
-contener en germen un nuevo concepto
-de la vida, que pudiese ser el preludio de
-una revolución en su existencia, la prenda
-de su resurrección.</p>
-
-<p>Admitía más bien que había cedido entonces
-por cobardía y defecto de carácter
-a la fuerza brutal del instinto. El espectáculo
-ofrecido por sus compañeros de
-presidio le asombraba. ¡Cómo amaban
-todos ellos la vida! ¡Cómo la apreciaban!
-Parecía a Raskolnikoff que este sentimiento
-era más vivo en el preso que en el
-hombre libre. ¡Qué terribles sufrimientos
-padecían aquellos desgraciados, los vagabundos,
-por ejemplo! ¿Era posible que
-un rayo de sol, un bosque sombrío, una
-fuente fresca, tuviesen tanto valor a sus
-ojos? A medida que los fué estudiando,
-descubrió hechos aún más inexplicables.</p>
-
-<p>En el penal, en el ambiente que le rodeaba,
-se le escapaban, sin duda, muchas
-cosas; además, no quería fijar su atención
-en nada. Vivía, por decirlo así, sin levantar
-jamás los ojos, porque encontraba insoportable
-el mirar en su derredor. Pero,
-a la larga, muchas circunstancias le chocaron,
-e involuntariamente comenzó a
-advertir lo que ni siquiera había sospechado
-antes. En general, lo que más le asombraba,
-era el abismo espantoso, infranqueable,
-que existía entre él y toda aquella
-gente. Hubiérase dicho que pertenecían
-él y ellos a naciones diferentes. Se
-miraban con desconfianza y hostilidad
-recíprocas. Sabía y comprendía las causas
-generales de este fenómeno; pero, hasta
-entonces, jamás las había supuesto tan
-fuertes ni tan profundas. Además de los
-criminales de derecho común, había en
-la fortaleza polacos enviados a Siberia
-por delitos políticos. Estos últimos consideraban
-como brutos a sus compañeros
-de cadena, para los cuales no tenían más
-que desprecio; pero Raskolnikoff no participaba
-de esta manera de ver; advertíase
-muy bien que, bajo muchos aspectos,
-aquellos brutos eran más inteligentes
-que los mismos polacos. Había allí también
-rusos (un antiguo oficial y dos seminaristas),
-que despreciaban a la plebe de
-la prisión. Raskolnikoff advertía igualmente
-el error de ellos.</p>
-
-<p>En cuanto a él, no se le amaba, se le
-esquivaba; hasta se acabó por odiarle;
-¿por qué? Lo ignoraba. Los malhechores,
-cien veces más culpables que él, le
-despreciaban y hacíanle objeto de sus
-burlas; su crimen era el blanco de sus
-sarcasmos.</p>
-
-<p>&mdash;Tú, tú no eres un <i>barin</i>&mdash;le decían&mdash;.
-¿Por qué has asesinado a hachazos? Eso
-no es propio de un <i>barin</i>.</p>
-
-<p>En la segunda semana de la gran Cuaresma,
-tuvo que asistir a las funciones
-religiosas con todos los de su cuadra. Fué
-a la iglesia y oró como los otros. Un día,
-sin que se supiese por qué motivo, sus
-compañeros estuvieron a punto de hacerle
-una mala partida. De repente se vió
-asaltado por ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Tú eres un ateo.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no crees en Dios&mdash;gritaban los
-forzados.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que matarle.</p>
-
-<p>Jamás él les había hablado ni de Dios,
-ni de la religión, y, sin embargo, querían
-matarle por ateo. Raskolnikoff no les
-respondió ni una palabra. Un forzado,
-en el colmo de la exasperación, se lanzó
-sobre él; el joven, tranquilo y silencioso,
-le esperó sin pestañear, sin que ningún
-músculo de su rostro temblase. Un cabo
-de varas se interpuso a tiempo entre él y
-el asesino. Un instante más, y hubiera
-corrido la sangre.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span></p>
-
-<p>Existía otra cuestión que no acertaba
-a resolver: ¿por qué amaban todos tanto
-a Sonia? La joven no trataba de ganarse
-sus voluntades; no tenían a menudo ocasión
-de encontrarla. Sólo la veían alguna
-vez que otra en los patios o en el taller,
-cuando venía a pasar algunos minutos al
-lado del preso. Sin embargo, todos la conocían.
-No ignoraban que le había seguido;
-sabían cómo vivía y dónde estaba alojada.
-La joven no les daba dinero, apenas
-les prestaba, propiamente hablando, servicio
-alguno; solamente una vez, por Nochebuena,
-hizo un regalo a toda la prisión:
-pasteles y <i>kalatschi</i><a name="FNanchor_20" id="FNanchor_20" href="#Footnote_20" class="fnanchor">[20]</a>; pero, poco
-a poco, entre ellos y Sonia se establecieron
-ciertas relaciones más íntimas. Escribía,
-por encargo de ellos, cartas a sus
-familias, y las ponía en el correo. Cuando
-sus parientes venían a la ciudad, era en
-manos de Sonia en las que, por recomendación
-de los mismos forzados, dejaban
-los objetos y hasta el dinero destinado a
-ellos. Las mujeres y las amantes de los
-detenidos la conocían e iban a su casa.
-Cuando visitaba a Raskolnikoff en el trabajo,
-o en medio de sus compañeros, o
-encontraba un grupo de presos que se dirigían
-a la obra, todos se quitaban los
-gorros y se inclinaban saludándola:</p>
-
-<p>&mdash;<i>Matuchka</i>, Sofía Semenovna, tú eres
-nuestra tierna y querida madre&mdash;decían
-aquellos presidiarios brutales a la pequeña
-y débil criatura.</p>
-
-<p>Ella les saludaba sonriendo, y a todos
-les agradaba su sonrisa. Amaban hasta
-su manera de andar, y se volvían para
-seguirla con los ojos cuando se alejaba.
-¡Y qué alabanzas le dirigían! Hasta la
-elogiaban por ser pequeñita de cuerpo; no
-sabían cómo ensalzarla, y aun la consultaban
-en sus enfermedades.</p>
-
-<p>Raskolnikoff pasó en el hospital todo
-el fin de la Cuaresma y la semana de Pascuas.
-Al recobrar la salud se acordó de
-los sueños que había tenido en su delirio.
-Le parecía ver el mundo entero asolado
-por un azote terrible y sin precedentes,
-que, viniendo del fondo de Asia, había
-caído sobre Europa. Todos debían perecer,
-excepto un número reducidísimo de
-privilegiados. Microbios de una nueva
-especie, seres microscópicos, se introducían
-en los cuerpos humanos. Pero estos
-seres estaban dotados de inteligencia y
-de voluntad. Los individuos atacados por
-ellos se ponían al instante locos furiosos.
-Sin embargo, ¡cosa extraña! nunca hombre
-alguno se habría creído tan sabio, tan
-seguramente en posesión de la verdad,
-como se creían aquellos infortunados.
-Jamás nadie había tenido más confianza
-en la infalibilidad de sus juicios, en la solidez
-de sus conclusiones científicas y de
-sus principios morales. Aldeas, ciudades,
-pueblos enteros, estaban atacados de este
-mal y perdían la razón. Estaban todos
-agitados y fuera de estado de comprenderse
-entre ellos. Cada cual creía poseer solo
-la verdad, y al observar a sus semejantes
-se entristecía, se golpeaba el pecho,
-lloraba y se retorcía las manos. No podían
-entenderse acerca del bien y del mal;
-no se sabía qué condenar ni qué absolver.
-Los hombres se mataban entre sí, bajo
-la impulsión de una cólera ciega. Se reunían
-formando grandes ejércitos; pero
-una vez comenzada la campaña, la división
-aparecía bruscamente en las tropas,
-las filas se rompían, los guerreros se degollaban
-y se devoraban. En las ciudades
-sonaba a todas horas el toque de rebato;
-mas, ¿para qué esta alarma? ¿Con qué
-propósito? Nadie lo sabía y todo el mundo
-estaba inquieto. Se abandonaban los
-más ordinarios oficios, porque cada cual
-proponía sus ideas, sus reformas, y nadie
-se ponía de acuerdo; la agricultura estaba
-abandonada; aquí y allá la gente se
-reunía en grupos, entendiéndose para
-una acción común y jurando no separarse;
-pero un instante después olvidaban la
-resolución que habían tomado, y comenzaban
-a acusarse, a pegarse y a matarse.
-Los incendios y el hambre contemplaban
-este triste cuadro. Hombres y cosas, todo
-perecía. Aquel azote se extendía más y
-más. Solamente podían salvarse algunos
-hombres puros, predestinados a rehacer el
-género humano, a renovar la vida y a purificar
-la tierra; pero nadie veía a estos
-hombres, nadie oía sus palabras ni su
-voz.</p>
-
-<p>Aquellos sueños absurdos dejaban en
-el ánimo de Raskolnikoff una impresión
-penosa, que tardó mucho en borrarse.<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span>
-Llegó la segunda semana después de Pascuas;
-el tiempo era templado, sereno, verdaderamente
-primaveral; se abrieron las
-ventanas del hospital (ventanas enrejadas,
-bajo las cuales se paseaba un centinela).
-Durante toda la enfermedad de
-Raskolnikoff, Sonia no había podido hacerle
-más que dos visitas. Cada vez era
-preciso pedir una autorización, difícil de
-obtener; pero, a menudo, sobre todo a la
-caída de la tarde, se dirigía al patio del
-hospital, y durante un minuto estaba allí
-mirando a las ventanas. Un día por la
-tarde, el recluso, ya casi enteramente curado,
-se había dormido; al despertar se
-aproximó por casualidad a la reja, y vió
-a Sonia que, en pie, cerca de la puerta del
-hospital, parecía esperar algo. Al verla
-sintió como un golpe en el corazón, estremecióse
-convulsivamente y se alejó
-rápidamente de la ventana. Al día siguiente
-Sonia no vino, al otro tampoco.
-Raskolnikoff advirtió que la esperaba
-con ansiedad. Finalmente salió del hospital.
-Cuando volvió a la prisión, sus compañeros
-le dijeron que Sonia estaba mala
-y que no podía salir de casa.</p>
-
-<p>El joven se inquietó sobremanera, y
-envió a buscar noticias de la muchacha.
-Supo en seguida que la enfermedad no
-era peligrosa. Por su parte Sonia, sabiendo
-que Raskolnikoff se preocupaba tanto
-de su salud, le escribió con lápiz una carta,
-en que le informaba que estaba mucho
-mejor, que había pescado un ligero enfriamiento,
-y que no tardaría en ir a verle
-al trabajo. Al leer esta carta, el corazón
-de Raskolnikoff latió con violencia.</p>
-
-<p>El día era sereno y templado. A las seis
-de la mañana iba el joven a trabajar a
-la orilla del río, en donde se había establecido,
-bajo cobertizo, un horno de cocer
-alabastro. Unicamente tres obreros
-fueron enviados allí. Uno de ellos, acompañado
-de un capataz, fué a buscar un
-instrumento a la fortaleza; otro comenzó
-a calentar el horno. Raskolnikoff salió del
-cobertizo, se sentó en un banco de madera,
-y se puso a contemplar el río ancho
-y desierto. Desde la elevada orilla se descubría
-una gran extensión de terreno. A
-lo lejos, del otro lado de Irtych, resonaban
-cantos cuyos vagos ecos llegaban a
-los oídos del presidiario. Allá, en la inmensa
-estepa inundada de sol, aparecían
-como puntitos negros las tiendas de los
-nómadas. Aquello era la libertad; allí
-vivían otros hombres, que no se parecían
-en nada a los que le rodeaban; allá parecía
-que el tiempo no había marchado desde
-el tiempo de Abraham y sus rebaños.
-Raskolnikoff soñaba con los ojos fijos en
-aquella lejana visión; no pensaba en nada,
-aunque le oprimía una especie de inquietud.</p>
-
-<p>De repente se encontró en presencia
-de Sonia; la joven se le aproximó sin ruido
-y se sentó a su lado. Como empezaba a
-dejarse sentir el fresco de la mañana, Sonia
-llevaba su pobre y viejo <i>burnus</i> y su
-pañuelo verde. Su rostro delgado y pálido
-daba testimonio de su reciente enfermedad.
-Al acercarse al preso, se sonrió
-con expresión amable y alegre, y con
-la timidez de costumbre le tendió la mano.</p>
-
-<p>Siempre se la ofrecía tímidamente y
-algunas veces no se atrevía a dársela, como
-si temiese verla rechazada; parecíale
-que ella se la estrechaba con repugnancia,
-y siempre tenía el aire huraño cuando la
-joven se acercaba; a veces, ésta no podía
-obtener de él una palabra. Había días
-en que temblaba ante él y se retiraba profundamente
-afligida; pero en esta ocasión
-se estrecharon durante largo rato
-las manos. Raskolnikoff miró rápidamente
-a Sonia. Nada dijo y bajó los ojos.
-Estaban solos. El cabo de varas se había
-alejado momentáneamente.</p>
-
-<p>De pronto, y sin que el presidiario supiese
-cómo había ocurrido aquello, una
-fuerza irresistible le arrojó a los pies de
-la joven y lloró abrazándole las rodillas.
-En el primer momento, Sonia, asustada,
-se puso intensamente pálida, se levantó
-con presteza, y temblorosa miró a Raskolnikoff;
-pero a él le bastó esta mirada
-para comprenderlo todo. En los ojos de
-la joven parecía resplandecer una felicidad
-inmensa; no había para ella duda de
-que Raskolnikoff la amaba con amor infinito.
-Había llegado, por fin, este momento...</p>
-
-<p>Quisieron hablar y no pudieron. Tenían
-lágrimas en los ojos. Ambos estaban
-pálidos y demacrados; pero sobre
-sus rostros enfermizos brillaba ya la aurora
-de un renacimiento completo. El amor<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>
-les regeneraba; el corazón del uno encerraba
-una inagotable fuente de vida para
-el corazón del otro.</p>
-
-<p>Resolvieron esperar, tener paciencia.
-Les quedaban siete años que pasar en Siberia;
-¡qué sufrimientos intolerables y
-qué infinita felicidad había de llenar para
-ellos aquel lapso de tiempo! Pero Raskolnikoff
-había resucitado, lo sabía y lo sentía
-en todo su ser, y Sonia no vivía más
-que para la vida de su amado.</p>
-
-<p>Por la noche, después que se hubo recogido
-a los reclusos, el joven se acostó
-en su camastro, y pensó en ella. Hasta le
-parecía que aquel día los presos, sus antiguos
-enemigos, le habían mirado con otros
-ojos. Les había dirigido primero la palabra
-y le habían respondido con afabilidad;
-se acordaba de esto ahora, le parecía
-natural. ¿Acaso no debía cambiar
-todo?</p>
-
-<p>Pensaba en ella. Se acordaba de los
-disgustos con que continuamente la había
-atormentado; veía con el pensamiento
-la carita pálida y delgada de Sonia; pero
-estos recuerdos eran un remordimiento
-para él. Comprendía con qué amor infinito
-iba a rescatar en adelante lo que
-había sufrido Sonia.</p>
-
-<p>Sí. ¿Qué significaban para él todas las
-miserias del pasado? En aquel primer día
-gozoso, de vuelta a la vida, todo, aun su
-crimen y su condena, y su relegación a
-Siberia, todo se le presentaba como un hecho
-extraño; casi dudaba de que todo
-aquello hubiera ocurrido realmente.
-Aquella noche se sintió incapaz de reflexionar
-detenidamente, de concentrar su
-atención en un objeto cualquiera, de
-resolver una cuestión con conocimiento
-de causa; sólo tenía sensaciones. La vida
-había substituído en él al razonamiento.</p>
-
-<p>Tenía el <i>Evangelio</i> debajo de la almohada
-y lo tomó maquinalmente. Aquel
-libro pertenecía a Sonia. En él fué donde
-la joven le había leído la resurrección de
-Lázaro. Al principio de su cautividad esperaba
-una verdadera persecución religiosa
-por parte de la joven. Creía que le
-asediaría constantemente con el <i>Evangelio</i>;
-pero, con gran asombro suyo, ni una
-sola vez hizo recaer la conversación sobre
-este punto, ni una sola vez le ofreció aquel
-libro; él mismo fué quien lo pidió poco
-antes de su enfermedad, y ella se lo trajo
-sin decir una palabra. Raskolnikoff
-hasta entonces no lo había abierto.</p>
-
-<p>Ahora tampoco lo abrió; pero un pensamiento
-cruzó por su mente. «Sus convicciones,
-¿pueden ser, al presente, las
-mías? ¿Puedo, yo, por lo menos, tener
-otros sentimientos, otras tendencias que
-ella?»</p>
-
-<p>Durante todo este día Sonia estuvo
-también muy agitada, y por la noche tuvo
-una recaída en la enfermedad; pero era
-tan feliz, y aquella felicidad era para ella
-una sorpresa tan grande, que casi le causaba
-espanto. ¡Siete años <i>solamente</i>! En
-la embriaguez de las primeras horas faltó
-poco para que ambos no considerasen
-estos siete años como siete días. Raskolnikoff
-ignoraba que la nueva vida no
-le sería dada de balde y que tendría que
-conquistarla al precio de penosos esfuerzos.</p>
-
-<p>Pero comienza aquí una segunda historia.
-La historia de la lenta renovación
-de un hombre, de su regeneración progresiva,
-de su paso gradual de una vida
-a otra... Esto podría ser el asunto de un
-nuevo relato; el que hemos querido ofrecer
-al lector, está terminado.</p>
-
-
-<p class="p4 center">FIN</p>
-
-<div class="chapter">
-<div class="footnotes"><h2>FOOTNOTES:</h2>
-<div class="footnote">
-<p><a name="Footnote_1" id="Footnote_1" href="#FNanchor_1"><span class="label">[1]</span></a> Es la milla rusa, que equivale poco
-más o menos a un kilómetro.</p>
-
-<p><a name="Footnote_2" id="Footnote_2" href="#FNanchor_2"><span class="label">[2]</span></a> Porteros.</p>
-
-<p><a name="Footnote_3" id="Footnote_3" href="#FNanchor_3"><span class="label">[3]</span></a> Moneda de diez kopeks equivalente a
-cuatro céntimos de franco. El rublo, que vale
-unos cuatro francos, se divide en diez kopeks.</p>
-
-<p><a name="Footnote_4" id="Footnote_4" href="#FNanchor_4"><span class="label">[4]</span></a> Así llaman en Rusia a todos los que
-pertenecen de una manera u otra a la administración
-pública y constituyen como una
-casta especial.</p>
-
-<p><a name="Footnote_5" id="Footnote_5" href="#FNanchor_5"><span class="label">[5]</span></a> Sonia es la fórmula familiar de Sofía,
-y Sonetchka diminuto cariñoso del mismo
-nombre.</p>
-
-<p><a name="Footnote_6" id="Footnote_6" href="#FNanchor_6"><span class="label">[6]</span></a> Diminutivo cariñoso de Dunia.</p>
-
-<p><a name="Footnote_7" id="Footnote_7" href="#FNanchor_7"><span class="label">[7]</span></a> Carreta de aldeano.</p>
-
-<p><a name="Footnote_8" id="Footnote_8" href="#FNanchor_8"><span class="label">[8]</span></a> Campesino siervo.</p>
-
-<p><a name="Footnote_9" id="Footnote_9" href="#FNanchor_9"><span class="label">[9]</span></a> Aproximadamente 1,88 metros.</p>
-
-<p><a name="Footnote_10" id="Footnote_10" href="#FNanchor_10"><span class="label">[10]</span></a> La piatak es una moneda de cinco kopeks,
-equivalente a unos cuatro centavos.</p>
-
-<p><a name="Footnote_11" id="Footnote_11" href="#FNanchor_11"><span class="label">[11]</span></a> Pasaje.</p>
-
-<p><a name="Footnote_12" id="Footnote_12" href="#FNanchor_12"><span class="label">[12]</span></a> Cafetucho.</p>
-
-<p><a name="Footnote_13" id="Footnote_13" href="#FNanchor_13"><span class="label">[13]</span></a> Miembro de una sociedad de obreros o
-de empleados.</p>
-
-<p><a name="Footnote_14" id="Footnote_14" href="#FNanchor_14"><span class="label">[14]</span></a> Medida de capacidad equivalente a
-unos 30 centilitros.</p>
-
-<p><a name="Footnote_15" id="Footnote_15" href="#FNanchor_15"><span class="label">[15]</span></a> Señor.</p>
-
-<p><a name="Footnote_16" id="Footnote_16" href="#FNanchor_16"><span class="label">[16]</span></a> Especie de galleta.</p>
-
-<p><a name="Footnote_17" id="Footnote_17" href="#FNanchor_17"><span class="label">[17]</span></a> Padre, en alemán.</p>
-
-<p><a name="Footnote_18" id="Footnote_18" href="#FNanchor_18"><span class="label">[18]</span></a> Tienes diamantes y perlas.</p>
-
-<p><a name="Footnote_19" id="Footnote_19" href="#FNanchor_19"><span class="label">[19]</span></a> Tienes los más bellos ojos del mundo,
-¿qué más quieres, niña?</p>
-
-<p><a name="Footnote_20" id="Footnote_20" href="#FNanchor_20"><span class="label">[20]</span></a> Panecillos blancos.</p>
-</div></div></div>
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's El crimen y el castigo, by Fyodor Dostoyevsky
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CRIMEN Y EL CASTIGO ***
-
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
-
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact
-
-For additional contact information:
-
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit www.gutenberg.org/donate
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.
-
-Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org
-
-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
-
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